Poemas de Pedro Calderón de la Barca

Poemas de Pedro Calderón de la Barca

Poemas de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), el último gran genio del Siglo de Oro español. Sacerdote y caballero, su obra representa la culminación técnica y filosófica del teatro barroco, refinando la fórmula creada por Lope de Vega con un estilo más intelectual, denso y reflexivo.

Destacó por sus dramas filosóficos, donde exploró la dualidad entre realidad e ilusión, siendo La vida es sueño su cima literaria. También perfeccionó los autos sacramentales, piezas alegóricas de profunda carga teológica, y las «comedias de capa y espada», centradas en el rígido código del honor.

Su lenguaje se caracteriza por el uso magistral de la metáfora, el culteranismo y monólogos introspectivos. Con su muerte, se cierra una de las etapas más brillantes de la literatura universal, dejando un legado de perfección estructural y pesimismo racionalista.

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A Felipe IV: Tercetos

¡Oh tú, temprano sol que en el oriente

de tus primeros años has nacido

coronado de luz resplandeciente,

 

salve! Y en tanto que a tu grato oído

de mi voz, por cantarte, los acentos

labios son de metal contra el olvido,

 

con presagios de ilustres vencimientos

escucha el fin que a tu principio encierra,

rendidos a tus pies los elementos.

 

La tierra te consagra el que a la tierra

sujetó, cuando, próvida en su celo,

los líquidos tesoros desencierra,

 

y, lloviendo al revés, salpicó el cielo,

desangrando a Neptuno en rica fuente

por venas de cristal sangre de hielo.

 

El mar te rinde aquel cuyo tridente

tantas veces venció su orgullo fiero,

segunda vez a límite obediente,

 

aquel del mar Neptuno verdadero,

que en varias partes no se distinguía

cuándo segundo fue, cuándo primero.

 

Del dulce viento la región vacía

favorable te ofrece aquella ave

que en éxtasis de amor vientos bebía.

 

Ave amorosa, pues, que con süave

pluma llegó hasta el sol, en su sosiego

volando dulce y suspendiendo grave.

 

El fuego te asegura el que del fuego

nombre tomó, y el luminoso espacio

arrebatado vio, turbado y ciego.

 

Vive, ¡oh Felipe! en celestial palacio,

pues a tu admiración el cielo atento,

la tierra te da Isidro, el fuego Ignacio,

Francisco el mar, cuando Teresa el viento.

 

A la muerte

¡Oh tú, que estás sepultado

en el sueño del olvido,

si para tu bien dormido,

pata tu mal desvelado!

Deja el letargo pesado,

despierta un poco, y advierte

que no es bien que desa suerte

duerma, y haga lo que hace

quien está desde que nace

en los brazos de la muerte.

 

Da lugar al pensamiento

para que discurra, y veas

y que lo más que tú deseas

no es más que soplo de viento.

No labres sin fundamento

máquinas de vanidad,

pues la mayor majestad

en un sepulcro se encierra,

donde dice, siendo tierra:

«Aquí vive la verdad…

 

Mira cómo pasó ayer,

veloz como tantos años:

evidentes desengaños

del limitado poder.

Lo que fue dejó de ser,

y no quedó dello más

del ha sido: tú, que vas

por este mundo inconstante,

mira que el que va adelante

avisa al que va detrás.

 

La corona y la tiara

que tanto el mundo estimó

¿qué se hizo?, ¿en qué paró

sino en lo que todo para?

¡Oh mano del mundo avara!

Si tanto bien nos limitas,

¿para qué, di, nos incitas

a aspirar a más y más,

si lo que despacio das

tan de prisa nos lo quitas?

 

Si te engaña el propio amor

para que no veas el daño,

la muerte, que es desengaño,

sirva de despertador.

Hoy nace la tierna flor

y hoy su curso se termina;

todo a la muerte camina:

la estatua del más bizarro,

como está fundada en barro,

la deshace cualquier china.

 

¿En qué piensas o a qué aspiras

cuando tras tu gusto vas,

pues dél no te queda más

que enemigos que conspiras?

Si es que adelante no miras,

mira la vida pasada,

que si en tan corta jornada

lo más pasa desa suerte,

hasta llegar a la muerte,

¿qué te queda? Poco o nada.

 

Desde el nacer al morir

casi se puede dudar

si el partir es el parar,

o el parar es el partir.

Tu carrera has de seguir:

y pues con tal brevedad

pasa la más larga edad,

¿cómo duermes y no ves

que lo que aquí un soplo es

es allá una eternidad?

 

Mira el tiempo volador

cómo pasa, y considera

cómo va tras la carrera

desde el menor al mayor.

El esclavo y el señor

corren parejas iguales,

que como nacen mortales,

iguales van a la hoya,

de cuya deshecha Troya

aún no quedan la señales.

 

La juventud más lozana

¿en qué paró?, ¿qué se hizo?

Todo el tiempo lo deshizo

y anocheció su mañana,

la muerte siempre es temprana

y no perdona a ninguno:

goza del tiempo oportuno,

granjea con tu talento,

que aquí dan uno por ciento

y allí dan ciento por uno.

 

¿Qué eternidades te ofrece

la más dilatada vida,

pues que apenas es venida

cuando se desaparece?

Hoy piensas que te amanece

y es el día de tu ocaso.

¡Término breve y escaso!

Mas ¿qué mucho, si volando

te va la muerte buscando

cuando tú vas paso a paso?

 

La dama más celebrada,

lazo en que todos cayeron,

ella y ellos, di, ¿qué fueron

sino tierra, polvo y nada?

¡Oh limitada jornada,

oh frágil naturaleza!

La humildad y la grandeza

todo en nada se resuelve:

es de tierra y a ella vuelve,

y así, acaba en lo que empieza.

 

¿De qué te sirve anhelar,

por tener y más tener,

si eso en tu muerte ha de ser

fiscal que te ha de acusar?

Todo acá se ha de quedar;

y pues no hay más que adquirir

en la vida que el morir,

la tuya rige de modo,

pues está en tu mano todo,

que mueras para vivir.

 

A la muerte de la señora doña Inés Zapata

Sola esta vez quisiera,

bellísima Amarili, me escucharas,

no por ser la postrera

que he de cantar afectos suspendidos,

sino porque mi voz de ti confía

que esta vez se merezca a tus oídos

por lastimosa, ya que no por mía.

 

No tanto liras hoy, endechas canto;

no celebro hermosuras,

porque hermosuras lloro;

quien tanto siente que se atreva a tanto,

si hay alas mal seguras

que deban a su vuelo esferas de oro

sin pagar a su vuelo ondas de llanto.

 

¡Ay, Amarili!, a cuánto

se dispuso el afecto enternecido,

mas si el afecto ha sido

dueño de tanto efecto,

enmudezca el dolor, hable el afecto;

si pudo enmudecer o si hablar pudo

retórico dolor y afecto mudo.

 

¿Diré que el cierzo airado,

verde ladrón del prado,

robó el clavel y mal logró la rosa?

Mas no, porque era Nise más hermosa.

¿Diré que obscura nube,

nocturna garza que a los cielos sube,

borró el lucero, deslució la estrella?

No, porque era más bella.

 

¿Diré que niebla parda

la vanidad del sol tanto acobarda

que muere al primer paso

y el oriente tropieza en el ocaso

mintiéndonos el día?

No, porque Nise más que sol ardía.

 

¿Diré que el mar violento

hidrópico bebió, bebió sediento,

la fuentecilla fría

que en su orilla nacía,

siendo cuna y sepulcro, vida y muerte?

Mas no, que en Nise más beldad se advierte.

 

¿Diré que rayo libre,

ya fleche sierpes, ya culebras vibre,

en cenizas desate el edificio

que en los brazos del viento nos da indicio

de que en sus hombros el zafir estriba?

Mas no, que aún era Nise más altiva.

 

¿Pues qué diré que mi dolor avise?

Diré que murió Nise.

Sí, pues murió con ella

deshecha flor, desvanecida estrella,

día abortado, mal lograda fuente,

y torre antes caduca que eminente,

fingiéndose la muerte en un desmayo

el cierzo, niebla, nube, mar y rayo.

 

Nise murió. Dura pensión del hado

que no tenga en el mundo la belleza,

por belleza siquiera, algún sagrado.

Nise murió. ¡Qué asombro! ¡Qué tristeza!

¡Oh ley del hado dura,

decretado rigor, fatal violencia,

que no tenga en el mundo la hermosura,

por hermosura, alguna preeminencia!

 

Nise murió. ¡Qué extraña desventura

que no goce el ingenio por divino

privilegio en las cortes del destino!

Todos a su despecho,

a mayor majestad rindan el pecho;

el pecho, en esta ley determinado,

tercera vez dura pensión del hado.

 

A tres Gracias tres Parcas combatieron,

y las Gracias vencieron,

que su rigor a profanar no atreve

tanta luz, tanta rosa, tanta nieve.

 

Y aunque Nise quedó muerta y rendida,

dejó despierta en su beldad la vida;

y así las Parcas lágrimas lloraron,

las Parcas su sepulcro acompañaron,

esfera breve donde

la luz se eclipsa, el esplendor se esconde.

 

A cuya sepultura

un mármol consagraron que dijera:

«Aquí debajo de esta losa dura

la hermosura naciera,

si naciera sembrada la hermosura».

 

Pero siga el consuelo

al llanto, a la tristeza, a la alegría;

corra la niebla el velo

y a la noche suceda alegre el día.

 

La noche muestre ya la estrella hermosa,

llama el Aura el clavel, bebe la rosa,

pues Nise coronada

de nueva luz, la Nise laureada,

la adama el sol, y en trono de diamante

está pisando estrellas,

imagen ya de aquellas luces bellas,

carácter ya de aquellos otros puros

que bordan paralelos y coluros.

 

Y tú, hermosa Amarili, el sentimiento

trueca en gusto, en invidia el escarmiento,

pues la tierra sabiendo que tenía

dos soles, y uno apenas merecía,

liberal con el cielo

quiso partir y te dejó en el suelo

a ti, porque más bella

fénix ya del amor, venzas aquella

competencia dichosa,

pues ya sola en el mundo eres hermosa.

 

A la muerte del príncipe don Carlos

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío,

y en lágrimas y quejas desatado,

al mar corra y al viento, que bien fío

 

del mar hoy y del viento mi cuidado,

pues patrimonio son del mar y el viento,

a un tiempo, lo gemido y lo llorado.

 

¡Oh! rompa ya mi pena el sufrimiento

y en lágrimas y quejas dividido,

dignísimo Fernando, mi lamento

 

llegue (o bien de las ondas repetido

o mal restituido de las peñas)

piadosamente a merecer tu oído.

 

Lisonjas, y lisonjas no pequeñas,

hace al dolor el que al dolor engaña

con voces, con suspiros o con señas.

 

Tú, de la gran metrópoli de España

que con arenas y átomos de oro

pródigo dora el Tajo y el sol baña,

 

purpúreo Atlante; tú, cuyo decoro

desde lejos saludan dulcemente

dos cisnes, éste mudo, aquél canoro.

 

Ya que al Cuarto Planeta en otro oriente

sustituyes la luz, suples el día,

lucero habilitado dignamente,

 

bien como en la celeste monarquía

virrey del sol es el mejor lucero

de quien el alma de sus rayos fía,

 

engaña tu dolor (no porque espero

que rústica mi voz te obligue a tanto)

sino porque mi llanto lisonjero,

 

las lágrimas mezclando con el canto

en destempladas cláusulas, ignora

aun él mismo si fue música o llanto.

 

No por vencer tu sentimiento ahora

mi acento sulca ni mi pluma vuela

(si bien harto le vence quien le llora).

 

Con inútil retórica consuela

al triste el que su mal le facilita;

pues al son que le aduerme, le desvela.

 

Llore el que de su llanto necesita,

que en su principio a un accidente extraño

fuerzas le da quien lágrimas le quita.

 

Una pena dorada de un engaño

o cobra la razón o pierde el brío

y aquél es sólo repetirle el daño.

 

Así quejas y lágrimas te envío,

¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Aunque mejor la fuerza de un tormento

sabe sentirse que decirse sabe,

porque en la voz no cabe el sentimiento,

 

que en el silencio solamente cabe.

Mas ya que a tanto la pasión me obliga,

quejas escucha (o con acento grave

 

la voz las calle o el callar las diga).

De aquella son, y con razón de aquella

dos veces, y de todos enemiga

 

fatal deidad, cuya triunfante huella,

sin que el respeto ni el temor la impida,

alcáceres supremos atropella.

 

A cuyo carro la ambición asida

arrastra las coronas que antes fueron

los ídolos humanos de la vida.

 

Aquella a quien en vano previnieron

defensa, ni la pluma ni la espada,

que el valor y el ingenio se rindieron.

 

Alcaide de la vida, que a su entrada

registro es nuestro el libro de la muerte,

partida por partida señalada.

 

Con condición que ha de morir advierte,

que entra a vivir el que nacer procura

echado a los umbrales de la suerte.

 

No el poder la venció, no la hermosura;

que ésta ni aquél pasó sin que primero

con llanto no firmase la escritura.

 

Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,

por cuenta le da el aire con que vive,

que aun no es suyo este soplo más ligero.

 

¿Quién vive, pues, sabiendo que recibe

tan contado el vivir, que siempre atenta

la muerte por los márgenes escribe

 

una vez que respira, otra que alienta,

y vez ninguna alienta ni respira

que no adelgace el número a la cuenta?

 

¿Quién no se pasma aquí, quién no se admira

y quién sin miedo en desventura tanta

de que se cumple el número suspira?

 

¡Oh, cuánta es hoy nuestra miseria, cuánta!

Que aunque siempre lo fue, considerando

que hoy la muerte los plazos adelanta,

 

parece que es mayor porque antes, cuando

bozal y torpe en su principio estaba

de sí misma ella misma hería temblando.

 

Un siglo entonces en poner tardaba

la flecha; un siglo entonces prevenía

el golpe; y tras dos siglos aún le erraba.

 

Mas hoy, que diestra la hizo la porfía,

ni un instante el vivir deja seguro,

que el día menos cierto es cualquier día.

 

No el sagrado dosel, no el fuerte muro,

la edad florida, ingenio el más perfecto,

la generosa sangre, el lustre puro,

 

la heroica majestad, el real sujeto,

todo adornado de gallardo brío,

temor la causan ni la dan respeto.

 

Todo lo postra, todo a su albedrío,

Carlos lo diga (y cuando a Carlos nombra

¡oh, rompa ya el silencio el dolor mío!).

 

Dígalo pues su voz, que muda asombra,

y débale suspiros a la muerte

ver tanta luz desvanecida en sombra.

 

¿Si sagrado dosel?, ¿si muro fuerte?

¿Qué muro fuerte, qué dosel sagrado

el sol ciñe, el mar cerca, el cielo advierte

 

ya luciente, ya nuboso, ya estrellado,

aquél vuele, aquél corra y éste ande,

que mirarse merezca reservado

 

como el Alcázar de Felipe el Grande,

cuando piadoso el hado un edificio

privilegiar de sus rigores mande?

 

Si lustre puro ¿qué mayor indicio

de esplendor y de lustre que ser rayo

de tanto sol? (No aquí delire el juicio

 

porque un rayo de sol sienta un desmayo,

que no deja de ser rey de las flores

porque una flor se le malogre al mayo.)

 

¿Si majestad heroica? Sus mayores

triunfan hoy en las lides del olvido,

nunca vencidos, siempre vencedores.

 

El águila alemana les dio nido,

el león de España albergue, que absoluto

término fue a su vuelo y su bramido.

 

Todo el orbe pagándoles tributo,

de una cuna del sol hasta otra cuna,

Emperatriz el ave y Rey el bruto.

 

¿Si real sujeto? Aun siendo siempre una,

su fama se excedió tal vez, pues sella

ésta con más aplausos la fortuna.

 

Felipe santo y Margarita bella

sus padres fueron de tan alta planta,

que humana flor no es hoy divina estrella.

 

¿Si claro ingenio? Manzanares canta

conceptos suyos y conceptos llora:

tanta en la fuerza de un afecto, tanta,

 

que con la voz que al gusto hoy se enamora,

quizá el pesar se llorará mañana,

que aun una voz a lo que nace ignora.

 

¿Si edad florida y juventud lozana?

Apenas cinco veces, cinco, era

cumplido el curso en que veloz devana

 

con hilos de oro el sol nuestra carrera,

cuando por medio enmarañando el hilo,

le cortó inexorable la tijera.

 

No llegó al fin su fin; con nuevo estilo

hoy se acabó y hoy se quedó pendiente.

¡Oh!, ¿para cuándo era embotarse el filo?

 

¿Si brío gallardo y ánimo valiente?

Dígalo el mar que le rindió oportuno

en pequeño bajel más diligente.

 

Por príncipe los reinos de Neptuno

y en cortes de agua príncipe jurado

votaron todos y faltó ninguno.

 

De esperanzas entonces coronado

le vio la paz y le aclamó la guerra;

sólo a la tierra le costó cuidado,

 

pues celosa de ver que se destierra

del centro natural al centro frío,

en sus entrañas le escondió la tierra.

 

¡Oh sacrílego amor! ¡Oh amor impío,

que a tu costa tus celos has vengado!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Y ya que tanto mérito postrado,

humano al fin reparo no previno

a la infalible indignación del hado,

 

al enojo infalible del destino,

vamos a ver si le previene el celo

en la piedad del mérito divino.

 

Iba pues de la noche el negro velo

borrando los matices con que había

al temple bosquejado tierra y cielo

 

el doctísimo artífice del día,

y el sol, depositado en luces bellas

espejo hecho pedazos parecía,

 

que pedazos del sol son las estrellas;

y así, cuando su luz se quiebra hermosa,

es un pequeño sol cada una dellas.

 

Declarose la noche temerosa,

y tropezando perezoso el sueño

en la que iba arrastrando falda umbrosa,

 

salió mostrando el arrugado ceño,

que más horrores que cabellos vierte

de ciprés coronado y de beleño.

 

Y como medio hermano de la muerte

al mundo medio muerto sepultaba

cuando aun al sueño hicieron que despierte.

 

Voces que sólo el eco articulaba,

porque todas a un ¡ay! las reducía

y errando el pueblo (si por dicha erraba,

 

aunque confusamente discurría)

al Monte de piedad llegó, al Erario

en uno y otro templo de María.

 

No perdonó devoto santuario

que no solicitase a aquella hora,

uno en la fe y en el efecto vario;

 

pues aunque dos imágenes adora,

es sola una deidad: y así, en lo oculto,

de noche en dos orientes vio una aurora.

 

Con poca pompa, el venerado bulto

(si ya no fueran pompas las querellas,

que querellas de fe también son culto)

 

llegó a palacio; y mudas las estrellas,

con muestras de dolor extraordinarias

(quizá por ser de Carlos una dellas)

 

acompañaron, aunque en luz contrarias,

las antorchas conformes en belleza,

unas y otras nocturnas luminarias.

 

Madrid, viendo que plebe y que nobleza

igualmente se inclina, igual se mueve

al llanto, a la piedad y a la tristeza,

 

quiere que suyos dos mensajes lleve:

por la nobleza un Duque de Gandía

y un labrador humilde por la plebe.

 

Francisco, pues, y Isidro ante María,

a un tiempo en cielo y tierra están postrados

alma y cuerpo gloriosos aquel día.

 

¡Oh! ¿No parece aquí que con candados

están los cielos? Pues abridlos, cielos:

mirad qué implican cielos y cerrados.

 

¿Tantos suspiros? ¿Tantos desconsuelos?

¿Tan sincero clamor? ¿Llanto tan pío?

¿Tantas penas, Señor, tantos desvelos,

 

solamente os merecen un desvío?

¿Cuándo la voz no fue del cielo llave?

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío.

 

Mas ¡ay! que en la mayor, en la más grave

pena, aunque sabe el que afligido llega

que ha de pedir, qué ha de pedir no sabe,

 

que el hombre es liberal con quien le ruega,

por lo que a quién le ruega le concede,

y Dios es liberal por lo que niega.

 

Tanto con él la voz o el llanto puede,

que por agradecer la voz o el llanto,

tal vez negando su poder excede.

 

Luego tanto retiro, enojo tanto,

pareciendo rigor, será clemencia,

pues siempre es liberal el cielo santo.

 

¡Oh, quién de parte de la providencia

hoy estos dos extremos careara,

aquí el dolor y allí la conveniencia!

 

Porque al mundo el examen consolara

cuando en sombras y lejos percibiera

el daño que otro daño le repara.

 

Qué alegre entonces, si la piedad viera

disfrazada en rigor del mismo cielo,

otra vez sus desdichas le pidiera.

 

Pues si ignorante pide nuestro celo,

y docto él nos mejora la fortuna,

sírvanos el castigo de consuelo.

 

Y pues del ataúd y de la cuna,

líneas en que nacemos y morimos,

una es la forma y la materia es una,

 

y de un sepulcro a otro sepulcro fuimos

(polos en que el pequeño mundo estriba),

muriendo desde el punto en que nacimos,

 

dichoso aquél que de vivir se priva;

pues si a morir viviendo el hombre nace,

muriendo bien no hay más para qué viva.

 

Ninguna acción al dueño satisface

tanto, que la atención escrupulosa

no la enmiende después, con que se hace

 

más perfecta, más noble o más hermosa:

sólo el morir esta elección no tiene,

siendo el morir la más dificultosa.

 

Luego a aquél que la muerte le previene

con avisos de un día y otro día,

no llorarle, envidiarle nos conviene.

 

Suceda, pues, al llanto la alegría,

pues para que al morir perfeccionase,

murió Carlos sabiendo que moría.

 

Y ya que el cielo quiere que hoy abrase

las plumas, siendo pira el monumento

de quien su luz entre cenizas pase

 

a otro centro, a otra esfera y a otro asiento,

y dejando a la tierra sus despojos

es ya estrella añadida al firmamento,

 

pasen también nuestros turbados ojos

de un objeto a otro objeto su sentido,

que dichas podrán ver quien pudo enojos.

 

Vean que en prendas hoy de un bien perdido

dos los cielos eternos aperciben

que aun mal está el consuelo repetido.

 

Felipe y Baltasar felices viven,

cuyo nombre los hados respetando,

con letras de oro en láminas escriben.

 

Que nunca el tiempo alcanzará volando,

porque aun el tiempo parará primero.

¡Oh! vivan pues; y tú, noble Fernando,

 

ya Marte religioso, ya guerrero

Apolo, con la espada y con la pluma,

de tantas esperanzas heredero,

 

al mar sujeta la rizada espuma,

postra a la tierra la cerviz altiva

y haz que el mar y la tierra te presuma

 

luz que del Sol Felipe se deriva;

y pues de ti tantos aplausos fío,

mientras tu nombre, ¡oh gran Fernando!, viva,

no rompa ya el silencio el dolor mío.

 

A la noche

Esos rasgos de luz, esas centellas

que cobran con amagos superiores

alimentos del sol en resplandores

aquello viven que se duele de ellas.

 

Flores nocturnas son: aunque tan bellas,

efímeras padecen sus ardores,

pues si un día es el siglo de las flores,

una noche es la edad de las estrellas.

 

De esa, pues, primavera fugitiva,

ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;

registro es nuestro, o muera el sol o viva.

 

¿Qué duración habrá que el hombre espere,

o qué mudanza habrá que no reciba

de astro que cada noche nace y muere?

 

A las estrellas

Esos rasgos de luz, esas centellas

que cobran con amagos superiores

alimentos del sol en resplandores,

aquello viven, si se duelen dellas.

 

Flores nocturnas son; aunque tan bellas,

efímeras padecen sus ardores;

pues si un día es el siglo de las flores,

una noche es la edad de las estrellas.

 

De esa, pues, primavera fugitiva,

ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;

registro es nuestro, o muera el sol o viva.

 

¿Qué duración habrá que el hombre espere,

o qué mudanza habrá que no reciba

de astro que cada noche nace y muere.

 

A las flores

Estas que fueron pompa y alegría

despertando al albor de la mañana,

a la tarde serán lástima vana

durmiendo en brazos de la noche fría.

 

Este matiz que al cielo desafía,

Iris listado de oro, nieve y grana,

será escarmiento de la vida humana:

¡tanto se emprende en término de un día!

 

A florecer las rosas madrugaron,

y para envejecerse florecieron:

cuna y sepulcro en un botón hallaron.

 

Tales los hombres sus fortunas vieron:

en un día nacieron y espiraron;

que pasados los siglos, horas fueron.

 

A Lope de Vega Carpio: Décima

Aunque la persecución

de la envidia tema el sabio,

no reciba della agravio,

que es de serlo aprobación.

Los que más presumen son,

Lope, a los que envidia das,

y en su presunción verás

lo que tus glorias merecen;

pues los que más te engrandecen

son los que te envidian más.

 

A Madrid por la dicha de ser su patrono san Isidro Labrador: Glosa

Madrid, aunque tu valor

Reyes le están aumentando,

nunca fue mayor que cuando

tuviste tu labrador.

 

Aunque de gloria se viste,

Madrid, tu dichoso suelo,

nunca más gloria tuviste

que cuando, imitando al cielo,

pisado de ángeles fuiste.

No igualará aquel favor

el que hoy ostenta tu honor,

aunque opongas tu trofeo,

aunque aumente tu deseo,

Madrid, aunque tu valor.

 

No tendrás glorias mayores,

que cuando en las manos bellas

de angélicos labradores,

eran tus flores estrellas,

los rayos del sol tus flores.

En vano están laureando,

en vano están coronando

tu frente, en vano el honor

que te ha dado un labrador,

Reyes le están aumentando.

 

Dirán que cuándo tuviste

más gloria que en ti se encierra.

Di que cuando ángeles viste

labrar humildes tu tierra;

di que cuando cielo fuiste;

que cuando al cielo imitando

el sol te estaba envidiando,

pues su luz tu luz prefiere;

y así sabrá quien dijere

Nunca fue mayor que cuando.

 

Mayores triunfos, mayores

lauros tu poder advierte,

pues con divinos favores

respetas, como la muerte,

mas que reyes, labradores.

Hagan inmortal tu honor

jaspes, mármoles y bronces;

pues para gloria mayor

hoy tienes tal rey, y entonces

Tuviste tu labrador.

 

A mi hija Paulina en sus días

Por la primera vez hoy es tu día…

¡Ven a mi corazón, prenda adorada…

orgullo de la esposa más amada,

vida de mis entrañas, hija mía!

 

¿Qué te dirá de un padre la ufanía?

¿Qué te dirá tu madre embelesada,

sino verter del alma enajenada

lágrimas de cariño y de alegría?

 

Delicia de los dos…, ¡bendita seas!

¡Bendita seas, avecilla pura,

que alegras con tu canto nuestro nido!

 

Y allá en los años en que no nos veas,

¡Dios te dé tanto bien, tanta ventura,

como tú con nacer nos has traído!

 

A san Isidro: Canción

Coronadas de luz las sienes bellas,

conduce el sol su luminoso coche

a la estación donde madruga el día;

quitó el prestado honor a las estrellas,

y en campañas de luz venció a la noche

con los ardientes rayos que regía;

castigo a su osadía

la tierra fue, que nuevo sol le opuso,

esfera de verdor, campo de fuego.

Cuando en sus rayos ciego,

querúbicas deidades vio confuso

sembrar por rubios granos esmeraldas,

por espigas coger verdes guirnaldas.

 

Los campos de Madrid ya cielos bellos

y los cielos del sol campos hermosos

eran con los opuestos resplandores;

porque asistiendo o cultivando en ellos,

ya labrador, ya espíritus dichosos,

campos de estrellas son, cielo de flores:

vestida de esplendores

acredita la tierra al sol desmayos,

que paga el sol en rayos a la tierra;

y en luminosa guerra,

espigas compitieron a sus rayos,

porque el cielo y la tierra en sus fatigas

mieses de rayos son, globos de espigas.

 

El viento, entre los varios arreboles

del resplandor, Madrid, que a ti reduces

cielo humano te vio, divino suelo:

dudó dos cielos y creyó dos soles,

admirando, confuso entre dos luces,

brillando el campo y cultivando el cielo;

que con santo desvelo

Isidro le labraba con el llanto,

ángeles con su gloria le ilustraban,

y el viento, que abrasaban

mansos eclipses, en abismo tanto

ignora a quién incline su destino,

a ángel cultor o a labrador divino.

 

Este pues en su espíritu dichoso,

arrebatado hasta los cielos sube

(que bien la tierra por el cielo olvida)

y espíritus del trono luminoso,

rayos de luz en abrasada nube,

bajan al suelo a darle nueva vida.

La tierra, agradecida

al favor de los cielos soberano,

sin esperanzas del abril florece:

tanto, tanto agradece

el beneficio de la culta mano;

y estrellas produjera entonces bellas,

si nacieran sembradas las estrellas.

 

Rompe la tierra el paraninfo alado

y el rústico instrumento que la oprime,

nunca más dulce, nunca más süave

a la mano obediente, no al arado,

el surco estima que en su centro imprime

celeste autor de su esperanza grave.

¿Quién habrá que te alabe,

ángel o labrador, si ofrece el suelo

a celestial cultor humano fruto,

y celestial tributo

a humano agricultor ofrece el cielo?

Y aunque use el hombre angélico ejercicio,

¿quién vio al ángel usar rústico oficio?

 

¿Quién más dichoso está, quién más ufano?

¿Con ángeles el suelo en este día

o con un labrador, no más, el cielo?

Más gloria tiene el cielo soberano,

pues humildes dos ángeles envía

que próvidos por él labren el suelo:

tanto pudo tu celo,

tanto, Isidro, tu amor maravilloso,

tanto tus oraciones celestiales.

Por dos ángeles vales:

dos suplen tu descuido virtuoso;

y pues de flores ver los campos llenos,

porque se aumenten más trabaja menos.

 

Deje de mi pluma el vuelo,

mi torpe acento el canto,

mi voz aliento tanto;

que aunque alaba a Madrid, Madrid es cielo;

y es bien que a tanto empleo se presuma

suave voz, dulce acento y veloz pluma.

 

A san Isidro: Décimas

Ya el trono de luz regía

el luminoso farol,

el fénix del cielo, el sol,

cuya edad es sólo un día.

Ya desde la tumba fría

en su fuego vuelve a ser

hoy lo mismo que era ayer;

que, si en todo es de sentir

que nace para morir,

él muere para nacer.

 

Veloz la vida se quita,

con que más gloria se adquiere,

pues cuando en el agua muere,

en el fuego resucita.

Las aves, a quien incita

la luz de sus resplandores,

cantando dulces amores,

eran, con belleza suma,

al campo flores de pluma

cuando al viento aves de flores.

 

Entre las rosas cantaban

y el aura que las movía

solamente conocía

por aves las que las volaban.

Todas a Isidro esperaban,

cuando el labrador dichoso

se quedaba perezoso

de su trabajo olvidado:

¿quién vio vicioso al cuidado

y al descuido virtuoso?

 

Antes de labrar el suelo

(¡oh tardanza de amor llena!)

en la Virgen de Almudena

labraba piadoso el cielo;

y como su santo celo

en el sol le suspendía

de la celestial María,

divertido, no pensaba;

como siempre, al sol miraba,

que pudo pasarse el día.

 

A san Isidro: Octavas

Túrbase el sol, su luz se eclipsa cuanta

medroso esparce hasta el segundo oriente.

El viento con suspiros se levanta;

présaga España su desdicha siente:

y en tanta confusión, en pena tanta

Filipo al fatal golpe está obediente:

¡Oh justo llanto, oh justo sentimiento!

Tema España, el sol llore, gima el viento.

 

Mas cese el sentimiento, cese el llanto,

y en vez, España, de funesto luto,

fiestas publica, que te ensalce cuanto

te oprimió de los ojos el tributo;

pues ya Madrid piadosa a Isidro santo

vuelve a sus campos a coger el fruto

que sembró de piedad y desengaños

al fin dichoso de quinientos años.

 

Ya más gloriosa con humilde celo

vuelve, piadosa al Labrador divino,

a ver el prado, el río, fuente y suelo,

donde a la tierra y cielo abrió camino,

porque de nuevo en ella olbligue al cielo,

en tanto que su Rey sujeto es dino

a su piedad, volviendo a su porfía

Sol a España, al sol luz, a la luz día.

 

Dichosa, insigne villa, y más dichosa

cuanto por más piadosa te señalas,

vuele tu fama al viento licenciosa;

sirviendo a tu piedad de amor las alas,

vive, ¡oh! más que la muerte poderosa,

pues no sólo el arado al cetro igualas,

pero aun exceden por divinas leyes

tus pobres labradores a tus reyes.

 

A san Isidro: Soneto

Los campos de Madrid, Isidro santo,

emulación divina son del cielo,

pues humildes los ángeles su suelo

tanto celebran y veneran tanto.

 

Celestes labradores, en cuanto

son amorosa voz, con santo celo

vos enviáis en angélico consuelo

dulce oración, que fertiliza el llanto.

 

Dichoso agricultor, en quien se encierra

cosecha de tan fértiles despojos,

que divino y humano os da tributo,

 

no receléis el fruto de la tierra,

pues cogerán del cielo vuestros ojos,

sembrando aquí sus lágrimas, el fruto.

 

A un altar donde estaba una imagen de santa Teresa en una nave: Soneto

La que ves en piedad, en llama, en vuelo,

ara en el suelo, al sol pira, al viento ave,

Argos de estrellas, imitada nave,

nubes vence, aire rompe y toca al cielo.

 

Esta pues que la cumbre del Carmelo

mira fiel, mansa ocupa y sulca grave,

con muda admiración muestra süave

casto amor, justa fe, piadoso celo.

 

¡Oh militante iglesia, más segura

pisa tierra, aire enciende, mar navega,

y a más pilotos tu gobierno fía!

 

Triunfa eterna, está firme, vive pura;

que ya en el golfo que te ves se anega

culpa infiel, torpe error, ciega herejía.

 

A un río helado

Salid, ¡oh Clori divina!

al Tormes, que ofrece hoy

fija puente a vuestra planta

su inquieto cristal veloz.

Esta vez pudo el diciembre

lo que mil pudisteis vos,

que tienen fuerza de escarcha

poderes de admiración.

No su nieve a vuestra vista

quieto el cristal se paró,

que si aquí suspende el hielo,

hiela aquí la suspensión.

Salid, que el río os espera,

que juzga discreto hoy

la suela del chapín vuestro

corona ya de favor.

Y pues su honor os aclama,

restituireisle su honor,

si cuando le huellan tantos

vos corona suya sois.

Sobre la cama de campo

solícito el aquilón

tiende sábanas de nieve,

do se acuesta enfermo el sol.

Desmayos pues de sus luces

mejóranse en vuestras dos,

que mayores rayos visten

en eclíptica menor.

Bien que en tantos cielos puestos

como deidad superior,

los que son rayos de luz,

de fuego fulmináis vos.

Si el mundo ardiendo callara,

diré, pues ardiendo estoy,

que son incendios sus luces

y que es fuego su esplendor.

Que le holléis el campo aguarda,

porque vuestras huellas son

las que previenen abriles,

las que producen verdor.

Y en Pascua de Nacimiento,

cuando en la muerte se vio,

tendrá en vuestro pie florido

Pascuas de Resurrección.

Yo mis glorias solicito,

pues a quien ha dado soy

a vos vista las libranzas

de sus glorias el amor.

Salid, pues, ¡oh Clori bella!

no os neguéis, ingrata, no

a las voces de los ojos,

al llanto del corazón.

Y tendremos esta vez,

si lo merece esta voz,

honor Tormes, luz el día,

vida el campo, gloria yo.

 

A una dama que deseaba saber su estado, persona y vida

Curiosísima señora,

tú, que mi estado preguntas,

y de moribus et vita

examinarme procuras;

 

quienquiera que eres, atiende,

y en cómico estilo escucha;

que he de decirte un romance

para quitarte la duda.

 

Va de retrato primero;

luego, si quieres la musa,

irá de costumbres, bien

que habré de callar alguna.

 

Sea lámina el papel,

matiz la tinta, la pluma

pincel; quiera Dios que salga

parecida mi pintura.

 

Yo soy un hombre de tan

desconversable estatura

que entre los grandes es poca

y entre los chicos es mucha.

 

Montañés soy; algo deudo

allá, por chismes de Asturias,

de dos jueces de Castilla,

Laín Calvo y Nuño Rasura;

 

hablen mollera y copete:

mira qué de cosas juntas

te he dicho en cuatro palabras,

pues dicen calva y alcurnia.

 

Preñada tengo la frente

sin llegar al parto nunca,

teniendo dolores todos

los crecientes de la luna.

 

En la sien izquierda tengo

cierta descalabradura;

que al encaje de unos celos

vino pegada esta punta.

 

Las cejas van luego, a quien

desaliñadas arrugas

de un capote mal doblado

suele tener cejijuntas.

 

No me hallan los ojos todos,

si atentos no me los buscan

(que allá, en dos cuencas, si lloran

una es Huéscar y otra es Júcar);

 

a ellos suben los bigotes

por el tronco hasta la altura,

cuervos que los he criado

y sacármelos procuran.

 

Pálido tengo el color,

la tez macilenta y mustia

desde que me aconteció

el espanto de unas bubas.

 

En su lugar la nariz

ni bien es necia ni aguda,

mas tan callada que ya

ni con tabaco estornuda.

 

La boca es de espuerta, rota,

que vierte por las roturas

cuanto sabe; sólo guarda

la herramienta de la gula.

 

Mis manos son pies de puerco

con su vello y con sus uñas;

que, a comérmelas tras algo,

el algo fuera grosura.

 

El talle, si gusta el sastre,

es largo; mas si no gusta

es corto; que él manda desde

mi golilla a mi cintura;

 

de aquí a la liga no hay

cosa ni estéril ni oculta,

sino cuatro faltriqueras

que no tienen plus ni ultra.

 

La pierna es pierna y no más,

ni jarifa ni robusta

algún tanto cuanto zamba

pero no zambacatuña.

 

Sólo el pie de mi te alabo,

salvo que es de mala hechura,

salvo que es muy ancho, y salvo

que es largo y salvo que suda.

 

Este soy pintiparado,

sin lisonja hacerme alguna;

y, si así soy a mi vista,

¡ay, Dios, cuál seré a la tuya!

 

Dejemos en este estado

mi levantada figura

y vamos, de mis progresos,

a la innumerable chusma;

 

que hoy, en tu servicio, tengo

de cejar hasta la cuna

la memoria de mis años;

¡oh, no me aflige, entre burlas!

 

Nací en Madrid, y nací

con suerte tan importuna

que hasta un Ventura de Tal

conocí (¡no más ventura…!).

 

Crecí, y mi señora madre,

religiosamente astuta,

como dando en otra cosa

dio en que me había de ser cura.

 

El de Troya me ordenó

de la primera tonsura,

de cuyas órdenes sólo

la coronilla me dura.

 

Bachiller por Salamanca

también me hice luego, cuya

bachillería es licencia

que en mil actos me disculpa.

 

La codicia de un bolsico

en la literaria justa

de Isidro me hizo poeta;

¿quién no ha pecado en pecunia?

 

Con lo cual, Bártulo y Baldo

se me quedaron a escuras,

pues en vez de decir leyes

hice coplas en ayunas.

 

La cómica inclinación

me llevó a la farándula:

comedias hice; si malas

o buenas, tú te las juzga.

 

Desde letrado a poeta

pasé; y viendo cuánto acusan

a la poesía unos viejos

de impertinencia machucha,

 

traté de mudar estado;

y, por más estrecha y justa

religión, la de escudero

me recibió en su clausura.

 

Aquí discurra el lector

(si es que hay lector que discurra)

cuáles son, para seguidos,

los pasos de mi fortuna:

 

Gorrón, poeta, escudero

he sido y seré. ¡Oh suma

paciencia de Job!, ¿tuviste

más calamidades juntas?

 

Con estas tres profesiones,

¿quién imagina, quién duda

que habré sido el «no en mis días»

de cualquier suegra futura?

 

Y así, soltero hasta hoy

me quedé; y hoy más que nunca

por razones de que el duque,

mi señor, tiene la culpa;

 

que, como caballerizo

me hizo su excelencia augusta,

huyen todas, por no ser

caballeriza ninguna.

 

De este desaire de todas

me despico con algunas

que me sufren mis defectos

porque los suyos les sufra,

 

si bien el día de hoy

está, con las grandes lluvias,

el tiempo tan apurado

que hasta amor pena penuria;

 

más, como ajustarse al tiempo

dice un sabio que es cordura,

siendo congrua de mi amor

tres damas, con dos se ajusta:

 

dos damas tengo, no más;

que en la compañía más zurda

por fuerza ha de haber quien haga

primera dama y segunda;

 

y, como al fin, por el tropo

variar bella es la natura,

de las dos con que me hallo,

una es morena, otra rubia;

 

una es dama de alta guisa

con su poco de aventura;

de baja guisa es la otra,

que una es clara y otra culta;

 

una es fea, y otra, y todo;

que en esto sólo se aúnan

porque yo más quiero dos

fealdades que una hermosura.

 

A entrambas las quiero bien;

que aunque allá Platón murmura

que el que quiere a un tiempo a dos

no quiere bien a ninguna,

 

miente Platón; porque ¿qué es

querer bien a una criatura

sino querer su salud,

sus galas y sus holguras?

 

Pues si yo quiero que tengan

mucha salud, fiestas muchas

y muchas galas, aunque…

 

A una gran pipa de jerez antiquísimo

¡Detente, pasajero! Aquí reposa

el Adán de los vinos jerezanos,

padre de tantos ínclitos ancianos

como duermen en torno de su fosa.

 

¡Enterrado está el sol bajo esta losa!…

Pero no se lo comen los gusanos,

sino que vida y alma los humanos

aún piden a su llama generosa.

 

«Abolengo» se nombra aqueste vino,

y en cada gota concentrado encierra

de mil generaciones el destino…-

 

Si las cuitas del mundo te hacen guerra,

cátalo media vez, ¡oh peregrino!,

y jurarás que el cielo está en la tierra.

 

Ahora, señor, ahora…

Ahora, señor, ahora

que ya este humano edificio

en el polvo de su fin

se reduce a su principio;

ahora que descompuesto

este vital artificio

que un suspiro gobernó,

le va faltando un suspiro;

ahora que a mis alientos

está el número cumplido,

pues sin esperanza de otro,

respiro este que respiro;

ahora que rebelados

mis potencias y sentidos,

son, parciales de mi muerte,

mis mayores enemigos;

ahora que el corazón,

por alegar que él ha sido

quien quiso vivir primero,

morir el postrero quiso;

ahora que al desatarse

esta lazada que hizo

la naturaleza, el alma

está pendiente de un hilo;

ahora que al despedirse

del cuerpo donde ha vivido,

en vez de darle los brazos,

le lucha a brazos partidos;

ahora, en efecto, ahora

que ya el pecho helado y frío,

descompasado el aliento,

los miembros estremecidos,

el pulso desnivelado,

torpe la voz, yerto el brío,

en parasismos se emboza

el último parasismo,

es tiempo, Señor, es tiempo

de conocer los amigos,

pues el amigo mayor

se ve en la mayor peligro.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

¡Oh, cuánto el nacer, oh cuánto

al morir es parecido,

pues si nacimos llorando,

llorando también morimos!

Un gemido la primera

salva fue que al mundo hicimos,

y el último vale que

le hacemos, es un gemido.

Entre cuna y ataúd

sola esta distancia ha habido

hacia la tierra o el cielo

arrojarnos o admitirnos.

¡Qué bien en sus confesiones

lo significó Agustino,

cuando a esta proposición

no le averiguó el sentido!

¿Vive el hombre o muere el hombre?

Pues que ninguno ha sabido

si vive o muere, porque

todo se hace de un camino.

¿Qué más ejemplo que yo,

a este letargo rendido,

pues vivo al tiempo que muero

y muero al tiempo que vivo?

Y si al fin para morir

no ha menester más deliquio

ni más crítico accidente

el hombre, que haber nacido,

¡oh felice yo, oh felice

que morir he merecido

en vuestra fe, conociendo

tantos mortales avisos!

Y aunque es preciso el morir,

con lo que os pago os obligo,

pues resignado en vos, hago

voluntario lo preciso.

Y así, aunque vivir pudiera

mi vida estando a mi arbitrio,

hoy os hiciera en mi muerte

de mi vida sacrificio.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

No justiciero cerréis

a mis voces los oídos,

sino misericordioso

atended al llanto mío.

Justicia y misericordia,

dos atributos son dignos,

que un y otro en vos están

igualados, no excedidos.

Pues ¿por qué habéis de mostraros

riguroso y no benigno,

siendo rigor y piedad

en vos, Señor, uno mismo?

El castigo y el perdón

una costa os han tenido:

pues echad antes la mano

al perdón, que no al castigo.

¿Job no dijo que era el hombre

en pecado concebido?

¿Qué maravilla que amase

maldad que nació conmigo?

Mas ¡ay de mi! que también

David a este intento dijo

que siempre contra mí está

mi pecado por testigo.

Yo lo confieso, y confieso

que mis culpas y delitos

son infinitos, por ser

obrados y cometidos

contra un infinito Dios;

confieso que no he podido

satisfacer por mi solo

el número de mis vicios.

Pero por esto, Señor,

de la Iglesia en los archivos

también infinitos son

vuestros méritos divinos.

Ellos por mi satisfagan,

pues mi fiador habéis sido,

y en vuestros méritos pague

lo infinito a lo infinito.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

¡Qué dignamente, qué bien

en vuestra piedad confío,

si cuando llego a rogaros

clavado en la cruz os miro!

No me diera confianza

el veros en el impíreo

glorioso más que en la cruz

veros humano y pasivo.

Que esa derramada sangre

que en arroyos fugitivos

tiñe en púrpura la nieve,

deshoja el jazmín el lirios,

a lavar mis culpas corre,

cuyo segundo bautismo

hará que esta piel manchada

venza el candor del armiño.

Y puesto que vos morís

para que yo viva, indigno

será, Señor, que un Dios muerto

no salve un pecador vivo.

¿Indigno dije? ¡Ah Señor!

No supe cómo decirlo,

al verlo en vos intentado

sin verlo en mi conseguido.

Mas ¡ay de mi!, que vos siempre

salvarme habéis pretendido;

pero aunque sin mi me hicisteis,

me habéis de salvar conmigo.

Salvadme en vuestra virtud;

que yo a vuestros pies resigno

este cuerpo sin acción

y este alma sin albedrío.

Y si es vuestra voluntad

condenarme a los abismos,

para que en mí se ejecute

este espíritu os envío.

Y padeciendo diré,

por los siglos de los siglos:

¡Quién siempre os hubiera amado!

¡Quién no os hubiera ofendido!

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

 

Al recibir mi retrato

Al verte, ¡oh grave pintura!,

entrar en mis lares hoy

con mi edad y mi figura,

no sé qué vaga tristura

siento al decir: «Así soy.»

 

Tal vez pienso que mañana,

cuando de mi edad lozana

rastros queden solo en ti,

dirá mi vejez ufana

a mis hijos: «¡Así fui!»

 

Tal vez pienso que algún día

(cuando Dios llamarme quiera)

buscará tu compañía

esta dulce esposa mía,

para decir: «¡Así era!»

 

Tal vez pienso que quizá,

al cabo de muchos años,

nadie te conocerá,

y un extraño a otros extraños

dirá al verte: «¿Quién será?»

 

Y que, al comprarte, atraído

por lo antiguo de tu traje

o por tu buen colorido,

les dirá: «¡Este personaje

no debe haber existido!»

 

«Año nuevo», ¡qué sandez!…

«Año nuevo», ¡qué sandez!,

hoy pregona el añalejo,

sin ver que es un año viejo

que ya a servir otra vez.

 

Año…, ¡te vas, y me dejas!

¡Y sois treinta los ingratos!-

Id con Dios, perdidos ratos,

que no os seguirán mis quejas.-

¡Oh tú, de mis moralejas

lector!, oye lo que digo:

el tiempo es un mal amigo…,

pero no riñas con él;

que manda el Dios de Israel

perdonar al enemigo.

 

¡Treinta y uno de Diciembre!…

¡Suma equivalente a cero

para aquel que cada Enero

locas esperanzas siembre!

Mas para quien no remembre,

como no remembro yo,

ni el Enero que pasó,

ni haber sembrado en tal fecha,

esa falta de cosecha

no es una pérdida, no.

 

Que al alma ya prevenida,

al alma experimentada,

no puede importarle nada

el déficit de la vida.

Si el amor va de corrida,

también va la juventud:

la ilusión y la salud

se pierden a un tiempo mismo,

y en el final cataclismo

sobrenada el ataúd.

 

Padres, amigos y amadas,

¡cuán aprisa de mí os vais!…

Mas, por mucho que corráis,

yo sigo vuestras pisadas.

Dentro de pocas jornadas

de fijo os alcanzaré…

¿A qué, pues, llorar? ¿a qué?-

¡Llorara si no supiera

que en esta vital carrera

ninguno se queda a pie!

 

¡Oh, cuán triste y funeral

a mis ojos luciría

la clara antorcha del día,

si me volviese inmortal!

¿En dónde una pena igual

a pensar en tanto muerto,

y no ver en el desierto

de la fatigosa vida

ni descanso, ni salida,

ni luz, ni arrimo, ni puerto?

 

¿Qué hacer, qué creer, qué amar

en otras generaciones?

Las perdidas ilusiones,

¿en quién ni en dónde encontrar?

¿Cómo volver a probar

la juvenil embriaguez,

cuando no haya más que hez

en la copa, un tiempo llena,

de una vida… sólo buena

para vivida una vez?-

 

¡Misericordioso Dios!

Nos cupo una suerte amarga…;

pero ni fija, ni larga,

en que, velados los dos,

corre el bien del mal en pos,

la flor tapa los abrojos,

la fe endulza los enojos,

la duda engaña al deseo…,

y morimos, como reo

a quien le vendan los ojos.

 

¡Pena cruel! ¡Suerte horrenda

fuera desandar lo andado,

después de haber apartado

de nuestros ojos la venda!

Los abismos de la senda

viéramos ya por doquier;

tras el amor… la mujer;

detrás del amigo… el hombre;

cada cosa tras su nombre,

¡y el tedio tras el placer!

 

¡No viéramos (como veo,

al través de treinta años

de felices desengaños)

purificarse el deseo

de todo vil devaneo;

fundirse el torpe metal

del ídolo terrenal;

descorrerse el infinito…,

y a Dios mirar de hito en hito

el espíritu inmortal!-

 

¡Adelante y no temer!-

¡Quédense en buen hora atrás

apariencias que jamás

debimos apetecer!

¡Adelante…, y no caer

en tanto que estemos vivos!-

Que, pues los hados esquivos

no son, por fortuna, eternos,

lo primero es mantenernos

derechos en los estribos.

 

Aunque la persecución…

Aunque la persecución

de la envidia tema el sabio,

no reciba della agravio,

que es de serlo aprobación.

Los que más presumen son,

Lope, a los que envidia das,

y en su presunción verás

lo que tus glorias merecen;

pues los que más te engrandecen

son los que te envidian más.

 

¡Ay mísero de mí!

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

ya que me tratáis así

qué delito cometí

contra vosotros naciendo;

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido.

Bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor;

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido.

 

Sólo quisiera saber

para apurar mis desvelos

(dejando a una parte, cielos,

el delito de nacer),

qué más os pude ofender

para castigarme más.

¿No nacieron los demás?

Pues si los demás nacieron,

¿qué privilegios tuvieron

qué yo no gocé jamás?

 

Nace el ave, y con las galas

que le dan belleza suma,

apenas es flor de pluma

o ramillete con alas,

cuando las etéreas salas

corta con velocidad,

negándose a la piedad

del nido que deja en calma;

¿y teniendo yo más alma,

tengo menos libertad?

 

Nace el bruto, y con la piel

que dibujan manchas bellas,

apenas signo es de estrellas

(gracias al docto pincel),

cuando, atrevida y crüel

la humana necesidad

le enseña a tener crueldad,

monstruo de su laberinto;

¿y yo, con mejor instinto,

tengo menos libertad?

 

Nace el pez, que no respira,

aborto de ovas y lamas,

y apenas, bajel de escamas,

sobre las ondas se mira,

cuando a todas partes gira,

midiendo la inmensidad

de tanta capacidad

como le da el centro frío;

¿y yo, con más albedrío,

tengo menos libertad?

 

Nace el arroyo, culebra

que entre flores se desata,

y apenas, sierpe de plata,

entre las flores se quiebra,

cuando músico celebra

de las flores la piedad

que le dan la majestad

del campo abierto a su huida;

¿y teniendo yo más vida

tengo menos libertad?

 

En llegando a esta pasión,

un volcán, un Etna hecho,

quisiera sacar del pecho

pedazos del corazón.

¿Qué ley, justicia o razón,

negar a los hombres sabe

privilegio tan süave,

excepción tan principal,

que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave?

 

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!…

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

ya que me tratáis así

qué delito cometí

contra vosotros naciendo;

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido.

Bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor;

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido.

 

Sólo quisiera saber

para apurar mis desvelos

(dejando a una parte, cielos,

el delito de nacer),

qué más os pude ofender

para castigarme más.

¿No nacieron los demás?

Pues si los demás nacieron,

¿qué privilegios tuvieron

qué yo no gocé jamás?

 

Nace el ave, y con las galas

que le dan belleza suma,

apenas es flor de pluma

o ramillete con alas,

cuando las etéreas salas

corta con velocidad,

negándose a la piedad

del nido que deja en calma;

¿y teniendo yo más alma,

tengo menos libertad?

 

Nace el bruto, y con la piel

que dibujan manchas bellas,

apenas signo es de estrellas

(gracias al docto pincel),

cuando, atrevida y crüel

la humana necesidad

le enseña a tener crueldad,

monstruo de su laberinto;

¿y yo, con mejor instinto,

tengo menos libertad?

 

Nace el pez, que no respira,

aborto de ovas y lamas,

y apenas, bajel de escamas,

sobre las ondas se mira,

cuando a todas partes gira,

midiendo la inmensidad

de tanta capacidad

como le da el centro frío;

¿y yo, con más albedrío,

tengo menos libertad?

 

Nace el arroyo, culebra

que entre flores se desata,

y apenas, sierpe de plata,

entre las flores se quiebra,

cuando músico celebra

de las flores la piedad

que le dan la majestad

del campo abierto a su huida;

¿y teniendo yo más vida

tengo menos libertad?

 

En llegando a esta pasión,

un volcán, un Etna hecho,

quisiera sacar del pecho

pedazos del corazón.

¿Qué ley, justicia o razón,

negar a los hombres sabe

privilegio tan süave,

excepción tan principal,

que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave?

 

Ayer te he visto en cuerpo…

Ayer te he visto en cuerpo:

¡qué cuerpo tienes!

Ayer te vi en el baile…

¡cómo te mueves!

¡Es una burla

que haya en cuerpo tan pícaro

alma tan pura!

 

Bellísima deidad, que repetida…

Bellísima deidad, que repetida

de uno y otro matiz vienes pintada:

bellísima deidad que iluminada

de un rasgo y otro, animas colorida:

 

¿cómo estando en la lámina sin vida,

dejas la vida a tu beldad postrada?

¿Cómo estando en el bronce inanimada,

dejas el alma a tu beldad rendida?

 

Si nació con estrella tan segura

tu dueño, y él no más es señor de ella,

el influjo que debe a luz tan pura,

 

vuelve a su original, ¡oh copia bella!

Que es mucha vanidad de una hermosura

querer estar pintada con su estrella.

 

Cantarcillo

Ruiseñor que volando vas,

cantando finezas, cantando favores,

¡oh, cuánta pena y envidia me das!

Pero no, que si hoy cantas amores,

tú tendrás celos y tú llorarás.

¡Qué alegre y desvanecido

cantas, dulce ruiseñor,

las aventuras de tu amor

olvidado de tu olvido!

En ti, de ti entretenido

al ver cuán ufano estás,

¡oh, cuánta envidia me das

publicando tus favores!

Pero no, que si hoy cantas amores,

tú tendrás celos y tú lloraras.

 

Con el cabello erizado…

Romance

Con el cabello erizado,

pálido el color del rostro,

bañado en un sudor frío,

vueltos al cielo los ojos,

más muerto que vivo, haciendo

de gemidos y sollozos

los suspiros una esfera,

las lágrimas dos arroyos,

a Ignacio su mismo cuerpo,

helado, sangriento y roto,

desta manera le dice

con voz baja y pecho ronco:

-No te espantes si te trato,

como ajeno de ti propio,

que es bien que como otro hable,

pues ya contigo soy otro,

no es mucho ignore quién eres,

si el mismo que soy ignoro;

que tal tu rigor me ha puesto,

que aún a mi no me conozco.

Siete días ha que muero,

pues vivo sin saber cómo,

y a mi torpe natural

forzosas leyes le rompo.

Negando lo que te pido,

siete días ha que sólo

agua de lágrimas bebo

y pan de dolores como.

Duros abrojos tres veces

castigan mis perezosos

miembros: tan estéril tierra

¿qué ha de tener sino abrojos?

Gastadas tengo las piedras

donde las rodillas pongo,

y porque cabales vivan

cubro de sangre los hoyos.

Vivo cadáver me dejas,

y en tu espíritu dichoso

vas a gozar dulces gustos,

a gustar süaves gozos.

Todo en amor te transformas,

porque vivas en Dios todo,

con una gloria amorosa,

y con un amor glorioso.

Al alma sólo regalas:

quejas justamente formo,

pues a tus gustos mis penas

son manjar dulce y sabroso.

Dueño soy de los sentidos:

¿qué importa si no los gozo?

Pues sin alma ¿qué me sirven

boca, manos, oídos ni ojos?

Yo sus contentos no gusto,

yo sus gustos no los toco,

sus regalos no los veo,

sus dulzuras no las oigo.

Mira no se ofenda Dios,

que cargues sobre mis hombros

murallas de penitencia,

siendo el cimiento tan poco.

Una llama soy que vivo

obediente a un fácil soplo,

humilde barro, y al fin

fuego y humo, tierra y polvo.

 

Coplas

El día que tú te cases,

y no te cases conmigo,

¡que lástima le tendrá

el Amor a tu marido!

 

Sale el sol, y no te veo…

Ocúltase, y no te he visto…

-Si a esto remedio le llamas,

yo prefiero el daño mismo.

 

Me dices que no te vea,

para que olvide tu amor…

¡Ay! Los que pierden la vista,

solo piensan en el sol.

 

Sirviérame de consuelo

saber, cuando estoy ausente,

que el no verme te dolía

tanto como a mí no verte.

 

Antes que me lo dijeras,

conocí que me querías;

y siempre que te dejaba,

«Me quiere!,» diciendo iba.

 

Nunca olvidaré el instante

en que con los labios secos,

pálida como una muerta,

me dijiste: -«Sí: te quiero.»

 

No me engañaste al decirme

que a mi amor correspondías.

¡Nadie miente por llevar

una corona de espinas!

 

¡Ojalá no me quisieras!…

que lo peor del infierno

no es abrasarse en sus llamas,

sino saber que hay un cielo.

 

De tanto fiero tormento,

el que no puedo sufrir

es saber que por las noches

llorarás pensando en mí.

 

¡Ojalá hubiera ignorado

que es mío tu corazón!

¡Los ciegos de nacimiento

no echan de menos el sol!

 

Dime: ¿qué piensas hacer

de la vida que nos resta?

¿Hemos de estar siempre así?

No me lo digas: no mientas.

 

Si imaginas olvidarme,

no lo pienses, que te engañas.

¡Se olvida lo que sé tuyo;

pero nunca una esperanza!

 

Para no amarnos es tarde:

para olvidarnos, temprano.

¡Tuyo seré y serás mía!…

Yo no sé cómo ni cuándo.

 

Coronadas de luz las sienes bellas…

Coronadas de luz las sienes bellas,

conduce el sol su luminoso coche

a la estación donde madruga el día;

quitó el prestado honor a las estrellas,

y en campañas de luz venció a la noche

con los ardientes rayos que regía;

castigo a su osadía

la tierra fue, que nuevo sol le opuso,

esfera de verdor, campo de fuego.

Cuando en sus rayos ciego,

querúbicas deidades vio confuso

sembrar por rubios granos esmeraldas,

por espigas coger verdes guirnaldas.

 

Los campos de Madrid ya cielos bellos

y los cielos del sol campos hermosos

eran con los opuestos resplandores;

porque asistiendo o cultivando en ellos,

ya labrador, ya espíritus dichosos,

campos de estrellas son, cielo de flores:

vestida de esplendores

acredita la tierra al sol desmayos,

que paga el sol en rayos a la tierra;

y en luminosa guerra,

espigas compitieron a sus rayos,

porque el cielo y la tierra en sus fatigas

mieses de rayos son, globos de espigas.

 

El viento, entre los varios arreboles

del resplandor, Madrid, que a ti reduces

cielo humano te vio, divino suelo:

dudó dos cielos y creyó dos soles,

admirando, confuso entre dos luces,

brillando el campo y cultivando el cielo;

que con santo desvelo

Isidro le labraba con el llanto,

ángeles con su gloria le ilustraban,

y el viento, que abrasaban

mansos eclipses, en abismo tanto

ignora a quién incline su destino,

a ángel cultor o a labrador divino.

 

Este pues en su espíritu dichoso,

arrebatado hasta los cielos sube

(que bien la tierra por el cielo olvida)

y espíritus del trono luminoso,

rayos de luz en abrasada nube,

bajan al suelo a darle nueva vida.

La tierra, agradecida

al favor de los cielos soberano,

sin esperanzas del abril florece:

tanto, tanto agradece

el beneficio de la culta mano;

y estrellas produjera entonces bellas,

si nacieran sembradas las estrellas.

 

Rompe la tierra el paraninfo alado

y el rústico instrumento que la oprime,

nunca más dulce, nunca más süave

a la mano obediente, no al arado,

el surco estima que en su centro imprime

celeste autor de su esperanza grave.

¿Quién habrá que te alabe,

ángel o labrador, si ofrece el suelo

a celestial cultor humano fruto,

y celestial tributo

a humano agricultor ofrece el cielo?

Y aunque use el hombre angélico ejercicio,

¿quién vio al ángel usar rústico oficio?

 

¿Quién más dichoso está, quién más ufano?

¿Con ángeles el suelo en este día

o con un labrador, no más, el cielo?

Más gloria tiene el cielo soberano,

pues humildes dos ángeles envía

que próvidos por él labren el suelo:

tanto pudo tu celo,

tanto, Isidro, tu amor maravilloso,

tanto tus oraciones celestiales.

Por dos ángeles vales:

dos suplen tu descuido virtuoso;

y pues de flores ver los campos llenos,

porque se aumenten más trabaja menos.

 

Deje de mi pluma el vuelo,

mi torpe acento el canto,

mi voz aliento tanto;

que aunque alaba a Madrid, Madrid es cielo;

y es bien que a tanto empleo se presuma

suave voz, dulce acento y veloz pluma.

 

Crisanto

¿Quién en la humana suerte habrá tenido

juntos tantos afectos desiguales?

Males, ¿pues no bastó haber sido males,

sino males opuestos haber sido?

 

Al cielo vida por saber le pido

de un trino Dios misterios celestiales;

muerte le pido por mirarme, en tales

penas, de una beldad favorecido.

 

Pues, ¿cómo vida y muerte mi desvelo

es posible que al cielo aun tiempo pida,

si es pedir juntos pérdida y consuelo?

 

Mas acierto a pedirle: no me impida

vida o muerte, supuesto que es el cielo

árbitro de la muerte y de la vida.

 

¡Cuán airosa y ufana en la corrida!…

A la marquesa del Salar

¡Cuán airosa y ufana en la corrida

irá la noble fiera, engalanada

con tan bella divisa, regalada

por tan ilustre dama y tan garrida!

 

Cárdena sangre de la oculta herida

matizará la seda recamada,

y aun el toro, al mirarla disputada,

más sentirá el perderla que la vida.

 

¡Ay, si al coger la codiciada prenda,

tu corazón ganara y tu albedrío

el esforzado justador!… -¡Oh gloria!

 

¡Todos fueran al par a la contienda!…

¡Y yo, ante todos, redoblando el brío,

diera la vida allí por la victoria!

 

Cuando la fama en lenguas dilatada

Cuando la fama en lenguas dilatada

vuestra rara hermosura encarecía,

por fe os amaba yo, por fe os tenía,

Leonor, dentro del alma idolatrada.

 

Cuando os mira, suspensa y elevada

el alma que os amaba y os quería,

culpa la imagen de su fantasía

que sois vista mayor que imaginada.

 

Vos sola a vos podéis acreditaros;

¡dichoso aquel que llega a mereceros,

y más dichoso si acertó a estimaros!

 

Mas, ¿cómo ha de olvidaros ni ofenderos?

Que quien antes de veros pudo amaros,

mal os podrá olvidar después de veros.

 

Cuentan de un sabio que un día

Cuentan de un sabio que un día

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas hierbas que cogía.

¿Habrá otro, entre sí decía,

más pobre y triste que yo?;

y cuando el rostro volvió

halló la respuesta, viendo

que otro sabio iba cogiendo

las hierbas que él arrojó.

 

Quejoso de mi fortuna

yo en este mundo vivía,

y cuando entre mí decía:

¿habrá otra persona alguna

de suerte más importuna?

Piadoso me has respondido.

Pues, volviendo a mi sentido,

hallo que las penas mías,

para hacerlas tú alegrías,

las hubieras recogido.

 

Cuento moro

Hurí de cabellos de oro:

dícenme que quieres tú

que te cuente un cuento moro…-

Uno sé que es un tesoro,

y me lo contó Benzú.

En África se lo oí,

de Abbás en el campamento:

óyelo, preciada hurí;

que es un peregrino cuento

el cuento que dice así:

 

Muy diestro en tañer la lira

ser pudo el esclavo Hassán;

pero no al poner la mira

en la princesa Zelmira,

hija del viejo Sultán.

 

Del atrevido cantor

ni aun sospechaba el amor

la altiva infanta moruna,

como no sabe la luna

que la adora el ruiseñor.

 

Ni el triste en su loco afán

soñó nunca mejor suerte;

pues, de revelarlo Hassán,

la hija del viejo Sultán

pagárale con la muerte.

 

Y morir, para el cantor,

era asesinar su amor…

¡era no ver a Zelmira

con el éxtasis que mira

a la luna el ruiseñor!

 

Y así la miraba él,

rebozado en su alquicel,

cuando, las noches de luna,

paseaba en su vergel

la altiva infanta moruna.

 

Pero al cabo sucedió

lo que suceder debía

(estuviera escrito o no):

Zelmira se enamoró

y se casó el mejor día.

 

Se casó con Aliatar,

tan príncipe como ella,

poderoso en tierra y mar…,

y fue cosa singular

la boda de la doncella.

 

Sabedora allí Zelmira

del ingenio del cantor,

díjole: -«Tañe la lira,

y canta el ardiente amor

que el fiero Aliatar me inspira.»

 

Hassán maldijo su estrella;

sintió mortal agonía

a la voz de la doncella;

y, encarándose con ella,

armado de una gumía,

 

-«¡Antes (dijo) que cantar

la ventura de Aliatar,

cúmplase mi negra suerte!…»-

Y arrojó la lira al mar,

y él mismo se dio la muerte.-

 

Tal fue el caso que Benzú

me contó en Guad-el-Jelú,

y que yo te cuento a ti,

ya que quieres saber tú

lo que pasa por allí.

 

Curiosísima señora…

Curiosísima señora,

tú, que mi estado preguntas,

y de moribus et vita

examinarme procuras;

 

quienquiera que eres, atiende,

y en cómico estilo escucha;

que he de decirte un romance

para quitarte la duda.

 

Va de retrato primero;

luego, si quieres la musa,

irá de costumbres, bien

que habré de callar alguna.

 

Sea lámina el papel,

matiz la tinta, la pluma

pincel; quiera Dios que salga

parecida mi pintura.

 

Yo soy un hombre de tan

desconversable estatura

que entre los grandes es poca

y entre los chicos es mucha.

 

Montañés soy; algo deudo

allá, por chismes de Asturias,

de dos jueces de Castilla,

Laín Calvo y Nuño Rasura;

 

hablen mollera y copete:

mira qué de cosas juntas

te he dicho en cuatro palabras,

pues dicen calva y alcurnia.

 

Preñada tengo la frente

sin llegar al parto nunca,

teniendo dolores todos

los crecientes de la luna.

 

En la sien izquierda tengo

cierta descalabradura;

que al encaje de unos celos

vino pegada esta punta.

 

Las cejas van luego, a quien

desaliñadas arrugas

de un capote mal doblado

suele tener cejijuntas.

 

No me hallan los ojos todos,

si atentos no me los buscan

(que allá, en dos cuencas, si lloran

una es Huéscar y otra es Júcar);

 

a ellos suben los bigotes

por el tronco hasta la altura,

cuervos que los he criado

y sacármelos procuran.

 

Pálido tengo el color,

la tez macilenta y mustia

desde que me aconteció

el espanto de unas bubas.

 

En su lugar la nariz

ni bien es necia ni aguda,

mas tan callada que ya

ni con tabaco estornuda.

 

La boca es de espuerta, rota,

que vierte por las roturas

cuanto sabe; sólo guarda

la herramienta de la gula.

 

Mis manos son pies de puerco

con su vello y con sus uñas;

que, a comérmelas tras algo,

el algo fuera grosura.

 

El talle, si gusta el sastre,

es largo; mas si no gusta

es corto; que él manda desde

mi golilla a mi cintura;

 

de aquí a la liga no hay

cosa ni estéril ni oculta,

sino cuatro faltriqueras

que no tienen plus ni ultra.

 

La pierna es pierna y no más,

ni jarifa ni robusta

algún tanto cuanto zamba

pero no zambacatuña.

 

Sólo el pie de mi te alabo,

salvo que es de mala hechura,

salvo que es muy ancho, y salvo

que es largo y salvo que suda.

 

Este soy pintiparado,

sin lisonja hacerme alguna;

y, si así soy a mi vista,

¡ay, Dios, cuál seré a la tuya!

 

Dejemos en este estado

mi levantada figura

y vamos, de mis progresos,

a la innumerable chusma;

 

que hoy, en tu servicio, tengo

de cejar hasta la cuna

la memoria de mis años;

¡oh, no me aflige, entre burlas!

 

Nací en Madrid, y nací

con suerte tan importuna

que hasta un Ventura de Tal

conocí (¡no más ventura…!).

 

Crecí, y mi señora madre,

religiosamente astuta,

como dando en otra cosa

dio en que me había de ser cura.

 

El de Troya me ordenó

de la primera tonsura,

de cuyas órdenes sólo

la coronilla me dura.

 

Bachiller por Salamanca

también me hice luego, cuya

bachillería es licencia

que en mil actos me disculpa.

 

La codicia de un bolsico

en la literaria justa

de Isidro me hizo poeta;

¿quién no ha pecado en pecunia?

 

Con lo cual, Bártulo y Baldo

se me quedaron a escuras,

pues en vez de decir leyes

hice coplas en ayunas.

 

La cómica inclinación

me llevó a la farándula:

comedias hice; si malas

o buenas, tú te las juzga.

 

Desde letrado a poeta

pasé; y viendo cuánto acusan

a la poesía unos viejos

de impertinencia machucha,

 

traté de mudar estado;

y, por más estrecha y justa

religión, la de escudero

me recibió en su clausura.

 

Aquí discurra el lector

(si es que hay lector que discurra)

cuáles son, para seguidos,

los pasos de mi fortuna:

 

Gorrón, poeta, escudero

he sido y seré. ¡Oh suma

paciencia de Job!, ¿tuviste

más calamidades juntas?

 

Con estas tres profesiones,

¿quién imagina, quién duda

que habré sido el «no en mis días»

de cualquier suegra futura?

 

Y así, soltero hasta hoy

me quedé; y hoy más que nunca

por razones de que el duque,

mi señor, tiene la culpa;

 

que, como caballerizo

me hizo su excelencia augusta,

huyen todas, por no ser

caballeriza ninguna.

 

De este desaire de todas

me despico con algunas

que me sufren mis defectos

porque los suyos les sufra,

 

si bien el día de hoy

está, con las grandes lluvias,

el tiempo tan apurado

que hasta amor pena penuria;

 

más, como ajustarse al tiempo

dice un sabio que es cordura,

siendo congrua de mi amor

tres damas, con dos se ajusta:

 

dos damas tengo, no más;

que en la compañía más zurda

por fuerza ha de haber quien haga

primera dama y segunda;

 

y, como al fin, por el tropo

variar bella es la natura,

de las dos con que me hallo,

una es morena, otra rubia;

 

una es dama de alta guisa

con su poco de aventura;

de baja guisa es la otra,

que una es clara y otra culta;

 

una es fea, y otra, y todo;

que en esto sólo se aúnan

porque yo más quiero dos

fealdades que una hermosura.

 

A entrambas las quiero bien;

que aunque allá Platón murmura

que el que quiere a un tiempo a dos

no quiere bien a ninguna,

 

miente Platón; porque ¿qué es

querer bien a una criatura

sino querer su salud,

sus galas y sus holguras?

 

Pues si yo quiero que tengan

mucha salud, fiestas muchas

y muchas galas, aunque…

 

De “El gran teatro del mundo”

Jornada I, el REY

Viendo estoy mis imperios dilatados,

mi majestad mi gloria, mi grandeza,

en cuya variedad naturaleza

perfeccionó de espacios sus cuidados.

 

Alcázares poseo levantados,

mi vasalla ha nacido la belleza.

La humildad de unos, de otros la riqueza,

triunfo son al arbitrio de los hados.

 

Para regir tan desigual, tan fuerte

monstruo de muchos cuellos, me concedan

los cielos atenciones más felices.

 

Ciencia me den con que a regir acierte,

que es imposible que domarse puedan

con un yugo no más tantas cervices.

 

HERMOSURA

Viendo estoy mi beldad hermosa y pura;

ni al rey envidio, ni sus triunfos quiero,

pues más imperio ilustre considero

que es el que mi belleza me asegura.

 

Porque si el rey avasallar procura

las vidas, yo, las almas, luego infiero

con causa que mi imperio es el primero,

pues que reina en las almas la hermosura.

 

Pequeño mundo la filosofía

llamó la hombre; sin en él mi imperio fundo,

como el cielo lo tiene, como el suelo,

 

bien puede presumir la deidad mía

que al que al hombre llamó pequeño mundo,

llamará a la mujer pequeño cielo.

 

De “El José de las mujeres”

AURELIO

«Licio, ¿la obstinación de tu porfía,

mariposa solícita del daño,

morir quiere a la luz del desengaño?

Tuyo es la culpa, la obediencia mía.

 

Mucho fía de sí quien de sí fía.

Sabe que Lisis con traidor engaño

memorias ya de un año y otro año

en los olvidos sepultó de un día.»

 

«¡Oh cuánto avaro está el dolor contigo,

pues aún la queja no se atreve a dalla

de mí, de Lisis, ni de ti tampoco!

 

Que tú celoso, ella mujer, yo amigo,

nos halla disculpados, pues nos halla

a mí fiel, a ella fácil, y a ti loco.»

 

LAURA

¿Qué género de ardor es el que llego

hoy a sentir, que más parece encanto,

pues luciendo tampoco abrasa tanto

y abrasando tan mudo, arde tan ciego?

 

¿Qué género de llanto es sin sosiego

éste, que a tanto incendio no da espanto,

pues al fuego apagar no puede el llanto,

ni al llanto puede consumir el fuego?

 

Donde materia no hay, no se da llama.

Mas ¡ay! que sin materia en el abismo

una y otra aprensión es quien la inflama.

 

Luego cierto será este silogismo:

si fuego de aprensión tiene quien ama,

amor y infierno todo es uno mismo.

 

De “La exaltación de la cruz”

Jornada I, escena VII, HERACLIO

(Mirando el retrato)

Bellísima deidad, que repetida

de uno y otro matiz vienes pintada:

bellísima deidad que iluminada

de un rasgo y otro, animas colorida:

 

¿cómo estando en la lámina sin vida,

dejas la vida a tu beldad postrada?

¿Cómo estando en el bronce inanimada,

dejas el alma a tu beldad rendida?

 

Si nació con estrella tan segura

tu dueño, y él no más es señor de ella,

el influjo que debe a luz tan pura,

 

vuelve a su original, ¡oh copia bella!

Que es mucha vanidad de una hermosura

querer estar pintada con su estrella.

 

De “La primera flor del Carmelo”

DAVID

¿Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida

al parecer, al parecer postrada,

no estás sino en los cielos ensalzada,

no estás sino en la tierra preferida?

 

Pero, ¿qué mucho, si del Sol vestida,

qué mucho, si de estrellas coronada,

vienes de tantas luces ilustrada,

vienes de tantos rayos guarnecida?

 

Cielo y tierra parece que, a primores,

se compitieron con igual desvelo,

mezcladas sus estrellas y sus flores;

 

para que en Ti tuviesen cielo y tierra,

con no sé qué lejanos resplandores

de flor del Sol plantada en el Carmelo.

 

Décimas a San Isidro

Ya el trono de luz regía

el luminoso farol,

el fénix del cielo, el sol,

cuya edad es sólo un día.

Ya desde la tumba fría

en su fuego vuelve a ser

hoy lo mismo que era ayer;

que, si en todo es de sentir

que nace para morir,

él muere para nacer.

 

Veloz la vida se quita,

con que más gloria se adquiere,

pues cuando en el agua muere,

en el fuego resucita.

Las aves, a quien incita

la luz de sus resplandores,

cantando dulces amores,

eran, con belleza suma,

al campo flores de pluma

cuando al viento aves de flores.

 

Entre las rosas cantaban

y el aura que las movía

solamente conocía

por aves las que las volaban.

Todas a Isidro esperaban,

cuando el labrador dichoso

se quedaba perezoso

de su trabajo olvidado:

¿quién vio vicioso al cuidado

y al descuido virtuoso?

 

Antes de labrar el suelo

(¡oh tardanza de amor llena!)

en la Virgen de Almudena

labraba piadoso el cielo;

y como su santo celo

en el sol le suspendía

de la celestial María,

divertido, no pensaba;

como siempre, al sol miraba,

que pudo pasarse el día.

 

Descripción del Carmelo y alabanzas de santa Teresa: Romance

En la apacible Samaria,

hacia donde el sol se pone,

en túmulo de esmeraldas

yace un gigante de flores.

 

Verde Atlante de los cielos,

tanto su beldad se opone,

que, siendo cielo en la tierra,

parece en el cielo monte.

 

Cerrándole al viento el paso,

sube hasta la esfera, donde

pedazo del cielo fuera,

a ser unas las colores.

 

Sin que el sol se albergue en ondas

se le niega el horizonte,

y hace anochecer el día

cuando amanecer la noche.

 

Aqueste pues cuyas plantas,

aun en variedad conformes,

son cultura celestial

de aquel jardinero noble,

 

de aquel venerable sol,

que en más luminoso coche,

por eclíptica de viento

planeta de fuego corre,

 

de aquel que rigiendo rayos

quemó los vientos veloces,

cuando abrasado el Carmelo,

eclipse vio de dos soles,

 

éste en las más eminente

punta que en su luz se esconde,

virgen rosa planta bella

porque del sol se corone.

 

Casta azucena o jazmín

süave, cuyos colores

en viva aroma los cielos

piadosamente recogen.

 

Santo Carmelo, tu planta

es Teresa, porque logres

su hermosura, sin que el viento

o la marchite o la borre.

 

¡Detente, pasajero! Aquí reposa…

¡Detente, pasajero! Aquí reposa

el Adán de los vinos jerezanos,

padre de tantos ínclitos ancianos

como duermen en torno de su fosa.

 

¡Enterrado está el sol bajo esta losa!…

Pero no se lo comen los gusanos,

sino que vida y alma los humanos

aún piden a su llama generosa.

 

«Abolengo» se nombra aqueste vino,

y en cada gota concentrado encierra

de mil generaciones el destino…-

 

Si las cuitas del mundo te hacen guerra,

cátalo media vez, ¡oh peregrino!,

y jurarás que el cielo está en la tierra.

 

Dime: ¿por qué suspiras?…

-Dime: ¿por qué suspiras,

bendita madre,

cuando de regocijo

tiemblan los aires?

Di: ¿por qué lloras?

¿No oyes que las campanas

tocan a gloria?

 

¡Oh! Dejadme que llore…

Dejad que muera…

¡Al hijo de mi vida

ya se lo llevan!

¿No veis mi duelo?

¿No oís que las campanas

tocan a muerto?

 

-Tu pobre niño enfermo

triste gemía

ayer entre tus brazos,

madre bendita…

¡Y hoy ya no llora!…

¡Hoy por él las campanas

tocan a gloria!

 

-¡Ah! Sí… Su alma de ángel

allá me espera…

Pero su cuerpo hermoso

yace en la tierra…

Ya no le veo…

¡Para él tocan a gloria!

¡Para mí, a muerto!

 

El cigarro

¡Lío tabaco en un papel; agarro

lumbre, y lo enciendo; arde, y a medida

que arde, muere; muere, y en seguida

tiro la punta, bárrenla, y… al carro!

 

Un alma envuelve Dios en frágil barro,

y la enciende en la lumbre de la vida;

chupa el tiempo, y resulta en la partida

un cadáver. -El hombre es un cigarro.

 

La ceniza que cae, es su ventura;

el humo que se eleva, su esperanza;

lo que arderá después…, su loco anhelo.

 

¡Cigarro tras cigarro el tiempo apura;

colilla tras colilla al hoyo lanza;

pero el aroma… piérdese en el cielo!

 

El día de año viejo

«Año nuevo», ¡qué sandez!,

hoy pregona el añalejo,

sin ver que es un año viejo

que ya a servir otra vez.

 

Año…, ¡te vas, y me dejas!

¡Y sois treinta los ingratos!-

Id con Dios, perdidos ratos,

que no os seguirán mis quejas.-

¡Oh tú, de mis moralejas

lector!, oye lo que digo:

el tiempo es un mal amigo…,

pero no riñas con él;

que manda el Dios de Israel

perdonar al enemigo.

 

¡Treinta y uno de Diciembre!…

¡Suma equivalente a cero

para aquel que cada Enero

locas esperanzas siembre!

Mas para quien no remembre,

como no remembro yo,

ni el Enero que pasó,

ni haber sembrado en tal fecha,

esa falta de cosecha

no es una pérdida, no.

 

Que al alma ya prevenida,

al alma experimentada,

no puede importarle nada

el déficit de la vida.

Si el amor va de corrida,

también va la juventud:

la ilusión y la salud

se pierden a un tiempo mismo,

y en el final cataclismo

sobrenada el ataúd.

 

Padres, amigos y amadas,

¡cuán aprisa de mí os vais!…

Mas, por mucho que corráis,

yo sigo vuestras pisadas.

Dentro de pocas jornadas

de fijo os alcanzaré…

¿A qué, pues, llorar? ¿a qué?-

¡Llorara si no supiera

que en esta vital carrera

ninguno se queda a pie!

 

¡Oh, cuán triste y funeral

a mis ojos luciría

la clara antorcha del día,

si me volviese inmortal!

¿En dónde una pena igual

a pensar en tanto muerto,

y no ver en el desierto

de la fatigosa vida

ni descanso, ni salida,

ni luz, ni arrimo, ni puerto?

 

¿Qué hacer, qué creer, qué amar

en otras generaciones?

Las perdidas ilusiones,

¿en quién ni en dónde encontrar?

¿Cómo volver a probar

la juvenil embriaguez,

cuando no haya más que hez

en la copa, un tiempo llena,

de una vida… sólo buena

para vivida una vez?-

 

¡Misericordioso Dios!

Nos cupo una suerte amarga…;

pero ni fija, ni larga,

en que, velados los dos,

corre el bien del mal en pos,

la flor tapa los abrojos,

la fe endulza los enojos,

la duda engaña al deseo…,

y morimos, como reo

a quien le vendan los ojos.

 

¡Pena cruel! ¡Suerte horrenda

fuera desandar lo andado,

después de haber apartado

de nuestros ojos la venda!

Los abismos de la senda

viéramos ya por doquier;

tras el amor… la mujer;

detrás del amigo… el hombre;

cada cosa tras su nombre,

¡y el tedio tras el placer!

 

¡No viéramos (como veo,

al través de treinta años

de felices desengaños)

purificarse el deseo

de todo vil devaneo;

fundirse el torpe metal

del ídolo terrenal;

descorrerse el infinito…,

y a Dios mirar de hito en hito

el espíritu inmortal!-

 

¡Adelante y no temer!-

¡Quédense en buen hora atrás

apariencias que jamás

debimos apetecer!

¡Adelante…, y no caer

en tanto que estemos vivos!-

Que, pues los hados esquivos

no son, por fortuna, eternos,

lo primero es mantenernos

derechos en los estribos.

 

El género humano tiene…

El género humano tiene

contra las fieras del mundo,

por más que horribles le cerquen,

su libertad afianzada,

como a sustentarse llegue

de aquel Pan y de aquel Vino,

de quien hoy es sombra éste…

 

Nadie desconfíe.

Nadie desespere.

Que con este Pan y este Vino

las llamas se apagan,

las fieras se vencen,

las penas se abrevian,

las culpas se absuelven.

 

El secreto

«¡Yo no quiero morirme!»

-dice la niña,

tendiendo hacia su madre

dos manecitas

calenturientas,

cual dos blancos jazmines

que el viento seca…

 

Un silencio de muerte

la madre guarda…

¡Ay, si hablara, vertiera

mares de lágrimas!

Besa a la niña,

¡y aun le fingen sus labios

una sonrisa!

 

Del cuello de la madre

la hija se cuelga,

y, pegada a su oído,

pálida y trémula,

con sordo acento,

dícele horrorizada:

-«Oye un secreto:

 

¿Sabes por qué a morirme

le temo tanto?

Porque luego me llevan,

toda de blanco,

al cementerio…

¡y de verme allí sola

va a darme miedo!»

 

-«¡Hija de mis entrañas!

(grita la madre),

Dios querrá que me vivas…;

y, aunque te mate,

descuida, hermosa,

que tú en el cementerio

no estarás sola.»

 

El sitio de Breda

Estos son españoles, ahora puedo

hablar encareciendo estos soldados

y sin temor, pues sufren a pie quedo

con un semblante, bien o mal pagados.

 

Nunca la sombra vil vieron del miedo

y aunque soberbios son, son reportados.

Todo lo sufren en cualquier asalto.

Solo no sufren que les hablen alto.

 

Estos son españoles, ahora puedo

hablar encareciendo estos soldados

y sin temor, pues sufren pie quedo

con un semblante, bien o mal pagados.

 

Nunca la sombra vil vieron del miedo

y aunque soberbios son, son reportados.

Todo lo sufren en cualquier asalto;

sólo no sufren que les hablen alto.

 

No se ha visto en todo el mundo

tanta nobleza compuesta,

convocada tanta gente,

unida tanta nobleza,

pues puedo decir no hay

un soldado que no sea

por la sangre de las armas

noble. ¿Qué más excelencia?

 

El soldado español de los tercios

Este ejército que ves

vago al hielo y al calor,

la república mejor

y más política es

del mundo, en que nadie espere

que ser preferido pueda

por la nobleza que hereda,

sino por la que el adquiere;

porque aquí a la sangre excede

el lugar que uno se hace

y sin mirar cómo nace

se mira como procede.

 

Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mejor cualidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho

que el pecho adorna al vestido.

 

Y así, de modestia llenos,

a los más viejos verás

tratando de ser lo más

y de aparentar lo menos.

 

Aquí la más principal

hazaña es obedecer,

y el modo cómo ha de ser

es ni pedir ni rehusar.

 

Aquí, en fin, la cortesía,

el buen trato, la verdad,

la firmeza, la lealtad,

el honor, la bizarría,

el crédito, la opinión,

la constancia, la paciencia,

la humildad y la obediencia,

fama, honor y vida son

caudal de pobres soldados;

que en buena o mala fortuna

la milicia no es más que una

religión de hombres honrados.

 

El viernes santo

Solo, negado, escarnecido, muerto,

enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!,

la frente inclinas sobre el mundo impío,

en la cumbre de Gólgota desierto.

 

Ebrio, entretanto, y de baldón cubierto,

el mortal, en su infame desvarío,

adora una beldad de aliento frío,

pálida y mustia cual cadáver yerto.

 

¡Perdónalo, Señor! Que si en tal hora

la majestad de tu dolor ultraja

e ingrato y loco tu Pasión olvida,

 

su espíritu inmortal se agita y llora

por sacudir del cuerpo la mortaja…

y vive en él como enterrado en vida!

 

Elegía en la muerte del príncipe don Carlos

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío,

y en lágrimas y quejas desatado,

al mar corra y al viento, que bien fío

 

del mar hoy y del viento mi cuidado,

pues patrimonio son del mar y el viento,

a un tiempo, lo gemido y lo llorado.

 

¡Oh! rompa ya mi pena el sufrimiento

y en lágrimas y quejas dividido,

dignísimo Fernando, mi lamento

 

llegue (o bien de las ondas repetido

o mal restituido de las peñas)

piadosamente a merecer tu oído.

 

Lisonjas, y lisonjas no pequeñas,

hace al dolor el que al dolor engaña

con voces, con suspiros o con señas.

 

Tú, de la gran metrópoli de España

que con arenas y átomos de oro

pródigo dora el Tajo y el sol baña,

 

purpúreo Atlante; tú, cuyo decoro

desde lejos saludan dulcemente

dos cisnes, éste mudo, aquél canoro.

 

Ya que al Cuarto Planeta en otro oriente

sustituyes la luz, suples el día,

lucero habilitado dignamente,

 

bien como en la celeste monarquía

virrey del sol es el mejor lucero

de quien el alma de sus rayos fía,

 

engaña tu dolor (no porque espero

que rústica mi voz te obligue a tanto)

sino porque mi llanto lisonjero,

 

las lágrimas mezclando con el canto

en destempladas cláusulas, ignora

aun él mismo si fue música o llanto.

 

No por vencer tu sentimiento ahora

mi acento sulca ni mi pluma vuela

(si bien harto le vence quien le llora).

 

Con inútil retórica consuela

al triste el que su mal le facilita;

pues al son que le aduerme, le desvela.

 

Llore el que de su llanto necesita,

que en su principio a un accidente extraño

fuerzas le da quien lágrimas le quita.

 

Una pena dorada de un engaño

o cobra la razón o pierde el brío

y aquél es sólo repetirle el daño.

 

Así quejas y lágrimas te envío,

¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Aunque mejor la fuerza de un tormento

sabe sentirse que decirse sabe,

porque en la voz no cabe el sentimiento,

 

que en el silencio solamente cabe.

Mas ya que a tanto la pasión me obliga,

quejas escucha (o con acento grave

 

la voz las calle o el callar las diga).

De aquella son, y con razón de aquella

dos veces, y de todos enemiga

 

fatal deidad, cuya triunfante huella,

sin que el respeto ni el temor la impida,

alcáceres supremos atropella.

 

A cuyo carro la ambición asida

arrastra las coronas que antes fueron

los ídolos humanos de la vida.

 

Aquella a quien en vano previnieron

defensa, ni la pluma ni la espada,

que el valor y el ingenio se rindieron.

 

Alcaide de la vida, que a su entrada

registro es nuestro el libro de la muerte,

partida por partida señalada.

 

Con condición que ha de morir advierte,

que entra a vivir el que nacer procura

echado a los umbrales de la suerte.

 

No el poder la venció, no la hermosura;

que ésta ni aquél pasó sin que primero

con llanto no firmase la escritura.

 

Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,

por cuenta le da el aire con que vive,

que aun no es suyo este soplo más ligero.

 

¿Quién vive, pues, sabiendo que recibe

tan contado el vivir, que siempre atenta

la muerte por los márgenes escribe

 

una vez que respira, otra que alienta,

y vez ninguna alienta ni respira

que no adelgace el número a la cuenta?

 

¿Quién no se pasma aquí, quién no se admira

y quién sin miedo en desventura tanta

de que se cumple el número suspira?

 

¡Oh, cuánta es hoy nuestra miseria, cuánta!

Que aunque siempre lo fue, considerando

que hoy la muerte los plazos adelanta,

 

parece que es mayor porque antes, cuando

bozal y torpe en su principio estaba

de sí misma ella misma hería temblando.

 

Un siglo entonces en poner tardaba

la flecha; un siglo entonces prevenía

el golpe; y tras dos siglos aún le erraba.

 

Mas hoy, que diestra la hizo la porfía,

ni un instante el vivir deja seguro,

que el día menos cierto es cualquier día.

 

No el sagrado dosel, no el fuerte muro,

la edad florida, ingenio el más perfecto,

la generosa sangre, el lustre puro,

 

la heroica majestad, el real sujeto,

todo adornado de gallardo brío,

temor la causan ni la dan respeto.

 

Todo lo postra, todo a su albedrío,

Carlos lo diga (y cuando a Carlos nombra

¡oh, rompa ya el silencio el dolor mío!).

 

Dígalo pues su voz, que muda asombra,

y débale suspiros a la muerte

ver tanta luz desvanecida en sombra.

 

¿Si sagrado dosel?, ¿si muro fuerte?

¿Qué muro fuerte, qué dosel sagrado

el sol ciñe, el mar cerca, el cielo advierte

 

ya luciente, ya nuboso, ya estrellado,

aquél vuele, aquél corra y éste ande,

que mirarse merezca reservado

 

como el Alcázar de Felipe el Grande,

cuando piadoso el hado un edificio

privilegiar de sus rigores mande?

 

Si lustre puro ¿qué mayor indicio

de esplendor y de lustre que ser rayo

de tanto sol? (No aquí delire el juicio

 

porque un rayo de sol sienta un desmayo,

que no deja de ser rey de las flores

porque una flor se le malogre al mayo.)

 

¿Si majestad heroica? Sus mayores

triunfan hoy en las lides del olvido,

nunca vencidos, siempre vencedores.

 

El águila alemana les dio nido,

el león de España albergue, que absoluto

término fue a su vuelo y su bramido.

 

Todo el orbe pagándoles tributo,

de una cuna del sol hasta otra cuna,

Emperatriz el ave y Rey el bruto.

 

¿Si real sujeto? Aun siendo siempre una,

su fama se excedió tal vez, pues sella

ésta con más aplausos la fortuna.

 

Felipe santo y Margarita bella

sus padres fueron de tan alta planta,

que humana flor no es hoy divina estrella.

 

¿Si claro ingenio? Manzanares canta

conceptos suyos y conceptos llora:

tanta en la fuerza de un afecto, tanta,

 

que con la voz que al gusto hoy se enamora,

quizá el pesar se llorará mañana,

que aun una voz a lo que nace ignora.

 

¿Si edad florida y juventud lozana?

Apenas cinco veces, cinco, era

cumplido el curso en que veloz devana

 

con hilos de oro el sol nuestra carrera,

cuando por medio enmarañando el hilo,

le cortó inexorable la tijera.

 

No llegó al fin su fin; con nuevo estilo

hoy se acabó y hoy se quedó pendiente.

¡Oh!, ¿para cuándo era embotarse el filo?

 

¿Si brío gallardo y ánimo valiente?

Dígalo el mar que le rindió oportuno

en pequeño bajel más diligente.

 

Por príncipe los reinos de Neptuno

y en cortes de agua príncipe jurado

votaron todos y faltó ninguno.

 

De esperanzas entonces coronado

le vio la paz y le aclamó la guerra;

sólo a la tierra le costó cuidado,

 

pues celosa de ver que se destierra

del centro natural al centro frío,

en sus entrañas le escondió la tierra.

 

¡Oh sacrílego amor! ¡Oh amor impío,

que a tu costa tus celos has vengado!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Y ya que tanto mérito postrado,

humano al fin reparo no previno

a la infalible indignación del hado,

 

al enojo infalible del destino,

vamos a ver si le previene el celo

en la piedad del mérito divino.

 

Iba pues de la noche el negro velo

borrando los matices con que había

al temple bosquejado tierra y cielo

 

el doctísimo artífice del día,

y el sol, depositado en luces bellas

espejo hecho pedazos parecía,

 

que pedazos del sol son las estrellas;

y así, cuando su luz se quiebra hermosa,

es un pequeño sol cada una dellas.

 

Declarose la noche temerosa,

y tropezando perezoso el sueño

en la que iba arrastrando falda umbrosa,

 

salió mostrando el arrugado ceño,

que más horrores que cabellos vierte

de ciprés coronado y de beleño.

 

Y como medio hermano de la muerte

al mundo medio muerto sepultaba

cuando aun al sueño hicieron que despierte.

 

Voces que sólo el eco articulaba,

porque todas a un ¡ay! las reducía

y errando el pueblo (si por dicha erraba,

 

aunque confusamente discurría)

al Monte de piedad llegó, al Erario

en uno y otro templo de María.

 

No perdonó devoto santuario

que no solicitase a aquella hora,

uno en la fe y en el efecto vario;

 

pues aunque dos imágenes adora,

es sola una deidad: y así, en lo oculto,

de noche en dos orientes vio una aurora.

 

Con poca pompa, el venerado bulto

(si ya no fueran pompas las querellas,

que querellas de fe también son culto)

 

llegó a palacio; y mudas las estrellas,

con muestras de dolor extraordinarias

(quizá por ser de Carlos una dellas)

 

acompañaron, aunque en luz contrarias,

las antorchas conformes en belleza,

unas y otras nocturnas luminarias.

 

Madrid, viendo que plebe y que nobleza

igualmente se inclina, igual se mueve

al llanto, a la piedad y a la tristeza,

 

quiere que suyos dos mensajes lleve:

por la nobleza un Duque de Gandía

y un labrador humilde por la plebe.

 

Francisco, pues, y Isidro ante María,

a un tiempo en cielo y tierra están postrados

alma y cuerpo gloriosos aquel día.

 

¡Oh! ¿No parece aquí que con candados

están los cielos? Pues abridlos, cielos:

mirad qué implican cielos y cerrados.

 

¿Tantos suspiros? ¿Tantos desconsuelos?

¿Tan sincero clamor? ¿Llanto tan pío?

¿Tantas penas, Señor, tantos desvelos,

 

solamente os merecen un desvío?

¿Cuándo la voz no fue del cielo llave?

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío.

 

Mas ¡ay! que en la mayor, en la más grave

pena, aunque sabe el que afligido llega

que ha de pedir, qué ha de pedir no sabe,

 

que el hombre es liberal con quien le ruega,

por lo que a quién le ruega le concede,

y Dios es liberal por lo que niega.

 

Tanto con él la voz o el llanto puede,

que por agradecer la voz o el llanto,

tal vez negando su poder excede.

 

Luego tanto retiro, enojo tanto,

pareciendo rigor, será clemencia,

pues siempre es liberal el cielo santo.

 

¡Oh, quién de parte de la providencia

hoy estos dos extremos careara,

aquí el dolor y allí la conveniencia!

 

Porque al mundo el examen consolara

cuando en sombras y lejos percibiera

el daño que otro daño le repara.

 

Qué alegre entonces, si la piedad viera

disfrazada en rigor del mismo cielo,

otra vez sus desdichas le pidiera.

 

Pues si ignorante pide nuestro celo,

y docto él nos mejora la fortuna,

sírvanos el castigo de consuelo.

 

Y pues del ataúd y de la cuna,

líneas en que nacemos y morimos,

una es la forma y la materia es una,

 

y de un sepulcro a otro sepulcro fuimos

(polos en que el pequeño mundo estriba),

muriendo desde el punto en que nacimos,

 

dichoso aquél que de vivir se priva;

pues si a morir viviendo el hombre nace,

muriendo bien no hay más para qué viva.

 

Ninguna acción al dueño satisface

tanto, que la atención escrupulosa

no la enmiende después, con que se hace

 

más perfecta, más noble o más hermosa:

sólo el morir esta elección no tiene,

siendo el morir la más dificultosa.

 

Luego a aquél que la muerte le previene

con avisos de un día y otro día,

no llorarle, envidiarle nos conviene.

 

Suceda, pues, al llanto la alegría,

pues para que al morir perfeccionase,

murió Carlos sabiendo que moría.

 

Y ya que el cielo quiere que hoy abrase

las plumas, siendo pira el monumento

de quien su luz entre cenizas pase

 

a otro centro, a otra esfera y a otro asiento,

y dejando a la tierra sus despojos

es ya estrella añadida al firmamento,

 

pasen también nuestros turbados ojos

de un objeto a otro objeto su sentido,

que dichas podrán ver quien pudo enojos.

 

Vean que en prendas hoy de un bien perdido

dos los cielos eternos aperciben

que aun mal está el consuelo repetido.

 

Felipe y Baltasar felices viven,

cuyo nombre los hados respetando,

con letras de oro en láminas escriben.

 

Que nunca el tiempo alcanzará volando,

porque aun el tiempo parará primero.

¡Oh! vivan pues; y tú, noble Fernando,

 

ya Marte religioso, ya guerrero

Apolo, con la espada y con la pluma,

de tantas esperanzas heredero,

 

al mar sujeta la rizada espuma,

postra a la tierra la cerviz altiva

y haz que el mar y la tierra te presuma

 

luz que del Sol Felipe se deriva;

y pues de ti tantos aplausos fío,

mientras tu nombre, ¡oh gran Fernando!, viva,

no rompa ya el silencio el dolor mío.

 

En la apacible Samaria…

En la apacible Samaria,

hacia donde el sol se pone,

en túmulo de esmeraldas

yace un gigante de flores.

 

Verde Atlante de los cielos,

tanto su beldad se opone,

que, siendo cielo en la tierra,

parece en el cielo monte.

 

Cerrándole al viento el paso,

sube hasta la esfera, donde

pedazo del cielo fuera,

a ser unas las colores.

 

Sin que el sol se albergue en ondas

se le niega el horizonte,

y hace anochecer el día

cuando amanecer la noche.

 

Aqueste pues cuyas plantas,

aun en variedad conformes,

son cultura celestial

de aquel jardinero noble,

 

de aquel venerable sol,

que en más luminoso coche,

por eclíptica de viento

planeta de fuego corre,

 

de aquel que rigiendo rayos

quemó los vientos veloces,

cuando abrasado el Carmelo,

eclipse vio de dos soles,

 

éste en las más eminente

punta que en su luz se esconde,

virgen rosa planta bella

porque del sol se corone.

 

Casta azucena o jazmín

süave, cuyos colores

en viva aroma los cielos

piadosamente recogen.

 

Santo Carmelo, tu planta

es Teresa, porque logres

su hermosura, sin que el viento

o la marchite o la borre.

 

En la muerte de la señora doña Inés Zapata

Sola esta vez quisiera,

bellísima Amarili, me escucharas,

no por ser la postrera

que he de cantar afectos suspendidos,

sino porque mi voz de ti confía

que esta vez se merezca a tus oídos

por lastimosa, ya que no por mía.

 

No tanto liras hoy, endechas canto;

no celebro hermosuras,

porque hermosuras lloro;

quien tanto siente que se atreva a tanto,

si hay alas mal seguras

que deban a su vuelo esferas de oro

sin pagar a su vuelo ondas de llanto.

 

¡Ay, Amarili!, a cuánto

se dispuso el afecto enternecido,

mas si el afecto ha sido

dueño de tanto efecto,

enmudezca el dolor, hable el afecto;

si pudo enmudecer o si hablar pudo

retórico dolor y afecto mudo.

 

¿Diré que el cierzo airado,

verde ladrón del prado,

robó el clavel y mal logró la rosa?

Mas no, porque era Nise más hermosa.

¿Diré que obscura nube,

nocturna garza que a los cielos sube,

borró el lucero, deslució la estrella?

No, porque era más bella.

 

¿Diré que niebla parda

la vanidad del sol tanto acobarda

que muere al primer paso

y el oriente tropieza en el ocaso

mintiéndonos el día?

No, porque Nise más que sol ardía.

 

¿Diré que el mar violento

hidrópico bebió, bebió sediento,

la fuentecilla fría

que en su orilla nacía,

siendo cuna y sepulcro, vida y muerte?

Mas no, que en Nise más beldad se advierte.

 

¿Diré que rayo libre,

ya fleche sierpes, ya culebras vibre,

en cenizas desate el edificio

que en los brazos del viento nos da indicio

de que en sus hombros el zafir estriba?

Mas no, que aún era Nise más altiva.

 

¿Pues qué diré que mi dolor avise?

Diré que murió Nise.

Sí, pues murió con ella

deshecha flor, desvanecida estrella,

día abortado, mal lograda fuente,

y torre antes caduca que eminente,

fingiéndose la muerte en un desmayo

el cierzo, niebla, nube, mar y rayo.

 

Nise murió. Dura pensión del hado

que no tenga en el mundo la belleza,

por belleza siquiera, algún sagrado.

Nise murió. ¡Qué asombro! ¡Qué tristeza!

¡Oh ley del hado dura,

decretado rigor, fatal violencia,

que no tenga en el mundo la hermosura,

por hermosura, alguna preeminencia!

 

Nise murió. ¡Qué extraña desventura

que no goce el ingenio por divino

privilegio en las cortes del destino!

Todos a su despecho,

a mayor majestad rindan el pecho;

el pecho, en esta ley determinado,

tercera vez dura pensión del hado.

 

A tres Gracias tres Parcas combatieron,

y las Gracias vencieron,

que su rigor a profanar no atreve

tanta luz, tanta rosa, tanta nieve.

 

Y aunque Nise quedó muerta y rendida,

dejó despierta en su beldad la vida;

y así las Parcas lágrimas lloraron,

las Parcas su sepulcro acompañaron,

esfera breve donde

la luz se eclipsa, el esplendor se esconde.

 

A cuya sepultura

un mármol consagraron que dijera:

«Aquí debajo de esta losa dura

la hermosura naciera,

si naciera sembrada la hermosura».

 

Pero siga el consuelo

al llanto, a la tristeza, a la alegría;

corra la niebla el velo

y a la noche suceda alegre el día.

 

La noche muestre ya la estrella hermosa,

llama el Aura el clavel, bebe la rosa,

pues Nise coronada

de nueva luz, la Nise laureada,

la adama el sol, y en trono de diamante

está pisando estrellas,

imagen ya de aquellas luces bellas,

carácter ya de aquellos otros puros

que bordan paralelos y coluros.

 

Y tú, hermosa Amarili, el sentimiento

trueca en gusto, en invidia el escarmiento,

pues la tierra sabiendo que tenía

dos soles, y uno apenas merecía,

liberal con el cielo

quiso partir y te dejó en el suelo

a ti, porque más bella

fénix ya del amor, venzas aquella

competencia dichosa,

pues ya sola en el mundo eres hermosa.

 

Esos rasgos de luz, esas centellas…

Esos rasgos de luz, esas centellas

que cobran con amagos superiores

alimentos del sol en resplandores

aquello viven que se duele de ellas.

 

Flores nocturnas son: aunque tan bellas,

efímeras padecen sus ardores,

pues si un día es el siglo de las flores,

una noche es la edad de las estrellas.

 

De esa, pues, primavera fugitiva,

ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;

registro es nuestro, o muera el sol o viva.

 

¿Qué duración habrá que el hombre espere,

o qué mudanza habrá que no reciba

de astro que cada noche nace y muere?

Poemas de Pedro Calderón de la Barca

Estas que fueron pompa y alegría…

Estas que fueron pompa y alegría

Despertando al albor de la mañana,

A la tarde serán lástima vana

Durmiendo en brazos de la noche fría.

 

Este matiz que al cielo desafía,

Iris listado de oro, nieve y grana,

Será escarmiento de la vida humana:

¡Tanto se emprende en término de un día!

 

A florecer las rosas madrugaron,

Y para envejecerse florecieron:

Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

 

Tales los hombres sus fortunas vieron:

En un día nacieron y expiraron;

Que pasados los siglos, horas fueron.

 

Este ejército que ves…

Este ejército que ves

vago al hielo y al calor,

la república mejor

y más política es

del mundo, en que nadie espere

que ser preferido pueda

por la nobleza que hereda,

sino por la que el adquiere;

porque aquí a la sangre excede

el lugar que uno se hace

y sin mirar cómo nace

se mira como procede.

 

Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mejor cualidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho

que el pecho adorna al vestido.

 

Y así, de modestia llenos,

a los más viejos verás

tratando de ser lo más

y de aparentar lo menos.

 

Aquí la más principal

hazaña es obedecer,

y el modo cómo ha de ser

es ni pedir ni rehusar.

 

Aquí, en fin, la cortesía,

el buen trato, la verdad,

la firmeza, la lealtad,

el honor, la bizarría,

el crédito, la opinión,

la constancia, la paciencia,

la humildad y la obediencia,

fama, honor y vida son

caudal de pobres soldados;

que en buena o mala fortuna

la milicia no es más que una

religión de hombres honrados.

 

Estos son españoles, ahora puedo…

Estos son españoles, ahora puedo

hablar encareciendo estos soldados

y sin temor, pues sufren a pie quedo

con un semblante, bien o mal pagados.

 

Nunca la sombra vil vieron del miedo

y aunque soberbios son, son reportados.

Todo lo sufren en cualquier asalto.

Solo no sufren que les hablen alto.

 

Estos son españoles, ahora puedo

hablar encareciendo estos soldados

y sin temor, pues sufren pie quedo

con un semblante, bien o mal pagados.

 

Nunca la sombra vil vieron del miedo

y aunque soberbios son, son reportados.

Todo lo sufren en cualquier asalto;

sólo no sufren que les hablen alto.

 

No se ha visto en todo el mundo

tanta nobleza compuesta,

convocada tanta gente,

unida tanta nobleza,

pues puedo decir no hay

un soldado que no sea

por la sangre de las armas

noble. ¿Qué más excelencia?

 

Estoy, Señor, de mí tan desprendida…

Estoy, Señor, de mí tan desprendida,

y de toda afición tan apartada,

que, por el don que os intereso, nada

sacrificar pudiera agradecida.

 

Voto os hiciera de dejar la vida,

si ya no fuese vuestra, y tan cuitada,

que, al perderla, creyérame premiada

con no vivir y verme a Vos unida.

 

Mas, pues no hay meritorio sacrificio

en quien vive sin dichas, yo os ofrezco,

si volvéis la salud al moribundo,

 

ceñirme la existencia cual cilicio,

codiciar una vida que aborrezco,

¡abrazarme a la cruz de aqueste mundo!

 

Gentil palmera lánguida crecía…

Gentil palmera lánguida crecía

entre los muros de cercado huerto,

y, amortajada en su ramaje yerto,

cual alma sin amor desfallecía.

 

Luchó empero tenaz… hasta que un día

consiguió descubrir el campo abierto,

y vio marchita, en medio del desierto,

otra palmera, que de sed moría.

 

Convalecer les hizo una mirada,

y el aura fue galante mensajera

del dulce amor que para siempre uniolas.

 

-Aprende el caso, niña desamada;

guarda el tesoro de tu fe, y espera;

que almas como la tuya no están solas.

 

Gloria

-Dime: ¿por qué suspiras,

bendita madre,

cuando de regocijo

tiemblan los aires?

Di: ¿por qué lloras?

¿No oyes que las campanas

tocan a gloria?

 

¡Oh! Dejadme que llore…

Dejad que muera…

¡Al hijo de mi vida

ya se lo llevan!

¿No veis mi duelo?

¿No oís que las campanas

tocan a muerto?

 

-Tu pobre niño enfermo

triste gemía

ayer entre tus brazos,

madre bendita…

¡Y hoy ya no llora!…

¡Hoy por él las campanas

tocan a gloria!

 

-¡Ah! Sí… Su alma de ángel

allá me espera…

Pero su cuerpo hermoso

yace en la tierra…

Ya no le veo…

¡Para él tocan a gloria!

¡Para mí, a muerto!

 

Hurí de cabellos de oro…

Hurí de cabellos de oro:

dícenme que quieres tú

que te cuente un cuento moro…-

Uno sé que es un tesoro,

y me lo contó Benzú.

En África se lo oí,

de Abbás en el campamento:

óyelo, preciada hurí;

que es un peregrino cuento

el cuento que dice así:

 

Muy diestro en tañer la lira

ser pudo el esclavo Hassán;

pero no al poner la mira

en la princesa Zelmira,

hija del viejo Sultán.

 

Del atrevido cantor

ni aun sospechaba el amor

la altiva infanta moruna,

como no sabe la luna

que la adora el ruiseñor.

 

Ni el triste en su loco afán

soñó nunca mejor suerte;

pues, de revelarlo Hassán,

la hija del viejo Sultán

pagárale con la muerte.

 

Y morir, para el cantor,

era asesinar su amor…

¡era no ver a Zelmira

con el éxtasis que mira

a la luna el ruiseñor!

 

Y así la miraba él,

rebozado en su alquicel,

cuando, las noches de luna,

paseaba en su vergel

la altiva infanta moruna.

 

Pero al cabo sucedió

lo que suceder debía

(estuviera escrito o no):

Zelmira se enamoró

y se casó el mejor día.

 

Se casó con Aliatar,

tan príncipe como ella,

poderoso en tierra y mar…,

y fue cosa singular

la boda de la doncella.

 

Sabedora allí Zelmira

del ingenio del cantor,

díjole: -«Tañe la lira,

y canta el ardiente amor

que el fiero Aliatar me inspira.»

 

Hassán maldijo su estrella;

sintió mortal agonía

a la voz de la doncella;

y, encarándose con ella,

armado de una gumía,

 

-«¡Antes (dijo) que cantar

la ventura de Aliatar,

cúmplase mi negra suerte!…»-

Y arrojó la lira al mar,

y él mismo se dio la muerte.-

 

Tal fue el caso que Benzú

me contó en Guad-el-Jelú,

y que yo te cuento a ti,

ya que quieres saber tú

lo que pasa por allí.

 

Insomne y soñoliento; con bufanda…

Insomne y soñoliento; con bufanda

(recuerdo del turbante) en el estío;

ajeno su magnánimo desvío

del siglo a la ruidosa propaganda;

 

adversario pasivo del que manda,

y absoluto señor de su albedrío;

Sultán, en fin, sin éxtasis ni hastío,

de las mozuelas con que a vueltas anda…

 

Tal, en Madrid, el último almohade

pasa por el rosario de la vida

horas indiferentes grano a grano…

 

¿Qué quiere? -Nada quiere. Solo añade

tinieblas a una crónica perdida,

oculto bajo un nombre castellano.

 

La moña

A la marquesa del Salar

¡Cuán airosa y ufana en la corrida

irá la noble fiera, engalanada

con tan bella divisa, regalada

por tan ilustre dama y tan garrida!

 

Cárdena sangre de la oculta herida

matizará la seda recamada,

y aun el toro, al mirarla disputada,

más sentirá el perderla que la vida.

 

¡Ay, si al coger la codiciada prenda,

tu corazón ganara y tu albedrío

el esforzado justador!… -¡Oh gloria!

 

¡Todos fueran al par a la contienda!…

¡Y yo, ante todos, redoblando el brío,

diera la vida allí por la victoria!

 

La noche

Esos rasgos de luz, esas centellas

que cobran con amagos superiores

alimentos del sol en resplandores

aquello viven que se duele de ellas.

 

Flores nocturnas son: aunque tan bellas,

efímeras padecen sus ardores,

pues si un día es el siglo de las flores,

una noche es la edad de las estrellas.

 

De esa, pues, primavera fugitiva,

ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;

registro es nuestro, o muera el sol o viva.

 

¿Qué duración habrá que el hombre espere,

o qué mudanza habrá que no reciba

de astro que cada noche nace y muere?

 

La que ves en piedad, en llama, en vuelo…

La que ves en piedad, en llama, en vuelo,

ara en el suelo, al sol pira, al viento ave,

Argos de estrellas, imitada nave,

nubes vence, aire rompe y toca al cielo.

 

Esta pues que la cumbre del Carmelo

mira fiel, mansa ocupa y sulca grave,

con muda admiración muestra süave

casto amor, justa fe, piadoso celo.

 

¡Oh militante iglesia, más segura

pisa tierra, aire enciende, mar navega,

y a más pilotos tu gobierno fía!

 

Triunfa eterna, está firme, vive pura;

que ya en el golfo que te ves se anega

culpa infiel, torpe error, ciega herejía.

 

Lágrimas que vierte un alma arrepentida

Ahora, señor, ahora

que ya este humano edificio

en el polvo de su fin

se reduce a su principio;

ahora que descompuesto

este vital artificio

que un suspiro gobernó,

le va faltando un suspiro;

ahora que a mis alientos

está el número cumplido,

pues sin esperanza de otro,

respiro este que respiro;

ahora que rebelados

mis potencias y sentidos,

son, parciales de mi muerte,

mis mayores enemigos;

ahora que el corazón,

por alegar que él ha sido

quien quiso vivir primero,

morir el postrero quiso;

ahora que al desatarse

esta lazada que hizo

la naturaleza, el alma

está pendiente de un hilo;

ahora que al despedirse

del cuerpo donde ha vivido,

en vez de darle los brazos,

le lucha a brazos partidos;

ahora, en efecto, ahora

que ya el pecho helado y frío,

descompasado el aliento,

los miembros estremecidos,

el pulso desnivelado,

torpe la voz, yerto el brío,

en parasismos se emboza

el último parasismo,

es tiempo, Señor, es tiempo

de conocer los amigos,

pues el amigo mayor

se ve en la mayor peligro.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

¡Oh, cuánto el nacer, oh cuánto

al morir es parecido,

pues si nacimos llorando,

llorando también morimos!

Un gemido la primera

salva fue que al mundo hicimos,

y el último vale que

le hacemos, es un gemido.

Entre cuna y ataúd

sola esta distancia ha habido

hacia la tierra o el cielo

arrojarnos o admitirnos.

¡Qué bien en sus confesiones

lo significó Agustino,

cuando a esta proposición

no le averiguó el sentido!

¿Vive el hombre o muere el hombre?

Pues que ninguno ha sabido

si vive o muere, porque

todo se hace de un camino.

¿Qué más ejemplo que yo,

a este letargo rendido,

pues vivo al tiempo que muero

y muero al tiempo que vivo?

Y si al fin para morir

no ha menester más deliquio

ni más crítico accidente

el hombre, que haber nacido,

¡oh felice yo, oh felice

que morir he merecido

en vuestra fe, conociendo

tantos mortales avisos!

Y aunque es preciso el morir,

con lo que os pago os obligo,

pues resignado en vos, hago

voluntario lo preciso.

Y así, aunque vivir pudiera

mi vida estando a mi arbitrio,

hoy os hiciera en mi muerte

de mi vida sacrificio.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

No justiciero cerréis

a mis voces los oídos,

sino misericordioso

atended al llanto mío.

Justicia y misericordia,

dos atributos son dignos,

que un y otro en vos están

igualados, no excedidos.

Pues ¿por qué habéis de mostraros

riguroso y no benigno,

siendo rigor y piedad

en vos, Señor, uno mismo?

El castigo y el perdón

una costa os han tenido:

pues echad antes la mano

al perdón, que no al castigo.

¿Job no dijo que era el hombre

en pecado concebido?

¿Qué maravilla que amase

maldad que nació conmigo?

Mas ¡ay de mi! que también

David a este intento dijo

que siempre contra mí está

mi pecado por testigo.

Yo lo confieso, y confieso

que mis culpas y delitos

son infinitos, por ser

obrados y cometidos

contra un infinito Dios;

confieso que no he podido

satisfacer por mi solo

el número de mis vicios.

Pero por esto, Señor,

de la Iglesia en los archivos

también infinitos son

vuestros méritos divinos.

Ellos por mi satisfagan,

pues mi fiador habéis sido,

y en vuestros méritos pague

lo infinito a lo infinito.

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

¡Qué dignamente, qué bien

en vuestra piedad confío,

si cuando llego a rogaros

clavado en la cruz os miro!

No me diera confianza

el veros en el impíreo

glorioso más que en la cruz

veros humano y pasivo.

Que esa derramada sangre

que en arroyos fugitivos

tiñe en púrpura la nieve,

deshoja el jazmín el lirios,

a lavar mis culpas corre,

cuyo segundo bautismo

hará que esta piel manchada

venza el candor del armiño.

Y puesto que vos morís

para que yo viva, indigno

será, Señor, que un Dios muerto

no salve un pecador vivo.

¿Indigno dije? ¡Ah Señor!

No supe cómo decirlo,

al verlo en vos intentado

sin verlo en mi conseguido.

Mas ¡ay de mi!, que vos siempre

salvarme habéis pretendido;

pero aunque sin mi me hicisteis,

me habéis de salvar conmigo.

Salvadme en vuestra virtud;

que yo a vuestros pies resigno

este cuerpo sin acción

y este alma sin albedrío.

Y si es vuestra voluntad

condenarme a los abismos,

para que en mí se ejecute

este espíritu os envío.

Y padeciendo diré,

por los siglos de los siglos:

¡Quién siempre os hubiera amado!

¡Quién no os hubiera ofendido!

¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

 

Las flores y la vida del hombre

Estas que fueron pompa y alegría

Despertando al albor de la mañana,

A la tarde serán lástima vana

Durmiendo en brazos de la noche fría.

 

Este matiz que al cielo desafía,

Iris listado de oro, nieve y grana,

Será escarmiento de la vida humana:

¡Tanto se emprende en término de un día!

 

A florecer las rosas madrugaron,

Y para envejecerse florecieron:

Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

 

Tales los hombres sus fortunas vieron:

En un día nacieron y expiraron;

Que pasados los siglos, horas fueron.

 

Las palmeras

Gentil palmera lánguida crecía

entre los muros de cercado huerto,

y, amortajada en su ramaje yerto,

cual alma sin amor desfallecía.

 

Luchó empero tenaz… hasta que un día

consiguió descubrir el campo abierto,

y vio marchita, en medio del desierto,

otra palmera, que de sed moría.

 

Convalecer les hizo una mirada,

y el aura fue galante mensajera

del dulce amor que para siempre uniolas.

 

-Aprende el caso, niña desamada;

guarda el tesoro de tu fe, y espera;

que almas como la tuya no están solas.

 

Licio, ¿la obstinación de tu porfía?…

«Licio, ¿la obstinación de tu porfía,

mariposa solícita del daño,

morir quiere a la luz del desengaño?

Tuyo es la culpa, la obediencia mía.

 

Mucho fía de sí quien de sí fía.

Sabe que Lisis con traidor engaño

memorias ya de un año y otro año

en los olvidos sepultó de un día.»

 

«¡Oh cuánto avaro está el dolor contigo,

pues aún la queja no se atreve a dalla

de mí, de Lisis, ni de ti tampoco!

 

Que tú celoso, ella mujer, yo amigo,

nos halla disculpados, pues nos halla

a mí fiel, a ella fácil, y a ti loco.»

 

¡Lío tabaco en un papel; agarro!…

¡Lío tabaco en un papel; agarro

lumbre, y lo enciendo; arde, y a medida

que arde, muere; muere, y en seguida

tiro la punta, bárrenla, y… al carro!

 

Un alma envuelve Dios en frágil barro,

y la enciende en la lumbre de la vida;

chupa el tiempo, y resulta en la partida

un cadáver. -El hombre es un cigarro.

 

La ceniza que cae, es su ventura;

el humo que se eleva, su esperanza;

lo que arderá después…, su loco anhelo.

 

¡Cigarro tras cigarro el tiempo apura;

colilla tras colilla al hoyo lanza;

pero el aroma… piérdese en el cielo!

 

Los campos de Madrid, Isidro santo…

Los campos de Madrid, Isidro santo,

emulación divina son del cielo,

pues humildes los ángeles su suelo

tanto celebran y veneran tanto.

 

Celestes labradores, en cuanto

son amorosa voz, con santo celo

vos enviáis en angélico consuelo

dulce oración, que fertiliza el llanto.

 

Dichoso agricultor, en quien se encierra

cosecha de tan fértiles despojos,

que divino y humano os da tributo,

 

no receléis el fruto de la tierra,

pues cogerán del cielo vuestros ojos,

sembrando aquí sus lágrimas, el fruto.

 

Manjar de los fuertes

El género humano tiene

contra las fieras del mundo,

por más que horribles le cerquen,

su libertad afianzada,

como a sustentarse llegue

de aquel Pan y de aquel Vino,

de quien hoy es sombra éste…

 

Nadie desconfíe.

Nadie desespere.

Que con este Pan y este Vino

las llamas se apagan,

las fieras se vencen,

las penas se abrevian,

las culpas se absuelven.

 

Mil veces sea repetido el día…

Mil veces sea repetido el día,

señor excelentísimo, en que vea

quieta España su heroica Monarquía.

 

Repetida la luz mil veces sea,

señor excelentísimo, en que Francia

los desengaños de su orgullo crea.

 

De una y otra fortuna la distancia

fausta y infausta piedra la señale,

blanca al valor, y negra a la arrogancia.

 

¿Qué aplauso habrá que tanto triunfo iguale?,

¿qué triunfo habrá que iguale tanta gloria

si una sola por todos juntos vale?

 

Roma lo diga, acuérdenos la historia

la variedad de honores que tenía

para quien la añadía una victoria.

 

Mural corona ufana prevenía

al que contrarios muros asaltaba

por las brechas que abrió la batería.

 

Cívica aquella era que se daba

al que en la lid tanto valor mostrase

que socorriese al que en peligro estaba.

 

Vallar se concedía al que ganase

las trincheras y fosos que tuviese

el enemigo donde se amparase.

 

Triunfal la antigüedad quiso que fuese

la que ilustrase al que morir expuesto

en campal lid a cinco mil venciese.

 

Obsidional la que al peligro opuesto

hiciese levantar al enemigo

sitio que ya una vez tuviese puesto.

 

Pues siendo así, señor, que hoy es testigo

el mundo de que todo lo habéis hecho,

todos los triunfos que os aclaman digo.

 

Todos os apellidan, satisfecho

cada cual de que él es el conseguido

del real valor, de vuestro ilustro pecho.

 

Mural facción vuestra facción ha sido,

puesto que al enemigo habéis hallado

en regulares muros defendido.

 

Por asalto fue dellos arrojado,

luego ganado por asalto el muro,

mural corona de oro habéis ganado.

 

Cívica también es de roble duro,

puesto que a otro socorristeis cuando

aun de si mismo no vivía seguro.

 

Can la hambre, el tiempo y el francés lidiando,

ya desahuciada de su valentía,

en brazos de la muerte agonizando

 

estaba la leal Fuenterrabía

el día que feliz la socorristeis,

que aun fue con el valor preciso el día;

 

luego si vida al casi muerto disteis,

la invasión de la patria asegurada,

la cívica corona conseguisteis.

 

No menos la vallar, apellidada

así de los vallados en que se hacen

el foso, la trinchera y la estacada;

 

si éstas a vuestro impulso se deshacen,

y llenas de despojos justamente

animo hoy y codicia satisfacen,

 

más gloriosa, señor, más dignamente

el esplendor de la vallar corona

los rayos ceñirá de vuestra frente.

 

Pero en vano sus méritos abona

a preferir atenta cada una.

Si la triunfal de su laurel blasona,

 

mejor derecho tiene que ninguna,

mejor acción por ser en sus empleos

la dádiva mayor de la fortuna.

 

Sólo aquel que ceñido de trofeos

de cinco mil triunfó en campal batalla,

con ella satisfizo sus deseos.

 

Luego en vos, gran señor, para logralla,

no solamente el número cumplido

pero excedido el número se halla.

 

Diez y ocho mil son los que habéis vencido

de poder a poder en la campaña

que tumba de cadáveres ha sido.

 

¡Oh! mire el sol con novedad extraña

triunfales pompas en España el día

que entre en su corte el defensor de España.

 

Mas no, que tanta pública alegría

aun es bastarda voz de vuestra fama,

mudo clarín de vuestra bizarría.

 

La obsidional corona es la que os llama,

quien desciñó por el laurel el oro,

ahora el laurel desciña por la grama.

 

Rústica plante es, pero no ignoro

que fue de humana púrpura teñida,

de los Césares último decoro.

 

Esta diadema a todas preferida

(de muchos con afecto deseada,

de pocos con efecto conseguida)

 

para vos, héroe invicto, está guardada

en el templo de Marte, donde yace

más verde cuanto más ensangrentada.

 

De las ruinas en quien silvestre nace

para don, el sitiado la tejía,

(que al don el celo, y no el valor le hace)

 

al que le desitiaba la ofrecía,

siendo el mayor blasón de todos cuantos

la premiadora antigüedad tenía.

 

Entre los dioses colocaba santos

al que entre el sitio y sitiador entraba,

noble despreciador de riesgos tantos,

 

si un ejército pues desalojaba

y si un pueblo dejaba asegurado,

semidiós uno y otro le aclamaba.

 

A tanta dignidad habéis llegado,

puesto en huida el sitiador lo diga,

dígalo en libertad puesto el sitiado.

 

Pero no un premio a otro contradiga,

que quien todos a un tiempo los merece,

todos a un tiempo es bien que los consiga.

 

Y así cuantas guirnaldas os ofrece

hoy la inmortalidad de vuestra fama,

que a nunca ser mayor por puntos crece,

 

ceñid iguales y una y otra rama,

a vislumbres descubra entretejida

el oro entre el laurel, el roble y grama.

 

No es modestia la gloria conseguida

recatarla, demás que siempre ha sido

la modestia virtud no agradecida.

 

Pues habéis cinco glorias conseguido,

cinco triunfos lograd; no se nos quede

por pereza con ellos el olvido.

 

Fiscalice la envidia que no puede

un hombre merecer, por más que un hombre

verá que sí, él mismo a sí se excede.

 

¿Qué virtudes le dan alto renombre

a un general para vencer glorioso

antes que con la espada con el nombre?

 

¿Ilustre sangre? ¿Espíritu brioso?

¿Feliz fortuna? ¿Prevención prudente?,

¿pródiga mano y celo religioso?

 

Pues si tantas virtudes igualmente

caben en un sujeto, en un sujeto

tantos lauros cabrán precisamente.

 

Perdonalde, señor, hoy a mi afecto

la ociosidad de ver que a cargo toma

haceros ejemplar deste concepto.

 

Si ilustre sangre ¿qué cerviz no doma

lo Enríquez en los Reyes de Castilla

lo Colona en los Césares de Roma?

 

Si ánimo invicto, ¿qué poder no humilla

ardimiento que en todas ocasiones

desenvaina el primero la cuchilla?

 

Si prudente gobierno, ¿qué blasones

no adquiere desvelada una cordura

que obra tantos aciertos como acciones?

 

Si fortuna feliz, ¿qué más segura

que aquella que a pesar trae de los hados

obediente a su arbitrio la ventura?

 

Si generosidad, ¿qué más probados

argumentos que ver entre despojos

vos volvéis pobre y ricos los soldados?

 

Y si celo católico, ¿qué enojos

no os cuesta algún insulto, desatando

iras el pecho y lágrimas los ojos?

 

¡Oh! enmudezca la envidia, confesando

silogismos que ya negar no puede

porque está la verdad argumentando,

 

y pues la misma envidia los concede,

vivid, venced, triunfad, sin que ninguna

acción al tiempo contra vos le quede.

 

Y si por dicha se volviere de una,

que es decir que en el mar no habéis tenido,

Señor, de vuestra parte a la fortuna,

 

estad de la respuesta prevenido,

y no la general de que el acaso

siempre avisa después de acontecido.

 

Particular razón en este caso

hay, sin aquella de que no amancilla

al valor la violencia del fracaso.

 

Y es que siendo desde una hasta otra orilla

vos general del mar, por la gloriosa

dignidad de Almirante de Castilla,

 

celoso el mar de ver vanagloriosa

con ejércitos vuestros a la tierra

amotinó su saña procelosa.

 

Y desatando cuanta furia encierra

ningún socorro que os llegase quiso

por medio suyo para hacer la guerra.

 

Venganza sin cordura y sin aviso,

pues hizo más osado el vencimiento

cuanto el número hizo más remiso.

 

No advirtió que sobraba vuestro aliento

aun para conseguir mayores glorias

a despecho de mar, de fuego y viento.

 

Ni es la primera vez que las historias

acordarán que en el cantabrio suelo

deben a vuestra casa sus victorias.

 

Esa plaza, esa misma al desconsuelo

rendida de otra gálica violencia,

empresa fue de vuestro invicto abuelo.

 

Su libertad os viene por herencia,

y hoy con mayor ventaja, cuanto ha sido

la mejor redención la providencia.

 

Más tiene que estimar el socorrido

antes de verse padecer el daño

que no después del daño padecido.

 

Luego claro probó este desengaño

que os debe más a vos, hoy defendida

la plaza, antes de riesgo tan extraño,

 

que al que después la vio restituida.

pues la habéis socorrido vos sitiada

si vuestro abuelo la cobró perdida.

 

Tanta victoria pues, tan señalada

facción, tan grande hazaña, tan altiva

empresa, gloria al fin tan celebrada,

 

siempre inmortal a par del tiempo viva.

Con voz la fama de metal la cante

y con letras de oro el sol la escriba.

 

Siendo para que dure más constante

un bronce repetido cada acento,

cada lámina un libro de diamante,

 

que yo, muda la voz, torpe el aliento,

ya reconozco, gran Señor, que en suma

ha menester tan generoso intento,

mejor voz, mejor plectro y mejor pluma.

 

¿No me conocéis, serranos?…

¿No me conocéis, serranos?

Yo soy el pastor de Filis,

cera a su pecho de acero,

esclavo a sus ojos libres.

Huésped en vuestras riberas,

oponer de amor me visteis

a las armas vencedoras

resistencias invencibles.

Mas ¡ay! yo muerto, serranos;

¡ay, amor, ya me venciste!;

los incendios de mis hielos

tus poderes acrediten.

Para matarme tus ojos,

Filis, el amor elige;

que a mayores vencimientos

bastan los rayos que viste.

A cuyo imperio süave,

a cuya fuerza apacible

no hay libertad que se exente,

no hay exención que se libre.

A tu beldad las beldades

desconocidas se rinden,

desde las que el Tetis beben,

hasta las que el Ganges viven.

Cuyo nombre el Gata ufano

gloria le da más felice

que sus arenas al Tajo,

que sus imperios al Tíber.

En tu alabanza mi efecto,

entre efectos imposibles

epiciclos fatigara;

mas temo que espumas pise.

Retírase, pues, cobarde,

y tanta empresa remite,

o de un águila a los vuelos

o a los acentos de un cisne;

que una voz ronca no puede

ni puede una pluma humilde

ultrajarte; que te ignora

quien se atreve a describrirte.

Mis deseos igualmente

que por divina te admiten,

como a deidad te veneran

y como a deidad te piden,

así, pues, el tiempo nunca

en ti con mudanza triste

las rosas aje del rostro

ni del cuello los jazmines;

a la primavera hermosa

que en tus mejillas asiste,

en siempre floridos mayos

goce perpetuos abriles;

que admitas unos deseos,

que una voluntad estimes,

como atrevida en quererte,

acordada en elegirte.

Si tienes dueño, a tu dueño

te hurta: mi mal te obligue,

para que mi ardor aplaques,

nieve a que a mi cuello apliques.

Yo vi que hurtados a un muro

a que pudieran asirse,

le repartieron abrazos

a un árbol unos jazmines.

Tú verás que a mis deseos

solicitan persuadirte

yedra que dos olmos trepa,

vid que dos álamos ciñe.

Prisiones rompe el capullo

avaramente sutiles

el clavel, y fuera dellas

con púrpura el aire tiñe

pues te incitan sus ejemplos,

Filis, sus ejemplos sigue;

que si tú mi amor retornas,

cierto estoy que Amor me envidie.

 

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío!…

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío,

y en lágrimas y quejas desatado,

al mar corra y al viento, que bien fío

 

del mar hoy y del viento mi cuidado,

pues patrimonio son del mar y el viento,

a un tiempo, lo gemido y lo llorado.

 

¡Oh! rompa ya mi pena el sufrimiento

y en lágrimas y quejas dividido,

dignísimo Fernando, mi lamento

 

llegue (o bien de las ondas repetido

o mal restituido de las peñas)

piadosamente a merecer tu oído.

 

Lisonjas, y lisonjas no pequeñas,

hace al dolor el que al dolor engaña

con voces, con suspiros o con señas.

 

Tú, de la gran metrópoli de España

que con arenas y átomos de oro

pródigo dora el Tajo y el sol baña,

 

purpúreo Atlante; tú, cuyo decoro

desde lejos saludan dulcemente

dos cisnes, éste mudo, aquél canoro.

 

Ya que al Cuarto Planeta en otro oriente

sustituyes la luz, suples el día,

lucero habilitado dignamente,

 

bien como en la celeste monarquía

virrey del sol es el mejor lucero

de quien el alma de sus rayos fía,

 

engaña tu dolor (no porque espero

que rústica mi voz te obligue a tanto)

sino porque mi llanto lisonjero,

 

las lágrimas mezclando con el canto

en destempladas cláusulas, ignora

aun él mismo si fue música o llanto.

 

No por vencer tu sentimiento ahora

mi acento sulca ni mi pluma vuela

(si bien harto le vence quien le llora).

 

Con inútil retórica consuela

al triste el que su mal le facilita;

pues al son que le aduerme, le desvela.

 

Llore el que de su llanto necesita,

que en su principio a un accidente extraño

fuerzas le da quien lágrimas le quita.

 

Una pena dorada de un engaño

o cobra la razón o pierde el brío

y aquél es sólo repetirle el daño.

 

Así quejas y lágrimas te envío,

¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Aunque mejor la fuerza de un tormento

sabe sentirse que decirse sabe,

porque en la voz no cabe el sentimiento,

 

que en el silencio solamente cabe.

Mas ya que a tanto la pasión me obliga,

quejas escucha (o con acento grave

 

la voz las calle o el callar las diga).

De aquella son, y con razón de aquella

dos veces, y de todos enemiga

 

fatal deidad, cuya triunfante huella,

sin que el respeto ni el temor la impida,

alcáceres supremos atropella.

 

A cuyo carro la ambición asida

arrastra las coronas que antes fueron

los ídolos humanos de la vida.

 

Aquella a quien en vano previnieron

defensa, ni la pluma ni la espada,

que el valor y el ingenio se rindieron.

 

Alcaide de la vida, que a su entrada

registro es nuestro el libro de la muerte,

partida por partida señalada.

 

Con condición que ha de morir advierte,

que entra a vivir el que nacer procura

echado a los umbrales de la suerte.

 

No el poder la venció, no la hermosura;

que ésta ni aquél pasó sin que primero

con llanto no firmase la escritura.

 

Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,

por cuenta le da el aire con que vive,

que aun no es suyo este soplo más ligero.

 

¿Quién vive, pues, sabiendo que recibe

tan contado el vivir, que siempre atenta

la muerte por los márgenes escribe

 

una vez que respira, otra que alienta,

y vez ninguna alienta ni respira

que no adelgace el número a la cuenta?

 

¿Quién no se pasma aquí, quién no se admira

y quién sin miedo en desventura tanta

de que se cumple el número suspira?

 

¡Oh, cuánta es hoy nuestra miseria, cuánta!

Que aunque siempre lo fue, considerando

que hoy la muerte los plazos adelanta,

 

parece que es mayor porque antes, cuando

bozal y torpe en su principio estaba

de sí misma ella misma hería temblando.

 

Un siglo entonces en poner tardaba

la flecha; un siglo entonces prevenía

el golpe; y tras dos siglos aún le erraba.

 

Mas hoy, que diestra la hizo la porfía,

ni un instante el vivir deja seguro,

que el día menos cierto es cualquier día.

 

No el sagrado dosel, no el fuerte muro,

la edad florida, ingenio el más perfecto,

la generosa sangre, el lustre puro,

 

la heroica majestad, el real sujeto,

todo adornado de gallardo brío,

temor la causan ni la dan respeto.

 

Todo lo postra, todo a su albedrío,

Carlos lo diga (y cuando a Carlos nombra

¡oh, rompa ya el silencio el dolor mío!).

 

Dígalo pues su voz, que muda asombra,

y débale suspiros a la muerte

ver tanta luz desvanecida en sombra.

 

¿Si sagrado dosel?, ¿si muro fuerte?

¿Qué muro fuerte, qué dosel sagrado

el sol ciñe, el mar cerca, el cielo advierte

 

ya luciente, ya nuboso, ya estrellado,

aquél vuele, aquél corra y éste ande,

que mirarse merezca reservado

 

como el Alcázar de Felipe el Grande,

cuando piadoso el hado un edificio

privilegiar de sus rigores mande?

 

Si lustre puro ¿qué mayor indicio

de esplendor y de lustre que ser rayo

de tanto sol? (No aquí delire el juicio

 

porque un rayo de sol sienta un desmayo,

que no deja de ser rey de las flores

porque una flor se le malogre al mayo.)

 

¿Si majestad heroica? Sus mayores

triunfan hoy en las lides del olvido,

nunca vencidos, siempre vencedores.

 

El águila alemana les dio nido,

el león de España albergue, que absoluto

término fue a su vuelo y su bramido.

 

Todo el orbe pagándoles tributo,

de una cuna del sol hasta otra cuna,

Emperatriz el ave y Rey el bruto.

 

¿Si real sujeto? Aun siendo siempre una,

su fama se excedió tal vez, pues sella

ésta con más aplausos la fortuna.

 

Felipe santo y Margarita bella

sus padres fueron de tan alta planta,

que humana flor no es hoy divina estrella.

 

¿Si claro ingenio? Manzanares canta

conceptos suyos y conceptos llora:

tanta en la fuerza de un afecto, tanta,

 

que con la voz que al gusto hoy se enamora,

quizá el pesar se llorará mañana,

que aun una voz a lo que nace ignora.

 

¿Si edad florida y juventud lozana?

Apenas cinco veces, cinco, era

cumplido el curso en que veloz devana

 

con hilos de oro el sol nuestra carrera,

cuando por medio enmarañando el hilo,

le cortó inexorable la tijera.

 

No llegó al fin su fin; con nuevo estilo

hoy se acabó y hoy se quedó pendiente.

¡Oh!, ¿para cuándo era embotarse el filo?

 

¿Si brío gallardo y ánimo valiente?

Dígalo el mar que le rindió oportuno

en pequeño bajel más diligente.

 

Por príncipe los reinos de Neptuno

y en cortes de agua príncipe jurado

votaron todos y faltó ninguno.

 

De esperanzas entonces coronado

le vio la paz y le aclamó la guerra;

sólo a la tierra le costó cuidado,

 

pues celosa de ver que se destierra

del centro natural al centro frío,

en sus entrañas le escondió la tierra.

 

¡Oh sacrílego amor! ¡Oh amor impío,

que a tu costa tus celos has vengado!

¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

 

Y ya que tanto mérito postrado,

humano al fin reparo no previno

a la infalible indignación del hado,

 

al enojo infalible del destino,

vamos a ver si le previene el celo

en la piedad del mérito divino.

 

Iba pues de la noche el negro velo

borrando los matices con que había

al temple bosquejado tierra y cielo

 

el doctísimo artífice del día,

y el sol, depositado en luces bellas

espejo hecho pedazos parecía,

 

que pedazos del sol son las estrellas;

y así, cuando su luz se quiebra hermosa,

es un pequeño sol cada una dellas.

 

Declarose la noche temerosa,

y tropezando perezoso el sueño

en la que iba arrastrando falda umbrosa,

 

salió mostrando el arrugado ceño,

que más horrores que cabellos vierte

de ciprés coronado y de beleño.

 

Y como medio hermano de la muerte

al mundo medio muerto sepultaba

cuando aun al sueño hicieron que despierte.

 

Voces que sólo el eco articulaba,

porque todas a un ¡ay! las reducía

y errando el pueblo (si por dicha erraba,

 

aunque confusamente discurría)

al Monte de piedad llegó, al Erario

en uno y otro templo de María.

 

No perdonó devoto santuario

que no solicitase a aquella hora,

uno en la fe y en el efecto vario;

 

pues aunque dos imágenes adora,

es sola una deidad: y así, en lo oculto,

de noche en dos orientes vio una aurora.

 

Con poca pompa, el venerado bulto

(si ya no fueran pompas las querellas,

que querellas de fe también son culto)

 

llegó a palacio; y mudas las estrellas,

con muestras de dolor extraordinarias

(quizá por ser de Carlos una dellas)

 

acompañaron, aunque en luz contrarias,

las antorchas conformes en belleza,

unas y otras nocturnas luminarias.

 

Madrid, viendo que plebe y que nobleza

igualmente se inclina, igual se mueve

al llanto, a la piedad y a la tristeza,

 

quiere que suyos dos mensajes lleve:

por la nobleza un Duque de Gandía

y un labrador humilde por la plebe.

 

Francisco, pues, y Isidro ante María,

a un tiempo en cielo y tierra están postrados

alma y cuerpo gloriosos aquel día.

 

¡Oh! ¿No parece aquí que con candados

están los cielos? Pues abridlos, cielos:

mirad qué implican cielos y cerrados.

 

¿Tantos suspiros? ¿Tantos desconsuelos?

¿Tan sincero clamor? ¿Llanto tan pío?

¿Tantas penas, Señor, tantos desvelos,

 

solamente os merecen un desvío?

¿Cuándo la voz no fue del cielo llave?

¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío.

 

Mas ¡ay! que en la mayor, en la más grave

pena, aunque sabe el que afligido llega

que ha de pedir, qué ha de pedir no sabe,

 

que el hombre es liberal con quien le ruega,

por lo que a quién le ruega le concede,

y Dios es liberal por lo que niega.

 

Tanto con él la voz o el llanto puede,

que por agradecer la voz o el llanto,

tal vez negando su poder excede.

 

Luego tanto retiro, enojo tanto,

pareciendo rigor, será clemencia,

pues siempre es liberal el cielo santo.

 

¡Oh, quién de parte de la providencia

hoy estos dos extremos careara,

aquí el dolor y allí la conveniencia!

 

Porque al mundo el examen consolara

cuando en sombras y lejos percibiera

el daño que otro daño le repara.

 

Qué alegre entonces, si la piedad viera

disfrazada en rigor del mismo cielo,

otra vez sus desdichas le pidiera.

 

Pues si ignorante pide nuestro celo,

y docto él nos mejora la fortuna,

sírvanos el castigo de consuelo.

 

Y pues del ataúd y de la cuna,

líneas en que nacemos y morimos,

una es la forma y la materia es una,

 

y de un sepulcro a otro sepulcro fuimos

(polos en que el pequeño mundo estriba),

muriendo desde el punto en que nacimos,

 

dichoso aquél que de vivir se priva;

pues si a morir viviendo el hombre nace,

muriendo bien no hay más para qué viva.

 

Ninguna acción al dueño satisface

tanto, que la atención escrupulosa

no la enmiende después, con que se hace

 

más perfecta, más noble o más hermosa:

sólo el morir esta elección no tiene,

siendo el morir la más dificultosa.

 

Luego a aquél que la muerte le previene

con avisos de un día y otro día,

no llorarle, envidiarle nos conviene.

 

Suceda, pues, al llanto la alegría,

pues para que al morir perfeccionase,

murió Carlos sabiendo que moría.

 

Y ya que el cielo quiere que hoy abrase

las plumas, siendo pira el monumento

de quien su luz entre cenizas pase

 

a otro centro, a otra esfera y a otro asiento,

y dejando a la tierra sus despojos

es ya estrella añadida al firmamento,

 

pasen también nuestros turbados ojos

de un objeto a otro objeto su sentido,

que dichas podrán ver quien pudo enojos.

 

Vean que en prendas hoy de un bien perdido

dos los cielos eternos aperciben

que aun mal está el consuelo repetido.

 

Felipe y Baltasar felices viven,

cuyo nombre los hados respetando,

con letras de oro en láminas escriben.

 

Que nunca el tiempo alcanzará volando,

porque aun el tiempo parará primero.

¡Oh! vivan pues; y tú, noble Fernando,

 

ya Marte religioso, ya guerrero

Apolo, con la espada y con la pluma,

de tantas esperanzas heredero,

 

al mar sujeta la rizada espuma,

postra a la tierra la cerviz altiva

y haz que el mar y la tierra te presuma

 

luz que del Sol Felipe se deriva;

y pues de ti tantos aplausos fío,

mientras tu nombre, ¡oh gran Fernando!, viva,

no rompa ya el silencio el dolor mío.

 

¡Oh tú, que estás sepultado!…

¡Oh tú, que estás sepultado

en el sueño del olvido,

si para tu bien dormido,

pata tu mal desvelado!

Deja el letargo pesado,

despierta un poco, y advierte

que no es bien que desa suerte

duerma, y haga lo que hace

quien está desde que nace

en los brazos de la muerte.

 

Da lugar al pensamiento

para que discurra, y veas

y que lo más que tú deseas

no es más que soplo de viento.

No labres sin fundamento

máquinas de vanidad,

pues la mayor majestad

en un sepulcro se encierra,

donde dice, siendo tierra:

«Aquí vive la verdad…

 

Mira cómo pasó ayer,

veloz como tantos años:

evidentes desengaños

del limitado poder.

Lo que fue dejó de ser,

y no quedó dello más

del ha sido: tú, que vas

por este mundo inconstante,

mira que el que va adelante

avisa al que va detrás.

 

La corona y la tiara

que tanto el mundo estimó

¿qué se hizo?, ¿en qué paró

sino en lo que todo para?

¡Oh mano del mundo avara!

Si tanto bien nos limitas,

¿para qué, di, nos incitas

a aspirar a más y más,

si lo que despacio das

tan de prisa nos lo quitas?

 

Si te engaña el propio amor

para que no veas el daño,

la muerte, que es desengaño,

sirva de despertador.

Hoy nace la tierna flor

y hoy su curso se termina;

todo a la muerte camina:

la estatua del más bizarro,

como está fundada en barro,

la deshace cualquier china.

 

¿En qué piensas o a qué aspiras

cuando tras tu gusto vas,

pues dél no te queda más

que enemigos que conspiras?

Si es que adelante no miras,

mira la vida pasada,

que si en tan corta jornada

lo más pasa desa suerte,

hasta llegar a la muerte,

¿qué te queda? Poco o nada.

 

Desde el nacer al morir

casi se puede dudar

si el partir es el parar,

o el parar es el partir.

Tu carrera has de seguir:

y pues con tal brevedad

pasa la más larga edad,

¿cómo duermes y no ves

que lo que aquí un soplo es

es allá una eternidad?

 

Mira el tiempo volador

cómo pasa, y considera

cómo va tras la carrera

desde el menor al mayor.

El esclavo y el señor

corren parejas iguales,

que como nacen mortales,

iguales van a la hoya,

de cuya deshecha Troya

aún no quedan la señales.

 

La juventud más lozana

¿en qué paró?, ¿qué se hizo?

Todo el tiempo lo deshizo

y anocheció su mañana,

la muerte siempre es temprana

y no perdona a ninguno:

goza del tiempo oportuno,

granjea con tu talento,

que aquí dan uno por ciento

y allí dan ciento por uno.

 

¿Qué eternidades te ofrece

la más dilatada vida,

pues que apenas es venida

cuando se desaparece?

Hoy piensas que te amanece

y es el día de tu ocaso.

¡Término breve y escaso!

Mas ¿qué mucho, si volando

te va la muerte buscando

cuando tú vas paso a paso?

 

La dama más celebrada,

lazo en que todos cayeron,

ella y ellos, di, ¿qué fueron

sino tierra, polvo y nada?

¡Oh limitada jornada,

oh frágil naturaleza!

La humildad y la grandeza

todo en nada se resuelve:

es de tierra y a ella vuelve,

y así, acaba en lo que empieza.

 

¿De qué te sirve anhelar,

por tener y más tener,

si eso en tu muerte ha de ser

fiscal que te ha de acusar?

Todo acá se ha de quedar;

y pues no hay más que adquirir

en la vida que el morir,

la tuya rige de modo,

pues está en tu mano todo,

que mueras para vivir.

 

¡Oh tú, temprano sol que en el oriente!…

¡Oh tú, temprano sol que en el oriente

de tus primeros años has nacido

coronado de luz resplandeciente,

 

salve! Y en tanto que a tu grato oído

de mi voz, por cantarte, los acentos

labios son de metal contra el olvido,

 

con presagios de ilustres vencimientos

escucha el fin que a tu principio encierra,

rendidos a tus pies los elementos.

 

La tierra te consagra el que a la tierra

sujetó, cuando, próvida en su celo,

los líquidos tesoros desencierra,

 

y, lloviendo al revés, salpicó el cielo,

desangrando a Neptuno en rica fuente

por venas de cristal sangre de hielo.

 

El mar te rinde aquel cuyo tridente

tantas veces venció su orgullo fiero,

segunda vez a límite obediente,

 

aquel del mar Neptuno verdadero,

que en varias partes no se distinguía

cuándo segundo fue, cuándo primero.

 

Del dulce viento la región vacía

favorable te ofrece aquella ave

que en éxtasis de amor vientos bebía.

 

Ave amorosa, pues, que con süave

pluma llegó hasta el sol, en su sosiego

volando dulce y suspendiendo grave.

 

El fuego te asegura el que del fuego

nombre tomó, y el luminoso espacio

arrebatado vio, turbado y ciego.

 

Vive, ¡oh Felipe! en celestial palacio,

pues a tu admiración el cielo atento,

la tierra te da Isidro, el fuego Ignacio,

Francisco el mar, cuando Teresa el viento.

 

Panegírico: Al excelentísimo señor almirante de Castilla

Mil veces sea repetido el día,

señor excelentísimo, en que vea

quieta España su heroica Monarquía.

 

Repetida la luz mil veces sea,

señor excelentísimo, en que Francia

los desengaños de su orgullo crea.

 

De una y otra fortuna la distancia

fausta y infausta piedra la señale,

blanca al valor, y negra a la arrogancia.

 

¿Qué aplauso habrá que tanto triunfo iguale?,

¿qué triunfo habrá que iguale tanta gloria

si una sola por todos juntos vale?

 

Roma lo diga, acuérdenos la historia

la variedad de honores que tenía

para quien la añadía una victoria.

 

Mural corona ufana prevenía

al que contrarios muros asaltaba

por las brechas que abrió la batería.

 

Cívica aquella era que se daba

al que en la lid tanto valor mostrase

que socorriese al que en peligro estaba.

 

Vallar se concedía al que ganase

las trincheras y fosos que tuviese

el enemigo donde se amparase.

 

Triunfal la antigüedad quiso que fuese

la que ilustrase al que morir expuesto

en campal lid a cinco mil venciese.

 

Obsidional la que al peligro opuesto

hiciese levantar al enemigo

sitio que ya una vez tuviese puesto.

 

Pues siendo así, señor, que hoy es testigo

el mundo de que todo lo habéis hecho,

todos los triunfos que os aclaman digo.

 

Todos os apellidan, satisfecho

cada cual de que él es el conseguido

del real valor, de vuestro ilustro pecho.

 

Mural facción vuestra facción ha sido,

puesto que al enemigo habéis hallado

en regulares muros defendido.

 

Por asalto fue dellos arrojado,

luego ganado por asalto el muro,

mural corona de oro habéis ganado.

 

Cívica también es de roble duro,

puesto que a otro socorristeis cuando

aun de si mismo no vivía seguro.

 

Can la hambre, el tiempo y el francés lidiando,

ya desahuciada de su valentía,

en brazos de la muerte agonizando

 

estaba la leal Fuenterrabía

el día que feliz la socorristeis,

que aun fue con el valor preciso el día;

 

luego si vida al casi muerto disteis,

la invasión de la patria asegurada,

la cívica corona conseguisteis.

 

No menos la vallar, apellidada

así de los vallados en que se hacen

el foso, la trinchera y la estacada;

 

si éstas a vuestro impulso se deshacen,

y llenas de despojos justamente

animo hoy y codicia satisfacen,

 

más gloriosa, señor, más dignamente

el esplendor de la vallar corona

los rayos ceñirá de vuestra frente.

 

Pero en vano sus méritos abona

a preferir atenta cada una.

Si la triunfal de su laurel blasona,

 

mejor derecho tiene que ninguna,

mejor acción por ser en sus empleos

la dádiva mayor de la fortuna.

 

Sólo aquel que ceñido de trofeos

de cinco mil triunfó en campal batalla,

con ella satisfizo sus deseos.

 

Luego en vos, gran señor, para logralla,

no solamente el número cumplido

pero excedido el número se halla.

 

Diez y ocho mil son los que habéis vencido

de poder a poder en la campaña

que tumba de cadáveres ha sido.

 

¡Oh! mire el sol con novedad extraña

triunfales pompas en España el día

que entre en su corte el defensor de España.

 

Mas no, que tanta pública alegría

aun es bastarda voz de vuestra fama,

mudo clarín de vuestra bizarría.

 

La obsidional corona es la que os llama,

quien desciñó por el laurel el oro,

ahora el laurel desciña por la grama.

 

Rústica plante es, pero no ignoro

que fue de humana púrpura teñida,

de los Césares último decoro.

 

Esta diadema a todas preferida

(de muchos con afecto deseada,

de pocos con efecto conseguida)

 

para vos, héroe invicto, está guardada

en el templo de Marte, donde yace

más verde cuanto más ensangrentada.

 

De las ruinas en quien silvestre nace

para don, el sitiado la tejía,

(que al don el celo, y no el valor le hace)

 

al que le desitiaba la ofrecía,

siendo el mayor blasón de todos cuantos

la premiadora antigüedad tenía.

 

Entre los dioses colocaba santos

al que entre el sitio y sitiador entraba,

noble despreciador de riesgos tantos,

 

si un ejército pues desalojaba

y si un pueblo dejaba asegurado,

semidiós uno y otro le aclamaba.

 

A tanta dignidad habéis llegado,

puesto en huida el sitiador lo diga,

dígalo en libertad puesto el sitiado.

 

Pero no un premio a otro contradiga,

que quien todos a un tiempo los merece,

todos a un tiempo es bien que los consiga.

 

Y así cuantas guirnaldas os ofrece

hoy la inmortalidad de vuestra fama,

que a nunca ser mayor por puntos crece,

 

ceñid iguales y una y otra rama,

a vislumbres descubra entretejida

el oro entre el laurel, el roble y grama.

 

No es modestia la gloria conseguida

recatarla, demás que siempre ha sido

la modestia virtud no agradecida.

 

Pues habéis cinco glorias conseguido,

cinco triunfos lograd; no se nos quede

por pereza con ellos el olvido.

 

Fiscalice la envidia que no puede

un hombre merecer, por más que un hombre

verá que sí, él mismo a sí se excede.

 

¿Qué virtudes le dan alto renombre

a un general para vencer glorioso

antes que con la espada con el nombre?

 

¿Ilustre sangre? ¿Espíritu brioso?

¿Feliz fortuna? ¿Prevención prudente?,

¿pródiga mano y celo religioso?

 

Pues si tantas virtudes igualmente

caben en un sujeto, en un sujeto

tantos lauros cabrán precisamente.

 

Perdonalde, señor, hoy a mi afecto

la ociosidad de ver que a cargo toma

haceros ejemplar deste concepto.

 

Si ilustre sangre ¿qué cerviz no doma

lo Enríquez en los Reyes de Castilla

lo Colona en los Césares de Roma?

 

Si ánimo invicto, ¿qué poder no humilla

ardimiento que en todas ocasiones

desenvaina el primero la cuchilla?

 

Si prudente gobierno, ¿qué blasones

no adquiere desvelada una cordura

que obra tantos aciertos como acciones?

 

Si fortuna feliz, ¿qué más segura

que aquella que a pesar trae de los hados

obediente a su arbitrio la ventura?

 

Si generosidad, ¿qué más probados

argumentos que ver entre despojos

vos volvéis pobre y ricos los soldados?

 

Y si celo católico, ¿qué enojos

no os cuesta algún insulto, desatando

iras el pecho y lágrimas los ojos?

 

¡Oh! enmudezca la envidia, confesando

silogismos que ya negar no puede

porque está la verdad argumentando,

 

y pues la misma envidia los concede,

vivid, venced, triunfad, sin que ninguna

acción al tiempo contra vos le quede.

 

Y si por dicha se volviere de una,

que es decir que en el mar no habéis tenido,

Señor, de vuestra parte a la fortuna,

 

estad de la respuesta prevenido,

y no la general de que el acaso

siempre avisa después de acontecido.

 

Particular razón en este caso

hay, sin aquella de que no amancilla

al valor la violencia del fracaso.

 

Y es que siendo desde una hasta otra orilla

vos general del mar, por la gloriosa

dignidad de Almirante de Castilla,

 

celoso el mar de ver vanagloriosa

con ejércitos vuestros a la tierra

amotinó su saña procelosa.

 

Y desatando cuanta furia encierra

ningún socorro que os llegase quiso

por medio suyo para hacer la guerra.

 

Venganza sin cordura y sin aviso,

pues hizo más osado el vencimiento

cuanto el número hizo más remiso.

 

No advirtió que sobraba vuestro aliento

aun para conseguir mayores glorias

a despecho de mar, de fuego y viento.

 

Ni es la primera vez que las historias

acordarán que en el cantabrio suelo

deben a vuestra casa sus victorias.

 

Esa plaza, esa misma al desconsuelo

rendida de otra gálica violencia,

empresa fue de vuestro invicto abuelo.

 

Su libertad os viene por herencia,

y hoy con mayor ventaja, cuanto ha sido

la mejor redención la providencia.

 

Más tiene que estimar el socorrido

antes de verse padecer el daño

que no después del daño padecido.

 

Luego claro probó este desengaño

que os debe más a vos, hoy defendida

la plaza, antes de riesgo tan extraño,

 

que al que después la vio restituida.

pues la habéis socorrido vos sitiada

si vuestro abuelo la cobró perdida.

 

Tanta victoria pues, tan señalada

facción, tan grande hazaña, tan altiva

empresa, gloria al fin tan celebrada,

 

siempre inmortal a par del tiempo viva.

Con voz la fama de metal la cante

y con letras de oro el sol la escriba.

 

Siendo para que dure más constante

un bronce repetido cada acento,

cada lámina un libro de diamante,

 

que yo, muda la voz, torpe el aliento,

ya reconozco, gran Señor, que en suma

ha menester tan generoso intento,

mejor voz, mejor plectro y mejor pluma.

 

Penitencia de san Ignacio

Romance

Con el cabello erizado,

pálido el color del rostro,

bañado en un sudor frío,

vueltos al cielo los ojos,

más muerto que vivo, haciendo

de gemidos y sollozos

los suspiros una esfera,

las lágrimas dos arroyos,

a Ignacio su mismo cuerpo,

helado, sangriento y roto,

desta manera le dice

con voz baja y pecho ronco:

-No te espantes si te trato,

como ajeno de ti propio,

que es bien que como otro hable,

pues ya contigo soy otro,

no es mucho ignore quién eres,

si el mismo que soy ignoro;

que tal tu rigor me ha puesto,

que aún a mi no me conozco.

Siete días ha que muero,

pues vivo sin saber cómo,

y a mi torpe natural

forzosas leyes le rompo.

Negando lo que te pido,

siete días ha que sólo

agua de lágrimas bebo

y pan de dolores como.

Duros abrojos tres veces

castigan mis perezosos

miembros: tan estéril tierra

¿qué ha de tener sino abrojos?

Gastadas tengo las piedras

donde las rodillas pongo,

y porque cabales vivan

cubro de sangre los hoyos.

Vivo cadáver me dejas,

y en tu espíritu dichoso

vas a gozar dulces gustos,

a gustar süaves gozos.

Todo en amor te transformas,

porque vivas en Dios todo,

con una gloria amorosa,

y con un amor glorioso.

Al alma sólo regalas:

quejas justamente formo,

pues a tus gustos mis penas

son manjar dulce y sabroso.

Dueño soy de los sentidos:

¿qué importa si no los gozo?

Pues sin alma ¿qué me sirven

boca, manos, oídos ni ojos?

Yo sus contentos no gusto,

yo sus gustos no los toco,

sus regalos no los veo,

sus dulzuras no las oigo.

Mira no se ofenda Dios,

que cargues sobre mis hombros

murallas de penitencia,

siendo el cimiento tan poco.

Una llama soy que vivo

obediente a un fácil soplo,

humilde barro, y al fin

fuego y humo, tierra y polvo.

 

Por la primera vez hoy es tu día…

Por la primera vez hoy es tu día…

¡Ven a mi corazón, prenda adorada…

orgullo de la esposa más amada,

vida de mis entrañas, hija mía!

 

¿Qué te dirá de un padre la ufanía?

¿Qué te dirá tu madre embelesada,

sino verter del alma enajenada

lágrimas de cariño y de alegría?

 

Delicia de los dos…, ¡bendita seas!

¡Bendita seas, avecilla pura,

que alegras con tu canto nuestro nido!

 

Y allá en los años en que no nos veas,

¡Dios te dé tanto bien, tanta ventura,

como tú con nacer nos has traído!

 

Promesa de una santa

Estoy, Señor, de mí tan desprendida,

y de toda afición tan apartada,

que, por el don que os intereso, nada

sacrificar pudiera agradecida.

 

Voto os hiciera de dejar la vida,

si ya no fuese vuestra, y tan cuitada,

que, al perderla, creyérame premiada

con no vivir y verme a Vos unida.

 

Mas, pues no hay meritorio sacrificio

en quien vive sin dichas, yo os ofrezco,

si volvéis la salud al moribundo,

 

ceñirme la existencia cual cilicio,

codiciar una vida que aborrezco,

¡abrazarme a la cruz de aqueste mundo!

 

¿Qué género de ardor es el que llego?…

¿Qué género de ardor es el que llego

hoy a sentir, que más parece encanto,

pues luciendo tampoco abrasa tanto

y abrasando tan mudo, arde tan ciego?

 

¿Qué género de llanto es sin sosiego

éste, que a tanto incendio no da espanto,

pues al fuego apagar no puede el llanto,

ni al llanto puede consumir el fuego?

 

Donde materia no hay, no se da llama.

Mas ¡ay! que sin materia en el abismo

una y otra aprensión es quien la inflama.

 

Luego cierto será este silogismo:

si fuego de aprensión tiene quien ama,

amor y infierno todo es uno mismo.

 

¿Quién en la humana suerte habrá tenido?…

¿Quién en la humana suerte habrá tenido

juntos tantos afectos desiguales?

Males, ¿pues no bastó haber sido males,

sino males opuestos haber sido?

 

Al cielo vida por saber le pido

de un trino Dios misterios celestiales;

muerte le pido por mirarme, en tales

penas, de una beldad favorecido.

 

Pues, ¿cómo vida y muerte mi desvelo

es posible que al cielo aun tiempo pida,

si es pedir juntos pérdida y consuelo?

 

Mas acierto a pedirle: no me impida

vida o muerte, supuesto que es el cielo

árbitro de la muerte y de la vida.

 

¿Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida?…

¿Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida

al parecer, al parecer postrada,

no estás sino en los cielos ensalzada,

no estás sino en la tierra preferida?

 

Pero, ¿qué mucho, si del Sol vestida,

qué mucho, si de estrellas coronada,

vienes de tantas luces ilustrada,

vienes de tantos rayos guarnecida?

 

Cielo y tierra parece que, a primores,

se compitieron con igual desvelo,

mezcladas sus estrellas y sus flores;

 

para que en Ti tuviesen cielo y tierra,

con no sé qué lejanos resplandores

de flor del Sol plantada en el Carmelo.

 

Resucita san Francisco veinticinco muertos

Quintillas

Tirana la idolatría

a su imperio mal regido,

ignorante presidía

en cuyo engaño el olvido

muertas las almas tenía.

 

Y entre ciegos pensamientos

de adoraciones inciertas,

los cuerpos como violentos,

trayendo las almas muertas,

eran vivos monumentos.

 

Nuevo sol resplandeciente

en oriente amaneció

a su sueño dignamente;

que como a dar luz salió

empezó por el oriente.

 

Y como del cielo dueño

vertiese rayos de fe,

en tan luminoso empeño

forzoso a las almas fue

despertar de largo sueño.

 

Mucha fue la luz que dio;

mas de la muerte jüez,

mayor gloria mereció

con alma que ya una vez

helado el cuerpo dejó.

 

Más luz le debe advertir

quien llega a considerar

que puede, a tanto dormir,

el que duerme despertar

y no el que muere vivir.

 

Allí la piedra se ve

que guía con pasos ciertos;

pero aquí obrando la fe,

para veinticinco muertos

trompeta del cielo fue.

 

Suena, y a su voz rendida

la muerte su imperio siente

y vuelve el alma ofendida:

¿quién vio a la muerte obediente?

¿quién vio a la muerte dar vida?

 

¡Oh piadoso error del suelo!

¡Oh no merecida palma!

Que es más con piadoso celo

quitarle a la muerte un alma

que darle tantas al cielo.

 

Vencedor divino y fuerte,

¿quién habrá que no se asombre

si vuestras glorias advierte,

pues a Dios, en cuanto hombre,

se pudo atrever la muerte

 

y en desafío los dos

victorioso habéis salido?

¿Quién podrá atreverse a vos,

pues os habéis atrevido

a la que se atreve a Dios?

 

¿Quién podrá miraros, quién

aunque al sol sus rayos pida,

si dais para eterno bien,

no sólo a las almas vida

pero a los cuerpos también?

 

Romance amoroso a una dama

¿No me conocéis, serranos?

Yo soy el pastor de Filis,

cera a su pecho de acero,

esclavo a sus ojos libres.

Huésped en vuestras riberas,

oponer de amor me visteis

a las armas vencedoras

resistencias invencibles.

Mas ¡ay! yo muerto, serranos;

¡ay, amor, ya me venciste!;

los incendios de mis hielos

tus poderes acrediten.

Para matarme tus ojos,

Filis, el amor elige;

que a mayores vencimientos

bastan los rayos que viste.

A cuyo imperio süave,

a cuya fuerza apacible

no hay libertad que se exente,

no hay exención que se libre.

A tu beldad las beldades

desconocidas se rinden,

desde las que el Tetis beben,

hasta las que el Ganges viven.

Cuyo nombre el Gata ufano

gloria le da más felice

que sus arenas al Tajo,

que sus imperios al Tíber.

En tu alabanza mi efecto,

entre efectos imposibles

epiciclos fatigara;

mas temo que espumas pise.

Retírase, pues, cobarde,

y tanta empresa remite,

o de un águila a los vuelos

o a los acentos de un cisne;

que una voz ronca no puede

ni puede una pluma humilde

ultrajarte; que te ignora

quien se atreve a describrirte.

Mis deseos igualmente

que por divina te admiten,

como a deidad te veneran

y como a deidad te piden,

así, pues, el tiempo nunca

en ti con mudanza triste

las rosas aje del rostro

ni del cuello los jazmines;

a la primavera hermosa

que en tus mejillas asiste,

en siempre floridos mayos

goce perpetuos abriles;

que admitas unos deseos,

que una voluntad estimes,

como atrevida en quererte,

acordada en elegirte.

Si tienes dueño, a tu dueño

te hurta: mi mal te obligue,

para que mi ardor aplaques,

nieve a que a mi cuello apliques.

Yo vi que hurtados a un muro

a que pudieran asirse,

le repartieron abrazos

a un árbol unos jazmines.

Tú verás que a mis deseos

solicitan persuadirte

yedra que dos olmos trepa,

vid que dos álamos ciñe.

Prisiones rompe el capullo

avaramente sutiles

el clavel, y fuera dellas

con púrpura el aire tiñe

pues te incitan sus ejemplos,

Filis, sus ejemplos sigue;

que si tú mi amor retornas,

cierto estoy que Amor me envidie.

 

Ruiseñor que volando vas…

Ruiseñor que volando vas,

cantando finezas, cantando favores,

¡oh, cuánta pena y envidia me das!

Pero no, que si hoy cantas amores,

tú tendrás celos y tú llorarás.

¡Qué alegre y desvanecido

cantas, dulce ruiseñor,

las aventuras de tu amor

olvidado de tu olvido!

En ti, de ti entretenido

al ver cuán ufano estás,

¡oh, cuánta envidia me das

publicando tus favores!

Pero no, que si hoy cantas amores,

tú tendrás celos y tú lloraras.

 

Sale el sol, y no te veo…

El día que tú te cases,

y no te cases conmigo,

¡que lástima le tendrá

el Amor a tu marido!

 

Sale el sol, y no te veo…

Ocúltase, y no te he visto…

-Si a esto remedio le llamas,

yo prefiero el daño mismo.

 

Me dices que no te vea,

para que olvide tu amor…

¡Ay! Los que pierden la vista,

solo piensan en el sol.

 

Sirviérame de consuelo

saber, cuando estoy ausente,

que el no verme te dolía

tanto como a mí no verte.

 

Antes que me lo dijeras,

conocí que me querías;

y siempre que te dejaba,

«Me quiere!,» diciendo iba.

 

Nunca olvidaré el instante

en que con los labios secos,

pálida como una muerta,

me dijiste: -«Sí: te quiero.»

 

No me engañaste al decirme

que a mi amor correspondías.

¡Nadie miente por llevar

una corona de espinas!

 

¡Ojalá no me quisieras!…

que lo peor del infierno

no es abrasarse en sus llamas,

sino saber que hay un cielo.

 

De tanto fiero tormento,

el que no puedo sufrir

es saber que por las noches

llorarás pensando en mí.

 

¡Ojalá hubiera ignorado

que es mío tu corazón!

¡Los ciegos de nacimiento

no echan de menos el sol!

 

Dime: ¿qué piensas hacer

de la vida que nos resta?

¿Hemos de estar siempre así?

No me lo digas: no mientas.

 

Si imaginas olvidarme,

no lo pienses, que te engañas.

¡Se olvida lo que sé tuyo;

pero nunca una esperanza!

 

Para no amarnos es tarde:

para olvidarnos, temprano.

¡Tuyo seré y serás mía!…

Yo no sé cómo ni cuándo.

 

Salid, ¡oh Clori divina!…

Salid, ¡oh Clori divina!

al Tormes, que ofrece hoy

fija puente a vuestra planta

su inquieto cristal veloz.

Esta vez pudo el diciembre

lo que mil pudisteis vos,

que tienen fuerza de escarcha

poderes de admiración.

No su nieve a vuestra vista

quieto el cristal se paró,

que si aquí suspende el hielo,

hiela aquí la suspensión.

Salid, que el río os espera,

que juzga discreto hoy

la suela del chapín vuestro

corona ya de favor.

Y pues su honor os aclama,

restituireisle su honor,

si cuando le huellan tantos

vos corona suya sois.

Sobre la cama de campo

solícito el aquilón

tiende sábanas de nieve,

do se acuesta enfermo el sol.

Desmayos pues de sus luces

mejóranse en vuestras dos,

que mayores rayos visten

en eclíptica menor.

Bien que en tantos cielos puestos

como deidad superior,

los que son rayos de luz,

de fuego fulmináis vos.

Si el mundo ardiendo callara,

diré, pues ardiendo estoy,

que son incendios sus luces

y que es fuego su esplendor.

Que le holléis el campo aguarda,

porque vuestras huellas son

las que previenen abriles,

las que producen verdor.

Y en Pascua de Nacimiento,

cuando en la muerte se vio,

tendrá en vuestro pie florido

Pascuas de Resurrección.

Yo mis glorias solicito,

pues a quien ha dado soy

a vos vista las libranzas

de sus glorias el amor.

Salid, pues, ¡oh Clori bella!

no os neguéis, ingrata, no

a las voces de los ojos,

al llanto del corazón.

Y tendremos esta vez,

si lo merece esta voz,

honor Tormes, luz el día,

vida el campo, gloria yo.

 

Salve manjar del cielo

Salve manjar del Cielo,

salve Pan de la Gracia,

salve Vida del Cuerpo,

salve Candor del Alma,

salve, salve mil veces,

pues tú me salvas.

 

Seguidilla manchega para guitarra

Ayer te he visto en cuerpo:

¡qué cuerpo tienes!

Ayer te vi en el baile…

¡cómo te mueves!

¡Es una burla

que haya en cuerpo tan pícaro

alma tan pura!

 

Si el instrumento de mis labios templo

Si el instrumento de mis labios templo

para cantaros, Virgen especiosa,

obra de Dios tan única y dichosa,

que sola Vos de Vos sois vivo ejemplo,

 

enmudece la voz por que os contemplo

la Madre de Dios Hijo, la Hija hermosa

del Padre, del Espíritu la Esposa,

y de los tres Sagrario, Claustro y Templo,

 

toda la trinidad os perfecciona,

tanto que si en los tres caber pudiera

persona cuarta, universal persona,

 

vuestra deidad cuarta persona fuera;

mas si no os pudo hacer cuarta persona,

después de Dios os hizo la primera.

 

Si esta sangre, por Dios, hacer pudiera…

Si esta sangre, por Dios, hacer pudiera

que la herida a los ojos la pasara,

antes que la vertiera la llorara,

fuera elección y no violencia fuera.

 

Ni el interés del Cielo me moviera,

ni del Infierno el daño me obligara;

sólo por ser quien es la derramara

cuando ni premio ni castigo hubiera.

 

Y si aquí Infierno y Cielo mi agonía

abiertos viera, cuya pena o cuya

gloria estuviera en mí, si prevenía

 

ser voluntad de Dios que me destruya,

el infierno me fuera por la mía

y no entrara en el Cielo sin la suya.

 

Sola esta vez quisiera…

Sola esta vez quisiera,

bellísima Amarili, me escucharas,

no por ser la postrera

que he de cantar afectos suspendidos,

sino porque mi voz de ti confía

que esta vez se merezca a tus oídos

por lastimosa, ya que no por mía.

 

No tanto liras hoy, endechas canto;

no celebro hermosuras,

porque hermosuras lloro;

quien tanto siente que se atreva a tanto,

si hay alas mal seguras

que deban a su vuelo esferas de oro

sin pagar a su vuelo ondas de llanto.

 

¡Ay, Amarili!, a cuánto

se dispuso el afecto enternecido,

mas si el afecto ha sido

dueño de tanto efecto,

enmudezca el dolor, hable el afecto;

si pudo enmudecer o si hablar pudo

retórico dolor y afecto mudo.

 

¿Diré que el cierzo airado,

verde ladrón del prado,

robó el clavel y mal logró la rosa?

Mas no, porque era Nise más hermosa.

¿Diré que obscura nube,

nocturna garza que a los cielos sube,

borró el lucero, deslució la estrella?

No, porque era más bella.

 

¿Diré que niebla parda

la vanidad del sol tanto acobarda

que muere al primer paso

y el oriente tropieza en el ocaso

mintiéndonos el día?

No, porque Nise más que sol ardía.

 

¿Diré que el mar violento

hidrópico bebió, bebió sediento,

la fuentecilla fría

que en su orilla nacía,

siendo cuna y sepulcro, vida y muerte?

Mas no, que en Nise más beldad se advierte.

 

¿Diré que rayo libre,

ya fleche sierpes, ya culebras vibre,

en cenizas desate el edificio

que en los brazos del viento nos da indicio

de que en sus hombros el zafir estriba?

Mas no, que aún era Nise más altiva.

 

¿Pues qué diré que mi dolor avise?

Diré que murió Nise.

Sí, pues murió con ella

deshecha flor, desvanecida estrella,

día abortado, mal lograda fuente,

y torre antes caduca que eminente,

fingiéndose la muerte en un desmayo

el cierzo, niebla, nube, mar y rayo.

 

Nise murió. Dura pensión del hado

que no tenga en el mundo la belleza,

por belleza siquiera, algún sagrado.

Nise murió. ¡Qué asombro! ¡Qué tristeza!

¡Oh ley del hado dura,

decretado rigor, fatal violencia,

que no tenga en el mundo la hermosura,

por hermosura, alguna preeminencia!

 

Nise murió. ¡Qué extraña desventura

que no goce el ingenio por divino

privilegio en las cortes del destino!

Todos a su despecho,

a mayor majestad rindan el pecho;

el pecho, en esta ley determinado,

tercera vez dura pensión del hado.

 

A tres Gracias tres Parcas combatieron,

y las Gracias vencieron,

que su rigor a profanar no atreve

tanta luz, tanta rosa, tanta nieve.

 

Y aunque Nise quedó muerta y rendida,

dejó despierta en su beldad la vida;

y así las Parcas lágrimas lloraron,

las Parcas su sepulcro acompañaron,

esfera breve donde

la luz se eclipsa, el esplendor se esconde.

 

A cuya sepultura

un mármol consagraron que dijera:

«Aquí debajo de esta losa dura

la hermosura naciera,

si naciera sembrada la hermosura».

 

Pero siga el consuelo

al llanto, a la tristeza, a la alegría;

corra la niebla el velo

y a la noche suceda alegre el día.

 

La noche muestre ya la estrella hermosa,

llama el Aura el clavel, bebe la rosa,

pues Nise coronada

de nueva luz, la Nise laureada,

la adama el sol, y en trono de diamante

está pisando estrellas,

imagen ya de aquellas luces bellas,

carácter ya de aquellos otros puros

que bordan paralelos y coluros.

 

Y tú, hermosa Amarili, el sentimiento

trueca en gusto, en invidia el escarmiento,

pues la tierra sabiendo que tenía

dos soles, y uno apenas merecía,

liberal con el cielo

quiso partir y te dejó en el suelo

a ti, porque más bella

fénix ya del amor, venzas aquella

competencia dichosa,

pues ya sola en el mundo eres hermosa.

 

Solo, negado, escarnecido, muerto…

Solo, negado, escarnecido, muerto,

enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!,

la frente inclinas sobre el mundo impío,

en la cumbre de Gólgota desierto.

 

Ebrio, entretanto, y de baldón cubierto,

el mortal, en su infame desvarío,

adora una beldad de aliento frío,

pálida y mustia cual cadáver yerto.

 

¡Perdónalo, Señor! Que si en tal hora

la majestad de tu dolor ultraja

e ingrato y loco tu Pasión olvida,

 

su espíritu inmortal se agita y llora

por sacudir del cuerpo la mortaja…

y vive en él como enterrado en vida!

 

Soneto a un altar de santa Teresa

La que ves en piedad, en llama, en vuelo,

ara al suelo, al sol pira, al viento ave,

Argos de estrellas, imitada nave,

nubes vence, aire rompe y toca el cielo.

 

Esta, pues, que la cumbre del Carmelo

mira fiel, mansa ocupa, y surca grave,

con muda admiración muestra suave,

casto amor, justa fe, piadoso cielo.

 

¡Oh militante Iglesia, más segura

pisa tierra, aire enciende, mar navega,

y a más pilotos tu gobierno fía!

 

Triunfa eterna, está firme, vive pura;

que ya en el golfo que te ves, se anega

culpa infiel, torpe error, ciega herejía.

 

Soneto del pecador herido

Si esta sangre, por Dios, hacer pudiera

que la herida a los ojos la pasara,

antes que la vertiera la llorara,

fuera elección y no violencia fuera.

 

Ni el interés del Cielo me moviera,

ni del Infierno el daño me obligara;

sólo por ser quien es la derramara

cuando ni premio ni castigo hubiera.

 

Y si aquí Infierno y Cielo mi agonía

abiertos viera, cuya pena o cuya

gloria estuviera en mí, si prevenía

 

ser voluntad de Dios que me destruya,

el infierno me fuera por la mía

y no entrara en el Cielo sin la suya.

 

Sueña el rey que es rey

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¿Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

 

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida?  Un frenesí.

¿Qué es la vida?  Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

 

Tirana la idolatría…

Quintillas

Tirana la idolatría

a su imperio mal regido,

ignorante presidía

en cuyo engaño el olvido

muertas las almas tenía.

 

Y entre ciegos pensamientos

de adoraciones inciertas,

los cuerpos como violentos,

trayendo las almas muertas,

eran vivos monumentos.

 

Nuevo sol resplandeciente

en oriente amaneció

a su sueño dignamente;

que como a dar luz salió

empezó por el oriente.

 

Y como del cielo dueño

vertiese rayos de fe,

en tan luminoso empeño

forzoso a las almas fue

despertar de largo sueño.

 

Mucha fue la luz que dio;

mas de la muerte jüez,

mayor gloria mereció

con alma que ya una vez

helado el cuerpo dejó.

 

Más luz le debe advertir

quien llega a considerar

que puede, a tanto dormir,

el que duerme despertar

y no el que muere vivir.

 

Allí la piedra se ve

que guía con pasos ciertos;

pero aquí obrando la fe,

para veinticinco muertos

trompeta del cielo fue.

 

Suena, y a su voz rendida

la muerte su imperio siente

y vuelve el alma ofendida:

¿quién vio a la muerte obediente?

¿quién vio a la muerte dar vida?

 

¡Oh piadoso error del suelo!

¡Oh no merecida palma!

Que es más con piadoso celo

quitarle a la muerte un alma

que darle tantas al cielo.

 

Vencedor divino y fuerte,

¿quién habrá que no se asombre

si vuestras glorias advierte,

pues a Dios, en cuanto hombre,

se pudo atrever la muerte

 

y en desafío los dos

victorioso habéis salido?

¿Quién podrá atreverse a vos,

pues os habéis atrevido

a la que se atreve a Dios?

 

¿Quién podrá miraros, quién

aunque al sol sus rayos pida,

si dais para eterno bien,

no sólo a las almas vida

pero a los cuerpos también?

 

Túrbase el sol, su luz se eclipsa cuanta…

Túrbase el sol, su luz se eclipsa cuanta

medroso esparce hasta el segundo oriente.

El viento con suspiros se levanta;

présaga España su desdicha siente:

y en tanta confusión, en pena tanta

Filipo al fatal golpe está obediente:

¡Oh justo llanto, oh justo sentimiento!

Tema España, el sol llore, gima el viento.

 

Mas cese el sentimiento, cese el llanto,

y en vez, España, de funesto luto,

fiestas publica, que te ensalce cuanto

te oprimió de los ojos el tributo;

pues ya Madrid piadosa a Isidro santo

vuelve a sus campos a coger el fruto

que sembró de piedad y desengaños

al fin dichoso de quinientos años.

 

Ya más gloriosa con humilde celo

vuelve, piadosa al Labrador divino,

a ver el prado, el río, fuente y suelo,

donde a la tierra y cielo abrió camino,

porque de nuevo en ella olbligue al cielo,

en tanto que su Rey sujeto es dino

a su piedad, volviendo a su porfía

Sol a España, al sol luz, a la luz día.

 

Dichosa, insigne villa, y más dichosa

cuanto por más piadosa te señalas,

vuele tu fama al viento licenciosa;

sirviendo a tu piedad de amor las alas,

vive, ¡oh! más que la muerte poderosa,

pues no sólo el arado al cetro igualas,

pero aun exceden por divinas leyes

tus pobres labradores a tus reyes.

 

Un morisco de ahora

Insomne y soñoliento; con bufanda

(recuerdo del turbante) en el estío;

ajeno su magnánimo desvío

del siglo a la ruidosa propaganda;

 

adversario pasivo del que manda,

y absoluto señor de su albedrío;

Sultán, en fin, sin éxtasis ni hastío,

de las mozuelas con que a vueltas anda…

 

Tal, en Madrid, el último almohade

pasa por el rosario de la vida

horas indiferentes grano a grano…

 

¿Qué quiere? -Nada quiere. Solo añade

tinieblas a una crónica perdida,

oculto bajo un nombre castellano.

 

¿Ves esa rosa que tan bella y pura?

¿Ves esa rosa que tan bella y pura

amaneció a ser reina de las flores?

Pues aunque armó de espinas sus colores,

defendida vivió, mas no segura.

 

A tu deidad enigma sea no oscura,

dejándose vencer, porque no ignores

que aunque armes tu hermosura de rigores,

no armarás de imposibles tu hermosura.

 

Si esa rosa gozarse no dejara,

en el botón donde nació muriera

y en él pompa y fragancia malograra.

 

rinde, pues, tu hermosura, y considera

cuánto fuera rigor que se ignorara

la edad de tu florida primavera.

 

Viendo el cabello, a quien la noche puso

Viendo el cabello, a quien la noche puso

en libertad, cuán suelto discurría,

con las nuevas pragmáticas del día

a reducirle Cintia se dispuso.

 

Poco debió al cuidado, poco al uso,

del vulgo tal la hermosa monarquía;

pues no le dio más lustre que tenía,

después lo dócil, que antes lo confuso.

 

La blanca tez a quien la nieve pura

ya matizó de nácar a la aurora,

de ningún artificio se asegura.

 

Y pues nada el aliño la mejora,

aquella solamente es hermosura

que amanece hermosura a cualquier hora.

 

Viendo estoy mi beldad hermosa y pura…

Viendo estoy mi beldad hermosa y pura;

ni al rey envidio, ni sus triunfos quiero,

pues más imperio ilustre considero

que es el que mi belleza me asegura.

 

Porque si el rey avasallar procura

las vidas, yo, las almas, luego infiero

con causa que mi imperio es el primero,

pues que reina en las almas la hermosura.

 

Pequeño mundo la filosofía

llamó la hombre; sin en él mi imperio fundo,

como el cielo lo tiene, como el suelo,

 

bien puede presumir la deidad mía

que al que al hombre llamó pequeño mundo,

llamará a la mujer pequeño cielo.

 

Viendo estoy mis imperios dilatados…

Viendo estoy mis imperios dilatados,

mi majestad mi gloria, mi grandeza,

en cuya variedad naturaleza

perfeccionó de espacios sus cuidados.

 

Alcázares poseo levantados,

mi vasalla ha nacido la belleza.

La humildad de unos, de otros la riqueza,

triunfo son al arbitrio de los hados.

 

Para regir tan desigual, tan fuerte

monstruo de muchos cuellos, me concedan

los cielos atenciones más felices.

 

Ciencia me den con que a regir acierte,

que es imposible que domarse puedan

con un yugo no más tantas cervices.

 

Ya el trono de luz regía…

Ya el trono de luz regía

el luminoso farol,

el fénix del cielo, el sol,

cuya edad es sólo un día.

Ya desde la tumba fría

en su fuego vuelve a ser

hoy lo mismo que era ayer;

que, si en todo es de sentir

que nace para morir,

él muere para nacer.

 

Veloz la vida se quita,

con que más gloria se adquiere,

pues cuando en el agua muere,

en el fuego resucita.

Las aves, a quien incita

la luz de sus resplandores,

cantando dulces amores,

eran, con belleza suma,

al campo flores de pluma

cuando al viento aves de flores.

 

Entre las rosas cantaban

y el aura que las movía

solamente conocía

por aves las que las volaban.

Todas a Isidro esperaban,

cuando el labrador dichoso

se quedaba perezoso

de su trabajo olvidado:

¿quién vio vicioso al cuidado

y al descuido virtuoso?

 

Antes de labrar el suelo

(¡oh tardanza de amor llena!)

en la Virgen de Almudena

labraba piadoso el cielo;

y como su santo celo

en el sol le suspendía

de la celestial María,

divertido, no pensaba;

como siempre, al sol miraba,

que pudo pasarse el día.

 

¡Yo no quiero morirme!…

«¡Yo no quiero morirme!»

-dice la niña,

tendiendo hacia su madre

dos manecitas

calenturientas,

cual dos blancos jazmines

que el viento seca…

 

Un silencio de muerte

la madre guarda…

¡Ay, si hablara, vertiera

mares de lágrimas!

Besa a la niña,

¡y aun le fingen sus labios

una sonrisa!

 

Del cuello de la madre

la hija se cuelga,

y, pegada a su oído,

pálida y trémula,

con sordo acento,

dícele horrorizada:

-«Oye un secreto:

 

¿Sabes por qué a morirme

le temo tanto?

Porque luego me llevan,

toda de blanco,

al cementerio…

¡y de verme allí sola

va a darme miedo!»

 

-«¡Hija de mis entrañas!

(grita la madre),

Dios querrá que me vivas…;

y, aunque te mate,

descuida, hermosa,

que tú en el cementerio

no estarás sola.»

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