Poemas de Alberto Lista

Poemas de Alberto Lista

Poemas de Alberto Lista (1775–1848) intelectual en la transición del neoclasicismo al romanticismo español. Sacerdote, poeta y crítico sevillano, ejerció una influencia colosal como pedagogo a través de la Real Academia de Estudios de San Isidro y el Colegio Libre de San Mateo.

Pese a su formación ilustrada y su apego a la disciplina clásica, su pensamiento evolucionó hacia un romanticismo moderado. Defendió la libertad creativa y la espiritualidad, pero siempre bajo el rigor del buen gusto y la técnica. Como crítico, revalorizó la literatura del Siglo de Oro, conectando la tradición nacional con las nuevas corrientes europeas. Su legado no reside solo en su obra poética, sino en haber moldeado la mentalidad de autores clave como Espronceda y Bécquer, siendo el puente maestro entre dos épocas.

A Delia

Si vi tus ojos, Delia, y no abrasaron

Mi corazon en amorosa llama;

Si vi tus labios que el abril inflama

De ardiente rosa, y no me enajenaron;

Si vi el seno gentil, do se anidaron

Las gracias, do el carmin, que Vénus ama,

Sobre luciente nieve se derrama,

É inocentes mis ojos lo miraron:

No es culpa, no de tu beldad divina:

Culpa es del infortunio, que ha robado

La ilusion deliciosa al pecho mio.

Mas si en el tuyo la bondad domina,

Mas querrás la amistad de un desgraciado,

Que de un dichoso el tierno desvarío.

 

La Sociedad

Do el bárbaro habitó choza mezquina

De sangre y latrocinios siempre ansioso,

Seguro por la ley, quieto y dichoso

El hombre en las ciudades se avecina;

Y do se alzaba bajo triste encina

El crudo altar del drúida espantoso,

Verjeles pinta el mayo delicioso

Y recama de mieses la colina.

Estos son, sociedad, tus gratos dones:

Tú al placer, tú á la paz, tú al amor santo

Convidas los humanos corazones:

Que la perfidia vil, el odio esquivo,

Y de la envidia el rencoroso llanto

Reliquias son del bosque primitivo.

 

La Envidia

Dulce es á la codicia, cuando alcanza

Doblar el oro inútil, que ha escondido;

Dulce al amor, feliz ó desvalido,

Meditar ya el placer, ya la esperanza.

Dulce es tambien á la feroz venganza,

Que no obedece al tiempo ni al olvido,

Los sedientos rencores, que ha sufrido,

Apagar entre el fuego y la matanza.

A un bien aspira todo vicio humano:

Teñida en sangre la ambicion impía

Sueña en el mando y el laurel glorioso.

Sola tú, envidia horrenda, monstruo insano,

Ni conoces ni esperas la alegría:

Que ¿dónde irás, que no haya un venturoso?

 

La Esperanza

Dulce esperanza, del prestigio amado

Pródiga siempre, que el mortal adora,

Ven, disipa piadosa y bienhechora

Las penas de mi pecho acongojado.

Vuelve á mi mano el plectro ya olvidado,

Y al seno la amistad consoladora;

Y tu voz, ó divina encantadora,

Mitigue ó venza la crueldad del hado.

Mas ay! no me presentes lisonjera

Aquellas flores, que cogiste en Gnido,

Cuyo jugo es mortal, aunqué es sabroso.

Pasó el delirio de la edad primera,

Y ya temo el placer, y cauto pido,

No la felicidad, sinó el reposo.

 

La Razón Inútil

Es tarde ya para que amor me prenda

En su lazo halagueño y fementido:

Que aunque tal vez de la razon me olvido,

El hielo de la edad ¿quién hay que encienda?

Es tiempo, ay triste! que á su voz atienda,

Mi juvenil esfuerzo ya perdido,

Despues de haberla insano desoido,

Cuando ser pudo de mi esfuerzo rienda.

Así va: los humanos corazones

Sufren en la verdad y en el engaño;

Y sin gozar de sí ni un solo dia,

Venden la juventud á las pasiones,

La edad madura al triste desengaño,

Y la vejez á la razon tardía.

 

A Elisa

En vano, Elisa, describir intento.

El dulce afecto, que tu nombre inspira;

Y aunqué Apolo me dé su acorde lira,

Lo que pienso, diré, no lo que siento.

Puede pintarse el invisible viento,

La veloz llama, que ante el trueno gira,

Del cielo el esplendor, del mar la ira;

Mas no alcanza al amor pincel ni acento.

De la amistad la plácida sonrisa,

Y el puro fuego, que en las almas prende,

Ni al labio, ni á la cítara confio;

Mas podrás conocerlo, bella Elisa,

Si ese tu hermoso corazon entiende

La muda voz, que le dirige el mio.

 

Del Amor

Alcino, quien los ásperos rigores

De una ingrata beldad vencer procura,

Ni encantos á la tésala espesura,

Ni á la remota Cólcos pida flores.

Amar es el hechizo, que en amores

La victoria y las dichas asegura,

Y somete el pudor y la hermosura,

Y corona al amante de favores.

Mas si el vil seductor quiere que sea

Una impura pasion amor hermoso,

No se admire de verla desdeñada :

Que no es amante el que gozar desea,

Sinó el que sacrifica generoso

Su bien y su placer al de su amada.

 

La Ausencia

Nace la aurora, y el hermoso día

Brilla de rojas nubes coronado:

En mi pecho, de penas abrumado,

La sonrosada luz es noche umbría.

De las aves la plácida armonía

Es para mí graznido malhadado,

Y estruendo ronco y son desconcertado

El blando ruido de la fuente fria.

Brotan rosas el soto y la ribera:

Para mí solo, triste y dolorido

Espinas guarda el mayo floreciente:

Que esta es, ó niño dios, tu ley primera:

No hay mal para el amor correspondido,

No hay bien, que no sea mal para el ausente.

 

La Duda

¿Sí será de amistad, Filis hermosa,

La grata llama, que en el pecho siento;

Que como propio tu dolor lamento,

Y soy feliz, cuando eres venturosa?

O será amor? Tu imágen deliciosa

Grabada está en el alma, y el momento,

Que obligado la deja el pensamiento,

Me es ingrato el pensar, la vida odiosa.

Amor es: este ardor de verte, este

Inefable placer cuando te veo,

¿Quién sinó el dulce amor puede inspirarlo?

Mas ay! es como tú puro y celeste:

É ignorando los fuegos del deseo,

Halaga el corazon sin abrasarlo.

 

A Mi Amada, En El Dia De Su Santo (*)

Ven, primavera, ven; y ántes que dores

La hermosa cuna, donde nace el dia,

El dulce nombre de la amada mia

Corona con tus rayos y esplendores.

Brote la tierra anticipadas flores:

Sople el aura gentil, que el mayo cria:

Rebose en selva y prado la alegría,

Y el ruiseñor festivo cante amores.

Añade nuevo lustre á la hermosura

De mi adorado bien, y nuevo encanto

A aquel mirar, que cuando hiere, halaga;

Y añade nuevo fuego á la ternura

De su pasion que nunca será tanto,

Que al de mi ansioso pecho satisfaga.

(*) 19 de marzo.

 

La Belleza: Traduccion Del Petrarca

¿Dónde cogió el Amor ó de qué vena

El oro fino de su trenza hermosa?

¿En qué espinas halló la tierna rosa

Del rostro, ó en qué prados la azuzena?

¿Dónde las blancas perlas, con que enfrena

La voz suave, honesta y amorosa?

¿Dónde la frente bella y espaciosa,

Mas que el primer albor pura y serena?

¿De cuál esfera en la celeste cumbre

Eligió el dulce canto, que destila

Al pecho ansioso regalada calma?

Y ¿de qué sol tomó la ardiente lumbre

De aquellos ojos, que la paz tranquila

Para siempre arrojaron de mi alma?

 

Regalo a una Nueva Esposa

Esta que aun lleva la encarnada espina,

gloria de su vergel, purpúrea rosa,

y esta blanca azucena y olorosa

bañada de la lluvia matutina.

 

Un pastorcillo a tu beldad divina

ofrece, pobre don a nueva esposa;

y no mal te dispone, Lesbia hermosa,

cuando a adornar tu seno las destina.

 

Del virgíneo carmín la rosa llena

retrata tu candor, y en sus albores

tu casta fe la cándida azucena;

 

y ese mirto que enlaza las dos flores

en felices esposos la cadena

con que os ensalza el Dios de los amores.

 

A Filis

En vano, Filis bella, afectas ira,

que es dulce siendo tuya, y más en vano

nos insulta ese labio soberano

do entre claveles la verdad respira.

 

Un tierno pecho que por ti suspira

esa linda esquivez adora en vano,

y por ser tuyo se contenta insano

si, no pudiendo amor, desdén te inspira.

 

No esperes que ofendidos tus amores

huyan de tu halagüeño menosprecio

ni de sufrir se cansen tus rigores;

 

aun más esclavos los tendrás que amores,

pues vale más, oh Filis, tu desprecio

que de mil hermosuras mil favores.

 

A la Amistad

La ilusión dulce de mi edad primera,

del crudo desengaño la amargura,

la sagrada amistad, la virtud pura

canté con voz ya blanda, ya severa.

 

No de Helicón la rama lisonjera

mi humilde genio conquistar procura;

memorias de mi mal y mi ventura,

robar al triste olvido sólo espera.

 

A nadie, sino a ti, querido Albino,

debe mi tierno pecho y amoroso

de sus afectos consagrar la historia.

 

Tú a sentir me enseñaste, tú el divino

canto y el pensamiento generoso:

Tuyos mis versos son y esa es mi gloria.

 

A Las Ruinas de Sagunto

Salve, oh alcázar de Edetania firme,

ejemplo al mundo de constancia ibera,

en tus ruinas grandiosa siempre,

noble Sagunto.

 

No bastó al hado que triunfante el peno

sobre tus altos muros tremolase

la invicta enseña, que tendió en el Tíber

sombra de muerte,

 

cuando el Pirene altivo y las riberas,

Ródano, tuyas, y el abierto Alpe

rugir le vieron, de la marcia gente

rayo temido.

 

El raudo Trebia, turbio el Trasimeno

digan y Capua su furor: Aufido

aún vuelca tintos de latina sangre

petos y grebas.

 

Digno castigo del negado auxilio

al fuerte ibero: que en tu orilla, oh Turia,

pudo el romano sepultar de Aníbal

nombre y memoria.

 

Pasan los siglos, y la edad malvada

y el fiero tiempo con hambriento hierro

gasta, y la llama de la guerra impía,

muros y tronos;

 

mas no la gloria muere de Sagunto:

que sus ruinas del fatal olvido

yacen seguras, más que tus soberbias,

Rómulo, torres.

 

Genio ignorado su ceniza eterna

próvido asiste: que infeliz, vencida

más gloria alcanza, que el sangriento triunfo

da a su enemigo.

 

Resiste entera tu furor, oh peno:

para arruinada tu furor, oh galo:

lucha y sucumbe, de valor constante

digno modelo.

 

A la fortuna coronar no plugo

su santo esfuerzo; mas la antigua injuria

sangrienta Zama, Berezina helado

venga la nueva.

 

El Amor

Tal vez, amor, bajo el sagrado velo

de la amistad encubres tu furor;

el corazón se entrega sin recelo,

y en él clavas la flecha a tu sabor.

 

Tirano dios, cuya perfidia lloro,

el infortunio me enseñó a temer,

más ¡ay de mí!, si mi peligro adoro,

¿qué vale, tu astucia conocer?

 

A Las Musas

Doctas Pimpleas, que las verdes faldas

moráis alegres del feliz Parnaso,

donde Castalia su inspirante onda

vierte suave;

 

Sed a mi canto fáciles, el día,

que vuestros dones celebrando grato,

del padre Betis el laurel frondoso

ciño a mi lira.

 

¿Y cuál primera mi atrevido acento

dirá a Vandalia, de canoros cisnes

madre fecunda, del divino Herrera

madre gloriosa?

 

Tú, Melpómene, del puñal infausto

la diestra armada, que al feroz guerrero

luciente aterra, cuando cae del hado

víctima triste;

 

o bien, Urania, de tu voz celeste

arrebatado, y la mansión etérea

diré de Jove, y el poder que temen

hombres y dioses:

 

que si fulmina su indignada diestra,

sobre los polos del excelso Olimpo

tiembla el palacio, la cabaña humilde

tiembla de Baucis.

 

Ya de Polimnia los festivos coros

seguiré alegre, cantaré las selvas

tuyas, oh Euterpe; o la que al vicio azota

Musa maligna.

 

Tú, dulce Erato, de mi amante pecho

nunca olvidada: que si bien los años

con triste hielo mi rugosa frente

ciñen y enfrían,

 

en otro tiempo me cediste el arpa,

donde resuenan tiernos los amores;

y el blando canto las hermosas ninfas

gratas oyeron.

 

Debí a tus dones en mi edad primera

gozos amables: rápidos volaron;

mas su memoria plácida tristeza

vierte a mi seno.

 

Tú, Musa augusta, que con santo plectro

muestras al hombre la virtud hermosa,

a ti mi lira, mi postrer aliento

rindo y dedico.

 

Por ti los muros de la antigua Tebas

levantó osada la anfionia lira;

por ti siguieron al ismario Orfeo,

montes y fieras:

 

por ti Delille, tierno y delicado,

gloria es del Sena: Pope más severo

por ti en la cumbre de Helicón sagrada

goza renombre.

 

Tú, dulce Clío, mi ferviente ruego

oye benigna: desusado canto

y audaz emprendo, que del sacro Betis

pare las ondas.

 

La Muerte de Jesús

¿Y eres tú el que velando

la excelsa majestad en nube ardiente,

fulminaste en Siná? y el impío bando,

que eleva contra ti la osada frente,

¿es el que oyó medroso

de tu rayo el estruendo fragoroso?

 

Mas hora abandonado,

¡ay! pendes sobre el Gólgota, y al cielo

alzas gimiendo el rostro lastimado:

cubre tus bellos ojos mortal velo,

y su luz extinguida,

en amargo suspiro das la vida.

 

Así el amor lo ordena,

amor, más poderoso que la muerte:

por él de la maldad sufre la pena

el Dios de las virtudes; y león fuerte,

se ofrece al golpe fiero

bajo el vellón de cándido cordero.

 

¡Oh víctima preciosa,

ante siglos de siglos degollada!

Aún no ahuyentó la noche pavorosa

por vez primera el alba nacarada,

y hostia del amor tierno

moriste en los decretos del Eterno.

 

¡Ay! ¡quién podrá mirarte,

oh paz, oh gloria del culpado mundo!

¿Qué pecho empedernido no se parte

al golpe acerbo del dolor profundo,

viendo que en la delicia

del gran Jehová descarga su justicia?

 

¿Quién abrió los raudales

de esas sangrientas llagas, amor mío?

¿quién cubrió tus mejillas celestiales

de horror y palidez? ¿cuál brazo impío

a tu frente divina

ciño corona de punzante espina?

 

Cesad, cesad, crueles:

al santo perdonad, muera el malvado:

si sois de un justo Dios ministros fieles,

caiga la dura pena en el culpado:

si la impiedad os guía

y en la sangre os cebáis, verted, la mía.

 

Mas, ¡ay! que eres tú solo

la víctima de paz, que el hombre espera.

Si del oriente al escondido polo

un mar de sangre criminal corriera,

ante Dios irritado

no expiación, fuera pena del pecado.

 

Que no, cuando del cielo

su cólera en diluvios descendía,

y a la maldad que dominaba el suelo,

y a las malvadas gentes envolvía,

de la diestra potente

depuso Sabaot su espada ardiente.

 

Venció la excelsa cumbre

de los montes el agua vengadora:

el sol, amortecida la alba lumbre,

que el firmamento rápido colora,

por la esfera sombría

cual pálido cadáver discurría.

 

Y no el ceño indignado

de su semblante descogió el Eterno.

Mas ya, Dios de venganzas, tu hijo amado,

domador de la muerte y del averno,

tu cólera infinita

extinguir en su sangre solicita.

 

¿Oyes, oyes cuál clama:

padre de amor, por qué me abandonaste?

Señor, extingue la funesta llama,

que en tu furor al mundo derramaste:

de la acerba venganza

que sufre el justo, nazca la esperanza.

 

¿No veis cómo se apaga

el rayo entre las manos del Potente?

Ya de la muerte la tiniebla vaga

por el semblante de Jesús doliente:

y su triste gemido

oye el Dios de las iras complacido.

 

Ven, ángel de la muerte:

esgrime, esgrime la fulmínea espada,

y el último suspiro del Dios fuerte,

que la humana maldad deja expiada,

suba al solio sagrado,

do vuelva en padre tierno al indignado.

 

Rasga tu seno, oh tierra:

rompe, oh templo, tu velo. Moribundo

yace el Criador; mas la maldad aterra,

y un grito de furor lanza el profundo:

muere… Gemid, humanos:

todos en él pusisteis vuestras manos.

 

La Resurrección de Nuestro Señor

De tu triunfo es el día,

oh santo de Israel. La niebla oscura,

que la maldad impura

al orbe difundía,

con celeste vigor rompe a deshora

inesperada aurora.

 

Aquella noche horrenda,

que ciñó el mundo de enlutado velo,

robó la luz al cielo

y al sol la ardiente rienda,

y amenazó a la esfera diamantina

su postrimer ruina:

 

Y aquel pavor, que el seno

estremeció de la confusa tierra,

mezclando en dura guerra

los aires con el trueno,

cuando vagó el cadáver animado,

del túmulo lanzado:

 

Y el silencio ominoso,

que al pavor sucedió de la natura,

y el luto y la tristura

del suelo temeroso,

disipa, inmenso Dios de la victoria,

un rayo de tu gloria.

 

Tú del sepulcro helado

no esperaste a forzar la piedra dura:

que apenas en la altura

del Aries sonrosado

señaló de tu triunfo el sol brillante

el decretado instante;

 

con poder silencioso

a la muerte su víctima robaste,

y la tierra agitaste

en pasmo delicioso;

y la prole, ya siglos sepultada,

restituyó admirada.

 

Entonces vio rompida

el tirano su bárbara cadena,

y la mansión de pena

de santa luz herida:

brama y humilla a su Señor la frente

la vencida serpiente.

 

Que en su sangre bañado

entró una vez al santuario eterno,

y lanzó en el averno

la muerte y el pecado,

y convocó a sus blancos pabellones

ya libres las naciones.

 

Mas tú, pueblo inhumano,

estirpe de Jacob aborrecida,

tiembla: mira erigida

la vengadora mano.

Huye, pérfida turba, la sagrada

de Sión dulce morada.

 

Jerusalén divina,

ensalza, ensalza tu cerviz gloriosa:

ya prole numerosa

el cielo te destina,

por ti no concebida, que a la gente

tu inmortal gloria cuente.

 

El fuego soberano

espera ya, que en abrasado aliento

inflamará el acento

del niño y del anciano;

y su visión, las vírgenes turbadas

cantarán inspiradas.

 

La ascensión de Nuestro Señor

Himnos de honor las puertas eternales

resuenan: el empíreo «gloria» clama:

«gloria» el inmenso espacio reverbera.

Los giros celestiales

deja, luciente sol: más pura llama

que la que crece en tu inmortal hoguera,

los cielos dora: el Redentor glorioso

asciende vencedor esclarecido:

su nombre aplaude el pueblo redimido

en cántico gozoso.

 

«Elevad», canta, «príncipes celestes,

las puertas elevad: los atrios de oro

abrid a vuestro rey: al rey triunfante

abrid, aladas huestes».

Y «¿quién es nuestro rey?» el santo coro

entona en las almenas de diamante.

«El fuerte, el grande, el Dios de la victoria:

abre, oh cielo, tu alcázar refulgente,

de las virtudes el señor potente

es el rey de la gloria».

 

Ya, ya la puerta del empíreo gira,

sobre el áureo quicial, y del Inmenso

descubro la mansión. ¿Voces mortales

la dirán? tú me inspira,

querub, y cantaré. Fulgor intenso

circula por las gradas eternale

el padre Dios la inaccesible cima,

velado de su ser, augusto mora:

brota a sus pies la llama engendradora

que cielo y tierra anima.

 

El hijo de María entra glorioso,

de angélicas escuadras aclamado,

formándole su grey noble corona;

y el hombre venturoso,

en la mansión celeste ya heredado,

el himno alegre de victoria entona.

«¿Quién sube del Eterno al solio santo?»

«El varón de inocencia, el justo, el fuerte:

el que bajó, triunfando de la muerte,

al reino del quebranto».

 

Enamora los cielos su mirada,

y cual la luz de la naciente

aurora vence el sol del cenit, su frente brilla

de triunfo coronada.

Postrado el ángel su beldad adora

y el abrasado serafín se humilla:

del Eterno a la gloria merecida

sobre cielos de cielos se levanta,

y el trono huella con sublime planta

del padre de la vida.

 

«Padre», dice (y los orbes enmudecen

para escuchar su voz) «vencí: la tierra

liberté ya de su enemigo eterno.

No en ella se enfierecen

ya los querubes pérfidos, que encierra,

ligados por mi diestra, el hondo averno.

En los torrentes de mi sangre yace

su maldad extinguida y tu venganza:

y el mortal abatido a la esperanza

y a la virtud renace».

 

«Libres vienen, mi triunfo acompañando,

los siervos de la antigua tiranía.

Tu imudable decreto ya he cumplido:

Hora el supremo mando,

la gloria, el esplendor, la gloria mía,

la que me diste ante los tiempos, pido.

Yo te ensalcé en la tierra: la criatura

por mí tu augusto nombre allí bendice».

Habló el Hijo eternal; y así le dice

el Padre de la altura:

 

«Ven, hijo de mi ser, triunfa y domina:

yo vi tu humillación, tu triunfo ahora

cielo y tierra verán. El monstruo impío

de tu planta divina

será vil escabel. Pide, y la aurora

y el ocaso serán tu señorío».

Dijo: de nuevo el cielo se alboroza

en himnos; y en su seno reclinado,

el gran Jehová recibe al hijo amado

y eterno en él se goza.

 

Al santísimo Sacramento

La gloria de Dios vivo

en la morada de los hombres brilla:

mortales, humillaos: suba el incienso

en ondeante nube

y el ruego humilde al trono del Inmenso.

 

Mas, oh Dios de la altura,

¿tú herido, tú mortal? ¿qué blanco velo,

cuál lienzo mortuorio,

cubre la majestad que adora el cielo?

 

Amor omnipotente,

que te entregó a la cruz, cuyo mandato

consumaste al morir esclavo suyo,

renovando en el ara

aquel de caridad dulce misterio,

conserva las señales de su imperio.

 

No ya con voz de trueno

y rayos funerales

aterra a los mortales

el Dios de Sinaí:

 

Que dulce y amoroso

del cielo se desprende,

y víctima desciende,

que inmolará Leví.

 

Y sobre el ara santa

repetirá propicio

el grande sacrificio

que consumó por mí.

 

Gustemos, mortales,

del pan de la vida;

del vino sabroso,

que vírgenes cría.

 

La eterna sabiduría

mora en el humano pecho,

y el amor de la criatura

es su delicia y recreo.

 

Gustemos, mortales, etc.

En este manjar suave,

que oculta cándido velo,

tus dones, rey de la gloria,

por tu poder se midieron.

 

Gustemos, mortales, etc.

Tu misericordia eterna

recibimos en tu templo,

y los términos del orbe

la salud del mundo vieron.

 

Gustemos, mortales,

del pan de la vida,

del vino sabroso,

que vírgenes cría.

 

La Natividad de Nuestra Señora

Cuando amanece al angustiado mundo

la sacrosanta Virgen,

de la mancha primera preservada,

detiene absorta la celeste esfera

su raudo movimiento,

y retiembla de gozo el firmamento.

 

Júbilo nuevo en las etéreas cumbres

el angélico bando

siente añadirse a su placer eterno:

Jehová depone el rayo vengativo;

y la inocencia amada

brilla otra vez del hombre en la morada.

 

Entonces Uriel, a quien fue dado

el gobierno del día,

y en el ardiente sol fijó su trono,

esparciendo su voz por cuanto alumbra

el flamígero vuelo,

así cantó el placer de tierra y cielo:

 

«¿Cuál es esta, que sube vencedora

del seno de la nada

a ilustrar las mansiones de la vida?

La plateada luna no es más bella

entre el coro estrellado,

ni el sol más puro en el cenit rosado».

 

«¡Cómo nuevo verdor y vida nueva

recobran las montañas,

do a ser delicia de la tierra nace!

Júbilo, Nazaret: salud, Carmelo:

de Jericó la rosa

ya florece en tu suelo más hermosa».

 

«¡Cuánto pavor infunde su semblante,

del ángel dulce encanto,

a la hueste infernal de las tinieblas!

¿Oís, oís cuál brama enfurecido

el orgulloso bando?

¿cuál sus puertas se cierran rastrallando?».

 

«No más terrible intrépida falange

al débil enemigo

marcha para el combate y la victoria.

Triunfa, hermosa mujer: el Dios potente

su rayo te confía,

y su terror ante tu faz envía».

 

«¿Quién cómo tú, gran Dios? Ángeles puros,

altas inteligencias,

bendecid su piedad. ¿No veis cuál mira

la triste tierra con benignos ojos?

¿no veis ya disipado

el ceño, que ocultó su rostro airado?».

 

«Himno de triunfo al Verbo, al Amor santo

bendición sempiterna.

Mortales, respirad, que ya fenece

el largo cautiverio: el sol divino

ya seguirá a la aurora,

cuyo esplendor vuestras mansiones dora».

 

«Ángeles ensalzadla. Del Dios sumo

hija madre y esposa

y reina vuestra es. ¡Dichoso el día

que nace para el bien de los mortales!

a su belleza y gloria

himnos de amor cantad y de victoria».

 

Dijo Uriel, y con el cetro de oro

señala en la alta esfera

el instante feliz. Cánticos nuevos

las empíreas regiones enamoran;

y a su hermosa criatura

ledo sonríe el Padre de la altura.

Poemas de Alberto Lista

La concepción de Nuestra Señora

Nunc facta est salus.                     

¿Cuál desusado canto, lira mía,

se agita entre tus cuerdas? ¿Vago acaso

de Helicón fabuloso en las praderas,

o el fuego inspirador al pecho envía

la deidad del Parnaso?

¡Ah! no el falaz ruido

oigo ya de las ondas lisonjeras:

no ya el laurel mentido,

que del Permeso halaga la corriente,

al sacro vate ceñirá la frente.

 

Tú diva madre, que en celeste trono

de eterno rosicler brillas gloriosa,

aurora del empíreo, tú me inflama:

tú del averno el enemigo encono

domaste victoriosa:

el triunfo esclarecido

concédeme cantar. La pura llama,

que al alumno querido

se desprendió de Patmos en la arena,

bañe mi labio en abundante vena.

 

Cantaré, oh diva; y el alegre canto

alegre oirá Sión: las trenzas de oro

sus bellas hijas ornarán de rosas;

y ya olvidadas del cautivo llanto,

tu nombre en dulce coro

ensalzarán al cielo:

el himno en sus cavernas sonorosas

repetirá el Carmelo;

y despedido de su cima umbría,

volará al golfo donde muere el día.

 

Libre del hierro infame alza la frente

el hijo de Abrahán, y ve rompido

el yugo del pesado cautiverio.

La soberbia señora de occidente,

que a sus plantas rendido

vio el orbe silencioso,

ya a más suave y celestial imperio

dobla el cuello orgulloso:

ya nace la salud: cantad, mortales:

cayó el antiguo solio de los males.

 

Y si tal vez de mi enlutada lira

voló lúgubre el son, cuando al humano

de Edén perdida lamenté la gloria

y el justo ardor de la divina ira;

hora de su tirano

cantaré salvo al hombre:

ciñe flores, y ensalza la victoria,

lira, y el sacro nombre,

que redobla el bramido y llora eterno

al rencoroso rey del hondo averno.

 

Al rey, que en medio el lago tenebroso

ya en cadenas de fuego gime atado

al trono adusto, que erigió el delito:

deshecha la corona, el cetro odioso

yace aparte arrojado:

los ásperos clamores

feroz repite el escuadrón precito:

¡ah! en vano: sus furores

oprime un mar de fuego denegrido,

y envuelve entre la llama el ronco aullido.

 

Su reina en tanto en el sagrado muro

corona el ángel, y al humilde suelo

desciende el himno dulce de alegría:

enajenado mira el rostro puro,

placer de tierra y cielo,

el serafín amante:

y canta en arpa de oro el bello día,

que el temido semblante,

en ira y ceño desde Edén velado,

mostró Jehová a los hombres aplacado.

 

¡Cántico eterno de virtud y gloria!

la gran naturaleza conmovida

señora de ambos orbes la apellide:

Jehová se goza en la inmortal victoria

de su esposa elegida:

el rostro soberano

blanda sonrisa entre el fulgor despide;

y de la augusta mano,

que siembra en las estrellas lumbre ardiente,

nace el dorado sol más refulgente.

 

¿A quién la inmensa fuerza, que atesora

tu brazo, revelaste? Esclava muere

de Adán la prole mísera y culpada:

culpada sí; mas tu clemencia implora.

Su humilde ruego hiere

los ejes diamantinos:

el rayo apartas de la diestra airada;

y los ojos divinos,

do en regalada luz la piedad mana,

vuelves benigno a la mansión humana.

 

Miras del hondo averno nube impura

ceñirla en torno: el humo ennegrecido,

que de tu solio la inaccesa lumbre

ya presumió eclipsar, tizna tu hechura

el querub forajido

desploma sobre el hombre

de su eternal furor la pesadumbre;

y en tu sagrado nombre,

que del labio mortal el crimen lanza,

si en ti no puede, ejerce su venganza.

 

De vil metal cabe encendida pira

se erige ídolo vil; y el padre impío,

dando sus hijos a la llama ardiente,

dios lo adora. Ministro de tu ira,

el tirano sombrío

se ceba en sangre y lloro,

y lo aplaude su dios la insana gente:

brinda en copa de oro

el impuro placer funesta llama,

y la torpe Citera dios lo aclama.

 

Tú, prole de Jacob, sola tú lloras

la esclavitud común: flores engaza

a su dura cadena el mundo ciego:

feroz Luzbel las sienes vencedoras

del triste lauro enlaza,

que le ofrece el humano.

Lo mira el Dios excelso: en vivo fuego

arde contra el tirano

el rostro de Jehová: su voz tonante

estremece los muros de diamante.

 

«¿Y qué», dice, «la gente aborrecida

al mundo imperará? Del reino umbrío,

que destinó mi diestra vengadora

a ser de pena y de maldad guarida,

bástele el señorío.

¿Quién fijó al mar herviente

de arena el valladar? ¿Quién a la aurora

la senda refulgente,

cuando al nacer la luz del bello día,

el empíreo aclamó la gloria mía?»

 

«Arroje el cetro injusto: allá abatido

reine el querub, do en lumbre tenebrosa

cercado siempre el denegrido trono

le fue y el triste imperio concedido.

Cual sierpe venenosa,

allí ponzoña fiera

exhale libre su inmortal encono:

otro señor espera

del hombre la mansión: tú, alma alegría,

tú al orbe tornarás: nazca María».

 

Dijo, y nace María: cual cercana

al claro sol la vespertina estrella,

brilla apacible entre su luz radiante,

tal parece del ángel soberana

la inocente doncella;

y por las gradas de oro

al seno de Jehová volando amante,

la ve el alado coro

inundar, en sus brazos reclinada,

de grato ardor la celestial morada.

 

Y «¿quién es esta?» cantan: «semejante

no se vio en el empíreo: su hermosura

los relucientes cielos enamora:

alba purpúrea, más que el sol brillante,

más que la luna pura.

¿Cuál, gloriosa guerrera,

alza feliz la frente triunfadora?

vence, oh diva». La esfera

«triunfa, vence», resuena alborozada:

«gloria, honor a Jehová: triunfo a su amada!»

 

«Triunfa, sí»: dice el Padre soberano,

con la voz grata que los orbes mueve:

«humana, mas no esclava, la corona

de cielo y mundo te ciñó mi mano.

Ve, y al monstruo conmueve

de la usurpada silla:

no temas del veneno, que inficiona

la tierra, vil mancilla.

Triunfa, oh pura, del hórrido enemigo

el poder de mi diestra va contigo».

 

Habló Dios, y del gremio sacrosanto

vuela la Virgen por el cielo abierto.

La luz divina, que en sus ojos mora,

rayos lanza al monarca del quebranto.

Así del corvo puerto

rompe nave guerrera

de los salados mares domadora;

cortando velera

el vasto golfo en argentada raya,

lleva el terror a la enemiga playa.

 

De celestiales huestes rodeada

desciende del empíreo, y la ancha esfera

con espléndido albor risueña dora:

del radiante cenit la cumbre alzada

riega por su carrera

encendidos rubíes;

y vertiendo el palacio de la aurora

sus rosas y alelíes,

desde el Can a la helada Cinosura

vuelan aromas de eternal dulzura.

 

Se aparta el sol de su encendido cielo,

y orlando a la alma Virgen, ledo brilla

en rededor sus luces derramadas.

Plega la luna el argentado velo,

y a sus plantas humilla

las pálidas centellas,

y del sereno polo desgajadas

las lumbrosas estrellas,

tejen sobre el cabello reluciente

áurea corona a la nevada frente.

 

Toca ya el leve viento, y dilatado

bajo la hermosa planta se enardece.

Como tal vez en noche tempestosa,

si noto de la Libia desatado

los astros oscurece,

por entre el negro velo

rompe súbito el alba: ríe gozosa

la faz del mustio suelo;

y el euro matinal, regando albores,

pinta los campos de argentadas flores:

 

Calla el silboso viento, herida vaga

del puro rayo la tiniebla fría,

y do la Sirte entre las ondas sube,

busca deshecha la nativa plaga:

así al brillar María,

después de Edén al mundo

primer risa halagó. La impura nube

que le ciñó el profundo,

brama, en cárdena luz su seno anega,

y sobre el patrio averno se replega.

 

Ve el querub de su imperio el fin cercano,

y mayor ira exhala: el aire embiste

con grito horrendo la tartárea gente.

¡Ay de la tierra! asciende su tirano:

y con gemido triste

retiembla pavorosa:

¡ay de la mar! sobre su faz ardiente

se agita estrepitosa

la tempestad; y horrísona rugiendo,

responde ronca al avernal estruendo.

 

Ya la funesta puerta se estremece,

y estalla fragorosa: entre humo y trueno

dragón sañudo, por la dura escama

vertiendo sangre y roja luz, parece:

preñados de veneno

siete cuellos enhiesta:

arde ceñida de insaciable llama

cada ominosa cresta;

y de diez negras astas coronado,

aterra al hombre atónito y postrado.

 

Rompe del negro lago: contra el cielo,

vibra el monstruo feroz la cola ardiente;

y en pos teñidas de horrorosa lumbre

estrellas mil y mil arroja al suelo.

Así rugiendo herviente

incendio proceloso,

rompe del Etna la abrasada cumbre,

y entre el humo nubloso

globos de fuego pálido desgaja,

y de ardido alquitrán los mares cuaja.

 

Ya por los vientos sublimado anhela,

entreabiertas las fauces devorantes,

buscando presa y lid: cual ominoso

cometa rojo en el espacio vuela.

Con ojos llameantes

la pura Virgen mira:

y contra el bello rostro, que amoroso

placer celeste inspira,

vierte negro caudal, clamando guerra,

de la ponzoña que infestó la tierra.

 

Mas ¡oh! primero nube congelada

bajo el cerco lunar la faz radiante

manchara al sol, o en pos la noche fría

corriera de la aurora nacarada,

que el virginal semblante,

dulce esplendor del cielo,

sintiese de Luzbel la nota impía:

cae sin fuerza al suelo

la lava infausta, y por abierta cueva

al orco patrio su veneno lleva.

 

Miguel en tanto armado resplandece

contra el monstruo, cual súbito en el viento

de ennegrecida nube brota el rayo.

«Hijos de Dios», exclama, (y se estremece

el tartáreo cimiento)

«a guerra y triunfo: el querube

ya fue de nuestras iras triste ensayo:

hora atrevido sube

y lid al cielo mueve: lid le demos:

los triunfos del empíreo renovemos».

 

Dijo, y no así del bronce desatada

densa nube de balas, ruina y muerte

lleva al muro enemigo, cual clamando

victoria al gran Jehová, la hueste alada

sigue al caudillo fuerte.

Sus furiosas legiones

mueve el orco, en sus peñas tremolando

los negros pabellones.

Corre los aires pavorosa llama:

gime alterado el mar y el polo brama.

 

Vibra Miguel la fulgurante lanza,

y grita en voz de trueno: «siente, impío,

siente mi brazo domador: su rayo

le confió Jehová, Dios de venganza».

Hiere; y cual vuela umbrío

ante aquilón silboso

el nublado polar, en vil desmayo,

rugiendo silencioso

huye el monstruo a exhalar la acerba pena

del mar remoto en la desierta arena.

 

«Salud, felicidad», clama natura

en uno y otro mar. El bóreas frío,

al descender de la invernal montaña,

que en hielo eterno riega Cinosura,

callado el soplo impío

canta blandos amores:

«amor» resuena la feliz campaña,

donde en lecho de flores

nace cándida el alba, y ante el día

las dulces auras de su seno envía.

 

Todo es placer: entre rosada lumbre

alegre primavera vierte al mundo

el Aries rojo del cenit dorado;

y de Ararat la blanquecida cumbre

y el Éufrates profundo

huye el nubloso enero:

no ya asuela los campos encrespado

el istro o volga fiero;

mas tranquilas sus ondas lisonjeras

besan blando las plácidas riberas.

 

Himnos de honor y cantos de victoria

entona el almo coro: «fue arrojado

el antiguo dragón; triunfo a María

cantemos, y a Jehová la eterna gloria.

¡Cuál fuiste despeñado,

astro de la mañana,

del orbe juzgador! Tu fuerza impía

voló cual niebla vana:

ya es reino nuestro el usurpado mundo:

arda en ira y furores el profundo».

 

«¿Quién como tú, Jehová? tu nombre augusto

¿qué nombre igualará? Dijo el querube:

en alas de aquilón al escondido

solio me ensalzaré, do reina injusto.

Venid, la oscura nube,

que lo oculta, rompamos:

y a par de Dios con mando dividido

el empíreo rijamos.

Tú, Sabaot, hablaste, y no parecen,

y al tártaro lanzados enmudecen».

 

«¡El impío! los coros celestiales

rebeló: de la tierra fraudulento

destronó la inocencia. Se arrojaron

al mundo entonces los avernos males.

Hora el bando sangriento

devorar preparaban

la esposa de Jehová. Se disiparon:

no parece do estaban:

júbilo y gozo al ángel: paz al suelo:

confesión de salud al rey del cielo».

 

Así en alegres cánticos resuena

el coro celestial: habla María:

pendiente el ángel de su voz suave,

calla y la mira. El firmamento enfrena

su escondida armonía.

El curso presuroso,

en el viento librada, para el ave:

y al mundo ya dichoso

en su amable beldad, noble y sencilla

la inocencia de Edén más pura brilla.

 

Y dice: «huyó el tirano: alzad la frente,

hijos de bendición: prole escogida,

el largo lloro enjuga: a ti glorioso

el rey vendrá de la futura gente.

Por cuanto el sol despida

los rayos voladores,

dominará con cetro poderoso.

Los últimos furores

no temáis del querub. Dios ha vencido:

preparad los caminos a su Ungido».

 

«Descenderá de la inaccesa cumbre,

do con glorioso pie huella la esfera

el que del mundo las maldades lava.

Nace, esperado sol: ya de tu lumbre

brilla el alba primera:

al Todopoderoso

plugo elevar a tanto honor su esclava:

yo del amor hermoso

madre elegida soy: cantad, vivientes:

él de mi seno nacerá a las gentes».

 

«El nombre del cordero sin mancilla,

naciones, celebrad. Manso cordero,

tú, de las huestes pérfidas estrago,

eres león de Israël: tú lo acaudilla.

Fulmina: el monstruo fiero

a tus plantas rendido,

la opresa grey desatarás del lago;

en tu sangre teñido,

sangre, que sella el testamento eterno,

romperás los candados del averno».

 

Dice; y cual corren encendidas lumbres,

que exhaló al aire el sosegado cielo,

y en los montes se pierden a deshora,

vuela a ocultarse en las desiertas cumbres,

que tu florido suelo,

Palestina, rodean:

do al Dios inmenso, que Salen adora,

mil víctimas humean;

y olor de suavidad en densa nube

de puro incienso ante su trono sube.

 

Al nacimiento de Nuestro Señor

Huyó del polo el aquilón sombrío

y el cielo, ya sereno,

piadoso vierte el cándido rocío,

que ocultaba en su seno.

 

En tus entrañas, tierra, agradecida

recibe el don fecundo,

y la salud prodúcele y la vida

al angustiado mundo.

 

Florece, oh Terebinto, y de tus flores

brille la pompa ufana

al desatar sus claros esplendores

la plácida mañana;

 

y de ellas el aurora refulgente

orne sus manos puras,

cuando hoy anuncie a la oprimida gente

el sol de las alturas.

 

Corre alegre, oh Jordán, y en tus riberas

de Jericó las rosas

embalsamen del aura lisonjera

las alas vagarosas.

 

El cedro inmenso la cerviz erguida

levante al alto cielo;

y su aroma dulcísimo despida

la cumbre del Carmelo.

 

Pasó la nieve del invierno triste;

y del Hermón la falda

depone el hielo rígido, y se viste

de carmín y esmeralda.

 

Albricias, Israel: ya compadece

el cielo tu gemido:

vuelve al benigno sol, que te amanece,

el semblante afligido.

 

Mira el libertador, que de tu mano

y del cuello doliente

romperá las cadenas, y al tirano

quebrantará la frente.

 

Alza del polvo: ya empezó tu Santo

la lid y la victoria:

y cíñete, oh Sión, el regio manto

de tu esplendor y gloria;

 

y convertida en gozo la amargura,

con festivas canciones

convoca el universo, y su ventura

anuncia a las naciones.

 

La conversión de los godos en el reinado de Recaredo

Cantemos al Señor. Desde la cumbre

del alzado Pirene

hasta el remoto mar, donde la lumbre

del claro sol a sepultarse viene,

al hijo sacrosanto

se exhala ya de adoración el canto.

 

¡Pueblo feliz! anuncia a las naciones,

que en el sagrado leño

reina el Dios del amor: los corazones

ya reconocen su triunfante dueño;

y el pérfido arriano

la antorcha funeral agita en vano.

 

Que asaz gimió la Iberia esclavizada

bajo su yugo impío:

la blasfemia, en el solio coronada,

ambiciosa de infando señorío,

émula del averno,

presumió destronar al Verbo eterno;

 

y el nombre divinal, salud del mundo,

de los labios mortales

por siempre desterrar: bramó el profundo;

lanzáronse las huestes infernales;

gimió el orbe admirado

de verse en el error encadenado.

 

¡Cuánta sangre vertió! ¡cuántas crueldades

en el hispano suelo

su oprobio irán diciendo a las edades!

Tú, víctima real, del justo cielo

impetraste ferviente

la libertad de la española gente.

 

Habló el Inmenso, y cual la ardiente llama

con ímpetu devora

la seca arista y la marchita rama,

que el agosto sediento descolora,

el súbito castigo

así desciende al bárbaro enemigo.

 

La santa fe coloca Recaredo

sobre el augusto solio;

y alegre mira la imperial Toledo

enlazarse por siempre al Capitolio

su iglesia venerada,

con sangre de mil mártires regada.

 

Entre el cántico dulce de alegría

el inspirado acento

alzó Leandro, de los fieles guía:

el que domó con celestial aliento

al tirano sañudo,

siendo, divina fe, tu firme escudo.

 

Y dice: «¡para siempre! el monstruo impío,

oh venturosa España,

ya para siempre huyó. Del bóreas frío

los tristes golfos probarán su saña,

y el pueblo del oriente,

con su necio saber vano y demente».

 

«Sí, impura Grecia, sí: tus pabellones

para el vicio adornaste:

en sutiles y gárrulas cuestiones

la ley sencilla del Señor trocaste:

la esclavitud más fea

y gárrula impiedad tu suerte sea».

 

«Mas tú, español, la religión sagrada

conservarás, que hoy brilla

a este suelo feliz. Si miro alzada

sobre tu cuello incógnita cuchilla,

confesarás muriendo

la ley, que defendiste combatiendo».

 

«¡Cuántos siglos de lid! Mas ¡cuán brillante

te aguarda la victoria!

A tu cetro y tu fe la más distante

nación vendrá, llamada de tu gloria:

tu inmensa monarquía

el círculo verá de todo el día».

 

«Será un tiempo, que lleve el fuerte hispano

los lindes de las tierras

a las playas del último Océano;

y fije en nuevas y encumbradas sierras,

sepulcro de la aurora,

del hombre Dios la insignia vencedora».

 

«Éste es el premio, que a tu fe constante

reserva el justo cielo».

Dijo Leandro: el Tajo ondisonante,

al resbalar por el florido suelo,

suspendió blandamente

de sus doradas aguas la corriente.

 

 

El sacrificio de la esposa

En la solemne profesión religiosa de la madre sor María Fernanda de la Trinidad Blanco y Crespo, en el monasterio de santa María de los reyes de Sevilla.

Nuestro lecho florido,

de cuevas de leones enlazado,

en púrpura teñido.

SAN JUAN DE LA CRUZ.

 

A el ara sacra del amor divino

un nuevo corazón de nueva esposa

vuela feliz: ¿qué lumbre deliciosa

rompe del cielo el muro diamantino?

Pura llama, desciende:

desciende, oh llama del amor triunfante.

¿No veis, no veis cuál prende

en la víctima el fuego devorante?

¿No veis, ya consumida,

cuál renace en el gremio de la vida?

 

Se aceptó la oblación. Del alto cielo

mira Jehová con divinal agrado

la esposa, y que siguiendo al hijo amado,

toda fe, toda amor, se roba al suelo.

¡Oh, cuál brilla en su frente

la corona nupcial! ¡cuál en sus manos

el anillo luciente!

Lejos, lejos de aquí, viles profanos:

Dios, Dios… de su presencia

llena está la mansión de la inocencia.

 

¡Mansión de dulce paz, donde domina

virtud sencilla en puros corazones,

y desplega sus blancos pabellones,

reina del bien, la caridad divina!

Aquí entre abrojos crece

la rosa virginal: lirio fecundo

de casto olor florece;

y al ver manando en crímenes el mundo,

gemidos sin consuelo

la penitencia exhala al justo cielo.

 

O bien la esposa conmovida entiende

la voz suave del Esposo santo,

y de gozo y loor el dulce canto

de sus amantes labios se desprende;

y en la mortal criatura

al ver su amor angélico emulado,

de la celeste altura

la escucha el serafín arrebatado;

y a su gemido tierno

une los himnos del hosanna eterno.

 

Entra ya, dulce esposa. El mundo impío,

que ignora la virtud, gime al perderte;

y las falaces lágrimas, que vierte,

opone astuto a tu invencible brío.

¿Adónde, clama, adónde

la juvenil beldad, que me ilustraba,

eclipsada se esconde?

y si ardor de virtudes la abrasaba,

¿por qué el puro modelo

robar pretende al corrompido suelo?

 

¡Aduladora voz! ¡clamor aleve,

con que el rey del orgullo delirante

aterrar piensa el ánimo constante

que a hollar su pompa y vanidad se atreve!

¿Di tú, joven esposa,

si a esconder vas los dones celestiales

bajo olvidada losa;

y si inútil a ti y a los mortales,

estéril inocencia

en brazos gozarás de la indolencia?

 

¡Ah! en el sagrado y solitario huerto

miro entre humildes flores erigido

el tronco augusto, en que de amor herido

el Dios de los amores pende yerto.

Aquí la paz del mundo,

y la salud y vida de las tierras,

y el terror del profundo

entre tus brazos venturosos cierras;

y el raudal sacrosanto

colora en sangre tu virgíneo manto.

 

¡Sangre de redención! que vio vertida

de Palestina el monte portentoso,

y que hora al sacrificio generoso

de tu ser precio da de eterna vida.

Para el hombre culpable

logra del cielo la piedad propicia

tu holocausto aceptable;

y entre el delito puesto y la justicia,

sobre la insana gente

que descargue sus iras no consiente.

 

Te ofreces, sí. Mas ¡ay! ¿qué niebla oscura,

de horror, de pena y de aflicción cargada,

en denegridas luces inundada,

amenaza feroz tu frente pura?

Yo escucho del averno

las serpientes silbar: ya la tristeza

clava el puñal interno:

el sol huyó: la oscuridad, que empieza,

y la imagen del crimen

tu desolado corazón oprimen.

 

El rostro de inocencia lastimado

vuelves buscando en tu dolor consuelo;

y ves la cruz, y en ella al rey del cielo

a la inmensa justicia abandonado.

Bebió el vaso infinito,

do rebosaron las divinas iras,

por ajeno delito.

Oh tú, que al nombre de su esposa aspiras,

por tu culpa y la ajena

debes gemir: tu dignidad lo ordena.

 

¿Lloras? ¡llanto feliz! ¡tierno rocío,

que de aflicción las flores fecundando,

produce de clemencia el fruto blando,

logrado en tu penar al mundo impío!

¿Padeces? ¡ay! padece:

por tu tormento en la angustiada tierra

la paz y el bien florece:

desparece, oh maldad: huye, impía guerra

y al reino del espanto

víctimas robe tu encendido llanto.

 

Que tal poder el soberano Esposo

dio de la esposa, que suspira, al ruego.

Tiende al mundo los ojos. ¿Ves el fuego

de la maldad quemarlo? ¿ves ansioso

la cuchilla el hermano

sobre el hermano alzar? ¿al pie no miras

del pálido tirano

yacer el hombre? ¿el humo no respiras,

humo de sangre y muerte,

que la discordia enfurecida vierte?

 

Jehová, el justo Jehová desde la cumbre

de su gloria eternal también lo mira.

Vela su rostro el ceño de la ira;

y en vez de blanda y regalada lumbre

furor y ardores lanza:

ya, ya en su mano súbito se enciende

el fuego de venganza;

y ya rugiendo asolador desciende

sobre el mundo enemigo

el rápido ministro del castigo.

 

Mas ¡oh! si de terror y espanto llena

cubre los orbes nube denegrida,

y el rayo ardiente, que bramando anida,

ya en el culpado corazón resuena,

las manos virginales

y el rostro ardido en caridad levantas;

en bien de los mortales

brota tu corazón lágrimas santas,

y en el pecho doliente

nace el suspiro de piedad ferviente.

 

Salud, ¡oh mundo! Por tu bien suspira,

y de amor e inocencia coronada,

ya contra tus maldades fulminada,

sobre sí llama la celeste ira.

Del Dios, que tú has herido,

¿no ves como a la cruz los brazos ciñe?

¿no ves como el vestido

en los torrentes de su sangre tiñe,

y su ruego inocente

de Jesús une al ruego omnipotente?

 

Venza al del crimen tu clamor, ¡oh esposa!

venza, y al pie del tronco ensangrentado

gime, donde el Cordero no manchado

víctima eterna del amor reposa:

ruega; que acepto sube

tu ruego y sacrificio al santo cielo.

Ya la funesta nube

despareció: respira, ¡oh triste suelo!

la vengadora espada

Jehová depone de la diestra airada.

 

El canto del esposo: en una profesión religiosa

Pues ya, si en el ejido

de hoy más no fuere vista ni hallada,

diréis que me he perdido.

  1. JUAN DE LA CRUZ

 

El Amante sagrado,

que de la cruz pendiente nos convida

al seno regalado,

a la preciosa herida,

del mísero mortal asilo y vida:

 

Cual suelo tierna el ave

su consorte arrullar desde la rama,

con dulce voz suave,

que caridad derrama,

la nueva esposa a sus vergeles llama.

 

Oye, feliz esposa,

oye su voz: que el céfiro callado

ni juega con la rosa,

ni vaga en el collado,

por no turbar su acento enamorado.

 

«Ven ¡ay! esposa mía»,

dice herido de amor: «ven: ¿floreciente

no ves la cumbre fría

del Líbano eminente,

que de alto hielo coronó su frente?»

 

«Mas ya corre sonoro

a fecundar las plácidas praderas,

volcando arenas de oro

ya alfombra sus laderas

de guirnaldas de flores placenteras».

 

«Huyó el sañudo invierno:

huyó del prado la tiniebla umbría,

y ya el favonio tierno

al valle su alegría,

y su luz clara restituye al día».

 

«Ya verdes resplandecen

las viñas de Engadí: del fruto amado

sus vides se enriquecen:

ya en el bosque ha sonado

de la tórtola el canto lastimado».

 

«Ven, ¡ay! dulce amor mío:

de las vertientes del Hermón nevosas

baja el blando rocío:

sus florestas hermosas

Jericó esmalta de purpúreas rosas».

 

«No es ya la noche dura,

cuando cubierto de escarchado hielo

entre la niebla oscura,

amante y sin consuelo

me vio a tu umbral entristecido el cielo».

 

«En el silencio vieras

pasar del monte con feroz rugido

las despiadadas fieras:

y mi pecho afligido

buscar en ti consuelo a su quejido».

 

«Y la naciente aurora,

al derramar sobre el sediento prado

las lágrimas que llora,

me oyó, de amor llagado,

dulce quejarme de tu pecho helado».

 

«Mas ya sereno el día,

en que mi amor triunfase, resplandece:

ven, pues, esposa mía:

ya mi huerto florece,

y sus frutos dulcísimos te ofrece».

 

«El tronco de la vida,

entre olorosas flores levantado,

da sombra apetecida:

pende el fruto sagrado,

de sencillas esposas deseado».

 

«Y yo seré, amor mío,

de mirra para ti manojo tierno,

que no ajará el estío

ni lo helará el invierno,

y que arderá por ti de amor eterno».

 

«De los demás pastores

desoye el canto y deja la guarida:

sepulta tus amores

en mi huerta escondida:

muerte dulce es mi amor y dulce vida».

 

«Aquí yo las manzanas

de suave olor arrojaré en tu seno

y cuando a las mañanas

brindare el sol sereno,

lirios te cogeré del prado ameno»:

 

«Del prado, que mil fuentes,

del altísimo monte despeñadas,

riegan: de relucientes

azucenas preciadas

haremos nuestras cándidas moradas».

 

«Aquí apacible sueño

en mi divino gremio recogida,

mientras vuela risueño

el aura de la vida,

gozarás entre flores adormida».

 

«Y a las vírgenes tiernas

pediré de Sión, mientras fogoso

penetra en las cavernas

del sol el rayo hermoso,

que no turben tu plácido reposo».

 

«Y luego en despertando

aromas pedirás, pedirás flores,

y con gemido blando

te quejarás de amores,

y exhalarás la vida en mis loores».

 

«¿Pues qué, si adonde mana

el blando vino en solitaria parte,

te llevo, dulce hermana,

por más enamorarte,

y afirmo de mi amor el estandarte?».

 

«¡Ay! ven: más que la muerte,

más que la saña del horrible averno

la caridad es fuerte.

Ven; y en mi pecho tierno

muere para vivir de amor eterno».

 

Así cantó el esposo,

y el aura celestial lleva su acento

con susurro amoroso,

de su blando aliento

siente la esposa perfumado el viento.

 

Tras los dulces olores

corriendo va de su inmortal amado;

y hallóle entre las flores

del huerto reclinado

y de cendales cándidos velado.

 

El cántico de Zacarías

Bendice mil veces, bendice, alma mía,

en himno sonoro al Dios de Israel;

que manso y clemente visita su pueblo,

y fuerte quebranta el yugo cruel.

 

David, ya en tu casa, cual padre amoroso,

el cetro temido fijó del poder;

Judá vio en sus montes tras largo infortunio

salud y ventura al pueblo nacer.

 

Así anunciadora de eterna palabra

la voz de sus santos su oráculo fue,

y desde los tiempos primeros del mundo,

profetas y ancianos suspiran por él.

 

Su mano nos salva del crudo enemigo,

que quiso abrevarnos de llanto y de hiel:

ni ya temeremos que al pueblo escogido

los fieros se atrevan de Edom y Betel.

 

Si fue a nuestros padres un Dios de clemencia

y libres salieron de Egipto y Babel,

la santa promesa no olvida, que oyeron

de fuego bañadas las zarzas de Oreb.

 

Abrán nuestro padre oyó su promesa;

juró el Dios inmenso, altísimo y fiel

bajar a sus hijos, y manso y benigno

del crimen antiguo la víctima ser.

 

Y libre y contento Israel ya no debe

ni mano enemiga, ni espada temer:

adore a su Dios, y observe obediente

la ley promulgada al santo Moisés:

 

y goce en eterno serenos los días

que van a nacerle de gloria y placer.

Candor y justicia la plebe coronen;

que el Dios de sus padres desciende a Salén.

 

Y tú, feliz niño, profeta llamado

serás del Señor; porque irás ante él,

abriéndole paso por rudos desiertos,

y de áridas peñas brotando la miel.

 

Ahuyenta la culpa del pecho malvado,

y siembra en las almas divino saber:

prepara los frutos al Sol de justicia:

salud e indulgencia será en Israel.

 

¡Oh dulce clemencia! ¡oh entrañas de padre!

¡Oh Dios bondadoso! El hombre ¿quién es,

que así de la altura naciendo benigno

sus tristes mansiones ilustran tus pies?

 

La luz nace al mundo, que en densas tinieblas

y en sombras de muerte lanzado se ve.

Mortales, seguidla, pues ella nos muestra

la senda dichosa de paz y de bien.

 

A Silvio: en la muerte de su hija

¿Y quién podrá, mi Silvio, el lloro triste

a tu lloro negar? Ya de mi pecho

ronco se exhala el canto del gemido;

y en torno vuela a mi enlutada lira

el genio del dolor. ¡Ay! ¡tu alegría

se sepultó en las sombras de la tumba!

No darán ya tus paternales labios

el ósculo de amor… Las dulces gracias,

recién sembradas en el rostro hermoso

por la inocencia cándida, volaron

ante el helado soplo de la muerte.

Así tal vez la rosa que mecieron

los céfiros de abril, destronca impío

el noto silbador, cuando a deshora

de la espumosa Sirte se desata.

¡Oh Dorila! ¡oh beldad! ¡oh tierno padre!

¡Oh nombre de dolor, que en otro tiempo

tu corazón, mi Silvio, enajenaba

en gozo celestial! Del seno herido

¿quién te podrá arrancar la aguda flecha?

 

Cuando del Betis a la amena orilla

veniste a ser de la injuriada Temis

severo vengador, con triste acento

te anunció lucha eterna contra el crimen

la voz de la amistad. El brazo armado

cantó del malhechor, la espada impía

contra el amigo pecho enarbolada,

y la calumnia atroz, que sobre el justo

tiende de la maldad el negro velo.

Mas ¡ay! que no anunció tan cruda pena

su profética voz. La Parca esquiva

tu placer acechaba desde el Betis.

¿Cómo despareciste, lumbre clara,

de los paternos ojos, con tu ausencia

a lágrimas sin fin ya condenados?

¿Qué nubes te eclipsaron, tierna aurora,

en tu primer albor? Brillaste pura,

como el astro sereno de la tarde

se mece entre los plácidos reflejos

del sol occidental. ¡Ay! luce apenas,

y a las mansiones lóbregas de ocaso

baja en curso veloz. ¡Súbita huiste,

y en la noche del túmulo te ocultas!

 

No hay más amor, oh Silvio. Aquí encerrados

yacen los tuyos so la losa fría,

y eternos yacerán… Gemidos, lloro;

lloro desolador… ¡he aquí tu suerte!

No halagará ya el aura del consuelo

tu frente dolorida: no en tus labios

hallará la amistad blanda sonrisa.

Porque «¿dó está mi bien, mi dulce encanto?

¿Dó está, dó huyó?» Al acento lastimero

las hórridas mansiones de la muerte

«¿Dó está, dó huyó?» te vuelven despïadadas.

 

¿Dó está? Mortal, si a la morada oscura

te conduce el dolor, donde dominan

los lúgubres horrores, y la Parca

alza sobre cadáveres su trono,

desciende, el llanto calma, y oye atento

la enseñadora voz de los sepulcros.

Descendamos, mi Silvio, y los sollozos

oprime, que no es dado a humano afecto

su centro penetrar. Pavor sombrío

mi cabellera eriza: destemplada

de mi trémula mano cae la lira.

 

¡Región de soledad! A tus umbrales

muere el dolor y el gozo; y en tu seno

la inmoble eternidad augusta manda.

Contempla, Silvio, esos despojos fríos,

reliquias de tu bien, y busca en ellos,

si puedes, ¡ay! el rostro de belleza

que al tuyo sonrió. ¿Dó están los brazos

que en rededor el cuello te halagaban

con ternura infantil? ¿Dó fue el asiento

de aquellos dulces ojos, que al mirarte,

cual claros astros del amor brillaban?

Murieron y no son. ¿Y qué, los cubre

noche eterna en su velo tenebroso,

o al seno revolaron de la nada?

Mi Silvio, ¿oyes la voz, voz de consuelo,

voz de gozo, que nace cual la aurora

de entre las nieblas de la noche oscura?

 

«Mansión de eterna vida mora el justo

que muere en el Señor». Vive, mi amigo;

y vive para ti. Será que un día

restituya el sepulcro devorante

los despojos del mundo; y animado

ese aterido polvo, en lazo eterno

al celestial espíritu se anude:

y tú padre serás. Esta esperanza

repose entre las penas de tu pecho,

como entre espinas la purpúrea rosa.

Salve, santa esperanza: tú en los brazos

del divinal amor serás cumplida,

cuando el padre, el amigo, el tierno esposo

las dulces prendas, que perdió, recobre,

a nunca más perderlas. Sí, mi Silvio:

El augusto silencio de la tumba

«Vida sin fin al virtuoso» clama.

 

¿Qué es el placer humano? La aura leve,

cuando derrama en las nacientes flores

la lluvia matinal, no más ligera

vuela fugaz sobre el sediento prado.

¿Qué es la edad? ¿qué es la vida? Cual arroyo,

que por los verdes campos serpentea,

complacido en regarlos, va a perderse,

a pesar suyo, en el remoto golfo;

así el tiempo arrebata en su carrera

al hombre y sus afectos, y en su seno

la eternidad terrible los abisma.

¡Desgraciado el mortal, que su ventura

al caduco deleite necio fíe!

Santa virtud, que vivirás gloriosa

después que todo muera, tú eres sola

el bien de los mortales: tu hermosura

no deslustran las nieblas de la muerte.

Ella, mi Silvio, a la mansión de dicha

condujo tu Dorila. ¡Venturosa,

que el hermoso candor de la edad tierna

llevó consigo al plácido sepulcro!

¿Y nosotros lloramos? Blandas flores,

no funesto ciprés ni mustio helecho,

debemos derramar, mi dulce amigo,

en la tumba feliz de la inocencia.

Aquí su pura y amorosa sombra

sentiremos vagar. La pena aguda

alanzarás del dolorido pecho;

y ya tranquilo esperarás el día

que vueles en las alas de la muerte

al dulce bien, que te robó sañuda.

 

La Providencia

De la miseria en el profundo seno

el infeliz decía:

«no hay Dios: en vano su esplendor sereno

el padre de la luz al orbe envía».

 

«En vano sometida a ley constante

gira la inmensa esfera,

y en curso igual el Orïón radiante

sobre el mar del ocaso reverbera».

 

«¿Qué es el lazo eternal, con que natura

los seres encadena,

si un Dios injusto su mejor hechura

a delinquir y a padecer condena?»

 

«Yo vi, yo vi a las nubes sublimado

y triunfante al impío;

y de placer y gloria circundado

por la tierra extender su señorío».

 

«Y mientras goza, el inocente gime

en la prisión oscura;

y al son de la cadena que le oprime,

llora infeliz su indigna desventura».

 

«El pan de la aflicción es su alimento,

y el lloro su bebida;

y ansiando por el último momento,

arrastra el peso de su amarga vida».

 

«No hay Dios donde hay maldad: la espada impía

es el Dios del humano:

su trono, la sañuda tiranía,

y la triste virtud un nombre vano».

 

Dijo; y del cielo al muro diamantino

lanza gemido ardiente;

y el poder blasfemando del Destino,

cubre entre el polvo vil la faz doliente.

 

Mas la verdad sus rayos brilladores

desde el empíreo envía;

y el velo disipó de los errores,

que la ofuscada mente oscurecía.

 

Vio entonces derrocarse en el averno

el solio del malvado;

y eterna maldición y llanto eterno

exhalar de su pecho atormentado:

 

y al justo en las mansiones de la vida

unido al Dios, que implora,

bendecir la inocencia perseguida

de las pruebas del hado triunfadora.

 

Mortal, necio mortal, que un solo instante

para morir animas,

¿presumes tú dar leyes al Tonante

que hace temblar las celestiales cimas?

 

Deja que a la virtud hermosa y pura

la adversidad persiga,

y que al malvado la fortuna impura

de rosa y de laurel corone amiga.

 

Deja al desorden que domine el mundo:

vendrá el terrible día,

que arranque a la maldad el cetro inmundo,

y grite el cielo: «la venganza es mía».

 

El alma es inmortal: puede una hora

labrar tu eterna suerte:

ejerce la virtud… a Dios adora…

y lo demás te enseñará la muerte.

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