Poemas de Peire Vidal (trovador occitano)
Poemas de Peire Vidal (1150-1210) fue un trovador occitano de Toulouse, célebre por su ingenio, su estilo brillante y su vida aventurera.
Peire Vidal, hijo de un peletero, nació en Toulouse hacia 1150 y se convirtió en uno de los trovadores más internacionales del siglo XII. Sirvió en las cortes de Ramón V de Tolosa, Alfonso II de Aragón, Barral de Marsella y Ricardo Corazón de León. Viajó por España, Italia, Palestina y Malta, dejando huella en la cultura cortesana europea.
Se conservan unas 45-49 canciones y 12 melodías, destacando sus cansos amorosas y satíricas. Representante del trobar leu, fue descrito como ingenioso, espontáneo y fanfarrón, pero siempre creativo y apasionado.
Drogoman Seiner
Drogoman Seiner, si tuviera buen corcel,
en loca herida entraría mi guerrero;
pues aquí mismo, cuando los nombro,
me temen más que codorniz al gavilán,
y no estiman su vida ni un denario,
tan bien saben herir, salvajes y fieros.
Cuando he vestido mi fuerte doble coselete
y ciño la espada que me dio don Gui ayer,
la tierra tiembla por donde paso;
y no hay enemigo tan soberbio
que pronto no me deje libre el sendero,
tan me temen al oír mi clamor.
En ardor valgo a Roldán y a Olivier,
y en señorío a Berart de Mondesdier;
pues soy tan valiente que por ello tengo buen renombre,
y a menudo me llegan mensajeros
con anillo de oro, con cordón blanco y negro,
con tales saludos que todo mi corazón se alegra.
En todo parezco buen caballero;
así soy, y sé del amor todo su arte
y todo aquello que a la galantería conviene;
pues nunca vi en cámara tan placentero,
ni en armas tan malo ni tan sobrio,
que me ame y me tema quien no me ve ni me oye.
Si tuviera caballo de recto corcel,
suave estaría el rey en Balaguier
y dormiría plácido y tranquilo;
pues yo mantendría en paz Provenza y Montpellier,
que ladrón ni malvado rocín
no robarían más Autaves ni Crau.
Si el rey volviera a Tolosa en la grava,
y con él el conde y sus cautivos lanceros,
que todo el día claman: “Aspa” y “Orsau”,
de tal modo me iría que yo daría el primer golpe,
y golpearía tanto que entrarían doblados,
y yo con ellos, que la puerta no me cierra.
Si alcanzo celoso o adulador
que con falso consejo arruina el bien ajeno
y abaja la alegría con presencia y engaño,
por verdad sabrán cuáles son los golpes que yo hiero:
que si tuvieran cuerpo de hierro o de acero
no les valdría una pluma de pavo.
Na Vierna, merced de Montpellier,
en reina sé amar caballero,
por lo cual mi gozo es más crecido por vos,
loado sea Dios.
Al respirar, huelo el aire
Al respirar, aspiro el aire
que siento venir de Provenza.
Todo lo que de allá procede me agrada,
y cuando escucho hablar bien de ello,
lo recibo con sonrisa,
y por una palabra pido cien,
tanto me place el bien que se puede decir.
No se conoce tierra más dulce
que la que va del Ródano a Vence,
que cierran el mar y la Durance;
ninguna donde tanta pura alegría resplandezca.
Por eso, entre ese noble pueblo,
he dejado mi corazón gozoso
junto a aquella que devuelve la sonrisa a los desdichados.
No puede lamentarse el día
en que de ella se guarda memoria.
En ella la alegría nace y comienza;
quienquiera que la alabe,
del bien que dice no miente.
La mejor es, sin discusión,
y la más noble que se vea en el mundo.
Si sé decir o hacer algo que valga,
a ella el honor, pues ciencia
me ha dado y conocimiento.
Le debo mi gozo y mi canto,
y todo lo que compongo de bueno,
hasta lo que medito en mi corazón,
me viene de su hermoso cuerpo placentero.
Chanson 2
Mi corazón suena claro y bello:
el tiempo es de renovación,
y el castillo de Fanjeaux
me es más dulce que el paraíso.
Todo gozo allí se encierra,
el amor y el honor muy alto,
la perfecta cortesía.
Mi más mortal enemigo
puede tornarse en amigo
si de damas me habla
con alabanzas en palabras gratas.
Y cuando lejos de ellas estoy,
yendo por otras tierras,
me lamento, todo languideciente.
Mi Cupido de Laurac
alegre me tiene en sus lazos.
Me ha herido cerca de Gaillac
con una flecha en el pecho.
Amo este juego de su saco.
Así vivo en Saissac
con su hermano y sus primas.
Adiós entonces al Albigeois,
hacia Carcasona me dirijo,
donde hay caballeros muy corteses
y damas que admiro.
A la Louve me entrego,
que Dios me ayude con la fe.
Guardo en mi corazón sus dulces risas.
Que Dios guarde a Montréal
y al palacio Imperial.
Retorno hacia Barrai,
pues la gloria es mi amiga.
Pero seré provenzal,
pues en ese país leal
tendré buena compañía.
Segunda canción
Mi corazón suena claro y bello:
el tiempo es de renovación,
y el castillo de Fanjeaux
me es más dulce que el paraíso.
Todo gozo allí se encierra,
el amor y el honor muy alto,
la perfecta cortesía.
Mi más mortal enemigo
puede tornarse en amigo
si de damas me habla
con alabanzas en palabras gratas.
Y cuando lejos de ellas estoy,
yendo por otras tierras,
me lamento, todo languideciente.
Mi Cupido de Laurac
alegre me tiene en sus lazos.
Me ha herido cerca de Gaillac
con una flecha en el pecho.
Amo este juego de su saco.
Así vivo en Saissac
con su hermano y sus primas.
Adiós entonces al Albigeois,
hacia Carcasona me dirijo,
donde hay caballeros muy corteses
y damas que admiro.
A la Louve me entrego,
que Dios me ayude con la fe.
Guardo en mi corazón sus dulces risas.
Que Dios guarde a Montréal
y al palacio Imperial.
Retorno hacia Barrai,
pues la gloria es mi amiga.
Pero seré provenzal,
pues en ese país leal
tendré buena compañía.
Dos rasgos esenciales
Así es don Peire Vidal,
aquel que sostiene cortesía y galantería,
que obra como hombre valiente por amor de su amada,
que ama más las batallas y los torneos
que un monje la paz, y para quien es enfermedad
demorarse y permanecer en un mismo lugar.
Muy buena es la tierra de España,
y el rey que allí es señor
es dulce, querido, franco y bueno,
y de compañía cortés;
y si allí hay otros barones,
muy agradables y muy valientes,
hombres de juicio y de conocimiento,
en hechos y en apariencia.
Anc no muera por amor ni para el
Nunca morí por amor ni por otra cosa,
pero mi vida bien puede valer morir
cuando veo aquello que más amo y deseo,
y nada me da sino dolor y mal.
Bien me valdría la muerte, pero aún me es más grave,
pues pronto seremos viejos ella y yo:
y si así se pierde mi juventud y la suya,
me duele la mía, pero la suya cien veces más.
Jamás vi herida tan descomunal,
que cuando puedo nada hacer ni decir
que a ella deba placer ni hermosear,
ya no quiero hacer otro trabajo.
Y todo cuanto hago parece vil y bajo a sus ojos,
pues por merced ni por amor de Dios
no puedo hallar con ella ningún alivio.
Ella tiene culpa de mí y pecado sin medida.
Buena dama, vuestro hombre natural
podéis, si os place, fácilmente matar;
pero a la gente os haréis escarnio,
y después tendréis pecado criminal.
Soy vuestro hombre, aunque no me tengo por mío,
mas bien deja uno a mal señor su hijo.
Y vale bien poco el rico hombre cuando pierde su gente,
como el rey Darío de Persia fue vencido.
Aun contra mi voluntad amo por entero
a aquella que no se digna verme ni oírme.
¿Qué haré entonces, pues no puedo apartarme,
ni alivio ni merced me valen?
Me tendré al uso del romero enojoso,
que busca y busca, pues de la fría nieve
nace el cristal, de donde se extrae fuego ardiente:
y por esfuerzo vencen los buenos que sufren.
Entonces, ¿qué haré? Sufriré de tal modo,
como el preso forzado, a quien toca sufrir:
si se le hace mal, sabrá agradecer
a quien le hizo bien en lugar de amigo leal.
Y si yo quisiera, dama, tomar otro amor,
honrado placer habría conquistado pronto;
pero nada sin vos puede serme grato,
ni de nada espero gozo entero.
Por eso me he arrojado a no importarme,
como el zorro que olvida huir,
que no osa volver ni puede escapar
cuando lo persigue su enemigo mortal.
No sé consuelo, salvo aquel del Judío,
que si me hace mal, hace siempre lo suyo.
Así como aquel que ciego se defiende,
he perdido toda fuerza y ardor.
Dirijo mi canto al rey celestial,
a quien debemos todos honrar y obedecer,
y es necesario que vayamos a servirle,
donde conquistaremos la vida espiritual.
Pues los sarracenos, desleales cananeos,
han perdido su reino y destruido su pueblo,
que han tomado la cruz y el monumento:
por lo cual debemos todos tener gran temor.
Conde de Poitiers, de vos me quejo a Dios,
y Dios de mí por aquel mismo convenio,
pues ambos habéis traicionado muy malamente,
él su cruz y yo mi dinero,
por lo cual debéis tener gran pesar.
Conde de Poitiers, noble señor, vos y yo
tenemos el precio de toda la otra gente,
vos por hacer el bien y yo por decirlo.
Así como el náufrago
Así como el náufrago
que sobre el agua se balancea,
sin consuelo de vida,
tan sufre grave herida
que el miedo le quita la memoria,
y luego, cuando llega a buen puerto
por azar o por socorro:
tal suerte me ha tocado,
por lo cual tengo bastante razón
de hacer nueva canción.
He estado en malos años
y sufrido grave desgracia,
tanto que la merced me ha faltado
de aquella que injustamente me olvida.
Y no me atrevo a tomar venganza.
Pero yo saco provecho de la muerte,
pues nunca quiso valerme Amor.
Mas ahora se van los dolores,
pues en ello tengo intención,
que el placer que canto ella lo sabe bueno.
De la bella me quejo,
que me muestra por su semblanza
que mi muerte le es agradable:
y porque mejor no ha sido elegida
he cometido gran error.
Volveré la ira en consuelo
y me volveré a otro lugar,
pues es sensata y de gran valor
quien de un señor fiero y cruel
se aleja sin mala resonancia.
Así me venció su semblante
la primera vez que vi su conducta,
que la alabanza la he engrandecido.
Y demasiada alabanza es mentira
muchas veces sin duda.
Por lo cual me acuerdo del reproche
que he oído de los antepasados,
que a tiempo vence el vencedor,
y por tiempo y por sazón
el vencido hace gran victoria.
Soy buen amigo afortunado
y tengo por derecho buena ventura,
tan buena aventura me guía,
que aquella que tiene cumplido valor
me ha puesto en buena esperanza,
y me ha sacado de mala suerte,
de modo que la nieve me parece flor
y el hielo jardín y verdor,
y he hecho por derecho mi provecho
tanto que me enriquezco en ello.
Tanto tenéis buen precio y fuerza,
buena dama, que el valor
os alaba más que las alabanzas,
por lo cual os dedico mi canción
nueva con nuevo son.
Buena dama, nieve de puerto
semeja vuestra blancura,
y parece de rosa el color.
Así os hizo Dios de hechura
que la naturaleza pierde razón.
Barón, de mi daño se aprovecha
Barón, de mi daño se aprovecha
el adulador desleal,
pues en tal dama he elegido
donde está la nobleza natural.
Y yo la amo de corazón y sin engaño,
y soy todo suyo, cuando quiera que sea mía,
pues en su belleza y su valor aparece
que en ella amar sería honor para un rey,
por lo cual me tengo por rico solo con que me diga “sí”.
Nada jamás me agradó tanto
como su recto cuerpo leal,
donde están todas las buenas cualidades cumplidas
y todos los bienes sin ningún mal.
Y pues todo cuanto toca a galantería,
bien soy afortunado, con tal que mi corazón esté allí.
Y si la merced, por la cual crecen todas las buenas cualidades,
me vale con ella, bien os puedo decir sin engaño
que nunca con amor tanto ayudarme pudo.
Canto y alegría veo perdidos,
cortes y dulces y buenos palacios,
y no veo la dama honrada
si el señor y el amante no son falsos.
Aquel tiene más que quien más a menudo engaña.
No diré más, mas sea como quiera.
Mas me pesa que aún no cesa
el primer falso que comenzó antes:
y sería justo que un mal ejemplo se borrase.
Mi corazón se siente alegrado,
pues me ha socorrido Barrals.
Bien haya aquel que me alimentó,
y Dios, pues yo soy tal,
que mil saludos me llegan cada día
de Cataluña y de Lombardía,
pues cada día sube mi valor y crece.
Que por poco no muere de envidia el Rey,
pues con damas hago mi paso y mi juego.
Bien es probado y oído
cómo yo soy valiente y cabal,
y pues Dios me ha enriquecido,
no conviene que yo sea venal.
Cien damas sé que cada una me querría
tener consigo, si pudiera tenerme.
Mas yo soy aquel que nunca se burló ni se fingió,
ni quise hablar demasiado de mí mismo,
mas besé damas y derribé caballeros.
Muchos buenos torneos he partido
por los golpes que di tan mortales,
que no voy a lugar donde no se grite:
“¡Ese es don Peire Vidal,
aquel que mantiene cortesía y galantería,
y hace que sea valiente por amor de su amiga!
Y ama más batallas y torneos
que un monje la paz, y le parece enfermedad
demorarse y estar en un mismo lugar.”
Más que no puede vivir sin agua el pez,
no puede estar sin aduladores la dama,
por lo cual el amante compra demasiado caro su juego.
Me place tanto el invierno como el verano
Me place tanto el invierno como el verano,
y el frío como los calores,
y amo la nieve tanto como las flores,
y prefiero la muerte más que la vida vil,
pues así me sostiene esforzado
y alegre Juventud y Valor.
Y porque amo a dama nueva,
sobresaliente y más bella,
me parecen rosas entre el hielo
y cielo claro con trébol.
Mi dama tiene precio singular
delante de mil combatientes,
y contra los falsos engañadores
mantiene firme Montesquiu:
por lo cual en su rico señorío
los aduladores no pueden hacer carrera,
pues ella es cabeza de sensatez y valor.
Y cuando responde o llama,
sus palabras tienen sabor de miel,
por lo cual parece San Gabriel.
Y se hace temer más que el grifo
por los viles domadores,
y a los fieles conocedores
es en solaz tan agradable,
que al partir cada cual jura y promete
que la dama es de las mejores.
Por lo cual me atrae y me parece,
y me lleva el corazón bajo el brazo,
pues me tiene leal y fiel
y justa más que Dios a Abel.
Ni por el tiempo fiero y bravo
Ni por el tiempo fiero y bravo,
que trae tormentas y vientos,
que turba los elementos
y hace el cielo oscuro y azul,
no cambia mi voluntad,
antes bien mis pensamientos
están en gozo y en cantar,
y quiero más alegrarme
cuando veo la nieve en la alta montaña
que cuando las flores se esparcen por la llanura.
Amor y gozo me ciñen
y me endulzan el sentido,
y belleza y juventud
me alegran y me regocijan,
y un corazón franco, alegre y gentil
me libra de todos los males.
Bello riso y dulce mirada
me hacen reír y jugar,
cortes solaz me retiene y me engrandece,
y gozo entero me quita trabajo y pena.
Dama, de vos me alabo,
pues sois dulce y placentera
y la más agraciada
que ningún hombre haya pensado:
pues vuestra enseñanza
os hace a los conocedores
bendecir y tener en alto,
y a mí tanto amar,
que el corazón y el sentido me dicen que con vos permanezca,
y si me hacéis mal, de otra no me quejo.
De donde vengo y adonde voy,
soy vuestro bendecido
y siervo obediente,
como aquel que está con vos,
para hacer vuestra voluntad.
Y ya la franca elección
no debe en adelante retrasar
lo que me hace esperar:
desde que Arturo ha recobrado Bretaña,
no es razón que más gozo me sufra.
Pues quien os ve o escucha
no puede estar doliente
por ningún pesar.
Ay dama, tan suave
me apodera y me vence
vuestra cara risueña,
que, cuando os oigo hablar,
no puedo apartar mis ojos.
Tanto me embelesa vuestra dulce compañía
que de otra me es salvaje y extraña.
De donde crece el haya
me viene un gozo,
por el cual soy alegre y gozoso,
que honra el nombre de Poitou.
Y ya el falso cobarde,
codicioso malgastador,
no podrá conquistarme
por frecuente murmurar.
Aunque se peine, se mire o se lamente,
todo su asunto no vale una castaña.
Pues su corazón es flaco y caliente
y es menos que nada.
De mil juramentos
no se le creería ni un clavo.
Y me duelen los dientes
cuando hablo de tales gentes.
Por lo cual lo dejo estar
de En Sauc, hijo de Albar,
donde la maldad se aloja y se baña,
y su valor es como hilo de araña.
Al rey valiente y querido
quiero en mi verso enviar
que, si aquí pierdo Provenza, poca ganancia,
por la bella estancia que toma allá en España.
Hermano, reír y jugar
solía por vos y cantar,
mas ahora es justo que suspire y que me queje,
pues vuestro amor me es salvaje y extraño.
Bello Sembelis, por vos amo más Cerdaña.
Mi corazón se alegra y se regocija
Mi corazón se alegra y se regocija
por el gentil tiempo suave
y por el castillo de Fanjeaux,
que me parece paraíso.
Pues allí se encierran amor y gozo
y todo cuanto ennoblece,
y damas verdaderas y fieles.
No tengo enemigo tan fiero,
si las damas me mencionan
o me dicen honor y alabanza,
que yo no le sea buen amigo.
Y porque lejos de ellas no estoy,
ni en otra tierra voy,
lloro y suspiro y languidezco.
Mi bello Arquero de Laurac,
de quien me agrada y me complace,
me ha herido cerca de Gaillac
y su saeta me puso en el corazón.
Y nunca golpes tanto me placieron,
que yo morase en Saissac
con hermanos y con primas.
Por siempre dejo el Albigeois
y permanezco en Carcasona,
donde los caballeros son corteses
y las damas del país,
pues la Loba me conquistó,
y si Dios y la fe me ayudan,
en el corazón me están sus dulces risas.
A Dios encomiendo Montréal
y el palacio imperial,
pues yo me vuelvo aquí a Barral,
a quien buen precio se inclina.
Y me recobrarán provenzal,
pues ninguna gente tanto me vale,
por lo cual seré su vecino.
Ni nieve, ni hielo, ni lluvia, ni fango
Ni nieve, ni hielo, ni lluvia, ni fango
me quitan el gozo ni el solaz,
pues el tiempo oscuro me parece claridad
por el nuevo júbilo en que me refrendo.
Que joven dama me ha conquistado,
y si yo pudiera conquistarla,
cuando la contemplo, tan bella me parece
que de gozo creo volar al instante.
Mas el azor que se toma en la red,
que es fiero hasta que es domesticado,
luego se torna manso y cercano,
si alguien lo tiene y lo cuida con gentileza,
vale más que cualquier otro precio.
Así son las costumbres
de quien joven dama quiere amar:
que con gentileza la debe adiestrar.
Me atengo al uso de Galván,
que cuando no está aventurado,
yo me esfuerzo tanto por todos lados
que tomo y conquisto y gano.
Y si mis asuntos me sucedieran
de aquello en que estoy empeñado,
a mi imperio, sin dudar,
haría todo el mundo someterse.
Con poco fuego rompe el oro y lo quiebra
el obrero hasta que está refinado,
y la obra es más bella entonces:
por lo cual no me quejo de largos males.
Y si el fuego de amor se encendiera
en ella como en mí se expresa,
de bien nuevo podría cantar.
Mas el hombre no debe desesperar.
Con buenas damas me acompaño,
y me agradan juventud y belleza,
y me place un cuerpo bien formado.
Mas no me agradan los rudos que me gruñen
ni los que demasiado endurecen sus armas.
Pues sé bien de tales dos o tres
que se pueden contar por verdaderos villanos,
con solo que se les nombre.
Al amante de buena dama conviene
que sea sabio y recordado,
cortés y mesurado,
y que no se fatigue ni se aflija demasiado.
Pues amor con ira no se hace,
que la medida del amor es fruto,
y el amante que tiene buen corazón de amar
debe con gozo refrenar la ira.
Las aventuras de Galván
las tengo todas y otras muchas.
Y cuando estoy en caballo armado,
todo cuanto acometo, golpeo y rompo.
Cien caballeros he tomado yo solo
y he tenido todas sus armas.
Cien damas he hecho llorar
y otras cien reír y jugar.
Ahora he conquistado estancia y baño
en Mauta, donde estoy alojado
con el conde Enrique, de quien me place,
que ningún buen hábito le falta.
Es recto y generoso y cortés,
y estrella de los genoveses,
y hace por tierra y por mar
que todos sus enemigos tiemblen.
Con el conde Armand me acompaño,
pues es franco y bien enseñado,
como si hubiera nacido
en Tolosa cerca de Caramanh.
Tiene ardor de aragonés
y alegre solaz de vianés,
y me parece de señorío
y de dar al rey de León.
Yo soy señor de los genoveses,
pues a los grandes y a los pequeños he conquistado.
Los grandes me hacen todo mi asunto,
y los pequeños me honran y me tienen caro.
Ningún hombre puede escapar del amor
Ningún hombre puede escapar del amor,
una vez que se ha puesto bajo su señorío:
o todo le agrada o todo le pesa,
sus deseos debe seguir.
Y sabed que el enamorado
no puede seguir otras voluntades,
pues allí donde Amor quiere, allí va el corazón,
y no guarda ni razón ni locura.
Entonces supe poco de defenderme,
ni me cuidé hasta que fui preso,
como el ave loca cuando oye el reclamo,
que va a dejarse atrapar.
Y yo, loco, me puse en tal lazo,
por lo cual ahora me tengo por engañado,
pues estoy en poder de tal señora
que no quiere hacerme bien ni honor.
Nada debería huirse más
que un mal señorío, si se pudiera.
Mas huir de él no puedo yo,
pues más allá del mar me fue a herir
Amor desde el lado izquierdo
con tal golpe que aquí me tiene.
Por lo cual moriré de ira y de dolor
si gozo entero no me socorre.
Y con gozo podría curarme
de la ira mi dama, si ella quisiera.
Y por mi fe, si le placiera,
no debería mi muerte agradarle,
pues soy todo suyo entregado.
Y no lo digo, sabedlo bien,
porque me haga temer la muerte,
sino porque ella pierde a su amante.
Bien debería mi dama escoger,
pues estoy vuelto a su merced,
que por razón vale buena fe,
donde falta el poder de servir.
Pues en las ricas cortes la piedad
descarga más a los culpables,
por lo cual humildad con riqueza
da a todos los otros gozo sabor.
De otro mal podría curarme,
pero de éste me corta el frescor,
cuando mi bella dama me prometió
lo que me hizo mentir en el corazón.
Y servicio mal recompensado,
aquel que lo toma, es gran pecado,
pues por mal galardonador
se pierde un buen servidor.
Dama, pues no puedo sufrirlo,
Dios y elección me valgan,
que me venga de vos algún bien,
pues no tengo poder de otro deseo.
Si me oprime vuestra gran belleza,
que me invade los ojos y los pasos,
de modo que en la frente tengo su resplandor,
que me quita el juicio y el vigor.
Señor conde de Poitiers, me place,
pues estáis en gran altura,
que os veo bien recobrar el honor
que perdieron vuestros antecesores.
Aunque mis Chastiatz están mal,
dolor me toma y piedad,
pues es viejo y toma deshonor
y me quita a Na Vierna y su amor.
Más que el pobre, cuando yace en la casa del rico
Más que el pobre, cuando yace en la casa del rico,
que no se queja, aunque tenga gran dolor,
tan teme que cause enojo al señor,
no me atrevo a quejarme de mi dolor mortal.
Bien debería dolerme, pues ella me hace orgullo,
pero nada quiero decir ni mostrar.
Si de tanto no me atrevo a clamar merced,
es por temor de que se enoje conmigo.
Así como aquel que mira al vidrio,
que le parece bello contra el resplandor,
cuando yo la contemplo, tengo en el corazón tal dulzura,
que me olvido de todo por ella que veo así.
Bien me golpea Amor con las varas que recojo,
pues una vez, en su alegre cabellera,
le robé un beso que aún recuerdo.
Ay, cómo mal vive quien no ve lo que ama.
Si Dios me ayuda, pecado comete criminal
mi bella dama, pues no me socorre:
ella sabe que en ella tengo mi corazón y mi amor,
de modo que no pienso en ningún otro trabajo.
Entonces, ¿por qué me habla tan dulcemente y me acoge,
si no me tiene por propio, lo que más me duele?
Y piensa entonces alejarme de sí,
no debe hacerlo, pues por amor me tiene.
Conviene a un señor natural
sufrir los agravios y los derechos, la razón y la locura.
Pues difícilmente puede un hombre tener honor en guerra,
si está sin gracia desterrado de su lugar.
Bien estoy desterrado, si de su amor me priva.
No me apartaré, antes la amaré más que antes,
y me tendría por vil si de amar me retirase,
antes sufriré lo que ya he sufrido.
Así me tiene toda mi dama en su poder,
que si me hace mal, no habrá peor,
pues sus placeres tienen tan dulce sabor
que nada mío recuerdo ni me importa.
No hay día en que su amor no arda en mi corazón,
por lo cual tengo tal gozo cuando la veo con mis ojos,
y cuando mi corazón piensa en su gran bondad,
que en el mundo no quiero ni deseo otra cosa.
Sabed por qué le porto amor tan cordial:
porque nunca vi tan bella ni más gentil,
ni tan buena, por lo cual tengo gran riqueza,
pues soy amigo de dama que tanto vale.
Y si alguna vez la veo despojarse conmigo,
mejor me estará que al señor de Essiduelh,
que mantiene valor, cuando otros se retiran.
Y no sé más, pero tanto tengo de Jaufre.
A los cuatro reyes de España les está muy mal,
pues no quieren tener paz entre ellos.
De otro modo serían de gran valor,
rectos, francos, corteses y leales,
solo que de tal gente tomasen su escuela,
que volvieran su guerra en otra hoja,
contra la gente que nuestra ley no cree,
hasta que España fuese toda de una fe.
Bello Castiatz, señor, por vos me duelo,
pues no os veo y porque mi dama no me ve,
Na Vierna, a quien amo de buena fe.
Yo digo la verdad, así como suelo decir:
quien bien comienza y luego se retira,
mejor le fuera no comenzar nada.

Pues vuelto estoy en Provenza
Pues vuelto estoy en Provenza
y a mi dama le parece bien,
debo hacer alegre canción,
siquiera por reconocimiento:
pues al servir y al honrar
se conquista de buen señor
don y beneficio y honor,
quien bien lo sabe tener en estima.
Por lo cual debo esforzarme.
Y aquel que la larga espera
critica, comete gran error.
Pues en tiempos de Arturo los bretones
tenían allí su promesa.
Y yo, por larga espera,
he conquistado con gran dulzura
el beso que la fuerza de amor
me hizo robar a mi dama,
que ahora se digna otorgarme.
Y porque nunca hice falta,
estoy en buena esperanza
de que el mal se me torne en provecho,
pues el bien tan gentil comienza.
Y podrán consolarse
todos los otros amantes,
que con esforzada labor
sacan de la fría nieve fuego claro
y agua dulce del mar.
Sin pecado tomo penitencia
y sin culpa hago perdón,
y saco de nada buen don,
y tengo de ira benevolencia,
y gozo entero de llorar
y de amar dulce sabor,
y soy osado por temor
y sé perder y ganar,
y, cuando soy vencido, sobrepasar.
De otro modo no tendría remedio,
mas porque sabe que vencido estoy,
saca mi dama tal razón
que quiere que vencido la venza.
Así debe apoderar
franca humildad con riqueza,
y porque no hallo valedor,
con ella me puedo ayudar,
más ruegos y merced clamar.
Y pues en su mantenimiento
así del todo me abandono,
ya no debe decirme “no”,
pues sin toda reticencia
soy suyo para dar y recibir.
Y todo hombre hace gran locura
que diga que yo me vuelva a otro lado.
Mas amo con ella mezclarme
que con otra gozo conquistar.
Bello Rainier, por mi creencia,
no os sé par ni compañero,
pues todos los valientes barones
valen bajo vuestra valía.
Y pues Dios os hizo sin par
y os dio a mí por servidor,
os serviré con alabanza
y de otras cosas, cuanto pueda hacer,
Bello Rainier que sois, si os parece.
Pues vemos que el invierno se enoja
Pues vemos que el invierno se enoja
y se aparta del tiempo amoroso,
que no se oyen cantos ni lais
de los pájaros en vergeles frondosos;
por el frío del oscuro tiempo
no dejaré de hacer un verso
y diré algo de mi deseo.
Largo deseo y grave fantasía
he tenido en el corazón codicioso
hacia aquella que dulcemente me atrae,
mas nunca hacia ella fui orgulloso,
antes la llevaba en el corazón leal.
Muy ligero fui para engañarme,
mas pecado tenga el amante.
No por otro orgullo me aparto
de su amor, del cual estoy tan ansioso,
y conozco bien cómo me satisface,
y fui alegre en el extranjero.
Las sobras soy del caudal,
pues nunca por otra quise luchar,
ni por mí ni por mi intérprete.
Todo malvado, pues gran carga
me tiene la dama cuando piensa en vos,
y cuando oigo hablar de ello me estremezco,
y jamás seré gozoso en el día,
pues estoy airado de vuestra alabanza
y tengo gozo de vuestro reproche,
y me agradan todos vuestros daños.
No puedo cambiar que no me incline
hacia aquel gozo tan orgulloso,
pues nunca vi orgullo que no se abajase:
cuando más sube, mejor cae abajo.
Y es necio quien ve y quien oye
y no sabe mejor escoger,
y en el siglo hay de esos tantos.
Hoy más se fingen amantes y lais,
aquellos que no están enojosos,
que a todos los acaban y los lais,
por eso no soy poderoso.
Pues poder no sé ni bien ni mal,
bien es justo que se le abandone,
y he perdido mi afán.
Cuando el hombre está en poder ajeno
Cuando el hombre está en poder ajeno,
no puede cumplir todos sus deseos,
antes debe a menudo renunciar
para que el otro tenga su voluntad.
Pues ya que en poder me he puesto
de Amor, seguiré los males y los bienes,
los agravios y los derechos, los daños y los provechos,
pues así me lo manda la razón.
Porque quien quiere agradar al mundo
muchas veces debe sufrir
lo que le desagrada, con gentil disimulo,
con apariencia de indiferencia.
Y luego, cuando ve que su lugar está,
contra aquel que lo ha despreciado
no debe ser flojo ni cobarde,
pues en gran derecho valen pocos reproches.
Tanto tengo de juicio y de saber,
que de todo sé escoger lo mejor,
y sé conocer y agradecer
a quien me sabe honrar y tener en estima.
Y me tengo al uso de los genoveses,
que con buen semblante alegre y cortés
son amorosos con sus amigos
y orgullosos con sus enemigos.
Quiero mantener Valor y Juventud,
y obedecer a las buenas damas
y servir a la gente cortés.
Y no tengo gran cuidado de riquezas.
Y si tuviera poder,
no hay conde ni duque ni marqués
a quien más agradara mi oficio
ni menos se contentara de viles barones.
Aquel que puede y no quiere valer,
como no se esfuerza en morir,
Dios, pues la muerte no lo digna de acoger,
para causar enojo y desplacer,
es demasiado flojo, como honrado campesino
cuando recoge las rentas y los tributos:
corazón podrido con cuerpo venenoso,
vive sin gracia de Dios ni de nosotros.
Buena dama, creo ver a Dios
cuando vuestro gentil cuerpo contemplo:
y porque tanto os amo y os deseo,
gran bien debería alcanzarme.
Pues así me ha vuestro amor conquistado,
y vencido y cansado y preso,
que ante todo el mundo, aunque mejor fuese,
me tendría yo pobre sin vos.
Dama, cuando os vi permanecer
y me sucedió apartarme de vos,
tanto me angustiaron los suspiros
que casi me sucedió caer.
Ay, bella dama, franca cosa,
válgame con vos Dios y Merced.
Retenedme a mí y mis canciones,
aunque pese al cortés celoso.
Dama, por vos amo Narbona,
y Molinatz y Savartés,
Castilla y el buen rey don Alfonso,
de quien soy caballero por vos.
Honrado rey, franco y cortés,
de En Durfort os ruego, y no os pese,
que entre vuestros honrados barones
lo retengáis, pues es razón.
Emperador de los genoveses,
permanezco y he conquistado tal feudo,
que es agradable y bello y bueno,
y soy amigo de los borbones.
Cuando un hombre honrado cae en gran pobreza
Cuando un hombre honrado cae en gran pobreza,
que ha sido rico y de gran ventura,
de vergüenza no sabe cómo conducirse,
antes prefiere cubrir su desgracia.
Por lo cual es mayor merced y más franco don
cuando se hace bien al pobre vergonzoso,
que tiene menos que otros en quien confiar.
Yo era rico y de buena manera
hasta que mi dama me tornó en error,
pues me es mala y salvaje y guerrera.
Y comete pecado, pues así me deshonra.
En mí no encuentra ninguna falta,
sino que le soy fiel y amoroso,
y de este agravio no me quiere dar perdón.
Y su guerra contra mí es tan soberana,
que si me hace mal no me atrevo a tomar venganza.
Pues si huyo o cambio mi camino,
ante mis ojos veo su bella semblanza.
Por lo cual no soy poderoso para huir
ni para volver; por lo cual me sería bueno
pleito o tal fin en que ella tuviera honra.
Nada me valen fuerza ni ingenio que yo le busque,
más que al encerrado, cuando teme la muerte,
que construye dentro y abre saetera
y contra el ejército toma defensa de disparo.
Mas el otro arquero de fuera es más hábil,
que hiere primero por aquel lugar descubierto.
Y mi dama me tiene en tal balanza.
Ella es tan dulce, franca y placentera,
con corteses dichos y bella semblanza,
que no tengo poder para resistirle.
Más que el ave criada allá en Francia,
cuando se la llama y responde al instante,
y sabe que está muerta, así mi corazón voluntarioso
ante las mil saetas que sus bellos ojos me lanzan.
Falta tuve cuando la llamé mentirosa,
mas amante loco no tiene juicio ni memoria.
Casi muero, pues tanto me es verdadera,
que me ha alejado de la pobre esperanza
de la cual yo era en aquellas horas gozoso.
Mas ahora estoy de amor y de gozo privado,
si gozo entero no me da concordia.
Canción, ve al buen rey de Cerveira,
que de buen precio no tiene igual en el mundo,
solo más franco fue hacia mi dama de Cabreira,
que de otra cosa no hace desmesura.
Y todo rico hombre, cuando destruye a sus barones,
es menos amado y estimado por los más valientes,
y yo lo digo, pues le porto fiel amor.
Na Vierna, yo no me quejo de vos,
mas bien me sería menester más recto consejo
de la larga espera en que tenía esperanza.
Hermano, bien quiero que mantengamos a los valientes
y confundamos a los malvados envidiosos,
pues no se tiene mi Rainier en balanza.
Bello Castiatz, vuestro precio poderoso
está en lo alto, cuando todos los otros van abajo,
pues con mejor valor se mejora y se engrandece.
Y porque no veo a mi Gazanhat ni a vos,
no puedo estar alegre ni gozoso.
Si yo estuviera en una corte donde se mantuviera la justicia
Si yo estuviera en una corte donde se mantuviera la justicia,
de mi dama, aunque es buena y bella,
me quejaría, pues me lleva con tan gran agravio
que no me concede promesa ni convenio.
Y entonces, ¿por qué me promete lo que no me da,
sin temer pecado ni saber que es vergüenza?
Y me valdría más que al principio fuera esquiva,
que me tuviera en tan grave rencor.
Mas ella lo hace como quien aparenta,
que con bello semblante me ha puesto en mortal pena,
de modo que sin ella no puedo tener remedio.
Nunca mala fue tan bella ni tan buena.
En otros asuntos es cortés y escogida,
pero mal lo hace, pues en mis daños se recrea,
que peor me causa, y no se mejora
más que el dolor de muelas cuando duele en la mejilla.
Pues al corazón me golpea y hiere, sin refrenarse,
su amor con ella y con toda Provenza.
Que cuando no veo a mi Rainier de Marsella,
aunque vivo, mi vivir no es vida.
Y como el enfermo que a menudo recae,
se cura muy difícilmente, antes muere cuando sus males duran.
Así estoy muerto, si se renueva
este deseo que a menudo me quita el aliento.
A mi parecer muy tarde la conquistaré,
pues ninguna dama piensa en su perjuicio
hacia su amigo, y cuanto más la he servido
con mi poder, más sombría la encuentro.
Entonces, porque tanto la amo, soy más insensato
que el loco pastor que en el bello monte toca la caramella.
Mas vencido está quien Amor apodera.
Apoderado fui cuando vi a mi dama,
pues ninguna otra con ella se compara
en gozo entero con proeza cumplida.
Por lo cual soy suyo y lo seré mientras viva,
y si no me quiere, será agravio y desmesura.
Canción, ve a la valiente reina
en Aragón, pues más verdadera reina
no conozco en el mundo, aunque he buscado muchas,
y no hallo más sin agravio ni querella.
Mas ella es franca y leal y estimada
por toda la gente y agradable a Dios.
Y porque el rey sobre otros reyes se engrandece,
a tal rey conviene tal reina.
Bello Castiat, vuestro valor señorea
sobre todos los valores, pues con mejores hechos se engrandece.
Mi Gazanhat saluda a Dios y a Na Vierna,
pues nadie tan gentil da ni combate.
Tarde me verán mis amigos en Tolosa
Tarde me verán mis amigos en Tolosa,
y tarde veré el Pueg y Montréal,
pues he quedado del todo con Barral,
mi bello Rainier, que hallo fiel y cierto.
A Na Loba, dama, porque no os contemplo,
de los ojos os lloro y del corazón os suspiro,
cuando recuerdo vuestro cuerpo agraciado
y el dulce hablar y la cara risueña.
Y porque tenéis tan rico precio soberano,
por envidia os quieren mal las mejores.
Mi bella dama dulce, ¿qué os importa,
si a todas podéis decir: “calla, milano”,
pues mejor sabéis honrar y acoger?
Por eso os quiere el hombre más ver y oír,
pues de belleza se viste vuestra juventud
y el dulce hablar y la gallardía y el seso.
Na Raimbauda, dama, de esto me ufano,
que tomaré huerto en Biolh y casal.
Y si os place amor imperial,
por la montaña olvidaré la llanura.
Oh bella dama, a quien amo y deseo,
que nunca podré sin vos sufrir.
Y tomadme en merced y elección,
pues en vos está mi corazón y mis deseos.
Dama, bien tuve el albergue de San Julián,
cuando estuve con vos en vuestro rico palacio.
Que nunca Dios hizo día tan agradable
como aquel día que os formó con su mano.
Me maravillo de cómo os supo tan bien construir,
mas tales armas hizo para matarme.
Mas consuelo tengo, pues sois tan rica y valiente:
si me matáis, honrado soy y gozoso.
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