Poemas de Tirso de Molina

poemas de tirso de molina

Poemas de Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez, 1579-1648), uno de los pilares del Siglo de Oro español y el discípulo más brillante de Lope de Vega. Su obra destaca por una profundidad psicológica inusual para la época, especialmente en la creación de personajes femeninos decididos y complejos.

Aunque destacó en la comedia de enredo con obras como Don Gil de las calzas verdes, su mayor legado es la sistematización del mito de la amoralidad en El burlador de Sevilla, donde nace la figura de Don Juan.

Asimismo, exploró dilemas teológicos sobre la salvación y el libre albedrío en El condenado por desconfiado. Su estilo combina la agudeza conceptual con un manejo magistral del lenguaje popular, consolidándolo como el dramaturgo que dotó de densidad intelectual a la estructura de la Comedia Nueva.

Poemas

Amor, hoy como astuto me aconsejas

Amor, hoy como astuto me aconsejas

que a pesar de tus celos y favores,

cogiendo de tus gustos verdes flores,

labre la miel que en mi esperanza dejas.

 

Yo sé que los amantes son abejas,

que en el jardín que aumentan sus amores

labran panales dulces, sin temores

no mezclan el acíbar de sus quejas.

 

Abeja, soy, amor; dame palabra

de darme miel sabrosa de consuelos,

que la esperanza entre sus flores labra.

 

No sequen mi ventura tus desvelos;

que si es abeja amor, y el panal labra,

los zánganos la comen, que son celos.

 

Coplas

De no hallar en mis amores

el número de mi mesa

sabe Dios cuánto me pesa.

 

Cuéstame hartos desvelos

celos bastardos, mal nacidos celos.

 

No soy carne ni pescado,

y aunque mi sazón es corta

sé muy bien lo que me importa.

 

Mi gusto aprendió en Toscana,

pues hallo el arte de amar

en el tropo variar.

 

Peor que el diablo soy si me resuelvo,

pues a puerta cerrada aún no me vuelvo.

 

Cúpome el número sexto,

mas yo he sido tan fiel

que jamás me acusé de él.

 

Puesto que no hay más que ver

en lo que llego a mirar,

aún hay más que desear.

 

Para la flecha de amor,

aunque aguda y penetrante,

tengo el pecho de diamante.

 

Aunque en orden a limpieza

todos dirán en mi abono

mejor cuelo que jabono.

 

No lloréis, ojos hermosos,

no lloréis.

Podrá ser que os engañéis.

 

Sin pundonor, sin melindres,

sin desdenes, vengo a ser

don calla a más no poder.

 

Del castizo caballo descuidado

Del castizo caballo descuidado

el hambre y apetito satisface

la verde hierba que en el campo nace,

el freno duro del arzón colgado;

 

mas luego que el jaez de oro esmaltado

le pone el dueño, cuando fiestas hace,

argenta espuma, céspedes deshace,

con el pretal sonoro alborozado.

 

Del mismo modo entre la encina y roble,

criado con el rústico lenguaje,

y vistiendo sayal tosco he vivido;

 

mas despertó mi pensamiento noble,

como al caballo, el cortesano traje:

que aumenta la soberbia el buen vestido.

 

El tardo buey atado a la coyunda

El tardo buey atado a la coyunda

la noche espera y la cerviz levanta,

y el que tiene el cuchillo a la garganta

en alguna esperanza el vivir funda.

 

Espera la bonanza, aunque se hunda,

la nave a quien el mar bate y quebranta.

Sólo el infierno causa pena tanta

porque de él la esperanza no redunda.

 

Es común este bien a los mortales,

pues quien más ha alcanzado, más espera,

y a veces el que espera, el fin alcanza.

 

Mas a mí la esperanza de mis males

de tal modo me aflige y desespera,

que no puedo esperar ni aun esperanza.

 

Falsa amistad, ladrón disimulado

Falsa amistad, ladrón disimulado,

que lisonjea al que robar procura;

perro que halaga lo que el manjar dura,

para morder después que está acabado.

 

¿Cómo es posible que hayas derribado

con el vano interés de una hermosura

la más firme amistad y más segura

que Francia vio jamás y España ha dado?

 

Labra en palacio en el verano el nido

la golondrina, que parece eterno,

mas huye en el invierno y busca abrigo.

 

De la falsa amistad símbolo ha sido.

Labró el verano, pero huyó el invierno

de mis trabajos el mayor amigo.

 

Mariscal, si sois cuerdo en esta empresa

Mariscal, si sois cuerdo en esta empresa,

amando, mucho vuestra dicha gana.

Estimad los favores de mi hermana,

pues que no dan disgusto a la duquesa.

 

Proseguid, pues veis lo que interesa

con ella vuestro amor, la pena vana

que tenéis, olvidad de la tirana

voluntad que vuestra alma tiene presa.

 

Mirad que, si os preciáis de agradecido,

eterna fama y triunfo de esta gloria

gozoso ganaréis contra el olvido.

 

Acordaos, y a vuestra alma haced memoria,

que siempre, de que sois de mí querido

me acuerdo, mucho más que de Victoria.

 

Movido de mis ruegos, Febo el paso

Movido de mis ruegos, Febo el paso

alargó de su carro rubicundo.

Espantado de velle todo el mundo

tan presto madrugando de su ocaso.

 

Vino la noche, y con el negro raso

de sus ropas, causó sueño profundo,

muerte que da a la vida ser segundo,

sino es a mí, que velo y que me abraso.

 

Amor me manda que velando aguarde

a quien sin haber visto, me enamora.

¡Extraña fuerza! ¡Grave desatino!

 

Temor me hiela porque me acobarde;

mas llega tarde ya, que en mi alma mora

por quien pienso seguir este camino.

 

No en balde, niño amor, te pintan ciego

No en balde, niño amor, te pintan ciego.

Pues tus efectos son de ciego vano:

un guante diste a un bárbaro villano,

y a mí me dejas abrasado en fuego.

 

A tener ojos, conocieras luego

que soy digno de un bien tan soberano,

dejándome besar aquella mano,

que un labrador ganó, ¡costoso juego!

 

La falta de tu vista me lastima.

Amor, pues eres ciego, ponte antojos;

verás mi mal, mi desdichado clima.

 

Diérasme tú aquel guante por despojos,

que el labrador le tiene en poca estima;

guardaréle en las niñas de mis ojos.

 

¡Oh premio rico, que a perder provoca…

¡Oh premio rico, que a perder provoca

el seso del dichoso que te alcanza!

Pues si enloquece una desconfianza,

también el gozo vuelve un alma loca.

 

Ya la sentencia mi temor revoca,

pues a pesar de celos y mudanza,

Beatriz (por sustentar vos mi esperanza),

os lo habéis hoy quitado de la boca.

 

Haga flecha de vos el rapaz ciego;

báculo sed, en que mi dicha estribe,

vara en mis celos, id a reducillos.

 

Leña de amor con que atizáis mi fuego,

puntal de su edificio, que amor vive

(como es rapaz) en casas de palillos.

 

Pastorcico nuevo

Pastorcico nuevo

de color de azor,

bueno sois, vida mía,

para labrador.

 

Pastor de la oveja,

que buscáis perdida,

y ya reducida

viles pastos deja;

aunque vuelta abeja,

pace vuestras flores.

Si sembráis amores

y cogéis sudor;

bueno sois, vida mía,

para labrador.

 

¿Qué confusión, enmarañados cielos…

¿Qué confusión, enmarañados cielos,

es esta, que aborrezco y solicito?

Perilo soy, pues su tormento imito,

tejiendo celos por morir en celos.

 

Eslabonan cadenas mis desvelos,

siendo juez y agresor de mi delito;

tercero del marqués, con quien compito,

en mis tormentos fundo mis consuelos.

 

Si no ama Ludovico a mi Leonora,

publicando mi amor, mi muerte trata,

y han de matarme celos si la adora.

 

Todo es morir lo que el penar dilata:

déme, pues, muerte airada el Duque agora,

y no un recelo que despacio mata.

 

Honor si dais licencia a que fabrique

sospechas el temor que os desvanece,

a Enrique la Duquesa favorece.

¿Osaréis afirmar que quiere a Enrique?

 

Por ella es mayordomo; multiplique

nobles cargos en él, pues los merece;

la consulta le alcanza, bien parece

que a un sabio mis despechos comunique.

 

Hízole Conde; ya, sospechas, pasa

de lo justo el favor que manifiesta

quien con tanta eficacia a honrarle acude.

 

Yo, honor, no afirmo que por él se abrasa;

mas para deslucir su fama honesta,

basta dar ocasión a que se dude.

 

Quiere hacer un tapiz la industria humana

Quiere hacer un tapiz la industria humana

en donde el arte a la materia exceda,

y con su adorno componer se pueda

la pared de la cuadra más profana.

 

Matiza en el telar la mano ufana

y mezcla hilos con que hermoso queda;

pero entre el oro ilustre y noble seda

entreteje también la humilde lana.

 

Lo propio hace el amor, que mezcla y teje

con la lana la seda, aunque más valga,

igualando al villano con el noble.

 

Noble yerno me da, no es bien que deje,

que con mi lana y con su seda hidalga

saldrá el tapiz de amor curioso al doble.

 

Sale el sol por el cielo luminoso

Sale el sol por el cielo luminoso

las nubes pardas de oro perfilando,

y con su luz los montes matizando

ilustra el campo su zafir hermoso.

 

Veloz pasa su curso muy furioso

y cuando la quietud solicitando

halla otro mundo que voceando

al sol le pide su esplendor hermoso,

 

a la campaña salgo defendido

de fuertes rayos de mi estoque ardiente

a quien se rinde el bárbaro vencido.

 

Y cuando del descanso solamente

busco un instante, torpe mi sentido

me acomete el amor eternamente.

 

Todo es temor, amor, todo es recelos

Todo es temor, amor, todo es recelos,

pues ¿cómo puede ser el amor gloria,

si está siempre luchando la memoria

con tantos sobresaltos y desvelos?

 

Estas penas del alma son sus cielos;

estas guerras y asaltos, su victoria,

y es bien todo este mal, cuando a su historia

no encuaderna capítulo de celos.

 

Amor, en popa voy con mi esperanza,

haciendo espejo tus azules mares;

no trueques en tormenta la bonanza.

 

No se me niegue puerto en que me ampares,

que si el que el alma ha deseado alcanza,

daré perpetuo asiento a tus altares.

 

Un año, cielos, ha que amor me obliga

Un año, cielos, ha que amor me obliga

a la dicha mayor que darme pudo;

que, en fin, de puro dar, anda desnudo,

y por tener que dar, pide y mendiga.

 

A Sirena me dio, porque le siga,

en amoroso e indisoluble nudo;

mas con tal condición, que siendo mudo,

goce callando: ¡viose tal fatiga!

 

Callar y poseer sin competencia,

aunque el bien es mayor comunicado,

posible cosa es, pero terrible;

 

mas que tanto aquilaten la paciencia

que obliguen, si el honor anda acosado,

a que calle un celoso, es imposible.

 

Versos de novela cortesana

Niega mil veces arreo

y ninguna digas sí,

que cual tú te ves me vi

y te verás cual me veo.

 

Si hermosuras superiores

no sólo causan deseos,

mas en ceguedad forzosa

disculpan atrevimientos,

 

yo que a tanto cielo aspiro,

Señora, animoso llego.

Mas qué mucho, si la patria

es de la piedad el cielo.

 

Cuando amor me da sus alas

seguro al aire me entrego,

puesto que de tus castigos

me libran mis rendimientos.

 

Los celestiales enojos

y las venganzas se hicieron

para enfrenar arrogantes

y para domar soberbios.

 

Mas yo que humilde tus rayos,

sol hermoso, reverencio,

alumbraránme sus luces

perdonándome su incendio.

 

Yo merecí de tus ojos

no sé qué indicio ni sueño,

que el sol miró a mi esperanza

de trino en su nacimiento.

 

Mas, con todo, temeroso

vivo, cuando considero

que tantas dichas no están

libres de un triste suceso.

 

Y hasta que en lícito lazo

goce la gloria que espero,

me sobresaltan temores

y me acobardan respetos.

 

¡Cuándo tendrán, dueño mío,

mis esperanzas efecto,

sin que alcance la fortuna

sobre mis dichas imperio!

 

La mayor seguridad

no se escapa de recelo,

que como es niño Amor

tiene poco sufrimiento.

 

Si piadosas las estrellas

favorecen mis intentos,

y el laurel desta victoria

ceñir glorioso merezco,

 

sobre mi fe, a tu hermosura

levantaré firme templo

y en tus aras arderán

por víctima mis afectos.

 

Vive en tanto, amada mía,

vive en tanto que yo muero,

que en tus rayos, como el fénix,

espero vivir de nuevo.

 

Ardo amando, y ocultar

tan crecido ardor no puedo,

cuando el respecto o el miedo

no se atreven a explicar.

 

En este turbado mar

no acierto cuál norte siga:

por una parte me obliga

a callar el temor feo,

por otra parte el deseo

me persuade a que lo diga.

 

Tal vez la vista consiento

a vuestras luces, sol mío.

Tal, un suspiro os envío

entre las alas del viento.

 

Mas deste mudo lamento,

que del alma embajador

va a aprobar vuestro rigor,

vista y suspiro atrevido

condeno, y arrepentido

enmudece y ciega amor.

 

Pero ya sin esperar

remedio, y aún sin vivir

mi muerte os quiero decir,

mi amor os quiero callar.

 

Y no os pretendo obligar,

que quien por veros murió

en la vida que perdió

halló su felicidad.

Y ansí, Señora, piedad

os pido, que premio no.

 

Que la sintáis sólo quiere

mi pena para su alivio,

que un sentimiento, aunque tibio,

se le debe a quien se muere.

 

Mas ni estas honras espere

mi muerte, que aunque miréis

la herida, no la creeréis,

porque dudáis, ¡oh rigor!,

los efectos del amor,

como no le conocéis.

 

De aquel joven generoso

cantar quiere mi Talía,

de aquél a quien con más miedo

que rayos Júpiter mira.

 

De aquél que en Córdoba el coso

rubricó de fiera tinta,

donde sepultó los fresnos,

donde arrojó la capilla.

 

De aquel Pedro, heroico hijo

de Castilla, a quien estima

tanto, que en señal de amor

de su nombre se apellida.

 

Entró gallardo en la plaza,

robusto Adonis que libra

el aliño del afecto

y el descuido de la risa.

 

Después que en rompidos fresnos

cubrió la arena de astillas

y graduó de destreza

tanta suerte repetida,

 

como undosa línea ardiente

que airado Júpiter vibra,

para experiencias del joven,

un toro la plaza pisa.

 

Sino fue, por deslucirle,

de la fortuna ojeriza,

contingencias de los astros

y de los hados envidias.

 

Siniestro acomete el bruto,

y lo que hicieran sus iras

en un risco en el caballo

obraron ejecutivas.

 

Cayó, aunque herido animoso,

y adherente a su rüína,

intrépido, aunque enojado,

siguió el jinete la silla.

 

A la violencia del riesgo,

previniendo esta desdicha,

la tumba se estremeció

de Valladolid la rica.

 

Prosigue el bruto el destrozo

y atropella cuanto mira

que te afecta, que aquí el golpe

giró en los demás la vista.

 

Hasta que, cobrado, el joven

dio a entender que la caída

para darle nuevos bríos

fue de la tierra caricia.

 

Tiñe en purpúreo veneno

la ardiente espada. Y la herida

de coral inunda el coso

que, pródiga, desperdicia.

 

A más aplauso la fiera

cayó que la que fue grima

de Calidonia y despojo

envidioso de la ninfa.

 

En los riesgos la virtud

más gloriosa se examina,

que la suerte y el valor

dos cosas son muy distintas.

 

La destreza y el denuedo

viven donde más peligran,

que poco medran los bríos

a la sombra de la dicha.

 

Ansí el héroe cuantas fieras

sellan la arena atrevidas

diestro asalta, fuerte hiere,

y poderoso castiga.

 

Pocas, que huyendo del rayo

de su diestra vengativa,

a otros aciertos largó

su desprecio o cortesía.

 

Vive, pues, Garzón heroico

y a estos ensayos se sigan

victorias de mayor Marte,

que tus ardores te inspiran:

 

tantas que a tu mano deba

España nuevas provincias

que a la más hermosa planta

que huella la tierra rindas.

 

De tus mudanzas aprende

de la fortuna la rueda,

ciego Amor, que en ser instable

solamente perseveras.

 

¡Quién no esperara, segura,

eterna correspondencia

de un amor que confirmó

el tiempo con tantas prendas!

 

La mudanza de los hombres

todo respecto atropella

y el nudo que ata las almas

al primer golpe le quiebra.

 

No es posible, que obligados

de Amor su inconstancia templan,

que ninguno quiere bien

cuando aborrecer desea.

 

Solícitas ocasiones

con fingidas apariencias

no es amor, sino pagar

contra su gusto una deuda.

 

¡Qué mal tus ingratitudes

disculpas con tu nobleza!

Que los nobles sólo en ser

agradecidos lo muestran.

 

De noble traje disfrazas

tu olvido y quieres que sean

en la muerte que me das

cómplices mis conveniencias.

 

Llamas lisonja al agravio

y sacrificio a la ofensa

y acaso nuevo deseo

te saca de mi carena.

 

Bien mereciste que yo

tus consejos obedezca,

si me quieres, por pagarte:

por vengarme, si me dejas.

 

Mas como sé que en amor

qualquier venganza es ofensa,

despido las ocasiones

en que pudiera tenerla.

 

En mis desdichas estimo

que tan poca razón tengas,

que opuesta a tu ingratitud

lucirán más mis finezas.

 

Y enseñará mi ofendido

amor, en cana experiencia,

que un hombre no lo parece

y hay mujer que no lo sea.

 

Con lágrimas y suspiros

mezcló Lisis estas quejas.

Y serenando sus ojos

pobló el aire desta letra:

 

Mi firmeza, ingrato, tu olvido afrenta

y tu olvido es el lauro de mi firmeza.

 

Si queréis vivir, pastores,

Dios os libre de Luzinda,

que es un sabroso veneno

que se bebe por la vista.

 

Nuevas muertes ha inventado,

pues no mata a quien la mira,

y quiere, por dar más pena,

que quien la mirare viva.

 

Es un acíbar dorado,

de suerte que con su risa

no tienen que ver los riesgos

de las más sangrientes iras.

 

Tanto se precia de ingrata,

tanto blasona de esquiva,

como si piedra naciera

de aquestos peñascos hija.

 

Ayer le dije mis ansias

junto a aquella fuente fría,

encendiendo sus cristales

y haciendo brasas sus guijas.

 

Respondióme que era fuerza

el no ser agradecida.

Cobarde fue el desengaño,

pues no me quitó la vida.

 

¿Quién vio tal rigor, zagales?

¿Quién padeció tal desdicha,

que siendo fuerza que muera,

la muerte no me permitan?

 

¡Como si en blando decoro

no tuviese amor caricias

que dejasen del honor

las sagradas aras limpias!

 

Ingrata ha de ser por fuerza

la que por fuerza me obliga

a que a su yugo soberbio

mi cerviz humilde rinda.

 

Aquí yacen los deseos,

aquí murió la porfía,

con estos hielos perecen

mis esperanzas marchitas.

 

¡Ay, qué dolor, pastores, ay que muero

cuando es airado el Sol e ingrato el cielo!

 

Yo os prometí mi libertad, querida

Yo os prometí mi libertad, querida,

no cautivaros más, ni daros pena;

pero promesa en potestad ajena,

¿cómo puede obligar a ser cumplida?

 

Quien promete no amar toda la vida

Y en la ocasión la voluntad enfrena,

saque el agua del mar, sume su arena,

los vientos pare, lo infinito mida.

 

Hasta ahora con noble resistencia

las plumas corto a leves pensamientos

por más que la ocasión su vuelo ampare.

 

Pupila soy de amor; sin su licencia

no pueden obligarme juramentos.

Perdonad, voluntad, si los quebrare.

poemas de Tirso de Molina

Teatro

Amar por señas

Personas que hablan en ella:

BEATRIZ, dama, hija de Felipo

CLEMENCIA, dama, hija de Felipo y duquesa de Joyosa

ARMESINDA, dama-niña, sobrina de Felipo

FELIPO, duque de Lorena

Don GABRIEL Manrique, galán español

CARLOS, galán, duque de Orliens

ENRIQUE

MONTOYA, gracioso

RICARDO

CRIADO 1

CRIADO 2

CRIADO 3

Un PAJE

DAMA

ACTO PRIMERO

 

 

Salen don GABRIEL y MONTOYA, de camino

MONTOYA:          Echéle las maneotas,

colgué el freno del arzón,

maleta y caparazón,

de la color de tus botas,

yacen –parece epitafio–

entre juncia, espliego y grama,

porque te ministren cama;

mas yo debo ser un zafio,

un…

GABRIEL:               Empieza ya.

MONTOYA:                        … un pollino,

una mula de alquiler,

pues no merezco saber

la causa de este camino.

¿Qué mosca te dio?  No ha una hora

que con la cara serena

triunfando te vi en Lorena;

¿de qué es la murria de agora?

Danzaste a satisfacción

de todo el salón ducal

antenoche, sin igual

Adonis de tal salón.

Cinco premios de la justa

esta tarde te has mamado,

de monsiures envidiado

porque tu cólera adusta

dio con tres patas arriba,

que del campo sastres fueron,

pues que la arena midieron.

¿Qué belleza, por esquiva,

soberbia, qué generosa

presunción, qué tiranía

de voluntades te vía,

que con cara cosquillosa

no te echase bendiciones,

si siempre que las mirabas

desde la tela agarrabas

sus almas por los balcones?

¿Hubo favor de importancia

que el de Orliens no te haya hecho,

de tu valor satisfecho,

hermano del rey de Francia,

y tan tratable contigo

que, desde que nos sacó

de España, te sublimó

a la igualdad de un amigo?

¿Dónde vas, si no has sacado

monja o doncella, no has muerto,

no herido, no has encubierto

ladrones, no te han hallado

moneda falsa, no joya

contrahecha, no papel

de conjuración infiel,

no resistencia?

GABRIEL:                         Montoya,

ya sabes mi condición:

servir y callar.

MONTOYA:                       Apelo

sola esta vez.

GABRIEL:                     ¿Cuándo suelo

tener yo satisfacción

de ti ni de otro criado?

¿Comunico yo secretos

contigo?

MONTOYA:                Muchos discretos

a sus ministros han dado

cuenta de cosas más graves,

cuyo consejo remedia

imposibles.  ¿Qué comedia

hay, si las de España sabes,

en que el gracioso no tenga

privanza, contra las leyes,

con duques, condes y reyes,

ya venga bien, ya no venga?

¿Qué secreto no le fían?

¿Qué infanta no le da entrada?

¿A qué princesa no agrada?

GABRIEL:       Los poetas desvarían

con esas civilidades,

pues, dando a la pluma prisa,

por ocasionar la risa,

no excusan impropiedades.

MONTOYA:          Ni hay criado que merezca

con su amo menos que yo.

GABRIEL:       Basta; no me enojes.

MONTOYA:                            No.

GABRIEL:       Llámame cuando amanezca,

porque al punto caminemos.

MONTOYA:       (¡Qué maldita condición!)   Aparte

Allí un gallo motilón

canta maitines; podremos,

si es media noche, dormir

dos o tres horas no más;

quizá en ellas soñarás

que te importa no partir.

Paséome, por guardarte

el sueño, junto al frisón;

maleta y caparazón

desean acomodarte

al pie de aquel chopo viejo.

Duerme, y ¡ojalá, el mi dueño,

mude caprichos tu sueño,

y estimes más mi consejo!

Vase

GABRIEL:          Liviana imaginación,

huyendo voy de imposibles;

resistencias invencibles,

apadríneos la razón.

Volved por vos, opinión;

que pretende una beldad,

desluciendo mi lealtad,

enloquecerme y rendiros;

más valen cuerdos retiros

que loca temeridad.

Vi a Beatriz cuando ignoraba

que pudiera darme enojos,

sin que advirtiesen mis ojos

que tan cerca el alma estaba.

Imaginé que feriaba

deleites, a cuyo alarde,

ni pechero ni cobarde,

retirara mi valor;

pero –¡ay cielos!– que el amor

entra presto y sale tarde.

¡Beatriz, hija y sucesora

del gran duque de Lorena!

¡Carlos de Orliens, cuya pena

le trae a casarse agora,

si pena quien se enamora!

¿Y yo que le sirvo y sigo,

amo a Beatriz, y desdigo

de quien soy?  ¡Civil cuidado!

¿Obligaréle crïado?

¿Corresponderéle amigo?

Alto, amor desvanecido,

el más eficaz remedio

será poner tierra en medio,

pues la razón no lo ha sido.

La ausencia engendra el olvido;

de Marte es amor despojos;

la guerra divierte enojos

que amor pudo ocasionar.

Si me perdí por mirar,

yo castigaré los ojos.

Enfrena, Montoya, enfrena;

que no necesito al día,

cuando la luna es mi guía;

lastimada de mi pena,

porque salga de Lorena,

mi resolución apoya.

De los incendios de Troya

huyendo, saco violentos

penates, mis pensamientos.

Sale RICARDO con una maleta debajo del brazo, y se pone delante de don GABRIEL

GABRIEL:       ¿Es Montoya?

RICARDO:                    No es Montoya.

 

GABRIEL:          ¿Quieres algo?

RICARDO:                          Lo que llevo.

GABRIEL:       ¿Qué llevas?

RICARDO:                    Todos los bienes

que en esta maleta tienes.

Robételos, y me atrevo

a decírtelo.

GABRIEL:                      ¿Estás loco?

RICARDO:       No, pero estoy obligado

a quien esto me ha mandado,

y sé que no te ama poco.

GABRIEL:          ¿Qué dices, hombre?

RICARDO:                              Esto digo.

GABRIEL:       ¿Que me robes te mandó

quien bien me quiere?

RICARDO:                              Y soy yo

de sus desvelos testigo.

GABRIEL:          ¿Y gusta que me des cuenta

del hurto que has hecho?

RICARDO:                                 Sí.

GABRIEL:       ¿Quién es?

RICARDO:                  Cerca está de aquí.

GABRIEL:       Dime su nombre.

RICARDO:                        No intenta

que le sepas por ahora.

GABRIEL:       ¿No? Pues ¿cuándo?

RICARDO:                      Más despacio.

GABRIEL:       ¿Dónde está?

RICARDO:                    ¿Ves el palacio

del bosque?  Pues en él mora.

GABRIEL:          Sepa yo cómo se llama.

RICARDO:       Que lo ignores determina.

¿Conoces a la sobrina

de Felipo?

GABRIEL:                     ¡Hermosa dama!

RICARDO:          Pues no es ésa la curiosa

inventora de esta empresa.

¿Sabes quién es la duquesa,

en Lorena, de Joyosa?

GABRIEL:          Ésa es madama Clemencia,

de dos hijas la menor

del duque.

RICARDO:                 Pues no es su amor

quien quiere impedir tu ausencia.

GABRIEL:          Pues ¿quién?  Que me vuelves loco.

RICARDO:       Ya conoces a Beatriz.

GABRIEL:       ¿Qué dices?  ¡Suerte feliz!

RICARDO:       Pues no es aquésa tampoco.

GABRIEL:          ¡Oh bárbaro burlador!

¡Viven los cielos…!

RICARDO:                           Despacio.

En ese hermoso palacio

te tiene una dama amor,

que desea conocerte,

y ver si en España amaste,

por qué ocasión te ausentaste,

y agora intentas volverte.

Dióme para esto la traza

que has visto y ejecuté;

la maleta te robé;

que, a no hacerlo, me amenaza

no menos que en la cabeza;

y harálo; que es poderosa;

sabrá por ella curiosa

tu estado, patria y nobleza;

pues claro está que ha de hallar

papeles que de esta duda

la saquen.  De intentos muda,

sin resolverte a ausentar;

que, puesto que este secreto

importa lo que no sabes,

por haber estorbos graves

y serlo tanto el sujeto,

estimarás tu fortuna

cuando conozcas quién es,

porque es una de las tres,

y de las tres no es ninguna.

Vase

GABRIEL:          Fuése, y burlóse de mí;

pues para que no le siga,

con disparates me obliga.

O sueño o es frenesí.

Ladrón ingenioso, aguarda.

¿Que ansí un hombre se me atreva?

Seguiréle; que me lleva

las joyas de mi Gerarda.

Vase

MONTOYA:          ¡Que me durmiese yo en pie!

¿Hiciera más un lirón?

Pero ¿qué es de mi frisón?

Maniatado le dejé.

¡Oigan esto! ¡Vive Dios,

que se me acoge con él

un hombre!  –Cuatrero cruel,

espera, aguarda. –Otros dos

van corriendo uno tras otro.

¡Ay, también falta el cojín!

Trampantojos de Merlín

nos llevan maleta y potro.

La luna me está diciendo

que es mi amo aquel que corre;

si él la maleta socorre,

y yo el caballo defiendo,

¡oh enlunada claraboya!

sacrificaréte un gallo.

Franchote, deja el caballo;

que es pupilo de Montoya.

Quiere entrarse, pero salen dos criados que le cogen por las espaldas

CRIADO 1:         Tenga, que hay mucho que hacer.

MONTOYA:       ¡Ay, por detrás y conmigo,

¿qué hacen?

CRIADO 2:                  Punta en boca, digo.

MONTOYA:       Señores, no es menester

apuntar bocas; la mano

meta en esa faltriquera

el uno; que yo quisiera

ser un príncipe; no gano

más que una triste ración,

y con ella veinte reales

de salario, aun no cabales,

pues es mi dueño un pelón.

Doce de éstos hallarán

con otra mosca menuda;

quien la maleta nos muda,

si rompe su cordobán,

desembolsará doblones,

que en Francia llaman del sol;

yo soy un pobre español.

CRIADO 2:      Acortemos de razones;

que no nos trae su dinero.

Atadle esas manos bien.

Se las atan atrás

MONTOYA:       ¿Mi dinero no?  Pues ¿quién…?

CRIADO 2:      Allá lo sabrá.

MONTOYA:                      Si muero,

díganme por qué delito.

CRIADO 2:      Con el lienzo le vendad

los ojos.

MONTOYA:                 No hice maldad

por obra ni por escrito.

Si mi dueño derribó

tres monsiures, ¿en qué peca

un lacayo, pica seca,

que en su vida se metió

en justas ni en pecadoras?

Por sólo no tornear,

dejé en un torno de hablar

tres monjísimas señoras.

CRIADO 1:         Ande y calle.

MONTOYA:                       ¿A dónde bueno

o para qué tantas prisas?

CRIADO 1:      Diránselo allá.

MONTOYA:                      ¿De misas?

Luego ¿a réquiem me condeno?

CRIADO 2:         En chistando, claro está.

MONTOYA:       No muy claro, pues a escuras

me llevan.  De estas venturas

la fortuna me dará

infinitas.  (Hilo a hilo                                  Aparte

me voy.)

CRIADO 2:              Chitón.

MONTOYA:                       No hablo nada.

(Labrando voy cera hilada;                                                         Aparte

pero fáltala el pabilo.)

Vanse. Salen RICARDO con la maleta, huyendo, y don GABRIEL, que le sigue con la espada desnuda

GABRIEL:          Hombre ¿estás encantado?

Cuando corro tras ti, por bosque y prado,

sus alas te da el viento;

si te pierdo de vista, a paso lento

me aguardas; y al instante

que pienso que te alcanzo, la inconstante

cometa no te iguala.

Siguiéndote me traes de sala en sala,

después que en esta quinta

entraste, que de Circe hechizos pinta,

sola y deshabitada,

de luces y tapices adornada.

A nadie en ella veo.

O loco estoy o lo que sueño creo.

RICARDO:       El orden he cumplido

que me dio quien aquí te ha reducido.

Consulta con tu suerte,

español, el ganarte o el perderte;

porque si eres discreto,

toda tu dicha estriba en tu secreto;

y no te asombres tanto;

que ésta es industria toda, no es encanto;

porque lo que primero

te dije es, español, tan verdadero,

que de las tres madamas

la que examina en ti amorosas llamas

y prueba tu fortuna

es una de las tres y no es ninguna.

Apaga la luz, vase y cierra la puerta

 

GABRIEL:          ¡Espera!  Fuese y mató

la luz, cerrando la puerta.

Cuando tanto enigma advierta,

¿podré interpretarle yo?

De tres damas que nombró,

afirma que la una es

quien bien me quiere y, después,

que no es de las tres ninguna:

¿cómo si es de las tres una,

no es ninguna de las tres?

No será Beatriz hermosa,

que ha de casarse mañana

con el de Orliens; no su hermana,

que ha de ser de Enrique esposa;

no Armesinda generosa,

que es muy niña su belleza

para tanta sutileza.

Pensamientos, poco a poco;

que me vais volviendo loco,

y ya mi frenesí empieza.

Salen MONTOYA, CRIADO 1 y CRIADO 2, a quienes se oye hablar arriba en lo alto de la chimenea

MONTOYA:          ¿A dónde bueno conmigo,

señores, que, encaramados,

me han hecho pisar tejados

a cierraojos.

CRIADO 2:                    Ya le digo

que ande y calle, si desea

vivir.

MONTOYA:            Pues ¿de esto se enojan?

¿Por dónde diablos me arrojan?

CRIADO 2:      Sabrálo cuando lo vea.

MONTOYA:          ¿Si es verdad esto que toco?

Sin ser chorizo o jamón,

me han colgado a un cañón

chimeneo.

CRIADO 2:                Poco a poco;

que si cae se ha de matar.

MONTOYA:       ¿Quién vio a escuras volatín?

¡Puf!  Llenóseme de hollín

la boca.  ¿En qué ha de parar

mi ciego descendimiento?

CRIADO 2:      Hombre, calla.

MONTOYA:                      ¡Confesión!

A humo huelo de carbón.

¿Mas si hubiese quemamiento?

Lástima de mí tened.

GABRIEL:       Una voz se va acercando

querellosa.

MONTOYA:                  Bamboleando,

doy de pared en pared.

Asoma MONTOYA debajo de la campana de la chimenea, colgado de un cordel, vendados los ojos y atadas las manos

Si abajo hay leña encendida,

¿qué ha de ser de mi trascara?

Mi chamuscación es clara.

Yo ¿gomorricé en mi vida?

Pues ¿por qué me carbonizan?

¡Ay, que pienso que me abraso!

Si yo buscara el ocaso

del gregüesco…

GABRIEL:                       Atemorizan

estas voces por venir

a escuras.  ¡Cielos! ¿qué es esto?

Ea, vil temor, dispuesto

estoy, matando, a morir.

Saca la espada

CRIADO 2:         Soltadle; que ya estará

en el suelo.

Suéltanle y cae

MONTOYA:                     ¡Ay, desloméme,

tullíme, desvencijéme

del golpe.

GABRIEL:                 Hombre, tente allá,

si no quieres que te mate.

MONTOYA:       ¿Qué más tenido me quieres,

si estoy atado?

GABRIEL:                      ¿Quién eres?

MONTOYA:       ¡Ese es gentil disparate!

Vesme, y no te puedo ver,

¿y eso preguntas?  Yo he sido

lacayo, y ya soy Cupido

vendado.  ¿Quién puede ser

un hombre cuando no vea?

GABRIEL:       ¿Quién eres, en conclusión?

MONTOYA:       Soy tuétano del cañón

de toda esa chimenea.

Duélete de un pobre mozo.

GABRIEL:       No te veo.

MONTOYA:                 ¿No, por Dios?

Luego ¿estaremos los dos

en el limbo o en el pozo?

GABRIEL:          ¿Es Montoya?

MONTOYA:                        ¿Es don Gabriel?

GABRIEL:       ¿Cómo o quién te trajo aquí?

MONTOYA:       ¿Sélo yo? Llégate a mí,

desátame ese cordel

que me tiene estropeado,

mientras mis dichas te cuento.

GABRIEL:       Pues desataréte a tiento.

Desátale

MONTOYA:       Luego ¿también te han vendado

los ojetes, como a mí?

GABRIEL:       No, pero estamos a escuras.

MONTOYA:       ¡Provechosas aventuras

nos suceden!  Hacia aquí.

¿Topaste con la lazada?

GABRIEL:       Álzate.

MONTOYA se levanta

MONTOYA:                 ¡Gracias a Dios!

¿Adónde estamos los dos?

GABRIEL:       Es una casa encantada.

MONTOYA:          ¡Encantada!  ¿Desvarías?

¿Qué dices?

GABRIEL:                 ¿Qué he de decir,

si no hay por donde salir?

MONTOYA:       Libro de caballerías

alquilaba mi ración,

donde topaba Amadises,

Esplandianes, Belianises,

que de región en región,

por barbechos y restrojos

descuartizando gigantes,

deshacían, siendo andantes,

los tuertos, y aun los visojos;

donde sabios de ventaja

encantaban de una vez

princesas de diez en diez,

por «quítame allá esta paja»;

mas siempre estos hechiceros

–que los más eran traidores–,

encantando a sus señores,

dejaban los escuderos.

¿Quieres apostar, señor,

que los monsiures caídos

nos embaulan, ofendidos

de su afrenta y tu valor?

GABRIEL:          Tenlo por cierto.

MONTOYA:                            Emboscados

y sin cenar nos cogieron;

pero, en fin, nunca murieron

de hambre los encantados

–cosa que es bien que se note–,

mas mis alientos se holgaran

que esta vez nos encantaran

cuatro platos de gigote.

GABRIEL:          ¡Qué diferentes cuidados

son los tuyos de los míos!

MONTOYA:       Diremos mil desvaríos;

que estamos encantusados.

Mas mejor fuera buscar

la puerta de este castillo,

si no han echado el rastrillo.

Llaman dentro, dando golpes en el torno

GABRIEL:       Oye; ¿no sientes llamar?

MONTOYA:          Parece que allí golpean.–

Diga quien es el que llama.

GABRIEL:       ¿No responden?

MONTOYA:                      Será dama

de las que vernos desean

encantados; y es sin duda,

porque, aunque hubiese otros tantos,

no bastaran mil encantos

a que una mujer sea muda.

Llaman otra vez

GABRIEL:          Segunda vez han tocado.

MONTOYA:       Y es el toque en la madera

de la puerta.  No quisiera

que hubiese algún lazo armado

o trampa por donde voy;

que todo encanto es tramoya.

Vase llegando a tiento al torno

GABRIEL:       Anda, no temas, Montoya.

MONTOYA:       Como no sé donde estoy…

GABRIEL:          En una sala adornada

de doseles y pinturas.

MONTOYA:       Pues la puedes ver a escuras,

no está para ti encantada.

Llego a tiento hacia la parte

que pulsa el tal llamador.

¿Quién llama?  ¿Quién es?

Llega al torno, que se vuelve, y le coge la cabeza

¡Señor!

¡Jesús!

GABRIEL:                  ¿Quién puede asombrarte?

MONTOYA:            Una cosa que se anda

alrededor y me muerde.

¿Ay, si fuese el dragón verde

que fue palafrén de Urganda?

Llega presto, si deseas

que no me desmaye.

Llégase don GABRIEL y tienta el torno

GABRIEL:                         ¡Loco,

éste es torno!

MONTOYA:                      No le toco.

Llega tú, pues que torneas.

Vuelve el torno con dos luces en candeleros de plata, recado para escribir y un billete

GABRIEL:          Con dos luces se volvió.

MONTOYA:       El «lumen Christi» cantemos;

di «Deo gratias», pues nos vemos.

GABRIEL:       ¡Qué es esto, cielos!

MONTOYA:                            ¿Quién vio

monasterios encantados?

Mas soy necio; no hallaré

devoto que no lo esté

como bojes torneados.

GABRIEL:          Todo esto tiene misterio.

MONTOYA:       Seremos por lo ordinario,

yo el confesor, tú el vicario,

y éste nuestro monasterio.

GABRIEL:          Un billete para mí

viene y una escribanía.

Toma el papel y lee don GABRIEL el sobrescrito

MONTOYA:       Pues donde hay monjas, ¿podía

faltar billeticos?; di.

Respóndela con ternura;

que yo seré la andadera.

¡Ojalá con él viniera

la santa bizcochadura!

Dichosos fuimos los dos.

¡Qué necios discursos hice!

GABRIEL:       Así el sobrescrito dice,

«Leed sólo para vos».

MONTOYA:          Y ¿para mí?

GABRIEL:                      Aparta allá.

MONTOYA:       En fin, topó tu recato

con horma de tu zapato.

GABRIEL:      Retira; acabemos ya.

Lee

«Por los papeles que os he usurpado, sé,

don Gabriel Manrique, parte de vuestros amores.

Quien temerosa de perderos os ha impedido el

viaje, mal os le consentirá celosa.  El

cuarto de esta quinta que os detiene está

deshabitado, y imposible en él vuestra

salida mientras no juréis, con la seguridad

que los bien nacidos empeñan palabras, y

las firméis de vuestro nombre, no partiros

de nuestra corte sin licencia mía, no

revelar a persona estos secretos, y conjeturar por

señas cuál de las tres primeras

damas es la que en palacio os apetece amante.

Resolveos, o en el silencio de esa prisión

vengarme en vuestra muerte, o disponeros a las

dichas que os prometo, que por el riesgo que

publicadas corren, importa por ahora el secreto

que os fía quien desea hallaros tan

advertido como os ha visto valeroso.  El cielo os

guarde.»

 

(¿Pudo la imaginación                               Aparte

en novelas marañosas,

sutiles por ingeniosas,

deleitar la admiración

con más estraño suceso?)

Lee para sí otra vez

MONTOYA:       Sepa yo esa cosicosa.

¿Es verso?  ¿Es papel en prosa,

o anda en el aire tu seso?

¡Vive Cristo, que me apuran

los peligros que recelo!

Llégase a leer, y saca contra él don GABRIEL la daga

GABRIEL:       ¡Loco, necio, vive el cielo…!

MONTOYA:       ¡Ay!  ¿Los encantados juran?

GABRIEL:          ¡…si otra vez aquí te llegas…!

MONTOYA:       ¿Para qué aprendí yo a leer?

Si nada tengo de ver,

más valiera estarme a ciegas.

GABRIEL:          Retírate enhoramala.

MONTOYA:       ¿Para ti solo que leas

dice el papel?  Nunca creas

monja, mientras no regala,

por más ternezas que escriba.

GABRIEL:       («Y conjeturar por señas…»)                            Aparte

MONTOYA:       Las monjas son halagüeñas;

mas si ésta no es donativa,

tripularla con desdén,

o acudir con cena y camas.

GABRIEL:       («…cuál es de las tres madamas                        Aparte

la que en casa os quiere bien…»)

MONTOYA:          Las dos dan; por Dios, que es tarde.

¿Ni cenado ni dormido?

¡Bueno va!

GABRIEL:                 («…tan advertido…»)                Aparte

MONTOYA:       ¿Es paulina?

GABRIEL:                 («…el cielo os guarde.»                           Aparte

¿Si será Beatriz la dama

de tanto artificio autora?

Mas no, que a Carlos adora.

¿Si es Clemencia?  Mas no, que ama

a Enrique.  ¿Si es Armesinda?

¡Despenadme, cielo santo!)

MONTOYA:       ¡Miren si escampa el encanto!

¡Por Dios, que la flema es linda!

GABRIEL:          (Pero séase quien fuere,                Aparte

¿dejaréme yo morir

rebelde, por no admitir

leyes de quien bien me quiere?

No me manda este papel

que ame yo, sino que firme

ser secreto y no partirme;

pues ¿qué riesgo corro en él,

cuando por señas colija

quién es quien me hace dichoso?

Obedecerla es forzoso.

MONTOYA:       ¡Mala noche y parir hija!

En fin, ¿no habemos de hablarnos

en toda esta encantación?

GABRIEL:       (Respondo a satisfacción.)                Aparte

Pone el recado de escribir y una luz sobre un bufete, y responde

MONTOYA:       Pues, paciencia y pasearnos.

¿Escribes?  Eres discreto.

Embillétala, y verás

los regalos que tendrás;

un villancico o soneto

conquista diez mazapanes.

Dila que con la andadera

la enviarás flores y cera

para uno de los san Juanes;

que qué puntos calzar suele;

que si hay ataifor o caja,

que nos dé flor de borraja,

o, en fin, que nos bizcotele,

o que nos saque de aquí.

GABRIEL:       («Haré de mi dicha alarde                                 Aparte

discreto y fiel. Dios me os guarde.

Don Gabriel..»  Bueno está ansí.

Cierro, y no le sobrescribo

porque su nombre no sé.

Vuelvo al torno.)

Pone el papel en el torno, y vuélvele con otra luz

MONTOYA:                         ¿No podré,

oh señor el más esquivo

del orbe para quien vive

contigo, ver un adarme

del dicho papel?  ¿Matarme

quieres?  ¿Qué es lo que te escribe

la soror encantatriz?

GABRIEL:       (La esperanza y el temor,                                                  Aparte

con la lealtad y el amor,

desean, bella Beatriz,

que seáis vos de este empleo

el dueño, y no los seáis.

¿Qué he de hacer, cuando causáis

deseo contra deseo,

sino enloquecer confuso?

Llaman por dentro al torno

MONTOYA:       No está el tiempo para gracias.

Otra vez llaman.  Deo gratias.

Vuélvese el torno con luz y con un tabaque grande y curioso lleno de comida; cúbrenle unos manteles, y sobre ellos viene otro papel

Sin respondernos, nos puso

un tabaque provisor.

¡Cuerpo de Dios!  Don Gabriel,

¡qué bien que huele!

GABRIEL:                            Y sobre él

otro billete.

Levanta MONTOYA los manteles

MONTOYA:                      ¡Oh soror,

la más callada obradora

de cuantas amor registra!

¡Hágate el cielo ministra,

abadesa, correctora,

guardïana, archibispesa,

pontifista, preste Juana!

GABRIEL:       «Leed para vos.»

MONTOYA:                      ¡Oh humana

divina!  Ponga la mesa.

Ésta es sopa, éste es capón,

éstos pichones, estotros

gazapos, niños o potros;

ternera ésta; ¡y qué sazón

para quien está en ayunas!

Como yo muy bien ternera.

El pomo con la contera;

ensalada y aceitunas,

con la fruta de sartén.

De tales encantamentos

vengan a dieces y a cientos,

per omnia saecula, amén.

 

GABRIEL:       «Cumplid lo jurado; que en amaneciendo,

hallaréis desembarazada la salida; y

advertid que os va la cabeza en el secreto.  Camas

hay en que reposéis lo que os han de

permitir –a lo que juzgo– mis artificios; cuanto

más os desvelaren, más tendré

que agradeceros; aunque a participar vos mis

cuidados, no dormiréis mucho ni poco.  El

cielo os guarde.»

 

(¡Alto, discursos, dejad                                            Aparte

de atormentar mi sentido;

obligado, agradecido

he de ser; cualquier beldad

de las tres puede dar pena

amorosa al mismo sol,

cuanto y más a un español

pobre y estraño en Lorena.)

Toma esa luz.

MONTOYA:                       ¿Para qué?

GABRIEL:       Trae todo eso.

MONTOYA:                 ¿A dónde vamos?

Si aquí encantados estamos,

y hay quien regalos nos dé,

¿no es mejor cenarlo aquí

que probar más aventuras?

¿Qué sabes tú si hay figuras

de Rufalda y Malgesí,

que nos lo quiten delante?

Que suele salir jayán

que se engulle un ganapán

con carga y todo.

GABRIEL:                      Ignorante,

calla y ven; que prevenida

nos tiene quien nos regala

cama y mesa en esa sala.

MONTOYA:       Despachemos la comida

aquí, y entremos después.

GABRIEL:       Acabemos.

MONTOYA:                 Si te encanta

cualquier princesa o infanta,

llámate Partinuplés.

Vanse. Salen BEATRIZ y RICARDO

 

BEATRIZ:          Hicístelo de suerte

que infinito tendré que agradecerte.

Los que te acompañaron,

en fin, ¿nada del caso sospecharon?

RICARDO:       Al crïado prendieron,

y donde los mandé le condujeron,

creyendo, a instancia mía,

que hacerle alguna burla pretendía.

No saben otra cosa.

BEATRIZ:       La traza, si se logra, fue ingeniosa.

RICARDO:       Los dos son mis crïados,

valientes, pero poco aficionados

a hacer por conjeturas

discursos.

BEATRIZ:                 Mis recelos aseguras;

alguna vez, Ricardo,

satisfacerte este servicio aguardo.

Pártete a Italia agora,

donde el duque mi padre te mejora;

que el cargo que te ha dado

en Valencia del Po, cuyo condado

le toca por herencia,

seguro le tendrás con el agencia

que queda a cargo mío.

RICARDO:       De ti, señora, mis aumentos fío.

BEATRIZ:       Guarda tú este secreto;

que otros más importantes te prometo.

Mas mira que es mi gusto

que hoy te ausentes.

RICARDO:                           Harélo por ser justo,

puesto que, aunque en Lorena

me quedara, el leal no desenfrena

la lengua, ni el respeto

osara yo perder a tu secreto.

BEATRIZ:       Nunca yo le fïara

de ti, si tal desaire imaginara;

mas que te partas digo

en todo caso hoy; lleva contigo

los que te acompañaron.

RICARDO:       Harélo ansí, no obstante que ignoraron

el fin de este suceso.

BEATRIZ:       Escríbeme en llegando.

RICARDO:                              Tus pies beso.

Vase

BEATRIZ:          Temeridades de amor,

¿qué intentáis con arrojaros

sin ojos a despeñaros

a los riesgos de mi honor?

Aficionóme el valor

de España, que en sus blasones

cifró todas las acciones

de un hombre cuyo sujeto

perdió gallardo el respeto

a todas mis presunciones.

Su memoria me desvela;

enamoróme su gala;

Adonis le vi en la sala,

airoso Marte en la tela;

que se me ausente recela

mi libertad, que no es mía,

porque, enviando una espía

a informarse de quién es,

supo Ricardo después

que esta noche se partía.

Valíme del industrioso

modo de encerrarle aquí,

hallándose amor en mí,

como en otras, ingenioso.

Crece, porque está celoso,

el fuego que me acobarda;

de los papeles que guarda,

y curiosa le usurpé,

que adora en España sé

desdenes de una Gerarda.

No sé yo que cuerdo fuese

Carlos en traer consigo

a quien para su castigo

tantas ventajas le hiciese.

Justo fuera que temiese

tan grande competidor,

pues si a vistas sale amor,

y éste es ya mercaduría,

rústica el alma sería

que escogiese lo peor.

Salen CLEMENCIA y ARMESINDA

CLEMENCIA:        Tus tristezas, Beatriz mía,

las fiestas nos desazonan;

tus bodas las ocasionan,

y tu ausencia las enfría;

apenas expiró el día

cuando te ausentó tu pena

de los ojos de Lorena;

será esta quinta, Beatriz,

más que la corte feliz

si en ella te hallas más buena.

ARMESINDA:        Prima mía, tu belleza

trata al de Orliens con rigor,

si al principio de su amor

pagas gozos con tristeza;

Francia te intitula «alteza»

porque has de ser su consorte,

y, en fe de que eres el norte

por quien todos nos guïamos,

tristes la corte dejamos,

porque tú dejas la corte.

¿Qué tienes?

BEATRIZ:                      ¡Ay bella prima!

¡Ay Clemencia!  No es tan grave

el mal, si el por qué se sabe,

cuando con causa lastima;

mis penas son un eni[g]ma

difícil de declarar;

acrecentando el pesar

que ocasionan las estrellas;

mi congoja influyen ellas,

mi consuelo es el llorar.

Pasar la imaginación

de libre al temerse ajena

dará motivo a mi pena,

materia a mi suspensión.

Tengo a Carlos afición,

y considero cuán justo

medra mi gusto en su gusto;

mas, pues he de ser su esposa,

tratemos en otra cosa

que divierta mi disgusto.

A mí me entretiene el dar,

como a otros el recebir;

ansí quiero desmentir

desvelos de mi pesar;

si me queréis alegrar,

honre, hermana, tu belleza

los diamantes de esta pieza,

y los de ésta, hermosa prima,

tu pecho; tendrán la estima

que les quita mi tristeza.

 

De las joyas que me dio

Carlos, éstas he escogido

para las dos.

Da a CLEMENCIA una banda con una lazada de diamantes, y a ARMESINDA una cruz de los mismos

CLEMENCIA:                    Ofendido

las has, porque juzgo yo

que pueden formar querellas,

apartándolas de ti.

BEATRIZ:       Mejores dueños las di.

ARMESINDA:     No las he visto más bellas.

BEATRIZ:          Trújolas Carlos de España.

CLEMENCIA:     Nación en todo dichosa,

hasta en las piedras airosa.

BEATRIZ:       Tal clima las acompaña.

Ponéoslas luego; estarán

ahora en su misma esfera.

Pónenselas

CLEMENCIA:     Cuando su valor no fuera

tanto, si gusto te dan

enajenadas, por ti

toda estimación merecen.

BEATRIZ:       Bizarramente os parecen.

ARMESINDA:     Los duques vienen aquí.

Salen FELIPO, CARLOS y ENRIQUE

CARLOS:           Desde que ganó el aplauso

común, habiendo salido

de la justa victorioso

y de parabienes rico,

no le he vuelto a ver, y estoy

recelándole peligros,

porque el valor estranjero

con gracias medra enemigos.

FELIPO:        Perded, duque, esos cuidados;

que en Francia siempre han tenido

hidalgas estimaciones

estranjeros bien nacidos.

Yo le he enviado a buscar,

y no ha tanto que le vimos

honrar a España en Lorena,

a costa de sus vecinos,

que su falta os desazone.

ENRIQUE:       Ya mis pesares retiro,

con la presencia olvidados

de las bellezas que he visto.

Hácense cortesía caballeros y damas

FELIPO:        Hijas, sobrina, quejosa

nuestra corte, el regocijo

podrá trocar en tristezas,

[…………………………-í-o.]

¿Por qué tan presto a Floralba?

BEATRIZ:       Juzgo, señor, por prolijo

el tiempo que aquí no empleo;

crïéme en estos retiros,

y no sé hallarme sin ellos.

CLEMENCIA:     Como a madama seguimos,

y sin ella estamos solas,

fuerza el imitarla ha sido.

FELIPO:        Los generosos en Francia,

por excusar el bullicio

de la confusión plebeya,

moran quintas y castillos;

no es mucho que apetezcáis

la amenidad de este sitio;

que por lo poco distante

de Lorena, habréis querido

gozar de uno y otro a tiempos.

Salen don GABRIEL y MONTOYA

MONTOYA:       (Con todos los duques dimos;                    Aparte

gracias a nuestra alcaidesa,

que nos alzó el entredicho.)

GABRIEL:       (Aquí está Beatriz hermosa,             Aparte

con ella a Clemencia miro,

su prima las acompaña;

ya estoy en el laberinto

de mi confusión amante;

discursos, demos principio

a conjeturas dudosas;

ojos, saquemos en limpio

por señas mis desengaños.

ENRIQUE:       ¡Don Gabriel!

GABRIEL:                     Príncipe mío…

ENRIQUE:       ¿Retirado y victorioso?

¿Hiciérades más vencido?

¿Desde ayer tarde sin vernos?

GABRIEL:       Militares ejercicios,

honrando, gran señor, cansan;

dio treguas a su fastidio

y mi sosiego la noche.

ENRIQUE:       Con recelos la he dormido

de alguna desgracia vuestra.

Hablad al duque Felipo.

GABRIEL:       Dadme, gran señor, la mano.

FELIPO:        De las vuestras necesito

para derribar con ellas

soberbias de presumidos.

Mucho le debéis al cielo,

pues tanto con vos propicio

como con otros avaro,

en todo perfecto os hizo.

GABRIEL:       Honra, señor, vueselencia

estranjeros; y yo estimo

más el favor que me hace,

y el estar en su servicio,

que las prendas que encarece

–y no tengo.

ENRIQUE:                    Vos sois digno

de la privanza con Carlos,

venturoso en elegiros.

GABRIEL:       Bésoos la mano mil veces.

ENRIQUE:       Hemos de ser muy amigos.

GABRIEL:       Muy vuestro esclavo, señor,

es sólo el nombre que admito.

Hablan aparte CARLOS y don GABRIEL

CARLOS:        ¿Qué juzgas de mis empleos,

don Gabriel?  ¿Qué del prodigio

de la belleza que adoro?

¿No es milagro?

GABRIEL:                      Es un hechizo

de voluntades, un cielo,

un sol, un fénix, un…

CARLOS:                               Dilo.

GABRIEL:       …un –¡ay amor que me abraso!–

querubín de este paraíso.

CARLOS:        Mientras deidad no llamares

a Clemencia, poco has dicho.

GABRIEL:       ¿A quién, señor?

CARLOS:                         A Clemencia.

GABRIEL:       ¿Y no a Beatriz?

CARLOS:                       Desatino;

vínose a la lengua el alma.

Si tiene en ella dominio,

¿cómo la desmentiré,

desmintiéndome a mí mismo?

Digna es Beatriz del imperio;

mas no debe hallarse digno

mi amor de sujeto tanto;

por eso a Clemencia elijo.

GABRIEL:       (¡Pedidme albricias, deseos!)                          Aparte

CARLOS:        Por más que llamas resisto,

ni puedo, Gabriel, ni quiero

dar licencia a mi albedrío.

Clemencia ha de ser mi esposa,

yo su esclavo, tú mi amigo,

como no me disüadas

que la adore.

GABRIEL:                    Yo te sirvo.

CARLOS:        Dilataré por ahora

mis bodas; de un rey soy hijo,

del que está reinando hermano;

de su poder participo;

perdone Beatriz.

Vase

GABRIEL:                         (Deseos,                                              Aparte

a mi amor os habilito;

lealtad, ya os quitan estorbos;

alma, amad, que no os lo impido.

Los ojos de cuando en cuando

ocupan en mí benignos

Clemencia y su prima bella;

sola Beatriz no ha querido

favorecerme con ellos.

Si señas sirven de indicios

a certidumbres dudosas,

y en Beatriz no las animo,

no es Beatriz quien bien me quiere.

¡Ay, pensamientos ambiguos!

Sin competencia de Carlos,

con mis temores compito.)

ENRIQUE:       Un torneo hemos trazado

esta noche; mi padrino

habéis de ser, porque espero

que le mantendré lucido

como vos en él entréis;

otorgadlo si os obligo.

GABRIEL:       Favorecéisme hasta en eso;

que era el vencerme preciso,

a oponerme a vuestras armas.

FELIPO:        Venid, duque, a preveniros.

¿Qué colores son las vuestras?

ENRIQUE:       Blanco, leonado y pajizo.

Vanse FELIPO y ENRIQUE

MONTOYA:       (¿Hemos de estarnos aquí                            Aparte

hasta el día del juicio,

o rematar con los nuestros,

guïados de tus caprichos?)

Cruza ARMESINDA la sala para retirarse

GABRIEL:       (Ésta es Armesinda bella;                                  Aparte

risueña, en sus ojos pinto

esperanzas que no acepto,

porque a Beatriz las dedico.

Pero –¡ay cielos!– la lazada

de diamantes y zafiros,

que entre sus joyas me dio

mi Gerarda al despedirnos,

honra Armesinda en su banda.

Amor, ¿qué más señas pido?

¿Si fue ella la usurpadora

del robo que anoche me hizo

el ladrón, todo misterios?

En años –¡cielos!– tan niños,

¿pueden caber sutilezas

tan estrañas?)

ARMESINDA:                     (Mucho envidio                                             Aparte

la dama, español bizarro,

dueño de vuestros sentidos;

que quien a vos os merece

será en belleza un prodigio.)

Vase

GABRIEL:       (Esto está ya declarado.                                    Aparte

¡Gracias a Dios que averiguo,

a pesar de obscuridades,

geroglíficos de Egipto!

¡Ay Beatriz, que he de perder

mi esperanza, agradecido

a favores no buscados,

mas, por cortés, admitidos!

Pasa CLEMENCIA

Clemencia es ésta, ¡y aquélla

la cruz que de mi martirio

fue instrumento, y de Gerarda,

no diamantes, sino vidrios.

¿Qué es esto, sueños despiertos?

¿Ojos, podré desmentiros?

¿Alma, podré recusaros?

¿Amor, podré reprimiros?)

A don GABRIEL

CLEMENCIA:     Yo conozco, don Gabriel,

cierta dama que me ha dicho

que tiene el gusto español

después que en Francia os ha visto.

Vase

MONTOYA:       (Bergamota es esta pera;                                                             Aparte

madura está, ¡vive Cristo!

vaya con cáscara y todo;

que no has menester cuchillo.)

GABRIEL:       (Yo estoy loco, yo lo sueño;                             Aparte

de mí propio me distingo;

no os doy crédito, ilusiones;

no os escucho, no os admito.

Pasa por delante de él BEATRIZ sin mirarle, leyendo un papel

Beatriz grave y desdeñosa

aun no me ha juzgado digno

objeto para sus ojos.

¡Qué imperiosos y qué esquivos!

Pero alentaos, esperanzas;

recobraos, amor perdido,

pues trae la firmeza al pecho

que idolatran mis suspiros.

De señora ha mejorado;

pasó al hermoso dominio

de un sol que rayos coronan,

de un cielo que hospeda signos.

De Gerarda fue; ofendióla

–como es mudable– su olvido;

firmeza es, busco firmezas;

si en ellas me hiciese rico,

guarnezca constelación

del globo celeste el cinto

tachonado de oro eterno,

que al sol adorne el camino.

Leyendo un memorial pasa.)

Vase BEATRIZ

MONTOYA:       Ésta es de casta de pinos;

rollo espetado y derecho

parece de pergamino.

GABRIEL:       (Las demás me favorecen                                 Aparte

hablándome, ¡y aun no quiso

siquiera Beatriz mirarme!

Amor, si sois discursivo,

filosofead ingenioso.

¡Vive Dios, que hay escondido

en esto más de un misterio!

Problemas, ya soy Edipo.

¿De palabras favorables

las dos y humanas conmigo,

y Beatriz, toda severa,

con tal silencio?  Este aviso

es examen de mi ingenio;

certidumbres sois, indicios;

las señas fueron no hacerlas;

cifras con cifras descifro.

Para deslumbrarme más,

las joyas ha repartido

en todas; y con no verme,

quiere que viva advertido

de lo que el secreto importa.

Esto es lo cierto, esto sigo;

amar por señas sin señas

sabrán los bien entendidos,

sirviéndoles yo de ejemplo.)

Vamos, Montoya.

MONTOYA:                       Bendito

el amo primero sea

que «Vamos, Montoya» dijo.

 

 

FIN DEL ACTO PRIMERO

 

 

ACTO SEGUNDO

 

 

Salen FELIPO, leyendo en voz alta una carta, CARLOS, ENRIQUE, BEATRIZ, y don GABRIEL

FELIPO:        «Duque primo; aunque con mi gusto y

permisión se partió mi hermano a

desposarse con Beatriz vuestra hija,

importa a mi servicio que por agora

se suspenda ese casamiento o se ejecute

con su hermana Clemencia.  Yo estoy

viudo, Francia sin heredero, Beatriz

digna de más alta fortuna, vos propincuo

a nuestra sangre, y mi corona deseosa

de sujeto que la merezca.  Considera

las mejoras que de esta acción se os

siguen, y la obligación que os corre

a cumplir lo que os ordeno.  Yo el Rey»

 

Esto el rey nuestro señor

me escribe.

CARLOS:                     Fuerza ha de ser,

por no irritar su rigor,

sentir, al obedecer,

los malogros de mi amor.

No sin causa mis recelos

mis bodas apresuraban;

pues, profetas mis desvelos,

en calma pronosticaban

la tormenta de mis celos.

Deme Clemencia la mano,

si en tal pérdida merezco

el bien que con ella gano,

y sepa que le obedezco

el rey, mi señor y hermano.

ENRIQUE:          Eso no, duque, eso no;

prendas que en el alma estimo

no he de enajenarlas yo;

mi sangre es real, vuestro primo

me llama Francia; no os dio

más acción naturaleza

que a mí, ni las majestades

ofenderán su grandeza;

amor, de las voluntades

es rey, si vos sois alteza;

Clemencia está agradecida

a mi voluntad, Clemencia

dirá, de vos ofendida,

que no es el amor herencia

que se ha de usurpar en vida.

CARLOS:           Duque, yo a Beatriz adoro,

y a mi rey vivo sujeto;

su padre está aquí…

ENRIQUE:                           No ignoro

que pretendéis en secreto

mudanzas contra el decoro

que en su hermosura ofendéis,

y que al rey, a quien echáis

la culpa que vos tenéis,

no es mucho que obedezcáis,

si os manda lo que queréis.

Dueño soy de prometido

de Clemencia; mi fe labra

en ella amor más que olvido,

su padre me dio palabra

de su esposo; ésta le pido,

y ésta, cuando se me niegue,

buscará satisfacción

armada.

FELIPO:                 Duque, no os ciegue

sin discurso la pasión

tanto que a perderos llegue.

A Clemencia os ofrecí,

subordinando en mi rey

palabras que entonces di.

ENRIQUE:       ¿Esa es nobleza?  ¿Esa es ley?

No tiene dominio en mí

el rey de Francia; mi estado

sólo al César reconoce,

de Francia privilegiado.

Primero que Carlos goce

la prenda que me ha usurpado,

la venganza y el rigor

atajará inconvenientes;

mi agravio tiene valor,

poder y armas mis parientes,

celos fuerzas, y yo amor.

Vase

FELIPO:           No sin causa está quejoso;

que es amante y ofendido.

Templarle será forzoso;

que va con razón sentido,

y es Enrique poderoso.

Vase

BEATRIZ:          Muestras habéis, duque, dado

en la mudanza presente

de que sois cuerdo obediente,

pero poco enamorado.

El interés coronado

probar mi firmeza quiso,

pero ofendida os aviso

que es tanta la presunción

de mi altiva inclinación

que a mis pies sus lises piso.

Yo apetezco rendimientos,

finezas y voluntades,

no ambiciosas majestades

que amenazan escarmientos.

Yo penetro pensamientos

que honestáis con la apariencia

de la hipócrita obediencia

que conmigo os disculpó.

Yo conozco al rey, y yo

sé que adoráis a Clemencia.

Llora mirando a CARLOS, vuelve luego la cabeza a don GABRIEL, ríese y se va

CARLOS:           Gabriel, detenla, repara

que, corrido de ofenderla,

es un rayo cada perla

que contra mi amor dispara.

Cuando nunca adivinara

las mudanzas que no ignora,

quien tales hechizos llora

y ansí mis agravios juzga,

¿qué mucho que me reduzga,

si castigando enamora?

Mejórese mi cuidado;

alma, mudemos de estilo;

imagen soy de Perilo;

mi tormento me he labrado.

¡Ay cielos!  Si enamorado

mi hermano ocasiona estremos,

alma, ¿cómo viviremos?

Ciego niño, pues sois dios,

estudiad palabras vos

con que la desenojemos.

Vase

GABRIEL:          ¡Lágrimas a Carlos, cielos,

y al mesmo tiempo con risa

mirándome quien me avisa

que hay gustos entre desvelos!

Beatriz llora, y me da celos,

Beatriz con risas provoca

mi esperanza, o cuerda o loca;

¿a quién creeremos, enojo,

a las perlas de sus ojos

o a la risa de su boca?

Llorando, a Carlos miró,

riyéndose, me asegura;

con llanto a Carlos conjura,

con risa mi fe alentó;

nunca en los ojos mintió

el amor cuando suspira;

que el engaño habla y no mira,

y aposenta la beldad

en los ojos su verdad,

en los labios su mentira.

Según esto, a Carlos dijo

verdades en que mostraba

pena porque la olvidaba;

que amor de la vista es hijo.

Según esto, ya colijo

que, en confusión tan precisa,

quien me desdeña me avisa;

¿quién vio jamás, ciego encanto,

los favores en el llanto,

los desdenes en la risa?

Pero si Beatriz no fuera

quien mi esperanza alentara,

ni con el duque llorara,

ni conmigo se riyera.

Llora porque considera

muerto a Carlos; no me espanto

si, aborreciéndole tanto

que sin vida desea verle,

las obsequias quiso hacerle

con el luto de su llanto.

Llore por él, si es castigo

de su leve voluntad;

que siempre es noble piedad

llorar por el enemigo.

Ríase Beatriz conmigo,

porque esperanzas pequeñas

medren con muestras risueñas

la fe que conservan viva;

que en ellas mi amor estriba,

pues tengo de amar por señas.

Quédase suspenso y no repara en CLEMENCIA que sale con un billete abierto

CLEMENCIA:        (¿En el suelo tal papel?        Aparte

Poco le debe al cuidado

de quien perderle ha dejado

el español don Gabriel.

En el cuarto de mi hermana

le dejó el descuido en tierra;

si es ella quien me hace guerra,

saldréis, esperanza, vana.

¡Papel de tanta importancia

y con tan poca advertencia

que le olvida la imprudencia,

cuando cada circunstancia

de las que en él he leído

amenaza con agravios,

si le publican los labios,

a destierros del olvido!

¿Don Gabriel juramentado

a no partirse, y a amar

por señas que le han de dar,

mudo siempre su cuidado?

¿Y que lo firma, y que ofrece

alcanzar por conjeturas

cuál de las tres hermosuras

en palacio le enloquece?

¿Si será Beatriz?  Mas no;

que ésta ya, toda arrogancia,

reina se sueña de Francia.

Pues no soy su autora yo.

Según esto, nadie ha sido

sino Armesinda quien quiere

que esperando desespere

el español.  No ha tenido

hasta agora voluntad,

que yo sepa, a quien desvelos

deba de amor o de celos;

que éstos piden más edad.

Si es ella, pues, sutileza

notable abona su amor;

¿qué ha de hacer cuando mayor

quien niña con esto empieza?

Ahora bien, por señas quiere

desmentir publicidades;

prosigamos novedades

que no alcance quien las viere.

Aquí el español está.

¡Qué suspenso, qué elevado!

El primer enamorado

sin saber de quién será,

porque si de tres es una

y no conoce a quién es,

mientras pretendiere a tres,

no vendrá a tener ninguna.)

¡Don Gabriel!

Don GABRIEL vuelve como de una profunda suspensión

GABRIEL:                       ¿Señora mía?

CLEMENCIA:     Retirado os han los ojos

contemplativos enojos

al alma; mas ¿qué sería

que mereciese Lorena

ofreceros la ocasión

de tan tierna suspensión?

GABRIEL:       Sabrosa fuera esa pena;

mas ni yo la he merecido

ni, estraño aquí, me prometo

tanto bien.

CLEMENCIA:               Siempre el secreto

es blasón de bien nacido.

Habíanme dicho a mí

que una hermosa tiranía

blasonaba que os tenía

sin alma.

GABRIEL:                 ¿En Lorena?

CLEMENCIA:                           Sí,

y que, aumentándoos suspiros,

entre apacible y cruel,

os obligó en un papel

a prometer no partiros

sin gusto suyo.

GABRIEL:                         (¡Ay cuidado!     Aparte

Si señas buscando andáis,

ya las tenéis; ¿qué dudáis?)

¿Papel?

CLEMENCIA:               Y en él empeñado

el valor que obliga a un hombre

de vuestra sangre y talento;

su fiador, un juramento,

y su firma vuestro nombre.

GABRIEL:          (Probar quiere de la suerte     Aparte

que cumplo el saber guardar

secretos; yo he de negar

las señas con que me advierte,

mientras más no se declara,

y a lo contrario me obliga.)

No sé, señora, qué diga

a mentira que es tan clara.

¿Yo papel, yo juramentos?

¿Yo empleo en esta ciudad?

CLEMENCIA:     Pues lo negáis, escuchad;

oíd encarecimientos

que, de puro exagerados,

vuestro crédito recelan.

GABRIEL:       Si a algún celoso desvelan,

gran señora, mis cuidados,

y intenta con ese ardid

perseguirme…

CLEMENCIA muestra el papel que él escribió

CLEMENCIA:                  Don Gabriel,

vuestro es aqueste papel,

vuestra aquesta firma.  Oíd.

 

«Ensoberbeciérame la dicha de tan no

esperado bien, si la esperiencia de

mis pocos méritos no me avisara ser

más curiosidad de saber a lo que se

estiende el talento de los españoles

que empleos fuera de los límites de

sujeto tanto.  Mas como quiera que sea,

mi señora, yo estoy dispuesto a

obedeceros en todo, y ansí desde hoy

viviré muy subordinado a vuestras

órdenes, jurando por la fe de caballero

de no ausentarme de esta corte sin

vuestro expreso gusto, de desvelar mis

sentidos hasta averiguar–como mandáis–

por señas cuál de las tres bellezas

superiores de esta casa me dispone a

tanta dicha, y de no comunicar con

viviente mercedes tan deudoras del

silencio, sujetándome al castigo

propuesto, si le profanare, y apercibiendo

desde aquí los ojos, en cuyo estudio haré

alarde de mi suerte.  El cielo os guarde

para felicidades superiores, etc.

Don Gabriel Manrique.»

 

Decid que no es vuestra ahora

la carta de obligación

que os tiene casi en prisión.

GABRIEL:       Si habéis vos sido la autora

del examen que queréis

hacer de mi ingenio corto,

y yo la lengua reporto

con el recato que veis,

¿para qué más confusiones,

equivocando las señas

que entre esperanzas pequeñas

atormentan mis pasiones?

Vuecelencia ¿qué procura?

¿A qué propósito agora

leerme el papel, señora,

que os escribió mi ventura?

¿He yo acaso delinquido

contra lo que en él prometo?

¿Comuniqué su secreto,

loco de favorecido,

con persona que se alabe

que mi palabra rompí?

Desde el punto que seguí

al que vuecelencia sabe,

favorable robador

de mi caudal –ya dichoso

por ser vos su dueño hermoso–

hasta agora, ¿en qué el valor

que profeso os ha ofendido?

¿He dicho yo la ocasión

de mi agradable prisión,

encerrado y detenido

en el cuarto cuyo adorno

sólo pudo vuestro ser?

¿Quién hay que pueda saber

lo de la sala y el torno,

la industria ingeniosa y nueva

de entregarme a mi criado,

el hospicio regalado,

de quien sois ilustre prueba,

los dos papeles discretos

al paso que misteriosos,

que me intiman amorosos

la guarda de estos secretos,

la afable serenidad

que, cuando libre salí,

en vuestro semblante vi,

y luego…?

CLEMENCIA:               Tened, parad;

que vais confundiendo cosas

de algún frenesí compuestas.

¿Qué torno o salas son éstas?

¿Qué prisiones misteriosas?

¿Qué robador, qué crïado?

Don Gabriel, ¿estáis en vos?

GABRIEL:       No sé, señora, por Dios;

débolo de haber soñado.

Si secretos que sabéis

esos mismos estrañáis,

si tantas señas negáis,

y conmigo os ofendéis

porque con vos me disculpo,

mucho os debe de importar

el verme desatinar.

Mi atrevida lengua culpo;

no se trate más en esto.

CLEMENCIA:     ¿Yo a vos dos papeles?  Yo

joyas robadas?  ¿Quién vio

frenesí tan manifiesto?

GABRIEL:          Ilusión debió de ser.

CLEMENCIA:     ¿Hacia qué parte de casa

cae el cuarto donde pasa

tanto engaño?  ¿En qué mujer

sospecháis que pudo haceros

burlas que fingiendo estáis?

GABRIEL:       Si a vos misma os preguntáis,

podréis por mí responderos;

que yo no oso declararlo.

CLEMENCIA:     ¿Un torno decís que había

en la sala que os tenía

preso?

GABRIEL:              Debí de soñarlo.

 

CLEMENCIA:        Enseñad los dos papeles

que esa dama os escribió.

GABRIEL:       Señora…

CLEMENCIA:                    Mándooslo yo.

GABRIEL:       Los bien nacidos son fieles.

Mientras no tenga evidencia

de que vos la beldad fuistes

que estas cosas dispusistes,

bien podrá vuesa excelencia

con mi muerte en su rigor

experimentar aprietos,

mas no saber los secretos

que hacen prueba en mi valor.

Morir honrado, eso sí;

manchar mi fama, eso no.

CLEMENCIA:     ¿Y os persuadís a que yo

la dama encubierta fui

que quiso experimentar

con traza y modo tan nuevo

vuestro ingenio?

GABRIEL:                           No me atrevo,

por no ofenderos, a hablar.

CLEMENCIA:        Acabad, no me enojéis;

éste es mi gusto; que intento

saber con qué fundamento

de los discursos que hacéis

la persona adivináis

que os obliga a amar por señas.

GABRIEL:       No son, señora, pequeñas

las que en ese papel dais,

aunque me arriesgue a arrojarme

en tal golfo.

CLEMENCIA:                       ¿Queréis bien,

en fin, sin saber a quién?

GABRIEL:       ¿De qué sirve examinarme

en cosas que vos sabéis,

y yo nunca he de deciros?

CLEMENCIA:     ¡Que podáis vos persuadiros

a que yo os amo!  ¿No veis

que, siendo Enrique mi igual,

y vos estraño…?

Sale un PAJE

PAJE:                                Madama,

a vuestra excelencia llama

el duque mi señor.

Vase

CLEMENCIA:                              Mal

vuestras señas conjeturan;

examinadlas mejor.

A Carlos le debo amor;

los servicios me aseguran

de Enrique; estad advertido,

ya que os habéis empeñado,

en que no todo llamado

alcanza ser escogido,

y que ardides ingeniosos,

joyas poco defendidas,

prisiones favorecidas,

papeles dificultosos,

torno, salas y ocasiones

son exámenes discretos

de vuestro ingenio y secretos;

id averiguando acciones,

ya advertid, si imagináis

que de lo que ha sucedido

yo, Gabriel, la autora he sido,

que acertáis y no acertáis.

Vase

GABRIEL:          ¿Cómo, si acierto, no acierto?

¡Válgate Dios por mujer!

Otra vez me vuelvo a ver

en el golfo y en el puerto;

otra vez confuso advierto

la paradoja importuna

de mi equívoca fortuna.

No hay que dudar; Clemencia es

la que es una de las tres,

y de las tres no es ninguna.

Acertar y no acertar

¿no es lo mismo?  ¿De qué suerte

será posible que acierte

en lo que es forzoso errar?

Si por señas he de amar,

que Clemencia me ama es cierto.

¡Ay cielos!  Sueño despierto,

pierdo cuanto estoy ganando,

soy lince y a escuras ando,

y en fin acierto y no acierto.

Sale CARLOS

CARLOS:           Gabriel, Beatriz celosa

merece por discreta, por hermosa,

ocupar mis desvelos

en tierna suspensión, no en darla celos.

Mas si a Clemencia miro,

olvidando a Beatriz, luego retiro

el primer pensamiento;

y de no darla el alma me arrepiento.

Inclíname Clemencia,

móvil de mis sentidos su presencia,

y, loco en este empleo,

de ella me aparto, y a su hermana veo,

que, volviendo a rendirme,

culpa mi poca fe de poco firme;

y, entre las dos perdido,

en círculo mi amor desvanecido,

de mis deseos esclavo,

vuelvo ciego a empezar por donde acabo.

¿Qué haré cuando navego

entre Escila y Caribdis?

GABRIEL:                              (Mal un ciego,    Aparte

si no es que desvaría,

a otro ciego servirá de guía.)

CARLOS:        ¿Qué dices?

GABRIEL:                       Que si adora

a tu Beatriz el rey y te enamora,

como dices, Clemencia,

sigas tu inclinación y su obediencia.

CARLOS:        ¡Ay cielos, que te engañan

quimeras que mis penas enmarañan!

A instancia sólo mía

el desposorio estorba; mi porfía

y el amor que me tiene

hizo escribir la carta que previene

en mí nuevos desvelos.

¡Pluguiera a Dios que el rey me diera celos

con Beatriz, que a Clemencia

me obligara a olvidar su competencia!

Mira, español discreto,

amor sin competir pierde el afeto

con que se perficiona;

con celos sus quilates proporciona.

Si a Clemencia ama Enrique,

¿qué mucho que celoso sacrifique

mi gusto a sus deseos?

En lo fácil amor no logra empleos.

Beatriz no tiene amante

que en su favor feliz se me adelante;

por esto en su belleza,

con ser tanta, se engendra mi tibieza.

Pienso yo –y es sin duda–

que, si de objetos mi esperanza muda,

es porque en mi deseo,

sin ser difícil, a Beatriz poseo,

y que en otro empleada

Clemencia, cuanto más dificultada,

es más apetecida;

que amor con imposibles cobra vida.

Ven acá; haz una cosa,

y encenderásme tú en Beatriz hermosa;

dame con ella celos.

GABRIEL:       ¿Qué dices, gran señor?

CARLOS:                                     En ti los cielos

gracias depositaron,

Gabriel, que mis deseos envidiaron;

digno eres que compitas

con sujeto mayor.

GABRIEL:                             Desacreditas

tu discreción con eso.

CARLOS:        Tú eres mi amigo fiel, yo estoy sin seso;

finge que, enamorado

de Beatriz, y en España potentado,

por verla te humillaste

a servirla, y tus prendas disfrazaste.

Si en mi amistad apoyas

la tuya, don Gabriel, daréte joyas

con que este engaño ostentes

y allanes, dadivoso, inconvenientes.

Reparte, desperdicia,

gasta Alejandro, colma la codicia

de avaros medianeros;

que las alas de amor son los dineros.

Doradas flechas tira;

yo apoyaré industrioso tu mentira.

GABRIEL:       Vaya, pues tú lo quieres;

mas no formes de mí, cuando me vieres

por tu gusto empeñado,

quejas que den tormento a tu cuidado.

CARLOS:        ¡No has de amarla de veras!

GABRIEL:       No, que son mis lealtades verdaderas,

puesto que amor, que es loco,

acaba en mucho, aunque comience en poco.

CARLOS:        Ven, que no me fiara

de ti si en tu lealtad no edificara

la máquina presente.

Tenga amor yo a Beatriz perfectamente;

que en tu amistad presumo

que si el azogue se resuelve en humo

después que el oro afina,

amor que con los celos se examina

sabrá, apartado de ellos,

en humo como azogue resolvellos.

GABRIEL:       El que en azogues trata,

si no la vida, su salud maltrata;

pues tal vez le sucede

que con temblores del azogue quede,

y otro se lleve el oro.

Teme el riesgo, señor, que yo no ignoro;

pues dice un avisado

que es todo uno celoso y azogado.

Vanse. Sale ARMESINDA

ARMESINDA:        El amor y la sospecha

nacieron en una casa;

ciego aquél, todo lo abrasa;

lince ésta, todo lo acecha.

Después que mal satisfecha

miro acciones

de este español, mis pasiones

conjeturan

que ausentes penas le apuran

la paciencia que retira

el alma.  A solas suspira;

suspensiones le procuran

enajenar de beldades

que, usurpando voluntades,

materia dan a desvelos,

porque, sin amor y celos,

nadie busca soledades.

¿Hablando siempre entre sí

quien lances de amor ignora?

No es posible; luego adora.

¿Dónde, pues, si no es aquí?

Será en su patria –¡ay de mí!–.

¡Que entre engaños

lloran mis primeros años

competencias

que disfrazan apariencias

y, en tan riguroso extremo,

temiendo, no sé a quién temo!

Amo aquí y envidio ausencias

que ocultas muerte me den;

¿quién quiso hasta ahora bien

que a comparárseme venga,

ni quién –¡cielos!– hay que tenga

celos sin saber de quién?

Sale MONTOYA

MONTOYA:          Cuanto sueño, cuanto miro

desde la noche pasada

se me antoja chimeneas,

guindaletas, tornos, trampas,

aventuras, estantiguas,

monjas, jayanes, fantasmas,

quintas, castillos, quimeras.

¡Válgate el diablo la casa!

ARMESINDA:     (Éste sirve a don Gabriel         Aparte

y, trayéndole de España,

sabrá quién es la belleza

que ausente tan mal le trata;

informarme de él pretendo.)

MONTOYA:       Alrededor se me anda

cuanto topo, cuanto piso;

garatusas, musarañas

me parece cuanto veo.

ARMESINDA:     ¡Hola!

MONTOYA:                   Vuescelencia añada

dos «eles» y una «a» al tal «ola»,

vendréme a llamar «Olalla».

ARMESINDA:     ¿A quién servís?

MONTOYA:                       Pues yo ¿sélo?

Cristiano soy por la gracia

de Dios; serviréle a él,

y después de Dios al papa

que en su iglesia vicariza,

y tras éste al rey de España,

hasta tener lamparones

que me cure el rey de Francia.

Luego a don Gabriel Manrique,

a quien en palacio embauca

un duende monjitornero,

que invisible nos regala.

ARMESINDA:     Venid acá.

MONTOYA:                      Estoy venido.

ARMESINDA:     ¿Sabréis decirme la causa

que tanto melancoliza

a vuestro dueño?

MONTOYA:                           ¿No basta

a entristecer cuatro bodas

una noche toledana,

un torno tras un torneo,

una maleta mamada,

una cena por tramoya,

tres billetes y dos camas?

ARMESINDA:     ¿Qué decís, estáis en vos?

MONTOYA:       Debo estar en Guatemala,

y mi dueño en Guatebuena;

despertadme vos, madama,

tirándome las narices.

ARMESINDA:     (Éste es loco.)                   Aparte

MONTOYA:                      ¿Sois la infanta

Lindabrides, a lo Febo,

a lo amadisco, Oriana,

Gridonia, a lo Primaleón,

Micomicona, a lo Panza,

o a lo nuevo quijotil,

Dulcinea de la Mancha?

¿Qué desmesura vos puso

en tanta cuita?  ¿Qué fadas,

qué Artús encantadero

tal fermosura maltrata?

¿Quién vos fizo tuerto o vizco?

¡Mal haya el torno, malhaya

el sortijo de Brunelo,

si quien vos busca no os halla!

No os le volváis a la boca.

ARMESINDA:     Hombre, ¿sabes con quién hablas?

MONTOYA:       Con Angélica la bella,

tan bella como bellaca;

si no, dígalo Medoro,

aquel morisco sin barbas,

que diz que la fizo dueña

en una choza de paja.

ARMESINDA:     Descortés, descomedido…

MONTOYA:       Si se ensuegra, si enmadrastra

porque esta nigromancia

la trampeó lo que pasa,

oiga verdades tan puras

que no tienen pizca de agua,

porque, a tener media gota,

nunca yo se las contara.

¡Vive Dios, que está mi seso

con todas las zarandajas

de cuerdo a prueba de brujos,

que nos hacen garambainas!

Va de cuento; mi señor

–después de las alabanzas

que en el sarao y torneo

le dieron duques y daifas–,

sin comunicar conmigo

secretos –que me los guarda,

no sé yo con qué conciencia,

siendo toda su privanza–,

sin chistárselo a persona,

de noche ensillar me manda

y, dejando estos países,

iba a enfardelar a Holanda.

Brindóle el sueño dos millas

de esta selva encantusada,

que a esta quinta –o a esta sexta–

sirve de sombra o guirnalda;

y, apeándose en su centro,

mientras convida a ensalada

a nuestro frisón la yerba,

perejil de la cebada,

recostado en el cojín

y yo dormido en estatua,

–quiero decir, como grullo–,

la luna entre yema y clara

le hurta un hombre la maleta.

Corre en su alcance, la espada

«en puribus», por el bosque;

y yo, abriendo las pestañas,

oigo cuitas del rocín,

cuarteado de dos maulas.

Quise desfacer el tuerto,

pero por detrás me agarran

dos Galalones monsiures;

ojos y boca me embargan

y, sin decir chus ni mus,

las manos a las espaldas,

en la silla atado el cuerpo,

y en Sansueña presa el alma,

a escuras corro la posta,

hasta que después me abajan,

luego a un tejado me suben

y, al cabo de esto, me envainan

por un esmeril de yeso,

guindándome hasta una sala,

sin haberse otra vez visto

lacayo por cerbatana.

Conocímonos a ciegas

mi dueño y yo, y a mi instancia,

desencordelado el cuerpo,

las lumbreras me destapa;

pero entrambos tan a escuras

como antes, porque la cuadra,

avarienta de un candil,

sin luz nos desatinaba.

Alternábamos a versos

él y yo nuestras desgracias,

con temor de otras peores,

y hétele que a un torno llama

no sé quién; fuimos a tiento

y, respondiendo «Deo gratias»,

se nos vuelve el bofetón

y, sin hablarnos palabra,

nos presenta dos bujías

encendidas y una carta,

con papel, pluma y tintero.

Mi dueño de mí se aparta;

leyó para sí el billete;

treinta veces le repasa,

santiguando el frontispicio;

pregúntole el por qué, y calla;

mas, respondiendo con otro,

vuelve la atahona, y halla

tercer billete, y con él

una pródiga canasta

de potable y comestible.

Gozamos de la abundancia

y, acostándonos repletos

en dos magníficas camas,

despertamos a las trece,

hallamos la puerta franca

y, atravesando salones,

dignos todos de un patriarca,

nos hallamos a la vista

de tres duques, tres madamas

y tres mil encantamientos.

Esto, en suma, es lo que pasa,

y lo que yo alcanzar pude;

juzgue ahora, siendo alcalda,

si es maravilla que crea

que de Medusas y Urgandas

está este palacio lleno,

y que alguna nigromanta

enmaga con su hermosura

a cuantos viven en casa.

 

ARMESINDA:     A no teneros por loco

y juzgar que disparatan

vuestros discursos enfermos,

no sé lo que maliciara

de todas esas quimeras.

MONTOYA:       Voto a toda una semana

de fiestas y de domingos,

aunque entre en ellos la pascua,

que es lo que digo tan cierto

como que hay bellezas calvas

que se solapan con moños,

que hay títulos con mohatras,

que hay doncelleces con hijos,

que hay tintoreros de barbas,

y que hay dientes de alquiler

que se mudan.

ARMESINDA:                    Basta, basta.

En fin, ¿a vos os trajeron

a un cuarto de nuestra casa

y a vuestro señor también,

por engaño?

MONTOYA:                      Por fayancas

nocturnas y encantatrices.

ARMESINDA:     Pues ¿qué hizo entonces la espada

de vuestro dueño que, ociosa,

de dos hombres no os libraba,

siendo español tan valiente?

MONTOYA:       Pues contra encantos ¿hay armas

que defiendan a un Golías?

Cuando se le antoja, saca

un libro enano del seno

el nigromanto o la maga

y, en leyendo dos renglones,

a pares los grifos bajan

que desmayan Palmerines,

y los llevan en volandas

a la isla de las lechuzas.

Poco sabe de las chanzas

de un Fristón encantador

contra príncipes de Jauja.

ARMESINDA:     ¿Torno la pieza tenía?

MONTOYA:       Mantenía y torneaba,

pues a las tres torneaduras

cena nos dio torneada.

ARMESINDA:     ¿Y no sabéis, en efeto,

lo que contienen las cartas

o papeles?

MONTOYA:                      Pretendílo;

pero, sacando la daga

contra mí –mal le conoce–,

me echó mucho en hora mala;

que para vuesa excelencia

no hay secreto de importancia

que le reserve mi boca.

ARMESINDA:     Cosas me contáis estrañas.

Recibid esta cadena.

MONTOYA:       ¿Para qué?

ARMESINDA:                    Para trocarla

por un secreto que intento

fïaros.

MONTOYA:                    ¿Cadena?  ¡Guarda!

Non fago yo esas sandeces.

ARMESINDA:     ¿Por qué?

MONTOYA:                      Temo, siendo maula,

que en carbón me la conviertan

los duendes de esta posada.

ARMESINDA:     Bueno está ya de locuras;

acabad.

MONTOYA:               Tómola.  Vaya

de interrogación ahora.

ARMESINDA:     ¿A quién, decid, en España

tuvo don Gabriel amor?

MONTOYA:       Una ninfa toledana

sospechamos que le puso

tal vez silla y tal albarda

los que andábamos con él.

ARMESINDA:     ¿Que lo sospechaste?

MONTOYA:                                 Guarda

mi señor tanto secreto

que, con darnos leche un ama

y fïarme la despensa,

no me fía una palabra.

Pero como amor es niño,

y los niños nunca callan,

sacamos por los gorjeos

quién es a quien dice «mama».

ARMESINDA:     Y ¿quién era la dichosa?

MONTOYA:       Era y es una Gerarda,

digna de todo un cabildo

de Píramos.

ARMESINDA:                    ¿Muy bizarra?

MONTOYA:       Tan bizarra y gentil hembra

que, a no ser desmantelada,

con guarniciones de fría

entre desaires de larga

y presunciones de boba,

pudiera ser archidama.

ARMESINDA:     Pintámela, si sabéis.

MONTOYA:       Va de pintura en estampa.

Semirubia de cabellos,

frente desembarazada,

cejas buenas, ojinegra

–ya no se usan ojizarcas–,

puesto que eran más ojetes

que ojales las luminarias,

por lo pequeño y redondo,

que en las fermosas se rasgan.

Las mejillas, por estremo,

ni bien mármol ni bien grana,

mezcla sí de las dos sierras,

la Bermeja y la Nevada.

En proporción las narices,

ni judaizantes ni chatas,

ni nabo por corpulentas,

ni alezna por afiladas.

Buenos labios, malos dientes,

porque, aunque era su tez blanca,

a caballo unos sobre otros,

tanti-cuanti moriscaban.

La garganta, cuelli-erguida,

cándida, gruesa, torneada,

y tal que hiciera yo un Judas,

a haber saúcos gargantas.

Las manos, no hay que pedir

en ellas porque no daban,

puesto que ambas recebían,

y eran muy hermosas ambas.

Privilegiado de cuartos

el tallazo; más avara

en las obras que en el cuerpo…

Lo demás, el argonauta

de tal golfo que le pinte,

si hay quien tenga dicha tanta

que mida con la experiencia

los grados del dicho mapa.

ARMESINDA:     ¿Quiso a vuestro dueño mucho?

MONTOYA:       Quiso a muchos; que mudaba,

como si fueran camisas,

tres a tres cada semana.

ARMESINDA:     ¡Válgame Dios!  ¿Mujer noble,

y tan fácil?

MONTOYA:                         Suspiraba

por lo ido, y lo venido

la daba al momento en cara.

ARMESINDA:     ¿Y por qué vuestro señor

se ausentó?

MONTOYA:                      Porque esta daifa

dicen que escribió contra él

a nuestro rey quejas falsas,

y don Gabriel, por servirla,

cuando vio que deseaba

rempujarle, puso tierra

en medio.

ARMESINDA:                    ¡Fineza estraña!

MONTOYA:       Dióle al partirse unas joyas,

pesarosa de esto, ¡tanta

es su variedad!

ARMESINDA:                         ¿Por qué

se partió, si le llamaba

y a su amor se reducía?

MONTOYA:       Por haber dado palabra

de acompañar nuestro duque,

y por ver si la mudanza

hace en él de las que suele,

que ésta es general trïaca.

Esto sospécholo yo;

que, como a puerta cerrada

pudre don Gabriel secretos

y ninguno los alcanza,

hablo a tiento en sus amores.

Lo que me pesa, madama,

es que volaron las joyas.

ARMESINDA:     ¿Cómo?

MONTOYA:                      En la maleta estaban

que nos gazmió el bandolero.

ARMESINDA:     ¿Eran ricas?

MONTOYA:                      Empedradas

de diamantes, más que un trillo.

ARMESINDA:     ¿Que, en efeto, nos os engaña

lo de la prisión y el torno,

confusiones y desgracias?

MONTOYA:       Por Dios…

ARMESINDA:                    Ahora bien, yo quedo

satisfecha y informada

–aunque en confuso– de cosas

que os han de ser de importancia,

si sabéis guardar la lengua.

MONTOYA:       ¿A mí?

ARMESINDA:                    A vos.  No digáis nada

de lo que vos me habéis dicho

a vuestro dueño.

MONTOYA:                           Me tapa

los labios esta cadena.

Vueselencia, pues es sabia,

calle también y averigüe;

porque si mi amo alcanza

que me deslicé, no doy

por mi vida una castaña.

Vase

ARMESINDA:        Amor, ¿qué es esto que oís?

¿Quién, decid, os dificulta?

¿Quién, competidora oculta,

celos os da y los sufrís?

Si con ellos presumís

crecer, crecerá la pena

que esperanzas enajena,

pues temo –¡congoja estraña!–

una enemiga en España,

y otra invisible en Lorena.

Aquélla ausente me abrasa,

ésta presente me enciende;

pero –¡ay Dios!– que más ofende

el enemigo de casa.

Con Carlos Beatriz se casa,

porque en él logra su amor,

aunque un rey competidor

se le opone, que no estima;

luego no es Beatriz mi prima

quien motiva mi temor.

Clemencia de esta quimera

la autora ha venido a ser,

porque con menos poder

¿quién a tanto se atreviera?

Sospechas, echemos fuera

temores, y averigüemos

sutilezas que estorbemos

con industrias que opongamos;

y, porque las consigamos,

las suyas desbaratemos.

Salen FELIPO, CARLOS, ENRIQUE, don

GABRIEL, BEATRIZ y CLEMENCIA

BEATRIZ:          Vuestra excelencia, señor,

no ha de usar hoy de la ley

de padre conmigo; el rey

logre en iguales su amor;

que esta vez yo he de lograr

las de mi libre albedrío.

No apetezco señorío

que, a título de reinar,

imperioso me lastime

y me ame con presunción;

hecha tengo la elección

de quien templado me estime,

y no ofenda mi respeto.

Amor busco, no poder;

esto, señor, ha de ser;

entiéndame el más discreto.

Vase

CARLOS:           (Por mí lo dijo.  ¿Hay amor    Aparte

semejante?  Adoraréla;

por mi sol respetaréla,

por la firmeza mayor

que jamás vio el interés.

Mi mudanza ha sido loca.

Voy a que estampe en mi boca

los vestigios de sus pies.)

Vase

ENRIQUE:          (¿Mas si madama Beatriz,         Aparte

castigando la mudanza

de Carlos, me da esperanza

de ser mi dueño?  ¡Feliz

trueco, si en él me prometo

tal dicha!  Voy a saber

si, llegándola a entender,

vengo a ser el más discreto.)

Vase

FELIPO:           (¡Que un rey desprecie por Carlos!   Aparte

Pero sí, que en sus empleos

su amor empeñó deseos

y siente en mí el malograrlos.

El rey es prudente y justo;

ni yo me atrevo a intentar

que se case a su pesar,

ni él querrá mujer sin gusto.)

Vase

GABRIEL:          (Estas señas interpreto,       Aparte

aunque loco, en mi favor;

permitidme agora, amor,

presumirme el más discreto.

¿Risa ayer, cuando lloraba

con Carlos, y enigmas hoy?

Mas si de Clemencia soy,

si no ha media hora que acaba

de darme señas escritas,

¿qué intentas, soberbia vana?

A Carlos quiere su hermana;

¿para qué me precipitas?

¿Cuándo, amor, me has de sacar

de tanto golfo crüel?)

CLEMENCIA pasa junto a él disimulada, y le habla aparte

CLEMENCIA:     ¿Qué tal os va, don Gabriel,

de acertar y no acertar?

GABRIEL:          Mal, pues cuando conjeturan

discursos que me atormentan,

hallo señas que desmientan

las señas que me aseguran.

Ríense de un ignorante,

gran señora, como yo…

Disimuladamente deja ella caer un guante en el suelo, y levántale él

Mire que se le cayó

a vueselencia este guante.

CLEMENCIA lo toma desdeñosa

CLEMENCIA:        ¿Qué decís?

GABRIEL:                           Se le ha caído,

y, alzándole yo, pretendo

con él…

CLEMENCIA:                    O yo no os entiendo,

o vos no sois entendido.

Vase

GABRIEL:          (¡Gracias a Dios, experiencia,   Aparte

que de dudas me sacáis!

¿Para qué filosofáis,

temores, en la evidencia?

Esto está ya averiguado.)

ARMESINDA se dirige a don GABRIEL, como que va a entrarse

ARMESINDA:     La toledana es hermosa,

puesto que ni muy airosa,

ni muy firme; hanme agradado

las joyas, pero no el brío

ni el alma de la Gerarda;

que, aunque en el alma gallarda,

hiela a España por lo frío.

Tiene partes excelentes,

puesto que la gracia es poca,

que es gran defecto en la boca

tan mal avenidos dientes.

Lo que yo afirmaros puedo,

que en el aliño y adorno

puede obligar la del torno

a olvidar la de Toledo.

Vase

GABRIEL:          ¿Señas nuevas?  ¡Vive Dios,

que se han las tres concertado

a enloquecerme!  Cuidado,

si, confuso entre las dos,

quieres que el seso las rinda,

con tres ¿qué hará mi paciencia?

¿Señas Beatriz y Clemencia?

¿Señas también Armesinda?

Burlarme intenta cada una;

solución del enigma es,

pues son mis damas las tres,

y de las tres no es ninguna.

 

 

FIN DEL ACTO SEGUNDO

 

 

ACTO TERCERO

 

 

Salen CLEMENCIA y ENRIQUE

CLEMENCIA:        Mi hermana me dijo a mí

que, interpretando razones

de contrarias intenciones,

la amáis.

ENRIQUE:                 Es, señora, ansí;

que, como Carlos procura

con cartas, más negociadas

que por el rey deseadas,

desbaratar mi ventura

y no lo repugnáis vos,

hallo en vuestro desengaño

el remedio de mi daño;

y, compitiendo los dos,

me parece que es prudencia

–antes que en celos me ofusque–

que en madama Beatriz busque

lo que peligra en Clemencia.

CLEMENCIA:        Cuando él, duque, os compitiera

y entrada en mi pecho hallara

que el paso os dificultara,

¿mejor salida no fuera

–a ser amante de ley–

sus ardides desmentir

que por Beatriz competir

con un infante y un rey?

Confesarlo ansí es forzoso.

En efeto, hacéis alarde

de ser el primer cobarde

que se retira celoso;

aunque os tendréis por feliz

si en tan loca competencia

sois tímido por Clemencia

y animoso por Beatriz.

ENRIQUE:          Cuando yo no interesara

más medras de mis intentos

que el causaros sentimientos

con que mi amor se repara,

fue ardid, señora, discreto

fingir haceros agravios;

que tal vez suelen ser sabios

los celos.  Mostré, en efeto,

que a vuestra hermana servía,

y fue admirable mi aviso,

pues mi amor por su orden quiso

probar lo que en vos tenía.

Ya que lo sé, a vuestros pies,

dándoos gracias, perdón pido;

sosegad vos mi sentido,

porque os ame más después.

¿De veras que no estimáis

a Carlos?  ¿Que os resistís?

¿Que en fin, cuando me admitís,

sois mujer y no os mudáis?

CLEMENCIA:        Mi inclinación no consiente

mudanzas; que la firmeza

es en mí naturaleza,

si en las otras accidente.

Yo quise desde el instante

que di principio al querer

a quien mi esposo he de ser,

y nunca mudé de amante.

Carlos –desvanezca o no

promesas a su cuidado–

persona trae a su lado

que en mi pecho despertó

desvelos de más momento.

ENRIQUE:       ¿Cómo es eso?

CLEMENCIA:                  ¿Qué teméis?

A don Gabriel le debéis

amistades, que si os cuento,

dudaréis satisfacerlas

en llegando a ponderarlas;

el principio de pagarlas

es, duque, el agradecerlas.

Haceldo ansí; que él ha sido

a quien fe mi pecho da.

ENRIQUE:       ¿A don Gabriel?

CLEMENCIA:                    El será,

si me entiende, preferido

a muchos…Quiero decir,

en materia de consejos.

ENRIQUE:       Estaba de eso tan lejos,

viéndole a Carlos servir,

que, aunque me lo certifique

vuestro crédito, y sea ansí…

CLEMENCIA:     Cada cual hace por sí

antes que por otro, Enrique.

ENRIQUE:          Pues él en eso ¿qué hace

por sí?  ¿Qué es lo que medró?

CLEMENCIA:     ¿No es el amigo otro yo

que a dos almas satisface

con sola una voluntad,

si a un mismo fin se encamina?

ENRIQUE:       Ansí es bien que se difina

el amigo.

CLEMENCIA:               Y su amistad

¿no puede ser tal con vos

que se verifique en él

tal fineza?

ENRIQUE:                 ¿Don Gabriel

contra su dueño?  Por Dios,

que ha de quedar asombrado

quien tal imposible oyere.

CLEMENCIA:     Cuanto más por vos hiciere,

os tendrá más obligado.

ENRIQUE:          Poco abona su opinión

quien esa cuenta da de ella.

CLEMENCIA:     Como por eso atropella,

si es viva, una inclinación.

Experimentad la mía,

disculpando a don Gabriel,

que yo os juro que por él

dejara una monarquía.

ENRIQUE:          ¿Cómo por él?

CLEMENCIA:                    Pues ¿no dejo

la herencia casi de Francia

con el de Orliens, a su instancia?

Inclínome a su consejo,

de suerte, duque, os prometo,

que toda mi libertad

pende de su voluntad.

ENRIQUE:       El español es discreto,

y si yo alcanzo por él

que os inclinéis a mi amor,

le seré eterno deudor.

CLEMENCIA:     Id, Enrique, hablad con él;

experimentad verdades

que antes de mucho admiréis;

solicitadle, y veréis

prodigios entre amistades,

que no poco han de importaros.

Decid que siga la traza

que amor y su ingenio enlaza;

que alguna vez saldrán claros

los cielos, hasta aquí obscuros,

pues para los animosos

principios dificultosos

prometen fines seguros;

y que esto le aviso yo

para vuestro buen suceso.

ENRIQUE:       Pues ¿no sabré yo algo de eso?

CLEMENCIA:     Por agora, Enrique, no.

ENRIQUE:          Pues ¿es razón que el tercero

alcance más que el amante?

CLEMENCIA:     El medio que es importante

para los fines que espero,

con vos me requiere muda,

y toda lenguas con él.

Si os regís por don Gabriel,

presto saldréis de esa duda;

que hemos dispuesto los dos

cierta traza sin testigos,

con que quedéis muy amigos

mi padre, Carlos y vos.

Sólo este fin me reporta

en los labios el secreto;

vos veréis, duque, en efeto,

lo que a los dos nos importa.

ENRIQUE:          Alto; si por don Gabriel

se han de allanar competencias,

voy a alentar sus agencias.

CLEMENCIA:     Nuestro amor estriba en él.

Diréisle, pues le confío

que os industrie y aconseje,

que por señas no lo deje,

pues hartas con vos le envío.

ENRIQUE:          Obedecer y callar.

Voy.

CLEMENCIA:          ¿Oís? y que en los dos

sabrá aquello, yendo vos,

de acertar y no acertar.

Vase ENRIQUE

CLEMENCIA:        Confuso parte, No es mucho

que, si imita mis acciones,

participe confusiones,

cuando yo con tantas lucho.

Si señas tienen de ser

del gallardo español prueba,

señas Enrique le lleva

con que me pueda entender.

¿Qué modo hallara yo agora

para sosegar desvelos

y conocer de mis celos

la oculta competidora?

Si yo conociese el dueño

que inadvertida perdió

el papel que ocasionó

los riesgos en que me empeño,

facilitara el cuidado

que confusa dificulto;

porque el enemigo oculto

más daña que el declarado.

Ahora bien, aquí le hallé;

vuélvole al mismo lugar;

que escondida he de sacar

quién la perdidosa fue.

Echa el papel en el suelo

Dudo en mi hermana y mi prima,

si bien con más fundamento

en la segunda; mi intento

a nuevas cosas me anima.

Cualquiera que pase de ellas,

en viéndole le ha de alzar;

y, si le perdió, ha de dar

muestras de gusto, y por ellas

quedaré informada yo.

Las dos estaban agora

en esa cuadra; no ignora

trazas quien celosa amó.

Sale FELIPO

FELIPO:           Clemencia, de tu elección

pende la paz de mi estado;

palabra a Enrique le he dado;

Carlos te tiene afición;

ama a Beatriz el de Francia;

ya tú sabes su poder;

consultar es menester

cosas de tanta importancia.

De tu entendimiento fío

riesgos que a tu arbitrio dejo.

CLEMENCIA:     En el tuyo mi consejo,

siendo tuyo, será mío.

FELIPO:           Ven, y estudiemos los dos

lo que se ha de hacer en esto.

CLEMENCIA:     (¿Hay estorbo más molesto         Aparte

que el presente?  Ciego dios,

mal podréis averiguar

quién es mi competidora,

si dejo el papel agora

y me obligan a ausentar.

¿Alzaréle?  Pero no;

que si mi padre lo ve,

el crédito arriesgaré

que mi recato ganó.

¿Qué he de hacer?  Poco dichosa

soy en amores.

FELIPO:                      ¿No vienes?

CLEMENCIA:     Sí, señor.

FELIPO:                  Discreción tienes,

que es milagro, siendo hermosa;

busquemos los dos salida

a confusión tan crüel.

CLEMENCIA:     (Volveos a perder, papel;          Aparte

que más que vos voy perdida.)

Vanse. Sale BEATRIZ

BEATRIZ:          Perdíle y, sin él confusa,

desvanezco mi sentido.

¿Si acaso se me ha caído

por aquí?  No tiene excusa

mi descuido.  Echéle menos

agora; guardéle aquí.

Señalando la manga

No sé cuándo le perdí;

sé mi desgracia a lo menos.

¿Si le halló mi padre?  ¡Cielos!

¿Si alcanzó a saber por él,

con riesgo de don Gabriel,

mi osadía y sus desvelos?

Negaré disimulada,

aunque la vida me cueste.

Mas ¡válgame Dios!  ¿No es éste?

Álzale

¡Ay prenda tan mal guardada

cuanto con gusto adquirida!

No saldréis más de mi pecho.

¡Qué de agravios que os he hecho!

Vos seáis bien parecida.

Cuando agora por aquí

con Armesinda pasé,

se me cayó; ya podré,

temores, volver en mí.

Salen CARLOS y don GABRIEL. Hablan aparte a la puerta

CARLOS:           Yo sé que, dándome celos,

la he de volver a adorar.

GABRIEL:       Tu estraño modo de amar

tendrá pocos paralelos.

CARLOS:           Gabriel, madama está aquí.

GABRIEL:       Comencemos tu quimera;

yo la llego a hablar.

CARLOS:                             Espera;

déjame primero a mí

que con ella te introduzga

en España poderoso,

y que me muestre celoso

porque a tu amor se reduzga,

y tú después llegarás.

GABRIEL:       Voyme, pues.

CARLOS:                  Ve y vuelve luego.

GABRIEL:       Más que el amor eres ciego.

CARLOS:        ¿Qué quieres?  No puedo más.

Vase don GABRIEL

CARLOS:           Madama, si os desobligo

y a vuestra hermana pretendo,

es porque ofendido entiendo

que truje mi mal conmigo.

Quiero de suerte a un amigo,

y queréisle tanto vos,

que, puesto que sabe Dios

lo que me cuesta olvidaros,

no os he he amar, por amaros

y daros gusto a los dos.

BEATRIZ:          Duque, ¿qué decís?  Volved

por vuestro seso y por mí;

no os precipitéis ansí,

y en más mi opinión tened.

Vuestra mudanza ofended,

pero no, Carlos, mi fama.

¿Qué amigo es ése?

CARLOS:                       Madama,

no disimuléis conmigo;

[…………….-igo]

y él correspondiente os ama.

Pródigo intento y cortés

lograr con él una hazaña;

tendrá que envidiar España

desde hoy el valor francés.

BEATRIZ:       Acabemos ya; ¿quién es

sujeto tan ponderado?

CARLOS:        Duque que a Castilla ha dado

sangre real; duque, en efeto,

de Nájara, que en secreto

es mi igual y es mi criado.

BEATRIZ:          ¡Válgame Dios!  ¿Don Gabriel

es duque?  ¿Es tan gran señor?

CARLOS:        En los ojos vuestro amor

os lleva el alma tras él.

BEATRIZ:       A lo menos, si es más fiel

que vos y menos mudable,

fuera ingratitud culpable

no amarle, cual presumís;

mas vos ¿de qué colegís

defecto en mí tan notable?

CARLOS:           (Mintamos un poco, amor;        Aparte

que va hallando esta quimera

más celos que yo quisiera.)

Fïado de mi valor,

hasta el mínimo favor

me comunica.

BEATRIZ:                     En efeto,

¿no hay entre los dos secreto?

CARLOS:        A persuadirme se anima

que fue por él el enigma

de «entiéndame el más discreto.»

Presentóme por testigo

del amor que le mostráis

señas que disimuláis,

y él conjetura conmigo.

Si algunas de éstas os digo,

ya graves y ya risueñas…

BEATRIZ:       Duque, ¿qué decís de señas?

CARLOS:        Señas le apuran el seso.

BEATRIZ:       Pues él ¿alábase de eso?

CARLOS:        (Mentira, en mucho me empeñas.)   Aparte

BEATRIZ:          ¿Señas os ha dicho a vos

que en mí alientan su esperanza?

CARLOS:        La amistad todo lo alcanza,

y es mucha la de los dos.

BEATRIZ:       ¿Yo señas? (¡Válgame Dios!          Aparte

En hombre que es tan perfeto

¿puede caber tal defeto?)

CARLOS:        Por él, en fin, determino

que mude mi amor camino;

tanto su amistad respeto.

BEATRIZ:          Sois vos todo gentilezas

que él os podrá agradecer,

mas no yo, pues llego a ver

mi agravio en vuestras finezas.

¡Ay cielos!  Si da en flaquezas

como ésas, presumirá

señas que dicho os habrá.

CARLOS:        Muchas me contó, aunque oscuras,

y por esto no seguras,

que averiguando en vos va.

BEATRIZ:          ¿Muchas y oscuras decís?

CARLOS:        Todo su pecho me fía.

BEATRIZ:       (¿Qué escucháis, desdicha mía?    Aparte

Necias industrias, ¿qué oís?)

CARLOS:        Parece que lo sentís

como ofendida.

BEATRIZ:                      ¿Qué mucho,

si mis desdoros escucho

en quien ansí os engañó?

CARLOS:        O le amáis, madama, o no.

BEATRIZ:       (¡Con qué de congojas lucho!)          Aparte

En fin, ¿es duque?

CARLOS:                             Y marqués

de Aguilar.

BEATRIZ:                 No sé qué hiciera

de mi libertad, si fuera,

en vez de español, francés.

CARLOS:        (Alto, celoso interés,            Aparte

ya os hizo mi amor lugar.)

BEATRIZ:       Pero podréisle afirmar

que alcanzara ventajoso

suertes que merece airoso,

y pierde por no callar.

Vase

CARLOS:           Buscaban celos mis daños

que a mi amor diesen desvelos

y, andando a caza de celos,

encontré con desengaños.

El que por medios estraños

en nuevos riesgos se arroja,

cuando coja

el fruto que yo cogí,

échese la culpa a sí;

porque siempre el que se ofusca

en peligros que aborrece,

si desdichas apetece,

halla más de las que busca.

Vase. Salen FELIPO y ARMESINDA

FELIPO:           Esto es lo consultado

por Clemencia, y de ti tiene cuidado

de suerte que te estima

con afectos de hermana más que prima.

Condesa de Bles eres;

si al duque Enrique por esposa adquieres,

y yo le persüado

que, olvidando a Clemencia, trueque estado

y amor en ti, podemos

mudar en paces guerras que tememos.

ARMESINDA:     Señor, en vueselencia

libré, muertos mis padres, la obediencia

que a ellos les debía;

mi voluntad es tuya más que mía;

mas cosas de ese porte,

no es justo que la prisa las acorte.

Consúltelas despacio,

pues sobran consejeros en palacio,

que mirarán prudentes

si se atajan con eso inconvenientes;

y yo del mismo modo

entretanto veré si me acomodo

a disponer deseos

tan libres en mi edad de esos empleos.

FELIPO:        Tu discreción, sobrina,

merece admiración por peregrina.

Yo voy a consultarlos;

tú eres la paz del rey, de Enrique y Carlos.

Vase

ARMESINDA:        Examine voluntades

y haga Felipo experiencia,

entretanto que en Clemencia

mis celos sacan verdades

si quiere al español más

que obedecer a mi tío;

que después, pues no soy río,

bien puedo volverme atrás.

Sale BEATRIZ sin ver a ARMESINDA

BEATRIZ:          ¿Es posible que tan grave,

tan cuerdo, tan ententido,

tan discreto y bien nacido

–cuando lo que importa sabe–

duque don Gabriel Manrique

el secreto encomendado

y en fe de noble jurado

con Carlos le comunique?

No, sospechas, no lo creo;

miente Carlos; conjeturas

serán las que, mal seguras,

–porque mude de deseo–

le inquietan la voluntad.

Como en mis ojos ha visto

lo que en la lengua resisto,

querrá sacar la verdad

con mentiras que le impone.

Anda el español buscando

las señas con que le mando

que sus dichas ocasione;

ocupa, cuando le asisto,

los ojos y el alma en mí;

y saca Carlos de aquí,

porque a los dos nos ha visto

con descuido cuidadoso,

celos de causas pequeñas.

Mas ¡decir lo de las señas!

Aquí el culparle es forzoso.

Lo mismo que acuso abono;

y, entre el sí y el no confusa,

hallo el agravio en la excusa

y, condenando, perdono.

Sale CLEMENCIA sin ver ni a BEATRIZ ni a ARMESINDA

 

CLEMENCIA:        Si Armesinda lleva bien

el dar a Enrique la mano,

salió mi recelo vano;

poco mis sospechas ven.

Si rehusa este concierto,

dándose por ofendida,

don Gabriel la trae perdida

y mi temor salió cierto.

ARMESINDA:        Prima, en notable cuidado

hoy mis aumentos te ven;

darte puedo el parabién

de consejera de estado.

Tu padre, que dificulta

riesgos que nacen de nuevo,

me afirma lo que te debo;

quedaréle a tu consulta

deudora, que es circunstancia

mucha que a Enrique se rinda

la libertad de Armesinda

porque Beatriz reine en Francia.

BEATRIZ:          (¿Cómo es esto de reinar?           Aparte

¿Otra vez vuelve este miedo?

Desde aquí escucharlas puedo.)

CLEMENCIA:     ¿Qué quieres?  Séte afirmar

que te estimo de manera

que por ti me desposeo

del duque.

ARMESINDA:               ¿Ya yo no veo

que eres mi casamentera?

Débote voluntad tanta

que no admites y te pesa

ser con Enrique duquesa,

por ser con Carlos infanta.

CLEMENCIA:        Prima, reales intereses

efectuólos la ambición;

prométote que no son

mis pensamientos franceses.

ARMESINDA:        Serán españoles, prima.

CLEMENCIA:     ¿Cómo?

ARMESINDA:            Pues ¿no han de tener

alguna patria?

CLEMENCIA:                    ¿Es querer

pedirme celos?

ARMESINDA:                    Enigma

es ésta que tu amor traza,

y cuando piensas que está

secretísima, anda ya

a pregones por la plaza.

CLEMENCIA:        ¿Estás en ti?

ARMESINDA:                     No te asombres;

que debe ser tu beldad

alcalde de la hermandad

que prende en los campos hombres.

BEATRIZ:          (¡Ay cielos!  Todo se sabe.      Aparte

El español fementido

pródigo indiscreto ha sido;

perjuro dejó sin llave

secretos y confïanzas.)

ARMESINDA:     Alcaide fue tu cuidado

del cuarto en que, retirado,

diste a riesgos confianzas.

¡Qué ingeniosa te apercibes

de torno, tiniebla y salas!

¡Qué sazonada regalas,

qué misteriosa que escribes!

Ya yo he visto los papeles,

cifras de tu estraño amor.

BEATRIZ:       (Todo lo ha dicho el traidor.)     Aparte

ARMESINDA:     No hay para que te receles;

que ya el español me fía

secretos encomendados,

porque tercie en sus cuidados.

Luego ¿piensas, prima mía,

que no me reveló señas,

ya en acciones y ya escritas,

en que dudas facilitas

y animas cuando despeñas?

Pues advierte que me hace

agente de tus amores,

y sé todos los favores

con que intentas que se enlace

en laberintos dudosos,

no sé a qué fin prevenidos,

conceptos con dos sentidos,

obscuros por misteriosos.

El papel que te escribió,

el crédito que con él

te acredita…

CLEMENCIA:               ¿Don Gabriel

eso de mí te mintió?

ARMESINDA:        Eso y otras liviandades

que callo.  ¿De qué te admiras?

(Amor, digamos mentiras            Aparte

para averiguar verdades.)

CLEMENCIA:        (¿Mas si, celosa de mí         Aparte

mi prima, se ha declarado

con el, y cuenta la ha dado

de cosas que presumí

guardar seguras en él?

No hay hombre que no se alabe

de favores que aun no sabe;

imitólos don Gabriel.

ARMESINDA:        No hay para qué recelarte

ya de mí; declaraté

con los dos.  ¿Qué le diré,

prima mía, de tu parte?

CLEMENCIA:        Dile, prima, que por ti

facilitarle deseo

estorbos, y que en tu empleo

me tiene obligada a mí;

que no malogre invenciones

que tanto estudio te cuestan,

pues ellas le manifiestan,

aunque en sombra, tus pasiones;

que las joyas usurpadas

por tu industria, repartidas

también por ti, aunque escondidas,

no engañan disimuladas;

que fácil se manifiesta

cualquiera ardid estudiado,

si se afecta demasiado;

y en fin…

ARMESINDA:               ¿Qué locura es ésta,

prima engañosa?  ¿A qué efeto

es tanto disimular?

Hácesle desatinar,

sábese ya tu secreto,

¡y atribúyesme quimeras

que ni por el pensamiento

me pasan!

CLEMENCIA:               ¡Donoso cuento!

Mira, prima, cuando quieras

que por señas un amante

sus discursos encamine,

no le hagas que desatine;

procura de aquí adelante

probar su ingenio de modo

que señas y conjeturas

ni del todo sean obscuras,

ni tan patentes del todo

que los demás las entiendan;

porque es fuerza que el cuidado

ame siempre desvelado,

y que sus ojos pretendan

registrar en cualquier dama

acciones que acas[o] hechas

den motivo a sus sospechas,

y luego piense que le ama.

ARMESINDA:        ¿Para qué gastas doctrina

que tú sola has menester?

CLEMENCIA:     ¿Yo?  Pues mira; has de saber

que tu español imagina

que yo soy la arquitectora

de la máquina que hiciste;

que como le persuadiste

a amar por señas, y ignora

cuál de las tres de esta casa

es la que ha de obedecer,

apenas nos llega a ver

cuando estudiosos nos tasa

las acciones más pequeñas,

una risa, un volver de ojos,

con que al punto sus antojos

juzgan que le hacemos señas.

Cayóseme un guante ayer

y, creyéndole favor,

ya me imagina en su amor

perdida; quise volver

por mí y atajar locuras;

mas poco me ha aprovechado,

pues, necio y desbaratado,

no sé qué salas a escuras,

tornos y prendas robadas

alega, con presunción

de que yo fui la ocasión.

Como no le persüadas

a que eres tú su desvelo,

contemporizar con él

es fuerza; que el don Gabriel

es un español del cielo,

y no es bien que, ya apurado

el seso, siendo yo cuerda,

permita que por ti pierda

el poco que le has dejado.

Vase. Sale BEATRIZ retirada, sin que ARMESINDA la vea

ARMESINDA:        Esto es burlarse de mí,

esto es haber ya sabido

del crïado fementido

cuanto en este caso oí.

A no ser ella la autora

de esta confusa quimera,

claro está que no supiera

lo que me refirió agora.

De celos estoy perdida;

mas no logrará, si puedo,

los lances de tanto enredo.

¿Yo burlada? ¿Ella querida?

Haré que el duque castigue

arrojos de amor tan loco;

que en competencias, no es poco

estorbar quien no consigue.

Vase

BEATRIZ:          No hay en casa quien no sepa

cuanto al silencio fié.

¡Ay cielos! ¿Cómo creeré

que en semejante hombre quepa

tal falta, tan vil defecto?

Pero culparle es en vano;

que ya excediera de humano,

si en todo fuera perfecto.

Sale don GABRIEL

GABRIEL:          Harásele, gran señora,

a vueselencia de nuevo

el ver que a hablarla me atrevo,

cosa rara en mí hasta agora;

pero alienta mi temor

quien puede, y por vos se abrasa.

BEATRIZ:       Decid; que no es nuevo en casa

teneros por hablador.

GABRIEL:          ¿Hablador yo?

BEATRIZ:                        Proseguid.

GABRIEL:       Mal su opinión acredita

quien la que tengo me quita,

mintiendo…

BEATRIZ:                   Decid, decid.

GABRIEL:          …porque es la más civil mengua

para mí…

BEATRIZ:                 Serán antojos

de quien os buscó todo ojos

y os ha hallado todo lengua.

Decid.

GABRIEL:                 Envidia será

de quien con vuestra excelencia

lo que no osa en mi presencia…

BEATRIZ:       Decid, acabemos ya.

GABRIEL:          …afirma, contra el valor

que en mí esos desdoros teme.

BEATRIZ:       Don Gabriel, decid o iréme,

que sois terrible hablador.

GABRIEL:          Si en tal opinión me veo…

BEATRIZ:       Dejad eso, y proseguid.

GABRIEL:       Pues vos lo mandáis, oíd.

Yo deseo y no deseo

cumplir leyes y precetos

de quien a hablaros me envía

y sus secretos me fía.

BEATRIZ:       ¡Guardáis vos muy bien secretos!

Saca y hace que lee un papel

GABRIEL:          Pues ¿podéis vos ofenderos

de haberlos quebrado yo?

BEATRIZ:       ¡Jesús!  ¿Vos quebrado?  No;

antes los decís enteros.

GABRIEL:          El envidioso ignorante

que me juzga poco fiel…

BEATRIZ:       Levantad ese papel,

y proseguid adelante.

Déjale caer de industria ella, y levántale él mirándole

GABRIEL:          (¡Ay cielos!  Mi letra es ésta.) Aparte

BEATRIZ:       Dadle acá.

Tómasele desdeñosa

GABRIEL:                 Señora mía…

BEATRIZ:       Al que secretos os fía

podéis darle por respuesta

que estudie en mis escarmientos

si el fïarse es cosa baja

de habladores de ventaja

que infaman sus juramentos.

Vase

GABRIEL:          ¡Madama!  ¡Señora mía!

Rayos mortales arroja.

Agora, cielos, se enoja,

que manifestar quería

obscuridades de amor,

agora que comenzaba

mi dicha, y se declaraba,

¿tal desdén en tal favor?

¡Gentil premio de desvelos!

¡Bien satisfechos cuidados,

de habladores infamados!

¿Qué es esto, inclementes cielos?

¿No vi en manos de Clemencia

hoy mi papel?  ¿No es el mismo

que hallé agora?  En tal abismo,

¿quién ha de tener paciencia?

¿Con quién comunico yo

secretos tan castigados,

de injurias galardonados,

sino con quien me mostró

como carta de creencia

el billete que firmé?

Si amor por señas juré,

y hallo señas en Clemencia,

¿es mucho que desatine

creyendo que es su inventora?

Pues ¿cómo lo sabe agora

su hermana?  ¿Cómo a hallar vine

en sus manos mi papel?

¿Cómo Armesinda me aguarda,

con las señas de Gerarda?

¿Fue el intrincado vergel

más confuso de Teseo?

No, cielos, no hay más salida

para no apurar la vida

–que pienso que lo deseo–

sino creer que las tres,

conjuradas contra mí,

comunican entre sí

secretos, porque después,

como cada cuál me engaña,

entre tanta confusión,

castiguen la presunción

que Francia culpa en España.

Sale CLEMENCIA

CLEMENCIA:        (Mi padre, pues yo no puedo,    Aparte

tanta máquina averigüe,

y mis celos apacigüe;

desharemos este enredo,

y saldré yo de cuidado,

aunque me llamen crüel.)

¿Aquí estáis vos, don Gabriel?

Nunca os veo acompañado;

mas tampoco lo está Apolo.

GABRIEL:       Es ésta condición mía.

CLEMENCIA:     Sí, pero, sin compañía,

mucho habláis para estar solo.

GABRIEL:          ¿También vos formáis agravios?

CLEMENCIA:     Amante he yo conocido

que hubiera dichoso sido

a saber cerrar los labios;

y alguna en casa ofendida…

GABRIEL:       Diréos, si me dais lugar…

CLEMENCIA:     ¿Hablarme vos?  No hay que hablar.

Guardaos, no os cueste la vida.

Vase

GABRIEL:          ¡Alto!  Otra vez se eclipsó

la certidumbre infeliz

de que madama Beatriz

conmigo se declaró,

pues su hermana hizo lo mismo.

¿Cuál de ellas, amor, creeré

que de esta máquina fue

la artífice?  En un abismo,

con dos vientos encontrados,

navego sin experiencia;

ya Beatriz, y ya Clemencia

la nave de mis cuidados

combaten; y en tanta mengua

las dos, intimando agravios,

una castiga mis labios,

y otra aborrece mi lengua.

Sale CARLOS

CARLOS:           De la confïanza necia

que en vos mi amistad creyó

sé que a España se pasó

la fe fallida de Grecia.

Basta que a Beatriz amáis

y, dueño de sus desvelos,

por darme de veras celos,

los de burlas excusáis.

Cuando yo puse los ojos

en Clemencia, si a su hermana

amó vuestra fe liviana,

excusáredes enojos

diciéndome la verdad,

que ya en vuestra lengua dudo;

pero amigo que es tan mudo

guárdese de mi amistad.

Vase

GABRIEL:          ¡Señor, gran señor! –¿Qué es esto?

¿Qué concurrencia de males,

qué espíritus infernales

tanta maraña han compuesto?

A todos los he agraviado;

todos acusan mi amor;

con las damas, hablador,

y con el duque, callado.

La fortuna intenta verme,

gustosa en desbaratarme,

con lengua para culparme.

sin ella para perderme.

Sale ENRIQUE

ENRIQUE:          Gabriel, Clemencia me envía,

puesto que entre obscuridades,

a que agradezca amistades

que no supe que os debía.

Afirma que en mi favor

le habéis propuesto razones

opuestas a pretensiones

de Carlos, vuestro señor;

y como sé la lealtad

que le guardáis y debéis,

aunque de mi parte estéis,

no es tanta nuestra amistad

que presumiera tal cosa,

a no tener fundamento

en que lo hacéis con intento

de que Beatriz sea su esposa.

¡Digna acción de la cordura

que en vuestro valor se encierra,

pues se ataja ansí la guerra

que de otra suerte aventura!

Porque, aunque arriesgue el perderme,

su palabra ha de cumplirme

Felipo, o yo prevenirme

contra quien guste ofenderme.

En efecto, sea por esto

o por lo que vos sabréis,

tan persuadida tenéis

a mi dama que ha propuesto

no hacer más de lo que vos

dispusiéredes.

GABRIEL:                 ¿Clemencia

dice que estriba en mi agencia

el desposaros los dos?

ENRIQUE:          Y que estos inconvenientes

bastáis vos solo a atajarlos.

GABRIEL:       ¿Yo, en deservicio de Carlos?

ENRIQUE:       Señas me dio suficientes,

aunque obscuras para mí,

que sin quererse explicar,

dice, no podéis negar.

GABRIEL:       (¡Cielos!  ¿En qué os ofendí?    Aparte

¿Amante y casamentero?

¿Desleal a mi señor?

¿Ya infamado de hablador,

ya su esposo, y ya tercero?)

ENRIQUE:          Que experimente verdades,

que en vos admire, desea;

y que obligaciones crea

de finezas y amistades.

No sé yo con qué pagaros

tanto.  Dice que sigáis

la traza que en esto dais;

que alguna vez saldrán claros

los cielos, hasta aquí obscuros;

pues para los animosos

principios dificultosos

prometen fines seguros.

Don Gabriel, ¿qué traza es ésta?

Que es rigor demasïado,

siendo yo el interesado,

ignorarla.

GABRIEL:                 (¿Qué respuesta         Aparte

la daré, confusión mía?)

ENRIQUE:       Y que, si no me creéis,

por señas no lo dejéis;

que hartas conmigo os envía.

GABRIEL:          (¿Pudo declararse más?         Aparte

Luego ¿no fue Beatriz –¡cielos!–

la autora de mis desvelos?

Volved, esperanza, atrás.

Pero ¿cómo me condena,

si no es Beatriz, su rigor

a delitos de hablador?

¡Nunca yo entrara en Lorena!

ENRIQUE:          Acabadme de sacar

del golfo en que me habéis puesto.

Decid, don Gabriel, ¿qué es esto

de acertar y no acertar?

GABRIEL:          Pues ¿eso también os dijo?

ENRIQUE:       Esto al partirse la oí;

y que entenderéis por mí

este misterio prolijo

sin declarárosle a vos,

afirma; y que es de importancia,

en tal caso, mi ignorancia.

GABRIEL:       (¡Extraña mujer, por Dios!)       Aparte

ENRIQUE:          ¿Queréisme ya despenar?

Sacadme de este cuidado.

GABRIEL:       Duque Enrique, hanme obligado

a ver, oír y callar.

Si ella afirma que os importa

que este secreto ignoréis

y os ama, ¿qué más queréis?

ENRIQUE:       ¿Clemencia conmigo corta,

y con vos tan liberal?

Don Gabriel, ¡aquí de Dios!

¿Por qué habéis de saber vos

lo que a mí no me esté mal

y ha de negárseme a mí?

GABRIEL:       Eso dígalo Clemencia;

que yo no tengo licencia.

ENRIQUE:       Mirad que saco de aquí

conjeturas no pequeñas

que os desdoran de algún modo.

GABRIEL:       Eso sí, sed vos y todo

astrólogo de mis señas;

pero no ingrato a lo mucho

que afirma que me debéis

Clemencia.

ENRIQUE:                 En fin, vos queréis

que en los misterios que escucho,

y no acabo de alcanzar,

pierda el seso.

GABRIEL:                 ¿El seso?  No;

mas quiero que, como yo,

tengáis que filosofar.

Que os prometo que es mi amor

tan mudo que vive preso

en el alma, y con todo eso

me le culpan de hablador.

No alcanza quien no obedece,

ni sin peligro hay batalla,

ni merece quien no calla,

ni quien malicia merece.

Esto la dad por respuesta;

y decid que, pues dispuso

que os tuviésemos confuso

y os importa, aunque os molesta,

la traza entre los dos dada

se ponga en ejecución,

porque perderá sazón

si hoy no queda desposada;

que os disfrazó pensamientos

para acendrar vuestra fe,

porque yo jamás quebré

palabras ni juramentos.

 

ENRIQUE:          Amor es loco, sus temas

imposibles de vencer;

yo no acabo de entender

el blanco de estas problemas;

pero si, cual conjeturo,

hoy ha de llamarme esposo

Clemencia, tan venturoso

seré como el medio obscuro.

Voy, porque no me hagáis cargo

de que a malicias me atrevo,

si bien sabré lo que os debo,

pues no es el término largo.

Pero vivid advertido

en lo que habéis maquinado,

que, si agradezco obligado,

me satisfago ofendido.

Vase

GABRIEL:          Todos forman de mí queja;

a tragos la muerte bebo.

Echan por una ventana un billete

¿Qué es esto? ¿Hay peligro nuevo?

Arrojaron de la reja

un papel.   Si es semejante

a sus dos antecesores,

no más ambiguos amores;

mude su dueño de amante.

Alzale y léele

«Ya por experiencia sé

cuán obediente y discreto

vive por vos el secreto

que oculta os encomendé;

no es bien que el premio lo esté,

que os ofrece la fortuna;

ocasión hay oportuna;

id como la vez primera

al torno; que allí os espera

de las tres la una y ninguna.»

 

Como cumpla lo que dice,

demos por bien empleado

todo el desvelo pasado;

si es que a dudas satisface,

fortuna, acábese ya

el tema de estos engaños.

Sale MONTOYA

MONTOYA:       Dos horas, si no dos años,

anda de acá para allá

en busca tuya, y no te halla…

GABRIEL:       ¡Montoya!

MONTOYA:                 …cierta señora

[tapada]…

GABRIEL:                 Calla, Montoya.

MONTOYA:       …que embauca.

GABRIEL:                      Sígueme y calla.

MONTOYA:          Doy a la lengua cien nudos;

que pues por ti se me estanca,

aquí pasa Salamanca

el colegio de los mudos.

Vanse. Salen FELIPO y CLEMENCIA

CLEMENCIA:        Esto es, señor, lo cierto;

Armesinda este ardid ha descubierto.

Lo que de mí has oído

del modo que te afirmo ha sucedido;

a Enrique menosprecia,

no estima a Carlos porque, loca o necia,

al español adora.

FELIPO:        De tantos embelecos inventora!

Clemencia, considera

que parece imposible tal quimera.

En tan pequeños años

¿puede Armesinda hacer tantos engaños?

CLEMENCIA:     Para ellos la habilita

ese cuarto, después que no se habita

desde el año pasado

por las muertes que en él hemos llorado

de mi madre y señora,

y del duque mi hermano; allí inventora

de peregrinas trazas,

con tornos, con papeles y amenazas

que ingeniosa dispuso,

del español el seso trae confuso.

FELIPO:        Júzgote con tu prima

apasionada, viendo que no estima

a Enrique, cuando quieres

a Carlos; sois estrañas las mujeres.

CLEMENCIA:     Espera, haz una cosa;

darásme, si nos sale provechosa,

el crédito debido.

Llama aquí al español favorecido,

como otras veces sueles;

que entre otros, trae consigo dos papeles

que le escribió esa dama

a quien su confusión por señas ama;

conocerás sin duda

por la letra la autora amante y muda

que el estilo profana

con que amor hasta aquí su imperio allana.

FELIPO:        Bien dices; de ese modo

sabré quién es y se averigua todo.

Mandaré que le llamen,

y en él de estos misterios haré examen.

Sale ARMESINDA

ARMESINDA:     (¿Qué puede buscar, ¡cielos!,         Aparte

don Gabriel en tal parte sino celos

que apuren mi cuidado?

¿En el cuarto tanto ha deshabitado,

y cerrarle la puerta

luego que entró?  Sospecha, saldréis cierta,

si a confirmaros torno;

allí el teatro oculto, allí está el torno,

amor, de mi tragedia.

Si el duque tanto insulto no remedia,

quedará mi esperanza

marchita en flor, sin fruto mi venganza.)

FELIPO:        Armesinda, ¿qué es esto?

ARMESINDA:     Sutilezas de amor con que ha dispuesto

Clemencia, señor mío,

cuando tu ofensa no, su desvarío.

Esa parte de casa

que no se vive tu opinión abrasa.

Mi prima, que atropella

respetos de quien es, oculta en ella

a quien te certifique

la causa por que deja al duque Enrique.

CLEMENCIA:     Desatinada vienes.

¿La culpa me atribuyes que tú tienes?

¿Perdiste el seso, prima?

ARMESINDA:     Ya se saben verdades de este eni[g]ma,

ya el cuarto, el torno y salas

donde escribes, obligas y regalas

al español dichoso,

agora en posesión, antes dudoso.

Derriba, señor, puertas,

que sólo están a nuestro agravio abiertas.

FELIPO:        ¿Qué es esto, cielo santo?

CLEMENCIA:     Averigua, señor, enredo tanto;

que si la letra miras

de los papeles, no podrán mentiras

desdorar mi inocencia.

ARMESINDA:     Eso pretendo yo, haga experiencia

la averiguación sabia

de la agresora que tu casa agravia.

FELIPO:        Echaré por el suelo,

abrasaré impaciente

el palacio, la autora, el delincuente

de tanto ciego insulto.

Vase

ARMESINDA:     No has de lograr tu amor hasta aquí oculto.

CLEMENCIA:     Con frívolas disculpas

disfrazas evidencias de tus culpas.

ARMESINDA:     ¡Qué loca te despeñas!

CLEMENCIA:     Pues poco has de lograr tu amor por señas.

Vanse. Salen don GABRIEL y MONTOYA

MONTOYA:          Segunda vez nos enmonjan

y, cerrándonos las puertas,

solos, de noche y a escuras,

a pares nos emparedan.

Tú, que sabes lo que pasa,

ni tienes miedo, ni tiemblas,

mas yo, que no he merecido

tantica historia siquiera

con que sobornar temores,

¿qué he de hacer sino hacer cera?

GABRIEL:       Todo ha de parar en bien.

MONTOYA:       No pare en la chimenea

por donde a ciegas me embutan;

pongan luz y saquen cena,

y estémonos aquí un siglo.

Llaman dentro al torno

GABRIEL:       Allí llaman.

MONTOYA:                    Allí llega

tú, que eres el consiliario;

que yo en la dicha comedia

no soy más que el mete-sillas.

Vuélvese el torno con un billete y una luz

GABRIEL:       ¡Luz y papel!

MONTOYA:                      Ansí empiezan

los actos de nuestra farsa.

GABRIEL:       (Una es la nota y la letra         Aparte

de éste y de los otros tres,

y dice de esta manera;

Apártase de MONTOYA y lee

«Madama Beatriz se alaba

de que le habéis dado cuenta

de secretos prometidos

que el bien nacido conserva;

Carlos los sabe, Armesinda

a todos los manifiesta,

ya se los habrá contado

a los tres duques Clemencia;

ved si está puesto en razón

que quien juramentos quiebra,

cuando el premio que esperaba

perdió, pase por la pena.

Poneos bien con Dios al punto,

porque dentro de hora y media

he de hacer que en ese sitio

encubra siempre la tierra

lo que no encubristes vos;

que temo de vuestra lengua,

si agora no la sepulto,

que ha de hablar después de muerta.»

Esta es sofística excusa

de quien cavilosa intenta

honestar sus liviandades

al nuevo interés que afecta.

Ya Clemencia, ya Beatriz,

ya Armesinda la una sea

de las tres, la enigma-dama,

si ama a Carlos la primera,

la segunda al rey francés,

y apetece la tercera

a Enrique, ¿qué maravilla

que recele que se sepan

los arrojos de su gusto?

Temerosa de mis quejas,

con la muerte me amenaza;

pero primero que muera,

hará mi valor alarde

de la sangre que le alienta.)

Saca la espada

Saca la espada, Montoya.

MONTOYA:       ¿Para qué la quieres fuera?

GABRIEL:       Acaba, o te mataré.

MONTOYA:       Pues ¿tú conmigo pendencias?

¿A cuchilladas me pagas

catorce o veinte cuaresmas

que he ayunado en tu servicio?

¿No digo yo que andan sueltas

por este cuarto de ahorcado

Margarusas?  (¿Si me trueca         Aparte

la cara algún Gacipiro,

y que soy gigante piensa?)

Montoya soy, ¡vive Apolo!;

ten, señor, por Dios, vergüenza

de ensuciar tus limpias manos

en sangre lacaya.

GABRIEL:                      Bestia,

¿qué dices?

MONTOYA:                    Las letanías.

GABRIEL:       Mira que a matarnos entran

traidores disimulados.

MONTOYA:       ¿Hacia dónde están, que puedas,

encantados, verlos tú,

y yo agora llenos tenga

los ojos de cataratas?

A Dios y a ventura, muera

todo fauno, sierpe o grifo.

Saca la espada

GABRIEL:       Ponte a mi lado, no temas.

MONTOYA:       Si se hallare en toda Europa

quien más desdichado sea

que yo…

GABRIEL:                 ¿Tiemblas?

MONTOYA:                           Tiemblo y sudo;

olerásme si te acercas.

¿Quieres ver cuán venturoso

soy?  Pues escucha.  Una siesta

soñaba que me había hallado

tres bolsas y dos talegas

de doblones de a dos caras;

tendílos sobre una mesa

y, cuando empecé a contarlos,

al primero me despiertan,

dejándome de la agalla,

sin permitirme siquiera

que entre sueños recrease

mi codicia con su cuenta.

Soñé otra vez que me daban,

sacándome a la vergüenza

por las calles de la corte,

cuatrocientos de la penca.

Iba yo carivinagre,

llorado de verduleras,

entre escribas y envarados,

las espaldas berenjenas.

Y a cada «ésta es la justicia»,

me pespuntaba el gurrea

los ribetes cuatro a cuatro,

cual Dios les dé la manteca.

Considera tú qué tal

iría mi reverencia,

que ¡vive Dios! que escocían

como si fuesen de veras.

Pues fue mi ventura tanta,

para que envidia la tengas,

que hasta el último pencazo

no desperté; de manera

que, cuando sueño doblones,

al primero me recuerdan,

y, cuando azotes, me obligan

que hasta el cuatrocientos duerma.

¿Hay bestia más desdichada?

Golpes grandes a la puerta por dentro. FELIPO dentro

FELIPO:        Si no abriere, echad por tierra

las puertas.

MONTOYA:                 Descomunal

jayán Tranquitrinco, espera.

¡Santiago, cierra España!

A ellos, señor, o a ellas.

Cae la puerta y salen FELIPO, BEATRIZ, CLEMENCIA, ARMESINDA, ENRIQUE, criados y damas

CRIADO:        Ya está abierto para todos.

MONTOYA:       ¡Los duques y las duquesas!

GABRIEL:       (Pues ¿cómo?  Quien me amenaza    Aparte

de muerte, porque no sepa

ninguno mudanzas suyas,

¿agora con todos entra?)

FELIPO:        Rendid, español, las armas.

GABRIEL:       A los pies de vuestra alteza,

ellas, el dueño y la vida.

MONTOYA:       La bolsa, el dinero, y ellas.

FELIPO:        ¿Es blasón de generoso,

a costa de su nobleza

desasosegar palacios

y, estranjero, hacer ofensa

a tanto príncipe y dama?

GABRIEL:       Quien a sustentar se atreva

que yo…

FELIPO:                  Ya se sabe todo.

GABRIEL:       …hice cosa que no deba,

ni aquí, ni…

FELIPO:                  Don Gabriel, basta;

dicho me han de esta quimera

lo que pasa, aunque en confuso.

GABRIEL:       No yo a los menos; que precia

mi valor guardar palabras

que tanto riesgo me cuestan.

Y, pues contra esto me indician,

diga madama Clemencia,

diga Carlos, señor mío,

Beatriz y su prima bella,

vuestra alteza, el duque Enrique,

¿cuándo permití a la lengua

secretos encomendados,

que de los labios excedan?

A ARMESINDA

MONTOYA:       Chitón, por amor de Cristo,

dama en cifra, niña almendra,

en lo de la sala y torno,

joyas, papel, noche y cena.

FELIPO:        ¿Cuál de estas tres, español,

mandándoos amar por señas,

es la sutil inventora

de tanto artificio?

GABRIEL:                           Fuera,

gran señor, yo afortunado,

a alcanzar mis diligencias

la solución de esas dudas.

No lo sé, si bien sospechas

tengo en todas tres.

FELIPO:                             Mostrad

[l]os papeles; que su letra

alumbrará confusiones.

GABRIEL:       Denme todas tres licencia

para hacer de ellos alarde;

que, sin dármela, aunque muera,

no me atreveré a enseñarlos,

por no ofendar la una de ellas.

BEATRIZ:       Yo os la prometo.

CLEMENCIA:                      Yo y todo.

ARMESINDA:     Yo también.

MONTOYA:                      Traza discreta

para deshacer pandillas.

Dáselos, y míralos FELIPO

FELIPO:        Ni de Beatriz, ni Clemencia,

ni de Armesinda es la forma;

todos son de mano ajena.

MONTOYA:       Pues volvamos a tocar

tercera vez a tinieblas.

GABRIEL:       Si las tres me lo permiten,

y perdona vuestra alteza

de este amor enmarañado

culpas que no sé que tenga,

señas ofrezco bastantes,

[……………….e-a]

para conocer su autora,

por más que ocultarse quiera.

BEATRIZ:       Ya la tenéis.

CLEMENCIA:                    Acabad.

FELIPO:        ¿Qué dices tú?

ARMESINDA:                    Que desea

mi confusión verse libre.

MONTOYA:       (Aquí la trampa se suelta.)       Aparte

GABRIEL:       ¿Quién, pues, de las tres madamas

a las dos de vueselencias

dio las joyas de diamantes

que las tres sacaron puestas

la primer vez que me hablaron?

BEATRIZ:       Leonora, mi camarera,

debajo mis almohadas

halló esta cruz, sin que sepa

cómo o quién allí la puso,

y también esotras piezas,

que por saber este enigma

di a las dos.

DAMA:                    Es cosa cierta

lo que mi señora afirma.

FELIPO:        En fin, ¿que quien nos enreda

se ha de reír de nosotros?

MONTOYA:       Desmaráñelo un poeta.

GABRIEL:       Señor, si esta vez no doy

con el engaño, no tengas

de averiguarle esperanzas.

FELIPO:        Decid.

MONTOYA:            Ya va la tercera.

GABRIEL:       Cuando agora entré a esta sala

¿estaban con vuestra alteza

las tres madamas presentes?

FELIPO:        Sólo Beatriz faltó de ellas.

GABRIEL:       Pues ella estaba en el torno

y, apurando mi paciencia,

amenazaba mi vida;

ella es la dama encubierta

que se entretiene en burlarme.

FELIPO:        ¿Qué respondéis?

BEATRIZ:                      Que confiesa

lo que la lengua rehusa

en la cara la vergüenza.

Sale CARLOS

CARLOS:        Antes moriré a su lado

que en Francia persona ofenda

al de Nájara, mi amigo.

FELIPO:        ¿Qué es?

MONTOYA:                 Es chilindrona nueva.

CARLOS:        Mi hermano el rey se casó

con Ricarda, infanta inglesa;

y, muerto en España el duque

de Nájara, porque queda

sin sucesión, don Gabriel,

sobrino suyo, le hereda.

Pésames y parabienes

os den juntos estas nuevas,

y vos, Felipo, a Beatriz,

permitiendo que merezca

mi intercesión y amistad

lo que madama desea,

que es juntar en don Gabriel

a Nájara con Lorena.

Mi esposa será Armesinda,

dando la mano a Clemencia

Enrique, porque amistades

desbaraten competencias.

Alcance yo vuestro sí.

FELIPO:        Dueño es, señor, vuestra alteza

de mi voluntad y estado;

como lo dispone sea.

GABRIEL:       A vuestros pies, gran señor…

CARLOS:        Levantad; que ansí se venga

de agravios que amor enlaza

la sangre noble francesa.

MONTOYA:       ¡Trinidad de desposorios!

Sólo Montoya se queda

incasable o celibato,

paralelo de una dueña.

GABRIEL:       Invencionero ingenioso

es amor; esta novela,

senado ilustre, lo diga,

y en ella el Amar por señas.

 

FIN DEL ACTO TERCERO

FIN DE LA COMEDIA

 

Don Gil de las calzas verdes

Personas que hablan en ella:

Doña JUANA

Don DIEGO

Don MARTÍN

Don ANTONIO

Doña INÉS

CELIO

Don PEDRO, viejo

FABIO

Doña CLARA

DECIO

Don JUAN

VALDIVIESO, escudero

QUINTANA, criado

AGUILAR, paje

CARAMANCHEL, lacayo

UN ALGUACIL

OSORIO

MÚSICOS

ACTO PRIMERO

 

 

Sale Doña JUANA de hombre con calzas y vestido todo verde, y QUINTANA, criado

 

 

QUINTANA:         Ya que a vista de Madrid

y en su Puente Segoviana

olvidamos, doña Juana,

huertas de Valladolid,

Puerta del Campo, Espolón,

puentes, galeras, Esgueva,

con todo aquello que lleva,

por ser como inquisición

de [la] pinciana nobleza,

pues cual brazo de justicia,

desterrando su inmundicia

califica su limpieza;

ya que nos traen tus pesares

a que desta insigne puente

veas la humilde corriente

del enano Manzanares,

que por arenales rojos

corre, y se debe correr,

que en tal puente venga a ser

lágrima de tantos ojos;

¿no sabremos qué ocasión

te ha traído desa traza?

¿Qué peligro te disfraza

de damisela en varón?

JUANA:            Por agora no, Quintana.

QUINTANA:      Cinco días hace hoy

que mudo contigo voy.

Un lunes por la mañana

en Valladolid quisiste

fiarte de mi lealtad:

dejaste aquella ciudad;

a esta Corte te partiste,

quedando sola la casa

de la vejez que te adora,

sin ser posible hasta agora

saber de ti lo que pasa,

por conjurarme primero

que no examine qué tienes,

por qué, cómo o dónde vienes,

y yo, humilde majadero,

callo y camino tras ti

haciendo más conjeturas

que un matemático a escuras.

¿Dónde me llevas ansí?

Aclara mi confusión

si a lástima te he movido,

que si contigo he venido,

fue tu determinación

de suerte que, temeroso

de que, si sola salías,

a riesgo tu honor ponías,

tuve por más provechoso

seguirte y ser de tu honor

guardajoyas, que quedar,

yéndote tú, a consolar

las congojas de señor.

Ten ya compasión de mí,

que suspensa el alma está

hasta saberlo.

JUANA:                        Será

para admirarte. Oye.

QUINTANA:                            Di.

 

JUANA:            Dos meses ha que pasó

la pascua, que por abril

viste bizarra los campos

de felpas y de tabís,

cuando a la puente, que a medias

hicieron, a lo que oí,

Pero Anzures y su esposa,

va todo Valladolid.

Iba yo con los demás,

pero no sé si volví,

a lo menos con el alma,

que no he vuelto a reducir,

porque junto a la Vitoria

un Adonis bello vi

que a mil Venus daba amores

y a mil Martes celos mil.

Dióme un vuelto el corazón,

porque amor es alguacil

de las almas, y temblé

como a la justicia vi.

Tropecé, si con los pies,

con los ojos al salir,

la libertad en la cara,

en el umbral un chapín.

Llegó, descalzado el guante,

una mano de marfil

a tenerme de su mano.

¡Qué bien me tuvo! ¡Ay de mí!

Y diciéndome: «Señora,

tened; que no es bien que así

imite al querub soberbio

cayendo, tal serafín»,

un guante me llevó en prendas

del alma, y si he de decir

la verdad, dentro del guante

el alma que le ofrecí.

Toda aquella tarde corta,

digo corta para mí,

que aunque las de abril son largas

mi amor no las juzgó ansí,

bebió el alma por los ojos

sin poderse resistir

el veneno que brindaba

su talle airoso y gentil.

Acostóse el sol de envidia,

y llegóse a despedir

de mí al estribo de un coche

adonde supo fingir

amores, celos, firmezas,

suspirar, temer, sentir

ausencias, desdén, mudanzas

y otros embelecos mil,

con que, engañándome el alma,

Troya soy, si Scitia fui.

Entré en casa enajenada:

si amaste, juzga por ti

en desvelos principiantes

qué tal llegué. No dormí,

no sosegué; parecióme

que olvidado de salir

el sol ya se desdeñaba

de dorar nuestro cenit.

Levantéme con ojeras

desojada, por abrir

un balcón, de donde luego

mi adorado ingrato vi.

Aprestó desde aquel día

asaltos para batir

mi libertad descuidada.

Dio en servirme desde allí;

papeles leí de día,

músicas de noche oí,

joyas recibí, y ya sabes

qué se sigue al recibir.

¿Para qué te canso en esto?

En dos meses don Martín

de Guzmán, que así se llama

quien me obliga a andar ansí,

allanó dificultades

tan arduas de resistir

en quien ama, cuanto amor

invencible todo ardid.

Dióme palabra de esposo,

pero fue palabra en fin

tan pródiga en las promesas

como avara en el cumplir.

Llegó a oídos de su padre,

debióselo de decir

mi desdicha nuestro amor,

y aunque sabe que nací

si no tan rica, tan noble,

el oro, que es sangre vil

que califica interés,

un portillo supo abrir

en su codicia. ¡Qué mucho,

siendo él viejo, y yo infeliz!

Ofrecióse un casamiento

de una doña Inés, que aquí

con setenta mil ducados

se hace adorar y aplaudir.

Escribió su viejo padre

al padre de don Martín

pidiéndole para yerno.

No se atrevió a dar el sí

claramente por saber

que era forzoso salir

a la causa mi deshonra.

Oye una industria civil:

previno postas el viejo

y hizo a mi esposo partir

a esta Corte, toda engaños;

ya, Quintana, está en Madrid.

Díjole que se mudase

el nombre de don Martín,

atajando inconvenientes,

en el nombre de don Gil,

porque, si de parte mía

viniese en su busca aquí

la justicia, deslumbrase

su diligencia este ardid.

Escribió luego a don Pedro

Mendoza y Velasteguí,

padre de mi opositora,

dándole en él a sentir

el pesar de que impidiese

la liviandad juvenil

de su hijo el concluirse

casamiento tan feliz,

que por estar desposado

con doña Juana Solís,

si bien noble, no tan rica

como pudiera elegir,

enviaba en su lugar

y en vez de su hijo a un don Gil

de no sé quién, de lo bueno

que ilustra a Valladolid.

Partióse con este embuste;

mas la sospecha, adalid,

lince de los pensamientos

y Argos cauteloso en mí,

adivinó mis desgracias,

sabiéndolas descubrir

el oro, que dos diamantes

bastante[s] son para abrir

secretos de cal y canto.

Supe todo el caso, en fin,

y la distancia que hay

del prometer al cumplir.

Saqué fuerzas de flaqueza,

dejé el temor femenil,

dióme alientos el agravio,

y de la industria adquirí

la determinación cuerda,

porque pocas veces vi

no vencer la diligencia

cualquier fortuna infeliz.

Disfracéme como ves

y, fiándome de ti,

a la fortuna me arrojo

y al puerto pienso salir.

Dos días ha que mi amante,

cuando mucho, está en Madrid;

mi amor midió sus jornadas.

¿Y quién duda, siendo ansí,

que no habrá visto a don Pedro

sin primero prevenir

galas con que enamorar

y trazas con que mentir?

Yo, pues que he de ser estorbo

de su ciego frenesí,

a vista tengo de andar

de mi ingrato don Martín,

malogrando cuanto hiciere;

el cómo, déjalo a mí.

Para que no me conozca,

que no hará, vestida ansí,

falta sólo que te ausentes,

no me descubran por ti.

Vallecas dista una legua:

disponte luego a partir

allá, que de cualquier cosa,

o próspera o infeliz,

con los que a vender pan vienen

de allá, te podré escribir.

QUINTANA:      Verdaderas has sacado

las fábulas de Merlín;

No te quiero aconsejar.

Dios te deje conseguir

el fin de tus esperanzas.

JUANA:         Adiós.

QUINTANA:             ¿Escribirás?

JUANA:                              Sí.

Vase [QUINTANA]. Sale CARAMANCHEL, lacayo

 

 

CARAMANCHEL:      Pues para fiador no valgo,

sal acá, bodegonero,

que en esta puente te espero.

JUANA:         ¡Hola! ¿Qué es eso?

CARAMANCHEL:                        Oye, hidalgo:

eso de «hola,» al que a la cola

como contera le siga

y a las doce sólo diga:

«olla, olla» y no «hola, hola».

JUANA:            Yo, que «hola» agora os llamo,

daros esotro podré.

CARAMANCHEL:   Perdóneme, pues, usté.

JUANA:         ¿Buscáis amo?

CARAMANCHEL:                  Busco un amo;

que si el cielo los lloviera

y las chinches se tornaran

amos, si amos pregonaran

por las calles, si estuviera

Madrid de amos empedrado

y ciego yo los pisara,

nunca en uno tropezara,

según soy de desdichado.

JUANA:            ¿Qué tantos habéis tenido?

CARAMANCHEL:   Muchos, pero más inormes,

que Lazarillo de Tormes.

Un mes serví no cumplido

a un médico muy barbado,

belfo, sin ser alemán,

guantes de ámbar, gorgorán,

mula de felpa, engomado,

muchos libros, poca ciencia,

pero no se me lograba

el salario que me daba,

porque con poca conciencia

lo ganaba su mercé,

y huyendo de tal azar

me acogí con Cañamar.

JUANA:         ¿Mal lo ganaba? ¿Por qué?

 

CARAMANCHEL:      Por mil causas: la primera,

porque con cuatro aforismos,

dos textos, tres silogismos,

curaba una calle entera.

No hay facultad que más pida

estudios, libros galenos,

ni gente que estudie menos,

con importarnos la vida.

Pero, ¿cómo han de estudiar,

no parando en todo el día?

Yo te diré lo que hacía

mi médico. Al madrugar,

almorzaba de ordinario

una lonja de lo añejo,

porque era cristiano viejo,

y con este letüario

«aqua vitis,» que es de vid,

visitaba sin trabajo,

calle arriba, calle abajo,

los egrotos de Madrid.

Volvíamos a las once;

considere el pío lector

si podría el mi doctor,

puesto que fuese de bronce,

harto de ver orinales

y fístulas, revolver

Hipócrates y leer

las curas de tantos males.

Comía luego su olla,

con un asado manido,

y después de haber comido,

jugaba cientos o polla.

Daban las tres y tornaba

a la médica atahona,

yo la maza y él la mona,

y cuando a casa llegaba,

ya era de noche. Acudía

al estudio, deseoso,

aunque no era escrupuloso,

de ocupar algo del día

en ver los expositores

de sus Rasis y Avicenas;

asentábase y apenas

ojeaba dos autores,

cuando doña Estefanía

gritaba: «Hola, Inés, Leonor,

id a llamar al doctor,

que la cazuela se enfría.»

Respondía él: «En un hora

no hay que llamarme a cenar;

déjenme un rato estudiar.

Decid a vuestra señora

que le ha dado garrotillo

al hijo de tal condesa,

y que está la ginovesa,

su amiga, con tabardillo,

que es fuerza mirar si es bueno

sangrarla estando preñada,

que a Dioscórides le agrada,

mas no lo aprueba Galeno.»

Enfadábase la dama,

y entrando a ver su doctor,

decía: «Acabad, señor.

cobrado habéis harta fama,

y demasiado sabéis

para lo que aquí ganáis.

Advertid, si así os cansáis,

que presto os consumiréis.

Dad al diablo a los Galenos,

si os han de hacer tanto daño.

¿Qué importa al cabo del año

veinte muertos más o menos?»

Con aquestos incentivos

el doctor se levantaba;

los textos muertos cerraba

por estudiar en los vivos.

Cenaba yendo en ayunas

de la ciencia que vio a solas,

comenzaba en escarolas,

acababa en aceitunas.

Y acostándose repleto,

al punto del madrugar

se volvía a visitar

sin mirar ni un quodlibeto.

Subía a ver al paciente,

decía cuatro chanzonetas,

escribía dos recetas

destas que ordinariamente

se alegan sin estudiar,

y luego los embaucaba

con unos modos que usaba

extraordinarios de hablar.

«La enfermedad que le ha dado,

señora, a vueseñoría,

son flatos y hipocondría;

siento el pulmón opilado,

y para desarraigar

las flemas vítreas que tiene

con el quilo, le conviene,

porque mejor pueda obrar

naturaleza, que tome

unos alquermes que den

al hépate y al esplén

la sustancia que el mal come.»

Encajábanle un doblón,

y asombrados de escucharle

no cesaban de adularle

hasta hacerle un Salomón.

Y juro a Dios que teniendo

cuatro enfermos que purgar,

le vi un día trasladar,

no pienses que estoy mintiendo,

de un antiguo cartapacio

cuatro purgas que llevó

escritas, fuesen o no

a propósito, a palacio,

y recetada la cena

para el que purgarse había,

sacaba una y le decía:

«Dios te la depare buena.»

¿Parécele a vuesasté

que tal modo de ganar

se me podía a mí lograr?

Pues por esto le dejé.

JUANA:            ¡Escrupuloso criado!

CARAMANCHEL:   Acomodéme después

con un abogado que es

de las bolsas abogado,

y enfadóme que, aguardando

mil pleiteantes que viese

sus procesos, se estuviese

catorce horas enrizando

el bigotismo, que hay trazas

dignas de un jubón de azotes.

Unos empinabigotes

hay a modo de tenazas

con que se engoma el letrado

la barba que en punta está.

¡Miren qué bien que saldrá

un parecer engomado!

Dejéle, en fin que estos tales,

por engordar alguaciles,

miran derechos civiles

y hacen tuertos criminales.

Serví luego a un clerigón

un mes, pienso que no entero,

de lacayo y despensero.

Era un hombre de opinión:

su bonetazo calado,

lucio, grave, carilleno,

mula de veintidoseno,

el cuello torcido a un lado

y hombre, en fin, que nos mandaba

a pan y agua ayunar

los viernes por ahorrar

la pitanza que nos daba,

y él comiéndose un capón,

que tenía con ensanchas

la conciencia, por ser anchas

las que teólogas son,

quedándose con los dos

alones cabeceando,

decía, al cielo mirando:

«¡Ay, ama, qué bueno es Dios!»

Dejéle, en fin, por no ver

santo que tan gordo y lleno

nunca a Dios llamaba bueno

hasta después de comer.

Luego entré con un pelón

que sobre un rocín andaba,

y aunque dos reales me daba

de ración y quitación,

si la menor falta hacía,

por irremisible ley,

olvidando el «Agnus dei,

quitolis ración» decía.

Quitábame de ordinario

la ración, pero el rocín

y su medio celemín

alentaban mi salario,

vendiendo sin redención

la cebada que le hurtaba

con que yo ración llevaba,

y el rocín la quitación.

Serví a un moscatel, marido

de cierta doña Mayor,

a quien le daba el señor

por uno y otro partido

comisiones, que a mi ver

el proveyente cobraba,

pues con comisión quedaba

de acudir a su mujer.

Si te hubiera de contar

los amos que en varias veces

serví y andan como peces

por los golfos deste mar,

fuera un trabajo excusado.

Bástete el saber que estoy

sin comodo el día de hoy

por mal acondicionado.

JUANA:            Pues si das en coronista

de los diversos señores

que se extreman en humores,

desde hoy me pon en tu lista,

porque desde hoy te recibo

en mi servicio.

CARAMANCHEL:                 ¡Lenguaje

nuevo! ¿Quién ha visto paje

con lacayo?

JUANA:                     Yo no vivo

sino sólo de mi hacienda,

ni paje en mi vida fui.

Vengo a pretender aquí

un hábito o encomienda,

y porque en Segovia dejo

malo a un mozo, he menester

quien me sirva.

CARAMANCHEL:                  ¿A pretender

entráis mozo? Saldréis viejo.

JUANA:            Cobrando voy afición

a tu humor,

CARAMANCHEL:               Ninguno ha habido,

de los amos que he tenido,

ni poeta ni capón;

parecéisme lo postrero,

y así, señor, me tened

por criado, y sea a merced,

que medrar mejor espero

que sirviéndoos a destajo,

en fe de ser yo tan fiel.

JUANA:         ¿Llámaste?

CARAMANCHEL:              Caramanchel,

porque nací en el de Abajo.

JUANA:            Aficionándome vas

por lo airoso y lo sutil.

CARAMANCHEL:   ¿Cómo os llamáis vos?

JUANA:                               Don Gil.

CARAMANCHEL:   ¿Y qué más?

JUANA:                        Don Gil no más.

CARAMANCHEL:      Capón sois hasta en el nombre,

pues si en ello se repara,

las barbas son en la cara

lo mismo que el sobrenombre.

JUANA:            Agora importa encubrir

mi apellido. ¿Qué posada

conoces limpia y honrada?

CARAMANCHEL:   Una te haré prevenir

de las frescas y curiosas

de Madrid.

JUANA:                   ¿Hay ama?

CARAMANCHEL:                       Y moza.

JUANA:         ¿Cosquillosa?

CARAMANCHEL:                 Y que retoza.

JUANA:         ¿Qué calle?

CARAMANCHEL:                De las Urosas.

JUANA:            Vamos… (Que noticia llevo     Aparte

de la casa donde vive

don Pedro. Madrid, recibe

este forastero nuevo

en tu amparo).

CARAMANCHEL:                    ¡Qué bonito

que es el tiple moscatel!

JUANA:         ¿No venís, Caramanchel?

CARAMANCHEL:   Vamos, señor don Gilito.

[Vanse.] Salen don PEDRO, viejo, leyendo una carta, don MARTÍN, y OSORIO

 

 

PEDRO:         (Lee)  «Digo, en conclusión, que don Martín, si fuera

tan cuerdo como mozo, hiciera dichosa mi

vejez trocando nuestra amistad en parentesco. Ha dado

palabra a una dama desta ciudad, noble y hermosa,

pero pobre; y ya vos veis en los tiempos presentes lo

que pronostican hermosuras sin hacienda. Llegó

este negocio a lo que suelen los de su especie, a

arrepentirse él y a ejecutarle ella por la

justicia.  Ponderad vos lo que sentirá quien pierde

vuestro deudo, vuestra nobleza y vuestro mayorazgo, con tal

prenda como mi señora doña Inés.

Pero ya que mi suerte estorba tal ventura, tenelda a no

pequeña, que el señor don Gil de Albornoz, que

ésta lleva, esté en estado de casarse y deseoso de

que sea con las mejoras que en vuestra hija le he ofrecido. Su

sangre, discreción, edad y mayorazgo, que

heredará brevemente de diez mil ducados de renta, os

pueden hacer olvidar el favor que os debo, y dejarme a

mí envidioso. La merced que le hiciéredes

recibiré en lugar de don Martín, que os besa las

manos. Dadme muchas y buenas nuevas de vuestra salud y gusto, que

el cielo aumente, etc. Valladolid y julio, etc.

DON ANDRÉS DE GUZMáN.»

 

Seáis, señor, mil veces bien venido

para alegrar aquesta casa vuestra,

que para comprobar lo que he leído

sobra el valor que vuestro talle muestra.

Dichosa doña Inés hubiera sido

si para ennoblecer la sangre nuestra

prendas de don Martín con prendas mías

regocijaran mis postreros días.

Ha muchos años que los dos tenemos

recíproca amistad, ya convertida

en natural amor, que en los extremos

de la primera edad, tarde se olvida.

No pocos ha también que no nos vemos,

a cuya causa en descansada vida

quisiera yo, comunicando prendas,

juntar como las almas, las haciendas.

Pero pues don Martín inadvertido

hace imposible el dicho casamiento,

que vos en su lugar hayáis venido,

señor don Gil, me tiene muy contento.

No digo que mejora de marido

mi Inés, que al fin será encarecimiento

de algún modo en agravio de mi amigo,

mas que lo juzgo creed, si no lo digo.

MARTÍN:           Comenzáis de manera a aventajaros

en hacerme merced, que temeroso,

señor don Pedro, de poder pagaros

aun en palabras que en el generoso

son prendas de valor, para envidiaros

en obras y en palabras vitorioso,

agradezco callando y [mudo] muestro

que no soy mío ya porque soy vuestro.

Deudos tengo en la Corte, y muchos dellos

títulos, que podrán daros noticia

de quién soy, si os importa conocellos,

que la suerte me fue en esto propicia.

Aunque si os informáis, de los cabellos

quedará mi esperanza que codicia

lograr abrazos y cumplir deseos,

abreviando noticias y rodeos.

Fuera de que mi padre, que quisiera

darme en Valladolid esposa a gusto

más de su edad que [a] mi elección, me espera

por puntos, y si sabe que a disgusto

suyo me caso aquí, de tal manera

lo tiene de sentir, que si del susto

destas nuevas no muere, ha de estorbarme

la dicha que en secreto podéis darme.

PEDRO:            No tengo yo en tan poco de mi amigo

el crédito y estima, que no sobre

su firma sola, sin buscar testigo

por quien vuestro valor alientos cobre.

Negociado tenéis para conmigo,

y aunque un hidalgo fuérades tan pobre

como el que más, a doña Inés os diera

si don Andrés por vos intercediera.

[Habla don MARTÍN] a OSORIO aparte

 

 

MARTÍN:           (El embeleco, Osorio, va excelente.

[Aparte a él]

 

 

OSORIO:        Aprieta con la boda antes que venga

doña Juana a estorbarlo.

MARTÍN:                                 Brevemente

mi diligencia hará que efeto tenga.)

PEDRO:         No quiero que cojamos de repente,

don Gil, a doña Inés, sin que prevenga

la prudencia palabras para el susto

que suele dar un no esperado gusto.

Si verla pretendéis, irá esta tarde

a la Huerta del Duque convidada,

y sin saber quién sois haréis alarde

de vuestra voluntad.

MARTÍN:                             ¡Oh, prenda amada!

Camine el sol porque otro sol aguarde

y deteniendo el [paso] a su jornada

haga inmóvil [la] luz, para que sea

eterno el día que sus ojos vea.

PEDRO:            Si no tenéis posada prevenida

y ésta merece huésped tan honrado,

recibiré merced.

MARTÍN:                            Apercebida

está cerca de aquí, según me han dado

noticia, la de un primo; aunque la vida,

que en ésta sus venturas ha cifrado,

hiciera aquí de su contento alarde.

PEDRO:         En la huerta os espero.

MARTÍN:                               El cielo os guarde.

Vanse. Salen INÉS y don JUAN

 

 

INÉS:             En dando tú en recelar,

no acabaremos hogaño.

JUAN:          Mucho deseas acabar.

INÉS:          Pesado estás hoy y extraño.

JUAN:          ¿No ha de pesar un pesar?

No vayas hoy, por mi vida

si es que te importa, a la huerta.

INÉS:          Si mi prima me convida…

JUAN:          Donde no hay voluntad cierta

no falta excusa fingida.

INÉS:             ¿Qué disgusto se te sigue

de que yo vaya?

JUAN:                           Parece

que el temor que me persigue

triste suceso me ofrece

sin que mi amor le mitigue.

Pero en fin, ¿te determinas

de ir allá?

INÉS:                      Ve tú también

y verás cómo imaginas

de mi firmeza no bien.

JUAN:          Como en mi alma predominas,

obedecerte es forzoso.

INÉS:          Celos y escrúpulos son

de una especie, y un curioso

Sale don [PEDRO] al paño

 

 

duda de la salvación,

don Juan, del escrupuloso.

Tú solamente has de ser

mi esposo; ve allá a la tarde.

PEDRO:         (¡Su esposo! ¿Cómo?)

JUAN:                                A temer

voy. Adiós.

INÉS:                       Él te me guarde.

Vase don JUAN

 

 

PEDRO:         Inés.

INÉS:                   Señor, ¿es querer

decirme que tome el manto?

Aguardándome estará

mi prima.

PEDRO:                   Mucho me espanto

de que des palabra ya

de casarte. ¿Tiempo tanto

ha que dilato el ponerte

en estado? ¿Tantas canas

peinas, que osas atreverte

a dar palabras livianas

con que apresures mi muerte?

¿Qué hacía don Juan aquí?

INÉS:          No te alteres, que no es justo;

que yo palabra le di,

presuponiendo tu gusto,

y no pierdes, siendo ansí,

nada en que don Juan pretenda

ser tu yerno, si el valor

sabes que ilustra su hacienda.

PEDRO:         Esposo tienes mejor;

detén al deseo la rienda.

No te pensaba dar cuenta

tan presto de lo que trazo,

pero con tal prisa intenta

cumplir tu apetito el plazo,

no sé si diga en tu afrenta,

que, aunque mude intento, quiero

atajarla. Aquí ha venido

un bizarro caballero,

[que es muy] rico, y bien nacido,

de Valladolid. Primero

que le admitas le verás.

Diez mil ducados de renta

hereda y espera más,

y corre ya por mi cuenta

el sí que a don Juan le das.

INÉS:             ¿Faltan hombres en Madrid

con cuya hacienda y apoyo

me cases sin ese ardid?

¿No es mar Madrid? ¿No es arroyo

deste mar Valladolid?

Pues por un arroyo, ¿olvidas

del mar los ricos despojos?

¿O es bien que mi gusto impidas,

y entrando amor por los ojos,

dueño me ofrezcas de oídas?

Si la codicia civil

que a toda vejez infama

te vence, mira que es vil

defeto. ¿Cómo se llama

ese hombre?

PEDRO:                        Don Gil.

INÉS:                                   ¿Don Gil?

¿Marido de villancico?

¿Gil? ¡Jesús, no me le nombres!

Ponle un cayado y pellico.

PEDRO:         No repares en los nombres

cuando el dueño es noble y rico;

tú le verás, y yo sé

que has de volver esta noche

perdida por él.

INÉS:                           Sí haré.

PEDRO:         Tu prima aguarda en el coche

a la puerta.

INÉS:                         Ya no iré

con el gusto que entendí.

Dénme un manto.

PEDRO:                        Allá ha de estar,

que yo se lo dije ansí.

INÉS:          ¿Con Gil me quieren casar?

¿Soy yo Teresa? ¡Ay de mí!

Vanse. Sale doña JUANA de hombre

 

 

JUANA:            A esta huerta he sabido que don Pedro

trae a su hija, doña Inés, y en ella

mi don Martín ingrato piensa vella.

Dichosa he sido en descubrir tan presto

la casa, los amores y el enredo,

que no han de conseguir, si de mi parte,

Fortuna, mi dolor puede obligarte.

En casa de mi opuesta he ya obligado

a quien me avise siempre; darle quiero

gracias destos milagros al dinero.

Sale CARAMANCHEL

 

 

CARAMANCHEL:   Aquí dijo mi amo hermafrodita

que me esperaba, y vive Dios, que pienso

que es algún familiar que en traje de hombre

ha venido a sacarme de jüicio,

y en siéndolo, doy cuenta al Santo Oficio.

JUANA:         ¿Caramanchel?

CARAMANCHEL:                  Señor, [muy] benvenuto.

¿Adónde bueno o malo por el Prado?

JUANA:         Vengo a ver a una dama por quien bebo

los vientos.

CARAMANCHEL:                ¿Vientos bebes? Mal despacho;

barato es el licor mas no borracho.

¿Y tú la quieres bien?

JUANA:                                  La adoro.

CARAMANCHEL:                                      Bueno,

no os haréis, a lo menos, mucho daño,

que en el juego de amor, aunque os déis priesa,

si de la barba llego a colegillo,

nunca haréis chilindrón más capadillo.

Mas ¿qué música es ésta?

JUANA:                                  Los que vienen

con mi dama serán, que convidada

a este paraíso, es ángel suyo.

Retírate y verás hoy maravillas.

CARAMANCHEL:   ¿Hay cosa igual, capón y con cosquillas?

[Salen los] MÚSICOS cantando, Don JUAN, Doña INÉS, y Doña CLARA como de campo

 

 

MÚSICOS:         «Alamicos del Prado,

fuentes del Duque,

despertad a mi niña

porque me escuche,

y decid que compare

con sus arenas

sus desdenes y gracias,

mi amor y penas,

y pues vuestros arroyos

saltan y bullen,

despertad a mi niña

porque me escuche.»

 

CLARA:            ¡Bello jardín!

INÉS:                           Estas parras,

destos álamos doseles,

que a los cuellos, cual joyeles,

entre sus hojas bizarras

traen colgando los racimos,

nos darán sombra mejor.

JUAN:          Si alimenta Baco a Amor,

entre sus frutos opimos

no se hallará mal el mío.

INÉS:          Siéntate aquí, doña Clara

y en esta fuente repara,

cuyo cristal puro y frío

besos ofrece a la sed.

JUAN:          En fin, ¿quisiste venir

a esta huerta?

INÉS:                         A desmentir,

señor, a vuesa merced

y examinar mi firmeza.

JUANA:         ¿No es mujer bella?

CARAMANCHEL:                       El dinero

no lo es tanto, aunque prefiero

a la suya tu belleza.

JUANA:            Pues por ella estoy perdido.

Hablarla quiero.

CARAMANCHEL:                    Bien puedes.

Se acerca [doña JUANA]

 

 

JUANA:         Besando a vuesas mercedes

las manos, licencia pido,

por forastero siquiera,

para gozar el recreo

que aquí tan colmado veo.

CLARA:         Faltando vos, no lo fuera.

INÉS:             ¿De dónde es vuesa merced?

JUANA:         En Valladolid nací.

INÉS:          ¿Cazolero?

JUANA:                   Tendré ansí

más sazón.

INÉS:                    Don Juan, haced

lugar a este caballero.

JUAN:          Pues que mi lado le doy,

con él cortesano estoy.

(Ya de celos desespero.)           Aparte

INÉS:             (¡Qué airoso y gallardo talle!     Aparte

¡Qué buena cara!)

JUAN:                           (¡Ay de mí!          Aparte

¿Mírale doña Inés? Sí.

¡Qué presto empiezo a envidialle!)

INÉS:             ¿Y que es de Valladolid

vuesarced? ¿Conocerá

un don Gil, también de allá,

que vino agora a Madrid?

JUANA:            ¿Don Gil de qué?

INÉS:                              ¿Qué sé yo?

¿Puede haber más que un don Gil

en todo el mundo?

JUANA:                             ¿Tan vil

es el nombre?

INÉS:                         ¿Quién creyó

que un «don» fuera guarnición

de un «Gil,» que siendo zagal

anda rompiendo sayal

de villancico en canción?

CARAMANCHEL:      El nombre es digno de estima,

a pagar de mi dinero,

y si no…

JUANA:                     Calla, grosero.

CARAMANCHEL:   Gil es mi amo, y es la prima

y el bordón de todo nombre.

Y en Gil se rematan mil,

que hay perejil, toronjil,

cenojil, porque se asombre

el mundo de cuán sutil

es [él], que rompe cambray,

y hasta en Valladolid hay

puerta de Teresa Gil.

JUANA:            Y yo me llamo también

don Gil, al servicio vuestro.

INÉS:          ¿Vos [don] Gil?

JUANA:                        Si en serlo muestro

cosa que no os esté bien

o que no gustéis, desde hoy

me volveré a confirmar.

Ya no me pienso llamar

don Gil; sólo aquello soy

que vos gustéis.

JUAN:                              Caballero,

no importa a las que aquí están

que os llaméis Gil o Beltrán;

sed cortés y no grosero.

JUANA:            Perdonad si os ofendí,

que por gusto de una dama…

INÉS:          Paso, don Juan.

JUAN:                         Si se llama

don Gil, ¿qué se nos da aquí?

INÉS:             (Éste es sin duda el que viene     Aparte

a ser mi dueño; y es tal

que no me parece mal.

¡Extremada cara tiene!)

JUANA:            Pésame de haberos dado

disgusto.

JUAN:                    También a mí,

si del límite salí;

ya yo estoy desenojado.

CLARA:            La música en paz os ponga.

Levántanse

 

 

INÉS:          Salid, señor, a danzar.

JUAN:          (Este don Gil me ha de dar         Aparte

en qué entender. Mas disponga

el hado lo que quisiere,

que doña Inés será mía,

y si compite y porfía,

tendráse lo que viniere.)

INÉS:             ¿No salís?

JUAN:                         No danzo yo.

INÉS:          ¿Y el señor don Gil?

JUANA:                             No quiero

dar pena a este caballero.

JUAN:          Ya mi enojo se acabó.

Danzad.

INÉS:                     Salga, pues, conmigo.

JUAN:          (¡Que a esto obligue el ser cortés!)   Aparte

CLARA:         (Un ángel de cristal es

el rapaz; cual sombra sigo

su talle airoso y gentil.)

Con doña Inés danzar quiero.

INÉS:          (Ya por el don Gil me muero,            Aparte

que es un brinquillo el don Gil.)

Danzan las dos damas y “don GIL”. Cantan [los MÚSICOS]

 

 

[MÚSICOS]:           «Al molino del amor

alegre la niña va

a moler sus esperanzas;

quiera Dios que vuelva en paz.

En la rueda de los celos

el Amor muele su pan,

que desmenuzan la harina

y la sacan candeal.

Río son sus pensamientos

que unos vienen y otros van,

y apenas llegó a su orilla

cuando ansí escuchó cantar:

‘Borbollicos hacen las aguas

cuando ven a mi bien pasar,

cantan, brincan, bullen y corren

entre conchas de coral,

y los pájaros dejan sus nidos

y en las ramas del arrayán

vuelan, cruzan, saltan y pican

torongil, murta y azahar.’

Los bueyes de las sospechas

el río agotando van,

que donde ellas se confirman

pocas esperanzas hay.

Y viendo que a falta de agua

parado el molino está,

desta suerte le pregunta

la niña que empieza a amar:

‘Molinico ¿por qué no mueles?’

‘Porque me beben el agua los bueyes.’

Vio al Amor lleno de harina

moliendo la libertad

de las almas que atormenta,

y ansí le cantó al llegar:

‘Molinero sois, Amor,

y sois moledor.’

‘Si lo soy, apártese,

que le enharinaré.'»

Acaban el baile

 

 

INÉS:             Don Gil de dos mil donaires,

a cada vuelta y mudanza

que habéis dado, dio mil vueltas

en vuestro favor el alma.

Yo sé que a ser dueño mío

venís; perdonad si, ingrata,

antes de veros rehusé

el bien que mi amor aguarda.

¡Muy enamorada estoy!

CLARA:         (Perdida de enamorada              Aparte

me tiene el don Gil de perlas)

JUANA:         No quiero sólo en palabras

pagar lo mucho que os debo.

Aquel caballero os guarda,

y me mira receloso;

voyme.

INÉS:                 ¿Son celos?

JUANA:                             No es nada.

INÉS:          ¿Sabéis mi casa?

JUANA:                          Y muy bien.

INÉS:          ¿Y no iréis a honrar mi casa,

pues por dueño os obedece?

JUANA:         A lo menos a rondarla

esta noche.

INÉS:                       Velaréla,

Argos toda, a sus ventanas.

JUANA:         Adiós.

CLARA:               (Que se va. ¡Ay de mí!)         Aparte

INÉS:          No haya falta

JUANA:                        No habrá falta.

Vanse doña JUANA y CARAMANCHEL

 

 

INÉS:          Don Juan, ¿qué melancolía

es ésa?

JUAN:                  Esto es dar [al] alma

desengaños que la curen

y aborrezcan tus mudanzas.

Ah, Inés, en fin, ¿salí cierto?

INÉS:          Mi padre viene; remata

o para después olvida

pesares.

JUAN:                    Voyme, tirana;

mas tú me lo pagarás.

Vase

 

 

INÉS:          ¡Ay que me la jura, Clara!

Más quiero el pie de don Gil

que la mano de un monarca.

Salen don MARTÍN y don PEDRO

 

 

PEDRO:         ¿Inés?

INÉS:                    Padre de mis ojos,

don Gil no es hombre, es la gracia,

la sal, el donaire, el gusto

que amor en sus cielos guarda.

Ya le he visto, ya le quiero,

ya le adoro, ya se agravia

el alma con dilaciones

que martirizan mis ansias.

PEDRO:         Don Gil, ¿cuándo os vio mi Inés?

[Habla bajo con don MARTÍN]

 

 

MARTÍN:        Si no es al salir de casa

para venir a esta huerta,

no sé yo cuándo.

PEDRO:                        Eso basta.

Milagros, don Gil, han sido

desa presencia bizarra.

Negociado habéis por vos;

llegad y dalda las gracias.

MARTÍN:        Señora, no sé a quién pida

méritos, obras, palabras

con que encarecer la suerte

que a tanto bien me levanta.

¿Posible es que sólo el verme

en la calle os diese causa

a tanto bien? ¿Es posible

que me admitís, prenda cara?

Dadme…

INÉS:                   ¿Qué es esto? ¿Estáis loco?

¿Yo por vos enamorada?

Yo a vos, ¿cuándo os vi en mi vida?

(¿Hay más donosa maraña?)         Aparte

PEDRO:         Hija, Inés, ¿perdiste el seso?

MARTÍN:        ¿Qué es esto, cielos?

PEDRO:                             ¿No acabas

de decir que a don Gil viste?

INÉS:          ¿Pues bien?

PEDRO:                     ¿Su talle no ensalzas?

INÉS:          Digo que es un ángel, pues.

 

PEDRO:         ¿No le ofreces sí y palabra

de esposa?

INÉS:                    ¿Qué sacas deso,

que de mis quicios me sacas?

PEDRO:         ¡Que a don Gil tienes presente!

INÉS:          ¿A quién?

PEDRO:                   Al mismo que alabas.

MARTÍN:        Yo soy don Gil, Inés mía.

INÉS:          ¿Vos don Gil?

MARTÍN:                       Yo.

INÉS:                              ¡La bobada!

PEDRO:         Por mi vida, que es el mismo.

INÉS:          ¿Don Gil tan lleno de barbas?

Es el don Gil que yo adoro

un Gilito de esmeraldas.

PEDRO:         Ella está loca, sin duda.

MARTÍN:        Valladolid es mi patria.

INÉS:          De allá es mi don Gil también.

PEDRO:         Hija, mira que te engañas.

MARTÍN:        En toda Valladolid

no hay, doña Inés de mi alma,

otro don Gil, sino es yo.

PEDRO:         ¿Qué señas tiene ése?

INÉS:                                Aguarda.

Una cara como un oro,

de almíbar unas palabras,

y unas calzas todas verdes,

que cielos son, y no calzas.

Agora se va de aquí.

PEDRO:         ¿Don Gil de cómo se llama?

INÉS:          Don Gil de las calzas verdes

le llamo yo, y esto basta.

PEDRO:         Ella ha perdido el juicio.

¿Qué será esto, doña Clara?

CLARA:         Que a don Gil tengo por dueño.

INÉS:          ¿Tú?

CLARA:              Yo, pues, y en yendo a casa

procuraré que mi padre

me case con él.

INÉS:                         El alma

te haré yo sacar primero.

MARTÍN:        ¡Hay tal don Gil!

PEDRO:                             Tus mudanzas

han de obligarme…

INÉS:                              Don Gil

es mi esposo; ¿qué te cansas?

MARTÍN:        Yo soy don Gil, Inés mía;

cumpla yo tus esperanzas.

INÉS:          Don Gil de las calzas verdes

he dicho yo.

PEDRO:                     Amor de calzas

¿quién le ha visto?

MARTÍN:                                      Calzas verdes

me pongo desde mañana

si esta color apetece.

PEDRO:         Ven, loca.

INÉS:                    ¡Ay, don Gil del alma!

 

 

FIN DEL ACTO PRIMERO

ACTO SEGUNDO

 

 

Salen QUINTANA y doña JUANA, de mujer

 

 

 

QUINTANA:         No sé a quién te comparar:

Pedro de Urdemalas eres;

pero, ¿cuándo las mujeres

no supistes enredar?

JUANA:            Esto, Quintana, hasta aquí

es lo que me ha sucedido.

Doña Inés pierde el sentido

con la libertad por mí;

don Martín anda buscando

este don Gil que en su amor

y nombre es competidor,

mas con tal recato ando

huyéndole la presencia

que desatinado entiende

que soy hechicero o duende.

Pierde el viejo la paciencia

porque la tal doña Inés

ni sus ruegos obedece

ni a don Martín apetece,

y de tal manera es

el amor que me ha cobrado,

que como no vuelvo a vella,

desde entonces atropella

con pundonores de estado.

Y como de mí no sabe,

no hay paje o criado en casa,

ni gente por ella pasa,

con quien llorando no acabe

que me busque.

QUINTANA:                       Si te pierdes

quizás te pregonará.

JUANA:         A los que me buscan da

por señas mis calzas verdes.

Un don Juan que la servía,

loco de ver su desdén,

para matarme también

me busca.

QUINTANA:                Señora mía,

¡ojo a la vida, que anda

en terrible tentación!

Procede con discreción

o perderás la demanda.

JUANA:            Yo me libraré de todo.

Una doña Clara que es

prima de mi doña Inés

también me quiere de modo

que a su [padre] ha persuadido,

si viva la quiere ver,

que me la dé por mujer.

QUINTANA:      Harás notable marido.

JUANA:            A este fin me hace buscar

casi, Quintana, a pregones,

por posadas y mesones,

sin cansarse en preguntar

por un don Gil de unas calzas

verdes, de Valladolid.

QUINTANA:      ¡Señas son para Madrid

buenas! Bien tu ingenio ensalzas.

JUANA:            El criado que te dije

que en partiéndote de mí

en la Puente recibí

también confuso se aflige

porque desde ayer acá

no ha podido descubrirme,

ni yo ceso de reírme

de ver cuál viene y cuál va

buscándome como aguja

por esta calle, después

de saber de doña Inés

si me esconde alguna bruja.

Y como no halla noticia

de mí, afirmará por cierto

que el dicho don Juan me ha muerto.

QUINTANA:      Pondrále ante la justicia.

JUANA:            Bien puede ser porque es fiel,

gran servicial, lindo humor,

y me tiene extraño amor.

QUINTANA:      ¿Llámase?

JUANA:                   Caramanchel.

QUINTANA:         Pues bien; agora, ¿a qué fin

te has vuelto mujer?

JUANA:                             Engaños

son todos nuevos y extraños

en daño de don Martín.

Esta casa alquilé ayer

con su servicio y ornato…

QUINTANA:      Aunque no saldrá barato

no es nuevo agora el haber

en Madrid quien una casa

dé, con todo su apatusco;

el por qué la alquilas busco.

JUANA:         Oye, y sabrás lo que pasa.

Pared enmedio de aquí

vive doña Inés, la dama

de don Martín, que me ama.

Esta mañana la vi,

y dándome el parabién

de la nueva vecindad,

tenemos brava amistad,

porque afirma quiere bien

a un galán de quien retrato

soy vivo, y que en mi presencia

la aflige menos la ausencia

de su proceder ingrato.

Si yo su vecina soy,

podré saber lo que pasa

con don Martín en su casa.

Y como tan cerca estoy,

fácilmente desharé

cuanto trazare en mi daño.

QUINTANA:      Retrato eres del engaño.

JUANA:         Y mi remedio seré.

QUINTANA:         En fin, ¿vienes a tener

dos casas?

JUANA:                    Con mi escudero

y lacayo.

QUINTANA:                ¿Y el dinero?

JUANA:         Joyas tengo que vender

o empeñar.

QUINTANA:                    ¿Y si se acaban?

JUANA:         Doña Inés contribuirá,

que no ama quien no da.

QUINTANA:      En otros tiempos no daban.

Vuélvome pues a Vallecas

hasta ver destas marañas

el fin.

JUANA:                   Di de mis hazañas.

QUINTANA:      Yo apostaré que te truecas

hoy en hombre y en mujer

veinte veces.

JUANA:                        Las que viere

que mi remedio requiere,

porque todo es menester.

Mas ¿sabes lo que he pensado

primero que allá te partas?

Que con un pliego de cartas

finjas que agora has llegado

de Valladolid en busca

de mi amante.

QUINTANA:                     ¿Y a qué fin?

JUANA:         Trae sospechas don Martín

de que quien su amor ofusca

soy yo, que en su seguimiento

desde mi patria he venido

y soy el don Gil fingido.

Para que este pensamiento

no le asegure, será

bien fingir que yo le escribo

desde allá y que por él vivo

como quien sin alma está.

Dirásle tú que me dejas

en un convento encerrada

con sospechas de preñada,

y darásle muchas quejas

de mi parte, y que si sabe

mi padre de mi preñez,

malograré su vejez,

o me ha de dar muerte grave.

Con esto le desatino,

y creyendo que allá estoy

no dirá que don Gil soy.

QUINTANA:      Voyme a poner de camino.

JUANA:            Y yo a escribir.

QUINTANA:                          Vamos, pues;

darásme la carta escrita.

JUANA:         Ven, que espero una visita.

QUINTANA:      ¿Visita?

JUANA:                   De doña Inés.

Vanse. Doña INÉS con manto, y don JUAN

 

 

INÉS:             Don Juan, donde no hay amor,

pedir celos es locura.

JUAN:          ¿Que no hay amor?

INÉS:                            La hermosura

del mundo tanto es mayor,

cuanto es la naturaleza

más varia en él, y así quiero

ser mudable, porque espero

tener ansí más belleza.

JUAN:             Si la que es más variable,

ésa es más bella, en ti fundo

la hermosura deste mundo,

porque eres la más mudable.

¿Por un rapaz me desprecias

antes de saber quién es?

¡Por un niño, doña Inés!

INÉS:          Excusa palabras necias

y mira, don Juan, que estoy

en casa ajena.

JUAN:                         Inconstante,

¡no lograrás a tu amante!

¡A matar tu don Gil voy!

INÉS:             ¿A qué don Gil?

JUAN:                              Al rapaz,

ingrata, por quien te pierdes.

INÉS:          Don Gil de las calzas verdes

no es quien perturba tu paz.

Así nos dé vida Dios,

que no le he visto después

de aquella tarde. Otro es

el don Gil que priva.

JUAN:                               ¿Hay dos?

INÉS:             Sí, don Juan, que el don Gilico,

o fingió llamarse así

o si a vivir vino aquí

de asiento, te certifico

que de todos se burló.

El que de casa te ha echado

es un don Gil muy barbado

a quien aborrezco yo.

Pero quiéreme casar

con él mi padre, y es fuerza

que por darle gusto tuerza

mi inclinación. Si a matar

estotro don Gil te atreves,

de Albornoz tiene el renombre,

y aunque dicen que es muy hombre,

como amor y ánimo lleves,

el premio a mi cuenta escribe.

JUAN:          ¿Don Gil de Albornoz se llama?

INÉS:          Ansí lo dice la fama,

y en casa del Conde vive,

nuestro vecino.

JUAN:                              ¿Tan cerca?

INÉS:          Por tenerme cerca a mí.

JUAN:          ¿Y que le aborreces?

INÉS:                              Sí.

JUAN:          Pues si con su muerte merca

mi fe tu amor, el laurel

ya [mi] cabeza previene,

que te hago voto solene

que pueden doblar por él.

Vase

 

 

INÉS:             ¡Ojalá! Que desta suerte

aseguraré la vida

del don Gil por quien perdida

estoy, pues dándole muerte

quedaré libre, y mi padre

no aumentará mi tormento

con su odioso casamiento,

por más que su hacienda cuadre

a su avaricia maldita.

Doña JUANA, de mujer, sin manto, y VALDIVIESO, escudero viejo

 

 

JUANA:         ¡Oh, señora doña Inés!

¿En mi casa? El interés

estimo desta visita.

En verdad que iba yo a hacer

en este punto otro tanto.

¡Hola! ¿No hay quien quite el manto

a doña Inés?

A ella, al oído

 

 

VALDIVIESO:                   ¿Qué ha de haber?

¿Qué dueñas [has] recibido

o doncellas de labor?

¿Hay otra vieja de honor

más que yo?

JUANA:                        No habrá venido

Esperancilla ni Vega.

¡Jesús, y qué de ello pasa

la que mudando de casa

hacienda y trastos trasiega!

Quitalde vos ese manto,

Valdivieso.

Quítale y vase

 

 

INÉS:                         Doña Elvira,

tu cara y talle me admira;

de tu donaire me espanto.

JUANA:            Favorécesme, aunque sea

en nombre ajeno. Ya sé

que bien te parezco en fe

del que tu gusto desea.

Seré como la ley vieja,

que tendré gracia en virtud

de la nueva.

INÉS:                         Juventud

tienes harta: extremos deja;

que aunque no puedo negar

que te amo porque pareces

a quien adoro, mereces

por ti sola enamorar

a un Adonis, a un Narciso,

y al sol que tus ojos viere.

JUANA:         Pues yo sé quien no me quiere,

aunque otros tiempos me quiso.

INÉS:             ¡Maldígale Dios! ¿Quién es

quien se atreve a darte enojos?

JUANA:         Las lágrimas a los ojos

me sacaste, doña Inés.

Mudemos conversación,

que refrescas la memoria

de mi lamentable historia.

INÉS:          Si la comunicación

quita la melancolía,

y en nuestra amistad consientes,

tu desgracia es bien me cuentes,

pues ya te dije la mía.

JUANA:            No, por tus ojos; que amores

ajenos cansan.

INÉS:                         Ea, amiga…

JUANA:         En fin, ¿quieres te la diga?

Pues escúchame y no llores.

 

En Burgos, noble cabeza

de Castilla, me dio el ser

don Rodrigo de Cisneros

y sus desgracias con él.

Nací amante, ¡qué desdicha!,

pues desde la cuna amé

a un don Miguel de Ribera,

tan gentil como cruel.

Correspondió a los principios

porque la voluntad es

cambio que entra caudaloso

pero no tarda en romper.

Llegó nuestro amor al punto

acostumbrado, que fue

a pagar yo de contado

fiada en su prometer.

Dióme palabra de esposo.

¡Mal haya la simple, amén,

que no escarmienta en palabras

cuando tantas rotas ve!

Partióse a Valladolid:

cansado debió de ser.

Estaba sin padres yo;

súpelo, fuime tras él;

engañóme con achaques,

y ya sabes, doña Inés,

que el amor que anda achacoso

de achaques muere también.

Dábale su casa y mesa

un primo que don Miguel

tenía, mozo y gallardo,

rico, discreto y cortés;

llamábase éste don Gil

de Albornoz y Coronel,

de un don Martín de Guzmán

amigo, pero no fiel.

Sucedió que al don Martín

y a su padre, don Andrés,

les escribió desta Corte,

tu padre pienso que fue,

pidiéndole para esposo

de una hermosa doña Inés

que, si mal no conjeturo

tú sin duda debes ser.

Había dado don Martín

a una doña Juana fe

y palabra de marido;

mas no osándola romper

ofreció este casamiento

al don Gil; y el interés

de tu dote apetecible

alas le puso a los pies.

Dióle cartas de favor

el viejo, y quiso con él

partirse al punto a esta Corte,

nueva imagen de Babel.

Comunicó intento y cartas

al amigo don Miguel,

mi ingrato dueño, ensalzando

la hacienda, belleza y ser

de su pretendida dama

hasta los cielos; que fue

echar fuego al apetito

y su codicia encender.

Enamoróse de oídas

don Miguel de ti: al poder

de tu dote lo atribuye,

que ya amor es mercader;

y atropellando amistades,

obligación, deudo y fe,

de don Gil le hurtó las cartas

y el nombre, porque con él

disfrazándose, a esta Corte

vino, pienso que no ha un mes.

Vendiéndose [por] don Gil,

te ha pedido por mujer.

Yo, que sigo como sombra

sus pasos, vine tras él,

sembrando por los caminos

quejas, que vendré a coger

colmadas de desengaños,

que es caudal del bien querer.

Sabiendo don Gil su agravio

quiso seguirle también,

y encontrámonos los dos,

siendo fuerza que con él

caminase hasta esta Corte,

habrá nueve días o diez,

donde aguardo la sentencia

de mi amor, siendo tú el juez.

Como vine con don Gil

y la ocasión siempre fue

amiga de novedades,

que basta en fin ser mujer,

la semejanza hechicera

de los dos pudo encender,

mirándose él siempre en mí,

y yo mirándome en él,

descuidos. Enamoróse

con tantas veras…

INÉS:                              ¿De quién?

JUANA:         De mí.

INÉS:                  ¿Don Gil de Albornoz?

JUANA:         Don Gil, a quien imité

en el talle y en la cara,

de suerte que hizo un pincel

dos copias y originales

prodigiosas esta vez.

 

INÉS:          ¿Uno de unas calzas verdes?

JUANA:         Y tan verdes como él,

que es abril de la hermosura

y del donaire Aranjuez.

INÉS:          Bien le quieres, pues le alabas.

JUANA:         Quisiérale, amiga, bien

si bien no hubiera querido

a quien mal supo querer.

Tengo esposo, aunque mudable;

soy constante, aunque mujer;

nobleza y valor me ilustran;

aliento y no celos ten,

que despreciando a don Gil

y viendo que don Miguel

tiene ya el sí de tu padre,

si sin ti le puede haber,

hice alquilar esta casa

donde de cerca sabré

el fin de tantas desdichas

como en mis sucesos ves.

INÉS:          ¿Que don Miguel de Ribera

el don Gil fingido fue

que, dueño tuyo y tu esposo,

quiere que yo el sí le dé?

JUANA:         Esto es cierto.

INÉS:                         ¿Que el don Gil

verdadero y cierto fue

aquel de las verdes calzas?

¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer

si te sirve, cara Elvira?

Y aun por eso no me ve,

que no le bastan dos ojos

para llorar tu desdén.

JUANA:         Como a don Miguel desprecies,

también yo desdeñaré

a don Gil.

INÉS:                    ¿Pues deso dudas?

Hombre que tiene mujer,

¿cómo puede ser mi esposo?

No temas eso.

JUANA:                        Pues ven,

que a don Gil quiero escribir

en tu presencia un papel

que llevará mi escudero,

y su muerte escrita en él.

INÉS:          ¡Ay, Elvira de mis ojos,

tu esclava tengo de ser!

JUANA:         (Ya esta boba está en la trampa.      Aparte

Ya soy hombre, ya mujer,

ya don Gil, ya doña Elvira;

mas si amo, ¿qué no seré?)

Vanse. [Salen] QUINTANA y don MARTÍN

 

 

MARTÍN:           ¿Y que tú mismo la dejas

en un convento, Quintana?

QUINTANA:      Yo mismo, a tu doña Juana

en San Quirce, dando quejas

y suspiros, porque está

con indicios de preñada.

MARTÍN:        ¿Cómo?

QUINTANA:               No la para nada

en el estómago y da

unas arcadas terribles,

la basquiña se le aova,

pésale más que una arroba

el paso que da, imposibles

se le antojan. Vituperio

de su linaje serás

si a consolarla no vas,

y pare en el monasterio.

MARTÍN:           Quintana, jurara yo

que desde Valladolid

había venido a Madrid

a perseguirme.

QUINTANA:                     Eso no,

ni haces bien en no tenella

en opinión más honrada.

MARTÍN:        ¿No pudiera disfrazada

seguirme?

QUINTANA:                ¡Bonita es ella!

Ésta es la hora que está

rezando entre sus iguales

los salmos penitenciales

por ti. ¿Esa carta no da

certidumbre que te digo

la verdad?

MARTÍN:                     Quintana, sí.

Las quejas que escribe aquí

mucho han de poder conmigo.

Vine a cierta pretensión

a Madrid, que el Rey confirme,

y partí sin despedirme

della por la dilación

forzosa que en mi partida

su amor había de poner.

Pero pues llego a saber

que corre riesgo su vida

y que mi amor coge el fruto

que su hermosura me ofrece,

cualquier tardanza parece

pronóstico de mi luto.

Partiréme esta semana

sin falta, concluya o no

a lo que vine.

QUINTANA:                     Pues yo

tomo la posta mañana,

y a pedirla me adelanto

las albricias.

MARTÍN:                       Bien harás.

Hoy esta Corte verás,

y yo escribiré entretanto.

¿Dónde tienes la posada?

Que no te llevo a la mía

porque malograr podría

una traza comenzada

que después sabrás despacio.

[QUINTANA:]    Junto al mesón de Paredes

vivo.

MARTÍN:                Bien.

QUINTANA:                     Mañana puedes,

si tienes de ir a Palacio,

darme las cartas allá.

MARTÍN:        En buen hora.  (No he querido       Aparte

que vaya donde he fingido

ser don Gil, que deshará

la máquina que levanto.)

QUINTANA:      Voyme, pues, a negociar.

MARTÍN:        Adiós.

QUINTANA:              (¿En qué ha de parar,       Aparte

cielos, embeleco tanto?)

Vase

 

 

MARTÍN:           Basta, que ya padre soy;

basta, que está doña Juana

preñada. Afición liviana,

villano pago le doy.

Con un hijo, es torpe modo

el que aquí pretender quiero,

indigno de un caballero.

Pongamos remedio en todo

dando la vuelta a mi tierra.

Sale don JUAN

 

 

JUAN:          Señor don Gil de Albornoz,

si, como corre la voz,

valor vuestro pecho encierra

para lucir el acero,

al paso que pretender

contra su gusto mujer,

pensamiento algo grosero,

yo, que soy interesado

en esta parte, quisiera

que saliésemos afuera

del lugar, y que en el Prado

o Puente, sin que delante

tuviésemos tanta gente,

mostrásedes ser valiente

como mostráis ser amante.

MARTÍN:           La cólera requemada

cortad por lo que os importa,

que para quien no la corta

corta cóleras mi espada,

que yo, que más flema tengo,

no riño sin ocasión.

Si vos tenéis afición

cuando yo a casarme vengo

y me aborrece mi dama,

pues en su mano dejó

naturaleza el sí y no,

y vos presumís que os ama,

pretendámosla los dos,

que cuando el no me dé a mí

y vos salgáis con el sí,

no reñiré yo con vos.

JUAN:             Ella me ha dicho que es fuerza

hacer de su padre el gusto,

y que, amándola, no es justo

la deje casar por fuerza.

Y en fe desta sinrazón,

o nos hemos de matar

o no os habéis de casar,

dejando su pretensión.

MARTÍN:           ¿Doña Inés dice que quiere

a su padre obedecer,

y mi esposa admite ser?

JUAN:          A su inclinación prefiere

la caduca voluntad

de su padre.

MARTÍN:                       Y por ventura

perder esa coyuntura,

¿no sería necedad?

Si con lo que yo procuro

salgo, ¿no es torpe imprudencia

el poner en contingencia

lo que ya tengo seguro?

¡Muy bueno fuera, por Dios,

que después de reducida,

si yo no os quito la vida

me la quitásedes vos,

perdiendo mujer tan bella,

y que, después de adquirido

el nombre de su [marido],

os la dejase doncella!

No, señor. Permitid vos

que logre de doña Inés

la belleza, y de allí a un mes

podremos reñir los dos.

JUAN:             O hacéis de mí poco caso

o tenéis poco valor.

Pero a vuestro necio amor

sabré yo atajar el paso

en parte donde no tema

el favor que aquí os provoca.

Vase

 

 

MARTÍN:        Para su cólera loca

no ha sido mala mi flema.

Si está doña Inés resuelta,

y a ser mi esposa se allana,

perdonará doña Juana,

y mi amor dará la vuelta,

si a Valladolid [quería]

llevarme; que el interés

y beldad de doña Inés

excusa[n] la culpa mía.

Sale OSORIO

 

 

OSORIO:           Gracias a Dios que te veo.

MARTÍN:        Seas, Osorio, bien venido.

¿Hay cartas?

OSORIO:                       Cartas ha habido.

MARTÍN:        ¿De mi padre?

OSORIO:                       En el correo

a la mitad de su lista

a ciento y doce leí

este pliego para ti.

Dásele

 

 

MARTÍN:        Libranza habrá a letra vista.

Ábrele

 

 

OSORIO:           ¿Quién duda?

MARTÍN:                       Este sobrescrito

dice: «A don Gil de Albornoz.»

OSORIO:        Corre por ti la tal voz.

MARTÍN:        Estotra cubierta quito.

Lee

 

 

«A mi hijo don Martín.»

Y estotra. «A Agustín Solier

de Camargo, mercader.»

OSORIO:        ¡Bien haya el tal Agustín

si en él nos libran dinero!

[MARTÍN:]     Eso, Osorio, es cosa cierta.

OSORIO:        ¿Adónde vive?

MARTÍN:                       A la puerta

de Guadalajara.

OSORIO:                         Quiero

besarla por lo que a mí

me toca, que ya no había

casi blanca.

MARTÍN:                       Abro la mía

primero.

OSORIO:                  Bien.

MARTÍN:                       Dice ansí:

Lee [la] carta

 

 

«Hijo: Cuidadoso estaré hasta saber el fin de

nuestra pretensión, cuyos principios, según me

avisáis, prometen buen suceso. Para que le

consigáis os remito esta libranza de mil escudos

y esa carta para Agustín Solier, mi corresponsal.

Digo en ella que son para don Gil de Albornoz, un

deudo mío. No vais vos a cobrarlos, porque os conoce,

sino Osorio, diciendo que es mayordomo de dicho don

Gil. Doña Juana de Solís falta de su casa desde

el día que os partístes. Si en ella están confusos

no lo ando yo menos, temiendo no os haya seguido y

impida lo que tan bien nos está. Abreviad lances,

y en desposándoos, avisadme para que yo al punto me

ponga en camino, y tengan fin estas marañas. Dios os me

guarde como deseo. Valladolid y agosto, etc. Vuestro padre.»

 

OSORIO:           ¿No escuchas que doña Juana

falta de su casa?

MARTÍN:                            Ya

sé [yo] dónde oculta está.

Agora llegó Quintana

con carta suya, y por ella

he sabido que encerrada

está en San Quirce y preñada.

OSORIO:        Parirá en fe de doncella.

MARTÍN:           Huyóse sin avisar

a su padre; que afligida

de celos de mi partida,

no la darían lugar

el sobresalto y la prisa.

Y ésta será la ocasión

de la pena y confusión

que aquí mi padre me avisa.

Pero entretendréla agora

escribiéndola, y después

que posea a doña Inés,

puesto que mi ausencia llora,

le diré que tome estado

de religiosa.

OSORIO:                       Si está

en San Quirce ya tendrá

lo más del camino andado.

Sale AGUILAR

 

 

AGUILAR:          ¿Es el señor don Gil?

MARTÍN:                                 Soy

amigo vuestro, Aguilar.

AGUILAR:       Don Pedro os envía a llamar,

y por buena nueva os doy

que pretende hoy desposaros

con su sucesora bella,

aunque llantos atropella.

MARTÍN:        Quisiera en albricias daros

el Potosí. Esta cadena,

aunque de poco valor,

en fe de vuestro deudor…

Va a echarse don MARTÍN las cartas en la faltriquera; y mételas por entre la sotanilla, y cáensele en el suelo

 

 

AGUILAR:       Para mal de ojos es buena.

MARTÍN:           Vamos y irás a cobrar

esos escudos, Osorio,

que si es hoy mi desposorio,

todos los he de emplear

en joyas para mi esposa.

OSORIO:        Para su belleza es poco.

Los dos aparte

 

 

(Bien se dispone.

MARTÍN:                        (Estoy loco.

¡Ay, mi doña Inés hermosa!)

Vanse. Salen doña JUANA, de hombre, y CARAMANCHEL

 

 

CARAMANCHEL:      No he de estar más de un instante,

señor don Gil invisible,

con vos, que es cosa terrible

despareceros delante

de los ojos.

JUANA:                        Si me pierdes…

CARAMANCHEL:   Un pregonero he cansado

diciendo: «El que hubiere hallado

a un don Gil con calzas verdes

perdido de ayer acá,

dígalo y daránle luego

su hallazgo.» Ved qué sosiego

para quien sin blanca está.

Un real de misas he dado

a las ánimas por vos,

y a San Antonio otros dos,

de lo perdido abogado.

No quiero más tentación,

que me dais que sospechar

que sois duende o familiar,

y temo a la Inquisición.

Pagadme y adiós.

JUANA:                             Yo he estado

todo este tiempo escondido

en una casa que ha sido

mi cielo, porque he alcanzado

la mejor mujer en ella

de Madrid.

CARAMANCHEL:             ¿Chanzas hacéis?

¿Mujer vos?

JUANA:                     Yo.

CARAMANCHEL:                    ¿Pues tenéis

dientes vos para comella?

¿O es acaso doña Inés,

la damaza de la huerta,

por las verdes calzas muerta?

Sí será.

JUANA:                   A lo menos es

otra más bella que vive

pegada a la casa desa.

CARAMANCHEL:   ¿Es juguetona?

JUANA:                        Es traviesa.

CARAMANCHEL:   ¿Da?

JUANA:              Lo que tiene.

CARAMANCHEL:                       ¿Y recibe?

JUANA:            Lo que la dan.

CARAMANCHEL:                       Pues retira

la bolsa, imán de una dama.

¿Llámase?

JUANA:                   Elvira se llama.

CARAMANCHEL:   Elvira, pero sin vira.

JUANA:            Ven, llevarásme un papel.

CARAMANCHEL:   Dellos hay un pliego aquí.

Alza las cartas

 

 

Oye, que son para ti.

JUANA:         ¿Para mí, Caramanchel?

CARAMANCHEL:      El sobrescrito rasgado

dice: «A don Gil de Albornoz.»

JUANA:         Muestra. ¡Ay cielos!

CARAMANCHEL:                        En la voz

y cara te has alterado.

JUANA:            Dos cerradas y una abierta

vienen.

CARAMANCHEL:             Mira para quién.

JUANA:         Pronósticos de mi bien

hacen mi ventura cierta.

Lee

 

 

«A don Pedro de Mendoza

y [Velástegui].» Éste es

el padre de doña Inés.

CARAMANCHEL:   Algún galán de la moza

te pone por medianero

con su padre, que querrá

que le cases.

JUANA:                        Y hallará

a propósito el tercero.

CARAMANCHEL:      Mira esotro sobrescrito.

JUANA:         Dice aquí. «A Agustín Solier

de Camargo, mercader.»

CARAMANCHEL:   Ya le conozco, un corito

es que tiene más caudal

de cuantos la Puerta ampara

aquí de Guadalajara.

 

JUANA:         Pues tenlo a buena señal.

Esta abierta es para mí.

CARAMANCHEL:   Mírala.

JUANA:                  (¿Quién duda que es          Aparte                 el pliego de don Andrés

para don Martín?)

Léela para sí

 

 

CARAMANCHEL:                       ¿Que ansí

haya quien hurte en la Corte

las cartas? Delito grave.

Pero si las nuevas sabe

a costa no más del porte,

¿quién las dejará de ver?

A alguno que las sacó

y el pliego por yerro abrió

se le debió de caer.

JUANA:            (Dichosa soy en extremo.        Aparte

A buen presagio he tenido

que a mi mano hayan venido

estas cartas. Ya no temo

mal suceso.)

CARAMANCHEL:                  ¿Cúyas son?

JUANA:         De un mi tío de Segovia.

CARAMANCHEL:   A Inés querrá para novia.

JUANA:         Acertaste su intención.

Una libranza me envía

para que joyas la dé

de hasta mil escudos.

CARAMANCHEL:                        Fue

mi sospecha profecía;

vendrá en Agustín Solier

librada.

JUANA:                   En ésta le escribe

que los dé luego.

CARAMANCHEL:                     Recibe

el dinero en tu poder

y no me despediré

de ti en mi vida.

JUANA:                          (A Quintana       Aparte

voy a buscar. ¡Qué mañana

tan dichosa! Con buen pie

me levanté hoy; marañas

traza nuevas mi venganza.

Hoy cobrará la libranza

Quintana, y de mis hazañas

verá presto el fin sutil.)

CARAMANCHEL:   Por si otra vez te me pierdes

me encajo tus calzas verdes.

JUANA:         Hoy sabrán quién es don Gil.

Vanse. Salen Doña INÉS y Don PEDRO, su padre

 

 

INÉS:             Digo, señor, que vives engañado,

y que el don Gil fingido que me ofreces,

no es don Gil, ni jamás se lo han llamado.

PEDRO:            ¿Por qué mintiendo, Inés, me desvaneces?

Don Andrés ¿no me ha escrito por este hombre?

¿No dice que [es] don Gil el que aborreces?

INÉS:             Don Miguel de Cisneros es su nombre,

con una doña Elvira desposado;

su patria es Burgos. Porque más te asombre,

la misma doña Elvira me ha contado

todo el suceso, que en su busca viene,

y del mismo don Gil es un traslado.

Pared en medio desta casa tiene

la suya. Hablarla puedes y informarte

de todo este embeleco, que es solene.

PEDRO:            Advierte, Inés, que debe de burlarte,

pues no puede ser falsa aquesta firma,

ni a la naturaleza engaña el arte.

INÉS:             Pues si esa carta tu opinión confirma,

repara en que don Gil, el verdadero,

en quien mi voluntad su amor confirma,

es un gallardo y joven caballero

que por la gracia de un verde vestido

con que le vi en la huerta el día primero

calzas verdes le di por apellido.

Éste, pues, por la fama aficionado

de mí o mi dote y luego persuadido

de don Andrés a que tomase estado,

le hizo que viniese con el pliego

en su abono, que tanto te ha engañado.

Era su amigo don Miguel, y luego

que supo dél, estando de partida,

mi hacienda y calidad, encendió fuego

el interés que la amistad olvida,

y sin mirar que estaba desposado

con doña Elvira, un tiempo tan querida,

teniéndole en su casa aposentado

le hurtó las cartas una noche y vino

[por] la posta a esta corte disfrazado.

Ganóle por la mano en el camino,

fingió que era don Gil, dióte ese pliego

y con él entabló su desatino.

El don Gil verdadero vino luego,

que fue el que vi en la huerta y al que mira

como a su objeto mi amoroso fuego;

no osó contradecir tan gran mentira

por ver tan apoyado su embeleco,

hasta que a verme vino doña Elvira.

Ésta me dijo el marañoso trueco

y los engaños del don Gil postizo

que funda su esperanza en mármol seco.

Doña Elvira, señor, me satisfizo.

Mira lo mucho que en casarme pierdes

con quien lo está con otra, y esto hizo.

PEDRO:            ¿Hay semejante embuste?

INÉS:                                     Que te acuerdes

deste suceso importa.

PEDRO:                                  ¿No vería

yo al don Gil de las calzas, Inés, verdes?

INÉS:             Doña Elvira me dijo le enviaría

a hablarte y verme aquesta misma tarde.

PEDRO:         ¿Pues cómo tarda?

INÉS:                              Aún no es pasado el día.

¿Pero no es éste, cielos? Haga alarde

con su presencia la esperanza mía.

Sale Doña JUANA, de hombre

 

 

JUANA:            A daros satisfacción,

señora, de mi tardanza

vengo y a pedir perdón

no de que en mí haya mudanza

sino de mi dilación.

Hame tenido ocupado

estos días el cuidado

en que me puso un traidor,

que por lograr vuestro amor

hasta el nombre me ha usurpado,

no falta de voluntad,

pues desde el punto que os vi

os rendí la libertad.

INÉS:          Yo sé que eso no es ansí,

pero sea o no verdad,

conoced, señor don Gil,

a mi padre que os desea,

y entre confusiones mil

persuadilde a que no crea

enredos de un pecho vil.

JUANA:            A mucha suerte he tenido,

señor, haberos hallado

aquí, y llegara corrido

a no haberme asegurado

cartas que hoy he recibido

de don Andrés de Guzmán,

que quimeras desharán

de quien con firmas hurtadas

pretendió ver malogradas

mis esperanzas. Si dan

fe y crédito estos renglones

y me abona este papel

Enséñale las cartas

 

 

no admitáis satisfacciones

fingidas de don Miguel

o guardaos de sus traiciones.

Míralas don PEDRO

 

 

PEDRO:            Yo estoy, señor, satisfecho

de lo que decís y afirma

vuestro generoso pecho.

Esta letra y esta firma

del agravio que os he hecho,

si es que soy yo quien lo hice,

fue la causa, y agora es

favor con que os autorice.

Sí, letra es de don Andrés.

Míralas otra vez

 

 

Quiero mirar lo que dice.

Lee para sí [y ellas hablan aparte]

 

 

INÉS:             (¿Cómo va de voluntad?

JUANA:         Vos, que sus llaves tenéis,

por mí la respuesta os dad.

INÉS:          Desde ayer acá queréis

mucho nuestra vecindad.

JUANA:            ¿Desde ayer? Desde que os mira

el alma que en ella os ve,

y en vuestra ausencia suspira.

INÉS:          ¿En mi ausencia?

JUANA:                         ¿Pues no?

INÉS:                                    ¿A fe?

¿Y no en la de doña Elvira?)

PEDRO:            Aquí otra vez me encomienda

don Andrés la conclusión

de vuestra boda, y que entienda

la mucha satisfacción

de vuestra sangre y hacienda.

El don Miguel de Cisneros

es gentil enredador.

Mucho gusto en conoceros.

Hoy habéis de ser señor

desta casa.

JUANA:                     ¿Que teneros

por dueño y padre merezco?

Mil veces me dad los pies.

PEDRO:         Los brazos sí que os ofrezco

Abrázale

 

 

y en ellos a doña Inés.

JUANA:         Mi dicha al cielo [agradezco].

Abrázala

 

 

Desta suerte satisfago

los celos de la vecina

que tenéis.

INÉS:                      Y yo deshago

sospechas, porque me inclina

vuestro amor.

JUANA:                        Con ése os pago.

Sale QUINTANA

 

 

QUINTANA:         Don Gil mi señor, ¿está

aquí?

A él aparte

 

 

JUANA:                (¡Quintana! ¿has cobrado

libranza y escudos?

QUINTANA:                          (Ya,

en oro puro y doblado.)

A ellos

 

 

JUANA:         Yo vendré a la noche acá,

que una ocurrencia forzosa,

mi bien, me obliga a apartar

de vuestra presencia hermosa.

PEDRO:         No hay para qué dilatar

el desposorio, que es cosa

que corre peligro.

JUANA:                               Pues

esta noche estoy resuelto

en desposarme.

PEDRO:                        Mi Inés

será vuestra.

JUANA:                        Habéisme vuelto

el alma al cuerpo.

INÉS:                              ¡Interés

dichoso!

JUANA:                     La vuelta doy

luego.

QUINTANA:                (¡Quimera sutil!)        Aparte

JUANA:         Adiós, que a Palacio voy.

A ella

 

 

QUINTANA:      (Vamos, Juana, Elvira, Gil.)

[A él]

 

 

JUANA:         (Gil, Elvira y Juana soy.)

Vanse los dos

 

 

PEDRO:            ¡Qué muchacho y qué discreto

[es] el don Gil! Grande amor

le he cobrado, te prometo;

vuélvame el enredador

a casa, verá el efeto

de sus embustes.

Salen don MARTÍN y OSORIO [y hablan a otro lado]

 

 

MARTÍN:                            ¿Adónde

se me pudieron caer?

Si lo advertiste, responde.

OSORIO:        Pues, ¿puédolo yo saber?

¿Junto a la casa del Conde

no las leíste?

MARTÍN:                            ¿Has mirado

todo lo que hay desde allí?

OSORIO:        De modo que no he dejado

un solo átomo hasta aquí.

MARTÍN:        ¿Hay hombre más desdichado?

¡Pliego y escudos perdidos!

OSORIO:        Haz cuenta que los jugaste

en vez de comprar vestidos

y joyas.

MARTÍN:                  ¿No lo miraste

bien?

OSORIO:              Con todos mis sentidos.

MARTÍN:           Pues vuelve, que podrá ser

que [lo] halles.

OSORIO:                       ¡Linda esperanza!

MARTÍN:        Pero no, ve al mercader,

que no acepte la libranza.

OSORIO:        Eso es mejor.

MARTÍN:                       ¿Que a perder

un pliego de cartas venga

un hombre como yo?

[Ven a los otros]

 

 

OSORIO:                              Aquí

está tu dama.

MARTÍN:                       Hoy se venga

su menosprecio de mí.

OSORIO:        Ruega a Dios que no la tenga

pagada.

Vase OSORIO

 

 

MARTÍN:                  ¡Oh, señores!  (Quiero Aparte

disimular mi pesar.)

PEDRO:         ¿Es digno de un caballero,

don Miguel, el enredar

con disfraces de embustero?

¿Es bien que os finjáis don Gil

de Albornoz si don Miguel

sois, y con astucias mil,

siendo ladrón de un papel,

queráis por medio tan vil

usurparle a vuestro amigo

el nombre, opinión y dama?

MARTÍN:        ¿Qué decís?

PEDRO:                     Esto que digo,

y guardaos que desta trama

no os haga dar el castigo

que merecéis. Si os llamáis

vos don Miguel de Cisneros,

¿para qué nombres trocáis?

MARTÍN:        ¿Yo? No acabo de entenderos.

PEDRO:         ¡Qué bien lo disimuláis!

MARTÍN:           ¿Yo don Miguel?

INÉS:                             Ya sabemos

que sois de Burgos.

MARTÍN:                            [¡Mentira

solene!]

INÉS:                    ¡Buenos extremos!

Cumplid la fe a doña Elvira,

o a la justicia diremos

cuán grande embelecador

sois.

MARTÍN:              ¡Pues habéisme cogido

los dos de muy buen humor

en ocasión que he perdido

seso y escudos! Señor,

¿quién es el autor cruel

de quimera tan sutil?

PEDRO:         Sabed, señor don Miguel,

que el verdadero don Gil

se va agora de aquí, y dél

tengo la satisfacción

que vuestro crédito pierde.

MARTÍN:        ¿Qué don Gil o maldición

es éste?

PEDRO:                   Don Gil el verde.

INÉS:          Y el blanco de mi afición.

PEDRO:            Id a Burgos entretanto

que él se casa, y haréis bien,

y no finjáis ese espanto.

MARTÍN:        ¡Válgate el demonio, amén,

por don Gil o por encanto!

¡Vive Dios, que algún traidor

os ha venido a engañar!

Oíd.

INÉS:                Pasito, señor,

que le haremos castigar

por archiembelecador.

Vanse los dos

 

 

MARTÍN:           ¿Hay confusión semejante?

¡Que este don Gil me persiga

invisible cada instante

y que por más que le siga

nunca le encuentre delante!

Estoy tan desesperado

que por toparme con él

diera cuanto he granjeado.

¿Yo en Burgos? ¿Yo don Miguel?

Sale OSORIO

 

 

OSORIO:        ¡Buen lance habemos echado!

MARTÍN:           ¿Has hablado al mercader?

OSORIO:        Más me valiera que no.

Un don Gil o Lucifer

todo el dinero cobró.

Malgesí debe de ser.

MARTÍN:           ¿Don Gil?

OSORIO:                    De Albornoz se firma

dándole carta de pago.

Solier me enseñó su firma.

MARTÍN:        ¡Este don Gil será estrago

de toda mi casa!

OSORIO:                            Afirma

el Solier que anda vestido

de verde, porque te acuerdes

de lo que has por él perdido.

MARTÍN:        Don Gil de las calzas verdes

ha de quitarme el sentido.

Ninguno me [hará] creer

sino que se disfrazó,

para obligarme a perder,

algún [demonio] y me hurtó

las cartas que al mercader

ha dado.

OSORIO:                     Hará enredos mil,

que sabe muchas vejeces

el enemigo sutil.

Ven, [señor].

MARTÍN:                       ¡Jesús mil veces!

¡Válgate el diablo el don Gil!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

ACTO TERCERO

 

 

Salen don MARTÍN y QUINTANA

 

 

MARTÍN:           No digas más; basta y sobra

saber por mi mal, Quintana,

que murió mi doña Juana.

Muy justa venganza cobra

el cielo de mi crueldad,

de mi ingratitud y olvido.

El que su homicida ha sido

soy yo, no su enfermedad.

QUINTANA:         Déjame contarte el cómo

sucedió su muerte en suma.

MARTÍN:        Vuela el mal con pies de pluma,

viene el bien con pies de plomo.

QUINTANA:         Llegué no poco contento

con tu carta, en que fundé

albricias que no cobré.

Regocijóse el convento;

salió a una red doña Juana;

díjela que en breves días

en su presencia estarías,

que su sospecha era vana.

Leyó tu carta tres veces,

y cuando iba a desprender

joyas con que enriquecer

mis albricias, todas nueces,

gran rüido y poco fruto,

dijéronla que venía

su padre y que pretendía

convertir su gozo en luto

dando venganza a su honor.

Encontráronse a la par

el placer con el pesar,

la esperanza y el temor;

y como estaba preñada

fue el susto tan repentino

que a malparir al fin vino

una niña mal formada,

y ella, al dar el primer grito,

dijo: «Adiós, don Mar…» y en fin,

quedándose con el «tín»

murió como un pajarito.

MARTÍN:           No digas más.

QUINTANA:                       Ni aunque quiera

podré, porque en pena tanta

tengo el alma a la garganta

y a un suspiro saldrá fuera.

MARTÍN:           ¿Agora que no hay remedio,

osáis, temor atrevido,

echar del alma el olvido

y entraros vos de por medio?

¿Agora llora y suspira

mi pena? ¿Agora pesar?

QUINTANA:      (No sé en lo que ha de parar          Aparte

tanta suma de mentira.)

MARTÍN:           No es posible, sino que es

el espíritu inocente

de doña Juana el que siente

que yo quiera a doña Inés

y que en castigo y venganza

del mal pago que la di

se finge don Gil y aquí

hace guerra a mi esperanza.

Porque el perseguirme tanto,

el no haber parte o lugar

adonde a darme pesar

no acuda, si no es encanto,

¿qué otra cosa puede ser?

El no dejar casa o calle

que no busque por hallalle,

el nunca llegarle a ver,

el llamarse de mi nombre,

¿no es todo esto conjetura

de que es su alma que procura

que la vengue y que me asombre?

QUINTANA:         (¡Esto es bueno ! Doña Juana  Aparte

cree que es alma que anda en pena.

¿Vio el mundo chanza más buena?

Pues no le ha de salir vana

porque tengo de apoyar

este disparate.)

A él

 

 

A mí

parecíame hasta aquí

lo que escuchaba contar,

desde el día que murió

mi señora, que sería

sueño que a la fantasía

el pesar representó;

pero después que te escucho

que el alma de mi señora

te persigue cada hora,

no tendré, señor, a mucho

lo que en Valladolid pasa.

MARTÍN:        ¿Pues qué es lo que allá se dice?

QUINTANA:      Temo que te escandalice;

pero no hay persona en casa

de mi señor [tan] osada

que duerma sin compañía,

si no fui yo, desde el día

que murió la mal lograda

porque se les aparece

con vestido varonil

diciendo que es un don Gil,

en cuyo hábito padece,

porque tú con este nombre

andas aquí disfrazado

y sus penas has causado.

Su padre, en traje de hombre,

todo de verde, la vio

[una] noche, y que decía

que a perseguirte venía,

y aunque el buen viejo mandó

decir cien misas por ella

afirman que no ha cesado

de aparecerse.

MARTÍN:                       El cuidado

causé yo de su querella.

QUINTANA:         ¿Y es verdad, señor, que aquí

te llamas don Gil?

MARTÍN:                            Mi olvido

y ingratitud ha querido

que me llame, amigo, ansí.

Vine a esta Corte a casarme,

y ofendiendo su belleza

codiciando la riqueza

de una doña Inés, que a darme

el justo castigo viene

que mi crueldad mereció.

En don Gil me transformó

mi padre; la culpa tiene

destas desgracias, Quintana,

su codicia y interés.

QUINTANA:      Pues no dudes de que es

el alma de doña Juana

la que por Valladolid

causa temores y miedos

y dispone los enredos

que te asombran en Madrid.

Pero, ¿piénsaste casar

con doña Inés?

MARTÍN:                       Si murió

doña Juana, y me mandó

mi avaro padre intentar

este triste casamiento,

no concluirle sería

de algún modo afrenta mía.

QUINTANA:      ¿Cómo saldrás con tu intento,

si una alma del purgatorio

a doña Inés solicita

y la esperanza te quita

que tienes del desposorio?

MARTÍN:           Misas y oraciones son

las que las almas amansan,

que, en fin, con ellas descansan.

Vamos, que en esta ocasión

en el Carmen y Vitoria

haré que se digan mil.

QUINTANA:      (A puras misas, don Gil,            Aparte

os llevan vivo a la gloria.)

Vanse. Doña INÉS y CARAMANCHEL

 

 

INÉS:             ¿Dónde está vuestro señor?

CARAMANCHEL:   ¿Sélo yo, aunque traiga antojos

y le mire con más ojos

que una puente? Es arador

que de vista se me pierde;

por más que le busco y llamo

nunca quiere mi verde amo

que en sus calzas me dé un verde.

Aquí le vi no ha dos credos;

y aunque estaba en mi presencia,

cual dinero de Valencia

se me perdió entre los dedos;

mas tal anda el motolito

por una vuestra vecina,

que es hija de Celestina,

y le gazmió en el garlito.

INÉS:             ¿A vecina nuestra quiere

don Gil?

CARAMANCHEL:            A una doña Elvira,

desde que le sirvo, mira

de tal suerte que se muere,

señora, por sus pedazos.

INÉS:          ¿Sabéis vos eso?

CARAMANCHEL:                    Sé yo

que esta noche la pasó,

cuando menos, en sus brazos.

INÉS:             ¿Esta noche?

CARAMANCHEL:                  Sí, ¿os remuerde

la conciencia?, y otras mil,

que aunque es lampiño el don Gil,

en obras y en nombre es verde.

INÉS:             Vos sois un grande hablador

y mentís; porque esa dama

es mujer de buena fama

y tiene mucho valor.

CARAMANCHEL:      Si es verdad o si es mentira,

lo que digo sé por él

y por el dicho papel

Enséñasele

 

 

que traigo a la tal Elvira.

Está su casa cerrada

y mientras que vuelve a ella

paje, escudero o doncella,

que no debe haber criada

que no sepa lo que pasa,

y el papel la pueda dar,

a mi amo entré a buscar

por si estaba en vuestra casa.

INÉS:             ¿De don Gil es ése?

CARAMANCHEL:                          Sí.

INÉS:          Pues bien, ¿por fuerza ha de ser

de amores?

CARAMANCHEL:               Llegá a leer

[vos] lo que podáis aquí,

Por entre las dobleces del papel

 

 

que yo, que siempre he pecado

de curioso y resabido,

las razones he leído

que hacia aquí se han asomado.

Enséñale leyendo

 

 

¿Aquí no dice: «Inés vengo..               deseo me da… disgusto»?

¿No dice aquí: «plazo justo…»

y allí: «noche… gusto tengo…»

y hacia aquella parte: «tarde…

amor… a doña.. a ver voy…»

y a aquel lado: «[vuestro] soy…»,

luego: «mío. El cielo os guarde»?

¡Ved si es barro el papelillo!

Todo esto es plata quebrada:

saque vusté, si le agrada,

el hilo por el ovillo.

INÉS:             A lo menos sacaré,

Quítasele

 

 

leyéndole, el falso trato

de un traidor y de un ingrato.

CARAMANCHEL:   Eso nones; suéltele,

que me reñirá don Gil.

INÉS:          Alcahuete, ¿he de dar voces?

¿He de hacer que os den mil coces?

CARAMANCHEL:   Dos da un asno, que no mil.

Ábrele y léele

 

 

INÉS:             «No hallo contento y gusto

cuando con vos no le tengo

puesto que a ver a Inés vengo

a costa de mi disgusto.

Ya deseo el plazo justo

de volver a hacer alarde

de mi amor, y aunque esta tarde

a ver a doña Inés voy,

no os dé celos. Vuestro soy,

dueño mío. El cielo os guarde.»

 

¡Qué regalado papel!

A su dueño se parece:

tan infame que apetece

las sobras de don Miguel.

¿Doña Inés le da disgusto?

¡Válgame Dios! ¿Ya empalago?

¿Manjar soy que satisfago,

antes que me pruebe, el gusto?

¿Tan bueno es el de su Elvira

que su apetito provoca?

CARAMANCHEL:   No es la miel para la boca

del etcétera.

INÉS:                         La ira

que tengo es tal que dejara

un ejemplo cruel de mí

a estar el mudable aquí.

Un CRIADO

 

 

CRIADO:        Mi señora doña Clara

viene a verte.

Vase el CRIADO

 

 

INÉS:                             Pretendiente

es también de este galán

empalagado; a don Juan,

que mi amor celoso siente,

he de decir que le mate,

y me casaré con él.

Llevad vos vuestro papel

Arrójasele

 

 

a esa dama, que es remate

del gusto que en él confiesa,

que aunque no es Lucrecia casta

para tan vil hombre basta

plato que sirvió a otra mesa.

Vase

 

 

CARAMANCHEL:      ¡Malos años la pimienta

que lleva la doña Inés!

No le comerá un inglés.

¡Qué mal hice en darla cuenta

del papel! No fui discreto;

mas purguéme en su servicio

porque en gente de mi oficio

es cual ruibarbo un secreto.

Vase. QUINTANA y doña JUANA, de hombre

 

 

QUINTANA:         Misas va a decir por ti

en fe que eres alma que anda

en pena.

JUANA:                   ¿Pues no es ansí?

QUINTANA:      Mas no deja la demanda

de doña Inés.

JUANA:                        ¡Ay de mí!

A mi padre tengo escrito

como que a la muerte estoy

por don Martín, que en delito

de que esposa suya soy

y de adorarle infinito,

de puñaladas me ha dado,

dejándome en Alcorcón;

que loco de enamorado

por doña Inés, su afición

a matarme le ha obligado.

Escríbole que ha fingido

ser un don Gil de Albornoz,

porque con este apellido

encubra la muerte atroz

que mi amor ha conseguido,

que todo es castigo injusto

de una hija inobediente

que contra su honor y gusto

de su patria y casa ausente

ocasiona su disgusto;

pero que si algún amor

le merezco, y éste alcanza

en mi muerte su favor,

satisfaga su venganza

las pérdidas de mi honor.

QUINTANA:         ¿Pues para qué tanto ardid?

JUANA:         Es para que desta suerte

parta de Valladolid

mi padre y pida mi muerte

a don Martín en Madrid;

que he de perseguir, si puedo,

Quintana, a mi engañador

con uno y con otro enredo

hasta que cure su amor

con mi industria o con su miedo.

QUINTANA:         Dios me libre de tenerte

por contraria.

JUANA:                        La mujer

venga agravios desta suerte.

QUINTANA:      A hacerle voy a entender

nuevas chanzas de tu muerte.

Vase QUINTANA. Sale doña CLARA

 

 

CLARA:            Señor don Gil, justo fuera,

sabiendo de cortesía

tanto, que para mí hubiera

un día… ¿qué digo un día?

una hora, un rato siquiera.

También tengo casa yo

como doña Inés; también

hacienda el cielo me dio;

y también quiero yo bien

como ella.

JUANA:                   ¿A mí?

CLARA:                          ¿Por qué no?

JUANA:            A saber yo tal ventura,

creed, bella doña Clara,

que por lograrla segura,

fuera, si otro la gozara,

pirata desa hermosura.

Mas como de mí imagino

lo poco que al mundo importo,

ni sé ni me determino

a pretender; que en lo corto

tengo algo de vizcaíno.

Por Dios, que desde que os vi

en la huerta, el corazón,

nueva salamandria, os di,

llevándoos vos un girón

del alma que os ofrecí,

mas ni sé dónde vivís,

qué galán por vos se abrasa,

ni qué empleos admitís.

CLARA:         ¿No? Pues sabed que mi casa

es a la Red de San Luis;

mis galanes más de mil;

mas quien en mi gusto alcanza

el premio por más gentil

es verde cual mi esperanza

y es en el nombre don Gil.

JUANA:            Esta mano he de besar

Bésasela

 

 

porque del todo me cuadre

favor tan para estimar.

Sale doña INÉS [y queda apartada]

 

 

INÉS:          Como me llamó mi padre,

fuéme forzoso dejar

a mi prima por un rato.

¿Mas no es el que miro, ¡cielos!

don Gil el falso, el ingrato,

el que cebando mis celos

es de mi opuesta retrato?

¡La mano pone en la boca

de mi prima! ¿No es encanto

que hombre de barba tan poca

se atreva a ser para tanto?

¡A qué furia me provoca!

Quiero escuchar desde aquí

lo que pasa entre los dos.

CLARA:         En fin, ¿os morís por mí?

¡Buena mentira!

JUANA:                        Por Dios,

que no me tratéis ansí.

Desde el día que en la huerta

os vi, hermosa doña Clara,

para mi ventura abierta,

ni tuve mañana clara

ni noche segura y cierta,

porque la pesada ausencia

de la luz desa hermosura,

sol que mi amor reverencia,

noche es pesada y obscura.

CLARA:         No lo muestra la frecuencia

de doña Inés que os recrea,

y es todo vuestro interés.

JUANA:         ¿Yo a doña Inés, mi bien?

CLARA:                                    Ea.

JUANA:         Vive Dios, que es doña Inés

a mis ojos fría y fea;

si Francisca se llamara,

todas las efes tuviera.

INÉS:          (¡Qué buena don Gil me para!)     Aparte

JUANA:         (¡Mas si doña Inés me oyera!)     Aparte

INÉS:          (¡Y le creerá doña Clara!)        Aparte

CLARA:            Pues si no amáis a mi prima,

¿cómo asistís tanto aquí?

JUANA:         Eso es señal que os estima

la libertad que os rendí

y en vuestros ojos se anima,

porque como no sabía

dónde vivís y me abrasa

vuestra memoria, venía

por instantes a esta casa,

creyendo que os hallaría

alguna vez en ella.

CLARA:                                Es

lindo modo de excusar

vuestro amor.

JUANA:                        ¿Excusar?

CLARA:                                  Pues,

¿había más de preguntar

por mi casa a doña Inés?

 

JUANA:            Fuera darla celos eso.

CLARA:         No quiero apurar verdades,

don Gil. Que os amo os confieso

y que vuestras sequedades

me quitan el sueño y seso.

Si un amor sencillo y llano

[os] obliga, asegurad

mi pena; dadme esa mano.

JUANA:         De esposo os la doy; tomad,

que, por lo que en ello gano

os la beso.

INÉS:                         (¿Esto consiento?)  Aparte

CLARA:         Mi prima me espera; adiós.

Idme a ver hoy.

JUANA:                        Soy contento.

CLARA:         Porque tracemos los dos

despacio este casamiento.

Vase

 

 

JUANA:            Ya que di en embelecar

salir bien de todo espero.

A doña Inés voy a hablar.

Sale ella

 

 

INÉS:          Enredador, embustero,

pluma al viento, corcho al mar,

¿no basta que a doña Elvira

engañes, que no repara

en honras que el cuerdo mira,

sino que a mí y doña Clara

embeleque tu mentira?

¿A tres mujeres engaña

el amor que fingir quieres?

A salir con esa hazaña,

casado con tres mujeres,

fueras Gran Turco en España.

Conténtate, ingrato infiel,

con doña Elvira, relieves

y sobras de don Miguel,

que cuando sus gajes lleves

y la escribas el papel

que mis penas han leído,

a ti te viene sobrado,

en fe de poco advertido,

fruto que otro ha desflorado

y ropa que otro ha rompido.

JUANA:            ¿Qué dices, mi bien?

INÉS:                                 ¿Tu bien?

Doña Elvira, cuyos brazos

sueño de noche te den,

te responderá. ¡Pedazos

un rayo los haga, amén!

JUANA:            (Caramanchel la ha enseñado     Aparte

el papel que me escribí

a mí misma; y heme holgado,

porque experimente en sí

congojas que me ha causado.)

A ella

 

 

¿Que Elvira te da sospecha?;

en lo que dices repara.

INÉS:          ¡No está mala la deshecha!

Dígale eso a doña Clara,

pues la tiene satisfecha

su amor, su palabra y fe.

JUANA:         ¿Eso te ha causado enojos?

¿Luego nos viste? No fue

sino burla; por tus ojos,

que es una necia. Háblame,

vuélveme esos soles, ea,

que su luz mi regalo es.

INÉS:          ¡Y dirá, por que le crea:

«Vive Dios, que es doña Inés

a mis ojos fría y fea»!

JUANA:            ¿Pues crees tú que lo dijera

si burlar a doña Clara

de ese modo no quisiera?

INÉS:          «Si Francisca se llamara

todas las efes tuviera».

Pues si tantas tengo, y mira

desechos de don Miguel,

que por mis prendas suspira,

casándome yo con él,

castigaré a doña Elvira.

Don Miguel es principal,

y su discreción, al fin,

ha dado clara señal

que en amar mujer tan ruin

y mudable hiciera mal.

Por mi esposo le señalo:

a mi padre voy a hablar,

que pues a mi gusto igualo

el suyo, hoy le pienso dar

la mano.

JUANA:                   (Esto va muy malo.)      Aparte

A ella

 

 

¿Con remedios tan atroces

castigas una quimera?

Oye, escucha.

INÉS:                         Si doy voces,

haré que por la escalera

os eche un lacayo a coces.

JUANA:            Por Dios, que por más cruel

que seas, has de escuchar

mi disculpa, y que soy fiel.

INÉS:          ¿No hay quien se atreva a matar

a este infame? ¡Ah, don Miguel!

JUANA.            ¿Don Miguel está aquí?

INÉS:                                   ¿Quieres

trazar ya alguna maraña?

Aquí está; de miedo mueres.

A voces

 

 

Éste es don Gil, el que engaña

de tres en tres las mujeres.

Don Miguel, véngame dél;

tu esposa soy.

JUANA:                        Oye, mira…

INÉS:          ¡Muera este don Gil cruel,

don Miguel!

JUANA:                   ¡Que soy Elvira!

¡Lleve el diablo a don Miguel!

INÉS:             ¿Quién?

JUANA:                    Doña Elvira ¿En la voz

y cara no me conoces?

INÉS:          ¿No eres don Gil de Albornoz?

JUANA:         Ni soy don Gil, ni des voces.

INÉS:          ¿Hay enredo más atroz?

¿Tú doña Elvira? ¿Otro engaño?

Don Gil eres.

JUANA:                        Su vestido

y [semejanza] hizo el daño.

Si esto no te ha persuadido,

averigua el desengaño.

INÉS:             ¿Pues qué provecho interesa

tu embeleco?

JUANA:                     ¡Vive Dios,

que no ser don Gil me pesa

por ti, y que somos las dos

pata para la traviesa!

INÉS:             En conclusión, ¿he de darte

crédito? No vi mayor

semejanza.

JUANA:                    Por probarte

y ver si tienes amor

a don Miguel pudo el arte

disfrazarme y es ansí

que una sospecha cruel

me dio recelos de ti.

Creyendo que a don Miguel

amabas, yo me escribí

el papel que aquel criado

te enseñó, creyendo que era

don Gil quien se le había dado,

y dije que te le diera

por modo disimulado

y que advirtiese por él

tus celos, y si intentabas

usurparme a don Miguel.

INÉS:          ¡Extrañas industrias!

JUANA:                              Bravas.

INÉS:          ¿Qué tú escribiste el papel?

JUANA:            Y a don Gil pedí el vestido

prestado, que está por ti

de amor y celos perdido.

INÉS:          ¿De amor y celos por mí?

JUANA:         Como el suceso ha sabido

de don Miguel, cuya soy,

no apetece prenda ajena.

INÉS:          Confusa y dudosa estoy.

JUANA:         Ingeniosa traza.

INÉS:                           Buena,

y de suerte que aún no doy

crédito a que eres mujer.

JUANA:         ¿Pues cómo haremos que quedes

segura?

INÉS:                    Ansí se ha de hacer:

vestirte en tu traje puedes,

que con él podremos ver

cómo te entalla y te inclina.

Ven y pondráste un vestido

de los míos; que imagina

mi amor en ése fingido

que eres hombre, y no vecina.

Ya se habrá ido doña Clara.

JUANA:         ¡Buena irá!

INÉS:                       (¡Qué varonil         Aparte

mujer! Por más que repara

mi amor dice que es don Gil

en la voz, presencia y cara.)

Vanse. Salen CARAMANCHEL y don JUAN

 

 

JUAN:             ¿Vos servís a don Gil de Albornoz?

CARAMANCHEL:                                         Sirvo

a un amo que no veo en quince días

que ha que como su pan. Dos o tres veces

le he hallado desde entonces. Ved qué talle

de dueño en relación; ¡pues decir tiene

fuera de mí otros pajes y lacayos!,

yo solamente y un vestido verde

en cuyas calzas funda su apellido,

que ya son casa de solar sus calzas,

posee en este mundo, que yo sepa.

Bien es verdad que me pagó por junto,

desde que entré con él hasta hoy, raciones

y quitaciones, dándome cien reales.

Pero quisiera yo servir a un amo

que me holeara cada instante. «¡Hola

Caramanchel! Limpiadme estos zapatos;

sabed cómo durmió doña Grimalda;

id al Marqués, que el alazán me empreste;

preguntad a Valdés con qué comedia

ha de empezar mañana», y otras cosas

con que se gasta el nombre de un lacayo.

¡Pero que tenga yo un amo en menudos

como el macho de Bamba, que ni manda,

ni duerme, come o bebe, y siempre anda!

JUAN:          Debe de estar enamorado.

CARAMANCHEL:                             Y mucho.

JUAN:          ¿De doña Inés, la dama que aquí vive?

CARAMANCHEL:   Ella le quiere bien, pero ¿qué importa,

si vive aquí, pared en medio, un ángel?

Que aunque yo no la he visto, a lo que él dice,

es tan hermosa como yo, que basta.

JUAN:          Soislo vos mucho.

CARAMANCHEL:                     Viéneme de casta.

Este papel la traigo; mas de suerte

simbolizan los dos en condiciones,

que jamás doña Elvira o doña Urraca

para en casa, ni en ella hay quien responda,

pues con ser tan de noche, que han ya dado

las once, no hay memoria de que venga

quien lástima de mí y el papel tenga.

JUAN:          ¿Y que ama doña Inés a don Gil?

CARAMANCHEL:                                    Tanto

que abriéndome el papel y conociendo

lo que por él decía a doña Elvira

hizo extremos de loca.

JUAN:                                 Y yo los hago

de celos. ¡Vive Dios, que aunque me cueste

vida y hacienda, tengo de quitarla

a todos cuantos Giles me persigan!

En busca voy del vuestro.

CARAMANCHEL:                             ¡Bravo Aquiles!

JUAN:          Yo agotaré, si puedo, los don Giles.

Vase. De mujer doña JUANA y doña INÉS

 

 

INÉS:             Ya experimento en mi daño

la burla de mis quimeras:

don Gil quisiera que fueras,

que yo adorara tu engaño.

No he visto tal semejanza

en mi vida, doña Elvira:

en ti su retrato mira

mi entretenida esperanza.

JUANA:            Yo sé que te ha de rondar

esta noche, y que te adora.

INÉS:          ¡Ay, doña Elvira ya es hora!

CARAMANCHEL:   Doña Elvira, oí nombrar.

Aquélla sin duda es

que con doña Inés está.

El diablo la trajo acá,

que estando con doña Inés

mal podré darla el papel

que mi don Gil la escribió,

y ya su merced leyó.

Hermano Caramanchel,

a palos me vais oliendo.

A INÉS

 

 

¡Hola! ¿Qué buscáis aquí?

CARAMANCHEL:   ¿Sois vos doña Elvira?

JUANA:                                  Sí.

CARAMANCHEL:   ¡Jesús! ¿Qué es lo que estoy viendo?

¿Don Gil con basquiña y toca?

No os llevo más la mochila.

¿De día Gil, de noche Gila?

¡Oxte, puto, punto en boca!

JUANA:            ¿Qué decís? ¿Estáis en vos?

CARAMANCHEL:   ¿Qué digo? Que sois don Gil

como Dios hizo un candil.

JUANA:         ¿Yo don Gil?

CARAMANCHEL:                Sí, juro a Dios.

INÉS:             ¿Piensas que soy sola yo

la que tu presencia engaña?

CARAMANCHEL:   Azotes dan en España

por menos que eso. ¿Quién vio

un [hembrimacho] que afrenta

a su linaje?

INÉS:                         Esta dama

es doña Elvira.

CARAMANCHEL:                    Amo, o ama,

despídome: hagamos cuenta.

No quiero señor con saya

y calzas, hombre y mujer,

que querréis en mí tener

juntos lacayo y lacaya.

No más amo hermafrodita,

que comer carne y pescado

a un tiempo no es aprobado.

Despachad con la visita

y adiós.

JUANA:                    ¿De qué es el espanto?

¿Pensáis que vuestro señor

sin causa me tiene amor?

Por parecérseme tanto

emplea en mí su esperanza.

Díselo tú, doña Inés.

INÉS:          Causa suelen decir que es

del amor la semejanza.

CARAMANCHEL:      Sí, ¿mas tanta? No, par Dios.

¿A mí engañifas, señora?

JUANA:         Y si viene antes de un hora

don Gil aquí y a los dos

nos veis juntos, ¿qué diréis?

CARAMANCHEL:   Que hablé por boca de ganso.

JUANA:         [Él humilde vendrá y manso,]

y vos a él mismo le hablaréis,

conociendo la verdad.

CARAMANCHEL:   ¿Dentro un hora?

JUANA:                             Y a ocasión

que os admire.

CARAMANCHEL:                  Pues chitón.

JUANA:         En la calle le esperad,

y subámonos las dos

al balcón para aguardalle.

CARAMANCHEL:   Bájome, pues, a la calle.

Éste me dio para vos,

Dásele

 

 

mas rehusé por doña Inés

[la] embajada.

JUANA:                        Ya es mi amiga.

CARAMANCHEL:   Don Gil es, aunque lo diga

el Conde Partinuplés.

Vanse. Sale don JUAN, como de noche

 

 

JUAN:             Con determinación vengo

de agotar estos don Giles,

que agravian por medios viles

las esperanzas que tengo.

Dos son. ¿Quién duda que alguno

su dama vendrá a rondar?

O me tienen de matar

o no ha de quedar ninguno.

Sale CARAMANCHEL [y queda a un lado]

 

 

CARAMANCHEL:      A esperar vengo a don Gil,

si calles ronda y pasea,

que por Dios, aunque lo vea,

no dos veces sino mil,

no lo tengo de creer.

A la ventana, doña INÉS y doña JUANA, de mujer

 

 

INÉS:          ¡Qué extraordinario calor!

JUANA:         Pica el tiempo y pica amor.

INÉS:          ¿Si ha de venirnos a ver

mi don Gil?

JUANA:                        ¿Y dudas deso?

(Para poderme apartar              Aparte

de aquí, me vendrá a llamar

brevemente Valdivieso,

y podré, de hombre vestida,

fingirme don Gil abajo.)

JUAN:          El premio de mi trabajo

escucho; mi Inés querida,

si no me engaña la voz,

es la que a la reja está.

INÉS:          Gente siento. ¿Si será

nuestro don Gil de Albornoz?

JUANA:            Háblale, y sal de esa duda.

CARAMANCHEL:   Un rondante se ha parado.

¿Si es mi don Gil encantado?

JUAN:          Llegad y hablad, lengua muda.

¡Ah de arriba!

INÉS:                              ¿Sois don Gil?

JUAN:          (Allí la pica; diré                Aparte

que sí.)

Rebozado

 

 

Don Gil soy, que en fe

de que en vos busco mi abril,

en viéndoos, señora mía,

mi calor pude templar.

INÉS:          Eso es venirme a llamar,

por gentil estilo, fría.

CARAMANCHEL:      Muy grueso don Gil es éste.

El que sirvo habla atiplado,

si no es ya que haya mudado

de ayer acá.

JUAN:                         Manifieste

el cielo mi dicha.

INÉS:                                En fin,

¿que a un tiempo os abraso y hielo?

JUAN:          Quema amor; hiela un recelo.

JUANA:         (Sin duda que es don Martín        Aparte

el que habla. ¡Qué en vano pierdes

el tiempo, ingrato, sin mí!)

INÉS:          (No parece él.) ¿Sois, decí,       Aparte

don Gil de las calzas verdes?

JUAN:             Luego, ¿no me conocéis?

CARAMANCHEL:   Ni yo tampoco, par Dios.

INÉS:          Como me pretenden dos…

JUAN:          Sí. Mas vos, ¿a cuál queréis?

INÉS:             A vos, aunque en el hablar

nuevas dudas me habéis dado.

JUAN:          Hablo bajo y rebozado,

que es público este lugar.

Don MARTIN con vestido verde y OSORIO. [Quedan apartados y se acerca a los otros don MARTIN conforme indican los versos]

 

 

MARTÍN:           Osorio, ya doña Juana

muerta, como dicen, sea

quien me persigue y desea,

en la opinión de Quintana,

que no goce a doña Inés;

ya otro amante disfrazado

el nombre me haya usurpado

por ver cuán querido es,

el seso de envidia pierdo.

¿Puede doña Inés amalle

por de mejor cara y talle?

OSORIO:        No por cierto.

MARTÍN:                     ¿Por más cuerdo?

Tú sabes cuán celebrado

en Valladolid he sido.

¿Por más noble o bien nacido?

Guzmana sangre he heredado.

¿Por más hacienda? Ocho mil

ducados tengo de renta,

y en la nobleza es afrenta

amar el interés vil.

Pues si sólo es porque vino

con traje verde, yo y todo

he de andar del mismo modo.

OSORIO:        (Ése es gentil desatino.)          Aparte

MARTÍN:           ¿Qué dices?

OSORIO:                       Que el seso pierdes.

MARTÍN:        Piérdale o no, yo he de andar

como él y me han de llamar

don Gil de las calzas verdes.

Vete a casa, que hablar quiero

a don Pedro.

OSORIO:                       En ella aguardo.

Vase. [INÉS habla] a don Juan

 

 

INÉS:          Don Gil discreto y gallardo,

poco amáis y mucho os quiero.

MARTÍN:           ¿Don Gil? ¿Cómo? Éste es sin duda

quien contradice mi amor.

¿Si es doña Juana? El temor

de que en penas anda muda

mi valor en cobardía.

En no meterme me fundo

con cosas del otro mundo,

que es bárbara valentía.

 

INÉS:             Gente parece que viene.

JUAN:          Reconoceré quién es.

INÉS:          ¿Para qué?

JUAN:                     ¿No veis, mi Inés,

que nos mira y se detiene?

Diré que pase adelante.

Entretanto me esperad.

Hidalgo.

MARTÍN:                  ¿Quién va?

JUAN:                              Pasad.

MARTÍN:        ¿Dónde, si por ser amante

tengo aquí prendas?

JUAN:                                (Don Gil     Aparte

es éste, el aborrecido

de doña Inés. Conocido

le he en la voz.)

CARAMANCHEL:                     ¡Oh qué alguacil

tan a propósito agora!

¡Y qué dos espadas pierde!

JUAN:          Don Gil el blanco o el verde,

ya se ha llegado la hora

tan deseada de mí

y tan rehusada de vos.

MARTÍN:        (Conocídome ha por Dios;           Aparte

y quien rebozado ansí

sabe quién soy no es mortal,

ni salió mi duda vana:

el alma es de doña Juana.)

JUAN:          Dad de vuestro amor señal,

don Gil, que es de pechos viles

ser cobarde y servir dama.

CARAMANCHEL:   ¿Don Gil estotro se llama?

A pares vienen los Giles.

Pues no es mi don Gil tampoco,

que hablara a lo caponil.

JUAN:          Sacad la espada don Gil.

CARAMANCHEL:   O son dos o yo estoy loco.

INÉS:             Otro don Gil ha venido.

JUANA:         Debe de ser don Miguel.

INÉS:          Bien dices, sin duda es él.

JUANA:         (¿Ya hay tantos de mi apellido?    Aparte

No conozco a este postrero.)

JUAN:          Sacad el acero, pues,

o habré de ser descortés.

MARTÍN:        Yo nunca saco el acero

para ofender los difuntos,

ni jamás mi esfuerzo empleo

con almas, que yo peleo

con almas y cuerpos juntos.

JUAN:             Eso es decir que estoy muerto

de asombro y miedo de vos.

MARTÍN:        Si estáis gozando de Dios,

que así lo tengo por cierto,

o en carrera de salvaros,

doña Juana, ¿qué buscáis?

Si por dicha en pena andáis,

misas digo por libraros.

Mi ingratitud os confieso,

y ¡ojalá os resucitara

mi amor, que con él pagara

culpas de mi poco seso!

JUAN:             ¿Qué es esto? ¿Yo doña Juana?

¿Yo difunto? ¿Yo alma en pena?

JUANA:         (¡Lindo rato, burla buena!)

CARAMANCHEL:   ¿Almitas? ¡Santa Susana!

¡San Pelagio! ¡Santa Elena!

INÉS:          ¿Qué será esto, doña Elvira?

JUANA:         Algún loco; calla y mira.

CARAMANCHEL:   ¿Almas de noche y en pena?

¡Ay Dios!, todo me desgrumo.

JUAN:          Sacad la espada, don Gil,

o haré alguna hazaña vil.

CARAMANCHEL:   ¡Oh quién se volviera en humo

y por una chimenea

se escapara!

MARTÍN:                     Alma inocente,

por aquel amor ardiente

que me tuviste y recrea

mi memoria, que ya baste

mi castigo y tu rigor.

Si por estorbar mi amor

cuerpo aparente tomaste

y llamándote en Madrid

don Gil, intentas mi ultraje;

si con ese nombre y traje

andas por Valladolid,

y no te has vengado harto

por el malogrado fruto,

ocasión de triste luto

que dio a tu casa el mal parto,

que no aumentes mis desvelos.

Alma, cese tu porfía,

que no entendí yo que había

en el otro mundo celos,

pues por más trazas que des,

ya estés viva, ya estés muerta,

o la mía verás cierta,

o mi esposa a doña Inés.

Vase

 

 

JUAN:             ¡Vive el cielo, que se ha ido,

excusando la cuestión,

con la más nueva invención

que los hombres han oído!

CARAMANCHEL:      ¿Lacayo Caramanchel

de alma en pena? ¡Esto faltaba!

Y aun por eso no le hallaba

cuando andaba en busca dél.

¡Jesús mil veces!

JUANA:                               Amiga,

averiguar un suceso

me importa. Adiós. Valdivieso

me espera abajo. Prosiga

la plática comenzada,

pues don Gil contigo está.

INÉS:          ¿No te esperarás, y irá

contigo alguna criada?

JUANA:            ¿Para qué, si un paso estoy

de mi casa?

A INÉS

 

 

Toma, pues,

un manto.

JUANA:                   No, doña Inés,

que en cuerpo y sin alma voy.

Vase

 

 

JUAN:             Quiero volverme a mi puesto,

por ver si el don Gil menor

es hoy también rondador.

INÉS:          En gran peligro os ha puesto,

don Gil, vuestro atrevimiento.

JUAN:          Amor que no es atrevido

no es amor; afrenta ha sido.

Escuchad, que gente siento.

Sale doña CLARA, de hombre

 

 

CLARA:            Celos de don Gil me dan

ánimo a que en traje de hombre

mi mismo temor me asombre;

¡a fe que vengo galán!

Por ver si mi amante ronda

a doña Inés y me engaña,

hice esta amorosa hazaña;

él mismo por mí responda.

JUAN:             Aguardad, sabré quién es.

Apártase don JUAN y llega doña CLARA a la ventana

 

 

CLARA:         Gente a la ventana está;

llegarme quiero hacia allá,

por si acaso doña Inés

a don Gil está esperando;

que él me tengo de fingir

por si puedo descubrir

los celos que estoy temblando.

¡Ah del balcón! Si merece

hablaros, bella señora,

un don Gil que en vos adora,

en fe que el alma os ofrece,

don Gil de las calzas soy

verdes, como mi esperanza.

CARAMANCHEL:   ¿Otro Gil entra en la danza?

Don Giles llueve Dios hoy.

INÉS:             (Éste es mi don Gil querido,    Aparte

que en el habla delicada

le reconozco. Engañada

de don Juan, sin duda, he sido,

que es, sin falta, el que hasta aquí

hablando conmigo ha estado.)

JUAN:          El don Gil idolatrado

es éste.

INÉS:                    (¡Triste de mí!

que temo que ha de matalle

este don Juan atrevido.)

Llégase don JUAN a doña CLARA

 

 

JUAN:          Huélgome que hayáis venido

a este tiempo y a esta calle,

señor don Gil, a llevar

el pago que merecéis.

CLARA:         ¿Quién sois vos que os prometéis

tanto?

JUAN:                  El que os ha de matar.

CLARA:            ¿Matar?

JUAN:                      Sí, y don Gil me llamo,

aunque vos habéis fingido

que es don Miguel mi apellido.

A doña Inés sirvo y amo.

CLARA:            (El diablo nos trujo acá.       Aparte

Aquí os matan, doña Clara.)

Doña JUANA, de hombre

 

 

JUANA:         A ver vengo en lo que para

tanto embeleco, y si está

doña Inés a la ventana

todavía, la he de hablar.

Sale QUINTANA [y habla a un lado con doña JUANA]

 

 

QUINTANA:      Ahora acaba de llegar

tu padre a Madrid.

JUANA:                             Quintana,

persuadido que me ha muerto

don Martín en Alcorcón,

a tomar satisfación

vendrá [aquí].

QUINTANA:                     Ténlo por cierto.

JUANA:            Gente hay en la calle.

QUINTANA:                               Espera,

reconoceré quién es.

CLARA:         ¿Don Gil sois?

JUAN:                         Y doña Inés

mi dama.

CLARA:                   ¡Buena quimera!

JUANA:            ¡Ah caballeros! ¿Hay paso?

JUAN:          ¿Quién lo pregunta?

JUANA:                             Don Gil.

CARAMANCHEL:   Ya son cuatro, y serán mil.

¡Endiablado está este paso!

JUAN:             Dos don Giles hay aquí.

JUANA:         Pues conmigo serán tres.

INÉS:          ¿Otro Gil? ¡Cielos! ¿Cuál es

el que vive amante en mí?

JUAN:             Don Gil el verde soy yo.

CLARA:         (Ya he vuelto mi miedo en celos.   Aparte

A doña Inés ronda. ¡Cielos!

Sin duda que me engañó.

Dél me tengo de vengar.)

A ellos

 

 

Don Gil de las calzas verdes

soy yo sólo.

[QUINTANA habla] aparte a doña JUANA

 

 

OUINTANA:                     (El nombre pierdes:

dél te salen a capear

otros tres Giles.)

JUANA:                                  Yo soy

don Gil el verde o el pardo.

INÉS:          ¿Hay suceso más gallardo?

JUAN:          Guardando este paso estoy;

o váyanse, o matarélos.

JUANA:         ¡Sazonada flema a fe!

QUINTANA:      Vuestro valor probaré.

CARAMANCHEL:   ¡Mueran los Giles!

Echan mano y hiere QUINTANA a don JUAN

 

 

JUAN:                              ¡Ay, cielos!

Muerto soy.

JUANA:                        Por que te acuerdes

de tu presunción, después

di que te hirió a doña Inés

don Gil de las calzas verdes.

Vanse los tres

 

 

CLARA:            (Pártome desesperada            Aparte

de celos. ¿Mas no me dio

fe y palabra? Haréle yo

que la cumpla.)

Vase doña CLARA

 

 

INÉS:                           Bien vengada

de don Juan don Gil me deja.

Querréle más desde hoy.

Vase

 

 

CARAMANCHEL:   Lleno de don Giles voy.

Cuatro han rondado esta reja;

pero el alma enamorada

que por suyo me alquiló

del purgatorio sacó

en su ayuda esta gilada.

Ya la mañana serena

amanece. Sin sentido

voy. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Que he sido

lacayo de un alma en pena!

Sale don MARTÍN vestido de verde

 

 

MARTÍN:           Calles de aquesta Corte, imitadoras

del confuso Babel, siempre pisadas

de mentiras, al rico aduladoras

como al pobre severas, desbocadas;

casas a la malicia, a todas horas

de malicias y vicios habitadas:

¿Quién a los cielos en mi daño instiga

que nunca falta un Gil que me persiga?

árboles deste Prado, en cuyos brazos

el viento mece las dormidas hojas,

de cuyos ramos, si pendieran lazos,

colgara por trofeo mis congojas,

fuentes risueñas, que feriáis abrazos

al campo, humedeciendo arenas rojas,

pues sabéis murmurar, vuestra agua diga

que nunca falta un Gil que me persiga.

¿Qué delitos me imputan, que parece

que es mi contraria hasta mi misma sombra?

A doña Inés adoro. ¿Esto merece

el castigo invisible que me asombra,

que don Gil mis deseos desvanece?

¿Por qué, Fortuna, como yo se nombra?

¿Por qué me sigue tanto? ¿Es por que diga

que nunca falta un Gil que me persiga?

Si a doña Inés pretendo, un don Gil luego

pretende a doña Inés, y me la quita.

Si me escriben, don Gil me usurpa el pliego

y con él sus quimeras facilita.

Si dineros me libran, cuando llego

hallo que este don Gil cobró la dita.

Ya ni sé adónde vaya ni a quién siga,

pues nunca falta un Gil que me persiga.

Salen QUINTANA, don DIEGO, viejo, y un ALGUACIL

 

 

QUINTANA:         Éste es el don Gil fingido

a quien conoce su patria

por don Martín de Guzmán,

y el que ha muerto a doña Juana,

mi señora.

DIEGO:                   ¡Oh, quién pudiera

teñir las prolijas canas

en su sangre sospechosa,

que no es noble quien agravia!

Llegad, señor, y prendelde.

ALGUACIL:      Dad, caballero, las armas.

MARTÍN:        ¿Yo?

ALGUACIL:           Sí.

MARTÍN:                  ¿A quién?

ALGUACIL:                           A la justicia.

MARTÍN:        ¿Qué es esto? ¿Hay nuevas marañas?

Dalas

 

 

¿Por qué culpas me prendéis?

DIEGO:         ¿Ignoras, traidor, la causa,

después de haber dado muerte

a tu esposa malograda?

MARTÍN:        ¿A qué esposa? ¿Qué malogros?

De esposo le di palabra;

partíme luego a esta Corte.

Dicen que quedó preñada.

Si de malparir una hija

se murió, estando encerrada

en San Quirce, ¿tengo yo

culpa desto? Tú, Quintana,

¿no sabes la verdad desto?

QUINTANA:      La verdad que yo sé clara

es, don Martín, que habéis dado

sinrazón de puñaladas

a vuestra inocente esposa,

y en Alcorcón sepultada

pide contra vos al Cielo,

como Abel, justa venganza.

MARTÍN:        ¡Traidor! ¡Vive Dios!…

ALGUACIL:                             ¿Qué es esto?

MARTÍN:        Que a no hallarme sin espada,

la lengua con que has mentido

y el corazón te sacara.

DIEGO:         ¿Qué importa, tirano aleve,

que niegues lo que esta carta

afirma de tus traiciones?

MARTÍN.        La letra es de doña Juana.

Léela para sí

 

 

DIEGO:         Mira lo que dice en ella.

MARTÍN:        ¡Jesús! ¡Jesús! ¿Puñaladas

yo a mi esposa en Alcorcón?

¿Yo estuve en Alcorcón?

DIEGO:                                  Basta;

Deja excusas aparentes.

ALGUACIL:      Despacio haréis la probanza,

señor, de vuestra inocencia,

en la cárcel.

MARTÍN:                      Si quedaba

en San Quirce, como muestran

estas escritas palabras

de su mano y de su firma,

decid, ¿cómo pude darla

la muerte yo en Alcorcón?

DIEGO:         Porque finges letras falsas

del modo que el nombre finges.

[Salen] Don ANTONIO y CELIO

 

 

ANTONIO:       Ése es don Gil. En las calzas

verdes le conoceréis.

CELIO:         Sí, que éstos don Gil lo llaman.

La palabra que le distes

a mi prima doña Clara,

señor don Gil, por justicia,

ya que vuestro amor la engaña,

venimos a que cumpláis.

DIEGO:         Ésa es sin duda la dama

por quien a su esposa ha muerto.

MARTIN:        ¿Queréis volverme esa daga?

Acabaré con la vida

pues mis desdichas no acaban.

ANTONIO:       Doña Clara os quiere vivo

y como a su esposo os ama.

MARTIN:        ¿Qué doña Clara, señores?

Que no soy yo.

ANTONIO:                      ¡Buena estaba

la excusa! ¿No sois don Gil?

MARTIN:        Ansí en la Corte me llaman,

más no el de las calzas verdes.

ANTONIO:       ¿No son verdes esas calzas?

CELIO:         O habéis de perder la vida

o cumplir palabras dadas.

DIEGO:         Quitarásela el verdugo,

levantando en una escarpia

su cabeza enredadora

antes de un mes en la plaza.

[CELIO:]       ¿Cómo?

ALGUACIL:              Mató a su mujer.

CELIO:         ¡Oh, traidor!

MARTIN:                        ¡Oh, si llegara

a dar remate a mis penas

la muerte que me amenaza!

[Salen] FABIO y DECIO

 

 

FABIO:         Ése es el que hirió a don Juan

en la pendencia pasada.

Con él está un alguacil.

DECIO:         La ocasión es extremada.

Poned, señor, en la cárcel

a este hidalgo.

MARTÍN:                       ¿Hay más desgracias?

ALGUACIL:      Allá va, pero ¿por qué

prenderle los dos me mandan?

FABIO:         Hirió a don Juan de Toledo

anoche junto a las casas

de don Pedro de Mendoza.

MARTÍN:        ¿Yo a don Juan?

QUINTANA:                     ¡Miren si escampa!

MARTÍN:        ¿Qué don Juan, cielos? ¿Qué noche,

qué casa o qué cuchilladas?

¿Qué persecución es ésta?

Mirad, señores, que el alma

de doña Juana difunta,

que dicen que en penas anda,

es quien todos nos enreda.

DIEGO:         ¿Luego habéisla muerto?

ALGUACIL:                              Vaya

a la cárcel.

QUINTANA:                     Aguardad;

que se apean unas damas

de un coche y vienen aprisa

a dar luz a estas marañas.

Doña JUANA de hombre, don PEDRO, doña INÉS, doña CLARA de mujer y don JUAN con banda al brazo

 

 

JUANA:         ¡Padre de los ojos míos!

 

DIEGO:         ¿Cómo? ¿Quién sois?

JUANA:                            Doña Juana,

hija tuya.

DIEGO:                   ¿Vives?

JUANA:                           Vivo.

DIEGO:         ¿Pues no es tuya aquesta carta?

JUANA:         Todo fue porque vinieses

a esta Corte donde estaba

don Martín hecho don Gil,

y ser esposo intentaba

de doña Inés, a quien di

cuenta desta historia larga,

y a poner remedio viene

a todas nuestras desgracias.

Yo he sido el don Gil fingido,

célebre ya por mis calzas,

temido por alma en pena,

[A MARTÍN]

 

 

por serlo tú de mi alma;

dame esa mano.

MARTÍN:                       Confuso

te la beso, prenda cara,

y agradecido de ver

que cesaron por tu causa

todas mis persecuciones.

La muerte tuve tragada.

Quintana contra mí ha sido.

JUANA:         Volvió por mi honor Quintana.

[Don MARTÍN habla] a don DIEGO

 

 

MARTÍN:        Perdonad mi ingratitud,

señor.

DIEGO:                Ya padre os enlaza

el cuello quien enemigo

vuestra muerte procuraba.

PEDRO:         Ya nos consta del suceso

y las confusas marañas

de don Gil, Juana y Elvira.

La herida no ha sido nada

de don Juan.

JUAN:                         Antes, por ver

que ya doña Inés me paga

finezas, tengo salud.

INÉS:          Dueño sois de mí y mi casa.

PEDRO:         Don Antonio lo ha de ser

de la hermosa doña Clara.

CLARA:         Engañóme como a todos

don Gil de las verdes calzas.

ANTONIO:       Yo medro por él mis dichas,

pues vos premiáis mi esperanza.

DIEGO:         Ya, don Martín, sois mi hijo.

MARTÍN:        Mi padre que venga falta

para celebrar mis bodas.

Sale CARAMANCHEL, lleno de candelillas el sombrero y calzas, vestido de estampas de santos con un caldero al cuello y un hisopo

 

 

CARAMANCHEL:   ¿Hay quien rece por el alma

de mi dueño, que penando

está dentro de sus calzas?

JUANA:         Caramanchel, ¿estás loco?

CARAMANCHEL:   ¡Conjúrote por las llagas

del hospital de las bubas,

abernuncio, arriedro vayas!

JUANA:         Necio, que soy tu don Gil.

Vivo estoy en cuerpo y alma.

¿No ves que trato con todos

y que ninguno se espanta?

CARAMANCHEL:   Y ¿sois hombre o sois mujer?

JUANA:         Mujer soy.

CARAMANCHEL:              Esto bastaba

para enredar treinta mundos.

Sale OSORIO

 

 

OSORIO:        Don Martín, agora acaba

vuestro padre de apearse.

PEDRO:         ¿De apearse y no en mi casa?

OSORIO:        Esperándoos está en ella.

PEDRO:         Vamos, pues, porque se hagan

las bodas de todos tres.

JUANA:         Y porque su historia acaba

don Gil de las calzas verdes.

CARAMANCHEL:   Y su comedia con calzas.

FIN DEL ACTO TERCERO

FIN DE LA COMEDIA

 

El Burlador de Sevilla

Personas que hablan en ella:

Don DIEGO Tenorio, viejo

Don JUAN Tenorio, su hijo

CATALINÓN, lacayo

El REY de Nápoles

El Duque OCTAVIO

Don PEDRO Tenorio, tío

El Marqués de la MOTA

Don GONZALO de Ulloa

El REY de Castilla, ALFONSO XI

FABIO, criado

ISABELA, Duquesa

TISBEA, pescadora

BELISA, villana

ANFRISO, pescador

CORIDÓN, pescador

GASENO, labrador

BATRICIO, labrador

RIPIO, cirado

Doña ANA de Ulloa

AMINTA, labradora

ACOMPAñAMIENTO

CANTORES

GUARDAS

CRIADOS

ENLUTADOS

MÚSICOS

PASTORES

PESCADORES

ACTO PRIMERO

 

 

Salen don JUAN Tenorio e ISABELA, duquesa

ISABELA:          Duque Octavio, por aquí

podrás salir más seguro.

JUAN:          Duquesa, de nuevo os juro

de cumplir el dulce sí.

ISABELA:          Mis glorias serán verdades

promesas y ofrecimientos,

regalos y cumplimientos,

voluntades y amistades.

JUAN:             Sí, mi bien.

ISABELA:                 Quiero sacar

una luz.

JUAN:                 ¿Pues, para qué?

ISABELA:       Para que el alma dé fe

del bien que llego a gozar.

JUAN:             Mataréte la luz yo.

ISABELA:       ¡Ah, cielo!  ¿Quién eres, hombre?

JUAN:          ¿Quién soy?  Un hombre sin nombre.

ISABELA:       ¿Que no eres el duque?

JUAN:                                 No.

ISABELA:          ¡Ah de palacio!

JUAN:                         Detente.

Dame, duquesa, la mano.

ISABELA:       No me detengas, villano.

¡Ah del rey!  ¡Soldados, gente!

Sale el REY de Nápoles, con una vela en un candelero

REY:              ¿Qué es esto?

ISABELA:                     ¡El rey!  ¡Ay, triste,

REY:           ¿Quién eres?

JUAN:                       ¿Quién ha de ser?

Un hombre y una mujer.

REY:           (Esto en prudencia consiste.)      Aparte

¡Ah de mi guarda!  Prendé

 

a este hombre.

ISABELA:                 ¡Ay, perdido honor!

Vase ISABELA. Sale don PEDRO Tenorio, embajador de España, y GUARDA

PEDRO:         ¿En tu cuarto, gran señor

voces?  ¿Quién la causa fue?

REY:              Don Pedro Tenorio, a vos

esta prisión os encargo,

siendo corto, andad vos largo.

Mirad quién son estos dos.

Y con secreto ha de ser,

que algún mal suceso creo;

porque si yo aquí los veo,

no me queda más que ver.

Vase el REY

PEDRO:            Prendedle.

JUAN:                    ¿Quién ha de osar?

Bien puedo perder la vida;

mas ha de ir tan bien vendida

que a alguno le ha de pesar.

PEDRO:            Matadle.

JUAN:                     ¿Quién os engaña?

Resuelto en morir estoy,

porque caballero soy,

del embajador de España.

Llegue; que, solo, ha de ser

él quien me rinda.

PEDRO:                          Apartad;

a ese cuarto os retirad

todos con esa mujer.

Vanse los otros

Ya estamos solos los dos;

muestra aquí tu esfuerzo y brío.

JUAN:          Aunque tengo esfuerzo, tío,

no le tengo para vos.

PEDRO:            Di quién eres.

JUAN:                            Ya lo digo.

Tu sobrino.

PEDRO:                   ¡Ay, corazón,

que temo alguna traición!

¿Qué es lo que has hecho, enemigo?

¿Cómo estás de aquesta suerte?

Dime presto lo que ha sido.

¡Desobediente, atrevido!

Estoy por darte la muerte.

Acaba.

JUAN:                    Tío y señor,

mozo soy y mozo fuiste;

y pues que de amor supiste,

tenga disculpa mi amor.

Y pues a decir me obligas

la verdad, oye y diréla.

Yo engañé y gocé a Isabela

la duquesa.

PEDRO:                   No prosigas.

Tente.  ¿Cómo la engañaste?

Habla quedo, y cierra el labio.

JUAN:          Fingí ser el duque Octavio.

PEDRO:         No digas más.  ¡Calla!  ¡Baste!

(Perdido soy si el rey sabe     Aparte

este caso.  ¿Qué he de hacer?

Industria me ha de valer

en un negocio tan grave.)

Di, vil, ¿no bastó emprender

con ira y fiereza extraña

tan gran traición en España

con otra noble mujer,

sino en Nápoles también,

y en el palacio real

con mujer tan principal?

¡Castíguete el cielo, amén!

Tu padre desde Castilla

a Nápoles te envió,

y en sus márgenes te dio

tierra la espumosa orilla

del mar de Italia, atendiendo

que el haberte recibido

pagaras agradecido,

y estás su honor ofendiendo.

¡Y en tan principal mujer!

Pero en aquesta ocasión

nos daña la dilación.

Mira qué quieres hacer.

JUAN:             No quiero daros disculpa,

que la habré de dar siniestra.

Mi sangre es, señor, la vuestra;

sacadla, y pague la culpa.

A esos pies estoy rendido,

y ésta es mi espada, señor.

PEDRO:         Alzate, y muestra valor,

que esa humildad me ha vencido.

¿Atreveráste a bajar

por ese balcón?

JUAN:                         Sí atrevo,

que alas en tu favor llevo.

PEDRO:         Pues yo te quiero ayudar.

Vete a Sicilia o Milán,

donde vivas encubierto.

JUAN:          Luego me iré.

PEDRO:                      ¿Cierto?

JUAN:                               Cierto.

PEDRO:         Mis cartas te avisarán

en qué para este suceso

triste, que causado has.

JUAN:          Para mí alegre dirás.

Que tuve culpa confieso.

PEDRO:            Esa mocedad te engaña.

Baja, pues, ese balcón.

JUAN:          (Con tan justa pretensión,  Aparte

gozoso me parto a España).

Vase don JUAN y entra el REY

PEDRO:            Ejecutando, señor,

tu justicia justa y recta,

el hombre…

REY:                       ¿Murió?

PEDRO:                            …escapóse

de las cuchillas soberbias.

REY:           ¿De qué forma?

PEDRO:                       De esta forma:

aun no lo mandaste apenas,

cuando, sin dar más disculpa,

la espada en la mano aprieta,

revuelve la capa al brazo,

y con gallarda presteza,

ofendiendo a los soldados

y buscando su defensa,

viendo vecina la muerte,

por el balcón de la huerta

se arroja desesperado.

Siguióle con diligencia

tu gente.  Cuando salieron

por esa vecina puerta,

le hallaron agonizando

como enroscada culebra.

Levantóse, y al decir

los soldados, «¡Muera, muera!»,

bañado de sangre el rostro,

con tan heroica presteza

se fue, que quedé confuso.

La mujer, que es Isabela,

–que para admirarte nombro–

retirada en esa pieza,

dice que fue el duque Octavio

quien, con engaño y cautela,

la gozó.

REY:                     ¿Qué dices?

PEDRO:                              Digo

lo que ella propia confiesa.

REY:           ¡Ah, pobre honor!  Si eres alma

del hombre, ¿por qué te dejan

en la mujer inconstante,

si es la misma ligereza?

¡Hola!

Sale un CRIADO

CRIADO:              ¿Gran señor?

REY:                               Traed

delante de mi presencia

esa mujer.

PEDRO:                  Ya la guardia

viene, gran señor, con ella.

Trae la GUARDA a ISABELA

ISABELA:       (¿Con qué ojos veré al rey?)      Aparte

REY:           Idos, y guardad la puerta

de esa cuadra.  Di, mujer,

¿qué rigor, qué airada estrella

te incitó, que en mi palacio,

con hermosura y soberbia,

profanases sus umbrales?

ISABELA:       Señor…

REY:                Calla, que la lengua

no podrá dorar el yerro

que has cometido en mi ofensa.

¡Aquél era del duque Octavio!

ISABELA:       ¡Señor!

REY:                   No, no importan fuerzas,

guardas, crïados, murallas,

fortalecidas almenas,

para Amor, que la de un niño

hasta los muros penetra.

Don Pedro Tenorio, al punto

a esa mujer llevad presa

a una torre, y con secreto

haced que al duque le prendan;

que quiero hacer que le cumpla

la palabra, o la promesa.

ISABELA:       Gran señor, ¡volvedme el rostro!

REY:           Ofensa a mi espalda hecha,

es justicia y es razón

castigarla a espaldas vueltas.

Vase el REY

PEDRO:         Vamos, duquesa.

ISABELA:                      (Mi culpa           Aparte

no hay disculpa que la venza,

mas no será el yerro tanto

si el duque Octavio lo enmienda).

Vanse todos. Salen el duque OCTAVIO, y RIPIO su criado

RIPIO:            ¿Tan de mañana, señor,

te levantas?

OCTAVIO:                    No hay sosiego

que pueda apagar el fuego

que enciende en mi alma Amor.

Porque, como al fin es niño,

no apetece cama blanda,

entre regalada holanda,

cubierta de blanco armiño.

Acuéstase.  No sosiega.

Siempre quiere madrugar

por levantarse a jugar,

que al fin como niño juega.

Pensamientos de Isabela

me tienen, amigo, en calma;

que como vive en el alma,

anda el cuerpo siempre en vela,

guardando ausente y presente,

el castillo del honor.

RIPIO:         Perdóname, que tu amor

es amor impertinente.

OCTAVIO:          ¿Qué dices, necio?

RIPIO:                                Esto digo,

impertinencia es amar

como amas.  ¿Vas a escuchar?

OCTAVIO:       Sí, prosigue.

RIPIO:                      Ya prosigo.

¿Quiérete Isabela a ti

OCTAVIO:       ¿Eso, necio, has de dudar?

RIPIO:         No, mas quiero preguntar,

¿Y tú no la quieres?

OCTAVIO:                             Sí.

RIPIO:            Pues, ¿no seré majadero,

y de solar conocido,

si pierdo yo mi sentido

por quien me quiere y la quiero?

Si ella a ti no te quisiera,

fuera bien el porfïarla,

regalarla y adorarla,

y aguardar que se rindiera;

mas si los dos os queréis

con una mesma igualdad,

dime, ¿hay más dificultad

de que luego os desposéis?

OCTAVIO:          Eso fuera, necio, a ser

de lacayo o lavandera

la boda.

RIPIO:               ¿Pues, es quienquiera

una lavandriz mujer,

lavando y fregatrizando,

defendiendo y ofendiendo,

los paños suyos tendiendo,

regalando y remendando?

Dando, dije, porque al dar

no hay cosa que se le iguale,

y si no, a Isabela dale,

a ver si sabe tomar.

Sale un CRIADO

 

CRIADO:           El embajador de España

en este punto se apea

en el zaguán, y desea,

con ira y fiereza extraña,

hablarte, y si no entendí

yo mal, entiendo es prisión.

OCTAVIO:       ¿Prisión?  Pues, ¿por qué ocasión?

Decid que entre.

Entra Don PEDRO Tenorio con guardas

PEDRO:                          Quien así

con tanto descuido duerme,

limpia tiene la conciencia.

OCTAVIO:       Cuando viene vueselencia

a honrarme y favorecerme,

no es justo que duerma yo.

Velaré toda mi vida.

¿A qué y por qué es la venida?

PEDRO:         Porque aquí el rey me envió.

OCTAVIO:          Si el rey mi señor se acuerda

de mí en aquesta ocasión,

será justicia y razón

que por él la vida pierda.

Decidme, señor, qué dicha

o qué estrella me ha guïado,

que de mí el rey se ha acordado?

PEDRO:         Fue, duque, vuestra desdicha.

Embajador del rey soy.

De él os traigo una embajada.

OCTAVIO:       Marqués, no me inquieta nada.

Decid, que aguardando estoy.

PEDRO:            A prenderos me ha envïado

el rey.  No os alborotéis.

OCTAVIO:       ¿Vos por el rey me prendéis?

Pues, ¿en qué he sido culpado?

PEDRO:            Mejor lo sabéis que yo,

mas, por si acaso me engaño,

escuchad el desengaño,

y a lo que el rey me envió.

 

Cuando los negros gigantes,

plegando funestos toldos

ya del crepúsculo huían,

tropezando unos en otros,

estando yo con su alteza

tratando ciertos negocios

porque antípodas del sol

son siempre los poderosos,

voces de mujer oímos,

cuyos ecos menos roncos,

por los artesones sacros

nos repitieron «¡Socorro!»

A las voces y al rüido

acudió, duque, el rey propio,

halló a Isabela en los brazos

de algún hombre poderoso;

mas quien al cielo se atreve

sin duda es gigante o monstruo.

Mandó el rey que los prendiera,

quedé con el hombre solo.

Llegué y quise desarmarle,

pero pienso que el demonio

en él tomó forma humana,

pues que, vuelto en humo, y polvo,

se arrojó por los balcones,

entre los pies de esos olmos,

que coronan del palacio

los chapiteles hermosos.

Hice prender la duquesa,

y en la presencia de todos

dice que es el duque Octavio

el que con mano de esposo

la gozó.

OCTAVIO:               ¿Qué dices?

PEDRO:                             Digo

lo que al mundo es ya notorio,

y que tan claro se sabe,

que a Isabela, por mil modos,

[presa, ya lo ha dicho al rey.

Con vos, señor, o con otro,

esta noche en el palacio,

la habemos hallado todos.

 

OCTAVIO:          Dejadme, no me digáis

tan gran traición de Isabela,

mas… ¿si fue su amor cautela?

Proseguid, ¿por qué calláis?

(Mas, si veneno me dais            Aparte

que a un firme corazón toca,

y así a decir me provoca

que imita a la comadreja,

que concibe por la oreja,

para parir por la boca.

¿Será verdad que Isabela,

alma, se olvidó de mí

para darme muerte?  Sí,

que el bien suena y el mal vuela.

Ya el pecho nada recela,

juzgando si son antojos,

que por darme más enojos,

al entendimiento entró,

y por la oreja escuchó,

lo que acreditan los ojos.)

Señor marqués, ¿es posible

que Isabela me ha engañado,

y que mi amor ha burlado?

¡Parece cosa imposible!

¡Oh mujer, ley tan terrible

de honor, a quien me provoco

a emprender!  Mas ya no toco

en tu honor esta cautela.

¿Anoche con Isabela

hombre en palacio?  ¡Estoy loco!

PEDRO:            Como es verdad que en los vientos

hay aves, en el mar peces,

que participan a veces

de todos cuatro elementos;

como en la gloria hay contentos,

lealtad en el buen amigo,

traición en el enemigo,

en la noche oscuridad,

y en el día claridad,

y así es verdad lo que digo.

OCTAVIO:          Marqués, yo os quiero creer,

no hay ya cosa que me espante,

que la mujer más constante

es, en efecto, mujer.

No me queda más que ver,

pues es patente mi agravio.

PEDRO:         Pues que sois prudente y sabio

elegid el mejor medio.

OCTAVIO:       Ausentarme es mi remedio.

PEDRO:         Pues sea presto, duque Octavio.

OCTAVIO:          Embarcarme quiero a España,

y darle a mis males fin.

PEDRO:         Por la puerta del jardín,

duque, esta prisión se engaña.

OCTAVIO:       ¡Ah veleta, ah débil caña!

A más furor me provoco,

y extrañas provincias toco,

huyendo de esta cautela.

Patria, adiós.  ¿Con Isabela

hombre en palacio?  ¡Estoy loco!

Vanse todos. Sale TISBEA, pescadora, con una caña de pescar en la mano

TISBEA:           Yo, de cuantas el mar,

pies de jazmín y rosa,

en sus riberas besa

con fugitivas olas,

sola de amor exenta,

como en ventura sola,

tirana me reservo

de sus prisiones locas.

Aquí donde el sol pisa

soñolientas las ondas,

alegrando zafiros

las que espantaba sombras,

por la menuda arena,

unas veces aljófar,

y átomos otras veces

del sol, que así le adora,

oyendo de las aves

las quejas amorosas,

y los combates dulces

del agua entre las rocas,

ya con la sutil caña,

que el débil peso dobla

del necio pececillo,

que el mar salado azota,

o ya con la atarraya,

que en sus moradas hondas

prenden cuantos habitan

aposentos de conchas,

seguramente tengo,

que en libertad se goza

el alma, que, Amor áspid

no le ofende ponzoña.

En pequeñuelo esquife,

y ya en compañía de otras,

tal vez al mar le peino

la cabeza espumosa.

Y cuando más perdidas

querellas de Amor forman,

como de todos río

envidia soy de todas.

Dichosa yo mil veces,

Amor, pues me perdonas,

si ya por ser humilde

no desprecias mi choza.

Obeliscos de paja

mi edificio coronan,

nidos; si no, hay cigarras

o tortolillas locas.

Mi honor conservo en pajas

como fruta sabrosa,

vidrio guardado en ellas

para que no se rompa.

De cuantos pescadores

con fuego Tarragona

de piratas defiende

en la argentada costa,

desprecio soy, encanto,

a sus suspiros sorda,

a sus ruegos terrible,

a sus promesas roca.

Anfriso, a quien el cielo,

con mano poderosa,

prodigió, en cuerpo y alma,

dotado en gracias todas,

medido en las palabras,

liberal en las obras,

sufrido en los desdenes,

modesto en las congojas,

mis pajizos umbrales,

que heladas noches ronda,

a pesar de los tiempos

las mañanas remoza,

pues ya con ramos verdes,

que de los olmos corta,

mis pajas amanecen

ceñidas de lisonjas,

ya con vigüelas dulces,

y sutiles zampoñas,

músicas me consagra,

y todo no le importa,

porque en tirano imperio

vivo de Amor señora,

que halla gusto en sus penas,

y en sus infiernos gloria.

Todas por él se mueren,

y yo, todas las horas,

le mato con desdenes,

de Amor condición propia;

querer donde aborrecen,

despreciar donde adoran,

que si le alegran muere,

y vive si le oprobian.

En tan alegre día,

segura de lisonjas,

mis juveniles años

Amor no los malogra;

que en edad tan florida,

Amor, no es suerte poca,

no ver, tratando en redes,

las tuyas amorosas.

Pero, necio discurso,

que mi ejercicio estorbas,

en él no me diviertas

en cosa que no importa.

Quiero entregar la caña

al viento, y a la boca

del pececillo el cebo.

¡Pero al agua se arrojan

dos hombres de una nave,

antes que el mar la sorba,

que sobre el agua viene,

y en un escollo aborda!

Como hermoso pavón

hace las velas cola,

adonde los pilotos

todos los ojos pongan.

Las olas va escarbando,

y ya su orgullo y pompa

casi la desvanece,

agua un costado toma.

Hundióse, y dejó al viento

la gavia, que la escoja

para morada suya,

que un loco en gavias mora.

Dentro gritos de “¡Que me ahogo!”

Un hombre al otro aguarda,

que dice que se ahoga.

¡Gallarda cortesía,

en los hombros le toma!

Anquises le hace Eneas

si el mar está hecho Troya.

Ya nadando, las aguas

con valentía corta,

y en la playa no veo

quien le ampare y socorra.

Daré voces.  ¡Tirseo,

Anfriso, Alfredo, hola!

Pescadores me miran,

plega a Dios que me oigan,

mas milagrosamente

ya tierra los dos toman,

sin aliento el que nada,

con vida el que le estorba.

Saca en brazos CATALINÓN a don JUAN, mojados

CATALINÓN:        ¡Válgame la Cananea,

y qué salado es el mar!

Aquí puede bien nadar

el que salvarse desea,

que allá dentro es desatino

donde la muerte se fragua.

Donde Dios juntó tanta agua

¿no juntara tanto vino?

Agua, y salada.  Extremada

cosa para quien no pesca.

Si es mala aun el agua fresca,

¿qué será el agua salada?

¡Oh, quién hallara una fragua

de vino, aunque algo encendido!

Si del agua que he bebido

hoy escapo, no más agua.

Desde hoy abrenuncio de ella,

que la devoción me quita

tanto, que aun agua bendita

no pienso ver, por no vella.

¡Ah señor!  Helado y frío

está.  ¿Si estará ya muerto?

Del mar fue este desconcierto,

y mío este desvarío.

¡Mal haya aquél que primero

pinos en el mar sembró

y el que sus rumbos midió

con quebradizo madero!

¡Maldito sea el vil sastre

que cosió el mar que dibuja

con astronómica aguja,

causando tanto desastre!

¡Maldito sea Jasón,

y Tifis maldito sea!

Muerto está.  No hay quien lo crea.

¡Mísero Catalinón!

¿Qué he de hacer?

TISBEA:                             Hombre, ¿qué tienes?

CATALINÓN:     En desventura iguales,

pescadora, muchos males,

y falta de muchos bienes.

Veo, por librarme a mí,

sin vida a mi señor.  Mira

si es verdad.

TISBEA:                       No, que aun respira.

CATALINÓN:     ¿Por dónde, por aquí?

TISBEA:                             Sí,

pues, ¿por dónde…?

CATALINÓN:                           Bien podía

respirar por otra parte.

TISBEA:        Necio estás.

CATALINÓN:                   Quiero besarte

las manos de nieve fría.

TISBEA:           Ve a llamar los pescadores

que en aquella choza están.

CATALINÓN:     ¿Y si los llamo, ¿vendrán?

TISBEA:        Vendrán presto, no lo ignores.

¿Quién es este caballero?

CATALINÓN:     Es hijo aqueste señor

del camarero mayor

del rey, por quien ser espero

antes de seis días conde

en Sevilla, a donde va,

y adonde su alteza está,

si a mi amistad corresponde.

TISBEA:           ¿Cómo se llama?

CATALINÓN:                        Don Juan

Tenorio.

TISBEA:                 Llama mi gente.

CATALINÓN:     Ya voy.

Vase CATALINÓN. Coge en el regazo TISBEA a don JUAN

TISBEA:              Mancebo excelente,

gallardo, noble y galán.

Volved en vos, caballero.

JUAN:          ¿Dónde estoy?

TISBEA:                     Ya podéis ver,

en brazos de una mujer.

JUAN:          Vivo en vos, si en el mar muero.

Ya perdí todo el recelo

que me pudiera anegar,

pues del infierno del mar

salgo a vuestro claro cielo.

Un espantoso huracán

dio con mi nave al través,

para arrojarme a esos pies,

que abrigo y puerto me dan,

y en vuestro divino oriente

renazco, y no hay que espantar,

pues veis que hay de amar a mar

una letra solamente.

TISBEA:           ¡Muy grande aliento tenéis

para venir soñoliento,

y más de tanto tormento!

Mucho contento ofrecéis;

pero si es tormento el mar,

y son sus ondas crüeles,

la fuerza de los cordeles,

pienso que os hacen hablar.

Sin duda que habéis bebido

del mar la oración pasada,

pues por ser de agua salada

con tan grande sal ha sido.

Mucho habláis cuando no habláis,

y cuando muerto venís,

mucho al parecer sentís,

¡plega a Dios que no mintáis!

Parecéis caballo griego,

que el mar a mis pies desagua,

pues venís formado de agua,

y estáis preñado de fuego.

Y si mojado abrasáis,

estando enjuto, ¿qué haréis?

Mucho fuego prometéis,

¡plega a Dios que no mintáis!

JUAN:             A Dios, zagala, pluguiera

que en el agua me anegara,

para que cuerdo acabara,

y loco en vos no muriera;

que el mar pudiera anegarme

entre sus olas de plata,

que sus límites desata,

mas no pudiera abrasarme.

Gran parte del sol mostráis,

pues que el sol os da licencia,

pues sólo con la apariencia,

siendo de nieve abrasáis.

TISBEA:           Por más helado que estáis,

tanto fuego en vos tenéis,

que en este mío os ardéis,

¡plega a Dios que no mintáis!

Salen CATALINÓN, CORIDÓN y ANFRISO, pescadores

 

CATALINÓN:        Ya vienen todos aquí.

TISBEA:        Y ya está tu dueño vivo.

JUAN:          Con tu presencia recibo

el aliento que perdí.

CORIDÓN:          ¿Qué nos mandas?

TISBEA:                           Coridón,

Anfriso, amigos…

CORIDÓN:                        Todos

buscamos por varios modos

esta dichosa ocasión.

Di lo que mandas, Tisbea,

que por labios de clavel

no lo habrás mandado a aquél

que idolatrarte desea,

apenas, cuando al momento,

sin reservar en llano o sierra,

surque el mar, tale la tierra,

pise el fuego, el aire, el viento.

TISBEA:           (¡Oh, qué mal me parecía        Aparte

estas lisonjas ayer,

y hoy echo en ellas de ver

que sus labios no mentían!)

Estando, amigos, pescando

sobre este peñasco, vi

hundirse una nave allí,

y entre las olas nadando

dos hombres, y compasiva

di voces que nadie oyó;

y en tanta aflicción llegó

libre de la furia esquiva

del mar, sin vida a la arena,

de éste en los hombros cargado,

un hidalgo, ya anegado;

y envuelta en tan triste pena,

a llamaros envïé.

ANFRISO:       Pues aquí todos estamos,

manda que tu gusto hagamos,

lo que pensado no fue.

TISBEA:           Que a mi choza los llevemos

quiero, donde agradecidos

reparemos sus vestidos,

y a ellos los regalemos,

que mi padre gusta mucho

de esta debida piedad.

CATALINÓN:     Extremada es su beldad.

JUAN:          Escucha aparte.

CATALINÓN:                  Ya escucho.

JUAN:             Si te pregunta quién soy,

di que no sabes.

CATALINÓN:                   ¿A mí

quieres advertirme aquí

lo que he de hacer?

JUAN:                             Muerto voy

por la hermosa pescadora.

Esta noche he de gozalla.

CATALINÓN:     ¿De qué suerte?

JUAN:                         Ven y calla.

CORIDÓN:       Anfriso, dentro de un hora

[los pescadores prevén]

que canten y bailen.

ANFRISO:                           Vamos,

y esta noche nos hagamos

rajas, y palos también.

JUAN:             Muerto soy.

TISBEA:                      ¿Cómo, si andáis?

JUAN:          Ando en pena, como veis.

TISBEA:        Mucho habláis.

JUAN:                       ¡Mucho encendéis!

TISBEA:        ¡Plega a Dios que no mintáis!

Vanse todos. Salen don GONZALO de Ulloa y el REY don Alfonso de Castilla

REY:              ¿Cómo os ha sucedido en la embajada,

comendador mayor?

GONZALO:                         Hallé en Lisboa

al rey don Juan, tu primo, previniendo

treinta naves de armada.

REY:                                  ¿Y para dónde?

GONZALO:       Para Goa me dijo, mas yo entiendo

que a otra empresa más fácil apercibe;

a Ceuta, o Tánger pienso que pretende

cercar este verano.

REY:                              Dios le ayude,

y premie el cielo de aumentar su gloria.

¿Qué es lo que concertasteis?

GONZALO:                                   Señor, pide

a Cerpa, y Mora, y Olivencia, y Toro,

y por eso te vuelve a Villaverde,

al Almendral, a Mértola, y Herrera

entre Castilla y Portugal.

REY:                                    Al punto

se firman los conciertos, don Gonzalo;

mas decidme primero cómo ha ido

en el camino, que vendréis cansado,

y alcanzado también.

GONZALO:                          Para serviros,

nunca, señor, me canso.

REY:                                ¿Es buena tierra

Lisboa?

GONZALO:             La mayor ciudad de España.

Y si mandas que diga lo que he visto

de lo exterior y célebre, en un punto

en tu presencia te podré un retrato.

REY:           Gustaré de oírlo.  Dadme silla.

GONZALO:       Es Lisboa una octava maravilla.

 

De las entrañas de España,

que son las tierras de Cuenca,

nace el caudaloso Tajo,

que media España atraviesa.

Entra en el mar Oceano,

en las sagradas riberas

de esta ciudad por la parte

del sur; mas antes que pierda

su curso y su claro nombre

hace un cuarto entre dos sierras

donde están de todo el orbe

barcas, naves, caravelas.

Hay galeras y saetías,

tantas que desde la tierra

para una gran ciudad

adonde Neptuno reina.

A la parte del poniente,

guardan del puerto dos fuerzas,

de Cascaes y Sangián,

las más fuertes de la tierra.

Está de esta gran ciudad,

poco más de media legua,

Belén, convento del santo

conocido por la piedra

y por el león de guarda,

donde los reyes y reinas,

católicos y cristianos,

tienen sus casas perpetuas.

Luego esta máquina insigne,

desde Alcántara comienza

una gran legua a tenderse

al convento de Lobregas.

En medio está el valle hermoso

coronado de tres cuestas,

que quedara corto Apeles

cuando pintarlas quisiera,

porque miradas de lejos

parecen piñas de perlas,

que están pendientes del cielo,

en cuya grandeza inmensa

se ven diez Romas cifradas

en conventos y en iglesias,

en edificios y calles,

en solares y encomiendas,

en las letras y en las armas,

en la justicia tan recta,

y en una Misericordia,

que está honrando su ribera,

y pudiera honrar a España,

y aun enseñar a tenerla.

Y en lo que yo más alabo

de esta máquina soberbia,

es que del mismo castillo,

en distancia de seis leguas,

se ven sesenta lugares

que llega el mar a sus puertas,

uno de los cuales es

el Convento de Odivelas,

en el cual vi por mis ojos

seiscientas y treinta celdas,

y entre monjas y beatas,

pasan de mil y doscientas.

Tiene desde allí a Lisboa,

en distancia muy pequeña,

mil y ciento y treinta quintas,

que en nuestra provincia Bética

llaman cortijos, y todas

con sus huertos y alamedas.

En medio de la ciudad

hay una plaza soberbia,

que se llama del Ruzío,

grande, hermosa, y bien dispuesta,

que habrá cien años y aun más

que el mar bañaba su arena,

y agora de ella a la mar,

hay treinta mil casas hechas,

que, perdiendo el mar su curso,

se tendió a partes diversas.

Tiene una calle que llaman

Rúa Nova, o calle nueva,

donde se cifra el oriente

en grandezas y riquezas,

tanto que el rey me contó

que hay un mercader en ella,

que por no poder contarlo,

mide el dinero a fanegas.

El terrero, donde tiene

Portugal su casa regia

tiene infinitos navíos,

varados siempre en la tierra,

de sólo cebada y trigo,

de Francia y Ingalaterra.

Pues, el palacio real,

que el Tajo sus manos besa,

es edificio de Ulises,

que basta para grandeza,

de quien toma la ciudad

nombre en la latina lengua,

llamándose Ulisibona,

cuyas armas son la esfera,

por pedestal de las llagas,

que, en la batalla sangrienta,

al rey don Alfonso Enríquez

dio la majestad inmensa.

Tiene en su gran Tarazana

diversas naves, y entre ellas

las naves de la conquista,

tan grandes que, de la tierra

miradas, juzgan los hombres

que tocan en las estrellas.

Y lo que de esta ciudad

te cuento por excelencia,

es, que estando sus vecinos

comiendo, desde las mesas,

ven los copos del pescado

que junto a sus puertas pescan

que, bullendo entre las redes,

vienen a entrarse por ellas.

Y sobre todo el llegar

cada tarde a su ribera

más de mil barcos cargados

de mercancías diversas,

y de sustento ordinario,

pan, aceite, vino y leña,

frutas de infinita suerte,

nieve de sierra de Estrella,

que por las calles a gritos,

puesta sobre las cabezas,

la venden; mas, ¿qué me canso?,

porque es contar las estrellas,

querer contar una parte

de la ciudad opulenta.

Ciento y treinta mil vecinos

tiene, gran señor, por cuenta,

y por no cansarte más,

un rey que tus manos besa.

REY:           Más estimo, don Gonzalo,

escuchar de vuestra lengua

esa relación sucinta,

que haber visto su grandeza.

¿Tenéis hijos?

GONZALO:                      Gran señor,

una hija hermosa y bella,

en cuyo rostro divino

se esmeró naturaleza.

REY:           Pues yo os la quiero casar

de mi mano.

GONZALO:                   Como sea

tu gusto, digo, señor,

que yo la acepto por ella;

pero ¿quién es el esposo?

REY:           Aunque no está en esta tierra,

es de Sevilla, y se llama

don Juan Tenorio.

GONZALO:                         Las nuevas

voy a llevar a doña Ana.

[Dadme, gran señor, licencia.]

REY:           Id en buena hora, y volved,

Gonzalo, con la respuesta.

Vanse todos. Salen don JUAN Tenorio y CATALINÓN

JUAN:             Esas dos yeguas prevén,

pues acomodadas son.

CATALINÓN:     Aunque soy Catalinón,

soy, señor, hombre de bien,

que no se dijo por mí,

«Catalinón es el hombre»,

que sabes que aquese nombre

me asienta al revés aquí.

UAN:              Mientras que los pescadores

van de regocijo y fiesta,

tú las dos yeguas apresta,

que de sus pies voladores,

sólo nuestro engaño fío.

CATALINÓN:     ¿Al fin pretendes gozar

a Tisbea?

JUAN:                    Si el burlar

es hábito antiguo mío,

¿qué me preguntas, sabiendo

mi condición?

CATALINÓN:                   Ya sé que eres

castigo de las mujeres.

JUAN:          Por Tisbea estoy muriendo,

que es buena moza.

CATALINÓN:                          Buen pago

a su hospedaje deseas.

JUAN:          Necio, lo mismo hizo Eneas

con la reina de Cartago.

CATALINÓN:        Los que fingís y engañáis

las mujeres de esa suerte,

lo pagaréis en la muerte.

JUAN:          ¡Qué largo me lo fiáis!

Catalinón con razón

te llaman.

CATALINÓN:                Tus pareceres

sigue, que en burlar mujeres

quiero ser Catalinón.

Ya viene la desdichada.

JUAN:          Vete, y las yeguas prevén.

CATALINÓN:     (Pobre mujer, harto bien           Aparte

te pagamos la posada.)

Vase CATALINÓN y sale TISBEA

TISBEA:           El rato que sin ti estoy

estoy ajena de mí.

JUAN:          Por lo que finges ansí,

ningún crédito te doy.

TISBEA:           ¿Por qué?

JUAN:                      Porque si me amaras

mi alma favorecieras.

TISBEA:        Tuya soy.

JUAN:                     Pues, di, ¿qué esperas?

¿O en qué, señora, reparas?

TISBEA:           Reparo en que fue castigo

de Amor el que he hallado en ti.

JUAN:          Si vivo, mi bien, en ti,

a cualquier cosa me obligo.

Aunque yo sepa perder

en tu servicio la vida,

la diera por bien perdida,

y te prometo de ser

tu esposo.

TISBEA:                      Soy desigual

a tu ser.

JUAN:                    Amor es rey

que iguala con justa ley

la seda con el sayal.

TISBEA:           Casi te quiero creer,

mas sois los hombres traidores.

JUAN:          ¿Posible es, mi bien, que ignores

mi amoroso proceder?

Hoy prendes con tus cabellos

mi alma.

TISBEA:                 Ya a ti me allano,

bajo la palabra y mano

de esposo.

JUAN:                      Juro, ojos bellos,

que mirando me matáis,

de ser vuestro esposo.

TISBEA:                             Advierte,

mi bien, que hay Dios y que hay muerte.

JUAN:          ¡Qué largo me lo fiáis!

Ojos bellos, mientras viva

yo vuestro esclavo seré,

ésta es mi mano y mi fe.

TISBEA:        No seré en pagarte esquiva.

JUAN:             Ya en mí mismo no sosiego.

TISBEA:        Ven, y será la cabaña

del amor que me acompaña,

tálamo de nuestro fuego.

Entre estas cañas te esconde,

hasta que tenga lugar.

JUAN:          ¿Por dónde tengo de entrar?

TISBEA:        Ven, y te diré por dónde.

JUAN:             Gloria al alma, mi bien, dais.

TISBEA:        Esa voluntad te obligue,

y si no, Dios te castigue.

JUAN:          ¡Qué largo me lo fiáis!

Vanse y salen CORIDÓN, ANFRISO, BELISA y MÚSICOS

CORIDÓN:          Ea, llamad a Tisbea,

y las zagalas llamad,

para que en la soledad

el huésped la corte vea.

ANFRISO:          ¡Tisbea, Lucindo, Antandra!

No vi cosa más crüel,

triste y mísero de aquél

que en su fuego es salamandra.

Antes que el baile empecemos,

a Tisbea prevengamos.

BELISA:        Vamos a llamarla.

CORIDÓN:                       Vamos.

BELISA:        A su cabaña lleguemos.

CORIDÓN:          ¿No ves que estará ocupada

con los huéspedes dichosos,

de quien hay mil envidiosos?

ANFRISO:       Siempre es Tisbea envidiada.

BELISA:           Cantad algo mientras viene,

porque queremos bailar.

ANFRISO:       ¿Cómo podrá descansar

cuidado que celos tiene?

Cantan

MÚSICOS:          «A pescar sale la niña,

tendiendo redes,

y en lugar de pececillos,

las almas prende».

Sale TISBEA

TISBEA:           ¡Fuego, fuego, que me quemo,

que mi cabaña se abrasa!

Repicad a fuego, amigos,

que ya dan mis ojos agua.

Mi pobre edificio queda

hecho otra Troya en las llamas,

que después que faltan Troyas,

quiere Amor quemar cabañas;

mas si Amor abrasa peñas,

con gran ira, fuerza extraña,

mal podrán de su rigor

reservarse humildes pajas.

¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!

Amor, clemencia, que se abrasa el alma.

¡Ay choza, vil instrumento

de mi deshonra, y mi infamia,

cueva de ladrones fiera,

que mis agravios ampara!

Rayos de ardientes estrellas

en tus cabelleras caigan,

porque abrasadas estén,

si del viento mal peinadas.

¡Ah falso huésped, que dejas

una mujer deshonrada!

¡Nube que del mar salió,

para anegar mis entrañas!

¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!

Amor, clemencia, que se abrasa el alma.

Yo soy la que hacía siempre

de los hombres burla tanta.

¡Que siempre las que hacen burla,

vienen a quedar burladas!

Engañóme el caballero

debajo de fe y palabra

de marido, y profanó

mi honestidad y mi cama.

Gozóme al fin, y yo propia

le di a su rigor las alas,

en dos yeguas que crïé,

con que me burló y se escapa.

Seguidle todos, seguidle,

mas no importa que se vaya,

que en la presencia del rey

tengo de pedir venganza.

¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!

Amor, clemencia, que se abrasa el alma.

Vase TISBEA

CORIDÓN:       Seguid al vil caballero.

ANFRISO:       Triste del que pena y calla,

mas vive el cielo que en él

me he de vengar de esta ingrata.

Vamos tras ella nosotros,

porque va desesperada,

y podrá ser que vaya ella

buscando mayor desgracia.

CORIDÓN:       Tal fin la soberbia tiene,

su locura y confïanza

paró en esto.

Dentro se oye gritando TISBEA “¡Fuego, fuego!”

ANFRISO:                 Al mar se arroja.

CORIDÓN:       Tisbea, detente y para.

TISBEA:        ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua!

Amor, clemencia, que se abrasa el alma.

 

 

FIN DEL ACTO PRIMERO

ACTO SEGUNDO

Salen el REY y don Diego TENORIO, el viejo

REY:              ¿Qué me dices?

DIEGO:                           Señor, la verdad digo,

por esta carta estoy del caso cierto,

que es de tu embajador, y de mi hermano.

Halláronle en la cuadra del rey mismo

con una hermosa dama del palacio.

REY:           ¿Qué calidad?

DIEGO:                      Señor, es la duquesa

Isabela.

REY:                  ¿Isabela?

DIEGO:                         Por lo menos…

REY:           ¡Atrevimiento temerario! ¿Y dónde

ahora está?

DIEGO:                       Señor, a vuestra alteza

no he de encubrirle la verdad, anoche

a Sevilla llegó con un criado.

REY:           Ya sabéis, Tenorio, que o estimo,

y al rey informaré del caso luego,

casando a ese rapaz con isabela,

volviendo a su sosiego al duque Octavio,

que inocente padece, y luego al punto

haced que don Juan salga desterrado.

DIEGO:         ¿Adónde, mi señor?

REY:                            Mi enojo vea

en el detierro de Sevilla, salga

a Lebrija esta noche, y agradezca

sólo al merecimiento de su padre…

Pero decid, don Diego, ¿qué diremos

a Gonzalo de Ulloa, sin que erremos?

Caséle con su hija, y no sé cómo

lo puedo agora remediar.

DIEGO:                                    Pues mira,

mi gran señor, ¿qué mandas que yo hago

que esté bien al honor de esta señora,

hija de un padre tal?

REY:                                 Un medio tomo

con que absolverlo del enojo entiendo:

mayordomo mayor pretendo hacerle.

Sale un criado

CRIADO:        Un caballero llega de camino,

y dice, señor, que es el duque Octavio.

REY:           ¿El duque Octavio?

CRIADO:                          Sí, señor.

REY:                                      Sin duda

que supo de don Juan el desatino,

y que viene, incitado a la venganza,

a pedir que le otorgue desafío.

DIEGO:         Mi gran señor, en tus heroicas manos

está mi vida, que mi vida propria

es la vida de un hijo inobediente

que, aunque mozo gallardo y valeroso,

y le llaman los mozos de su tiempo

el Héctor de Sevilla, porque ha hecho

tantas y tan extrañas mocedades.

La razón puede mucho.  No permitas

el desafío, si es posible.

REY:                                    Basta,

ya os entiendo, Tenorio, honor de padre…

Entre el duque…

DIEGO:                         Señor, dame esas plantas.

¿Cómo podré pagar mercedes tantas?

Sale el duque OCTAVIO, de camino

OCTAVIO:          A esos pies, gran señor, un peregrino

mísero y desterrado, ofrece el labio,

juzgando por más fácil el camino

en vuestra gran presencia,

REY:                                    ¡Duque Octavio!

OCTAVIO:       Huyendo vengo el fiero desatino

de una mujer, el no pensado agravio

de un caballero, que la causa ha sido

de que así a vuestros pies haya venido.

REY:              Ya, duque Octavio, sé vuestra inocencia.

Yo al rey escribiré que os restituya

en vuestro estado, puesto que el ausencia

que hicisteis, algún daño os atribuya.

Yo os casaré en Sevilla, con licencia

del rey, y con perdón y gracia suya

que puesto que Isabela un ángel sea,

mirando la que os doy, ha de ser fea.

Comendador mayor de Calatrava

es Gonzalo de Ulloa, un caballero

a quien el moro por temor alaba,

que siempre es el cobarde lisonjero.

Éste tiene una hija, en quien bastaba

en dote la virtud, que considero,

después de la beldad, que es maravilla

y el sol de las estrellas de Sevilla.

Ésta quiero que sea vuestra esposa.

OCTAVIO:       Cuando yo este viaje le emprendiera

a sólo eso, mi suerte era dichosa,

sabiendo yo que vuestro gusto fuera.

REY:           Hospedaréis al duque, sin que cosa

en su regalo falte.

OCTAVIO:                           Quien espera

en vos, señor, saldrá de premios lleno.

Primero Alfonso sois, siendo el onceno.

Vanse el REY y don Diego TENORIO, y sale RIPIO

RIPIO:            ¿Qué ha sucedido?

OCTAVIO:                           Que he dado

el trabajo recibido,

conforme me ha sucedido,

desde hoy por bien empleado.

Hablé al rey, vióme y honróme,

César con él César fui,

pues vi, peleé y vencí,

y ya hace que esposa tome

de su mano, y se prefiere

a desenojar al rey

en la fulminada ley.

RIPIO:         Con razón el nombre adquiere

de generoso en Castilla.

¿Al fin te llegó a ofrecer

mujer?

OCTAVIO:              Sí, amigo, y mujer

de Sevilla, que Sevilla

da, si averiguarlo quieres,

porque de oírlo te asombres,

si fuertes y airosos hombres,

también gallardas mujeres.

Un manto tapado, un brío,

donde un puro sol se esconde,

si no es en Sevilla, ¿adónde

se admite?  El contento mío

es tal que ya me consuela

en mi mal.

Salen CATALINÓN y don JUAN

CATALINÓN:               Señor, detente,

que aquí está el duque, inocente

Sagitario de Isabela,

aunque mejor le diré

Capricornio.

JUAN:                     Disimula.

CATALINÓN:     Cuando le vende, le adula.

JUAN:          Como a Nápoles dejé

por envïarme a llamar

con tanta prisa mi rey,

y como su gusto es ley,

no tuve, Octavio, lugar

de despedirme de vos

de ningún modo.

OCTAVIO:                    Por eso,

don Juan amigo, os confieso,

que hoy nos juntamos los dos

en Sevilla.

JUAN:                        ¿Quién pensara,

duque, que en Sevilla os viera;

para que en ella o sirviera

como yo la deseara.

Dejáis más, aunque es lugar

Nápoles tan excelente,

por Sevilla solamente

se puede, amigo, dejar.

OCTAVIO:          Si en Nápoles os oyera,

y no en la parte en que estoy,

del crédito que ahora os doy

sospecho que me riera.

Mas, llegándola a habitar,

es, por lo mucho que alcanza,

corta cualquiera alabanza

que a Sevilla queráis dar.

¿Quién es el que viene allí?

JUAN:          El que viene es el marqués

de la Mota.  Descortés

es fuerza ser.

OCTAVIO:                       Si de mí

algo hubiereis menester,

aquí espada y brazo está.

CATALINÓN:     (Y, si importa gozará,          Aparte

en su nombre otra mujer,

que tiene buena opinión).

OCTAVIO:       De vos estoy satisfecho.

CATALINÓN:     Si fuere de algún provecho,

señores, Catalinón,

vuarcedes continuamente

me hallarán para servillos.

RIPIO:         ¿Y dónde?

CATALINÓN:                 En los Pajarillos,

tabernáculo excelente.

Vanse OCTAVIO y RIPIO y sale el marqués de la MOTA y su CRIADO

MOTA:             Todo hoy os ando buscando,

y no os he podido hallar.

¿Vos, don Juan, en el lugar,

y vuestro amigo penando

en vuestra ausencia?

JUAN:                                 Por Dios,

amigo, que me debéis

esa merced que me hacéis.

CATALINÓN:     (Como no le entreguéis vos        Aparte

moza o cosa que lo valga,

bien podéis fïaros de él;

que, en cuanto a esto es crüel,

tiene condición hidalga).

JUAN:             ¿Qué hay de Sevilla?

MOTA:                                 Está ya

toda esta corte mudada.

JUAN:          ¿Mujeres?

MOTA:                      Cosa juzgada.

JUAN:          ¿Inés?

MOTA:                  A Vejel se va.

JUAN:             Buen lugar para vivir

la que tan dama nació.

MOTA:          El tiempo la desterró

a Vejel.

JUAN:                   Irá a morir.

¿Constanza?

MOTA:                       Es lástima vella

lampiña de frente y ceja,

llámala el portugués vieja,

y ella imagina que bella.

JUAN:             Sí, que «velha» en portugués

suena «vieja» en castellano.

¿Y Teodora?

MOTA:                    Este verano

se escapó del mal francés

[por un río de sudores,]

y está tan tierna y reciente

que anteayer me arrojó un diente

envuelto entre muchas flores.

JUAN:             ¿Julia, la del Candilejo?

MOTA:          Ya con sus afeites lucha.

JUAN:          ¿Véndese siempre por trucha?

MOTA:          Ya se da por abadejo.

JUAN:             ¿El barrio de Cantarranas

tiene  buena población?

MOTA:          Ranas las más de ellas son.

JUAN:          ¿Y viven las dos hermanas?

MOTA:             Y la mona de Tolú

de su madre Celestina,

que les enseña doctrina.

JUAN:          ¡Oh, vieja de Bercebú!

¿Cómo la mayor está?

MOTA:          Blanca, sin blanca ninguna.

Tiene un santo a quien ayuna.

JUAN:          ¿Agora en vigilias da?

MOTA:             Es firme y santa mujer.

JUAN:          ¿Y esotra?

MOTA:                       Mejor principio

tiene; no desecha ripio.

JUAN:          Buen albañir quiere ser.

Marqués, ¿qué hay de perros muertos?

MOTA:          Yo y don Pedro de Esquivel

dimos anoche uno crüel,

y esta noche tengo ciertos

otros dos.

JUAN:                       Iré con vos,

que también recorreré

ciertos nidos que dejé

en huevos para los dos.

¿Qué hay de terrero?

MOTA:                                 No muero

en terrero, que enterrado

me tiene mayor cuidado.

JUAN:          ¿Cómo?

MOTA:                 Un imposible quiero.

JUAN:             Pues, ¿no os corresponde?

MOTA:                                      Sí,

me favorece y me estima.

JUAN:          ¿Quién es?

MOTA:                       Doña Ana, mi prima,

que es recién llegada aquí.

JUAN:             Pues, ¿dónde ha estado?

MOTA:                                    En Lisboa,

con su padre en la embajada.

JUAN:          ¿Es hermosa?

MOTA:                    Es extremada,

porque en doña Ana de Ulloa

se extremó Naturaleza.

JUAN:          ¿Tan bella es esa mujer?

¡Vive Dios que la he de ver!

MOTA:          Veréis la mayor belleza

que los ojos del rey ven.

JUAN:          Casaos, si es tan extremada.

MOTA:          El rey la tiene casada

y no se sabe con quién.

JUAN:             ¿No os favorece?

MOTA:                             Y me escribe.

CATALINÓN:     (No prosigas, que te engaña            Aparte

el gran burlador de España).

JUAN:          Quien tan satisfecho vive

[de su amor, ¿desdichas teme?

Sacadla, solicitadla,

escribidla, y engañadla,

y el mundo se abrase y queme.]

MOTA:             Agora estoy esperando

la postrer resolución.

JUAN:          Pues no perdáis la ocasión,

que aquí os estoy aguardando.

 

MOTA:             Ya vuelvo.

CATALINÓN:                  Señor cuadrado,

o señor redondo, adiós.

CRIADO:        Adiós.

Vanse el marqués de la MOTA y su CRIADO

JUAN:               Pues solos los dos,

amigo, habemos quedado,

los pasos sigue al marqués,

que en el palacio se entró.

Vase CATALINÓN, habla por una reja una MUJER

MUJER:         Ce, ce, ¿a quién digo?

JUAN:                                ¿Llamó?

MUJER:         Pues sois prudente y cortés,

y su amigo, dadle luego

al marqués este papel;

mirad que consiste en él

de una señora el sosiego.

JUAN:             Digo que se lo daré,

soy su amigo y caballero.

MUJER:         Basta, señor forastero,

adiós.

Vase la MUJER

JUAN:                 Ya la voz se fue.

¿No parece encantamiento

esto que agora ha pasado?

A mí el papel ha llegado

por la estafeta del viento.

Sin duda que es de la dama

que el marqués me ha encarecido.

¡Venturoso en esto he sido!

Sevilla a voces me llama

el burlador, y el mayor

gusto que en mí puede haber

es burlar una mujer

y dejarla sin honor.

¡Vive Dios que le he de abrir,

pues salí de la plazuela!

Mas ¿si hubiese otra cautela?

Gana me da de reír.

Ya está abierto el papel,

y que es suyo es cosa llana,

porque aquí firma doña Ana.

Dice así:  «Mi padre infiel

en secreto me ha casado,

sin poderme resistir.

No sé si podré vivir,

porque la muerte me ha dado.

Si estimas, como es razón

mi amor y mi voluntad,

y si tu amor fue verdad,

muéstralo en esta ocasión.

Porque veas que te estimo,

ven esta noche a la puerta,

que estará a las once abierta,

donde tu esperanza, primo,

goces, y el fin de tu amor.

Traerás, mi gloria, por señas

de Leonorilla y las dueñas

una capa de color.

Mi amor todo de ti fío,

y adiós».  ¡Desdichado amante!

¿Hay suceso semejante?

Ya de la burla me río.

Gozaréla, vive Dios,

con el engaño y cautela

que en Nápoles a Isabela.

Sale CATALINÓN

CATALINÓN:     Ya el marqués viene.

JUAN:                               Los dos

aquesta noche tenemos

qué hacer.

CATALINÓN:                 ¿Hay engaño nuevo?

JUAN:          ¡Extremado!

CATALINÓN:                 No lo apruebo.

Tú pretendes que escapemos

una vez, señor, burlados;

que el que vive de burlar,

burlado habrá de escapar

[a cencerros atapados]

de una vez.

JUAN:                        ¿Predicador

te vuelves, impertinente?

CATALINÓN:     La razón hace al valiente.

JUAN:          Y al cobarde hace el temor.

El que se pone a servir,

voluntad no ha de tener,

y todo ha de ser hacer,

y nada ha de ser decir.

Sirviendo, jugando estás,

y si quieres ganar luego,

haz siempre porque en el juego

quien más hace gana más.

CATALINÓN:        También quien [más] hace y dice

pierde por la mayor parte.

JUAN:          Esta vez quiero avisarte

porque otra vez no te avise.

CATALINÓN:        Digo que de aquí adelante

lo que me mandes haré,

y a tu lado forzaré

un tigre y un elefante.

Guárdese de mí un prior

que si me mandas que calle,

y le fuerce, he de forzalle

sin réplica, mi señor.

Sale el marqués de la MOTA

JUAN:             Calla, que viene el marqués.

CATALINÓN:     ¿Pues, ha de ser el forzado?

JUAN:          Para vos, marqués me han dado

un recado harto cortés,

por esa reja, sin ver

el que me lo daba allí.

Sólo en la voz conocí

que me lo daba mujer.

Dícete al fin, que a las doce

vayas secreto a la puerta,

que estará a las once abierta,

donde tu esperanza goce

la posesión de tu amor,

y que llevases por señas

de Leonorilla y las dueñas,

una capa de color.

MOTA:             ¿Qué decís?

JUAN:                         Que este recado

de una ventana me dieron,

sin ver quién.

MOTA:                        Con él pusieron

sosiego en tanto cuidado.

¡Ay, amigo, sólo en ti

mi esperanza renaciera!

Dame esos pies.

JUAN:                         Considera

que no está tu prima en mí.

¿Eres tú quien ha de ser

quien la tiene de gozar,

y me llegas a abrazar

los pies?

MOTA:                    Es tal el placer

que me ha sacado de mí.

¡Oh sol, apresura el paso!

JUAN:          Ya el sol camina al ocaso.

MOTA:          Vamos, amigo, de aquí,

y de noche nos pondremos;

loco voy.

JUAN:                    Bien se conoce,

mas yo bien sé que a las doce

harás mayores extremos.

MOTA:             ¡Ay, prima del alma, prima,

que quieres premiar mi fe!

CATALINÓN:     (¡Vive Cristo que no dé        Aparte

una blanca por su prima!)

Vase el marqués de la MOTA, y sale don DIEGO

DIEGO:            ¡Don Juan!

CATALINÓN:                   Tu padre te llama.

JUAN:          ¿Qué manda vueseñoría?

DIEGO:         Verte más cuerdo quería,

más bueno, y con mejor fama.

¿Es posible que procuras

todas las horas mi muerte?

JUAN:          ¿Por qué vienes de esa suerte?

DIEGO:         Por tu trato, y tus locuras.

Al fin el rey me ha mandado

que te eche de la ciudad,

porque está de una maldad

con justa causa indignado.

Que aunque me lo has encubierto,

ya en Sevilla el rey lo sabe,

cuyo delito es tan grave,

que a decírtelo no acierto.

¿En el palacio real

traición, y con un amigo?

Traidor, Dios te dé el castigo

que pide delito igual.

Mira que aunque al parecer

Dios te consiente, y aguarda,

tu castigo no se tarda,

y que castigo ha de haber

para los que profanáis

su nombre, y que es juez fuerte

Dios en la muerte.

JUAN:                           ¿En la muerte?

¿Tan largo me lo fiáis?

De aquí allá hay larga jornada.

DIEGO:         Breve te ha de parecer.

JUAN:          Y la que tengo de hacer,

pues a su alteza le agrada,

agora, ¿es larga también?

DIEGO:         Hasta que el injusto agravio

satisfaga el duque Octavio,

y apaciguados estén

en Nápoles de Isabela

los sucesos que has causado,

en Lebrija retirado,

por tu traición y cautela,

quiere el rey que estés agora,

pena a tu maldad ligera.

CATALINÓN:     (Si el caso también supiera      Aparte

de la pobre pescadora,

más se enojara el buen viejo).

DIEGO:         Pues no te venzo y castigo

con cuanto hago y cuanto digo,

a Dios tu castigo dejo.

Vase don DIEGO

CATALINÓN:        Fuése el viejo enternecido.

JUAN:          Luego las lágrimas copia,

condición de viejos propia,

vamos, pues ha anochecido,

a buscar al marqués.

CATALINÓN:                            Vamos,

y al fin gozarás su dama.

JUAN:          Ha de ser burla de fama.

CATALINÓN:     Ruego al cielo que salgamos

de ella en paz.

JUAN:                            ¡Catalinón,

en fin!

CATALINÓN:           Y tú, señor, eres

langosta de las mujeres;

¡y con público pregón!

Porque de ti se guardara,

cuando a noticia viniera

de la que doncella fuera,

fuera bien se pregonara:

«Guárdense todos de un hombre,

que a las mujeres engaña,

y es el burlador de España».

JUAN:          Tú me has dado gentil nombre.

Sale el marqués de la MOTA, de noche, con MÚSICOS y pasea el tablado, y se entran cantando

MÚSICOS:          «El que un bien gozar espera

cuanto espera desespera».

MOTA:          «Como yo a mi bien gocé,

nunca llegue a amanecer.»

 

JUAN:             ¿Qué es esto?

CATALINÓN:                     Música es.

MOTA:          Parece que habla conmigo

el poeta.  ¿Quién es?

JUAN:                                 Amigo.

MOTA:          ¿Es don Juan?

JUAN:                       ¿Es el marqués?

MOTA:             ¿Quién puede ser sino yo?

JUAN:          Luego que la capa vi

que érades vos conocí.

MOTA:          Cantad, pues don Juan llegó.

 

MÚSICOS:          «El que un bien gozar espera

cuando espera desespera».

 

JUAN:             ¿Qué casa es la que miráis?

MOTA:          De don Gonzalo de Ulloa.

JUAN:          ¿Dónde iremos?

MOTA:                         A Lisboa.

JUAN:          ¿Cómo, si en Sevilla estáis?

MOTA:             ¿Pues aqueso os maravilla?

¿No vive con gusto igual

lo peor de Portugal

en lo mejor de Sevilla?

JUAN:             ¿Dónde viven?

MOTA:                           En la calle

de la Sierpe, donde ves

a Adán vuelto en portugués;

que en aqueste amargo valle

con bocados solicitan

mil Evas que, aunque en bocados,

en efecto son ducados

con que el dinero nos quitan.

CATALINÓN:        Ir de noche no quisiera

por esa calle crüel,

pues lo que de día es miel

entonces lo dan en cera.

Una noche, por mi mal,

la vi sobre mí vertida,

y hallé que era corrompida

la cera de Portugal.

JUAN:             Mientras a la calle vais,

yo dar un perro quisiera.

MOTA:          Pues cerca de aquí me espera

un bravo.

JUAN:                     Si me dejáis,

señor marqués, vos veréis

cómo de mí no se escapa.

MOTA:          Vamos, y poneos mi capa

para que mejor lo deis.

JUAN:             Bien habéis dicho; venid

y me enseñaréis la casa.

MOTA:          Mientras el suceso pasa,

la voz y el habla fingid.

¿Veis aquella celosía?

JUAN:          Ya la veo.

MOTA:                      Pues llegad,

y decid «Beatriz», y entrad.

JUAN:          ¿Qué mujer?

MOTA:                      Rosada, y fría.

CATALINÓN:        Será mujer cantimplora.

MOTA:          En Gradas os aguardamos.

JUAN:          Adiós, marqués.

CATALINÓN:                    ¿Dónde vamos?

JUAN:          Adonde la burla agora;

ejecute.

CATALINÓN:                 No se escapa

nadie de ti.

JUAN:                       El trueco adoro.

CATALINÓN:     Echaste la capa al toro.

JUAN:          No, el toro me echó la capa.

Vanse don JUAN y CATALINÓN

MOTA:             La mujer ha de pensar

que soy yo.

MÚSICO:                    ¡Qué gentil perro!

MOTA:          Esto es acertar por yerro.

MÚSICO:        [Todo este mundo es errar,

que está compuesto de errores.

MOTA:          El alma en las horas tengo,

y en sus cuartos me prevengo

para mayores favores.

¡Ay, noche espantosa y fría,

para que largos los goce,

corre veloz a las doce,

y después no venga el día!

MÚSICO:           ¿Adónde guía la danza?

MOTA:          Cal de la Sierpe guïad.

MÚSICO:        ¿Qué cantaremos?

MOTA:                          Cantad

lisonjas a mi esperanza.]

 

MÚSICOS:          «El que un bien gozar espera,

cuando espera desespera».

Vanse, y dice doña ANA dentro

ANA:              ¡Falso, no eres el marqués!

¡Que me has engañado!

JUAN:                                Digo

que lo soy.

ANA:                        Fiero enemigo,

mientes, mientes.

Sale el comendador don GONZALO, medio desnudo, con espada y rodela

GONZALO:                           La voz es

de doña Ana la que siento.

ANA:           ¿No hay quien mate este traidor,

homicida de mi honor?

GONZALO:       ¿Hay tan grande atrevimiento?

«Muerto honor» dijo, ¡ay de mí!

Y es su lengua tan liviana,

que aquí sirve de campana.

ANA:           ¡Matadle!

Salen don JUAN y CATALINÓN, con las espadas desnudas

JUAN:                      ¿Quién está aquí?

GONZALO:          La barbacana caída

de la torre de ese honor

que has combatido, traidor,

donde era alcaide la vida.

JUAN:             Déjame pasar.

GONZALO:                       ¿Pasar?

¡Por la punta de esta espada!

JUAN:          Morirás.

GONZALO:                 No importa nada.

JUAN:          Mira que te he de matar.

GONZALO:          ¡Muere, traidor!

JUAN:                         De esta suerte

muero.

CATALINÓN:           (Si escapo [yo] de ésta,        Aparte

no más burlas, no más fiesta.

GONZALO:       ¡Ay, que me has dado la muerte!

JUAN:             Tú la vuda te quitaste.

GONZALO:       ¿De qué la vida servía?

JUAN:          ¡Huyamos!

GONZALO:                 La sangre fría

con el furor aumentaste.

¡Muerto soy! ¡No hay bien que aguarde!

¡Seguiráte mi furor!

¡Que es traidor, y el que es traidor

es traidor porque es cobarde!

Entran muerto a don GONZALO, y sale el marqués de la MOTA y MÚSICOS

MOTA:             Presto las doce darán

y mucho don Juan se tarda.

¡Fiera prisión del que aguarda!

Salen don JUAN y CATALINÓN

JUAN:          ¿Es el marqués?

MOTA:                          ¿Es don Juan?

JUAN:             Yo soy, tomad vuestra capa.

MOTA:          ¿Y el perro?

JUAN:                       Funesto ha sido;

al fin, marqués, muerto ha habido.

CATALINÓN:     Señor, del muerto te escapa.

MOTA:             Burlaste, amigo, ¿qué haré?

CATALINÓN:     (Y [aun] a vos os ha burlado).     Aparte

JUAN:          Cara la burla ha costado.

MOTA:          Yo, don Juan, lo pagaré,

porque estará la mujer

quejosa de mí.

JUAN:                        Adiós,

marqués.

CATALINÓN:               A fe que los dos

mal pareja han de correr.

JUAN:             ¡Huyamos!

CATALINÓN:                  Señor, no habrá

águila que a mí me alcance.

Vanse don JUAN y CATALINÓN

MOTA:          Vosotros os [perdéis lance,]

porque quiero ir solo [ya.]

Vanse los MÚSICOS y dicen dentro

VOCES:            ¿Vióse desdicha mayor,

y vióse mayor desgracia?

MOTA:          ¡Válgame Dios!  Voces oigo

en la plaza del alcázar.

¿Qué puede ser a estas horas?

Un hielo el pecho me arraiga.

Desde aquí parece todo

una Troya que se abrasa,

porque tantas hachas juntas

hacen gigantes de llamas.

Un grande escuadrón de hachos

se acerca a mí, porque anda

el fuego emulando estrellas

dividiéndose en escuadras.

Quiero saber la ocasión.

Sale don DIEGO Tenorio, y la guarda con hachas

DIEGO:         ¿Qué gente?

MOTA:                     Gente que aguarda

saber de aqueste rüido

el alboroto y la causa.

DIEGO:            ¡Préndedlo!

MOTA:                        ¿Prenderme a mí?

DIEGO:         Volved la espada a la vaina,

que la mayor valentía

es no tratar de las armas.

MOTA:          ¿Cómo al marqués de la Mota

hablan ansí?

DIEGO:                       Dad la espada,

que el rey os manda prender.

MOTA:          ¡Vive Dios!

Sale el REY y acompañamiento

REY:                     En toda España

no ha de caber, ni tampoco

en Italia, si va a Italia.

DIEGO:         Señor, aquí está el marqués.

MOTA:          Gran señor, ¿prenderme manda?

REY:           Llevadle luego y ponedle

la cabeza en una escarpia.

¿En mi presencia te pones?

MOTA:          ¡Ah, glorias de amor tiranas,

siempre en el pasar ligeras

como en el vivir pesadas!

Bien dijo un sabio, que había

entre la boca y la taza

peligro; mas el enojo

del rey me admira y espanta.

¿No sé por lo qué voy preso?

DIEGO:         ¿Quién mejor sabrá la causa

que vueseñoría?

MOTA:                         ¿Yo?

DIEGO:         Vamos.

MOTA:                 Confusión extraña.

REY:           Fulmínesele el proceso

al marqués luego, y mañana

le cortarán la cabeza.

Y al comendador, con cuanta

solemnidad y grandeza

se da a las personas sacras

y reales, el entierro

se haga en bronce y piedras varias:

un sepulcro con un bulto

le ofrezcan, donde en mosaicas

labores, góticas letras

den lenguas a su venganza.

Y entierro, bulto y sepulcro

quiero que a mi costa se haga.

¿Dónde doña Ana se fue?

DIEGO:         Fuése al sagrado doña Ana

de mi señora la reina.

REY:           Ha de sentir esta falta

Castilla.  Tal capitán

ha de llorar Calatrava.

Vanse todos. Sale BATRICIO desposado, con AMINTA, GASENO, viejo, BELISA y pastores MÚSICOS. Cantan

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

con trébol y toronjil;

y, aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella».

 

BATRICIO:         Sobre esta alfombra florida,

adonde en campos de escarcha

el sol sin aliento marcha

con su luz recién nacida,

os sentad, pues nos convida

al tálamo el sitio hermoso.

AMINTA:        Cantadle a mi dulce esposo

favores de mil en mil.

 

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y, aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella.»

 

GASENO:           Muy bien lo habéis solfeado.

No hay más sone en los Kiries.

BATRICIO:      Cuando, con sus labios [tiries],

[el sol al alba ha besado

y su rostro nacarado]

vuelve en púrpura, [las rosas]

saldrán, aunque vergozosas,

afrentando [este pensil.]

 

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y, aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella.»

 

[GASENO:          Yo, Batricio, os he entregado

el alma y ser en mi Aminta.

BATRICIO:      Por eso se baña y pinta

de más colores el prado.

Con deseos la he ganado,

con obras le he merecido.

MÚSICOS:       Tal mujer y tal marido

viva juntos años mil.

Cantan

«Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella».

 

BATRICIO:         No sale así el sol de oriente

como el sol que al alba sale,

que no hay sol que al sol se iguale

de sus niñas y su fuente,

a este sol claro y luciente

que eclipsa al sol su arrebol;

y ansí cantadle a mi sol

motetes de mil en mil.

 

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella».

 

AMINTA:           Batricio, yo lo agradezco;

falso y lisonjero estás,

mas si tus rayos me das

por ti ser luna merezco.

[Tú eres el sol por quien crezco,]

después de salir menguante,

para que al alba te cante

la salva en tono sutil.

 

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella».

Sale CATALINÓN, de camino

CATALINÓN:        Señores, el desposorio

huéspedes ha de tener.

GASENO:        A todo el mundo ha de ser

este contento notorio.

¿Quién viene?

CATALINÓN:                 Don Juan Tenorio.

GASENO:        ¿El viejo?

CATALINÓN:                 Ése no es don Juan.

BELISA:        Será su hijo galán.

BATRICIO:      Téngolo por mal agüero;

que galán y caballero

quitan gusto, y celos dan.

Pues, ¿quién noticia les dio

de mis bodas?

CATALINÓN:                   De camino

pasa a Lebrija.

BATRICIO:                      Imagino

que el demonio le envió;

mas ¿de qué me aflijo yo?

Vengan a mis dulces bodas

del mundo las gentes todas.

Mas, con todo, un caballero

en mis bodas…  ¡Mal agüero!

GASENO:        Venga el Coloso de Rodas,

venga el Papa, el Preste Juan,

y don Alfonso el onceno

con su corte, que en Gaseno

ánimo y valor verán.

Montes en casa hay de pan,

Guadalquivides de vino,

Babilonias de tocino,

y entre ejércitos cobardes

de aves, para que las cardes,

el pollo y el palomino.

Venga tan gran caballero

a ser hoy en Dos Hermanas

honra de estas nobles canas.

BELISA:        ¡El hijo del camarero

mayor!

BATRICIO:           Todo es mal agüero

para mí, pues le han de dar

junto a mi esposa lugar.

Aun no gozo, y ya los cielos

me están condenando a celos.

Amor, sufrir y callar.

Sale don JUAN Tenorio

JUAN:             Pasando acaso he sabido

que hay bodas en el lugar,

y de ellas quise gozar,

pues tan venturoso he sido.

GASENO:        Vueseñoría ha venido

a honrarlas y engrandecellas.

BATRICIO:      (Yo que soy el dueño de ellas         Aparte

digo entre mí que vengáis

en hora mala.)

GASENO:                      ¿No dais

lugar a este caballero?

JUAN:          Con vuestra licencia quiero

sentarme aquí.

Siéntase junto a la novia

BATRICIO:                   Si os sentáis

delante de mí, señor,

seréis de aquesa manera

el novio.

JUAN:                  Cuando lo fuera

no escogiera lo peor.

GASENO:        ¡Que es el novio!

JUAN:                          De mi error

e ignorancia perdón [pido.]

Hablan aparte CATALINÓN y don JUAN

CATALINÓN:     ¡Desventurado marido!

JUAN:          Corrido está.

CATALINÓN:                  No lo ignoro,

mas, si tiene de ser toro,

¿qué mucho que esté corrido?

No daré por su mujer,

ni por su honor un cornado.

(¡Desdichado tú, que has dado         Aparte

en manos de Lucifer!)

JUAN:          ¿Posible es que vengo a ser,

señora, tan venturoso?

¡Envidia tengo al esposo!

AMINTA:        Parecéisme lisonjero.

BATRICIO:      (Bien dije que es mal agüero       Aparte

en bodas un poderoso.)

[JUAN:            Hermosas manos tenéis

para esposa de un villano.

CATALINÓN:     Si al juego le dais la mano,

vos la mano perderéis.

BATRICIO:      Celos, muerte no me deis.]

GASENO:        Ea, vamos a almorzar,

porque pueda descansar

un rato su señoría.

Tómale don JUAN la mano a la novia

JUAN:          ¿Por qué la escondéis?

AMINTA:                             ¡Es mía!

GASENO:        ¡Vamos!

BELISA:                 Volved a cantar.

Hablan aparte don JUAN y CATALINÓN

JUAN:             ¿Qué dices tú?

CATALINÓN:                      ¿Yo?  Que temo

muerte vil de esos villanos.

JUAN:          ¡Buenos ojos, blancas manos!

En ellos me abraso y quemo.

CATALINÓN:     ¡Almagrar y echar a extremo!

¡Con ésta cuatro serán!

JUAN:          Ven, que mirándome están.

BATRICIO:      (¿En mis bodas caballero?          Aparte

¡Mal agüero!

GASENO:                   Cantad.

BATRICIO:                        (Muero.)         Aparte

CATALINÓN:     Canten, que ellos llorarán.

 

MÚSICOS:          «Lindo sale el sol de abril,

por trébol y toronjil;

y, aunque le sirva de estrella,

Aminta sale más bella».

Vanse todos

FIN DEL ACTO SEGUNDO

ACTO TERCERO

Sale BATRICIO pensativo

BATRICIO:         Celos, reloj de cuidado,

que a todas las horas dais

tormentos con que matáis,

aunque andéis desconcertado;

celos, del vivir desprecios

con que ignorancias hacéis,

pues todo lo que tenéis

de ricos, tenéis de necios.

Dejadme de atormentar,

pues es cosa tan sabida,

que cuando Amor me da vida,

la muerte me queréis dar.

¿Qué me queréis, caballero,

que me atormentáis ansí?

Bien dije, cuando le vi

en mis bodas:  «Mal agüero».

¿No es bueno que se sentó

a cenar con mi mujer,

y a mí en el plato meter

la mano no me dejó?

Pues cada vez que quería

meterla, la desvïaba,

diciendo a cuanto tomaba:

«Grosería, grosería».

[No se apartó de su lado

hasta cenar, de manera

que todos pensaban que era

yo padrino, él desposado.

Y si decirle quería

algo a mi esposa, gruñendo

me la apartaba, diciendo:

«Grosería, grosería».]

Pues llegándome a quejar

a algunos me respondían,

y con risa me decían:

«No tenéis de qué os quejar.

Eso no es cosa que importe,

no tenéis de qué temer,

callad, que debe de ser

uso de allá [en] la corte».

¡Buen uso, trato extremado!

¡Más no se usara en Sodoma;

que otro con la novia coma,

y que ayune el desposado!

Pues el otro bellacón,

a cuanto comer quería,

«¿Esto no come?», decía.

«No tenéis, señor, razón».

Y de delante, al momento

me lo quitaba, corrido.

¡Esto bien sé yo que ha sido

culebra, y no casamiento!

Ya no se puede sufrir

ni entre cristianos pasar;

y acabando de cenar

con los dos, ¿mas que a dormir

se ha de ir también, si porfía,

con nosotros, y ha de ser

el llegar yo a mi mujer

«Grosería, grosería?»

Ya viene, no me resisto,

aquí me quiero esconder,

pero ya no puede ser,

que imagino que me ha visto.

Sale don JUAN Tenorio

JUAN:             Batricio.

BATRICIO:                   Su señoría,

¿qué manda?

JUAN:                     Haceros saber…

BATRICIO:      (¡Mas que ha de venir a ser        Aparte

alguna desdicha mía!)

JUAN:             …que ha muchos días, Batricio,

que a Aminta el alma le di,

y he gozado…

BATRICIO:                  ¿Su honor?

JUAN:                                 Sí.

BATRICIO:      Manifiesto y claro indicio

de lo que he llegado a ver;

que si bien no le quisiera,

nunca a su casa viniera;

al fin, al fin es mujer.

JUAN:             Al fin, Aminta celosa,

o quizá desesperada

de verse de mí olvidada,

y de ajeno dueño esposa,

esta carta me escribió

enviándome a llamar,

y yo prometí gozar

lo que el alma prometió.

Esto pasa de esta suerte,

dad a vuestra vida un medio,

que le daré sin remedio,

a quien lo impida la muerte.

BATRICIO:         Si tú en mi elección lo pones,

tu gusto pretendo hacer,

que el honor y la mujer

son males en opiniones.

La mujer en opinión,

siempre más pierde que gana,

que son como la campana

que se estima por el son,

y ansí es cosa averiguada,

que opinión viene a perder,

cuando cualquiera mujer

suena a campana quebrada.

No quiero, pues me reduces

el bien que mi amor ordena,

mujer entre mala y buena,

que es moneda entre dos luces.

Gózala, señor, mil años,

que yo quiero resistir,

desengañar y morir,

y no vivir con engaños.

Vase BATRICIO

JUAN:             Con el honor le vencí,

porque siempre los villanos

tienen su honor en las manos,

y siempre miran por sí;

que por tantas variedades,

es bien que se entienda y crea,

que el honor se fue al aldea

huyendo de las ciudades.

Pero antes de hacer el daño

le pretendo reparar.

A su padre voy a hablar,

para autorizar mi engaño.

Bien lo supe negociar;

gozarla esta noche espero,

la noche camina, y quiero

su viejo padre llamar.

¡Estrellas que me alumbráis,

dadme en este engaño suerte,

si el galardón en la muerte,

tan largo me lo guardáis!

Vase don JUAN. Salen AMINTA y BELISA

BELISA:           Mira que vendrá tu esposo.

Entra a desnudarte, Aminta.

AMINTA:        De estas infelices bodas

no sé qué siento, Belisa.

Todo hoy mi Batricio ha estado

bañando en melancolía,

todo en confusión y celos.

¡Mirad qué grande desdicha!

Di, ¿qué caballero es éste

que de mi esposo me priva?

¡La desvergüenza en España

se ha hecho caballería!

[Déjame, que estoy sin seso,]

déjame, que estoy corrida.

¡Mal hubiese el caballero

que mis contentos me quita!

BELISA:        Calla, que pienso que viene;

que nadie en la casa pisa

de un desposado tan recio.

AMINTA:        Queda a Dios, Belisa mía.

BELISA:        Desenójale en los brazos.

AMINTA:        Plega a los cielos que sirvan

mis suspiros de requiebros,

mis lágrimas de caricias.

Vanse AMINTA y BELISA. Salen don JUAN, CATALINÓN y GASENO

JUAN:          Gaseno, quedad con Dios.

GASENO:        Acompañaros querría

por darle de esta ventura

el parabién a mi hija.

JUAN:          Tiempo mañana nos queda.

GASENO:        Bien decís, el alma mía

en la muchacha os ofrezco.

JUAN:          Mi esposa decid.

Vase GASENO

Ensilla,

Catalinón.

CATALINÓN:              ¿Para cuándo?

JUAN:          Para el alba, que, de risa

muerta, ha de salir mañana

de este engaño.

CATALINÓN:                   Allá en Lebrija,

señor, nos está aguardando

otra boda.  Por tu vida

que despaches presto en ésta.

JUAN:          La burla más escogida

de todas ha de ser ésta.

CATALINÓN:     Que saliésemos querría

de todas bien.

JUAN:                        Si es mi padre

el dueño de la justicia,

y es la privanza del rey,

¿qué temes?

CATALINÓN:                 De los que privan

suele Dios tomar venganza,

si delitos no castigan,

y se suelen en el juego

perder también los que miran.

Yo he sido mirón del tuyo

y por mirón no querría

que me cogiese algún rayo,

y me trocase en cecina.

JUAN:          Vete, ensilla, que mañana

he de dormir en Sevilla.

CATALINÓN:     ¿En Sevilla?

JUAN:                    Sí.

CATALINÓN:                  ¿Qué dices?

Mira lo que has hecho, y mira

que hasta la muerte, señor,

es corta la mayor vida;

y que hay tras la muerte imperio.

JUAN:          Si tan largo me lo fías,

¡vengan engaños!

CATALINÓN:                      ¡Señor!

JUAN:          Vete, que ya me amohinas

con tus temores extraños.

CATALINÓN:     (Fuerza al turco, fuerza al scita, Aparte

al persa, y al caramanto,

al gallego, al troglodita,

al alemán y al Japón,

al sastre con la agujita

de oro en la mano, imitando

continuo a la blanca niña.)

Vase CATALINÓN

JUAN:          La noche en negro silencio

se extiende, y ya las cabrillas

entre racimos de estrellas

el polo más alto pisan.

Yo quiero poner mi engaño

por obra, el amor me guía

a mi inclinación, de quien

no hay hombre que se resista.

Quiero llegar a la cama.

¡Aminta!

Sale AMINTA, como que está acostada

AMINTA:               ¿Quién llama a Aminta?

¿Es mi Batricio?

JUAN:                           No soy

tu Batricio.

AMINTA:                    Pues, ¿quién?

JUAN:                                   Mira

de espacio, Aminta, quién soy.

AMINTA:        ¡Ay de mí!  Yo soy perdida.

¿En mi aposento a estas horas?

JUAN:          Éstas son las obras mías.

AMINTA:        Volvéos, que daré voces,

no excedáis la cortesía

que a mi Batricio se debe,

ved que hay romanas Emilias

en Dos Hermanas también,

y hay Lucrecias vengativas.

JUAN:          Escúchame dos palabras,

y esconde de las mejillas

en el corazón la grana,

por ti más preciosa y rica.

AMINTA:        Vete, que vendrá mi esposo.

JUAN:          Yo lo soy.  ¿De qué te admiras?

AMINTA:        ¿Desde cuándo?

JUAN:                         Desde agora.

AMINTA:        ¿Quién lo ha tratado?

JUAN:                                Mi dicha.

AMINTA:        ¿Y quién nos casó?

JUAN:                           Tus ojos.

AMINTA:        ¿Con qué poder?

JUAN:                          Con la vista.

AMINTA:        ¿Sábelo Batricio?

JUAN:                            Sí,

que te olvida.

AMINTA:                      ¿Que me olvida?

JUAN:          Sí, que yo te adoro.

AMINTA:                         ¿Cómo?

JUAN:          Con mis dos brazos.

AMINTA:                           Desvía.

JUAN:          ¿Cómo puedo, si es verdad

que muero?

AMINTA:                 ¡Qué gran mentira!

JUAN:          Aminta, escucha y sabrás,

si quieres que te lo diga,

la verdad, que las mujeres

sois de verdades amigas.

Yo soy noble caballero,

cabeza de la familia

de los Tenorios antiguos,

ganadores de Sevilla.

Mi padre, después del rey,

se reverencia y se estima,

y, en la corte, de sus labios

pende la muertes o la vida.

Corriendo el camino acaso,

llegué a verte, que Amor guía

tal vez las cosas de suerte

que él mismo de ellas se olvida.

Víte, adoréte, abraséme,

tanto que tu amor me obliga

a que contigo me case.

Mira qué acción tan precisa.

Y aunque lo murmure el [reino],

y aunque el rey lo contradiga,

y aunque mi padre enojado

con amenazas lo impida,

tu esposo tengo de ser,

[dando en tus ojos envidia

a los que viere en su sangre

la venganza que imagina.

Ya Batricio ha desistido

de su acción, y aquí me envía

tu padre a darte la mano.]

¿Qué dices?

AMINTA:                  No sé qué diga,

que se encubren tus verdades

con retóricas mentiras.

Porque si estoy desposada,

como es cosa conocida,

con Batricio, el matrimonio

no se absuelve, aunque él desista.

JUAN:          En no siendo [consumado],

por engaño o por malicia

puede anularse.

AMINTA:                     [Es verdad;

mas ¡ay Dios!, que no querría

que me dejases burlada,

cuando mi esposo me quitas.]

JUAN:          Ahora bien, dame esa mano,

y esta voluntad confirma

con ella.

AMINTA:               ¿Que no me engañas?

JUAN:          Mío el engaño sería.

AMINTA:        Pues jura que cumplirás

la palabra prometida.

JUAN:          Juro a esta mano, señora,

infierno de nieve fría,

de cumplirte la palabra.

AMINTA:        Jura a Dios, que te maldiga

si no la cumples.

JUAN:                           Si acaso

la palabra y la fe mía

te faltare, ruego a Dios

que a traición y a alevosía,

me dé muerte un hombre muerto.

(Que vivo, Dios no permita).       Aparte

AMINTA:        Pues con ese juramento

soy tu esposa.

JUAN:                      El alma mía

entre los brazos te ofrezco.

AMINTA:        Tuya es el alma y la vida.

JUAN:          ¡Ay, Aminta de mis ojos!,

mañana sobre virillas

de tersa plata, estrellada

con clavos de oro de Tíbar,

pondrás los hermosos pies,

y en prisión de gargantillas

la alabastrina garganta,

y los dedos en sortijas

en cuyo engaste parezcan

[estrellas las amatistas;

y en tus orejas pondrás]

transparentes perlas finas.

AMINTA:        A tu voluntad, esposo,

la mía desde hoy se inclina.

Tuya soy.

JUAN:                     (¡Qué mal conoces          Aparte

al burlador de Sevilla!)

Vanse don JUAN y AMINTA. Salen ISABELA y FABIO, de camino

ISABELA:          ¡Que me robase el dueño

la prenda que estimaba, y más quería!

¡Oh, riguroso empeño

de la verdad!  ¡Oh, máscara del día!

¡Noche al fin tenebrosa,

antípoda del sol, del sueño esposa!

FABIO:            ¿De qué sirve, Isabela,

el amor en el alma y en los ojos,

si Amor todo es cautela

y en campos de desdenes causa enojos,

y el que se ríe agora,

en breve espacio desventuras llora?

El mar está alterado,

y en grave temporal, tiempoo socorre;

el abrigo han tomado

las galeras, duquesa, de la torre

que esta playa corona.

ISABELA:       ¿Adónde estamos, [Fabio]?

FABIO:                                  En Tarragona.

[Y] de aquí a poco espacio

daremos en Valencia, ciudad bella,

del mismo sol palacio,

divertiráse algunos días en ella;

y después a Sevilla

irás a ver la octava maravilla.

Que si a Octavio perdiste

más galán es don Juan, y de [notorio]

solar.  ¿De qué estás triste?

Conde dicen que es ya don Juan Tenorio,

el rey con él te casa,

y el padre es la privanza de su casa.

ISABELA:          No nace mi tristeza

de ser esposa de don Juan, que el mundo

conoce su nobleza;

en la esparcida voz mi agravio fundo,

que esta opinión perdida

he de llorar mientras tuviere vida.

FABIO:            Allí una pescadora

tiernamente suspira y se lamenta,

y dulcemente llora.

Acá viene sin duda, y verte intenta.

Mientras llamo tu gente,

lamentaréis las dos más dulcemente.

Vase FABIO, y sale TISBEA

TISBEA:           Robusto mar de España,

ondas de fuego, fugitivas ondas,

Troya de mi cabaña,

que ya el fuego por mares y por ondas

en sus abismos fragua

y [ya] el mar forma por las llamas de agua.

¡Maldito el leño sea

que a tu amargo cristal halló [camino],

antojo de Medea,

tu cáñamo primero, o primer lino

aspado de los vientos,

para telas de engaños e instrumentos!

ISABELA:          ¿Por qué del mar te quejas

tan tiernamente, hermosa pescadora?

TISBEA:        Al mar formo mil quejas.

¡Dichosa vos, que en su tormento agora

de él os estáis riendo!

ISABELA:       También quejas del mar estoy haciendo.

¿De dónde sois?

TISBEA:                          De aquellas

cabañas que miráis del viento heridas,

tan victoriosoa entre ellas,

cuyas pobres paredes desparcidas

van en pedazos graves,

dándole mil graznidos a las aves.

En sus pajas me dieron

corazón de fortísimo diamante,

mas las obras me hicieron

de este monstruo que ves tan arrogante

ablandarme, de suerte

que al sol la cera es más robusta y fuerte.

¿Sois vos la Europa hermosa,

que esos toros os llevan?

ISABELA:                                [A Sevilla]

llévanme a ser esposa

contra mi voluntad.

TISBEA:                           Si mi mancilla

a lástima os provoca,

y si injurias del mar os tienen loca,

en vuestra compañía

para serviros como humilde esclava

me llevad, que querría,

si el dolor o la afrenta no me acaba,

pedir al rey justicia

de un engaño crüel, de una malicia.

Del agua derrotado

a esta tierra llegó don Juan Tenorio

difunto y anegado;

amparéle, hospedéle, en tan notorio

peligro, y el vil huésped

víbora fue a mi planta el tierno césped.

Con palabra de esposo,

la que de nuestra costa burla hacía,

se rindió al engañoso.

¡Mal haya la mujer que en hombres fía!

Fuése al fin y dejóme,

mira si es justo que venganza tome.

ISABELA:          ¡Calla, mujer maldita!

¡Vete de mi presencia, que me has muerto!

Mas, si el dolor te incita

no tienes culpa tú.  Prosigue, [¿es cierto?]

TISBEA:        ¡La dicha furia mía!

ISABELA:       ¡Mal haya la mujer que en hombres fía!

[Pero sin duda el cielo

a ver estas cabañas me ha traído,

y de ti mi consuelo

en tan grave pasión ha renacido

para venganza mía.

¡Mal haya la mujer que en hombres fía!

TISBEA:           ¡Que me llevéis os ruego

con vos, señora, a mí y a un viejo padre,

porque de aqueste fuego

la venganza me dé que más me cuadre,

y al rey pida justicia

de este engaño y traición, de esta malicia!

Anfriso, en cuyos brazos

me pensé ver en tálamo dichoso,

dándole eternos lazos,

conmigo ha de ir, que quiere ser mi esposo.]

ISABELA:       Ven en mi compañía.

TISBEA:        ¡Mal haya la mujer que en hombres fía!

Vanse ISABELA y TISBEA. Salen don JUAN y CATALINÓN

 

CATALINÓN:        Todo enmaletado está.

JUAN:          ¿Cómo?

CATALINÓN:              Que Octavio ha sabido

la traición de Italia ya,

y el de la Mota ofendido

de ti justas quejas da,

y dice, al fin que el recado

que de su prima le diste

fue fingido y simulado,

y con su capa emprendiste

la traición que le ha infamado.

Dicen que viene Isabela

a que seas su marido,

y dicen…

JUAN:                    ¡Calla!

CATALINÓN:                      ¡Una muela

en la boca me has rompido!

JUAN:          Hablador, ¿quién te revela

tanto disparate junto?

[CATALINÓN:    ¿Disparate?

JUAN:                       Disparate.]

CATALINÓN:     Verdades son.

JUAN:                    No pregunto

si lo son, cuando me mate

Octavio. ¿Estoy yo difunto?

¿No tengo manos también?

¿Dónde me tienes posada?

CATALINÓN:     En la calle oculta.

JUAN:                             Bien.

CATALINÓN:     La iglesia es tierra sagrada.

JUAN:          Di que de día me den

en ella la muerte.  ¿Viste

al novio de Dos Hermanas?

CATALINÓN:     También le vi, ansiado y triste.

JUAN:          Aminta estas dos semanas

no ha de caer en el chiste.

CATALINÓN:        Tan bien engañada está

que se llama doña Aminta.

JUAN:          Graciosa burla será.

CATALINÓN:     Graciosa burla, y sucinta,

mas siempre la llorará.

Descúbrese un sepulcro de don GONZALO de Ulloa

JUAN:             ¿Qué sepulcro es éste?

CATALINÓN:                              Aquí

don Gonzalo está enterrado.

JUAN:          Éste es el que muerte di.

Gran sepulcro le han labrado.

CATALINÓN:     Ordenólo el rey ansí.

¿Cómo dice este letrero?

JUAN:          «Aquí aguarda del Señor

el más leal caballero

la venganza de un traidor».

Del mote reírme quiero.

Y, ¿habéisos vos de vengar,

buen viejo, barbas de piedra?

CATALINÓN:     No se las podrá pelar,

que en barbas muy fuertes medra.

JUAN:          Aquesta noche a cenar

os aguardo en mi posada;

allí el desafío haremos,

si la venganza os agrada,

y… aunque mal reñir podremos,

si es de piedra vuestra espada.

CATALINÓN:        Ya, señor, ha anochecido,

vámonos a recoger.

JUAN:          Larga esta venganza ha sido;

si es que vos la habéis de hacer,

importa no estar dormido.

Que si a la muerte aguardáis

la venganza, la esperanza

agora es bien que perdáis,

pues vuestro enojo, y venganza,

tan largo me lo fiáis.

Vanse don JUAN y CATALINÓN. Ponen la mesa dos criados

CRIADO 1:         Quiero apercibir la mesa

que vendrá a cenar don Juan.

CRIADO 2:      Puestas las mesas están.

¡Qué flema tiene si [enfrena]!

Ya tarda como solía

mi señor, no me contenta;

la bebida se calienta,

y la comida se enfría.

Mas ¿quién a don Juan ordena

este desorden?

Salen don JUAN y CATALINÓN

JUAN:                      ¿Cerraste?

CATALINÓN:     Ya cerré como mandaste.

JUAN:          ¡Hola, tráiganme la cena!

CRIADO 1:         Ya está aquí.

JUAN:                        Catalinón,

siéntate.

CATALINÓN:             Yo soy amigo

de cenar de espacio.

JUAN:                               ¡Digo

que te sientes!

CATALINÓN:                     La razón

haré.

CRIADO :                  (También es camino         Aparte

éste, si cena con él.)

JUAN:          Siéntate.

Un golpe dentro

CATALINÓN:              Golpe es aquél.

JUAN:          Que llamaron imagino.

Mira quién es.

CRIADO :                      Voy volando.

CATALINÓN:     ¿Si es la justicia, señor?

JUAN:          Sea, no tengas temor.

Vuelve el CRIADO huyendo

¿Quién es?  ¿De qué estás temblando?

CATALINÓN:        De algún mal da testimonio.

JUAN:          Mal mi cólera resisto.

Habla, responde, ¿qué has visto?

¿Asombróte algún demonio?

Ve tú,  y mira aquella puerta,

¡presto, acaba!

CATALINÓN:                    ¿Yo?

JUAN:                             Tú, pues.

¡Acaba, menea los pies!

CATALINÓN:     A mi abuela hallaron muerta,

como racimo colgada,

y desde entonces se suena

que anda siempre su alma en pena.

¡Tanto golpe no me agrada!

JUAN:             Acaba.

CATALINÓN:               ¡Señor, si sabes

que soy un Catalinón!

JUAN:          Acaba.

CATALINÓN:           Fuerte ocasión.

JUAN:          ¿No vas?

CATALINÓN:            ¿Quién tiene las llaves

de la puerta?

CRIADO 1:                    Con la aldaba

está cerrada no más.

JUAN:          ¿Qué tienes?  ¿Por qué no vas?

CATALINÓN:     ¡Hoy Catalinón acaba!

Mas, ¿si las forzadas vienen

a vengarse de los dos?

Llega CATALINÓN a la puerta, y viene corriendo, cae y levántase

JUAN:          ¿Qué es eso?

CATALINÓN:               ¡Válgame Dios,

que me matan, que me tienen!

JUAN:             ¿Quién te tiene?  ¿Quién te mata?

¿Qué has visto?

CATALINÓN:                 Señor, yo allí

vide, cuando luego fui…

¿Quién me ase, quién me arrebata?

Llegué, cuando después ciego,

cuando vile, ¡juro a Dios!

habló, y dijo, ¿quién sois vos?

Respondió, respondí.  Luego,

Topé y vide…

JUAN:                         ¿A quién?

CATALINÓN:                              No sé.

JUAN:          ¡Como el vino desatina!

Dame la vela, gallina,

y yo a quien llama veré.

Toma don JUAN la vela, y llega a la puerta, sale al encuentro don GONZALO, en la forma que estaba en el sepulcro, y don JUAN se retira atrás turbado, empuñando la espada, y en la otra la vela, y don GONZALO hacia él con pasos menudos, y al compás don JUAN,retirándose, hasta estar en medios del teatro

JUAN:             ¿Quién va?

GONZALO:                    Yo soy.

JUAN:                             ¿Quién sois vos?

GONZALO:       Soy el caballero honrado

que a cenar has convidado.

JUAN:          Cena habrá para los dos,

y si vienen más contigo,

para todos cena habrá.

Ya puesta la mesa está.

Siéntate.

CATALINÓN:            ¡Dios sea conmigo,

San Panuncio, san Antón!

Pues ¿los muertos comen?  Di.

Por señas dice que sí.

JUAN:          Siéntate, Catalinón.

CATALINÓN:        No señor, yo lo recibo

por cenado.

JUAN:                    Es desconcierto.

¿Qué temor tienes a un muerto?

¿Qué hicieras estando vivo?

Necio y villano temor.

CATALINÓN:     Cena con tu convidado,

que yo, señor, ya he cenado.

JUAN:          ¿He de enojarme?

CATALINÓN:                    Señor,

¡vive Dios que huelo mal!

JUAN:          Llega, que aguardando estoy.

CATALINÓN:     Yo pienso que muerto soy

y está muerto mi arrabal.

Tiemblan los CRIADOS

JUAN:             Y vosotros, ¿qué decís

y qué hacéis?  Necio temblar.

CATALINÓN:     Nunca quisiera cenar

con gente de otro país.

¿Yo, señor, con convidado

de piedra?

JUAN:                  ¡Necio temer!

Si es piedra, ¿qué te ha de hacer?

CATALINÓN:     Dejarme descalabrado.

JUAN:             Háblale con cortesía.

CATALINÓN:     ¿Está bueno?  ¿Es buena tierra

 

la otra vida?  ¿Es llano o sierra?

¿Prémiase allá la poesía?

CRIADO 2:         A todo dice que sí

con la cabeza.

CATALINÓN:                   ¿Hay allá

muchas tabernas?  Sí habrá,

si no se reside allá.

JUAN:             ¡Hola, dadnos de cenar!

CATALINÓN      Señor muerto, ¿allá se bebe

con nieve?

Baja la cabeza don GONZALO

¡Así que hay nieve!

¡Buen país!

JUAN:                        Si oír cantar

queréis, cantarán.

Baja la cabeza don GONZALO

CRIADO 1:                          Sí, dijo.

JUAN:          Cantad.

CATALINÓN:             Tiene el señor muerto

buen gusto.

CRIADO 2:                    Es noble por cierto,

y amigo de regocijo.

Cantan dentro

MÚSICOS:          «Si de mi amar aguardáis,

señora, de aquesta suerte,

el galardón en la muerte,

¡qué largo me lo fiáis!»

 

CATALINÓN:        O es sin duda veraniego

el seor muerto, o debe ser

hombre de poco comer.

Temblando al plato me llego.

Bebe

Poco beben por allá,

yo beberé por los dos.

¡Brindis de piedra, por Dios,

menos temor tengo ya!

 

MÚSICOS:          «Si ese plazo me convida

para que gozaros pueda,

pues larga vida me queda,

dejad que pase la vida.

Si de mi amor aguardáis,

señora, de aquesta suerte,

el galardón en la muerte,

¡qué largo me lo fiáis!»

 

CATALINÓN:        ¿Con cuál de tantas mujeres

como has burlado, señor,

hablan?

JUAN:                De todas me río,

amigo, en esta ocasión.

En Nápoles a Isabela.

CATALINÓN:     Ésa, señor, ya no es, [no],

burlada, porque se casa

contigo, como es razón.

Burlaste a la pescadora

que del mar te redimió,

pagándole el hospedaje

en moneda de rigor.

Burlaste a doña Ana…

JUAN:                               Calla,

que hay parte aquí que lastó

por ella, y vengarse aguarda.

CATALINÓN:     Hombre es de mucho valor,

que él es piedra, tú eres carne,

no es buena resolución.

GONZALO hace señas, que se quite la mesa, y queden solos

JUAN:          Hola, quitad esa mesa,

que hace señas que los dos

nos quedemos, y se vayan

los demás.

CATALINÓN:                 Malo, por Dios,

no te quedes, porque hay muerto

que mata de un mojicón

a un gigante.

JUAN:                        Salíos todos,

a ser yo Catalinón.

«Vete que viene.»

Vanse, y quedan los dos solos, y hace señas que cierre la puerta

La puerta

ya está cerrada, y ya estoy

aguardando.  Di qué quieres,

sombra, fantasma o visión.

Si andas en pena, o si buscas

alguna satisfacción,

para tu remedio, dilo,

que mi palabra te doy

de hacer lo que ordenares.

¿Estás gozando de Dios?

[¿Eres alma condenada

o de la eterna región?]

¿Díte la muerte en pecado?

Habla, que aguardando estoy.

Paso, como cosa del otro mundo

GONZALO:       ¿Cumplirásme una palabra

como caballero?

JUAN:                         Honor

tengo, y las palabras cumplo,

porque caballero soy.

GONZALO:       Dame esa mano, no temas.

JUAN:          ¿Eso dices?  ¿Yo temor?

Si fueras el mismo infierno

la mano te diera yo.

Dale la mano

GONZALO:       Bajo esa palabra y mano

mañana a las diez, estoy

para cenar aguardando.

¿Irás?

JUAN:                Empresa mayor

entendí que me pedías.

Mañana tu huésped soy.

¿Dónde he de ir?

GONZALO:                       A la capilla.

JUAN:          ¿Iré solo?

GONZALO:                 ¡No, los dos!

Y cúmpleme la palabra

como la he cumplido yo.

JUAN:          Digo que la cumpliré,

que soy Tenorio.

GONZALO:                        Y yo soy

Ulloa.

JUAN:                Yo iré sin falta.

GONZALO:       Y yo lo creo.  Adiós.

Va a la puerta

JUAN:          Aguarda, iréte alumbrando.

GONZALO:       No alumbres, que en gracia estoy.

Vase GONZALO muy poco a poco, mirando a don JUAN, y don JUAN a él, hasta que desaparece, y queda don JUAN con pavor

JUAN:          ¡Válgame Dios!  Todo el cuerpo

se ha bañado de un sudor,

y dentro de las entrañas

se me hiela el corazón.

Cuando me tomó la mano

de suerte me la apretó,

que un infierno parecía.

Jamás vide tal calor!

Un aliento respiraba,

organizando la voz

tan frío, que parecía

infernal respiración.

Pero todas son ideas

que da la imaginación.

el temor ¡y temer muertos

es más villano temor!

Que si un cuerpo noble, vivo,

con potencias y razón,

y con alma, no se teme,

¿quién cuerpos muertos temió?

Mañana iré a la capilla,

donde convidado estoy,

porque se admire y espante

Sevilla de mi valor.

Vase don JUAN. Sale el REY, don DIEGO Tenorio, y acompañamiento

REY:              ¿Llegó al fin Isabela?

DIEGO:                             Y disgustada.

REY:           Pues ¿no ha tomado bien el casamiento?

DIEGO:         Siente, señor, el nombre de infamada.

REY:           De otra causa precede su tormento,

¿dónde está?

DIEGO:                      En el convento está alojada

de las Descalzas.

REY:                           Salga del convento

luego al punto, que quiero que en palacio

asista con la reina, más de espacio.

DIEGO:            Si ha de ser con don Juan el desposorio,

manda, señor, que tu presencia vea.

REY:           Véame, y galán salga, que notorio

quiero que este placer al mundo sea.

Conde será desde hoy, don Juan Tenorio,

de Lebrija, él la mande y la posea;

que, si Isabela a un duque corresponde,

ya que ha perdido un duque, gane un conde.

DIEGO:            Todos por la merced, tus pies besamos.

REY:           Merecéis mi favor tan dignamente,

que, si aquí los servicios ponderamos,

me quedo atrás con el favor presente.

Paréceme, don Diego, que hoy hagamos

las bodas de doña Ana juntamente.

DIEGO:         ¿Con Octavio?

REY:                        No es bien que el duque Octavio

sea el restaurador de aqueste agravio.

Doña Ana, con la reina, me ha pedido

que perdone al marqués, porque doña Ana,

ya que el padre murió, quiere marido,

porque si le perdió, con él le gana.

Iréis con poca gente, y sin rüido

luego a hablarle, a la fuerza de Trïana,

y, por satisfacción, y por su abono,

de su agraviada prima, le perdono.

DIEGO:            Ya he visto lo que tanto deseaba.

REY:           Que esta noche han de ser, podéis decirle,

los desposorios.

DIEGO:                         Todo en bien se acaba;

fácil será el marqués el persuadirle,

que de su prima amartelado estaba.

REY:           También podéis a Octavio prevenirle.

Desdichado es el duque con mujeres,

son todas opinión, y pareceres.

Hanme dicho que está muy enojado

con don Juan.

DIEGO:                      No me espanto, si ha sabido

de don Juan el delito averiguado

que la causa de tanto daño ha sido.

El duque viene.

REY:                          No dejéis mi lado,

que en el delito sois comprehendido.

Sale el duque OCTAVIO

 

OCTAVIO:       Los pies, invicto rey, me dé tu alteza.

REY:           Alzad, duque, y cubrid vuestra cabeza.

 

¿Qué pedís?

OCTAVIO:                     Vengo a pediros,

postrado ante vuestras plantas,

una merced, cosa justa,

digna de serme otorgada.

REY:           Duque, como justa sea,

digo que os doy mi palabra

de otorgárosla.  Pedid.

OCTAVIO:       Ya sabes, señor, por cartas

de tu embajador, y el mundo

por la lengua de la fama.

Sabes que don Juan Tenorio,

con española arrogancia,

en Nápoles, una noche,

==¡para mí noche tan mala!==

con mi nombre profanó

el sagrado de una dama.

REY:           No pases más adelante,

ya supe vuestra desgracia,

en efecto.  ¿Qué pedís?

OCTAVIO:       Licencia que en la campaña

defienda cómo es traidor.

DIEGO:         Eso no, su sangre clara

es tan honrada.

REY:                          ¡Don Diego…!

DIEGO:         ¿Señor…?

OCTAVIO:                 ¿Quién eres, que hablas

en la presencia del rey

de esa suerte?

DIEGO:                       [Soy] quien calla

porque me lo manda el rey,

que si no, con esta espada

te respondiera.

OCTAVIO:                      Eres viejo.

DIEGO:         Yo he sido mozo en Italia,

a vuestro pesar un tiempo.

Ya conocieron mi espada

en Nápoles y en Milán.

OCTAVIO:       Tienes ya la sangre helada,

no vale «fui», sino «soy».

Empuña don DIEGO

DIEGO:         Pues fui, y soy.

REY:                          Tened, basta,

bueno está.  Callad don Diego,

que a mi persona se guarda

poco respeto, y vos, duque,

después que las bodas se hagan,

más de espacio [me] hablaréis.

Gentilhombre de mi cámara

es don Juan, y hechura mía,

y de aqueste tronco rama.

Mirad por él.

OCTAVIO:                    Yo lo haré,

gran señor, como lo mandas.

REY:           Venid conmigo, don Diego.

DIEGO:         ¡Ay hijo, qué mal me pagas

el amor que te he tenido!

Duque…

OCTAVIO:                 Gran señor…

REY:                          Mañana

vuestras bodas han de hacer.

OCTAVIO:       Háganse, pues tú lo mandas.

Vase el REY y don DIEGO, y salen GASENO y AMINTA

GASENO:           Este señor nos dirá

dónde está don Juan Tenorio.

Señor, ¿Si está por acá

un don Juan, a quien notorio

ya su apellido será?

OCTAVIO:          Don Juan Tenorio diréis.

AMINTA:        Sí, señor, ese don Juan.

OCTAVIO:       Aquí está.  ¿Qué le queréis?

AMINTA:        Es mi esposo ese galán.

OCTAVIO:       ¿Cómo?

AMINTA:             Pues, ¿no lo sabéis

siendo del Alcázar vos?

OCTAVIO:       No me ha dicho don Juan nada.

GASENO:        ¿Es posible?

OCTAVIO:                      Sí, por Dios.

GASENO:        Doña Aminta es muy honrada

cuando se casen los dos,

que cristiana vieja es

hasta los huesos, y tiene

de la hacienda el interés

[y a su virtud aun le aviene]

más bien que un conde, un marqués.

Casóse don Juan con ella,

y quitósela a Batricio.

AMINTA:        Decid cómo fue doncella

a su poder.

GASENO:                     No es jüicio

esto, ni aquesta querella.

OCTAVIO:          (Ésta es burla de don Juan,   Aparte

y para venganza mía

éstos diciéndola están.)

¿Qué pedís al fin?

GASENO:                           Querría,

porque los días se van,

que se hiciese el casamiento,

o querellarme ante el rey.

OCTAVIO:       Digo que es justo ese intento.

GASENO:        Y razón, y justa ley.

OCTAVIO:       (Medida a mi pensamiento           Aparte

ha venido la ocasión.)

En el Alcázar tenemos

bodas.

AMINTA:               ¿Si las mías son?

OCTAVIO:       Quiero, para que acertemos

valerme de una invención.

Venid donde os vestiréis,

señora, a lo cortesano,

y a un cuarto del rey saldréis

conmigo.

AMINTA:                  Vos de la mano

a don Juan me llevaréis.

OCTAVIO:          (Que de esta suerte es cautela). Aparte

GASENO:        El arbitrio me consuela.

OCTAVIO:       (Éstos venganza me dan                Aparte

de aqueste traidor don Juan

y el agravio de Isabela.)

Vanse todos. Salen don JUAN y CATALINÓN

CATALINÓN:        ¿Cómo el rey te recibió?

JUAN:          Con más amor que mi padre.

CATALINÓN:     ¿Viste a Isabela?

JUAN:                           También.

CATALINÓN:     ¿Cómo viene?

JUAN:                      Como un ángel.

CATALINÓN:     ¿Recibióte bien?

JUAN:                        El rostro

bañado de leche, y sangre,

como la rosa que al alba

despierta la débil [carne].

CATALINÓN:     ¿Al fin esta noche son

las bodas?

JUAN:                      Sin falta.

CATALINÓN:                     Fiambres

hubieran sido, no hubieras,

señor, engañado a tales.

Pero tú tomas esposa,

señor, con cargas muy grandes.

JUAN:          Di, ¿comienzas a ser necio?

CATALINÓN:     Y podrás muy bien casarte

mañana, que hoy es mal día.

JUAN:          Pues ¿qué día es hoy?

CATALINÓN:                     Es martes.

JUAN:          Mil embusteros y locos

dan en esos disparates.

Sólo aquél llamo mal día,

acïago y detestable,

en que no tengo dineros,

que los demás es donaire.

CATALINÓN:     Vamos, si te has de vestir,

que te aguardan y ya es tarde.

JUAN:          Otro negocio tenemos

que hacer, aunque nos aguarden.

CATALINÓN:     ¿Cuál es?

JUAN:                     Cenar con el muerto.

CATALINÓN:     Necedad de necedades.

JUAN:          ¿No ves que di mi palabra?

CATALINÓN:     Y cuando se la quebrantes,

¿qué importa?  ¿Ha de pedirte

una figura de jaspe

la palabra?

JUAN:                       Podrá el muerto

llamarme a voces infame.

CATALINÓN:     Ya está cerrada la iglesia.

JUAN:          Llama.

CATALINÓN:            ¿Qué importa que llame?

¿Quién tiene de abrir, que están

durmiendo los sacristanes?

JUAN:          Llama a ese postigo.

CATALINÓN:                    Abierto

está.

JUAN:              Pues entra.

CATALINÓN:                 ¡Entre un fraile

con hisopo y con estola!

JUAN:          Sígueme y calla.

CATALINÓN:                   ¿Que calle?

JUAN:          Sí.

CATALINÓN:        [Ya callo.]  ¡Dios en paz

de estos convites me saque!

Entran por una puerta y salen por otra

¡Qué oscura que está la iglesia,

señor, para ser tan grande!

¡Ay de mí!  ¡Tenme, señor,

porque de la capa me asen!

Sale don GONZALO como de antes y encuéntrase con ellos

JUAN:          ¿Quién va?

GONZALO:                     Yo soy.

CATALINÓN:                      Muerto estoy.

GONZALO:       El muerto soy, no te espantes,

no entendí que me cumplieras

la palabra, según haces

de todos burla.

JUAN:                         ¿Me tienes

en opinión de cobarde?

GONZALO:       Sí, que aquella noche huíste

de mí, cuando me mataste.

JUAN:          Huí de ser conocido,

mas ya me tienes delante,

di presto lo que me quieres.

GONZALO:       Quiero a cenar convidarte.

CATALINÓN:     Aquí excusamos la cena,

que toda ha de ser fiambre

pues no parece cocina

[si al convidado le mate].

JUAN:          Cenemos.

GONZALO:                Para cenar

es menester que levantes

esa tumba.

JUAN:                     Y si te importa

levantaré esos pilares.

GONZALO:       Valiente estás.

JUAN:                         Tengo brío,

y corazón en las carnes.

CATALINÓN:     Mesa de Guinea es ésta,

pues, ¿no hay por allá quien lave?

GONZALO:       Siéntate.

JUAN:                    ¿Adónde?

CATALINÓN:                       Con sillas

vienen ya dos negros pajes.

Salen dos enlutados con sillas

¿También acá se usan lutos

y bayeticas de Flandes?

GONZALO:       Siéntate [tú].

CATALINÓN:                Yo, señor,

he merendado esta tarde.

[Cena con tu convidado.

GONZALO:       Ea, pues, ¿he de enojarme?]

No repliques.

CATALINÓN:                No replico.

Dios en paz de esto me saque.

¿Qué plato es éste, señor?

GONZALO:       Este plato es de alacranes

y víboras.

CATALINÓN:                 ¡Gentil plato

[para el que trae buena hambre!

¿Es bueno el vino, señor?

GONZALO:       Pruébale.

CATALINÓN:                ¡Hiel y vinagre

es este vino!

GONZALO:                      Este vino

exprimen nuestros lagares

¿No comes tú?

JUAN:                      Comeré

si me dieses áspid a áspid

cuanto el infierno tiene.

GONZALO:       También quiero que te canten.]

Canten

MÚSICOS:          «Adviertan los que de Dios

juzgan los castigos grandes

que no hay plazo que no llegue

ni deuda que no se pague».

 

CATALINÓN:     Malo es esto, vive Cristo,

que he entendido este romance,

y que con nosotros habla.

JUAN:          Un hielo el pecho me abrase.

Canten

MÚSICOS:          «Mientras en el mundo viva,

no es justo que diga nadie

¡qué largo me lo fiáis!,

siendo tan breve el cobrarse».

 

CATALINÓN:     ¿De qué es este guisadillo?

GONZALO:       De uñas.

CATALINÓN:              De uñas de sastre

será, si es guisado de uñas.

JUAN:          Ya he cenado, haz que levanten

la mesa.

GONZALO:              Dame esa mano.

No temas, la mano dame.

JUAN:          ¿Eso dices?  ¿Yo temor?

¡Que me abraso!  No me abrases

con tu fuego.

GONZALO:                      Éste es poco

para el fuego que buscaste.

Las maravillas de Dios

son, don Juan, investigables,

y así quiere que tus culpas

a manos de un muerto pagues,

y, si pagas de esta suerte

las doncellas que burlaste,

ésta es justicia de Dios.

Quien tal hace, que tal pague.

JUAN:          ¡Que me abraso, no me aprietes!

Con la daga he de matarte,

mas, ¡ay, que me canso en vano

de tirar golpes al aire!

A tu hija no ofendí,

que vio mis engaños antes.

GONZALO:       No importa, que ya pusiste

tu intento.

JUAN:                       Deja que llame

quien me confiese y absuelva.

GONZALO:       No hay lugar, ya acuerdas tarde.

JUAN:          ¡Que me quemo! ¡Que me abraso!

Muerto soy.

Cae muerto don JUAN

CATALINÓN:               No hay quien se escape,

que aquí tengo de morir

también por acompañarte.

GONZALO:       Ésta es justicia de Dios.

Quien tal hace, que tal pague.

Húndese el sepulcro con don JUAN, y don GONZALO, con mucho ruido, y sale CATALINÓN arrastrando

 

CATALINÓN:     ¡Válgame Dios!  ¿Qué es aquesto?

Toda la capilla se arde,

y con el muerto he quedado,

para que le vele y guarde.

Arrastrando como pueda,

iré a avisar a su padre.

¡San Jorge, san Agnus Dei,

sacadme en paz a la calle!

Vase CATALINÓN. Salen el REY, don DIEGO y acompañamiento

DIEGO:         Ya el marqués, señor, espera

besar vuestros pies reales.

REY:           Entre luego y avisad

al conde, porque no aguarde.

Salen BATRICIO y GASENO

BATRICIO:      ¿Dónde, señor, se permiten

desenvolturas tan grandes,

que tus crïados afrenten

a los hombres miserables?

REY:           ¿Qué dices?

BATRICIO:                    Don Juan Tenorio,

alevoso y detestable,

la noche del casamiento,

antes que le consumase,

a mi mujer me quitó,

testigos tengo delante.

Salen TISBEA e ISABELA y acompañamiento

TISBEA:        Si vuestra alteza, señor,

de don Juan Tenorio no hace

justicia, a Dios y a los hombres,

mientras viva he de quejarme.

Derrotado le echó el mar,

díle vida y hospedaje,

y pagóme esta amistad

con mentirme y engañarme

con nombre de mi marido.

REY:           ¿Qué dices?

ISABELA:                     Dice verdades.

Salen AMINTA y el duque OCTAVIO

AMINTA:        ¿Adónde mi esposo está?

REY:           ¿Quién es?

AMINTA:                  Pues, ¿aún no lo sabe?

El señor don Juan Tenorio,

con quien vengo a desposarme,

porque me debe el honor,

y es noble, y no ha de negarme.

Manda que nos desposemos.

REY:           [Prendedle luego y matadle.]

Sale el marqués de la MOTA

MOTA:          Pues es tiempo, gran señor,

que a luz verdades se saquen,

sabrás que don Juan Tenorio

la culpa que me imputaste

tuvo él, pues como amigo

pudo él, crüel, engañarme

de que tengo dos testigos.

REY:           ¿Hay desvergüenza tan grande?

DIEGO:         En premio de mis servicios

haz que le prendan, y pague

sus culpas, porque del cielo

rayos contra mí no bajen,

siendo mi hijo tan malo.

REY:           ¿Esto mis privados hacen?

Sale CATALINÓN

CATALINÓN:     Señor, escuchad, oíd

el suceso más notable

que en el mundo ha sucedido,

y en oyéndome matadme.

Don Juan, del comendador

haciendo burla una tarde,

después de haberle quitado

las dos prendas que más valen,

tirando al bulto de piedra

la barba por ultrajarle,

a cenar le convidó.

¡Nunca fuera a convidarle!

Fue el bulto, y le convidó

y agora, porque no os canse,

acabando de cenar

entre mil presagios graves

de la mano le tomó

y le aprieta hasta quitarle

la vida, diciendo «Dios

me manda que así te mate,

castigando tus delitos.

¡Quién tal hace, que tal pague!»

REY:           ¿Qué dices?

CATALINÓN:                   Lo que es verdad,

diciendo antes que acabase,

que a doña Ana no debía

honor, que lo oyeron antes

del engaño.

MOTA:                        Por las nuevas

mil albricias quiero darte.

REY:           ¡Justo castigo del cielo!

Y agora es bien que se casen

todos, pues la causa es muerta,

vida de tantos desastres.

OCTAVIO:       Pues ha enviudado Isabela,

quiero con ella casarme.

MOTA:          Yo con mi prima.

BATRICIO:                      Y nosotros

con las nuestras, porque acabe

«El convidado de piedra».

REY:           Y el sepulcro se traslade

en San Francisco en Madrid

para memoria más grande.

FIN DEL ACTO TERCERO

FIN DE LA COMEDIA

 

El Vergonzoso en palacio

Personas que hablan en ella:

El DUQUE de Avero

Don Duarte, CONDE de Estremoz

Dos CAZADORES

FIGUEREDO, criado

TARSO, pastor

MELISA, pastora

DORISTO, alcalde

MIRENO, pastor

LARISO, pastor

DENIO, pastor

RUY Lorenzo, secretario

VASCO, lacayo

Doña JUANA

Doña MAGDALENA

Don ANTONIO

Doña SERAFINA

Un PINTOR

LAURO, viejo pastor

BATO, pastor

Un TAMBOR

 

 

ACTO PRIMERO

 

 

Salen el DUQUE de Avero, viejo, y el CONDE de Estremoz, de caza

 

 

DUQUE:            De industria a esta espesura retirado

vengo de mis monteros, que siguiendo

un jabalí ligero, nos han dado

el lugar que pedís; aunque no entiendo

con qué intención, confuso y alterado.

Cuando en mis bosques festejar pretendo

vuestra venida, conde don Duarte,

¿dejáis la caza por hablarme aparte?

CONDE:            Basta el disimular, sacá el acero

que, ya olvidado, os comparaba a Numa;

que el que desnudo veis, duque de Avero,

os dará la respuesta en breve suma.

De lengua al agraviado caballero

ha de servir la espada, no la pluma

que muda dice a voces vuestra mengua.

Echan mano

 

 

DUQUE:         Lengua es la espada, pues parece lengua;

y pues con ella estáis, y así os provoca

a dar quejas de mí, puesto que en vano,

refrenando las lenguas de la boca,

hablen solas las lenguas de la mano

si la ocasión que os doy, que será poca

para ese enojo poco cortesano,

a que primero la digáis no os mueve;

pues mi valor ningún agravio os debe.

CONDE:            ¡Bueno es que así disimuléis los daños

que contra vos el cielo manifiesta!

DUQUE:         ¿Qué daños, conde?

CONDE:                             Si en los largos años

de vuestra edad prolija, agora apresta,

duque de Avero, excusas, no hay engaños

que puedan convencerme.  La respuesta

que me pedís, ese papel la afirma

con vuestro sello, vuestra letra y firma.

Arrójale

 

 

Tomalde, pues es vuestro; que el crïado

que sobornastes para darme muerte

es, en lealtad, de bronce, y no ha bastado

vuestro interés contra su muro fuerte.

Por escrito mandastes que en mi estado

me quitase la vida y, de esta suerte,

no os espantéis que diga y lo presuma

que en vez de espada, ejercitáis la pluma.

DUQUE:            ¿Yo mandaros matar?

CONDE:                                 Aqueste sello,

¿no es vuestro?

DUQUE:                          Sí.

CONDE:                               ¿Podéis negar tan poco

aquesa firma?  Ved si me querello

con justa causa.

DUQUE:                          ¿Estoy despierto o loco?

CONDE:         Leed ese papel; que con leello

veréis cuán justamente me provoco

a tomar la venganza por mis manos.

DUQUE:         ¿Qué enredo es éste, cielos soberanos?

Lee el DUQUE la carta

 

 

«Para satisfacción de algunos agravios, que con

la muerte del conde Estremoz se pueden remediar,

no hallo otro medio mejor que la confianza que en

vos tengo puesta; y para que salga verdadera, me

importa, pues sois su camarero, seáis también el

ejecutor de mi venganza; cumplilda, y veníos a mi

estado; que en él estaréis seguro, y con el premio

que merece el peligro a que os ponéis por mi

causa.  Sírvaos esta carta de creencia, y dádsela

a quien os la lleva, advirtiendo lo que importa la

brevedad y el secreto.  De mi villa de Avero, a

de marzo de  años.   El Duque.»

 

CONDE:            No sé qué injuria os haya jamás hecho

la casa de Estremoz, de quien soy conde,

para degenerar del noble pecho

que a vuestra antigua sangre corresponde.

DUQUE:         Si no es que algún traidor ha contrahecho

mi firma y sello, falso, en quien se esconde

algún secreto enojo, con que intenta

con vuestra muerte mi perpetua afrenta,

¡vive el cielo que sabe mi inocencia

y conoce el autor de este delito,

que jamás en ausencia o en presencia,

por obra, por palabra, o por escrito,

procuré vuestro daño!  A la experiencia,

si queréis aguardarla, me remito;

que, con su ayuda, en esta misma tarde

tengo de descubrir su autor cobarde.

Confieso, la razón que habéis tenido;

y hasta dejaros, conde, satisfecho,

que suspendáis el justo enojo os pido,

y soseguéis el alterado pecho.

CONDE:         Yo soy contento, duque; persuadido

me dejáis algún tanto.

DUQUE:                                  (Yo sospecho    Aparte

quién ha sido el autor de aqueste insulto

que con mi firma y sella viene oculto;

pero antes de que dé fin hoy a la caza,

descubriré quién fueron los traidores.)

Salen don CAZADORES

 

 

CAZADOR 1:     ¡Famoso jabalí!

CAZADOR 2:                      Dímosle caza

y, a pesar de los perros corredores,

hicieron sus colmillos ancha plaza,

y escapóse.

DUQUE:                       Estos son mis cazadores.

¡Amigos!

CAZADOR 1:               ¡Oh, señor!

DUQUE:                                No habréis dejado

a vida jabalí, corzo y venado.

¿Hay mucha presa?

CAZADOR 2:                            Habrá la suficiente

para que tus acémilas no tornen

vacías.

DUQUE:                 ¿Qué se ha muerto?

CAZADOR 2:                                 Más de veinte

coronados venados, porque adornen

las puertas de palacio con su frente

y, porque en ellos, cuando a Avero tornen,

originales, vean sus traslados,

quien [en] figuras de hombres son venados;

tres jabalíes y un oso temerario,

sin la caza menor, porque ésta espanta.

DUQUE:         Mátase en este bosque de ordinario

gran suma de ella.

CAZADOR 1:                         No hay mata ni planta

que no la críe.

Sale FIGUEREDO

 

 

FIGUEREDO:                    ¡Oh, falso secretario!

DUQUE:         ¿Qué es esto?  ¿Dónde vas con priesa tanta?

FIGUEREDO:     ¡Gracias a Dios, señor, que hallarte puedo!

DUQUE:         ¿Qué alboroto es aqueste, Figueredo?

FIGUEREDO:        Una traición habemos descubierto

que, por tu secretario aleve urdida,

al conde de Estremoz hubiera muerto

si llegara la noche.

CONDE:                             ¿A mí?

FIGUEREDO:                                 La vida

me debéis, conde.

CONDE:                            (Ya la causa advierto  Aparte

de su enojo y venganza mal cumplida.

Engañé la hermosura de Leonela,

su hermana, y, alcanzada, despreciéla.)

DUQUE:            ¡Gracias al cielo, que por la justicia

del inocente vuelve!  ¿Y de qué suerte

se supo la traición de su malicia?

FIGUEREDO:     Llamó en secreto un mozo pobre y fuerte

y, como puede tanto la codicia,

prometióle, si al conde daba muerte,

enriquecerle; y para asegurarle

dijo que tú, señor, hacías matarle.

Pudo el vil interés manchar su fama.

Aquesta noche prometió, en efeto,

cumplillo; mas amaba, que es quien ama

pródigo de su hacienda y su secreto.

Dicen que suele ser potro la cama

donde hace confesar al más discreto

una mujer que da a la lengua y boca

tormento, no de cuerda, mas de toca.

Declaróla el concierto que había hecho,

y encargóla el secreto; mas como era

el huésped grande, el aposento estrecho,

tuvo dolores hasta echalle fuera.

Concibió por la oreja; parió el pecho

por la boca, y fue el parto de manera

que, cuando el sol doraba el mediodía,

ya toda Avero la traición sabía.

Prendió al parlero mozo la justicia,

y Ruy Lorenzo huyó con un crïado,

cómplice en las traiciones y malicia

que el delincuente preso ha confesado.

De esto te vengo a dar, señor, noticia.

DUQUE:         ¿Veis, conde, cómo el cielo ha averiguado

todo el caso y mi honra satisfizo?

Ruy Lorenzo mi firma contrahizo.

Averiguar primero las verdades,

conde, que despeñarse, fue prudencia

de sabias y discretas calidades.

CONDE:         No sé qué le responda a vueselencia.

Sólo que, de un ministro, en falsedades

diestro, pudo causar a mi impaciencia

el engaño que agora siento en suma;

mas, ¿qué no engañará una falsa pluma?

DUQUE:            Yo miraré desde hoy a quien recibo

por secretario.

CONDE:                           Si el fïar secretos

importa tanto, ya yo me apercibo

a elegir más leales que discretos.

DUQUE:         Milagro, conde, fue dejaros vivo.

CONDE:         La traición ocasiona estos efetos.

[Huyó] la deslealtad y la luz pura

de la verdad, señor, quedó segura.

¡Válgame el cielo!  ¡Qué dichoso he sido!

DUQUE:         Para un traidor que en esto se desvela,

todo es poco.

CONDE:                        Perdón humilde os pido.

DUQUE:         A cualquiera engañara su cautela.

Disculpado estáis, conde.

CONDE:                           (Aquesto ha urdido     Aparte

la mujeril venganza de Leonela;

pero importa que el duque esté ignorante

de la ocasión que tuvo, aunque bastante.)

DUQUE:            Pésame que el autor de aqueste exceso

huyese.  Pero vamos; que buscalle

haré de suerte que, al que muerto o preso

le trujere, prometo de entregalle

la hacienda que dejó.

CAZADOR 2:                            Si ofreces eso

no hará quien no le siga.

DUQUE:                                  Verá dalle

todo este reino un ejemplar castigo.

CONDE:         La vida os debo.  Pagaréla, amigo.

Vanse. Salen TARSO y MELISA, pastores

 

 

MELISA:           ¿Así me dejas, traidor?

TARSO:         Melisa, domá otros potros;

que ya no me hace quillotros

en el alma vueso amor.

Con la ausencia de medio año

que ya que ni os busco ni os veo

curó el tiempo mi deseo,

la enfermedad de un engaño.

Dándole a mis celos dieta,

estoy bueno, poco a poco;

ya, Melisa, no so loco

porque ya no so poeta.

¡Las copras que a cada paso

os hice!  ¡Huego de Dios

en ellas, en mí y en vos!

¡Si de subir al Parnaso

por sus musas de alquiler

me he quedado despeado!

¡Qué de nombre que os he dado:

luna, estrella, locifer…!

¿Qué tenéis bueno, Melisa,

que no alabase mi canto?

Copras os compuse al llanto,

copras os hice a la risa,

copras al dulce mirar,

al suspirar, al toser,

al callar, al responder,

al asentarse, al andar,

al branco color, al prieto,

a vuesos desdenes locos,

al escopir y a los mocos

pienso que os hice un soneto.

Ya me salí del garlito

do me cogistes, par Dios;

que no se me da por vos,

ni por vueso amor, un pito.

MELISA:           ¡Ay Tarso, Tarso, en efeto

hombre, que es decir olvido!

¿Que una ausencia haya podido

hacer perderme el respeto

a mí, Tarso?

TARSO:                         ¡A vos y a Judas!

Sois mudable.  ¿Qué queréis,

si en señal de eso os ponéis

en la cara tantas mudas?

MELISA:           Así, mis prendas me torna,

mis cintas y mis cabellos.

TARSO:         ¿Luego pensáis que con ellos

mi pecho o zurrón se adorna?

¡Qué boba!  Que a estar yo ciego

trujera conmigo el daño.

Ya, Melisa, habrá medio año

que con todo di en el huego.

Cabellos que fueron lazos

de mi esperanza crüeles,

listones, rosas, papeles,

baratijas y embarazos,

todo el huego lo deshizo

porque hechizó mi sosiego;

pues suele echarse en el huego

porque no empezca, el hechizo.

Hasta el zurrón di a la brasa

do guardé mis desatinos;

que por quemar los vecinos

se pega huego a la casa.

Llora [MELISA]

 

 

MELISA:           ¿Esto he de sufrir?  ¡Ay, cielo!

TARSO:         Aunque lloréis un diluvio;

tenéis el cabello rubio.

No hay que fïar de ese pelo.

Ya os conozco, que sois fina.

¡Pues no me habéis de engañar,

par Dios, aunque os vea llorar

los tuétanos y la orina!

MELISA:           ¡Traidor!

TARSO:                       ¡Verá la embinción!

Enjugad los arcaduces;

que hacéis el llanto a dos luces

como candil de mesón.

MELISA:             Yo me vengaré, crüel.

TARSO:         ¿Cómo?

MELISA:                Casándome, ingrato.

TARSO:         Eso es tomar el zapato

y daros luego con él.

MELISA:           Vete de aquí.

TARSO:                          Que me place.

MELISA:        ¿Que de vas de esa manera?

TARSO:         ¿No lo veis?  Andando.

MELISA:                               Espera.

¿Mas que sé de dónde nace

tu desamor?

TARSO:                        ¿Mas que no?

MELISA:        Celillos son de Mireno.

TARSO:         ¿Yo celillos?  ¡Oh, qué bueno!

Ya ese tiempo se acabó.

Mireno, el hijo de Lauro,

a quien sirvo, y cuyo pan

como, es discreto y galán,

y como tal le restauro

vuestro amor; mas yo le miro

tan libre, que en la ribera

no hallaréis quien se prefiera

a hacelle dar un sospiro.

Trújole su padre aquí

pequeño, y bien sabéis vos

que murmuran más de dos,

aunque vive y anda así,

que debajo del sayal

que le sirve de corteza

se encubre alguna nobleza

con que se honra Portugal.

No hay pastor en todo el Miño

que no le quiera y respete,

ni libertad que no inquiete

como a vos; mas ved qué aliño,

si la muerte hacelle quiso

tan desdeñoso y crüel,

que hay dos mil Ecos por él

de quien es sordo Narciso.

Como os veis de él despreciada,

agora os venís acá;

mas no entraréis porque está

el alma a puerta cerrada.

MELISA:           En fin, ¿no me quieres?

TARSO:                                     No.

MELISA:        Pues, para ésta, de un ingrato,

que yo castigue tu trato.

TARSO:         ¿Castigarme a mí vos?

MELISA:                              ¡Yo!

Presto verás, fementido,

si te doy más de un cuidado;

que nunca el hombre rogado

ama como aborrecido.

TARSO:            ¡Bueno!

MELISA:                   Verás lo que pasa.

Celos te dará un pastor;

que, cuando se pierde amor,

ellos le vuelven a casa.

Vase [MELISA]

 

 

TARSO:            ¿Sí?  Andad.  Échome a temer

alguna burla, aunque hablo;

que no tendrá miedo al diablo

quien no teme a una mujer.

Sale MIRENO, pastor

 

 

MIRENO:           ¿Es Tarso?

TARSO:                         ¡Oh, Mireno!  Soy

tu amigo fiel, si este nombre

merece tener un hombre

que te sirve.

MIRENO:                       Todo hoy

te ando a buscar.

TARSO:                               Melisa

me ha detenido aquí una hora;

y cuanto más por mí llora,

más me muero yo de risa.

Pero, ¿qué hay de nuevo?

MIRENO:                                  Amigo,

la mucha satisfacción

que tengo de tu afición

me obliga a tratar contigo

lo que, a no quererte tanto,

ejecutará sin ti.

TARSO:         De ver que me hables así

por ser tan nuevo, me espanto.

Contigo, desde pequeño,

me crïó Lauro, y aunque,

 

según mi edad, ya podré

gobernar casa y ser dueño,

quiero más, por el amor

que ha tanto que te he cobrado,

ser en tu casa crïado

que en la mía ser señor.

MIRENO:           En fe de haber descubierto

mi experiencia que es así

y hallar, Tarso, ingenio en ti,

puesto que humilde, despierto,

pretendo en tu compañía

probar si, hasta donde alcanza

la barra de mi esperanza,

llega la ventura mía.

Mucho ha que me tiene triste

mi altiva imaginación

cuya soberbia ambición

no sé en qué estriba o consiste.

Considero algunos ratos

que los cielos, que pudieron

hacerme noble y me hicieron

un pastor, fueron ingratos;

y que, pues con tal bajeza

me acobardo y avergüenzo,

puedo poco, pues no venzo

mi misma naturaleza.

Tanto el pensamiento cava

en esto, que ha habido vez

que, afrentando la vejez

de Lauro, mi padre, estaba

por dudar si doy su hijo

o si me hurtó a algún señor;

aunque de su mucho amor

mi necio engaño colijo.

Mil veces, estando a solas,

le he preguntado si acaso

el mundo, que a cada paso

honras anega en sus olas,

le sublimó a su alto asiento

y derribó del lugar

que intenta otra vez cobrar

me atrevido pensamiento;

porque el ser advenedizo

aquí anima mi opinión,

y su mucha discreción

dice claro que es postizo

su grosero oficio y traje,

por más que en él se reporte,

pues más es para la corte

que los montes su lenguaje.

Siempre, Tarso, ha malogrado

estas imaginaciones,

y con largas digresiones

mil sucesos me ha contado,

que todos paran en ser,

contra mis intentos vanos,

progenitores villanos

los que me dieron el ser.

Esto, que había de humillarme,

con tal violencia me altera

que de esta vida grosera

me ha forzado a desterrarme;

y que a buscar me desmande

lo que mi estrella destina,

que a cosas grandes me inclina

y algún bien me aguarda grande;

que, si tan pobre nací

como el hado me crïó,

cuanto más me hiciere yo,

más vendré a deberme a mí.

Si quieres participar

de mis males o mis bienes,

buena ocasión, Tarso, tienes;

déjame de aconsejar

y determínate luego.

TARSO:         Para mí bástame el verte,

Mireno, de aquesa suerte.

Ni te aconsejo ni ruego.

Discreto eres.  Estodiado

has con el cura.  Yo quiero

seguirte aunque considero

de Lauro el nuevo cuidado.

MIRENO:           Tarso, si dichoso soy,

yo espero en Dios de trocar

en contento su pesar.

TARSO:         ¿Cuándo has de irte?

MIRENO:                           Luego.

TARSO:                                 ¿Hoy?

MIRENO:           Al punto.

TARSO:                       ¿Y con qué dinero?

MIRENO:        De dos bueyes que vendí

lo que basta llevo aquí.

Vamos derecho a Avero,

y compraréte una espada

y un sombrero.

TARSO:                       ¡Plegue a Dios

que no volvamos los dos

como perro con pedrada!

Vanse. Salen RUY Lorenzo y VASCO, lacayo

 

 

VASCO:            Señor, vuélvete al bosque, pues conoces

que apenas estaremos aquí una hora

cuando las postas nos darán alcance;

y los villanos de estas caserías

que nos buscan cual galgos a las liebres,

si nos cogen, harán la remembranza

de Cristo y su prisión hoy con nosotros;

y quedaremos, por nuestros pecados,

en vez de remembrados, desmembrados.

RUY:           Ya, Vasco, es imposible que la vida

podamos conservar; pues cuando el cielo

nos librase de tantos que nos buscan,

el hambre vil, que con infames armas

debilita las fuerzas más robustas

nos tiene de entregar al duque fiero.

VASCO:         Para le hambre y sus armas no hay acero.

RUY:           Por vengar la deshonra de mi hermana

que el conde de Estremoz tiene usurpada,

su firma en una carta contrahice;

y, saliéndome inútil esta traza,

busqué quien con su muerte me vengase;

mas nada se le cumple al desdichado,

y, pues lo soy, acabe con la vida;

que no es bien muera de hambre habiendo espada.

VASCO:         ¿Es posible que un hombre que se tiene

por hombre, como tú, hecho y derecho,

quisiese averiguar por tales medios

si fue forzada o no tu hermana?  Dime,

¿piensas de veras que en el mundo ha habido

mujer forzada?

RUY:                          ¿Agora dudas de eso?

¿No están llenos los libros, las historias

y las pinturas de violentos raptos

y forzosos estupros que no cuento?

VASCO:         Riyérame a no ver que aquesta noche

los dos habemos de cenar con Cristo,

aunque hacer colación me contentara

en el mundo, y a oscuras me acostara.

Ven acá.  Si Leonela no quisiera

dejar coger las uvas de su viña,

¿no se pudiera hacer toda un ovillo,

como hace el erizo, y a puñadas,

aruños, coces, gritos, y a bocados,

dejar burlado a quien su honor maltrata,

en pie su fama y el melón sin cata?

Defiéndese una yegua en medio un campo

de toda una caterva de rocines,

sin poderse quejar, «¡Aquí del cielo,

que me quitan mi honra!» como puedo

una mujer honrada en aquel trance.

Escápase una gata como el puño

de un gato zurdo y otro carriromo

por los caramanchones y tejados

con sólo decir «miao» y echar un fufo.

¿Y quieren estas daifas persuadirnos

que no pueden guardar sus pertinencias

de peligros nocturnos?  Yo aseguro,

si como echa a galeras la justicia

los forzados, echara las forzadas,

que hubiera menos, y ésas más honradas.

Salen MIRENO y TARSO

 

 

TARSO:         Jurómela Melisa.  ¡Lindo cuento

será el ver que la he dado cantonada!

MIRENO:        Mal pagaste su amor.

TARSO:                             Dala a Pilatos,

que es más mudable que hato de gitanos;

más arrequives tienen sus amores

que todo un canto de órgano; no quiero

sino seguirte a ti por mar y tierra

y trocar los amores por la guerra.

RUY:           Gente suena.

VASCO:                      Es verdad; y aun en mis calzas

se han sonado de miedo las narices

del rostro circular, romadizadas.

RUY:           Perdidos somos.

VASCO:                        ¡Santos estrellados!

Doleos de quien de miedo está en tortilla;

y, si hay algún devoto de lacayos,

sáqueme de este aprieto y yo le juro

de colgalle mis calzas a la puerta

de su templo, en lavándolas diez veces

y limpiando la cera de sus barrios;

que, aunque las enceró mi pena fiera,

no es buena para ofrendas esta cera.

RUY:           Sosiégate; solos dos villanos,

sin armas defensivas ni ofensivas.

poco mal han de hacernos.

VASCO:                                 ¡Plegue al cielo!

RUY:           Cuanto y más que el venir tan descuidados

nos asegura de lo que tememos.

VASCO:         ¡Ciégalos, San Antonio!

RUY:                                   Calla.  Lleguemos.

¿Adónde bueno, amigos?

MIRENO:                               ¿Oh, señores!

A la villa, a comprar algunas cosas

que el hombre ha menester.  ¿está allá el duque?

RUY:           Allá quedaba.

MIRENO:                     Déle vida el cielo.

Y vosotros, ¿dó bueno?  Que esta senda

se aparta del camino real y guía

a unas caserías que se muestran

al pie de aquella sierra.

RUY:                                     Tus palabras

declaran tu bondad, pastor amigo.

Por vengar la deshonra de una hermana

intenté dar la muerte a un poderoso;

y, sabiendo mi honrado atrevimiento,

el duque manda que me siga y prenda

su gente por aquestos despoblados;

y ya, desesperado de librarme,

salgo al camino.  Quíteme la vida,

de tantos, por honrada, perseguida.

MIRENO:        Lástima me habéis hecho y, ¡vive el cielo!,

que, si como la suerte avara me hizo

un pastor pobre, más valor me diera,

por mi cuenta tomara vuestro agravio.

Lo que se puede hacer, de mi consejo,

es que los dos troquéis esos vestidos

por aquestos groseros; y encubiertos

os libraréis mejor hasta que el cielo

a daros su favor, señor, comience;

porque la industria los trabajos vence.

RUY:           ¡Oh, noble pecho, que entre paños bastos

descubre el valor mayor que he visto!

Páguete el cielo, pues que yo no puedo,

ese favor.

MIRENO:                  La diligencia importa.

Entremos en lo espeso y trocaremos

el traje.

RUY:                     Vamos.  ¡Venturoso he sido!

Vanse los dos

 

 

TARSO:         ¿Y habéis también de darme por mi sayo

esas abigarradas, con más cosas

que un menudo de vaca?

VASCO:                                  Aunque me pese.

TARSO:         Pues dos liciones me daréis primero

porque con ellas pueda hallar el tino,

entradas y salidas de esa Troya;

que, pardiez, que aunque el cura sabe tanto,

que canta un «parce mihi» por do quiere,

no me supo vestir el día del Corpus,

para her el rey David.

VASCO:                                Vamos; que presto

os la[s] sabréis poner.

TARSO:                               Como hay maestros

que enseñan a leer a los muchachos,

¿no pudieran poner en cada villa

maestros con salarios y con pagas

que mos dieran lición de calzar bragas?

Salen DORISTO, alcalde, LARISO y DENIO, pastores

 

 

DORISTO:          Ya los vestidos y señas

del amo y crïado sé.

Callad, que yo os lo pondré,

Lariso, cual digan dueñas.

LARISO:           ¿Que quiso matar al conde?

¿Verá el bellaco!

DORISTO:                         Par Dios,

que si los cojo a los dos

y el diabro no los esconde,

que he de llevarlos a Avero

con cepo y grillos.

DENIO:                             ¡Verá!

¿Qué bestia los llevará

en el cepo?

DORISTO:                     Regidero,

no os metáis en eso vos;

que no empuño yo de balde

el palillo.  ¿No so alcalde?

Pues yo os juro, a non de Dios,

que ha de her lo que publico

y que los ha de llevar

con el cepo hasta el lugar

de Avero vueso borrico.

LARISO:           Busquémoslos; que después

quillotraremos el modo

con que han de ir.

DORISTO:                          El monte todo

está cercado.  Por pies

no se irán.

DENIO:                        Amo y lacayo

han de estar aquí escondidos.

LARISO:        Las señas de los vestidos,

sombreros, capas y sayo

del mozo en la cholla llevo.

DORISTO:       Si los prendemos, por paga

diré al duque no mos haga

par del olmo, un rollo nuevo.

LARISO:           Hombre sois de gran meollo

si rollo en el puebro hacéis.

DORISTO:       Él será tal que os honréis

que os digan, «Váyase al rollo.»

Vanse. Salen RUY Lorenzo, de pastor, y MIRENO, de galán

 

 

RUY:              De tal manera te asienta

el cortesano vestido

que me hubiera persuadido

a que eras hombre de cuenta,

no haber visto primero

que ocultaba la belleza

de los miembros la bajeza

de aqueste traje grosero.

Cuando se viste el villano

las galas del traje noble,

parece imagen de roble

que no mueve pie ni mano;

ni hay quien persuadirse pueda

sin que es, como sospech[a],

pared que, de adobes hecha,

la cubre un tapiz de seda.

Pero cuando en ti contemplo

el desengaño con que andas

y el donaire con que mandas

ese vestido, otro ejemplo

hallo en ti más natural,

que vuelve por tu decoro,

llamándote imagen de oro

con la funda de sayal.

Alguna nobleza infiero

que hay en ti; pues te prometo

que te he cobrado el respeto

que al mismo duque de Avero.

¡Hágate el cielo como él!

MIRENO:        Y a ti, con sosiego y paz

te vuelva sin el disfraz

a tu estado; y fuera de él,

con paciencia vencerás

de la Fortuna el ultraje.

Si te ve un aquese traje

mi padre, en él hallarás

nuevo amparo; en él te fía,

y dile que me destierra

mi inclinación a la guerra;

que espero en Dios que algún día

buena vejez le he de dar.

RUY:           Adiós, gallardo mancebo.

La espada sola me llevo

para poder evitar,

si me conocen, mi ofensa.

MIRENO:        Haces bien;  anda con Dios,

que hasta la villa los dos

aunque vamos sin defensa,

no tenemos qué temer;

y allá espadas compraremos.

Sale VASCO, de pastor

 

 

VASCO:         Vámonos de aquí.  ¿Qué hacemos?

Que ya me quisiera ver

cien leguas de este lugar.

MIRENO:        ¿Y Tarso?

VASCO:                   Allí desenreda

las calzas, que agora queda

comenzándose a atacar,

muy enojado conmigo

porque me llevo la espada,

sin la cual no valgo nada.

MIRENO:        La tardanza os daña.

RUY:                                Amigo,

adiós.

VASCO:                   No está malo el sayo.

RUY:           Jamás borrará el olvido

este favor.

VASCO:                      Embutido

va en un pastor un lacayo.

Vase [RUY Lorenzo y VASCO]

 

 

MIRENO:           Del castizo caballo descuidado,

el hambre y apetito satisface

la verde hierba que en el campo nace,

el freno duro del arzón colgado;

mas luego que el jaez de oro esmaltado

le pone el dueño cuando fiestas hace,

argenta espumas, céspedes deshace,

con el pretal sonoro alborotado.

Del mismo modo entre la encina y roble,

crïado con el rústico lenguaje

y vistiendo sayal tosco, he vivido;

mas despertó mi pensamiento noble,

como al caballo, el cortesano traje;

que aumenta la soberbia el buen vestido.

Sale TARSO, de lacayo

 

 

TARSO:            ¿No ves las devanaderas

que me han forzado a traer?

Yo no acabo de entender

tan intricadas quimeras.

¿No notas la confusión

de calles y encrucijadas?

¿Has visto más rebanadas

sin ser mis calzas melón?

¿Qué astrólogo tuvo esfera,

di, menos inteligible?

¡Que ha una hora que no es posible

topar con la faltriquera!

¡Válgame Dios!  ¡El jüicio

que tendría el inventor

de tan confusa labor

y enmarañado edificio!

¡Qué ingenio!  ¡Qué entendimiento!

MIRENO:        Basta, Tarso.

TARSO:                        No te asombre;

que ésta no ha sido obra de hombre.

MIRENO:        ¿Pues de qué?

TARSO:                        De encantamiento.

Obra es digna de un Merlín,

porque en estos astrolabios

aun no hallarán los más sabios

ningún principio ni fin.

Pero, ya que enlacayado

estoy, y tú caballero,

¿qué hemos de hacer?

MIRENO:                            Ir a Avero,

que este traje ha levantado

mi pensamiento de modo

que a nuevos intentos vuelo.

TARSO:         Tú querrás subir al cielo,

y daremos en el lodo.

Mas, pues eres ya otro hombre,

por si acaso adonde fueres

caballero hacerte quieres,

¿no es bien que mudes el nombre?

Que si el de Mireno no es bueno

para nombre de señor.

MIRENO:        Dices bien.  No soy pastor,

ni he de llamarme Mireno.

Don Dionís en Portugal

es nombre ilustre y de fama.

Don Dionís desde hoy me llama.

TARSO:         No le has escogido mal;

que los reyes que ha tenido

de ese nombre esta nación,

eterna veneración

ganaron a su apellido.

Extremado es el ensayo;

pero, ya que así te ensalzas,

dame un nombre que a estas calzas

le venga bien, de lacayo;

que ya el de Tarso me quito.

MIRENO:        Escógele tú.

TARSO:                        Yo escojo,

si no lo tienes a enojo…

¿No es bueno…?

MIRENO:                       ¿Cuál?

TARSO:                               Gómez Brito.

¿Qué te parece?

MIRENO:                          ¡Extremado!

TARSO:         ¡Gentiles cascos, por Dios!

Sin ser obispo, los dos

mos habemos confirmado.

Salen DORISTO, LARISO y DENIO y pastores con armas y sogas

 

 

DORISTO:          ¡Válgaos el dimunio, amén!

¿Que nos los hemos de hallar?

LARISO:        Si no es que saben volar

imposible es que no estén

entre estas matas y peñas.

DENIO:         Busquémoslos por lo raso.

LARISO:        ¿No so[n] éstos?

DORISTO:                       Habrad paso.

LARISO:        Par Dios, conforme las señas,

que son los propios.

DORISTO:                              Atalde

los brazos, pues veis que están

sin armas.

DENIO:                   Rendíos, galán.

LARISO:        Tené al rey.

DORISTO:                    Tené al alcalde.

Por detrás los cogen y atan

 

 

MIRENO:           ¿Qué es esto?

TARSO:                           ¿Estáis en vosotros?

¿Por qué no prendéis?

DORISTO:                              Por gatos.

¡Aho!  ¿No veis qué mojigatos

hablan?  Sabéis ser quillotros

para dar la muerte al conde,

y, ¿pescudaisnos por qué

os prendemos?

DENIO:                        ¡Bueno, a fe!

TARSO:         ¿Qué conde o qué muerte?  ¿Adónde

mos habéis visto otra vez?

DORISTO:       Allá os lo dirá el verdugo

cuando os cuelgue cual besugo

de las agallas y nuez.

MIRENO:           A no llevarme la espada,

ya os fuerais arrepentidos.

TARSO:         El trueco de los vestidos

mos ha dado esta gatada.

¡Ah, mi señor don Dionís!

¿Es aquésta la ganancia

de la guerra?  ¿Qué ignorancia

te engañó?

DORISTO:                 ¿Qué barbillas?

TARSO:            Tarso quiero ser, no Brito;

ganadero, no lacayo.

Por bragas quiero mi sayo.

Las ollas lloro de Egipto.

LARISO:           ¿Quieres callar, bellacón?

Darle de peñas quiero.

DORISTO:       Alto, a Avero.

MIRENO:                      Pues a Avero

nos llevan, ten corazón;

que cuando el duque nos vea,

caerán éstos en su engaño

sin que nos mande hacer daño.

DORISTO:       Rollo tendrá muesa aldea.

DENIO:            Cuando bajo el olmo le hagas,

en él haremos concejo.

TARSO:         Yo de ninguno me quejo,

si de estas malditas bragas…

¿Quién ha visto tal ensayo?

MIRENO:        ¿Qué temes, necio?  ¿Qué dudas?

TARSO:         Si me cuelgan y hago un Judas,

sin hacer Judas lacayo,

¿no he de llorar y temer?

Hoy me cuelgan del cogollo.

DORISTO:       En la picota del rollo

un reloj he de poner.

Vamos.

LARISO:                  Bien el puebro ensalzas.

TARSO:         Si te quieres escapar

do no te puedan hallar

métete dentro en mis calzas.

Vanse. Salen doña JUANA y don ANTONIO, de camino

 

 

JUAN:             ¡Primo don Antonio!

ANTONIO:                                ¡Paso!

No me nombréis; que no quiero

hagáis de mí tanto caso

que me conozca en Avero

el duque.  A Galicia paso,

donde el rey don Juan me llama

de Castilla; que me ama

y hace merced; y deseo

a costa de algún rodeo,

saber si miente la fama

que ofrece el lugar primero

de la hermosura de España

a las hijas del de Avero,

o si la fama se engaña

y miente el vulgo ligero.

JUANA:            Bien hay que estimar y ver;

pero no habéis de querer

que así tan despacio os goce.

ANTONIO:       Si el de Avero me conoce,

y me obliga a detener,

caer en falta recelo

con el rey.

JUANA:                      Pues si eso pasa,

de mi gusto al vuestro apelo;

mas, si sabe que en su casa

don Antonio de Barcelo,

conde de Penela, ha estado

y que encubierto ha pasado

cuando le pudo servir

en ella, halo de sentir

con exceso; que en su estado

jamás llegó caballero

que por inviolables leyes

no le hospede.

ANTONIO:                      Así lo infiero;

que es nieto, en fin, de los reyes

de Portugal el de Avero.

Pero, dejando esto, prima;

¿tan notable es la beldad

que en sus dos hijas sublima

el mundo?

JUANA:                   ¿Es curiosidad

o el alma acaso os lastima

el ciego?

ANTONIO:                    Mal sus centellas

me pueden causar querellas

si de su vista no gozo;

curiosidades de mozo

a Avero me traen a vellas.

¿Cómo tengo de querer

lo que no he llegado a ver?

JUANA:         De que eso digáis me pesa.

Nuestra nación portuguesa

esta ventaja ha de hacer

a todas; que porque asista

aquí Amor, que es su interés,

ha de amar en su conquista

de oídas el portugués,

y el castellano, de vista.

Las hijas del duque son

dignas de que su alabanza

celebre nuestra nación.

La mayor, a quien Berganza

y su duque, con razón,

pienso que intenta entregar

al conde de Vasconcelos,

su heredero, puede dar

otra vez a Clicie celos,

si el sol la sale a mirar.

Pues de doña Serafina,

hermana suya, es divina

la hermosura.

ANTONIO:                      Y, de las dos,

¿a cuál juzgáis, prima, vos,

por más bella?

JUANA:                        Mas se inclina

mi afición a la mayor,

aunque mi opinión refuta

en parte el vulgo hablador;

mas en gustos no hay disputa

y más en cosas de amor.

En dos bandos se reparte

Avero, y por cualquier parte

hay bien que alegar.

ANTONIO:                           ¿Aquí

hay algún título?

JUANA:                            Sí,

don Francisco y don Düarte.

ANTONIO:          ¿Y qué hacen?

JUANA:                            Más de un curioso

dice que pretende ser

cada cuan de la una esposo.

ANTONIO:       Prima, yo las he de ver

esta tarde; que es forzoso

irme luego.

JUANA:                           Yo os pondré

donde su hermosura os dé,

podrá ser, más de una pena.

ANTONIO:       ¿Serafina o Madalena?

JUANA:         Bellas son las dos.  No sé.

 

Pero el duque sale aquí

con ellas.  Ponte a esta parte.

[Don ANTONIO se pone a la puerta o detrás de un cancel]. Sale el DUQUE, el CONDE, [doña] SERAFINA y doña MADALENA. [El DUQUE habla aparte al CONDE]

 

 

DUQUE:         Digo, conde don Düarte

que todo se cumpla así.

CONDE:            Pues el rey, nuestro señor,

favorece la privanza

del hijo del de Berganza,

y a vuestra hija mayor

os pide para su esposa,

escriba vuestra excelencia

que, con su gusto y licencia,

doña Serafina hermosa

lo será mía.

DUQUE:                         Está bien.

CONDE:         Pienso que su majestad

me mira con voluntad,

y que lo tendrán por bien;

yo y todo le escribiré.

DUQUE:         No lo sepa Serafina

hasta ver si determina

el rey que la mano os dé;

que es muchacha; y descuidada,

aunque portuguesa, vive

de que tan presto cautive

su libertad la lazada

o nudo del matrimonio.

[Hablan aparte don ANTONIO y doña JUANA]

 

 

JUANA:         Presto os habéis divertido.

Decid,  ¿qué os han parecido

las hermanas, don Antonio?

ANTONIO:          No sé el alma a cuál se inclina,

ni sé lo que hacer ordena.

Bella es doña Madalena,

pero dona Serafina

es el sol de Portugal.

Por la vista el alma bebe

llamas de amor entre nieve,

por el vaso de cristal

de su divina blancura;

la fama ha quedado corta

en su alabanza.

DUQUE:                          Esto importa.

ANTONIO:       Fénix es de la hermosura.

DUQUE:            Llegaos, Madalena, aquí.

CONDE:         Pues me da el duque lugar,

mi serafín, quiero hablar

si hay atrevimiento en mí

para que vuele tan alto

que a serafines me iguale.

ANTONIO:       Prima, a ver el alma sale

por los ojos el asalto

que Amor le da poco a poco.

Ganárame si me pierdo.

JUANA:         Vos entraste, primo, cuerdo,

y pienso que saldréis loco.

DUQUE:            Hija, el rey te honra y estima.

Cuán bien te está considera.

MADALENA:      Mi voluntad es de cera.

Vueselencia en ella imprima

el sello que más le cuadre,

porque en mí sólo ha de haber

callar con obedecer.

DUQUE:         ¡Mil veces dichoso padre

que oye tal!

CONDE:                           Las dichas mías,

como han subido al extremo

de su bien, que caigan temo.

SERAFINA:      Conde, esas filosofías

ni las entiendo ni son

de mi gusto.

CONDE:                      Un serafín

bien puede alcanzar el fin

y el alma de una razón.

No digáis que no entendéis,

serafín, lo que alcanzáis.

SERAFINA:      ¡Jesús, qué de ello que habláis!

CONDE:         Si soy hombre, ¿qué queréis?

Por palabras los intentos

quiere que expliquemos Dios;

que, a ser serafín cual vos,

con solos los pensamientos

nos habláramos.

SERAFINA:                        ¿Que Amor

habla tanto?

CONDE:                      ¿No ha de hablar?

SERAFINA:      No; que hay poco que fïar

de un niño, y más, hablador.

CONDE:            En todo os hizo perfeta

el cielo con mano franca.

ANTONIO:       Prima, para ser tan blanca,

notablemente es discreta.

¡Qué agudamente responde!

Ya han esmaltado los cielos

el oro de Amor con celos.

Mucho me enfada este conde.

JUANA:            ¡Pobre de vuestra esperanza

si tal contrario la asalta!

DUQUE:         Un secretario me falta

de quien hacer confïanza;

y aunque esta plaza pretenden

muchos por diversos modos

de favores, entre todos

pocos este oficio entienden.

Trabajo me ha de costar

en tal tiempo estar sin él.

MADALENA:      A ser el pasado fiel

era ingenio singular.

DUQUE:            Sí; mas puso en contingencia

mi vida y reputación.

Salen los pastores, [DORISTO, LARISO Y DENIO] y traen presos a MIRENO y TARSO

 

 

DORISTO:       Ande apriesa el bellacón.

LARISO:        Aquí está el duque.

TARSO:                             Paciencia

me dé Herodes.

DENIO:                          ¡Aho!  Llegá,

pues sois alcalde y habralde.

DORISTO:       Buen viejo, yo so el alcalde

y vos el duque.

LARISO:                          ¡Verá!

Llegaos más cerca.

DORISTO:                              Y sopimos

yo, el herrero y su mujer

que mandábades prender

estos bellacos y fuimos

Bras Llorente y Gil Bragado…

TARSO:         Aquése yo lo seré

pues por mi mal me embragué.

DORISTO:       Y después de haber llamado

a concejo el regidero

Pero Mínguez…  Llegá acá,

que no sois bestia y habrá.

Decid lo demás.

LARISO:                       No quiero.

Decildo vos.

DORISTO:                      No estodié

sino hasta aquí.  En concrusión,

éstos los ladrones son

que por sólo heros mercé

prendimos yo y Gil Mingollo.

Haga lo que el puebro pide

su duquencia, y no se olvide

lo que le dije del rollo.

DUQUE:            ¡Hay mayor simplicidad!

Ni he entendido a lo que vienen

ni por qué delito tienen

así estos hombres.  Soltad

los presos y decid vos

qué insulto habéis cometido

para que os hayan traído

de aquesa suerte a los dos.

De rodillas

 

 

MIRENO:           Si lo es el favorecer,

gran señor, a un desdichado,

perseguido y acosado

de tus gentes y poder,

y juzgas por temerario

haber trocado el vestido

por dalle vida, yo he sido…

DUQUE:         ¿Tú libraste al secretario?

Pero sí; que aquese traje

era suyo.  Di, traidor,

¿por qué le diste favor?

MIRENO:        Vueselencia no me ultraje,

ni ese título me dé;

que no estoy acostumbrado

a verme así despreciado.

DUQUE:         ¿Quién eres?

MIRENO:                     No soy.  Seré;

que sólo por pretender

ser más de lo que hay en mí

menosprecié lo que fui

por lo que tengo de ser.

DUQUE:            No te entiendo.

MADALENA:                         (¡Extraña audacia  Aparte

de hombre!  El poco temor

que muestra dice el valor

que encubre.  De su desgracia

me pesa.)

DUQUE:                       Di, ¿conocías

al traidor que ayuda diste?

Mas, pues por él te pusiste

en tal riesgo, bien sabías

quién era.

MIRENO:                       Supe que quiso

dar muerte a quien deshonró

su hermana, y después te dio

de su honrado intento aviso;

y, enviándole a prender,

le libré de ti, espantado

por ver que el que esta agraviado

persigas; debiendo ser

favorecido por ti,

por ayudar al que ha puesto

en riesgo su honor.

CONDE:                             (¿Qué es esto?    Aparte

¿Ya anda derramada así

la injuria que hice a Leonela?)

DUQUE:         ¿Sabes tú quién la afrentó?

MIRENO:        Supiéralo, señor, yo;

que a sabello…

DUQUE:                          Fue cautela

del traidor para engañarte.

Tú sabes adónde está

y así forzoso será

si es que pretendes librarte,

decillo.

MIRENO:                    ¡Bueno sería,

cuando adonde está supiera,

que un hombre como yo hiciera,

por temor, tal villanía!

DUQUE:            ¿Villanía es descubrir

un traidor?  Llevalde preso;

que si no ha perdido el seso

y menosprecia el vivir,

él dirá dónde se esconde.

MADALENA:      Ya deseo de libralle;

que no merece su talle

tal agravio.

DUQUE:                      Intento, conde,

vengaros.

CONDE:                      Él lo dirá.

TARSO:         (¡Muy gentil ganancia espero!)    Aparte

DUQUE:         Vamos; que responder quiero

al rey.

TARSO:                  (Medrándose va              Aparte

con la mudanza de estado

y nombre de don Dionís!)

DUQUE:         Viviréis si lo decís.

MIRENO:        (La Fortuna ha comenzado           Aparte

a ayudarme; ánimo ten,

porque en ella es natural,

cuando comienza por mal,

venir a acabar en bien.)

TARSO:            Bragas, si una vez os dejo,

nunca más transformación.

Llévanlos presos

 

 

DUQUE:         Meted una petición

vosotros en mi consejo

de lo que queréis; que allí

se os pagará este servicio.

DORISTO:       Vos, que tenéis buen jüicio,

la peticionad.

LARISO:                       Sea así.

DORISTO:          Señor, por este cuidado

haga un rollo en mi lugar,

tal que se pueda ahorcar

en él cualquier hombre honrado.

Vanse los pastores, el DUQUE y el CONDE; quedan los demás

 

 

MADALENA:         Mucho, doña Serafina,

me pesa ver llevar preso

aquel hombre.

SERAFINA:                     Yo confieso

que a rogar por él me inclina

su buen talle.

MADALENA:                        ¿Eso desea

tu afición?  ¿Ya es bueno el talle?

pues no tienes de libralle

aunque lo intentes.

SERAFINA:                            No sea.

Vanse doña SERAFINA y doña MADALENA

 

 

JUANA:            ¿Habéisos de ir esta tarde?

ANTONIO:       ¡Ay, prima!  ¡Cómo podré

si me perdí, si cegué,

si Amor valiente, cobarde,

todo el tesoro me gana

del alma y la voluntad?

Sólo por ver su beldad

no he de irme hasta mañana.

JUANA:            ¡Bueno estáis!  ¿Que amáis en fin?

ANTONIO:       Sospecho, prima querida,

que de mi contento y vida

Serafina será fin.

 

 

FIN DEL ACTO PRIMERO

ACTO SEGUNDO

 

 

Sale doña MADALENA, sola

 

 

MADALENA:         ¿Qué novedades son éstas,

altanero pensamiento?

¿Qué torres sin fundamento

tenéis en el aire puestas?

¿Cómo andáis tan descompuestas,

imaginaciones locas?

Siendo las causas tan pocas,

¿queréis exponer mis menguas

a jüicio de las lenguas

y a la opinión de las bocas?

Ayer guardaban los cielos

el mal de vuestra esperanza

con la tranquila bonanza

que agora inquietan desvelos.

Al conde de Vasconcelos,

o a mi padre di, en su nombre,

el sí; mas, porque me asombre,

sin que mi honor lo resista

se entró al alma, a escala vista,

por la misma vista un hombre.

Vióle en ella, y fuera exceso,

digno de culpa mi error,

a no saber que el Amor

es niño, ciego y sin seso.

¿A un hombre extranjero y preso,

a mi pesar, corazón,

habéis de dar posesión?

¿Amar al conde no es justo?

¡Mas, ay!  Que atropella el gusto

las leyes de la razón.

Mas, pues, a mi instancia está

por mi padre libre y suelto,

mi pensamiento resuelto

bien remediarse podrá.

Forastero es; si se va,

con pequeña resistencia

podrá sanar la paciencia

el mal de mis desconciertos;

pues son médicos expertos

de Amor el tiempo y la ausencia.

Pero, ¿con qué rigor trazo

el remedio de mi vida?

Si puede sanar la herida,

crueldad es cortar el brazo.

Démosle a Amor algún plazo,

pues su vista me provoca;

que, aunque es la efímera loca,

ninguno al enfermo quita

el agua que no permita

siquiera enjaguar la boca.

Hacerle quiero llamar.

–¡Ah, doña Juana!–  Teneos,

desenfrenados deseos,

si no os queréis despeñar.

¿Así vais a publicar

vuestra afrenta?  La vergüenza

mi loco apetito venza;

que, si es locura admitillo

dentro del alma, el decillo

es locura o desvergüenza.

Sale doña JUANA

 

 

JUANA:            Aquel mancebo dispuesto

que ha estado preso hasta agora

y a tu intercesión, señora,

ya en libertad está puesto,

pretende hablarte.

MADALENA:                         (¡Qué presto    Aparte

valerse el Amor procura

de la ocasión y ventura

que ha de ponerse en efeto!

Mas hace como discreto;

que Amor todo es coyuntura.)

¿Sabes qué quiere?

JUANA:                              Pretende

al favor que ha recibido

por ti, ser agradecido.

MADALENA:      (Áspides en rosas vende.)       Aparte

JUANA:         ¿Entrará?

MADALENA:                (Si preso prende,      Aparte

si maltratado maltrata,

si atado las manos ata

las de mi gusto resuelto,

¿qué ha de hacer presente y suelto,

quien ausente y preso mata?)

Dile que vuelva a la tarde;

que agora ocupada estoy.

Mas oye.  No vuelva.

JUANA:                              Voy.

MADALENA:      Escucha.  Di que se aguarde,

mas, váyase; que ya es tarde.

JUANA:         ¿Hase de volver?

MADALENA:                      ¿No digo

que sí?  Ve.

JUANA:                       Tu gusto sigo.

MADALENA:      Pero torna.  No se queje.

JUANA:         ¿Pues qué diré?

MADALENA:                     Que me deje.

(Y que me lleve consigo.)        Aparte

Anda.  Di que entre.

JUANA:                                Voy, pues.

Vase [doña JUANA]

 

 

MADALENA:      Que, aunque venga a mi presencia,

vencerá la resistencia

hoy del valor portugués.

El desear y ver es

en la honrada y la no tal,

apetito natural;

y si deferencia se halla,

es en que la honrada calla

y la otra dice su mal.

Callaré, pues que presumo

cubrir mi desasosiego,

si puede encubrirse el fuego,

sin manifestalle el humo.

Mas bien podré, si consumo

el tiempo a palabras vanas;

pero las llamas tiranas

del Amor, es cosa cierta

que, en cerrándolas la puerta,

se salen por las ventanas.

Cuando les cierren la boca,

por los ojos se saldrán;

mas no las conocerán

callando la lengua loca;

que, si ella a Amor no provoca,

nunca amorosos despojos

dan atrevimiento a enojos

si no es en cosas pequeñas;

porque al fin hablan por señas

cuando hablan solos los ojos.

Sale MIRENO, galán, y dice de rodillas

 

 

MIRENO:           Aunque ha sido atrevimiento

el venir a la presencia,

señora, de vueselencia

mi poco merecimiento,

ser agradecido trato

al recibido favor;

porque el pecado mayor

es el que hace un hombre ingrato.

Por haber favorecido

de un desdichado la vida,

que al noble es deuda debida,

me vi preso y perseguido;

pero en la misma moneda

me pagó el cielo, sin duda,

pues libre, con vuestra ayuda,

mi vida, señora, queda.

¡Libre dije?  Mal he hablado;

que el noble, cuando recibe,

cautivo y esclavo vive,

que es lo mismo que obligado.

Y, ojalá mi vida fuera

tal que, si esclava quedara,

alguna parte pagara

de esta merced, que ella hiciera

excesos; pero, entre tantas

que mi humildad envilecen

y como esclavos ofrecen

sus cuellos a vuestras plantas,

a pagar con ella vengo

la mucha deuda en que estoy;

pues no os debo más si os doy,

gran señora, cuanto tengo.

MADALENA:         Levantaos del suelo.

MIRENO:                                Así

estoy, gran señora, bien.

MADALENA:      Haced lo que os digo.  (¿Quién      Aparte

me ciega el alma?  ¡Ay de mí!)

¿Sois portugués?

Levantándose

 

 

MIRENO:                            Imagino

que sí.

MADALENA:              ¿Que lo imagináis?

¿De esa suerte incierto estáis

de quién sois?

MIRENO:                       Mi padre vino

al lugar adonde habita,

y es de alguna hacienda dueño,

trayéndome muy pequeño;

mas su trato lo acredita.

Yo creo que en Portugal

nacimos.

MADALENA:               ¿Sois noble?

MIRENO:                               Creo

que sí, según lo que veo

en mi honrado natural,

que muestra más que hay en mí.

MADALENA:      ¿Y darán la obras vuestras

si fuere menester, muestras

que sois noble?

MIRENO:                         Creo que sí.

Nunca de hacellas dejé.

MADALENA:      «Creo,» decís a cualquier punto.

¿Creéis, acaso, que os pregunto

artículos de la fe?

MIRENO:           Por la que debe guardar

a la merced recibida

de vueselencia mi vida,

bien los puede preguntar,

que mi fe su gusto es.

MADALENA:      ¡Qué agradecido venís!

¿Cómo os llamáis?

MIRENO:                           Don Dionís.

MADALENA:      Ya os tengo por portugués

y por hombre principal;

que en este reino no hay hombre

humilde de vuestro nombre,

porque es apellido real;

y sólo el imaginaros

por noble y honrado ha sido

causa que haya intercedido

con mi padre a libertaros.

MIRENO:           Deudor os soy de la vida.

MADALENA:      Pues bien; ya que libre estáis,

¿qué es lo que determináis

hacer de vuestra partida?

¿Dónde pensáis ir?

MIRENO:                               Intento

ir, señora, donde pueda

alcanzar fama que exceda

a mi altivo pensamiento.

Sólo aquesto me destierra

de mi patria.

MADALENA:                    ¿En qué lugar

pensáis que podéis hallar

esa ventura?

MIRENO:                      En la guerra;

que el esfuerzo hace capaz

para el valor que procuro.

MADALENA:      ¿Y no será más seguro

que la adquiráis en la paz?

MIRENO:           ¿De qué modo?

MADALENA:                        Bien podéis

granjealle si dais traza

que mi padre os dé la plaza

de secretario, que veis

que está vaca agora, a falta

de quien la pueda suplir.

MIRENO:        No nació para servir

mi inclinación, que es más alta.

MADALENA:         Pues cuando volar presuma,

las plumas la han de ayudar.

MIRENO:        ¿Cómo he de poder volar

con solamente una pluma?

MADALENA:         Con las alas del favor;

que el vuelo de una privanza

mil imposibles alcanza.

MIRENO:        Del privar nace el temor,

como muestra la experiencia;

y tener temor no es justo.

MADALENA:      Don Dionís, éste es mi gusto.

MIRENO:        ¿Gusto es de vuesa excelencia

que sirva al duque?  Pues, alto.

Cúmplase, señora, ansí,

que ya de un vuelo subí

al primer móvil más alto.

Pues, si en esto gusto os doy,

ya no hay que subir más arriba;

como el duque me reciba,

secretario suyo soy.

Vos, señora, lo ordenad.

MADALENA:      Deseo vuestro provecho,

y ansí lo que veis he hecho;

que, ya que os di libertad,

pesárame que en la guerra

la malograrais.  Yo haré

cómo esta plaza se os dé

porque estéis en nuestra tierra.

MIRENO:           Mil años el cielo guarde

tal grandeza.

MADALENA:                     (Honor, huír      Aparte

que revienta por salir

por la boca, Amor cobarde.)

Vase

 

 

MIRENO:           Pensamiento, ¿en qué entendéis?

Vos, que a las nubes subís,

decidme, ¿qué colegís

de lo que aquí visto habéis?

Declaraos, que bien podéis.

Decidme, ¿tanto favor

nace de sólo el valor

que a quien honra ennoblece,

o erraré si me parece

que ha entrado a la parte Amor?

¡Jesús!  ¡Qué gran disparate!

¡Temerario atrevimiento

es el vuestro, pensamiento!

Ni se imagine ni trate.

Mi humildad el vuelo abate

con que sube el deseo vario;

mas, ¿por qué soy temerario

si imaginar me prometo

que me ama en lo secreto

quien me hace su secretario?

¿No estoy puesto en libertad

por ella?  Y, ya sin enojos,

por el balcón de sus ojos,

¿no he visto su voluntad?

¡Amor me tiene!  Callad,

lengua loca; que es error

imaginar que el favor

que de su nobleza nace,

y generosa me hace,

está fundado en amor.

Mas el desear saber

mi nombre, patria y nobleza,

¿no es amor?  Ésa es bajeza.

Pues, alma, ¿qué puede ser?

Curiosidad de mujer.

Si; mas, ¿dijera, alma, advierte,

a ser eso de esa suerte

sin reinar amor injusto,

«Don Dionís, éste es mi gusto»?

Este argumento, ¿no es fuerte?

Mucho; pero mi bajeza

no se puede persuadir

que vuele y llegue a subir

al cielo de tal belleza;

pero, ¿cuándo hubo flaqueza

en mi pecho?  Esperar quiero;

que siempre el tiempo ligero

hace lo dudoso cierto;

pues mal vivirá encubierto

el tiempo, amor y dinero.

Sale TARSO

 

 

TARSO:           Ya que como a Daniel

del lago, nos han sacado

de la cárcel, donde he estado

con menos paciencia que él,

siendo la ira del duque

nuestro profeta Habacú,

¿qué aguardas más aquí tú

a que el tiempo nos bazuque?

¿Tanto bien nos hizo Avero

que en él con tal sorna estás?

Vámonos; pero dirás

que quieres ser caballero.

Y poco faltó, por Dios,

para ser en Portugal

caballeros a lo asnal;

pues que supimos los dos

que el duque mandado había

que, por las acostumbradas

nos diesen las pespuntadas

orden de caballería.

MIRENO:           ¡Brito, amigo!

TARSO:                           No soy Brito

sino Tarso.

MIRENO:                     Escucha necio.

TARSO:         Estas calzas menosprecio

que me estorban infinito.

Ya que en Brito me transformas,

sácame de aquestos grillos;

que no fui yo por novillos

para que me pongas cormas.

Quítamelas, y no quieras

que alguna vez huela mal.

MIRENO:        ¡Peregrino natural!

¿Que nunca has de hablar de veras?

Digo que estás temerario.

TARSO:         Braguirroto di que estoy.

¿Pero qué hay de nuevo?

MIRENO:                                Soy,

por lo menos, secretario

del duque de Avero.

TARSO:                                ¿Cómo?

MIRENO:        La que nos dio libertad

de esta liberalidad

es la autora.

TARSO:                       Mejor tomo

tus cosas; ya estás en zancos.

MIRENO:        Pues aún no lo sabes bien.

TARSO:         Darte quiero el parabién;

y pues con los amos francos

si algún favor me has de hacer

y mi descanso permites,

lo primero es que me quites

estas calzas, que sin ser

presidente, en apretones,

después que las he calzado,

en ellas he despachado

mil húmedas provisiones.

Vanse. Salen don ANTONIO y doña JUANA

 

 

ANTONIO:    Prima, a quedarme aquí mi amor me obliga,

aguarde el rey o no; que mi rey llamo

sólo mi gusto; que el pesar mitiga

que me ha de consumir, si ausente amo.

Pájaro soy; sin ver de Amor la liga.

Curiosamente me asenté en el ramo

de la hermosura, donde preso quedo;

volar pretendo pero más me enredo.

El conde de Estremoz sirve y merece

a doña Serafina; yo he sabido

que el duque sus intentos favorece,

y hacerla esposa suya ha prometido.

Quien no parece, dicen que perece.

Si no parezco, pues, y ya ni olvido

ni ausencia han de poder darme reposo,

¿qué he de esperar ausente y receloso?

Si mi adorado serafín supiera

quién soy, y con decírselo aguardara

recíprocos amores con que hiciera

mi dicha cierta y mi esperanza clara,

más alegre y seguro me partiera,

y de su fe mi vida confïara;

si se puede fïar el que es prudente

del sol de enero y de mujer ausente.

No me conoce y mi tormento ignora,

y así en quedarme mi remedio fundo;

que me parta después, o vaya agora

a la presencia de don Juan Segundo,

importa poco.  Prima mía, señora,

si no quieres que llore y sepa el mundo

el lastimoso fin que ausente espero,

no me aconsejes el salir de Avero.

JUANA:              Don Antonio, bien sabes lo que estimo

tu gusto, y que el amor que aquí te enseño

al deudo corresponde que de primo

nuestra sangre te debe, como a dueño;

si en que te quedes ves que te reprimo,

es por ser este pueblo tan pequeño

que has de dar nota en él.

ANTONIO:                                 Ya yo procuro

cómo sin que la dé, viva seguro.

Nunca me ha visto el duque, aunque me ha escrito.

Yo sé que busca un secretario experto,

porque al pasado desterró un delito.

JUANA:         Con risa el medio que has buscado advierto.

ANTONIO:       ¿No te parece, si en palacio habito

con este cargo, que podré encubierto

entablar mi esperanza, como acuda

el tiempo, la ocasión y más tu ayuda?

 

JUANA:            La traza es extremada, aunque indecente,

primo, a tu calidad.

ANTONIO:                           Cualquiera estado

es noble con amor.  No esté yo ausente

que con cualquiera oficio estaré honrado.

JUANA:         Búsquese el modo, pues.

ANTONIO:                              El más urgente

está ya concluído.

JUANA:                          ¿Cómo?

ANTONIO:                                He dado

un memorial al duque en que le pido

me dé esta plaza.

JUANA:                           Diligente has sido;

mas, sin saberlo yo, culparte quiero.

ANTONIO:       Del cuidadoso el venturoso nace;

hase encargado de él el camarero

de quien dicen que el duque caudal hace.

JUANA:         Mucho priva con él.

ANTONIO:                           Mi dicha espero

si el cielo a mis deseos satisface

y el camarero en la memoria tiene

esta promesa.

JUANA:                        Primo, el duque viene.

Salen el DUQUE y FIGUEREDO, su camarero

 

 

DUQUE:            Ya sabes que requiere aquese oficio

persona en quien concurran juntamente

calidad, discreción, presencia y pluma.

FIGUEREDO:     La calidad no sé; de esotras partes

le puedo asegurar a vueselencia

que no hay en Portugal quien conforme a ellas

mejor pueda ocupar aquesa plaza.

Le letra, el memorial que vueselencia

tiene suyo podrá satisfacelle;

DUQUE:         Alto; pues tú le abonas, quiero velle.

FIGUEREDO:     Quiérole ir a llamar.  Pero delante

está de vueselencia.  Llegá, hidalgo,

que el duque, mi señor, pretende veros.

ANTONIO:       Déme los pies, vueselencia.

DUQUE:                                    Alzaos.

¿De dónde sois?

ANTONIO:                      Señor, nací en Lisboa.

DUQUE:         ¿A quién habéis servido?

ANTONIO:                                 Héme crïado

con don Antonio de Barcelos, conde

de Penela, y os traigo cartas suyas,

en que mis pretensiones favorece.

DUQUE:         Quiero yo mucho al conde don Antonio,

aunque nunca le he visto.  ¿Por qué causa

no me las habéis dado?

ANTONIO:                              No acostumbro

pretender por favores lo que puedo

por mi persona, y quise que me viese

primero vueselencia.

DUQUE:                             Camarero,

su talle y buen estilo me ha agradado.

Mi secretario sois.  Cumplan las obras

lo mucho que promete esa presencia.

ANTONIO:       Remítome, señor, a la experiencia.

DUQUE:         Doña Juana, ¿qué hacen Serafina

y Madalena?

JUANA:                      En el jardín agora

estaban las dos juntas, aunque entiendo

que mi señora doña Madalena

quedaba algo indispuesta.

DUQUE:                                  ¿Pues qué tiene?

JUANA:         Habrá dos días que anda melancólica,

sin saberse la causa de este daño.

DUQUE:         Ya la adivino yo; vamos a vella,

que, como darla nuevo estado intento,

la mudanza de vida siempre causa

tristeza en la mujer honrada y noble;

y no me maravillo esté afligida

quien teme un cautiverio de por vida.

Doña Juana, quedaos; que como viene

el mensajero de Lisboa, y conoce

al conde de Penela, vuestro primo,

tendréis que preguntarle muchas cosas.

JUANA:         Es, gran señor, así.

DUQUE:                             Yo gusto de eso.

Secretario, quedaos.

ANTONIO:                           Tus plantas beso.

Vanse el DUQUE y FIGUEREDO

 

 

ANTONIO:       Venturoso han sido los principios.

JUANA:         Si tienes por ventura ser crïado

de quien eres igual, ventura tienes.

ANTONIO:       Ya por lo menos estaré presente,

y estorbaré los celos de algún modo

que el conde de Estremoz me causa, prima.

JUANA:         Dásele de él tan poco a quien adoras,

y de eso, primo, está tan olvidada,

que en lo que pone agora su cuidado

es sólo en estudiar con sus doncellas

una comedia, que por ser mañana

Carnestolendas, a su hermana intenta

representar, sin que lo sepa el duque.

ANTONIO:       ¿Es inclinada a versos?

JUANA:                                  Pierde el seso

por cosas de poesía, y esta tarde

conmigo sola en el jardín pretende

ensayar el papel, vestida de hombre.

ANTONIO:       ¿Así me dices eso, doña Juana?

JUANA:         Pues, ¿cómo quieres que lo diga?

ANTONIO:                                       ¿Cómo?

Pidiéndome la vida, el alma, el seso,

en pago de que me hagas tan dichoso

que yo la pueda ver de aquesa suerte.

Así vivas más años que hay estrellas.

Así jamás el tiempo riguroso

consuma la hermosura de que gozas.

Así tus pensamientos se te logren,

y el rey de Portugal, enamorado

de ti, te dé la mano, el cetro y vida.

JUANA:         Paso; que tienes talle de casarme

con el Papa, según estás sin seso.

Yo te quiero cumplir aqueste antojo.

Vamos, y esconderéte en los jazmines

y murtas que de cercas a los cuadros

sirven, donde podrás, si no das voces,

dar un hartazgo al alma.

ANTONIO:                             ¿Hay en Avero

algún pintor?

JUANA:                      Algunos tiene el duque

famosos; mas, ¿por qué me lo preguntas?

ANTONIO:       Quiero llevar conmigo quien retrate

mi hermoso serafín; pues fácilmente,

mientras se viste, sacará el bosquejo.

JUANA:         ¿Y si lo siente doña Serafina

o el pintor lo publica?

ANTONIO:                                Los dineros

ponen freno a las lenguas y los quitan.

¡O mátame o no impidas mis deseos!

JUANA:         ¡Nunca yo hablara, o nunca tú lo oyeras,

que tal prisa me das!  Ahora bien, primero,

en esto puedes ver lo que te quiero.

Busca un pinto sin lengua, y no malparas;

que, según los antojos diferentes

que tenéis los que andáis enamorados,

sospecho para mí que andáis preñados.

Vanse. Salen el DUQUE y doña MADALENA

 

 

DUQUE:            Si darme contento es justo,

no estés, hija, de esa suerte;

que no consiste mi muerte

más de en verte a ti sin gusto.

Esposo te dan los cielos

para poderte alegrar

sin merecer tu pesar

el conde de Vasconcelos.

A su padre, el de Berganza,

pues que te escribió, responde;

escribe también al conde

y no vea yo mudanza

en tu rostro ni pesar

si de mi vejez los días,

con esas melancolías,

no pretendes acortar.

MADALENA:         Yo, señor, procuraré

no tenerlas, por no darte

pena, si es que un triste es parte

en sí de que otro lo esté.

DUQUE:            Si te diviertes, bien puedes.

MADALENA:      Yo procuraré servirte;

y agora quiero pedirte

entre las muchas mercedes

que me has hecho, una pequeña.

DUQUE:         Con condición que se olvide

aquesa tristeza, pide.

MADALENA:      (Honra; el amor os despeña.)    Aparte

El preso que te pedí

librases, y ya lo ha sido,

de todo punto ha querido

favorecerse de mí.

Con sólo esto, gran señor,

parece que me ha obligado;

y así, a mi cargo he tomado,

con su aumento, tu favor.

Es hombre de buena traza

y tiene extremada pluma.

DUQUE:         Dime lo que quiere en suma.

MADALENA:      Quisiera entrar en la plaza

de secretario.

DUQUE:                           Bien poco

ha que dársela pudiera;

aún no ha un cuarto de hora entera

que está ocupado.

MADALENA:                        (¡Amor loco;     Aparte

muy bien despachado estáis!!

Vos perderéis por cobarde

pues acudiste tan tarde

que con alas no voláis.)

DUQUE:            Por orden del camarero

a un mancebo he recibido

que de Lisboa ha venido

con aquese intento a Avero;

y, según lo que en él vi,

muestra ingenio y suficiencia.

MADALENA:      Si gusta vuestra excelencia

ya que mi palabra di,

y él está con esperanza

que le he de favorecer,

pues me manda responder

al conde y al de Berganza,

sabiendo escribir tan mal,

quien quiera que se quedara

en palacio y me enseñara;

porque en mujer principal

falta es grande no saber

escribir cuando recibe

alguna carta, o si escribe,

que no se pueda leer.

Dándome algunas liciones,

más clara la letra haré.

DUQUE:         Alto, pues;  lición te dé

con que enmiendes tus borrones;

que, en fin, con ese ejercicio

la pena divertirás,

pues la tienes porque estás

ociosa; que el ocio es vicio.

Entre por tu secretario.

MADALENA:      Las manos quiero besarte.

Sale el CONDE don Duarte

 

 

CONDE:         Señor…

DUQUE:                 ¡Conde don Düarte!

CONDE:         Con contento extraordinario

vengo.

DUQUE:                  ¿Cómo?

CONDE:                          El rey recibe

con gusto mi pretensión,

y sobre aquesta razón

a vuestra excelencia escribe.

Dice que se servirá

su majestad de que elija,

para honrar mi casa, hija

de vueselencia, y tendrá

cuidado de aquí adelante

de hacerme merced.

DUQUE:                           Yo estoy

contento de eso, y os doy

nombre de hijo; aunque importante

será que disimuléis

mientras doña Serafina

al nuevo estado se inclina;

porque ya, conde, sabéis

cuán pesadamente lleva

esto de casarse agora.

CONDE:         Hará el alma, que la adora,

de sus sufrimientos prueba.

DUQUE:            Yo haré las partes por vos;

con ella perder recelo.

El conde de Vasconcelos

vendrá pronto, y de las dos

las bodas celebraré

presto.

CONDE:                  El esperar da pena.

DUQUE:         No estéis triste, Madalena.

MADALENA:      Yo, señor, me alegraré

por dar gusto a vueselencia.

DUQUE:         Vamos a ver lo que escribe

el rey.

CONDE:                  Quien espera y vive

bien ha menester paciencia.

Vanse los dos; queda [doña] MADALENA

 

 

MADALENA:         Con razón se llama amor

enfermedad y locura;

pues siempre el que ama procura,

como enfermo, lo peor.

Ya tenéis en casa, honor,

quien la batalla os ofrece,

y poco hará, me parece,

cuando del alma os despoje,

que quien el peligro escoge

no es mucho que en él tropiece.

Los encendidos carbones

tragó Porcia, y murió luego.

¿Qué haré yo, tragando el fuego,

por callar, de mis pasiones?

Diréle, no por razones,

sino por señas visibles,

los tormentos invisibles

que padezco por no hablar;

porque mujer y callar

son cosas incompatibles.

Vase. Salen doña JUANA, don ANTONIO y un PINTOR

 

 

JUANA:            Desde este verde arrayán,

donde el sitio al Amor hurta[s]

estos jazmines y murtas

ser tus celosías podrán;

pero que calle te aviso

y tendrá tu amor buen fin.

ANTONIO:       Ya sé que es mi serafín

ángel de este paraíso;

y yo, si acaso nos siente,

será Adán echado de él.

JUANA:         Yo haré que ensaye el papel

aquí, para que esté enfrente

del pintor, y retratalla

con más facilidad pide.

Vistiéndose de hombre queda,

pues da en aquesto.  A avisalla

voy de que solo y cerrado

está el jardín.  Primo, adiós.

Vase

 

 

ANTONIO:       Pintores somos los dos;

ya yo el retrato he copiado,

que me enamora y abrasa.

PINTO:         No entiendo ese pensamiento.

ANTONIO:       Naipe es el entendimiento,

pues la llama tabla rasa,

a mil pinturas sujeto,

Aristóteles.

PINTOR:                      Bien dices.

ANTONIO:       Las colores y matices

son especies del objeto,

que los ojos que le miran

al sentido común dan;

que es obrador donde están

cosas que el ingenio admiran,

tan solamente en bosquejo,

hasta que con luz distinta

las ilumina y las pinta

el entendimiento, espejo

que a todas da claridad.

Pintadas las pone en venta,

y para esto las presenta

a la reina Voluntad,

mujer de buen gusto y voto,

que ama el bien perpetuamente,

verdadero o aparente,

como no sea bien ignoto;

que lo que no es conocido

nunca por ella es amado.

PINTOR:        De esa suerte lo ha enseñado

el filósofo.

ANTONIO:                    Traído

de la pintura el caudal,

todos los lienzos descoge

y entre ellos compra y escoge

una vez bien y otras mal.

Pónele el marco de amor

y como en velle se huelga,

en la memoria le cuelga

que es su camarín mayor.

Del mismo modo miré

de mi doña Serafina

la hermosura peregrina.

Tomé el pincel, bosquejé.

Acabó el entendimiento

de retratar su beldad.

Compróle la Voluntad,

guarnecióle el pensamiento;

que a la memoria le trajo

y, viendo cuán bien salió,

luego el pintor escribió

«Amor me fecit» abajo.

¡Ves cómo pinta quien ama?

PINTOR:        Pues si ya el retrato tienes,

¿por qué a retratalla vienes

conmigo?

ANTONIO:                 Aquéste se llama

«retrato espiritual;»

que la Voluntad, ya ves,

que es sólo espíritu.

PINTOR:                            ¿Pues?

ANTONIO:       La vista, que es corporal,

para contemplar el rato

que estoy solo su hermosura

pide agora a tu pintura

este corporal retrato.

PINTOR:           No hay filosofía que iguale

a la de un enamorado.

ANTONIO:       Soy en amor gradüado;

mas oye, que mi bien sale.

Sale doña SERAFINA, vestida de hombre; el vestido sea negro, y con ella doña JUANA

 

 

JUANA:            ¿Que aquesto de veras haces?

¿Que en verte así no te ofendes?

SERAFINA:      Fiestas de Carnestolendas

todas paran en disfraces.

Deséome entretener

de este modo; no te asombre

que apetezca el traje de hombre

ya que no lo puedo ser.

JUANA:            Paréceslo de manera

que me enamoro de ti.

En fin, ¿esta noche es?

SERAFINA:                             Sí.

JUANA:         A mí más gusto me diera

que te holgaras de otros modos

y no con representar.

JUANA:         No me podrás tú juntar

para los sentidos todos

los deleites que hay diversos

como en la comedia.

JUANA:                            Calla.

SERAFINA:      ¿Que fiesta o juego se halla

que no le ofrezcan los versos??

En la comedia, los ojos

¿no se deleitan y ven

mil cosas que hacen que estén

olvidados tus enojos?

La música, ¿no recrea

el oído y el discreto

no gusta allí del conceto

y la traza que desea?

Para el alegre, ¿no hay risa?

Para el triste, ¿no hay tristeza?

Para el agudo, ¿agudeza?

Allí el necio, ¿no se avisa?

El ignorante, ¿no sabe?

¿No hay guerra para el valiente,

consejos para el prudente,

y autoridad para el grave?

Moros hay si quieres moros;

si apetecen tus deseos

torneos, te hacen torneos;

si toros, correrán todos.

¿Quieres ver los epitetos

que de la comedia he hallado?

De la vida es un traslado,

sustento de los discretos,

dama del entendimiento,

de los sentidos banquete,

de los gustos ramillete,

esfera del pensamiento,

olvido de los agravios,

manjar de diversos precios,

que mata de hambre a los necios

y satisface a los sabios.

Mira lo que quieres ser

de aquestos dos bandos.

JUANA:                                 Digo

que el de los discretos sigo,

y que me holgara de ver

la farsa infinito.

SERAFINA:                            En ella

¿cuál es lo malo que sientes?

JUANA:         Sólo que tú representes.

SERAFINA:      ¿Por qué, si sólo han de vella

mi hermana y sus damas?  Calla.

De tu mal gusto me admiro.

ANTONIO:       Suspenso las gracias miro

con que habla.  A retratalla

comienza, si humana mano

al vivo puede copiar

la belleza singular

de un serafín.

PINTOR:                       Es humano.

Bien podré.

ANTONIO:                      ¿Pues, no te admiras

de su vista soberana?

SERAFINA:      El espejo, doña Juana.

Tocaréme.

Trae [doña JUANA] un espejo

 

 

JUANA:                     Si te miras

en él, ten, señora, aviso,

no te enamores de ti.

SERAFINA:      ¿Tan hermosa estoy ansí?

JUANA:         Temo que has de ser Narciso.

SERAFINA:         ¡Bueno!  De esta suerte quiero

los cabellos recoger,

por no parecer mujer

cuando me quite el sombrero.

Pon el espejo.  ¿A qué fin

le apartas?

JUANA:                    Porque así impido

a un pintor que está escondido

por copiarte en el jardín.

 

SERAFINA:         ¿Cómo es eso?

PINTOR:                          ¡Vive Dios,

que aquesta mujer nos vende!

Si el duque acaso esto entiende,

medrado habemos los dos.

SERAFINA:         ¿En el jardín hay pintor?

JUANA:         Sí.  Deja que te retrate.

ANTONIO:       ¡Cielos!  ¿Hay tal disparate?

SERAFINA:      ¿Quién se atrevió a eso?

JUANA:                                  Amor,

que, como en Chipre, se esconde

enamorado de ti

por retratarte.

ANTONIO:                        Eso sí.

JUANA:         (¡Cuál estará agora el conde!)      Aparte

SERAFINA:         Humor tienes singular

aquesta tarde.

PINTOR:                       ¿Ha de ser

el vestido de mujer

con que la he de retratar,

o como agora está?

ANTONIO:                              Sí,

como está; porque se asombre

el mundo que en traje de hombre

un serafín ande ansí.

PINTOR:           Sacado tengo el bosquejo.

En casa lo acabaré.

SERAFINA:      Ya de tocarme acabé.

Quitar puedes el espejo.

¿No está bien este cabello?

¿Qué te parezco?

JUANA:                           Un Medoro.

SERAFINA:      No estoy vestida de moro.

JUANA:         No, mas pareces más bello.

SERAFINA:         Ensayemos el papel,

pues ya estoy vestida de hombre.

JUANA:         ¿Cuál es de la farsa el nombre?

SERAFINA:      «La portuguesa crüel.»

JUANA:            En ti el poeta pensaba

cuando así la entituló.

SERAFINA:      Portuguesa soy; crüel no.

JUANA:         Pues a Amor, ¿que le faltaba

a no sello?

SERAFINA:                     ¿Qué crueldad

has visto en mí?

JUANA:                          No tener

a nadie amor.

[Doña SERAFINA] vase poniendo el cuello y sombrero

 

 

SERAFINA:                     ¿Puede ser

el no tener voluntad

a ninguno crueldad?  Di.

JUANA:         ¿Pues no?

SERAFINA:                ¿Y será justa cosa,

por ser para otros piadosa,

ser yo crüel para mí?

PINTOR:           ¡Par diez, que ella dice bien!

ANTONIO:       ¡Pobre del que tal sentencia

está escuchando!

PINTOR:                        ¡Paciencia!

ANTONIO:       Mis temores me la den.

SERAFINA:         Déjame ensayar y acaba.

Verás cuál hago un celoso.

JUANA:         ¿Qué papel haces?

SERAFINA:                          ¡Famoso!

Un príncipe que sacaba

al campo, a reñir por celos

de su dama, a un conde.

JUANA:                                 Pues,

comienza.

SERAFINA:                No sé lo que es,

pero escucha y fingirélos.

Representa

 

 

Conde, vuestro atrevimiento

a tal término ha venido

que ya la ley ha rompido

de mi honrado sufrimiento.

Espantado estoy, por Dios,

de vos y de Celia bella;

de vos, porque habláis con ella;

de ella porque os oye a vos;

que supuesto que sabéis

las conocidas ventajas

que hace a vuestra prendas bajas

el valor que conocéis

en mí, desacato ha sido;

en vos, por habella amado,

y en ella por haber dado

a vuestro amor loco oído.

Oye, no hay satisfacciones;

que serán intento vanos,

pues como no tenéis manos

queréis vencerme a razones.

Haga vuestro esfuerzo alarde,

acábense mis recelos,

que no es bien que me dé celos

un hombre que es tan cobarde.

Echa mano

 

 

Muestra tu valor agora,

medroso, infame enemigo.

¡Muere!

JUANA:                 ¡Ay, ten!  ¡Que no es conmigo

la pesadumbre, señora!

SERAFINA:         ¿Qué te parece?

JUANA:                             Temí.

SERAFINA:      Enojéme.

JUANA:                   ¿Pues qué hicieras,

a ser los celos de veras

si te enojas siendo así?

ANTONIO:          ¿Hay celos con mayor gracia?

PINTOR:        Estoy mirándola loco.

¡Donaire extraño!

JUANA:                           Por poco

sucediera una desgracia,

de verte tuve temor.

Un valentón bravo has hecho.

SERAFINA:      Oye agora.  Satisfecho

de mi dama y de su amor,

del enojo que la di,

muy a lo tierno la pido

me perdone arrepentido.

JUANA:         Eso será bueno.  Di.

Representa

 

 

SERAFINA:         Los cielos me son testigos

si el enojo que te he dado

al alma no me ha llegado.

Mi bien, seamos amigos.

Basta.  No haya más enojos,

pues yo propio me castigo.

Vuelvan a jugar conmigo

las dos niñas de esos ojos.

Quitad el ceño.  No os note

mi amor niñas soberanas;

que dirá que sois villanas

viéndoos andar con capote.

¿De qué sirve este desdén,

mi gloria, mi luz, mi cielo,

mi regalo, mi consuelo,

mi paz, mi gloria, mi bien?

¿Que no me quieres mirar?

¡Que esto no te satisfaga!

Mátame, toma esta daga.

Mas no me querrás matar;

que aunque te enojes, yo sé

que en mí tu gusto se emplea.

No hayas más, mi Celia.  ¡Ea,

mira que me enojaré!

Va a abrazar a doña JUANA

 

 

Como te adoro, me atrevo;

no me apartes, no te quites.

JUANA:         Pasito, que te derrites.

De nieve te has vuelto sebo.

Nunca has sido, sino agora,

portuguesa.

ANTONIO:                   ¡Ah, cielo santo!

¡Quién la dijera otro tanto

como ha dicho.

JUANA:                        Di, señora,

¿es posible que quien siente

y hace así un enamorado

no tenga amor?

SERAFINA:                      No me ha dado

hasta agora ese accidente

porque su provecho es poco,

y la pena que da es mucha.

Aqueste romance escucha.

¡Verás cuán bien finjo un loco!

Representa

 

 

¿Que se casa con el conde

y me olvida Celia?  ¡Cielos!

Pero mujer y mudanza

tienen un principio mesmo.

¿Qué se hicieron los favores

que cual flores prometieron

el fruto de mi esperanza?

Mas fueron flores de almendro;

un cierzo las ha secado.

Loco estoy, matarme quiero;

piérdase también la vida,

pues ya se ha perdido el seso.

Mas, no; vamos a las bodas;

que razón es, pensamiento,

pues que la costa pagamos,

que a mi costa nos holguemos.

En la aldea se desposan

los dos a lo villanesco;

que pues se casa en aldea,

villana su amor ha vuelto.

Celos, volemos allá

pues tenéis alas de fuego.

A lindo tiempo llegamos,

desde aquí verla podemos.

Ya salen los convidados,

el tamboril toca el tiempo,

porque a su son bailan todos;

pues ellos bailan, bailemos.

Va:  «Perantón, Perantón…

. . . . . . . . . . [e-o]»

Baila

 

 

Pues vuestra Celia las hace,

toca Pero Sastre, el viejo,

pues que la villa lo paga.

Ya se entraron allá dentro,

ya quieren dar colación.

La capa del sufrimiento

Rebózase

 

 

me rebozaré, que así

podré llegar encubierto,

y arrimarme a este rincón

como mis merecimientos.

Avellanas y tostones

dan a todos.  ¡Hola!  ¡Ah, necios!

Llegad, tomaré un puñado.

¿Yo necio?  Mentís.  ¿Yo miento?

Tomad.  ¿A mí bofetón?

Dase un bofetón

 

 

¡Muera!  ¡Ténganse!  ¿Qué es esto?

Echa mano

 

 

No fue nada.  Sean amigos.

Yo lo soy.  Yo serlo quiero.

Envaina

 

 

Ya ha llegado el señor cura.

Por muchos años y buenos

se regocije esta casa

con bodas y casamientos.

Por vertú de su mercé,

señor cura, aquí hay asiento.

¿Eso no?  Tome esta silla

de costillas.  No haré, cierto.

Digo que la ha de tomar.

Este escaño estaba bueno;

mas por no ser porfïado…

Ya se ha rellenado el viejo.

Echá vino, Hernán Alonso.

Beba el cura y vaya arreo.

¡Oh, cómo sabe a la pega!

También Celia sabe a celos.

Ya es hora del desposorio;

todos están en pie puestos:

los novios y los padrinos

en frente y el cura en medio.

Fabio, ¿queréis por esposa

a Celia hermosa?  Sí, quiero.

Vos, Celia, ¿queréis a Fabio?

Por mi esposo y por mi dueño.

¡Oh, perros!  ¿En mi presencia?

Mete mano

 

 

El príncipe Pinabelo

soy.  Mueran los desposados,

el cura, la gente, el pueblo.

¡Ay, que nos mata!  Pegadles,

celos míos, vuestro incendio

pues Sansón me he vuelto.  Muera

Sansón con los Filisteos;

que no hay quien pueda resistir el fuego

cuando le enciende amor y soplan celos.

JUANA:         ¡Pecadora de mí!  ¡Tente!

Que no soy Celia ni Celio

para airarte contra mí.

SERAFINA:      Encendíme, te prometo,

como Alejandro lo hacía

llevado del instrumento

que aquel músico famoso

le tocaba.

ANTONIO:                 ¿Pudo el cielo

juntar más donaire y gracia

solamente en un sujeto?

¡Dichoso quien, aunque muera,

le ofrece sus pensamientos!

JUANA:         Diestra estás; muy bien lo dices.

SERAFINA:      Ven, doña Juana; que quiero

vestirme sobre este traje

el mío, hasta que sea tiempo

de representar.

JUANA:                         A fe,

que se ha de holgar en extremo

tu melancólica hermana.

SERAFINA:      Entretenerla deseo.

Vanse los dos

 

 

PINTOR:        Ya se fueron.

ANTONIO:                      Ya quedé

con su ausencia triste y ciego.

PINTOR:        En fin, ¿quieres que de hombre

la pinte?

ANTONIO:                 Sí, que deseo

contemplar en este traje

lo que agora visto habemos;

pero truécala el vestido.

PINTOR:        ¿Pues no quieres que sea negro?

ANTONIO:       Dará luto a mi esperanza;

mejor es color de cielos,

con oro, y pondrá en él

otro amor y azul mis celos.

PINTOR:        Norabuena

ANTONIO:                 ¿Para cuándo

me le tienes de dar hecho?

PINTOR:        Para mañana sin falta.

ANTONIO:       No repares en el precio;

que no trujera Amor desnudo el cuerpo

a ser interesable y avariento.

Vanse. Salen doña MADALENA y MIRENO

 

 

MADALENA:         Mi maestro habéis de ser

desde hoy.

MIRENO:                  ¿Qué ha visto en mí,

vuestra excelencia, que así

me procura engrandecer?

Dará lición al maestro

el discípulo desde hoy.

MADALENA:      (¡Qué claras señales doy             Aparte

del ciego amor que le muestro!)

MIRENO:           (¿Qué hay que dudar, esperanza?   Aparte

Esto, ¿no es tenerme amor?

Dígalo tanto favor,

muéstrelo tanta privanza.

Vergüenza, ¿por qué impedís

la ocasión que el cielo os da?

Daos por entendido ya.)

MADALENA:      Como tengo, don Dionís

tanto amor…

MIRENO:                        (¡Ya se declara,     Aparte

ya dice que me ama, cielos!

MADALENA:      …al conde de Vasconcelos,

antes que venga, gustara,

no sólo hacer buena letra,

pero saberle escribir,

y por palabras decir

lo que el corazón penetra;

que el poco uso que en amar

tengo, pide que me adiestre

esta experiencia, y me muestre

cómo podré declarar

lo que tanto al alma importa,

y el amor mismo me encarga;

que soy en quererle larga,

y en significarlo corta.

En todo os tengo por diestro;

y así, me habéis de enseñar

a escribir y a declarar

al conde mi amor, maestro.

MIRENO:           (¿Luego no fue en mi favor,        Aparte

pensamiento lisonjero

sino porque sea tercero

del conde?  ¿Veis, loco amor,

cuán sin fundamento y fruto

torres habéis levantado

de quimera, que ya han dado

en el suelo?  Como el bruto

en esta ocasión he sido,

en que la estatua iba puesta,

haciéndola el pueblo fiesta

que loco y desvanecido

creyó que la reverencia

no a la imagen que traía

sino a él solo se hacía,

y con brutal impaciencia

arrojalla de sí quiso

hasta que se apaciguó

con el castigo, y cayó

confuso en su necio aviso.

¿Así el favor corresponde

con que me he desvanecido?

Basta; que yo el bruto he sido

y la estatua es sólo el conde.

Bien puedo desentonarme

que no es la fiesta por mí.)

MADALENA:      (Quise deslumbrarle así;            Aparte

que fue mucho declararme.)

Mañana comenzaréis,

maestro, a darme lición.

MIRENO:        Servirte es mi inclinación.

MADALENA:      Triste estáis.

MIRENO:                      ¿Yo?

MADALENA:                         ¿Qué tenéis?

MIRENO:           Ninguna cosa.

MADALENA:                      (Un favor           Aparte

me manda Amor que le dé.)

Tropieza y dala la mano MIRENO

 

 

¡Válgame Dios!  Tropecé…

(Que siempre tropieza Amor.)         Aparte

El chapín se me torció.

MIRENO:        (¡Cielos!  ¿Hay ventura igual?)     Aparte

¿Hízose acaso algún mal

vueselencia?

MADALENA:                  Creo que no.

MIRENO:           ¿Que la mano la tomé?

MADALENA:      Sabed que al que es cortesano

le dan, al darle una mano,

para muchas cosas pie.

Vase

 

 

MIRENO:           «¡Le dan, al darle una mano,

para muchas cosas pie!»

De aquí, ¿qué colegiré?

Decid, pensamiento vano.

¿En aquesto pierdo o gano?

¿Qué confusión, qué recelos

son aquestos?  Decid, cielos,

¿esto no es amor?  Mas no,

que llevo la estatua yo

del conde de Vasconcelos.

Pues, ¿qué enigma es darme pie

la que su mano me ha dado?

Si sólo el conde es amado,

¿qué es lo que espero?  ¿Qué sé?

Pie o mano, decid, ¿por qué

dais materia a mis desvelos?

Confusión, Amor, recelos,

¿soy amado?  Pero no,

que llevo la estatua yo

del conde de Vasconcelos.

El pie que me dio será

pie para darla lición

en que escriba la pasión

que el conde y su amor la da.

Vergüenza, sufrí y callá.

Basta ya, atrevidos vuelos,

vuestra ambición, si a los cielos

me desatino os subió;

que llevo la estatua yo

del conde de Vasconcelos.

FIN DEL SEGUNDO ACTO

ACTO TERCERO

 

 

Salen LAURO, pastor viejo, y RUY Lorenzo, también de pastor

 

 

RUY:              Si la edad y la prudencia

ofrece en la adversidad,

Lauro discreto, paciencia,

vuestra prudencia y edad

pueden hacer la experiencia.

Dejad el llanto prolijo;

que, si vuestro ausente hijo

es causa que lloréis tanto,

él convertirá ese llanto

brevemente en regocijo.

Su virtud misma procura

honrar vuestra senectud

y hacer su dicha segura;

que siempre fue la virtud

principio de la ventura;

y pues la tiene por madre,

no es bien que ese llanto os cuadre.

LAURO:         Eso mis males lo vedan,

porque los hijos heredan

las desdichas de su padre.

No le he dejado otra herencia

si no es la desdicha mía,

. . . . . . . . . .[ -encia;]

que era el muro que tenía

mi vejez.

RUY:                     ¿Ésa es prudencia?

Si por trabajos un hombre

es bien que llore y se asombre,

¿quién los tiene como yo

a quien el cielo quitó

honra, patria, hacienda y nombre?

Un hijo sólo perdéis

aunque no en las esperanzas

que de gozalle tenéis;

pero yo, con las mudanzas

que de mi vida sabéis,

¿cuándo veré que el furor

del tiempo y de su rigor

dejará de hacerme ultraje,

despreciado en este traje

y con nombre de traidor?

Consoladme vos a mí,

pues es más lo que perdí.

LAURO:         ¿Más que un hijo habéis perdido?

RUY:           El honor, ¿no es preferido

a la vida y hijos?

LAURO:                             Sí.

RUY:              Pues si no tengo esperanza

de dar a mi honor remedio,

más pierdo.

LAURO:                     En una venganza

no es bien que se tome el medio

deshonrado; el que la alcanza

con medio que injustos son,

cuando más vengarse intenta,

queda con mayor afrenta

[porque ese color presenta]

dando color de traición

el contrahacer firma y sello

del duque para matar

al conde, pudiendo hacello

de otro modo y no manchar

vuestro honor por socorrello.

Y pues parece castigo

el que os da el tiempo enemigo,

justo es que estéis consolado,

pues padecéis por culpado;

pero el que usa conmigo

mi desdicha es diferente,

pues, aunque no lo merezco,

me castiga.

RUY:                      Un hijo ausente

no es gran daño.

LAURO:                        El que padezco

tantos años inocente

os diré, si los ajenos

daños hacen que sean menos

los propios males.

RUY:                               No son

de aquesa falsa opinión

los generosos y buenos;

porque el prudente i discreto

siente el daño ajeno tanto

como el propio.

LAURO:                        Si secreto

me guardáis, diraos mi llanto

su historia.

RUY:                        Yo os le prometo;

 

mas llorar un hijo ausente

un hombre es mucha flaqueza.

LAURO:         Pierdo, con perdelle, mucho.

RUY:           ¿Qué más extremos hicieras

a tener tú mis desdichas?

LAURO:         ¡Ay, Dios!  Si quien soy supieras,

¡cómo todas tus desgracias

las juzgaras por pequeñas!

RUY:           Ese enigma me declara.

LAURO:         Pues con ese traje quedas

en el lugar de mi hijo,

escucha mi suerte adversa.

Yo, Ruy Lorenzo, no soy

hijo de estas asperezas,

ni el traje que tosco ves

es mi natural herencia;

no es de Lauro mi apellido,

ni mi patria aquesta sierra,

ni jamás mi sangre noble

supo cultivar la tierra.

Don Pedro de Portugal

me llaman, y de la cepa

de los reyes lusitanos

desciendo por línea recta.

El rey don Düarte fue

mi hermano, y el que ahora reina

es mi sobrino.

RUY:                         ¿Qué escucho?

¡Duque de Coímbra!  Deja

que sellen tus pies mi labios,

y que mis desdichas tengan

fin, pues con las tuyas son

o ningunas o pequeñas.

LAURO:         Alza del suelo y escucha

si acaso tienes paciencia

para saber los vaivenes

de la Fortuna y su rueda.

Murió el rey de Portugal,

mi hermano, en la primavera

de su juventud lozana;

mas la muerte, ¿qué no seca?

De seis años dejó un hijo

que agora, ya hombre, intenta

acabar mi vida y honra;

y dejando la tutela

y el gobierno de estos reinos

solos a mí y a la reina.

Murió el rey; sobre el gobierno

hubo algunas diferencias

entre mí y la reina viuda,

porque jamás la soberbia

supo admitir compañía

en el reinar, y las lenguas

de envidiosos lisonjeros

siempre disensiones siembran.

Metióse el rey de Castilla

de por medio, porque era

la reina su hermana.  En fin,

nuestros enojos concierta

con que rija en Portugal

la mitad del reino, y tenga

en su poder al infante.

Vine en esta conveniencia;

mas no por eso cesaron

las envidias y sospechas,

hasta alborotar el reino

asomos de armas y guerras.

Pero cesó el alboroto

porque, aunque era moza y bella

la reina, un mal repentino

dio con su ambición en tierra.

Murió en fin; gocé el gobierno

portugués sin competencia,

hasta que fue Alfonso Quinto,

de bastante edad y fuerzas.

Caséle con una hija

que me dio el cielo, Isabela

por nombre aunque desdichada,

pues ni la estima ni precia.

Juntáronsele al rey mozo

mil lisonjeros, que cierran

a la verdad en palacio,

como es costumbre, las puertas.

Entre ellos un mi enemigo,

de humilde naturaleza,

Vasco Fernández por nombre,

gozó, la privanza excelsa;

y queriendo derribarme

para asegurarse en ella,

a mi propio hermano induce,

y, para engañarle, ordena

hacerle entender que quiero

levantarme con sus tierras

y combatirle a Berganza,

siendo duque por mí de ella.

Creyólo, y ambos a dos

al nuevo rey aconsejan,

si quiere gozar seguro

sus estados, que me prenda;

para lo cual alegaban

que di muerte con hierbas

a doña Leonor, su madre,

y que con traiciones nuevas

quitalle intentaba el reino,

pidiendo a Ingalaterra

socorro, con cartas falsas

en que mi firma le enseñan.

Creyólo; desposeyóme

de mi estado y las riquezas

que en el gobierno adquirí;

llevóme a una fortaleza

donde, sin bastar los ruegos

ni lágrimas de Isabela,

mi hija y su esposa, manda

que me corten la cabeza.

Supe una noche propicia

el rigor de la sentencia

y, ayudándome el temor,

las sábanas hechas vendas,

me descolgué de los muros,

y en aquella noche mesma

di aviso que me siguiese

a mi esposa la duquesa.

Supo el rey mi fuga, y manda

que al son de roncas trompetas

me publiquen por traidor,

dando licencia a cualquiera

para quitarme la vida,

poniendo mortales penas

a quien, sabiendo de mí,

no me lleve a su presencia.

Temí el rigor del mandato,

y como en la suerte adversa

huye el amistad, no quise

ver en ellos su experiencia.

Llegamos hasta estos montes,

donde de parto y tristeza

murió mi esposa querida,

y un hijo hermoso me deja

que en este traje crïado,

comprando ganado y tierras,

y hecho de duque pastor,

ha ya veinte primaveras

que han dado flores a mayo,

hierba al prado y a mí penas,

que el estado en que me ves

conservo; mas todo fuera

poco, a no perder la vista

del hijo en cuya presencia

olvidaba mis trabajos.

Mira si es razón que sienta

la falta que a mi vejez

hace su vista, y que pierda

la vida que ya se acaba

entre lágrimas molestas.

RUY:           Notables son los sucesos

que en el mundo representa

el tiempo caduco y loco,

autor de tantas tragedias.

La tuya, famoso duque,

hace que olvide mis penas;

mas yo espero en Dios que presto

dará Fortuna la vuelta.

Bien claras señales daba

de tu hijo la presencia,

que, cual ceniza, el sayal

las llamas de su nobleza

encubría.  Quiera el cielo

que rico y próspero el vuelva

a consolarte.

Salen VASCO y BATO, pastores

 

 

BATO:                         Nuesamo,

con cinco carros de leña

vamos a Avero.  ¿Mandas algo

para allá?

LAURO:                    Bato, que vengas

presto.

BATO:                 ¿No quieres más?

LAURO:                                 No.

BATO:          Pues yo sí, porque quisiera

que, a cuenta de mi soldada,

ocho veintenes me diera

para una cofia de pinos

que me ha pedido Firela.

LAURO:         Ven por ellos.

BATO:                        En mi tarja

nueve rayas tengo hechas,

porque otros cinco tostones

debo no más.

LAURO:                      ¡Qué simpleza!

Vanse BATO y LAURO

 

 

VASCO:         ¿No podría yo ir allá?

RUY:           No,  Vasco amigo, si intentas

no perderte; que ya sabes

nuestro peligro y afrenta.

VASCO:         ¿Hasta cuándo quieres que ande

en esta vida grosera,

de mis calzas desterrado?

Vuélveme, señor, a ellas,

y líbrame de un mastín

que anoche desde la puerta

de Melisa me llevó

dos cuarterones de pierna.

RUY:           ¿Pues qué hacías tú de noche

a su puerta?

VASCO:                     Hay cosas nuevas.

Si aquí es el amor quillotro,

quillotrado estoy por ella.

Hízome ayer un favor

en el valle.

RUY:                      ¿Y fue?

VASCO:                            Que tiesa

me dio un pellizco en un brazo,

terrible, y me hizo señas

con el ojo zurdo.

RUY:                             ¿Y ése

es buen favor?

VASCO:                       ¡Linda flema!

Ansí se imprime el carácter

del amor en las aldeas.

Vanse. Salen MIRENO y TARSO

 

 

TARSO:            ¿Más muestras quieres que dé

que decirte, al «cortesano

le dan, al dalle una mano,

para muchas cosas pie?»

 

¿Puede decirlos más claro

una mujer principal?

¿Qué aguardabas, pese a tal,

amante corto y avaro,

que ya te daré este nombre

pues no te osas atrever?

¿Esperas que la mujer

haga el oficio de hombre?

¿En qué especie de animales

no es la hembra festejada,

perseguida y paseada

con amorosas señales?

A solicitalla empieza,

que lo demás es querer

el orden sabio romper

que puso Naturaleza.

Habla; no pierdas por mudo

tal mujer y tal estado.

MIRENO:        Un laberinto intricado

es, Tarso, el que temo y dudo.

No puedo determinarme

que me prefieran los cielos

al conde de Vasconcelos;

pues llegando a compararme

con él, sé que es gran señor,

mozo discreto, heredero

de Berganza, y desespero,

viéndome humilde pastor,

rama vil de un tronco pobre,

y que tan noble mujer

no es posible quiera hacer

más favor que al oro, al cobre.

Mas después el afición

con que me honra y favorece,

las mercedes que me ofrece

su afable conversación,

el suspenderse, el mirar,

las enigmas y rodeos

con que explica sus deseos,

el fingir un tropezar

–si es que fue fingido–el darme

la mano, con la razón

que me tiene en confusión

se animan para animarme,

y entre esperanza y temor

como ya, Brito, me abraso,

llego a hablalla, tengo el paso,

tira el miedo, impele amor,

y, cuando más me provoca

y hablalla el alma comienza,

enojada la Vergüenza

llega y tápame la boca.

TARSO:            ¿Vergüenza?  ¿Tal dice un hombre?

¡Vive Dios, que estoy corrido

con razón de haberte oído

tal necedad!  No te asombre

que así llame a tu temor

por no llamarle locura.

¡Miren aquí qué criatura

o qué doncella Teodor,

para que con este espacio

diga que vergüenza tiene!

No sé yo para qué viene

el vergonzoso a palacio.

Amor vergonzoso y mudo

medrará poco, señor,

que a tener vergüenza amor,

no le pintaran desnudo.

No hayas miedo que se ofenda

cuando digas tus enojos;

vendados tiene los ojos

pero la boca sin venda.

Habla, o yo se lo diré

porque, si callas, es llano

que quien te dio pie en la mano

tiene de dejarte a pie.

MIRENO:           Ya, Brito, conozco y veo

que amor que es mudo no es cuerdo;

pero, si por hablar pierdo

lo que callando poseo

y agora con mi privanza

e imaginar que me tiene

amor, vive y se entretiene,

mi incierta y loca esperanza;

y declarando, mi amor

tengo de ver en mi daño

el castigo y desengaño

que espero de su rigor,

¿no es mucho más acertado

aunque la lengua sea muda,

gozar un amor en duda

que un desdén averiguado?

Mi vergüenza esto señala,

esto intenta mi secreto.

TARSO:         Dijo una vez un discreto

que en tres cosas era mala

la vergüenza y el temor.

MIRENO:        ¿Y eran?

TARSO:                   Escucha despacio:

en el púlpito, en palacio

y en decir uno su amor.

En palacio estás.  Los cielos

te abren camino anchuroso.

No pierdas por vergonzoso.

MIRENO:        Si al conde de Vasconcelos

ama, ¿cómo puede ser?

TARSO:         No lo creas.

MIRENO:                     Si lo veo

y ell[a] lo dice.

TARSO:                           Es rodeo

y traza para saber

si amas.  A hablarla comienza,

que, par Dios, si la perdemos

que al monte volver podemos

a segar.

MIRENO:                  Si la vergüenza

me da lugar yo lo haré

aunque pierda vida y fama.

Sale doña JUANA

 

 

JUANA:         Mirad, don Dionís, que os llama

mi señora…

MIRENO:                     Luego iré.

TARSO:            Ánimo.

MIRENO:                  (¿Qué confusión          Aparte

me entorpece y acobarda?

JUANA:         Venid presto; que os aguarda.

Vase

 

 

TARSO:         Desenvuelve el corazón.

Háblala, señor, de espacio.

MIRENO:        Tiemblo, Brito.

TARSO:                         Esto es forzoso.

Bien dicen que al vergonzoso

le trujo el diablo a palacio.

Vanse. Sale doña MADALENA

 

 

MADALENA:         Ciego Dios, ¿qué os avergüenza

la cortedad de un temor?

¿De cuándo acá niño amor

sois hombre y tenéis vergüenza?

¿Es posible que vivís

en don Dionís y que os llama

su dios?  Sí, pues si me ama,

¿cómo calla don Dionís?

Decláreme sus enojos,

pues callar un hombre es mengua.

Dígame una vez su lengua

lo que me dicen sus ojos.

Si teme mi calidad

su bajo y humilde estado,

bastante ocasión le ha dado

mi atrevida libertad.

Ya le han dicho que le adoro

mis ojos, aunque fue en vano.

La lengua, al dalle la mano

a costa de mi decoro,

ya abrió el camino que pudo

mi vergüenza.  Ciego infante,

ya que me habéis dado amante,

¿para qué me le dais mudo?

Mas no me espanto lo sea

pues tanto Amor me humilló;

que, aun diciéndoselo yo,

podrá ser que no lo crea.

Sale doña JUANA

 

 

JUANA:            Don Dionís, señora, viene

a darte lición.

Vase

 

 

MADALENA:                       A dar

lición vendrá de callar

pues aun palabras no tiene.

De suerte me trata Amor

que mi pena no consiente

más silencio.  Abiertamente

le declararé mi amor

contra el común orden y uso;

mas tiene de ser de modo

que, diciéndoselo todo,

le he de dejar más confuso.

Siéntase en una silla. Finge que duerme y sale MIRENO, descubierto

 

 

MIRENO:           ¿Qué manda vuestra excelencia?

¿Es hora de dar lición?

(Ya comienza el corazón            Aparte

a temblar en su presencia.

Pues que calla, no me ha visto;

sentada sobre la silla

con la mano en la mejilla

está.)

MADALENA:              (En vano me resisto.        Aparte

Yo quiero dar a entenderme

como que dormida estoy.)

MIRENO:        Don Dionís, señora, soy.

¿No me responde?  ¿Si duerme?

Durmiendo está.  Atrevimiento,

agora es tiempo.  Llegad

a contemplar la beldad

que ofusca mi entendimiento.

Cerrados tiene los ojos.

Llegar puedo sin temor;

que, si son flechas de Amor,

no me podrán dar enojos.

¿Hizo el Autor soberano

de nuestra naturaleza

más acabada belleza?

Besarla quiero una mano.

¿Llegaré?  Sí…pero no;

que es la reliquia divina

y mi humilde boca indina

de tocalla.  ¿Pero yo

soy hombre y tiemblo? ¿Qué es esto?

Ánimo.  ¿No duerme?  Sí.

Llega y retírase

 

 

Voy.  ¿Si despierta?  ¡Ay de mí,

que el peligro es manifiesto

y moriré si recuerda

hallándome de este modo!

Para no perderlo todo

bien es que esto poco pierda.

El temor el Amor venza.

Afuera quiero esperar.

MADALENA:      (¡Que no se atrevió a llegar!        Aparte

¡Mal haya tanta vergüenza!)

MIRENO:           No parezco bien aquí

solo, pues durmiendo está.

Yo me voy.

MADALENA:                (¿Que al fin se va?)        Aparte

Como que duerme

 

 

Don Dionís…

MIRENO:                       ¿Llamóme?  Sí.

¡Qué presto que despertó!

Miren, ¡qué bueno quedara

si mi intento ejecutara!

¿Está despierta?  Mas no;

que en sueños pienso que acierta

mi esperanza entretenida;

y quien me llama dormida

no me quiere mal despierta.

¿Si acaso soñando está

en mí?  ¡Ay, cielos!  ¿Quién supiera

lo que dice?

Como que duerme

 

 

MADALENA:                     No os vais fuera.

Llegaos, don Dionís, acá.

MIRENO:           Llegar me manda su sueño.

¡Qué venturosa ocasión!

Obedecella es razón

pues, aunque duerme, es mi dueño.

Amor, acabad de hablar.

No seáis corto.

Todo lo que hablare ella es como entre sueños

 

 

MADALENA:                      Don Dionís,

ya que a enseñarme venís

a un tiempo a escribir y amar

al conde de Vasconcelos…

MIRENO:        ¡Ay, cielos!  ¿Qué es lo que veis?

MADALENA:      …quisiera ver si sabéis

qué es amor y qué son celos;

porque será cosa grave

que ignorante por vos quede,

pues que ningún otro puede

enseñar lo que no sabe.

Decidme, ¿tenéis amor?

¿De qué os ponéis colorado?

¿Qué vergüenza os ha turbado?

Responded.  Dejá el temor;

que el amor es un tributo

y una deuda natural

en cuantos viven, igual

desde el ángel hasta el bruto.

Ella misma se pregunta y responde como que duerme

 

 

Si esto es verdad, ¿para qué

os avergonzáis así?

¿Queréis bien?  –Señora, sí–.

¡Gracias a Dios que os saqué

una palabra siquiera.

MIRENO:        ¿Hay sueño más amoroso?

¡Oh, mil veces venturoso

quien le escucha y considera!

Aunque tengo por más cierto

que yo solamente soy

el que soñándolo estoy;

que no debo estar despierto.

MADALENA:         ¿Ya habéis dicho a vuestra dama

vuestro amor?–No me he atrevido–.

¿Luego nunca lo ha sabido?

–Como el amor todo es llama,

bien lo habrá echado de ver

por los ojos lisonjeros,

que son mudos pregoneros–.

La lengua tiene de hacer

ese oficio; que no entiende

distintamente quien ama

esa lengua que se llama

algarabía de allende.

¿No os ha dado ella ocasión

para declararos?–Tanta

que mi cortedad me espanta–.

Hablad, que esa suspensión

hace a vuestro amor agravio.

–Temo perder por hablar

lo que gozo por callar–.

Eso es necedad, que un sabio

al que calla y tiene amor

compara a un lienzo pintado

de Flandes que está arrollado.

Poco medrará el pintor

si los lienzos no descoge

que al vulgo quiere vender

para que los pueda ver.

El palacio nunca acoge

la vergüenza; esa pintura

desdoblad, pues que se vende,

que el mal que nunca se entiende

difícilmente se cura.

–Sí; mas la desigualdad

que hay, señora, entre los dos

me acobarda–.  ¿Amor no es dios?

–Sí, señora–.  Pues hablad;

que sus absolutas leyes

saben abatir monarcas

e igualar con las abarcas

la coronas de los reyes.

Yo os quiero por medianera,

decidme a mí quién amáis.

–No me atrevo–.  ¿Qué dudáis?

¿Soy mala para tercera?

–No, pero temo, ¡ay de mí!–

¿Y si yo su nombre os doy?

¿Diréis si es ella si soy

yo acaso?  –Señora, sí–.

¡Acabara yo de hablar!

¿Mas que sé que os causa celos

el conde de Vasconcelos?

–Háceme desesperar;

que es, señora, vuestro igual

y heredero de Berganza–.

La igualdad y semejanza

no está en que sea principal,

o humilde y pobre el amante,

sino en la conformidad

del alma y la voluntad.

Declaraos de aquí adelante,

don Dionís.  A esto os exhorto;

que en juegos de amor no es cargo

tan grande un cinco de largo

como es un cinco de corto.

Días ha que os preferí

al conde de Vasconcelos.

MIRENO:        ¿Qué escucho, piadosos cielos?

Da un grito MIRENO, y hace que despierte doña MADALENA

 

 

MADALENA:      ¡Ay, Jesús!  ¿Quién está aquí?

¿Quién os trujo a mi presencia,

don Dionís?

MIRENO:                    Señora mía…

MADALENA:      ¿Qué hacéis aquí?

MIRENO:                          Yo venía

a dar a vuestra excelencia

lición.  Halléla durmiendo,

y mientras que despertaba

aquí, señora, aguardaba.

MADALENA:      Dormíme, en fin, y no entiendo

de qué pudo sucederme;

que es gran novedad en mí

quedarme dormida así.

Levántase

 

 

MIRENO:        Si sueña siempre que duerme

vuestra excelencia del modo

que agora, ¡dichoso yo!

MADALENA:      (¡Gracias al cielo que habló        Aparte

este mudo!)

MIRENO:                    (¡Tiemblo todo!)        Aparte

MADALENA:         ¿Sabéis vos lo que he soñado?

MIRENO:        Poco es menester saber

para eso.

MADALENA:                Debéis de ser

otro Josef.

MIRENO:                     Su traslado

en la cortedad he sido

pero no en adivinar.

MADALENA:      Acabad de declarar

cómo el sueño habéis sabido.

MIRENO:           Durmiendo vuestra excelencia,

por palabras le ha explicado.

MADALENA:      ¡Válame Dios!

MIRENO:                       Y he sacado

en mi favor la sentencia,

que falta ser confirmada

para hacer mi dicha cierta

por vueselencia despierta.

MADALENA:      Yo no me acuerdo de nada.

Decídmelo; podrá ser

que me acuerda de algo agora.

MIRENO:        No me atrevo, gran señora.

MADALENA:      Muy malo debe de ser

pues no me lo osáis decir.

MIRENO:        No tiene cosa peor

que haber sido en mi favor.

MADALENA:      Mucho lo deseo oír.

Acabad ya, por mi vida.

MIRENO:        Es tan grande el juramento

que anima mi atrevimiento.

Vuestra excelencia dormida…

Tengo vergüenza.

MADALENA:                          Acabad;

que estáis, don Dionís, pesado.

MIRENO:        Abiertamente ha mostrado

que me tiene voluntad.

MADALENA:         ¿Yo?  ¿Cómo?

MIRENO:                        Alumbró mis celos,

y en sueños me ha prometido…

MADALENA:      ¿Sí?

MIRENO:             …que he de ser preferido

al conde de Vasconcelos.

Mire si en esta ocasión

son los favores pequeños.

MADALENA:      Don Dionís, no creáis en sueños;

que los sueños sueños son.

Vase

 

 

MIRENO:           ¿Agora sales con eso?

Cuando sube mi esperanza,

carga el desdén la balanza

y se deja en fiel el peso.

Con palabras tan resueltas

dejas mi dicha mudada.

¡Qué mala era para espada

voluntad con tantas vueltas!

¿Por qué varios arcaduces

guía el cielo aqueste amor?

Con el desdén y favor

me he quedado entre dos luces.

No he de hablar más en mi vida

pues mi desdicha concierta

que me desprecie despierta

quien me quiere bien dormida.

Calla el alma su pasión

y sirva a mejores dueños,

sin dar crédito a más sueños;

que los sueños sueños son.

Sale TARSO

 

 

TARSO:            Pues, señor, ¿cómo te ha ido?

MIRENO:        ¿Qué sé yo?  Ni bien ni mal.

Con un compás quedo igual:

amado y aborrecido.

A mi vergüenza y recato

me vuelvo que es lo mejor.

TARSO:         Di, pues, que le fue a tu amor

como a tres con un zapato.

MIRENO:           Después me hablarás despacio.

TARSO:         Bato, el pasto y vaquero

de tu padre, está en Avero

y entrando acaso en palacio

me ha conocido, y desea

hablarte y verte; que está

loco de placer.

MIRENO:                       Sí hará.

¡Oh, llaneza de mi aldea!

¡Cuánto mejor es tu trato

que el de palacio confuso

donde el engaño anda al uso!

Vamos, Brito, a hablar a Bato,

y a mi padre escribiré

de mi fortuna el estado.

En un lugar apartado

quiero velle.

TARSO:                      ¿Pues por qué?

MIRENO:           Porque tengo, Brito, miedo

que de mi humilde linaje

la noticia aquí me ultraje

antes de ver este enredo

en qué para.

TARSO:                        Y es razón.

MIRENO:        Ven, porque le satisfagas.

TARSO:         A ti amor y a mí estas bragas

nos han puesto en confusión.

Vanse. Salen doña SERAFINA y don ANTONIO

 

 

SERAFINA:         No sé, conde, si dé a mi padre aviso

de vuestro atrevimiento y de su agravio,

que agravio ha sido suyo el atreveros

a entrar en su servicio de ese modo

para engañarme a mí y a él afrentalle.

Otros medios hallárades mejores,

pues noble sois, con que obligar al duque,

sin fingiros así su secretario,

pues no sé yo, si no es tenerme en poco.

¿Qué liviandad hallasteis en mi pecho

para atreveros a lo que habéis hecho?

ANTONIO:       Yo vino de camino a ver mi prima

y quiso Amor que os viese.

SERAFINA:                               Conde, basta.

Yo estoy muy agraviado justamente

de vuestro atrevimiento.  ¿Vos creístes

que en tan poco mi fama y honra tengo

que descubriéndoos, como lo habéis hecho,

había de rendirme a vuestro gusto?

Imaginarme a mí mujer tan fácil

ha sido injuria que a mi honor se ha hecho.

Mi padre ha dado al de Estremoz palabra

que he de ser su mujer, y aunque mi padre

no la diera ni yo le obedeciera,

por castigar aqueste desatino

me casara con él.  Salid de Avero

al punto, don Antonio, o daré aviso

de aquesto a don Düarte y si lo entiende

peligraréis, pues corren por su cuenta

mis agravios.

ANTONIO:                     ¿Que ansí me desconoces?

SERAFINA:      Idos, conde, de aquí, que daré voces.

ANTONIO:       Déjame disculpar de los agravios

que me imputas, que el juez más riguroso

antes de sentenciar escucha al reo.

SERAFINA:      Conde, ¡vive los cielos!  Que si una hora

estáis más en la villa, que esta noche

me case con el conde por vengarme.

Yo os aborrezco, conde.  Yo no os quiero.

¿Qué me queréis?  Aquí la mayor pena

que me puede afligir es vuestra vista.

Si a vuestro amor mi amor no corresponde,

conde, ¿qué me queréis?  Dejadme, conde.

 

ANTONIO:          Áspid, que entre las rosas

de esa belleza escondes tu veneno,

¿mis quejas amorosas

desprecias de este modo?  ¡Ay, Dios, que peno,

sin remediar mis males

en tormentos de penas infernales!

Pues que del paraíso

de tu vista destierras mi ventura,

hágate Amor Narciso,

y de tu misma imagen y hermosura

de suerte te enamores

que, como lloro, sin remedio llores.

Yo me voy, pues lo quieres,

huyendo del rigor crüel que encierras.

Agravio de mujeres,

pues de tu vista hermosa me destierras,

por quedar satisfecho

desterraré tu imagen de mi pecho.

Saca el retrato del pecho

 

 

En el mar de tu olvido

echará tus memorias la venganza

que a Amor y al cielo pido,

pues de esta suerte alcanzará bonanza

el mar en que me anego,

si es mar donde las ondas son de fuego.

Borrad, alma, el retrato

que en vos pinta el Amor, pues que yo arrojo

aquéste por ingrato,

Arrójale

 

 

castigo justo de mi justo enojo

por quien mi amor desmedra.

Adiós, crüel, retrato de una piedra

que, pues al tiempo apelo,

médico sabio que locuras cura.

Razón es que en el suelo

os deje, pues que sois de piedra dura,

si el suelo piedras cría.

Quédate, fuego, ardiendo en nieve fría.

Vase

 

 

SERAFINA:         ¿Hay locuras semejantes?

¿Es posible que sujetos

a tan rabiosos efetos

estén los pobres amantes?

¡Dichosa mil veces yo

que jamás admití el yugo

de tan tirano verdugo!

¿Qué es lo que en el suelo echó

y con renombre de ingrato

tantas injurias le dijo?

Quiero verle, que colijo

mil quimeras.  ¡Un retrato!

Álzale

 

 

Es de un hombre, y me parece

que me parece de modo

que es mi semejanza en todo.

Cuanto el espejo me ofrece

miro aquí.  Como en cristal

bruñido mi imagen propia

aquí la pintura copia

y un hombre es su original.

¡Válgame el cielo!  ¿Quién es,

pues no es retrato del conde

que en nada le corresponde?

¿Pues por qué le echó a mis pies?

Decid, Amor, ¿es encanto

éste para que me asombre?

¿Es posible que haya hombre

que se me parezca tanto?

No, porque cuando le hubiera,

¿qué ocasión le ha dado el pobre

para que tal odio cobre

con él el conde?  Si fuera

mío, pareciera justo

que en él de mí se vengara,

y que al suelo le arrojara

por sólo darme disgusto.

Algún enredo o maraña

se encierra en aqueste enima.

Doña Juana que es su prima

ha de sabello.  ¡Qué extraña

confusión!  Llamalla quiero,

aunque con ella he reñido

viendo que la causa ha sido

que esté su primo en Avero.

Mas ella sale.

Sale doña JUANA

 

 

JUANA:                            Ya está,

señora, abierto el jardín.

Entre el clavel y el jazmín

vuestra excelencia podrá,

entreteniéndose un rato,

perder la cólera e ira

que tiene conmigo.

SERAFINA:                          Mira,

doña Juana, este retrato.

JUANA:            (Éste es el suyo.  ¿A qué fin    Aparte

mi primo se le dejó?

¡Cielos, si sabe que yo

le metí dentro del jardín!)

SERAFINA:         ¿Viste semejanza tanta

en tu vida?

JUANA:                     No, por cierto.

(¡Si aqueste es el que en el huerto    Aparte

copió el pintor!)

SERAFINA:                         ¿No te espanta?

JUANA:            Mucho.

SERAFINA:                Tu primo, enojado,

porque su amor tuve en poco,

con disparates de loco

le echó en el suelo, y airado

se fue.  Quise ver lo que era

y hame causado inquietud

pues por la similitud

que tiene, saber quisiera

a qué fin aquesto ha sido.

Pues de su pecho las llaves

tienes, dilo, si lo sabes.

JUANA:         (Basta, que no ha conocido          Aparte

que es suyo.  La diferencia

del traje de hombre y color

que mudó en él el pintor

es la causa.)  Vueselencia

me manda diga una cosa

de que estoy tan ignorante

como espantada.

SERAFINA:                     Bastante

es ser yo poco dichosa

para que lo ignores.  Diera

cualquier precio de interés

por sólo saber quién es.

JUANA:         Pues sabedlo…

SERAFINA:                     ¿Cómo?

JUAN:                                 Espera;

llamando al conde mi primo,

y fingiendo algún favor

con que entretener su amor…

SERAFINA:      La famosa traza estimo;

mas habráse ya partido.

JUANA:         No habrá.  Yo le iré a llamar.

SERAFINA:      Ve presto.

JUANA:                     (¿Hay más singular     Aparte

suceso?  Castigo ha sido

del cielo que a su retrato

ame quien a nadie amó.)

Vase [doña JUANA]

 

 

SERAFINA:      No en balde en tierra os echó

quien con vos ha sido ingrato,

que si es vuestro original

tan bello como está aquí

su traslado, creed de mí

que no le quisiera mal.

Y a fe que hubiera alcanzado

lo que muchos no han podido,

pues vivos no me han vencido

y él me venciera pintado.

Mas, aunque os haga favor,

no os espante mi mudanza,

que siempre la semejanza

ha sido causa de amor.

Salen don ANTONIO y doña JUANA

 

 

JUANA:            Esto es cierto.

ANTONIO:                        ¿Hay tal enredo?

JUANA:         Lo que has de responder mira.

ANTONIO:       Prima, con una mentira

tengo de gozar, si puedo,

la ocasión.

SERAFINA:                     Conde…

ANTONIO:                              ¿Señora?

SERAFINA:      Muy colérico sois.

ANTONIO:                           Es

condición de Portugués,

y no es mucho, si en media hora

me mandáis dejar Avero,

que hiciese extremos de loco.

SERAFINA:      Callad, que sabéis muy poco

de nuestra condición.  Quiero

haceros, conde, saber,

porque os será de importancia,

que son caballos de Francia

las iras de una mujer.

El primer ímpetu, extraño;

pero al segundo se cansa,

que el tiempo todo lo amansa.

ANTONIO:       (Prima, todo esto es engaño.)      Aparte

SERAFINA:         No quiero ya que os partáis.

ANTONIO:       De aquesta suerte, el desdén

pasado doy ya por bien.

SERAFINA:      Pues ya sosegado estáis,

¿no me diréis la razón

por qué, cuando os apartastes,

este retrato arrojastes

en el suelo?  ¿Qué ocasión

os movió a caso tan nuevo?

¿Cúyo es aqueste retrato?

ANTONIO:       Deciros, señora, trato

la verdad; mas no me atrevo.

SERAFINA:         ¿Pues, por qué?

ANTONIO:                           Temo un castigo

terrible.

SERAFINA:                No hay que temer.

Yo os aseguro.

ANTONIO:                      Perder

la vida por un amigo

no es mucho.  Aquesa presencia

a declararme me anima.

(Ya va de mentira, prima.)       Aparte

SERAFINA:      Decid.

ANTONIO:                Oiga vueselencia:

 

Días ha que habrá tenido

entera y larga noticia

de la historia lastimosa

del gran duque de Coímbra,

gobernador de este reino,

en guerra y paz maravilla;

que por ser con vuestro padre

de una cepa y sangre misma,

y tan cercanos en deudo

como esta corona afirma,

habréis llorado los dos

la causa de sus desdichas.

SERAFINA:      Ya sé toda aquesa historia.

Mi padre la contó un día

a mi hermana en mi presencia.

Su memoria me lastima.

Veinte años dicen que habrá

que le desterró la envidia

de Portugal con su esposa

y un tierno infante.  Holgaría

de saber si aún vive el duque,

y en qué reino o parte habita.

ANTONIO:       Sola la duquesa es muerta

porque su memoria viva;

que [a]l hijo infeliz y [a]l duque,

con quien mi padre tenía

deudo y amistad al tiempo

que de la prisión esquiva

huyó, le ofreció su amparo

y arriesgando hacienda y vida.

Hasta agora le ha tenido

disfrazado en una quinta,

donde, entre toscos sayales,

los dos la tierra cultivan,

que con sus lágrimas riegan

dándoles por fruto espinas.

El hijo, a quien hizo el cielo

con tantas partes que admiran

al mundo su discreción,

su presencia y gallardía

se crió conmigo, y es

la mitad del alma mía;

que el ñudo de la amistad

hace de dos una vida.

Quiso el cielo que viniese,

habrá medio año, a esta villa

disfrazado de pastor,

y que tu presencia y vista

le robase por los ojos

el alma, cuya homicida,

respondiendo el valle en ecos,

pregonan que es Serafina.

Mil veces determinado

de decirte sus desdichas,

le ha detenido el temor

de ver que el rey le publica

por traidor a él y a su padre,

y a quien no diere noticia

de ellos, que a todos alcanza

el rigor de la justicia.

Yo, que como propias siento

las lágrimas infinitas

que por ti sin cesar llora,

le di la palabra un día

de declararte su amor,

y de su presencia y vista

gallarda darte el retrato

que tienes.  Llegué y, sabida

tu condición desdeñosa,

ni inclinada ni rendida

a las coyundas de Amor

de quien tan pocos se libran,

no me atreví abiertamente

a declararte el enigma

de sus amorosas penas,

hasta que la ocasión misma

me la ofreciese de hablarte,

y así alcancé de mi prima

que el duque me recibiese.

Supe después que quería

con el de Estremoz casarte

y, por probar si podía

estorballo de este modo,

mostré las llamas fingidas

de mi mentiroso amor,

respondiéndome con ira

y yo, para que mirases

el retrato que te inclina

a menos rigor, echéle

a tus pies, que bien sabía

que su belleza pintada

de tu presunción altiva

presto había de triunfar.

En fin, bella Serafina,

el dueño de este retrato

es don Dionís de Coímbra.

 

SERAFINA:         Conde, ¿eso es cierto?

ANTONIO:                                Y tan cierto

que, a estallo él y saber

que le amabas, sin temer

el hallarse descubierto,

pienso que viniera a darte

el alma.

SERAFINA:                Si eso es verdad

no sé si en mi voluntad

podrá caber don Düarte.

¡Válgame Dios!  ¡Que éste es hijo

de don Pedro!

ANTONIO:                      Su belleza

dice que sí.

SERAFINA:                    (¿Qué flaqueza      Aparte

es la vuestra alma?  Colijo

que no sois la que solía;

mas justamente merece

quien tanto se me parece

ser amado.)  ¿No podría

velle?

ANTONIO:                 De noche bien puedes,

si das a tus penas fin

y le hablas por el jardín,

que él saltará sus paredes.

Mas de día no osará

porque hay ya quien le ha mirado

en Avero con cuidado

y, si más nota en él da,

ya ves el peligro.

SERAFINA:                            Conde,

un hombre tan principal,

a mi calidad igual,

y que a mi amor corresponde,

es ingratitud no amalle.

En todo has sido discreto;

sélo en guardar más secreto,

y haz cómo yo pueda hablalle;

que el alma a dalle comienza

la libertad que contrasta.

¡Y adiós!

ANTONIO:                 ¿Vaste?

SERAFINA:                         Aquesto basta;

que habla poco la vergüenza.

Vase

 

 

JUANA:            Primo, ¿es verdad que don Pedro

el duque vive y su hijo?

ANTONIO:       Calla, que el alma lo dijo

viendo lo que en mentir medro.

Ni sé del duque ni dónde

su hijo y mujer llevó.

Don Dionís he de ser yo

de noche y de día el conde

de Penela.  Y de esta suerte,

si Amor su ayuda me da,

mi industria me entregará

lo que espero.

JUANA:                        Primo, advierte

lo que haces.

ANTONIO:                         Engañada

queda.  Amor mi dicha ordena

con nombre y ayuda ajena,

pues por mí no valgo nada.

Vanse. Salen el duque y doña MADALENA

 

 

DUQUE:           Quiero veros dar lición

que la carta que ayer vi

para el conde, en que leí

de el sobre escrito el renglón

me contentó.  Ya escribís

muy cierto.

MADALENA:                  Y aún no lo entiende,

con ser tan claro, y se ofende

mi maestro don Dionís.

Sale MIRENO

 

 

MIRENO:           ¿Llámame, vuestra excelencia?

MADALENA:      Sí, que el duque, mi señor,

quiere ver si algo mejor

escribo.  Vos experiencia

tenéis de cuán escribana

soy.  ¿No es verdad?

MIRENO:                             Sí, señora.

MADALENA:      Escribí, no ha cuarto de hora,

medio dormida, una plana

tan clara que la entendiera

aun quien no sabe leer.

¿No me doy bien a entender,

don Dionís?

MIRENO:                      Muy bien.

MADALENA:                             Pudiera

serviros, según fue buena,

de materias para hablar

en su loor.

MIRENO:                       Con callar

la alabo; sólo condena

mi gusto el postrer renglón

por más que la pluma excuso

porque estaba muy confuso.

MADALENA:      Diréislo por el borrón

que eché a la postre.

MIRENO:                                 ¿Pues no?

MADALENA:      Pues adrede lo eché allí.

MIRENO:        Sólo el borrón corregí

porque lo demás borró.

MADALENA:         Bien lo pudiste quitar

que un borrón no es mucha mengua.

MIRENO:        ¿Cómo?

MADALENA:               El borrón con la lengua

se quita, y no con callar.

Ahora bien, cortá una pluma.

Sacan recado y corta una pluma

 

 

MIRENO:        Ya, gran señora, la corto.

MADALENA:      ¡Acabad, que sois muy corto!

Vuestra excelencia presuma

que de vergüenza no sabe

hacer cosa de provecho.

DUQUE:         Con todo, estoy satisfecho

de su letra.

MADALENA:                   Es cosa grave

el dalle avisos por puntos

sin que aproveche.  ¡Acabad!

DUQUE:         Madalena, reportad.

MIRENO:        ¿Han de ser cortos los puntos?

MADALENA:         ¡Qué amigo que sois de corto!

Largos los pido.  Cortaldos

de aqueste modo o dejaldos.

MIRENO:        Ya, gran señora, los corto.

DUQUE:            ¡Qué mal acondicionada

sois!

MADALENA:           Un hombre vergonzoso

y corto es siempre enfadoso.

MIRENO:        Ya está la pluma cortada.

MADALENA:         Mostrad.  ¡Y qué mala!  ¡Ay, Dios!

Pruébala y arrójala

 

 

DUQUE:         ¿Por qué le echáis en el suelo?

MADALENA:      ¡Siempre me la dais con pelo!

Líbreme el cielo de vos.

Quitalde con el cuchillo.

No sé de vos qué presuma,

siempre con pelo la pluma

y la lengua con frenillo.

MIRENO:           (Propicios me son los cielos.     Aparte

Todo esto es en mi favor.)

Sale el CONDE don Duarte

 

 

CONDE:         Dadme albricias, gran señor,

el conde de Vasconcelos

está sola una jornada

de vuestra villa.

MADALENA:                         (¡Ay de mí!)      Aparte

CONDE:         Mañana llegará aquí

porque trae tan limitada,

dicen, del rey la licencia

que no hará más de casarse

mañana y luego tornarse.

Apreste vuestra excelencia

lo necesario, que yo

voy a recibirle luego.

DUQUE:         ¿No me escribe?

CONDE:                        Aqueste pliego.

DUQUE:         Hija, la ocasión llegó

que deseo.

MADALENA:                     (Saldrá vana.)        Aparte

MIRENO:        (¡Ay, cielo!)                        Aparte

MADALENA:                     (Mi bien suspira.)    Aparte

DUQUE:         Vamos.  Deja aqueso y mira

que te has de casar mañana.

Vanse el DUQUE y el CONDE, y pónese a escribir ella

 

 

MADALENA:         Don Dionís, en acabando

de escribir aquí, leed

este billete y haced

luego lo que en él os mando.

MIRENO;           (Si ya la ocasión perdí,          Aparte

¿qué he de hacer?  ¡Ay, suerte dura!)

MADALENA:      Amor todo es coyuntura.

Vase [doña MADALENA]

 

 

MIRENO:        Fuése.  El papel dice ansí:

Lee

 

 

«No da el tiempo más espacio;

esta noche, en el jardín

tendrá los temores fin

del vergonzoso en palacio.»

 

¡Cielos!  ¿Qué escucho?  ¿Qué veo?

¿Esta noche?  ¿Hay más ventura?

¿Si lo sueño?  ¿Si es locura?

No es posible.  No lo creo.

Vuelve a leer

 

 

«Esta noche en el jardín…»

¡Vive Dios, que está aquí escrito!

¡Mi bien!  A buscar a Brito

voy.  ¿Hay más dichoso fin?

Presto en tu florido espacio

dará envidia entre mis celos

al conde de Vasconcelos

el vergonzoso en palacio.

[Vase.] Salen LAURO, RUY Lorenzo, BATO y MELISA

 

 

LAURO:            Buenas nuevas te dé Dios.

Escoge en albricias, Bato,

la oveja mejor del hato.

Poco es una, escoge dos.

¿Que mi hijo está en Avero?

¿Que del duque es secretario

mi primo?  ¡Ay tiempo voltario!

Mas, ¿qué me quejo?  ¿Qué espero?

Vamos a verle los dos;

mis ojos su vista gocen.

Venid.

RUY:                  ¿Y si me conocen?

LAURO:         No lo permitirá Dios.

Tiznaos como carbonero

la cara; que de esta vez

daré a mi triste vejez

un buen día hoy en Avero.

Mi gozo crece por puntos.

Agora a vivir comienzo.

Alto.  Vamos, Ruy Lorenzo.

BATO:          Todos podremos ir juntos.

LAURO:            Guardad vosotros la casa.

Vanse los dos, [LAURO y RUY Lorenzo]

 

 

MELISA:        Sí.  Bercebú que la guarde.

BATO:          ¿Qué tenéis aquesta tarde?

MELISA:        ¡Ay, Bato!  ¡Que aqueso pasa!

¿Que no preguntó por mí

Tarso?

BATO:                  No se le da un pito

por vos, ni es Tarso.

MELISA:                               ¿Pues?

BATO:                                        Brito,

o Cabrito.

MELISA:                   ¡Ay!  ¿Tarso ansí?

A verte he de ir esta tarde.

¡Crüel, tirano, enemigo!

BATO:          ¿Sola?

MELISA:                Vasco irá conmigo.

BATO:          Buen mastín lleváis que os guarde.

¿Queréisle mucho?

MELISA:                             Enfinito.

BATO:          Pues en Brito se ha mudado,

la mitad para casado

tien…

MELISA:               ¿Qué?

BATO:                        De cabrito el Brito.

Vanse. [Salen] a la ventana doña JUANA y doña SERAFINA

 

 

SERAFINA:         ¡Ay, querida doña Juana!

Nota de mi fama doy;

mas si lo dilato hoy

me casa el duque mañana.

JUANA:            Don Dionís, señora, es tal

que no llega don Düarte

con la más mínima parte

a su valor.  Portugal

por su padre llora hoy día.

Para en uno sois los dos.

Gozaos mil años.

SERAFINA:                        ¡Ay, Dios!

JUANA:         No temas, señora mía,

que mi primo fue por él.

Presto le traerá consigo.

SERAFINA:      Él tiene un notable amigo.

JUANA:         Poco se hallarán como él.

Sale don ANTONIO, como de noche

 

 

ANTONIO:          Hoy, Amor, vuestras quimeras

de noche me han convertido

en un don Dionís fingido

y un don Antonio de veras.

Por y otro he de hablar.

Gente siento a la ventana.

JUANA:         Ruido suena.  No fue vana

mi esperanza.

Sale TARSO, de noche

 

 

TARSO:                        Este lugar

mi dichoso don Dionís

me manda que mire y ronde

por si hay gente.

JUANA:                            ¡Ce!  ¿Es el conde?

ANTONIO:       Sí, mi señora.

JUANA:                         ¿Venís

con don Dionís?

TARSO:                            (¿Cómo es esto?    Aparte

¿Don Dionís?  La burla es buena.

¿Mas si es doña Madalena?

Reconocer este puesto

me manda, porque le avise

si anda gente, y me parece

que otro en su lugar se ofrece,

y que le ronde, ande y pise.

¡Vaya!  ¿Mas que es don Dionís?

¡Eso no!)

ANTONIO:                 Conmigo viene

un don Dionís, que os previene

el alma, que ya adquirís,

para ofrecerse a esas plantas.

Hablad, don Dionís.  ¿Qué hacéis?

Finge que habla don Dionís, mudando la voz

 

 

¿Que estoy suspenso, no veis,

contemplando glorias tantas?

Pagar lo mucho que os debo

con palabras será mengua,

y ansí refreno la lengua

porque en ella no me atrevo.

Mas, señora, Amor es dios

y por mí podrá pagar.

JUANA:         (¡Bien sabe disimular             Aparte

el habla.)

SERAFINA:                 ¿No tenéis vos

crédito para pagarme

esta deuda?

ANTONIO:                   No lo sé;

mas buen fiador os daré.

El conde puede fïarme.

[Habla de por sí]

 

 

Yo os fío.

TARSO:                        (¡Válgate el diablo!  Aparte

Sólo un hombre es, vive Dios,

y parece que son dos.

Disimula la voz

 

 

ANTONIO:       Con mucho peligro os hablo

aquí.  Haced mi dicha cierta

y tenga mis penas fin.

SERAFINA:      Pues, ¿qué queréis?

ANTONIO:                           Del jardín

tengo ya franca la puerta.

JUANA:            Mira que suele rondarte

don Düarte, señora mía,

y que si aguardas al día

has de ser de don Düarte.

Cualquier dilación es mala.

SERAFINA:      ¡Ay, Dios!

JUANA:                    ¡Qué tímida eres!

¿Entrará?

SERAFINA:                Haz lo que quisieres.

Como don ANTONIO

 

 

ANTONIO:       Don Dionís, Amor te iguala

a la ventura mayor

que pudo dar.  Corresponde

a tu dicha.

Como don Dionís

 

 

Amigo conde,

por vuestra industria y favor

he adquirido tanto bien;

dadme esos brazos.  Yo soy

tu amigo, conde, desde hoy.

[Como don ANTONIO]

 

 

Yo vuestro esclavo.

[Como don Dionís]

 

 

Está bien.

Dará el tiempo testimonio

de esta deuda.

[Como don ANTONIO]

 

 

Aquí te aguardo;

que así mis amigos guardo.

Entrad.

Como don Dionís]

 

 

Adiós, don Antonio.

Éntrase

 

 

SERAFINA:         ¿Entró?

JUANA:                    Sí.

SERAFINA:                     ¿Que de este modo

fuerce Amor a una mujer?

Mas por sólo no lo ser

del de Estremoz, poco es todo.

¡Mi padre y honor perdone!

JUANA:         Vamos y deja ese miedo.

Vanse las dos

 

 

TARSO:         ¿Hase visto igual enredo?

En gran confusión me pone

este encanto.  Un don Antonio

que consigo mismo hablaba,

dijo que aquí se quedaba

y se entró.  Él es demonio.

Sale MIRENO, de noche

 

 

MIRENO:           Él se debió de quedar

como acostumbra, dormido.

TARSO:         Ya queda sostituído

por otro aquí tu lugar.

MIRENO:           ¿Qué dices, necio?  Responde.

Vienes aquí a ver si hay gente,

¿y estáste aquí, impertinente?

TARSO:         Gente ha habido.

MIRENO:                        ¿Quién?

TARSO:                                 Un conde

y un don Dionís de tu nombre,

que es uno y parecen dos.

MIRENO:        ¿Estás sin seso?

TARSO:                           Por Dios,

que acaba de entrar un hombre

con tu doña Madalena

que, o es colegial trilingue,

o a sí propio se distingue,

o es tu alma que anda en pena.

Más sabe que veinte Ulises.

Algún traidor te ha burlado,

o yo este enredo he soñado,

o aquí hay dos don Dionises.

MIRENO:           Soñástelo.

TARSO:                       ¡Norabuena!

Sale a la ventana doña MADALENA

 

 

MADALENA:      ¿Si habrá don Dionís venido?

TARSO:         A la ventana ha salido

un bulto.

MADALENA:                ¡Ay, Dios!  Gente suena.

¡Ce!  ¿Es don Dionís?

MIRENO:                                 Mi señora,

yo soy ese venturoso.

MADALENA:      Entrad, pues, mi vergonzoso.

Vase

 

 

MIRENO:        ¿Crees que lo soñaste agora?

TARSO:            No sé.

MIRENO:                  Si mi cortedad

fue vergüenza, adiós, vergüenza;

que seréis, como no os venza,

desde agora necedad.

Vase

 

 

TARSO:            Confuso me voy de aquí

que debo estar encantado.

Dos Dionises han entrado

o yo estoy fuera de mí.

De estas calzas por momentos

salen quimeras como ésta;

¡pobre de quien trae acuestas

dos cestas de encantamientos!

Vase. Salen LAURO y RUY Lorenzo, de pastores.

 

 

LAURO:            Éste es, Ruy Lorenzo, Avero.

RUY:           Aquí me vi un tiempo, Lauro,

rico y próspero, y ya pobre

y ganadero.

LAURO:                      Altibajos

son del tiempo y la Fortuna,

inconstante siempre y vario.

¡Buen palacio tiene el duque!

RUY:           Ahora acaba de labrallo;

propiedad de la vejez,

hacellos y no gozallos.

LAURO:         Busquemos a mi Mireno.

RUY:           En palacio aún es temprano;

que aquí amanece muy tarde

y hemos mucho madrugado.

LAURO:         ¿Cuándo durmió el deseoso?

¿Cuándo Amor buscó descanso?

No os espante que madrugue

que soy padre.  Deseo y amo.

Salen VASCO y MELISA, de pastores

 

 

VASCO:         Mucho has podido conmigo,

Melisa.

MELISA:                 Débote, Vasco,

gran voluntad.

VASCO:                        ¿A qué efeto

me traes, Melisa, a palacio

desde los montes incultos?

MELISA:        En ellos sabrás de espacio

mis intentos.

VASCO:                        Miedo tengo.

MELISA:        (¡Ay, Tarso, crüel, ingrato!      Aparte

Mi imán eres, tras ti voy;

que soy hierro.)

VASCO:                          Aun sería el diablo

que ahora me conociese

algún mozo de caballos,

colgándome de la horca

en fe de ser peso falso.

MELISA:        ¡Ay, Vasco, retírate!

VASCO:         ¿Pues qué…?

MELISA:                       ¿No ves a nuesamo,

y al tuyo?  Si aquí nos topa,

pendencia hay para dos años.

Tocan cajas

 

 

VASCO:         Volvámonos.  Mas, ¿qué es esto?

RUY:           ¿Tan de mañana han tocado

cajas?  ¿A qué fin será?

LAURO:         No lo sé.

RUY:                     Si no me engaño,

sale el duque.  Algo hay de nuevo.

LAURO:         A esta parte retirados

podremos saber lo que es;

que parece que echan bandos.

Salen el DUQUE [y] el CONDE, con gente, y un ATAMBOR

 

 

DUQUE:         Conde, con ningunas nuevas

pudiera alegrarme tanto

como con éstas.  Ya cesan

las desdichas y trabajos

de don Pedro de Coímbra,

mi primo, si el cielo santo

le tiene vivo.

CONDE:                        Sí hará;

que al cabo de tantos años

de males querrá que goce

el premio de su descanso.

LAURO:         ¿Qué es esto que escucho, cielos?

¿Soy yo de quien habla acaso

mi primo el duque de Avero?

Mas, no, que soy desdichado.

DUQUE:         Antes que vais, don Düarte,

por el yerno, que hoy aguardo,

quiero que oigáis el pregón

que el rey manda.  ¡Echad el bando!

 

ATAMBOR:          «El rey nuestro señor Alfonso el Quinto

manda que en todos sus estados reales

con solemnes y públicos pregones

se publique el castigo que en Lisboa

se hizo del traidor Vasco Fernández

por las traiciones que a su tío el duque

don Pedro de Coímbra ha levantado,

a quien da por leal vasallo y noble

y en todos sus estados restituye.

Mandando que en cualquier parte que asista,

si es vivo, le respeten como a él mismo

y si es muerto, su imagen echa al vivo

pongan sobre un caballo, y una palma

en la mano le lleven a su corte,

saliendo a recibirle los lugares;

y declara a los hijos que tuviere

por herederos de su patrimonio,

dando a Vasco Fernández y a sus hijos

por traidores, sembrándoles sus casas

de sal, como es costumbre en estos reinos

desde el antiguo tiempo de los godos.

Mándase [esto] pregonar porque venga

a noticia de todos.»

Vase

 

 

VASCO:                               ¡Larga arenga!

 

MELISA:           [¡Así digo yo!]  ¡Buen garguero

tiene el que ha repiqueteado!

LAURO:         Gracias a vuestra piedad,

recto juez, clemente y sabio,

que volvéis por mi justicia.

RUY:           El parabién quiero daros

con las lágrimas que vierto.

Gocéisle, duque, mil años.

DUQUE:         ¿Qué labradores son estos

que hacen extremos tantos?

CONDE:         ¡Ah, buena gente!  Mirad

que os llama el duque.

LAURO:                                Trabajos,

si me habéis tenido mudo,

ya es tiempo de hablar.  ¿Qué aguardo?

Dadme aquesos brazos nobles,

duque ilustre, primo caro.

Don Pedro soy.

DUQUE:                        ¡Santos cielos,

dos mil gracias quiero daros!

CONDE:         ¡Gran duque!  ¿En aqueste traje?

LAURO:         En éste me he conservado

con vida y honra hasta agora.

MELISA:        ¡Aho!  ¿Diz que es duque nueso amo?

VASCO:         Sí.

MELISA:              Démosle el parabién.

VASCO:         ¿No le ves que está ocupado?

Tiempo habrá.  Déjalo agora.

No nos riña.

MELISA:                       Pues dejallo.

DUQUE:         Es el conde de Estremoz

a quien la palabra he dado

de casalle con mi hija

la menor, y agora aguardo

al conde de Vasconcelos,

sobrino vuestro.

LAURO:                          Mi hermano

estará ya arrepentido,

si traidores le engañaron.

DUQUE:         Dióle a doña Madalena,

mi hija mayor.

LAURO:                        Sois sabio

en escoger tales yernos.

DUQUE:         Y venturoso otro tanto

en que seréis su padrino.

RUY:           (Aunque el conde me ha mirado,         Aparte

no me ha conocido.  ¡Ay, cielos!

¿Quién vengará mis agravios?)

DUQUE:         Hola, llamad a mis hijas,

que de suceso tan raro,

por la parte que les toca,

es bien darlas cuenta.

MELISA:                                Vasco,

verdad es.  Ven y lleguemos.

Por muchos y buenos años

goce el duquencio.

LAURO:                            ¿Melisa

aquí?

MELISA:                Vine a ver a Tarso.

VASCO:         (No oso hablar, no que conozcan;      Aparte

que está mi vida en mis labios.)

Salen doña MADALENA, SERAFINA y doña JUANA

 

 

MADALENA:      ¿Qué manda vuestra excelencia?

DUQUE:         Que beséis, hija, las manos

al gran duque de Coímbra,

vuestro tío.

MADALENA:                   ¡Caso raro!

LAURO:         Lloro de contento y gozo.

SERAFINA:      (Mi suerte y ventura alabo.          Aparte

Ya segura gozaré

mi don Dionís, pues ha dado

fin el cielo a sus desdichas.)

LAURO:         Gocéis, sobrinas, mil años

los esposos que os esperan.

SERAFINA:      El cielo guarde otros tantos

la vida de vueselencia.

MADALENA:      Si la mía estima en algo,

le suplico, así propicios

de aquí adelante los hados

le dejen ver reyes nietos

y venguen de sus contrarios

que este casamiento impida.

DUQUE:         ¿Cómo es eso?

MADALENA:                     Aunque el recato

de la mujeril vergüenza

cerrarme intento los labios,

digo, señor, que ya estoy

casada.

DUQUE:                 ¿Cómo?  ¿Qué aguardo?

¿Estáis sin seso, atrevida?

MADALENA:      El cielo y Amor me han dado

esposo, aunque humilde y pobre,

discreto, mozo y gallardo.

DUQUE:         ¿Qué dices, loca?  ¿Pretendes

que te mate?

MADALENA:                    El secretario

que me diste por maestro

es mi esposo.

DUQUE:                        Cierra el labio.

¡Ay, desdichada vejez!

Vil, ¿por un hombre tan bajo

al conde de Vasconcelos

desprecias?

MADALENA:                   Ya le ha igualado

a mi calidad Amor;

que sabe humillar los altos

y ensalzar a los humildes.

DUQUE:         Daréte la muerte.

LAURO:                           Paso,

que es mi hijo vuestro yerno.

DUQUE:         ¿Cómo es eso?

LAURO:                        El secretario

de mi sobrina vuestra hija,

es Mireno, a quien ya llamo

don Dionís y mi heredero.

DUQUE:         Ya vuelvo en mí.  Por bien dado

doy mi agravio de este modo.

MADALENA:      ¿Hijo es vuestro?  ¡Ay, Dios!  ¿Qué aguardo

que no beso vuestros pies?

SERAFINA:      Eso no, porque es engaño.

Don Dionís, hijo del duque

de Coímbra es quien me ha dado

mano y palabra de esposo.

DUQUE:         ¿Hay hombre más desdichado?

SERAFINA:      Doña Juana es buen testigo.

MADALENA:      Don Dionís está en mi cuarto

y mi recámara.

SERAFINA:                     ¡Bueno!

En la mía está encerrado.

LAURO:         Yo no tengo más de un hijo.

DUQUE:         Tráiganlos luego.  ¿En qué caos

de confusión estoy puesto?

MELISA:        ¿En qué parará esto, Vasco?

VASCO:         No sé lo que te responda

pues ni sé si estoy soñando

ni si es verdad lo que veo.

MELISA:        ¡Ay, Dios!  ¡Si saliese Tarso!

Sale MIRENO

 

 

MIRENO:        Confuso vengo a tus pies.

LAURO:         Hijo mío, aquesos brazos

den nueva vida a estas canas.

Éste es don Dionís.

SERAFINA:                          ¿Qué engaños

son estos, cielos crüeles?

DUQUE:         Abrazadme, ya que ha hallado

el más gallardo heredero

de Portugal este estado.

LAURO:         ¿Qué miras, hijo, perplejo?

El nombre tosco ha cesado

que de Mireno tuviste.

Ni lo eres, ni soy Lauro

sino el duque de Coímbra.

El rey está ya informado

de mi inocencia.

MIRENO:                          ¿Qué escucho?

¡Cielos!  ¡Amor!  ¡Bienes tantos!

Sale don ANTONIO

 

 

ANTONIO:       Dadme, señor, esos pies.

DUQUE:         ¿A qué venís, secretario?

SERAFINA:      Conde, ¿qué es de don Dionís,

mi esposo?

ANTONIO:                 Yo os he engañado.

En su nombre gocé anoche

la belleza y bien más alto

que tiene el Amor.

DUQUE:                            ¡Oh, infame!

SERAFINA:      ¡Matadle!

CONDE:                   ¡Matadle!

JUANA:                             Paso,

que es el conde de Penela,

mi primo.

ANTONIO:                 Perdón aguardo,

duque y señor, a tus pies.

CONDE:         Los cielos lo han ordenado,

porque vuelven por Leonela

a quien di palabra y mano

de esposo y la desprecié

gozada.

LAURO:                  Aquí está su hermano,

que por vengar esa injuria,

aunque no con medio sabio,

vive pastor abatido.

Si a interceder por él basto,

reducidle a vuestra gracia.

RUY:           Perdón pido.

VASCO:                       Y también Vasco.

DUQUE:         Basta, que lo manda el duque.

CONDE:         Recibidme por cuñado,

que a Leonela he de cumplir

la palabra que le he dado

luego que a mi estado vuelva.

¿Dónde está?

RUY:                          Tu pecho hidalgo

hace, al fin, como quien es.

SERAFINA:      Y qué, ¿fué mío el retrato?

DUQUE:         Dadle, conde don Antonio,

a Serafina la mano;

que, pues el de Vasconcelos

perdió la ocasión por tardo,

disculpado estoy con él.

A MIRENO

 

 

¡Muy bien habéis enseñado

a escribir a Madalena!

¿Érades vos el callado,

el cortés, el vergonzoso?

Pero, ¿quién lo fue en palacio?

Sale TARSO

 

 

TARSO:         ¿Duque Mireno?  ¿Qué escucho?

Don Dionís, esos zapatos

te beso, y pido en albricias

de la esposa y del ducado

que me quites estas calzas,

y el día del Jueves Santo

mandes ponellas a un Judas.

MELISA:        ¡Ah traidor, mudable, ingrato!

Agora me pagarás

el amor, penas y llanto

que me debes.  Señor duque,

de rodillas se lo mando

que mos case.

TARSO:                      ¿Estotro es cura?

MELISA:        Mande que me quiera Tarso.

MIRENO:        Yo se lo mando, y le doy

por ello tres mil cruzados.

TARSO:         ¿Por la cara o por la bolsa?

MIRENO;        Y mi camarero le hago

para que asista conmigo.

DUQUE:         Doña Juana está a mi cargo.

Yo le daré un noble esposo.

A recibir todos vamos

al conde de Vasconcelos

porque, viendo el desengaño

de su amor, sepa la historia

del vergonzoso en palacio

y, a pesar de maldicientes,

las faltas perdone el sabio.

FIN DEL TERCER ACTO

FIN DE LA COMEDIA

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