Poemas de Píndaro (poeta griego)

Píndaro

Poemas de Píndaro (c. 518–438 a. C.) es el máximo exponente de la lírica coral griega. Su fama reside en las Odas Triunfales o Epinicios, compuestas para celebrar a los vencedores de los juegos atléticos (Olímpicos, Píticos, Nemeos e Ístmicos).

Su estilo es célebre por su densidad, el uso de «vuelos» o digresiones míticas y una profunda convicción en la naturaleza divina del éxito y el linaje aristocrático.

Píndaro

A Teóxeno de Ténedo

Hay un tiempo para recolectar amores,

corazón mio, cuando acompaña la edad:

pero aquel que al contemplar los rayos

rutilantes que brotan de los ojos de Teóxeno

no siente el oleaje del deseo, de acero

o de hierro tiene forjado su negro corazón

con fría llama y, perdido el aprecio

de Afrodita, la de vivaz mirada,

o violentas fatigas padece por la riqueza,

o se deja arrastrar por la femenina osadía

esclavo de todos sus (…) vaivenes.

 

Más yo me derrito como cera de sagradas abejas.

por el calor mordida en cuanto pongo mis ojos

en los lozanos miembros de adolescentes mozos.

¡ Era cierto que tambien en Ténedo

Persuasión y Donosura tenían su sede

en el hijo de Hagesilao !

Según la leyenda Teóxeno fue el último amor efébico de Píndaro, y la persona en cuyos brazos falleció el poeta.

 

 

A Hierón de Siracusa

Acompañar con bárbito al espíritu y la voz, embotados por el vino,

que inventó antaño el lesbio Terpandro

al oír en los banquetes de los Lidios

el tañido repicante de la esbelta pectis.

No ensombrezcas los placeres de la vida; mucho mas llevadero

es para el hombre una existencia placentera.

 

Amar y corresponder al amor

¡hagámoslo en su momento oportuno!

¡No prosigas, corazón, porfía

envejecida más de la cuenta!

.. y los encantos de los amores que envía Afrodita,

para echar ebrio, con Químaro,

un cótabo por Agatónides…

 

 

A Hierón de Siracusa II

Reluce su fama

en la colonia, por sus hombres célebres, del lidio Pélope.

Por éste sintió pasión el poderoso Posidón,

el que la tierra conduce, cuando Cloro lo sacó

del inmaculado caldero

provisto de un brillante hombro de marfil,

¡En verdad que es mucho lo asombroso!

 

E incluso puede acontecer que los rumores

de los mortales, habladurías adornadas con abigarradas

ficciones, trasgrediendo el relato verdadero,

nos engañen por completo.

 

A Hagesídamo, vencedor en el pugilato

Leedme en voz alta el nombre del vencedor olímpico,

el hijo de Arquéstrato, a ver en qué parte de mi espíritu

está escrito, pues se me había olvidado que le debía

un dulce canto.

Musa, tu y la Verdad,

hija de Zeus, con la mano enderezadora,

rechazad la censura embustera

de que he faltado contra el huésped….

así también cuando un hombre, Hagesidamo,

que ha conseguido victorias llega al predio de Hades

sin ser cantado, con vana aspiración ha obtenido para su esfuerzo

placer breve; pero sobre ti la lira de grata voz

y la dulce flauta esparcen su encanto.

 

Nodriza de tu ancha fama

son las Piérides, hijas de Zeus.

Yo he emprendido esta tarea con afán y me he posado

sobre el glorioso pueblo locro, para verter

miel sobre esta viril ciudad.

 

Al hijo seductor de Arquéstrato

he elogiado, pues le vi vencer con la fuerza de su puño

junto al altar de Olimpia

en aquella ocasión:

poseía esa mezcla de hermosura externa

y lozanía que antaño a Ganímedes

libro de la muerte, que a nadie respeta

con la ayuda de la Cípride.

 

 

A Trasideo de Tebas

Musa, si conviniste en ofrecer, a cambio de paga,

tu voz, obediente a la plata,

a ti te corresponde hacerla tremolar aquí y allá

en honor de Pitónico,

el padre, o de su hijo Trasideo,

cuya felicidad y fama están flameantes.

 

Hermosa fue su victoria de antaño con el carro

y en Olimpia conquistaron con sus caballos

el rayo veloz de los célebres juegos;

mientras que en Pito, al bajar a la arena para la carrera ligera,

fueron superiores a la helénica concurrencia

por su rapidez. Que no ambicione yo mas bienes que los divinos,

con aspiraciones adecuadas a la edad,

 

pues cuando me encuentro con que en una ciudad

los de en medio poseen flor de prosperidad más duradera,

censuro el destino de las tiranías.

 

Dedicado estoy a los logros compartidos: fuera los envidiosos.

Mas cuando uno alcanza la cima

y con pacífica conducta escapa

de la funesta desmesura, puede hacer mas bella travesía hasta el límite

de la negra muerte si a su gratísima descendencia

ha proporcionada renombrada gloria, mas poderosa que todas las riquezas.

 

Tal don es el que distingue al hijo de Ificles,

Yolao, el que himnos dedicamos, y al fuerte Cástor,

y a ti, soberano Polideuces, hijos de dioses,

que un día habitáis en la sede de Terapna

y al otro dentro del Olimpo.

 

A Aristóclides, vencedor en el pancracio

Si bello de cuerpo y con una conducta que no desdice de su hermosura

el hijo de Aristófanes ha alcanzado la cima de su virilidad,

ya no es fácil seguir surcando el mar inaccesible

más allá de las columnas de Heracles,

héroe dios, dispuso como gloriosos testigos

del límite de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales

monstruos de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales

monstruos y por propio impulsa exploró de las marismas

las corrientes, por donde llegó hasta el punto final que le condujo de

regreso y descubrió aquella tierra.

Corazón mío, ¿hacia que ajeno promontorio desvías mi navegación ?

 

Te pido que lleves la Musa a Eaco y su raza.

Con mis palabras se compadece lo mas sublime de la justicia elogiar al

valeroso….

 

Del rubio Aquiles, ya de niño, cuando en casa de Fílira

vivía, grandes hazañas eran los juegos: muchas veces

con sus manos lanzaba, veloz como el viento, la jabalina de breve hierro,

en su lucha a leones salvajes la muerte causaba

 

y a los jabalís aniquilaba;

hasta los pies del Crónida Centauro

llevaba los cuerpos agonizantes,

a los seis años por vez primera y en todo el tiempo postrero…

 

A Hierón, rey de Siracusa, vencedor en las carreras de caballos

Nada hay mejor que el agua: brilla el oro

como luciente llama en noche oscura

entre las joyas de real tesoro.

 

¿No ves, ¡oh, musa!, en la celeste altura

que, en medio al solitario firmamento,

ninguna estrella como el sol fulgura?

 

Si celebrar victorias es tu intento,

a la olímpica lid lleva tu lira,

que otra no habrá más digna de tu acento.

 

Ella a los vates el cantar inspira

del Tonante en honor, con que resuena

la augusta casa do Hierón respira;

 

rey que a Sicilia (de ganados llena),

mientras la flor de las virtudes liba,

con cetro bienhechor rige y ordena.

 

La música dulcísima cultiva,

y, brillante cantor, el arpa hiere

con que el poeta en el festín cautiva.

 

Descuelga ya del clavo que la adhiere

a la pared, la cítara de Doria,

¡oh, musa!, si cantar tu numen quiere

 

del Alfeo y Ferénico la gloria.

¡Noble bridón!, corrió sin acicate

y a los brazos llevó de la victoria

 

a su dueño, de Pisa en el combate.

¡Ah! Con razón del rey siracusano,

sus corceles al ver, el pecho late.

 

Su fama admira el pueblo fuerte y sano

que Pélope, de Lidia, condujera;

a quien amó Neptuno soberano,

 

después que en la purísima caldera

volvió a formar su cuerpo Cloto santa

y el hombro de marfil le dio hechicera.

 

Mil maravillas hay; y al hombre encanta

fábula que de bella se gloría,

más que verdad cuya crudeza espanta.

 

Tal hermosura da la poesía

y tanta autoridad que hace creíble

lo que antes imposible parecía.

 

Mas la posteridad es infalible

juez. Hable de los númenes el sabio

sin proferir jamás calumnia horrible.

 

¡Hijo insigne de Tántalo!, el agravio

de repetir antiguas falsedades

no te hará, no, mi reverente labio.

 

Cuando, correspondiendo a sus bondades,

en Sípilo a banquete sin mancilla

convidó tu buen padre a las deidades,

 

el dios, cuyo tridente al ponto humilla,

sobre sus yeguas de oro, enamorado,

te trasportó de Olimpo a la alta silla,

 

do el tierno Ganimedes fue llevado

por el águila, el néctar delicioso

a propinar a Jove destinado.

 

Buscábante con rostro congojoso

tu madre y sus amigos por doquiera;

mas todo en vano. Entonces envidioso

 

vecino murmuró que en la caldera,

hecho pedazos mil, en agua hirviente

tu cuerpo sumergió venganza fiera,

 

y tus miembros en mesa irreverente

colocaron los dioses, su apetito

en ti cebando con horrible diente.

 

Yo blasfemias tamañas no repito.

¿Cómo acusar a un dios de intemperancia?

Es el murmurador siempre maldito.

 

Si algún mortal se vio desde la infancia

eolmado de riquezas y de honores,

por los que habitan la celeste estancia,

 

ese Tántalo fue; mas de favores

gozar no supo su soberbia loca,

a sus débiles fuerzas superiores;

 

y sobre su cabeza enorme roca

suspende Jove: aterrador castigo

que a una inquietud eterna lo provoca.

 

Y esta vida sin techo y sin abrigo,

de la sed y del hambre los tormentos,

y de insomnio sin fin, lleva consigo.

 

El néctar y ambrosía tuvo alientos

de robar a los dioses inmortales,

y dar como vulgares alimentos

 

en eterno festín, a sus iguales,

los que inmortal lo hicieron. ¡Loca empresa!

¿Qué se oculta a los ojos celestiales?

 

Por crimen tal lo arrojan de su mesa

sus divos padres; y sobre él de muerte

la sentencia común, de nuevo pesa.

 

Su juvenil mejilla apenas vierte

la flor del primer bozo, cuando ansía

a gloriosa doncella unir su suerte;

 

mas antes de pedir a Hipodamía

al príncipe de Pisa, a la ribera

del mar, va solitario en noche umbría;

 

y al que en el ponto bramador impera

con el áureo tridente, el joven llama;

y el numen de las aguas salta fuera.

 

«¡Neptuno (dice), si de Venus ama

tu ardiente pecho los preciosos dones,

hoy tus favores sobre mí derrama!

 

»Ya de Enomao, trece corazones

la lanza atravesó; de su hija el lecho

negando a los espléndidos varones.

 

»Su férrea punta aparta de mi pecho;

Y a Elis volando en rápida cuadriga,

a la victoria llévame derecho.

 

»Aborrece el peligro y la fatiga

imbele corazón; mas el valiente

que de morir la certidumbre abriga,

 

»¿cómo será posible que, indolente,

sin gloria y sin honor, vejez oscura

en paz inútil a aguardar se siente?

 

»De la victoria pende mi ventura,

y emprenderé la lid: a mis afanes

el anhelado triunfo tú asegura».

 

Dijo; y no fueron súplicas inanes.

Neptuno lo agració con carro de oro

y alados incansables alazanes.

 

Ganó a Enomao el virginal tesoro,

que seis héroes le dio, de las fulgentes

virtudes gratos al celeste coro.

 

Y hoy día, a funerales esplendentes

cabe su altar y túmulo, a la orilla

concurren del Alfeo extrañas gentes.

 

De Pélope la prez de lejos brilla

en la olímpica lid, de ligereza

y de atléticas fuerzas maravilla.

 

¡Dichoso aquel que ciñe su cabeza

con el lauro del triunfo! De dulzura

vida eterna, y de paz, para él empieza.

 

Place al mortal felicidad que dura

más que otro galardón. Al caballero

cuyo bridón cual vencedor figura,

 

con eólicos himnos tejer quiero

corona triunfal. De altos loores

otro más digno señalar no espero.

 

Quién de los más esplendidos señores

los corceles como él doma robusto

o conoce del arte los primores?

 

Tu numen protector, ¡Hierón augusto!,

con tal afán sobre tu gloria vela

que ordena los sucesos a tu gusto.

 

Que presto entonaré, tu ardor revela,

himno más dulce a tu veloz cuadriga,

si no te deja su eficaz tutela.

 

De Cronio la región, que el sol abriga,

palabras me dará: flecha volante

me guarda en su carcaj la musa amiga.

 

Es de mil modos el mortal brillante:

la regia dignidad es la suprema;

no aspires a pasar más adelante.

 

Conserva hasta la muerte la diadema:

cual la presente, espléndidas victorias

a mis cánticos den sublime tema,

y admire Grecia por doquier mis glorias.

 

 

A Saumis de Camarina, vencedor con los caballos

¡Oh, Jove soberano,

que los rayos de plantas voladoras

lanzas con fuerte mano!

Ya volvieron tus Horas

de mi canto y mi lira inspiradoras.

 

Como veraz testigo

de la altísima lid, su voz me envía.

Al triunfo del amigo

se llena de alegría

el que de ser su huésped se gloría.

 

¡Oh, vástago sublime

de Saturno, señor del eminente

Mongibelo, que oprime

bajo su mole hirviente

las cien cabezas de Tifón rugiente!

 

Este cantar sonoro

que el vencedor olímpico merece,

de las gracias el coro

a mi nombre te ofrece:

acógelo, y al vate favorece.

 

Como inmortal estrella,

el canto las virtudes ilumina.

En la cuadriga bella

hoy mi cantar camina

De Saumis, alto honor de Camarina.

 

De oliva coronado

torna dichoso de la arena Elea.

¡Ojalá que escuchado

por la deidad se vea,

que propicia le dé cuanto desea!

 

Nadie la raza iguala

de sus corceles: siempre mira henchida

de huéspedes su sala;

y en la patria querida,

merced a su virtud, la paz se anida.

 

No quiero mis loores

manchar de la mentira con el cieno:

de los calumniadores

destruyen el veneno

hechos cual los del hijo de Climeno.

 

Risa causó a las bellas

hijas de Lemnos su senil figura;

mas él a las doncellas

cortó la risa impura,

corriendo con la fúlgida armadura.

 

Al acercarse ufano

a recibir, al fin de la carrera,

de la gallarda mano

de Hipsípile severa

su corona, le habló de esta manera:

 

«¿Viste mis pies veloces?

Iguales son mi corazón y manos.

También nacen precoces,

aun en años tempranos,

del joven en la sien cabellos canos».

 

 

A Agesias de Siracusa, vencedor con el carro de mulas

El pórtico de alcázar eminente

sostiene el arquitecto con pilares

de mármoles y de oro reluciente;

 

y dorado portal a mis cantares

quiero poner: la espléndida fachada

del palacio han de ver desde los mares.

 

Quien de olímpico lauro coronada

muestra su sien y a Jove hostias ofrece

en el ara por Pisa levantada,

 

y de la noble Siracusa acrece

el glorioso recinto, ¿qué canciones,

si elogiarlo queremos, no merece?

 

¡Dichoso tú, que tal coturno pones

a tu divina planta, prole augusta

de Sóstrato, con ínclitas acciones!

 

Valor que no se prueba en lid robusta

con los hombres o el líquido elemento

ni al navegante ni al atleta gusta;

 

pero levanta eterno monumento

el pueblo a los heroicos adalides

que probaron, luchando, su ardimiento.

 

¡Agesias! Para ti el encomio pides

que dirigió de Adrasto el justo labio

a Anfiarao, honor de los Oiclides,

 

cuando la tierra, al sacerdote sabio

tragando con su carro juntamente,

de muerte infame le evitó el agravio.

 

Las siete piras al arder enfrente

de las tebanas puertas, así clama

de Talayón el vastago doliente:

 

«¿Dó está el amigo a quien en vano llama

mi triste voz, que espléndido lucero

de mis falanges pregonó la fama?

 

»Diestro vibraba el homicida acero,

y en el altar la víctima ofrecía,

santo profeta y sin igual guerrero».

 

¡Señor y dueño de la lira mía,

profeta y lidiador siracusano!

Igual elogio te compete hoy día.

 

Yo, que detesto el disputar insano,

lo afirmo con solemne juramento

que las canoras musas no harán vano.

 

¡Oh, Fintis, ven más rápido que el viento!

Unce las mulas, valeroso auriga,

que ancho camino recorrer intento.

 

Mi carro ha de llevar tu mano amiga,

hasta que a los perínclitos mayores

de tu noble señor llegar consiga.

 

Mejor que los corceles voladores

ellas conocen la gloriosa senda

desde que Olimpia las cubrió de flores.

 

A abrir las puertas, déjame que atienda,

de la canción; y por la vía llana

volemos, conductor, suelta la rienda.

 

El camino tomemos de Pitana,

que del Eurotas a la amena orilla

hoy hemos de llegar a hora temprana.

 

Fue Pitana gentil ninfa sencilla

que Neptuno sedujo; y de aquel lazo

provino Evadne, dulce morenilla.

 

El tierno fruto del vedado abrazo,

escondido hasta el crítico momento

en los pliegues guardó de su regazo;

 

y de la Arcadia al príncipe opulenta

llevaron a la niña las doncellas,

cuando pasó el feliz alumbramiento;

 

y del Alfeo en las riberas bellas

Epito la educó; y allá en Fesina

Febo, herido de amor, siguió sus huellas.

 

Ella libó las flores de Ciprina,

mas no se oculta a Epito vigilante

la que va a germinar, planta divina.

 

A Delfos se dirige vacilante,

reprimiendo el furor y pena aguda

que el corazón desgárrale punzante.

 

Desvanece el oráculo su duda.

Evadne, en tanto, en la floresta umbría

la purpurina faja desanuda.

 

Y con las parcas, a asistirla envía

Febo a Lucina, que a las madres ama:

y el dulce Yamo ve la luz del día.

 

Lo deja en su dolor sobre la grama

la triste ninfa; y llegan dos serpientes

cuyas pupilas son vívida llama.

 

Por orden de los dioses providentes,

lo nutren con la miel que en los panales

de las abejas liban inocentes.

 

Mientras, por los extensos pedregales

de Pitona, cabalga el rey gozoso,

y llega de su casa a los umbrales;

 

y a todos los domésticos, ansioso

pregunta por el vástago felice

que Evadne ha dado a Apolo venturoso.

 

De su divino padre el nombre dice;

que ha de llegar a ser sobre la tierra

profeta eminentísimo, predice,

 

y eterna, si el oráculo no yerra,

será su raza. Nadie sabe dónde

el anhelado párvulo se encierra.

 

Que ni lo vio ni oyó, firme responde

cada mujer: ¡y el quinto sol ya brilla

sobre la hierba que al infante esconde!

 

Humedecen su cándida mejilla

los pétalos de violas inmortales,

de color purpurina y amarilla.

 

La madre, atenta a conjurar los males,

nombre inmortal para su niño toma

de las flores, que ve, primaverales.

 

No bien el bozo en su mejilla asoma

(de la adorable pubertad divina

espiga de oro y prematura poma)

 

cuando al sagrado Alfeo se encamina

de noche el mozo, y salta reverente

en medio de su linfa cristalina;

 

Y a su progenitor armipotente

Neptuno invoca, y de la sacra Delos

al rey, que vibra el arco refulgente;

 

y pide a los señores de los cielos

la regia dignidad, que le permita

consagrar a los pueblos sus desvelos.

 

La voz paterna a confiar lo excita,

y, por nombre llamándolo, le jura

la gracia conceder que solicita.

 

«Levántate: mi voz guía segura

de tus pasos será; de esa montaña,

hijo querido, sigúeme a la altura.

 

»Esa comarca que el Alfeo baña,

patria común del lidiador Heleno

será, y admirador de gente extraña».

 

Así dijo el oráculo; y, del seno

de las aguas saliendo, a la eminencia

del Cronio, Yamo al dios sigue sereno.

 

Allí de sus tesoros la opulencia

descubriéndole Febo, al mozo inspira

de la adivinación la doble ciencia.

 

A oír su voz, exenta de mentira,

le enseña desde entonces; y le manda

que cuando Hércules venga (a quien admira

 

como a su flor, la raza veneranda

de los Alcides, semidiós glorioso,

cuya furia en la lid ninguno ablanda)

 

y del padre en honor funde piadoso

fiestas solemnes y robustos juegos,

sobre el altar de Jove poderoso

 

establezca el oráculo, y sus fuegos

encienda. Desde entonces renombrados

los Yámidas han sido entre los griegos.

 

Opulentos también y afortunados,

de la fama el amor los arrebata:

síguenla por caminos no trillados.

 

El valer de los hombres aquilata

su propio proceder; mas de la envidia

ninguno escapa a la cuchilla ingrata.

 

Hiere al hermoso con tenaz perfidia;

y hiere al que, girando doce veces

en redor de la meta, heroico lidia.

 

Si el olímpico triunfo hora mereces,

¡oh, Agesias!, de los ínclitos abuelos

de tu madre, lo debes a las preces.

 

Del monte de Cilene entre los hielos

aplacaban con diario sacrificio

a Mercurio, el heraldo de los cielos

 

que de Arcadia al honor mira propicio

y las coronas en la lid reparte:

a él y a Jove agradece el beneficio.

 

Ansioso siempre, ¡oh, lira!, de pulsarte,

hoy más que nunca que me aguza siento

la lengua el pedernal, no sé con qué arte.

 

¡Estinfalia Metope! Dulce viento

a tus floridas márgenes me lleva,

¡madre de la deidad por quien aliento!

 

Tú diste a luz a mi adorada Teba,

de potros domadora, en cuya fuente

permite a su hijo que sin tasa beba.

 

Jamás entono al lidiador valiente

encomiásticos himnos, si no quita

su dulce manantial mi sed ardiente.

 

¡Vamos, Eneas! A tu coro excita

a celebrar a Juno sacrosanta

que en el Partenio monte excelsa habita.

 

En acordado son conmigo canta.

El viejo adagio que desmientas quiero,

que a Beocia atribuye infamia tanta.

 

Cual báculo y querido mensajero

de las musas, y vaso que rebosa

de altisonantes himnos, te venero.

 

Manda cantar a Siracusa hermosa,

y a Ortigia, do devoto se prosterna

de Ceres a los pies color de rosa,

 

y adora la potencia sempiterna

de Júpiter Etneo y Proserpina,

el rey Hierón, que justo las gobierna.

 

Le es familiar la cítara argentina

y el dulce canto. ¡Nunca su ventura

empañe el tiempo, que veloz camina!

 

Reciba con benévola finura

su majestad los cánticos triunfales

que a Agesias consagró mi lengua pura.

 

De los sagrados muros Estinfales,

gloria de Arcadia, de su madre cuna,

torna a su patria y techos paternales.

 

En noche tormentosa, a que la luna

niega su luz, en la agitada barca

dos áncoras tener es gran fortuna.

 

A su doble mansión quiera la parca

enviar la dicha. Y tú próspero viento

da a su nave, ¡oh, del mar alto monarca!

 

Protégelo, señor, por el contento

que de Anfitrite diéronte las bodas:

y de la fama el perfumado aliento

acaricie las flores de mis odas.

 

A Cromio Etneo, vencedor con el carro

¡Vástago de la noble Siracusa,

Ortigia sacra, que reposo a Alfeo

diste cuando corrió tras Aretusa!

Los rápidos corceles, que el Nemeo

triunfo obtuvieron, cantará mi musa;

y a Cromio al celebrar, y a Jove Etneo,

empezaré por ti, cuna de Diana,

y de la errante Delos bella hermana.

 

Merced a su cuadriga vencedora

(del valiente garzón primera prueba)

de los dioses la mano protectora

de la gloria a la cúspide lo lleva.

¡Oh, musa, del combate admiradora!

Con espléndido canto al cielo eleva

la que asignó por dote a Proserpina

el señor del Olimpo, isla divina.

 

Agitando la excelsa cabellera,

de la fértil Sicilia hacerla jura

reina, y de sus ciudades la primera;

y un pueblo a quien deleita la armadura,

y el corcel de batalla, y la carrera.

También le da, que cifra su ventura

en las coronas de oro, oliva y flores,

premio de los olímpicos sudores.

 

Es sublime el encomio, pero justo,

y elevaré cual nunca mis canciones

hoy, que banquete de exquisito gusto

me aguarda en los espléndidos salones

que abre a huéspedes mil prócer augusto.

Modelo de magnánimos varones,

el fuego de mordaz maledicencia

con agua extingue de gentil clemencia.

 

Orna a cada mortal don diferente:

si a la gloria llegar quieres derecho,

sigue la inclinación que tu alma siente.

Requiere el lidiador robusto pecho,

y el gobernante previsora mente,

que del futuro tiempo esté en acecho.

En ti vigor y previsión aduna,

¡hijo de Agesidamo!, la fortuna.

 

Que no oculte jamás (al cielo plegue)

en mis arcas inútiles riquezas;

favores al amigo nunca niegue

mi mano, a ejemplo tuyo; y mis larguezas

a tanto suban que mi fama llegue

a la alta cumbre que a escalar empiezas;

que a todo pecho emprendedor alcanza

de cubrirse de gloria la esperanza.

 

Tu primera victoria es buen agüero

de más gloriosas y mayores lides.

¡Cromio feliz! Vaticinarte quiero

tu futuro esplendor, nuevo Everides;

y en dulce verso narraré el primero

triunfo que obtuvo el pequeñuelo Alcides

al ver la luz, con su gemelo hermano,

el vástago de Jove soberano.

 

Juno lo ve desde su regio asiento,

en cuna de oro y cándidos pañales.

La devoran los celos, y al momento

la reina de los dioses inmortales

dos dragones envía: al aposento

penetran por los fáciles umbrales,

a los niños terríficos enlazan,

y vivos engullirlos amenazan.

 

Con la cabeza erguida se levanta

Hércules, y hace su primer ensayo,

a ambas sierpes asiendo la garganta

con tanta fuerza, que letal desmayo

de los dragones el furor quebranta

hasta morir. Cual subitáneo rayo

entra el terror, y a las esclavas llena,

que al lecho velan de la bella Alcmena.

 

Ella sale también, aunque desnuda,

del lecho, y a los monstruos se abalanza;

un tebano escuadrón viene en su ayuda,

armados todos con loriga y lanza:

su acero esgrime, víctima de aguda

pena Anfitrión, y a su cabeza avanza;

que el propio luto nos desgarra el seno,

aunque pronto olvidamos el ajeno.

 

Terror y admiración el padre siente

al ver tanto valor, y tan extraña

fuerza en un niño; el cielo así clemente

del anuncio fatal lo desengaña.

Al profeta de Jove omnipotente,

que lee lo porvenir en cada entraña

de las aves, Tiresias su vecino,

llama Anfitrión, y acude el adivino.

 

A la tebana multitud, que atenta

escucha el vaticinio, las gloriosas

penas, y hazañas del infante cuenta.

Cuántas, en tierra, fieras perniciosas

su invicta mano domará sangrienta,

y cuántas en las ondas borrascosas;

a qué malvados de la raza humana

justiciero dará muerte temprana:

 

todo el vate narró. De los gigantes

predice, y de los númenes la guerra:

Hércules, con sus flechas penetrantes,

a los monstruos hará morder la tierra

en los campos de Flegra. Tras brillantes

proezas, su carrera al fin se cierra

yendo entre los celestes moradores

el premio a recoger de sus labores.

 

Perpetua paz y dicha sempiterna

allí le aguarda, y eternal reposo:

se enlazará con Hebe, virgen tierna

de juventud perenne y rostro hermoso;

en la dorada habitación paterna

hará el nupcial banquete suntuoso,

y de Saturnio Júpiter al lado

vivirá, de los númenes amado.

 

A Timodemo de Atenas, vencedor en el pancracio

Es ley de los Homéridas

armónicos cantores,

de Júpiter Olímpico

siempre con los loores,

sus dulces himnos épicos

devotos empezar.

 

El héroe de mi cántico,

así el primer trofeo

obtiene en los certámenes

sagrados del nemeo

bosque, do reina Júpiter

cual numen tutelar.

 

Si por la senda plácida

sin vacilar camina,

que hizo a su padre célebre;

y el Hado lo destina

a ser de Atenas bélica

decoro y esplendor,

 

que vencerá en los ístmicos

combates yo le auguro;

y aun en la arena pítica

aguarda de seguro

de Timonoo al vástago,

la codiciada flor.

 

Orión así a las pléyades

siempre a seguir se inclina;

sabe formar intrépidos

guerreros Salamina:

de Áyax el brazo indómito

Héctor en Troya vio.

 

¡Oh, Timodemo! Gózome

de ver crecer tu gloria

con nueva hazaña atlética:

narra la antigua historia

que Arcania hijos magnánimos

a Grecia siempre dio.

 

Jamás un Timodémida

saltó a la arena ardiente,

sin que laurel espléndido

ciñera su alba frente.

Cuatro al Parnaso altísimo

tus padres deben ya.

 

Al pie de aquellos ásperos

montes, en cuyas faldas

salió triunfante Pélope,

hasta hoy ocho guirnaldas

de los corintios ínclitos

la decisión les da.

 

En Nemea su mérito

ha conquistado siete.

¿Quién computar el número

de lauros acomete,

que en los juegos de Egíoco

les diera su ciudad?

 

¡Cantad, hijos del Ática,

hoy que al nativo puerto

de flores honoríficas

torna el joven cubierto:

mil himnos eucarísticos

a Júpiter cantad!

Píndaro

 

A Jenofonte de Corinto, corredor en el estadio, vencedor en la carrera y en los cinco juegos

Al ensalzar la casa que en Olimpia

tres coronas ganó, del peregrino

asilo, y con el deudo complaciente,

de Corinto la fama clara y limpia

canto también; vestíbulo divino

del ístmico monarca del tridente,

y cuna floreciente

de graciosas doncellas;

en donde Eunomía mora

y sus hermanas bellas:

la Paz encantadora

y la firme Justicia, que robusta

los Estados sostiene.

Por ellas la riqueza al hombre viene

y de Temis veraz son prole augusta.

 

Ellas de su pacífico recinto

alejan la Insolencia deslenguada,

madre de la Arrogancia. Ciento y ciento

cantilenas en honra de Corinto

quiere entonar mi cítara, impulsada

por mi genial justísimo ardimiento.

¿Su natural talento

a quién ahogar es dado?

¡Hijos del nombre Aleta!

El lauro destinado

al vencedor atleta,

las Horas, ricas en preciosas flores

os dieron, y la llama

que vuestro corazón vívida inflama

y os hace de mil artes inventores.

 

Gloria al descubridor atrae su invento.

La gran festividad de gracias llena

y el báquico cantar que premia el toro

¿dónde nacieron?; ¿dónde, el instrumento

que al rápido corcel lanza y enfrena?

¿Quién a los templos añadió decoro

con las águilas de oro?

En tus sagrados muros

musa gentil florece,

y sus perfumes puros

a tus hijos ofrece,

¡feliz Corinto!, y a su lado Marte

pone en la fuerte diestra

de tu fiel juventud, ya en la palestra,

ya en el sangriento campo, su estandarte.

 

¡Oh, de Olimpia señor, rey soberano!,

escuchar no desdeñes mi concento

ahora ni nunca, ¡oh, Júpiter tonante!

Rige a este pueblo con benigna mano,

y a Jenofonte, el favorable viento

de la prosperidad, manda constante.

El himno que, triunfante

en la pisana arena,

te ofrece agradecido,

según la ley ordena,

que recibas te pido.

En la carrera alcanza la victoria,

luego en las cinco lides.

¿Quién entre los pasados adalides

se sublimó jamás a tanta gloria?

 

De las ístmicas turbas a la vista

con dos guirnaldas de apio ornó su frente;

ni fue desfavorable el juez Nemeo.

Mientras, su padre tésalo conquista

verdes laureles (corredor valiente)

en las orillas del sagrado Alfeo.

Espléndido trofeo

un mismo sol le dona

en la carrera doble

y el estadio, en Pitona;

y un mismo mes, su noble

cabeza en los certámenes de Atenas

ciñó triple guirnalda,

y otras siete coronas de esmeralda

obtuvo en las helótides arenas.

 

En los marinos juegos de Neptuno

el ínclito varón, y Teodoro,

su valeroso padre, altos honores

y elogios alcanzaron cual ninguno.

¡En Delfos cuánta prez! ¡Cuánto decoro

del bosque del león entre las flores

os dieron los sudores!

A los varones claros

que ostentan noble brío

y fuerzas, a igualaros

en glorias desafío.

Yo, ni vuestras hazañas, ni la arena

contaré, de los mares.

Mas tomen otro giro mis cantares.

¡Oh, musa!, es tiempo ya: tu vuelo enfrena.

 

A mi pobre barquilla empuja el viento

de la alabanza; y al cantar mi lira

de tus progenitores la prudencia

y en las lides el bélico ardimiento,

no empañará, ¡oh, Corinto!, una mentira

de mis suaves elogios la cadencia.

Cantaré la excelencia

de tu Sísifo, astuto

y cual un numen sabio

y pagará tributo

de admiración mi labio

a la tierna Medea, salvadora

de Argo y de sus remeros,

que, hollando amante los paternos fueros,

se une a Jasón, a quien su pecho adora.

 

Delante las altísimas murallas

de la sagrada Ilión, al efireo

se miró, ya sitiado, ya asaltante,

la suerte decidir de las batallas.

El uno en pos del vástago de Atreo

en arrancar a Helena de su amante

empéñase arrogante.

El otro, de la bella

fiel combate al servicio,

y hasta el griego se estrella

al pie de Glauco el licio,

quien de ser heredero se gloría

del reino floreciente,

y el palacio y ciudad, junto a la fuente

Pirene, que su padre poseía.

 

¡Cuántas penas al príncipe atrevido

en sus orillas trajo el loco empeño

de domar al corcel de raudas alas

de la feroce górgona nacido,

hasta que el freno de oro, en dulce sueño,

llevarle se dignó la virgen Palas!

En sus sagradas salas

clama con voz adusta:

«Belerofonte amado,

de Eolo prole augusta:

¿tú duermes descuidado?

Salta del lecho, y ese freno de oro,

que ahí mágico asoma,

lleva a Neptuno, que corceles doma,

inmolando en su honor cándido toro».

 

Al dormido garzón así parece

decir la virgen del broquel divino.

Se incorpora veloz, y el milagroso

freno, que ante sus ojos aparece,

lleva sin dilación al adivino

de la ciudad, y el hecho portentoso

le narra presuroso:

su sueño al pie del ara

y oráculo sagrado

de Palas, y la rara

visión en que el dorado

instrumento le da la casta Atena,

progenie del tonante,

a Ceránides cuenta; que al instante

lo que el sueño mandó cumplir ordena.

 

Al monarca del líquido elemento

que circunda la tierra, buey robusto

inmola y, obediente al gran profeta,

a la ecuestre Minerva (monumento

de su piedad) erige altar augusto.

Cuanto está fuera de la humana meta

la alta virtud sujeta

de los dioses, y leve

empresa es en su mano

la que el hombre se atreve

a acometer en vano.

Del alado corcel Belerofonte

en la fogosa boca

el instrumento celestial coloca

que le permite que a Pegaso monte.

 

Con armadura y acerado alfanje

se ejercita sobre él y juguetea.

Sale de las flecheras amazonas

contra la ruda femenil falange,

y con dardos destrísimo pelea,

que alto dispara en las aéreas zonas.

El potro no abandonas

sin que tu diestra mate

a Quimera, que fuego

respira, y en combate

mortal derribes luego

a los solimos. De tu fin ya no hablo,

¡cabalgador sublime!

En Olimpo su huella el potro imprime,

y entra de Jove en el eterno establo.

 

De poéticas flechas rauda nube

he fijado en el blanco, y ya no es justo

que errar mis tiros el mortal me vea.

¡Oligetidas! De las musas tuve

para alabaros mandamiento augusto.

Triunfantes en el Istmo y en Nemea,

¿quién habrá que no crea

el veraz canto y breve

que vuestras altas glorias

a los cielos eleve?

Sesenta las victorias

fueron, que en uno y otra pregonara

el heraldo admirado;

y ya mi dulce lira ha celebrado

las que en Olimpia os dan fama preclara.

 

De la ínclita familia ya mi musa

nuevas proezas celebrar confía;

pero de Dios lo porvenir depende.

Si el numen tutelar no le rehúsa

la santa protección del primer día,

al dios adusto que la guerra enciende

dejad que recomiende,

y a Júpiter divino,

las fúlgidas guirnaldas

que le dará el destino.

¡Del Parnaso en las faldas

cuántas obtuvo ya! ¡Cuántas en Tebas

y Argos ganar le veo!

En Arcadia, de Júpiter Liceo

dará el altar de sus hazañas pruebas.

 

Su valor atestiguan Siciona,

y Pelene, y la espléndida Megara,

y de Éaco el santuario allá en Egina.

Lo proclaman la ilustra Maratona

y con Eleusis la ciudad preclara

que en el Etna sublime se reclina,

y Eubea la marina.

Recorre a Grecia entera:

es tal doquier su gloria

que retenerla espera

en vano tu memoria.

Haz que caminen con ligera planta

los nobles vencedores,

¡oh, Jove salvador! Dales honores

y la felicidad que al hombre encanta.

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