Poemas de Ibn Khafāja

Poemas de Ibn Khafāja

Poemas de Ibn Khafāja (1058–1139), conocido como «el Jardinero» (al-Jannān), fue el poeta paisajista más excelso de Al-Ándalus. Nacido en Alcira, Valencia, su vida transcurrió en una época de agitación política, pero su obra se alejó de las intrigas cortesanas para refugiarse en la contemplación de la naturaleza. Elevó la descripción del entorno a una categoría espiritual, dotando de alma y voz a elementos como montañas, ríos y flores a través de una sofisticada personificación.

Su estilo, cargado de una exuberancia verbal y una melancolía profunda, influyó notablemente en la lírica posterior, tanto árabe como románica. En poemas como el de la Montaña, Ibn Khafāja reflexiona sobre la brevedad de la existencia humana frente a la eternidad del paisaje, convirtiendo los jardines valencianos en metáforas del paraíso perdido y la fragilidad del destino.

He vuelto a Alzira

entre el trueno que retumba en mi oído

y la lluvia que azota mis hombros,

como un ave paralizada por las aguas

cuyos polluelos están en el nido, atormentados,

viendo cómo se derrumban los muros

bajo el peso continuo de las nubes.

 

El mar de la riada,

oleadas de barro;

el cielo, generoso en lágrimas;

los edificios, resquebrajados,

humillados como cautivos

ante el tirano.

 

Los edificios se venían abajo

inclinándose a tierra

como lo harían las comisiones

delante de los reyes.

Se diría que imitaban

a los fieles en oración

 

Jardín y la paloma

El jardín era un rostro de una blancura

resplandeciente,

la umbría, una cabellera negra,

y el agua del arroyo una boca de hermosos dientes.

Fue allí donde la paloma nos regocijó una tarde

al dejarnos oír su dulce arrullo.

 

Cuántas noches contigo

Cuántas noches contigo, deliciosas,

vino en el mismo cáliz yo bebía,

y nuestro hablar suave parecía

el susurro del céfiro en las rosas.

 

Perfume dulce el cáliz exhalaba;

pero más nuestros juegos; más las flores

que de tu seno y ojos seductores

y de tus frescos labios yo robaba.

Sueño, embriaguez, un lánguido quebranto

rindió tu cuerpo hermoso,

que entre mis brazos a posarse vino;

pero la sed, en tanto,

apagar quiso el corazón ansioso,

de tu boca en el centro purpurino,

fue entonces limpia y rutilante espada

y fue bruñido acero tu figura,

al desnudar la rica vestidura

tan primorosamente recamada.

 

Y yo estreché con lazo cariñoso

tu esbelto talle y delicado seno,

y besé tu sereno

rostro, que sol hermoso

para mi bien lucía,

dando ser a mi alma y alegría.

 

Toqué con ambas manos

toda la perfección de tu hermosura,

anchas caderas y cintura breve,

y dos alcores cándidos, lozanos,

que separa de un valle la angostura

y que están hechos de carmín y nieve.

 

Cuántas noches contigo, deliciosas,

vino en el mismo cáliz yo bebía,

y nuestro hablar suave parecía

el susurro del céfiro en las rosas.

Perfume dulce el cáliz exhalaba;

pero más nuestros juegos; más las flores

que de tu seno y ojos seductores

y de tus frescos labios yo robaba.

 

Sueño, embriaguez, un lánguido quebranto

rindió tu cuerpo hermoso,

que entre mis brazos a posarse vino;

pero la sed, en tanto,

apagar quiso el corazón ansioso,

de tu boca en el centro purpurino,

fue entonces limpia y rutilante espada

y fue bruñido acero tu figura,

al desnudar la rica vestidura

tan primorosamente recamada.

 

Y yo estreché con lazo cariñoso

tu esbelto talle y delicado seno,

y besé tu sereno

rostro, que sol hermoso

para mi bien lucía,

dando ser a mi alma y alegría.

Toqué con ambas manos

toda la perfección de tu hermosura,

anchas caderas y cintura breve,

y dos alcores cándidos, lozanos,

que separa de un valle la angostura

y que están hechos de carmín y nieve.

 

El Jardín De Al-Andalus

Nada más bello, andaluces / que vuestras huertas frondosas,

jardines, bosques y ríos, / y Claras fuentes sonoras.

 

Edén de los elegidos / es Vuestra Tierra Dichosa;

si a mi arbitrio lo dejasen, / no viviría yo en otra.

 

El infierno no temáis, / ni sus penas espantosas;

que no es posible el infierno / cuando se vive en la Gloria.

Poemas de Ibn Khafāja

Poema de la Montaña

Por tu vida, ¿sabes si es el frenesí de los vendavales del sur lo que golpea mi silla, o son los lomos de los nobles camellos?

Pues apenas me alcé como una estrella errante en las regiones más remotas del alba, antes de ponerme por el último confín del ocaso, solo, mientras los desiertos me entregaban unos a otros hasta que distinguí los rostros del destino bajo el velo de la más absoluta penumbra.

 

Sin más vecino que mi hoja terca, ni más morada que el armazón de la silla de montar,

y sin más compañía humana que divertir, por un momento, las bocas de la esperanza ante el rostro de los deseos,

en una noche que, cuando dije: «Ya ha pasado y terminado», reveló una promesa que desmintió toda suposición,

noche en la que arrastré las negras trenzas de la oscuridad para poder abrazar la esperanza de blancos pechos.

 

Fui y arranqué la camisa de la noche del cuerpo de un lobo gris que se alzaba con dientes brillantes y el ceño fruncido.

En él vi un fragmento oscuro del amanecer que asomaba con una estrella encendida y penetrante,

y vi, también, la cima de una alta y noble montaña que rivalizaba con las alturas del cielo con su cruz,

deteniendo el soplar del viento de cada dirección y desplazando a las estrellas fugaces con sus hombros,

majestuosa sobre el lomo del desierto, como si fuera un pensador meditando las consecuencias a través de las noches.

 

Las nubes envolvieron turbantes negros sobre su cima con trenzas rojas por el destello de los relámpagos.

La escuché, aunque era muda y silenciosa, y así, durante el viaje nocturno, me habló de maravillas

y dijo: «¡Cuántas veces he sido el refugio del asesino, y el hogar del penitente que suspira y ha puesto su corazón en Dios!

¿Cuántos viajeros, tanto los que regresan a casa como los que parten, han pasado por mi camino? ¿Cuántos jinetes y cabalgaduras han tomado su siesta a mi sombra?

 

¿Cuántas veces los vientos contrarios han azotado mis flancos y los mares verdes se han agolpado a mis costados?

Y todo esto solo para que la mano de la perdición los envolviera, y el viento de la distancia y la catástrofe se los llevara.

Así, el palpitar de mi verdor no es sino el estremecimiento de un tórax, y el gemido de mis palomas no es sino el lamento de una plañidera.

 

Ningún consuelo alivió mis lágrimas. Más bien, las he llorado todas en la separación de los amigos.

¿Hasta cuándo permaneceré mientras un amigo parte por delante, despidiéndolo como a un viajero que no regresa?

¿Y cuánto tiempo pastorearé a las estrellas, cuyo destino es nacer y ponerse hasta el fin de las noches?

¡Ten piedad, pues, oh Señor mío, de la súplica de un humilde suplicante que extiende la mano del anhelo hacia tu bendición!».

 

Así me hizo oír, en su exhortación, cada ejemplo instructivo que la lengua de los tormentos le interpretaba.

Así me consoló arrancándome lágrimas, y elevó mi espíritu afligiendo el corazón; y durante toda aquella estancia nocturna, fue el más grande de los amigos.

Así que dije, mientras me desviaba de ella hacia mi destino: «Adiós, pues algunos nos quedamos y otros seguimos el viaje».

 

Poemas a las Nubes

Una nube que no se había elevado durante su viaje nocturno, se movía sobre las tinieblas al modo de un cautivo encadenado.

El viento del sur se llevó esa nube con jirones, y arrastraban tanto que podían tocarse con la mano.

Cuando el Relámpago surcaba (el cielo) las nubes parecían un jinete que, rendido por el sueño, suelta las riendas».

Una espesa nube, con un manto ornado de un fleco por la mano hábil de un artesano, suelta el primer aguacero.

Ha viajado de noche, presurosa; el relámpago es látigo refulgente en manos de las tinieblas, y el viento, el lomo de un caballo de paso seguro.

Eufórica, se pavonea con su cinturón dorado y trémulo, arrastrando sus faldones de intensa negrura.

Le hice una visita matinal: las nubes eran como ámbar llameante, y el relámpago, cual fuego ardiente.

nos sirvió de beber…

una oscura nube corría (por el cielo), cual negro corcel, con el relámpago por fusta, y por riendas, el bóreas.

una nube ha dorado la noche de mi viaje; luego sus aguas han plateado lo que ella había dorado.

 

El Amante de las Flores

¡Cuánto me divertí en Alzira

cuando gozaba de una tierna

juventud afortunada!

Intercambiaba saludos de flores y copas

con mis jóvenes contertulios!

bellos jóvenes que lucían por el resplandor de luz

rostros en el negro marco de sus cabellos,

en un lugar donde las nubes bailan siempre

al ritmo de la suave brisa

mientras las olas del río se llenan de júbilo.

 

El jardín era un rostro de una blancura

resplandeciente,

la umbría, una cabellera negra,

y el agua del arroyo una boca de hermosos dientes.

Fue allí donde la paloma nos regocijó una tarde

al dejarnos oír su dulce arrullo.

 

Poema báquico

Es la vida embriaguez de rojo vino

siempre que te la sirva un mancebo

en cuyos ojos flota la negra pupila de los blanco,

viendo cómo las flores y las copas

se coronan con espuma pura y color rubí

copa en la que la nieve es corola,

corola que florece la copa.

 

Tu amor es auténtico,

Pero me asombra esa distancia entre los dos decretada.

Es como estar junto a un astro en rotación:

Cuando desapareces tú, emerjo yo.

 

Loa de Al-Andalus

¡Oh, habitantes del Al-Andalus,

que felicidad la vuestra al tener aguas, sombras, ríos y árboles!

No existe el jardín del Paraíso sino en vuestras moradas

Si yo tuviera que elegir, con éste me quedaría.

No penséis que mañana entraréis en el Infierno;

¡no se entra en el Infierno después de haber vivido en el Paraíso!

 

La Riada

Olas de barro, el mar de la riada.

El cielo no puede parar de llorar lágrimas.

Badados, humillados, los

edificios son cautivos

cayendo a los pies del tirano.

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