Poemas de Fernando de Herrera
Poemas de Fernando de Herrera (1534-1597), apodado «el Divino», y quien fuera la figura central de la escuela sevillana del Renacimiento y el puente definitivo hacia el Barroco. Su obra representa la culminación del petrarquismo en España, caracterizándose por una exigencia formal extrema y una obsesión por la perfección lingüística.
Aunque fue clérigo, su lírica está marcada por un amor platónico e inalcanzable hacia Leonor de Milán, la Condesa de Gelves, a quien dedicó sus sonetos más célebres. Sin embargo, Herrera también destacó en la poesía heroica, celebrando hitos como la Batalla de Lepanto con un tono épico y grandilocuente.
Sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso lo consagraron como el primer gran crítico literario español, estableciendo las bases del culteranismo que más tarde desarrollaría Góngora.
A vuestro grave y muerto hielo frío
A vuestro grave y muerto hielo frío,
temiendo el niño ciego su aspereza,
opuso con inútil rustiqueza
el leve y vivo ardiente fuego mío.
Su nieve muestra y llama el fuego y frío,
y reluchando esfuerza su grandeza;
el fuego al frío ablanda su dureza
y dispone veloz cual suelto río.
Quedó Amor del asalto glorioso,
y vos y yo contentos nos hallamos,
pero todo mi bien turbose luego;
que por un triste caso y lastimoso
con mi afrenta y dolor ambos quedamos,
con mayor frío vos, yo con más fuego.
Amor, en un incendio no acabado
Amor, en un incendio no acabado
ardí del fuego tuyo, en la florida
sazón y alegre de mi dulce vida,
todo en tu viva imagen transformado.
Y ahora, oh vano error, en este estado,
no con llama en cenizas escondida,
mas descubierta, clara y encendida,
pierdo en ti lo mejor de mi cuidado.
No más, baste, cruel, ya en tantos años
rendido haber al yugo el cuello yerto,
y haber visto en el fin tu desvarío.
Abra la luz la niebla a tus engaños,
antes que el lazo rompa el tiempo y muerto
sea el fuego del tardo hielo mío.
Ardientes hebras do se ilustra el oro
Ardientes hebras do se ilustra el oro,
de celestial ambrosía rociado
tanto mi gloria sois y mi cuidado
cuanto sois del amor mayor tesoro,
luces que al estrellado y alto coro
prestáis el bello resplandor sagrado,
cuanto es Amor por vos más estimado
tanto humildemente os honro más y adoro.
Purpúreas rosas, perlas de Oriente,
marfil terso y angélica armonía,
cuanto os contemplo tanto en vos me inflamo
y cuanta pena el alma por vos siente
tanto es mayor valor y gloria mía,
y tanto os temo cuanto más os amo.
Betis, que en este tiempo solo y frío
Betis, que en este tiempo solo y frío
escuchas mi dolor, del hondo asiento,
acoge en tu quieto movimiento
los últimos suspiros que yo envío;
y, si tiene valor tu sacro río,
dame que en árbol verde mi tormento
lamente transformado, que ya siento
débil la voz, cual cisne, al canto mío;
porque con nuevas ramas tu corriente
cercaré coronando, y destilado
iré en tu luengo curso y extendido;
que mi luz ceñirá su bella frente
de mis hojas, o en llanto desatado,
seré en sus blancas manos recogido.
Canción 1
Voz de dolor, y canto de gemido,
y espíritu de miedo, embuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
d’ aquel día fatal, aborrecido,
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria;
y la llorosa istoria
asombre con orror funesto y triste
dend’ el Áfrico Atlante y seno ardiente,
hasta do el mar d’ otro color se viste;
y do el límite roxo d’ Oriënte,
y todas sus vencidas gentes fieras,
vên tremolar de Cristo las vanderas.
Ay de los que pasaron, confiados
en sus cavallos y en la muchedumbre
de sus carros, en ti Libia desierta;
y, en su vigor y fuerças engañados,
no alçaron su esperança a aquella cumbre
d’ eterna luz; mas con sobervia cierta
se ofrecieron la incierta
vitoria, y sin bolver a Dios sus ojos,
con ierto cuello y coraçón ufano
sólo atendieron siempre a los despojos;
y el santo d’ Israel abrió su mano,
y los dexó; y cayó en despeñadero
el carro, y el cavallo y cavallero.
Vino el día cruel, el día lleno
d’ indinación, d’ ira y furor, que puso
en soledad y en un profundo llanto
de gente, y de plazer el reino ageno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo Sol, presago de mal tanto;
y con terrible espanto,
el Señor visitó sobre sus males,
para umillar los fuertes arrogantes;
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes,
no busquen oro; mas con crudo hierro
venguen la ofensa y cometido ierro.
Los impios y robustos, indinados,
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor; y no cansados
en tu muerte, tu onor todo afearon,
mesquina Lusitania sin ventura;
y con frente segura
rompieron sin temor, con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
L’ arena se tornó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza;
cayó en unos vigor, cayó denuedo,
mas en otros desmayo y torpe miedo.
¿Son éstos por ventura, los famosos,
los fuertes y belígeros varones,
que conturbaron con furor la tierra,
que sacudieron reinos poderosos,
que domaron las órridas naciones,
que pusieron desierto en cruda guerra
cuanto enfrena y encierra
el mar Indo, y feroces destruyeron
grandes ciudades? ¿Do la valentía?
¿Cómo así s’ acabaron y perdieron
tanto eroico valor en solo un día;
y lexos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?
Tales fueron aquestos, cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con ecelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso,
sobre empinados árboles subido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y, estendiendo su sombra, s’ anidaron
las aves que sustenta el grande cielo;
y en sus hojas las fieras engendraron,
y hizo a mucha gente umbroso velo,
no igualó en celsitud y hermosura
jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevóse con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado;
haziendo de su alteza sólo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impios y agenos entregado,
por la raíz cortado;
qu’ opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas, y desnudo,
huyeron dél los ombres espantados;
que su sombra tuvieron por escudo;
en su ruina y ramos, cuantas fueron,
las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido reino Lusitano,
y s’ acabó su generosa gloria;
no estés alegre y d’ ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
uvo sin esperança, tal vitoria,
indina de memoria;
que si el justo dolor mueve a vengança
alguna vez el Español corage,
despedaçada con aguda lança,
compensarás muriendo el hecho ultrage;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará d’ Africana sangre el censo.
Cantemos al Señor, que en la llanura
Cantemos al Señor, que en la llanura
Venció del ancho mar al Trace fiero;
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
Salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
Frente de Faraón, feroz guerrero;
Sus escogidos príncipes cubrieron
Los abismos del mar, y descendieron,
Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
Los tragó, como arista seca el fuego.
El soberbio tirano, confiado
En el grande aparato de sus naves,
Que de los nuestros la cerviz cautiva
Y las manos aviva
Al ministerio injusto de su estado,
Derribó con los brazos suyos graves
Los cedros más excelsos de la cima
Y el árbol que más yerto se sublima,
Bebiendo ajenas aguas y atrevido
Pisando el bando nuestro y defendido.
Temblaron los pequeños, confundidos
Del impio furor suyo; alzó la frente
Contra tí, Señor Dios, y con semblante
Y con pecho arrogante,
Y los armados brazos extendidos,
Movió el airado cuello aquel potente;
Cercó su corazón de ardiente saña
Contra las dos Hesperias, que el mar baña,
Porque en ti confiadas le resisten
Y de armas de tu fe y amor se visten.
Dijo aquel insolente y desdeñoso:
«¿No conocen mis iras estas tierras,
Y de mis padres los ilustres hechos,
O valieron sus pechos
Contra ellos con el húngaro medroso,
Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
Pudo salvar los de Austria y los germanos?
¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
Guardarlos de mi diestra vencedora?
»Su Roma; temerosa y humillada,
Los cánticos en lágrimas convierte;
Ella y sus hijos tristes mi ira esperan
Cuando vencidos mueran;
Francia está con discordia quebrantada,
Y en España amenaza horrible muerte
Quien honra de la luna las banderas;
Y aquéllas en la guerra gentes fieras
Ocupadas están en su defensa,
Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?
»Los poderosos pueblos me obedecen,
Y el cuello con su daño al yugo inclinan,
Y me dan por salvarse ya la mano
Y su valor es vano;
Que sus luces cayendo se oscurecen,
Sus fuertes a la muerte ya caminan,
Sus vírgenes están en cautiverio,
Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,
Cuanto el sol alto mira todo es mío.»
Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
Usurpe quien su fuerza osado estima,
Prevaleciendo en vanidad y en ira,
Este soberbio mira,
Que tus aras afea en su victoria.
No dejes que los tuyos así oprima,
Y en su cuerpo, crüel, las fieras cebe,
Y en su esparcida sangre el odio pruebe;
Que hecho-ya su oprobio, dice: «¿Dónde
El Dios de éstos está? ¿De quién se esconde?»
Por la debida gloria de tu nombre,
Por la justa venganza de tu gente,
Por aquel de los míseros gemido,
Vuelve el brazo tendido
Contra éste, que aborrece ya ser hombre;
Y las honras que celas tú consiente;
Y tres y cuatro veces el castigo
Esfuerza con rigor a tu enemigo,
Y la injuria a tu nombre cometida
Sea el hierro contrario de su vida.
Levantó la cabeza el poderoso
Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
Juntó el consejo, y contra nos pensaron
Los que en él se hallaron.
«Venid, dijeron, y en el mar ondoso
Hagamos de su sangre un grande lago;
Deshagamos a éstos de la gente,
Y el nombre de su Cristo juntamente,
Y dividiendo de ellos los despojos,
Hártense en muerte suya nuestros ojos.»
Vinieron de Asia y portentoso Egito
Los árabes y leves africanos,
Y los que Grecia junta mal con ellos,
Con los erguidos cuellos,
Con gran poder y número infinito;
Y prometer osaron con sus manos
Encender nuestros fines y dar muerte
A nuestra juventud con hierro fuerte,
Nuestros niños prender y las doncellas,
Y la gloria manchar y la luz dellas.
Ocuparon del piélago los senos,
Puesta en silencio y en temor la tierra,
Y cesaron los nuestros valerosos,
Y callaron dudosos,
Hasta que al fiero ardor de sarracenos
El Señor eligiendo nueva guerra,
Se opuso el joven de Austria generoso
Con el claro español y belicoso;
Que Dios no sufre ya en Babel cautiva
Que su Sión querida siempre viva.
Cual león a la presa apercibido,
Sin recelo los impíos esperaban
A los que tú, Señor, eras escudo;
Que el corazon desnudo
De pavor, y de amor y fe vestido,
Con celestial aliento confiaban.
Sus manos a la guerra compusiste,
Y sus brazos fortísimos pusiste
Como el arco acerado, y con la espada
Vibraste en su favor la diestra armada.
Turbáronse los grandes, los robustos
Rindiéronse temblando y desmayaron;
Y tú entregaste, Dios, como la rueda,
Como la arista queda
Al ímpetu del viento, a estos injustos,
Que mil huyendo de uno se pasmaron.
Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
En las espesas cumbres se derrama,
Tal en tu ira y tempestad seguiste
Y su faz de ignominia convertiste.
Quebrantaste al crüel dragón, cortando
Las alas de su cuerpo temerosas
Y sus brazos terribles no vencidos;
Que con hondos gemidos
Se retira a su cueva, do silbando
Tiembla con sus culebras venenosas,
Lleno de miedo torpe sus entrañas,
De tu león temiendo las hazañas;
Que, saliendo de España, dio un rugido
Que lo dejó asombrado y aturdido.
Hoy se vieron los ojos humillados
Del sublime varón y su grandeza,
Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;
Que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados,
Sobre la alta cerviz y su dureza,
Sobre derechos cedros y extendidos,
Sobre empinados montes y crecidos,
Sobre torres y muros, y las naves
De Tiro, que a los suyos fueron graves.
Babilonia y Egito amedrentada
Temerá el fuego y la asta violenta,
Y el humo subirá a la luz del cielo,
Y faltos de consuelo,
Con rostro oscuro y soledad turbada
Tus enemigos llorarán su afrenta.
Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza
Egipcia y gloria de su confianza,
Triste que a ella pareces, no temiendo
A Dios y a tu remedio no atendiendo,
¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste
En adulterio infame a una impia gente,
Que deseaba profanar tus frutos,
Y con ojos enjutos
Sus odiosos pasos imitaste,
Su aborrecida vida y mal presente?
Dios vengará sus iras en tu muerte;
Que llega a tu cerviz con diestra fuerte
La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,
Reprimirá su mano desatada?
Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
Que en tus naves estabas gloriosa,
Y el término espantabas de la tierra,
Y si hacías guerra,
De temor la cubrías con suspiro,
¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?
¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?
Dios, para convertir tu gloria en llanto
Y derribar tus ínclitos, y fuertes
Te hizo perecer con tantas muertes.
Llorad, naves del mar; que es destruida
Vuestra vana soberbia y pensamiento.
¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
Tú, que sigues la luna,
Asia adúltera, en vicios sumergida?
¿Quién mostrará un liviano sentimiento?
¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende
Tu ira y la arrogancia que te ofende,
Y tus viejos delitos y mudanza
Han vuelto contra ti a pedir venganza.
Los que vieron tus brazos quebrantados
Y de tus pinos ir el mar desnudo,
Que sus ondas turbaron y llanura,
Viendo tu muerte oscura,
Dirán, de tus estragos espantados:
¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
El Señor, que mostró su fuerte mano
Por la fe de su príncipe cristiano
Y por el nombre santo de su gloria,
A su España concede esta victoria.
Bendita, Señor, sea tu grandeza;
Que después de los daños padecidos,
Después de nuestras culpas y castigo,
Rompiste al enemigo
De la antigua soberbia la dureza.
Adórente, Señor, tus escogidos,
Confiese cuanto cerca el ancho cielo
Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!
Y la cerviz rebelde, condenada,
Perezca en bravas llamas abrasada.
Como en la cumbre ecelsa de Mimante
Como en la cumbre ecelsa de Mimante,
do en eterna prisión arde y procura
alzar la frente airada y guerra oscura
mover de nuevo al cielo el gran gigante,
se nota de las nubes, que delante
vuelan y encima en hórrida figura,
la calidad de tempestad futura,
que amenaza con áspero semblante,
así de mis suspiros y tristeza,
del grave llanto y grande sentimiento
se muestra el mal, que encierra el duro pecho.
Por eso no os ofenda mi flaqueza,
bella estrella de amor, que mi tormento
no cabe bien en vaso tan estrecho.
Cual de oro el cabello ensortijado
Cual de oro el cabello ensortijado
y en mil varias lazadas dividido,
y cuanto en más figuras esparcido
tanto de más centellas ilustrado.
Tal de lucientes hebras coronado,
Febo aparece en llamas encendido,
tal discurre en el cielo esclarecido
un ardiente cometa arrebatado.
Debajo el puro, propio y sutil velo,
amor, gracia y valor y la belleza
templada en nieve y púrpura se vía.
Pensaba que se abrió esta vez el cielo
y mostró su poder y su riqueza,
si no fuera la Luz del alma mía.
De bosque en bosque, de uno en otro llano
De bosque en bosque, de uno en otro llano,
solo, en medroso horror y sombra oscura,
voy suspirando ausente, y la luz pura
busco, que me encubrió el amor tirano.
Corto el río y traspaso el monte en vano;
que no se debe más a mi ventura;
el bien que la esperanza me procura
huye y se me desliza de la mano.
En este duro estrecho me lamento,
porque sea mi daño manifiesto
y alguno se conduela en mi cuidado.
No cohorta al fin esto mi tormento;
que tanto mi dolor es más molesto
cuanto de ajeno pecho más llorado.
¿Dó vas? ¿dó vas, crüel, dó vas?; refrena
“¿Dó vas? ¿dó vas, crüel, dó vas?; refrena,
refrena el presuroso paso, en tanto
que de mi dolor grave el largo llanto
a abrir comienza esta honda vena;
oye la voz de mil suspiros llena,
y de mi mal sufrido el triste canto,
que no podrás ser fiera y dura tanto
que no te mueva esta mi acerba pena;
vuelve tu luz a mí, vuelve tus ojos,
antes que quede oscuro en ciega niebla”,
dezía en sueño, o en ilusión perdido.
Volví, halléme solo y entre abrojos,
y en vez de luz, cercado de tiniebla,
y en lágrimas ardientes convertido.
El bravo fuego sobre el alto muro…
El bravo fuego sobre el alto muro
del soberbio Ilión crecía airado,
y todo por mil partes derramado,
se envolvía confuso en humo oscuro.
Caía traspasado por el duro
hierro, y ardía en llamas abrasado,
y se rendía al ímpetu del hado
del Frige osado al corazón seguro.
Solo el rey de Asia, muerto en la ribera,
grande tronco ¡ay cruel dolor! yacía,
y su cuerpo bañaba el ponto ciego.
¡Oh fuerza oculta de la suerte fiera!
Que cuando Troya en fuego perecía,
falte a Priamo tierra y falte fuego.
El fuego que en mi alma se alimenta
El fuego que en mi alma se alimenta,
y consume al estéril duro frío,
da vida al casi muerto pecho mío,
y en virtud de sus llamas me sustenta.
Justo es que muera y viva en él y sienta
la gloria de mi dulce desvarío,
porque de mis trabajos yo confío
la esperanza del premio en quien me alienta.
Como en inmenso frío junta espira
inmensa oscuridad, cuya tristeza
ocupa el corazón con grave pena:
Así con el excelso ardor conspira
excelsa luz, que deja en su belleza
mi alma de alegría y de bien llena.
Esta desnuda playa, esta llanura
Esta desnuda playa, esta llanura
de astas y rotas armas mal sembrada,
do el vencedor cayó con muerte airada,
es de España sangrienta sepultura.
Mostró el valor su esfuerzo, mas ventura
negó el suceso y dio a la muerte entrada,
que rehuyó dudosa, y admirada
del temido furor, la suerte dura.
Venció otomano al español ya muerto,
antes del muerto el vivo fue vencido,
y España y Grecia lloran la vitoria,
pero será testigo este desierto
que el español muriendo, no rendido,
llevó de Grecia y Asia el nombre y gloria.
Incendio de Troya
El bravo fuego sobre el alto muro
del soberbio Ilión crecía airado,
y todo por mil partes derramado,
se envolvía confuso en humo oscuro.
Caía traspasado por el duro
hierro, y ardía en llamas abrasado,
y se rendía al ímpetu del hado
del Frige osado al corazón seguro.
Solo el rey de Asia, muerto en la ribera,
grande tronco ¡ay cruel dolor! yacía,
y su cuerpo bañaba el ponto ciego.
¡Oh fuerza oculta de la suerte fiera!
Que cuando Troya en fuego perecía,
falte a Priamo tierra y falte fuego.
Inmenso ardor de eterna hermosura
Inmenso ardor de eterna hermosura
en vuestra dulce faz se me aparece,
y en mis entrañas arde y siempre crece
con inmortal incendio virtud pura.
Con alteza y valor vuestra figura
sin igual en mi alma resplandece,
y pues ufana sufre, bien merece
algún corto favor de su ventura.
No puede ser mayor vuestra belleza,
y no es ya justo que ceguéis mis ojos,
su flaca luz gastando en tanto fuego;
que si al pecho mostráis vuestra grandeza,
muriendo en llama no daré despojos,
los que pudiera dar viviendo ciego.
Las hebras de oro puro que la frente
Las hebras de oro puro que la frente
cercan en ricas vueltas, do el tirano
señor teje los lazos con su mano,
y arde en la dulce luz resplandeciente;
cuando el invierno frío se presente,
vencedor de las flores del verano,
el purpúreo color tornando vano,
en plata volverán su lustre ardiente.
Y no por eso amor mudará el puesto;
que el valor lo asegura y cortesía,
el ingenio y del alma la nobleza.
Es mi cadena y fuego el pecho honesto,
y virtud generosa lumbre mía,
de vuestra eterna, angélica belleza.
Las hebras que cogía en lazos de oro
Las hebras que cogía en lazos de oro
con arte vuestra blanca y tierna mano,
miraba, y el semblante altivo y llano
y la florida luz que amando adoro.
Creía en vos del sacro excelso coro
que el esplendor se unía soberano;
porque en sombra, aunque bella, y traje humano
no vio tal bien el orbe y tal tesoro.
Cuando rompiste leda el dulce espanto,
que de vos parte ausente y solo apena,
preguntando: «¿Qué fuerza me arrebata?»
Yo, que temo partirme, suelto en llanto,
digo: «Pienso que a muerte me condena
del cruel vuestro amor la saña ingrata».
Mi bello sol, si voy de vos ausente
Mi bello sol, si voy de vos ausente
a parte extraña, do el dolor me ofende,
y el fuego, que mi alma presa enciende,
en dulce amor contino está presente;
aunque el color purpúreo de Oriente,
do el sol menor de vuestra luz desciende,
vea cerca, y do el manto oscuro tiende
el apartado extremo de Occidente;
conmigo irá el Amor en igual parte
con la mitad del alma, que me alienta;
que el resto vive en vuestra faz, que adora;
y dividido en una y otra parte,
presente con el bien que me sustenta,
siempre veré resplandecer mi Aurora.
Osé y temí, mas pudo la osadía
Osé y temí, mas pudo la osadía
tanto que desprecié el temor cobarde;
subí a do el fuego más me enciende y arde
cuanto más la esperanza se desvía.
Gasté en error la edad florida mía,
ahora veo el daño, pero tarde,
que ya mal puede ser que el seso guarde
a quien se entrega ciego a su porfía.
Tal vez pruebo -mas, ¿qué me vale?- alzarme
del grave peso que mi cuello oprime,
aunque falta a la poca fuerza el hecho.
Sigo al fin mi furor, porque mudarme
no es honra ya, ni justo que se estime
tan mal de quien tan bien rindió su pecho.
Pensé, mas fue engañoso pensamiento
Pensé, mas fue engañoso pensamiento,
armar de puro hielo el pecho mío;
porque el fuego de Amor al grave frío
no desatase en nuevo encendimiento.
Procuré no rendirme al mal que siento,
y fue todo mi esfuerzo desvarío;
perdí mi libertad, perdí mi brío,
cobré un perpetuo mal, cobré un tormento.
El fuego al hielo destempló, en tal suerte,
que, gastando su humor, quedó ardor hecho;
y es llama, es fuego, todo cuanto espiro.
Este incendio no puede darme muerte;
que, cuando de su fuerza más deshecho,
tanto más de su eterno afán respiro.
Por la pérdida del rey don Sebastián
Voz de dolor y canto de gemido
Y espíritu del miedo, envuelto en ira,
Hagan principio acerbo a la memoria
De aquel día fatal, aborrecido,
Que Lusitania mísera suspira,
Desnuda de valor, falta de gloria;
Y la llorosa historia
Asombre con horror funesto, y triste
Desde el áfrico Atlante y seno ardiente
Hasta do el mar de otro color se viste,
Y do el límite rojo de oriente
Y todas sus vencidas gentes fieras
Ven tremolar de Cristo las banderas.
¡Ay de los que pasaron, confiados
En sus caballos y en la muchedumbre
De sus carros, en ti, Libia desierta,
Y en su vigor y fuerzas engañados,
No alzaron su esperanza a aquella cumbre
De eterna luz, mas con soberbia cierta
Se ofrecieron la incierta
Victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
Con yerto cuello y corazón ufano
Sólo atendieron siempre a los despojos!
Y el Santo de Israel abrió su mano,
Y los dejó, y cayó en despeñadero
El carro, y el caballo y caballero.
Vino el día crüel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
En soledad y en un profundo llanto,
De gente y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
El nuevo sol, presagio de mal tanto,
Y con terrible espanto
El Señor visitó sobre sus males,
Para humillar los fuertes arrogantes,
Y levantó los bárbaros no iguales,
Que con osados pechos y constantes
No busquen oro, mas con hierro airado
La ofensa venguen y el error culpado.
Los impios y robustos, indignados,
Las ardientes espadas desnudaron
Sobre la claridad y hermosura
De tu gloria y valor, y no cansados
En tu muerte, tu honor todo afearon,
Mezquina Lusitania sin ventura;
Y con frente segura
Rompieron sin temor con fiero estrago
Tus armadas escuadras y braveza.
La arena se tomó sangriento lago,
La llanura con muertos aspereza;
Cayó en unos vigor, cayó denuedo;
Mas en otros desmayo y torpe miedo.
¿Son éstos por ventura los famosos,
Los fuertes, los belígeros varones
Que conturbaron con furor la tierra,
Que sacudieron reinos poderosos,
Que domaron las hórridas naciones,
Que pusieron desierto en cruda guerra
Cuanto el mar Indo encierra,
Y soberbias ciudades destruyeron?
¿Dó el corazón seguro y la osadía?
¿Cómo así se acabaron, y perdieron
Tanto heroico valor en solo un día;
Y lejos de sa patria derribados,
No fueron justamente sepultados?
Tales ya fueron éstos cual hermoso
Cedro del alto Líbano, Vestido
De ramos, hojas, con excelsa alteza;
Las aguas lo criaron poderoso
Sobre empinados árboles crecido,
Y se multiplicaron en grandeza
Sus ramos con belleza;
Y extendiendo su sombra, se anidaron
Las aves que sustenta el grande cielo,
Y en sus hojas las fieras engendraron,
E hizo a mucha gente umbroso velo;
No igualó en celsitud y en hermosura
Jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevóse con su verde cima,
Y sublimó la presunción su pecho,
Desvanecido todo y confiado,
Haciendo de su alteza sólo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
A los impios y ajenos entregado,
Por la raíz cortado;
Que opreso de los montes arrojados,
Sin ramos y sin hojas y desnudo,
Huyeron dél los hombres, espantados,
Que su sombra tuvieron por escudo;
En su ruina y ramos cuantas fueron
Las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
Murió el vencido reino lusitano,
Y se acabó su generosa gloria,
No estés alegre y de ufanía llena;
Porque tu temerosa y flaca mano
Hubo sin esperanza tal victoria,
Indigna de memoria;
Que si el justo dolor mueve a venganza
Alguna vez el español coraje,
Despedazada con aguda lanza,
Compensará muriendo el hecho ultraje;
Y Luco amedrentado, al mar inmenso
Pagará de africana sangre el censo.

Por la victoria de Lepanto
Cantemos al Señor, que en la llanura
Venció del ancho mar al Trace fiero;
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
Salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
Frente de Faraón, feroz guerrero;
Sus escogidos príncipes cubrieron
Los abismos del mar, y descendieron,
Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
Los tragó, como arista seca el fuego.
El soberbio tirano, confiado
En el grande aparato de sus naves,
Que de los nuestros la cerviz cautiva
Y las manos aviva
Al ministerio injusto de su estado,
Derribó con los brazos suyos graves
Los cedros más excelsos de la cima
Y el árbol que más yerto se sublima,
Bebiendo ajenas aguas y atrevido
Pisando el bando nuestro y defendido.
Temblaron los pequeños, confundidos
Del impio furor suyo; alzó la frente
Contra tí, Señor Dios, y con semblante
Y con pecho arrogante,
Y los armados brazos extendidos,
Movió el airado cuello aquel potente;
Cercó su corazón de ardiente saña
Contra las dos Hesperias, que el mar baña,
Porque en ti confiadas le resisten
Y de armas de tu fe y amor se visten.
Dijo aquel insolente y desdeñoso:
«¿No conocen mis iras estas tierras,
Y de mis padres los ilustres hechos,
O valieron sus pechos
Contra ellos con el húngaro medroso,
Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
Pudo salvar los de Austria y los germanos?
¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
Guardarlos de mi diestra vencedora?
»Su Roma; temerosa y humillada,
Los cánticos en lágrimas convierte;
Ella y sus hijos tristes mi ira esperan
Cuando vencidos mueran;
Francia está con discordia quebrantada,
Y en España amenaza horrible muerte
Quien honra de la luna las banderas;
Y aquéllas en la guerra gentes fieras
Ocupadas están en su defensa,
Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?
»Los poderosos pueblos me obedecen,
Y el cuello con su daño al yugo inclinan,
Y me dan por salvarse ya la mano
Y su valor es vano;
Que sus luces cayendo se oscurecen,
Sus fuertes a la muerte ya caminan,
Sus vírgenes están en cautiverio,
Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,
Cuanto el sol alto mira todo es mío.»
Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
Usurpe quien su fuerza osado estima,
Prevaleciendo en vanidad y en ira,
Este soberbio mira,
Que tus aras afea en su victoria.
No dejes que los tuyos así oprima,
Y en su cuerpo, crüel, las fieras cebe,
Y en su esparcida sangre el odio pruebe;
Que hecho-ya su oprobio, dice: «¿Dónde
El Dios de éstos está? ¿De quién se esconde?»
Por la debida gloria de tu nombre,
Por la justa venganza de tu gente,
Por aquel de los míseros gemido,
Vuelve el brazo tendido
Contra éste, que aborrece ya ser hombre;
Y las honras que celas tú consiente;
Y tres y cuatro veces el castigo
Esfuerza con rigor a tu enemigo,
Y la injuria a tu nombre cometida
Sea el hierro contrario de su vida.
Levantó la cabeza el poderoso
Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
Juntó el consejo, y contra nos pensaron
Los que en él se hallaron.
«Venid, dijeron, y en el mar ondoso
Hagamos de su sangre un grande lago;
Deshagamos a éstos de la gente,
Y el nombre de su Cristo juntamente,
Y dividiendo de ellos los despojos,
Hártense en muerte suya nuestros ojos.»
Vinieron de Asia y portentoso Egito
Los árabes y leves africanos,
Y los que Grecia junta mal con ellos,
Con los erguidos cuellos,
Con gran poder y número infinito;
Y prometer osaron con sus manos
Encender nuestros fines y dar muerte
A nuestra juventud con hierro fuerte,
Nuestros niños prender y las doncellas,
Y la gloria manchar y la luz dellas.
Ocuparon del piélago los senos,
Puesta en silencio y en temor la tierra,
Y cesaron los nuestros valerosos,
Y callaron dudosos,
Hasta que al fiero ardor de sarracenos
El Señor eligiendo nueva guerra,
Se opuso el joven de Austria generoso
Con el claro español y belicoso;
Que Dios no sufre ya en Babel cautiva
Que su Sión querida siempre viva.
Cual león a la presa apercibido,
Sin recelo los impíos esperaban
A los que tú, Señor, eras escudo;
Que el corazon desnudo
De pavor, y de amor y fe vestido,
Con celestial aliento confiaban.
Sus manos a la guerra compusiste,
Y sus brazos fortísimos pusiste
Como el arco acerado, y con la espada
Vibraste en su favor la diestra armada.
Turbáronse los grandes, los robustos
Rindiéronse temblando y desmayaron;
Y tú entregaste, Dios, como la rueda,
Como la arista queda
Al ímpetu del viento, a estos injustos,
Que mil huyendo de uno se pasmaron.
Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
En las espesas cumbres se derrama,
Tal en tu ira y tempestad seguiste
Y su faz de ignominia convertiste.
Quebrantaste al crüel dragón, cortando
Las alas de su cuerpo temerosas
Y sus brazos terribles no vencidos;
Que con hondos gemidos
Se retira a su cueva, do silbando
Tiembla con sus culebras venenosas,
Lleno de miedo torpe sus entrañas,
De tu león temiendo las hazañas;
Que, saliendo de España, dio un rugido
Que lo dejó asombrado y aturdido.
Hoy se vieron los ojos humillados
Del sublime varón y su grandeza,
Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;
Que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados,
Sobre la alta cerviz y su dureza,
Sobre derechos cedros y extendidos,
Sobre empinados montes y crecidos,
Sobre torres y muros, y las naves
De Tiro, que a los suyos fueron graves.
Babilonia y Egito amedrentada
Temerá el fuego y la asta violenta,
Y el humo subirá a la luz del cielo,
Y faltos de consuelo,
Con rostro oscuro y soledad turbada
Tus enemigos llorarán su afrenta.
Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza
Egipcia y gloria de su confianza,
Triste que a ella pareces, no temiendo
A Dios y a tu remedio no atendiendo,
¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste
En adulterio infame a una impia gente,
Que deseaba profanar tus frutos,
Y con ojos enjutos
Sus odiosos pasos imitaste,
Su aborrecida vida y mal presente?
Dios vengará sus iras en tu muerte;
Que llega a tu cerviz con diestra fuerte
La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,
Reprimirá su mano desatada?
Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
Que en tus naves estabas gloriosa,
Y el término espantabas de la tierra,
Y si hacías guerra,
De temor la cubrías con suspiro,
¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?
¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?
Dios, para convertir tu gloria en llanto
Y derribar tus ínclitos, y fuertes
Te hizo perecer con tantas muertes.
Llorad, naves del mar; que es destruida
Vuestra vana soberbia y pensamiento.
¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
Tú, que sigues la luna,
Asia adúltera, en vicios sumergida?
¿Quién mostrará un liviano sentimiento?
¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende
Tu ira y la arrogancia que te ofende,
Y tus viejos delitos y mudanza
Han vuelto contra ti a pedir venganza.
Los que vieron tus brazos quebrantados
Y de tus pinos ir el mar desnudo,
Que sus ondas turbaron y llanura,
Viendo tu muerte oscura,
Dirán, de tus estragos espantados:
¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
El Señor, que mostró su fuerte mano
Por la fe de su príncipe cristiano
Y por el nombre santo de su gloria,
A su España concede esta victoria.
Bendita, Señor, sea tu grandeza;
Que después de los daños padecidos,
Después de nuestras culpas y castigo,
Rompiste al enemigo
De la antigua soberbia la dureza.
Adórente, Señor, tus escogidos,
Confiese cuanto cerca el ancho cielo
Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!
Y la cerviz rebelde, condenada,
Perezca en bravas llamas abrasada.
¿Por qué renuevas este encendimiento…
¿Por qué renuevas este encendimiento,
tirano Amor, en mi herido pecho?
Que ya, casi olvidado del mal hecho,
vivía en soledad de mi tormento.
Cuando más descuidado y más contento,
rebuelves a meterm’ en tanto estrecho;
oblígasme, cruel, qu’ a mi despecho
procure contrastar tu fiero intento.
Las armas, en el templo ya colgadas,
visto, y el azerado escudo embraço,
y en mi vengança salgo a la batalla.
Mas ay, qu’ a las saetas, que templadas
en la luz de mi Estrella están, y al braço
tuyo no puede resistir la malla.
Rojo sol que con hacha luminosa
Rojo sol que con hacha luminosa
coloras el purpúreo alto cielo,
¿hallaste tal belleza en todo el suelo,
que iguale a mi serena luz dichosa?
Aura suave, blanda y amorosa
que nos halagas con tu fresco vuelo;
cuando el oro descubre y rico velo
mi luz, ¿trenza tocaste más hermosa?
Luna, honor de la noche, ilustre coro
de los errantes astros y fijados
¿consideraste tales dos estrellas?
Sol puro, aura, luna, llamas de oro
¿oísteis mis dolores nunca usados?
¿visteis luz más ingrata a mis querellas?
Serena Luz, presente, en quien espira
Serena Luz, presente, en quien espira
divino amor, que enciende y junto enfrena
pecho gentil, que en la mortal cadena
al alto olimpo glorioso aspira;
ricos cercos y oro, do se mira
tesoro celestial de eterna vena;
armonía de angélica sirena,
que entre las perlas y el coral respira.
¿Cuál nueva maravilla, cuál ejemplo
de la inmortal grandeza nos descubre
la sombra del hermoso y puro velo?
Que yo en esa belleza que contemplo,
aunque a mi flaca vista ofende y cubre,
la inmensa busco y voy siguiendo al cielo.
Soneto I
Yo voy por esta solitaria tierra,
de antiguos pensamientos molestado,
huyendo el resplandor del sol dorado,
que de sus puros rayos me destierra.
El paso a la esperanza se me cierra;
de una ardua cumbre a un cerro yo enriscado,
con los ojos volviendo al apartado
lugar, solo principio de mi guerra.
Tanto bien presenta la memoria,
y tanto mal encuentra la presencia,
que me desmaya el corazón vencido.
¡Oh crueles despojos de mi gloria,
desconfïanza, olvido, celo, ausencia!;
¿por qué cansáis a un mísero rendido?
Suave Filomena, que tu llanto
Suave Filomena, que tu llanto
descubres al sereno i limpio cielo:
si lamentaras tú mi desconsuelo,
o si tuviera yo tu dulce canto,
yo prometiera a mis trabajos tanto,
qu’esperara al dolor algún consuelo,
i se movieran d’amoroso zelo
los bellos ojos cuya lumbre canto.
Mas tú, con la voz dulce i armonía,
cantas tu afrenta i bárbaros despojos;
yo lloro mayor daño en son quexoso.
O haga el cielo qu’en la pena mía
tu voz suene, o yo cante mis enojos
buelto en ti, russeñol blando i lloroso.
Subo con tan gran peso quebrantado
Subo con tan gran peso quebrantado
por esta alta, empinada, aguda sierra,
que aún no llego a la cumbre, cuando yerra
el pie, y trabuco al fondo despeñado.
Del golpe y de la carga maltratado,
me alzo a pena, y a mi antigua guerra
vuelvo; mas ¿qué me vale? que la tierra
misma me falta al curso acostumbrado.
Pero aunque en el peligro desfallezco,
no desamparo el paso; que antes torno
mil veces a cansarme en este engaño.
Crece el temor, y en la porfía crezco;
y sin cesar, cual rueda vuelve en torno,
así rebuelvo a despeñarme al daño.
Temiendo tu valor, tu ardiente espada
A Carlos V, emperador
Temiendo tu valor, tu ardiente espada,
sublime Carlo, el bárbaro africano,
y el bravo horror del ímpetu otomano
la altiva frente humilla quebrantada.
Italia en propia sangre sepultada,
el invencible, el áspero germano,
y el osado francés con fuerte mano
al yugo la cerviz trae inclinada.
Alce España los arcos en memoria
y en colosos a una y otra parte,
despojos y coronas de vitoria,
que ya en la tierra y mar no queda parte
que no sea trofeo de tu gloria,
ni le resta más honra al fiero Marte.
Trenzas que en la serena y limpia frente
Trenzas que en la serena y limpia frente
de anillos de oro crespo coronadas
formais lucientes vueltas y lazadas,
donde el mayor Vulcano espira ardiente,
el Sol, o que aparezca en Oriente
con las puntas de llamas dilatadas,
o que las junte, de subir cansadas,
se rinde a vuestra luz resplandeciente.
Vos, mis hermosos cercos, anudado
teneis mi cuello, y nunca espero el día,
principio a libertad, fin a la pena.
Porque alegre en el mal de mi cuidado,
de la prisión huir no pienso mía;
ni los lazos romper de esta cadena.
Voy siguiendo la fuerza de mi hado
Voy siguiendo la fuerza de mi hado
por este campo estéril y escondido;
todo calla y no cesa mi gemido
y lloro la desdicha de mi estado.
Crece el camino y crece mi cuidado,
que nunca mi dolor pone en olvido;
el curso al fin acaba, aunque extendido,
pero no acaba el daño dilatado.
¿Qué vale contra un mal siempre presente
apartarse y huir, si en la memoria
se estampa y muestra frescas las señales?
Vuela Amor en mi alcance y no consciente,
en mi afrenta, que olvide aquella historia
que descubrió la senda de mis males.
Voz de dolor y canto de gemido
Voz de dolor y canto de gemido
Y espíritu del miedo, envuelto en ira,
Hagan principio acerbo a la memoria
De aquel día fatal, aborrecido,
Que Lusitania mísera suspira,
Desnuda de valor, falta de gloria;
Y la llorosa historia
Asombre con horror funesto, y triste
Desde el áfrico Atlante y seno ardiente
Hasta do el mar de otro color se viste,
Y do el límite rojo de oriente
Y todas sus vencidas gentes fieras
Ven tremolar de Cristo las banderas.
¡Ay de los que pasaron, confiados
En sus caballos y en la muchedumbre
De sus carros, en ti, Libia desierta,
Y en su vigor y fuerzas engañados,
No alzaron su esperanza a aquella cumbre
De eterna luz, mas con soberbia cierta
Se ofrecieron la incierta
Victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
Con yerto cuello y corazón ufano
Sólo atendieron siempre a los despojos!
Y el Santo de Israel abrió su mano,
Y los dejó, y cayó en despeñadero
El carro, y el caballo y caballero.
Vino el día crüel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
En soledad y en un profundo llanto,
De gente y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
El nuevo sol, presagio de mal tanto,
Y con terrible espanto
El Señor visitó sobre sus males,
Para humillar los fuertes arrogantes,
Y levantó los bárbaros no iguales,
Que con osados pechos y constantes
No busquen oro, mas con hierro airado
La ofensa venguen y el error culpado.
Los impios y robustos, indignados,
Las ardientes espadas desnudaron
Sobre la claridad y hermosura
De tu gloria y valor, y no cansados
En tu muerte, tu honor todo afearon,
Mezquina Lusitania sin ventura;
Y con frente segura
Rompieron sin temor con fiero estrago
Tus armadas escuadras y braveza.
La arena se tomó sangriento lago,
La llanura con muertos aspereza;
Cayó en unos vigor, cayó denuedo;
Mas en otros desmayo y torpe miedo.
¿Son éstos por ventura los famosos,
Los fuertes, los belígeros varones
Que conturbaron con furor la tierra,
Que sacudieron reinos poderosos,
Que domaron las hórridas naciones,
Que pusieron desierto en cruda guerra
Cuanto el mar Indo encierra,
Y soberbias ciudades destruyeron?
¿Dó el corazón seguro y la osadía?
¿Cómo así se acabaron, y perdieron
Tanto heroico valor en solo un día;
Y lejos de sa patria derribados,
No fueron justamente sepultados?
Tales ya fueron éstos cual hermoso
Cedro del alto Líbano, Vestido
De ramos, hojas, con excelsa alteza;
Las aguas lo criaron poderoso
Sobre empinados árboles crecido,
Y se multiplicaron en grandeza
Sus ramos con belleza;
Y extendiendo su sombra, se anidaron
Las aves que sustenta el grande cielo,
Y en sus hojas las fieras engendraron,
E hizo a mucha gente umbroso velo;
No igualó en celsitud y en hermosura
Jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevóse con su verde cima,
Y sublimó la presunción su pecho,
Desvanecido todo y confiado,
Haciendo de su alteza sólo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
A los impios y ajenos entregado,
Por la raíz cortado;
Que opreso de los montes arrojados,
Sin ramos y sin hojas y desnudo,
Huyeron dél los hombres, espantados,
Que su sombra tuvieron por escudo;
En su ruina y ramos cuantas fueron
Las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
Murió el vencido reino lusitano,
Y se acabó su generosa gloria,
No estés alegre y de ufanía llena;
Porque tu temerosa y flaca mano
Hubo sin esperanza tal victoria,
Indigna de memoria;
Que si el justo dolor mueve a venganza
Alguna vez el español coraje,
Despedazada con aguda lanza,
Compensará muriendo el hecho ultraje;
Y Luco amedrentado, al mar inmenso
Pagará de africana sangre el censo.
Yo vi a mi dulce Lumbre que esparcía
Yo vi a mi dulce Lumbre que esparcía
sus crespas ondas de oro al manso viento,
y con suave y tierno movimiento
mi duro corazón enternecía;
mi rustiqueza y torpe rebeldía
perdió, vencida, el obstinado intento,
y en blando y regalado sentimiento
trocó mi alma la aspereza mía.
Nunca me vi más preso ni rendido,
y nunca vi en mi Luz mayor dureza,
ni más recio desdén mi largo olvido.
A término tan grave y estrecheza,
casas, mi triste suerte me ha traído,
que temo de mi Lumbre al belleza.
Yo vi en sazón alegre un tierno pecho
Yo vi en sazón alegre un tierno pecho
ufano dulcemente con mi pena,
y que anudarnos pudo en su cadena
el ya cortés amor con lazo estrecho.
Yo veo el bien que tuve ya deshecho,
y mi segura fe de cuitas llena,
y que el ingrato en impío afán condena
a quien halla en su agravio satisfecho.
Yo vi que no fui indigno de la gloria
que en su rigor me usurpa la mudanza,
y en sombra del olvido ya me veo.
Entristézcome siempre en la memoria,
desfallezco medroso en la esperanza,
y al fin pierdo la vida en el deseo.
Yo vi unos bellos ojos, que hirieron
Yo vi unos bellos ojos, que hirieron
con dulce flecha un corazón cuitado,
y que para encender nuevo cuidado
su fuerza toda contra mí pusieron.
Yo vi que muchas veces prometieron
remedio al mal, que sufro no cansado,
y que cuando esperé verlo acabado,
poco mis esperanzas me valieron.
Yo veo que se esconden ya mis ojos
y crece mi dolor y llevo ausente
en el rendido pecho el golpe fiero.
Yo veo ya perderse los despojos
y la membrana de mi bien presente
y en ciego engaño de esperanza muero.
Yo voy por esta solitaria tierra…
Yo voy por esta solitaria tierra,
de antiguos pensamientos molestado,
huyendo el resplandor del sol dorado,
que de sus puros rayos me destierra.
El paso a la esperanza se me cierra;
de una ardua cumbre a un cerro yo enriscado,
con los ojos volviendo al apartado
lugar, solo principio de mi guerra.
Tanto bien presenta la memoria,
y tanto mal encuentra la presencia,
que me desmaya el corazón vencido.
¡Oh crueles despojos de mi gloria,
desconfïanza, olvido, celo, ausencia!;
¿por qué cansáis a un mísero rendido?
Dulce el Fuego de Amor
Dulce el fuego de amor, dulce la pena,
y dulce de mi daño es la memoria
cuando renueva amor la antigua historia
que a su grave tormento me condena;
mas cuando hallo mi esperanza llena
de bien y de promesas de victoria,
un súbito dolor turba mi gloria,
y todos mis contentos desordena;
que será esta luz pura de belleza
la fe del justo amor en poca tierra
vuelta, y el fuego muerto que me inflama.
¡Oh vano ardor de la inmortal flaqueza!
¿Si el fin que ofrece paz de tanta guerra
no dejará aun ceniza de mi llama?
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