Poemas de Cornelio Galo (poeta romano)

Cornelio Galo

Poemas de Cornelio Galo (70–26 a.C.) poeta, político y militar romano, considerado fundador de la elegía amorosa latina.

Nacido en Forlì o Fréjus, de origen humilde, se trasladó a Roma, donde fue amigo de Virgilio, quien le dedicó la Égloga X. Amó a la actriz Volumnia Citeris, inspiradora de sus versos como “Lycoris”.

Al servicio de Octavio, fue nombrado primer prefecto de Egipto, sofocó la rebelión de Tebas y extendió el poder romano hasta Nubia. Su obra, casi perdida, influyó en Propercio, Tibulo y Ovidio

Elegía

No importaba tanto expugnar a Seleucia, la capital de los Arsácidas, restituir a Jove vengador las enseñas de Roma, si la tristeza de Licoris, por causa de nuestra ausencia, la había de sepultar cerca de nueve meses en su dolor. Y no sufre tanto por su abandono como por el enojo de su madre; así la joven se siente oprimida por dos males a la vez. Ni la madre deja de tener razón, deseando que su lindísima hija alegre la casa paterna con numerosa prole.

Mas ¿qué pensar de esa fautora de tercerías que trata de arrebatarme la mujer que adoro, le ofrece magníficos regalos ocultos en su seno y ensalza al mozo que se los envía por su índole noble…, por su blanco rostro que aún no sombrea la barba, por los rubios cabellos que en bucles descienden de su cabeza, y por su maestría en cantar y tañer la cítara? Después le pinta los horrores de la guerra y los tedios propios de la amante de un militar. No olvida traer a cuento mi cabeza ya blanqueada por la nieve de las canas… y que las heridas retardan mis pasos. Inventa cien patrañas, todas a cual más falsas: ¡oh, cómo temo que la felicidad de mi amada se la lleve el viento!

 

La mujer es versátil y mudable por naturaleza, y aún no está averiguado qué sabe más, si amar o aborrecer. Nunca se pone en el justo medio… y solo es constante en su ligereza. Minos, el hijo de Europa, era tan hermoso al deponer el arco como al ceñir con el yelmo sus cabellos. En el punto que la virgen de estirpe real le ve desde las murallas pelear, oye los consejos del amor que la incitan al crimen.

El Amor es un dios muy poderoso que doma las leonas preñadas y cubre con su manto el horrendo crimen de Escila, y, a no velar el piadoso Júpiter sobre la Ciudad Eterna, hubiese sucumbido por la traición de una virgen. Así perezca el malvado que busca la ruina de los patrios muros del modo que pagó sus culpas aquella perversa que yace bajo el peso de los escudos; aún lleva su nombre la fortaleza desde donde truena Júpiter triunfador.

 

Mas ¿qué digo? ¡Insensato! Ni las flores purpúreas de la juventud, ni los preciosos regalos cautivarán a la luz de mi vida, ni la autoridad paterna ni los duros mandatos de su madre la mudarán; mi amor reina en su pecho inquebrantable como la roca opuesta a las olas fragorosas del Egeo permanece en su sitio desafiando por igual la rabia de los vientos y las tempestades. No de otro modo el fuego cobra poco a poco fuerzas para que luzca la llama más brillante en el hogar encendido.

La esperanza fundada de mi regreso la conforta y alienta su seno con un secreto gozo. Me llama en la ausencia, suspira por mí solo y pasa días y noches pensando conmigo. También entrelaza hilos de plata a los del oro más puro, y borda el nuevo manto que he de llevar en la próxima campaña. En él traza, afanosa por complacerme, con su fina aguja las formas de los jóvenes guerreros y los combates que oyó referir; dibuja las ondas del Éufrates que corren con mayor mansedumbre, y las águilas triunfadoras que ven los manes de Craso conducidas por Ventidio, que bajo los auspicios de César Augusto restituye las enseñas conquistadas; parto, orgulloso hasta entonces y soberbio por la derrota de nuestro ejército, al fin se postra rendido al romano, su enemigo.

 

Mi retrato aparece como vencedor entre los primeros; lo exigen así la piedad y el cariño que me profesa. También se destaca su figura pálida, llorosa, con el rostro abatido y en actitud de llamarme. Edades dichosas aquellas en que el hierro aún no había visto la luz; todo era paz entonces y cada cual vivía contento con lo suyo. Llamábase rico el poseedor de un reducido campo; él mismo lo sembraba, y más tarde él mismo cocía sus legumbres. No había lugar a la envidia, aunque la heredad del vecino abundase en mieses, ganados y fértiles viñedos. El amor era libre; la mujer no se hacía sospechosa al marido, y pasaba por casta la que sabía negar en público sus debilidades. Entonces Venus… inspiraba dulcemente sus llamas, y Cupido vibraba en las selvas certeros dardos. Vida mía, ¿por qué no merecí nacer en tiempo tan venturoso? ¿Qué dios me prohibió gozar tanta felicidad?

 

¡Oh, días brillantes! ¡Oh, siglos afortunados! La edad de oro fue verdaderamente la del viejo Saturno. Ahora vivimos en la de hierro con el sangriento furor de las batallas; ahora reinan la crueldad y la matanza, y acaso mi sangre enrojezca las armas de un huésped, o mi hermano querido caiga al filo de mi espada. ¿Qué me importa la guerra? Batallen… los que buscan en el campo las riquezas o la gloria de reinar, nosotros sostengamos otras luchas con armas diferentes.

Que el amor haga resonar el clarín y dé la señal de la acometida. Si no peleo con decisión desde el amanecer del sol hasta su ocaso, que Venus, colérica por mi flojedad, me arrebate las armas; pero, si mis votos se cumplen, si sostengo bien la lid, que mi prenda amada se rinda a mis deseos como premio de la victoria para estrecharla… a mi seno y cubrirla de besos, mientras los bríos no me abandonan, y puedo amar sin desdoro. Que el nardo y la rosa se mezclen al vino excitador de mi pujanza y los perfumes rocíen mi guirnalda y mi cabellera. Que no me avergüence de conciliar el sueño en el regazo de mi amada, y no incorporarme hasta el caer de la tarde.

 

Si alguno, libre del amor, se me ríe, ojalá se inflame de igual manera y aprenda lo que es amar en la vejez; sujeto a la servidumbre alabe en vano mi inclinación, y consumido por el mismo fuego, exclame: «Sabe lo que se hace». Créeme, no dilates para mañana tus goces. Mientras hablamos llega la noche y nos envuelven las sombras de la muerte.

 

Sobre la muerte de Virgilio

Máximo César, la muerte que lloramos de Virgilio entristece nuestros alegres días. Prohibió que se leyesen, si tú lo consientes, sus libros donde brilla la gloria de Eneas exaltada por su musa.

 

Roma te suplica, y todo el universo junta a ella sus ruegos, que las llamas no destruyan ese monumento alzado a los ilustres héroes y abrasen nuevamente a Troya en más desolador incendio.

 

Dispón que se nos permitan leer los elogios de Italia y tus brillantes destinos, y que un heraldo mayor realce las empresas de su Eneas. Las órdenes del divino César pueden más que los decretos del hado.

 

A Lidia (Atribuida a Galo)

Lidia, hermosa joven que desafías en blancura a la leche, al lirio y a la rosa que mezcla la púrpura con la nieve, o al marfil pálido de la India: muéstranos, prenda, muéstranos tus rubios cabellos que deslumbran como el oro; muéstranos tu cuello alabastrino que se alza sobre tu ebúrnea espalda; muéstranos tus ojos fulgurantes como las estrellas, y las negras cejas que les sirven de marco; muéstranos, joven, tus rosadas mejillas teñidas con la púrpura de Tiro; acerca tus labios, tus labios de coral, y como una paloma dame dulcísimos besos. Tú me robas parte del ánimo enloquecido, y tus besos me penetran hasta el fondo del corazón.

 

¡Ah! ¿Por qué me bebes la caliente sangre? Oculta esos pechos, oculta esos rosados pezones que destilan la leche al oprimirlos mi mano. Tu seno esparce el olor del cinamomo, y de todo tu cuerpo brotan las delicias. Esconde los pezones del níveo pecho que me trastornan con su blancura y su morbidez. Cruel, ¿no ves cómo languidezco? ¿Así me abandonas ya medio muerto?

Cornelio Galo

Fragmentos

I

Luz de mi vida, cuando te veo por la mañana, muera yo si no te encuentro más hermosa que el nuevo sol; si te me presentas por la noche —perdonadme, dioses—, me pareces el Héspero que surge de los mares de occidente.

 

II

A dos meretrices de Iliria, llamadas Gencia y Cloe, que seguían con su madre al ejército.

Amor de vuestra madre, fuente de mis delicias, no disputéis entre vosotras como hermanas rivales sobre quién tiene el cutis más blanco o menos oscuro: disputad solo sobre cuál de las dos abrasa más a su amante, si la una con la lumbre de sus ojos o la otra con sus cabellos.

 

¿Por ventura, Gencia, tu rubia cabellera tomó del oro su color, o, al contrario, fue el oro el que lo prestó a tus rubios cabellos? El famélico Conón, por lisonja, colocó entre los astros la cabellera cortada de la cabeza de Berenice. Así, Gencia, la tuya una vez cortada se convierta en un astro que guíe las naves de Iliria con más seguridad que la Osa.

 

El pavón de Juno, al sacudir y formar el ruedo con la cola, deja ver sus cien ojos y piedras preciosas… Vuelve las miradas aquí o allá: verás correr en torno suyo mil antorchas.

 

III

A una doncella

Si sonríes, ¡oh, virginal criatura!, despides llamas de tus ojos, y no sé qué leve murmullo suena en tus labios. ¿Por qué no pronuncia tu boca la palabra que deseo oír?

 

IV

Con la corriente de un río divides dos comarcas.

 

Estela a su monumento en Philae

Cayo Cornelio, hijo de Cneo, Galo, caballero romano, tras la derrota de los reyes por parte de César, hijo del divino, fue nombrado prefecto de Alejandría y de Egipto. Fue el primero en sofocar la rebelión de la Tebaida, venciendo al enemigo dos veces en batalla campal en solo quince días. Victorioso, conquistó cinco ciudades: Boresis, Copto, Cerámice, Dióspolis Magna y Ophieu, capturando a los líderes de la insurrección.

Condujo su ejército más allá de las cataratas del Nilo, a un lugar donde jamás habían llegado las armas ni del pueblo romano ni de los reyes de Egipto. Sometió la Tebaida, aterrada por el poder conjunto de todos los reyes. Escuchó a los embajadores del rey de Etiopía en Filas, y recibió al propio rey bajo su protección. Derrocó al tirano de Triacontaschoenus, estableciendo allí el dominio romano sobre Etiopía. En agradecimiento, ofrecieron dones a los dioses patrios y al Nilo como protector.

 

Amores, fortaleza romana de Primis (2 fragmentos)

Latín: 

Fata mihi Caesar tum erunt mea dulcia

quom tu maxima Romanae pars eris historiae

postque tuum reditum multorum templa deorum

fixa legam spolieis devitiora tueis.

 

Español: 

Oh César, los destinos serán dulces para mí

cuando seas la mayor parte de la historia romana

y cuando después de tu regreso vea los templos de muchos dioses

enriquecidos con tu botín.

 

Latín (fragmentos): 

… Tandem fecerunt carmina Musae

quae possim domina deicere digna mea.

… atur idem tibi, non ego, Visce …

Kato, iudice te, uereor.

 

Español (fragmentos): 

… Por fin las Musas han creado canciones

que puedo recitar dignas de mi señora.

hasta que de ti… yo no, oh Visco …

oh Cato, contigo como juez no tengo miedo.

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