Poemas de Hernando de Acuña
Poemas de Hernando de Acuña (1518-1580), una de las figuras más representativas del Renacimiento español, personificando el ideal del cortesano: hábil tanto en las armas como en las letras. Soldado al servicio de Carlos I y Felipe II, participó en importantes campañas bélicas en Italia, Alemania y los Países Bajos.
Su obra literaria, de clara influencia petrarquista, destaca por la elegancia y la introspección. Es mundialmente reconocido por su soneto «Al Rey nuestro señor», donde acuñó la famosa divisa del ideal imperial: «Un monarca, un imperio y una espada».
Además de sus sonetos y madrigales, realizó una célebre traducción en verso de Le Chevalier délibéré, titulada El caballero determinado. Su legado define la transición hacia una lírica culta, patriótica y profundamente humanista en la España del siglo XVI.
Ícaro
Con Ícaro, de Creta se escapaba
Dédalo, y ya las alas extendía,
y al hijo, que volando le seguía,
con amor maternal amonestaba:
Que si el vuelo más alto levantaba,
la cera con el sol se desharía,
y en el mismo peligro le pondría
el agua y su vapor, si más bajaba.
Mas el soberbio mozo, y poco experto,
enderezóse luego al alo cielo
y, ablandada la cera en la altura,
perdió las alas, y en el aire muerto,
recibiéndole el mar del alto vuelo,
por el nombre le dio la sepultura.
Jamás pudo quitarme el fiero Marte
Jamás pudo quitarme el fiero Marte,
por más que en su ejercicio me ha ocupado,
que en medio de su furia no haya dado
a Apolo de mi tiempo alguna parte;
pero quiero, Lavinio, ahora avisarte
que ya me tiene ausencia en un estado
do casi yerran el discurso usado
mi estilo, mi razón, mi ingenio y arte.
Lo que en mí fue cantar silencio sea,
y canten los que esperan de su canto
que el amor baste a mejorar su suerte;
a mí me quede sólo el triste llanto,
pues muero no mirando a Galatea,
y el poderla mirar también es muerte.
Sobre la red de amor
Dígame quién lo sabe: ¿cómo es hecha
la red de Amor, que tanta gente prende?
¿Y cómo, habiendo tanto que la tiende,
no está del tiempo ya rota o deshecha?
¿Y cómo es hecho el arco que Amor flecha,
pues hierro ni valor se le defiende?
¿Y cómo o dónde halla, o quién le vende,
de plomo, plata y oro tanta flecha?
Y si dicen que es niño, ¿cómo viene
a vencer los gigantes? Y si es ciego,
¿cómo toma al tirar cierta la mira?
Y si, como se escribe, siempre tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿cómo tiende la red y cómo tira?
Como vemos que un río mansamente
Como vemos que un río mansamente
por do no halla estorbo, sin sonido,
sigue su natural curso seguido,
tal que aun apenas murmurar se siente;
pero si topa algún inconveniente
rompe con fuerza y pasa con ruido,
tanto que de muy lejos es sentido
el alto y gran rumor de la corriente:
por sosegado curso semejante
fueron un tiempo mis alegres días,
sin que queja o pasión de mí se oyese;
mas como se me puso amor delante,
la gran corriente de las ansias mías
fue fuerza que en el mundo se sintiese.
A la soledad (Acuña)
Pues se conforma nuestra compañía,
no dejes, soledad, de acompañarme,
que al punto que vinieses a faltarme
muy mayor soledad padecería.
Tú haces ocupar mi fantasía
sólo en el bien que basta a contentarme,
y no es parte sin ti, para alegrarme
con todo su placer, el alegría.
Contigo partiré, si no me dejas,
los altos bienes de mi pensamiento,
que me escapan de manos de la muerte;
y no te daré parte de mis quejas,
ni del cuidado, ni del tormento,
ni dártela osaré por no perderte.
Al Rey nuestro Señor
Ya se acerca, señor, o es ya llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de vuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un monarca, un imperio y una espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte,
y espera en todo, vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra:
que a quien ha dado Cristo su estandarte
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.
Tiempo fue ya que Amor no me trataba
Tiempo fue ya que Amor no me trataba
con tamaña aspereza como ahora,
tiempo fue ya que puso en mi señora
honesta compasión, que no mostraba;
tiempo fue ya que en parte mejoraba
todo lo que mis daños empeora;
tiempo fue ya del cual una sola hora
con mil veces morir no se pagaba.
Háseme vuelto oscura noche el día,
turbóse el tiempo cuando más sereno,
el sol, cuando más claro, oscureció.
Amor tornó a seguir los que seguía,
y el bien que tuve, como bien ajeno,
de absoluto poder me le quitó.
El Viernes Santo al alma
Alma, pues hoy el que formó la vida
y el que tiene poder sobre la muerte,
sólo por remediar tu eterna muerte
dio el precio inestimable de su vida,
mira que es justo que en ti tengan vida
los méritos y pasos de su muerte,
y conoce que es viento, sombra o muerte
cuando el error del mundo llama vida.
Y así podrás, saliendo de esta muerte,
entrar en posesión de aquella vida
que no la acabará tiempo ni muerte.
Endereza el camino a mejor vida,
deja el siniestro que te lleva a muerte,
que el derecho es más llano y va a la vida.
Amor me dijo en la mi edad primera
Amor me dijo en la mi edad primera:
«Seguirás en amar siempre el extremo,
que en tempestuoso mar, sin velo o remo,
va salvo de peligro el que en mí espera».
Sin recelo le di fe tan entera
cuanto muestra la llama en que me quemo,
y sin temor entré donde ahora temo
lo que, no le creyendo, no temiera.
Que ni callar me vale ni quejarme,
ni puede sufrimiento que es humano,
sostener tal pasión ni padecella;
pues ni quiere que viva ni acabarme,
ni aprovecha dejarme ya en su mano,
ni puedo, aunque procuro, salir de ella.
Cuando era nuevo el mundo y producía
Cuando era nuevo el mundo y producía
gentes, como salvajes, indiscretas,
y el cielo dio furor a los poetas
y el canto con que el vulgo los seguía,
fingieron Dios a Amor, y que tenía
por armas fuego, red, arcos y saetas,
porque las fieras gentes no sujetas
se allanasen al trato y compañía;
después, viniendo a más razón los hombres,
los que fueron más sabios y constantes
al Amor figuraron niño y ciego,
para mostrar que de él y de estos hombres
les viene por herencia a los amantes
simpleza, ceguedad, desasosiego.
A una dama (Hernando de Acuña)
Obrando Claramente la natura
perfición, que parece más que humana,
en vos sola ha mostrado, señora Ana,
que del bien general poco se cura;
pues hizo que de gracia y hermosura
viváis vos sola justamente ufana,
y viendos, Claro está que es cosa vana
esperar de ver otra tal pintura.
También sería yo vano en alabaros,
si en vuestra hermosura hubiese parte
que pensase con versos igualalla;
pero sólo diré que en el formaros
dejó natura tan vencida el arte,
que vos sola podéis menosprecialla.
Oh celos, mal de cien mil males lleno
¡Oh celos, mal de cien mil males lleno,
interior daño, poderoso y fuerte,
peor mil veces que rabiosa muerte,
pues bastas a turbar lo más sereno!
Ponzoñosa serpiente, que en el seno
te crías, donde vienes a hacerte
en próspero suceso adversa suerte
y en sabroso manjar cruel veneno.
¿De cuál valle infernal fuiste salido?
¿Cuál furia te formó?, porque natura
nada formó que no sirviese al hombre.
¿En qué constelación fuiste nacido?,
porque no sólo mata tu figura,
pero basta a más mal sólo tu nombre.
Después que a César el traidor de Egipto
Después que a César el traidor de Egipto
dio la cabeza que el peor quería,
encubriendo las muestras de alegría,
en público lloró, como está escrito.
Y Aníbal, cuando al imperio aflito
vio que Fortuna desfavorecía,
rióse entre la gente que plañía,
encubriendo un dolor que era infinito.
Así a veces el ánimo, cualquiera
pasión que siente, so contrario manto
cubre con vista alegre o lastimera;
por do, si alguna vez, yo río o canto,
es por querer, con el placer de fuera,
encubrir mi secreto y triste llanto.
La red de amor, pues por Amor es hecha
La red de amor, pues por Amor es hecha,
no es de maravillar si a tantos prende
ni que, pues él la coge y él la tiende,
la guarde sin estar rota o deshecha;
ni que, del arco que Amor hace y flecha,
trabaje en vano aquel que se defiende,
ni que se engañe quien le da y le vende,
mirando y deseando, tanta flecha.
Es niño y vence, porque él solo viene
a poder lo imposible, tal que ciego
muy cierta, sin mirar, toma la mira,
y nos hace sentir que a un tiempo tiene
las manos en el arco y en el fuego,
y prende con la red, y abrasa y tira.
Huir procuro del encarecimiento
Huir procuro del encarecimiento,
no quiero que en mis versos haya engaño,
sino que muestren mi dolor tamaño
cual le siente en efecto el sentimiento.
Que mostrándole tal cual yo le siento
será tan nuevo al mundo y tan extraño,
que la memoria sola de mi daño
a muchos pondrá aviso y escarmiento.
Así, leyendo o siéndoles contadas
mis pasiones, podrán luego apartarse
de seguir el error de mis pisadas.
Y a más seguro puerto enderezarse,
do puedan con sus naves despalmadas
en la tormenta de este mar salvarse.
En respuesta del pasado
Bien os puedo decir, considerando
lo que pruebo del mundo y lo que siento,
que, siendo los trabajos de él sin cuento,
se pueden los descansos ir contando;
mas el fuerte varón, no desmayando,
esfuerza con valor el sufrimiento,
y al sabio da el saber un nuevo aliento
con quien puesto que teme, va esperando.
Y si hay fortuna en el humano estado,
no es justo que ninguno desespere,
pues todo a su mudanza está sujeto;
mas de remedio estar desconfiado
no se sufre, señor, en el que fuere,
cual sabemos que sois, fuerte y discreto.
Amor y un gran desdén, que le guerrea
Amor y un gran desdén, que le guerrea,
han ya venido a singular combate;
no hay quien entre ellos de concierto trate,
por do fuerza será que el fin se vea.
Mas mi razón vencida, que desea
que el fiero vencedor se desbarate,
para que tanto mal no se dilate,
de nuevo armada, en mi favor pelea.
Ya Amor con dos contrarios se congoja,
y en su poder, do tanto confiaba,
no se asegura ya ni se confía.
Del arco tiene ya la cuerda floja,
ya vuelve las saetas a su aljaba,
ya de mi libertad se acerca el día.
A su Majestad
Invictísimo César, cuyo nombre
el del antiguo Carlo ha renovado,
al sonido del cual tiemble y se asombre
la tierra, el mar y todo lo criado;
en quien Roma su imperio y gran renombre
conoce más que nunca sublimado,
y do el dichoso siglo que os alcanza
pone primera y última esperanza.
Vos, pues, Señor, en cuya fortaleza
el nombre se sustenta y ser cristiano,
y en el supremo grado de grandeza
tenéis siempre delante el ser humano;
si del don bajo suple la bajeza
un puro corazón sincero y sano,
dél acetad esta señal presente,
como César humano, humanamente.
Faetón
Con tal instancia siempre demandaba
el gobierno del sol por solo un día,
que, aunque no convenirle conocía,
Febo al hijo Faetón se lo otorgaba.
Ya el carro y los caballos le entregaba
con que la luz al mundo repartía,
poniéndole delante el mal que habría
si en el camino o en el gobierno erraba.
Mas él, de la oriental casa salido,
fue el orbe y hemisferio traspasando
con furia y con desorden tan extraña,
que el carro, los caballos y él, perdido,
sobre el lombardo Po cayó, abrasando
riberas, aguas, montes y campaña.
La grave enfermedad que en Silvia vía
La grave enfermedad que en Silvia vía
lloraba triste su pastor Silvano,
cuando, mirando en la siniestra mano,
le vio un agudo hierro que tenía,
así diciendo: «De la furia mía
guárdese todo corazón humano».
¿Y qué hará con alegre gesto y sano
la que doliente y tal esto hacía?
Mostró que, pues peligro descubierto
tan claro desengaña al que le viere,
huyan todos la muerte conocida,
porque el daño mayor está encubierto,
que el triste que a quererla se atreviere
harto más aventura que la vida.
Amor, pues me guiaste a vela y remo
Amor, pues me guiaste a vela y remo
por el dichoso mar de la esperanza,
¿cómo permites que de tal bonanza
se levante fortuna en tal extremo?
Si el grado en mi esperar fuera supremo,
pudiérasle bajar con tal mudanza,
mas dime en qué fundaste tu venganza,
si tanto no esperé cuanto ahora temo.
Responder se me puede de tu parte
que todo lo que digo y lo que siento
es tratar de razón do no hay ninguna;
mas quiero en pago de esto asegurarte
que nunca mudarán mi pensamiento
tu bonanza jamás, ni tu fortuna.
Un novillo feroz y un fuerte toro
Un novillo feroz y un fuerte toro
lidian delante su becerra amada,
y mirábalos Silvia descuidada,
de gracia y de beldad rico tesoro,
cuando por la ribera un sacro coro
de ninfas ve venir, y en su llegada
fue de ellas mi pastora coronada
de flores, que eran perlas sobre el oro.
Y como el fuerte vencedor furioso
dio alegre fin a la obstinada empresa,
zampoña no quedó que no tocase,
diciendo: «¡Oh bien nacido y venturoso
Silvano, si tu llanto, que no cesa,
con fin tan venturoso se acabase».
En muy suave aunque en muy gran tormento
En muy suave aunque en muy gran tormento
vivo, y arderme siento en dulce fuego,
do en vivas llamas hallo un gran sosiego
y en extrema pasión contentamiento.
¿Con qué manera de agradecimiento
pagaré amor que en tal desasosiego,
y en le extremo de pasión do llego,
me tiene con su causa tan contento?
Sólo mostrarme puedo agradecido
en contentarme ahora y en pesarme
que me halla Amor tal pena dilatado;
que pues tal ocasión había de darme,
con razón llamaré tiempo perdido
el que sin padecer se me ha pasado.
Cuando la alegre y dulce primavera
Cuando la alegre y dulce primavera
a partir sus riquezas comenzaba,
y de los verdes campos desterraba
aquella estéril sequedad primera,
un pastor triste y solo en la ribera
de Tesín gravemente suspiraba,
y vi que en un alto olmo que allí estaba
con un hierro escribió de esta manera:
«Si, de amor libre, por aquí pasare
acaso algún pastor, cualquier que fuere,
huya de esta ribera y de este llano,
que, cuanto más sin pena se hallare,
si a Silvia la cruel pastora viere,
por ella morirá como Silvano».
Sin temer el camino voy contando
Sin temer el camino voy contando
los pasos por do a muerte voy derecho
y, con quien trabaja en su provecho,
me voy de paso en paso apresurando.
Vos, señora, y Amor vais estorbando
lo que procuro y, por mayor despecho,
mostráisme este descanso a poco trecho
y tenéisme suspenso, dilatando.
Pero si bien tamaño no merece
como acabar por vos la triste vida,
al menos esforzad el sufrimiento,
o consentí el remedio que se ofrece,
o moderad congoja tan crecida,
o mandad que no sienta el sentimiento.
Ribera un dulce río, a mediodía
Ribera un dulce río, a mediodía,
con un peine de plata se peinaba
sus cabellos una ninfa que quitaba
con ellos el poder que el sol tenía.
Y así podéis juzgar que sentiría
un pastor que de lejos la miraba,
que sin poder llegar donde ella estaba,
con suspiros y lágrimas decía:
«Si tantas como tú tienes cabellos
tuviera vidas yo, me las llevaras
colgada cada cual de uno de ellos;
y pues que tú a quitármelas bastaras,
verás no es mucho darte una por vellos
de tantas como en tantos me quitaras».
Mil veces de tu mano me he escapado
Mil veces de tu mano me he escapado
y al punto de la muerte y fin venido,
y tantas he tornado y te he seguido,
Amor, y nunca quedo escarmentado;
mil veces he propuesto y he jurado
de no seguir tu bando y tu partido,
viéndome en tu poder triste y perdido,
y tantas mi palabra y fe he quebrado.
Ahora, en este trance y mal que siento,
causado de tus manos crudamente,
bien justo era cumplir el juramento;
mas, triste, ¿qué haré, que no consiente
la dura suerte, el áspero tormento,
que el siervo del señor se halle ausente?
Nunca me vi tan solo ni apartado
Nunca me vi tan solo ni apartado,
que lo pudiese estar de un pensamiento
que me renueva el doloroso cuento
de mi estado presente y del pasado;
do Amor, por verme siempre lastimado
con apariencias de contentamiento,
modera su rigor, y luego siento
con esperanza mi dolor mezclado.
Entran luego los dos en su porfía,
donde en fin el temor vence la prueba
y pierde la esperanza mal fundada.
En esto estoy mil veces cada día,
y siempre el mismo caso me renueva
tristes congojas y, pasión doblada.
Oh sin ventura yo, oh mal nacido
¡Oh sin ventura yo, oh mal nacido!
¿En qué estrella cruel vine a la tierra
sujeto a tierno llanto, a dura guerra,
a siempre amar sin serme agradecido?
¿Cuál hado inexorable me ha traído
a las manos de un tigre, en que se encierra
beldad del cielo y crueldad de tierra,
mi alma en el abismo del olvido?
¡Ay, enemigo cruel!, ¿y quién creyera
que estaban en mi muerte conjurados
tan nueva ingratitud y tal crudeza?
¡Ay vida, y tiempo, y horas mal gastadas!
¡No quiera Dios que adore yo a una fiera
que paga tanto amor con tal dureza!
Si los suspiros que ha esparcido el viento
Si los suspiros que ha esparcido el viento,
ausente de mi bien, con mil dolores,
y con ellos mis quejas y clamores
en bajo, triste y doloroso acento;
si la flaca esperanza cual la siento,
puesta en el medio de cien mil temores,
vinieren a noticia de pastores
do llegue el amoroso sentimiento,
sujeto les será mi triste llanto
por Galatea, y mi pasión tamaña
y, en ausencia, mi fe tan verdadera
pasar continuo y doloroso canto
por todos estos llanos y campaña
del famoso Danubio y su ribera.
La red de amor es invisible y hecha
La red de amor es invisible y hecha
de suerte que, sin verse, enlaza y prende,
y de valerle tanto al que la tiende
procede el nunca estar rota o deshecha.
Deleite forja el arco que Amor flecha,
del cual nuestro valor mal se defiende,
y el flaco natural le da y le vende,
para daño del mundo, tanta flecha.
Amor es fuerza indómita, aunque viene
en figura de niño, y aunque es ciego,
sola su voluntad es punta y mira;
y así, pudiendo cuanto quiere, tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
cuando tiende la red y cuando tira.
Cuando contemplo el triste estado mío
Cuando contemplo el triste estado mío
y se me acuerda mi dichoso estado,
hallo mi ser en todo tan trocado,
que pensar tuve bien es desvarío.
Con mi memoria por mi mal porfío,
pues, sino es esperanza en bien pasado,
y en ella con razón fui confiado,
con muy mayor ahora desconfío.
Ausencia, de pasiones padre y fuente
junta con el temor de vuestro olvido,
del cual aun en presencia me temía,
hacen con fuerza del dolor presente
parecerme, según ya estoy perdido,
que ni fue ni vi entonces lo que vía.
De Endimión
En una selva, al parecer del día,
se estaba Endimión, triste y lloroso,
vuelto al rayo de sol que presuroso
de la cumbre de un monte descendía.
Mirando el turbador de su alegría,
contrario de su bien y su reposo,
tras un grave suspiro doloroso,
tales palabras contra el sol decía:
«Luz clara, para mí triste y oscura,
que con furioso curso apresurado
mi sol con tu tiniebla oscureciste,
si te pueden mover en tanta altura
las quejas de un pastor apasionado,
no tarde en volver donde saliste».
Cuál doloroso estilo bastaría
¡Cuál doloroso estilo bastaría,
en el común dolor que nos aterra,
a mostrar parte, o lamentar la guerra
que al mundo le hizo muerte en sólo un día,
cuando dispuso de quien disponía
del mundo, con valor tal, que se encierra
muerto, más inmortal, en poca tierra
el que todo le amaba y le temía!
Y como otro dolor no se ha igualado
al de este triste y lamentable caso,
así debe llorar eternamente;
y el nombre justamente tan nombrado
del Vasto, por las cumbres del Parnaso
celebrándose irá de gente en gente.
Damón
Lavinio, al comenzar de mi cuidado,
vi que a mi perdición iba derecho,
pero juzgué tal daño por provecho,
y así lo hubieras tú también juzgado;
por do el amonestarme es excusado,
que, aunque me pone ausencia en gran estrecho,
lo que piensas que sufro a mi despecho,
contento lo padezco y de mi agrado.
Que si Amor de este mal quiere que muera,
no me podrá quitar que esto no sea
remedio de mis males, y el más sano;
porque, tras haber visto a Galatea,
¿qué bien podrá igualarse al que perdiera
en no padecer muerte de su mano?
Cantad, pastores, este alegre día
«Cantad, pastores, este alegre día
porque en las selvas memorable sea
y, pues tan altamente aquí se emplea,
de amor se canten versos a porfía;
que hoy hinchen nuestros campos de alegría
con su vista la bella Galatea;
hoy huye en parte do jamás se vea
la gran tristeza que sin ella había».
Así dijo Damón, y los pastores,
al son de sus zampoñas, comenzaron
a alabar aquel día tan venturoso;
la ninfas del Tesín, llenas de flores,
con su suave concepto acompañaron
el canto pastoral dulce y sabroso.
Siendo por Alejandro ya ordenado
Siendo por Alejandro ya ordenado
que Lausato ciudad se deshiciese,
como venir su buen maestro viese
a suplicar por ella apresurado,
en viéndole, juró determinado
de no le conceder lo que pidiese;
él pidió entonces que la destruyera,
por do el mísero pueblo fue librado.
Así, viendo por vos determinada
mi perdición, señora, conocida,
estilo mudaré por mudar suerte,
pidiéndoos contra la costumbre usada,
o que para morir me deis la vida
o que para vivir me deis la muerte.
Demóclito y Heráclito
De tu tristeza, Heráclito, me espanto,
y de nuevo me admiro cada hora
que, viendo el mundo y lo que pasa ahora,
ya no hayas convertido en risa el llanto.
Heráclito
Yo me admiro, Demócrito, que cuanto
en este triste siglo que empeora
crecen más las miserias de hora en hora,
más crece tu placer tu risa y canto.
Demócrito
¿Pues quién no reirá si, en paz o en guerra,
el gobierno del mundo y del consejo
es todo desconciertos y locura?
Heráclito
Lo que a ti te da risa a mí me aterra,
eso me tienen ya doliente y viejo,
y eso me llevará a la sepultura.
Un tiempo me sostuvo la esperanza
Un tiempo me sostuvo la esperanza,
y Amor lo consintió porque sintiese,
cuando al estado en que estoy viniese,
que fue para mayor desconfianza.
En gran fortuna me mostró bonanza
y aseguróme porque conociese,
cuando nuevo dolor menos temiese,
que en su seguridad hay más mudanza.
Pasé con este alivio mi cuidado,
hasta que he conocido de hora en hora
que todo fue color para más daño;
y con haberme ya desengañado,
conozco que hay en mí de nuevo ahora
más aparejo para nuevo engaño.
Mientras amor con deleitoso engaño
Mientras amor con deleitoso engaño
daba color a la esperanza mía,
el seso, lo mejor que él entendía,
declarar procuró mi mal extraño.
Pero ya que llegar a ser tamaño
le vio, y que iba creciendo cada día,
dejó la menos necesaria vía
por más considerar el propio daño.
Desde allí, va en silencio y noche oscura,
con mil acuerdos de mi bien pasado
y del presente mal, paso mi vida,
que en tal extremo está de desventura,
que, si hay firmeza en miserable estado,
ni puedo ya subir ni dar caída.
En extrema pasión vivía contento
En extrema pasión vivía contento
por vos, señora, y cuánto más sentía
sólo un mirarme o veros deshacía,
o al menos aliviaba, mi tormento.
Hora quisiste que de fundamento
cayese en tierra la esperanza mía
con declararme lo que no entendía,
de torpe hasta mi entendimiento.
De esto nació un desdén por cuya mano
en término muy corto se ha deshecho
la fábrica que Amor hizo en mil años.
Yo miro, ya seguro desde el llano,
el risco en que me vi y el paso estrecho,
quedando ya seguro de mis daños.
Ajeno fue, pues fue sólo un momento
Ajeno fue, pues fue sólo un momento,
y mil años el mal sin acabarse;
instable fue, pues vino a comenzarse
de nuevo el mal tras su contentamiento.
Para más daño fue, pues su cimiento
tan sin firmeza en mí pudo fundarse;
que grave fue mi bien, pues en mostrarse
al parecer fue bien y al ser tormento.
Bien pudieras, Amor, con tantos males
acabarme de un golpe, pues podías
con uno y el menor de los que pruebo,
sin juntar con mis penas, siendo tales,
el bien que tuve por tan breves días,
para nuevo dolor y caso nuevo.
De la alta torre al mar Hero miraba
De la alta torre al mar Hero miraba,
al mar, que siempre más se embravecía,
y esperando a Leandro se temía
mas siempre con temerse le esperaba.
Cuando la tempestad ya le acababa
de su vida la lumbre, y de su guía,
y el cuerpo sin el alma a dar venía
do el alma con el cuerpo deseaba,
en esto la triste Hero, esclareciendo,
vio muerto a su Leandro en la ribera
del viento y de las ondas arrojado,
y dejóse venir sobre él, diciendo:
«Alma, pues otro bien ya no se espera,
éste al menos te será otorgado».
Epitafio para la sepultura del mismo
Aquella luz que a Italia esclarecía
y ahora con morir la ha oscurecido,
aquel alto valor que siempre ha sido
columna do virtud se sostenía,
aquel saber de donde procedía
el remedio y restauro en lo perdido;
aquel sublime esfuerzo, tan temido,
del fuerte corazón que no temía.
Aquel gran ser do junto se hallaba
el consejo y efecto, en paz y en guerra,
para hazañas de inmortal memoria;
y, en fin, a quien el mundo no bastaba,
aquí lo cubre muerte en poca tierra,
y lo que mereció goza en la gloria.
Si a decirte verdad voy obligado
Si a decirte verdad voy obligado,
don Martín, pues sé bien la de tu pecho
y estás de mi amistad tan satisfecho
cuanto yo de la tuya confiado,
te amonesto que dejes el errado
camino por do vas, que a poco trecho,
si le sigues, verás el mortal lecho
que para el sueño eterno está guardado.
No apacientes tu hato en la ribera
del pequeño Sebeto, aunque te sea
agradable su agua y campo llano;
mas huye de su ninfa Galatea,
que, aunque es hermosa, es cruda, ingrata y fiera.
No es Silvia, no, con su pastor Silvano.
Dijo el doctor Petrarca sabiamente
Dijo el doctor Petrarca sabiamente:
«Pobre y desnudas vas, Filosofía»,
lamentando su tiempo en que antevía
las faltas y miserias del presente;
do el vicio reina ya tan sueltamente,
que valen poco, y menos cada día,
la bondad, el saber, la valentía,
del mejor, o más sabio, o más valiente.
Mas cuanto el mal está más encumbrado
y el mundo aprueba más lo que debiera
tenerse por infamia y maleficio,
tanto merece ser más estimado
el virtuoso obrar, pues ya no espera
la virtud premio, ni castigo el vicio.
Después, Amor, que me privó tu mano
Después, Amor, que me privó tu mano
de aquella vista en que vivía seguro,
es vuelto en escabroso estilo y duro
el mío, que antes era humilde y llano;
y en tal extremo, que si el más liviano
dolor que siento declarar procuro,
voy por áspera peña o alto muro
para haber de llegar al más cercano.
La lengua al pronunciar está turbada,
que en tantas tan dañosas ocasiones
cada cual se le ofrece por primera:
así sale la voz flaca y cansada,
y tan confusa de entre mil pasiones,
que de ninguna da razón entera.
Tal novedad me causa haber probado
Tal novedad me causa haber probado
el bien pasado, que, en el mal que pruebo,
lo mucho que me duelo, a lo que debo,
no puede ser con mucho comparado.
Y Amor me tiene tan escarmentado,
que casi a desear bien no me atrevo;
determino moverme, y no me muevo,
voy vacilando de uno en otro estado.
De todos vengo a conocer que el mío,
por natural razón, es apartarme
del derecho camino que me guía;
pero cuando en seguirlo más me fío,
hallo que voy por tan contraria vía,
y al cabo escojo por mejor quedarme.
Pastora en quien mostrar quiso natura
Pastora en quien mostrar quiso natura,
a la miseria de este bajo suelo,
la más cierta señal del bien del cielo
y un claro sol en la tiniebla oscura,
si pastoral ingenio a tanta altura
pudiese levantar su corto vuelo,
que cantase Damón cuanto consuelo
es verte y no te ver cuál desventura,
desde el un polo al otro se sabría
que no yo solo, más cualquier que ausente
de tu presencia vive, oh Galatea,
debe sentir la misma pasión mía,
pues sola en ti se halla juntamente
cuanto bien se procura y se desea.
Apenas el aurora había mostrado
Apenas el aurora había mostrado
las flores que en la noche había escondido,
cuando un pastor, de amor entristecido,
penoso estaba a un árbol arrimado.
Hablando con su hato y su cayado,
alzó con ronca voz un gran gemido,
diciendo: «¿Para qué dejas perdido
el cuerpo, pues el alma me has llevado,
pastora desleal? ¿En qué pusiste
el querer que con palabras me mostraste
en pago del amor que me ofreciste?
¿Por qué tan sin razón, di, me trocaste?
Pues otro mayor bien no pretendiste
que verme muerto aquí do me dejaste».
Si amor, así como extremó mi pena
Si amor, así como extremó mi pena,
mi estilo en alabaros extremara,
vuestra fama, señora, ya llegara
donde jamás llegó ninguna ajena.
Y aquella Laura cuyo nombre suena
del toscano poeta en voz tan clara
en le nombre tan sólo os igualara,
mas mi bajo decir lo desordena.
Así, de no emprender obra tan alta
tengo justa disculpa, pues excede
tan claro la materia toda historia;
pero en vuestros loores esta falta,
de poderse igualar, hace que quede
para siempre de vos digna memoria.
En medio del placer que el pensamiento
En medio del placer que el pensamiento
me causa con mostrárseme presente,
Amor, que por ser bien no lo consiente,
le vuelve por usanza al mal que siento.
Yo al gusto del primer contentamiento
le esfuerzo para el bien do me contente,
mas no me vale, que absolutamente
Amor en sólo el mal le tiene atento.
Y aunque Amor todo su poder me diese,
no vale contra el vuestro, en siendo mío,
ni quiero yo que valga, aunque pudiese.
Mi bien y mal podéis, de vos lo fío:
bástame el mal, si yo lo mereciese,
que pensar en el bien es desvarío.
Al Marqués de Pescara
Señor, en quien nos vive y ha quedado
el gran nombre del Vasto y, su memoria,
después que de esta breve y transitoria
a al vida inmortal mudó su estado,
donde desprecia nuestro bajo grado
y goza para siempre inmensa gloria,
quedando en todo verso, en toda historia,
del mundo eternamente celebrado;
mirad cuán ancha y espaciosa vía
os muestran sus hazañas inmortales
de haceros inmortal entre la gente,
y seguid su valor, que con tal guía
los más famosos no os serán iguales
del siglo ya pasado o del presente.
Estas palabras de su Silvia cruda
Estas palabras de su Silvia cruda
puso Silvano en esta haya umbrosa:
«Silvia, do vemos de cruel y hermosa
tales extremos que el mayor se duda,
conociendo mi mal y que su ayuda
es sola en mi remedio poderosa,
mírame y de cruel en piadosa
muestra querer mudarse, y no se muda.
Con tales muestras me sostiene en vida,
hasta que muerte o más dichoso hado
me aparten del Tesín y su ribera.
Y si esto puede una piedad fingida,
considera, pastor enamorado,
lo que podría hacer la verdadera».
Contra la ciega y general dolencia
Contra la ciega y general dolencia
de la triste ignorancia miserable,
que de común se ha hecho comportable,
siendo tan insufrible pestilencia,
quiero que valga en esto mi sentencia:
que vuestro dulce estilo tan loable
os hará en Helicona memorable
sin contraste ninguno o diferencia;
ya vuestro claro ingenio nos lo muestra,
y ya el fruto gentil que de él procede
a la cumbre del monte os encamina,
do subís sin errar por la vía diestra
camino que a tan pocos se concede,
que ya por vuestro mal no se camina.
Epitafio para la cámara donde murió el dicho Marqués
Sólo aquí se mostró cuanto podía
en daño universal la cruda muerte,
do su fuerza valió contra el más fuerte,
y su valor contra el que más valía.
Por donde a Italia, cuanto bien tenía
y en eterno dolor se le convierte,
y el gran Marqués ha mejorado suerte,
aunque acá la más alta poseía.
Sus muchas partes sobrenaturales,
un esfuerzo, un saber nunca igualado,
un ser no concedido a mortal hombre,
con mil famosos hechos inmortales,
a la inmortalidad han consagrado
este lugar y su tan alto nombre.
Puede en amor la discreción obrarse
Puede en amor la discreción obrarse
cuando se siente amor tibio o ligero,
que no teme peligro el verdadero
ni puede con razones desviarse.
Es allegarse más el apartarse,
y el duro corazón más fuerte y fiero
viene a encenderse más que de primero
con lo que más espera remediarse.
Por donde, en este mal tan congojoso,
sufrir es el más sano regimiento,
pues otro que aproveche no se halla;
y el que en buscar remedio es presuroso
sé que vendrá a sentir lo que yo siento,
que la salud más cierta es no buscalla.
Atenta al gran rumor la musa mía
Atenta al gran rumor la musa mía
del armígero son de Marte fiero,
cesó del dulce estilo que primero
en sujeto amoroso se extendía;
mas ahora, con la vuestra en compañía,
me vuelve al sacro monte, donde espero
levantarme más alto y, por grosero,
dejar con nuevo canto el que solía.
Así sus horas con la espada a Marte,
y los ratos del ocio con la pluma
pienso, señor, enderezar a Apolo;
dando a los dos de mí tan larga parte,
y tomándola de ellos tal, que en suma
no me cause tristeza el verme solo.
Del bien del pensamiento se sustenta
Del bien del pensamiento se sustenta
el triste corazón entre mil males
que en mí se tratan como naturales,
y el alma hace ya la misma cuenta.
El no sufrirlos tiene por afrenta,
y por honra y valor sufrirlos tales,
y págase, sintiéndolos mortales,
con sólo consentirle que los sienta.
Esto por bien muy grande se le niega,
y la vida ha tomado por partido
seguir en padecer su estilo usado,
que llegando al extremo donde llega,
lo que con desearlo nunca ha sido,
no puede por razón serle negado.
Galatea cruel, ¡qué pago has dado
Galatea cruel, ¡qué pago has dado,
qué amargo fin a cuanto te he querido,
que hubiera ya de lástima movido
un tigre, y a mí un mármol ablandado!
¡Oh duro golpe en pecho desarmado
y en sangre de quien nunca te ha ofendido,
si o es culpa ponerse así en olvido
y en ti poner la vida y el cuidado!
¡Oh ingratos ojos a los ojos míos!
¡Oh frente para mí nunca serena,
corazón sin amor, duro, inhumano!
¿Cuándo os acabaréis, de llanto ríos?
¿Cuándo no ha de acabar la mortal pena,
que no la sufre ya el sufrir humano?
Por apartarme un tiempo de pasiones
Por apartarme un tiempo de pasiones,
me apartaba de amor cuanto podía,
conociendo ya de él que se seguía
con ásperas y, duras condiciones;
pero de aquella mismas ocasiones
por do más a temerle me movía
nacieron, como os vi, señora mía,
justas para seguirle mil razones.
Así fui suyo sin sospecha laguna
en cuanto me amparó vuestra presencia
de los males que causa su cuidado;
más pesó de este bien a mi fortuna,
y al destierro mortal de vuestra ausencia
me trajo, donde moriré forzado.
Mientras de parte en parte se abrasaba
Mientras de parte en parte se abrasaba
y en vivas llamas la gran Roma ardía,
al alto cielo el gran clamor subía
del pueblo todo, que su mal lloraba;
sólo en parte Nerón cantando estaba
do el clamor miserable escarnecía,
y el incendio mayor más alegría,
y el mayor llanto más placer le daba.
Así, de en medio el alma donde estáis,
veis, señora, mi fuego y toda en llanto
la turba de mis tristes pensamientos;
y tanto más de verlo os alegráis,
cuanto más ardo y por vos lloro, y cuanto
me llegan más al cabo mis tormentos.
Como el poderos ver, señora mía
Como el poderos ver, señora mía,
me sustentaba sin usar de otra arte,
cuando en segura y reposada parte
Fortuna tanto bien me concedía;
así, después que por contraria vía
volvió su rueda, y con el fiero Marte,
sin que cese su furia ni se aparte
de mí, los dos me dañan a porfía,
ni su poder ni la prisión francesa,
do por nuevo camino me han traído,
privarán de su bien mi pensamiento;
con que no sólo ningún mal me pesa,
mas aun, señora, viéndome perdido,
conozco que lo estoy, y no lo siento.
Respuesta
De Amor se hace, y por él mismo es hecha
la red de amor que tanta gente prende,
y como la refuerza el que la tiende,
no está ni puede estar rota o deshecha.
Hermosura es el arco que Amor flecha;
del cual ninguna fuerza se defiende,
y el gusto humano es quien le da y le vende
de diversos metales tanta flecha.
Nace niño, y por horas crece y viene
a ser más que gigante y, siendo ciego,
vuélvese en Argos al tomar la mira
y un monstruo tan extraño, que, aunque tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
con mil tiende la red y con mil tira.
Viendo su bien tan lejos mi deseo
Viendo su bien tan lejos mi deseo,
alejóseme tanto por seguirle,
que tuve por difícil reducirle
al derecho camino sin rodeo.
Y ahora tan mal me tiene, que me veo
sin fuerza con que pueda resistirle,
tan forzado me tiene a consentirle,
que soy el que de mí menos poseo.
Ninguna novedad hay que me aparte
de tal congoja, ni que yo la crea,
sino para mayor inconveniente;
pues siendo yo de mí la menor parte,
por fuerza hace Amor que el todo sea,
sólo para sentir lo que él consiente.
Cierto escogí bien peligrosa vía
Cierto escogí bien peligrosa vía
cuando primero en vos los ojos puse,
pues a pasar tal vida me dispuse
cual vos, señora, veis que ahora es la mía.
Para más no vivir viví aquel día
y, porque el veros todo bien pospuse,
ni sé a quién acusar ni a quién excuse,
ni hallo parte en mí del que solía.
Mas tomar tanto gusto en muerte ajena,
contra tanta humildad tal aspereza,
y obras a muerte tan enderezadas,
sin dar jamás alivio a tanta pena,
ved vuestras manos, que de tal fiereza
por fuerza se han de ver ensangrentadas.
En qué puedo esperar contentamiento
¿En qué puedo esperar contentamiento,
si tras todo mi mal, señora mía,
consiente mi fortuna que a porfía
me venga ahora a dañar cada elemento?
Mis esperanzas se las lleva el viento,
el fuego crece donde arder solía,
llevóme el agua cuanto bien tenía
y la tierra me hará el apartamiento.
Vos juntaréis con esto el olvidarme,
pues quedar no merezco asegurado
del continuo temor de vuestro olvido;
y no me quejaré por no aliviarme,
que no es justo que quede en otro estado
el que vivo quedó y os ha perdido.
Viendo Tirsi a Damón por Galatea
Viendo Tirsi a Damón por Galatea
en un continuo llanto dolorido,
que con ansia mortal, cual nunca ha sido,
campos y montes sin parar rodea,
porque el alto poder de Amor se vea,
como levanta un pastoral sentido,
seis versos en un mármol ha esculpido
do pena y nombre de Damón se lea:
«Contra el poder del tiempo, señalado
quede este nombre y alto atrevimiento,
y permanezca aquí después que muera.
Damón, que, pastor siendo de ganado,
a poner se atrevió su pensamiento
donde por premio sola muerte espera».
Con la razón en su verdad envuelta
Con la razón en su verdad envuelta
combate de atrevido mi querer,
armado de esperanza, y sin temer
que Amor le engañe o pueda dar la vuelta.
Acomete animoso a rienda suelta,
mi razón, débil contra tal poder,
resiste, mas en fin viene a perder,
y a parar en mi daño esta revuelta.
Que entonces sin sospecha, este cruel
de mí triunfa y sin temor se extiende,
viendo tan suya toda parte mía;
mas no me acaba, porque está con él
memoria de un gran bien, y me defiende
quien otras mil partes me ofendía.
De oliva y verde yedra coronado
De oliva y verde yedra coronado,
cuando el rayo de sol es más caliente,
vueltos los ojos a una clara fuente,
y al pie de un alto pino recostado,
sin acuerdo de sí ni del ganado,
que de pacer dejaba al son que siente,
así soltó la voz suavemente
de amores un pastor apasionado:
«Las ondas cesarán del mar profundo,
por latas cumbres subirán los ríos,
sin hoja verde nos vendrá el verano
y oscuro hará el sol antes el mundo
que, aunque refuerce Amor los males míos,
a Silvia deje de adorar Silvano».
Así, cual de mi mal he mejorado
Así, cual de mi mal he mejorado,
se me hubiera doblado el accidente,
yo tengo por muy cierto que al presente
me hallara, mi señor, muy aliviado;
que, si de sus congojas y cuidado
se alivia todo espíritu doliente,
aliviárase un cuerpo mayormente
al son de un dulce estilo delicado.
Yo conozco, señor, doliente o sano,
deberos tanto, que no sé en que suerte
os me pueda mostrar agradecido:
sólo tendréis de mí, como en la mano,
que a nadie es vuestro mal tan grave y fuerte,
ni vuestro bien de nadie es tan querido.
En cuanto la materia es más subida
En cuanto la materia es más subida
y más se aparta de profanidad,
en tanto, señor, vuestra habilidad
ha quedado de mí más conocida.
Y pues el santo tiempo nos convida
a dejar todo vicio y vanidad,
volvamos con amor y caridad
a Cristo, que es bondad summa cumplida;
y olvidando por él toda otra cosa,
vaga de su pasión el fundamento,
para la gloria que apetece, el alma;
que, sin él, vuestra vida trabajosa
es nave rota que le falta el viento
y en playa de enemigos queda en calma.
Como al tiempo al llover aparejado
Como al tiempo al llover aparejado
se conforman con él la tierra y viento,
así todo dolor, todo tormento,
halla conformidad en mi cuidado.
Que en tanto el mal de amor es extremado,
en cuanto se parece al que yo siento,
y en tanto es congojoso el pensamiento,
en cuanto con el mío es comparado.
Por do, viendo en cualquiera que padece
dolor conforme por alguna vía,
es fuerza que de entrambos sienta pena.
Así descanso nuca se me ofrece,
que si acaso se alivia el ansia mía,
Amor me la renueva con la ajena.
Pensando en su ganado, a la ribera
Pensando en su ganado, a la ribera
del mar, y no de amar, Silvano estaba
seguro, porque el triste no pensaba
que en él toda su fuerza Amor pusiera,
cuando vio a una pastora que pudiera,
con sólo la hermosura que alcanzaba,
hacer que, cuando el sol se nos mostraba
más claro, muy oscuro pareciera.
Quedó el pastor de sólo aquesta vista
herido de la muerte que aquí pinto,
con lágrimas los prados él bañando,
diciendo: «No hay sujeto que resista,
pastores, a mi mal, porque el distinto
que tengo se me va, triste, acabando».
Al Marqués de Vasto
Señor, bien muestra no tener Fortuna
empresa alguna por dificultosa,
pues ha osado emprender tan alta cosa
como a vuestro valor ser importuna;
que ni pudo hallar hazaña alguna
que acometer pudiese tan famosa,
ni menos a la fuerza poderosa
de vuestro corazón igual ninguna.
Así todo su intento ha sido vano,
y su poder, al mundo tan terrible,
ha sido para vos poco y liviano,
que con saber, con ánimo increíble,
con gran constancia y valerosa mano
venciste la que llaman invencible.
Tan hijos naturales de Fortuna
Tan hijos naturales de Fortuna
son la desigualdad y el desconcierto,
que jamás permitió llegase a puerto
virtud muy rara ni bondad ninguna;
y si ésta ha de temer en parte alguna
de mostrar disfavor tan descubierto,
que en vos lo temerá tengo por cierto,
aunque siempre a lo bueno es importuna.
Las virtudes en voz son principales
y, a su despecho, vemos que han sacado
de su poder y mando vuestra suerte.
Lo menos son los bienes temporales,
pues la desigualdad de todo estado
al fin viene a igualarse con la muerte.
Lo que es mortal padece esta prisión
Lo que es mortal padece esta prisión,
que lo inmortal, señora, está en la vuestra;
ésta tiene de mí sólo la muestra
la vuestra tiene el alma y corazón.
Por donde yo no hallo por razón
que a Fortuna llamar deba siniestra,
pues ella me guió con mano diestra
a veros y a sufrir por vos pasión.
Así de todo el mal en que me ha puesto,
cuando pienso este bien en que me puso,
no sólo le perdono su mudanza,
pero aún no estando satisfecha de esto,
de cualquier otro mal también la excuso
salvándose de veros mi esperanza.
En ausencia
Vivir, señora, quien os vio, sin veros,
no es por virtud ni fuerza de la vida,
que, en partiendo de vos, fuera perdida,
si el dejaros de ver fuese perderos;
mas de tanto valor es el quereros,
que, teniéndoos el alma en sí esculpida,
de su vista y memoria, que no olvida,
ninguna novedad basta a moveros.
Así, aunque lejos de vuestra presencia,
vos sola me estaréis siempre presente
y no me faltaréis hora ninguna,
sin que puedan tenerme un punto ausente
el áspero desdén, la cruda ausencia,
nueva llaga de amor, tiempo o fortuna.
En su fiera grandeza confiando
En su fiera grandeza confiando,
los ánimos tan altos levantaban
los gigantes de Flegra, que esperaban
de vencer a los Dioses guerreando;
y contra el alto cielo, no dudando,
las belicosas máquinas alzaban,
y a comenzar el hecho ya se estaban
con superbo furor aparejando;
cuando Júpiter, esto conociendo,
luego quiso que fuesen castigados
del bestial movimiento de su guerra,
y con rayos el aire oscureciendo,
después de todos ser despedazados,
con ellos abrasó toda la tierra.
Como aquél que a la muerte está presente
Como aquél que a la muerte está presente
de su señor, a quien ponzoña ha dado,
y, ya que remediarle es excusado,
procúralo y del hecho se arrepiente;
así mi voluntad, ahora que siente
no poder ya mi mal ser remediado,
muestra dolerse de lo que ha causado,
y el remedio procura vanamente.
Bien simple y vanamente lo procura,
que, aunque en algo pudiera aprovecharse,
Amor, que puede, lo contradiría.
Aquí pondría sus fuerzas la ventura
y, viendo que el efecto era dañarme,
mi señora también se esforzaría.

Cierto no puede ser sino buen hora
Cierto no puede ser sino buen hora
en la que yo tomé tal presupuesto,
como ver la hermosura de aquel gesto
que con tanta razón esta alma adora;
mas no penséis que no la veo ahora,
que el espíritu siempre está dispuesto
a ver la ausente, y mi memoria en esto
se engrandece, se ensalza, y se mejora,
ved cuánto, que no puedo ya conmigo,
pensando que estos ojos lo han de ver
como con los del alma ya la veo;
y pensando este bien, de ufano digo:
¡quién pudo jamás tanto merecer,
o que más alto fin, tiene el deseo!
En la muerte del Marqués de Vasto
Alta señora, que en la edad presente
divina más que hermana hermosura
y mil dotes de cielo y de ventura
os hacen un milagro entre la gente;
de cuyo resplandor el mundo siente
que en nuestra vida trabajosa y dura
nos hace clara de la noche oscura,
como el bien más perfecto y excelente;
aunque causa tan justa os haya dado
para llanto y dolor la cruda muerte,
contra quien no hay reparo ni remedio,
el saber de que el cielo os ha dotado
ponga en el llanto doloroso y fuerte,
si fin no puede ser, al menos medio.
Pude partirme con pensar que fuera
Pude partirme con pensar que fuera
por ausencia menor la pena mía,
y ahora, en verme si el bien que veía,
no sé: quien me detiene que no muera;
mas sois, señora, vos, que tan entera,
en aquel mismo grado que solía,
os tiene esta alma como el mismo día
que me causaste la impresión primera.
Desde allí dais esfuerzo a lo vencido,
y pueden sustentarse entre mil males
el alma y corazón con sólo veros;
yo vivo sin temor, porque he sabido
que ya no me harán penas mortales
perder tan alto bien como quereros.
En leyendo, señor, vuestro soneto
En leyendo, señor, vuestro soneto,
acabé de saber lo que creía
y afirmé la opinión en que os tenía
de honrado, virtuosos y de discreto;
mas he hallado en él sólo un defecto,
que no es por falta vuestra sino mía,
y es que a un alto decir se requería
igual con las palabras el sujeto;
mas tanto más ingenio en vos se muestra,
cuanto cosa más baja habéis alzado
con estilo delgado y elocuente;
y yo a la voluntad y virtud vuestra
quedo de corazón tan obligado
cuanto debo quedarlo justamente.
La fábula de Narciso
Si un bajo estilo y torpe entendimiento
merecieran llegar a aquella altura
do, señora, llegó mi pensamiento,
y tuviera en esto igual ventura,
pudiera yo contar lo que es sin cuento,
dando a vuestro valor y hermosura
seguridad, cual nadie la ha tenido,
de la ofensa del tiempo y del olvido.
Mas si mi ingenio lo procura y quiere,
razón lo contradice y le castiga,
pues manda que primero considere
a qué puede bastar y a qué se obliga.
Porque de vuestro ser ninguno espere
llegar a decir tanto, que no diga
mucho más el silencio, con la falta
de quien ose emprender cosa tan alta.
Y pues de tanto bien como en vos veo
aun no puede lo menos celebrarse,
lo más, que yo no entiendo, aquello creo,
que aquí tiene mi fe donde fundarse.
Y ofreciendo por obra el buen deseo,
podrá con justa causa disculparse
el flaco, que no emprende gran conquista,
y el que mirando al sol pierde la vista.
Así, por ser en esto tan notoria
la poca fuerza del ingenio humano,
en vuestro nombre trataré una historia
cuyo sujeto no se finge en vano.
Y vos, que sola estáis en mi memoria,
desde ella alumbraréis mi ingenio y mano
con aquel resplandor y luz que distes
al siglo venturoso en que nacistes.
Y aunque el camino, y el juicio vuestro,
va de lo general tan apartado,
yo sé que contra Amor, y en daño nuestro,
seguís lo que es de muchas aprobado:
ésta es la ingratitud, que es un siniestro
y error por mil ejemplos reprobado,
como dello nos da más claro aviso
la vida con la muerte de Narciso.
Amor rige su imperio sin espada,
mas con todo castiga, y no consiente
que sea en su desprecio tan usada
la fiera ingratitud entre la gente;
la cual, siendo mil veces condenada
a destierro por él, tan justamente,
se admite, y hay mil damas tan exentas,
que con ella le hacen mil afrentas.
Y conviene entender que no se debe
menospreciar jamás virtud divina,
y menos la de Amor, que al bien nos mueve
y de bien en mejor nos encamina.
Y la que contra Amor yerra o se atreve
entienda que a pasar se determina
lo terrible del mundo y lo más fuerte,
que es triste vida y miserable muerte.
Si Amor muda en fortuna la bonanza
de quien contradecille espera, o piensa,
juzgad, señora, si hará venganza
de quien por obra le hiciere ofensa.
Que como es la soberbia, y confianza,
pecado inmenso, así es la pena inmensa,
cual a muchas la dio, cuya memoria
vive en la antigua y la moderna historia.
Y los ejemplos que en el mundo ha habido,
ni los basta a contar verso ni prosa,
de las que, a Amor habiendo resistido,
con muerte lo pagaron dolorosa.
Testigos serán Fedra, File y Dido,
y serálo también Enón hermosa,
con Ariadna, Hipsífile y Medea,
cuya verdad es justo que se crea.
Cualquiera déstas fue soberbia y cruda,
hasta que Amor, a la venganza vuelta
su blanda voluntad, que así se muda,
la dellas castigó que andaba suelta.
Tanto, que a cada cual negó su ayuda,
cuando la vio en pasiones más envuelta,
y al fin, como se escribe, fenecieron
entre penas diversas que sufrieron.
Mas ¿qué testigo habrá más verdadero
para probar esta opinión tan cierta?
¿Qué ejemplo deste tiempo, o del primero,
nos muestra la verdad más descubierta,
y declara mejor al venidero,
si quien resiste a Amor yerta o acierta,
que el caso lamentable de Narciso,
hermosísimo hijo de Cefiso?
De Cefiso y Leríope engendrado,
fue, por su mal, Narciso tan hermoso
que, en mostrándose al mundo, fue estimado
por un don celestial maravilloso.
Esto puso a sus padres en cuidado,
que un bien tan excesivo y milagroso,
como exceder parece a la natura,
es común opinión que poco dura.
Y con este temor su madre vino
donde a los pueblos su respuesta daba
el hado Tiresias, adivino
que a todos la verdad pronosticaba.
Pídele si a Narciso su destino
breves o largos días le otorgaba,
que tan nueva belleza en mortal vida
cuanto más es amada es más temida.
Como acabó la madre su pregunta
sobre tan importante y cara cosa,
aunque está la esperanza al temor junta,
quedó de la respuesta temerosa.
Ésta le da Tiresias, en que apunta
el mal futuro en condición dudosa:
que el niño cuya vida saber quiere
gran tiempo vivirá si no se viere.
A los padres fue escura esta respuesta,
o al menos se pasó sin ser creída,
hasta que en fin se hizo manifiesta
con el triste suceso, y fue entendida
tan nueva forma de morir como ésta,
y fin tan miserable de una vida,
que se viese o se oyese no se alcanza,
y, permitiólo Amor en su venganza.
Jamás se vio en humana criatura,
primero ni después, mayor belleza
que la que dio a Narciso la natura,
de gracia acompañada y gentileza:
el aire, el ademán v la postura
tal novedad mostraban y extrañeza,
que igual no solamente no tenía,
mas poderlo tener no parecía.
Las felices estrellas se juntaron
y en hacelle hermoso concurrieron,
las gracias todas juntas le dotaron
de todo lo mejor que en sí tuvieron:
la pintura fue tal que nunca osaron
retratalla en color, ni la esculpieron,
Apele, Zeusi, Praxitele o Fidia,
ni lo supo emendar la mesma envidia.
Iba creciendo el mozo, y mil querellas
con sospiros y lágrimas crecían,
por donde andaba, en dueñas y doncellas,
sin poderse valer cuantas le vían,
no sin admiración en todas ellas
de la nueva mudanza que sentían,
que la más libre, en viéndole presente,
prueba lo que es amar fundadamente.
Mas él, que es contra Amor endurecido
y de seguille está tan apartado,
que, como a otro el ser aborrecido
tanto y más le aborrece el ser amado,
de ninguna entre tantas fue movido
ni de ajeno dolor toma cuidado,
que, si hay cosa que iguale a su belleza,
es sólo su desdén y su aspereza.
En ningún ejercicio se embaraza
que se conforme con sus verdes años,
ni toma gusto sino sólo en caza
y en hacer a las fieras mil engaños.
Déstas sin descansar sigue la traza,
que en seguir los provechos o los daños
de Amor no piensa ni se acuerda dello,
o, si se acuerda, es para aborrecello.
Mas en los montes, valles y espesura
de las selvas ya dél acostumbradas,
aún vino a ser dañosa su figura,
y a causar más de un llanto sus pisadas:
que en verle no quedó ninfa segura,
ni pudieron estarlo en sus moradas,
antes con las demás a un mismo punto
el verle y el arder fue todo junto.
Y con mostralle claro que le amaban,
no solamente a amar no le movían,
pero con la blandura que mostraban
en extremo mayor le endurecían.
Así más lejos siempre se hallaban
cuanto más deseosas le seguían,
dando deste dolor y sentimiento
sus quejas y sus lágrimas al viento.
Y por montes y selvas maldiciendo
van las tristes amantes de una en una
el punto en que le vieron, pues muriendo,
la muerte no le mueve de ninguna.
Y como va el dolor siempre creciendo,
maldicen su deseo y su fortuna,
y al cielo que juntó beldad tamaña
con rigor y aspereza tan extraña.
Al amor cada una reprehende
como digno de ser reprehendido,
que no siente su daño y que no entiende
lo que dél suele ser tan entendido:
que su reino y sus leyes no defiende
de un mozo de quien es tan ofendido,
y siendo despreciado, se consiente
despreciar y ofender tan claramente.
¿Dónde está, Amor, tu brazo poderoso,
le dicen, y tan fuerte en toda parte,
que a Plutón en el reino tenebroso
sojuzgó, y en el cielo a Apolo y Marte?
¿Cómo el temido es ya tan temeroso,
y sufres que un soberbio no se harte
de ver contino llanto en nuestros ojos,
llevándonos las almas por despojos?
¿Dónde está el arco, Amor, que te hacía
tan temido en el mundo v acatado,
y las saetas, que cualquier valía
contra el más duro pecho y más armado?
¿Dó está la ardiente hacha que encendía
el corazón más frío y más helado?
¿Dó está el cuidado y el mortal recelo,
la esperanza, el temor, la llama, el yelo?
¿Cómo del arco se aflojó la cuerda?
¿Cómo se despuntaron tus saetas?
¿Cómo permites que el temor se pierda
a tus públicas armas y secretas,
sufriendo al que no cura ni se acuerda
que amenaces con mal, o bien prometas?
Pues tu reino y tu ser debe moverte,
si perdello no quieres y perderte.
Narciso libre y suelto anda cazando
por montes, valles, selvas y riberas,
hiriendo crudamente, y aun matando,
más número de ninfas que de fieras;
y de tu imperio, Amor, siempre burlando,
y de nuestras congojas lastimeras.
Pues mira, de quien tanto se atreve,
si un divino poder vengarse debe.
Estas y otras mil cuitas semejantes
dicen las tristes sospirando al cielo,
en amar a Narciso tan constantes
cuan llenas de dolor y desconsuelo.
Y, aunque de ser amadas tan distantes
cuanto está el fuego de la nieve o yelo,
todas van a buscar y amando siguen
a aquél que con seguille se persiguen.
Tal hubo entre ellas que, a seguirle intenta,
de venir a hallarle se temía,
que el fuego en que Amor lejos la sustenta
temor de cerca en yelo le volvía.
Así nueva pasión cumple que sienta
do quier que el pie o el ánimo movía,
y así del bien y mal por prueba siente
que vienen a dañar casi igualmente.
Hubo otra allí que, cuando más quejosa,
la desesperación le dio esperanza
de contarle su pena dolorosa,
de suerte que hiciese en él mudanza.
Ya está de comenzarlo deseosa
y esfuérzase en su débil confianza,
tanto que entre sí mesma ya decía:
«Pues callo mi dolor, la culpa es mía.
Mía es toda la culpa, pues no entiendo
ni procuro a mi mal remedio o cura.
No me ofende Narciso, yo me ofendo,
y él no sabe mis ansias por ventura:
él no puede saber que estoy muriendo,
si nunca le conté mi desventura,
que al viento y a los montes la descubro,
y a quien puede valerme se la encubro».
Así diciendo y sospirando, parte
a buscar y seguir el crudo amante,
pensando de qué forma y con cuál arte
le mostrase su pena y fe constante.
Ya junta la razón, ya la reparte:
«Esto diré después, esto delante»;
ora a este dicho, ora a aquél se allega
y, junto éste y aquél, afirma y niega.
Pero en el punto que a mirar llegaba
al que a paso tan duro le ha traído,
de sólo contemplalle se acordaba,
poniendo lo demás todo en olvido.
Toda junta en miralle se empleaba,
para sólo mirar tiene sentido,
y éste mil veces aun quería perdelle
viendo tan claro que le enoja en velle.
Así, lo que a otro descubrir quería,
así misma decirlo osaba apena
y queda del temor helada y fría,
el alma de dolor y angustia llena.
Sólo sabe seguir la usada vía
de estar toda en Narciso y de sí ajena,
hacer concetos y quedarse muda,
y, temiendo, esperar en vano ayuda
Entre las otras ninfas Eco andaba,
más graciosa que todas y más bella,
a quien su habla natural faltaba
por causa que ella dio para perdella,
tal que a hablar en vano se esforzaba.
Así lo permitió su fiera estrella,
juntando este trabajo y desventura
con su extremada gracia y hermosura.
Y de todo su mal causa había sido
Juno, del alto Júpiter esposa,
que buscando en un valle a su marido,
del cual andaba, con razón, celosa,
Eco delante se le había ofrecido
y, con manera de hablar graciosa,
tanto la tuvo en un sabroso cuento,
que la Diosa tardó y erró su intento.
Porque tal lugar dio el entretenella
a Júpiter, que cerca la sentía,
que se pudo apartar y esconder della
la ninfa que consigo allí tenía.
Y sin que viese Juno a él ni a ella,
se escaparon los dos por otra vía.
Advertida la Diosa deste engaño,
sobre Eco quiso que cayese el daño.
Y dijo: «¡Oh ninfa!, porque el mundo aprenda
a temer a los Dioses, mando y quiero
que tu engañosa habla a nadie ofenda
de hoy más, y que este engaño sea el postrero,
y que no hables ni tu voz se entienda,
sino oyendo hablar a otro primero,
y replicando de la voz ajena
las últimas palabras con gran pena».
Hecho, pues, un castigo tan notable,
la Diosa se partió de allí enojada,
quedando la triste Eco miserable
con dolor en el alma y lastimada:
mueve la lengua con pensar que hable
palabras con que fuese perdonada,
mas sólo, cuando Juno hablaba,
sus últimos acentos replicaba.
Extraña es la pasión que prueba y siente
de verse así la triste enmudecida,
y aunque del yerro tarde se arrepiente,
con señales se muestra arrepentida.
Tiene su primer voz siempre en la mente,
esto hace su pena muy crecida,
y acreciéntase mas con que no espera
volver ya al uso de la voz primera.
Ésta, pues, vio a Narciso que, cazando
como solía, por la selva andaba;
mírale atenta y, yéndole mirando,
por sí mesma la triste no miraba:
que por la vista Amor va penetrando
hasta que al alma y corazón pasaba,
do apenas ha pasado, apenas llega,
cuando la fuerza de ambos se le entrega.
Al Amor sin sentido se ha entregado
y a su poder del todo está rendida,
tanto que es otra y que del mal pasado
con el dolor presente se le olvida:
ya lo que suele no le da cuidado,
ya no se acuerda de su voz perdida,
que a la pasión humana que más puede
la que nace de Amor pasa y precede.
Estando de seguille o no dudosa,
en fin Amor la fuerza a que le siga.
Jamás fue de hablar tan deseosa
ni el ser muda le dio tanta fatiga;
mas, viendo ya ser imposible cosa
que el todo de su mal, ni parte, diga,
sólo que él hable es lo que pide y quiere
por poder replicar lo que dijere.
Vale siguiendo atenta y escuchando
por ver si acaso a su Narciso oyese
cualquier palabra con que, replicando,
a lo menos con él hablar pudiese.
Y de lo que desea va esperando
si en fin de su razón algo dijese
con que ella, respondiendo como suele,
manifieste un dolor que tanto duele.
Así le sigue, y cuanto más se allega
siente mayor y más cercano el fuego;
entre sí ya le habla y ya le ruega,
sin acordarse que no se oye el ruego;
ya aprueba lo que hace, ya lo niega,
y desta confusión se culpa luego,
y nácenle en el alma mil concetos
que por falta de voz son imperfetos.
Pero los ojos muestran, y el semblante,
lo que mostrar no pueden sus razones,
do cualquiera señal es tan bastante,
que en una se declaran mil pasiones.
Muévese, espera y vuelve en un instante,
según le pinta Amor las ocasiones,
que tal es en la triste la mudanza
cual el temor la hace, o la esperanza.
Perdióse tras un corzo acaso un día
Narciso por la selva donde andaba,
y el verse lejos de su compañía,
en tanta soledad, temor le daba.
Eco sola escondida le seguía,
Eco era sola quien por él miraba
para ser al peligro la primera,
si a desdicha saliese alguna fiera.
Que la muerte le viene a la memoria
de aquel hermoso Adonis, desastrada,
y Venus, que con él pierde su gloria,
sobre el sangriento cuerpo abandonada.
Teme que aquella lamentable historia
venga a ser en su daño renovada,
y el de Narciso tiene por su daño,
que el suyo ni le teme ni es tamaño.
Pues de seguir el corzo ya dejando,
quedó cansado el mozo y afligido
de ver venir la noche, recelando
que allí la ha de pasar solo y perdido.
A toda parte mira y, esperando
de alguno de los suyos ser oído,
en altas voces «Aquí estoy» decía,
y Eco sola «Aquí estoy» le respondía.
Oye la voz y está maravillado
de quién será el que habla y se le esconde;
vuelve a llamar y siente ser llamado
con sus palabras sin saber de dónde.
«Pues venid y allegad», dice espantado,
y escucha de qué parte o quién responde;
mas Eco, oyendo lo que pide y quiere,
«Venid, llegad», en alta voz refiere.
Aquí la esforzó Amor a que, saliendo,
al amado Narciso se allegase
y, decille sus ansias no pudiendo,
mostrallas con señales procurase.
Con llanto, con suspiros, y gimiendo,
ninguna hubo en amor que no mostrase,
y juntamente, aunque era todo en vano,
se llega por tomarle de la mano.
Pero Narciso, a cuya gran dureza
no puede la de un mármol compararse,
no sólo la apartó con extrañeza,
mas luego, por no vella y apartarse,
huye por do mayor es la aspereza,
diciendo, sin dejar de apresurarse:
«Antes yo muera de rabiosa muerte
que sufra que me quieras, o quererte».
No pudo aquí sufrir ya el corrimiento,
mas, gimiendo la triste y sospirando,
por la espesura se arrojó sin tiento,
«Me quieras, o quererte» replicando.
De sí le viene ya aborrecimiento,
de la gente y la luz se va apartando,
mas dentro de su pecho oye y entiende
quién de todo la culpa y reprehende.
Metida al fin en una cueva escura,
entre sí mesma habla y dice al cielo:
«Eterno movedor que de la altura
miras cuanto se hace en este suelo,
tú, que tan nueva gracia y hermosura
formaste por mi daño y desconsuelo,
no permitas que quede sin castigo
tanta fiereza y desamor conmigo.
Mas el que hizo en mí tan gran mudanza
sienta en el alma y corazón mudarse,
y pruebe qué es amar sin esperanza
quien a tantas movió a desesperarse;
y porque al daño iguale mi venganza,
él venga de sí mesmo a enamorarse,
pues ni puede probar mayor dureza,
ni vencerle podrá menor belleza.
Y en mí, que sólo para llanto y pena
y males nunca vistos fui nacida,
cúmplase presto lo que el hado ordena,
que es ser luego deshecha y consumida:
nunca será sino agradable y buena
muerte que me privare de tal vida,
pues que viene a librar mis tiernos años
de mil presentes y futuros daños».
Mientras esto consigo está diciendo,
dio el cielo de piedad señal muy clara:
vase el humor vital ya consumiendo
por el hermoso cuerpo y por la cara;
ya el frío por los miembros va corriendo,
ya el calor natural los desampara,
ya está en la mayor parte endurecida,
ya queda en dura piedra convertida.
La voz le quedó viva solamente,
mas limitada y no como solía;
vive invisible, y a lo que oye y siente
responde sin tristeza ni alegría.
Mas cuando tal ofensa Amor consiente,
para vengarse no le falta vía,
que luego tiempo y ocasión ordena
de dar a tanta culpa mayor pena.
Los montes y los llanos calentaba
con sus rayos el sol de mediodía,
cuando con su ganado reposaba
a la sombra el pastor donde solía;
de su trabajo el labrador cesaba,
para volver de nuevo a su porfía;
daba la hora reposo a los mortales
y sosiego a las aves y animales.
Narciso, que con sed y caluroso,
no menos que cansado, se hallaba,
sombra para tomar algún reposo
y agua do se refresque deseaba;
y en fin llegando a un valle deleitoso,
a una fuente su suerte le guiaba
cual nunca la halló persona humana,
ni cazando jamás Febo o Diana.
En piedra natural está cavado
el vaso de la fuente, tan guardada,
que de ninfa o pastor, ni de ganado,
ni de ave o fiera fue jamás tocada.
Defiéndela del sol porcada lado
una espesura de árboles cerrada,
y el verde suelo pintan tiernas flores
de mil diversidades de colores.
En la fuente y el valle, la natura
no dejó ningún obra para el arte,
que son sombra agradable y con frescura
parece que convida a cada parte.
Y sale la corriente a la verdura,
do con dulce sonido se reparte
en chicos arroyuelos, de manera
que hacen inmortal la primavera.
No tan presto Narciso ve delante
la dulce sombra del lugar presente,
que se alegra en el alma y al instante
a refrescarse va junto a la fuente;
donde el que, siempre amado y nunca amante,
al Amor despreció tan libremente
a pena nunca vista es condenado
de Amor, que no perdona este pecado.
¡Oh cuánto para el triste mejor fuera,
sin reposar en el ardiente estío,
seguir como era usado alguna fiera,
y aun seguilla en invierno al mayor frío,
que haber llegado a verse en lo que espera!
Mas contrastar al hado es desvarío,
que no hay mudanza en lo que cielo ordena,
o placer o pesar, descanso o pena.
Así, ya cuando de su desventura
el término y el punto era venido,
bajándose a beber vio su figura,
que vista por él antes no había sido;
pero tan desusada hermosura
como la que en el agua ha aparecido,
ni conoce que es suya, ni imagina
que humana pueda ser, sino divina.
Como a tal la saluda, y juntamente
la ve claro moverse a saludalle,
y que, lo mesmo que él, hace y consiente
en cualquier ademán y en el hablalle.
Vuelve y escucha en torno de la fuente
si el son de aquella voz entienda o halle,
mas ve que calla si él está callando,
y que cuando él escucha está escuchando.
Parécele, si él habla, que responde,
y que de verle triste se entristece;
que si él algo se aparta, se le esconde,
si vuelve a aparecer luego parece.
En fin quiere su suerte, que allí adonde
vino por refrescarse le acaece
que, por quitar la sed y ardor que tiene,
más sed y más ardor le sobreviene.
Ya no sabe qué diga ni qué haga,
ni en lo que está, ni a sí sabe entenderse;
ya recibe de Amor aquella paga
que a tal ingratitud podía deberse:
no halla cosa en qué se satisfaga,
el estarse le cansa, y el moverse,
deshácese entre sí como quien prueba
con libre corazón cosa tan nueva.
Con extraña atención al agua mira,
ni descansa en miralla ni en no vella,
ya deja de mirar y se retira,
ya vuelve sin saber partirse della.
Por quien mil sospiraron ya sospira,
quien querellas causó ya se querella,
y ya tiene los ojos de agua llenos
quien tanta derramó de los ajenos.
Mas tanta de los suyos ya llovía,
que remueve y enturbia el agua clara,
y esto la amada vista le impedía,
que siendo suya le costó tan cara.
Recélase que al valle se saldría,
parte a seguilla, y en partiendo para,
y en parando se vuelve a mirar luego
y a encender en el agua el mesmo fuego.
De nuevo se está atónito, admirado
de todo aquello en que él es admirable,
y ya el mirar le tiene en un estado
que es sobre la miseria miserable.
Y el que padece es mal tan desusado,
que por la novedad es incurable,
pues mira en sí lo mesmo por que muere
y, viéndose morir, mirarlo quiere.
Mas su mirar no entiende que es mirarse,
ni que este su querer era quererse,
ni que su desear es desearse,
ni su no conocer desconocerse:
extraño mal que a sí le dañe amarse,
que venga a ser provecho aborrecerse,
y convenga ser dél su propia vida,
antes que tan amada, aborrecida.
Ya va creciendo el agua que corría
con la que de sus ojos él derrama,
ni de comer se acuerda en todo el día,
ni hay para él noche, ni reposo o cama.
No cesa un punto su mortal porfía,
habla, gime, sospira, llora y llama,
turba la fuente con su llanto crudo,
no ve su sombra, y queda ciego y mudo.
No hay remedio ni cosa que sea parte
para consuelo de pasión tan nueva,
ni hambre o sueño que de allí le aparte,
ni otra razón o fuerza que le mueva.
Busca, tienta, procura, usando de arte,
y, en fin, ya la experiencia y larga prueba
le descubren y muestran el engaño,
que así lo quiere Amor para más daño.
Descúbrese el engaño, y él entiende
lo que hasta aquel punto no ha entendido:
que él solo es el que daña y el que ofende,
y solo es el dañado y ofendido;
que él es el que arde y el que el fuego enciende,
el movedor de todo y el movido;
que el que desea es él, y el deseado;
y, en fin, que es el amante y el amado.
¡Oh, cuál fue su dolor y, cuál su llanto,
luego que entiende lo que no entendía,
que se aumentan en él y crecen cuanto
más imposible su esperanza vía!
A las aves del aire pone espanto
y las fieras del bosque enternecía,
los árboles que cerca de allí estaban
los ramos a sus quejas inclinaban.
Eco, la triste ninfa, aunque corrida
y con tan justas causas enojada,
puesto que de su queja no se olvida
ni della ya podrá ser olvidada,
condoliéndose dél en ver su vida
de tanto bien a tanto mal mudada,
todas las veces que quejar le oía
a su clamor y quejas respondía.
«¡Oh valle, oh selva, oh montes y llanura!»
dice en voz dolorosa el desdichado,
«pues tan durable vida os dio natura,
decí, en mil siglos que ya habéis pasado,
si vistes de tan nueva desventura
un corazón humano rodeado,
o fingirse un dolor cual es el mío,
con imaginación o desvarío.
Triste, que está conmigo el bien que quiero,
y dejarme, aunque quiera, no podría,
y por el mesmo bien que tengo muero,
que si no lo tuviese viviría.
Por sólo poseello desespero
de lo que, estando en otro, esperaría.
¡Oh crudo y fiero Amor, oh caso extraño,
que en tener lo que quiero esté mi daño!
Si no cesa el deseo ni es cumplido,
aunque se goce el bien que se desea,
no siendo el amante poseído
de suerte que en sí mesmo lo posea,
injustísimo Amor, ¿por qué has querido
que sólo en mí tan al contrario sea,
que en mí tenga mi bien, y con tenelle
muera entre el desealle y poseelle?
Contra toda razón a mí me hace
más pobre y miserable mi riqueza,
lo que el cielo en mí hizo me deshace,
pues sola me ha vencido mi belleza.
Aquel que, amando, en la que más le aplace
se queja de rigor y de aspereza,
¡oh cómo sé que se satisficiese,
si un hora de mi mal probar pudiese!
Procura el amador verse presente
y estar, si puede, de su bien cercano;
yo, teniéndole en mí, soy tan ausente,
que desde cien mil leguas lloro en vano.
¡Oh si del fiero mal que esta alma siente
estuviera el remedio en otra mano,
que en mano de la fiera más terrible
fuera dificultoso y no imposible!
¿A quién iré que pueda consolarme
si el consuelo y la queja está conmigo?
¿O quién diré que venga a remediarme
si yo soy mi remedio y me persigo?
Acabe mi dolor ya de acabarme,
satisfágase Amor en mi castigo,
pues tiene, para estar bien satisfecho,
tan poco por hacer y tanto hecho.
Tenga ya fin, pues otro bien no espera,
vida tan miserable y desdichada,
y muerte su venida no difiera
donde es tan convenible y deseada.
La causa de mi muerte no quisiera
que agora, como yo, fuera acabada,
mas si vivir conformes no podemos,
conformes a lomenos moriremos».
En este punto el amoroso fuego,
sobre la yerba donde echado estaba,
de arder y consumir acabó luego
el poco humor vital que le quedaba.
Muriendo dijo: «¡Oh miserable y ciego,
amado y amador!» Y replicaba
Eco con doloroso sentimiento:
«¡Oh amado y amador!», en triste acento.
Y luego aquellos ojos se cerraron,
que para verse por su mal se abrieron,
en pago de que a tantos no miraron,
ni aun sólo ser mirados consintieron.
Si lágrimas de muchos derramaron,
en lágrimas también se consumieron,
y con morir su pena aún no cesaba,
que allá en el agua Estigia se miraba.
De toda la comarca los pastores,
luego que el caso lamentable oyeron,
lloran la novedad de los amores
y del triste suceso que tuvieron.
Cruel llaman al cielo en mil clamores,
y a la natura, porque al mundo dieron
tan sobrenatural gracia y belleza,
para llevarla dél con tal presteza.
Todas las ninfas de aquel valle umbroso
a las tristes obsequias se juntaron,
que juntas quieren dar sepulcro honroso
al cuerpo muerto que ya vivo amaron.
Buscáronle, y fue caso milagroso
que allí no pareció ni le hallaron,
y a do murió una flor no vista vieron,
que todas por Narciso la tuvieron.
Por Narciso de todas fue tenida,
y Narciso de todas fue llamada,
la cual de blancas hojas es ceñida
al derredor y, en medio, colorada.
La dolorosa muerte fue plañida
y con tristes endechas lamentada.
Eco, desde la cueva a do se esconde,
al triste llanto, no sin él, responde.
Así acabó el soberbio y desdeñoso,
el rebelde de Amor, ingrato y fiero,
cuyo suceso, aunque es tan espantoso,
ya pudo, y aún podrá, ser verdadero:
porque al Amor lo más dificultoso,
y lo más increíble, es muy ligero;
y así, toda cruel o ingrata espere
sentirlo cuando menos lo creyere.
Y si nunca a mujer jamás fue dada,
por gran ingratitud, pena tan fuerte,
¿quién sabe para cuál tiene guardada
por ventura el Amor la mesma suerte?
Viva la que es discreta recatada,
que pues hubo en el agua fuego y muerte,
más cercano peligro, y más presente,
hay siempre en el espejo que en la fuente.
Elegía a una partida
Si el dolor de la muerte es tan crecido
que pueda compararse al que yo siento,
duélase el que nació de ser nacido.
Mas nunca pudo muerte al más contento
parecerle jamás tan cruda y fiera,
que iguale a mi dolor su sentimiento.
Muerte puede hacer que el cuerpo muera,
mas, cuando el amador de su bien parte,
el alma se divide, que era entera.
Antes la más perfeta y mejor parte
es la que en el poder ajeno queda,
que con su propia mano Amor la parte.
Pues ved cómo de vos partirme pueda,
que sois parte mayor del alma mía,
sin que el dolor al del morir preceda.
Ya se me representa el triste día
tan lleno de tiniebla, horror y espanto,
cuan ajeno de luz y de alegría.
Y pues de agora se comienza el llanto,
ved qué será en efeto la partida,
si sólo el esperalla duele tanto.
Será gran bien en pena tan crecida
que, pues partiendo de mi bien me alejo,
antes que parta el pie parta la vida.
Mas el injusto Amor, de quien me quejo,
permite, para daño más notable,
que deje, sin morir, el bien que dejo.
¡Oh fortuna enviDiosa y variable,
que apenas vi mi bien ya desparece,
tanto te precias de tu ser mudable!
Aún bien no amaneció cuando anochece,
que en el bien que he tenido ser primero
su fin que su principio me parece.
Mas mi sustentamiento verdadero,
partiéndome de vos, por quien vivía,
es la esperanza de volver do espero.
Ni aunque me vaya donde nace el día
tendrá el sol rayo tan resplandeciente
que alumbre en su tiniebla el alma mía.
Otra alba han menester, otro orïente
mis ojos, que sin vos hallan escuro
del cielo el resplandor más excelente.
Y el bien que más deseo y más procuro
casi me ofende, que es dejarme veros,
visto a lo que partiendo me aventuro.
Y amenázame Amor con el perderos,
aunque mi corazón no lo consiente,
que desto se asegura con quereros.
Pero, señora, quien os ve presente
¿qué corazón tendrá para acordarse
que de esos ojos se ha de ver ausente,
y para ver la triste hora llegarse
en que los míos hayan de partirse
del bien de que no saben apartarse?
Si la pasión que desto ha de sentirse
es cierto que ha de ser conforme al daño,
harto se manifiesta sin decirse.
No digo la que siento en el engaño
de ser mi voluntad desconocida,
que éste es otro dolor nuevo y extraño:
ver que cosa de vos va tan sabida
no queráis por su nombre confesalla
por no la agradecer siendo creída;
que, aunque jamás yo supe declaralla,
sé que de vos por un igual se entiende
esto que digo y lo que el alma calla.
Mas lo que en mi partida ella pretende
y, en pago de su fe, por ella os pido,
si el pedillo, señora, no os ofende,
es sólo que a un querer tan conocido
le deis su nombre, y que no sea pagado
el jamás olvidaros con olvido,
ni con ese descuido mi cuidado.
Pareciéndome flores los abrojos
Pareciéndome flores los abrojos,
teniendo por atajo un gran rodeo,
corrí tras la esperanza y el deseo,
dejada la razón por los antojos;
mas la miseria humana y sus enojos
me mostraron en fin mi devaneo
de suerte que, no viendo, ahora veo,
que, yendo a despeñarme, abrí los ojos.
Desde entonces quedé considerando
de cuán débil materia era el cimiento
donde fundé mil pensamientos vanos;
y esfuerza mi flaqueza, procurando
seguir con obras al entendimiento,
mas, señor don Martín, somos humanos.
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