Poemas de Francisco de Aldana

Poemas de Francisco de Aldana

Poemas de Francisco de Aldana (1537-1578), conocido como «el Capitán Divino», representa la síntesis perfecta entre las armas y las letras del Renacimiento español. Nacido en Nápoles de familia extremeña, fue un militar de carrera que combatió en los Países Bajos y murió heroicamente en la batalla de Alcazarquivir junto al rey Sebastián de Portugal.

Toda su obra poética, publicada póstumamente por su hermano, es una de las más profundas y originales del siglo XVI. Se alejó del petrarquismo superficial para adentrarse en un neoplatonismo místico y una introspección espiritual sobrecogedora.

Su célebre Epístola a Arias Montano es considerada una de las cimas de la lírica castellana; en ella, Aldana expresa su deseo de abandonar la «vana ambición» de la guerra para retirarse a la contemplación de la divinidad. Admirado por figuras como Cervantes, Quevedo y Cernuda, su poesía destaca por un lenguaje intelectualizado, una gran fuerza metafísica y una sensibilidad técnica que anticipó la densidad del Barroco.

Otro aquí

Otro aquí no se ve que frente a frente

animoso escuadrón moverse guerra,

sangriento humor teñir la verde tierra

y tras honroso fin correr la gente.

 

Este es el dulce son que acá se siente:

«¡España, Santïago, cierra, cierra!»

y por süave olor que el aire atierra

humo que azufre dar con llama ardiente.

 

El gusto envuelto va tras corrompida

agua, y el tacto sólo apalpa y halla

duro trofeo de acero ensangrentado,

 

hueso en astilla, en él carne molida,

despedazado arnés, rasgada malla…

¡Oh sólo, de hombres, digno y noble estado!

 

Reconocimiento de la vanidad del mundo

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,

tras tanto varïar vida y destino,

tras tanto de uno en otro desatino,

pensar todo apretar, nada cogiendo;

 

tras tanto acá y allá, yendo y viniendo

cual sin aliento, inútil peregrino;

¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino

yo mismo de mi mal ministro siendo,

 

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria

del mundo es lo mejor que en él se asconde,

pues es la paga dél muerte y olvido;

 

y en un rincón vivir con la vitoria

de sí, puesto el querer tan sólo adonde

es premio el mismo Dios de lo servido.

 

El ímpetu cruel de mi destino

El ímpetu cruel de mi destino

¡cómo me arroja miserablemente

de tierra en tierra, de una en otra gente,

cerrando a mi quietud siempre el camino!

 

¡Oh, si tras tanto mal grave y contino,

roto su velo mísero y doliente,

el alma, con un vuelo diligente,

volviese a la región de donde vino!

 

Iríame por el cielo en compañía

del alma de algún caro y dulce amigo,

con quien hice común acá mi suerte.

 

¡Oh, qué montón de cosas le diría,

cuáles y cuántas, sin temer castigo

de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

 

Pocos tercetos escritos a un amigo

Mientras estáis allá con tierno celo,

de oro, de seda y púrpura cubriendo

el de vuestra alma vil terrestre velo,

 

sayo de hierro acá yo estoy vistiendo,

cota de acero, arnés, yelmo luciente,

que un claro espejo al sol voy pareciendo.

 

Mientras andáis allá lascivamente

con flores de azahar, con agua clara

los pulsos refrescando, ojos y frente,

 

yo de honroso sudor cubro mi cara

y de sangre enemiga el brazo tiño

cuando con más furor muerte dispara.

 

Mientras que a cada cual con su desiño

urdiendo andáis allá mil trampantojos,

manchada el alma más que piel de armiño,

 

yo voy acá y allá, puestos los ojos

en muerte dar al que tener se gloria

del ibero valor ricos despojos.

 

Mientras andáis allá con la memoria

llena de las blanduras de Cupido,

publicando de vos llorosa historia,

 

yo voy aca de furia combatido,

de aspereza y desdén, lleno de gana

que Ludovico al fin quede vencido.

 

Mientras cual nuevo sol por la mañana

todo compuesto andáis ventaneando

en haca, sin parar, lucia y galana,

 

yo voy sobre un jinete acá saltando

el andén, el barranco, el foso, el lodo,

al cercano enemigo amenazando.

 

Mientras andáis allá metido todo

en conocer la dama, o linda o fea,

buscando introducción por diestro modo,

 

yo reconozco el sitio y la trinchea

deste profano a Dios vil enemigo,

sin que la muerte al ojo estorbo sea.

 

Mil veces callo

Mil veces callo, que romper deseo

el cielo a gritos, y otras tantas tiento

dar a mi lengua voz y movimiento,

que en silencio mortal yacer la veo.

 

Anda cual velocísimo correo

por dentro el alma el suelto pensamiento,

con alto, y de dolor, lloroso acento,

casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.

 

No halla la memoria o la esperanza

rastro de imagen dulce y deleitable

con que la voluntad viva segura.

 

Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,

muerte que tarda, llanto inconsolable,

desdén del cielo, error de la ventura.

 

Al cielo

Clara fuente de luz, nuevo y hermoso,

rico de luminarias, patrio Cielo,

casa de la verdad sin sombra o velo,

de inteligencias ledo, almo reposo:

 

¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,

tan lejos del mortal caduco velo,

casi un Argos divino alzado a vuelo,

de nuestro humano error libre y piadoso!

 

¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora

esta en su cárcel alma peregrina,

llevada errando de uno en otro instante;

 

esa cierta beldad que me enamora

suerte y sazón me otorgue tan benina

que, do sube el amor, llegue el amante.

 

De sus hermosos ojos, dulcemente

De sus hermosos ojos, dulcemente,

un tierno llanto Filis despedía

que por el rostro amado parecía

claro y precioso aljófar transparente.

 

En brazos de Damón, con baja frente,

triste, rendida, muerta, helada y fría,

estas palabras breves le decía

creciendo a su llorar nueva corriente:

 

«¡Oh pecho duro, oh alma dura y llena

de mil durezas!, ¿dónde vas huyendo?,

¿do vas con ala tan ligera y presta?»

 

Y él, soltando de llanto amarga vena,

della las dulces lágrimas bebiendo,

besola, y solo un ¡ay! fue su respuesta.

 

¿Cuál es la causa?

—¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando

en la lucha de amor juntos, trabados,

con lenguas, brazos, pies y encadenados

cual vid que entre el jazmín se va enredando,

 

y que el vital aliento ambos tomando

en nuestros labios, de chupar cansados,

en medio a tanto bien somos forzados

llorar y sospirar de cuando en cuando?

 

—Amor, mi Filis bella, que allá dentro

nuestras almas juntó, quiere en su fragua

los cuerpos ajuntar también, tan fuerte

 

que no pudiendo, como esponja el agua,

pasar del alma al dulce amado centro,

llora el velo mortal su avara suerte.

 

A Cosme de Aldana, su hermano

Cual sin arrimo vid, cual planta umbrosa

viuda del ruiseñor que antes solía

con dulce canto, al parecer del día,

invocar de Titón la blanca esposa;

 

cual navecilla en noche tenebrosa

do el gobierno faltó que la regía,

cual caminante que perdió su guía

en selva oscura, horrible y temerosa;

 

cual nube de mil vientos combatida,

cual ave que atajó la red su vuelo,

cual siervo fugitivo y cautivado,

 

cual de peso infernal alma afligida,

o cual quedó tras el diluvio el suelo:

tal quedé yo sin vos, hermano amado.

 

Por un bofetón dado a una dama

¡Oh, mano convertida en duro hielo,

turbadora mortal de mi alegría!

¿Pudiste, mano, oscurecer mi día,

turbar mi paz, robar su luz al cielo?

 

El rubio Dios que nos alumbra el suelo

corre con más placer que antes solía,

cubierta viendo a quien su luz vencía

de un mal causado, indigno y turbio velo.

 

¡Goza, enviDiosa luz, goza de aquesto!

¡Goza de aqueste daño, oh, luz avara!

¡Oh, luz, ante mi luz breve y escasa!;

 

que aún pienso ver, y créeme, luz, muy presto,

cual antes a mi luz serena y clara,

y entonces me dirás, luz, lo que pasa

 

Al rey don Felipe, nuestro señor

Desde la eternidad, antes que el cielo

amaneciese al mundo el primer día,

nombrado —¡oh gran Felipe!— Dios te había

por rey universal de todo el suelo.

 

Y así como esparció con tanto celo

Bautista la venida del Mesía,

así ora Juan de un polo al otro envía

tras su fama inmortal tu cetro a vuelo

 

Ha seis mil años casi que camina

el mundo con el tiempo a consagrarte

la grey diversa reducida en una.

 

¡Oh cómo en ti paró la edad más dina

bien dinamente, y va tras tu estandarte

la gente, el mundo, el tiempo y la fortuna!

 

Hase movido, dama, una pasión

Hase movido, dama, una pasión

entre Venus, Amor y la Natura

sobre vuestra hermosísima figura,

en la cual todos tres tienen razón;

 

buscan quien les absuelva esta quistión

con viva diligencia y suma cura,

y es tan alta, tan honda y tan oscura

que no hay quien dalle pueda solución

 

Ponen estas querellas contra vos:

Venus, que le usurpáis su sacrificio,

Amor, que no lo conocéis por Dios,

 

Natura dice, y jura por su oficio,

que de vuestra impresión nunca hizo dos

y que ingrata le sois del beneficio.

 

Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo

¿Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo

subir, o quién venció más su destino,

mi clara y nueva luz, mi sol divino,

que das y aumentas nuevo rayo al cielo,

 

cuanto el que pudo en este bajo suelo,

(¡oh estrella amiga, oh hado peregrino!)

los ojos contemplar que de contino

engendran paz, quietud, guerra y recelo?

 

Bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto

do no sube a mirar con mucha parte

olmo, pino, ciprés, ni helado monte,

 

de sus ligeras alas diome presto

dos plumas y me dijo. «Amigo, ¡guarte

del mal suceso de Ícaro o Fetonte!»

 

Alma Venus gentil, que al tierno arquero

Alma Venus gentil, que al tierno arquero

hijo puedes llamar, y el niño amado

madre puede llamarte, encadenado

al cuello alabastrino el brazo fiero:

 

yo, tu siervo Damón, pobre cabrero,

más no pudiendo dar de mi ganado,

a tus aras y altar santo y sagrado

ofrezco el corazón de este cordero;

 

en memoria del cual, benigna Diosa,

por el Amor te pido, y juntamente

pedirte quiero Amor, por Venus tuya,

 

que el pecho helado y frío de mi hermosa

pastora enciendas todo en llama ardiente

tal que su curso enfrene y no más huya.

 

Galanio, tú sabrás que es otro día

Galanio, tú sabrás que esotro día,

bien lejos de la choza y el ganado,

en pacífico sueño transportado

quedé junto a una haya alta y sombría

 

cuando —¿quién tal pensó?— Flérida mía

traída allí de amigo y cortés hado

llegose y un abrazo enamorado

me dio, cual otro agora toMaría.

 

No desperté, que el respirado aliento

della en mi boca entró, süave y puro,

y allá en el alma dio del caso aviso,

 

la cual, sin su corpóreo impedimento

por aquel paso en que me vi te juro

que el bien casi sintió del Paraíso.

 

Es tanto el bien

Es tanto el bien que derramó en mi seno,

piadoso de mi mal, vuestro cuidado,

que nunca fue tras mal bien tan preciado

como este tal, por mí de bien tan lleno.

 

Mal que este bien causó jamás ajeno

sea de mí, ni de mí quede apartado,

antes, del cuerpo al alma trasladado,

se reserve de muerte un mal tan bueno.

 

Mas paréceme ver que el mortal velo,

no consintiendo al mal nuevo aposento,

lo guarda allá en su centro el más profundo;

 

sea, pues, así: que el cuerpo acá en el suelo

posea su mal, y al postrimero aliento

gócelo el alma y pase a nuevo mundo.

 

Ya te vas Tirsis

«¿Ya te vas, Tirsis?» «Ya me voy, luz mía.

 

«¡Ay, muerte!» «¡Ay, Galatea, qué mortal ida!»

«Tirsis, mi bien, ¿do vas?» «Do la partida

halle el último fin de mi alegría.»

 

«Luego ¿en saliendo el sol?» «Saliendo el día.»

 

«¿Te vas sin dilatar?» «Me voy sin vida.»

«¡Ay, Tirsis mío!» «¡Ay, gloria mía perdida!»

«¡Mi Tirsis!» «¡Galatea, mi estrella y guía!»

 

«¿Quién tal podrá creer?» «No hay quien tal crea.»

 

«¡Oh, muerte!» «Acabaré yo mis enojos.»

«¡Ay, grave mal! ¡Ay, mal grave y profundo!»

 

«Tirsis, adiós.» «Adiós, mi Galatea.»

 

«Tirsis, adiós.» «Adiós, luz de mis ojos.»

«¡Oh, lástima!» «¡Oh, piedad, sola en el mundo!»

 

Mil veces digo, entre los brazos

Mil veces digo, entre los brazos puesto

de Galatea, que es más que el sol hermosa;

luego ella, en dulce vista desdeñosa,

me dice: «Tirsis mío, no digas eso».

 

Yo lo quiero jurar, y ella de presto,

toda encendida de un color de rosa,

con un beso me impide y, presurosa,

busca tapar mi boca con un gesto.

 

Hágole blanda fuerza por soltarme,

y ella me aprieta más y dice luego:

«No lo jures, mi bien, que yo te creo».

 

Con esto, de tal fuerza a encadenarme

viene que Amor, presente al dulce juego,

hace suplir con obras mi deseo.

Poemas de Francisco de Aldana

Carta para Arias Montano

Montano, cuyo nombre es la primera

estrellada señal por do camina

el sol el cerco oblicuo de la esfera,

 

nombrado así por voluntad divina,

para mostrar que en ti comienza Apolo

la luz de su celeste diciplina:

 

yo soy un hombre desvalido y solo,

expuesto al duro hado cual marchita

hoja al rigor del descortés Eolo;

 

mi vida temporal anda precita

dentro el infierno del común trafago

que siempre añade un mal y un bien nos quita.

 

Oficio militar profeso y hago,

baja condenación de mi ventura

que al alma dos infiernos da por pago.

 

Los huesos y la sangre que natura

me dio para vivir, no poca parte

dellos y della he dado a la locura,

 

mientras el pecho al desenvuelto Marte

tan libre di que sin mi daño puede,

hablando la verdad, ser muda el arte.

 

Y el rico galardón que se concede

a mi (llámola así) ciega porfía

es que por ciego y porfiado quede.

 

No digo más sobre esto, que podría

cosas decir que un mármol deshiciese

en el piadoso humor que el ojo envía,

 

y callaré las causas de interese,

no sé si justo o injusto, que en alguno

hubo porque mi mal más largo fuese.

 

Menos te quiero ser ora importuno

en declarar mi vida y nacimiento,

que tiempo dará Dios más oportuno:

 

basta decir que cuatro veces ciento

y dos cuarenta vueltas dadas miro

del planeta seteno al firmamento

 

que en el aire común vivo y respiro,

sin haber hecho más que andar haciendo

yo mismo a mí, crüel, doblado tiro

 

y con un trasgo a brazos debatiendo

que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato

mi costoso sudor queda riendo.

 

Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,

ya rompo a la esperanza lisonjera

el lazo en que me asió con doble trato.

 

Pienso torcer de la común carrera

que sigue el vulgo y caminar derecho

jornada de mi patria verdadera;

 

entrarme en el secreto de mi pecho

y platicar en él mi interior hombre,

dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.

 

Y porque vano error más no me asombre,

en algún alto y solitario nido

pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre

 

y, como si no hubiera acá nacido,

estarme allá, cual Eco, replicando

al dulce son de Dios, del alma oído.

 

Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,

el alma sino un eco resonante

a la eterna beldad que está llamando

 

y, desde el cavernoso y vacilante

cuerpo, volver mis réplicas de amores

al sobrecelestial Narciso amante;

 

rica de sus intrínsecos favores,

con un piadoso escarnio el bajo oficio

burlar de los mundanos amadores?

 

En tierra o en árbol hoja algún bullicio

no hace que, al moverse, ella no encuentra

en nuevo y para Dios grato ejercicio;

 

y como el fuego saca y desencentra

oloroso licor por alquitara

del cuerpo de la rosa que en ella entra,

 

así destilará, de la gran cara

del mundo, inmaterial varia belleza

con el fuego de amor que la prepara;

 

y pasará de vuelo a tanta alteza

que, volviéndose a ver tan sublimada,

su misma olvidará naturaleza,

 

cuya capacidad ya dilatada

allá verná do casi ser le toca

en su primera causa transformada.

 

Ojos, oídos, pies, manos y boca,

hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,

serán del mar de Dios cubierta roca;

 

cual pece dentro el vaso alto, estupendo,

del oceano irá su pensamiento

desde Dios para Dios yendo y viniendo.

 

Serále allí quietud el movimiento,

cual círculo mental sobre el divino

centro, glorioso origen del contento,

 

que, pues el alto, esférico camino

del cielo causa en él vida y holganza,

sin que lugar adquiera peregrino,

 

llegada el alma al fin de la esperanza,

mejor se moverá para quietarse

dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,

 

do llega en tanto extremo a mejorarse

(torno a decir) que en él se transfigura,

casi el velo mortal sin animarse.

 

No que del alma la especial natura,

dentro al divino piélago hundida,

cese en el hacedor de ser hechura,

 

o quede aniquilada y destrüida,

cual gota de licor, que el rostro enciende,

del altísimo mar toda absorbida,

 

mas como el aire, en quien en luz se extiende

el claro sol, que juntos aire y lumbre

ser una misma cosa el ojo entiende.

 

Es bien verdad que a tan sublime cumbre

suele impedir el venturoso vuelo

del cuerpo la terrena pesadumbre.

 

Pero, con todo, llega al bajo suelo

la escala de Jacob, por do podemos

al alcázar subir del alto cielo;

 

que, yendo allá, no dudo que encontremos

favor de más de un ángel diligente

con quien alegre tránsito llevemos.

 

Puede del sol pequeña fuerza ardiente

desde la tierra alzar graves vapores

a la región del aire allá eminente,

 

¿y tantos celestiales protectores,

para subir a Dios alma sencilla,

vernán a ejercitar fuerzas menores?

 

Mas pues, Montano, va mi navecilla

corriendo este gran mar con suelta vela,

hacia la infinidad buscando orilla,

 

quiero, para tejer tan rica tela,

muy desde atrás decir lo que podría

hacer el alma que a su causa vuela.

 

Paréceme, Montano, que debría

buscar lugar que al dulce pensamiento,

encaminando a Dios, abra la vía,

 

ado todo exterior derramamiento

cese, y en su secreto el alma entrada

comience a examinar, con modo atento,

 

antes que del Señor fuese criada

cómo no fue, ni pudo haber salido

de aquella privación que llaman nada;

 

ver aquel alto piélago de olvido,

aquel sin hacer pie luengo vacío,

tomado tan atrás del no haber sido,

 

y diga a Dios: «¡Oh causa del ser mío,

cuál me sacaste desa muerte escura,

rica del don de vida y de albedrío!»

 

Allí, gozosa en la mayor natura,

déjese el alma andar süavemente

con leda admiración de su ventura.

 

Húndase toda en la divina fuente

y, del vital licor humedecida,

sálgase a ver del tiempo en la corriente:

 

veráse como línea producida

del punto eterno, en el mortal sujeto

bajada a gobernar la humana vida

 

dentro la cárcel del corpóreo afeto,

hecha horizonte allí deste alterable

mundo y del otro puro y sin defeto;

 

donde, a su fin únicamente amable

vuelta, conozca dél ser tan dichosa

forma gentil de vida indeclinable,

 

y sienta que la mano dadivosa

de Dios cosas crïo tantas y tales,

hasta la más süez, mínima cosa,

 

sin que las calidades principales,

los cielos con su lúcida belleza,

los coros del Impíreo angelicales

 

consigan facultad de tanta alteza

que lo más bajo y vil que asconde el cieno

puedan criar, ni hay tal naturaleza.

 

Enamórese el alma en ver cuán bueno

es Dios, que un gusanillo le podría

llamar su criador de lleno en lleno,

 

y poco a poco le amanezca el día

de la contemplación, siempre cobrando

luz y calor que Dios de allá le envía.

 

Déjese descansar de cuando en cuando

sin procurar subir, porque no rompa

el hilo que el amor queda tramando,

 

y veráse colmar de alegre pompa,

de divino favor, tan ordenado

cuan libre de desmán que le interrompa.

 

Torno a decir que el pecho enamorado

la celestial, de allá, rica inflüencia

espere humilde, atento y reposado,

 

sin dar ni recebir propia sentencia,

que en tal lugar la lengua más despierta

es de natura error y balbucencia.

 

Abra de par en par la firme puerta

de su querer, pues no tan presto pasa

el sol por la región del aire abierta,

 

ni el agua universal con menos tasa

hinchió toda del suelo alta abertura,

bajando a la región de luz escasa,

 

como aquella mayor, suma natura

hinche de su divino sentimiento

el alma cuando abrir se le procura.

 

No que de allí le quede atrevimiento

para creer que en sí mérito encierra

con que al supremo obligue entendimiento,

 

pues la impotencia misma que la tierra

tiene para obligar que le dé el cielo

llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,

 

o para producir flores el hielo

y plantas levantar de verde cima

desierto estéril y arenoso suelo,

 

tiene el alma mejor, de más estima,

para obligar que en ella gracia influya

el bien que a tanta alteza le sublima.

 

Es don de Dios, manificiencia suya,

divina autoridad que el ser abona,

de nuestra indinidad que no le arguya;

 

y cuando da de gloria la corona,

es último favor que los ya hechos,

como sus propios méritos, corona.

 

Así que el alma en los divinos pechos

beba infusión de gracia sin buscalla,

sin gana de sentir nuevos provechos,

 

que allí la diligencia menos halla

cuanto más busca, y suelen los favores

trocarse en interior, nueva batalla.

 

No tiene que buscar los resplandores

del sol quien de su luz anda cercado,

ni el rico abril pedir hierbas y flores;

 

pues no mejor el húmido pescado

dentro el abismo está del oceano,

cubierto del humor grave y salado,

 

que el alma, alzada sobre el curso humano

queda, sin ser curiosa o diligente,

de aquel gran mar cubierta ultramundano;

 

no, como el Pece, sólo exteriormente,

mas dentro mucho más que esté en el fuego

el íntimo calor que en él se siente.

 

Digo que puesta el alma en su sosiego

espere a Dios, cual ojo que cayendo

se va sabrosamente al sueño ciego,

 

que al que trabaja por quedar durmiendo,

esa misma inquietud destrama el hilo

del sueño, que se da no le pidiendo.

 

Ella verá, con desusado estilo,

toda regarse, y regalarse junto,

de un salido de Dios sagrado Nilo;

 

recogida su luz toda en un punto,

aquella mirará de quien es ella

indinamente imagen y trasunto

 

y, cual de amor la matutina estrella

dentro el abismo del eterno día,

se cubrirá toda luciente y bella.

 

Como la hermosísima judía

que, llena de doncel, novicio espanto,

viendo Isaac que para sí venía,

 

dejó cubrir el rostro con el manto,

y decendida presto del camello

recoge humilde al novio casto y santo,

 

disponga el alma así con Dios hacello

y de su presunción decienda altiva,

cubierto el rostro y reclinado el cuello.

 

y aquella sacrosanta virtud viva,

única, crïadora y redentora,

con profunda humildad en sí reciba.

 

Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora

podrá los peregrinos sentimientos

que el alma en sus potencias atesora:

 

aquellos ricos amontonamientos

de sobrecelestiales inflüencias

dilatados de amor descubrimientos;

 

aquellas ilustradas advertencias

de las musas de Dios sobreesenciales,

destierro general de contingencias;

 

aquellos nutrimentos divinales,

de la inmortalidad fomentadores,

que exceden los posibles naturales;

 

aquellos (¡qué diré!) colmos favores,

privanzas nunca oídas, nunca vistas,

suma especialidad del bien de amores?

 

¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas

de las Indias de Dios, de aquel gran mundo

tan escondido a las mundanas vistas!

 

Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo

do no se entiende suelo ni ribera,

y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.

 

No más allá; ni puedo, aunque lo quiera.

Do la vista alcanzó, llegó la mano;

ya se les cierra a entrambos la carrera.

 

¿Notaste bien, dotísimo Montano,

notaste cuál salí, más atrevido

que del cretense padre el hijo insano?

 

Tratar en esto es sólo a ti debido,

en quien el cielo sus noticias llueve

para dejar el mundo enriquecido;

 

por quien de Pindo las hermanas nueve

dejan sus montes, dejan sus amadas

aguas, donde la sed se mata y bebe,

 

y en el santo Sïon ya trasladadas,

al profético coro por tu boca

oyendo están, atentas y humilladas.

 

¡Dichosísimo aquél que estar le toca

contigo en bosque o en monte o en valle umbroso

o encima la más alta, áspera roca!

 

¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso

si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese

que, en orden de vivir tan venturoso,

 

juntamente contigo estar pudiese,

lejos de error, de engaño y sobresalto,

como si el mundo en sí no me incluyese!

 

Un monte dicen que hay sublime y alto,

tanto que, al parecer, la excelsa cima

al cielo muestra dar glorioso asalto

 

y que el pastor, con su ganado, encima,

debajo de sus pies correr el trueno

ve dentro el nubiloso, helado clima,

 

y en el puro, vital aire sereno

va respirando allá, libre y exento,

casi nuevo lugar, del mundo ajeno,

 

sin que le impida el desmandado viento,

el trabado granizo, el suelto rayo,

ni el de la tierra grueso, húmido aliento.

 

Todo es tranquilidad de fértil mayo,

purísima del sol templada lumbre,

de hielo o de calor sin triste ensayo.

 

Pareces tú, Montano, a la gran cumbre

deste gran monte, pues vivir contigo

es muerte de la misma pesadumbre,

 

es un poner debajo a su enemigo:

de la soberbia el trueno estar mirando

cuál va descomponiendo al más amigo,

 

las nubes de la invidia descargando

ver, de murmuración duro granizo,

de vanagloria el viento andar soplando,

 

y de lujuria el rayo encontradizo,

de acidia el grueso aliento y de avaricia,

con lo demás que el padre antiguo hizo;

 

y desta turba vil que el mundo envicia

descargado, gozar cuanto ilustrare

el sol en ti de gloria y de justicia.

 

El alma que contigo se juntare

cierto reprimirá cualquier deseo

que contra el proprio bien la vida encare;

 

podrá luchar con el terrestre Anteo

de su rebelde cuerpo, aunque le cueste

vencer la lid por fuerza y por rodeo,

 

y casi vuelta un Hércules celeste,

sompesará de tierra ese imperfeto,

porque el f avor no pase della en éste,

 

tanto que el pie del sensitivo afeto

no la llegue a tocar y el enemigo

al hercúleo valor quede sujeto;

 

de sí le apartará, junto consigo

domándole, firmado en la potencia

del pecho ejecutor del gran castigo;

 

serán temor de Dios y penitencia

los brazos, coronada de diadema

la caridad, valor de toda esencia.

 

Mas para conclüir tan largo tema,

quiero el lugar pintar do, con Montano,

deseo llegar de vida al hora extrema.

 

No busco monte excelso y soberano,

de ventiscosa cumbre, en quien se halle

la triplicada nieve en el verano;

 

menos profundo, escuro, húmido valle

donde las aguas bajan despeñadas

por entre desigual, torcida calle;

 

las partes medias son más aprobadas

de la natura, siempre frutüosas,

siempre de nuevas flores esmaltadas.

 

Quiero también, Montano, entre otras cosas,

no lejos descubrir de nuestro nido

el alto mar, con ondas bulliciosas:

 

dos elementos ver, uno movido

del aéreo desdén, otro fijado,

sobre su mismo peso establecido;

 

ver uno desigual, otro igualado,

de mil colores éste, aquél mostrando

el claro azul del cielo no añublado.

 

Bajaremos allá de cuando en cuando,

altas y ponderadas maravillas

en recíproco amor juntos tratando.

 

Verás por las marítimas orillas

la espumosa resaca entre el arena

bruñir mil blancas conchas y lucillas,

 

en quien hiriendo el sol con luz serena,

echan como de sí nuevos resoles

do el rayo visüal su curso enfrena.

 

Verás mil retorcidas caracoles,

mil bucios istrïados, con señales

y pintas de lustrosos arreboles:

 

los unos del color de los corales,

los otros de la luz que el sol represa

en los pintados arcos celestiales,

 

de varia operación, de varia empresa,

despidiendo de sí como centellas,

en rica mezcla de oro y de turquesa.

 

Cualquiera especie producir de aquéllas

verás (lo que en la tierra no acontece)

pequeñas en extreno y grandes dellas,

 

donde el secreto, artificioso pece

pegado está, y en otros despegarse

suele y al mar salir, si le parece,

 

(por cierto, cosa dina de admirarse

tan menudo animal sin niervo y hueso

encima tan gran máquina arrastrarse,

 

crïar el agua un cuerpo tan espeso

como la concha, casi fuerte muro

reparador de todo caso avieso,

 

todo de fuera peñascoso y duro,

liso de dentro, que al salir injuria

no haga a su señor tratable y puro),

 

el nácar, el almeja y la purpuria

venera, con matices luminosos

que acá y allá del mar siguen la furia.

 

¡Ver los marinos riscos cavernosos

por alto y bajo en varia forma abiertos,

do encuentran mil embates espumosos;

 

los peces acudir por sus inciertos

caminos con agalla purpurina,

de escamoso cristal todos cubiertos!

 

También verás correr por la marina,

con sus airosas tocas, sesga y presta,

la nave, a lejos climas peregrina.

 

Verás encaramar la comba cresta

del líquido elemento a los extremos

de la helada región, al fuego opuesta;

 

los salados abismos miraremos

entre dos sierras de agua abrir cañada,

que de temor Catón suelta sus remos.

 

Veráse luego mansa y reposada

la mar, que por sirena nos figura

la bien regida y sabia edad pasada,

 

la cual en tan gentil, blanda postura

vista del marinero, se adormece

casi a música voz, süave y pura,

 

y en tanto el fiero mar se arbola y crece

de modo que, aun despierto, ya cualquiera

remedio de vivir le desfallece.

 

En fin, Montano, el que temiendo espera

y velando ama, sólo éste prevale

en la estrecha, de Dios, cierta carrera.

 

Mas ya parece que mi pluma sale

del término de epístola, escribiendo

a ti, que eres de mí lo que más vale;

 

a mayor ocasión voy remitiendo,

de nuestra soledad contemplativa,

algún nuevo primor que della entiendo.

 

Tú, mi Montano, así tu Aldino viva

contigo, en paz dichosa, esto que queda

por consumir de vida fugitiva;

 

y el cielo, cuando pides, te conceda

que nunca de su todo se desmiembre

ésta tu parte y siempre serlo pueda.

 

Nuestro Señor en ti su gracia siembre

para coger la gloria que promete.

De Madrid, a los siete de setiembre,

mil y quinientos y setenta y siete.

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