Poemas de Bernart de Ventadorn (trovador occitano)
Bernart de Ventadorn fue uno de los trovadores más célebres del siglo XII, maestro del trobar leu, estilo lírico de expresión clara y musical.
Nacido hacia 1145 en Ventadour (Lemosín, Francia) y fallecido hacia 1195 en el monasterio de Dalon, provenía de origen humilde pero alcanzó gran prestigio en cortes como la de Leonor de Aquitania. Compuso cerca de 45 poemas, de los cuales 18 conservan su música, hecho excepcional en la lírica medieval.
Sus versos, centrados en el amor cortés y el dolor del deseo imposible, influyeron decisivamente en la tradición trovadoresca y en los troveros del norte de Francia, consolidando la poesía provenzal como modelo europeo.
Cantar no vale gran valor
Cantar no vale gran valor
si no brota del corazón;
ni el canto en su interior se enciende
sin amor puro y sin pasión.
Por eso mi cantar se enciende
con gozo y dulce devoción:
la boca, el alma, el ojo, el son.
Jamás me dé Dios tal poder
que amor no sea mi querer.
Aunque no sepa poseer,
si cada día me da pesar,
mi corazón sabrá gozar;
pues tengo más de lo que ves:
un alma alegre, firme y fiel.
Amor lo culpan sin saber,
gente necia, sin entender.
Sus quejas no lo pueden dañar
si no es amor de verdad.
Eso no es amor, no más:
tiene el nombre, la apariencia,
pero no ama si no alcanza.
Si yo dijera la verdad,
sé bien de dónde nace el mal:
de aquellas que aman por ganar,
mercancías que saben vender.
Mentiroso sería, infiel,
si no dijera lo que es vil—
y duele que no lo combata.
En agradar y en querer
vive el amor de dos leales.
Nada puede interceder
si no hay voluntad igual.
Es loco quien, por natural,
rechaza lo que desea
y alaba lo que no le agrada.
Gran esperanza tengo en mí
cuando ella me muestra su luz,
la que más deseo y quiero ver:
franca, dulce, fiel y gentil,
en quien el rey hallaría salud.
Bella y sabia, con noble actitud,
me hace rico sin tener nada.
Nada más amo ni retengo,
ni nada me causa tormento,
si mi dama me da contento.
Ese día me parece eterno
cuando sus ojos, tan intensos,
me miran… aunque tan lento,
que un solo día dura cien.
El verso es fino y natural,
y bueno quien lo sabe captar;
mejor aún quien gozo le da.
Bernart de Ventadorn lo canta,
lo dice, lo hace, y gozo alcanza.
El frío que me arrulla
Tengo mi corazón tan lleno de alegría,
que todo me lo transforma.
El frío me parece
una flor blanca, roja y amarilla,
pues con el viento y la lluvia
me crece la felicidad,
por lo que mi mérito aumenta y sube
y mi canto mejora.
Tengo en el corazón tanto amor,
tanto gozo y dulzura
que el hielo me parece flor y la nieve, hierba.
Puedo ir sin vestido, desnudo de camisa,
pues el amor puro me da fuerza
contra la fría brisa.
Sigo confiando:
poco me aprovecha,
pues me tiene en balanceo
como la ola a la nave.
De la pesadilla que me asalta
no sé dónde esconderme.
Toda la noche me da vueltas y me sacude
al borde de la cama
¡Ay, Dios! ¿Por qué no soy golondrina
que volase por el aire
y llegase en la profunda noche
allí, dentro de su morada?
Cuando la hierba fresca brota
Cuando la hierba fresca brota
y la hoja verde se despliega,
cuando la flor en rama explota
y el ruiseñor su canto eleva,
gozo hallo en su voz, gozo en la flor,
gozo en mí y en mi dama mayor;
de todas partes me rodea el bien,
mas ella es gozo que a todos sostiene.
Tanto amo a mi dama querida,
tanto la temo y reverencio,
que nunca le hablo de mi vida,
ni pido nada, ni le envío.
Mas ella sabe mi dolor profundo,
y cuando quiere me da honor fecundo;
y cuando quiere, acepto menos aún,
para que nunca recaiga culpa en su virtud.
Si supiera hechizar a la gente,
mis enemigos serían infantes,
ninguno hallaría cosa evidente
que nos trajera daño o desmanes.
Entonces vería sus ojos claros,
su fresca tez, su rostro amado,
y besaría su boca dulcemente,
que un mes entero quedara patente.
Quisiera hallarla sola, dormida,
o fingiendo sueño en su semblante,
para robarle un beso de vida,
pues no valgo tanto para pedirle amante.
¡Por Dios, señora, poco ganamos de amor!
El tiempo huye, perdemos lo mejor.
Debiéramos hablar con signos ocultos,
si la osadía falla, que el ingenio nos ayude juntos.
¡Ay, cómo muero de desear!
tantas veces me consume el pensar,
que ladrones podrían llevarme,
y yo ni cuenta me daría al instante.
¡Por Dios, Amor! me hallas vencido,
con pocos amigos y sin otro señorío.
¿Por qué no atrapas a mi dama una vez,
antes que el deseo me consuma de sed?
Mensajero, ve, no me juzgues menos,
si temo al ir hacia mi dama en secreto.
Cuando contemplo a la Alondra
Cuando contemplo a la alondra alzar su vuelo
para encontrar al sol con alegría,
olvida el ala en su festivo anhelo,
se entrega al gozo que su canto envía.
¡Ay!, que de su júbilo sincero
nacen en mí pesares todavía;
extraño es que visión tan verdadera
no me dé gozo, sino pena fiera.
Creí que el corazón sabía amar,
mas poco fue su ciencia descubierta;
pues cuanto más se empeña en desear,
más se consume, y ella no lo acepta.
Robó mi ser, mi alma y mi pensar,
y todo lo que amaba me dio vuelta;
me dejó sólo el duro gobernar
de vanos ansias que su amor despierta.
Ya no me queda mando ni razón
desde la hora fatal en que ella fue
espejo donde fijo mi visión,
y en su reflejo mi destino hallé.
¡Espejo cruel! allí contemplo yo
la imagen del amor que me condena;
como Narciso, suspirando estoy,
y al contemplarla, muero en mi pena.

No es maravilla si yo canto
No es maravilla si yo canto
mejor que otro trovador,
pues más me lleva el corazón
hacia el amor, y en su mandato
he puesto alma, cuerpo y razón,
fuerza y poder en su calor;
si me arrastra hacia su frescor,
no me detiene otro reclamo.
Cuando la veo, me parece
en ojos, rostro y en color,
que tiemblo entero de temor
como la hoja cuando el viento crece.
No tengo seso ni prudencia,
así me atrapa el amor fuerte;
y quien tan rendido se ofrece
merece de su dama clemencia.
¡Ay Dios! Si fueran separados
los falsos de los verdaderos,
los aduladores y embusteros
llevaran cuernos en la frente marcados.
Todo el oro y toda la plata
del mundo yo daría, si pudiera,
con tal que mi dama conociera
cuánto la amo con fe sin mancha.
Buena dama, nada os pido
sino que me toméis servidor;
os serviré como buen señor,
sin esperar de premio más que olvido.
Vedme a vuestro mandamiento,
corazón franco, humilde y cortés;
no sois leona ni cruel juez
que me matéis si me presento.
A mi corte, allí donde está,
envío el verso, y no le pesa,
pues he esperado tanto ya.
Cuando veo la hoja
Todos los que me ruegan cantar
quisieran saber la verdad:
si tengo tiempo o libertad.
Canta quien quisiera cantar,
mas yo no sé ni voz hallar,
pues perdí mi venturanza
por mi destino y su desgracia.
El gentil tiempo de Pascua
El gentil tiempo de Pascua,
con su fresca verdor,
nos trae hoja y flor
de colores que se mezclan.
Por eso todos los amantes
están alegres y cantores;
mas yo, que lloro y me lamento,
ningún gozo hallo en mi pecho.
A todos me quejo, señor,
de mi dama y del Amor,
pues estos dos traidores,
en quienes puse mi fe,
me hacen vivir en dolor
por todo bien y honor
que he dado a la más noble,
sin que me valga ni me socorra.
Pues fuimos ambos niños,
la amé siempre, clara y blanca;
y mi amor se va doblando
cada día del año.
Y si no me da pronto
amor y buen semblante,
cuando sea vieja me pedirá
que aún tenga buen deseo.
¡Ay! ¿De qué me sirve vivir,
si no veo cada jornada
mi gozo natural y fiel
en el lecho, bajo la ventana,
cuerpo blanco, igual en todo
a la nieve en Navidad,
si juntos, en común medida,
no gozamos como iguales?
Bien sería tiempo ya,
bella dama y noble,
que me fuese concedido rescate
en besos bien guardados,
aunque no fuese por otros,
pues soy envidioso,
y un beso vale por dos
cuando la fuerza hace de dos uno.
Bello Ver, si no fuese
mi esperanza toda en vos,
habría dejado la canción
por mal de tantos pesares.
Pues me rogáis, señor
Pues me rogáis, señor, que cante,
yo cantaré, aunque al probar
las lágrimas me vengan al instante
y el canto se me torne en pesar.
Difícil es ver trovador
cantar bien si le va mal;
¿me hiere acaso el mal de amor?
¡Más fuerte que nunca está!
¿Y entonces por qué temblar?
Gran bien y gran honor reconozco
que Dios me otorga en su bondad:
amo la belleza, y sé de cierto
que ella también me ama en verdad.
Mas yo estoy aquí, ella allá,
y no sé cómo le va;
eso me mata de dolor,
pues no hallo ocasión jamás
de ir a verla con frecuencia.
Amor, ¿qué haré contigo?
¿Podré ganar tu favor?
Ahora pienso que moriré
del deseo que me consume,
si la bella donde yace
no me acerca hacia sí,
para tocarla y besarla,
estrecharla contra mí,
su cuerpo blanco, lleno y suave.
Buena dama, merced os pido
de vuestro amante fiel y leal;
con brazos juntos y corazón rendido
me entrego a vos, me pongo en vuestro mando.
Os ruego con fe sincera,
pues nunca amé a nadie tanto;
y si el momento se concede,
dadme un semblante hermoso,
que de ello tengo gran anhelo.
Amigos, Bernart de Ventadorn
Amigos, Bernart de Ventadorn,
¿cómo podéis sufrir el canto,
cuando escucháis tan alto y claro
al ruiseñor de noche y día?
Oíd la dicha que derrama:
toda la noche canta bajo la flor,
mejor entiende que vos en amor.
Peire, prefiero el sueño y el reposo
más que escuchar al ruiseñor;
ni aunque mucho me lo digáis,
volvería yo a la locura.
Gracias a Dios, estoy libre de cadenas,
y vos y todos los otros amantes
habéis quedado en la necedad.
Bernart, difícil es ser noble y cortés
quien no sabe sostenerse en amor;
ni os dolerá tanto jamás
que no valga otro bien mayor.
Pues si hace mal, luego consuela;
difícil es gran bien sin dolor,
mas a menudo vence el llanto al gozo.
Peire, si fueran dos años o tres
el mundo hecho a mi placer,
de las damas os digo la verdad:
ya no serían más suplicadas,
antes sufrirían tan grave pena
que ellas nos harían tanto honor
que nos rogarían que fuésemos suyos.
Bernart, no es cosa conveniente
que las damas rueguen; conviene
que el hombre las suplique y pida merced.
Y más necio es, en mi entender,
quien siembra en la arena,
que aquel que las culpa o niega su valor,
pues de mal maestro procede.
Peire, mucho me duele el corazón
cuando recuerdo a una falsa,
que me mató, y no sé por qué,
sino porque la amaba fielmente.
He hecho larga penitencia,
y sé que si la prolongara,
la hallaría aún peor.
Bernart, la locura os amenaza,
pues así os apartáis del amor,
por quien el hombre gana honra y valor.
Peire, quien ama, se condena,
pues las traidoras entre ellas
tienen todo gozo, honra y valor.
En pensar y en temor
En pensar y en temor me hallo,
por un amor que me ata y me vence;
no voy ni vengo, quedo en su lazo,
pues siempre me tiene bajo su fuerza.
Ahora me ha dado corazón y deseo
de buscar, si pudiera, tal hazaña
que, si el rey me preguntara,
diría que fue gran osadía.
¡Ay de mí, cautivo! ¿Qué haré?
¿De qué consejo me valdré?
Ella no sabe el mal que padezco,
ni yo me atrevo a pedir merced.
¡Necio insensato, sin razón!
Jamás te amaría de verdad,
sino sólo por compañía,
si no te dejaras llevar al viento.
Y entonces, si así he de morir,
¿le diré la pena que me consume?
Es cierto que siempre se lo diría,
mas no lo haré, por mi fe.
Si supiera que con un solo gesto
España entera fuera mía,
prefiero morir de silencio,
pues nunca me venció el mal pensamiento.
No enviaré mensajero alguno,
ni conviene que yo le hable;
ningún consejo hallo en mí,
pero de una cosa me consuelo:
ella sabe letras y entiende,
y me agrada que yo escriba palabras,
y si a ella le place leerlas,
serán mi salvación y alivio.
Cuando veo a la alondra
Cuando veo a la alondra elevar sus alas
alegre contra los rayos del sol,
y caer por la dulzura que la embriaga,
¡ay!, me invade gran envidia de los dichosos.
Me asombra que mi corazón no se derrita
en deseo ardiente y sin reposo.
Creí saberlo todo del amor,
mas poco fue mi ciencia descubierta;
pues no puedo dejar de amar
a quien jamás me dará respuesta.
Ella robó mi corazón, mi ser,
y todo el mundo me quitó;
me dejó sólo ansia y languidez,
un alma que suspira sin razón.
Ya no tengo dominio sobre mí,
ya no soy dueño de mi persona,
desde el instante en que me dejó mirar
sus ojos, espejo que me asombra.
¡Espejo fatal! Allí me reflejo,
y mis suspiros me han dado muerte;
como Narciso en la fuente,
me pierdo en tu imagen sin remedio.
Desconfío de las mujeres,
no volveré a fiarme de ellas;
pues si antes las exaltaba,
ahora las derribo y desprecio.
Ya que ninguna es para mí
contra aquella que me destruye,
dudo de todas, las desconfío,
pues sé que son todas iguales.
Y en esto veo que mi dama
es muy mujer, y por eso la culpo:
no quiere lo que debería querer,
y busca lo que le es prohibido.
Caí muy bajo, fui necio en el puente,
no sé por qué me sucedió,
sino porque quise subir demasiado
y el intento me derribó.
Ya nada vale con mi dama:
ni ruegos, ni piedad, ni mis derechos;
y como ya no le agrada que la ame,
no volveré a decírselo.
Así me despido y me alejo de ella:
me ha matado, y le respondo con muerte.
Me voy, pues no me retiene,
yo, desdichado, en destierro sin rumbo.
Cuando los ruiseñores su canto adormecedor
Cuando los ruiseñores su canto adormecedor
me han brindado toda la noche,
así, calmado, duermo; mas al despertar
la alegría otra vez me abandona.
Pensativo en amor, consumido en pena,
rechazo toda otra compañía;
no era así mi dicha de antaño,
cuando todo mi corazón, mi canto, era gozo.
Y ninguno que conociera aquel gozo
podría negar cuán brillante, inefable,
cuán por encima de toda dicha común
fue entonces la pureza de mi felicidad.
Ligera volaba mi fantasía,
entre cuentos alegres y dulces bromas,
soñando que tal gozo sería eterno
en el amor que por ti guardaba.
Quienes me miran poco sospechan
cuán lejos mi espíritu se eleva,
y, llevado por alas de ensueño, vaga
buscando la forma que ama.
Sabed que un fiel mensajero vuela
para traer su imagen a mis ojos,
mi pensamiento constante, siempre diciendo
cuán bella es, más que todas las demás.
No sé cuándo volveremos a encontrarnos,
pues la pena me ha partido el corazón:
por ti dejé la corte real,
mas protégeme de los males que temo,
y pronto me uniré al brillante cortejo
de caballeros y damas alegres.
Ugonet, fiel mensajero,
lleva esto a la reina normanda,
y cántalo suavemente a su oído.
Para mejor cubrir el peso del mal
Para mejor cubrir el peso y la pena,
canto y me distraigo con gozo y solaz;
hago esfuerzo, pues sé cantar y reír,
aunque me muero y no muestro señal.
Por Amor estoy tan dominado,
me ha vencido con fuerza y batalla.
Jamás Dios creó trabajos ni martirio
sin el mal de amor, que yo sufro en paz;
mas de ese mal, aunque me pese, sufriré,
pues Amor me hace amar donde le place.
Y os digo bien que si no soy amado,
no queda en mí sombra ni esperanza.
Soy hombre de mi dama, amigo y servidor,
y no le pido más amistad alguna,
sino que vuelva hacia mí sus bellos ojos,
que gran bien me hacen cuando estoy airado.
Y les doy alabanza, merced y gratitud,
pues no hay en el mundo amigo que tanto valga.
Dentro de mi corazón me irrito y me enojo,
pues sigo demasiado mis voluntades.
Mas ningún hombre debe decir tal cosa,
pues nadie sabe cómo se aventura.
¿Qué haré entonces con los semblantes ocultos?
¿Fallaré en ellos? Prefiero que el mundo me falle.
Corona, salud y amistad os entrego,
y ruego a mi dama que me ayude y me valga.
Hermoso es cuando veo la arboleda
Hermoso es cuando veo la arboleda
reverdecer en medio del bosque,
y las ramas cubiertas de hojas,
y el ruiseñor bajo el follaje
cantar de amor, de lo cual me duelo;
y me place que me duela,
con tal que quiera amarme
aquella que deseo y quiero.
La quiero más cuando se enorgullece
contra mí, mas nunca orgullo
tuvo hacia ella. Por eso me acoge
mi dama, pues tanto la acojo,
que de todas las demás me aparta,
por ella, a quien Dios no me aparte.
Antes le doy mi corazón,
que en gracia recoja
lo que cada día su amor recoge.
Recojo amor, que me aprisiona,
por ella que mala prisión
me hace, pues siempre me acusa
de aquello de lo cual tengo causa.
Tiene culpa, mas yo la perdono,
y mi corazón le concede perdón,
pues tanto la sé bella y buena
que todos sus males me son bienes.
Bien son todos los males que me da;
mas por Dios le pido un don:
que mi boca, que ayuna,
de un dulce beso se alimente.
Mas demasiado gran premio pido
a aquella que tanto recompensa;
y cuando le doy razón,
ella me cambia mi razón.
Mi razón cambia y gira;
mas yo jamás de ella me aparto,
mi fiel corazón, que la desea,
tanto que todos mis deseos
son de ella, por quien suspiro.
Y como ella no suspira,
sé que en ella mi muerte se mira,
cuando su gran belleza contemplo.
Mi muerte contemplo, pues gozar
no puedo ni soy gozoso;
mas soy tan bueno en sufrir
que espero vivir por sufrir.

Tanto tengo mi corazón
Tanto tengo mi corazón lleno de alegría
que todo me transforma.
Flor blanca, roja y dorada
me parece la frescura,
pues con el viento y con la lluvia
crece mi ventura,
por lo cual mi canto se eleva
y mi valor mejora.
Tanto tengo en el corazón de amor,
de gozo y de dulzura,
que el hielo me parece flor
y la nieve verdura.
Puedo andar sin vestidura,
desnudo en mi camisa,
pues el fino amor me asegura
contra la fría brisa.
Mas es necio quien se desmesura
y no guarda medida;
por eso he tomado cuidado de mí,
desde que hallé la elegida,
la más bella en el amor,
de quien espero tanto honor,
que en lugar de su riqueza
no quiero poseer Pisa.
Tengo buena esperanza,
mas poco me aprovecha,
pues así me tiene en balanza
como nave en la ola.
Del peso del mal que me despoja
no sé dónde esconderme;
toda la noche me vuelvo y me lanzo
sobre la almohada.
Sufro más pena de amor
que Tristán, el amante,
que soportó tanto dolor
por Yseut la rubia.
Mas falsos aduladores y engaños
me han alejado de su país,
y tales cosas se dicen
que yo pensara que en los cielos
se supiera amar con un solo corazón.
Cantaré de estos trovadores
Cantaré de estos trovadores
que cantan en mil colores,
y el primero piensa hablar muy bien;
mas su canto será en otros lugares,
pues veo cien pastores
y ninguno sabe si sube o desciende.
Ahora me aconsejad
Ahora, señor, dadme consejo,
vos que tenéis saber y razón:
una dama me dio su amor,
que he amado largamente;
mas ahora sé con certeza
que tiene otro amigo secreto,
y nunca de compañero alguno
compañía tan grave me fue.
De una cosa estoy en error
y en ella me hallo pensativo:
que alargo más mi dolor
si este daño le confieso,
y si así le digo mi pesar,
veo doblado mi perjuicio.
¿Qué debo hacer o qué no?
Nada puedo hacer en mi provecho.
Y si la amo con deshonor,
seré escarnio de toda gente;
y muchos me tendrán por burlado,
por cornudo y sufridor.
Y si así pierdo su amistad,
me tengo por desheredado
del amor, y Dios no me dé
jamás hacer verso ni canción.
Pues ya estoy en la locura,
seré necio si no tomo
de estos dos males el menor;
que más vale, en mi entender,
tener de ella la mitad
que perderlo todo por necedad,
pues nunca vi que amante fiel
hiciera provecho del amor.
Pues quiere otro amante mi dama,
yo no se lo prohíbo;
y me aparto más por temor
que por otra elección.
Y si alguien debe tener gratitud
de algún servicio forzado,
bien debo tener recompensa yo,
que tan gran agravio soporto.
Del agua que de mis ojos lloro
escribo saludos más de cien,
que envío a la más noble
y a la más hermosa.
Muchas veces me he acordado
de lo que me hizo al despedirse:
que vi cubrir su faz,
y nunca pude decirle sí ni no.
Garcio, ahora canta mi canción,
y llévala a mi mensajero,
que él me dé consejo
sobre lo que debo hacer.
Cuando veo por la llanura
Cuando veo por la llanura
de los árboles caer la hoja,
antes que el frío se derrame
y el tiempo claro se esconda,
me parece justo que oigáis mi canto,
pues he callado más de dos años,
y conviene que haga enmienda.
Mucho me duele que nunca se ablande
aquella que contra mí se enorgullece,
pues si mi corazón le pide,
no le place dar respuesta alguna.
Me mata mi necio deseo,
pues sigo los bellos semblantes de amor
y no veo que Amor me atienda.
Dios, que guarda todo el mundo,
ponga en su corazón que me acoja,
pues para mí no hay sustento
ni ningún bien me aprovecha.
Tan temeroso estoy ante la bella,
que me entrego a ella suplicante:
si le place, que me dé o que me venda.
Mal hará si no me manda
venir allí donde se despoja,
que yo, por su mandato,
sea tomado del lecho, junto a la almohada,
y le quite los zapatos bien calzados,
de rodillas y humilde,
si le place tenderme sus pies.
He hecho el verso todo completo,
sin que palabra se le escape,
más allá de la tierra normanda,
tras el fiero mar profundo;
y si estoy lejos de mi dama,
hacia ella me atrae como imán
la bella a quien Dios proteja.
Si el rey inglés y el duque normando
lo quieren, la veré antes
que el invierno nos sorprenda.
(Dicho) Por el rey soy inglés y normando,
y si no fuera por mi imán,
esperaría hasta la calenda.
El Ruiseñor
Cuando la hierba reverdece,
y brotan frescas las hojas,
cuando las flores se abren en la llanura,
y los ruiseñores cantan dulcemente,
y por el bosque se expande su canto,
entonces hallo gozo en la canción y en la flor,
gozo en mí mismo, pero más en mi dama;
todo a mi alrededor se torna alegría,
mas de ella surge mi mayor arrebato.
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