Poemas de Bernardo de Balbuena
Poemas de Bernardo de Balbuena (1562-1627), el arquitecto del barroco novohispano, cuya pluma transformó la realidad americana en una épica de esplendor. Su obra cumbre, La grandeza mexicana, no es solo un poema descriptivo, sino un catálogo de maravillas que eleva a la Ciudad de México a la categoría de metrópoli universal, puente entre Oriente y Occidente.
A través de sus perfectos tercetos encadenados, Balbuena hilvanó la suntuosidad de los mercados y la elegancia de las damas con una profunda carga alegórica y moral. En obras como El Bernardo, utilizó la fantasía caballeresca para explorar las pasiones humanas —el deseo, la fama y la envidia—, bajo el concepto de que la belleza exterior es solo un «velo fabuloso» que debe conducir a la virtud y al conocimiento divino.
La Grandeza Mexicana
Argumento
De la famosa México el asiento,
origen y grandeza de edificios,
caballos, calles, trato, cumplimiento,
letras, virtudes, variedad de oficios,
regalos, ocasiones de contento,
primavera inmortal y sus indicios,
gobierno ilustre, religión y Estado,
todo en este discurso está cifrado.
Oh tú, heroica beldad, saber profundo,
que por milagro puesta a los mortales
en todo fuiste la última del mundo;
criada en los desiertos arenales,
sobre que el mar del sur resaca y quiebra
nácar lustroso y perlas orientales;
do haciendo a tu valor notoria quiebra,
el tiempo fue tragando con su llama
tu rico estambre y su preciosa hebra;
de un tronco ilustre generosa rama,
sujeto digno de que el mundo sea
columna eterna a tu renombre y fama:
oye un rato, señora, a quien desea
aficionarte a la ciudad más rica,
que el mundo goza en cuanto el sol rodea.
Y si mi pluma a este furor se aplica,
y deja tu alabanza, es que se siente
corta a tal vuelo, a tal grandeza chica.
¿Qué Atlante habrá, qué Alcides que
/sustente
peso de cielo, y baste a tan gran carga,
si tú no das la fuerza suficiente?
Dejo tu gran nobleza, que se alarga
a nacer de principio tan incierto,
que no es la oscura antigüedad más larga.
De Tovar y Guzmán hecho un injerto
al Sandoval, que hoy sirve de coluna
al gran peso del mundo y su concierto.
Dejo tu discreción, con quien ninguna
corrió parejas en el siglo nuestro,
siendo en grandezas mil, y en saber una;
que aunque en otros sujetos lo que muestro
aquí por sombras, fueran resplandores
de un nombre ilustre en el pincel más
/diestro,
en ti es lo menos que hay, y los menores
rayos de claridad con que hermoseas
la tierra, tu altivez y sus primores.
Y así se queden para sólo ideas,
no imitables de nadie, a ti ajustadas,
sólo a ti, porque sola en todo seas.
Ahora en las regiones estrelladas
las alas de tu altivo pensamiento
anden cual siempre suelen remontadas;
o en más humilde y blando sentimiento
de la fortuna culpen el agravio
de no ajustarse a tu merecimiento;
o del mordaz el venenoso labio,
que a nadie perdonó, también se atreva
a mostrar en tu envidia su resabio;
doquiera que te hallare esta voz nueva,
en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,
a oírla un rato tu valor te mueva.
Que si es en todo obedecerte justo,
esto es hacer con propiedad mi oficio,
y conformar el mío con tu gusto.
Mándasme que te escriba algún indicio
de que he llegado a esta ciudad famosa,
centro de perfección, del mundo el quicio;
su asiento, su grandeza populosa, s
us cosas raras, su riqueza y trato,
su gente ilustre, su labor pomposa.
Al fin, un perfectísimo retrato
pides de la Grandeza Mexicana,
ahora cueste caro, ahora barato.
Cuidado es grave y carga no liviana
la que impones a fuerzas tan pequeñas,
mas no al deseo de servirte y gana.
Y así, en virtud del gusto con que enseñas
el mío a hacer su ley de tu contento,
aquestas son de México las señas.
Bañada de un templado y fresco viento,
donde nadie creyó que hubiese mundo
goza florido y regalado asiento.
Casi debajo el trópico fecundo,
que reparte las flores de Amaltea
y de perlas empreña el mar profundo,
dentro en la zona por do el Sol pasea,
y el tierno abril envuelto en rosas anda,
sembrando olores hechos de librea;
sobre una delicada costra blanda,
que en dos claras lagunas se sustenta,
cercada de olas por cualquiera banda,
labrada en grande proporción y cuenta
de torres, capiteles, ventanajes,
su máquina soberbia se presenta.
Con bellísimos lejos y paisajes,
salidas, recreaciones y holguras,
huertas, granjas, molinos y boscajes,
alamedas, jardines, espesuras
de varias plantas y de frutas bellas
en flor, en cierne, en leche, ya maduras.
No tiene tanto número de estrellas
el cielo, como flores su guirnalda,
ni más virtudes hay en él que en ellas.
De sus altos vestidos de esmeralda,
que en rico agosto y abundantes mieses
el bien y el mal reparten de su falda,
nacen llanos de iguales intereses,
cuya labor y fértiles cosechas
en uno rinden para muchos meses.
Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas
firmes calzadas, que a su mucha gente
por capaces que son vienen estrechas;
que ni el caballo griego hizo puente
tan llena de armas al troyano muro,
ni a tantos guió Ulises el prudente;
ni cuando con su cierzo el frío Arturo
los árboles desnuda, de agostadas
hojas así se cubre el suelo duro,
como en estos caminos y calzadas
en todo tiempo y todas ocasiones,
se ven gentes cruzar amontonadas.
Recuas, carros, carretas, carretones,
de plata, oro, riquezas, bastimentos
cargados salen, y entran a montones.
De varia traza y varios movimientos
varias figuras, rostros y semblantes,
de hombres varios, de varios pensamientos;
arrieros, oficiales, contratantes,
cachopines, soldados, mercaderes,
galanes, caballeros, pleiteantes;
clérigos, frailes, hombres y mujeres,
de diversa color y profesiones,
de vario estado y varios pareceres;
diferentes en lenguas y naciones,
en propósitos, fines y deseos,
y aun a veces en leyes y opiniones;
y todos por atajos y rodeos
en esta gran ciudad desaparecen
de gigantes volviéndose pigmeos.
¡Oh inmenso mar, donde por más que
/crecen
las olas y avenidas de las cosas
ni las echan de ver ni se parecen!
Cruzan sus anchas calles mil hermosas
acequias que cual sierpes cristalinas
dan vueltas y revueltas deleitosas,
llenas de estrechos barcos, ricas minas
de provisión, sustento y materiales
a sus fábricas y obras peregrinas.
Anchos caminos, puertos principales
por tierra y agua a cuanto el gusto pide
y pueden alcanzar deseos mortales.
Entra una flota y otra se despide,
de regalos cargada la que viene,
la que se va del precio que los mide:
su sordo ruido y tráfago entretiene,
el contratar y aquel bullirse todo,
que nadie un punto de sosiego tiene.
Por todas partes la codicia a rodo,
que ya cuanto se trata y se practica
es interés de un modo o de otro modo.
Este es el Sol que al mundo vivifica;
quien lo conserva, rige y acrecienta,
lo ampara, lo defiende y fortifica.
Por éste el duro labrador sustenta
el áspero rigor del tiempo helado,
y en sus trabajos y sudor se alienta;
y el fiero imitador de Marte airado
al ronco son del alambor se mueve,
y en limpio acero resplandece armado.
Si el industrioso mercader se atreve
al inconstante mar, y así remedia
de grandes sumas la menor que debe;
si el farsante recita su comedia,
y de discreto y sabio se hace bobo,
para de una hora hacer reír la media;
si el pastor soñoliento al fiero lobo
sigue y persigue, y pasa un año entero
en vela al pie de un áspero algarrobo;
si el humilde oficial sufre el severo
rostro del torpe que a mandarle llega,
y el suyo al gusto ajeno hace pechero;
si uno teje, otro cose, otro navega,
otro descubre el mundo, otro conquista,
otro pone demanda, otro la niega;
si el sutil escribano papelista
la airosa pluma con sabor voltea,
costoso y desgraciado coronista;
si el jurista fantástico pleitea,
si el arrogante médico os aplica
la mano al pulso y a Galeno hojea;
si reza el ciego, si el prior predica,
si el canónigo grave sigue el coro,
y el sacristán de liberal se pica;
si en corvas cimbrias artesones de oro
por las soberbias arquitrabes vuelan
con ricos lazos de inmortal tesoro;
si la escultura y el pincel consuelan
con sus primores los curiosos ojos,
y en contrahacer el mundo se desvelan;
y al fin, si por industria o por antojos
de la vida mortal, las ramas crecen
de espinas secas y ásperos abrojos;
si unos a otros se ayudan y obedecen,
y en esta trabazón y engarce humano
los hombres con su mundo permanecen,
el goloso interés les da la mano,
refuerza el gusto y acrecienta el brío,
y con el suyo lo hace todo llano.
Quitad a este gigante el señorío
y las leyes que ha impuesto a los mortales;
volveréis su concierto en desvarío.
Caerse han las columnas principales
sobre que el mundo y su grandeza estriba,
y en confusión serán todos iguales.
Pues esta oculta fuerza, fuente viva
de la vida política, y aliento
que al más tibio y helado pecho aviva,
entre otros bienes suyos dio el asiento
a esta insigne ciudad en sierras de agua,
y en su edificio abrió el primer cimiento.
Y así cuanto el ingenio humano fragua,
alcanza el arte, y el deseo practica
en ella y su laguna se desagua
y la vuelve agradable, ilustre y rica.
La fresca yedra, que en el tronco y falda
del olmo antiguo en mil engarces sube
sus bellos enrejados de esmeralda,
y con una agradable y fresca nube
hace verano y sombra por su parte
al sitio ameno donde ayer estuve,
por más belleza que le añada el arte,
si le faltan los varios ramos bellos
en que se enreda, cruza y se reparte,
caerá su verde lozanía con ellos,
o será cobertor de un seco tronco,
sin fruto asida en él por los cabellos.
¿Qué mucho que hable con lenguaje ronco
quien tantos años arrimado estuvo
al solitario pie de un roble bronco?
Donde si un bien mil males entretuvo,
fue a costa de otras sinrazones,
que en mis azares y desgracias hubo.
Donde hay envidias, todas son pasiones;
gracias al cielo, gracias que ya vivo
sin asombros ni sombras de invenciones,
aquí do el mundo en maridaje altivo
a la yedra y laurel teje y enrama
la casta palma y el amable olivo,
y al tiempo de cruzar de rama en rama
varios lazos de varias ocasiones,
cada cual sigue aquella que más ama.
Si letras, santidad; si perfecciones,
honesta vida, recogido trato,
espíritu, abstinencia y devociones;
del cielo halla aquí un vivo retrato,
y ocasión para ser el que desea,
y crecer en virtudes cada rato.
Mas si otra rama o ramo se rodea,
y desta perfección deja el camino,
por más difícil, aunque no lo sea;
si por lo humano trueca lo divino,
y del tropel del mundo y su creciente
a seguir el soberbio curso vino,
pida, sueñe, imagine, trace, intente,
vea en qué rama gusta de enredarse,
que a todas partes hallará corriente.
Recreaciones de gusto en que ocuparse,
de fiestas y regalos mil maneras
para engañar cuidados y engañarse;
conversaciones, juegos, burlas, veras,
convites, golosinas infinitas,
huertas, jardines, cazas, bosques, fieras:
aparatos, grandezas exquisitas,
juntas, saraos, conciertos agradables,
músicas, pasatiempos y visitas;
regocijos, holguras saludables,
carreras, rúas, bizarrías, paseos,
amigos en el gusto y trato afables;
galas, libreas, broches, camafeos,
jaeces, telas, sedas y brocados
pinte el antojo, pidan sus deseos.
Escarches, bordaduras, antorchados,
joyas, joyeros, perlas, pedrería,
aljófar, oro, plata, recamados;
fiesta y comedias nuevas cada día,
de varios entremeses y primores
gusto, entretenimiento y alegría;
usos nuevos, antojos de señores,
de mujeres tocados y quimeras,
de maridos carcomas y dolores;
volantes, carzahanes, primaveras,
y para autoridad y señorío
coches, carrozas, sillas y literas.
Pues ¿qué diré de la hermosura y brío,
gracia, donaire, discreción y aseo,
altivez, compostura y atavío
de las damas deste alto coliseo,
nata del mundo, flor de la belleza,
cumplida perfección, sin del deseo,
su afable trato, su real grandeza,
su grave honestidad, su compostura,
templada con suave y gran llaneza?
Lo menos de su ser es la hermosura,
pudiendo Venus mendigarla dellas
en gracia, en talle, en rostro, en apostura.
Cuantas rosas abril, el cielo estrellas,
Chipre azucenas, el verano flores,
aquí se crían y gozan damas bellas.
Estos son de sus bienes los mayores,
y ellas en discreción y cortesía
el esmero del mundo y sus primores.
La India marfil, la Arabia olores cría,
hierro Vizcaya, las Dalmacias oro,
plata el Pirú, el Maluco especiería,
seda el Japón, el mar del Sur tesoro
de ricas perlas, nácares la China,
púrpura Tiro, y dátiles el moro.
México hermosura peregrina,
y altísimos ingenios de gran vuelo,
por fuerza de astros o virtud divina;
al fin, si es la beldad parte de cielo,
México puede ser cielo del mundo,
pues cría la mayor que goza el suelo.
¡Oh ciudad rica, pueblo sin segundo,
más lleno de tesoros y bellezas
que de peces y arena el mar profundo!
¿Quién podrá dar guarismo a tus riquezas,
número a tus famosos mercaderes,
de más verdad y fe que sutilezas?
¿Quién de tus ricas flotas los haberes,
de que entran llenas y se van cargadas,
dirá, si tú la suma dellas eres?
En ti están sus grandezas abreviadas:
tú las basteces de oro y plata fina;
y ellas a ti de cosas más preciadas.
En ti se junta España con la China,
Italia con Japón, y finalmente
un mundo entero en trato y disciplina.
En ti de los tesoros del Poniente
se goza lo mejor; en ti la nata
de cuanto entre su luz cría el Oriente.
Aquí es lo menos que hay que ver la plata,
siendo increíble en esto su riqueza,
y la cosa que en ella hay más barata.
Que a do está la beldad y gentileza
de sus honestas y bizarras damas,
y de sus ciudadanos la nobleza,
de mil colosos digna y de mil famas,
tratar de causa menos generosa
es olvidar la fruta por las ramas.
Pues al que en paladar y alma golosa
del glotón Epicuro cursa y sigue
la infame secta y cátedra asquerosa;
si su estómago y vientre le persigue,
y dél hace su dios grosero y basto,
que a sacrificios sin cesar le obligue,
pida su antojo, y no escatime el gasto,
que en sus hermosas y abundantes plazas
verá sainetes que ofrecerle abasto.
Mil apetitos, diferentes trazas
de aves, pescados, carnes, salsas, frutas,
linajes varios de sabrosas cazas.
La verde pera, la cermeña enjuta,
las uvas dulces de color de grana,
y su licor que es néctar y cicuta;
el membrillo oloroso, la manzana
arrebolada y el durazno tierno,
la incierta nuez, la frágil avellana;
la granada, vecina del invierno,
coronada por reina del verano,
símbolo del amor y su gobierno;
al fin, cuanto al sabor y gusto humano
abril promete y mayo fructifica,
goza en estos jardines su hortelano.
Sin otra mina de conservas rica,
almíbares, alcorzas, mazapanes,
metal que al labio con sabor se aplica.
Cetrería de neblís y gavilanes,
al antojo y sabor del pensamiento,
liebres, conejos, tórtolas, faisanes,
sin tomar puntas ni escalar el viento,
a pie quedo se toman en su plaza,
que es la mejor del reino del contento.
Trague el goloso, colme bien la taza,
y el regalón con ámbar y juguetes
la prisión llene que su cuello enlaza,
que a ninguno manjares ni sainetes
faltarán, si los quiere; ni al olfato
aguas de olor, pastillas y pebetes.
Sin otros gustos de diverso trato,
que yo alcanzo y sé sino de oídas,
y así los dejo al velo del recato.
Músicas, bailes, danzas, acogidas
de agridulce placer, tiernos disgustos,
golosina sabrosa de las vidas;
fiestas, regalos, pasatiempos, gustos,
contento, recreación, gozo, alegría,
sosiego, paz, quietud de ánimos justos,
hermosura, altiveces, gallardía,
nobleza, discreción, primor aseo,
virtud, lealtad, riquezas, hidalguía,
y cuanto la cudicia y el deseo
añadir pueden y alcanzar el arte,
aquí se hallará, y aquí lo veo,
y aquí como en su esfera tienen parte.
Perdido ando, señora, entre la gente…
Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida:
sin vos porque de mí no sois servida,
sin mí porque con vos no estoy presente;
sin ser porque del ser estando ausente
no hay cosa que del ser no me despida;
sin Dios porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente;
sin vida porque ausente de su alma
nadie vive, y si ya no estoy difunto
es en fe de esperar vuestra venida.
¡Oh bellos ojos, luz preciosa y alma,
volved a mirarme, volveréisme al punto
a vos, a mí, a mi ser, mi dios, mi vida!
Mientras que por la limpia y tersa frente
Mientras que por la limpia y tersa frente
ese cabello de oro ensortijado
al fresco viento vuela enmarañado
sobre las tiernas rosas del Oriente;
mientras la primavera está presente,
de ese clavel, sobre marfil sentado,
coged las flores y alegrías del prado,
que el tiempo corre, huye y no se siente.
¿De qué fruto os será la hermosura
cuando el invierno vista de su nieve
la lumbre de oro y encarnadas rosas?
Si la edad pasa, el tiempo la apresura
las hojas vuelan y en su curso breve
hallan y tienen fin todas las cosas.
El Bernardo (Fragmentos)
Cuéntame oh musa, tú, el varón que pudo
a la enemiga Francia echar por tierra
cuando de Roncesvalles el desnudo
cerro gimió al gran peso de la guerra.
¡Tanto en Alcina hizo un dolor mudo!
¡Tanto el celoso ardor que su alma encierra,
tanto la invidia obró, tanto la saña
de defender su invicta tierra, España.
Allí donde de un grave desafío,
el trágico suceso lastimoso,
a los pies de un leonés el cuerpo frío
del francés arrojó más orgulloso!.
Tú, de esta fuente caudaloso río,
de su real sucesión fruto precioso,
por quién la Fama ya promete a Castro
láminas de oro y bultos de alabastro.
Mientras que de Austria el sucesor divino,
por honra a su diadema soberana,
a su diestra el asiento más vecino,
cual mereces en dártele se ufana;
y el nuevo mundo de gozarte indino,
en voz te adora y en librea humana,
y tu sangre heredada de mil reyes,
honor le envía y moderadas leyes.
Muestra aquí tu valor, que si allanares
del Parnaso a mi voz las agras cuestas
las alas que en mis hombros levantares
te dejare en tu heroico templo puestas;
estense Apolo y Baco en sus altares,
esté dando furor y aquel respuestas,
que tú, que en majestad al mundo sobras,
con tus grandezas honrarás mis obras
Donde en el mar Cantábrico se acaba
la rica Europa y en su golfo helado,
las fértiles arenas ciñen y lava
al inculto español nunca domado;
un pequeño rincón solo quedaba,
que la bárbaro furor había sobrado,
y en él, el Casto Alfonso recogido
de estrecho y breve término ceñido.
Aquí se conservaba antiguamente,
como en el duro pedernal guardada
la santa luz de una centella ardiente
jamás de infernal hielo apagada;
aquella ilustre y belicosa gente,
de la Fortuna hija regalada,
corona universal, cetro fecundo,
dé honor a España y dé gobierno al mundo
Y bien que entonces del furor de Marte
viese arruinando su florido asiento,
y del morisco bárbaro estandarte,
de sombras llene y de pavor el viento;
el que más tuvo en sus despojos parte
menos seguro vio su vencimiento;
que no trueca su tierra a gente extraña,
menos que a sangre la invencible España.
No se vio en Colcos el vellocino
bañando el aire con vislumbres de oro
entre más enemigos cuando vino
la flor de Grecia a entrar en su tesoro;
ni las manzanas del metal más fino,
que Atlante cría y beneficia el moro
de más Hércules fueron asaltadas,
ni con más sed ni más calor buscadas.
Que el agradable reino y fértil tierra
que el Betis riega fue de gente extraña
que es hambre de oro la sangrienta guerra
hija cruel de la ambición y saña;
y los tesoros que en su seno encierra
siempre inquietaron a la rica España,
desangrando sus venas por mil modos,
griegos, romanos, árabes y godos.
A todos dio la bárbara codicia
de sus metales loco atrevimiento
de violar con hidrópica avaricia,
los sacros bosques de su alegre asiento;
hasta que al fin de Arabia la malicia.
con soberbia, crueldad, y horrible intento
más de sangre sedienta que de imperio,
volvió el suyo en estrecho cautiverio.
Y aunque desde aquel día lastimoso
que sobre el desgraciado Guadalete
cayendo el nombre ilustre y cetro honroso
donde, en el mar de Cádiz, se entremete;
de azares hizo el Hado su reposo,
y que de su grandeza se interprete,
el agorero río en quien hundido
su invencible valor quedó en olvido.
La paz y majestad que antes gozaba
vuelta guerra y común desasosiego,
cuanto en sus anchos términos sonaba
era de un feroz Marte el voraz fuego;
la altiva frente desdeñosa y brava,
de ardiente rabia llena y furor ciego
viendo sembrado en su español distrito
del mauro pueblo, el número infinito.
Y bien que un triste asalto y ronco estruendo
vio siempre su primer sosiego asido
después que entre peñascos revolviendo
sobre el honor y crédito perdido;
salió del cuello altivo sacudiendo
el yugo infame a que le había rendido
sin gozar tiempo, término, ni tierra,
de asaltos libre y de ambición de guerra.
Mas en la que al presente está alterada
a toda antigua competencia excede
sin que desde la cumbre más nevada
del Alpe helado, al firme Atlante que de
pueblo, gente o nación tan olvidada,
que en ella con su riesgo no se enrede
que este fue el ademán en que Fortuna
quiso de mil tragedias hacer una.
Ni cuando sobre aquella cueva altiva,
alcázar real de la perdida España,
del valiente Alcamán la furia esquiva
cubrió de gente y tienda la campaña;
y a no le reservar persona viva,
espigada de lanzas la montaña,
un nuevo rey acometió escondido,
que con mil hombres le dejó vencido.
Ni cuando a sus magnánimas conquistas
el católico Alfonso abrió la mano,
y con más lanzas que Tinacria aristas,
pasó a Galicia, ejército asturiano;
y en varios lances y en copiosas listas
gran número añadió al pueblo cristiano
de victoriosos triunfos, cuya gloria
eterna da a los siglos su memoria.
Ni otro alboroto, brega, ni ruido,
de los que en aquel tiempo peligroso
el grave reino vieron consumido,
de asaltos lleno y falto de reposo;
ni con mayor estruendo y alarido,
sonó el arnés de Marte belicoso
que hoy sobre la cerviz y altiva frente
de la francesa y española gente.
¿Las causas de tan nuevas disensiones
qué furia las sacó sobre la tierra?
¿Cuál dios de tan parientes escuadrones
la ira trazó de esta enconada guerra?
¿Nacieron de odio antiguo sus pasiones,
o del furor que la ambición encierra?
¿O las cosas violentas cuesta arriba
su misma pesadumbre las derriba?
¿Por dónde abriré senda a los portentos
que estos siglos sembraron por el mundo?
¿En cuáles casos, sobre cuáles cuentos
mi estéril verso volveré fecundo?
¿De esta antigua preñez de pensamientos,
cuál el primero haré, cuál el segundo?
¿Qué brazo, qué valor, qué brío, qué saña?
el discurso guiará de esta hazaña?
Por los campos sepulcros olvidados
se han visto temerosamente abiertos
y los enjutos cuerpos descarnados,
de triste amarillez salir cubiertos;
los ojos sin mover embelesados,
la voz sin fuerza, los cabellos yertos,
pregonando desdichas no pensadas,
con los vivos trocaron sus moradas.
El mar sus peces espantó bramando
y la tierra tembló de su bramido,
a quien mil monstruos fueron afeando
de vista y talle nunca conocido;
donde tal madre se asombró mirando
el hijo que ella misma había parido,
y muchos sin nacer, en no aprendidas,
palabras, dieron voces escondidas.
Y donde el nuevo horror en sangre fría
los alientos volvía más briosos,
donde con más violencia prometía
tristes tragedias a los lastimosos;
era sobre los ánimos que veía
de lo mejor del orbe victoriosos,
que siempre los favores de Fortuna
crecen para menguar como la luna.
Reinaba en las regiones del Occidente
Carlomagno, un gran príncipe famoso,
príncipe a quien las águilas de Oriente
su estandarte volvieron más pomposo;
obedecido de invencible gente
y sobre mil ciudades poderoso,
a cuyo nombre ilustre y lirios de oro
reverenció el cristiano y tembló el moro.
Los altos muros de trofeos cargados,
fama a sus victoriosos escuadrones,
los altares y templos coronados
de conquistadas armas y pendones;
despojos de enemigos destrozados
de indómitas y bárbaras naciones,
que las más peregrinas y extranjeras
llenas vieron de espanto sus banderas.
¿Quién a los altibajos de la vida
punto dará y compás tan acertado,
que cortando del tiempo a su medida
el círculo feliz saque cuadrado?
Ninguno hasta el fin de la partida
se sueñe a sus contentos ajustado,
que en suerte humana todo es movimiento,
ni mal que dure, ni placer de asiento.
Triunfante el victorioso Carlomagno
con los favores de la instable rueda,
persuadido vivía en su mano
el punto estaba de tenerla queda.
¡Frágiles trazas del juicio humano,
que quién más fía en él sin él se queda,
que cierto es en la noche más serena
el decrecer la luna en siendo llena!
Después de haber el mundo amenazado
la Fama con la voz de sus victorias,
después de dar su nombre celebrado
con letras de oro escrito en mil memorias;
después de haberle a su sabor colmado
Fortuna el vano plato de sus glorias
y que cebado en ellas su contento
manos temía del contrario viento.
Para reseña y fin de sus mudanzas
y freno de ambiciosos corazones,
en su fama y pomposas esperanzas
hoy la flaqueza muestra de sus dones;
y pues a las más firmes confianzas
las desvanecen flacas ocasiones,
del bien o el mal, que el tiempo nos envía,
será el juez más cierto el postrer día.
Tenían sus belicosos paladines,
lleno el mundo y la Fama de proezas,
que en lisonjera lengua a varios fines
nuevas ensanchas daba a sus grandezas;
sonando en lo mejor de sus clarines
de Orlando las victorias y bravezas,
los muertos reyes, los gigantes fieros
de su invencible brazo prisioneros.
Del bravo Almonte y nuevo rey troyano
y el altivo Agricón la sangre ardiente
que halló su espada y derramó su mano
sobre las yerbas aún se está caliente;
y de Cimosco el instrumento vano,
ya sin rayos ni luz resplandeciente
por orla al vencimiento y triste caso,
del soberbio Agramante y rey Gradaso.
Mas como no hay valor siendo extremado
sin carcoma de pechos envidiosos,
el mundo de este antiguo error llevado
lleno estaba de quejas y quejosos;
de tan largas venturas enfadado,
que no hay sin agraviados victoriosos,
ni hombre tan ajustado y tan querido,
que de alguno no sea aborrecido.
Las hadas que a las cosas variables
de nuestro inferior mundo dan gobierno
y en cavernas y grutas espantables
vecinas viven del silencio eterno;
y del antojo humano los mudables
gustos al suyo revalidan tierno,
y en sus vacíos asientos desiguales,
los bienes acrecientan y los males.
Estas de los franceses paladines
en general estaban agraviadas,
destruidos sus palacios y jardines
y su halago y caricias despreciadas;
Alcina, sus tritones y delfines,
focas, ballena y redes delicadas,
deshechas ya y en libertad Rugero
del torpe lazo en que se vio primero.
Despreciada Morgana y su riqueza,
Febosilla su fama destruida,
Falerina su astucia y sutileza,
Osofana sus gulas y comida;
Filteorana su amor y su belleza
y la soberbia máquina caída
de Limaturia, Bruna y Aquilina
y el juvenil ardor de Dragontina.
Ninguna en el fatal colegio había
sin queja de francés, ninguna al cielo
sin lágrimas miró desde aquel día
que la furia de Francia pisó el suelo;
si no fue Logistilla, que seguía
de esta parcialidad el mejor celo.
Y sobre todas las afeitada Alcina
es la que a su venganza más se inclina.
Está en un lago oscuro de horror lleno,
su jardín y su casa destruida,
consumiéndose estaba en el veneno
de la afrentosa injuria recibida;
bien que su fértil isla y bosque ameno
cobrar pudieran la beldad perdida
y ella su alcázar con mayor tesoro
de cristal reformar y lazos de oro.
Mas ardiendo en deseos de venganza
a solo este deleite y gusto aspira,
que es mujer agraviada con mudanza,
metida en un celoso infierno de ira;
conoce que le ofende la tardanza
y que si la ocasión se le retira
su agravio pasará, que el tiempo leve
las penas traga y los agravios bebe.
Y como con la cólera quemada
se alumbra y sutiliza el pensamiento
de uno en otro discurso dio la hada
en la traza mejor para su intento;
de aquella rica y peligrosa espada
que Falerina obró en su encantamiento,
en conjunciones de menguante luna
y temples de mudanzas de fortuna.
Se acuerda, y revolviendo sobre el caso
los libros de su ciencia peregrina,
sin dejar del oriente al turbio ocaso
planeta, signo, aspecto y luz divina;
que no consulte, siga y mida el paso,
llegó a saber que el Hado determina
adquiera aquella espada vigor nuevo
en la templada sangre de un mancebo.
Faltole un punto cuando fue forjada
en las observaciones de su estrella
y esta falta con sangre reparada,
sus vivos filos volverán sin mella;
invencible y a su artífice vengada
la dejará y a Alcina sin querella,
si la bañare en una oculta guerra
la más heroica sangre de la tierra.
De un mago aspecto el abreviado punto
a decirle llegó que el mar Tirreno
ya sobre sus cristales tiene junto
a un galeón de amor y de armas lleno;
un joven español que, puesto a punto,
se vía entrar por su entoldado seno
a que la autoridad de un rey severo
blasón y armas le dé de caballero.
Es de suyo el contenido bullicioso,
y Alcina, que le ha puesto en la venganza,
al orgullo de su ánimo brioso
cada hora le es un siglo de tardanza;
una carroza de cristal lustroso,
que una piedra preciosa a otra se alcanza,
de oro las ruedas, de marfil los tiros,
los clavos de diamantes y zafiros.
Para ir a los jardines de Morgana
hace aprestar y en forma contrahecha
de varia plumería y pompa ufana,
al yugo dos soberbios grifos echa,
que en invencible vuelo por la vana
región del aire, una alba hermosa hecha,
la llevan, y ella derramando amores
llueven hechos aljófar por las flores.
En silla de oro y rica pedrería
en el triunfante carro recostada,
con mayor luz que la que saca el día
la mañana de mayo más pintada;
de perlas, de rubís y argentería
por el cabello vuela una lazada
que, haciendo el rostro un sol, sirve de llama
que en bellos arreboles se derrama.
De blanca tela de oro con plumajes,
de diamantes y aljófares menudos
vestida y por las puntas y follajes
erres de perlas y cuajados nudos;
entre doradas nubes y celajes
volando pasa por los aires mudos
al lago blanco que Morgana habita
entre el frío geta y el helado escita.
Tomó la hada toda esta belleza
del primer arrebol de la mañana,
que del mago pincel la sutileza
lo sano enferma y lo doliente sana;
lo feo agracia, al muerto da viveza,
la encogida vejez vuelve lozana
y al fin hacen y fingen sus unturas
alegres teces, nuevas hermosuras.
Hoy la suya amasó de un rojo cielo
el vengativo gusto de la hada
y a la enemiga Francia torció el vuelo
por ver cuál nuevo ardor la da ocupada;
miró y gozando triunfos sin recelo
la vio de pompa y fiestas coronada,
tan llena de victorias que en su adorno
un despojado mundo goza en torno.
Si bien de la jornada y pretensiones
en que Saturno agüera su caída,
nuevo rumor halló y alteraciones,
en armas toda y en furor metida;
contrapuestos sus llenos escuadrones
a una tasada gente así rendida
al violento rigor del duro Hado,
que apenas tierra en que morir le ha dado.
Contempla la soberbia y aparato
del belicoso ejército y las fiestas
que a vueltas de la guerra y su rebato
en públicos carteles vuelan puestas;
y en esto divertida un breve rato
pasa el Reno, sus aguas y florestas,
y Holanda, un tiempo dura y inclemente
mira ya de agradable y culta gente.
Deja el fuerte Calés a la siniestra
y los peñascos ánglicos nevados
la Quersoneso Cimbrica a la diestra,
con el mar que le escarba los costados;
y Zelandia amenísima le muestra
en los golfos de Esquenia sus pescados,
donde volando el carro cristalino,
a la Noruega tuerce su camino.
En el gótico mar mira al oriente
de Colmar los alcázares famosos,
ahora patria, y otro tiempo fuente
y origen de los godos belicosos;
y siguiendo la costa del poniente,
de la Suecia goza los preciosos
metales que revientan por los riscos
y las fieras que amparan sus lentiscos.
Pasa a Fimarquia y sobre el cristalino
y endurecido mar que la costea,
conoce en el peñasco Subentino
el peligroso golfo que la ondea;
y dando a las espaldas el contino
fuego que en la encubierta Tile humea
a las alturas de Biarmia sube
y allí se baja de su hueca nube.
Estampa de las ruedas las molduras
en la vega de Elsingue placentera,
gozando de las nuevas hermosuras
que en sus flores sembró la primavera;
y por entre arboledas y frescuras
del lago blanco llega a la ribera,
en cuyas playas el mayor espacio
ocupa de Morgana el gran palacio.
Fueron en este lago antiguamente
de Galatea los baños celebrados,
de cuyo pecho y cuerpo transparente
la tibia leche y el cristal mezclados;
le dan nombre y color y la corriente
de Varciga a la mar nuevos pescados,
que de sus revoltosos y anchos senos
por secretos caminos le hace menos.
Humillando jazmines y azucenas,
rosas y lirios, que el placer retoza,
de blanco aljófar y de olores llenas
las ruedas van de la imperial carroza;
y la playa, el cristal y ondas serenas,
la hada mira y con la vista goza
de un florido tapiz y alfombra rica
de cuanto abril y mayo multiplica.
Del inmortal laurel en la guirnalda
que en torno ciñe el lago, considera
bruñida plata y cercos de esmeralda,
que un resplandor en otro reverbera;
y en las floridas rosas de su falda
de pedrería una estrellada esfera
de no menor beldad que la que en vuelo
trastorna por sus bóvedas el cielo.
Dentro del fértil lago, hacia la parte
que le apunta la luz de la mañana,
o por natural curso o fuerza de arte,
está una fresca isleta y tierra llana;
de cien torres ceñido un baluarte,
donde resurte vuelto espuma cana
el cristal tierno que en hermosos lejos
sirve a sus playas y árboles de espejos.
Aquí sobre cimientos de alabastro
y mármoles preciosos se levanta
hecha de un cerco en conjunción de un astro
de un real palacio la soberbia planta;
sin que de cimbrias ni canteras rastro
quedase al mundo de grandeza tanta,
que Morgana lo hizo en sola un hora
al romper blando de la tierna aurora.
En doce altivas torres dividido
donde el diestro primor de un nuevo Apeles
mil lazos relevó de oro bruñido
al vuelo de sus altos chapiteles;
el jaspeado muro compartido
en dorados balcones y rejeles
y el claro ventanaje en mil maneras
de alegre luz y claras vidrieras.
Las altísimas bóvedas cargadas
del peso real de un bárbaro tesoro,
de bruñido alabastro las portadas,
los firmes quicios de metal sonoro;
sobre que se revuelven ajustadas
las puertas de marfil y clavos de oro,
que es esta hada la que al mundo vano
las riquezas reparte de su mano.
Crece un fresco jardín sobre la playa,
a sus resacas y frescor dispuesto,
del quebrado cristal florida raya
y del deleite humano alegre puesto;
donde Pomona de su verde saya
el regalo mayor dejó traspuesto,
sembrando por sus yerbas y sus flores
la humana industria todos sus primores.
De un lustroso cristal muro almenado
la corva playa ciñe del poniente,
de dorados balcones rodeado,
al precioso jardín pomposa frente;
donde del rico mayo el matizado
artificio en la cerca transparente
de rayos de oro forma y de vislumbres,
hermosos visos y encendidas lumbres
que al jugar por los árboles el viento
y el sol dorar sus hojas de esmeralda
del claro golfo en el mudable asiento,
del real jardín la altísima guirnalda;
a la vista hace del que mira atento,
de verde, azul, de rosicler y gualda,
bellos reflejos, claros resplandores,
de un mezclado color de mil colores.
Tal de vidrio sutil hinchadas pomas,
del claro alinde por el terso poro,
alegres fingen de lustrosas gomas
jardines de esmeralda y bosques de oro;
y en bellos tumbos de preñadas lomas,
la matizada cera abre tesoro
a unos alegres visos que en reflejos,
la vista engañan con fingidos lejos.
Y así la hada por la selva amena,
mientras volando pasa su carroza
de aljófar y oro la campaña llena,
sus flores mira y sus olores goza;
ve el palacio, el jardín y la serena
playa donde el verano se remoza
que en aquel punto al despuntar el día
luces sembraba y rosas producía.
Ya de las torres un clarín bastardo
la salva hacía a la amorosa Alcina
que en vista alegre y ánimo gallardo
doblando iba a la playa cristalina;
cuando en hábito humilde y paso tardo,
entre dos mirtos y una parda encina
un bulto vio; mas yo, que un mundo entero
confuso miro y darlo en orden quiero.
La pluma vuelvo a la intrincada masa
de historias que en aliento y son divino,
como de un nuevo abril flores sin tasa
por este asunto brotan peregrino;
después diré de la encantada casa,
la traza, el modo y fin de este camino,
que de la historia aquí la grave suma,
tras su vuelo arrebata el de mi pluma.
Y el triste y ronco son de las cadenas
de un conde por invidia aprisionado
aunque al rey sordas, porque son ajenas,
ya mi música y voz han destemplado;
y sus canas de honor y llanto llenas
piden que deje el cuento comenzado
por ver de sus delitos el proceso,
que es obra santa consolar un preso.
Tuvo el rey Casto una gallarda hermana
y hubo en Saldaña un conde valeroso.
Ella Venus en gala cortesana
y él en braveza un Marte belicoso;
y ambos de la nobleza castellana
la fuente de caudal más abundoso,
en quien mostraron su poder a una
los tiempos, el amor y la fortuna.
El tiempo les dio en gracia y gentileza
colmada a sus deseos la medida
y del pródigo Amor la ancha largueza
todo el vano placer con que convida;
solo de la Fortuna la tibieza
su gloria dejó en llanto convertida,
con que sus gustos vueltos en dolores
tuvieron más de amargo que de amores.
Duró el tiempo feliz de los amantes
lo que el sagaz recato en su cuidado,
que en el amor los gustos importantes
son hurtos de contento reservado;
al fin con ocasiones semejantes
del cielo llegó el tiempo señalado
que a Bernardo con próspero ascendiente
la vida había de dar y luz presente.
Y luego que en los signos más dichosos
que en sus esferas vio el cielo sereno
y a gozar de los siglos venturosos
salió encogido del materno seno;
incitado de pechos envidiosos
el rey, quitando a la templanza el freno,
de su hermana y el conde de Saldaña
a pesar se vengó de toda España.
Y en justa pena al descortés delito
de haberse tras su antojo desposado
y en la ciega pasión del apetito
su real palacio y opinión manchado;
con dura ley y riguroso edito
oculto el niño, el conde aprisionado,
a su hermana hizo monja, con que pudo
torcer del firme matrimonio el nudo.
Sobre tres quintos lustros daba el cuarto
de su curso infeliz la mayor parte,
que de gustos ayuno y penas harto
la honra y la fama de Saldaña y Marte;
en el más solo y encubierto cuarto
en que un torreado alcázar se reparte
vivía en su cadena y prisión fuerte,
si es la vida en prisión vida y no muerte.
Guardaba el mundo tan oculto al conde
que ya los vivos le tenían por muerto
y si está preso nadie sabe dónde,
que el rey por más seguro lo ha encubierto;
y siempre a un desdichado corresponde
olvido general, favor incierto,
que la fortuna al trastornar su esfera
ninguna gloria antigua deja entera.
De un ofendido rey el rigor grave
ponerlo pudo en cárcel tan estrecha
que ni del día ni la noche sabe,
ni cual favor le daña o le aprovecha;
del trato más hidalgo y más suave,
con más recelo vive y más sospecha,
que es grave riesgo y de áspero castigo
un ofendido rey por enemigo.
Así en larga cadena aherrojado
el preso conde sin vivir vivía,
cuando un hombre de nuevo aprisionado
su tristeza aumentó y su compañía;
de aspecto afable, rostro autorizado,
de discreción un centro y cortesía,
que son las partes que con fiesta doble
el lustre muestran de la sangre noble.
Ceñido en torno de un doblado muro
en la Mota de Luna un cuarto había,
que un ciego caracol por más seguro
a sus lóbregos senos descendía;
secreta estancia, calabozo oscuro,
donde jamás llegó la luz del día,
y tal que al delincuente, más amigo,
de cárcel le servía y de castigo.
A esta bajó Teudonio por más fuerte
que así el honrado preso se llamaba,
y al afligido conde allí la muerte
por sobrarle la vida le faltaba;
llegó el huésped y tuvo la feliz suerte
aunque en la ciega sepultura entraba,
ver otro muerto allí, que todavía
consuela en la aflicción la compañía.
Diéronse en cortés trueco afablemente
el pésame y bienvenido a una
doliéndose cada uno del presente
daño que al otro ha hecho la Fortuna;
el conde, como aquel que ha estado ausente
del cielo, el claro sol y errante luna,
tantos años cerrado en el profundo
podíase ya contar por de otro mundo.
Y deseando saber qué nuevo estado
las cosas alcanzaban de la tierra,
quién gobernaba el reino, a cuál cuidado
la dulce paz está y a cuál la guerra;
dejando su valor disimulado -que quien luego lo dice todo yerra-
así con un fingido regocijo
afable, vuelto a don Teudonio dijo:
«Señor, aunque en mis culpas he aprendido
que jamás el castigo faltó en ellas,
sé también que no siempre un afligido
padece y sufre agravios por tenellas;
que el tiempo muchas veces compelido
del contrario rigor de las estrellas
trocarse vemos y enviar al suelo,
en vez de alegre sol, borrasca y yelo.
»Y ahora vuestra presencia resplandece
aún entre estas tinieblas de tal modo,
que en su compuesta gravedad parece
retrato singular del valor godo;
yo señor, soy un hombre en quien fenece
de mi principio y fin el nombre todo,
no tengo más valor ni más estado
que ser dichoso ayer y hoy desdichado.
»No os quiero ya informar de mi derecho,
que en la cárcel no hay preso con delito.
Todos están sin culpa, y sin provecho
es dorar a la culpa el sobrescrito;
solo os ruego, señor, si a un noble pecho
amor con sola ceremonia y rito
puede obligar, conozca ahora el vuestro,
que le deseo servir en más que muestro.
»Y en recambio me deís de vuestras cosas
la parte que sin riesgo os pareciere,
seguro que en las tristes o dichosas
mi gusto os seguirá como pudiere;
mas si estas son demandas peligrosas
que ni el lugar ni el tiempo las requiere
contadme en trueco, porque así se ahorren
en el mundo, qué mundo y tiempos corren.
»Qué cetro lo gobierna y rige ahora?
¿Qué guerras hay de nuevo? ¿Qué dictados?
¿Si es ciega todavía la señora
que da y reparte reinos emprestados?
¿Quién se señala en armas? ¿Quién adora
la Fama? ¿Quién celebra sus cuidados?
¿Qué ritos, qué premáticas, qué leyes
o qué lisonjas privan con los reyes?»
Así el conde, y Teudonio así admirado
de la prudencia y gravedad del preso,
en tanto que habló estuvo colgado
de su dulce discurso y raro seso;
de aquel discreto preguntar pagado,
de las preguntas y su grave peso,
la entereza del ánimo y el modo,
tan de pecho real y heroico en todo.
Y en sus penas suspenso y divertido,
sin conocer al olvidado conde,
Teudonio, más de honrado y comedido
que gustoso de hablar, así responde:
«Si los agravios con que me ha traído
Fortuna aquí, lugar me dan por donde
aliviar tu cadena y mis prisiones,
gran campo han descubierto tus razones.
«La tierra está sembrada de portentos,
de grandeza hasta ahora nunca vistas,
famosos hombres, de altos pensamientos,
armas, guerras, furor, pleitos, conquistas,
fieros jayanes, bárbaros intentos,
altivos reyes que en copiosas listas
el mundo sacan al soberbio alarde
de un desmán nuevo en que hoy se enciende y arde.
»En gran riesgo está España de perderse,
preñada de costosos enemigos,
ligero el rey y fácil de creerse
y sin lealtad y fe los más amigos;
harto de esto en mis causas puede verse
y servir mis agravios de testigos,
pues mis nuevas cadenas y prisiones
son de eterna lealtad los galardones.
»Es Teudonio mi nombre y mi famoso
linaje en todo el orbe conocido,
del feliz Recaredo en río copioso,
por sucesión legítima traído;
hasta don Pedro, duque valeroso
de la Cantabria, padre esclarecido
del Católico Alfonso y del valiente
Fruela, de corazón y alma ardiente.
»Fue sucesor de Alfonso otro Fruela
y el generoso infante Vimarano,
por quien del rey su hermano la cautela
cruel le hizo y fratricida hermano;
de este un hijo quedó en su infiel tutela,
a quien en recompensa dio el tirano
del muerto padre y de su injusta saña,
en título el condado de Saldaña.
»Del Fruela primero, hijos famosos,
Aurelio fue, Teudonio y don Bermudo,
soldado el uno y reyes poderosos
los dos que es cuanto el tiempo darles pudo;
Teudonio otros dos hijos belicosos
dio al mundo y de los dos el más membrudo,
por animoso, intrépido y osado,
el conde don Osorio fue llamado.
»De este nació mi padre y por el suyo,
como he dicho, me llaman don Teudonio,
y esta es la sangre que amo y la que huyo,
y este de mi linaje el testimonio;
ni la fortuna me faltó, sin cuyo
favor en el estado y patrimonio
ser la nobleza suele grave carga
en honras corta y en congojas larga.
»Estado tuve y tengo suficiente
por mí y por mis mayores levantado,
de reyes como el rey soy descendiente
y tan leal con él como agraviado;
un tiempo me trató por su pariente,
con favor y caricias de privado,
mas siempre las privanzas de los reyes
como viven sin ley, mueren sin leyes.
»Cuando de Nugariz la furia esquiva
con ochenta mil moros de pelea
entró en Asturias y a su voz altiva
tembló cuanto en sus términos rodea;
yo que de mis primeros años iba
dando al mundo el ensaye y la tarea,
por el gusto del rey toda la tierra
general me aclamó de aquella guerra.
»Nuestro pequeño campo en el de Lutos
al morisco dejó desbaratado,
que las infames parias y tributos
pedía soberbio y de ánimo arriscado;
y pasando con libres pies enjutos
sobre el roto escuadrón empantanado,
de Miño crucé y Duero ambas riberas
y asombré a Portugal con mis banderas.
»Largo es contarte de esta gran jornada
los sucesos y lances por menudo,
públicos fueron y ella tan nombrada
que al mundo hacer temblar su fama pudo;
no quedó filo de enemiga espada
ni resistencia de contrario escudo,
de Oviedo hasta Lisboa, que no fuese
de la opinión y ley que yo le diese.
»Y aunque para las fuerzas de la guerra
en campo la persona real venía,
el bastón general de mar y tierra
a cuenta anduvo siempre de la mía;
tomé a Lisboa y cuanto dentro encierra
di franco a mi española infantería
con que la volví rica y vi triunfante,
mas por faltarle yo no fue adelante.
»En este tiempo con la hermosa Berta,
de Carlo rey francés querida hermana,
santo himeneo el montañés concierta,
en solemne aparato y pompa ufana;
y en la rica ciudad ahora desierta
que a Ulises ya fue un tiempo cortesana
del grave asiento a las futuras bodas
las condiciones se firmaron todas.
»Despachose a mi cargo la embajada
por gusto real o pretensión ajena
de quien por dicha el ver la mía colmada,
era para la suya estorbo y pena;
o fuese que ocasión tan señalada
con solo mi valor quedaba llena,
yo al fin con el asiento y real presente
partí dejando al rey por mi teniente.
»De parte del ejército asturiano,
de sargento mayor hacia el oficio
Basilio de Manuces, un villano
catalán falso, hecho de artificio;
a quien pudo el dinero dar la mano
y subirle, del reino en perjuicio
a la plaza que ocupa y no merece
mas donde él manda, todo le obedece.
»Era bisnieto del traidor Manuces,
que con Tarif capituló concierto
de dar a sus escuadras andaluces
rendida la ciudad y su rey muerto;
este pues, que por caños y arcaduces
tan limpios vino al mundo y salió enjerto,
hijo de una africana esclava lora,
con mezcla catalana y sangre mora.
»Luego que el campo y gente victoriosa,
sin mí quedó en dos bandos dividida
y su hambrienta codicia y la ambiciosa
sed de mandar no se halló oprimida;
con maña astuta y traza cavilosa
la más granada gente reducida
a su opinión en riesgo no pequeño,
de la guerra y la paz se alzó por dueño.
»Fuese en secreta astucia apoderando
de las fuerzas del reino y porque había
leales cabezas del contrario bando
cuya ambición las suyas reprimía;
por dar más nervio al usurpado bando
y entrada a su insolente tiranía,
dos parientes del conde de Saldaña
nuevos cómplices hizo en su maraña.
»Estaba el conde preso injustamente
y aún lo está todavía, si no es muerto,
sin que criado, amigo, ni pariente
de su prisión alcance el lugar cierto;
la culpa a tanta pena insuficiente,
el rigor grande, el perdonarle incierto,
agraviada de España la nobleza
y el obstinado rey en su dureza.
»Esto en su arbitrio fue ocasión bastante
y el fingirse él falaz protector de ella,
de hacer malquisto al rey y su arrogante
ánimo, con más fuerte y firme estrella;
creció en hinchado aplauso en lo restante,
y al fin por esta senda sin perdella,
un sin principio pudo, mal nacido,
privar del reino al rey inadvertido.
»Librose en nueva astucia y presta huida
de las traidoras armas del tirano,
que para asegurar la infame vida
contra su rey tomaba ya en la mano;
el nuevo asombro de la real caída
a la corte llegó de Carlomagno
conmigo, en que se vio ser mi persona
la leal cabeza de su real corona.
»La triste nueva el mundo alborotado
dejó, y de mi embajada el grave asiento
sin fuerza, que en no haberla el cielo dado,
frustrado vino y sin sazón su intento;
hallose el reino y rey necesitado,
el Imperio temiendo un fin violento,
de alarbes lleno y bárbaros jayanes
y ausentes sus invictos capitanes.
»Bien que en medio el aprieto en que Agramante
a Francia tuvo en la ocasión presente,
su ínclito emperador campo bastante
al rey envió de su francesa gente;
y por su ausencia del señor de Anglante,
a quien vio a la sazón el rubio Oriente
de amores preso de su reina bella,
a Gaiferos nombró general de ella.
»Con valiente escuadrón de pechos briosos
de Carlomagno el generoso yerno
de Paris los alcázares famosos
soberbio deja y vuelve a mirar tierno;
llevando de su esposa los hermosos
ojos por norte y luz de su gobierno,
que el niño amor por las recientes bodas
quiso a una gloria aventurarlas todas.
»No se atrevió a quedar la bella infanta
en las mudables manos de la ausencia,
que es amor con la soga a la garganta
y hacer sin fruto y premio penitencia;
es niño Amor, cualquier cosa le espanta
y en gustos dilatados no hay paciencia,
tierno Gaiferos, Melisenda bella
la guerra larga, no quiso ir sin ella.
»Dejó del río Siene los cristales
y la costa aquitania al diestro lado,
de Orliens los muros y altos pantanales,
de Bourges y el río Erve medio helado;
y tocando en Limoges sus breñales
pasa y llega a Garona, en que alojado
sobre una fértil vega hizo alarde
de su aparato bélico una tarde.
»De doce veces mil fue la reseña,
gente en cursadas guerras escogida,
bien que a la que Fortuna es zahareña
no importa más despierta que dormida;
una mañana cuando el alba enseña
de aljófar su guirnalda guarnecida -de aquel aljófar que al romper la aurora
su luz primera, el cielo en flores dora-.
»El rey de Argel, el fiero Rodamonte,
con una escuadra de enemiga gente,
saliendo de una selva, entrando a un monte,
dio sobre el nuevo campo de repente;
y apenas con la luz del horizonte
la desvelada centinela siente
la mora tropa, cuando el arma grita
y ella al son de un clarín se precipita.
»Hallanos descuidados el asalto
y el sagaz enemigo en ordenanza,
la grita, el algazara y sobresalto
fue la primera y la mayor matanza;
quién corre a las trincheas, quién de un salto
caballo cobra sin espada y lanza,
va sin saber adónde y de esa suerte,
por guarecer la vida da en la muerte.
»Uno busca las armas, que dormido
ya le solían servir de cabecera,
otro por yelmo de su arnés lucido
del caballo se encaja la testera;
quién arrogante, quién despavorido,
quién con alma cobarde, quién con fiera,
quién con espada, quién con solo escudo
y quién de rabia armado va desnudo.
»El astuto enemigo que el desorden
vio del dormido campo, el suyo aguija,
y antes que de oro los penachos borden
los rayos del que al mundo regocija;
nuestro alboroto atropellando en orden,
codiciosos del saco y la partija,
con trápala, alarido y alboroto
quedó al primer asalto el francés roto.
»Rodamonte de Sarza, que en la tierra
de la muerte fue el dardo más agudo
y al cielo de la paz no movió guerra
solo porque subir allá no pudo;
una luciente cimitarra afierra
y echando a las espaldas el escudo
entró por el ejército normando
aquí y allí rompiendo y destrozando.
»El rostro al uno, al otro la cabeza,
los pies a otro llevó, a otro los brazos,
hecho dos dejó a otro de una pieza
y a otro de tres golpes seis pedazos;
hiende, mata, rebana, descabeza,
y sin defensa, estorbos y embarazos,
de aquí, de allí, de aquesta o de otra suerte,
no alcanza golpe que no sea a muerte.
»Parecía en el hervir vivo trasunto
de Briareo en su batalla brava,
cuando a un tiempo con todo el cielo junto
con cien brazos y espadas peleaba;
desbaratando y rebatiendo a un punto
su alfanje a Marte, a Hércules su clava,
a Palas su gorgón, su flecha a Apolo
y el rayo ardiente al rey del alto polo.
»Gaiferos, que a la bella Melisenda
abrazado en sosiego y paz dormía,
al alboroto despertó y contienda
de la desbaratada infantería;
salta del lecho y sale de su tienda
con sola espada al tiempo que venía
el africano bárbaro arrogante
con mil vencidos pechos por delante.
»”Detén, canalla vil desordenada”
Dice el francés y de un escudo afierra
y con él, con su cólera y su espada,
con Rodamonte y su soberbia cierra;
y apuntando a la gola una estocada,
aunque por su desgracia el golpe yerra,
tal fue su furia y su llegar tan presto
que le llevó seis pasos descompuesto.
»Valiole al yerno del francés caudillo
coger al rey de Argel de sobresalto,
que a tener más lugar de prevenillo
su muerte fuera el descompuesto asalto;
yo solo que lo vi puedo decillo,
que fui a ayudarle en verle de armas falto,
al tiempo que el jayán de rabia loco
le era para vengarse un mundo poco.
»Lanzando humo y fuego la visera
y los dientes quebrando de coraje,
sobre el francés la cimitarra fiera
hace a dos manso que furiosa baje;
fue su reparo el ir a la ligera
y un salto que por medio no le raje;
que a esperarle fiado en el acero,
dos Gaiferos hiciera del primero.
»Al desviarse de él bajó la espada
y a un duro risco en inmortal empeño
la mitad de ella se quedó clavada
y, bramando de cólera su dueño;
por junto al firme puño destroncada
y viendo el golpe en vano, aquel pequeño
trozo que de su alfanje halló consigo
furioso envió a buscar a su enemigo.
»El bravo Alcín y el bello Atenedoro,
ambos competidores y galanes,
que por la dama que gozó Medoro
otro tiempo pasaron mil afanes;
a la sazón que el descompuesto moro
de la espada arrojó los gavilanes,
en favor iban del francés Gaiferos,
matando el uno, el otro haciendo fieros.
»Y aunque erró el tiro el moro de arrogante,
a Atenedoro dio que era el postrero,
que no está todo el riesgo en ir delante,
ni el peligro mayor en ser primero;
la celada le abrió, que a ser diamante
lo mismo fuera entonces que de acero
poniéndole los sesos por el suelo
y a Alcín eternas treguas en su celo.
»Gaiferos, que vio el golpe y la herida
y que le libró de ambos su destreza,
no huye el riesgo, que salvar la vida
padeciendo la honra no es grandeza;
y aunque está la ventaja conocida
y armado de los pies a la cabeza
el moro, y él sin armas todavía,
en más que el hierro está la valentía.
»Por la cimera le alcanzó un mandoble,
que de plumas dejó sembrado el suelo
y forzó al fiero rey que humilde y doble
el cuello altivo a su orgulloso celo;
que honra herida en sentimiento noble
no hay cosa que acometa con recelo,
tras él le da una punta y otra punta,
por quien tal vez la roja sangre apunta.
»El moro, que se halla sin espada
y de un hombre sin armas ofendido,
en rabia ardiendo con la vista airada
parece al cielo vuelto áspid herido;
y de la peña que dejó cortada
un duro risco en alto suspendido
contra el francés arroja, y arrojara
el monte Tauro que a sus pies hallara.
»Bien así el ciego Polifermo bruto,
en descompuesta cólera encendido,
sintiendo irse por agua el griego astuto
en su humilde vellón entretejido;
de la puerta del sótano con luto
el gran peñasco asió y tiró al ruido
del libre preso ya, y el peso grave
hiciera en medio el mar hundir la nave.
»No fue de riesgo el espantoso tiro,
aunque se llevó a Fabio por delante,
Fabio infeliz, que natural de Epiro
en Francia subió a noble de farsante;
y dando el alma el último suspiro,
confesó que la culpa de arrogante
mudar le hizo de oficio y pasatiempo
y en la guerra morir antes de tiempo.
»Mas no dejó su muerte sin venganza
el francés capitán, que al homicida
a dos manos por medio el cuerpo alcanza
de un revés diestro una mortal herida;
dada en tal ocasión, con tal pujanza,
que, a no estar la escarcela guarnecida
con redobladas láminas de acero,
mucho antes le matara que Rugero.
»Fue encenderle la cólera al gigante,
que saliendo de sí de rabias lleno,
un duro roble asió que vio delante,
cual seca caña de liviano heno;
y de él ya hecho un bárbaro montante,
lleva a dos manos sin templanza y freno
a descompuestos golpes el medroso
campo huyendo de su herir furioso.
»Las calientes entrañas escondidas
ya por el valle aquel deja sembradas,
los destrozos, crueldades y heridas
sin cuento fueron para ser contadas;
diferencias de muertes nunca oídas,
antes puestas por obra que inventadas,
aquí destroza, hunde, acullá mata
y un campo entero asombra y desbarata.
»Así tal vez del Alpe se desgaja
peñasco altivo en ímpetu furioso
que a buscar en el centro humilde baja
a pesar de los árboles reposo;
y si la encina, el fresno o roble ataja
a su caída el vuelo presuroso,
hasta arrojarse en el profundo valle
por cuanto encuentra rompe y hace calle.
»Tal el jayán en su tropel violento
el roto campo con furor derrama.
No causa más horror el raudo viento
cuando en las olas del Egeo brama;
y a escapar solo el marinero atento
a San Telmo en devotos gritos llama,
que del moro el destrozo y el gemido
del campo humilde a su furor rendido.
»Y mientras el soberbio rey de Sarza
tales blasones labra a costa nuestra
bravo en ver que el francés huya y se esparza,
medroso de los golpes a su diestra;
el valiente Alancredo de Galarza
del montañés valor su parte muestra,
defendiendo la bella Melisenda
de mil moros que acuden a su tienda.
»Era el joven feliz de ánimo vivo,
briosa portación y fuerza brava,
galán, diestro, cortés, bizarro, altivo,
que el rojo bozo apenas le apuntaba;
de una bella mujer recién cautivo
que a la francesa infanta acompañaba
y la formó de intento su ventura
más que el sol bella y más que el mármol dura.
»Diole el gusto y el alma por despojos
a las primeras vistas de su gala,
ella por una gloria mil enojos -que amor es peso que jamás se iguala-,
bien que tal vez con halagüeños ojos
le acaricia al descuido y le regala,
que no hay mujer tan dura y desabrida
que del todo aborrezca, si es querida.
»Tocole aquella noche ser de guarda
a la real tienda, cielo de su gloria,
adonde en sueño envuelta la gallarda
Rosia de él ni de sí tiene memoria;
mas el que ama de veras nunca aguarda
a si es o no su voluntad notoria,
que en cuanto hace, habla, piensa, siente,
siempre se da el amante por presente.
»Fue por ser visto el montañés gallardo
más puesto a lo galán que a lo seguro:
bizarra calza de amarillo y pardo,
grabado peto ardiendo en oro puro;
plumas en el sombrero y por resguardo
de una acerada cofia el temple duro,
relumbrante rodela, espada y daga
y un gran valor que a todo satisfaga.
»De verde y plata el fino arnés grabado,
de aljófar y oro los bordados tiros,
una banda de perlas y encarnado
y un collar de diamantes y zafiros;
un barco entre dos aguas engolfado,
que las altera un ciego con suspiros,
en la rodela, y este mote abierto:
“Donde está el bien dudoso, el mal es cierto”.
»No se vio en los cristales de Cefiso
ni trastornó las flores del Parnaso
en más lozano talle su Narciso
siguiendo a un presto corzo en campo raso;
ni con más gracia, más primor ni aviso,
notó Beocia su gallardo paso,
cuando fue de sus selvas el tesoro
con arco de marfil y flechas de oro.
»Que el brioso Alancredo con su gente
a hacer la ronda fue y guarda a su dama,
donde los arreboles del oriente
le saludaron con su nueva llama;
y el mauritano campo de repente,
con la ocasión de un gran renombre y fama,
dándole amor aliento, el honor brío,
y su espada de sangre mora un río.
»El rubio Orión, que con su alfanje de oro
el mundo alumbra, parecía a la puerta
de la real tienda, cuando el cauto moro
la asaltó en sueño sepultada y muerta;
y él de su nuevo amor viendo el tesoro
al riesgo puesto de una suerte incierta,
y que aún los bravos huyen, sale ciego
de honra y amor de dos haciendo un fuego.
»”Teneos –dice- cobardes! ¿Dónde os lleva
el deseo infame de vivir sin honra
que antes de hacer de los contrarios prueba
de su temor hacéis vuestra deshonra?
¡Tened, parad, volved, haced que os deba
mi espada el verla un rato como os honra
y de este orgullo os da, que ahora os espanta,
a costa suya una venganza santa!
»Si tanto miedo os pone el de la muerte,
¿en cuál parte del mundo no se halla?
¿dónde o cómo podrá la humana suerte
dejar, por más que huya, de alcanzalla?
¿A dónde el flaco campo huis del fuerte,
cobarde, vil y misera canalla?
¿A qué castillo, a qué ciudad, qué muros,
si con trincheas aquí no estáis seguros?”
»Dijo, y en tanto que él con sus razones
y los sangrientos filos de su espada
venció algunos honrados corazones
y mató alguna gente desmandada;
una escuadra de alarbes nasamones,
gente en las sirtes líbicas criada,
la tienda real entró pretendiendo en ella
a Melisenda ilustre y Rosia bella.
»El montañés que mira su esperanza
mudada en posesión de un torpe moro
y que en cualquiera punto de tardanza
a mortal riesgo queda su tesoro;
furioso en medio el escuadrón se lanza,
a rescatar con sangre y no con oro
la vida de su alma, que es amante,
y esta a verle morir su amor delante.
»Hiere de tajo, de revés y punta,
y a voces, golpes, gritos y heridas,
de Amor la furia a la de Marte junta;
rinde, espanta, acobarda y quita vidas;
y al que la suya vio llevar difunta,
con manos sin temor descomedidas,
los ojos con que osó verla agraviada
ambos se los cosió de una estocada.
»A otro el brazo cortó, dejando asida
la mano al velo de oro y halagüeño
por donde la prendió medio dormida
y le quitó la libertad y el sueño;
y ya en ella y su honor restituida:
“Toma, -dice- señora, este pequeño
servicio del que indigno de tal palma
no se atreve también a darte el alma.”
»Ella en alegres ojos y alma ardiente,
con un tierno suspiro vergonzoso
el riesgo le pagó y favor presente,
que a más que esto un mirar es poderoso;
a la sazón que un bárbaro inclemente
al francés lecho perturbó el reposo,
por saquear la bella Melisenda
y el rico mueble a su asaltada tienda.
»Pone punto al amor y a la honra acude
suya en un trance tal y de la infanta
y sin que el jayán fiero el paso mude
la cabeza le deja sin garganta;
haciendo en esto que la reina dude,
si el bulto muerto más que el vivo espanta;
el lecho, antes de gusto, ya cubierto
de roja sangre y un contrario muerto.
»Los demás que en la tienda al robo atentos
por interés sin honra habían entrado,
asombrados de golpes tan violentos,
por la vida renuncian lo robado;
y al victorioso amante entre lamentos
de francesas beldades rodeado,
que asidas todas de él pensó cada una
guarecer en la suya su fortuna.
»La tienda reforzó cual mejor pudo
y al paso se hizo una invencible roca,
donde un ciego montón de pueblo rudo
confuso arremetió con furia loca;
por capitán un zahará membrudo,
nacido del río Cénega en la boca,
que al filo de una corva cimitarra
a un hombre dentro de su arnés desgarra.
»Acertole uno al montañés valiente
y no bastando a todo la rodela,
parte, aunque poca, le alcanzó en la frente,
que le sirvió a su cólera de espuela;
tras él la chusma de la negra gente,
en confuso escuadrón y estrecha muela,
por todas partes le acomete y pica
y en sangre ajena y propia le salpica.
»Uno le arroja un dardo, otro una flecha,
otro el venablo que a sus pies enclava,
este con él se afirma, aquel le flecha,
este hiere de alfanje, aquel de clava;
parecía nube y tempestad deshecha,
que instrumentos de guerra granizaba,
cruzando por el aire hechos cometas,
chuzos, lanzas, gorguces y saetas.
»Y él como áspera roca a todos vientos,
en medio el turbulento mar sentada,
que de los alterados elementos
es por mil partes juntas contrastada;
la mar carcome y bate los cimientos,
de rayos, aires y ondas asaltada
y en ella firme en sus ásperos bajíos
de lejos pone espanto a los navíos.
»Andaba por mil partes mal herido
aunque de todas a su honor vengado,
que no hay en su esgrimir golpe perdido,
ni en su reportación tiempo olvidado;
mas ya de tanto bárbaro ofendido
y de ayuda y socorro desahuciado,
la rodela arrojó y asió la espada,
que ha de dejar su cólera vengada.
»Y al feroz capitán en brío lozano,
al pasar de dos brazos quitó el uno,
a otro dejó en un pie y sin una mano,
y a otro cortadas ambas sin ninguno;
a este hiere de corte, a aquel de llano
y este y el otro ensarta de uno en otro,
hiende, parte, rebana, descabeza,
y cuando al parecer acaba, empieza.
»La bella Rosia que en sangriento día
su caro español ve pisar la tierra
y la pena del riesgo en que le vía
al rostro saca lo que el pecho encierra;
deseosa de tenerle compañía
y con vista de paz templar su guerra,
sin ocasión salió, que la sacaba
Cloto, y el filo ya a su estambre daba.
»Eran escraches de oro sus cabellos,
de un cielo de marfil ricas techumbres,
que en tiernas rosas y jazmines bellos
de su garganta dan doradas lumbres;
los ojos de azabache y dentro de ellos
de placenteras niñas dos vislumbres,
que al sol retozan, que en coral hacía
la rica concha de quien nace el día.
»Salió a ver el ejército enemigo
y así le dice a su español brioso:
“¡Tu brazo el cielo esfuerce, oh caro amigo,
y de riesgo te saque tan dudoso!
¡Ánimo amor, que moriré contigo!
¡Oh, anuncio triste, agüero prodigioso,
Fortuna cruel que a la primera suerte,
quieres que sea el favor azar de muerte!”
»Aún más quería decir cuando de lleno
la voz le atajó un dardo que venía
deseoso de llegar al blanco seno,
donde su cielo la beldad tenía;
cayó cual tierna flor en valle ameno,
al tiempo que su amante revolvía
a darle el alma y vida por despojos
y cobrarla él de nuevo de sus ojos.
»”¡Oh tragedias de amor, glorias de viento
las que el tiempo nos muestra en sus mudanzas!
¡Vienen en sombra, sombras de contento,
tesoros de engañadas confianzas!
¡Con qué facilidad mudan asiento
las más bien asentadas esperanzas!
¡Oh mi gloria acabada ya y perdida!”
Dijo Alancredo al golpe de su vida.
»Quiso ir a recibir entre sus brazos
el desmayado cuerpo de su dama
y los primeros y últimos abrazos
con que sin tiempo le convida y llama;
“Mas no merezco –dice- tales lazos,
ni que de mí en el mundo quede fama,
si antes no le quitare con la vida
la gloria de tu muerte al homicida.”
»Así dijo y, cual Hércules furioso
con el incauto don de Deyanira,
rompe, quiebra, destroza y presuroso
los altares trastorna ardiendo en ira;
hasta llegar al mensajero odioso
que el presente le dio y temblando mira,
y en él a su furor ciego entregado,
a no poder ya más muere vengado.
»Así de Rosia el sin ventura amante
furioso entró en el escuadrón tejido,
rompiendo cuanto encuentra por delante,
hasta el cobarde moro mal nacido;
que con medroso y tímido semblante,
del tiro y daño hecho arrepentido,
las espaldas volvió, mas no se fuera
aunque por padre a Dédalo tuviera.
»Por el crespo cabello áspero y duro,
bramando le ase y de él rastrando tira,
y haciendo que le den paso seguro,
seguro va a pesar de quien le mira;
adonde yace entre un confuso muro
de armas un rostro bello en quien espira
del mundo la beldad, de honor lo justo,
de amor lo fino y de su amante el gusto.
»Llega y, haciendo campo con la espada,
el delincuente preso le presenta,
y así le dice con la voz turbada:
“Remate triste de mi alegre cuenta,
suspende por un rato la jornada,
en tanto que esta víctima sangrienta
en tu altar sacrifico y yo tras esto
a seguirte y morir por ti me apresto.
»Que no es bien que la pena de perderte
pueda menos en mí que un enemigo
y que la aprehensión del bien de verte
no me lleve tras ti a verme contigo;
mi corta vida se acabó en tu muerte
y así es muy fácil de acabar conmigo.
Sigo tus pasos, que a quien vive en pena,
la muerte más penosa le despena.
»Ya la vida me sobra y el suave
deleite del morir siento en el pecho,
gloria y gusto que no se alcanza y sabe
sino es al punto de este paso estrecho;
que el cielo a este secreto echó la llave
porque el mundo quedase de provecho,
que a saberse lo dulce de la muerte
fuera el largo vivir adversa suerte”
»Así dijo y al moro que fue causa
de la triste tragedia clavó al punto
la daga al corazón, con que hizo pausa
su miedo y se extendió el cuerpo difunto;
y tomando en sus brazos quien le causa
tormento, vida y muerte todo junto,
los ya turbados ojos un instante
para mayor dolor puso en su amante.
»Y con la débil voz enflaquecida,
como aceptando el sacrificio hecho:
“¡Ay-dice- honesto amor, prenda querida,
cuán tarde conocí tu honrado pecho!
¡Ingrata!, que te vine a dar la vida
a tiempo que ya no era de provecho,
siendo para morir con pena eterna
dura en la vida y en la muerte tierna.
»Mas si una alma es de estima en quien mudanza
no habrá ya para siempre, en ella viva -fue a decir- tu memoria…” y no le alcanza
la última parte que quedaba viva;
cayó muerta y con ella la esperanza
del triste amante que con ansia esquiva
del presente dolor y la perdida
sangre también allí quedó sin vida.
»En tanto el francés campo a la potencia
del fiero rey de Argel cayó delante
sin caudillo que hiciese resistencia
al furor de su ejército arrogante; -que a unos el miedo, a otros la imprudencia
para darlos rendidos fue bastante-;
el moro con soberbia vanagloria,
del despojo gozando y la victoria.
»Yo, en tanta confusión del ya vencido
campo francés, las sobras derramadas
cual pude recogí, aunque mal herido,
en escuadrón y mangas concertadas:
gente bisoña, pueblo mal regido;
que los de pundonor y armas honradas,
por varios trances, en diversos modos,
sin dar un paso atrás murieron todos.
»Cuatro mil de esta gente alborotada,
al ronco son del repentino asalto,
a defender su honor mal enseñada,
en mi real estandarte hicieron alto;
Melisenda a Sansueña fue llevada,
su esposo, de armas y de sangre falto,
quedó donde un soldado fugitivo
por muerto entre los muertos le halló vivo.
»Con estas sobras de vencida gente
al socorro pasé del rey ingrato,
que en Samos en custodia suficiente
sin majestad vivía ni aparato,
cual ya otra vez huyendo la insolente
tiranía se libró de Mauregato,
que de aquel santo claustro la guarida
dos veces le dio el reino y dos la vida.
»Rehice allí sus fuerzas con la mía
y el bastante presidio reforzado,
la vuelta de León tomé otro día,
injusta corte del tirano alzado;
por si abría puerta o encontraba guía
de reducción al puerto rebelado,
y con deseos también de ver mi esposa,
del cielo de mis gustos alba hermosa.
»Filarco, un noble caballero godo,
caudillo fiel de aquellas dos banderas,
que en Mondoñedo contra un campo todo
de unas hojas se armaron de higueras;
a cuya sombra se peleó de modo,
que cobraron cien bellas prisioneras,
y a España dieron libre del pedido
y a Figueroa blasones y apellido.
»De este fue hija Arlinda, por quien vivo
alegre, al rayo de sus ojos bellos,
desde el día que amor blando y esquivo
para mi bien labró su alcázar de ellos;
vilos en mi niñez, fui su cautivo,
y todo el cielo de mi gloria el vellos,
hasta que en día feliz y hora dichosa
rey de mis gustos fui y ella mi esposa.
»Trazose el nudo de mi honrado intento
para la vuelta y fin de la jornada
del viaje de Lutos y este asiento
la ocasión suspendió de mi embajada;
llevado pues de mi amoroso aliento,
y la real pretensión justificada,
por si en los tratos descubriese modo,
que al rey pueda importar y al reino todo.
»Llegué a la corte en hábito descubierto,
el riesgo huyendo del tirano brío,
solo al infiel Garilo descubierto,
un hombre hecho de solo el favor mío,
sagaz, traidor, doblado, astuto, incierto,
con más mudanzas que el raudal de un río
y con un medio tan de azares lleno,
ventura fue salir suceso bueno.
»Peligro es levantar a honras mayores
sin gran virtud humildes nacimientos.
Solía decir este ayo de traidores,
en favor de sus falsos pensamientos;
que los niños se engañan con amores
y los hombres con falsos juramentos;
y que en su mejor ley el mundo quiere
que tenga más aquel que más pudiere.
»Entré escondido y, en su humilde techo
con fingido recato recibido,
lo más guardado le mostré del pecho,
y el fin honrado tras que había venido;
y habiéndole del alma alcaide hecho,
de él y la escura noche guarnecido,
a mi Arlinda fui a ver yendo conmigo
el alevoso en hábito de amigo.
»Hallé la ilustre casa alborotada
y más se alborotó con mi venida,
por nueva desventura no pensada
de loca ocasión bárbara nacida;
el sin lealtad tirano en mano armada,
insolente furor y alma atrevida,
enamorado de mi esposa bella,
casarse a su pesar quería con ella.
»Había intentado el caso por mil modos;
ruegos, lisonjas, fieros, amenazas,
y habiéndole salido en vano todos
a las armas se fue y dejó las trazas;
y un escuadrón de cien bastardos godos,
de aleve sangre y de mestizas razas,
envió que por fuerza o ruegos rinda
del padre el gusto y de su hija Arlinda.
»Vime de un nuevo enjambre de cuidados
cercada la confusa fantasía,
los puertos todos del favor tomados,
y la salud sin esperanza y guía;
mas el aprieto y caso ponderados,
el breve tiempo, la venida mía,
la fuerza del tirano, el mando injusto,
y el peligro común de honor y gusto.
»Todo alumbró el confuso entendimiento
y una quimera fabricó no vista,
que puede mucho un noble pensamiento,
y es la necesidad grande tracista;
o fue desesperado arrojamiento,
o sentencia que el cielo dio en revista
contra el tirano infiel, cuya insolencia
en nada halla y tiene resistencia.
»Yo fui de parecer que libremente
al rey se entregue mi querida esposa,
corriendo un velo de alegría aparente
al triste ceño y cara vergonzosa;
pues pretenderla resistir sin gente
volver la afrenta fuera más vistosa,
y donde la insolencia y fuerza daña,
a veces suele aprovechase la maña.
»Fue ya opinión del ofendido viejo,
de Hércules libio ilustre descendiente,
que donde no alcanzare el gran pellejo
del fuerte león se añida el de serpiente;
que las fuerzas se ayuden del consejo,
y el animoso aprenda a ser prudente,
que, donde a ganar nada se aventura,
perderse no es valor, sino locura.
»Esto dispuse y no perder su lado.
que es el riesgo de honor grave herida,
y en hábito de dueña disfrazado,
para la muerte encaminé mi vida;
de un secreto puñal el brazo armado
que de uno de los dos fuese homicida
del tirano o, si acaso errase el hecho,
se entrase, de temor, dentro de mi pecho.
»Convino el grave acuerdo efectuarse
a la priesa mayor que el tiempo daba,
sin ver el daño que era no guardarse
del traidor que allí en vez de amigo estaba;
¡Oh, cómo debe un cuerdo recatarse,
si al mejor tiempo la lealtad se acaba
y la sin premio invidia muchas veces,
para matar con una, hace dos teces!
»Arlinda con la guarda del tirano
y con la mía dejó su honrada casa,
y al palacio guio, en que el rey, en vano
contando el tiempo los minutos pasa;
trazando el gusto de entregarse ufano
en la alta posesión de un bien sin tasa,
que un gran deseo sueña montes de oro,
que suelen ser, al despertar, de lloro.
»El sin lealtad Garilo de otra parte,
sin mayor premio que mostrarse ingrato,
a riesgo de ambos trata de dar parte
al falso rey de mi encubierto trato;
y a toda priesa y diligencia parte
a decir con el suyo mi recato,
en el que un memorial que contenía,
tras su infame traición, la lealtad mía.
»Ya la cuadra real se había cerrado,
y el rey con las cortinas en su lecho,
al lado suyo Arlinda, yo a su lado,
bañando ambos en lágrimas el pecho;
y él con el tierno suyo enamorado,
procurando ablandarla sin provecho,
cuando sonó en la guarda de improviso
que al rey le traen un importante aviso.
»Garilo al rey gallego es quien lo envía
y a quien la honra y vida importa el caso…»
Así su dulce historia proseguía
el noble godo, cuando el sabio Eraso,
su nuevo alcaide, sienten que venía,
y él, por oírlos, entretuvo el paso,
y Teudonio el aviso de Garilo
y yo también, pues se ha quebrado el hilo.
Que el rumor de la guerra es ya de modo,
que el aire en ciega confusión envuelve,
y en la francesa furia y valor godo
rayos Marte del rojo alfanje vuelve;
trae revuelto Morgana el mundo todo,
sola ella es quien su cólera revuelve
y la ira mujeril cuando se ensaña
entre las iras es la de más saña.
Y aunque en el lago blanco retirada
vergonzosa quedó aquel triste día
que Orlando pudo con la nueva espada
el jardín destrozar en que vivía;
ni de él ni de su injuria está olvidada,
que en tristes ansias la alimenta y cría
dentro el alma. Buscando de contino
para vengar su deshonor camino.
El grave ultraje a su guedeja de oro,
con libre y atrevida mano hecho
y en la encantada sala del tesoro
ya el precioso carbunco sin provecho;
los reyes libres y olvidado el moro,
ardiente fragua a su lascivo pecho,
trocado todo en gustos de venganza,
que son los que en mujer no hacen mudanza.
La ciega noche atenta contemplando
del pardo cielo aspectos y señales,
fue en puntos de efemérides sacando
de los pasados los futuros males;
Saturno al Sol en diámetro mirando,
Marte, con un cuadrado aspecto iguales
desde Cancro a Saturno y al Sol mira,
el aire altera, el mundo enciende en ira.
Y en estos astronómicos secretos
la mudanza de un reino vio escondida
y en sus soberbias gentes mil efetos
a su salud contrarios y a su vida;
cerró el libro con cercos más perfetos
a un apremiado espíritu homicida
la cuenta pide y que la dé, si sabe,
adónde el cielo agüera un mal tan grave.
A la honda boca de una escura cueva
desceñida la halló el siguiente día,
y, en medio sus conjuros, la luz nueva
el alma la asombró que la seguía;
huyó a su centro y ella con la nueva
de deseada venganza y alegría
la vuelta daba, cuando dio con ella
la bella Alcina, en su carroza bella.
Son del mago colegio estas dos hadas
las que más se conforman en los gustos
y así ahora de su antiguo amor llevadas
al cuello hacen los lazos más robustos;
y en la carroza de marfil sentadas,
olvidados de Francia los disgustos,
en tierno labio y pláticas sabrosas
cuenta se dan y piden de sus cosas.
Llegan al real palacios de Morgana
cuando ya el sol de lleno le embestía
y entre el rocío del campo y la mañana
en lumbres de oro y de cristal se ardía;
donde el diestro pincel con mano ufana
bellos dibujos a la vista envía,
sonando el pueblo dentro, antes dormido,
de las puertas de bronce el gran ruido.
Cercada de sirvientes la carroza,
de bellas ninfas y bizarros pajes,
que en fresca juventud y sangre moza
salarios gozan de la hada y gajes,
pasan la altiva puerta en quien retoza
la vista pòr bellísimos follajes,
de ricas piedras bárbaro tesoro,
en finos jaspes con perfiles de oro.
Entran al primer patio en forma ovada,
de altas columnas de alabastra hecho,
donde en arcos de bóveda sentada
la cimbria sube y vuela el antepecho;
de allí en dos nuevos cuerpos levantada
la máquina se encumbra al postrer techo,
que en varias acroterías se remata,
de enlazados estucos de oro y plata.
Aquí al gran peso de un cristal de roca,
al frío rigor del polo congelado
una clara inmortal fuente provoca
a sed el apetito más templado;
cien faunos lanzan agua por la boca
en armonía y son diferenciado,
y en otras tantas urnas, cien hermosas
ninfas las ondas cogen deleitosas.
Estas sufren en peso otra ancha taza,
sobre quien una y otra y otra crece,
de tantos caños y tan varia traza,
que el sutil artificio desvanece;
y así en nuevos primores los engarza
los unos por los otros, que parece
que es toda junta, en su primor distinto,
de agua y cristal un bello laberinto.
El patio a toda cuenta y primor hecho
de encajes bellos de bruñidas losas
y por los corredores, trecho a trecho,
de valiente pincel prendas vistosas;
de plata los balaustres y antepecho,
de jaspes escaleras anchurosas
cuyas pomposas puertas y ventanas
dan, de ébano y marfil, sombras galanas.
De revelado estuco y artesones
las bóvedas bellísimas con cuantas
piedras de ingrato amor, transformaciones
de bellas ninfas y torcidas plantas;
da la parlera Grecia en sus ficciones
y en sus verdades las historias santas,
cuyo diestro pincel abre en la vista
de gusto al alma, un nuevo coronista.
De cuadros de primor ricos encajes
coronan la imperial tapicería,
con faunos, fuentes, riscos y follajes,
Dianas, Venus, cazas, montería;
una Flora entre rosas y celajes,
un muerto Adonis, una Pocris fría,
aquí un Faetón cayendo, acullá un Midas,
en otro las arenas convertidas.
Pasaron las dos hadas a sentarse
en persianos tapetes de brocado,
en una sala que, a dejar mirarse
su techo de oro y pedrería grabado;
pudiera de pobreza avergonzarse
Nerón con su palacio celebrado,
aunque fue el desconcierto sin segundo
que el oro embebió en sí de todo el mundo.
Exhalando perfumes y vapores
de aromas finas pebeteros de oro,
con lo mejor de Arabia y sus olores
fiesta a la diosa hacen del tesoro;
y de cítaras, liras y cantores,
vigüelas y harpas, un tropel sonoro
en conforme y suavísima armonía
le añiden gala a la en que nace el día.
En gozar de ella y ver la hermosura
del fértil campo en bellos miradores,
de la aurora pasaron la frescura
y del sol los primeros resplandores;
mientras el maestresala, que procura
las mesas adornar y aparadores,
con vasos de oro, en pompa ufana y larga,
de rica y nueva majestad los carga.
En la sala de Apolo la real fiesta,
por más ostentación, hizo aquel día,
dicha así de una imagen suya puesta
en un rico Parnaso que allí había;
con soberbios collados y floresta
de árboles de oro y varia pedrería,
aves de alegres plumas y colores
y ricas perlas en lugar de flores.
Víase Dafne en medio convertida
en un fresco laurel, víase a su lado
el dios de Amor la venda desceñida,
riendo el triunfo, al arco recostado;
llorando Apolo, Dafne arrepentida,
el mundo triste y el cruel vengado
y entre las arboledas de Peneo
tañendo a veces y cantando Orfeo.
Es de la altiva sala la techumbre
un repartido cielo en mil estrellas,
que del Sol de un carbunco enciende lumbre
la plateada Luna a un tiempo y ellas;
a quien sigue la excelsa pesadumbre
de clavos de cristal y ruedas bellas
con su cerco vital cuyo tesoro
la esfera parte en varios climas de oro.
Los apartados polos, donde el hielo
el blanco nácar da a las ondas frías,
las templadas regiones, y aquel suelo
donde tú, Apolo, soplo ardiente envías;
el oriente abrasador del cielo,
término de las noches y los días,
profunda sima y anchurosa cava
adonde el mundo sin morir se acaba.
El abrasado igual meridiano,
de luz sembrado y puntas de oro fino,
cuya dorada y no torcida mano
fiel lumbre al mundo llueve de contino;
los trópicos de invierno y de verano,
del sol cerrada cárcel y camino,
uno de nieve y tempestad cubierto,
y en siempre nuevas flores otro abierto.
La línea de igualdad, cuyas vertientes
los montes miran sin ninguna altura,
que unas tiznadas y desnudas gentes
cultivan en eterna calentura;
los coluros que ciñen ambas frentes
a los dos nortes y con luz segura
el estrellado cerco que los guía
adonde vive sin morirse el día.
Hay un camino de oro que divide
del círculo vital la anchura ardiente,
por quien el rubio Sol que el cielo mide
ya con luto se ha visto entre la gente;
y la encantada Luna que preside
al flojo sueño en su mayor creciente,
se vio alegre salir con sus estrellas,
y faltarle la luz en medio de ellas.
Relumbra aquí el dorado vellocino
que un tiempo a Colcos hizo ser famosa,
y el toro que con cuernos de oro fino
nadando el mar pasó una ninfa hermosa;
dos niños, uno humano, otro divino,
el cancro y su figura portentosa,
el león con la cerviz de oro estrellada,
y la virgen de espigas coronada.
El peso ajustado de nuestras horas,
el escorpión de su veneno armado,
el que con arco y flechas voladoras
de tierna nieve deja el campo helado;
el frío capricornio, que en sonoras
borrascas da el sereno mar turbado,
el copero que a Júpiter infama,
con los dos peces de argentada escama.
Las frías nietas del nevado Atlante,
el dorado Orión armado y fiero,
que al triste y solitario caminante
de guía a veces sirve y compañero;
el carro de oro en ruedas de diamante,
las dos osas, las guardas y el lucero,
y el fijo norte que a sus pies relumbra,
que es quien las horas de la noche alumbra.
Sea pincel sutil o mago aliento,
fuerza de ingenio, yerbas o conjuro,
no hay en el cielo esfera, movimiento,
signo, estrella, planeta ni conjuro;
aspecto, casa, conjunción, aumento,
oriente claro ni poniente oscuro,
que por esta ancha sala y su discurso
no haga en su natural periodo curso.
El año, la semana, el mes y el día,
creciendo en su volar y decreciendo,
la clara luz a la tiniebla fría
con bellos rayos de oro hace ir huyendo;
de la flor tierna que el verano envía
dulce fruto el otoño está vertiendo,
por sustento al invierno y al estío,
este rico en calor, el otro en frío.
Sin lo que hermoso aquí la vista goza,
que es del mundo la máquina abreviada,
la alegre escuadra de aves que retoza
toda la vuelve en suavidad bañada;
canta, gorjea, despierta y alboroza
a Orfeo, que acude si a Morgana agrada;
mas si ella con su gusto no lo entabla,
todo ello es oro muerto que no habla.
Sirve esta alegre pieza de intervalo
y antecámara de otra más secreta,
donde su estudio tiene y su regalo
de libros en quietud y paz perfeta;
yo en su dulce memoria me regalo,
que a un pacífico gusto y vida quieta
en sabia juventud nada la iguala
y más con tal estudio y con tal sala.
Aquí las reales mesas coronadas
de costosas vajillas de oro fino
con preciosos manjares ocupadas
vestidas dio aquel día el blanco lino;
donde en comida espléndida a las hadas
las tazas colman de espumante vino
y en graves salvas sirven y aparato
la real ostentación de cada plato.

Alegoría
“Todo en este discurso está cifrado:
México el asiento, origen y grandeza
de edificios, caballos, calles, trato,
cumplimiento, letras, virtudes…
primavera inmortal y sus indicios.”
“Recreaciones de gusto en que ocuparse,
de fiestas y regalos mil maneras
para engañar cuidados y engañarse;
conversaciones, juegos, burlas, veras,
convites, golosinas infinitas,
huertas, jardines, cazas, bosques, fieras.”
“Pida su antojo, y no escatime el gasto,
que en sus hermosas y abundantes plazas
verá sainetes que ofrecerle abasto…
pero si desta perfección deja el camino,
por más difícil, aunque no lo sea,
si por lo humano trueca lo divino…”
Templó en tanto Gadir su laúd dorado
y todo en furor bélico encendido,
por el aire sutil dejó sembrado
del suave acento un resonar medido;
de tan varia armonía acompañado
que el alma cautivó por el oído,
al dulce son que en los sentidos dejan
los golpes de las cuerdas que se quejan.
Y dando a los bemoles compañía
la dulce voz de su divino canto,
la beldad comenzó a cantar, que el día
al mundo saca en su rosado manto;
las flores que derrama la alegría,
en que a la noche trueca el ciego manto,
y en invisible y blando movimiento
de negras sombras barre y limpia el viento.
Hurta a la Luna el oro de su esfera
y a las estrellas su argentado brío,
entolda de jazmines su litera,
respira el aire blando aljófar frío;
sale el dorado Sol, la mar se altera,
tiembla la luz sobre el cristal sombrío,
y de su barro el caluroso aliento,
el bajo suelo humea, y arde el viento.
Y ya después que toda esta hermosura
al bello rostro acomodó de Alcina,
y el lisonjero labio de su dulzura
envuelta dio en destreza peregrina;
la antigüedad del largo tiempo escura
veloz canto y la priesa en que camina
el origen del mundo y cuando el cielo
feliz principio halló a su inmortal velo.
Canto de las mudanzas de fortuna
en su inconstante esfera el punto breve,
canto al Sol sus eclipses y a la Luna,
la luz que con dorados cuernos bebe;
canto el fatal colegio y de una en una,
las hadas celebró su canto leve,
tocando a vueltas no menuda parte,
de heroicos hechos del sangriento Marte.
Y acabada la música y comida
en pomposa grandeza y aparato,
la una majestad a la otra unida
a gozar fueron del jardín un rato;
en cuya alfombra fértil y florida,
vivo de la beldad dormí el retrato,
al templar con los árboles, y el viento
el tierno ruiseñor su alegre acento.
Había por él diversos cenadores,
sobre estanques y arroyos cristalinos,
de estatuas adornados y primores,
y de diestro pincel cuadros divinos;
allí burlas y juegos de pastores,
personajes de risa y desatinos,
aquí brutescos, acullá grimazos,
y de olmos y de parras mil abrazos.
Después que con jazmines y claveles,
azules, lirios y encarnadas rosas,
lo más vistoso hurtando a sus vergeles,
sus cabezas volvieron más vistosas;
al margen de un arroyo entre laureles,
sobre alcatifas pérsicas preciosas,
a sombras frescas de una vid lozana,
así Alcina habló, y oyó Morgana:
«Si ya deseas saber, oh Reina hermosa,
de mi nueva venida el fundamento,
que causa hacerme venturosa
a hurtarse a tu vida este contento;
negocios graves, ocasión forzosa,
a salir me obligaron de mi asiento,
aunque el gusto de verte lo hiciera,
del muerto mundo cuando allá estuviera.
- «Mas hoy este regalo y mi venida
a tu servicio queden y a mi cuenta,
que tú en venirte a ver serás servida
y yo en verte, cual ves, rica y contenta;
un agravio común nunca se olvida,
ni a un noble la memoria de su afrenta,
ni a un amigo, si lo es en lo que digo,
la injuria que le hicieron a su amigo.
»Después que tu jardín fue destrozado
por la mano de aquel francés furioso,
que ganó a Balisarda y ha ganado
contra nuestra nación nombre famoso;
nunca de mi memoria se ha borrado
de la afrenta el ultraje vergonzoso,
en que su espada nos dejó y quedamos
las que de sangre tuya nos preciamos.
»Y aunque ninguna goza en tu linaje
derecha acción a la fatal bebida,
de cuyo vaso y su inmortal brebaje
el brío desciende a nuestra larga vida;
que recibido no haya algún ultraje
de esta nación francesa malnacida,
todas sin hacer caso de los suyos,
como a más principal lloran los tuyos.
»A ti contenta, sola a ti vengada,
desea en esta ocasión la más briosa,
y yo más, como más interesada
y en yerros contra ti menos piadosa;
que como rica de vez ser honrada,
y en solo este cuidado cuidadosa,
ninguna diligencia he perdonado,
oye lo que con ellas he alcanzado.
»Donde el mar Jonio al Ténaro le baña
los verdes jaspes de su fértil vena,
y en bosque espeso y hórrida montaña
sobre las nubes se encarama y sueña;
de entrada escura y abertura extraña
de negro hollín, herrumbre y lamas llena,
una espantosa cueva se descubre,
que el cielo y mar, con humo altera y cubre.
»Por esta se camina al ciego mundo,
y Alcides a esta luz sacó el Cerbero,
cuando de las deidades del profundo
victorioso salió, arrogante y fiero;
aquí la muerte tiene otro segundo
Carón, que asista y sirva de portero,
a cuyo aliento y cálido bochorno
el vivo huye, el muerto tiembla en torno.
»En cierto aspecto de menguante Luna
la escura cueva está en segura entrada,
hasta donde en los libros de fortuna
la humana cuenta se nos da ajustada;
por tu ocasión aquí en hora oportuna,
de fantasmas bajé y horror cercada,
a consultar tu caso y ser testigo
de lo que allí hallé, y aquí te digo.
»Después que por torcidos escalones,
vacíos de claridad, bajé a los senos
de la tierra, y sus negros artesones,
de hollín tiznados, y de sombra llenos;
antes del triste término y mojones,
del reino de Plutón vi unos serenos
campos, y allí un castillo a quien el día
de la suya una luz dudosa envía.
»En la jurisdicción de los mortales
este alcázar está, y quien dentro vive;
de aquí el Hado, los bienes y los males
a la tierra despacha, y apercibe;
aquí con altibajos desiguales
fortunas labra y su valor describe,
y aquí es, al fin, la casa de moneda
de cuanta el tiempo por el mundo rueda.
»Aquí Demogorgón está sentado
en su banco fatal, cuyo decreto
de las supremas causas es guardado
por inviolable y celestial preceto;
las parcas y su estambre delicado,
a cuyo huso el mundo está sujeto,
la fea muerte, y el vivir lúcido,
y el negro lago del oscuro olvido.
»Aquí se labra el siglo venidero
y las humanas inviolables leyes,
que ni el tiempo las muda lisonjero,
ni las quebrantan príncipes ni reyes;
cuelga el último día del primero,
y en torpe yunta de alquilados bueyes
ara la vida el mundo y nadie advierte
que es el vivir dar surcos a la muerte.
»Aquí en negro dosel sin luz sentadas
tres diosas hilan las humanas vidas,
al curso las madejas devanadas
de nueve ruedas de cristal lucidas;
donde en el huso apenas marañadas,
las blandas hebras crecen mal torcidas,
cuando de todas tres la más ligera,
por lo hilado corre la tijera.
»Copos de suerte, y colores varias,
unos blancos sin tez, otros blancos lustrosos,
unos a quien los reyes pagan parias,
y otros que pechan a los más astrosos;
cuales de tornasol hebras voltarias,
cuales de rica luz hilos preciosos,
cuales de alquimia y cuales de oro fino,
y en cada cual su hebra y su camino.
»El siglo venidero, la mudanza
de reyes, reinos, casas, y dictados,
lo que el distrito de fortuna alcanza,
lo que el decreto toca de los hados;
cuanto se pesa con mortal balanza,
los que vendrán, presentes y parados,
cuanto es, cuanto ha de ser y cuanto ha sido,
aquí se hila, corta y da tejido.
»De los tiempos la masa vi abreviada,
manar al mundo, y revolver sus cosas,
la vida de congojas asaltada,
la muerte de sus vascas temerosas;
la fortuna dichosa y desdichada,
con sus dos caras, ambas engañosas,
volando en sus favores y desdenes
los males engazados con los bienes.
»Y entre estos mundos al que ya nacía,
humilde vi la victoriosa Francia,
que un mancebo y su espada le tenía
por el suelo sembrada su arrogancia;
mirela, y admirada en lo que vía,
aquella conocí ser la inconstancia
del bien humano, que los más cumplidos
forzados vienen y se van corridos.
»No me admiré de ver que tanta alteza
en tragedia tan triste se trocase,
que es cierto que en mortal naturaleza
todo tiene su fin y ha de acabarse;
la rueda me admiró con su presteza,
que apenas deja de la vista hallarse,
allí, ¡Oh Fortuna! quien de ti se fía,
verá cuán firme tiene su alegría.
»La espalda Balisarda vi presente,
que un victorioso joven a tu instancia
en la sangre de un valiente,
que asombró el mundo y dio valor a Francia
de oro, con estas letras en la frente:
“Bernardo honor de España”, aunque en distancia
brevísima su fama así encogida,
que apenas al nacer fue conocida.
»Cual la dudosa Luna amortiguada
en los principios del helado invierno,
entre negros celajes ofuscada,
falto muestra de luz el rostro tierno;
y antes de ver el alba deseada,
el oro pierde de uno y otro cuerno,
haciendo el tibio resplandor difuso,
de mil colores un color confuso.
»De tal manera entre una niebla escura
de Bernardo la fama se quedaba
y sin lumbre, sin luz ni hermosura,
confusamente aquí, y allí volaba;
cortas alas, pobre la ventura
y aunque el confuso espíritu alentaba,
faltábale la pluma y no podía
la oscuridad huir, que la ofendía.
»No porque su grandeza no subiese
a donde hasta hoy nadie ha llegado,
mas un astro infeliz quiso que fuese
corta de voz, y de valor sobrado;
faltó quién a sus alas añadiese
una pluma de estilo moderado,
y así en lenguajes bárbaros metida,
arrinconada quedara y perdida.
»Hasta que el tiempo que ofuscarla pudo
hermosa y clara al cielo la levante,
y de su oscuro y encantado nudo
un nuevo verso y voz la desencante;
esto por las molduras de su escudo
grabado vi y con letras de diamante,
“A otro de su nombre está guardado
el romper con la pluma este nublado”.
»Mas si gustas saber con fundamento
quién este valeroso joven sea.
qué sangre puso en él tan firme aliento.
qué obligación honrada le espolea;
sabrás hermana, aunque es prolijo el cuento,
que en su real nacimiento dio una idea
de su furor, la quinta esfera al suelo,
y otra de afable amor el tercer cielo.
»En esta rica Escandinavia hermosa,
a quién la antigüedad llamó otro mundo,
y desde aquí con vuelta deleitosa,
casi en torno la ciñe el mar profundo;
madre ilustre de gente belicosa,
de fértil suelo y de vigor fecundo,
donde este rico lago halló asiento,
que hoy da a tu alcázar real firme cimiento.
»Tres soberbias provincias y regiones
pisan su invicto suelo y la postrera,
cuyo distrito y bárbaros mojones
del mar germano tocan la ribera;
oficina de indómita naciones
de inculta vida fue y de gente fiera,
donde los getas fueron y los dacos,
y el primer godo aró bosques opacos.
»De aquí salieron por diversas vías
de antigua gente en gruesos escuadrones
valientes hombres, que las tierras frías
pueblos producen de altos corazones;
buscando en qué habitar partes vacías,
por venirles ya estrechos sus rincones,
los vándalos, los cimbrios, los suevos,
y los alanos más que todos nuevos.
»Pues entre estas naciones que su tierra
dejaron por estrecha, aunque abundosa,
y a revolver el mundo y darle guerra
en figura salieron temerosa;
los godos fueron gente en quien se encierra
nobleza humana en sangre belicosa,
y que de los monarcas más potentes
siempre temidos fueron por valientes.
»Tras la alta insignia de un león bermejo,
que en azules banderas tremolaba,
y de tres capitanes de un consejo,
ánimo altivo, y arrogancia brava;
a ser salieron de grandeza espejo
al mundo en la región donde él se acaba,
del cielo a su nobleza prometida,
y al feliz brío de su valor debida.
»No salieron con pechos ambiciosos
a solo hacer alarde de valientes,
mas con la paz pidiendo, aunque briosos,
en qué habitar lugares suficientes;
no guerra, campos piden anchurosos,
del gran derecho usando de las gentes,
que el pueblo que en su tierra no cabía,
que se llegue permite a la vacía.
»Negó el Imperio la demanda justa,
y la inquietud parió desasosiego,
que es hacer guerra justa de la injusta,
negar lo justo de un humilde ruego;
y dando a la razón fuerza robusta,
su despreciado campo a sangre y fuego,
de Italia destruyó una larga parte
y en el río Tíber la ciudad de Marte.
»Y a tal colmo subió el de su potencia,
que hacía y deshacía emperadores,
hasta que en útil premio y conveniencia
a su rey y futuros sucesores;
Honorio dio en legítima tenencia
la España, a quien los bárbaros furores
de los suevos, vándalos y alanos
al Imperio usurparon de las manos.
»Fue el trato que al rey godo le quedase
lo que entre el Pirineo y mar se encierra,
y que del yugo vándalo sacase
a su corona la usurpada tierra;
con que su invicto campo reservase
a Italia y Roma de su injusta guerra,
dando por precio al español estado,
cuanto en el Lacio suelo habían ganado.
»Ora sea o no justificado el hecho
con que se había en él introducido,
su cetro tenía ya el primer derecho
de ocupación, por armas adquirido;
y así al ceñido imperio útil provecho
la ley fue del contrato establecido,
y por aquí legítima y no extraña,
la entrada de los godos en España.
»Murió Alarico hecho el trato en todo,
si bien no pudo verlo efectuado,
sucediole Ataúlfo, el primer godo
que en España metió campo formado;
ganó hasta Barcelona y allí el modo
de su gobierno próspero asentado,
por mano le mató de Ernulfo fiero,
quien las suyas por rey besó primero.
»Siguiole el desgraciado Sigerico
en el reino también como en la muerte,
con más vana codicia de ser rico,
que en campo armado belicoso y fuerte;
diole el tiempo en gran cuerpo ánimo chico,
con que se ahogó en él la buena suerte,
matándole en la paz por más casera,
la espada que en la guerra no lo hiciera.
»Tras este el reino dieron a Walía,
porque la siega y haga sin partido,
salió en armada flota a Berbería,
que el aire la venció y volvió corrido;
y con él la arrogante valentía
del gótico poder nunca vencido,
para ser firme pie en el reino instable,
la antes odiosa paz halló agradable.
»Sucedió a su real pecho el animoso
de Teodoredo, a quién los adivinos
triste muerte anunciaron y él furioso
a buscarla salió por mil caminos;
contra el soberbio Atila victorioso
de Tolosa en los campos convecinos,
donde en sangriento innumerable estrago
el rey bebió entre el vulgo el común trago.
»Bien que su belicoso Turismundo,
del muerto padre en la áspera venganza,
contra el azote del vencido mundo,
de firme acero armó su invicta lanza;
fuera al primer azote, ella el segundo,
si invidia no enfrenara su pujanza,
cuando al bárbaro rayo de la guerra
las fuerzas le templó y quitó la tierra.
»Tuvo por sucesores dos hermanos:
el sin piedad incauto Teodorico,
que a un humilde rey vándalo en sus manos
matar le hizo y a él su hermano Eurico;
fratricida cruel, pero de humanos
respetos, noble, afable, ilustre y rico,
que a su reino dio ley, y a su corona
la orla de Zaragoza y de Pamplona.
»Compeliendo a bramar al cielo en vano,
en un toro de alambre a Burdeneo,
Alarico entró al reino y por su mano
la ambición lo usurpó de Clodoveo;
a este le sucedió un bastardo hermano
y a este el valor que da Amalo y Balteo
las nobles sangres puso en un supuesto,
y en él un nombre de los dos compuesto.
»Matáronle en Narbona y entró luego
Téudis, en cuyo tiempo el real de Francia
en España sembró sangriento fuego,
con mayor suyo que ganancia;
matole un brazo loco en furor ciego,
sucedió de Teudisclo la arrogancia,
y a este de Egica la arriana suerte,
y a ambos tras torpe vida infame muerte.
»Atanagildo entró determinado
de echar de España la romana gente,
siguiole Liuva, y por acompañado
el cruel Leovigildo, rey prudente;
aunque soberbio y sin piedad airado,
en grandeza y tesoros eminente,
de Recaredo padre y de su hermano
el mártir Emerguildo sevillano.
»Fue el singular y noble Recaredo
del cetro y silla real sucesor dino,
de Francia vencedor, de Roma miedo
y de la fe restaurador divino;
de amada majestad brioso denuedo,
de tan feliz estrella y noble sino,
que del real valor que le acompaña
eterna sucesión gozará España.
»Sucediole de Liuva de reino breve
de esperanzas en flor sembrado en vano,
que Viterico con espada aleve
segarlas pudo el cetro toledano;
dejándolo él con muerte menos leve
a Gundemiro, el que en fervor cristiano
los templos hizo con piedad sagrados,
inviolables defensas de culpados.
»Tras este el elocuente Sisebuto
por dos veces triunfó de los romanos,
y a los hebreos con público estatuto,
dejar les mandó el Reino o ser cristianos;
entró al suyo de lágrimas y luto,
niño de tierna edad y años lozanos,
su hijo Recaredo, y murió luego,
que aún no lloró a su padre con sosiego.
»Heredole Suintila y fue el primero
que el reino hizo de España monarquía,
y tras él el Sisenando copió el fuero
de la jurispañola policía;
Chintila entró en resplandeciente acero,
más que por sucesión por tiranía,
y Tulga al mundo dio en veloz corrida
solos deseos de gozar su vida.
»Alzose con el reino Chindasunto,
y sucediole su hijo valeroso
el católico y noble Recisunto,
de ánimo insigne y corazón piadoso;
tras quien a Wamba hizo el pueblo junto,
en concorde elección rey poderoso,
y él, dando temporal por infinito,
la púrpura trocó en sayal benito.
»Dio en sucesión el reino no estimado
al conde Ervigio, rey ahora intruso
en la real silla, donde no forzado
a Egica su famoso yerno puso;
por quien Vitiza entró en adverso Hado,
de cuyo infeliz tiempo el torpe abuso
a oscurecer llegó y deslucir todos
los graves hechos de los reyes godos.
»Fue ayo de perniciosas libertades,
y el que estragó de la compuesta España,
en las nobles virtudes sus beldades,
¡Tanto un mal rey con su insolencia daña!
desnudó de sus muros las ciudades,
a las armas quitó el acero y saña,
y al mal regido Reino dio permiso
del sensual deleite en cuanto quiso.
»Privolo de él Rodrigo en campo armado,
que su robusto pecho y brazo fuerte,
en sensuales deleites estragado,
su grandeza perdió y ganó su muerte;
un antiguo palacio dio encantado
en su alcázar real la infeliz suerte,
a cuyo firme umbral el bronce duro
mil siglos tuvo en su quietud seguro.
»Nadie en la antigüedad fue así atrevido,
que el acero rompiese a sus candados,
medroso, que el furor allí escondido
sus desastres tenía encarcelados;
de este rey solo al pecho distraído,
la infiel codicia le vendió pintados
los bárbaros que a España en triste día
un encantado bulto prometía.
»Turbose el rey al infeliz agüero,
aunque el lascivo amor más le turbaba
con una dama, y su desdén severo,
niña, lozana, altiva, hermosa y brava;
por ganarla perdió su reino entero,
él fue el último godo, ella la Cava:
su padre Julián, por él España,
bárbara presa de una gente extraña.
»En las selvas cayó del río Leteo
del sin ventura rey, el cetro y mando,
quedó perdida España, harto el deseo
en sus destrozos el morisco bando;
mas ¿qué no puede un vicio torpe y feo
y el descuido de un rey lascivo y blando?
Todo al fin lo abrasó y tragó su rabia
la torpe secta que nació en Arabia.
»Hiciera punto aquí el linaje godo,
su altivo reino, y el valor de España,
en miserable riesgo puesto todo,
al tirano furor de gente extraña;
si un nuevo rey por milagroso modo,
del áspero solar de una montaña
no levantara el cielo ya cansado,
del fiero azote y del rigor pasado.
»Fue este feliz restaurador Pelayo,
del despojado rey noble sobrino,
en quien conservó el cielo vivo un rayo
del gótico valor, brío peregrino;
y el triste reino en su mortal desmayo
nuevo aliento cobró, nuevo camino,
a la rica esperanza, antes sin vida,
de recobrar la libertad perdida.
»Pelayo al reino dio un brazo animoso
por sucesor de su ánimo valiente
a quien la breve vida quitó un oso,
y el católico Alfonso entró prudente;
a gobernar el cetro valeroso
por digno rey de la española gente
y en linaje, valor, brío y denuedo,
ínclito sucesor de Recaredo.
»De este fue hijo el áspero Fruela
que en corazón cruel y ánimo impuro
un hermano mató, sin más cautela,
que deseos de gozar reino seguro;
fue de su religión fiel centinela,
de su sagrada fe inviolable muro
y al estragado clero, en casto celo,
la limpia honestidad volvió del cielo.
»Fue alegre prenda de una hija hermosa
del que en Guiena fue duque contrario
al potente Martel, que en la alevosa
Francia a rey le subió el tiempo voltario;
abuelo del que ahora reina y osa
con sus duques nombrarse tu adversario
de cuya sangre real, así enemiga
de Carlomagno y su francesa liga,
»el Casto rey nació, que ahora enfrena
con riendas de oro la invencible España,
y su hermana menor doña Jimena,
que al mundo dio del Conde de Saldaña;
la invicta espada de victorias llena,
cuyas grandezas en prudente saña,
harán los Hados, sin que el curso muden,
que ahora espanten y después se duden.
»Este es el gran Bernardo, a quien el cielo,
por benignos favores de su estrella,
a su brazo rendido dará el suelo,
que guía de flor de lis la impresa bella;
hará vengado a su ofendido abuelo,
satisfará tu agravio y mi querella,
y a un golpe que la fama le atribuya
de Francia la honra y la opinión por suya.
»Es al presente un joven valeroso,
de real disposición, feroz denuedo,
noble, fácil, cortés, compuesto, brioso,
de pecho altivo y corazón sin miedo;
en paz afable, en guerras desdeñoso,
de España, al fin, que es cuanto decir puedo,
que un ánimo español de sangre noble,
en cuantas goza el mundo, es fiesta doble.
»En la corte nació del rey su tío,
de adonde el sabio Orontes, deudo nuestro,
pequeño le robó y, por gusto mío,
ayo le ha sido fiel, guarda y maestro;
salió cuál se esperaba de su brío,
en todas armas valeroso y diestro,
cuya temprana espada y brazo fuerte
su rey libró de una alevosa muerte.
»No se crió en regalos ni en blanduras,
ni el ocio padre fue de heroicos pechos,
que del deleite humilde las dulzuras,
solo son de almas pobres ricos lechos;
desde que a las primeras luces puras
abrió los tiernos ojos, los vio hechos
a soledades, y asperezas solas,
y a oír del sordo mar las roncas olas.
»En el crespo archipiélago copioso
de ásperas islas un preñado monte,
de la jovial Creta al golfo ondoso,
su cabeza descubre a mi horizonte;
y entre el Samo, y el Mergo pantanoso,
y entre el principio de Asia y Negroponte,
hecha deja una isleta y costa brava,
que Icaria en otro tiempo se llamaba.
»En cuyos solitarios arenales,
del atrevido Ícaro la pluma,
aún eternas conserva las señales,
sin que el mudable tiempo las consuma;
y su nombre en las ondas inmortales
de herviente cubierto y blanca espuma,
sobre el sepulcro temeroso suena,
puesto al rigor de su mudable arena.
»El sabio aquí, por la esperanza mía,
a su cargo tomó la ilustre impresa,
y en noble crianza y sabia policía,
salvaguardó la destrucción francesa;
probando en aventuras que fingía
de su niñez la inclinación traviesa,
y tras ella sus años juveniles,
al grave pundonor de hechos gentiles.
»Vestile anoche un rico arnés de acero,
y armole hoy caballero un rey persiano,
guardando a mis lecciones el agüero
de un observado aspecto soberano;
con que ya su valor veo tan entero
que golpe no dará en vacío humano,
y a darte nuevas de esta buena suerte,
las alas me prestó el deseo de verte.
»Ya pues, diosa feliz, en lo restante,
por ti mi joven se gobierne y rija,
y contra el brazo y el furor de Anglante
armas iguales tu saber le elija;
que aunque es a todo su valor bastante,
con prevención prudente el bien se fija,
acudiendo a esta impresa por ser tuya,
yo de mi parte, Orontes de la suya.
»Está de tu favor necesitado
el católico reino de Castilla
contra el francés orgullo, que agraviado,
por fuerza quiere la española silla;
y al valiente doncel recién armado,
la soberbia del mundo se le humilla,
solo tu amparo pide, que en la tierra
de la paz es el nervio y de la guerra.
»Si el francés enemigo se apodera
de España, queda muerto el valor godo,
todo el mundo rendido a su bandera
que el cielo ha dado a España el mundo todo;
suyo ha de ser en esta edad postrera,
y de Francia será, si por tal modo,
por fuerza ahora ¡oh cautelosa maña!
su brío introduce en el valor de España.
»Tu agravio queda sin venganza justa,
y para siempre nuestro honor manchado,
si el ímpetu francés a la robusta
fuerza de España queda incorporado;
la nueva causa de esta guerra injusta,
que entre estas dos naciones se ha trabado,
de aquí tomó corriente, advierte el modo
que señora te dé una vez de todo.
»Hijo dije que fue del rey Fruela,
el que lo es hoy de Asturias y Galicia,
mas quedó niño y con su infiel tutela,
de Aurelio usurpó el reino la malicia;
sucedió del rey Silo la cautela,
y a este de Mauregato la avaricia,
que por gozar de infame cetro de oro,
bellas parias pagó en tributo al moro.
»Sucedió don Bermudo a Mauregato,
de pecho real y de ánimo prudente,
que al Casto primo dio del reino ingrato,
como antes era suyo, el cetro y gente;
este es hoy de virtud vivo retrato,
en la guerra y la paz, sabio y valiente,
invicto vencedor, feroz guerrero,
casto en la vida, en el juzgar severo.
»Mas viéndose de larga edad ceñido,
y de ilustres deseos rico el pecho,
en el estrecho término encogido
de un combatido muro y pueblo estrecho;
sin forzoso heredero conocido,
con quien dejar su reino satisfecho,
vio también que, aunque sobre fortaleza
es confusión un mundo sin cabeza.
»Y de estos graves pensamientos llena
la heroica fantasía, el rey severo,
entre el cargo y descargo de la pena
de ver su invicto león sin heredero;
de sus trazas tomó la menos buena,
sin fiarla de prudente consejero,
notable error, y en ya resuelta instancia
ceder quiere su cetro en el de Francia.
»Movíale ver el brazo victorioso
del nuevo Augusto César de Occidente
y el español distrito belicoso
así ocupado de enemiga gente;
quería dejar un capitán famoso
a su invencible ejército decente,
que con su autoridad al pecho frío
pusiese, a ser posible, mayor brío.
»Que a él su prolija edad más le convida
al ocio blando que a la dura guerra,
y del mauro la gente malnacida
de aumentar trata la usurpada tierra;
mas la rica esperanza concebida
del noble fin que el real cuidado encierra,
ya el tiempo con suceso no esperado,
en ambiciosa guerra la ha trocado.
»Que el reino al no decente ofrecimiento
del católico rey al rey de Francia,
de su imprudente arbitrio descontento,
su valor ofendido y su arrogancia;
que revoque pidió el dañoso intento
con la segunda, la primera instancia,
o la obediencia le alzarán debida
y harán no poco en le dejar con vida.
»Esto a anular bastó el concierto hecho
con público estatuto y embajada,
y agraviado el francés quiere, de hecho,
la injusta sucesión con mano armada;
y que la fuerza, a falta de derecho,
le dé el reino y sobre esto es la jornada:
de Francia la soberbia y de Castilla,
de esta fuente bebieron su rencilla.
»Vencidos ya Agramante y Desiderio,
aquel rey africano, este lombardo,
con el feroz poder del nuevo Imperio,
sobre España el francés baja gallardo;
y ella no tiene en todo su hemisferio
otro valor igual al de Bernardo,
mas basta este, que un brazo valeroso,
un campo, un reino, un mundo hace dichoso.
»Hasta ahora el riesgo ha estado por mi cuenta
del rico enjerto y de la invicta rama,
que ha de dar sombra al mundo, a Francia afrenta
y a su España de honor lustrosa llama;
ahora haz tú, hermana, que yo sienta
que en esto vuelvo por tu gusto y fama,
y que eres diosa del tesoro humano,
que la guerra y la paz tiene en la mano».
Al dulce hablar de la afeitada Alcina,
Morgana en gran deleite estuvo atenta,
que es la lisonja dulce golosina,
que al necio rico en ambición sustenta;
y ufana con el nombre de divina,
así arrogante respondió y contenta,
sin mirar que la Hada en cuanto emprende,
solo a su gusto y no al ajeno atiende.
«Siempre creí que en tu cuidado puesto,
vivía seguro el de mi honra y vida,
que más promete tu nobleza que esto,
y en más que esto te estoy agradecida;
el cielo a mi venganza está dispuesto,
que pues la veo de ti favorecida,
ya no la dudo ni recelo en nada,
tú quedarás contenta y yo vengada.
»Por varios motivos pretendí vengarme,
y todos ellos me han salido en vano,
ya del fiel Galalón quise ayudarme,
ya de la injusta muerte de Troyano;
de Agramante el valor pudo alentarme,
el tártaro furor y el africano,
de Mandricardo y Rodamonte fiero,
mas a aquel mató Orlando, a éstos Rugero.
»En graves pensamientos ocupada
el placer me halló de tu venida,
ya en mis perplejas dudas enterada
del francés riesgo en su fatal caída;
aunque ignorando la dichosa espada
de tal hazaña digna y tal herida,
ahora que tu saber me la ha mostrado,
oye lo que al presente me da el Hado.
»Ya sabes que son míos de derecho
los tesoros del mar y de la tierra,
y que a mi cetro y gusto paga pecho
cuanto en los senos de los dos se encierra;
pues donde del mar Jonio el bravo estrecho
de Acroceranio bate la alta sierra,
cierta joya en el mundo celebrada
días ha que a un grave fin tengo guardada.
»Aquellas armas que del griego Aquiles
a Ulises se entregaron por sentencia,
de ricas perlas llenas, y perfiles,
en quien Vulcano echó toda su ciencia;
donde en realces de mágicos buriles
grabada está una oculta descendencia
de héroes ilustres que vendrán al mundo,
del primer poseedor, y del segundo.
»Del crespo mar una áspera tormenta
allí hasta hoy las dio depositadas,
sin que el furioso Telamon consienta
que le sean de mortal mano tocadas;
vive en su muerto corazón la afrenta
de haberle sido sin razón quitadas,
y, en virtud de este pensamiento altivo,
muerto, para guardarlas se está vivo.
»Si ya este nuevo espíritu valiente
el fin supiere hallar de esta aventura,
yo mi favor le prestaré decente
y él me hará de su valor segura».
Así Morgana al margen de una fuente
al blando viento hurtaba la frescura,
y yo, al sabor de su parlar atento,
también bebí de su discurso el viento.
Cuando el tiple marcial que el clarín vierte,
y el ronco son de trompas y atambores
con que el mundo camina hacia la muerte,
su plática deshizo entre las flores:
cesó el sepulcro en que la hada advierte
que el arnés vive lleno de primores,
del griego capitán a cuya mano
Héctor murió y tembló el muro troyano.
Que el quinto cielo, ya en sangrienta rueda,
por la tierra marcial furor derrama
y en invisible aliento da el que pueda
crecer a soplos de ambición la llama;
del rey francés los triunfos, con que queda
en majestad vencido el de la fama,
el requemado enojo, los desvíos,
y del leonés los indomables bríos.
Entre la tierra, el cielo, el mar y el viento
un soberbio castillo está labrado,
que aunque de huecos aires su cimiento,
y en frágiles palabras amansado;
basa no tiene de mayor asiento
el mundo, ni los cielos se la han dado,
pues a solo él y su muralla fuerte
no ha podido escalar ni entrar la muerte.
En las nubes esconde sus almenas,
la tierra y cielo desde allí juzgando,
de anchos resquicios y atalayas llenas,
de ojos cubiertas, sin dormir velando;
y con más lenguas que la mar arenas,
ajenas vidas y obras pregonando,
sin que palabra, aunque pequeña, suene,
que de rumor las bóvedas no llene.
Fama, monstruo feliz, vario en colores,
es quien las torres del alcázar vela,
y en plumas de vistosos resplandores
por todo el orbe sin cansarse vuela;
favores pregonando y disfavores,
que allí el parlero tiempo le revela,
de ojos vestida, de alas y de lenguas,
de unos contando loores, de otros menguas.
Vuelan sus claraboyas por la cumbre
de la enarcada bóveda del cielo
sobre pilares de oro cuya lumbre
el aire baña y da hermosura al suelo;
vuelve en cuadrados ecos su techumbre
de huecas voces un sonoro vuelo,
que en confuso rumor los patios llena
y un rico mundo de grandezas suena.
Los firmes quicios de las altas puertas,
sin guardadoras llaves ni candados,
a todo tiempo y toda gente abiertas,
de cualquier calidad, suerte y estados;
las ocultas verdades descubiertas,
los antiguos engaños disfrazados,
los vulgares rumores, cuyo enjambre,
al deseo de saber crece el hambre.
A estos, sin que el reciente rastro borre
el vulgo la ignorante oreja aplica,
y al ciego aliento que en sus patios corre
la más templada boca multiplica;
los cuentos que uno oyó en la primer torre,
tan mudados en otra los publica,
que, volviendo a encontrarlos sus autores
nuevos los juzgan y los dan mayores.
El firme umbral de sonoro bronce
al grave peso de la gente gime,
que el vario tiempo por el ancho esconde
a todas horas de aquel mundo esgrime;
aquí de nudo eterno el mortal gonce
los siglos vence, y a la muerte oprime,
y en vuelo infatigable y ancha pompa,
el son retumba de una hueca trompa.
Humilde a los principios se levanta,
de ronca voz y de alas encogida,
mas crece el tibio vuelo en fuerza tanta
que a la luz deja en su cundir vencida;
de feroz vista y proporción que espanta,
en vivas lenguas y ojos convertida,
y de tal propiedad y tal sujeto,
que a todo hace y no a guardar secreto.
Así a los cielos ruego le suceda
al vuelo heroico de mi corta pluma,
que si hoy humilde y por el suelo queda,
mañana suba a ser de honor la espuma;
y en lo alto ya de la voluble rueda,
el tiempo ni la halle ni consuma,
mas con su altiva voz tan hueca suene,
que el mundo espante y sus regiones llene.
De todas las humanas invenciones,
soberbias torres, máquinas, trofeos,
bellos teatros, ricos panteones,
altas columnas, graves mausoleos;
anchos doriscos, sacros íliones,
colosos, arcos, termas, coliseos,
pincel, estatuas, bronces, escultura
y otra, si hay más constante o más segura;
en todas hunde la infeliz polilla
del voraz tiempo, autor de las verdades,
no hay real corona ni suprema silla,
sagrado Imperio, muros ni ciudades;
contras sus fuerzas todo lo aportilla,
en todo imprime y causa novedades
los reinos muda, sus linderos trueca,
y hoy, donde ayer fue mar, ya es tierra seca.
¿Quién me dirá de la usurpada España
el cetro oscuro de ásperos alanos?
¿Qué terrones rompió la inculta saña
de almonidas y antiguos turdetanos?
¿Quién los epalos fueron, cuya maña
al Betis dio los muros sevillanos?
Los zacintos, los celtas, los ancones,
¿En cuál mundo tuvieron sus regiones?
Ya el tiempo los tragó en ruedas voltarias,
la romana y la griega monarquía,
de Virgilio y de Homero plumas varias,
murieron, y ellos viven todavía;
si a sus versos los reinos dieron parias,
también yo espero que a la musa mía
rinda a pesar del tiempo y de envidiosos,
Roma sus muros, Rodas sus colosos.
Estos deseos, sabrosa medicina
contra la muerte son, de honrados pechos,
que el alma eterna de nación divina
eternizar también desea sus hechos.
¿Quién a un famoso nombre no se inclina?
¿Quién la honra no antepone a otros provechos?
¿Quien tan inútil y de humilde suelo,
que de una inmortal voz no ame el señuelo?
Pues este antiguo monstruo, en pasos blando,
de pechos nobles pasto apetecido,
hoy por un ciego mundo hace volando,
con mayor voz que nunca, más ruido;
la nueva infausta guerra pregonando,
el valor del francés nunca vencido,
el aprieto de España y de sus cosas,
unas alegres y otras lastimosas.
Y entre, las que el clarín con mayor vuelo
del vulgo humilde al real dosel levanta
es de Francia el ejército que el suelo
con sombra cubre y con braveza espanta;
por cuanto ciñe el mar y abraza el cielo,
ni otra voz suena ni otra gloria canta,
que siempre el vario monstruo se recrea
con los que la fortuna lisonjea.
También la invicta España en contra viene
del común enemigo a la potencia
con cuanto dentro encierra, hasta el que tiene
en religión y leyes diferencia;
el que de arar la tierra se mantiene
los que en mandarla alcanzan eminencia,
al que en alcázar real o humilde choza
la nueva guerra asesta o la paz goza.
Los que a Duero cultivan sus jazmines,
y al río Miño las riberas rojas,
y de Ebro los principios y los fines,
de nieblas frías y corrientes flojas;
los que del Tajo habitan los confines,
y pisan de sus álamos las hojas,
y el que sin fruto en Guadiana pesca
o al Betis ciñe la ribera fresca.
Marsilio en prevenirse fue el primero
contra el común pavor que asombra a España,
y al rey Casto ofreciendo un campo entero
el de su gente infiel puso en campaña;
mandando a Ferragut que al mauro fiero
por gente pase natural y extraña,
y a la de Cataluña, por Valencia,
de África anude y junte la potencia.
Fue Ferragut un bárbaro brioso,
de fornida estatura de gigante,
miembros doblados, ánimo orgulloso,
colérico en sus gustos y arrogante;
en fuerzas firme, en cuerpo poderoso,
velloso rostro, y áspero semblante,
y en el llegar con su opinión al cabo
entre los valerosos el más bravo.
A insignes triunfos de armas inclinado,
y a devolver del mundo las regiones,
y dejar fama en él, que es un cuidado
que no cabe en estrechos corazones;
Todo hasta el marcial pecho era encantado,
y este, lleno de honradas pretensiones,
a sembrar sale belicosa saña,
de Zaragoza a lo mejor de España.
Del Ebro claro a la corriente fría
alterando llegó el rumor la tierra,
con rayos de orgullosa valentía
que es la paz de su espíritu la guerra;
y del florido salto que hacía
la preñada cuchilla de una sierra,
como en grillos de plata vio ceñido
del humilde collado el tumbo erguido.
Así enfrenada la corriente brava
de arboledas vestido y de frescura,
que el sosegado curso que llevaba
a la vista engañara más segura;
el bosque en sus cristales se miraba,
y dando y recibiendo hermosura
de Flora, a vueltas vía el brazo tierno
rosas sembrando del florido cuerno.
La fresca vid al álamo sombrío
sus ramos dulcemente encadenaba,
y a costa del humor del manso río
de una inmortal frescura le adornaba;
donde al ardiente Sol el blando frío
con pardas frescas sombras convidaba,
y a contemplar en su cristal profundo
otro bosque, otro cielo y otro mundo.
En este alegre soto entretenido
sus flores Ferragut pisa contento,
y del lugar, y del calor movido,
un nuevo busca y apacible asiento;
este halla fresco, el otro más florido,
aquí hay más verde juncia, allí más viento,
hasta que de uno en otro remolino,
de un raudal espumoso al salto vino.
Al sordo murmurar que se desempeña
el hondo valle suena comarcano,
y de una peña dando en otra peña,
de aljófar lleno salta al verde llano;
aquí una cueva está que aunque pequeña,
hecha parece por divina mano,
en cuyo húmedo seno y hueco frío
las deidades habitan de aquel río,
donde en tiernos cuidados ocupadas,
en grutas de cristal y ondas ceñidas,
las ninfas sobre telas delicadas
sus amores dibujan y sus vidas;
las rubias hebras de oro marañadas
entre la blanda lana retorcidas,
a vueltas muestran de sus lazos bellos
mil lances de primor de ellas y de ellos.
Aquí entre olores que tributa el prado,
al ronco estruendo del cristal rompido,
el moro, en graves trazas ocupado,
sin saber cómo, se quedó dormido;
débil Morfeo en paso sosegado
el sentir le robó sin ser sentido,
al blando entrar de una quietud suave,
que al sueño abrió y al alma echó la llave.
Y apenas de la vista en las ventanas
el sentido común fijó dos sellos,
y de las cosas las figuras vanas
hechas aires sutil voló por ellos;
cuando con luces no del todo humanas
el sueño le mostró, en retratos bellos
un alarde a quién dan rayos adustos
los malogrados fines de sus gustos.
Sueña que se halla en los alegres días
que a Doralice festejó en Granada,
cuando a un breve favor largas porfías,
la puerta le dejaron más cerrada;
las armas y pomposas gallardías
en la amorosa impresa celebrada
de Angélica y la bella Guadalara,
del Brabonel amante prenda cara.
Prosigue amor en su pesado sueño,
y hácele en Babilonia enamorado
de Bagdelia y que en Persia alzó por dueño
a la Hada Argiran de su cuidado;
que a la dueña del lago en dulce empeño
también sin premio le entregó el cuidado,
y de Marfisa fue atrevido amante
y oculto de la bella Bradamante.
Que a Flordelis y a Flordespina quiso
en diferentes partes, y en ninguna,
o sea por cuidadoso o por remiso,
favorable le vino suerte alguna;
o sea estrella cruel, Hado preciso,
azotes o regalos de fortuna,
o la aspereza de su rostro y talle,
que era oille temor, miedo miralle.
Nadie le codició por tierno amante,
ni él en saberlo ser halló ventura,
con que el parlero sueño fue bastante
a despeñarlo en una cueva escura;
donde en lloroso vio y mortal semblante
la bella granadina hermosura
que a la arrogancia de su pecho fiero
su primer gusto fue y su amor primero.
Parécele que en triste cárcel puesta,
donde halagüeñas lágrimas vertía,
con medroso ademán y habla modesta
breve socorro a su aflicción pedía;
quiso darle las obras por respuesta,
y del pesado sueño la agonía
su quietud le hurtó y en medio el prado
un sátiro a una ninfa vio abrazado.
Ahora fuese que al sabroso frío
a recrearse sin temor saliese,
y a gozar de algún álamo sombrío
su labor, y la siesta le moviese;
o que en la cueva del cercano río
en cuidadosas lazadas le prendiese,
o que ahumado encanto le fingía
lo que durmiendo oyó y despierto vía.
En mil lazos el sátiro encadena
el delicado cuerpo transparente,
y la boca de amarga espuma llena,
ya el dulce aliento de la ninfa siente;
que a desdeñosos golpes le refrena,
y en tesón duro y forcejar valiente,
el torpe nudo huye y feo semblante
del atrevido deshonesto amante.
Procura libertar el tierno cuello
del peligroso nudo de sus brazos,
y el sátiro importuno el bulto bello
más encadena en amorosos lazos;
el cendal rompe, troza los cabellos,
y el cuerpo sin piedad hace pedazos,
y todo en vano que, aunque no rendida
está de la ocasión del gusto asida.
Cual parda sierpe, que de nudos llena,
el águila real lleva a su nido,
las alas con sus roscas encadena,
y en ellas cuerpo y pies le tiene asido;
o escura yedra que, en maraña amena,
el tronco a un olmo deja entretejido;
o el blanco risco que la jibia tiñe;
o el pulpo en negros lazos teje y ciñe.
Tal el lascivo sátiro envolvía
la bella ninfa en su prisión forzada,
el moro que entendió la demasía
del torpe amor y el tiempo ocasionada;
y del fresco lecho salta en que dormía,
y al vano amante la desnuda espada
al ciego corazón le guio de suerte,
que echó fuera el amor y entró la muerte.
Cayó descoyuntado al mortal hielo
el corvo fauno, y una alegre fuente
las nuevas flores del pintado suelo
en su cristal bañó resplandeciente;
o fuese influjo de observado cielo,
o de mágica fuerza cerco ardiente,
al desangrado amante entre la yedra
el mundo recibió mudado en piedra.
Y un celoso cristal por la herida
de desengaños lleno corrió al río,
tal que si al gusto a verse en él convida,
tal vez le vuelve en tristes sombras frío;
que al pecho no dio amor duda escondida,
que clara no la dé el licor sombrío,
los celos, las sospechas, los antojos,
descifrados su luz pone en los ojos.
El hijo de Lanfusa fue el primero
que el alinde probó de la onda pura,
y ya por culpa ajena o rostro fiero,
del suyo le asombró ver la figura;
o sea sospecha, o caso verdadero,
él lo sabe y amor que le asegura
que de su arco, los menos agraviados
salen, cuando no heridos, asombrados.
Ni importa en nobles gustos ser amado;
que en alegre verano y pasto tierno,
al corderillo que hay más regalado
a vueltas crece de la lana el cuerno;
el caso de Anteón ¿a cuál honrado
en el alma no imprime miedo eterno?
Pues no hay Diana tan fiel, si se le antoja,
que en ciervo no convierta a quien la enoja.
Para humillar su altivez la rueda
en gustos locamente confiados,
labrada esta parlera frente queda
de un libre desengaño de cuidados;
donde el Narciso, de favores pueda
en el agua escribir los más fundados,
y gozar en sus márgenes y orillas
de los hurtos de amor las maravillas.
Del feo bulto del fauno heredó el nombre,
y de su pecho y cuernos agua fría,
y su fama en el mundo tal renombre,
que de divino oráculo servía:
¡Ciega locura aventurar el hombre
sin ganancia el caudal de su alegría!
¡Vana curiosidad, locos antojos,
donde es mejor no ver que tener ojos!
Bien que al cristal de su parlero seno,
hermosos campos y pinturas bellas,
un tierno niño Amor, de gustos lleno,
sobre un cielo de flores por estrellas;
mil bellas ninfas por un bosque ameno,
Venus, que alegre se regala entre ellas,
y al compás de los sátiros que espantan
bailan las unas, y las otras cantan.
Cuando el antojo del que al agua llega,
por gusto pide halla retratado,
montañas de oro, la codicia ciega
de Midas, si aún le dura ese cuidado;
cazas Adonis en su fértil vega,
desengaños de amor quien no es amado
el nuevo amante pensamientos tiernos,
el galán galas y el celoso infiernos.
Los caballeros, guerras, y aventuras,
los sabios mil secretos naturales,
la vista, melancólicas pinturas,
los placenteros ojos, otros tales;
el labrador, sus mieses mal seguras,
el pescador, sus cañas y sedales,
la dama bella amor, galas la fea,
y cada cual, al fin, lo que desea.
En campo abierto el agua transparente
un tiempo al mundo vio sus maravillas,
mas el ciego concurso de la gente
que a ver llegó sus márgenes y orillas;
con disgustos turbada la corriente,
rojas volvió sus flores amarillas,
hasta que en defendida niebla escura,
la ninfa le encantó la hermosura.
Fue esta aparente máquina de cosas
sombríos cercos de la hada Alcina,
que a hacer las de Bernardo más pomposas
su nuevo estudio y su saber camina;
y de España las sangres belicosas,
a que su natural gusto la inclina,
entre estas sombras quiere y su aparato
al mundo dar un singular retrato.
A este fin levantó en sus huecos senos
de un rico alcázar la belleza extraña,
cuyas cornisas y artesones llenos
de lazos de oro tan sutil maraña;
de marciales sucesos más o menos
que en venideros siglos tendrá España,
crecientes olas que en lenguajes mudos
los campos honraran de mil escudos.
Hasta aquel siglo de oro y rey prudente,
que, como antes, la vuelva monarquía,
y el lleno goce en él de su creciente,
y sin menguante corra su alegría;
esto en muros de vidrio transparente,
y en cristalinos tumbos de agua fría,
la ninfa dibujó y en niebla escura
encantó hasta su tiempo su hermosura.
Al primer riesgo de la sabia fuente
el lascivo animal perdió la vida,
la ya vengada ninfa en la corriente,
del claro río sin temor metida;
viéndose con castigo suficiente,
en su ofendido honor restituida,
a su libertador vuelve lozana,
y a darle el premio del favor se humana.
Los espumosos tumbos refrenando,
de entre ellos levantó el gallardo cuello,
con las nuevas vislumbres deslumbrando
al que se atreve con su riesgo a vello;
y en lanzada sutil de un cendal blando,
en crespos lazos reformó el cabello,
que, a no ser de más precio su tesoro,
el día comprara del sus rayos de oro.
Halló el moro caída entre las flores
de un sirgo azul la tela delicada
de matices cubierta y de primores,
milagros de la aguja de la hada;
donde en preciosas sedas y colores
una historia sutil vio dibujada,
parte labrada ya, parte en amago,
del punto natural o aspecto mago.
Nunca de Palas la sutil aguja,
cuando Aragne intentó su competencia,
a los heroicos dioses que dibuja,
igual perfección puso ni igual ciencia;
ni el divino cendal que sobrepuja
toda invención de humana suficiencia,
sembrar pudiera en el atento moro
igual deleite ni mayor tesoro.
No entendió las figuras, aunque pudo
su gallardo ademán entretenello
y atento a verlas por un rato mudo
el gusto le dejó el cendal bello;
la sabia ninfa, que del torpe nudo
del ya muerto animal vio libre el cuello,
y al caballero en entender atento
de su labor el escondido cuento,
por conveniente paga que al servicio
en algo iguale de su espada hecho,
y el premio al recibido beneficio
la majestad descubra de su pecho;
quiso al moro dejar que es noble oficio
en su presente gusto satisfecho,
con breve relación de cuanto incluso
en el rico cendal su aguja puso.
Huyose de las aguas el ruido,
y por hacerse espejo a su belleza,
y el río en nuevo estanque convertido,
inmudable volvió de su ligereza;
y ella en palabras de inmortal sonido
así, al invicto moro vuelta, empieza:
“Bien que sea tu valor en cuanto haga
de su antigua virtud la mayor paga.
«Tal vez a un fiel servicio le ennoblece,
que digno del quien le recibe sea,
y el gusto y gloria de la hazana crece
cuanto es mayor la parte en que se emplea;
pues porque el tuyo en lo que en sí merece
su colmo goce y su creciente vea,
contarte quiero a quién por modo honrado
con tu invencible espada has obligado.
»Conocerás de paso los varones
que en mi heroica labor voy dibujando,
que sombras de proféticas visiones,
no se pueden gozar solo mirando;
y yo que el gusto miro en las acciones,
ya los deseos del tuyo estoy juzgando,
oye pues, te diré, moro valiente,
lo que deseas saber y hay en mi fuente.
»Una soy de las ninfas de este río,
de su juncia nacida en las riberas,
ya en otro tiempo el ejercicio mío
fue por los montes fatigar las fieras;
ninguna selva ni lugar sombrío
sin los despojos de mi caza vieras,
en armar redes y acechar paradas
las más diestras no fueron tan nombradas.
»Sin lanudos sabuesos ni lebreles
al jabalí rendí y al oso fiero,
y si hay fieras más fieras y crueles,
esas trataba de amansar primero;
de rosas coronada y de laureles,
mas tuve, sin querer, de un prisionero
que de lo que yo entonces me preciaba
era de un arco, un dardo y una aljaba.
»Y no me estraga el áspero ejercicio
la atezada beldad de mi figura,
que si estimarla en poco no fue vicio,
nunca más la estimé de lo que dura;
el terso espejo, cuyo amargo oficio,
es siempre preparar nueva hermosura,
nunca la mía templó, ni en clara fuente
por nuevo adorno contemplé mi frente.
»Ya Febo estas montañas abrasaba,
en iguales balanzas puesto el día,
cuando yo sus collados trastornaba
rastrando un ciervo que flechado había;
el cansancio el calor me acrecentaba,
y una fresca alameda que nacía
de las orillas de este hondo río,
señas hacía temblando a un viento frío.
»Tejiendo en frescas hojas y altas ramas
de sombríos sauces y ásperos laureles
tupidas cuevas, y floridas camas
de azules lirios, carmesíes claveles;
de atada yedra y revoltosas gramas,
vistosos lazos, rejas y canceles,
donde el blanco jazmín hacia la ventana
al tierno grumo de la vid lozana.
»La murta, madreselva y arrayanes,
los almeces cercaban y algarrobos,
y ellos con sus brutescos ademanes
de hojosas ramas resonantes globos;
por donde las calandrias y faisanes
cruzando, daban silbos y corcovos,
y el Sol por su tupida celosía
su luz quería engazar y no podía.
»Bebiendo al fresco viento el soplo blando
al frío llegué de la ribera amena,
por donde se iba, sin mover, pasando
en brazos de cristal la onda serena;
cuyo profundo seno va volcando
los granos de oro den la menuda arena;
meto el pie dentro y como siento el frío,
desnuda me arrojé en el manso río.
»A veces con la una y otra mano
si asir procuro de las ondas frías,
ellas haciendo mi trabajo vano
de mí se huyen por diversas vías;
vuelvo y revuelvo el cristalino llano,
y entre el huir del agua y mis porfías,
sentí por ellas nuevos remolinos,
y vi temblar los árboles vecinos.
»El dios de este lugar, sagrado río,
de verdes cañas y ovas coronado,
el rostro y barba llenos de rocío,
lloviendo arroyos de sudor helado;
en una mano un álamo sombrío,
y en una urna de vidrio reclinado,
del lugar con el mío más vecino
salió rompiendo el muro cristalino.
»Al descubrir el dios quedé turbada,
y a huir medrosa comencé desnuda,
y él viéndome sin ropa, despojada,
de mi arco de oro y de su flecha aguda;
ardiendo sintió el alma antes helada,
y de su nueva pretensión no duda,
que al gran señuelo que el amor le hacía,
ningún estorbo en él serlo podía.
»Yo huyo de él, cual tímida paloma
del presto gavilán que le da caza,
y él el seguirme tan por suyo toma
como a paloma el gavilán de raza;
saliendo de este valle, a aquella loma
subía y como nada me embaraza,
en lugar de correr creo que volaba,
y siempre a mis espaldas le llevaba.
»En esto veo su sombra de improviso,
que el Sol ya por mis hombros la subía,
si no era de algún álamo o aliso,
y por suya el temor me la vendía;
mas no era el presto dios nada remiso
ni sus pies solos cabe mí sentía,
que ya casi en mis pasos tropezaba,
y su aliento el cabello me volaba.
»Pasmome el corazón un miedo helado,
y allí, sin poder más, me vi rendida,
que al desenvuelto amante el premio amado
metiendo espuelas vía en la corrida;
los ojos volví al cielo y el cuidado
le entregué de mi honra y de mi vida,
y a la casta Diana en tal estrecho
esta breve oración dije en mi pecho:
» “Divina diosa, si por mí ofrecidas
víctimas fueron humos de tus aras,
y sus puras entrañas encendidas
llamas, en nombre tuyo, dieron claras;
si aljaba y flechas traje a ti debidas
y tu selva aprobó sus diestras varas,
de este fiero enemigo y su torpeza
defiende, oh casta diosa, mi limpieza”
»A este fresco lugar en que ahora estamos
diciendo estas palabras descendía,
cuando Diana de entre aquellos ramos
salió esparciendo en mí una niebla fría;
las dos en medio de ella nos salvamos,
y el fugitivo dios, que ya ponía
en mí sus brazos, aunque quedó ciego,
por mil partes cercó la nube luego.
»Yo viendo tan solícito enemigo,
aunque de la triforme luz guardada,
y en su inviolable amparo y casto abrigo,
segura estaba de dañarme nada;
la beldad ciega que vivía conmigo,
inquieta me traía y alterada,
cual tímida cordera que presente
el lobo en torno del aprisco siente.
»Cuando medrosa entre un sudor helado
me vi ir toda ablandando y consumiendo,
que a modo de rocío delicado
de sus senos la nube fue lloviendo;
los huesos ya en cristal se habían trocado,
y como hielos se iban derritiendo,
corriendo entre las yerbas y el amante,
que el agua conoció y mudó el semblante.
»Dejó la grave majestad pesada
y en ver mis nuevas ondas atrevido
“La impresa mía, dijo, es acabada
y en sus aguas tras mí se ha convertido”
Yo, viendo pretensión tan porfiada,
rendime y al tomarle por marido,
vi que a mudar el celestial decreto
ningún humano curso hace efeto.
»Entre estos riscos mi morada tengo
de cristal duro y blandos pedernales,
y aquí con otras ninfas me entretengo
en dibujar impresas inmortales;
del dios Jano por recta línea vengo,
y saben las antorchas celestiales
que es Iberia mi nombre y mi estandarte
la mejor sombra del sangriento Marte.
»Fue Túbal nieto del famoso Jano,
de quien segunda vez renació el mundo
y a poblar esta tierra de su mano
de Armenia vino sobre el mar profundo;
de este nació el segundo rey hispano
llamado Ibero y yo de este segundo,
este es mi antiguo origen, de este Ibero
nombre tomé y le di a este mundo entero.
»Soy pues la que hoy en grave pompa y vuelo
sus cosas guía y soy la que su fama
con pío derramará y heroico celo,
por cuanto el rojo Sol su luz derrama;
de entre las ondas de mi claro hielo
el cielo ha de sacar la inmortal llama,
que dará vida y ley a un mismo paso,
desde la rubia aurora al turbio ocaso.
»Quisiérate mostrar, pero no quiero,
los preciosos tesoros de mi cueva,
las grandezas que al siglo venidero
por todo el orbe su corriente lleva;
los triunfos y el camino verdadero
que al mundo sacará una gente nueva,
a reducir debajo de su lanza
cuanto rodea al sol y el mar alcanza.
»Los apartados reinos y las gentes
por los senos del mundo derramadas,
el fin del mar, las playas diferentes
y aquellas islas del calor tostadas;
que al valor de mis claros descendientes
por las estrellas viven reservadas,
aunque no caben todas en la tierra,
lo menos cunden que mi pecho encierra.
»Mas no es posible alcance tantas cosas
el presto huir de un tiempo tan escaso,
ni tú, en horas tan breves, mis famosas
grandezas puedas ver sino es de paso;
a otro brazo las lumbres poderosas
la victoria pasaron de este caso,
y a ti lugar famoso al margen suyo,
en honra al real valor del brazo tuyo.
»Mas por bastante paga al beneficio
de haber en mi favor tu espada honrado,
ya que el precioso Hado te es propicio
y tanto tu nobleza me ha obligado;
del mundo por venir un breve indicio
quiero que en mi labor veas abreviado,
en nueve hermosos rayos, cuya llama
con los nueve compite de la fama.
»Este lienzo entre lazos de oro fino
al mundo guarda vivos sus retratos,
cuya estampa y dibujo peregrino
labrando me entretiene alegres ratos»
Dijo, y desde el remanso cristalino
la tela desdobló, que dio baratos
a sus ojos mil rayos de contento,
y ella así prosiguio su alegre cuento.
»Estos que de mi aguja retratados
dan gloria a las edades venideras,
son nueve capitanes celebrados
tras de quien vienen todas mis banderas;
los triunfos a sus hechos reservados
celebrados quedaran, si los vieras,
que yo ahora no he de darles más renombres,
de que aquí los conozcas por sus nombres.
»Este que ves entre moriscas lides
con seis azules roeles señalado,
antiguas armas del gentil Persides
en tiempo del rey Artus celebrado;
es el godo alemán Nuño Belchides,
y este escuadrón que en sombras abreviado
aún se está en los principios de mi aguja
y su luz la del cielo sobrepuja,
»el fruto es de su tronco que al cercano
mundo que ha de venir promete el cielo,
y yo en su nombre al reino castellano,
príncipes dignos de su invicto suelo;
y a Castro y Lemos, colmo soberano
de esta creciente, cuando en feliz vuelo
nazca un Apolo por patrón y guía
de una famosa historia suya y mía.
»El que tras él no quiere atrás quedarse
y su opinión tan adelante lleva
que a todo el ancho mundo hará estimarse
si a hacer llegare de su espada prueba;
pues aquí no pudieron dibujarse,
celebre sus hazañas con voz nueva,
y al Conde Hernán González sin segundo,
no solo España, pero todo el mundo.
»De la real sangre que sucede y mana
a Sandoval de esta sagrada fuente,
Lerma gozará duques y hará ufana
a España un soberano descendiente;
de cuya sabia y fiel prudencia humana
el grave sucesor de un rey prudente,
hará el mejor gobierno que en Castilla
haya tenido la española silla.
»Este de blancas plumas señalado,
que el campo de morisca sangre baña,
si el frigio Héctor no ha resucitado,
famoso Cid será y honor de España;
temblará Mauritania en verle armado
y en el frío ataúd ¡grandeza extraña!
hecho a vencer con su ademán altivo,
tan bien vencerá muerto como vivo.
»Mira tras este al que por propio nombre
el de Gran Capitán será debido,
y si el retrato te parece de hombre,
es porque en mortal lienzo está tejido;
su fama, sus hazañas, su renombre,
no en columnas de mármol esculpido
al mundo dejará para memoria,
mas toda Italia cantará su gloria.
»Este a quien favorece la fortuna
al parecer con tan alegre cara,
si los Hados le sacan de la cuna,
Marqués será famoso de Pescara;
victoria eterna en inmortal coluna
digna promete a su grandeza rara
y él al honor de España un gran tesoro
en el rey preso de los lirios de oro.
»Aquel por tantos mares venturosos
en pequeños bajeles engolfado,
es Hernando Cortés, que en mil colosos
su nombre ser merece eternizado;
descubrirán sus ojos venturosos
y rendirá su esfuerzo afortunado,
otro mundo, otro cielo y otro polo,
que es poco para él un mundo solo.
»Este que tiene el venerable cuello
de un bello tusón de oro enriquecido,
y colgado del peso de él y de ello,
del suelo lo mejor y más florido;
si acaso el mundo mereciere vello,
como él ser su monarca ha merecido,
Duque de Alba será y honor de España
en Portugal, en Flandes y Alemaña.
»El que sobre este carro cristalino
el mar gobierna en venturoso freno,
si al mundo hallare su valor camino
para dejarlo de victorias lleno;
de Santacruz será marqués divino,
y si la parca en su enlutado seno
antes de tiempo su valor encierra,
temblar hará el furor de la anglia tierra.
»Aquel en quien las horas presurosas
el curso abreviarán con tal corrida,
que apenas a las puertas deleitosas
llegar le dejarán de nuestra vida;
cuando entre negras sombras tenebrosas,
la tierna faz de amarillez teñida,
dejará el aire claro y nuevo día
que en su real presencia amanecía.
»Yo digo de aquel príncipe famoso
que a España vestirá de luto y llanto,
después que su valor vuelva espantoso
el seno de Corfú y el de Lepanto;
y desde allí con triunfo victorioso
al espanto del mundo ponga espanto,
mostrando en esto ser hijo segundo
de Carlos Quinto, emperador del mundo.
»¡Oh estrellas, cómo fuisteis envidiosas
a la gloria de España! ¡Oh, duro Hado!
Si al golpe de sus suertes valerosas
no les faltara tiempo señalado;
tú solo a mil regiones poderosas
pusieras yugo y freno concertado,
desde donde se hiela el fiero escita,
a donde el abrasado mauro habita.
»Dadme, oh hermosas ninfas, frescas flores
para esparcir sobre la tierna frente,
en sacrificios y debidos loores
de este mi soberano descendiente;
y vosotros, divinos resplandores,
deshaced los agüeros felizmente
y aquella sombra y triste centinela,
que sobre su cabeza en torno vuela.
»De estos nueve bellísimos luceros,
en oro ahora y rosicler grabados,
sin otra inmensa copia de guerreros,
entre sombras y luces escorzados;
a los siglos prometen venideros,
honra a los vivos, gloria a los pasados.
No sé si diga, en tan veloz corrida
otro que aquí de intento se me olvida.
»Vive en el mundo y es el adversario
mayor que ha de encontrar tu brazo altivo,
por quien un hombre heroico el tiempo vario
para siempre dará a tus obras vivo;
dejara el alabar a tu contrario,
mas véotele mirar con rostro esquivo,
y es de tan grandes llenos la figura,
que aún asombra su luz puesta en pintura.
»Es pues el valeroso brío dispuesto,
que allí campea entre plumajes de oro,
y en tierna edad y en ademán compuesto
al francés rinde y doma al pueblo moro;
el invicto Bernardo, en quien he puesto
de mi esperanza el sin igual tesoro,
cuya braveza ha de librar la mía
de un yugo de ambiciosa tiranía.
»Ya nuevo arnés ganado representa
un invencible Marte al turbio Egeo,
donde el rigor de una áspera tormenta
de un casto amor le alcanzará el deseo;
y con el rey de Persia en lid sangrienta
ya esta noche le vi y ahora veo
que fue el segundo trance y el primero
de que triunfó con voz de caballero.
»Otro tuvo en defensa de su tío
en los famosos bosques de Miduerna,
donde de mora sangre un rojo río
su dura espada abrió y su mano tierna;
allí, sin otras armas que su brío,
su rey libró y ganó una fama eterna,
mas son ensayes, que en las veras puesto,
su espada rendirá de un mundo el resto.
»Matará en Benavente y en Zamora
al soberbio Alcamán y al rey Oreste,
que con la suya la pujanza mora
hará que ni le valga ni le preste;
dejo el campo de Orcejo: dejo ahora
el riesgo del rey Casto, y muerto en este
el antiguo don Bueso, que a Castilla
humillar quiso a la Anquitania silla.
»Dejo trances de honor, dejo victorias,
que mil clarines volverán sonoros,
y de quién de memorias en memorias
la fama hará el mayor de sus tesoros;
las tierras que en pomposas vanaglorias
dará a su rey y quitará a los moros
dejo y dejo también el triunfo manco
de Barbaste, Sobrarbe y Monteblanco.
»Ni de la conquistada Barcelona
digo ya el merecido principado,
ni el tributar Italia a su persona
en escaño real cetro dorado;
ni al ponerle al Imperio la corona
a un golpe de su espada en tal estado,
que por bien que la fama ande ceñida,
siempre a sus pies se le dará rendida.
»Que esto es lo menos de su brazo fuerte
y de los bravos que hoy pisan el mundo,
a los más por su mano ha de dar muerte
y harto el primero hará en quedar segundo;
ni pienses que es el nuevo encarecerte
de sutil invención parto fecundo,
que ya algún día tú has de ser testigo
de lo más y lo menos que aquí digo.
»Lugar precioso en esta rica tela
queda a otros nobles hijos de la Fama,
en cuya heroica historia me desvela
la industria de mi mano y de su fama;
y a cuesta luz que en torno de ellos vuela
es la que a eterno nombre y voz los llama,
ahora, en tanto que ellos nos suceden,
oye lo que los Hados te conceden.
»Si en esta clara fuente siete veces
al rayo de la Luna te lavares,
y a los difuntos dioses tus jueces
con nocturnos inciensos aplacares;
y una sagrada víctima le ofreces
al dios conservador de estos lugares,
con lumbre de laurel y hojas de olivas,
harán que al mundo eternamente vivas
»y tu edad y tu siglo se renueve
como los campos con las frescas flores,
sin que tu vista eterna noche pruebe,
ni tus sentidos sientan sus temores;
mientras Ebro a la mar tributos lleve,
y por abril nacieren los amores,
y el cielo coronaren las estrellas,
y los años volaren en pos de ellas.
»Mas si por no observar las impresiones
de los celestes astros lo dejares,
y de estas ceremonias y oraciones
indigno el limpio y grave arnés juzgares;
de las otras forzosas ocasiones
este rocío temple los azares,
y en tu antes duro trato vuelva el mío,
gusto agradable lo que fue desvío.
»Perderás las congojas del profundo
sueño que te inquietó la fantasía,
pues gozar de inmortal vida en el mundo
el cielo te lo da por otra vía;
si merecieres el lugar segundo
en los contextos de una historia mía,
que ha de durar más siglos en la tierra,
que ondas de rama el mar y arena encierra».
Dijo, y de en medio del sagrado río
con la mano arrojó licor bastante,
con que al valiente moro creció el brío
y lo áspero lavó al feroz semblante;
volviendo lo argentado del rocío
el antes rostro bárbaro, elegante,
desnudo del primer capote y ceño
que de horrible le hacía zahareño;
de una apacible gravedad compuesto,
hasta en los ojos de la invidia amable,
así en gallarda proporción dispuesto,
que aún el áspero gusto volvió afable;
que más se da con la ventura que esto,
como sin ella es todo abominable,
el agrado, la gala y la hermosura
no son más que un rocío de ventura.
Quería el Moro por tan ricos dones
mostrarse agradecido y obligado,
cuando sin aguardar a otras razones
la hada se volvió en cristal helado;
y él, vestido de nuevas perfecciones,
el camino siguio de su cuidado
de gustos lleno y desabrida pena,
con el bien propio y con la fama ajena.
Del Ebro inculto por la fértil grama
de sus mismas acciones va admirado,
fría de invidia el alma con la fama,
que al gallardo leonés promete el Hado;
celos le hielan, el honor la inflama,
y en él y en su experiencia confiado:
«¡Será posible, dice, que en el mundo
hay quien me baje a mí al lugar segundo!
«Primero en ciega confusión hundido,
todo lo dejará este brazo fiero,
los que ahora viven, los que ya han vivido
cuanto me espera a mí, cuanto yo espero;
mío es, mío ha de ser y mío ha sido,
en todos trances el lugar primero,
este defenderé con dura guerra
a cuanto surca el mar y ara la tierra.
»No volveré a los ojos de mi gente
sin quitar a mi honor este embarazo,
y ver si de ese montañés valiente,
lo que no hizo el mundo hará su brazo;
a buscarle quiero ir al mar de Oriente
y quitarle la vida en tu regazo,
antes que toque en tierra y haya brío
en ella que compita con el mío».
Así dijo, fantástico y brioso,
su caballo guio para Valencia,
que es el honor herido en pecho honroso
viva inquietud, agravio sin paciencia;
dos días anduvo sin hallar reposo
tras el fin de su vana competencia,
discurriendo por ella y sin camino,
de un desatino en otro desatino.
Mas ya al tercero, cuando el Sol sembraba
del dorado cenit rayos mayores,
y el pastor caluroso se amparaba
al fresco de los sauces entre flores;
por el nuevo camino que llevaba
en ligeros caballos voladores,
huyendo vio venir una doncella,
y un caballero en los alcances de ella.
Ella a gritos pidiendo al cielo ayuda,
y él con solo el intento de alcanzarla,
con la cobarde espada alta y desnuda,
por herirla, prenderla o por matarla;
sacó el moro feroz la suya aguda
de quien los bravos tiemblan en mirarla
cuando Teudonio en la prisión de Luna,
así en cuentas está con su fortuna.
Llegó el alcaide entreteniendo el paso
con sagaz atención a los que había,
acogiéronle bien, violos de paso,
que solo a requerirlos descendía;
sintió de nuevo el nuevo preso el caso,
su corta fe, su escasa cortesía,
y mordiendo los labios al ultraje,
entre un suspiro reprimió el coraje.
Y vuelto al Conde, dijo: «Al fin cual digo
de la cuadra real llegó a la puerta
el aviso traidor del falso amigo,
cuando ni pudo entrar ni la halló abierta;
yo viendo el riesgo y fin del enemigo
y mi importante traza descubierta
el rebozo troque en que satisfaga
mi muerto honor la prevenida daga.
»Y antes que el frío temor en las entrañas,
entera entró y se la escondí dos veces,
con que el sensual amor y sus marañas
corrido huyó entre las sangrientas heces;
¡Oh cómo el tiempo da vueltas extrañas!
¡Oh cómo humilla locas altiveces!
Matole al fin del muerto honor la traza
y una ventana le colgó a la plaza.
»Yo allí aclamando: “¡Libertad! ¡Victoria!
¡León por el Rey Casto!” con que a un punto
de los contrarios no quedó memoria
que a mi voz viva y a su rey difunto;
libres dejaron la usurpada gloria,
las armas y el rendido alcázar junto,
hecho ya en roja sangre un negro charco,
con mi espada y las gentes de Filarco.
»Sacudió el yugo infame del tirano
el reino fiel del oprimido cuello,
haciendo en estos trances de mi mano
que el despojado rey volviese a sello;
prendí, tracé, compuse y todo en vano,
pues al fin se olvidó tan presto de ello;
vino a hacer cortes luego y a ser vino
en mis alegres bodas el padrino.
»Mostró correspondientes los favores
a la importante fe de mis servicios,
siendo en todo mis votos los mejores,
y mis sanos consejos más propicios;
hasta que el malsinar de hombres traidores
esta privanza leal sacó de quicios,
trocándole los vientos favorables,
que hombres, aunque sean reyes son mudables.
»Mahamut, arrez de Mérida, fue un moro
de falso pecho y de ánimo atrevido,
que ardiendo en ambición rompió el decoro
al Rey Hissen de Córdoba debido;
y con su gente y bárbaro tesoro,
ya el Africano yugo sacudido,
del río Vierzo entró en el campo vasto
y al amparo se vino del rey Casto.
»A este, por orden y consejo mío,
en fiel guarda le puso a las fronteras
que el Miño riega y crece el Duero frío,
por hondos saltos y ásperas laderas;
y allí en dos lustros por su ardiente brío
al mundo espanto dieron sus banderas,
y el reforzado puesto en que vivía
asaltos a los moros cada día.
»Era temida hasta en su misma gente
la aspereza del bárbaro inhumano,
enemigo feroz, brazo inclemente
al pueblo infiel y ejército africano;
un hermano, no menos que él valiente
tuvo, a quien sobre el muro zamorano
un día, por sedicioso y homicida,
el rey Casto prendió y quitó la vida.
»Encendió al moro el presumido agravio
en deseos de vengar su hermano muerto.
Era mudable, trascendido y sabio,
de sangre castellana y mora enjerto;
y como de traidor tenía el resabio
y de astuto el falaz pecho encubierto
encerró en él con pundonor directo
de la traición que urdía el gran secreto.
»Y por mostrar que del perdido hermano
la odiosa muerte ya tenía olvidada,
al Casto rey envió a pedir humano
importante favor a una jornada;
y a mí por de más nombre y más cercano
a la persona real dio encomendada
la suya y de su causa me hizo agente
con mil lisonjas y un falaz presente.
»Diose el despacho a diligencia mía,
en despediente, afable y grato modo,
y en la conquista y tierras que pedía
sin nada reservar se le dio todo;
mas no el traidor alcaide pretendía
favor, sino venganza del rey godo,
enviando, con el nombre de embajada
doblada gente y prevención doblada.
»Del trono real a descansar bajaba
al valle de Miduerna comarcano
tal vez el Casto rey, donde gozaba
de ver correr un oso de verano;
y el montañés Filarco le hospedaba
con espléndida mesa y franca mano
en un real bosque que en hinchada loma
sobre las puntas de aquel bosque asoma.
»En esta insigne casa de contento
de alcaide, el fiel Garilo nos servía,
puesto en olvido el alevoso intento,
con que a tener más tiempo me vendía;
aunque él a la traición trocando el viento
la doró con decir que pretendía
con aquella ocasión verse a mi lado,
para morir allí o salir honrado.
»Es fácil de engañar un noble pecho,
y en un traidor jamás faltan engaños.
Este, pues, que parece que fue hecho
para sacar a luz los más extraños;
era en Miduerna alcaide a mi despecho,
por el gusto de Arlinda había dos años
cuando el Mahamut la torpe gente
a León llegó con su falaz presente.
»Y ahora por grave suma de tesoro,
o la esperanza de otra más cumplida
en él, porque escondió el escuadrón moro,
del Casto rey deseando la venida;
donde la fuerza los guardó del oro,
sin ser de nadie su traición sentida,
hasta que el señalado tiempo vino,
y un notable suceso en el camino.
»El Casto Alfonso al real jardín derecho
a espaciar se guio cuando en un llano,
que el monte da a la humilde selva hecho,
un doncel pareció y un hombre anciano;
el viejo alto, feroz, calvo, derecho,
de rostro enjuto, talle cortesano,
palabras pocas y modesta mucha,
dos grandes bienes al que ve y escucha.
»Del Doncel solo no sabré pintarte
la gallarda postura con que vino,
que al brío natural llegado el arte,
era en humano traje ángel divino;
hijo hermoso de Venus y de Marte
en su aire le juzgarás peregrino,
y humilde de Narciso la pintura,
si, como yo, te hablara su hermosura.
»Niño que el tierno bozo le apuntaba,
de cuerpo algo más grande que pequeño,
de alegres ojos, y de vista brava,
suave en el mirar, y zahareño;
temor el verlo y alegría causaba,
y el rostro armado de capote y ceño,
mezclando a lo hermoso lo robusto,
la cifra hacía deleite y gusto.
»En un bravo fantástico caballo
de la color ilustre del armiño
que Genil vio nacer, Betis criallo,
y de su juncia aún no perdió el cariño;
sin poder con el freno sosegallo
lozano el potro y el jinete niño,
y así trocando manos y visajes
hería el jaez, temblaban los plumajes.
»De azul, tela de plata y encarnado
rico jubón, coleto y calza al uso,
el bohemio en armiños aforrado,
que el regalo y la gala juntos puso;
con broches de diamantes recamado
y perlas en labor y orden confuso,
y en el sombrero, en plumas y en airones,
engastes de rubís hechos florones.
»La calza de obra y ricas entretelas,
lanzando rayos con vislumbres de oro,
de puntas de diamantes dos espuelas,
y de rubís por ellas un tesoro;
el blando freno, estribos y charnelas,
con pardos nieles de artificio moro,
la guarnición de la gallarda espada,
de esmeraldas y perlas amasada.
»Varios entalles de oro en cada hebilla,
sonando del pretal las guarniciones,
de verde brocatel la corva silla,
y del mismo matiz riendas y acciones;
gripado lo embutido de platilla,
y en nuevos trebolillos y florones,
con asientos de perlas y rubazos,
floridos brichos y escarchados lazos.
»Así tal vez entre celajes pardos
suele, bullendo en luz resplandeciente,
con bellas alas de oro y pasos tardos,
el lucero alegrar al rojo Oriente;
y entre peñascos de ámbares gallardos
dorar las nuevas rosas de tu frente,
recamando de aljófares y grana
el tierno día, el mundo y la mañana.
»Tal el Doncel llegó, tal el mirallo,
deleite puso y gusto en los presentes,
el rey por hablarle paró el caballo,
hecho un tejido muro de sus gentes;
cuando el sabio gentil que a presentallo
al Casto rey venía, estas prudentes
palabras sembró al aire y fue escuchado
del circunstante pueblo descuidado:
» “Aunque jamás en mí, rey poderoso,
ni hubo causa ni habrá para ofenderte,
por si fui en algún lance sospechoso,
y tu gusto agravié por complacerte;
el brazo de este joven valeroso
de mi culpa podrá satisfacerte,
cuando tu espada ampare, no vencida,
de varios riesgos tu importante vida.
»Tienes con él más parte que conmigo,
con ser yo por mil partes todo tuyo;
no tardarás en conocerme amigo,
y en suficiente prueba el valor tuyo;
que el furor de un doméstico enemigo
te aguarda en este parque, para cuyo
remedio todo lo posible he hecho,
en reducirle a tiempo de provecho”.
»Dijo y el Casto responder quería
del grave anciano, al noble ofrecimiento,
cuando el jayán Fracaso, que venía
por traidor capitán del falso intento;
viendo que el Rey el paso suspendía,
feroz salió en su loco atrevimiento,
temiendo en verle así por cosa cierta
ser su oculta traición ya descubierta.
»Con cien valientes moros del castillo:
“¡Muera el ingrato Rey!” salió gritando.
Suspendímonos todos en oillo,
al Casto, en frágil escuadrón cercando;
por donde a todo riesgo abrió portillo
del furor ciego el enemigo bando,
dejando su confusa arremetida
los más bravos Guzmanes sin la vida.
»El doncel de la selva compelido
de un brioso ardor y el gusto de mostrallo,
niño lozano y de ánimo atrevido,
la espada sacó a un tiempo y el caballo;
y cual si temeroso ciervo herido
le espoleara el deseo de alcanzallo
salió contra la bárbara emboscada,
lanzando más que el Sol rayos su espada.
»Era Fracaso un moro berberisco,
de grueso cuerpo y ánimo doblado,
en rostro sierpe, en ira basilisco,
en vista torpe, en lengua libertado;
Cuba de alegre vino, que el morisco
que en esto se desmanda es consumado,
y a la sazón sobre un frisón polaco
hecho venía, recién comido, un Baco.
»Lleno el celebro de arrogancia y vino,
cual fantástica torre iba el primero,
cuando el diestro doncel salió al camino,
vestido uno de seda, otro de acero;
hízole al moro errar su desatino,
y acertarle el contrario un revés fiero,
que dejó por el suelo su braveza,
y a él y a sus soldados sin cabeza.
»Pasó sin alma el cuerpo en el caballo,
cual si vivo buscara a nuestra gente,
donde el miedo primero de mirallo,
la nueva admiración creció presente;
acudió a toda rienda por vengallo
de su morisma el escuadrón valiente,
que en confuso alarido sin reparo
por el nuestro rompió de claro en claro.
»Eran los diestros moros escogidos,
armas, lanzas, caballos, caballeros,
al alevoso asalto apercibidos,
y a cualquier trance de ánimos enteros;
los nuestros solo a caza prevenidos,
aljubas de color, petos ligeros,
propios para huir de esa manera,
o de la muerte ahora o de una fiera.
»Quedaron los más bravos por el suelo,
sembrados los no tales por el llano,
que ni del Rey ni de su honor el celo
freno dar pudo a su temor liviano;
encontróse Dorasto con Tranquelo,
aquel moro valiente, este cristiano,
y vinieron al prado sin sentido,
el moro muerto y el cristiano herido.
»Volviose a levantar, cobró sangriento
su fiel caballo y el contrario escudo,
y con él, con su espada y con su aliento
del Rey lo fue mientras durarle pudo;
yo a su lado siguiendo el mismo intento,
vestido de lealtad, de armas desnudo,
la defensa que pude y que debía,
sin dar un paso atrás hice aquel día».
»Mas ¿quién dirá entre tantas las proezas
que el doncel bello en este tiempo hacía,
los peligrosos golpes, las destrezas
con que unos daba y otros rebatía?
Cortando piernas, brazos y cabezas,
a este ayudaba, al otro defendía.
Aquí se ampara y acullá ejecuta,
y a todos acude con presteza astuta.
»A Mosquino llevó una espalda entera,
mollita de Coimbra renegado,
que por ser brava su mujer y fiera
a ser moro se fue desesperado;
donde encontró una vieja hechicera,
que fue siempre en casarse desdichado,
y dichoso en el golpe que hoy le deja
libre de una celosa y de una vieja.
»El diestro brazo le arrancó del codo
a Fulco, gran maestro de un montante,
con que le arrebató su saber todo
y de muy sabio le dejó ignorante;
y al tahúr Alcin le dio un revés de modo
que ambas las manos le quitó delante,
y él, echó a perder manos en el juego,
quedó del golpe con algún sosiego.
»A Zegrildos pasó de parte a parte
valiente capitán de Peñaranda
y a Boacel derribó y a Galimarte,
y a Berberuz, el de la roja banda;
hiere, rompe, destroza, hiende y parte,
de aquí y de allí, de aquesta y la otra banda,
hecho en la gallardía y la persona,
un formidable hijo de Belona.
»Cual rayo ardiente que en revuelta llama
de tres puntas los rústicos haberes
del campo asuela y la copada rama
del sauce, alegre sombra a mil placeres;
humeando deja el hueco monte, brama,
gime el cielo al caer, la rubia Ceres
arde en cercas aristas y en su daño
la madura esperanza esconde al año.
»Ni era menor el daño que hacía
el escuadrón contrario en nuestra gente,
que uno muere, otro cae, otro huía,
otro queda hecho piezas por valiente;
el soberbio Abdelmón, que pretendía
ser de Mahoma oscuro descendiente,
y en su ciego Alcorán tener cauciones
para mudar decretos y opiniones,
»traía un diestro herir tan presuroso
que era el asombro del sangriento llano.
Derribó a Peñalver, mató a Fragoso,
uno bravo leonés, otro asturiano;
topó al burlón Grafil, truhán gracioso,
que con lenguaje libre y cuerpo enano
solía satirizar por su deporte
los descuidos del rey y de su corte.
»Más dañole aquel día uno que él tuvo,
no ser en huir como en hablar prolijo,
qué hacer entonces a Abdelmón le pluvo
nuevo donaire del que tantos dijo;
y en verle así pequeño se detuvo,
y al brazo se le ató por regocijo,
hecho de espada que antes era escudo,
dando a su tahalí en el suyo un nudo.
»Pudo la alegre burla estarle a cuento,
que a sombras del juglar nadie le hería,
cuando una flecha por el libre viento
a poner tregua en su placer venía;
dio en la visera y acertando a tiento
los sesos le cosió en la fantasía,
quedando muerto y el enano vivo,
por dueño ya del que antes fue cautivo.
»El Casto rey entre escabrosas breñas
a su gente formó frágil reparo,
y con mañosa industria, a sus pequeñas
fuerzas trazó defensa y puso amparo;
bien que contra las armas extremeñas
el vencer fuera incierto, el morir claro,
si el Doncel de la selva le faltara,
o su presta venida se tardara.
»Sacó el morisco orgullo tres gigantes
resplandeciendo en láminas de acero,
uno en los abrasados Garamantes
nacido, otro en las Sirtes, otro en Duero;
de gruesos cuerpos y ánimos bastantes
a rendir el furor de un campo entero,
y para en él llevar nuestro rey preso
un fuerte carro de acerado peso.
»El mauro Dragonel que iba delante,
armadas de una alfanje ambas las manos,
con presto herir y con feroz semblante,
en campo a un tiempo entró con diez cristianos;
mató a Felnigue, músico y danzante,
al duro Orbelio y a Franconio hermano,
que en ciego pleito andaba por su herencia,
y el gigante igualó la diferencia.
»Aun todavía con ellos combatiendo,
muerto el uno del todo, el otro herido,
el gallardo doncel pasó corriendo
del gran combate por lo más tejido;
y ora de intento fuese o no pudiendo
detener el caballo desabrido,
en el jayán chocó y a todo vuelo
como una gruesa torre vino al suelo.
»Quedó sin la una pierna en la caída,
y encima de ella y del muerto el caballo
causó la no pensada arremetida
el dar en el Gigante y derriballo;
ver el confuso campo de vencida
preso el anciano rey y por librallo,
a toda furia arremetió y al paso
le ofreció el cielo el venturoso caso.
»De la escogida escuadra, a quien cumplía
en Lugo al Casto rey dar preso y vivo,
a pesar de quien más lo defendía
en su carro Zairán le entró cautivo;
y con la rica presa que hecho había,
a larga rienda y paso fugitivo,
sin aguardar al fin de la revuelta,
cumplida su intención daba la vuelta.
»¿Quién del Real joven contará el denuedo
al diestro entrar del peligroso alcance,
el derribar a Dragonel y el miedo
que a todos puso este segundo lance?
Yo lo vi y lo toqué y apenas puedo
creer que hombre mortal tal brazo alcance
corriendo su caballo a todo vuelo
una lanza al pasar cogió del suelo.
»Y puesta sin perder tiempo en la cuja
la enristro contra el fiero Calimargo,
que un áspero alcornoque sobrepuja
en bestial proporción de duro y largo;
y cual menudo aljófar limpia aguja
taladra, cruza y pasa sin embargo,
así el tierno doncel o el feroz Marte
al gran jayán pasó de parte a parte.
»Rindió la brutal vida al golpe honroso.
¡Caso extraño! pues oye lo restante:
Ganbadul, que volvió el rostro espantoso
y muerto de un encuentro vio al gigante;
bramando contra el cielo, asió furioso
su alfanje y al doncel, que halló delante
quiso, sin creer que fuese el homicida,
que su muerte pagase con la vida.
»Mas sacole el caballo así ligero,
que dieron golpe y cólera en vacío,
bien que un hombro abrió el furioso acero
de un pequeño rasguño un rojo río;
con que el joven que huyó volvió más fiero,
y viendo del contrario el desvarío,
le ayudó de una punta y puso en punto
de ir, aunque vivo, a dar sobre el difunto.
»Enlazó con los brazos su caballo
el jayán, de la firme punta herido,
perdió el sentido, más volvió a cobrallo,
en nuevo espanto y cólera encendido;
y alta la espada hacia el doncel, por dallo
en dos partes de un golpe dividido,
ciego al pasar topó en el jayán muerto,
y turbado, perdió golpe y concierto.
»Y el doncel a un revés la mano airada
con tal donaire revolvió y tal fuerza,
que, aunque de tierno brazo y nueva espada,
el golpe le obligó, se agobie y tuerza;
y abierta una espantosa cuchillada,
al hombro diestro, cuanto más se esfuerza
a la venganza y en sus rabias muerde,
más tibio aliento y roja sangre pierde.
»Que al diestro reportarse del contrario,
y hacer con cauta ligereza herida,
sin tiento andaba, en movimiento vario
la fuerza y no la cólera perdida;
y en golpes ciego, en iras temerario
a dos manos la firme espada asida,
uno se afirma a dar, y a darle entero,
hiciera dos un cáucaso de acero.
»No pudo huir el joven valeroso
el riesgo todo y cuando más no pudo,
el golpe entró a coger con brío airoso
en la sangrienta espada y el escudo;
donde al grabado acero un cerco hermoso
y de diamantes el plumero un nudo
a tierra derribó y abrió en la frente,
de roja sangre una vistosa fuente.
»Valió al doncel que por el blando viento
del corvo alfanje un tercio dio en vacío,
que, a no hallarse tan junto un fin violento
sin tiempo hiciera malograr su brío;
y entre armiños y plata el río sangriento
de rubís pareció y de nieve un río,
creciendo con los nuevos arreboles
brío en su brazo y en su espada soles.
»Y así al salir rompió con tal violencia,
que el corvo escudo y el brazal siniestro
le echó al suelo y con ellos la paciencia,
contra el bizarro ardor del doncel nuestro;
dejó el jayán la espada y sin prudencia
quiso asir con la mano el joven diestro,
que de un dulce revés a todo vuelo
dos dedos de los cinco echó al suelo.
»Tal vez así en aquel florido puesto,
cerdoso jabalí se vio acosado
de un sabueso irlandés que en contra puesto
ladrando le entretiene desarmado;
hasta que del venablo el golpe diestro,
ya por el yerto lomo soterrado
furioso cierra y quiera de esa suerte
morir matando a quien le dio muerte.
»No de otra suerte el bárbaro gigante
morir desea matando a su enemigo,
rabioso en ver que su ánimo arrogante
un desarmado niño sea el castigo;
y él con la diestra punta por delante,
por entre malla y malla abrió un postigo
al ronco pecho que arrojó con brío,
de requemada sangre un negro río.
»Venía en el servicio del rey Casto,
Altravicio, un fantástico mancebo,
de aguda presunción, de ingenio vasto,
de antiguas vidas un archivo nuevo;
momo de habilidades, cuyo pasto
fue siempre decir mal y de ese cebo,
sacó por menor paga y mayor mengua,
dos riendas en la cara y no en la lengua.
»Autor de extraordinarias opiniones,
vano hablador, baraja de porfías,
tan lleno de razón y de razones,
que venciera con ellas un Golías;
adulador, quimera de invenciones,
y por dar en privado aquellos días,
y fingirse algo allí donde era nada,
al rey acompañaba en la jornada.
»Este cobarde que huyó el primero,
viendo el temido riesgo reparado,
a hacer volvía del gallardo y fiero
con limpia espada y ánimo hurtado;
al tiempo que el gigante iba ligero
abrazarse al doncel y él, recatado
le barrenó de una estocada el pecho,
y dándole lugar pasó derecho.
»Fue a dar con el bascoso desatino
en el vano Altravicio, que venía,
cayó sobre él y como león hambriento
a rabiosos bocados le comía;
y el que en su boca nunca tuvo tiento,
muriendo en otra, conoció aquel día
que es justo el cielo en que permita y quiera
que allí cada uno con sus armas muera.
»Ya el preso rey en su carroza estaba
de la sangrienta lid un largo trecho,
con diez soldados, cuya vista brava
cobarde hacia al más valiente pecho;
síguenle algunos, pero el que llegaba
no era al segundo golpe de provecho
hasta que ya el doncel, muerto el gigante,
gallardo a su pesar pasó adelante.
»Mató un caballo y manca la carroza
el curso refrenó y un diestro moro,
Alcambisto nacido en Zaragoza,
alcaide en Portugal, casado en Toro;
de anciano parecer y sangre moza,
armado en blanco con plumajes de oro
a encontrallo salió y pudo encontrallo
sino cayera su andaluz caballo.
»Pasó furioso el moro, el doncel, visto
su riesgo, revolvió más concertado,
dando al segundo encuentro de Alcambisto
de roto escudo un cerco destrozado;
por donde el hierro de la lanza listo
pasó el acero y parte del costado,
quedando sin escudo y sin sentido,
y el buen caballo en un cuadril herido.
»Grande fue el golpe y grande su castigo
y la pena también ejecutada,
que con ser él autor, yo fiel testigo,
pienso que su verdad, verdad soñada;
pues hecho dos de solo un enemigo,
con tal velocidad corrió la espada,
que rebanando acero, carne y hueso
sacó el caballo, un monstruo horrible en peso.
»El del doncel cayó ya sin aliento,
de la fuerza que puso en la herida,
al dar el desigual golpe violento
en la feliz segunda arremetida;
saltó el joven, pisó el prado sangriento
de adonde con veloz arremetida
a la carroza fue a quien por parallos
las piernas cortó a tres de seis caballos.
»Púdolo hacer sin riesgo, que los nuestros
ya conociendo la victoria ufanos,
que del tierno doncel los golpes diestros
con tanta admiración les dio en las manos;
en el herir y en el huir maestros
rodearon los rendidos africanos,
que allí pagaron la traición urdida,
o con la honra huyendo o con la vida.
»El herido doncel, tras un caballo
de los que al rojo campo andaban sueltos
al ciego bosque entró y por alcanzallo
en la morisca lid, nos dejó envueltos;
Ninguno le siguio ni fue a buscallo
hasta que ya de la victoria vueltos,
de alegre gusto y de despojos llenos
su singular valor echamos menos.
»El rey que vio su libertad y vida
deberla toda a aquella heroica espada
y la honra y majestad antes perdida
con sus famosos golpes restaurada;
no viendo el dueño y viendo su partida
tan sin sazón ni tiempo acelerada
y que ni el sabio que antes le traía,
ni él por el campo y bosque parecía;
»a notorio milagro le tuvimos
de nuestro gran Patrón que de aquel modo
y a muchas veces batallar le vimos
y a su espada rendirse un campo todo;
otros que eran los ángeles creímos
que antes la cruz labraron al rey godo
porque de las hazañas la braveza
sobraba a toda humana fortaleza.
»Diez moros, tres fantásticos gigantes,
y otros tantos valientes caballeros.
los más de ellos caudillos importantes,
de pechos bravos y ánimos guerreros;
de otras tantas heridas penetrantes,
altivos golpes y altibajos fieros,
rendidos, libre el Rey y todo hecho,
de un tierno brazo y desarmado pecho.
»¡Quién pudiera creer que fuera humano
brazo tan tierno y pecho tan altivo,
tras la codicia de buscarle en vano,
sin poderle hallar muerto ni vivo;
hasta que por las nuevas de un villano
el rey las tuvo de él, de su ayo esquivo,
de sus heridas y el gallardo lustre
de su linaje real y sangre ilustre!
»Mas ya esto sobra a mi prolijo cuento,
y es cansarte añadir nuevas historias,
que ni son de tu gusto ni mi intento,
y las más para ti poco notorias;
y así digo, señor, que el fundamento
fue de mi daño, frágiles memorias
de mi servicios y sin culpa mía
la traidora emboscada de aquel día,
»que como del florido parque el daño
nació, en que iba a hospedarse el rey seguro,
de Filarco y de mí temió el engaño,
y sospechas cobró del fuerte muro;
mandó a arrasarlo y con rigor extraño
de estéril sal cubrir el campo duro,
y derribar por él torres y almenas
de más lealtad que de desastres llenas.
»Huyó el traidor alcaide, con que puso
escrupuloso el rey de nuestro trato,
y aprendernos de hecho se dispuso,
por ser tan justiciero como ingrato;
que olvidar los servicios es el uso
que en la corte se vende más barato,
y el que ni muda ley, ni guarda leyes
desde el menor lacayo hasta los reyes.
»Esta es la historia y curso de mi vida
y la traición que aquí me trajo preso,
con otras circunstancias añadida,
de menos importancia y de más peso;
mas porque no sea del todo desabrida,
ni dura mi prisión, ahora tu seso,
señor, la temple y si te viene a cuento
dime quién eres, para no ir a tiento.
»Que si por la presencia he de juzgarte
templanza, autoridad, talle y figura
bastante causas dan de respetarte
tu mucha gravedad y compostura;
y aquesta misma estimación es parte
de hacer la mía en tu valor segura
y que desee saber con fundamento,
que aire alteró de tu fortuna el viento».
Así Teudonio dijo, el de Saldaña
con pecho y corazón sobresaltado,
como que en una historia tan extraña
algún caso le toque no pensado;
oyendo del doncel de la montaña,
niño de tierna edad y ánimo osado,
de sangre Real, la suya alborotada
así con voz le respondió turbada:
«Señor, si desde luego no he traído
a tus pies con humilde reverencia,
aquel respeto a tu valor debido
y el que pide y se debe a tu presencia;
esta dura cadena lo ha impedido,
y el no fiarme aquí de la experiencia
para creer que a un príncipe tan alto
Fortuna obligue a dar tan bajo salto.
»Mas ya que el tiempo por consuelo mío,
quiso igualarte a mí en tu desventura,
y que de mi Fortuna el desvarío,
con otro mayor cure su locura;
en mi intención y tu valor confío
que alcanzaré perdón y honra segura
de quién la puede dar al mundo todo,
o preso o libre de cualquier modo.
»Perdona si dilato y no te digo
todo el secreto y casos de mi vida,
que la honra que me hizo igual contigo
no la quiero tan presto ver perdida;
hasta pedirte ahora como amigo
y no como inferior dejes cumplida
tu historia, y me declares si has sabido
quién fue el doncel tan bien encarecido.
»De dónde vino a volverse tan presto,
un tierno niño y un jayán tan fuerte
que lo deseo saber, para atrás esto
en todo sin estorbo obedecerte;
perdóname, señor, serte molesto,
que el ver tan llena mi felice suerte
de tu afabilidad y gracia ha sido
quien me ha vuelto enfadoso de atrevido».
Don Sancho así, con pecho alborotado,
aún sin saber de qué y con voz prudente,
humilde, al gran Teudonio y reportado
el nombre pide del doncel valiente;
cuando del dulce estilo acariciado,
término cortesano y elocuente,
del preso ignoto en gravedad compuesta
esto dio a su pregunta por respuesta:
«En triunfo triste y suspensión callada
el destrozado rey daba la vuelta
del riesgo aún la persona alborotada,
y en deseos de venganza el alma envuelta;
cuando al sordo bajar de una cañada
de los cristales de Ezla, en flores vuelta
de ellas cubierto el rústico Silvano
salía de tu vecina selva al llano,
»y ante el brioso alazán que el rey traía
postrado con medroso encogimiento:
“Señor, dijo, a la humilde choza mía
que a los pies tiene de este monte asiento;
a la hora vino ayer, que se fue el día
a la alegre vista de un doncel sangriento
con un viejo sagaz que era su guía
y a tu real mano este papel envía.
»Por enjugar la sangre a las heridas
del amado doncel, paró un instante,
y en bálsamos de yerbas conocidas
mitigado el dolor, pasó adelante”.
Del Casto rey las nuevas recibidas
en gusto general, ver lo restante
en el papel mandó y el que servía
de secretario dijo que decía:
»”Al Casto Alfonso, el mago Orontes griego,
salud y muerte al bando sarracino,
cual la que el cielo hoy dio al del río Mondego
estorbo de tu gusto y mi camino;
él mismo esta partida ordena y ruego
al curso eterno del volar divino,
por tales puntos sus estrellas guíe,
que a tu honra bienes sin cesar envíe.
»El tierno brazo que con nueva espada
hoy hizo estreno de ella en tu servicio
y de bárbara sangre barnizada
dio de las suya real bastante indicio;
no ha vuelto su partida acelerada
antojo nuevo de inconstante vicio,
mas celestial impulso que le llama
por este curso al colmo de su fama.
»Conviene a la salud y al noble aumento
de su importante nombre esta partida,
a tiempo volverá que más contento
que pena ahora cause en su venida;
que yo que solo a tu servicio atento
mi tiempo gasto y trazo el de su vida,
muerto hoy sin su favor te vi en mi ciencia
y ahora en riesgo a él si no hace ausencia.
»Esta causa nos lleva, esta nos pudo
a tus montes volver de los de oriente
después que en turbio cielo y día sanudo
niño en Miduerna le robé a tu gente;
dos llenos lustros en silencio mudo
de España, por más bien ha estado ausente,
probando en el honor de hechos preclaros
la noble vida de sus miembros caros.
»No en deservicio tuyo el robo ilustre,
mas en favor de su importante vida
el Hado le trazó, porque deslustre
su espalda el golpe de la más temida;
al fin, del reino el bien, de España el lustre,
es sangre de la tuya producida,
tu sobrino Bernardo aquel que ha sido
tan llorado este tiempo por perdido.
»De Francia no te altere el rompimiento
si guerra da a tu oferta en vez de gracias,
que es nube hinchada de ambicioso viento
que en daño suyo ha de llover desgracias;
y de tu gran sobrino el firme aliento,
así sus brios y sus fuerzas lacias
de un golpe dejará que sea testigo
él, de ser sangre tuya y yo tu amigo”.
»Esta en suma es la carta, mas quien sea
el sobrino del rey y por qué vía,
junto de Oviedo en una alegre aldea,
donde la Corte un tiempo residía;
en gallardo ademán y real librea,
una infanta bellísima vivía,
niña de tierna edad y alma lozana,
y del rey Casto Alfonso única hermana.
»Siendo el padrino Amor, en lazo ardiente,
unió con ella un conde de Saldaña
de la gótica sangre descendiente
y de la nata del valor de España;
privado ilustre y de su rey pariente
mas en una desdicha todo daña
y así no valió al Conde en cosa alguna
amor, privanza, sangre ni fortuna.
»Tomó en agravio el rey lo que pudiera
a feliz suerte de su hermosa hermana
si el real respeto con rigor no fuera
contrario en esto a la razón humana;
quiso que el conde en larga prisión muera
y en clausura la infanta soberana,
nacido de ella ya el doncel gallardo
que de su abuelo se llamó Bernardo.
»Crióle el Casto rey con nombre de hijo
tiernos gustos de amor y fe paterna
hasta que en la ocasión de un regocijo
el sabio Orontes le robó en Miduerna;
la causa, ni la sé ni nos la dijo,
ni de donde nació amistad tan tierna
con el doncel y con el rey gallego,
siendo el uno español y el otro griego.
»El Casto con la alegre nueva ufano,
del doncel ya llorado por perdido,
viéndole vivo y por su altiva mano
a su primer grandeza reducido;
ni al moro teme ni al poder cristiano
de la experiencia y la esperanza asido
antes para la guerra venidera
solo que vuelva su sobrino espera.
»Y si no son lisonjas de la fama
o el tiempo sin sazón corta la espiga,
no hay lengua en cuanto España se derrama
que otras grandezas que las suyas diga;
uno Marte español, otro le llama
Alcides nuevo y todo en voz amiga
celebra, ora de vista, ora de oídas,
sus cosas grandes, ciertas o fingidas.
»La guerra con Francia está aplazada
del mundo sin por qué mortal ruina,
es toda de ambición ocasionada
y de imprudente traza repentina;
mas ¿qué accidente o causa no pensada
a tal congoja y lágrimas te inclina?
¿Qué desgracia o pasión puesta en olvido
mi cuento a la memoria te ha traído?
»Si es por hallarte sin por qué enterrado
a tal sazón en sótanos estrechos,
que cual yo pienso, el ocio desalmado
carcoma es interior de honrados pechos;
el reino está y el rey tan apurado,
de hidalgos que lo sean en sus hechos,
que no solo abrirá esta cárcel fiera,
más aún las de la muerte si pudiera.
»Mitiga ahora, señor, tu acerbo llanto
y de cualquiera causa que proceda
qué podré hacer por ti, me advierte en tanto
que este altibajo de fortuna rueda;
que tu valor en mí a podido tanto,
que nada el mío te negará que pueda,
ora vaya en tu dicha, ora en la mía,
el desear yo tanto tu alegría».
Dijo y el preso conde a sus razones:
«Oh, invicto don Teudonio, cuán al vivo
tus palabras descubren los blasones
de la real sangre por quien muero y vivo;
No tiene ni ha tenido el rey prisiones,
cárcel cruel ni calabozo esquivo
que puedan agraviar y hacer ultraje
a quien no fuere de tu real linaje.
»Y así, lo que pudiera al más perdido
ser provecho y favor a mí me daña,
pues mi culpa mayor es no haber sido
de la sangre real la mía extraña;
yo soy, si acaso soy, primo querido,
el desdichado conde de Saldaña,
que tanto ha que enterrado y muerto vivo
que no sé si me vi algún tiempo vivo».
»¡Oh cielo santo!, don Teudonio dijo,
¡Posible es que veo viva la persona
así agraviada del valiente hijo
del conde de Saldaña y Barcelona!
¡Oh humano engaño! ¡Oh corto regocijo!»
Mas ya a mi voz el llanto desentona
que venturas halladas en cadenas,
solo para lloradas salen buenas.
Otra vez cantaré de los varones
el muerto gusto de su alegre vista,
sus mal afortunadas pretensiones
que una desgracia no hay quien la resista;
y ahora entre los franceses escuadrones
sus fuerzas toda la fortuna alista
y en sonando de Marte el ronco acero,
ningún atento gusto queda entero.
Cargada de favores de fortuna,
altiva estaba la indomable Francia,
su fama por el cuerno de la luna,
y sobre el mismo rumbo la arrogancia;
sin triste azar, sin disonancia alguna,
sin guerra ni enemigo de importancia
y solo contra España declarado
el orgulloso brío de su estado.
De galas llena y bélico aparato,
su imperial ambiciosa corte crece
y en pompa ilustre da vivo retrato
de cuanto en gusto humano se apetece;
a quien de la fortuna el rostro ingrato
ahora agradable sus favores crece,
y al viento hinchado de su Luna llena,
la hueca trompa de la Fama suena.
Por la real sucesión al reino hispano
alarde hizo el placer de esta riqueza,
y en laurel victorioso el pueblo ufano,
ceñida al César dio la real cabeza;
mas de un signo infeliz el curso vano
templó al público estruendo la grandeza
y en su contrario aspecto pudo tanto,
que el común regocijo volvió en llanto.
Y en astas de oro deslumbrando el viento
sus victoriosos estandartes planta,
cuyo altivo y revuelto movimiento
si a unos causa placer, a otros espanta;
ya entre su alegre tremolante aliento
sus triunfos cuenta, sus victorias canta
y en públicos carteles de alegría,
fiestas aplaza y les señala día.
Dar en pomposo alarde los trofeos
que el tiempo dio a sus ínclitos varones,
la no vista creciente de deseos,
las conquistadas bárbaras naciones;
será gastar el tiempo con rodeos,
y por cortar la letra hacer borrones,
que es querer cifrar mucho en breve suma,
cargar de tinta sin sazón la pluma.
Otra musa los cante si tuviere
con más obligación menos cuidados
que la mía en su tasada pluma quiere
casos forzosos y esos limitados;
pues de los cortos bienes que escribiere
hasta los dejos quedan olvidados,
y al gusto humano no hay dolor más grave
que el bien pasado, en quien sentirlo sabe.
Solo unas fiestas pediré a la Fama,
que así ensancharon con su trompa el vuelo
que no en más partes de su luz derrama
rayos al mundo el dios que nació en Delo;
si el tronco se conoce por la rama,
esta en que se enramó y se enredó el suelo
se llame, en cuanto ronda y ve la luna,
rama del mayor tronco de Fortuna.
Por suyo en Perpiñan tenían el día
que se diesen los muros de Girona,
Girona, a quien el César pretendía
por orla nueva a su imperial corona;
mas ya entibiado el punto a la alegría
con el desprecio de la real persona
que España no estimó, por ser cabeza
pequeña a su magnánima grandeza.
La vuelta de París tomó, dejando
al grave Orlando el peso de la guerra,
donde en su parlamento platicando
la sucesión de la asturiana sierra;
que en derecho le funden, pide el mando
y acción que tiene a la española tierra,
si hay alguna o quien sombra de ella saque
pues basta a la ambición cualquier achaque.
¡Cuán raras veces la verdad desnuda
hasta el real dosel va sin sospecha
de adulación, que la transforma y muda,
y entre oropel la dan lisonjas hecha!
¡Guísanla porque suele amargar cruda,
y tales salsas el engaño le echa,
que con el amor propio la hace al justo
maná que cuadra y viene a cualquier gusto!.
Como al triunfante hijo de Pipino
que en verle al español cetro inclinado
no hubo voto ni voz de paladino
de contraria opinión en el senado;
todos firman y afirman que en divino
y en humano derecho está fundado,
que entre y suceda en el distrito hispano
o rey francés o emperador romano.
Como rey tiene ya el primer derecho
de la renunciación que el Casto hizo,
y como emperador, es el derecho
sucesor y el que hoy reina advenedizo;
esto Turpín, un gran Licurgo hecho,
dio por su parecer y le rehizo
don Reinel con el suyo don Grimaldo,
el conde don Galván y el rey Geraldo.
Y bien que cada cual por su camino
y a diferente pretensión guiado,
de derecho dan nombre al desatino,
de una ciega ambición ocasionado;
solo el anciano Malgesí adivino,
en los agüeros de Merlín fundado,
en pie se levantó y en voz severa
a su príncipe habló de ésta manera:
«Es el ser singular tan peligroso
en resueltas materias de importancia,
que aún acertando queda un hombre odioso,
y en manchadas sospechas de arrogancia;
pues ¿qué será si el caso está dudoso
y en la opinión contraria la ganancia
y el parecer opuesto y descuidado
del gusto que ha de ser aconsejado?
»Servirá solo de quedar corrido
quien a todo este riesgo se arrojare,
mas no por esto un pecho bien nacido
es bien que en miedos y sospecha pare;
yo, señor, de esta junta he conocido,
que quién el gusto tuyo reforzare
con su opinión será, decirlo quiero,
el mejor capitán y consejero.
»Por eso no hay en todo el parlamento
voto por escribir, ni firma en blanco,
que ha descubierto ya en tu real intento
para sus tiros la lisonja el blanco;
y así en lo que ahora por servirte intento
temo que ha de salir la suerte en blanco
que te veo ya resuelto ya por mil modos
y es mucho ir uno solo contra todos.
»Pero la fe me obliga y la obediencia,
que como a mi señor y rey te debo,
a pedir, no que mudes la sentencia,
que esto es ya mucho aún parecer tan nuevo;
mas que se mida con mayor prudencia
lo que quizá, a decirte no me atrevo,
medroso que mis dichos verdaderos
no les llamen, mudado el nombre, agüeros.
»Vanamente se funda quien te dice
que a Francia incumbe España por derecho,
si la antigüedad sabia contradice
con su razón a la opinión y al hecho;
por bien que con lisonjas autorice
tu gusto en esto más que tu provecho,
verá, si ver quisiere, libre a España,
de ajeno cetro y dependencia extraña.
»Si atiendes al antiguo origen suyo,
fundada fue por el primer hermano
de Noé bisnieto, si al derecho tuyo,
del rey francés o emperador romano;
antes que el franco Merobeyo cuyo
cetro ha venido a tu prudente mano,
Ataulfo fueron y Alarico Reyes,
que a Italia, España y Francia dieron leyes.
»Y si tu pueblo no se precia en vano
de ser un hijo de Héctor descendiente,
y él de Príamo y ambos del troyano
Dárdano, de Atlante ítalo pariente;
siendo el decimoquinto rey hispano
de España es el origen de tu gente,
y ella, de quien nació en nuestro hemisferio
la antigua Troya y el romano imperio.
»Esta es la antigüedad, cuanto al derecho
que en la renunciación has adquirido,
si pudo darte alguno el Rey de hecho,
ya de hecho también lo ha suspendido;
ni tengas por ofensa lo que ha hecho,
pues tu grandeza en nada ha descrecido,
que no está en muchos reinos ni en tenellos,
sino en un pecho real y digno de ellos.
»Cuanto más que si el rico y fértil suelo
de España puede con sus venas de oro
dar codicia, también dará recelo
ver que leones guarden su tesoro;
trueca, señor, la impresa, trueca el celo
y el riesgo del cristiano al pueblo moro
sientan Valencia y Aragón, tu saña
que eso es ganar y no perder a España.
»Sabe que del gran mundo en lo secreto
por donde el cielo sus discursos guía,
el hacedor del tiempo, en los efectos
a España ofrece eterna monarquía;
y en inviolable pactos y decretos
a sus reyes y real genealogía,
lo que hay desde la aurora, hasta donde
el sol alumbra cuando aquí se esconde.
»Yo así al cielo lo oí y así de un sabio
está en firmes figuras definido
y en justa pena, a un ambicioso agravio
un dragón de oro ante sus pies rendido;
hable a su antojo el lisonjero labio,
yo solo digo y sé lo que he leído,
y que va ya en los fines de su cuenta
el riesgo, la venganza y la afrenta».
Así dijo y del grave parlamento
no quedó quien en ánimo y semblante
no aprobase con nuevo encogimiento
de su razón la fuerza por bastante;
de la eficacia el vivo sentimiento,
de la resolución el brío importante
que la clara verdad se trae consigo,
sin respeto de amigo ni enemigo.
Era de insigne crédito la ciencia
del sabio, por los cursos de Aqueronte
y el lustre de la noble descendencia,
de ambas sangre Mongrana y Claremonte;
quien le hizo el oráculo y prudencia
que al gobierno imperial más pese y monte,
por ser príncipe y sabio, que en efecto
es bueno un gran señor para discreto.
Ya reducido a plática ordinaria,
un sordo hablar corrió por el senado,
quién dando ésta razón, quién la contraria,
conforme a su intención o su cuidado;
el César de opinión perpleja y varia,
ni del todo resuelto ni mudado,
entre un discurso y otro divertido,
de la ambición y la razón herido.
Cuando del falso bando de Pontiero
el traidor Galalón ardiendo en ira,
con rostro grave y con desdén severo,
así al César habló y a solo él mira;
«Si lo que con palabras decir quiero,
con la luz lo dijera que me inspira,
vieras, señor, ser aire sin cansarte
los montes con que piensan espantarte.
«Pero si la razón ha de ir vestida
como a la guerra armado el caballero,
yo que no oí retórica en mi vida,
ni me armé de papel sino de acero;
quizá no acertaré a dar la medida,
que soy soldado al fin, no palabrero,
mas si aquí fuere corto, en la jornada
más que sus lenguas cortará mi espada.
»Y tú, invicto señor, César Augusto,
a quien en triunfal carro de leones,
ya con brazo enfrenar veo robusto
las españolas bárbaras naciones;
manda callar los magos, que no es justo
que agüeren tu valor supersticiones
ni como a niño con asombros vanos
quieran atar tus victoriosas manos.
»Si Malgesí con loco fingimiento
así no admite en el saber segundo,
que él solo vió de Adán el testamento
en los agudos reyes manda el mundo;
lo que en sus vueltas guía el firmamento,
lo que las gentes trazan del profundo,
lo que es, lo que ha de ser y lo que ha sido
con un lazo lo vió en un bosque asido
»cuando en venganza pública colgado
de un pie le tuvo el risco de Miduerna,
dándole el infernal cuaderno amado,
afrenta humana en penas de la eterna;
si allí su ciencia le dejó burlado
en causa leve y ocasión tan tierna,
¿Por qué se finge de saber profundo
en la revolución de todo un mundo?
»Los ciegos ojos a la luz presente
soñando quieren ver lo venidero,
y con vano temor a un rey prudente
hacer lo que no harán brazos de acero;
si la española a la francesa gente
origen dio y su cuento es verdadero,
el reino es nuestro a tierra propia vamos
los godos nos la usurpan ¿qué esperamos?
»Mas no es justo se admitan sus razones
en discurso gentil ni ánimos puros,
ni en grave junta de ínclitos varones,
mágicos hablen, lóbregos y oscuros;
allá en ciegos desvanes y rincones,
sus cercos formen, recen sus conjuros
y solo suenen los reales techos,
nobles palabras de hidalgos pechos.
»Si el Casto rey te dio su cetro y silla,
y a instancia ya del reino te la niega,
tu valor tiene en poco el de Castilla,
pues a no te estimar por su rey llega.
¿Cómo dice la mágica cartilla
del que a ti te predica y él reniega,
que en esto no te ofende ni lastima
si un reino tu grandeza desestima?
»Es ignorancia de quién solo sabe
descalzo andar entre papeles y untos.
¿Quién hizo al vano Malgesí tan grave
que a medir llegue del honor los puntos;
y que el tuyo y el nuestro menoscabe
pudiendo él solo más que todos juntos
y siendo en su decir el vano adorno,
mancha a tu fama, a tu opinión soborno?
»Al fin, señor, el parecer más sano
de estos invictos príncipes y mío,
a tu grandeza y nombre soberano,
y a la reputación del francés brío;
es que, a pesar del mundo, por tu mano
conquistes el gallego señorío,
y pues la tierra a tu derecho toca,
tuya será, que aún para tuya es poca».
Dijo, y mirando con desdén severo
al francés sabio reventando enojos
riose, haciendo escarnio altivo y fiero
y él centellando fuego por los ojos;
al libre hablar del magancés parlero,
fundado del rey Carlo en los antojos,
la mano quiso, ya en la espada puesta,
darle en ella librada la respuesta.
Alterose el confuso parlamento,
y en nuevas opiniones dividido,
con riesgo de un notable atrevimiento,
el hablar castigara desmedido;
si el grave César desde su alto asiento,
para apagar el fuego ya encendido,
no mandara salir, aunque agraviado,
al sabio y a los suyos del senado.
Tenía facundia el magancés astuto
y gracia en persuadir cuanto quería,
o fuese de la yerba moli el fruto,
que Alcina de su huerto le dio un día;
o porque con lisonjas el más bruto
dar gusto sabe y Galalón sabía
disimular las suyas de manera
que un Argos vuelto en lince no las viera.
Y entonces fue su hablar general gusto,
por el que a todos daba la jornada
y porque al cielo en su castigo justo,
el mismo delincuente da la espada;
faltó del parlamento el brío robusto
del grave hijo de Amón, siendo agraviada
la autoridad del sabio no admitido
Maganza victoriosa y él corrido.
Pero antes de salir de la gran sala,
así al senado dijo, un áspid vuelto:
«Aunque ninguna recompensa iguala
mi agravio, ver al rey francés resuelto;
en el consejo y la intención más mala
que el mundo vio para quedar revuelto,
me lastima, que siempre un noble pecho
más mira el bien común que su provecho.
«Mas, si ya es la desgracia irremediable,
y el veneno hasta el alma ha penetrado,
si el mundo y su grandeza deleznable
límite tiene y curso señalado;
si contra el Hado y suerte inevitable
no hay fuerza real ni imperio reservado,
caiga la francés pompa, caiga hambrienta
de humana sangre y vénguese mi afrenta.
»Que yo os anuncio y pongo por testigos
de esta verdad cuantas el mundo encierra,
que de todos los príncipes amigos
que a ver llegaren la española tierra;
cuando quieran contar los enemigos
los que vivos salieron de su guerra,
les sobrarán, si mi saber no es vano,
dos dedos de los cinco de la mano».
Dijo y dejando al grave parlamento
parte confuso y parte acobardado,
con inviolable y firme juramento
de no volver, se va hasta ser vengado;
y al deseado Reinaldos por el viento
a pedir fue, donde le había encantado
un hada en los reinos del Oriente,
justa venganza al deshonor presente.
El rey con los demás que en su consejo
a la revuelta de él mueven el labio,
unos de incauto y de caduco viejo
y otros nombre se dan de noble y sabio;
hasta que al fin, con altercar perplejo
de varios pareceres, en agravio
de mal aconsejado Carlo Augusto,
los más discordes quedan de su gusto.
Y ya de esta imprudente opinión todos,
en la del falso Galalón fundada,
que cruel pretende por diversos modos
la imperial majestad ver acabada;
contra el estrecho reino de los godos
sangrienta guerra queda declarada,
y que a las flores de abril siguiente
campo se forme y se levante gente.
Que el galán Durandarte a Desiderio
su gente haga bajar de Lombardía,
y Galalón las fuerzas del Imperio
en Bretaña reforme y Picardía;
que a Roldán se de aviso y a Silverio,
Marqués de Fox y duque de Pavia
que, concluido el cerco de Girona,
por Perpiñan descienda hacia Narbona.
Que dejando presidio suficiente
al real de Barcelona y Cataluña,
con lo sobrado marchen de la gente
por Cominges derechos a Gascuña;
donde en todo el florido abril siguiente
del campo el resto llegue y con la uña
del águila imperial haciendo garra,
por Roncesvalles se entren en Navarra.
Y que entre tanto las famosas fiestas
que en Perpiñan se dieron aplazadas,
en París se prosigan y en compuestas
barreras y soberbias palizadas;
los estandartes y banderas puestas,
levanten gente y den armas grabadas,
sin que haya cosa en cuanto el reino encierra
que no sea asombro y gallardía de guerra.
Esto salió por último decreto
del francés parlamento y grave junta
mas mientras al ponerlo por efecto
la gente y el ejército se junta;
y en medido escuadrón se ve en perfecto
las lanzas cuento a cuento y punta a punta
con grato gusto quiero del oyente
un oculto secreto hacer patente.
Praxitel, sabio y noble estatuario
primero de Corinto, recogía
el oro, el bronce duro, el jaspe vario
del Tínaro, y de Ormuz la pedrería;
el rojo azófar, el luciente pario,
el verde mármol que la Etolia cría,
abriendo, después de ello, sus buriles,
vueltos divinos, láminas sutiles.
¡Oh, cuánto ha menester quien lo escribe
vestirlo piensa de inmortal memoria,
y en cuerda alma y cuidado fiel concibe
el parto heroico de una grave historia!
¡Qué fácil al principio se recibe
la impresa! ¡Qué dudosa es la victoria!
¡Qué de caudal, estudio y advertencia
pide en rigor cualquiera menudencia!
Sabroso estilo, espíritu templado,
heroica voz, lenguaje casto y puro,
ni plebeyo en lo humilde, ni pesado
en lo soberbio, ni en lo grave duro;
ni altivo, ni arrogante, ni afectado,
ni largo, estéril, ni por breve oscuro,
ni que en regla y compás jamás se aparte
freno a la lengua y al ingenio el arte.
Buena elección para la traza y modo
y para el disponer perseverancia,
y una firme paciencia, sobre todo,
contra un censor hinchado de arrogancia;
que da, en soberbia presunción, del codo
a la mayor dulzura y elegancia,
y no hay espejo de cristal de roca
que no empañe el aliento de su boca.
¿Quién se libró del riesgo de una falta?
¿Quién se dio a todos gustos por cumplido?
¿A qué regla o compás no sobra o falta
en lo más ajustado y más medido?
No hace el brazo mortal raya más alta
nadie puede dar más que ha recibido
a alcanzar con mi pluma adonde quiero,
fuera Homero el segundo, yo el primero.
Mas contra el ciego error de una quimera
cien Midas hay si un sátiro no falta
y así, anudando la razón primera
del cuidoso desvelo en no hacer falta;
el que en estilo grave y voz severa
antigua historia escribe heroica y alta
porque contra mi crédito no lleve
don Teudonio esta falta, por ir breve.
Si algún cuidado a su discurso atento
saber deseare en este heroico paso,
con más adelgazado fundamento
del robo ilustre el importante caso;
que a Orontes trajo por el blando viento,
del Oriente a los reinos del ocaso,
quien le dio nuevas de Bernardo y cómo
con un hecho salió de tanto tomo.
Quién le obligó a encargarse del infante
qué gusto, qué interés por esta vía,
la voluntad del sabio nigromante
a tan nueva lealtad y amor movía;
todo fue de un gran fin causa bastante,
direlo, si a la heroica musa mía
del oyente otorgare la paciencia,
para una breve digresión, licencia.
Y que por esta sola vez rompiendo
la brevísima acción y corto asunto,
que a toda prisa y brevedad siguiendo
desde el primero voy a postrer punto;
pueda volver atrás, donde, cogiendo
el agua en su principio todo junto,
con clara brevedad se entienda y vea
cuanto aquí falta y el lector desea.
Yo al punto volveré de mi victoria
a nueva diligencia y paso largo,
que es breve el tiempo y grande la memoria
que para darla al mundo está a mi cargo;
pues luego que de amor la dulce gloria
al conde y a su esposa en llanto amargo
el Casto rey volvió y en noche escura
uno puso en prisión y otro en clausura.
A Bernardo crió en mantillas de oro,
con nombre de hijo y con igual cuidado,
guardando a su real sangre el decoro
y a la alta estrella de su invicto hado;
cuya luz dijo que del pueblo moro
verdugo cruel sería en campo armado,
y los agudos filos de su espada
muro invencible de su patria amada.
Entre los que en sagaz destreza vana
de los astros midieron la influencia,
y del natural Hado y suerte humana
el sutil peso hallaron en su ciencia;
fue Alcina por el gusto de Morgana
y Orontes en su mágica experiencia,
por el gusto de Alcina, en cuyo gusto,
se dice que alcanzó más de lo justo.
Era Orontes un viejo descarnado,
de vivos ojos y mirar compuesto,
cetrino en la color, alto, delgado,
cuidadoso, sagaz, grave, modesto;
calvo, corva nariz, rostro afilado,
blanca la barba, en el vestido honesto,
y que en su aspecto, gravedad y talle,
velle ponía afición y gusto hablalle.
De conjurados cercos y abusiones
más que Zoroástes y Merlín sabía
ocultos pactos, firmes convenciones
con todo el reino de Plutón tenía;
con un breve carácter diez legiones
de apremiados espíritus traía
más sujetos al yugo de sus leyes
que al de un recio gañan dos tardos bueyes.
Lo que Merlín no supo que es la tasa
con que crece la mar y vuela el viento,
donde el firme pilar halló la basa
sobre que el mundo estriba y hace asiento;
quien al tiempo pasado alquiló la casa
o en qué camina tanto el pensamiento,
este sabio lo supo y mayor fuera
si solo conocerse a sí supiera.
A este entregó la cuidadosa Alcina
al tierno niño conde de Saldaña,
su noble crianza, su sagaz doctrina
al santo rito y cristiandad de España;
y que de un riesgo y muerte repentina
libre le saque su cautela y maña.
Que invidia a un gran valor siempre hizo guerra
y el del infante es único en la tierra.
Diole para esto un libro de Morgana,
que de magos el cerco más seguro
y su aspecto Plutón, a quién se allana
la ciega potestad del reino oscuro;
que al rico todos dan en pompa vana
lisonjera obediencia hasta aquel punto
que el de la muerte abraza, donde el yerno
de Ceres vive y muere en fuego eterno.
Quedó con la virtud del nuevo encanto,
Orontes superior a los más diestros,
sirviendo de aprendices en su encanto
los que antes le servían de maestros;
esto pudo el cuaderno y puede tanto
en casos venturosos o siniestros,
que trocó los del niño y le trocara
al cielo el curso, si él volar dejara.
Temían los sabios de la altiva Francia,
por ver su invicto rey en tanta alteza
del inconstante tiempo ha inconstancia
y de sus bienes la infeliz firmeza;
y los franceses magos con instancia
procuraban saber de esta grandeza
cuando se había de cansar fortuna,
y hacer menguante la creciente luna.
Entre estos Malgesí fue el más famoso,
sutil encantador, fiel estrellero,
en ahumados cercos prodigioso,
y en fantásticas sombras agorero;
en las negras cavernas poderoso,
que con ladrar asombra el can Cerbero,
donde ni alma ni sombra su horno ardiente
recuece, que a su voz no esté obediente.
Era, según Turpin, por línea recta
quinto nieto del Rey de Tuberlanda,
padre que fue de Nemia la discreta,
dueña del lago que reinó en Irlanda;
que en negra tumba y bóveda secreta
vivo metió a Merlín y en cama blanda
le encantó, donde en bosques resonantes
brama en la gruta y árboles de Armantes.
De esta los libros heredó y la ciencia
por gusto, profesión, parte y pariente
y de estudio ayudado y diligencia,
en los mágicos cursos fue eminente;
donde vio con profética evidencia
el fin cercano a la francesa gente,
y del niño español, la rica espada
de su noble sangre matizada.
Ligó en dos nuevos cercos poderosos
su filo y brazo tierno ¡Cosa extraña!
Que sus lirios se vieron victoriosos
Francia en las nubes y a sus pies España.
«Estos, dijo, no son lances dudosos
si el fingido Asmodeo no me engaña,
y hace alterar con su mudanza y truecos
las vanas sombras de estos bultos huecos.
«Este es el negro humo que compuso
la falsa secta que nació en Arabia,
el que soñó el alquimia y el que puso
en los amores la celosa rabia;
el que al mundo sacó y vendió el abuso
que con lisonjas de oropel enlabia,
el que inventó privanzas y favores
y en la corte el barniz de aduladores.
«Mas vuélvanse las cosas alteradas
al primer vuelo y lugar debido,
corran por curso natural guiadas
no con Hado violento y detenido».
Dijo y apenas de las dos lazadas
se vio el mágico nudo dividido,
cuando el mundo tembló y cayó por tierra
la flor de Francia en la gascona sierra.
Asombró al sabio de la rica espada
el riguroso golpe, asombró el vuelo
del brazo altivo y ver su patria honrada
las águilas y lirios por el suelo;
quitar quiere al doncel la vida amada,
y contra el curso del volar del cielo
detener el feliz, que por su mano
dispensa a España el brazo soberano.
Esto en un cerco Malgesí trazaba,
en ciego antojo y ánimo obstinado
cuando el niño Bernardo atento andaba
en ver volar un sacre remontado;
Orontes que también tras él volaba
sobre la alta cerviz de un grifo alado
de las naves llover se dejó al suelo
en blando curso e invisible vuelo.
Y el gallardo doncel por quién venía
en los brazos tomó y ligero vuela
y no en la silla, porque no sabría
templar el niño el freno con la espuela;
huyó con él, quedó el francés sin guía
burlada su engañosa centinela,
que es calva la ocasión y el punto de ella
que consiste en gozalla, en no perdella.
Ya del monte Ida en una alegre plaza
otra vez hizo un águila divina
de un bello niño semejante caza,
de igual beldad y gracia peregrina;
si aquel le sirvió a Júpiter la taza
de néctar en su esfera cristalina
a éste el cielo a servir le lleva y llama
honra a sus gentes y a sus siglos Fama.
Fue hecho el hurto en cercos tan seguros,
oculto apremio e invisible paso,
que a Malgesí y sus mágicos conjuros
encubierto quedó y nubloso el caso;
sus ciegos caracteres halló oscuros,
su traza sin sazón, su tiempo escaso
y su apremiada sombra vigilante
de virtud superior, vuelta ignorante.
Así al volver sin tiempo la cabeza
el músico de Tracia, en la salida
del Ténaro sin luz cuya maleza
se ve entre verdes Porfiros nacida;
vuelta vio, en aire vano su riqueza
dos veces muerta su costosa vida,
que él por temprano y Malgesí por tarde
no hay quién el punto de ventura guarde.
Esta fue la ocasión que al sabio griego
ayo le dio del español Bernardo
a éste fin le robó, éste fue el ruego
de Alcina, éste en su vida el fiel resguardo;
mas lo que Malgesí en sus rumbos ciego
ganó con fría venida y paso tardo
¿Quién lo sabrá decir? ¿Con cuyo aliento
seguir podré el alcance a tan gran cuento?
Más conviene, señor, contarlo todo
por digna prenda del valor de España
en quien el santo celo al cetro godo,
un reino prometió de gente extraña;
allí por nuevo y soberano modo
de León sonaron en la real montaña
la vez primera en aparato ufano
los mundos que hoy gobierna vuestra mano.
Allí con ciento y veinte lustros antes
que el Sol viese de España las banderas
voltear los abrasados Garamantes,
y asombrar de Etiopía las riberas;
como en sombras se vieron sus triunfantes
carros romper las tiernas vidrieras
del cristalino reino que, por muerte
de Saturno a Neptuno cupo en suerte;
y que había de ser suyo este ancho mundo,
donde el día muere de volar cansado,
con el rico tesoro en su profundo,
de rubio oro y de perlas amasado;
esto en este paréntesis segundo
es fuerza no dejarlo destroncado
que las grandes imágenes en torno
para sus llenos piden grandes adornos.
De aquí también cortó a las velas paños
de un feliz curso el nuevo atrevimiento,
con que el mago francés en vuelo extraño
de su encantado barco surcó el viento;
grandes cosas al fin de aqueste engaño
toman en este grave asunto asiento
y así, es fuerza seguirle por historia
de España digna y de inmortal memoria.
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