Poemas de Felipe Godínez

Poemas de Felipe Godínez

Poemas de Felipe Godínez (1582-1659), destacado dramaturgo y clérigo del Siglo de Oro español, cuya vida y obra estuvieron marcadas por su origen judeoconverso. Nacido en Moguer, alcanzó gran popularidad en Madrid con comedias de temática bíblica y teológica.

Sin embargo, su éxito se vio truncado por la Inquisición. En 1624 fue procesado en Sevilla bajo acusaciones de judaizante, lo que le valió la confiscación de bienes y un periodo de reclusión. Tras cumplir su sentencia, regresó a la escritura, logrando reintegrarse en los círculos literarios de la época. Su estilo se caracteriza por una profunda introspección existencial y el uso de metáforas sobre la fragilidad humana, consolidándose como una voz compleja y resiliente del Barroco.

Al Yncendio De La Plaza De Madrid

¡Qué mísero clamor, qué horrible espanto

es el que a ver en ayre, y tierra llegó (sic)

sordo entre vozes, entre luzes ciego

arde y llora Madrid, o cielo santo!

Tanto el yncendio es, y el dolor tanto

que uno, y otro, sin paz, y sin sosiego

ni al llanto puede consumir el fuego,

ni al fuego puede consumir el llanto.

Ruyna es oy, el que oy era edificio

y ojalá se contente con ser rruina

o mortal si enojado a Dios conoces.

Deja el afán, acude al sacrificio

y pues rayos de cólera Divina

arden con agua, apagúense con voces.

 

Aún de noche alumbra el sol (Comedia famosa)

Hablan en ella las personas siguientes:

EL REY DON SANCHO,    barba.

EL PRÍNCIPE DON CARLOS,   su hijo.

DON JUAN DE ZÚÑIGA,    galán.

DOÑA SOL ABARCA,    dama.

DOÑA COSTANZA,    dama.

INÉS,   esclava.

DON JAIME DE ARAGÓN,   galán.

NEBLÍ,   gracioso.

Acompañamiento.

 

Jornada primera

Salen DON JUAN ZÚÑIGA, galán y NEBLÍ, gracioso.

JUAN

Seas, Neblí, muy bien venido.

NEBLÍ

¡Ea!, Don Juan, ya me tienes

en Pamplona.

Galán vienes.

NEBLÍ

Eso siempre yo lo he sido.

JUAN

¿Cómo en la Francia te ha ido?

NEBLÍ

Bella ciudad es París.

JUAN

Ojalá su flor de lis

dé a España dichoso fruto.

NEBLÍ

Por tu ausencia visten luto

las damas de aquel país,

¿cómo te va de Costanza?

JUAN

Ya no puedo querer yo

a Costanza.

NEBLÍ

¿Por qué no?

JUAN

Porque con feliz mudanza

de Don Jaime, esa esperanza

que logra siempre conmigo,

la dejo; ya no la sigo,

y adoro a un sol. No te asombre;

sol digo, y Sol es su nombre;

ya me declaro contigo.

Mucho tengo que contarte:

casado estoy en secreto.

NEBLÍ

¡Jesús!, ¿tú eres el discreto?

¿tú, el valiente como un Marte?

¿tú, el navarro Durandarte

a quien vi en Francia llamar

el Non de España y no Par?

Aunque digo neciamente:

ahora eres más valiente,

pues te atreviste a casar.

Y¿a quién es de tantos modos

tan pesada compañía,

que si es fea, es sólo mía,

y si es hermosa, es de todos?

¿Yo metido hasta los codos

en empeños y cuidados?

Mas, tente allá tus enfados,

que yo, aunque me hables de ello,

o pienso decirte aquello

de suegros y de cuñados

JUAN

Calla hasta saber después

la mujer que yo elegí

¡Lo que he pasado, Neblí,

de penas en sólo un mes!

Mas razón es, razón es,

que cueste dificultades

bien de tantas calidades:

sol que sale, luna llena

y cielo en noche serena,

¿no son tres grandes beldades?

Pues mayor es la que adoro.

El sol es un rey tan bello

que de su mismo cabello

hace su corona de oro;

mas depone su decoro

en su ocaso, e introducen

astros que de noche lucen.

Si otras damas son estrellas,

mi Sol siempre luce, y ellas

siempre con él se deslucen.

La luna, luz plateada

del cielo, hermosa es sin duda;

pero hermosa que se muda,

porque es su beldad prestada:

ya está llena, ya menguada;

mas mi esposa celestial,

astro que está siempre igual,

es con luz propia, no ajena,

luna que está siempre llena

de su beldad natural.

Hermoso es todo ese velo

estrellado, mas no vive;

ser más perfecto recibe

cualquier viviente del suelo:

mi esposa también es cielo,

mas tan viva en cada acción,

que alma todas ellas son;

y así es con gloriosa palma,

supuesto que todo es alma,

cielo sin imperfección.

Luego tal belleza alcanza,

que es cielo y cielo viviente,

sol y sol sin occidente,

luna y luna sin mudanza.

Logróse, pues, mi esperanza,

y gozo, sin duda alguna,

tres hermosuras en una,

tan sin defecto y tan bella,

que se han enmendado en ella

el cielo, el sol y la luna.

NEBLÍ

Por Dios, que lo has dicho bien,

hayas hecho mal o no;

mas voy al caso, que yo

sé hablar de veras también:

¿qué sol es éste con quien

casado, Don Juan, te hallo?

JUAN

No sin causa te lo callo;

pero, en fin, ya estás aquí,

y aunque es tan secreto, a ti

y a Don Jaime he de fiallo.

Aquí vendrá, aquí le espero,

que a eso he venido a palacio;

a Don Jaime, pues, despacio

contar esta historia quiero.

Y así no te la refiero,

porque tú la oirás con él.

NEBLÍ

Jaime es tu amigo fiel;

mas él y Costanza vienen.

 

Salen DOÑA COSTANZA, con manto, y DON JAIME DE ARAGÓN.

 

JAIME

¡Ay, Costanza, igualdad tienen

en ti lo hermoso y cruel!

COSTANZA

Don Jaime, vos sois galán,

y os estimo de manera

que a vos sin duda quisiera

si no adorara a Don Juan;

todos los gustos están

contrarios, que él me aborrece

al paso que mi amor crece;

pero a vos os satisfaga

que quien vuestro amor no paga,

a lo menos lo agradece.

Con esto dadme licencia,

que a ver al rey sólo espero.

Allí está Don Juan, no quiero

hablarle en vuestra presencia;

no porque habrá competencia,

que eso puede asegurar

amistad tan singular,

sino porque de mi gusto

tendréis vos celos, y es justo

no daros este pesar.

JAIME

¿Podréis lograr el intento

de hablarle al rey?

COSTANZA

Yo tendré

orden de verle, aunque sé

su perpetuo encerramiento,

y que vuestro valimiento

podrá introducirme. Adiós.

Vase.

 

JUAN

Jaime, yo os espero a vos;

mas no llego cuando os veo

con Costanza, que deseo

no estorbaros a los dos.

JAIME

Don Juan, yo lo creo así.

Al rey quiere hablar ahora,

quizá de vos, que os adora

tan ciega como hasta aquí.

JUAN

No tengáis celos de mí,

que si ella en cruel ha dado,

yo os tengo ya asegurado.

JAIME

Ya sé, Don Juan, lo que os debo.

Decidme lo que hay de nuevo,

que me tenéis con cuidado.

JUAN

Escuchadme, pues, que es deuda

a obligaciones pasadas

en el peligro presente

hablaros con confianza.

Yo suelo amar tan secreto,

que esa fineza ordinaria

de no decírselo a nadie,

porque otros también lo usaban,

me pareció vil, y a solas

andaba yo dando traza

cómo poder esconderlo

de la mitad de mi alma;

y hallé el modo que un amante

que como yo se recata,

ni aun a vos su amor os dijo,

no porque de vos se guarda,

sino por poder preciarse

que el secreto de su dama,

si a la media alma lo fía,

a la otra media lo calla.

Casado estoy en secreto;

con esta primer palabra

os digo que ya, sin duda,

seréis dueño de Costanza.

No penséis que me he casado

secretamente por falta

de méritos en mi esposa,

que más urgente es la causa;

ni por ser tan desvalido,

que he visto apenas la cara

al rey Don Sancho, que hoy reina,

siendo yo Zúñiga, rama

de Íñigo Arista, y pudiendo

en mi capilla y mis armas

ser, por número de estrellas,

tantas lunas otomanas;

bien que al rey, por su retiro,

Castilla, Aragón y Francia

ya comúnmente Don Sancho

«el encerrado» le llaman;

y así, Don Carlos, su hijo,

con libertad más bizarra,

ya casi dueño gobierna

la corona aún no heredada.

Yo, Don Jaime de Aragón,

miré a Doña Sol Abarca,

a quien sabéis que dio sangre

la casa real de Navarra.

Vila, y fuéronse tras ella

los ojos que la miraban;

tras los ojos, los afectos;

tras los afectos, las ansias;

tras las ansias, los suspiros;

tras los suspiros, el alma,

y tras el alma, un deseo

de tener muchas que darla.

Sol, con ser sol de mi estrella,

quizá igualmente inclinada,

con un precepto inviolable

me dio licencia de hablarla;

porque me mandó imperiosa,

aunque cuerda y recatada,

que por forzosos respetos

que a nuestro amor importaban,

ni aun a vos os lo dijese;

era el caso de importancia,

y yo juré la obediencia;

si fue culpa, perdonadla.

Hablábame, pues, y viendo

la nota o la vigilancia

de unas vecinas curiosas,

quizá malintencionadas,

(que hay en las guerras de amor

quien sin trabajo y sin paga

se estará toda una noche

siendo posta a una ventana),

dejó de hablarme en la calle,

Y por una puerta falsa

me entró un amor verdadero

a clausura tan sagrada.

Es la ocasión entre amantes

áspid que muerde y halaga,

hiena que mata y que llora,

sirena que duerme y canta.

Yo, amante y favorecido,

ella, fina y obligada;

yo, importuno a los favores,

ella, a las porfías blanda.

La resolución postrera

no es menester declararla,

que hay sucesos que se dicen

con lo mismo que se calla.

Ya, pues, ambas voluntades

últimamente empeñadas

con favores, que a los fines

groseras dichas alcanzan,

supe que el príncipe (¡ay, triste!),

tan loco a Sol adoraba,

que habiendo de ser su esposa

la serenísima infanta

de Aragón, con quien están

sus bodas capituladas,

a pesar del rey su padre,

ni lo atiende, ni se casa

su alteza, pues que de noche

la misma calle rondaba,

porfiando amante o ciega

mariposa de su llama.

Supo mi amor, que una noche

me vio salir de su casa

de mi Sol, y conocióme,

pues luego, con voz turbada,

me dijo: «Don Juan, teneos,

el Príncipe es quien os habla,

hijo soy de vuestro rey.

Yo, yo adoro a Sol, ingrata;

yo no puedo más, yo muero.

Si alguna dicha os dio entrada,

Ícaro de tanto rayo,

el mismo príncipe os manda

que no volváis más a verla;

pues yo la adoro, olvidadla».

Aquí, Jaime, quedé muerto,

heláseme en la garganta

la voz y en la tierra inmobles

fueron de mármol las plantas;

mas ya, en fin, cuando en el pecho

respiró la vital aura

y usó de sus facultades

con el calor desatadas,

empecé a hablar, y atajórne

diciéndome: «Don Juan, basta,

esto ha de ser sin respuesta,

aunque más razones haya».

Fuese, y yo quedé sintiendo

violencia tan temeraria,

como deudor tan forzoso

de obligación tan honrada.

Díjele a Sol el suceso

y, temerosa, dio traza

en secreto a nuestras bodas,

por quedar asegurada.

Yo, por el Príncipe, quise

excusarme y excusarla,

temiendo quizá las quejas

aún más que las amenazas;

mas lágrimas de mujer,

sol con justicia tan llana…,

yo convencido, y la deuda

a honor de sangre tan alta,

caséme con tal secreto

que sola Inés, una esclava

de Sol, confidente, sabe

que está conmigo casada.

Adorámonos los dos,

y aunque son muy limitadas

mi hacienda y la suya, Jaime,

entre unas pobres alhajas,

estoy tan rico con ella,

que si es la mujer honrada

corona de su marido,

no envidio al mayor monarca;

y ¡vive Dios!, que a Castilla

dispusiera una jornada

por ver un deudo de Sol,

si no temiera dejarla.

Y si no me voy, porfía

su alteza con tal instancia,

que en celos averiguados

temo iras ejecutadas

y aun otros futuros males.

Figurad entre las ramas

que forman en una selva

verdes techos de esmeralda

dos pajarillos amantes

que con unas pobres pajas

van fabricando su nido

a los polluelos que aguardan,

y que un cazador astuto,

cuando todo el nido saca,

quita a los padres que vivan

y a los hijos que a luz salgan;

pues veis aquí mi retrato

en las verdes esperanzas

de un matrimonio secreto.

Deseo yo entre las alas

o los rayos de mi Sol

ver felizmente abrigada

sucesión dichosa, cuando

a estas prendas esperadas

conformemente, aunque pobres,

fabricamos nido o casa;

siguiendo al padre y queriendo

con ocultas asechanzas

coger la madre en el nido,

consorte amorosa y casta,

el Príncipe, que cruel

todo de una vez lo acaba,

hará a los padres que mueran

y a los hijos que no nazcan.

Yo vengo, pues, a pediros,

pues sois toda la privanza

del Príncipe, que si acaso

llega a saber lo que pasa,

que yo sé que está celoso,

nuestra antigua amistad haga

su oficio en las ocasiones,

pues ésta es tan apretada.

Tened lástima, Don Jaime,

si no de mí, que me agravian,

de una hermosura inocente,

de una virtud soberana.

Un desdichado dichoso,

que con tantas veras ama

y con tanto amor padece,

os ruega, y de vos se ampara,

cuando ya ampararme es deuda,

porque la nobleza hidalga

debe al ruego de justicia

lo que a la piedad de gracia.

JAIME

Don Juan, yo os buscaré luego;

idos, que ahora a esta sala

el Rey y el Príncipe salen,

y porque se persuada

que vos no me habéis hablado,

conviene a la misma causa

el que conmigo no os vea.

JUAN

Adiós, pues, hasta mañana.

Ven Neblí.

NEBLÍ

Vamos, que quiero

besar los pies a mi ama,

que si es Abarca y es Sol,

pienso que cuando levanta

ese mismo sol del suelo

dos átomos con que anda,

abarca de luz se ajusta

y rayos de oro se calza.

 

Vanse.

 

Salen el REY y el PRÍNCIPE.

 

PRÍNCIPE

Vuestra Majestad, Señor,

no me apure, que me cansa

todo lo que no es matarme.

REY

Toda esta vida es batalla

Don Jaime, ¿qué decís de eso?

JAIME

Digo, Señor, que me espantan

en un príncipe tan sabio

tristezas tan ordinarias.

REY

Carlos, yo os tengo casado

con Doña Violante, hermana

de Don Pedro el Cuarto, feliz

de Zaragoza y España;

y rey y padre, pues tengo

valor juntamente y canas,

tendré entre consejos cuerdos

resoluciones gallardas.

PRÍNCIPE

Yo la tengo de morir.

REY

Don Jaime, Doña Costanza

me refirió todo el caso,

y que Doña Sol Abarca,

que ama en secreto a Don Juan,

con quien de casarse trata,

la misma Costanza inquieta

al Príncipe, muy humana.

PRÍNCIPE

Hable vuestra majestad

de este Sol con más templanza,

que no es más puro el del cielo,

aunque a mí su luz me abrasa.

REY

(Aparte.)

 

¡Qué bien parece entre el regio

esplendor esta bizarra

generosidad! Que el hombre

que con sus celos infama

la mujer que quiere, y más

cuando no piensa dejarla,

o no tiene entendimiento,

o buena sangre le falta.

JAIME

(Aparte.)

 

Don Juan está en gran peligro.

REY

A caza saldréis mañana,

que quiero que os divirtáis.

PRÍNCIPE

Veré allí representada

en las fieras mayor fiera,

mas me entristece la caza.

REY

Id a la casa de campo.

PRÍNCIPE

Digo que iré donde manda

vuestra majestad, Señor.

REY

No me volváis las espaldas,

que os quiero más que a mi vida;

escribid porque se parta

el correo a Zaragoza,

que esto sólo es lo que aguarda.

PRÍNCIPE

Váyase sin cartas mías.

REY

¿Cómo ha de ir sin vuestras cartas?

PRÍNCIPE

Porque muero.

REY

Dios os guarde.

PRÍNCIPE

Vuestra majestad se vaya,

o yo me iré.

REY

Bueno está,

que arguye poca constancia

rendirse a pasión tan necia,

que por serio es porfiada.

Casaos, pues, y obedecedme

con el rigor y observancia

que debéis a un rey, y padre,

que más que a sí mismo os ama;

o por el siglo dichoso

de la reina, que, elevada

a mejor corona, pisa

zafir del supremo alcázar,

que a pesar de vuestro afecto,

que así la razón arrastra,

os castigue riguroso,

si no en vos, en quien lo causa. Vase.

JAIME

Señor, ved que vuestro padre…

PRÍNCIPE

Jaime, no me digáis nada;

yo estoy resuelto: Don Juan

de Zúñiga ha entrado en casa

del sol que adoro, después

que con paciencia excusada

le avisé que la olvidase,

pues que yo no la olvidaba;

traidor fue, pues volvió a verla:

su muerte es justa venganza

de mis celos. Ya es de noche:

id luego y ejecutadla.

JAIME

Señor príncipe, sois justo,

y a vos Don Juan no os agravia,

porque yo sé…

PRÍNCIPE

No sabéis

cosa que importe a mis ansias

ni a mis celos. ¡Vive Dios

que ha de morir!

JAIME

Si se igualan

la piedad y la justicia

en las deidades humanas,

como a tal…

PRÍNCIPE

Esta es sentencia

que pasó en cosa juzgada:

no ha lugar la apelación.

JAIME

Sí, mas hay cuando es contraria

súplica a vos de vos mismo.

PRÍNCIPE

Jaime…

JAIME

Señor, vinculada

os tengo a vos mi obediencia.

PRÍNCIPE

Pues no repliquéis palabra:

acabad su vida, o dad

la vuestra por acabada.

JAIME

Sí daré si se la quito,

pues en la suya están ambas.

Vanse.

 

Salen DOÑA SOL e INÉS, esclava.

 

INÉS

¿Qué es lo que escribe Costanza

en este papel?

SOL

Ignora

 

mi casamiento, en que ahora

ni de ella haré confianza,

y, así, me escribe que quiere

ser mi huéspeda unos días.

INÉS

Tú ¿qué respuesta le envías?

SOL

Inés, bien claro se infiere:

¿cómo he de tenerla en casa

siendo ya Don Juan mi esposo,

y el secreto tan forzoso?

INÉS

¿Tú no sabes lo que pasa?

Don Juan la quiso muy bien,

y pienso, si a casa viene,

que es de celos que de él tiene.

SOL

Yo lo presumí también;

mas Don Juan me satisface

tan leal, que mis recelos

aún no han llegado a ser celos;

con todo, si Don Juan hace

a Castilla su jornada,

traeré a Costanza conmigo,

aunque ignora, como digo,

que con él estoy casada.

Temo al príncipe, en efecto,

que no dudo, Inés, que acabe

la vida a Don Juan si sabe

que es mi marido en secreto,

pues dirá que se casó

a pesar suyo Don Juan.

INÉS

¡Ay!, señora, ¡qué galán

vi ayer al príncipe yo!

El suele decirme a mí

sus penas, y yo le digo

que pierde el tiempo contigo.

SOL

No, Inés, no ha de ser así.

INÉS

Luego, ¿gustas que le dé

alguna esperanza?

SOL

Necia,

en mí tuviera Lucrecia

menos flaqueza y más fe.

INÉS

A quejas muy repetidas

le despido yo; ¿qué quieres?

SOL

Inés, si al príncipe vieres,

no quiero que le despidas,

porque esto es llegarlo a oír,

sino que huyendo te vengas

tan apriesa, que no tengas

a quien poder despedir.

INÉS

En vano a su honor resisto.

Sufra el príncipe el desdén,

que no puedo más.

 

Salen DON JUAN y NEBLÍ.

 

 

JUAN

Mi bien,

un siglo ha que no te he visto;

habla a Neblí sin recelo,

que es un antiguo criado

de quien siempre me he fiado.

NEBLÍ

Neblí soy, pues al sol vuelo.

SOL

Por leal a tu señor

te estimaré.

NEBLÍ

Ahora sí

puedo llamarme Neblí

con alas de ese favor.

INÉS

¿Neblí se llama, galán?

NEBLÍ Y

con hambre eterna estoy

temblando siempre, que soy

Neblí pollo de Don Juan.

INÉS

¿Neblí pollo es todavía?

Pensé que mudado de aire…

NEBLÍ

La esclava tiene donaire

y es docta en volatería.

Dime tú tu nombre a mí.

INÉS

Inés me llamo.

NEBLÍ

Alto, pues,

garza parece la Inés

que ha de volar el neblí.

INÉS

Luego es consecuencia clara

que algo quieres darme.

NEBLÍ

Niego

la consecuencia y el luego.

INÉS

¿No tiene Sol buena cara?

NEBLÍ

De limiste.

INÉS

Ella es mujer

 

de buena vida y costumbres,

mas sólo da pesadumbres.

NEBLÍ

Muy pobre debe de ser.

INÉS

No serlo, pues es tan bella;

¿date a ti mucho Don Juan?

NEBLÍ

Ya los señores no dan;

son muy pobres él y ella.

SOL

Don Juan, ¿no es aquél don Jaime?

 

Sale DON JAIME.

 

 

JAIME

¡Que desdichada hermosura!

Señora Sol, Dios os guarde.

Don Juan, mal se disimula

el sentimiento en los ojos.

JUAN

Gran mal su tristeza anuncia.

JAIME

Retírense esos criados.

JUAN

Salíos allá.

NEBLÍ

No me gusta

 

la prevención. Inés, vamos.

 

Vanse.

 

 

SOL

Don Juan, pues aquí te busca

Don Jaime, que soy tu esposa

le habrás ya dicho sin duda,

y si no, yo se lo digo,

porque menos se aventura

en revelar el secreto

que en juzgar él, si él lo juzga,

que pudo hallarte en mi casa

no siendo yo esposa tuya.

JUAN

Sol, ya Don Jaime lo sabe,

pero su tristeza es mucha,

pues a los ojos se viene.

JAIME

No sé, Don Juan, cómo cumpla

con tantos respetos juntos

entre penas tan confusas.:

su alteza manda que os mate,

y, aunque entre miedos y dudas

a tanta resolución

hice réplicas algunas,

quiso tomarlo a su cuenta,

cuando ve que si lo rehúso

se lo encargarán a otro

que fácilmente concluya

con mi vida y con la vuestra,

que ninguna está segura

si peligra la del otro,

pues es de ambos cada una.

El príncipe es el juez

que esta sentencia pronuncia,

y el delito es vuestro amor

(¡vive Dios, que es feliz culpa!),

y pienso que mi desdicha

es el fiscal que os acusa,

pues me han hecho a mí el verdugo

que la sentencia ejecuta.

Este es el caso; yo vengo

sin resolución ninguna

a ponerle en vuestras manos.

¿Vos calláis y Sol se turba?

Don Juan, muchas vidas tengo,

que ya la vuestra y la suya

tengo por propias, y ya

no es mi desdicha tan suma,

que no queréis que sean más,

que, porque será ventura

tener muchas que daros,

dejaré de tener muchas.

JUAN

Yo no sé, por Dios, Don Jaime,

con qué palabras reduzca

a brevedad tantas penas;

y, así, vuestra amistad supla

lo que falta a mi discurso,

que aunque la acción es injusta,

si vos para ejecutarla

no buscasteis coyuntura,

corréis peligro, y si dais

noticia al rey, se disgusta

con vos el príncipe, y veo

que el morir vos no se excusa.

Vos mirad por vos, Don Jaime,

viendo también esta lluvia

que tiene al sol tan nublado,

esas perlas de alba pura

que en azucenas y rosas

ni el mismo sol las enjuga.

No me pesa a mí por mí

esta verdad que se encumbra

sobre sí misma y tan alta

pisa fueros de fortuna;

siento no más que si muero

como tórtola viuda

que ahora con su consorte

tan dulcemente se arrulla,

no posará en ramo verde,

y entre las selvas oscuras

pedirá endechas prestadas

a las aves más nocturnas,

maldiciendo entre sus ansias,

entre sus penas y angustias,

los arroyos que lo ríen,

las fuentes que lo murmuran.

Esto quiero que os lastime;

a mí, sin nuevas consultas,

dadme a fieras que me coman

o a llamas que me consuman,

o echadme al mar, donde el sol

cada noche se sepulta

y cada mañana, en quien

de lo mortal se desnuda,

Fénix del agua renace

de entre las ondas profundas,

que allí a mi bien la fe viva,

si la esperanza difunta

en todo aquel alabastro

de infaustas cenizas urna,

consagrará monumentos

a las edades futuras.

SOL

Señor Don Jaime, en los ojos

donde la elocuencia es muda,

mucho mejor que en los labios,

oran dos almas ocultas;

sobre la gloria de darse

una por otra la usurpa,

cada cual tan ambiciosa

de hacer la fineza suya,

que en la misma resistencia

con que están luchando a una,

vienen a injuriarse al tiempo,

que obligarse más procuran;

mas no luchan disconformes,

porque si a luchar se juntan,

no se juntan por luchar,

que antes por juntarse luchan;

porque hay no sé qué linaje

de paz en la misma lucha,

pues los mismos que pelean

se abrazan cuando se injurian;

no las departáis, Don Jaime:

antes una misma punta

saque ambas almas la fuerza

de la mano más robusta.

De una vez rompa ambos pechos,

y si esto se dificulta,

y morir de un golpe solo

no pueden dos vidas juntas,

os ruega una desdichada,

pues la crueldad y la astucia,

quizá contra lo inocente

lo inexorable vinculan,

que cuando ya en ambos cuellos

deis dos heridas tan duras,

me deis a mí la primera

y a mi Don Juan la segunda.

JAIME

Don Juan, bien podrá en vos mismo

mataros quien lo procura,

pero no en Sol, vuestra esposa,

que estáis en su alma, en cuya

inmortalidad tenéis

otra vida no caduca

que, a par de la eternidad,

mayor que los siglos dura.

Salid de Pamplona luego,

que yo daré por disculpa

que érades ido a Castilla;

a los riesgos que resultan

me expongo yo.

JUAN

¿Vos sabéis

por qué el príncipe promulga

ley contra mí tan severa?

Pues, ¿cómo queréis que huya

y deje en peligro a Sol?

Si el cielo de piedad usa,

dad lugar a que la lleve.

JAIME

Dadle vos a que discurra

la razón y a que obre el tiempo,

pues ponéis en aventura,

si lleváis a Sol ahora,

nuestras vidas y la suya.

SOL

Pues Don Juan no ha de ir sin mí,

que quiero que nos conduzca

a un fin una misma vida

o una misma sepultura.

Figurad casa movible

del mar, a quien aseguran

los cabos que la apuntalan,

las áncoras que la fundan,

edificio tan viviente

sobre la salada espuma,

que impulso propio le alienta

y aura vital le estimula;

que ave de pino con alas,

bajel del viento sin plumas,

por regiones de agua vuela

y piélagos de aire surca;

tan movible albergue, cuando

de fino y leños se ayuda,

que va caminando siempre

con los mismos que la ocupan,

porque es a sus moradores

casa siempre tan conjunta,

que ellos no pueden mudarse

si ella también no se muda;

tan leal siempre y tan firme,

sin desampararlos nunca,

que hasta hundirse o deshacerse

no hay peligro que no sufra.

Pues, Don Jaime, yo y Don Juan,

en dos almas que son una,

somos nave y marinero

que en tanto golfo fluctúa,

yo soy la casa portátil

en que él vive y en que él triunfa

de tantas suertes de miedos,

de tantas olas de injurias.

En la tierra es ya mi llanto

océano que la inunda,

y a donde fuere yo ha de ir;

ya embarcación no se excusa,

y es fuerza que con él vaya

su pobrecilla chalupa

contra quien tanto elemento

en tanto mar se conjura.

Mas no importa, él vive en mí

y yo soy casa tan suya

que tengo de ir donde él fuere

a pesar de mayor furia;

porque no le he de dejar

hasta que en igual fortuna

las rocas me hagan pedazos

o los abismos me hundan.

JAIME

Ved, señora, que a quedaros

os obliga la cordura;

si os vais los dos, es fuerza

que os sigan y que os descubran,

y que Don Juan muera entonces.

JUAN

Don Jaime, nadie presuma

que el deseo de la vida

tan engañoso me adula

que yo me vaya sin ella

y deje mi honor en duda.

SOL

¿Cómo en duda? Luego, ¿en mí

son posibles las calumnias?

Luego, ¿este sol tendrá eclipses

por mudanzas de la luna?

Luego, ¿escuadrones formados

que vibrado fresno empuñan,

que ciñen luciente alfanje

y visten morisca aljuba,

Etna que incendios aborte,

nube que rayos escupa

con truenos que al firmamento

estremezcan las columnas,

osarán a mi constancia?

Vete y verás cuán segura

armadas huestes desprecia

y fuerzas de reyes burla.

Yo quedo conmigo misma.

Vete digo, y no atribuyas

este aliento a confianza,

ni este valor a locura.

JUAN

Muy bien dices, pero advierte…

JAIME

Don Juan, sin tardanza alguna

os habéis de ir.

JUAN

Yo iré donde

por unos días me encubra,

con que vos os encarguéis

de mi bien.

JAIME

Don Jaime os jura

ser guarda de su recato,

de atenta, tan importuna,

que, siendo ella sol y yo

águila que no se ofusca,

examinarán mis ojos

a rayos de sol tan pura.

JUAN

Pues yo buscaré, luz mía,

ocasión más oportuna

para llevarte conmigo;

tú verás qué poco dura

la ausencia. Abrázame ahora.

SOL

¡Ay, Don Juan, que el sol se anubla!

JAIME

Porque vuestra ausencia crean,

pudiera Sol con industria

traer consigo a Costanza.

SOL

Sí, la traeré, que ella gusta

de estar conmigo unos días.

JAIME

Pues, Don Juan se vaya.

SOL

Suban

hasta el cielo mis suspiros:

¡justicia! ¡amor!, que me hurtan

el mejor tiempo a mi vida.

JUAN

En habiendo coyuntura

vendré a verte; adiós, mi bien.

SOL

Mira, que a mi centro acudas.

JUAN

Tú eres un sol que me abrasas.

SOL

Tú, un astro que al sol ilustras.

JUAN

Tú, la causa de mis dichas.

SOL

Tú, el dueño de mis venturas.

JUAN

Yo soy tu esposo y tu amante.

SOL

Yo, esposa y esclava tuya.

 

Jornada segunda

Salen INÉS y COSTANZA.

COSTANZA

Diréte, Inés, lo que sabes,

porque mientras lo repito

parece que lo acredito.

INÉS

Pues empieza, porque acabes,

que decirme lo que sé

es darme encono.

COSTANZA

En efecto,

se fue Don Juan con secreto,

y yo, después que se fue,

huéspeda de Sol estoy

aquí en su casa.

INÉS

Adelante.

 

COSTANZA

Temo que es Don Juan su amante.

INÉS

(Aparte.)

 

Leal, aunque esclava soy,

no he de decir lo que sé,

pues no digo que es su esposo,

mas basta hacer un engaño

al príncipe tan extraño.

COSTANZA

Quiso el príncipe celoso

matarle; (Don Jaime a mí

me ha dado de todo cuenta);

por eso Don Juan se ausenta,

pero está cerca de aquí.

Yo, pues, que con tal porfía

casarme con él pretendo,

no sé si necia defiendo

en su persona la mía.

Y como para aplacar

al príncipe el medio era

que Sol le hablara y quisiera,

y ella, en fin, no le ha de hablar,

porque él piense, aunque engañado,

que tiene a Sol reducida, y así

Don Juan tenga vida,

que este sólo es mi cuidado,

hurtándole a Sol el nombre

a hablarle de noche vengo

al jardín y le entretengo,

como ya ves; no te asombre

que hablándome haya creído

que soy Sol, porque demás

que no ha hablado a Sol jamás,

sino de paso, yo he sido

tan sagaz, que por poder

engañarle más segura

busco noche tan oscura,

que ni el bulto pueda ver.

Yo, pues, junto de esta fuente

hablo al príncipe y le digo

que soy Sol, tú eres testigo,

que siempre te hallas presente,

que no falto a mi decoro;

que si mi honor peligrara,

no, Inés, no lo aventurara

por Don Juan, aunque le adoro.

El, en efecto, que entiende

que le habla Sol, ya no extraña

los favores, y se engaña

con lo mismo que aprehende,

que en sola la aprehensión,

no en si mismo, está el contento.

Gozo es decir humo y viento,

o nada o mentira son

los bienes de amor, Inés,

pues engañada la idea

no está el gusto en que lo sea,

sino en pensar que lo es.

INÉS

Costanza, todo lo advierto,

¿queda más?

COSTANZA

Su alteza, en fin,

me ha hablado en este jardín

tres noches, y está muy cierto

que hablando con Sol está;

de modo que así ha tenido

la dicha de haber creído

que Sol favores le da.

Con que en ardid tan extraño

lograremos yo y su alteza:

él, su engaño en mi fineza;

yo, mi fineza en su engaño.

 

Sale DON JAIME.

 

JAIME

(Aparte.)

Sin que me sientan he entrado

(todo la industria lo pudo)

mientras el silencio mudo

recatos presta al cuidado;

que, guardando ajeno honor,

si es ajeno el de mi amigo,

las sombras del miedo sigo

con los pasos del temor

adonde el ardid se atreve,

fiado a noche tan ciega,

que el sol hay noches que niega

la luz que a los astros debe.

Porque ha tres, que, a mi pesar,

al príncipe, aún no lo creo,

Argos desdichado veo

en este jardín entrar.

Ojalá averigüe aquí

si es firme Sol como bella,

que no ha habido culpa en ella,

como no hay descuido en mí.

 

Sale el PRÍNCIPE.

 

PRÍNCIPE

(Aparte.)

Gran dicha fue hallar abierta

la puerta; gócese el fin

de mi dicha en el jardín,

que me dio franca la puerta.

Sol mía, ahora veré

la verdad que tu amor tiene.

INÉS

Costanza, el príncipe viene.

COSTANZA

Pues no te vayas.

INÉS

No haré.

 

PRÍNCIPE

¿Eres tú mi amada Sol?

COSTANZA

Sol soy, habla sin recelo.

JAIME

(Aparte.)

 

Sol dice que es, ¡vive el cielo!

Si es natural arrebol

la vergüenza en una dama,

sin luz ni arrebol está

este cielo, que no hay ya

fe ni verdad en quien ama.

PRÍNCIPE

Pues determinado vengo:

al salir de tu jardín

vi anoche un bulto, y, en fin,

hablo claro, celos tengo.

Temo que es Don Juan a quien

no habló Don Jaime, o no quiso,

que ambos andan sobreaviso,

pues que se guardan tan bien.

Vengo, pues, determinado

a no perder la ocasión,

que esto es dar satisfacción

de una vez a mi cuidado.

COSTANZA

No tengáis celos, que os quiero

mas que a mí y es temor vano

que un príncipe soberano

los tenga de un escudero.

Vos sois mucho más galán

que todos, y yo, señor,

no tengo a Don Juan amor,

que no os compite Don Juan.

JAIME

(Aparte.)

 

El daño es cierto: ¡ay, amigo,

qué buena cuenta que di

de tu honor!

PRÍNCIPE

Sol, si hasta aquí

he sido cortés contigo,

ya, sin el último empeño,

no creeré que a mí me quieres;

dueña de mí mismo eres,

hazme de ti misma dueño.

COSTANZA

(Aparte.)

 

(Válgame aquí la cautela.)

Señor, quien de veras ama,

más los riesgos de la dama

que los del honor, recela.

Costanza, pues, es ahora

mi huéspeda y os prometo

que está cerca, y el secreto

de mi amor y el vuestro ignora.

Apenas por el Oriente

saldrá el sol cuando se vaya,

podrá ser que ocasión haya

mejor la noche siguiente.

Venid entonces, pues es

honor de quien os adora.

(Aparte.)

 

Remédiese el daño ahora,

que otro ardid habrá después.

PRÍNCIPE

Oye, la noche que viene

quiero lograr mi ventura,

tanto mi amor te asegura.

JAIME

(Aparte.)

 

Atajar esto conviene

con prudencia y discreción,

que aunque en Sol el vil intento

pasa ya de pensamiento,

aún no llega a ejecución.

PRÍNCIPE

Cerca me has dicho que está

Costanza; adiós, que en efecto

a ti te importa el secreto.

Vase.

 

JAIME

(Aparte.)

 

¡El príncipe se fue ya;

estoy, vive Dios, aquí

por tomar de Sol venganza,

mas ha dicho que Costanza

estaba cerca de allí.

Voyme, que quizá darán

los cielos traza mejor

para preservar su honor

y defender a Don Juan.

Vase.

 

INÉS

Costanza, ¿qué estás pensando?

COSTANZA

Inés, otro nuevo ardid

para quietar a su alteza,

téngole, pues, de escribir

firmándome Doña Sol,

pues ya ser ella fingí:

que Costanza no se ha ido,

que no tiene que venir.

INÉS

Bien puedes, que él no conoce

(yo sé bien que esto es así)

ni tu letra ni la suya.

COSTANZA

Todo es temer y fingir.

 

Sale DOÑA SOL.

 

 

SOL

Mientras Don Juan me desvela

no sé qué rumor sentí,

si quien sus ausencias siente

puede otra cosa sentir.

¡Vientos, si fuisteis suspiros

y acaso a saber venís

si me acuerdo de mi esposo,

volved, decidle que sí!

COSTANZA

(Sol es ésta). Sol, ¿qué buscas?

SOL

Costanza, ¿tú estás aquí?

COSTANZA

¡Ay, amiga! pareciáme

(Aparte.)

 

(aquí es forzoso mentir)

que escuché a Don Juan y vine,

por no dispertarte a ti,

con Inés a ver quién era.

SOL

¿Qué dices? ¿En mi jardín

Don Juan de noche?  (Aparte.)  (ello es fuerza

disimular y sufrir.)

COSTANZA

Pensé que a mí me buscaba;

¿quieres recogerte?

SOL

Sí;

mas no, ya me he desvelado.

Tú sola te puedes ir,

que yo con Inés me quedo.

COSTANZA

(Aparte.)

 

(Bien de ambos riesgos salí.)

Vase.

 

INÉS

¡Ay, Sol!, pasos he sentido.

Salen DON JUAN y NEBLÍ.

 

NEBLÍ

Ya estamos en el jardín.

¿Qué habemos de hacer ahora?

JUAN

No dejará Inés de abrir,

si llamas, aquella reja

que está enramando un jazmín.

SOL

Inés, ¿qué haré yo?, estoy muerta,

ni acierto a hablar ni a huir:

¿qué es esto?, ¿quién va?

JUAN

Luz mía.

SOL

¿Mi Don Juan?

NEBLÍ

¿Inés?

INÉS

¿Neblí?

NEBLÍ

¿Señora?

SOL

Yo estoy turbada

de esta novedad; decid:

¿cómo habéis venido?

JUAN

Sol,

yo vengo a verte y vivir,

pues me tienes acá el alma,

¿tú cómo estabas aquí?

SOL

Esta fuente, estos arroyos

te darán nuevas de mí,

pues tienen lengua las aguas.

Arroyuelos que reís

alegres de mi ventura,

fuente que a aquel alhelí

das aljófar murmurando

entre dientes de marfil,

Don Juan, quizá cuidadoso,

verdades viene a inquirir;

aguas, pues que sois tan claras,

¿por qué no se las decís?

JUAN

Yo en troncos de un bosque escritos

textos tengo más de mil,

verdades dejo que crezcan,

por eso las escribí

entonces, cuya alma misma,

con impulsos de sentir,

vivientes lágrimas abre

vegetativo buril;

escrito está de mi letra

en la corteza infeliz

de un álamo negro: «Yo

tengo el corazón así»;

y en la de un olmo, con quien

está casada una vid:

«Maldiga el cielo la mano

que os quisiere dividir».

¿Cómo no me dices nada

de Don Jaime?

SOL

Ayer le vi,

y me miró muy severo;

debióse de arrepentir

de haber sido tan piadoso;

mas no me espanto, que, en fin,

tiene al príncipe enojado.

JUAN

¿Eso puedes presumir

de Don Jaime? El me dio vida,

y piensa que se la dí.

SOL

Mejor es que yo me engañe;

pero lo erraste en venir

esta noche que Costanza

es mi huéspeda, y así,

te has de volver.

JUAN

No, bien mío,

que en el celestial zafir

es ya el alba precursora

del más hermoso rubí.

SOL

Mira el riesgo a que te pones.

JUAN

Muy bien me podré encubrir,

por un día, de Costanza

oculto en tu camerín,

por verte a hurto algún rato.

NEBLÍ

Sol, ya Don Juan no se ha de ir,

que él sabe ser tan secreto,

que todo cuanto le oí

suspirar en esta ausencia

lo ha suspirado en latín.

Bien, que haciendo ambos un dúo,

como el agua y el anís,

que dejé mi amor en cierne

también yo cuando me fui,

yo maestro de un cuquillo

y él de un jilguero aprendiz,

Don Juan cantaba por Sol

y yo entonaba por mí.

SOL

Digo, Don Juan, que te quedes,

ya no quiero resitir;

por si han sentido rumor

llegue en público Neblí

como que busca a Costanza;

tú a mí me puedes seguir.

JUAN

(Aparte.)

 

¡Que esté Sol tan a deshora

con Inés en el jardín!,

¡y que resiste el quedarme!

¡Oh, cómo suele ser vil

la imaginación humana!

Bellísimo serafín,

un primer ímpetu ha sido,

perdona, si te ofendí.

 

Vanse.

 

INÉS

Neblí, ¿no me dices nada?

NEBLÍ

Inés, quiero irme a dormir,

que he andado toda la noche

en un tejado o rocín,

consultado en caballero.

INÉS

Apenas te conocí

cuando te fuiste a aventuras.

Escudero de Amadís,

¿a qué ha venido tu amo?

NEBLÍ

Hace frío, aunque es abril,

y viene a buscar el sol;

si hay acaso por ahí

algún planeta traído

que a mí me pueda servir,

también me parió mi madre

como la suya al Sofí.

INÉS

¿Has cenado?

NEBLÍ

No, por Dios;

si verdad he de decir,

yo tengo sed, hambre y frío.

¿Tienes algo de pernil

con un trago de lo caro?

Porque esto de San Martín,

según lo que abriga siempre,

tiene capa que partir.

INÉS

¿Pásaslo muy mal?

NEBLÍ

Muy mal.

INÉS

¡Lástima tengo de ti!

Vamos, que te quiero dar

los blancos de una perdiz

y lo tinto de una bota.

NEBLÍ

¿Quién te regala?

INÉS

Neblí,

el príncipe mi señor.

NEBLÍ

¡Válgame el señor San Gil!

¡Pesia a mi abuela, qué vida

se rompe en este país!

Sol habrá dado en el chiste,

su alteza gasta gentil;

Inesilla, como boba,

querrá comer y vestir,

y Don Juan anda arrastrado

como otro fray Juan Guarín,

marido muy criminal

contra el intento civil.

¡Bien haya cuerdos de ahora

,que lo que en tiempo del Cid

se llevaban las terceras,

tomen ellos para sí!

Vase.

 

Salen el REY y DON JAIME.

 

JAIME

Señor, Doña Sol se fía

de mí y de vos; justa ley

es que la defienda un rey

de un príncipe que porfía;

y así, a avisaros envía,

tan honrada como bella,

que esta noche quiere vella

su alteza determinado.

(Aparte.)

 

(Con este ardid he mirado

por Don Juan, por mí y por ella.)

REY

Sol tiene gran calidad,

en fin, ¿defiende su honor

del príncipe?

JAIME

Sí, Señor.

(Aparte.)

 

(¡ojalá fuera verdad!)

REY

¡Qué ciega es la voluntad,

pues crece en la resistencia!

JAIME

(Aparte.)

 

Diciendo al Rey que es violencia

le obligo a que lo repare;

y si él no lo remediare,

yo haré mayor diligencia.

REY

Don Jaime, el príncipe viene.

Idos, advertido quedo.

 

Vase JAIME.

 

Sale el PRÍNCIPE.

PRÍNCIPE

Noche, que prestas al miedo

las sombras que tu horror tiene…

(Aparte.)

 

Mi padre está aquí; conviene

disimular mi esperanza.

REY

En fin, ¿no hay en vos mudanza?

PRÍNCIPE

(Aparte.)

 

Sol, hermosura del día,

esta noche serás mía

sin que lo impida Costanza.

REY

Una carta he recibido

de la Infanta vuestra esposa,

y está de vos tan quejosa

como yo por vos corrido;

amigo vuestro os lo pida,

si Rey y padre os lo mando,

que es mandar y estar rogando,

aunque es acción mal segura

poner en cerviz tan dura

yugo de imperio tan blando.

Y si Sol no os da ocasión

y llega a tal vuestro exceso

que la preferís por eso

a una Infanta de Aragón,

tomaré resolución

con vos y con ella.

PRÍNCIPE

¿Quién

habla de mi amor tan bien

que eso os ha dicho?

REY

Parece

que en vez de acabarse, crece

vuestro amor con el desdén.

PRÍNCIPE

Pues si crece a más esfera

con los desdenes, no uséis

de ellos con Sol si queréis,

Señor, que menos la quiera;

quien la ofende en vano espera

que yo me mude jamás:

más volverá un río atrás

de lo que hasta allí ha corrido,

cuando agua le han añadido,

con que es fuerza correr más.

Sed, pues, con Sol más clemente;

quizá cesando el rigor

quitaréis fuerza al amor

y raudal a la corriente.

Río es mi amor, si no es fuente,

que no puedo atrás volver;

una de dos ha de ser:

yo dejo a vuestro albedrío

que quitéis el agua al río,

o que le dejéis correr.

REY

Carlos, las fuentes porfían

manando siempre; a la mar

van los ríos sin parar.

No así los gustos se guían:

muchos que ahora querían

sequedad después mostraron

y de amar se retiraron;

luego aun amando no fueron

ríos, pues atrás volvieron,

ni fuentes, pues se secaron.

Según esto, ¿qué será

amor?: un arroyo breve

que correrá mientras llueve

y luego se acabará;

tal vez cristal puro va

corriendo del monte al llano,

y es, aunque presuma ufano

que su caudal será eterno,

censo que impuso el invierno

y lo redimió el verano.

Ahora, que por ventura

no tengo sed, corre aprisa

amor y entre falsa risa

me va ofreciendo agua pura

mientras el invierno dura;

mas vendrá el estío luego

y hallaré, si a beber llego,

donde agua el invierno vi,

guijas secas que de sí

estén arrojando fuego.

Sol no os quiere, yo lo sé;

no vais esta noche allá,

que hacerla fuerza será

infame acción.

PRÍNCIPE

Bien se ve

que hay quien avisos os dé;

mas ya si a saber se pasa

que el sol de noche me abrasa,

la relación no fue cierta,

que primero me dio puerta

en sus ojos que en su casa.

REY

¿Es eso así?

PRÍNCIPE

Sí, Señor:

la pasión perdió el respeto

al decoro y al secreto.

REY

(Aparte.)

 

(Sin duda la tiene amor

Don Jaime, y de ajeno honor

hace capa a propios celos.)

Carlos, escuchad recelos

de quien ser su esposo espera,

porque un celoso se altera

de ver azules los cielos.

Vase.

 

Sale NEBLÍ con un papel en la mano.

 

NEBLÍ

(Aparte.)

(Dije a Costanza que vine

a saber de ella; creyólo,

y me fió este papel.

Pues no es de Sol, yo me arrojo

y se lo doy a su alteza.)

Señor, si fuere amoroso

el billetillo y de gusto,

ese es el porte que cobro;

su dueño dirá la firma.

Dáselo.

 

PRÍNCIPE

(Aparte.)

La firma es de Sol.

NEBLÍ

(Aparte.)

El rostro

ha demudado: ¿hay tramoya?

PRÍNCIPE

Dice el papel de este modo:

(Lee.)

«Señor, Costanza no ha querido irse, y yo, por

disimular, no he mostrado gusto de que se vaya;

y así, hasta que yo le avise, no venga al jardín.

Vuestra Alteza, a quien me guarde Dios como

deseo. -Doña Sol Abarca».

¡Esta es traición, vive el cielo!

Sin duda ha vuelto celoso

Don Juan en secreto, y yo

por él la ocasión no logro.

¿Quién eres?

NEBLÍ

Señor, un loco

 

que suele hablar en juicio:

Don Neblí me llamo y poso

en casa de Sol.

PRÍNCIPE

Pues habla

en seso conmigo un poco.

¿Has visto toda la casa

de Sol?, que, aunque hoy son escollos

tanto jaspe y alabastro

del edificio ya roto,

hay reliquias de haber sido

palacio de reyes godos.

NEBLÍ

Señor, hoy la anduve toda.

¡Y tanta grandeza, el oro

no ya enterrado cadáver

sino convertido en polvo!

¡Cuánto pórfido labrado

y cuánto artesón con oro

hace en su misma ruina

derribado mausoleo!

¡Cuántos torreones altos

que barrenaban el globo

de las estrellas ahora

son nuestro ejemplo y su asombro,

pues con trémula vejez

en unos puntales toscos,

como en báculos, se tienen

tan caducos promontorios!

¡Qué traidores son los años!

¡Con qué silencio engañoso

hurtan los pasos al miedo,

y las crueldades al robo!

Clama quien fue a la memoria,

y en vez de oír los sollozos

del lamento, en huellas mudas

dejan monumentos sordos.

Ya, pues, el mayor concepto

de la arquitectura, el monstruo

que de la ciencia fue parto,

de la fortuna es aborto,

quizá porque a tanto olimpo,

como era pasto glorioso,

la tierra fue poco atlante

para sostenerle en hombros,

siendo propiedad del cielo

tan miserable destrozo,

desengaño al presumido

y escarmiento al ambicioso.

PRÍNCIPE

Bien sabes hablar de veras.

NEBLÍ

Soy poeta y hombre docto.

Voy al caso: vi su estrado,

su retrete, su oratorio,

su camarín y aun su cama,

que cuando yo me abochorno

de curiosidad no suelo

dejar roso ni belloso.

PRÍNCIPE

¿Y en qué cuarto está Don Juan

de Zúñiga?

NEBLÍ

No conozco

ningún Juan yo. (Aparte.)  (¡Si Costanza

le dio en el papel el soplo!)

PRÍNCIPE

En este papel me avisan

que Sol le esconde, y que todo

me lo dirá el portador.

NEBLÍ

Señor,  (Aparte.)  (¡gran peligro corro!)

puede ser que ese Don Juan

esté allí, mas yo soy corto

de vista, y no lo vería.

PRÍNCIPE

Si tuviste buenos ojos

para ver toda la casa,

¿cómo te faltaron sólo

para no ver a Don Juan?

NEBLÍ

Óyeme un cuento famoso:

-Era un cura tan tahúr,

pero tan poco devoto,

que por jugar no rezaba;

el obispo, escrupuloso,

supo el caso, llamó al cura

y díjole con enojo:

«¿Qué es esto? ¿Cómo no reza?»

Y el cura, sin alboroto,

respondió: «Señor ilustre,

ya he probado con antojos

y no veo». Aquí el obispo

replicó luego: «Pues, ¿cómo

ve a jugar, y no a rezar?»

Y él respondió presuroso:

«Hágame a mí cada letra

Usía como el as de oros,

y leeré el libro del rezo

como el de cuarenta y ocho».

El cuento se está aplicado

sin andar por circunloquios:

vi la casa y no a Don Juan,

pues lo que el cura respondo:

haga a Don Juan vuestra Alteza,

aunque no tiene mal tomo

tan grande como una casa,

y veréle, aunque veo poco.

PRÍNCIPE

Di que me diste el papel,

y vete.

NEBLÍ

Yo me recojo

con Sol, como las gallinas,

porque ellas y yo lo somos.

Vase.

 

PRÍNCIPE

¿Qué haré para averiguar

si Sol me engaña? Ya tomo

resolución: esta noche

he de buscar cauteloso

a Don Juan dentro de su casa,

diciendo que un amor loco

el sello rompió al secreto,

sacrílego a tantos votos.

Perdone la cortesía.

Mi padre está riguroso,

Sol me entretiene o me burla,

Costanza me pone estorbos,

Don Juan me ofende, Don Jaime

es confidente alevoso.

¡Amor, piedad!, que aunque debo

resistir con pecho heroico,

ha tanto que estoy sitiado

de enemigos poderosos,

que es fuerza entregar la plaza

si no me entrare el socorro.

Vase.

 

 

Salen DOÑA SOL y NEBLÍ.

 

 

SOL

¿Qué le dijiste a Costanza

que se entró tan de repente?

NEBLÍ

Tú has estado hoy impaciente;

ella notó la mudanza

de tu rostro y fuese, en fin.

¡Qué hiciera a haber sospechado

que está todo hoy encerrado

Don Juan en tu camarín!

SOL

A mi inquietud lo atribuyo;

lo mismo que tú colijo.

NEBLÍ

(Aparte.)

 

Por Dios, que al irse me dijo

que aquel papel no era suyo.

Si Don Juan sabe el aprieto

en que me vi con su Alteza,

me ha de romper la cabeza.

¡No hay cosa como el secreto!

SOL

Ya puedo a Don Juan llamar:

Mi bien, bien puedes salir.

 

Abre la puerta y sale DON JUAN.

 

JUAN

¡Qué malos son de sufrir

los plazos del esperar!

Como pajarillo amante

en la prisión todo el día

sentí tus pasos, Sol mía,

y canté alegre al instante

que te anunció un arrebol

que por la puerta vi ahora,

y así saludé al aurora

por mensajera del sol;

pero cuando vi que estaba

Costanza contigo hablando,

también lloré imaginando

que mi sol se me nublaba.

SOL

Pues no llores, dueño mío,

que ese sol, querido esposo,

sale a beber caloroso

en tus ojos el rocío

con que se ha refrigerado.

Ya vuelvo a decir que llores,

que a esos líquidos amores

en el pecho enamorado

aposento les he hecho,

porque lágrimas que son

pedazos del corazón

bien estarán en el pecho.

 

Sale INÉS.

 

INÉS

¡Sol, escóndase Don Juan!

Yo iba ahora a abrir la puerta,

y viendo que estaba abierta,

menos cortés que galán,

el Príncipe se entró en casa.

SOL

Luego sabremos qué es esto.

Mi bien, escóndete presto.

JUAN

Ya de los límites pasa

la violencia; cerca estoy

para acudir si importare.

Escóndese.

 

NEBLÍ

Rogando a Dios que en bien pare,

mientras no para me voy.

 

Vanse NEBLÍ e INÉS, y sale el PRÍNCIPE.

 

PRÍNCIPE

Sol, sin tu licencia vengo;

mas si tú al amor la niegas,

¿cuándo esperaron los celos

a que les diesen licencia?

En un papel me avisaste

que esta noche no viniera,

porque Costanza era estorbo

para cumplir tu promesa.

Rompí el secreto jurado,

no te pongas tan suspensa,

que parece que me escuchas

como quien se hace de nuevas.

SOL

Ya advertí a Inés que cerrase,

y mandé que a nadie abriera.

PRÍNCIPE

Celoso estoy; no te admires

que contra tu gusto venga,

porque dicen unos celos

lo que callan mil finezas.

 

Al paño, DON JUAN.

 

JUAN

No tengo honor, pues no muero:

¿Esperaré la respuesta,

o tomaré antes de darla

satisfacción de mi ofensa?

SOL

Si algún villano de Asturias,

a quien jamás la tijera

llegó a enmendar con el arte

la desmelenada greña,

hubiera, señor, oído

una injuria tan violenta,

un desafuero tan torpe,

una atrocidad tan nueva,

pensara que no era en ambos

común la naturaleza,

porque hay hombres de quien dudo

si son hombres o son fieras;

mas en un príncipe, en vos,

en cuyas heroicas venas

tantos diferentes reyes

tan convencidos se mezclan,

es miedo, es error, es pasmo,

es asombro, es inclemencia,

es injusticia, es infamia,

es tiranía, es afrenta,

es temeridad, es ira,

es impiedad, es violencia,

es alevosía, es furia,

es escándalo, es vileza,

es rabia, es furor; mas ¿cómo

podré reducir a cuenta

todo lo que es, pues no hay

indignidad que no sea?

¿Yo, promesa? ¿yo, papel?

¿Quién tan loco a la alta esfera

del sol levantará el vuelo

u osará a tanto planeta

ver en su eclíptica errante,

que abrasado no cayera,

Ícaro altivo, o Faetón

despeñado de sus ruedas?

Yo soy Doña Sol Abarca,

el príncipe es vuestra Alteza;

confesad que es ficción todo

cuanto habéis dicho en ofensa,

que con ser la traición tal,

y yo ser yo, que en materia

de honor no es posible que haya

más ser que ser yo mesma;

por ser vos el que lo dice,

yo misma no sé si crea

más haberla dicho vos,

que ser yo incapaz de hacerla.

JUAN

(Al paño.)

 

Confiada ha respondido:

o es conocida inocencia,

o es que me parece que es

lo que me holgara que fuera.

PRÍNCIPE

De oírte estoy tan confuso,

que sé responderte apenas:

¿Tú mesma no me dijiste

en el jardín que te viera

esta noche? ¿Y esta tarde

no me escribiste tú mesma

que no viniera hasta tanto

que tú otro aviso me dieras?

¿Pues cómo así me respondes?

JUAN

(Al paño.)

 

¡Ea, mi desdicha es cierta!

¿Yo no la hallé en el jardín?

¿no me persuadió la vuelta?

¿no me resistió el quedarme?

¿no me habló mal de la ausencia

de Don Jaime? ¿Pues, qué aguardo?

SOL

La admiración no la deja

articular a la voz

ni su uso libre a la lengua:

¿Yo os he hablado en el jardín?

¿yo os he escrito?

PRÍNCIPE

Espera, espera,

 

no prosigas. Vive Dios

que son ciertas las sospechas

de mis celos y que tengo

de averiguarlos, que es fuerza

que te esté escuchando alguno,

pues hablas de esta manera.

JUAN

(Al paño.)

 

Por eso lo está negando.

¡Vive Dios, es evidencia!

pues sabe que yo la escucho.

Vil mujer, ¿a qué me fuerzas,

a que te mate y me maten?

¡Oh, lo que siento que mueras!

Su Alteza que no se ha ido,

cuando mi honor me da priesa,

te da esto poco de vida,

no sé si se lo agradezca.

PRÍNCIPE

Entremos a ver tu casa;

ven conmigo.

SOL

(Aparte.)

(¡Ay, Dios, que si entra

ve a Don Juan y ha de matarle!)

¿Dónde vais?

PRÍNCIPE

Toda he de verla,

 

¡Vive Dios!

JUAN

(Al paño.)

 

Necio respeto

me detiene.

 

Dentro, DON JAIME, dando golpes.

 

JAIME

¡Abran las puertas,

o las echaré en el suelo!

JUAN

Voz de Don Jaime es aquélla.

JAIME

¡Abran aquí!

PRÍNCIPE

¿Quién da voces?

 

 

Sale DON JAIME.

 

JAIME

¡Qué graciosa resistencia!

Yo puedo allanar la casa,

que traigo orden de su Alteza.

Señor, ¿vos estáis aquí?

JUAN

(Al paño.)

 

¡Oh, amigo, a qué tiempo llegas!

PRÍNCIPE

¿Qué es esto? ¿a qué habéis venido?

JAIME

(Aparte.)

(Aquí ha de entrar la cautela.)

Señor, como soy tan vuestro

y, dicen que tenéis queja

porque no maté a Don Juan,

vengo a hacer la diligencia

con diez valientes soldados,

porque una espía secreta

me dijo que estaba aquí.

(Aparte.)

 

(Buen amigo soy, que mientras

Don Juan está allá seguro,

yo le excuso acá su afrenta).

JUAN

(Al paño.)

 

¿Luego, Sol nos engañaba?

¡Hay tal traición!

SOL

Luego ¿eran

verdad mis miedos?

PRÍNCIPE

Don Jaime,

 

allanad la casa, y vedla;

entremos juntos.

SOL

¿Qué es esto?,

¿así en Navarra respetan

la casa de Doña Sol?

Yo iré y cerraré la puerta

por de dentro.

 

Hace que va a cerrar la puerta y ábrela con ímpetu DON JUAN, y sale.

 

JUAN

Aparta, enemiga,

yo la abriré y saldré fuera,

si con todos los candados

del mismo infierno las cierras.

¡Don Juan de Zúñiga soy!

PRÍNCIPE

¿Hay semejante insolencia?

JUAN

¡Vive Dios, que estaba aquí!

JAIME

¡Notable desdicha es esta!

JUAN

Verdad os dijo la espía,

Don Jaime, aquí estoy.

JAIME

(Aparte.)

 

El piensa

 

que soy desleal amigo,

mas como yo no lo sea,

piénselo ahora, no importa.

PRÍNCIPE

Tanto el enojo me ciega,

que he enmudecido: ¡matadle!

JUAN

Mataráme vuestra Alteza

después que yo mate a Sol.

SOL

Mi bien, esposo (¡estoy muerta!),

no me espanto, si has oído

al príncipe, que te tengan

temeroso sus palabras,

por no decir sus quimeras;

pero mátame, bien haces,

o me mataré yo mesma,

no porque yo te he ofendido,

sino porque tú lo piensas,

Señor, Don Juan es mi esposo;

ya lo digo, que ya es fuerza.

JUAN

¡Oh!, cruel, antes ahora

callarlo era más prudencia,

por no revelar la infamia

cuando el secreto revelas;

mas ya, en efecto, lo has dicho,

y así mi venganza vea

quien ha sabido mi agravio.

JAIME

Teneos, Don Juan.

JUAN

Sólo resta

que un falso amigo me estorbe.

PRÍNCIPE

Mucho debo a mi paciencia

o a mi admiración. Don Jaime,

haced que al punto le prendan.

Don Juan, yo os dije una noche,

testigos son sus estrellas,

que no hablásedes a Sol;

pues, ¿cómo sin mi licencia

os casasteis en secreto?

No quiero esperar respuesta.

¿Qué gente tenéis, Don Jaime?

JAIME

Diez de la guarda.

PRÍNCIPE

Pues, ea,

vayan con Don Juan los ocho,

que los otros dos se quedan

con Doña Sol, porque quiero

que en su casa quede presa.

SOL

¿Por qué me prendes a mí?

PRÍNCIPE

¿Por qué? porque siendo deuda

de mi casa, te casaste

antes que yo lo supiera.

JUAN

Aquí me han de hacer pedazos

primero que lo consienta:

Sol ha de venir conmigo.

PRÍNCIPE

A no estar en tu presencia,

yo mismo os diera la muerte.

SOL

Déjate prender, no temas,

que tiempo habrá que te vengues,

cuando mi verdad no creas,

y Rey, hay, aunque le llaman,

por la omisión con que reina,

«el encerrado» Don Sancho.

A pesar, pues, de apariencias,

ve seguro de mi honor,

que si ofendido te hubiera,

supuesto que me importaba,

la culpa ya descubierta,

tener quien me defendiese,

claro está que no quisiera,

por satisfacerte a ti,

desobligar a su Alteza.

JAIME

Don Juan, ved que esto es forzoso.

JUAN

Apelo al Dios de la fuerza.

Rey tenemos en Navarra.

SOL

Yo daré de esto al Rey cuenta;

tú da treguas a la duda,

que no dando más que treguas,

si no te están bien las paces,

volverás luego a la guerra.

PRÍNCIPE

Prevenir quiero el peligro:

¿Don Jaime?

JAIME

¿Señor?

PRÍNCIPE

No sepa

mi padre que están casados,

si es que el vivir no os da pena;

quédense con Sol dos guardas

que salir no la consientan

porque no avise a mi padre.

JAIME

Vamos, Don Juan.  (Aparte.)  (No es prudencia

decirle culpas de Sol,

hasta ver si se remedian).

SOL

¡Ay, qué amor tan desdichado!

PRÍNCIPE

¡Ay, qué ingratitud tan bella!

JAIME

¡Ay, quién os mostrara el alma!

JUAN

¡Ay, que a un tiempo me hacen guerra

un Rey que de nadie cuida,

un príncipe que gobierna,

una mujer que me agravia

y un amigo que me niega!.

 

Jornada tercera

Salen DON JUAN y NEBLÍ.

NEBLÍ

Don Juan, quéjate de quedo.

Preso desde anoche estás

y tales suspiros das,

que a las guardas pones miedo,

y dicen, muy vigilantes,

que sus pesadumbres son

a fuer de descomunión,

que son de participantes.

Jaime habló al Rey, y quizá

por orden suya en un coche

llevó a Doña Sol anoche

a su quinta, donde está;

que dio al Rey tanto cuidado

el caso de mi señora,

que le han de llamar ahora

Don Sancho «el desencerrado».

JUAN

Déjame, por Dios, Neblí.

NEBLÍ

Calla, que quizá no es cierto;

hoy vi las flores del huerto

y dije, cuando las vi,

que respecto de tu esposa,

que está de virtudes llena,

no hay pureza en la azuzena

ni honestidad en la rosa.

Hoy vi el sol entre nublados

que en mi presencia llovieron

unos cristales que fueron

del corazón desatados

aljófares derretidos,

o por lo menos serían

lágrimas las que corrían

y perlas los detenidos.

JUAN

¿No es aquél Don Jaime?

NEBLÍ

Él es.

JUAN

Pues vete.

NEBLÍ

Voyme a la quinta

a ver la presa y la pinta,

que allá está también Inés.

Vase.

 

Sale DON JAIME.

JAIME

Don Juan, el Rey os espera,

que os quiere hablar muy despacio;

libre estáis, id a palacio.

JUAN

¿El Rey, a mí?

JAIME

¿Qué os altera?

 

Cuanto desde anoche pasa

he dicho al Rey, y así, vengo

con orden suya y la tengo

de que os vais a vuestra casa.

Bien, que aunque hubiera importado

decir toda la verdad,

no he dicho a su magestad

que con Sol estáis casado,

porque así me lo previno

el príncipe, y no conviene

irritar tanto a quien tiene

por ley su propio destino.

Ya, en fin, sin dificultades

estáis vos libre, y yo quiero

hablaros de mí primero

que os diga otras novedades.

Pensaréis que, arrepentido

de daros vida, os busqué

en vuestra casa, y no fue,

Don Juan, todo aquel ruido

lo que pensáis, ¡Vive Dios!

Diligencia fue forzosa

por guardar a vuestra esposa,

no por mataros a vos.

Yo os hallé para prenderos,

mas no hubo secreta espía

ni yo presumir podía

que entonces pudiera veros;

que si venisteis y a mí

no me enviasteis a avisar,

¿cómo pude yo pensar

que estábades vos allí?

Vos sí en esto me agraviasteis;

yo en ir a buscaros, no,

porque a vos os hallé yo,

porque vos sin mí os hallasteis;

supuesto, pues, que no fuera

buen discurso haber creído

que hubiérades vos venido

y que yo no lo supiera.

Claro está que no mataros

ni prenderos intentaba,

pues es cierto que os buscaba

cuando no pensaba hallaros.

JUAN

Don Jaime, si os debo mucho,

todo pienso que os lo pago,

pues de vos me satisfago

con sólo lo que os escucho.

Supuesto, pues, ya lo advierto,

que por matarme no fuisteis:

algo, sin duda, supisteis

de mí y de Sol, y si es cierto

y sois verdadero amigo,

¿cómo me calláis mi afrenta?,

¿cómo lo mismo no intenta

mi honor con vos que conmigo?

Si fuimos hasta aquí,

y un amigo en otro está,

¿cómo otro yo no sois ya

y no obró en vos como en mí?

Don Jaime, en vos hay mudanza;

no estoy ya en vos, ¡Vive Dios!

pues estoy en mí y no en vos,

tratando de mi venganza.

JAIME

(Aparte.)

 

(¿Qué haré, que hasta ahora, en fin,

su agravio efecto no tiene?

Sin novedad no conviene

decirle lo del jardín.)

Por Dios, Don Juan, que me espanto

de que discurráis tan poco:

el príncipe, de amor loco,

anoche lo estuvo tanto,

que entró en vuestra casa, y yo

que guardarla prometí,

con aquella industria fui

sólo por saber que entró.

Vos sois muy gran caballero,

no puede en acción ninguna

correr vuestro honor fortuna.

JUAN

Jaime, el honor verdadero

sé, en buena filosofía,

que de la virtud procede

y que la virtud no puede

ser en mí sin acción mía;

mas el mundo desordena

tan ciego esta rectitud,

que hay honor que no es virtud,

pues pende de acción ajena;

y siendo dicha en rigor

y no honor lo que no adquiere

por sí mismo el que lo quiere,

dice el mundo que es honor,

y llega algún virtuoso

a tan infeliz estado,

que es virtuoso y no honrado,

sólo porque no es dichoso.

JAIME

Pues eso no os toca a vos;

vamos a lo que hay de nuevo,

que no sé cómo me atrevo

a decíroslo, por Dios.

El rey habló en mi presencia

al príncipe, y él le dijo:

«Señor, yo soy vuestro hijo

y sé que os debo obediencia;

mas ya con resolución

os quiero desengañar:

no, no me pienso casar

con la infanta de Aragón;

antes lo he de hacer de suerte

que a Sol pueda dar la mano».

Conforme a lo cual es llano

que piensa daros la muerte

para casarse con ella.

JUAN

¿Qué decís?

JAIME

Que a él le está bien

ser dueño de un sol con quien

el del cielo aún no es estrella;

el rey, pues, muy ofendido

de que por Sol no se case,

me mandó que la lleVase.

a mi quinta, sin ruïdo,

donde ella está cuidadosa,

porque desde anoche intenta

dar al rey de todo cuenta

y decir que es vuestra esposa;

mas no la han dado lugar,

y, como he dicho, también

callé yo, porque no es bien

dar a su Alteza pesar.

Vos veréis al rey ahora;

habladle claro, no sea

que algún grave mal se vea,

porque el casamiento ignora.

JUAN

Fuerza es ir do el rey me llama;

pero conviene al suceso

verme con Sol antes de eso.

JAIME

¿Qué pretendéis?

JUAN

Ya la fama

habrá dicho su prisión;

no sepa que soy casado

el rey, que no es acertado,

Don Jaime, en esta ocasión;

antes veré a Sol y de ella

sabré por qué el rey la prende.

JAIME

Si ya el príncipe pretende,

Don Juan, casarse con ella,

muy fácil es de saber.

JUAN

(Aparte.)

 

Puede ser que el rey me impida

que yo quite a Sol la vida

si la ve que es mi mujer.

Después de muerta sabrá

mi justicia y mi venganza

a un mismo tiempo.

JAIME

Costanza

pienso que a la quinta va

a ver a Sol como amiga;

bien que tampoco ha sabido

que ya sois de Sol marido,

ni es bien que yo se lo diga,

por no ver su sentimiento.

Vos, por mi voto, al instante

ved al rey, yo voy delante

por saber bien el intento

del príncipe, que ya es tarde,

y, temo algún accidente.

JUAN

Yo veré muy brevemente

al rey y a Sol. Dios os guarde.

Vase DON JAIME.

 

Antes que a Sol llegue a ver,

consultad, honor, conmigo

a qué voy y a qué me obligo,

qué debo decir y hacer;

qué, o Sol lo dejó de ser,

o en nube densa luz rara

de virtud no se declara;

que tal vez la verdad pura

para el que la ve está oscura,

pero en sí siempre está clara.

Dice Jaime que su Alteza

pretende, quizá no en vano,

matarme y darle la mano.

¿Qué diré de esta fineza?

Diré: ¡ojalá, con certeza!,

que es consecuencia forzosa

pues, tan ciega mariposa,

arde el príncipe en su llama,

que ella no quiere ser dama,

pues él la pretende esposa.

Él dos veces afirmó

lo del jardín y el papel,

y ella, confiada, a él

otras dos veces se lo negó;

sí, pero oyéndolo yo:

negar fue miedo al castigo.

Sí, pero como ella, digo,

si asegurarse quisiera,

que más segura estuviera

con su Alteza que conmigo.

Pues ¿cómo a mí me obligaba,

y no al príncipe, con quien,

si ambos se querían bien,

libre a mi pesar quedaba?

Mas la culpa, que es esclava,

tiene esa vil sujeción,

porque de su propia acción

naturalmente forzado

está cobarde el pecado

delante de la razón.

Yo vi a Sol en el jardín,

y si estuvo en él su Alteza,

la ocasión…, mas no hay flaqueza

humana en un serafín.

¡Ay!, que la ocasión, en fin,

rinde la virtud mayor,

y de su mismo valor

es escrúpulo forzoso

que aun antes de ser su esposo

la debí imperios de honor.

Grosero argumento ha sido;

mas ninguna mujer cuerda

a sí el respeto se pierda

con quien no es ya su marido,

que al que serio ha prometido,

no es obligarle, antes es,

desde allí para después

dejarle desobligado

de proceder confiado

y de presumir cortés.

Yo voy, haya o no evidencia,

que aquí el rigor no es exceso,

a fulminar el proceso

y a ejecutar la sentencia:

venga Sol a la presencia

del juez como delincuente,

y sea eterno su occidente

si han sido ciertos mis celos;

¡Pero defendedla, cielos,

si es verdad que está inocente!

 

Salen DOÑA SOL, COSTANZA e INÉS.

 

SOL

Seas, Costanza, bienvenida.

COSTANZA

Sol, aunque anoche me fui

porque todo ayer te vi

o cansada o desabrida,

hoy supe que hubo en tu casa

anoche un gran ruïdo,

pero no lo que había sido,

y vengo a ver lo que pasa

y por qué causa estás presa

en esta quinta.

SOL

Costanza,

ya haré de ti confianza,

si es que de mí mal te pesa:

el príncipe…

COSTANZA

(Aparte.)

 

Mi papel

entra aquí.

SOL

A Don Juan halló

anoche en mi casa.  (Aparte.)  (Y yo,

que estoy casada con él,

quiero decirlo.) Halló, digo,

a Don Juan, que muy secreto

vino a mi casa.

COSTANZA

¿En efecto?

¿Don Juan estaba contigo?

(Aparte.)

 

(¡Ah, falsa amiga, en fin es

cierta mi sospecha!)

SOL

(Aparte.)

 

Adora

más ciega a Don Juan ahora:

callar quiero hasta después.

COSTANZA

Pues, Sol, yo adoro a Don Juan,

y si me agraviáis los dos,

le he de decir, vive Dios,

que el príncipe es tu galán,

y que no falta quién diga

que le hablaste en el jardín

estas noches; que si, en fin,

eres tú traidora amiga,

yo lo dispondré de modo

que tu marido no sea

si el ingrato lo desea.

SOL

(Aparte.)

 

(Fuerza es remediarlo todo,

que confirmará el engaño

Don Juan, si tal le dijere;

yo finjo, pues, que él la quiere.)

Costanza, no es ése el daño

que temo yo: él supo que eras

huéspeda mía, y así

te buscó en mi casa a ti.

COSTANZA

¿Qué dices?, ¿hablas de veras?,

¿a mí me buscaba?

SOL

(Aparte.)

 

(¡Ay, cielos,

no me des más ocasión!)

COSTANZA

Perdóname, Sol, que son

muy vengativos los celos

y no saben tener ley;

contigo pienso quedarme

esta noche hasta enterarme

por qué te tiene aquí el rey.

 

Sale NEBLÍ.

 

NEBLÍ

(Aparte.)

Costanza está aquí. Yo callo

y disimulo.

COSTANZA

Neblí,

¿qué buscas? ¿A Sol?

NEBLÍ

A ti

te busco donde te hallo;

a verte, desde la torre,

Don Juan me envía, aunque preso.

COSTANZA

¿Cómo está?

NEBLÍ

Perdiendo el seso:

muy mal viento es el que corre.

Figura un bruto en la plaza

cuando, irritado una tarde,

de tanto vulgo cobarde

feroz se desembaraza

y súbitamente asido

un alano de la oreja,

en la repetida queja

del impaciente bramido,

siente con ansia mayor

hallarse entre su pujanza

preso para la venganza

que herido para el dolor.

Así, con igual afán…

SOL

Necio, excusa el proseguir,

porque no te he de sufrir

que lo apliques a Don Juan.

NEBLÍ

(Aparte.)

 

Inés, ¿no es Don Juan su esposo?

pues a tiempo me ha dejado,

que el animal comparado

era aquí muy peligroso.

COSTANZA

¡Qué largo es este jardín!

Forman una selva oscura

las plantas, cuya espesura,

que se dilata hasta el fin,

quizá con más sombras hoy,

retrato el miedo dispone.

SOL

¡Ay, Costanza!, el sol se pone;

temiendo la noche estoy.

COSTANZA

Sol, con Jaime viene allí

su Alteza: yo me retiro.

Vase.

 

Salen el PRÍNCIPE y DON JAIME.

PRÍNCIPE

Don Jaime, por esto miro

por Doña Sol y por mí.

JAIME

Pienso que su Majestad

a Don Juan llamó, y entiendo

que ambos os vienen siguiendo.

SOL

(Aparte.)

 

¡Oh, cómo es falsa amistad

la de Don Jaime! ¿Qué haremos?

PRÍNCIPE

Sol, no te vayas, espera;

salíos los dos allá fuera.

INÉS

Vamos, Neblí, y escuchemos.

 

Retíranse INÉS y NEBLÍ.

 

PRÍNCIPE

Yo vengo aquí, no te alteres,

a ofrecerte en mi persona

derecho a la real corona;

el modo ya tú lo infieres,

que dar la muerte a Don Juan

no es rigor, sino justicia,

pues le avisé, y con malicia

pasó a esposo, de galán.

Muera, pues, Don Juan, y luego

serás mi esposa.

SOL

Señor,

¿cómo es ciego vuestro amor,

pues en mí es lince no ciego?

Imaginad, si no pierde

quizás por muy repetida

la comparación, asida

a un olmo una yedra verde

que en recíproca amistad

se unen los dos de tal modo,

que en las partes de este todo

no hay ya unión, sino unidad;

pues cuando a entrambos los liga

tan estrecho abrazo, a donde

ella se tiene, él se esconde;

ella se guarda, él se abriga.

Demos que un genio duro

el olmo cortar espera

y llevar la yedra entera

para que sirva en un muro.

¿Entera? Inténtalo en vano:

no, señor, no puede ser;

limitóse aquí el poder,

porque esa robusta mano

puede, en la unión que deshace,

cortar el olmo y no puede

hacer que la yedra quede

para que al muro se enlace,

Porque ella entre el rigor fiero

se ciñe al olmo tan fiel,

que ningún golpe da él

sin que dé en ella primero.

PRÍNCIPE

No sé a cuál de mis agravios

te responda: ¿qué rigor

de hechizo oculto ha añadido

mudanza a tu condición?

Mirar quiero por tu vida:

el rey, mi Padre, mandó

a Don Jaime que sacase

a Don Juan de la prisión;

él vendrá a la quinta, y temo,

por lo que anoche pasó,

que muy honrado te mate.

Deudos de satisfacción

tienes en Castilla y ricos;

vete con Jaime, que yo

os seguiré cuando importe;

que ahora, también, no voy

Porque pago a mi fineza

lo que debo a tu opinión.

SOL

Bueno es, señor, que en presencia

de mi esposo digáis vos

culpas de que en mí no ha habido

primera imaginación,

y que me obliguéis ahora

defendiéndome; yo os doy

todas las gracias que os debo;

mas, supuesto que nació

la obligación de la culpa,

claro está que era mayor

obligación excusarme,

que os tuviera obligación.

Yo he de esperar a mi esposo,

que en mi inocencia hay valor

para más riesgo.

PRÍNCIPE

(Aparte.)

A mí mismo

me negará que me habló

en el jardín.

JAIME

(Aparte.)

 

Yo confieso

que no sin admiración

la estoy viendo y escuchando.

PRÍNCIPE

(Aparte.)

 

Por convencerla mejor,

tengo guardado un papel

de su letra.

INÉS

(Aparte.)

 

Aquí entro yo

por lo que ayudé al enredo.

SOL

¿Papel de mi letra, vos?

Ved que os escucha Don Jaime;

tened lástima a mi honor.

NEBLÍ

(Aparte.)

 

¿Si era de Sol el billete?

Pues si era suyo, ¡por Dios!

que he de aplicar a mi mano

toda la comparación.

Vase.

 

PRÍNCIPE

Sol, yo vine, aquí resuelto;

o lo consientas o no,

yo he de matar a Don Juan.

INÉS

(Aparte.)

 

A hablar con Costanza voy

y a decirle el gran peligro

que Don Juan tiene; mas no

que con Sol está casado.

Vase.

 

SOL

Vos haréis como quien sois;

dadme licencia.

PRÍNCIPE

No has de irte;

mas vete, yo te la doy,

que debo mucho al decoro

y tu desdén da ocasión

a mi impaciencia y tu agravio.

SOL

Vos de vos sois vencedor;

pero para entreteneros

sabrá Costanza mejor;

yo la enviaré a que os asista.

Vase.

 

Sale NEBLÍ.

NEBLÍ

No es mal entretenedor

para un príncipe un neblí.

PRÍNCIPE

¿No eres tú quien me llevó

un papel?

NEBLÍ

(Aparte.)

 

(Esto es muy malo.)

Éralo, mas no lo soy.

PRÍNCIPE

Pues, ¿por qué no lo eres ya?

NEBLÍ

Porque el tiempo es muy veloz,

y cuantas cosas han sido,

o son otras o no son.

PRÍNCIPE

¿Sirves a Sol?

NEBLÍ

Soy sirviente

de Don Juan y servidor

de vuestra Alteza; ya sé

que es muy gran regalador

y que Inés come perdices.

PRÍNCIPE

Luego, ¿Inés te reveló

el secreto y tú a Don Juan?

NEBLÍ

Yo soy un gran hablador;

nada he dicho.

PRÍNCIPE

Si hablas tanto,

en tu misma confesión

dices que lo has dicho todo.

NEBLÍ

¿Hay tal argumentador?

¿Es esto lo de haber visto

la casa y a Don Juan no?

Pues juro a Dios que en mi vida

he sido saludador,

ni fuelle, ni sacabuche,

ni judas, ni Galalón;

desde que os di el billetillo

que a mí Costanza me dio,

no he respirado.

PRÍNCIPE

¿Costanza

te dio el papel?

NEBLÍ

Sí, señor

 

bien que me dijo después

que era ajeno.

JAIME

(Aparte.)

 

(¿Si es traición

de Costanza?). Ella sin duda

el papel os escribió.

PRÍNCIPE

Don Jaime, ¿la que me hablaba

en el jardín no era Sol?

Pues también me escribió ella

JAIME

Decís bien.

PRÍNCIPE

Ella temió,

sin duda, a Don Juan, su esposo,

y con tan justo temor

fió a Costanza el secreto.

JAIME

Costanza viene.

NEBLÍ

Chitón,

señor Neblí, que esto creo

que va de mal en peor.

Vase.

 

Sale COSTANZA.

 

COSTANZA

(Aparte.)

Díjome Inés que su Alteza

quiere matar con rigor

a Don Juan, y si él me quiere,

resuelta otra vez estoy;

que el príncipe es muy cortés,

y pues no es casada Sol,

y así en hablarle ella misma

no perdiera mucho honor,

y, hablarle yo en nombre de ella

es fineza y no traición,

pues doy la vida a Don Juan,

mi intento ayude el amor:

que tengo que hacer que viva

o tengo de morir yo.

PRÍNCIPE

Costanza, a buen tiempo llegas.

COSTANZA

Sí, porque Sol me envió

para que yo en nombre suyo

os dé una satisfacción.

Dice que anoche le hablasteis

donde Don Juan os oyó,

y aquí, oyéndolo Don Jaime,

y, así con afectación

lo negó todo ambas veces;

mas yo, como sé que vos

de Jaime os fiáis, os hablo

delante de él sin temor:

es Sol el recato mismo,

y, así, el papel que os llevó

Neblí pasó por mi mano,

Y como somos las dos

desde entonces muy amigas,

pide que os esconda yo

en el jardín, que esta noche

os quiere hablar en su amor.

PRÍNCIPE

¿Qué dices, Costanza?

COSTANZA

Digo

que vengáis sin dilación

a donde esperéis oculto.

PRÍNCIPE

Vamos, que con tu favor

quiero, aunque muera abrasado,

ser mariposa de Sol.

 

Vanse.

 

 

JAIME

¿Viose maldad semejante?

¡Vive Dios!, que ya es forzoso

dar cuenta de esto a su esposo,

que ya no hay ardid bastante

para preservar su honor

y mostrar mi buena ley;

mas él viene con el rey.

 

Salen el REY y DON JUAN.

 

 

REY

Don Jaime está aquí.

JAIME

Señor,

¿vos en mi quinta?

REY

¿Está en ella

el príncipe?

JAIME

Señor, sí;

lejos le llevó de aquí

Costanza.

JUAN

¿Y Sol no es aquella

que allí retirada miro?

Sola con Inés está.

REY

Don Jaime, yo dejé ya,

como vos veis, mi retiro,

y el príncipe hará que deje

el rey de Aragón su tierra

y que infectada con guerra

toda Navarra se queje,

pues cuando no hay otro modo

de curar un cuerpo, el arte

suele cortar una parte,

porque no perezca el todo.

Yo llamé a Don Juan, porque él

diese de Sol más noticia,

que quiero ser con justicia

cruel, si he de ser cruel.

Y aunque creí que los dos

no aprobáredes mi intento,

él es quien me pone aliento;

ahora os consulto a vos.

En tan divina hermosura,

sin más culpa que querer

a mi hijo, ¿he de poder

eclipsar con sombra oscura

dos soles de beldad llenos

de honestidad y decoro?

¡Oh, con qué afecto lo lloro!;

pero no puede ser menos.

JUAN

(Al oído.)

 

Jaime, con el Rey he hablado

con tal ardid y cautela,

que de mí no se recela.

REY

Supuesto lo que ha intentado

el príncipe a mi pesar,

cuando importa el bien del Rey

y de todo el reino, es ley

que muera el particular.

Y, así, deja a una infanta

de Aragón Carlos, y espera

casarse con Sol: Sol muera;

que aunque el tiempo crueldad tanta

guarde en viviente alabastro,

no ha mucho que en Portugal

otro ejemplo en todo igual

nos dio Doña Inés de Castro

Bien veo que Sol es bella,

pero sé que favorece

al príncipe, y que padece

el reino todo por ella.

JUAN

En fin, ¿sabéis que ella a él

le ha favorecido?

REY

Sí.

JUAN

Pues dejadme el caso a mí,

que ninguno más cruel

le dará la muerte luego.

JAIME

(Aparte.)

(Con esto se vengará

Don Juan sin riesgo, pues ya

obra el príncipe tan ciego.)

Fuerza a un mismo tiempo ha sido

y razón: Don Juan la mate.

REY

Pues, Don Juan, no se dilate.

JUAN

Don Jaime, ¿qué habéis sabido?,

¿cómo habláis ya de otro modo?

 

Salen SOL e INÉS.

 

SOL

(A INÉS.)

Si el Rey está aquí, bien puedo,

Inés, hablarle sin miedo

y darle cuenta de todo.

REY

El jardín es dilatado:

llevadla, en caso de duda,

donde aunque el príncipe acuda,

ya esté el caso ejecutado. Vase.

INÉS

(Aparte.)

 

Ay, Dios! Don Juan es aquél;

Sol tiene riesgo preciso

si yo a Don Jaime no aviso

para que la saque de él.

JAIME

Esta es Sol, Costanza habló

por ella al príncipe; en fin,

él la espera en el jardín.

De aquí me llevaré yo

a Inés ahora, y la suerte

favorable con vos anda;

el mismo Rey os la manda:

dadle a Doña Sol la muerte.

JUAN

Idos con Dios.

JAIME

Inés, vamos. Vanse

JUAN

Sol, si porque ya es de noche

no me ves, yo soy tu esposo

y su noble acero es éste.

Sácalo.

 

SOL

Don Juan, señor, oye, aguarda,

mira, bien mío, que vienes

engañado todavía,

y que al mayor delincuente

le guarda el juez un oído.

JUAN

Yo puedo seguramente

matarte, que el Rey lo manda;

pero no digas que mueres

sin haberte oído: dime,

mujer falsa, esposa aleve,

¿no dijo ahora Costanza

al príncipe que se viese

aquí contigo?

SOL

¿Qué dices?

JUAN

Don Jaime estaba presente,

que lo oyó todo.

SOL

Don Jaime

 

es traidor.

JUAN

¿Y qué le mueve

al Rey que también me dice

que al príncipe favoreces?

SOL

El Rey se ha engañado.

JUAN

El Rey

es deidad: mentir no puede.

SOL

El estar mal informados

es desdicha de los reyes.

JUAN

¿No te dijo en mi presencia

el príncipe, claramente,

que te habló en el jardín?

SOL

Sí.

 

JUAN

¿Y que escribiste un billete?

SOL

También lo dijo.

JUAN

¿Es verdad

uno y otro? No lo niegues.

SOL

Todo es falso.

JUAN

¿Y yo a deshora

no te hallé junto a una fuente

en tu jardín?

SOL

Sí me hallaste.

JUAN

¿Qué hacías sin recogerte,

con Inés sola, tan tarde?

SOL

Sentí rumor, levantéme,

hallé a Costanza.

JUAN

¿Don Jaime,

 

a qué fue anoche?

SOL

A prenderte,

por dar al Príncipe gusto.

JUAN

Pues ¿y qué testigos fieles

presentas contra su Alteza?

SOL

Mi amor, mi fe.

JUAN

No presentes

 

testigos tan falsos.

SOL

¿Falsos?

Pues si ellos no te convencen,

no tengo otros, ni en mí hay culpa;

mátame luego, bien puedes.

JUAN

¿Tan huérfana es tu verdad?

¿Es posible que no tienes

un testigo que te abone,

una presunción que alegues?

No hay lugar para que digas

al príncipe que te muestre

el papel; ya hemos llegado

a donde las ramas crecen

sombra a la noche. Repara,

si acaso sin culpa mueres,

que por el Rey y por mí

debo matarte dos veces.

 

Levanta la daga. Salen el PRÍNCIPE y COSTANZA, y DON JUAN tiene el brazo suspenso, temblando.

 

PRÍNCIPE

¿Siempre me has de ver a oscuras?

Mas Sol te llamas, Sol mía…

JUAN

¿Quién nombró a Sol?

PRÍNCIPE

Y así es día

si el sol da luces tan puras.

JUAN

Sol dijo otra vez, ¿qué es esto?

PRÍNCIPE

Quiero, pues, deidad hermosa,

pues fuiste en secreto esposa

de Don Juan (dígolo presto),

darle a él la muerte y a ti

la mano de esposo fiel.

COSTANZA

Luego, ¿casado con él

está Sol?

PRÍNCIPE

¿Tú misma a mí

me preguntas si lo estás?

SOL

Su Alteza y Costanza son;

aquí, sin duda, hay traición.

JUAN

Oigamos, oigamos más.

SOL

¡Si está en mi nombre el engaño!

¡Oh, si con más claridad

al cielo de la verdad

diese el sol el desengaño!

Luz del primer arrebol,

exhala quien al sol nombra,

vea, a pesar de la sombra,

que aún de noche alumbra el sol.

PRÍNCIPE

Sol, si te quise galán…

COSTANZA

(Aparte.)

 

Finezas estoy perdiendo:

¿ya por qué a Don Juan defiendo

si ya es ajeno Don Juan,

pues con Sol está casado?

SOL

¡Ay, Don Juan, Dios manifiesta

la verdad!

 

Salen el REY, DON JAIME, NEBLÍ, criados con hachas.

PRÍNCIPE

¿Qué luz es ésta?

REY

Tarde me habéis avisado.

JAIME

Tarde Inés ha descubierto

todo el engaño.

PRÍNCIPE

Costanza.,

 

¡contigo estoy!

COSTANZA

La esperanza

de ser de Don Juan (no acierto

a decirlo) a mí y a Inés

nos hizo engañaros: yo

os hablé siempre, Sol no.

REY

Carlos, ¿qué es esto?

PRÍNCIPE

El Rey es.

JAIME

Sol con Don Juan está aquí,

a tiempo que dan los cielos

tal desengaño a sus celos.

PRÍNCIPE

¿Pues Sol no me escribió a mí?

COSTANZA

No, señor.

SOL

Esta es piedad

de más alta providencia.

REY

¿Don Juan?

JUAN

Si me da licencia,

señor, vuestra Majestad

para quitarme, es forzoso

aún otro examen mayor,

que el que es verdadero honor

siempre es muy escrupuloso.

Costanza, no seas testigo

contra la verdad; advierte

que si doy a Sol la muerte

podré casarme contigo.

Dime, en fin, sin que la alteres,

toda la verdad desnuda,

que a ti te importa.

COSTANZA

Sin duda

 

probar mi nobleza quieres,

pues ocasión tan forzosa

me estás dando ahora aquí

para levantar por ti

un testimonio a tu esposa;

mas no, no lo quiera el cielo:

yo hablé al príncipe, el papel

le escribí yo, mas con él

puedes salir de recelo.

JAIME

Señor, ésta es la verdad.

NEBLÍ

Costanza el papel me dio

y al príncipe le di yo.

PRÍNCIPE

Aquí está el papel: mirad

si la letra conocéis.

JUAN

Esta letra es de Costanza.

PRÍNCIPE

Aquí resta mi venganza.

JUAN

Ahora, aunque me matéis,

pues ya todos sin contienda

saldremos de tanto abismo,

y quiere Dios que lo mismo

que me ofendió me defienda,

que si halló Costanza engaño

siendo Sol, Sol es aquí

que desengaña, y así,

lo que engaña desengaña.

PRÍNCIPE

Y a mí, el primer arrebol

del desengaño me alcanza,

pues hablando con Costanza

como si fuera con Sol,

veo que también en ella

es fantástico el placer,

pues lo mismo viene a ser

imaginarla o tenella.

Voy a casarme a Aragón;

dale a Costanza la mano,

Don Jaime.

JAIME

Yo soy quien gano.

REY

Pues, ea, pedid perdón

al Senado.

PRÍNCIPE

Eso os prometa

quien suplir defectos sabe,

porque la comedia acabe

agradecido el poeta.

 

FIN

Poemas de Felipe Godínez

De San Mateo en Etiopía

Hombre empréstito breve de la vida,

de la muerte común deuda forzosa,

sueño en la fantasía mentirosa,

máquina en vanidades sostenida.

Luz tan presto mortal, como encendida,

polvo con altivez, farsa engañosa,

ceniza hinchada, arena revoltosa,

humo en el aire, flor desvanecida.

Tierra inconstante, barro movedizo,

vapor caduco, miserable viento,

centella breve, fábula soñada.

Soplo sin fuerza, vidrio quebradizo,

sombra sin ser ligero pensamiento.

Hombre te llaman. Yo te llamo nada.

 

Tercetos

I

¡Mal haya el que en señores idolatra

y en Madrid desperdicia sus dineros,

si ha de hacer al salir una mohatra!

Arroyos de mi huerta lisonjeros

(¿lisonjeros? mal dije, que sois claros);

Dios me saque de aquí y me deje veros.

Si corréis sordos, no quiero hablaros;

mejor es que corráis murmuradores,

que llevo muchas cosas que contaros.

Tenedme, aunque es otoño, ruiseñores,

ya que llevar no puedo ruicriados,

que entre pámpanos son lo que entre flores.

Si yo tuviera veinte mil ducados,

tiplones convocara de Castilla,

de Portugal bajetes mermelados;

y a fe que a la pajísima capilla

tïorbas de cristal vuestras corrientes

prestaran dulces en su verde orilla.

Pájaros suplan, pues, faltas de gentes,

que en voces, si no métricas, süaves,

consonancias desaten diferentes;

si ya no es que de las simples aves

contiene la república volante

poetas, o burlescos sean o graves,

y cualque madrigal sea elegante,

librándome el lenguaje en el concento,

el que algún culto ruiseñor me cante,

prodigio dulce que corona el viento,

en unas mismas plumas escondido

el músico, la musa, el instrumento.

Mas ¿dónde ya me había divertido,

risueñas aguas, que de vuestro dueño

os habéis con razón siempre reído?

Guardad entre esas guijas lo risueño

a este dómine bobo, que pensaba

escaparse de tal por lo aguileño,

celebrando con tinta, y aun con baba,

las fiestas de la corte, poco menos

que hacérselas a Judas con octava.

Cantar pensé en sus márgenes amenos

cuantas Dianas Manzanares mira,

a no romadizarme sus Sirenos.

La lisonja, con todo, y la mentira

(modernas musas del Aonio coro)

las cuerdas le rozaron a mi lira.

¿Valió por dicha al leño mio canoro

(si puede ser canoro leño mío)

clavijas de marfil o trastes de oro?

Sequedad lo ha tratado como a río;

puente de plata fue que hizo alguno

a mi fuga quizá de su desvío.

No más, no, que aun a mí seré importuno,

y no es mi intento a nadie dar enojos,

sino apelar al pájaro de Juno:

gastar quiero de hoy más plumas con ojos

y mirar lo que escribo. El desengaño

preste clavo y pared a mis despojos.

La adulación se queden y el engaño

mintiendo en el teatro, y la esperanza

dando su verde un año y otro año;

que si en el mundo hay bienaventuranza,

a la sombra de aquel árbol me espera

cuyo verdor no conoció mudanza.

Su flor es pompa de la primavera;

su fruto, o sea lo dulce o sea lo acedo,

en oro engasta, que al romperlo es cera.

Allí el murmurio de las aguas ledo,

ocio sin culpa, sueño sin cuidado

me guardan, si acá en polvos no me quedo

molido del dictamen de un letrado

en la tahona de un relator, donde

siempre hallé para mí el rocín cansado.

Dichoso el que pacífico se esconde

a este civil rüido, y litigante,

o se concierta o por poder responde,

sólo por no ser miembro corteggiante

de sierpe prodigiosa, que camina

la cola, como el gámbaro, delante.

Oh soledad, de la quietud divina

dulce prenda, aunque muda, ciudadana

del campo, y de sus ecos convecina;

sabrosas treguas de la vida urbana,

paz del entendimiento, que lambica

tanto en discursos la ambición humana:

¿quién todos sus sentidos no te aplica?

Ponme sobre la mula, y verás cuánto

más que la espuela esta opinión la pica.

Sea piedras la corona, si oro el manto

del monarca supremo; que el prudente

con tanta obligación no aspira a tanto.

Entre pastor de ovejas y de gente,

un político medio lo conduce

del pueblo a su heredad, de ella a su fuente.

Sobre el aljófar que en las hierbas luce,

o se reclina, o toma residencia

a cada vara de lo que produce.

Tiéndese, y con debida reverencia

responde, alta la gamba, al que le escribe

la expulsión de los moros de Valencia.

Tan ceremonïosamente vive,

sin dársele un cuatrín de que en la corte

le den título a aquél o el otro prive.

No gasta así papel, no paga porte

de la gaceta que escribió las bodas

de doña Calamita con el Norte.

Del estadista y sus razones todas

se burla, visitando sus frutales,

mientras el ambicioso sus vaivodas.

No pisa pretendiente los umbrales

del que trae la memoria en la pretina,

pues de ella penden los memorïales.

El margen de la fuente cristalina,

sobre el verde mantel que da a su mesa,

platos le ofrece de esmeralda fina.

Sírvele el huerto con la pera gruesa

émula en el sabor, y no comprada,

de lo más cordïal de la camuesa.

A la gula se queden la dorada

rica vajilla, el bacanal estruendo…

Mas basta, que la mula es ya llegada.

¡A tus lomos, oh rucia, me encomiendo!

 

II

A Luis de Cabrera, para la historia del Señor Rey Don Filipe II

Escribís, oh Cabrera, del segundo

Filipo las acciones y la vida,

con que el cielo aquistó, si admiró el mundo.

Alto asunto, materia esclarecida,

digna, Livio español, de vuestra pluma,

y pluma tal a tanto rey debida.

Léase, pues, de este prudente Numa

el largo cetro, la gloriosa espada

en culto estilo ya con verdad suma.

Sea la felicísima jornada

en sus primeros años florecientes

lisonja de mi oreja fatigada.

Provincias, mares, reinos diferentes

peregrinó gentil, pisó ceñido

de enjambres, no de ejércitos de gentes.

Cual ya el único pollo bien nacido

de crestas vuela de oro coronado,

si bien de plata y rosicler vestido,

que de tropas de aves rodeado,

la variedad matiza del plumaje

el color de los cielos turquesado,

tal el joven procede en su viaje,

Fénix, mas no admirado del dichoso

árabe en nombre, bárbaro en linaje,

ni del egipcio un tiempo religioso,

sino hospedado del fïel lombardo,

temido del helvecio belicoso.

Tantos siguen al Príncipe gallardo,

que el río que vadean cristalino

o al mar no llega, o llega con pie tardo.

Hierve, no de otra suerte que el camino

de próvidas hormigas, o de abejas

el aire al colmenar circunvecino.

Balcones, galerías son, y rejas

del número que ocurre a saludarlo

las altas hayas, las encinas viejas.

A los pies llega al fin del Quinto Carlo,

que en sus brazos lo acoge, y tiernamente

lo abraza y no desiste de abrazarlo.

 

Presagio

Ya, mi Dios, vuestra clemencia

espero se ha de cumplir,

pues os la puedo pedir

en virtud de esta inocencia.

Mi redención es segura:

vos, Señor, lo cumpliréis,

y entonces verdad haréis

lo que aquí solo es figura.

Alentad vuestra esperanza,

que ya remedio tendréis,

pues la inocencia que veis

es presagio de bonanza.

 

Libre Albedrío

Ese argumento condeno,

que a Dios no puede manchar

el ver al hombre pecar,

pues él por su esencia es bueno;

bien que estorbarlo pudiera,

pero a mí no me dejara

mi libertad, pues obrara

solo cuando Dios quisiera.

¿No ves que ese es error ciego,

a mi libertad contrario?

[…]

No, que libre me formó

y libre me dio la esencia:

¿pues quieres que la presencia

me quite lo que me dio?

 

Pues si Dios no ha de estorbar

que yo obre libremente,

aunque me tenga presente,

no peca en verme pecar,

porque, como inmenso, Dios

en todo lugar asiste.

 

Caín no cree en Dios

¿Quieres ver cómo es mentira?

Si Dios todo lo mirara,

siendo tan bueno, estorbara

la culpa cuando la mira,

pues, perdiéndole el respeto,

cuando mi culpa se atreve,

o el pecado no le mueve

o se le oculta el secreto.

Porque, si ofenderse viera,

pudiéndolo castigar,

no lo hacer fuera pecar

y en la culpa consistiera.

 

Si tú alguna vez le viste,

haz que se muestre a los dos,

que yo, como no le veo

cuando la pena me apura,

aunque Adán me lo asegura,

nunca presente le creo.

Y así no temo que Dios

a la culpa dé castigo.

 

Auto de la acusación contra el género humano, donde Satán afirma que…

Quien a rrebuelto çiudades

y levantado el Lutero,

sino yo, con mis maldades

encubriendo las verdades

del alto Dios verdadero?

Quien metió en Yngalaterra

esa seta luterana,

y en Flandes, Francia, y su tierra,

sino yo, por pura guerra,

y aun acá en aquesta Yspana?

 

¿Qué así me dejas, cruel?

¿Qué así me dejas, cruel?

Dente castigo los cielos

y mueras ardiendo en celos

de los aumentos de Abel.

No acete tu sacrificio

Dios ni el cielo lo reciba,

pues tu condición esquiva

va precipitada al vicio.

Y pues tu villano trato

tan ingrato es para mí,

el cielo forme de ti

tu mismo castigo ingrato.

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