Poemas de Sulpicia (poetisa romana)
Sulpicia, única poetisa latina conservada, escribió versos apasionados dirigidos a su amante Cerinto. Sus poemas, incluidos en la obra de Tibulo, revelan valentía al expresar un amor femenino prohibido en Roma, desafiando normas sociales y asegurando su permanencia literaria accidentalmente.
La obra de Sulpicia ha llegado hasta nosotros de manera fortuita, pues no constituye un corpus independiente, sino que aparece integrada en la producción de Tibulo.
Esta circunstancia podría explicarse por las escasas —o nulas— oportunidades que tenían las mujeres en Roma para publicar y difundir sus escritos. Sin embargo, al insertarse en la obra de un poeta reconocido, Sulpicia aseguraba que sus versos no quedaran en el olvido y continuaran transmitiéndose como parte de un legado prestigioso.
En todos sus poemas se percibe un eje temático claro: el amor de Sulpicia hacia Cerinto. Descartada ya la antigua hipótesis que lo identificaba como su prometido, la investigación actual se inclina por considerarlo su amante.
Esta interpretación resalta la audacia de la poetisa, que se atrevió a expresar un sentimiento prohibido para las mujeres romanas, cuya sexualidad debía restringirse al ámbito matrimonial.
Se sigue el orden en el que fueron recogidos y compuestos dentro del Corpus Tibullianum (Cantarella, 1997, p. 184). Se adopta en todos los versos de Sulpicia la traducción española de Aurora López en No sólo hilaron lana (1994):
Poemas insertados en el Corpus Tibullianum
Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor
antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.
Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas,
me lo trajo y lo colocó en mi regazo.
Cumplió sus promesas Venus: que cuente mis alegrías
quien digan que no las tuvo propias.
Yo no querría confiar nada a tablillas sellada,
para que nadie antes que mi amor me lea,
pero me encanta obrar contra la norma, fingir por el qué dirán
me enoja: fuimos la una digna del otro, que digan eso.

El amor de Sulpicia se trata de un amor total y absoluto (elegía XIII). La muchacha tiene un amante de rango inferior y querría pasar más tiempo junto a él, como todos los enamorados. Es sabido que en Roma, en especial entre las clases altas, los matrimonios eran consensuados por las familias basándose en razones económicas y políticas.
En la catorceava elegía su tío Mesala quiere llevarla a las afueras de Roma para celebrar su cumpleaños:
Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo
triste tendré que pasar, y sin Cerinto.
¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiada para una niña
una casa de campo el frío río del lugar de Arezzo?
Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;
a veces, pariente, no son oportunos los viajes.
Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos
por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas
En el siguiente poema (XV) por fin Sulpicia disfruta de mayor libertad, pues parece que Mesala ha dejado de preocuparse tanto por su reputación y la chica se muestra feliz, aunque es consciente de que se mantienen cotilleos a su costa:
¿Sabes que el importuno viaje ya no preocupa a tu chica?
Ya puedo estar en Roma en tu cumpleaños.
Celebremos los dos juntos el gran día de tu aniversario
que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas.
Está bonito lo que te permites, despreocupándote de mí
Seguro que yo no voy a caer de repente como una tonta.
Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva,
cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.
Por mí se preocupan quienes tienen como motivo máximo de cuita
que no vaya a acostarme con un cualquiera.
Se resaltan estos últimos versos del poema XVI en los que Sulpicia se refiere a Cerinto como «un cualquiera», haciendo hincapié en que no es un hombre perteneciente a su misma clase social y no es adecuado para ella, pero esto a Sulpicia parece no importarle. En ocasiones muestra sus sufrimientos por otras razones, haciendo referencia al amor como una enfermedad y poniendo en duda el amor de Cerinto (XVII):
¿Tienes Cerinto, una devota preocupación por tu chica,
porque ahora la fiebre maltrata mi cuerpo cansado?
¡Ay!, yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,
si no creyera que tú también lo quieres.
Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú
puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?
Otras veces, sin embargo, Sulpicia está exenta de dudas respecto a su amor hacia él y se avergüenza de su insensatez. Sin embargo, estos dos últimos poemas presentados introducen el tema de la enfermedad, muy común en la elegía romana:
Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente
como parece que fui hace algunos días;
si alguna falta metí, tonta en mi exceso de juventud,
de la que confieso que me arrepiento más,
es haberte dejado sólo ayer por la noche
deseando disimular mi ardiente pasión.
Publicar comentario