Poemas de Bernardo de Balbuena

Poemas de Bernardo de Balbuena

Poemas de Bernardo de Balbuena (1562-1627), el arquitecto del barroco novohispano, cuya pluma transformó la realidad americana en una épica de esplendor. Su obra cumbre, La grandeza mexicana, no es solo un poema descriptivo, sino un catálogo de maravillas que eleva a la Ciudad de México a la categoría de metrópoli universal, puente entre Oriente y Occidente.

A través de sus perfectos tercetos encadenados, Balbuena hilvanó la suntuosidad de los mercados y la elegancia de las damas con una profunda carga alegórica y moral. En obras como El Bernardo, utilizó la fantasía caballeresca para explorar las pasiones humanas —el deseo, la fama y la envidia—, bajo el concepto de que la belleza exterior es solo un «velo fabuloso» que debe conducir a la virtud y al conocimiento divino.

La Grandeza Mexicana

Argumento

De la famosa México el asiento,

origen y grandeza de edificios,

caballos, calles, trato, cumplimiento,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos, ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, religión y Estado,

todo en este discurso está cifrado.

 

Oh tú, heroica beldad, saber profundo,

que por milagro puesta a los mortales

en todo fuiste la última del mundo;

criada en los desiertos arenales,

sobre que el mar del sur resaca y quiebra

nácar lustroso y perlas orientales;

do haciendo a tu valor notoria quiebra,

el tiempo fue tragando con su llama

tu rico estambre y su preciosa hebra;

 

de un tronco ilustre generosa rama,

sujeto digno de que el mundo sea

columna eterna a tu renombre y fama:

oye un rato, señora, a quien desea

aficionarte a la ciudad más rica,

que el mundo goza en cuanto el sol rodea.

Y si mi pluma a este furor se aplica,

y deja tu alabanza, es que se siente

corta a tal vuelo, a tal grandeza chica.

 

¿Qué Atlante habrá, qué Alcides que

/sustente

peso de cielo, y baste a tan gran carga,

si tú no das la fuerza suficiente?

Dejo tu gran nobleza, que se alarga

a nacer de principio tan incierto,

que no es la oscura antigüedad más larga.

De Tovar y Guzmán hecho un injerto

al Sandoval, que hoy sirve de coluna

al gran peso del mundo y su concierto.

 

Dejo tu discreción, con quien ninguna

corrió parejas en el siglo nuestro,

siendo en grandezas mil, y en saber una;

que aunque en otros sujetos lo que muestro

aquí por sombras, fueran resplandores

de un nombre ilustre en el pincel más

/diestro,

en ti es lo menos que hay, y los menores

rayos de claridad con que hermoseas

la tierra, tu altivez y sus primores.

 

Y así se queden para sólo ideas,

no imitables de nadie, a ti ajustadas,

sólo a ti, porque sola en todo seas.

Ahora en las regiones estrelladas

las alas de tu altivo pensamiento

anden cual siempre suelen remontadas;

o en más humilde y blando sentimiento

de la fortuna culpen el agravio

de no ajustarse a tu merecimiento;

o del mordaz el venenoso labio,

que a nadie perdonó, también se atreva

a mostrar en tu envidia su resabio;

doquiera que te hallare esta voz nueva,

en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,

a oírla un rato tu valor te mueva.

 

Que si es en todo obedecerte justo,

esto es hacer con propiedad mi oficio,

y conformar el mío con tu gusto.

Mándasme que te escriba algún indicio

de que he llegado a esta ciudad famosa,

centro de perfección, del mundo el quicio;

su asiento, su grandeza populosa, s

us cosas raras, su riqueza y trato,

su gente ilustre, su labor pomposa.

 

Al fin, un perfectísimo retrato

pides de la Grandeza Mexicana,

ahora cueste caro, ahora barato.

Cuidado es grave y carga no liviana

la que impones a fuerzas tan pequeñas,

mas no al deseo de servirte y gana.

 

Y así, en virtud del gusto con que enseñas

el mío a hacer su ley de tu contento,

aquestas son de México las señas.

Bañada de un templado y fresco viento,

donde nadie creyó que hubiese mundo

goza florido y regalado asiento.

 

Casi debajo el trópico fecundo,

que reparte las flores de Amaltea

y de perlas empreña el mar profundo,

dentro en la zona por do el Sol pasea,

y el tierno abril envuelto en rosas anda,

sembrando olores hechos de librea;

sobre una delicada costra blanda,

que en dos claras lagunas se sustenta,

cercada de olas por cualquiera banda,

labrada en grande proporción y cuenta

de torres, capiteles, ventanajes,

su máquina soberbia se presenta.

 

Con bellísimos lejos y paisajes,

salidas, recreaciones y holguras,

huertas, granjas, molinos y boscajes,

alamedas, jardines, espesuras

de varias plantas y de frutas bellas

en flor, en cierne, en leche, ya maduras.

 

No tiene tanto número de estrellas

el cielo, como flores su guirnalda,

ni más virtudes hay en él que en ellas.

De sus altos vestidos de esmeralda,

que en rico agosto y abundantes mieses

el bien y el mal reparten de su falda,

 

nacen llanos de iguales intereses,

cuya labor y fértiles cosechas

en uno rinden para muchos meses.

Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas

firmes calzadas, que a su mucha gente

por capaces que son vienen estrechas;

que ni el caballo griego hizo puente

tan llena de armas al troyano muro,

ni a tantos guió Ulises el prudente;

ni cuando con su cierzo el frío Arturo

los árboles desnuda, de agostadas

hojas así se cubre el suelo duro,

como en estos caminos y calzadas

en todo tiempo y todas ocasiones,

se ven gentes cruzar amontonadas.

 

Recuas, carros, carretas, carretones,

de plata, oro, riquezas, bastimentos

cargados salen, y entran a montones.

De varia traza y varios movimientos

varias figuras, rostros y semblantes,

de hombres varios, de varios pensamientos;

arrieros, oficiales, contratantes,

cachopines, soldados, mercaderes,

galanes, caballeros, pleiteantes;

clérigos, frailes, hombres y mujeres,

de diversa color y profesiones,

de vario estado y varios pareceres;

diferentes en lenguas y naciones,

en propósitos, fines y deseos,

y aun a veces en leyes y opiniones;

y todos por atajos y rodeos

en esta gran ciudad desaparecen

de gigantes volviéndose pigmeos.

 

¡Oh inmenso mar, donde por más que

/crecen

las olas y avenidas de las cosas

ni las echan de ver ni se parecen!

Cruzan sus anchas calles mil hermosas

acequias que cual sierpes cristalinas

dan vueltas y revueltas deleitosas,

llenas de estrechos barcos, ricas minas

de provisión, sustento y materiales

a sus fábricas y obras peregrinas.

Anchos caminos, puertos principales

por tierra y agua a cuanto el gusto pide

y pueden alcanzar deseos mortales.

 

Entra una flota y otra se despide,

de regalos cargada la que viene,

la que se va del precio que los mide:

su sordo ruido y tráfago entretiene,

el contratar y aquel bullirse todo,

que nadie un punto de sosiego tiene.

Por todas partes la codicia a rodo,

que ya cuanto se trata y se practica

es interés de un modo o de otro modo.

Este es el Sol que al mundo vivifica;

quien lo conserva, rige y acrecienta,

lo ampara, lo defiende y fortifica.

 

Por éste el duro labrador sustenta

el áspero rigor del tiempo helado,

y en sus trabajos y sudor se alienta;

y el fiero imitador de Marte airado

al ronco son del alambor se mueve,

y en limpio acero resplandece armado.

Si el industrioso mercader se atreve

al inconstante mar, y así remedia

de grandes sumas la menor que debe;

 

si el farsante recita su comedia,

y de discreto y sabio se hace bobo,

para de una hora hacer reír la media;

si el pastor soñoliento al fiero lobo

sigue y persigue, y pasa un año entero

en vela al pie de un áspero algarrobo;

si el humilde oficial sufre el severo

rostro del torpe que a mandarle llega,

y el suyo al gusto ajeno hace pechero;

si uno teje, otro cose, otro navega,

otro descubre el mundo, otro conquista,

otro pone demanda, otro la niega;

si el sutil escribano papelista

la airosa pluma con sabor voltea,

costoso y desgraciado coronista;

 

si el jurista fantástico pleitea,

si el arrogante médico os aplica

la mano al pulso y a Galeno hojea;

si reza el ciego, si el prior predica,

si el canónigo grave sigue el coro,

y el sacristán de liberal se pica;

si en corvas cimbrias artesones de oro

por las soberbias arquitrabes vuelan

con ricos lazos de inmortal tesoro;

si la escultura y el pincel consuelan

con sus primores los curiosos ojos,

y en contrahacer el mundo se desvelan;

y al fin, si por industria o por antojos

de la vida mortal, las ramas crecen

de espinas secas y ásperos abrojos;

si unos a otros se ayudan y obedecen,

y en esta trabazón y engarce humano

los hombres con su mundo permanecen,

el goloso interés les da la mano,

refuerza el gusto y acrecienta el brío,

y con el suyo lo hace todo llano.

 

Quitad a este gigante el señorío

y las leyes que ha impuesto a los mortales;

volveréis su concierto en desvarío.

Caerse han las columnas principales

sobre que el mundo y su grandeza estriba,

y en confusión serán todos iguales.

Pues esta oculta fuerza, fuente viva

de la vida política, y aliento

que al más tibio y helado pecho aviva,

 

entre otros bienes suyos dio el asiento

a esta insigne ciudad en sierras de agua,

y en su edificio abrió el primer cimiento.

Y así cuanto el ingenio humano fragua,

alcanza el arte, y el deseo practica

en ella y su laguna se desagua

y la vuelve agradable, ilustre y rica.

 

La fresca yedra, que en el tronco y falda

del olmo antiguo en mil engarces sube

sus bellos enrejados de esmeralda,

y con una agradable y fresca nube

hace verano y sombra por su parte

al sitio ameno donde ayer estuve,

por más belleza que le añada el arte,

si le faltan los varios ramos bellos

en que se enreda, cruza y se reparte,

caerá su verde lozanía con ellos,

o será cobertor de un seco tronco,

sin fruto asida en él por los cabellos.

 

¿Qué mucho que hable con lenguaje ronco

quien tantos años arrimado estuvo

al solitario pie de un roble bronco?

Donde si un bien mil males entretuvo,

fue a costa de otras sinrazones,

que en mis azares y desgracias hubo.

Donde hay envidias, todas son pasiones;

gracias al cielo, gracias que ya vivo

sin asombros ni sombras de invenciones,

aquí do el mundo en maridaje altivo

a la yedra y laurel teje y enrama

la casta palma y el amable olivo,

y al tiempo de cruzar de rama en rama

varios lazos de varias ocasiones,

cada cual sigue aquella que más ama.

 

Si letras, santidad; si perfecciones,

honesta vida, recogido trato,

espíritu, abstinencia y devociones;

del cielo halla aquí un vivo retrato,

y ocasión para ser el que desea,

y crecer en virtudes cada rato.

Mas si otra rama o ramo se rodea,

y desta perfección deja el camino,

por más difícil, aunque no lo sea;

si por lo humano trueca lo divino,

y del tropel del mundo y su creciente

a seguir el soberbio curso vino,

pida, sueñe, imagine, trace, intente,

vea en qué rama gusta de enredarse,

que a todas partes hallará corriente.

 

Recreaciones de gusto en que ocuparse,

de fiestas y regalos mil maneras

para engañar cuidados y engañarse;

conversaciones, juegos, burlas, veras,

convites, golosinas infinitas,

huertas, jardines, cazas, bosques, fieras:

aparatos, grandezas exquisitas,

juntas, saraos, conciertos agradables,

músicas, pasatiempos y visitas;

regocijos, holguras saludables,

carreras, rúas, bizarrías, paseos,

amigos en el gusto y trato afables;

galas, libreas, broches, camafeos,

jaeces, telas, sedas y brocados

pinte el antojo, pidan sus deseos.

 

Escarches, bordaduras, antorchados,

joyas, joyeros, perlas, pedrería,

aljófar, oro, plata, recamados;

fiesta y comedias nuevas cada día,

de varios entremeses y primores

gusto, entretenimiento y alegría;

usos nuevos, antojos de señores,

de mujeres tocados y quimeras,

de maridos carcomas y dolores;

volantes, carzahanes, primaveras,

y para autoridad y señorío

coches, carrozas, sillas y literas.

 

Pues ¿qué diré de la hermosura y brío,

gracia, donaire, discreción y aseo,

altivez, compostura y atavío

de las damas deste alto coliseo,

nata del mundo, flor de la belleza,

cumplida perfección, sin del deseo,

su afable trato, su real grandeza,

su grave honestidad, su compostura,

templada con suave y gran llaneza?

Lo menos de su ser es la hermosura,

pudiendo Venus mendigarla dellas

en gracia, en talle, en rostro, en apostura.

 

Cuantas rosas abril, el cielo estrellas,

Chipre azucenas, el verano flores,

aquí se crían y gozan damas bellas.

Estos son de sus bienes los mayores,

y ellas en discreción y cortesía

el esmero del mundo y sus primores.

La India marfil, la Arabia olores cría,

hierro Vizcaya, las Dalmacias oro,

plata el Pirú, el Maluco especiería,

seda el Japón, el mar del Sur tesoro

de ricas perlas, nácares la China,

púrpura Tiro, y dátiles el moro.

 

México hermosura peregrina,

y altísimos ingenios de gran vuelo,

por fuerza de astros o virtud divina;

al fin, si es la beldad parte de cielo,

México puede ser cielo del mundo,

pues cría la mayor que goza el suelo.

¡Oh ciudad rica, pueblo sin segundo,

más lleno de tesoros y bellezas

que de peces y arena el mar profundo!

¿Quién podrá dar guarismo a tus riquezas,

número a tus famosos mercaderes,

de más verdad y fe que sutilezas?

¿Quién de tus ricas flotas los haberes,

de que entran llenas y se van cargadas,

dirá, si tú la suma dellas eres?

En ti están sus grandezas abreviadas:

tú las basteces de oro y plata fina;

y ellas a ti de cosas más preciadas.

 

En ti se junta España con la China,

Italia con Japón, y finalmente

un mundo entero en trato y disciplina.

En ti de los tesoros del Poniente

se goza lo mejor; en ti la nata

de cuanto entre su luz cría el Oriente.

Aquí es lo menos que hay que ver la plata,

siendo increíble en esto su riqueza,

y la cosa que en ella hay más barata.

Que a do está la beldad y gentileza

de sus honestas y bizarras damas,

y de sus ciudadanos la nobleza,

de mil colosos digna y de mil famas,

tratar de causa menos generosa

es olvidar la fruta por las ramas.

 

Pues al que en paladar y alma golosa

del glotón Epicuro cursa y sigue

la infame secta y cátedra asquerosa;

si su estómago y vientre le persigue,

y dél hace su dios grosero y basto,

que a sacrificios sin cesar le obligue,

pida su antojo, y no escatime el gasto,

que en sus hermosas y abundantes plazas

verá sainetes que ofrecerle abasto.

 

Mil apetitos, diferentes trazas

de aves, pescados, carnes, salsas, frutas,

linajes varios de sabrosas cazas.

La verde pera, la cermeña enjuta,

las uvas dulces de color de grana,

y su licor que es néctar y cicuta;

el membrillo oloroso, la manzana

arrebolada y el durazno tierno,

la incierta nuez, la frágil avellana;

la granada, vecina del invierno,

coronada por reina del verano,

símbolo del amor y su gobierno;

al fin, cuanto al sabor y gusto humano

abril promete y mayo fructifica,

goza en estos jardines su hortelano.

 

Sin otra mina de conservas rica,

almíbares, alcorzas, mazapanes,

metal que al labio con sabor se aplica.

Cetrería de neblís y gavilanes,

al antojo y sabor del pensamiento,

liebres, conejos, tórtolas, faisanes,

sin tomar puntas ni escalar el viento,

a pie quedo se toman en su plaza,

que es la mejor del reino del contento.

Trague el goloso, colme bien la taza,

y el regalón con ámbar y juguetes

la prisión llene que su cuello enlaza,

que a ninguno manjares ni sainetes

faltarán, si los quiere; ni al olfato

aguas de olor, pastillas y pebetes.

 

Sin otros gustos de diverso trato,

que yo alcanzo y sé sino de oídas,

y así los dejo al velo del recato.

Músicas, bailes, danzas, acogidas

de agridulce placer, tiernos disgustos,

golosina sabrosa de las vidas;

fiestas, regalos, pasatiempos, gustos,

contento, recreación, gozo, alegría,

sosiego, paz, quietud de ánimos justos,

hermosura, altiveces, gallardía,

nobleza, discreción, primor aseo,

virtud, lealtad, riquezas, hidalguía,

y cuanto la cudicia y el deseo

añadir pueden y alcanzar el arte,

aquí se hallará, y aquí lo veo,

y aquí como en su esfera tienen parte.

 

Perdido ando, señora, entre la gente…

Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida:
sin vos porque de mí no sois servida,
sin mí porque con vos no estoy presente;

sin ser porque del ser estando ausente
no hay cosa que del ser no me despida;
sin Dios porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente;

sin vida porque ausente de su alma
nadie vive, y si ya no estoy difunto
es en fe de esperar vuestra venida.

¡Oh bellos ojos, luz preciosa y alma,
volved a mirarme, volveréisme al punto
a vos, a mí, a mi ser, mi dios, mi vida!

 

Mientras que por la limpia y tersa frente

Mientras que por la limpia y tersa frente

ese cabello de oro ensortijado

al fresco viento vuela enmarañado

sobre las tiernas rosas del Oriente;

 

mientras la primavera está presente,

de ese clavel, sobre marfil sentado,

coged las flores y alegrías del prado,

que el tiempo corre, huye y no se siente.

 

¿De qué fruto os será la hermosura

cuando el invierno vista de su nieve

la lumbre de oro y encarnadas rosas?

 

Si la edad pasa, el tiempo la apresura

las hojas vuelan y en su curso breve

hallan y tienen fin todas las cosas.

 

El Bernardo (Fragmentos)

Cuéntame oh musa, tú, el varón que pudo

a la enemiga Francia echar por tierra

cuando de Roncesvalles el desnudo

cerro gimió al gran peso de la guerra.

¡Tanto en Alcina hizo un dolor mudo!

¡Tanto el celoso ardor que su alma encierra,

tanto la invidia obró, tanto la saña

de defender su invicta tierra, España.

Allí donde de un grave desafío,

el trágico suceso lastimoso,

a los pies de un leonés el cuerpo frío

del francés arrojó más orgulloso!.

Tú, de esta fuente caudaloso río,

de su real sucesión fruto precioso,

por quién la Fama ya promete a Castro

láminas de oro y bultos de alabastro.

Mientras que de Austria el sucesor divino,

por honra a su diadema soberana,

a su diestra el asiento más vecino,

cual mereces en dártele se ufana;

y el nuevo mundo de gozarte indino,

en voz te adora y en librea humana,

y tu sangre heredada de mil reyes,

honor le envía y moderadas leyes.

Muestra aquí tu valor, que si allanares

del Parnaso a mi voz las agras cuestas

las alas que en mis hombros levantares

te dejare en tu heroico templo puestas;

estense Apolo y Baco en sus altares,

esté dando furor y aquel respuestas,

que tú, que en majestad al mundo sobras,

con tus grandezas honrarás mis obras

 

Donde en el mar Cantábrico se acaba

la rica Europa y en su golfo helado,

las fértiles arenas ciñen y lava

al inculto español nunca domado;

un pequeño rincón solo quedaba,

que la bárbaro furor había sobrado,

y en él, el Casto Alfonso recogido

de estrecho y breve término ceñido.

Aquí se conservaba antiguamente,

como en el duro pedernal guardada

la santa luz de una centella ardiente

jamás de infernal hielo apagada;

aquella ilustre y belicosa gente,

de la Fortuna hija regalada,

corona universal, cetro fecundo,

dé honor a España y dé gobierno al mundo

Y bien que entonces del furor de Marte

viese arruinando su florido asiento,

y del morisco bárbaro estandarte,

de sombras llene y de pavor el viento;

el que más tuvo en sus despojos parte

menos seguro vio su vencimiento;

que no trueca su tierra a gente extraña,

menos que a sangre la invencible España.

No se vio en Colcos el vellocino

bañando el aire con vislumbres de oro

entre más enemigos cuando vino

la flor de Grecia a entrar en su tesoro;

ni las manzanas del metal más fino,

que Atlante cría y beneficia el moro

de más Hércules fueron asaltadas,

ni con más sed ni más calor buscadas.

Que el agradable reino y fértil tierra

que el Betis riega fue de gente extraña

que es hambre de oro la sangrienta guerra

hija cruel de la ambición y saña;

y los tesoros que en su seno encierra

siempre inquietaron a la rica España,

desangrando sus venas por mil modos,

griegos, romanos, árabes y godos.

A todos dio la bárbara codicia

de sus metales loco atrevimiento

de violar con hidrópica avaricia,

los sacros bosques de su alegre asiento;

hasta que al fin de Arabia la malicia.

con soberbia, crueldad, y horrible intento

más de sangre sedienta que de imperio,

volvió el suyo en estrecho cautiverio.

 

Y aunque desde aquel día lastimoso

que sobre el desgraciado Guadalete

cayendo el nombre ilustre y cetro honroso

donde, en el mar de Cádiz, se entremete;

de azares hizo el Hado su reposo,

y que de su grandeza se interprete,

el agorero río en quien hundido

su invencible valor quedó en olvido.

La paz y majestad que antes gozaba

vuelta guerra y común desasosiego,

cuanto en sus anchos términos sonaba

era de un feroz Marte el voraz fuego;

la altiva frente desdeñosa y brava,

de ardiente rabia llena y furor ciego

viendo sembrado en su español distrito

del mauro pueblo, el número infinito.

Y bien que un triste asalto y ronco estruendo

vio siempre su primer sosiego asido

después que entre peñascos revolviendo

sobre el honor y crédito perdido;

salió del cuello altivo sacudiendo

el yugo infame a que le había rendido

sin gozar tiempo, término, ni tierra,

de asaltos libre y de ambición de guerra.

Mas en la que al presente está alterada

a toda antigua competencia excede

sin que desde la cumbre más nevada

del Alpe helado, al firme Atlante que de

pueblo, gente o nación tan olvidada,

que en ella con su riesgo no se enrede

que este fue el ademán en que Fortuna

quiso de mil tragedias hacer una.

Ni cuando sobre aquella cueva altiva,

alcázar real de la perdida España,

del valiente Alcamán la furia esquiva

cubrió de gente y tienda la campaña;

y a no le reservar persona viva,

espigada de lanzas la montaña,

un nuevo rey acometió escondido,

que con mil hombres le dejó vencido.

Ni cuando a sus magnánimas conquistas

el católico Alfonso abrió la mano,

y con más lanzas que Tinacria aristas,

pasó a Galicia, ejército asturiano;

y en varios lances y en copiosas listas

gran número añadió al pueblo cristiano

de victoriosos triunfos, cuya gloria

eterna da a los siglos su memoria.

 

Ni otro alboroto, brega, ni ruido,

de los que en aquel tiempo peligroso

el grave reino vieron consumido,

de asaltos lleno y falto de reposo;

ni con mayor estruendo y alarido,

sonó el arnés de Marte belicoso

que hoy sobre la cerviz y altiva frente

de la francesa y española gente.

¿Las causas de tan nuevas disensiones

qué furia las sacó sobre la tierra?

¿Cuál dios de tan parientes escuadrones

la ira trazó de esta enconada guerra?

¿Nacieron de odio antiguo sus pasiones,

o del furor que la ambición encierra?

¿O las cosas violentas cuesta arriba

su misma pesadumbre las derriba?

¿Por dónde abriré senda a los portentos

que estos siglos sembraron por el mundo?

¿En cuáles casos, sobre cuáles cuentos

mi estéril verso volveré fecundo?

¿De esta antigua preñez de pensamientos,

cuál el primero haré, cuál el segundo?

¿Qué brazo, qué valor, qué brío, qué saña?

el discurso guiará de esta hazaña?

Por los campos sepulcros olvidados

se han visto temerosamente abiertos

y los enjutos cuerpos descarnados,

de triste amarillez salir cubiertos;

los ojos sin mover embelesados,

la voz sin fuerza, los cabellos yertos,

pregonando desdichas no pensadas,

con los vivos trocaron sus moradas.

El mar sus peces espantó bramando

y la tierra tembló de su bramido,

a quien mil monstruos fueron afeando

de vista y talle nunca conocido;

donde tal madre se asombró mirando

el hijo que ella misma había parido,

y muchos sin nacer, en no aprendidas,

palabras, dieron voces escondidas.

Y donde el nuevo horror en sangre fría

los alientos volvía más briosos,

donde con más violencia prometía

tristes tragedias a los lastimosos;

era sobre los ánimos que veía

de lo mejor del orbe victoriosos,

que siempre los favores de Fortuna

crecen para menguar como la luna.

 

Reinaba en las regiones del Occidente

Carlomagno, un gran príncipe famoso,

príncipe a quien las águilas de Oriente

su estandarte volvieron más pomposo;

obedecido de invencible gente

y sobre mil ciudades poderoso,

a cuyo nombre ilustre y lirios de oro

reverenció el cristiano y tembló el moro.

Los altos muros de trofeos cargados,

fama a sus victoriosos escuadrones,

los altares y templos coronados

de conquistadas armas y pendones;

despojos de enemigos destrozados

de indómitas y bárbaras naciones,

que las más peregrinas y extranjeras

llenas vieron de espanto sus banderas.

¿Quién a los altibajos de la vida

punto dará y compás tan acertado,

que cortando del tiempo a su medida

el círculo feliz saque cuadrado?

Ninguno hasta el fin de la partida

se sueñe a sus contentos ajustado,

que en suerte humana todo es movimiento,

ni mal que dure, ni placer de asiento.

Triunfante el victorioso Carlomagno

con los favores de la instable rueda,

persuadido vivía en su mano

el punto estaba de tenerla queda.

¡Frágiles trazas del juicio humano,

que quién más fía en él sin él se queda,

que cierto es en la noche más serena

el decrecer la luna en siendo llena!

Después de haber el mundo amenazado

la Fama con la voz de sus victorias,

después de dar su nombre celebrado

con letras de oro escrito en mil memorias;

después de haberle a su sabor colmado

Fortuna el vano plato de sus glorias

y que cebado en ellas su contento

manos temía del contrario viento.

Para reseña y fin de sus mudanzas

y freno de ambiciosos corazones,

en su fama y pomposas esperanzas

hoy la flaqueza muestra de sus dones;

y pues a las más firmes confianzas

las desvanecen flacas ocasiones,

del bien o el mal, que el tiempo nos envía,

será el juez más cierto el postrer día.

 

Tenían sus belicosos paladines,

lleno el mundo y la Fama de proezas,

que en lisonjera lengua a varios fines

nuevas ensanchas daba a sus grandezas;

sonando en lo mejor de sus clarines

de Orlando las victorias y bravezas,

los muertos reyes, los gigantes fieros

de su invencible brazo prisioneros.

Del bravo Almonte y nuevo rey troyano

y el altivo Agricón la sangre ardiente

que halló su espada y derramó su mano

sobre las yerbas aún se está caliente;

y de Cimosco el instrumento vano,

ya sin rayos ni luz resplandeciente

por orla al vencimiento y triste caso,

del soberbio Agramante y rey Gradaso.

Mas como no hay valor siendo extremado

sin carcoma de pechos envidiosos,

el mundo de este antiguo error llevado

lleno estaba de quejas y quejosos;

de tan largas venturas enfadado,

que no hay sin agraviados victoriosos,

ni hombre tan ajustado y tan querido,

que de alguno no sea aborrecido.

Las hadas que a las cosas variables

de nuestro inferior mundo dan gobierno

y en cavernas y grutas espantables

vecinas viven del silencio eterno;

y del antojo humano los mudables

gustos al suyo revalidan tierno,

y en sus vacíos asientos desiguales,

los bienes acrecientan y los males.

Estas de los franceses paladines

en general estaban agraviadas,

destruidos sus palacios y jardines

y su halago y caricias despreciadas;

Alcina, sus tritones y delfines,

focas, ballena y redes delicadas,

deshechas ya y en libertad Rugero

del torpe lazo en que se vio primero.

Despreciada Morgana y su riqueza,

Febosilla su fama destruida,

Falerina su astucia y sutileza,

Osofana sus gulas y comida;

Filteorana su amor y su belleza

y la soberbia máquina caída

de Limaturia, Bruna y Aquilina

y el juvenil ardor de Dragontina.

 

Ninguna en el fatal colegio había

sin queja de francés, ninguna al cielo

sin lágrimas miró desde aquel día

que la furia de Francia pisó el suelo;

si no fue Logistilla, que seguía

de esta parcialidad el mejor celo.

Y sobre todas las afeitada Alcina

es la que a su venganza más se inclina.

Está en un lago oscuro de horror lleno,

su jardín y su casa destruida,

consumiéndose estaba en el veneno

de la afrentosa injuria recibida;

bien que su fértil isla y bosque ameno

cobrar pudieran la beldad perdida

y ella su alcázar con mayor tesoro

de cristal reformar y lazos de oro.

Mas ardiendo en deseos de venganza

a solo este deleite y gusto aspira,

que es mujer agraviada con mudanza,

metida en un celoso infierno de ira;

conoce que le ofende la tardanza

y que si la ocasión se le retira

su agravio pasará, que el tiempo leve

las penas traga y los agravios bebe.

Y como con la cólera quemada

se alumbra y sutiliza el pensamiento

de uno en otro discurso dio la hada

en la traza mejor para su intento;

de aquella rica y peligrosa espada

que Falerina obró en su encantamiento,

en conjunciones de menguante luna

y temples de mudanzas de fortuna.

Se acuerda, y revolviendo sobre el caso

los libros de su ciencia peregrina,

sin dejar del oriente al turbio ocaso

planeta, signo, aspecto y luz divina;

que no consulte, siga y mida el paso,

llegó a saber que el Hado determina

adquiera aquella espada vigor nuevo

en la templada sangre de un mancebo.

 

Faltole un punto cuando fue forjada

en las observaciones de su estrella

y esta falta con sangre reparada,

sus vivos filos volverán sin mella;

invencible y a su artífice vengada

la dejará y a Alcina sin querella,

si la bañare en una oculta guerra

la más heroica sangre de la tierra.

De un mago aspecto el abreviado punto

a decirle llegó que el mar Tirreno

ya sobre sus cristales tiene junto

a un galeón de amor y de armas lleno;

un joven español que, puesto a punto,

se vía entrar por su entoldado seno

a que la autoridad de un rey severo

blasón y armas le dé de caballero.

Es de suyo el contenido bullicioso,

y Alcina, que le ha puesto en la venganza,

al orgullo de su ánimo brioso

cada hora le es un siglo de tardanza;

una carroza de cristal lustroso,

que una piedra preciosa a otra se alcanza,

de oro las ruedas, de marfil los tiros,

los clavos de diamantes y zafiros.

Para ir a los jardines de Morgana

hace aprestar y en forma contrahecha

de varia plumería y pompa ufana,

al yugo dos soberbios grifos echa,

que en invencible vuelo por la vana

región del aire, una alba hermosa hecha,

la llevan, y ella derramando amores

llueven hechos aljófar por las flores.

En silla de oro y rica pedrería

en el triunfante carro recostada,

con mayor luz que la que saca el día

la mañana de mayo más pintada;

de perlas, de rubís y argentería

por el cabello vuela una lazada

que, haciendo el rostro un sol, sirve de llama

que en bellos arreboles se derrama.

De blanca tela de oro con plumajes,

de diamantes y aljófares menudos

vestida y por las puntas y follajes

erres de perlas y cuajados nudos;

entre doradas nubes y celajes

volando pasa por los aires mudos

al lago blanco que Morgana habita

entre el frío geta y el helado escita.

 

Tomó la hada toda esta belleza

del primer arrebol de la mañana,

que del mago pincel la sutileza

lo sano enferma y lo doliente sana;

lo feo agracia, al muerto da viveza,

la encogida vejez vuelve lozana

y al fin hacen y fingen sus unturas

alegres teces, nuevas hermosuras.

Hoy la suya amasó de un rojo cielo

el vengativo gusto de la hada

y a la enemiga Francia torció el vuelo

por ver cuál nuevo ardor la da ocupada;

miró y gozando triunfos sin recelo

la vio de pompa y fiestas coronada,

tan llena de victorias que en su adorno

un despojado mundo goza en torno.

Si bien de la jornada y pretensiones

en que Saturno agüera su caída,

nuevo rumor halló y alteraciones,

en armas toda y en furor metida;

contrapuestos sus llenos escuadrones

a una tasada gente así rendida

al violento rigor del duro Hado,

que apenas tierra en que morir le ha dado.

Contempla la soberbia y aparato

del belicoso ejército y las fiestas

que a vueltas de la guerra y su rebato

en públicos carteles vuelan puestas;

y en esto divertida un breve rato

pasa el Reno, sus aguas y florestas,

y Holanda, un tiempo dura y inclemente

mira ya de agradable y culta gente.

Deja el fuerte Calés a la siniestra

y los peñascos ánglicos nevados

la Quersoneso Cimbrica a la diestra,

con el mar que le escarba los costados;

y Zelandia amenísima le muestra

en los golfos de Esquenia sus pescados,

donde volando el carro cristalino,

a la Noruega tuerce su camino.

En el gótico mar mira al oriente

de Colmar los alcázares famosos,

ahora patria, y otro tiempo fuente

y origen de los godos belicosos;

y siguiendo la costa del poniente,

de la Suecia goza los preciosos

metales que revientan por los riscos

y las fieras que amparan sus lentiscos.

 

Pasa a Fimarquia y sobre el cristalino

y endurecido mar que la costea,

conoce en el peñasco Subentino

el peligroso golfo que la ondea;

y dando a las espaldas el contino

fuego que en la encubierta Tile humea

a las alturas de Biarmia sube

y allí se baja de su hueca nube.

Estampa de las ruedas las molduras

en la vega de Elsingue placentera,

gozando de las nuevas hermosuras

que en sus flores sembró la primavera;

y por entre arboledas y frescuras

del lago blanco llega a la ribera,

en cuyas playas el mayor espacio

ocupa de Morgana el gran palacio.

Fueron en este lago antiguamente

de Galatea los baños celebrados,

de cuyo pecho y cuerpo transparente

la tibia leche y el cristal mezclados;

le dan nombre y color y la corriente

de Varciga a la mar nuevos pescados,

que de sus revoltosos y anchos senos

por secretos caminos le hace menos.

Humillando jazmines y azucenas,

rosas y lirios, que el placer retoza,

de blanco aljófar y de olores llenas

las ruedas van de la imperial carroza;

y la playa, el cristal y ondas serenas,

la hada mira y con la vista goza

de un florido tapiz y alfombra rica

de cuanto abril y mayo multiplica.

Del inmortal laurel en la guirnalda

que en torno ciñe el lago, considera

bruñida plata y cercos de esmeralda,

que un resplandor en otro reverbera;

y en las floridas rosas de su falda

de pedrería una estrellada esfera

de no menor beldad que la que en vuelo

trastorna por sus bóvedas el cielo.

Dentro del fértil lago, hacia la parte

que le apunta la luz de la mañana,

o por natural curso o fuerza de arte,

está una fresca isleta y tierra llana;

de cien torres ceñido un baluarte,

donde resurte vuelto espuma cana

el cristal tierno que en hermosos lejos

sirve a sus playas y árboles de espejos.

 

Aquí sobre cimientos de alabastro

y mármoles preciosos se levanta

hecha de un cerco en conjunción de un astro

de un real palacio la soberbia planta;

sin que de cimbrias ni canteras rastro

quedase al mundo de grandeza tanta,

que Morgana lo hizo en sola un hora

al romper blando de la tierna aurora.

En doce altivas torres dividido

donde el diestro primor de un nuevo Apeles

mil lazos relevó de oro bruñido

al vuelo de sus altos chapiteles;

el jaspeado muro compartido

en dorados balcones y rejeles

y el claro ventanaje en mil maneras

de alegre luz y claras vidrieras.

Las altísimas bóvedas cargadas

del peso real de un bárbaro tesoro,

de bruñido alabastro las portadas,

los firmes quicios de metal sonoro;

sobre que se revuelven ajustadas

las puertas de marfil y clavos de oro,

que es esta hada la que al mundo vano

las riquezas reparte de su mano.

Crece un fresco jardín sobre la playa,

a sus resacas y frescor dispuesto,

del quebrado cristal florida raya

y del deleite humano alegre puesto;

donde Pomona de su verde saya

el regalo mayor dejó traspuesto,

sembrando por sus yerbas y sus flores

la humana industria todos sus primores.

De un lustroso cristal muro almenado

la corva playa ciñe del poniente,

de dorados balcones rodeado,

al precioso jardín pomposa frente;

donde del rico mayo el matizado

artificio en la cerca transparente

de rayos de oro forma y de vislumbres,

hermosos visos y encendidas lumbres

que al jugar por los árboles el viento

y el sol dorar sus hojas de esmeralda

del claro golfo en el mudable asiento,

del real jardín la altísima guirnalda;

a la vista hace del que mira atento,

de verde, azul, de rosicler y gualda,

bellos reflejos, claros resplandores,

de un mezclado color de mil colores.

 

Tal de vidrio sutil hinchadas pomas,

del claro alinde por el terso poro,

alegres fingen de lustrosas gomas

jardines de esmeralda y bosques de oro;

y en bellos tumbos de preñadas lomas,

la matizada cera abre tesoro

a unos alegres visos que en reflejos,

la vista engañan con fingidos lejos.

Y así la hada por la selva amena,

mientras volando pasa su carroza

de aljófar y oro la campaña llena,

sus flores mira y sus olores goza;

ve el palacio, el jardín y la serena

playa donde el verano se remoza

que en aquel punto al despuntar el día

luces sembraba y rosas producía.

Ya de las torres un clarín bastardo

la salva hacía a la amorosa Alcina

que en vista alegre y ánimo gallardo

doblando iba a la playa cristalina;

cuando en hábito humilde y paso tardo,

entre dos mirtos y una parda encina

un bulto vio; mas yo, que un mundo entero

confuso miro y darlo en orden quiero.

La pluma vuelvo a la intrincada masa

de historias que en aliento y son divino,

como de un nuevo abril flores sin tasa

por este asunto brotan peregrino;

después diré de la encantada casa,

la traza, el modo y fin de este camino,

que de la historia aquí la grave suma,

tras su vuelo arrebata el de mi pluma.

Y el triste y ronco son de las cadenas

de un conde por invidia aprisionado

aunque al rey sordas, porque son ajenas,

ya mi música y voz han destemplado;

y sus canas de honor y llanto llenas

piden que deje el cuento comenzado

por ver de sus delitos el proceso,

que es obra santa consolar un preso.

Tuvo el rey Casto una gallarda hermana

y hubo en Saldaña un conde valeroso.

Ella Venus en gala cortesana

y él en braveza un Marte belicoso;

y ambos de la nobleza castellana

la fuente de caudal más abundoso,

en quien mostraron su poder a una

los tiempos, el amor y la fortuna.

 

El tiempo les dio en gracia y gentileza

colmada a sus deseos la medida

y del pródigo Amor la ancha largueza

todo el vano placer con que convida;

solo de la Fortuna la tibieza

su gloria dejó en llanto convertida,

con que sus gustos vueltos en dolores

tuvieron más de amargo que de amores.

Duró el tiempo feliz de los amantes

lo que el sagaz recato en su cuidado,

que en el amor los gustos importantes

son hurtos de contento reservado;

al fin con ocasiones semejantes

del cielo llegó el tiempo señalado

que a Bernardo con próspero ascendiente

la vida había de dar y luz presente.

Y luego que en los signos más dichosos

que en sus esferas vio el cielo sereno

y a gozar de los siglos venturosos

salió encogido del materno seno;

incitado de pechos envidiosos

el rey, quitando a la templanza el freno,

de su hermana y el conde de Saldaña

a pesar se vengó de toda España.

Y en justa pena al descortés delito

de haberse tras su antojo desposado

y en la ciega pasión del apetito

su real palacio y opinión manchado;

con dura ley y riguroso edito

oculto el niño, el conde aprisionado,

a su hermana hizo monja, con que pudo

torcer del firme matrimonio el nudo.

Sobre tres quintos lustros daba el cuarto

de su curso infeliz la mayor parte,

que de gustos ayuno y penas harto

la honra y la fama de Saldaña y Marte;

en el más solo y encubierto cuarto

en que un torreado alcázar se reparte

vivía en su cadena y prisión fuerte,

si es la vida en prisión vida y no muerte.

Guardaba el mundo tan oculto al conde

que ya los vivos le tenían por muerto

y si está preso nadie sabe dónde,

que el rey por más seguro lo ha encubierto;

y siempre a un desdichado corresponde

olvido general, favor incierto,

que la fortuna al trastornar su esfera

ninguna gloria antigua deja entera.

 

De un ofendido rey el rigor grave

ponerlo pudo en cárcel tan estrecha

que ni del día ni la noche sabe,

ni cual favor le daña o le aprovecha;

del trato más hidalgo y más suave,

con más recelo vive y más sospecha,

que es grave riesgo y de áspero castigo

un ofendido rey por enemigo.

Así en larga cadena aherrojado

el preso conde sin vivir vivía,

cuando un hombre de nuevo aprisionado

su tristeza aumentó y su compañía;

de aspecto afable, rostro autorizado,

de discreción un centro y cortesía,

que son las partes que con fiesta doble

el lustre muestran de la sangre noble.

Ceñido en torno de un doblado muro

en la Mota de Luna un cuarto había,

que un ciego caracol por más seguro

a sus lóbregos senos descendía;

secreta estancia, calabozo oscuro,

donde jamás llegó la luz del día,

y tal que al delincuente, más amigo,

de cárcel le servía y de castigo.

A esta bajó Teudonio por más fuerte

que así el honrado preso se llamaba,

y al afligido conde allí la muerte

por sobrarle la vida le faltaba;

llegó el huésped y tuvo la feliz suerte

aunque en la ciega sepultura entraba,

ver otro muerto allí, que todavía

consuela en la aflicción la compañía.

Diéronse en cortés trueco afablemente

el pésame y bienvenido a una

doliéndose cada uno del presente

daño que al otro ha hecho la Fortuna;

el conde, como aquel que ha estado ausente

del cielo, el claro sol y errante luna,

tantos años cerrado en el profundo

podíase ya contar por de otro mundo.

Y deseando saber qué nuevo estado

las cosas alcanzaban de la tierra,

quién gobernaba el reino, a cuál cuidado

la dulce paz está y a cuál la guerra;

dejando su valor disimulado -que quien luego lo dice todo yerra-

así con un fingido regocijo

afable, vuelto a don Teudonio dijo:

 

«Señor, aunque en mis culpas he aprendido

que jamás el castigo faltó en ellas,

sé también que no siempre un afligido

padece y sufre agravios por tenellas;

que el tiempo muchas veces compelido

del contrario rigor de las estrellas

trocarse vemos y enviar al suelo,

en vez de alegre sol, borrasca y yelo.

»Y ahora vuestra presencia resplandece

aún entre estas tinieblas de tal modo,

que en su compuesta gravedad parece

retrato singular del valor godo;

yo señor, soy un hombre en quien fenece

de mi principio y fin el nombre todo,

no tengo más valor ni más estado

que ser dichoso ayer y hoy desdichado.

»No os quiero ya informar de mi derecho,

que en la cárcel no hay preso con delito.

Todos están sin culpa, y sin provecho

es dorar a la culpa el sobrescrito;

solo os ruego, señor, si a un noble pecho

amor con sola ceremonia y rito

puede obligar, conozca ahora el vuestro,

que le deseo servir en más que muestro.

»Y en recambio me deís de vuestras cosas

la parte que sin riesgo os pareciere,

seguro que en las tristes o dichosas

mi gusto os seguirá como pudiere;

mas si estas son demandas peligrosas

que ni el lugar ni el tiempo las requiere

contadme en trueco, porque así se ahorren

en el mundo, qué mundo y tiempos corren.

»Qué cetro lo gobierna y rige ahora?

¿Qué guerras hay de nuevo? ¿Qué dictados?

¿Si es ciega todavía la señora

que da y reparte reinos emprestados?

¿Quién se señala en armas? ¿Quién adora

la Fama? ¿Quién celebra sus cuidados?

¿Qué ritos, qué premáticas, qué leyes

o qué lisonjas privan con los reyes?»

Así el conde, y Teudonio así admirado

de la prudencia y gravedad del preso,

en tanto que habló estuvo colgado

de su dulce discurso y raro seso;

de aquel discreto preguntar pagado,

de las preguntas y su grave peso,

la entereza del ánimo y el modo,

tan de pecho real y heroico en todo.

 

Y en sus penas suspenso y divertido,

sin conocer al olvidado conde,

Teudonio, más de honrado y comedido

que gustoso de hablar, así responde:

«Si los agravios con que me ha traído

Fortuna aquí, lugar me dan por donde

aliviar tu cadena y mis prisiones,

gran campo han descubierto tus razones.

«La tierra está sembrada de portentos,

de grandeza hasta ahora nunca vistas,

famosos hombres, de altos pensamientos,

armas, guerras, furor, pleitos, conquistas,

fieros jayanes, bárbaros intentos,

altivos reyes que en copiosas listas

el mundo sacan al soberbio alarde

de un desmán nuevo en que hoy se enciende y arde.

»En gran riesgo está España de perderse,

preñada de costosos enemigos,

ligero el rey y fácil de creerse

y sin lealtad y fe los más amigos;

harto de esto en mis causas puede verse

y servir mis agravios de testigos,

pues mis nuevas cadenas y prisiones

son de eterna lealtad los galardones.

»Es Teudonio mi nombre y mi famoso

linaje en todo el orbe conocido,

del feliz Recaredo en río copioso,

por sucesión legítima traído;

hasta don Pedro, duque valeroso

de la Cantabria, padre esclarecido

del Católico Alfonso y del valiente

Fruela, de corazón y alma ardiente.

»Fue sucesor de Alfonso otro Fruela

y el generoso infante Vimarano,

por quien del rey su hermano la cautela

cruel le hizo y fratricida hermano;

de este un hijo quedó en su infiel tutela,

a quien en recompensa dio el tirano

del muerto padre y de su injusta saña,

en título el condado de Saldaña.

»Del Fruela primero, hijos famosos,

Aurelio fue, Teudonio y don Bermudo,

soldado el uno y reyes poderosos

los dos que es cuanto el tiempo darles pudo;

Teudonio otros dos hijos belicosos

dio al mundo y de los dos el más membrudo,

por animoso, intrépido y osado,

el conde don Osorio fue llamado.

 

»De este nació mi padre y por el suyo,

como he dicho, me llaman don Teudonio,

y esta es la sangre que amo y la que huyo,

y este de mi linaje el testimonio;

ni la fortuna me faltó, sin cuyo

favor en el estado y patrimonio

ser la nobleza suele grave carga

en honras corta y en congojas larga.

»Estado tuve y tengo suficiente

por mí y por mis mayores levantado,

de reyes como el rey soy descendiente

y tan leal con él como agraviado;

un tiempo me trató por su pariente,

con favor y caricias de privado,

mas siempre las privanzas de los reyes

como viven sin ley, mueren sin leyes.

»Cuando de Nugariz la furia esquiva

con ochenta mil moros de pelea

entró en Asturias y a su voz altiva

tembló cuanto en sus términos rodea;

yo que de mis primeros años iba

dando al mundo el ensaye y la tarea,

por el gusto del rey toda la tierra

general me aclamó de aquella guerra.

»Nuestro pequeño campo en el de Lutos

al morisco dejó desbaratado,

que las infames parias y tributos

pedía soberbio y de ánimo arriscado;

y pasando con libres pies enjutos

sobre el roto escuadrón empantanado,

de Miño crucé y Duero ambas riberas

y asombré a Portugal con mis banderas.

»Largo es contarte de esta gran jornada

los sucesos y lances por menudo,

públicos fueron y ella tan nombrada

que al mundo hacer temblar su fama pudo;

no quedó filo de enemiga espada

ni resistencia de contrario escudo,

de Oviedo hasta Lisboa, que no fuese

de la opinión y ley que yo le diese.

»Y aunque para las fuerzas de la guerra

en campo la persona real venía,

el bastón general de mar y tierra

a cuenta anduvo siempre de la mía;

tomé a Lisboa y cuanto dentro encierra

di franco a mi española infantería

con que la volví rica y vi triunfante,

mas por faltarle yo no fue adelante.

 

»En este tiempo con la hermosa Berta,

de Carlo rey francés querida hermana,

santo himeneo el montañés concierta,

en solemne aparato y pompa ufana;

y en la rica ciudad ahora desierta

que a Ulises ya fue un tiempo cortesana

del grave asiento a las futuras bodas

las condiciones se firmaron todas.

»Despachose a mi cargo la embajada

por gusto real o pretensión ajena

de quien por dicha el ver la mía colmada,

era para la suya estorbo y pena;

o fuese que ocasión tan señalada

con solo mi valor quedaba llena,

yo al fin con el asiento y real presente

partí dejando al rey por mi teniente.

»De parte del ejército asturiano,

de sargento mayor hacia el oficio

Basilio de Manuces, un villano

catalán falso, hecho de artificio;

a quien pudo el dinero dar la mano

y subirle, del reino en perjuicio

a la plaza que ocupa y no merece

mas donde él manda, todo le obedece.

»Era bisnieto del traidor Manuces,

que con Tarif capituló concierto

de dar a sus escuadras andaluces

rendida la ciudad y su rey muerto;

este pues, que por caños y arcaduces

tan limpios vino al mundo y salió enjerto,

hijo de una africana esclava lora,

con mezcla catalana y sangre mora.

»Luego que el campo y gente victoriosa,

sin mí quedó en dos bandos dividida

y su hambrienta codicia y la ambiciosa

sed de mandar no se halló oprimida;

con maña astuta y traza cavilosa

la más granada gente reducida

a su opinión en riesgo no pequeño,

de la guerra y la paz se alzó por dueño.

»Fuese en secreta astucia apoderando

de las fuerzas del reino y porque había

leales cabezas del contrario bando

cuya ambición las suyas reprimía;

por dar más nervio al usurpado bando

y entrada a su insolente tiranía,

dos parientes del conde de Saldaña

nuevos cómplices hizo en su maraña.

 

»Estaba el conde preso injustamente

y aún lo está todavía, si no es muerto,

sin que criado, amigo, ni pariente

de su prisión alcance el lugar cierto;

la culpa a tanta pena insuficiente,

el rigor grande, el perdonarle incierto,

agraviada de España la nobleza

y el obstinado rey en su dureza.

»Esto en su arbitrio fue ocasión bastante

y el fingirse él falaz protector de ella,

de hacer malquisto al rey y su arrogante

ánimo, con más fuerte y firme estrella;

creció en hinchado aplauso en lo restante,

y al fin por esta senda sin perdella,

un sin principio pudo, mal nacido,

privar del reino al rey inadvertido.

»Librose en nueva astucia y presta huida

de las traidoras armas del tirano,

que para asegurar la infame vida

contra su rey tomaba ya en la mano;

el nuevo asombro de la real caída

a la corte llegó de Carlomagno

conmigo, en que se vio ser mi persona

la leal cabeza de su real corona.

»La triste nueva el mundo alborotado

dejó, y de mi embajada el grave asiento

sin fuerza, que en no haberla el cielo dado,

frustrado vino y sin sazón su intento;

hallose el reino y rey necesitado,

el Imperio temiendo un fin violento,

de alarbes lleno y bárbaros jayanes

y ausentes sus invictos capitanes.

»Bien que en medio el aprieto en que Agramante

a Francia tuvo en la ocasión presente,

su ínclito emperador campo bastante

al rey envió de su francesa gente;

y por su ausencia del señor de Anglante,

a quien vio a la sazón el rubio Oriente

de amores preso de su reina bella,

a Gaiferos nombró general de ella.

»Con valiente escuadrón de pechos briosos

de Carlomagno el generoso yerno

de Paris los alcázares famosos

soberbio deja y vuelve a mirar tierno;

llevando de su esposa los hermosos

ojos por norte y luz de su gobierno,

que el niño amor por las recientes bodas

quiso a una gloria aventurarlas todas.

 

»No se atrevió a quedar la bella infanta

en las mudables manos de la ausencia,

que es amor con la soga a la garganta

y hacer sin fruto y premio penitencia;

es niño Amor, cualquier cosa le espanta

y en gustos dilatados no hay paciencia,

tierno Gaiferos, Melisenda bella

la guerra larga, no quiso ir sin ella.

»Dejó del río Siene los cristales

y la costa aquitania al diestro lado,

de Orliens los muros y altos pantanales,

de Bourges y el río Erve medio helado;

y tocando en Limoges sus breñales

pasa y llega a Garona, en que alojado

sobre una fértil vega hizo alarde

de su aparato bélico una tarde.

»De doce veces mil fue la reseña,

gente en cursadas guerras escogida,

bien que a la que Fortuna es zahareña

no importa más despierta que dormida;

una mañana cuando el alba enseña

de aljófar su guirnalda guarnecida -de aquel aljófar que al romper la aurora

su luz primera, el cielo en flores dora-.

»El rey de Argel, el fiero Rodamonte,

con una escuadra de enemiga gente,

saliendo de una selva, entrando a un monte,

dio sobre el nuevo campo de repente;

y apenas con la luz del horizonte

la desvelada centinela siente

la mora tropa, cuando el arma grita

y ella al son de un clarín se precipita.

»Hallanos descuidados el asalto

y el sagaz enemigo en ordenanza,

la grita, el algazara y sobresalto

fue la primera y la mayor matanza;

quién corre a las trincheas, quién de un salto

caballo cobra sin espada y lanza,

va sin saber adónde y de esa suerte,

por guarecer la vida da en la muerte.

»Uno busca las armas, que dormido

ya le solían servir de cabecera,

otro por yelmo de su arnés lucido

del caballo se encaja la testera;

quién arrogante, quién despavorido,

quién con alma cobarde, quién con fiera,

quién con espada, quién con solo escudo

y quién de rabia armado va desnudo.

 

»El astuto enemigo que el desorden

vio del dormido campo, el suyo aguija,

y antes que de oro los penachos borden

los rayos del que al mundo regocija;

nuestro alboroto atropellando en orden,

codiciosos del saco y la partija,

con trápala, alarido y alboroto

quedó al primer asalto el francés roto.

»Rodamonte de Sarza, que en la tierra

de la muerte fue el dardo más agudo

y al cielo de la paz no movió guerra

solo porque subir allá no pudo;

una luciente cimitarra afierra

y echando a las espaldas el escudo

entró por el ejército normando

aquí y allí rompiendo y destrozando.

»El rostro al uno, al otro la cabeza,

los pies a otro llevó, a otro los brazos,

hecho dos dejó a otro de una pieza

y a otro de tres golpes seis pedazos;

hiende, mata, rebana, descabeza,

y sin defensa, estorbos y embarazos,

de aquí, de allí, de aquesta o de otra suerte,

no alcanza golpe que no sea a muerte.

»Parecía en el hervir vivo trasunto

de Briareo en su batalla brava,

cuando a un tiempo con todo el cielo junto

con cien brazos y espadas peleaba;

desbaratando y rebatiendo a un punto

su alfanje a Marte, a Hércules su clava,

a Palas su gorgón, su flecha a Apolo

y el rayo ardiente al rey del alto polo.

»Gaiferos, que a la bella Melisenda

abrazado en sosiego y paz dormía,

al alboroto despertó y contienda

de la desbaratada infantería;

salta del lecho y sale de su tienda

con sola espada al tiempo que venía

el africano bárbaro arrogante

con mil vencidos pechos por delante.

»”Detén, canalla vil desordenada”

Dice el francés y de un escudo afierra

y con él, con su cólera y su espada,

con Rodamonte y su soberbia cierra;

y apuntando a la gola una estocada,

aunque por su desgracia el golpe yerra,

tal fue su furia y su llegar tan presto

que le llevó seis pasos descompuesto.

 

»Valiole al yerno del francés caudillo

coger al rey de Argel de sobresalto,

que a tener más lugar de prevenillo

su muerte fuera el descompuesto asalto;

yo solo que lo vi puedo decillo,

que fui a ayudarle en verle de armas falto,

al tiempo que el jayán de rabia loco

le era para vengarse un mundo poco.

»Lanzando humo y fuego la visera

y los dientes quebrando de coraje,

sobre el francés la cimitarra fiera

hace a dos manso que furiosa baje;

fue su reparo el ir a la ligera

y un salto que por medio no le raje;

que a esperarle fiado en el acero,

dos Gaiferos hiciera del primero.

»Al desviarse de él bajó la espada

y a un duro risco en inmortal empeño

la mitad de ella se quedó clavada

y, bramando de cólera su dueño;

por junto al firme puño destroncada

y viendo el golpe en vano, aquel pequeño

trozo que de su alfanje halló consigo

furioso envió a buscar a su enemigo.

»El bravo Alcín y el bello Atenedoro,

ambos competidores y galanes,

que por la dama que gozó Medoro

otro tiempo pasaron mil afanes;

a la sazón que el descompuesto moro

de la espada arrojó los gavilanes,

en favor iban del francés Gaiferos,

matando el uno, el otro haciendo fieros.

»Y aunque erró el tiro el moro de arrogante,

a Atenedoro dio que era el postrero,

que no está todo el riesgo en ir delante,

ni el peligro mayor en ser primero;

la celada le abrió, que a ser diamante

lo mismo fuera entonces que de acero

poniéndole los sesos por el suelo

y a Alcín eternas treguas en su celo.

»Gaiferos, que vio el golpe y la herida

y que le libró de ambos su destreza,

no huye el riesgo, que salvar la vida

padeciendo la honra no es grandeza;

y aunque está la ventaja conocida

y armado de los pies a la cabeza

el moro, y él sin armas todavía,

en más que el hierro está la valentía.

 

»Por la cimera le alcanzó un mandoble,

que de plumas dejó sembrado el suelo

y forzó al fiero rey que humilde y doble

el cuello altivo a su orgulloso celo;

que honra herida en sentimiento noble

no hay cosa que acometa con recelo,

tras él le da una punta y otra punta,

por quien tal vez la roja sangre apunta.

»El moro, que se halla sin espada

y de un hombre sin armas ofendido,

en rabia ardiendo con la vista airada

parece al cielo vuelto áspid herido;

y de la peña que dejó cortada

un duro risco en alto suspendido

contra el francés arroja, y arrojara

el monte Tauro que a sus pies hallara.

»Bien así el ciego Polifermo bruto,

en descompuesta cólera encendido,

sintiendo irse por agua el griego astuto

en su humilde vellón entretejido;

de la puerta del sótano con luto

el gran peñasco asió y tiró al ruido

del libre preso ya, y el peso grave

hiciera en medio el mar hundir la nave.

»No fue de riesgo el espantoso tiro,

aunque se llevó a Fabio por delante,

Fabio infeliz, que natural de Epiro

en Francia subió a noble de farsante;

y dando el alma el último suspiro,

confesó que la culpa de arrogante

mudar le hizo de oficio y pasatiempo

y en la guerra morir antes de tiempo.

»Mas no dejó su muerte sin venganza

el francés capitán, que al homicida

a dos manos por medio el cuerpo alcanza

de un revés diestro una mortal herida;

dada en tal ocasión, con tal pujanza,

que, a no estar la escarcela guarnecida

con redobladas láminas de acero,

mucho antes le matara que Rugero.

»Fue encenderle la cólera al gigante,

que saliendo de sí de rabias lleno,

un duro roble asió que vio delante,

cual seca caña de liviano heno;

y de él ya hecho un bárbaro montante,

lleva a dos manos sin templanza y freno

a descompuestos golpes el medroso

campo huyendo de su herir furioso.

 

»Las calientes entrañas escondidas

ya por el valle aquel deja sembradas,

los destrozos, crueldades y heridas

sin cuento fueron para ser contadas;

diferencias de muertes nunca oídas,

antes puestas por obra que inventadas,

aquí destroza, hunde, acullá mata

y un campo entero asombra y desbarata.

»Así tal vez del Alpe se desgaja

peñasco altivo en ímpetu furioso

que a buscar en el centro humilde baja

a pesar de los árboles reposo;

y si la encina, el fresno o roble ataja

a su caída el vuelo presuroso,

hasta arrojarse en el profundo valle

por cuanto encuentra rompe y hace calle.

»Tal el jayán en su tropel violento

el roto campo con furor derrama.

No causa más horror el raudo viento

cuando en las olas del Egeo brama;

y a escapar solo el marinero atento

a San Telmo en devotos gritos llama,

que del moro el destrozo y el gemido

del campo humilde a su furor rendido.

»Y mientras el soberbio rey de Sarza

tales blasones labra a costa nuestra

bravo en ver que el francés huya y se esparza,

medroso de los golpes a su diestra;

el valiente Alancredo de Galarza

del montañés valor su parte muestra,

defendiendo la bella Melisenda

de mil moros que acuden a su tienda.

»Era el joven feliz de ánimo vivo,

briosa portación y fuerza brava,

galán, diestro, cortés, bizarro, altivo,

que el rojo bozo apenas le apuntaba;

de una bella mujer recién cautivo

que a la francesa infanta acompañaba

y la formó de intento su ventura

más que el sol bella y más que el mármol dura.

»Diole el gusto y el alma por despojos

a las primeras vistas de su gala,

ella por una gloria mil enojos -que amor es peso que jamás se iguala-,

bien que tal vez con halagüeños ojos

le acaricia al descuido y le regala,

que no hay mujer tan dura y desabrida

que del todo aborrezca, si es querida.

 

»Tocole aquella noche ser de guarda

a la real tienda, cielo de su gloria,

adonde en sueño envuelta la gallarda

Rosia de él ni de sí tiene memoria;

mas el que ama de veras nunca aguarda

a si es o no su voluntad notoria,

que en cuanto hace, habla, piensa, siente,

siempre se da el amante por presente.

»Fue por ser visto el montañés gallardo

más puesto a lo galán que a lo seguro:

bizarra calza de amarillo y pardo,

grabado peto ardiendo en oro puro;

plumas en el sombrero y por resguardo

de una acerada cofia el temple duro,

relumbrante rodela, espada y daga

y un gran valor que a todo satisfaga.

»De verde y plata el fino arnés grabado,

de aljófar y oro los bordados tiros,

una banda de perlas y encarnado

y un collar de diamantes y zafiros;

un barco entre dos aguas engolfado,

que las altera un ciego con suspiros,

en la rodela, y este mote abierto:

“Donde está el bien dudoso, el mal es cierto”.

»No se vio en los cristales de Cefiso

ni trastornó las flores del Parnaso

en más lozano talle su Narciso

siguiendo a un presto corzo en campo raso;

ni con más gracia, más primor ni aviso,

notó Beocia su gallardo paso,

cuando fue de sus selvas el tesoro

con arco de marfil y flechas de oro.

»Que el brioso Alancredo con su gente

a hacer la ronda fue y guarda a su dama,

donde los arreboles del oriente

le saludaron con su nueva llama;

y el mauritano campo de repente,

con la ocasión de un gran renombre y fama,

dándole amor aliento, el honor brío,

y su espada de sangre mora un río.

»El rubio Orión, que con su alfanje de oro

el mundo alumbra, parecía a la puerta

de la real tienda, cuando el cauto moro

la asaltó en sueño sepultada y muerta;

y él de su nuevo amor viendo el tesoro

al riesgo puesto de una suerte incierta,

y que aún los bravos huyen, sale ciego

de honra y amor de dos haciendo un fuego.

 

»”Teneos –dice- cobardes! ¿Dónde os lleva

el deseo infame de vivir sin honra

que antes de hacer de los contrarios prueba

de su temor hacéis vuestra deshonra?

¡Tened, parad, volved, haced que os deba

mi espada el verla un rato como os honra

y de este orgullo os da, que ahora os espanta,

a costa suya una venganza santa!

»Si tanto miedo os pone el de la muerte,

¿en cuál parte del mundo no se halla?

¿dónde o cómo podrá la humana suerte

dejar, por más que huya, de alcanzalla?

¿A dónde el flaco campo huis del fuerte,

cobarde, vil y misera canalla?

¿A qué castillo, a qué ciudad, qué muros,

si con trincheas aquí no estáis seguros?”

»Dijo, y en tanto que él con sus razones

y los sangrientos filos de su espada

venció algunos honrados corazones

y mató alguna gente desmandada;

una escuadra de alarbes nasamones,

gente en las sirtes líbicas criada,

la tienda real entró pretendiendo en ella

a Melisenda ilustre y Rosia bella.

»El montañés que mira su esperanza

mudada en posesión de un torpe moro

y que en cualquiera punto de tardanza

a mortal riesgo queda su tesoro;

furioso en medio el escuadrón se lanza,

a rescatar con sangre y no con oro

la vida de su alma, que es amante,

y esta a verle morir su amor delante.

»Hiere de tajo, de revés y punta,

y a voces, golpes, gritos y heridas,

de Amor la furia a la de Marte junta;

rinde, espanta, acobarda y quita vidas;

y al que la suya vio llevar difunta,

con manos sin temor descomedidas,

los ojos con que osó verla agraviada

ambos se los cosió de una estocada.

»A otro el brazo cortó, dejando asida

la mano al velo de oro y halagüeño

por donde la prendió medio dormida

y le quitó la libertad y el sueño;

y ya en ella y su honor restituida:

“Toma, -dice- señora, este pequeño

servicio del que indigno de tal palma

no se atreve también a darte el alma.”

 

»Ella en alegres ojos y alma ardiente,

con un tierno suspiro vergonzoso

el riesgo le pagó y favor presente,

que a más que esto un mirar es poderoso;

a la sazón que un bárbaro inclemente

al francés lecho perturbó el reposo,

por saquear la bella Melisenda

y el rico mueble a su asaltada tienda.

»Pone punto al amor y a la honra acude

suya en un trance tal y de la infanta

y sin que el jayán fiero el paso mude

la cabeza le deja sin garganta;

haciendo en esto que la reina dude,

si el bulto muerto más que el vivo espanta;

el lecho, antes de gusto, ya cubierto

de roja sangre y un contrario muerto.

»Los demás que en la tienda al robo atentos

por interés sin honra habían entrado,

asombrados de golpes tan violentos,

por la vida renuncian lo robado;

y al victorioso amante entre lamentos

de francesas beldades rodeado,

que asidas todas de él pensó cada una

guarecer en la suya su fortuna.

»La tienda reforzó cual mejor pudo

y al paso se hizo una invencible roca,

donde un ciego montón de pueblo rudo

confuso arremetió con furia loca;

por capitán un zahará membrudo,

nacido del río Cénega en la boca,

que al filo de una corva cimitarra

a un hombre dentro de su arnés desgarra.

»Acertole uno al montañés valiente

y no bastando a todo la rodela,

parte, aunque poca, le alcanzó en la frente,

que le sirvió a su cólera de espuela;

tras él la chusma de la negra gente,

en confuso escuadrón y estrecha muela,

por todas partes le acomete y pica

y en sangre ajena y propia le salpica.

»Uno le arroja un dardo, otro una flecha,

otro el venablo que a sus pies enclava,

este con él se afirma, aquel le flecha,

este hiere de alfanje, aquel de clava;

parecía nube y tempestad deshecha,

que instrumentos de guerra granizaba,

cruzando por el aire hechos cometas,

chuzos, lanzas, gorguces y saetas.

 

»Y él como áspera roca a todos vientos,

en medio el turbulento mar sentada,

que de los alterados elementos

es por mil partes juntas contrastada;

la mar carcome y bate los cimientos,

de rayos, aires y ondas asaltada

y en ella firme en sus ásperos bajíos

de lejos pone espanto a los navíos.

»Andaba por mil partes mal herido

aunque de todas a su honor vengado,

que no hay en su esgrimir golpe perdido,

ni en su reportación tiempo olvidado;

mas ya de tanto bárbaro ofendido

y de ayuda y socorro desahuciado,

la rodela arrojó y asió la espada,

que ha de dejar su cólera vengada.

»Y al feroz capitán en brío lozano,

al pasar de dos brazos quitó el uno,

a otro dejó en un pie y sin una mano,

y a otro cortadas ambas sin ninguno;

a este hiere de corte, a aquel de llano

y este y el otro ensarta de uno en otro,

hiende, parte, rebana, descabeza,

y cuando al parecer acaba, empieza.

»La bella Rosia que en sangriento día

su caro español ve pisar la tierra

y la pena del riesgo en que le vía

al rostro saca lo que el pecho encierra;

deseosa de tenerle compañía

y con vista de paz templar su guerra,

sin ocasión salió, que la sacaba

Cloto, y el filo ya a su estambre daba.

»Eran escraches de oro sus cabellos,

de un cielo de marfil ricas techumbres,

que en tiernas rosas y jazmines bellos

de su garganta dan doradas lumbres;

los ojos de azabache y dentro de ellos

de placenteras niñas dos vislumbres,

que al sol retozan, que en coral hacía

la rica concha de quien nace el día.

»Salió a ver el ejército enemigo

y así le dice a su español brioso:

“¡Tu brazo el cielo esfuerce, oh caro amigo,

y de riesgo te saque tan dudoso!

¡Ánimo amor, que moriré contigo!

¡Oh, anuncio triste, agüero prodigioso,

Fortuna cruel que a la primera suerte,

quieres que sea el favor azar de muerte!”

 

»Aún más quería decir cuando de lleno

la voz le atajó un dardo que venía

deseoso de llegar al blanco seno,

donde su cielo la beldad tenía;

cayó cual tierna flor en valle ameno,

al tiempo que su amante revolvía

a darle el alma y vida por despojos

y cobrarla él de nuevo de sus ojos.

»”¡Oh tragedias de amor, glorias de viento

las que el tiempo nos muestra en sus mudanzas!

¡Vienen en sombra, sombras de contento,

tesoros de engañadas confianzas!

¡Con qué facilidad mudan asiento

las más bien asentadas esperanzas!

¡Oh mi gloria acabada ya y perdida!”

Dijo Alancredo al golpe de su vida.

»Quiso ir a recibir entre sus brazos

el desmayado cuerpo de su dama

y los primeros y últimos abrazos

con que sin tiempo le convida y llama;

“Mas no merezco –dice- tales lazos,

ni que de mí en el mundo quede fama,

si antes no le quitare con la vida

la gloria de tu muerte al homicida.”

»Así dijo y, cual Hércules furioso

con el incauto don de Deyanira,

rompe, quiebra, destroza y presuroso

los altares trastorna ardiendo en ira;

hasta llegar al mensajero odioso

que el presente le dio y temblando mira,

y en él a su furor ciego entregado,

a no poder ya más muere vengado.

»Así de Rosia el sin ventura amante

furioso entró en el escuadrón tejido,

rompiendo cuanto encuentra por delante,

hasta el cobarde moro mal nacido;

que con medroso y tímido semblante,

del tiro y daño hecho arrepentido,

las espaldas volvió, mas no se fuera

aunque por padre a Dédalo tuviera.

»Por el crespo cabello áspero y duro,

bramando le ase y de él rastrando tira,

y haciendo que le den paso seguro,

seguro va a pesar de quien le mira;

adonde yace entre un confuso muro

de armas un rostro bello en quien espira

del mundo la beldad, de honor lo justo,

de amor lo fino y de su amante el gusto.

 

»Llega y, haciendo campo con la espada,

el delincuente preso le presenta,

y así le dice con la voz turbada:

“Remate triste de mi alegre cuenta,

suspende por un rato la jornada,

en tanto que esta víctima sangrienta

en tu altar sacrifico y yo tras esto

a seguirte y morir por ti me apresto.

»Que no es bien que la pena de perderte

pueda menos en mí que un enemigo

y que la aprehensión del bien de verte

no me lleve tras ti a verme contigo;

mi corta vida se acabó en tu muerte

y así es muy fácil de acabar conmigo.

Sigo tus pasos, que a quien vive en pena,

la muerte más penosa le despena.

»Ya la vida me sobra y el suave

deleite del morir siento en el pecho,

gloria y gusto que no se alcanza y sabe

sino es al punto de este paso estrecho;

que el cielo a este secreto echó la llave

porque el mundo quedase de provecho,

que a saberse lo dulce de la muerte

fuera el largo vivir adversa suerte”

»Así dijo y al moro que fue causa

de la triste tragedia clavó al punto

la daga al corazón, con que hizo pausa

su miedo y se extendió el cuerpo difunto;

y tomando en sus brazos quien le causa

tormento, vida y muerte todo junto,

los ya turbados ojos un instante

para mayor dolor puso en su amante.

»Y con la débil voz enflaquecida,

como aceptando el sacrificio hecho:

“¡Ay-dice- honesto amor, prenda querida,

cuán tarde conocí tu honrado pecho!

¡Ingrata!, que te vine a dar la vida

a tiempo que ya no era de provecho,

siendo para morir con pena eterna

dura en la vida y en la muerte tierna.

»Mas si una alma es de estima en quien mudanza

no habrá ya para siempre, en ella viva -fue a decir- tu memoria…” y no le alcanza

la última parte que quedaba viva;

cayó muerta y con ella la esperanza

del triste amante que con ansia esquiva

del presente dolor y la perdida

sangre también allí quedó sin vida.

 

»En tanto el francés campo a la potencia

del fiero rey de Argel cayó delante

sin caudillo que hiciese resistencia

al furor de su ejército arrogante; -que a unos el miedo, a otros la imprudencia

para darlos rendidos fue bastante-;

el moro con soberbia vanagloria,

del despojo gozando y la victoria.

»Yo, en tanta confusión del ya vencido

campo francés, las sobras derramadas

cual pude recogí, aunque mal herido,

en escuadrón y mangas concertadas:

gente bisoña, pueblo mal regido;

que los de pundonor y armas honradas,

por varios trances, en diversos modos,

sin dar un paso atrás murieron todos.

»Cuatro mil de esta gente alborotada,

al ronco son del repentino asalto,

a defender su honor mal enseñada,

en mi real estandarte hicieron alto;

Melisenda a Sansueña fue llevada,

su esposo, de armas y de sangre falto,

quedó donde un soldado fugitivo

por muerto entre los muertos le halló vivo.

»Con estas sobras de vencida gente

al socorro pasé del rey ingrato,

que en Samos en custodia suficiente

sin majestad vivía ni aparato,

cual ya otra vez huyendo la insolente

tiranía se libró de Mauregato,

que de aquel santo claustro la guarida

dos veces le dio el reino y dos la vida.

»Rehice allí sus fuerzas con la mía

y el bastante presidio reforzado,

la vuelta de León tomé otro día,

injusta corte del tirano alzado;

por si abría puerta o encontraba guía

de reducción al puerto rebelado,

y con deseos también de ver mi esposa,

del cielo de mis gustos alba hermosa.

»Filarco, un noble caballero godo,

caudillo fiel de aquellas dos banderas,

que en Mondoñedo contra un campo todo

de unas hojas se armaron de higueras;

a cuya sombra se peleó de modo,

que cobraron cien bellas prisioneras,

y a España dieron libre del pedido

y a Figueroa blasones y apellido.

 

»De este fue hija Arlinda, por quien vivo

alegre, al rayo de sus ojos bellos,

desde el día que amor blando y esquivo

para mi bien labró su alcázar de ellos;

vilos en mi niñez, fui su cautivo,

y todo el cielo de mi gloria el vellos,

hasta que en día feliz y hora dichosa

rey de mis gustos fui y ella mi esposa.

»Trazose el nudo de mi honrado intento

para la vuelta y fin de la jornada

del viaje de Lutos y este asiento

la ocasión suspendió de mi embajada;

llevado pues de mi amoroso aliento,

y la real pretensión justificada,

por si en los tratos descubriese modo,

que al rey pueda importar y al reino todo.

»Llegué a la corte en hábito descubierto,

el riesgo huyendo del tirano brío,

solo al infiel Garilo descubierto,

un hombre hecho de solo el favor mío,

sagaz, traidor, doblado, astuto, incierto,

con más mudanzas que el raudal de un río

y con un medio tan de azares lleno,

ventura fue salir suceso bueno.

»Peligro es levantar a honras mayores

sin gran virtud humildes nacimientos.

Solía decir este ayo de traidores,

en favor de sus falsos pensamientos;

que los niños se engañan con amores

y los hombres con falsos juramentos;

y que en su mejor ley el mundo quiere

que tenga más aquel que más pudiere.

»Entré escondido y, en su humilde techo

con fingido recato recibido,

lo más guardado le mostré del pecho,

y el fin honrado tras que había venido;

y habiéndole del alma alcaide hecho,

de él y la escura noche guarnecido,

a mi Arlinda fui a ver yendo conmigo

el alevoso en hábito de amigo.

»Hallé la ilustre casa alborotada

y más se alborotó con mi venida,

por nueva desventura no pensada

de loca ocasión bárbara nacida;

el sin lealtad tirano en mano armada,

insolente furor y alma atrevida,

enamorado de mi esposa bella,

casarse a su pesar quería con ella.

 

»Había intentado el caso por mil modos;

ruegos, lisonjas, fieros, amenazas,

y habiéndole salido en vano todos

a las armas se fue y dejó las trazas;

y un escuadrón de cien bastardos godos,

de aleve sangre y de mestizas razas,

envió que por fuerza o ruegos rinda

del padre el gusto y de su hija Arlinda.

»Vime de un nuevo enjambre de cuidados

cercada la confusa fantasía,

los puertos todos del favor tomados,

y la salud sin esperanza y guía;

mas el aprieto y caso ponderados,

el breve tiempo, la venida mía,

la fuerza del tirano, el mando injusto,

y el peligro común de honor y gusto.

»Todo alumbró el confuso entendimiento

y una quimera fabricó no vista,

que puede mucho un noble pensamiento,

y es la necesidad grande tracista;

o fue desesperado arrojamiento,

o sentencia que el cielo dio en revista

contra el tirano infiel, cuya insolencia

en nada halla y tiene resistencia.

»Yo fui de parecer que libremente

al rey se entregue mi querida esposa,

corriendo un velo de alegría aparente

al triste ceño y cara vergonzosa;

pues pretenderla resistir sin gente

volver la afrenta fuera más vistosa,

y donde la insolencia y fuerza daña,

a veces suele aprovechase la maña.

»Fue ya opinión del ofendido viejo,

de Hércules libio ilustre descendiente,

que donde no alcanzare el gran pellejo

del fuerte león se añida el de serpiente;

que las fuerzas se ayuden del consejo,

y el animoso aprenda a ser prudente,

que, donde a ganar nada se aventura,

perderse no es valor, sino locura.

»Esto dispuse y no perder su lado.

que es el riesgo de honor grave herida,

y en hábito de dueña disfrazado,

para la muerte encaminé mi vida;

de un secreto puñal el brazo armado

que de uno de los dos fuese homicida

del tirano o, si acaso errase el hecho,

se entrase, de temor, dentro de mi pecho.

 

»Convino el grave acuerdo efectuarse

a la priesa mayor que el tiempo daba,

sin ver el daño que era no guardarse

del traidor que allí en vez de amigo estaba;

¡Oh, cómo debe un cuerdo recatarse,

si al mejor tiempo la lealtad se acaba

y la sin premio invidia muchas veces,

para matar con una, hace dos teces!

»Arlinda con la guarda del tirano

y con la mía dejó su honrada casa,

y al palacio guio, en que el rey, en vano

contando el tiempo los minutos pasa;

trazando el gusto de entregarse ufano

en la alta posesión de un bien sin tasa,

que un gran deseo sueña montes de oro,

que suelen ser, al despertar, de lloro.

»El sin lealtad Garilo de otra parte,

sin mayor premio que mostrarse ingrato,

a riesgo de ambos trata de dar parte

al falso rey de mi encubierto trato;

y a toda priesa y diligencia parte

a decir con el suyo mi recato,

en el que un memorial que contenía,

tras su infame traición, la lealtad mía.

»Ya la cuadra real se había cerrado,

y el rey con las cortinas en su lecho,

al lado suyo Arlinda, yo a su lado,

bañando ambos en lágrimas el pecho;

y él con el tierno suyo enamorado,

procurando ablandarla sin provecho,

cuando sonó en la guarda de improviso

que al rey le traen un importante aviso.

»Garilo al rey gallego es quien lo envía

y a quien la honra y vida importa el caso…»

Así su dulce historia proseguía

el noble godo, cuando el sabio Eraso,

su nuevo alcaide, sienten que venía,

y él, por oírlos, entretuvo el paso,

y Teudonio el aviso de Garilo

y yo también, pues se ha quebrado el hilo.

Que el rumor de la guerra es ya de modo,

que el aire en ciega confusión envuelve,

y en la francesa furia y valor godo

rayos Marte del rojo alfanje vuelve;

trae revuelto Morgana el mundo todo,

sola ella es quien su cólera revuelve

y la ira mujeril cuando se ensaña

entre las iras es la de más saña.

 

Y aunque en el lago blanco retirada

vergonzosa quedó aquel triste día

que Orlando pudo con la nueva espada

el jardín destrozar en que vivía;

ni de él ni de su injuria está olvidada,

que en tristes ansias la alimenta y cría

dentro el alma. Buscando de contino

para vengar su deshonor camino.

El grave ultraje a su guedeja de oro,

con libre y atrevida mano hecho

y en la encantada sala del tesoro

ya el precioso carbunco sin provecho;

los reyes libres y olvidado el moro,

ardiente fragua a su lascivo pecho,

trocado todo en gustos de venganza,

que son los que en mujer no hacen mudanza.

La ciega noche atenta contemplando

del pardo cielo aspectos y señales,

fue en puntos de efemérides sacando

de los pasados los futuros males;

Saturno al Sol en diámetro mirando,

Marte, con un cuadrado aspecto iguales

desde Cancro a Saturno y al Sol mira,

el aire altera, el mundo enciende en ira.

Y en estos astronómicos secretos

la mudanza de un reino vio escondida

y en sus soberbias gentes mil efetos

a su salud contrarios y a su vida;

cerró el libro con cercos más perfetos

a un apremiado espíritu homicida

la cuenta pide y que la dé, si sabe,

adónde el cielo agüera un mal tan grave.

A la honda boca de una escura cueva

desceñida la halló el siguiente día,

y, en medio sus conjuros, la luz nueva

el alma la asombró que la seguía;

huyó a su centro y ella con la nueva

de deseada venganza y alegría

la vuelta daba, cuando dio con ella

la bella Alcina, en su carroza bella.

Son del mago colegio estas dos hadas

las que más se conforman en los gustos

y así ahora de su antiguo amor llevadas

al cuello hacen los lazos más robustos;

y en la carroza de marfil sentadas,

olvidados de Francia los disgustos,

en tierno labio y pláticas sabrosas

cuenta se dan y piden de sus cosas.

 

Llegan al real palacios de Morgana

cuando ya el sol de lleno le embestía

y entre el rocío del campo y la mañana

en lumbres de oro y de cristal se ardía;

donde el diestro pincel con mano ufana

bellos dibujos a la vista envía,

sonando el pueblo dentro, antes dormido,

de las puertas de bronce el gran ruido.

Cercada de sirvientes la carroza,

de bellas ninfas y bizarros pajes,

que en fresca juventud y sangre moza

salarios gozan de la hada y gajes,

pasan la altiva puerta en quien retoza

la vista pòr bellísimos follajes,

de ricas piedras bárbaro tesoro,

en finos jaspes con perfiles de oro.

Entran al primer patio en forma ovada,

de altas columnas de alabastra hecho,

donde en arcos de bóveda sentada

la cimbria sube y vuela el antepecho;

de allí en dos nuevos cuerpos levantada

la máquina se encumbra al postrer techo,

que en varias acroterías se remata,

de enlazados estucos de oro y plata.

Aquí al gran peso de un cristal de roca,

al frío rigor del polo congelado

una clara inmortal fuente provoca

a sed el apetito más templado;

cien faunos lanzan agua por la boca

en armonía y son diferenciado,

y en otras tantas urnas, cien hermosas

ninfas las ondas cogen deleitosas.

Estas sufren en peso otra ancha taza,

sobre quien una y otra y otra crece,

de tantos caños y tan varia traza,

que el sutil artificio desvanece;

y así en nuevos primores los engarza

los unos por los otros, que parece

que es toda junta, en su primor distinto,

de agua y cristal un bello laberinto.

El patio a toda cuenta y primor hecho

de encajes bellos de bruñidas losas

y por los corredores, trecho a trecho,

de valiente pincel prendas vistosas;

de plata los balaustres y antepecho,

de jaspes escaleras anchurosas

cuyas pomposas puertas y ventanas

dan, de ébano y marfil, sombras galanas.

 

De revelado estuco y artesones

las bóvedas bellísimas con cuantas

piedras de ingrato amor, transformaciones

de bellas ninfas y torcidas plantas;

da la parlera Grecia en sus ficciones

y en sus verdades las historias santas,

cuyo diestro pincel abre en la vista

de gusto al alma, un nuevo coronista.

De cuadros de primor ricos encajes

coronan la imperial tapicería,

con faunos, fuentes, riscos y follajes,

Dianas, Venus, cazas, montería;

una Flora entre rosas y celajes,

un muerto Adonis, una Pocris fría,

aquí un Faetón cayendo, acullá un Midas,

en otro las arenas convertidas.

Pasaron las dos hadas a sentarse

en persianos tapetes de brocado,

en una sala que, a dejar mirarse

su techo de oro y pedrería grabado;

pudiera de pobreza avergonzarse

Nerón con su palacio celebrado,

aunque fue el desconcierto sin segundo

que el oro embebió en sí de todo el mundo.

Exhalando perfumes y vapores

de aromas finas pebeteros de oro,

con lo mejor de Arabia y sus olores

fiesta a la diosa hacen del tesoro;

y de cítaras, liras y cantores,

vigüelas y harpas, un tropel sonoro

en conforme y suavísima armonía

le añiden gala a la en que nace el día.

En gozar de ella y ver la hermosura

del fértil campo en bellos miradores,

de la aurora pasaron la frescura

y del sol los primeros resplandores;

mientras el maestresala, que procura

las mesas adornar y aparadores,

con vasos de oro, en pompa ufana y larga,

de rica y nueva majestad los carga.

En la sala de Apolo la real fiesta,

por más ostentación, hizo aquel día,

dicha así de una imagen suya puesta

en un rico Parnaso que allí había;

con soberbios collados y floresta

de árboles de oro y varia pedrería,

aves de alegres plumas y colores

y ricas perlas en lugar de flores.

 

Víase Dafne en medio convertida

en un fresco laurel, víase a su lado

el dios de Amor la venda desceñida,

riendo el triunfo, al arco recostado;

llorando Apolo, Dafne arrepentida,

el mundo triste y el cruel vengado

y entre las arboledas de Peneo

tañendo a veces y cantando Orfeo.

Es de la altiva sala la techumbre

un repartido cielo en mil estrellas,

que del Sol de un carbunco enciende lumbre

la plateada Luna a un tiempo y ellas;

a quien sigue la excelsa pesadumbre

de clavos de cristal y ruedas bellas

con su cerco vital cuyo tesoro

la esfera parte en varios climas de oro.

Los apartados polos, donde el hielo

el blanco nácar da a las ondas frías,

las templadas regiones, y aquel suelo

donde tú, Apolo, soplo ardiente envías;

el oriente abrasador del cielo,

término de las noches y los días,

profunda sima y anchurosa cava

adonde el mundo sin morir se acaba.

El abrasado igual meridiano,

de luz sembrado y puntas de oro fino,

cuya dorada y no torcida mano

fiel lumbre al mundo llueve de contino;

los trópicos de invierno y de verano,

del sol cerrada cárcel y camino,

uno de nieve y tempestad cubierto,

y en siempre nuevas flores otro abierto.

La línea de igualdad, cuyas vertientes

los montes miran sin ninguna altura,

que unas tiznadas y desnudas gentes

cultivan en eterna calentura;

los coluros que ciñen ambas frentes

a los dos nortes y con luz segura

el estrellado cerco que los guía

adonde vive sin morirse el día.

Hay un camino de oro que divide

del círculo vital la anchura ardiente,

por quien el rubio Sol que el cielo mide

ya con luto se ha visto entre la gente;

y la encantada Luna que preside

al flojo sueño en su mayor creciente,

se vio alegre salir con sus estrellas,

y faltarle la luz en medio de ellas.

 

Relumbra aquí el dorado vellocino

que un tiempo a Colcos hizo ser famosa,

y el toro que con cuernos de oro fino

nadando el mar pasó una ninfa hermosa;

dos niños, uno humano, otro divino,

el cancro y su figura portentosa,

el león con la cerviz de oro estrellada,

y la virgen de espigas coronada.

El peso ajustado de nuestras horas,

el escorpión de su veneno armado,

el que con arco y flechas voladoras

de tierna nieve deja el campo helado;

el frío capricornio, que en sonoras

borrascas da el sereno mar turbado,

el copero que a Júpiter infama,

con los dos peces de argentada escama.

Las frías nietas del nevado Atlante,

el dorado Orión armado y fiero,

que al triste y solitario caminante

de guía a veces sirve y compañero;

el carro de oro en ruedas de diamante,

las dos osas, las guardas y el lucero,

y el fijo norte que a sus pies relumbra,

que es quien las horas de la noche alumbra.

Sea pincel sutil o mago aliento,

fuerza de ingenio, yerbas o conjuro,

no hay en el cielo esfera, movimiento,

signo, estrella, planeta ni conjuro;

aspecto, casa, conjunción, aumento,

oriente claro ni poniente oscuro,

que por esta ancha sala y su discurso

no haga en su natural periodo curso.

El año, la semana, el mes y el día,

creciendo en su volar y decreciendo,

la clara luz a la tiniebla fría

con bellos rayos de oro hace ir huyendo;

de la flor tierna que el verano envía

dulce fruto el otoño está vertiendo,

por sustento al invierno y al estío,

este rico en calor, el otro en frío.

Sin lo que hermoso aquí la vista goza,

que es del mundo la máquina abreviada,

la alegre escuadra de aves que retoza

toda la vuelve en suavidad bañada;

canta, gorjea, despierta y alboroza

a Orfeo, que acude si a Morgana agrada;

mas si ella con su gusto no lo entabla,

todo ello es oro muerto que no habla.

 

Sirve esta alegre pieza de intervalo

y antecámara de otra más secreta,

donde su estudio tiene y su regalo

de libros en quietud y paz perfeta;

yo en su dulce memoria me regalo,

que a un pacífico gusto y vida quieta

en sabia juventud nada la iguala

y más con tal estudio y con tal sala.

Aquí las reales mesas coronadas

de costosas vajillas de oro fino

con preciosos manjares ocupadas

vestidas dio aquel día el blanco lino;

donde en comida espléndida a las hadas

las tazas colman de espumante vino

y en graves salvas sirven y aparato

la real ostentación de cada plato.

Poemas de Bernardo de Balbuena

Alegoría

“Todo en este discurso está cifrado:

México el asiento, origen y grandeza

de edificios, caballos, calles, trato,

cumplimiento, letras, virtudes…

primavera inmortal y sus indicios.”

“Recreaciones de gusto en que ocuparse,

de fiestas y regalos mil maneras

para engañar cuidados y engañarse;

conversaciones, juegos, burlas, veras,

convites, golosinas infinitas,

huertas, jardines, cazas, bosques, fieras.”

“Pida su antojo, y no escatime el gasto,

que en sus hermosas y abundantes plazas

verá sainetes que ofrecerle abasto…

pero si desta perfección deja el camino,

por más difícil, aunque no lo sea,

si por lo humano trueca lo divino…”

 

Templó en tanto Gadir su laúd dorado

y todo en furor bélico encendido,

por el aire sutil dejó sembrado

del suave acento un resonar medido;

de tan varia armonía acompañado

que el alma cautivó por el oído,

al dulce son que en los sentidos dejan

los golpes de las cuerdas que se quejan.

Y dando a los bemoles compañía

la dulce voz de su divino canto,

la beldad comenzó a cantar, que el día

al mundo saca en su rosado manto;

las flores que derrama la alegría,

en que a la noche trueca el ciego manto,

y en invisible y blando movimiento

de negras sombras barre y limpia el viento.

Hurta a la Luna el oro de su esfera

y a las estrellas su argentado brío,

entolda de jazmines su litera,

respira el aire blando aljófar frío;

sale el dorado Sol, la mar se altera,

tiembla la luz sobre el cristal sombrío,

y de su barro el caluroso aliento,

el bajo suelo humea, y arde el viento.

Y ya después que toda esta hermosura

al bello rostro acomodó de Alcina,

y el lisonjero labio de su dulzura

envuelta dio en destreza peregrina;

la antigüedad del largo tiempo escura

veloz canto y la priesa en que camina

el origen del mundo y cuando el cielo

feliz principio halló a su inmortal velo.

 

Canto de las mudanzas de fortuna

en su inconstante esfera el punto breve,

canto al Sol sus eclipses y a la Luna,

la luz que con dorados cuernos bebe;

canto el fatal colegio y de una en una,

las hadas celebró su canto leve,

tocando a vueltas no menuda parte,

de heroicos hechos del sangriento Marte.

Y acabada la música y comida

en pomposa grandeza y aparato,

la una majestad a la otra unida

a gozar fueron del jardín un rato;

en cuya alfombra fértil y florida,

vivo de la beldad dormí el retrato,

al templar con los árboles, y el viento

el tierno ruiseñor su alegre acento.

Había por él diversos cenadores,

sobre estanques y arroyos cristalinos,

de estatuas adornados y primores,

y de diestro pincel cuadros divinos;

allí burlas y juegos de pastores,

personajes de risa y desatinos,

aquí brutescos, acullá grimazos,

y de olmos y de parras mil abrazos.

Después que con jazmines y claveles,

azules, lirios y encarnadas rosas,

lo más vistoso hurtando a sus vergeles,

sus cabezas volvieron más vistosas;

al margen de un arroyo entre laureles,

sobre alcatifas pérsicas preciosas,

a sombras frescas de una vid lozana,

así Alcina habló, y oyó Morgana:

«Si ya deseas saber, oh Reina hermosa,

de mi nueva venida el fundamento,

que causa hacerme venturosa

a hurtarse a tu vida este contento;

negocios graves, ocasión forzosa,

a salir me obligaron de mi asiento,

aunque el gusto de verte lo hiciera,

del muerto mundo cuando allá estuviera.

  1. «Mas hoy este regalo y mi venida

a tu servicio queden y a mi cuenta,

que tú en venirte a ver serás servida

y yo en verte, cual ves, rica y contenta;

un agravio común nunca se olvida,

ni a un noble la memoria de su afrenta,

ni a un amigo, si lo es en lo que digo,

la injuria que le hicieron a su amigo.

 

»Después que tu jardín fue destrozado

por la mano de aquel francés furioso,

que ganó a Balisarda y ha ganado

contra nuestra nación nombre famoso;

nunca de mi memoria se ha borrado

de la afrenta el ultraje vergonzoso,

en que su espada nos dejó y quedamos

las que de sangre tuya nos preciamos.

»Y aunque ninguna goza en tu linaje

derecha acción a la fatal bebida,

de cuyo vaso y su inmortal brebaje

el brío desciende a nuestra larga vida;

que recibido no haya algún ultraje

de esta nación francesa malnacida,

todas sin hacer caso de los suyos,

como a más principal lloran los tuyos.

»A ti contenta, sola a ti vengada,

desea en esta ocasión la más briosa,

y yo más, como más interesada

y en yerros contra ti menos piadosa;

que como rica de vez ser honrada,

y en solo este cuidado cuidadosa,

ninguna diligencia he perdonado,

oye lo que con ellas he alcanzado.

»Donde el mar Jonio al Ténaro le baña

los verdes jaspes de su fértil vena,

y en bosque espeso y hórrida montaña

sobre las nubes se encarama y sueña;

de entrada escura y abertura extraña

de negro hollín, herrumbre y lamas llena,

una espantosa cueva se descubre,

que el cielo y mar, con humo altera y cubre.

»Por esta se camina al ciego mundo,

y Alcides a esta luz sacó el Cerbero,

cuando de las deidades del profundo

victorioso salió, arrogante y fiero;

aquí la muerte tiene otro segundo

Carón, que asista y sirva de portero,

a cuyo aliento y cálido bochorno

el vivo huye, el muerto tiembla en torno.

»En cierto aspecto de menguante Luna

la escura cueva está en segura entrada,

hasta donde en los libros de fortuna

la humana cuenta se nos da ajustada;

por tu ocasión aquí en hora oportuna,

de fantasmas bajé y horror cercada,

a consultar tu caso y ser testigo

de lo que allí hallé, y aquí te digo.

 

»Después que por torcidos escalones,

vacíos de claridad, bajé a los senos

de la tierra, y sus negros artesones,

de hollín tiznados, y de sombra llenos;

antes del triste término y mojones,

del reino de Plutón vi unos serenos

campos, y allí un castillo a quien el día

de la suya una luz dudosa envía.

»En la jurisdicción de los mortales

este alcázar está, y quien dentro vive;

de aquí el Hado, los bienes y los males

a la tierra despacha, y apercibe;

aquí con altibajos desiguales

fortunas labra y su valor describe,

y aquí es, al fin, la casa de moneda

de cuanta el tiempo por el mundo rueda.

»Aquí Demogorgón está sentado

en su banco fatal, cuyo decreto

de las supremas causas es guardado

por inviolable y celestial preceto;

las parcas y su estambre delicado,

a cuyo huso el mundo está sujeto,

la fea muerte, y el vivir lúcido,

y el negro lago del oscuro olvido.

»Aquí se labra el siglo venidero

y las humanas inviolables leyes,

que ni el tiempo las muda lisonjero,

ni las quebrantan príncipes ni reyes;

cuelga el último día del primero,

y en torpe yunta de alquilados bueyes

ara la vida el mundo y nadie advierte

que es el vivir dar surcos a la muerte.

»Aquí en negro dosel sin luz sentadas

tres diosas hilan las humanas vidas,

al curso las madejas devanadas

de nueve ruedas de cristal lucidas;

donde en el huso apenas marañadas,

las blandas hebras crecen mal torcidas,

cuando de todas tres la más ligera,

por lo hilado corre la tijera.

»Copos de suerte, y colores varias,

unos blancos sin tez, otros blancos lustrosos,

unos a quien los reyes pagan parias,

y otros que pechan a los más astrosos;

cuales de tornasol hebras voltarias,

cuales de rica luz hilos preciosos,

cuales de alquimia y cuales de oro fino,

y en cada cual su hebra y su camino.

 

»El siglo venidero, la mudanza

de reyes, reinos, casas, y dictados,

lo que el distrito de fortuna alcanza,

lo que el decreto toca de los hados;

cuanto se pesa con mortal balanza,

los que vendrán, presentes y parados,

cuanto es, cuanto ha de ser y cuanto ha sido,

aquí se hila, corta y da tejido.

»De los tiempos la masa vi abreviada,

manar al mundo, y revolver sus cosas,

la vida de congojas asaltada,

la muerte de sus vascas temerosas;

la fortuna dichosa y desdichada,

con sus dos caras, ambas engañosas,

volando en sus favores y desdenes

los males engazados con los bienes.

»Y entre estos mundos al que ya nacía,

humilde vi la victoriosa Francia,

que un mancebo y su espada le tenía

por el suelo sembrada su arrogancia;

mirela, y admirada en lo que vía,

aquella conocí ser la inconstancia

del bien humano, que los más cumplidos

forzados vienen y se van corridos.

»No me admiré de ver que tanta alteza

en tragedia tan triste se trocase,

que es cierto que en mortal naturaleza

todo tiene su fin y ha de acabarse;

la rueda me admiró con su presteza,

que apenas deja de la vista hallarse,

allí, ¡Oh Fortuna! quien de ti se fía,

verá cuán firme tiene su alegría.

»La espalda Balisarda vi presente,

que un victorioso joven a tu instancia

en la sangre de un valiente,

que asombró el mundo y dio valor a Francia

de oro, con estas letras en la frente:

“Bernardo honor de España”, aunque en distancia

brevísima su fama así encogida,

que apenas al nacer fue conocida.

»Cual la dudosa Luna amortiguada

en los principios del helado invierno,

entre negros celajes ofuscada,

falto muestra de luz el rostro tierno;

y antes de ver el alba deseada,

el oro pierde de uno y otro cuerno,

haciendo el tibio resplandor difuso,

de mil colores un color confuso.

 

»De tal manera entre una niebla escura

de Bernardo la fama se quedaba

y sin lumbre, sin luz ni hermosura,

confusamente aquí, y allí volaba;

cortas alas, pobre la ventura

y aunque el confuso espíritu alentaba,

faltábale la pluma y no podía

la oscuridad huir, que la ofendía.

»No porque su grandeza no subiese

a donde hasta hoy nadie ha llegado,

mas un astro infeliz quiso que fuese

corta de voz, y de valor sobrado;

faltó quién a sus alas añadiese

una pluma de estilo moderado,

y así en lenguajes bárbaros metida,

arrinconada quedara y perdida.

»Hasta que el tiempo que ofuscarla pudo

hermosa y clara al cielo la levante,

y de su oscuro y encantado nudo

un nuevo verso y voz la desencante;

esto por las molduras de su escudo

grabado vi y con letras de diamante,

“A otro de su nombre está guardado

el romper con la pluma este nublado”.

»Mas si gustas saber con fundamento

quién este valeroso joven sea.

qué sangre puso en él tan firme aliento.

qué obligación honrada le espolea;

sabrás hermana, aunque es prolijo el cuento,

que en su real nacimiento dio una idea

de su furor, la quinta esfera al suelo,

y otra de afable amor el tercer cielo.

»En esta rica Escandinavia hermosa,

a quién la antigüedad llamó otro mundo,

y desde aquí con vuelta deleitosa,

casi en torno la ciñe el mar profundo;

madre ilustre de gente belicosa,

de fértil suelo y de vigor fecundo,

donde este rico lago halló asiento,

que hoy da a tu alcázar real firme cimiento.

»Tres soberbias provincias y regiones

pisan su invicto suelo y la postrera,

cuyo distrito y bárbaros mojones

del mar germano tocan la ribera;

oficina de indómita naciones

de inculta vida fue y de gente fiera,

donde los getas fueron y los dacos,

y el primer godo aró bosques opacos.

 

»De aquí salieron por diversas vías

de antigua gente en gruesos escuadrones

valientes hombres, que las tierras frías

pueblos producen de altos corazones;

buscando en qué habitar partes vacías,

por venirles ya estrechos sus rincones,

los vándalos, los cimbrios, los suevos,

y los alanos más que todos nuevos.

»Pues entre estas naciones que su tierra

dejaron por estrecha, aunque abundosa,

y a revolver el mundo y darle guerra

en figura salieron temerosa;

los godos fueron gente en quien se encierra

nobleza humana en sangre belicosa,

y que de los monarcas más potentes

siempre temidos fueron por valientes.

»Tras la alta insignia de un león bermejo,

que en azules banderas tremolaba,

y de tres capitanes de un consejo,

ánimo altivo, y arrogancia brava;

a ser salieron de grandeza espejo

al mundo en la región donde él se acaba,

del cielo a su nobleza prometida,

y al feliz brío de su valor debida.

»No salieron con pechos ambiciosos

a solo hacer alarde de valientes,

mas con la paz pidiendo, aunque briosos,

en qué habitar lugares suficientes;

no guerra, campos piden anchurosos,

del gran derecho usando de las gentes,

que el pueblo que en su tierra no cabía,

que se llegue permite a la vacía.

»Negó el Imperio la demanda justa,

y la inquietud parió desasosiego,

que es hacer guerra justa de la injusta,

negar lo justo de un humilde ruego;

y dando a la razón fuerza robusta,

su despreciado campo a sangre y fuego,

de Italia destruyó una larga parte

y en el río Tíber la ciudad de Marte.

 

»Y a tal colmo subió el de su potencia,

que hacía y deshacía emperadores,

hasta que en útil premio y conveniencia

a su rey y futuros sucesores;

Honorio dio en legítima tenencia

la España, a quien los bárbaros furores

de los suevos, vándalos y alanos

al Imperio usurparon de las manos.

»Fue el trato que al rey godo le quedase

lo que entre el Pirineo y mar se encierra,

y que del yugo vándalo sacase

a su corona la usurpada tierra;

con que su invicto campo reservase

a Italia y Roma de su injusta guerra,

dando por precio al español estado,

cuanto en el Lacio suelo habían ganado.

»Ora sea o no justificado el hecho

con que se había en él introducido,

su cetro tenía ya el primer derecho

de ocupación, por armas adquirido;

y así al ceñido imperio útil provecho

la ley fue del contrato establecido,

y por aquí legítima y no extraña,

la entrada de los godos en España.

»Murió Alarico hecho el trato en todo,

si bien no pudo verlo efectuado,

sucediole Ataúlfo, el primer godo

que en España metió campo formado;

ganó hasta Barcelona y allí el modo

de su gobierno próspero asentado,

por mano le mató de Ernulfo fiero,

quien las suyas por rey besó primero.

»Siguiole el desgraciado Sigerico

en el reino también como en la muerte,

con más vana codicia de ser rico,

que en campo armado belicoso y fuerte;

diole el tiempo en gran cuerpo ánimo chico,

con que se ahogó en él la buena suerte,

matándole en la paz por más casera,

la espada que en la guerra no lo hiciera.

»Tras este el reino dieron a Walía,

porque la siega y haga sin partido,

salió en armada flota a Berbería,

que el aire la venció y volvió corrido;

y con él la arrogante valentía

del gótico poder nunca vencido,

para ser firme pie en el reino instable,

la antes odiosa paz halló agradable.

 

»Sucedió a su real pecho el animoso

de Teodoredo, a quién los adivinos

triste muerte anunciaron y él furioso

a buscarla salió por mil caminos;

contra el soberbio Atila victorioso

de Tolosa en los campos convecinos,

donde en sangriento innumerable estrago

el rey bebió entre el vulgo el común trago.

»Bien que su belicoso Turismundo,

del muerto padre en la áspera venganza,

contra el azote del vencido mundo,

de firme acero armó su invicta lanza;

fuera al primer azote, ella el segundo,

si invidia no enfrenara su pujanza,

cuando al bárbaro rayo de la guerra

las fuerzas le templó y quitó la tierra.

»Tuvo por sucesores dos hermanos:

el sin piedad incauto Teodorico,

que a un humilde rey vándalo en sus manos

matar le hizo y a él su hermano Eurico;

fratricida cruel, pero de humanos

respetos, noble, afable, ilustre y rico,

que a su reino dio ley, y a su corona

la orla de Zaragoza y de Pamplona.

»Compeliendo a bramar al cielo en vano,

en un toro de alambre a Burdeneo,

Alarico entró al reino y por su mano

la ambición lo usurpó de Clodoveo;

a este le sucedió un bastardo hermano

y a este el valor que da Amalo y Balteo

las nobles sangres puso en un supuesto,

y en él un nombre de los dos compuesto.

»Matáronle en Narbona y entró luego

Téudis, en cuyo tiempo el real de Francia

en España sembró sangriento fuego,

con mayor suyo que ganancia;

matole un brazo loco en furor ciego,

sucedió de Teudisclo la arrogancia,

y a este de Egica la arriana suerte,

y a ambos tras torpe vida infame muerte.

»Atanagildo entró determinado

de echar de España la romana gente,

siguiole Liuva, y por acompañado

el cruel Leovigildo, rey prudente;

aunque soberbio y sin piedad airado,

en grandeza y tesoros eminente,

de Recaredo padre y de su hermano

el mártir Emerguildo sevillano.

 

»Fue el singular y noble Recaredo

del cetro y silla real sucesor dino,

de Francia vencedor, de Roma miedo

y de la fe restaurador divino;

de amada majestad brioso denuedo,

de tan feliz estrella y noble sino,

que del real valor que le acompaña

eterna sucesión gozará España.

»Sucediole de Liuva de reino breve

de esperanzas en flor sembrado en vano,

que Viterico con espada aleve

segarlas pudo el cetro toledano;

dejándolo él con muerte menos leve

a Gundemiro, el que en fervor cristiano

los templos hizo con piedad sagrados,

inviolables defensas de culpados.

»Tras este el elocuente Sisebuto

por dos veces triunfó de los romanos,

y a los hebreos con público estatuto,

dejar les mandó el Reino o ser cristianos;

entró al suyo de lágrimas y luto,

niño de tierna edad y años lozanos,

su hijo Recaredo, y murió luego,

que aún no lloró a su padre con sosiego.

»Heredole Suintila y fue el primero

que el reino hizo de España monarquía,

y tras él el Sisenando copió el fuero

de la jurispañola policía;

Chintila entró en resplandeciente acero,

más que por sucesión por tiranía,

y Tulga al mundo dio en veloz corrida

solos deseos de gozar su vida.

»Alzose con el reino Chindasunto,

y sucediole su hijo valeroso

el católico y noble Recisunto,

de ánimo insigne y corazón piadoso;

tras quien a Wamba hizo el pueblo junto,

en concorde elección rey poderoso,

y él, dando temporal por infinito,

la púrpura trocó en sayal benito.

»Dio en sucesión el reino no estimado

al conde Ervigio, rey ahora intruso

en la real silla, donde no forzado

a Egica su famoso yerno puso;

por quien Vitiza entró en adverso Hado,

de cuyo infeliz tiempo el torpe abuso

a oscurecer llegó y deslucir todos

los graves hechos de los reyes godos.

 

»Fue ayo de perniciosas libertades,

y el que estragó de la compuesta España,

en las nobles virtudes sus beldades,

¡Tanto un mal rey con su insolencia daña!

desnudó de sus muros las ciudades,

a las armas quitó el acero y saña,

y al mal regido Reino dio permiso

del sensual deleite en cuanto quiso.

»Privolo de él Rodrigo en campo armado,

que su robusto pecho y brazo fuerte,

en sensuales deleites estragado,

su grandeza perdió y ganó su muerte;

un antiguo palacio dio encantado

en su alcázar real la infeliz suerte,

a cuyo firme umbral el bronce duro

mil siglos tuvo en su quietud seguro.

»Nadie en la antigüedad fue así atrevido,

que el acero rompiese a sus candados,

medroso, que el furor allí escondido

sus desastres tenía encarcelados;

de este rey solo al pecho distraído,

la infiel codicia le vendió pintados

los bárbaros que a España en triste día

un encantado bulto prometía.

»Turbose el rey al infeliz agüero,

aunque el lascivo amor más le turbaba

con una dama, y su desdén severo,

niña, lozana, altiva, hermosa y brava;

por ganarla perdió su reino entero,

él fue el último godo, ella la Cava:

su padre Julián, por él España,

bárbara presa de una gente extraña.

»En las selvas cayó del río Leteo

del sin ventura rey, el cetro y mando,

quedó perdida España, harto el deseo

en sus destrozos el morisco bando;

mas ¿qué no puede un vicio torpe y feo

y el descuido de un rey lascivo y blando?

Todo al fin lo abrasó y tragó su rabia

la torpe secta que nació en Arabia.

»Hiciera punto aquí el linaje godo,

su altivo reino, y el valor de España,

en miserable riesgo puesto todo,

al tirano furor de gente extraña;

si un nuevo rey por milagroso modo,

del áspero solar de una montaña

no levantara el cielo ya cansado,

del fiero azote y del rigor pasado.

 

»Fue este feliz restaurador Pelayo,

del despojado rey noble sobrino,

en quien conservó el cielo vivo un rayo

del gótico valor, brío peregrino;

y el triste reino en su mortal desmayo

nuevo aliento cobró, nuevo camino,

a la rica esperanza, antes sin vida,

de recobrar la libertad perdida.

»Pelayo al reino dio un brazo animoso

por sucesor de su ánimo valiente

a quien la breve vida quitó un oso,

y el católico Alfonso entró prudente;

a gobernar el cetro valeroso

por digno rey de la española gente

y en linaje, valor, brío y denuedo,

ínclito sucesor de Recaredo.

»De este fue hijo el áspero Fruela

que en corazón cruel y ánimo impuro

un hermano mató, sin más cautela,

que deseos de gozar reino seguro;

fue de su religión fiel centinela,

de su sagrada fe inviolable muro

y al estragado clero, en casto celo,

la limpia honestidad volvió del cielo.

»Fue alegre prenda de una hija hermosa

del que en Guiena fue duque contrario

al potente Martel, que en la alevosa

Francia a rey le subió el tiempo voltario;

abuelo del que ahora reina y osa

con sus duques nombrarse tu adversario

de cuya sangre real, así enemiga

de Carlomagno y su francesa liga,

»el Casto rey nació, que ahora enfrena

con riendas de oro la invencible España,

y su hermana menor doña Jimena,

que al mundo dio del Conde de Saldaña;

la invicta espada de victorias llena,

cuyas grandezas en prudente saña,

harán los Hados, sin que el curso muden,

que ahora espanten y después se duden.

»Este es el gran Bernardo, a quien el cielo,

por benignos favores de su estrella,

a su brazo rendido dará el suelo,

que guía de flor de lis la impresa bella;

hará vengado a su ofendido abuelo,

satisfará tu agravio y mi querella,

y a un golpe que la fama le atribuya

de Francia la honra y la opinión por suya.

 

»Es al presente un joven valeroso,

de real disposición, feroz denuedo,

noble, fácil, cortés, compuesto, brioso,

de pecho altivo y corazón sin miedo;

en paz afable, en guerras desdeñoso,

de España, al fin, que es cuanto decir puedo,

que un ánimo español de sangre noble,

en cuantas goza el mundo, es fiesta doble.

»En la corte nació del rey su tío,

de adonde el sabio Orontes, deudo nuestro,

pequeño le robó y, por gusto mío,

ayo le ha sido fiel, guarda y maestro;

salió cuál se esperaba de su brío,

en todas armas valeroso y diestro,

cuya temprana espada y brazo fuerte

su rey libró de una alevosa muerte.

»No se crió en regalos ni en blanduras,

ni el ocio padre fue de heroicos pechos,

que del deleite humilde las dulzuras,

solo son de almas pobres ricos lechos;

desde que a las primeras luces puras

abrió los tiernos ojos, los vio hechos

a soledades, y asperezas solas,

y a oír del sordo mar las roncas olas.

»En el crespo archipiélago copioso

de ásperas islas un preñado monte,

de la jovial Creta al golfo ondoso,

su cabeza descubre a mi horizonte;

y entre el Samo, y el Mergo pantanoso,

y entre el principio de Asia y Negroponte,

hecha deja una isleta y costa brava,

que Icaria en otro tiempo se llamaba.

»En cuyos solitarios arenales,

del atrevido Ícaro la pluma,

aún eternas conserva las señales,

sin que el mudable tiempo las consuma;

y su nombre en las ondas inmortales

de herviente cubierto y blanca espuma,

sobre el sepulcro temeroso suena,

puesto al rigor de su mudable arena.

»El sabio aquí, por la esperanza mía,

a su cargo tomó la ilustre impresa,

y en noble crianza y sabia policía,

salvaguardó la destrucción francesa;

probando en aventuras que fingía

de su niñez la inclinación traviesa,

y tras ella sus años juveniles,

al grave pundonor de hechos gentiles.

 

»Vestile anoche un rico arnés de acero,

y armole hoy caballero un rey persiano,

guardando a mis lecciones el agüero

de un observado aspecto soberano;

con que ya su valor veo tan entero

que golpe no dará en vacío humano,

y a darte nuevas de esta buena suerte,

las alas me prestó el deseo de verte.

»Ya pues, diosa feliz, en lo restante,

por ti mi joven se gobierne y rija,

y contra el brazo y el furor de Anglante

armas iguales tu saber le elija;

que aunque es a todo su valor bastante,

con prevención prudente el bien se fija,

acudiendo a esta impresa por ser tuya,

yo de mi parte, Orontes de la suya.

»Está de tu favor necesitado

el católico reino de Castilla

contra el francés orgullo, que agraviado,

por fuerza quiere la española silla;

y al valiente doncel recién armado,

la soberbia del mundo se le humilla,

solo tu amparo pide, que en la tierra

de la paz es el nervio y de la guerra.

»Si el francés enemigo se apodera

de España, queda muerto el valor godo,

todo el mundo rendido a su bandera

que el cielo ha dado a España el mundo todo;

suyo ha de ser en esta edad postrera,

y de Francia será, si por tal modo,

por fuerza ahora ¡oh cautelosa maña!

su brío introduce en el valor de España.

»Tu agravio queda sin venganza justa,

y para siempre nuestro honor manchado,

si el ímpetu francés a la robusta

fuerza de España queda incorporado;

la nueva causa de esta guerra injusta,

que entre estas dos naciones se ha trabado,

de aquí tomó corriente, advierte el modo

que señora te dé una vez de todo.

»Hijo dije que fue del rey Fruela,

el que lo es hoy de Asturias y Galicia,

mas quedó niño y con su infiel tutela,

de Aurelio usurpó el reino la malicia;

sucedió del rey Silo la cautela,

y a este de Mauregato la avaricia,

que por gozar de infame cetro de oro,

bellas parias pagó en tributo al moro.

 

»Sucedió don Bermudo a Mauregato,

de pecho real y de ánimo prudente,

que al Casto primo dio del reino ingrato,

como antes era suyo, el cetro y gente;

este es hoy de virtud vivo retrato,

en la guerra y la paz, sabio y valiente,

invicto vencedor, feroz guerrero,

casto en la vida, en el juzgar severo.

»Mas viéndose de larga edad ceñido,

y de ilustres deseos rico el pecho,

en el estrecho término encogido

de un combatido muro y pueblo estrecho;

sin forzoso heredero conocido,

con quien dejar su reino satisfecho,

vio también que, aunque sobre fortaleza

es confusión un mundo sin cabeza.

»Y de estos graves pensamientos llena

la heroica fantasía, el rey severo,

entre el cargo y descargo de la pena

de ver su invicto león sin heredero;

de sus trazas tomó la menos buena,

sin fiarla de prudente consejero,

notable error, y en ya resuelta instancia

ceder quiere su cetro en el de Francia.

»Movíale ver el brazo victorioso

del nuevo Augusto César de Occidente

y el español distrito belicoso

así ocupado de enemiga gente;

quería dejar un capitán famoso

a su invencible ejército decente,

que con su autoridad al pecho frío

pusiese, a ser posible, mayor brío.

»Que a él su prolija edad más le convida

al ocio blando que a la dura guerra,

y del mauro la gente malnacida

de aumentar trata la usurpada tierra;

mas la rica esperanza concebida

del noble fin que el real cuidado encierra,

ya el tiempo con suceso no esperado,

en ambiciosa guerra la ha trocado.

»Que el reino al no decente ofrecimiento

del católico rey al rey de Francia,

de su imprudente arbitrio descontento,

su valor ofendido y su arrogancia;

que revoque pidió el dañoso intento

con la segunda, la primera instancia,

o la obediencia le alzarán debida

y harán no poco en le dejar con vida.

 

»Esto a anular bastó el concierto hecho

con público estatuto y embajada,

y agraviado el francés quiere, de hecho,

la injusta sucesión con mano armada;

y que la fuerza, a falta de derecho,

le dé el reino y sobre esto es la jornada:

de Francia la soberbia y de Castilla,

de esta fuente bebieron su rencilla.

»Vencidos ya Agramante y Desiderio,

aquel rey africano, este lombardo,

con el feroz poder del nuevo Imperio,

sobre España el francés baja gallardo;

y ella no tiene en todo su hemisferio

otro valor igual al de Bernardo,

mas basta este, que un brazo valeroso,

un campo, un reino, un mundo hace dichoso.

»Hasta ahora el riesgo ha estado por mi cuenta

del rico enjerto y de la invicta rama,

que ha de dar sombra al mundo, a Francia afrenta

y a su España de honor lustrosa llama;

ahora haz tú, hermana, que yo sienta

que en esto vuelvo por tu gusto y fama,

y que eres diosa del tesoro humano,

que la guerra y la paz tiene en la mano».

Al dulce hablar de la afeitada Alcina,

Morgana en gran deleite estuvo atenta,

que es la lisonja dulce golosina,

que al necio rico en ambición sustenta;

y ufana con el nombre de divina,

así arrogante respondió y contenta,

sin mirar que la Hada en cuanto emprende,

solo a su gusto y no al ajeno atiende.

«Siempre creí que en tu cuidado puesto,

vivía seguro el de mi honra y vida,

que más promete tu nobleza que esto,

y en más que esto te estoy agradecida;

el cielo a mi venganza está dispuesto,

que pues la veo de ti favorecida,

ya no la dudo ni recelo en nada,

tú quedarás contenta y yo vengada.

»Por varios motivos pretendí vengarme,

y todos ellos me han salido en vano,

ya del fiel Galalón quise ayudarme,

ya de la injusta muerte de Troyano;

de Agramante el valor pudo alentarme,

el tártaro furor y el africano,

de Mandricardo y Rodamonte fiero,

mas a aquel mató Orlando, a éstos Rugero.

 

»En graves pensamientos ocupada

el placer me halló de tu venida,

ya en mis perplejas dudas enterada

del francés riesgo en su fatal caída;

aunque ignorando la dichosa espada

de tal hazaña digna y tal herida,

ahora que tu saber me la ha mostrado,

oye lo que al presente me da el Hado.

»Ya sabes que son míos de derecho

los tesoros del mar y de la tierra,

y que a mi cetro y gusto paga pecho

cuanto en los senos de los dos se encierra;

pues donde del mar Jonio el bravo estrecho

de Acroceranio bate la alta sierra,

cierta joya en el mundo celebrada

días ha que a un grave fin tengo guardada.

»Aquellas armas que del griego Aquiles

a Ulises se entregaron por sentencia,

de ricas perlas llenas, y perfiles,

en quien Vulcano echó toda su ciencia;

donde en realces de mágicos buriles

grabada está una oculta descendencia

de héroes ilustres que vendrán al mundo,

del primer poseedor, y del segundo.

»Del crespo mar una áspera tormenta

allí hasta hoy las dio depositadas,

sin que el furioso Telamon consienta

que le sean de mortal mano tocadas;

vive en su muerto corazón la afrenta

de haberle sido sin razón quitadas,

y, en virtud de este pensamiento altivo,

muerto, para guardarlas se está vivo.

»Si ya este nuevo espíritu valiente

el fin supiere hallar de esta aventura,

yo mi favor le prestaré decente

y él me hará de su valor segura».

Así Morgana al margen de una fuente

al blando viento hurtaba la frescura,

y yo, al sabor de su parlar atento,

también bebí de su discurso el viento.

Cuando el tiple marcial que el clarín vierte,

y el ronco son de trompas y atambores

con que el mundo camina hacia la muerte,

su plática deshizo entre las flores:

cesó el sepulcro en que la hada advierte

que el arnés vive lleno de primores,

del griego capitán a cuya mano

Héctor murió y tembló el muro troyano.

 

Que el quinto cielo, ya en sangrienta rueda,

por la tierra marcial furor derrama

y en invisible aliento da el que pueda

crecer a soplos de ambición la llama;

del rey francés los triunfos, con que queda

en majestad vencido el de la fama,

el requemado enojo, los desvíos,

y del leonés los indomables bríos.

Entre la tierra, el cielo, el mar y el viento

un soberbio castillo está labrado,

que aunque de huecos aires su cimiento,

y en frágiles palabras amansado;

basa no tiene de mayor asiento

el mundo, ni los cielos se la han dado,

pues a solo él y su muralla fuerte

no ha podido escalar ni entrar la muerte.

En las nubes esconde sus almenas,

la tierra y cielo desde allí juzgando,

de anchos resquicios y atalayas llenas,

de ojos cubiertas, sin dormir velando;

y con más lenguas que la mar arenas,

ajenas vidas y obras pregonando,

sin que palabra, aunque pequeña, suene,

que de rumor las bóvedas no llene.

Fama, monstruo feliz, vario en colores,

es quien las torres del alcázar vela,

y en plumas de vistosos resplandores

por todo el orbe sin cansarse vuela;

favores pregonando y disfavores,

que allí el parlero tiempo le revela,

de ojos vestida, de alas y de lenguas,

de unos contando loores, de otros menguas.

Vuelan sus claraboyas por la cumbre

de la enarcada bóveda del cielo

sobre pilares de oro cuya lumbre

el aire baña y da hermosura al suelo;

vuelve en cuadrados ecos su techumbre

de huecas voces un sonoro vuelo,

que en confuso rumor los patios llena

y un rico mundo de grandezas suena.

Los firmes quicios de las altas puertas,

sin guardadoras llaves ni candados,

a todo tiempo y toda gente abiertas,

de cualquier calidad, suerte y estados;

las ocultas verdades descubiertas,

los antiguos engaños disfrazados,

los vulgares rumores, cuyo enjambre,

al deseo de saber crece el hambre.

 

A estos, sin que el reciente rastro borre

el vulgo la ignorante oreja aplica,

y al ciego aliento que en sus patios corre

la más templada boca multiplica;

los cuentos que uno oyó en la primer torre,

tan mudados en otra los publica,

que, volviendo a encontrarlos sus autores

nuevos los juzgan y los dan mayores.

El firme umbral de sonoro bronce

al grave peso de la gente gime,

que el vario tiempo por el ancho esconde

a todas horas de aquel mundo esgrime;

aquí de nudo eterno el mortal gonce

los siglos vence, y a la muerte oprime,

y en vuelo infatigable y ancha pompa,

el son retumba de una hueca trompa.

Humilde a los principios se levanta,

de ronca voz y de alas encogida,

mas crece el tibio vuelo en fuerza tanta

que a la luz deja en su cundir vencida;

de feroz vista y proporción que espanta,

en vivas lenguas y ojos convertida,

y de tal propiedad y tal sujeto,

que a todo hace y no a guardar secreto.

Así a los cielos ruego le suceda

al vuelo heroico de mi corta pluma,

que si hoy humilde y por el suelo queda,

mañana suba a ser de honor la espuma;

y en lo alto ya de la voluble rueda,

el tiempo ni la halle ni consuma,

mas con su altiva voz tan hueca suene,

que el mundo espante y sus regiones llene.

De todas las humanas invenciones,

soberbias torres, máquinas, trofeos,

bellos teatros, ricos panteones,

altas columnas, graves mausoleos;

anchos doriscos, sacros íliones,

colosos, arcos, termas, coliseos,

pincel, estatuas, bronces, escultura

y otra, si hay más constante o más segura;

en todas hunde la infeliz polilla

del voraz tiempo, autor de las verdades,

no hay real corona ni suprema silla,

sagrado Imperio, muros ni ciudades;

contras sus fuerzas todo lo aportilla,

en todo imprime y causa novedades

los reinos muda, sus linderos trueca,

y hoy, donde ayer fue mar, ya es tierra seca.

 

¿Quién me dirá de la usurpada España

el cetro oscuro de ásperos alanos?

¿Qué terrones rompió la inculta saña

de almonidas y antiguos turdetanos?

¿Quién los epalos fueron, cuya maña

al Betis dio los muros sevillanos?

Los zacintos, los celtas, los ancones,

¿En cuál mundo tuvieron sus regiones?

Ya el tiempo los tragó en ruedas voltarias,

la romana y la griega monarquía,

de Virgilio y de Homero plumas varias,

murieron, y ellos viven todavía;

si a sus versos los reinos dieron parias,

también yo espero que a la musa mía

rinda a pesar del tiempo y de envidiosos,

Roma sus muros, Rodas sus colosos.

Estos deseos, sabrosa medicina

contra la muerte son, de honrados pechos,

que el alma eterna de nación divina

eternizar también desea sus hechos.

¿Quién a un famoso nombre no se inclina?

¿Quién la honra no antepone a otros provechos?

¿Quien tan inútil y de humilde suelo,

que de una inmortal voz no ame el señuelo?

Pues este antiguo monstruo, en pasos blando,

de pechos nobles pasto apetecido,

hoy por un ciego mundo hace volando,

con mayor voz que nunca, más ruido;

la nueva infausta guerra pregonando,

el valor del francés nunca vencido,

el aprieto de España y de sus cosas,

unas alegres y otras lastimosas.

Y entre, las que el clarín con mayor vuelo

del vulgo humilde al real dosel levanta

es de Francia el ejército que el suelo

con sombra cubre y con braveza espanta;

por cuanto ciñe el mar y abraza el cielo,

ni otra voz suena ni otra gloria canta,

que siempre el vario monstruo se recrea

con los que la fortuna lisonjea.

También la invicta España en contra viene

del común enemigo a la potencia

con cuanto dentro encierra, hasta el que tiene

en religión y leyes diferencia;

el que de arar la tierra se mantiene

los que en mandarla alcanzan eminencia,

al que en alcázar real o humilde choza

la nueva guerra asesta o la paz goza.

 

Los que a Duero cultivan sus jazmines,

y al río Miño las riberas rojas,

y de Ebro los principios y los fines,

de nieblas frías y corrientes flojas;

los que del Tajo habitan los confines,

y pisan de sus álamos las hojas,

y el que sin fruto en Guadiana pesca

o al Betis ciñe la ribera fresca.

Marsilio en prevenirse fue el primero

contra el común pavor que asombra a España,

y al rey Casto ofreciendo un campo entero

el de su gente infiel puso en campaña;

mandando a Ferragut que al mauro fiero

por gente pase natural y extraña,

y a la de Cataluña, por Valencia,

de África anude y junte la potencia.

Fue Ferragut un bárbaro brioso,

de fornida estatura de gigante,

miembros doblados, ánimo orgulloso,

colérico en sus gustos y arrogante;

en fuerzas firme, en cuerpo poderoso,

velloso rostro, y áspero semblante,

y en el llegar con su opinión al cabo

entre los valerosos el más bravo.

A insignes triunfos de armas inclinado,

y a devolver del mundo las regiones,

y dejar fama en él, que es un cuidado

que no cabe en estrechos corazones;

Todo hasta el marcial pecho era encantado,

y este, lleno de honradas pretensiones,

a sembrar sale belicosa saña,

de Zaragoza a lo mejor de España.

Del Ebro claro a la corriente fría

alterando llegó el rumor la tierra,

con rayos de orgullosa valentía

que es la paz de su espíritu la guerra;

y del florido salto que hacía

la preñada cuchilla de una sierra,

como en grillos de plata vio ceñido

del humilde collado el tumbo erguido.

Así enfrenada la corriente brava

de arboledas vestido y de frescura,

que el sosegado curso que llevaba

a la vista engañara más segura;

el bosque en sus cristales se miraba,

y dando y recibiendo hermosura

de Flora, a vueltas vía el brazo tierno

rosas sembrando del florido cuerno.

 

La fresca vid al álamo sombrío

sus ramos dulcemente encadenaba,

y a costa del humor del manso río

de una inmortal frescura le adornaba;

donde al ardiente Sol el blando frío

con pardas frescas sombras convidaba,

y a contemplar en su cristal profundo

otro bosque, otro cielo y otro mundo.

En este alegre soto entretenido

sus flores Ferragut pisa contento,

y del lugar, y del calor movido,

un nuevo busca y apacible asiento;

este halla fresco, el otro más florido,

aquí hay más verde juncia, allí más viento,

hasta que de uno en otro remolino,

de un raudal espumoso al salto vino.

Al sordo murmurar que se desempeña

el hondo valle suena comarcano,

y de una peña dando en otra peña,

de aljófar lleno salta al verde llano;

aquí una cueva está que aunque pequeña,

hecha parece por divina mano,

en cuyo húmedo seno y hueco frío

las deidades habitan de aquel río,

donde en tiernos cuidados ocupadas,

en grutas de cristal y ondas ceñidas,

las ninfas sobre telas delicadas

sus amores dibujan y sus vidas;

las rubias hebras de oro marañadas

entre la blanda lana retorcidas,

a vueltas muestran de sus lazos bellos

mil lances de primor de ellas y de ellos.

Aquí entre olores que tributa el prado,

al ronco estruendo del cristal rompido,

el moro, en graves trazas ocupado,

sin saber cómo, se quedó dormido;

débil Morfeo en paso sosegado

el sentir le robó sin ser sentido,

al blando entrar de una quietud suave,

que al sueño abrió y al alma echó la llave.

Y apenas de la vista en las ventanas

el sentido común fijó dos sellos,

y de las cosas las figuras vanas

hechas aires sutil voló por ellos;

cuando con luces no del todo humanas

el sueño le mostró, en retratos bellos

un alarde a quién dan rayos adustos

los malogrados fines de sus gustos.

 

Sueña que se halla en los alegres días

que a Doralice festejó en Granada,

cuando a un breve favor largas porfías,

la puerta le dejaron más cerrada;

las armas y pomposas gallardías

en la amorosa impresa celebrada

de Angélica y la bella Guadalara,

del Brabonel amante prenda cara.

Prosigue amor en su pesado sueño,

y hácele en Babilonia enamorado

de Bagdelia y que en Persia alzó por dueño

a la Hada Argiran de su cuidado;

que a la dueña del lago en dulce empeño

también sin premio le entregó el cuidado,

y de Marfisa fue atrevido amante

y oculto de la bella Bradamante.

Que a Flordelis y a Flordespina quiso

en diferentes partes, y en ninguna,

o sea por cuidadoso o por remiso,

favorable le vino suerte alguna;

o sea estrella cruel, Hado preciso,

azotes o regalos de fortuna,

o la aspereza de su rostro y talle,

que era oille temor, miedo miralle.

Nadie le codició por tierno amante,

ni él en saberlo ser halló ventura,

con que el parlero sueño fue bastante

a despeñarlo en una cueva escura;

donde en lloroso vio y mortal semblante

la bella granadina hermosura

que a la arrogancia de su pecho fiero

su primer gusto fue y su amor primero.

Parécele que en triste cárcel puesta,

donde halagüeñas lágrimas vertía,

con medroso ademán y habla modesta

breve socorro a su aflicción pedía;

quiso darle las obras por respuesta,

y del pesado sueño la agonía

su quietud le hurtó y en medio el prado

un sátiro a una ninfa vio abrazado.

Ahora fuese que al sabroso frío

a recrearse sin temor saliese,

y a gozar de algún álamo sombrío

su labor, y la siesta le moviese;

o que en la cueva del cercano río

en cuidadosas lazadas le prendiese,

o que ahumado encanto le fingía

lo que durmiendo oyó y despierto vía.

 

En mil lazos el sátiro encadena

el delicado cuerpo transparente,

y la boca de amarga espuma llena,

ya el dulce aliento de la ninfa siente;

que a desdeñosos golpes le refrena,

y en tesón duro y forcejar valiente,

el torpe nudo huye y feo semblante

del atrevido deshonesto amante.

Procura libertar el tierno cuello

del peligroso nudo de sus brazos,

y el sátiro importuno el bulto bello

más encadena en amorosos lazos;

el cendal rompe, troza los cabellos,

y el cuerpo sin piedad hace pedazos,

y todo en vano que, aunque no rendida

está de la ocasión del gusto asida.

Cual parda sierpe, que de nudos llena,

el águila real lleva a su nido,

las alas con sus roscas encadena,

y en ellas cuerpo y pies le tiene asido;

o escura yedra que, en maraña amena,

el tronco a un olmo deja entretejido;

o el blanco risco que la jibia tiñe;

o el pulpo en negros lazos teje y ciñe.

Tal el lascivo sátiro envolvía

la bella ninfa en su prisión forzada,

el moro que entendió la demasía

del torpe amor y el tiempo ocasionada;

y del fresco lecho salta en que dormía,

y al vano amante la desnuda espada

al ciego corazón le guio de suerte,

que echó fuera el amor y entró la muerte.

Cayó descoyuntado al mortal hielo

el corvo fauno, y una alegre fuente

las nuevas flores del pintado suelo

en su cristal bañó resplandeciente;

o fuese influjo de observado cielo,

o de mágica fuerza cerco ardiente,

al desangrado amante entre la yedra

el mundo recibió mudado en piedra.

Y un celoso cristal por la herida

de desengaños lleno corrió al río,

tal que si al gusto a verse en él convida,

tal vez le vuelve en tristes sombras frío;

que al pecho no dio amor duda escondida,

que clara no la dé el licor sombrío,

los celos, las sospechas, los antojos,

descifrados su luz pone en los ojos.

 

El hijo de Lanfusa fue el primero

que el alinde probó de la onda pura,

y ya por culpa ajena o rostro fiero,

del suyo le asombró ver la figura;

o sea sospecha, o caso verdadero,

él lo sabe y amor que le asegura

que de su arco, los menos agraviados

salen, cuando no heridos, asombrados.

Ni importa en nobles gustos ser amado;

que en alegre verano y pasto tierno,

al corderillo que hay más regalado

a vueltas crece de la lana el cuerno;

el caso de Anteón ¿a cuál honrado

en el alma no imprime miedo eterno?

Pues no hay Diana tan fiel, si se le antoja,

que en ciervo no convierta a quien la enoja.

Para humillar su altivez la rueda

en gustos locamente confiados,

labrada esta parlera frente queda

de un libre desengaño de cuidados;

donde el Narciso, de favores pueda

en el agua escribir los más fundados,

y gozar en sus márgenes y orillas

de los hurtos de amor las maravillas.

Del feo bulto del fauno heredó el nombre,

y de su pecho y cuernos agua fría,

y su fama en el mundo tal renombre,

que de divino oráculo servía:

¡Ciega locura aventurar el hombre

sin ganancia el caudal de su alegría!

¡Vana curiosidad, locos antojos,

donde es mejor no ver que tener ojos!

Bien que al cristal de su parlero seno,

hermosos campos y pinturas bellas,

un tierno niño Amor, de gustos lleno,

sobre un cielo de flores por estrellas;

mil bellas ninfas por un bosque ameno,

Venus, que alegre se regala entre ellas,

y al compás de los sátiros que espantan

bailan las unas, y las otras cantan.

Cuando el antojo del que al agua llega,

por gusto pide halla retratado,

montañas de oro, la codicia ciega

de Midas, si aún le dura ese cuidado;

cazas Adonis en su fértil vega,

desengaños de amor quien no es amado

el nuevo amante pensamientos tiernos,

el galán galas y el celoso infiernos.

 

Los caballeros, guerras, y aventuras,

los sabios mil secretos naturales,

la vista, melancólicas pinturas,

los placenteros ojos, otros tales;

el labrador, sus mieses mal seguras,

el pescador, sus cañas y sedales,

la dama bella amor, galas la fea,

y cada cual, al fin, lo que desea.

En campo abierto el agua transparente

un tiempo al mundo vio sus maravillas,

mas el ciego concurso de la gente

que a ver llegó sus márgenes y orillas;

con disgustos turbada la corriente,

rojas volvió sus flores amarillas,

hasta que en defendida niebla escura,

la ninfa le encantó la hermosura.

Fue esta aparente máquina de cosas

sombríos cercos de la hada Alcina,

que a hacer las de Bernardo más pomposas

su nuevo estudio y su saber camina;

y de España las sangres belicosas,

a que su natural gusto la inclina,

entre estas sombras quiere y su aparato

al mundo dar un singular retrato.

A este fin levantó en sus huecos senos

de un rico alcázar la belleza extraña,

cuyas cornisas y artesones llenos

de lazos de oro tan sutil maraña;

de marciales sucesos más o menos

que en venideros siglos tendrá España,

crecientes olas que en lenguajes mudos

los campos honraran de mil escudos.

Hasta aquel siglo de oro y rey prudente,

que, como antes, la vuelva monarquía,

y el lleno goce en él de su creciente,

y sin menguante corra su alegría;

esto en muros de vidrio transparente,

y en cristalinos tumbos de agua fría,

la ninfa dibujó y en niebla escura

encantó hasta su tiempo su hermosura.

Al primer riesgo de la sabia fuente

el lascivo animal perdió la vida,

la ya vengada ninfa en la corriente,

del claro río sin temor metida;

viéndose con castigo suficiente,

en su ofendido honor restituida,

a su libertador vuelve lozana,

y a darle el premio del favor se humana.

 

Los espumosos tumbos refrenando,

de entre ellos levantó el gallardo cuello,

con las nuevas vislumbres deslumbrando

al que se atreve con su riesgo a vello;

y en lanzada sutil de un cendal blando,

en crespos lazos reformó el cabello,

que, a no ser de más precio su tesoro,

el día comprara del sus rayos de oro.

Halló el moro caída entre las flores

de un sirgo azul la tela delicada

de matices cubierta y de primores,

milagros de la aguja de la hada;

donde en preciosas sedas y colores

una historia sutil vio dibujada,

parte labrada ya, parte en amago,

del punto natural o aspecto mago.

Nunca de Palas la sutil aguja,

cuando Aragne intentó su competencia,

a los heroicos dioses que dibuja,

igual perfección puso ni igual ciencia;

ni el divino cendal que sobrepuja

toda invención de humana suficiencia,

sembrar pudiera en el atento moro

igual deleite ni mayor tesoro.

No entendió las figuras, aunque pudo

su gallardo ademán entretenello

y atento a verlas por un rato mudo

el gusto le dejó el cendal bello;

la sabia ninfa, que del torpe nudo

del ya muerto animal vio libre el cuello,

y al caballero en entender atento

de su labor el escondido cuento,

por conveniente paga que al servicio

en algo iguale de su espada hecho,

y el premio al recibido beneficio

la majestad descubra de su pecho;

quiso al moro dejar que es noble oficio

en su presente gusto satisfecho,

con breve relación de cuanto incluso

en el rico cendal su aguja puso.

Huyose de las aguas el ruido,

y por hacerse espejo a su belleza,

y el río en nuevo estanque convertido,

inmudable volvió de su ligereza;

y ella en palabras de inmortal sonido

así, al invicto moro vuelta, empieza:

“Bien que sea tu valor en cuanto haga

de su antigua virtud la mayor paga.

 

«Tal vez a un fiel servicio le ennoblece,

que digno del quien le recibe sea,

y el gusto y gloria de la hazana crece

cuanto es mayor la parte en que se emplea;

pues porque el tuyo en lo que en sí merece

su colmo goce y su creciente vea,

contarte quiero a quién por modo honrado

con tu invencible espada has obligado.

»Conocerás de paso los varones

que en mi heroica labor voy dibujando,

que sombras de proféticas visiones,

no se pueden gozar solo mirando;

y yo que el gusto miro en las acciones,

ya los deseos del tuyo estoy juzgando,

oye pues, te diré, moro valiente,

lo que deseas saber y hay en mi fuente.

»Una soy de las ninfas de este río,

de su juncia nacida en las riberas,

ya en otro tiempo el ejercicio mío

fue por los montes fatigar las fieras;

ninguna selva ni lugar sombrío

sin los despojos de mi caza vieras,

en armar redes y acechar paradas

las más diestras no fueron tan nombradas.

»Sin lanudos sabuesos ni lebreles

al jabalí rendí y al oso fiero,

y si hay fieras más fieras y crueles,

esas trataba de amansar primero;

de rosas coronada y de laureles,

mas tuve, sin querer, de un prisionero

que de lo que yo entonces me preciaba

era de un arco, un dardo y una aljaba.

»Y no me estraga el áspero ejercicio

la atezada beldad de mi figura,

que si estimarla en poco no fue vicio,

nunca más la estimé de lo que dura;

el terso espejo, cuyo amargo oficio,

es siempre preparar nueva hermosura,

nunca la mía templó, ni en clara fuente

por nuevo adorno contemplé mi frente.

»Ya Febo estas montañas abrasaba,

en iguales balanzas puesto el día,

cuando yo sus collados trastornaba

rastrando un ciervo que flechado había;

el cansancio el calor me acrecentaba,

y una fresca alameda que nacía

de las orillas de este hondo río,

señas hacía temblando a un viento frío.

 

»Tejiendo en frescas hojas y altas ramas

de sombríos sauces y ásperos laureles

tupidas cuevas, y floridas camas

de azules lirios, carmesíes claveles;

de atada yedra y revoltosas gramas,

vistosos lazos, rejas y canceles,

donde el blanco jazmín hacia la ventana

al tierno grumo de la vid lozana.

»La murta, madreselva y arrayanes,

los almeces cercaban y algarrobos,

y ellos con sus brutescos ademanes

de hojosas ramas resonantes globos;

por donde las calandrias y faisanes

cruzando, daban silbos y corcovos,

y el Sol por su tupida celosía

su luz quería engazar y no podía.

»Bebiendo al fresco viento el soplo blando

al frío llegué de la ribera amena,

por donde se iba, sin mover, pasando

en brazos de cristal la onda serena;

cuyo profundo seno va volcando

los granos de oro den la menuda arena;

meto el pie dentro y como siento el frío,

desnuda me arrojé en el manso río.

»A veces con la una y otra mano

si asir procuro de las ondas frías,

ellas haciendo mi trabajo vano

de mí se huyen por diversas vías;

vuelvo y revuelvo el cristalino llano,

y entre el huir del agua y mis porfías,

sentí por ellas nuevos remolinos,

y vi temblar los árboles vecinos.

»El dios de este lugar, sagrado río,

de verdes cañas y ovas coronado,

el rostro y barba llenos de rocío,

lloviendo arroyos de sudor helado;

en una mano un álamo sombrío,

y en una urna de vidrio reclinado,

del lugar con el mío más vecino

salió rompiendo el muro cristalino.

»Al descubrir el dios quedé turbada,

y a huir medrosa comencé desnuda,

y él viéndome sin ropa, despojada,

de mi arco de oro y de su flecha aguda;

ardiendo sintió el alma antes helada,

y de su nueva pretensión no duda,

que al gran señuelo que el amor le hacía,

ningún estorbo en él serlo podía.

 

»Yo huyo de él, cual tímida paloma

del presto gavilán que le da caza,

y él el seguirme tan por suyo toma

como a paloma el gavilán de raza;

saliendo de este valle, a aquella loma

subía y como nada me embaraza,

en lugar de correr creo que volaba,

y siempre a mis espaldas le llevaba.

»En esto veo su sombra de improviso,

que el Sol ya por mis hombros la subía,

si no era de algún álamo o aliso,

y por suya el temor me la vendía;

mas no era el presto dios nada remiso

ni sus pies solos cabe mí sentía,

que ya casi en mis pasos tropezaba,

y su aliento el cabello me volaba.

»Pasmome el corazón un miedo helado,

y allí, sin poder más, me vi rendida,

que al desenvuelto amante el premio amado

metiendo espuelas vía en la corrida;

los ojos volví al cielo y el cuidado

le entregué de mi honra y de mi vida,

y a la casta Diana en tal estrecho

esta breve oración dije en mi pecho:

» “Divina diosa, si por mí ofrecidas

víctimas fueron humos de tus aras,

y sus puras entrañas encendidas

llamas, en nombre tuyo, dieron claras;

si aljaba y flechas traje a ti debidas

y tu selva aprobó sus diestras varas,

de este fiero enemigo y su torpeza

defiende, oh casta diosa, mi limpieza”

»A este fresco lugar en que ahora estamos

diciendo estas palabras descendía,

cuando Diana de entre aquellos ramos

salió esparciendo en mí una niebla fría;

las dos en medio de ella nos salvamos,

y el fugitivo dios, que ya ponía

en mí sus brazos, aunque quedó ciego,

por mil partes cercó la nube luego.

»Yo viendo tan solícito enemigo,

aunque de la triforme luz guardada,

y en su inviolable amparo y casto abrigo,

segura estaba de dañarme nada;

la beldad ciega que vivía conmigo,

inquieta me traía y alterada,

cual tímida cordera que presente

el lobo en torno del aprisco siente.

 

»Cuando medrosa entre un sudor helado

me vi ir toda ablandando y consumiendo,

que a modo de rocío delicado

de sus senos la nube fue lloviendo;

los huesos ya en cristal se habían trocado,

y como hielos se iban derritiendo,

corriendo entre las yerbas y el amante,

que el agua conoció y mudó el semblante.

»Dejó la grave majestad pesada

y en ver mis nuevas ondas atrevido

“La impresa mía, dijo, es acabada

y en sus aguas tras mí se ha convertido”

Yo, viendo pretensión tan porfiada,

rendime y al tomarle por marido,

vi que a mudar el celestial decreto

ningún humano curso hace efeto.

»Entre estos riscos mi morada tengo

de cristal duro y blandos pedernales,

y aquí con otras ninfas me entretengo

en dibujar impresas inmortales;

del dios Jano por recta línea vengo,

y saben las antorchas celestiales

que es Iberia mi nombre y mi estandarte

la mejor sombra del sangriento Marte.

»Fue Túbal nieto del famoso Jano,

de quien segunda vez renació el mundo

y a poblar esta tierra de su mano

de Armenia vino sobre el mar profundo;

de este nació el segundo rey hispano

llamado Ibero y yo de este segundo,

este es mi antiguo origen, de este Ibero

nombre tomé y le di a este mundo entero.

»Soy pues la que hoy en grave pompa y vuelo

sus cosas guía y soy la que su fama

con pío derramará y heroico celo,

por cuanto el rojo Sol su luz derrama;

de entre las ondas de mi claro hielo

el cielo ha de sacar la inmortal llama,

que dará vida y ley a un mismo paso,

desde la rubia aurora al turbio ocaso.

»Quisiérate mostrar, pero no quiero,

los preciosos tesoros de mi cueva,

las grandezas que al siglo venidero

por todo el orbe su corriente lleva;

los triunfos y el camino verdadero

que al mundo sacará una gente nueva,

a reducir debajo de su lanza

cuanto rodea al sol y el mar alcanza.

 

»Los apartados reinos y las gentes

por los senos del mundo derramadas,

el fin del mar, las playas diferentes

y aquellas islas del calor tostadas;

que al valor de mis claros descendientes

por las estrellas viven reservadas,

aunque no caben todas en la tierra,

lo menos cunden que mi pecho encierra.

»Mas no es posible alcance tantas cosas

el presto huir de un tiempo tan escaso,

ni tú, en horas tan breves, mis famosas

grandezas puedas ver sino es de paso;

a otro brazo las lumbres poderosas

la victoria pasaron de este caso,

y a ti lugar famoso al margen suyo,

en honra al real valor del brazo tuyo.

»Mas por bastante paga al beneficio

de haber en mi favor tu espada honrado,

ya que el precioso Hado te es propicio

y tanto tu nobleza me ha obligado;

del mundo por venir un breve indicio

quiero que en mi labor veas abreviado,

en nueve hermosos rayos, cuya llama

con los nueve compite de la fama.

»Este lienzo entre lazos de oro fino

al mundo guarda vivos sus retratos,

cuya estampa y dibujo peregrino

labrando me entretiene alegres ratos»

Dijo, y desde el remanso cristalino

la tela desdobló, que dio baratos

a sus ojos mil rayos de contento,

y ella así prosiguio su alegre cuento.

»Estos que de mi aguja retratados

dan gloria a las edades venideras,

son nueve capitanes celebrados

tras de quien vienen todas mis banderas;

los triunfos a sus hechos reservados

celebrados quedaran, si los vieras,

que yo ahora no he de darles más renombres,

de que aquí los conozcas por sus nombres.

»Este que ves entre moriscas lides

con seis azules roeles señalado,

antiguas armas del gentil Persides

en tiempo del rey Artus celebrado;

es el godo alemán Nuño Belchides,

y este escuadrón que en sombras abreviado

aún se está en los principios de mi aguja

y su luz la del cielo sobrepuja,

 

»el fruto es de su tronco que al cercano

mundo que ha de venir promete el cielo,

y yo en su nombre al reino castellano,

príncipes dignos de su invicto suelo;

y a Castro y Lemos, colmo soberano

de esta creciente, cuando en feliz vuelo

nazca un Apolo por patrón y guía

de una famosa historia suya y mía.

»El que tras él no quiere atrás quedarse

y su opinión tan adelante lleva

que a todo el ancho mundo hará estimarse

si a hacer llegare de su espada prueba;

pues aquí no pudieron dibujarse,

celebre sus hazañas con voz nueva,

y al Conde Hernán González sin segundo,

no solo España, pero todo el mundo.

»De la real sangre que sucede y mana

a Sandoval de esta sagrada fuente,

Lerma gozará duques y hará ufana

a España un soberano descendiente;

de cuya sabia y fiel prudencia humana

el grave sucesor de un rey prudente,

hará el mejor gobierno que en Castilla

haya tenido la española silla.

»Este de blancas plumas señalado,

que el campo de morisca sangre baña,

si el frigio Héctor no ha resucitado,

famoso Cid será y honor de España;

temblará Mauritania en verle armado

y en el frío ataúd ¡grandeza extraña!

hecho a vencer con su ademán altivo,

tan bien vencerá muerto como vivo.

»Mira tras este al que por propio nombre

el de Gran Capitán será debido,

y si el retrato te parece de hombre,

es porque en mortal lienzo está tejido;

su fama, sus hazañas, su renombre,

no en columnas de mármol esculpido

al mundo dejará para memoria,

mas toda Italia cantará su gloria.

»Este a quien favorece la fortuna

al parecer con tan alegre cara,

si los Hados le sacan de la cuna,

Marqués será famoso de Pescara;

victoria eterna en inmortal coluna

digna promete a su grandeza rara

y él al honor de España un gran tesoro

en el rey preso de los lirios de oro.

 

»Aquel por tantos mares venturosos

en pequeños bajeles engolfado,

es Hernando Cortés, que en mil colosos

su nombre ser merece eternizado;

descubrirán sus ojos venturosos

y rendirá su esfuerzo afortunado,

otro mundo, otro cielo y otro polo,

que es poco para él un mundo solo.

»Este que tiene el venerable cuello

de un bello tusón de oro enriquecido,

y colgado del peso de él y de ello,

del suelo lo mejor y más florido;

si acaso el mundo mereciere vello,

como él ser su monarca ha merecido,

Duque de Alba será y honor de España

en Portugal, en Flandes y Alemaña.

»El que sobre este carro cristalino

el mar gobierna en venturoso freno,

si al mundo hallare su valor camino

para dejarlo de victorias lleno;

de Santacruz será marqués divino,

y si la parca en su enlutado seno

antes de tiempo su valor encierra,

temblar hará el furor de la anglia tierra.

»Aquel en quien las horas presurosas

el curso abreviarán con tal corrida,

que apenas a las puertas deleitosas

llegar le dejarán de nuestra vida;

cuando entre negras sombras tenebrosas,

la tierna faz de amarillez teñida,

dejará el aire claro y nuevo día

que en su real presencia amanecía.

»Yo digo de aquel príncipe famoso

que a España vestirá de luto y llanto,

después que su valor vuelva espantoso

el seno de Corfú y el de Lepanto;

y desde allí con triunfo victorioso

al espanto del mundo ponga espanto,

mostrando en esto ser hijo segundo

de Carlos Quinto, emperador del mundo.

»¡Oh estrellas, cómo fuisteis envidiosas

a la gloria de España! ¡Oh, duro Hado!

Si al golpe de sus suertes valerosas

no les faltara tiempo señalado;

tú solo a mil regiones poderosas

pusieras yugo y freno concertado,

desde donde se hiela el fiero escita,

a donde el abrasado mauro habita.

 

»Dadme, oh hermosas ninfas, frescas flores

para esparcir sobre la tierna frente,

en sacrificios y debidos loores

de este mi soberano descendiente;

y vosotros, divinos resplandores,

deshaced los agüeros felizmente

y aquella sombra y triste centinela,

que sobre su cabeza en torno vuela.

»De estos nueve bellísimos luceros,

en oro ahora y rosicler grabados,

sin otra inmensa copia de guerreros,

entre sombras y luces escorzados;

a los siglos prometen venideros,

honra a los vivos, gloria a los pasados.

No sé si diga, en tan veloz corrida

otro que aquí de intento se me olvida.

»Vive en el mundo y es el adversario

mayor que ha de encontrar tu brazo altivo,

por quien un hombre heroico el tiempo vario

para siempre dará a tus obras vivo;

dejara el alabar a tu contrario,

mas véotele mirar con rostro esquivo,

y es de tan grandes llenos la figura,

que aún asombra su luz puesta en pintura.

»Es pues el valeroso brío dispuesto,

que allí campea entre plumajes de oro,

y en tierna edad y en ademán compuesto

al francés rinde y doma al pueblo moro;

el invicto Bernardo, en quien he puesto

de mi esperanza el sin igual tesoro,

cuya braveza ha de librar la mía

de un yugo de ambiciosa tiranía.

»Ya nuevo arnés ganado representa

un invencible Marte al turbio Egeo,

donde el rigor de una áspera tormenta

de un casto amor le alcanzará el deseo;

y con el rey de Persia en lid sangrienta

ya esta noche le vi y ahora veo

que fue el segundo trance y el primero

de que triunfó con voz de caballero.

»Otro tuvo en defensa de su tío

en los famosos bosques de Miduerna,

donde de mora sangre un rojo río

su dura espada abrió y su mano tierna;

allí, sin otras armas que su brío,

su rey libró y ganó una fama eterna,

mas son ensayes, que en las veras puesto,

su espada rendirá de un mundo el resto.

 

»Matará en Benavente y en Zamora

al soberbio Alcamán y al rey Oreste,

que con la suya la pujanza mora

hará que ni le valga ni le preste;

dejo el campo de Orcejo: dejo ahora

el riesgo del rey Casto, y muerto en este

el antiguo don Bueso, que a Castilla

humillar quiso a la Anquitania silla.

»Dejo trances de honor, dejo victorias,

que mil clarines volverán sonoros,

y de quién de memorias en memorias

la fama hará el mayor de sus tesoros;

las tierras que en pomposas vanaglorias

dará a su rey y quitará a los moros

dejo y dejo también el triunfo manco

de Barbaste, Sobrarbe y Monteblanco.

»Ni de la conquistada Barcelona

digo ya el merecido principado,

ni el tributar Italia a su persona

en escaño real cetro dorado;

ni al ponerle al Imperio la corona

a un golpe de su espada en tal estado,

que por bien que la fama ande ceñida,

siempre a sus pies se le dará rendida.

»Que esto es lo menos de su brazo fuerte

y de los bravos que hoy pisan el mundo,

a los más por su mano ha de dar muerte

y harto el primero hará en quedar segundo;

ni pienses que es el nuevo encarecerte

de sutil invención parto fecundo,

que ya algún día tú has de ser testigo

de lo más y lo menos que aquí digo.

»Lugar precioso en esta rica tela

queda a otros nobles hijos de la Fama,

en cuya heroica historia me desvela

la industria de mi mano y de su fama;

y a cuesta luz que en torno de ellos vuela

es la que a eterno nombre y voz los llama,

ahora, en tanto que ellos nos suceden,

oye lo que los Hados te conceden.

»Si en esta clara fuente siete veces

al rayo de la Luna te lavares,

y a los difuntos dioses tus jueces

con nocturnos inciensos aplacares;

y una sagrada víctima le ofreces

al dios conservador de estos lugares,

con lumbre de laurel y hojas de olivas,

harán que al mundo eternamente vivas

 

»y tu edad y tu siglo se renueve

como los campos con las frescas flores,

sin que tu vista eterna noche pruebe,

ni tus sentidos sientan sus temores;

mientras Ebro a la mar tributos lleve,

y por abril nacieren los amores,

y el cielo coronaren las estrellas,

y los años volaren en pos de ellas.

»Mas si por no observar las impresiones

de los celestes astros lo dejares,

y de estas ceremonias y oraciones

indigno el limpio y grave arnés juzgares;

de las otras forzosas ocasiones

este rocío temple los azares,

y en tu antes duro trato vuelva el mío,

gusto agradable lo que fue desvío.

»Perderás las congojas del profundo

sueño que te inquietó la fantasía,

pues gozar de inmortal vida en el mundo

el cielo te lo da por otra vía;

si merecieres el lugar segundo

en los contextos de una historia mía,

que ha de durar más siglos en la tierra,

que ondas de rama el mar y arena encierra».

Dijo, y de en medio del sagrado río

con la mano arrojó licor bastante,

con que al valiente moro creció el brío

y lo áspero lavó al feroz semblante;

volviendo lo argentado del rocío

el antes rostro bárbaro, elegante,

desnudo del primer capote y ceño

que de horrible le hacía zahareño;

de una apacible gravedad compuesto,

hasta en los ojos de la invidia amable,

así en gallarda proporción dispuesto,

que aún el áspero gusto volvió afable;

que más se da con la ventura que esto,

como sin ella es todo abominable,

el agrado, la gala y la hermosura

no son más que un rocío de ventura.

 

Quería el Moro por tan ricos dones

mostrarse agradecido y obligado,

cuando sin aguardar a otras razones

la hada se volvió en cristal helado;

y él, vestido de nuevas perfecciones,

el camino siguio de su cuidado

de gustos lleno y desabrida pena,

con el bien propio y con la fama ajena.

Del Ebro inculto por la fértil grama

de sus mismas acciones va admirado,

fría de invidia el alma con la fama,

que al gallardo leonés promete el Hado;

celos le hielan, el honor la inflama,

y en él y en su experiencia confiado:

«¡Será posible, dice, que en el mundo

hay quien me baje a mí al lugar segundo!

«Primero en ciega confusión hundido,

todo lo dejará este brazo fiero,

los que ahora viven, los que ya han vivido

cuanto me espera a mí, cuanto yo espero;

mío es, mío ha de ser y mío ha sido,

en todos trances el lugar primero,

este defenderé con dura guerra

a cuanto surca el mar y ara la tierra.

»No volveré a los ojos de mi gente

sin quitar a mi honor este embarazo,

y ver si de ese montañés valiente,

lo que no hizo el mundo hará su brazo;

a buscarle quiero ir al mar de Oriente

y quitarle la vida en tu regazo,

antes que toque en tierra y haya brío

en ella que compita con el mío».

 

Así dijo, fantástico y brioso,

su caballo guio para Valencia,

que es el honor herido en pecho honroso

viva inquietud, agravio sin paciencia;

dos días anduvo sin hallar reposo

tras el fin de su vana competencia,

discurriendo por ella y sin camino,

de un desatino en otro desatino.

Mas ya al tercero, cuando el Sol sembraba

del dorado cenit rayos mayores,

y el pastor caluroso se amparaba

al fresco de los sauces entre flores;

por el nuevo camino que llevaba

en ligeros caballos voladores,

huyendo vio venir una doncella,

y un caballero en los alcances de ella.

Ella a gritos pidiendo al cielo ayuda,

y él con solo el intento de alcanzarla,

con la cobarde espada alta y desnuda,

por herirla, prenderla o por matarla;

sacó el moro feroz la suya aguda

de quien los bravos tiemblan en mirarla

cuando Teudonio en la prisión de Luna,

así en cuentas está con su fortuna.

Llegó el alcaide entreteniendo el paso

con sagaz atención a los que había,

acogiéronle bien, violos de paso,

que solo a requerirlos descendía;

sintió de nuevo el nuevo preso el caso,

su corta fe, su escasa cortesía,

y mordiendo los labios al ultraje,

entre un suspiro reprimió el coraje.

Y vuelto al Conde, dijo: «Al fin cual digo

de la cuadra real llegó a la puerta

el aviso traidor del falso amigo,

cuando ni pudo entrar ni la halló abierta;

yo viendo el riesgo y fin del enemigo

y mi importante traza descubierta

el rebozo troque en que satisfaga

mi muerto honor la prevenida daga.

»Y antes que el frío temor en las entrañas,

entera entró y se la escondí dos veces,

con que el sensual amor y sus marañas

corrido huyó entre las sangrientas heces;

¡Oh cómo el tiempo da vueltas extrañas!

¡Oh cómo humilla locas altiveces!

Matole al fin del muerto honor la traza

y una ventana le colgó a la plaza.

 

»Yo allí aclamando: “¡Libertad! ¡Victoria!

¡León por el Rey Casto!” con que a un punto

de los contrarios no quedó memoria

que a mi voz viva y a su rey difunto;

libres dejaron la usurpada gloria,

las armas y el rendido alcázar junto,

hecho ya en roja sangre un negro charco,

con mi espada y las gentes de Filarco.

»Sacudió el yugo infame del tirano

el reino fiel del oprimido cuello,

haciendo en estos trances de mi mano

que el despojado rey volviese a sello;

prendí, tracé, compuse y todo en vano,

pues al fin se olvidó tan presto de ello;

vino a hacer cortes luego y a ser vino

en mis alegres bodas el padrino.

»Mostró correspondientes los favores

a la importante fe de mis servicios,

siendo en todo mis votos los mejores,

y mis sanos consejos más propicios;

hasta que el malsinar de hombres traidores

esta privanza leal sacó de quicios,

trocándole los vientos favorables,

que hombres, aunque sean reyes son mudables.

»Mahamut, arrez de Mérida, fue un moro

de falso pecho y de ánimo atrevido,

que ardiendo en ambición rompió el decoro

al Rey Hissen de Córdoba debido;

y con su gente y bárbaro tesoro,

ya el Africano yugo sacudido,

del río Vierzo entró en el campo vasto

y al amparo se vino del rey Casto.

»A este, por orden y consejo mío,

en fiel guarda le puso a las fronteras

que el Miño riega y crece el Duero frío,

por hondos saltos y ásperas laderas;

y allí en dos lustros por su ardiente brío

al mundo espanto dieron sus banderas,

y el reforzado puesto en que vivía

asaltos a los moros cada día.

»Era temida hasta en su misma gente

la aspereza del bárbaro inhumano,

enemigo feroz, brazo inclemente

al pueblo infiel y ejército africano;

un hermano, no menos que él valiente

tuvo, a quien sobre el muro zamorano

un día, por sedicioso y homicida,

el rey Casto prendió y quitó la vida.

 

»Encendió al moro el presumido agravio

en deseos de vengar su hermano muerto.

Era mudable, trascendido y sabio,

de sangre castellana y mora enjerto;

y como de traidor tenía el resabio

y de astuto el falaz pecho encubierto

encerró en él con pundonor directo

de la traición que urdía el gran secreto.

»Y por mostrar que del perdido hermano

la odiosa muerte ya tenía olvidada,

al Casto rey envió a pedir humano

importante favor a una jornada;

y a mí por de más nombre y más cercano

a la persona real dio encomendada

la suya y de su causa me hizo agente

con mil lisonjas y un falaz presente.

»Diose el despacho a diligencia mía,

en despediente, afable y grato modo,

y en la conquista y tierras que pedía

sin nada reservar se le dio todo;

mas no el traidor alcaide pretendía

favor, sino venganza del rey godo,

enviando, con el nombre de embajada

doblada gente y prevención doblada.

»Del trono real a descansar bajaba

al valle de Miduerna comarcano

tal vez el Casto rey, donde gozaba

de ver correr un oso de verano;

y el montañés Filarco le hospedaba

con espléndida mesa y franca mano

en un real bosque que en hinchada loma

sobre las puntas de aquel bosque asoma.

»En esta insigne casa de contento

de alcaide, el fiel Garilo nos servía,

puesto en olvido el alevoso intento,

con que a tener más tiempo me vendía;

aunque él a la traición trocando el viento

la doró con decir que pretendía

con aquella ocasión verse a mi lado,

para morir allí o salir honrado.

»Es fácil de engañar un noble pecho,

y en un traidor jamás faltan engaños.

Este, pues, que parece que fue hecho

para sacar a luz los más extraños;

era en Miduerna alcaide a mi despecho,

por el gusto de Arlinda había dos años

cuando el Mahamut la torpe gente

a León llegó con su falaz presente.

 

»Y ahora por grave suma de tesoro,

o la esperanza de otra más cumplida

en él, porque escondió el escuadrón moro,

del Casto rey deseando la venida;

donde la fuerza los guardó del oro,

sin ser de nadie su traición sentida,

hasta que el señalado tiempo vino,

y un notable suceso en el camino.

»El Casto Alfonso al real jardín derecho

a espaciar se guio cuando en un llano,

que el monte da a la humilde selva hecho,

un doncel pareció y un hombre anciano;

el viejo alto, feroz, calvo, derecho,

de rostro enjuto, talle cortesano,

palabras pocas y modesta mucha,

dos grandes bienes al que ve y escucha.

»Del Doncel solo no sabré pintarte

la gallarda postura con que vino,

que al brío natural llegado el arte,

era en humano traje ángel divino;

hijo hermoso de Venus y de Marte

en su aire le juzgarás peregrino,

y humilde de Narciso la pintura,

si, como yo, te hablara su hermosura.

»Niño que el tierno bozo le apuntaba,

de cuerpo algo más grande que pequeño,

de alegres ojos, y de vista brava,

suave en el mirar, y zahareño;

temor el verlo y alegría causaba,

y el rostro armado de capote y ceño,

mezclando a lo hermoso lo robusto,

la cifra hacía deleite y gusto.

»En un bravo fantástico caballo

de la color ilustre del armiño

que Genil vio nacer, Betis criallo,

y de su juncia aún no perdió el cariño;

sin poder con el freno sosegallo

lozano el potro y el jinete niño,

y así trocando manos y visajes

hería el jaez, temblaban los plumajes.

»De azul, tela de plata y encarnado

rico jubón, coleto y calza al uso,

el bohemio en armiños aforrado,

que el regalo y la gala juntos puso;

con broches de diamantes recamado

y perlas en labor y orden confuso,

y en el sombrero, en plumas y en airones,

engastes de rubís hechos florones.

 

»La calza de obra y ricas entretelas,

lanzando rayos con vislumbres de oro,

de puntas de diamantes dos espuelas,

y de rubís por ellas un tesoro;

el blando freno, estribos y charnelas,

con pardos nieles de artificio moro,

la guarnición de la gallarda espada,

de esmeraldas y perlas amasada.

»Varios entalles de oro en cada hebilla,

sonando del pretal las guarniciones,

de verde brocatel la corva silla,

y del mismo matiz riendas y acciones;

gripado lo embutido de platilla,

y en nuevos trebolillos y florones,

con asientos de perlas y rubazos,

floridos brichos y escarchados lazos.

»Así tal vez entre celajes pardos

suele, bullendo en luz resplandeciente,

con bellas alas de oro y pasos tardos,

el lucero alegrar al rojo Oriente;

y entre peñascos de ámbares gallardos

dorar las nuevas rosas de tu frente,

recamando de aljófares y grana

el tierno día, el mundo y la mañana.

»Tal el Doncel llegó, tal el mirallo,

deleite puso y gusto en los presentes,

el rey por hablarle paró el caballo,

hecho un tejido muro de sus gentes;

cuando el sabio gentil que a presentallo

al Casto rey venía, estas prudentes

palabras sembró al aire y fue escuchado

del circunstante pueblo descuidado:

» “Aunque jamás en mí, rey poderoso,

ni hubo causa ni habrá para ofenderte,

por si fui en algún lance sospechoso,

y tu gusto agravié por complacerte;

el brazo de este joven valeroso

de mi culpa podrá satisfacerte,

cuando tu espada ampare, no vencida,

de varios riesgos tu importante vida.

»Tienes con él más parte que conmigo,

con ser yo por mil partes todo tuyo;

no tardarás en conocerme amigo,

y en suficiente prueba el valor tuyo;

que el furor de un doméstico enemigo

te aguarda en este parque, para cuyo

remedio todo lo posible he hecho,

en reducirle a tiempo de provecho”.

 

»Dijo y el Casto responder quería

del grave anciano, al noble ofrecimiento,

cuando el jayán Fracaso, que venía

por traidor capitán del falso intento;

viendo que el Rey el paso suspendía,

feroz salió en su loco atrevimiento,

temiendo en verle así por cosa cierta

ser su oculta traición ya descubierta.

»Con cien valientes moros del castillo:

“¡Muera el ingrato Rey!” salió gritando.

Suspendímonos todos en oillo,

al Casto, en frágil escuadrón cercando;

por donde a todo riesgo abrió portillo

del furor ciego el enemigo bando,

dejando su confusa arremetida

los más bravos Guzmanes sin la vida.

»El doncel de la selva compelido

de un brioso ardor y el gusto de mostrallo,

niño lozano y de ánimo atrevido,

la espada sacó a un tiempo y el caballo;

y cual si temeroso ciervo herido

le espoleara el deseo de alcanzallo

salió contra la bárbara emboscada,

lanzando más que el Sol rayos su espada.

»Era Fracaso un moro berberisco,

de grueso cuerpo y ánimo doblado,

en rostro sierpe, en ira basilisco,

en vista torpe, en lengua libertado;

Cuba de alegre vino, que el morisco

que en esto se desmanda es consumado,

y a la sazón sobre un frisón polaco

hecho venía, recién comido, un Baco.

»Lleno el celebro de arrogancia y vino,

cual fantástica torre iba el primero,

cuando el diestro doncel salió al camino,

vestido uno de seda, otro de acero;

hízole al moro errar su desatino,

y acertarle el contrario un revés fiero,

que dejó por el suelo su braveza,

y a él y a sus soldados sin cabeza.

»Pasó sin alma el cuerpo en el caballo,

cual si vivo buscara a nuestra gente,

donde el miedo primero de mirallo,

la nueva admiración creció presente;

acudió a toda rienda por vengallo

de su morisma el escuadrón valiente,

que en confuso alarido sin reparo

por el nuestro rompió de claro en claro.

 

»Eran los diestros moros escogidos,

armas, lanzas, caballos, caballeros,

al alevoso asalto apercibidos,

y a cualquier trance de ánimos enteros;

los nuestros solo a caza prevenidos,

aljubas de color, petos ligeros,

propios para huir de esa manera,

o de la muerte ahora o de una fiera.

»Quedaron los más bravos por el suelo,

sembrados los no tales por el llano,

que ni del Rey ni de su honor el celo

freno dar pudo a su temor liviano;

encontróse Dorasto con Tranquelo,

aquel moro valiente, este cristiano,

y vinieron al prado sin sentido,

el moro muerto y el cristiano herido.

»Volviose a levantar, cobró sangriento

su fiel caballo y el contrario escudo,

y con él, con su espada y con su aliento

del Rey lo fue mientras durarle pudo;

yo a su lado siguiendo el mismo intento,

vestido de lealtad, de armas desnudo,

la defensa que pude y que debía,

sin dar un paso atrás hice aquel día».

»Mas ¿quién dirá entre tantas las proezas

que el doncel bello en este tiempo hacía,

los peligrosos golpes, las destrezas

con que unos daba y otros rebatía?

Cortando piernas, brazos y cabezas,

a este ayudaba, al otro defendía.

Aquí se ampara y acullá ejecuta,

y a todos acude con presteza astuta.

»A Mosquino llevó una espalda entera,

mollita de Coimbra renegado,

que por ser brava su mujer y fiera

a ser moro se fue desesperado;

donde encontró una vieja hechicera,

que fue siempre en casarse desdichado,

y dichoso en el golpe que hoy le deja

libre de una celosa y de una vieja.

»El diestro brazo le arrancó del codo

a Fulco, gran maestro de un montante,

con que le arrebató su saber todo

y de muy sabio le dejó ignorante;

y al tahúr Alcin le dio un revés de modo

que ambas las manos le quitó delante,

y él, echó a perder manos en el juego,

quedó del golpe con algún sosiego.

 

»A Zegrildos pasó de parte a parte

valiente capitán de Peñaranda

y a Boacel derribó y a Galimarte,

y a Berberuz, el de la roja banda;

hiere, rompe, destroza, hiende y parte,

de aquí y de allí, de aquesta y la otra banda,

hecho en la gallardía y la persona,

un formidable hijo de Belona.

»Cual rayo ardiente que en revuelta llama

de tres puntas los rústicos haberes

del campo asuela y la copada rama

del sauce, alegre sombra a mil placeres;

humeando deja el hueco monte, brama,

gime el cielo al caer, la rubia Ceres

arde en cercas aristas y en su daño

la madura esperanza esconde al año.

»Ni era menor el daño que hacía

el escuadrón contrario en nuestra gente,

que uno muere, otro cae, otro huía,

otro queda hecho piezas por valiente;

el soberbio Abdelmón, que pretendía

ser de Mahoma oscuro descendiente,

y en su ciego Alcorán tener cauciones

para mudar decretos y opiniones,

»traía un diestro herir tan presuroso

que era el asombro del sangriento llano.

Derribó a Peñalver, mató a Fragoso,

uno bravo leonés, otro asturiano;

topó al burlón Grafil, truhán gracioso,

que con lenguaje libre y cuerpo enano

solía satirizar por su deporte

los descuidos del rey y de su corte.

»Más dañole aquel día uno que él tuvo,

no ser en huir como en hablar prolijo,

qué hacer entonces a Abdelmón le pluvo

nuevo donaire del que tantos dijo;

y en verle así pequeño se detuvo,

y al brazo se le ató por regocijo,

hecho de espada que antes era escudo,

dando a su tahalí en el suyo un nudo.

»Pudo la alegre burla estarle a cuento,

que a sombras del juglar nadie le hería,

cuando una flecha por el libre viento

a poner tregua en su placer venía;

dio en la visera y acertando a tiento

los sesos le cosió en la fantasía,

quedando muerto y el enano vivo,

por dueño ya del que antes fue cautivo.

 

»El Casto rey entre escabrosas breñas

a su gente formó frágil reparo,

y con mañosa industria, a sus pequeñas

fuerzas trazó defensa y puso amparo;

bien que contra las armas extremeñas

el vencer fuera incierto, el morir claro,

si el Doncel de la selva le faltara,

o su presta venida se tardara.

»Sacó el morisco orgullo tres gigantes

resplandeciendo en láminas de acero,

uno en los abrasados Garamantes

nacido, otro en las Sirtes, otro en Duero;

de gruesos cuerpos y ánimos bastantes

a rendir el furor de un campo entero,

y para en él llevar nuestro rey preso

un fuerte carro de acerado peso.

»El mauro Dragonel que iba delante,

armadas de una alfanje ambas las manos,

con presto herir y con feroz semblante,

en campo a un tiempo entró con diez cristianos;

mató a Felnigue, músico y danzante,

al duro Orbelio y a Franconio hermano,

que en ciego pleito andaba por su herencia,

y el gigante igualó la diferencia.

»Aun todavía con ellos combatiendo,

muerto el uno del todo, el otro herido,

el gallardo doncel pasó corriendo

del gran combate por lo más tejido;

y ora de intento fuese o no pudiendo

detener el caballo desabrido,

en el jayán chocó y a todo vuelo

como una gruesa torre vino al suelo.

»Quedó sin la una pierna en la caída,

y encima de ella y del muerto el caballo

causó la no pensada arremetida

el dar en el Gigante y derriballo;

ver el confuso campo de vencida

preso el anciano rey y por librallo,

a toda furia arremetió y al paso

le ofreció el cielo el venturoso caso.

»De la escogida escuadra, a quien cumplía

en Lugo al Casto rey dar preso y vivo,

a pesar de quien más lo defendía

en su carro Zairán le entró cautivo;

y con la rica presa que hecho había,

a larga rienda y paso fugitivo,

sin aguardar al fin de la revuelta,

cumplida su intención daba la vuelta.

 

»¿Quién del Real joven contará el denuedo

al diestro entrar del peligroso alcance,

el derribar a Dragonel y el miedo

que a todos puso este segundo lance?

Yo lo vi y lo toqué y apenas puedo

creer que hombre mortal tal brazo alcance

corriendo su caballo a todo vuelo

una lanza al pasar cogió del suelo.

»Y puesta sin perder tiempo en la cuja

la enristro contra el fiero Calimargo,

que un áspero alcornoque sobrepuja

en bestial proporción de duro y largo;

y cual menudo aljófar limpia aguja

taladra, cruza y pasa sin embargo,

así el tierno doncel o el feroz Marte

al gran jayán pasó de parte a parte.

»Rindió la brutal vida al golpe honroso.

¡Caso extraño! pues oye lo restante:

Ganbadul, que volvió el rostro espantoso

y muerto de un encuentro vio al gigante;

bramando contra el cielo, asió furioso

su alfanje y al doncel, que halló delante

quiso, sin creer que fuese el homicida,

que su muerte pagase con la vida.

»Mas sacole el caballo así ligero,

que dieron golpe y cólera en vacío,

bien que un hombro abrió el furioso acero

de un pequeño rasguño un rojo río;

con que el joven que huyó volvió más fiero,

y viendo del contrario el desvarío,

le ayudó de una punta y puso en punto

de ir, aunque vivo, a dar sobre el difunto.

»Enlazó con los brazos su caballo

el jayán, de la firme punta herido,

perdió el sentido, más volvió a cobrallo,

en nuevo espanto y cólera encendido;

y alta la espada hacia el doncel, por dallo

en dos partes de un golpe dividido,

ciego al pasar topó en el jayán muerto,

y turbado, perdió golpe y concierto.

»Y el doncel a un revés la mano airada

con tal donaire revolvió y tal fuerza,

que, aunque de tierno brazo y nueva espada,

el golpe le obligó, se agobie y tuerza;

y abierta una espantosa cuchillada,

al hombro diestro, cuanto más se esfuerza

a la venganza y en sus rabias muerde,

más tibio aliento y roja sangre pierde.

 

»Que al diestro reportarse del contrario,

y hacer con cauta ligereza herida,

sin tiento andaba, en movimiento vario

la fuerza y no la cólera perdida;

y en golpes ciego, en iras temerario

a dos manos la firme espada asida,

uno se afirma a dar, y a darle entero,

hiciera dos un cáucaso de acero.

»No pudo huir el joven valeroso

el riesgo todo y cuando más no pudo,

el golpe entró a coger con brío airoso

en la sangrienta espada y el escudo;

donde al grabado acero un cerco hermoso

y de diamantes el plumero un nudo

a tierra derribó y abrió en la frente,

de roja sangre una vistosa fuente.

»Valió al doncel que por el blando viento

del corvo alfanje un tercio dio en vacío,

que, a no hallarse tan junto un fin violento

sin tiempo hiciera malograr su brío;

y entre armiños y plata el río sangriento

de rubís pareció y de nieve un río,

creciendo con los nuevos arreboles

brío en su brazo y en su espada soles.

»Y así al salir rompió con tal violencia,

que el corvo escudo y el brazal siniestro

le echó al suelo y con ellos la paciencia,

contra el bizarro ardor del doncel nuestro;

dejó el jayán la espada y sin prudencia

quiso asir con la mano el joven diestro,

que de un dulce revés a todo vuelo

dos dedos de los cinco echó al suelo.

»Tal vez así en aquel florido puesto,

cerdoso jabalí se vio acosado

de un sabueso irlandés que en contra puesto

ladrando le entretiene desarmado;

hasta que del venablo el golpe diestro,

ya por el yerto lomo soterrado

furioso cierra y quiera de esa suerte

morir matando a quien le dio muerte.

»No de otra suerte el bárbaro gigante

morir desea matando a su enemigo,

rabioso en ver que su ánimo arrogante

un desarmado niño sea el castigo;

y él con la diestra punta por delante,

por entre malla y malla abrió un postigo

al ronco pecho que arrojó con brío,

de requemada sangre un negro río.

 

»Venía en el servicio del rey Casto,

Altravicio, un fantástico mancebo,

de aguda presunción, de ingenio vasto,

de antiguas vidas un archivo nuevo;

momo de habilidades, cuyo pasto

fue siempre decir mal y de ese cebo,

sacó por menor paga y mayor mengua,

dos riendas en la cara y no en la lengua.

»Autor de extraordinarias opiniones,

vano hablador, baraja de porfías,

tan lleno de razón y de razones,

que venciera con ellas un Golías;

adulador, quimera de invenciones,

y por dar en privado aquellos días,

y fingirse algo allí donde era nada,

al rey acompañaba en la jornada.

»Este cobarde que huyó el primero,

viendo el temido riesgo reparado,

a hacer volvía del gallardo y fiero

con limpia espada y ánimo hurtado;

al tiempo que el gigante iba ligero

abrazarse al doncel y él, recatado

le barrenó de una estocada el pecho,

y dándole lugar pasó derecho.

»Fue a dar con el bascoso desatino

en el vano Altravicio, que venía,

cayó sobre él y como león hambriento

a rabiosos bocados le comía;

y el que en su boca nunca tuvo tiento,

muriendo en otra, conoció aquel día

que es justo el cielo en que permita y quiera

que allí cada uno con sus armas muera.

»Ya el preso rey en su carroza estaba

de la sangrienta lid un largo trecho,

con diez soldados, cuya vista brava

cobarde hacia al más valiente pecho;

síguenle algunos, pero el que llegaba

no era al segundo golpe de provecho

hasta que ya el doncel, muerto el gigante,

gallardo a su pesar pasó adelante.

»Mató un caballo y manca la carroza

el curso refrenó y un diestro moro,

Alcambisto nacido en Zaragoza,

alcaide en Portugal, casado en Toro;

de anciano parecer y sangre moza,

armado en blanco con plumajes de oro

a encontrallo salió y pudo encontrallo

sino cayera su andaluz caballo.

 

»Pasó furioso el moro, el doncel, visto

su riesgo, revolvió más concertado,

dando al segundo encuentro de Alcambisto

de roto escudo un cerco destrozado;

por donde el hierro de la lanza listo

pasó el acero y parte del costado,

quedando sin escudo y sin sentido,

y el buen caballo en un cuadril herido.

»Grande fue el golpe y grande su castigo

y la pena también ejecutada,

que con ser él autor, yo fiel testigo,

pienso que su verdad, verdad soñada;

pues hecho dos de solo un enemigo,

con tal velocidad corrió la espada,

que rebanando acero, carne y hueso

sacó el caballo, un monstruo horrible en peso.

»El del doncel cayó ya sin aliento,

de la fuerza que puso en la herida,

al dar el desigual golpe violento

en la feliz segunda arremetida;

saltó el joven, pisó el prado sangriento

de adonde con veloz arremetida

a la carroza fue a quien por parallos

las piernas cortó a tres de seis caballos.

»Púdolo hacer sin riesgo, que los nuestros

ya conociendo la victoria ufanos,

que del tierno doncel los golpes diestros

con tanta admiración les dio en las manos;

en el herir y en el huir maestros

rodearon los rendidos africanos,

que allí pagaron la traición urdida,

o con la honra huyendo o con la vida.

»El herido doncel, tras un caballo

de los que al rojo campo andaban sueltos

al ciego bosque entró y por alcanzallo

en la morisca lid, nos dejó envueltos;

Ninguno le siguio ni fue a buscallo

hasta que ya de la victoria vueltos,

de alegre gusto y de despojos llenos

su singular valor echamos menos.

»El rey que vio su libertad y vida

deberla toda a aquella heroica espada

y la honra y majestad antes perdida

con sus famosos golpes restaurada;

no viendo el dueño y viendo su partida

tan sin sazón ni tiempo acelerada

y que ni el sabio que antes le traía,

ni él por el campo y bosque parecía;

 

»a notorio milagro le tuvimos

de nuestro gran Patrón que de aquel modo

y a muchas veces batallar le vimos

y a su espada rendirse un campo todo;

otros que eran los ángeles creímos

que antes la cruz labraron al rey godo

porque de las hazañas la braveza

sobraba a toda humana fortaleza.

»Diez moros, tres fantásticos gigantes,

y otros tantos valientes caballeros.

los más de ellos caudillos importantes,

de pechos bravos y ánimos guerreros;

de otras tantas heridas penetrantes,

altivos golpes y altibajos fieros,

rendidos, libre el Rey y todo hecho,

de un tierno brazo y desarmado pecho.

»¡Quién pudiera creer que fuera humano

brazo tan tierno y pecho tan altivo,

tras la codicia de buscarle en vano,

sin poderle hallar muerto ni vivo;

hasta que por las nuevas de un villano

el rey las tuvo de él, de su ayo esquivo,

de sus heridas y el gallardo lustre

de su linaje real y sangre ilustre!

»Mas ya esto sobra a mi prolijo cuento,

y es cansarte añadir nuevas historias,

que ni son de tu gusto ni mi intento,

y las más para ti poco notorias;

y así digo, señor, que el fundamento

fue de mi daño, frágiles memorias

de mi servicios y sin culpa mía

la traidora emboscada de aquel día,

»que como del florido parque el daño

nació, en que iba a hospedarse el rey seguro,

de Filarco y de mí temió el engaño,

y sospechas cobró del fuerte muro;

mandó a arrasarlo y con rigor extraño

de estéril sal cubrir el campo duro,

y derribar por él torres y almenas

de más lealtad que de desastres llenas.

»Huyó el traidor alcaide, con que puso

escrupuloso el rey de nuestro trato,

y aprendernos de hecho se dispuso,

por ser tan justiciero como ingrato;

que olvidar los servicios es el uso

que en la corte se vende más barato,

y el que ni muda ley, ni guarda leyes

desde el menor lacayo hasta los reyes.

 

»Esta es la historia y curso de mi vida

y la traición que aquí me trajo preso,

con otras circunstancias añadida,

de menos importancia y de más peso;

mas porque no sea del todo desabrida,

ni dura mi prisión, ahora tu seso,

señor, la temple y si te viene a cuento

dime quién eres, para no ir a tiento.

»Que si por la presencia he de juzgarte

templanza, autoridad, talle y figura

bastante causas dan de respetarte

tu mucha gravedad y compostura;

y aquesta misma estimación es parte

de hacer la mía en tu valor segura

y que desee saber con fundamento,

que aire alteró de tu fortuna el viento».

Así Teudonio dijo, el de Saldaña

con pecho y corazón sobresaltado,

como que en una historia tan extraña

algún caso le toque no pensado;

oyendo del doncel de la montaña,

niño de tierna edad y ánimo osado,

de sangre Real, la suya alborotada

así con voz le respondió turbada:

«Señor, si desde luego no he traído

a tus pies con humilde reverencia,

aquel respeto a tu valor debido

y el que pide y se debe a tu presencia;

esta dura cadena lo ha impedido,

y el no fiarme aquí de la experiencia

para creer que a un príncipe tan alto

Fortuna obligue a dar tan bajo salto.

»Mas ya que el tiempo por consuelo mío,

quiso igualarte a mí en tu desventura,

y que de mi Fortuna el desvarío,

con otro mayor cure su locura;

en mi intención y tu valor confío

que alcanzaré perdón y honra segura

de quién la puede dar al mundo todo,

o preso o libre de cualquier modo.

»Perdona si dilato y no te digo

todo el secreto y casos de mi vida,

que la honra que me hizo igual contigo

no la quiero tan presto ver perdida;

hasta pedirte ahora como amigo

y no como inferior dejes cumplida

tu historia, y me declares si has sabido

quién fue el doncel tan bien encarecido.

»De dónde vino a volverse tan presto,

un tierno niño y un jayán tan fuerte

que lo deseo saber, para atrás esto

en todo sin estorbo obedecerte;

perdóname, señor, serte molesto,

que el ver tan llena mi felice suerte

de tu afabilidad y gracia ha sido

quien me ha vuelto enfadoso de atrevido».

 

Don Sancho así, con pecho alborotado,

aún sin saber de qué y con voz prudente,

humilde, al gran Teudonio y reportado

el nombre pide del doncel valiente;

cuando del dulce estilo acariciado,

término cortesano y elocuente,

del preso ignoto en gravedad compuesta

esto dio a su pregunta por respuesta:

«En triunfo triste y suspensión callada

el destrozado rey daba la vuelta

del riesgo aún la persona alborotada,

y en deseos de venganza el alma envuelta;

cuando al sordo bajar de una cañada

de los cristales de Ezla, en flores vuelta

de ellas cubierto el rústico Silvano

salía de tu vecina selva al llano,

»y ante el brioso alazán que el rey traía

postrado con medroso encogimiento:

“Señor, dijo, a la humilde choza mía

que a los pies tiene de este monte asiento;

a la hora vino ayer, que se fue el día

a la alegre vista de un doncel sangriento

con un viejo sagaz que era su guía

y a tu real mano este papel envía.

»Por enjugar la sangre a las heridas

del amado doncel, paró un instante,

y en bálsamos de yerbas conocidas

mitigado el dolor, pasó adelante”.

Del Casto rey las nuevas recibidas

en gusto general, ver lo restante

en el papel mandó y el que servía

de secretario dijo que decía:

»”Al Casto Alfonso, el mago Orontes griego,

salud y  muerte al bando sarracino,

cual la que el cielo hoy dio al del río Mondego

estorbo de tu gusto y mi camino;

él mismo esta partida ordena y ruego

al curso eterno del volar divino,

por tales puntos sus estrellas guíe,

que a tu honra bienes sin cesar envíe.

 

»El tierno brazo que con nueva espada

hoy hizo estreno de ella en tu servicio

y de bárbara sangre barnizada

dio de las suya real bastante indicio;

no ha vuelto su partida acelerada

antojo nuevo de inconstante vicio,

mas celestial impulso que le llama

por este curso al colmo de su fama.

»Conviene a la salud y al noble aumento

de su importante nombre esta partida,

a tiempo volverá que más contento

que pena ahora cause en su venida;

que yo que solo a tu servicio atento

mi tiempo gasto y trazo el de su vida,

muerto hoy sin su favor te vi en mi ciencia

y ahora en riesgo a él si no hace ausencia.

»Esta causa nos lleva, esta nos pudo

a tus montes volver de los de oriente

después que en turbio cielo y día sanudo

niño en Miduerna le robé a tu gente;

dos llenos lustros en silencio mudo

de España, por más bien ha estado ausente,

probando en el honor de hechos preclaros

la noble vida de sus miembros caros.

»No en deservicio tuyo el robo ilustre,

mas en favor de su importante vida

el Hado le trazó, porque deslustre

su espalda el golpe de la más temida;

al fin, del reino el bien, de España el lustre,

es sangre de la tuya producida,

tu sobrino Bernardo aquel que ha sido

tan llorado este tiempo por perdido.

»De Francia no te altere el rompimiento

si guerra da a tu oferta en vez de gracias,

que es nube hinchada de ambicioso viento

que en daño suyo ha de llover desgracias;

y de tu gran sobrino el firme aliento,

así sus brios y sus fuerzas lacias

de un golpe dejará que sea testigo

él, de ser sangre tuya y yo tu amigo”.

»Esta en suma es la carta, mas quien sea

el sobrino del rey y por qué vía,

junto de Oviedo en una alegre aldea,

donde la Corte un tiempo residía;

en gallardo ademán y real librea,

una infanta bellísima vivía,

niña de tierna edad y alma lozana,

y del rey Casto Alfonso única hermana.

 

»Siendo el padrino Amor, en lazo ardiente,

unió con ella un conde de Saldaña

de la gótica sangre descendiente

y de la nata del valor de España;

privado ilustre y de su rey pariente

mas en una desdicha todo daña

y así no valió al Conde en cosa alguna

amor, privanza, sangre ni fortuna.

»Tomó en agravio el rey lo que pudiera

a feliz suerte de su hermosa hermana

si el real respeto con rigor no fuera

contrario en esto a la razón humana;

quiso que el conde en larga prisión muera

y en clausura la infanta soberana,

nacido de ella ya el doncel gallardo

que de su abuelo se llamó Bernardo.

»Crióle el Casto rey con nombre de hijo

tiernos gustos de amor y fe paterna

hasta que en la ocasión de un regocijo

el sabio Orontes le robó en Miduerna;

la causa, ni la sé ni nos la dijo,

ni de donde nació amistad tan tierna

con el doncel y con el rey gallego,

siendo el uno español y el otro griego.

»El Casto con la alegre nueva ufano,

del doncel ya llorado por perdido,

viéndole vivo y por su altiva mano

a su primer grandeza reducido;

ni al moro teme ni al poder cristiano

de la experiencia y la esperanza asido

antes para la guerra venidera

solo que vuelva su sobrino espera.

»Y si no son lisonjas de la fama

o el tiempo sin sazón corta la espiga,

no hay lengua en cuanto España se derrama

que otras grandezas que las suyas diga;

uno Marte español, otro le llama

Alcides nuevo y todo en voz amiga

celebra, ora de vista, ora de oídas,

sus cosas grandes, ciertas o fingidas.

»La guerra con Francia está aplazada

del mundo sin por qué mortal ruina,

es toda de ambición ocasionada

y de imprudente traza repentina;

mas ¿qué accidente o causa no pensada

a tal congoja y lágrimas te inclina?

¿Qué desgracia o pasión puesta en olvido

mi cuento a la memoria te ha traído?

 

»Si es por hallarte sin por qué enterrado

a tal sazón en sótanos estrechos,

que cual yo pienso, el ocio desalmado

carcoma es interior de honrados pechos;

el reino está y el rey tan apurado,

de hidalgos que lo sean en sus hechos,

que no solo abrirá esta cárcel fiera,

más aún las de la muerte si pudiera.

»Mitiga ahora, señor, tu acerbo llanto

y de cualquiera causa que proceda

qué podré hacer por ti, me advierte en tanto

que este altibajo de fortuna rueda;

que tu valor en mí a podido tanto,

que nada el mío te negará que pueda,

ora vaya en tu dicha, ora en la mía,

el desear yo tanto tu alegría».

Dijo y el preso conde a sus razones:

«Oh, invicto don Teudonio, cuán al vivo

tus palabras descubren los blasones

de la real sangre por quien muero y vivo;

No tiene ni ha tenido el rey prisiones,

cárcel cruel ni calabozo esquivo

que puedan agraviar y hacer ultraje

a quien no fuere de tu real linaje.

»Y así, lo que pudiera al más perdido

ser provecho y favor a mí me daña,

pues mi culpa mayor es no haber sido

de la sangre real la mía extraña;

yo soy, si acaso soy, primo querido,

el desdichado conde de Saldaña,

que tanto ha que enterrado y muerto vivo

que no sé si me vi algún tiempo vivo».

»¡Oh cielo santo!, don Teudonio dijo,

¡Posible es que veo viva la persona

así agraviada del valiente hijo

del conde de Saldaña y Barcelona!

¡Oh humano engaño! ¡Oh corto regocijo!»

Mas ya a mi voz el llanto desentona

que venturas halladas en cadenas,

solo para lloradas salen buenas.

Otra vez cantaré de los varones

el muerto gusto de su alegre vista,

sus mal afortunadas pretensiones

que una desgracia no hay quien la resista;

y ahora entre los franceses escuadrones

sus fuerzas toda la fortuna alista

y en sonando de Marte el ronco acero,

ningún atento gusto queda entero.

 

Cargada de favores de fortuna,

altiva estaba la indomable Francia,

su fama por el cuerno de la luna,

y sobre el mismo rumbo la arrogancia;

sin triste azar, sin disonancia alguna,

sin guerra ni enemigo de importancia

y solo contra España declarado

el orgulloso brío de su estado.

De galas llena y bélico aparato,

su imperial ambiciosa corte crece

y en pompa ilustre da vivo retrato

de cuanto en gusto humano se apetece;

a quien de la fortuna el rostro ingrato

ahora agradable sus favores crece,

y al viento hinchado de su Luna llena,

la hueca trompa de la Fama suena.

Por la real sucesión al reino hispano

alarde hizo el placer de esta riqueza,

y en laurel victorioso el pueblo ufano,

ceñida al César dio la real cabeza;

mas de un signo infeliz el curso vano

templó al público estruendo la grandeza

y en su contrario aspecto pudo tanto,

que el común regocijo volvió en llanto.

Y en astas de oro deslumbrando el viento

sus victoriosos estandartes planta,

cuyo altivo y revuelto movimiento

si a unos causa placer, a otros espanta;

ya entre su alegre tremolante aliento

sus triunfos cuenta, sus victorias canta

y en públicos carteles de alegría,

fiestas aplaza y les señala día.

Dar en pomposo alarde los trofeos

que el tiempo dio a sus ínclitos varones,

la no vista creciente de deseos,

las conquistadas bárbaras naciones;

será gastar el tiempo con rodeos,

y por cortar la letra hacer borrones,

que es querer cifrar mucho en breve suma,

cargar de tinta sin sazón la pluma.

Otra musa los cante si tuviere

con más obligación menos cuidados

que la mía en su tasada pluma quiere

casos forzosos y esos limitados;

pues de los cortos bienes que escribiere

hasta los dejos quedan olvidados,

y al gusto humano no hay dolor más grave

que el bien pasado, en quien sentirlo sabe.

 

Solo unas fiestas pediré a la Fama,

que así ensancharon con su trompa el vuelo

que no en más partes de su luz derrama

rayos al mundo el dios que nació en Delo;

si el tronco se conoce por la rama,

esta en que se enramó y se enredó el suelo

se llame, en cuanto ronda y ve la luna,

rama del mayor tronco de Fortuna.

Por suyo en Perpiñan tenían el día

que se diesen los muros de Girona,

Girona, a quien el César pretendía

por orla nueva a su imperial corona;

mas ya entibiado el punto a la alegría

con el desprecio de la real persona

que España no estimó, por ser cabeza

pequeña a su magnánima grandeza.

La vuelta de París tomó, dejando

al grave Orlando el peso de la guerra,

donde en su parlamento platicando

la sucesión de la asturiana sierra;

que en derecho le funden, pide el mando

y acción que tiene a la española tierra,

si hay alguna o quien sombra de ella saque

pues basta a la ambición cualquier achaque.

¡Cuán raras veces la verdad desnuda

hasta el real dosel va sin sospecha

de adulación, que la transforma y muda,

y entre oropel la dan lisonjas hecha!

¡Guísanla porque suele amargar cruda,

y tales salsas el engaño le echa,

que con el amor propio la hace al justo

maná que cuadra y viene a cualquier gusto!.

Como al triunfante hijo de Pipino

que en verle al español cetro inclinado

no hubo voto ni voz de paladino

de contraria opinión en el senado;

todos firman y afirman que en divino

y en humano derecho está fundado,

que entre y suceda en el distrito hispano

o rey francés o emperador romano.

Como rey tiene ya el primer derecho

de la renunciación que el Casto hizo,

y como emperador, es el derecho

sucesor y el que hoy reina advenedizo;

esto Turpín, un gran Licurgo hecho,

dio por su parecer y le rehizo

don Reinel con el suyo don Grimaldo,

el conde don Galván y el rey Geraldo.

 

Y bien que cada cual por su camino

y a diferente pretensión guiado,

de derecho dan nombre al desatino,

de una ciega ambición ocasionado;

solo el anciano Malgesí adivino,

en los agüeros de Merlín fundado,

en pie se levantó y en voz severa

a su príncipe habló de ésta manera:

«Es el ser singular tan peligroso

en resueltas materias de importancia,

que aún acertando queda un hombre odioso,

y en manchadas sospechas de arrogancia;

pues ¿qué será si el caso está dudoso

y en la opinión contraria la ganancia

y el parecer opuesto y descuidado

del gusto que ha de ser aconsejado?

»Servirá solo de quedar corrido

quien a todo este riesgo se arrojare,

mas no por esto un pecho bien nacido

es bien que en miedos y sospecha pare;

yo, señor, de esta junta he conocido,

que quién el gusto tuyo reforzare

con su opinión será, decirlo quiero,

el mejor capitán y consejero.

»Por eso no hay en todo el parlamento

voto por escribir, ni firma en blanco,

que ha descubierto ya en tu real intento

para sus tiros la lisonja el blanco;

y así en lo que ahora por servirte intento

temo que ha de salir la suerte en blanco

que te veo ya resuelto ya por mil modos

y es mucho ir uno solo contra todos.

»Pero la fe me obliga y la obediencia,

que como a mi señor y rey te debo,

a pedir, no que mudes la sentencia,

que esto es ya mucho aún parecer tan nuevo;

mas que se mida con mayor prudencia

lo que quizá, a decirte no me atrevo,

medroso que mis dichos verdaderos

no les llamen, mudado el nombre, agüeros.

 

»Vanamente se funda quien te dice

que a Francia incumbe España por derecho,

si la antigüedad sabia contradice

con su razón a la opinión y al hecho;

por bien que con lisonjas autorice

tu gusto en esto más que tu provecho,

verá, si ver quisiere, libre a España,

de ajeno cetro y dependencia extraña.

»Si atiendes al antiguo origen suyo,

fundada fue por el primer hermano

de Noé bisnieto, si al derecho tuyo,

del rey francés o emperador romano;

antes que el franco Merobeyo cuyo

cetro ha venido a tu prudente mano,

Ataulfo fueron y Alarico Reyes,

que a Italia, España y Francia dieron leyes.

»Y si tu pueblo no se precia en vano

de ser un hijo de Héctor descendiente,

y él de Príamo y ambos del troyano

Dárdano, de Atlante ítalo pariente;

siendo el decimoquinto rey hispano

de España es el origen de tu gente,

y ella, de quien nació en nuestro hemisferio

la antigua Troya y el romano imperio.

»Esta es la antigüedad, cuanto al derecho

que en la renunciación has adquirido,

si pudo darte alguno el Rey de hecho,

ya de hecho también lo ha suspendido;

ni tengas por ofensa lo que ha hecho,

pues tu grandeza en nada ha descrecido,

que no está en muchos reinos ni en tenellos,

sino en un pecho real y digno de ellos.

»Cuanto más que si el rico y fértil suelo

de España puede con sus venas de oro

dar codicia, también dará recelo

ver que leones guarden su tesoro;

trueca, señor, la impresa, trueca el celo

y el riesgo del cristiano al pueblo moro

sientan Valencia y Aragón, tu saña

que eso es ganar y no perder a España.

»Sabe que del gran mundo en lo secreto

por donde el cielo sus discursos guía,

el hacedor del tiempo, en los efectos

a España ofrece eterna monarquía;

y en inviolable pactos y decretos

a sus reyes y real genealogía,

lo que hay desde la aurora, hasta donde

el sol alumbra cuando aquí se esconde.

 

»Yo así al cielo lo oí y así de un sabio

está en firmes figuras definido

y en justa pena, a un ambicioso agravio

un dragón de oro ante sus pies rendido;

hable a su antojo el lisonjero labio,

yo solo digo y sé lo que he leído,

y que va ya en los fines de su cuenta

el riesgo, la venganza y la afrenta».

Así dijo y del grave parlamento

no quedó quien en ánimo y semblante

no aprobase con nuevo encogimiento

de su razón la fuerza por bastante;

de la eficacia el vivo sentimiento,

de la resolución el brío importante

que la clara verdad se trae consigo,

sin respeto de amigo ni enemigo.

Era de insigne crédito la ciencia

del sabio, por los cursos de Aqueronte

y el lustre de la noble descendencia,

de ambas sangre Mongrana y Claremonte;

quien le hizo el oráculo y prudencia

que al gobierno imperial más pese y monte,

por ser príncipe y sabio, que en efecto

es bueno un gran señor para discreto.

Ya reducido a plática ordinaria,

un sordo hablar corrió por el senado,

quién dando ésta razón, quién la contraria,

conforme a su intención o su cuidado;

el César de opinión perpleja y varia,

ni del todo resuelto ni mudado,

entre un discurso y otro divertido,

de la ambición y la razón herido.

Cuando del falso bando de Pontiero

el traidor Galalón ardiendo en ira,

con rostro grave y con desdén severo,

así al César habló y a solo él mira;

«Si lo que con palabras decir quiero,

con la luz lo dijera que me inspira,

vieras, señor, ser aire sin cansarte

los montes con que piensan espantarte.

«Pero si la razón ha de ir vestida

como a la guerra armado el caballero,

yo que no oí retórica en mi vida,

ni me armé de papel sino de acero;

quizá no acertaré a dar la medida,

que soy soldado al fin, no palabrero,

mas si aquí fuere corto, en la jornada

más que sus lenguas cortará mi espada.

 

»Y tú, invicto señor, César Augusto,

a quien en triunfal carro de leones,

ya con brazo enfrenar veo robusto

las españolas bárbaras naciones;

manda callar los magos, que no es justo

que agüeren tu valor supersticiones

ni como a niño con asombros vanos

quieran atar tus victoriosas manos.

»Si Malgesí con loco fingimiento

así no admite en el saber segundo,

que él solo vió de Adán el testamento

en los agudos reyes manda el mundo;

lo que en sus vueltas guía el firmamento,

lo que las gentes trazan del profundo,

lo que es, lo que ha de ser y lo que ha sido

con un lazo lo vió en un bosque asido

»cuando en venganza pública colgado

de un pie le tuvo el risco de Miduerna,

dándole el infernal cuaderno amado,

afrenta humana en penas de la eterna;

si allí su ciencia le dejó burlado

en causa leve y ocasión tan tierna,

¿Por qué se finge de saber profundo

en la revolución de todo un mundo?

»Los ciegos ojos a la luz presente

soñando quieren ver lo venidero,

y con vano temor a un rey prudente

hacer lo que no harán brazos de acero;

si la española a la francesa gente

origen dio y su cuento es verdadero,

el reino es nuestro a tierra propia vamos

los godos nos la usurpan ¿qué esperamos?

»Mas no es justo se admitan sus razones

en discurso gentil ni ánimos puros,

ni en grave junta de ínclitos varones,

mágicos hablen, lóbregos y oscuros;

allá en ciegos desvanes y rincones,

sus cercos formen, recen sus conjuros

y solo suenen los reales techos,

nobles palabras de hidalgos pechos.

»Si el Casto rey te dio su cetro y silla,

y a instancia ya del reino te la niega,

tu valor tiene en poco el de Castilla,

pues a no te estimar por su rey llega.

¿Cómo dice la mágica cartilla

del que a ti te predica y él reniega,

que en esto no te ofende ni lastima

si un reino tu grandeza desestima?

 

»Es ignorancia de quién solo sabe

descalzo andar entre papeles y untos.

¿Quién hizo al vano Malgesí tan grave

que a medir llegue del honor los puntos;

y que el tuyo y el nuestro menoscabe

pudiendo él solo más que todos juntos

y siendo en su decir el vano adorno,

mancha a tu fama, a tu opinión soborno?

»Al fin, señor, el parecer más sano

de estos invictos príncipes y mío,

a tu grandeza y nombre soberano,

y a la reputación del francés brío;

es que, a pesar del mundo, por tu mano

conquistes el gallego señorío,

y pues la tierra a tu derecho toca,

tuya será, que aún para tuya es poca».

Dijo, y mirando con desdén severo

al francés sabio reventando enojos

riose, haciendo escarnio altivo y fiero

y él centellando fuego por los ojos;

al libre hablar del magancés parlero,

fundado del rey Carlo en los antojos,

la mano quiso, ya en la espada puesta,

darle en ella librada la respuesta.

Alterose el confuso parlamento,

y en nuevas opiniones dividido,

con riesgo de un notable atrevimiento,

el hablar castigara desmedido;

si el grave César desde su alto asiento,

para apagar el fuego ya encendido,

no mandara salir, aunque agraviado,

al sabio y a los suyos del senado.

Tenía facundia el magancés astuto

y gracia en persuadir cuanto quería,

o fuese de la yerba moli el fruto,

que Alcina de su huerto le dio un día;

o porque con lisonjas el más bruto

dar gusto sabe y Galalón sabía

disimular las suyas de manera

que un Argos vuelto en lince no las viera.

Y entonces fue su hablar general gusto,

por el que a todos daba la jornada

y porque al cielo en su castigo justo,

el mismo delincuente da la espada;

faltó del parlamento el brío robusto

del grave hijo de Amón, siendo agraviada

la autoridad del sabio no admitido

Maganza victoriosa y él corrido.

 

Pero antes de salir de la gran sala,

así al senado dijo, un áspid vuelto:

«Aunque ninguna recompensa iguala

mi agravio, ver al rey francés resuelto;

en el consejo y la intención más mala

que el mundo vio para quedar revuelto,

me lastima, que siempre un noble pecho

más mira el bien común que su provecho.

«Mas, si ya es la desgracia irremediable,

y el veneno hasta el alma ha penetrado,

si el mundo y su grandeza deleznable

límite tiene y curso señalado;

si contra el Hado y suerte inevitable

no hay fuerza real ni imperio reservado,

caiga la francés pompa, caiga hambrienta

de humana sangre y vénguese mi afrenta.

»Que yo os anuncio y pongo por testigos

de esta verdad cuantas el mundo encierra,

que de todos los príncipes amigos

que a ver llegaren la española tierra;

cuando quieran contar los enemigos

los que vivos salieron de su guerra,

les sobrarán, si mi saber no es vano,

dos dedos de los cinco de la mano».

Dijo y dejando al grave parlamento

parte confuso y parte acobardado,

con inviolable y firme juramento

de no volver, se va hasta ser vengado;

y al deseado Reinaldos por el viento

a pedir fue, donde le había encantado

un hada en los reinos del Oriente,

justa venganza al deshonor presente.

El rey con los demás que en su consejo

a la revuelta de él mueven el labio,

unos de incauto y de caduco viejo

y otros nombre se dan de noble y sabio;

hasta que al fin, con altercar perplejo

de varios pareceres, en agravio

de mal aconsejado Carlo Augusto,

los más discordes quedan de su gusto.

Y ya de esta imprudente opinión todos,

en la del falso Galalón fundada,

que cruel pretende por diversos modos

la imperial majestad ver acabada;

contra el estrecho reino de los godos

sangrienta guerra queda declarada,

y que a las flores de abril siguiente

campo se forme y se levante gente.

 

Que el galán Durandarte a Desiderio

su gente haga bajar de Lombardía,

y Galalón las fuerzas del Imperio

en Bretaña reforme y Picardía;

que a Roldán se de aviso y a Silverio,

Marqués de Fox y duque de Pavia

que, concluido el cerco de Girona,

por Perpiñan descienda hacia Narbona.

Que dejando presidio suficiente

al real de Barcelona y Cataluña,

con lo sobrado marchen de la gente

por Cominges derechos a Gascuña;

donde en todo el florido abril siguiente

del campo el resto llegue y con la uña

del águila imperial haciendo garra,

por Roncesvalles se entren en Navarra.

Y que entre tanto las famosas fiestas

que en Perpiñan se dieron aplazadas,

en París se prosigan y en compuestas

barreras y soberbias palizadas;

los estandartes y banderas puestas,

levanten gente y den armas grabadas,

sin que haya cosa en cuanto el reino encierra

que no sea asombro y gallardía de guerra.

Esto salió por último decreto

del francés parlamento y grave junta

mas mientras al ponerlo por efecto

la gente y el ejército se junta;

y en medido escuadrón se ve en perfecto

las lanzas cuento a cuento y punta a punta

con grato gusto quiero del oyente

un oculto secreto hacer patente.

Praxitel, sabio y noble estatuario

primero de Corinto, recogía

el oro, el bronce duro, el jaspe vario

del Tínaro, y de Ormuz la pedrería;

el rojo azófar, el luciente pario,

el verde mármol que la Etolia cría,

abriendo, después de ello, sus buriles,

vueltos divinos, láminas sutiles.

¡Oh, cuánto ha menester quien lo escribe

vestirlo piensa de inmortal memoria,

y en cuerda alma y cuidado fiel concibe

el parto heroico de una grave historia!

¡Qué fácil al principio se recibe

la impresa! ¡Qué dudosa es la victoria!

¡Qué de caudal, estudio y advertencia

pide en rigor cualquiera menudencia!

 

Sabroso estilo, espíritu templado,

heroica voz, lenguaje casto y puro,

ni plebeyo en lo humilde, ni pesado

en lo soberbio, ni en lo grave duro;

ni altivo, ni arrogante, ni afectado,

ni largo, estéril, ni por breve oscuro,

ni que en regla y compás jamás se aparte

freno a la lengua y al ingenio el arte.

Buena elección para la traza y modo

y para el disponer perseverancia,

y una firme paciencia, sobre todo,

contra un censor hinchado de arrogancia;

que da, en soberbia presunción, del codo

a la mayor dulzura y elegancia,

y no hay espejo de cristal de roca

que no empañe el aliento de su boca.

¿Quién se libró del riesgo de una falta?

¿Quién se dio a todos gustos por cumplido?

¿A qué regla o compás no sobra o falta

en lo más ajustado y más medido?

No hace el brazo mortal raya más alta

nadie puede dar más que ha recibido

a alcanzar con mi pluma adonde quiero,

fuera Homero el segundo, yo el primero.

Mas contra el ciego error de una quimera

cien Midas hay si un sátiro no falta

y así, anudando la razón primera

del cuidoso desvelo en no hacer falta;

el que en estilo grave y voz severa

antigua historia escribe heroica y alta

porque contra mi crédito no lleve

don Teudonio esta falta, por ir breve.

Si algún cuidado a su discurso atento

saber deseare en este heroico paso,

con más adelgazado fundamento

del robo ilustre el importante caso;

que a Orontes trajo por el blando viento,

del Oriente a los reinos del ocaso,

quien le dio nuevas de Bernardo y cómo

con un hecho salió de tanto tomo.

Quién le obligó a encargarse del infante

qué gusto, qué interés por esta vía,

la voluntad del sabio nigromante

a tan nueva lealtad y amor movía;

todo fue de un gran fin causa bastante,

direlo, si a la heroica musa mía

del oyente otorgare la paciencia,

para una breve digresión, licencia.

 

Y que por esta sola vez rompiendo

la brevísima acción y corto asunto,

que a toda prisa y brevedad siguiendo

desde el primero voy a postrer punto;

pueda volver atrás, donde, cogiendo

el agua en su principio todo junto,

con clara brevedad se entienda y vea

cuanto aquí falta y el lector desea.

Yo al punto volveré de mi victoria

a nueva diligencia y paso largo,

que es breve el tiempo y grande la memoria

que para darla al mundo está a mi cargo;

pues luego que de amor la dulce gloria

al conde y a su esposa en llanto amargo

el Casto rey volvió y en noche escura

uno puso en prisión y otro en clausura.

A Bernardo crió en mantillas de oro,

con nombre de hijo y con igual cuidado,

guardando a su real sangre el decoro

y a la alta estrella de su invicto hado;

cuya luz dijo que del pueblo moro

verdugo cruel sería en campo armado,

y los agudos filos de su espada

muro invencible de su patria amada.

Entre los que en sagaz destreza vana

de los astros midieron la influencia,

y del natural Hado y suerte humana

el sutil peso hallaron en su ciencia;

fue Alcina por el gusto de Morgana

y Orontes en su mágica experiencia,

por el gusto de Alcina, en cuyo gusto,

se dice que alcanzó más de lo justo.

Era Orontes un viejo descarnado,

de vivos ojos y mirar compuesto,

cetrino en la color, alto, delgado,

cuidadoso, sagaz, grave, modesto;

calvo, corva nariz, rostro afilado,

blanca la barba, en el vestido honesto,

y que en su aspecto, gravedad y talle,

velle ponía afición y gusto hablalle.

De conjurados cercos y abusiones

más que Zoroástes y Merlín sabía

ocultos pactos, firmes convenciones

con todo el reino de Plutón tenía;

con un breve carácter diez legiones

de apremiados espíritus traía

más sujetos al yugo de sus leyes

que al de un recio gañan dos tardos bueyes.

 

Lo que Merlín no supo que es la tasa

con que crece la mar y vuela el viento,

donde el firme pilar halló la basa

sobre que el mundo estriba y hace asiento;

quien al tiempo pasado alquiló la casa

o en qué camina tanto el pensamiento,

este sabio lo supo y mayor fuera

si solo conocerse a sí supiera.

A este entregó la cuidadosa Alcina

al tierno niño conde de Saldaña,

su noble crianza, su sagaz doctrina

al santo rito y cristiandad de España;

y que de un riesgo y muerte repentina

libre le saque su cautela y maña.

Que invidia a un gran valor siempre hizo guerra

y el del infante es único en la tierra.

Diole para esto un libro de Morgana,

que de magos el cerco más seguro

y su aspecto Plutón, a quién se allana

la ciega potestad del reino oscuro;

que al rico todos dan en pompa vana

lisonjera obediencia hasta aquel punto

que el de la muerte abraza, donde el yerno

de Ceres vive y muere en fuego eterno.

Quedó con la virtud del nuevo encanto,

Orontes superior a los más diestros,

sirviendo de aprendices en su encanto

los que antes le servían de maestros;

esto pudo el cuaderno y puede tanto

en casos venturosos o siniestros,

que trocó los del niño y le trocara

al cielo el curso, si él volar dejara.

Temían los sabios de la altiva Francia,

por ver su invicto rey en tanta alteza

del inconstante tiempo ha inconstancia

y de sus bienes la infeliz firmeza;

y los franceses magos con instancia

procuraban saber de esta grandeza

cuando se había de cansar fortuna,

y hacer menguante la creciente luna.

Entre estos Malgesí fue el más famoso,

sutil encantador, fiel estrellero,

en ahumados cercos prodigioso,

y en fantásticas sombras agorero;

en las negras cavernas poderoso,

que con ladrar asombra el can Cerbero,

donde ni alma ni sombra su horno ardiente

recuece, que a su voz no esté obediente.

 

Era, según Turpin, por línea recta

quinto nieto del Rey de Tuberlanda,

padre que fue de Nemia la discreta,

dueña del lago que reinó en Irlanda;

que en negra tumba y bóveda secreta

vivo metió a Merlín y en cama blanda

le encantó, donde en bosques resonantes

brama en la gruta y árboles de Armantes.

De esta los libros heredó y la ciencia

por gusto, profesión, parte y pariente

y de estudio ayudado y diligencia,

en los mágicos cursos fue eminente;

donde vio con profética evidencia

el fin cercano a la francesa gente,

y del niño español, la rica espada

de su noble sangre matizada.

Ligó en dos nuevos cercos poderosos

su filo y brazo tierno ¡Cosa extraña!

Que sus lirios se vieron victoriosos

Francia en las nubes y a sus pies España.

«Estos, dijo, no son lances dudosos

si el fingido Asmodeo no me engaña,

y hace alterar con su mudanza y truecos

las vanas sombras de estos bultos huecos.

«Este es el negro humo que compuso

la falsa secta que nació en Arabia,

el que soñó el alquimia y el que puso

en los amores la celosa rabia;

el que al mundo sacó y vendió el abuso

que con lisonjas de oropel enlabia,

el que inventó privanzas y favores

y en la corte el barniz de aduladores.

«Mas vuélvanse las cosas alteradas

al primer vuelo y lugar debido,

corran por curso natural guiadas

no con Hado violento y detenido».

Dijo y apenas de las dos lazadas

se vio el mágico nudo dividido,

cuando el mundo tembló y cayó por tierra

la flor de Francia en la gascona sierra.

 

Asombró al sabio de la rica espada

el riguroso golpe, asombró el vuelo

del brazo altivo y ver su patria honrada

las águilas y lirios por el suelo;

quitar quiere al doncel la vida amada,

y contra el curso del volar del cielo

detener el feliz, que por su mano

dispensa a España el brazo soberano.

Esto en un cerco Malgesí trazaba,

en ciego antojo y ánimo obstinado

cuando el niño Bernardo atento andaba

en ver volar un sacre remontado;

Orontes que también tras él volaba

sobre la alta cerviz de un grifo alado

de las naves llover se dejó al suelo

en blando curso e invisible vuelo.

Y el gallardo doncel por quién venía

en los brazos tomó y ligero vuela

y no en la silla, porque no sabría

templar el niño el freno con la espuela;

huyó con él, quedó el francés sin guía

burlada su engañosa centinela,

que es calva la ocasión y el punto de ella

que consiste en gozalla, en no perdella.

Ya del monte Ida en una alegre plaza

otra vez hizo un águila divina

de un bello niño semejante caza,

de igual beldad y gracia peregrina;

si aquel le sirvió a Júpiter la taza

de néctar en su esfera cristalina

a éste el cielo a servir le lleva y llama

honra a sus gentes y a sus siglos Fama.

Fue hecho el hurto en cercos tan seguros,

oculto apremio e invisible paso,

que a Malgesí y sus mágicos conjuros

encubierto quedó y nubloso el caso;

sus ciegos caracteres halló oscuros,

su traza sin sazón, su tiempo escaso

y su apremiada sombra vigilante

de virtud superior, vuelta ignorante.

Así al volver sin tiempo la cabeza

el músico de Tracia, en la salida

del Ténaro sin luz cuya maleza

se ve entre verdes Porfiros nacida;

vuelta vio, en aire vano su riqueza

dos veces muerta su costosa vida,

que él por temprano y Malgesí por tarde

no hay quién el punto de ventura guarde.

 

Esta fue la ocasión que al sabio griego

ayo le dio del español Bernardo

a éste fin le robó, éste fue el ruego

de Alcina, éste en su vida el fiel resguardo;

mas lo que Malgesí en sus rumbos ciego

ganó con fría venida y paso tardo

¿Quién lo sabrá decir? ¿Con cuyo aliento

seguir podré el alcance a tan gran cuento?

Más conviene, señor, contarlo todo

por digna prenda del valor de España

en quien el santo celo al cetro godo,

un reino prometió de gente extraña;

allí por nuevo y soberano modo

de León sonaron en la real montaña

la vez primera en aparato ufano

los mundos que hoy gobierna vuestra mano.

Allí con ciento y veinte lustros antes

que el Sol viese de España las banderas

voltear los abrasados Garamantes,

y asombrar de Etiopía las riberas;

como en sombras se vieron sus triunfantes

carros romper las tiernas vidrieras

del cristalino reino que, por muerte

de Saturno a Neptuno cupo en suerte;

y que había de ser suyo este ancho mundo,

donde el día muere de volar cansado,

con el rico tesoro en su profundo,

de rubio oro y de perlas amasado;

esto en este paréntesis segundo

es fuerza no dejarlo destroncado

que las grandes imágenes en torno

para sus llenos piden grandes adornos.

De aquí también cortó a las velas paños

de un feliz curso el nuevo atrevimiento,

con que el mago francés en vuelo extraño

de su encantado barco surcó el viento;

grandes cosas al fin de aqueste engaño

toman en este grave asunto asiento

y así, es fuerza seguirle por historia

de España digna y de inmortal memoria.

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