Poemas de José Joaquín de Mora

Poemas de José Joaquín de Mora

Poemas de José Joaquín de Mora, el errante caballero de las letras, tejió su destino entre la pasión liberal y el exilio melancólico. Su pluma, vibrante y audaz, desafió tiranías para sembrar luces en suelo americano.

Poeta de espíritu indomable, fundió la razón ilustrada con el fuego romántico, dejando un rastro de versos y leyes. Fue, en esencia, el eterno soñador que convirtió la palabra en patria y la libertad en su única musa.

Acta de una sesión

Cotorreando en mórbidos sillones,

diez leguleyos de cerebro vano,

acerca de si Ticio es ciudadano,

ensartaron horrendas sinrazones.

 

Seco el jugo vital de los pulmones,

y agotado el idioma chabacano,

estas palabras dirigió un hermano,

a todos los demás santos varones:

 

Padres conscriptos, que el profano sea

civil o ciudadano, es una idea

que acaso pueda interesar a otros.

 

Yo en tan grave cuestión ni entro ni salgo

lo que importa saber es, si ese hidalgo

es tan grave animal como nosotros.

 

Díjome Fabio que en el monte Hibleo

Díjome Fabio que en el monte Hibleo

nacen como carneros las perdices,

y que Dido llevaba en las narices,

como gafas, montado un rey pigmeo.

 

Que casada Cenobia con Orfeo,

después de muchos cuentos y deslices,

estudiaron en Londres de aprendices,

y a todo respondí: Fabio, lo creo.

 

Que hay un mono en Berlín que con el rabo

sabe escribir en la pared su nombre,

y con grande primor saca una muela.

 

Dije, Fabio, lo creo: Mas al cabo

me contó que Damón era un gran hombre,

y entonces dijo: Fabio eso no cuela.

 

El tachonado y puro firmamento

El tachonado y puro firmamento

con todas sus lumbreras inmortales,

esa luz que nos vierte sus raudales,

más sutil, más veloz que el pensamiento.

 

El misterioso y grave movimiento

de sus revoluciones desiguales,

¡qué de goces intensos, celestiales,

no dan al atrevido entendimiento!

 

¡Y está serena el alma, y no palpita

rápido el corazón! ¡Ni estalla el labio,

cediendo al entusiasmo que lo agita!

 

Hombre, suelta el compás y el astrolabio;

mentido es tu saber, siente y medita:

quien más medita y siente es el más sabio.

 

Álzase Marco Tulio de su asiento

Álzase Marco Tulio de su asiento

con grave pompa y majestad divina;

tiembla de espanto y rabia Catilina,

inmóvil el Senado escucha atento.

 

Brota el raudal sonoro y al momento

sálvase Roma de fatal ruina,

el pueblo al Cónsul la cerviz inclina,

y padre clama en jubiloso acento.

 

Ahora si me preguntas en qué autores

adquirió Cicerón el privilegio

de arrancar tan magníficos honores,

 

yo ye responderé, que ese hombre egregio,

modelo de abogados y oradores,

ni estudió a Vinio, ni pisó el colegio.

 

Imitación de Lord Byron

Luzbel creyó que el orbe de la tierra

su personal esmero requería;

sube y observa la demencia impía

que arma a los hombres en nefanda guerra.

 

Sangre a ríos inunda valle y sierra;

roba el cañón la claridad del día;

muere en los brazos de la madre pía

la prenda cara que su dicha encierra.

 

Y en tan atroz desorden y locura,

al homicida, al robador exalta

gloria falaz, con alabanza impura.

 

Luzbel de un brinco al horno averno salta;

«nuestra victoria (dice) está segura;

arriba, por ahora, no hago falta».

 

El estío

Hermosa fuente que al vecino río

sonora envías tu cristal undoso,

y tu blanda, cual sueño venturoso,

yerba empapada en matinal rocío.

 

Augusta soledad del bosque umbrío

que da y protege el álamo frondoso,

amparad de verano riguroso

al inocente y fiel rebaño mío.

 

Que ya el suelo feraz de la campiña

selló julio con planta abrasadora

y su verdura a marchitar empieza;

 

y alegre ve la pámpanos aviña

en sus venas la savia bienhechora,

nuncio feliz de la otoñal riqueza.

 

El tiempo y la amistad

Al Tiempo dijo Amistad:

hazme un lugarcito, hermano.

Alargándole la mano,

el Tiempo responde: entrad.

 

Al Dios ciego dije, no;

porque fijarlo no sé.

A vos digo, sí; porque

duráis tanto como yo.

 

Convite para ir al campo

Lisi ¿por qué no bajas a la aldea?

¿Qué hechizo tiene el tráfago anheloso

de la ciudad potente

para el alma inocente?

 

¿Por qué condenas al pesado yugo,

y a la escena de míseras pasiones,

y de acechanzas viles

tus años juveniles?

 

¿Por qué sumir en ese abismo oscuro

de rumoroso aturdimiento al alma,

para gozar nacida,

y en hierros oprimida?

 

¿Puede aspirar, en la pesada niebla

que a la opulencia y al poder circunda

los perfumes del aura

que sus fuerzas restaura?

 

¿Ni de Natura el cándido lenguaje

oír entre la turba vagarosa

que al audaz que la guía

ciega y dócil se fía?

 

¿Ni conservar el natural instinto

que a la virtud y a la bondad la lleva,

do verdad se estremece,

y tímida enmudece?

 

Ven, Lisi, al campo, ven; del almo cielo

la inmensidad verás, no interrumpida

por altos torreones

de lóbregas prisiones.

 

Y el blando césped hollarás, cubierto

de rocío oloroso, no teñido

con sangre del humano,

que vertiera su hermano.

 

Ecos oirás confusos de balidos

y lejanos cencerros, y de arroyos;

y el viento que murmura

por la verde espesura.

 

Gratos muy más que el atambor guerrero,

y que el himno sacrílego que entona

al Dios del universo,

hipócrita perverso.

 

Mansión de holgura y perenal deleite

los campos son. En ellos sin estorbo,

la libertad divina,

triunfa, goza y domina.

 

A la flor

Flor modesta y delicada,

que ocultas tus hojas leves

y sencillas,

cual huyendo la mirada

de peligrosas y aleves

avecillas;

flor, consuelo del ausente,

que nunca adornas la frente

de los Cides,

sino el seno de las damas,

dime, flor, ¿cómo te llamas?

No me olvides.

 

Flor, que al cariñoso seno

recuerdas el dulce amigo

desgraciado,

mientras gime en suelo ajeno,

viéndose del patrio abrigo

desechado;

flor, que tímida consumes

los delicados perfumes

que despides

entre las selvosas ramas,

dime, flor, ¿cómo te llamas?

No me olvides.

 

Flor, recuerdo misterioso

de esperanza lisonjera

malograda;

con cuyo aspecto gracioso

torna la dicha que fuera

ya pasada;

y tornan llorados bienes,

risas, amores, desdenes,

blandas lides,

cenizas de antiguas llamas,

dime, flor, ¿cómo te llamas?

No me olvides.

 

Sátira

Sempronio, no te canses. Hombre lego

sólo sirve a dar vueltas a una noria,

o a llevar en los hombros un talego.

A los sabios se debe fama y gloria,

lumbreras de los cursos y las aulas,

ornamentos del templo de memoria.

Es verdad que se ocultan muchas maulas

bajo el nombre de sabios, y que algunos

no merecen mucetas, sino jaulas.

Declamadores necios e importunos

que atribuyen el ergo y el sorites

al siglo de los godos y los hunos.

Y más azucarados que confites,

ostentan lo sutil de su cerebro

en fondas, en tertulias y convites.

A éstos, por vida mía, no celebro:

verlos quiero más bien arrebatados

por las aguas del Tajo o las del Ebro.

Aquellos profesores, enseñados

a manejar volúmenes en folio,

de cuestiones sutiles atestados,

son los que ocupan del saber el solio,

y es justo que su nombre se repita

del barrio del Perchel al Capitolio.

No es verdad que murieron, como grita

el tropel de pedantes disoluto

que la extranjera jerigonza imita.

Hablen sino las aulas de Compluto,

do retumba el sonoro Epicherema,

dando a las ciencias abundoso fruto.

Viven y beben: sus furores tema

la química con todo su aparato,

la física con todo su sistema.

Vive y triunfa el sublime peripato;

la forma silogística prospera,

ni hay fuerza que detenga su conato.

Vuelve a ser frecuentada la carrera

en que la sabatina y el certamen

ganaron una fama duradera.

Siguen los ejercicios y el examen,

lo mismo que en los siglos doce y trece:

item más, el refresco y el vejamen.

Aquel latín que en nada se parece

al de Marón, de nuevo predomina

adonde el claustro y gremio resplandece.

En bayetas se envuelve la doctrina:

la lengua de Castilla no se aprende,

que no parece de la ciencia digna.

En diez años de cursos (bien se entiende,

contando la mitad de vacaciones)

el círculo de estudios se comprende.

Así se forman ínclitos varones,

de que la patria saca tanto jugo

en las más apuradas ocasiones.

Muchos pretenden sacudir el yugo

de esta noble enseñanza, y atrevidos

al más grave doctor llama Tarugo.

Y los verás triunfar envanecidos

con párrafos vacíos y pomposos,

en folletos de extranjis aprendidos.

¿Quieres dejarlos mudos y penosos?

Háblales de la esencia y la existencia,

de los predicamentos ingeniosos.

Diles que te definan la potencia,

y el ente de razón, y que combatan

el formidable: nulla est consequencia.

Si en Súmulas discurren, disparatan;

en el secundum quid, no saben jota,

y por eso a Goudin ciegos maltratan.

Lo que a estos calaveras alborota,

es una ciencia nueva y peregrina

en que la moda de innovar se agota.

Ideología es su nombre, y de la China

vino sin duda tan extraño invento,

de que no hablaron Gómez ni Molina.

Con solo la ideología, en un momento

te explicarán la cosa más oscura.

Vaya, que la ideología es un portento.

¡Pues qué es ver a un muchacho criatura

hacer anatomía del lenguaje,

y responder con la-mayor frescura!

¡Oh de la ciencia vergonzoso ultraje!

¡Qué ya no es monopolio la doctrina,

y no distingue dignidad ni traje!

Mientras un mozalbete se reclina

sobre el muelle sofá, mientras devora

una pierna de pavo en jaletina,

demostrará que es ciencia embaucadora,

la que en los pergaminos abultados

de tanta biblioteca se atesora.

Hablará de los hombres ilustrados,

contará del oxígeno primores,

y dejará a los necios embobados.

Dirá que hay machos y hembras en las flores,

y probará (repara que simpleza)

que es la luz la que forma los colores.

Sus palabrotas son: naturaleza,

germen, vitalidad, desarrollo;

tipo, organismo, formas y belleza.

Hará ver lo sutil de su meollo

abriéndole a una rata una cisura,

o asesinando a un miserable pollo;

y con un trozo viejo de herradura

temblarán los sangrientos intestinos:

galvanismo se llama esta diablura.

Si de estos miserables desatinos

pasas a cosas de mayor esfera,

verás como desbarran los mezquinos.

Ya la jurisprudencia no es carrera

digna de presidir los tribunales:

es la legislación la que prospera.

Las Pandectas son libros mazorrales:

usucapion, tenuta, lenocinio,

no es idioma de gentes racionales.

Vaya a tomar el fresco Arnoldo Vinio:

para hilvanar en culto un pedimento,

no habemos menester su patrocinio.

Sobrado enardecido ya me siento,

no quiero tomar un tabardillo

por fruslerías que se lleva el viento.

Empero tú, Sempronio, hombre sencillo,

en tantas engañifas no te cebes,

ni te deslumbre su aparente brillo.

En latín, el latín aprender debes:

estudia bien las Súmulas. ¡Dichoso

si en fuentes puras sus raudales bebes!

Este camino es blando y provechoso:

síguelo dócil; ríete del necio

que pierde su salud y su reposo

por conseguir universal aprecio.

 

La puerta de la choza

De mi choza a la puerta recostado,

lejos de la ciudad y su ruido,

te dirijo estos versos, Delio amado:

que tu recuerdo, precio más subido

pone a la holgura y perenal contento,

do yazgo hace dos meses sumergido.

Solo, libre, sin otro pensamiento

que vivir y gozar; sordo a pesares,

y de ambición y de codicia exento.

Sombrean mi mansión verdes pinares,

de olmos interrumpidos y maleza

que abrigan ruiseñores a millares.

Y allí su virginal, pura belleza,

sin afectado esmero ni artificio,

luce en toda estación naturaleza.

Ante el modesto, frágil edificio,

se juntan los muchachos de la aldea

que aún no contaminó pasión ni vicio.

Turba ruidosa que el jugar recrea,

y a quien da la inocencia más ventura,

que al grande el esplendor que lo rodea.

Yo contemplo sus gracias, y la holgura

de sus triscas alegres, envidiando

su robustez, su fuerza, su soltura.

Con gacha oreja y rostro venerando,

la bestia amiga del jovial Sileno

la espalda presta, dócil a su mando.

Símil de la nación que al yugo ajeno

sin murmurar se dobla, y muy sumisa

lo sufre aun sin tener el pancho lleno.

Mis ojos no ven más que blanda risa,

calma y serenidad; florida grama.

Mi pie, no alfombras orientales, pisa.

Y ella me sirve de mullida cama

mientras el Sol en la callada siesta

las altas cumbres del cenit inflama.

¡Oh cuán dichosa y dulce vida es ésta!

¡Cuán segura del tiro malicioso

que infatigable la calumnia asesta!

¡Cuán profundo es el sueño! ¡Cuán sabroso

manjar que no transforma diestro artista,

y que no envidia parásito ansioso!

Ni fraile, ni doctor, ni oficinista

ni hidalgo, ni soplón, ni novelero,

mi quietud interrumpen con su vista.

Ni al malvado que puso en candelero

algún bondoso protector Juan Lanas,

con forzada humildad quito el sombrero.

Ni en mis oídos zumban las campanas,

que anunciando al mortal fiestas divinas,

le revelan también miras profanas.

Ni tengo que asistir a sabatinas,

para escuchar imbéciles doctores

en frases disputar turco-latinas.

Fueron de mi niñez perseguidores

estas sociales pestes, y hoy respiro

lejos de tanto cúmulo de errores.

De la creación el insondable giro,

y el perenal concierto que lo mueve,

desde la puerta de mi choza admiro.

Con prestas alas el ingenio leve

tal vez osa subir a tanta altura,

y sus prodigios a cantar se atreve.

Y en la apacible soledad oscura

no temo que el pedante satirice

de mis versos la fácil estructura.

Quien en las aulas trabajó infelice

de duras reglas bajo el torpe yugo,

mis audaces conceptos martirice.

Por la corteza menosprecie el jugo,

menosprecie el sentido por las voces,

que así a Renjifo y a Cascales plugo.

El genio va con pasos más veloces

de la inmortalidad a la alta cumbre,

donde se anega en inefables goces.

Mas ya del cielo la argentada lumbre

del lejano horizonte se retira,

sin dar al hombre recto pesadumbre.

Del estivo calor libre respira

Naturaleza, y en silencio goza.

Tiempo es, oh Delio, de colgar la lira,

y de cerrar la puerta de la choza.

 

Amor

¿No dicen que es bien amar,

y que no amar es error?

Quien lo quiera averiguar

que se venga a mi lugar:

y sabrá lo que es amor.

 

Que en mi lugar no hay pastor

que no tenga su pesar:

el verlos causa dolor,

y si vais a averiguar

qué tienen dirán: amor.

 

Ya no se les ve bailar

al caramillo y tambor,

ni, cual antes, al hogar,

reír, beber y triscar,

sin acordarse de amor.

 

Que no hay más que sinsabor,

y gemir, y sollozar,

y reyertas, y furor,

y tristeza en mi lugar,

desde que en él reina amor.

 

Predominio singular

ejerce allí, cual señor,

Amor; ni se puede hallar,

quien no muera por amar,

y quien no viva de amor.

 

Y yo, que alegre cantor

siempre he sido del lugar,

tan otro tengo el humor,

que cuando voy a cantar,

sólo sé cantar de amor.

 

Don Mendo y Don Hernando

¿Cómo ha ganado Don Mendo

tal fama de hombre de honor,

que no hay en Madrid señor

que no lo estime?- Mintiendo.

¿Cómo pudo Don Hernando

dar a luz, malos o buenos,

diez volúmenes, al menos,

en cuarto mayor?- Copiando.

 

El gato legista

Primer año de leyes estudiaba

Micisuf, y aspiraba

con todos sus conatos

a ser el Cisalpino de los gatos.

Examinando acaso las Partidas,

halló aquellas palabras tan sabidas;

 

«Judgador non semeye á las garduñas,

ca manso et non de garras es su oficio;

et faga el sacrificio

de cortarse las uñas.»

¡Las uñas! dijo el gato, bueno es esto;

qué hace sin uñas un curial, ignoro.

¿No vemos que en el foro

trabajan más las uñas que el Digesto?

 

Consejos en la enemistad

Lanza, amigo, del seno exasperado

la rencorosa agitación que altera

su antigua y apacible mansedumbre.

¿No te duele pasar en tal estado,

sin reposo, infeliz, la noche entera,

y ves la clara lumbre,

que anuncia gozo y paz a los mortales

con ojos que humedece

mortífera pasión? ¿No se estremece,

ceñido en pensamientos infernales,

tu corazón, donde abrigar solía

su aliento generoso,

virtud celeste y pía,

antes que, del averno tormentoso,

la discordia saliera encarnizada

y exhalase ponzoña en tu morada?

 

Provocola en su ayuda

maligno amor, riendo, y la sañuda

proterva virgen, trémula de gozo,

jamás harta de llanto y de destrozo,

con que los reinos afligidos puebla,

rompiendo la espesísima tiniebla

que su caverna lóbrega circunda,

la cabeza fecunda

en horrorosos crímenes agita,

y tu temprana perdición medita.

Diestra en maldades susurró primero

leve inquietud, cual presto vientecillo

que del tranquilo mar empana el brillo,

para anunciar del bóreas altanero

el rugir furibundo.

después, en lo profundo

de la mente, labró torpe apetito

de recriminación y de venganza.

Con inicua esperanza

de bárbaro delito

lisonjeó tu mente, y satisfecha

viendo rota y deshecha

la inocencia en el alma, te abandona

rugiendo, a la impaciencia y el delirio.

¿Quien calmará el martirio

que te consume? Escucha y reflexiona.

¿Vences acaso al hombre que te ofende

cediendo a tu rencor? ¿No reconoces

su triunfo sobre ti? ¿De él no depende

que penes o que goces,

que el desvelo te agite,

o que tu seno de furor palpite?

¿Sus miradas, sus gestos, sus palabras

no estudias, no examinas, no comentas?

Tú mismo, pues, el férreo yugo labras

en que iluso y perdido te atormentas.

¿Quieres vencerlo? Olvida

y olvida sin reserva;

que el cielo no conserva

la vacilante llama de la vida,

para que el soplo de pasión la apague.

Ley es de su bondad que se propague

cuanto a gozar nos mueve, y el instinto,

dentro a breve recinto,

la pena encierre y su vigor sofoque.

Quien el benigno documento huella,

con llanto y muerte su destino sella.

 

Deja que alucinada se desboque

por la senda del mal, la insana furia

de la ambición potente, rama espuria

de nuestro ser; que cautelosa afile

la traición su puñal; que el ansia ciega

de oro letal, los pueblos aniquile,

cual torrente que anega

crecidos bosques y elevados muros:

deja que exhale en hálitos impuros

la calumnia, torrentes de injusticia;

que la torpe codicia,

con la sangre inocente

sañuda se alimente.

¿Quieres precipitarte en ese abismo

de crímenes y males,

que oprime y emponzoña a los mortales?

 

Alívialos y empieza por ti mismo.

Tu seno abre al amor, y de él arroja

la envidia que lo hiela y lo despoja

de candoroso afecto;

la envidia, a cuyo aspecto

pálida y fría, la virtud desmaya.

Respira erguido con holgura; explaya

tu mirada indecisa

por la creación. Con plácida sonrisa

sus prodigios saluda.

Ora amenace lóbrega y sañuda

borrasca altiva, y ora

serena anuncie júbilo la aurora.

Busca al hombre infeliz, y en él derrama

el bálsamo suave del consuelo,

y el abatido espíritu le inflama

con plática bondosa;

y si entonces al cielo

diriges la mirada afectuosa,

verterá sobre ti puros raudales

de goces inmortales.

De entonces, nuevo brío

sentirás en el alma, cual viola

tímida y mustia, eleva la corola

si la restaura matinal rocío.

Vigor extraño sentirás, que impela

tus pasos por la senda abandonada

de la virtud, y esa visión malvada

que el seno martiriza y desconsuela,

será como horrorosa perspectiva,

que escollo activo al navegante ofrece,

y rauda desparece

luego que toca la anhelada rica.

 

Himno del judío en la adversidad

Cuando Israel salía

del cautiverio que sufrió humillado,

el Señor dirigía

al pueblo bienamado,

de llama, y humo, y esplendor bañado.

 

Y de día se alzaba

como gigante el día nebuloso;

y de noche doraba

su fulgor glorioso

el desierto callado y arenoso.

 

Y el pontífice santo,

y el guerrero, y la virgen, y el levita,

con armonioso canto,

loaban la infinita

bondad del Padre que en el Cielo habita.

 

No admira el gran portento,

cual en era pasada el enemigo;

que libre de tormento,

camina sin testigo

el pueblo de quien fuera Dios amigo.

 

Mas ora, aquí presente,

Dios de eterna bondad, aunque invisible,

tu blando influjo siente

el ánima apacible,

solaz vertiendo y júbilo indecible.

 

Y aunque silva tremendo

presagio de huracán, y velo oscuro

va los aires cubriendo,

cual en sólido muro,

el inocente en ti vive seguro.

 

De Babel en los ríos

nuestras arpas dejamos, y suspenso

tu loor. Los impíos

triunfan ya, que el incienso

no humea en tus altares, Dios inmenso.

 

Empero tú desprecias

carne de oveja y sangre de cabrito,

y el homenaje precias

del ánimo contrito;

y mucho más la caridad que el rito.

 

La caza

De la torre

de Segura

sale y corre

con premura

muy festiva

fiera y viva

tropa activa

de aventura.

 

Son hidalgos,

y escuderos

con sus galgos,

y troteros,

con sus pajes,

y equipajes,

ricos trajes

y monteros.

 

Los barones

con capuces,

y espontones

y arcabuces,

van ligeros,

caballeros

en troteros

andaluces.

 

Van corambres

atestadas

de fiambres

y empanadas;

van pichones

y jamones,

provisiones

delicadas.

 

Ya la trompa

los inflama.

¡Con qué pompa

se derrama

la cuadrilla

sin mancilla!

No más brilla

febea llama.

 

Descubriendo

res segura,

van ciñendo

la espesura;

y al retrete

do se mete,

ya el jinete

se apresura.

 

Y un venado

corpulento,

bien chapado,

nada lento,

se abalanza

sin tardanza,

y se lanza

como el viento.

 

Por los cerros

escarpados,

van los perros

fatigados.

Los más fíeles

son lebreles,

en tropeles

afanados.

 

Mide el suelo

Blas Reinoso,

rapazuelo

bullicioso.

Le hizo daño

su castaño,

que es huraño

receloso.

 

Luego tumba

Cosme Hermida.

¡Cuál retumba

su caída!

Y él se para,

¡suerte avara!

con la cara

mal herida.

 

Las costillas

de Alvarado

en astillas

han quedado.

De una breña

se despeña

Gil de Peña,

descrismado.

 

Ya los canes

más no pueden,

y haraganes

retroceden:

no hay silbidos,

ni alaridos.

¡Qué abatidos

los que ceden!

 

De la bestia

perseguida,

la molestia

concluida,

diz: ¡qué alarde!

Dios los guarde,

fue la tarde

divertida.

 

El desterrado

En abandono sumido

mis pesares entretengo

con este refrán sentido:

Tuve hogar y lo he perdido,

tuve patria y no la tengo.

 

Miro en redor y no encuentro

quien me halague y me sonría:

vivo fuera de mi centro,

y el alma me dice adentro

que esta no es la patria mía.

 

Al bosque voy aburrido,

y cuando del bosque vengo

canto mi refrán sabido:

Tuve hogar y lo he perdido,

tuve patria y no la tengo.

 

Con tenacidad extraña

me aqueja esta pesadumbre;

y la ilusión no me engaña,

que en desventura tamaña

no hace mella la costumbre.

 

Meditando en lo que he sido,

mi triste vida mantengo,

y nunca esta letra olvido:

Tuve hogar y lo he perdido,

tuve patria y no la tengo.

 

El infortunio

Cuando de la ventura

tanto al humano el soplo favorece,

que en su letal dulzura,

sin cuita se adormece,

y en ilusiones plácidas se mece;

 

entonces se levanta

el infortunio, cual ladrón que acecha,

con silenciosa planta,

y el letargo aprovecha,

y fuertes nudos enredor estrecha.

 

Y ya desembargada

de la dañosa pérfida mentira,

el ánima atristada,

los nuevos hierros mira,

y a destrozarlos con furor aspira.

 

Mas vario es su combate,

que no hay potencia humana tan forzuda,

que aquel yugo desate,

ni ha de haber quien acuda,

ni del tejido aleve lo sacuda.

 

Cual se desgaja y quiebra

la gigantesca roca de do pende,

y a la móvil culebra

en su fuga sorprende,

y en puntas asperísimas la prende;

 

y al agudo tormento,

la mísera se vuelve, se alza, gira,

y el pintado ornamento

con nuevo esfuerzo estira,

y cien veces se enrosca, y luego espira;

 

así la envanecida

mente del hombre, al infortunio cede

tras lucha empedernida,

que sus fuerzas excede,

y en que sólo rendirse humilde puede.

 

Y al espíritu manso,

que en celestial contemplación se emplea,

jamás turba el descanso

la bárbara pelea,

mas en los infortunios se recrea,

 

viendo que, terminado

su tránsito en el reino del delito,

subirá coronado,

al alcázar bendito,

donde fijó su gloria el Infinito.

 

Recuerdos

What fairies haunt this ground!                

                            Shakespeare.      

Cerca de los repechos,

a cuya sombra Bornos

alza sus pardos techos,

ensancha sus contornos

el claro Guadalete,

cuya margen sombría,

fue de la infancia mía

sosegado retrete.

 

La adelfa y el suspiro,

y el mirto y el taraje,

cubren su ameno giro,

como nupcial ropaje:

mientras la vid enreda

sus colgantes vistosos,

en los ramos pomposos

de la inculta alameda.

 

Más lejos, altos riscos

se elevan como muros,

que adornan los lentiscos

con sus ramos oscuros.

De entonces escasean

los risueños adornos

que del modesto Bornos

la mansión hermosean.

 

Barreras eminentes,

con aspecto sombrío,

sujetan las corrientes

del celebrado río:

no ya verde follaje

cubre el árido giro;

ni adelfa ni suspiro,

ni mirto ni taraje.

 

Sino la aguda laja,

y la guija escabrosa,

por do rugiendo baja

la lluvia tormentosa,

y el desgajado risco

de la nativa piedra,

que cubre escasa yedra,

cual añoso obelisco.

 

Domina estas regiones

Arcos de la Frontera,

con altos torreones

do tremoló guerrera

la osada media-luna,

cuando al brío esforzado

del árabe tostado

sonrió la fortuna.

 

Allí pasó mi infancia,

ceñida de altos dones,

en feliz ignorancia

de sangrientas pasiones.

La maternal terneza

abrió allí a mis miradas

las páginas sagradas

de la naturaleza.

 

Y este tierno recuerdo

postra al alma afligida,

ora que inútil pierdo

el raudal de la vida

lejos del Guadalete,

cuya margen sombría

fue de la infancia mía

sosegado retrete.

 

La muerte del impío

¿Qué espera el que ultrajando

la ley que lleva en la razón escrita,

con designio nefando,

Por la senda maldita,

desbocado en su error se precipita?

 

¿Puede el protervo halago

de la suerte, cubrir de aleves rosas

el funeral estrago

que hicieron sanguinosas

sus manos contra el justo poderosas?

 

Y la nube de incienso

que ante su trono quema la falsía

¿acallará el intenso

dolor que noche y día

la calma turba a la conciencia impía?

 

Dóciles a su acento

llegarán los placeres, y afanosos,

suave aturdimiento

deleites amorosos,

verterán en banquetes abundosos.

 

De sus pérfidos lazos

víctima infausta la doncella pura,

pierde en sus torpes brazos

la flor de la hermosura,

tornando su solaz en desventura.

 

Mas ¡ah! que fría y lenta

la dolencia mortífera aletarga

su vigor, y atormenta

con turbación amarga

su recuerdo, y la voz hiela y embarga.

 

Y entonces el sendero

que le ofreciera sonriendo el vicio,

desgarrado el ligero

velo de hado propicio,

es a sus ojos hondo precipicio.

 

De donde se levanta

grito amenazador del que oprimiera

con orgullosa planta,

cuando en pompa altanera

creyó que el mundo su dominio fuera.

 

Volver quiere los ojos

que las visiones tétricas oprimen;

mas do quier los despojos

que fueran de su crimen

mira que ansiosos por venganza gimen.

 

Y el eco de venganza

a sus oídos retumbando llega;

la dulce confianza

su bálsamo le niega,

y en despecho sacrílego lo anega.

 

Feroce desvarío

su mente agita en el dolor extremo

con porvenir sombrío,

y del labio blasfemo

despide execración contra el Supremo.

 

En convulsión penosa

luchan sus miembros: su mirada gira

turbada, vagarosa;

del pecho se retira

calor vital, y maldiciendo espira.

 

A mi amigo don Felipe Pardo Lima…

Cual en callado bosque de repente

si el ruiseñor en la flexible rama

la leve garra fija, prontamente

la turba de los pájaros lo aclama,

y en cada cual emulación excita,

y en estímulo armónico se inflama;

tal mi callada inspiración se incita,

Pardo, desde el momento venturoso

de tu llegada, y nuevo son medita.

Lanzárame un impulso fragoroso

de la región poética, cual trueno

que del valle feliz turba el reposo.

Y aquel espacio cándido y sereno

donde en placer bañé la fantasía,

y en sensaciones plácidas el seno,

disipose veloz, y el albo día

tornose en sombra, cuyo peso grave

ciñera en opresión el alma mía.

Cual masa inerte en la ligera nave

crucé el tranquilo mar; sorda la mente

al habla de las musas tan suave.

Si bien al respirar el dulce ambiente

del Perú, sentí el pecho conmovido,

y más al lado de benigna gente,

empero, tú lo sabes, escondido

guarda el pensar el alma del poeta,

cual diamante de peñas revestido.

Y allí se oculta en la mansión secreta,

esquivando lanzar extraños sones

que no entiende quizás turba indiscreta.

Tu loor escuché… fuerza es perdones

la pueril vanidad; pensé al momento

ceñirme a ti con fuertes eslabones.

Cumpliose el voto, y amistoso acento

sonó en tu labio, y ya en vigor activo

se cambia el perezoso abatimiento.

Sale de su prisión, no ya cautivo,

el impulso vital: raudo circula

por las venas, ardor plácido y vivo.

En vano la razón lo disimula;

a la imaginación su vez no alcanza,

ni del genio los trámites calcula.

¿Por qué si la comprimen se abalanza

frenética a las auras; si la aguijan

inmóvil queda y tímida no avanza?

Por más que la atormenten y la aflijan,

ella ríe: si ríen, se entristece…

¿Quién hallará preceptos que la rijan?

Ora por largos días enmudece,

y en tarda frase de rastrera prosa

sus ímpetus osados envilece.

Mas súbito estallando rumorosa

la inspiración se anima y se dilata,

como al rayo solar la tierna rosa;

y sus tesoros rítmicos desata,

y en torrente continuo de armonía

la muchedumbre atónita arrebata.

¡Arcano celestial! ¡dulce poesía!

¡Solaz del alma noble! De la tierra

nunca desaparezca tu ambrosía.

Harta calamidad al mundo aterra,

hartos males derraman de consuno

codicia, desamor, engaño y guerra.

Sobradamente triunfan uno a uno

tan execrables monstruos, espantando

los orbes con estrépito importuno.

Y ya que seducido el necio bando

ante sus aras dobla la rodilla,

¿todos han de imitar el yerro infando?

Pueda libre quien huye tal mancilla

por el campo de aéreas ilusiones

soltar el vuelo al ánima sencilla.

Y combinar los agradables sones,

de modo que en simétrica medida

ablande los sencillos corazones.

Así las amarguras de la vida

en goce inocentísimo convierte

fuerza potente al genio sometida.

Tú, amigo, los mandatos de la suerte

cumple dócil, pues ella te señala

región alta, do el ánimo despierte.

Allí en dulce rimar el fuego exhala

que arde en tu pecho; los conceptos viste

con grave pompa y esplendente gala.

De la elegía la cadencia triste

ya hermoseaste un tiempo; y en la escena

lauro perene cultivar supiste.

Sigue luchando en tan ilustre arena.

Ora en lírica estrofa el entusiasmo

del corazón ardiente desenfrena;

o ya la admiración pinta y el pasmo

de la creación magnífica, o del vicio

hiere el poder con rígido sarcasmo.

Enlaza cauteloso el artificio

con el concepto; la razón y el gusto;

la atrevida ficción con el juicio.

Huye todo lector del vate adusto

en cuyo estilo es regla necesaria

que todo sea excelso, grande, augusto.

Naturaleza es bella porque es varia:

la sensación con que ora nos seduce

borra con otra sensación contraria.

No siempre el sol a nuestros ojos luce

también la niebla que tras él se extiende

a pensamientos gratos nos induce.

El vulgo de versistas no comprende

más que la ley severa de la moda,

y a efímeros aplausos sólo atiende.

A la opinión presente se acomoda,

siéndole igual que triunfe opinión griega,

turca, africana, escandinava o goda.

La dramática musa abraza ciega

línea uniforme de eternal fastidio,

que mis sentidos en sopor anega.

Aquellos tiempos francamente envidio

en que usaba el fingido personaje

ya el tono de Marón o ya el de Ovidio.

¿Vestirán por ventura igual ropaje

Agamenón y el Cid? Pues por lo mismo

no debe ser idéntico el lenguaje.

Mas hoy con pedantesco rigorismo

monótono romance nos aqueja,

copia infiel de ensalzado extranjerismo.

Sólo en romance Andrómaca se queja;

Orestes infeliz grita en romance,

y el romance también Dido maneja.

Y para mi consuela en tal percance,

me citas el francés Alejandrino,

que es forzoso seguir a todo trance.

Si es segura esta regla, no adivino

donde nos llevará paso entre paso

de imitadores el tropel mezquino.

Mandemos a Paris por un Parnaso

que allí no faltará sublime artista,

rico en ingenio y en moneda escaso.

¿No vienen el pintor y el tramoyista

de luengas tierras? Pues allá se encargue

también un Apolon que nos asista.

Bueno es que el genio hispano se aletargue,

y pues la traba clásica sacude,

que más áspero yugo lo recargue.

Con tal de que la escena no se mude,

y el telón sólo indique el entreacto,

no importa que bostece el patio y sude.

Lo primero en el día es ser exacto;

si faltan novedad y lozanía,

se suplen con la regla y con el tacto.

Celos, amor, persecución, falsía,

matrimonio, suicidio, paz y guerra,

todo ha de suceder dentro de un día.

Un día solo medio siglo encierra:

apriétese la historia en tal espacio

como en barril los higos de mi tierra.

No haya más que una sala en el palacio,

centro común de mil y mil sucesos,

que así, nos dicen, lo aconseja Horacio.

Charlen allí los libres y los presos;

allí enamore el héroe, allí se mate,

allí de la ira estallen los excesos.

Y cuando Ofelia, loca de remate,

enternezca al Briton con sus endechas,

burlémonos de tanto disparate.

Natura sus facciones contrahechas

debe ostentar: no es ella quien nos rige,

son las reglas artísticas estrechas.

Si se recrea el hombre o si se aflige,

ha de ser con las reglas en la mano;

traba a la inspiración la regla fije.

Perdona, amigo; rústico profano,

me burlo del rigor de la Academia;

¿ha de haber en las letras soberano?

Habrá quien llame mi opinión blasfemia;

¿y qué me importa, si un amigo sabio

con su opinión mi pobre esfuerzo premia?

Ante el iluso vulgo sello el labio.

Si lo escucho aplaudir un desatino,

sin pronunciar un solo acento, rabio.

Ya sé que nunca grabará el destino

mi nombre en jaspe: poco me interesa:

a lo presente mi ambición inclino.

Y pues goce poético embelesa

mi alma atrevida, quiero que a sus anchas

vague la musa rápida y traviesa.

Nunca la historia consagró en sus planchas

obra humana perfecta en todo punto.

Hasta en el Sol se han descubierto manchas.

La admiración se fija en el conjunto;

criticar pequeñeces es manía

de un censor bilioso Y cejijunto.

El autor inmortal de la Atalía,

¿no requiebra cien veces a Hermione

con la más parisién galantería?

Pues si es preciso que algo se perdone,

¿por qué un yugo severo a1 genio humilla?

Libre a su audaz impulso se abandone.

¿No has visto en el Alcázar de Sevilla

aquellos recortados arrayanes,

donde el acero más que el gusto brilla,

figurando ridículos jayanes,

pórticos nivelados y derechos,

a fuerza de violencias y de afanes?

Compara esos adornos contrahechos

con la grandeza y el aspecto noble

del bosque y su espesura y sus repechos;

donde con pompa altiva se alza el roble,

y el álamo desplega libremente

su tronco liso y su follaje doble.

Vaga no vista tímida corriente

protegida de bóveda frondosa

que impregna de perfumes el ambiente.

Y más allá la yedra caprichosa

con sus colgantes amistosos, viste

de áspero tejo la corteza añosa.

Allí se inclina al suelo el sauce triste,

y aquí rugosa agigantada peña

al desenfreno de huracán resiste.

¿Y el orgullo escolástico desdeña

la sublime lección con que natura

las sendas de lo hermoso nos enseña?

Censuramos la gótica estructura

del silogismo, en que la mente humana

encajonar su operación procura,

y en simetría rigorosa y vana

corta los pensamientos, y construye

inútil armazón, pueril, liviana.

Y cuando a la verdad se restituye

su derecho, la pobre fantasía

de la anchurosa atmósfera se excluye.

¿A quién tu corazón se entregaría?

¿A una hermosura tiesa, encotillada,

peinada con esmero y simetría;

o a robusta doncella, aunque tostada,

mórbida, esbelta, cuyas carnes duras

no atormentó jamás cinta apretada?

Cargáronme de argenteas bordaduras

allá en mi juventud; calzón estrecho

mortificó mis blandas coyunturas.

Chupa de raso esclavizó mi pecho,

y cuando me llevaban a visita,

decía mi mamá: niño, derecho.

¡Cuántas veces clamé: ropa maldita,

quiera el destino que Harpagón hebreo

en encendidas ascuas te derrita!

¡Cuántas y cuántas me llevó el deseo

a la holgura del campo, que no exige

casaca, ni espadín, ni contoneo!

Tal es el genio humano, que se aflige,

se encoje, se aturrulla, se amilana,

si áspero dogma sus labores rige.

En París admiré la pompa vana

del templo de las leyes, que fue cuna

de una nación presunta soberana.

Y vi a Constant subir a la tribuna

cargado del precioso manuscrito,

y relatar sus hojas una a una.

¡Qué pomposo, qué grave, qué erudito!

¡Qué armonía, qué gracia, qué cadencia!

Y el bordado uniforme ¡qué bonito!

De cuando en cuando airosa reverencia,

trago de l’eau sucrée , pañuelo fino,

luciendo peregrina transparencia.

¡Con cuanta urbanidad, con cuanto tino,

al fundador augusto de la Carta

hace ver que es más déspota que un chino!

Y mientras sus periodos ensarta,

la mayoría vota, y acribilla

a la pobre nación, de frases harta.

De Londres en la gótica capilla,

sin tantos embelecos recodos

el torpe abuso del poder se humilla.

Diez miembros, sans façon, roncan beodos

mas al rugido de León Britano,

ya observarás como despiertan todos.

Con el sombrero puesto y fusta en mano

Burdett al opresor audaz confunde,

aplaude sus esfuerzos el britano.

Grave terror al ministerio infunde;

triunfa la libertad, y el sacro fuego

por la agitada masa se difunde.

Que allí no es moda el patriotismo, o juego;

con los puños se explica, no con voces

medio impregnadas de latín o griego.

Marchamos empeñados y veloces

por el camino del saber; no hay duda:

ya no hay usos salvajes ni feroces.

De la generación antigua y ruda

huyeron los errores y prestigios.

El genio de las ciencias nos escuda.

Debemos al saber nobles prodigios;

mas de natura cándida, inocente,

me temo que no queden ni vestigios.

Cede lo original a lo esplendente;

ya no hay sinceridad, sino decoro,

y lo elegante es más que lo elocuente.

Desde que abrió la ciencia su tesoro

mezcláronse confusas sus doctrinas,

y el estiércol se junta con el oro.

Tierno garzón estudia las Ruinas;

lo que llaman moral en los folletos;

se explotan las pasiones cual las minas.

Los vicios y virtudes son objetos

del análisis, como el gas o el jugo

que encierra de natura los secretos.

A las leyes también se impone el yugo

de imitación servil. ¿Qué son mociones?

¿Qué es honorable? Lo que a Francia plugo.

La finanza se explica en clausulones

de oscura metafísica, y en tanto

se va el pueblo quedando sin calzones.

Todo derecho es ora sacrosanto:

soez canalla pide garantías

en ronco vocejón que causa espanto.

¿Quién es el que no tiene simpatías?

¿O quién osa tocar la eterna base

en que se apoyan sendas picardías?

Así se ligan en absurda frase

nuestros arlequinados pensamientos…

Quiera el buen gusto que esta moda pase.

¡Pues qué! ¿fueron acaso unos jumentos

nuestros antepasados cuyo idioma

nunca sirvió de organizar talentos?

Si ropa ajena algún desnudo toma,

preciso es que la arregle a su estatura,

como de Grecia se adornaba Roma.

¿Y no será pueril caricatura,

donde se parla lengua castellana,

que se confundan formas con hechuras?

En esto de suprema y soberana,

Blanco y otros dirán sus pareceres,

y disputen si quier hasta mañana.

Si las autoridades son poderes,

cada clase es una jerarquía,

si las obligaciones son deberes;

si a la regla llamamos teoría,

local al sitio, y propiedad al huerto,

¿quién entiende tan rara algarabía?

En deplorar tan craso desconcierto,

de tu paciencia sin piedad abuso.

Larga es esta misiva; ya lo advierto.

Siempre el lenguaje de amistad difuso

en redundancia estéril se dilata

fuera del linde que ha trazado el uso.

El cumplimiento a la franqueza mata;

la cortesía con charlar discreto

la mente ahoga, y su soltura innata.

Yo, cual vate andaluz, no la respeto:

si inspiración fugace me alborota,

dejo salir terceto tras terceto.

De pronto paro si el furor se agota,

cual padre Betis en la mar profunda,

que embravecida el suelo hercúleo azota,

termina su carrera vagabunda.

Poemas de José Joaquín de Mora

El ermitaño

¡Oh que vida placentera

la del humilde ermitaño

penitente!

Que ni la ambición lo altera,

ni aquel sinsabor extraño

del potente.

Ni interior desasosiego

que en enamorados fija

fiera lucha.

¡Oh cuán poco sabe el lego

las venturas que cobija

la capucha!

 

A sus santas oraciones,

se encomienda la viuda,

y la casada;

y él con pías bendiciones,

a la caterva saluda

prosternada.

¡Cuán humilde lo respeta!

¡Cuánto en devoción se exhala

quién lo escucha!

Y él, si la risa le aprieta,

con gran magestad se cala

la capucha.

 

Contentamiento mundano,

solaz, placer o deleite,

no lo incita.

Tan sólo pide a su hermano

limosna para el aceite

de la ermita.

Cada cual compadecido,

limosna le da sin pena,

poca o mucha,

y cuando el saco está henchido,

las dos mangas se rellena,

y la capucha.

 

Salud rebozan y holgura

sus mejillas, y alegría

sobrehumana.

Ni lo ahoga la amargura

de como pasar el día

de mañana.

Cuanto embucha le aprovecha;

y es, cierto, cosa que admira

cuanto embucha.

Y cuando en la paja se echa,

¡cuán gratos sueños le inspira

la capucha!

 

Al Jarama

Noble orilla del Jarama,

¡quien te viera,

cuando el sol su luz derrama,

por tu mansión placentera!

¡Cuándo tu corriente riega,

velada en pompa sencilla,

la ancha vega

de Castilla!

 

Blando raudal del Jarama,

¿quién te oyera

bajo la copuda rama

que te da sombra ligera?

Repasando en la memoria

cual pasmosa maravilla,

la alta gloria

de Castilla!

 

Nombre ilustre del Jarama,

¿quién pudiera

dar más bríos a la fama,

cuando tus timbres pondera?

Junto a ti, bravos y ardientes,

esgrimieron su cuchilla

los valientes

de Castilla.

 

El petimetre

Entrando en la tertulia

anoche un petimetre,

el ámbar y el almizcle

llenaron el ambiente.

Diez pañuelos de Holanda

fueron sin detenerse

a tapar diez narices,

sensibles al pebete.

Corina, la nerviosa,

dijo con voz doliente:

el espasmo me ataca,

Don Celedonio, el éter.

Y a todos respondía,

riendo el mequetrefe

pues yo nada percibo

de lo que ustedes sienten.

 

Lo mismo con las faltas

de los hombres sucede,

que todos las conocen,

menos el que las tiene.

 

El milano y el palomo

Suelen tener los malos el capricho

de apoyar con pretextos

sus designios funestos.

Un célebre filósofo lo ha dicho.

Echándole las uñas un milano

a un infeliz palomo, le decía:

«Ya de tu raza impía,

en ti se venga Jove, por mi mano.»

«Si hay un Dios vengador…» (dice el palomo)

«¡Si hay un Dios! ¡Y lo dudas! ¡Cielos! ¡Cómo!

sobre tanto delito,

¿blasfemo eres también? Muere, maldito.»

 

El rey que rabió

Let us sit upon the ground,

and tell sad stories upon the death of Kings.

Shakespeare.

 

El rey que rabió fue un hombre

torpemente calumniado;

yo quiero lavar su nombre,

del borrón que le han echado.

De sus prendas convencido,

hoy quiero escribir su historia,

para sacar del olvido

su memoria.

 

Como en su reino los jueces

eran la pura ignorancia,

el emprendió hacer las veces

de juez de primera instancia;

mas vio de los pedimentos

la jerga tan revesada,

que no dio en sus juzgamientos

palotada.

 

Para reprimir el lujo:

dio en una manía rara:

hizo vida de cartujo,

con pan seco y agua clara;

y en tanto sus marmitones,

riéndose de su hazaña,

vivían de pastelones,

y Champaña.

 

Contra ilícitos amores,

dio una severa ordenanza,

y en amantes seductores

ejerció fiera venganza.

Mas sufrió el horrible ultraje

de que su augusta consorte

se enamorase de un paje

de la corte.

 

Quiso proteger las ciencias,

objeto de sus conatos,

pagó raras experiencias,

enriqueció a literatos,

y viendo de estas labores

los productos lisonjeros,

se metieron a escritores

los barberos.

 

Dijo a cierto sabio: «amigo,

pues tus ideas son grandes,

sólo tus consejos sigo;

siempre haré lo que me mandes.»

Y en pago de este cariño,

tanto el sabio se desvela,

que lo trató como a niño

de la escuela.

 

Fue por fin tan bondadoso,

tan indulgente y humano,

que el pueblo se alzó furioso

y gritó: «muera el tirano.»

«¡Y qué! clamó, ¿este destino

se da a mi conducta sabia?»

Por esto le dio al mezquino

mal de rabia.

 

Mi ruego

¡Ay! Ampara, Señor, al marinero:

que yo, aunque en fuertes muros guarecido,

del soplo asolador del noto fiero,

al oír el horrísono estampido,

a ti, Vengador Santo,

trémulo el pecho de pavor levanto.

 

¿Qué es de ese malhadado que, en lo inmenso

del furibundo Océano, camina,

de perdición en perdición, suspenso

entre el ser y la nada? ¡Oh Dios! inclina

al suspiro que lanza,

tu paternal amor, dale esperanza.

 

Mas tu cólera aumenta. Opaca nube

rabia anunciando, en el cenit parece;

con profundo mugir hínchase, y sube

del seno del abismo, y rauda crece

reventando de saña,

la amenazante líquida montaña.

 

Ora en su cima, ora en su falda, y ora

dentro del hondo espacio que descubre,

la quilla vaga; espuma mugidora

los destrozados mástiles encubre,

y en fragmentos los raja,

y el casco agita como leve paja.

 

Y otra montaña en pos, cual si natura

contra el mísero humano su infinita

venganza conjurase, de su altura

la infanda nave empuja y precipita.

Ten el golpe severo…

¡Ay! Ampara, Señor, al marinero.

 

Epigrama

Trajes de moda y muy finos

tiene Juana la elegante,

pero nada es semejante,

al pañolón de merinos.

 

Gil, que celebrarlo oyó,

dijo con tono sincero:

pues, señores, el carnero

que da la lana, soy yo.

 

A don José Antolín Rodulfo

Si ofreciera al mortal naturaleza

su vasto plan, abismo de belleza,

trazado con perfecta simetría,

de modo que al romper la luz del día,

sólo viesen sus ojos aburridos,

en montañas, en bosques, en ejidos,

en aves, en cuadrúpedos e insectos,

eterna imitación de ángulos rectos,

cortando donde quiera sus adornos

en uniformes líneas y contornos,

y nunca de estos límites saliera;

dime, caro Rodulfo, si tal fuera

de nuestra madre toda la pericia,

¿no se muriera un hombre de ictericia?

¿Te ríes? pues en este fiel retrato

de todo el que se llama literato,

de todo el que compone prosa o verso,

miras el símil propio. El universo,

como siervo infeliz que come y calla,

trémulo al yugo ajeno se avasalla;

los turcos al Sultán, al Czar los rusos,

y a dogmas arbitrarios y confusos,

el genio, vasto origen de placeres:

el más libre, el más noble de los seres,

¿no es un dolor que en insensato orgullo,

trueque por un aplauso y un murmullo,

su excelsa independencia y energía?

¿Que lo amansen con torpe algarabía,

bajo una masa enorme de preceptos,

profesores exóticos e ineptos?

Tú dirás que esta guerra es algo brusca,

y que por cierto mi opinión ofusca

con alagüeños ímpetus la moda.

¡Esta respuesta acaso se acomoda,

también al que nutrido en ciencias graves,

enterró los preceptos con seis llaves,

y dando a su país glorias opimas,

sedujo al orbe entero con sus rimas?

 

A cien autoridades, otras ciento,

y otras mil opondrás: vano argumento.

Y el que su pabellón audaz tremola,

no cede al peso de afamados nombres:

los preceptos son obra de los hombres.

Naturaleza, en su mandato augusto,

no nos ha dado reglas, sino gusto.

Ora do quier, en su expresión divina,

grabada mirarás esta doctrina:

Naturaleza es bella, porque es varia.

Tal es la ley del genio. Temeraria,

la mano del saber rompió su hechizo

con vana pompa y relumbrón postizo.

Mas ya recobra la razón sus fueros,

y pues abre la fama dos senderos,

libre en su decisión la fantasía,

falle entre Desdémona y Atalía.

 

De la patria infeliz ¿quién no deplora

los destinos? Allí cayó en buen hora

la gótica armazón del gongorismo;

cayó sumido en mofa, y en su abismo

se alzó con impertérrita arrogancia,

mestiza inspiración nacida en Francia.

cunde veloce el apestado germen,

las gracias callan, y las musas duermen,

mientras Tomás, en verso y relamido,

mide y combina el tiempo y el sonido.

Mas donde descargó con mayor rabia

todo su empeño la caterva sabia,

fue en la móvil escena del teatro,

pues allí consiguieron tres o cuatro

regodearse en usurpado solio,

convirtiendo el talento en monopolio.

Las jornadas murieron. Mas exactos,

nos condujeron de París los actos.

Calderón hizo tres, mas ellos cinco,

y como en Francia siguen con ahínco,

desde el principio al fin el mismo metro,

ya que el gusto francés empuña el cetro,

toda pasión, toda persona y lance,

se explicaba en monótono romance.

Esto no es más que un rápido compendio

de nuestra esclavitud y vilipendio.

Calló el sonoro genio de Castilla:

su lozano vigor, su habla sencilla,

degradados en vínculos protervos,

se rastreaban como torpes siervos.

 

Descolló en tanto un hombre cuyo ensayo,

como tras larga noche puro rayo,

la senda rompe al luminar augusto,

vaticinó el reinado del buen gusto.

Sal, artificio, corrección, pureza,

dio blanda a Moratín naturaleza.

Sonriole el poder; feliz obtuvo

bienestar, opinión: mas se detuvo

temeroso, al hollar el sacro templo,

pagando su tributo al mal ejemplo.

Él en nuestros magníficos anales,

henchidos de proezas inmortales,

de nobles y poéticos despojos,

ni aun quiso iluso recrear los ojos.

De la comedia histórica no quiso

pisar la entrada. ¡Y qué! ¿Será preciso

cerrar la escena a tantos nombres grandes,

a la gran Isabel, al gran Fernández,

porque no hay en su historia un majadero,

que con talante desquiciado y fiero

se dé una puñalada al acto quinto?

¿Sólo han de parecer en el recinto

de la comedia el vicio y el enredo?

Moratín a su siglo tuvo miedo,

y refrenó su alcance ilimitado,

para dar gusto a un club engalicado.

¡Tres años cada pieza! Y en tres años,

¿qué nos da Moratín? ¿hechos extraños,

hombres nuevos, pinturas nunca vistas?

No por cierto: cual otros mil copistas,

saca a lucir el perseguido amante,

y un fanático viejo, y un pedante,

y una de esas mujeres infelices,

que cubren con el rezo sus deslices.

¿No tiene el corazón otros dobleces

más profundos? ¿Con esas pequeñeces

se pone el sello al siglo, y se destruye

la mancha que lo afea y prostituye?

 

Mas osado al pulsar la hispana lira

la musa de León su musa inspira,

y él y Meléndez, en cantar sonoro,

restituyen a España su decoro.

Nueva región de anchura noble y alta,

nos abren juntos. La razón se exalta,

la rima se ennoblece, y de Sofía

resuenan en correcta melodía

las santas leyes. Callan los maestros,

y retoñan en pos vates siniestros

a millares: tropel servil e insulso,

todo movido por igual impulso.

Los versos blancos y las negras odas

inundan raudas las imprentas todas.

Una es la locución y la pintura,

y el ¡salud! y el do quier, y la natura.

Las mismas rimas, y las mismas frases.

Tiemblan las bibliotecas en sus bases,

al recibir el desmedido acopio,

y, cual si el aire se tornara en opio,

la sociedad bosteza y se amodorra.

Falta un genio atrevido que socorra

nuestras letras hundidas en miseria:

falta un Byron a la abatida Hesperia.

Uno que busque en sí, y halle en sí solo,

lo que otros piden al vetusto Apolo.

 

Mente nutrida en abandono amargo;

libre, soberbia, exenta del letargo

que empaña y turba los nativos fuegos

con charla culta y humos palaciegos.

Hombre que cara a cara al infortunio

sepa afrontar, y que el ardor de Junio,

y de Diciembre el huracán arrostre;

que al caprichoso público no postre

la rodilla, ni silbo o burla tema;

que desprecie los grillos de un sistema,

ni otro sistema en escribir admita

que el entusiasmo ardiente que lo agita;

que temeroso de que el humo espeso

de la ciudad, con lánguido embeleso

su pecho ablande y su pesar ofusque,

lejos del hombre sus modelos busque.

Verás cual a su voz se desmorona

la estructura trivial y monotona

del lenguaje poético; la rima,

más dócil al ingenio que a la lima,

desechando el adverbio y participio

no admitirá en sus sílabas el ripio,

que hoy de la inspiración ocupa el puesto.

Se acabará el somnífero repuesto,

que produce al lector náuseas y bilis,

de Lauras, y Filenas, y Amarilis.

Será espejo del ímpetu sublime

fiel la expresión, sin que a su lado arrime

torpe escritor que los conceptos masca,

voces de relumbrón y de hojarasca.

Lo diré con rubor: creyó sencilla

mi osada musa traspasar la orilla

del Rubicón poético, y en breve,

cual se remonta por el aire leve,

de gas henchida, barnizada esfera,

súbito para la veloz carrera,

vacila, retroce, y luego floja

desde la altura espléndida se arroja;

tales, después de inútiles conatos,

se abatieron mis fuegos insensatos.

Pido a Horacio perdón de tanto exceso;

torno al hondo nivel, y bajo el peso

de la mediocridad que al alma abruma,

deshecha la ilusión, suelto la pluma.

 

Don Opas stultitiane erret, nihilum distabit, an ira. hor. satir.

Pensativo está Don Opas,

doctor en ambos derechos,

catedrático de prima,

en el mismo claustro y gremio.

Pensativo y cabizbajo,

al ver como van cundiendo

con las doctrinas de Estrangis,

el abandono del Ergo:

y dando a puño cerrado,

sobre un sillón reverendo

de vaqueta de Moscovia,

que heredó de sus abuelos,

¡o tempora, o mores! Dice,

¡oh desventurados tiempos!

¡Oh abandono de las aulas!

¡Oh triunfo de los mozuelos!

Pierden las ciencias su lustre,

y olvídanse, en polvo envueltos,

las perlas de Peripato,

flores del entendimiento.

Al ácido, al gas, al tubo,

vilipendiados cedieron,

la agudeza del Distingo,

la gracia de Darii, Ferio.

Por las retortas dejamos

aquel retorqueo argumentum,

que en las aúlicas batallas,

daba los golpes postreros.

¡Oh Sorites! ¡oh afamados

silogismos en Fapesmo!

Torna a ilustrar el mundo;

volved a aturdir los techos.

Y vosotros, inmortales

comentadores amenos,

que al veros en pergamino,

hay quien os quite el pellejo;

hoy risa excitan (¡oh nefas!)

vuestros sublimes conceptos,

y vuestras doctas columnas

sirven a envolver ungüentos.

¿Quién hay que estudie de Sánchez

los donosos himeneos?

¿Tus teses, oh Villalpando?

¿Tus cuestiones, oh Acevedo?

¿Quien hay que escriba alegatos

con citas de Tolomeo,

y en un pleito de tenuta

describa el Peloponeso?

De nuestro latín se burlan.

¿Qué tiene que ver, camuesos,

el arma virumque cano,

con el per accidens nego?

Dijo, y calando el embozo

del clarísimo manteo,

se marchó a unas sabatinas,

a rebuznar argumentos.

 

La del humo

Vuestra merced este año

ha tenido mil partidas

parecidas

al engaño.

 

Con extraña sutileza

mis deseos ha frustrado,

y ha burlado

mi simpleza.

 

Nuestra merced ha querido,

aburrirme, sofocarme,

y dejarme

sin sentido.

 

Viéndome amante sencillo,

me estrujó con arrogancia

la sustancia

del bolsillo.

 

Vuestra merced dice a gritos

que divido mis afanes

con afanes

infinitos.

 

Que es para ellos el halago

que ellos mis bienes destrozan,

que ellos gozan

y yo pago.

 

Si empiezo con arrebatos,

uesarced sólo me deja,

o se queja

de los flatos.

 

Y si le toco a las faldas,

como un tigre se revuelve,

y me vuelve

las espaldas.

 

Cuando vamos a paseo,

tanto amiguito se ofrece,

que parece

jubileo.

 

Soy en el baile estafermo,

a usted todos se abalanzan;

ellos danzan

y yo duermo.

 

Todos marchan de puntillas,

y os andan con secreteos,

y meneos,

y cosquillas.

 

Os escapáis allá dentro,

dándole el brazo a algún chusco,

y si os busco

no os encuentro.

 

Y pues me aburre esta fiesta,

(que sostenéis con descaro)

por lo caro

que me cuesta,

 

aunque de dolor estalle,

voy a salir sin reyerta

por la puerta

de la calle.

 

A Manuel

Manuel, nunca turbados

son del sabio los días

por vanas alegrías

ni enfadosos cuidados.

La envidia no envenena

ni turba su reposo,

ni el poder lo encadena

con yugo vergonzoso.

La suerte no lo engríe,

si blanda te sonríe,

ni su cerviz abate,

si dura lo combate.

El principal asiento

de su rural abrigo,

lo ocupa un buen amigo.

Sin envanecimiento

recibe la alabanza,

sin cólera la injuria,

sin error la esperanza.

Cuando rompe con furia

el popular estruendo,

él huye sonriendo.

Nunca a su puerta en vano

llamó el mísero humano.

Jamás negó inclemente

Consuelo al desvalido,

ni indulgencia al rendido,

ni aviso al imprudente.

El orden de las cosas,

mudables y dudosas,

mira con faz serena,

sabiendo que a la pena

sucede la alegría,

como al euro, la calma;

como a la noche, el día.

Amor es de su alma

ley augusta y primera:

a él cede, por él vive,

de él su fuerza recibe,

por él goza y espera.

 

La irresolución

Wether’tis better.                            

                                  Shakespeare  

En la soledad umbrosa

de un bosque, al anochecer,

pensativa y afanosa,

batallando está una hermosa

entre el amor y el deber.

 

Si va donde amor la llama,

sus pasos deber reprime;

el deseo que la inflama

con acerba voz comprime

temor de perder la fama.

 

Sabe que ansioso la espera

quien fe eterna le ha jurado;

mas la obligación severa,

de su pecho atormentado

la inclinación exaspera.

 

Venció amor, no hay más temer

lo que diga la opinión.

Echa a andar…; mas sin querer

deja hablar a la razón

y cede amor al deber.

 

Otra vez amor insiste,

y otra deber reconviene.

Turbada, anhelosa, triste,

se adelanta, y se detiene,

y ora cede, ora resiste.

 

En pensar lo que ha de hacer

pasa el tiempo sin sentir,

aunque es sentir padecer:

ya es tarde para acudir,

y tarde para volver.

 

Después, de amargo rigor

entre esperar y temer,

reflexiona con dolor

que está ofendido el deber,

y descontento el amor.

 

Epigrama

Trajes de moda y muy finos

tiene Juana la elegante,

pero nada es semejante,

al pañolón de merinos.

 

Gil, que celebrarlo oyó,

dijo con tono sincero:

pues, señores, el carnero

que da la lana, soy yo.

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