Poemas de Abū al-Baqāʾ al-Rundī
Poemas de Abū al-Baqāʾ al-Rundī (1204–1285), un eminente poeta y jurista nacido en Ronda, cuya obra encapsula el dolor del ocaso de Al-Ándalus. Su legado es inmortal gracias a la «Elegía por la caída de al-Ándalus», considerada una de las cimas de la lírica árabe. En ella, Al-Rundī no solo lamenta la pérdida de ciudades como Sevilla y Córdoba, sino que reflexiona sobre la caducidad del poder y la transitoriedad de las glorias humanas.
Polímata de gran ingenio, también destacó en la sátira social y la poesía mística, manteniendo siempre un estilo culto y sentencioso. Su voz fue un puente desesperado que buscó auxilio en el norte de África, convirtiéndose en el cronista emocional de un mundo que se desvanecía ante el avance de la Reconquista cristiana.
Cuanto Sube Hasta La Cima…
Cuanto sube hasta la cima
desciende pronto abatido
a lo profundo.
¡Ay de aquél que en algo estima
el bien caduco mentido
de este mundo!
En todo terreno ser
sólo permanece y dura
el mudar.
Lo que hoy es dicha o placer
será mañana amargura
y pesar.
Es la vida transitoria
un caminar sin reposo
al olvido;
plazo breve a toda gloria
tiene el tiempo presuroso
concedido.
¿Qué es de Valencia y sus Huertos?
¿Qué es de Valencia y sus huertos?
¿Y Murcia y Játiva hermosas?
¿Y Jaén?
¿Qué es de Córdoba en el día,
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban?
¿Y Sevilla? ¿Y la ribera
que el Betis fecundo baña
tan florida?
Elegía por la pérdida de Sevilla
Cuanto sube hasta la cima,
desciende pronto abatido
al profundo.
¡Ay de aquel que en algo estima
el bien caduco y mentido
de este mundo!
En todo terreno ser
sólo permanece y dura
el mudar.
Lo que hoy es dicha o placer
sera mañana amargura
y pesar.
Es la vida transitoria
un caminar sin reposo
al olvido;
plazo breve a toda gloria
tiene el tiempo presuroso
concedido.
Hasta la fuerte coraza,
que a los aceros se opone
poderosa,
al cabo se despedaza,
o con la herrumbre se pone
ruginosa.
¿Con sus cortes tan lucidas,
del Yemen los claros reyes
dónde están?
¿En dónde los Sasánidas,
que dieron tan sabias leyes
al Irán?
¿Los tesoros hacinados
por Karún el orgulloso
dónde han ido?
¿De Ad y Temud afamados
el imperio poderoso
do se ha hundido?
El hado, que no se inclina
ni ceja, cual polvo vano
los barrió,
y en espantosa ruina
al pueblo y al soberano
sepultó.
Y los imperios pasaron,
cual una imagen ligera
en el sueño;
de Cosroes se allanaron
los alcázares do era
de Asia dueño.
Desdeñado y sin corona
cayó el soberbio Darío
muerto en tierra.
¿A quién la muerte perdona?
¿Del tiempo el andar impío
qué no aterra?
¿De Salomón encumbrado
al fin no acabó el poder
estupendo?
Siempre del seno del hado
bien y mal, pena y placer
van naciendo.
Mucho infortunio y afán
hay en que caben consuelo
y esperanza;
mas no el golpe que el Islam
hoy recibe en este suelo
los alcanza.
España tan conmovida
al golpe rudoso siente
y al fragor,
que estremece su caída
al Arabia y al Oriente
con temblor.
El decoro y la grandeza
de mi patria, y su fe pura,
se eclipsaron;
sus verjeles son maleza,
y su pompa y hermosura
desnudaron.
Montes de escombro y desiertos,
no ciudades populosas,
ya se ven;
¿qué es de Valencia y sus huertos?
¿y Murcia y Játiva hermosas?
¿Y Jaén?
¿Qué es de Córdoba en el día,
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban
y ornamento?
¿Y Sevilla? ¿Y la ribera
que el Betis fecundo baña
tan florida?
Cada ciudad de éstas era
columna en que estaba España
sostenida.
Sus columnas por el suelo,
¿cómo España podrá ahora
firme estar?
Con amante desconsuelo
el Islam por ella llora
sin cesar.
Y llora al ver sus verjeles,
y al ver sus vegas lozanas
ya marchitas,
y que afean los infieles
con cruces y con campanas
las mezquitas.
En los mismos almimbares
suele del leño brotar
tierno llanto.
Los domésticos altares
suspiran para mostrar
su quebranto.
Nadie viva con descuido,
su infelicidad creyendo
muy distante,
pues mientras yace dormido,
está el destino tremendo
vigilante.
Es dulce patria querida
la región apellidar
do nacemos;
pero, Sevilla perdida,
¿cuál es la patria, el hogar
que tenemos?
Este infortunio a ser viene
cifra de tanta aflicción
y horror tanto;
ni fin, ni término tiene
el duelo del corazón,
el quebranto.
Y vosotros, caballeros,
que en los bridones voláis
tan valientes,
y cual águilas ligeros,
y entre las armas brilláis
refulgentes;
que ya lanza poderosa
agitáis en vuestra mano,
ya, en la oscura
densa nube polvorosa,
cual rayo, el alfanje indiano
que fulgura;
vosotros que allende el mar
vivís en dulce reposo,
con riquezas
que podéis disipar,
y señorío glorioso
y grandezas;
decidme: los males fieros
que sobre España han caído,
¿no os conmueven?
¿Será que los mensajeros
la noticia a vuestro oído
nunca lleven?
Nos abruman de cadenas;
hartan con sangre su sed
los cristianos.
¡Doleos de nuestras penas!
¡Nuestra cuita socorred
como hermanos!
El mismo Dios adoráis,
de la misma estirpe y planta
procedéis;
¿por qué, pues, no despertáis?
¿por qué a vengar la ley santa
no os movéis?
Los que el imperio feliz
de España con alta honra
sustentaron,
al fin la enhiesta cerviz
al peso dé la deshonra
doblegaron.
Eran cual reyes ayer,
que de pompa se rodean;
y son luego
los que en bajo menester,
viles esclavos, se emplean
sin sosiego.
Llorado hubierais, sin duda,
al verlos, entre gemidos,
arrastrar
la férrea cadena ruda,
yendo para ser vendidos,
al bazar.
A la madre cariñosa
allí del hijo apartaban
de su amor;
¡separación horrorosa,
con que el alma traspasaban
de dolor!
Allí doncellas gentiles,
que al andar perlas y flores
esparcían,
para faenas serviles
los fieros conquistadores
ofrecían.
Hoy en lejana región
prueban ellas del esclavo
la amargura,
que destroza el corazón
y hiere la mente al cabo
con locura.
Tristes lágrimas ahora
vierta todo fiel creyente
del Islam.
¿Quién su infortunio no llora,
y roto el pecho no siente
del afán?
Qasida
Cuanto sube hasta la cima
desciende pronto abatido
a lo profundo.
¡Ay de aquél que en algo estima
el bien caduco mentido
de este mundo!
En todo terreno ser
sólo permanece y dura
el mudar.
Lo que hoy es dicha o placer
será mañana amargura
y pesar.
Es la vida transitoria
un caminar sin reposo
al olvido;
plazo breve a toda gloria
tiene el tiempo presuroso
concedido.
¿Qué es de Valencia y sus huertos?
¿Y Murcia y Játiva hermosas?
¿Y Jaén?
¿Qué es de Córdoba en el día,
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban?
¿Y Sevilla? ¿Y la ribera
que el Betis fecundo baña
tan florida?

Oda en honor a Abu Yusuf Yaqub
Tras la noche de la duda, surge un rayo desde el Magreb,
donde el sol no se pone, sino que nace para nosotros.
Es la luz de Abu Yusuf, que atraviesa la bruma del mar,
trayendo consigo la promesa de un nuevo amanecer.
Vedle avanzar sobre su corcel, que parece nacido del viento,
con la lanza que es columna de la justicia y el derecho.
Su espada no conoce el descanso si el oprimido suspira,
ni su mano se cierra cuando el necesitado pide clemencia.
Las piedras de Sevilla aún guardan el eco de su nombre,
y las aguas del Guadalquivir preguntan por su llegada.
¡Oh, sultán de los creyentes! Las ciudades que perdimos
te sueñan en sus noches de cautiverio y de llanto.
No es solo el poder lo que ciñe tu frente, sino la virtud,
herencia de ancestros que hicieron del honor su escudo.
En ti revive la gloria de los califas de antaño,
aquellos que plantaron la fe en los confines del mundo.
Cuando el estruendo del combate asorda los valles,
su voz es el trueno que guía a los valientes al triunfo.
El polvo de la batalla es para él más dulce que el almizcle,
pues sabe que en cada golpe se escribe la historia del Islam.
Bajo su sombra encuentran refugio los que lo perdieron todo,
los que cruzaron el mar con el alma rota y los pies heridos.
Él es el padre de los huérfanos de España, el muro firme
contra el que se estrellan las olas del enemigo infiel.
Que este canto vuele sobre las olas hasta sus oídos,
y sea el mensajero de un pueblo que se niega a morir.
Mientras Abu Yusuf empuñe el acero por nosotros,
Al-Ándalus seguirá siendo el jardín que Dios nos confió.
El dardo contra la apariencia
«No te engañen sus turbantes anchos ni sus túnicas de seda, pues bajo el brocado se esconde un alma de paja.
Presumen de linaje como si el honor fuera una herencia que se guarda en el arca, olvidando que el nombre sin hechos es solo un eco vacío en un pasillo oscuro.»
Crítica a los jueces y sabios fingidos
¡Oh, tú, que alargas la barba para parecer profundo y entornas los ojos citando leyes que no cumples! Eres como el libro precioso en manos de un ignorante: bello por fuera, pero mudo por dentro.
Vendes sentencias por monedas de plata y llamas ‘justicia’ a lo que no es más que el hambre de tu vientre.
Contra la cobardía de los poderosos
Se dicen leones cuando están entre sus muros y frente a sus espejos, pero ante el enemigo su rugido se vuelve el balido de una oveja perdida.
Cambian la espada por la copa y el escudo por el cojín; mientras la frontera arde, ellos discuten sobre el color de un vino que les nubla el juicio y el valor.
La hipocresía social
Mirad a esos que en la mezquita bajan la frente con fingida humildad, para luego salir al zoco a devorar la carne de su hermano con la lengua del chisme.
Su piedad es una máscara que se quitan al cruzar el umbral de su casa, donde el vicio es el único señor al que realmente rinden pleitesía.
El destino del necio
Crees que el mundo te pertenece porque hoy el viento sopla a tu favor, pero el necio no sabe que el destino es un jugador de dados que siempre guarda un as bajo la manga.
Te ríes del caído hoy, sin ver que el suelo que pisas ya empieza a agrietarse bajo el peso de tu propia soberbia.
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