Poemas de Luis de Góngora
Poemas de Luis de Góngora y Argote (1561-1627), máximo exponente del culteranismo y la lírica del Siglo de Oro con un estilo complejo y sensorial. Su poética se alejó de la sencillez para abrazar una belleza aristocrática y hermética, donde el uso constante del hipérbaton, la metáfora extrema y los neologismos de raíz latina desafiaban la inteligencia del lector.
En sus obras mayores, como Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea, Góngora transformó la naturaleza en un escenario de artificio y luz. Para él, la poesía era un objeto precioso que requería desciframiento, una «oscuridad» que, una vez iluminada por el ingenio, revelaba una perfección absoluta. Su eterna rivalidad con Quevedo marcó la literatura española, consolidando un legado que sería redescubierto siglos después por la Generación del 27.
A don Francisco de Quevedo
Anacreonte español, no hay quien os tope,
que no diga con mucha cortesía,
que ya que vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope.
¿No imitaréis al terenciano Lope,
que al de Beleforonte cada día
sobre zuecos de cómica poesía
se calza espuelas, y le da un galope?
Con cuidado especial vuestros antojos
dicen que quieren traducir al griego,
no habiéndolo mirado vuestros ojos.
Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
porque a luz saque ciertos versos flojos,
y entenderéis cualquier greguesco luego.
A Guadalquivir, río de Andalucía
Rey de los otros ríos caudaloso,
que en fama claro, en ondas cristalino,
tosca guirnalda de robusto pino,
ciñe tu frente y tu cabello undoso.
Pues dejando tu nido cavernoso
de Segura en el monte más vecino,
por el suelo andaluz tu real camino
tuerces soberbio, raudo y espumoso.
A mí, que de tus fértiles orillas
piso, aunque ilustremente enamorado,
la noble arena con humilde planta,
dime si entre las rubias pastorcillas
has visto que en tus aguas se han mirado
beldad cual la de Clori, o gracia tanta.
A “La arcadia” de Lope de Vega Carpio
Por tu vida, Lopillo, que me borres
las diez y nueve torres del escudo,
porque, aunque todas son de viento, dudo
que tengas viento para tantas torres.
¡Válgame los de Arcadia! ¿No te corres
armar de un pavés noble a un pastor rudo?
¡Oh tronco de Micol, Nabal barbudo!
¡Oh brazos Leganeses y Vinorres¹!
No le dejéis en el blasón almena.
Vuelva a su oficio, y al rocín alado
en el teatro sáquenle los reznos.
No fabrique más torres sobre arena,
Si no es que ya, segunda vez casado,
Nos quiere hacer torres los torreznos.
A la beatificación de San Ignacio
En tenebrosa noche, en mar airado,
al través diera un marinero ciego
de dulce voz y de homicida ruego,
de sirena mortal lisonjeado,
si el fervoroso celador cuidado
del grande Ignacio no ofreciera luego,
farol divino, su encendido fuego
a los cristales de un estanque helado.
Trueca las velas el bajel perdido,
y escollos juzga que en el mar se lavan,
las voces que en la arena oye lascivas;
ves el puerto, altamente conducido
de las que para norte suyo estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas.
A la Purísima Concepción de Nuestra Señora
Si ociosa no asistió naturaleza,
admirada, a la tuya, ¡oh gran Señora!,
concepción limpia, donde ciega ignora
lo que muda admiró de tu pureza.
Díganlo, ¡oh Virgen!, la mayor belleza
del día cuya luz tu manto dora,
la que calza nocturna brilladora,
los que ciñen carbunclos tu cabeza.
Pura la Iglesia ya, pura te llama
la escuela, y todo pío afecto sabio
cultas en tu favor da plumas bellas.
¿Qué mucho, pues, si aun hoy sellado el labio,
si la naturaleza aun hoy te aclama
Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas…?
A las damas de la corte
Hermosas damas si la pasión ciega
que os arma de desdén, no os arma de ira,
¿quién con piedad al andaluz no mira
y quién al andaluz su favor niega?
¿En el terreno, quién humilde ruega,
fiel adora, idólatra suspira?
¿Quién en la plaza los bohordos tira,
mata los toros y las cañas juega?
¿En los saraos quién lleva las más veces
los dulcísimos ojos de la sala,
sino galanes del Andalucía?
A ellos les dan siempre los jueces
en la sortija el premio de la gala,
en el torneo, de la valentía.
A una dama muy blanca, vestida de verde
Cisne gentil, después que crespo el vado
dejó, y de espuma a la agua encanecida,
que al rubio sol la pluma humedecida
sacude de las juncias abrigado:
copos de blanca nieve en verde prado,
azucena entre murtas escondida,
cuajada leche en juncos exprimida,
diamante entre esmeraldas engastado,
no tienen que preciarse de blancura
después que nos mostró su airoso brío
la blanca Leda en verde vestidura.
Fue tal, que templó su aire el fuego mío,
y dio, con su vestido y su hermosura,
verdor al campo, claridad al río.
A una rosa
Ayer naciste y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana?
Si te engañó su hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.
Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.
No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte.
Al Duque de Feria
Oh marinero, tú que, cortesano,
al Palacio le fías tus entenas,
al Palacio Real, que de Sirenas
es un segundo mar napolitano,
los remos deja, y una y otra mano
de las orejas las desvía apenas;
que escollo es, no sirte de sirenas,
la dulce voz de un serafín humano.
Cual su acento, tu muerte será clara,
si espira suavidad, si gloria espira
su armonía mortal, su beldad rara.
Huye de la que, armada de una lira,
si rocas mueve, si bajeles para,
cantando mata al que matando mira.
Al Escorial
Sacros, altos, dorados capiteles,
que a las nubes robáis los arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles,
y el cielo por gigantes más crueles.
Depón tus rayos, Júpiter; no celes
los tuyos, sol; de un templo son faroles,
que al mayor mártir de los españoles
erigió el mayor rey de los más fieles.
Religiosa grandeza del monarca
cuya diestra real al Nuevo Mundo
abrevia y el Oriente se le humilla,
perdone el tiempo, lisonjee la Parca
la verdad de esta octava maravilla,
los años de este Salomón segundo.
Al Marqués de Ayamonte…
Clarísimo Marqués, dos veces claro
por vuestra sangre y vuestro entendimiento
claro dos veces otras, y otras ciento
por la luz, de que no me sois avaro,
de los dos Soles que el pincel más raro
dio de su luminoso firmamento
a vuestro seno ilustre, atrevimiento
que aun en cenizas no saliera caro:
¿Qué águila, señor, dichosamente
la región penetró de su hermosura
por copiaros los rayos de su frente?
Cebado vos los ojos de pintura,
en noche camináis, noche luciente
que mal será con dos soles oscura.
Al Marqués de Velada…
Con razón, gloria excelsa de Velada,
te admira Europa, y tanto que, celoso
su robador mentido, pisa el coso,
fiel este día, forma no alterada.
Buscó tu fresno, y extinguió tu espada
en su sangre su espíritu fogoso,
si de tus venas ya lo generoso
poca arena dejó calificada.
Lloró su muerte el sol, y del segundo
lunado signo su esplendor vistiendo
a la satisfacción se disponía;
cuando el monarca de este y de aquel mundo
dejar te mando el circo, previniendo
no acaben dos planetas en un día.
Al Santísimo Sacramento
-Rebelde y pertinaz entendimiento,
sed preso. -¿Quién lo manda? -Dios glorioso.
-¿Por qué? -Porque con ánimo dudoso
negaste la obediencia al Sacramento.
-¿Quién ha de ejecutar el prendimiento?
-La voluntad y afecto piadoso.
-¿Quién es el carcelero riguroso?
-La fe que enseña el conocimiento.
Y la cárcel ¿cuál es? -La iglesia santa.
¡Oh cárcel! clara luz de este hemisferio,
dulce prisión, que tal tesoro encierra;
do el fruto de este altísimo misterio
se goza con dulzura y gloria santa,
que excede cuanto bien hay en la tierra.
Al tramontar del Sol, la ninfa mía…
Al tramontar del Sol, la ninfa mía,
de flores despojando el verde llano,
cuantas troncaba la hermosa mano,
tantas el blanco pie crecer hacía.
Ondeábale el viento que corría
el oro fino con error galano,
cual verde hoja del álamo lozano
se mueve al rojo despuntar del día;
mas luego que ciñó sus sienes bellas
dé los varios despojos de su falda
(término puesto al oro y a la nieve),
juraré que lució más su guirnalda
con ser de flores, la otra ser de estrellas,
que la que ilustra el cielo en luces nueve.
Ándeme yo caliente y ríase la gente
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno;
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
el Príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del Rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
Busque muy en buena hora
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
Clori
Al sol peinaba Clori sus cabellos
con peine de marfil, con mano bella;
mas no se parecía el peine en ella
como se oscurecía el sol en ellos.
Cogió sus lazos de oro, y al cogerlos,
segunda mayor luz descubrió aquella
delante quien el sol es una estrella
y esfera España de sus rayos bellos.
Divinos ojos, que en su dulce oriente
dan luz al mundo, quitan luz al cielo,
y espera idolatrarlos occidente.
Esto amor solicita con su vuelo,
que en tanto mar será un arpón luciente,
de la cerda inmortal mortal anzuelo.
Cual parece al romper de la mañana
Cual parece al romper de la mañana
aljófar blanco sobre frescas rosas,
o cual por manos hecha, artificiosas,
bordadura de perlas sobre grana,
tales de mi pastora soberana
parecían las lágrimas hermosas
sobre las dos mejillas milagrosas,
de quien mezcladas leche y sangre mana,
lanzando a vueltas de su tierno llanto
un ardiente suspiro de su pecho,
tal que el más duro canto enterneciera:
si enternecer bastara un duro canto,
mirad que habrá con un corazón hecho,
que al llanto y al suspiro fue de cera.
De la ambición humana
Mariposa, no sólo no cobarde,
mas temeraria, fatalmente ciega,
lo que la llama el Fénix aún le niega,
quiere obstinada que a sus alas guarde:
pues en su daño arrepentida tarde,
del esplendor solicitada, llega
a lo que luce, y ambiciosa entrega
su mal vestida pluma a lo que arde.
¡Yace gloriosa en la que dulcemente
huesa le ha prevenido abeja breve,
suma felicidad a yerro sumo!
No a mi ambición contrario tan luciente,
menos activo, si cuanto más leve,
cenizas la hará, si abrasa el humo.
De la brevedad engañosa de la vida
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,
que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.
¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
De unas fiestas en Valladolid
La plaza, un jardín fresco; los tablados,
un encañado de diversas flores;
los toros, doce tigres matadores
a lanza y a rejón despedazados;
la jineta, dos puestos coronados
de príncipes, de grandes, de señores;
las libreas, bellísimos colores,
arcos del cielo, o propios o imitados;
los caballos, Favonios andaluces
gastándole al Perú oro en los frenos
y los rayos al sol en los jaeces;
al trasponer de Febo ya las luces
en mejores adargas, aunque menos,
Pisuerga vio lo que Genil mil veces.
Dedicatoria al Duque de Béjar
Pasos de un peregrino son errante
cuantos me dictó versos dulce Musa,
en soledad confusa
perdidos unos, otros inspirados.
¡Oh tú que, de venablos impedido,
muros de abeto, almenas de diamante,
bates los montes, que de nieve armados,
gigantes de cristal los teme el cielo,
donde el cuerno, del eco repetido,
fieras te expone, que al teñido suelo
muertas pidiendo términos disformes,
espumoso coral le dan al Tormes!
Arrima a un fresno el freno, cuyo acero,
sangre sudando, en tiempo hará breve
purpurear la nieve,
y en cuanto da el solícito montero,
al duro robre, al pino levantado,
émulos vividores de las peñas,
las formidables señas
del oso que aun besaba, atravesado,
la asta de tu luciente jabalina,
o lo sagrado supla de la encina
lo augusto del dosel, o de la fuente
la alta cenefa lo majestüoso
del sitïal a tu deidad debido,
¡oh Duque esclarecido!,
templa en sus ondas tu fatiga ardiente,
y entregados tus miembros al reposo
sobre el de grama césped no desnudo,
déjate un rato hallar del pie acertado
que sus errantes pasos ha votado
a la real cadena de tu escudo.
Honre süave, generoso nudo,
Libertad de Fortuna perseguida;
que a tu piedad Euterpe agradecida,
su canoro dará dulce instrumento,
cuando la Fama no su trompa al viento.
Duélete de esa puente
Duélete de esa puente, Manzanares,
mira que dice por ahí la gente,
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para treinta mares.
Hoy arrogante te ha brotado a pares
humildes crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente,
que eran en Marzo los caniculares.
Por el alma de aquel, que ha pretendido
con cuatro dagmas de agua de achicoria
purgar la villa y darle lo purgado.
Me di, ¿cómo has menguado y has crecido?
¿Cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?
-Me bebió un asno ayer y hoy me ha ensuciado.
El sepulcro de Dominico Greco, excelente pintor
Esta en forma elegante, o peregrino,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega el mundo mas suave
que dio espíritu a leño, vida o lino.
Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la fama cabe,
el campo ilustra de esa mármol grave,
Venéralo, y prosigue tu camino.
Yace el Griego, heredó naturaleza
Arte, y el Arte estudio, Iris colores,
Febo luces, sino sombras Morfeo.
Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores,
corteza funeral de árbol sabeo.
En el cristal de tu divina mano
En el cristal de tu divina mano
de Amor bebí el dulcísimo veneno,
néctar ardiente que me abrasa el seno,
y templar con la ausencia pensé en vano;
tal, Claudia bella, del rapaz tirano
es arpón de oro tu mirar sereno,
que cuanto más ausente del, más peno
de sus golpes el pecho menos sano.
Tus cadenas al pie, lloro al ruido
de un eslabón y otro mi destierro,
más desviado, pero más perdido.
¿Cuándo será aquel día que por yerro,
oh serafín, desates, bien nacido,
con manos de cristal nudos de hierro?
En el sepulcro de la Duquesa de Lerma
¡Ayer deidad humana, hoy poca tierra;
aras ayer, hoy túmulo, ¡oh mortales!
Plumas, aunque de águilas reales
plumas son, quien lo ignora mucho hierra.
Los hueso que hoy este sepulcro encierra,
a no estar entre aromas orientales
mortales señas dieran de mortales;
la razón abra lo que el mármol cierra.
La Fénix que ayer Lerma, fue su Arabia
es hoy entre cenizas un gusano
y de conciencia a la persona sabia.
Si una urca se traga el Océano,
¿qué espera un bajel luces en la gabia?
Tome tierra, que es tierra el ser humano.
En la capilla estoy y condenado
En la capilla estoy y condenado
a partir sin remedio de esta vida:
siendo la causa aún más que la partida,
por hambre expulso como sitiado.
Culpa sin duda es ser un desdichado
mayor de condición ser encogida;
de ellas me acuso en esta despedida,
y partiré a lo menos confesado.
Examiné mi suerte al hierro agudo,
que a pesar de sus filos me prometo
alta piedad de vuestra excelsa mano.
Ya que el encogimiento ha sido mudo,
los números, Señor, de este soneto
lenguas sean, y lágrimas no en vano.
En la muerte de don Rodrigo Calderón
Sella el tronco sangriento, no le oprime
de aquel dichosamente desdichado
que de las inconstancias de su hado
esta pizarra apenas le redime:
piedad común en vez de la sublime
urna que el escarmiento le ha negado,
padrón le erige en bronce imaginado
que en vano el tiempo las memorias lime.
Risueño con él tanto como falso
el tiempo, cuatro lustros en la risa,
el cuchillo quizá envainaba agudo.
De tal sitial después al mal cadalso
precipitado, ¡oh cuánto nos avisa!
¡Oh cuánta trompa es su ejemplo mudo!
En la partida del Conde de Lemos…
El conde, mi señor, se fue a Nápoles;
el duque, mi señor, se fue a Francia;
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.
Como sobran tan doctos españoles
a ninguno ofrecí la Musa mía;
a un pobre albergue, sí, de Andalucía
que ha resistido a grandes, digo Soles.
Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo,
ya que el tiempo me pasa como higo.
No espero en mi verdad lo que no creo;
espero en mi conciencia lo que digo,
mi salvación, que es lo que más deseo.
En un pastoral albergue…
En un pastoral albergue
Que la guerra entre unos robles
Lo dejó por escondido
O lo perdonó por pobre,
Do la paz viste pellico
Y conduce entre pastores
Ovejas del monte al llano
Y cabras del llano al monte,
Mal herido y bien curado,
Se alberga un dichoso joven,
Que sin clavarle Amor flecha
Le coronó de favores.
has venas con poca sangre,
Los ojos con mucha noche,
Lo halló en el campo aquella
Vida y muerte de los hombres.
Del palafrén se derriba,
No porque al moro conoce,
Sino por ver que la yerba
Tanta sangre paga en flores.
Límpiale el rostro, y la mano
Siente al Amor que se esconde
Tras las rosas, que la muerte
Va violando sus colores.
Escondióse tras las rosas,
Porque labren sus arpones
El diamante del Catay
Con aquella sangre noble.
Ya le regala los ojos,
Ya le entra, sin ver por dónde,
Una piedad mal nacida
Entre dulces escorpiones.
Ya es herido el pedernal,
Ya despide el primer golpe
Centellas de agua, ¡oh piedad,
Hija de padres traidores!
Yerbas le aplica a sus llagas,
Que si no sanan entonces,
En virtud de tales manos
Lisonjean los dolores.
Amor le ofrece su venda,
Mas ella sus velos rompe
Para ligar sus heridas;
Los rayos del sol perdonen.
Los últimos nudos daba
Cuando el cielo la socorre
De un villano en una yegua
Que iba penetrando el bosque.
Enfrénanle de la bella
Las tristes piadosas voces,
Que los firmes troncos mueven
Y las sordas piedras oyen;
Y la que mejor se halla
En las selvas que en la corte,
Simple bondad, al pío ruego
Cortésmente corresponde.
Humilde se apea el villano,
Y sobre la yegua pone
Un cuerpo con poca sangre,
Pero con dos corazones.
A su cabaña los guía;
Que el sol deja su horizonte
Y el humo de su cabaña
Le va sirviendo de norte.
Llegaron temprano a ella,
Do una labradora acoge
Un mal vivo con dos almas,
Una ciega con dos soles.
Blando heno en vez de pluma
Para lecho les compone,
Que será tálamo luego
Do el garzón sus dichas logre.
Las manos, pues, cuyos dedos
Desta vida fueron dioses,
Restituyen a Medoro
Salud nueva, fuerzas dobles,
Y le entregan, cuando menos,
Su beldad y un reino en dote,
Segunda envidia de Marte,
Primera dicha de Adonis.
Corona un lascivo enjambre
De cupidillos menores
La choza, bien como abejas
Hueco tronco de alcornoque.
¡Qué de nudos le está dando
A un áspid la envidia torpe,
Contando de las palomas
Los arrullos gemidores!
¡Qué bien la destierra Amor,
Haciendo la cuerda azote,
Porque el caso no se infame
Y el lugar no se inficione!
Todo es gala el africano,
Su vestido espira olores,
El lunado arco suspende
Y el corvo alfanje depone.
Tórtolas enamoradas
Son sus roncos atambores.
Y los volantes de Venus
Sus bien seguidos pendones.
Desnuda el pecho anda ella,
Vuela el cabello sin orden;
Si lo abrocha, es con claveles,
Con jazmines si lo coge.
El pie calza en lazos de oro,
Porque la nieve se goce,
Y no se vaya por pies
La hermosura del orbe.
Todo sirve a los amantes,
Plumas les baten veloces,
Airecillos lisonjeros,
Si no son murmuradores.
Los campos les dan alfombras,
Los árboles pabellones,
La apacible fuente sueño,
Música los ruiseñores.
Los troncos les dan cortezas,
En que se guarden sus nombres
Mejor que en tablas de mármol
O que en láminas de bronce.
No hay verde fresno sin letra,
Ni blanco chopo sin mote;
Si un valle Angélica suena,
Otro Angélica responde.
Cuevas do el silencio apenas
Deja que sombras las moren,
Profanan con sus abrazos
A pesar de sus horrores.
Choza, pues, tálamo y lecho,
Cortesanos labradores,
Aires, campos, fuentes, vegas,
Cuevas, troncos, aves, flores,
Fresnos, chopos, montes, valles,
Contestes destos amores,
El cielo os, guarde, si puede,
De las locuras del Conde.
Entre los sueltos caballos
Entre los sueltos caballos
De los vencidos Zenetes,
Que por el campo buscaban
Entre lo rojo lo verde,
Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano
Y por sus cernejas fuerte,
Para que lo lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Que es uno que ha cautivado,
Capitán de cien Zenetes.
En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas ,herido,
Que cuatro vientos lo mueven.
Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.
Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,
Con razones le pregunta
Comedidas y corteses
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.
El cautivo, como tal,
Sin excusarlo, obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface desta suerte:
«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente;
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.
»Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.
»Yo nací en Gelves el año
Que os perdisteis en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco mata-siete.
»En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que murió mi padre,
Corsario de tres bajeles.
»Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses:
»Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crüeles,
Hija al fin destas arenas
Engendradoras de sierpes.
»Era tal su hermosura,
Que se hallaran claveles
Más ciertos en sus dos labios
Que en los dos floridos meses.
»Cada vez que la miraba
Salía el sol por su frente,
De tantos rayos vestidos
Cuantos cabellos contiene.
»Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.
»Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.
»Mas, ya la razón sujeta,
Con palabras me requiere
Que su crueldad le perdone
Y de su beldad me acuerde;
»Y apenas vide trocada
La dureza desta sierpe,
Cuando tú me cautivaste;
Mira si es bien que lamente.
»Ésta, español, es la causa
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»
Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Que paren sus males quiere.
«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.
»¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Que cupiera alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?
»Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte;
Que me pedirán por robo
Lo que entendí que era suerte.
»Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.
»Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Pido que de mí te acuerdes.»
Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado,
La boca a sus pies ofrece.
«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán, valiente,
Que ganas mas con librarme
Que ganaste con prenderme.
»Alá se quede contigo
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes.»
Fábula de Polifemo y Galatea
Al Conde de Niebla
Estas que me dictó, rimas sonoras,
Culta sí aunque bucólica Talía,
Oh excelso Conde, en las purpúreas horas
Que es rosas la alba y rosicler el día,
Ahora que de luz tu niebla doras,
Escucha, al son de la zampoña mía,
Si ya los muros no te ven de Huelva
Peinar el viento, fatigar la selva.
Templado pula en la maestra mano
El generoso pájaro su pluma,
O tan mudo en la alcándara, que en vano
Aun desmentir el cascabel presuma;
Tascando haga el freno de oro cano
Del caballo andaluz la ociosa espuma;
Gima el lebrel en el cordón de seda,
Y al cuerno al fin la cítara suceda.
Treguas al ejercicio sean robusto,
Ocio atento, silencio dulce, en cuanto
Debajo escuchas de dosel augusto
Del músico jayán el fiero canto.
Alterna con las Musas hoy el gusto,
Que si la mía puede ofrecer tanto
Clarín -y de la Fama no segundo-,
Tu nombre oirán los términos del mundo.
I
Donde espumoso el mar siciliano
El pie argenta de plata al Lilibeo,
Bóveda o de las fraguas de Vulcano
O tumba de los huesos de Tifeo,
Pálidas señas cenizoso un llano,
Cuando no del sacrílego deseo,
Del duro oficio da. Allí una alta roca
Mordaza es a una gruta de su boca.
Guarnición tosca de este escollo duro
Troncos robustos son, a cuya greña
Menos luz debe, menos aire puro
La caverna profunda, que a la peña;
Caliginoso lecho, el seno obscuro
Ser de la negra noche nos lo enseña
Infame turba de nocturnas aves,
Gimiendo tristes y volando graves.
De este, pues, formidable de la tierra
Bostezo, el melancólico vacío
A Polifemo, horror de aquella sierra,
Bárbara choza es, albergue umbrío
Y redil espacioso donde encierra
Cuanto las cumbres ásperas cabrío,
De los montes esconde: copia bella
Que un silbo junta y un peñasco sella.
Un monte era de miembros eminente
Este que -de Neptuno hijo fiero-
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero;
Cíclope a quien el pino más valiente
Bastón le obedecía tan ligero,
Y al grave peso junco tan delgado,
Que un día era bastón y otro cayado.
Negro el cabello, imitador undoso
De las oscuras aguas del Leteo,
Al viento que lo peina proceloso
Vuela sin orden, pende sin aseo;
Un torrente es su barba impetuosa,
Que -adusto hijo de este Pirineo-
Su pecho inunda- o tarde, o mal, o en vano
Surcada aun de los dedos de su mano.
No la Trinacria en sus montañas, fiera
Armó de crueldad, calzó de viento,
Que redima feroz, salve ligera
Su piel manchada de colores ciento:
Pellico es ya la que en los bosques era
Mortal horror al que con paso lento
Los bueyes a su albergue reducía,
Pisando la dudosa luz del día.
Cercado es, cuando más capaz más lleno,
De la fruta, el zurrón, casi abortada,
Que el tardo otoño deja al blando seno
De la piadosa yerba encomendada:
La serva, a quien le da rugas el heno;
La pera, a quien le da cuna dorada
La rubia paja y -pálida turora-
La niega avara y pródiga la dora.
Erizo es, el zurrón, de la castaña;
Y -entre el membrillo o verde o datilado-
De la manzana hipócrita, que engaña,
A lo pálido no, a lo arrebolado,
Y de la encina honor de la montaña,
Que pabellón al siglo fue dorado,
El tributo, alimento, aunque grosero,
Del mejor mundo, del candor primero.
Cera y cáñamo unió -que no debiera-
Cien cañas, cuyo bárbaro rüido,
De más ecos que unió cáñamo y cera
Albogues, duramente es repetido.
La selva se confunde, el mar se altera,
Rompe Tritón su caracol torcido,
Sordo huye el bajel a vela y remo:
¡Tal la música es de Polifemo!
Ninfa, de Doris hija, la más bella,
Adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
El terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
Lucientes ojos de su blanca pluma:
Si roca de cristal no es de Neptuno,
Pavón de Venus es, cisne de Juno.
Purpúreas rosas sobre Galatea
La Alba entre lilios cándidos deshoja:
Duda el Amor cuál más su color sea,
O púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
Émula vana. El ciego dios se enoja,
Y, condenado su esplendor, la deja
Pender en oro al nácar de su oreja.
Invidia de las ninfas, y cuidado
De cuantas honra el mar deidades, era;
Pompa del marinero niño alado
Que sin fanal conduce su venera.
Verde el cabello, el pecho no escamado,
Ronco sí, escucha a Glauco la ribera
Inducir a pisar la bella ingrata,
En carro de cristal, campos de plata.
Marino joven, las cerúleas sienes,
Del más tierno coral ciñe Palemo,
Rico de cuantos la agua engendra bienes,
Del Faro odioso al promontorio extremo;
Mas en la gracia igual, si en los desdenes
Perdonado algo más que Polifemo,
De la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,
Tantas flores pisó como él espumas.
Huye la ninfa bella: y el marino
Amante nadador, ser bien quisiera,
Ya que no áspid a su pie divino,
Dorado pomo a su veloz carrera;
Mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino
La fuga suspender podrá ligera
Que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra
Delfín que sigue en agua corza en tierra!
Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
Copa es de Baco, huerto de Pomona:
Tanto de frutas ésta la enriquece,
Cuanto aquél de racimos la corona.
En carro que estival trillo parece,
A sus campañas Ceres no perdona,
De cuyas siempre fértiles espigas
Las provincias de Europa son hormigas.
A Pales su viciosa cumbre debe
Lo que a Ceres, y aún más, su vega llana;
Pues si en la una granos de oro llueve,
Copos nieva en la otra mil de lana.
De cuantos siegan oro, esquilan nieve,
O en pipas guardan la exprimida grana,
Bien sea religión, bien amor sea,
Deidad, aunque sin templo, es Galatea.
Sin aras, no: que el margen donde para
Del espumoso mar su pie ligero,
Al labrador, de sus primicias ara,
De sus esquilmos es al ganadero;
De la Copia a la tierra poco avara
El cuerno vierte el hortelano, entero,
Sobre la mimbre que tejió prolija,
Si artificiosa no, su honesta hija.
Arde la juventud, y los arados
Peinan las tierras que surcaron antes,
Mal conducidos, cuando no arrastrados,
De tardos bueyes cual su dueño errantes;
Sin pastor que los silbe, los ganados
Los crujidos ignoran resonantes
De las hondas, si en vez del pastor pobre
El céfiro no silba, o cruje el robre.
Mudo la noche el can, el día dormido
De cerro en cerro y sombra en sombra yace.
Bala el ganado; al mísero balido,
Nocturno el lobo de las sombras nace.
Cébase -y fiero deja humedecido
En sangre de una lo que la otra pace.
¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,
El silencio del can siga y el sueño!
La fugitiva Ninfa en tanto, donde
Hurta un laurel su tronco al Sol ardiente,
Tantos jazmines cuanta yerba esconde
La nieve de sus miembros da una fuente.
Dulce se queja, dulce le responde
Un ruiseñor a otro, y dulcemente
Al sueño da sus ojos la armonía,
Por no abrasar con tres soles el día.
Salamandria del Sol, vestido estrellas,
Latiendo el Can del cielo estaba, cuando
-Polvo el cabello, húmidas centellas,
Si no ardientes aljófares, sudando-
Llegó Acis, y de ambas luces bellas
Dulce Occidente viendo al sueño blando,
Su boca dio, y sus ojos, cuanto pudo,
Al sonoro cristal, al cristal mudo.
Era Acis un venablo de Cupido,
De un Fauno -medio hombre, medio fiera-,
En Simetis, hermosa Ninfa, habido;
Gloria del mar, honor de su ribera.
El bello imán, el ídolo dormido,
Que acero sigue, idólatra venera,
Rico de cuanto el huerto ofrece pobre,
Rinden las vacas y fomenta el robre.
El celestial humor recién cuajado
Que la almendra guardó, entre verde y seca,
En blanca mimbre se lo puso al lado
Y un copo, en verdes juncos, de manteca;
En breve corcho, pero bien labrado,
Un rubio hijo de una encina hueca,
Dulcísimo panal, a cuya cera
Su néctar vinculó la primavera.
Caluroso, al arroyo da las manos,
Y con ellas, las ondas a su frente,
Entre dos mirtos que -de espuma canos-,
Dos verdes garzas son de la corriente.
Vagas cortinas de volantes vanos
Corrió Favonio lisonjeramente,
A la de viento, cuando no sea cama
De frescas sombras, de menuda grama.
La Ninfa, pues, la sonora plata
Bullir sintió del arroyuelo apenas,
Cuando -a los verdes márgenes ingrata-
Seguir se hizo de sus azucenas.
Huyera… mas tan frío se desata
Un temor perezoso por sus venas,
Que a la precisa fuga, al presto vuelo
Grillos de nieve fue, plumas de hielo.
Fruta en mimbre halló, leche exprimida
En juncos, miel en corcho, mas sin dueño;
Si bien al dueño debe, agradecida,
Su deidad culta, venerado el sueño.
A la ausencia mil veces ofrecida,
Este de cortesía no pequeño
Indicio la dejó -aunque estatua helada-
Más discursiva y menos alterada.
No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda;
No a Sátiro lascivo, ni a otro feo
Morador de las selvas, cuya rienda
El sueño aflija, que aflojó el deseo.
El niño dios, entonces, de la venda,
Ostentación gloriosa, alto trofeo
Quiere que al árbol de su madre sea
El desdén hasta allí de Galatea.
Entre las ramas del que más se lava
En el arroyo, mirto levantado,
Carcaj de cristal hizo, si no aljaba,
Su blanco pecho de un arpón dorado.
El monstruo de rigor, la fiera brava
Mira la ofrenda ya con más cuidado,
Y aun siente que a su dueño sea devoto,
Confuso alcaide más, el verde soto.
Llamáralo, aunque muda; mas no sabe
El nombre articular que más querría,
Ni lo ha visto; si bien pincel suave
Lo ha bosquejado ya en su fantasía.
Al pie -no tanto ya, del temor, grave-
Fía su intento; y, tímida, en la umbría
Cama de campo y campo de batalla,
Fingiendo sueño al cauto garzón halla.
El bulto vio y, haciéndolo dormido,
Librada en un pie toda sobre él pende
-Urbana al sueño, bárbara al mentido
Retórico silencio que no entiende-:
No el ave reina, así el fragoso nido
Corona inmóvil, mientras no desciende
-Rayo con plumas- al milano pollo,
Que la eminencia abriga de un escollo,
Como la Ninfa bella -compitiendo
Con el garzón dormido en cortesía-
No sólo para, mas el dulce estruendo
Del lento arroyo enmudecer querría.
A pesar luego de las ramas, viendo
Colorido el bosquejo que ya había
En su imaginación Cupldo hecho
Con el pincel que le clavó su pecho,
De sitio mejorada, atenta mira,
En la disposición robusta, aquello
Que. si por lo suave no la admira,
Es fuerza que la admire por lo bello.
Del casi tramontado Sol aspira
A los confusos rayos su cabello;
Flores su bozo es cuyas colores,
Como duerme la luz, niegan las flores.
(En la rústica greña yace oculto
El áspid del intonso prado ameno,
Antes que del peinado jardín culto
En el lascivo, regalado seno.)
En lo viril desata de su bulto
Lo más dulce el Amor de su veneno:
Bébelo Galatea, y da otro paso,
Por apurarle la ponzoña al vaso.
Acis -aún más, de aquello que dispensa
La brújula del sueño, vigilante-,
Alterada la Ninfa esté o suspensa,
Argos es siempre atento a su semblante,
Lince penetrador de lo que piensa,
Cíñalo bronce o múrelo diamante:
Que en sus Paladiones Amor ciego,
Sin romper muros introduce fuego.
El sueño de sus miembros sacudido,
Gallardo el joven la persona ostenta,
Y al marfil luego de sus pies rendido,
El coturno besar dorado intenta.
Menos ofende el rayo prevenido,
Al marinero, menos la tormenta
Prevista le turbó, o pronosticada:
Galatea lo diga, salteada.
Más agradable, y menos zahareña,
Al mancebo levanta venturoso,
Dulce ya conociéndole y risueña,
Paces no al sueño, treguas sí al reposo.
Lo cóncavo hacía de una peña
A un fresco sitial dosel umbroso,
Y verdes celosías unas yedras,
Trepando troncos y abrazando piedras.
Sobre una alfombra, que imitara en vano
El tiro sus matices -si bien era
De cuantas sedas ya hiló gusano
Y artífice tejió la Primavera-,
Reclinados, al mirto más lozano
Una y otra lasciva, si ligera,
Paloma se caló, cuyos gemidos
-Trompas de Amor- alteran sus oídos.
El ronco arrullo al joven solicita;
Mas, con desvíos Galatea suaves,
A su audacia los términos limita,
Y el aplauso al concento de las aves.
Entre las ondas y la fruta, imita
Acis al siempre ayuno en penas graves:
Que, en tanta gloria, infierno son no breve
Fugitivo cristal, pomos de nieve.
No a las palomas concedió Cupido
Juntar de sus dos picos los rubíes
Cuando al clavel el joven atrevido
Las dos hojas le chupa carmesíes.
Cuantas produce Pafo, engendra Gnido,
Negras víolas, blancos alhelíes,
Llueven sobre el que Amor quiere que sea
Tálamo de Acis y de Galatea.
II
Su aliento humo, sus relinchos fuego
-Si bien su freno espumas- ilustraba
Las columnas, Etón, que erigió el Griego,
Do el carro de la luz sus ruedas lava,
Cuando de amor el fiero jayán ciego,
La cerviz oprimió a una roca brava,
Que a la playa, de escollos no desnuda,
Linterna es ciega y atalaya muda.
Árbitro de montañas y ribera,
Aliento dio, en la cumbre de la roca,
A los albogues que agregó la cera,
El prodigioso fuelle de su boca;
La Ninfa los oyó, y ser más quisiera
Breve flor, yerba humilde y tierra poca,
Que de su nuevo tronco vid lasciva,
Muerta de amor, y de temor no viva.
Mas -cristalinos pámpanos sus brazos-
Amor la implica, si el temor la anuda,
Al infelice olmo, que pedazos
La segur de los celos hará, aguda.
Las cavernas en tanto, los ribazos
Que ha prevenido la zampoña ruda,
El trueno de la voz fulminó luego:
Referillo, Piéredes, os ruego.
“¡Oh bella Galatea, más süave
Que los claveles que tronchó la aurora;
Blanca más que las plumas de aquel ave
Que dulce muere y en las aguas mora;
Igual en pompa al pájaro que, grave,
Su manto azul de tantos ojos dora
Cuantas el celestial zafiro estrellas!
¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!
“Deja las ondas, deja el rubio coro
De las hijas de Tetis, y el mar vea,
Cuando niega la luz un carro de oro,
Que en dos la restituye Galatea.
Pisa la arena, que en la arena adoro
Cuantas el blanco pie conchas platea,
Cuyo bello contacto puede hacerlas,
Sin concebir rocío, parir perlas.
“Sorda hija del mar, cuyas orejas
A mis gemidos son rocas al viento:
O dormida te hurten a mis quejas
Purpúreos troncos de corales ciento,
O al disonante número de almejas
-Marino, si agradable no, instrumento-,
Coros tejiendo estés, escucha un día
Mi voz, por dulce, cuando no por mía.
“Pastor soy, mas tan rico de ganados,
Que los valles impido más vacíos,
Los cerros desparezco levantados
Y los caudales seco de los ríos;
No los que, de sus ubres desatados,
O derribados de los ojos míos,
Leche corren y lágrimas; que iguales
En número a mis bienes son mis males.
“Sudando néctar, lambicando olores,
Senos que ignora aun la golosa cabra
Corchos me guardan, más que abeja flores
Liba inquïeta, ingenïosa labra;
Troncos me ofrecen árboles mayores,
Cuyos enjambres, o el abril los abra,
O los desate el mayo, ámbar distilan,
Y en ruecas de oro rayos del Sol hilan.
“Del Júpiter soy hijo, de las ondas,
Aunque pastor; si tu desdén no espera
A que el monarca de esas grutas hondas
En trono de cristal te abrace nuera,
Polifemo te llama, no te escondas,
Que tanto esposo admira la ribera
Cual otro no vio Febo más robusto,
Del perezoso Volga al Indo adusto.
“Sentado, a la alta palma no perdona
Su dulce fruto mi robusta mano;
En pie, sombra capaz es mi persona
De innumerables cabras el verano.
¿Qué mucho, si de nubes se corona
Por igualarme la montaña en vano,
Y en los cielos, desde esta roca, puedo
Escribir mis desdichas con el dedo?
“Marítimo Alción, roca eminente
Sobre sus huevos coronaba, el día
Que espejo de zafiro fue luciente
La playa azul de la persona mía;
Miréme, y lucir vi un sol en mi frente,
Cuando en el cielo un ojo se veía:
Neutra el agua dudaba a cuál fe preste:
O al cielo humano o al cíclope celeste.
“Registra en otras puertas el venado
Sus años, su cabeza colmilluda
La fiera, cuyo cerro levantado,
De helvecias picas es muralla aguda;
La humana suya el caminante errado
Dio ya a mi cueva, de piedad desnuda,
Albergue hoy por tu causa al peregrino,
Do halló reparo, si perdió camino.
“En tablas dividida, rica nave
Besó la playa miserablemente,
De cuantas vomitó riquezas grave,
Por las bocas del Nilo el Oriente.
Yugo aquel día, y yugo bien suave,
Del fiero mar a la sañuda frente
Imponiéndole estaba, si no al viento,
Dulcísimas coyundas mi instrumento,
“Cuando, entre globos de agua, entregar veo
A las arenas ligurina haya,
En cajas los aromas del Sabeo,
En cofres las riquezas de Cambaya:
Delicias de aquel mundo, ya trofeo
De Escila, que, ostentado en nuestra playa,
Lastimoso despojo fue dos días
A las que esta montaña engendra Harpías.
“Segunda tabla a un ginovés mi gruta
De su persona fue, de su hacienda:
La una reparada, la otra enjuta,
Relación del naufragio hizo horrenda.
Luciente paga de la mejor fruta
Que en yerbas se recline, en hilos penda,
Colmillo fue del animal que el Ganges
Sufrir muros le vio, romper falanges:
“Arco, digo, gentil, bruñida aljaba,
Obras ambas de artífice prolijo,
Y de Malaco rey a deidad Java
Alto don, según ya mi huésped dijo,
De aquél la mano, de ésta el hombro agrava;
Convencida la madre, imita al hijo:
Serás a un tiempo, en estos horizontes,
Venus del mar, Cupido de los montes”.
Su horrenda voz, no su dolor interno
Cabras aquí le interrumpieron, cuantas
-Vagas el pie, sacrílegas el cuerno-
A Baco se atrevieron en sus plantas.
Mas, conculcado el pámpano más tierno
Viendo el fiero pastor, voces él tantas,
Y tantas despidió la honda piedras,
Que el muro penetraron de las yedras.
De los nudos, con esto, más suaves,
Los dulces dos amantes desatados,
Por duras guijas, por espinas graves
Solicitan el mar con pies alados:
Tal redimiendo de importunas aves
Incauto meseguero sus sembrados,
De liebres dirimió copia así amiga,
Que vario sexo unió y un surco abriga.
Viendo el fiero Jayán con paso mudo
Correr al mar la fugitiva nieve
(Que a tanta vista el Líbico desnudo
Registra el campo de su adarga breve)
Y al garzón viendo, cuantas mover pudo
Celoso trueno, antiguas hayas mueve:
Tal, antes que la opaca nube rompa
Previene rayo fulminante trompa.
Con violencia desgajó infinita
La mayor punta de la excelsa roca,
Que al joven, sobre quien la precipita,
Urna es mucha, pirámide no poca.
Con lágrimas la Ninfa solicita
Las deidades del mar, que Acis invoca:
Concurren todas, y el peñasco duro
La sangre que exprimió, cristal fue puro.
Sus miembros lastimosamente opresos
Del escollo fatal fueron apenas,
Que los pies de los árboles más gruesos
Calzó el líquido aljófar de sus venas.
Corriente plata al fin sus blancos huesos,
Lamiendo flores y argentando arenas,
A Doris llega que, con llanto pío,
Yerno lo saludó, lo aclamó río.
Hermoso dueño de la vida mía
Hermoso dueño de la vida mía,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos y en tu frente el día,
y mientras que con gentil descortesía
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;
antes que de la edad Febo eclipsado
y el claro día vuelto en noche oscura,
huya la aurora del mortal nublado;
antes que lo que es hoy rubio tesoro
venza la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.
Ilustre y hermosísima María
Ilustre y hermosísima María,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos y, en tu frente, el día,
y mientras con gentil descortesía
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;
antes que de la edad Febo eclipsado
y el claro día vuelto en noche oscura,
huya la Aurora del mortal nublado;
antes que lo que hoy es rubio tesoro
venza a la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.
La dulce boca que a gustar convida
La dulce boca que a gustar convida
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;
Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.
La más bella niña…
La más bella niña
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van,
A su madre dice
Que escucha su mal:
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Pues me disteis, madre,
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el penar,
Y me cautivasteis
De quien hoy se va
Y lleva las llaves
De mi libertad,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
En llorar conviertan
Mis ojos de hoy más
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar
Yéndose a la guerra
Quien era mi paz.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
No me pongáis freno
Ni queráis culpar;
Que lo uno es justo,
Lo otro por demás.
Si me queréis bien
No me hagáis mal;
Harto peor fuera
Morir y callar.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad
Después que en mi lecho
Sobra la mitad.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Letrilla
La más bella niña
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van,
A su madre dice
Que escucha su mal:
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Pues me disteis, madre,
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el penar,
Y me cautivasteis
De quien hoy se va
Y lleva las llaves
De mi libertad,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
En llorar conviertan
Mis ojos de hoy más
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar
Yéndose a la guerra
Quien era mi paz.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
No me pongáis freno
Ni queráis culpar;
Que lo uno es justo,
Lo otro por demás.
Si me queréis bien
No me hagáis mal;
Harto peor fuera
Morir y callar.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad
Después que en mi lecho
Sobra la mitad.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Llegué a Valladolid; registré luego
Llegué a Valladolid; registré luego
desde el bonete al clavo de la mula;
guardo el registro, que será mi bula
contra el cuidado de el señor don Diego.
Busqué la corte en él y yo estoy ciego,
o en la ciudad no está o se disimula.
Celebrando dietas vi a la gula,
que Platón para todos está en griego.
La lisonja hallé y la ceremonia
con luto, idolatrados los caciques,
amor sin fe, interés con sus virotes.
Todo se halla en esta Babilonia,
como en botica grandes alambiques,
y más en ella títulos que botes.
Menos solicitó veloz saeta
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,
que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.
¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
Mientras por competir con tu cabello…
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido, el sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o viola troncada
se vuelva, más tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
No destrozada nave en roca dura…
No destrozada nave en roca dura
tocó la playa más arrepentida,
ni pajarillo de la red tendida
voló más temeroso a la espesura,
bella ninfa, la planta mal segura,
no tan alborotada ni afligida,
hurto de verde prado, que escondida
víbora regalaba en su verdura,
como yo, amor, la condición airada,
las rubias trenzas y la vista bella
huyendo voy, con pie ya desatado,
de mi enemiga en vano celebrada.
Adiós, ninfa cruel; quedaos con ella,
dura roca, red de oro, alegre prado.
Oh claro honor del líquido elemento
¡Oh claro honor del líquido elemento,
dulce arroyuelo de corriente plata,
cuya agua entre la hierba se dilata
con regalado son, con paso lento!;
pues la por quien helar y arder me siento
(mientras en ti se mira), Amor retrata
de su rostro la nieve y la escarlata
en su tranquilo y blando movimiento,
vete como te vas; no dejes floja
la undosa rienda al cristalino freno
con que gobiernas tu veloz corriente;
que no es bien que confusamente acoja
tanta belleza en su profundo seno
el gran Señor del húmido tridente.
Pálida restituye
Pálida restituye a su elemento
su ya esplendor purpúreo casta rosa,
que en planta dulce un tiempo, si espinosa,
gloria del sol, lisonja fue del viento.
El mismo que aspiró suave aliento
fresca, expira marchita, y siempre hermosa,
no yace, no, en la tierra, mas reposa
negándole aun el hado lo violento.
Sus hojas sí, no su fragancia, llora
en polvo el patrio Betis, hojas bellas,
que aun en polvo el materno Tajo dora.
Ya en nuevos campos una es hoy de aquellas
flores que ilustra otra mejor aurora,
cuyo caduco aljófar son estrellas.
Por tu vida, Lopillo, que me borres…
Por tu vida, Lopillo, que me borres
las diez y nueve torres del escudo,
porque, aunque todas son de viento, dudo
que tengas viento para tantas torres.
¡Válgame los de Arcadia! ¿No te corres
armar de un pavés noble a un pastor rudo?
¡Oh tronco de Micol, Nabal barbudo!
¡Oh brazos Leganeses y Vinorres¹!
No le dejéis en el blasón almena.
Vuelva a su oficio, y al rocín alado
en el teatro sáquenle los reznos.
No fabrique más torres sobre arena,
Si no es que ya, segunda vez casado,
Nos quiere hacer torres los torreznos.
Romance de Angélica y Medoro
En un pastoral albergue
Que la guerra entre unos robles
Lo dejó por escondido
O lo perdonó por pobre,
Do la paz viste pellico
Y conduce entre pastores
Ovejas del monte al llano
Y cabras del llano al monte,
Mal herido y bien curado,
Se alberga un dichoso joven,
Que sin clavarle Amor flecha
Le coronó de favores.
has venas con poca sangre,
Los ojos con mucha noche,
Lo halló en el campo aquella
Vida y muerte de los hombres.
Del palafrén se derriba,
No porque al moro conoce,
Sino por ver que la yerba
Tanta sangre paga en flores.
Límpiale el rostro, y la mano
Siente al Amor que se esconde
Tras las rosas, que la muerte
Va violando sus colores.
Escondióse tras las rosas,
Porque labren sus arpones
El diamante del Catay
Con aquella sangre noble.
Ya le regala los ojos,
Ya le entra, sin ver por dónde,
Una piedad mal nacida
Entre dulces escorpiones.
Ya es herido el pedernal,
Ya despide el primer golpe
Centellas de agua, ¡oh piedad,
Hija de padres traidores!
Yerbas le aplica a sus llagas,
Que si no sanan entonces,
En virtud de tales manos
Lisonjean los dolores.
Amor le ofrece su venda,
Mas ella sus velos rompe
Para ligar sus heridas;
Los rayos del sol perdonen.
Los últimos nudos daba
Cuando el cielo la socorre
De un villano en una yegua
Que iba penetrando el bosque.
Enfrénanle de la bella
Las tristes piadosas voces,
Que los firmes troncos mueven
Y las sordas piedras oyen;
Y la que mejor se halla
En las selvas que en la corte,
Simple bondad, al pío ruego
Cortésmente corresponde.
Humilde se apea el villano,
Y sobre la yegua pone
Un cuerpo con poca sangre,
Pero con dos corazones.
A su cabaña los guía;
Que el sol deja su horizonte
Y el humo de su cabaña
Le va sirviendo de norte.
Llegaron temprano a ella,
Do una labradora acoge
Un mal vivo con dos almas,
Una ciega con dos soles.
Blando heno en vez de pluma
Para lecho les compone,
Que será tálamo luego
Do el garzón sus dichas logre.
Las manos, pues, cuyos dedos
Desta vida fueron dioses,
Restituyen a Medoro
Salud nueva, fuerzas dobles,
Y le entregan, cuando menos,
Su beldad y un reino en dote,
Segunda envidia de Marte,
Primera dicha de Adonis.
Corona un lascivo enjambre
De cupidillos menores
La choza, bien como abejas
Hueco tronco de alcornoque.
¡Qué de nudos le está dando
A un áspid la envidia torpe,
Contando de las palomas
Los arrullos gemidores!
¡Qué bien la destierra Amor,
Haciendo la cuerda azote,
Porque el caso no se infame
Y el lugar no se inficione!
Todo es gala el africano,
Su vestido espira olores,
El lunado arco suspende
Y el corvo alfanje depone.
Tórtolas enamoradas
Son sus roncos atambores.
Y los volantes de Venus
Sus bien seguidos pendones.
Desnuda el pecho anda ella,
Vuela el cabello sin orden;
Si lo abrocha, es con claveles,
Con jazmines si lo coge.
El pie calza en lazos de oro,
Porque la nieve se goce,
Y no se vaya por pies
La hermosura del orbe.
Todo sirve a los amantes,
Plumas les baten veloces,
Airecillos lisonjeros,
Si no son murmuradores.
Los campos les dan alfombras,
Los árboles pabellones,
La apacible fuente sueño,
Música los ruiseñores.
Los troncos les dan cortezas,
En que se guarden sus nombres
Mejor que en tablas de mármol
O que en láminas de bronce.
No hay verde fresno sin letra,
Ni blanco chopo sin mote;
Si un valle Angélica suena,
Otro Angélica responde.
Cuevas do el silencio apenas
Deja que sombras las moren,
Profanan con sus abrazos
A pesar de sus horrores.
Choza, pues, tálamo y lecho,
Cortesanos labradores,
Aires, campos, fuentes, vegas,
Cuevas, troncos, aves, flores,
Fresnos, chopos, montes, valles,
Contestes destos amores,
El cielo os, guarde, si puede,
De las locuras del Conde.

Servía en Orán al rey
Servía en Orán al rey
Un español con dos lanzas,
Y con el alma y la vida
A una gallarda africana,
Tan noble como hermosa,
Tan amante como amada,
Con quien estaba una noche
Cuando tocaron al arma.
Trescientos Zenetes eran
Deste rebato la causa;
Que los rayos de la luna
Descubrieron las adargas;
Las adargas avisaron
A las mudas atalayas,
Las atalayas los fuegos,
Los fuegos a las campanas;
Y ellas al enamorado,
Que en los brazos de su dama
Oyó el militar estruendo
De las trompas y las cajas.
Espuelas de honor le pican
Y freno de amor le para;
No salir es cobardía,
Ingratitud es dejarla.
Del cuello pendiente ella,
Viéndole tomar la espada,
Con lágrimas y suspiros
Le dice aquestas palabras:
«Salid al campo, Señor,
Bañen mis ojos la cama;
Que ella me será también,
Sin vos, campo de batalla.
»Vestíos y salid apriesa,
Que el general os aguarda;
Yo os hago a vos mucha sobra
Y vos a él mucha falta.
»Bien podéis salir desnudo
Pues mi llanto no os ablanda;
Que tenéis de acero el pecho
Y no habéis menester armas.»
Viendo el español brioso
Cuánto le detiene y habla,
Le dice así: «Mi señora,
Tan dulce como enojada,
»Porque con honra y amor
Yo me quede, cumpla y vaya,
Vaya a los moros el cuerpo,
Y quede con vos el alma.
»Concededme, dueña mía,
Licencia para que salga
Al rebato en vuestro nombre,
Y en vuestro nombre combata.»
Soledad primera
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
(media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo),
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado, sobre ausente,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar, que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
breve tabla, delfín no fue pequeño
al inconsiderado peregrino,
que a una Libia de ondas su camino
fió, y su vida a un leño.
Del Océano pues antes sorbido,
y luego vomitado
no lejos de un escollo coronado
de secos juncos, de calientes plumas,
alga todo y espumas,
halló hospitalidad donde halló nido
de Júpiter el ave.
Besa la arena, y de la rota nave
aquella parte poca
que le expuso en la playa dio a la roca;
que aun se dejan las peñas
lisonjear de agradecidas señas.
Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido,
restituir le hace a las arenas;
y al Sol lo extiende luego,
que, lamiéndolo apenas
su dulce lengua de templado fuego,
lento lo embiste, y con süave estilo
la menor onda chupa al menor hilo.
No bien pues de su luz los horizontes,
que hacían desigual, confusamente,
montes de agua y piélagos de montes,
desdorados los siente,
cuando, entregado el mísero extranjero
en lo que ya del mar redimió fiero,
entre espinas crepúsculos pisando,
riscos que aun igualara mal volando
veloz, intrépida ala,
menos cansado que confuso, escala.
Vencida al fin la cumbre,
del mar siempre sonante,
de la muda campaña
árbitro igual e inexpugnable muro,
con pie ya más seguro
declina al vacilante
breve esplendor del mal distinta lumbre,
farol de una cabaña
que sobre el ferro está en aquel incierto
golfo de sombras anunciando el puerto.
«Rayos, les dice, ya que no de Leda
trémulos hijos, sed de mi fortuna
término luminoso.» Y recelando
de invidïosa bárbara arboleda
interposición, cuando
de vientos no conjuración alguna,
cual haciendo el villano
la fragosa montaña fácil llano,
atento sigue aquella
(aun a pesar de las tinieblas bella,
aun a pesar de las estrellas clara)
piedra, indigna tïara,
si tradición apócrifa no miente,
de animal tenebroso, cuya frente
carro es brillante de nocturno día:
tal, diligente, el paso
el joven apresura,
midiendo la espesura
con igual pie que el raso,
fijo, a despecho de la niebla fría,
en el carbunclo, Norte de su aguja,
o el Austro brame, o la arboleda cruja.
El can ya vigilante
convoca, despidiendo al caminante,
y la que desvïada
luz poca pareció, tanta es vecina,
que yace en ella robusta encina,
mariposa en cenizas desatada.
Llegó pues el mancebo, y saludado,
sin ambición, sin pompa de palabras,
de los conducidores fue de cabras,
que a Vulcano tenían coronado.
«¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora,
templo de Pales, alquería de Flora!
No moderno artificio
borró designios, bosquejó modelos,
al cóncavo ajustando de los cielos
el sublime edificio;
retamas sobre robre
tu fábrica son pobre,
do guarda, en vez de acero,
la inocencia al cabrero
más que el silbo al ganado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!
No en ti la ambición mora
hidrópica de viento,
ni la que su alimento
el áspid es gitano;
no la que, en vulto comenzando humano,
acaba en mortal fiera,
esfinge bachillera,
que hace hoy a Narciso
ecos solicitar, desdeñar fuentes;
ni la que en salvas gasta impertinentes
la pólvora del tiempo más preciso;
ceremonia profana
que la sinceridad burla villana
sobre el corvo cayado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!
Tus umbrales ignora
la adulación, sirena
de Reales Palacios, cuya arena
besó ya tanto leño,
trofeos dulces de un canoro sueño.
No a la soberbia está aquí la mentira
dorándole los pies, en cuanto gira
la esfera de sus plumas,
ni de los rayos baja a las espumas
favor de cera alado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!»
No pues de aquella sierra, engendradora
más de fierezas que de cortesía,
la gente parecía
que hospedó al forastero
con pecho igual de aquel candor primero
que, en las selvas contento,
tienda el fresno le dio, el robre alimento.
Limpio sayal, en vez de blanco lino,
cubrió el cuadrado pino,
y en boj, aunque rebelde, a quien el torno
forma elegante dio sin culto adorno,
leche que exprimir vio la alba aquel día,
mientras perdían con ella
los blancos lilios de su frente bella,
gruesa le dan y fría,
impenetrable casi a la cuchara,
del sabio Alcimedón invención rara.
El que de cabras fue dos veces ciento
esposo casi un lustro (cuyo diente
no perdonó a racimo, aun en la frente
de Baco, cuanto más en su sarmiento,
triunfador siempre de celosas lides,
lo coronó el Amor; mas rival tierno,
breve de barba y duro no de cuerno,
redimió con su muerte tantas vides),
servido ya en cecina,
purpúreos hilos es de grana fina.
Sobre corchos después, más regalado
sueño le solicitan pieles blandas,
que al Príncipe entre holandas,
púrpura tiria o milanés brocado.
No de humosos vinos agravado
es Sísifo en la cuesta, si en la cumbre
de ponderosa vana pesadumbre
es, cuanto más despierto, más burlado.
De trompa militar no, o destemplado
son de cajas fue el sueño interrumpido,
de can sí, embravecido
contra la seca hoja
que el viento repeló a alguna coscoja.
Durmió, y recuerda al fin cuando las aves,
esquilas dulces de sonora pluma,
señas dieron süaves
del Alba al Sol, que el pabellón de espuma
dejó, y en su carroza
rayó el verde obelisco de la choza.
Agradecido pues el peregrino,
deja el albergue, y sale acompañado
de quien lo lleva donde levantado,
distante pocos pasos del camino,
imperïoso mira la campaña
un escollo apacible, galería
que festivo teatro fue algún día
de cuantos pisan Faunos la montaña.
Llegó y, a vista tanta
obedeciendo la dudosa planta,
inmóvil se quedó sobre un lentisco,
verde balcón del agradable risco.
Si mucho poco mapa le despliega,
mucho es más lo que, nieblas desatando,
confunde el Sol y la distancia niega.
Muda la admiración habla callando,
y ciega un río sigue que, luciente
de aquellos montes hijo,
con torcido discurso, aunque prolijo,
tiraniza los campos útilmente;
orladas sus orillas de frutales,
quiere la Copia que su cuerno sea,
si al animal armaron de Amaltea
diáfanos cristales;
engazando edificios en su plata,
de muros se corona,
rocas abraza, islas aprisiona,
de la alta gruta donde se desata
hasta los jaspes líquidos, adonde
su orgullo pierde y su memoria esconde.
«Aquéllas que los árboles apenas
dejan ser torres hoy, dijo el cabrero
con muestras de dolor extraordinarias,
las estrellas nocturnas luminarias
eran de sus almenas,
cuando el que ves sayal fue limpio acero.
Yacen ahora, y sus desnudas piedras
visten piadosas yedras,
que a rüinas y a estragos
sabe el tiempo hacer verdes halagos.»
Con gusto el joven y atención le oía,
cuando torrente de armas y de perros,
que si precipitados no los cerros,
las personas tras de un lobo traía,
tierno discurso y dulce compañía
dejar hizo al serrano,
que del sublime espacïoso llano
al huésped al camino reduciendo,
al venatorio estruendo,
pasos dando veloces,
número crece y multiplica voces.
Bajaba entre sí el joven admirando
armado a Pan, o semicapro a Marte,
en el pastor mentidos, que con arte
culto principio dio al discurso, cuando
rémora de sus pasos fue su oído,
dulcemente impedido
de canoro instrumento, que pulsado
era de una serrana junto a un tronco,
sobre un arroyo de quejarse ronco,
mudo sus ondas, cuando no enfrenado.
Otra con ella montaraz zagala
juntaba el cristal líquido al humano
por el arcaduz bello de una mano
que al uno menosprecia, al otro iguala.
Del verde margen otra las mejores
rosas traslada y lilios al cabello,
o por lo matizado o por lo bello,
si Aurora no con rayos, Sol con flores.
Negras pizarras entre blancos dedos
ingenïosa hiere otra, que dudo
que aun los peñascos la escucharan quedos.
Al son pues deste rudo
sonoroso instrumento,
lasciva el movimiento,
mas los ojos honesta,
altera otra bailando la floresta.
Tantas al fin el arroyuelo, y tantas
montañesas da el prado, que dirías
ser menos las que verdes Hamadrías
abortaron las plantas:
inundación hermosa
que la montaña hizo populosa
de sus aldeas todas
a pastorales bodas.
De una encina embebido
en lo cóncavo, el joven mantenía
la vista de hermosura, y el oído
de métrica armonía.
El Sileno buscaba
de aquellas que la sierra dio Bacantes,
ya que Ninfas las niega ser errantes
el hombro sin aljaba,
o si del Termodonte,
émulo del arroyuelo desatado
de aquel fragoso monte,
escuadrón de Amazonas desarmado
tremola en sus riberas
pacíficas banderas.
Vulgo lascivo erraba
al voto del mancebo,
el yugo de ambos sexos sacudido,
al tiempo que, de flores impedido
el que ya serenaba
la región de su frente rayo nuevo,
purpúrea terneruela, conducida
de su madre, no menos enramada,
entre albogues se ofrece, acompañada
de juventud florida.
Cuál dellos las pendientes sumas graves
de negras baja, de crestadas aves,
cuyo lascivo esposo vigilante
doméstico es del Sol nuncio canoro,
y de coral barbado, no de oro
ciñe, sino de púrpura, turbante.
Quién la cerviz oprime
con la manchada copia
de los cabritos más retozadores,
tan golosos, que gime
el que menos peinar puede las flores
de su guirnalda propia.
No el sitio, no, fragoso,
no el torcido taladro de la tierra,
privilegió en la sierra
la paz del conejuelo temeroso;
trofeo ya su número es a un hombro,
si carga no y asombro.
Tú, ave peregrina,
arrogante esplendor, ya que no bello,
del último Occidente,
penda el rugoso nácar de tu frente
sobre el crespo zafiro de tu cuello,
que Himeneo a sus mesas te destina.
Sobre dos hombros larga vara ostenta
en cien aves cien picos de rubíes,
tafiletes calzadas carmesíes,
emulación y afrenta
aun de los berberiscos,
en la inculta región de aquellos riscos.
Lo que lloró la Aurora,
si es néctar lo que llora,
y, antes que el Sol, enjuga
la abeja que madruga
a libar flores y a chupar cristales,
en celdas de oro líquido, en panales
la orza contenía
que un montañés traía.
No excedía la oreja
el pululante ramo
del ternezuelo gamo,
que mal llevar se deja,
y con razón, que el tálamo desdeña
la sombra aun de lisonja tan pequeña.
El arco del camino pues torcido,
que habían con trabajo
por la fragosa cuerda del atajo
las gallardas serranas desmentido,
de la cansada juventud vencido,
los fuertes hombros con las cargas graves,
treguas hechas süave,
sueño le ofrece a quien buscó descanso
el ya sañudo arroyo, ahora manso.
Merced de la hermosura que ha hospedado,
efectos, si no dulces, del concento
que, en las lucientes de marfil clavijas,
las duras cuerdas de las negras guijas
hicieron a su curso acelerado,
en cuanto a su furor perdonó el viento.
Menos en renunciar tardó la encina
el extranjero errante,
que en reclinarse el menos fatigado
sobre la grana que se viste fina
su bella amada, deponiendo amante
en las vestidas rosas su cuidado.
Saludolos a todos cortésmente,
y, admirado no menos
de los serranos que correspondido,
las sombras solicita de unas peñas.
De lágrimas los tiernos ojos llenos,
reconociendo el mar en el vestido
(que beberse no pudo el Sol ardiente
las que siempre dará cerúleas señas),
político serrano,
de canas grave, habló desta manera:
«¿Cuál tigre, la más fiera
que clima infamó hircano,
dio el primer alimento
al que, ya deste o de aquel mar, primero
surcó, labrador fiero,
el campo undoso en mal nacido pino,
vaga Clicie del viento,
en telas hecho, antes que en flor, el lino?
Más armas introdujo este marino
monstruo, escamado de robustas hayas,
a las que tanto mar divide playas,
que confusión y fuego
al frigio muro el otro leño griego.
Náutica industria investigó tal piedra,
que, cual abraza yedra
escollo, el metal ella fulminante
de que Marte se viste y, lisonjera,
solicita el que más brilla diamante
en la nocturna capa de la esfera,
estrella a nuestro Polo más vecina;
y, con virtud no poca,
distante le revoca,
elevada la inclina
ya de la Aurora bella
al rosado balcón, ya a la que sella,
cerúlea tumba fría,
las cenizas del día.
En esta pues fiándose atractiva,
del Norte amante dura, alado roble,
no hay tormentoso cabo que no doble,
ni isla hoy a su vuelo fugitiva.
Tifis el primer leño mal seguro
condujo, muchos luego Palinuro;
si bien por un mar ambos, que la tierra
estanque dejó hecho,
cuyo famoso estrecho
una y otra de Alcides llave cierra.
Piloto hoy la Codicia, no de errantes
árboles, mas de selvas inconstantes,
al padre de las aguas Océano
(de cuya monarquía
el Sol, que cada día
nace en sus ondas y en sus ondas muere,
los términos saber todos no quiere)
dejó primero de su espuma cano,
sin admitir segundo
en inculcar sus límites al mundo.
Abetos suyos tres aquel tridente
violaron a Neptuno,
conculcado hasta allí de otro ninguno,
besando las que al Sol el Occidente
le corre en lecho azul de aguas marinas,
turquesadas cortinas.
A pesar luego de áspides volantes,
sombra del Sol y tósigo del viento,
de Caribes flechados, sus banderas
siempre gloriosas, siempre tremolantes,
rompieron los que armó de plumas ciento
Lestrigones el istmo, aladas fieras;
el istmo que al Océano divide,
y, sierpe de cristal, juntar le impide
la cabeza, del Norte coronada,
con la que ilustra el Sur cola escamada
de antárticas estrellas.
Segundos leños dio a segundo Polo
en nuevo mar, que le rindió no sólo
las blancas hijas de sus conchas bellas,
mas los que lograr bien no supo Midas
metales homicidas.
No le bastó después a este elemento
conducir orcas, alistar ballenas,
murarse de montañas espumosas,
infamar blanqueando sus arenas
con tantas del primer atrevimiento
señas, aun a los buitres lastimosas,
para con estas lastimosas señas
temeridades enfrenar segundas.
Tú, Codicia, tú, pues, de las profundas
estigias aguas torpe marinero,
cuantos abre sepulcros el mar fiero
a tus huesos desdeñas.
El promontorio que Éolo sus rocas
candados hizo de otras nuevas grutas
para el Austro de alas nunca enjutas,
para el Cierzo espirante por cien bocas,
doblaste alegre, y tu obstinada entena
cabo lo hizo de Esperanza Buena.
Tantos luego astronómicos presagios
frustrados, tanta náutica doctrina,
debajo de la zona más vecina
al Sol, calmas vencidas y naufragios,
los reinos de la Aurora al fin besaste,
cuyos purpúreos senos perlas netas,
cuyas minas secretas
hoy te guardan su más precioso engaste.
La aromática selva penetraste,
que al pájaro de Arabia (cuyo vuelo
arco alado es del cielo,
no corvo, mas tendido)
pira le erige, y le construye nido.
Zodíaco después fue cristalino
a glorïoso pino,
émulo vago del ardiente coche
del Sol, este elemento,
que cuatro veces había sido ciento
dosel al día y tálamo a la noche,
cuando halló de fugitiva plata
la bisagra, aunque estrecha, abrazadora
de un Océano y otro, siempre uno,
o las columnas bese o la escarlata,
tapete de la Aurora.
Esta pues nave, ahora
en el húmido templo de Neptuno
varada pende a la inmortal memoria
con nombre de Victoria.
De firmes islas no la inmóvil flota
en aquel mar del Alba te describo,
cuyo número, ya que no lascivo,
por lo bello, agradable y por lo vario
la dulce confusión hacer podía,
que en los blancos estanques del Eurota
la virginal desnuda montería,
haciendo escollos o de mármol pario
o de terso marfil sus miembros bellos,
que pudo bien Acteón perderse en ellos.
El bosque dividido en islas pocas,
fragante productor de aquel aroma
que, traducido mal por el Egito,
tarde lo encomendó el Nilo a sus bocas,
y ellas más tarde a la gulosa Grecia,
clavo no, espuela sí del apetito,
que cuanto en concocelle tardó Roma
fue templado Catón, casta Lucrecia,
quédese, amigo, en tan inciertos mares,
donde con mi hacienda
del alma se quedó la mejor prenda,
cuya memoria es buitre de pesares.»
En suspiros con esto,
y en más anegó lágrimas el resto
de su discurso el montañés prolijo,
que el viento su caudal, el mar su hijo.
Consolalle pudiera el peregrino
con las de su edad corta historias largas,
si, vinculados todos a sus cargas
cual próvidas hormigas a sus mieses,
no comenzaran ya los montañeses
a esconder con el número el camino,
y el cielo con el polvo. Enjugó el viejo
del tierno humor las venerables canas,
y levantando al forastero, dijo:
«Cabo me han hecho, hijo,
deste hermoso tercio de serranas;
si tu neutralidad sufre consejo,
y no te fuerza obligación precisa,
la piedad que en mi alma ya te hospeda
hoy te convida al que nos guarda sueño
política alameda,
verde muro de aquel lugar pequeño
que, a pesar de esos fresnos, se divisa;
sigue la femenil tropa conmigo:
verás curioso y honrarás testigo
el tálamo de nuestros labradores,
que de tu calidad señas mayores
me dan que del Océano tus paños,
o razón falta donde sobran años.»
Mal pudo el extranjero, agradecido,
en tercio tal negar tal compañía
y en tan noble ocasión tal hospedaje.
Alegres pisan la que, si no era
de chopos calle y de álamos carrera,
el fresco de los céfiros rüido,
el denso de los árboles celaje
en duda ponen cuál mayor hacía
guerra al calor o resistencia al día.
Coros tejiendo, voces alternando,
sigue la dulce escuadra montañesa
del perezoso arroyo el paso lento,
en cuanto él hurta blando,
entre los olmos que robustos besa,
pedazos de cristal, que el movimiento
libra en la falda, en el coturno ella,
de la coluna bella,
ya que celosa basa,
dispensadora del cristal no escasa.
Sirenas de los montes su concento,
a la que menos del sañudo viento
pudiera antigua planta
temer rüina o recelar fracaso,
pasos hiciera dar el menor paso
de su pie o su garganta.
Pintadas aves, cítaras de pluma,
coronaban la bárbara capilla,
mientras el arroyuelo para oílla
hace de blanca espuma
tantas orejas cuantas guijas lava,
de donde es fuente a donde arroyo acaba.
Vencedores se arrogan los serranos
los consignados premios otro día,
ya al formidable salto, ya a la ardiente
lucha, ya a la carrera polvorosa.
El menos ágil, cuantos comarcanos
convoca el caso él solo desafía,
consagrando los palios a su esposa,
que a mucha fresca rosa
beber el sudor hace de su frente,
mayor aún del que espera
en la lucha, en el salto, en la carrera.
Centro apacible un círculo espacioso
a más caminos que una estrella rayos
hacía, bien de pobos, bien de alisos,
donde la Primavera,
calzada abriles y vestida mayos,
centellas saca de cristal undoso
a un pedernal orlado de narcisos.
Este pues centro era
meta umbrosa al vaquero convecino,
y delicioso término al distante,
donde, aún cansado más que el caminante,
concurría el camino.
Al concento se abaten cristalino
sedientas las serranas,
cual simples codornices al reclamo
que les miente la voz, y verde cela
entre la no espigada mies la tela.
Músicas hojas viste el menor ramo
del álamo que peina verdes canas;
no céfiros en él, no ruiseñores
lisonjear pudieron breve rato
al montañés que, ingrato
al fresco, a la armonía y a las flores,
del sitio pisa ameno
la fresca hierba cual la arena ardiente
de la Libia, y a cuantas da la fuente
sierpes de aljófar, aún mayor veneno
que a las del Ponto tímido atribuye,
según el pie, según los labios huye.
Pasaron todos pues, y regulados
cual en los Equinocios surcar vemos
los piélagos del aire libre algunas
volantes no galeras,
sino grullas veleras,
tal vez creciendo, tal menguando lunas
sus distantes extremos,
caracteres tal vez formando alados
en el papel dïáfano del cielo
las plumas de su vuelo.
Ellas en tanto en bóvedas de sombras,
pintadas siempre al fresco,
cubren las que Sidón, telar turquesco,
no ha sabido imitar verdes alfombras.
Apenas reclinaron la cabeza
cuando, en número iguales y en belleza,
los márgenes matiza de las fuentes
segunda primavera de villanas,
que parientas del novio aún más cercanas
que vecinos sus pueblos, de presentes
prevenidas, concurren a las bodas.
Mezcladas hacen todas
teatro dulce, no de escena muda,
el apacible sitio: espacio breve
en que, a pesar del Sol, cuajada nieve,
y nieve de colores mil vestida,
la sombra vio florida
en la hierba menuda.
Viendo pues que igualmente les quedaba
para el lugar a ellas de camino
lo que al Sol para el lóbrego Occidente,
cual de aves se caló turba canora
a robusto nogal que acequia lava
en cercado vecino,
cuando a nuestros Antípodas la Aurora
las rosas gozar deja de su frente,
tal sale aquella que sin alas vuela
hermosa escuadra con ligero paso,
haciéndole atalayas del Ocaso
cuantos humeros cuenta la aldehuela.
El lento escuadrón luego
alcanzan de serranos,
y disolviendo allí la compañía,
al pueblo llegan con la luz que el día
cedió al sacro volcán de errante fuego,
a la torre de luces coronada
que el templo ilustra, y a los aires vanos
artificiosamente da exhalada
luminosas de pólvora saetas,
purpúreos no cometas.
Los fuegos pues el joven solemniza,
mientras el viejo tanta acusa tea
al de las bodas Dios, no alguna sea
de nocturno Faetón carroza ardiente,
y miserablemente
campo amanezca estéril de ceniza
la que anocheció aldea.
De Alcides le llevó luego a las plantas,
que estaban no muy lejos,
trenzándose el cabello verde a cuantas
da el fuego luces y el arroyo espejos.
Tanto garzón robusto,
tanta ofrecen los álamos zagala,
que abrevïara el Sol en una estrella,
por ver la menos bella,
cuantos saluda rayos el Bengala,
del Ganges cisne adusto.
La gaita al baile solicita el gusto,
a la voz el salterio;
cruza el Trïón más fijo el Hemisferio,
y el tronco mayor danza en la ribera;
el eco, voz ya entera,
no hay silencio a que pronto no responda;
fanal es del arroyo cada onda,
luz el reflejo, la agua vidrïera.
Términos le da el sueño al regocijo,
mas al cansancio no, que el movimiento
verdugo de las fuerzas es prolijo.
Los fuegos (cuyas lenguas ciento a ciento
desmintieron la noche algunas horas,
cuyas luces, del Sol competidoras,
fingieron día en la tiniebla oscura)
murieron, y en sí mismos sepultados,
sus miembros, en cenizas desatados,
piedras son de su misma sepultura.
Vence la noche al fin, y triunfa mudo
el silencio, aunque breve, del rüido.
Sólo gime ofendido
el sagrado laurel del hierro agudo.
Deja de su esplendor, deja desnudo
de su frondosa pompa al verde aliso
el golpe no remiso
del villano membrudo.
El que resistir pudo
al animoso Austro, al Euro ronco,
chopo gallardo, cuyo liso tronco
papel fue de pastores, aunque rudo,
a revelar secretos va a la aldea,
que impide Amor que aun otro chopo lea.
Estos árboles pues ve la mañana
mentir florestas y emular viales,
cuantos muró de líquidos cristales
agricultura urbana.
Recordó al Sol no de su espuma cana
la dulce de las aves armonía,
sino los dos topacios que batía,
orientales aldabas, Himeneo.
Del carro pues febeo
el luminoso tiro,
mordiendo oro, el eclíptico zafiro
pisar quería, cuando el populoso
lugarillo el serrano
con su huésped, que admira cortesano,
a pesar del estambre y de la seda,
el que tapiz frondoso
tejió de verdes hojas la arboleda,
y los que por las calles espaciosas
fabrican arcos, rosas,
oblicuos nuevos, pénsiles jardines,
de tantos como víolas jazmines.
Al galán novio el montañés presenta
su forastero; luego al venerable
padre de la que en sí bella se esconde
con ceño dulce y, con silencio afable,
beldad parlera, gracia muda ostenta,
cual del rizado verde botón, donde
abrevia su hermosura virgen rosa,
las cisuras cairela
un color que la púrpura que cela
por brújula concede vergonzosa.
Digna la juzga esposa
de un héroe, si no augusto, esclarecido,
el joven, al instante arrebatado
a la que, naufragante y desterrado,
le condenó a su olvido.
Este pues Sol que a olvido le condena,
cenizas hizo las que su memoria
negras plumas vistió, que infelizmente
sordo engendran gusano, cuyo diente,
minador antes lento de su gloria,
inmortal arador fue de su pena,
y en la sombra no más de la azucena,
que del clavel procura acompañada
imitar en la bella labradora
el templado color de la que adora,
víbora pisa tal el pensamiento,
que el alma, por los ojos desatada,
señas diera de su arrebatamiento,
si de zampoñas ciento
y de otros, aunque bárbaros, sonoros
instrumentos, no en dos festivos coros
vírgenes bellas, jóvenes lucidos,
llegaran conducidos.
El numeroso al fin de labradores
concurso impacïente
los novios saca: él, de años floreciente,
y de caudal más floreciente que ellos;
ella, la misma pompa de las flores,
la esfera misma de los rayos bellos.
El lazo de ambos cuellos
entre un lascivo enjambre iba de amores
Himeneo añudando,
mientras invocan su deidad la alterna
de zagalejas cándidas voz tierna
y de garzones este acento blando:
CORO I
«Ven, Himeneo, ven donde te espera,
con ojos y sin alas, un Cupido
cuyo cabello intonso dulcemente
niega el vello que el vulto ha colorido:
el vello, flores de su primavera,
y rayos el cabello de su frente.
Niño amó la que adora adolescente,
villana Psiques, Ninfa labradora
de la tostada Ceres. Ésta ahora,
en los inciertos de su edad segunda
crepúsculos, vincule tu coyunda
a su ardiente deseo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
CORO II
«Ven, Himeneo, donde entre arreboles
de honesto rosicler, previene el día,
aurora de sus ojos soberanos,
virgen tan bella, que hacer podría
tórrida la Noruega con dos soles,
y blanca la Etïopia con dos manos.
Claveles del abril, rubíes tempranos,
cuantos engasta el oro del cabello,
cuantas (del uno ya y del otro cuello
cadenas) la concordia engarza rosas,
de sus mejillas siempre vergonzosas
purpúreo son trofeo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
CORO I
«Ven, Himeneo, y plumas no vulgares
al aire los hijuelos den alados
de las que el bosque bellas Ninfas cela;
de sus carcajes, éstos, argentados,
flechen mosquetas, nieven azahares;
vigilantes aquéllos, la aldehuela
rediman del que más o tardo vuela,
o infausto gime pájaro nocturno;
mudos coronen otros por su turno
el dulce lecho conyugal, en cuanto
lasciva abeja al virginal acanto
néctar le chupa hibleo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
CORO II
«Ven, Himeneo, y las volantes pías
que azules ojos con pestañas de oro
sus plumas son, conduzgan alta diosa,
gloria mayor del soberano coro.
Fíe tus nudos ella, que los días
disuelvan tarde en senectud dichosa,
y la que Juno es hoy a nuestra esposa,
casta Lucina, en lunas desiguales
tantas veces repita sus umbrales,
que Níobe inmortal la admire el mundo,
no en blanco mármol, por su mal fecundo,
escollo hoy de Leteo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
CORO I
«Ven, Himeneo, y nuestra agricultura
de copia tal a estrellas deba amigas
progenie tan robusta, que su mano
toros dome, y de un rubio mar de espigas
inunde liberal la tierra dura;
y al verde, joven, floreciente llano
blancas ovejas suyas hagan cano
en breves horas caducar la hierba.
Oro le expriman líquido a Minerva,
y, los olmos casando con las vides,
mientras coronan pámpanos a Alcides,
clava empuñe Liëo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
CORO II
«Ven, Himeneo, y tantas le dé a Pales
cuantas a Palas dulces prendas ésta,
apenas hija hoy, madre mañana.
De errantes lilios unas la floresta
cubran, corderos mil que los cristales
vistan del río en breve undosa lana;
de Aracnes otras la arrogancia vana
modestas acusando en blancas telas,
no los hurtos de Amor, no las cautelas
de Júpiter compulsen; que, aun en lino,
ni a la pluvia luciente de oro fino,
ni al blanco cisne creo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.»
El dulce alterno canto
a sus umbrales revocó felices
los novios del vecino templo santo.
Del yugo aún no domadas las cervices,
novillos (breve término surcado)
restituyen así el pendiente arado
al que pajizo albergue los aguarda.
Llegaron todos pues, y, con gallarda
civil magnificencia, el suegro anciano,
cuantos la sierra dio, cuantos dio el llano,
labradores convida
a la prolija rústica comida,
que sin rumor previno en mesas grandes.
Ostente crespas blancas esculturas
artífice gentil de dobladuras
en los que damascó manteles Flandes,
mientras casero lino Ceres tanta
ofrece ahora, cuantos guardó el heno
dulces pomos, que al curso de Atalanta
fueran dorado freno.
Manjares que el veneno
y el apetito ignoran igualmente
les sirvieron; y en oro no luciente,
confuso Baco, ni en bruñida plata,
su néctar les desata,
sino en vidrio topacios carmesíes
y pálidos rubíes.
Sellar del fuego quiso regalado
los gulosos estómagos el rubio
imitador süave de la cera,
quesillo dulcemente apremïado
de rústica, vaquera,
blanca, hermosa mano, cuyas venas
la distinguieron de la leche apenas;
mas ni la encarcelada nuez esquiva,
ni el membrillo pudieran anudado,
si la sabrosa oliva
no serenara el bacanal diluvio.
Levantadas las mesas, al canoro
son de la Ninfa un tiempo, ahora caña,
seis de los montes, seis de la campaña
(sus espaldas rayando el sutil oro
que negó al viento el nácar bien tejido),
terno de gracias bello, repetido
cuatro veces en doce labradoras,
entró bailando numerosamente;
y dulce Musa entre ellas, si consiente
bárbaras el Parnaso moradoras:
«Vivid felices, dijo,
largo curso de edad nunca prolijo;
y si prolijo, en nudos amorosos
siempre vivid esposos.
Venza no sólo en su candor la nieve,
mas plata en su esplendor sea cardada
cuanto estambre vital Cloto os traslada
de la alta fatal rueca al huso breve.
Sean de la Fortuna
aplausos la respuesta
de vuestras granjerías.
A la reja importuna,
a la azada molesta
fecundo os rinda, en desiguales días,
el campo agradecido
oro trillado y néctar exprimido.
Sus morados cantuesos, sus copadas
encinas la montaña contar antes
deje que vuestras cabras, siempre errantes,
que vuestras vacas, tarde o nunca herradas.
Corderillos os brote la ribera,
que la hierba menuda
y las perlas exceda del rocío
su número, y del río
la blanca espuma, cuantos la tijera
vellones les desnuda.
Tantos de breve fábrica, aunque ruda,
albergues vuestros las abejas moren,
y Primaveras tantas os desfloren,
que, cual la Arabia madre ve de aromas
sacros troncos sudar fragantes gomas,
vuestros corchos por uno y otro poro
en dulce se desaten líquido oro.
Próspera, al fin, mas no espumosa tanto
vuestra fortuna sea,
que alimenten la invidia en nuestra aldea
áspides más que en la región del llanto.
Entre opulencias y necesidades
medianías vinculen competentes
a vuestros descendientes,
previniendo ambos daños las edades;
ilustren obeliscos las ciudades,
a los rayos de Júpiter expuesta,
aún más que a los de Febo, su corona,
cuando a la choza pastoral perdona
el cielo, fulminando la floresta.
Cisnes pues una y otra pluma, en esta
tranquilidad os halle labradora
la postrimera hora,
cuya lámina cifre desengaños,
que en letras pocas lean muchos años.»
Del himno culto dio el último acento
fin mudo al baile, al tiempo que seguida
la novia sale de villanas ciento
a la verde florida palizada,
cual nueva Fénix en flamantes plumas,
matutinos del Sol rayos vestida,
de cuanta surca el aire acompañada
monarquía canora;
y, vadeando nubes, las espumas
del Rey corona de los otros ríos,
en cuya orilla el viento hereda ahora
pequeños no vacíos
de funerales bárbaros trofeos
que el Egipto erigió a sus Ptolomeos.
Los árboles que el bosque habian fingido,
umbroso coliseo ya formando,
despejan el ejido,
olímpica palestra
de valientes desnudos labradores.
Llegó la desposada apenas, cuando
feroz ardiente muestra
hicieron dos robustos luchadores
de sus músculos, menos defendidos
del blanco lino que del vello obscuro.
Abrazáronse pues los dos, y luego,
humo anhelando el que no suda fuego,
de recíprocos nudos impedidos,
cual duros olmos de implicantes vides,
yedra el uno es tenaz del otro muro;
mañosos, al fin, hijos de la tierra,
cuando fuertes no Alcides,
procuran derribarse, y derribados,
cual pinos se levantan arraigados
en los profundos senos de la sierra.
Premio los honra igual, y de otros cuatro
ciñe las sienes glorïosa rama,
con que se puso término a la lucha.
Las dos partes rayaba del teatro
el Sol, cuando arrogante joven llama
al expedido salto
la bárbara corona que le escucha.
Arras del animoso desafío
un pardo gabán fue en el verde suelo,
a quien se abaten ocho o diez soberbios
montañeses, cual suele de lo alto
calarse turba de invidiosas aves
a los ojos de Ascálafo, vestido
de perezosas plumas. Quién, de graves
piedras las duras manos impedido,
su agilidad pondera; quién sus nervios
desata estremeciéndose gallardo.
Besó la raya pues el pie desnudo
del suelto mozo, y con airoso vuelo
pisó del viento lo que del ejido
tres veces ocupar pudiera un dardo.
La admiración, vestida un mármol frío,
apenas arquear las cejas pudo;
la emulación, calzada un duro hielo,
torpe se arraiga. Bien que impulso noble
de gloria, aunque villano, solicita
a un vaquero de aquellos montes, grueso,
membrudo, fuerte roble,
que, ágil a pesar de lo robusto,
al aire se arrebata, violentando
lo grave tanto, que lo precipita,
Ícaro montañés, su mismo peso
de la menuda hierba el seno blando
piélago duro hecho a su rüina.
Si no tan corpulento, más adusto
serrano le sucede,
que iguala y aun excede
al ayuno leopardo,
al corcillo travieso, al muflón sardo
que de las rocas trepa a la marina,
sin dejar ni aun pequeña
del pie ligero bipartida seña.
Con más felicidad que el precedente,
pisó las huellas casi del primero
el adusto vaquero.
Pasos otro dio al aire, al suelo coces.
Y premïados gradüadamente,
advocaron a sí toda la gente,
cierzos del llano y austros de la sierra,
mancebos tan veloces,
que cuando Ceres más dora la tierra,
y argenta el mar desde sus grutas hondas
Neptuno sin fatiga,
su vago pie de pluma
surcar pudiera mieses, pisar ondas,
sin inclinar espiga,
sin vïolar espuma.
Dos veces eran diez, y dirigidos
a dos olmos que quieren, abrazados,
ser palios verdes, ser frondosas metas,
salen cual de torcidos
arcos, o nervïosos o acerados,
con silbo igual, dos veces diez saetas.
No el polvo desparece
el campo, que no pisan alas hierba;
es el más torpe una herida cierva,
el más tardo la vista desvanece,
y, siguiendo al más lento,
cojea el pensamiento.
El tercio casi de una milla era
la prolija carrera
que los hercúleos troncos hace breves,
pero las plantas leves
de tres sueltos zagales
la distancia sincopan tan iguales,
que la atención confunden judiciosa.
De la Peneida virgen desdeñosa,
los dulces fugitivos miembros bellos
en la corteza no abrazó reciente
más firme Apolo, más estrechamente,
que de una y otra meta glorïosa
las duras basas abrazaron ellos
con triplicado nudo.
Árbitro Alcides en sus ramas, dudo
que el caso decidiera,
bien que su menor hoja un ojo fuera
del lince más agudo.
En tanto pues que el palio neutro pende
y la carroza de la luz desciende
a templarse en las ondas, Himeneo,
por templar en los brazos el deseo
del galán novio, de la esposa bella,
los rayos anticipa de la estrella,
cerúlea ahora, ya purpúrea guía
de los dudosos términos del día.
El jüicio, al de todos indeciso,
del concurso ligero,
el padrino con tres de limpio acero
cuchillos corvos absolvello quiso.
Solícita Junón, Amor no omiso,
al son de otra zampoña, que conduce
ninfas bellas y sátiros lascivos,
los desposados a su casa vuelven,
que coronada luce
de estrellas fijas, de astros fugitivos,
que en sonoroso humo se resuelven.
Llegó todo el lugar, y despedido,
casta Venus, que el lecho ha prevenido
de las plumas que baten más süaves
en su volante carro blancas aves,
los novios entra en dura no estacada;
que, siendo Amor una deidad alada,
bien previno la hija de la espuma
a batallas de amor campo de pluma.
Soledad segunda
Éntrase el mar por un arroyo breve
que a recibillo con sediento paso
de su roca natal se precipita,
y mucha sal no sólo en poco vaso,
mas su rüina bebe,
y su fin (cristalina mariposa,
no alada, sino undosa)
en el farol de Tetis solicita.
Muros desmantelando pues de arena,
Centauro ya espumoso el Ocëano,
medio mar, medio ría,
dos veces huella la campaña al día,
escalar pretendiendo el monte en vano,
de quien es dulce vena
el tarde ya torrente
arrepentido, y aun retrocediente.
Eral lozano así, novillo tierno,
de bien nacido cuerno
mal lunada la frente,
retrógrado cedió en desigual lucha
a duro toro, aun contra el viento armado;
no pues de otra manera
a la violencia mucha
del Padre de las aguas, coronado
de blancas ovas y de espuma verde,
resiste obedeciendo, y tierra pierde.
En la incierta ribera,
guarnición desigual a tanto espejo,
descubrió la Alba a nuestro peregrino
con todo el villanaje ultramarino,
que a la fiesta nupcial, de verde tejo
toldado, ya capaz tradujo pino.
Los escollos el Sol rayaba, cuando
con remos gemidores
dos pobres se aparecen pescadores,
nudos al mar de cáñamo fïando.
Ruiseñor en los bosques no más blando
el verde robre, que es barquillo ahora,
saludar vio la Aurora,
que al uno en dulces quejas, y no pocas,
ondas endurecer, liquidar rocas.
Señas mudas la dulce voz doliente
permitió solamente
a la turba, que dar quisiera voces
a la que de un ancón segunda haya,
cristal pisando azul con pies veloces,
salió improvisa, de una y otra playa
vínculo desatado, instable puente.
La prora diligente
no sólo dirigió a la opuesta orilla,
mas redujo la música barquilla,
que en dos cuernos del mar caló no breves
sus plomos graves y sus corchos leves.
Los senos ocupó del mayor leño
la marítima tropa,
usando al entrar todos
cuantos les enseñó corteses modos
en la lengua del agua ruda escuela,
con nuestro forastero, que la popa
del canoro escogió bajel pequeño.
Aquél, las ondas escarchando, vuela;
éste, con perezoso movimiento,
el mar encuentra, cuya espuma cana
su parda aguda prora
resplandeciente cuello
hace de augusta Coya peruana,
a quien hilos el Sur tributó ciento
de perlas cada hora.
Lágrimas no enjugó más de la Aurora
sobre víolas negras la mañana,
que arrolló su espolón con pompa vana
caduco aljófar, pero aljófar bello.
Dando el huésped licencia para ello,
recurren no a las redes que, mayores,
mucho Océano y pocas aguas prenden,
sino a las que ambiciosas menos penden,
laberinto nudoso, de marino
Dédalo, si de leño no, de lino
fábrica escrupulosa, y aunque incierta,
siempre murada, pero siempre abierta.
Liberalmente de los pescadores
al deseo el estero corresponde,
sin valelle al lascivo ostión el justo
arnés de hueso, donde
lisonja breve al gusto,
mas incentiva, esconde;
contagio original quizá de aquella
que, siempre hija bella
de los cristales, una
venera fue su cuna.
Mallas visten de cáñamo al lenguado,
mientras, en su piel lúbrica fïado
el congrio, que viscosamente liso
las telas burlar quiso,
tejido en ellas se quedó burlado.
Las redes califica menos gruesas,
sin romper hilo alguno,
pompa el salmón de las reales mesas,
cuando no de los campos de Neptuno,
y el travieso robalo,
guloso de los cónsules regalo.
Éstos y muchos más, unos desnudos,
otros de escamas fáciles armados,
dio la ría pescados,
que, nadando en un piélago de nudos,
no agravan poco al negligente robre,
espacïosamente dirigido
al bienaventurado albergue pobre,
que de carrizos frágiles tejido,
si fabricado no de gruesas cañas,
bóvedas lo coronan de espadañas.
El peregrino pues, haciendo en tanto
instrumento el bajel, cuerdas los remos,
al Céfiro encomienda los extremos
deste métrico llanto:
«Si de aire articulado
no son dolientes lágrimas süaves
estas mis quejas graves,
voces de sangre, y sangre son del alma.
Fíelas de tu calma,
oh mar, quien otra vez las ha fïado
de tu fortuna aún más que de su hado.
»¡Oh mar, oh tú, supremo
moderador piadoso de mis daños!
Tuyos serán mis años,
en tabla redimidos poco fuerte
de la bebida muerte,
que ser quiso, en aquel peligro extremo,
ella el forzado y su guadaña el remo.
»Regiones pise ajenas,
o clima propio, planta mía perdida,
tuya será mi vida,
si vida me ha dejado que sea tuya
quien me fuerza a que huya
de su prisión, dejando mis cadenas
rastro en tus ondas más que en tus arenas.
»Audaz mi pensamiento
el Cenit escaló, plumas vestido,
cuyo vuelo atrevido,
si no ha dado su nombre a tus espumas,
de sus vestidas plumas
conservarán el desvanecimiento
los anales diáfanos del viento.
»Esta pues culpa mía
el timón alternar menos seguro
y el báculo más duro
un lustro ha hecho a mi dudosa mano,
solicitando en vano
las alas sepultar de mi osadía
donde el Sol nace o donde muere el día.
»Muera, enemiga amada,
muera mi culpa, y tu desdén le guarde,
arrepentido tarde,
suspiro que mi muerte haga leda,
cuando no le suceda,
o por breve, o por tibia, o por cansada,
lágrima antes enjuta que llorada.
»Naufragio ya segundo,
o filos pongan de homicida hierro
fin duro a mi destierro;
tan generosa fe, no fácil onda,
no poca tierra esconda:
urna suya el Océano profundo,
y obeliscos los montes sean del mundo.
»Túmulo tanto debe
agradecido Amor a mi pie errante;
líquido pues diamante
calle mis huesos, y elevada cima
selle sí, mas no oprima
esta que le fiaré ceniza breve,
si hay ondas mudas y si hay tierra leve.»
No es sordo el mar (la erudición engaña),
bien que tal vez, sañudo,
no oya al piloto, o le responda fiero;
sereno, disimula más orejas
que sembró dulces quejas,
canoro labrador, el forastero
en su undosa campaña.
Espongïoso pues se bebió y mudo
el lagrimoso reconocimiento,
de cuyos dulces números no poca
concentüosa suma
en los dos giros de invisible pluma
que fingen sus dos alas, hurtó el viento;
Eco, vestida una cavada roca,
solicitó curiosa y guardó avara
la más dulce, si no la menos clara
sílaba, siendo en tanto
la vista de las chozas fin del canto.
Yace en el mar, si no continüada
isla mal de la tierra dividida,
cuya forma tortuga es perezosa;
díganlo cuantos siglos ha que nada
sin besar de la playa espacïosa
la arena de las ondas repetida.
A pesar pues del agua que la oculta,
concha, si mucha no, capaz ostenta
de albergues, donde la humildad contenta
mora, y Pomona se venera culta.
Dos son las chozas, pobre su artificio,
más aún que caduca su materia:
de los mancebos dos, la mayor, cuna;
de las redes la otra y su ejercicio
competente oficina.
Lo que agradable más se determina
del breve islote ocupa su fortuna,
los extremos de fausto y de miseria
moderando. En la plancha los recibe
el padre de los dos, émulo cano
del sagrado Nereo, no ya tanto
porque a la par de los escollos vive,
porque en el mar preside comarcano
al ejercicio piscatorio, cuanto
por seis hijas, por seis deidades bellas,
del cielo espumas y del mar estrellas.
Acogió al huésped con urbano estilo,
y a su voz, que los juncos obedecen,
tres hijas suyas cándidas le ofrecen,
que engaños construyendo están de hilo.
El huerto le da esotras, a quien debe,
si púrpura la rosa, el lilio nieve.
De jardín culto así en fingida gruta
salteó al labrador pluvia improvisa
de cristales inciertos, a la seña,
o a la que torció llave el fontanero;
urna de Acuario la imitada peña,
le embiste incauto; y si con pie grosero
para la fuga apela, nubes pisa,
burlándolo aun la parte más enjuta.
La vista saltearon poco menos
del huésped admirado
las no líquidas perlas, que al momento
a los corteses juncos (porque el viento
nudos les halle un día, bien que ajenos)
el cáñamo remiten anudado,
y de Vertumno al término labrado
el breve hierro, cuyo corvo diente
las plantas le mordía cultamente.
Ponderador saluda afectüoso
del esplendor que admira el extranjero
al Sol, en seis luceros dividido;
y, honestamente al fin correspondido
del coro vergonzoso,
al viejo sigue, que prudente ordena
los términos confunda de la cena
la comida prolija de pescados,
raros, muchos, y todos no comprados.
Impidiéndole el día al forastero,
con dilaciones sordas, le divierte
entre unos verdes carrizales, donde
armonïoso número se esconde
de blancos cisnes, de la misma suerte
que gallinas domésticas al grano,
a la voz concurrientes del anciano.
En la más seca, en la más limpia anea
vivificando están muchos sus huevos,
y mientras dulce aquél su muerte anuncia
entre la verde juncia,
sus pollos éste al mar conduce nuevos,
de Espío y de Nesea
(cuanto más escurecen las espumas)
nevada invidia sus nevadas plumas.
Hermana de Faetón, verde el cabello,
les ofrece el que, joven ya gallardo,
de flexüosas mimbres garbín pardo
tosco le ha encordonado, pero bello.
Lo más liso trepó, lo más sublime
venció su agilidad, y artificiosa
tejió en sus ramas inconstantes nidos,
donde celosa arrulla y ronca gime
la ave lasciva de la cipria diosa.
Mástiles coronó menos crecidos
gavia no tan capaz; extraño todo,
el designio, la fábrica y el modo.
A pocos pasos le admiró no menos
montecillo, las sienes laureado,
traviesos despidiendo moradores
de sus confusos senos,
conejuelos que (el viento consultado)
salieron retozando a pisar flores;
el más tímido, al fin, más ignorante
del plomo fulminante.
Cóncavo fresno, a quien gracioso indulto
de su caduco natural permite
que a la encina vivaz robusto imite,
y hueco exceda al alcornoque inculto,
verde era pompa de un vallete oculto,
cuando frondoso alcázar no de aquella
que sin corona vuela y sin espada,
susurrante amazona, Dido alada,
de ejército más casto, de más bella
república, ceñida en vez de muros
de cortezas; en esta pues Cartago
reina la abeja, oro brillando vago,
o el jugo beba de los aires puros,
o el sudor de los cielos, cuando liba
de las mudas estrellas la saliva;
burgo eran suyo el tronco informe, el breve
corcho, y moradas pobres sus vacíos,
del que más solicita los desvíos
de la isla, plebeyo enjambre leve.
Llegaron luego donde al mar se atreve,
si promontorio no, un cerro elevado,
de cabras estrellado,
iguales, aunque pocas,
a la que, imagen décima del cielo,
flores su cuerno es, rayos su pelo.
«Éstas, dijo el isleño venerable,
y aquéllas, que pendientes de las rocas,
tres o cuatro desean para ciento
(redil las ondas y pastor el viento),
libres discurren, su nocivo diente
paz hecha con las plantas inviolable.»
Estimando seguía el peregrino
al venerable isleño,
de muchos pocos numeroso dueño,
cuando los suyos enfrenó de un pino
el pie villano, que groseramente
los cristales pisaba de una fuente.
Ella pues sierpe, y sierpe al fin pisada,
aljófar vomitando fugitivo
en lugar de veneno,
torcida esconde, ya que no enroscada,
las flores que de un parto dio lascivo
aura fecunda al matizado seno
del huerto, en cuyos troncos se desata
de las escamas que vistió de plata.
Seis chopos, de seis yedras abrazados,
tirsos eran del griego dios, nacido
segunda vez, que en pámpanos desmiente
los cuernos de su frente;
y cual mancebos tejen anudados
festivos corros en alegre ejido,
coronan ellos el encanecido
suelo de lilios, que en fragantes copos
nevó el Mayo, a pesar de los seis chopos.
Este sitio las bellas seis hermanas
escogen, agraviando
en breve espacio mucha Primavera
con las mesas, cortezas ya livianas
del árbol que ofreció a la edad primera
duro alimento, pero sueño blando.
Nieve hilada, y por sus manos bellas
caseramente a telas reducida,
manteles blancos fueron.
Sentados pues sin ceremonias, ellas
en torneado fresno la comida
con silencio sirvieron.
Rompida el agua en las menudas piedras,
cristalina sonante era tïorba,
y las confusamente acordes aves,
entre las verdes roscas de las yedras,
muchas eran, y muchas veces nueve
aladas musas, que de pluma leve
engañada su culta lira corva,
metros inciertos sí, pero süaves,
en idïomas cantan diferentes,
mientras, cenando en pórfidos lucientes,
lisonjean apenas
al Júpiter marino tres sirenas.
Comieron pues, y rudamente dadas
gracias el pescador a la divina
próvida mano, «¡Oh bien vividos años!
¡Oh canas, dijo el huésped, no peinadas
con boj dentado o con rayada espina,
sino con verdaderos desengaños!
Pisad dichoso esta esmeralda bruta,
en mármol engastada siempre undoso,
jubilando la red en los que os restan
felices años, y la humedecida,
o poco rato enjuta,
próxima arena de esa opuesta playa,
la remota Cambaya
sea de hoy más a vuestro leño ocioso;
y el mar que os la divide, cuanto cuestan
océano importuno
a las Quinas, del viento aun veneradas,
sus ardientes veneros,
su esfera lapidosa de luceros.
Del pobre albergue a la barquilla pobre,
geómetra prudente, el orbe mida
vuestra planta, impedida,
si de purpúreas conchas no istriadas,
de trágicas rüinas de alto robre,
que, el tridente acusando de Neptuno,
menos quizá dio astillas
que ejemplos de dolor a estas orillas.»
«Días ha muchos, oh mancebo, dijo
el pescador anciano,
que en el uno cedí y el otro hermano
el duro remo, el cáñamo prolijo;
muchos ha dulces días
que cisnes me recuerdan a la hora
que, huyendo la Aurora
las canas de Titón, halla las mías,
a pesar de mi edad, no en la alta cumbre
de aquel morro difícil (cuyas rocas
tarde o nunca pisaron cabras pocas,
y milano venció con pesadumbre),
sino desotro escollo al mar pendiente,
de donde ese teatro de Fortuna
descubro, ese voraz, ese profundo
campo ya de sepulcros, que sediento,
cuanto en vasos de abeto Nuevo Mundo,
tributos digo américos, se bebe
en túmulos de espuma paga breve.
Bárbaro observador, mas diligente,
de las inciertas formas de la Luna,
a cada conjunción su pesquería,
y a cada pesquería su instrumento,
más o menos nudoso, atribüido,
mis hijos dos en un batel despido,
que, el mar cribando en redes no comunes,
vieras intempestivos algún día
(entre un vulgo nadante, digno apenas
de escama, cuanto más de nombre) atunes
vomitar ondas y azotar arenas.
Tal vez desde los muros destas rocas
cazar a Tetis veo,
y pescar a Dïana en dos barquillas;
náuticas venatorias maravillas
de mis hijas oirás, ambiguo coro,
menos de aljaba que de red armado,
de cuyo, si no alado,
arpón vibrante, supo mal Proteo
en globos de agua redimir sus focas.
Torpe la más veloz, marino toro,
torpe, mas toro al fin, que, el mar violado
de la púrpura viendo de sus venas,
bufando mide el campo de las ondas
con la animosa cuerda, que prolija
al hierro sigue que en la foca huye,
o grutas ya la privilegien hondas,
o escollos desta isla divididos.
Láquesis nueva mi gallarda hija,
si Cloto no de la escamada fiera,
ya hila, ya devana su carrera,
cuando desatinada pide, o cuando
vencida restituye
los términos de cáñamo pedidos.
Rindiose al fin la bestia, y las almenas
de las sublimes rocas salpicando,
las peñas embistió, peña escamada,
en ríos de agua y sangre desatada.
Éfire luego, la que en el torcido
luciente nácar te sirvió no poca
risueña parte de la dulce fuente
(de Filódoces émula valiente,
cuya asta breve desangró la foca),
el cabello en estambre azul cogido,
celoso alcaide de sus trenzas de oro,
en segundo bajel se engolfó sola.
¡Cuántas voces le di! ¡Cuántas (en vano)
tiernas derramé lágrimas, temiendo,
no al fiero tiburón, verdugo horrendo
del náufrago ambicioso mercadante,
ni al otro cuyo nombre
espada es tantas veces esgrimida
contra mis redes ya, contra mi vida,
sino algún siempre verde, siempre cano
sátiro de las aguas, petulante
vïolador del virginal decoro,
marino dios que, el vulto feroz hombre,
corvo es delfín la cola!
Sorda a mis voces pues, ciega a mi llanto,
abrazado, si bien de fácil cuerda,
un plomo fïó grave a un corcho leve,
que algunas veces despedido cuanto
(penda o nade) la vista no le pierda,
el golpe solicita, el bulto mueve
prodigïosos moradores ciento
del líquido elemento.
Láminas uno de viscoso acero,
rebelde aun al diamante, el duro lomo
hasta el luciente bipartido extremo
de la cola vestido,
solicitado sale del rüido,
y, al cebarse en el cómplice ligero
del suspendido plomo,
Éfire, en cuya mano al flaco remo
un fuerte dardo había sucedido,
de la mano a las ondas gemir hizo
el aire con el fresno arrojadizo;
de las ondas al pez, con vuelo mudo,
deidad dirigió amante el hierro agudo;
entre una y otra lámina, salida
la sangre halló por do la muerte entrada.
Onda pues sobre onda levantada,
montes de espuma concitó herida
la fiera, horror del agua, cometiendo
ya a la violencia, ya a la fuga el modo
de sacudir el asta,
que, alterando el abismo o discurriendo
el océano todo,
no perdona el acero que la engasta.
Éfire en tanto al cáñamo torcido
el cabo rompió, y bien que al ciervo herido
el can sobra, siguiéndole la flecha.
Volvíase, mas no muy satisfecha,
cuando cerca de aquel peinado escollo
hervir las olas vio templadamente,
bien que haciendo círculos perfectos;
escogió pues, de cuatro o cinco abetos,
el de cuchilla más resplandeciente,
que atravesado remolcó un gran sollo.
Desembarcó triunfando,
y aun el siguiente sol no vimos, cuando
en la ribera vimos convecina
dado al través el monstro, donde apenas
su género noticia, pías arenas
en tanta playa halló tanta rüina.»
Aura en esto marina
el discurso y el día juntamente
(trémula, si veloz) les arrebata,
alas batiendo líquidas, y en ellas
dulcísimas querellas
de pescadores dos, de dos amantes
en redes ambos y en edad iguales.
Dividiendo cristales,
en la mitad de un óvalo de plata,
venía al tiempo el nieto de la espuma
que los mancebos daban alternantes
al viento quejas. Órganos de pluma,
aves digo de Leda,
tales no oyó el Caístro en su arboleda,
tales no vio el Meandro en su corriente.
Inficionando pues süavemente
las ondas el Amor, sus flechas remos,
hasta donde se besan los extremos
de la isla y del agua no los deja.
Lícidas, gloria en tanto
de la playa, Micón de sus arenas,
invidia de sirenas,
convocación su canto
de músicos delfines, aunque mudos,
en número no rudos
el primero se queja
de la culta Leucipe,
décimo esplendor bello de Aganipe,
de Cloris el segundo,
escollo de cristal, meta del mundo.
LÍCIDAS
«¿A qué piensas, barquilla,
pobre ya cuna de mi edad primera,
que cisne te conduzgo a esta ribera?
A cantar dulce, y a morirme luego;
si te perdona el fuego
que mis huesos vinculan, en su orilla
tumba te bese el mar, vuelta la quilla.»
MICÓN
«Cansado leño mío,
hijo del bosque y padre de mi vida,
de tus remos ahora conducida
a desatarse en lágrimas cantando,
el doliente, si blando,
curso del llanto métrico te fío,
nadante urna de canoro río.»
LÍCIDAS
«Las rugosas veneras,
fecundas no de aljófar blanco el seno,
ni del que enciende el mar tirio veneno,
entre crespos buscaba caracoles,
cuando de tus dos soles
fulminado ya, señas no ligeras
de mis cenizas dieron tus riberas.»
MICÓN
«Distinguir sabía apenas
el menor leño de la mayor urca
que velera un Neptuno y otro surca,
y tus prisiones ya arrastraba graves;
si dudas lo que sabes,
lee cuanto han impreso en tus arenas,
a pesar de los vientos, mis cadenas.»
LÍCIDAS
«Las que el cielo mercedes
hizo a mi forma, ¡oh dulce mi enemiga!,
lisonja no, serenidad lo diga
de limpia cosultada ya laguna,
y los de mi fortuna
privilegios, el mar, a quien di redes
más que a la selva lazos Ganimedes.»
MICÓN
«No ondas, no luciente
cristal, agua al fin dulcemente dura,
invidia califique mi figura
de musculosos jóvenes desnudos.
Menos dio al bosque nudos
que yo al mar, el que a un dios hizo valiente
mentir cerdas, celoso espumar diente.»
LÍCIDAS
«Cuantos pedernal duro
bruñe nácares boto, agudo raya
en la oficina undosa desta playa,
tantos Palemo a su Licote bella
suspende, y tantos ella
al flaco da, que me construyen muro,
junco frágil, carrizo mal seguro.»
MICÓN
«Las siempre desiguales
blancas primero ramas, después rojas,
del árbol que nadante ignoró hojas,
trompa Tritón del agua a la alta gruta
de Nísida tributa,
Ninfa por quien lucientes son corales
los rudos troncos hoy de mis umbrales.»
LÍCIDAS
«Esta en plantas no escrita,
en piedras sí, firmeza honre Himeneo,
calzándole talares mi deseo,
que el tiempo vuela. Goza pues ahora
los lilios de tu aurora,
que al tramontar del Sol mal solicita
abeja aun negligente flor marchita.»
MICÓN
«Si fe tanta no en vano
desafía las rocas donde impresa
con labio alterno mucho mar la besa,
nupcial la califique tea luciente.
Mira que la edad miente,
mira que del almendro más lozano
Parca es interïor breve gusano.»
Invidia convocaba, si no celo,
al balcón de zafiro
las claras, aunque etíopes, estrellas
y las Osas dos bellas,
sediento siempre tiro
del carro, perezoso honor del cielo;
mas, ¡ay!, que del rüido
de la sonante esfera
a la una luciente y otra fiera
el piscatorio cántico impedido,
con las prendas bajaran de Cefeo
a las vedadas ondas,
si Tetis no, desde sus grutas hondas,
enfrenara el deseo.
¡Oh, cuánta al peregrino el amebeo
alterno canto dulce fue lisonja!
¿Qué mucho, si avarienta ha sido esponja
del néctar numeroso
el escollo más duro?
¿Qué mucho, si el candor bebió ya puro
de la virginal copia, en la armonía,
el veneno del ciego ingenïoso
que dictaba los números que oía?
Generosos afectos de una pía
doliente afinidad, bien que amorosa
por bella más, por más divina parte,
solicitan su pecho a que, sin arte
de colores prolijos,
en oración impetre oficïosa
del venerable isleño
que admita yernos los que el trato hijos
litoral hizo, aún antes
que el convecino ardor dulces amantes.
Concediolo risueño,
del forastero agradecidamente
y de sus propios hijos abrazado.
Mercurio destas nuevas diligente,
coronados traslada de favores
de sus barcas Amor los pescadores
al flaco pie del suegro deseado.
¡Oh, del ave de Júpiter vendado
pollo, si alado no lince sin vista,
político rapaz, cuya prudente
disposición especuló Estadista
clarísimo ninguno
de los que el Reino muran de Neptuno!
¡Cuán dulces te adjudicas ocasiones
para favorecer, no a dos supremos
de los volubles polos ciudadanos,
sino a dos entre cáñamo garzones!
¿Por qué? Por escultores quizá vanos
de tantos de tu madre bultos canos
cuantas al mar espumas dan sus remos.
Al peregrino por tu causa vemos
alcázares dejar, donde, excedida
de la sublimidad la vista, apela
para su hermosura,
en que la arquitectura
a la gëometría se rebela,
jaspes calzada y pórfidos vestida.
Pobre choza, de redes impedida,
entra ahora, ¡y lo dejas!
Vuela, rapaz, y (plumas dando a quejas)
los dos reduce al uno y otro leño,
mientras perdona tu rigor al sueño.
Las horas ya, de números vestidas,
al bayo, cuando no esplendor overo
del luminoso tiro, las pendientes
ponían de crisólitos lucientes,
coyundas impedidas,
mientras de su barraca el extranjero
dulcemente salía despedido
a la barquilla, donde le esperaban
a un remo cada joven ofrecido.
Dejaron pues las azotadas rocas,
que mal las ondas lavan
del livor aún purpúreo de las focas,
y de la firme tierra el heno blando
con las palas segando,
en la cumbre modesta
de una desigualdad del horizonte,
que deja de ser monte
por ser culta floresta,
antiguo descubrieron blanco muro,
por sus piedras no menos
que por su edad majestüosa cano;
mármol, al fin, tan por lo pario puro,
que al peregrino sus ocultos senos
negar pudiera en vano.
Cuantas del ocëano
el Sol trenzas desata
contaba en los rayados capiteles,
que, espejos, aunque esféricos, fïeles,
bruñidos eran óvalos de plata.
La admiración que al arte se le debe,
áncora del batel fue, perdonando
poco a lo fuerte, y a lo bello nada
del edificio, cuando
ronca los salteó trompa sonante,
al principio distante,
vecina luego, pero siempre incierta.
Llave de la alta puerta
el duro son, vencido el foso breve,
levadiza ofreció puente no leve,
tropa inquïeta contra el aire armada,
lisonja, si confusa, regulada
su orden de la vista, y del oído
su agradable rüido.
Verde, no mudo coro
de cazadores era,
cuyo número indigna la ribera.
Al Sol levantó apenas la ancha frente
el veloz hijo ardiente
del céfiro lascivo,
cuya fecunda madre al genitivo
soplo vistiendo miembros, Guadalete
florida ambrosía al viento dio jinete,
que a mucho humo abriendo
la fogosa nariz, en un sonoro
relincho y otro saludó sus rayos.
Los overos, si no esplendores bayos,
que conducen el día,
le responden, la eclíptica ascendiendo.
Entre el confuso pues celoso estruendo
de los caballos, ruda hace armonía
cuanta la generosa cetrería,
desde la Mauritania a la Noruega,
insidia ceba alada,
sin luz, no siempre ciega,
sin libertad, no siempre aprisionada,
que a ver el día vuelve
las veces que, en fïado al viento dada,
repite su prisión y al viento absuelve.
El neblí, que relámpago su pluma,
rayo su garra, su ignorado nido
o lo esconde el Olimpo, o densa es nube
que pisa, cuando sube
tras la garza, argentada el pie de espuma;
el Sacre, las del Noto alas vestido,
sangriento chiprïota, aunque nacido
con las palomas, Venus, de tu carro;
el gerifalte, escándalo bizarro
del aire, honor robusto de Gelanda,
si bien jayán de cuanto rapaz vuela,
corvo acero su pie, flaca pihuela
de piel lo impide blanda;
el Baharí, a quien fue en España cuna
del Pirineo la ceniza verde,
o la alta basa que el océano muerde
de la Egipcia coluna;
la delicia volante
de cuantos ciñen líbico turbante,
el Borní, cuya ala
en los campos tal vez de Melïona
galán siguió valiente, fatigando
tímida liebre, cuando
intempestiva salteó leona
la melionesa gala,
que de trágica escena
mucho teatro hizo poca arena.
Tú, infestador en nuestra Europa nuevo
de las aves, nacido, Aleto, donde
entre las conchas hoy del Sur esconde
sus muchos años Febo,
¿debes por dicha cebo?
¿Templarte supo, di, bárbara mano
al insultar los aires? Yo lo dudo,
que al precïosamente Inca desnudo
y al de plumas vestido Mejicano,
fraude vulgar, no industria generosa,
del águila les dio a la mariposa.
De un mancebo serrano
el duro brazo débil hace junco,
examinando con el pico adunco
sus pardas plumas, el Azor britano,
tardo, mas generoso,
terror de tu sobrino ingenïoso,
ya invidia tuya, Dédalo, ave ahora,
cuyo pie tiria púrpura colora.
Grave de perezosas plumas globo,
que a luz lo condenó incierta la ira
del bello de la Estigia deidad robo,
desde el guante hasta el hombro a un joven cela;
esta emulación pues de cuanto vuela
por dos topacios bellos con que mira,
término torpe era
de pompa tan ligera.
Can de lanas prolijo (que animoso
buzo será, bien de profunda ría,
bien de serena playa,
cuando la fulminada prisión caya
del neblí, a cuyo vuelo
tan vecino a su cielo
el cisne perdonara, luminoso)
número y confusión gimiendo hacía
en la vistosa laja, para él grave,
que aun de seda no hay vínculo süave.
En sangre claro y en persona augusto,
si en miembros no robusto,
príncipe les sucede, abrevïada
en modestia civil real grandeza.
La espumosa del Betis ligereza
bebió no sólo, mas la desatada
majestad en sus ondas, el luciente
caballo, que colérico mordía
el oro que süave lo enfrenaba,
arrogante, y no ya por las que daba
estrellas su cerúlea piel al día,
sino por lo que siente
de esclarecido, y aun de soberano,
en la rienda que besa la alta mano
de cetro digna. Lúbrica no tanto
culebra se desliza tortüosa
por el pendiente calvo escollo, cuanto
la escuadra descendía presurosa
por el peinado cerro a la campaña,
que al mar debe, con término prescripto,
más sabandijas de cristal que a Egipto
horrores deja el Nilo que lo baña.
Rebelde Ninfa, humilde ahora caña,
las márgenes oculta
de una laguna breve,
a quien doral consulta
aun el copo más leve
de su volante nieve.
Ocioso pues, o de su fin presago,
los filos con el pico prevenía
de cuanto sus dos alas aquel día
al viento esgrimirán cuchillo vago.
La turba aun no del apacible lago
las orlas inquïeta,
que tímido perdona a sus cristales
el doral. Despedida no saeta
de nervios partos igualar presuma
sus puntas desiguales,
que en vano podrá pluma
vestir un leño como viste un ala.
Puesto en tiempo, corona, si no escala,
las nubes, desmintiendo
su libertad el grillo torneado
que en sonoro metal lo va siguiendo,
un baharí templado,
a quien el mismo escollo
(a pesar de sus pinos eminente)
el primer vello le concedió pollo,
que al Betis las primeras ondas fuente.
No sólo, no, del pájaro pendiente
las caladas registra el peregrino,
mas del terreno cuenta cristalino
los juncos más pequeños,
verdes hilos de aljófares risueños.
Rápido al Español alado mira
peinar el aire por cardar el vuelo,
cuya vestida nieve anima un hielo
que torpe a unos carrizos lo retira,
infïeles por raros,
si firmes no por trémulos reparos.
Penetra pues sus inconstantes senos,
estimándolos menos
entredichos que el viento;
mas a su daño el escuadrón atento
expulso lo remite a quien en suma
un grillo y otro enmudeció en su pluma.
Cobrado el baharí, en su propio luto
o el insulto acusaba precedente,
o entre la verde hierba
avara escondia cuerva
purpúreo caracol, émulo bruto
del rubí más ardiente,
cuando, solicitada del rüido,
el nácar a las flores fía torcido,
y con siniestra voz convoca cuanta
negra de cuervas suma
infamó la verdura con su pluma,
con su número el Sol. En sombra tanta
alas desplegó Ascálafo prolijas,
verde poso ocupando,
que de césped ya blando,
jaspe lo han hecho duro blancas guijas.
Más tardó en desplegar sus plumas graves
el deforme fiscal de Proserpina,
que en desatarse, al polo ya vecina,
la disonante niebla de las aves;
diez a diez se calaron, ciento a ciento,
al oro intüitivo, invidïado
deste género alado,
si como ingrato no, como avariento,
que a las estrellas hoy del firmamento
se atreviera su vuelo,
en cuanto ojos del cielo.
Poca palestra la región vacía
de tanta invidia era,
mientras, desenlazado la cimera,
restituyen el día
a un gerifalte, boreal Arpía
que, despreciando la mentida nube,
a luz más cierta sube,
Cenit ya de la turba fugitiva.
Auxilïar taladra el aire luego
un duro sacre, en globos no de fuego,
en oblicuos sí engaños
mintiendo remisión a las que huyen,
si la distancia es mucha
(griego al fin). Una en tanto, que de arriba
descendió fulminada en poco humo,
apenas el latón segundo escucha,
que del inferïor peligro al sumo
apela, entre los trópicos grifaños
que su eclíptica incluyen,
repitiendo confusa
lo que tímida excusa.
Breve esfera de viento,
negra circunvestida piel, al duro
alterno impulso de valientes palas,
la avecilla parece,
en el de muros líquidos que ofrece
corredor el dïáfano elemento
al gémino rigor, en cuyas alas
su vista libra toda el extranjero.
Tirano el sacre de lo menos puro
desta primer región, sañudo espera
la desplumada ya, la breve esfera,
que, a un bote corvo del fatal acero,
dejó al viento, si no restitüido,
heredado en el último graznido.
Destos pendientes agradables casos
vencida se apeó la vista apenas,
que del batel, cosido con la playa,
cuantos da la cansada turba pasos,
tantos en las arenas
el remo perezosamente raya,
a la solicitud de una atalaya
atento, a quien doctrina ya cetrera
llamó catarribera.
Ruda en esto política, agregados
tan mal ofrece como constrüidos
bucólicos albergues, si no flacas
piscatorias barracas,
que pacen campos, que penetran senos,
de las ondas no menos
aquéllos perdonados
que de la tierra éstos admitidos.
Pollos, si de las propias no vestidos,
de las maternas plumas abrigados,
vecinos eran destas alquerías,
mientras ocupan a sus naturales
Glauco en las aguas, y en las hierbas Pales.
¡Oh cuántas cometer piraterías
un corsario intentó y otro volante,
uno y otro rapaz, digo, milano,
bien que todas en vano,
contra la infantería, que pïante
en su madre se esconde, donde halla
voz que es trompeta, pluma que es muralla.
A media rienda en tanto el anhelante
caballo, que el ardiente sudor niega
en cuantas le densó nieblas su aliento,
a los indignos de ser muros llega
céspedes, de las ovas mal atados.
Aunque ociosos, no menos fatigados,
quejándose venían sobre el guante
los raudos torbellinos de Noruega.
Con sordo luego estrépito despliega
(injuria de la luz, horror del viento)
sus alas el testigo que en prolija
desconfianza a la sicana diosa
dejó sin dulce hija,
y a la estigia Deidad con bella esposa.
Tres veces de Aquilón…
Tres veces de Aquilón el soplo airado
del verde honor privó a las verdes plantas,
y al animal de Colcos otra tantas
ilustró Febo su vellón dorado,
después que sigo (el pecho traspasado
de aguda flecha) con humildes plantas
(oh, bella Clori!) tus pisadas santas
por las floridas señas que da el prado.
A vista voy (tiñendo los alcores
en roja sangre) de tu dulce vuelo
que el cielo pinta de cien mil colores,
tanto, que ya nos siguen los pastores
por los extraños rastros que en el suelo
dejamos, yo de sangre, tú de flores.
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