Poemas de Fernando de Herrera

Poemas de Fernando de Herrera

Poemas de Fernando de Herrera (1534-1597), apodado «el Divino», y quien fuera la figura central de la escuela sevillana del Renacimiento y el puente definitivo hacia el Barroco. Su obra representa la culminación del petrarquismo en España, caracterizándose por una exigencia formal extrema y una obsesión por la perfección lingüística.

Aunque fue clérigo, su lírica está marcada por un amor platónico e inalcanzable hacia Leonor de Milán, la Condesa de Gelves, a quien dedicó sus sonetos más célebres. Sin embargo, Herrera también destacó en la poesía heroica, celebrando hitos como la Batalla de Lepanto con un tono épico y grandilocuente.

Sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso lo consagraron como el primer gran crítico literario español, estableciendo las bases del culteranismo que más tarde desarrollaría Góngora.

A vuestro grave y muerto hielo frío

A vuestro grave y muerto hielo frío,

temiendo el niño ciego su aspereza,

opuso con inútil rustiqueza

el leve y vivo ardiente fuego mío.

 

Su nieve muestra y llama el fuego y frío,

y reluchando esfuerza su grandeza;

el fuego al frío ablanda su dureza

y dispone veloz cual suelto río.

 

Quedó Amor del asalto glorioso,

y vos y yo contentos nos hallamos,

pero todo mi bien turbose luego;

 

que por un triste caso y lastimoso

con mi afrenta y dolor ambos quedamos,

con mayor frío vos, yo con más fuego.

 

Amor, en un incendio no acabado

Amor, en un incendio no acabado

ardí del fuego tuyo, en la florida

sazón y alegre de mi dulce vida,

todo en tu viva imagen transformado.

 

Y ahora, oh vano error, en este estado,

no con llama en cenizas escondida,

mas descubierta, clara y encendida,

pierdo en ti lo mejor de mi cuidado.

 

No más, baste, cruel, ya en tantos años

rendido haber al yugo el cuello yerto,

y haber visto en el fin tu desvarío.

 

Abra la luz la niebla a tus engaños,

antes que el lazo rompa el tiempo y muerto

sea el fuego del tardo hielo mío.

 

Ardientes hebras do se ilustra el oro

Ardientes hebras do se ilustra el oro,

de celestial ambrosía rociado

tanto mi gloria sois y mi cuidado

cuanto sois del amor mayor tesoro,

 

luces que al estrellado y alto coro

prestáis el bello resplandor sagrado,

cuanto es Amor por vos más estimado

tanto humildemente os honro más y adoro.

 

Purpúreas rosas, perlas de Oriente,

marfil terso y angélica armonía,

cuanto os contemplo tanto en vos me inflamo

 

y cuanta pena el alma por vos siente

tanto es mayor valor y gloria mía,

y tanto os temo cuanto más os amo.

 

Betis, que en este tiempo solo y frío

Betis, que en este tiempo solo y frío

escuchas mi dolor, del hondo asiento,

acoge en tu quieto movimiento

los últimos suspiros que yo envío;

 

y, si tiene valor tu sacro río,

dame que en árbol verde mi tormento

lamente transformado, que ya siento

débil la voz, cual cisne, al canto mío;

 

porque con nuevas ramas tu corriente

cercaré coronando, y destilado

iré en tu luengo curso y extendido;

 

que mi luz ceñirá su bella frente

de mis hojas, o en llanto desatado,

seré en sus blancas manos recogido.

 

Canción 1

Voz de dolor, y canto de gemido,

y espíritu de miedo, embuelto en ira,

hagan principio acerbo a la memoria

d’ aquel día fatal, aborrecido,

que Lusitania mísera suspira,

desnuda de valor, falta de gloria;

y la llorosa istoria

asombre con orror funesto y triste

dend’ el Áfrico Atlante y seno ardiente,

hasta do el mar d’ otro color se viste;

y do el límite roxo d’ Oriënte,

y todas sus vencidas gentes fieras,

vên tremolar de Cristo las vanderas.

 

Ay de los que pasaron, confiados

en sus cavallos y en la muchedumbre

de sus carros, en ti Libia desierta;

y, en su vigor y fuerças engañados,

no alçaron su esperança a aquella cumbre

d’ eterna luz; mas con sobervia cierta

se ofrecieron la incierta

vitoria, y sin bolver a Dios sus ojos,

con ierto cuello y coraçón ufano

sólo atendieron siempre a los despojos;

y el santo d’ Israel abrió su mano,

y los dexó; y cayó en despeñadero

el carro, y el cavallo y cavallero.

 

Vino el día cruel, el día lleno

d’ indinación, d’ ira y furor, que puso

en soledad y en un profundo llanto

de gente, y de plazer el reino ageno.

El cielo no alumbró, quedó confuso

el nuevo Sol, presago de mal tanto;

y con terrible espanto,

el Señor visitó sobre sus males,

para umillar los fuertes arrogantes;

y levantó los bárbaros no iguales,

que con osados pechos y constantes,

no busquen oro; mas con crudo hierro

venguen la ofensa y cometido ierro.

 

Los impios y robustos, indinados,

las ardientes espadas desnudaron

sobre la claridad y hermosura

de tu gloria y valor; y no cansados

en tu muerte, tu onor todo afearon,

mesquina Lusitania sin ventura;

y con frente segura

rompieron sin temor, con fiero estrago

tus armadas escuadras y braveza.

L’ arena se tornó sangriento lago,

la llanura con muertos aspereza;

cayó en unos vigor, cayó denuedo,

mas en otros desmayo y torpe miedo.

 

¿Son éstos por ventura, los famosos,

los fuertes y belígeros varones,

que conturbaron con furor la tierra,

que sacudieron reinos poderosos,

que domaron las órridas naciones,

que pusieron desierto en cruda guerra

cuanto enfrena y encierra

el mar Indo, y feroces destruyeron

grandes ciudades? ¿Do la valentía?

¿Cómo así s’ acabaron y perdieron

tanto eroico valor en solo un día;

y lexos de su patria derribados,

no fueron justamente sepultados?

 

Tales fueron aquestos, cual hermoso

cedro del alto Líbano, vestido

de ramos, hojas, con ecelsa alteza;

las aguas lo criaron poderoso,

sobre empinados árboles subido,

y se multiplicaron en grandeza

sus ramos con belleza;

y, estendiendo su sombra, s’ anidaron

las aves que sustenta el grande cielo;

y en sus hojas las fieras engendraron,

y hizo a mucha gente umbroso velo,

no igualó en celsitud y hermosura

jamás árbol alguno a su figura.

 

Pero elevóse con su verde cima,

y sublimó la presunción su pecho,

desvanecido todo y confiado;

haziendo de su alteza sólo estima.

Por eso Dios lo derribó deshecho,

a los impios y agenos entregado,

por la raíz cortado;

qu’ opreso de los montes arrojados,

sin ramos y sin hojas, y desnudo,

huyeron dél los ombres espantados;

que su sombra tuvieron por escudo;

en su ruina y ramos, cuantas fueron,

las aves y las fieras se pusieron.

 

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

murió el vencido reino Lusitano,

y s’ acabó su generosa gloria;

no estés alegre y d’ ufanía llena;

porque tu temerosa y flaca mano

uvo sin esperança, tal vitoria,

indina de memoria;

que si el justo dolor mueve a vengança

alguna vez el Español corage,

despedaçada con aguda lança,

compensarás muriendo el hecho ultrage;

y Luco amedrentado, al mar inmenso

pagará d’ Africana sangre el censo.

 

Cantemos al Señor, que en la llanura

Cantemos al Señor, que en la llanura

Venció del ancho mar al Trace fiero;

Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,

Salud y gloria nuestra.

Tú rompiste las fuerzas y la dura

Frente de Faraón, feroz guerrero;

Sus escogidos príncipes cubrieron

Los abismos del mar, y descendieron,

Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego

Los tragó, como arista seca el fuego.

 

El soberbio tirano, confiado

En el grande aparato de sus naves,

Que de los nuestros la cerviz cautiva

Y las manos aviva

Al ministerio injusto de su estado,

Derribó con los brazos suyos graves

Los cedros más excelsos de la cima

Y el árbol que más yerto se sublima,

Bebiendo ajenas aguas y atrevido

Pisando el bando nuestro y defendido.

 

Temblaron los pequeños, confundidos

Del impio furor suyo; alzó la frente

Contra tí, Señor Dios, y con semblante

Y con pecho arrogante,

Y los armados brazos extendidos,

Movió el airado cuello aquel potente;

Cercó su corazón de ardiente saña

Contra las dos Hesperias, que el mar baña,

Porque en ti confiadas le resisten

Y de armas de tu fe y amor se visten.

 

Dijo aquel insolente y desdeñoso:

«¿No conocen mis iras estas tierras,

Y de mis padres los ilustres hechos,

O valieron sus pechos

Contra ellos con el húngaro medroso,

Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?

¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos

Pudo salvar los de Austria y los germanos?

¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora

Guardarlos de mi diestra vencedora?

 

»Su Roma; temerosa y humillada,

Los cánticos en lágrimas convierte;

Ella y sus hijos tristes mi ira esperan

Cuando vencidos mueran;

Francia está con discordia quebrantada,

Y en España amenaza horrible muerte

Quien honra de la luna las banderas;

Y aquéllas en la guerra gentes fieras

Ocupadas están en su defensa,

Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?

 

»Los poderosos pueblos me obedecen,

Y el cuello con su daño al yugo inclinan,

Y me dan por salvarse ya la mano

Y su valor es vano;

Que sus luces cayendo se oscurecen,

Sus fuertes a la muerte ya caminan,

Sus vírgenes están en cautiverio,

Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.

Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,

Cuanto el sol alto mira todo es mío.»

 

Tú, Señor, que no sufres que tu gloria

Usurpe quien su fuerza osado estima,

Prevaleciendo en vanidad y en ira,

Este soberbio mira,

Que tus aras afea en su victoria.

No dejes que los tuyos así oprima,

Y en su cuerpo, crüel, las fieras cebe,

Y en su esparcida sangre el odio pruebe;

Que hecho-ya su oprobio, dice: «¿Dónde

El Dios de éstos está? ¿De quién se esconde?»

 

Por la debida gloria de tu nombre,

Por la justa venganza de tu gente,

Por aquel de los míseros gemido,

Vuelve el brazo tendido

Contra éste, que aborrece ya ser hombre;

Y las honras que celas tú consiente;

Y tres y cuatro veces el castigo

Esfuerza con rigor a tu enemigo,

Y la injuria a tu nombre cometida

Sea el hierro contrario de su vida.

 

Levantó la cabeza el poderoso

Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago

Juntó el consejo, y contra nos pensaron

Los que en él se hallaron.

«Venid, dijeron, y en el mar ondoso

Hagamos de su sangre un grande lago;

Deshagamos a éstos de la gente,

Y el nombre de su Cristo juntamente,

Y dividiendo de ellos los despojos,

Hártense en muerte suya nuestros ojos.»

 

Vinieron de Asia y portentoso Egito

Los árabes y leves africanos,

Y los que Grecia junta mal con ellos,

Con los erguidos cuellos,

Con gran poder y número infinito;

Y prometer osaron con sus manos

Encender nuestros fines y dar muerte

A nuestra juventud con hierro fuerte,

Nuestros niños prender y las doncellas,

Y la gloria manchar y la luz dellas.

 

Ocuparon del piélago los senos,

Puesta en silencio y en temor la tierra,

Y cesaron los nuestros valerosos,

Y callaron dudosos,

Hasta que al fiero ardor de sarracenos

El Señor eligiendo nueva guerra,

Se opuso el joven de Austria generoso

Con el claro español y belicoso;

Que Dios no sufre ya en Babel cautiva

Que su Sión querida siempre viva.

 

Cual león a la presa apercibido,

Sin recelo los impíos esperaban

A los que tú, Señor, eras escudo;

Que el corazon desnudo

De pavor, y de amor y fe vestido,

Con celestial aliento confiaban.

Sus manos a la guerra compusiste,

Y sus brazos fortísimos pusiste

Como el arco acerado, y con la espada

Vibraste en su favor la diestra armada.

 

Turbáronse los grandes, los robustos

Rindiéronse temblando y desmayaron;

Y tú entregaste, Dios, como la rueda,

Como la arista queda

Al ímpetu del viento, a estos injustos,

Que mil huyendo de uno se pasmaron.

Cual fuego abrasa selvas, cuya llama

En las espesas cumbres se derrama,

Tal en tu ira y tempestad seguiste

Y su faz de ignominia convertiste.

 

Quebrantaste al crüel dragón, cortando

Las alas de su cuerpo temerosas

Y sus brazos terribles no vencidos;

Que con hondos gemidos

Se retira a su cueva, do silbando

Tiembla con sus culebras venenosas,

Lleno de miedo torpe sus entrañas,

De tu león temiendo las hazañas;

Que, saliendo de España, dio un rugido

Que lo dejó asombrado y aturdido.

 

Hoy se vieron los ojos humillados

Del sublime varón y su grandeza,

Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;

Que tu día es llegado,

Señor de los ejércitos armados,

Sobre la alta cerviz y su dureza,

Sobre derechos cedros y extendidos,

Sobre empinados montes y crecidos,

Sobre torres y muros, y las naves

De Tiro, que a los suyos fueron graves.

 

Babilonia y Egito amedrentada

Temerá el fuego y la asta violenta,

Y el humo subirá a la luz del cielo,

Y faltos de consuelo,

Con rostro oscuro y soledad turbada

Tus enemigos llorarán su afrenta.

Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza

Egipcia y gloria de su confianza,

Triste que a ella pareces, no temiendo

A Dios y a tu remedio no atendiendo,

 

¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste

En adulterio infame a una impia gente,

Que deseaba profanar tus frutos,

Y con ojos enjutos

Sus odiosos pasos imitaste,

Su aborrecida vida y mal presente?

Dios vengará sus iras en tu muerte;

Que llega a tu cerviz con diestra fuerte

La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,

Reprimirá su mano desatada?

 

Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,

Que en tus naves estabas gloriosa,

Y el término espantabas de la tierra,

Y si hacías guerra,

De temor la cubrías con suspiro,

¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?

¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?

Dios, para convertir tu gloria en llanto

Y derribar tus ínclitos, y fuertes

Te hizo perecer con tantas muertes.

 

Llorad, naves del mar; que es destruida

Vuestra vana soberbia y pensamiento.

¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,

Tú, que sigues la luna,

Asia adúltera, en vicios sumergida?

¿Quién mostrará un liviano sentimiento?

¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende

Tu ira y la arrogancia que te ofende,

Y tus viejos delitos y mudanza

Han vuelto contra ti a pedir venganza.

 

Los que vieron tus brazos quebrantados

Y de tus pinos ir el mar desnudo,

Que sus ondas turbaron y llanura,

Viendo tu muerte oscura,

Dirán, de tus estragos espantados:

¿Quién contra la espantosa tanto pudo?

El Señor, que mostró su fuerte mano

Por la fe de su príncipe cristiano

Y por el nombre santo de su gloria,

A su España concede esta victoria.

 

Bendita, Señor, sea tu grandeza;

Que después de los daños padecidos,

Después de nuestras culpas y castigo,

Rompiste al enemigo

De la antigua soberbia la dureza.

Adórente, Señor, tus escogidos,

Confiese cuanto cerca el ancho cielo

Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!

Y la cerviz rebelde, condenada,

Perezca en bravas llamas abrasada.

 

Como en la cumbre ecelsa de Mimante

Como en la cumbre ecelsa de Mimante,

do en eterna prisión arde y procura

alzar la frente airada y guerra oscura

mover de nuevo al cielo el gran gigante,

 

se nota de las nubes, que delante

vuelan y encima en hórrida figura,

la calidad de tempestad futura,

que amenaza con áspero semblante,

 

así de mis suspiros y tristeza,

del grave llanto y grande sentimiento

se muestra el mal, que encierra el duro pecho.

 

Por eso no os ofenda mi flaqueza,

bella estrella de amor, que mi tormento

no cabe bien en vaso tan estrecho.

 

Cual de oro el cabello ensortijado

Cual de oro el cabello ensortijado

y en mil varias lazadas dividido,

y cuanto en más figuras esparcido

tanto de más centellas ilustrado.

 

Tal de lucientes hebras coronado,

Febo aparece en llamas encendido,

tal discurre en el cielo esclarecido

un ardiente cometa arrebatado.

 

Debajo el puro, propio y sutil velo,

amor, gracia y valor y la belleza

templada en nieve y púrpura se vía.

 

Pensaba que se abrió esta vez el cielo

y mostró su poder y su riqueza,

si no fuera la Luz del alma mía.

 

De bosque en bosque, de uno en otro llano

De bosque en bosque, de uno en otro llano,

solo, en medroso horror y sombra oscura,

voy suspirando ausente, y la luz pura

busco, que me encubrió el amor tirano.

 

Corto el río y traspaso el monte en vano;

que no se debe más a mi ventura;

el bien que la esperanza me procura

huye y se me desliza de la mano.

 

En este duro estrecho me lamento,

porque sea mi daño manifiesto

y alguno se conduela en mi cuidado.

 

No cohorta al fin esto mi tormento;

que tanto mi dolor es más molesto

cuanto de ajeno pecho más llorado.

 

¿Dó vas? ¿dó vas, crüel, dó vas?; refrena

“¿Dó vas? ¿dó vas, crüel, dó vas?; refrena,

refrena el presuroso paso, en tanto

que de mi dolor grave el largo llanto

a abrir comienza esta honda vena;

 

oye la voz de mil suspiros llena,

y de mi mal sufrido el triste canto,

que no podrás ser fiera y dura tanto

que no te mueva esta mi acerba pena;

 

vuelve tu luz a mí, vuelve tus ojos,

antes que quede oscuro en ciega niebla”,

dezía en sueño, o en ilusión perdido.

 

Volví, halléme solo y entre abrojos,

y en vez de luz, cercado de tiniebla,

y en lágrimas ardientes convertido.

 

El bravo fuego sobre el alto muro…

El bravo fuego sobre el alto muro

del soberbio Ilión crecía airado,

y todo por mil partes derramado,

se envolvía confuso en humo oscuro.

 

Caía traspasado por el duro

hierro, y ardía en llamas abrasado,

y se rendía al ímpetu del hado

del Frige osado al corazón seguro.

 

Solo el rey de Asia, muerto en la ribera,

grande tronco ¡ay cruel dolor! yacía,

y su cuerpo bañaba el ponto ciego.

 

¡Oh fuerza oculta de la suerte fiera!

Que cuando Troya en fuego perecía,

falte a Priamo tierra y falte fuego.

 

El fuego que en mi alma se alimenta

El fuego que en mi alma se alimenta,

y consume al estéril duro frío,

da vida al casi muerto pecho mío,

y en virtud de sus llamas me sustenta.

 

Justo es que muera y viva en él y sienta

la gloria de mi dulce desvarío,

porque de mis trabajos yo confío

la esperanza del premio en quien me alienta.

 

Como en inmenso frío junta espira

inmensa oscuridad, cuya tristeza

ocupa el corazón con grave pena:

 

Así con el excelso ardor conspira

excelsa luz, que deja en su belleza

mi alma de alegría y de bien llena.

 

Esta desnuda playa, esta llanura

Esta desnuda playa, esta llanura

de astas y rotas armas mal sembrada,

do el vencedor cayó con muerte airada,

es de España sangrienta sepultura.

 

Mostró el valor su esfuerzo, mas ventura

negó el suceso y dio a la muerte entrada,

que rehuyó dudosa, y admirada

del temido furor, la suerte dura.

 

Venció otomano al español ya muerto,

antes del muerto el vivo fue vencido,

y España y Grecia lloran la vitoria,

 

pero será testigo este desierto

que el español muriendo, no rendido,

llevó de Grecia y Asia el nombre y gloria.

 

Incendio de Troya

El bravo fuego sobre el alto muro

del soberbio Ilión crecía airado,

y todo por mil partes derramado,

se envolvía confuso en humo oscuro.

 

Caía traspasado por el duro

hierro, y ardía en llamas abrasado,

y se rendía al ímpetu del hado

del Frige osado al corazón seguro.

 

Solo el rey de Asia, muerto en la ribera,

grande tronco ¡ay cruel dolor! yacía,

y su cuerpo bañaba el ponto ciego.

 

¡Oh fuerza oculta de la suerte fiera!

Que cuando Troya en fuego perecía,

falte a Priamo tierra y falte fuego.

 

Inmenso ardor de eterna hermosura

Inmenso ardor de eterna hermosura

en vuestra dulce faz se me aparece,

y en mis entrañas arde y siempre crece

con inmortal incendio virtud pura.

 

Con alteza y valor vuestra figura

sin igual en mi alma resplandece,

y pues ufana sufre, bien merece

algún corto favor de su ventura.

 

No puede ser mayor vuestra belleza,

y no es ya justo que ceguéis mis ojos,

su flaca luz gastando en tanto fuego;

 

que si al pecho mostráis vuestra grandeza,

muriendo en llama no daré despojos,

los que pudiera dar viviendo ciego.

 

Las hebras de oro puro que la frente

Las hebras de oro puro que la frente

cercan en ricas vueltas, do el tirano

señor teje los lazos con su mano,

y arde en la dulce luz resplandeciente;

 

cuando el invierno frío se presente,

vencedor de las flores del verano,

el purpúreo color tornando vano,

en plata volverán su lustre ardiente.

 

Y no por eso amor mudará el puesto;

que el valor lo asegura y cortesía,

el ingenio y del alma la nobleza.

 

Es mi cadena y fuego el pecho honesto,

y virtud generosa lumbre mía,

de vuestra eterna, angélica belleza.

 

Las hebras que cogía en lazos de oro

Las hebras que cogía en lazos de oro

con arte vuestra blanca y tierna mano,

miraba, y el semblante altivo y llano

y la florida luz que amando adoro.

 

Creía en vos del sacro excelso coro

que el esplendor se unía soberano;

porque en sombra, aunque bella, y traje humano

no vio tal bien el orbe y tal tesoro.

 

Cuando rompiste leda el dulce espanto,

que de vos parte ausente y solo apena,

preguntando: «¿Qué fuerza me arrebata?»

 

Yo, que temo partirme, suelto en llanto,

digo: «Pienso que a muerte me condena

del cruel vuestro amor la saña ingrata».

 

Mi bello sol, si voy de vos ausente

Mi bello sol, si voy de vos ausente

a parte extraña, do el dolor me ofende,

y el fuego, que mi alma presa enciende,

en dulce amor contino está presente;

 

aunque el color purpúreo de Oriente,

do el sol menor de vuestra luz desciende,

vea cerca, y do el manto oscuro tiende

el apartado extremo de Occidente;

 

conmigo irá el Amor en igual parte

con la mitad del alma, que me alienta;

que el resto vive en vuestra faz, que adora;

 

y dividido en una y otra parte,

presente con el bien que me sustenta,

siempre veré resplandecer mi Aurora.

 

Osé y temí, mas pudo la osadía

Osé y temí, mas pudo la osadía

tanto que desprecié el temor cobarde;

subí a do el fuego más me enciende y arde

cuanto más la esperanza se desvía.

 

Gasté en error la edad florida mía,

ahora veo el daño, pero tarde,

que ya mal puede ser que el seso guarde

a quien se entrega ciego a su porfía.

 

Tal vez pruebo -mas, ¿qué me vale?- alzarme

del grave peso que mi cuello oprime,

aunque falta a la poca fuerza el hecho.

 

Sigo al fin mi furor, porque mudarme

no es honra ya, ni justo que se estime

tan mal de quien tan bien rindió su pecho.

 

Pensé, mas fue engañoso pensamiento

Pensé, mas fue engañoso pensamiento,

armar de puro hielo el pecho mío;

porque el fuego de Amor al grave frío

no desatase en nuevo encendimiento.

 

Procuré no rendirme al mal que siento,

y fue todo mi esfuerzo desvarío;

perdí mi libertad, perdí mi brío,

cobré un perpetuo mal, cobré un tormento.

 

El fuego al hielo destempló, en tal suerte,

que, gastando su humor, quedó ardor hecho;

y es llama, es fuego, todo cuanto espiro.

 

Este incendio no puede darme muerte;

que, cuando de su fuerza más deshecho,

tanto más de su eterno afán respiro.

 

Por la pérdida del rey don Sebastián

Voz de dolor y canto de gemido

Y espíritu del miedo, envuelto en ira,

Hagan principio acerbo a la memoria

De aquel día fatal, aborrecido,

Que Lusitania mísera suspira,

Desnuda de valor, falta de gloria;

Y la llorosa historia

Asombre con horror funesto, y triste

Desde el áfrico Atlante y seno ardiente

Hasta do el mar de otro color se viste,

Y do el límite rojo de oriente

Y todas sus vencidas gentes fieras

Ven tremolar de Cristo las banderas.

 

¡Ay de los que pasaron, confiados

En sus caballos y en la muchedumbre

De sus carros, en ti, Libia desierta,

Y en su vigor y fuerzas engañados,

No alzaron su esperanza a aquella cumbre

De eterna luz, mas con soberbia cierta

Se ofrecieron la incierta

Victoria, y sin volver a Dios sus ojos,

Con yerto cuello y corazón ufano

Sólo atendieron siempre a los despojos!

Y el Santo de Israel abrió su mano,

Y los dejó, y cayó en despeñadero

El carro, y el caballo y caballero.

 

Vino el día crüel, el día lleno

de indignación, de ira y furor, que puso

En soledad y en un profundo llanto,

De gente y de placer el reino ajeno.

El cielo no alumbró, quedó confuso

El nuevo sol, presagio de mal tanto,

Y con terrible espanto

El Señor visitó sobre sus males,

Para humillar los fuertes arrogantes,

Y levantó los bárbaros no iguales,

Que con osados pechos y constantes

No busquen oro, mas con hierro airado

La ofensa venguen y el error culpado.

 

Los impios y robustos, indignados,

Las ardientes espadas desnudaron

Sobre la claridad y hermosura

De tu gloria y valor, y no cansados

En tu muerte, tu honor todo afearon,

Mezquina Lusitania sin ventura;

Y con frente segura

Rompieron sin temor con fiero estrago

Tus armadas escuadras y braveza.

La arena se tomó sangriento lago,

La llanura con muertos aspereza;

Cayó en unos vigor, cayó denuedo;

Mas en otros desmayo y torpe miedo.

 

¿Son éstos por ventura los famosos,

Los fuertes, los belígeros varones

Que conturbaron con furor la tierra,

Que sacudieron reinos poderosos,

Que domaron las hórridas naciones,

Que pusieron desierto en cruda guerra

Cuanto el mar Indo encierra,

Y soberbias ciudades destruyeron?

¿Dó el corazón seguro y la osadía?

¿Cómo así se acabaron, y perdieron

Tanto heroico valor en solo un día;

Y lejos de sa patria derribados,

No fueron justamente sepultados?

 

Tales ya fueron éstos cual hermoso

Cedro del alto Líbano, Vestido

De ramos, hojas, con excelsa alteza;

Las aguas lo criaron poderoso

Sobre empinados árboles crecido,

Y se multiplicaron en grandeza

Sus ramos con belleza;

Y extendiendo su sombra, se anidaron

Las aves que sustenta el grande cielo,

Y en sus hojas las fieras engendraron,

E hizo a mucha gente umbroso velo;

No igualó en celsitud y en hermosura

Jamás árbol alguno a su figura.

 

Pero elevóse con su verde cima,

Y sublimó la presunción su pecho,

Desvanecido todo y confiado,

Haciendo de su alteza sólo estima.

Por eso Dios lo derribó deshecho,

A los impios y ajenos entregado,

Por la raíz cortado;

Que opreso de los montes arrojados,

Sin ramos y sin hojas y desnudo,

Huyeron dél los hombres, espantados,

Que su sombra tuvieron por escudo;

En su ruina y ramos cuantas fueron

Las aves y las fieras se pusieron.

 

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

Murió el vencido reino lusitano,

Y se acabó su generosa gloria,

No estés alegre y de ufanía llena;

Porque tu temerosa y flaca mano

Hubo sin esperanza tal victoria,

Indigna de memoria;

Que si el justo dolor mueve a venganza

Alguna vez el español coraje,

Despedazada con aguda lanza,

Compensará muriendo el hecho ultraje;

Y Luco amedrentado, al mar inmenso

Pagará de africana sangre el censo.

Poemas de Fernando de Herrera

Por la victoria de Lepanto

Cantemos al Señor, que en la llanura

Venció del ancho mar al Trace fiero;

Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,

Salud y gloria nuestra.

Tú rompiste las fuerzas y la dura

Frente de Faraón, feroz guerrero;

Sus escogidos príncipes cubrieron

Los abismos del mar, y descendieron,

Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego

Los tragó, como arista seca el fuego.

 

El soberbio tirano, confiado

En el grande aparato de sus naves,

Que de los nuestros la cerviz cautiva

Y las manos aviva

Al ministerio injusto de su estado,

Derribó con los brazos suyos graves

Los cedros más excelsos de la cima

Y el árbol que más yerto se sublima,

Bebiendo ajenas aguas y atrevido

Pisando el bando nuestro y defendido.

 

Temblaron los pequeños, confundidos

Del impio furor suyo; alzó la frente

Contra tí, Señor Dios, y con semblante

Y con pecho arrogante,

Y los armados brazos extendidos,

Movió el airado cuello aquel potente;

Cercó su corazón de ardiente saña

Contra las dos Hesperias, que el mar baña,

Porque en ti confiadas le resisten

Y de armas de tu fe y amor se visten.

 

Dijo aquel insolente y desdeñoso:

«¿No conocen mis iras estas tierras,

Y de mis padres los ilustres hechos,

O valieron sus pechos

Contra ellos con el húngaro medroso,

Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?

¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos

Pudo salvar los de Austria y los germanos?

¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora

Guardarlos de mi diestra vencedora?

 

»Su Roma; temerosa y humillada,

Los cánticos en lágrimas convierte;

Ella y sus hijos tristes mi ira esperan

Cuando vencidos mueran;

Francia está con discordia quebrantada,

Y en España amenaza horrible muerte

Quien honra de la luna las banderas;

Y aquéllas en la guerra gentes fieras

Ocupadas están en su defensa,

Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?

 

»Los poderosos pueblos me obedecen,

Y el cuello con su daño al yugo inclinan,

Y me dan por salvarse ya la mano

Y su valor es vano;

Que sus luces cayendo se oscurecen,

Sus fuertes a la muerte ya caminan,

Sus vírgenes están en cautiverio,

Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.

Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,

Cuanto el sol alto mira todo es mío.»

 

Tú, Señor, que no sufres que tu gloria

Usurpe quien su fuerza osado estima,

Prevaleciendo en vanidad y en ira,

Este soberbio mira,

Que tus aras afea en su victoria.

No dejes que los tuyos así oprima,

Y en su cuerpo, crüel, las fieras cebe,

Y en su esparcida sangre el odio pruebe;

Que hecho-ya su oprobio, dice: «¿Dónde

El Dios de éstos está? ¿De quién se esconde?»

 

Por la debida gloria de tu nombre,

Por la justa venganza de tu gente,

Por aquel de los míseros gemido,

Vuelve el brazo tendido

Contra éste, que aborrece ya ser hombre;

Y las honras que celas tú consiente;

Y tres y cuatro veces el castigo

Esfuerza con rigor a tu enemigo,

Y la injuria a tu nombre cometida

Sea el hierro contrario de su vida.

 

Levantó la cabeza el poderoso

Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago

Juntó el consejo, y contra nos pensaron

Los que en él se hallaron.

«Venid, dijeron, y en el mar ondoso

Hagamos de su sangre un grande lago;

Deshagamos a éstos de la gente,

Y el nombre de su Cristo juntamente,

Y dividiendo de ellos los despojos,

Hártense en muerte suya nuestros ojos.»

 

Vinieron de Asia y portentoso Egito

Los árabes y leves africanos,

Y los que Grecia junta mal con ellos,

Con los erguidos cuellos,

Con gran poder y número infinito;

Y prometer osaron con sus manos

Encender nuestros fines y dar muerte

A nuestra juventud con hierro fuerte,

Nuestros niños prender y las doncellas,

Y la gloria manchar y la luz dellas.

 

Ocuparon del piélago los senos,

Puesta en silencio y en temor la tierra,

Y cesaron los nuestros valerosos,

Y callaron dudosos,

Hasta que al fiero ardor de sarracenos

El Señor eligiendo nueva guerra,

Se opuso el joven de Austria generoso

Con el claro español y belicoso;

Que Dios no sufre ya en Babel cautiva

Que su Sión querida siempre viva.

 

Cual león a la presa apercibido,

Sin recelo los impíos esperaban

A los que tú, Señor, eras escudo;

Que el corazon desnudo

De pavor, y de amor y fe vestido,

Con celestial aliento confiaban.

Sus manos a la guerra compusiste,

Y sus brazos fortísimos pusiste

Como el arco acerado, y con la espada

Vibraste en su favor la diestra armada.

 

Turbáronse los grandes, los robustos

Rindiéronse temblando y desmayaron;

Y tú entregaste, Dios, como la rueda,

Como la arista queda

Al ímpetu del viento, a estos injustos,

Que mil huyendo de uno se pasmaron.

Cual fuego abrasa selvas, cuya llama

En las espesas cumbres se derrama,

Tal en tu ira y tempestad seguiste

Y su faz de ignominia convertiste.

 

Quebrantaste al crüel dragón, cortando

Las alas de su cuerpo temerosas

Y sus brazos terribles no vencidos;

Que con hondos gemidos

Se retira a su cueva, do silbando

Tiembla con sus culebras venenosas,

Lleno de miedo torpe sus entrañas,

De tu león temiendo las hazañas;

Que, saliendo de España, dio un rugido

Que lo dejó asombrado y aturdido.

 

Hoy se vieron los ojos humillados

Del sublime varón y su grandeza,

Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;

Que tu día es llegado,

Señor de los ejércitos armados,

Sobre la alta cerviz y su dureza,

Sobre derechos cedros y extendidos,

Sobre empinados montes y crecidos,

Sobre torres y muros, y las naves

De Tiro, que a los suyos fueron graves.

 

Babilonia y Egito amedrentada

Temerá el fuego y la asta violenta,

Y el humo subirá a la luz del cielo,

Y faltos de consuelo,

Con rostro oscuro y soledad turbada

Tus enemigos llorarán su afrenta.

Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza

Egipcia y gloria de su confianza,

Triste que a ella pareces, no temiendo

A Dios y a tu remedio no atendiendo,

 

¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste

En adulterio infame a una impia gente,

Que deseaba profanar tus frutos,

Y con ojos enjutos

Sus odiosos pasos imitaste,

Su aborrecida vida y mal presente?

Dios vengará sus iras en tu muerte;

Que llega a tu cerviz con diestra fuerte

La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,

Reprimirá su mano desatada?

 

Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,

Que en tus naves estabas gloriosa,

Y el término espantabas de la tierra,

Y si hacías guerra,

De temor la cubrías con suspiro,

¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?

¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?

Dios, para convertir tu gloria en llanto

Y derribar tus ínclitos, y fuertes

Te hizo perecer con tantas muertes.

 

Llorad, naves del mar; que es destruida

Vuestra vana soberbia y pensamiento.

¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,

Tú, que sigues la luna,

Asia adúltera, en vicios sumergida?

¿Quién mostrará un liviano sentimiento?

¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende

Tu ira y la arrogancia que te ofende,

Y tus viejos delitos y mudanza

Han vuelto contra ti a pedir venganza.

 

Los que vieron tus brazos quebrantados

Y de tus pinos ir el mar desnudo,

Que sus ondas turbaron y llanura,

Viendo tu muerte oscura,

Dirán, de tus estragos espantados:

¿Quién contra la espantosa tanto pudo?

El Señor, que mostró su fuerte mano

Por la fe de su príncipe cristiano

Y por el nombre santo de su gloria,

A su España concede esta victoria.

 

Bendita, Señor, sea tu grandeza;

Que después de los daños padecidos,

Después de nuestras culpas y castigo,

Rompiste al enemigo

De la antigua soberbia la dureza.

Adórente, Señor, tus escogidos,

Confiese cuanto cerca el ancho cielo

Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!

Y la cerviz rebelde, condenada,

Perezca en bravas llamas abrasada.

 

¿Por qué renuevas este encendimiento…

¿Por qué renuevas este encendimiento,

tirano Amor, en mi herido pecho?

Que ya, casi olvidado del mal hecho,

vivía en soledad de mi tormento.

 

Cuando más descuidado y más contento,

rebuelves a meterm’ en tanto estrecho;

oblígasme, cruel, qu’ a mi despecho

procure contrastar tu fiero intento.

 

Las armas, en el templo ya colgadas,

visto, y el azerado escudo embraço,

y en mi vengança salgo a la batalla.

 

Mas ay, qu’ a las saetas, que templadas

en la luz de mi Estrella están, y al braço

tuyo no puede resistir la malla.

 

Rojo sol que con hacha luminosa

Rojo sol que con hacha luminosa

coloras el purpúreo alto cielo,

¿hallaste tal belleza en todo el suelo,

que iguale a mi serena luz dichosa?

 

Aura suave, blanda y amorosa

que nos halagas con tu fresco vuelo;

cuando el oro descubre y rico velo

mi luz, ¿trenza tocaste más hermosa?

 

Luna, honor de la noche, ilustre coro

de los errantes astros y fijados

¿consideraste tales dos estrellas?

 

Sol puro, aura, luna, llamas de oro

¿oísteis mis dolores nunca usados?

¿visteis luz más ingrata a mis querellas?

 

Serena Luz, presente, en quien espira

Serena Luz, presente, en quien espira

divino amor, que enciende y junto enfrena

pecho gentil, que en la mortal cadena

al alto olimpo glorioso aspira;

 

ricos cercos y oro, do se mira

tesoro celestial de eterna vena;

armonía de angélica sirena,

que entre las perlas y el coral respira.

 

¿Cuál nueva maravilla, cuál ejemplo

de la inmortal grandeza nos descubre

la sombra del hermoso y puro velo?

 

Que yo en esa belleza que contemplo,

aunque a mi flaca vista ofende y cubre,

la inmensa busco y voy siguiendo al cielo.

 

Soneto I

Yo voy por esta solitaria tierra,

de antiguos pensamientos molestado,

huyendo el resplandor del sol dorado,

que de sus puros rayos me destierra.

 

El paso a la esperanza se me cierra;

de una ardua cumbre a un cerro yo enriscado,

con los ojos volviendo al apartado

lugar, solo principio de mi guerra.

 

Tanto bien presenta la memoria,

y tanto mal encuentra la presencia,

que me desmaya el corazón vencido.

 

¡Oh crueles despojos de mi gloria,

desconfïanza, olvido, celo, ausencia!;

¿por qué cansáis a un mísero rendido?

 

Suave Filomena, que tu llanto

Suave Filomena, que tu llanto

descubres al sereno i limpio cielo:

si lamentaras tú mi desconsuelo,

o si tuviera yo tu dulce canto,

 

yo prometiera a mis trabajos tanto,

qu’esperara al dolor algún consuelo,

i se movieran d’amoroso zelo

los bellos ojos cuya lumbre canto.

 

Mas tú, con la voz dulce i armonía,

cantas tu afrenta i bárbaros despojos;

yo lloro mayor daño en son quexoso.

 

O haga el cielo qu’en la pena mía

tu voz suene, o yo cante mis enojos

buelto en ti, russeñol blando i lloroso.

 

Subo con tan gran peso quebrantado

Subo con tan gran peso quebrantado

por esta alta, empinada, aguda sierra,

que aún no llego a la cumbre, cuando yerra

el pie, y trabuco al fondo despeñado.

 

Del golpe y de la carga maltratado,

me alzo a pena, y a mi antigua guerra

vuelvo; mas ¿qué me vale? que la tierra

misma me falta al curso acostumbrado.

 

Pero aunque en el peligro desfallezco,

no desamparo el paso; que antes torno

mil veces a cansarme en este engaño.

 

Crece el temor, y en la porfía crezco;

y sin cesar, cual rueda vuelve en torno,

así rebuelvo a despeñarme al daño.

 

Temiendo tu valor, tu ardiente espada

A Carlos V, emperador

Temiendo tu valor, tu ardiente espada,

sublime Carlo, el bárbaro africano,

y el bravo horror del ímpetu otomano

la altiva frente humilla quebrantada.

 

Italia en propia sangre sepultada,

el invencible, el áspero germano,

y el osado francés con fuerte mano

al yugo la cerviz trae inclinada.

 

Alce España los arcos en memoria

y en colosos a una y otra parte,

despojos y coronas de vitoria,

 

que ya en la tierra y mar no queda parte

que no sea trofeo de tu gloria,

ni le resta más honra al fiero Marte.

 

Trenzas que en la serena y limpia frente

Trenzas que en la serena y limpia frente

de anillos de oro crespo coronadas

formais lucientes vueltas y lazadas,

donde el mayor Vulcano espira ardiente,

 

el Sol, o que aparezca en Oriente

con las puntas de llamas dilatadas,

o que las junte, de subir cansadas,

se rinde a vuestra luz resplandeciente.

 

Vos, mis hermosos cercos, anudado

teneis mi cuello, y nunca espero el día,

principio a libertad, fin a la pena.

 

Porque alegre en el mal de mi cuidado,

de la prisión huir no pienso mía;

ni los lazos romper de esta cadena.

 

Voy siguiendo la fuerza de mi hado

Voy siguiendo la fuerza de mi hado

por este campo estéril y escondido;

todo calla y no cesa mi gemido

y lloro la desdicha de mi estado.

 

Crece el camino y crece mi cuidado,

que nunca mi dolor pone en olvido;

el curso al fin acaba, aunque extendido,

pero no acaba el daño dilatado.

 

¿Qué vale contra un mal siempre presente

apartarse y huir, si en la memoria

se estampa y muestra frescas las señales?

 

Vuela Amor en mi alcance y no consciente,

en mi afrenta, que olvide aquella historia

que descubrió la senda de mis males.

 

Voz de dolor y canto de gemido

Voz de dolor y canto de gemido

Y espíritu del miedo, envuelto en ira,

Hagan principio acerbo a la memoria

De aquel día fatal, aborrecido,

Que Lusitania mísera suspira,

Desnuda de valor, falta de gloria;

Y la llorosa historia

Asombre con horror funesto, y triste

Desde el áfrico Atlante y seno ardiente

Hasta do el mar de otro color se viste,

Y do el límite rojo de oriente

Y todas sus vencidas gentes fieras

Ven tremolar de Cristo las banderas.

 

¡Ay de los que pasaron, confiados

En sus caballos y en la muchedumbre

De sus carros, en ti, Libia desierta,

Y en su vigor y fuerzas engañados,

No alzaron su esperanza a aquella cumbre

De eterna luz, mas con soberbia cierta

Se ofrecieron la incierta

Victoria, y sin volver a Dios sus ojos,

Con yerto cuello y corazón ufano

Sólo atendieron siempre a los despojos!

Y el Santo de Israel abrió su mano,

Y los dejó, y cayó en despeñadero

El carro, y el caballo y caballero.

 

Vino el día crüel, el día lleno

de indignación, de ira y furor, que puso

En soledad y en un profundo llanto,

De gente y de placer el reino ajeno.

El cielo no alumbró, quedó confuso

El nuevo sol, presagio de mal tanto,

Y con terrible espanto

El Señor visitó sobre sus males,

Para humillar los fuertes arrogantes,

Y levantó los bárbaros no iguales,

Que con osados pechos y constantes

No busquen oro, mas con hierro airado

La ofensa venguen y el error culpado.

 

Los impios y robustos, indignados,

Las ardientes espadas desnudaron

Sobre la claridad y hermosura

De tu gloria y valor, y no cansados

En tu muerte, tu honor todo afearon,

Mezquina Lusitania sin ventura;

Y con frente segura

Rompieron sin temor con fiero estrago

Tus armadas escuadras y braveza.

La arena se tomó sangriento lago,

La llanura con muertos aspereza;

Cayó en unos vigor, cayó denuedo;

Mas en otros desmayo y torpe miedo.

 

¿Son éstos por ventura los famosos,

Los fuertes, los belígeros varones

Que conturbaron con furor la tierra,

Que sacudieron reinos poderosos,

Que domaron las hórridas naciones,

Que pusieron desierto en cruda guerra

Cuanto el mar Indo encierra,

Y soberbias ciudades destruyeron?

¿Dó el corazón seguro y la osadía?

¿Cómo así se acabaron, y perdieron

Tanto heroico valor en solo un día;

Y lejos de sa patria derribados,

No fueron justamente sepultados?

 

Tales ya fueron éstos cual hermoso

Cedro del alto Líbano, Vestido

De ramos, hojas, con excelsa alteza;

Las aguas lo criaron poderoso

Sobre empinados árboles crecido,

Y se multiplicaron en grandeza

Sus ramos con belleza;

Y extendiendo su sombra, se anidaron

Las aves que sustenta el grande cielo,

Y en sus hojas las fieras engendraron,

E hizo a mucha gente umbroso velo;

No igualó en celsitud y en hermosura

Jamás árbol alguno a su figura.

 

Pero elevóse con su verde cima,

Y sublimó la presunción su pecho,

Desvanecido todo y confiado,

Haciendo de su alteza sólo estima.

Por eso Dios lo derribó deshecho,

A los impios y ajenos entregado,

Por la raíz cortado;

Que opreso de los montes arrojados,

Sin ramos y sin hojas y desnudo,

Huyeron dél los hombres, espantados,

Que su sombra tuvieron por escudo;

En su ruina y ramos cuantas fueron

Las aves y las fieras se pusieron.

 

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

Murió el vencido reino lusitano,

Y se acabó su generosa gloria,

No estés alegre y de ufanía llena;

Porque tu temerosa y flaca mano

Hubo sin esperanza tal victoria,

Indigna de memoria;

Que si el justo dolor mueve a venganza

Alguna vez el español coraje,

Despedazada con aguda lanza,

Compensará muriendo el hecho ultraje;

Y Luco amedrentado, al mar inmenso

Pagará de africana sangre el censo.

 

Yo vi a mi dulce Lumbre que esparcía

Yo vi a mi dulce Lumbre que esparcía

sus crespas ondas de oro al manso viento,

y con suave y tierno movimiento

mi duro corazón enternecía;

 

mi rustiqueza y torpe rebeldía

perdió, vencida, el obstinado intento,

y en blando y regalado sentimiento

trocó mi alma la aspereza mía.

 

Nunca me vi más preso ni rendido,

y nunca vi en mi Luz mayor dureza,

ni más recio desdén mi largo olvido.

 

A término tan grave y estrecheza,

casas, mi triste suerte me ha traído,

que temo de mi Lumbre al belleza.

 

Yo vi en sazón alegre un tierno pecho

Yo vi en sazón alegre un tierno pecho

ufano dulcemente con mi pena,

y que anudarnos pudo en su cadena

el ya cortés amor con lazo estrecho.

 

Yo veo el bien que tuve ya deshecho,

y mi segura fe de cuitas llena,

y que el ingrato en impío afán condena

a quien halla en su agravio satisfecho.

 

Yo vi que no fui indigno de la gloria

que en su rigor me usurpa la mudanza,

y en sombra del olvido ya me veo.

 

Entristézcome siempre en la memoria,

desfallezco medroso en la esperanza,

y al fin pierdo la vida en el deseo.

 

Yo vi unos bellos ojos, que hirieron

Yo vi unos bellos ojos, que hirieron

con dulce flecha un corazón cuitado,

y que para encender nuevo cuidado

su fuerza toda contra mí pusieron.

 

Yo vi que muchas veces prometieron

remedio al mal, que sufro no cansado,

y que cuando esperé verlo acabado,

poco mis esperanzas me valieron.

 

Yo veo que se esconden ya mis ojos

y crece mi dolor y llevo ausente

en el rendido pecho el golpe fiero.

 

Yo veo ya perderse los despojos

y la membrana de mi bien presente

y en ciego engaño de esperanza muero.

 

Yo voy por esta solitaria tierra…

Yo voy por esta solitaria tierra,

de antiguos pensamientos molestado,

huyendo el resplandor del sol dorado,

que de sus puros rayos me destierra.

 

El paso a la esperanza se me cierra;

de una ardua cumbre a un cerro yo enriscado,

con los ojos volviendo al apartado

lugar, solo principio de mi guerra.

 

Tanto bien presenta la memoria,

y tanto mal encuentra la presencia,

que me desmaya el corazón vencido.

 

¡Oh crueles despojos de mi gloria,

desconfïanza, olvido, celo, ausencia!;

¿por qué cansáis a un mísero rendido?

 

Dulce el Fuego de Amor

Dulce el fuego de amor, dulce la pena,

y dulce de mi daño es la memoria

cuando renueva amor la antigua historia

que a su grave tormento me condena;

 

mas cuando hallo mi esperanza llena

de bien y de promesas de victoria,

un súbito dolor turba mi gloria,

y todos mis contentos desordena;

 

que será esta luz pura de belleza

la fe del justo amor en poca tierra

vuelta, y el fuego muerto que me inflama.

 

¡Oh vano ardor de la inmortal flaqueza!

¿Si el fin que ofrece paz de tanta guerra

no dejará aun ceniza de mi llama?

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