Poemas de Tirso de Molina
Poemas de Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez, 1579-1648), uno de los pilares del Siglo de Oro español y el discípulo más brillante de Lope de Vega. Su obra destaca por una profundidad psicológica inusual para la época, especialmente en la creación de personajes femeninos decididos y complejos.
Aunque destacó en la comedia de enredo con obras como Don Gil de las calzas verdes, su mayor legado es la sistematización del mito de la amoralidad en El burlador de Sevilla, donde nace la figura de Don Juan.
Asimismo, exploró dilemas teológicos sobre la salvación y el libre albedrío en El condenado por desconfiado. Su estilo combina la agudeza conceptual con un manejo magistral del lenguaje popular, consolidándolo como el dramaturgo que dotó de densidad intelectual a la estructura de la Comedia Nueva.
Poemas
Amor, hoy como astuto me aconsejas
Amor, hoy como astuto me aconsejas
que a pesar de tus celos y favores,
cogiendo de tus gustos verdes flores,
labre la miel que en mi esperanza dejas.
Yo sé que los amantes son abejas,
que en el jardín que aumentan sus amores
labran panales dulces, sin temores
no mezclan el acíbar de sus quejas.
Abeja, soy, amor; dame palabra
de darme miel sabrosa de consuelos,
que la esperanza entre sus flores labra.
No sequen mi ventura tus desvelos;
que si es abeja amor, y el panal labra,
los zánganos la comen, que son celos.
Coplas
De no hallar en mis amores
el número de mi mesa
sabe Dios cuánto me pesa.
Cuéstame hartos desvelos
celos bastardos, mal nacidos celos.
No soy carne ni pescado,
y aunque mi sazón es corta
sé muy bien lo que me importa.
Mi gusto aprendió en Toscana,
pues hallo el arte de amar
en el tropo variar.
Peor que el diablo soy si me resuelvo,
pues a puerta cerrada aún no me vuelvo.
Cúpome el número sexto,
mas yo he sido tan fiel
que jamás me acusé de él.
Puesto que no hay más que ver
en lo que llego a mirar,
aún hay más que desear.
Para la flecha de amor,
aunque aguda y penetrante,
tengo el pecho de diamante.
Aunque en orden a limpieza
todos dirán en mi abono
mejor cuelo que jabono.
No lloréis, ojos hermosos,
no lloréis.
Podrá ser que os engañéis.
Sin pundonor, sin melindres,
sin desdenes, vengo a ser
don calla a más no poder.
Del castizo caballo descuidado
Del castizo caballo descuidado
el hambre y apetito satisface
la verde hierba que en el campo nace,
el freno duro del arzón colgado;
mas luego que el jaez de oro esmaltado
le pone el dueño, cuando fiestas hace,
argenta espuma, céspedes deshace,
con el pretal sonoro alborozado.
Del mismo modo entre la encina y roble,
criado con el rústico lenguaje,
y vistiendo sayal tosco he vivido;
mas despertó mi pensamiento noble,
como al caballo, el cortesano traje:
que aumenta la soberbia el buen vestido.
El tardo buey atado a la coyunda
El tardo buey atado a la coyunda
la noche espera y la cerviz levanta,
y el que tiene el cuchillo a la garganta
en alguna esperanza el vivir funda.
Espera la bonanza, aunque se hunda,
la nave a quien el mar bate y quebranta.
Sólo el infierno causa pena tanta
porque de él la esperanza no redunda.
Es común este bien a los mortales,
pues quien más ha alcanzado, más espera,
y a veces el que espera, el fin alcanza.
Mas a mí la esperanza de mis males
de tal modo me aflige y desespera,
que no puedo esperar ni aun esperanza.
Falsa amistad, ladrón disimulado
Falsa amistad, ladrón disimulado,
que lisonjea al que robar procura;
perro que halaga lo que el manjar dura,
para morder después que está acabado.
¿Cómo es posible que hayas derribado
con el vano interés de una hermosura
la más firme amistad y más segura
que Francia vio jamás y España ha dado?
Labra en palacio en el verano el nido
la golondrina, que parece eterno,
mas huye en el invierno y busca abrigo.
De la falsa amistad símbolo ha sido.
Labró el verano, pero huyó el invierno
de mis trabajos el mayor amigo.
Mariscal, si sois cuerdo en esta empresa
Mariscal, si sois cuerdo en esta empresa,
amando, mucho vuestra dicha gana.
Estimad los favores de mi hermana,
pues que no dan disgusto a la duquesa.
Proseguid, pues veis lo que interesa
con ella vuestro amor, la pena vana
que tenéis, olvidad de la tirana
voluntad que vuestra alma tiene presa.
Mirad que, si os preciáis de agradecido,
eterna fama y triunfo de esta gloria
gozoso ganaréis contra el olvido.
Acordaos, y a vuestra alma haced memoria,
que siempre, de que sois de mí querido
me acuerdo, mucho más que de Victoria.
Movido de mis ruegos, Febo el paso
Movido de mis ruegos, Febo el paso
alargó de su carro rubicundo.
Espantado de velle todo el mundo
tan presto madrugando de su ocaso.
Vino la noche, y con el negro raso
de sus ropas, causó sueño profundo,
muerte que da a la vida ser segundo,
sino es a mí, que velo y que me abraso.
Amor me manda que velando aguarde
a quien sin haber visto, me enamora.
¡Extraña fuerza! ¡Grave desatino!
Temor me hiela porque me acobarde;
mas llega tarde ya, que en mi alma mora
por quien pienso seguir este camino.
No en balde, niño amor, te pintan ciego
No en balde, niño amor, te pintan ciego.
Pues tus efectos son de ciego vano:
un guante diste a un bárbaro villano,
y a mí me dejas abrasado en fuego.
A tener ojos, conocieras luego
que soy digno de un bien tan soberano,
dejándome besar aquella mano,
que un labrador ganó, ¡costoso juego!
La falta de tu vista me lastima.
Amor, pues eres ciego, ponte antojos;
verás mi mal, mi desdichado clima.
Diérasme tú aquel guante por despojos,
que el labrador le tiene en poca estima;
guardaréle en las niñas de mis ojos.
¡Oh premio rico, que a perder provoca…
¡Oh premio rico, que a perder provoca
el seso del dichoso que te alcanza!
Pues si enloquece una desconfianza,
también el gozo vuelve un alma loca.
Ya la sentencia mi temor revoca,
pues a pesar de celos y mudanza,
Beatriz (por sustentar vos mi esperanza),
os lo habéis hoy quitado de la boca.
Haga flecha de vos el rapaz ciego;
báculo sed, en que mi dicha estribe,
vara en mis celos, id a reducillos.
Leña de amor con que atizáis mi fuego,
puntal de su edificio, que amor vive
(como es rapaz) en casas de palillos.
Pastorcico nuevo
Pastorcico nuevo
de color de azor,
bueno sois, vida mía,
para labrador.
Pastor de la oveja,
que buscáis perdida,
y ya reducida
viles pastos deja;
aunque vuelta abeja,
pace vuestras flores.
Si sembráis amores
y cogéis sudor;
bueno sois, vida mía,
para labrador.
¿Qué confusión, enmarañados cielos…
¿Qué confusión, enmarañados cielos,
es esta, que aborrezco y solicito?
Perilo soy, pues su tormento imito,
tejiendo celos por morir en celos.
Eslabonan cadenas mis desvelos,
siendo juez y agresor de mi delito;
tercero del marqués, con quien compito,
en mis tormentos fundo mis consuelos.
Si no ama Ludovico a mi Leonora,
publicando mi amor, mi muerte trata,
y han de matarme celos si la adora.
Todo es morir lo que el penar dilata:
déme, pues, muerte airada el Duque agora,
y no un recelo que despacio mata.
Honor si dais licencia a que fabrique
sospechas el temor que os desvanece,
a Enrique la Duquesa favorece.
¿Osaréis afirmar que quiere a Enrique?
Por ella es mayordomo; multiplique
nobles cargos en él, pues los merece;
la consulta le alcanza, bien parece
que a un sabio mis despechos comunique.
Hízole Conde; ya, sospechas, pasa
de lo justo el favor que manifiesta
quien con tanta eficacia a honrarle acude.
Yo, honor, no afirmo que por él se abrasa;
mas para deslucir su fama honesta,
basta dar ocasión a que se dude.
Quiere hacer un tapiz la industria humana
Quiere hacer un tapiz la industria humana
en donde el arte a la materia exceda,
y con su adorno componer se pueda
la pared de la cuadra más profana.
Matiza en el telar la mano ufana
y mezcla hilos con que hermoso queda;
pero entre el oro ilustre y noble seda
entreteje también la humilde lana.
Lo propio hace el amor, que mezcla y teje
con la lana la seda, aunque más valga,
igualando al villano con el noble.
Noble yerno me da, no es bien que deje,
que con mi lana y con su seda hidalga
saldrá el tapiz de amor curioso al doble.
Sale el sol por el cielo luminoso
Sale el sol por el cielo luminoso
las nubes pardas de oro perfilando,
y con su luz los montes matizando
ilustra el campo su zafir hermoso.
Veloz pasa su curso muy furioso
y cuando la quietud solicitando
halla otro mundo que voceando
al sol le pide su esplendor hermoso,
a la campaña salgo defendido
de fuertes rayos de mi estoque ardiente
a quien se rinde el bárbaro vencido.
Y cuando del descanso solamente
busco un instante, torpe mi sentido
me acomete el amor eternamente.
Todo es temor, amor, todo es recelos
Todo es temor, amor, todo es recelos,
pues ¿cómo puede ser el amor gloria,
si está siempre luchando la memoria
con tantos sobresaltos y desvelos?
Estas penas del alma son sus cielos;
estas guerras y asaltos, su victoria,
y es bien todo este mal, cuando a su historia
no encuaderna capítulo de celos.
Amor, en popa voy con mi esperanza,
haciendo espejo tus azules mares;
no trueques en tormenta la bonanza.
No se me niegue puerto en que me ampares,
que si el que el alma ha deseado alcanza,
daré perpetuo asiento a tus altares.
Un año, cielos, ha que amor me obliga
Un año, cielos, ha que amor me obliga
a la dicha mayor que darme pudo;
que, en fin, de puro dar, anda desnudo,
y por tener que dar, pide y mendiga.
A Sirena me dio, porque le siga,
en amoroso e indisoluble nudo;
mas con tal condición, que siendo mudo,
goce callando: ¡viose tal fatiga!
Callar y poseer sin competencia,
aunque el bien es mayor comunicado,
posible cosa es, pero terrible;
mas que tanto aquilaten la paciencia
que obliguen, si el honor anda acosado,
a que calle un celoso, es imposible.
Versos de novela cortesana
Niega mil veces arreo
y ninguna digas sí,
que cual tú te ves me vi
y te verás cual me veo.
Si hermosuras superiores
no sólo causan deseos,
mas en ceguedad forzosa
disculpan atrevimientos,
yo que a tanto cielo aspiro,
Señora, animoso llego.
Mas qué mucho, si la patria
es de la piedad el cielo.
Cuando amor me da sus alas
seguro al aire me entrego,
puesto que de tus castigos
me libran mis rendimientos.
Los celestiales enojos
y las venganzas se hicieron
para enfrenar arrogantes
y para domar soberbios.
Mas yo que humilde tus rayos,
sol hermoso, reverencio,
alumbraránme sus luces
perdonándome su incendio.
Yo merecí de tus ojos
no sé qué indicio ni sueño,
que el sol miró a mi esperanza
de trino en su nacimiento.
Mas, con todo, temeroso
vivo, cuando considero
que tantas dichas no están
libres de un triste suceso.
Y hasta que en lícito lazo
goce la gloria que espero,
me sobresaltan temores
y me acobardan respetos.
¡Cuándo tendrán, dueño mío,
mis esperanzas efecto,
sin que alcance la fortuna
sobre mis dichas imperio!
La mayor seguridad
no se escapa de recelo,
que como es niño Amor
tiene poco sufrimiento.
Si piadosas las estrellas
favorecen mis intentos,
y el laurel desta victoria
ceñir glorioso merezco,
sobre mi fe, a tu hermosura
levantaré firme templo
y en tus aras arderán
por víctima mis afectos.
Vive en tanto, amada mía,
vive en tanto que yo muero,
que en tus rayos, como el fénix,
espero vivir de nuevo.
Ardo amando, y ocultar
tan crecido ardor no puedo,
cuando el respecto o el miedo
no se atreven a explicar.
En este turbado mar
no acierto cuál norte siga:
por una parte me obliga
a callar el temor feo,
por otra parte el deseo
me persuade a que lo diga.
Tal vez la vista consiento
a vuestras luces, sol mío.
Tal, un suspiro os envío
entre las alas del viento.
Mas deste mudo lamento,
que del alma embajador
va a aprobar vuestro rigor,
vista y suspiro atrevido
condeno, y arrepentido
enmudece y ciega amor.
Pero ya sin esperar
remedio, y aún sin vivir
mi muerte os quiero decir,
mi amor os quiero callar.
Y no os pretendo obligar,
que quien por veros murió
en la vida que perdió
halló su felicidad.
Y ansí, Señora, piedad
os pido, que premio no.
Que la sintáis sólo quiere
mi pena para su alivio,
que un sentimiento, aunque tibio,
se le debe a quien se muere.
Mas ni estas honras espere
mi muerte, que aunque miréis
la herida, no la creeréis,
porque dudáis, ¡oh rigor!,
los efectos del amor,
como no le conocéis.
De aquel joven generoso
cantar quiere mi Talía,
de aquél a quien con más miedo
que rayos Júpiter mira.
De aquél que en Córdoba el coso
rubricó de fiera tinta,
donde sepultó los fresnos,
donde arrojó la capilla.
De aquel Pedro, heroico hijo
de Castilla, a quien estima
tanto, que en señal de amor
de su nombre se apellida.
Entró gallardo en la plaza,
robusto Adonis que libra
el aliño del afecto
y el descuido de la risa.
Después que en rompidos fresnos
cubrió la arena de astillas
y graduó de destreza
tanta suerte repetida,
como undosa línea ardiente
que airado Júpiter vibra,
para experiencias del joven,
un toro la plaza pisa.
Sino fue, por deslucirle,
de la fortuna ojeriza,
contingencias de los astros
y de los hados envidias.
Siniestro acomete el bruto,
y lo que hicieran sus iras
en un risco en el caballo
obraron ejecutivas.
Cayó, aunque herido animoso,
y adherente a su rüína,
intrépido, aunque enojado,
siguió el jinete la silla.
A la violencia del riesgo,
previniendo esta desdicha,
la tumba se estremeció
de Valladolid la rica.
Prosigue el bruto el destrozo
y atropella cuanto mira
que te afecta, que aquí el golpe
giró en los demás la vista.
Hasta que, cobrado, el joven
dio a entender que la caída
para darle nuevos bríos
fue de la tierra caricia.
Tiñe en purpúreo veneno
la ardiente espada. Y la herida
de coral inunda el coso
que, pródiga, desperdicia.
A más aplauso la fiera
cayó que la que fue grima
de Calidonia y despojo
envidioso de la ninfa.
En los riesgos la virtud
más gloriosa se examina,
que la suerte y el valor
dos cosas son muy distintas.
La destreza y el denuedo
viven donde más peligran,
que poco medran los bríos
a la sombra de la dicha.
Ansí el héroe cuantas fieras
sellan la arena atrevidas
diestro asalta, fuerte hiere,
y poderoso castiga.
Pocas, que huyendo del rayo
de su diestra vengativa,
a otros aciertos largó
su desprecio o cortesía.
Vive, pues, Garzón heroico
y a estos ensayos se sigan
victorias de mayor Marte,
que tus ardores te inspiran:
tantas que a tu mano deba
España nuevas provincias
que a la más hermosa planta
que huella la tierra rindas.
De tus mudanzas aprende
de la fortuna la rueda,
ciego Amor, que en ser instable
solamente perseveras.
¡Quién no esperara, segura,
eterna correspondencia
de un amor que confirmó
el tiempo con tantas prendas!
La mudanza de los hombres
todo respecto atropella
y el nudo que ata las almas
al primer golpe le quiebra.
No es posible, que obligados
de Amor su inconstancia templan,
que ninguno quiere bien
cuando aborrecer desea.
Solícitas ocasiones
con fingidas apariencias
no es amor, sino pagar
contra su gusto una deuda.
¡Qué mal tus ingratitudes
disculpas con tu nobleza!
Que los nobles sólo en ser
agradecidos lo muestran.
De noble traje disfrazas
tu olvido y quieres que sean
en la muerte que me das
cómplices mis conveniencias.
Llamas lisonja al agravio
y sacrificio a la ofensa
y acaso nuevo deseo
te saca de mi carena.
Bien mereciste que yo
tus consejos obedezca,
si me quieres, por pagarte:
por vengarme, si me dejas.
Mas como sé que en amor
qualquier venganza es ofensa,
despido las ocasiones
en que pudiera tenerla.
En mis desdichas estimo
que tan poca razón tengas,
que opuesta a tu ingratitud
lucirán más mis finezas.
Y enseñará mi ofendido
amor, en cana experiencia,
que un hombre no lo parece
y hay mujer que no lo sea.
Con lágrimas y suspiros
mezcló Lisis estas quejas.
Y serenando sus ojos
pobló el aire desta letra:
Mi firmeza, ingrato, tu olvido afrenta
y tu olvido es el lauro de mi firmeza.
Si queréis vivir, pastores,
Dios os libre de Luzinda,
que es un sabroso veneno
que se bebe por la vista.
Nuevas muertes ha inventado,
pues no mata a quien la mira,
y quiere, por dar más pena,
que quien la mirare viva.
Es un acíbar dorado,
de suerte que con su risa
no tienen que ver los riesgos
de las más sangrientes iras.
Tanto se precia de ingrata,
tanto blasona de esquiva,
como si piedra naciera
de aquestos peñascos hija.
Ayer le dije mis ansias
junto a aquella fuente fría,
encendiendo sus cristales
y haciendo brasas sus guijas.
Respondióme que era fuerza
el no ser agradecida.
Cobarde fue el desengaño,
pues no me quitó la vida.
¿Quién vio tal rigor, zagales?
¿Quién padeció tal desdicha,
que siendo fuerza que muera,
la muerte no me permitan?
¡Como si en blando decoro
no tuviese amor caricias
que dejasen del honor
las sagradas aras limpias!
Ingrata ha de ser por fuerza
la que por fuerza me obliga
a que a su yugo soberbio
mi cerviz humilde rinda.
Aquí yacen los deseos,
aquí murió la porfía,
con estos hielos perecen
mis esperanzas marchitas.
¡Ay, qué dolor, pastores, ay que muero
cuando es airado el Sol e ingrato el cielo!
Yo os prometí mi libertad, querida
Yo os prometí mi libertad, querida,
no cautivaros más, ni daros pena;
pero promesa en potestad ajena,
¿cómo puede obligar a ser cumplida?
Quien promete no amar toda la vida
Y en la ocasión la voluntad enfrena,
saque el agua del mar, sume su arena,
los vientos pare, lo infinito mida.
Hasta ahora con noble resistencia
las plumas corto a leves pensamientos
por más que la ocasión su vuelo ampare.
Pupila soy de amor; sin su licencia
no pueden obligarme juramentos.
Perdonad, voluntad, si los quebrare.

Teatro
Amar por señas
Personas que hablan en ella:
BEATRIZ, dama, hija de Felipo
CLEMENCIA, dama, hija de Felipo y duquesa de Joyosa
ARMESINDA, dama-niña, sobrina de Felipo
FELIPO, duque de Lorena
Don GABRIEL Manrique, galán español
CARLOS, galán, duque de Orliens
ENRIQUE
MONTOYA, gracioso
RICARDO
CRIADO 1
CRIADO 2
CRIADO 3
Un PAJE
DAMA
ACTO PRIMERO
Salen don GABRIEL y MONTOYA, de camino
MONTOYA: Echéle las maneotas,
colgué el freno del arzón,
maleta y caparazón,
de la color de tus botas,
yacen –parece epitafio–
entre juncia, espliego y grama,
porque te ministren cama;
mas yo debo ser un zafio,
un…
GABRIEL: Empieza ya.
MONTOYA: … un pollino,
una mula de alquiler,
pues no merezco saber
la causa de este camino.
¿Qué mosca te dio? No ha una hora
que con la cara serena
triunfando te vi en Lorena;
¿de qué es la murria de agora?
Danzaste a satisfacción
de todo el salón ducal
antenoche, sin igual
Adonis de tal salón.
Cinco premios de la justa
esta tarde te has mamado,
de monsiures envidiado
porque tu cólera adusta
dio con tres patas arriba,
que del campo sastres fueron,
pues que la arena midieron.
¿Qué belleza, por esquiva,
soberbia, qué generosa
presunción, qué tiranía
de voluntades te vía,
que con cara cosquillosa
no te echase bendiciones,
si siempre que las mirabas
desde la tela agarrabas
sus almas por los balcones?
¿Hubo favor de importancia
que el de Orliens no te haya hecho,
de tu valor satisfecho,
hermano del rey de Francia,
y tan tratable contigo
que, desde que nos sacó
de España, te sublimó
a la igualdad de un amigo?
¿Dónde vas, si no has sacado
monja o doncella, no has muerto,
no herido, no has encubierto
ladrones, no te han hallado
moneda falsa, no joya
contrahecha, no papel
de conjuración infiel,
no resistencia?
GABRIEL: Montoya,
ya sabes mi condición:
servir y callar.
MONTOYA: Apelo
sola esta vez.
GABRIEL: ¿Cuándo suelo
tener yo satisfacción
de ti ni de otro criado?
¿Comunico yo secretos
contigo?
MONTOYA: Muchos discretos
a sus ministros han dado
cuenta de cosas más graves,
cuyo consejo remedia
imposibles. ¿Qué comedia
hay, si las de España sabes,
en que el gracioso no tenga
privanza, contra las leyes,
con duques, condes y reyes,
ya venga bien, ya no venga?
¿Qué secreto no le fían?
¿Qué infanta no le da entrada?
¿A qué princesa no agrada?
GABRIEL: Los poetas desvarían
con esas civilidades,
pues, dando a la pluma prisa,
por ocasionar la risa,
no excusan impropiedades.
MONTOYA: Ni hay criado que merezca
con su amo menos que yo.
GABRIEL: Basta; no me enojes.
MONTOYA: No.
GABRIEL: Llámame cuando amanezca,
porque al punto caminemos.
MONTOYA: (¡Qué maldita condición!) Aparte
Allí un gallo motilón
canta maitines; podremos,
si es media noche, dormir
dos o tres horas no más;
quizá en ellas soñarás
que te importa no partir.
Paséome, por guardarte
el sueño, junto al frisón;
maleta y caparazón
desean acomodarte
al pie de aquel chopo viejo.
Duerme, y ¡ojalá, el mi dueño,
mude caprichos tu sueño,
y estimes más mi consejo!
Vase
GABRIEL: Liviana imaginación,
huyendo voy de imposibles;
resistencias invencibles,
apadríneos la razón.
Volved por vos, opinión;
que pretende una beldad,
desluciendo mi lealtad,
enloquecerme y rendiros;
más valen cuerdos retiros
que loca temeridad.
Vi a Beatriz cuando ignoraba
que pudiera darme enojos,
sin que advirtiesen mis ojos
que tan cerca el alma estaba.
Imaginé que feriaba
deleites, a cuyo alarde,
ni pechero ni cobarde,
retirara mi valor;
pero –¡ay cielos!– que el amor
entra presto y sale tarde.
¡Beatriz, hija y sucesora
del gran duque de Lorena!
¡Carlos de Orliens, cuya pena
le trae a casarse agora,
si pena quien se enamora!
¿Y yo que le sirvo y sigo,
amo a Beatriz, y desdigo
de quien soy? ¡Civil cuidado!
¿Obligaréle crïado?
¿Corresponderéle amigo?
Alto, amor desvanecido,
el más eficaz remedio
será poner tierra en medio,
pues la razón no lo ha sido.
La ausencia engendra el olvido;
de Marte es amor despojos;
la guerra divierte enojos
que amor pudo ocasionar.
Si me perdí por mirar,
yo castigaré los ojos.
Enfrena, Montoya, enfrena;
que no necesito al día,
cuando la luna es mi guía;
lastimada de mi pena,
porque salga de Lorena,
mi resolución apoya.
De los incendios de Troya
huyendo, saco violentos
penates, mis pensamientos.
Sale RICARDO con una maleta debajo del brazo, y se pone delante de don GABRIEL
GABRIEL: ¿Es Montoya?
RICARDO: No es Montoya.
GABRIEL: ¿Quieres algo?
RICARDO: Lo que llevo.
GABRIEL: ¿Qué llevas?
RICARDO: Todos los bienes
que en esta maleta tienes.
Robételos, y me atrevo
a decírtelo.
GABRIEL: ¿Estás loco?
RICARDO: No, pero estoy obligado
a quien esto me ha mandado,
y sé que no te ama poco.
GABRIEL: ¿Qué dices, hombre?
RICARDO: Esto digo.
GABRIEL: ¿Que me robes te mandó
quien bien me quiere?
RICARDO: Y soy yo
de sus desvelos testigo.
GABRIEL: ¿Y gusta que me des cuenta
del hurto que has hecho?
RICARDO: Sí.
GABRIEL: ¿Quién es?
RICARDO: Cerca está de aquí.
GABRIEL: Dime su nombre.
RICARDO: No intenta
que le sepas por ahora.
GABRIEL: ¿No? Pues ¿cuándo?
RICARDO: Más despacio.
GABRIEL: ¿Dónde está?
RICARDO: ¿Ves el palacio
del bosque? Pues en él mora.
GABRIEL: Sepa yo cómo se llama.
RICARDO: Que lo ignores determina.
¿Conoces a la sobrina
de Felipo?
GABRIEL: ¡Hermosa dama!
RICARDO: Pues no es ésa la curiosa
inventora de esta empresa.
¿Sabes quién es la duquesa,
en Lorena, de Joyosa?
GABRIEL: Ésa es madama Clemencia,
de dos hijas la menor
del duque.
RICARDO: Pues no es su amor
quien quiere impedir tu ausencia.
GABRIEL: Pues ¿quién? Que me vuelves loco.
RICARDO: Ya conoces a Beatriz.
GABRIEL: ¿Qué dices? ¡Suerte feliz!
RICARDO: Pues no es aquésa tampoco.
GABRIEL: ¡Oh bárbaro burlador!
¡Viven los cielos…!
RICARDO: Despacio.
En ese hermoso palacio
te tiene una dama amor,
que desea conocerte,
y ver si en España amaste,
por qué ocasión te ausentaste,
y agora intentas volverte.
Dióme para esto la traza
que has visto y ejecuté;
la maleta te robé;
que, a no hacerlo, me amenaza
no menos que en la cabeza;
y harálo; que es poderosa;
sabrá por ella curiosa
tu estado, patria y nobleza;
pues claro está que ha de hallar
papeles que de esta duda
la saquen. De intentos muda,
sin resolverte a ausentar;
que, puesto que este secreto
importa lo que no sabes,
por haber estorbos graves
y serlo tanto el sujeto,
estimarás tu fortuna
cuando conozcas quién es,
porque es una de las tres,
y de las tres no es ninguna.
Vase
GABRIEL: Fuése, y burlóse de mí;
pues para que no le siga,
con disparates me obliga.
O sueño o es frenesí.
Ladrón ingenioso, aguarda.
¿Que ansí un hombre se me atreva?
Seguiréle; que me lleva
las joyas de mi Gerarda.
Vase
MONTOYA: ¡Que me durmiese yo en pie!
¿Hiciera más un lirón?
Pero ¿qué es de mi frisón?
Maniatado le dejé.
¡Oigan esto! ¡Vive Dios,
que se me acoge con él
un hombre! –Cuatrero cruel,
espera, aguarda. –Otros dos
van corriendo uno tras otro.
¡Ay, también falta el cojín!
Trampantojos de Merlín
nos llevan maleta y potro.
La luna me está diciendo
que es mi amo aquel que corre;
si él la maleta socorre,
y yo el caballo defiendo,
¡oh enlunada claraboya!
sacrificaréte un gallo.
Franchote, deja el caballo;
que es pupilo de Montoya.
Quiere entrarse, pero salen dos criados que le cogen por las espaldas
CRIADO 1: Tenga, que hay mucho que hacer.
MONTOYA: ¡Ay, por detrás y conmigo,
¿qué hacen?
CRIADO 2: Punta en boca, digo.
MONTOYA: Señores, no es menester
apuntar bocas; la mano
meta en esa faltriquera
el uno; que yo quisiera
ser un príncipe; no gano
más que una triste ración,
y con ella veinte reales
de salario, aun no cabales,
pues es mi dueño un pelón.
Doce de éstos hallarán
con otra mosca menuda;
quien la maleta nos muda,
si rompe su cordobán,
desembolsará doblones,
que en Francia llaman del sol;
yo soy un pobre español.
CRIADO 2: Acortemos de razones;
que no nos trae su dinero.
Atadle esas manos bien.
Se las atan atrás
MONTOYA: ¿Mi dinero no? Pues ¿quién…?
CRIADO 2: Allá lo sabrá.
MONTOYA: Si muero,
díganme por qué delito.
CRIADO 2: Con el lienzo le vendad
los ojos.
MONTOYA: No hice maldad
por obra ni por escrito.
Si mi dueño derribó
tres monsiures, ¿en qué peca
un lacayo, pica seca,
que en su vida se metió
en justas ni en pecadoras?
Por sólo no tornear,
dejé en un torno de hablar
tres monjísimas señoras.
CRIADO 1: Ande y calle.
MONTOYA: ¿A dónde bueno
o para qué tantas prisas?
CRIADO 1: Diránselo allá.
MONTOYA: ¿De misas?
Luego ¿a réquiem me condeno?
CRIADO 2: En chistando, claro está.
MONTOYA: No muy claro, pues a escuras
me llevan. De estas venturas
la fortuna me dará
infinitas. (Hilo a hilo Aparte
me voy.)
CRIADO 2: Chitón.
MONTOYA: No hablo nada.
(Labrando voy cera hilada; Aparte
pero fáltala el pabilo.)
Vanse. Salen RICARDO con la maleta, huyendo, y don GABRIEL, que le sigue con la espada desnuda
GABRIEL: Hombre ¿estás encantado?
Cuando corro tras ti, por bosque y prado,
sus alas te da el viento;
si te pierdo de vista, a paso lento
me aguardas; y al instante
que pienso que te alcanzo, la inconstante
cometa no te iguala.
Siguiéndote me traes de sala en sala,
después que en esta quinta
entraste, que de Circe hechizos pinta,
sola y deshabitada,
de luces y tapices adornada.
A nadie en ella veo.
O loco estoy o lo que sueño creo.
RICARDO: El orden he cumplido
que me dio quien aquí te ha reducido.
Consulta con tu suerte,
español, el ganarte o el perderte;
porque si eres discreto,
toda tu dicha estriba en tu secreto;
y no te asombres tanto;
que ésta es industria toda, no es encanto;
porque lo que primero
te dije es, español, tan verdadero,
que de las tres madamas
la que examina en ti amorosas llamas
y prueba tu fortuna
es una de las tres y no es ninguna.
Apaga la luz, vase y cierra la puerta
GABRIEL: ¡Espera! Fuese y mató
la luz, cerrando la puerta.
Cuando tanto enigma advierta,
¿podré interpretarle yo?
De tres damas que nombró,
afirma que la una es
quien bien me quiere y, después,
que no es de las tres ninguna:
¿cómo si es de las tres una,
no es ninguna de las tres?
No será Beatriz hermosa,
que ha de casarse mañana
con el de Orliens; no su hermana,
que ha de ser de Enrique esposa;
no Armesinda generosa,
que es muy niña su belleza
para tanta sutileza.
Pensamientos, poco a poco;
que me vais volviendo loco,
y ya mi frenesí empieza.
Salen MONTOYA, CRIADO 1 y CRIADO 2, a quienes se oye hablar arriba en lo alto de la chimenea
MONTOYA: ¿A dónde bueno conmigo,
señores, que, encaramados,
me han hecho pisar tejados
a cierraojos.
CRIADO 2: Ya le digo
que ande y calle, si desea
vivir.
MONTOYA: Pues ¿de esto se enojan?
¿Por dónde diablos me arrojan?
CRIADO 2: Sabrálo cuando lo vea.
MONTOYA: ¿Si es verdad esto que toco?
Sin ser chorizo o jamón,
me han colgado a un cañón
chimeneo.
CRIADO 2: Poco a poco;
que si cae se ha de matar.
MONTOYA: ¿Quién vio a escuras volatín?
¡Puf! Llenóseme de hollín
la boca. ¿En qué ha de parar
mi ciego descendimiento?
CRIADO 2: Hombre, calla.
MONTOYA: ¡Confesión!
A humo huelo de carbón.
¿Mas si hubiese quemamiento?
Lástima de mí tened.
GABRIEL: Una voz se va acercando
querellosa.
MONTOYA: Bamboleando,
doy de pared en pared.
Asoma MONTOYA debajo de la campana de la chimenea, colgado de un cordel, vendados los ojos y atadas las manos
Si abajo hay leña encendida,
¿qué ha de ser de mi trascara?
Mi chamuscación es clara.
Yo ¿gomorricé en mi vida?
Pues ¿por qué me carbonizan?
¡Ay, que pienso que me abraso!
Si yo buscara el ocaso
del gregüesco…
GABRIEL: Atemorizan
estas voces por venir
a escuras. ¡Cielos! ¿qué es esto?
Ea, vil temor, dispuesto
estoy, matando, a morir.
Saca la espada
CRIADO 2: Soltadle; que ya estará
en el suelo.
Suéltanle y cae
MONTOYA: ¡Ay, desloméme,
tullíme, desvencijéme
del golpe.
GABRIEL: Hombre, tente allá,
si no quieres que te mate.
MONTOYA: ¿Qué más tenido me quieres,
si estoy atado?
GABRIEL: ¿Quién eres?
MONTOYA: ¡Ese es gentil disparate!
Vesme, y no te puedo ver,
¿y eso preguntas? Yo he sido
lacayo, y ya soy Cupido
vendado. ¿Quién puede ser
un hombre cuando no vea?
GABRIEL: ¿Quién eres, en conclusión?
MONTOYA: Soy tuétano del cañón
de toda esa chimenea.
Duélete de un pobre mozo.
GABRIEL: No te veo.
MONTOYA: ¿No, por Dios?
Luego ¿estaremos los dos
en el limbo o en el pozo?
GABRIEL: ¿Es Montoya?
MONTOYA: ¿Es don Gabriel?
GABRIEL: ¿Cómo o quién te trajo aquí?
MONTOYA: ¿Sélo yo? Llégate a mí,
desátame ese cordel
que me tiene estropeado,
mientras mis dichas te cuento.
GABRIEL: Pues desataréte a tiento.
Desátale
MONTOYA: Luego ¿también te han vendado
los ojetes, como a mí?
GABRIEL: No, pero estamos a escuras.
MONTOYA: ¡Provechosas aventuras
nos suceden! Hacia aquí.
¿Topaste con la lazada?
GABRIEL: Álzate.
MONTOYA se levanta
MONTOYA: ¡Gracias a Dios!
¿Adónde estamos los dos?
GABRIEL: Es una casa encantada.
MONTOYA: ¡Encantada! ¿Desvarías?
¿Qué dices?
GABRIEL: ¿Qué he de decir,
si no hay por donde salir?
MONTOYA: Libro de caballerías
alquilaba mi ración,
donde topaba Amadises,
Esplandianes, Belianises,
que de región en región,
por barbechos y restrojos
descuartizando gigantes,
deshacían, siendo andantes,
los tuertos, y aun los visojos;
donde sabios de ventaja
encantaban de una vez
princesas de diez en diez,
por «quítame allá esta paja»;
mas siempre estos hechiceros
–que los más eran traidores–,
encantando a sus señores,
dejaban los escuderos.
¿Quieres apostar, señor,
que los monsiures caídos
nos embaulan, ofendidos
de su afrenta y tu valor?
GABRIEL: Tenlo por cierto.
MONTOYA: Emboscados
y sin cenar nos cogieron;
pero, en fin, nunca murieron
de hambre los encantados
–cosa que es bien que se note–,
mas mis alientos se holgaran
que esta vez nos encantaran
cuatro platos de gigote.
GABRIEL: ¡Qué diferentes cuidados
son los tuyos de los míos!
MONTOYA: Diremos mil desvaríos;
que estamos encantusados.
Mas mejor fuera buscar
la puerta de este castillo,
si no han echado el rastrillo.
Llaman dentro, dando golpes en el torno
GABRIEL: Oye; ¿no sientes llamar?
MONTOYA: Parece que allí golpean.–
Diga quien es el que llama.
GABRIEL: ¿No responden?
MONTOYA: Será dama
de las que vernos desean
encantados; y es sin duda,
porque, aunque hubiese otros tantos,
no bastaran mil encantos
a que una mujer sea muda.
Llaman otra vez
GABRIEL: Segunda vez han tocado.
MONTOYA: Y es el toque en la madera
de la puerta. No quisiera
que hubiese algún lazo armado
o trampa por donde voy;
que todo encanto es tramoya.
Vase llegando a tiento al torno
GABRIEL: Anda, no temas, Montoya.
MONTOYA: Como no sé donde estoy…
GABRIEL: En una sala adornada
de doseles y pinturas.
MONTOYA: Pues la puedes ver a escuras,
no está para ti encantada.
Llego a tiento hacia la parte
que pulsa el tal llamador.
¿Quién llama? ¿Quién es?
Llega al torno, que se vuelve, y le coge la cabeza
¡Señor!
¡Jesús!
GABRIEL: ¿Quién puede asombrarte?
MONTOYA: Una cosa que se anda
alrededor y me muerde.
¿Ay, si fuese el dragón verde
que fue palafrén de Urganda?
Llega presto, si deseas
que no me desmaye.
Llégase don GABRIEL y tienta el torno
GABRIEL: ¡Loco,
éste es torno!
MONTOYA: No le toco.
Llega tú, pues que torneas.
Vuelve el torno con dos luces en candeleros de plata, recado para escribir y un billete
GABRIEL: Con dos luces se volvió.
MONTOYA: El «lumen Christi» cantemos;
di «Deo gratias», pues nos vemos.
GABRIEL: ¡Qué es esto, cielos!
MONTOYA: ¿Quién vio
monasterios encantados?
Mas soy necio; no hallaré
devoto que no lo esté
como bojes torneados.
GABRIEL: Todo esto tiene misterio.
MONTOYA: Seremos por lo ordinario,
yo el confesor, tú el vicario,
y éste nuestro monasterio.
GABRIEL: Un billete para mí
viene y una escribanía.
Toma el papel y lee don GABRIEL el sobrescrito
MONTOYA: Pues donde hay monjas, ¿podía
faltar billeticos?; di.
Respóndela con ternura;
que yo seré la andadera.
¡Ojalá con él viniera
la santa bizcochadura!
Dichosos fuimos los dos.
¡Qué necios discursos hice!
GABRIEL: Así el sobrescrito dice,
«Leed sólo para vos».
MONTOYA: Y ¿para mí?
GABRIEL: Aparta allá.
MONTOYA: En fin, topó tu recato
con horma de tu zapato.
GABRIEL: Retira; acabemos ya.
Lee
«Por los papeles que os he usurpado, sé,
don Gabriel Manrique, parte de vuestros amores.
Quien temerosa de perderos os ha impedido el
viaje, mal os le consentirá celosa. El
cuarto de esta quinta que os detiene está
deshabitado, y imposible en él vuestra
salida mientras no juréis, con la seguridad
que los bien nacidos empeñan palabras, y
las firméis de vuestro nombre, no partiros
de nuestra corte sin licencia mía, no
revelar a persona estos secretos, y conjeturar por
señas cuál de las tres primeras
damas es la que en palacio os apetece amante.
Resolveos, o en el silencio de esa prisión
vengarme en vuestra muerte, o disponeros a las
dichas que os prometo, que por el riesgo que
publicadas corren, importa por ahora el secreto
que os fía quien desea hallaros tan
advertido como os ha visto valeroso. El cielo os
guarde.»
(¿Pudo la imaginación Aparte
en novelas marañosas,
sutiles por ingeniosas,
deleitar la admiración
con más estraño suceso?)
Lee para sí otra vez
MONTOYA: Sepa yo esa cosicosa.
¿Es verso? ¿Es papel en prosa,
o anda en el aire tu seso?
¡Vive Cristo, que me apuran
los peligros que recelo!
Llégase a leer, y saca contra él don GABRIEL la daga
GABRIEL: ¡Loco, necio, vive el cielo…!
MONTOYA: ¡Ay! ¿Los encantados juran?
GABRIEL: ¡…si otra vez aquí te llegas…!
MONTOYA: ¿Para qué aprendí yo a leer?
Si nada tengo de ver,
más valiera estarme a ciegas.
GABRIEL: Retírate enhoramala.
MONTOYA: ¿Para ti solo que leas
dice el papel? Nunca creas
monja, mientras no regala,
por más ternezas que escriba.
GABRIEL: («Y conjeturar por señas…») Aparte
MONTOYA: Las monjas son halagüeñas;
mas si ésta no es donativa,
tripularla con desdén,
o acudir con cena y camas.
GABRIEL: («…cuál es de las tres madamas Aparte
la que en casa os quiere bien…»)
MONTOYA: Las dos dan; por Dios, que es tarde.
¿Ni cenado ni dormido?
¡Bueno va!
GABRIEL: («…tan advertido…») Aparte
MONTOYA: ¿Es paulina?
GABRIEL: («…el cielo os guarde.» Aparte
¿Si será Beatriz la dama
de tanto artificio autora?
Mas no, que a Carlos adora.
¿Si es Clemencia? Mas no, que ama
a Enrique. ¿Si es Armesinda?
¡Despenadme, cielo santo!)
MONTOYA: ¡Miren si escampa el encanto!
¡Por Dios, que la flema es linda!
GABRIEL: (Pero séase quien fuere, Aparte
¿dejaréme yo morir
rebelde, por no admitir
leyes de quien bien me quiere?
No me manda este papel
que ame yo, sino que firme
ser secreto y no partirme;
pues ¿qué riesgo corro en él,
cuando por señas colija
quién es quien me hace dichoso?
Obedecerla es forzoso.
MONTOYA: ¡Mala noche y parir hija!
En fin, ¿no habemos de hablarnos
en toda esta encantación?
GABRIEL: (Respondo a satisfacción.) Aparte
Pone el recado de escribir y una luz sobre un bufete, y responde
MONTOYA: Pues, paciencia y pasearnos.
¿Escribes? Eres discreto.
Embillétala, y verás
los regalos que tendrás;
un villancico o soneto
conquista diez mazapanes.
Dila que con la andadera
la enviarás flores y cera
para uno de los san Juanes;
que qué puntos calzar suele;
que si hay ataifor o caja,
que nos dé flor de borraja,
o, en fin, que nos bizcotele,
o que nos saque de aquí.
GABRIEL: («Haré de mi dicha alarde Aparte
discreto y fiel. Dios me os guarde.
Don Gabriel..» Bueno está ansí.
Cierro, y no le sobrescribo
porque su nombre no sé.
Vuelvo al torno.)
Pone el papel en el torno, y vuélvele con otra luz
MONTOYA: ¿No podré,
oh señor el más esquivo
del orbe para quien vive
contigo, ver un adarme
del dicho papel? ¿Matarme
quieres? ¿Qué es lo que te escribe
la soror encantatriz?
GABRIEL: (La esperanza y el temor, Aparte
con la lealtad y el amor,
desean, bella Beatriz,
que seáis vos de este empleo
el dueño, y no los seáis.
¿Qué he de hacer, cuando causáis
deseo contra deseo,
sino enloquecer confuso?
Llaman por dentro al torno
MONTOYA: No está el tiempo para gracias.
Otra vez llaman. Deo gratias.
Vuélvese el torno con luz y con un tabaque grande y curioso lleno de comida; cúbrenle unos manteles, y sobre ellos viene otro papel
Sin respondernos, nos puso
un tabaque provisor.
¡Cuerpo de Dios! Don Gabriel,
¡qué bien que huele!
GABRIEL: Y sobre él
otro billete.
Levanta MONTOYA los manteles
MONTOYA: ¡Oh soror,
la más callada obradora
de cuantas amor registra!
¡Hágate el cielo ministra,
abadesa, correctora,
guardïana, archibispesa,
pontifista, preste Juana!
GABRIEL: «Leed para vos.»
MONTOYA: ¡Oh humana
divina! Ponga la mesa.
Ésta es sopa, éste es capón,
éstos pichones, estotros
gazapos, niños o potros;
ternera ésta; ¡y qué sazón
para quien está en ayunas!
Como yo muy bien ternera.
El pomo con la contera;
ensalada y aceitunas,
con la fruta de sartén.
De tales encantamentos
vengan a dieces y a cientos,
per omnia saecula, amén.
GABRIEL: «Cumplid lo jurado; que en amaneciendo,
hallaréis desembarazada la salida; y
advertid que os va la cabeza en el secreto. Camas
hay en que reposéis lo que os han de
permitir –a lo que juzgo– mis artificios; cuanto
más os desvelaren, más tendré
que agradeceros; aunque a participar vos mis
cuidados, no dormiréis mucho ni poco. El
cielo os guarde.»
(¡Alto, discursos, dejad Aparte
de atormentar mi sentido;
obligado, agradecido
he de ser; cualquier beldad
de las tres puede dar pena
amorosa al mismo sol,
cuanto y más a un español
pobre y estraño en Lorena.)
Toma esa luz.
MONTOYA: ¿Para qué?
GABRIEL: Trae todo eso.
MONTOYA: ¿A dónde vamos?
Si aquí encantados estamos,
y hay quien regalos nos dé,
¿no es mejor cenarlo aquí
que probar más aventuras?
¿Qué sabes tú si hay figuras
de Rufalda y Malgesí,
que nos lo quiten delante?
Que suele salir jayán
que se engulle un ganapán
con carga y todo.
GABRIEL: Ignorante,
calla y ven; que prevenida
nos tiene quien nos regala
cama y mesa en esa sala.
MONTOYA: Despachemos la comida
aquí, y entremos después.
GABRIEL: Acabemos.
MONTOYA: Si te encanta
cualquier princesa o infanta,
llámate Partinuplés.
Vanse. Salen BEATRIZ y RICARDO
BEATRIZ: Hicístelo de suerte
que infinito tendré que agradecerte.
Los que te acompañaron,
en fin, ¿nada del caso sospecharon?
RICARDO: Al crïado prendieron,
y donde los mandé le condujeron,
creyendo, a instancia mía,
que hacerle alguna burla pretendía.
No saben otra cosa.
BEATRIZ: La traza, si se logra, fue ingeniosa.
RICARDO: Los dos son mis crïados,
valientes, pero poco aficionados
a hacer por conjeturas
discursos.
BEATRIZ: Mis recelos aseguras;
alguna vez, Ricardo,
satisfacerte este servicio aguardo.
Pártete a Italia agora,
donde el duque mi padre te mejora;
que el cargo que te ha dado
en Valencia del Po, cuyo condado
le toca por herencia,
seguro le tendrás con el agencia
que queda a cargo mío.
RICARDO: De ti, señora, mis aumentos fío.
BEATRIZ: Guarda tú este secreto;
que otros más importantes te prometo.
Mas mira que es mi gusto
que hoy te ausentes.
RICARDO: Harélo por ser justo,
puesto que, aunque en Lorena
me quedara, el leal no desenfrena
la lengua, ni el respeto
osara yo perder a tu secreto.
BEATRIZ: Nunca yo le fïara
de ti, si tal desaire imaginara;
mas que te partas digo
en todo caso hoy; lleva contigo
los que te acompañaron.
RICARDO: Harélo ansí, no obstante que ignoraron
el fin de este suceso.
BEATRIZ: Escríbeme en llegando.
RICARDO: Tus pies beso.
Vase
BEATRIZ: Temeridades de amor,
¿qué intentáis con arrojaros
sin ojos a despeñaros
a los riesgos de mi honor?
Aficionóme el valor
de España, que en sus blasones
cifró todas las acciones
de un hombre cuyo sujeto
perdió gallardo el respeto
a todas mis presunciones.
Su memoria me desvela;
enamoróme su gala;
Adonis le vi en la sala,
airoso Marte en la tela;
que se me ausente recela
mi libertad, que no es mía,
porque, enviando una espía
a informarse de quién es,
supo Ricardo después
que esta noche se partía.
Valíme del industrioso
modo de encerrarle aquí,
hallándose amor en mí,
como en otras, ingenioso.
Crece, porque está celoso,
el fuego que me acobarda;
de los papeles que guarda,
y curiosa le usurpé,
que adora en España sé
desdenes de una Gerarda.
No sé yo que cuerdo fuese
Carlos en traer consigo
a quien para su castigo
tantas ventajas le hiciese.
Justo fuera que temiese
tan grande competidor,
pues si a vistas sale amor,
y éste es ya mercaduría,
rústica el alma sería
que escogiese lo peor.
Salen CLEMENCIA y ARMESINDA
CLEMENCIA: Tus tristezas, Beatriz mía,
las fiestas nos desazonan;
tus bodas las ocasionan,
y tu ausencia las enfría;
apenas expiró el día
cuando te ausentó tu pena
de los ojos de Lorena;
será esta quinta, Beatriz,
más que la corte feliz
si en ella te hallas más buena.
ARMESINDA: Prima mía, tu belleza
trata al de Orliens con rigor,
si al principio de su amor
pagas gozos con tristeza;
Francia te intitula «alteza»
porque has de ser su consorte,
y, en fe de que eres el norte
por quien todos nos guïamos,
tristes la corte dejamos,
porque tú dejas la corte.
¿Qué tienes?
BEATRIZ: ¡Ay bella prima!
¡Ay Clemencia! No es tan grave
el mal, si el por qué se sabe,
cuando con causa lastima;
mis penas son un eni[g]ma
difícil de declarar;
acrecentando el pesar
que ocasionan las estrellas;
mi congoja influyen ellas,
mi consuelo es el llorar.
Pasar la imaginación
de libre al temerse ajena
dará motivo a mi pena,
materia a mi suspensión.
Tengo a Carlos afición,
y considero cuán justo
medra mi gusto en su gusto;
mas, pues he de ser su esposa,
tratemos en otra cosa
que divierta mi disgusto.
A mí me entretiene el dar,
como a otros el recebir;
ansí quiero desmentir
desvelos de mi pesar;
si me queréis alegrar,
honre, hermana, tu belleza
los diamantes de esta pieza,
y los de ésta, hermosa prima,
tu pecho; tendrán la estima
que les quita mi tristeza.
De las joyas que me dio
Carlos, éstas he escogido
para las dos.
Da a CLEMENCIA una banda con una lazada de diamantes, y a ARMESINDA una cruz de los mismos
CLEMENCIA: Ofendido
las has, porque juzgo yo
que pueden formar querellas,
apartándolas de ti.
BEATRIZ: Mejores dueños las di.
ARMESINDA: No las he visto más bellas.
BEATRIZ: Trújolas Carlos de España.
CLEMENCIA: Nación en todo dichosa,
hasta en las piedras airosa.
BEATRIZ: Tal clima las acompaña.
Ponéoslas luego; estarán
ahora en su misma esfera.
Pónenselas
CLEMENCIA: Cuando su valor no fuera
tanto, si gusto te dan
enajenadas, por ti
toda estimación merecen.
BEATRIZ: Bizarramente os parecen.
ARMESINDA: Los duques vienen aquí.
Salen FELIPO, CARLOS y ENRIQUE
CARLOS: Desde que ganó el aplauso
común, habiendo salido
de la justa victorioso
y de parabienes rico,
no le he vuelto a ver, y estoy
recelándole peligros,
porque el valor estranjero
con gracias medra enemigos.
FELIPO: Perded, duque, esos cuidados;
que en Francia siempre han tenido
hidalgas estimaciones
estranjeros bien nacidos.
Yo le he enviado a buscar,
y no ha tanto que le vimos
honrar a España en Lorena,
a costa de sus vecinos,
que su falta os desazone.
ENRIQUE: Ya mis pesares retiro,
con la presencia olvidados
de las bellezas que he visto.
Hácense cortesía caballeros y damas
FELIPO: Hijas, sobrina, quejosa
nuestra corte, el regocijo
podrá trocar en tristezas,
[…………………………-í-o.]
¿Por qué tan presto a Floralba?
BEATRIZ: Juzgo, señor, por prolijo
el tiempo que aquí no empleo;
crïéme en estos retiros,
y no sé hallarme sin ellos.
CLEMENCIA: Como a madama seguimos,
y sin ella estamos solas,
fuerza el imitarla ha sido.
FELIPO: Los generosos en Francia,
por excusar el bullicio
de la confusión plebeya,
moran quintas y castillos;
no es mucho que apetezcáis
la amenidad de este sitio;
que por lo poco distante
de Lorena, habréis querido
gozar de uno y otro a tiempos.
Salen don GABRIEL y MONTOYA
MONTOYA: (Con todos los duques dimos; Aparte
gracias a nuestra alcaidesa,
que nos alzó el entredicho.)
GABRIEL: (Aquí está Beatriz hermosa, Aparte
con ella a Clemencia miro,
su prima las acompaña;
ya estoy en el laberinto
de mi confusión amante;
discursos, demos principio
a conjeturas dudosas;
ojos, saquemos en limpio
por señas mis desengaños.
ENRIQUE: ¡Don Gabriel!
GABRIEL: Príncipe mío…
ENRIQUE: ¿Retirado y victorioso?
¿Hiciérades más vencido?
¿Desde ayer tarde sin vernos?
GABRIEL: Militares ejercicios,
honrando, gran señor, cansan;
dio treguas a su fastidio
y mi sosiego la noche.
ENRIQUE: Con recelos la he dormido
de alguna desgracia vuestra.
Hablad al duque Felipo.
GABRIEL: Dadme, gran señor, la mano.
FELIPO: De las vuestras necesito
para derribar con ellas
soberbias de presumidos.
Mucho le debéis al cielo,
pues tanto con vos propicio
como con otros avaro,
en todo perfecto os hizo.
GABRIEL: Honra, señor, vueselencia
estranjeros; y yo estimo
más el favor que me hace,
y el estar en su servicio,
que las prendas que encarece
–y no tengo.
ENRIQUE: Vos sois digno
de la privanza con Carlos,
venturoso en elegiros.
GABRIEL: Bésoos la mano mil veces.
ENRIQUE: Hemos de ser muy amigos.
GABRIEL: Muy vuestro esclavo, señor,
es sólo el nombre que admito.
Hablan aparte CARLOS y don GABRIEL
CARLOS: ¿Qué juzgas de mis empleos,
don Gabriel? ¿Qué del prodigio
de la belleza que adoro?
¿No es milagro?
GABRIEL: Es un hechizo
de voluntades, un cielo,
un sol, un fénix, un…
CARLOS: Dilo.
GABRIEL: …un –¡ay amor que me abraso!–
querubín de este paraíso.
CARLOS: Mientras deidad no llamares
a Clemencia, poco has dicho.
GABRIEL: ¿A quién, señor?
CARLOS: A Clemencia.
GABRIEL: ¿Y no a Beatriz?
CARLOS: Desatino;
vínose a la lengua el alma.
Si tiene en ella dominio,
¿cómo la desmentiré,
desmintiéndome a mí mismo?
Digna es Beatriz del imperio;
mas no debe hallarse digno
mi amor de sujeto tanto;
por eso a Clemencia elijo.
GABRIEL: (¡Pedidme albricias, deseos!) Aparte
CARLOS: Por más que llamas resisto,
ni puedo, Gabriel, ni quiero
dar licencia a mi albedrío.
Clemencia ha de ser mi esposa,
yo su esclavo, tú mi amigo,
como no me disüadas
que la adore.
GABRIEL: Yo te sirvo.
CARLOS: Dilataré por ahora
mis bodas; de un rey soy hijo,
del que está reinando hermano;
de su poder participo;
perdone Beatriz.
Vase
GABRIEL: (Deseos, Aparte
a mi amor os habilito;
lealtad, ya os quitan estorbos;
alma, amad, que no os lo impido.
Los ojos de cuando en cuando
ocupan en mí benignos
Clemencia y su prima bella;
sola Beatriz no ha querido
favorecerme con ellos.
Si señas sirven de indicios
a certidumbres dudosas,
y en Beatriz no las animo,
no es Beatriz quien bien me quiere.
¡Ay, pensamientos ambiguos!
Sin competencia de Carlos,
con mis temores compito.)
ENRIQUE: Un torneo hemos trazado
esta noche; mi padrino
habéis de ser, porque espero
que le mantendré lucido
como vos en él entréis;
otorgadlo si os obligo.
GABRIEL: Favorecéisme hasta en eso;
que era el vencerme preciso,
a oponerme a vuestras armas.
FELIPO: Venid, duque, a preveniros.
¿Qué colores son las vuestras?
ENRIQUE: Blanco, leonado y pajizo.
Vanse FELIPO y ENRIQUE
MONTOYA: (¿Hemos de estarnos aquí Aparte
hasta el día del juicio,
o rematar con los nuestros,
guïados de tus caprichos?)
Cruza ARMESINDA la sala para retirarse
GABRIEL: (Ésta es Armesinda bella; Aparte
risueña, en sus ojos pinto
esperanzas que no acepto,
porque a Beatriz las dedico.
Pero –¡ay cielos!– la lazada
de diamantes y zafiros,
que entre sus joyas me dio
mi Gerarda al despedirnos,
honra Armesinda en su banda.
Amor, ¿qué más señas pido?
¿Si fue ella la usurpadora
del robo que anoche me hizo
el ladrón, todo misterios?
En años –¡cielos!– tan niños,
¿pueden caber sutilezas
tan estrañas?)
ARMESINDA: (Mucho envidio Aparte
la dama, español bizarro,
dueño de vuestros sentidos;
que quien a vos os merece
será en belleza un prodigio.)
Vase
GABRIEL: (Esto está ya declarado. Aparte
¡Gracias a Dios que averiguo,
a pesar de obscuridades,
geroglíficos de Egipto!
¡Ay Beatriz, que he de perder
mi esperanza, agradecido
a favores no buscados,
mas, por cortés, admitidos!
Pasa CLEMENCIA
Clemencia es ésta, ¡y aquélla
la cruz que de mi martirio
fue instrumento, y de Gerarda,
no diamantes, sino vidrios.
¿Qué es esto, sueños despiertos?
¿Ojos, podré desmentiros?
¿Alma, podré recusaros?
¿Amor, podré reprimiros?)
A don GABRIEL
CLEMENCIA: Yo conozco, don Gabriel,
cierta dama que me ha dicho
que tiene el gusto español
después que en Francia os ha visto.
Vase
MONTOYA: (Bergamota es esta pera; Aparte
madura está, ¡vive Cristo!
vaya con cáscara y todo;
que no has menester cuchillo.)
GABRIEL: (Yo estoy loco, yo lo sueño; Aparte
de mí propio me distingo;
no os doy crédito, ilusiones;
no os escucho, no os admito.
Pasa por delante de él BEATRIZ sin mirarle, leyendo un papel
Beatriz grave y desdeñosa
aun no me ha juzgado digno
objeto para sus ojos.
¡Qué imperiosos y qué esquivos!
Pero alentaos, esperanzas;
recobraos, amor perdido,
pues trae la firmeza al pecho
que idolatran mis suspiros.
De señora ha mejorado;
pasó al hermoso dominio
de un sol que rayos coronan,
de un cielo que hospeda signos.
De Gerarda fue; ofendióla
–como es mudable– su olvido;
firmeza es, busco firmezas;
si en ellas me hiciese rico,
guarnezca constelación
del globo celeste el cinto
tachonado de oro eterno,
que al sol adorne el camino.
Leyendo un memorial pasa.)
Vase BEATRIZ
MONTOYA: Ésta es de casta de pinos;
rollo espetado y derecho
parece de pergamino.
GABRIEL: (Las demás me favorecen Aparte
hablándome, ¡y aun no quiso
siquiera Beatriz mirarme!
Amor, si sois discursivo,
filosofead ingenioso.
¡Vive Dios, que hay escondido
en esto más de un misterio!
Problemas, ya soy Edipo.
¿De palabras favorables
las dos y humanas conmigo,
y Beatriz, toda severa,
con tal silencio? Este aviso
es examen de mi ingenio;
certidumbres sois, indicios;
las señas fueron no hacerlas;
cifras con cifras descifro.
Para deslumbrarme más,
las joyas ha repartido
en todas; y con no verme,
quiere que viva advertido
de lo que el secreto importa.
Esto es lo cierto, esto sigo;
amar por señas sin señas
sabrán los bien entendidos,
sirviéndoles yo de ejemplo.)
Vamos, Montoya.
MONTOYA: Bendito
el amo primero sea
que «Vamos, Montoya» dijo.
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Salen FELIPO, leyendo en voz alta una carta, CARLOS, ENRIQUE, BEATRIZ, y don GABRIEL
FELIPO: «Duque primo; aunque con mi gusto y
permisión se partió mi hermano a
desposarse con Beatriz vuestra hija,
importa a mi servicio que por agora
se suspenda ese casamiento o se ejecute
con su hermana Clemencia. Yo estoy
viudo, Francia sin heredero, Beatriz
digna de más alta fortuna, vos propincuo
a nuestra sangre, y mi corona deseosa
de sujeto que la merezca. Considera
las mejoras que de esta acción se os
siguen, y la obligación que os corre
a cumplir lo que os ordeno. Yo el Rey»
Esto el rey nuestro señor
me escribe.
CARLOS: Fuerza ha de ser,
por no irritar su rigor,
sentir, al obedecer,
los malogros de mi amor.
No sin causa mis recelos
mis bodas apresuraban;
pues, profetas mis desvelos,
en calma pronosticaban
la tormenta de mis celos.
Deme Clemencia la mano,
si en tal pérdida merezco
el bien que con ella gano,
y sepa que le obedezco
el rey, mi señor y hermano.
ENRIQUE: Eso no, duque, eso no;
prendas que en el alma estimo
no he de enajenarlas yo;
mi sangre es real, vuestro primo
me llama Francia; no os dio
más acción naturaleza
que a mí, ni las majestades
ofenderán su grandeza;
amor, de las voluntades
es rey, si vos sois alteza;
Clemencia está agradecida
a mi voluntad, Clemencia
dirá, de vos ofendida,
que no es el amor herencia
que se ha de usurpar en vida.
CARLOS: Duque, yo a Beatriz adoro,
y a mi rey vivo sujeto;
su padre está aquí…
ENRIQUE: No ignoro
que pretendéis en secreto
mudanzas contra el decoro
que en su hermosura ofendéis,
y que al rey, a quien echáis
la culpa que vos tenéis,
no es mucho que obedezcáis,
si os manda lo que queréis.
Dueño soy de prometido
de Clemencia; mi fe labra
en ella amor más que olvido,
su padre me dio palabra
de su esposo; ésta le pido,
y ésta, cuando se me niegue,
buscará satisfacción
armada.
FELIPO: Duque, no os ciegue
sin discurso la pasión
tanto que a perderos llegue.
A Clemencia os ofrecí,
subordinando en mi rey
palabras que entonces di.
ENRIQUE: ¿Esa es nobleza? ¿Esa es ley?
No tiene dominio en mí
el rey de Francia; mi estado
sólo al César reconoce,
de Francia privilegiado.
Primero que Carlos goce
la prenda que me ha usurpado,
la venganza y el rigor
atajará inconvenientes;
mi agravio tiene valor,
poder y armas mis parientes,
celos fuerzas, y yo amor.
Vase
FELIPO: No sin causa está quejoso;
que es amante y ofendido.
Templarle será forzoso;
que va con razón sentido,
y es Enrique poderoso.
Vase
BEATRIZ: Muestras habéis, duque, dado
en la mudanza presente
de que sois cuerdo obediente,
pero poco enamorado.
El interés coronado
probar mi firmeza quiso,
pero ofendida os aviso
que es tanta la presunción
de mi altiva inclinación
que a mis pies sus lises piso.
Yo apetezco rendimientos,
finezas y voluntades,
no ambiciosas majestades
que amenazan escarmientos.
Yo penetro pensamientos
que honestáis con la apariencia
de la hipócrita obediencia
que conmigo os disculpó.
Yo conozco al rey, y yo
sé que adoráis a Clemencia.
Llora mirando a CARLOS, vuelve luego la cabeza a don GABRIEL, ríese y se va
CARLOS: Gabriel, detenla, repara
que, corrido de ofenderla,
es un rayo cada perla
que contra mi amor dispara.
Cuando nunca adivinara
las mudanzas que no ignora,
quien tales hechizos llora
y ansí mis agravios juzga,
¿qué mucho que me reduzga,
si castigando enamora?
Mejórese mi cuidado;
alma, mudemos de estilo;
imagen soy de Perilo;
mi tormento me he labrado.
¡Ay cielos! Si enamorado
mi hermano ocasiona estremos,
alma, ¿cómo viviremos?
Ciego niño, pues sois dios,
estudiad palabras vos
con que la desenojemos.
Vase
GABRIEL: ¡Lágrimas a Carlos, cielos,
y al mesmo tiempo con risa
mirándome quien me avisa
que hay gustos entre desvelos!
Beatriz llora, y me da celos,
Beatriz con risas provoca
mi esperanza, o cuerda o loca;
¿a quién creeremos, enojo,
a las perlas de sus ojos
o a la risa de su boca?
Llorando, a Carlos miró,
riyéndose, me asegura;
con llanto a Carlos conjura,
con risa mi fe alentó;
nunca en los ojos mintió
el amor cuando suspira;
que el engaño habla y no mira,
y aposenta la beldad
en los ojos su verdad,
en los labios su mentira.
Según esto, a Carlos dijo
verdades en que mostraba
pena porque la olvidaba;
que amor de la vista es hijo.
Según esto, ya colijo
que, en confusión tan precisa,
quien me desdeña me avisa;
¿quién vio jamás, ciego encanto,
los favores en el llanto,
los desdenes en la risa?
Pero si Beatriz no fuera
quien mi esperanza alentara,
ni con el duque llorara,
ni conmigo se riyera.
Llora porque considera
muerto a Carlos; no me espanto
si, aborreciéndole tanto
que sin vida desea verle,
las obsequias quiso hacerle
con el luto de su llanto.
Llore por él, si es castigo
de su leve voluntad;
que siempre es noble piedad
llorar por el enemigo.
Ríase Beatriz conmigo,
porque esperanzas pequeñas
medren con muestras risueñas
la fe que conservan viva;
que en ellas mi amor estriba,
pues tengo de amar por señas.
Quédase suspenso y no repara en CLEMENCIA que sale con un billete abierto
CLEMENCIA: (¿En el suelo tal papel? Aparte
Poco le debe al cuidado
de quien perderle ha dejado
el español don Gabriel.
En el cuarto de mi hermana
le dejó el descuido en tierra;
si es ella quien me hace guerra,
saldréis, esperanza, vana.
¡Papel de tanta importancia
y con tan poca advertencia
que le olvida la imprudencia,
cuando cada circunstancia
de las que en él he leído
amenaza con agravios,
si le publican los labios,
a destierros del olvido!
¿Don Gabriel juramentado
a no partirse, y a amar
por señas que le han de dar,
mudo siempre su cuidado?
¿Y que lo firma, y que ofrece
alcanzar por conjeturas
cuál de las tres hermosuras
en palacio le enloquece?
¿Si será Beatriz? Mas no;
que ésta ya, toda arrogancia,
reina se sueña de Francia.
Pues no soy su autora yo.
Según esto, nadie ha sido
sino Armesinda quien quiere
que esperando desespere
el español. No ha tenido
hasta agora voluntad,
que yo sepa, a quien desvelos
deba de amor o de celos;
que éstos piden más edad.
Si es ella, pues, sutileza
notable abona su amor;
¿qué ha de hacer cuando mayor
quien niña con esto empieza?
Ahora bien, por señas quiere
desmentir publicidades;
prosigamos novedades
que no alcance quien las viere.
Aquí el español está.
¡Qué suspenso, qué elevado!
El primer enamorado
sin saber de quién será,
porque si de tres es una
y no conoce a quién es,
mientras pretendiere a tres,
no vendrá a tener ninguna.)
¡Don Gabriel!
Don GABRIEL vuelve como de una profunda suspensión
GABRIEL: ¿Señora mía?
CLEMENCIA: Retirado os han los ojos
contemplativos enojos
al alma; mas ¿qué sería
que mereciese Lorena
ofreceros la ocasión
de tan tierna suspensión?
GABRIEL: Sabrosa fuera esa pena;
mas ni yo la he merecido
ni, estraño aquí, me prometo
tanto bien.
CLEMENCIA: Siempre el secreto
es blasón de bien nacido.
Habíanme dicho a mí
que una hermosa tiranía
blasonaba que os tenía
sin alma.
GABRIEL: ¿En Lorena?
CLEMENCIA: Sí,
y que, aumentándoos suspiros,
entre apacible y cruel,
os obligó en un papel
a prometer no partiros
sin gusto suyo.
GABRIEL: (¡Ay cuidado! Aparte
Si señas buscando andáis,
ya las tenéis; ¿qué dudáis?)
¿Papel?
CLEMENCIA: Y en él empeñado
el valor que obliga a un hombre
de vuestra sangre y talento;
su fiador, un juramento,
y su firma vuestro nombre.
GABRIEL: (Probar quiere de la suerte Aparte
que cumplo el saber guardar
secretos; yo he de negar
las señas con que me advierte,
mientras más no se declara,
y a lo contrario me obliga.)
No sé, señora, qué diga
a mentira que es tan clara.
¿Yo papel, yo juramentos?
¿Yo empleo en esta ciudad?
CLEMENCIA: Pues lo negáis, escuchad;
oíd encarecimientos
que, de puro exagerados,
vuestro crédito recelan.
GABRIEL: Si a algún celoso desvelan,
gran señora, mis cuidados,
y intenta con ese ardid
perseguirme…
CLEMENCIA muestra el papel que él escribió
CLEMENCIA: Don Gabriel,
vuestro es aqueste papel,
vuestra aquesta firma. Oíd.
«Ensoberbeciérame la dicha de tan no
esperado bien, si la esperiencia de
mis pocos méritos no me avisara ser
más curiosidad de saber a lo que se
estiende el talento de los españoles
que empleos fuera de los límites de
sujeto tanto. Mas como quiera que sea,
mi señora, yo estoy dispuesto a
obedeceros en todo, y ansí desde hoy
viviré muy subordinado a vuestras
órdenes, jurando por la fe de caballero
de no ausentarme de esta corte sin
vuestro expreso gusto, de desvelar mis
sentidos hasta averiguar–como mandáis–
por señas cuál de las tres bellezas
superiores de esta casa me dispone a
tanta dicha, y de no comunicar con
viviente mercedes tan deudoras del
silencio, sujetándome al castigo
propuesto, si le profanare, y apercibiendo
desde aquí los ojos, en cuyo estudio haré
alarde de mi suerte. El cielo os guarde
para felicidades superiores, etc.
Don Gabriel Manrique.»
Decid que no es vuestra ahora
la carta de obligación
que os tiene casi en prisión.
GABRIEL: Si habéis vos sido la autora
del examen que queréis
hacer de mi ingenio corto,
y yo la lengua reporto
con el recato que veis,
¿para qué más confusiones,
equivocando las señas
que entre esperanzas pequeñas
atormentan mis pasiones?
Vuecelencia ¿qué procura?
¿A qué propósito agora
leerme el papel, señora,
que os escribió mi ventura?
¿He yo acaso delinquido
contra lo que en él prometo?
¿Comuniqué su secreto,
loco de favorecido,
con persona que se alabe
que mi palabra rompí?
Desde el punto que seguí
al que vuecelencia sabe,
favorable robador
de mi caudal –ya dichoso
por ser vos su dueño hermoso–
hasta agora, ¿en qué el valor
que profeso os ha ofendido?
¿He dicho yo la ocasión
de mi agradable prisión,
encerrado y detenido
en el cuarto cuyo adorno
sólo pudo vuestro ser?
¿Quién hay que pueda saber
lo de la sala y el torno,
la industria ingeniosa y nueva
de entregarme a mi criado,
el hospicio regalado,
de quien sois ilustre prueba,
los dos papeles discretos
al paso que misteriosos,
que me intiman amorosos
la guarda de estos secretos,
la afable serenidad
que, cuando libre salí,
en vuestro semblante vi,
y luego…?
CLEMENCIA: Tened, parad;
que vais confundiendo cosas
de algún frenesí compuestas.
¿Qué torno o salas son éstas?
¿Qué prisiones misteriosas?
¿Qué robador, qué crïado?
Don Gabriel, ¿estáis en vos?
GABRIEL: No sé, señora, por Dios;
débolo de haber soñado.
Si secretos que sabéis
esos mismos estrañáis,
si tantas señas negáis,
y conmigo os ofendéis
porque con vos me disculpo,
mucho os debe de importar
el verme desatinar.
Mi atrevida lengua culpo;
no se trate más en esto.
CLEMENCIA: ¿Yo a vos dos papeles? Yo
joyas robadas? ¿Quién vio
frenesí tan manifiesto?
GABRIEL: Ilusión debió de ser.
CLEMENCIA: ¿Hacia qué parte de casa
cae el cuarto donde pasa
tanto engaño? ¿En qué mujer
sospecháis que pudo haceros
burlas que fingiendo estáis?
GABRIEL: Si a vos misma os preguntáis,
podréis por mí responderos;
que yo no oso declararlo.
CLEMENCIA: ¿Un torno decís que había
en la sala que os tenía
preso?
GABRIEL: Debí de soñarlo.
CLEMENCIA: Enseñad los dos papeles
que esa dama os escribió.
GABRIEL: Señora…
CLEMENCIA: Mándooslo yo.
GABRIEL: Los bien nacidos son fieles.
Mientras no tenga evidencia
de que vos la beldad fuistes
que estas cosas dispusistes,
bien podrá vuesa excelencia
con mi muerte en su rigor
experimentar aprietos,
mas no saber los secretos
que hacen prueba en mi valor.
Morir honrado, eso sí;
manchar mi fama, eso no.
CLEMENCIA: ¿Y os persuadís a que yo
la dama encubierta fui
que quiso experimentar
con traza y modo tan nuevo
vuestro ingenio?
GABRIEL: No me atrevo,
por no ofenderos, a hablar.
CLEMENCIA: Acabad, no me enojéis;
éste es mi gusto; que intento
saber con qué fundamento
de los discursos que hacéis
la persona adivináis
que os obliga a amar por señas.
GABRIEL: No son, señora, pequeñas
las que en ese papel dais,
aunque me arriesgue a arrojarme
en tal golfo.
CLEMENCIA: ¿Queréis bien,
en fin, sin saber a quién?
GABRIEL: ¿De qué sirve examinarme
en cosas que vos sabéis,
y yo nunca he de deciros?
CLEMENCIA: ¡Que podáis vos persuadiros
a que yo os amo! ¿No veis
que, siendo Enrique mi igual,
y vos estraño…?
Sale un PAJE
PAJE: Madama,
a vuestra excelencia llama
el duque mi señor.
Vase
CLEMENCIA: Mal
vuestras señas conjeturan;
examinadlas mejor.
A Carlos le debo amor;
los servicios me aseguran
de Enrique; estad advertido,
ya que os habéis empeñado,
en que no todo llamado
alcanza ser escogido,
y que ardides ingeniosos,
joyas poco defendidas,
prisiones favorecidas,
papeles dificultosos,
torno, salas y ocasiones
son exámenes discretos
de vuestro ingenio y secretos;
id averiguando acciones,
ya advertid, si imagináis
que de lo que ha sucedido
yo, Gabriel, la autora he sido,
que acertáis y no acertáis.
Vase
GABRIEL: ¿Cómo, si acierto, no acierto?
¡Válgate Dios por mujer!
Otra vez me vuelvo a ver
en el golfo y en el puerto;
otra vez confuso advierto
la paradoja importuna
de mi equívoca fortuna.
No hay que dudar; Clemencia es
la que es una de las tres,
y de las tres no es ninguna.
Acertar y no acertar
¿no es lo mismo? ¿De qué suerte
será posible que acierte
en lo que es forzoso errar?
Si por señas he de amar,
que Clemencia me ama es cierto.
¡Ay cielos! Sueño despierto,
pierdo cuanto estoy ganando,
soy lince y a escuras ando,
y en fin acierto y no acierto.
Sale CARLOS
CARLOS: Gabriel, Beatriz celosa
merece por discreta, por hermosa,
ocupar mis desvelos
en tierna suspensión, no en darla celos.
Mas si a Clemencia miro,
olvidando a Beatriz, luego retiro
el primer pensamiento;
y de no darla el alma me arrepiento.
Inclíname Clemencia,
móvil de mis sentidos su presencia,
y, loco en este empleo,
de ella me aparto, y a su hermana veo,
que, volviendo a rendirme,
culpa mi poca fe de poco firme;
y, entre las dos perdido,
en círculo mi amor desvanecido,
de mis deseos esclavo,
vuelvo ciego a empezar por donde acabo.
¿Qué haré cuando navego
entre Escila y Caribdis?
GABRIEL: (Mal un ciego, Aparte
si no es que desvaría,
a otro ciego servirá de guía.)
CARLOS: ¿Qué dices?
GABRIEL: Que si adora
a tu Beatriz el rey y te enamora,
como dices, Clemencia,
sigas tu inclinación y su obediencia.
CARLOS: ¡Ay cielos, que te engañan
quimeras que mis penas enmarañan!
A instancia sólo mía
el desposorio estorba; mi porfía
y el amor que me tiene
hizo escribir la carta que previene
en mí nuevos desvelos.
¡Pluguiera a Dios que el rey me diera celos
con Beatriz, que a Clemencia
me obligara a olvidar su competencia!
Mira, español discreto,
amor sin competir pierde el afeto
con que se perficiona;
con celos sus quilates proporciona.
Si a Clemencia ama Enrique,
¿qué mucho que celoso sacrifique
mi gusto a sus deseos?
En lo fácil amor no logra empleos.
Beatriz no tiene amante
que en su favor feliz se me adelante;
por esto en su belleza,
con ser tanta, se engendra mi tibieza.
Pienso yo –y es sin duda–
que, si de objetos mi esperanza muda,
es porque en mi deseo,
sin ser difícil, a Beatriz poseo,
y que en otro empleada
Clemencia, cuanto más dificultada,
es más apetecida;
que amor con imposibles cobra vida.
Ven acá; haz una cosa,
y encenderásme tú en Beatriz hermosa;
dame con ella celos.
GABRIEL: ¿Qué dices, gran señor?
CARLOS: En ti los cielos
gracias depositaron,
Gabriel, que mis deseos envidiaron;
digno eres que compitas
con sujeto mayor.
GABRIEL: Desacreditas
tu discreción con eso.
CARLOS: Tú eres mi amigo fiel, yo estoy sin seso;
finge que, enamorado
de Beatriz, y en España potentado,
por verla te humillaste
a servirla, y tus prendas disfrazaste.
Si en mi amistad apoyas
la tuya, don Gabriel, daréte joyas
con que este engaño ostentes
y allanes, dadivoso, inconvenientes.
Reparte, desperdicia,
gasta Alejandro, colma la codicia
de avaros medianeros;
que las alas de amor son los dineros.
Doradas flechas tira;
yo apoyaré industrioso tu mentira.
GABRIEL: Vaya, pues tú lo quieres;
mas no formes de mí, cuando me vieres
por tu gusto empeñado,
quejas que den tormento a tu cuidado.
CARLOS: ¡No has de amarla de veras!
GABRIEL: No, que son mis lealtades verdaderas,
puesto que amor, que es loco,
acaba en mucho, aunque comience en poco.
CARLOS: Ven, que no me fiara
de ti si en tu lealtad no edificara
la máquina presente.
Tenga amor yo a Beatriz perfectamente;
que en tu amistad presumo
que si el azogue se resuelve en humo
después que el oro afina,
amor que con los celos se examina
sabrá, apartado de ellos,
en humo como azogue resolvellos.
GABRIEL: El que en azogues trata,
si no la vida, su salud maltrata;
pues tal vez le sucede
que con temblores del azogue quede,
y otro se lleve el oro.
Teme el riesgo, señor, que yo no ignoro;
pues dice un avisado
que es todo uno celoso y azogado.
Vanse. Sale ARMESINDA
ARMESINDA: El amor y la sospecha
nacieron en una casa;
ciego aquél, todo lo abrasa;
lince ésta, todo lo acecha.
Después que mal satisfecha
miro acciones
de este español, mis pasiones
conjeturan
que ausentes penas le apuran
la paciencia que retira
el alma. A solas suspira;
suspensiones le procuran
enajenar de beldades
que, usurpando voluntades,
materia dan a desvelos,
porque, sin amor y celos,
nadie busca soledades.
¿Hablando siempre entre sí
quien lances de amor ignora?
No es posible; luego adora.
¿Dónde, pues, si no es aquí?
Será en su patria –¡ay de mí!–.
¡Que entre engaños
lloran mis primeros años
competencias
que disfrazan apariencias
y, en tan riguroso extremo,
temiendo, no sé a quién temo!
Amo aquí y envidio ausencias
que ocultas muerte me den;
¿quién quiso hasta ahora bien
que a comparárseme venga,
ni quién –¡cielos!– hay que tenga
celos sin saber de quién?
Sale MONTOYA
MONTOYA: Cuanto sueño, cuanto miro
desde la noche pasada
se me antoja chimeneas,
guindaletas, tornos, trampas,
aventuras, estantiguas,
monjas, jayanes, fantasmas,
quintas, castillos, quimeras.
¡Válgate el diablo la casa!
ARMESINDA: (Éste sirve a don Gabriel Aparte
y, trayéndole de España,
sabrá quién es la belleza
que ausente tan mal le trata;
informarme de él pretendo.)
MONTOYA: Alrededor se me anda
cuanto topo, cuanto piso;
garatusas, musarañas
me parece cuanto veo.
ARMESINDA: ¡Hola!
MONTOYA: Vuescelencia añada
dos «eles» y una «a» al tal «ola»,
vendréme a llamar «Olalla».
ARMESINDA: ¿A quién servís?
MONTOYA: Pues yo ¿sélo?
Cristiano soy por la gracia
de Dios; serviréle a él,
y después de Dios al papa
que en su iglesia vicariza,
y tras éste al rey de España,
hasta tener lamparones
que me cure el rey de Francia.
Luego a don Gabriel Manrique,
a quien en palacio embauca
un duende monjitornero,
que invisible nos regala.
ARMESINDA: Venid acá.
MONTOYA: Estoy venido.
ARMESINDA: ¿Sabréis decirme la causa
que tanto melancoliza
a vuestro dueño?
MONTOYA: ¿No basta
a entristecer cuatro bodas
una noche toledana,
un torno tras un torneo,
una maleta mamada,
una cena por tramoya,
tres billetes y dos camas?
ARMESINDA: ¿Qué decís, estáis en vos?
MONTOYA: Debo estar en Guatemala,
y mi dueño en Guatebuena;
despertadme vos, madama,
tirándome las narices.
ARMESINDA: (Éste es loco.) Aparte
MONTOYA: ¿Sois la infanta
Lindabrides, a lo Febo,
a lo amadisco, Oriana,
Gridonia, a lo Primaleón,
Micomicona, a lo Panza,
o a lo nuevo quijotil,
Dulcinea de la Mancha?
¿Qué desmesura vos puso
en tanta cuita? ¿Qué fadas,
qué Artús encantadero
tal fermosura maltrata?
¿Quién vos fizo tuerto o vizco?
¡Mal haya el torno, malhaya
el sortijo de Brunelo,
si quien vos busca no os halla!
No os le volváis a la boca.
ARMESINDA: Hombre, ¿sabes con quién hablas?
MONTOYA: Con Angélica la bella,
tan bella como bellaca;
si no, dígalo Medoro,
aquel morisco sin barbas,
que diz que la fizo dueña
en una choza de paja.
ARMESINDA: Descortés, descomedido…
MONTOYA: Si se ensuegra, si enmadrastra
porque esta nigromancia
la trampeó lo que pasa,
oiga verdades tan puras
que no tienen pizca de agua,
porque, a tener media gota,
nunca yo se las contara.
¡Vive Dios, que está mi seso
con todas las zarandajas
de cuerdo a prueba de brujos,
que nos hacen garambainas!
Va de cuento; mi señor
–después de las alabanzas
que en el sarao y torneo
le dieron duques y daifas–,
sin comunicar conmigo
secretos –que me los guarda,
no sé yo con qué conciencia,
siendo toda su privanza–,
sin chistárselo a persona,
de noche ensillar me manda
y, dejando estos países,
iba a enfardelar a Holanda.
Brindóle el sueño dos millas
de esta selva encantusada,
que a esta quinta –o a esta sexta–
sirve de sombra o guirnalda;
y, apeándose en su centro,
mientras convida a ensalada
a nuestro frisón la yerba,
perejil de la cebada,
recostado en el cojín
y yo dormido en estatua,
–quiero decir, como grullo–,
la luna entre yema y clara
le hurta un hombre la maleta.
Corre en su alcance, la espada
«en puribus», por el bosque;
y yo, abriendo las pestañas,
oigo cuitas del rocín,
cuarteado de dos maulas.
Quise desfacer el tuerto,
pero por detrás me agarran
dos Galalones monsiures;
ojos y boca me embargan
y, sin decir chus ni mus,
las manos a las espaldas,
en la silla atado el cuerpo,
y en Sansueña presa el alma,
a escuras corro la posta,
hasta que después me abajan,
luego a un tejado me suben
y, al cabo de esto, me envainan
por un esmeril de yeso,
guindándome hasta una sala,
sin haberse otra vez visto
lacayo por cerbatana.
Conocímonos a ciegas
mi dueño y yo, y a mi instancia,
desencordelado el cuerpo,
las lumbreras me destapa;
pero entrambos tan a escuras
como antes, porque la cuadra,
avarienta de un candil,
sin luz nos desatinaba.
Alternábamos a versos
él y yo nuestras desgracias,
con temor de otras peores,
y hétele que a un torno llama
no sé quién; fuimos a tiento
y, respondiendo «Deo gratias»,
se nos vuelve el bofetón
y, sin hablarnos palabra,
nos presenta dos bujías
encendidas y una carta,
con papel, pluma y tintero.
Mi dueño de mí se aparta;
leyó para sí el billete;
treinta veces le repasa,
santiguando el frontispicio;
pregúntole el por qué, y calla;
mas, respondiendo con otro,
vuelve la atahona, y halla
tercer billete, y con él
una pródiga canasta
de potable y comestible.
Gozamos de la abundancia
y, acostándonos repletos
en dos magníficas camas,
despertamos a las trece,
hallamos la puerta franca
y, atravesando salones,
dignos todos de un patriarca,
nos hallamos a la vista
de tres duques, tres madamas
y tres mil encantamientos.
Esto, en suma, es lo que pasa,
y lo que yo alcanzar pude;
juzgue ahora, siendo alcalda,
si es maravilla que crea
que de Medusas y Urgandas
está este palacio lleno,
y que alguna nigromanta
enmaga con su hermosura
a cuantos viven en casa.
ARMESINDA: A no teneros por loco
y juzgar que disparatan
vuestros discursos enfermos,
no sé lo que maliciara
de todas esas quimeras.
MONTOYA: Voto a toda una semana
de fiestas y de domingos,
aunque entre en ellos la pascua,
que es lo que digo tan cierto
como que hay bellezas calvas
que se solapan con moños,
que hay títulos con mohatras,
que hay doncelleces con hijos,
que hay tintoreros de barbas,
y que hay dientes de alquiler
que se mudan.
ARMESINDA: Basta, basta.
En fin, ¿a vos os trajeron
a un cuarto de nuestra casa
y a vuestro señor también,
por engaño?
MONTOYA: Por fayancas
nocturnas y encantatrices.
ARMESINDA: Pues ¿qué hizo entonces la espada
de vuestro dueño que, ociosa,
de dos hombres no os libraba,
siendo español tan valiente?
MONTOYA: Pues contra encantos ¿hay armas
que defiendan a un Golías?
Cuando se le antoja, saca
un libro enano del seno
el nigromanto o la maga
y, en leyendo dos renglones,
a pares los grifos bajan
que desmayan Palmerines,
y los llevan en volandas
a la isla de las lechuzas.
Poco sabe de las chanzas
de un Fristón encantador
contra príncipes de Jauja.
ARMESINDA: ¿Torno la pieza tenía?
MONTOYA: Mantenía y torneaba,
pues a las tres torneaduras
cena nos dio torneada.
ARMESINDA: ¿Y no sabéis, en efeto,
lo que contienen las cartas
o papeles?
MONTOYA: Pretendílo;
pero, sacando la daga
contra mí –mal le conoce–,
me echó mucho en hora mala;
que para vuesa excelencia
no hay secreto de importancia
que le reserve mi boca.
ARMESINDA: Cosas me contáis estrañas.
Recibid esta cadena.
MONTOYA: ¿Para qué?
ARMESINDA: Para trocarla
por un secreto que intento
fïaros.
MONTOYA: ¿Cadena? ¡Guarda!
Non fago yo esas sandeces.
ARMESINDA: ¿Por qué?
MONTOYA: Temo, siendo maula,
que en carbón me la conviertan
los duendes de esta posada.
ARMESINDA: Bueno está ya de locuras;
acabad.
MONTOYA: Tómola. Vaya
de interrogación ahora.
ARMESINDA: ¿A quién, decid, en España
tuvo don Gabriel amor?
MONTOYA: Una ninfa toledana
sospechamos que le puso
tal vez silla y tal albarda
los que andábamos con él.
ARMESINDA: ¿Que lo sospechaste?
MONTOYA: Guarda
mi señor tanto secreto
que, con darnos leche un ama
y fïarme la despensa,
no me fía una palabra.
Pero como amor es niño,
y los niños nunca callan,
sacamos por los gorjeos
quién es a quien dice «mama».
ARMESINDA: Y ¿quién era la dichosa?
MONTOYA: Era y es una Gerarda,
digna de todo un cabildo
de Píramos.
ARMESINDA: ¿Muy bizarra?
MONTOYA: Tan bizarra y gentil hembra
que, a no ser desmantelada,
con guarniciones de fría
entre desaires de larga
y presunciones de boba,
pudiera ser archidama.
ARMESINDA: Pintámela, si sabéis.
MONTOYA: Va de pintura en estampa.
Semirubia de cabellos,
frente desembarazada,
cejas buenas, ojinegra
–ya no se usan ojizarcas–,
puesto que eran más ojetes
que ojales las luminarias,
por lo pequeño y redondo,
que en las fermosas se rasgan.
Las mejillas, por estremo,
ni bien mármol ni bien grana,
mezcla sí de las dos sierras,
la Bermeja y la Nevada.
En proporción las narices,
ni judaizantes ni chatas,
ni nabo por corpulentas,
ni alezna por afiladas.
Buenos labios, malos dientes,
porque, aunque era su tez blanca,
a caballo unos sobre otros,
tanti-cuanti moriscaban.
La garganta, cuelli-erguida,
cándida, gruesa, torneada,
y tal que hiciera yo un Judas,
a haber saúcos gargantas.
Las manos, no hay que pedir
en ellas porque no daban,
puesto que ambas recebían,
y eran muy hermosas ambas.
Privilegiado de cuartos
el tallazo; más avara
en las obras que en el cuerpo…
Lo demás, el argonauta
de tal golfo que le pinte,
si hay quien tenga dicha tanta
que mida con la experiencia
los grados del dicho mapa.
ARMESINDA: ¿Quiso a vuestro dueño mucho?
MONTOYA: Quiso a muchos; que mudaba,
como si fueran camisas,
tres a tres cada semana.
ARMESINDA: ¡Válgame Dios! ¿Mujer noble,
y tan fácil?
MONTOYA: Suspiraba
por lo ido, y lo venido
la daba al momento en cara.
ARMESINDA: ¿Y por qué vuestro señor
se ausentó?
MONTOYA: Porque esta daifa
dicen que escribió contra él
a nuestro rey quejas falsas,
y don Gabriel, por servirla,
cuando vio que deseaba
rempujarle, puso tierra
en medio.
ARMESINDA: ¡Fineza estraña!
MONTOYA: Dióle al partirse unas joyas,
pesarosa de esto, ¡tanta
es su variedad!
ARMESINDA: ¿Por qué
se partió, si le llamaba
y a su amor se reducía?
MONTOYA: Por haber dado palabra
de acompañar nuestro duque,
y por ver si la mudanza
hace en él de las que suele,
que ésta es general trïaca.
Esto sospécholo yo;
que, como a puerta cerrada
pudre don Gabriel secretos
y ninguno los alcanza,
hablo a tiento en sus amores.
Lo que me pesa, madama,
es que volaron las joyas.
ARMESINDA: ¿Cómo?
MONTOYA: En la maleta estaban
que nos gazmió el bandolero.
ARMESINDA: ¿Eran ricas?
MONTOYA: Empedradas
de diamantes, más que un trillo.
ARMESINDA: ¿Que, en efeto, nos os engaña
lo de la prisión y el torno,
confusiones y desgracias?
MONTOYA: Por Dios…
ARMESINDA: Ahora bien, yo quedo
satisfecha y informada
–aunque en confuso– de cosas
que os han de ser de importancia,
si sabéis guardar la lengua.
MONTOYA: ¿A mí?
ARMESINDA: A vos. No digáis nada
de lo que vos me habéis dicho
a vuestro dueño.
MONTOYA: Me tapa
los labios esta cadena.
Vueselencia, pues es sabia,
calle también y averigüe;
porque si mi amo alcanza
que me deslicé, no doy
por mi vida una castaña.
Vase
ARMESINDA: Amor, ¿qué es esto que oís?
¿Quién, decid, os dificulta?
¿Quién, competidora oculta,
celos os da y los sufrís?
Si con ellos presumís
crecer, crecerá la pena
que esperanzas enajena,
pues temo –¡congoja estraña!–
una enemiga en España,
y otra invisible en Lorena.
Aquélla ausente me abrasa,
ésta presente me enciende;
pero –¡ay Dios!– que más ofende
el enemigo de casa.
Con Carlos Beatriz se casa,
porque en él logra su amor,
aunque un rey competidor
se le opone, que no estima;
luego no es Beatriz mi prima
quien motiva mi temor.
Clemencia de esta quimera
la autora ha venido a ser,
porque con menos poder
¿quién a tanto se atreviera?
Sospechas, echemos fuera
temores, y averigüemos
sutilezas que estorbemos
con industrias que opongamos;
y, porque las consigamos,
las suyas desbaratemos.
Salen FELIPO, CARLOS, ENRIQUE, don
GABRIEL, BEATRIZ y CLEMENCIA
BEATRIZ: Vuestra excelencia, señor,
no ha de usar hoy de la ley
de padre conmigo; el rey
logre en iguales su amor;
que esta vez yo he de lograr
las de mi libre albedrío.
No apetezco señorío
que, a título de reinar,
imperioso me lastime
y me ame con presunción;
hecha tengo la elección
de quien templado me estime,
y no ofenda mi respeto.
Amor busco, no poder;
esto, señor, ha de ser;
entiéndame el más discreto.
Vase
CARLOS: (Por mí lo dijo. ¿Hay amor Aparte
semejante? Adoraréla;
por mi sol respetaréla,
por la firmeza mayor
que jamás vio el interés.
Mi mudanza ha sido loca.
Voy a que estampe en mi boca
los vestigios de sus pies.)
Vase
ENRIQUE: (¿Mas si madama Beatriz, Aparte
castigando la mudanza
de Carlos, me da esperanza
de ser mi dueño? ¡Feliz
trueco, si en él me prometo
tal dicha! Voy a saber
si, llegándola a entender,
vengo a ser el más discreto.)
Vase
FELIPO: (¡Que un rey desprecie por Carlos! Aparte
Pero sí, que en sus empleos
su amor empeñó deseos
y siente en mí el malograrlos.
El rey es prudente y justo;
ni yo me atrevo a intentar
que se case a su pesar,
ni él querrá mujer sin gusto.)
Vase
GABRIEL: (Estas señas interpreto, Aparte
aunque loco, en mi favor;
permitidme agora, amor,
presumirme el más discreto.
¿Risa ayer, cuando lloraba
con Carlos, y enigmas hoy?
Mas si de Clemencia soy,
si no ha media hora que acaba
de darme señas escritas,
¿qué intentas, soberbia vana?
A Carlos quiere su hermana;
¿para qué me precipitas?
¿Cuándo, amor, me has de sacar
de tanto golfo crüel?)
CLEMENCIA pasa junto a él disimulada, y le habla aparte
CLEMENCIA: ¿Qué tal os va, don Gabriel,
de acertar y no acertar?
GABRIEL: Mal, pues cuando conjeturan
discursos que me atormentan,
hallo señas que desmientan
las señas que me aseguran.
Ríense de un ignorante,
gran señora, como yo…
Disimuladamente deja ella caer un guante en el suelo, y levántale él
Mire que se le cayó
a vueselencia este guante.
CLEMENCIA lo toma desdeñosa
CLEMENCIA: ¿Qué decís?
GABRIEL: Se le ha caído,
y, alzándole yo, pretendo
con él…
CLEMENCIA: O yo no os entiendo,
o vos no sois entendido.
Vase
GABRIEL: (¡Gracias a Dios, experiencia, Aparte
que de dudas me sacáis!
¿Para qué filosofáis,
temores, en la evidencia?
Esto está ya averiguado.)
ARMESINDA se dirige a don GABRIEL, como que va a entrarse
ARMESINDA: La toledana es hermosa,
puesto que ni muy airosa,
ni muy firme; hanme agradado
las joyas, pero no el brío
ni el alma de la Gerarda;
que, aunque en el alma gallarda,
hiela a España por lo frío.
Tiene partes excelentes,
puesto que la gracia es poca,
que es gran defecto en la boca
tan mal avenidos dientes.
Lo que yo afirmaros puedo,
que en el aliño y adorno
puede obligar la del torno
a olvidar la de Toledo.
Vase
GABRIEL: ¿Señas nuevas? ¡Vive Dios,
que se han las tres concertado
a enloquecerme! Cuidado,
si, confuso entre las dos,
quieres que el seso las rinda,
con tres ¿qué hará mi paciencia?
¿Señas Beatriz y Clemencia?
¿Señas también Armesinda?
Burlarme intenta cada una;
solución del enigma es,
pues son mis damas las tres,
y de las tres no es ninguna.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
Salen CLEMENCIA y ENRIQUE
CLEMENCIA: Mi hermana me dijo a mí
que, interpretando razones
de contrarias intenciones,
la amáis.
ENRIQUE: Es, señora, ansí;
que, como Carlos procura
con cartas, más negociadas
que por el rey deseadas,
desbaratar mi ventura
y no lo repugnáis vos,
hallo en vuestro desengaño
el remedio de mi daño;
y, compitiendo los dos,
me parece que es prudencia
–antes que en celos me ofusque–
que en madama Beatriz busque
lo que peligra en Clemencia.
CLEMENCIA: Cuando él, duque, os compitiera
y entrada en mi pecho hallara
que el paso os dificultara,
¿mejor salida no fuera
–a ser amante de ley–
sus ardides desmentir
que por Beatriz competir
con un infante y un rey?
Confesarlo ansí es forzoso.
En efeto, hacéis alarde
de ser el primer cobarde
que se retira celoso;
aunque os tendréis por feliz
si en tan loca competencia
sois tímido por Clemencia
y animoso por Beatriz.
ENRIQUE: Cuando yo no interesara
más medras de mis intentos
que el causaros sentimientos
con que mi amor se repara,
fue ardid, señora, discreto
fingir haceros agravios;
que tal vez suelen ser sabios
los celos. Mostré, en efeto,
que a vuestra hermana servía,
y fue admirable mi aviso,
pues mi amor por su orden quiso
probar lo que en vos tenía.
Ya que lo sé, a vuestros pies,
dándoos gracias, perdón pido;
sosegad vos mi sentido,
porque os ame más después.
¿De veras que no estimáis
a Carlos? ¿Que os resistís?
¿Que en fin, cuando me admitís,
sois mujer y no os mudáis?
CLEMENCIA: Mi inclinación no consiente
mudanzas; que la firmeza
es en mí naturaleza,
si en las otras accidente.
Yo quise desde el instante
que di principio al querer
a quien mi esposo he de ser,
y nunca mudé de amante.
Carlos –desvanezca o no
promesas a su cuidado–
persona trae a su lado
que en mi pecho despertó
desvelos de más momento.
ENRIQUE: ¿Cómo es eso?
CLEMENCIA: ¿Qué teméis?
A don Gabriel le debéis
amistades, que si os cuento,
dudaréis satisfacerlas
en llegando a ponderarlas;
el principio de pagarlas
es, duque, el agradecerlas.
Haceldo ansí; que él ha sido
a quien fe mi pecho da.
ENRIQUE: ¿A don Gabriel?
CLEMENCIA: El será,
si me entiende, preferido
a muchos…Quiero decir,
en materia de consejos.
ENRIQUE: Estaba de eso tan lejos,
viéndole a Carlos servir,
que, aunque me lo certifique
vuestro crédito, y sea ansí…
CLEMENCIA: Cada cual hace por sí
antes que por otro, Enrique.
ENRIQUE: Pues él en eso ¿qué hace
por sí? ¿Qué es lo que medró?
CLEMENCIA: ¿No es el amigo otro yo
que a dos almas satisface
con sola una voluntad,
si a un mismo fin se encamina?
ENRIQUE: Ansí es bien que se difina
el amigo.
CLEMENCIA: Y su amistad
¿no puede ser tal con vos
que se verifique en él
tal fineza?
ENRIQUE: ¿Don Gabriel
contra su dueño? Por Dios,
que ha de quedar asombrado
quien tal imposible oyere.
CLEMENCIA: Cuanto más por vos hiciere,
os tendrá más obligado.
ENRIQUE: Poco abona su opinión
quien esa cuenta da de ella.
CLEMENCIA: Como por eso atropella,
si es viva, una inclinación.
Experimentad la mía,
disculpando a don Gabriel,
que yo os juro que por él
dejara una monarquía.
ENRIQUE: ¿Cómo por él?
CLEMENCIA: Pues ¿no dejo
la herencia casi de Francia
con el de Orliens, a su instancia?
Inclínome a su consejo,
de suerte, duque, os prometo,
que toda mi libertad
pende de su voluntad.
ENRIQUE: El español es discreto,
y si yo alcanzo por él
que os inclinéis a mi amor,
le seré eterno deudor.
CLEMENCIA: Id, Enrique, hablad con él;
experimentad verdades
que antes de mucho admiréis;
solicitadle, y veréis
prodigios entre amistades,
que no poco han de importaros.
Decid que siga la traza
que amor y su ingenio enlaza;
que alguna vez saldrán claros
los cielos, hasta aquí obscuros,
pues para los animosos
principios dificultosos
prometen fines seguros;
y que esto le aviso yo
para vuestro buen suceso.
ENRIQUE: Pues ¿no sabré yo algo de eso?
CLEMENCIA: Por agora, Enrique, no.
ENRIQUE: Pues ¿es razón que el tercero
alcance más que el amante?
CLEMENCIA: El medio que es importante
para los fines que espero,
con vos me requiere muda,
y toda lenguas con él.
Si os regís por don Gabriel,
presto saldréis de esa duda;
que hemos dispuesto los dos
cierta traza sin testigos,
con que quedéis muy amigos
mi padre, Carlos y vos.
Sólo este fin me reporta
en los labios el secreto;
vos veréis, duque, en efeto,
lo que a los dos nos importa.
ENRIQUE: Alto; si por don Gabriel
se han de allanar competencias,
voy a alentar sus agencias.
CLEMENCIA: Nuestro amor estriba en él.
Diréisle, pues le confío
que os industrie y aconseje,
que por señas no lo deje,
pues hartas con vos le envío.
ENRIQUE: Obedecer y callar.
Voy.
CLEMENCIA: ¿Oís? y que en los dos
sabrá aquello, yendo vos,
de acertar y no acertar.
Vase ENRIQUE
CLEMENCIA: Confuso parte, No es mucho
que, si imita mis acciones,
participe confusiones,
cuando yo con tantas lucho.
Si señas tienen de ser
del gallardo español prueba,
señas Enrique le lleva
con que me pueda entender.
¿Qué modo hallara yo agora
para sosegar desvelos
y conocer de mis celos
la oculta competidora?
Si yo conociese el dueño
que inadvertida perdió
el papel que ocasionó
los riesgos en que me empeño,
facilitara el cuidado
que confusa dificulto;
porque el enemigo oculto
más daña que el declarado.
Ahora bien, aquí le hallé;
vuélvole al mismo lugar;
que escondida he de sacar
quién la perdidosa fue.
Echa el papel en el suelo
Dudo en mi hermana y mi prima,
si bien con más fundamento
en la segunda; mi intento
a nuevas cosas me anima.
Cualquiera que pase de ellas,
en viéndole le ha de alzar;
y, si le perdió, ha de dar
muestras de gusto, y por ellas
quedaré informada yo.
Las dos estaban agora
en esa cuadra; no ignora
trazas quien celosa amó.
Sale FELIPO
FELIPO: Clemencia, de tu elección
pende la paz de mi estado;
palabra a Enrique le he dado;
Carlos te tiene afición;
ama a Beatriz el de Francia;
ya tú sabes su poder;
consultar es menester
cosas de tanta importancia.
De tu entendimiento fío
riesgos que a tu arbitrio dejo.
CLEMENCIA: En el tuyo mi consejo,
siendo tuyo, será mío.
FELIPO: Ven, y estudiemos los dos
lo que se ha de hacer en esto.
CLEMENCIA: (¿Hay estorbo más molesto Aparte
que el presente? Ciego dios,
mal podréis averiguar
quién es mi competidora,
si dejo el papel agora
y me obligan a ausentar.
¿Alzaréle? Pero no;
que si mi padre lo ve,
el crédito arriesgaré
que mi recato ganó.
¿Qué he de hacer? Poco dichosa
soy en amores.
FELIPO: ¿No vienes?
CLEMENCIA: Sí, señor.
FELIPO: Discreción tienes,
que es milagro, siendo hermosa;
busquemos los dos salida
a confusión tan crüel.
CLEMENCIA: (Volveos a perder, papel; Aparte
que más que vos voy perdida.)
Vanse. Sale BEATRIZ
BEATRIZ: Perdíle y, sin él confusa,
desvanezco mi sentido.
¿Si acaso se me ha caído
por aquí? No tiene excusa
mi descuido. Echéle menos
agora; guardéle aquí.
Señalando la manga
No sé cuándo le perdí;
sé mi desgracia a lo menos.
¿Si le halló mi padre? ¡Cielos!
¿Si alcanzó a saber por él,
con riesgo de don Gabriel,
mi osadía y sus desvelos?
Negaré disimulada,
aunque la vida me cueste.
Mas ¡válgame Dios! ¿No es éste?
Álzale
¡Ay prenda tan mal guardada
cuanto con gusto adquirida!
No saldréis más de mi pecho.
¡Qué de agravios que os he hecho!
Vos seáis bien parecida.
Cuando agora por aquí
con Armesinda pasé,
se me cayó; ya podré,
temores, volver en mí.
Salen CARLOS y don GABRIEL. Hablan aparte a la puerta
CARLOS: Yo sé que, dándome celos,
la he de volver a adorar.
GABRIEL: Tu estraño modo de amar
tendrá pocos paralelos.
CARLOS: Gabriel, madama está aquí.
GABRIEL: Comencemos tu quimera;
yo la llego a hablar.
CARLOS: Espera;
déjame primero a mí
que con ella te introduzga
en España poderoso,
y que me muestre celoso
porque a tu amor se reduzga,
y tú después llegarás.
GABRIEL: Voyme, pues.
CARLOS: Ve y vuelve luego.
GABRIEL: Más que el amor eres ciego.
CARLOS: ¿Qué quieres? No puedo más.
Vase don GABRIEL
CARLOS: Madama, si os desobligo
y a vuestra hermana pretendo,
es porque ofendido entiendo
que truje mi mal conmigo.
Quiero de suerte a un amigo,
y queréisle tanto vos,
que, puesto que sabe Dios
lo que me cuesta olvidaros,
no os he he amar, por amaros
y daros gusto a los dos.
BEATRIZ: Duque, ¿qué decís? Volved
por vuestro seso y por mí;
no os precipitéis ansí,
y en más mi opinión tened.
Vuestra mudanza ofended,
pero no, Carlos, mi fama.
¿Qué amigo es ése?
CARLOS: Madama,
no disimuléis conmigo;
[…………….-igo]
y él correspondiente os ama.
Pródigo intento y cortés
lograr con él una hazaña;
tendrá que envidiar España
desde hoy el valor francés.
BEATRIZ: Acabemos ya; ¿quién es
sujeto tan ponderado?
CARLOS: Duque que a Castilla ha dado
sangre real; duque, en efeto,
de Nájara, que en secreto
es mi igual y es mi criado.
BEATRIZ: ¡Válgame Dios! ¿Don Gabriel
es duque? ¿Es tan gran señor?
CARLOS: En los ojos vuestro amor
os lleva el alma tras él.
BEATRIZ: A lo menos, si es más fiel
que vos y menos mudable,
fuera ingratitud culpable
no amarle, cual presumís;
mas vos ¿de qué colegís
defecto en mí tan notable?
CARLOS: (Mintamos un poco, amor; Aparte
que va hallando esta quimera
más celos que yo quisiera.)
Fïado de mi valor,
hasta el mínimo favor
me comunica.
BEATRIZ: En efeto,
¿no hay entre los dos secreto?
CARLOS: A persuadirme se anima
que fue por él el enigma
de «entiéndame el más discreto.»
Presentóme por testigo
del amor que le mostráis
señas que disimuláis,
y él conjetura conmigo.
Si algunas de éstas os digo,
ya graves y ya risueñas…
BEATRIZ: Duque, ¿qué decís de señas?
CARLOS: Señas le apuran el seso.
BEATRIZ: Pues él ¿alábase de eso?
CARLOS: (Mentira, en mucho me empeñas.) Aparte
BEATRIZ: ¿Señas os ha dicho a vos
que en mí alientan su esperanza?
CARLOS: La amistad todo lo alcanza,
y es mucha la de los dos.
BEATRIZ: ¿Yo señas? (¡Válgame Dios! Aparte
En hombre que es tan perfeto
¿puede caber tal defeto?)
CARLOS: Por él, en fin, determino
que mude mi amor camino;
tanto su amistad respeto.
BEATRIZ: Sois vos todo gentilezas
que él os podrá agradecer,
mas no yo, pues llego a ver
mi agravio en vuestras finezas.
¡Ay cielos! Si da en flaquezas
como ésas, presumirá
señas que dicho os habrá.
CARLOS: Muchas me contó, aunque oscuras,
y por esto no seguras,
que averiguando en vos va.
BEATRIZ: ¿Muchas y oscuras decís?
CARLOS: Todo su pecho me fía.
BEATRIZ: (¿Qué escucháis, desdicha mía? Aparte
Necias industrias, ¿qué oís?)
CARLOS: Parece que lo sentís
como ofendida.
BEATRIZ: ¿Qué mucho,
si mis desdoros escucho
en quien ansí os engañó?
CARLOS: O le amáis, madama, o no.
BEATRIZ: (¡Con qué de congojas lucho!) Aparte
En fin, ¿es duque?
CARLOS: Y marqués
de Aguilar.
BEATRIZ: No sé qué hiciera
de mi libertad, si fuera,
en vez de español, francés.
CARLOS: (Alto, celoso interés, Aparte
ya os hizo mi amor lugar.)
BEATRIZ: Pero podréisle afirmar
que alcanzara ventajoso
suertes que merece airoso,
y pierde por no callar.
Vase
CARLOS: Buscaban celos mis daños
que a mi amor diesen desvelos
y, andando a caza de celos,
encontré con desengaños.
El que por medios estraños
en nuevos riesgos se arroja,
cuando coja
el fruto que yo cogí,
échese la culpa a sí;
porque siempre el que se ofusca
en peligros que aborrece,
si desdichas apetece,
halla más de las que busca.
Vase. Salen FELIPO y ARMESINDA
FELIPO: Esto es lo consultado
por Clemencia, y de ti tiene cuidado
de suerte que te estima
con afectos de hermana más que prima.
Condesa de Bles eres;
si al duque Enrique por esposa adquieres,
y yo le persüado
que, olvidando a Clemencia, trueque estado
y amor en ti, podemos
mudar en paces guerras que tememos.
ARMESINDA: Señor, en vueselencia
libré, muertos mis padres, la obediencia
que a ellos les debía;
mi voluntad es tuya más que mía;
mas cosas de ese porte,
no es justo que la prisa las acorte.
Consúltelas despacio,
pues sobran consejeros en palacio,
que mirarán prudentes
si se atajan con eso inconvenientes;
y yo del mismo modo
entretanto veré si me acomodo
a disponer deseos
tan libres en mi edad de esos empleos.
FELIPO: Tu discreción, sobrina,
merece admiración por peregrina.
Yo voy a consultarlos;
tú eres la paz del rey, de Enrique y Carlos.
Vase
ARMESINDA: Examine voluntades
y haga Felipo experiencia,
entretanto que en Clemencia
mis celos sacan verdades
si quiere al español más
que obedecer a mi tío;
que después, pues no soy río,
bien puedo volverme atrás.
Sale BEATRIZ sin ver a ARMESINDA
BEATRIZ: ¿Es posible que tan grave,
tan cuerdo, tan ententido,
tan discreto y bien nacido
–cuando lo que importa sabe–
duque don Gabriel Manrique
el secreto encomendado
y en fe de noble jurado
con Carlos le comunique?
No, sospechas, no lo creo;
miente Carlos; conjeturas
serán las que, mal seguras,
–porque mude de deseo–
le inquietan la voluntad.
Como en mis ojos ha visto
lo que en la lengua resisto,
querrá sacar la verdad
con mentiras que le impone.
Anda el español buscando
las señas con que le mando
que sus dichas ocasione;
ocupa, cuando le asisto,
los ojos y el alma en mí;
y saca Carlos de aquí,
porque a los dos nos ha visto
con descuido cuidadoso,
celos de causas pequeñas.
Mas ¡decir lo de las señas!
Aquí el culparle es forzoso.
Lo mismo que acuso abono;
y, entre el sí y el no confusa,
hallo el agravio en la excusa
y, condenando, perdono.
Sale CLEMENCIA sin ver ni a BEATRIZ ni a ARMESINDA
CLEMENCIA: Si Armesinda lleva bien
el dar a Enrique la mano,
salió mi recelo vano;
poco mis sospechas ven.
Si rehusa este concierto,
dándose por ofendida,
don Gabriel la trae perdida
y mi temor salió cierto.
ARMESINDA: Prima, en notable cuidado
hoy mis aumentos te ven;
darte puedo el parabién
de consejera de estado.
Tu padre, que dificulta
riesgos que nacen de nuevo,
me afirma lo que te debo;
quedaréle a tu consulta
deudora, que es circunstancia
mucha que a Enrique se rinda
la libertad de Armesinda
porque Beatriz reine en Francia.
BEATRIZ: (¿Cómo es esto de reinar? Aparte
¿Otra vez vuelve este miedo?
Desde aquí escucharlas puedo.)
CLEMENCIA: ¿Qué quieres? Séte afirmar
que te estimo de manera
que por ti me desposeo
del duque.
ARMESINDA: ¿Ya yo no veo
que eres mi casamentera?
Débote voluntad tanta
que no admites y te pesa
ser con Enrique duquesa,
por ser con Carlos infanta.
CLEMENCIA: Prima, reales intereses
efectuólos la ambición;
prométote que no son
mis pensamientos franceses.
ARMESINDA: Serán españoles, prima.
CLEMENCIA: ¿Cómo?
ARMESINDA: Pues ¿no han de tener
alguna patria?
CLEMENCIA: ¿Es querer
pedirme celos?
ARMESINDA: Enigma
es ésta que tu amor traza,
y cuando piensas que está
secretísima, anda ya
a pregones por la plaza.
CLEMENCIA: ¿Estás en ti?
ARMESINDA: No te asombres;
que debe ser tu beldad
alcalde de la hermandad
que prende en los campos hombres.
BEATRIZ: (¡Ay cielos! Todo se sabe. Aparte
El español fementido
pródigo indiscreto ha sido;
perjuro dejó sin llave
secretos y confïanzas.)
ARMESINDA: Alcaide fue tu cuidado
del cuarto en que, retirado,
diste a riesgos confianzas.
¡Qué ingeniosa te apercibes
de torno, tiniebla y salas!
¡Qué sazonada regalas,
qué misteriosa que escribes!
Ya yo he visto los papeles,
cifras de tu estraño amor.
BEATRIZ: (Todo lo ha dicho el traidor.) Aparte
ARMESINDA: No hay para que te receles;
que ya el español me fía
secretos encomendados,
porque tercie en sus cuidados.
Luego ¿piensas, prima mía,
que no me reveló señas,
ya en acciones y ya escritas,
en que dudas facilitas
y animas cuando despeñas?
Pues advierte que me hace
agente de tus amores,
y sé todos los favores
con que intentas que se enlace
en laberintos dudosos,
no sé a qué fin prevenidos,
conceptos con dos sentidos,
obscuros por misteriosos.
El papel que te escribió,
el crédito que con él
te acredita…
CLEMENCIA: ¿Don Gabriel
eso de mí te mintió?
ARMESINDA: Eso y otras liviandades
que callo. ¿De qué te admiras?
(Amor, digamos mentiras Aparte
para averiguar verdades.)
CLEMENCIA: (¿Mas si, celosa de mí Aparte
mi prima, se ha declarado
con el, y cuenta la ha dado
de cosas que presumí
guardar seguras en él?
No hay hombre que no se alabe
de favores que aun no sabe;
imitólos don Gabriel.
ARMESINDA: No hay para qué recelarte
ya de mí; declaraté
con los dos. ¿Qué le diré,
prima mía, de tu parte?
CLEMENCIA: Dile, prima, que por ti
facilitarle deseo
estorbos, y que en tu empleo
me tiene obligada a mí;
que no malogre invenciones
que tanto estudio te cuestan,
pues ellas le manifiestan,
aunque en sombra, tus pasiones;
que las joyas usurpadas
por tu industria, repartidas
también por ti, aunque escondidas,
no engañan disimuladas;
que fácil se manifiesta
cualquiera ardid estudiado,
si se afecta demasiado;
y en fin…
ARMESINDA: ¿Qué locura es ésta,
prima engañosa? ¿A qué efeto
es tanto disimular?
Hácesle desatinar,
sábese ya tu secreto,
¡y atribúyesme quimeras
que ni por el pensamiento
me pasan!
CLEMENCIA: ¡Donoso cuento!
Mira, prima, cuando quieras
que por señas un amante
sus discursos encamine,
no le hagas que desatine;
procura de aquí adelante
probar su ingenio de modo
que señas y conjeturas
ni del todo sean obscuras,
ni tan patentes del todo
que los demás las entiendan;
porque es fuerza que el cuidado
ame siempre desvelado,
y que sus ojos pretendan
registrar en cualquier dama
acciones que acas[o] hechas
den motivo a sus sospechas,
y luego piense que le ama.
ARMESINDA: ¿Para qué gastas doctrina
que tú sola has menester?
CLEMENCIA: ¿Yo? Pues mira; has de saber
que tu español imagina
que yo soy la arquitectora
de la máquina que hiciste;
que como le persuadiste
a amar por señas, y ignora
cuál de las tres de esta casa
es la que ha de obedecer,
apenas nos llega a ver
cuando estudiosos nos tasa
las acciones más pequeñas,
una risa, un volver de ojos,
con que al punto sus antojos
juzgan que le hacemos señas.
Cayóseme un guante ayer
y, creyéndole favor,
ya me imagina en su amor
perdida; quise volver
por mí y atajar locuras;
mas poco me ha aprovechado,
pues, necio y desbaratado,
no sé qué salas a escuras,
tornos y prendas robadas
alega, con presunción
de que yo fui la ocasión.
Como no le persüadas
a que eres tú su desvelo,
contemporizar con él
es fuerza; que el don Gabriel
es un español del cielo,
y no es bien que, ya apurado
el seso, siendo yo cuerda,
permita que por ti pierda
el poco que le has dejado.
Vase. Sale BEATRIZ retirada, sin que ARMESINDA la vea
ARMESINDA: Esto es burlarse de mí,
esto es haber ya sabido
del crïado fementido
cuanto en este caso oí.
A no ser ella la autora
de esta confusa quimera,
claro está que no supiera
lo que me refirió agora.
De celos estoy perdida;
mas no logrará, si puedo,
los lances de tanto enredo.
¿Yo burlada? ¿Ella querida?
Haré que el duque castigue
arrojos de amor tan loco;
que en competencias, no es poco
estorbar quien no consigue.
Vase
BEATRIZ: No hay en casa quien no sepa
cuanto al silencio fié.
¡Ay cielos! ¿Cómo creeré
que en semejante hombre quepa
tal falta, tan vil defecto?
Pero culparle es en vano;
que ya excediera de humano,
si en todo fuera perfecto.
Sale don GABRIEL
GABRIEL: Harásele, gran señora,
a vueselencia de nuevo
el ver que a hablarla me atrevo,
cosa rara en mí hasta agora;
pero alienta mi temor
quien puede, y por vos se abrasa.
BEATRIZ: Decid; que no es nuevo en casa
teneros por hablador.
GABRIEL: ¿Hablador yo?
BEATRIZ: Proseguid.
GABRIEL: Mal su opinión acredita
quien la que tengo me quita,
mintiendo…
BEATRIZ: Decid, decid.
GABRIEL: …porque es la más civil mengua
para mí…
BEATRIZ: Serán antojos
de quien os buscó todo ojos
y os ha hallado todo lengua.
Decid.
GABRIEL: Envidia será
de quien con vuestra excelencia
lo que no osa en mi presencia…
BEATRIZ: Decid, acabemos ya.
GABRIEL: …afirma, contra el valor
que en mí esos desdoros teme.
BEATRIZ: Don Gabriel, decid o iréme,
que sois terrible hablador.
GABRIEL: Si en tal opinión me veo…
BEATRIZ: Dejad eso, y proseguid.
GABRIEL: Pues vos lo mandáis, oíd.
Yo deseo y no deseo
cumplir leyes y precetos
de quien a hablaros me envía
y sus secretos me fía.
BEATRIZ: ¡Guardáis vos muy bien secretos!
Saca y hace que lee un papel
GABRIEL: Pues ¿podéis vos ofenderos
de haberlos quebrado yo?
BEATRIZ: ¡Jesús! ¿Vos quebrado? No;
antes los decís enteros.
GABRIEL: El envidioso ignorante
que me juzga poco fiel…
BEATRIZ: Levantad ese papel,
y proseguid adelante.
Déjale caer de industria ella, y levántale él mirándole
GABRIEL: (¡Ay cielos! Mi letra es ésta.) Aparte
BEATRIZ: Dadle acá.
Tómasele desdeñosa
GABRIEL: Señora mía…
BEATRIZ: Al que secretos os fía
podéis darle por respuesta
que estudie en mis escarmientos
si el fïarse es cosa baja
de habladores de ventaja
que infaman sus juramentos.
Vase
GABRIEL: ¡Madama! ¡Señora mía!
Rayos mortales arroja.
Agora, cielos, se enoja,
que manifestar quería
obscuridades de amor,
agora que comenzaba
mi dicha, y se declaraba,
¿tal desdén en tal favor?
¡Gentil premio de desvelos!
¡Bien satisfechos cuidados,
de habladores infamados!
¿Qué es esto, inclementes cielos?
¿No vi en manos de Clemencia
hoy mi papel? ¿No es el mismo
que hallé agora? En tal abismo,
¿quién ha de tener paciencia?
¿Con quién comunico yo
secretos tan castigados,
de injurias galardonados,
sino con quien me mostró
como carta de creencia
el billete que firmé?
Si amor por señas juré,
y hallo señas en Clemencia,
¿es mucho que desatine
creyendo que es su inventora?
Pues ¿cómo lo sabe agora
su hermana? ¿Cómo a hallar vine
en sus manos mi papel?
¿Cómo Armesinda me aguarda,
con las señas de Gerarda?
¿Fue el intrincado vergel
más confuso de Teseo?
No, cielos, no hay más salida
para no apurar la vida
–que pienso que lo deseo–
sino creer que las tres,
conjuradas contra mí,
comunican entre sí
secretos, porque después,
como cada cuál me engaña,
entre tanta confusión,
castiguen la presunción
que Francia culpa en España.
Sale CLEMENCIA
CLEMENCIA: (Mi padre, pues yo no puedo, Aparte
tanta máquina averigüe,
y mis celos apacigüe;
desharemos este enredo,
y saldré yo de cuidado,
aunque me llamen crüel.)
¿Aquí estáis vos, don Gabriel?
Nunca os veo acompañado;
mas tampoco lo está Apolo.
GABRIEL: Es ésta condición mía.
CLEMENCIA: Sí, pero, sin compañía,
mucho habláis para estar solo.
GABRIEL: ¿También vos formáis agravios?
CLEMENCIA: Amante he yo conocido
que hubiera dichoso sido
a saber cerrar los labios;
y alguna en casa ofendida…
GABRIEL: Diréos, si me dais lugar…
CLEMENCIA: ¿Hablarme vos? No hay que hablar.
Guardaos, no os cueste la vida.
Vase
GABRIEL: ¡Alto! Otra vez se eclipsó
la certidumbre infeliz
de que madama Beatriz
conmigo se declaró,
pues su hermana hizo lo mismo.
¿Cuál de ellas, amor, creeré
que de esta máquina fue
la artífice? En un abismo,
con dos vientos encontrados,
navego sin experiencia;
ya Beatriz, y ya Clemencia
la nave de mis cuidados
combaten; y en tanta mengua
las dos, intimando agravios,
una castiga mis labios,
y otra aborrece mi lengua.
Sale CARLOS
CARLOS: De la confïanza necia
que en vos mi amistad creyó
sé que a España se pasó
la fe fallida de Grecia.
Basta que a Beatriz amáis
y, dueño de sus desvelos,
por darme de veras celos,
los de burlas excusáis.
Cuando yo puse los ojos
en Clemencia, si a su hermana
amó vuestra fe liviana,
excusáredes enojos
diciéndome la verdad,
que ya en vuestra lengua dudo;
pero amigo que es tan mudo
guárdese de mi amistad.
Vase
GABRIEL: ¡Señor, gran señor! –¿Qué es esto?
¿Qué concurrencia de males,
qué espíritus infernales
tanta maraña han compuesto?
A todos los he agraviado;
todos acusan mi amor;
con las damas, hablador,
y con el duque, callado.
La fortuna intenta verme,
gustosa en desbaratarme,
con lengua para culparme.
sin ella para perderme.
Sale ENRIQUE
ENRIQUE: Gabriel, Clemencia me envía,
puesto que entre obscuridades,
a que agradezca amistades
que no supe que os debía.
Afirma que en mi favor
le habéis propuesto razones
opuestas a pretensiones
de Carlos, vuestro señor;
y como sé la lealtad
que le guardáis y debéis,
aunque de mi parte estéis,
no es tanta nuestra amistad
que presumiera tal cosa,
a no tener fundamento
en que lo hacéis con intento
de que Beatriz sea su esposa.
¡Digna acción de la cordura
que en vuestro valor se encierra,
pues se ataja ansí la guerra
que de otra suerte aventura!
Porque, aunque arriesgue el perderme,
su palabra ha de cumplirme
Felipo, o yo prevenirme
contra quien guste ofenderme.
En efecto, sea por esto
o por lo que vos sabréis,
tan persuadida tenéis
a mi dama que ha propuesto
no hacer más de lo que vos
dispusiéredes.
GABRIEL: ¿Clemencia
dice que estriba en mi agencia
el desposaros los dos?
ENRIQUE: Y que estos inconvenientes
bastáis vos solo a atajarlos.
GABRIEL: ¿Yo, en deservicio de Carlos?
ENRIQUE: Señas me dio suficientes,
aunque obscuras para mí,
que sin quererse explicar,
dice, no podéis negar.
GABRIEL: (¡Cielos! ¿En qué os ofendí? Aparte
¿Amante y casamentero?
¿Desleal a mi señor?
¿Ya infamado de hablador,
ya su esposo, y ya tercero?)
ENRIQUE: Que experimente verdades,
que en vos admire, desea;
y que obligaciones crea
de finezas y amistades.
No sé yo con qué pagaros
tanto. Dice que sigáis
la traza que en esto dais;
que alguna vez saldrán claros
los cielos, hasta aquí obscuros;
pues para los animosos
principios dificultosos
prometen fines seguros.
Don Gabriel, ¿qué traza es ésta?
Que es rigor demasïado,
siendo yo el interesado,
ignorarla.
GABRIEL: (¿Qué respuesta Aparte
la daré, confusión mía?)
ENRIQUE: Y que, si no me creéis,
por señas no lo dejéis;
que hartas conmigo os envía.
GABRIEL: (¿Pudo declararse más? Aparte
Luego ¿no fue Beatriz –¡cielos!–
la autora de mis desvelos?
Volved, esperanza, atrás.
Pero ¿cómo me condena,
si no es Beatriz, su rigor
a delitos de hablador?
¡Nunca yo entrara en Lorena!
ENRIQUE: Acabadme de sacar
del golfo en que me habéis puesto.
Decid, don Gabriel, ¿qué es esto
de acertar y no acertar?
GABRIEL: Pues ¿eso también os dijo?
ENRIQUE: Esto al partirse la oí;
y que entenderéis por mí
este misterio prolijo
sin declarárosle a vos,
afirma; y que es de importancia,
en tal caso, mi ignorancia.
GABRIEL: (¡Extraña mujer, por Dios!) Aparte
ENRIQUE: ¿Queréisme ya despenar?
Sacadme de este cuidado.
GABRIEL: Duque Enrique, hanme obligado
a ver, oír y callar.
Si ella afirma que os importa
que este secreto ignoréis
y os ama, ¿qué más queréis?
ENRIQUE: ¿Clemencia conmigo corta,
y con vos tan liberal?
Don Gabriel, ¡aquí de Dios!
¿Por qué habéis de saber vos
lo que a mí no me esté mal
y ha de negárseme a mí?
GABRIEL: Eso dígalo Clemencia;
que yo no tengo licencia.
ENRIQUE: Mirad que saco de aquí
conjeturas no pequeñas
que os desdoran de algún modo.
GABRIEL: Eso sí, sed vos y todo
astrólogo de mis señas;
pero no ingrato a lo mucho
que afirma que me debéis
Clemencia.
ENRIQUE: En fin, vos queréis
que en los misterios que escucho,
y no acabo de alcanzar,
pierda el seso.
GABRIEL: ¿El seso? No;
mas quiero que, como yo,
tengáis que filosofar.
Que os prometo que es mi amor
tan mudo que vive preso
en el alma, y con todo eso
me le culpan de hablador.
No alcanza quien no obedece,
ni sin peligro hay batalla,
ni merece quien no calla,
ni quien malicia merece.
Esto la dad por respuesta;
y decid que, pues dispuso
que os tuviésemos confuso
y os importa, aunque os molesta,
la traza entre los dos dada
se ponga en ejecución,
porque perderá sazón
si hoy no queda desposada;
que os disfrazó pensamientos
para acendrar vuestra fe,
porque yo jamás quebré
palabras ni juramentos.
ENRIQUE: Amor es loco, sus temas
imposibles de vencer;
yo no acabo de entender
el blanco de estas problemas;
pero si, cual conjeturo,
hoy ha de llamarme esposo
Clemencia, tan venturoso
seré como el medio obscuro.
Voy, porque no me hagáis cargo
de que a malicias me atrevo,
si bien sabré lo que os debo,
pues no es el término largo.
Pero vivid advertido
en lo que habéis maquinado,
que, si agradezco obligado,
me satisfago ofendido.
Vase
GABRIEL: Todos forman de mí queja;
a tragos la muerte bebo.
Echan por una ventana un billete
¿Qué es esto? ¿Hay peligro nuevo?
Arrojaron de la reja
un papel. Si es semejante
a sus dos antecesores,
no más ambiguos amores;
mude su dueño de amante.
Alzale y léele
«Ya por experiencia sé
cuán obediente y discreto
vive por vos el secreto
que oculta os encomendé;
no es bien que el premio lo esté,
que os ofrece la fortuna;
ocasión hay oportuna;
id como la vez primera
al torno; que allí os espera
de las tres la una y ninguna.»
Como cumpla lo que dice,
demos por bien empleado
todo el desvelo pasado;
si es que a dudas satisface,
fortuna, acábese ya
el tema de estos engaños.
Sale MONTOYA
MONTOYA: Dos horas, si no dos años,
anda de acá para allá
en busca tuya, y no te halla…
GABRIEL: ¡Montoya!
MONTOYA: …cierta señora
[tapada]…
GABRIEL: Calla, Montoya.
MONTOYA: …que embauca.
GABRIEL: Sígueme y calla.
MONTOYA: Doy a la lengua cien nudos;
que pues por ti se me estanca,
aquí pasa Salamanca
el colegio de los mudos.
Vanse. Salen FELIPO y CLEMENCIA
CLEMENCIA: Esto es, señor, lo cierto;
Armesinda este ardid ha descubierto.
Lo que de mí has oído
del modo que te afirmo ha sucedido;
a Enrique menosprecia,
no estima a Carlos porque, loca o necia,
al español adora.
FELIPO: De tantos embelecos inventora!
Clemencia, considera
que parece imposible tal quimera.
En tan pequeños años
¿puede Armesinda hacer tantos engaños?
CLEMENCIA: Para ellos la habilita
ese cuarto, después que no se habita
desde el año pasado
por las muertes que en él hemos llorado
de mi madre y señora,
y del duque mi hermano; allí inventora
de peregrinas trazas,
con tornos, con papeles y amenazas
que ingeniosa dispuso,
del español el seso trae confuso.
FELIPO: Júzgote con tu prima
apasionada, viendo que no estima
a Enrique, cuando quieres
a Carlos; sois estrañas las mujeres.
CLEMENCIA: Espera, haz una cosa;
darásme, si nos sale provechosa,
el crédito debido.
Llama aquí al español favorecido,
como otras veces sueles;
que entre otros, trae consigo dos papeles
que le escribió esa dama
a quien su confusión por señas ama;
conocerás sin duda
por la letra la autora amante y muda
que el estilo profana
con que amor hasta aquí su imperio allana.
FELIPO: Bien dices; de ese modo
sabré quién es y se averigua todo.
Mandaré que le llamen,
y en él de estos misterios haré examen.
Sale ARMESINDA
ARMESINDA: (¿Qué puede buscar, ¡cielos!, Aparte
don Gabriel en tal parte sino celos
que apuren mi cuidado?
¿En el cuarto tanto ha deshabitado,
y cerrarle la puerta
luego que entró? Sospecha, saldréis cierta,
si a confirmaros torno;
allí el teatro oculto, allí está el torno,
amor, de mi tragedia.
Si el duque tanto insulto no remedia,
quedará mi esperanza
marchita en flor, sin fruto mi venganza.)
FELIPO: Armesinda, ¿qué es esto?
ARMESINDA: Sutilezas de amor con que ha dispuesto
Clemencia, señor mío,
cuando tu ofensa no, su desvarío.
Esa parte de casa
que no se vive tu opinión abrasa.
Mi prima, que atropella
respetos de quien es, oculta en ella
a quien te certifique
la causa por que deja al duque Enrique.
CLEMENCIA: Desatinada vienes.
¿La culpa me atribuyes que tú tienes?
¿Perdiste el seso, prima?
ARMESINDA: Ya se saben verdades de este eni[g]ma,
ya el cuarto, el torno y salas
donde escribes, obligas y regalas
al español dichoso,
agora en posesión, antes dudoso.
Derriba, señor, puertas,
que sólo están a nuestro agravio abiertas.
FELIPO: ¿Qué es esto, cielo santo?
CLEMENCIA: Averigua, señor, enredo tanto;
que si la letra miras
de los papeles, no podrán mentiras
desdorar mi inocencia.
ARMESINDA: Eso pretendo yo, haga experiencia
la averiguación sabia
de la agresora que tu casa agravia.
FELIPO: Echaré por el suelo,
abrasaré impaciente
el palacio, la autora, el delincuente
de tanto ciego insulto.
Vase
ARMESINDA: No has de lograr tu amor hasta aquí oculto.
CLEMENCIA: Con frívolas disculpas
disfrazas evidencias de tus culpas.
ARMESINDA: ¡Qué loca te despeñas!
CLEMENCIA: Pues poco has de lograr tu amor por señas.
Vanse. Salen don GABRIEL y MONTOYA
MONTOYA: Segunda vez nos enmonjan
y, cerrándonos las puertas,
solos, de noche y a escuras,
a pares nos emparedan.
Tú, que sabes lo que pasa,
ni tienes miedo, ni tiemblas,
mas yo, que no he merecido
tantica historia siquiera
con que sobornar temores,
¿qué he de hacer sino hacer cera?
GABRIEL: Todo ha de parar en bien.
MONTOYA: No pare en la chimenea
por donde a ciegas me embutan;
pongan luz y saquen cena,
y estémonos aquí un siglo.
Llaman dentro al torno
GABRIEL: Allí llaman.
MONTOYA: Allí llega
tú, que eres el consiliario;
que yo en la dicha comedia
no soy más que el mete-sillas.
Vuélvese el torno con un billete y una luz
GABRIEL: ¡Luz y papel!
MONTOYA: Ansí empiezan
los actos de nuestra farsa.
GABRIEL: (Una es la nota y la letra Aparte
de éste y de los otros tres,
y dice de esta manera;
Apártase de MONTOYA y lee
«Madama Beatriz se alaba
de que le habéis dado cuenta
de secretos prometidos
que el bien nacido conserva;
Carlos los sabe, Armesinda
a todos los manifiesta,
ya se los habrá contado
a los tres duques Clemencia;
ved si está puesto en razón
que quien juramentos quiebra,
cuando el premio que esperaba
perdió, pase por la pena.
Poneos bien con Dios al punto,
porque dentro de hora y media
he de hacer que en ese sitio
encubra siempre la tierra
lo que no encubristes vos;
que temo de vuestra lengua,
si agora no la sepulto,
que ha de hablar después de muerta.»
Esta es sofística excusa
de quien cavilosa intenta
honestar sus liviandades
al nuevo interés que afecta.
Ya Clemencia, ya Beatriz,
ya Armesinda la una sea
de las tres, la enigma-dama,
si ama a Carlos la primera,
la segunda al rey francés,
y apetece la tercera
a Enrique, ¿qué maravilla
que recele que se sepan
los arrojos de su gusto?
Temerosa de mis quejas,
con la muerte me amenaza;
pero primero que muera,
hará mi valor alarde
de la sangre que le alienta.)
Saca la espada
Saca la espada, Montoya.
MONTOYA: ¿Para qué la quieres fuera?
GABRIEL: Acaba, o te mataré.
MONTOYA: Pues ¿tú conmigo pendencias?
¿A cuchilladas me pagas
catorce o veinte cuaresmas
que he ayunado en tu servicio?
¿No digo yo que andan sueltas
por este cuarto de ahorcado
Margarusas? (¿Si me trueca Aparte
la cara algún Gacipiro,
y que soy gigante piensa?)
Montoya soy, ¡vive Apolo!;
ten, señor, por Dios, vergüenza
de ensuciar tus limpias manos
en sangre lacaya.
GABRIEL: Bestia,
¿qué dices?
MONTOYA: Las letanías.
GABRIEL: Mira que a matarnos entran
traidores disimulados.
MONTOYA: ¿Hacia dónde están, que puedas,
encantados, verlos tú,
y yo agora llenos tenga
los ojos de cataratas?
A Dios y a ventura, muera
todo fauno, sierpe o grifo.
Saca la espada
GABRIEL: Ponte a mi lado, no temas.
MONTOYA: Si se hallare en toda Europa
quien más desdichado sea
que yo…
GABRIEL: ¿Tiemblas?
MONTOYA: Tiemblo y sudo;
olerásme si te acercas.
¿Quieres ver cuán venturoso
soy? Pues escucha. Una siesta
soñaba que me había hallado
tres bolsas y dos talegas
de doblones de a dos caras;
tendílos sobre una mesa
y, cuando empecé a contarlos,
al primero me despiertan,
dejándome de la agalla,
sin permitirme siquiera
que entre sueños recrease
mi codicia con su cuenta.
Soñé otra vez que me daban,
sacándome a la vergüenza
por las calles de la corte,
cuatrocientos de la penca.
Iba yo carivinagre,
llorado de verduleras,
entre escribas y envarados,
las espaldas berenjenas.
Y a cada «ésta es la justicia»,
me pespuntaba el gurrea
los ribetes cuatro a cuatro,
cual Dios les dé la manteca.
Considera tú qué tal
iría mi reverencia,
que ¡vive Dios! que escocían
como si fuesen de veras.
Pues fue mi ventura tanta,
para que envidia la tengas,
que hasta el último pencazo
no desperté; de manera
que, cuando sueño doblones,
al primero me recuerdan,
y, cuando azotes, me obligan
que hasta el cuatrocientos duerma.
¿Hay bestia más desdichada?
Golpes grandes a la puerta por dentro. FELIPO dentro
FELIPO: Si no abriere, echad por tierra
las puertas.
MONTOYA: Descomunal
jayán Tranquitrinco, espera.
¡Santiago, cierra España!
A ellos, señor, o a ellas.
Cae la puerta y salen FELIPO, BEATRIZ, CLEMENCIA, ARMESINDA, ENRIQUE, criados y damas
CRIADO: Ya está abierto para todos.
MONTOYA: ¡Los duques y las duquesas!
GABRIEL: (Pues ¿cómo? Quien me amenaza Aparte
de muerte, porque no sepa
ninguno mudanzas suyas,
¿agora con todos entra?)
FELIPO: Rendid, español, las armas.
GABRIEL: A los pies de vuestra alteza,
ellas, el dueño y la vida.
MONTOYA: La bolsa, el dinero, y ellas.
FELIPO: ¿Es blasón de generoso,
a costa de su nobleza
desasosegar palacios
y, estranjero, hacer ofensa
a tanto príncipe y dama?
GABRIEL: Quien a sustentar se atreva
que yo…
FELIPO: Ya se sabe todo.
GABRIEL: …hice cosa que no deba,
ni aquí, ni…
FELIPO: Don Gabriel, basta;
dicho me han de esta quimera
lo que pasa, aunque en confuso.
GABRIEL: No yo a los menos; que precia
mi valor guardar palabras
que tanto riesgo me cuestan.
Y, pues contra esto me indician,
diga madama Clemencia,
diga Carlos, señor mío,
Beatriz y su prima bella,
vuestra alteza, el duque Enrique,
¿cuándo permití a la lengua
secretos encomendados,
que de los labios excedan?
A ARMESINDA
MONTOYA: Chitón, por amor de Cristo,
dama en cifra, niña almendra,
en lo de la sala y torno,
joyas, papel, noche y cena.
FELIPO: ¿Cuál de estas tres, español,
mandándoos amar por señas,
es la sutil inventora
de tanto artificio?
GABRIEL: Fuera,
gran señor, yo afortunado,
a alcanzar mis diligencias
la solución de esas dudas.
No lo sé, si bien sospechas
tengo en todas tres.
FELIPO: Mostrad
[l]os papeles; que su letra
alumbrará confusiones.
GABRIEL: Denme todas tres licencia
para hacer de ellos alarde;
que, sin dármela, aunque muera,
no me atreveré a enseñarlos,
por no ofendar la una de ellas.
BEATRIZ: Yo os la prometo.
CLEMENCIA: Yo y todo.
ARMESINDA: Yo también.
MONTOYA: Traza discreta
para deshacer pandillas.
Dáselos, y míralos FELIPO
FELIPO: Ni de Beatriz, ni Clemencia,
ni de Armesinda es la forma;
todos son de mano ajena.
MONTOYA: Pues volvamos a tocar
tercera vez a tinieblas.
GABRIEL: Si las tres me lo permiten,
y perdona vuestra alteza
de este amor enmarañado
culpas que no sé que tenga,
señas ofrezco bastantes,
[……………….e-a]
para conocer su autora,
por más que ocultarse quiera.
BEATRIZ: Ya la tenéis.
CLEMENCIA: Acabad.
FELIPO: ¿Qué dices tú?
ARMESINDA: Que desea
mi confusión verse libre.
MONTOYA: (Aquí la trampa se suelta.) Aparte
GABRIEL: ¿Quién, pues, de las tres madamas
a las dos de vueselencias
dio las joyas de diamantes
que las tres sacaron puestas
la primer vez que me hablaron?
BEATRIZ: Leonora, mi camarera,
debajo mis almohadas
halló esta cruz, sin que sepa
cómo o quién allí la puso,
y también esotras piezas,
que por saber este enigma
di a las dos.
DAMA: Es cosa cierta
lo que mi señora afirma.
FELIPO: En fin, ¿que quien nos enreda
se ha de reír de nosotros?
MONTOYA: Desmaráñelo un poeta.
GABRIEL: Señor, si esta vez no doy
con el engaño, no tengas
de averiguarle esperanzas.
FELIPO: Decid.
MONTOYA: Ya va la tercera.
GABRIEL: Cuando agora entré a esta sala
¿estaban con vuestra alteza
las tres madamas presentes?
FELIPO: Sólo Beatriz faltó de ellas.
GABRIEL: Pues ella estaba en el torno
y, apurando mi paciencia,
amenazaba mi vida;
ella es la dama encubierta
que se entretiene en burlarme.
FELIPO: ¿Qué respondéis?
BEATRIZ: Que confiesa
lo que la lengua rehusa
en la cara la vergüenza.
Sale CARLOS
CARLOS: Antes moriré a su lado
que en Francia persona ofenda
al de Nájara, mi amigo.
FELIPO: ¿Qué es?
MONTOYA: Es chilindrona nueva.
CARLOS: Mi hermano el rey se casó
con Ricarda, infanta inglesa;
y, muerto en España el duque
de Nájara, porque queda
sin sucesión, don Gabriel,
sobrino suyo, le hereda.
Pésames y parabienes
os den juntos estas nuevas,
y vos, Felipo, a Beatriz,
permitiendo que merezca
mi intercesión y amistad
lo que madama desea,
que es juntar en don Gabriel
a Nájara con Lorena.
Mi esposa será Armesinda,
dando la mano a Clemencia
Enrique, porque amistades
desbaraten competencias.
Alcance yo vuestro sí.
FELIPO: Dueño es, señor, vuestra alteza
de mi voluntad y estado;
como lo dispone sea.
GABRIEL: A vuestros pies, gran señor…
CARLOS: Levantad; que ansí se venga
de agravios que amor enlaza
la sangre noble francesa.
MONTOYA: ¡Trinidad de desposorios!
Sólo Montoya se queda
incasable o celibato,
paralelo de una dueña.
GABRIEL: Invencionero ingenioso
es amor; esta novela,
senado ilustre, lo diga,
y en ella el Amar por señas.
FIN DEL ACTO TERCERO
FIN DE LA COMEDIA
Don Gil de las calzas verdes
Personas que hablan en ella:
Doña JUANA
Don DIEGO
Don MARTÍN
Don ANTONIO
Doña INÉS
CELIO
Don PEDRO, viejo
FABIO
Doña CLARA
DECIO
Don JUAN
VALDIVIESO, escudero
QUINTANA, criado
AGUILAR, paje
CARAMANCHEL, lacayo
UN ALGUACIL
OSORIO
MÚSICOS
ACTO PRIMERO
Sale Doña JUANA de hombre con calzas y vestido todo verde, y QUINTANA, criado
QUINTANA: Ya que a vista de Madrid
y en su Puente Segoviana
olvidamos, doña Juana,
huertas de Valladolid,
Puerta del Campo, Espolón,
puentes, galeras, Esgueva,
con todo aquello que lleva,
por ser como inquisición
de [la] pinciana nobleza,
pues cual brazo de justicia,
desterrando su inmundicia
califica su limpieza;
ya que nos traen tus pesares
a que desta insigne puente
veas la humilde corriente
del enano Manzanares,
que por arenales rojos
corre, y se debe correr,
que en tal puente venga a ser
lágrima de tantos ojos;
¿no sabremos qué ocasión
te ha traído desa traza?
¿Qué peligro te disfraza
de damisela en varón?
JUANA: Por agora no, Quintana.
QUINTANA: Cinco días hace hoy
que mudo contigo voy.
Un lunes por la mañana
en Valladolid quisiste
fiarte de mi lealtad:
dejaste aquella ciudad;
a esta Corte te partiste,
quedando sola la casa
de la vejez que te adora,
sin ser posible hasta agora
saber de ti lo que pasa,
por conjurarme primero
que no examine qué tienes,
por qué, cómo o dónde vienes,
y yo, humilde majadero,
callo y camino tras ti
haciendo más conjeturas
que un matemático a escuras.
¿Dónde me llevas ansí?
Aclara mi confusión
si a lástima te he movido,
que si contigo he venido,
fue tu determinación
de suerte que, temeroso
de que, si sola salías,
a riesgo tu honor ponías,
tuve por más provechoso
seguirte y ser de tu honor
guardajoyas, que quedar,
yéndote tú, a consolar
las congojas de señor.
Ten ya compasión de mí,
que suspensa el alma está
hasta saberlo.
JUANA: Será
para admirarte. Oye.
QUINTANA: Di.
JUANA: Dos meses ha que pasó
la pascua, que por abril
viste bizarra los campos
de felpas y de tabís,
cuando a la puente, que a medias
hicieron, a lo que oí,
Pero Anzures y su esposa,
va todo Valladolid.
Iba yo con los demás,
pero no sé si volví,
a lo menos con el alma,
que no he vuelto a reducir,
porque junto a la Vitoria
un Adonis bello vi
que a mil Venus daba amores
y a mil Martes celos mil.
Dióme un vuelto el corazón,
porque amor es alguacil
de las almas, y temblé
como a la justicia vi.
Tropecé, si con los pies,
con los ojos al salir,
la libertad en la cara,
en el umbral un chapín.
Llegó, descalzado el guante,
una mano de marfil
a tenerme de su mano.
¡Qué bien me tuvo! ¡Ay de mí!
Y diciéndome: «Señora,
tened; que no es bien que así
imite al querub soberbio
cayendo, tal serafín»,
un guante me llevó en prendas
del alma, y si he de decir
la verdad, dentro del guante
el alma que le ofrecí.
Toda aquella tarde corta,
digo corta para mí,
que aunque las de abril son largas
mi amor no las juzgó ansí,
bebió el alma por los ojos
sin poderse resistir
el veneno que brindaba
su talle airoso y gentil.
Acostóse el sol de envidia,
y llegóse a despedir
de mí al estribo de un coche
adonde supo fingir
amores, celos, firmezas,
suspirar, temer, sentir
ausencias, desdén, mudanzas
y otros embelecos mil,
con que, engañándome el alma,
Troya soy, si Scitia fui.
Entré en casa enajenada:
si amaste, juzga por ti
en desvelos principiantes
qué tal llegué. No dormí,
no sosegué; parecióme
que olvidado de salir
el sol ya se desdeñaba
de dorar nuestro cenit.
Levantéme con ojeras
desojada, por abrir
un balcón, de donde luego
mi adorado ingrato vi.
Aprestó desde aquel día
asaltos para batir
mi libertad descuidada.
Dio en servirme desde allí;
papeles leí de día,
músicas de noche oí,
joyas recibí, y ya sabes
qué se sigue al recibir.
¿Para qué te canso en esto?
En dos meses don Martín
de Guzmán, que así se llama
quien me obliga a andar ansí,
allanó dificultades
tan arduas de resistir
en quien ama, cuanto amor
invencible todo ardid.
Dióme palabra de esposo,
pero fue palabra en fin
tan pródiga en las promesas
como avara en el cumplir.
Llegó a oídos de su padre,
debióselo de decir
mi desdicha nuestro amor,
y aunque sabe que nací
si no tan rica, tan noble,
el oro, que es sangre vil
que califica interés,
un portillo supo abrir
en su codicia. ¡Qué mucho,
siendo él viejo, y yo infeliz!
Ofrecióse un casamiento
de una doña Inés, que aquí
con setenta mil ducados
se hace adorar y aplaudir.
Escribió su viejo padre
al padre de don Martín
pidiéndole para yerno.
No se atrevió a dar el sí
claramente por saber
que era forzoso salir
a la causa mi deshonra.
Oye una industria civil:
previno postas el viejo
y hizo a mi esposo partir
a esta Corte, toda engaños;
ya, Quintana, está en Madrid.
Díjole que se mudase
el nombre de don Martín,
atajando inconvenientes,
en el nombre de don Gil,
porque, si de parte mía
viniese en su busca aquí
la justicia, deslumbrase
su diligencia este ardid.
Escribió luego a don Pedro
Mendoza y Velasteguí,
padre de mi opositora,
dándole en él a sentir
el pesar de que impidiese
la liviandad juvenil
de su hijo el concluirse
casamiento tan feliz,
que por estar desposado
con doña Juana Solís,
si bien noble, no tan rica
como pudiera elegir,
enviaba en su lugar
y en vez de su hijo a un don Gil
de no sé quién, de lo bueno
que ilustra a Valladolid.
Partióse con este embuste;
mas la sospecha, adalid,
lince de los pensamientos
y Argos cauteloso en mí,
adivinó mis desgracias,
sabiéndolas descubrir
el oro, que dos diamantes
bastante[s] son para abrir
secretos de cal y canto.
Supe todo el caso, en fin,
y la distancia que hay
del prometer al cumplir.
Saqué fuerzas de flaqueza,
dejé el temor femenil,
dióme alientos el agravio,
y de la industria adquirí
la determinación cuerda,
porque pocas veces vi
no vencer la diligencia
cualquier fortuna infeliz.
Disfracéme como ves
y, fiándome de ti,
a la fortuna me arrojo
y al puerto pienso salir.
Dos días ha que mi amante,
cuando mucho, está en Madrid;
mi amor midió sus jornadas.
¿Y quién duda, siendo ansí,
que no habrá visto a don Pedro
sin primero prevenir
galas con que enamorar
y trazas con que mentir?
Yo, pues que he de ser estorbo
de su ciego frenesí,
a vista tengo de andar
de mi ingrato don Martín,
malogrando cuanto hiciere;
el cómo, déjalo a mí.
Para que no me conozca,
que no hará, vestida ansí,
falta sólo que te ausentes,
no me descubran por ti.
Vallecas dista una legua:
disponte luego a partir
allá, que de cualquier cosa,
o próspera o infeliz,
con los que a vender pan vienen
de allá, te podré escribir.
QUINTANA: Verdaderas has sacado
las fábulas de Merlín;
No te quiero aconsejar.
Dios te deje conseguir
el fin de tus esperanzas.
JUANA: Adiós.
QUINTANA: ¿Escribirás?
JUANA: Sí.
Vase [QUINTANA]. Sale CARAMANCHEL, lacayo
CARAMANCHEL: Pues para fiador no valgo,
sal acá, bodegonero,
que en esta puente te espero.
JUANA: ¡Hola! ¿Qué es eso?
CARAMANCHEL: Oye, hidalgo:
eso de «hola,» al que a la cola
como contera le siga
y a las doce sólo diga:
«olla, olla» y no «hola, hola».
JUANA: Yo, que «hola» agora os llamo,
daros esotro podré.
CARAMANCHEL: Perdóneme, pues, usté.
JUANA: ¿Buscáis amo?
CARAMANCHEL: Busco un amo;
que si el cielo los lloviera
y las chinches se tornaran
amos, si amos pregonaran
por las calles, si estuviera
Madrid de amos empedrado
y ciego yo los pisara,
nunca en uno tropezara,
según soy de desdichado.
JUANA: ¿Qué tantos habéis tenido?
CARAMANCHEL: Muchos, pero más inormes,
que Lazarillo de Tormes.
Un mes serví no cumplido
a un médico muy barbado,
belfo, sin ser alemán,
guantes de ámbar, gorgorán,
mula de felpa, engomado,
muchos libros, poca ciencia,
pero no se me lograba
el salario que me daba,
porque con poca conciencia
lo ganaba su mercé,
y huyendo de tal azar
me acogí con Cañamar.
JUANA: ¿Mal lo ganaba? ¿Por qué?
CARAMANCHEL: Por mil causas: la primera,
porque con cuatro aforismos,
dos textos, tres silogismos,
curaba una calle entera.
No hay facultad que más pida
estudios, libros galenos,
ni gente que estudie menos,
con importarnos la vida.
Pero, ¿cómo han de estudiar,
no parando en todo el día?
Yo te diré lo que hacía
mi médico. Al madrugar,
almorzaba de ordinario
una lonja de lo añejo,
porque era cristiano viejo,
y con este letüario
«aqua vitis,» que es de vid,
visitaba sin trabajo,
calle arriba, calle abajo,
los egrotos de Madrid.
Volvíamos a las once;
considere el pío lector
si podría el mi doctor,
puesto que fuese de bronce,
harto de ver orinales
y fístulas, revolver
Hipócrates y leer
las curas de tantos males.
Comía luego su olla,
con un asado manido,
y después de haber comido,
jugaba cientos o polla.
Daban las tres y tornaba
a la médica atahona,
yo la maza y él la mona,
y cuando a casa llegaba,
ya era de noche. Acudía
al estudio, deseoso,
aunque no era escrupuloso,
de ocupar algo del día
en ver los expositores
de sus Rasis y Avicenas;
asentábase y apenas
ojeaba dos autores,
cuando doña Estefanía
gritaba: «Hola, Inés, Leonor,
id a llamar al doctor,
que la cazuela se enfría.»
Respondía él: «En un hora
no hay que llamarme a cenar;
déjenme un rato estudiar.
Decid a vuestra señora
que le ha dado garrotillo
al hijo de tal condesa,
y que está la ginovesa,
su amiga, con tabardillo,
que es fuerza mirar si es bueno
sangrarla estando preñada,
que a Dioscórides le agrada,
mas no lo aprueba Galeno.»
Enfadábase la dama,
y entrando a ver su doctor,
decía: «Acabad, señor.
cobrado habéis harta fama,
y demasiado sabéis
para lo que aquí ganáis.
Advertid, si así os cansáis,
que presto os consumiréis.
Dad al diablo a los Galenos,
si os han de hacer tanto daño.
¿Qué importa al cabo del año
veinte muertos más o menos?»
Con aquestos incentivos
el doctor se levantaba;
los textos muertos cerraba
por estudiar en los vivos.
Cenaba yendo en ayunas
de la ciencia que vio a solas,
comenzaba en escarolas,
acababa en aceitunas.
Y acostándose repleto,
al punto del madrugar
se volvía a visitar
sin mirar ni un quodlibeto.
Subía a ver al paciente,
decía cuatro chanzonetas,
escribía dos recetas
destas que ordinariamente
se alegan sin estudiar,
y luego los embaucaba
con unos modos que usaba
extraordinarios de hablar.
«La enfermedad que le ha dado,
señora, a vueseñoría,
son flatos y hipocondría;
siento el pulmón opilado,
y para desarraigar
las flemas vítreas que tiene
con el quilo, le conviene,
porque mejor pueda obrar
naturaleza, que tome
unos alquermes que den
al hépate y al esplén
la sustancia que el mal come.»
Encajábanle un doblón,
y asombrados de escucharle
no cesaban de adularle
hasta hacerle un Salomón.
Y juro a Dios que teniendo
cuatro enfermos que purgar,
le vi un día trasladar,
no pienses que estoy mintiendo,
de un antiguo cartapacio
cuatro purgas que llevó
escritas, fuesen o no
a propósito, a palacio,
y recetada la cena
para el que purgarse había,
sacaba una y le decía:
«Dios te la depare buena.»
¿Parécele a vuesasté
que tal modo de ganar
se me podía a mí lograr?
Pues por esto le dejé.
JUANA: ¡Escrupuloso criado!
CARAMANCHEL: Acomodéme después
con un abogado que es
de las bolsas abogado,
y enfadóme que, aguardando
mil pleiteantes que viese
sus procesos, se estuviese
catorce horas enrizando
el bigotismo, que hay trazas
dignas de un jubón de azotes.
Unos empinabigotes
hay a modo de tenazas
con que se engoma el letrado
la barba que en punta está.
¡Miren qué bien que saldrá
un parecer engomado!
Dejéle, en fin que estos tales,
por engordar alguaciles,
miran derechos civiles
y hacen tuertos criminales.
Serví luego a un clerigón
un mes, pienso que no entero,
de lacayo y despensero.
Era un hombre de opinión:
su bonetazo calado,
lucio, grave, carilleno,
mula de veintidoseno,
el cuello torcido a un lado
y hombre, en fin, que nos mandaba
a pan y agua ayunar
los viernes por ahorrar
la pitanza que nos daba,
y él comiéndose un capón,
que tenía con ensanchas
la conciencia, por ser anchas
las que teólogas son,
quedándose con los dos
alones cabeceando,
decía, al cielo mirando:
«¡Ay, ama, qué bueno es Dios!»
Dejéle, en fin, por no ver
santo que tan gordo y lleno
nunca a Dios llamaba bueno
hasta después de comer.
Luego entré con un pelón
que sobre un rocín andaba,
y aunque dos reales me daba
de ración y quitación,
si la menor falta hacía,
por irremisible ley,
olvidando el «Agnus dei,
quitolis ración» decía.
Quitábame de ordinario
la ración, pero el rocín
y su medio celemín
alentaban mi salario,
vendiendo sin redención
la cebada que le hurtaba
con que yo ración llevaba,
y el rocín la quitación.
Serví a un moscatel, marido
de cierta doña Mayor,
a quien le daba el señor
por uno y otro partido
comisiones, que a mi ver
el proveyente cobraba,
pues con comisión quedaba
de acudir a su mujer.
Si te hubiera de contar
los amos que en varias veces
serví y andan como peces
por los golfos deste mar,
fuera un trabajo excusado.
Bástete el saber que estoy
sin comodo el día de hoy
por mal acondicionado.
JUANA: Pues si das en coronista
de los diversos señores
que se extreman en humores,
desde hoy me pon en tu lista,
porque desde hoy te recibo
en mi servicio.
CARAMANCHEL: ¡Lenguaje
nuevo! ¿Quién ha visto paje
con lacayo?
JUANA: Yo no vivo
sino sólo de mi hacienda,
ni paje en mi vida fui.
Vengo a pretender aquí
un hábito o encomienda,
y porque en Segovia dejo
malo a un mozo, he menester
quien me sirva.
CARAMANCHEL: ¿A pretender
entráis mozo? Saldréis viejo.
JUANA: Cobrando voy afición
a tu humor,
CARAMANCHEL: Ninguno ha habido,
de los amos que he tenido,
ni poeta ni capón;
parecéisme lo postrero,
y así, señor, me tened
por criado, y sea a merced,
que medrar mejor espero
que sirviéndoos a destajo,
en fe de ser yo tan fiel.
JUANA: ¿Llámaste?
CARAMANCHEL: Caramanchel,
porque nací en el de Abajo.
JUANA: Aficionándome vas
por lo airoso y lo sutil.
CARAMANCHEL: ¿Cómo os llamáis vos?
JUANA: Don Gil.
CARAMANCHEL: ¿Y qué más?
JUANA: Don Gil no más.
CARAMANCHEL: Capón sois hasta en el nombre,
pues si en ello se repara,
las barbas son en la cara
lo mismo que el sobrenombre.
JUANA: Agora importa encubrir
mi apellido. ¿Qué posada
conoces limpia y honrada?
CARAMANCHEL: Una te haré prevenir
de las frescas y curiosas
de Madrid.
JUANA: ¿Hay ama?
CARAMANCHEL: Y moza.
JUANA: ¿Cosquillosa?
CARAMANCHEL: Y que retoza.
JUANA: ¿Qué calle?
CARAMANCHEL: De las Urosas.
JUANA: Vamos… (Que noticia llevo Aparte
de la casa donde vive
don Pedro. Madrid, recibe
este forastero nuevo
en tu amparo).
CARAMANCHEL: ¡Qué bonito
que es el tiple moscatel!
JUANA: ¿No venís, Caramanchel?
CARAMANCHEL: Vamos, señor don Gilito.
[Vanse.] Salen don PEDRO, viejo, leyendo una carta, don MARTÍN, y OSORIO
PEDRO: (Lee) «Digo, en conclusión, que don Martín, si fuera
tan cuerdo como mozo, hiciera dichosa mi
vejez trocando nuestra amistad en parentesco. Ha dado
palabra a una dama desta ciudad, noble y hermosa,
pero pobre; y ya vos veis en los tiempos presentes lo
que pronostican hermosuras sin hacienda. Llegó
este negocio a lo que suelen los de su especie, a
arrepentirse él y a ejecutarle ella por la
justicia. Ponderad vos lo que sentirá quien pierde
vuestro deudo, vuestra nobleza y vuestro mayorazgo, con tal
prenda como mi señora doña Inés.
Pero ya que mi suerte estorba tal ventura, tenelda a no
pequeña, que el señor don Gil de Albornoz, que
ésta lleva, esté en estado de casarse y deseoso de
que sea con las mejoras que en vuestra hija le he ofrecido. Su
sangre, discreción, edad y mayorazgo, que
heredará brevemente de diez mil ducados de renta, os
pueden hacer olvidar el favor que os debo, y dejarme a
mí envidioso. La merced que le hiciéredes
recibiré en lugar de don Martín, que os besa las
manos. Dadme muchas y buenas nuevas de vuestra salud y gusto, que
el cielo aumente, etc. Valladolid y julio, etc.
DON ANDRÉS DE GUZMáN.»
Seáis, señor, mil veces bien venido
para alegrar aquesta casa vuestra,
que para comprobar lo que he leído
sobra el valor que vuestro talle muestra.
Dichosa doña Inés hubiera sido
si para ennoblecer la sangre nuestra
prendas de don Martín con prendas mías
regocijaran mis postreros días.
Ha muchos años que los dos tenemos
recíproca amistad, ya convertida
en natural amor, que en los extremos
de la primera edad, tarde se olvida.
No pocos ha también que no nos vemos,
a cuya causa en descansada vida
quisiera yo, comunicando prendas,
juntar como las almas, las haciendas.
Pero pues don Martín inadvertido
hace imposible el dicho casamiento,
que vos en su lugar hayáis venido,
señor don Gil, me tiene muy contento.
No digo que mejora de marido
mi Inés, que al fin será encarecimiento
de algún modo en agravio de mi amigo,
mas que lo juzgo creed, si no lo digo.
MARTÍN: Comenzáis de manera a aventajaros
en hacerme merced, que temeroso,
señor don Pedro, de poder pagaros
aun en palabras que en el generoso
son prendas de valor, para envidiaros
en obras y en palabras vitorioso,
agradezco callando y [mudo] muestro
que no soy mío ya porque soy vuestro.
Deudos tengo en la Corte, y muchos dellos
títulos, que podrán daros noticia
de quién soy, si os importa conocellos,
que la suerte me fue en esto propicia.
Aunque si os informáis, de los cabellos
quedará mi esperanza que codicia
lograr abrazos y cumplir deseos,
abreviando noticias y rodeos.
Fuera de que mi padre, que quisiera
darme en Valladolid esposa a gusto
más de su edad que [a] mi elección, me espera
por puntos, y si sabe que a disgusto
suyo me caso aquí, de tal manera
lo tiene de sentir, que si del susto
destas nuevas no muere, ha de estorbarme
la dicha que en secreto podéis darme.
PEDRO: No tengo yo en tan poco de mi amigo
el crédito y estima, que no sobre
su firma sola, sin buscar testigo
por quien vuestro valor alientos cobre.
Negociado tenéis para conmigo,
y aunque un hidalgo fuérades tan pobre
como el que más, a doña Inés os diera
si don Andrés por vos intercediera.
[Habla don MARTÍN] a OSORIO aparte
MARTÍN: (El embeleco, Osorio, va excelente.
[Aparte a él]
OSORIO: Aprieta con la boda antes que venga
doña Juana a estorbarlo.
MARTÍN: Brevemente
mi diligencia hará que efeto tenga.)
PEDRO: No quiero que cojamos de repente,
don Gil, a doña Inés, sin que prevenga
la prudencia palabras para el susto
que suele dar un no esperado gusto.
Si verla pretendéis, irá esta tarde
a la Huerta del Duque convidada,
y sin saber quién sois haréis alarde
de vuestra voluntad.
MARTÍN: ¡Oh, prenda amada!
Camine el sol porque otro sol aguarde
y deteniendo el [paso] a su jornada
haga inmóvil [la] luz, para que sea
eterno el día que sus ojos vea.
PEDRO: Si no tenéis posada prevenida
y ésta merece huésped tan honrado,
recibiré merced.
MARTÍN: Apercebida
está cerca de aquí, según me han dado
noticia, la de un primo; aunque la vida,
que en ésta sus venturas ha cifrado,
hiciera aquí de su contento alarde.
PEDRO: En la huerta os espero.
MARTÍN: El cielo os guarde.
Vanse. Salen INÉS y don JUAN
INÉS: En dando tú en recelar,
no acabaremos hogaño.
JUAN: Mucho deseas acabar.
INÉS: Pesado estás hoy y extraño.
JUAN: ¿No ha de pesar un pesar?
No vayas hoy, por mi vida
si es que te importa, a la huerta.
INÉS: Si mi prima me convida…
JUAN: Donde no hay voluntad cierta
no falta excusa fingida.
INÉS: ¿Qué disgusto se te sigue
de que yo vaya?
JUAN: Parece
que el temor que me persigue
triste suceso me ofrece
sin que mi amor le mitigue.
Pero en fin, ¿te determinas
de ir allá?
INÉS: Ve tú también
y verás cómo imaginas
de mi firmeza no bien.
JUAN: Como en mi alma predominas,
obedecerte es forzoso.
INÉS: Celos y escrúpulos son
de una especie, y un curioso
Sale don [PEDRO] al paño
duda de la salvación,
don Juan, del escrupuloso.
Tú solamente has de ser
mi esposo; ve allá a la tarde.
PEDRO: (¡Su esposo! ¿Cómo?)
JUAN: A temer
voy. Adiós.
INÉS: Él te me guarde.
Vase don JUAN
PEDRO: Inés.
INÉS: Señor, ¿es querer
decirme que tome el manto?
Aguardándome estará
mi prima.
PEDRO: Mucho me espanto
de que des palabra ya
de casarte. ¿Tiempo tanto
ha que dilato el ponerte
en estado? ¿Tantas canas
peinas, que osas atreverte
a dar palabras livianas
con que apresures mi muerte?
¿Qué hacía don Juan aquí?
INÉS: No te alteres, que no es justo;
que yo palabra le di,
presuponiendo tu gusto,
y no pierdes, siendo ansí,
nada en que don Juan pretenda
ser tu yerno, si el valor
sabes que ilustra su hacienda.
PEDRO: Esposo tienes mejor;
detén al deseo la rienda.
No te pensaba dar cuenta
tan presto de lo que trazo,
pero con tal prisa intenta
cumplir tu apetito el plazo,
no sé si diga en tu afrenta,
que, aunque mude intento, quiero
atajarla. Aquí ha venido
un bizarro caballero,
[que es muy] rico, y bien nacido,
de Valladolid. Primero
que le admitas le verás.
Diez mil ducados de renta
hereda y espera más,
y corre ya por mi cuenta
el sí que a don Juan le das.
INÉS: ¿Faltan hombres en Madrid
con cuya hacienda y apoyo
me cases sin ese ardid?
¿No es mar Madrid? ¿No es arroyo
deste mar Valladolid?
Pues por un arroyo, ¿olvidas
del mar los ricos despojos?
¿O es bien que mi gusto impidas,
y entrando amor por los ojos,
dueño me ofrezcas de oídas?
Si la codicia civil
que a toda vejez infama
te vence, mira que es vil
defeto. ¿Cómo se llama
ese hombre?
PEDRO: Don Gil.
INÉS: ¿Don Gil?
¿Marido de villancico?
¿Gil? ¡Jesús, no me le nombres!
Ponle un cayado y pellico.
PEDRO: No repares en los nombres
cuando el dueño es noble y rico;
tú le verás, y yo sé
que has de volver esta noche
perdida por él.
INÉS: Sí haré.
PEDRO: Tu prima aguarda en el coche
a la puerta.
INÉS: Ya no iré
con el gusto que entendí.
Dénme un manto.
PEDRO: Allá ha de estar,
que yo se lo dije ansí.
INÉS: ¿Con Gil me quieren casar?
¿Soy yo Teresa? ¡Ay de mí!
Vanse. Sale doña JUANA de hombre
JUANA: A esta huerta he sabido que don Pedro
trae a su hija, doña Inés, y en ella
mi don Martín ingrato piensa vella.
Dichosa he sido en descubrir tan presto
la casa, los amores y el enredo,
que no han de conseguir, si de mi parte,
Fortuna, mi dolor puede obligarte.
En casa de mi opuesta he ya obligado
a quien me avise siempre; darle quiero
gracias destos milagros al dinero.
Sale CARAMANCHEL
CARAMANCHEL: Aquí dijo mi amo hermafrodita
que me esperaba, y vive Dios, que pienso
que es algún familiar que en traje de hombre
ha venido a sacarme de jüicio,
y en siéndolo, doy cuenta al Santo Oficio.
JUANA: ¿Caramanchel?
CARAMANCHEL: Señor, [muy] benvenuto.
¿Adónde bueno o malo por el Prado?
JUANA: Vengo a ver a una dama por quien bebo
los vientos.
CARAMANCHEL: ¿Vientos bebes? Mal despacho;
barato es el licor mas no borracho.
¿Y tú la quieres bien?
JUANA: La adoro.
CARAMANCHEL: Bueno,
no os haréis, a lo menos, mucho daño,
que en el juego de amor, aunque os déis priesa,
si de la barba llego a colegillo,
nunca haréis chilindrón más capadillo.
Mas ¿qué música es ésta?
JUANA: Los que vienen
con mi dama serán, que convidada
a este paraíso, es ángel suyo.
Retírate y verás hoy maravillas.
CARAMANCHEL: ¿Hay cosa igual, capón y con cosquillas?
[Salen los] MÚSICOS cantando, Don JUAN, Doña INÉS, y Doña CLARA como de campo
MÚSICOS: «Alamicos del Prado,
fuentes del Duque,
despertad a mi niña
porque me escuche,
y decid que compare
con sus arenas
sus desdenes y gracias,
mi amor y penas,
y pues vuestros arroyos
saltan y bullen,
despertad a mi niña
porque me escuche.»
CLARA: ¡Bello jardín!
INÉS: Estas parras,
destos álamos doseles,
que a los cuellos, cual joyeles,
entre sus hojas bizarras
traen colgando los racimos,
nos darán sombra mejor.
JUAN: Si alimenta Baco a Amor,
entre sus frutos opimos
no se hallará mal el mío.
INÉS: Siéntate aquí, doña Clara
y en esta fuente repara,
cuyo cristal puro y frío
besos ofrece a la sed.
JUAN: En fin, ¿quisiste venir
a esta huerta?
INÉS: A desmentir,
señor, a vuesa merced
y examinar mi firmeza.
JUANA: ¿No es mujer bella?
CARAMANCHEL: El dinero
no lo es tanto, aunque prefiero
a la suya tu belleza.
JUANA: Pues por ella estoy perdido.
Hablarla quiero.
CARAMANCHEL: Bien puedes.
Se acerca [doña JUANA]
JUANA: Besando a vuesas mercedes
las manos, licencia pido,
por forastero siquiera,
para gozar el recreo
que aquí tan colmado veo.
CLARA: Faltando vos, no lo fuera.
INÉS: ¿De dónde es vuesa merced?
JUANA: En Valladolid nací.
INÉS: ¿Cazolero?
JUANA: Tendré ansí
más sazón.
INÉS: Don Juan, haced
lugar a este caballero.
JUAN: Pues que mi lado le doy,
con él cortesano estoy.
(Ya de celos desespero.) Aparte
INÉS: (¡Qué airoso y gallardo talle! Aparte
¡Qué buena cara!)
JUAN: (¡Ay de mí! Aparte
¿Mírale doña Inés? Sí.
¡Qué presto empiezo a envidialle!)
INÉS: ¿Y que es de Valladolid
vuesarced? ¿Conocerá
un don Gil, también de allá,
que vino agora a Madrid?
JUANA: ¿Don Gil de qué?
INÉS: ¿Qué sé yo?
¿Puede haber más que un don Gil
en todo el mundo?
JUANA: ¿Tan vil
es el nombre?
INÉS: ¿Quién creyó
que un «don» fuera guarnición
de un «Gil,» que siendo zagal
anda rompiendo sayal
de villancico en canción?
CARAMANCHEL: El nombre es digno de estima,
a pagar de mi dinero,
y si no…
JUANA: Calla, grosero.
CARAMANCHEL: Gil es mi amo, y es la prima
y el bordón de todo nombre.
Y en Gil se rematan mil,
que hay perejil, toronjil,
cenojil, porque se asombre
el mundo de cuán sutil
es [él], que rompe cambray,
y hasta en Valladolid hay
puerta de Teresa Gil.
JUANA: Y yo me llamo también
don Gil, al servicio vuestro.
INÉS: ¿Vos [don] Gil?
JUANA: Si en serlo muestro
cosa que no os esté bien
o que no gustéis, desde hoy
me volveré a confirmar.
Ya no me pienso llamar
don Gil; sólo aquello soy
que vos gustéis.
JUAN: Caballero,
no importa a las que aquí están
que os llaméis Gil o Beltrán;
sed cortés y no grosero.
JUANA: Perdonad si os ofendí,
que por gusto de una dama…
INÉS: Paso, don Juan.
JUAN: Si se llama
don Gil, ¿qué se nos da aquí?
INÉS: (Éste es sin duda el que viene Aparte
a ser mi dueño; y es tal
que no me parece mal.
¡Extremada cara tiene!)
JUANA: Pésame de haberos dado
disgusto.
JUAN: También a mí,
si del límite salí;
ya yo estoy desenojado.
CLARA: La música en paz os ponga.
Levántanse
INÉS: Salid, señor, a danzar.
JUAN: (Este don Gil me ha de dar Aparte
en qué entender. Mas disponga
el hado lo que quisiere,
que doña Inés será mía,
y si compite y porfía,
tendráse lo que viniere.)
INÉS: ¿No salís?
JUAN: No danzo yo.
INÉS: ¿Y el señor don Gil?
JUANA: No quiero
dar pena a este caballero.
JUAN: Ya mi enojo se acabó.
Danzad.
INÉS: Salga, pues, conmigo.
JUAN: (¡Que a esto obligue el ser cortés!) Aparte
CLARA: (Un ángel de cristal es
el rapaz; cual sombra sigo
su talle airoso y gentil.)
Con doña Inés danzar quiero.
INÉS: (Ya por el don Gil me muero, Aparte
que es un brinquillo el don Gil.)
Danzan las dos damas y “don GIL”. Cantan [los MÚSICOS]
[MÚSICOS]: «Al molino del amor
alegre la niña va
a moler sus esperanzas;
quiera Dios que vuelva en paz.
En la rueda de los celos
el Amor muele su pan,
que desmenuzan la harina
y la sacan candeal.
Río son sus pensamientos
que unos vienen y otros van,
y apenas llegó a su orilla
cuando ansí escuchó cantar:
‘Borbollicos hacen las aguas
cuando ven a mi bien pasar,
cantan, brincan, bullen y corren
entre conchas de coral,
y los pájaros dejan sus nidos
y en las ramas del arrayán
vuelan, cruzan, saltan y pican
torongil, murta y azahar.’
Los bueyes de las sospechas
el río agotando van,
que donde ellas se confirman
pocas esperanzas hay.
Y viendo que a falta de agua
parado el molino está,
desta suerte le pregunta
la niña que empieza a amar:
‘Molinico ¿por qué no mueles?’
‘Porque me beben el agua los bueyes.’
Vio al Amor lleno de harina
moliendo la libertad
de las almas que atormenta,
y ansí le cantó al llegar:
‘Molinero sois, Amor,
y sois moledor.’
‘Si lo soy, apártese,
que le enharinaré.'»
Acaban el baile
INÉS: Don Gil de dos mil donaires,
a cada vuelta y mudanza
que habéis dado, dio mil vueltas
en vuestro favor el alma.
Yo sé que a ser dueño mío
venís; perdonad si, ingrata,
antes de veros rehusé
el bien que mi amor aguarda.
¡Muy enamorada estoy!
CLARA: (Perdida de enamorada Aparte
me tiene el don Gil de perlas)
JUANA: No quiero sólo en palabras
pagar lo mucho que os debo.
Aquel caballero os guarda,
y me mira receloso;
voyme.
INÉS: ¿Son celos?
JUANA: No es nada.
INÉS: ¿Sabéis mi casa?
JUANA: Y muy bien.
INÉS: ¿Y no iréis a honrar mi casa,
pues por dueño os obedece?
JUANA: A lo menos a rondarla
esta noche.
INÉS: Velaréla,
Argos toda, a sus ventanas.
JUANA: Adiós.
CLARA: (Que se va. ¡Ay de mí!) Aparte
INÉS: No haya falta
JUANA: No habrá falta.
Vanse doña JUANA y CARAMANCHEL
INÉS: Don Juan, ¿qué melancolía
es ésa?
JUAN: Esto es dar [al] alma
desengaños que la curen
y aborrezcan tus mudanzas.
Ah, Inés, en fin, ¿salí cierto?
INÉS: Mi padre viene; remata
o para después olvida
pesares.
JUAN: Voyme, tirana;
mas tú me lo pagarás.
Vase
INÉS: ¡Ay que me la jura, Clara!
Más quiero el pie de don Gil
que la mano de un monarca.
Salen don MARTÍN y don PEDRO
PEDRO: ¿Inés?
INÉS: Padre de mis ojos,
don Gil no es hombre, es la gracia,
la sal, el donaire, el gusto
que amor en sus cielos guarda.
Ya le he visto, ya le quiero,
ya le adoro, ya se agravia
el alma con dilaciones
que martirizan mis ansias.
PEDRO: Don Gil, ¿cuándo os vio mi Inés?
[Habla bajo con don MARTÍN]
MARTÍN: Si no es al salir de casa
para venir a esta huerta,
no sé yo cuándo.
PEDRO: Eso basta.
Milagros, don Gil, han sido
desa presencia bizarra.
Negociado habéis por vos;
llegad y dalda las gracias.
MARTÍN: Señora, no sé a quién pida
méritos, obras, palabras
con que encarecer la suerte
que a tanto bien me levanta.
¿Posible es que sólo el verme
en la calle os diese causa
a tanto bien? ¿Es posible
que me admitís, prenda cara?
Dadme…
INÉS: ¿Qué es esto? ¿Estáis loco?
¿Yo por vos enamorada?
Yo a vos, ¿cuándo os vi en mi vida?
(¿Hay más donosa maraña?) Aparte
PEDRO: Hija, Inés, ¿perdiste el seso?
MARTÍN: ¿Qué es esto, cielos?
PEDRO: ¿No acabas
de decir que a don Gil viste?
INÉS: ¿Pues bien?
PEDRO: ¿Su talle no ensalzas?
INÉS: Digo que es un ángel, pues.
PEDRO: ¿No le ofreces sí y palabra
de esposa?
INÉS: ¿Qué sacas deso,
que de mis quicios me sacas?
PEDRO: ¡Que a don Gil tienes presente!
INÉS: ¿A quién?
PEDRO: Al mismo que alabas.
MARTÍN: Yo soy don Gil, Inés mía.
INÉS: ¿Vos don Gil?
MARTÍN: Yo.
INÉS: ¡La bobada!
PEDRO: Por mi vida, que es el mismo.
INÉS: ¿Don Gil tan lleno de barbas?
Es el don Gil que yo adoro
un Gilito de esmeraldas.
PEDRO: Ella está loca, sin duda.
MARTÍN: Valladolid es mi patria.
INÉS: De allá es mi don Gil también.
PEDRO: Hija, mira que te engañas.
MARTÍN: En toda Valladolid
no hay, doña Inés de mi alma,
otro don Gil, sino es yo.
PEDRO: ¿Qué señas tiene ése?
INÉS: Aguarda.
Una cara como un oro,
de almíbar unas palabras,
y unas calzas todas verdes,
que cielos son, y no calzas.
Agora se va de aquí.
PEDRO: ¿Don Gil de cómo se llama?
INÉS: Don Gil de las calzas verdes
le llamo yo, y esto basta.
PEDRO: Ella ha perdido el juicio.
¿Qué será esto, doña Clara?
CLARA: Que a don Gil tengo por dueño.
INÉS: ¿Tú?
CLARA: Yo, pues, y en yendo a casa
procuraré que mi padre
me case con él.
INÉS: El alma
te haré yo sacar primero.
MARTÍN: ¡Hay tal don Gil!
PEDRO: Tus mudanzas
han de obligarme…
INÉS: Don Gil
es mi esposo; ¿qué te cansas?
MARTÍN: Yo soy don Gil, Inés mía;
cumpla yo tus esperanzas.
INÉS: Don Gil de las calzas verdes
he dicho yo.
PEDRO: Amor de calzas
¿quién le ha visto?
MARTÍN: Calzas verdes
me pongo desde mañana
si esta color apetece.
PEDRO: Ven, loca.
INÉS: ¡Ay, don Gil del alma!
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Salen QUINTANA y doña JUANA, de mujer
QUINTANA: No sé a quién te comparar:
Pedro de Urdemalas eres;
pero, ¿cuándo las mujeres
no supistes enredar?
JUANA: Esto, Quintana, hasta aquí
es lo que me ha sucedido.
Doña Inés pierde el sentido
con la libertad por mí;
don Martín anda buscando
este don Gil que en su amor
y nombre es competidor,
mas con tal recato ando
huyéndole la presencia
que desatinado entiende
que soy hechicero o duende.
Pierde el viejo la paciencia
porque la tal doña Inés
ni sus ruegos obedece
ni a don Martín apetece,
y de tal manera es
el amor que me ha cobrado,
que como no vuelvo a vella,
desde entonces atropella
con pundonores de estado.
Y como de mí no sabe,
no hay paje o criado en casa,
ni gente por ella pasa,
con quien llorando no acabe
que me busque.
QUINTANA: Si te pierdes
quizás te pregonará.
JUANA: A los que me buscan da
por señas mis calzas verdes.
Un don Juan que la servía,
loco de ver su desdén,
para matarme también
me busca.
QUINTANA: Señora mía,
¡ojo a la vida, que anda
en terrible tentación!
Procede con discreción
o perderás la demanda.
JUANA: Yo me libraré de todo.
Una doña Clara que es
prima de mi doña Inés
también me quiere de modo
que a su [padre] ha persuadido,
si viva la quiere ver,
que me la dé por mujer.
QUINTANA: Harás notable marido.
JUANA: A este fin me hace buscar
casi, Quintana, a pregones,
por posadas y mesones,
sin cansarse en preguntar
por un don Gil de unas calzas
verdes, de Valladolid.
QUINTANA: ¡Señas son para Madrid
buenas! Bien tu ingenio ensalzas.
JUANA: El criado que te dije
que en partiéndote de mí
en la Puente recibí
también confuso se aflige
porque desde ayer acá
no ha podido descubrirme,
ni yo ceso de reírme
de ver cuál viene y cuál va
buscándome como aguja
por esta calle, después
de saber de doña Inés
si me esconde alguna bruja.
Y como no halla noticia
de mí, afirmará por cierto
que el dicho don Juan me ha muerto.
QUINTANA: Pondrále ante la justicia.
JUANA: Bien puede ser porque es fiel,
gran servicial, lindo humor,
y me tiene extraño amor.
QUINTANA: ¿Llámase?
JUANA: Caramanchel.
QUINTANA: Pues bien; agora, ¿a qué fin
te has vuelto mujer?
JUANA: Engaños
son todos nuevos y extraños
en daño de don Martín.
Esta casa alquilé ayer
con su servicio y ornato…
QUINTANA: Aunque no saldrá barato
no es nuevo agora el haber
en Madrid quien una casa
dé, con todo su apatusco;
el por qué la alquilas busco.
JUANA: Oye, y sabrás lo que pasa.
Pared enmedio de aquí
vive doña Inés, la dama
de don Martín, que me ama.
Esta mañana la vi,
y dándome el parabién
de la nueva vecindad,
tenemos brava amistad,
porque afirma quiere bien
a un galán de quien retrato
soy vivo, y que en mi presencia
la aflige menos la ausencia
de su proceder ingrato.
Si yo su vecina soy,
podré saber lo que pasa
con don Martín en su casa.
Y como tan cerca estoy,
fácilmente desharé
cuanto trazare en mi daño.
QUINTANA: Retrato eres del engaño.
JUANA: Y mi remedio seré.
QUINTANA: En fin, ¿vienes a tener
dos casas?
JUANA: Con mi escudero
y lacayo.
QUINTANA: ¿Y el dinero?
JUANA: Joyas tengo que vender
o empeñar.
QUINTANA: ¿Y si se acaban?
JUANA: Doña Inés contribuirá,
que no ama quien no da.
QUINTANA: En otros tiempos no daban.
Vuélvome pues a Vallecas
hasta ver destas marañas
el fin.
JUANA: Di de mis hazañas.
QUINTANA: Yo apostaré que te truecas
hoy en hombre y en mujer
veinte veces.
JUANA: Las que viere
que mi remedio requiere,
porque todo es menester.
Mas ¿sabes lo que he pensado
primero que allá te partas?
Que con un pliego de cartas
finjas que agora has llegado
de Valladolid en busca
de mi amante.
QUINTANA: ¿Y a qué fin?
JUANA: Trae sospechas don Martín
de que quien su amor ofusca
soy yo, que en su seguimiento
desde mi patria he venido
y soy el don Gil fingido.
Para que este pensamiento
no le asegure, será
bien fingir que yo le escribo
desde allá y que por él vivo
como quien sin alma está.
Dirásle tú que me dejas
en un convento encerrada
con sospechas de preñada,
y darásle muchas quejas
de mi parte, y que si sabe
mi padre de mi preñez,
malograré su vejez,
o me ha de dar muerte grave.
Con esto le desatino,
y creyendo que allá estoy
no dirá que don Gil soy.
QUINTANA: Voyme a poner de camino.
JUANA: Y yo a escribir.
QUINTANA: Vamos, pues;
darásme la carta escrita.
JUANA: Ven, que espero una visita.
QUINTANA: ¿Visita?
JUANA: De doña Inés.
Vanse. Doña INÉS con manto, y don JUAN
INÉS: Don Juan, donde no hay amor,
pedir celos es locura.
JUAN: ¿Que no hay amor?
INÉS: La hermosura
del mundo tanto es mayor,
cuanto es la naturaleza
más varia en él, y así quiero
ser mudable, porque espero
tener ansí más belleza.
JUAN: Si la que es más variable,
ésa es más bella, en ti fundo
la hermosura deste mundo,
porque eres la más mudable.
¿Por un rapaz me desprecias
antes de saber quién es?
¡Por un niño, doña Inés!
INÉS: Excusa palabras necias
y mira, don Juan, que estoy
en casa ajena.
JUAN: Inconstante,
¡no lograrás a tu amante!
¡A matar tu don Gil voy!
INÉS: ¿A qué don Gil?
JUAN: Al rapaz,
ingrata, por quien te pierdes.
INÉS: Don Gil de las calzas verdes
no es quien perturba tu paz.
Así nos dé vida Dios,
que no le he visto después
de aquella tarde. Otro es
el don Gil que priva.
JUAN: ¿Hay dos?
INÉS: Sí, don Juan, que el don Gilico,
o fingió llamarse así
o si a vivir vino aquí
de asiento, te certifico
que de todos se burló.
El que de casa te ha echado
es un don Gil muy barbado
a quien aborrezco yo.
Pero quiéreme casar
con él mi padre, y es fuerza
que por darle gusto tuerza
mi inclinación. Si a matar
estotro don Gil te atreves,
de Albornoz tiene el renombre,
y aunque dicen que es muy hombre,
como amor y ánimo lleves,
el premio a mi cuenta escribe.
JUAN: ¿Don Gil de Albornoz se llama?
INÉS: Ansí lo dice la fama,
y en casa del Conde vive,
nuestro vecino.
JUAN: ¿Tan cerca?
INÉS: Por tenerme cerca a mí.
JUAN: ¿Y que le aborreces?
INÉS: Sí.
JUAN: Pues si con su muerte merca
mi fe tu amor, el laurel
ya [mi] cabeza previene,
que te hago voto solene
que pueden doblar por él.
Vase
INÉS: ¡Ojalá! Que desta suerte
aseguraré la vida
del don Gil por quien perdida
estoy, pues dándole muerte
quedaré libre, y mi padre
no aumentará mi tormento
con su odioso casamiento,
por más que su hacienda cuadre
a su avaricia maldita.
Doña JUANA, de mujer, sin manto, y VALDIVIESO, escudero viejo
JUANA: ¡Oh, señora doña Inés!
¿En mi casa? El interés
estimo desta visita.
En verdad que iba yo a hacer
en este punto otro tanto.
¡Hola! ¿No hay quien quite el manto
a doña Inés?
A ella, al oído
VALDIVIESO: ¿Qué ha de haber?
¿Qué dueñas [has] recibido
o doncellas de labor?
¿Hay otra vieja de honor
más que yo?
JUANA: No habrá venido
Esperancilla ni Vega.
¡Jesús, y qué de ello pasa
la que mudando de casa
hacienda y trastos trasiega!
Quitalde vos ese manto,
Valdivieso.
Quítale y vase
INÉS: Doña Elvira,
tu cara y talle me admira;
de tu donaire me espanto.
JUANA: Favorécesme, aunque sea
en nombre ajeno. Ya sé
que bien te parezco en fe
del que tu gusto desea.
Seré como la ley vieja,
que tendré gracia en virtud
de la nueva.
INÉS: Juventud
tienes harta: extremos deja;
que aunque no puedo negar
que te amo porque pareces
a quien adoro, mereces
por ti sola enamorar
a un Adonis, a un Narciso,
y al sol que tus ojos viere.
JUANA: Pues yo sé quien no me quiere,
aunque otros tiempos me quiso.
INÉS: ¡Maldígale Dios! ¿Quién es
quien se atreve a darte enojos?
JUANA: Las lágrimas a los ojos
me sacaste, doña Inés.
Mudemos conversación,
que refrescas la memoria
de mi lamentable historia.
INÉS: Si la comunicación
quita la melancolía,
y en nuestra amistad consientes,
tu desgracia es bien me cuentes,
pues ya te dije la mía.
JUANA: No, por tus ojos; que amores
ajenos cansan.
INÉS: Ea, amiga…
JUANA: En fin, ¿quieres te la diga?
Pues escúchame y no llores.
En Burgos, noble cabeza
de Castilla, me dio el ser
don Rodrigo de Cisneros
y sus desgracias con él.
Nací amante, ¡qué desdicha!,
pues desde la cuna amé
a un don Miguel de Ribera,
tan gentil como cruel.
Correspondió a los principios
porque la voluntad es
cambio que entra caudaloso
pero no tarda en romper.
Llegó nuestro amor al punto
acostumbrado, que fue
a pagar yo de contado
fiada en su prometer.
Dióme palabra de esposo.
¡Mal haya la simple, amén,
que no escarmienta en palabras
cuando tantas rotas ve!
Partióse a Valladolid:
cansado debió de ser.
Estaba sin padres yo;
súpelo, fuime tras él;
engañóme con achaques,
y ya sabes, doña Inés,
que el amor que anda achacoso
de achaques muere también.
Dábale su casa y mesa
un primo que don Miguel
tenía, mozo y gallardo,
rico, discreto y cortés;
llamábase éste don Gil
de Albornoz y Coronel,
de un don Martín de Guzmán
amigo, pero no fiel.
Sucedió que al don Martín
y a su padre, don Andrés,
les escribió desta Corte,
tu padre pienso que fue,
pidiéndole para esposo
de una hermosa doña Inés
que, si mal no conjeturo
tú sin duda debes ser.
Había dado don Martín
a una doña Juana fe
y palabra de marido;
mas no osándola romper
ofreció este casamiento
al don Gil; y el interés
de tu dote apetecible
alas le puso a los pies.
Dióle cartas de favor
el viejo, y quiso con él
partirse al punto a esta Corte,
nueva imagen de Babel.
Comunicó intento y cartas
al amigo don Miguel,
mi ingrato dueño, ensalzando
la hacienda, belleza y ser
de su pretendida dama
hasta los cielos; que fue
echar fuego al apetito
y su codicia encender.
Enamoróse de oídas
don Miguel de ti: al poder
de tu dote lo atribuye,
que ya amor es mercader;
y atropellando amistades,
obligación, deudo y fe,
de don Gil le hurtó las cartas
y el nombre, porque con él
disfrazándose, a esta Corte
vino, pienso que no ha un mes.
Vendiéndose [por] don Gil,
te ha pedido por mujer.
Yo, que sigo como sombra
sus pasos, vine tras él,
sembrando por los caminos
quejas, que vendré a coger
colmadas de desengaños,
que es caudal del bien querer.
Sabiendo don Gil su agravio
quiso seguirle también,
y encontrámonos los dos,
siendo fuerza que con él
caminase hasta esta Corte,
habrá nueve días o diez,
donde aguardo la sentencia
de mi amor, siendo tú el juez.
Como vine con don Gil
y la ocasión siempre fue
amiga de novedades,
que basta en fin ser mujer,
la semejanza hechicera
de los dos pudo encender,
mirándose él siempre en mí,
y yo mirándome en él,
descuidos. Enamoróse
con tantas veras…
INÉS: ¿De quién?
JUANA: De mí.
INÉS: ¿Don Gil de Albornoz?
JUANA: Don Gil, a quien imité
en el talle y en la cara,
de suerte que hizo un pincel
dos copias y originales
prodigiosas esta vez.
INÉS: ¿Uno de unas calzas verdes?
JUANA: Y tan verdes como él,
que es abril de la hermosura
y del donaire Aranjuez.
INÉS: Bien le quieres, pues le alabas.
JUANA: Quisiérale, amiga, bien
si bien no hubiera querido
a quien mal supo querer.
Tengo esposo, aunque mudable;
soy constante, aunque mujer;
nobleza y valor me ilustran;
aliento y no celos ten,
que despreciando a don Gil
y viendo que don Miguel
tiene ya el sí de tu padre,
si sin ti le puede haber,
hice alquilar esta casa
donde de cerca sabré
el fin de tantas desdichas
como en mis sucesos ves.
INÉS: ¿Que don Miguel de Ribera
el don Gil fingido fue
que, dueño tuyo y tu esposo,
quiere que yo el sí le dé?
JUANA: Esto es cierto.
INÉS: ¿Que el don Gil
verdadero y cierto fue
aquel de las verdes calzas?
¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer
si te sirve, cara Elvira?
Y aun por eso no me ve,
que no le bastan dos ojos
para llorar tu desdén.
JUANA: Como a don Miguel desprecies,
también yo desdeñaré
a don Gil.
INÉS: ¿Pues deso dudas?
Hombre que tiene mujer,
¿cómo puede ser mi esposo?
No temas eso.
JUANA: Pues ven,
que a don Gil quiero escribir
en tu presencia un papel
que llevará mi escudero,
y su muerte escrita en él.
INÉS: ¡Ay, Elvira de mis ojos,
tu esclava tengo de ser!
JUANA: (Ya esta boba está en la trampa. Aparte
Ya soy hombre, ya mujer,
ya don Gil, ya doña Elvira;
mas si amo, ¿qué no seré?)
Vanse. [Salen] QUINTANA y don MARTÍN
MARTÍN: ¿Y que tú mismo la dejas
en un convento, Quintana?
QUINTANA: Yo mismo, a tu doña Juana
en San Quirce, dando quejas
y suspiros, porque está
con indicios de preñada.
MARTÍN: ¿Cómo?
QUINTANA: No la para nada
en el estómago y da
unas arcadas terribles,
la basquiña se le aova,
pésale más que una arroba
el paso que da, imposibles
se le antojan. Vituperio
de su linaje serás
si a consolarla no vas,
y pare en el monasterio.
MARTÍN: Quintana, jurara yo
que desde Valladolid
había venido a Madrid
a perseguirme.
QUINTANA: Eso no,
ni haces bien en no tenella
en opinión más honrada.
MARTÍN: ¿No pudiera disfrazada
seguirme?
QUINTANA: ¡Bonita es ella!
Ésta es la hora que está
rezando entre sus iguales
los salmos penitenciales
por ti. ¿Esa carta no da
certidumbre que te digo
la verdad?
MARTÍN: Quintana, sí.
Las quejas que escribe aquí
mucho han de poder conmigo.
Vine a cierta pretensión
a Madrid, que el Rey confirme,
y partí sin despedirme
della por la dilación
forzosa que en mi partida
su amor había de poner.
Pero pues llego a saber
que corre riesgo su vida
y que mi amor coge el fruto
que su hermosura me ofrece,
cualquier tardanza parece
pronóstico de mi luto.
Partiréme esta semana
sin falta, concluya o no
a lo que vine.
QUINTANA: Pues yo
tomo la posta mañana,
y a pedirla me adelanto
las albricias.
MARTÍN: Bien harás.
Hoy esta Corte verás,
y yo escribiré entretanto.
¿Dónde tienes la posada?
Que no te llevo a la mía
porque malograr podría
una traza comenzada
que después sabrás despacio.
[QUINTANA:] Junto al mesón de Paredes
vivo.
MARTÍN: Bien.
QUINTANA: Mañana puedes,
si tienes de ir a Palacio,
darme las cartas allá.
MARTÍN: En buen hora. (No he querido Aparte
que vaya donde he fingido
ser don Gil, que deshará
la máquina que levanto.)
QUINTANA: Voyme, pues, a negociar.
MARTÍN: Adiós.
QUINTANA: (¿En qué ha de parar, Aparte
cielos, embeleco tanto?)
Vase
MARTÍN: Basta, que ya padre soy;
basta, que está doña Juana
preñada. Afición liviana,
villano pago le doy.
Con un hijo, es torpe modo
el que aquí pretender quiero,
indigno de un caballero.
Pongamos remedio en todo
dando la vuelta a mi tierra.
Sale don JUAN
JUAN: Señor don Gil de Albornoz,
si, como corre la voz,
valor vuestro pecho encierra
para lucir el acero,
al paso que pretender
contra su gusto mujer,
pensamiento algo grosero,
yo, que soy interesado
en esta parte, quisiera
que saliésemos afuera
del lugar, y que en el Prado
o Puente, sin que delante
tuviésemos tanta gente,
mostrásedes ser valiente
como mostráis ser amante.
MARTÍN: La cólera requemada
cortad por lo que os importa,
que para quien no la corta
corta cóleras mi espada,
que yo, que más flema tengo,
no riño sin ocasión.
Si vos tenéis afición
cuando yo a casarme vengo
y me aborrece mi dama,
pues en su mano dejó
naturaleza el sí y no,
y vos presumís que os ama,
pretendámosla los dos,
que cuando el no me dé a mí
y vos salgáis con el sí,
no reñiré yo con vos.
JUAN: Ella me ha dicho que es fuerza
hacer de su padre el gusto,
y que, amándola, no es justo
la deje casar por fuerza.
Y en fe desta sinrazón,
o nos hemos de matar
o no os habéis de casar,
dejando su pretensión.
MARTÍN: ¿Doña Inés dice que quiere
a su padre obedecer,
y mi esposa admite ser?
JUAN: A su inclinación prefiere
la caduca voluntad
de su padre.
MARTÍN: Y por ventura
perder esa coyuntura,
¿no sería necedad?
Si con lo que yo procuro
salgo, ¿no es torpe imprudencia
el poner en contingencia
lo que ya tengo seguro?
¡Muy bueno fuera, por Dios,
que después de reducida,
si yo no os quito la vida
me la quitásedes vos,
perdiendo mujer tan bella,
y que, después de adquirido
el nombre de su [marido],
os la dejase doncella!
No, señor. Permitid vos
que logre de doña Inés
la belleza, y de allí a un mes
podremos reñir los dos.
JUAN: O hacéis de mí poco caso
o tenéis poco valor.
Pero a vuestro necio amor
sabré yo atajar el paso
en parte donde no tema
el favor que aquí os provoca.
Vase
MARTÍN: Para su cólera loca
no ha sido mala mi flema.
Si está doña Inés resuelta,
y a ser mi esposa se allana,
perdonará doña Juana,
y mi amor dará la vuelta,
si a Valladolid [quería]
llevarme; que el interés
y beldad de doña Inés
excusa[n] la culpa mía.
Sale OSORIO
OSORIO: Gracias a Dios que te veo.
MARTÍN: Seas, Osorio, bien venido.
¿Hay cartas?
OSORIO: Cartas ha habido.
MARTÍN: ¿De mi padre?
OSORIO: En el correo
a la mitad de su lista
a ciento y doce leí
este pliego para ti.
Dásele
MARTÍN: Libranza habrá a letra vista.
Ábrele
OSORIO: ¿Quién duda?
MARTÍN: Este sobrescrito
dice: «A don Gil de Albornoz.»
OSORIO: Corre por ti la tal voz.
MARTÍN: Estotra cubierta quito.
Lee
«A mi hijo don Martín.»
Y estotra. «A Agustín Solier
de Camargo, mercader.»
OSORIO: ¡Bien haya el tal Agustín
si en él nos libran dinero!
[MARTÍN:] Eso, Osorio, es cosa cierta.
OSORIO: ¿Adónde vive?
MARTÍN: A la puerta
de Guadalajara.
OSORIO: Quiero
besarla por lo que a mí
me toca, que ya no había
casi blanca.
MARTÍN: Abro la mía
primero.
OSORIO: Bien.
MARTÍN: Dice ansí:
Lee [la] carta
«Hijo: Cuidadoso estaré hasta saber el fin de
nuestra pretensión, cuyos principios, según me
avisáis, prometen buen suceso. Para que le
consigáis os remito esta libranza de mil escudos
y esa carta para Agustín Solier, mi corresponsal.
Digo en ella que son para don Gil de Albornoz, un
deudo mío. No vais vos a cobrarlos, porque os conoce,
sino Osorio, diciendo que es mayordomo de dicho don
Gil. Doña Juana de Solís falta de su casa desde
el día que os partístes. Si en ella están confusos
no lo ando yo menos, temiendo no os haya seguido y
impida lo que tan bien nos está. Abreviad lances,
y en desposándoos, avisadme para que yo al punto me
ponga en camino, y tengan fin estas marañas. Dios os me
guarde como deseo. Valladolid y agosto, etc. Vuestro padre.»
OSORIO: ¿No escuchas que doña Juana
falta de su casa?
MARTÍN: Ya
sé [yo] dónde oculta está.
Agora llegó Quintana
con carta suya, y por ella
he sabido que encerrada
está en San Quirce y preñada.
OSORIO: Parirá en fe de doncella.
MARTÍN: Huyóse sin avisar
a su padre; que afligida
de celos de mi partida,
no la darían lugar
el sobresalto y la prisa.
Y ésta será la ocasión
de la pena y confusión
que aquí mi padre me avisa.
Pero entretendréla agora
escribiéndola, y después
que posea a doña Inés,
puesto que mi ausencia llora,
le diré que tome estado
de religiosa.
OSORIO: Si está
en San Quirce ya tendrá
lo más del camino andado.
Sale AGUILAR
AGUILAR: ¿Es el señor don Gil?
MARTÍN: Soy
amigo vuestro, Aguilar.
AGUILAR: Don Pedro os envía a llamar,
y por buena nueva os doy
que pretende hoy desposaros
con su sucesora bella,
aunque llantos atropella.
MARTÍN: Quisiera en albricias daros
el Potosí. Esta cadena,
aunque de poco valor,
en fe de vuestro deudor…
Va a echarse don MARTÍN las cartas en la faltriquera; y mételas por entre la sotanilla, y cáensele en el suelo
AGUILAR: Para mal de ojos es buena.
MARTÍN: Vamos y irás a cobrar
esos escudos, Osorio,
que si es hoy mi desposorio,
todos los he de emplear
en joyas para mi esposa.
OSORIO: Para su belleza es poco.
Los dos aparte
(Bien se dispone.
MARTÍN: (Estoy loco.
¡Ay, mi doña Inés hermosa!)
Vanse. Salen doña JUANA, de hombre, y CARAMANCHEL
CARAMANCHEL: No he de estar más de un instante,
señor don Gil invisible,
con vos, que es cosa terrible
despareceros delante
de los ojos.
JUANA: Si me pierdes…
CARAMANCHEL: Un pregonero he cansado
diciendo: «El que hubiere hallado
a un don Gil con calzas verdes
perdido de ayer acá,
dígalo y daránle luego
su hallazgo.» Ved qué sosiego
para quien sin blanca está.
Un real de misas he dado
a las ánimas por vos,
y a San Antonio otros dos,
de lo perdido abogado.
No quiero más tentación,
que me dais que sospechar
que sois duende o familiar,
y temo a la Inquisición.
Pagadme y adiós.
JUANA: Yo he estado
todo este tiempo escondido
en una casa que ha sido
mi cielo, porque he alcanzado
la mejor mujer en ella
de Madrid.
CARAMANCHEL: ¿Chanzas hacéis?
¿Mujer vos?
JUANA: Yo.
CARAMANCHEL: ¿Pues tenéis
dientes vos para comella?
¿O es acaso doña Inés,
la damaza de la huerta,
por las verdes calzas muerta?
Sí será.
JUANA: A lo menos es
otra más bella que vive
pegada a la casa desa.
CARAMANCHEL: ¿Es juguetona?
JUANA: Es traviesa.
CARAMANCHEL: ¿Da?
JUANA: Lo que tiene.
CARAMANCHEL: ¿Y recibe?
JUANA: Lo que la dan.
CARAMANCHEL: Pues retira
la bolsa, imán de una dama.
¿Llámase?
JUANA: Elvira se llama.
CARAMANCHEL: Elvira, pero sin vira.
JUANA: Ven, llevarásme un papel.
CARAMANCHEL: Dellos hay un pliego aquí.
Alza las cartas
Oye, que son para ti.
JUANA: ¿Para mí, Caramanchel?
CARAMANCHEL: El sobrescrito rasgado
dice: «A don Gil de Albornoz.»
JUANA: Muestra. ¡Ay cielos!
CARAMANCHEL: En la voz
y cara te has alterado.
JUANA: Dos cerradas y una abierta
vienen.
CARAMANCHEL: Mira para quién.
JUANA: Pronósticos de mi bien
hacen mi ventura cierta.
Lee
«A don Pedro de Mendoza
y [Velástegui].» Éste es
el padre de doña Inés.
CARAMANCHEL: Algún galán de la moza
te pone por medianero
con su padre, que querrá
que le cases.
JUANA: Y hallará
a propósito el tercero.
CARAMANCHEL: Mira esotro sobrescrito.
JUANA: Dice aquí. «A Agustín Solier
de Camargo, mercader.»
CARAMANCHEL: Ya le conozco, un corito
es que tiene más caudal
de cuantos la Puerta ampara
aquí de Guadalajara.
JUANA: Pues tenlo a buena señal.
Esta abierta es para mí.
CARAMANCHEL: Mírala.
JUANA: (¿Quién duda que es Aparte el pliego de don Andrés
para don Martín?)
Léela para sí
CARAMANCHEL: ¿Que ansí
haya quien hurte en la Corte
las cartas? Delito grave.
Pero si las nuevas sabe
a costa no más del porte,
¿quién las dejará de ver?
A alguno que las sacó
y el pliego por yerro abrió
se le debió de caer.
JUANA: (Dichosa soy en extremo. Aparte
A buen presagio he tenido
que a mi mano hayan venido
estas cartas. Ya no temo
mal suceso.)
CARAMANCHEL: ¿Cúyas son?
JUANA: De un mi tío de Segovia.
CARAMANCHEL: A Inés querrá para novia.
JUANA: Acertaste su intención.
Una libranza me envía
para que joyas la dé
de hasta mil escudos.
CARAMANCHEL: Fue
mi sospecha profecía;
vendrá en Agustín Solier
librada.
JUANA: En ésta le escribe
que los dé luego.
CARAMANCHEL: Recibe
el dinero en tu poder
y no me despediré
de ti en mi vida.
JUANA: (A Quintana Aparte
voy a buscar. ¡Qué mañana
tan dichosa! Con buen pie
me levanté hoy; marañas
traza nuevas mi venganza.
Hoy cobrará la libranza
Quintana, y de mis hazañas
verá presto el fin sutil.)
CARAMANCHEL: Por si otra vez te me pierdes
me encajo tus calzas verdes.
JUANA: Hoy sabrán quién es don Gil.
Vanse. Salen Doña INÉS y Don PEDRO, su padre
INÉS: Digo, señor, que vives engañado,
y que el don Gil fingido que me ofreces,
no es don Gil, ni jamás se lo han llamado.
PEDRO: ¿Por qué mintiendo, Inés, me desvaneces?
Don Andrés ¿no me ha escrito por este hombre?
¿No dice que [es] don Gil el que aborreces?
INÉS: Don Miguel de Cisneros es su nombre,
con una doña Elvira desposado;
su patria es Burgos. Porque más te asombre,
la misma doña Elvira me ha contado
todo el suceso, que en su busca viene,
y del mismo don Gil es un traslado.
Pared en medio desta casa tiene
la suya. Hablarla puedes y informarte
de todo este embeleco, que es solene.
PEDRO: Advierte, Inés, que debe de burlarte,
pues no puede ser falsa aquesta firma,
ni a la naturaleza engaña el arte.
INÉS: Pues si esa carta tu opinión confirma,
repara en que don Gil, el verdadero,
en quien mi voluntad su amor confirma,
es un gallardo y joven caballero
que por la gracia de un verde vestido
con que le vi en la huerta el día primero
calzas verdes le di por apellido.
Éste, pues, por la fama aficionado
de mí o mi dote y luego persuadido
de don Andrés a que tomase estado,
le hizo que viniese con el pliego
en su abono, que tanto te ha engañado.
Era su amigo don Miguel, y luego
que supo dél, estando de partida,
mi hacienda y calidad, encendió fuego
el interés que la amistad olvida,
y sin mirar que estaba desposado
con doña Elvira, un tiempo tan querida,
teniéndole en su casa aposentado
le hurtó las cartas una noche y vino
[por] la posta a esta corte disfrazado.
Ganóle por la mano en el camino,
fingió que era don Gil, dióte ese pliego
y con él entabló su desatino.
El don Gil verdadero vino luego,
que fue el que vi en la huerta y al que mira
como a su objeto mi amoroso fuego;
no osó contradecir tan gran mentira
por ver tan apoyado su embeleco,
hasta que a verme vino doña Elvira.
Ésta me dijo el marañoso trueco
y los engaños del don Gil postizo
que funda su esperanza en mármol seco.
Doña Elvira, señor, me satisfizo.
Mira lo mucho que en casarme pierdes
con quien lo está con otra, y esto hizo.
PEDRO: ¿Hay semejante embuste?
INÉS: Que te acuerdes
deste suceso importa.
PEDRO: ¿No vería
yo al don Gil de las calzas, Inés, verdes?
INÉS: Doña Elvira me dijo le enviaría
a hablarte y verme aquesta misma tarde.
PEDRO: ¿Pues cómo tarda?
INÉS: Aún no es pasado el día.
¿Pero no es éste, cielos? Haga alarde
con su presencia la esperanza mía.
Sale Doña JUANA, de hombre
JUANA: A daros satisfacción,
señora, de mi tardanza
vengo y a pedir perdón
no de que en mí haya mudanza
sino de mi dilación.
Hame tenido ocupado
estos días el cuidado
en que me puso un traidor,
que por lograr vuestro amor
hasta el nombre me ha usurpado,
no falta de voluntad,
pues desde el punto que os vi
os rendí la libertad.
INÉS: Yo sé que eso no es ansí,
pero sea o no verdad,
conoced, señor don Gil,
a mi padre que os desea,
y entre confusiones mil
persuadilde a que no crea
enredos de un pecho vil.
JUANA: A mucha suerte he tenido,
señor, haberos hallado
aquí, y llegara corrido
a no haberme asegurado
cartas que hoy he recibido
de don Andrés de Guzmán,
que quimeras desharán
de quien con firmas hurtadas
pretendió ver malogradas
mis esperanzas. Si dan
fe y crédito estos renglones
y me abona este papel
Enséñale las cartas
no admitáis satisfacciones
fingidas de don Miguel
o guardaos de sus traiciones.
Míralas don PEDRO
PEDRO: Yo estoy, señor, satisfecho
de lo que decís y afirma
vuestro generoso pecho.
Esta letra y esta firma
del agravio que os he hecho,
si es que soy yo quien lo hice,
fue la causa, y agora es
favor con que os autorice.
Sí, letra es de don Andrés.
Míralas otra vez
Quiero mirar lo que dice.
Lee para sí [y ellas hablan aparte]
INÉS: (¿Cómo va de voluntad?
JUANA: Vos, que sus llaves tenéis,
por mí la respuesta os dad.
INÉS: Desde ayer acá queréis
mucho nuestra vecindad.
JUANA: ¿Desde ayer? Desde que os mira
el alma que en ella os ve,
y en vuestra ausencia suspira.
INÉS: ¿En mi ausencia?
JUANA: ¿Pues no?
INÉS: ¿A fe?
¿Y no en la de doña Elvira?)
PEDRO: Aquí otra vez me encomienda
don Andrés la conclusión
de vuestra boda, y que entienda
la mucha satisfacción
de vuestra sangre y hacienda.
El don Miguel de Cisneros
es gentil enredador.
Mucho gusto en conoceros.
Hoy habéis de ser señor
desta casa.
JUANA: ¿Que teneros
por dueño y padre merezco?
Mil veces me dad los pies.
PEDRO: Los brazos sí que os ofrezco
Abrázale
y en ellos a doña Inés.
JUANA: Mi dicha al cielo [agradezco].
Abrázala
Desta suerte satisfago
los celos de la vecina
que tenéis.
INÉS: Y yo deshago
sospechas, porque me inclina
vuestro amor.
JUANA: Con ése os pago.
Sale QUINTANA
QUINTANA: Don Gil mi señor, ¿está
aquí?
A él aparte
JUANA: (¡Quintana! ¿has cobrado
libranza y escudos?
QUINTANA: (Ya,
en oro puro y doblado.)
A ellos
JUANA: Yo vendré a la noche acá,
que una ocurrencia forzosa,
mi bien, me obliga a apartar
de vuestra presencia hermosa.
PEDRO: No hay para qué dilatar
el desposorio, que es cosa
que corre peligro.
JUANA: Pues
esta noche estoy resuelto
en desposarme.
PEDRO: Mi Inés
será vuestra.
JUANA: Habéisme vuelto
el alma al cuerpo.
INÉS: ¡Interés
dichoso!
JUANA: La vuelta doy
luego.
QUINTANA: (¡Quimera sutil!) Aparte
JUANA: Adiós, que a Palacio voy.
A ella
QUINTANA: (Vamos, Juana, Elvira, Gil.)
[A él]
JUANA: (Gil, Elvira y Juana soy.)
Vanse los dos
PEDRO: ¡Qué muchacho y qué discreto
[es] el don Gil! Grande amor
le he cobrado, te prometo;
vuélvame el enredador
a casa, verá el efeto
de sus embustes.
Salen don MARTÍN y OSORIO [y hablan a otro lado]
MARTÍN: ¿Adónde
se me pudieron caer?
Si lo advertiste, responde.
OSORIO: Pues, ¿puédolo yo saber?
¿Junto a la casa del Conde
no las leíste?
MARTÍN: ¿Has mirado
todo lo que hay desde allí?
OSORIO: De modo que no he dejado
un solo átomo hasta aquí.
MARTÍN: ¿Hay hombre más desdichado?
¡Pliego y escudos perdidos!
OSORIO: Haz cuenta que los jugaste
en vez de comprar vestidos
y joyas.
MARTÍN: ¿No lo miraste
bien?
OSORIO: Con todos mis sentidos.
MARTÍN: Pues vuelve, que podrá ser
que [lo] halles.
OSORIO: ¡Linda esperanza!
MARTÍN: Pero no, ve al mercader,
que no acepte la libranza.
OSORIO: Eso es mejor.
MARTÍN: ¿Que a perder
un pliego de cartas venga
un hombre como yo?
[Ven a los otros]
OSORIO: Aquí
está tu dama.
MARTÍN: Hoy se venga
su menosprecio de mí.
OSORIO: Ruega a Dios que no la tenga
pagada.
Vase OSORIO
MARTÍN: ¡Oh, señores! (Quiero Aparte
disimular mi pesar.)
PEDRO: ¿Es digno de un caballero,
don Miguel, el enredar
con disfraces de embustero?
¿Es bien que os finjáis don Gil
de Albornoz si don Miguel
sois, y con astucias mil,
siendo ladrón de un papel,
queráis por medio tan vil
usurparle a vuestro amigo
el nombre, opinión y dama?
MARTÍN: ¿Qué decís?
PEDRO: Esto que digo,
y guardaos que desta trama
no os haga dar el castigo
que merecéis. Si os llamáis
vos don Miguel de Cisneros,
¿para qué nombres trocáis?
MARTÍN: ¿Yo? No acabo de entenderos.
PEDRO: ¡Qué bien lo disimuláis!
MARTÍN: ¿Yo don Miguel?
INÉS: Ya sabemos
que sois de Burgos.
MARTÍN: [¡Mentira
solene!]
INÉS: ¡Buenos extremos!
Cumplid la fe a doña Elvira,
o a la justicia diremos
cuán grande embelecador
sois.
MARTÍN: ¡Pues habéisme cogido
los dos de muy buen humor
en ocasión que he perdido
seso y escudos! Señor,
¿quién es el autor cruel
de quimera tan sutil?
PEDRO: Sabed, señor don Miguel,
que el verdadero don Gil
se va agora de aquí, y dél
tengo la satisfacción
que vuestro crédito pierde.
MARTÍN: ¿Qué don Gil o maldición
es éste?
PEDRO: Don Gil el verde.
INÉS: Y el blanco de mi afición.
PEDRO: Id a Burgos entretanto
que él se casa, y haréis bien,
y no finjáis ese espanto.
MARTÍN: ¡Válgate el demonio, amén,
por don Gil o por encanto!
¡Vive Dios, que algún traidor
os ha venido a engañar!
Oíd.
INÉS: Pasito, señor,
que le haremos castigar
por archiembelecador.
Vanse los dos
MARTÍN: ¿Hay confusión semejante?
¡Que este don Gil me persiga
invisible cada instante
y que por más que le siga
nunca le encuentre delante!
Estoy tan desesperado
que por toparme con él
diera cuanto he granjeado.
¿Yo en Burgos? ¿Yo don Miguel?
Sale OSORIO
OSORIO: ¡Buen lance habemos echado!
MARTÍN: ¿Has hablado al mercader?
OSORIO: Más me valiera que no.
Un don Gil o Lucifer
todo el dinero cobró.
Malgesí debe de ser.
MARTÍN: ¿Don Gil?
OSORIO: De Albornoz se firma
dándole carta de pago.
Solier me enseñó su firma.
MARTÍN: ¡Este don Gil será estrago
de toda mi casa!
OSORIO: Afirma
el Solier que anda vestido
de verde, porque te acuerdes
de lo que has por él perdido.
MARTÍN: Don Gil de las calzas verdes
ha de quitarme el sentido.
Ninguno me [hará] creer
sino que se disfrazó,
para obligarme a perder,
algún [demonio] y me hurtó
las cartas que al mercader
ha dado.
OSORIO: Hará enredos mil,
que sabe muchas vejeces
el enemigo sutil.
Ven, [señor].
MARTÍN: ¡Jesús mil veces!
¡Válgate el diablo el don Gil!
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
Salen don MARTÍN y QUINTANA
MARTÍN: No digas más; basta y sobra
saber por mi mal, Quintana,
que murió mi doña Juana.
Muy justa venganza cobra
el cielo de mi crueldad,
de mi ingratitud y olvido.
El que su homicida ha sido
soy yo, no su enfermedad.
QUINTANA: Déjame contarte el cómo
sucedió su muerte en suma.
MARTÍN: Vuela el mal con pies de pluma,
viene el bien con pies de plomo.
QUINTANA: Llegué no poco contento
con tu carta, en que fundé
albricias que no cobré.
Regocijóse el convento;
salió a una red doña Juana;
díjela que en breves días
en su presencia estarías,
que su sospecha era vana.
Leyó tu carta tres veces,
y cuando iba a desprender
joyas con que enriquecer
mis albricias, todas nueces,
gran rüido y poco fruto,
dijéronla que venía
su padre y que pretendía
convertir su gozo en luto
dando venganza a su honor.
Encontráronse a la par
el placer con el pesar,
la esperanza y el temor;
y como estaba preñada
fue el susto tan repentino
que a malparir al fin vino
una niña mal formada,
y ella, al dar el primer grito,
dijo: «Adiós, don Mar…» y en fin,
quedándose con el «tín»
murió como un pajarito.
MARTÍN: No digas más.
QUINTANA: Ni aunque quiera
podré, porque en pena tanta
tengo el alma a la garganta
y a un suspiro saldrá fuera.
MARTÍN: ¿Agora que no hay remedio,
osáis, temor atrevido,
echar del alma el olvido
y entraros vos de por medio?
¿Agora llora y suspira
mi pena? ¿Agora pesar?
QUINTANA: (No sé en lo que ha de parar Aparte
tanta suma de mentira.)
MARTÍN: No es posible, sino que es
el espíritu inocente
de doña Juana el que siente
que yo quiera a doña Inés
y que en castigo y venganza
del mal pago que la di
se finge don Gil y aquí
hace guerra a mi esperanza.
Porque el perseguirme tanto,
el no haber parte o lugar
adonde a darme pesar
no acuda, si no es encanto,
¿qué otra cosa puede ser?
El no dejar casa o calle
que no busque por hallalle,
el nunca llegarle a ver,
el llamarse de mi nombre,
¿no es todo esto conjetura
de que es su alma que procura
que la vengue y que me asombre?
QUINTANA: (¡Esto es bueno ! Doña Juana Aparte
cree que es alma que anda en pena.
¿Vio el mundo chanza más buena?
Pues no le ha de salir vana
porque tengo de apoyar
este disparate.)
A él
A mí
parecíame hasta aquí
lo que escuchaba contar,
desde el día que murió
mi señora, que sería
sueño que a la fantasía
el pesar representó;
pero después que te escucho
que el alma de mi señora
te persigue cada hora,
no tendré, señor, a mucho
lo que en Valladolid pasa.
MARTÍN: ¿Pues qué es lo que allá se dice?
QUINTANA: Temo que te escandalice;
pero no hay persona en casa
de mi señor [tan] osada
que duerma sin compañía,
si no fui yo, desde el día
que murió la mal lograda
porque se les aparece
con vestido varonil
diciendo que es un don Gil,
en cuyo hábito padece,
porque tú con este nombre
andas aquí disfrazado
y sus penas has causado.
Su padre, en traje de hombre,
todo de verde, la vio
[una] noche, y que decía
que a perseguirte venía,
y aunque el buen viejo mandó
decir cien misas por ella
afirman que no ha cesado
de aparecerse.
MARTÍN: El cuidado
causé yo de su querella.
QUINTANA: ¿Y es verdad, señor, que aquí
te llamas don Gil?
MARTÍN: Mi olvido
y ingratitud ha querido
que me llame, amigo, ansí.
Vine a esta Corte a casarme,
y ofendiendo su belleza
codiciando la riqueza
de una doña Inés, que a darme
el justo castigo viene
que mi crueldad mereció.
En don Gil me transformó
mi padre; la culpa tiene
destas desgracias, Quintana,
su codicia y interés.
QUINTANA: Pues no dudes de que es
el alma de doña Juana
la que por Valladolid
causa temores y miedos
y dispone los enredos
que te asombran en Madrid.
Pero, ¿piénsaste casar
con doña Inés?
MARTÍN: Si murió
doña Juana, y me mandó
mi avaro padre intentar
este triste casamiento,
no concluirle sería
de algún modo afrenta mía.
QUINTANA: ¿Cómo saldrás con tu intento,
si una alma del purgatorio
a doña Inés solicita
y la esperanza te quita
que tienes del desposorio?
MARTÍN: Misas y oraciones son
las que las almas amansan,
que, en fin, con ellas descansan.
Vamos, que en esta ocasión
en el Carmen y Vitoria
haré que se digan mil.
QUINTANA: (A puras misas, don Gil, Aparte
os llevan vivo a la gloria.)
Vanse. Doña INÉS y CARAMANCHEL
INÉS: ¿Dónde está vuestro señor?
CARAMANCHEL: ¿Sélo yo, aunque traiga antojos
y le mire con más ojos
que una puente? Es arador
que de vista se me pierde;
por más que le busco y llamo
nunca quiere mi verde amo
que en sus calzas me dé un verde.
Aquí le vi no ha dos credos;
y aunque estaba en mi presencia,
cual dinero de Valencia
se me perdió entre los dedos;
mas tal anda el motolito
por una vuestra vecina,
que es hija de Celestina,
y le gazmió en el garlito.
INÉS: ¿A vecina nuestra quiere
don Gil?
CARAMANCHEL: A una doña Elvira,
desde que le sirvo, mira
de tal suerte que se muere,
señora, por sus pedazos.
INÉS: ¿Sabéis vos eso?
CARAMANCHEL: Sé yo
que esta noche la pasó,
cuando menos, en sus brazos.
INÉS: ¿Esta noche?
CARAMANCHEL: Sí, ¿os remuerde
la conciencia?, y otras mil,
que aunque es lampiño el don Gil,
en obras y en nombre es verde.
INÉS: Vos sois un grande hablador
y mentís; porque esa dama
es mujer de buena fama
y tiene mucho valor.
CARAMANCHEL: Si es verdad o si es mentira,
lo que digo sé por él
y por el dicho papel
Enséñasele
que traigo a la tal Elvira.
Está su casa cerrada
y mientras que vuelve a ella
paje, escudero o doncella,
que no debe haber criada
que no sepa lo que pasa,
y el papel la pueda dar,
a mi amo entré a buscar
por si estaba en vuestra casa.
INÉS: ¿De don Gil es ése?
CARAMANCHEL: Sí.
INÉS: Pues bien, ¿por fuerza ha de ser
de amores?
CARAMANCHEL: Llegá a leer
[vos] lo que podáis aquí,
Por entre las dobleces del papel
que yo, que siempre he pecado
de curioso y resabido,
las razones he leído
que hacia aquí se han asomado.
Enséñale leyendo
¿Aquí no dice: «Inés vengo.. deseo me da… disgusto»?
¿No dice aquí: «plazo justo…»
y allí: «noche… gusto tengo…»
y hacia aquella parte: «tarde…
amor… a doña.. a ver voy…»
y a aquel lado: «[vuestro] soy…»,
luego: «mío. El cielo os guarde»?
¡Ved si es barro el papelillo!
Todo esto es plata quebrada:
saque vusté, si le agrada,
el hilo por el ovillo.
INÉS: A lo menos sacaré,
Quítasele
leyéndole, el falso trato
de un traidor y de un ingrato.
CARAMANCHEL: Eso nones; suéltele,
que me reñirá don Gil.
INÉS: Alcahuete, ¿he de dar voces?
¿He de hacer que os den mil coces?
CARAMANCHEL: Dos da un asno, que no mil.
Ábrele y léele
INÉS: «No hallo contento y gusto
cuando con vos no le tengo
puesto que a ver a Inés vengo
a costa de mi disgusto.
Ya deseo el plazo justo
de volver a hacer alarde
de mi amor, y aunque esta tarde
a ver a doña Inés voy,
no os dé celos. Vuestro soy,
dueño mío. El cielo os guarde.»
¡Qué regalado papel!
A su dueño se parece:
tan infame que apetece
las sobras de don Miguel.
¿Doña Inés le da disgusto?
¡Válgame Dios! ¿Ya empalago?
¿Manjar soy que satisfago,
antes que me pruebe, el gusto?
¿Tan bueno es el de su Elvira
que su apetito provoca?
CARAMANCHEL: No es la miel para la boca
del etcétera.
INÉS: La ira
que tengo es tal que dejara
un ejemplo cruel de mí
a estar el mudable aquí.
Un CRIADO
CRIADO: Mi señora doña Clara
viene a verte.
Vase el CRIADO
INÉS: Pretendiente
es también de este galán
empalagado; a don Juan,
que mi amor celoso siente,
he de decir que le mate,
y me casaré con él.
Llevad vos vuestro papel
Arrójasele
a esa dama, que es remate
del gusto que en él confiesa,
que aunque no es Lucrecia casta
para tan vil hombre basta
plato que sirvió a otra mesa.
Vase
CARAMANCHEL: ¡Malos años la pimienta
que lleva la doña Inés!
No le comerá un inglés.
¡Qué mal hice en darla cuenta
del papel! No fui discreto;
mas purguéme en su servicio
porque en gente de mi oficio
es cual ruibarbo un secreto.
Vase. QUINTANA y doña JUANA, de hombre
QUINTANA: Misas va a decir por ti
en fe que eres alma que anda
en pena.
JUANA: ¿Pues no es ansí?
QUINTANA: Mas no deja la demanda
de doña Inés.
JUANA: ¡Ay de mí!
A mi padre tengo escrito
como que a la muerte estoy
por don Martín, que en delito
de que esposa suya soy
y de adorarle infinito,
de puñaladas me ha dado,
dejándome en Alcorcón;
que loco de enamorado
por doña Inés, su afición
a matarme le ha obligado.
Escríbole que ha fingido
ser un don Gil de Albornoz,
porque con este apellido
encubra la muerte atroz
que mi amor ha conseguido,
que todo es castigo injusto
de una hija inobediente
que contra su honor y gusto
de su patria y casa ausente
ocasiona su disgusto;
pero que si algún amor
le merezco, y éste alcanza
en mi muerte su favor,
satisfaga su venganza
las pérdidas de mi honor.
QUINTANA: ¿Pues para qué tanto ardid?
JUANA: Es para que desta suerte
parta de Valladolid
mi padre y pida mi muerte
a don Martín en Madrid;
que he de perseguir, si puedo,
Quintana, a mi engañador
con uno y con otro enredo
hasta que cure su amor
con mi industria o con su miedo.
QUINTANA: Dios me libre de tenerte
por contraria.
JUANA: La mujer
venga agravios desta suerte.
QUINTANA: A hacerle voy a entender
nuevas chanzas de tu muerte.
Vase QUINTANA. Sale doña CLARA
CLARA: Señor don Gil, justo fuera,
sabiendo de cortesía
tanto, que para mí hubiera
un día… ¿qué digo un día?
una hora, un rato siquiera.
También tengo casa yo
como doña Inés; también
hacienda el cielo me dio;
y también quiero yo bien
como ella.
JUANA: ¿A mí?
CLARA: ¿Por qué no?
JUANA: A saber yo tal ventura,
creed, bella doña Clara,
que por lograrla segura,
fuera, si otro la gozara,
pirata desa hermosura.
Mas como de mí imagino
lo poco que al mundo importo,
ni sé ni me determino
a pretender; que en lo corto
tengo algo de vizcaíno.
Por Dios, que desde que os vi
en la huerta, el corazón,
nueva salamandria, os di,
llevándoos vos un girón
del alma que os ofrecí,
mas ni sé dónde vivís,
qué galán por vos se abrasa,
ni qué empleos admitís.
CLARA: ¿No? Pues sabed que mi casa
es a la Red de San Luis;
mis galanes más de mil;
mas quien en mi gusto alcanza
el premio por más gentil
es verde cual mi esperanza
y es en el nombre don Gil.
JUANA: Esta mano he de besar
Bésasela
porque del todo me cuadre
favor tan para estimar.
Sale doña INÉS [y queda apartada]
INÉS: Como me llamó mi padre,
fuéme forzoso dejar
a mi prima por un rato.
¿Mas no es el que miro, ¡cielos!
don Gil el falso, el ingrato,
el que cebando mis celos
es de mi opuesta retrato?
¡La mano pone en la boca
de mi prima! ¿No es encanto
que hombre de barba tan poca
se atreva a ser para tanto?
¡A qué furia me provoca!
Quiero escuchar desde aquí
lo que pasa entre los dos.
CLARA: En fin, ¿os morís por mí?
¡Buena mentira!
JUANA: Por Dios,
que no me tratéis ansí.
Desde el día que en la huerta
os vi, hermosa doña Clara,
para mi ventura abierta,
ni tuve mañana clara
ni noche segura y cierta,
porque la pesada ausencia
de la luz desa hermosura,
sol que mi amor reverencia,
noche es pesada y obscura.
CLARA: No lo muestra la frecuencia
de doña Inés que os recrea,
y es todo vuestro interés.
JUANA: ¿Yo a doña Inés, mi bien?
CLARA: Ea.
JUANA: Vive Dios, que es doña Inés
a mis ojos fría y fea;
si Francisca se llamara,
todas las efes tuviera.
INÉS: (¡Qué buena don Gil me para!) Aparte
JUANA: (¡Mas si doña Inés me oyera!) Aparte
INÉS: (¡Y le creerá doña Clara!) Aparte
CLARA: Pues si no amáis a mi prima,
¿cómo asistís tanto aquí?
JUANA: Eso es señal que os estima
la libertad que os rendí
y en vuestros ojos se anima,
porque como no sabía
dónde vivís y me abrasa
vuestra memoria, venía
por instantes a esta casa,
creyendo que os hallaría
alguna vez en ella.
CLARA: Es
lindo modo de excusar
vuestro amor.
JUANA: ¿Excusar?
CLARA: Pues,
¿había más de preguntar
por mi casa a doña Inés?
JUANA: Fuera darla celos eso.
CLARA: No quiero apurar verdades,
don Gil. Que os amo os confieso
y que vuestras sequedades
me quitan el sueño y seso.
Si un amor sencillo y llano
[os] obliga, asegurad
mi pena; dadme esa mano.
JUANA: De esposo os la doy; tomad,
que, por lo que en ello gano
os la beso.
INÉS: (¿Esto consiento?) Aparte
CLARA: Mi prima me espera; adiós.
Idme a ver hoy.
JUANA: Soy contento.
CLARA: Porque tracemos los dos
despacio este casamiento.
Vase
JUANA: Ya que di en embelecar
salir bien de todo espero.
A doña Inés voy a hablar.
Sale ella
INÉS: Enredador, embustero,
pluma al viento, corcho al mar,
¿no basta que a doña Elvira
engañes, que no repara
en honras que el cuerdo mira,
sino que a mí y doña Clara
embeleque tu mentira?
¿A tres mujeres engaña
el amor que fingir quieres?
A salir con esa hazaña,
casado con tres mujeres,
fueras Gran Turco en España.
Conténtate, ingrato infiel,
con doña Elvira, relieves
y sobras de don Miguel,
que cuando sus gajes lleves
y la escribas el papel
que mis penas han leído,
a ti te viene sobrado,
en fe de poco advertido,
fruto que otro ha desflorado
y ropa que otro ha rompido.
JUANA: ¿Qué dices, mi bien?
INÉS: ¿Tu bien?
Doña Elvira, cuyos brazos
sueño de noche te den,
te responderá. ¡Pedazos
un rayo los haga, amén!
JUANA: (Caramanchel la ha enseñado Aparte
el papel que me escribí
a mí misma; y heme holgado,
porque experimente en sí
congojas que me ha causado.)
A ella
¿Que Elvira te da sospecha?;
en lo que dices repara.
INÉS: ¡No está mala la deshecha!
Dígale eso a doña Clara,
pues la tiene satisfecha
su amor, su palabra y fe.
JUANA: ¿Eso te ha causado enojos?
¿Luego nos viste? No fue
sino burla; por tus ojos,
que es una necia. Háblame,
vuélveme esos soles, ea,
que su luz mi regalo es.
INÉS: ¡Y dirá, por que le crea:
«Vive Dios, que es doña Inés
a mis ojos fría y fea»!
JUANA: ¿Pues crees tú que lo dijera
si burlar a doña Clara
de ese modo no quisiera?
INÉS: «Si Francisca se llamara
todas las efes tuviera».
Pues si tantas tengo, y mira
desechos de don Miguel,
que por mis prendas suspira,
casándome yo con él,
castigaré a doña Elvira.
Don Miguel es principal,
y su discreción, al fin,
ha dado clara señal
que en amar mujer tan ruin
y mudable hiciera mal.
Por mi esposo le señalo:
a mi padre voy a hablar,
que pues a mi gusto igualo
el suyo, hoy le pienso dar
la mano.
JUANA: (Esto va muy malo.) Aparte
A ella
¿Con remedios tan atroces
castigas una quimera?
Oye, escucha.
INÉS: Si doy voces,
haré que por la escalera
os eche un lacayo a coces.
JUANA: Por Dios, que por más cruel
que seas, has de escuchar
mi disculpa, y que soy fiel.
INÉS: ¿No hay quien se atreva a matar
a este infame? ¡Ah, don Miguel!
JUANA. ¿Don Miguel está aquí?
INÉS: ¿Quieres
trazar ya alguna maraña?
Aquí está; de miedo mueres.
A voces
Éste es don Gil, el que engaña
de tres en tres las mujeres.
Don Miguel, véngame dél;
tu esposa soy.
JUANA: Oye, mira…
INÉS: ¡Muera este don Gil cruel,
don Miguel!
JUANA: ¡Que soy Elvira!
¡Lleve el diablo a don Miguel!
INÉS: ¿Quién?
JUANA: Doña Elvira ¿En la voz
y cara no me conoces?
INÉS: ¿No eres don Gil de Albornoz?
JUANA: Ni soy don Gil, ni des voces.
INÉS: ¿Hay enredo más atroz?
¿Tú doña Elvira? ¿Otro engaño?
Don Gil eres.
JUANA: Su vestido
y [semejanza] hizo el daño.
Si esto no te ha persuadido,
averigua el desengaño.
INÉS: ¿Pues qué provecho interesa
tu embeleco?
JUANA: ¡Vive Dios,
que no ser don Gil me pesa
por ti, y que somos las dos
pata para la traviesa!
INÉS: En conclusión, ¿he de darte
crédito? No vi mayor
semejanza.
JUANA: Por probarte
y ver si tienes amor
a don Miguel pudo el arte
disfrazarme y es ansí
que una sospecha cruel
me dio recelos de ti.
Creyendo que a don Miguel
amabas, yo me escribí
el papel que aquel criado
te enseñó, creyendo que era
don Gil quien se le había dado,
y dije que te le diera
por modo disimulado
y que advirtiese por él
tus celos, y si intentabas
usurparme a don Miguel.
INÉS: ¡Extrañas industrias!
JUANA: Bravas.
INÉS: ¿Qué tú escribiste el papel?
JUANA: Y a don Gil pedí el vestido
prestado, que está por ti
de amor y celos perdido.
INÉS: ¿De amor y celos por mí?
JUANA: Como el suceso ha sabido
de don Miguel, cuya soy,
no apetece prenda ajena.
INÉS: Confusa y dudosa estoy.
JUANA: Ingeniosa traza.
INÉS: Buena,
y de suerte que aún no doy
crédito a que eres mujer.
JUANA: ¿Pues cómo haremos que quedes
segura?
INÉS: Ansí se ha de hacer:
vestirte en tu traje puedes,
que con él podremos ver
cómo te entalla y te inclina.
Ven y pondráste un vestido
de los míos; que imagina
mi amor en ése fingido
que eres hombre, y no vecina.
Ya se habrá ido doña Clara.
JUANA: ¡Buena irá!
INÉS: (¡Qué varonil Aparte
mujer! Por más que repara
mi amor dice que es don Gil
en la voz, presencia y cara.)
Vanse. Salen CARAMANCHEL y don JUAN
JUAN: ¿Vos servís a don Gil de Albornoz?
CARAMANCHEL: Sirvo
a un amo que no veo en quince días
que ha que como su pan. Dos o tres veces
le he hallado desde entonces. Ved qué talle
de dueño en relación; ¡pues decir tiene
fuera de mí otros pajes y lacayos!,
yo solamente y un vestido verde
en cuyas calzas funda su apellido,
que ya son casa de solar sus calzas,
posee en este mundo, que yo sepa.
Bien es verdad que me pagó por junto,
desde que entré con él hasta hoy, raciones
y quitaciones, dándome cien reales.
Pero quisiera yo servir a un amo
que me holeara cada instante. «¡Hola
Caramanchel! Limpiadme estos zapatos;
sabed cómo durmió doña Grimalda;
id al Marqués, que el alazán me empreste;
preguntad a Valdés con qué comedia
ha de empezar mañana», y otras cosas
con que se gasta el nombre de un lacayo.
¡Pero que tenga yo un amo en menudos
como el macho de Bamba, que ni manda,
ni duerme, come o bebe, y siempre anda!
JUAN: Debe de estar enamorado.
CARAMANCHEL: Y mucho.
JUAN: ¿De doña Inés, la dama que aquí vive?
CARAMANCHEL: Ella le quiere bien, pero ¿qué importa,
si vive aquí, pared en medio, un ángel?
Que aunque yo no la he visto, a lo que él dice,
es tan hermosa como yo, que basta.
JUAN: Soislo vos mucho.
CARAMANCHEL: Viéneme de casta.
Este papel la traigo; mas de suerte
simbolizan los dos en condiciones,
que jamás doña Elvira o doña Urraca
para en casa, ni en ella hay quien responda,
pues con ser tan de noche, que han ya dado
las once, no hay memoria de que venga
quien lástima de mí y el papel tenga.
JUAN: ¿Y que ama doña Inés a don Gil?
CARAMANCHEL: Tanto
que abriéndome el papel y conociendo
lo que por él decía a doña Elvira
hizo extremos de loca.
JUAN: Y yo los hago
de celos. ¡Vive Dios, que aunque me cueste
vida y hacienda, tengo de quitarla
a todos cuantos Giles me persigan!
En busca voy del vuestro.
CARAMANCHEL: ¡Bravo Aquiles!
JUAN: Yo agotaré, si puedo, los don Giles.
Vase. De mujer doña JUANA y doña INÉS
INÉS: Ya experimento en mi daño
la burla de mis quimeras:
don Gil quisiera que fueras,
que yo adorara tu engaño.
No he visto tal semejanza
en mi vida, doña Elvira:
en ti su retrato mira
mi entretenida esperanza.
JUANA: Yo sé que te ha de rondar
esta noche, y que te adora.
INÉS: ¡Ay, doña Elvira ya es hora!
CARAMANCHEL: Doña Elvira, oí nombrar.
Aquélla sin duda es
que con doña Inés está.
El diablo la trajo acá,
que estando con doña Inés
mal podré darla el papel
que mi don Gil la escribió,
y ya su merced leyó.
Hermano Caramanchel,
a palos me vais oliendo.
A INÉS
¡Hola! ¿Qué buscáis aquí?
CARAMANCHEL: ¿Sois vos doña Elvira?
JUANA: Sí.
CARAMANCHEL: ¡Jesús! ¿Qué es lo que estoy viendo?
¿Don Gil con basquiña y toca?
No os llevo más la mochila.
¿De día Gil, de noche Gila?
¡Oxte, puto, punto en boca!
JUANA: ¿Qué decís? ¿Estáis en vos?
CARAMANCHEL: ¿Qué digo? Que sois don Gil
como Dios hizo un candil.
JUANA: ¿Yo don Gil?
CARAMANCHEL: Sí, juro a Dios.
INÉS: ¿Piensas que soy sola yo
la que tu presencia engaña?
CARAMANCHEL: Azotes dan en España
por menos que eso. ¿Quién vio
un [hembrimacho] que afrenta
a su linaje?
INÉS: Esta dama
es doña Elvira.
CARAMANCHEL: Amo, o ama,
despídome: hagamos cuenta.
No quiero señor con saya
y calzas, hombre y mujer,
que querréis en mí tener
juntos lacayo y lacaya.
No más amo hermafrodita,
que comer carne y pescado
a un tiempo no es aprobado.
Despachad con la visita
y adiós.
JUANA: ¿De qué es el espanto?
¿Pensáis que vuestro señor
sin causa me tiene amor?
Por parecérseme tanto
emplea en mí su esperanza.
Díselo tú, doña Inés.
INÉS: Causa suelen decir que es
del amor la semejanza.
CARAMANCHEL: Sí, ¿mas tanta? No, par Dios.
¿A mí engañifas, señora?
JUANA: Y si viene antes de un hora
don Gil aquí y a los dos
nos veis juntos, ¿qué diréis?
CARAMANCHEL: Que hablé por boca de ganso.
JUANA: [Él humilde vendrá y manso,]
y vos a él mismo le hablaréis,
conociendo la verdad.
CARAMANCHEL: ¿Dentro un hora?
JUANA: Y a ocasión
que os admire.
CARAMANCHEL: Pues chitón.
JUANA: En la calle le esperad,
y subámonos las dos
al balcón para aguardalle.
CARAMANCHEL: Bájome, pues, a la calle.
Éste me dio para vos,
Dásele
mas rehusé por doña Inés
[la] embajada.
JUANA: Ya es mi amiga.
CARAMANCHEL: Don Gil es, aunque lo diga
el Conde Partinuplés.
Vanse. Sale don JUAN, como de noche
JUAN: Con determinación vengo
de agotar estos don Giles,
que agravian por medios viles
las esperanzas que tengo.
Dos son. ¿Quién duda que alguno
su dama vendrá a rondar?
O me tienen de matar
o no ha de quedar ninguno.
Sale CARAMANCHEL [y queda a un lado]
CARAMANCHEL: A esperar vengo a don Gil,
si calles ronda y pasea,
que por Dios, aunque lo vea,
no dos veces sino mil,
no lo tengo de creer.
A la ventana, doña INÉS y doña JUANA, de mujer
INÉS: ¡Qué extraordinario calor!
JUANA: Pica el tiempo y pica amor.
INÉS: ¿Si ha de venirnos a ver
mi don Gil?
JUANA: ¿Y dudas deso?
(Para poderme apartar Aparte
de aquí, me vendrá a llamar
brevemente Valdivieso,
y podré, de hombre vestida,
fingirme don Gil abajo.)
JUAN: El premio de mi trabajo
escucho; mi Inés querida,
si no me engaña la voz,
es la que a la reja está.
INÉS: Gente siento. ¿Si será
nuestro don Gil de Albornoz?
JUANA: Háblale, y sal de esa duda.
CARAMANCHEL: Un rondante se ha parado.
¿Si es mi don Gil encantado?
JUAN: Llegad y hablad, lengua muda.
¡Ah de arriba!
INÉS: ¿Sois don Gil?
JUAN: (Allí la pica; diré Aparte
que sí.)
Rebozado
Don Gil soy, que en fe
de que en vos busco mi abril,
en viéndoos, señora mía,
mi calor pude templar.
INÉS: Eso es venirme a llamar,
por gentil estilo, fría.
CARAMANCHEL: Muy grueso don Gil es éste.
El que sirvo habla atiplado,
si no es ya que haya mudado
de ayer acá.
JUAN: Manifieste
el cielo mi dicha.
INÉS: En fin,
¿que a un tiempo os abraso y hielo?
JUAN: Quema amor; hiela un recelo.
JUANA: (Sin duda que es don Martín Aparte
el que habla. ¡Qué en vano pierdes
el tiempo, ingrato, sin mí!)
INÉS: (No parece él.) ¿Sois, decí, Aparte
don Gil de las calzas verdes?
JUAN: Luego, ¿no me conocéis?
CARAMANCHEL: Ni yo tampoco, par Dios.
INÉS: Como me pretenden dos…
JUAN: Sí. Mas vos, ¿a cuál queréis?
INÉS: A vos, aunque en el hablar
nuevas dudas me habéis dado.
JUAN: Hablo bajo y rebozado,
que es público este lugar.
Don MARTIN con vestido verde y OSORIO. [Quedan apartados y se acerca a los otros don MARTIN conforme indican los versos]
MARTÍN: Osorio, ya doña Juana
muerta, como dicen, sea
quien me persigue y desea,
en la opinión de Quintana,
que no goce a doña Inés;
ya otro amante disfrazado
el nombre me haya usurpado
por ver cuán querido es,
el seso de envidia pierdo.
¿Puede doña Inés amalle
por de mejor cara y talle?
OSORIO: No por cierto.
MARTÍN: ¿Por más cuerdo?
Tú sabes cuán celebrado
en Valladolid he sido.
¿Por más noble o bien nacido?
Guzmana sangre he heredado.
¿Por más hacienda? Ocho mil
ducados tengo de renta,
y en la nobleza es afrenta
amar el interés vil.
Pues si sólo es porque vino
con traje verde, yo y todo
he de andar del mismo modo.
OSORIO: (Ése es gentil desatino.) Aparte
MARTÍN: ¿Qué dices?
OSORIO: Que el seso pierdes.
MARTÍN: Piérdale o no, yo he de andar
como él y me han de llamar
don Gil de las calzas verdes.
Vete a casa, que hablar quiero
a don Pedro.
OSORIO: En ella aguardo.
Vase. [INÉS habla] a don Juan
INÉS: Don Gil discreto y gallardo,
poco amáis y mucho os quiero.
MARTÍN: ¿Don Gil? ¿Cómo? Éste es sin duda
quien contradice mi amor.
¿Si es doña Juana? El temor
de que en penas anda muda
mi valor en cobardía.
En no meterme me fundo
con cosas del otro mundo,
que es bárbara valentía.
INÉS: Gente parece que viene.
JUAN: Reconoceré quién es.
INÉS: ¿Para qué?
JUAN: ¿No veis, mi Inés,
que nos mira y se detiene?
Diré que pase adelante.
Entretanto me esperad.
Hidalgo.
MARTÍN: ¿Quién va?
JUAN: Pasad.
MARTÍN: ¿Dónde, si por ser amante
tengo aquí prendas?
JUAN: (Don Gil Aparte
es éste, el aborrecido
de doña Inés. Conocido
le he en la voz.)
CARAMANCHEL: ¡Oh qué alguacil
tan a propósito agora!
¡Y qué dos espadas pierde!
JUAN: Don Gil el blanco o el verde,
ya se ha llegado la hora
tan deseada de mí
y tan rehusada de vos.
MARTÍN: (Conocídome ha por Dios; Aparte
y quien rebozado ansí
sabe quién soy no es mortal,
ni salió mi duda vana:
el alma es de doña Juana.)
JUAN: Dad de vuestro amor señal,
don Gil, que es de pechos viles
ser cobarde y servir dama.
CARAMANCHEL: ¿Don Gil estotro se llama?
A pares vienen los Giles.
Pues no es mi don Gil tampoco,
que hablara a lo caponil.
JUAN: Sacad la espada don Gil.
CARAMANCHEL: O son dos o yo estoy loco.
INÉS: Otro don Gil ha venido.
JUANA: Debe de ser don Miguel.
INÉS: Bien dices, sin duda es él.
JUANA: (¿Ya hay tantos de mi apellido? Aparte
No conozco a este postrero.)
JUAN: Sacad el acero, pues,
o habré de ser descortés.
MARTÍN: Yo nunca saco el acero
para ofender los difuntos,
ni jamás mi esfuerzo empleo
con almas, que yo peleo
con almas y cuerpos juntos.
JUAN: Eso es decir que estoy muerto
de asombro y miedo de vos.
MARTÍN: Si estáis gozando de Dios,
que así lo tengo por cierto,
o en carrera de salvaros,
doña Juana, ¿qué buscáis?
Si por dicha en pena andáis,
misas digo por libraros.
Mi ingratitud os confieso,
y ¡ojalá os resucitara
mi amor, que con él pagara
culpas de mi poco seso!
JUAN: ¿Qué es esto? ¿Yo doña Juana?
¿Yo difunto? ¿Yo alma en pena?
JUANA: (¡Lindo rato, burla buena!)
CARAMANCHEL: ¿Almitas? ¡Santa Susana!
¡San Pelagio! ¡Santa Elena!
INÉS: ¿Qué será esto, doña Elvira?
JUANA: Algún loco; calla y mira.
CARAMANCHEL: ¿Almas de noche y en pena?
¡Ay Dios!, todo me desgrumo.
JUAN: Sacad la espada, don Gil,
o haré alguna hazaña vil.
CARAMANCHEL: ¡Oh quién se volviera en humo
y por una chimenea
se escapara!
MARTÍN: Alma inocente,
por aquel amor ardiente
que me tuviste y recrea
mi memoria, que ya baste
mi castigo y tu rigor.
Si por estorbar mi amor
cuerpo aparente tomaste
y llamándote en Madrid
don Gil, intentas mi ultraje;
si con ese nombre y traje
andas por Valladolid,
y no te has vengado harto
por el malogrado fruto,
ocasión de triste luto
que dio a tu casa el mal parto,
que no aumentes mis desvelos.
Alma, cese tu porfía,
que no entendí yo que había
en el otro mundo celos,
pues por más trazas que des,
ya estés viva, ya estés muerta,
o la mía verás cierta,
o mi esposa a doña Inés.
Vase
JUAN: ¡Vive el cielo, que se ha ido,
excusando la cuestión,
con la más nueva invención
que los hombres han oído!
CARAMANCHEL: ¿Lacayo Caramanchel
de alma en pena? ¡Esto faltaba!
Y aun por eso no le hallaba
cuando andaba en busca dél.
¡Jesús mil veces!
JUANA: Amiga,
averiguar un suceso
me importa. Adiós. Valdivieso
me espera abajo. Prosiga
la plática comenzada,
pues don Gil contigo está.
INÉS: ¿No te esperarás, y irá
contigo alguna criada?
JUANA: ¿Para qué, si un paso estoy
de mi casa?
A INÉS
Toma, pues,
un manto.
JUANA: No, doña Inés,
que en cuerpo y sin alma voy.
Vase
JUAN: Quiero volverme a mi puesto,
por ver si el don Gil menor
es hoy también rondador.
INÉS: En gran peligro os ha puesto,
don Gil, vuestro atrevimiento.
JUAN: Amor que no es atrevido
no es amor; afrenta ha sido.
Escuchad, que gente siento.
Sale doña CLARA, de hombre
CLARA: Celos de don Gil me dan
ánimo a que en traje de hombre
mi mismo temor me asombre;
¡a fe que vengo galán!
Por ver si mi amante ronda
a doña Inés y me engaña,
hice esta amorosa hazaña;
él mismo por mí responda.
JUAN: Aguardad, sabré quién es.
Apártase don JUAN y llega doña CLARA a la ventana
CLARA: Gente a la ventana está;
llegarme quiero hacia allá,
por si acaso doña Inés
a don Gil está esperando;
que él me tengo de fingir
por si puedo descubrir
los celos que estoy temblando.
¡Ah del balcón! Si merece
hablaros, bella señora,
un don Gil que en vos adora,
en fe que el alma os ofrece,
don Gil de las calzas soy
verdes, como mi esperanza.
CARAMANCHEL: ¿Otro Gil entra en la danza?
Don Giles llueve Dios hoy.
INÉS: (Éste es mi don Gil querido, Aparte
que en el habla delicada
le reconozco. Engañada
de don Juan, sin duda, he sido,
que es, sin falta, el que hasta aquí
hablando conmigo ha estado.)
JUAN: El don Gil idolatrado
es éste.
INÉS: (¡Triste de mí!
que temo que ha de matalle
este don Juan atrevido.)
Llégase don JUAN a doña CLARA
JUAN: Huélgome que hayáis venido
a este tiempo y a esta calle,
señor don Gil, a llevar
el pago que merecéis.
CLARA: ¿Quién sois vos que os prometéis
tanto?
JUAN: El que os ha de matar.
CLARA: ¿Matar?
JUAN: Sí, y don Gil me llamo,
aunque vos habéis fingido
que es don Miguel mi apellido.
A doña Inés sirvo y amo.
CLARA: (El diablo nos trujo acá. Aparte
Aquí os matan, doña Clara.)
Doña JUANA, de hombre
JUANA: A ver vengo en lo que para
tanto embeleco, y si está
doña Inés a la ventana
todavía, la he de hablar.
Sale QUINTANA [y habla a un lado con doña JUANA]
QUINTANA: Ahora acaba de llegar
tu padre a Madrid.
JUANA: Quintana,
persuadido que me ha muerto
don Martín en Alcorcón,
a tomar satisfación
vendrá [aquí].
QUINTANA: Ténlo por cierto.
JUANA: Gente hay en la calle.
QUINTANA: Espera,
reconoceré quién es.
CLARA: ¿Don Gil sois?
JUAN: Y doña Inés
mi dama.
CLARA: ¡Buena quimera!
JUANA: ¡Ah caballeros! ¿Hay paso?
JUAN: ¿Quién lo pregunta?
JUANA: Don Gil.
CARAMANCHEL: Ya son cuatro, y serán mil.
¡Endiablado está este paso!
JUAN: Dos don Giles hay aquí.
JUANA: Pues conmigo serán tres.
INÉS: ¿Otro Gil? ¡Cielos! ¿Cuál es
el que vive amante en mí?
JUAN: Don Gil el verde soy yo.
CLARA: (Ya he vuelto mi miedo en celos. Aparte
A doña Inés ronda. ¡Cielos!
Sin duda que me engañó.
Dél me tengo de vengar.)
A ellos
Don Gil de las calzas verdes
soy yo sólo.
[QUINTANA habla] aparte a doña JUANA
OUINTANA: (El nombre pierdes:
dél te salen a capear
otros tres Giles.)
JUANA: Yo soy
don Gil el verde o el pardo.
INÉS: ¿Hay suceso más gallardo?
JUAN: Guardando este paso estoy;
o váyanse, o matarélos.
JUANA: ¡Sazonada flema a fe!
QUINTANA: Vuestro valor probaré.
CARAMANCHEL: ¡Mueran los Giles!
Echan mano y hiere QUINTANA a don JUAN
JUAN: ¡Ay, cielos!
Muerto soy.
JUANA: Por que te acuerdes
de tu presunción, después
di que te hirió a doña Inés
don Gil de las calzas verdes.
Vanse los tres
CLARA: (Pártome desesperada Aparte
de celos. ¿Mas no me dio
fe y palabra? Haréle yo
que la cumpla.)
Vase doña CLARA
INÉS: Bien vengada
de don Juan don Gil me deja.
Querréle más desde hoy.
Vase
CARAMANCHEL: Lleno de don Giles voy.
Cuatro han rondado esta reja;
pero el alma enamorada
que por suyo me alquiló
del purgatorio sacó
en su ayuda esta gilada.
Ya la mañana serena
amanece. Sin sentido
voy. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Que he sido
lacayo de un alma en pena!
Sale don MARTÍN vestido de verde
MARTÍN: Calles de aquesta Corte, imitadoras
del confuso Babel, siempre pisadas
de mentiras, al rico aduladoras
como al pobre severas, desbocadas;
casas a la malicia, a todas horas
de malicias y vicios habitadas:
¿Quién a los cielos en mi daño instiga
que nunca falta un Gil que me persiga?
árboles deste Prado, en cuyos brazos
el viento mece las dormidas hojas,
de cuyos ramos, si pendieran lazos,
colgara por trofeo mis congojas,
fuentes risueñas, que feriáis abrazos
al campo, humedeciendo arenas rojas,
pues sabéis murmurar, vuestra agua diga
que nunca falta un Gil que me persiga.
¿Qué delitos me imputan, que parece
que es mi contraria hasta mi misma sombra?
A doña Inés adoro. ¿Esto merece
el castigo invisible que me asombra,
que don Gil mis deseos desvanece?
¿Por qué, Fortuna, como yo se nombra?
¿Por qué me sigue tanto? ¿Es por que diga
que nunca falta un Gil que me persiga?
Si a doña Inés pretendo, un don Gil luego
pretende a doña Inés, y me la quita.
Si me escriben, don Gil me usurpa el pliego
y con él sus quimeras facilita.
Si dineros me libran, cuando llego
hallo que este don Gil cobró la dita.
Ya ni sé adónde vaya ni a quién siga,
pues nunca falta un Gil que me persiga.
Salen QUINTANA, don DIEGO, viejo, y un ALGUACIL
QUINTANA: Éste es el don Gil fingido
a quien conoce su patria
por don Martín de Guzmán,
y el que ha muerto a doña Juana,
mi señora.
DIEGO: ¡Oh, quién pudiera
teñir las prolijas canas
en su sangre sospechosa,
que no es noble quien agravia!
Llegad, señor, y prendelde.
ALGUACIL: Dad, caballero, las armas.
MARTÍN: ¿Yo?
ALGUACIL: Sí.
MARTÍN: ¿A quién?
ALGUACIL: A la justicia.
MARTÍN: ¿Qué es esto? ¿Hay nuevas marañas?
Dalas
¿Por qué culpas me prendéis?
DIEGO: ¿Ignoras, traidor, la causa,
después de haber dado muerte
a tu esposa malograda?
MARTÍN: ¿A qué esposa? ¿Qué malogros?
De esposo le di palabra;
partíme luego a esta Corte.
Dicen que quedó preñada.
Si de malparir una hija
se murió, estando encerrada
en San Quirce, ¿tengo yo
culpa desto? Tú, Quintana,
¿no sabes la verdad desto?
QUINTANA: La verdad que yo sé clara
es, don Martín, que habéis dado
sinrazón de puñaladas
a vuestra inocente esposa,
y en Alcorcón sepultada
pide contra vos al Cielo,
como Abel, justa venganza.
MARTÍN: ¡Traidor! ¡Vive Dios!…
ALGUACIL: ¿Qué es esto?
MARTÍN: Que a no hallarme sin espada,
la lengua con que has mentido
y el corazón te sacara.
DIEGO: ¿Qué importa, tirano aleve,
que niegues lo que esta carta
afirma de tus traiciones?
MARTÍN. La letra es de doña Juana.
Léela para sí
DIEGO: Mira lo que dice en ella.
MARTÍN: ¡Jesús! ¡Jesús! ¿Puñaladas
yo a mi esposa en Alcorcón?
¿Yo estuve en Alcorcón?
DIEGO: Basta;
Deja excusas aparentes.
ALGUACIL: Despacio haréis la probanza,
señor, de vuestra inocencia,
en la cárcel.
MARTÍN: Si quedaba
en San Quirce, como muestran
estas escritas palabras
de su mano y de su firma,
decid, ¿cómo pude darla
la muerte yo en Alcorcón?
DIEGO: Porque finges letras falsas
del modo que el nombre finges.
[Salen] Don ANTONIO y CELIO
ANTONIO: Ése es don Gil. En las calzas
verdes le conoceréis.
CELIO: Sí, que éstos don Gil lo llaman.
La palabra que le distes
a mi prima doña Clara,
señor don Gil, por justicia,
ya que vuestro amor la engaña,
venimos a que cumpláis.
DIEGO: Ésa es sin duda la dama
por quien a su esposa ha muerto.
MARTIN: ¿Queréis volverme esa daga?
Acabaré con la vida
pues mis desdichas no acaban.
ANTONIO: Doña Clara os quiere vivo
y como a su esposo os ama.
MARTIN: ¿Qué doña Clara, señores?
Que no soy yo.
ANTONIO: ¡Buena estaba
la excusa! ¿No sois don Gil?
MARTIN: Ansí en la Corte me llaman,
más no el de las calzas verdes.
ANTONIO: ¿No son verdes esas calzas?
CELIO: O habéis de perder la vida
o cumplir palabras dadas.
DIEGO: Quitarásela el verdugo,
levantando en una escarpia
su cabeza enredadora
antes de un mes en la plaza.
[CELIO:] ¿Cómo?
ALGUACIL: Mató a su mujer.
CELIO: ¡Oh, traidor!
MARTIN: ¡Oh, si llegara
a dar remate a mis penas
la muerte que me amenaza!
[Salen] FABIO y DECIO
FABIO: Ése es el que hirió a don Juan
en la pendencia pasada.
Con él está un alguacil.
DECIO: La ocasión es extremada.
Poned, señor, en la cárcel
a este hidalgo.
MARTÍN: ¿Hay más desgracias?
ALGUACIL: Allá va, pero ¿por qué
prenderle los dos me mandan?
FABIO: Hirió a don Juan de Toledo
anoche junto a las casas
de don Pedro de Mendoza.
MARTÍN: ¿Yo a don Juan?
QUINTANA: ¡Miren si escampa!
MARTÍN: ¿Qué don Juan, cielos? ¿Qué noche,
qué casa o qué cuchilladas?
¿Qué persecución es ésta?
Mirad, señores, que el alma
de doña Juana difunta,
que dicen que en penas anda,
es quien todos nos enreda.
DIEGO: ¿Luego habéisla muerto?
ALGUACIL: Vaya
a la cárcel.
QUINTANA: Aguardad;
que se apean unas damas
de un coche y vienen aprisa
a dar luz a estas marañas.
Doña JUANA de hombre, don PEDRO, doña INÉS, doña CLARA de mujer y don JUAN con banda al brazo
JUANA: ¡Padre de los ojos míos!
DIEGO: ¿Cómo? ¿Quién sois?
JUANA: Doña Juana,
hija tuya.
DIEGO: ¿Vives?
JUANA: Vivo.
DIEGO: ¿Pues no es tuya aquesta carta?
JUANA: Todo fue porque vinieses
a esta Corte donde estaba
don Martín hecho don Gil,
y ser esposo intentaba
de doña Inés, a quien di
cuenta desta historia larga,
y a poner remedio viene
a todas nuestras desgracias.
Yo he sido el don Gil fingido,
célebre ya por mis calzas,
temido por alma en pena,
[A MARTÍN]
por serlo tú de mi alma;
dame esa mano.
MARTÍN: Confuso
te la beso, prenda cara,
y agradecido de ver
que cesaron por tu causa
todas mis persecuciones.
La muerte tuve tragada.
Quintana contra mí ha sido.
JUANA: Volvió por mi honor Quintana.
[Don MARTÍN habla] a don DIEGO
MARTÍN: Perdonad mi ingratitud,
señor.
DIEGO: Ya padre os enlaza
el cuello quien enemigo
vuestra muerte procuraba.
PEDRO: Ya nos consta del suceso
y las confusas marañas
de don Gil, Juana y Elvira.
La herida no ha sido nada
de don Juan.
JUAN: Antes, por ver
que ya doña Inés me paga
finezas, tengo salud.
INÉS: Dueño sois de mí y mi casa.
PEDRO: Don Antonio lo ha de ser
de la hermosa doña Clara.
CLARA: Engañóme como a todos
don Gil de las verdes calzas.
ANTONIO: Yo medro por él mis dichas,
pues vos premiáis mi esperanza.
DIEGO: Ya, don Martín, sois mi hijo.
MARTÍN: Mi padre que venga falta
para celebrar mis bodas.
Sale CARAMANCHEL, lleno de candelillas el sombrero y calzas, vestido de estampas de santos con un caldero al cuello y un hisopo
CARAMANCHEL: ¿Hay quien rece por el alma
de mi dueño, que penando
está dentro de sus calzas?
JUANA: Caramanchel, ¿estás loco?
CARAMANCHEL: ¡Conjúrote por las llagas
del hospital de las bubas,
abernuncio, arriedro vayas!
JUANA: Necio, que soy tu don Gil.
Vivo estoy en cuerpo y alma.
¿No ves que trato con todos
y que ninguno se espanta?
CARAMANCHEL: Y ¿sois hombre o sois mujer?
JUANA: Mujer soy.
CARAMANCHEL: Esto bastaba
para enredar treinta mundos.
Sale OSORIO
OSORIO: Don Martín, agora acaba
vuestro padre de apearse.
PEDRO: ¿De apearse y no en mi casa?
OSORIO: Esperándoos está en ella.
PEDRO: Vamos, pues, porque se hagan
las bodas de todos tres.
JUANA: Y porque su historia acaba
don Gil de las calzas verdes.
CARAMANCHEL: Y su comedia con calzas.
FIN DEL ACTO TERCERO
FIN DE LA COMEDIA
El Burlador de Sevilla
Personas que hablan en ella:
Don DIEGO Tenorio, viejo
Don JUAN Tenorio, su hijo
CATALINÓN, lacayo
El REY de Nápoles
El Duque OCTAVIO
Don PEDRO Tenorio, tío
El Marqués de la MOTA
Don GONZALO de Ulloa
El REY de Castilla, ALFONSO XI
FABIO, criado
ISABELA, Duquesa
TISBEA, pescadora
BELISA, villana
ANFRISO, pescador
CORIDÓN, pescador
GASENO, labrador
BATRICIO, labrador
RIPIO, cirado
Doña ANA de Ulloa
AMINTA, labradora
ACOMPAñAMIENTO
CANTORES
GUARDAS
CRIADOS
ENLUTADOS
MÚSICOS
PASTORES
PESCADORES
ACTO PRIMERO
Salen don JUAN Tenorio e ISABELA, duquesa
ISABELA: Duque Octavio, por aquí
podrás salir más seguro.
JUAN: Duquesa, de nuevo os juro
de cumplir el dulce sí.
ISABELA: Mis glorias serán verdades
promesas y ofrecimientos,
regalos y cumplimientos,
voluntades y amistades.
JUAN: Sí, mi bien.
ISABELA: Quiero sacar
una luz.
JUAN: ¿Pues, para qué?
ISABELA: Para que el alma dé fe
del bien que llego a gozar.
JUAN: Mataréte la luz yo.
ISABELA: ¡Ah, cielo! ¿Quién eres, hombre?
JUAN: ¿Quién soy? Un hombre sin nombre.
ISABELA: ¿Que no eres el duque?
JUAN: No.
ISABELA: ¡Ah de palacio!
JUAN: Detente.
Dame, duquesa, la mano.
ISABELA: No me detengas, villano.
¡Ah del rey! ¡Soldados, gente!
Sale el REY de Nápoles, con una vela en un candelero
REY: ¿Qué es esto?
ISABELA: ¡El rey! ¡Ay, triste,
REY: ¿Quién eres?
JUAN: ¿Quién ha de ser?
Un hombre y una mujer.
REY: (Esto en prudencia consiste.) Aparte
¡Ah de mi guarda! Prendé
a este hombre.
ISABELA: ¡Ay, perdido honor!
Vase ISABELA. Sale don PEDRO Tenorio, embajador de España, y GUARDA
PEDRO: ¿En tu cuarto, gran señor
voces? ¿Quién la causa fue?
REY: Don Pedro Tenorio, a vos
esta prisión os encargo,
siendo corto, andad vos largo.
Mirad quién son estos dos.
Y con secreto ha de ser,
que algún mal suceso creo;
porque si yo aquí los veo,
no me queda más que ver.
Vase el REY
PEDRO: Prendedle.
JUAN: ¿Quién ha de osar?
Bien puedo perder la vida;
mas ha de ir tan bien vendida
que a alguno le ha de pesar.
PEDRO: Matadle.
JUAN: ¿Quién os engaña?
Resuelto en morir estoy,
porque caballero soy,
del embajador de España.
Llegue; que, solo, ha de ser
él quien me rinda.
PEDRO: Apartad;
a ese cuarto os retirad
todos con esa mujer.
Vanse los otros
Ya estamos solos los dos;
muestra aquí tu esfuerzo y brío.
JUAN: Aunque tengo esfuerzo, tío,
no le tengo para vos.
PEDRO: Di quién eres.
JUAN: Ya lo digo.
Tu sobrino.
PEDRO: ¡Ay, corazón,
que temo alguna traición!
¿Qué es lo que has hecho, enemigo?
¿Cómo estás de aquesta suerte?
Dime presto lo que ha sido.
¡Desobediente, atrevido!
Estoy por darte la muerte.
Acaba.
JUAN: Tío y señor,
mozo soy y mozo fuiste;
y pues que de amor supiste,
tenga disculpa mi amor.
Y pues a decir me obligas
la verdad, oye y diréla.
Yo engañé y gocé a Isabela
la duquesa.
PEDRO: No prosigas.
Tente. ¿Cómo la engañaste?
Habla quedo, y cierra el labio.
JUAN: Fingí ser el duque Octavio.
PEDRO: No digas más. ¡Calla! ¡Baste!
(Perdido soy si el rey sabe Aparte
este caso. ¿Qué he de hacer?
Industria me ha de valer
en un negocio tan grave.)
Di, vil, ¿no bastó emprender
con ira y fiereza extraña
tan gran traición en España
con otra noble mujer,
sino en Nápoles también,
y en el palacio real
con mujer tan principal?
¡Castíguete el cielo, amén!
Tu padre desde Castilla
a Nápoles te envió,
y en sus márgenes te dio
tierra la espumosa orilla
del mar de Italia, atendiendo
que el haberte recibido
pagaras agradecido,
y estás su honor ofendiendo.
¡Y en tan principal mujer!
Pero en aquesta ocasión
nos daña la dilación.
Mira qué quieres hacer.
JUAN: No quiero daros disculpa,
que la habré de dar siniestra.
Mi sangre es, señor, la vuestra;
sacadla, y pague la culpa.
A esos pies estoy rendido,
y ésta es mi espada, señor.
PEDRO: Alzate, y muestra valor,
que esa humildad me ha vencido.
¿Atreveráste a bajar
por ese balcón?
JUAN: Sí atrevo,
que alas en tu favor llevo.
PEDRO: Pues yo te quiero ayudar.
Vete a Sicilia o Milán,
donde vivas encubierto.
JUAN: Luego me iré.
PEDRO: ¿Cierto?
JUAN: Cierto.
PEDRO: Mis cartas te avisarán
en qué para este suceso
triste, que causado has.
JUAN: Para mí alegre dirás.
Que tuve culpa confieso.
PEDRO: Esa mocedad te engaña.
Baja, pues, ese balcón.
JUAN: (Con tan justa pretensión, Aparte
gozoso me parto a España).
Vase don JUAN y entra el REY
PEDRO: Ejecutando, señor,
tu justicia justa y recta,
el hombre…
REY: ¿Murió?
PEDRO: …escapóse
de las cuchillas soberbias.
REY: ¿De qué forma?
PEDRO: De esta forma:
aun no lo mandaste apenas,
cuando, sin dar más disculpa,
la espada en la mano aprieta,
revuelve la capa al brazo,
y con gallarda presteza,
ofendiendo a los soldados
y buscando su defensa,
viendo vecina la muerte,
por el balcón de la huerta
se arroja desesperado.
Siguióle con diligencia
tu gente. Cuando salieron
por esa vecina puerta,
le hallaron agonizando
como enroscada culebra.
Levantóse, y al decir
los soldados, «¡Muera, muera!»,
bañado de sangre el rostro,
con tan heroica presteza
se fue, que quedé confuso.
La mujer, que es Isabela,
–que para admirarte nombro–
retirada en esa pieza,
dice que fue el duque Octavio
quien, con engaño y cautela,
la gozó.
REY: ¿Qué dices?
PEDRO: Digo
lo que ella propia confiesa.
REY: ¡Ah, pobre honor! Si eres alma
del hombre, ¿por qué te dejan
en la mujer inconstante,
si es la misma ligereza?
¡Hola!
Sale un CRIADO
CRIADO: ¿Gran señor?
REY: Traed
delante de mi presencia
esa mujer.
PEDRO: Ya la guardia
viene, gran señor, con ella.
Trae la GUARDA a ISABELA
ISABELA: (¿Con qué ojos veré al rey?) Aparte
REY: Idos, y guardad la puerta
de esa cuadra. Di, mujer,
¿qué rigor, qué airada estrella
te incitó, que en mi palacio,
con hermosura y soberbia,
profanases sus umbrales?
ISABELA: Señor…
REY: Calla, que la lengua
no podrá dorar el yerro
que has cometido en mi ofensa.
¡Aquél era del duque Octavio!
ISABELA: ¡Señor!
REY: No, no importan fuerzas,
guardas, crïados, murallas,
fortalecidas almenas,
para Amor, que la de un niño
hasta los muros penetra.
Don Pedro Tenorio, al punto
a esa mujer llevad presa
a una torre, y con secreto
haced que al duque le prendan;
que quiero hacer que le cumpla
la palabra, o la promesa.
ISABELA: Gran señor, ¡volvedme el rostro!
REY: Ofensa a mi espalda hecha,
es justicia y es razón
castigarla a espaldas vueltas.
Vase el REY
PEDRO: Vamos, duquesa.
ISABELA: (Mi culpa Aparte
no hay disculpa que la venza,
mas no será el yerro tanto
si el duque Octavio lo enmienda).
Vanse todos. Salen el duque OCTAVIO, y RIPIO su criado
RIPIO: ¿Tan de mañana, señor,
te levantas?
OCTAVIO: No hay sosiego
que pueda apagar el fuego
que enciende en mi alma Amor.
Porque, como al fin es niño,
no apetece cama blanda,
entre regalada holanda,
cubierta de blanco armiño.
Acuéstase. No sosiega.
Siempre quiere madrugar
por levantarse a jugar,
que al fin como niño juega.
Pensamientos de Isabela
me tienen, amigo, en calma;
que como vive en el alma,
anda el cuerpo siempre en vela,
guardando ausente y presente,
el castillo del honor.
RIPIO: Perdóname, que tu amor
es amor impertinente.
OCTAVIO: ¿Qué dices, necio?
RIPIO: Esto digo,
impertinencia es amar
como amas. ¿Vas a escuchar?
OCTAVIO: Sí, prosigue.
RIPIO: Ya prosigo.
¿Quiérete Isabela a ti
OCTAVIO: ¿Eso, necio, has de dudar?
RIPIO: No, mas quiero preguntar,
¿Y tú no la quieres?
OCTAVIO: Sí.
RIPIO: Pues, ¿no seré majadero,
y de solar conocido,
si pierdo yo mi sentido
por quien me quiere y la quiero?
Si ella a ti no te quisiera,
fuera bien el porfïarla,
regalarla y adorarla,
y aguardar que se rindiera;
mas si los dos os queréis
con una mesma igualdad,
dime, ¿hay más dificultad
de que luego os desposéis?
OCTAVIO: Eso fuera, necio, a ser
de lacayo o lavandera
la boda.
RIPIO: ¿Pues, es quienquiera
una lavandriz mujer,
lavando y fregatrizando,
defendiendo y ofendiendo,
los paños suyos tendiendo,
regalando y remendando?
Dando, dije, porque al dar
no hay cosa que se le iguale,
y si no, a Isabela dale,
a ver si sabe tomar.
Sale un CRIADO
CRIADO: El embajador de España
en este punto se apea
en el zaguán, y desea,
con ira y fiereza extraña,
hablarte, y si no entendí
yo mal, entiendo es prisión.
OCTAVIO: ¿Prisión? Pues, ¿por qué ocasión?
Decid que entre.
Entra Don PEDRO Tenorio con guardas
PEDRO: Quien así
con tanto descuido duerme,
limpia tiene la conciencia.
OCTAVIO: Cuando viene vueselencia
a honrarme y favorecerme,
no es justo que duerma yo.
Velaré toda mi vida.
¿A qué y por qué es la venida?
PEDRO: Porque aquí el rey me envió.
OCTAVIO: Si el rey mi señor se acuerda
de mí en aquesta ocasión,
será justicia y razón
que por él la vida pierda.
Decidme, señor, qué dicha
o qué estrella me ha guïado,
que de mí el rey se ha acordado?
PEDRO: Fue, duque, vuestra desdicha.
Embajador del rey soy.
De él os traigo una embajada.
OCTAVIO: Marqués, no me inquieta nada.
Decid, que aguardando estoy.
PEDRO: A prenderos me ha envïado
el rey. No os alborotéis.
OCTAVIO: ¿Vos por el rey me prendéis?
Pues, ¿en qué he sido culpado?
PEDRO: Mejor lo sabéis que yo,
mas, por si acaso me engaño,
escuchad el desengaño,
y a lo que el rey me envió.
Cuando los negros gigantes,
plegando funestos toldos
ya del crepúsculo huían,
tropezando unos en otros,
estando yo con su alteza
tratando ciertos negocios
porque antípodas del sol
son siempre los poderosos,
voces de mujer oímos,
cuyos ecos menos roncos,
por los artesones sacros
nos repitieron «¡Socorro!»
A las voces y al rüido
acudió, duque, el rey propio,
halló a Isabela en los brazos
de algún hombre poderoso;
mas quien al cielo se atreve
sin duda es gigante o monstruo.
Mandó el rey que los prendiera,
quedé con el hombre solo.
Llegué y quise desarmarle,
pero pienso que el demonio
en él tomó forma humana,
pues que, vuelto en humo, y polvo,
se arrojó por los balcones,
entre los pies de esos olmos,
que coronan del palacio
los chapiteles hermosos.
Hice prender la duquesa,
y en la presencia de todos
dice que es el duque Octavio
el que con mano de esposo
la gozó.
OCTAVIO: ¿Qué dices?
PEDRO: Digo
lo que al mundo es ya notorio,
y que tan claro se sabe,
que a Isabela, por mil modos,
[presa, ya lo ha dicho al rey.
Con vos, señor, o con otro,
esta noche en el palacio,
la habemos hallado todos.
OCTAVIO: Dejadme, no me digáis
tan gran traición de Isabela,
mas… ¿si fue su amor cautela?
Proseguid, ¿por qué calláis?
(Mas, si veneno me dais Aparte
que a un firme corazón toca,
y así a decir me provoca
que imita a la comadreja,
que concibe por la oreja,
para parir por la boca.
¿Será verdad que Isabela,
alma, se olvidó de mí
para darme muerte? Sí,
que el bien suena y el mal vuela.
Ya el pecho nada recela,
juzgando si son antojos,
que por darme más enojos,
al entendimiento entró,
y por la oreja escuchó,
lo que acreditan los ojos.)
Señor marqués, ¿es posible
que Isabela me ha engañado,
y que mi amor ha burlado?
¡Parece cosa imposible!
¡Oh mujer, ley tan terrible
de honor, a quien me provoco
a emprender! Mas ya no toco
en tu honor esta cautela.
¿Anoche con Isabela
hombre en palacio? ¡Estoy loco!
PEDRO: Como es verdad que en los vientos
hay aves, en el mar peces,
que participan a veces
de todos cuatro elementos;
como en la gloria hay contentos,
lealtad en el buen amigo,
traición en el enemigo,
en la noche oscuridad,
y en el día claridad,
y así es verdad lo que digo.
OCTAVIO: Marqués, yo os quiero creer,
no hay ya cosa que me espante,
que la mujer más constante
es, en efecto, mujer.
No me queda más que ver,
pues es patente mi agravio.
PEDRO: Pues que sois prudente y sabio
elegid el mejor medio.
OCTAVIO: Ausentarme es mi remedio.
PEDRO: Pues sea presto, duque Octavio.
OCTAVIO: Embarcarme quiero a España,
y darle a mis males fin.
PEDRO: Por la puerta del jardín,
duque, esta prisión se engaña.
OCTAVIO: ¡Ah veleta, ah débil caña!
A más furor me provoco,
y extrañas provincias toco,
huyendo de esta cautela.
Patria, adiós. ¿Con Isabela
hombre en palacio? ¡Estoy loco!
Vanse todos. Sale TISBEA, pescadora, con una caña de pescar en la mano
TISBEA: Yo, de cuantas el mar,
pies de jazmín y rosa,
en sus riberas besa
con fugitivas olas,
sola de amor exenta,
como en ventura sola,
tirana me reservo
de sus prisiones locas.
Aquí donde el sol pisa
soñolientas las ondas,
alegrando zafiros
las que espantaba sombras,
por la menuda arena,
unas veces aljófar,
y átomos otras veces
del sol, que así le adora,
oyendo de las aves
las quejas amorosas,
y los combates dulces
del agua entre las rocas,
ya con la sutil caña,
que el débil peso dobla
del necio pececillo,
que el mar salado azota,
o ya con la atarraya,
que en sus moradas hondas
prenden cuantos habitan
aposentos de conchas,
seguramente tengo,
que en libertad se goza
el alma, que, Amor áspid
no le ofende ponzoña.
En pequeñuelo esquife,
y ya en compañía de otras,
tal vez al mar le peino
la cabeza espumosa.
Y cuando más perdidas
querellas de Amor forman,
como de todos río
envidia soy de todas.
Dichosa yo mil veces,
Amor, pues me perdonas,
si ya por ser humilde
no desprecias mi choza.
Obeliscos de paja
mi edificio coronan,
nidos; si no, hay cigarras
o tortolillas locas.
Mi honor conservo en pajas
como fruta sabrosa,
vidrio guardado en ellas
para que no se rompa.
De cuantos pescadores
con fuego Tarragona
de piratas defiende
en la argentada costa,
desprecio soy, encanto,
a sus suspiros sorda,
a sus ruegos terrible,
a sus promesas roca.
Anfriso, a quien el cielo,
con mano poderosa,
prodigió, en cuerpo y alma,
dotado en gracias todas,
medido en las palabras,
liberal en las obras,
sufrido en los desdenes,
modesto en las congojas,
mis pajizos umbrales,
que heladas noches ronda,
a pesar de los tiempos
las mañanas remoza,
pues ya con ramos verdes,
que de los olmos corta,
mis pajas amanecen
ceñidas de lisonjas,
ya con vigüelas dulces,
y sutiles zampoñas,
músicas me consagra,
y todo no le importa,
porque en tirano imperio
vivo de Amor señora,
que halla gusto en sus penas,
y en sus infiernos gloria.
Todas por él se mueren,
y yo, todas las horas,
le mato con desdenes,
de Amor condición propia;
querer donde aborrecen,
despreciar donde adoran,
que si le alegran muere,
y vive si le oprobian.
En tan alegre día,
segura de lisonjas,
mis juveniles años
Amor no los malogra;
que en edad tan florida,
Amor, no es suerte poca,
no ver, tratando en redes,
las tuyas amorosas.
Pero, necio discurso,
que mi ejercicio estorbas,
en él no me diviertas
en cosa que no importa.
Quiero entregar la caña
al viento, y a la boca
del pececillo el cebo.
¡Pero al agua se arrojan
dos hombres de una nave,
antes que el mar la sorba,
que sobre el agua viene,
y en un escollo aborda!
Como hermoso pavón
hace las velas cola,
adonde los pilotos
todos los ojos pongan.
Las olas va escarbando,
y ya su orgullo y pompa
casi la desvanece,
agua un costado toma.
Hundióse, y dejó al viento
la gavia, que la escoja
para morada suya,
que un loco en gavias mora.
Dentro gritos de “¡Que me ahogo!”
Un hombre al otro aguarda,
que dice que se ahoga.
¡Gallarda cortesía,
en los hombros le toma!
Anquises le hace Eneas
si el mar está hecho Troya.
Ya nadando, las aguas
con valentía corta,
y en la playa no veo
quien le ampare y socorra.
Daré voces. ¡Tirseo,
Anfriso, Alfredo, hola!
Pescadores me miran,
plega a Dios que me oigan,
mas milagrosamente
ya tierra los dos toman,
sin aliento el que nada,
con vida el que le estorba.
Saca en brazos CATALINÓN a don JUAN, mojados
CATALINÓN: ¡Válgame la Cananea,
y qué salado es el mar!
Aquí puede bien nadar
el que salvarse desea,
que allá dentro es desatino
donde la muerte se fragua.
Donde Dios juntó tanta agua
¿no juntara tanto vino?
Agua, y salada. Extremada
cosa para quien no pesca.
Si es mala aun el agua fresca,
¿qué será el agua salada?
¡Oh, quién hallara una fragua
de vino, aunque algo encendido!
Si del agua que he bebido
hoy escapo, no más agua.
Desde hoy abrenuncio de ella,
que la devoción me quita
tanto, que aun agua bendita
no pienso ver, por no vella.
¡Ah señor! Helado y frío
está. ¿Si estará ya muerto?
Del mar fue este desconcierto,
y mío este desvarío.
¡Mal haya aquél que primero
pinos en el mar sembró
y el que sus rumbos midió
con quebradizo madero!
¡Maldito sea el vil sastre
que cosió el mar que dibuja
con astronómica aguja,
causando tanto desastre!
¡Maldito sea Jasón,
y Tifis maldito sea!
Muerto está. No hay quien lo crea.
¡Mísero Catalinón!
¿Qué he de hacer?
TISBEA: Hombre, ¿qué tienes?
CATALINÓN: En desventura iguales,
pescadora, muchos males,
y falta de muchos bienes.
Veo, por librarme a mí,
sin vida a mi señor. Mira
si es verdad.
TISBEA: No, que aun respira.
CATALINÓN: ¿Por dónde, por aquí?
TISBEA: Sí,
pues, ¿por dónde…?
CATALINÓN: Bien podía
respirar por otra parte.
TISBEA: Necio estás.
CATALINÓN: Quiero besarte
las manos de nieve fría.
TISBEA: Ve a llamar los pescadores
que en aquella choza están.
CATALINÓN: ¿Y si los llamo, ¿vendrán?
TISBEA: Vendrán presto, no lo ignores.
¿Quién es este caballero?
CATALINÓN: Es hijo aqueste señor
del camarero mayor
del rey, por quien ser espero
antes de seis días conde
en Sevilla, a donde va,
y adonde su alteza está,
si a mi amistad corresponde.
TISBEA: ¿Cómo se llama?
CATALINÓN: Don Juan
Tenorio.
TISBEA: Llama mi gente.
CATALINÓN: Ya voy.
Vase CATALINÓN. Coge en el regazo TISBEA a don JUAN
TISBEA: Mancebo excelente,
gallardo, noble y galán.
Volved en vos, caballero.
JUAN: ¿Dónde estoy?
TISBEA: Ya podéis ver,
en brazos de una mujer.
JUAN: Vivo en vos, si en el mar muero.
Ya perdí todo el recelo
que me pudiera anegar,
pues del infierno del mar
salgo a vuestro claro cielo.
Un espantoso huracán
dio con mi nave al través,
para arrojarme a esos pies,
que abrigo y puerto me dan,
y en vuestro divino oriente
renazco, y no hay que espantar,
pues veis que hay de amar a mar
una letra solamente.
TISBEA: ¡Muy grande aliento tenéis
para venir soñoliento,
y más de tanto tormento!
Mucho contento ofrecéis;
pero si es tormento el mar,
y son sus ondas crüeles,
la fuerza de los cordeles,
pienso que os hacen hablar.
Sin duda que habéis bebido
del mar la oración pasada,
pues por ser de agua salada
con tan grande sal ha sido.
Mucho habláis cuando no habláis,
y cuando muerto venís,
mucho al parecer sentís,
¡plega a Dios que no mintáis!
Parecéis caballo griego,
que el mar a mis pies desagua,
pues venís formado de agua,
y estáis preñado de fuego.
Y si mojado abrasáis,
estando enjuto, ¿qué haréis?
Mucho fuego prometéis,
¡plega a Dios que no mintáis!
JUAN: A Dios, zagala, pluguiera
que en el agua me anegara,
para que cuerdo acabara,
y loco en vos no muriera;
que el mar pudiera anegarme
entre sus olas de plata,
que sus límites desata,
mas no pudiera abrasarme.
Gran parte del sol mostráis,
pues que el sol os da licencia,
pues sólo con la apariencia,
siendo de nieve abrasáis.
TISBEA: Por más helado que estáis,
tanto fuego en vos tenéis,
que en este mío os ardéis,
¡plega a Dios que no mintáis!
Salen CATALINÓN, CORIDÓN y ANFRISO, pescadores
CATALINÓN: Ya vienen todos aquí.
TISBEA: Y ya está tu dueño vivo.
JUAN: Con tu presencia recibo
el aliento que perdí.
CORIDÓN: ¿Qué nos mandas?
TISBEA: Coridón,
Anfriso, amigos…
CORIDÓN: Todos
buscamos por varios modos
esta dichosa ocasión.
Di lo que mandas, Tisbea,
que por labios de clavel
no lo habrás mandado a aquél
que idolatrarte desea,
apenas, cuando al momento,
sin reservar en llano o sierra,
surque el mar, tale la tierra,
pise el fuego, el aire, el viento.
TISBEA: (¡Oh, qué mal me parecía Aparte
estas lisonjas ayer,
y hoy echo en ellas de ver
que sus labios no mentían!)
Estando, amigos, pescando
sobre este peñasco, vi
hundirse una nave allí,
y entre las olas nadando
dos hombres, y compasiva
di voces que nadie oyó;
y en tanta aflicción llegó
libre de la furia esquiva
del mar, sin vida a la arena,
de éste en los hombros cargado,
un hidalgo, ya anegado;
y envuelta en tan triste pena,
a llamaros envïé.
ANFRISO: Pues aquí todos estamos,
manda que tu gusto hagamos,
lo que pensado no fue.
TISBEA: Que a mi choza los llevemos
quiero, donde agradecidos
reparemos sus vestidos,
y a ellos los regalemos,
que mi padre gusta mucho
de esta debida piedad.
CATALINÓN: Extremada es su beldad.
JUAN: Escucha aparte.
CATALINÓN: Ya escucho.
JUAN: Si te pregunta quién soy,
di que no sabes.
CATALINÓN: ¿A mí
quieres advertirme aquí
lo que he de hacer?
JUAN: Muerto voy
por la hermosa pescadora.
Esta noche he de gozalla.
CATALINÓN: ¿De qué suerte?
JUAN: Ven y calla.
CORIDÓN: Anfriso, dentro de un hora
[los pescadores prevén]
que canten y bailen.
ANFRISO: Vamos,
y esta noche nos hagamos
rajas, y palos también.
JUAN: Muerto soy.
TISBEA: ¿Cómo, si andáis?
JUAN: Ando en pena, como veis.
TISBEA: Mucho habláis.
JUAN: ¡Mucho encendéis!
TISBEA: ¡Plega a Dios que no mintáis!
Vanse todos. Salen don GONZALO de Ulloa y el REY don Alfonso de Castilla
REY: ¿Cómo os ha sucedido en la embajada,
comendador mayor?
GONZALO: Hallé en Lisboa
al rey don Juan, tu primo, previniendo
treinta naves de armada.
REY: ¿Y para dónde?
GONZALO: Para Goa me dijo, mas yo entiendo
que a otra empresa más fácil apercibe;
a Ceuta, o Tánger pienso que pretende
cercar este verano.
REY: Dios le ayude,
y premie el cielo de aumentar su gloria.
¿Qué es lo que concertasteis?
GONZALO: Señor, pide
a Cerpa, y Mora, y Olivencia, y Toro,
y por eso te vuelve a Villaverde,
al Almendral, a Mértola, y Herrera
entre Castilla y Portugal.
REY: Al punto
se firman los conciertos, don Gonzalo;
mas decidme primero cómo ha ido
en el camino, que vendréis cansado,
y alcanzado también.
GONZALO: Para serviros,
nunca, señor, me canso.
REY: ¿Es buena tierra
Lisboa?
GONZALO: La mayor ciudad de España.
Y si mandas que diga lo que he visto
de lo exterior y célebre, en un punto
en tu presencia te podré un retrato.
REY: Gustaré de oírlo. Dadme silla.
GONZALO: Es Lisboa una octava maravilla.
De las entrañas de España,
que son las tierras de Cuenca,
nace el caudaloso Tajo,
que media España atraviesa.
Entra en el mar Oceano,
en las sagradas riberas
de esta ciudad por la parte
del sur; mas antes que pierda
su curso y su claro nombre
hace un cuarto entre dos sierras
donde están de todo el orbe
barcas, naves, caravelas.
Hay galeras y saetías,
tantas que desde la tierra
para una gran ciudad
adonde Neptuno reina.
A la parte del poniente,
guardan del puerto dos fuerzas,
de Cascaes y Sangián,
las más fuertes de la tierra.
Está de esta gran ciudad,
poco más de media legua,
Belén, convento del santo
conocido por la piedra
y por el león de guarda,
donde los reyes y reinas,
católicos y cristianos,
tienen sus casas perpetuas.
Luego esta máquina insigne,
desde Alcántara comienza
una gran legua a tenderse
al convento de Lobregas.
En medio está el valle hermoso
coronado de tres cuestas,
que quedara corto Apeles
cuando pintarlas quisiera,
porque miradas de lejos
parecen piñas de perlas,
que están pendientes del cielo,
en cuya grandeza inmensa
se ven diez Romas cifradas
en conventos y en iglesias,
en edificios y calles,
en solares y encomiendas,
en las letras y en las armas,
en la justicia tan recta,
y en una Misericordia,
que está honrando su ribera,
y pudiera honrar a España,
y aun enseñar a tenerla.
Y en lo que yo más alabo
de esta máquina soberbia,
es que del mismo castillo,
en distancia de seis leguas,
se ven sesenta lugares
que llega el mar a sus puertas,
uno de los cuales es
el Convento de Odivelas,
en el cual vi por mis ojos
seiscientas y treinta celdas,
y entre monjas y beatas,
pasan de mil y doscientas.
Tiene desde allí a Lisboa,
en distancia muy pequeña,
mil y ciento y treinta quintas,
que en nuestra provincia Bética
llaman cortijos, y todas
con sus huertos y alamedas.
En medio de la ciudad
hay una plaza soberbia,
que se llama del Ruzío,
grande, hermosa, y bien dispuesta,
que habrá cien años y aun más
que el mar bañaba su arena,
y agora de ella a la mar,
hay treinta mil casas hechas,
que, perdiendo el mar su curso,
se tendió a partes diversas.
Tiene una calle que llaman
Rúa Nova, o calle nueva,
donde se cifra el oriente
en grandezas y riquezas,
tanto que el rey me contó
que hay un mercader en ella,
que por no poder contarlo,
mide el dinero a fanegas.
El terrero, donde tiene
Portugal su casa regia
tiene infinitos navíos,
varados siempre en la tierra,
de sólo cebada y trigo,
de Francia y Ingalaterra.
Pues, el palacio real,
que el Tajo sus manos besa,
es edificio de Ulises,
que basta para grandeza,
de quien toma la ciudad
nombre en la latina lengua,
llamándose Ulisibona,
cuyas armas son la esfera,
por pedestal de las llagas,
que, en la batalla sangrienta,
al rey don Alfonso Enríquez
dio la majestad inmensa.
Tiene en su gran Tarazana
diversas naves, y entre ellas
las naves de la conquista,
tan grandes que, de la tierra
miradas, juzgan los hombres
que tocan en las estrellas.
Y lo que de esta ciudad
te cuento por excelencia,
es, que estando sus vecinos
comiendo, desde las mesas,
ven los copos del pescado
que junto a sus puertas pescan
que, bullendo entre las redes,
vienen a entrarse por ellas.
Y sobre todo el llegar
cada tarde a su ribera
más de mil barcos cargados
de mercancías diversas,
y de sustento ordinario,
pan, aceite, vino y leña,
frutas de infinita suerte,
nieve de sierra de Estrella,
que por las calles a gritos,
puesta sobre las cabezas,
la venden; mas, ¿qué me canso?,
porque es contar las estrellas,
querer contar una parte
de la ciudad opulenta.
Ciento y treinta mil vecinos
tiene, gran señor, por cuenta,
y por no cansarte más,
un rey que tus manos besa.
REY: Más estimo, don Gonzalo,
escuchar de vuestra lengua
esa relación sucinta,
que haber visto su grandeza.
¿Tenéis hijos?
GONZALO: Gran señor,
una hija hermosa y bella,
en cuyo rostro divino
se esmeró naturaleza.
REY: Pues yo os la quiero casar
de mi mano.
GONZALO: Como sea
tu gusto, digo, señor,
que yo la acepto por ella;
pero ¿quién es el esposo?
REY: Aunque no está en esta tierra,
es de Sevilla, y se llama
don Juan Tenorio.
GONZALO: Las nuevas
voy a llevar a doña Ana.
[Dadme, gran señor, licencia.]
REY: Id en buena hora, y volved,
Gonzalo, con la respuesta.
Vanse todos. Salen don JUAN Tenorio y CATALINÓN
JUAN: Esas dos yeguas prevén,
pues acomodadas son.
CATALINÓN: Aunque soy Catalinón,
soy, señor, hombre de bien,
que no se dijo por mí,
«Catalinón es el hombre»,
que sabes que aquese nombre
me asienta al revés aquí.
UAN: Mientras que los pescadores
van de regocijo y fiesta,
tú las dos yeguas apresta,
que de sus pies voladores,
sólo nuestro engaño fío.
CATALINÓN: ¿Al fin pretendes gozar
a Tisbea?
JUAN: Si el burlar
es hábito antiguo mío,
¿qué me preguntas, sabiendo
mi condición?
CATALINÓN: Ya sé que eres
castigo de las mujeres.
JUAN: Por Tisbea estoy muriendo,
que es buena moza.
CATALINÓN: Buen pago
a su hospedaje deseas.
JUAN: Necio, lo mismo hizo Eneas
con la reina de Cartago.
CATALINÓN: Los que fingís y engañáis
las mujeres de esa suerte,
lo pagaréis en la muerte.
JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis!
Catalinón con razón
te llaman.
CATALINÓN: Tus pareceres
sigue, que en burlar mujeres
quiero ser Catalinón.
Ya viene la desdichada.
JUAN: Vete, y las yeguas prevén.
CATALINÓN: (Pobre mujer, harto bien Aparte
te pagamos la posada.)
Vase CATALINÓN y sale TISBEA
TISBEA: El rato que sin ti estoy
estoy ajena de mí.
JUAN: Por lo que finges ansí,
ningún crédito te doy.
TISBEA: ¿Por qué?
JUAN: Porque si me amaras
mi alma favorecieras.
TISBEA: Tuya soy.
JUAN: Pues, di, ¿qué esperas?
¿O en qué, señora, reparas?
TISBEA: Reparo en que fue castigo
de Amor el que he hallado en ti.
JUAN: Si vivo, mi bien, en ti,
a cualquier cosa me obligo.
Aunque yo sepa perder
en tu servicio la vida,
la diera por bien perdida,
y te prometo de ser
tu esposo.
TISBEA: Soy desigual
a tu ser.
JUAN: Amor es rey
que iguala con justa ley
la seda con el sayal.
TISBEA: Casi te quiero creer,
mas sois los hombres traidores.
JUAN: ¿Posible es, mi bien, que ignores
mi amoroso proceder?
Hoy prendes con tus cabellos
mi alma.
TISBEA: Ya a ti me allano,
bajo la palabra y mano
de esposo.
JUAN: Juro, ojos bellos,
que mirando me matáis,
de ser vuestro esposo.
TISBEA: Advierte,
mi bien, que hay Dios y que hay muerte.
JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis!
Ojos bellos, mientras viva
yo vuestro esclavo seré,
ésta es mi mano y mi fe.
TISBEA: No seré en pagarte esquiva.
JUAN: Ya en mí mismo no sosiego.
TISBEA: Ven, y será la cabaña
del amor que me acompaña,
tálamo de nuestro fuego.
Entre estas cañas te esconde,
hasta que tenga lugar.
JUAN: ¿Por dónde tengo de entrar?
TISBEA: Ven, y te diré por dónde.
JUAN: Gloria al alma, mi bien, dais.
TISBEA: Esa voluntad te obligue,
y si no, Dios te castigue.
JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis!
Vanse y salen CORIDÓN, ANFRISO, BELISA y MÚSICOS
CORIDÓN: Ea, llamad a Tisbea,
y las zagalas llamad,
para que en la soledad
el huésped la corte vea.
ANFRISO: ¡Tisbea, Lucindo, Antandra!
No vi cosa más crüel,
triste y mísero de aquél
que en su fuego es salamandra.
Antes que el baile empecemos,
a Tisbea prevengamos.
BELISA: Vamos a llamarla.
CORIDÓN: Vamos.
BELISA: A su cabaña lleguemos.
CORIDÓN: ¿No ves que estará ocupada
con los huéspedes dichosos,
de quien hay mil envidiosos?
ANFRISO: Siempre es Tisbea envidiada.
BELISA: Cantad algo mientras viene,
porque queremos bailar.
ANFRISO: ¿Cómo podrá descansar
cuidado que celos tiene?
Cantan
MÚSICOS: «A pescar sale la niña,
tendiendo redes,
y en lugar de pececillos,
las almas prende».
Sale TISBEA
TISBEA: ¡Fuego, fuego, que me quemo,
que mi cabaña se abrasa!
Repicad a fuego, amigos,
que ya dan mis ojos agua.
Mi pobre edificio queda
hecho otra Troya en las llamas,
que después que faltan Troyas,
quiere Amor quemar cabañas;
mas si Amor abrasa peñas,
con gran ira, fuerza extraña,
mal podrán de su rigor
reservarse humildes pajas.
¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!
Amor, clemencia, que se abrasa el alma.
¡Ay choza, vil instrumento
de mi deshonra, y mi infamia,
cueva de ladrones fiera,
que mis agravios ampara!
Rayos de ardientes estrellas
en tus cabelleras caigan,
porque abrasadas estén,
si del viento mal peinadas.
¡Ah falso huésped, que dejas
una mujer deshonrada!
¡Nube que del mar salió,
para anegar mis entrañas!
¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!
Amor, clemencia, que se abrasa el alma.
Yo soy la que hacía siempre
de los hombres burla tanta.
¡Que siempre las que hacen burla,
vienen a quedar burladas!
Engañóme el caballero
debajo de fe y palabra
de marido, y profanó
mi honestidad y mi cama.
Gozóme al fin, y yo propia
le di a su rigor las alas,
en dos yeguas que crïé,
con que me burló y se escapa.
Seguidle todos, seguidle,
mas no importa que se vaya,
que en la presencia del rey
tengo de pedir venganza.
¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!
Amor, clemencia, que se abrasa el alma.
Vase TISBEA
CORIDÓN: Seguid al vil caballero.
ANFRISO: Triste del que pena y calla,
mas vive el cielo que en él
me he de vengar de esta ingrata.
Vamos tras ella nosotros,
porque va desesperada,
y podrá ser que vaya ella
buscando mayor desgracia.
CORIDÓN: Tal fin la soberbia tiene,
su locura y confïanza
paró en esto.
Dentro se oye gritando TISBEA “¡Fuego, fuego!”
ANFRISO: Al mar se arroja.
CORIDÓN: Tisbea, detente y para.
TISBEA: ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!
Amor, clemencia, que se abrasa el alma.
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Salen el REY y don Diego TENORIO, el viejo
REY: ¿Qué me dices?
DIEGO: Señor, la verdad digo,
por esta carta estoy del caso cierto,
que es de tu embajador, y de mi hermano.
Halláronle en la cuadra del rey mismo
con una hermosa dama del palacio.
REY: ¿Qué calidad?
DIEGO: Señor, es la duquesa
Isabela.
REY: ¿Isabela?
DIEGO: Por lo menos…
REY: ¡Atrevimiento temerario! ¿Y dónde
ahora está?
DIEGO: Señor, a vuestra alteza
no he de encubrirle la verdad, anoche
a Sevilla llegó con un criado.
REY: Ya sabéis, Tenorio, que o estimo,
y al rey informaré del caso luego,
casando a ese rapaz con isabela,
volviendo a su sosiego al duque Octavio,
que inocente padece, y luego al punto
haced que don Juan salga desterrado.
DIEGO: ¿Adónde, mi señor?
REY: Mi enojo vea
en el detierro de Sevilla, salga
a Lebrija esta noche, y agradezca
sólo al merecimiento de su padre…
Pero decid, don Diego, ¿qué diremos
a Gonzalo de Ulloa, sin que erremos?
Caséle con su hija, y no sé cómo
lo puedo agora remediar.
DIEGO: Pues mira,
mi gran señor, ¿qué mandas que yo hago
que esté bien al honor de esta señora,
hija de un padre tal?
REY: Un medio tomo
con que absolverlo del enojo entiendo:
mayordomo mayor pretendo hacerle.
Sale un criado
CRIADO: Un caballero llega de camino,
y dice, señor, que es el duque Octavio.
REY: ¿El duque Octavio?
CRIADO: Sí, señor.
REY: Sin duda
que supo de don Juan el desatino,
y que viene, incitado a la venganza,
a pedir que le otorgue desafío.
DIEGO: Mi gran señor, en tus heroicas manos
está mi vida, que mi vida propria
es la vida de un hijo inobediente
que, aunque mozo gallardo y valeroso,
y le llaman los mozos de su tiempo
el Héctor de Sevilla, porque ha hecho
tantas y tan extrañas mocedades.
La razón puede mucho. No permitas
el desafío, si es posible.
REY: Basta,
ya os entiendo, Tenorio, honor de padre…
Entre el duque…
DIEGO: Señor, dame esas plantas.
¿Cómo podré pagar mercedes tantas?
Sale el duque OCTAVIO, de camino
OCTAVIO: A esos pies, gran señor, un peregrino
mísero y desterrado, ofrece el labio,
juzgando por más fácil el camino
en vuestra gran presencia,
REY: ¡Duque Octavio!
OCTAVIO: Huyendo vengo el fiero desatino
de una mujer, el no pensado agravio
de un caballero, que la causa ha sido
de que así a vuestros pies haya venido.
REY: Ya, duque Octavio, sé vuestra inocencia.
Yo al rey escribiré que os restituya
en vuestro estado, puesto que el ausencia
que hicisteis, algún daño os atribuya.
Yo os casaré en Sevilla, con licencia
del rey, y con perdón y gracia suya
que puesto que Isabela un ángel sea,
mirando la que os doy, ha de ser fea.
Comendador mayor de Calatrava
es Gonzalo de Ulloa, un caballero
a quien el moro por temor alaba,
que siempre es el cobarde lisonjero.
Éste tiene una hija, en quien bastaba
en dote la virtud, que considero,
después de la beldad, que es maravilla
y el sol de las estrellas de Sevilla.
Ésta quiero que sea vuestra esposa.
OCTAVIO: Cuando yo este viaje le emprendiera
a sólo eso, mi suerte era dichosa,
sabiendo yo que vuestro gusto fuera.
REY: Hospedaréis al duque, sin que cosa
en su regalo falte.
OCTAVIO: Quien espera
en vos, señor, saldrá de premios lleno.
Primero Alfonso sois, siendo el onceno.
Vanse el REY y don Diego TENORIO, y sale RIPIO
RIPIO: ¿Qué ha sucedido?
OCTAVIO: Que he dado
el trabajo recibido,
conforme me ha sucedido,
desde hoy por bien empleado.
Hablé al rey, vióme y honróme,
César con él César fui,
pues vi, peleé y vencí,
y ya hace que esposa tome
de su mano, y se prefiere
a desenojar al rey
en la fulminada ley.
RIPIO: Con razón el nombre adquiere
de generoso en Castilla.
¿Al fin te llegó a ofrecer
mujer?
OCTAVIO: Sí, amigo, y mujer
de Sevilla, que Sevilla
da, si averiguarlo quieres,
porque de oírlo te asombres,
si fuertes y airosos hombres,
también gallardas mujeres.
Un manto tapado, un brío,
donde un puro sol se esconde,
si no es en Sevilla, ¿adónde
se admite? El contento mío
es tal que ya me consuela
en mi mal.
Salen CATALINÓN y don JUAN
CATALINÓN: Señor, detente,
que aquí está el duque, inocente
Sagitario de Isabela,
aunque mejor le diré
Capricornio.
JUAN: Disimula.
CATALINÓN: Cuando le vende, le adula.
JUAN: Como a Nápoles dejé
por envïarme a llamar
con tanta prisa mi rey,
y como su gusto es ley,
no tuve, Octavio, lugar
de despedirme de vos
de ningún modo.
OCTAVIO: Por eso,
don Juan amigo, os confieso,
que hoy nos juntamos los dos
en Sevilla.
JUAN: ¿Quién pensara,
duque, que en Sevilla os viera;
para que en ella o sirviera
como yo la deseara.
Dejáis más, aunque es lugar
Nápoles tan excelente,
por Sevilla solamente
se puede, amigo, dejar.
OCTAVIO: Si en Nápoles os oyera,
y no en la parte en que estoy,
del crédito que ahora os doy
sospecho que me riera.
Mas, llegándola a habitar,
es, por lo mucho que alcanza,
corta cualquiera alabanza
que a Sevilla queráis dar.
¿Quién es el que viene allí?
JUAN: El que viene es el marqués
de la Mota. Descortés
es fuerza ser.
OCTAVIO: Si de mí
algo hubiereis menester,
aquí espada y brazo está.
CATALINÓN: (Y, si importa gozará, Aparte
en su nombre otra mujer,
que tiene buena opinión).
OCTAVIO: De vos estoy satisfecho.
CATALINÓN: Si fuere de algún provecho,
señores, Catalinón,
vuarcedes continuamente
me hallarán para servillos.
RIPIO: ¿Y dónde?
CATALINÓN: En los Pajarillos,
tabernáculo excelente.
Vanse OCTAVIO y RIPIO y sale el marqués de la MOTA y su CRIADO
MOTA: Todo hoy os ando buscando,
y no os he podido hallar.
¿Vos, don Juan, en el lugar,
y vuestro amigo penando
en vuestra ausencia?
JUAN: Por Dios,
amigo, que me debéis
esa merced que me hacéis.
CATALINÓN: (Como no le entreguéis vos Aparte
moza o cosa que lo valga,
bien podéis fïaros de él;
que, en cuanto a esto es crüel,
tiene condición hidalga).
JUAN: ¿Qué hay de Sevilla?
MOTA: Está ya
toda esta corte mudada.
JUAN: ¿Mujeres?
MOTA: Cosa juzgada.
JUAN: ¿Inés?
MOTA: A Vejel se va.
JUAN: Buen lugar para vivir
la que tan dama nació.
MOTA: El tiempo la desterró
a Vejel.
JUAN: Irá a morir.
¿Constanza?
MOTA: Es lástima vella
lampiña de frente y ceja,
llámala el portugués vieja,
y ella imagina que bella.
JUAN: Sí, que «velha» en portugués
suena «vieja» en castellano.
¿Y Teodora?
MOTA: Este verano
se escapó del mal francés
[por un río de sudores,]
y está tan tierna y reciente
que anteayer me arrojó un diente
envuelto entre muchas flores.
JUAN: ¿Julia, la del Candilejo?
MOTA: Ya con sus afeites lucha.
JUAN: ¿Véndese siempre por trucha?
MOTA: Ya se da por abadejo.
JUAN: ¿El barrio de Cantarranas
tiene buena población?
MOTA: Ranas las más de ellas son.
JUAN: ¿Y viven las dos hermanas?
MOTA: Y la mona de Tolú
de su madre Celestina,
que les enseña doctrina.
JUAN: ¡Oh, vieja de Bercebú!
¿Cómo la mayor está?
MOTA: Blanca, sin blanca ninguna.
Tiene un santo a quien ayuna.
JUAN: ¿Agora en vigilias da?
MOTA: Es firme y santa mujer.
JUAN: ¿Y esotra?
MOTA: Mejor principio
tiene; no desecha ripio.
JUAN: Buen albañir quiere ser.
Marqués, ¿qué hay de perros muertos?
MOTA: Yo y don Pedro de Esquivel
dimos anoche uno crüel,
y esta noche tengo ciertos
otros dos.
JUAN: Iré con vos,
que también recorreré
ciertos nidos que dejé
en huevos para los dos.
¿Qué hay de terrero?
MOTA: No muero
en terrero, que enterrado
me tiene mayor cuidado.
JUAN: ¿Cómo?
MOTA: Un imposible quiero.
JUAN: Pues, ¿no os corresponde?
MOTA: Sí,
me favorece y me estima.
JUAN: ¿Quién es?
MOTA: Doña Ana, mi prima,
que es recién llegada aquí.
JUAN: Pues, ¿dónde ha estado?
MOTA: En Lisboa,
con su padre en la embajada.
JUAN: ¿Es hermosa?
MOTA: Es extremada,
porque en doña Ana de Ulloa
se extremó Naturaleza.
JUAN: ¿Tan bella es esa mujer?
¡Vive Dios que la he de ver!
MOTA: Veréis la mayor belleza
que los ojos del rey ven.
JUAN: Casaos, si es tan extremada.
MOTA: El rey la tiene casada
y no se sabe con quién.
JUAN: ¿No os favorece?
MOTA: Y me escribe.
CATALINÓN: (No prosigas, que te engaña Aparte
el gran burlador de España).
JUAN: Quien tan satisfecho vive
[de su amor, ¿desdichas teme?
Sacadla, solicitadla,
escribidla, y engañadla,
y el mundo se abrase y queme.]
MOTA: Agora estoy esperando
la postrer resolución.
JUAN: Pues no perdáis la ocasión,
que aquí os estoy aguardando.
MOTA: Ya vuelvo.
CATALINÓN: Señor cuadrado,
o señor redondo, adiós.
CRIADO: Adiós.
Vanse el marqués de la MOTA y su CRIADO
JUAN: Pues solos los dos,
amigo, habemos quedado,
los pasos sigue al marqués,
que en el palacio se entró.
Vase CATALINÓN, habla por una reja una MUJER
MUJER: Ce, ce, ¿a quién digo?
JUAN: ¿Llamó?
MUJER: Pues sois prudente y cortés,
y su amigo, dadle luego
al marqués este papel;
mirad que consiste en él
de una señora el sosiego.
JUAN: Digo que se lo daré,
soy su amigo y caballero.
MUJER: Basta, señor forastero,
adiós.
Vase la MUJER
JUAN: Ya la voz se fue.
¿No parece encantamiento
esto que agora ha pasado?
A mí el papel ha llegado
por la estafeta del viento.
Sin duda que es de la dama
que el marqués me ha encarecido.
¡Venturoso en esto he sido!
Sevilla a voces me llama
el burlador, y el mayor
gusto que en mí puede haber
es burlar una mujer
y dejarla sin honor.
¡Vive Dios que le he de abrir,
pues salí de la plazuela!
Mas ¿si hubiese otra cautela?
Gana me da de reír.
Ya está abierto el papel,
y que es suyo es cosa llana,
porque aquí firma doña Ana.
Dice así: «Mi padre infiel
en secreto me ha casado,
sin poderme resistir.
No sé si podré vivir,
porque la muerte me ha dado.
Si estimas, como es razón
mi amor y mi voluntad,
y si tu amor fue verdad,
muéstralo en esta ocasión.
Porque veas que te estimo,
ven esta noche a la puerta,
que estará a las once abierta,
donde tu esperanza, primo,
goces, y el fin de tu amor.
Traerás, mi gloria, por señas
de Leonorilla y las dueñas
una capa de color.
Mi amor todo de ti fío,
y adiós». ¡Desdichado amante!
¿Hay suceso semejante?
Ya de la burla me río.
Gozaréla, vive Dios,
con el engaño y cautela
que en Nápoles a Isabela.
Sale CATALINÓN
CATALINÓN: Ya el marqués viene.
JUAN: Los dos
aquesta noche tenemos
qué hacer.
CATALINÓN: ¿Hay engaño nuevo?
JUAN: ¡Extremado!
CATALINÓN: No lo apruebo.
Tú pretendes que escapemos
una vez, señor, burlados;
que el que vive de burlar,
burlado habrá de escapar
[a cencerros atapados]
de una vez.
JUAN: ¿Predicador
te vuelves, impertinente?
CATALINÓN: La razón hace al valiente.
JUAN: Y al cobarde hace el temor.
El que se pone a servir,
voluntad no ha de tener,
y todo ha de ser hacer,
y nada ha de ser decir.
Sirviendo, jugando estás,
y si quieres ganar luego,
haz siempre porque en el juego
quien más hace gana más.
CATALINÓN: También quien [más] hace y dice
pierde por la mayor parte.
JUAN: Esta vez quiero avisarte
porque otra vez no te avise.
CATALINÓN: Digo que de aquí adelante
lo que me mandes haré,
y a tu lado forzaré
un tigre y un elefante.
Guárdese de mí un prior
que si me mandas que calle,
y le fuerce, he de forzalle
sin réplica, mi señor.
Sale el marqués de la MOTA
JUAN: Calla, que viene el marqués.
CATALINÓN: ¿Pues, ha de ser el forzado?
JUAN: Para vos, marqués me han dado
un recado harto cortés,
por esa reja, sin ver
el que me lo daba allí.
Sólo en la voz conocí
que me lo daba mujer.
Dícete al fin, que a las doce
vayas secreto a la puerta,
que estará a las once abierta,
donde tu esperanza goce
la posesión de tu amor,
y que llevases por señas
de Leonorilla y las dueñas,
una capa de color.
MOTA: ¿Qué decís?
JUAN: Que este recado
de una ventana me dieron,
sin ver quién.
MOTA: Con él pusieron
sosiego en tanto cuidado.
¡Ay, amigo, sólo en ti
mi esperanza renaciera!
Dame esos pies.
JUAN: Considera
que no está tu prima en mí.
¿Eres tú quien ha de ser
quien la tiene de gozar,
y me llegas a abrazar
los pies?
MOTA: Es tal el placer
que me ha sacado de mí.
¡Oh sol, apresura el paso!
JUAN: Ya el sol camina al ocaso.
MOTA: Vamos, amigo, de aquí,
y de noche nos pondremos;
loco voy.
JUAN: Bien se conoce,
mas yo bien sé que a las doce
harás mayores extremos.
MOTA: ¡Ay, prima del alma, prima,
que quieres premiar mi fe!
CATALINÓN: (¡Vive Cristo que no dé Aparte
una blanca por su prima!)
Vase el marqués de la MOTA, y sale don DIEGO
DIEGO: ¡Don Juan!
CATALINÓN: Tu padre te llama.
JUAN: ¿Qué manda vueseñoría?
DIEGO: Verte más cuerdo quería,
más bueno, y con mejor fama.
¿Es posible que procuras
todas las horas mi muerte?
JUAN: ¿Por qué vienes de esa suerte?
DIEGO: Por tu trato, y tus locuras.
Al fin el rey me ha mandado
que te eche de la ciudad,
porque está de una maldad
con justa causa indignado.
Que aunque me lo has encubierto,
ya en Sevilla el rey lo sabe,
cuyo delito es tan grave,
que a decírtelo no acierto.
¿En el palacio real
traición, y con un amigo?
Traidor, Dios te dé el castigo
que pide delito igual.
Mira que aunque al parecer
Dios te consiente, y aguarda,
tu castigo no se tarda,
y que castigo ha de haber
para los que profanáis
su nombre, y que es juez fuerte
Dios en la muerte.
JUAN: ¿En la muerte?
¿Tan largo me lo fiáis?
De aquí allá hay larga jornada.
DIEGO: Breve te ha de parecer.
JUAN: Y la que tengo de hacer,
pues a su alteza le agrada,
agora, ¿es larga también?
DIEGO: Hasta que el injusto agravio
satisfaga el duque Octavio,
y apaciguados estén
en Nápoles de Isabela
los sucesos que has causado,
en Lebrija retirado,
por tu traición y cautela,
quiere el rey que estés agora,
pena a tu maldad ligera.
CATALINÓN: (Si el caso también supiera Aparte
de la pobre pescadora,
más se enojara el buen viejo).
DIEGO: Pues no te venzo y castigo
con cuanto hago y cuanto digo,
a Dios tu castigo dejo.
Vase don DIEGO
CATALINÓN: Fuése el viejo enternecido.
JUAN: Luego las lágrimas copia,
condición de viejos propia,
vamos, pues ha anochecido,
a buscar al marqués.
CATALINÓN: Vamos,
y al fin gozarás su dama.
JUAN: Ha de ser burla de fama.
CATALINÓN: Ruego al cielo que salgamos
de ella en paz.
JUAN: ¡Catalinón,
en fin!
CATALINÓN: Y tú, señor, eres
langosta de las mujeres;
¡y con público pregón!
Porque de ti se guardara,
cuando a noticia viniera
de la que doncella fuera,
fuera bien se pregonara:
«Guárdense todos de un hombre,
que a las mujeres engaña,
y es el burlador de España».
JUAN: Tú me has dado gentil nombre.
Sale el marqués de la MOTA, de noche, con MÚSICOS y pasea el tablado, y se entran cantando
MÚSICOS: «El que un bien gozar espera
cuanto espera desespera».
MOTA: «Como yo a mi bien gocé,
nunca llegue a amanecer.»
JUAN: ¿Qué es esto?
CATALINÓN: Música es.
MOTA: Parece que habla conmigo
el poeta. ¿Quién es?
JUAN: Amigo.
MOTA: ¿Es don Juan?
JUAN: ¿Es el marqués?
MOTA: ¿Quién puede ser sino yo?
JUAN: Luego que la capa vi
que érades vos conocí.
MOTA: Cantad, pues don Juan llegó.
MÚSICOS: «El que un bien gozar espera
cuando espera desespera».
JUAN: ¿Qué casa es la que miráis?
MOTA: De don Gonzalo de Ulloa.
JUAN: ¿Dónde iremos?
MOTA: A Lisboa.
JUAN: ¿Cómo, si en Sevilla estáis?
MOTA: ¿Pues aqueso os maravilla?
¿No vive con gusto igual
lo peor de Portugal
en lo mejor de Sevilla?
JUAN: ¿Dónde viven?
MOTA: En la calle
de la Sierpe, donde ves
a Adán vuelto en portugués;
que en aqueste amargo valle
con bocados solicitan
mil Evas que, aunque en bocados,
en efecto son ducados
con que el dinero nos quitan.
CATALINÓN: Ir de noche no quisiera
por esa calle crüel,
pues lo que de día es miel
entonces lo dan en cera.
Una noche, por mi mal,
la vi sobre mí vertida,
y hallé que era corrompida
la cera de Portugal.
JUAN: Mientras a la calle vais,
yo dar un perro quisiera.
MOTA: Pues cerca de aquí me espera
un bravo.
JUAN: Si me dejáis,
señor marqués, vos veréis
cómo de mí no se escapa.
MOTA: Vamos, y poneos mi capa
para que mejor lo deis.
JUAN: Bien habéis dicho; venid
y me enseñaréis la casa.
MOTA: Mientras el suceso pasa,
la voz y el habla fingid.
¿Veis aquella celosía?
JUAN: Ya la veo.
MOTA: Pues llegad,
y decid «Beatriz», y entrad.
JUAN: ¿Qué mujer?
MOTA: Rosada, y fría.
CATALINÓN: Será mujer cantimplora.
MOTA: En Gradas os aguardamos.
JUAN: Adiós, marqués.
CATALINÓN: ¿Dónde vamos?
JUAN: Adonde la burla agora;
ejecute.
CATALINÓN: No se escapa
nadie de ti.
JUAN: El trueco adoro.
CATALINÓN: Echaste la capa al toro.
JUAN: No, el toro me echó la capa.
Vanse don JUAN y CATALINÓN
MOTA: La mujer ha de pensar
que soy yo.
MÚSICO: ¡Qué gentil perro!
MOTA: Esto es acertar por yerro.
MÚSICO: [Todo este mundo es errar,
que está compuesto de errores.
MOTA: El alma en las horas tengo,
y en sus cuartos me prevengo
para mayores favores.
¡Ay, noche espantosa y fría,
para que largos los goce,
corre veloz a las doce,
y después no venga el día!
MÚSICO: ¿Adónde guía la danza?
MOTA: Cal de la Sierpe guïad.
MÚSICO: ¿Qué cantaremos?
MOTA: Cantad
lisonjas a mi esperanza.]
MÚSICOS: «El que un bien gozar espera,
cuando espera desespera».
Vanse, y dice doña ANA dentro
ANA: ¡Falso, no eres el marqués!
¡Que me has engañado!
JUAN: Digo
que lo soy.
ANA: Fiero enemigo,
mientes, mientes.
Sale el comendador don GONZALO, medio desnudo, con espada y rodela
GONZALO: La voz es
de doña Ana la que siento.
ANA: ¿No hay quien mate este traidor,
homicida de mi honor?
GONZALO: ¿Hay tan grande atrevimiento?
«Muerto honor» dijo, ¡ay de mí!
Y es su lengua tan liviana,
que aquí sirve de campana.
ANA: ¡Matadle!
Salen don JUAN y CATALINÓN, con las espadas desnudas
JUAN: ¿Quién está aquí?
GONZALO: La barbacana caída
de la torre de ese honor
que has combatido, traidor,
donde era alcaide la vida.
JUAN: Déjame pasar.
GONZALO: ¿Pasar?
¡Por la punta de esta espada!
JUAN: Morirás.
GONZALO: No importa nada.
JUAN: Mira que te he de matar.
GONZALO: ¡Muere, traidor!
JUAN: De esta suerte
muero.
CATALINÓN: (Si escapo [yo] de ésta, Aparte
no más burlas, no más fiesta.
GONZALO: ¡Ay, que me has dado la muerte!
JUAN: Tú la vuda te quitaste.
GONZALO: ¿De qué la vida servía?
JUAN: ¡Huyamos!
GONZALO: La sangre fría
con el furor aumentaste.
¡Muerto soy! ¡No hay bien que aguarde!
¡Seguiráte mi furor!
¡Que es traidor, y el que es traidor
es traidor porque es cobarde!
Entran muerto a don GONZALO, y sale el marqués de la MOTA y MÚSICOS
MOTA: Presto las doce darán
y mucho don Juan se tarda.
¡Fiera prisión del que aguarda!
Salen don JUAN y CATALINÓN
JUAN: ¿Es el marqués?
MOTA: ¿Es don Juan?
JUAN: Yo soy, tomad vuestra capa.
MOTA: ¿Y el perro?
JUAN: Funesto ha sido;
al fin, marqués, muerto ha habido.
CATALINÓN: Señor, del muerto te escapa.
MOTA: Burlaste, amigo, ¿qué haré?
CATALINÓN: (Y [aun] a vos os ha burlado). Aparte
JUAN: Cara la burla ha costado.
MOTA: Yo, don Juan, lo pagaré,
porque estará la mujer
quejosa de mí.
JUAN: Adiós,
marqués.
CATALINÓN: A fe que los dos
mal pareja han de correr.
JUAN: ¡Huyamos!
CATALINÓN: Señor, no habrá
águila que a mí me alcance.
Vanse don JUAN y CATALINÓN
MOTA: Vosotros os [perdéis lance,]
porque quiero ir solo [ya.]
Vanse los MÚSICOS y dicen dentro
VOCES: ¿Vióse desdicha mayor,
y vióse mayor desgracia?
MOTA: ¡Válgame Dios! Voces oigo
en la plaza del alcázar.
¿Qué puede ser a estas horas?
Un hielo el pecho me arraiga.
Desde aquí parece todo
una Troya que se abrasa,
porque tantas hachas juntas
hacen gigantes de llamas.
Un grande escuadrón de hachos
se acerca a mí, porque anda
el fuego emulando estrellas
dividiéndose en escuadras.
Quiero saber la ocasión.
Sale don DIEGO Tenorio, y la guarda con hachas
DIEGO: ¿Qué gente?
MOTA: Gente que aguarda
saber de aqueste rüido
el alboroto y la causa.
DIEGO: ¡Préndedlo!
MOTA: ¿Prenderme a mí?
DIEGO: Volved la espada a la vaina,
que la mayor valentía
es no tratar de las armas.
MOTA: ¿Cómo al marqués de la Mota
hablan ansí?
DIEGO: Dad la espada,
que el rey os manda prender.
MOTA: ¡Vive Dios!
Sale el REY y acompañamiento
REY: En toda España
no ha de caber, ni tampoco
en Italia, si va a Italia.
DIEGO: Señor, aquí está el marqués.
MOTA: Gran señor, ¿prenderme manda?
REY: Llevadle luego y ponedle
la cabeza en una escarpia.
¿En mi presencia te pones?
MOTA: ¡Ah, glorias de amor tiranas,
siempre en el pasar ligeras
como en el vivir pesadas!
Bien dijo un sabio, que había
entre la boca y la taza
peligro; mas el enojo
del rey me admira y espanta.
¿No sé por lo qué voy preso?
DIEGO: ¿Quién mejor sabrá la causa
que vueseñoría?
MOTA: ¿Yo?
DIEGO: Vamos.
MOTA: Confusión extraña.
REY: Fulmínesele el proceso
al marqués luego, y mañana
le cortarán la cabeza.
Y al comendador, con cuanta
solemnidad y grandeza
se da a las personas sacras
y reales, el entierro
se haga en bronce y piedras varias:
un sepulcro con un bulto
le ofrezcan, donde en mosaicas
labores, góticas letras
den lenguas a su venganza.
Y entierro, bulto y sepulcro
quiero que a mi costa se haga.
¿Dónde doña Ana se fue?
DIEGO: Fuése al sagrado doña Ana
de mi señora la reina.
REY: Ha de sentir esta falta
Castilla. Tal capitán
ha de llorar Calatrava.
Vanse todos. Sale BATRICIO desposado, con AMINTA, GASENO, viejo, BELISA y pastores MÚSICOS. Cantan
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
con trébol y toronjil;
y, aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella».
BATRICIO: Sobre esta alfombra florida,
adonde en campos de escarcha
el sol sin aliento marcha
con su luz recién nacida,
os sentad, pues nos convida
al tálamo el sitio hermoso.
AMINTA: Cantadle a mi dulce esposo
favores de mil en mil.
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y, aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella.»
GASENO: Muy bien lo habéis solfeado.
No hay más sone en los Kiries.
BATRICIO: Cuando, con sus labios [tiries],
[el sol al alba ha besado
y su rostro nacarado]
vuelve en púrpura, [las rosas]
saldrán, aunque vergozosas,
afrentando [este pensil.]
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y, aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella.»
[GASENO: Yo, Batricio, os he entregado
el alma y ser en mi Aminta.
BATRICIO: Por eso se baña y pinta
de más colores el prado.
Con deseos la he ganado,
con obras le he merecido.
MÚSICOS: Tal mujer y tal marido
viva juntos años mil.
Cantan
«Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella».
BATRICIO: No sale así el sol de oriente
como el sol que al alba sale,
que no hay sol que al sol se iguale
de sus niñas y su fuente,
a este sol claro y luciente
que eclipsa al sol su arrebol;
y ansí cantadle a mi sol
motetes de mil en mil.
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella».
AMINTA: Batricio, yo lo agradezco;
falso y lisonjero estás,
mas si tus rayos me das
por ti ser luna merezco.
[Tú eres el sol por quien crezco,]
después de salir menguante,
para que al alba te cante
la salva en tono sutil.
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella».
Sale CATALINÓN, de camino
CATALINÓN: Señores, el desposorio
huéspedes ha de tener.
GASENO: A todo el mundo ha de ser
este contento notorio.
¿Quién viene?
CATALINÓN: Don Juan Tenorio.
GASENO: ¿El viejo?
CATALINÓN: Ése no es don Juan.
BELISA: Será su hijo galán.
BATRICIO: Téngolo por mal agüero;
que galán y caballero
quitan gusto, y celos dan.
Pues, ¿quién noticia les dio
de mis bodas?
CATALINÓN: De camino
pasa a Lebrija.
BATRICIO: Imagino
que el demonio le envió;
mas ¿de qué me aflijo yo?
Vengan a mis dulces bodas
del mundo las gentes todas.
Mas, con todo, un caballero
en mis bodas… ¡Mal agüero!
GASENO: Venga el Coloso de Rodas,
venga el Papa, el Preste Juan,
y don Alfonso el onceno
con su corte, que en Gaseno
ánimo y valor verán.
Montes en casa hay de pan,
Guadalquivides de vino,
Babilonias de tocino,
y entre ejércitos cobardes
de aves, para que las cardes,
el pollo y el palomino.
Venga tan gran caballero
a ser hoy en Dos Hermanas
honra de estas nobles canas.
BELISA: ¡El hijo del camarero
mayor!
BATRICIO: Todo es mal agüero
para mí, pues le han de dar
junto a mi esposa lugar.
Aun no gozo, y ya los cielos
me están condenando a celos.
Amor, sufrir y callar.
Sale don JUAN Tenorio
JUAN: Pasando acaso he sabido
que hay bodas en el lugar,
y de ellas quise gozar,
pues tan venturoso he sido.
GASENO: Vueseñoría ha venido
a honrarlas y engrandecellas.
BATRICIO: (Yo que soy el dueño de ellas Aparte
digo entre mí que vengáis
en hora mala.)
GASENO: ¿No dais
lugar a este caballero?
JUAN: Con vuestra licencia quiero
sentarme aquí.
Siéntase junto a la novia
BATRICIO: Si os sentáis
delante de mí, señor,
seréis de aquesa manera
el novio.
JUAN: Cuando lo fuera
no escogiera lo peor.
GASENO: ¡Que es el novio!
JUAN: De mi error
e ignorancia perdón [pido.]
Hablan aparte CATALINÓN y don JUAN
CATALINÓN: ¡Desventurado marido!
JUAN: Corrido está.
CATALINÓN: No lo ignoro,
mas, si tiene de ser toro,
¿qué mucho que esté corrido?
No daré por su mujer,
ni por su honor un cornado.
(¡Desdichado tú, que has dado Aparte
en manos de Lucifer!)
JUAN: ¿Posible es que vengo a ser,
señora, tan venturoso?
¡Envidia tengo al esposo!
AMINTA: Parecéisme lisonjero.
BATRICIO: (Bien dije que es mal agüero Aparte
en bodas un poderoso.)
[JUAN: Hermosas manos tenéis
para esposa de un villano.
CATALINÓN: Si al juego le dais la mano,
vos la mano perderéis.
BATRICIO: Celos, muerte no me deis.]
GASENO: Ea, vamos a almorzar,
porque pueda descansar
un rato su señoría.
Tómale don JUAN la mano a la novia
JUAN: ¿Por qué la escondéis?
AMINTA: ¡Es mía!
GASENO: ¡Vamos!
BELISA: Volved a cantar.
Hablan aparte don JUAN y CATALINÓN
JUAN: ¿Qué dices tú?
CATALINÓN: ¿Yo? Que temo
muerte vil de esos villanos.
JUAN: ¡Buenos ojos, blancas manos!
En ellos me abraso y quemo.
CATALINÓN: ¡Almagrar y echar a extremo!
¡Con ésta cuatro serán!
JUAN: Ven, que mirándome están.
BATRICIO: (¿En mis bodas caballero? Aparte
¡Mal agüero!
GASENO: Cantad.
BATRICIO: (Muero.) Aparte
CATALINÓN: Canten, que ellos llorarán.
MÚSICOS: «Lindo sale el sol de abril,
por trébol y toronjil;
y, aunque le sirva de estrella,
Aminta sale más bella».
Vanse todos
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
Sale BATRICIO pensativo
BATRICIO: Celos, reloj de cuidado,
que a todas las horas dais
tormentos con que matáis,
aunque andéis desconcertado;
celos, del vivir desprecios
con que ignorancias hacéis,
pues todo lo que tenéis
de ricos, tenéis de necios.
Dejadme de atormentar,
pues es cosa tan sabida,
que cuando Amor me da vida,
la muerte me queréis dar.
¿Qué me queréis, caballero,
que me atormentáis ansí?
Bien dije, cuando le vi
en mis bodas: «Mal agüero».
¿No es bueno que se sentó
a cenar con mi mujer,
y a mí en el plato meter
la mano no me dejó?
Pues cada vez que quería
meterla, la desvïaba,
diciendo a cuanto tomaba:
«Grosería, grosería».
[No se apartó de su lado
hasta cenar, de manera
que todos pensaban que era
yo padrino, él desposado.
Y si decirle quería
algo a mi esposa, gruñendo
me la apartaba, diciendo:
«Grosería, grosería».]
Pues llegándome a quejar
a algunos me respondían,
y con risa me decían:
«No tenéis de qué os quejar.
Eso no es cosa que importe,
no tenéis de qué temer,
callad, que debe de ser
uso de allá [en] la corte».
¡Buen uso, trato extremado!
¡Más no se usara en Sodoma;
que otro con la novia coma,
y que ayune el desposado!
Pues el otro bellacón,
a cuanto comer quería,
«¿Esto no come?», decía.
«No tenéis, señor, razón».
Y de delante, al momento
me lo quitaba, corrido.
¡Esto bien sé yo que ha sido
culebra, y no casamiento!
Ya no se puede sufrir
ni entre cristianos pasar;
y acabando de cenar
con los dos, ¿mas que a dormir
se ha de ir también, si porfía,
con nosotros, y ha de ser
el llegar yo a mi mujer
«Grosería, grosería?»
Ya viene, no me resisto,
aquí me quiero esconder,
pero ya no puede ser,
que imagino que me ha visto.
Sale don JUAN Tenorio
JUAN: Batricio.
BATRICIO: Su señoría,
¿qué manda?
JUAN: Haceros saber…
BATRICIO: (¡Mas que ha de venir a ser Aparte
alguna desdicha mía!)
JUAN: …que ha muchos días, Batricio,
que a Aminta el alma le di,
y he gozado…
BATRICIO: ¿Su honor?
JUAN: Sí.
BATRICIO: Manifiesto y claro indicio
de lo que he llegado a ver;
que si bien no le quisiera,
nunca a su casa viniera;
al fin, al fin es mujer.
JUAN: Al fin, Aminta celosa,
o quizá desesperada
de verse de mí olvidada,
y de ajeno dueño esposa,
esta carta me escribió
enviándome a llamar,
y yo prometí gozar
lo que el alma prometió.
Esto pasa de esta suerte,
dad a vuestra vida un medio,
que le daré sin remedio,
a quien lo impida la muerte.
BATRICIO: Si tú en mi elección lo pones,
tu gusto pretendo hacer,
que el honor y la mujer
son males en opiniones.
La mujer en opinión,
siempre más pierde que gana,
que son como la campana
que se estima por el son,
y ansí es cosa averiguada,
que opinión viene a perder,
cuando cualquiera mujer
suena a campana quebrada.
No quiero, pues me reduces
el bien que mi amor ordena,
mujer entre mala y buena,
que es moneda entre dos luces.
Gózala, señor, mil años,
que yo quiero resistir,
desengañar y morir,
y no vivir con engaños.
Vase BATRICIO
JUAN: Con el honor le vencí,
porque siempre los villanos
tienen su honor en las manos,
y siempre miran por sí;
que por tantas variedades,
es bien que se entienda y crea,
que el honor se fue al aldea
huyendo de las ciudades.
Pero antes de hacer el daño
le pretendo reparar.
A su padre voy a hablar,
para autorizar mi engaño.
Bien lo supe negociar;
gozarla esta noche espero,
la noche camina, y quiero
su viejo padre llamar.
¡Estrellas que me alumbráis,
dadme en este engaño suerte,
si el galardón en la muerte,
tan largo me lo guardáis!
Vase don JUAN. Salen AMINTA y BELISA
BELISA: Mira que vendrá tu esposo.
Entra a desnudarte, Aminta.
AMINTA: De estas infelices bodas
no sé qué siento, Belisa.
Todo hoy mi Batricio ha estado
bañando en melancolía,
todo en confusión y celos.
¡Mirad qué grande desdicha!
Di, ¿qué caballero es éste
que de mi esposo me priva?
¡La desvergüenza en España
se ha hecho caballería!
[Déjame, que estoy sin seso,]
déjame, que estoy corrida.
¡Mal hubiese el caballero
que mis contentos me quita!
BELISA: Calla, que pienso que viene;
que nadie en la casa pisa
de un desposado tan recio.
AMINTA: Queda a Dios, Belisa mía.
BELISA: Desenójale en los brazos.
AMINTA: Plega a los cielos que sirvan
mis suspiros de requiebros,
mis lágrimas de caricias.
Vanse AMINTA y BELISA. Salen don JUAN, CATALINÓN y GASENO
JUAN: Gaseno, quedad con Dios.
GASENO: Acompañaros querría
por darle de esta ventura
el parabién a mi hija.
JUAN: Tiempo mañana nos queda.
GASENO: Bien decís, el alma mía
en la muchacha os ofrezco.
JUAN: Mi esposa decid.
Vase GASENO
Ensilla,
Catalinón.
CATALINÓN: ¿Para cuándo?
JUAN: Para el alba, que, de risa
muerta, ha de salir mañana
de este engaño.
CATALINÓN: Allá en Lebrija,
señor, nos está aguardando
otra boda. Por tu vida
que despaches presto en ésta.
JUAN: La burla más escogida
de todas ha de ser ésta.
CATALINÓN: Que saliésemos querría
de todas bien.
JUAN: Si es mi padre
el dueño de la justicia,
y es la privanza del rey,
¿qué temes?
CATALINÓN: De los que privan
suele Dios tomar venganza,
si delitos no castigan,
y se suelen en el juego
perder también los que miran.
Yo he sido mirón del tuyo
y por mirón no querría
que me cogiese algún rayo,
y me trocase en cecina.
JUAN: Vete, ensilla, que mañana
he de dormir en Sevilla.
CATALINÓN: ¿En Sevilla?
JUAN: Sí.
CATALINÓN: ¿Qué dices?
Mira lo que has hecho, y mira
que hasta la muerte, señor,
es corta la mayor vida;
y que hay tras la muerte imperio.
JUAN: Si tan largo me lo fías,
¡vengan engaños!
CATALINÓN: ¡Señor!
JUAN: Vete, que ya me amohinas
con tus temores extraños.
CATALINÓN: (Fuerza al turco, fuerza al scita, Aparte
al persa, y al caramanto,
al gallego, al troglodita,
al alemán y al Japón,
al sastre con la agujita
de oro en la mano, imitando
continuo a la blanca niña.)
Vase CATALINÓN
JUAN: La noche en negro silencio
se extiende, y ya las cabrillas
entre racimos de estrellas
el polo más alto pisan.
Yo quiero poner mi engaño
por obra, el amor me guía
a mi inclinación, de quien
no hay hombre que se resista.
Quiero llegar a la cama.
¡Aminta!
Sale AMINTA, como que está acostada
AMINTA: ¿Quién llama a Aminta?
¿Es mi Batricio?
JUAN: No soy
tu Batricio.
AMINTA: Pues, ¿quién?
JUAN: Mira
de espacio, Aminta, quién soy.
AMINTA: ¡Ay de mí! Yo soy perdida.
¿En mi aposento a estas horas?
JUAN: Éstas son las obras mías.
AMINTA: Volvéos, que daré voces,
no excedáis la cortesía
que a mi Batricio se debe,
ved que hay romanas Emilias
en Dos Hermanas también,
y hay Lucrecias vengativas.
JUAN: Escúchame dos palabras,
y esconde de las mejillas
en el corazón la grana,
por ti más preciosa y rica.
AMINTA: Vete, que vendrá mi esposo.
JUAN: Yo lo soy. ¿De qué te admiras?
AMINTA: ¿Desde cuándo?
JUAN: Desde agora.
AMINTA: ¿Quién lo ha tratado?
JUAN: Mi dicha.
AMINTA: ¿Y quién nos casó?
JUAN: Tus ojos.
AMINTA: ¿Con qué poder?
JUAN: Con la vista.
AMINTA: ¿Sábelo Batricio?
JUAN: Sí,
que te olvida.
AMINTA: ¿Que me olvida?
JUAN: Sí, que yo te adoro.
AMINTA: ¿Cómo?
JUAN: Con mis dos brazos.
AMINTA: Desvía.
JUAN: ¿Cómo puedo, si es verdad
que muero?
AMINTA: ¡Qué gran mentira!
JUAN: Aminta, escucha y sabrás,
si quieres que te lo diga,
la verdad, que las mujeres
sois de verdades amigas.
Yo soy noble caballero,
cabeza de la familia
de los Tenorios antiguos,
ganadores de Sevilla.
Mi padre, después del rey,
se reverencia y se estima,
y, en la corte, de sus labios
pende la muertes o la vida.
Corriendo el camino acaso,
llegué a verte, que Amor guía
tal vez las cosas de suerte
que él mismo de ellas se olvida.
Víte, adoréte, abraséme,
tanto que tu amor me obliga
a que contigo me case.
Mira qué acción tan precisa.
Y aunque lo murmure el [reino],
y aunque el rey lo contradiga,
y aunque mi padre enojado
con amenazas lo impida,
tu esposo tengo de ser,
[dando en tus ojos envidia
a los que viere en su sangre
la venganza que imagina.
Ya Batricio ha desistido
de su acción, y aquí me envía
tu padre a darte la mano.]
¿Qué dices?
AMINTA: No sé qué diga,
que se encubren tus verdades
con retóricas mentiras.
Porque si estoy desposada,
como es cosa conocida,
con Batricio, el matrimonio
no se absuelve, aunque él desista.
JUAN: En no siendo [consumado],
por engaño o por malicia
puede anularse.
AMINTA: [Es verdad;
mas ¡ay Dios!, que no querría
que me dejases burlada,
cuando mi esposo me quitas.]
JUAN: Ahora bien, dame esa mano,
y esta voluntad confirma
con ella.
AMINTA: ¿Que no me engañas?
JUAN: Mío el engaño sería.
AMINTA: Pues jura que cumplirás
la palabra prometida.
JUAN: Juro a esta mano, señora,
infierno de nieve fría,
de cumplirte la palabra.
AMINTA: Jura a Dios, que te maldiga
si no la cumples.
JUAN: Si acaso
la palabra y la fe mía
te faltare, ruego a Dios
que a traición y a alevosía,
me dé muerte un hombre muerto.
(Que vivo, Dios no permita). Aparte
AMINTA: Pues con ese juramento
soy tu esposa.
JUAN: El alma mía
entre los brazos te ofrezco.
AMINTA: Tuya es el alma y la vida.
JUAN: ¡Ay, Aminta de mis ojos!,
mañana sobre virillas
de tersa plata, estrellada
con clavos de oro de Tíbar,
pondrás los hermosos pies,
y en prisión de gargantillas
la alabastrina garganta,
y los dedos en sortijas
en cuyo engaste parezcan
[estrellas las amatistas;
y en tus orejas pondrás]
transparentes perlas finas.
AMINTA: A tu voluntad, esposo,
la mía desde hoy se inclina.
Tuya soy.
JUAN: (¡Qué mal conoces Aparte
al burlador de Sevilla!)
Vanse don JUAN y AMINTA. Salen ISABELA y FABIO, de camino
ISABELA: ¡Que me robase el dueño
la prenda que estimaba, y más quería!
¡Oh, riguroso empeño
de la verdad! ¡Oh, máscara del día!
¡Noche al fin tenebrosa,
antípoda del sol, del sueño esposa!
FABIO: ¿De qué sirve, Isabela,
el amor en el alma y en los ojos,
si Amor todo es cautela
y en campos de desdenes causa enojos,
y el que se ríe agora,
en breve espacio desventuras llora?
El mar está alterado,
y en grave temporal, tiempoo socorre;
el abrigo han tomado
las galeras, duquesa, de la torre
que esta playa corona.
ISABELA: ¿Adónde estamos, [Fabio]?
FABIO: En Tarragona.
[Y] de aquí a poco espacio
daremos en Valencia, ciudad bella,
del mismo sol palacio,
divertiráse algunos días en ella;
y después a Sevilla
irás a ver la octava maravilla.
Que si a Octavio perdiste
más galán es don Juan, y de [notorio]
solar. ¿De qué estás triste?
Conde dicen que es ya don Juan Tenorio,
el rey con él te casa,
y el padre es la privanza de su casa.
ISABELA: No nace mi tristeza
de ser esposa de don Juan, que el mundo
conoce su nobleza;
en la esparcida voz mi agravio fundo,
que esta opinión perdida
he de llorar mientras tuviere vida.
FABIO: Allí una pescadora
tiernamente suspira y se lamenta,
y dulcemente llora.
Acá viene sin duda, y verte intenta.
Mientras llamo tu gente,
lamentaréis las dos más dulcemente.
Vase FABIO, y sale TISBEA
TISBEA: Robusto mar de España,
ondas de fuego, fugitivas ondas,
Troya de mi cabaña,
que ya el fuego por mares y por ondas
en sus abismos fragua
y [ya] el mar forma por las llamas de agua.
¡Maldito el leño sea
que a tu amargo cristal halló [camino],
antojo de Medea,
tu cáñamo primero, o primer lino
aspado de los vientos,
para telas de engaños e instrumentos!
ISABELA: ¿Por qué del mar te quejas
tan tiernamente, hermosa pescadora?
TISBEA: Al mar formo mil quejas.
¡Dichosa vos, que en su tormento agora
de él os estáis riendo!
ISABELA: También quejas del mar estoy haciendo.
¿De dónde sois?
TISBEA: De aquellas
cabañas que miráis del viento heridas,
tan victoriosoa entre ellas,
cuyas pobres paredes desparcidas
van en pedazos graves,
dándole mil graznidos a las aves.
En sus pajas me dieron
corazón de fortísimo diamante,
mas las obras me hicieron
de este monstruo que ves tan arrogante
ablandarme, de suerte
que al sol la cera es más robusta y fuerte.
¿Sois vos la Europa hermosa,
que esos toros os llevan?
ISABELA: [A Sevilla]
llévanme a ser esposa
contra mi voluntad.
TISBEA: Si mi mancilla
a lástima os provoca,
y si injurias del mar os tienen loca,
en vuestra compañía
para serviros como humilde esclava
me llevad, que querría,
si el dolor o la afrenta no me acaba,
pedir al rey justicia
de un engaño crüel, de una malicia.
Del agua derrotado
a esta tierra llegó don Juan Tenorio
difunto y anegado;
amparéle, hospedéle, en tan notorio
peligro, y el vil huésped
víbora fue a mi planta el tierno césped.
Con palabra de esposo,
la que de nuestra costa burla hacía,
se rindió al engañoso.
¡Mal haya la mujer que en hombres fía!
Fuése al fin y dejóme,
mira si es justo que venganza tome.
ISABELA: ¡Calla, mujer maldita!
¡Vete de mi presencia, que me has muerto!
Mas, si el dolor te incita
no tienes culpa tú. Prosigue, [¿es cierto?]
TISBEA: ¡La dicha furia mía!
ISABELA: ¡Mal haya la mujer que en hombres fía!
[Pero sin duda el cielo
a ver estas cabañas me ha traído,
y de ti mi consuelo
en tan grave pasión ha renacido
para venganza mía.
¡Mal haya la mujer que en hombres fía!
TISBEA: ¡Que me llevéis os ruego
con vos, señora, a mí y a un viejo padre,
porque de aqueste fuego
la venganza me dé que más me cuadre,
y al rey pida justicia
de este engaño y traición, de esta malicia!
Anfriso, en cuyos brazos
me pensé ver en tálamo dichoso,
dándole eternos lazos,
conmigo ha de ir, que quiere ser mi esposo.]
ISABELA: Ven en mi compañía.
TISBEA: ¡Mal haya la mujer que en hombres fía!
Vanse ISABELA y TISBEA. Salen don JUAN y CATALINÓN
CATALINÓN: Todo enmaletado está.
JUAN: ¿Cómo?
CATALINÓN: Que Octavio ha sabido
la traición de Italia ya,
y el de la Mota ofendido
de ti justas quejas da,
y dice, al fin que el recado
que de su prima le diste
fue fingido y simulado,
y con su capa emprendiste
la traición que le ha infamado.
Dicen que viene Isabela
a que seas su marido,
y dicen…
JUAN: ¡Calla!
CATALINÓN: ¡Una muela
en la boca me has rompido!
JUAN: Hablador, ¿quién te revela
tanto disparate junto?
[CATALINÓN: ¿Disparate?
JUAN: Disparate.]
CATALINÓN: Verdades son.
JUAN: No pregunto
si lo son, cuando me mate
Octavio. ¿Estoy yo difunto?
¿No tengo manos también?
¿Dónde me tienes posada?
CATALINÓN: En la calle oculta.
JUAN: Bien.
CATALINÓN: La iglesia es tierra sagrada.
JUAN: Di que de día me den
en ella la muerte. ¿Viste
al novio de Dos Hermanas?
CATALINÓN: También le vi, ansiado y triste.
JUAN: Aminta estas dos semanas
no ha de caer en el chiste.
CATALINÓN: Tan bien engañada está
que se llama doña Aminta.
JUAN: Graciosa burla será.
CATALINÓN: Graciosa burla, y sucinta,
mas siempre la llorará.
Descúbrese un sepulcro de don GONZALO de Ulloa
JUAN: ¿Qué sepulcro es éste?
CATALINÓN: Aquí
don Gonzalo está enterrado.
JUAN: Éste es el que muerte di.
Gran sepulcro le han labrado.
CATALINÓN: Ordenólo el rey ansí.
¿Cómo dice este letrero?
JUAN: «Aquí aguarda del Señor
el más leal caballero
la venganza de un traidor».
Del mote reírme quiero.
Y, ¿habéisos vos de vengar,
buen viejo, barbas de piedra?
CATALINÓN: No se las podrá pelar,
que en barbas muy fuertes medra.
JUAN: Aquesta noche a cenar
os aguardo en mi posada;
allí el desafío haremos,
si la venganza os agrada,
y… aunque mal reñir podremos,
si es de piedra vuestra espada.
CATALINÓN: Ya, señor, ha anochecido,
vámonos a recoger.
JUAN: Larga esta venganza ha sido;
si es que vos la habéis de hacer,
importa no estar dormido.
Que si a la muerte aguardáis
la venganza, la esperanza
agora es bien que perdáis,
pues vuestro enojo, y venganza,
tan largo me lo fiáis.
Vanse don JUAN y CATALINÓN. Ponen la mesa dos criados
CRIADO 1: Quiero apercibir la mesa
que vendrá a cenar don Juan.
CRIADO 2: Puestas las mesas están.
¡Qué flema tiene si [enfrena]!
Ya tarda como solía
mi señor, no me contenta;
la bebida se calienta,
y la comida se enfría.
Mas ¿quién a don Juan ordena
este desorden?
Salen don JUAN y CATALINÓN
JUAN: ¿Cerraste?
CATALINÓN: Ya cerré como mandaste.
JUAN: ¡Hola, tráiganme la cena!
CRIADO 1: Ya está aquí.
JUAN: Catalinón,
siéntate.
CATALINÓN: Yo soy amigo
de cenar de espacio.
JUAN: ¡Digo
que te sientes!
CATALINÓN: La razón
haré.
CRIADO : (También es camino Aparte
éste, si cena con él.)
JUAN: Siéntate.
Un golpe dentro
CATALINÓN: Golpe es aquél.
JUAN: Que llamaron imagino.
Mira quién es.
CRIADO : Voy volando.
CATALINÓN: ¿Si es la justicia, señor?
JUAN: Sea, no tengas temor.
Vuelve el CRIADO huyendo
¿Quién es? ¿De qué estás temblando?
CATALINÓN: De algún mal da testimonio.
JUAN: Mal mi cólera resisto.
Habla, responde, ¿qué has visto?
¿Asombróte algún demonio?
Ve tú, y mira aquella puerta,
¡presto, acaba!
CATALINÓN: ¿Yo?
JUAN: Tú, pues.
¡Acaba, menea los pies!
CATALINÓN: A mi abuela hallaron muerta,
como racimo colgada,
y desde entonces se suena
que anda siempre su alma en pena.
¡Tanto golpe no me agrada!
JUAN: Acaba.
CATALINÓN: ¡Señor, si sabes
que soy un Catalinón!
JUAN: Acaba.
CATALINÓN: Fuerte ocasión.
JUAN: ¿No vas?
CATALINÓN: ¿Quién tiene las llaves
de la puerta?
CRIADO 1: Con la aldaba
está cerrada no más.
JUAN: ¿Qué tienes? ¿Por qué no vas?
CATALINÓN: ¡Hoy Catalinón acaba!
Mas, ¿si las forzadas vienen
a vengarse de los dos?
Llega CATALINÓN a la puerta, y viene corriendo, cae y levántase
JUAN: ¿Qué es eso?
CATALINÓN: ¡Válgame Dios,
que me matan, que me tienen!
JUAN: ¿Quién te tiene? ¿Quién te mata?
¿Qué has visto?
CATALINÓN: Señor, yo allí
vide, cuando luego fui…
¿Quién me ase, quién me arrebata?
Llegué, cuando después ciego,
cuando vile, ¡juro a Dios!
habló, y dijo, ¿quién sois vos?
Respondió, respondí. Luego,
Topé y vide…
JUAN: ¿A quién?
CATALINÓN: No sé.
JUAN: ¡Como el vino desatina!
Dame la vela, gallina,
y yo a quien llama veré.
Toma don JUAN la vela, y llega a la puerta, sale al encuentro don GONZALO, en la forma que estaba en el sepulcro, y don JUAN se retira atrás turbado, empuñando la espada, y en la otra la vela, y don GONZALO hacia él con pasos menudos, y al compás don JUAN,retirándose, hasta estar en medios del teatro
JUAN: ¿Quién va?
GONZALO: Yo soy.
JUAN: ¿Quién sois vos?
GONZALO: Soy el caballero honrado
que a cenar has convidado.
JUAN: Cena habrá para los dos,
y si vienen más contigo,
para todos cena habrá.
Ya puesta la mesa está.
Siéntate.
CATALINÓN: ¡Dios sea conmigo,
San Panuncio, san Antón!
Pues ¿los muertos comen? Di.
Por señas dice que sí.
JUAN: Siéntate, Catalinón.
CATALINÓN: No señor, yo lo recibo
por cenado.
JUAN: Es desconcierto.
¿Qué temor tienes a un muerto?
¿Qué hicieras estando vivo?
Necio y villano temor.
CATALINÓN: Cena con tu convidado,
que yo, señor, ya he cenado.
JUAN: ¿He de enojarme?
CATALINÓN: Señor,
¡vive Dios que huelo mal!
JUAN: Llega, que aguardando estoy.
CATALINÓN: Yo pienso que muerto soy
y está muerto mi arrabal.
Tiemblan los CRIADOS
JUAN: Y vosotros, ¿qué decís
y qué hacéis? Necio temblar.
CATALINÓN: Nunca quisiera cenar
con gente de otro país.
¿Yo, señor, con convidado
de piedra?
JUAN: ¡Necio temer!
Si es piedra, ¿qué te ha de hacer?
CATALINÓN: Dejarme descalabrado.
JUAN: Háblale con cortesía.
CATALINÓN: ¿Está bueno? ¿Es buena tierra
la otra vida? ¿Es llano o sierra?
¿Prémiase allá la poesía?
CRIADO 2: A todo dice que sí
con la cabeza.
CATALINÓN: ¿Hay allá
muchas tabernas? Sí habrá,
si no se reside allá.
JUAN: ¡Hola, dadnos de cenar!
CATALINÓN Señor muerto, ¿allá se bebe
con nieve?
Baja la cabeza don GONZALO
¡Así que hay nieve!
¡Buen país!
JUAN: Si oír cantar
queréis, cantarán.
Baja la cabeza don GONZALO
CRIADO 1: Sí, dijo.
JUAN: Cantad.
CATALINÓN: Tiene el señor muerto
buen gusto.
CRIADO 2: Es noble por cierto,
y amigo de regocijo.
Cantan dentro
MÚSICOS: «Si de mi amar aguardáis,
señora, de aquesta suerte,
el galardón en la muerte,
¡qué largo me lo fiáis!»
CATALINÓN: O es sin duda veraniego
el seor muerto, o debe ser
hombre de poco comer.
Temblando al plato me llego.
Bebe
Poco beben por allá,
yo beberé por los dos.
¡Brindis de piedra, por Dios,
menos temor tengo ya!
MÚSICOS: «Si ese plazo me convida
para que gozaros pueda,
pues larga vida me queda,
dejad que pase la vida.
Si de mi amor aguardáis,
señora, de aquesta suerte,
el galardón en la muerte,
¡qué largo me lo fiáis!»
CATALINÓN: ¿Con cuál de tantas mujeres
como has burlado, señor,
hablan?
JUAN: De todas me río,
amigo, en esta ocasión.
En Nápoles a Isabela.
CATALINÓN: Ésa, señor, ya no es, [no],
burlada, porque se casa
contigo, como es razón.
Burlaste a la pescadora
que del mar te redimió,
pagándole el hospedaje
en moneda de rigor.
Burlaste a doña Ana…
JUAN: Calla,
que hay parte aquí que lastó
por ella, y vengarse aguarda.
CATALINÓN: Hombre es de mucho valor,
que él es piedra, tú eres carne,
no es buena resolución.
GONZALO hace señas, que se quite la mesa, y queden solos
JUAN: Hola, quitad esa mesa,
que hace señas que los dos
nos quedemos, y se vayan
los demás.
CATALINÓN: Malo, por Dios,
no te quedes, porque hay muerto
que mata de un mojicón
a un gigante.
JUAN: Salíos todos,
a ser yo Catalinón.
«Vete que viene.»
Vanse, y quedan los dos solos, y hace señas que cierre la puerta
La puerta
ya está cerrada, y ya estoy
aguardando. Di qué quieres,
sombra, fantasma o visión.
Si andas en pena, o si buscas
alguna satisfacción,
para tu remedio, dilo,
que mi palabra te doy
de hacer lo que ordenares.
¿Estás gozando de Dios?
[¿Eres alma condenada
o de la eterna región?]
¿Díte la muerte en pecado?
Habla, que aguardando estoy.
Paso, como cosa del otro mundo
GONZALO: ¿Cumplirásme una palabra
como caballero?
JUAN: Honor
tengo, y las palabras cumplo,
porque caballero soy.
GONZALO: Dame esa mano, no temas.
JUAN: ¿Eso dices? ¿Yo temor?
Si fueras el mismo infierno
la mano te diera yo.
Dale la mano
GONZALO: Bajo esa palabra y mano
mañana a las diez, estoy
para cenar aguardando.
¿Irás?
JUAN: Empresa mayor
entendí que me pedías.
Mañana tu huésped soy.
¿Dónde he de ir?
GONZALO: A la capilla.
JUAN: ¿Iré solo?
GONZALO: ¡No, los dos!
Y cúmpleme la palabra
como la he cumplido yo.
JUAN: Digo que la cumpliré,
que soy Tenorio.
GONZALO: Y yo soy
Ulloa.
JUAN: Yo iré sin falta.
GONZALO: Y yo lo creo. Adiós.
Va a la puerta
JUAN: Aguarda, iréte alumbrando.
GONZALO: No alumbres, que en gracia estoy.
Vase GONZALO muy poco a poco, mirando a don JUAN, y don JUAN a él, hasta que desaparece, y queda don JUAN con pavor
JUAN: ¡Válgame Dios! Todo el cuerpo
se ha bañado de un sudor,
y dentro de las entrañas
se me hiela el corazón.
Cuando me tomó la mano
de suerte me la apretó,
que un infierno parecía.
Jamás vide tal calor!
Un aliento respiraba,
organizando la voz
tan frío, que parecía
infernal respiración.
Pero todas son ideas
que da la imaginación.
el temor ¡y temer muertos
es más villano temor!
Que si un cuerpo noble, vivo,
con potencias y razón,
y con alma, no se teme,
¿quién cuerpos muertos temió?
Mañana iré a la capilla,
donde convidado estoy,
porque se admire y espante
Sevilla de mi valor.
Vase don JUAN. Sale el REY, don DIEGO Tenorio, y acompañamiento
REY: ¿Llegó al fin Isabela?
DIEGO: Y disgustada.
REY: Pues ¿no ha tomado bien el casamiento?
DIEGO: Siente, señor, el nombre de infamada.
REY: De otra causa precede su tormento,
¿dónde está?
DIEGO: En el convento está alojada
de las Descalzas.
REY: Salga del convento
luego al punto, que quiero que en palacio
asista con la reina, más de espacio.
DIEGO: Si ha de ser con don Juan el desposorio,
manda, señor, que tu presencia vea.
REY: Véame, y galán salga, que notorio
quiero que este placer al mundo sea.
Conde será desde hoy, don Juan Tenorio,
de Lebrija, él la mande y la posea;
que, si Isabela a un duque corresponde,
ya que ha perdido un duque, gane un conde.
DIEGO: Todos por la merced, tus pies besamos.
REY: Merecéis mi favor tan dignamente,
que, si aquí los servicios ponderamos,
me quedo atrás con el favor presente.
Paréceme, don Diego, que hoy hagamos
las bodas de doña Ana juntamente.
DIEGO: ¿Con Octavio?
REY: No es bien que el duque Octavio
sea el restaurador de aqueste agravio.
Doña Ana, con la reina, me ha pedido
que perdone al marqués, porque doña Ana,
ya que el padre murió, quiere marido,
porque si le perdió, con él le gana.
Iréis con poca gente, y sin rüido
luego a hablarle, a la fuerza de Trïana,
y, por satisfacción, y por su abono,
de su agraviada prima, le perdono.
DIEGO: Ya he visto lo que tanto deseaba.
REY: Que esta noche han de ser, podéis decirle,
los desposorios.
DIEGO: Todo en bien se acaba;
fácil será el marqués el persuadirle,
que de su prima amartelado estaba.
REY: También podéis a Octavio prevenirle.
Desdichado es el duque con mujeres,
son todas opinión, y pareceres.
Hanme dicho que está muy enojado
con don Juan.
DIEGO: No me espanto, si ha sabido
de don Juan el delito averiguado
que la causa de tanto daño ha sido.
El duque viene.
REY: No dejéis mi lado,
que en el delito sois comprehendido.
Sale el duque OCTAVIO
OCTAVIO: Los pies, invicto rey, me dé tu alteza.
REY: Alzad, duque, y cubrid vuestra cabeza.
¿Qué pedís?
OCTAVIO: Vengo a pediros,
postrado ante vuestras plantas,
una merced, cosa justa,
digna de serme otorgada.
REY: Duque, como justa sea,
digo que os doy mi palabra
de otorgárosla. Pedid.
OCTAVIO: Ya sabes, señor, por cartas
de tu embajador, y el mundo
por la lengua de la fama.
Sabes que don Juan Tenorio,
con española arrogancia,
en Nápoles, una noche,
==¡para mí noche tan mala!==
con mi nombre profanó
el sagrado de una dama.
REY: No pases más adelante,
ya supe vuestra desgracia,
en efecto. ¿Qué pedís?
OCTAVIO: Licencia que en la campaña
defienda cómo es traidor.
DIEGO: Eso no, su sangre clara
es tan honrada.
REY: ¡Don Diego…!
DIEGO: ¿Señor…?
OCTAVIO: ¿Quién eres, que hablas
en la presencia del rey
de esa suerte?
DIEGO: [Soy] quien calla
porque me lo manda el rey,
que si no, con esta espada
te respondiera.
OCTAVIO: Eres viejo.
DIEGO: Yo he sido mozo en Italia,
a vuestro pesar un tiempo.
Ya conocieron mi espada
en Nápoles y en Milán.
OCTAVIO: Tienes ya la sangre helada,
no vale «fui», sino «soy».
Empuña don DIEGO
DIEGO: Pues fui, y soy.
REY: Tened, basta,
bueno está. Callad don Diego,
que a mi persona se guarda
poco respeto, y vos, duque,
después que las bodas se hagan,
más de espacio [me] hablaréis.
Gentilhombre de mi cámara
es don Juan, y hechura mía,
y de aqueste tronco rama.
Mirad por él.
OCTAVIO: Yo lo haré,
gran señor, como lo mandas.
REY: Venid conmigo, don Diego.
DIEGO: ¡Ay hijo, qué mal me pagas
el amor que te he tenido!
Duque…
OCTAVIO: Gran señor…
REY: Mañana
vuestras bodas han de hacer.
OCTAVIO: Háganse, pues tú lo mandas.
Vase el REY y don DIEGO, y salen GASENO y AMINTA
GASENO: Este señor nos dirá
dónde está don Juan Tenorio.
Señor, ¿Si está por acá
un don Juan, a quien notorio
ya su apellido será?
OCTAVIO: Don Juan Tenorio diréis.
AMINTA: Sí, señor, ese don Juan.
OCTAVIO: Aquí está. ¿Qué le queréis?
AMINTA: Es mi esposo ese galán.
OCTAVIO: ¿Cómo?
AMINTA: Pues, ¿no lo sabéis
siendo del Alcázar vos?
OCTAVIO: No me ha dicho don Juan nada.
GASENO: ¿Es posible?
OCTAVIO: Sí, por Dios.
GASENO: Doña Aminta es muy honrada
cuando se casen los dos,
que cristiana vieja es
hasta los huesos, y tiene
de la hacienda el interés
[y a su virtud aun le aviene]
más bien que un conde, un marqués.
Casóse don Juan con ella,
y quitósela a Batricio.
AMINTA: Decid cómo fue doncella
a su poder.
GASENO: No es jüicio
esto, ni aquesta querella.
OCTAVIO: (Ésta es burla de don Juan, Aparte
y para venganza mía
éstos diciéndola están.)
¿Qué pedís al fin?
GASENO: Querría,
porque los días se van,
que se hiciese el casamiento,
o querellarme ante el rey.
OCTAVIO: Digo que es justo ese intento.
GASENO: Y razón, y justa ley.
OCTAVIO: (Medida a mi pensamiento Aparte
ha venido la ocasión.)
En el Alcázar tenemos
bodas.
AMINTA: ¿Si las mías son?
OCTAVIO: Quiero, para que acertemos
valerme de una invención.
Venid donde os vestiréis,
señora, a lo cortesano,
y a un cuarto del rey saldréis
conmigo.
AMINTA: Vos de la mano
a don Juan me llevaréis.
OCTAVIO: (Que de esta suerte es cautela). Aparte
GASENO: El arbitrio me consuela.
OCTAVIO: (Éstos venganza me dan Aparte
de aqueste traidor don Juan
y el agravio de Isabela.)
Vanse todos. Salen don JUAN y CATALINÓN
CATALINÓN: ¿Cómo el rey te recibió?
JUAN: Con más amor que mi padre.
CATALINÓN: ¿Viste a Isabela?
JUAN: También.
CATALINÓN: ¿Cómo viene?
JUAN: Como un ángel.
CATALINÓN: ¿Recibióte bien?
JUAN: El rostro
bañado de leche, y sangre,
como la rosa que al alba
despierta la débil [carne].
CATALINÓN: ¿Al fin esta noche son
las bodas?
JUAN: Sin falta.
CATALINÓN: Fiambres
hubieran sido, no hubieras,
señor, engañado a tales.
Pero tú tomas esposa,
señor, con cargas muy grandes.
JUAN: Di, ¿comienzas a ser necio?
CATALINÓN: Y podrás muy bien casarte
mañana, que hoy es mal día.
JUAN: Pues ¿qué día es hoy?
CATALINÓN: Es martes.
JUAN: Mil embusteros y locos
dan en esos disparates.
Sólo aquél llamo mal día,
acïago y detestable,
en que no tengo dineros,
que los demás es donaire.
CATALINÓN: Vamos, si te has de vestir,
que te aguardan y ya es tarde.
JUAN: Otro negocio tenemos
que hacer, aunque nos aguarden.
CATALINÓN: ¿Cuál es?
JUAN: Cenar con el muerto.
CATALINÓN: Necedad de necedades.
JUAN: ¿No ves que di mi palabra?
CATALINÓN: Y cuando se la quebrantes,
¿qué importa? ¿Ha de pedirte
una figura de jaspe
la palabra?
JUAN: Podrá el muerto
llamarme a voces infame.
CATALINÓN: Ya está cerrada la iglesia.
JUAN: Llama.
CATALINÓN: ¿Qué importa que llame?
¿Quién tiene de abrir, que están
durmiendo los sacristanes?
JUAN: Llama a ese postigo.
CATALINÓN: Abierto
está.
JUAN: Pues entra.
CATALINÓN: ¡Entre un fraile
con hisopo y con estola!
JUAN: Sígueme y calla.
CATALINÓN: ¿Que calle?
JUAN: Sí.
CATALINÓN: [Ya callo.] ¡Dios en paz
de estos convites me saque!
Entran por una puerta y salen por otra
¡Qué oscura que está la iglesia,
señor, para ser tan grande!
¡Ay de mí! ¡Tenme, señor,
porque de la capa me asen!
Sale don GONZALO como de antes y encuéntrase con ellos
JUAN: ¿Quién va?
GONZALO: Yo soy.
CATALINÓN: Muerto estoy.
GONZALO: El muerto soy, no te espantes,
no entendí que me cumplieras
la palabra, según haces
de todos burla.
JUAN: ¿Me tienes
en opinión de cobarde?
GONZALO: Sí, que aquella noche huíste
de mí, cuando me mataste.
JUAN: Huí de ser conocido,
mas ya me tienes delante,
di presto lo que me quieres.
GONZALO: Quiero a cenar convidarte.
CATALINÓN: Aquí excusamos la cena,
que toda ha de ser fiambre
pues no parece cocina
[si al convidado le mate].
JUAN: Cenemos.
GONZALO: Para cenar
es menester que levantes
esa tumba.
JUAN: Y si te importa
levantaré esos pilares.
GONZALO: Valiente estás.
JUAN: Tengo brío,
y corazón en las carnes.
CATALINÓN: Mesa de Guinea es ésta,
pues, ¿no hay por allá quien lave?
GONZALO: Siéntate.
JUAN: ¿Adónde?
CATALINÓN: Con sillas
vienen ya dos negros pajes.
Salen dos enlutados con sillas
¿También acá se usan lutos
y bayeticas de Flandes?
GONZALO: Siéntate [tú].
CATALINÓN: Yo, señor,
he merendado esta tarde.
[Cena con tu convidado.
GONZALO: Ea, pues, ¿he de enojarme?]
No repliques.
CATALINÓN: No replico.
Dios en paz de esto me saque.
¿Qué plato es éste, señor?
GONZALO: Este plato es de alacranes
y víboras.
CATALINÓN: ¡Gentil plato
[para el que trae buena hambre!
¿Es bueno el vino, señor?
GONZALO: Pruébale.
CATALINÓN: ¡Hiel y vinagre
es este vino!
GONZALO: Este vino
exprimen nuestros lagares
¿No comes tú?
JUAN: Comeré
si me dieses áspid a áspid
cuanto el infierno tiene.
GONZALO: También quiero que te canten.]
Canten
MÚSICOS: «Adviertan los que de Dios
juzgan los castigos grandes
que no hay plazo que no llegue
ni deuda que no se pague».
CATALINÓN: Malo es esto, vive Cristo,
que he entendido este romance,
y que con nosotros habla.
JUAN: Un hielo el pecho me abrase.
Canten
MÚSICOS: «Mientras en el mundo viva,
no es justo que diga nadie
¡qué largo me lo fiáis!,
siendo tan breve el cobrarse».
CATALINÓN: ¿De qué es este guisadillo?
GONZALO: De uñas.
CATALINÓN: De uñas de sastre
será, si es guisado de uñas.
JUAN: Ya he cenado, haz que levanten
la mesa.
GONZALO: Dame esa mano.
No temas, la mano dame.
JUAN: ¿Eso dices? ¿Yo temor?
¡Que me abraso! No me abrases
con tu fuego.
GONZALO: Éste es poco
para el fuego que buscaste.
Las maravillas de Dios
son, don Juan, investigables,
y así quiere que tus culpas
a manos de un muerto pagues,
y, si pagas de esta suerte
las doncellas que burlaste,
ésta es justicia de Dios.
Quien tal hace, que tal pague.
JUAN: ¡Que me abraso, no me aprietes!
Con la daga he de matarte,
mas, ¡ay, que me canso en vano
de tirar golpes al aire!
A tu hija no ofendí,
que vio mis engaños antes.
GONZALO: No importa, que ya pusiste
tu intento.
JUAN: Deja que llame
quien me confiese y absuelva.
GONZALO: No hay lugar, ya acuerdas tarde.
JUAN: ¡Que me quemo! ¡Que me abraso!
Muerto soy.
Cae muerto don JUAN
CATALINÓN: No hay quien se escape,
que aquí tengo de morir
también por acompañarte.
GONZALO: Ésta es justicia de Dios.
Quien tal hace, que tal pague.
Húndese el sepulcro con don JUAN, y don GONZALO, con mucho ruido, y sale CATALINÓN arrastrando
CATALINÓN: ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto?
Toda la capilla se arde,
y con el muerto he quedado,
para que le vele y guarde.
Arrastrando como pueda,
iré a avisar a su padre.
¡San Jorge, san Agnus Dei,
sacadme en paz a la calle!
Vase CATALINÓN. Salen el REY, don DIEGO y acompañamiento
DIEGO: Ya el marqués, señor, espera
besar vuestros pies reales.
REY: Entre luego y avisad
al conde, porque no aguarde.
Salen BATRICIO y GASENO
BATRICIO: ¿Dónde, señor, se permiten
desenvolturas tan grandes,
que tus crïados afrenten
a los hombres miserables?
REY: ¿Qué dices?
BATRICIO: Don Juan Tenorio,
alevoso y detestable,
la noche del casamiento,
antes que le consumase,
a mi mujer me quitó,
testigos tengo delante.
Salen TISBEA e ISABELA y acompañamiento
TISBEA: Si vuestra alteza, señor,
de don Juan Tenorio no hace
justicia, a Dios y a los hombres,
mientras viva he de quejarme.
Derrotado le echó el mar,
díle vida y hospedaje,
y pagóme esta amistad
con mentirme y engañarme
con nombre de mi marido.
REY: ¿Qué dices?
ISABELA: Dice verdades.
Salen AMINTA y el duque OCTAVIO
AMINTA: ¿Adónde mi esposo está?
REY: ¿Quién es?
AMINTA: Pues, ¿aún no lo sabe?
El señor don Juan Tenorio,
con quien vengo a desposarme,
porque me debe el honor,
y es noble, y no ha de negarme.
Manda que nos desposemos.
REY: [Prendedle luego y matadle.]
Sale el marqués de la MOTA
MOTA: Pues es tiempo, gran señor,
que a luz verdades se saquen,
sabrás que don Juan Tenorio
la culpa que me imputaste
tuvo él, pues como amigo
pudo él, crüel, engañarme
de que tengo dos testigos.
REY: ¿Hay desvergüenza tan grande?
DIEGO: En premio de mis servicios
haz que le prendan, y pague
sus culpas, porque del cielo
rayos contra mí no bajen,
siendo mi hijo tan malo.
REY: ¿Esto mis privados hacen?
Sale CATALINÓN
CATALINÓN: Señor, escuchad, oíd
el suceso más notable
que en el mundo ha sucedido,
y en oyéndome matadme.
Don Juan, del comendador
haciendo burla una tarde,
después de haberle quitado
las dos prendas que más valen,
tirando al bulto de piedra
la barba por ultrajarle,
a cenar le convidó.
¡Nunca fuera a convidarle!
Fue el bulto, y le convidó
y agora, porque no os canse,
acabando de cenar
entre mil presagios graves
de la mano le tomó
y le aprieta hasta quitarle
la vida, diciendo «Dios
me manda que así te mate,
castigando tus delitos.
¡Quién tal hace, que tal pague!»
REY: ¿Qué dices?
CATALINÓN: Lo que es verdad,
diciendo antes que acabase,
que a doña Ana no debía
honor, que lo oyeron antes
del engaño.
MOTA: Por las nuevas
mil albricias quiero darte.
REY: ¡Justo castigo del cielo!
Y agora es bien que se casen
todos, pues la causa es muerta,
vida de tantos desastres.
OCTAVIO: Pues ha enviudado Isabela,
quiero con ella casarme.
MOTA: Yo con mi prima.
BATRICIO: Y nosotros
con las nuestras, porque acabe
«El convidado de piedra».
REY: Y el sepulcro se traslade
en San Francisco en Madrid
para memoria más grande.
FIN DEL ACTO TERCERO
FIN DE LA COMEDIA
El Vergonzoso en palacio
Personas que hablan en ella:
El DUQUE de Avero
Don Duarte, CONDE de Estremoz
Dos CAZADORES
FIGUEREDO, criado
TARSO, pastor
MELISA, pastora
DORISTO, alcalde
MIRENO, pastor
LARISO, pastor
DENIO, pastor
RUY Lorenzo, secretario
VASCO, lacayo
Doña JUANA
Doña MAGDALENA
Don ANTONIO
Doña SERAFINA
Un PINTOR
LAURO, viejo pastor
BATO, pastor
Un TAMBOR
ACTO PRIMERO
Salen el DUQUE de Avero, viejo, y el CONDE de Estremoz, de caza
DUQUE: De industria a esta espesura retirado
vengo de mis monteros, que siguiendo
un jabalí ligero, nos han dado
el lugar que pedís; aunque no entiendo
con qué intención, confuso y alterado.
Cuando en mis bosques festejar pretendo
vuestra venida, conde don Duarte,
¿dejáis la caza por hablarme aparte?
CONDE: Basta el disimular, sacá el acero
que, ya olvidado, os comparaba a Numa;
que el que desnudo veis, duque de Avero,
os dará la respuesta en breve suma.
De lengua al agraviado caballero
ha de servir la espada, no la pluma
que muda dice a voces vuestra mengua.
Echan mano
DUQUE: Lengua es la espada, pues parece lengua;
y pues con ella estáis, y así os provoca
a dar quejas de mí, puesto que en vano,
refrenando las lenguas de la boca,
hablen solas las lenguas de la mano
si la ocasión que os doy, que será poca
para ese enojo poco cortesano,
a que primero la digáis no os mueve;
pues mi valor ningún agravio os debe.
CONDE: ¡Bueno es que así disimuléis los daños
que contra vos el cielo manifiesta!
DUQUE: ¿Qué daños, conde?
CONDE: Si en los largos años
de vuestra edad prolija, agora apresta,
duque de Avero, excusas, no hay engaños
que puedan convencerme. La respuesta
que me pedís, ese papel la afirma
con vuestro sello, vuestra letra y firma.
Arrójale
Tomalde, pues es vuestro; que el crïado
que sobornastes para darme muerte
es, en lealtad, de bronce, y no ha bastado
vuestro interés contra su muro fuerte.
Por escrito mandastes que en mi estado
me quitase la vida y, de esta suerte,
no os espantéis que diga y lo presuma
que en vez de espada, ejercitáis la pluma.
DUQUE: ¿Yo mandaros matar?
CONDE: Aqueste sello,
¿no es vuestro?
DUQUE: Sí.
CONDE: ¿Podéis negar tan poco
aquesa firma? Ved si me querello
con justa causa.
DUQUE: ¿Estoy despierto o loco?
CONDE: Leed ese papel; que con leello
veréis cuán justamente me provoco
a tomar la venganza por mis manos.
DUQUE: ¿Qué enredo es éste, cielos soberanos?
Lee el DUQUE la carta
«Para satisfacción de algunos agravios, que con
la muerte del conde Estremoz se pueden remediar,
no hallo otro medio mejor que la confianza que en
vos tengo puesta; y para que salga verdadera, me
importa, pues sois su camarero, seáis también el
ejecutor de mi venganza; cumplilda, y veníos a mi
estado; que en él estaréis seguro, y con el premio
que merece el peligro a que os ponéis por mi
causa. Sírvaos esta carta de creencia, y dádsela
a quien os la lleva, advirtiendo lo que importa la
brevedad y el secreto. De mi villa de Avero, a
de marzo de años. El Duque.»
CONDE: No sé qué injuria os haya jamás hecho
la casa de Estremoz, de quien soy conde,
para degenerar del noble pecho
que a vuestra antigua sangre corresponde.
DUQUE: Si no es que algún traidor ha contrahecho
mi firma y sello, falso, en quien se esconde
algún secreto enojo, con que intenta
con vuestra muerte mi perpetua afrenta,
¡vive el cielo que sabe mi inocencia
y conoce el autor de este delito,
que jamás en ausencia o en presencia,
por obra, por palabra, o por escrito,
procuré vuestro daño! A la experiencia,
si queréis aguardarla, me remito;
que, con su ayuda, en esta misma tarde
tengo de descubrir su autor cobarde.
Confieso, la razón que habéis tenido;
y hasta dejaros, conde, satisfecho,
que suspendáis el justo enojo os pido,
y soseguéis el alterado pecho.
CONDE: Yo soy contento, duque; persuadido
me dejáis algún tanto.
DUQUE: (Yo sospecho Aparte
quién ha sido el autor de aqueste insulto
que con mi firma y sella viene oculto;
pero antes de que dé fin hoy a la caza,
descubriré quién fueron los traidores.)
Salen don CAZADORES
CAZADOR 1: ¡Famoso jabalí!
CAZADOR 2: Dímosle caza
y, a pesar de los perros corredores,
hicieron sus colmillos ancha plaza,
y escapóse.
DUQUE: Estos son mis cazadores.
¡Amigos!
CAZADOR 1: ¡Oh, señor!
DUQUE: No habréis dejado
a vida jabalí, corzo y venado.
¿Hay mucha presa?
CAZADOR 2: Habrá la suficiente
para que tus acémilas no tornen
vacías.
DUQUE: ¿Qué se ha muerto?
CAZADOR 2: Más de veinte
coronados venados, porque adornen
las puertas de palacio con su frente
y, porque en ellos, cuando a Avero tornen,
originales, vean sus traslados,
quien [en] figuras de hombres son venados;
tres jabalíes y un oso temerario,
sin la caza menor, porque ésta espanta.
DUQUE: Mátase en este bosque de ordinario
gran suma de ella.
CAZADOR 1: No hay mata ni planta
que no la críe.
Sale FIGUEREDO
FIGUEREDO: ¡Oh, falso secretario!
DUQUE: ¿Qué es esto? ¿Dónde vas con priesa tanta?
FIGUEREDO: ¡Gracias a Dios, señor, que hallarte puedo!
DUQUE: ¿Qué alboroto es aqueste, Figueredo?
FIGUEREDO: Una traición habemos descubierto
que, por tu secretario aleve urdida,
al conde de Estremoz hubiera muerto
si llegara la noche.
CONDE: ¿A mí?
FIGUEREDO: La vida
me debéis, conde.
CONDE: (Ya la causa advierto Aparte
de su enojo y venganza mal cumplida.
Engañé la hermosura de Leonela,
su hermana, y, alcanzada, despreciéla.)
DUQUE: ¡Gracias al cielo, que por la justicia
del inocente vuelve! ¿Y de qué suerte
se supo la traición de su malicia?
FIGUEREDO: Llamó en secreto un mozo pobre y fuerte
y, como puede tanto la codicia,
prometióle, si al conde daba muerte,
enriquecerle; y para asegurarle
dijo que tú, señor, hacías matarle.
Pudo el vil interés manchar su fama.
Aquesta noche prometió, en efeto,
cumplillo; mas amaba, que es quien ama
pródigo de su hacienda y su secreto.
Dicen que suele ser potro la cama
donde hace confesar al más discreto
una mujer que da a la lengua y boca
tormento, no de cuerda, mas de toca.
Declaróla el concierto que había hecho,
y encargóla el secreto; mas como era
el huésped grande, el aposento estrecho,
tuvo dolores hasta echalle fuera.
Concibió por la oreja; parió el pecho
por la boca, y fue el parto de manera
que, cuando el sol doraba el mediodía,
ya toda Avero la traición sabía.
Prendió al parlero mozo la justicia,
y Ruy Lorenzo huyó con un crïado,
cómplice en las traiciones y malicia
que el delincuente preso ha confesado.
De esto te vengo a dar, señor, noticia.
DUQUE: ¿Veis, conde, cómo el cielo ha averiguado
todo el caso y mi honra satisfizo?
Ruy Lorenzo mi firma contrahizo.
Averiguar primero las verdades,
conde, que despeñarse, fue prudencia
de sabias y discretas calidades.
CONDE: No sé qué le responda a vueselencia.
Sólo que, de un ministro, en falsedades
diestro, pudo causar a mi impaciencia
el engaño que agora siento en suma;
mas, ¿qué no engañará una falsa pluma?
DUQUE: Yo miraré desde hoy a quien recibo
por secretario.
CONDE: Si el fïar secretos
importa tanto, ya yo me apercibo
a elegir más leales que discretos.
DUQUE: Milagro, conde, fue dejaros vivo.
CONDE: La traición ocasiona estos efetos.
[Huyó] la deslealtad y la luz pura
de la verdad, señor, quedó segura.
¡Válgame el cielo! ¡Qué dichoso he sido!
DUQUE: Para un traidor que en esto se desvela,
todo es poco.
CONDE: Perdón humilde os pido.
DUQUE: A cualquiera engañara su cautela.
Disculpado estáis, conde.
CONDE: (Aquesto ha urdido Aparte
la mujeril venganza de Leonela;
pero importa que el duque esté ignorante
de la ocasión que tuvo, aunque bastante.)
DUQUE: Pésame que el autor de aqueste exceso
huyese. Pero vamos; que buscalle
haré de suerte que, al que muerto o preso
le trujere, prometo de entregalle
la hacienda que dejó.
CAZADOR 2: Si ofreces eso
no hará quien no le siga.
DUQUE: Verá dalle
todo este reino un ejemplar castigo.
CONDE: La vida os debo. Pagaréla, amigo.
Vanse. Salen TARSO y MELISA, pastores
MELISA: ¿Así me dejas, traidor?
TARSO: Melisa, domá otros potros;
que ya no me hace quillotros
en el alma vueso amor.
Con la ausencia de medio año
que ya que ni os busco ni os veo
curó el tiempo mi deseo,
la enfermedad de un engaño.
Dándole a mis celos dieta,
estoy bueno, poco a poco;
ya, Melisa, no so loco
porque ya no so poeta.
¡Las copras que a cada paso
os hice! ¡Huego de Dios
en ellas, en mí y en vos!
¡Si de subir al Parnaso
por sus musas de alquiler
me he quedado despeado!
¡Qué de nombre que os he dado:
luna, estrella, locifer…!
¿Qué tenéis bueno, Melisa,
que no alabase mi canto?
Copras os compuse al llanto,
copras os hice a la risa,
copras al dulce mirar,
al suspirar, al toser,
al callar, al responder,
al asentarse, al andar,
al branco color, al prieto,
a vuesos desdenes locos,
al escopir y a los mocos
pienso que os hice un soneto.
Ya me salí del garlito
do me cogistes, par Dios;
que no se me da por vos,
ni por vueso amor, un pito.
MELISA: ¡Ay Tarso, Tarso, en efeto
hombre, que es decir olvido!
¿Que una ausencia haya podido
hacer perderme el respeto
a mí, Tarso?
TARSO: ¡A vos y a Judas!
Sois mudable. ¿Qué queréis,
si en señal de eso os ponéis
en la cara tantas mudas?
MELISA: Así, mis prendas me torna,
mis cintas y mis cabellos.
TARSO: ¿Luego pensáis que con ellos
mi pecho o zurrón se adorna?
¡Qué boba! Que a estar yo ciego
trujera conmigo el daño.
Ya, Melisa, habrá medio año
que con todo di en el huego.
Cabellos que fueron lazos
de mi esperanza crüeles,
listones, rosas, papeles,
baratijas y embarazos,
todo el huego lo deshizo
porque hechizó mi sosiego;
pues suele echarse en el huego
porque no empezca, el hechizo.
Hasta el zurrón di a la brasa
do guardé mis desatinos;
que por quemar los vecinos
se pega huego a la casa.
Llora [MELISA]
MELISA: ¿Esto he de sufrir? ¡Ay, cielo!
TARSO: Aunque lloréis un diluvio;
tenéis el cabello rubio.
No hay que fïar de ese pelo.
Ya os conozco, que sois fina.
¡Pues no me habéis de engañar,
par Dios, aunque os vea llorar
los tuétanos y la orina!
MELISA: ¡Traidor!
TARSO: ¡Verá la embinción!
Enjugad los arcaduces;
que hacéis el llanto a dos luces
como candil de mesón.
MELISA: Yo me vengaré, crüel.
TARSO: ¿Cómo?
MELISA: Casándome, ingrato.
TARSO: Eso es tomar el zapato
y daros luego con él.
MELISA: Vete de aquí.
TARSO: Que me place.
MELISA: ¿Que de vas de esa manera?
TARSO: ¿No lo veis? Andando.
MELISA: Espera.
¿Mas que sé de dónde nace
tu desamor?
TARSO: ¿Mas que no?
MELISA: Celillos son de Mireno.
TARSO: ¿Yo celillos? ¡Oh, qué bueno!
Ya ese tiempo se acabó.
Mireno, el hijo de Lauro,
a quien sirvo, y cuyo pan
como, es discreto y galán,
y como tal le restauro
vuestro amor; mas yo le miro
tan libre, que en la ribera
no hallaréis quien se prefiera
a hacelle dar un sospiro.
Trújole su padre aquí
pequeño, y bien sabéis vos
que murmuran más de dos,
aunque vive y anda así,
que debajo del sayal
que le sirve de corteza
se encubre alguna nobleza
con que se honra Portugal.
No hay pastor en todo el Miño
que no le quiera y respete,
ni libertad que no inquiete
como a vos; mas ved qué aliño,
si la muerte hacelle quiso
tan desdeñoso y crüel,
que hay dos mil Ecos por él
de quien es sordo Narciso.
Como os veis de él despreciada,
agora os venís acá;
mas no entraréis porque está
el alma a puerta cerrada.
MELISA: En fin, ¿no me quieres?
TARSO: No.
MELISA: Pues, para ésta, de un ingrato,
que yo castigue tu trato.
TARSO: ¿Castigarme a mí vos?
MELISA: ¡Yo!
Presto verás, fementido,
si te doy más de un cuidado;
que nunca el hombre rogado
ama como aborrecido.
TARSO: ¡Bueno!
MELISA: Verás lo que pasa.
Celos te dará un pastor;
que, cuando se pierde amor,
ellos le vuelven a casa.
Vase [MELISA]
TARSO: ¿Sí? Andad. Échome a temer
alguna burla, aunque hablo;
que no tendrá miedo al diablo
quien no teme a una mujer.
Sale MIRENO, pastor
MIRENO: ¿Es Tarso?
TARSO: ¡Oh, Mireno! Soy
tu amigo fiel, si este nombre
merece tener un hombre
que te sirve.
MIRENO: Todo hoy
te ando a buscar.
TARSO: Melisa
me ha detenido aquí una hora;
y cuanto más por mí llora,
más me muero yo de risa.
Pero, ¿qué hay de nuevo?
MIRENO: Amigo,
la mucha satisfacción
que tengo de tu afición
me obliga a tratar contigo
lo que, a no quererte tanto,
ejecutará sin ti.
TARSO: De ver que me hables así
por ser tan nuevo, me espanto.
Contigo, desde pequeño,
me crïó Lauro, y aunque,
según mi edad, ya podré
gobernar casa y ser dueño,
quiero más, por el amor
que ha tanto que te he cobrado,
ser en tu casa crïado
que en la mía ser señor.
MIRENO: En fe de haber descubierto
mi experiencia que es así
y hallar, Tarso, ingenio en ti,
puesto que humilde, despierto,
pretendo en tu compañía
probar si, hasta donde alcanza
la barra de mi esperanza,
llega la ventura mía.
Mucho ha que me tiene triste
mi altiva imaginación
cuya soberbia ambición
no sé en qué estriba o consiste.
Considero algunos ratos
que los cielos, que pudieron
hacerme noble y me hicieron
un pastor, fueron ingratos;
y que, pues con tal bajeza
me acobardo y avergüenzo,
puedo poco, pues no venzo
mi misma naturaleza.
Tanto el pensamiento cava
en esto, que ha habido vez
que, afrentando la vejez
de Lauro, mi padre, estaba
por dudar si doy su hijo
o si me hurtó a algún señor;
aunque de su mucho amor
mi necio engaño colijo.
Mil veces, estando a solas,
le he preguntado si acaso
el mundo, que a cada paso
honras anega en sus olas,
le sublimó a su alto asiento
y derribó del lugar
que intenta otra vez cobrar
me atrevido pensamiento;
porque el ser advenedizo
aquí anima mi opinión,
y su mucha discreción
dice claro que es postizo
su grosero oficio y traje,
por más que en él se reporte,
pues más es para la corte
que los montes su lenguaje.
Siempre, Tarso, ha malogrado
estas imaginaciones,
y con largas digresiones
mil sucesos me ha contado,
que todos paran en ser,
contra mis intentos vanos,
progenitores villanos
los que me dieron el ser.
Esto, que había de humillarme,
con tal violencia me altera
que de esta vida grosera
me ha forzado a desterrarme;
y que a buscar me desmande
lo que mi estrella destina,
que a cosas grandes me inclina
y algún bien me aguarda grande;
que, si tan pobre nací
como el hado me crïó,
cuanto más me hiciere yo,
más vendré a deberme a mí.
Si quieres participar
de mis males o mis bienes,
buena ocasión, Tarso, tienes;
déjame de aconsejar
y determínate luego.
TARSO: Para mí bástame el verte,
Mireno, de aquesa suerte.
Ni te aconsejo ni ruego.
Discreto eres. Estodiado
has con el cura. Yo quiero
seguirte aunque considero
de Lauro el nuevo cuidado.
MIRENO: Tarso, si dichoso soy,
yo espero en Dios de trocar
en contento su pesar.
TARSO: ¿Cuándo has de irte?
MIRENO: Luego.
TARSO: ¿Hoy?
MIRENO: Al punto.
TARSO: ¿Y con qué dinero?
MIRENO: De dos bueyes que vendí
lo que basta llevo aquí.
Vamos derecho a Avero,
y compraréte una espada
y un sombrero.
TARSO: ¡Plegue a Dios
que no volvamos los dos
como perro con pedrada!
Vanse. Salen RUY Lorenzo y VASCO, lacayo
VASCO: Señor, vuélvete al bosque, pues conoces
que apenas estaremos aquí una hora
cuando las postas nos darán alcance;
y los villanos de estas caserías
que nos buscan cual galgos a las liebres,
si nos cogen, harán la remembranza
de Cristo y su prisión hoy con nosotros;
y quedaremos, por nuestros pecados,
en vez de remembrados, desmembrados.
RUY: Ya, Vasco, es imposible que la vida
podamos conservar; pues cuando el cielo
nos librase de tantos que nos buscan,
el hambre vil, que con infames armas
debilita las fuerzas más robustas
nos tiene de entregar al duque fiero.
VASCO: Para le hambre y sus armas no hay acero.
RUY: Por vengar la deshonra de mi hermana
que el conde de Estremoz tiene usurpada,
su firma en una carta contrahice;
y, saliéndome inútil esta traza,
busqué quien con su muerte me vengase;
mas nada se le cumple al desdichado,
y, pues lo soy, acabe con la vida;
que no es bien muera de hambre habiendo espada.
VASCO: ¿Es posible que un hombre que se tiene
por hombre, como tú, hecho y derecho,
quisiese averiguar por tales medios
si fue forzada o no tu hermana? Dime,
¿piensas de veras que en el mundo ha habido
mujer forzada?
RUY: ¿Agora dudas de eso?
¿No están llenos los libros, las historias
y las pinturas de violentos raptos
y forzosos estupros que no cuento?
VASCO: Riyérame a no ver que aquesta noche
los dos habemos de cenar con Cristo,
aunque hacer colación me contentara
en el mundo, y a oscuras me acostara.
Ven acá. Si Leonela no quisiera
dejar coger las uvas de su viña,
¿no se pudiera hacer toda un ovillo,
como hace el erizo, y a puñadas,
aruños, coces, gritos, y a bocados,
dejar burlado a quien su honor maltrata,
en pie su fama y el melón sin cata?
Defiéndese una yegua en medio un campo
de toda una caterva de rocines,
sin poderse quejar, «¡Aquí del cielo,
que me quitan mi honra!» como puedo
una mujer honrada en aquel trance.
Escápase una gata como el puño
de un gato zurdo y otro carriromo
por los caramanchones y tejados
con sólo decir «miao» y echar un fufo.
¿Y quieren estas daifas persuadirnos
que no pueden guardar sus pertinencias
de peligros nocturnos? Yo aseguro,
si como echa a galeras la justicia
los forzados, echara las forzadas,
que hubiera menos, y ésas más honradas.
Salen MIRENO y TARSO
TARSO: Jurómela Melisa. ¡Lindo cuento
será el ver que la he dado cantonada!
MIRENO: Mal pagaste su amor.
TARSO: Dala a Pilatos,
que es más mudable que hato de gitanos;
más arrequives tienen sus amores
que todo un canto de órgano; no quiero
sino seguirte a ti por mar y tierra
y trocar los amores por la guerra.
RUY: Gente suena.
VASCO: Es verdad; y aun en mis calzas
se han sonado de miedo las narices
del rostro circular, romadizadas.
RUY: Perdidos somos.
VASCO: ¡Santos estrellados!
Doleos de quien de miedo está en tortilla;
y, si hay algún devoto de lacayos,
sáqueme de este aprieto y yo le juro
de colgalle mis calzas a la puerta
de su templo, en lavándolas diez veces
y limpiando la cera de sus barrios;
que, aunque las enceró mi pena fiera,
no es buena para ofrendas esta cera.
RUY: Sosiégate; solos dos villanos,
sin armas defensivas ni ofensivas.
poco mal han de hacernos.
VASCO: ¡Plegue al cielo!
RUY: Cuanto y más que el venir tan descuidados
nos asegura de lo que tememos.
VASCO: ¡Ciégalos, San Antonio!
RUY: Calla. Lleguemos.
¿Adónde bueno, amigos?
MIRENO: ¿Oh, señores!
A la villa, a comprar algunas cosas
que el hombre ha menester. ¿está allá el duque?
RUY: Allá quedaba.
MIRENO: Déle vida el cielo.
Y vosotros, ¿dó bueno? Que esta senda
se aparta del camino real y guía
a unas caserías que se muestran
al pie de aquella sierra.
RUY: Tus palabras
declaran tu bondad, pastor amigo.
Por vengar la deshonra de una hermana
intenté dar la muerte a un poderoso;
y, sabiendo mi honrado atrevimiento,
el duque manda que me siga y prenda
su gente por aquestos despoblados;
y ya, desesperado de librarme,
salgo al camino. Quíteme la vida,
de tantos, por honrada, perseguida.
MIRENO: Lástima me habéis hecho y, ¡vive el cielo!,
que, si como la suerte avara me hizo
un pastor pobre, más valor me diera,
por mi cuenta tomara vuestro agravio.
Lo que se puede hacer, de mi consejo,
es que los dos troquéis esos vestidos
por aquestos groseros; y encubiertos
os libraréis mejor hasta que el cielo
a daros su favor, señor, comience;
porque la industria los trabajos vence.
RUY: ¡Oh, noble pecho, que entre paños bastos
descubre el valor mayor que he visto!
Páguete el cielo, pues que yo no puedo,
ese favor.
MIRENO: La diligencia importa.
Entremos en lo espeso y trocaremos
el traje.
RUY: Vamos. ¡Venturoso he sido!
Vanse los dos
TARSO: ¿Y habéis también de darme por mi sayo
esas abigarradas, con más cosas
que un menudo de vaca?
VASCO: Aunque me pese.
TARSO: Pues dos liciones me daréis primero
porque con ellas pueda hallar el tino,
entradas y salidas de esa Troya;
que, pardiez, que aunque el cura sabe tanto,
que canta un «parce mihi» por do quiere,
no me supo vestir el día del Corpus,
para her el rey David.
VASCO: Vamos; que presto
os la[s] sabréis poner.
TARSO: Como hay maestros
que enseñan a leer a los muchachos,
¿no pudieran poner en cada villa
maestros con salarios y con pagas
que mos dieran lición de calzar bragas?
Salen DORISTO, alcalde, LARISO y DENIO, pastores
DORISTO: Ya los vestidos y señas
del amo y crïado sé.
Callad, que yo os lo pondré,
Lariso, cual digan dueñas.
LARISO: ¿Que quiso matar al conde?
¿Verá el bellaco!
DORISTO: Par Dios,
que si los cojo a los dos
y el diabro no los esconde,
que he de llevarlos a Avero
con cepo y grillos.
DENIO: ¡Verá!
¿Qué bestia los llevará
en el cepo?
DORISTO: Regidero,
no os metáis en eso vos;
que no empuño yo de balde
el palillo. ¿No so alcalde?
Pues yo os juro, a non de Dios,
que ha de her lo que publico
y que los ha de llevar
con el cepo hasta el lugar
de Avero vueso borrico.
LARISO: Busquémoslos; que después
quillotraremos el modo
con que han de ir.
DORISTO: El monte todo
está cercado. Por pies
no se irán.
DENIO: Amo y lacayo
han de estar aquí escondidos.
LARISO: Las señas de los vestidos,
sombreros, capas y sayo
del mozo en la cholla llevo.
DORISTO: Si los prendemos, por paga
diré al duque no mos haga
par del olmo, un rollo nuevo.
LARISO: Hombre sois de gran meollo
si rollo en el puebro hacéis.
DORISTO: Él será tal que os honréis
que os digan, «Váyase al rollo.»
Vanse. Salen RUY Lorenzo, de pastor, y MIRENO, de galán
RUY: De tal manera te asienta
el cortesano vestido
que me hubiera persuadido
a que eras hombre de cuenta,
no haber visto primero
que ocultaba la belleza
de los miembros la bajeza
de aqueste traje grosero.
Cuando se viste el villano
las galas del traje noble,
parece imagen de roble
que no mueve pie ni mano;
ni hay quien persuadirse pueda
sin que es, como sospech[a],
pared que, de adobes hecha,
la cubre un tapiz de seda.
Pero cuando en ti contemplo
el desengaño con que andas
y el donaire con que mandas
ese vestido, otro ejemplo
hallo en ti más natural,
que vuelve por tu decoro,
llamándote imagen de oro
con la funda de sayal.
Alguna nobleza infiero
que hay en ti; pues te prometo
que te he cobrado el respeto
que al mismo duque de Avero.
¡Hágate el cielo como él!
MIRENO: Y a ti, con sosiego y paz
te vuelva sin el disfraz
a tu estado; y fuera de él,
con paciencia vencerás
de la Fortuna el ultraje.
Si te ve un aquese traje
mi padre, en él hallarás
nuevo amparo; en él te fía,
y dile que me destierra
mi inclinación a la guerra;
que espero en Dios que algún día
buena vejez le he de dar.
RUY: Adiós, gallardo mancebo.
La espada sola me llevo
para poder evitar,
si me conocen, mi ofensa.
MIRENO: Haces bien; anda con Dios,
que hasta la villa los dos
aunque vamos sin defensa,
no tenemos qué temer;
y allá espadas compraremos.
Sale VASCO, de pastor
VASCO: Vámonos de aquí. ¿Qué hacemos?
Que ya me quisiera ver
cien leguas de este lugar.
MIRENO: ¿Y Tarso?
VASCO: Allí desenreda
las calzas, que agora queda
comenzándose a atacar,
muy enojado conmigo
porque me llevo la espada,
sin la cual no valgo nada.
MIRENO: La tardanza os daña.
RUY: Amigo,
adiós.
VASCO: No está malo el sayo.
RUY: Jamás borrará el olvido
este favor.
VASCO: Embutido
va en un pastor un lacayo.
Vase [RUY Lorenzo y VASCO]
MIRENO: Del castizo caballo descuidado,
el hambre y apetito satisface
la verde hierba que en el campo nace,
el freno duro del arzón colgado;
mas luego que el jaez de oro esmaltado
le pone el dueño cuando fiestas hace,
argenta espumas, céspedes deshace,
con el pretal sonoro alborotado.
Del mismo modo entre la encina y roble,
crïado con el rústico lenguaje
y vistiendo sayal tosco, he vivido;
mas despertó mi pensamiento noble,
como al caballo, el cortesano traje;
que aumenta la soberbia el buen vestido.
Sale TARSO, de lacayo
TARSO: ¿No ves las devanaderas
que me han forzado a traer?
Yo no acabo de entender
tan intricadas quimeras.
¿No notas la confusión
de calles y encrucijadas?
¿Has visto más rebanadas
sin ser mis calzas melón?
¿Qué astrólogo tuvo esfera,
di, menos inteligible?
¡Que ha una hora que no es posible
topar con la faltriquera!
¡Válgame Dios! ¡El jüicio
que tendría el inventor
de tan confusa labor
y enmarañado edificio!
¡Qué ingenio! ¡Qué entendimiento!
MIRENO: Basta, Tarso.
TARSO: No te asombre;
que ésta no ha sido obra de hombre.
MIRENO: ¿Pues de qué?
TARSO: De encantamiento.
Obra es digna de un Merlín,
porque en estos astrolabios
aun no hallarán los más sabios
ningún principio ni fin.
Pero, ya que enlacayado
estoy, y tú caballero,
¿qué hemos de hacer?
MIRENO: Ir a Avero,
que este traje ha levantado
mi pensamiento de modo
que a nuevos intentos vuelo.
TARSO: Tú querrás subir al cielo,
y daremos en el lodo.
Mas, pues eres ya otro hombre,
por si acaso adonde fueres
caballero hacerte quieres,
¿no es bien que mudes el nombre?
Que si el de Mireno no es bueno
para nombre de señor.
MIRENO: Dices bien. No soy pastor,
ni he de llamarme Mireno.
Don Dionís en Portugal
es nombre ilustre y de fama.
Don Dionís desde hoy me llama.
TARSO: No le has escogido mal;
que los reyes que ha tenido
de ese nombre esta nación,
eterna veneración
ganaron a su apellido.
Extremado es el ensayo;
pero, ya que así te ensalzas,
dame un nombre que a estas calzas
le venga bien, de lacayo;
que ya el de Tarso me quito.
MIRENO: Escógele tú.
TARSO: Yo escojo,
si no lo tienes a enojo…
¿No es bueno…?
MIRENO: ¿Cuál?
TARSO: Gómez Brito.
¿Qué te parece?
MIRENO: ¡Extremado!
TARSO: ¡Gentiles cascos, por Dios!
Sin ser obispo, los dos
mos habemos confirmado.
Salen DORISTO, LARISO y DENIO y pastores con armas y sogas
DORISTO: ¡Válgaos el dimunio, amén!
¿Que nos los hemos de hallar?
LARISO: Si no es que saben volar
imposible es que no estén
entre estas matas y peñas.
DENIO: Busquémoslos por lo raso.
LARISO: ¿No so[n] éstos?
DORISTO: Habrad paso.
LARISO: Par Dios, conforme las señas,
que son los propios.
DORISTO: Atalde
los brazos, pues veis que están
sin armas.
DENIO: Rendíos, galán.
LARISO: Tené al rey.
DORISTO: Tené al alcalde.
Por detrás los cogen y atan
MIRENO: ¿Qué es esto?
TARSO: ¿Estáis en vosotros?
¿Por qué no prendéis?
DORISTO: Por gatos.
¡Aho! ¿No veis qué mojigatos
hablan? Sabéis ser quillotros
para dar la muerte al conde,
y, ¿pescudaisnos por qué
os prendemos?
DENIO: ¡Bueno, a fe!
TARSO: ¿Qué conde o qué muerte? ¿Adónde
mos habéis visto otra vez?
DORISTO: Allá os lo dirá el verdugo
cuando os cuelgue cual besugo
de las agallas y nuez.
MIRENO: A no llevarme la espada,
ya os fuerais arrepentidos.
TARSO: El trueco de los vestidos
mos ha dado esta gatada.
¡Ah, mi señor don Dionís!
¿Es aquésta la ganancia
de la guerra? ¿Qué ignorancia
te engañó?
DORISTO: ¿Qué barbillas?
TARSO: Tarso quiero ser, no Brito;
ganadero, no lacayo.
Por bragas quiero mi sayo.
Las ollas lloro de Egipto.
LARISO: ¿Quieres callar, bellacón?
Darle de peñas quiero.
DORISTO: Alto, a Avero.
MIRENO: Pues a Avero
nos llevan, ten corazón;
que cuando el duque nos vea,
caerán éstos en su engaño
sin que nos mande hacer daño.
DORISTO: Rollo tendrá muesa aldea.
DENIO: Cuando bajo el olmo le hagas,
en él haremos concejo.
TARSO: Yo de ninguno me quejo,
si de estas malditas bragas…
¿Quién ha visto tal ensayo?
MIRENO: ¿Qué temes, necio? ¿Qué dudas?
TARSO: Si me cuelgan y hago un Judas,
sin hacer Judas lacayo,
¿no he de llorar y temer?
Hoy me cuelgan del cogollo.
DORISTO: En la picota del rollo
un reloj he de poner.
Vamos.
LARISO: Bien el puebro ensalzas.
TARSO: Si te quieres escapar
do no te puedan hallar
métete dentro en mis calzas.
Vanse. Salen doña JUANA y don ANTONIO, de camino
JUAN: ¡Primo don Antonio!
ANTONIO: ¡Paso!
No me nombréis; que no quiero
hagáis de mí tanto caso
que me conozca en Avero
el duque. A Galicia paso,
donde el rey don Juan me llama
de Castilla; que me ama
y hace merced; y deseo
a costa de algún rodeo,
saber si miente la fama
que ofrece el lugar primero
de la hermosura de España
a las hijas del de Avero,
o si la fama se engaña
y miente el vulgo ligero.
JUANA: Bien hay que estimar y ver;
pero no habéis de querer
que así tan despacio os goce.
ANTONIO: Si el de Avero me conoce,
y me obliga a detener,
caer en falta recelo
con el rey.
JUANA: Pues si eso pasa,
de mi gusto al vuestro apelo;
mas, si sabe que en su casa
don Antonio de Barcelo,
conde de Penela, ha estado
y que encubierto ha pasado
cuando le pudo servir
en ella, halo de sentir
con exceso; que en su estado
jamás llegó caballero
que por inviolables leyes
no le hospede.
ANTONIO: Así lo infiero;
que es nieto, en fin, de los reyes
de Portugal el de Avero.
Pero, dejando esto, prima;
¿tan notable es la beldad
que en sus dos hijas sublima
el mundo?
JUANA: ¿Es curiosidad
o el alma acaso os lastima
el ciego?
ANTONIO: Mal sus centellas
me pueden causar querellas
si de su vista no gozo;
curiosidades de mozo
a Avero me traen a vellas.
¿Cómo tengo de querer
lo que no he llegado a ver?
JUANA: De que eso digáis me pesa.
Nuestra nación portuguesa
esta ventaja ha de hacer
a todas; que porque asista
aquí Amor, que es su interés,
ha de amar en su conquista
de oídas el portugués,
y el castellano, de vista.
Las hijas del duque son
dignas de que su alabanza
celebre nuestra nación.
La mayor, a quien Berganza
y su duque, con razón,
pienso que intenta entregar
al conde de Vasconcelos,
su heredero, puede dar
otra vez a Clicie celos,
si el sol la sale a mirar.
Pues de doña Serafina,
hermana suya, es divina
la hermosura.
ANTONIO: Y, de las dos,
¿a cuál juzgáis, prima, vos,
por más bella?
JUANA: Mas se inclina
mi afición a la mayor,
aunque mi opinión refuta
en parte el vulgo hablador;
mas en gustos no hay disputa
y más en cosas de amor.
En dos bandos se reparte
Avero, y por cualquier parte
hay bien que alegar.
ANTONIO: ¿Aquí
hay algún título?
JUANA: Sí,
don Francisco y don Düarte.
ANTONIO: ¿Y qué hacen?
JUANA: Más de un curioso
dice que pretende ser
cada cuan de la una esposo.
ANTONIO: Prima, yo las he de ver
esta tarde; que es forzoso
irme luego.
JUANA: Yo os pondré
donde su hermosura os dé,
podrá ser, más de una pena.
ANTONIO: ¿Serafina o Madalena?
JUANA: Bellas son las dos. No sé.
Pero el duque sale aquí
con ellas. Ponte a esta parte.
[Don ANTONIO se pone a la puerta o detrás de un cancel]. Sale el DUQUE, el CONDE, [doña] SERAFINA y doña MADALENA. [El DUQUE habla aparte al CONDE]
DUQUE: Digo, conde don Düarte
que todo se cumpla así.
CONDE: Pues el rey, nuestro señor,
favorece la privanza
del hijo del de Berganza,
y a vuestra hija mayor
os pide para su esposa,
escriba vuestra excelencia
que, con su gusto y licencia,
doña Serafina hermosa
lo será mía.
DUQUE: Está bien.
CONDE: Pienso que su majestad
me mira con voluntad,
y que lo tendrán por bien;
yo y todo le escribiré.
DUQUE: No lo sepa Serafina
hasta ver si determina
el rey que la mano os dé;
que es muchacha; y descuidada,
aunque portuguesa, vive
de que tan presto cautive
su libertad la lazada
o nudo del matrimonio.
[Hablan aparte don ANTONIO y doña JUANA]
JUANA: Presto os habéis divertido.
Decid, ¿qué os han parecido
las hermanas, don Antonio?
ANTONIO: No sé el alma a cuál se inclina,
ni sé lo que hacer ordena.
Bella es doña Madalena,
pero dona Serafina
es el sol de Portugal.
Por la vista el alma bebe
llamas de amor entre nieve,
por el vaso de cristal
de su divina blancura;
la fama ha quedado corta
en su alabanza.
DUQUE: Esto importa.
ANTONIO: Fénix es de la hermosura.
DUQUE: Llegaos, Madalena, aquí.
CONDE: Pues me da el duque lugar,
mi serafín, quiero hablar
si hay atrevimiento en mí
para que vuele tan alto
que a serafines me iguale.
ANTONIO: Prima, a ver el alma sale
por los ojos el asalto
que Amor le da poco a poco.
Ganárame si me pierdo.
JUANA: Vos entraste, primo, cuerdo,
y pienso que saldréis loco.
DUQUE: Hija, el rey te honra y estima.
Cuán bien te está considera.
MADALENA: Mi voluntad es de cera.
Vueselencia en ella imprima
el sello que más le cuadre,
porque en mí sólo ha de haber
callar con obedecer.
DUQUE: ¡Mil veces dichoso padre
que oye tal!
CONDE: Las dichas mías,
como han subido al extremo
de su bien, que caigan temo.
SERAFINA: Conde, esas filosofías
ni las entiendo ni son
de mi gusto.
CONDE: Un serafín
bien puede alcanzar el fin
y el alma de una razón.
No digáis que no entendéis,
serafín, lo que alcanzáis.
SERAFINA: ¡Jesús, qué de ello que habláis!
CONDE: Si soy hombre, ¿qué queréis?
Por palabras los intentos
quiere que expliquemos Dios;
que, a ser serafín cual vos,
con solos los pensamientos
nos habláramos.
SERAFINA: ¿Que Amor
habla tanto?
CONDE: ¿No ha de hablar?
SERAFINA: No; que hay poco que fïar
de un niño, y más, hablador.
CONDE: En todo os hizo perfeta
el cielo con mano franca.
ANTONIO: Prima, para ser tan blanca,
notablemente es discreta.
¡Qué agudamente responde!
Ya han esmaltado los cielos
el oro de Amor con celos.
Mucho me enfada este conde.
JUANA: ¡Pobre de vuestra esperanza
si tal contrario la asalta!
DUQUE: Un secretario me falta
de quien hacer confïanza;
y aunque esta plaza pretenden
muchos por diversos modos
de favores, entre todos
pocos este oficio entienden.
Trabajo me ha de costar
en tal tiempo estar sin él.
MADALENA: A ser el pasado fiel
era ingenio singular.
DUQUE: Sí; mas puso en contingencia
mi vida y reputación.
Salen los pastores, [DORISTO, LARISO Y DENIO] y traen presos a MIRENO y TARSO
DORISTO: Ande apriesa el bellacón.
LARISO: Aquí está el duque.
TARSO: Paciencia
me dé Herodes.
DENIO: ¡Aho! Llegá,
pues sois alcalde y habralde.
DORISTO: Buen viejo, yo so el alcalde
y vos el duque.
LARISO: ¡Verá!
Llegaos más cerca.
DORISTO: Y sopimos
yo, el herrero y su mujer
que mandábades prender
estos bellacos y fuimos
Bras Llorente y Gil Bragado…
TARSO: Aquése yo lo seré
pues por mi mal me embragué.
DORISTO: Y después de haber llamado
a concejo el regidero
Pero Mínguez… Llegá acá,
que no sois bestia y habrá.
Decid lo demás.
LARISO: No quiero.
Decildo vos.
DORISTO: No estodié
sino hasta aquí. En concrusión,
éstos los ladrones son
que por sólo heros mercé
prendimos yo y Gil Mingollo.
Haga lo que el puebro pide
su duquencia, y no se olvide
lo que le dije del rollo.
DUQUE: ¡Hay mayor simplicidad!
Ni he entendido a lo que vienen
ni por qué delito tienen
así estos hombres. Soltad
los presos y decid vos
qué insulto habéis cometido
para que os hayan traído
de aquesa suerte a los dos.
De rodillas
MIRENO: Si lo es el favorecer,
gran señor, a un desdichado,
perseguido y acosado
de tus gentes y poder,
y juzgas por temerario
haber trocado el vestido
por dalle vida, yo he sido…
DUQUE: ¿Tú libraste al secretario?
Pero sí; que aquese traje
era suyo. Di, traidor,
¿por qué le diste favor?
MIRENO: Vueselencia no me ultraje,
ni ese título me dé;
que no estoy acostumbrado
a verme así despreciado.
DUQUE: ¿Quién eres?
MIRENO: No soy. Seré;
que sólo por pretender
ser más de lo que hay en mí
menosprecié lo que fui
por lo que tengo de ser.
DUQUE: No te entiendo.
MADALENA: (¡Extraña audacia Aparte
de hombre! El poco temor
que muestra dice el valor
que encubre. De su desgracia
me pesa.)
DUQUE: Di, ¿conocías
al traidor que ayuda diste?
Mas, pues por él te pusiste
en tal riesgo, bien sabías
quién era.
MIRENO: Supe que quiso
dar muerte a quien deshonró
su hermana, y después te dio
de su honrado intento aviso;
y, enviándole a prender,
le libré de ti, espantado
por ver que el que esta agraviado
persigas; debiendo ser
favorecido por ti,
por ayudar al que ha puesto
en riesgo su honor.
CONDE: (¿Qué es esto? Aparte
¿Ya anda derramada así
la injuria que hice a Leonela?)
DUQUE: ¿Sabes tú quién la afrentó?
MIRENO: Supiéralo, señor, yo;
que a sabello…
DUQUE: Fue cautela
del traidor para engañarte.
Tú sabes adónde está
y así forzoso será
si es que pretendes librarte,
decillo.
MIRENO: ¡Bueno sería,
cuando adonde está supiera,
que un hombre como yo hiciera,
por temor, tal villanía!
DUQUE: ¿Villanía es descubrir
un traidor? Llevalde preso;
que si no ha perdido el seso
y menosprecia el vivir,
él dirá dónde se esconde.
MADALENA: Ya deseo de libralle;
que no merece su talle
tal agravio.
DUQUE: Intento, conde,
vengaros.
CONDE: Él lo dirá.
TARSO: (¡Muy gentil ganancia espero!) Aparte
DUQUE: Vamos; que responder quiero
al rey.
TARSO: (Medrándose va Aparte
con la mudanza de estado
y nombre de don Dionís!)
DUQUE: Viviréis si lo decís.
MIRENO: (La Fortuna ha comenzado Aparte
a ayudarme; ánimo ten,
porque en ella es natural,
cuando comienza por mal,
venir a acabar en bien.)
TARSO: Bragas, si una vez os dejo,
nunca más transformación.
Llévanlos presos
DUQUE: Meted una petición
vosotros en mi consejo
de lo que queréis; que allí
se os pagará este servicio.
DORISTO: Vos, que tenéis buen jüicio,
la peticionad.
LARISO: Sea así.
DORISTO: Señor, por este cuidado
haga un rollo en mi lugar,
tal que se pueda ahorcar
en él cualquier hombre honrado.
Vanse los pastores, el DUQUE y el CONDE; quedan los demás
MADALENA: Mucho, doña Serafina,
me pesa ver llevar preso
aquel hombre.
SERAFINA: Yo confieso
que a rogar por él me inclina
su buen talle.
MADALENA: ¿Eso desea
tu afición? ¿Ya es bueno el talle?
pues no tienes de libralle
aunque lo intentes.
SERAFINA: No sea.
Vanse doña SERAFINA y doña MADALENA
JUANA: ¿Habéisos de ir esta tarde?
ANTONIO: ¡Ay, prima! ¡Cómo podré
si me perdí, si cegué,
si Amor valiente, cobarde,
todo el tesoro me gana
del alma y la voluntad?
Sólo por ver su beldad
no he de irme hasta mañana.
JUANA: ¡Bueno estáis! ¿Que amáis en fin?
ANTONIO: Sospecho, prima querida,
que de mi contento y vida
Serafina será fin.
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Sale doña MADALENA, sola
MADALENA: ¿Qué novedades son éstas,
altanero pensamiento?
¿Qué torres sin fundamento
tenéis en el aire puestas?
¿Cómo andáis tan descompuestas,
imaginaciones locas?
Siendo las causas tan pocas,
¿queréis exponer mis menguas
a jüicio de las lenguas
y a la opinión de las bocas?
Ayer guardaban los cielos
el mal de vuestra esperanza
con la tranquila bonanza
que agora inquietan desvelos.
Al conde de Vasconcelos,
o a mi padre di, en su nombre,
el sí; mas, porque me asombre,
sin que mi honor lo resista
se entró al alma, a escala vista,
por la misma vista un hombre.
Vióle en ella, y fuera exceso,
digno de culpa mi error,
a no saber que el Amor
es niño, ciego y sin seso.
¿A un hombre extranjero y preso,
a mi pesar, corazón,
habéis de dar posesión?
¿Amar al conde no es justo?
¡Mas, ay! Que atropella el gusto
las leyes de la razón.
Mas, pues, a mi instancia está
por mi padre libre y suelto,
mi pensamiento resuelto
bien remediarse podrá.
Forastero es; si se va,
con pequeña resistencia
podrá sanar la paciencia
el mal de mis desconciertos;
pues son médicos expertos
de Amor el tiempo y la ausencia.
Pero, ¿con qué rigor trazo
el remedio de mi vida?
Si puede sanar la herida,
crueldad es cortar el brazo.
Démosle a Amor algún plazo,
pues su vista me provoca;
que, aunque es la efímera loca,
ninguno al enfermo quita
el agua que no permita
siquiera enjaguar la boca.
Hacerle quiero llamar.
–¡Ah, doña Juana!– Teneos,
desenfrenados deseos,
si no os queréis despeñar.
¿Así vais a publicar
vuestra afrenta? La vergüenza
mi loco apetito venza;
que, si es locura admitillo
dentro del alma, el decillo
es locura o desvergüenza.
Sale doña JUANA
JUANA: Aquel mancebo dispuesto
que ha estado preso hasta agora
y a tu intercesión, señora,
ya en libertad está puesto,
pretende hablarte.
MADALENA: (¡Qué presto Aparte
valerse el Amor procura
de la ocasión y ventura
que ha de ponerse en efeto!
Mas hace como discreto;
que Amor todo es coyuntura.)
¿Sabes qué quiere?
JUANA: Pretende
al favor que ha recibido
por ti, ser agradecido.
MADALENA: (Áspides en rosas vende.) Aparte
JUANA: ¿Entrará?
MADALENA: (Si preso prende, Aparte
si maltratado maltrata,
si atado las manos ata
las de mi gusto resuelto,
¿qué ha de hacer presente y suelto,
quien ausente y preso mata?)
Dile que vuelva a la tarde;
que agora ocupada estoy.
Mas oye. No vuelva.
JUANA: Voy.
MADALENA: Escucha. Di que se aguarde,
mas, váyase; que ya es tarde.
JUANA: ¿Hase de volver?
MADALENA: ¿No digo
que sí? Ve.
JUANA: Tu gusto sigo.
MADALENA: Pero torna. No se queje.
JUANA: ¿Pues qué diré?
MADALENA: Que me deje.
(Y que me lleve consigo.) Aparte
Anda. Di que entre.
JUANA: Voy, pues.
Vase [doña JUANA]
MADALENA: Que, aunque venga a mi presencia,
vencerá la resistencia
hoy del valor portugués.
El desear y ver es
en la honrada y la no tal,
apetito natural;
y si deferencia se halla,
es en que la honrada calla
y la otra dice su mal.
Callaré, pues que presumo
cubrir mi desasosiego,
si puede encubrirse el fuego,
sin manifestalle el humo.
Mas bien podré, si consumo
el tiempo a palabras vanas;
pero las llamas tiranas
del Amor, es cosa cierta
que, en cerrándolas la puerta,
se salen por las ventanas.
Cuando les cierren la boca,
por los ojos se saldrán;
mas no las conocerán
callando la lengua loca;
que, si ella a Amor no provoca,
nunca amorosos despojos
dan atrevimiento a enojos
si no es en cosas pequeñas;
porque al fin hablan por señas
cuando hablan solos los ojos.
Sale MIRENO, galán, y dice de rodillas
MIRENO: Aunque ha sido atrevimiento
el venir a la presencia,
señora, de vueselencia
mi poco merecimiento,
ser agradecido trato
al recibido favor;
porque el pecado mayor
es el que hace un hombre ingrato.
Por haber favorecido
de un desdichado la vida,
que al noble es deuda debida,
me vi preso y perseguido;
pero en la misma moneda
me pagó el cielo, sin duda,
pues libre, con vuestra ayuda,
mi vida, señora, queda.
¡Libre dije? Mal he hablado;
que el noble, cuando recibe,
cautivo y esclavo vive,
que es lo mismo que obligado.
Y, ojalá mi vida fuera
tal que, si esclava quedara,
alguna parte pagara
de esta merced, que ella hiciera
excesos; pero, entre tantas
que mi humildad envilecen
y como esclavos ofrecen
sus cuellos a vuestras plantas,
a pagar con ella vengo
la mucha deuda en que estoy;
pues no os debo más si os doy,
gran señora, cuanto tengo.
MADALENA: Levantaos del suelo.
MIRENO: Así
estoy, gran señora, bien.
MADALENA: Haced lo que os digo. (¿Quién Aparte
me ciega el alma? ¡Ay de mí!)
¿Sois portugués?
Levantándose
MIRENO: Imagino
que sí.
MADALENA: ¿Que lo imagináis?
¿De esa suerte incierto estáis
de quién sois?
MIRENO: Mi padre vino
al lugar adonde habita,
y es de alguna hacienda dueño,
trayéndome muy pequeño;
mas su trato lo acredita.
Yo creo que en Portugal
nacimos.
MADALENA: ¿Sois noble?
MIRENO: Creo
que sí, según lo que veo
en mi honrado natural,
que muestra más que hay en mí.
MADALENA: ¿Y darán la obras vuestras
si fuere menester, muestras
que sois noble?
MIRENO: Creo que sí.
Nunca de hacellas dejé.
MADALENA: «Creo,» decís a cualquier punto.
¿Creéis, acaso, que os pregunto
artículos de la fe?
MIRENO: Por la que debe guardar
a la merced recibida
de vueselencia mi vida,
bien los puede preguntar,
que mi fe su gusto es.
MADALENA: ¡Qué agradecido venís!
¿Cómo os llamáis?
MIRENO: Don Dionís.
MADALENA: Ya os tengo por portugués
y por hombre principal;
que en este reino no hay hombre
humilde de vuestro nombre,
porque es apellido real;
y sólo el imaginaros
por noble y honrado ha sido
causa que haya intercedido
con mi padre a libertaros.
MIRENO: Deudor os soy de la vida.
MADALENA: Pues bien; ya que libre estáis,
¿qué es lo que determináis
hacer de vuestra partida?
¿Dónde pensáis ir?
MIRENO: Intento
ir, señora, donde pueda
alcanzar fama que exceda
a mi altivo pensamiento.
Sólo aquesto me destierra
de mi patria.
MADALENA: ¿En qué lugar
pensáis que podéis hallar
esa ventura?
MIRENO: En la guerra;
que el esfuerzo hace capaz
para el valor que procuro.
MADALENA: ¿Y no será más seguro
que la adquiráis en la paz?
MIRENO: ¿De qué modo?
MADALENA: Bien podéis
granjealle si dais traza
que mi padre os dé la plaza
de secretario, que veis
que está vaca agora, a falta
de quien la pueda suplir.
MIRENO: No nació para servir
mi inclinación, que es más alta.
MADALENA: Pues cuando volar presuma,
las plumas la han de ayudar.
MIRENO: ¿Cómo he de poder volar
con solamente una pluma?
MADALENA: Con las alas del favor;
que el vuelo de una privanza
mil imposibles alcanza.
MIRENO: Del privar nace el temor,
como muestra la experiencia;
y tener temor no es justo.
MADALENA: Don Dionís, éste es mi gusto.
MIRENO: ¿Gusto es de vuesa excelencia
que sirva al duque? Pues, alto.
Cúmplase, señora, ansí,
que ya de un vuelo subí
al primer móvil más alto.
Pues, si en esto gusto os doy,
ya no hay que subir más arriba;
como el duque me reciba,
secretario suyo soy.
Vos, señora, lo ordenad.
MADALENA: Deseo vuestro provecho,
y ansí lo que veis he hecho;
que, ya que os di libertad,
pesárame que en la guerra
la malograrais. Yo haré
cómo esta plaza se os dé
porque estéis en nuestra tierra.
MIRENO: Mil años el cielo guarde
tal grandeza.
MADALENA: (Honor, huír Aparte
que revienta por salir
por la boca, Amor cobarde.)
Vase
MIRENO: Pensamiento, ¿en qué entendéis?
Vos, que a las nubes subís,
decidme, ¿qué colegís
de lo que aquí visto habéis?
Declaraos, que bien podéis.
Decidme, ¿tanto favor
nace de sólo el valor
que a quien honra ennoblece,
o erraré si me parece
que ha entrado a la parte Amor?
¡Jesús! ¡Qué gran disparate!
¡Temerario atrevimiento
es el vuestro, pensamiento!
Ni se imagine ni trate.
Mi humildad el vuelo abate
con que sube el deseo vario;
mas, ¿por qué soy temerario
si imaginar me prometo
que me ama en lo secreto
quien me hace su secretario?
¿No estoy puesto en libertad
por ella? Y, ya sin enojos,
por el balcón de sus ojos,
¿no he visto su voluntad?
¡Amor me tiene! Callad,
lengua loca; que es error
imaginar que el favor
que de su nobleza nace,
y generosa me hace,
está fundado en amor.
Mas el desear saber
mi nombre, patria y nobleza,
¿no es amor? Ésa es bajeza.
Pues, alma, ¿qué puede ser?
Curiosidad de mujer.
Si; mas, ¿dijera, alma, advierte,
a ser eso de esa suerte
sin reinar amor injusto,
«Don Dionís, éste es mi gusto»?
Este argumento, ¿no es fuerte?
Mucho; pero mi bajeza
no se puede persuadir
que vuele y llegue a subir
al cielo de tal belleza;
pero, ¿cuándo hubo flaqueza
en mi pecho? Esperar quiero;
que siempre el tiempo ligero
hace lo dudoso cierto;
pues mal vivirá encubierto
el tiempo, amor y dinero.
Sale TARSO
TARSO: Ya que como a Daniel
del lago, nos han sacado
de la cárcel, donde he estado
con menos paciencia que él,
siendo la ira del duque
nuestro profeta Habacú,
¿qué aguardas más aquí tú
a que el tiempo nos bazuque?
¿Tanto bien nos hizo Avero
que en él con tal sorna estás?
Vámonos; pero dirás
que quieres ser caballero.
Y poco faltó, por Dios,
para ser en Portugal
caballeros a lo asnal;
pues que supimos los dos
que el duque mandado había
que, por las acostumbradas
nos diesen las pespuntadas
orden de caballería.
MIRENO: ¡Brito, amigo!
TARSO: No soy Brito
sino Tarso.
MIRENO: Escucha necio.
TARSO: Estas calzas menosprecio
que me estorban infinito.
Ya que en Brito me transformas,
sácame de aquestos grillos;
que no fui yo por novillos
para que me pongas cormas.
Quítamelas, y no quieras
que alguna vez huela mal.
MIRENO: ¡Peregrino natural!
¿Que nunca has de hablar de veras?
Digo que estás temerario.
TARSO: Braguirroto di que estoy.
¿Pero qué hay de nuevo?
MIRENO: Soy,
por lo menos, secretario
del duque de Avero.
TARSO: ¿Cómo?
MIRENO: La que nos dio libertad
de esta liberalidad
es la autora.
TARSO: Mejor tomo
tus cosas; ya estás en zancos.
MIRENO: Pues aún no lo sabes bien.
TARSO: Darte quiero el parabién;
y pues con los amos francos
si algún favor me has de hacer
y mi descanso permites,
lo primero es que me quites
estas calzas, que sin ser
presidente, en apretones,
después que las he calzado,
en ellas he despachado
mil húmedas provisiones.
Vanse. Salen don ANTONIO y doña JUANA
ANTONIO: Prima, a quedarme aquí mi amor me obliga,
aguarde el rey o no; que mi rey llamo
sólo mi gusto; que el pesar mitiga
que me ha de consumir, si ausente amo.
Pájaro soy; sin ver de Amor la liga.
Curiosamente me asenté en el ramo
de la hermosura, donde preso quedo;
volar pretendo pero más me enredo.
El conde de Estremoz sirve y merece
a doña Serafina; yo he sabido
que el duque sus intentos favorece,
y hacerla esposa suya ha prometido.
Quien no parece, dicen que perece.
Si no parezco, pues, y ya ni olvido
ni ausencia han de poder darme reposo,
¿qué he de esperar ausente y receloso?
Si mi adorado serafín supiera
quién soy, y con decírselo aguardara
recíprocos amores con que hiciera
mi dicha cierta y mi esperanza clara,
más alegre y seguro me partiera,
y de su fe mi vida confïara;
si se puede fïar el que es prudente
del sol de enero y de mujer ausente.
No me conoce y mi tormento ignora,
y así en quedarme mi remedio fundo;
que me parta después, o vaya agora
a la presencia de don Juan Segundo,
importa poco. Prima mía, señora,
si no quieres que llore y sepa el mundo
el lastimoso fin que ausente espero,
no me aconsejes el salir de Avero.
JUANA: Don Antonio, bien sabes lo que estimo
tu gusto, y que el amor que aquí te enseño
al deudo corresponde que de primo
nuestra sangre te debe, como a dueño;
si en que te quedes ves que te reprimo,
es por ser este pueblo tan pequeño
que has de dar nota en él.
ANTONIO: Ya yo procuro
cómo sin que la dé, viva seguro.
Nunca me ha visto el duque, aunque me ha escrito.
Yo sé que busca un secretario experto,
porque al pasado desterró un delito.
JUANA: Con risa el medio que has buscado advierto.
ANTONIO: ¿No te parece, si en palacio habito
con este cargo, que podré encubierto
entablar mi esperanza, como acuda
el tiempo, la ocasión y más tu ayuda?
JUANA: La traza es extremada, aunque indecente,
primo, a tu calidad.
ANTONIO: Cualquiera estado
es noble con amor. No esté yo ausente
que con cualquiera oficio estaré honrado.
JUANA: Búsquese el modo, pues.
ANTONIO: El más urgente
está ya concluído.
JUANA: ¿Cómo?
ANTONIO: He dado
un memorial al duque en que le pido
me dé esta plaza.
JUANA: Diligente has sido;
mas, sin saberlo yo, culparte quiero.
ANTONIO: Del cuidadoso el venturoso nace;
hase encargado de él el camarero
de quien dicen que el duque caudal hace.
JUANA: Mucho priva con él.
ANTONIO: Mi dicha espero
si el cielo a mis deseos satisface
y el camarero en la memoria tiene
esta promesa.
JUANA: Primo, el duque viene.
Salen el DUQUE y FIGUEREDO, su camarero
DUQUE: Ya sabes que requiere aquese oficio
persona en quien concurran juntamente
calidad, discreción, presencia y pluma.
FIGUEREDO: La calidad no sé; de esotras partes
le puedo asegurar a vueselencia
que no hay en Portugal quien conforme a ellas
mejor pueda ocupar aquesa plaza.
Le letra, el memorial que vueselencia
tiene suyo podrá satisfacelle;
DUQUE: Alto; pues tú le abonas, quiero velle.
FIGUEREDO: Quiérole ir a llamar. Pero delante
está de vueselencia. Llegá, hidalgo,
que el duque, mi señor, pretende veros.
ANTONIO: Déme los pies, vueselencia.
DUQUE: Alzaos.
¿De dónde sois?
ANTONIO: Señor, nací en Lisboa.
DUQUE: ¿A quién habéis servido?
ANTONIO: Héme crïado
con don Antonio de Barcelos, conde
de Penela, y os traigo cartas suyas,
en que mis pretensiones favorece.
DUQUE: Quiero yo mucho al conde don Antonio,
aunque nunca le he visto. ¿Por qué causa
no me las habéis dado?
ANTONIO: No acostumbro
pretender por favores lo que puedo
por mi persona, y quise que me viese
primero vueselencia.
DUQUE: Camarero,
su talle y buen estilo me ha agradado.
Mi secretario sois. Cumplan las obras
lo mucho que promete esa presencia.
ANTONIO: Remítome, señor, a la experiencia.
DUQUE: Doña Juana, ¿qué hacen Serafina
y Madalena?
JUANA: En el jardín agora
estaban las dos juntas, aunque entiendo
que mi señora doña Madalena
quedaba algo indispuesta.
DUQUE: ¿Pues qué tiene?
JUANA: Habrá dos días que anda melancólica,
sin saberse la causa de este daño.
DUQUE: Ya la adivino yo; vamos a vella,
que, como darla nuevo estado intento,
la mudanza de vida siempre causa
tristeza en la mujer honrada y noble;
y no me maravillo esté afligida
quien teme un cautiverio de por vida.
Doña Juana, quedaos; que como viene
el mensajero de Lisboa, y conoce
al conde de Penela, vuestro primo,
tendréis que preguntarle muchas cosas.
JUANA: Es, gran señor, así.
DUQUE: Yo gusto de eso.
Secretario, quedaos.
ANTONIO: Tus plantas beso.
Vanse el DUQUE y FIGUEREDO
ANTONIO: Venturoso han sido los principios.
JUANA: Si tienes por ventura ser crïado
de quien eres igual, ventura tienes.
ANTONIO: Ya por lo menos estaré presente,
y estorbaré los celos de algún modo
que el conde de Estremoz me causa, prima.
JUANA: Dásele de él tan poco a quien adoras,
y de eso, primo, está tan olvidada,
que en lo que pone agora su cuidado
es sólo en estudiar con sus doncellas
una comedia, que por ser mañana
Carnestolendas, a su hermana intenta
representar, sin que lo sepa el duque.
ANTONIO: ¿Es inclinada a versos?
JUANA: Pierde el seso
por cosas de poesía, y esta tarde
conmigo sola en el jardín pretende
ensayar el papel, vestida de hombre.
ANTONIO: ¿Así me dices eso, doña Juana?
JUANA: Pues, ¿cómo quieres que lo diga?
ANTONIO: ¿Cómo?
Pidiéndome la vida, el alma, el seso,
en pago de que me hagas tan dichoso
que yo la pueda ver de aquesa suerte.
Así vivas más años que hay estrellas.
Así jamás el tiempo riguroso
consuma la hermosura de que gozas.
Así tus pensamientos se te logren,
y el rey de Portugal, enamorado
de ti, te dé la mano, el cetro y vida.
JUANA: Paso; que tienes talle de casarme
con el Papa, según estás sin seso.
Yo te quiero cumplir aqueste antojo.
Vamos, y esconderéte en los jazmines
y murtas que de cercas a los cuadros
sirven, donde podrás, si no das voces,
dar un hartazgo al alma.
ANTONIO: ¿Hay en Avero
algún pintor?
JUANA: Algunos tiene el duque
famosos; mas, ¿por qué me lo preguntas?
ANTONIO: Quiero llevar conmigo quien retrate
mi hermoso serafín; pues fácilmente,
mientras se viste, sacará el bosquejo.
JUANA: ¿Y si lo siente doña Serafina
o el pintor lo publica?
ANTONIO: Los dineros
ponen freno a las lenguas y los quitan.
¡O mátame o no impidas mis deseos!
JUANA: ¡Nunca yo hablara, o nunca tú lo oyeras,
que tal prisa me das! Ahora bien, primero,
en esto puedes ver lo que te quiero.
Busca un pinto sin lengua, y no malparas;
que, según los antojos diferentes
que tenéis los que andáis enamorados,
sospecho para mí que andáis preñados.
Vanse. Salen el DUQUE y doña MADALENA
DUQUE: Si darme contento es justo,
no estés, hija, de esa suerte;
que no consiste mi muerte
más de en verte a ti sin gusto.
Esposo te dan los cielos
para poderte alegrar
sin merecer tu pesar
el conde de Vasconcelos.
A su padre, el de Berganza,
pues que te escribió, responde;
escribe también al conde
y no vea yo mudanza
en tu rostro ni pesar
si de mi vejez los días,
con esas melancolías,
no pretendes acortar.
MADALENA: Yo, señor, procuraré
no tenerlas, por no darte
pena, si es que un triste es parte
en sí de que otro lo esté.
DUQUE: Si te diviertes, bien puedes.
MADALENA: Yo procuraré servirte;
y agora quiero pedirte
entre las muchas mercedes
que me has hecho, una pequeña.
DUQUE: Con condición que se olvide
aquesa tristeza, pide.
MADALENA: (Honra; el amor os despeña.) Aparte
El preso que te pedí
librases, y ya lo ha sido,
de todo punto ha querido
favorecerse de mí.
Con sólo esto, gran señor,
parece que me ha obligado;
y así, a mi cargo he tomado,
con su aumento, tu favor.
Es hombre de buena traza
y tiene extremada pluma.
DUQUE: Dime lo que quiere en suma.
MADALENA: Quisiera entrar en la plaza
de secretario.
DUQUE: Bien poco
ha que dársela pudiera;
aún no ha un cuarto de hora entera
que está ocupado.
MADALENA: (¡Amor loco; Aparte
muy bien despachado estáis!!
Vos perderéis por cobarde
pues acudiste tan tarde
que con alas no voláis.)
DUQUE: Por orden del camarero
a un mancebo he recibido
que de Lisboa ha venido
con aquese intento a Avero;
y, según lo que en él vi,
muestra ingenio y suficiencia.
MADALENA: Si gusta vuestra excelencia
ya que mi palabra di,
y él está con esperanza
que le he de favorecer,
pues me manda responder
al conde y al de Berganza,
sabiendo escribir tan mal,
quien quiera que se quedara
en palacio y me enseñara;
porque en mujer principal
falta es grande no saber
escribir cuando recibe
alguna carta, o si escribe,
que no se pueda leer.
Dándome algunas liciones,
más clara la letra haré.
DUQUE: Alto, pues; lición te dé
con que enmiendes tus borrones;
que, en fin, con ese ejercicio
la pena divertirás,
pues la tienes porque estás
ociosa; que el ocio es vicio.
Entre por tu secretario.
MADALENA: Las manos quiero besarte.
Sale el CONDE don Duarte
CONDE: Señor…
DUQUE: ¡Conde don Düarte!
CONDE: Con contento extraordinario
vengo.
DUQUE: ¿Cómo?
CONDE: El rey recibe
con gusto mi pretensión,
y sobre aquesta razón
a vuestra excelencia escribe.
Dice que se servirá
su majestad de que elija,
para honrar mi casa, hija
de vueselencia, y tendrá
cuidado de aquí adelante
de hacerme merced.
DUQUE: Yo estoy
contento de eso, y os doy
nombre de hijo; aunque importante
será que disimuléis
mientras doña Serafina
al nuevo estado se inclina;
porque ya, conde, sabéis
cuán pesadamente lleva
esto de casarse agora.
CONDE: Hará el alma, que la adora,
de sus sufrimientos prueba.
DUQUE: Yo haré las partes por vos;
con ella perder recelo.
El conde de Vasconcelos
vendrá pronto, y de las dos
las bodas celebraré
presto.
CONDE: El esperar da pena.
DUQUE: No estéis triste, Madalena.
MADALENA: Yo, señor, me alegraré
por dar gusto a vueselencia.
DUQUE: Vamos a ver lo que escribe
el rey.
CONDE: Quien espera y vive
bien ha menester paciencia.
Vanse los dos; queda [doña] MADALENA
MADALENA: Con razón se llama amor
enfermedad y locura;
pues siempre el que ama procura,
como enfermo, lo peor.
Ya tenéis en casa, honor,
quien la batalla os ofrece,
y poco hará, me parece,
cuando del alma os despoje,
que quien el peligro escoge
no es mucho que en él tropiece.
Los encendidos carbones
tragó Porcia, y murió luego.
¿Qué haré yo, tragando el fuego,
por callar, de mis pasiones?
Diréle, no por razones,
sino por señas visibles,
los tormentos invisibles
que padezco por no hablar;
porque mujer y callar
son cosas incompatibles.
Vase. Salen doña JUANA, don ANTONIO y un PINTOR
JUANA: Desde este verde arrayán,
donde el sitio al Amor hurta[s]
estos jazmines y murtas
ser tus celosías podrán;
pero que calle te aviso
y tendrá tu amor buen fin.
ANTONIO: Ya sé que es mi serafín
ángel de este paraíso;
y yo, si acaso nos siente,
será Adán echado de él.
JUANA: Yo haré que ensaye el papel
aquí, para que esté enfrente
del pintor, y retratalla
con más facilidad pide.
Vistiéndose de hombre queda,
pues da en aquesto. A avisalla
voy de que solo y cerrado
está el jardín. Primo, adiós.
Vase
ANTONIO: Pintores somos los dos;
ya yo el retrato he copiado,
que me enamora y abrasa.
PINTO: No entiendo ese pensamiento.
ANTONIO: Naipe es el entendimiento,
pues la llama tabla rasa,
a mil pinturas sujeto,
Aristóteles.
PINTOR: Bien dices.
ANTONIO: Las colores y matices
son especies del objeto,
que los ojos que le miran
al sentido común dan;
que es obrador donde están
cosas que el ingenio admiran,
tan solamente en bosquejo,
hasta que con luz distinta
las ilumina y las pinta
el entendimiento, espejo
que a todas da claridad.
Pintadas las pone en venta,
y para esto las presenta
a la reina Voluntad,
mujer de buen gusto y voto,
que ama el bien perpetuamente,
verdadero o aparente,
como no sea bien ignoto;
que lo que no es conocido
nunca por ella es amado.
PINTOR: De esa suerte lo ha enseñado
el filósofo.
ANTONIO: Traído
de la pintura el caudal,
todos los lienzos descoge
y entre ellos compra y escoge
una vez bien y otras mal.
Pónele el marco de amor
y como en velle se huelga,
en la memoria le cuelga
que es su camarín mayor.
Del mismo modo miré
de mi doña Serafina
la hermosura peregrina.
Tomé el pincel, bosquejé.
Acabó el entendimiento
de retratar su beldad.
Compróle la Voluntad,
guarnecióle el pensamiento;
que a la memoria le trajo
y, viendo cuán bien salió,
luego el pintor escribió
«Amor me fecit» abajo.
¡Ves cómo pinta quien ama?
PINTOR: Pues si ya el retrato tienes,
¿por qué a retratalla vienes
conmigo?
ANTONIO: Aquéste se llama
«retrato espiritual;»
que la Voluntad, ya ves,
que es sólo espíritu.
PINTOR: ¿Pues?
ANTONIO: La vista, que es corporal,
para contemplar el rato
que estoy solo su hermosura
pide agora a tu pintura
este corporal retrato.
PINTOR: No hay filosofía que iguale
a la de un enamorado.
ANTONIO: Soy en amor gradüado;
mas oye, que mi bien sale.
Sale doña SERAFINA, vestida de hombre; el vestido sea negro, y con ella doña JUANA
JUANA: ¿Que aquesto de veras haces?
¿Que en verte así no te ofendes?
SERAFINA: Fiestas de Carnestolendas
todas paran en disfraces.
Deséome entretener
de este modo; no te asombre
que apetezca el traje de hombre
ya que no lo puedo ser.
JUANA: Paréceslo de manera
que me enamoro de ti.
En fin, ¿esta noche es?
SERAFINA: Sí.
JUANA: A mí más gusto me diera
que te holgaras de otros modos
y no con representar.
JUANA: No me podrás tú juntar
para los sentidos todos
los deleites que hay diversos
como en la comedia.
JUANA: Calla.
SERAFINA: ¿Que fiesta o juego se halla
que no le ofrezcan los versos??
En la comedia, los ojos
¿no se deleitan y ven
mil cosas que hacen que estén
olvidados tus enojos?
La música, ¿no recrea
el oído y el discreto
no gusta allí del conceto
y la traza que desea?
Para el alegre, ¿no hay risa?
Para el triste, ¿no hay tristeza?
Para el agudo, ¿agudeza?
Allí el necio, ¿no se avisa?
El ignorante, ¿no sabe?
¿No hay guerra para el valiente,
consejos para el prudente,
y autoridad para el grave?
Moros hay si quieres moros;
si apetecen tus deseos
torneos, te hacen torneos;
si toros, correrán todos.
¿Quieres ver los epitetos
que de la comedia he hallado?
De la vida es un traslado,
sustento de los discretos,
dama del entendimiento,
de los sentidos banquete,
de los gustos ramillete,
esfera del pensamiento,
olvido de los agravios,
manjar de diversos precios,
que mata de hambre a los necios
y satisface a los sabios.
Mira lo que quieres ser
de aquestos dos bandos.
JUANA: Digo
que el de los discretos sigo,
y que me holgara de ver
la farsa infinito.
SERAFINA: En ella
¿cuál es lo malo que sientes?
JUANA: Sólo que tú representes.
SERAFINA: ¿Por qué, si sólo han de vella
mi hermana y sus damas? Calla.
De tu mal gusto me admiro.
ANTONIO: Suspenso las gracias miro
con que habla. A retratalla
comienza, si humana mano
al vivo puede copiar
la belleza singular
de un serafín.
PINTOR: Es humano.
Bien podré.
ANTONIO: ¿Pues, no te admiras
de su vista soberana?
SERAFINA: El espejo, doña Juana.
Tocaréme.
Trae [doña JUANA] un espejo
JUANA: Si te miras
en él, ten, señora, aviso,
no te enamores de ti.
SERAFINA: ¿Tan hermosa estoy ansí?
JUANA: Temo que has de ser Narciso.
SERAFINA: ¡Bueno! De esta suerte quiero
los cabellos recoger,
por no parecer mujer
cuando me quite el sombrero.
Pon el espejo. ¿A qué fin
le apartas?
JUANA: Porque así impido
a un pintor que está escondido
por copiarte en el jardín.
SERAFINA: ¿Cómo es eso?
PINTOR: ¡Vive Dios,
que aquesta mujer nos vende!
Si el duque acaso esto entiende,
medrado habemos los dos.
SERAFINA: ¿En el jardín hay pintor?
JUANA: Sí. Deja que te retrate.
ANTONIO: ¡Cielos! ¿Hay tal disparate?
SERAFINA: ¿Quién se atrevió a eso?
JUANA: Amor,
que, como en Chipre, se esconde
enamorado de ti
por retratarte.
ANTONIO: Eso sí.
JUANA: (¡Cuál estará agora el conde!) Aparte
SERAFINA: Humor tienes singular
aquesta tarde.
PINTOR: ¿Ha de ser
el vestido de mujer
con que la he de retratar,
o como agora está?
ANTONIO: Sí,
como está; porque se asombre
el mundo que en traje de hombre
un serafín ande ansí.
PINTOR: Sacado tengo el bosquejo.
En casa lo acabaré.
SERAFINA: Ya de tocarme acabé.
Quitar puedes el espejo.
¿No está bien este cabello?
¿Qué te parezco?
JUANA: Un Medoro.
SERAFINA: No estoy vestida de moro.
JUANA: No, mas pareces más bello.
SERAFINA: Ensayemos el papel,
pues ya estoy vestida de hombre.
JUANA: ¿Cuál es de la farsa el nombre?
SERAFINA: «La portuguesa crüel.»
JUANA: En ti el poeta pensaba
cuando así la entituló.
SERAFINA: Portuguesa soy; crüel no.
JUANA: Pues a Amor, ¿que le faltaba
a no sello?
SERAFINA: ¿Qué crueldad
has visto en mí?
JUANA: No tener
a nadie amor.
[Doña SERAFINA] vase poniendo el cuello y sombrero
SERAFINA: ¿Puede ser
el no tener voluntad
a ninguno crueldad? Di.
JUANA: ¿Pues no?
SERAFINA: ¿Y será justa cosa,
por ser para otros piadosa,
ser yo crüel para mí?
PINTOR: ¡Par diez, que ella dice bien!
ANTONIO: ¡Pobre del que tal sentencia
está escuchando!
PINTOR: ¡Paciencia!
ANTONIO: Mis temores me la den.
SERAFINA: Déjame ensayar y acaba.
Verás cuál hago un celoso.
JUANA: ¿Qué papel haces?
SERAFINA: ¡Famoso!
Un príncipe que sacaba
al campo, a reñir por celos
de su dama, a un conde.
JUANA: Pues,
comienza.
SERAFINA: No sé lo que es,
pero escucha y fingirélos.
Representa
Conde, vuestro atrevimiento
a tal término ha venido
que ya la ley ha rompido
de mi honrado sufrimiento.
Espantado estoy, por Dios,
de vos y de Celia bella;
de vos, porque habláis con ella;
de ella porque os oye a vos;
que supuesto que sabéis
las conocidas ventajas
que hace a vuestra prendas bajas
el valor que conocéis
en mí, desacato ha sido;
en vos, por habella amado,
y en ella por haber dado
a vuestro amor loco oído.
Oye, no hay satisfacciones;
que serán intento vanos,
pues como no tenéis manos
queréis vencerme a razones.
Haga vuestro esfuerzo alarde,
acábense mis recelos,
que no es bien que me dé celos
un hombre que es tan cobarde.
Echa mano
Muestra tu valor agora,
medroso, infame enemigo.
¡Muere!
JUANA: ¡Ay, ten! ¡Que no es conmigo
la pesadumbre, señora!
SERAFINA: ¿Qué te parece?
JUANA: Temí.
SERAFINA: Enojéme.
JUANA: ¿Pues qué hicieras,
a ser los celos de veras
si te enojas siendo así?
ANTONIO: ¿Hay celos con mayor gracia?
PINTOR: Estoy mirándola loco.
¡Donaire extraño!
JUANA: Por poco
sucediera una desgracia,
de verte tuve temor.
Un valentón bravo has hecho.
SERAFINA: Oye agora. Satisfecho
de mi dama y de su amor,
del enojo que la di,
muy a lo tierno la pido
me perdone arrepentido.
JUANA: Eso será bueno. Di.
Representa
SERAFINA: Los cielos me son testigos
si el enojo que te he dado
al alma no me ha llegado.
Mi bien, seamos amigos.
Basta. No haya más enojos,
pues yo propio me castigo.
Vuelvan a jugar conmigo
las dos niñas de esos ojos.
Quitad el ceño. No os note
mi amor niñas soberanas;
que dirá que sois villanas
viéndoos andar con capote.
¿De qué sirve este desdén,
mi gloria, mi luz, mi cielo,
mi regalo, mi consuelo,
mi paz, mi gloria, mi bien?
¿Que no me quieres mirar?
¡Que esto no te satisfaga!
Mátame, toma esta daga.
Mas no me querrás matar;
que aunque te enojes, yo sé
que en mí tu gusto se emplea.
No hayas más, mi Celia. ¡Ea,
mira que me enojaré!
Va a abrazar a doña JUANA
Como te adoro, me atrevo;
no me apartes, no te quites.
JUANA: Pasito, que te derrites.
De nieve te has vuelto sebo.
Nunca has sido, sino agora,
portuguesa.
ANTONIO: ¡Ah, cielo santo!
¡Quién la dijera otro tanto
como ha dicho.
JUANA: Di, señora,
¿es posible que quien siente
y hace así un enamorado
no tenga amor?
SERAFINA: No me ha dado
hasta agora ese accidente
porque su provecho es poco,
y la pena que da es mucha.
Aqueste romance escucha.
¡Verás cuán bien finjo un loco!
Representa
¿Que se casa con el conde
y me olvida Celia? ¡Cielos!
Pero mujer y mudanza
tienen un principio mesmo.
¿Qué se hicieron los favores
que cual flores prometieron
el fruto de mi esperanza?
Mas fueron flores de almendro;
un cierzo las ha secado.
Loco estoy, matarme quiero;
piérdase también la vida,
pues ya se ha perdido el seso.
Mas, no; vamos a las bodas;
que razón es, pensamiento,
pues que la costa pagamos,
que a mi costa nos holguemos.
En la aldea se desposan
los dos a lo villanesco;
que pues se casa en aldea,
villana su amor ha vuelto.
Celos, volemos allá
pues tenéis alas de fuego.
A lindo tiempo llegamos,
desde aquí verla podemos.
Ya salen los convidados,
el tamboril toca el tiempo,
porque a su son bailan todos;
pues ellos bailan, bailemos.
Va: «Perantón, Perantón…
. . . . . . . . . . [e-o]»
Baila
Pues vuestra Celia las hace,
toca Pero Sastre, el viejo,
pues que la villa lo paga.
Ya se entraron allá dentro,
ya quieren dar colación.
La capa del sufrimiento
Rebózase
me rebozaré, que así
podré llegar encubierto,
y arrimarme a este rincón
como mis merecimientos.
Avellanas y tostones
dan a todos. ¡Hola! ¡Ah, necios!
Llegad, tomaré un puñado.
¿Yo necio? Mentís. ¿Yo miento?
Tomad. ¿A mí bofetón?
Dase un bofetón
¡Muera! ¡Ténganse! ¿Qué es esto?
Echa mano
No fue nada. Sean amigos.
Yo lo soy. Yo serlo quiero.
Envaina
Ya ha llegado el señor cura.
Por muchos años y buenos
se regocije esta casa
con bodas y casamientos.
Por vertú de su mercé,
señor cura, aquí hay asiento.
¿Eso no? Tome esta silla
de costillas. No haré, cierto.
Digo que la ha de tomar.
Este escaño estaba bueno;
mas por no ser porfïado…
Ya se ha rellenado el viejo.
Echá vino, Hernán Alonso.
Beba el cura y vaya arreo.
¡Oh, cómo sabe a la pega!
También Celia sabe a celos.
Ya es hora del desposorio;
todos están en pie puestos:
los novios y los padrinos
en frente y el cura en medio.
Fabio, ¿queréis por esposa
a Celia hermosa? Sí, quiero.
Vos, Celia, ¿queréis a Fabio?
Por mi esposo y por mi dueño.
¡Oh, perros! ¿En mi presencia?
Mete mano
El príncipe Pinabelo
soy. Mueran los desposados,
el cura, la gente, el pueblo.
¡Ay, que nos mata! Pegadles,
celos míos, vuestro incendio
pues Sansón me he vuelto. Muera
Sansón con los Filisteos;
que no hay quien pueda resistir el fuego
cuando le enciende amor y soplan celos.
JUANA: ¡Pecadora de mí! ¡Tente!
Que no soy Celia ni Celio
para airarte contra mí.
SERAFINA: Encendíme, te prometo,
como Alejandro lo hacía
llevado del instrumento
que aquel músico famoso
le tocaba.
ANTONIO: ¿Pudo el cielo
juntar más donaire y gracia
solamente en un sujeto?
¡Dichoso quien, aunque muera,
le ofrece sus pensamientos!
JUANA: Diestra estás; muy bien lo dices.
SERAFINA: Ven, doña Juana; que quiero
vestirme sobre este traje
el mío, hasta que sea tiempo
de representar.
JUANA: A fe,
que se ha de holgar en extremo
tu melancólica hermana.
SERAFINA: Entretenerla deseo.
Vanse los dos
PINTOR: Ya se fueron.
ANTONIO: Ya quedé
con su ausencia triste y ciego.
PINTOR: En fin, ¿quieres que de hombre
la pinte?
ANTONIO: Sí, que deseo
contemplar en este traje
lo que agora visto habemos;
pero truécala el vestido.
PINTOR: ¿Pues no quieres que sea negro?
ANTONIO: Dará luto a mi esperanza;
mejor es color de cielos,
con oro, y pondrá en él
otro amor y azul mis celos.
PINTOR: Norabuena
ANTONIO: ¿Para cuándo
me le tienes de dar hecho?
PINTOR: Para mañana sin falta.
ANTONIO: No repares en el precio;
que no trujera Amor desnudo el cuerpo
a ser interesable y avariento.
Vanse. Salen doña MADALENA y MIRENO
MADALENA: Mi maestro habéis de ser
desde hoy.
MIRENO: ¿Qué ha visto en mí,
vuestra excelencia, que así
me procura engrandecer?
Dará lición al maestro
el discípulo desde hoy.
MADALENA: (¡Qué claras señales doy Aparte
del ciego amor que le muestro!)
MIRENO: (¿Qué hay que dudar, esperanza? Aparte
Esto, ¿no es tenerme amor?
Dígalo tanto favor,
muéstrelo tanta privanza.
Vergüenza, ¿por qué impedís
la ocasión que el cielo os da?
Daos por entendido ya.)
MADALENA: Como tengo, don Dionís
tanto amor…
MIRENO: (¡Ya se declara, Aparte
ya dice que me ama, cielos!
MADALENA: …al conde de Vasconcelos,
antes que venga, gustara,
no sólo hacer buena letra,
pero saberle escribir,
y por palabras decir
lo que el corazón penetra;
que el poco uso que en amar
tengo, pide que me adiestre
esta experiencia, y me muestre
cómo podré declarar
lo que tanto al alma importa,
y el amor mismo me encarga;
que soy en quererle larga,
y en significarlo corta.
En todo os tengo por diestro;
y así, me habéis de enseñar
a escribir y a declarar
al conde mi amor, maestro.
MIRENO: (¿Luego no fue en mi favor, Aparte
pensamiento lisonjero
sino porque sea tercero
del conde? ¿Veis, loco amor,
cuán sin fundamento y fruto
torres habéis levantado
de quimera, que ya han dado
en el suelo? Como el bruto
en esta ocasión he sido,
en que la estatua iba puesta,
haciéndola el pueblo fiesta
que loco y desvanecido
creyó que la reverencia
no a la imagen que traía
sino a él solo se hacía,
y con brutal impaciencia
arrojalla de sí quiso
hasta que se apaciguó
con el castigo, y cayó
confuso en su necio aviso.
¿Así el favor corresponde
con que me he desvanecido?
Basta; que yo el bruto he sido
y la estatua es sólo el conde.
Bien puedo desentonarme
que no es la fiesta por mí.)
MADALENA: (Quise deslumbrarle así; Aparte
que fue mucho declararme.)
Mañana comenzaréis,
maestro, a darme lición.
MIRENO: Servirte es mi inclinación.
MADALENA: Triste estáis.
MIRENO: ¿Yo?
MADALENA: ¿Qué tenéis?
MIRENO: Ninguna cosa.
MADALENA: (Un favor Aparte
me manda Amor que le dé.)
Tropieza y dala la mano MIRENO
¡Válgame Dios! Tropecé…
(Que siempre tropieza Amor.) Aparte
El chapín se me torció.
MIRENO: (¡Cielos! ¿Hay ventura igual?) Aparte
¿Hízose acaso algún mal
vueselencia?
MADALENA: Creo que no.
MIRENO: ¿Que la mano la tomé?
MADALENA: Sabed que al que es cortesano
le dan, al darle una mano,
para muchas cosas pie.
Vase
MIRENO: «¡Le dan, al darle una mano,
para muchas cosas pie!»
De aquí, ¿qué colegiré?
Decid, pensamiento vano.
¿En aquesto pierdo o gano?
¿Qué confusión, qué recelos
son aquestos? Decid, cielos,
¿esto no es amor? Mas no,
que llevo la estatua yo
del conde de Vasconcelos.
Pues, ¿qué enigma es darme pie
la que su mano me ha dado?
Si sólo el conde es amado,
¿qué es lo que espero? ¿Qué sé?
Pie o mano, decid, ¿por qué
dais materia a mis desvelos?
Confusión, Amor, recelos,
¿soy amado? Pero no,
que llevo la estatua yo
del conde de Vasconcelos.
El pie que me dio será
pie para darla lición
en que escriba la pasión
que el conde y su amor la da.
Vergüenza, sufrí y callá.
Basta ya, atrevidos vuelos,
vuestra ambición, si a los cielos
me desatino os subió;
que llevo la estatua yo
del conde de Vasconcelos.
FIN DEL SEGUNDO ACTO
ACTO TERCERO
Salen LAURO, pastor viejo, y RUY Lorenzo, también de pastor
RUY: Si la edad y la prudencia
ofrece en la adversidad,
Lauro discreto, paciencia,
vuestra prudencia y edad
pueden hacer la experiencia.
Dejad el llanto prolijo;
que, si vuestro ausente hijo
es causa que lloréis tanto,
él convertirá ese llanto
brevemente en regocijo.
Su virtud misma procura
honrar vuestra senectud
y hacer su dicha segura;
que siempre fue la virtud
principio de la ventura;
y pues la tiene por madre,
no es bien que ese llanto os cuadre.
LAURO: Eso mis males lo vedan,
porque los hijos heredan
las desdichas de su padre.
No le he dejado otra herencia
si no es la desdicha mía,
. . . . . . . . . .[ -encia;]
que era el muro que tenía
mi vejez.
RUY: ¿Ésa es prudencia?
Si por trabajos un hombre
es bien que llore y se asombre,
¿quién los tiene como yo
a quien el cielo quitó
honra, patria, hacienda y nombre?
Un hijo sólo perdéis
aunque no en las esperanzas
que de gozalle tenéis;
pero yo, con las mudanzas
que de mi vida sabéis,
¿cuándo veré que el furor
del tiempo y de su rigor
dejará de hacerme ultraje,
despreciado en este traje
y con nombre de traidor?
Consoladme vos a mí,
pues es más lo que perdí.
LAURO: ¿Más que un hijo habéis perdido?
RUY: El honor, ¿no es preferido
a la vida y hijos?
LAURO: Sí.
RUY: Pues si no tengo esperanza
de dar a mi honor remedio,
más pierdo.
LAURO: En una venganza
no es bien que se tome el medio
deshonrado; el que la alcanza
con medio que injustos son,
cuando más vengarse intenta,
queda con mayor afrenta
[porque ese color presenta]
dando color de traición
el contrahacer firma y sello
del duque para matar
al conde, pudiendo hacello
de otro modo y no manchar
vuestro honor por socorrello.
Y pues parece castigo
el que os da el tiempo enemigo,
justo es que estéis consolado,
pues padecéis por culpado;
pero el que usa conmigo
mi desdicha es diferente,
pues, aunque no lo merezco,
me castiga.
RUY: Un hijo ausente
no es gran daño.
LAURO: El que padezco
tantos años inocente
os diré, si los ajenos
daños hacen que sean menos
los propios males.
RUY: No son
de aquesa falsa opinión
los generosos y buenos;
porque el prudente i discreto
siente el daño ajeno tanto
como el propio.
LAURO: Si secreto
me guardáis, diraos mi llanto
su historia.
RUY: Yo os le prometo;
mas llorar un hijo ausente
un hombre es mucha flaqueza.
LAURO: Pierdo, con perdelle, mucho.
RUY: ¿Qué más extremos hicieras
a tener tú mis desdichas?
LAURO: ¡Ay, Dios! Si quien soy supieras,
¡cómo todas tus desgracias
las juzgaras por pequeñas!
RUY: Ese enigma me declara.
LAURO: Pues con ese traje quedas
en el lugar de mi hijo,
escucha mi suerte adversa.
Yo, Ruy Lorenzo, no soy
hijo de estas asperezas,
ni el traje que tosco ves
es mi natural herencia;
no es de Lauro mi apellido,
ni mi patria aquesta sierra,
ni jamás mi sangre noble
supo cultivar la tierra.
Don Pedro de Portugal
me llaman, y de la cepa
de los reyes lusitanos
desciendo por línea recta.
El rey don Düarte fue
mi hermano, y el que ahora reina
es mi sobrino.
RUY: ¿Qué escucho?
¡Duque de Coímbra! Deja
que sellen tus pies mi labios,
y que mis desdichas tengan
fin, pues con las tuyas son
o ningunas o pequeñas.
LAURO: Alza del suelo y escucha
si acaso tienes paciencia
para saber los vaivenes
de la Fortuna y su rueda.
Murió el rey de Portugal,
mi hermano, en la primavera
de su juventud lozana;
mas la muerte, ¿qué no seca?
De seis años dejó un hijo
que agora, ya hombre, intenta
acabar mi vida y honra;
y dejando la tutela
y el gobierno de estos reinos
solos a mí y a la reina.
Murió el rey; sobre el gobierno
hubo algunas diferencias
entre mí y la reina viuda,
porque jamás la soberbia
supo admitir compañía
en el reinar, y las lenguas
de envidiosos lisonjeros
siempre disensiones siembran.
Metióse el rey de Castilla
de por medio, porque era
la reina su hermana. En fin,
nuestros enojos concierta
con que rija en Portugal
la mitad del reino, y tenga
en su poder al infante.
Vine en esta conveniencia;
mas no por eso cesaron
las envidias y sospechas,
hasta alborotar el reino
asomos de armas y guerras.
Pero cesó el alboroto
porque, aunque era moza y bella
la reina, un mal repentino
dio con su ambición en tierra.
Murió en fin; gocé el gobierno
portugués sin competencia,
hasta que fue Alfonso Quinto,
de bastante edad y fuerzas.
Caséle con una hija
que me dio el cielo, Isabela
por nombre aunque desdichada,
pues ni la estima ni precia.
Juntáronsele al rey mozo
mil lisonjeros, que cierran
a la verdad en palacio,
como es costumbre, las puertas.
Entre ellos un mi enemigo,
de humilde naturaleza,
Vasco Fernández por nombre,
gozó, la privanza excelsa;
y queriendo derribarme
para asegurarse en ella,
a mi propio hermano induce,
y, para engañarle, ordena
hacerle entender que quiero
levantarme con sus tierras
y combatirle a Berganza,
siendo duque por mí de ella.
Creyólo, y ambos a dos
al nuevo rey aconsejan,
si quiere gozar seguro
sus estados, que me prenda;
para lo cual alegaban
que di muerte con hierbas
a doña Leonor, su madre,
y que con traiciones nuevas
quitalle intentaba el reino,
pidiendo a Ingalaterra
socorro, con cartas falsas
en que mi firma le enseñan.
Creyólo; desposeyóme
de mi estado y las riquezas
que en el gobierno adquirí;
llevóme a una fortaleza
donde, sin bastar los ruegos
ni lágrimas de Isabela,
mi hija y su esposa, manda
que me corten la cabeza.
Supe una noche propicia
el rigor de la sentencia
y, ayudándome el temor,
las sábanas hechas vendas,
me descolgué de los muros,
y en aquella noche mesma
di aviso que me siguiese
a mi esposa la duquesa.
Supo el rey mi fuga, y manda
que al son de roncas trompetas
me publiquen por traidor,
dando licencia a cualquiera
para quitarme la vida,
poniendo mortales penas
a quien, sabiendo de mí,
no me lleve a su presencia.
Temí el rigor del mandato,
y como en la suerte adversa
huye el amistad, no quise
ver en ellos su experiencia.
Llegamos hasta estos montes,
donde de parto y tristeza
murió mi esposa querida,
y un hijo hermoso me deja
que en este traje crïado,
comprando ganado y tierras,
y hecho de duque pastor,
ha ya veinte primaveras
que han dado flores a mayo,
hierba al prado y a mí penas,
que el estado en que me ves
conservo; mas todo fuera
poco, a no perder la vista
del hijo en cuya presencia
olvidaba mis trabajos.
Mira si es razón que sienta
la falta que a mi vejez
hace su vista, y que pierda
la vida que ya se acaba
entre lágrimas molestas.
RUY: Notables son los sucesos
que en el mundo representa
el tiempo caduco y loco,
autor de tantas tragedias.
La tuya, famoso duque,
hace que olvide mis penas;
mas yo espero en Dios que presto
dará Fortuna la vuelta.
Bien claras señales daba
de tu hijo la presencia,
que, cual ceniza, el sayal
las llamas de su nobleza
encubría. Quiera el cielo
que rico y próspero el vuelva
a consolarte.
Salen VASCO y BATO, pastores
BATO: Nuesamo,
con cinco carros de leña
vamos a Avero. ¿Mandas algo
para allá?
LAURO: Bato, que vengas
presto.
BATO: ¿No quieres más?
LAURO: No.
BATO: Pues yo sí, porque quisiera
que, a cuenta de mi soldada,
ocho veintenes me diera
para una cofia de pinos
que me ha pedido Firela.
LAURO: Ven por ellos.
BATO: En mi tarja
nueve rayas tengo hechas,
porque otros cinco tostones
debo no más.
LAURO: ¡Qué simpleza!
Vanse BATO y LAURO
VASCO: ¿No podría yo ir allá?
RUY: No, Vasco amigo, si intentas
no perderte; que ya sabes
nuestro peligro y afrenta.
VASCO: ¿Hasta cuándo quieres que ande
en esta vida grosera,
de mis calzas desterrado?
Vuélveme, señor, a ellas,
y líbrame de un mastín
que anoche desde la puerta
de Melisa me llevó
dos cuarterones de pierna.
RUY: ¿Pues qué hacías tú de noche
a su puerta?
VASCO: Hay cosas nuevas.
Si aquí es el amor quillotro,
quillotrado estoy por ella.
Hízome ayer un favor
en el valle.
RUY: ¿Y fue?
VASCO: Que tiesa
me dio un pellizco en un brazo,
terrible, y me hizo señas
con el ojo zurdo.
RUY: ¿Y ése
es buen favor?
VASCO: ¡Linda flema!
Ansí se imprime el carácter
del amor en las aldeas.
Vanse. Salen MIRENO y TARSO
TARSO: ¿Más muestras quieres que dé
que decirte, al «cortesano
le dan, al dalle una mano,
para muchas cosas pie?»
¿Puede decirlos más claro
una mujer principal?
¿Qué aguardabas, pese a tal,
amante corto y avaro,
que ya te daré este nombre
pues no te osas atrever?
¿Esperas que la mujer
haga el oficio de hombre?
¿En qué especie de animales
no es la hembra festejada,
perseguida y paseada
con amorosas señales?
A solicitalla empieza,
que lo demás es querer
el orden sabio romper
que puso Naturaleza.
Habla; no pierdas por mudo
tal mujer y tal estado.
MIRENO: Un laberinto intricado
es, Tarso, el que temo y dudo.
No puedo determinarme
que me prefieran los cielos
al conde de Vasconcelos;
pues llegando a compararme
con él, sé que es gran señor,
mozo discreto, heredero
de Berganza, y desespero,
viéndome humilde pastor,
rama vil de un tronco pobre,
y que tan noble mujer
no es posible quiera hacer
más favor que al oro, al cobre.
Mas después el afición
con que me honra y favorece,
las mercedes que me ofrece
su afable conversación,
el suspenderse, el mirar,
las enigmas y rodeos
con que explica sus deseos,
el fingir un tropezar
–si es que fue fingido–el darme
la mano, con la razón
que me tiene en confusión
se animan para animarme,
y entre esperanza y temor
como ya, Brito, me abraso,
llego a hablalla, tengo el paso,
tira el miedo, impele amor,
y, cuando más me provoca
y hablalla el alma comienza,
enojada la Vergüenza
llega y tápame la boca.
TARSO: ¿Vergüenza? ¿Tal dice un hombre?
¡Vive Dios, que estoy corrido
con razón de haberte oído
tal necedad! No te asombre
que así llame a tu temor
por no llamarle locura.
¡Miren aquí qué criatura
o qué doncella Teodor,
para que con este espacio
diga que vergüenza tiene!
No sé yo para qué viene
el vergonzoso a palacio.
Amor vergonzoso y mudo
medrará poco, señor,
que a tener vergüenza amor,
no le pintaran desnudo.
No hayas miedo que se ofenda
cuando digas tus enojos;
vendados tiene los ojos
pero la boca sin venda.
Habla, o yo se lo diré
porque, si callas, es llano
que quien te dio pie en la mano
tiene de dejarte a pie.
MIRENO: Ya, Brito, conozco y veo
que amor que es mudo no es cuerdo;
pero, si por hablar pierdo
lo que callando poseo
y agora con mi privanza
e imaginar que me tiene
amor, vive y se entretiene,
mi incierta y loca esperanza;
y declarando, mi amor
tengo de ver en mi daño
el castigo y desengaño
que espero de su rigor,
¿no es mucho más acertado
aunque la lengua sea muda,
gozar un amor en duda
que un desdén averiguado?
Mi vergüenza esto señala,
esto intenta mi secreto.
TARSO: Dijo una vez un discreto
que en tres cosas era mala
la vergüenza y el temor.
MIRENO: ¿Y eran?
TARSO: Escucha despacio:
en el púlpito, en palacio
y en decir uno su amor.
En palacio estás. Los cielos
te abren camino anchuroso.
No pierdas por vergonzoso.
MIRENO: Si al conde de Vasconcelos
ama, ¿cómo puede ser?
TARSO: No lo creas.
MIRENO: Si lo veo
y ell[a] lo dice.
TARSO: Es rodeo
y traza para saber
si amas. A hablarla comienza,
que, par Dios, si la perdemos
que al monte volver podemos
a segar.
MIRENO: Si la vergüenza
me da lugar yo lo haré
aunque pierda vida y fama.
Sale doña JUANA
JUANA: Mirad, don Dionís, que os llama
mi señora…
MIRENO: Luego iré.
TARSO: Ánimo.
MIRENO: (¿Qué confusión Aparte
me entorpece y acobarda?
JUANA: Venid presto; que os aguarda.
Vase
TARSO: Desenvuelve el corazón.
Háblala, señor, de espacio.
MIRENO: Tiemblo, Brito.
TARSO: Esto es forzoso.
Bien dicen que al vergonzoso
le trujo el diablo a palacio.
Vanse. Sale doña MADALENA
MADALENA: Ciego Dios, ¿qué os avergüenza
la cortedad de un temor?
¿De cuándo acá niño amor
sois hombre y tenéis vergüenza?
¿Es posible que vivís
en don Dionís y que os llama
su dios? Sí, pues si me ama,
¿cómo calla don Dionís?
Decláreme sus enojos,
pues callar un hombre es mengua.
Dígame una vez su lengua
lo que me dicen sus ojos.
Si teme mi calidad
su bajo y humilde estado,
bastante ocasión le ha dado
mi atrevida libertad.
Ya le han dicho que le adoro
mis ojos, aunque fue en vano.
La lengua, al dalle la mano
a costa de mi decoro,
ya abrió el camino que pudo
mi vergüenza. Ciego infante,
ya que me habéis dado amante,
¿para qué me le dais mudo?
Mas no me espanto lo sea
pues tanto Amor me humilló;
que, aun diciéndoselo yo,
podrá ser que no lo crea.
Sale doña JUANA
JUANA: Don Dionís, señora, viene
a darte lición.
Vase
MADALENA: A dar
lición vendrá de callar
pues aun palabras no tiene.
De suerte me trata Amor
que mi pena no consiente
más silencio. Abiertamente
le declararé mi amor
contra el común orden y uso;
mas tiene de ser de modo
que, diciéndoselo todo,
le he de dejar más confuso.
Siéntase en una silla. Finge que duerme y sale MIRENO, descubierto
MIRENO: ¿Qué manda vuestra excelencia?
¿Es hora de dar lición?
(Ya comienza el corazón Aparte
a temblar en su presencia.
Pues que calla, no me ha visto;
sentada sobre la silla
con la mano en la mejilla
está.)
MADALENA: (En vano me resisto. Aparte
Yo quiero dar a entenderme
como que dormida estoy.)
MIRENO: Don Dionís, señora, soy.
¿No me responde? ¿Si duerme?
Durmiendo está. Atrevimiento,
agora es tiempo. Llegad
a contemplar la beldad
que ofusca mi entendimiento.
Cerrados tiene los ojos.
Llegar puedo sin temor;
que, si son flechas de Amor,
no me podrán dar enojos.
¿Hizo el Autor soberano
de nuestra naturaleza
más acabada belleza?
Besarla quiero una mano.
¿Llegaré? Sí…pero no;
que es la reliquia divina
y mi humilde boca indina
de tocalla. ¿Pero yo
soy hombre y tiemblo? ¿Qué es esto?
Ánimo. ¿No duerme? Sí.
Llega y retírase
Voy. ¿Si despierta? ¡Ay de mí,
que el peligro es manifiesto
y moriré si recuerda
hallándome de este modo!
Para no perderlo todo
bien es que esto poco pierda.
El temor el Amor venza.
Afuera quiero esperar.
MADALENA: (¡Que no se atrevió a llegar! Aparte
¡Mal haya tanta vergüenza!)
MIRENO: No parezco bien aquí
solo, pues durmiendo está.
Yo me voy.
MADALENA: (¿Que al fin se va?) Aparte
Como que duerme
Don Dionís…
MIRENO: ¿Llamóme? Sí.
¡Qué presto que despertó!
Miren, ¡qué bueno quedara
si mi intento ejecutara!
¿Está despierta? Mas no;
que en sueños pienso que acierta
mi esperanza entretenida;
y quien me llama dormida
no me quiere mal despierta.
¿Si acaso soñando está
en mí? ¡Ay, cielos! ¿Quién supiera
lo que dice?
Como que duerme
MADALENA: No os vais fuera.
Llegaos, don Dionís, acá.
MIRENO: Llegar me manda su sueño.
¡Qué venturosa ocasión!
Obedecella es razón
pues, aunque duerme, es mi dueño.
Amor, acabad de hablar.
No seáis corto.
Todo lo que hablare ella es como entre sueños
MADALENA: Don Dionís,
ya que a enseñarme venís
a un tiempo a escribir y amar
al conde de Vasconcelos…
MIRENO: ¡Ay, cielos! ¿Qué es lo que veis?
MADALENA: …quisiera ver si sabéis
qué es amor y qué son celos;
porque será cosa grave
que ignorante por vos quede,
pues que ningún otro puede
enseñar lo que no sabe.
Decidme, ¿tenéis amor?
¿De qué os ponéis colorado?
¿Qué vergüenza os ha turbado?
Responded. Dejá el temor;
que el amor es un tributo
y una deuda natural
en cuantos viven, igual
desde el ángel hasta el bruto.
Ella misma se pregunta y responde como que duerme
Si esto es verdad, ¿para qué
os avergonzáis así?
¿Queréis bien? –Señora, sí–.
¡Gracias a Dios que os saqué
una palabra siquiera.
MIRENO: ¿Hay sueño más amoroso?
¡Oh, mil veces venturoso
quien le escucha y considera!
Aunque tengo por más cierto
que yo solamente soy
el que soñándolo estoy;
que no debo estar despierto.
MADALENA: ¿Ya habéis dicho a vuestra dama
vuestro amor?–No me he atrevido–.
¿Luego nunca lo ha sabido?
–Como el amor todo es llama,
bien lo habrá echado de ver
por los ojos lisonjeros,
que son mudos pregoneros–.
La lengua tiene de hacer
ese oficio; que no entiende
distintamente quien ama
esa lengua que se llama
algarabía de allende.
¿No os ha dado ella ocasión
para declararos?–Tanta
que mi cortedad me espanta–.
Hablad, que esa suspensión
hace a vuestro amor agravio.
–Temo perder por hablar
lo que gozo por callar–.
Eso es necedad, que un sabio
al que calla y tiene amor
compara a un lienzo pintado
de Flandes que está arrollado.
Poco medrará el pintor
si los lienzos no descoge
que al vulgo quiere vender
para que los pueda ver.
El palacio nunca acoge
la vergüenza; esa pintura
desdoblad, pues que se vende,
que el mal que nunca se entiende
difícilmente se cura.
–Sí; mas la desigualdad
que hay, señora, entre los dos
me acobarda–. ¿Amor no es dios?
–Sí, señora–. Pues hablad;
que sus absolutas leyes
saben abatir monarcas
e igualar con las abarcas
la coronas de los reyes.
Yo os quiero por medianera,
decidme a mí quién amáis.
–No me atrevo–. ¿Qué dudáis?
¿Soy mala para tercera?
–No, pero temo, ¡ay de mí!–
¿Y si yo su nombre os doy?
¿Diréis si es ella si soy
yo acaso? –Señora, sí–.
¡Acabara yo de hablar!
¿Mas que sé que os causa celos
el conde de Vasconcelos?
–Háceme desesperar;
que es, señora, vuestro igual
y heredero de Berganza–.
La igualdad y semejanza
no está en que sea principal,
o humilde y pobre el amante,
sino en la conformidad
del alma y la voluntad.
Declaraos de aquí adelante,
don Dionís. A esto os exhorto;
que en juegos de amor no es cargo
tan grande un cinco de largo
como es un cinco de corto.
Días ha que os preferí
al conde de Vasconcelos.
MIRENO: ¿Qué escucho, piadosos cielos?
Da un grito MIRENO, y hace que despierte doña MADALENA
MADALENA: ¡Ay, Jesús! ¿Quién está aquí?
¿Quién os trujo a mi presencia,
don Dionís?
MIRENO: Señora mía…
MADALENA: ¿Qué hacéis aquí?
MIRENO: Yo venía
a dar a vuestra excelencia
lición. Halléla durmiendo,
y mientras que despertaba
aquí, señora, aguardaba.
MADALENA: Dormíme, en fin, y no entiendo
de qué pudo sucederme;
que es gran novedad en mí
quedarme dormida así.
Levántase
MIRENO: Si sueña siempre que duerme
vuestra excelencia del modo
que agora, ¡dichoso yo!
MADALENA: (¡Gracias al cielo que habló Aparte
este mudo!)
MIRENO: (¡Tiemblo todo!) Aparte
MADALENA: ¿Sabéis vos lo que he soñado?
MIRENO: Poco es menester saber
para eso.
MADALENA: Debéis de ser
otro Josef.
MIRENO: Su traslado
en la cortedad he sido
pero no en adivinar.
MADALENA: Acabad de declarar
cómo el sueño habéis sabido.
MIRENO: Durmiendo vuestra excelencia,
por palabras le ha explicado.
MADALENA: ¡Válame Dios!
MIRENO: Y he sacado
en mi favor la sentencia,
que falta ser confirmada
para hacer mi dicha cierta
por vueselencia despierta.
MADALENA: Yo no me acuerdo de nada.
Decídmelo; podrá ser
que me acuerda de algo agora.
MIRENO: No me atrevo, gran señora.
MADALENA: Muy malo debe de ser
pues no me lo osáis decir.
MIRENO: No tiene cosa peor
que haber sido en mi favor.
MADALENA: Mucho lo deseo oír.
Acabad ya, por mi vida.
MIRENO: Es tan grande el juramento
que anima mi atrevimiento.
Vuestra excelencia dormida…
Tengo vergüenza.
MADALENA: Acabad;
que estáis, don Dionís, pesado.
MIRENO: Abiertamente ha mostrado
que me tiene voluntad.
MADALENA: ¿Yo? ¿Cómo?
MIRENO: Alumbró mis celos,
y en sueños me ha prometido…
MADALENA: ¿Sí?
MIRENO: …que he de ser preferido
al conde de Vasconcelos.
Mire si en esta ocasión
son los favores pequeños.
MADALENA: Don Dionís, no creáis en sueños;
que los sueños sueños son.
Vase
MIRENO: ¿Agora sales con eso?
Cuando sube mi esperanza,
carga el desdén la balanza
y se deja en fiel el peso.
Con palabras tan resueltas
dejas mi dicha mudada.
¡Qué mala era para espada
voluntad con tantas vueltas!
¿Por qué varios arcaduces
guía el cielo aqueste amor?
Con el desdén y favor
me he quedado entre dos luces.
No he de hablar más en mi vida
pues mi desdicha concierta
que me desprecie despierta
quien me quiere bien dormida.
Calla el alma su pasión
y sirva a mejores dueños,
sin dar crédito a más sueños;
que los sueños sueños son.
Sale TARSO
TARSO: Pues, señor, ¿cómo te ha ido?
MIRENO: ¿Qué sé yo? Ni bien ni mal.
Con un compás quedo igual:
amado y aborrecido.
A mi vergüenza y recato
me vuelvo que es lo mejor.
TARSO: Di, pues, que le fue a tu amor
como a tres con un zapato.
MIRENO: Después me hablarás despacio.
TARSO: Bato, el pasto y vaquero
de tu padre, está en Avero
y entrando acaso en palacio
me ha conocido, y desea
hablarte y verte; que está
loco de placer.
MIRENO: Sí hará.
¡Oh, llaneza de mi aldea!
¡Cuánto mejor es tu trato
que el de palacio confuso
donde el engaño anda al uso!
Vamos, Brito, a hablar a Bato,
y a mi padre escribiré
de mi fortuna el estado.
En un lugar apartado
quiero velle.
TARSO: ¿Pues por qué?
MIRENO: Porque tengo, Brito, miedo
que de mi humilde linaje
la noticia aquí me ultraje
antes de ver este enredo
en qué para.
TARSO: Y es razón.
MIRENO: Ven, porque le satisfagas.
TARSO: A ti amor y a mí estas bragas
nos han puesto en confusión.
Vanse. Salen doña SERAFINA y don ANTONIO
SERAFINA: No sé, conde, si dé a mi padre aviso
de vuestro atrevimiento y de su agravio,
que agravio ha sido suyo el atreveros
a entrar en su servicio de ese modo
para engañarme a mí y a él afrentalle.
Otros medios hallárades mejores,
pues noble sois, con que obligar al duque,
sin fingiros así su secretario,
pues no sé yo, si no es tenerme en poco.
¿Qué liviandad hallasteis en mi pecho
para atreveros a lo que habéis hecho?
ANTONIO: Yo vino de camino a ver mi prima
y quiso Amor que os viese.
SERAFINA: Conde, basta.
Yo estoy muy agraviado justamente
de vuestro atrevimiento. ¿Vos creístes
que en tan poco mi fama y honra tengo
que descubriéndoos, como lo habéis hecho,
había de rendirme a vuestro gusto?
Imaginarme a mí mujer tan fácil
ha sido injuria que a mi honor se ha hecho.
Mi padre ha dado al de Estremoz palabra
que he de ser su mujer, y aunque mi padre
no la diera ni yo le obedeciera,
por castigar aqueste desatino
me casara con él. Salid de Avero
al punto, don Antonio, o daré aviso
de aquesto a don Düarte y si lo entiende
peligraréis, pues corren por su cuenta
mis agravios.
ANTONIO: ¿Que ansí me desconoces?
SERAFINA: Idos, conde, de aquí, que daré voces.
ANTONIO: Déjame disculpar de los agravios
que me imputas, que el juez más riguroso
antes de sentenciar escucha al reo.
SERAFINA: Conde, ¡vive los cielos! Que si una hora
estáis más en la villa, que esta noche
me case con el conde por vengarme.
Yo os aborrezco, conde. Yo no os quiero.
¿Qué me queréis? Aquí la mayor pena
que me puede afligir es vuestra vista.
Si a vuestro amor mi amor no corresponde,
conde, ¿qué me queréis? Dejadme, conde.
ANTONIO: Áspid, que entre las rosas
de esa belleza escondes tu veneno,
¿mis quejas amorosas
desprecias de este modo? ¡Ay, Dios, que peno,
sin remediar mis males
en tormentos de penas infernales!
Pues que del paraíso
de tu vista destierras mi ventura,
hágate Amor Narciso,
y de tu misma imagen y hermosura
de suerte te enamores
que, como lloro, sin remedio llores.
Yo me voy, pues lo quieres,
huyendo del rigor crüel que encierras.
Agravio de mujeres,
pues de tu vista hermosa me destierras,
por quedar satisfecho
desterraré tu imagen de mi pecho.
Saca el retrato del pecho
En el mar de tu olvido
echará tus memorias la venganza
que a Amor y al cielo pido,
pues de esta suerte alcanzará bonanza
el mar en que me anego,
si es mar donde las ondas son de fuego.
Borrad, alma, el retrato
que en vos pinta el Amor, pues que yo arrojo
aquéste por ingrato,
Arrójale
castigo justo de mi justo enojo
por quien mi amor desmedra.
Adiós, crüel, retrato de una piedra
que, pues al tiempo apelo,
médico sabio que locuras cura.
Razón es que en el suelo
os deje, pues que sois de piedra dura,
si el suelo piedras cría.
Quédate, fuego, ardiendo en nieve fría.
Vase
SERAFINA: ¿Hay locuras semejantes?
¿Es posible que sujetos
a tan rabiosos efetos
estén los pobres amantes?
¡Dichosa mil veces yo
que jamás admití el yugo
de tan tirano verdugo!
¿Qué es lo que en el suelo echó
y con renombre de ingrato
tantas injurias le dijo?
Quiero verle, que colijo
mil quimeras. ¡Un retrato!
Álzale
Es de un hombre, y me parece
que me parece de modo
que es mi semejanza en todo.
Cuanto el espejo me ofrece
miro aquí. Como en cristal
bruñido mi imagen propia
aquí la pintura copia
y un hombre es su original.
¡Válgame el cielo! ¿Quién es,
pues no es retrato del conde
que en nada le corresponde?
¿Pues por qué le echó a mis pies?
Decid, Amor, ¿es encanto
éste para que me asombre?
¿Es posible que haya hombre
que se me parezca tanto?
No, porque cuando le hubiera,
¿qué ocasión le ha dado el pobre
para que tal odio cobre
con él el conde? Si fuera
mío, pareciera justo
que en él de mí se vengara,
y que al suelo le arrojara
por sólo darme disgusto.
Algún enredo o maraña
se encierra en aqueste enima.
Doña Juana que es su prima
ha de sabello. ¡Qué extraña
confusión! Llamalla quiero,
aunque con ella he reñido
viendo que la causa ha sido
que esté su primo en Avero.
Mas ella sale.
Sale doña JUANA
JUANA: Ya está,
señora, abierto el jardín.
Entre el clavel y el jazmín
vuestra excelencia podrá,
entreteniéndose un rato,
perder la cólera e ira
que tiene conmigo.
SERAFINA: Mira,
doña Juana, este retrato.
JUANA: (Éste es el suyo. ¿A qué fin Aparte
mi primo se le dejó?
¡Cielos, si sabe que yo
le metí dentro del jardín!)
SERAFINA: ¿Viste semejanza tanta
en tu vida?
JUANA: No, por cierto.
(¡Si aqueste es el que en el huerto Aparte
copió el pintor!)
SERAFINA: ¿No te espanta?
JUANA: Mucho.
SERAFINA: Tu primo, enojado,
porque su amor tuve en poco,
con disparates de loco
le echó en el suelo, y airado
se fue. Quise ver lo que era
y hame causado inquietud
pues por la similitud
que tiene, saber quisiera
a qué fin aquesto ha sido.
Pues de su pecho las llaves
tienes, dilo, si lo sabes.
JUANA: (Basta, que no ha conocido Aparte
que es suyo. La diferencia
del traje de hombre y color
que mudó en él el pintor
es la causa.) Vueselencia
me manda diga una cosa
de que estoy tan ignorante
como espantada.
SERAFINA: Bastante
es ser yo poco dichosa
para que lo ignores. Diera
cualquier precio de interés
por sólo saber quién es.
JUANA: Pues sabedlo…
SERAFINA: ¿Cómo?
JUAN: Espera;
llamando al conde mi primo,
y fingiendo algún favor
con que entretener su amor…
SERAFINA: La famosa traza estimo;
mas habráse ya partido.
JUANA: No habrá. Yo le iré a llamar.
SERAFINA: Ve presto.
JUANA: (¿Hay más singular Aparte
suceso? Castigo ha sido
del cielo que a su retrato
ame quien a nadie amó.)
Vase [doña JUANA]
SERAFINA: No en balde en tierra os echó
quien con vos ha sido ingrato,
que si es vuestro original
tan bello como está aquí
su traslado, creed de mí
que no le quisiera mal.
Y a fe que hubiera alcanzado
lo que muchos no han podido,
pues vivos no me han vencido
y él me venciera pintado.
Mas, aunque os haga favor,
no os espante mi mudanza,
que siempre la semejanza
ha sido causa de amor.
Salen don ANTONIO y doña JUANA
JUANA: Esto es cierto.
ANTONIO: ¿Hay tal enredo?
JUANA: Lo que has de responder mira.
ANTONIO: Prima, con una mentira
tengo de gozar, si puedo,
la ocasión.
SERAFINA: Conde…
ANTONIO: ¿Señora?
SERAFINA: Muy colérico sois.
ANTONIO: Es
condición de Portugués,
y no es mucho, si en media hora
me mandáis dejar Avero,
que hiciese extremos de loco.
SERAFINA: Callad, que sabéis muy poco
de nuestra condición. Quiero
haceros, conde, saber,
porque os será de importancia,
que son caballos de Francia
las iras de una mujer.
El primer ímpetu, extraño;
pero al segundo se cansa,
que el tiempo todo lo amansa.
ANTONIO: (Prima, todo esto es engaño.) Aparte
SERAFINA: No quiero ya que os partáis.
ANTONIO: De aquesta suerte, el desdén
pasado doy ya por bien.
SERAFINA: Pues ya sosegado estáis,
¿no me diréis la razón
por qué, cuando os apartastes,
este retrato arrojastes
en el suelo? ¿Qué ocasión
os movió a caso tan nuevo?
¿Cúyo es aqueste retrato?
ANTONIO: Deciros, señora, trato
la verdad; mas no me atrevo.
SERAFINA: ¿Pues, por qué?
ANTONIO: Temo un castigo
terrible.
SERAFINA: No hay que temer.
Yo os aseguro.
ANTONIO: Perder
la vida por un amigo
no es mucho. Aquesa presencia
a declararme me anima.
(Ya va de mentira, prima.) Aparte
SERAFINA: Decid.
ANTONIO: Oiga vueselencia:
Días ha que habrá tenido
entera y larga noticia
de la historia lastimosa
del gran duque de Coímbra,
gobernador de este reino,
en guerra y paz maravilla;
que por ser con vuestro padre
de una cepa y sangre misma,
y tan cercanos en deudo
como esta corona afirma,
habréis llorado los dos
la causa de sus desdichas.
SERAFINA: Ya sé toda aquesa historia.
Mi padre la contó un día
a mi hermana en mi presencia.
Su memoria me lastima.
Veinte años dicen que habrá
que le desterró la envidia
de Portugal con su esposa
y un tierno infante. Holgaría
de saber si aún vive el duque,
y en qué reino o parte habita.
ANTONIO: Sola la duquesa es muerta
porque su memoria viva;
que [a]l hijo infeliz y [a]l duque,
con quien mi padre tenía
deudo y amistad al tiempo
que de la prisión esquiva
huyó, le ofreció su amparo
y arriesgando hacienda y vida.
Hasta agora le ha tenido
disfrazado en una quinta,
donde, entre toscos sayales,
los dos la tierra cultivan,
que con sus lágrimas riegan
dándoles por fruto espinas.
El hijo, a quien hizo el cielo
con tantas partes que admiran
al mundo su discreción,
su presencia y gallardía
se crió conmigo, y es
la mitad del alma mía;
que el ñudo de la amistad
hace de dos una vida.
Quiso el cielo que viniese,
habrá medio año, a esta villa
disfrazado de pastor,
y que tu presencia y vista
le robase por los ojos
el alma, cuya homicida,
respondiendo el valle en ecos,
pregonan que es Serafina.
Mil veces determinado
de decirte sus desdichas,
le ha detenido el temor
de ver que el rey le publica
por traidor a él y a su padre,
y a quien no diere noticia
de ellos, que a todos alcanza
el rigor de la justicia.
Yo, que como propias siento
las lágrimas infinitas
que por ti sin cesar llora,
le di la palabra un día
de declararte su amor,
y de su presencia y vista
gallarda darte el retrato
que tienes. Llegué y, sabida
tu condición desdeñosa,
ni inclinada ni rendida
a las coyundas de Amor
de quien tan pocos se libran,
no me atreví abiertamente
a declararte el enigma
de sus amorosas penas,
hasta que la ocasión misma
me la ofreciese de hablarte,
y así alcancé de mi prima
que el duque me recibiese.
Supe después que quería
con el de Estremoz casarte
y, por probar si podía
estorballo de este modo,
mostré las llamas fingidas
de mi mentiroso amor,
respondiéndome con ira
y yo, para que mirases
el retrato que te inclina
a menos rigor, echéle
a tus pies, que bien sabía
que su belleza pintada
de tu presunción altiva
presto había de triunfar.
En fin, bella Serafina,
el dueño de este retrato
es don Dionís de Coímbra.
SERAFINA: Conde, ¿eso es cierto?
ANTONIO: Y tan cierto
que, a estallo él y saber
que le amabas, sin temer
el hallarse descubierto,
pienso que viniera a darte
el alma.
SERAFINA: Si eso es verdad
no sé si en mi voluntad
podrá caber don Düarte.
¡Válgame Dios! ¡Que éste es hijo
de don Pedro!
ANTONIO: Su belleza
dice que sí.
SERAFINA: (¿Qué flaqueza Aparte
es la vuestra alma? Colijo
que no sois la que solía;
mas justamente merece
quien tanto se me parece
ser amado.) ¿No podría
velle?
ANTONIO: De noche bien puedes,
si das a tus penas fin
y le hablas por el jardín,
que él saltará sus paredes.
Mas de día no osará
porque hay ya quien le ha mirado
en Avero con cuidado
y, si más nota en él da,
ya ves el peligro.
SERAFINA: Conde,
un hombre tan principal,
a mi calidad igual,
y que a mi amor corresponde,
es ingratitud no amalle.
En todo has sido discreto;
sélo en guardar más secreto,
y haz cómo yo pueda hablalle;
que el alma a dalle comienza
la libertad que contrasta.
¡Y adiós!
ANTONIO: ¿Vaste?
SERAFINA: Aquesto basta;
que habla poco la vergüenza.
Vase
JUANA: Primo, ¿es verdad que don Pedro
el duque vive y su hijo?
ANTONIO: Calla, que el alma lo dijo
viendo lo que en mentir medro.
Ni sé del duque ni dónde
su hijo y mujer llevó.
Don Dionís he de ser yo
de noche y de día el conde
de Penela. Y de esta suerte,
si Amor su ayuda me da,
mi industria me entregará
lo que espero.
JUANA: Primo, advierte
lo que haces.
ANTONIO: Engañada
queda. Amor mi dicha ordena
con nombre y ayuda ajena,
pues por mí no valgo nada.
Vanse. Salen el duque y doña MADALENA
DUQUE: Quiero veros dar lición
que la carta que ayer vi
para el conde, en que leí
de el sobre escrito el renglón
me contentó. Ya escribís
muy cierto.
MADALENA: Y aún no lo entiende,
con ser tan claro, y se ofende
mi maestro don Dionís.
Sale MIRENO
MIRENO: ¿Llámame, vuestra excelencia?
MADALENA: Sí, que el duque, mi señor,
quiere ver si algo mejor
escribo. Vos experiencia
tenéis de cuán escribana
soy. ¿No es verdad?
MIRENO: Sí, señora.
MADALENA: Escribí, no ha cuarto de hora,
medio dormida, una plana
tan clara que la entendiera
aun quien no sabe leer.
¿No me doy bien a entender,
don Dionís?
MIRENO: Muy bien.
MADALENA: Pudiera
serviros, según fue buena,
de materias para hablar
en su loor.
MIRENO: Con callar
la alabo; sólo condena
mi gusto el postrer renglón
por más que la pluma excuso
porque estaba muy confuso.
MADALENA: Diréislo por el borrón
que eché a la postre.
MIRENO: ¿Pues no?
MADALENA: Pues adrede lo eché allí.
MIRENO: Sólo el borrón corregí
porque lo demás borró.
MADALENA: Bien lo pudiste quitar
que un borrón no es mucha mengua.
MIRENO: ¿Cómo?
MADALENA: El borrón con la lengua
se quita, y no con callar.
Ahora bien, cortá una pluma.
Sacan recado y corta una pluma
MIRENO: Ya, gran señora, la corto.
MADALENA: ¡Acabad, que sois muy corto!
Vuestra excelencia presuma
que de vergüenza no sabe
hacer cosa de provecho.
DUQUE: Con todo, estoy satisfecho
de su letra.
MADALENA: Es cosa grave
el dalle avisos por puntos
sin que aproveche. ¡Acabad!
DUQUE: Madalena, reportad.
MIRENO: ¿Han de ser cortos los puntos?
MADALENA: ¡Qué amigo que sois de corto!
Largos los pido. Cortaldos
de aqueste modo o dejaldos.
MIRENO: Ya, gran señora, los corto.
DUQUE: ¡Qué mal acondicionada
sois!
MADALENA: Un hombre vergonzoso
y corto es siempre enfadoso.
MIRENO: Ya está la pluma cortada.
MADALENA: Mostrad. ¡Y qué mala! ¡Ay, Dios!
Pruébala y arrójala
DUQUE: ¿Por qué le echáis en el suelo?
MADALENA: ¡Siempre me la dais con pelo!
Líbreme el cielo de vos.
Quitalde con el cuchillo.
No sé de vos qué presuma,
siempre con pelo la pluma
y la lengua con frenillo.
MIRENO: (Propicios me son los cielos. Aparte
Todo esto es en mi favor.)
Sale el CONDE don Duarte
CONDE: Dadme albricias, gran señor,
el conde de Vasconcelos
está sola una jornada
de vuestra villa.
MADALENA: (¡Ay de mí!) Aparte
CONDE: Mañana llegará aquí
porque trae tan limitada,
dicen, del rey la licencia
que no hará más de casarse
mañana y luego tornarse.
Apreste vuestra excelencia
lo necesario, que yo
voy a recibirle luego.
DUQUE: ¿No me escribe?
CONDE: Aqueste pliego.
DUQUE: Hija, la ocasión llegó
que deseo.
MADALENA: (Saldrá vana.) Aparte
MIRENO: (¡Ay, cielo!) Aparte
MADALENA: (Mi bien suspira.) Aparte
DUQUE: Vamos. Deja aqueso y mira
que te has de casar mañana.
Vanse el DUQUE y el CONDE, y pónese a escribir ella
MADALENA: Don Dionís, en acabando
de escribir aquí, leed
este billete y haced
luego lo que en él os mando.
MIRENO; (Si ya la ocasión perdí, Aparte
¿qué he de hacer? ¡Ay, suerte dura!)
MADALENA: Amor todo es coyuntura.
Vase [doña MADALENA]
MIRENO: Fuése. El papel dice ansí:
Lee
«No da el tiempo más espacio;
esta noche, en el jardín
tendrá los temores fin
del vergonzoso en palacio.»
¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿Qué veo?
¿Esta noche? ¿Hay más ventura?
¿Si lo sueño? ¿Si es locura?
No es posible. No lo creo.
Vuelve a leer
«Esta noche en el jardín…»
¡Vive Dios, que está aquí escrito!
¡Mi bien! A buscar a Brito
voy. ¿Hay más dichoso fin?
Presto en tu florido espacio
dará envidia entre mis celos
al conde de Vasconcelos
el vergonzoso en palacio.
[Vase.] Salen LAURO, RUY Lorenzo, BATO y MELISA
LAURO: Buenas nuevas te dé Dios.
Escoge en albricias, Bato,
la oveja mejor del hato.
Poco es una, escoge dos.
¿Que mi hijo está en Avero?
¿Que del duque es secretario
mi primo? ¡Ay tiempo voltario!
Mas, ¿qué me quejo? ¿Qué espero?
Vamos a verle los dos;
mis ojos su vista gocen.
Venid.
RUY: ¿Y si me conocen?
LAURO: No lo permitirá Dios.
Tiznaos como carbonero
la cara; que de esta vez
daré a mi triste vejez
un buen día hoy en Avero.
Mi gozo crece por puntos.
Agora a vivir comienzo.
Alto. Vamos, Ruy Lorenzo.
BATO: Todos podremos ir juntos.
LAURO: Guardad vosotros la casa.
Vanse los dos, [LAURO y RUY Lorenzo]
MELISA: Sí. Bercebú que la guarde.
BATO: ¿Qué tenéis aquesta tarde?
MELISA: ¡Ay, Bato! ¡Que aqueso pasa!
¿Que no preguntó por mí
Tarso?
BATO: No se le da un pito
por vos, ni es Tarso.
MELISA: ¿Pues?
BATO: Brito,
o Cabrito.
MELISA: ¡Ay! ¿Tarso ansí?
A verte he de ir esta tarde.
¡Crüel, tirano, enemigo!
BATO: ¿Sola?
MELISA: Vasco irá conmigo.
BATO: Buen mastín lleváis que os guarde.
¿Queréisle mucho?
MELISA: Enfinito.
BATO: Pues en Brito se ha mudado,
la mitad para casado
tien…
MELISA: ¿Qué?
BATO: De cabrito el Brito.
Vanse. [Salen] a la ventana doña JUANA y doña SERAFINA
SERAFINA: ¡Ay, querida doña Juana!
Nota de mi fama doy;
mas si lo dilato hoy
me casa el duque mañana.
JUANA: Don Dionís, señora, es tal
que no llega don Düarte
con la más mínima parte
a su valor. Portugal
por su padre llora hoy día.
Para en uno sois los dos.
Gozaos mil años.
SERAFINA: ¡Ay, Dios!
JUANA: No temas, señora mía,
que mi primo fue por él.
Presto le traerá consigo.
SERAFINA: Él tiene un notable amigo.
JUANA: Poco se hallarán como él.
Sale don ANTONIO, como de noche
ANTONIO: Hoy, Amor, vuestras quimeras
de noche me han convertido
en un don Dionís fingido
y un don Antonio de veras.
Por y otro he de hablar.
Gente siento a la ventana.
JUANA: Ruido suena. No fue vana
mi esperanza.
Sale TARSO, de noche
TARSO: Este lugar
mi dichoso don Dionís
me manda que mire y ronde
por si hay gente.
JUANA: ¡Ce! ¿Es el conde?
ANTONIO: Sí, mi señora.
JUANA: ¿Venís
con don Dionís?
TARSO: (¿Cómo es esto? Aparte
¿Don Dionís? La burla es buena.
¿Mas si es doña Madalena?
Reconocer este puesto
me manda, porque le avise
si anda gente, y me parece
que otro en su lugar se ofrece,
y que le ronde, ande y pise.
¡Vaya! ¿Mas que es don Dionís?
¡Eso no!)
ANTONIO: Conmigo viene
un don Dionís, que os previene
el alma, que ya adquirís,
para ofrecerse a esas plantas.
Hablad, don Dionís. ¿Qué hacéis?
Finge que habla don Dionís, mudando la voz
¿Que estoy suspenso, no veis,
contemplando glorias tantas?
Pagar lo mucho que os debo
con palabras será mengua,
y ansí refreno la lengua
porque en ella no me atrevo.
Mas, señora, Amor es dios
y por mí podrá pagar.
JUANA: (¡Bien sabe disimular Aparte
el habla.)
SERAFINA: ¿No tenéis vos
crédito para pagarme
esta deuda?
ANTONIO: No lo sé;
mas buen fiador os daré.
El conde puede fïarme.
[Habla de por sí]
Yo os fío.
TARSO: (¡Válgate el diablo! Aparte
Sólo un hombre es, vive Dios,
y parece que son dos.
Disimula la voz
ANTONIO: Con mucho peligro os hablo
aquí. Haced mi dicha cierta
y tenga mis penas fin.
SERAFINA: Pues, ¿qué queréis?
ANTONIO: Del jardín
tengo ya franca la puerta.
JUANA: Mira que suele rondarte
don Düarte, señora mía,
y que si aguardas al día
has de ser de don Düarte.
Cualquier dilación es mala.
SERAFINA: ¡Ay, Dios!
JUANA: ¡Qué tímida eres!
¿Entrará?
SERAFINA: Haz lo que quisieres.
Como don ANTONIO
ANTONIO: Don Dionís, Amor te iguala
a la ventura mayor
que pudo dar. Corresponde
a tu dicha.
Como don Dionís
Amigo conde,
por vuestra industria y favor
he adquirido tanto bien;
dadme esos brazos. Yo soy
tu amigo, conde, desde hoy.
[Como don ANTONIO]
Yo vuestro esclavo.
[Como don Dionís]
Está bien.
Dará el tiempo testimonio
de esta deuda.
[Como don ANTONIO]
Aquí te aguardo;
que así mis amigos guardo.
Entrad.
Como don Dionís]
Adiós, don Antonio.
Éntrase
SERAFINA: ¿Entró?
JUANA: Sí.
SERAFINA: ¿Que de este modo
fuerce Amor a una mujer?
Mas por sólo no lo ser
del de Estremoz, poco es todo.
¡Mi padre y honor perdone!
JUANA: Vamos y deja ese miedo.
Vanse las dos
TARSO: ¿Hase visto igual enredo?
En gran confusión me pone
este encanto. Un don Antonio
que consigo mismo hablaba,
dijo que aquí se quedaba
y se entró. Él es demonio.
Sale MIRENO, de noche
MIRENO: Él se debió de quedar
como acostumbra, dormido.
TARSO: Ya queda sostituído
por otro aquí tu lugar.
MIRENO: ¿Qué dices, necio? Responde.
Vienes aquí a ver si hay gente,
¿y estáste aquí, impertinente?
TARSO: Gente ha habido.
MIRENO: ¿Quién?
TARSO: Un conde
y un don Dionís de tu nombre,
que es uno y parecen dos.
MIRENO: ¿Estás sin seso?
TARSO: Por Dios,
que acaba de entrar un hombre
con tu doña Madalena
que, o es colegial trilingue,
o a sí propio se distingue,
o es tu alma que anda en pena.
Más sabe que veinte Ulises.
Algún traidor te ha burlado,
o yo este enredo he soñado,
o aquí hay dos don Dionises.
MIRENO: Soñástelo.
TARSO: ¡Norabuena!
Sale a la ventana doña MADALENA
MADALENA: ¿Si habrá don Dionís venido?
TARSO: A la ventana ha salido
un bulto.
MADALENA: ¡Ay, Dios! Gente suena.
¡Ce! ¿Es don Dionís?
MIRENO: Mi señora,
yo soy ese venturoso.
MADALENA: Entrad, pues, mi vergonzoso.
Vase
MIRENO: ¿Crees que lo soñaste agora?
TARSO: No sé.
MIRENO: Si mi cortedad
fue vergüenza, adiós, vergüenza;
que seréis, como no os venza,
desde agora necedad.
Vase
TARSO: Confuso me voy de aquí
que debo estar encantado.
Dos Dionises han entrado
o yo estoy fuera de mí.
De estas calzas por momentos
salen quimeras como ésta;
¡pobre de quien trae acuestas
dos cestas de encantamientos!
Vase. Salen LAURO y RUY Lorenzo, de pastores.
LAURO: Éste es, Ruy Lorenzo, Avero.
RUY: Aquí me vi un tiempo, Lauro,
rico y próspero, y ya pobre
y ganadero.
LAURO: Altibajos
son del tiempo y la Fortuna,
inconstante siempre y vario.
¡Buen palacio tiene el duque!
RUY: Ahora acaba de labrallo;
propiedad de la vejez,
hacellos y no gozallos.
LAURO: Busquemos a mi Mireno.
RUY: En palacio aún es temprano;
que aquí amanece muy tarde
y hemos mucho madrugado.
LAURO: ¿Cuándo durmió el deseoso?
¿Cuándo Amor buscó descanso?
No os espante que madrugue
que soy padre. Deseo y amo.
Salen VASCO y MELISA, de pastores
VASCO: Mucho has podido conmigo,
Melisa.
MELISA: Débote, Vasco,
gran voluntad.
VASCO: ¿A qué efeto
me traes, Melisa, a palacio
desde los montes incultos?
MELISA: En ellos sabrás de espacio
mis intentos.
VASCO: Miedo tengo.
MELISA: (¡Ay, Tarso, crüel, ingrato! Aparte
Mi imán eres, tras ti voy;
que soy hierro.)
VASCO: Aun sería el diablo
que ahora me conociese
algún mozo de caballos,
colgándome de la horca
en fe de ser peso falso.
MELISA: ¡Ay, Vasco, retírate!
VASCO: ¿Pues qué…?
MELISA: ¿No ves a nuesamo,
y al tuyo? Si aquí nos topa,
pendencia hay para dos años.
Tocan cajas
VASCO: Volvámonos. Mas, ¿qué es esto?
RUY: ¿Tan de mañana han tocado
cajas? ¿A qué fin será?
LAURO: No lo sé.
RUY: Si no me engaño,
sale el duque. Algo hay de nuevo.
LAURO: A esta parte retirados
podremos saber lo que es;
que parece que echan bandos.
Salen el DUQUE [y] el CONDE, con gente, y un ATAMBOR
DUQUE: Conde, con ningunas nuevas
pudiera alegrarme tanto
como con éstas. Ya cesan
las desdichas y trabajos
de don Pedro de Coímbra,
mi primo, si el cielo santo
le tiene vivo.
CONDE: Sí hará;
que al cabo de tantos años
de males querrá que goce
el premio de su descanso.
LAURO: ¿Qué es esto que escucho, cielos?
¿Soy yo de quien habla acaso
mi primo el duque de Avero?
Mas, no, que soy desdichado.
DUQUE: Antes que vais, don Düarte,
por el yerno, que hoy aguardo,
quiero que oigáis el pregón
que el rey manda. ¡Echad el bando!
ATAMBOR: «El rey nuestro señor Alfonso el Quinto
manda que en todos sus estados reales
con solemnes y públicos pregones
se publique el castigo que en Lisboa
se hizo del traidor Vasco Fernández
por las traiciones que a su tío el duque
don Pedro de Coímbra ha levantado,
a quien da por leal vasallo y noble
y en todos sus estados restituye.
Mandando que en cualquier parte que asista,
si es vivo, le respeten como a él mismo
y si es muerto, su imagen echa al vivo
pongan sobre un caballo, y una palma
en la mano le lleven a su corte,
saliendo a recibirle los lugares;
y declara a los hijos que tuviere
por herederos de su patrimonio,
dando a Vasco Fernández y a sus hijos
por traidores, sembrándoles sus casas
de sal, como es costumbre en estos reinos
desde el antiguo tiempo de los godos.
Mándase [esto] pregonar porque venga
a noticia de todos.»
Vase
VASCO: ¡Larga arenga!
MELISA: [¡Así digo yo!] ¡Buen garguero
tiene el que ha repiqueteado!
LAURO: Gracias a vuestra piedad,
recto juez, clemente y sabio,
que volvéis por mi justicia.
RUY: El parabién quiero daros
con las lágrimas que vierto.
Gocéisle, duque, mil años.
DUQUE: ¿Qué labradores son estos
que hacen extremos tantos?
CONDE: ¡Ah, buena gente! Mirad
que os llama el duque.
LAURO: Trabajos,
si me habéis tenido mudo,
ya es tiempo de hablar. ¿Qué aguardo?
Dadme aquesos brazos nobles,
duque ilustre, primo caro.
Don Pedro soy.
DUQUE: ¡Santos cielos,
dos mil gracias quiero daros!
CONDE: ¡Gran duque! ¿En aqueste traje?
LAURO: En éste me he conservado
con vida y honra hasta agora.
MELISA: ¡Aho! ¿Diz que es duque nueso amo?
VASCO: Sí.
MELISA: Démosle el parabién.
VASCO: ¿No le ves que está ocupado?
Tiempo habrá. Déjalo agora.
No nos riña.
MELISA: Pues dejallo.
DUQUE: Es el conde de Estremoz
a quien la palabra he dado
de casalle con mi hija
la menor, y agora aguardo
al conde de Vasconcelos,
sobrino vuestro.
LAURO: Mi hermano
estará ya arrepentido,
si traidores le engañaron.
DUQUE: Dióle a doña Madalena,
mi hija mayor.
LAURO: Sois sabio
en escoger tales yernos.
DUQUE: Y venturoso otro tanto
en que seréis su padrino.
RUY: (Aunque el conde me ha mirado, Aparte
no me ha conocido. ¡Ay, cielos!
¿Quién vengará mis agravios?)
DUQUE: Hola, llamad a mis hijas,
que de suceso tan raro,
por la parte que les toca,
es bien darlas cuenta.
MELISA: Vasco,
verdad es. Ven y lleguemos.
Por muchos y buenos años
goce el duquencio.
LAURO: ¿Melisa
aquí?
MELISA: Vine a ver a Tarso.
VASCO: (No oso hablar, no que conozcan; Aparte
que está mi vida en mis labios.)
Salen doña MADALENA, SERAFINA y doña JUANA
MADALENA: ¿Qué manda vuestra excelencia?
DUQUE: Que beséis, hija, las manos
al gran duque de Coímbra,
vuestro tío.
MADALENA: ¡Caso raro!
LAURO: Lloro de contento y gozo.
SERAFINA: (Mi suerte y ventura alabo. Aparte
Ya segura gozaré
mi don Dionís, pues ha dado
fin el cielo a sus desdichas.)
LAURO: Gocéis, sobrinas, mil años
los esposos que os esperan.
SERAFINA: El cielo guarde otros tantos
la vida de vueselencia.
MADALENA: Si la mía estima en algo,
le suplico, así propicios
de aquí adelante los hados
le dejen ver reyes nietos
y venguen de sus contrarios
que este casamiento impida.
DUQUE: ¿Cómo es eso?
MADALENA: Aunque el recato
de la mujeril vergüenza
cerrarme intento los labios,
digo, señor, que ya estoy
casada.
DUQUE: ¿Cómo? ¿Qué aguardo?
¿Estáis sin seso, atrevida?
MADALENA: El cielo y Amor me han dado
esposo, aunque humilde y pobre,
discreto, mozo y gallardo.
DUQUE: ¿Qué dices, loca? ¿Pretendes
que te mate?
MADALENA: El secretario
que me diste por maestro
es mi esposo.
DUQUE: Cierra el labio.
¡Ay, desdichada vejez!
Vil, ¿por un hombre tan bajo
al conde de Vasconcelos
desprecias?
MADALENA: Ya le ha igualado
a mi calidad Amor;
que sabe humillar los altos
y ensalzar a los humildes.
DUQUE: Daréte la muerte.
LAURO: Paso,
que es mi hijo vuestro yerno.
DUQUE: ¿Cómo es eso?
LAURO: El secretario
de mi sobrina vuestra hija,
es Mireno, a quien ya llamo
don Dionís y mi heredero.
DUQUE: Ya vuelvo en mí. Por bien dado
doy mi agravio de este modo.
MADALENA: ¿Hijo es vuestro? ¡Ay, Dios! ¿Qué aguardo
que no beso vuestros pies?
SERAFINA: Eso no, porque es engaño.
Don Dionís, hijo del duque
de Coímbra es quien me ha dado
mano y palabra de esposo.
DUQUE: ¿Hay hombre más desdichado?
SERAFINA: Doña Juana es buen testigo.
MADALENA: Don Dionís está en mi cuarto
y mi recámara.
SERAFINA: ¡Bueno!
En la mía está encerrado.
LAURO: Yo no tengo más de un hijo.
DUQUE: Tráiganlos luego. ¿En qué caos
de confusión estoy puesto?
MELISA: ¿En qué parará esto, Vasco?
VASCO: No sé lo que te responda
pues ni sé si estoy soñando
ni si es verdad lo que veo.
MELISA: ¡Ay, Dios! ¡Si saliese Tarso!
Sale MIRENO
MIRENO: Confuso vengo a tus pies.
LAURO: Hijo mío, aquesos brazos
den nueva vida a estas canas.
Éste es don Dionís.
SERAFINA: ¿Qué engaños
son estos, cielos crüeles?
DUQUE: Abrazadme, ya que ha hallado
el más gallardo heredero
de Portugal este estado.
LAURO: ¿Qué miras, hijo, perplejo?
El nombre tosco ha cesado
que de Mireno tuviste.
Ni lo eres, ni soy Lauro
sino el duque de Coímbra.
El rey está ya informado
de mi inocencia.
MIRENO: ¿Qué escucho?
¡Cielos! ¡Amor! ¡Bienes tantos!
Sale don ANTONIO
ANTONIO: Dadme, señor, esos pies.
DUQUE: ¿A qué venís, secretario?
SERAFINA: Conde, ¿qué es de don Dionís,
mi esposo?
ANTONIO: Yo os he engañado.
En su nombre gocé anoche
la belleza y bien más alto
que tiene el Amor.
DUQUE: ¡Oh, infame!
SERAFINA: ¡Matadle!
CONDE: ¡Matadle!
JUANA: Paso,
que es el conde de Penela,
mi primo.
ANTONIO: Perdón aguardo,
duque y señor, a tus pies.
CONDE: Los cielos lo han ordenado,
porque vuelven por Leonela
a quien di palabra y mano
de esposo y la desprecié
gozada.
LAURO: Aquí está su hermano,
que por vengar esa injuria,
aunque no con medio sabio,
vive pastor abatido.
Si a interceder por él basto,
reducidle a vuestra gracia.
RUY: Perdón pido.
VASCO: Y también Vasco.
DUQUE: Basta, que lo manda el duque.
CONDE: Recibidme por cuñado,
que a Leonela he de cumplir
la palabra que le he dado
luego que a mi estado vuelva.
¿Dónde está?
RUY: Tu pecho hidalgo
hace, al fin, como quien es.
SERAFINA: Y qué, ¿fué mío el retrato?
DUQUE: Dadle, conde don Antonio,
a Serafina la mano;
que, pues el de Vasconcelos
perdió la ocasión por tardo,
disculpado estoy con él.
A MIRENO
¡Muy bien habéis enseñado
a escribir a Madalena!
¿Érades vos el callado,
el cortés, el vergonzoso?
Pero, ¿quién lo fue en palacio?
Sale TARSO
TARSO: ¿Duque Mireno? ¿Qué escucho?
Don Dionís, esos zapatos
te beso, y pido en albricias
de la esposa y del ducado
que me quites estas calzas,
y el día del Jueves Santo
mandes ponellas a un Judas.
MELISA: ¡Ah traidor, mudable, ingrato!
Agora me pagarás
el amor, penas y llanto
que me debes. Señor duque,
de rodillas se lo mando
que mos case.
TARSO: ¿Estotro es cura?
MELISA: Mande que me quiera Tarso.
MIRENO: Yo se lo mando, y le doy
por ello tres mil cruzados.
TARSO: ¿Por la cara o por la bolsa?
MIRENO; Y mi camarero le hago
para que asista conmigo.
DUQUE: Doña Juana está a mi cargo.
Yo le daré un noble esposo.
A recibir todos vamos
al conde de Vasconcelos
porque, viendo el desengaño
de su amor, sepa la historia
del vergonzoso en palacio
y, a pesar de maldicientes,
las faltas perdone el sabio.
FIN DEL TERCER ACTO
FIN DE LA COMEDIA
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