Poemas de Romanos el Meloda
Poemas de Romanos el Meloda (siglo VI) es considerado el más grande poeta litúrgico de la cristiandad bizantina. De origen sirio, transformó la predicación en arte mediante la creación del kontakion, una forma de sermón lírico cantado.
Su obra destaca por el dramatismo, utilizando diálogos vívidos entre personajes bíblicos para acercar la teología al pueblo. Un lenguaje sencillo pero profundamente emocional, alejado de la rigidez cortesana.
Se le atribuyen cerca de mil himnos (destacando el de la Natividad), consolidando la estructura métrica basada en el acento tónico, influyendo permanentemente en la música y espiritualidad ortodoxa.
Cristo Está a Tus Puertas
Cristo está a tus puertas:
¡Betlem, preparaos!
Pronto, para salvar a todos los mortales,
amanecerá la Navidad.
Bethlem, decorar al pesebre,
agrupar a la banda de pastores;
Cristo está cerca de tu frontera,
Cristo, del cielo, Rey.
Llama al extranjero
real fuera de tierras persas.’
Así, y en el orden debido,
los anfitriones Angelick cantan.
La Natividad de María
Joaquín y Ana fueron liberados
del deshonor de la esterilidad,
y Adán y Eva de la ruina de la muerte
por tu santa natividad, oh Inmaculada.
También te festeja tu pueblo,
reo de los tropiezos para ser rescatado
y gritándote: «La estéril da a luz
a la Madre de Dios y alimento de nuestra vida».
Los Tres Jóvenes en el Horno
A una imagen hecha por mano humana,
los que no adorasteis,
sino que a una esencia no escrita os acorazasteis,
los tres veces felices,
en la arena del fuego fuisteis glorificados;
en medio de una llama,
permaneciendo irresistibles
invocasteis a Dios:
«Apresúrate, Misericordioso,
y ven compasivamente en nuestro auxilio,
porque puedes lo que deseas».
Los tres a la Trinidad servisteis por igual,
la ira del rey y los mandatos inhumanos
despreciasteis, jóvenes santos;
nos habéis dejado un modelo,
haciéndoos defensores de la fe.
Apresúrate, Compasivo,
y ven rápido, Misericordioso,
en nuestro auxilio,
pues consigues lo que deseas.
María y los Reyes Magos
Hoy la Virgen da a luz al Sobrenatural,
y la tierra una cueva
ofrece al Inalcanzable.
Los ángeles con los pastores
cantan la gloria,
y los Magos por una estrella son conducidos.
Para nosotros ha nacido
un nuevo Niño,
el Dios anterior a los siglos.
Adán y Eva en el Portal
El que antes del lucero de la mañana
fue engendrado por el Padre sin madre, sobre la tierra
sin padre, se ha encarnado hoy por ti.
De ahí que una estrella anunciase a los Magos,
y los ángeles, junto con los pastores, cantasen
a tu parto sin semilla, oh llena de gracia.
Estrofas Navideñas
Marchad delante, poderes angélicos. Habitantes de
Belén, preparad el pesebre, porque nace el Logos, aparece
la Sabiduría. Dale un abrazo, Iglesia, para alegría de la
Madre de Dios. Pueblos, digamos: «Gloria a ti, bienaven-
turado Dios, nuestro recién nacido».
Al ver que los poderes del cielo acudían a adorar al
Encarnado, José no conocía el misterio del recién nacido
Rey ni el de los Magos que adoraban con dones
al que provenía de la Virgen.
Por eso decía: «Gloria a ti, bienaventurado Dios,
nuestro recién nacido».
Nosotros hemos obtenido del recién nacido la victoria
sobre los enemigos; derribemos la dominación de Belial.
En efecto, al nacer Cristo, el tirano está encadenado.
Por eso debemos adorar tu parto, bienaventurada Madre de
Dios, exclamando confiadamente: «Bienaventurado el que
ha nacido de una muchacha Hija de Dios».
Oh Virgen, has sido declarada montaña espiritual; de
ti ha sido extraída la Piedra angular6, que el profeta vio que
destruía la imagen7, lo mismo que esa [Piedra] ha roto el
poder del maligno corruptor de los hombres.
Por eso debemos exclamar:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Pastores, escuchad el sonido de la trompeta. Magos,
tened horror a las palabras mágicas. En efecto, el Logos es
engendrado, Dios se manifiesta. Hijas de reyes, entrad en la
alegría de la Madre de Dios. Pueblos, digamos: «Gloria a
ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
La Virgen, sin conocer a varón alguno, ha dado luz
a la Alegría. La tristeza del antepasado por siempre ha sido
suprimida. El Increado nace. El Inmenso se hace sitio. Hoy
se manifiesta la Gracia, hoy el extravío ha sido debilitado.
Pueblos, digamos: «Gloria a ti, bienaventurado Dios,
nuestro recién nacido».
Pastores, arrojad la flauta pastoril y cantad al Señor
en Belén, porque ha nacido de una muchacha el que rescata
al mundo, y es desligada la maldición de Eva por el que
ha nacido de la Virgen. Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
¿Qué inteligencia humana podrá explicar tu parto?
¿Cómo podremos llamarte, gloriosísima María?
Ciertamente en ti se encarnó el que modeló la creación. «Alégrate»,
clamaré a la Cordera. «Alégrate», clamaré a la Virgen.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Aplaudamos ahora con gritos de júbilo, organicemos
un coro angélico, porque el Señor ha nacido de María,
la Virgen, para levantar a los caídos y enderezar a los
postrados, que exclaman con fe:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Mira, Virgen que has dado a luz al Emmanuel,
también se han cumplido las profecías de los portadores de
Dios. La vara ha germinado, como dijo Isaías. Se te ha
dado a conocer en medio de dos animales al que has traído
para la salvación de tu pueblo16; por eso exclamamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
El gran misterio divino y piadoso del Padre se ha
manifestado al mundo gracias a una muchacha, porque el
que conserva todas las cosas se ha hecho niño, ha tomado
voluntariamente la forma de la carne de Adán a partir de
una [mujer] sin relaciones de matrimonio. Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Una flor nacerá de la vara de Jesé, se predice por el
radiante profeta. En efecto, miremos a la Virgen que,
por encima de la naturaleza, da a luz el Espino anhelado desde el
cielo, y está sentado en el trono con el Padre en las alturas.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Apresuraos, por tanto, vigilantes pastores. Mirad a
Dios que juega como un niño de manera inalterable; cesad,
los que tocáis la flauta, y los que danzáis contemplad,
porque la Madre de Dios tiene en sus brazos al Hijo anterior
a la aurora. Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Un profeta te preanunció antiguamente [como]
Monte de Dios a ti, la [Virgen] sin marido, augusta y gloriosísima.
En efecto, la Piedra dividida de tu vientre es nuestro Salvador.
Adán cosecha la libertad, desata las ataduras del pecado.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Cantad incesantemente un himno de alabanza al
Señor que nace en Belén, porque se ha hecho carne sin semilla
y en verdad ha nacido.
Pueblos, celebremos con cánticos junto a los ángeles:
«Gloria a Dios en las alturas»,
exclamando confiadamente:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Enséñanos a regocijarnos, oh Virgen, con tu parto
místico, envuelto entre pañales en un pesebre, porque,
morando en [tu] seno no rompió tu virginidad.
Encarnándose voluntariamente,
aparece el Logos que se hace carne de manera inexplicable.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Los pueblos verán al Salvador de la gloria que surge
de un seno virginal. Ciertamente los pastores se maravillan,
y los Magos le ofrecen incienso, oro y una especie de
mirra24, símbolos para los creyentes de la Trinidad.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Adán es hoy liberado del error y del sombrío engaño
del criminal [demonio]. Ciertamente Cristo, como
hombre, recibe el cuerpo que proviene de la Virgen,
y llamando a Adán quita la perdición a partir de la Virgen.
Pueblos, digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Símbolo del arca es prefigurada la Virgen que dio
a luz Dios, propiciatorio del universo, en la que también
estaba la urna y el maná, y gracias a ella Israel fue guiado.
Por eso también nosotros debemos decir un himno:
«Bienaventurada la que dio a luz a Dios de manera indescriptible».
Indescriptible y estremecedor es el misterio del Logos para todos,
hombres y ejércitos de fuego,
pues apoderándose de los poderes incorpóreos se hizo carne.
Pero cómo ha venido, se oculta a todos.
Por eso debemos decir:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Congratulaos, cielo y tierra, porque veis al Emmanuel,
que los profetas anunciaron, como un hombre visible
y reclinado en un pesebre, a quien los coros de los incorpóreos
tiemblan siempre cuando miran atentamente. Digámosle:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Las dignidades angélicas han conocido perfectamente
que hoy ha nacido el que, con el Padre,
ha organizado todas las cosas, y los Magos proclaman:
«Cristo ha nacido hoy de la Virgen para nuestra salvación.
Por eso exclamad: “Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién
nacido”».
«Ahora corramos con premura a Belén y conozcamos
exactamente la voz de la esperanza», dijeron unos a
otros los pastores que estaban en el campo. «En verdad es
extraño lo que se ha dicho, pero aún más estremecedor es
lo que se oye; por eso digamos:
“Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido”».
Al contemplar en el indigente, como un niño que
descansaba en un pesebre, al único benefactor y Señor de
todos, el coro campestre de los pastores, juntamente con los
ángeles, exclamó gozoso: «Gloria a Dios en las alturas»30;
por eso debemos decir: «Gloria a ti, bienaventurado Dios,
nuestro recién nacido».
Enseñados sabiamente por Dios, los Magos se presentaron
en seguida desde el Oriente buscando al recién
nacido, Rey de la creación. En efecto, al ver la estrella matutina
que brillaba con nitidez y como eran sabios dijeron
con lucidez:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Llevando incienso, oro y mirra, y viendo el resplandor
de la brillante estrella, los Magos se lo ofrecieron
al recién nacido; de ahí que también reconocieran al que
se manifestaba proviniendo de la [Virgen] pura. Por eso ex-
clamaron:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
He aquí que la Virgen pura clamó: «Doy a luz ahora
al Niño que está por encima del pensamiento y la palabra,
al Dios que Isaías…», que ilumina todas las cosas,
que conserva esa incorruptibilidad y que libera el pecado de Adán.
Por eso digamos:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
Ejércitos y poderes celestes cantan asiduamente en
el cielo un himno y claman sin cesar. Y los mortales,
adorando en la cueva, exclaman:
«Gloria a ti, Cristo, que has bajado para salvar
de la maldición a los terrestres. Por eso debemos decir:
«Gloria a ti, bienaventurado Dios, nuestro recién nacido».
La Anunciación y José
Se asombró José
al contemplar lo que supera la naturaleza,
y comprendió tu embarazo sin semilla,
oh Madre de Dios,
el rocío sobre la lana,
en el fuego la zarza
incombustible,
vara de Aarón
que ha florecido.
Testimoniándolo, el Pretendiente y Custodio
gritó a los sacerdotes:
«Una Virgen da a luz y después del parto
también permanece virgen».
Los Santos Inocentes y la Huida a Egipto
Cuando nació el Rey en Belén,
los Magos de Persia
vinieron con regalos
guiados por una estrella del cielo.
Pero Herodes se turba
y siega a los niños
como grano, quejándose
porque su poder
en seguida sería derrocado.
Bautismo de Jesús
Hoy te has manifestado
al mundo,
y tu luz, Señor,
nos ha enseñado
a los que te cantamos en reconocimiento:
«Has venido, te has aparecido, luz inaccesible».
Al verte en las corrientes
del Jordán
queriendo ser bautizado,
el gran Precursor, oh Cristo,
exclamó con alegría:
«Has venido, te has aparecido, luz inaccesible».
A los Neófitos
Los hijos de la piscina1, todos los neófitos,
dándote gracias exclamamos, Cristo Dios:
«Nos has iluminado con la luz de tu rostro,
nos has revestido con la túnica,
santa de tu fiesta nupcial.
¡Gloria a ti, gloria a ti, porque lo has deseado así!».
Adán y el Bautista
Al temer tu venida corporal,
el Jordán se retiraba hacia la orilla asustado;
cuando Juan realizaba
su ministerio profético, se retraía con temor.
Los ejércitos angélicos se asombraban
al verte entre las aguas bautizado,
y todos los que estaban entre tinieblas
eran inundados de luz y te cantaban a ti,
que has aparecido e iluminado todo.
La Presentación
El coro angélico
asómbrese ante la maravilla,
los mortales cantemos
un himno a voces
al ver la indecible
condescendencia de Dios;
pues al que temen
los poderes de los cielos,
ahora sostienen
unas manos ancianas,
al único Amigo de los hombres.
Al hacerte hombre por nosotros
mediante una Virgen
y alzado, como recién nacido,
en brazos de un anciano,
levanta el cetro
de nuestros fieles soberanos.
Fortalécelos
en tu poder, oh Logos,
alegra tú
su piadoso reino,
único Amigo de los hombres.
Al santificar con tu nacimiento
el seno virginal,
y bendiciendo, como conviene,
las manos de Simeón,
también has venido ahora
para salvarnos, oh Cristo Dios.
Pero concede la paz
al Estado en guerra
y da fuerzas
a los reyes que te aman,
único Amigo de los hombres.
Los Mártires de Sebaste (I)
No pudo asustaros la espada líquida,
confiando en el fuego de la divinidad,
que os ha revestido, mártires santos.
Alineados frente al hielo y el frío
y presentados ante los rayos de lo alto
habéis alcanzado las coronas.
Todas las armas de la carne habéis depuesto
y desnudos habéis entrado en medio del lago,
oprimidos por el frío y calentados por la fe,
atravesasteis el fuego, vencedores,
y del agua, justamente por Dios,
habéis alcanzado las coronas.
La espada líquida no os intimidó, oh santos,
cuando en el lago helado fuisteis sumergidos con valor,
noblemente habéis padecido los azotes de los tiranos.
Ahora los poderes de los cielos se enorgullecen,
se regocijan, se alegran y también el género humano,
porque habéis alcanzado las coronas.
Los Mártires de Sebaste (II)
Dejando de lado todo el ejército del universo,
habéis sido fieles al Soberano de los cielos,
oh cuarenta atletas del Señor.
Habiendo atravesado fuego y agua, bienaventurados,
habéis sido dignamente merecedores
de la gloria de los cielos y de multitud de coronas.
Alégrate, ejército del Rey de la gloría,
alegraos, luminosos astros de la piedad,
alegraos, guardianes seguros de la Iglesia,
alegraos, cerrojos regios,
alegraos, fortalezas de la ciudad;
los cuarenta atletas [que sois],
en el [día de] vuestra memoria,
¡compadeceos de nosotros!

La Anunciación de María
Sabemos, Señor,
que nadie es tan misericordioso como tú,
pues naciste
y has sido llamado hijo de una mujer
que tú creaste;
la estimamos bienaventurada
todos los que clamamos:
¡Salve, esposa virginal!
La Misión de los Apóstoles
A los seguros e inspirados heraldos,
al coro de tus discípulos, Señor,
los has llevado al disfrute y descanso de tus bienes,
porque aceptaste sus fatigas y muerte
por encima de toda ofrenda,
pues eres el único que conoce
la intimidad de los corazones.
Tú, que hiciste más sabios a los pescadores
que a los oradores,
y los enviaste como heraldos por toda la tierra,
por tu indecible amor a los hombres, Cristo Dios,
da firmeza por ellos a tu Iglesia
y transmite a los fieles tu bendición,
pues eres el único que conoce
la intimidad de los corazones.
El Santo Profeta Elías
Profeta y pregonero
de las magnificencias de nuestro Dios,
oh glorioso Elías,
que detuviste con tu palabra
las aguas de una nube,
venera por nosotros al único
amigo de los hombres.
Decapitación del Bautista
Vuélvete, Precursor, digno de alabanza,
porque has muerto
por la vida eterna,
despreciando la temporal.
La decapitación gloriosa del Precursor
fue dispuesta por alguien divino,
para que predicase
a los que estaban en el Hades
la venida del Salvador.
Se lamentó entonces Herodías,
que pidió una muerte criminal,
pues de ninguna manera amó ella
la eternidad viviente de Dios,
sino la falsa, la temporal.
Oración en Verso
Venid fieles todos, adoremos
a Cristo, Salvador y Amigo de los hombres,
Hijo de Dios y paciente,
Soberano y único inmortal,
a Él cantan las legiones angélicas
y glorifican las tropas de los incorpóreos;
gritan con bocas de fuego,
celebran con voces tres veces santas,
cantando el himno del Trisagio,
presentando un canto victorioso.
Celebran al Padre y Señor,
al Hijo entronizado con el Espíritu:
Unidad3 indivisible en la esencia,
que se divide en tres Personas.
Se venera el poder supra-divino,
y se canta por toda la creación.
Virgen, Madre de Dios, reina universal,
no nos desprecies a tus siervos,
abatidos por las olas de la vida
y arrojados a la bestia errante.
La más excelsa de las potencias de arriba,
paloma hecha de oro por el Espíritu,
honor y jactancia de los apóstoles,
conjunto de profetas y mártires,
auxilio de todo el universo,
torre de oro y honrada por todos,
ciudad de doce puertas, paraíso,
recipiente perfumado del Espíritu,
invencible muralla divina y apoyo,
baluarte de soberanos fieles
y defensa de almas piadosas
y castillo de cuerpos castos,
a ti celebramos, Soberana inmaculada,
alabamos a tu Hijo y Señor,
a Cristo, al único Amigo de los hombres,
para que encontremos gracia y misericordia
en el día del juicio, Soberana.
Ahora, Señor, Señor, sálvame,
del fuego inextinguible rescátame.
Que no me aprese el malísimo Satanás,
y no me haga irrisión de los demonios,
pues yo solo he pecado,
he manchado el alma y el cuerpo
y he contaminado mi vida entera.
Yo, infeliz no sé qué haré;
por eso grito: «He pecado».
Como el perdido regresó, yo suplicaré,
como la mujer pecadora con lágrimas.
Pero, Señor, Señor, líbrame
del fango de las obras y sálvame.
Como buen Pastor, no me dejes
próximo a las quebradas de las pasiones;
arráncame de las pasiones en las que me precipito
y purifícame con tu luz divina,
para que vea tu imagen divina
con conciencia pura y pueda decir:
«A ti conviene honor y adoración,
al Padre y al Hijo con el Espíritu,
por parte de toda la creación y siempre,
por los siglos de los siglos, Amigo de los hombres».
El Lamento de Adán
El Guía de la sabiduría, Líder de la prudencia, Chaster de los insensatos y Defensor de los pobres: fortalece, concede entendimiento a mi corazón, oh Maestro. Dame una palabra, oh palabra del Padre, porque he aquí que no retengo mis labios para no clamar a Ti: Oh Misericordioso, ten piedad de los caídos.
Adán se sentó y lloró frente a la alegría del Paraíso, y golpeándose los ojos con las manos, dijo: «Oh Misericordioso, ten piedad de los caídos.»
Cuando Adán vio al ángel darle la vuelta y cerrar la puerta del jardín divino, gimió enormemente y dijo: «Oh Misericordioso, ten piedad de los caídos.»
Oh Paraíso, soporta el dolor junto a tu amo, que ha sido empobrecido de ti, y con el sonido de tus hojas, ruega al Moldeador que no te cierre. «Oh Misericordioso, ten piedad de los caídos.»
Oh Paraíso lleno de virtud, todo santo, todo alegre, que fue plantado para Adán y fue apartado de Eva, suplica a Dios por los caídos. «Oh Misericordioso, ten piedad de los caídos.»
El Hijo Pródigo (I)
He emulado al [hijo] pródigo con mis absurdas acciones,
y como aquél caigo ante tus pies y busco el perdón,
Señor.
Por eso no me desprecies, Soberano y Señor de los siglos.
De tu mística mesa, oh Inmortal,
haz[me] digno al que la prodigalidad ha corrompido,
y devuélveme el primer vestido de tu gracia,
que miserablemente he contaminado
con las manchas de las pasiones,
oh Soberano y Señor de los siglos.
El Hijo Pródigo (II)
Deprisa, ábreme los brazos paternos;
he consumido mi vida perdidamente,
al considerar la riqueza inagotable de tu compasión, oh
Salvador;
ahora no desprecies mi pobre corazón;
pues, Señor, compungido a ti grito:
«He pecado, Padre, contra el cielo y contra ti».
El Juicio Final
Cuando vengas, oh Dios, con gloria sobre la tierra,
y tiemble el universo,
un río de fuego correrá delante del tribunal,
y se abrirán libros y se publicarán los secretos;
entonces sálvame del fuego inextinguible
y júzgame digno de estar a tu derecha,
Juez justísimo.
A Los Monjes y Ascetas
Como heraldos de la piedad y bozales de la impiedad
has dejado brillantes en la tierra
a la población de los portadores de Dios.
Por sus súplicas conserva en perfecta paz
a cuantos te gloriamos y celebramos,
para que podamos
salmodiarte y cantar: ¡Aleluya!
¡Qué hermosas son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Por eso, Salvador, los que las habitan
te alabarán por siempre,
cantando, salmodiando
con el profeta David: ¡Aleluya!
Todos los que hoy hemos transferido
nuestra morada de esta vida al paraíso espiritual,
en penitencia exclamamos:
«Salva, único Misericordioso,
a los que se han refugiado en ti;
Mira, lo hemos abandonado todo
los que sólo a ti anhelamos y cantamos: ¡Aleluya!
Oh Dios, no desprecies a los que esperan en ti,
mantenlos en el ejercicio irreprochable
y escucha a los que te cantamos: ¡Aleluya!
Jonás y la Conversión de Nínive
Te adelantaste al abandono de Nínive,
cambiaste la anunciada amenaza
y a la ira venció tu misericordia, Señor.
Sé benigno también ahora
hacia tu pueblo y ciudad.
con la palma de tu mano poderosa
protégenos a nosotros
por las súplicas de la Madre de Dios,
recibiendo nuestra conversión.
Adán y Eva
Dedícate, alma mía, a la penitencia,
estimúlate con el pensamiento en Cristo,
grita con gemidos:
«Concédeme compasión
de mis malas acciones,
para que pueda recibir de ti, el único Bueno,
el perdón y la vida eterna».
Sobre Terremotos e Incendios
A los que se encuentran en aflicción, Señor,
no los desprecies, pues gritan a ti
con arrepentimiento, Salvador.
En tu benignidad, concede
a todos los hombres la vida eterna.
Noé y el Diluvio
En tiempos de Noé anegaste el pecado,
en los últimos tiempos salvaste por el bautismo
al género humano, oh Cristo Dios;
deberás de nuevo con el fuego purificar la tierra.
Por eso te pedimos que a quienes te celebran,
como Misericordioso
los salves a todos de la ira,
por el afecto que nos tienes,
Redentor del universo.
El océano de los pecados en tiempos de Noé
sumergiste en tu cólera4 con tu poder.
Has renovado el mundo, oh Cristo Dios,
purificando mediante el bautismo
e inflamando finalmente con fuego la tierra.
Pero sálvanos de la ira por el afecto que nos tienes,
Redentor del mundo.
El Triunfo de la Cruz
Nunca una espada de fuego
guarda [ya] la puerta del Edén,
pues con ella entró,
paradójica terminación,
el madero de la cruz.
El aguijón de la muerte
y la victoria del Hades
han sido clavados.
Salvador mío, estás gritando a los que hay en el Hades:
«Entrad de nuevo en el paraíso».
Cual verdadero rescate de muchos, clavado en forma
de cruz, Cristo Dios nuestro, rescátanos;
pues con la preciosa sangre por amor a los hombres
has rescatado nuestras almas de la muerte,
admitiéndonos de nuevo en el paraíso.
Cielos y tierras con justicia se congratulan con Adán,
porque han sido llamados de nuevo al paraíso.
El Sacrificio de Abrahán
Como un sacrificio puro y ofrenda intachable,
sin sangre, has aceptado al inocente Isaac,
conducido por su padre,
en favor de los hijos que te aman;
Así, hiciste triunfar la intención del amor,
de la privación de hijos preservaste al anciano,
Dador de los bienes y Salvador de nuestras almas.
Súplica Penitencial
Alma, considera en tu vida
el examen del terrible tribunal
y recuerda los gemidos del publicano,
los lamentos de la mujer pecadora,
para gritar compungidamente:
«Por las oraciones de los santos dame el perdón,
pues quieres salvar a todos los hombres.
Las Fuerzas del Infierno
Alma mía, alma mía, despierta, ¿por qué duermes?
El fin se acerca y vas a ser atribulada.
Por tanto, entra dentro de ti, para que te perdone
Cristo Dios,
que está presente en todas partes y lo llena todo.
La Bendición de Isaac a Jacob
Odiando a Esaú, como intemperante,
y amando a Jacob, como justo,
la bendición de aquél cambiaste en éste.
No obstante, como en el afable,
por indicación de la madre,
mediante las súplicas de tu Madre inmaculada,
Cristo Dios, concédenos desde el cielo una bendición.
El Hombre Rico y Lázaro
Aunque veo que mis transgresiones
sobrepasan en número la cantidad de los granos de arena,
no obstante, conociendo la infinitud de tu misericordia,
exclamo: «Compadécete de mí y ten piedad, Señor».
La Resurrección de Lázaro (I)
Viniste a la tumba de Lázaro, Señor,
y resucitaste al de cuatro días entre los muertos,
encadenando al Infierno1, oh Poderoso.
Compadeciéndote de las lágrimas de María y Marta,
les exclamaste:
«Resucitará y se levantará diciendo: “Tú eres resurrección y vida”.
La Resurrección de Lázaro (II)
Tú, Cristo, sabedor de todo conocimiento,
que has preguntado para informarte
sobre la tumba de Lázaro,
y cuando llegaste a ella, resucitaste
al muerto de cuatro días,
Omnipotente, apenándote como compasivo
de las lágrimas de Marta y María.
Los Ramos
Subido en el trono del cielo
y sobre el pollino en la
tierra, Cristo Dios,
recibiste la alabanza de los ángeles
y el canto de los jóvenes
que te gritaban: «Alabado seas,
porque has venido a llamar nuevamente a Adán».
Los que primero cantaron con ramos,
después vinieron con palos,
los judíos que obraron injustamente contra Cristo Dios.
Nosotros con fe firme siempre lo honramos
y como Bienhechor le exclamamos:
«Alabado seas, porque has venido a llamar nuevamente a Adán».
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