Poemas de Alceo (poeta griego)
Poemas de Alceo de Mitilene (c. 630-580 a.C.) fue uno de los grandes poetas líricos de la antigua Grecia, contemporáneo y amigo de Safo. Nació en Lesbos y fue un aristócrata activamente involucrado en las luchas políticas de su ciudad, lo que le valió el exilio. Sus poemas, escritos en dialecto eólico, se caracterizan por abordar temas como la política, la guerra, los himnos a los dioses, y el vino, expresando un profundo compromiso personal con su turbulento tiempo.
Odas
A Harmodio y Aristogitón
Yo llevaré mi espada
de mirto coronada,
como Aristogitón y Harmodio hicieron,
cuando al fiero tirano
mataron, y en Atenas
la igualdad de la ley establecieron.
¡Oh, Harmodio!, tú no has muerto:
tú estás, según se dice,
en la isla de los bienaventurados,
do están los esforzados
Aquiles el ligero
y el gran Diomedes, hijo de Tideo.
Yo llevaré mi espada
de mirto coronada,
como Aristogitón y Harmodio hicieron,
cuando al tirano Hiparco
en las solemnes fiestas
de la sacra Minerva muerte dieron.
Será entre los mortales
eterna vuestra gloria,
caro Aristogitón y Harmodio amado,
porque al tirano airado
matasteis; y en Atenas
la igualdad de la ley establecisteis.

A Pan
Ío, gran Pan, que imperas
en la Arcadia abundante:
¡oh, Bromio saltador!, mil veces ío,
¡ío, almo Pan!, mis odas lisonjeras
tu fístula discante,
viniendo alegre al regocijo mío.
Puesto que el cielo pío
nos ha dado victoria,
y mi deseo rebosó colmado,
cantemos, pues, la gloria
de haber arrebatado
la gran Minerva, de Pandroso amado.
Súplica
¡Oh!, tú, Tritonia Palas,
gran reina y poderosa,
regir esta ciudad te venga en grado
sin sediciones malas
ni muerte presurosa;
y tú, de las riquezas padre airado,
y tú, pueblo sagrado
de Olimpia, do las horas
ceñidas de placeres
nos dan el don de Ceres,
y tú, gran Proserpina: almas señoras
de Júpiter nacidas,
proteged este pueblo, agradecidas.
Del invierno
Sus lluvias Jove envía,
y en negra tempestad se enturbia el cielo.
Creciendo en demasía
van los arroyos inundando el suelo,
y el perezoso invierno
viene ceñido de rigor eterno.
Mas tú, encendiendo el fuego,
vierte y derrama en abundancia el vino
sabroso y dulce, luego;
y dale, entre otros mil, dale el destino
de regar la cabeza,
y el tierno bozo, que a apuntar empieza.
A los compañeros
Bebamos, pues, bebamos:
la lámpara luciente
¿a qué fin la esperamos?
El día va volando brevemente,
y el vino, ya en las tazas derramado,
formando mil colores,
brinda y convida al paladar cansado.
El vino delicado,
cuyos dulces favores
debidos son al hijo de Semele,
y Jove soberano,
que de los males bárbaros se duele,
y al olvido los da con franca mano.
Derrama, pues, derrama:
colma este vaso, aquel al punto llena,
que el uno al otro llama,
y haz una mezcla buena
a dos de vino ardiente
juntando uno de agua solamente.
El deseo
¡Oh, si mi lira fuera
de marfil fabricada,
y si al coro de Baco me llevase
una tropa ligera
de jóvenes formada,
y todo mi semblante relumbrase,
y hermoso se ostentase
cual oro no tocado,
y de una hermosa niña fuese amado!
De sí mismo
Yo mucho más, amado Baco, bebo
que cíclope sañudo,
cuando beodo, del humano cebo
llenó su vientre crudo.
Bebo, gran Baco, y ojalá pudiera
del enemigo airado
cortar la testa: entonces yo bebiera
de Filipo malvado
en el cráneo feroz vino sabroso.
Filipo, que la muerte
gustó en el vaso amigo, venenoso
con merecida suerte.
De los males
¿Qué utilidad sacamos
de dar el pecho a los sañudos males?
¿Ni qué placer hallamos
en angustias mortales?
Venga el vino sabroso,
que no hay mejor remedio a los dolores
que beodo y gozoso
disfrutar sus favores.
Del estío
¡Oh!, mis pulmones riega
con delicioso vino,
que ya el estío rígido se allega.
Nace el astro mali[g]no,
y ya todas las cosas
anhelantes, y ansiosas
de pura sed, alampan de contin[u]o.
A un amigo
Bebe, querido amigo,
bebe unido conmigo:
la dulce pubertad conmigo pasa,
conmigo te corona;
y si de seso mi cabeza escasa
loquea, tú me abona.
Y si gozo de juicio,
de juicioso también haz el oficio.
Descripción de una tempestad
De un lado un ola se levanta al cielo,
y otra del otro, con furor se eleva:
en negra nave su rigor nos lleva
en torno, y cubre de funesto velo.
Con gran fatiga y mísero recelo
su altiva furia nuestras fuerzas prueba:
hace que el vaso ya las ondas beba,
y el recio mástil le derriba al suelo.
Bramando horrible, el piélago sañudo
las velas rompe y las deshace airado
tal que desparecerlas todas pudo.
Las áncoras del casco derrotado,
ya separadas, a su impulso rudo
se van huyendo por el mar salado.

Epigramas
Epitafio a los diez mil
Los diez mil, caminante, aquí yacemos,
y ni el sepulcro ni el honor tenemos
de ser llorados: en Emacia estamos
y a Emacia daños bárbaros paramos;
mas de Filipo el loco atrevimiento
huyó cual ciervo rápido y violento.
A la estatua de un atleta
Esta estatua de bronce, no se mira
la fuerza que a sí tira, oh, pasajero,
los ojos por entero, es del nombrado
Critómaco esforzado, cuya fiera
fortaleza la austera Grecia vía.
Poco ha que revolvía entre sus manos
los cestos no livianos, y el terrible
pancracio, con la horrible mano armada.
Su espalda mancillada no se ha vido
en el polvo movido, la tercera
vez, y con alma fiera y valerosa,
del Istmo en la gloriosa, alta palestra,
tres veces dio gran muestra: en estos juegos
fue entre todos los griegos el primero
que logró el lisonjero premio amado;
y Hermócrates, osado, padre suyo,
cuya gran gloria y cuyo nombre honroso
se nombra respetoso, en la gran Tebas
de siete puertas pruebas señaladas
dio de esforzadas manos coronado.
Epitafio a Hiponacto
Después que muere el viejo, no mantiene
en su tumba las uvas, flor del vino,
y en su lugar espina y zarzas tiene,
que el labio aprietan con rigor dañino
y las áridas fauces del viajero
sediento; mas cualquiera pasajero
que pase por la tumba do reposa
el mísero Hiponacto eternamente
ruegue con alma tierna y fervorosa
que descanse el cadáver blandamente.
De la meretriz y el bañero
En mucho, a la verdad, son parecidos
la meretriz infame y el bañero,
pues lavan en un baño juntamente
al malo, confundido con el bueno.
Fragmentos
I
El escorpión se oculta
bajo de cualquier piedra.
¡Cuenta, tal vez, que no te hiera airado!
Así también el dolo
en negra oscuridad está encerrado.
II
Amado compañero,
los buenos ama, y de los malos huye.
Y ten por verdadero
que del hombre malvado
es siempre la amistad en corto grado.
III
Desde la seca arena
lo que hay que navegar mirar conviene,
si ya industria se tiene
bastante, y si se puede;
pero, después de estar al mar fiado,
proseguir con el viento que nos sopla
es consejo acertado.
El más hermoso de los ríos, Ebro
El más hermoso de los ríos, Ebro,
que desembocas junto a Eno en el mar púrpura,
después de haber rugido por las tierras de Tracia,
rica en caballos.
Muchas doncellas llegan hasta ti
y por sus suaves muslos, con manos delicadas
se embelesan pasando como un bálsamo
tu agua de dioses.
Destella la enorme mansión con el bronce
Destella la enorme mansión con el bronce;
Y está todo el techo muy bien adornado
Con refulgentes cascos, y de ellos
Cuelgan los albos penachos de crines
De caballo, que engalanan el arnés
De un guerrero. De ganchos que ocultan
Que están enganchadas las grebas brillantes
De bronce, defensas del más duro dardo,
Los coseletes de lino reciente
Y cóncavos escudos cubren el suelo.
Junto a ellos están las espadas de Cálcide,
Y muchos cintos y casacas de guerra.
Ya no es posible olvidarnos de eso,
Una vez que a la acción nos hemos lanzado.
Bebamos
Bebamos. ¿A qué aguardar las candelas? Hay un dedo de día. Descuelga y trae las grandes copas pintadas, en seguida. Porque el vino lo dio a los humanos el hijo de Sémele y Zeus para olvido de penas. Escancia mezclando uno y dos cazos, y llena los vasos hasta el borde, y que una copa empuje a la otra…
Vivo una vida simple
Vivo una vida simple, ay de mí,
en un destino rústico,
queriendo oír rumores de asamblea
y de consejo, oh Agesilaidas,
lo que tuvo mi padre, y el padre de mi padre,
mientras envejecían entre estos ciudadanos
malos unos con otros;
de lo que me han echado
y huyo hasta este confín, como Onimacles,
hasta este sitio, guarida de lobos,
lejos de la batalla, que no es lo más acorde con el fuerte
abandonar la sedición.
… Y hacia el recinto de los venturados dioses
… ando sobre la negra tierra
… con éstas…
… habito con mis pies lejos de las desgracias
allí donde las lesbias de largos peplos marchan
a lidiar en belleza, y suena en torno
un inefable eco femenino:
santo griterío anual.
Empapa tus pulmones de vino
Empapa tus pulmones de vino, que la estrella está girando
y la estación es dura, y todo tiene sed con el calor,
y se oye a la cigarra cantora entre las hojas…
y florecen los cardos, y las mujeres ahora son más pérfidas,
y los hombres más débiles, pues Sirio su cabeza y sus rodillas
quema.
Helena y Tetis
Es fama, Helena, que la amarga ruina
a Priamo y a sus hijos les sobrevino
por tu culpa y Zeus arrasó con fuego
la santa Troya.
Cuán distinta era aquella doncella gentil
que el Eácida tomó del hogar de Nereo,
invitando a su boda a todos los dioses,
al conducirla a casa de Quirón.
La joven esposa soltó su cinto virginal. Y unió el amor
a Peleo y la mejor de las Nereidas.
Y ella, al año le dio a luz un hijo, héroe supremo,
feliz conductor de sus bayos corceles;
mientras que por culpa de Helena murieron
Troya y los frigios.
Consuelo y Alegría del Vino
Bebe y emborráchate, Melanipo, conmigo. ¿Qué piensas?
¿Que vas a vadear de nuevo el vorticoso Aqueronte,
una vez ya cruzado, y de nuevo de! sol la luz clara
vas a ver? Vamos, no te empeñes en tamañas porfías.
En efecto, también Sísifo, rey de los eolios, que a todos
superaba en ingenio, se jactó de escapar a la muerte.
Y, desde luego, el muy artero, burlando su sino mortal,
dos veces cruzó el vorticoso Aqueronte.
Terrible y abrumador castigo le impuso el Crónida más tarde
bajo la negra tierra. Conque, vamos, no te ilusiones.
Mientras jóvenes seamos, más que nunca, ahora importa
gozar de todo aquello que un dios pueda ofrecernos.
Vino dulce como la miel
Zeus hace llover, baja del cielo una enorme tormenta y están helados los cursos de las aguas… Desprecia la tormenta, aviva el fuego, sazona, sin escatimarlo, el vino dulce como miel, y luego reclina tus sienes sobre un blando cojín.
Desde la Isla de Pélope acudid
Desde la isla de Pélope acudid,
de Zeus y Leda vástagos valientes;
mostraos con espíritu benévolo,
Cástor y Pólux.
Vosotros, que la tierra inmensa y todo el mar
atravesáis en rápidos corceles,
y al hombre fácilmente arrebatáis
la fría muerte,
saltando a lo alto de los bien bancados barcos,
y traéis, refulgiendo desde lejos,
la luz en la penosa noche para
la negra nave.
Desdichas del poeta exiliado
… yo, desdichado,
vivo a la manera de un campesino,
anhelando escuchar, Agesilaidas,
los gritos que pregonan la asamblea
y el consejo. Eso que mi padre y el padre
de mi padre tuvieron hasta viejos
entre esos ciudadanos siempre en rencilla.
Pero estoy alejado de ellos yo,
exiliado en la lejanía, y aquí,
como Onomacles, en país de lobos
habito resignado a la guerra.
No es mejor soportar la revuelta…
Aquí el recinto de los dioses felices
frecuento cruzando esta oscura tierra,
con otras compañeras de camino…
y con mis pies lejos de males, vivo
donde las lesbjn de rozagante pelo.
vienen a competir en belleza.
Aquí en torno retumba el griterío inmenso
de mujeres en sus anuales fiestas sacras.
¿Cuándo de mis muchos pesares
me van a liberar los Olímpicos?



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