Poemas de Lope de Vega

poemas de Lope de Vega

Fénix de los Ingenios y Monstruo de la Naturaleza, los poemas de Lope de Vega transformaron el teatro español con su Arte nuevo de hacer comedias. Rompió las unidades aristotélicas, mezclando lo trágico con lo cómico y reduciendo la acción a tres actos para dinamizar el espectáculo.

Produjo de manera oceánica: escribió cientos de obras que capturaron el espíritu del Siglo de Oro. En piezas como Fuenteovejuna o Peribáñez, elevó al villano (el campesino honrado) a la categoría de héroe frente a la tiranía nobiliaria, defendiendo el honor y la monarquía.

Su vida, tan intensa como su pluma, estuvo marcada por pasiones amorosas, destierros y una fe tardía. Lope de Vega creó un lenguaje teatral cercano al pueblo que definió la identidad nacional española a través del verso, la honra y el ingenio.

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A Cristo en la cruz

¿Quién es aquel Caballero

herido por tantas partes,

que está de expirar tan cerca,

y no le socorre nadie?

 

«Jesús Nazareno» dice

aquel rétulo notable.

¡Ay Dios, que tan dulce nombre

no promete muerte infame!

 

Después del nombre y la patria,

Rey dice más adelante,

pues si es rey, ¿cuándo de espinas

han usado coronarse?

 

Dos cetros tiene en las manos,

mas nunca he visto que claven

a los reyes en los cetros

los vasallos desleales.

 

Unos dicen que si es Rey,

de la cruz descienda y baje;

y otros, que salvando a muchos,

a sí no puede salvarse.

 

De luto se cubre el cielo,

y el sol de sangriento esmalte,

o padece Dios, o el mundo

se disuelve y se deshace.

 

Al pie de la cruz, María

está en dolor constante,

mirando al Sol que se pone

entre arreboles de sangre.

 

Con ella su amado primo

haciendo sus ojos mares,

Cristo los pone en los dos,

más tierno porque se parte.

 

¡Oh lo que sienten los tres!

Juan, como primo y amante,

como madre la de Dios,

y lo que Dios, Dios lo sabe.

 

Alma, mirad cómo Cristo,

para partirse a su Padre,

viendo que a su Madre deja,

le dice palabras tales:

 

Mujer, ves ahí a tu hijo

y a Juan: Ves ahí tu Madre.

Juan queda en lugar de Cristo,

¡ay Dios, qué favor tan grande!

 

Viendo, pues, Jesús que todo

ya comenzaba a acabarse,

Sed tengo, dijo, que tiene

sed de que el hombre se salve.

 

Corrió un hombre y puso luego

a sus labios celestiales

en una caña una esponja

llena de hiel y vinagre.

 

¿En la boca de Jesús

pones hiel?, hombre, ¿qué haces?

Mira que por ese cielo

de Dios las palabras salen.

 

Advierte que en ella puso

con sus pechos virginales

una ave su blanca leche

a cuya dulzura sabe.

 

Alma, sus labios divinos,

cuando vamos a rogarle,

¿cómo con vinagre y hiel

darán respuesta süave?

 

Llegad a la Virgen bella,

y decirle con el ángel:

«Ave, quitad su amargura,

pues que de gracia sois Ave».

 

Sepa al vientre el fruto santo,

y a la dulce palma el dátil;

si tiene el alma a la puerta

no tengan hiel los umbrales.

 

Y si dais leche a Bernardo,

porque de madre os alabe,

mejor Jesús la merece,

pues Madre de Dios os hace.

 

Dulcísimo Cristo mío,

aunque esos labios se bañen

en hiel de mis graves culpas,

Dios sois, como Dios habladme.

 

Habladme, dulce Jesús,

antes que la lengua os falte,

no os desciendan de la cruz

sin hablarme y perdonarme.

 

A don Luis de Góngora

Claro cisne del Betis que, sonoro

y grave, ennobleciste el instrumento

más dulce, que ilustró músico acento,

bañando en ámbar puro el arco de oro,

 

a ti lira, a ti el castalio coro

debe su honor, su fama y su ornamento,

único al siglo y a la envidia exento,

vencida, si no muda, en tu decoro.

 

Los que por tu defensa escriben sumas,

propias ostentaciones solicitan,

dando a tu inmenso mar viles espumas.

 

Los ícaros defienda, que te imitan,

que como acercan a tu sol las plumas

de tu divina luz se precipitan.

 

A Juan Bautista Labaña

Maestro mío, ved si ha sido engaño

regular por amor el movimiento,

que hace en paralelos de su intento

el sol de Fili, discurriendo el año.

 

Tomé su altura en este desengaño,

y en mi sospecha, que es cierto instrumento,

por coronas conté su pensamiento

y señalome el índice mi daño.

 

O no son estos arcos bien descritos,

(digo estos ojos) o este limbo indicio,

que a aquella antigua oscuridad me torno,

 

o yo no observo bien vuestros escritos,

que si hace Fili en Géminis solsticio,

no escapa mi Cenit de Capricornio.

 

A la muerte de Cristo Nuestro Señor

La tarde se escurecía

entre la una y las dos,

que viendo que el Sol se muere,

se vistió de luto el sol.

 

Tinieblas cubren los aires,

las piedras de dos en dos

se rompen unas con otras,

y el pecho del hombre no.

 

Los ángeles de paz lloran

con tan amargo dolor,

que los cielos y la tierra

conocen que muere Dios.

 

Cuando está Cristo en la cruz

diciendo al Padre, Señor,

¿por qué me bas desamparado?

¡ay Dios, qué tierna razón!,

 

¿qué sentiría su Madre,

cuando tal palabra oyó,

viendo que su Hijo dice

que Dios le desamparó?

 

No lloréis Virgen piadosa,

que aunque se va vuestro Amor,

antes que pasen tres días

volverá a verse con vos.

 

¿Pero cómo las entrañas,

que nueve meses vivió,

verán que corta la muerte

fruto de tal bendición?

 

«¡Ay Hijo!, la Virgen dice,

¿qué madre vio como yo

tantas espadas sangrientas

traspasar su corazón?

 

¿Dónde está vuestra hermosura?

¿quién los ojos eclipsó,

donde se miraba el Cielo

como de su mismo Autor?

 

Partamos, dulce Jesús,

el cáliz desta pasión,

que Vos le bebéis de sangre,

y yo de pena y dolor.

 

¿De qué me sirvió guardaros

de aquel Rey que os persiguió,

si al fin os quitan la vida

vuestros enemigos hoy?»

 

Esto diciendo la Virgen

Cristo el espíritu dio;

alma, si no eres de piedra

llora, pues la culpa soy.

 

A la muerte de don Luis de Góngora

Despierta, oh Betis, la dormida plata,

y coronado de ciprés, inunda

la docta patria, en Sénecas fecunda,

todo el cristal en lágrimas desata.

 

Repite soledades, y dilata,

por campos de dolor, vena profunda,

única luz, que no dejó segunda;

al polifemo ingenio Atropos mata.

 

Góngora ya la parte restituye

mortal al tiempo, ya la culta lira

en cláusula final la voz incluye.

 

Ya muere y vive; que esta sacra pira

tan inmortal honor le constituye,

que nace fénix donde cisne expira.

 

A la noche

Noche fabricadora de embelecos,

loca, imaginativa, quimerista,

que muestras al que en ti su bien conquista,

los montes llanos y los mares secos;

 

habitadora de cerebros huecos,

mecánica, filósofa, alquimista,

encubridora vil, lince sin vista,

espantadiza de tus mismos ecos;

 

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,

solícita, poeta, enferma, fría,

manos del bravo y pies del fugitivo.

 

Que vele o duerma, media vida es tuya;

si velo, te lo pago con el día,

y si duermo, no siento lo que vivo.

 

A la nueva lengua

-Boscán, tarde llegamos -¿Hay posada?

-Llamad desde la posta, Garcilaso.

-¿Quién es? -Dos caballeros del Parnaso.

-No hay donde nocturnar palestra armada.

 

-No entiendo lo que dice la criada.

Madona, ¿qué decís? -Que afecten paso,

que obstenta limbos el mentido ocaso

y el sol depinge la porción rosada.

 

-¿Estás en ti, mujer? -Negose al tino

el ambulante huésped-. ¡Que en tan poco

tiempo tal lengua entre cristianos haya!

 

Boscán, perdido habemos el camino,

preguntad por Castilla, que estoy loco,

o no habemos salido de Vizcaya.

 

A la santísima Madalena

Buscaba Madalena pecadora

un hombre, y Dios halló sus pies, y en ellos

perdón, que más la fe que los cabellos

ata sus pies, sus ojos enamora.

 

De su muerte a su vida se mejora,

efecto en Cristo de sus ojos bellos,

sigue su luz, y al occidente dellos

canta en los cielos y en peñascos llora.

 

«Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando

que con amor a quien amó conquisto,

si amabas, Madalena, vive amando».

 

Discreta amante, que el peligro visto

súbitamente trasladó llorando

los amores del mundo a los [de] Cristo.

 

A la sepultura de Teodora de Urbina

Mi bien nacido de mis propios males,

retrato celestial de mi Belisa,

que en mudas voces y con dulce risa,

mi destierro y consuelo hiciste iguales;

 

Ciego, llorando, niña de mis ojos,

segunda vez de mis entrañas sales,

mas pues tu blanco pie los cielos pisa,

¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa

 

quebranta tus estrellas celestiales?

sobre esta piedra cantaré, que es mina

donde el que pasa al indio en propio suelo,

 

hallé más presto el oro en tus despojos,

las perlas, el coral, la plata fina;

mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al cielo.

 

A Lupercio Leonardo

Pasé la mar cuando creyó mi engaño

que en él mi antiguo fuego se templara,

mudé mi natural, porque mudara

naturaleza el uso, y curso el daño.

 

En otro cielo, en otro reino extraño,

mis trabajos se vieron en mi cara,

hallando, aunque otra tanta edad pasara,

incierto el bien, y cierto el desengaño.

 

El mismo amor me abrasa y atormenta,

y de razón y libertad me priva.

¿Por qué os quejáis del alma que le cuenta?

 

¿Qué no escriba decís, o que no viva?

Haced vos con mi amor que yo no sienta,

que yo haré con mi pluma que no escriba.

 

A mis soledades voy

A mis soledades voy,

de mis soledades vengo,

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos.

 

¡No sé qué tiene la aldea

donde vivo y donde muero,

que con venir de mí mismo

no puedo venir más lejos!

 

Ni estoy bien ni mal conmigo;

mas dice mi entendimiento

que un hombre que todo es alma

está cautivo en su cuerpo.

 

Entiendo lo que me basta,

y solamente no entiendo

cómo se sufre a sí mismo

un ignorante soberbio.

 

De cuantas cosas me cansan,

fácilmente me defiendo;

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.

 

El dirá que yo lo soy,

pero con falso argumento,

que humildad y necedad

no caben en un sujeto.

 

La diferencia conozco,

porque en él y en mí contemplo,

su locura en su arrogancia,

mi humildad en su desprecio.

 

O sabe naturaleza

más que supo en otro tiempo,

o tantos que nacen sabios

es porque lo dicen ellos.

 

Sólo sé que no sé nada,

dijo un filósofo, haciendo

la cuenta con su humildad,

adonde lo más es menos.

 

No me precio de entendido,

de desdichado me precio,

que los que no son dichosos,

¿cómo pueden ser discretos?

 

No puede durar el mundo,

porque dicen, y lo creo,

que suena a vidrio quebrado

y que ha de romperse presto.

 

Señales son del jüicio

ver que todos le perdemos,

unos por carta de más

otros por cartas de menos.

 

Dijeron que antiguamente

se fue la verdad al cielo;

tal la pusieron los hombres

que desde entonces no ha vuelto.

 

En dos edades vivimos

los propios y los ajenos:

la de plata los extraños

y la de cobre los nuestros.

 

¿A quién no dará cuidado,

si es español verdadero,

ver los hombres a lo antiguo

y el valor a lo moderno?

 

Dijo Dios que comería

su pan el hombre primero

con el sudor de su cara

por quebrar su mandamiento,

 

y algunos inobedientes

a la vergüenza y al miedo,

con las prendas de su honor

han trocado los efectos.

 

Virtud y filosofía

peregrina como ciegos;

el uno se lleva al otro,

llorando van y pidiendo.

 

Dos polos tiene la tierra,

universal movimiento;

la mejor vida el favor,

la mejor sangre el dinero.

 

Oigo tañer las campanas,

y no me espanto, aunque puedo,

que en lugar de tantas cruces

haya tantos hombres muertos.

 

Mirando estoy los sepulcros

cuyos mármoles eternos

están diciendo sin lengua

que no lo fueron sus dueños.

 

¡Oh, bien haya quien los hizo,

porque solamente en ellos

de los poderosos grandes

se vengaron los pequeños!

 

Fea pintan a la envidia,

yo confieso que la tengo

de unos hombres que no saben

quién vive pared en medio.

 

Sin libros y sin papeles,

sin tratos, cuentas ni cuentos,

cuando quieren escribir

piden prestado el tintero.

 

Sin ser pobres ni ser ricos,

tienen chimenea y huerto;

no los despiertan cuidados,

ni pretensiones, ni pleitos.

 

Ni murmuraron del grande,

ni ofendieron al pequeño;

nunca, como yo, afirmaron

parabién, ni pascua dieron.

 

Con esta envidia que digo

y lo que paso en silencio,

a mis soledades voy,

de mis soledades vengo.

 

A ti la lira, a ti de Delfo y Delo…

A ti la lira, a ti de Delfo y Delo,

Juana, la voz, los versos y la fama,

que mientras más tu hielo me desama,

más arde Amor en su inmortal desvelo.

 

Criome ardiente salamandra el cielo,

como sirena a ti, menos la escama,

para ser mariposa no eres llama,

fuerza será mariposear en hielo.

 

Mi amor es fuego, elementar segundo,

de Scitia tu desdén los hielos bebe;

tal imposible a mi esperanza fundo.

 

Pues a decir que fuéramos se atreve

(cuando no los hubiere en todo el mundo)

yo Amor, Juana desdén, su pecho nieve.

 

A un peine que no sabía el poeta si era de boj o de marfil

Sulca del mar de Amor las rubias ondas,

barco de Barcelona, y por los bellos

lazos navega altivo, aunque por ellos

tal vez te muestres y tal vez te escondas.

 

Ya no flechas, Amor, doradas ondas

teje de sus espléndidos cabellos;

tú con los dientes no le quites dellos

para que a tanta dicha correspondas.

 

Desenvuelve los rizos con decoro,

los paralelos de mi sol desata,

boj o colmillo de elefante moro;

 

y en tanto que esparcidos los dilata,

forma por la madeja sendas de oro

antes que el tiempo los convierta en plata.

 

A una calavera de mujer

Esta cabeza, cuando viva, tuvo

sobre la arquitectura de estos huesos

carne y cabellos, por quien fueron presos

los ojos que mirándola detuvo.

 

Aquí la rosa de la boca estuvo,

marchita ya con tan helados besos;

aquí los ojos, de esmeralda impresos,

color que tantas almas entretuvo;

 

aquí la estimativa, en quien tenía

el principio de todo movimiento;

aquí de las potencias la armonía.

 

¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!

¿En donde tanta presunción vivía

desprecian los gusanos aposento?

 

A una dama que salió revuelta una mañana

Hermoso desaliño, en quien se fía

cuanto después abrasa y enamora,

cual suele amanecer turbada aurora,

para matar de sol al mediodía.

 

Solimán natural, que desconfía

el resplandor con que los cielos dora;

dajad la arquilla, no os toquéis, señora,

tóquese la vejez de vuestra tía.

 

Mejor luce el jazmín, mejor la rosa

por el revuelto pelo en la nevada

columna de marfil, garganta hermosa.

 

Para la noche estáis mejor tocada;

que no anocheceréis tan aliñosa

como hoy amanecéis desaliñada.

 

A una rosa

¡Con qué artificio tan divino sales

de esa camisa de esmeralda fina,

oh rosa celestial alejandrina,

coronada de granos orientales!

 

Ya en rubíes te enciendes, ya en corales,

ya tu color a púrpura se inclina

sentada en esa basa peregrina

que forman cinco puntas desiguales.

 

Bien haya tu divino autor, pues mueves

a su contemplación el pensamiento,

o aun a pensar en nuestros años breves.

 

Así la verde edad se esparce al viento,

y así las esperanzas son aleves

que tienen en la tierra el fundamento…

 

Al contador Gaspar de Barrionuevo

Gaspar, si enfermo está mi bien, decidle

que yo tengo de amor el alma enferma,

y en esta soledad desierta y yerma,

lo que sabéis que paso persuadilde.

 

Y para que el rigor temple, advertilde

que el médico también tal vez enferma,

y que segura de mi ausencia duerma,

que soy leal cuanto presente humilde.

 

Y advertilde también, si el mal porfía,

que trueque mi salud y su accidente,

que la tengo el alma se la envía.

 

Decilde que del trueco se contente,

mas ¿para qué le ofrezco salud mía?

Que no tiene salud quien está ausente.

 

Al maestro Vicente Espinel

Aquesta pluma, célebre maestro,

que me pusisteis en las manos cuando

los primeros caracteres firmando

estaba, temeroso y poco diestro;

 

mis verdes años, que al gobierno vuestro

crecieron, aprendieron e imitando,

son los que ahora están gratificando

el bien pasado que presente os muestro.

 

La pura voluntad, que no la pluma,

porque la vuestra os eterniza y precia,

en estas letras la destreza extraña;

 

pero diré que si Mercurio en suma,

la instruyó en Italia y Cadmo en Grecia,

vos nuevamente a la dichosa España.

 

Al nacimiento de Cristo

Repastaban sus ganados

a las espaldas de un monte

de la torre de Belén

los soñolientos pastores,

 

alrededor de los troncos

de unos encendidos robles,

que, restallando a los aires,

daban claridad al bosque.

 

En los nudosos rediles

las ovejuelas se encojen,

la escarcha en la hierba helada

beben pensando que comen.

 

No lejos los lobos fieros,

con los aullidos feroces,

desafían los mastines,

que adonde suenan, responden.

 

Cuando las escuras nubes,

de sol coronado, rompe

un Capitán celestial

de sus ejércitos nobles,

 

atónitos se derriban

de sí mismos los pastores,

y por la lumbre las manos

sobre los ojos se ponen.

 

Los perros alzan las frentes,

y las ovejuelas corren

unas por otras turbadas

con balidos desconformes.

 

Cuando el nuncio soberano

las plumas de oro descoje,

y enamorando los aires,

les dice tales razones:

 

«Gloria a Dios en las alturas,

paz en la tierra a los hombres,

Dios ha nacido en Belén

en esta dichosa noche.

 

»Nació de una pura Virgen;

buscalde, pues sabéis donde,

que en sus brazos le hallaréis

envuelto en mantillas pobres».

 

Dijo, y las celestes aves

en un aplauso conformes

acompañando su vuelo

dieron al aire colores.

 

Los pastores, convocando

con dulces y alegres voces

toda la sierra, derriban

palmas y laureles nobles.

 

Ramos en las manos llevan,

y coronados de flores,

por la nieve forman sendas

cantando alegres canciones.

 

Llegan al portal dichoso

y aunque juntos le coronen

racimos de serafines,

quieren que laurel le adorne.

 

La pura y hermosa Virgen

hallan diciéndole amores

al niño recién nacido,

que Hombre y Dios tiene por nombre.

 

El santo viejo los lleva

adonde los pies le adoren,

que por las cortas mantillas

los mostraba el Niño entonces.

 

Todos lloran de placer,

pero ¿qué mucho que lloren

lágrimas de gloria y pena,

si llora el Sol por dos soles?

 

El santo Niño los mira,

y para que se enamoren,

se ríe en medio del llanto,

y ellos le ofrecen sus dones.

 

Alma, ofrecelde los vuestros,

y porque el Niño los tome,

sabed que se envuelve bien

en telas de corazones.

 

Al pie de un roble escarchado

Al pie de un roble escarchado

donde Belardo el amante

desbarató un tosco nido

que habían tejido las aves,

 

de breves pasadas glorias,

de presentes largos males,

así se queja diciendo:

quien tal hace, que tal pague.

 

La bella Filis un día,

al tiempo que el sol esparce

sus rayos por todo el suelo,

dorando montes y valles,

 

sintiendo que el corazón

se le divide en dos partes,

así el [lo] mesmo decía:

quien tal hace, que tal pague.

 

Hice a los desdenes guerra,

guerra desdenes me hacen;

maté a Belardo con celos,

celos es bien que me maten.

 

No atendí siendo llamada,

ahora no me oye nadie;

con justa causa padezco:

quien tal hace, que tal pague.

 

Desamé a Belardo un tiempo,

y el amor para vengarse,

quiere que le quiera ahora,

y que él me olvide y desame.

 

Dejadme, pasiones frescas,

frescas pasiones, dejadme

vivir para que publique:

quien tal hace, que tal pague.

 

No le da pena el rigor

del frío tiempo que hace,

que el fuego de amor la ampara

que dentro en su pecho nace.

 

Dando de coraje voces,

que revienta de coraje,

dice por momentos Filis:

quien tal hace, que tal pague.

 

¿Do está, Belardo, la fe

que prometiste guardarme?

más yo la quebré primero,

tú puedes de mí quejarte.

 

Diste primero en quererme,

yo primero en olvidarte,

tú harta disculpa tienes:

quien tal hace, que tal pague.

 

Sacó del seno un papel

y con mil ansias le abre,

y antes de leerle todo

le arruga, rompe y deshace

 

diciendo: «Yo soy la causa,

no tengo de quién quejarme,

quien dio la causa revienta:

quien tal hace, que tal pague».

 

Al ponerle en la cruz

En tanto que el hoyo cavan

a donde la cruz asienten,

en que el Cordero levanten

figurado por la sierpe,

 

aquella ropa inconsútil

que de Nazareth ausente

labró la hermosa María

después de su parto alegre,

 

de sus delicadas carnes

quitan con manos aleves

los camareros que tuvo

Cristo al tiempo de su muerte.

 

No bajan a desnudarle

los espíritus celestes,

sino soldados que luego

sobre su ropa echan suertes.

 

Quitáronle la corona,

y abriéronse tantas fuentes,

que todo el cuerpo divino

cubre la sangre que vierten.

 

Al despegarle la ropa

las heridas reverdecen,

pedazos de carne y sangre

salieron entre los pliegues.

 

Alma pegada en tus vicios,

si no puedes, o no quieres

despegarte tus costumbres,

piensa en esta ropa, y puede.

 

A la sangrienta cabeza

la dura corona vuelven,

que para mayor dolor

le coronaron dos veces.

 

Asió la soga un soldado,

tirando a Cristo, de suerte

que donde va por su gusto

quiere que por fuerza llegue.

 

Dio Cristo en la cruz de ojos,

arrojado de la gente,

que primero que la abrace,

quieren también que la bese.

 

¡Qué cama os está esperando,

mi Jesús, bien de mis bienes,

para que el cuerpo cansado

siquiera a morir se acueste!

 

¡Oh, qué almohada de rosas

las espinas os prometen!;

¡qué corredores dorados

los duros clavos crueles!

 

Dormid en ella, mi amor,

para que el hombre despierte,

aunque más dura se os haga

que en Belén entre la nieve.

 

Que en fin aquella tendría

abrigo de las paredes,

las tocas de vuestra Madre,

y el heno de aquellos bueyes.

 

¡Qué vergüenza le daría

al Cordero santo el verse,

siendo tan honesto y casto,

desnudo entre tanta gente!

 

¡Ay divina Madre suya!,

si ahora llegáis a verle

en tan miserable estado,

¿quién ha de haber que os consuele?

 

Mirad, Reina de los cielos,

si el mismo Señor es éste,

cuyas carnes parecían

de azucenas y claveles.

 

Mas, ¡ay Madre de piedad!,

que sobre la cruz le tienden,

para tomar la medida

por donde los clavos entren.

 

¡Oh terrible desatino!,

medir al inmenso quieren,

pero bien cabrá en la cruz

el que cupo en el pesebre.

 

Ya Jesús está de espaldas,

y tantas penas padece,

que con ser la cruz tan dura,

ya por descanso la tiene.

 

Alma de pórfido y mármol,

mientras en tus vicios duermes,

dura cama tiene Cristo,

no te despierte la muerte.

 

Al sepulcro de amor, que contra el filo

Al sepulcro de amor, que contra el filo

del tiempo hizo Artemisia vivir claro,

a la torre bellísima de Faro,

un tiempo de las naves luz y asilo;

 

al templo Efesio de famoso estilo,

al Coloso del sol, único y raro,

al muro de Semíramis reparo,

y a las altas Pirámides del Nilo;

 

en fin, a los milagros inauditos,

a Júpiter Olímpica, y al templo,

Pirámides, Coloso y Mauseolo;

 

y a cuantos hoy el mundo tiene escritos,

en fama vence de mi fe el ejemplo,

que es mayor maravilla mi amor solo.

 

Al son de los arroyuelos

Al son de los arroyuelos

cantan las aves de flor en flor,

que no hay más gloria que amor

ni mayor pena que celos.

 

Por estas selvas amenas

al son de arroyos sonoros

cantan las aves a coros

de celos y amor las penas.

 

Suenan del agua las venas,

instrumento natural,

y como el dulce cristal

va desatando los hielos,

al son de los arroyuelos

cantan las aves de flor en flor,

que no hay más gloria que amor

ni mayor pena que celos.

 

De amor las glorias celebran

los narcisos y claveles;

las violetas y penseles

de celos no se requiebran.

 

Unas en otras se quiebran

las ondas por las orillas,

y como las arenillas

ven por cristalinos velos,

al son de los arroyuelos

cantan las aves de flor en flor,

que no hay más gloria que amor

ni mayor pena que celos.

 

Arroyos murmuradores

de la fe de amor perjura,

por hilos de plata pura

ensartan perlas en flores.

 

Todo es celos, todo amores;

y mientras que lloro yo

las penas que Amor me dio

con sus celosos desvelos,

al son de los arroyuelos

cantan las aves de flor en flor,

que no hay más gloria que amor

ni mayor pena que celos.

 

Al triunfo de Judit

Cuelga sangriento de la cama al suelo

el hombro diestro del feroz tirano,

que opuesto al muro de Betulia en vano,

despidió contra sí rayos al cielo.

 

Revuelto con el ansia el rojo velo

del pabellón a la siniestra mano

descubre el espectáculo inhumano

del tronco horrible convertido en hielo.

 

Vertido Baco, el fuerte arnés afea

los vasos y la mesa derribada,

duermen las guardas, que tan mal emplea;

 

y sobre la muralla coronada

del pueblo de Israel, la casta hebrea

con la cabeza resplandece armada.

 

Amada pastora mía

«-Amada pastora mía,

tus descuidos me maltratan,

tus desdenes me fatigan,

tus sinrazones me matan.

 

A la noche me aborreces

y quiéresme a la mañana;

ya te ofendo a medio día,

ya por la tarde me llamas;

 

ahora dices que quieres,

y luego que te burlabas,

ya ríes mis tibias obras,

ya lloras por mis palabras.

 

Cuando te dan pena celos

estás más contenta y cantas;

y cuando estoy más seguro

parece que te desgracias.

 

A mi amigo me maldices

y a mi enemigo me alabas;

si no te veo me buscas,

y si te busco te enfadas.

 

Partíme una vez de ti,

lloraste mi ausencia larga,

y ahora que estoy contigo

con la tuya me amenazas.

 

Sin mar ni montes en medio,

sin peligro ni sin guardas,

mar, montes y guardas tienes

con una palabra airada.

 

Las paredes de tu choza

me parecen de montaña,

un mar el llegar a vellas

y mil gracias tus desgracias.

 

Como tienes en un punto

el amor y la mudanza,

pero bien le pintan niño,

poca vista y muchas alas.

 

Si Filis te ha dado celos,

el tiempo te desengaña,

que como ella quiere a uno

pudo por otra dejalla.

 

Si el aldea lo murmura,

siempre la gente se engaña,

y es mejor que tú me quieras

aunque ella tenga la fama.

 

Con esto me pones miedo

y me celas y amenazas:

si lloras, ¿cómo aborreces?

y si burlas, ¿cómo amas?-».

 

Esto Belardo decía

hablando con una carta,

sentado al pie de un olivo

que el dorado Tajo baña.

 

Amarilis

Canta Amarilis, y su voz levanta

mi alma desde el orbe de la luna

a las inteligencias, que ninguna

la suya imita con dulzura tanta.

 

De su número luego me trasplanta

a la unidad, que por sí misma es una,

y cual si fuera de su coro alguna,

alaba su grandeza cuando canta.

 

Apártame del mundo tal distancia,

que el pensamiento en su Hacedor termina,

mano, destreza, voz y consonancia.

 

Y es argumento que su voz divina

algo tiene de angélica sustancia,

pues a contemplación tan alta inclina.

 

Amor con tan honesto pensamiento

Amor con tan honesto pensamiento

arde en mi pecho, y con tan dulce pena,

que haciendo grave honor de la condena,

para cantar me sirve de instrumento.

 

No al fuego, al celestial atento,

en alabanza de Amarilis suena

con esta voz, que el curso al agua enfrena,

mueve la selva y enamora el viento.

 

La luz primera del primero día,

luego que el sol nació, toda la encierra,

círculo ardiente de su lumbre pura,

 

y así también, cuando tu sol nacía,

todas las hermosuras de la tierra

remitieron su luz a tu hermosura.

 

Anticipó la púrpura olorosa

Anticipó la púrpura olorosa

un temprano clavel; Fabio admirado

dijo a Fenisa que bajaba al prado:

«Corta su breve vida, Parca hermosa».

 

«Lástima fuera», respondió piadosa,

y dejole con vida y enojado,

y Fabio de sus labios engañado

dejó el clavel y respetó la rosa.

 

¡Ay, necio Fabio! La siguiente aurora,

de un etiope vil la negra mano,

en el jardín entrándose a deshora,

 

cortó el clavel y le gozó tirano.

Así perdida la ocasión se llora

y al más indigno se defiende en vano.

 

¿Apartaste, ingrata Filis?

¿Apartaste, ingrata Filis,

del amor que me mostrabas

para ponerlo en aquel

que pensando en ti se enfada?

 

¡Plegue a Dios no te arrepientas

cuando conozcas tu falta,

mas no te conocerás,

que aun para ti eres ingrata!

 

¡Filis, mal hayan

los ojos que en un tiempo te miraban!

 

Aguardando estoy a verte

tanto cuanto ya te ensanchas,

arrepentida llorando

el bien de que ahora te apartas;

 

víspera suele el bien ser

del mal que ahora no te halla,

pero aguarda, que él vendrá

cuando estés más descuidada.

 

¡Filis, mal hayan

los ojos que en un tiempo te miraban!

 

¡Oh cuántas y cuántas veces

me acuerdo de las palabras,

cruel, con que me engañaste

y con que a todos engañas!

 

A ti te engañaste sola,

pues te he de ver engañada,

deste que tú tanto adoras

y de mí sin esperanza.

 

¡Filis, mal hayan

los ojos que en un tiempo te miraban!

 

Mirete con buenos ojos,

pensando que me mirabas

como te miraba yo

por mi bien y tu desgracia;

 

que en esto, bien claro está,

eras tú la que ganabas,

mas a fin no mereciste

tanto bien siendo tan mala».

 

¡Filis, mal hayan

los ojos que en un tiempo te miraban!

 

Aquesta pluma, célebre maestro…

Aquesta pluma, célebre maestro,

que me pusisteis en las manos cuando

los primeros caracteres firmando

estaba, temeroso y poco diestro;

 

mis verdes años, que al gobierno vuestro

crecieron, aprendieron e imitando,

son los que ahora están gratificando

el bien pasado que presente os muestro.

 

La pura voluntad, que no la pluma,

porque la vuestra os eterniza y precia,

en estas letras la destreza extraña;

 

pero diré que si Mercurio en suma,

la instruyó en Italia y Cadmo en Grecia,

vos nuevamente a la dichosa España.

 

Atada al mar Andrómeda lloraba…

Atada al mar Andrómeda lloraba,

los nácares abriéndose al rocío,

que en sus conchas cuajado en cristal frío,

en cándidos aljófares trocaba.

 

Besaba el pie, las peñas ablandaba

humilde el mar, como pequeño río,

volviendo el sol la primavera estío,

parado en su cénit la contemplaba.

 

Los cabellos al viento bullicioso,

que la cubra con ellos le rogaban,

ya que testigo fue de iguales dichas,

 

y celosas de ver su cuerpo hermoso,

las nereidas su fin solicitaban,

que aún hay quien tenga envidia en las desdichas.

 

¡Ay, amargas soledades!

«-¡Ay, amargas soledades

de mi bellísima Filis,

destierro bien empleado

del agravio que la hice!

 

Envejézcanse mis años

en estos montes que vistes,

que quien sufre como piedra

es bien que en piedras habite.

 

¡Ay horas tristes,

cuán diferente estoy

del que me vistes!

 

¡Con cuánta razón os lloro,

pensamientos juveniles

que al principio de mis años

cerca del fin me trujistes!

 

Retrato de mala mano,

mudable tiempo me hiciste

sin nombre no me conocen

aunque despacio me miren.

 

¡Ay horas tristes,

cuán diferente estoy

del que me vistes!

 

Letra ha sido sospechosa,

que clara y escura sirve,

que por no borrarla toda,

encima se sobre escribe.

 

Pienso a veces que soy otro

hasta que el dolor me dice

que quien le sufre tan grande

ser otro fuera imposible-».

 

¡Ay horas tristes,

cuán diferente estoy

del que me vistes!

 

Belleza singular

Belleza singular, ingenio raro,

fuera del natural curso del cielo,

Etna de amor, que de tu mismo hielo

despides llamas entre mármol paro;

 

sol de hermosura, entendimiento claro,

alma dichosa en cristalino velo,

norte del mar, admiración del suelo,

emula el sol como a la luna el faro.

 

Milagro del Autor de cielo y tierra,

bien de naturaleza el más perfecto,

Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra;

 

nieve en blancura y fuego en el efecto,

paz de los ojos y del alma guerra;

dame a escribir como a penar sujeto.

 

Belleza singular, ingenio raro…

Belleza singular, ingenio raro,

fuera del natural curso del cielo,

Etna de amor, que de tu mismo hielo

despides llamas entre mármol paro;

 

sol de hermosura, entendimiento claro,

alma dichosa en cristalino velo,

norte del mar, admiración del suelo,

emula el sol como a la luna el faro.

 

Milagro del Autor de cielo y tierra,

bien de naturaleza el más perfecto,

Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra;

 

nieve en blancura y fuego en el efecto,

paz de los ojos y del alma guerra;

dame a escribir como a penar sujeto.

 

Boscán, tarde llegamos -¿Hay posada?…

-Boscán, tarde llegamos -¿Hay posada?

-Llamad desde la posta, Garcilaso.

-¿Quién es? -Dos caballeros del Parnaso.

-No hay donde nocturnar palestra armada.

 

-No entiendo lo que dice la criada.

Madona, ¿qué decís? -Que afecten paso,

que obstenta limbos el mentido ocaso

y el sol depinge la porción rosada.

 

-¿Estás en ti, mujer? -Negose al tino

el ambulante huésped-. ¡Que en tan poco

tiempo tal lengua entre cristianos haya!

 

Boscán, perdido habemos el camino,

preguntad por Castilla, que estoy loco,

o no habemos salido de Vizcaya.

 

Buscaba Madalena pecadora…

Buscaba Madalena pecadora

un hombre, y Dios halló sus pies, y en ellos

perdón, que más la fe que los cabellos

ata sus pies, sus ojos enamora.

 

De su muerte a su vida se mejora,

efecto en Cristo de sus ojos bellos,

sigue su luz, y al occidente dellos

canta en los cielos y en peñascos llora.

 

«Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando

que con amor a quien amó conquisto,

si amabas, Madalena, vive amando».

 

Discreta amante, que el peligro visto

súbitamente trasladó llorando

los amores del mundo a los [de] Cristo.

 

Canción

¡Oh libertad preciosa,

No comparada al oro,

Ni al bien mayor de la espaciosa tierra!

Más rica y más gozosa

Que el precioso tesoro

Que el mar del sur entre su nácar cierra;

Con armas, sangre y guerra,

Con las vidas y famas,

Conquistada en el mundo;

Paz dulce, amor profundo,

Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:

En ti sola se anida

Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.

 

Cuando de las humanas

Tinieblas vi del cielo

La luz, principio de mis dulces días,

Aquellas tres hermanas

Que nuestro humano velo

Tejiendo, llevan por inciertas vías,

Las duras penas mías

Trocaron en la gloria

Que en libertad poseo,

Con siempre igual deseo,

Donde verá por mi dichosa historia,

Quien más leyere en ella,

Que es dulce libertad lo menos della.

 

Yo pues, señor exento

Desta montaña y prado,

Gozo la gloria y libertad que tengo.

Soberbio pensamiento

Jamás ha derribado

La vida humilde y pobre que sostengo.

Cuando a las manos vengo

Con el muchacho ciego,

Haciendo rostro embisto,

Venzo, triunfo y resisto

La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,

Y con libre albedrío

Lloro el ajeno mal y canto el mío.

 

Cuando el aurora baña

Con helado rocío

De aljófar celestial el monte y prado,

Salgo de mi cabaña,

Riberas deste río,

A dar el nuevo pasto a mi ganado,

Y cuando el sol dorado

Muestra sus fuerzas graves,

Al sueño el pecho inclino

Debajo un sauce o pino,

O ya gozando el aura,

Oyendo el son de las parleras aves,

Donde el perdido aliento se restaura.

 

Cuando la noche oscura

Con su estrellado manto

El claro día en su tiniebla encierra,

Y suena en la espesura

El tenebroso canto

De los nocturnos hijos de la tierra,

Al pie de aquesta sierra

Con rústicas palabras

Mi ganadillo cuento

Y el corazón contento

Del gobierno de ovejas y de cabras,

La temerosa cuenta

Del cuidadoso rey me representa.

 

Aquí la verde pera

Con la manzana hermosa,

De gualda y roja sangre matizada,

Y de color de rosa

La cermeña olorosa

Tengo, y la endrina de color morada;

Aquí de la enramada

Parra que al olmo enlaza,

Melosas uvas cojo;

Y en cantidad recojo,

Al tiempo que las ramas desenlaza

El caluroso estío,

Membrillos que coronan este río.

 

No me da descontento

El hábito costoso

Que de lascivo el pecho noble infama;

Es mi dulce sustento

Del campo generoso

Estas silvestres frutas que derrama;

Mi regalada cama

De blandas pieles y hojas,

Que algún rey la envidiara,

Y de ti, fuente clara,

Que bullendo, el arena y agua arrojas,

Estos cristales puros,

Sustentos pobres, pero bien seguros.

 

Estése el cortesano

Procurando a su gusto

La blanda cama y el mejor sustento;

Bese la ingrata mano

Del poderoso injusto,

Formando torres de esperanza al viento;

Viva y muera sediento

Por el honroso oficio,

Y goce yo del suelo,

Al aire, al sol y al hielo,

Ocupado en mi rústico ejercicio;

Que más vale pobreza

En paz, que en guerra mísera riqueza.

 

Ni temo al poderoso

Ni al rico lisonjeo,

Ni soy camaleón del que gobierna,

Ni me tiene envidioso

La ambición y deseo

De ajena gloria ni de fama eterna;

Carne sabrosa y tierna,

Vino aromatizado,

Pan blanco de aquel día,

En prado, en fuente fría,

Halla un pastor con hambre fatigado;

Que el grande y el pequeño

Somos iguales lo que dura el sueño.

 

Canta Amarilis, y su voz levanta…

Canta Amarilis, y su voz levanta

mi alma desde el orbe de la luna

a las inteligencias, que ninguna

la suya imita con dulzura tanta.

 

De su número luego me trasplanta

a la unidad, que por sí misma es una,

y cual si fuera de su coro alguna,

alaba su grandeza cuando canta.

 

Apártame del mundo tal distancia,

que el pensamiento en su Hacedor termina,

mano, destreza, voz y consonancia.

 

Y es argumento que su voz divina

algo tiene de angélica sustancia,

pues a contemplación tan alta inclina.

 

Canta pájaro amante

Canta pájaro amante en la enramada

selva a su amor, que por el verde suelo

no ha visto al cazador que con desvelo

le está escuchando, la ballesta armada.

 

Tirale, yerra. Vuela, y la turbada

voz en el pico transformada en yelo,

vuelve, y de ramo en ramo acorta el vuelo

por no alejarse de la prenda amada.

 

Desta suerte el amor canta en el nido;

mas luego que los celos que recela

le tiran flechas de temor de olvido,

 

huye, teme, sospecha, inquiere, cela,

y hasta que ve que el cazador es ido,

de pensamiento en pensamiento vuela.

 

Cayó la torre

Cayó la torre que en el viento hacían

mis altos pensamientos castigados,

que yacen por el suelo derribados

cuando con sus extremos competían.

 

Atrevidos al sol llegar querían,

y morir en sus rayos abrasados,

de cuya luz contentos y engañados,

como la ciega mariposa ardían.

 

¡Oh, siempre aborrecido desengaño,

amado al procurarte, odioso al verte,

que en lugar de sanar abres la herida!

 

¡Plugiera a Dios duraras, dulce engaño,

que si ha de dar un desengaño muerte,

mejor es un engaño que da vida!

 

Céfiro blando que mis quejas tristes

Céfiro blando que mis quejas tristes

tantas veces llevaste, claras fuentes

que con mis tiernas lágrimas ardientes

vuestro dulce licor ponzoña hiciste;

 

selvas que mis querellas esparciste,

ásperos montes a mi mal presentes,

ríos que de mis ojos siempre ausentes,

veneno al mar, como a tirano diste;

 

pues la aspereza de rigor tan fiero

no me permite voz articulada,

decid a mi desdén que por él muero.

 

Que si la viere el mundo transformada

en el laurel que por dureza espero,

della veréis mi frente coronada.

 

Celebró de Amarilis la hermosura…

Celebró de Amarilis la hermosura

Virgilio en su bucólica divina,

Propercio de su Cintia, y de Corina

Ovidio en oro, en rosa, en nieve pura;

 

Catulo de su Lesbia la escultura

a la inmortalidad pórfido inclina;

Petrarca por el mundo, peregrina,

constituyó de Laura la figura;

 

yo, pues Amor me manda que presuma,

de la humilde prisión de tus cabellos,

poeta montañés, con ruda pluma,

 

Juana, celebraré tus ojos bellos,

que vale más de tu jabón la espuma

que todas ellas, y que todos ellos.

 

Celso al peine de Clavelia

Por las ondas del mar de unos cabellos

un barco de marfil pasaba un día

que, humillando sus olas, deshacía

los crespos lazos que formaban de ellos;

 

iba el Amor en él cogiendo en ellos

las hebras que del peine deshacía

cuando el oro lustroso dividía,

que este era el barco de los rizos bellos.

 

Hizo de ellos Amor escota al barco,

grillos al albedrío, al alma esposas,

oro de Tíbar y del sol reflejos;

 

y puesta de un cabello cuerda al arco,

así tiró las flechas amorosas

que alcanzaban mejor cuanto más lejos.

 

Claro cisne del Betis que, sonoro…

Claro cisne del Betis que, sonoro

y grave, ennobleciste el instrumento

más dulce, que ilustró músico acento,

bañando en ámbar puro el arco de oro,

 

a ti lira, a ti el castalio coro

debe su honor, su fama y su ornamento,

único al siglo y a la envidia exento,

vencida, si no muda, en tu decoro.

 

Los que por tu defensa escriben sumas,

propias ostentaciones solicitan,

dando a tu inmenso mar viles espumas.

 

Los ícaros defienda, que te imitan,

que como acercan a tu sol las plumas

de tu divina luz se precipitan.

 

Cleopatra a Antonio en oloroso vino

Cleopatra a Antonio en oloroso vino

dos perlas quiso dar de igual grandeza,

que por muestra formó naturaleza

del instrumento del poder divino.

 

Por honrar su amoroso desatino,

que fue monstruo en amor como en belleza,

la primera bebió, cuya riqueza

honrar pudiera la ciudad de Nino.

 

Mas no queriendo la segunda Antonio,

que ya Cleopatra deshacer quería,

de dos milagros reservó el segundo.

 

Quedó la perla sola en testimonio

de que no tuvo igual hasta aquel día,

bella Lucinda, que naciste al mundo.

 

Como si fuera cándida escultura…

Como si fuera cándida escultura

en lustroso marfil de Bonarrota,

a París pide Venus en pelota

la debida manzana a su hermosura.

 

En perspectiva Palas su figura

muestra por más honesta, más remota;

Juno sus altos méritos acota

en parte de la selva más escura;

 

pero el pastor a Venus la manzana

de oro le rinde, más galán que honesto,

aunque saliera su esperanza vana.

 

Pues cuarta diosa en el discorde puesto,

no sólo a ti te diera, hermosa Juana,

una manzana, pero todo un cesto.

 

Con ánimo de hablarle en confianza…

Con ánimo de hablarle en confianza

de su piedad entré en el templo un día,

donde Cristo en la cruz resplandecía

con el perdón de quien le mira alcanza.

 

Y aunque la fe, el amor y la esperanza

a la lengua pusieron osadía,

acordeme que fue por culpa mía

y quisiera de mí tomar venganza.

 

Ya me volvía sin decirle nada

y como vi la llaga del costado,

parose el alma en lágrimas bañada.

 

Hablé, lloré y entré por aquel lado,

porque no tiene Dios puerta cerrada

al corazón contrito y humillado.

 

Con nuevos lazos

Con nuevos lazos, como el mismo Apolo,

hallé en cabello a mi Lucinda un día,

tan hermosa, que al cielo parecía

en la risa del alba, abriendo el polo.

 

Vino un aire sutil, y desatolo

con blando golpe por la frente mía,

y dije a amor que para qué tejía

mil cuerdas juntas para un arco solo.

 

Pero él responde: «Fugitivo mío,

que burlaste mis brazos, hoy aguardo

de nuevo echar prisión a tu albedrío».

 

Yo triste, que por ella muero y ardo,

la red quise romper, ¡qué desvarío!,

pues más me enredo mientras más me guardo.

 

¡Con qué artificio tan divino sales…

¡Con qué artificio tan divino sales

de esa camisa de esmeralda fina,

oh rosa celestial alejandrina,

coronada de granos orientales!

 

Ya en rubíes te enciendes, ya en corales,

ya tu color a púrpura se inclina

sentada en esa basa peregrina

que forman cinco puntas desiguales.

 

Bien haya tu divino autor, pues mueves

a su contemplación el pensamiento,

o aun a pensar en nuestros años breves.

 

Así la verde edad se esparce al viento,

y así las esperanzas son aleves

que tienen en la tierra el fundamento…

 

Contemplando estaba Filis

Contemplando estaba Filis

a la media noche sola

una vela a cuya lumbre

labrando estaba una cofia,

 

porque andaba en torno della

una blanca mariposa,

quemándose los extremos

y quería arderse toda.

 

Suspendiose, imaginando

la avecilla animosa;

tomola en sus blancas manos

y así le dice envidiosa:

 

«-¿Adónde tienes los ojos

que desta luz te enamoras,

la boca con que la besas

y el gusto con que la gozas?

 

¿Adónde tienes tu ingenio,

y dónde está la memoria?

¿con qué lengua la requiebras?

¿de qué despojos la adornas?

 

¿Qué le dices cuando llegas,

y en su fuego presurosa

le dejas alguna prenda

de la afición que le doras?

 

Y sin haberte ido vienes,

y después a volar tornas

hasta el punto que tu vida

entre las llamas despojas,

 

viendo que no será justo

dilatar su muerte y gloria-».

En diciendo estas razones

llegose al fuego y quemola.

 

«-Dichosa fuiste, avecilla,

Filis prosigue, pues gozas

en los brazos de tu amigo

muerte y vida gloriosa;

 

que la vida sin contento

mucha falta y poca sobra,

y sólo el sosiego es bueno

adonde el alma reposa.

 

Mas ¿cómo yo con tu ejemplo

no me doy la muerte ahora?

Morir quiero, pues me anima,

y acabar con tantas cosas.

 

He sabido que Belardo

su vida pasa con otra,

porque le enojan mis celos

y mis desdichas le enojan-».

 

Del paño de su labor

un corto cuchillo toma,

y dijo toda turbada:

«-Oh Belardo, aquí fue Troya-».

 

Pero primero que fuese

puesto el intento por obra,

quiso probar el dolor,

que es mujer y temerosa.

 

Con la aguja que labraba

picose el dedo y turbola

de su muy querida sangre

el ver salir una gota.

 

Pide un paño a la criada,

intento y cuchillo arroja;

lloró su sangre perdida,

que su amante no la llora.

 

Corría un manso arroyuelo

Corría un manso arroyuelo

entre dos valles al alba,

que sobre prendas de aljófar

le prestaban esmeraldas.

 

Las blancas y rojas flores

que por las márgenes baña,

dos veces eran narcisos

en el espejo del agua.

 

Ya se volvía el aurora,

y en los prados imitaban

celosos lirios sus ojos,

jazmines sus manos blancas.

 

Las rosas en verdes lazos

vestidas de blanco y nácar,

con hermosura de un día

daban envidia y venganza.

 

Ya no bajaban las aves

al agua, porque pensaban,

como daba el sol en ella,

que eran pedazos de plata.

 

En esta sazón Lisardo

salía de su cabaña,

¿quién pensara que a estar triste,

donde todos se alegraban?

 

Por las mal enjutas sendas

delante el ganado baja,

que a un mismo tiempo paciendo,

come hielo y bebe escarcha.

 

Por otra parte venía

de sus tristezas la causa,

hermosa como ella misma,

pues ella sola se iguala.

 

Leyendo viene una letra

que a sus estrellas con alma

compuso Lisardo un día,

con más amor que esperanza.

 

Viole admirado de verla,

y de unas cintas moradas,

para matalle a lisonjas,

el instrumento desata.

 

Y por dos hilos de perlas,

que dos claveles guardaban,

dio la voz al manso viento

y repitió las palabras:

 

«Madre, unos ojuelos vi,

verdes, alegres y bellos.

¡Ay, que me muero por ellos,

y ellos se burlan de mí!

 

»Las dos niñas de sus cielos

han hecho tanta mudanza,

que la color de esperanza

se me ha convertido en celos.

 

»Yo pienso, madre, que vi

mi vida y mi muerte en ellos.

¡Ay… !

 

»¿Quién pensara que el color

de tal suerte me engañara?

Pero ¿quién no lo pensara

como no tuviera amor?

 

»Madre, en ellos me perdí,

y es fuerza buscarme en ellos.

¡Ay, que… !»

 

Cortando la pluma hablan los dos

—Pluma, las musas de mi genio autoras

versos me piden hoy. ¡Alto, a escribillos!

—Yo solo escribiré, señor Burguillos,

estas que me dictó rimas sonoras.

 

—¿A Góngora me acota a tales horas?

Arrojaré tijeras y cuchillos,

pues en queriendo hacer versos sencillos

arrímese dos musas cantimploras.

 

Dejemos la campaña, el monte, el valle,

y alabemos señores. —No le entiendo.

¿Morir quiere de hambre? —Escriba y calle.

 

—A mi ganso me vuelvo en prosiguiendo,

que es desdicha después de no premialle,

nacer volando y acabar mintiendo.

 

¡Cuán bienaventurado!

¡Cuán bienaventurado

aquel puede llamarse justamente,

que sin tener cuidado

de la malicia y lengua de la gente,

a la virtud contraria,

la suya pasa en vida solitaria!

 

¡Dichoso el que no mira

del altivo señor las altas casas,

ni de mirar se admira

fuertes columnas oprimiendo basas,

en las soberbias puertas,

a la lisonja eternamente abiertas!

 

Los altos frontispicios,

con el noble blasón de sus pasados,

los bélicos oficios,

de timbres y banderas coronados,

desprecia y tiene en menos

que en el campo los olmos, de hojas llenos.

 

Ni sufre al confiado

en quien puede morir, y que al fin muere,

ni humilde al levantado

con vanas sumisiones le prefiere,

sin ver que no hay columna

segura en las mudanzas de fortuna.

 

Ni va sin luz delante

del señor poderoso, que atropella

sus fuerzas arrogante,

pues es mejor de noche ser estrella,

que por la compañía

del sol dorado no lucir de día.

 

¡Dichoso el que apartado

de aquellos que se tienen por discretos,

no habla desvelado

en sutiles sentencias y conceptos,

ni inventa voces nuevas,

más de ambición que del ingenio pruebas!

 

Ni escucha al malicioso

que todo cuanto ve le desagrada,

ni al crítico en enfadoso

teme la esquiva condición, fundada

en la calumnia sola,

fuego activo del oro que acrisola.

 

Ni aquellos arrogantes

por el verde laurel de alguna ciencia,

que llaman ignorantes

los que tienen por sabios la experiencia,

porque la ciencia en suma

no sale del laurel, mas de la pluma.

 

No da el saber el grado

sino el ingenio natural del arte

y estudio acompañado,

que el hábito y los cursos no son parte,

ni aquella ilustre rama,

faltando lo esencial, para dar fama.

 

¡Oh cuántos hay que viven

a sus cortas esferas condenados!

Hoy lo que ayer escriben,

ingenios como espejos que quebrados

muestran siempre de un modo

lo mismo en cualquier parte que en todo.

 

¡Dichoso pues mil veces

el solo que en su campo, descuidado

de vanas altiveces,

cuanto rompiendo va con el arado

baña con la corriente

del agua que destila de su frente.

 

El ave sacra a Marte

le despierta del sueño perezoso,

y el vestido sin arte

traslada presto al cuerpo, temeroso

de que la luz del día

por las quiebras del techo entrar porfía.

 

Revuelve la ceniza,

sopla el humoso pino mal quemado;

el animal se eriza

que estaba entre las pajas acostado,

ya a la tiniebla huye

y lo que hurtó a la luz le restituye.

 

El pobre almuerzo aliña,

come y da de comer a los dos bueyes,

y en el barbecho o viña,

sin envidiar los patios de los reyes,

ufano se pasea

a vista de las casas de su aldea.

 

Y son tan derribadas,

que aun no llega el soldado a su aposento,

ni sus armas colgadas

de sus paredes vio, ni el corpulento

caballo estar atado

al humilde pesebre del ganado.

 

Caliéntase el enero,

alrededor de sus hijuelos todos,

a un roble, ardiendo entero,

y allí contando de diversos modos,

de la extranjera guerra

duerme seguro, y goza de su tierra.

 

Ni deuda en plazo breve,

ni nave por la mar su paz impide,

ni a la fama se atreve,

con el reloj del sol sus horas mide,

y la incierta postrera,

ni la teme cobarde, ni la espera.

 

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro…

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,

y la cándida víctima levanto,

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro.

 

Tal vez el alma con temor retiro,

tal vez la doy al amoroso llanto,

que arrepentido de ofenderos tanto

con ansias temo, y con dolor suspiro.

 

Volved los ojos a mirarme humanos,

que por las sendas de mi error siniestras

me despeñaron pensamientos vanos;

 

no sean tantas las miserias nuestras

que a quien os tuvo en sus indignas manos

vos le dejéis de las divinas vuestras.

 

Cuando imagino de mis breves días

Cuando imagino de mis breves días

los muchos que el tirano amor me debe,

y en mi cabello anticipar la nieve,

más que los años, las tristezas mías,

 

veo que son sus falsas alegrías

veneno que en cristal la razón bebe,

por quien el apetito se le atreve,

vestido de mil dulces fantasías.

 

¿Qué hierbas del olvido ha dado el gusto

a la razón, que sin hacer su oficio

quiere contra razón satisfacelle?

 

Mas consolarse quiere mi disgusto,

que es el deseo del remedio indicio,

y el remedio de amor querer vencelle.

 

Cuando las secas encinas

Cuando las secas encinas,

álamos y robles altos,

los secos ramillos visten

de verdes hojas y ramos;

 

y las fructíferas plantas

con mil pimpollos preñados

brotando fragantes flores

hacen de lo verde blanco,

 

para pagar el tributo

al bajo suelo, ordinario

natural de la influencia

qu’el cielo les da cada año;

 

y secas las yerbezuelas

de los secretos contrarios

por naturales efectos

al ser primero tornando,

 

de cuyos verdes renuevos

nacen mil colores varios

de miles distintas flores

que esmaltan los verdes prados;

 

los lechales cabritillos

y los corderos balando

corren a las alcaceles

ya comiendo, ya jugando,

 

cuando el pastor Albano suspirando

con lágrimas así dice llorando:

«Todo se alegra, mi Belisa, ahora,

solo tu Albano se entristece y llora».

 

Los romeros y tomillos,

de cuyos floridos ramos

las fecundas abejuelas

sacan licor dulce y claro;

 

y con la mucha abundancia,

su labor melificando

hinchen el panal nativo

de poleo tierno y blanco,

 

de cuyos preñados huevos

los hijuelos palpitando

salen por gracia divina

a poblar ajenos vasos;

 

las laboriosas hormigas

de sus provistos palacios

seguras salen a ver

el tiempo sereno y claro,

 

y los demás animales,

aves, peces, yerba o campo

desechando la tristeza

todos se alegran ufanos,

 

previniste, tiempo alegre,

mas triste el pastor Albano,

a su querida Belisa

dice, el sepulcro mirando:

 

Cuando el pastor Albano suspirando

con lágrimas así dice llorando:

«Todo se alegra, mi Belisa, ahora,

solo tu Albano se entristece y llora».

 

Belisa, señora mía,

hoy se cumple justo un año

que de tu temprana muerte

gusté aquel potaje amargo.

 

Un año te serví enferma,

¡ojalá fueran mil años,

que así enferma te quisiera,

continuo aguardando el pago!

 

Solo yo te acompañé

cuando todos te dejaron,

porque te quise en la vida

y muerta te adoro y amo;

 

y sabe el cielo piadoso

a quien fiel testigo hago,

si te querrá también muerta

quien viva te quiso tanto.

 

Dejásteme en tu cabaña

por guarda de tu rebaño,

con aquella dulce prenda

que me dejaste del parto;

 

que por ser hechura tuya

me consolaba algún tanto

cuando en su divino rostro

contemplaba tu retrato,

 

pero durome tan poco

qu’el cielo por mis pecados

quiso que también siguiese

muerta tus divinos pasos,

 

Cuando el pastor Albano suspirando

con lágrimas así dice llorando:

«Todo se alegra, mí Belísa, ahora,

solo tu Albano se entristece y llora».

 

Cuando me paro a contemplar mi estado

Cuando me paro a contemplar mi estado,

y a ver los pasos por donde he venido,

me espanto de que un hombre tan perdido

a conocer su error haya llegado.

 

Cuando miro los años que he pasado,

la divina razón puesta en olvido,

conozco que piedad del cielo ha sido

no haberme en tanto mal precipitado.

 

Entré por laberinto tan extraño,

fiando al débil hilo de la vida

el tarde conocido desengaño;

 

mas de tu luz mi oscuridad vencida,

el monstruo muerto de mi ciego engaño,

vuelve a la patria, la razón perdida.

 

¡Cuántas veces, Amor, me prometiste!

¡Cuántas veces, Amor, me prometiste

que con olvido iguala el tiempo el daño!

Mas ya me falta en este desengaño

el bien que me ofreciste o que fingiste.

 

El alma y el deseo que me diste

se están muriendo en este eterno engaño,

y si a olvidar las penas me condaño,

con nueva rabia el alma me resiste.

 

Ya, pues, mi libertad doy por perdida,

y aunque veo mi error, aún no me quejo,

mas quisiera olvidar lo que te digo.

 

Solo espero por pago de mi vida

que a una mujer que me trató de lejos

la trate yo como ella hizo conmigo.

 

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado!

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,

y cuántas con vergüenza he respondido

desnudo como Adán, aunque vestido

de las hojas del árbol del pecado!

 

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,

fácil de asir, en una cruz asido,

y atrás volví otras tantas, atrevido,

al mismo precio en que me habéis comprado.

 

Besos de paz os di para ofenderos,

pero si, fugitivos de su dueño,

hierran, cuando los hallan, los esclavos,

 

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,

clavadme Vos a Vos en vuestro leño,

y tendreisme seguro con tres clavos.

 

Cuelga sangriento de la cama al suelo…

Cuelga sangriento de la cama al suelo

El hombro diestro del feroz tirano,

Que opuesto al muro de Betulia en vano,

Despidió contra sí rayos al cielo.

 

Revuelto con el ansia el rojo velo

Del pabellón a la siniestra mano,

Descubre el espectáculo inhumano

Del tronco horrible, convertido en hielo.

 

Vertido Baco, el fuerte arnés afea

Los vasos y la mesa derribada,

Duermen los guardas, que tan mal emplea;

 

Y sobre la muralla, coronada

Del pueblo de Israel, la casta hebrea

Con la cabeza resplandece armada.

 

Daba sustento a un pajarillo

Daba sustento a un pajarillo un día

Lucinda, y por los hierros del portillo

fuésele de la jaula el pajarillo

al libre viento en que vivir solía.

 

Con un suspiro a la ocasión tardía

tendió la mano, y no pudiendo asillo,

dijo (y de las mejillas amarillo

volvió el clavel que entre su nieve ardía):

 

¿Adónde vas por despreciar el nido,

al peligro de ligas y de balas,

y el dueño huyes que tu pico adora?.

 

Oyóla el pajarillo enternecido,

y a la antigua prisión volvió las alas,

que tanto puede una mujer que llora.

 

De Andrómeda

Atada al mar Andrómeda lloraba,

los nácares abriéndose al rocío,

que en sus conchas cuajado en cristal frío,

en cándidos aljófares trocaba.

 

Besaba el pie, las peñas ablandaba

humilde el mar, como pequeño río,

volviendo el sol la primavera estío,

parado en su cénit la contemplaba.

 

Los cabellos al viento bullicioso,

que la cubra con ellos le rogaban,

ya que testigo fue de iguales dichas,

 

y celosas de ver su cuerpo hermoso,

las nereidas su fin solicitaban,

que aún hay quien tenga envidia en las desdichas.

 

De Europa y Júpiter

Pasando el mar el engañoso toro,

volviendo la cerviz, el pie besaba

de la llorosa ninfa, que miraba

perdido de las ropas el decoro.

 

Entre las aguas y las hebras de oro,

ondas el fresco viento levantaba,

a quien con los supiros ayudaba

del mal guardado virginal tesoro.

 

Cayéronsele a Europa de las faldas

las rosas al decirle el toro amores,

y ella con el dolor de sus guirnaldas,

 

dicen que lleno el rostro de colores,

en perlas convirtió sus esmeraldas,

y dijo: «¡Ay triste yo!, ¡perdí las flores!».

 

De hoy más las crespas sienes de olorosa

De hoy más las crespas sienes de olorosa

verbena y mirto coronarte puedes,

juncoso Manzanares, pues excedes

del Tajo la corriente caudalosa.

 

Lucinda en ti bañó su planta hermosa;

bien es que su dorado nombre heredes,

y que con perlas por arenas quedes,

mereciendo besar su nieve y rosa.

 

Y yo envidiar pudiera tu fortuna,

mas he llorado en ti lágrimas tantas,

(tú, buen testigo de mi amargo lloro),

 

que mezclada en tus aguas pudo alguna

de Lucinda tocar las tiernas plantas,

y convertirse en tus arenas de oro.

poemas de Lope de Vega

De Jasón

Encaneció las ondas con espuma

Argos, primera nave, y sin temellas

osó tocar la gavia las estrellas,

y hasta el cerco del sol volar sin pluma.

 

Y aunque Anfitrite airada se consuma,

dividen el cristal sus ninfas bellas,

y hasta Colcos Jasón pasa por ellas,

por más que el viento resistir presuma.

 

Más era el agua que el dragón y el toro,

mas no le estorba que su campo arase

la fuerte proa entre una y otra sierra.

 

Rompiose al fin por dos manzanas de oro,

para que el mar cruel no se alabase,

que por lo mismo se perdió la tierra.

 

De pechos sobre una torre

De pechos sobre una torre

que la mar combate y cerca,

mirando las fuertes naves

que se van a Inglaterra,

 

las aguas crece Belisa

llorando lágrimas tiernas,

diciendo con voces tristes

al que se aparta y la deja:

 

«Vete, cruel, que bien me queda

en quien vengarme de tu agravio pueda».

 

«-No quedo con solo el hierro

de tu espada y de mi afrenta,

que me queda en las entrañas

retrato del mismo Eneas,

 

y aunque inocente, culpado,

si los pecados se heredan;

matareme por matarle,

y moriré porque muera-».

 

«Vete, cruel, que bien me queda

en quien vengarme de tu agravio pueda».

 

«Mas quiero mudar de intento

y aguardar que salga fuera

por si en algo te parece

matar a quien te parezca.

 

Mas no le quiero aguardar,

que será vívora fiera,

que rompiendo mis entrañas

saldrá dejándome muerta».

 

«Vete, cruel, que bien me queda

en quien vengarme de tu agravío pueda».

 

Así se queja Belisa

cuando la priesa se llega;

hacen señal a las naves

y todas alzan las velas.

 

«Aguarda, aguarda, le dice,

fugitivo esposo, espera…

Mas, ¡ay! que en balde te llamo;

¡plega a Dios que nunca vuelvas!-».

 

«Vete, cruel, que bien me queda

en quien vengarme de tu agravio pueda».

 

¿De qué me avisas?

«-Di, Zaida, ¿de qué me avisas?

¿Quieres que muera y que calle?

No des crédito a mujeres

no fundadas en verdades;

 

que si pregunto en qué entiendes

o quién viene a visitarte,

son fiestas de mi tormento

ver qué visitas te aplacen.

 

Si dices que estás corrida

de que Zaide poco sabe,

no sé poco, pues que supe

conocerte y adorarte.

 

Si dices son por mi causa

las que en el rostro te salen,

por la tuya con mis ojos

tengo regada tu calle.

 

Confiesas que soy valiente,

que tengo otras muchas partes;

pocas tengo, pues no puedo

de una mentira vengarme.

 

Mas si ha querido mi suerte

que ya el quererte te canse,

no pongas inconvenientes

mas de que quieres dejarme.

 

No entendí que eras mujer

a quien novedad aplace,

mas son tales mis desdichas,

que en mí lo imposible hacen;

 

hanme puesto en tal extremo

que el bien tengo por ultraje:

alabasme para hacerme

la nata de los galanes.

 

Yo soy quien pierdo en perderte

y gano mucho en ganarte,

y aunque hablas en mi ofensa

no dejaré de adorarte.

 

Dices que si fuera mudo

fuera posible adorarme;

si en tu daño no lo he sido,

enmudezca el desculparme.

 

Si te ha ofendido mi vida,

quieres señora matarme,

basta decir que hablé [e]

para que el pesar me acabe.

 

Es mi pecho calabozo

de tormentos inmortales,

mi boca la del silencio,

que no ha menester alcaide.

 

Que el hacer plato y banquetes

es de hombres principales,

mas dalles de sus favores

sólo pertenece a infames.

 

Zaida cruel, que dijiste

que no supe conservarte,

mejor te supe obligar

que tú has sabido pagarme.

 

Mienten los moros y moras,

miente el infame de Tarfe,

que si yo le amenazara

bastara para matarle.

 

A ese perro mal nacido

a quien yo mostré el turbante,

no fío yo dél secretos,

que en bajos pechos no caben.

 

Yo le he de quitar la vida

y he de escribir con su sangre

lo que tú Zaida replico:

Quien tal hizo, que tal pague-».

 

De una recia calentura

De una recia calentura,

de un amoroso accidente,

con el frío de los celos

Belardo estaba a la muerte.

 

Pensando estaba en la causa,

que quiso hallarse presente

para mostrar que ha podido

hallarse a su fin alegre.

 

De verle morir la ingrata

ni llora ni se arrepiente,

que quien tanto en vida quiso

hoy en la muerte aborrece.

 

Empezó el pastor sus mandas

y dice: «-Quiero que herede

el cuerpo la dura tierra,

que es deuda que se le debe;

 

sólo quiero que le saquen

los ojos y los entreguen,

porque los llamó su dueño

la ingrata Filis mil veces.

 

Y mando que el corazón

en otro fuego se queme,

y que las cenizas mismas

dentro de la mar las echen;

 

que por ser palabras suyas

en la tierra do cayeren

podrán estar bien seguras

de que el viento se las lleve.

 

Y pues que muero tan pobre

que cuanto dejo me deben,

podrán hacer mi mortaja

de cartas y papeles;

 

y de lo demás que queda

quiero que a Filis se entregue

un espejo por que tenga

en qué se mire y contemple.

 

Contemple que su hermosura

es rosa cuando amanece,

y que es la vejez la noche

a cuya sombra se prende;

 

y que sus cabellos de oro

se verán presto de nieve,

y con más contento y gusto

goce las horas que duerme-».

 

De una Virgen hermosa…

De una Virgen hermosa

Celos tiene el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

Cuando del oriente

Salió el sol dorado,

Y otro Sol helado

Miró tan ardiente,

Quitó de la frente

la corona bella,

Y a los pies de la Estrella

Su lumbre adoró,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

 

«Hermosa María,

Dice el sol, vencido,

De vos, ha nacido

El Sol que podía

Dar al mundo el día

Que ha deseado».

Esto dijo, humillado,

A María el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

 

Dedicatoria de la lira con que piensa celebrar su belleza

A ti la lira, a ti de Delfo y Delo,

Juana, la voz, los versos y la fama,

que mientras más tu hielo me desama,

más arde Amor en su inmortal desvelo.

 

Criome ardiente salamandra el cielo,

como sirena a ti, menos la escama,

para ser mariposa no eres llama,

fuerza será mariposear en hielo.

 

Mi amor es fuego, elementar segundo,

de Scitia tu desdén los hielos bebe;

tal imposible a mi esperanza fundo.

 

Pues a decir que fuéramos se atreve

(cuando no los hubiere en todo el mundo)

yo Amor, Juana desdén, su pecho nieve.

 

Desde que viene la rosada Aurora

Desde que viene la rosada Aurora

hasta que el viejo Atlante esconde el día,

lloran mis ojos con igual porfía

su claro sol que otras montañas dora;

 

y desde que del caos adonde mora

sale la noche perezosa y fría,

hasta que a Venus otra vez envía,

vuelvo a llorar vuestro rigor, señora.

 

Así que ni la noche me socorre,

ni el día me sosiega y entretiene,

ni hallo medio en extremos tan extraños.

 

Mi vida va volando, el tiempo corre,

y mientras mi esperanza con vos viene,

callando pasan los ligeros años.

 

Deseando estar dentro de vos propia

Deseando estar dentro de vos propia,

Lucinda, para ver si soy querido,

miré ese rostro que del cielo ha sido

con estrellas y sol natural copia;

 

y conociendo su bajeza impropia,

vime de luz y resplandor vestido,

en vuestro sol como Faetón perdido,

cuando abrasó los campos de Etiopía,

 

Ya cerca de morir dije: «Teneos,

deseos locos, pues lo fuiste tanto,

siendo tan desiguales los empleos».

 

Mas fue el castigo, para más espanto,

dos contrarios, dos muertes, dos deseos,

pues muero en fuego y me deshago en llanto.

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

 

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho ofendido receloso;

 

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;

 

creer que el cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño,

esto es amor: quien lo probó lo sabe.

 

Despierta, oh Betis, la dormida plata…

Despierta, oh Betis, la dormida plata,

y coronado de ciprés, inunda

la docta patria, en Sénecas fecunda,

todo el cristal en lágrimas desata.

 

Repite soledades, y dilata,

por campos de dolor, vena profunda,

única luz, que no dejó segunda;

al polifemo ingenio Atropos mata.

 

Góngora ya la parte restituye

mortal al tiempo, ya la culta lira

en cláusula final la voz incluye.

 

Ya muere y vive; que esta sacra pira

tan inmortal honor le constituye,

que nace fénix donde cisne expira.

 

Después que acabó Belardo

Después que acabó Belardo

de distribuir sus bienes,

estando presente Filis

por cuya causa padece,

 

mandó que su testamento

segunda vez se leyese,

porque quiere confirmallo

por si desta vez muriese;

 

dijo, después de leído:

«-Pido a Filis, si quisiere,

que después de sepultado

jamás de mi no se acuerde,

 

porque podrá su memoria

a aqueste siglo volverme,

a recibir por un gusto

dos mil desabridas muertes;

 

que se olvide de mi amor,

aunque mi amor no merece,

por ser amor verdadero,

paga tan torpe y aleve;

 

y que se olvide también

que me dijo muchas veces:

“Belardo, si te olvidare

cielos y tierra me dejen”;

 

y que rompa por su gusto

los desdichados papeles

do la descubrí mi pecho,

o por mejor, que los queme;

 

y que no tenga memoria

de los pasados placeres,

de que fue Belardo autor,

porque después no le pese.

 

Que se olvide de mis cosas,

pues que la enfadaron siempre,

y que se acuerde que dijo:

“Belardo, vivo con verte”.

 

De aquesto tenga memoria,

que pues vivía con verme,

no ha sido razón de amor

a tanto extremo traerme-».

 

No puede la bella Filis

disimular, aunque quiere,

el amor mucho que brota

de lo que en el alma tiene.

 

Sin querer lo han descubierto

unas lágrimas que vierte

de su lastimado pecho

adonde amor vivió siempre.

 

Llorando llegó al pastor,

y como el pastor la siente,

procura recebilla

en el alma antes que llegue.

 

Y levantando sus brazos

espera ver lo que quiere,

y las lágrimas suaves

lengua y palabras detienen;

 

y estando las lenguas mudas

bien por los ojos la entiende

Belardo que dice Filis:

«Tuya soy mientras viviere».

 

Después que rompiste, ingrata

«-Después que rompiste, ingrata,

de amor el estrecho nudo,

pruebo a sujetar el cuello

y no consiente otro yugo.

 

Gocé libertad tres años,

si aquel es libre y seguro

que de llorar tus mudanzas

no tiene su rostro enjuto.

 

Pensaba que era en amarte

cuando menos sin segundo

pero ya me dice el tiempo

que han sido primeros muchos.

 

Y que acuden a tu casa

más galanes al descuido

que caben ríos ni arroyos

en el reino de Neptuno.

 

Y para más afrentarme,

porque me escarnezca el vulgo,

has dado en hacerme esclavo

con los hierros a tu gusto.

 

De agravio y desdenes tales

sólo a mi firmeza culpo,

que no acierta a ser mudable

cursando tanto en tu estudio.

 

Mas ay, que es venir a menos

aunque pueda hacer un hurto

más famoso que el de Elena

negarte mi alma tributo;

 

y así le cuento a Cupido

la vez que a su templo acudo

más quejas que en el Senado

el villano del Danubio.

 

Todos los amantes oye,

para mí está sordo y mudo;

no sé si el traidor procura

lo que yo también procuro;

 

que según es tu belleza

aunque tenga de Dios humos,

no deja de ser quien es

en ser de tus siervos uno;

 

y si va a decir verdades,

aunque de falsa te acuso,

a manos de tu ira muera

si fuere de otra y no tuyo-».

 

Di, Zaida, ¿de qué me avisas?…

«-Di, Zaida, ¿de qué me avisas?

¿Quieres que muera y que calle?

No des crédito a mujeres

no fundadas en verdades;

 

que si pregunto en qué entiendes

o quién viene a visitarte,

son fiestas de mi tormento

ver qué visitas te aplacen.

 

Si dices que estás corrida

de que Zaide poco sabe,

no sé poco, pues que supe

conocerte y adorarte.

 

Si dices son por mi causa

las que en el rostro te salen,

por la tuya con mis ojos

tengo regada tu calle.

 

Confiesas que soy valiente,

que tengo otras muchas partes;

pocas tengo, pues no puedo

de una mentira vengarme.

 

Mas si ha querido mi suerte

que ya el quererte te canse,

no pongas inconvenientes

mas de que quieres dejarme.

 

No entendí que eras mujer

a quien novedad aplace,

mas son tales mis desdichas,

que en mí lo imposible hacen;

 

hanme puesto en tal extremo

que el bien tengo por ultraje:

alabasme para hacerme

la nata de los galanes.

 

Yo soy quien pierdo en perderte

y gano mucho en ganarte,

y aunque hablas en mi ofensa

no dejaré de adorarte.

 

Dices que si fuera mudo

fuera posible adorarme;

si en tu daño no lo he sido,

enmudezca el desculparme.

 

Si te ha ofendido mi vida,

quieres señora matarme,

basta decir que hablé [e]

para que el pesar me acabe.

 

Es mi pecho calabozo

de tormentos inmortales,

mi boca la del silencio,

que no ha menester alcaide.

 

Que el hacer plato y banquetes

es de hombres principales,

mas dalles de sus favores

sólo pertenece a infames.

 

Zaida cruel, que dijiste

que no supe conservarte,

mejor te supe obligar

que tú has sabido pagarme.

 

Mienten los moros y moras,

miente el infame de Tarfe,

que si yo le amenazara

bastara para matarle.

 

A ese perro mal nacido

a quien yo mostré el turbante,

no fío yo dél secretos,

que en bajos pechos no caben.

 

Yo le he de quitar la vida

y he de escribir con su sangre

lo que tú Zaida replico:

Quien tal hizo, que tal pague-».

 

Dice el mes en que se enamoró

Érase el mes de más hermosos días,

y por quien más los campos entretienen,

señora, cuando os vi, para que penen

tantas necias de Amor filaterías.

 

Imposibles esperan mis porfías,

que como los favores se detienen,

vos triunfaréis cruel, pues a ser vienen

las glorias vuestras, y las penas mías.

 

No salió malo este versillo octavo,

ninguna de las musas se alborote

si antes del fin el sonetazo alabo.

 

Ya saco la sentencia del cogote,

pero si como pienso no le acabo,

echárele después un estrambote.

 

Dios, centro del alma

Si fuera de mi amor verdad el fuego,

él caminara a tu divina esfera;

pero es cometa que corrió ligera

con resplandor que se deshizo luego.

 

¡Qué deseoso de tus brazos llego

cuando el temor mis culpas considera!

mas si mi amor en ti no persevera,

¿en qué centro mortal tendrá sosiego?

 

Voy a buscarte, y cuanto más te encuentro,

menos reparo en ti, Cordero manso,

aunque me buscas tú del alma adentro.

 

Pero dime, Señor: si hallar descanso

no puede el alma fuera de su centro,

y estoy fuera de ti, ¿cómo descanso?

 

¿Dónde vais, Zagala…

¿Dónde vais, Zagala,

Sola en el monte?

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

¿Dónde vais, María,

Divina Esposa,

Madre gloriosa

De quien os cría?

¿Qué haréis si el día

Se va al ocaso,

Y en el monte acaso

La noche os coge?

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

El ver las estrellas

Me cause enojos,

Pero vuestros ojos

Más lucen que ellas;

Ya sale con ellas

La noche oscura,

A vuestra hermosura

La luz se esconde;

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

Dormido Manzanares discurría…

Dormido Manzanares discurría

en blanda cama de menuda arena,

coronado de juncia y de verbena,

que entre las verdes alamedas cría;

 

cuando la bella pastorcilla mía,

tan sirena de Amor como serena,

sentada y sola en la ribera amena,

tanto cuanto lavaba nieve hacía.

 

Pedíle yo que el cuello me lavase,

y ella sacando el rostro del cabello,

me dijo que uno de otro me quitase;

 

pero turbado de su rostro bello,

al pedirme que el cuello le arrojase,

así del alma, por asir del cuello.

 

Dulce desdén, si el daño que me haces

Dulce desdén, si el daño que me haces

de la suerte que sabes te agradezco,

qué haré si un bien de tu rigor merezco,

pues sólo con el mal me satisfaces.

 

No son mis esperanzas pertinaces

por quien los males de tu bien padezco

sino la gloria de saber que ofrezco

alma y amor de tu rigor capaces.

 

Dame algún bien, aunque con él me prives

de padecer por ti, pues por ti muero

si a cuenta dél mis lágrimas recibes.

 

Mas ¿cómo me darás el bien que espero?,

si en darme males tan escaso vives

que ¡apenas tengo cuantos males quiero!

 

Dulce Filis, si me esperas

Dulce Filis, si me esperas,

de favor has de ir mudando,

que es mucho para burlando,

y poco para de veras.

 

Si fías en mis amores,

pon en sus llamas sosiego,

y si burlas de mi fuego,

no le atices con favores.

 

No es bien que encenderme quieras

sin favor de cuando en cuando,

que es mucho para burlando,

y poco para de veras.

 

A las del infierno ardiendo

es mi pena semejante,

que con el manjar delante

estoy de hambre muriendo.

 

Con tu esperar desesperas,

pues el favor que vas dando,

es mucho para burlando,

y poco para de veras.

 

Si mandas, ¿por qué no das?

si lo has de dar, dalo junto,

y si junto, dalo a punto,

y si no, no mandes más.

 

No es bien que engañarme quieras

con favor de cuando en cuando,

que es mucho para burlando,

y poco para de veras.

 

Dulce Jesús de mi vida…

Dulce Jesús de mi vida,

¡qué dije!, espera, no os vais:

que no es bien que vos seáis

de una vida tan perdida.

 

Pero si no sois de mí,

yo, mi Jesús, soy de vos,

porque quiero hallar en Dios

esto que sin Dios perdí.

 

Mas ya vuelvo a suplicaros

que de mi vida seáis:

que si vos no me la dais,

no tendré vida que daros.

 

Deseo daros mi vida,

y sin vos no es daros nada,

porque con vos va ganada,

cuanto sin vos va perdida.

 

Muérome de puro amor

por llamaros vida mía:

que la que sin vos perdía,

ya no la tengo, Señor.

 

Pues vuestra piedad me adiestra

como a oveja reducida,

quiero llamaros mi vida,

aunque he sido muerte vuestra.

 

Vida mía, en este día

me habréis de hacer un favor;

¡oh, qué bien me va, Señor,

con llamaros vida mía!

 

Luego que vida os llamé,

a pediros me atreví,

porque el regalo sentí

que en vuestro brazos hallé.

 

Y es que jamás permitáis

que otra vida sin vos tenga:

que no es bien que a vivir venga

vida donde vos no estáis.

 

¡Ay Jesús! ¿Cómo viví

sólo un momento sin vos?

Porque si la vida es Dios,

¿qué vida quedaba en mí?

 

¡Qué cosas tuve por vida

tan miserables y tristes!

¿Es posible que pudiste

sufrir cosa tan perdida?

 

Pero sospecho, mi Dios,

que fue permitirlo así,

para que viesen en mí

qué sufrimiento hay en vos.

 

Pero no lo habéis perdido,

¡oh soberana piedad!,

pues conozco mi maldad

por lo que me habéis sufrido.

 

Porque sé de aquel vivir,

como si Dios no tuviera:

que quien menos que Dios fuera

no me pudiera sufrir.

 

¡Qué de veces os negué

por confesar mi locura

a la fingida hermosura,

donde no hay verdad ni fe!

 

Si la vuestra en la cruz viera,

¡ay Dios y cuánto os amara!

¡Qué de lágrimas llorara,

qué de amores os dijera!

 

No sé, mi bien, qué os tenéis,

que todo me enamoráis,

o es que, como abierto estáis,

mostráis lo que me queréis.

 

Amenazado de vos,

parece que no os temí,

y lleno de sangre sí;

decid, ¿qué es esto, mi Dios?

 

¡Oh qué divinos colores

os hace esa sangre fría!

¡Oh cómo estáis, vida mía,

para deciros amores!

 

Dura necesidad

Dura necesidad, madre afrentosa

de la vergüenza y vil atrevimiento,

escuridad del claro entendimiento

tal vez en los peligros ingeniosa;

 

inventora de máquinas famosa,

pensión del generoso nacimiento,

consejera del mal, Argos del viento

y a la mortal naturaleza odiosa;

 

vil salteador que a los caminos sales,

los peregrinos matas o detienes

y para derribar el honor vales;

 

sólo una cosa provechosa tienes;

que al hombre que jamás probó los males

es imposible conocer los bienes.

 

El firme amor

Miré, señora, la ideal belleza,

guiándome el amor por vagarosas

sendas de nueve cielos,

y absorto en su grandeza,

las ejemplares formas de las cosas

bajé a mirar en los humanos velos,

y en la vuestra sensible

contemplé la divina inteligible.

Y viendo que conforma

tanto el retrato a su primera forma,

amé vuestra hermosura,

imagen de su luz divina y pura,

haciendo, cuando os veo,

que pueda la razón más que el deseo.

Y pues por ella sola me gobierno,

amor, que todo es alma, será eterno.

 

El humo que formó cuerpo fingido…

El humo que formó cuerpo fingido,

que cuando está más denso para en nada;

el viento que pasó con fuerza airada

y que no pudo ser en red cogido;

 

el polvo en la región desvanecido

de la primera nube dilatada;

la sombra que, la forma al cuerpo hurtada,

dejó de ser, habiéndose partido,

 

son las palabras de mujer. Si viene

cualquiera novedad, tanto le asombra,

que ni lealtad ni amor ni fe mantiene.

 

Mudanza ya, que no mujer, se nombra,

pues cuando más segura ,quien la tiene,

tiene polvo, humo, nada, viento y sombra.

 

El nacimiento del señor Jesús

De una Virgen hermosa

Celos tiene el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

Cuando del oriente

Salió el sol dorado,

Y otro Sol helado

Miró tan ardiente,

Quitó de la frente

la corona bella,

Y a los pies de la Estrella

Su lumbre adoró,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

 

«Hermosa María,

Dice el sol, vencido,

De vos, ha nacido

El Sol que podía

Dar al mundo el día

Que ha deseado».

Esto dijo, humillado,

A María el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

 

Encaneció las ondas con espuma…

Encaneció las ondas con espuma

Argos, primera nave, y sin temellas

osó tocar la gavia las estrellas,

y hasta el cerco del sol volar sin pluma.

 

Y aunque Anfitrite airada se consuma,

dividen el cristal sus ninfas bellas,

y hasta Colcos Jasón pasa por ellas,

por más que el viento resistir presuma.

 

Más era el agua que el dragón y el toro,

mas no le estorba que su campo arase

la fuerte proa entre una y otra sierra.

 

Rompiose al fin por dos manzanas de oro,

para que el mar cruel no se alabase,

que por lo mismo se perdió la tierra.

 

Era la alegre víspera del día

Era la alegre víspera del día,

que la que sin igual nació en la tierra,

de la cárcel mortal y humana guerra

para la patria celestial salía;

 

y era la edad en que más viva ardía

la nueva sangre que mi pecho encierra,

cuando el consejo y la razón destierra

la vanidad, que el apetito guía;

 

cuando Amor me enseño la vez primera

de Lucinda en su sol los ojos bellos,

y me abrasó, como si rayo fuera.

 

Dulce prisión, y dulce arder por ellos,

sin duda que su fuego fue mi esfera,

que con verme morir descanso en ellos.

 

Érase el mes de más hermosos días…

Érase el mes de más hermosos días,

y por quien más los campos entretienen,

señora, cuando os vi, para que penen

tantas necias de Amor filaterías.

 

Imposibles esperan mis porfías,

que como los favores se detienen,

vos triunfaréis cruel, pues a ser vienen

las glorias vuestras, y las penas mías.

 

No salió malo este versillo octavo,

ninguna de las musas se alborote

si antes del fin el sonetazo alabo.

 

Ya saco la sentencia del cogote,

pero si como pienso no le acabo,

echárele después un estrambote.

 

Es la mujer del hombre lo más bueno

Es la mujer del hombre lo más bueno,

y locura decir que lo más malo,

su vida suele ser y su regalo,

su muerte suele ser y su veneno.

 

Cielo a los ojos, cándido y sereno,

que muchas veces al infierno igualo,

por bueno, al Mundo, su valor señalo;

por malo, al hombre, su rigor condeno.

 

Ella nos da su sangre, ella nos cría;

no ha hecho el Cielo cosa más ingrata;

es un ángel y a veces una arpía.

 

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,

y es la mujer, en fin, como sangría,

que a veces da salud y a veces mata.

 

Esparcido el cabello por la espalda

Esparcido el cabello por la espalda

que fue del sol desprecio y maravilla,

Silvia cogía por la verde orilla

del mar de Cádiz conchas en su falda.

 

El agua entre el hinojo de esmeralda,

para que entrase más, su curso humilla;

tejió de mimbre una alta canastilla,

y púsola en su frente por guirnalda.

 

Mas cuando ya desamparó la playa,

“Mal haya, dijo, el agua, que tan poca

con su sal me abrasó pies y vestidos”.

 

Yo estaba cerca y respondí: “Mal haya

la sal que tiene tu graciosa boca,

que así tiene abrasados mis sentidos”.

 

Esta cabeza, cuando viva, tuvo…

Esta cabeza, cuando viva, tuvo

sobre la arquitectura de estos huesos

carne y cabellos, por quien fueron presos

los ojos que mirándola detuvo.

 

Aquí la rosa de la boca estuvo,

marchita ya con tan helados besos;

aquí los ojos, de esmeralda impresos,

color que tantas almas entretuvo;

 

aquí la estimativa, en quien tenía

el principio de todo movimiento;

aquí de las potencias la armonía.

 

¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!

¿En donde tanta presunción vivía

desprecian los gusanos aposento?

 

Estaba María santa…

Estaba María santa

Contemplando las grandezas

De la que de Dios sería

Madre santa y Virgen bella

El libro en la mano hermosa,

Que escribieron los profetas,

Cuanto dicen de la Virgen.

 

¡Oh qué bien que lo contempla!

Madre de Dios y virgen entera,

Madre de Dios, divina doncella.

 

Bajó del cielo un arcángel,

Y haciéndole reverencia,

Dios te salve, le decía,

María, de gracia llena.

Admirada está la Virgen

Cuando al Sí de su respuesta

Tomó el Verbo carne humana,

Y salió el sol de la estrella.

Madre de Dios y virgen entera,

Madre de Dios, divina doncella.

 

Estaba mi enemiga en su ventana

Estaba mi enemiga en su ventana

como suele estar el enemigo,

mostrando en el mirar tan poco amigo

desdén amoroso de una sombra vana.

 

Con el rubor del sol en la mañana

que en sus purpúreas sienes se desliga,

iba formando en aire el pecho altivo

que algún ardiente amor en mí se inflama.

 

Pasé callado al paso del suspiro

por donde vivo mal, donde respiro,

y en un mezquino soneto triste escribo.

 

Así de noche me llevaron preso,

que siempre en estos casos se usa esto,

aunque sea el amor menos avariento.

 

Estos los sauces son, y esta la fuente

Estos los sauces son, y esta la fuente,

los montes estos, y esta la ribera,

donde vi de mi sol la vez primera

los bellos ojos, la serena frente.

 

Este es el río humilde y la corriente,

y esta la cuarta y verde primavera,

que esmalta el campo alegre, y reverbera

en el dorado Toro el sol ardiente.

 

Árboles, ya mudó su fe constante;

mas, ¡oh gran desvarío!, que este llano,

entonces monte le dejé sin duda.

 

Luego no será justo que me espante

que mude parecer el pecho humano,

pasando el tiempo que los montes muda.

 

Fuerza de lágrimas

Con ánimo de hablarle en confianza

de su piedad entré en el templo un día,

donde Cristo en la cruz resplandecía

con el perdón de quien le mira alcanza.

 

Y aunque la fe, el amor y la esperanza

a la lengua pusieron osadía,

acordeme que fue por culpa mía

y quisiera de mí tomar venganza.

 

Ya me volvía sin decirle nada

y como vi la llaga del costado,

parose el alma en lágrimas bañada.

 

Hablé, lloré y entré por aquel lado,

porque no tiene Dios puerta cerrada

al corazón contrito y humillado.

 

Gaspar, si enfermo está mi bien, decidle…

Gaspar, si enfermo está mi bien, decidle

que yo tengo de amor el alma enferma,

y en esta soledad desierta y yerma,

lo que sabéis que paso persuadilde.

 

Y para que el rigor temple, advertilde

que el médico también tal vez enferma,

y que segura de mi ausencia duerma,

que soy leal cuanto presente humilde.

 

Y advertilde también, si el mal porfía,

que trueque mi salud y su accidente,

que la tengo el alma se la envía.

 

Decilde que del trueco se contente,

mas ¿para qué le ofrezco salud mía?

Que no tiene salud quien está ausente.

 

Guzmán el Bravo

Vengada la hermosa Filis

de los agravios de Fabio

a verle viene al aldea

enfermo de desengaños.

 

A ruego de los pastores

baja de su monte al prado,

que como se ve querida

da a entender que la forzaron.

 

Eso mismo que desea,

quiere que la estén rogando,

que sube al gusto los precios

amor conforme a los años.

 

Huyose Fabio celoso,

pensó Fabio hallar sagrado,

pero hay estados de amor

que está en el remedio el daño.

 

¡Desdichado del que llega

a tiempo tan desdichado

que le matan los remedios

con que muchos quedan sanos!

 

En fin, a Fabio rendido

viene a ver su dueño ingrato,

alegre porque es amor

en las venganzas villano.

 

No va sin galas a verle,

aunque pudiera excusarlo,

que la mayor hermosura

no deja en casa el cuidado.

 

Lleva de palmilla verde

saya y sayuelo bizarro,

con pasamanos de plata

si en ellos pone las manos.

 

No lleva cosa en el cuello

que Fabio le hubiese dado,

porque no entienda que viven

memorias de sus regalos.

 

Joyas lleva que él no ha visto,

no porque le ha hecho agravio,

mas porque sepan ausencias

que no está seguro el campo.

 

Con una cinta de cifras

lleva el cabello apretado,

que quien gusta de dar celos

se vale de mil engaños.

 

De rebociño le sirve

para mayor desenfado

el capote de los ojos

bordado de negros rayos.

 

En argentadas chinelas

listones lleva, admirados

de que quepan tantos bríos

en tan pequeños espacios.

 

Llegó Filis al aldea,

entró en su casa de Fabio,

los pastores la reciben

como al sol los montes altos.

 

Dando perlas con la risa

extiende a todos los brazos,

que gana mares de amor

y da perlas de barato.

 

Apenas Fabio la mira

cuando a un tiempo se bañaron

el alma en pura alegría,

los ojos en tierno llanto.

 

No hablaron los dos tan presto,

aunque los ojos hablaron,

Filis porque no quería,

Fabio porque quiere tanto.

 

Cuando en esta suspensión

los dos se encuentran mirando

a un tiempo bajan los ojos

como que envidian de falso.

 

Habló Filis y tuvieron

alma de coral sus labios,

que ver humilde al rendido

hace piadoso al vengado.

 

A Fabio culpa le pone

que es error hacer, amando,

con la lengua valentías,

si el alma no tiene manos.

 

Él responde y se disculpa,

que viendo cerca los brazos,

pide perdón ofendido

quien ama desengañado.

 

Hermoso desaliño, en quien se fía…

Hermoso desaliño, en quien se fía

cuanto después abrasa y enamora,

cual suele amanecer turbada aurora,

para matar de sol al mediodía.

 

Solimán natural, que desconfía

el resplandor con que los cielos dora;

dajad la arquilla, no os toquéis, señora,

tóquese la vejez de vuestra tía.

 

Mejor luce el jazmín, mejor la rosa

por el revuelto pelo en la nevada

columna de marfil, garganta hermosa.

 

Para la noche estáis mejor tocada;

que no anocheceréis tan aliñosa

como hoy amanecéis desaliñada.

 

Hipérbole a los pies de su dama; que este poeta debió nacer en sábado

Juanilla, por tus pies andan perdidos

más poetas que bancos, aunque hay tantos,

que tus paños lavando entre unos cantos

oscureció su nieve a los tendidos.

 

Virgilio no los tiene tan medidos,

las musas hacen con la envidia espantos;

que no hay picos de rosca en Todos Santos

como tus dedos blancos y bruñidos.

 

Andar en puntos nunca lo recelas,

que no llegan a cuatro tus pies bellos,

ni por calzar penado te desvelas.

 

Que es tanta la belleza que hay en ellos,

que pueden ser zarcillos tus chinelas

con higas de cristal pendientes dellos.

 

Hombre mortal mis padres me engendraron

Hombre mortal mis padres me engendraron,

aire común y luz de los cielos dieron,

y mi primera voz lágrimas fueron,

que así los reyes en el mundo entraron.

 

La tierra y la miseria me abrazaron,

paños, no piel o pluma, me envolvieron,

por huésped de la vida me escribieron,

y las horas y pasos me contaron.

 

Así voy prosiguiendo la jornada

a la inmortalidad el alma asida,

que el cuerpo es nada, y no pretende nada.

 

Un principio y un fin tiene la vida,

porque de todos es igual la entrada,

y conforme a la entrada la salida.

 

Ir y quedarse

Ir y quedarse, y con quedar partirse,

partir sin alma y ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse;

 

arder como la vela y consumirse

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo, y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

 

hablar entre las mudas soledades,

pedir pues resta sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

 

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma, y en la vida infierno.

 

Juanilla, por tus pies andan perdidos…

Juanilla, por tus pies andan perdidos

más poetas que bancos, aunque hay tantos,

que tus paños lavando entre unos cantos

oscureció su nieve a los tendidos.

 

Virgilio no los tiene tan medidos,

las musas hacen con la envidia espantos;

que no hay picos de rosca en Todos Santos

como tus dedos blancos y bruñidos.

 

Andar en puntos nunca lo recelas,

que no llegan a cuatro tus pies bellos,

ni por calzar penado te desvelas.

 

Que es tanta la belleza que hay en ellos,

que pueden ser zarcillos tus chinelas

con higas de cristal pendientes dellos.

 

Judit

Cuelga sangriento de la cama al suelo

El hombro diestro del feroz tirano,

Que opuesto al muro de Betulia en vano,

Despidió contra sí rayos al cielo.

 

Revuelto con el ansia el rojo velo

Del pabellón a la siniestra mano,

Descubre el espectáculo inhumano

Del tronco horrible, convertido en hielo.

 

Vertido Baco, el fuerte arnés afea

Los vasos y la mesa derribada,

Duermen los guardas, que tan mal emplea;

 

Y sobre la muralla, coronada

Del pueblo de Israel, la casta hebrea

Con la cabeza resplandece armada.

 

Juntáronse los ratones…

Juntáronse los ratones

para librarse del gato;

y después de largo rato

de disputas y opiniones,

dijeron que acertarían

en ponerle un cascabel,

que andando el gato con él,

librarse mejor podrían.

 

Salió un ratón barbicano,

colilargo, hociquirromo

y encrespando el grueso lomo,

dijo al senado romano,

después de hablar culto un rato:

 

¿Quién de todos ha de ser

el que se atreva a poner

ese cascabel al gato?

 

La anunciación – encarnación

Estaba María santa

Contemplando las grandezas

De la que de Dios sería

Madre santa y Virgen bella

El libro en la mano hermosa,

Que escribieron los profetas,

Cuanto dicen de la Virgen

 

¡Oh qué bien que lo contempla!

Madre de Dios y virgen entera,

Madre de Dios, divina doncella.

 

Bajó del cielo un arcángel,

Y haciéndole reverencia,

Dios te salve, le decía,

María, de gracia llena.

Admirada está la Virgen

Cuando al Sí de su respuesta

Tomó el Verbo carne humana,

Y salió el sol de la estrella.

Madre de Dios y virgen entera,

Madre de Dios, divina doncella.

 

La Arcadia

Por la florida orilla

de un claro y manso río

de salvia y de verbena coronado,

al tiempo que se humilla

al planeta más frío

con templado calor el sol dorado,

libre, solo y armado

de acero, olvido y nieve,

pasaba peregrino,

ya fuera del camino

del juvenil ardor que el pecho mueve,

cuando al salir Apolo

un niño vi venir, desnudo y solo.

 

Rubio el cabello de oro

con una cinta preso

que los hermosos ojos le cubría,

y como alarbe o moro

de innumerable peso

un carcax que del cuello le pendía;

y como quien vivía

de saltear los hombres,

un arco puesto a punto;

mas cuando le pregunto

que me diga sus títulos y nombres,

respóndeme arrogante,

niño en la vista y en la voz gigante:

 

Yo soy aquél que suelo

con apacible guerra,

con alegre dolor y dulces males,

desde el supremo cielo

hasta la baja tierra

herir los dioses, hombres y animales.

 

Transformaciones tales

jamás Circe las supo,

porque un hechizo formo

con que mudo y transformo

cualquiera ser que de mi fuego ocupo,

y al alma que condeno

la hago yo vivir en cuerpo ajeno.

 

Fácil tengo la entrada,

difícil la salida,

ablándame el desprecio y cansa el ruego,

ni hay alma tan helada

o en piedra convertida

que no enternezca mi amoroso fuego.

 

Por eso, rinde luego

las armas arrogantes

de que vas victorioso,

que el rayo más furioso

se templa con miles flechas penetrantes,

y lloran mis agravios

igualmente los fuertes y los sabios.

 

Yo respondile entonces:

-Mal me conoces, niño;

mira que soy un capitán valiente

que en mármoles y bronces,

con ésta que me ciño,

hago escribir mis hechos a la gente.

 

¿Cómo tu fuego ardiente

o tus blandos suspiros

pueden temer los brazos

volar tanto escuadrón, entre los tiros

que han visto en mil pedazos

de la pólvora fiera,

que vence el fuego de su mesma esfera?

 

Yo al duro, helado hibierno

y al verano abrasado,

de iguales armas y valor vestido,

llevando a mi Gobierno

el escuadrón formado,

tanta varia nación he combatido,

que tengo convertido

en duro acero el pecho;

por eso en paz te torna,

que mi espada no adorna

las puertas de tu templo sin provecho,

ni pueden tales ojos

humillarse a tus lágrimas y enojos.

 

Así le replicaba

cuando de entre unas hiedras

una hermosura celestial salía,

que no lo que miraba,

pero las mesmas piedras

en ceniza amorosa convertía.

 

Amor, que ya me vía

con pensamientos vanos

apercibir defensa,

a la primera ofensa

me derribó la espada de las manos,

y en viéndome tan ciego

lloré, rendime y abraseme luego.

 

En esto al verde llano

un carro victorioso

dos tigres ya domésticos trajeron;

asió el amor la mano

de aquel rostro amoroso

y juntos a su trono se subieron,

y los que allí me vieron,

entre sus pies me ataron,

y al fin sus ruedas fieras

mis [armas] y banderas

por despojos vencidos adornaron,

llevándome cautivo

adonde ahora lloro, muero y vivo.

 

Más todo vencimiento es más victoria,

y aquesta pena gloria,

con sólo que me mire Isbella un día

y entre sus ojos arda el alma mía.

 

La huida a Egipto

¿Dónde vais, Zagala,

Sola en el monte?

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

¿Dónde vais, María,

Divina Esposa,

Madre gloriosa

De quien os cría?

¿Qué haréis si el día

Se va al ocaso,

Y en el monte acaso

La noche os coge?

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

El ver las estrellas

Me cause enojos,

Pero vuestros ojos

Más lucen que ellas;

Ya sale con ellas

La noche oscura,

A vuestra hermosura

La luz se esconde;

Mas quien lleva el sol

no teme la noche.

 

La tarde se escurecía…

La tarde se escurecía

entre la una y las dos,

que viendo que el Sol se muere,

se vistió de luto el sol.

 

Tinieblas cubren los aires,

las piedras de dos en dos

se rompen unas con otras,

y el pecho del hombre no.

 

Los ángeles de paz lloran

con tan amargo dolor,

que los cielos y la tierra

conocen que muere Dios.

 

Cuando está Cristo en la cruz

diciendo al Padre, Señor,

¿por qué me bas desamparado?

¡ay Dios, qué tierna razón!,

 

¿qué sentiría su Madre,

cuando tal palabra oyó,

viendo que su Hijo dice

que Dios le desamparó?

 

No lloréis Virgen piadosa,

que aunque se va vuestro Amor,

antes que pasen tres días

volverá a verse con vos.

 

¿Pero cómo las entrañas,

que nueve meses vivió,

verán que corta la muerte

fruto de tal bendición?

 

«¡Ay Hijo!, la Virgen dice,

¿qué madre vio como yo

tantas espadas sangrientas

traspasar su corazón?

 

¿Dónde está vuestra hermosura?

¿quién los ojos eclipsó,

donde se miraba el Cielo

como de su mismo Autor?

 

Partamos, dulce Jesús,

el cáliz desta pasión,

que Vos le bebéis de sangre,

y yo de pena y dolor.

 

¿De qué me sirvió guardaros

de aquel Rey que os persiguió,

si al fin os quitan la vida

vuestros enemigos hoy?»

 

Esto diciendo la Virgen

Cristo el espíritu dio;

alma, si no eres de piedra

llora, pues la culpa soy.

 

Laméntase Manzanares de tener tan gran puente

HABLA EL RÍO

¡Quítenme aquesta puente que me mata,

señores regidores de la villa,

miren que me ha quebrado una costilla,

que aunque me viene grande me maltrata!

 

De bola en bola tanto se dilata,

que no la alcanza a ver mi verde orilla;

mejor es que la lleven a Sevilla,

si cabe en el camino de la Plata.

 

Pereciendo de sed en el estío,

es falsa la causal y el argumento

de que en las tempestades tengo brío.

 

Pues yo con la mitad estoy contento,

tráiganle sus mercedes otro río

que le sirva de huésped de aposento.

 

Las pajas del pesebre

Las pajas del pesebre

Niño de Belén

hoy son flores y rosas,

mañana serán hiel.

 

Lloráis entre pajas,

del frío que tenéis,

hermoso Niño mío,

y del calor también.

 

Dormid, Cordero santo;

mi vida, no lloréis;

que si os escucha el lobo,

vendrá por Vos, mi bien.

 

Dormid entre pajas

que, aunque frías las veis,

hoy son flores y rosas,

mañana serán hiel.

 

Las que para abrigaros

tan blandas hoy se ven,

serán mañana espinas

en corona cruel.

 

Mas no quiero deciros,

aunque vos lo sabéis,

palabras de pesar

en días de placer;

 

que aunque tan grandes deudas

en pajas las cobréis,

hoy son flores y rosas,

mañana serán hiel.

 

Dejad en tierno llanto,

divino Emmanuel;

que perlas entre pajas,

se pierden sin por qué.

 

No piense vuestra Madre

que ya Jerusalén

previente sus dolores

y llora con José;

 

que aunque pajas no sean

corona para rey,

hoy son flores y rosas,

mañana serán hiel.

 

Lo que hiciera París si viera a Juana

Como si fuera cándida escultura

en lustroso marfil de Bonarrota,

a París pide Venus en pelota

la debida manzana a su hermosura.

 

En perspectiva Palas su figura

muestra por más honesta, más remota;

Juno sus altos méritos acota

en parte de la selva más escura;

 

pero el pastor a Venus la manzana

de oro le rinde, más galán que honesto,

aunque saliera su esperanza vana.

 

Pues cuarta diosa en el discorde puesto,

no sólo a ti te diera, hermosa Juana,

una manzana, pero todo un cesto.

 

Los que tienen por amor crueles celos

Los que tienen por amor crueles celos,

temen que los engañen los que aman;

pero yo, que en mi bien tales señuelos

falsos no vi jamás, mil veces viéronme

 

lidiar con el rigor de mi tormento,

sin otro error que el que el amor afama;

pues no hay amor que, igual en su contento,

al que más teme, menos encienda la llama.

 

El amor propio hizo de mis penas

tanto favor que en la razón no había,

que, en vez de darles cura, más las alzaba.

 

Yo las amaba más cuando temía

y, cual ciego, a mi mal daba las penas

que a mi bien no podía, que él le faltaba.

 

Maestro mío, ved si ha sido engaño…

Maestro mío, ved si ha sido engaño

regular por amor el movimiento,

que hace en paralelos de su intento

el sol de Fili, discurriendo el año.

 

Tomé su altura en este desengaño,

y en mi sospecha, que es cierto instrumento,

por coronas conté su pensamiento

y señalome el índice mi daño.

 

O no son estos arcos bien descritos,

(digo estos ojos) o este limbo indicio,

que a aquella antigua oscuridad me torno,

 

o yo no observo bien vuestros escritos,

que si hace Fili en Géminis solsticio,

no escapa mi Cenit de Capricornio.

 

Mano amorosa a quien amor solía

Mano amorosa a quien amor solía

dar el arco y las flechas de su fuego,

porque como era niño, y al fin ciego,

matases tú mejor lo que él no vía.

 

El cielo ha sido autor de tu sangría

para poner a tu crueldad sosiego,

haciendo su milagro con mi ruego

nacer corales entre nieve fría.

 

Vierte esa fuente de rubíes puros,

¡oh peña de cristal! con blanda herida,

¿pero cómo podrán al hierro impío

 

mis tiernos ojos asistir tan duros,

pues vengándome a costa de mi vida,

la sangre es tuya y el dolor es mío?

 

Marcio, yo amé, y arrepentime amando

Marcio, yo amé, y arrepentime amando

de ver mal empleado el amor mío;

quise olvidar, y del olvido el río

huyome como a Tántalo, en llegando.

 

Remedios vanos sin cesar probando,

venció mi amor, creció mi desvarío;

dos veces por aquí pasó el estío,

y el sol, nunca mis lágrimas secando.

 

Marcio, ausenteme; y, en ausencia, un día

miráronme unos ojos y mirelos;

no sé si fue su estrella, o fue la mía.

 

Azules son; sin duda son dos cielos

que han hecho lo que un cielo no podía:

vida me da su luz; su color, celos.

 

Matilde, no te espantes que Felino

Matilde, no te espantes que Felino

ame a Valeria en público y secreto,

que el albedrío no ha de estar sujeto

y cada cual lo vive a su destino.

 

¿Qué nombre pierdes? ¿qué valor divino?

¿qué estimación? ¿qué prendas? ¿qué conceto?

¿quién fue tu fundador? ¿quién tu arquitecto?

¿qué Alejandro? ¿qué Rómulo? ¿qué Nino?

 

Así naciste, así es razón que seas,

deja que goce lo que más le agrada;

y si vivir sin él no te conviene,

 

mátate como Elisa la de Eneas,

que aunque Felino no te deja espada,

basta el dolor para quien honra tiene.

 

Mi bien nacido de mis propios males…

Mi bien nacido de mis propios males,

retrato celestial de mi Belisa,

que en mudas voces y con dulce risa,

mi destierro y consuelo hiciste iguales;

 

Ciego, llorando, niña de mis ojos,

segunda vez de mis entrañas sales,

mas pues tu blanco pie los cielos pisa,

¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa

 

quebranta tus estrellas celestiales?

sobre esta piedra cantaré, que es mina

donde el que pasa al indio en propio suelo,

 

hallé más presto el oro en tus despojos,

las perlas, el coral, la plata fina;

mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al cielo.

 

Miré, señora, la ideal belleza…

Miré, señora, la ideal belleza,

guiándome el amor por vagarosas

sendas de nueve cielos,

y absorto en su grandeza,

las ejemplares formas de las cosas

bajé a mirar en los humanos velos,

y en la vuestra sensible

contemplé la divina inteligible.

Y viendo que conforma

tanto el retrato a su primera forma,

amé vuestra hermosura,

imagen de su luz divina y pura,

haciendo, cuando os veo,

que pueda la razón más que el deseo.

Y pues por ella sola me gobierno,

amor, que todo es alma, será eterno.

 

Mudanzas

El humo que formó cuerpo fingido,

que cuando está más denso para en nada;

el viento que pasó con fuerza airada

y que no pudo ser en red cogido;

 

el polvo en la región desvanecido

de la primera nube dilatada;

la sombra que, la forma al cuerpo hurtada,

dejó de ser, habiéndose partido,

 

son las palabras de mujer. Si viene

cualquiera novedad, tanto le asombra,

que ni lealtad ni amor ni fe mantiene.

 

Mudanza ya, que no mujer, se nombra,

pues cuando más segura ,quien la tiene,

tiene polvo, humo, nada, viento y sombra.

 

No sabe qué es amor quien no te ama

No sabe qué es amor quien no te ama,

celestial hermosura, esposo bello,

tu cabeza es de oro, y tu cabello

como el cogollo que la palma enrama.

 

Tu boca como lirio, que derrama

licor al alba; de marfil tu cuello;

tu mano el torno y en su palma el sello

que el alma por disfraz jacintos llama.

 

¡Ay Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando

tanta belleza y las mortales viendo,

perdí lo que pudiera estar gozando?

 

Mas si del tiempo que perdí me ofendo,

tal prisa me daré, que un hora amando

venza los años que pasé fingiendo.

 

No se atreve a pintar su dama muy hermosa

Bien puedo yo pintar una hermosura,

y de otras cinco retratar a Elena,

pues a Filis también, siendo morena,

ángel Lope llamó de nieve pura.

 

Bien puedo yo fingir una escultura,

que disculpe mi amor, y en dulce vena

convertir a Filene en Filomena

brillando claros en la sombra escura.

 

Mas puede ser que algún letor extrañe

estas musas de Amor hiperboleas,

y viéndola después se desengañe.

 

Pues si ha de hallar algunas partes feas,

Juana, no quiera Dios que a nadie engañe,

basta que para mí tan linda seas.

 

Noche fabricadora de embelecos…

Noche fabricadora de embelecos,

loca, imaginativa, quimerista,

que muestras al que en ti su bien conquista,

los montes llanos y los mares secos;

 

habitadora de cerebros huecos,

mecánica, filósofa, alquimista,

encubridora vil, lince sin vista,

espantadiza de tus mismos ecos;

 

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,

solícita, poeta, enferma, fría,

manos del bravo y pies del fugitivo.

 

Que vele o duerma, media vida es tuya;

si velo, te lo pago con el día,

y si duermo, no siento lo que vivo.

 

¡Oh, engaño de los hombres, vida breve!

¡Oh, engaño de los hombres, vida breve,

loca ambición al aire vago asida!,

pues el que más se acerca a la partida,

más confiado de quedar se atreve.

 

¡Oh, flor al hielo!, ¡oh, rama al viento leve

lejos del tronco!, si en llamarte vida

tú misma estás diciendo que eres ida,

¿qué vanidad tu pensamiento mueve?

 

Dos partes tu mortal sujeto encierra:

una que se derriba al bajo suelo,

y otra que de la tierra te destierra;

 

tú juzga de las dos el mejor celo:

si el cuerpo quiere ser tierra en la Tierra,

el alma quiere ser cielo en el Cielo.

 

¡Oh libertad preciosa

¡Oh libertad preciosa,

No comparada al oro,

Ni al bien mayor de la espaciosa tierra!

Más rica y más gozosa

Que el precioso tesoro

Que el mar del sur entre su nácar cierra;

Con armas, sangre y guerra,

Con las vidas y famas,

Conquistada en el mundo;

Paz dulce, amor profundo,

Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:

En ti sola se anida

Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.

 

Cuando de las humanas

Tinieblas vi del cielo

La luz, principio de mis dulces días,

Aquellas tres hermanas

Que nuestro humano velo

Tejiendo, llevan por inciertas vías,

Las duras penas mías

Trocaron en la gloria

Que en libertad poseo,

Con siempre igual deseo,

Donde verá por mi dichosa historia,

Quien más leyere en ella,

Que es dulce libertad lo menos della.

 

Yo pues, señor exento

Desta montaña y prado,

Gozo la gloria y libertad que tengo.

Soberbio pensamiento

Jamás ha derribado

La vida humilde y pobre que sostengo.

Cuando a las manos vengo

Con el muchacho ciego,

Haciendo rostro embisto,

Venzo, triunfo y resisto

La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,

Y con libre albedrío

Lloro el ajeno mal y canto el mío.

 

Cuando el aurora baña

Con helado rocío

De aljófar celestial el monte y prado,

Salgo de mi cabaña,

Riberas deste río,

A dar el nuevo pasto a mi ganado,

Y cuando el sol dorado

Muestra sus fuerzas graves,

Al sueño el pecho inclino

Debajo un sauce o pino,

O ya gozando el aura,

Oyendo el son de las parleras aves,

Donde el perdido aliento se restaura.

 

Cuando la noche oscura

Con su estrellado manto

El claro día en su tiniebla encierra,

Y suena en la espesura

El tenebroso canto

De los nocturnos hijos de la tierra,

Al pie de aquesta sierra

Con rústicas palabras

Mi ganadillo cuento

Y el corazón contento

Del gobierno de ovejas y de cabras,

La temerosa cuenta

Del cuidadoso rey me representa.

 

Aquí la verde pera

Con la manzana hermosa,

De gualda y roja sangre matizada,

Y de color de rosa

La cermeña olorosa

Tengo, y la endrina de color morada;

Aquí de la enramada

Parra que al olmo enlaza,

Melosas uvas cojo;

Y en cantidad recojo,

Al tiempo que las ramas desenlaza

El caluroso estío,

Membrillos que coronan este río.

 

No me da descontento

El hábito costoso

Que de lascivo el pecho noble infama;

Es mi dulce sustento

Del campo generoso

Estas silvestres frutas que derrama;

Mi regalada cama

De blandas pieles y hojas,

Que algún rey la envidiara,

Y de ti, fuente clara,

Que bullendo, el arena y agua arrojas,

Estos cristales puros,

Sustentos pobres, pero bien seguros.

 

Estése el cortesano

Procurando a su gusto

La blanda cama y el mejor sustento;

Bese la ingrata mano

Del poderoso injusto,

Formando torres de esperanza al viento;

Viva y muera sediento

Por el honroso oficio,

Y goce yo del suelo,

Al aire, al sol y al hielo,

Ocupado en mi rústico ejercicio;

Que más vale pobreza

En paz, que en guerra mísera riqueza.

 

Ni temo al poderoso

Ni al rico lisonjeo,

Ni soy camaleón del que gobierna,

Ni me tiene envidioso

La ambición y deseo

De ajena gloria ni de fama eterna;

Carne sabrosa y tierna,

Vino aromatizado,

Pan blanco de aquel día,

En prado, en fuente fría,

Halla un pastor con hambre fatigado;

Que el grande y el pequeño

Somos iguales lo que dura el sueño.

 

¡Oh, qué secreto, damas, oh, galanes!

¡Oh, qué secreto, damas, oh, galanes,

qué secreto de amor! ¡Oh! ¡Qué secreto!

¡Qué ilustre idea! ¡Qué sutil concepto!

Por Dios que es hoja de me fecit Ioannes!

 

Hoy cesan los melindres y ademanes,

todo interés, todo celoso efecto;

de hoy más Amor será firme y perfecto,

sin ver jardines, ni escalar desvanes.

 

No es esto filosófica fatiga,

transmutación sutil o alquimia vana,

sino esencia real, que al tacto obliga.

 

Va de secreto, pero cosa es llana,

que quiere el buen lector que se le diga:

pues váyase con Dios hasta mañana.

 

Pasando el mar el engañoso toro…

Pasando el mar el engañoso toro,

volviendo la cerviz, el pie besaba

de la llorosa ninfa, que miraba

perdido de las ropas el decoro.

 

Entre las aguas y las hebras de oro,

ondas el fresco viento levantaba,

a quien con los supiros ayudaba

del mal guardado virginal tesoro.

 

Cayéronsele a Europa de las faldas

las rosas al decirle el toro amores,

y ella con el dolor de sus guirnaldas,

 

dicen que lleno el rostro de colores,

en perlas convirtió sus esmeraldas,

y dijo: «¡Ay triste yo!, ¡perdí las flores!».

 

Pasé la mar cuando creyó mi engaño…

Pasé la mar cuando creyó mi engaño

que en él mi antiguo fuego se templara,

mudé mi natural, porque mudara

naturaleza el uso, y curso el daño.

 

En otro cielo, en otro reino extraño,

mis trabajos se vieron en mi cara,

hallando, aunque otra tanta edad pasara,

incierto el bien, y cierto el desengaño.

 

El mismo amor me abrasa y atormenta,

y de razón y libertad me priva.

¿Por qué os quejáis del alma que le cuenta?

 

¿Qué no escriba decís, o que no viva?

Haced vos con mi amor que yo no sienta,

que yo haré con mi pluma que no escriba.

 

Pastor, que con tus silbos amorosos

Pastor, que con tus silbos amorosos

me despertaste del profundo sueño;

Tú, que hiciste cayado de ese leño

en que tiendes los brazos poderosos;

 

vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguirte empeño

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

 

Oye, pastor que por amores mueres,

no te espante el rigor de mis pecados,

pues tan amigo de rendidos eres;

 

espera, pues, y escucha mis cuidados;

pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estás, para esperar, los pies clavados?

 

Perderá de los cielos la belleza

Perderá de los cielos la belleza,

el ordinario curso, eterno y fuerte;

la confusión, que todo lo pervierte,

dará a las cosas la primer rudeza.

 

Juntáranse el descanso y la pobreza,

será el alma inmortal sujeta a muerte,

hará los rostros todos de una suerte

la hermosa en variar naturaleza.

 

Los humores del hombre reducidos

a un mismo fin se abrazarán concordes,

dará la noche luz y el oro enojos.

 

Y quedarán en paz eterna unidos

los elementos, antes aquí discordes,

antes que deje de adorar tus ojos.

 

Picó atrevido un átomo viviente

Picó atrevido un átomo viviente

los blancos pechos de Leonor hermosa,

granate en perlas, arador en rosa

breve lunar del invisible diente;

 

ella dos puntas de marfil luciente

con súbita inquietud bañó quejosa,

y torciendo su vida bulliciosa,

en un castigo dos venganzas siente.

 

Al expirar la pulga, dijo:”¡Ay triste,

por tan pequeño mal, dolor tan fuerte!”

“¡Oh pulga -dije yo-, dichosa fuiste!;

 

detén el alma y a Leonor advierte

que me deje picar donde estuviste,

y trocaré mi vida con tu muerte.”

 

Pluma, las musas de mi genio autoras…

—Pluma, las musas de mi genio autoras

versos me piden hoy. ¡Alto, a escribillos!

—Yo solo escribiré, señor Burguillos,

estas que me dictó rimas sonoras.

 

—¿A Góngora me acota a tales horas?

Arrojaré tijeras y cuchillos,

pues en queriendo hacer versos sencillos

arrímese dos musas cantimploras.

 

Dejemos la campaña, el monte, el valle,

y alabemos señores. —No le entiendo.

¿Morir quiere de hambre? —Escriba y calle.

 

—A mi ganso me vuelvo en prosiguiendo,

que es desdicha después de no premialle,

nacer volando y acabar mintiendo.

 

Pobre barquilla mía

¡Pobre barquilla mía,

Entre peñascos rota,

Sin velas desvelada,

Y entre las olas sola!

 

¿Adónde vas perdida?

¿Adónde, di, te engolfas?

Que no hay deseos cuerdos

Con esperanzas locas.

 

Como las altas naves,

Te apartas animosa

De la vecina tierra,

Y al fiero mar te arrojas.

 

Igual en las fortunas,

Mayor en las congojas,

Pequeña en las defensas,

Incitas a las ondas.

 

Advierte que te llevan

A dar entre las rocas

De la soberbia envidia,

Naufragio de las honras.

 

Cuando por las riberas

Andabas costa a costa,

Nunca del mar temiste

Las iras procelosas.

 

Segura navegabas;

Que por la tierra propia

Nunca el peligro es mucho

Adonde el agua es poca.

 

Verdad es que en la patria

No es la virtud dichosa,

Ni se estima la perla

Hasta dejar la concha.

 

Dirás que muchas barcas

Con el favor en popa,

Saliendo desdichadas,

Volvieron, venturosas.

 

No mires los ejemplos

De las que van y tornan,

Que a muchas ha perdido

La dicha de las otras.

 

Para los altos mares

No llevas, cautelosa,

Ni velas de mentiras,

Ni remos de lisonjas.

 

¿Quién te engañó, barquilla?

Vuelve, vuelve la proa;

Que presumir de nave

Fortunas ocasiona.

 

¿Qué jarcias te entretejen?

¿Qué ricas banderolas

Azote son del viento

Y de las aguas sombra?

 

¿En qué gavia descubres

Del árbol alta copa,

La tierra en perspectiva,

Del mar incultas orlas?

 

¿En qué celajes fundas

Que es bien echar la sonda,

Cuando, perdido el rumbo,

Erraste la derrota?

 

Si te sepulta arena,

¿Qué sirve fama heroica?

Que nunca desdichados

Sus pensamientos logran.

 

¿Qué importa que te ciñan

Ramas verdes o rojas,

Que en selvas de corales

Salado césped brota?

 

Laureles de la orilla

Solamente coronan

Navíos de alto bordo

Que jarcias de oro adornan.

 

No quieras que yo sea,

Por tu soberbia pompa,

Faetonte de barqueros

Que los laureles lloran.

 

Pasaron ya los tiempos

Cuando lamiendo rosas

El céfiro bullía

Y suspirada aromas.

 

Ya fieros huracanes

Tan arrogantes soplan

Que, salpicando estrellas,

De sol la frente mojan;

 

Ya los valientes rayos

De la vulcana forja,

En vez de torres altas,

Abrasan pobres chozas.

 

Contenta con tus redes,

A la playa arenosa

Mojado me sacabas;

Pero vivo, ¿qué importa?

 

Cuando de rojo nácar

Se afeitaba la aurora,

Más peces te llenaban

Que ella lloraba aljófar.

 

Al bello sol que adoro,

Enjuta ya la ropa,

Nos daba una cabaña

La cama de sus hojas.

 

Esposo me llamaba,

Yo la llamaba esposa,

Parándose de envidia

La celestial antorcha.

 

Sin pleito, sin disgusto,

La muerte nos divorcia:

¡Ay de la pobre barca

Que en lágrimas se ahoga!

 

Quedad sobre la arena,

Inútiles escotas;

Que no ha menester velas

Quien a su bien no torna.

 

Si con eternas plantas

Las fijas luces doras,

¡Oh dueño de mi barca!

Y en dulce paz reposas.

 

Merezca que le pidas

Al bien que eterno gozas,

Que adonde estás, me lleve,

Más pura y más hermosa.

 

Mi honesto amor te obligue;

Que no es digna victoria

Para quejas humanas

Ser las deidades sordas.

 

Mas ¡ay que no me escuchas!

Pero la vida es corta:

Viviendo, todo falta;

Muriendo, todo sobra.

 

Por la florida orilla…

Por la florida orilla

de un claro y manso río

de salvia y de verbena coronado,

al tiempo que se humilla

al planeta más frío

con templado calor el sol dorado,

libre, solo y armado

de acero, olvido y nieve,

pasaba peregrino,

ya fuera del camino

del juvenil ardor que el pecho mueve,

cuando al salir Apolo

un niño vi venir, desnudo y solo.

 

Rubio el cabello de oro

con una cinta preso

que los hermosos ojos le cubría,

y como alarbe o moro

de innumerable peso

un carcax que del cuello le pendía;

y como quien vivía

de saltear los hombres,

un arco puesto a punto;

mas cuando le pregunto

que me diga sus títulos y nombres,

respóndeme arrogante,

niño en la vista y en la voz gigante:

 

Yo soy aquél que suelo

con apacible guerra,

con alegre dolor y dulces males,

desde el supremo cielo

hasta la baja tierra

herir los dioses, hombres y animales.

 

Transformaciones tales

jamás Circe las supo,

porque un hechizo formo

con que mudo y transformo

cualquiera ser que de mi fuego ocupo,

y al alma que condeno

la hago yo vivir en cuerpo ajeno.

 

Fácil tengo la entrada,

difícil la salida,

ablándame el desprecio y cansa el ruego,

ni hay alma tan helada

o en piedra convertida

que no enternezca mi amoroso fuego.

 

Por eso, rinde luego

las armas arrogantes

de que vas victorioso,

que el rayo más furioso

se templa con miles flechas penetrantes,

y lloran mis agravios

igualmente los fuertes y los sabios.

 

Yo respondile entonces:

-Mal me conoces, niño;

mira que soy un capitán valiente

que en mármoles y bronces,

con ésta que me ciño,

hago escribir mis hechos a la gente.

 

¿Cómo tu fuego ardiente

o tus blandos suspiros

pueden temer los brazos

volar tanto escuadrón, entre los tiros

que han visto en mil pedazos

de la pólvora fiera,

que vence el fuego de su mesma esfera?

 

Yo al duro, helado hibierno

y al verano abrasado,

de iguales armas y valor vestido,

llevando a mi Gobierno

el escuadrón formado,

tanta varia nación he combatido,

que tengo convertido

en duro acero el pecho;

por eso en paz te torna,

que mi espada no adorna

las puertas de tu templo sin provecho,

ni pueden tales ojos

humillarse a tus lágrimas y enojos.

 

Así le replicaba

cuando de entre unas hiedras

una hermosura celestial salía,

que no lo que miraba,

pero las mesmas piedras

en ceniza amorosa convertía.

 

Amor, que ya me vía

con pensamientos vanos

apercibir defensa,

a la primera ofensa

me derribó la espada de las manos,

y en viéndome tan ciego

lloré, rendime y abraseme luego.

 

En esto al verde llano

un carro victorioso

dos tigres ya domésticos trajeron;

asió el amor la mano

de aquel rostro amoroso

y juntos a su trono se subieron,

y los que allí me vieron,

entre sus pies me ataron,

y al fin sus ruedas fieras

mis [armas] y banderas

por despojos vencidos adornaron,

llevándome cautivo

adonde ahora lloro, muero y vivo.

 

Más todo vencimiento es más victoria,

y aquesta pena gloria,

con sólo que me mire Isbella un día

y entre sus ojos arda el alma mía.

 

Por las ondas del mar de unos cabellos…

Por las ondas del mar de unos cabellos

un barco de marfil pasaba un día

que, humillando sus olas, deshacía

los crespos lazos que formaban de ellos;

 

iba el Amor en él cogiendo en ellos

las hebras que del peine deshacía

cuando el oro lustroso dividía,

que este era el barco de los rizos bellos.

 

Hizo de ellos Amor escota al barco,

grillos al albedrío, al alma esposas,

oro de Tíbar y del sol reflejos;

 

y puesta de un cabello cuerda al arco,

así tiró las flechas amorosas

que alcanzaban mejor cuanto más lejos.

 

Pregónase el poeta porque no se halla en sí mismo

Quien supiere, señores, de un pasante

que de Juana a esta parte anda perdido,

duro de cama y roto de vestido,

que en lo demás es blando como un guante;

 

de cejas mal poblado, y de elefante

de teta la nariz, de ojos dormido,

despejado de boca y mal ceñido,

Nerón de sí, de su fortuna Atlante;

 

el que del dicho Bártulo supiere

por las señas extrínsecas que digo,

vuélvale al dueño y el hallazgo espere;

 

mas ¿qué sirven las señas que prosigo?;

si no le quiere el dueño, ni él se quiere,

tan bien está con él, tan mal consigo.

 

Propone lo que ha de cantar en fe de los méritos del sujeto

Celebró de Amarilis la hermosura

Virgilio en su bucólica divina,

Propercio de su Cintia, y de Corina

Ovidio en oro, en rosa, en nieve pura;

 

Catulo de su Lesbia la escultura

a la inmortalidad pórfido inclina;

Petrarca por el mundo, peregrina,

constituyó de Laura la figura;

 

yo, pues Amor me manda que presuma,

de la humilde prisión de tus cabellos,

poeta montañés, con ruda pluma,

 

Juana, celebraré tus ojos bellos,

que vale más de tu jabón la espuma

que todas ellas, y que todos ellos.

 

Pues andáis en las palmas

Pues andáis en las palmas,

Ángeles santos,

Que se duerme mi Niño,

Tened los ramos,

Palmas de Belén

Que mueven, airados,

Los furiosos vientos

Que suenan tanto,

No le hagáis ruido,

Corred más paso;

Que se duerme mi Niño,

Tened los ramos,

El Niño divino,

Que está cansado

De llorar en la tierra

Por su descanso,

Sosegar quiere un poco

Del tierno llanto;

Que se duerme mi Niño,

Tened los ramos,

Rigurosos hielos

Le están cercando;

Ya veis que no tengo

Con qué guardarlo;

Ángeles divinos,

Que vais volando,

Que se duerme mi Niño,

Tened los ramos.

 

Pululando de culto, Claudio amigo…

Pululando de culto, Claudio amigo,

minotaurista soy desde mañana;

derelinquo la frasi castellana,

vayan las Solitúdines conmigo.

 

Por precursora, desde hoy más me obligo

al aurora llamar Bautista o Juana,

chamelote la mar, la ronca rana

mosca del agua, y sarna de oro al trigo.

 

Mal afecto de mí, con tedio y murrio,

cáligas diré ya, que no griguiescos

como en el tiempo del pastor Bandurrio.

 

Estos versos, ¿son turcos o tudescos?

Tú, Letor Garibay, si eres bamburrio,

apláudelos, que son cultidiablescos.

 

¿Qué ceguedad me trujo a tantos daños?

¿Qué ceguedad me trujo a tantos daños?

¿Por dónde me llevaron desvaríos,

que no traté mis años como míos,

y traté como propios sus engaños?

 

¡Oh puerto de mis blancos desengaños,

por donde ya mis juveniles bríos

pasaron como el curso de los ríos,

que no los vuelve atrás el de los años!

 

Hicieron fin mis locos pensamientos:

acomodóse el tiempo a la edad mía,

por ventura en ajenos escarmientos;

 

que no temer el fin no es valentía,

donde acaban los gustos en tormentos

y el curso de los años en un día.

 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

“Alma, asómate agora a la ventana;

verás con cuánto amor llamar porfía!”

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

“Mañana le abriremos”, respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Quien amores tiene, no los quiere

Quien amores tiene, no los quiere,

quien los quiere, no los tiene,

quien los tiene, tiene pena,

quien los pierde, no la siente.

 

Y es la pena tan crecida,

que de un mal se hace bien,

pues el mejor contento

es un nunca acabar de estar penando.

 

¿Quién es aquel Caballero…

¿Quién es aquel Caballero

herido por tantas partes,

que está de expirar tan cerca,

y no le socorre nadie?

 

«Jesús Nazareno» dice

aquel rétulo notable.

¡Ay Dios, que tan dulce nombre

no promete muerte infame!

 

Después del nombre y la patria,

Rey dice más adelante,

pues si es rey, ¿cuándo de espinas

han usado coronarse?

 

Dos cetros tiene en las manos,

mas nunca he visto que claven

a los reyes en los cetros

los vasallos desleales.

 

Unos dicen que si es Rey,

de la cruz descienda y baje;

y otros, que salvando a muchos,

a sí no puede salvarse.

 

De luto se cubre el cielo,

y el sol de sangriento esmalte,

o padece Dios, o el mundo

se disuelve y se deshace.

 

Al pie de la cruz, María

está en dolor constante,

mirando al Sol que se pone

entre arreboles de sangre.

 

Con ella su amado primo

haciendo sus ojos mares,

Cristo los pone en los dos,

más tierno porque se parte.

 

¡Oh lo que sienten los tres!

Juan, como primo y amante,

como madre la de Dios,

y lo que Dios, Dios lo sabe.

 

Alma, mirad cómo Cristo,

para partirse a su Padre,

viendo que a su Madre deja,

le dice palabras tales:

 

Mujer, ves ahí a tu hijo

y a Juan: Ves ahí tu Madre.

Juan queda en lugar de Cristo,

¡ay Dios, qué favor tan grande!

 

Viendo, pues, Jesús que todo

ya comenzaba a acabarse,

Sed tengo, dijo, que tiene

sed de que el hombre se salve.

 

Corrió un hombre y puso luego

a sus labios celestiales

en una caña una esponja

llena de hiel y vinagre.

 

¿En la boca de Jesús

pones hiel?, hombre, ¿qué haces?

Mira que por ese cielo

de Dios las palabras salen.

 

Advierte que en ella puso

con sus pechos virginales

una ave su blanca leche

a cuya dulzura sabe.

 

Alma, sus labios divinos,

cuando vamos a rogarle,

¿cómo con vinagre y hiel

darán respuesta süave?

 

Llegad a la Virgen bella,

y decirle con el ángel:

«Ave, quitad su amargura,

pues que de gracia sois Ave».

 

Sepa al vientre el fruto santo,

y a la dulce palma el dátil;

si tiene el alma a la puerta

no tengan hiel los umbrales.

 

Y si dais leche a Bernardo,

porque de madre os alabe,

mejor Jesús la merece,

pues Madre de Dios os hace.

 

Dulcísimo Cristo mío,

aunque esos labios se bañen

en hiel de mis graves culpas,

Dios sois, como Dios habladme.

 

Habladme, dulce Jesús,

antes que la lengua os falte,

no os desciendan de la cruz

sin hablarme y perdonarme.

 

¿Quién mata con más rigor?

¿Quién mata con más rigor?

Amor.

¿Quién causa tantos desvelos?

Celos.

¿Quién es el mal de mi bien?

Desdén

¿Qué más que todos también

una esperanza perdida,

pues que me quitan la vida

amor, celos y desdén?

 

¿Qué fin tendrá mi osadía?

Porfía.

¿Y qué remedio mi daño?

Engaño.

¿Quién es contrario a mi amor?

Temor.

Luego es forzoso el rigor,

y locura el porfiar ,

pues mal se pueden juntar

porfía, engaño y temor.

 

¿Qué es lo que el amor me ha dado?

Cuidado.

¿Y qué es lo que yo le pido?

Olvido.

¿Qué tengo del bien que veo?

Deseo.

Si en tal locura me empleo,

que soy mi propio enemigo,

presto acabarán conmigo

cuidado, olvido y deseo.

 

Nunca mi pena fue dicha.

Desdicha.

¿Qué guarda mi pretensión?

Ocasión.

¿Quién hace a amor resistencia?

Ausencia.

Pues ¿dónde hallará paciencia,

aunque a la muerte le pida,

si me han de acabar la vida

desdicha, ocasión y ausencia?

 

Quien supiere, señores, de un pasante…

Quien supiere, señores, de un pasante

que de Juana a esta parte anda perdido,

duro de cama y roto de vestido,

que en lo demás es blando como un guante;

 

de cejas mal poblado, y de elefante

de teta la nariz, de ojos dormido,

despejado de boca y mal ceñido,

Nerón de sí, de su fortuna Atlante;

 

el que del dicho Bártulo supiere

por las señas extrínsecas que digo,

vuélvale al dueño y el hallazgo espere;

 

mas ¿qué sirven las señas que prosigo?;

si no le quiere el dueño, ni él se quiere,

tan bien está con él, tan mal consigo.

 

Quiero escribir, y el llanto no me deja

Quiero escribir, y el llanto no me deja,

pruebo a llorar, y no descanso tanto,

vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto,

todo me impide el bien, todo me aqueja.

 

Si el llanto dura, el alma se me queja,

si el escribir, mis ojos, y si en tanto

por muerte o por consuelo me levanto,

de entrambos la esperanza se me aleja.

 

Ve blanco al fin, papel, y a quien penetra

el centro deste pecho que enciende

le di (si en tanto bien pudieres verte),

 

que haga de mis lágrimas la letra,

pues ya que no lo siente, bien entiende,

que cuanto escribo y lloro, todo es muerte.

 

Repastaban sus ganados…

Repastaban sus ganados

a las espaldas de un monte

de la torre de Belén

los soñolientos pastores,

 

alrededor de los troncos

de unos encendidos robles,

que, restallando a los aires,

daban claridad al bosque.

 

En los nudosos rediles

las ovejuelas se encojen,

la escarcha en la hierba helada

beben pensando que comen.

 

No lejos los lobos fieros,

con los aullidos feroces,

desafían los mastines,

que adonde suenan, responden.

 

Cuando las escuras nubes,

de sol coronado, rompe

un Capitán celestial

de sus ejércitos nobles,

 

atónitos se derriban

de sí mismos los pastores,

y por la lumbre las manos

sobre los ojos se ponen.

 

Los perros alzan las frentes,

y las ovejuelas corren

unas por otras turbadas

con balidos desconformes.

 

Cuando el nuncio soberano

las plumas de oro descoje,

y enamorando los aires,

les dice tales razones:

 

«Gloria a Dios en las alturas,

paz en la tierra a los hombres,

Dios ha nacido en Belén

en esta dichosa noche.

 

»Nació de una pura Virgen;

buscalde, pues sabéis donde,

que en sus brazos le hallaréis

envuelto en mantillas pobres».

 

Dijo, y las celestes aves

en un aplauso conformes

acompañando su vuelo

dieron al aire colores.

 

Los pastores, convocando

con dulces y alegres voces

toda la sierra, derriban

palmas y laureles nobles.

 

Ramos en las manos llevan,

y coronados de flores,

por la nieve forman sendas

cantando alegres canciones.

 

Llegan al portal dichoso

y aunque juntos le coronen

racimos de serafines,

quieren que laurel le adorne.

 

La pura y hermosa Virgen

hallan diciéndole amores

al niño recién nacido,

que Hombre y Dios tiene por nombre.

 

El santo viejo los lleva

adonde los pies le adoren,

que por las cortas mantillas

los mostraba el Niño entonces.

 

Todos lloran de placer,

pero ¿qué mucho que lloren

lágrimas de gloria y pena,

si llora el Sol por dos soles?

 

El santo Niño los mira,

y para que se enamoren,

se ríe en medio del llanto,

y ellos le ofrecen sus dones.

 

Alma, ofrecelde los vuestros,

y porque el Niño los tome,

sabed que se envuelve bien

en telas de corazones.

 

Satisfacciones de celos

Si entré, si vi, si hablé, señora mía,

ni tuve pensamiento de mudarme,

máteme un necio a puro visitarme,

y escuche malos versos todo un día.

 

Cuando de hacerlos tenga fantasía,

dispuesto el genio, para no faltarme

cerca de donde suelo retirarme,

un menestril se enseñe a chirimía.

 

Cerquen los ojos que os están mirando,

legiones de poéticos mochuelos,

de aquellos que murmuran imitando.

 

¡Oh si os mudasen de rigor los cielos!

Porque no puede ser (o fue burlando)

que quien no tiene amor pidiese celos.

 

Señora mía, si de vos ausente…

Señora mía, si de vos ausente

en esta vida duro y no me muero,

es porque como y duermo, y nada espero,

ni pleiteante soy ni pretendiente.

 

Esto se entiende en tanto que accidente

no siento de la falta del dinero,

que entonces se me acuerda lo que os quiero,

y estoy perjudicial y impertinente.

 

Sin ver las armas ni sulcar los mares,

mis pensamientos a las musas fío;

sus liras son mis cajas militares.

 

Rico en invierno y pobre en el estío,

parezco en mi fortuna a Manzanares,

que con agua o sin ella siempre es río.

 

Sentimientos de ausencia, a imitación de Garcilaso

Señora mía, si de vos ausente

en esta vida duro y no me muero,

es porque como y duermo, y nada espero,

ni pleiteante soy ni pretendiente.

 

Esto se entiende en tanto que accidente

no siento de la falta del dinero,

que entonces se me acuerda lo que os quiero,

y estoy perjudicial y impertinente.

 

Sin ver las armas ni sulcar los mares,

mis pensamientos a las musas fío;

sus liras son mis cajas militares.

 

Rico en invierno y pobre en el estío,

parezco en mi fortuna a Manzanares,

que con agua o sin ella siempre es río.

 

Si culpa el concebir, nacer tormento

Si culpa el concebir, nacer tormento,

guerra vivir, la muerte fin humano;

si después de hombre, tierra y vil gusano,

y después de gusano, polvo y viento;

 

si viento nada, y nada el fundamento,

flor la hermosura, la ambición tirano,

la fama y gloria, pensamiento vano,

y vano en cuanto piensa el pensamiento,

 

¿quién anda en este mar para anegarse?

¿De qué sirve en quimeras consumirse,

ni pensar otra cosa que salvarse?

 

¿De qué sirve estimarse y preferirse,

buscar memoria habiendo de olvidarse,

y edificar habiendo de partirse?

 

Si entré, si vi, si hablé, señora mía…

Si entré, si vi, si hablé, señora mía,

ni tuve pensamiento de mudarme,

máteme un necio a puro visitarme,

y escuche malos versos todo un día.

 

Cuando de hacerlos tenga fantasía,

dispuesto el genio, para no faltarme

cerca de donde suelo retirarme,

un menestril se enseñe a chirimía.

 

Cerquen los ojos que os están mirando,

legiones de poéticos mochuelos,

de aquellos que murmuran imitando.

 

¡Oh si os mudasen de rigor los cielos!

Porque no puede ser (o fue burlando)

que quien no tiene amor pidiese celos.

 

Si fuera de mi amor verdad el fuego…

Si fuera de mi amor verdad el fuego,

él caminara a tu divina esfera;

pero es cometa que corrió ligera

con resplandor que se deshizo luego.

 

¡Qué deseoso de tus brazos llego

cuando el temor mis culpas considera!

mas si mi amor en ti no persevera,

¿en qué centro mortal tendrá sosiego?

 

Voy a buscarte, y cuanto más te encuentro,

menos reparo en ti, Cordero manso,

aunque me buscas tú del alma adentro.

 

Pero dime, Señor: si hallar descanso

no puede el alma fuera de su centro,

y estoy fuera de ti, ¿cómo descanso?

 

Sirvió Jacob los siete largos años

Sirvió Jacob los siete largos años,

breves, si el fin cual la esperanza fuera;

a Lía goza y a Raquel espera

otros siete después, llorando engaños.

 

Así guardan palabra los extraños:

pero en efecto vive, y considera

que la podré gozar antes que muera

y que tuvieron término sus daños.

 

Triste de mí, sin límite que mida

lo que un engaño al sufrimiento cuesta,

y sin remedio que el agravio pida.

 

Ay de aquel alma a padecer dispuesta,

que espera su Raquel en la otra vida,

y tiene a Lía para siempre en esta.

 

Soliloquio I

Dulce Jesús de mi vida,

¡qué dije!, espera, no os vais:

que no es bien que vos seáis

de una vida tan perdida.

 

Pero si no sois de mí,

yo, mi Jesús, soy de vos,

porque quiero hallar en Dios

esto que sin Dios perdí.

 

Mas ya vuelvo a suplicaros

que de mi vida seáis:

que si vos no me la dais,

no tendré vida que daros.

 

Deseo daros mi vida,

y sin vos no es daros nada,

porque con vos va ganada,

cuanto sin vos va perdida.

 

Muérome de puro amor

por llamaros vida mía:

que la que sin vos perdía,

ya no la tengo, Señor.

 

Pues vuestra piedad me adiestra

como a oveja reducida,

quiero llamaros mi vida,

aunque he sido muerte vuestra.

 

Vida mía, en este día

me habréis de hacer un favor;

¡oh, qué bien me va, Señor,

con llamaros vida mía!

 

Luego que vida os llamé,

a pediros me atreví,

porque el regalo sentí

que en vuestro brazos hallé.

 

Y es que jamás permitáis

que otra vida sin vos tenga:

que no es bien que a vivir venga

vida donde vos no estáis.

 

¡Ay Jesús! ¿Cómo viví

sólo un momento sin vos?

Porque si la vida es Dios,

¿qué vida quedaba en mí?

 

¡Qué cosas tuve por vida

tan miserables y tristes!

¿Es posible que pudiste

sufrir cosa tan perdida?

 

Pero sospecho, mi Dios,

que fue permitirlo así,

para que viesen en mí

qué sufrimiento hay en vos.

 

Pero no lo habéis perdido,

¡oh soberana piedad!,

pues conozco mi maldad

por lo que me habéis sufrido.

 

Porque sé de aquel vivir,

como si Dios no tuviera:

que quien menos que Dios fuera

no me pudiera sufrir.

 

¡Qué de veces os negué

por confesar mi locura

a la fingida hermosura,

donde no hay verdad ni fe!

 

Si la vuestra en la cruz viera,

¡ay Dios y cuánto os amara!

¡Qué de lágrimas llorara,

qué de amores os dijera!

 

No sé, mi bien, qué os tenéis,

que todo me enamoráis,

o es que, como abierto estáis,

mostráis lo que me queréis.

 

Amenazado de vos,

parece que no os temí,

y lleno de sangre sí;

decid, ¿qué es esto, mi Dios?

 

¡Oh qué divinos colores

os hace esa sangre fría!

¡Oh cómo estáis, vida mía,

para deciros amores!

 

Soneto a Góngora

Pululando de culto, Claudio amigo,

minotaurista soy desde mañana;

derelinquo la frasi castellana,

vayan las Solitúdines conmigo.

 

Por precursora, desde hoy más me obligo

al aurora llamar Bautista o Juana,

chamelote la mar, la ronca rana

mosca del agua, y sarna de oro al trigo.

 

Mal afecto de mí, con tedio y murrio,

cáligas diré ya, que no griguiescos

como en el tiempo del pastor Bandurrio.

 

Estos versos, ¿son turcos o tudescos?

Tú, Letor Garibay, si eres bamburrio,

apláudelos, que son cultidiablescos.

 

Soneto de repente

Un soneto me manda hacer Violante;

en mi vida me he visto en tal aprieto,

catorce versos dicen que es soneto,

burla burlando van los tres delante.

 

Yo pensé que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto,

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

 

Por el primer terceto voy entrando,

y aún parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

 

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho

que estoy los trece versos acabando:

contad si son catorce, y está hecho.

 

Suelta mi manso, mayoral extraño

Suelta mi manso, mayoral extraño,

Pues otro tienes tú de igual decoro:

Suelta la prenda que en el alma adoro,

Perdida por tu bien y por mi daño.

 

Ponle su esquila de labrado estaño,

Y no le engañen tus collares de oro:

Toma en albricias este blanco toro

Que a las primeras yerbas cumple un año.

 

Si pides señas, tiene el vellocino

Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene

Corno durmiendo en regalado sueño.

 

Si piensas que no soy su dueño,

Alcino, Suelta, y verásle si a mi choza viene;

Que aun tienen sal las manos de su dueño.

 

Sulca del mar de Amor las rubias ondas…

Sulca del mar de Amor las rubias ondas,

barco de Barcelona, y por los bellos

lazos navega altivo, aunque por ellos

tal vez te muestres y tal vez te escondas.

 

Ya no flechas, Amor, doradas ondas

teje de sus espléndidos cabellos;

tú con los dientes no le quites dellos

para que a tanta dicha correspondas.

 

Desenvuelve los rizos con decoro,

los paralelos de mi sol desata,

boj o colmillo de elefante moro;

 

y en tanto que esparcidos los dilata,

forma por la madeja sendas de oro

antes que el tiempo los convierta en plata.

 

Temores en el favor

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,

y la cándida víctima levanto,

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro.

 

Tal vez el alma con temor retiro,

tal vez la doy al amoroso llanto,

que arrepentido de ofenderos tanto

con ansias temo, y con dolor suspiro.

 

Volved los ojos a mirarme humanos,

que por las sendas de mi error siniestras

me despeñaron pensamientos vanos;

 

no sean tantas las miserias nuestras

que a quien os tuvo en sus indignas manos

vos le dejéis de las divinas vuestras.

 

Túrbase el poeta de verse favorecido

Dormido Manzanares discurría

en blanda cama de menuda arena,

coronado de juncia y de verbena,

que entre las verdes alamedas cría;

 

cuando la bella pastorcilla mía,

tan sirena de Amor como serena,

sentada y sola en la ribera amena,

tanto cuanto lavaba nieve hacía.

 

Pedíle yo que el cuello me lavase,

y ella sacando el rostro del cabello,

me dijo que uno de otro me quitase;

 

pero turbado de su rostro bello,

al pedirme que el cuello le arrojase,

así del alma, por asir del cuello.

 

Un soneto me manda hacer Violante…

Un soneto me manda hacer Violante;

en mi vida me he visto en tal aprieto,

catorce versos dicen que es soneto,

burla burlando van los tres delante.

 

Yo pensé que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto,

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

 

Por el primer terceto voy entrando,

y aún parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

 

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho

que estoy los trece versos acabando:

contad si son catorce, y está hecho.

 

Una dama se vende a quien la quiera

Una dama se vende a quien la quiera.

En almoneda está. ¿Quieren compralla?

Su padre es quien la vende, que aunque calla,

su madre la sirvió de pregonera.

 

Treinta ducados pide y saya entera

de tafetán, piñuela o anafalla,

y la mitad del precio no se halla

por ser el tiempo estéril en manera.

 

Mas un galán llegó con diez canciones,

cinco sonetos y un gentil cabrito,

y aqueste respondió que es buena paga.

 

Mas un fraile la dio treinta doblones,

y aqueste la llevó. Sea Dios bendito;

muy buen provecho y buena pro-le haga.

 

Vengada la hermosa Filis…

Vengada la hermosa Filis

de los agravios de Fabio

a verle viene al aldea

enfermo de desengaños.

 

A ruego de los pastores

baja de su monte al prado,

que como se ve querida

da a entender que la forzaron.

 

Eso mismo que desea,

quiere que la estén rogando,

que sube al gusto los precios

amor conforme a los años.

 

Huyose Fabio celoso,

pensó Fabio hallar sagrado,

pero hay estados de amor

que está en el remedio el daño.

 

¡Desdichado del que llega

a tiempo tan desdichado

que le matan los remedios

con que muchos quedan sanos!

 

En fin, a Fabio rendido

viene a ver su dueño ingrato,

alegre porque es amor

en las venganzas villano.

 

No va sin galas a verle,

aunque pudiera excusarlo,

que la mayor hermosura

no deja en casa el cuidado.

 

Lleva de palmilla verde

saya y sayuelo bizarro,

con pasamanos de plata

si en ellos pone las manos.

 

No lleva cosa en el cuello

que Fabio le hubiese dado,

porque no entienda que viven

memorias de sus regalos.

 

Joyas lleva que él no ha visto,

no porque le ha hecho agravio,

mas porque sepan ausencias

que no está seguro el campo.

 

Con una cinta de cifras

lleva el cabello apretado,

que quien gusta de dar celos

se vale de mil engaños.

 

De rebociño le sirve

para mayor desenfado

el capote de los ojos

bordado de negros rayos.

 

En argentadas chinelas

listones lleva, admirados

de que quepan tantos bríos

en tan pequeños espacios.

 

Llegó Filis al aldea,

entró en su casa de Fabio,

los pastores la reciben

como al sol los montes altos.

 

Dando perlas con la risa

extiende a todos los brazos,

que gana mares de amor

y da perlas de barato.

 

Apenas Fabio la mira

cuando a un tiempo se bañaron

el alma en pura alegría,

los ojos en tierno llanto.

 

No hablaron los dos tan presto,

aunque los ojos hablaron,

Filis porque no quería,

Fabio porque quiere tanto.

 

Cuando en esta suspensión

los dos se encuentran mirando

a un tiempo bajan los ojos

como que envidian de falso.

 

Habló Filis y tuvieron

alma de coral sus labios,

que ver humilde al rendido

hace piadoso al vengado.

 

A Fabio culpa le pone

que es error hacer, amando,

con la lengua valentías,

si el alma no tiene manos.

 

Él responde y se disculpa,

que viendo cerca los brazos,

pide perdón ofendido

quien ama desengañado.

 

Versos de amor, conceptos esparcidos

Versos de amor, conceptos esparcidos,

engendrados del alma en mis cuidados,

partos de mis sentidos abrasados,

con más dolor que libertad nacidos:

 

Expósitos al mundo, en que perdidos,

tan rotos anduvisteis y trocados,

que sólo donde fuisteis engendrados

fuéranse por la sangre conocidos.

 

Pues que le hurtáis el laberinto a Creta,

a Dédalo los altos pensamientos,

la furia al mar, las llamas al abismo,

 

si aquel áspid hermoso no os aceta,

dejad la tierra, entretener los vientos:

descansaréis en vuestro centro mismo.

 

Ya no quiero más bien que solo amaros

Ya no quiero más bien que solo amaros,

ni más vida, Lucinda, que ofreceros

la que me dáis, cuando merezco veros,

ni ver más luz que vuestros ojos claros.

 

Para vivir me basta desearos,

para ser venturoso, conoceros,

para admirar el mundo, engrandeceros,

y para ser Eróstrato, abrazaros.

 

La pluma y lengua, respondiendo a coros,

quieren al cielo espléndido subiros,

donde están los espíritus más puros;

 

que entre tales riquezas y tesoros,

mis lágrimas, mis versos, mis suspiros,

de olvido y tiempo vivirán seguros.

 

Yo dije siempre, y lo diré, y lo digo

Yo dije siempre, y lo diré, y lo digo,

que es la amistad e bien mayor humano;

mas ¿qué español, qué griego, qué romano

nos ha de dar este perfecto amigo?

 

Alabo, reverencio, amo, bendigo

aquel a quien el cielo soberano

dio un amigo perfecto, y no es en vano;

que fue, confieso, liberal conmigo.

 

Tener un grande amigo y obligalle

es el último bien, y por querelle,

el alma, el bien y el mal comunicalle;

 

Mas yo quiero vivir sin conocelle;

que no quiero la gloria de ganalle

por no tener el miedo de perdelle.

 

Yo me muero de amor, que no sabía

Yo me muero de amor, que no sabía,

aunque diestro en amar cosas del suelo,

que no pensaba yo que amor del cielo

con tal rigor las almas encendía.

 

Si llama la moral filosofía

deseo de hermosura a amor, recelo

que con mayores ansias me desvelo

cuanto es más alta la belleza mía.

 

Amé en la tierra vil, ¡qué necio amante!

¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros,

qué tiempo que perdí como ignorante!

 

Mas yo os prometo agora de pagaros

con mil siglos de amor cualquiera instante

que por amarme a mí dejé de amaros.

 

Yo que no sé de los, de li ni le-

Yo que no sé de los, de li ni le-

ni sé si eres, Cervantes, co ni cu-;

solo digo que es Lope Apolo y tú

frisón de su carroza y puerco en pie.

 

Para que no escribieses, orden fue

del Cielo que mancases en Corfú;

hablaste, buey, pero dijiste mu.

¡Oh, mala quijotada que te dé!

 

¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!,

que es sol, y si se enoja, lloverá;

y ese tu Don Quijote baladí

 

de culo en culo por el mundo va

vendiendo especias y azafrán romí

y, al fin, en muladares parará.

 

Yo vengo de ver, Antón

Yo vengo de ver, Antón,

un niño en pobrezas tales,

que le di para pañales

las telas del corazón.

 

Zagalejo de perlas

Zagalejo de perlas,

hijo del Alba,

¿dónde vais que hace frío

tan de mañana?.

 

Como sois lucero

del alma mía,

al traer el día

nacéis primero;

pastor y cordero

sin choza y lana,

¿dónde vais que hace frío

tan de mañana?

 

Perlas en los ojos,

risa en la boca,

las almas provoca

a placer y enojos;

cabellitos rojos,

boca de grana,

¿dónde vais que hace frío

tan de mañana?

 

Que tenéis que hacer,

pastorcito santo,

madrugando tanto

lo dais a entender;

aunque vais a ver

disfrazado el alma,

¿dónde vais que hace frío

tan de mañana.

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