Poemas de Francisco de Quevedo

Poemas de Francisco de Quevedo

Poemas de Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) el arquitecto del conceptismo y el maestro indiscutible de la sátira en el Siglo de Oro. Su pluma, tan afilada como su ingenio, dominó desde la lírica metafísica y moral más profunda hasta el desparpajo del lenguaje popular y la burla cruel. En obras como El Buscón, diseccionó la decadencia española con un realismo descarnado.

Para Quevedo, la palabra era un juego de inteligencia pura; utilizaba la dilogía, el equívoco y el contraste violento para condensar significados complejos en formas breves. Su obsesión por la brevedad de la vida y la presencia constante de la muerte se entrelaza con una capacidad única para ridiculizar los defectos humanos, convirtiéndolo en un autor eterno que sigue resonando por su mordacidad y su dominio técnico.

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A Aminta, que imite al sol al dejarle consuelo cuando se ausenta

Pues eres sol, aprende a ser ausente

del sol, que aprende en ti luz y alegría;

¿no viste ayer el día agonizar el día

y apagar en el mar el oro ardiente?

 

Luego se ennegreció, mustio y doliente,

el aire adormecido en sombra fría;

luego la noche en cuanta luz ardía,

tantos consuelos encendió al Oriente.

 

Naces, Aminta, a Silvio del ocaso

en que me dejas sepultado y ciego;

sígote oscuro con dudoso paso.

 

Concédele a mi noche y a mi ruego,

del fuego de tu sol, en que me abraso,

estrellas, desperdicios de tu fuego.

 

A Aminta, que se cubrió los ojos con la mano

Lo que me quita en fuego, me da en nieve

La mano que tus ojos me recata;

Y no es menos rigor con el que mata,

Ni menos llamas su blancura mueve.

 

La vista frescos los incendios bebe,

Y volcán por las venas los dilata;

Con miedo atento a la blancura trata

El pecho amante, que la siente aleve.

 

Si de tus ojos el ardor tirano

Le pasas por tu mano por templarle,

Es gran piedad del corazón humano;

 

Mas no de ti, que puede al ocultarle,

Pues es de nieve, derretir tu mano,

Si ya tu mano no pretende helarle.

 

A Aminta, que teniendo un clavel en la boca

Bastábale al clavel verse vencido

del labio en que se vio, cuando esforzado

con su propia vergüenza lo encarnado,

a tu rubí se vio más parecido.

 

Sin que en tu boca hermosa dividido

fuese de blancas perlas granizado,

pues tu enojo, con él equivocado,

el labio por clavel dejó mordido.

 

Si no cuidado de la sangre fuese,

para que a presumir de tiria grana,

de tu púrpura líquida aprendiese.

 

Sangre vertió tu boca soberana,

porque roja victoria amaneciese,

llanto al clavel, y risa a la mañana.

 

A Apolo, siguiendo a Dafne

Bermejazo Platero de las cumbres

A cuya luz se espulga la canalla:

La ninfa Dafne, que se afufa y calla,

Si la quieres gozar, paga y no alumbres.

 

Si quieres ahorrar de pesadumbres,

Ojo del Cielo, trata de compralla:

En confites gastó Marte la malla,

Y la espada en pasteles y en azumbres.

 

Volviose en bolsa Júpiter severo,

Levantose las faldas la doncella

Por recogerle en lluvia de dinero.

 

Astucia fue de alguna Dueña Estrella,

Que de Estrella sin Dueña no lo infiero:

Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.

 

A Belisario

Viéndote sobre el cerco de la luna

triunfar de tanto bárbaro contrario,

¿quién no temiera, ¡oh noble Belisario!,

que habías de dar envidia a la Fortuna?

 

Estas lágrimas tristes, una a una,

bien las debo al valor extraordinario

Conque escondiste en alto olvido a Mario,

que mandando nació desde la cuna.

 

Y ahora, entre los míseros mendigos,

te tiraniza el tiempo y el sosiego

la memoria de altísimos despojos.

 

Quisiéronte cegar tus enemigos,

sin advertir que mal puede ser ciego

quien tiene en tanta fama tantos ojos.

 

A Celestina

Yace en esta tierra fría,

digna de toda crianza,

la vieja cuya alabanza

tantas plumas merecía.

 

No quiso en el cielo entrar

a gozar de las estrellas,

por no estar entre doncellas

que no pudiese manchar.

 

A Dafne, huyendo de Apolo

«Tras vos un Alquimista va corriendo,

Dafne, que llaman Sol ¿y vos, tan cruda?

Vos os volvéis murciégalo sin duda,

Pues vais del Sol y de la luz huyendo.

 

ȃl os quiere gozar a lo que entiendo

Si os coge en esta selva tosca y ruda,

Su aljaba suena, está su bolsa muda,

El perro, pues no ladra, está muriendo.

 

»Buhonero de signos y Planetas,

Viene haciendo ademanes y figuras

Cargado de bochornos y Cometas.»

 

Esto la dije, y en cortezas duras

De Laurel se ingirió contra sus tretas,

Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.

 

A Fili, que suelto el cabello lloraba ausencias de su pastor

Ondea el oro en hebras proceloso;

corre el humor en perlas hilo a hilo;

juntó la pena al Tajo con el Nilo,

este creciente, cuando aquel precioso.

 

Tal el cabello, tal el rostro hermoso

asiste en Fili al doloroso estilo,

cuando por las ausencias de Batilo,

uno derrama rico, otro lloroso.

 

Oyó gemir con músico lamento

y mustia y ronca voz tórtola amante,

amancillando querellosa el viento.

 

Dijo: «Si imitas mi dolor constante,

eres lisonja dulce de mi acento;

si le compites, no es tu mal bastante».

 

A Flori, que tenía unos claveles entre el cabello rubio

Al oro de tu frente unos claveles

veo matizar, cruentos, con heridas;

ellos mueren de amor, y a nuestras vidas

sus amenazas les avisan fieles.

 

Rúbricas son piadosas, y crueles,

joyas facinorosas, y advertidas,

pues publicando muertes florecidas,

ensangrientan al sol rizos doseles.

 

Mas con tus labios quedan vergonzosos

(que no compiten flores a rubíes)

y pálidos después, de temerosos.

 

Y cuando con relámpagos te ríes

de púrpura, cobardes, si ambiciosos,

marchitan sus blasones carmesíes.

 

A fugitivas sombras doy abrazos…

A fugitivas sombras doy abrazos,

en los sueños se cansa el alma mía;

paso luchando a solas noche y día,

con un trasgo que traigo entre mis brazos.

 

Cuando le quiero más ceñir con lazos,

y viendo mi sudor se me desvía,

vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,

y temas con amor me hacen pedazos.

 

Voyme a vengar en una imagen vana,

que no se aparta de los ojos míos;

búrlame, y de burlarme corre ufana.

 

Empiézola a seguir, fáltanme bríos,

y como de alcanzarla tengo gana,

hago correr tras ella el llanto en ríos.

 

A la brevedad de la vida

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!

¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!

¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,

pues con callado pie todo lo igualas!

 

Feroz, de tierra el débil muro escalas,

en quien lozana juventud se fía;

mas ya mi corazón del postrer día

atiende el vuelo, sin mirar las alas.

 

¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte!

¡Qué no puedo querer vivir mañana

sin la pensión de procurar mi muerte!

 

Cualquier instante de la vida humana

es nueva ejecución, con que me advierte

cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

 

A la edad de las mujeres

De quince a veinte es niña; buena moza

de veinte a veinticinco, y por la cuenta

gentil mujer de veinticinco a treinta.

¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!

 

De treinta a treinta y cinco no alboroza;

mas puédese comer con sal pimienta;

pero de treinta y cinco hasta cuarenta

anda en vísperas ya de una coroza.

 

A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

y cumplidos los cincuenta, da en santera,

 

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.

 

A la mar

La voluntad de Dios por grillos tienes,

Y escrita en la arena, ley te humilla;

Y por besarla llegas a la orilla,

Mar obediente, a fuerza de vaivenes.

 

En tu soberbia misma te detienes,

Que humilde eres bastante a resistilla;

A ti misma tu cárcel maravilla,

Rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.

 

¿Quién dio al pino y la haya atrevimiento

De ocupar a los peces su morada,

Y al Lino de estorbar el paso al viento?

 

Sin duda el verte presa, encarcelada,

La codicia del oro macilento,

Ira de Dios al hombre encaminada.

 

A la violenta e injusta prosperidad

Ya llena de sí solo la litera

Matón, que apenas anteyer hacía

(flaco y magro malsín) sombra, y cabía,

sobrando sitio, en una ratonera.

 

Hoy, mal introducida con la esfera

su casa, al sol los pasos le desvía,

y es tropezón de estrellas; y algún día,

si fuera más capaz, pocilga fuera.

 

Cuando a todos pidió, le conocimos;

no nos conoce cuando a todos toma;

y hoy dejamos de ser lo que ayer dimos.

 

Sóbrale tanto cuanto falta a Roma;

y no nos puede ver, porque le vimos:

lo que fue esconde; lo que usurpa asoma.

 

A Lisi, que su cabello rubio tenía sembrados claveles por el cuello

Rizas en ondas ricas del rey Midas,

Lisi, el acto precioso, cuanto avaro;

arden claveles en su cerco claro,

flagrante sangre, espléndidas heridas.

 

Minas ardientes, al jardín unidas,

son milagro de amor, portento raro,

cuando Hibla matiza el mármol paro

y en su dureza flores ve encendidas.

 

Esos que en tu cabeza generosa

son cruenta hermosura y son agravio

a la melena rica y victoriosa,

 

dan al claustro de perlas, en tu labio,

elocuente rubí, púrpura hermosa,

ya sonoro clavel, ya coral sabio.

 

A Lísida pidiéndole unas flores que tenía en la mano

Ya que huyes de mí, Lísida hermosa,

imita las costumbres de esta fuente,

que huye de la orilla eternamente,

y siempre la fecunda generosa.

 

Huye de mí cortés y desdeñosa,

sígate de mis ojos la corriente,

y, aunque de paso, tanto fuego ardiente

merézcate una hierba y una rosa.

 

Pues mi pena ocasionas, pues te ríes

del congojoso llanto que derramo

en sacrificio al claustro de rubíes,

 

perdona lo que soy por lo que amo,

y cuando desdeñosa te desvíes,

llévate allá la voz con que te llamo.

 

A Lisis, presentándole un perro

Este cordero, Lisis, que tus yerros

sobrescribieron como al alma mía,

estando ayer recién nacido el día,

de un lobo le cobraron mis dos perros.

 

En el denso teatro de estos cerros,

Melampo aventajó su valentía:

ya le viste otra vez, con osadía,

defender a tus voces los becerros.

 

Conoce que soy tuyo en tu ganado,

pues, por guardarle, desamparo el mío,

y en mi pérdida estimo su cuidado.

 

Pues te sirven sus dientes y sus brío,

recíbele, no pierda desdeñado

lo que él merece, porque yo le envío.

 

A Lope de Vega

Las fuerzas, Peregrino celebrado,

afrentará del tiempo y del olvido

el libro que, por tuyo, ha merecido

ser del uno y del otro respetado.

 

Con lazos de oro y yedra acompañado,

el laurel con tu frente está corrido

de ver que tus escritos han podido

hacer cortos los premios que te ha dado.

 

La envidia su verdugo y su tormento

hace del nombre que cantando cobras,

y con tu gloria su martirio crece.

 

Mas yo disculpo tal atrevimiento,

si con lo que ella muerde de tus obras

la boca, lengua y dientes enriquece.

 

A Roma sepultada en sus ruinas

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.

 

Yace, donde reinaba el Palatino;

y limadas del tiempo las medallas,

más se muestran destrozo a las batallas

de las edades, que blasón latino.

 

Solo el Tíber quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya sepultura

la llora con funesto son doliente.

 

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.

 

A todas partes que me vuelvo, veo

A todas partes que me vuelvo, veo

las amenazas de la llama ardiente,

y en cualquiera lugar tengo presente

tormento esquivo y burlador deseo.

 

La vida es mi prisión, y no lo creo;

y al son del hierro, que perpetuamente

pesado arrastro, y humedezco ausente,

dentro mi proprio, pruebo a ser Orfeo.

 

Hay en mi corazón furias y penas,

en él es el amor fuego, y tirano,

y yo padezco en mí la culpa mía.

 

¡Oh dueño sin piedad, que tal ordenas!

Pues del castigo de enemiga mano

no es precio, ni rescate la armonía.

 

A un amigo que retirado de la Corte pasó su edad

Dichoso tú que alegre en tu cabaña,

mozo y viejo aspiraste la aura pura,

y te sirven de cuna y sepoltura,

de paja el techo, el suelo de espadaña.

 

En esa soledad, que libre baña

callado sol con lumbre más segura,

la vida al día más espacio dura,

y la hora sin voz te desengaña.

 

No cuentas por los cónsules los años,

hacen tu calendario tus cosechas,

pisas todo tu mundo sin engaños.

 

De todo lo que ignoras te aprovechas;

ni anhelas premios, ni padeces daños,

y te dilatas cuanto más te estrechas.

 

A un avariento

En aqueste enterramiento

Humilde, pobre y mezquino,

Yace envuelto en oro fino

Un hombre rico avariento.

 

Murió con cien mil dolores

Sin poderlo remediar,

Tan solo por no gastar

Ni aun gasta malos humores.

 

A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un peje espada muy barbado.

 

Era un reloj de sol mal encarado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

 

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de narices era.

 

Érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

 

A un juez mercadería

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,

menos bien las estudias que las vendes;

lo que te compran solamente entiendes;

más que Jasón te agrada el Vellocino.

 

El humano derecho y el divino,

cuando los interpretas, los ofendes,

y al compás que la encoges o la extiendes,

tu mano para el fallo se previno.

 

No sabes escuchar ruegos baratos,

y solo quien te da te quita dudas;

no te gobiernan textos, sino tratos.

 

Pues que de intento y de interés no mudas,

o lávate las manos con Pilatos,

o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

 

A una adúltera

Solo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido

El adulterio la vergüenza al cielo,

Pues que tan claramente y tan sin velo

Has los hidalgos huesos ofendido.

 

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,

Que no sepa tu infamia todo el suelo:

Cierra la puerta, vive con recelo,

Que el pecado nació para escondido.

 

No digo yo que dejes tus amigos,

Mas digo que no es bien que sean notados

De los pocos que son tus enemigos.

 

Mira que tus vecinos, afrentados,

Dicen que te deleitan los testigos

De tus pecados más que tus pecados.

 

A una dama bizca y hermosa

Si a una parte miraran solamente

vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran?

Y si a diversas partes no miraran,

se helaran el ocaso o el Oriente.

 

El mirar zambo y zurdo es delincuente;

vuestras luces izquierdas lo declaran,

pues con mira engañosa nos disparan

facinorosa luz, dulce y ardiente.

 

Lo que no miran ven, y son despojos

suyos cuantos los ven, y su conquista

da a l’alma tantos premios como enojos.

 

¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista

a que, siendo monarcas los dos ojos,

los llamase vizcondes de la vista?

 

A una fea y espantadiza de ratones

¿Lo que al ratón tocaba, si te viera,

haces con el ratón, cuando, espantada,

huyes y gritas, siendo, bien mirada,

en limpieza y en trampas ratonera?

 

Juzgara, quien huyendo de él te viera,

eras de queso añejo fabricada;

y con razón, que estás tan arrugada,

que pareces al queso por de fuera.

 

¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)

que coman solimán, que, atenta, guardas

el que en tu cara juntas a montones?

 

¿Saltar huyendo quieres aun las bardas,

cuando en roer no piensan los ratones

tu tez de lana sucia de las cardas?

 

A una fuente en que salió a mirarse Lísida

Fuente risueña y pura (que a ser río

de las dos urnas de mi vista aprendes,

pues que te precipitas y desciendes

de los ojos que en lágrimas te envío),

 

si en mentido cristal te prende el frío,

en mi llanto por Lísida te enciendes,

y siempre ingrata a mi dolor atiendes,

siendo el caudal con que te aumentas mío;

 

tú de su imagen eres siempre avara,

yo prodigo de llanto a tus corrientes,

y a Lísida de la alma y fe más rara.

 

Amargos, sordos, turbios, inclementes

juzgué los mares, no la amena y clara

agua risueña y dulce de las fuentes.

 

A una mujer pequeña

Mi juguete, mi sal, mi niñería,

dulce muñeca mía,

dad atención a cuatro desvaríos

y sed sujeto de los versos míos;

pero sois tan nonada, que os prometo

que aún no sé si llegáis a ser sujeto.

 

Dicen que un tiempo tan cobarde anduve,

que por vos muerto estuve,

y yo digo de mí, que, si os quería,

por poquísima cosa me moría;

pero sé, que aunque me he visto loco,

que cuando os quise a vos, quise muy poco.

 

La alma un tiempo os di; que da, señora

la alma quien adora;

pero hallábase en vos tan apretada,

que os la quité por verla maltratada,

y aún le dura el temor, y dice y piensa

que si no estuvo en pena, estuvo en prensa.

 

Calabozo de la alma, y tan estrecho,

fue vuestro breve pecho,

que desde aquí mi sufrimiento admiro

y del vuestro me espanto, cuando miro

que aún vos tenéis la alma de rodillas,

si no es que entre las almas hay almillas.

 

A cualquiera persona que es pequeña,

¡oh linda, medio dueña!,

por el refrán le dicen castellano

que desde el codo llega hasta la mano;

mas en vuestra medida el refrán peca,

que no llegáis del codo a la muñeca.

 

Para un juego de títeres sois dama,

que no para la cama,

pues una vez que la merced me hicisteis,

cuando menos, pensaba que os perdisteis;

y dos horas después, envuelta en risa,

en un pliegue os hallé de la camisa.

 

Dama del ajedrez, dama de cera,

dama de faltriquera,

si queréis ver ocultas vuestras faltas,

dejad de acompañar mujeres altas;

que malográis así vuestros deseos,

porque fuerais enana entre pigmeos.

 

Pero quiero dejaros, mi confite,

mi dedo margarite,

mi diamante, mi aljófar, mi rocío,

pues será no meteros, desvarío;

que es una pulga poco más pequeña,

y, si es que pica, dígalo una dueña.

 

A una nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un peje espada muy barbado.

 

Era un reloj de sol mal encarado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

 

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de narices era.

 

Érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

 

A una rosa

Ayer naciste, y morirás mañana.

Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?

¿Para vivir tan poco estás lucida,

y para no ser nada estás lozana?

 

Si te engañó su hermosura vana,

bien presto la verás desvanecida,

porque en tu hermosura está escondida

la ocasión de morir muerte temprana.

 

Cuando te corte la robusta mano,

ley de la agricultura permitida,

grosero aliento acabará tu suerte.

 

No salgas, que te aguarda algún tirano;

dilata tu nacer para tu vida,

que anticipas tu ser para tu muerte.

 

Aconseja al Amor para vencer el desdén de Lisis

Amor, prevén el arco y la saeta

que enseñó a navegar y dar amante

al rayo, cuando Jove fulminante,

bruta deidad, bramó llama secreta.

 

La vulgar cuerda que tu mano aprieta,

para el pecho de Lisi no es bastante:

otra cosa más dura que el diamante

dudo que la victoria te prometa.

 

Prevén toda la fuerza al pecho helado,

pues menos gloria, en menos hermosura,

te fue bajar al sol del cielo al prado.

 

Y pues de ti no supo estar segura

tu madre, no permitas, despreciado,

que tu poder desmienta Lisis dura.

 

Adán en Paraíso, vos en huerto

Adán en Paraíso, vos en huerto,

él puesto en honra, vos en agonía,

él duerme, y vela mal su compañía,

la vuestra duerme, vos oráis despierto.

 

Él cometió el primero desconcierto,

vos concertaste nuestro primer día,

cáliz bebéis, que vuestro Padre envía,

él come inobediencia, y vive muerto.

 

El sudor de su rostro le sustenta,

el del vuestro mantiene nuestra gloria,

suya la culpa fue, vuestra la afrenta.

 

Él dejó error, y vos dejáis memoria,

aquel fue engaño ciego, y esta venta.

¡Cuán diferente nos dejáis la historia!

 

Admírase de que Flora, siendo todo fuego y luz, sea toda hielo

Hermosísimo invierno de mi vida,

sin estivo calor constante yelo,

a cuya nieve da cortés el cielo

púrpura en tiernas flores encendida;

 

esa esfera de luz enriquecida,

que tiene por estrella al dios de Delo,

¿cómo en la elemental guerra del suelo

reina de sus contrarios defendida?

 

Eres Scitia del alma que te adora,

cuando la vista, que te mira, inflama;

Etna, que ardientes nieves atesora.

 

Sí lo frágil perdonas a la fama,

eres al vidro parecida, Flora,

que siendo yelo, es hijo de la llama.

 

Aguarda, riguroso pensamiento

Aguarda, riguroso pensamiento,

no pierdas el respeto a cuyo eres.

Imagen, sol o sombra, ¿qué me quieres?

Déjame sosegar en mi aposento.

 

Divina Tirsis, abrasarme siento:

sé blanda como hermosa entre mujeres;

mira que ausente, como estás, me hieres;

afloja ya las cuerdas al tormento.

 

Hablándote a mí solas me anochece:

contigo anda cansada el alma mía;

contigo razonando me amanece.

 

Tú la noche me ocupas y tú el día:

sin ti todo me aflige y entristece,

y en ti mi mismo mal me da alegría.

 

“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?

“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.

 

¡Que sin poder saber cómo ni a dónde

la salud y la edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.

 

Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.

 

En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

 

Al oro de tu frente unos claveles…

Al oro de tu frente unos claveles

veo matizar, cruentos, con heridas;

ellos mueren de amor, y a nuestras vidas

sus amenazas les avisan fieles.

 

Rúbricas son piadosas, y crueles,

joyas facinorosas, y advertidas,

pues publicando muertes florecidas,

ensangrientan al sol rizos doseles.

 

Mas con tus labios quedan vergonzosos

(que no compiten flores a rubíes)

y pálidos después, de temerosos.

 

Y cuando con relámpagos te ríes

de púrpura, cobardes, si ambiciosos,

marchitan sus blasones carmesíes.

 

Al Rey Felipe III

Escondida debajo de tu armada,

gime la mar, la vela llama al viento,

y a las lunas del turco el firmamento

eclipse les promete en tu jornada.

 

Quiere en las venas del inglés tu espada

matar la sed al español sediento,

y en tus armas el sol desde su asiento

mira su lumbre en rayos aumentada.

 

Por ventura la tierra de envidiosa

contra ti arma ejércitos triunfantes,

en sus monstruos soberbios poderosa;

 

que viendo armar de rayos fulminantes,

o Júpiter, tu diestra valerosa,

pienso que han vuelto al mundo los gigantes.

 

Al sueño

¿Con qué culpa tan grave,

Sueño blando y süave,

Pude en largo destierro merecerte

Que se aparte de mí tu olvido manso?

Pues no te busco yo por ser descanso,

Sino por muda imagen de la muerte.

Cuidados veladores

Hacen inobedientes mis dos ojos

A la ley de las horas:

No han podido vencer a mis dolores

Las noches, ni dar paz a mis enojos.

Madrugan más en mí que en las auroras

Lágrimas a este llano;

Que amanece a mi mal siempre temprano;

Y tanto, que persuade la tristeza

A mis dos ojos, que nacieron antes

Para llorar que para ver. Tú, sueño,

De sosiego los tienes ignorantes,

De tal manera, que al morir el día

Con luz enferma vi que permitía

El sol que le mirasen en Poniente.

 

Con pies torpes al punto, ciega y fría,

Cayó de las estrellas blandamente

La noche, tras las pardas sombras mudas,

Que el sueño persuadieron a la gente.

Escondieron las galas a los prados

Y quedaron desnudas

Estas laderas y sus peñas solas:

Duermen ya entre sus montes recostados

Los mares y las olas.

Si con algún acento

Ofenden las orejas,

Es que entre sueños dan al cielo quejas

Del yerto lecho y duro acogimiento,

Que blandos hallan en los cerros duros.

Los arroyuelos puros

Se adormecen al son del llanto mío,

Y a su modo también se duerme el río.

 

Con sosiego agradable

Se dejan poseer de ti las flores;

Mudos están los males,

No hay cuidado que hable,

Faltan lenguas y voz a los dolores,

Y en todos los mortales

Yace la vida envuelta en alto olvido.

Tan sólo mi gemido

Pierde el respeto a tu silencio santo:

Yo tu quietud molesto con mi llanto,

Y te desacredito

El nombre de callado, con mi grito.

Dame, cortés mancebo, algún reposo:

No seas digno del nombre de avariento

En el más desdichado y firme amante

Que lo merece ser por dueño hermoso.

 

Débate alguna pausa mi tormento.

Gózante en las cabañas

Y debajo del cielo

Los ásperos villanos;

Hállate en el rigor de los pantanos

Y encuéntrate en las nieves en el hielo

El soldado valiente,

Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,

Entre mi pensamiento y mi deseo.

Ya, pues, con dolor creo

Que eres más riguroso que la tierra,

Más duro que la roza,

Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,

Y en ella mi alma por jamás te toca.

Mira que es gran rigor: dame siquiera

Lo que de ti desprecia tanto avaro,

Por el oró en que alegre considera,

Hasta que da la vuelta el tiempo claro;

Lo que había de dormir en blando lecho

Y da el enamorado a su señora,

Y a ti se te debía de derecho.

 

Dame lo que desprecia de ti ahora

Por robar el ladrón; lo que desecha

El que envidiosos celos tuvo y llora.

Quede en parte mi queja satisfecha:

Tócame con el cuento de tu vara;

Oirán siquiera el ruido de tus plumas

Mis desventuras sumas;

Que yo no quiero verte cara a cara,

Ni que hagas más caso

De mí, que hasta pasar por mí de paso;

O que a tú sombra negra por lo menos,

Si fueres a otra parte peregrino,

Se le haga camino

Por estos ojos de sosiego ajenos.

Quítame, blando sueño, este desvelo,

O de él alguna parte,

Y te prometo, mientras viere el cielo,

De desvelarme sólo en celebrarte.

 

Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño

¡Ay Floralva! Soñé que te… ¿direlo?

Sí, pues, que sueño fue, que te gozaba;

¿Y quien, sino un amante que soñaba,

juntara tanto infierno a tanto cielo?

 

Mis llamas con tu nieve, y con tu yelo,

cual suele opuestas flechas de su aljaba,

mezclaba amor, y honesto las mezclaba,

como mi admiración en su desvelo.

 

Y dije, quiera amor, quiera mi suerte,

que nunca duerma yo, si estoy despierto,

y que si duermo, que jamás despierte.

 

Mas desperté del dulce desconcierto;

y vi que estuve vivo con la muerte,

y vi que con la vida estaba muerto.

 

Amante que hace lección para aprender a amar de maestros irracionales

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

 

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

 

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

 

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

 

Amante sin reposo

Está el ave en el aire con sosiego,

en la agua el pez, la salamandra en fuego,

y el hombre, en cuyo ser todo se encierra,

está en la sola tierra.

Yo solo, que nací para tormentos,

la boca tengo en aire suspirando,

el cuerpo en tierra está peregrinando,

los ojos tengo en agua noche y día,

y en fuego el corazón y el alma mía.

 

Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

 

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido:

 

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Amor impreso en el alma que dura después de las cenizas

Si hija de mi amor mi muerte fuese,

¡qué parto tan dichoso que sería

el de mi amor contra la vida mía!

¡Qué gloria, que el morir de amar naciese!

 

Llevara yo en el alma, adonde fuese

el fuego en que me abraso; y guardaría

su llama fiel con la ceniza fría,

en el mismo sepulcro en que durmiese.

 

De esotra parte de la muerte dura,

vivirán en mi sombra mis cuidados,

y más allá del Lete mi memoria.

 

Triunfará del olvido tu hermosura,

mi pura fe y ardiente de los hados,

y el no ser por amar será mi gloria.

 

Amor me ocupa el seso y los sentidos

Amor me ocupa el seso y los sentidos:

absorto estoy en éxtasi amoroso,

no me concede tregua ni reposo

esta guerra civil de los nacidos.

 

Explayose el raudal de mis gemidos

por el grande distrito, y doloroso

del corazón, en su penar dichoso,

y mis memorias anegó en olvidos;

 

todo soy ruinas, todo soy destrozos,

escándalo funesto a los amantes,

que fabrican de lástima sus gozos.

 

Los que han de ser y los que fueron antes,

estudien su salud en mis sollozos,

y envidien mi dolor, si son constantes.

 

Amor, prevén el arco y la saeta…

Amor, prevén el arco y la saeta

que enseñó a navegar y dar amante

al rayo, cuando Jove fulminante,

bruta deidad, bramó llama secreta.

 

La vulgar cuerda que tu mano aprieta,

para el pecho de Lisi no es bastante:

otra cosa más dura que el diamante

dudo que la victoria te prometa.

 

Prevén toda la fuerza al pecho helado,

pues menos gloria, en menos hermosura,

te fue bajar al sol del cielo al prado.

 

Y pues de ti no supo estar segura

tu madre, no permitas, despreciado,

que tu poder desmienta Lisis dura.

 

Aquella frente augusta, que corona

Aquella frente augusta, que corona

cuanto el mar cerca, cuanto el sol abriga,

pues lo que no gobierna lo castiga

Dios, con no sujetarlo a su persona;

 

pudo, vistiendo a Flora y a Pomona,

mandar que el tiempo sus colores siga,

haciendo que él invierno se desdiga

de los hielos y nieves que blasona.

 

Pudo al sol, que al diciembre volvió mayo,

volverle de envidioso al occidente

la luz con ceño, él oro con desmayo.

 

Correr galán, y fulminar valiente

pudo; la caña en él, ser flecha y rayo;

pudo Lope cantarle solamente.

 

¡Aquí Del Rey Jesús! ¿y qué es aquesto?…

¡Aquí Del Rey Jesús! ¿y qué es aquesto?

No le vale la iglesia al desdichado,

que entró a matarle dentro de sagrado,

sin temer casa Real, ni Santo puesto.

 

Favor a la justicia, alumbren presto,

corran tras de él, prendan al culpado;

no quiere resistirse, que embozado

de esperar a la ronda está dispuesto.

 

Llegaron a prenderle por codicia,

no de la espada ser mayor de marca;

mas visto que la trae de sangre llena,

 

preguntole quién era la justicia,

desembozose y dijo: Soy la Parca.

¿La Parca sois? Andad de enhorabuena.

 

Arder sin voz de estrépito doliente…

Arder sin voz de estrépito doliente

no puede el tronco duro inanimado;

el roble se lamenta, y, abrasado,

el pino gime al fuego, que no siente.

 

¿Y ordenas, Floris, que en tu llama ardiente

quede en muda ceniza desatado

mi corazón sensible y animado,

víctima de tus aras obediente?

 

Concédame tu fuego lo que al pino

y al roble les concede voraz llama:

piedad cabe en incendio que es divino.

 

Del volcán que en mis venas se derrama,

diga su ardor el llanto que fulmino;

mas no le sepa de mi voz la Fama.

 

Arrepentimiento y lágrimas debidas al engaño de la vida

Huye sin percibirse lento el día,

Y la hora secreta y recatada

Con silencio se acerca, y despreciada,

Lleva tras sí la edad lozana mía.

 

La Vida nueva que en niñez ardía,

La juventud robusta y engañada,

En el postrer invierno sepultada

Yace entre negra sombra y nieve fría.

 

No sentí resbalar mudos los años;

Hoy los lloro pasados, y los veo

Riendo de mis lágrimas y daños.

 

Mi penitencia deba a mi deseo,

Pues me deben la Vida mis engaños,

Y espero el mal que paso y no le creo.

 

¡Ay Floralva! Soñé que te… ¿direlo?…

¡Ay Floralva! Soñé que te… ¿direlo?

Sí, pues, que sueño fue, que te gozaba;

¿Y quien, sino un amante que soñaba,

juntara tanto infierno a tanto cielo?

 

Mis llamas con tu nieve, y con tu yelo,

cual suele opuestas flechas de su aljaba,

mezclaba amor, y honesto las mezclaba,

como mi admiración en su desvelo.

 

Y dije, quiera amor, quiera mi suerte,

que nunca duerma yo, si estoy despierto,

y que si duermo, que jamás despierte.

 

Mas desperté del dulce desconcierto;

y vi que estuve vivo con la muerte,

y vi que con la vida estaba muerto.

 

Ayer naciste, y morirás mañana…

Ayer naciste, y morirás mañana.

Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?

¿Para vivir tan poco estás lucida,

y para no ser nada estás lozana?

 

Si te engañó su hermosura vana,

bien presto la verás desvanecida,

porque en tu hermosura está escondida

la ocasión de morir muerte temprana.

 

Cuando te corte la robusta mano,

ley de la agricultura permitida,

grosero aliento acabará tu suerte.

 

No salgas, que te aguarda algún tirano;

dilata tu nacer para tu vida,

que anticipas tu ser para tu muerte.

 

Bastábale al clavel verse vencido…

Bastábale al clavel verse vencido

del labio en que se vio, cuando esforzado

con su propia vergüenza lo encarnado,

a tu rubí se vio más parecido.

 

Sin que en tu boca hermosa dividido

fuese de blancas perlas granizado,

pues tu enojo, con él equivocado,

el labio por clavel dejó mordido.

 

Si no cuidado de la sangre fuese,

para que a presumir de tiria grana,

de tu púrpura líquida aprendiese.

 

Sangre vertió tu boca soberana,

porque roja victoria amaneciese,

llanto al clavel, y risa a la mañana.

 

Bebe vino precioso con mosquitos dentro

Tudescos moscos de los sorbos finos,

caspa de las azumbres más sabrosas,

que porque el fuego tiene mariposas,

queréis que el mosto tenga marivinos.

 

Aves luquetes, átomos mezquinos,

motas borrachas, pájaros vinosas,

pelusas de los vinos envidiosas,

abejas de la miel de los tocinos.

 

Liendres de la vendimia, yo os admito

en mi gaznate, pues tenéis por soga

al nieto de la vid, licor bendito.

 

Tomá en el trago hacia mi nuez la boga,

que bebiéndoos a todos, me desquito

del vino, que bebiste, y os ahoga.

 

Bermejazo Platero de las cumbres…

Bermejazo Platero de las cumbres

A cuya luz se espulga la canalla:

La ninfa Dafne, que se afufa y calla,

Si la quieres gozar, paga y no alumbres.

 

Si quieres ahorrar de pesadumbres,

Ojo del Cielo, trata de compralla:

En confites gastó Marte la malla,

Y la espada en pasteles y en azumbres.

 

Volviose en bolsa Júpiter severo,

Levantose las faldas la doncella

Por recogerle en lluvia de dinero.

 

Astucia fue de alguna Dueña Estrella,

Que de Estrella sin Dueña no lo infiero:

Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.

 

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!…

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.

 

Yace, donde reinaba el Palatino;

y limadas del tiempo las medallas,

más se muestran destrozo a las batallas

de las edades, que blasón latino.

 

Solo el Tíber quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya sepultura

la llora con funesto son doliente.

 

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.

 

Calvo que no quiere encabellarse

Pelo fue aquí, en donde calavero;

calva no solo limpia, sino hidalga;

háseme vuelto la cabeza nalga:

antes greguescos pide que sombrero.

 

Si, cual Calvino soy, fuera Lutero,

contra el fuego no hay cosa que me valga;

ni vejiga o melón que tanto salga

el mes de agosto puesta al resistero.

 

Quiérenme convertir a cabelleras

los que en Madrid se rascan pelo ajeno,

repelando las otras calaveras.

 

Guedeja réquiem siempre la condeno;

gasten caparazones sus molleras:

mi comezón resbale en calvatrueno.

 

Cargado voy de mí, veo delante…

Cargado voy de mí, veo delante

muerte, que me amenaza la jornada:

ir porfiando por la senda errada

más de necio será que de constante.

 

Si por su mal me sigue necio amante

(que nunca es sola suerte desdichada),

¡ay!, vuelva en sí, y atrás, no dé pisada

donde la dio tan ciego caminante.

 

Ved cuán errado mi camino ha sido;

cuán solo y triste y cuán desordenado,

que nunca ansí le anduvo pie perdido:

 

pues por no desandar lo caminado,

viendo delante y cerca fin temido,

con pasos, que otros huyen, le he buscado.

 

¿Castigas en la águila el delito?

¿Castigas en la águila el delito

de los celos de Juno vengadora,

porque en velocidad alta y sonora

llevó a Jove robado el catamito?

 

¿O juzgaste su osar por infinito

en atrever sus ojos a tu aurora,

confiada en la vista vencedora,

con que miran al Sol de hito en hito?

 

¿O porque sepa Jove que en el cielo,

cuando Venus fulminas, de tu rayo

ni el suyo está seguro, ni su vuelo?

 

¿O a César amenazas con desmayo,

derramando su emblema por el suelo,

honrando los leones de Pelayo?

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera…

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevaré el blanco día;

y podrá desatar esta alma mía

hora, a su afán ansioso linsojera;

 

mas no de esotra parte en la ribera

dejará la memoria en donde ardía;

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa:

 

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

 

su cuerpo dejarán, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrán sentido.

Polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Colora abril el campo que mancilla…

Colora abril el campo que mancilla

agudo hielo y nieve desatada

de nube oscura y yerta, y bien pintada

ya la selva lozana en torno brilla.

 

Los términos descubre de la orilla

corriente con el sol desenojada:

y la voz del arroyo articulada

en guijas llama l’aura a competilla.

 

Las últimas ausencias del invierno

anciana seña son de las montañas,

y en el almendro aviso al mal gobierno.

 

Sólo no hay primavera en mis entrañas,

que habitadas de amor arden infierno,

y bosque son de flechas y guadañas.

 

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!…

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!

¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!

¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,

pues con callado pie todo lo igualas!

 

Feroz de tierra el débil muro escalas,

en quien lozana juventud se fía;

mas ya mi corazón del postrer día

atiende el vuelo, sin mirar las alas.

 

¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte!

¡Que no puedo querer vivir mañana,

sin la pensión de procurar mi muerte!

 

¡Cualquier instante de la vida humana

es nueva ejecución, con que me advierte

cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

 

Como el Nilo guarda su origen

Dichoso tú, que naces sin testigo

y de progenitores ignorados,

¡oh Nilo!, y nube y río, al campo y prados,

ya fertilizas troncos y ya trigo.

 

El humor que, sediento y enemigo,

bebe el rabioso Can a lo sagrados

ríos, le añade pródigo a tus vados,

siendo Aquario el León para contigo.

 

No de otra suerte, Lisis, acontece

a las undosas urnas de mis ojos,

cuyo ignorado origen se enmudece.

 

Pues cuando el Sirio de tus lazos rojos

arde en bochornos de oro fresco, crece

más su raudal, tu hielo y mis enojos.

 

Compara el discurso de su amor con el de un arroyo

Torcido, desigual, blando y sonoro,

te resbalas secreto entre las flores,

hurtando la corriente a los calores,

cano en la espuma, y rubio como el oro.

 

En cristales dispensas tu tesoro,

líquido plectro a rústicos amores,

y templando por cuerdas ruiseñores,

te ríes de crecer, con lo que lloro.

 

De vidro en las lisonjas divertido,

gozoso vas al monte, y despeñado

espumoso encaneces con gemido.

 

No de otro modo el corazón cuitado,

a la prisión, al llanto se ha venido,

alegre, inadvertido y confiado.

 

Compara la disimulación de sus lágrimas

O ya descansas, Guadiana, ociosas

tus corrientes en lagos que ennobleces,

o líquidas dilatas a tus peces

campañas en las lluvias procelosas;

 

o en las grutas sedientas tenebrosas

los raudales undosos despareces,

y de nacer a España muchas veces

te alegras en las tumbas cavernosas;

 

émulos mis dos ojos a tus fuentes

ya corren, ya se esconden, ya se paran,

y nacen sin morir al llanto ardientes.

 

Ni mi prisión ni lágrimas se aclaran:

todo soy semejante a tus corrientes,

que de su propio túmulo se amparan.

 

Comunicación de amor invisible por los ojos

Si mis párpados, Lisi, labios fueran,

besos fueran los rayos visüales

de mis ojos, que al sol miran caudales

águilas, y besaran más que vieran.

 

Tus bellezas, hidrópicos, bebieran,

y cristales, sedientos de cristales;

de luces y de incendios celestiales,

alimentando su morir, vivieran.

 

De invisible comercio mantenidos,

y desnudos de cuerpo, los favores,

gozaran mis potencias y sentidos;

 

mudos se requebraran los ardores;

pudieran, apartados, verse unidos,

y en público, secretos, los amores.

 

Con ejemplos muestra a Flora la brevedad de la hermosura, para no malograrla

La mocedad del año, la ambiciosa

vergüenza del jardín, el encarnado

oloroso rubí, tiro abreviado,

también del año presunción hermosa:

 

la ostentación lozana de la rosa,

deidad del campo, estrella del cercado,

el almendro en su propria flor nevado,

que anticiparse a los calores osa:

 

reprensiones son, ¡oh Flora!, mudas

de la hermosura y la soberbia humana,

que a las leyes de flor está sujeta.

 

Tu edad se pasará mientras lo dudas,

de ayer te habrás de arrepentir mañana,

y tarde, y con dolor, serás discreta.

 

Con el ejemplo del fuego, enseña a Alexi cómo se ha de resistir al amor

¿No ves piramidal y sin sosiego,

en esta vela arder inquieta llama,

y cuán pequeño soplo la derrama

en cadáver de luz, en humo ciego?

 

¿No ves sonoro y animoso el fuego

arder voraz en una y otra rama,

a quien, ya poderoso, el soplo inflama,

que a la centella dio la muerte luego?

 

Ansí pequeño amor recién nacido,

muere Alexi, con poca resistencia,

y le apaga una ausencia y un olvido;

 

mas si crece en las venas su dolencia,

vence con lo que pudo ser vencido,

y vuelve en alimento la violencia.

 

Con el ejemplo del invierno, imagina si será admitido su fuego del hielo de Lisi

Pues ya tiene la encina en los tizones

más séquito que tuvo en hoja y fruto,

y el nubloso Orión manchó con luto

las (otro tiempo) cárdenas regiones;

 

pues perezoso Arturo, y los triones

dispensan breve al sol, y poco enjuto,

y con imperio cano y absoluto,

labra el hielo las aguas en prisiones;

 

hoy que se busca en el calor la vida,

gracias al dueño invierno, amante ciego,

a quien desprecia Amor, y Lisa olvida;

 

al hielo hermoso de su pecho llego

mi corazón, por ver, si agradecida,

se regala su nieve con mi fuego.

 

Con la comparación de dos toros celosos, pide a Lisi no se admire del sentimiento de sus celos

¿Ves con el polvo de la lid sangrienta

crecer el suelo y acortarse el día,

en la celosa y dura valentía

de aquellos toros, que el amor violenta?

 

¿No ves la sangre, que el manchado alienta?

¿El humo que de la ancha frente envía

el toro negro, y la tenaz porfía

en que el amante corazón ostenta?

 

¿Pues si la ves, ¡oh Lisi!, por qué admiras

que, cuando amor enjuga mis entrañas

y mis venas, volcán reviente en iras?

 

¿Son los toros capaces de sus sañas,

y no permites, cuando a Bato miras,

que yo ensordezca en llanto las montañas?

 

¿Con qué culpa tan grave?…

¿Con qué culpa tan grave,

Sueño blando y süave,

Pude en largo destierro merecerte

Que se aparte de mí tu olvido manso?

Pues no te busco yo por ser descanso,

Sino por muda imagen de la muerte.

Cuidados veladores

Hacen inobedientes mis dos ojos

A la ley de las horas:

No han podido vencer a mis dolores

Las noches, ni dar paz a mis enojos.

Madrugan más en mí que en las auroras

Lágrimas a este llano;

Que amanece a mi mal siempre temprano;

Y tanto, que persuade la tristeza

A mis dos ojos, que nacieron antes

Para llorar que para ver. Tú, sueño,

De sosiego los tienes ignorantes,

De tal manera, que al morir el día

Con luz enferma vi que permitía

El sol que le mirasen en Poniente.

 

Con pies torpes al punto, ciega y fría,

Cayó de las estrellas blandamente

La noche, tras las pardas sombras mudas,

Que el sueño persuadieron a la gente.

Escondieron las galas a los prados

Y quedaron desnudas

Estas laderas y sus peñas solas:

Duermen ya entre sus montes recostados

Los mares y las olas.

Si con algún acento

Ofenden las orejas,

Es que entre sueños dan al cielo quejas

Del yerto lecho y duro acogimiento,

Que blandos hallan en los cerros duros.

Los arroyuelos puros

Se adormecen al son del llanto mío,

Y a su modo también se duerme el río.

 

Con sosiego agradable

Se dejan poseer de ti las flores;

Mudos están los males,

No hay cuidado que hable,

Faltan lenguas y voz a los dolores,

Y en todos los mortales

Yace la vida envuelta en alto olvido.

Tan sólo mi gemido

Pierde el respeto a tu silencio santo:

Yo tu quietud molesto con mi llanto,

Y te desacredito

El nombre de callado, con mi grito.

Dame, cortés mancebo, algún reposo:

No seas digno del nombre de avariento

En el más desdichado y firme amante

Que lo merece ser por dueño hermoso.

 

Débate alguna pausa mi tormento.

Gózante en las cabañas

Y debajo del cielo

Los ásperos villanos;

Hállate en el rigor de los pantanos

Y encuéntrate en las nieves en el hielo

El soldado valiente,

Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,

Entre mi pensamiento y mi deseo.

Ya, pues, con dolor creo

Que eres más riguroso que la tierra,

Más duro que la roza,

Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,

Y en ella mi alma por jamás te toca.

Mira que es gran rigor: dame siquiera

Lo que de ti desprecia tanto avaro,

Por el oró en que alegre considera,

Hasta que da la vuelta el tiempo claro;

Lo que había de dormir en blando lecho

Y da el enamorado a su señora,

Y a ti se te debía de derecho.

 

Dame lo que desprecia de ti ahora

Por robar el ladrón; lo que desecha

El que envidiosos celos tuvo y llora.

Quede en parte mi queja satisfecha:

Tócame con el cuento de tu vara;

Oirán siquiera el ruido de tus plumas

Mis desventuras sumas;

Que yo no quiero verte cara a cara,

Ni que hagas más caso

De mí, que hasta pasar por mí de paso;

O que a tú sombra negra por lo menos,

Si fueres a otra parte peregrino,

Se le haga camino

Por estos ojos de sosiego ajenos.

Quítame, blando sueño, este desvelo,

O de él alguna parte,

Y te prometo, mientras viere el cielo,

De desvelarme sólo en celebrarte.

 

Conoce la diligencia con que se acerca la muerte

Ya formidable y espantoso suena

dentro del corazón el postrer día,

y la última hora, negra y fría,

se acerca, de temor y sombras llena.

 

Si agradable descanso, paz serena,

la muerte en traje de dolor envía,

señas da su desdén de cortesía:

más tiene de caricia que de pena.

 

¿Qué pretende el temor desacordado

de la que a rescatar, piadosa, viene

espíritu en miserias añudado?

 

Llegué rogada, pues mi bien previene;

hallame agradecido, no asustado;

mi vida acabe y mi vivir ordene.

 

Continúa la significación de su amor con la hermosura que le causa

Lisi, por duplicado ardiente sirio

miras con guerra y muerte l’alma mía;

y en uno y otro sol abres el día,

influyendo en la luz dulce martirio.

 

Doctas sirenas en veneno tirio

con tus labios pronuncian melodía;

y en incendios de nieve hermosa y fría,

adora primaveras mi delirio.

 

Amo y no espero, porque adoro amando;

ni mancha al amor puro mi deseo,

que cortés vive y muere idolatrando;

 

lo que conozco y no lo que poseo

sigo, sin presumir méritos, cuando

prefiero a lo que miro lo que creo.

 

Contraposiciones y tormentos de su amor

Osar, temer, amar y aborrecerse,

alegre con la gloria atormentarse;

de olvidar los trabajos olvidarse;

entre llamar arder, sin encenderse;

 

con soledad entre la gente verse,

y de la soledad acompañarse;

morir continuamente, no acabarse;

perderse, por hallar con qué perderse;

 

ser Fúcar de esperanzas sin ventura,

gastar todo el caudal en sufrimientos,

con cera conquistar la piedra dura,

 

son efectos de Amor en mis lamentos;

nadie le llame dios, que es gran locura;

que más son de verdugo sus tormentos.

 

Crespas hebras, sin ley desenlazadas…

Crespas hebras, sin ley desenlazadas,

en un tiempo tuvo entre las manos Midas;

en nieve estrellas negras encendidas,

y cortésmente en paz de ella guardadas. ~

 

Rosas a abril y mayo anticipadas,

de la injuria del tiempo defendidas;

auroras en la risa amanecidas,

con avaricia del clavel guardadas.

 

Vivos planetas de animado cielo,

por quien a ser monarca Lisi aspira

de libertades, que en sus luces ata.

 

Esfera es racional, que ilustra el suelo,

en donde reina el Amor cuanto ella mira,

y en donde vive Amor cuanto ella mata.

 

Cuando a más sueño el alba me convida…

Cuando a más sueño el alba me convida,

el velador piloto Palinuro

a veces rompe al natural seguro,

tregua del mal, esfuerzo de la vida.

 

¿Qué furia armada, o qué legión vestida

del miedo, o manto de la noche oscuro,

sin armas deja el escuadrón seguro,

a mí despierto, a mi razón dormida?

 

Algunos enemigos pensamientos,

corsarios en el mar de amor nacidos,

mi dormido bajel han asaltado.

 

El alma toca al arma a los sentidos;

mas como amor los halla soñolientos,

es cada sombra un enemigo armado.

 

Cuando tu madre te parió cornudo

Cuando tu madre te parió cornudo,

fue tu planeta un cuerno de la luna;

de madera de cuernos fue tu cuna,

y el castillejo un cuerno muy agudo.

 

Gastaste en dijes cuernos a menudo;

la leche que mamaste era cabruna;

diote un cuerno por armas la Fortuna

y un toro en el remate de tu escudo.

 

Hecho un corral de cuernos te contemplo;

cuernos pisas con pies de cornería;

a la mañana un cuerno te saluda.

 

Los cornudos en ti tienen un templo.

Pues, cornudo de ti, ¿donde caminas

con una estrella tan cornuda?

 

Culpa a Flor injusta en el premio de su favor

¿Ves gemir tus afrentas al vencido

toro, y que tiene, ausente y afrentado,

menos pacido el soto que escarbado,

y de sus celos todo el mundo herido?

 

¿Vesle ensayar venganzas con bramido,

y en el viento gastar ímpetu armado?

¿Ves que sabe sentir ser desdeñado,

y que su vaca tenga otro marido?

 

Pues considera, Flor, la pena mía,

cuando por Coridón, pastor ausente,

desprecias en mi amor mi compañía.

 

Ofreciose la vaca al más valiente,

y con razón premió la valentía:

tú me desprecias, Flor, injustamente.

 

De cierta dama que a un balcón estaba

De cierta dama que a un balcón estaba

pudo la media y zapatillo estrecho

poner el lacio espárrago a provecho

de un tosco labrador que la acechaba.

 

Y ella, cuando advirtió que la miraba,

la causa preguntó del tal acecho;

el labrador le descubrió su pecho,

diciendo lo que vía y contemplaba.

 

Mas ella, con alzar el sobrecejo,

le dijo con melindre: -«Aquesto, hermano,

no es más de ver y desear la fruta».

 

El labrador, sacando el aparejo,

le respondió, tomándolo en la mano:

-«¡Pues ver y desear, señora puta!».

 

¿De qué sirve presumir?…

¿De qué sirve presumir,

rosal, de buen parecer,

si aun no acabas de nacer

cuando empiezas a morir?

Hace llorar y reír

vivo y muerto tu arrebol

en un día o en un sol:

desde el Oriente al ocaso

va tu hermosura en un paso,

y en menos tu perfección.

Rosal, menos presunción

donde están las clavellinas,

pues serán mañana espinas

las que agora rosas son.

 

No es muy grande la ventaja

que tu calidad mejora:

si es tu mantilla la aurora,

es la noche tu mortaja.

No hay florecilla tan baja

que no te alcance de días,

y de tus caballerías,

por descendiente de la alba,

se está riendo la malva,

cabellera de un terrón.

Rosal, menos presunción

donde están las clavellinas,

pues serán mañana espinas

las que agora rosas son.

 

De quince a veinte es niña; buena moza…

De quince a veinte es niña; buena moza

de veinte a veinticinco, y por la cuenta

gentil mujer de veinticinco a treinta.

¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!

 

De treinta a treinta y cinco no alboroza;

mas puédese comer con sal pimienta;

pero de treinta y cinco hasta cuarenta

anda en vísperas ya de una coroza.

 

A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

y cumplidos los cincuenta, da en santera,

 

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.

 

De un molimiento de güesos…

De un molimiento de güesos

a puros palos y piedras,

don Quijote de la Mancha

yace doliente y sin fuerzas,

tendido sobre un pavés

cubierto con su rodela,

sacando como tortuga

de entre conchas la cabeza.

Con voz roída y chillando,

viendo el escribano cerca,

ansí, por falta de dientes

habló con él entre muelas:

“Escribid, buen caballero,

que Dios en quietud mantenga,

el testamento que fago

por voluntad postrimera.

Y en lo de su entero juicio,

que ponéis a usanza vuesa,

basta poner decentado,

cuando entero no le tenga.

A la tierra mando el cuerpo,

coma mi cuerpo la tierra,

que según está de flaco

hay para un bocado apenas.

 

En la vaina de mi espada

mando que llevado sea

mi cuerpo, que es ataúd

capaz para su flaqueza.

Que embalsamado me lleven

a reposar a la iglesia,

y que sobre mi sepulcro

escriban esto en la piedra:

“Aquí yace don Quijote,

el que en provincias diversas

los tuertos vengó y los bizcos,

a puro vivir a ciegas”.

A Sancho mando las islas

que gané con tanta guerra,

con que si no queda rico

aislado a lo menos queda.

Item, al buen Rocinante

dejo los prados y selvas

que crió el Señor de el cielo

para alimentar las bestias;

mándole mala ventura

y mala vejez con ella,

y duelos en qué pensar

en vez de piensos y yerba.

Mando que al moro encantado

que me maltrató en la venta,

los puñetes que me dio

al momento se le vuelvan.

Mando a los mozos de mulas

volver las coces soberbias

que me dieron, por descargo

de espaldas y de conciencia.

De los palos que me han dado,

a mi linda Dulcinea,

para que gaste el invierno

mando cien cargas de leña.

Mi espada mando a una escarpia,

pero desnuda la tenga,

sin que a vestirla otro alguno

si no es el orín, se atreva.

Mi lanza mando a una escoba

para que puedan con ella

echar arañas de el techo

cual si de San Jorge fuera

Peto, gola y espaldar

manopla y media visera,

lo vinculo en Quijotico,

mayorazgo de mi hacienda.

Y lo demás de los bienes

que en este mundo se quedan,

lo dejo para obras pías

de rescate de princesas.

Mando que en lugar de misas,

justas, batallas y guerras

me digan, pues saben todos

que son mis misas aquestas

Dejo por testamentarios

a don Belianís de Grecia,

al Caballero de el Febo,

a Esplandián el de las Xergas.”

Allí fabló Sancho Panza,

bien oiréis lo que dijera,

con tono duro y de espacio,

y la voz de cuatro suelas.

“No es razón, buen señor mío,

que cuando vais a dar cuenta

al Señor que vos crió

digáis sandeces tan fieras.

Sancho es, señor, quien vos fabla,

que está a vuesa cabecera

llorando a cántaros, triste,

un turbión de lluvia y piedra.

Dejad por testamentarios

al cura que vos confiesa,

al regidor Per Antón

y al cabrero Gil Panzueca.

Y dejaos de Esplandiones,

pues tanta inquietud nos cuestan,

y llamad a un religioso

que os ayude en esta brega.”

“Bien dices –le respondió

don Quijote con voz tierna–,

ve a la Peña Pobre y dile

a Beltenebros que venga.”

En esto la Extremaunción

asomó ya por la puerta,

pero él, que vio al sacerdote

con sobrepelliz y vela,

dijo que era el sabio proprio

de el encanto de Niquea,

y levantó el buen hidalgo

por hablarle la cabeza.

Mas viendo que ya le faltan

juicio, vida, vista y lengua,

el escribano se fue

y el cura se salió afuera.

 

Definición de amor

¿Rogarla? ¿Desdeñarme? ¿Amarla?

¿Seguirla? ¿Defenderse? ¿Asirla? ¿Airarse?

¿Querer y no querer? ¿Dejar tocarse

ya persuasiones mil mostrarse firme?

 

¿Tenerla bien? ¿Probar a desasirse?

¿Luchar entre sus brazos y enojarse?

¿Besarla a su pesar y ella agraviarse?

¿Probar, y no poder, a despedirme?

 

¿Decirme agravios? ¿Reprenderme el gusto?

¿Y en fin, a beaterías de mi prisa,

dejar el ceño? ¿No mostrar disgusto?

 

¿Consentir que la aparte la camisa?

¿Hallarlo limpio y encajarlo justo?

Esto es amor y lo demás es risa.

 

Definiendo el amor

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

 

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

 

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada.

 

Este es el niño Amor, este es su abismo.

¿Mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!

 

Dejad que a voces diga el bien que pierdo

Dejad que a voces diga el bien que pierdo,

si con mi llanto a lástima os provoco;

y permitidme hacer cosas de loco:

que parezco muy mal amante y cuerdo.

 

La red que rompo y la prisión que muerdo

y el tirano rigor que adoro y toco,

para mostrar mi pena son muy poco,

si por mi mal de lo que fui me acuerdo.

 

Óiganme todos: consentid siquiera

que, harto de esperar y de quejarme,

pues sin previo viví, sin juicio muera.

 

De gritar solamente quiero hartarme.

Sepa de mí, a lo menos, esta fiera

que he podido morir, y no mudarme.

 

Desabrigan en altos monumentos

Desabrigan en altos monumentos

cenizas generosas, por crecerte;

y altas ruinas, de que te haces fuerte,

más te son amenaza, que cimientos.

 

De venganzas del tiempo, de escarmientos,

de olvidos, y desprecios de la muerte,

de túmulo funesto, osas hacerte

árbitro de los mares y los vientos.

 

Recuerdos y no alcázares fábricas;

otro vendrá después, que de sus torres

alce en tus huesos fábricas más ricas.

 

De ajenas desnudeces te socorres,

y procesos de mármol multiplicas;

temo que con tu llanto el suyo borres.

 

Desde la torre

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

 

Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta.

 

En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquella el mejor cálculo cuenta

que en la lección y estudios nos mejora.

 

Desengaño de las mujeres

Puto es el hombre que de putas fía,

y puto el que sus gustos apetece;

puto es el estipendio que se ofrece

en pago de su puta compañía.

 

Puto es el gusto, y puta la alegría

que el rato putaril nos encarece;

y yo diré que es puto a quien parece

que no sois puta vos, señora mía.

 

Mas llámenme a mí puto enamorado,

si al cabo para puta no os dejare;

y como puto muera yo quemado

 

si de otras tales putas me pagare,

porque las putas graves son costosas,

y las putillas viles, afrentosas.

 

Dice que como el labrador teme el agua cuando viene con truenos, así es la vista de su pastora

Ya viste que acusaban los sembrados

secos las nubes, y las lluvias; luego

viste en la tempestad temer el riego

los surcos, con el rayo amenazados.

 

Más quieren verse secos que abrasados,

viendo que a la agua la acompaña el fuego,

y el relámpago, y trueno sordo y ciego,

y mustio el campo teme los nublados.

 

No de otra suerte temen la hermosura

que en los tuyos mis ojos codiciaron,

anhelando la luz serena y pura.

 

Pues luego que se abrieron, fulminaron,

y amedrentando el gozo a mi ventura,

encendieron en mí cuanto miraron.

 

Dice que el sol templa la nieve

Miro este monte que envejece enero,

y cana miro caducar con nieve

su cumbre, que aterido, oscuro y breve,

la mira el sol, que la pintó primero.

 

Veo que en muchas partes, lisonjero,

o regal sus hielos o los bebe;

que agradecido a su piedad se mueve

el músico cristal, libre y parlero.

 

Mas en los Alpes de tu pecho airado

no miro que tus ojos a los míos

regalen, siendo fuego, el hielo amado.

 

Mi propia llama multiplica fríos

y en mis cenizas mesmas ardo helado,

invidiando la dicha de estos ríos.

 

Dichoso tú que alegre en tu cabaña…

Dichoso tú que alegre en tu cabaña,

mozo y viejo aspiraste la aura pura,

y te sirven de cuna y sepoltura,

de paja el techo, el suelo de espadaña.

 

En esa soledad, que libre baña

callado sol con lumbre más segura,

la vida al día más espacio dura,

y la hora sin voz te desengaña.

 

No cuentas por los cónsules los años,

hacen tu calendario tus cosechas,

pisas todo tu mundo sin engaños.

 

De todo lo que ignoras te aprovechas;

ni anhelas premios, ni padeces daños,

y te dilatas cuanto más te estrechas.

 

Dichoso tú, que naces sin testigo…

Dichoso tú, que naces sin testigo

y de progenitores ignorados,

¡oh Nilo!, y nube y río, al campo y prados,

ya fertilizas troncos y ya trigo.

 

El humor que, sediento y enemigo,

bebe el rabioso Can a lo sagrados

ríos, le añade pródigo a tus vados,

siendo Aquario el León para contigo.

 

No de otra suerte, Lisis, acontece

a las undosas urnas de mis ojos,

cuyo ignorado origen se enmudece.

 

Pues cuando el Sirio de tus lazos rojos

arde en bochornos de oro fresco, crece

más su raudal, tu hielo y mis enojos.

 

Disparado esmeril, toro herido…

Disparado esmeril, toro herido,

fuego que libremente se ha soltado,

osa que los hijuelos le han robado,

rayo de pardas nubes escupido.

 

Serpiente o áspid, con el pie oprimido;

león que las prisiones ha quebrado;

caballo volador desenfrenado;

águila que le tocan a su nido.

 

Espada que la rige loca mano;

pedernal sacudido del acero;

pólvora a quien llegó encendida mecha.

 

Villano rico con poder tirano,

víbora, cocodrilo, caimán fiero,

es la mujer, si el hombre la desecha.

 

Don Francisco de Quevedo

Piedra soy en sufrir pena y cuidado,

y cera en el querer enternecido,

sabio en amar dolor tan bien nacido,

necio en ser en mi daño porfiado.

 

Medroso en no vencerme acobardado

y valiente en no ser de mí vencido,

hombre en sentir mi mal, aun sin sentido,

bestia en no despertar desengañado.

 

En sustentarme entre los fuegos rojos,

en tus desdenes ásperos y fríos,

soy salamandra, y cumplo tus antojos;

 

y las niñas de aquestos ojos míos

se han vuelto, con la ausencia de tus ojos

ninfas que habitan dentro de dos ríos.

 

El amor conyugal de su marido…

El amor conyugal de su marido

su presencia en el pecho le revela;

teje de día en la curiosa tela

lo mismo que de noche ha destejido.

 

Danle combates interés y olvido,

y de fe y esperanza se abroquela,

hasta que dando el viento en popa y vela,

le restituye el mar a su marido.

 

Ulises llega, goza su querida,

que por gozarla un día dio veinte años

a la misma esperanza de un difunto.

 

Mas yo sé de una fiera embravecida

que veinte mil tejiera por mis daños,

y al fin mis daños son no verme un punto.

 

El mismo

Tú, rey de ríos, Tajo generoso,

que el movimiento y cálida hurtaste

al cuerpo de alabastro que bañaste,

gentil en proporción, gallardo, hermoso;

 

ora natural músico ingenioso

seas entre las conchas que criaste,

ora el valle le ofrezcas do engendraste,

para su frente, el ramo victorioso;

 

ora, sueltas del hielo tus corrientes,

le des espejo, sólo te suplico

que, cuando quiera en ti ver sus despojos,

 

junto con su hermosura representes

mi llanto con que creces y estás rico:

vean siquiera mis lágrimas sus ojos.

 

El pésame a su marido

La que de vuestros ojos lumbre ha sido

convierta en agua el sentimiento ahora,

ilustre duque, cuyo llanto llora

todo mortal que goza de sentido.

 

Vuestra paloma huyó de vuestro nido,

y ya le hace en brazos del aurora;

estrellas pisa, estrellas enamora

del nuevo sol con el galán vestido.

 

Llorad, que está en llorad vuestro consuelo;

no cesen los suspiros que, por ella,

con sacrificios acompaña el suelo.

 

Llorad, señor, hasta tornar a verla;

y así pues la llevo de envidia el Cielo,

le obligaréis de lástima a volverla.

 

El sueño

¿Con qué culpa tan grave,

Sueño blando y süave,

Pude en largo destierro merecerte

Que se aparte de mí tu olvido manso?

Pues no te busco yo por ser descanso,

Sino por muda imagen de la muerte.

Cuidados veladores

Hacen inobedientes mis dos ojos

A la ley de las horas:

No han podido vencer a mis dolores

Las noches, ni dar paz a mis enojos.

Madrugan más en mí que en las auroras

Lágrimas a este llano;

Que amanece a mi mal siempre temprano;

Y tanto, que persuade la tristeza

A mis dos ojos, que nacieron antes

Para llorar que para ver. Tú, sueño,

De sosiego los tienes ignorantes,

De tal manera, que al morir el día

Con luz enferma vi que permitía

El sol que le mirasen en Poniente.

 

Con pies torpes al punto, ciega y fría,

Cayó de las estrellas blandamente

La noche, tras las pardas sombras mudas,

Que el sueño persuadieron a la gente.

Escondieron las galas a los prados

Y quedaron desnudas

Estas laderas y sus peñas solas:

Duermen ya entre sus montes recostados

Los mares y las olas.

Si con algún acento

Ofenden las orejas,

Es que entre sueños dan al cielo quejas

Del yerto lecho y duro acogimiento,

Que blandos hallan en los cerros duros.

Los arroyuelos puros

Se adormecen al son del llanto mío,

Y a su modo también se duerme el río.

 

Con sosiego agradable

Se dejan poseer de ti las flores;

Mudos están los males,

No hay cuidado que hable,

Faltan lenguas y voz a los dolores,

Y en todos los mortales

Yace la vida envuelta en alto olvido.

Tan sólo mi gemido

Pierde el respeto a tu silencio santo:

Yo tu quietud molesto con mi llanto,

Y te desacredito

El nombre de callado, con mi grito.

Dame, cortés mancebo, algún reposo:

No seas digno del nombre de avariento

En el más desdichado y firme amante

Que lo merece ser por dueño hermoso.

 

Débate alguna pausa mi tormento.

Gózante en las cabañas

Y debajo del cielo

Los ásperos villanos;

Hállate en el rigor de los pantanos

Y encuéntrate en las nieves en el hielo

El soldado valiente,

Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,

Entre mi pensamiento y mi deseo.

Ya, pues, con dolor creo

Que eres más riguroso que la tierra,

Más duro que la roza,

Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,

Y en ella mi alma por jamás te toca.

Mira que es gran rigor: dame siquiera

Lo que de ti desprecia tanto avaro,

Por el oró en que alegre considera,

Hasta que da la vuelta el tiempo claro;

Lo que había de dormir en blando lecho

Y da el enamorado a su señora,

Y a ti se te debía de derecho.

 

Dame lo que desprecia de ti ahora

Por robar el ladrón; lo que desecha

El que envidiosos celos tuvo y llora.

Quede en parte mi queja satisfecha:

Tócame con el cuento de tu vara;

Oirán siquiera el ruido de tus plumas

Mis desventuras sumas;

Que yo no quiero verte cara a cara,

Ni que hagas más caso

De mí, que hasta pasar por mí de paso;

O que a tú sombra negra por lo menos,

Si fueres a otra parte peregrino,

Se le haga camino

Por estos ojos de sosiego ajenos.

Quítame, blando sueño, este desvelo,

O de él alguna parte,

Y te prometo, mientras viere el cielo,

De desvelarme sólo en celebrarte.

 

Embravecí llorando la corriente

Embravecí llorando la corriente

de aqueste fértil cristalino río,

y cantando amansé su curso, y brío:

¡tanto puede el dolor en un ausente!

 

Miréme en los cristales de esta fuente

antes que los prendiese el hielo frío,

y vi que no es tan fiero el rostro mío,

que no merezca ver tu luz ardiente.

 

Dejé sus aguas ricas de despojos,

cubrió, Isbela, de incienso tus altares,

coronélos de espigas a manojos.

 

Sequé, y crecí con agua, y fuego a Henares,

y tornando en el agua a ver mis ojos,

en un arroyo pude ver dos mares.

 

En aqueste enterramiento…

En aqueste enterramiento

Humilde, pobre y mezquino,

Yace envuelto en oro fino

Un hombre rico avariento.

 

Murió con cien mil dolores

Sin poderlo remediar,

Tan solo por no gastar

Ni aun gasta malos humores.

 

En breve cárcel traigo aprisionado

En breve cárcel traigo aprisionado,

con toda su familia de oro ardiente,

el cerco de la luz resplandeciente,

y grande imperio del amor cerrado.

 

Traigo el campo que pacen estrellado

las fieras altas de la piel luciente,

y a escondidas del cielo y del Oriente,

día de luz y parto mejorado.

 

Traigo todas las Indias en mi mano,

perlas que en un diamante por rubíes

pronuncian con desdén sonoro hielo;

 

y razonan tal vez fuego tirano,

relámpagos de risa carmesíes,

auroras, gala y presunción del cielo.

 

En crespa tempestad del oro undoso…

En crespa tempestad del oro undoso

nada golfos de luz ardiente y pura

mi corazón, sediento de hermosura,

si el cabello deslazas generoso.

 

Leandro en mar de fuego proceloso

su amor ostenta, su vivir apura;

Ícaro en senda de oro mal segura

arde sus alas por morir glorioso.

 

Con pretensión de fénix encendidas

sus esperanzas, que difuntas lloro,

intenta que su muerte engendre vidas.

 

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,

el castigo y la hambre imita a Midas,

Tántalo en fugitiva fuente de oro.

 

En este sitio donde mayo cierra

En este sitio donde mayo cierra

cuanto con más fecunda luz florece,

tan parecido al cielo, que parece

parte que de su globo cayó en tierra;

 

testigos son las peñas de esta sierra

(hombros que al peso celestial ofrece)

del duro afán que el corazón padece,

en alta esclavitud, injusta guerra.

 

Miré la fuente donde ver solía

a Fílida, que en ella se miraba,

cuando por serla espejo no corría.

 

Por imitar mi envidia se abrasaba,

cuando en sus manos mi atención ardía:

y, en dos incendios, Fílida se helaba.

 

En lo penoso de estar enamorado

¡Qué verdadero dolor,

y qué apurado sufrir!

¡Qué mentiroso vivir!

¡Qué puro morir de amor!

 

¡Qué cuidados a millares!

¡Qué encuentros de pareceres!

¡Qué limitados placeres,

y qué colmados pesares!

 

¡Que amor y qué desamor!

¡Qué ofensas, qué resistir!

¡Qué mentiroso vivir,

qué puro morir de amor!

 

¡Qué admitidos devaneos!

¡Qué amados desabrimientos!

¡Qué atrevidos pensamientos

y qué cobardes deseos!

 

¡Qué adorado disfavor!

¡Qué enmudecido sufrir!

¡Qué mentiroso vivir!

¡Qué puro morir de amor!

 

¡Qué negociados engaños

y qué forzosos tormentos!

¡Qué aborrecidos alientos

y qué apetecidos daños!

 

¡Y qué esfuerzo y qué temor!

¡Qué no ver, qué prevenir!

¡Qué mentiroso vivir!

¡Qué puro morir de amor!

 

¡Qué enredos, ansias, asaltos,

y qué conformes contrarios!

¡Qué cuerdos, qué temerarios!

¡Qué vida de sobresaltos!

 

Y que no hay muerte mayor

que el tenerla y no morir.

¡Qué mentiroso vivir!

¡Qué puro morir de amor!

 

En los claustros del alma la herida

En los claustros del alma la herida

yace callada; mas consume hambrienta

la vida, que en mis venas alimenta

llama las medulas extendida.

 

Bebe el ardor hidrópica mi vida,

que ya ceniza amante y macilenta,

cadáver del incendio hermoso, ostenta

su luz en humo y noche fallecida.

 

La gente esquivo, y me es horror el día;

dilato en largas voces negro llanto,

que a sordo mar mi ardiente pena envía.

 

A los suspiros di la voz del canto,

la confusión inunda l’alma mía:

mi corazón es reino del espanto.

 

En sueños se ve aún más combatido

Cuando a más sueño el alba me convida,

el velador piloto Palinuro

a veces rompe al natural seguro,

tregua del mal, esfuerzo de la vida.

 

¿Qué furia armada, o qué legión vestida

del miedo, o manto de la noche oscuro,

sin armas deja el escuadrón seguro,

a mí despierto, a mi razón dormida?

 

Algunos enemigos pensamientos,

corsarios en el mar de amor nacidos,

mi dormido bajel han asaltado.

 

El alma toca al arma a los sentidos;

mas como amor los halla soñolientos,

es cada sombra un enemigo armado.

 

En tierra sí, no en fama, consumida

En tierra sí, no en fama, consumida,

yaces, oh vida, cuanto más temblada,

de la púrpura al mármol derribada,

por, más que a sangre, a llanto abierta herida.

 

llorada ya de cuantos fue temida,

del hado no, del mundo respetada;

en quien, con vil usar sangrienta espada,

tantos quitó a la muerte en una vida.

 

Cuando poner presume en mil victorias

tintos los campos y los mares rojos,

desnudos centros de envidiosas glorias,

 

viste el suelo un traidor de sus despojos;

de horror, su lis; de ejemplo, las memorias;

de ocio, las manos; de piedad, los ojos.

 

En vano busca la tranquilidad en el amor

A fugitivas sombras doy abrazos,

en los sueños se cansa el alma mía;

paso luchando a solas noche y día,

con un trasgo que traigo entre mis brazos.

 

Cuando le quiero más ceñir con lazos,

y viendo mi sudor se me desvía,

vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,

y temas con amor me hacen pedazos.

 

Voyme a vengar en una imagen vana,

que no se aparta de los ojos míos;

búrlame, y de burlarme corre ufana.

 

Empiézola a seguir, fáltanme bríos,

y como de alcanzarla tengo gana,

hago correr tras ella el llanto en ríos.

 

Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.

 

Salime al campo: vi que el sol bebía

los arroyos del hielo desatados,

y del monte quejosos los ganados

que con sombras hurtó su luz al día.

 

Entré en mi casa: vi que amancillada

de anciana habitación era despojos,

mi báculo más corvo y menos fuerte.

 

Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

 

Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos escrita al conde-duque de Olivares

No he de callar, por más que con el dedo,

Ya tocando la boca, ya la frente,

Me representes o silencio o miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Hoy sin miedo que libre escandalice

Puede hablar el ingenio, asegurado

De que mayor poder le atemorice.

 

En otros siglos pudo ser pecado

Severo estudio y la verdad desnuda,

Y romper el silencio el bien amado.

 

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda

Que es lengua la verdad de Dios severo

Y la lengua de Dios nunca fue muda.

 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero:

Ni eternidad divina los separa,

Ni de los dos alguno fue primero.

 

Si Dios a la verdad se adelantara,

Siendo verdad, que rabría de ser hubiera

Verdad, antes que fuera y empezara.

 

La justicia de Dios es verdadera,

Y la misericordia, y todo cuanto

Es Dios es la verdad siempre severa.

 

Señor Excelentísimo, mi llanto

Ya no consiente márgenes ni orillas:

Inundación será la de mi canto:

 

Veránse sumergidas mis mejillas,

La vista por dos urnas derramada

Sobre el sepulcro de las dos Castillas.

 

Yace aquella virtud desaliñada

Que fue, si menos rica, más temida,

En vanidad y en ocio sepultada.

 

Y aquella libertad esclarecida

Que donde supo hallar honrada muerte

Nunca quiso tener más larga vida.

 

Y pródiga del alma, nación fuerte

Contaba en las afrentas de los años

Envejecer en brazos de la suerte.

 

La dilación del tiempo, y los engaños

Del paso de las horas y del día

Impaciente acusaba a los extraños.

 

Nadie contaba cuánta edad vivía,

Sino de qué manera: sola una hora

Lograba con afán su valentía.

 

La robusta virtud era señora,

Y sola dominaba al pueblo rudo:

Edad, si mal hablada, vencedora.

 

El temor de la mano daba escudo

Al corazón, que, en ella confiado,

Todas las armas despreció desnudo.

 

Multiplicó en escuadras un soldado

Su honor precioso, en ánimo valiente,

De sola honesta obligación armado.

 

Y debajo del Sol aquella gente,

Si no más descansado, a más honroso

Sueño entregó los ojos, no la mente.

 

Hilaba la mujer para su esposo

La mortaja primero que el vestido;

Menos le vio galán que peligroso,

 

Acompañaba el lado del marido

Más veces en la hueste que en la cama;

Sano le aventuró, vengóle herido.

 

Todas matronas y ninguna dama,

Que nombres del halago cortesano

No admitió lo severo de su fama.

 

Derramado y sonoro el Oceáno

Era divorcio de las ricas minas

Que volaron la paz del pecho humano.

 

Ni les trajo costumbres peregrinas

El áspero dinero, ni el Oriente

Compró la honestidad con piedras finas.

 

Joya fue la virtud pura y ardiente;

Gala en merecimiento y alabanza;

Sólo se codiciaba lo decente.

 

No de la pluma dependió la lanza,

Ni el cántabro con cajas y tinteros

Hizo el campo heredad, sino matanza.

 

Y España con legítimos dineros,

No amartelaba el crédito a Liguria;

Más quiso los turbantes que los ceros.

 

Menos fuera la pérdida y la injuria

Si se volvieran Muzas los asientos,

Cuanto es peor la usura que la furia.

 

Caducaban las aves en los vientos,

Y espiraba decrépito el venado:

Grande vejez duró en los elementos.

 

Que el vientre entonces, bien disciplinado,

Buscó satisfacción y no hartura,

Y estaba la garganta sin pecado.

 

Del mayor infanzón de aquella pura

República de grandes hombres, era

Una vaca sustento y armadura.

 

No había venido al gusto lisonjera

La pimienta arrugada, ni del clavo

La adulación fragante forastera.

 

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos y ajos duros

Tan bien como el señor comió el esclavo.

 

Bebió la sed los arroyuelos puros;

Después mostraron del carquesio a Baco

El camino los brindis mal seguros.

 

El rostro macilento, el cuerpo flaco,

Eran recuerdo del trabajo honroso,

Y honra y provecho andaban en un saco.

 

Pudo sin don un español velloso

Llamar a los tudescos bacanales,

Y al holandés hereje y alevoso.

 

Pudo acusar los celos desiguales

Al italiano; y hoy de muchos modos

Somos copias, si son originales.

 

Las descendencias gastan muchos godos;

Todos blasonan, nadie los imita,

Y no son sucesores, sino apodos.

 

Vino el betún precioso que vomita

La ballena o la espuma de las olas,

Que el vicio, no el olor, nos acredita.

 

Y quedaron las huestes españolas

Bien perfumadas, pero mal regidas,

Y alhajas las que fueron pieles solas.

 

Estaban las locuras mal vestidas,

Y aún no se hartaba de buriel y lana

La vanidad de hembras presumidas.

 

A la seda pomposa siciliana,

Que manchó ardiente múrice, el romano

Y el oro hicieron áspera y tirana.

 

Nunca al duro español supo el gusano

Persuadir que vistiese su mortaja,

Intercediendo el Can por el verano.

 

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

Y entonces fue el trabajo ejecutoria,

Y el vicio gradüó la gente baja.

 

Pretende el alentado joven gloria

Por dejar la vacada sin marido,

Y de Ceres ofende la memoria.

 

Un animal a la labor nacido

De paciencia preciosa a los mortales,

Que a Jove fue disfraz y fue vestido;

 

Que un tiempo endureció manos reales,

Y detrás de él los cónsules gimieron,

Y rumia luz en campos celestiales,

 

¿Por cuál enemistad se persuadieron

A que su apocamiento fuese hazaña,

Y a mieses tan grande ofensa hicieron?

 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

Abreviado en la silla a la jineta,

Y gastar un caballo en una caña!

 

Que la niñez al gallo le acometa

Con semejante munición apruebo;

Mas no la edad madura y la perfeta.

 

Ejercite sus fuerzas el mancebo

En frentes de escuadrones, no en la frente

Del padre hermoso del armento nuevo.

 

El trompeta le llame diligente,

Dando fuerza de ley al viento vano,

Y al son esté el ejército obediente.

 

¡Con cuánta majestad llena la mano

La pica, y el mosquete carga el hombro,

Del que se atreve a ser buen castellano!

 

Con asco entre las otras gentes nombro

Al que de su persona, sin decoro,

Antes quiere dar nota que no asombro.

 

Jineta y caña son contagio moro;

Restitúyanse justas y torneos,

Y hagan paces las capas con el toro.

 

Pasadnos vos de juegos a trofeos;

Que sólo grande rey y buen privado

Pueden ejecutar estos deseos.

 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado

Con desembarazarnos las personas

Y sacar a los miembros de cuidado,

 

Vos disteis libertad con las valonas,

Para que sean corteses las cabezas,

Desnudando el enfado a las coronas;

 

Y, pues vos enmendasteis las cortezas,

Dad a la mayor parte medicina:

Vuélvanse los tablados fortalezas.

 

Que la cortés estrella que os inclina

A privar sin intento y sin venganza,

Milagro que a la envidia desatina.

 

Tiene por sola bienaventuranza

El reconocimiento temeroso,

No presumida y ciega confianza.

 

Pues os dio el ascendiente generoso

Escudos, de armas y blasones llenos,

Y por timbre el martirio glorioso,

 

Mejores son por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

Os muestre a su pesar campos serenos.

 

Lograd, señor, edad tan venturosa;

Y cuando nuestras fuerzas examina

Persecución unida y belicosa,

 

La militar valiente disciplina

Tenga más practicantes que la plaza:

Descansen tela falsa y tela fina.

 

Suceda a la marlota la coraza,

Y si el Corpus con danzas no los pide,

Velillos y oropel no hagan baza.

 

El que en treinta lacayos los divide,

Hace suerte en el toro y con un dedo

La hace en él la vara que los mide.

 

Mandadlo así, que aseguraros puedo

Que habéis de restaurar más que Pelayo,

Pues valdrá por ejércitos el miedo

Y os verá el cielo administrar su rayo.

 

Érase un hombre a una nariz pegado…

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un peje espada muy barbado.

 

Era un reloj de sol mal encarado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

 

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de narices era.

 

Érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

 

Es hielo abrasador, es fuego helado…

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

 

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

 

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada.

 

Este es el niño Amor, este es su abismo.

¿Mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!

 

Esa color de rosa y de azucena…

Esa color de rosa y de azucena,

y ese mirar sabroso, dulce, honesto,

y ese hermoso cuello, blanco, enhiesto,

y boca de rubís, y perlas llena.

 

La mano alabastrina, que encadena

al que más contra amor está dispuesto,

y el más libre y tirano presupuesto

destierra de las almas, y enajena.

 

Esa rica y hermosa primavera,

cuyas flores de gracias y hermosura,

ofendellas no puede el tiempo airado,

 

son ocasión que viva yo, y que muera,

y son de mi descanso y mi ventura,

principio, y fin, y alivio del cuidado.

 

Escondida debajo de tu armada…

Escondida debajo de tu armada,

gime la mar, la vela llama al viento,

y a las lunas del turco el firmamento

eclipse les promete en tu jornada.

 

Quiere en las venas del inglés tu espada

matar la sed al español sediento,

y en tus armas el sol desde su asiento

mira su lumbre en rayos aumentada.

 

Por ventura la tierra de envidiosa

contra ti arma ejércitos triunfantes,

en sus monstruos soberbios poderosa;

 

que viendo armar de rayos fulminantes,

o Júpiter, tu diestra valerosa,

pienso que han vuelto al mundo los gigantes.

 

Esforzaron mis ojos la corriente…

Esforzaron mis ojos la corriente

de este, si fértil, apacible río;

y cantando frené su curso y brío:

¡tanto puede el dolor en un ausente!

 

Mireme incendio en esta clara fuente

antes que la prendiese yelo frío,

y vi que no es tan fiero el rostro mío

que manche, ardiendo, el oro de tu frente.

 

Cubrió nube de incienso tus altares,

coronelos de espigas en manojos,

sequé, crecí con llanto y fuego a Henares.

 

Hoy me fuerzan mi pena y tus enojos

(tal es por ti mi llanto) a ver dos mares

en un arroyo, viendo mis dos ojos.

 

Está el ave en el aire con sosiego…

Está el ave en el aire con sosiego,

en la agua el pez, la salamandra en fuego,

y el hombre, en cuyo ser todo se encierra,

está en la sola tierra.

Yo solo, que nací para tormentos,

la boca tengo en aire suspirando,

el cuerpo en tierra está peregrinando,

los ojos tengo en agua noche y día,

y en fuego el corazón y el alma mía.

 

Esta fuente me habla, mas no entiendo

Esta fuente me habla, mas no entiendo

su lenguaje, ni sé lo que razona;

sé que habla de amor, y que blasona

de verme a su pesar por Flori ardiendo.

 

Mi llanto, con que crece, bien le entiendo,

pues mi dolor y mi pasión pregona;

mía lágrimas el prado las corona;

vase con ellas el cristal riendo.

 

Poco mi corazón debe a mis ojos,

pues dan agua al agua y se la niegan

al fuego que consume mis despojos.

 

Si no lo ven, porque, llorando, ciegan,

oigan lo que no ven a mis enojos:

déjanme arder, y la agua misma anegan.

 

Esta miseria gran señor, honrosa

Esta miseria gran señor, honrosa,

de la humana ambición alma dorada;

esta pobreza ilustre acreditada,

fatiga dulce, y inquietud preciosa;

 

este metal de la color medrosa,

y de la fuerza contra todo osada,

te vuelvo, que alta dádiva invidiada

enferma la fortuna más dichosa.

 

Recíbelo, Nerón, que en docta historia,

más será recibirlo que fue darlo,

y más seguridad en mí el volverlo:

 

pues juzgarán, y te será más gloria,

que diste oro a quien supo despreciarlo,

para mostrar que supo merecerlo.

 

Esta yedra anudada que camina

Esta yedra anudada que camina

y en verde laberinto comprende

la estatura del álamo que ofende,

pues cuanto le acaricia, le arruina,

 

si es abrazo o prisión, no determina

la vista, que al frondoso lago atiende:

el tronco sólo, si es favor, entiende,

o cárcel que le esconde y que le inclina.

 

¡Ay, Lisi!, quien me viere enriquecido

con alta adoración de tu hermosura,

y de tan nobles penas asistido,

 

pregunte a mi pasión y a mi ventura,

y sabrá que es prisión de mi sentido

lo que juzga blasón de mi locura.

 

Estaba una fregona por enero

Estaba una fregona por enero

metida hasta los muslos en el río,

lavando paños, con tal aire y brío,

que mil necios traía al retortero.

 

Un cierto conde, alegre y placentero,

le preguntó con gracia: «¿Tenéis frío?»

respondió la fregona: «Señor mío,

siempre llevo conmigo yo un brasero.»

 

El conde, que era astuto, y supo dónde,

le dijo, haciendo rueda como pavo,

que le encendiese un cirio que traía.

 

Y dijo entonces la fregona al conde,

alzándose las faldas hasta el rabo:

«Pues sople este tizón vueseñoría.»

 

Estábase la Efesia cazadora…

Estábase la Efesia cazadora

dando en aljófar el sudor al baño,

cuando en rabiosa luz se abrasa el año

y la vida en incendios se evapora.

 

De sí, Narciso y ninfa, se enamora;

mas viendo, conducido de su engaño,

que se acerca Acteón, temiendo el daño,

fueron las ninfas velo a su señora.

 

Con la arena intentaron el cegalle,

mas luego que de Amor miró el trofeo,

cegó más noblemente con su talle.

 

Su frente endureció con arco feo,

sus perros intentaron el matalle,

y adelantose a todos su deseo.

 

Estas son y serán ya las postreras…

Estas son y serán ya las postreras

lágrimas que, con fuerza de voz viva,

perderé en esta fuente fugitiva,

que las lleva a la sed de tantas fieras.

 

¡Dichoso yo que, en playas extranjeras,

siendo alimento a pena tan esquiva,

halle muerte piadosa, que derriba

tanto vano edificio de quimeras!

 

Espíritu desnudo, puro amante,

sobre el sol arderé, y el cuerpo frío

se acordará de Amor en polvo y tierra.

 

Yo me seré epitafio al caminante,

pues le dirá, sin vida, el rostro mío:

“Ya fue gloria de Amor hacerme guerra.”

 

Este cordero, Lisis, que tus yerros…

Este cordero, Lisis, que tus yerros

sobrescribieron como al alma mía,

estando ayer recién nacido el día,

de un lobo le cobraron mis dos perros.

 

En el denso teatro de estos cerros,

Melampo aventajó su valentía:

ya le viste otra vez, con osadía,

defender a tus voces los becerros.

 

Conoce que soy tuyo en tu ganado,

pues, por guardarle, desamparo el mío,

y en mi pérdida estimo su cuidado.

 

Pues te sirven sus dientes y sus brío,

recíbele, no pierda desdeñado

lo que él merece, porque yo le envío.

 

Este metal, que resplandece ardiente

Este metal, que resplandece ardiente,

y tanta invidia en poco bulto encierra,

entre las llamas renunció la tierra,

ya no conoce al risco por pariente.

 

Fundido ostenta brazo omnipotente,

horror, que a la ciudad prestó la sierra,

descolorida paz, preciosa guerra,

veneno de la aurora y del poniente.

 

Este en dineros ásperos cortado,

orbe pequeño, al hombre le compite

los blasones de ser mundo abreviado.

 

Pálida ley que todo lo permite,

caudal perdido cuanto más guardado,

sed, que no en la abundancia se remite.

 

Exhorta a los que amaren

Cargado voy de mí, veo delante

muerte, que me amenaza la jornada:

ir porfiando por la senda errada

más de necio será que de constante.

 

Si por su mal me sigue necio amante

(que nunca es sola suerte desdichada),

¡ay!, vuelva en sí, y atrás, no dé pisada

donde la dio tan ciego caminante.

 

Ved cuán errado mi camino ha sido;

cuán solo y triste y cuán desordenado,

que nunca ansí le anduvo pie perdido:

 

pues por no desandar lo caminado,

viendo delante y cerca fin temido,

con pasos, que otros huyen, le he buscado.

 

Faltar pudo su patria al grande Osuna…

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

pero no a su defensa sus hazañas;

diéronle muerte y cárcel las Españas,

de quien él hizo esclava la fortuna.

 

Lloraron sus envidias una a una

con las propias naciones las extrañas:

su tumba son de Flandes las campañas,

y su epitafio la sangrienta luna.

 

En sus exequias encendió al Vesubio

Parténope, y Trinacria al Mongibelo;

el llanto militar creció en diluvio.

 

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;

la Mosa, el Rin, el Tajo y el Danubio

murmuran con dolor su desconsuelo.

 

Fluctuando en los cabellos de Lisi

En crespa tempestad del oro undoso

nada golfos de luz ardiente y pura

mi corazón, sediento de hermosura,

si el cabello deslazas generoso.

 

Leandro en mar de fuego proceloso

su amor ostenta, su vivir apura;

Ícaro en senda de oro mal segura

arde sus alas por morir glorioso.

 

Con pretensión de fénix encendidas

sus esperanzas, que difuntas lloro,

intenta que su muerte engendre vidas.

 

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,

el castigo y la hambre imita a Midas,

Tántalo en fugitiva fuente de oro.

 

Fue sueño ayer, mañana será tierra

Fue sueño ayer, mañana será tierra:

poco antes nada, y poco después humo;

y destino ambiciones y presumo,

apenas punto al cerco que me cierra.

 

Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa soy peligro sumo:

y mientras con mis armas me consumo,

menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.

 

Ya no es ayer, mañana no ha llegado,

hoy pasa y es, y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

 

Azadas son la hora y el momento,

que a jornal de mi pena y mi cuidado,

cavan en mi vivir mi monumento.

 

Fuente risueña y pura…

Fuente risueña y pura (que a ser río

de las dos urnas de mi vista aprendes,

pues que te precipitas y desciendes

de los ojos que en lágrimas te envío),

 

si en mentido cristal te prende el frío,

en mi llanto por Lísida te enciendes,

y siempre ingrata a mi dolor atiendes,

siendo el caudal con que te aumentas mío;

 

tú de su imagen eres siempre avara,

yo prodigo de llanto a tus corrientes,

y a Lísida de la alma y fe más rara.

 

Amargos, sordos, turbios, inclementes

juzgué los mares, no la amena y clara

agua risueña y dulce de las fuentes.

 

Habiendo llamado a su zagala Aurora, pide a la del cielo que se detenga

Tú, princesa bellísima del día,

de las sombras nocturnas triunfadora,

oro risueño y púrpura pintora,

del aire melancólico alegría;

 

pues del sol que te sigue y que te envía

eres flagrante y rica embajadora;

pues por ennoblecerte llamé Aurora

la hermosa sin igual, zagala mía;

 

ya que la noche me privó de vella,

y esquiva mis dos ojos, pïadosa

entretenme su imagen en su estrella.

 

Niégale al sol las horas, no invidiosa

su llama, que tus luces atropella,

 

Hay en Sicilia una famosa fuente

Hay en Sicilia una famosa fuente

que en piedra torna cuanto moja y baña,

de donde huye la ligera caña

el vil rigor del natural corriente.

 

Y desde el pie gallardo hasta la frente,

Anaxar(e)te, de dureza extraña,

convertida fue en piedra, y en España

pudiera dar ejemplo más patente.

 

Mas donde vos estáis es excusado

buscar ejemplo en todas las criaturas,

pues mis quejas jamás os ablandaron.

 

Y al fin estoy a creer determinado

que algún monte os parió de entrañas duras,

o que en aquesta fuente os bautizaron.

 

Hermosísimo invierno de mi vida…

Hermosísimo invierno de mi vida,

sin estivo calor constante yelo,

a cuya nieve da cortés el cielo

púrpura en tiernas flores encendida;

 

esa esfera de luz enriquecida,

que tiene por estrella al dios de Delo,

¿cómo en la elemental guerra del suelo

reina de sus contrarios defendida?

 

Eres Scitia del alma que te adora,

cuando la vista, que te mira, inflama;

Etna, que ardientes nieves atesora.

 

Sí lo frágil perdonas a la fama,

eres al vidro parecida, Flora,

que siendo yelo, es hijo de la llama.

 

Huye sin percibirse lento el día…

Huye sin percibirse lento el día,

Y la hora secreta y recatada

Con silencio se acerca, y despreciada,

Lleva tras sí la edad lozana mía.

 

La Vida nueva que en niñez ardía,

La juventud robusta y engañada,

En el postrer invierno sepultada

Yace entre negra sombra y nieve fría.

 

No sentí resbalar mudos los años;

Hoy los lloro pasados, y los veo

Riendo de mis lágrimas y daños.

 

Mi penitencia deba a mi deseo,

Pues me deben la Vida mis engaños,

Y espero el mal que paso y no le creo.

 

La mocedad del año, la ambiciosa…

La mocedad del año, la ambiciosa

vergüenza del jardín, el encarnado

oloroso rubí, tiro abreviado,

también del año presunción hermosa:

 

la ostentación lozana de la rosa,

deidad del campo, estrella del cercado,

el almendro en su propria flor nevado,

que anticiparse a los calores osa:

 

reprensiones son, ¡oh Flora!, mudas

de la hermosura y la soberbia humana,

que a las leyes de flor está sujeta.

 

Tu edad se pasará mientras lo dudas,

de ayer te habrás de arrepentir mañana,

y tarde, y con dolor, serás discreta.

 

La que de vuestros ojos lumbre ha sido…

La que de vuestros ojos lumbre ha sido

convierta en agua el sentimiento ahora,

ilustre duque, cuyo llanto llora

todo mortal que goza de sentido.

 

Vuestra paloma huyó de vuestro nido,

y ya le hace en brazos del aurora;

estrellas pisa, estrellas enamora

del nuevo sol con el galán vestido.

 

Llorad, que está en llorad vuestro consuelo;

no cesen los suspiros que, por ella,

con sacrificios acompaña el suelo.

 

Llorad, señor, hasta tornar a verla;

y así pues la llevo de envidia el Cielo,

le obligaréis de lástima a volverla.

 

La vida empieza en lágrimas y caca…

La vida empieza en lágrimas y caca,

luego viene la mu, con mama y coco,

síguense las viruelas, baba y moco,

y luego llega el trompo y la matraca.

 

En creciendo, la amiga y la sonsaca,

con ella embiste el apetito loco,

en subiendo a mancebo, todo es poco,

y después la intención peca en bellaca.

 

Llega a ser hombre, y todo lo trabuca,

soltero sigue toda Perendeca,

casado se convierte en mala cuca.

 

Viejo encanece, arrúgase y se seca,

llega la muerte, todo lo bazuca,

y lo que deja paga, y lo que peca.

 

La voluntad de Dios por grillos tienes…

La voluntad de Dios por grillos tienes,

Y escrita en la arena, ley te humilla;

Y por besarla llegas a la orilla,

Mar obediente, a fuerza de vaivenes.

 

En tu soberbia misma te detienes,

Que humilde eres bastante a resistilla;

A ti misma tu cárcel maravilla,

Rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.

 

¿Quién dio al pino y la haya atrevimiento

De ocupar a los peces su morada,

Y al Lino de estorbar el paso al viento?

 

Sin duda el verte presa, encarcelada,

La codicia del oro macilento,

Ira de Dios al hombre encaminada.

 

Las fuerzas, Peregrino celebrado…

Las fuerzas, Peregrino celebrado,

afrentará del tiempo y del olvido

el libro que, por tuyo, ha merecido

ser del uno y del otro respetado.

 

Con lazos de oro y yedra acompañado,

el laurel con tu frente está corrido

de ver que tus escritos han podido

hacer cortos los premios que te ha dado.

 

La envidia su verdugo y su tormento

hace del nombre que cantando cobras,

y con tu gloria su martirio crece.

 

Mas yo disculpo tal atrevimiento,

si con lo que ella muerde de tus obras

la boca, lengua y dientes enriquece.

 

Las gracias de la que adora

Esa color de rosa y de azucena,

y ese mirar sabroso, dulce, honesto,

y ese hermoso cuello, blanco, enhiesto,

y boca de rubís, y perlas llena.

 

La mano alabastrina, que encadena

al que más contra amor está dispuesto,

y el más libre y tirano presupuesto

destierra de las almas, y enajena.

 

Esa rica y hermosa primavera,

cuyas flores de gracias y hermosura,

ofendellas no puede el tiempo airado,

 

son ocasión que viva yo, y que muera,

y son de mi descanso y mi ventura,

principio, y fin, y alivio del cuidado.

 

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!…

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,

menos bien las estudias que las vendes;

lo que te compran solamente entiendes;

más que Jasón te agrada el Vellocino.

 

El humano derecho y el divino,

cuando los interpretas, los ofendes,

y al compás que la encoges o la extiendes,

tu mano para el fallo se previno.

 

No sabes escuchar ruegos baratos,

y solo quien te da te quita dudas;

no te gobiernan textos, sino tratos.

 

Pues que de intento y de interés no mudas,

o lávate las manos con Pilatos,

o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

 

Las rosas que no cortas te dan quejas

Las rosas que no cortas te dan quejas,

Lisi, de las que escoges por mejores;

las que pisas se quedan inferiores,

por guardar la señal que del pie dejas.

 

Haces hermoso engaño a las abejas,

que cortejan solícitas tus flores;

llaman a su codicia tus colores:

su instinto burlas, y su error festejas.

 

Ya que de mí tu condición no quiera

compadecerse, del enjambre hermoso

tenga piedad tu eterna primavera.

 

Él será afortunado, yo dichoso,

si de tu pecho fabricase cera,

y la miel de tu rostro milagroso.

 

Las selvas hizo navegar, y el viento

Las selvas hizo navegar, y el viento

al cáñamo en sus velas respetaba,

cuando, cortés, su anhélito tasaba

con la necesidad del movimiento.

 

Dilató su victoria el vencimiento

por las riberas que el Danubio lava;

cayó África ardiente, gimió esclava

la falsa religión en fin sangriento.

 

Vio Roma en la desorden de su gente,

si no piadosa, ardiente valentía,

y de España, rumor sosegó ausente:

 

Retiró a Solimán, terror de Hungría,

y por ser retirada más valiente,

se retiró a sí mismo el postrer día.

 

Letrilla lírica

¿De qué sirve presumir,

rosal, de buen parecer,

si aun no acabas de nacer

cuando empiezas a morir?

Hace llorar y reír

vivo y muerto tu arrebol

en un día o en un sol:

desde el Oriente al ocaso

va tu hermosura en un paso,

y en menos tu perfección.

Rosal, menos presunción

donde están las clavellinas,

pues serán mañana espinas

las que agora rosas son.

 

No es muy grande la ventaja

que tu calidad mejora:

si es tu mantilla la aurora,

es la noche tu mortaja.

No hay florecilla tan baja

que no te alcance de días,

y de tus caballerías,

por descendiente de la alba,

se está riendo la malva,

cabellera de un terrón.

Rosal, menos presunción

donde están las clavellinas,

pues serán mañana espinas

las que agora rosas son.

 

Poderoso Caballero, es, Don Dinero

Madre, yo al oro me humillo:

El es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado,

De continuo anda amarillo;

Que pues, doblón o sencillo,

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Nace en las Indias honrado,

Donde el mundo le acompaña;

Viene a morir en España

Y es en Génova enterrado.

Y pues quien le trae al lado

Es hermoso, aunque sea fiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Es galán y es como un oro,

Tiene quebrado el color,

Persona de gran valor,

Tan cristiano como moro;

Pues que da y quita el decoro

Y quebranta cualquier fuero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Son sus padres principales

Y es de nobles descendiente,

Porque en las venas de Oriente

Todas las sangres son reales:

Y pues es quien hace iguales

Al rico y al pordiosero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

¿A quién no le maravilla

Ver en su gloria sin tasa

Que es lo más ruin de su casa

Doña Blanca de Castilla?

Mas pues que su fuerza humilla

Al cobarde y al guerrero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Sus escudos de armas nobles

Son siempre tan principales,

Que sin sus escudos reales

No hay escudos de armas dobles;

Y pues a los mismos robles

Da codicia su minero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Por importar en los tratos

Y dar tan buenos consejos,

En las casas de los viejos

Gatos le guardan de’ gatos.

Y pues él rompe recatos

Y ablanda al juez más severo,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Es tanta su majestad

(Aunque son sus duelos hartos)

Que aun con estar hecho cuartos

No pierde su calidad;

Pero pues da autoridad

Al gañán y al jornalero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Nunca vi damas ingratas

A su gusto y afición,

Que a las caras de un doblón

Hacen sus caras baratas.

Y pues las hace bravatas

Desde una bolsa de cuero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

 

Más valen en cualquier tierra,

Mirad si es harto sagaz,

Sus escudos en la paz

Que rodelas en la guerra.

Pues al natural destierra

Y hace propio al forastero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Poemas de Francisco de Quevedo

Lisi, en la sombra no hallarás frescura

Lisi, en la sombra no hallarás frescura,

tú, que con dos ardientes luminares

a la sombra la traes caniculares

que dieran a los Alpes calentura.

 

Del antiguo recato y compostura

han olvidado a Dafne estos lugares,

pues de dos soles tuyos, singulares,

quien huyó de uno solo se asegura.

 

Mas viéndole en tus ojos dividido,

para poder estar en ti dos veces,

otras tantas le mira en ti vencido.

 

Y siente que, como ella, le aborreces,

pues a su sombra y tronco has retraído

los rayos que le niegas y le ofreces.

 

Lisi, por duplicado ardiente sirio…

Lisi, por duplicado ardiente sirio

miras con guerra y muerte l’alma mía;

y en uno y otro sol abres el día,

influyendo en la luz dulce martirio.

 

Doctas sirenas en veneno tirio

con tus labios pronuncian melodía;

y en incendios de nieve hermosa y fría,

adora primaveras mi delirio.

 

Amo y no espero, porque adoro amando;

ni mancha al amor puro mi deseo,

que cortés vive y muere idolatrando;

 

lo que conozco y no lo que poseo

sigo, sin presumir méritos, cuando

prefiero a lo que miro lo que creo.

 

Lisi, que en su cabello rubio tenía sembrados claveles carmesíes

Rizas en ondas ricas del rey Midas,

Lisi, el tacto precioso cuanto avaro;

arden claveles en tu cerco claro,

flagrante sangre, espléndidas heridas.

 

Minas ardientes al jardín unidas

son milagro de amor, portento raro;

cuando Hibla matiza el mármol paro,

y en su dureza flores ve encendidas.

 

Esos, que en tu cabeza generosa,

son cruenta hermosura, y son agravio

a la melena rica y victoriosa,

 

dan al claustro de perlas en tu labio

elocuente rubí, púrpura hermosa,

ya sonoro clavel, ya coral sabio.

 

Llámanle rey, y véndanle los ojos

Llámanle rey, y véndanle los ojos,

y quieren que adivine, y que no vea;

cetro le dan, que el viento le menea;

la corona, de juncos y de abrojos.

 

Con tales ceremonias y despojos,

quiere su rey el reino de Judea:

que mande en caña, que dolor posea,

y que ciego padezca sus enojos.

 

Mas el Señor, que en vara bien armada

de hierro su gobierno justo cierra,

muestra en su amor clemencia coronada.

 

La paz compra a su pueblo con su guerra,

en sí gasta las puntas, y la espada;

aprended de Él los que regís la tierra.

 

Llanto, presunción, culto y tristeza amorosa

Esforzaron mis ojos la corriente

de este, si fértil, apacible río;

y cantando frené su curso y brío:

¡tanto puede el dolor en un ausente!

 

Mireme incendio en esta clara fuente

antes que la prendiese yelo frío,

y vi que no es tan fiero el rostro mío

que manche, ardiendo, el oro de tu frente.

 

Cubrió nube de incienso tus altares,

coronelos de espigas en manojos,

sequé, crecí con llanto y fuego a Henares.

 

Hoy me fuerzan mi pena y tus enojos

(tal es por ti mi llanto) a ver dos mares

en un arroyo, viendo mis dos ojos.

 

Llueven calladas aguas en vellones

Llueven calladas aguas en vellones

blancos las nubes mudas; pasa el día,

mas no sin majestad en sombra fría,

y mira el sol, que esconde, en los balcones.

 

No admiten el invierno corazones

asistidos de ardiente valentía;

que influye la española monarquía

fuerza igualmente en toros y rejones.

 

El blasón de Jarama, humedecida

y ardiendo la ancha frente en torva saña,

en sangre vierte la purpúrea vida.

 

Y lisonjera al grande rey de España

la tempestad, en nieve oscurecida,

aplaudió al brazo, al fresno y a la caña.

 

¿Lo que al ratón tocaba, si te viera?…

¿Lo que al ratón tocaba, si te viera,

haces con el ratón, cuando, espantada,

huyes y gritas, siendo, bien mirada,

en limpieza y en trampas ratonera?

 

Juzgara, quien huyendo de él te viera,

eras de queso añejo fabricada;

y con razón, que estás tan arrugada,

que pareces al queso por de fuera.

 

¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)

que coman solimán, que, atenta, guardas

el que en tu cara juntas a montones?

 

¿Saltar huyendo quieres aun las bardas,

cuando en roer no piensan los ratones

tu tez de lana sucia de las cardas?

 

Lo que me quita en fuego, me da en nieve…

Lo que me quita en fuego, me da en nieve

La mano que tus ojos me recata;

Y no es menos rigor con el que mata,

Ni menos llamas su blancura mueve.

 

La vista frescos los incendios bebe,

Y volcán por las venas los dilata;

Con miedo atento a la blancura trata

El pecho amante, que la siente aleve.

 

Si de tus ojos el ardor tirano

Le pasas por tu mano por templarle,

Es gran piedad del corazón humano;

 

Mas no de ti, que puede al ocultarle,

Pues es de nieve, derretir tu mano,

Si ya tu mano no pretende helarle.

 

Mandome, ¡ay Fabio!, que la amase Flora

Mandome, ¡ay Fabio!, que la amase Flora

y que no la quisiese, y mi cuidado

obediente, y confuso, y mancillado,

sin desearla, su belleza adora.

 

Lo que el humano afecto siente, y llora,

goza el entendimiento amartelado

del espíritu eterno, encarcelado

en el claustro mortal que le atesora.

 

Amar es conocer virtud ardiente;

querer es voluntad interesada,

grosera, y descortés caducamente.

 

El cuerpo es tierra, y lo será, y fue nada;

de Dios procede a eternidad la mente,

eterno amante soy de eterna amada.

 

Más solitario pájaro ¿en cuál techo?

Más solitario pájaro ¿en cuál techo

se vio jamás, ni fiera en monte o prado?

Desierto estoy de mí que me has dejado

mi alma propia en lágrimas deshecho.

 

Lloraré siempre mi mayor provecho;

penas serán y hiel cualquier bocado;

la noche afán, y la quietud cuidado,

y duro campo de batalla el lecho.

 

El sueño, que es imagen de la muerte,

en mí a la muerte vence en aspereza,

pues que me estorba el sumo bien de verte.

 

Que es tanto tu donaire y tu belleza,

que, pues Naturaleza pudo hacerte,

milagro puede hacer Naturaleza.

 

Memoria inmortal de don Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

pero no a su defensa sus hazañas;

diéronle muerte y cárcel las Españas,

de quien él hizo esclava la fortuna.

 

Lloraron sus envidias una a una

con las propias naciones las extrañas:

su tumba son de Flandes las campañas,

y su epitafio la sangrienta luna.

 

En sus exequias encendió al Vesubio

Parténope, y Trinacria al Mongibelo;

el llanto militar creció en diluvio.

 

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;

la Mosa, el Rin, el Tajo y el Danubio

murmuran con dolor su desconsuelo.

 

Mi juguete, mi sal, mi niñería…

Mi juguete, mi sal, mi niñería,

dulce muñeca mía,

dad atención a cuatro desvaríos

y sed sujeto de los versos míos;

pero sois tan nonada, que os prometo

que aún no sé si llegáis a ser sujeto.

 

Dicen que un tiempo tan cobarde anduve,

que por vos muerto estuve,

y yo digo de mí, que, si os quería,

por poquísima cosa me moría;

pero sé, que aunque me he visto loco,

que cuando os quise a vos, quise muy poco.

 

La alma un tiempo os di; que da, señora

la alma quien adora;

pero hallábase en vos tan apretada,

que os la quité por verla maltratada,

y aún le dura el temor, y dice y piensa

que si no estuvo en pena, estuvo en prensa.

 

Calabozo de la alma, y tan estrecho,

fue vuestro breve pecho,

que desde aquí mi sufrimiento admiro

y del vuestro me espanto, cuando miro

que aún vos tenéis la alma de rodillas,

si no es que entre las almas hay almillas.

 

A cualquiera persona que es pequeña,

¡oh linda, medio dueña!,

por el refrán le dicen castellano

que desde el codo llega hasta la mano;

mas en vuestra medida el refrán peca,

que no llegáis del codo a la muñeca.

 

Para un juego de títeres sois dama,

que no para la cama,

pues una vez que la merced me hicisteis,

cuando menos, pensaba que os perdisteis;

y dos horas después, envuelta en risa,

en un pliegue os hallé de la camisa.

 

Dama del ajedrez, dama de cera,

dama de faltriquera,

si queréis ver ocultas vuestras faltas,

dejad de acompañar mujeres altas;

que malográis así vuestros deseos,

porque fuerais enana entre pigmeos.

 

Pero quiero dejaros, mi confite,

mi dedo margarite,

mi diamante, mi aljófar, mi rocío,

pues será no meteros, desvarío;

que es una pulga poco más pequeña,

y, si es que pica, dígalo una dueña.

 

¿Miras este gigante corpulento

¿Miras este gigante corpulento

que con soberbia y gravedad camina?

Pues por de dentro es trapos y fajina,

y un ganapán le sirve de cimiento.

 

Con su alma vive y tiene movimiento,

y adonde quiere su grandeza inclina,

mas quien su aspecto rígido examina,

desprecia su figura y ornamento.

 

Tales son las grandezas aparentes

de la vana ilusión de los tiranos,

fantásticas escorias eminentes.

 

¿Veslos arder en púrpura, y sus manos

en diamantes y piedras diferentes?

Pues asco dentro son, tierra y gusanos.

 

Miré los muros de la patria mía

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.

 

Salime al campo: vi que el sol bebía

los arroyos del hielo desatados,

y del monte quejosos los ganados

que con sombras hurtó su luz al día.

 

Entré en mi casa: vi que amancillada

de anciana habitación era despojos,

mi báculo más corvo y menos fuerte.

 

Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

 

Miro este monte que envejece enero…

Miro este monte que envejece enero,

y cana miro caducar con nieve

su cumbre, que aterido, oscuro y breve,

la mira el sol, que la pintó primero.

 

Veo que en muchas partes, lisonjero,

o regal sus hielos o los bebe;

que agradecido a su piedad se mueve

el músico cristal, libre y parlero.

 

Mas en los Alpes de tu pecho airado

no miro que tus ojos a los míos

regalen, siendo fuego, el hielo amado.

 

Mi propia llama multiplica fríos

y en mis cenizas mesmas ardo helado,

invidiando la dicha de estos ríos.

 

Miro este monte que envejece enero

Miro este monte que envejece enero,

y cana miro caducar con nieve

su cumbre que, aterido, oscuro y breve,

la mira el sol, que la pintó primero.

 

Veo que en muchas partes, lisonjero,

o regala sus hielos, o los bebe;

que, agradecido a su piedad, se mueve

el músico cristal libre y parlero.

 

Mas en los Alpes de tu pecho airado,

no miro que tus ojos a los míos

regalen, siendo fuego, el hielo amado.

 

Mi propia llama multiplica fríos,

y en mis cenizas mismas ardo helado,

envidiando la dicha de estos ríos.

 

Molesta el ponto Bóreas con tumultos…

Molesta el ponto Bóreas con tumultos

cerúleos y espumosos; la llanura

del pacífico mar se desfigura,

despedazada en formidables bultos.

 

De la orilla amenaza los indultos,

que blanda le prescribe cárcel dura;

la luz del sol titubeando oscura,

recela temerosa sus insultos.

 

Déjase a la borrasca el marinero,

a las almas de Tracia cede el lino,

gime la entena, y gime el pasajero.

 

Yo ansí náufrago amante y peregrino,

que en borrasca de amor por Lisi muero,

sigo insano furor de alto destino.

 

Muestra lo que es una mujer despreciada

Disparado esmeril, toro herido,

fuego que libremente se ha soltado,

osa que los hijuelos le han robado,

rayo de pardas nubes escupido.

 

Serpiente o áspid, con el pie oprimido;

león que las prisiones ha quebrado;

caballo volador desenfrenado;

águila que le tocan a su nido.

 

Espada que la rige loca mano;

pedernal sacudido del acero;

pólvora a quien llegó encendida mecha.

 

Villano rico con poder tirano,

víbora, cocodrilo, caimán fiero,

es la mujer, si el hombre la desecha.

 

Mujer puntiaguda con enaguas

Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;

si pirámide andante, vete a Egito

si peonza al revés, trae sobrescrito;

si pan de azúcar, en Motril te encajo.

 

Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?

Si de diciplinante mal contrito

eres el cucurucho y el delito,

llámente los cipreses arrendajo.

 

Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?

Si cubilete, saca el testimonio;

si eres coroza, encájate en las viejas.

 

Si büida visión de San Antonio,

llámate doña Embudo con guedejas;

si mujer, da esas faldas al demonio.

 

Músico llanto en lágrimas sonoras…

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

 

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

 

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

 

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

 

No admiten, no, Floralva, compañía

No admiten, no, Floralva, compañía,

amor y majestad siempre triunfante:

solo ha de ser el rey, solo el amante,

humos tiene el favor de monarquía.

 

El padre ardiente de la luz del día,

no permite que muestre su semblante

estrella presumida y centelleante,

en cuanto reina en la región vacía.

 

Amor es rey tan grande, que aprisiona

en vasallaje el cielo, el mar, la tierra,

y única y sola majestad blasona.

 

Todo su amor un corazón lo cierra,

la soledad es paz de su corona;

la compañía, sedición y guerra.

 

No he de callar, por más que con el dedo…

No he de callar, por más que con el dedo,

Ya tocando la boca, ya la frente,

Me representes o silencio o miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Hoy sin miedo que libre escandalice

Puede hablar el ingenio, asegurado

De que mayor poder le atemorice.

 

En otros siglos pudo ser pecado

Severo estudio y la verdad desnuda,

Y romper el silencio el bien amado.

 

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda

Que es lengua la verdad de Dios severo

Y la lengua de Dios nunca fue muda.

 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero:

Ni eternidad divina los separa,

Ni de los dos alguno fue primero.

 

Si Dios a la verdad se adelantara,

Siendo verdad, que rabría de ser hubiera

Verdad, antes que fuera y empezara.

 

La justicia de Dios es verdadera,

Y la misericordia, y todo cuanto

Es Dios es la verdad siempre severa.

 

Señor Excelentísimo, mi llanto

Ya no consiente márgenes ni orillas:

Inundación será la de mi canto:

 

Veránse sumergidas mis mejillas,

La vista por dos urnas derramada

Sobre el sepulcro de las dos Castillas.

 

Yace aquella virtud desaliñada

Que fue, si menos rica, más temida,

En vanidad y en ocio sepultada.

 

Y aquella libertad esclarecida

Que donde supo hallar honrada muerte

Nunca quiso tener más larga vida.

 

Y pródiga del alma, nación fuerte

Contaba en las afrentas de los años

Envejecer en brazos de la suerte.

 

La dilación del tiempo, y los engaños

Del paso de las horas y del día

Impaciente acusaba a los extraños.

 

Nadie contaba cuánta edad vivía,

Sino de qué manera: sola una hora

Lograba con afán su valentía.

 

La robusta virtud era señora,

Y sola dominaba al pueblo rudo:

Edad, si mal hablada, vencedora.

 

El temor de la mano daba escudo

Al corazón, que, en ella confiado,

Todas las armas despreció desnudo.

 

Multiplicó en escuadras un soldado

Su honor precioso, en ánimo valiente,

De sola honesta obligación armado.

 

Y debajo del Sol aquella gente,

Si no más descansado, a más honroso

Sueño entregó los ojos, no la mente.

 

Hilaba la mujer para su esposo

La mortaja primero que el vestido;

Menos le vio galán que peligroso,

 

Acompañaba el lado del marido

Más veces en la hueste que en la cama;

Sano le aventuró, vengóle herido.

 

Todas matronas y ninguna dama,

Que nombres del halago cortesano

No admitió lo severo de su fama.

 

Derramado y sonoro el Oceáno

Era divorcio de las ricas minas

Que volaron la paz del pecho humano.

 

Ni les trajo costumbres peregrinas

El áspero dinero, ni el Oriente

Compró la honestidad con piedras finas.

 

Joya fue la virtud pura y ardiente;

Gala en merecimiento y alabanza;

Sólo se codiciaba lo decente.

 

No de la pluma dependió la lanza,

Ni el cántabro con cajas y tinteros

Hizo el campo heredad, sino matanza.

 

Y España con legítimos dineros,

No amartelaba el crédito a Liguria;

Más quiso los turbantes que los ceros.

 

Menos fuera la pérdida y la injuria

Si se volvieran Muzas los asientos,

Cuanto es peor la usura que la furia.

 

Caducaban las aves en los vientos,

Y espiraba decrépito el venado:

Grande vejez duró en los elementos.

 

Que el vientre entonces, bien disciplinado,

Buscó satisfacción y no hartura,

Y estaba la garganta sin pecado.

 

Del mayor infanzón de aquella pura

República de grandes hombres, era

Una vaca sustento y armadura.

 

No había venido al gusto lisonjera

La pimienta arrugada, ni del clavo

La adulación fragante forastera.

 

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos y ajos duros

Tan bien como el señor comió el esclavo.

 

Bebió la sed los arroyuelos puros;

Después mostraron del carquesio a Baco

El camino los brindis mal seguros.

 

El rostro macilento, el cuerpo flaco,

Eran recuerdo del trabajo honroso,

Y honra y provecho andaban en un saco.

 

Pudo sin don un español velloso

Llamar a los tudescos bacanales,

Y al holandés hereje y alevoso.

 

Pudo acusar los celos desiguales

Al italiano; y hoy de muchos modos

Somos copias, si son originales.

 

Las descendencias gastan muchos godos;

Todos blasonan, nadie los imita,

Y no son sucesores, sino apodos.

 

Vino el betún precioso que vomita

La ballena o la espuma de las olas,

Que el vicio, no el olor, nos acredita.

 

Y quedaron las huestes españolas

Bien perfumadas, pero mal regidas,

Y alhajas las que fueron pieles solas.

 

Estaban las locuras mal vestidas,

Y aún no se hartaba de buriel y lana

La vanidad de hembras presumidas.

 

A la seda pomposa siciliana,

Que manchó ardiente múrice, el romano

Y el oro hicieron áspera y tirana.

 

Nunca al duro español supo el gusano

Persuadir que vistiese su mortaja,

Intercediendo el Can por el verano.

 

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

Y entonces fue el trabajo ejecutoria,

Y el vicio gradüó la gente baja.

 

Pretende el alentado joven gloria

Por dejar la vacada sin marido,

Y de Ceres ofende la memoria.

 

Un animal a la labor nacido

De paciencia preciosa a los mortales,

Que a Jove fue disfraz y fue vestido;

 

Que un tiempo endureció manos reales,

Y detrás de él los cónsules gimieron,

Y rumia luz en campos celestiales,

 

¿Por cuál enemistad se persuadieron

A que su apocamiento fuese hazaña,

Y a mieses tan grande ofensa hicieron?

 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

Abreviado en la silla a la jineta,

Y gastar un caballo en una caña!

 

Que la niñez al gallo le acometa

Con semejante munición apruebo;

Mas no la edad madura y la perfeta.

 

Ejercite sus fuerzas el mancebo

En frentes de escuadrones, no en la frente

Del padre hermoso del armento nuevo.

 

El trompeta le llame diligente,

Dando fuerza de ley al viento vano,

Y al son esté el ejército obediente.

 

¡Con cuánta majestad llena la mano

La pica, y el mosquete carga el hombro,

Del que se atreve a ser buen castellano!

 

Con asco entre las otras gentes nombro

Al que de su persona, sin decoro,

Antes quiere dar nota que no asombro.

 

Jineta y caña son contagio moro;

Restitúyanse justas y torneos,

Y hagan paces las capas con el toro.

 

Pasadnos vos de juegos a trofeos;

Que sólo grande rey y buen privado

Pueden ejecutar estos deseos.

 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado

Con desembarazarnos las personas

Y sacar a los miembros de cuidado,

 

Vos disteis libertad con las valonas,

Para que sean corteses las cabezas,

Desnudando el enfado a las coronas;

 

Y, pues vos enmendasteis las cortezas,

Dad a la mayor parte medicina:

Vuélvanse los tablados fortalezas.

 

Que la cortés estrella que os inclina

A privar sin intento y sin venganza,

Milagro que a la envidia desatina.

 

Tiene por sola bienaventuranza

El reconocimiento temeroso,

No presumida y ciega confianza.

 

Pues os dio el ascendiente generoso

Escudos, de armas y blasones llenos,

Y por timbre el martirio glorioso,

 

Mejores son por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

Os muestre a su pesar campos serenos.

 

Lograd, señor, edad tan venturosa;

Y cuando nuestras fuerzas examina

Persecución unida y belicosa,

 

La militar valiente disciplina

Tenga más practicantes que la plaza:

Descansen tela falsa y tela fina.

 

Suceda a la marlota la coraza,

Y si el Corpus con danzas no los pide,

Velillos y oropel no hagan baza.

 

El que en treinta lacayos los divide,

Hace suerte en el toro y con un dedo

La hace en él la vara que los mide.

 

Mandadlo así, que aseguraros puedo

Que habéis de restaurar más que Pelayo,

Pues valdrá por ejércitos el miedo

Y os verá el cielo administrar su rayo.

 

No me aflige morir, no he rehusado

No me aflige morir, no he rehusado

acabar de vivir, ni he pretendido

alargar esta muerte, que ha nacido

a un tiempo con la vida y el cuidado.

 

Siento haber de dejar deshabitado

cuerpo que amante espíritu ha ceñido,

desierto un corazón siempre encendido

donde todo el amor reinó hospedado.

 

Señas me da mi ardor de fuego eterno,

y de tan larga congojosa historia

sólo será escritor mi llanto tierno.

 

Lisi, estame diciendo la memoria,

que pues tu gloria la padezco infierno,

que llame al padecer tormentos gloria.

 

No si no fuera yo, quien solamente

No si no fuera yo, quien solamente

tuviera libertad después de veros;

fuerza, no atrevimiento, fue el quereros,

y presunción penar tan altamente.

 

Osé menos dichoso que valiente;

supe, si no obligaros, conoceros:

y ni puedo olvidaros ni ofenderos,

que nunca puro amor fue delincuente.

 

No desdeña gran mar fuente pequeña,

admite el sol en su familia de oro,

llama delgada, pobre y temerosa;

 

ni humilde y baja exhalación desdeña.

Esto alegan las lágrimas que lloro,

esto mi ardiente llama generosa.

 

¿No ves piramidal y sin sosiego…

¿No ves piramidal y sin sosiego,

en esta vela arder inquieta llama,

y cuán pequeño soplo la derrama

en cadáver de luz, en humo ciego?

 

¿No ves sonoro y animoso el fuego

arder voraz en una y otra rama,

a quien, ya poderoso, el soplo inflama,

que a la centella dio la muerte luego?

 

Ansí pequeño amor recién nacido,

muere Alexi, con poca resistencia,

y le apaga una ausencia y un olvido;

 

mas si crece en las venas su dolencia,

vence con lo que pudo ser vencido,

y vuelve en alimento la violencia.

 

O ya descansas, Guadiana, ociosas…

O ya descansas, Guadiana, ociosas

tus corrientes en lagos que ennobleces,

o líquidas dilatas a tus peces

campañas en las lluvias procelosas;

 

o en las grutas sedientas tenebrosas

los raudales undosos despareces,

y de nacer a España muchas veces

te alegras en las tumbas cavernosas;

 

émulos mis dos ojos a tus fuentes

ya corren, ya se esconden, ya se paran,

y nacen sin morir al llanto ardientes.

 

Ni mi prisión ni lágrimas se aclaran:

todo soy semejante a tus corrientes,

que de su propio túmulo se amparan.

 

Obstinado padecer sin intercadencia de alivio

Colora abril el campo que mancilla

agudo hielo y nieve desatada

de nube oscura y yerta, y bien pintada

ya la selva lozana en torno brilla.

 

Los términos descubre de la orilla

corriente con el sol desenojada:

y la voz del arroyo articulada

en guijas llama l’aura a competilla.

 

Las últimas ausencias del invierno

anciana seña son de las montañas,

y en el almendro aviso al mal gobierno.

 

Sólo no hay primavera en mis entrañas,

que habitadas de amor arden infierno,

y bosque son de flechas y guadañas.

 

Ondea el oro en hebras proceloso…

Ondea el oro en hebras proceloso;

corre el humor en perlas hilo a hilo;

juntó la pena al Tajo con el Nilo,

este creciente, cuando aquel precioso.

 

Tal el cabello, tal el rostro hermoso

asiste en Fili al doloroso estilo,

cuando por las ausencias de Batilo,

uno derrama rico, otro lloroso.

 

Oyó gemir con músico lamento

y mustia y ronca voz tórtola amante,

amancillando querellosa el viento.

 

Dijo: «Si imitas mi dolor constante,

eres lisonja dulce de mi acento;

si le compites, no es tu mal bastante».

 

Osar, temer, amar y aborrecerse…

Osar, temer, amar y aborrecerse,

alegre con la gloria atormentarse;

de olvidar los trabajos olvidarse;

entre llamar arder, sin encenderse;

 

con soledad entre la gente verse,

y de la soledad acompañarse;

morir continuamente, no acabarse;

perderse, por hallar con qué perderse;

 

ser Fúcar de esperanzas sin ventura,

gastar todo el caudal en sufrimientos,

con cera conquistar la piedra dura,

 

son efectos de Amor en mis lamentos;

nadie le llame dios, que es gran locura;

que más son de verdugo sus tormentos.

 

Ostentas de prodigios coronado

Ostentas de prodigios coronado,

sepulcro fulminante, monte aleve,

las hazañas del fuego y de la nieve,

y el incendio en los yelos hospedado.

 

Arde el invierno en llamas erizado,

y el fuego lluvias, y granizos bebe;

truena, si gimes: si respiras, llueve,

en cenizas tu cuerpo derramado.

 

Si yo no fuera a tanto mal nacido,

no tuvieras, ¡oh Etna!, semejante,

fueras hermoso monstruo sin segundo.

 

Mas como en alta nieve ardo encendido,

soy Encelado vivo, y Etna amante,

y ardiente imitación de ti en el mundo.

 

Para comprar los hados más propicios

Para comprar los hados más propicios,

como si la deidad vendible fuera,

con el toro mejor de la ribera

ofreces cautelosos sacrificios.

 

Pides felicidades a tus vicios;

para tu nave rica y usurera,

viento tasado, y onda lisonjera,

mereciéndole al golfo precipicios.

 

Porque exceda a la cuenta tu tesoro,

a tu ambición, no a Júpiter engañas,

que él cargó las montañas sobre el oro.

 

Y cuando l’ara en sangre humosa bañas,

tú miras las entrañas de tu toro,

y Dios está mirando tus entrañas.

 

Petrarca celebró su Laura bella

Petrarca celebró su Laura bella

con ingenio, y estilo levantado,

y hizo al mundo eterno su cuidado,

y la rara belleza, que vio en ella.

 

Viven y envidiosas muchas de ella,

porque es digno de ser muy envidiado

un bien tan alto, y tan dichoso estado.,

que nunca pueda el tiempo contra ella.

 

Yo solo a ti gallarda Silvia hermosa,

a quien di el corazón en sacrificio,

querría dejarte de la misma suerte.

 

Que esta alma en adorarte venturosa

sólo te puede hacer este servicio,

que no te ofenda el tiempo, ni la muerte.

 

Piedra soy en sufrir pena y cuidado…

Piedra soy en sufrir pena y cuidado,

y cera en el querer enternecido,

sabio en amar dolor tan bien nacido,

necio en ser en mi daño porfiado.

 

Medroso en no vencerme acobardado

y valiente en no ser de mí vencido,

hombre en sentir mi mal, aun sin sentido,

bestia en no despertar desengañado.

 

En sustentarme entre los fuegos rojos,

en tus desdenes ásperos y fríos,

soy salamandra, y cumplo tus antojos;

 

y las niñas de aquestos ojos míos

se han vuelto, con la ausencia de tus ojos

ninfas que habitan dentro de dos ríos.

 

Pierdes el tiempo, muerte, en mi herida

Pierdes el tiempo, muerte, en mi herida,

pues quien no vive no padece muerte;

si has de acabar mi vida, has de volverte

a aquellos ojos, donde está mi vida.

 

Al sagrado en que habita retraída,

aun siendo sin piedad, no has de atreverte;

que serás vida, si llegase a verte,

y quedarás de ti desconocida.

 

Yo soy ceniza que sobró a la llama;

nada, dejó por consumir el fuego,

que en amoroso incendio se derrama.

 

Vuélvete al miserable, cuyo ruego,

por descansar en su dolor, te llama,

que lo que yo no tengo, no lo niego.

 

Pinta a un doctor en medicina que se quería casar

Pues me hacéis casamentero,

Ángela de Mondragón,

escuchad de vuestro esposo

las grandezas y el valor.

 

Él es un Médico honrado,

por la gracia del Señor,

que tiene muy buenas letras

en el cambio y el bolsón.

 

Quien os lo pintó cobarde

no lo conoce, y mintió,

que ha muerto más hombres vivos

que mató el Cid Campeador.

 

En entrando en una casa

tiene tal reputación,

que luego dicen los niños:

«Dios perdone al que murió».

 

Y con ser todos mortales

los Médicos, pienso yo

que son todos venïales,

comparados al Dotor.

 

Al caminante, en los pueblos

se le pide información,

temiéndole más que a la peste

de si le conoce, o no.

 

De Médicos semejantes

hace el Rey nuestro Señor

bombardas a sus castillos,

mosquetes a su escuadrón.

 

Si a alguno cura, y no muere,

piensa que resucitó,

y por milagro le ofrece

la mortaja y el cordón.

 

Si acaso estando en su casa

oye dar algún clamor,

tomando papel y tinta

escribe: «Ante mí pasó».

 

No se le ha muerto ninguno

de los que cura hasta hoy,

porque antes que se mueran

los mata sin confesión.

 

De envidia de los verdugos

maldice al Corregidor,

que sobre los ahorcados

no le quiere dar pensión.

 

Piensan que es la muerte algunos;

otros, viendo su rigor,

le llaman el día del juicio,

pues es total perdición.

 

No come por engordar,

ni por el dulce sabor,

sino por matar la hambre,

que es matar su inclinación.

 

Por matar mata las luces,

y si no le alumbra el sol,

como murciégalo vive

a la sombra de un rincón.

 

Su mula, aunque no está muerta,

no penséis que se escapó,

que está matada de suerte

que le viene a ser peor.

 

Él, que se ve tan famoso

y en tan buena estimación,

atento a vuestra belleza,

se ha enamorado de vos.

 

No pide le deis más dote

de ver que matáis de amor,

que en matando de algún modo

para en uno sois los dos.

 

Casaos con él, y jamás

vïuda tendréis pasión,

que nunca la misma muerte

se oyó decir que murió.

 

Si lo hacéis, a Dios le ruego

que os gocéis con bendición;

pero si no, que nos libre

de conocer al Dotor.

 

Preso en los laberintos del amor

Tras arder siempre, nunca consumirse,

y tras siempre llorar, nunca acosarme;

tras tanto caminar, nunca cansarme,

y tras siempre vivir, jamás morirme;

 

después de tanto mal, no arrepentirme;

tras tanto engaño, no desengañarme;

después de tantas penas, no alegrarme,

y tras tanto dolor, nunca reírme;

 

en tantos laberintos, no perderme,

ni haber tras tanto olvido recordado,

¿qué fin alegre puede prometerme?

 

Antes muerto estaré que escarmentado;

ya no pienso tratar de defenderme,

sino de ser de veras desdichado.

 

Pronuncia con sus nombres los trastos y miserias de la vida

La vida empieza en lágrimas y caca,

luego viene la mu, con mama y coco,

síguense las viruelas, baba y moco,

y luego llega el trompo y la matraca.

 

En creciendo, la amiga y la sonsaca,

con ella embiste el apetito loco,

en subiendo a mancebo, todo es poco,

y después la intención peca en bellaca.

 

Llega a ser hombre, y todo lo trabuca,

soltero sigue toda Perendeca,

casado se convierte en mala cuca.

 

Viejo encanece, arrúgase y se seca,

llega la muerte, todo lo bazuca,

y lo que deja paga, y lo que peca.

 

Pues eres sol, aprende a ser ausente…

Pues eres sol, aprende a ser ausente

del sol, que aprende en ti luz y alegría;

¿no viste ayer el día agonizar el día

y apagar en el mar el oro ardiente?

 

Luego se ennegreció, mustio y doliente,

el aire adormecido en sombra fría;

luego la noche en cuanta luz ardía,

tantos consuelos encendió al Oriente.

 

Naces, Aminta, a Silvio del ocaso

en que me dejas sepultado y ciego;

sígote oscuro con dudoso paso.

 

Concédele a mi noche y a mi ruego,

del fuego de tu sol, en que me abraso,

estrellas, desperdicios de tu fuego.

 

Pues hoy derrama noche el sentimiento

Pues hoy derrama noche el sentimiento

por todo el cerco de la lumbre pura,

y amortecido el sol en sombra oscura,

da lágrimas al fuego, y voz al viento.

 

Pues de la muerte el negro encerramiento

descubre con temblor la sepoltura,

y el monte, que embaraza la llanura

del mar cercano se divide atento.

 

De piedra es hombre duro, de diamante

tu corazón, pues muerte tan severa

no anega con tus ojos tu semblante.

 

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,

de lástima de ver a Dios amante,

entre las otras piedras se rompiera.

 

Pues me hacéis casamentero…

Pues me hacéis casamentero,

Ángela de Mondragón,

escuchad de vuestro esposo

las grandezas y el valor.

 

Él es un Médico honrado,

por la gracia del Señor,

que tiene muy buenas letras

en el cambio y el bolsón.

 

Quien os lo pintó cobarde

no lo conoce, y mintió,

que ha muerto más hombres vivos

que mató el Cid Campeador.

 

En entrando en una casa

tiene tal reputación,

que luego dicen los niños:

«Dios perdone al que murió».

 

Y con ser todos mortales

los Médicos, pienso yo

que son todos venïales,

comparados al Dotor.

 

Al caminante, en los pueblos

se le pide información,

temiéndole más que a la peste

de si le conoce, o no.

 

De Médicos semejantes

hace el Rey nuestro Señor

bombardas a sus castillos,

mosquetes a su escuadrón.

 

Si a alguno cura, y no muere,

piensa que resucitó,

y por milagro le ofrece

la mortaja y el cordón.

 

Si acaso estando en su casa

oye dar algún clamor,

tomando papel y tinta

escribe: «Ante mí pasó».

 

No se le ha muerto ninguno

de los que cura hasta hoy,

porque antes que se mueran

los mata sin confesión.

 

De envidia de los verdugos

maldice al Corregidor,

que sobre los ahorcados

no le quiere dar pensión.

 

Piensan que es la muerte algunos;

otros, viendo su rigor,

le llaman el día del juicio,

pues es total perdición.

 

No come por engordar,

ni por el dulce sabor,

sino por matar la hambre,

que es matar su inclinación.

 

Por matar mata las luces,

y si no le alumbra el sol,

como murciégalo vive

a la sombra de un rincón.

 

Su mula, aunque no está muerta,

no penséis que se escapó,

que está matada de suerte

que le viene a ser peor.

 

Él, que se ve tan famoso

y en tan buena estimación,

atento a vuestra belleza,

se ha enamorado de vos.

 

No pide le deis más dote

de ver que matáis de amor,

que en matando de algún modo

para en uno sois los dos.

 

Casaos con él, y jamás

vïuda tendréis pasión,

que nunca la misma muerte

se oyó decir que murió.

 

Si lo hacéis, a Dios le ruego

que os gocéis con bendición;

pero si no, que nos libre

de conocer al Dotor.

 

Pues ya tiene la encina en los tizones…

Pues ya tiene la encina en los tizones

más séquito que tuvo en hoja y fruto,

y el nubloso Orión manchó con luto

las (otro tiempo) cárdenas regiones;

 

pues perezoso Arturo, y los triones

dispensan breve al sol, y poco enjuto,

y con imperio cano y absoluto,

labra el hielo las aguas en prisiones;

 

hoy que se busca en el calor la vida,

gracias al dueño invierno, amante ciego,

a quien desprecia Amor, y Lisa olvida;

 

al hielo hermoso de su pecho llego

mi corazón, por ver, si agradecida,

se regala su nieve con mi fuego.

 

Puto es el hombre que de putas fía…

Puto es el hombre que de putas fía,

y puto el que sus gustos apetece;

puto es el estipendio que se ofrece

en pago de su puta compañía.

 

Puto es el gusto, y puta la alegría

que el rato putaril nos encarece;

y yo diré que es puto a quien parece

que no sois puta vos, señora mía.

 

Mas llámenme a mí puto enamorado,

si al cabo para puta no os dejare;

y como puto muera yo quemado

 

si de otras tales putas me pagare,

porque las putas graves son costosas,

y las putillas viles, afrentosas.

 

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones?

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,

Góngora bobo, con crepusculallas,

si cuando anhelas más garcivolallas,

las reptilizas más y subterpones?

 

Microcósmote Dios de inquiridiones,

y quieres te investiguen por medallas

como priscos, estigmas o antiguallas,

por desitinerar vates tirones.

 

Tu  forasteridad es tan eximia,

que te ha de detractar el que te rumia,

pues ructas viscerable cacoquimia,

 

farmacofolorando como numia,

si estomacabundancia das tan nimia,

metamorfoseando el arcadumia.

 

¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!

¡Poco antes, nada; y poco después, humo!

¡Y destino ambiciones, y presumo

apenas punto al cerco que me cierra!

 

Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa soy peligro sumo;

y mientras con mis armas me consumo

menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.

 

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

 

Azadas son la hora y el momento,

que, a jornal de mi pena y mi cuidado,

cavan en mi vivir mi monumento.

 

¿Qué imagen de la muerte rigurosa?…

¿Qué imagen de la muerte rigurosa,

qué sombra del infierno me maltrata?

¿Qué tirano cruel me sigue, y mata,

con vengativa mano, licenciosa?

 

¿Qué fantasma en la noche temerosa

el corazón del sueño me desata?

¿Quién te venga de mí, divina ingrata,

más por mi mal que por tu bien hermosa?

 

¿Quién, cuando con dudoso pie, e incierto,

piso la soledad de aquesta arena,

me puebla de cuidados el desierto?

 

¿Quién el antiguo son de mi cadena

a mis orejas vuelve, si es tan cierto,

que aun no te acuerdas tú de darme pena?

 

¿Qué otra cosa es verdad, sino pobreza

¿Qué otra cosa es verdad, sino pobreza,

en esta vida frágil y liviana?

Los dos embates de la vida humana,

desde la cuna son honra y riqueza.

 

El tiempo, que ni vuelve ni tropieza,

en horas fugitivas la devana;

y en errado anhelar, siempre tirana,

la fortuna fatiga su flaqueza.

 

Vive muerte callada y divertida

la vida misma; la salud es guerra

de su propio alimento combatida.

 

¡Oh cuánto el hombre inadvertido yerra,

que en tierra teme que caerá la vida,

y no ve que en viviendo cayó en tierra!

 

Qué perezosos pies, que entretenidos

Qué perezosos pies, que entretenidos

pasos lleva la muerte por mis daños;

el camino me alargan los engaños

y en mí se escandalizan los perdidos.

 

Mis ojos no se dan por entendidos,

y por descaminar mis desengaños,

me disimulan la verdad los años

y les guardan el sueño a los sentidos.

 

Del vientre a la prisión vine en naciendo,

de la prisión iré al sepulcro amando,

y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.

 

Cuantos plazos la muerte me va dando

prolijidades son, que va creciendo,

porque no acabe de morir penando.

 

Quejarse de las penas de amor debe ser permitido y no profana el secreto

Arder sin voz de estrépito doliente

no puede el tronco duro inanimado;

el roble se lamenta, y, abrasado,

el pino gime al fuego, que no siente.

 

¿Y ordenas, Floris, que en tu llama ardiente

quede en muda ceniza desatado

mi corazón sensible y animado,

víctima de tus aras obediente?

 

Concédame tu fuego lo que al pino

y al roble les concede voraz llama:

piedad cabe en incendio que es divino.

 

Del volcán que en mis venas se derrama,

diga su ardor el llanto que fulmino;

mas no le sepa de mi voz la Fama.

 

Quéjase de lo esquivo de su dama

El amor conyugal de su marido

su presencia en el pecho le revela;

teje de día en la curiosa tela

lo mismo que de noche ha destejido.

 

Danle combates interés y olvido,

y de fe y esperanza se abroquela,

hasta que dando el viento en popa y vela,

le restituye el mar a su marido.

 

Ulises llega, goza su querida,

que por gozarla un día dio veinte años

a la misma esperanza de un difunto.

 

Mas yo sé de una fiera embravecida

que veinte mil tejiera por mis daños,

y al fin mis daños son no verme un punto.

 

Quien quisiere ser culto en sólo un día…

Quien quisiere ser culto en sólo un día,

la jeri (aprenderá) gonza siguiente:

fulgores, arrogar, joven, presiente,

candor, construye, métrica armonía;

 

poco, mucho, si no, purpuracía,

neutralidad, conculca, erige, mente,

pulsa, ostenta, librar, adolescente,

señas traslada, pira, frustra, arpía;

 

cede, impide, cisuras, petulante,

palestra, liba, meta, argento, alterna,

si bien disuelve émulo canoro.

 

Use mucho de líquido y de errante,

su poco de nocturno y de caverna,

anden listos livor, adunco y poro.

 

Que ya toda Castilla,

con sola esta cartilla,

se abrasa de poetas babilones,

escribiendo sonetos confusiones;

y en la Mancha, pastores y gañanes,

atestadas de ajos las barrigas,

hacen ya cultedades como migas.

 

Quitar codicia, no añadir dinero

Quitar codicia, no añadir dinero,

hace ricos los hombres, Casimiro;

puedes arder en púrpura de Tiro,

y no alcanzar descanso verdadero.

 

Señor te llamas; yo te considero,

cuando el hombre interior, que vives, miro,

esclavo de las ansias y el suspiro,

y de tus propias culpas prisionero.

 

Al asiento del alma suba el oro;

no al sepulcro del oro l’alma baje,

ni la compita a Dios su precio el lodo:

 

descifra las mentiras del tesoro,

pues falta (y es del cielo este lenguaje)

al pobre mucho, y al avaro todo.

 

Receta para hacer Soledades en un día

Quien quisiere ser culto en sólo un día,

la jeri (aprenderá) gonza siguiente:

fulgores, arrogar, joven, presiente,

candor, construye, métrica armonía;

 

poco, mucho, si no, purpuracía,

neutralidad, conculca, erige, mente,

pulsa, ostenta, librar, adolescente,

señas traslada, pira, frustra, arpía;

 

cede, impide, cisuras, petulante,

palestra, liba, meta, argento, alterna,

si bien disuelve émulo canoro.

 

Use mucho de líquido y de errante,

su poco de nocturno y de caverna,

anden listos livor, adunco y poro.

 

Que ya toda Castilla,

con sola esta cartilla,

se abrasa de poetas babilones,

escribiendo sonetos confusiones;

y en la Mancha, pastores y gañanes,

atestadas de ajos las barrigas,

hacen ya cultedades como migas.

 

Rendimiento del amante desterrado

Estas son y serán ya las postreras

lágrimas que, con fuerza de voz viva,

perderé en esta fuente fugitiva,

que las lleva a la sed de tantas fieras.

 

¡Dichoso yo que, en playas extranjeras,

siendo alimento a pena tan esquiva,

halle muerte piadosa, que derriba

tanto vano edificio de quimeras!

 

Espíritu desnudo, puro amante,

sobre el sol arderé, y el cuerpo frío

se acordará de Amor en polvo y tierra.

 

Yo me seré epitafio al caminante,

pues le dirá, sin vida, el rostro mío:

“Ya fue gloria de Amor hacerme guerra.”

 

Reprende a una adúltera la circunstancia de su pecado

Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido

El adulterio la vergüenza al Cielo,

Pues licenciosa, libre, y tan sin velo

Ofendes la paciencia del sufrido.

 

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,

No sirvas a su ausencia de libelo;

Cierra la puerta, vive con recelo,

Que el pecado se precia de escondido.

 

No digo yo que dejes tus amigos,

Mas digo que no es bien estén notados

De los pocos que son tus enemigos.

 

Mira que tus vecinos, afrentados,

Dicen que te deleitan los testigos

De tus pecados más que tus pecados.

 

Retirado en la paz de estos desiertos…

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

 

Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta.

 

En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquella el mejor cálculo cuenta

que en la lección y estudios nos mejora.

 

Retrato no vulgar de Lisi

Crespas hebras, sin ley desenlazadas,

en un tiempo tuvo entre las manos Midas;

en nieve estrellas negras encendidas,

y cortésmente en paz de ella guardadas. ~

 

Rosas a abril y mayo anticipadas,

de la injuria del tiempo defendidas;

auroras en la risa amanecidas,

con avaricia del clavel guardadas.

 

Vivos planetas de animado cielo,

por quien a ser monarca Lisi aspira

de libertades, que en sus luces ata.

 

Esfera es racional, que ilustra el suelo,

en donde reina el Amor cuanto ella mira,

y en donde vive Amor cuanto ella mata.

 

Riéndose está el ratón…

Riéndose está el ratón,

en el umbral de su cueva,

del caracol ganapán,

que va con su casa a cuestas.

Y viendo como arrastrando

por su corcova la lleva,

muy camello de poquito,

le dijo de esta manera:

“Dime, cornudo vecino,

de un cuerno en que tú te hospedas,

¿qué callo de pie trazó

una alcoba tan estrecha?

Tú vives emparedado,

sin castigo o penitencia,

y, hecho chirrión de tu casa,

la mudas y la trasiegas.

Vestirse de un edificio

invención de sastre es nueva:

tú, albañil enjerto en sastre,

te vistes y te aposentas.

El vivir un lobanillo,

es de pobre y de materia;

y nunca salir de casa,

de persona muy enferma.

Verruga andante pareces,

que ha producido la tierra;

muy preciado de que todo

sólo tú un palacio llenas.

Si te viniese algún güésped,

¿qué aposento le aparejas

tú, que en la mano de un gato,

por no admitirle, te encierras?

Yo te llevaré a la corte,

en donde no te defienda

de tercera parte o güésped

tu casilla tan estrecha.

¿No te fuera más descanso

andarte por estas selvas,

y en estos agujerillos

tener tu cama y tu mesa?

Riéndose están de ti

los lagartos en las peñas,

los pájaros en los nidos,

las ranas en las acequias.

Esa casa es tu mortaja:

de buena cosa te precias,

pues vives el ataúd,

donde es forzoso que mueras.

De una fábrica presumes

que Vitrubio no la entienda;

y si vale un caracol,

en dos ninguna la precia.

Y citar puedo a Vitrubio,

porque soy ratón de letras,

que en casa de un arquitecto,

comí a Viñola una nesga.

Sacar los cuernos al sol,

ningún marido lo aprueba,

aunque de ellos coma; y tú

muy en ayunas los muestras.

Dirás que me caza el gato,

con todas estas arengas;

¿y a ti no te echan la uña

los viernes y las cuaresmas?

¿No te guisan y te comen

entre abadejo y lentejas?

¿Y hay, después de estar guisado,

alfiler que no te prenda?

Pero de matraca baste,

que yo espero gran respuesta;

y, aunque soy más cortesano,

me he de correr más aprisa.

 

Rizas en ondas ricas del rey Midas…

Rizas en ondas ricas del rey Midas,

Lisi, el tacto precioso cuanto avaro;

arden claveles en tu cerco claro,

flagrante sangre, espléndidas heridas.

 

Minas ardientes al jardín unidas

son milagro de amor, portento raro;

cuando Hibla matiza el mármol paro,

y en su dureza flores ve encendidas.

 

Esos, que en tu cabeza generosa,

son cruenta hermosura, y son agravio

a la melena rica y victoriosa,

 

dan al claustro de perlas en tu labio

elocuente rubí, púrpura hermosa,

ya sonoro clavel, ya coral sabio.

 

Rodéanle mil fantasmas engañosas

¿Qué imagen de la muerte rigurosa,

qué sombra del infierno me maltrata?

¿Qué tirano cruel me sigue, y mata,

con vengativa mano, licenciosa?

 

¿Qué fantasma en la noche temerosa

el corazón del sueño me desata?

¿Quién te venga de mí, divina ingrata,

más por mi mal que por tu bien hermosa?

 

¿Quién, cuando con dudoso pie, e incierto,

piso la soledad de aquesta arena,

me puebla de cuidados el desierto?

 

¿Quién el antiguo son de mi cadena

a mis orejas vuelve, si es tan cierto,

que aun no te acuerdas tú de darme pena?

 

¿Rogarla? ¿Desdeñarme? ¿Amarla?…

¿Rogarla? ¿Desdeñarme? ¿Amarla?

¿Seguirla? ¿Defenderse? ¿Asirla? ¿Airarse?

¿Querer y no querer? ¿Dejar tocarse

ya persuasiones mil mostrarse firme?

 

¿Tenerla bien? ¿Probar a desasirse?

¿Luchar entre sus brazos y enojarse?

¿Besarla a su pesar y ella agraviarse?

¿Probar, y no poder, a despedirme?

 

¿Decirme agravios? ¿Reprenderme el gusto?

¿Y en fin, a beaterías de mi prisa,

dejar el ceño? ¿No mostrar disgusto?

 

¿Consentir que la aparte la camisa?

¿Hallarlo limpio y encajarlo justo?

Esto es amor y lo demás es risa.

 

Romance satírico

Pues me hacéis casamentero,

Ángela de Mondragón,

escuchad de vuestro esposo

las grandezas y el valor.

 

Él es un Médico honrado,

por la gracia del Señor,

que tiene muy buenas letras

en el cambio y el bolsón.

 

Quien os lo pintó cobarde

no lo conoce, y mintió,

que ha muerto más hombres vivos

que mató el Cid Campeador.

 

En entrando en una casa

tiene tal reputación,

que luego dicen los niños:

«Dios perdone al que murió».

 

Y con ser todos mortales

los Médicos, pienso yo

que son todos venïales,

comparados al Dotor.

 

Al caminante, en los pueblos

se le pide información,

temiéndole más que a la peste

de si le conoce, o no.

 

De Médicos semejantes

hace el Rey nuestro Señor

bombardas a sus castillos,

mosquetes a su escuadrón.

 

Si a alguno cura, y no muere,

piensa que resucitó,

y por milagro le ofrece

la mortaja y el cordón.

 

Si acaso estando en su casa

oye dar algún clamor,

tomando papel y tinta

escribe: «Ante mí pasó».

 

No se le ha muerto ninguno

de los que cura hasta hoy,

porque antes que se mueran

los mata sin confesión.

 

De envidia de los verdugos

maldice al Corregidor,

que sobre los ahorcados

no le quiere dar pensión.

 

Piensan que es la muerte algunos;

otros, viendo su rigor,

le llaman el día del juicio,

pues es total perdición.

 

No come por engordar,

ni por el dulce sabor,

sino por matar la hambre,

que es matar su inclinación.

 

Por matar mata las luces,

y si no le alumbra el sol,

como murciégalo vive

a la sombra de un rincón.

 

Su mula, aunque no está muerta,

no penséis que se escapó,

que está matada de suerte

que le viene a ser peor.

 

Él, que se ve tan famoso

y en tan buena estimación,

atento a vuestra belleza,

se ha enamorado de vos.

 

No pide le deis más dote

de ver que matáis de amor,

que en matando de algún modo

para en uno sois los dos.

 

Casaos con él, y jamás

vïuda tendréis pasión,

que nunca la misma muerte

se oyó decir que murió.

 

Si lo hacéis, a Dios le ruego

que os gocéis con bendición;

pero si no, que nos libre

de conocer al Dotor.

 

Séneca

Séneca, el responder hoy de repente

a tu razonamiento prevenido,

gloria es de tu enseñanza, que ha podido

formar mi lengua contra ti elocuente.

 

A lo que yo te debo, aun no es decente

eso, que de mi mano has recibido;

y para lo que a mí me debo, ha sido

empezar a premiarte escasamente.

 

Quieres a costa de la fama mía,

que alaben tu modestia y tu templanza,

y que acusen mi avara hidropesía.

 

El premio, pues, debido a mi enseñanza

goza, porque el volvérmelo este día,

y no admitirle yo, nos sea alabanza.

 

Séneca, el responder hoy de repente…

Séneca, el responder hoy de repente

a tu razonamiento prevenido,

gloria es de tu enseñanza, que ha podido

formar mi lengua contra ti elocuente.

 

A lo que yo te debo, aun no es decente

eso, que de mi mano has recibido;

y para lo que a mí me debo, ha sido

empezar a premiarte escasamente.

 

Quieres a costa de la fama mía,

que alaben tu modestia y tu templanza,

y que acusen mi avara hidropesía.

 

El premio, pues, debido a mi enseñanza

goza, porque el volvérmelo este día,

y no admitirle yo, nos sea alabanza.

 

Si a una parte miraran solamente…

Si a una parte miraran solamente

vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran?

Y si a diversas partes no miraran,

se helaran el ocaso o el Oriente.

 

El mirar zambo y zurdo es delincuente;

vuestras luces izquierdas lo declaran,

pues con mira engañosa nos disparan

facinorosa luz, dulce y ardiente.

 

Lo que no miran ven, y son despojos

suyos cuantos los ven, y su conquista

da a l’alma tantos premios como enojos.

 

¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista

a que, siendo monarcas los dos ojos,

los llamase vizcondes de la vista?

 

Si dádivas quebrantan peñas duras

Si dádivas quebrantan peñas duras,

la de tu sangre nos quebranta y mueve,

que en larga copia de tus venas llueve,

fecundo amor en tus entrañas puras.

 

Aunque sin alma somos criaturas,

a quien por alma tu dolor se debe,

viendo que el día pasa escuro y breve,

y que el sol mira en él horas escuras.

 

Sobre piedra tu Iglesia fabricaste,

tanto el linaje nuestro ennobleciste,

que, Dios y hombre, piedra te llamaste.

 

Pretensión de ser pan nos diferiste,

y si a la tentación se lo negaste,

al Sacramento en Ti lo concediste.

 

Si de cosas diversas la memoria

Si de cosas diversas la memoria

se acuerda, y lo presente y lo pasado,

juntos la alivian y la dan cuidado,

y en ella son confines pena y gloria,

 

y si al entendimiento igual vitoria

concede inteligible lo criado;

y a nuestra libre voluntad es dado

numerosa elección, y transitoria:

 

Amor, que no es potencia solamente,

sino la omnipotencia padecida

de cuanto sobre el suelo vive, y siente:

 

¿por qué con dos incendios una vida

no podrá fulminar su luz ardiente

en dos diversos astros encendida?

 

Si dios eres, Amor, ¿cuál es tu cielo?…

Si dios eres, Amor, ¿cuál es tu cielo?

Si señor, ¿de qué renta y de qué estados?

¿Adónde están tus siervos y criados?

¿Dónde tienes tu asiento en este suelo?

 

Si te disfraza nuestro mortal velo,

¿cuáles son tus desiertos y apartados?

Si rico, ¿do tus bienes vinculados?

¿Cómo te veo desnudo al sol y al yelo?

 

¿Sabes qué me parece, Amor, de aquesto?

Que el pintarte con alas y vendado,

es que de ti el pintor y el mundo juega.

 

Y yo también, pues sólo el rostro honesto

de mi Lisis así te ha acobardado,

que pareces, Amor, gallina ciega.

 

Si el abismo, en diluvios desatado

Si el abismo, en diluvios desatado

hubiera todo el fuego consumido;

el que enjuga mis venas, mantenido

de mi sangre, le hubiera restaurado.

 

Si el día, por Faetón descaminado,

hubiera todo el mar y aguas bebido,

con el piadoso llanto que he vertido,

las hubieran mis ojos renovado.

 

Si las legiones todas de los vientos

guardar Ulises en prisión pudiera,

mis suspiros sin fin otros formaran.

 

Si del infierno todos los tormentos,

con su música Orfeo suspendiera,

otros mis penas nuevos inventaran.

 

Si en el loco jamás hubo esperanza

Si en el loco jamás hubo esperanza,

ni desesperación hubo en el cuerdo,

¿de qué accidentes hoy la vida pierdo?

¿Qué sentimiento mi razón alcanza?

 

¿Quién hace en mi memoria tal mudanza,

que de aquello que busco no me acuerdo?

Velo soñando, y sin dormir, recuerdo:

el mal pesa y el bien igual balanza.

 

Escucho sordo y reconozco ciego;

descanso trabajando y hablo mudo;

humilde aguardo y con soberbia pido.

 

Si no es amor mi gran desasosiego,

de conocer lo que me acaba dudo:

que no hay de sí quien viva más rendido.

 

Si eres campana, ¿dónde está el badajo?…

Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;

si pirámide andante, vete a Egito

si peonza al revés, trae sobrescrito;

si pan de azúcar, en Motril te encajo.

 

Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?

Si de diciplinante mal contrito

eres el cucurucho y el delito,

llámente los cipreses arrendajo.

 

Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?

Si cubilete, saca el testimonio;

si eres coroza, encájate en las viejas.

 

Si büida visión de San Antonio,

llámate doña Embudo con guedejas;

si mujer, da esas faldas al demonio.

 

Si hija de mi amor mi muerte fuese…

Si hija de mi amor mi muerte fuese,

¡qué parto tan dichoso que sería

el de mi amor contra la vida mía!

¡Qué gloria, que el morir de amar naciese!

 

Llevara yo en el alma, adonde fuese

el fuego en que me abraso; y guardaría

su llama fiel con la ceniza fría,

en el mismo sepulcro en que durmiese.

 

De esotra parte de la muerte dura,

vivirán en mi sombra mis cuidados,

y más allá del Lete mi memoria.

 

Triunfará del olvido tu hermosura,

mi pura fe y ardiente de los hados,

y el no ser por amar será mi gloria.

 

Si las mentiras de fortuna, Licas

Si las mentiras de fortuna, Licas,

te desnudas, veraste reducido

a sola tu verdad, que en alto olvido,

ni sigues, ni conoces, ni platicas.

 

Esas larvas espléndidas y ricas,

que abultan tus gusanos con vestido

en el veneno tirio recocido,

presto vendrán a tu soberbia chicas.

 

¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados?

¿Qué puedes, si no puedes conocerte?

¿Qué mandas, si obedeces tus pecados?

 

Furias del oro habrán de poseerte,

padecerás tesoros mal juntados,

desmentirá tu presunción la muerte.

 

Si mis párpados, Lisi, labios fueran…

Si mis párpados, Lisi, labios fueran,

besos fueran los rayos visüales

de mis ojos, que al sol miran caudales

águilas, y besaran más que vieran.

 

Tus bellezas, hidrópicos, bebieran,

y cristales, sedientos de cristales;

de luces y de incendios celestiales,

alimentando su morir, vivieran.

 

De invisible comercio mantenidos,

y desnudos de cuerpo, los favores,

gozaran mis potencias y sentidos;

 

mudos se requebraran los ardores;

pudieran, apartados, verse unidos,

y en público, secretos, los amores.

 

Si quien ha de pintaros ha de veros

Si quien ha de pintaros ha de veros,

y no es posible sin cegar miraros,

¿quién será poderoso a retrataros,

sin ofender su vista y ofenderos?

 

En nieve y rosas quise floreceros;

mas fuera honrar las rosas y agraviaros;

dos luceros por ojos quise daros;

mas ¿cuándo lo soñaron los luceros?

 

Conocí el imposible en el bosquejo;

mas vuestro espejo a vuestra lumbre propia

aseguró el acierto en su reflejo.

 

Podráos él retratar sin luz impropia,

siendo vos de vos propia, en el espejo,

original, pintor, pincel y copia.

 

Significa el mal que entra al alma por los ojos con la fábula de Acteón

Estábase la Efesia cazadora

dando en aljófar el sudor al baño,

cuando en rabiosa luz se abrasa el año

y la vida en incendios se evapora.

 

De sí, Narciso y ninfa, se enamora;

mas viendo, conducido de su engaño,

que se acerca Acteón, temiendo el daño,

fueron las ninfas velo a su señora.

 

Con la arena intentaron el cegalle,

mas luego que de Amor miró el trofeo,

cegó más noblemente con su talle.

 

Su frente endureció con arco feo,

sus perros intentaron el matalle,

y adelantose a todos su deseo.

 

Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido…

Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido

El adulterio la vergüenza al Cielo,

Pues licenciosa, libre, y tan sin velo

Ofendes la paciencia del sufrido.

 

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,

No sirvas a su ausencia de libelo;

Cierra la puerta, vive con recelo,

Que el pecado se precia de escondido.

 

No digo yo que dejes tus amigos,

Mas digo que no es bien estén notados

De los pocos que son tus enemigos.

 

Mira que tus vecinos, afrentados,

Dicen que te deleitan los testigos

De tus pecados más que tus pecados.

 

Solo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido…

Solo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido

El adulterio la vergüenza al cielo,

Pues que tan claramente y tan sin velo

Has los hidalgos huesos ofendido.

 

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,

Que no sepa tu infamia todo el suelo:

Cierra la puerta, vive con recelo,

Que el pecado nació para escondido.

 

No digo yo que dejes tus amigos,

Mas digo que no es bien que sean notados

De los pocos que son tus enemigos.

 

Mira que tus vecinos, afrentados,

Dicen que te deleitan los testigos

De tus pecados más que tus pecados.

 

Soneto a la muerte

¡Aquí Del Rey Jesús! ¿y qué es aquesto?

No le vale la iglesia al desdichado,

que entró a matarle dentro de sagrado,

sin temer casa Real, ni Santo puesto.

 

Favor a la justicia, alumbren presto,

corran tras de él, prendan al culpado;

no quiere resistirse, que embozado

de esperar a la ronda está dispuesto.

 

Llegaron a prenderle por codicia,

no de la espada ser mayor de marca;

mas visto que la trae de sangre llena,

 

preguntole quién era la justicia,

desembozose y dijo: Soy la Parca.

¿La Parca sois? Andad de enhorabuena.

 

Soneto de Luis de Góngora

Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla,

perro de los ingenios de Castilla,

docto en pullas, cual mozo de camino;

 

Apenas hombre, sacerdote indino,

que aprendiste sin cristus la cartilla;

chocarrero de Córdoba y Sevilla,

y en la Corte bufón a lo divino.

 

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo solo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aun no lo niega?

 

No escribas versos más, por vida mía;

aunque aquesto de escribas se te pega,

por tener de sayón la rebeldía.

 

Soneto amoroso

Si dios eres, Amor, ¿cuál es tu cielo?

Si señor, ¿de qué renta y de qué estados?

¿Adónde están tus siervos y criados?

¿Dónde tienes tu asiento en este suelo?

 

Si te disfraza nuestro mortal velo,

¿cuáles son tus desiertos y apartados?

Si rico, ¿do tus bienes vinculados?

¿Cómo te veo desnudo al sol y al yelo?

 

¿Sabes qué me parece, Amor, de aquesto?

Que el pintarte con alas y vendado,

es que de ti el pintor y el mundo juega.

 

Y yo también, pues sólo el rostro honesto

de mi Lisis así te ha acobardado,

que pareces, Amor, gallina ciega.

 

Soneto amoroso en sombras

A fugitivas sombras doy abrazos;

en los sueños se cansa el alma mía;

paso luchando a solas noche y día

con un trasgo que traigo entre mis brazos.

 

Cuando le quiero más ceñir con lazos,

y viendo mi sudor, se me desvía,

vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,

y temas con amor me hacen pedazos.

 

Voyme a vengar en una imagen vana

que no se aparta de los ojos míos;

búrlame, y de burlarme corre ufana.

 

Empiézola a seguir, fáltanme bríos;

y como de alcanzarla tengo gana,

hago correr tras ella el llanto en ríos.

 

Testamento de Don Quijote

De un molimiento de güesos

a puros palos y piedras,

don Quijote de la Mancha

yace doliente y sin fuerzas,

tendido sobre un pavés

cubierto con su rodela,

sacando como tortuga

de entre conchas la cabeza.

Con voz roída y chillando,

viendo el escribano cerca,

ansí, por falta de dientes

habló con él entre muelas:

“Escribid, buen caballero,

que Dios en quietud mantenga,

el testamento que fago

por voluntad postrimera.

Y en lo de su entero juicio,

que ponéis a usanza vuesa,

basta poner decentado,

cuando entero no le tenga.

A la tierra mando el cuerpo,

coma mi cuerpo la tierra,

que según está de flaco

hay para un bocado apenas.

 

En la vaina de mi espada

mando que llevado sea

mi cuerpo, que es ataúd

capaz para su flaqueza.

Que embalsamado me lleven

a reposar a la iglesia,

y que sobre mi sepulcro

escriban esto en la piedra:

“Aquí yace don Quijote,

el que en provincias diversas

los tuertos vengó y los bizcos,

a puro vivir a ciegas”.

A Sancho mando las islas

que gané con tanta guerra,

con que si no queda rico

aislado a lo menos queda.

Item, al buen Rocinante

dejo los prados y selvas

que crió el Señor de el cielo

para alimentar las bestias;

mándole mala ventura

y mala vejez con ella,

y duelos en qué pensar

en vez de piensos y yerba.

Mando que al moro encantado

que me maltrató en la venta,

los puñetes que me dio

al momento se le vuelvan.

Mando a los mozos de mulas

volver las coces soberbias

que me dieron, por descargo

de espaldas y de conciencia.

De los palos que me han dado,

a mi linda Dulcinea,

para que gaste el invierno

mando cien cargas de leña.

Mi espada mando a una escarpia,

pero desnuda la tenga,

sin que a vestirla otro alguno

si no es el orín, se atreva.

Mi lanza mando a una escoba

para que puedan con ella

echar arañas de el techo

cual si de San Jorge fuera

Peto, gola y espaldar

manopla y media visera,

lo vinculo en Quijotico,

mayorazgo de mi hacienda.

Y lo demás de los bienes

que en este mundo se quedan,

lo dejo para obras pías

de rescate de princesas.

Mando que en lugar de misas,

justas, batallas y guerras

me digan, pues saben todos

que son mis misas aquestas

Dejo por testamentarios

a don Belianís de Grecia,

al Caballero de el Febo,

a Esplandián el de las Xergas.”

Allí fabló Sancho Panza,

bien oiréis lo que dijera,

con tono duro y de espacio,

y la voz de cuatro suelas.

“No es razón, buen señor mío,

que cuando vais a dar cuenta

al Señor que vos crió

digáis sandeces tan fieras.

Sancho es, señor, quien vos fabla,

que está a vuesa cabecera

llorando a cántaros, triste,

un turbión de lluvia y piedra.

Dejad por testamentarios

al cura que vos confiesa,

al regidor Per Antón

y al cabrero Gil Panzueca.

Y dejaos de Esplandiones,

pues tanta inquietud nos cuestan,

y llamad a un religioso

que os ayude en esta brega.”

“Bien dices –le respondió

don Quijote con voz tierna–,

ve a la Peña Pobre y dile

a Beltenebros que venga.”

En esto la Extremaunción

asomó ya por la puerta,

pero él, que vio al sacerdote

con sobrepelliz y vela,

dijo que era el sabio proprio

de el encanto de Niquea,

y levantó el buen hidalgo

por hablarle la cabeza.

Mas viendo que ya le faltan

juicio, vida, vista y lengua,

el escribano se fue

y el cura se salió afuera.

 

Todo tras sí lo lleva el año breve

Todo tras sí lo lleva el año breve

de la vida mortal, burlando el brío

al acero valiente, al mármol frío,

que contra el Tiempo su dureza atreve.

 

Antes que sepa andar el pie, se mueve

camino de la muerte, donde envío

mi vida oscura: pobre y turbio río

que negro mar con altas ondas bebe.

 

Todo corto momento es paso largo

que doy, a mi pesar, en tal jornada,

pues, parado y durmiendo, siempre aguijo.

 

Breve suspiro, y último, y amargo,

es la muerte, forzosa y heredada;

mas si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?

 

Torcido, desigual, blando y sonoro…

Torcido, desigual, blando y sonoro,

te resbalas secreto entre las flores,

hurtando la corriente a los calores,

cano en la espuma, y rubio como el oro.

 

En cristales dispensas tu tesoro,

líquido plectro a rústicos amores,

y templando por cuerdas ruiseñores,

te ríes de crecer, con lo que lloro.

 

De vidro en las lisonjas divertido,

gozoso vas al monte, y despeñado

espumoso encaneces con gemido.

 

No de otro modo el corazón cuitado,

a la prisión, al llanto se ha venido,

alegre, inadvertido y confiado.

 

Tras arder siempre, nunca consumirse…

Tras arder siempre, nunca consumirse,

y tras siempre llorar, nunca acosarme;

tras tanto caminar, nunca cansarme,

y tras siempre vivir, jamás morirme;

 

después de tanto mal, no arrepentirme;

tras tanto engaño, no desengañarme;

después de tantas penas, no alegrarme,

y tras tanto dolor, nunca reírme;

 

en tantos laberintos, no perderme,

ni haber tras tanto olvido recordado,

¿qué fin alegre puede prometerme?

 

Antes muerto estaré que escarmentado;

ya no pienso tratar de defenderme,

sino de ser de veras desdichado.

 

Tras vos un Alquimista va corriendo…

«Tras vos un Alquimista va corriendo,

Dafne, que llaman Sol ¿y vos, tan cruda?

Vos os volvéis murciégalo sin duda,

Pues vais del Sol y de la luz huyendo.

 

ȃl os quiere gozar a lo que entiendo

Si os coge en esta selva tosca y ruda,

Su aljaba suena, está su bolsa muda,

El perro, pues no ladra, está muriendo.

 

»Buhonero de signos y Planetas,

Viene haciendo ademanes y figuras

Cargado de bochornos y Cometas.»

 

Esto la dije, y en cortezas duras

De Laurel se ingirió contra sus tretas,

Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.

 

Tú, princesa bellísima del día…

Tú, princesa bellísima del día,

de las sombras nocturnas triunfadora,

oro risueño y púrpura pintora,

del aire melancólico alegría;

 

pues del sol que te sigue y que te envía

eres flagrante y rica embajadora;

pues por ennoblecerte llamé Aurora

la hermosa sin igual, zagala mía;

 

ya que la noche me privó de vella,

y esquiva mis dos ojos, pïadosa

entretenme su imagen en su estrella.

 

Niégale al sol las horas, no invidiosa

su llama, que tus luces atropella,

 

Tú, rey de ríos, Tajo generoso…

Tú, rey de ríos, Tajo generoso,

que el movimiento y cálida hurtaste

al cuerpo de alabastro que bañaste,

gentil en proporción, gallardo, hermoso;

 

ora natural músico ingenioso

seas entre las conchas que criaste,

ora el valle le ofrezcas do engendraste,

para su frente, el ramo victorioso;

 

ora, sueltas del hielo tus corrientes,

le des espejo, sólo te suplico

que, cuando quiera en ti ver sus despojos,

 

junto con su hermosura representes

mi llanto con que creces y estás rico:

vean siquiera mis lágrimas sus ojos.

 

Tú, ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado

Tú, ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado,

en no injuriar al mísero y al fuerte;

cuando le quites oro y plata, advierte,

que le dejas el hierro acicalado.

 

Dejas espada y lanza, al desdichado;

y poder y razón, para vencerte:

no sabe pueblo ayuno temer muerte,

armas quedan al pueblo despojado.

 

Quien ve su perdición cierta, aborrece

más que su perdición, la causa della,

y esta, no aquella, es más quien le enfurece.

 

Ama su desnudez y su querella

con desesperación, cuando le ofrece

venganza del rigor, quien lo atropella.

 

Tudescos moscos de los sorbos finos…

Tudescos moscos de los sorbos finos,

caspa de las azumbres más sabrosas,

que porque el fuego tiene mariposas,

queréis que el mosto tenga marivinos.

 

Aves luquetes, átomos mezquinos,

motas borrachas, pájaros vinosas,

pelusas de los vinos envidiosas,

abejas de la miel de los tocinos.

 

Liendres de la vendimia, yo os admito

en mi gaznate, pues tenéis por soga

al nieto de la vid, licor bendito.

 

Tomá en el trago hacia mi nuez la boga,

que bebiéndoos a todos, me desquito

del vino, que bebiste, y os ahoga.

 

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.

 

Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.

 

Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.

 

Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues de perdido,

recato mi salud de mi deseo.

 

Vejamen del ratón al caracol

Riéndose está el ratón,

en el umbral de su cueva,

del caracol ganapán,

que va con su casa a cuestas.

Y viendo como arrastrando

por su corcova la lleva,

muy camello de poquito,

le dijo de esta manera:

“Dime, cornudo vecino,

de un cuerno en que tú te hospedas,

¿qué callo de pie trazó

una alcoba tan estrecha?

Tú vives emparedado,

sin castigo o penitencia,

y, hecho chirrión de tu casa,

la mudas y la trasiegas.

Vestirse de un edificio

invención de sastre es nueva:

tú, albañil enjerto en sastre,

te vistes y te aposentas.

El vivir un lobanillo,

es de pobre y de materia;

y nunca salir de casa,

de persona muy enferma.

Verruga andante pareces,

que ha producido la tierra;

muy preciado de que todo

sólo tú un palacio llenas.

Si te viniese algún güésped,

¿qué aposento le aparejas

tú, que en la mano de un gato,

por no admitirle, te encierras?

Yo te llevaré a la corte,

en donde no te defienda

de tercera parte o güésped

tu casilla tan estrecha.

¿No te fuera más descanso

andarte por estas selvas,

y en estos agujerillos

tener tu cama y tu mesa?

Riéndose están de ti

los lagartos en las peñas,

los pájaros en los nidos,

las ranas en las acequias.

Esa casa es tu mortaja:

de buena cosa te precias,

pues vives el ataúd,

donde es forzoso que mueras.

De una fábrica presumes

que Vitrubio no la entienda;

y si vale un caracol,

en dos ninguna la precia.

Y citar puedo a Vitrubio,

porque soy ratón de letras,

que en casa de un arquitecto,

comí a Viñola una nesga.

Sacar los cuernos al sol,

ningún marido lo aprueba,

aunque de ellos coma; y tú

muy en ayunas los muestras.

Dirás que me caza el gato,

con todas estas arengas;

¿y a ti no te echan la uña

los viernes y las cuaresmas?

¿No te guisan y te comen

entre abadejo y lentejas?

¿Y hay, después de estar guisado,

alfiler que no te prenda?

Pero de matraca baste,

que yo espero gran respuesta;

y, aunque soy más cortesano,

me he de correr más aprisa.

 

¿Ves con el polvo de la lid sangrienta…

¿Ves con el polvo de la lid sangrienta

crecer el suelo y acortarse el día,

en la celosa y dura valentía

de aquellos toros, que el amor violenta?

 

¿No ves la sangre, que el manchado alienta?

¿El humo que de la ancha frente envía

el toro negro, y la tenaz porfía

en que el amante corazón ostenta?

 

¿Pues si la ves, ¡oh Lisi!, por qué admiras

que, cuando amor enjuga mis entrañas

y mis venas, volcán reviente en iras?

 

¿Son los toros capaces de sus sañas,

y no permites, cuando a Bato miras,

que yo ensordezca en llanto las montañas?

 

¿Ves gemir tus afrentas al vencido?…

¿Ves gemir tus afrentas al vencido

toro, y que tiene, ausente y afrentado,

menos pacido el soto que escarbado,

y de sus celos todo el mundo herido?

 

¿Vesle ensayar venganzas con bramido,

y en el viento gastar ímpetu armado?

¿Ves que sabe sentir ser desdeñado,

y que su vaca tenga otro marido?

 

Pues considera, Flor, la pena mía,

cuando por Coridón, pastor ausente,

desprecias en mi amor mi compañía.

 

Ofreciose la vaca al más valiente,

y con razón premió la valentía:

tú me desprecias, Flor, injustamente.

 

Viéndote sobre el cerco de la luna…

Viéndote sobre el cerco de la luna

triunfar de tanto bárbaro contrario,

¿quién no temiera, ¡oh noble Belisario!,

que habías de dar envidia a la Fortuna?

 

Estas lágrimas tristes, una a una,

bien las debo al valor extraordinario

Conque escondiste en alto olvido a Mario,

que mandando nació desde la cuna.

 

Y ahora, entre los míseros mendigos,

te tiraniza el tiempo y el sosiego

la memoria de altísimos despojos.

 

Quisiéronte cegar tus enemigos,

sin advertir que mal puede ser ciego

quien tiene en tanta fama tantos ojos.

 

Vivir es caminar breve jornada

Vivir es caminar breve jornada,

y muerte viva es, Lico, nuestra vida,

ayer al frágil cuerpo amanecida,

cada instante en el cuerpo sepultada.

 

Nada, que siendo, es poco, y será nada

en poco tiempo, que ambiciosa olvida;

pues de la vanidad mal persuadida,

anhela duración, tierra animada.

 

Llevada de engañoso pensamiento,

y de esperanza burladora y ciega,

tropezará en el mismo monumento.

 

Como el que divertido el mar navega,

y sin moverse vuela con el viento,

y antes que piense en acercarse, llega.

 

Vulcano las forjó, tocolas Midas

Vulcano las forjó, tocolas Midas,

armas, en que otra vez a Marte cierra;

rígidas con el precio de la sierra

y en el rubio metal descoloridas.

 

Al ademán siguieron las heridas

cuando su brazo estremeció la tierra;

no las prestó el pincel: diolas la guerra;

Flandes las vio sangrientas y temidas.

 

Por lo que tienen del Girón de Osuna,

saben ser apacibles los horrores,

y en ellas es carmín la tracia luna.

 

Fulminan sus semblantes vencedores;

asistió al Arte, en Guido, la Fortuna,

y el lienzo es belicoso en los colores.

 

Ya formidable y espantoso suena…

Ya formidable y espantoso suena

dentro del corazón el postrer día,

y la última hora, negra y fría,

se acerca, de temor y sombras llena.

 

Si agradable descanso, paz serena,

la muerte en traje de dolor envía,

señas da su desdén de cortesía:

más tiene de caricia que de pena.

 

¿Qué pretende el temor desacordado

de la que a rescatar, piadosa, viene

espíritu en miserias añudado?

 

Llegué rogada, pues mi bien previene;

hallame agradecido, no asustado;

mi vida acabe y mi vivir ordene.

 

Ya, Laura, que descansa tu ventana

Ya, Laura, que descansa tu ventana

en sueño que otra edad tuvo despierta,

y, atentos los umbrales de tu puerta,

ya no escuchan de amante queja insana;

 

pues cerca de la noche, a la mañana

de tu niñez sucede tarde yerta,

mustia la primavera, la luz muerta,

depoblada la voz, la frente cana:

 

cuelga el espejo a Venus, donde miras

y lloras la que fuiste en la que hoy eres;

pues, suspirada entonces, hoy suspiras.

 

Y ansí, lo que no quieren ni tú quieres

ver, no verán los ojos ni tus iras,

cuando vives vejez y niñez mueres.

 

Ya llena de sí solo la litera…

Ya llena de sí solo la litera

Matón, que apenas anteyer hacía

(flaco y magro malsín) sombra, y cabía,

sobrando sitio, en una ratonera.

 

Hoy, mal introducida con la esfera

su casa, al sol los pasos le desvía,

y es tropezón de estrellas; y algún día,

si fuera más capaz, pocilga fuera.

 

Cuando a todos pidió, le conocimos;

no nos conoce cuando a todos toma;

y hoy dejamos de ser lo que ayer dimos.

 

Sóbrale tanto cuanto falta a Roma;

y no nos puede ver, porque le vimos:

lo que fue esconde; lo que usurpa asoma.

 

Ya que huyes de mí, Lísida hermosa…

Ya que huyes de mí, Lísida hermosa,

imita las costumbres de esta fuente,

que huye de la orilla eternamente,

y siempre la fecunda generosa.

 

Huye de mí cortés y desdeñosa,

sígate de mis ojos la corriente,

y, aunque de paso, tanto fuego ardiente

merézcate una hierba y una rosa.

 

Pues mi pena ocasionas, pues te ríes

del congojoso llanto que derramo

en sacrificio al claustro de rubíes,

 

perdona lo que soy por lo que amo,

y cuando desdeñosa te desvíes,

llévate allá la voz con que te llamo.

 

Ya viste que acusaban los sembrados…

Ya viste que acusaban los sembrados

secos las nubes, y las lluvias; luego

viste en la tempestad temer el riego

los surcos, con el rayo amenazados.

 

Más quieren verse secos que abrasados,

viendo que a la agua la acompaña el fuego,

y el relámpago, y trueno sordo y ciego,

y mustio el campo teme los nublados.

 

No de otra suerte temen la hermosura

que en los tuyos mis ojos codiciaron,

anhelando la luz serena y pura.

 

Pues luego que se abrieron, fulminaron,

y amedrentando el gozo a mi ventura,

encendieron en mí cuanto miraron.

 

Yace en esta tierra fría…

Yace en esta tierra fría,

digna de toda crianza,

la vieja cuya alabanza

tantas plumas merecía.

 

No quiso en el cielo entrar

a gozar de las estrellas,

por no estar entre doncellas

que no pudiese manchar.

 

Yo te untaré mis obras con tocino…

Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla,

perro de los ingenios de Castilla,

docto en pullas, cual mozo de camino;

 

Apenas hombre, sacerdote indino,

que aprendiste sin cristus la cartilla;

chocarrero de Córdoba y Sevilla,

y en la Corte bufón a lo divino.

 

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo solo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aun no lo niega?

 

No escribas versos más, por vida mía;

aunque aquesto de escribas se te pega,

por tener de sayón la rebeldía.

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