Poemas de Alonso de Ercilla
Poemas de Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594) fue el máximo exponente de la épica renacentista en lengua castellana. Noble y soldado, participó directamente en la conquista de Chile, experiencia que plasmó en su obra cumbre: La Araucana.
Ercilla no centra la gloria en un solo héroe español, sino que otorga una dignidad heroica excepcional a los caudillos mapuches como Caupolicán y Lautaro. Su estilo destaca por el uso de la octava real y una narrativa que mezcla la crónica histórica con elementos fantásticos y mitológicos.
A través de sus versos, Ercilla transformó la guerra de Arauco en un conflicto de proporciones universales, consolidando el nacimiento de la literatura chilena y sentando las bases de la identidad mestiza en América.
Orígenes aristocráticos y vizcaínos
«Mira Poniente, a España y la aspereza
de la antigua Vizcaya, de do es cierto
que procede y se extiende la nobleza
por todo lo que vemos descubierto;
mira a Bermeo cercado de maleza,
cabeza de Vizcaya, y sobre el puerto
los anchos muros del solar de Ercilla,
solar antes fundado que la villa.»
Inmortal testimonio
«La rabia della muerte y fin presente
crió en los nuestros fuerza tan extraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña.
Al fin dan las espaldas, claramente
suenan voces: ¡Victoria! ¡España! ¡España!»
Controvertido destierro
«Ni digo cómo al fin por accidente
de mozo capitán acelerado
a plaza fui sacado injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente
do estuve tan sin culpa molestado
ni mil otras miserias de otras suerte,
de comportar más grave que la muerte.»
La Araucana – (Obra Completa)
Introducción DON ALFONSO DE ERCILLA, Su vida y su Araucana
– I –
Oriundo de Bermeo, natural de la metrópoli andaluza y colegial de Bolonia, Fortún García de Ercilla adquirió tal renombre de jurisconsulto en Italia que el gran papa León X le quiso persuadir a fijar la residencia en Roma, a la par que se propuso el emperador Carlos V traerle al Consejo y Cámara de Castilla. Por la regencia del Consejo de Navarra y por el Consejo de las Órdenes hubo de pasar en el breve término de dos años, para ascender a la superior magistratura. De cuarenta y en Dueñas por Septiembre de fue su temprana muerte, cuando estaba designado para maestro del príncipe de Asturias. A su mujer Doña Leonor de Zúñiga dejó tres hembras y tres varones, el menor de poco más de un año, nacido en Madrid el de a de Agosto, y llamado [XII] Alonso, que es de quien se refieren aquí las vicisitudes. Su madre quedaba en situación holgada como poseedora del señorío de Bobadilla, sin venir a menos por su incorporación a la corona, pues resarcida fue con el cargo de guarda mayor de las damas de la infanta Doña María; y así tuvo proporción de hacer paje del príncipe D. Felipe al huérfano Benjamín de su casa.
Constando que el emperador Carlos había mandado escribir la obra de los Oficios de la Casa Real a Gonzalo Fernández de Oviedo, sin otro fin que el de establecer y ordenar el cuarto de su primogénito querido, según lo trazaron del todo para el príncipe D. Juan sus abuelos augustos, no se necesitan conjeturas en testimonio de que fue esmerada la educación de D. Alonso de Ercilla. Además de la enseñanza de maestros doctos, desde mancebo comenzó a reunir la instrucción variada y fructuosa, que se adquiere en los viajes y con el trato de las cortes. A los quince años salió por vez primera de España, cuando en fue el príncipe D. Felipe a tomar posesión del Brabante, y hasta acompañole por Italia, Alemania y el Luxemburgo; recorriendo así buena parte de lo mejor de Europa en ocasión de tanto brillo, siempre entre espectáculos y festejos, y alternando con los personajes de más nota. Despejadísimo y amigo de saber como pocos, naturalmente sacó buen fruto de tan sublime escuela, cuyas lecciones volvía a aprovechar en seguida, acompañando a Bohemia a su [XIII] madre, y dejándola allí con la infanta Doña María y su esposo el archiduque Maximiliano. Entonces le fue dado visitar el Austria, la Hungría y otros países del Norte; y explayándose más y más en su espíritu juvenil y ardoroso, no concebía sino ideas elevadas, ni su corazón se alimentaba más que de sentimientos de honor y de gloria. Corta residencia hizo en España a la vuelta del segundo viaje, y al tercero salió en con el príncipe D. Felipe, ya rey de Nápoles y próximo esposo de Doña María de Inglaterra en segundas nupcias, solemnizadas con espléndidas fiestas, cuyas descripciones llenas las historias. De qué modo influyeron sobre el ánimo de Ercilla no es posible determinarlo a fondo; por inferencia cabe acaso decir sin yerro que no le satisfacía el regalado bullicio de los palacios, y que sus ímpetus le aguijaban a mudar prestamente de vida.
Aún colmaba de agasajos al rey Felipe la corte de Londres, cuando a Europa llegó noticia alarmante de las turbaciones del Perú y de Chile, promovidas las primeras por la deslealtad del cruel Francisco Hernández Girón, y las segundas por el amor de los araucanos a la nativa independencia. Virey del Perú fue nombrado el marqués de Cañete, D. Andrés Hurtado de Mendoza, y Adelantado de Chile se hizo a Gerónimo de Alderete, varón afamado allí por su buen seso y por su arrojo. En Londres le conoció Ercilla, y entusiasmado con la relación de sus fatigas y aventuras y con la poética descripción de tan [XIV] remotos países, anhelante por correr mundo, ansioso de lauro, e inducido por su enérgico temple a conseguirlo entre la agitación de las campañas, mejor que entre el ocio de las cortes, a ir en compañía del Adelantado se determinó por impulso propio; y obtenida licencia del rey Felipe, muy alegre se ciñó espada, y hacia el año de y desde la cubierta de un barco divisaba las costas españolas cada vez en más lejano horizonte, hasta perderlas de vista sin derramar llanto.
Siempre extasía la contemplación del Océano tranquilo o proceloso: Ercilla lo surcaba en edad florida y con numen lozano: fijamente había alcanzado a algunos contemporáneos de Cristóbal Colón y de los Pinzones, y conocido a bastantes de los asistentes a las conquistas de los imperios de Motezuma y Atahualpa: sin duda por lecturas estaba al tanto de los sucesos del Nuevo-Mundo: a bordo se hubo de enterar de los de más reciente fecha por voz de testigos oculares y aun quizá de actores; y de cierto oiría embelesado una vez y otra a Gerónimo de Alderete hablar de Chile y del Arauco. Poco interesa averiguar si fue su navegación larga o corta; verosímilmente los días se le volaron fugaces bajo la intuitiva y doble impresión de pasmosos recuerdos y de mágicas esperanzas, hasta que en el curso del viaje le sobrevino gran desventura. A su entrada en la vida se había quedado sin padre, y ahora faltole valedor al principio de su carrera, pues murió Alderete [XV] en el istmo de Panamá y cerca de la pequeña Taboga. Desamparado siguió hacia Lima, donde ya Hernández Girón había pagado sobre el patíbulo sus traiciones, y desde donde el marqués de Cañete se aprestaba a enviar socorros a Chile.
En aquella región apartada y descubierta por Diego de Almagro, pronto hizo asiento Pedro de Valdivia, fundando a Santiago, la Imperial y otras ciudades; recientemente le habían derrotado y muerto los araucanos, y Francisco de Villagrán le sucedió al frente de los españoles, puestos otra vez en fuga por Caupolicán y obligados a abandonar la ciudad de la Concepción a los vencedores. De resultas al virey del Perú llegaron mensajeros en demanda de auxilios y de su hijo D. García Hurtado de Mendoza con la investidura de jefe. Mancebo era de veintiún años, si bien de tan acreditados bríos que no se podía atribuir la ardiente súplica a ruin lisonja. Ya había asistido en Córcega a la expulsión de los franceses, y en Toscana a la toma de Sena bajo las órdenes de Don Alonso de Lugo, y en Flandes y a las del emperador Carlos al triunfo obtenido junto a Rentin contra Enrique II de Francia, obrando siempre como quien arrostraba los peligros por natural hervor de la sangre, tras de abandonar su casa y emprender la profesión de la milicia sin el beneplácito paterno. Ahora lo obtuvo amplio, y hacia Chile despachó socorros por tierra, tomando en persona el mismo rumbo desde el Callao y con la gente principal en [XVI] naves. A bordo fue también D. Alonso de Ercilla, esperanzado en medrar bajo el nuevo jefe, a quien llevaba dos años, y conocía desde Madrid y Londres.
Felizmente surgió la flota en Coquimbo: dos leguas adentro se alzaba la Serena, donde se detuvo D. García lo necesario para que su autoridad fuera acatada por todos, aun a costa de imponer prisiones y castigos severos; y otra vez en franquía las naves, tras de sufrir deshecha borrasca, por mayo de surgieron en la isla de Talcaguano. Pacífico mensaje del Arauco recibió allí el jefe; mas, sospechando que sus caciques prevenían las armas, a tierra firme dispuso que pasaran ciento y treinta jóvenes de los más intrépidos y robustos, para levantar un fuerte junto a la costa. Entre ellos fue D. Alonso de Ercilla, siempre alentado a dar un tiento a la fortuna; y por igual señalose al prevenir la defensa en un día que al repeler el asalto de ocho mil araucanos en de Agosto y después de más de seis horas de combate. Dentro del fuerte de Penco se mantuvieron los españoles hasta llegar los caballos y demás socorros por tierra: ya teniéndolos bajo su mano, D. García moviose adelante; y apenas cruzado el caudaloso Biobío en de Octubre, Caupolicán le vino a presentar batalla. Principio tuvo por una fuerte espolonada de la caballería de Alonso Reinoso, capitán a cuyas órdenes iba Ercilla, y terminó con insigne victoria, tras de fiera lucha en un pantano, donde los indios se acogieron por miedo a los caballos y donde les [XVII] destrozaron los arcabuces. Otra vez demostraron su indomable tesón y patriótico ardimiento en Millarapue el de Noviembre, y mucho costó de fatiga arrancarles el triunfo, pues lo disputaron ya fugitivos dentro de enmarañado bosque, sin que osaran los nuestros penetrar por la horrenda espesura. A Ercilla atrajo el bélico ruido: notada fue del maestre de campo Juan Remón su llegada, y al punto dijo en voz de aliento: -«¡Ea, D. Alonso, esta es ocasión de señalarse con honra!»- Oyendo su nombre y observando que le miraban todos, compelido por la vergüenza y sin poder ya excusar el trance, a pie y espada en mano acometió la peligrosísima empresa: unos pocos le siguieron a la desesperada; otros le ayudaron después con furia, y por su gallarda intrepidez fue conducida a jornada a perfecto remate.
Así pudieron todos trasponer el cerro de Andalicán y echar los cimientos de Cañete de la Frontera y hacer por el Arauco muy vigorosas entradas. Prisionero cogió Ercilla en una de ellas al animoso Cariolano, poco antes de contarse entre los cincuenta españoles, llevados a la Imperial por el Capitán D. Miguel de Velasco, para traer de allí provisiones: ya volvían por la más fragosa hondura de la quebrada de Purén con dos mil cabezas de ganado y otras vituallas, cuando el fiel Cariolano vino a avisar a su señor de que los araucanos se disponían a interceptar el socorro, y de que por el río le salvaría a nado, en [XVIII] ocasión de referirle afligida Glaura cómo había perdido a su esposo. No era otro que Cariolano; y Ercilla premiole con la libertad en seguida. Furiosamente salieron los araucanos de su celada, y a los españoles atropellaron sobre angosturas, donde ni aun podían revolver los caballos. Vencidos estaban sin remedio bajo el ímpetu de tanta muchedumbre: por fortuna pudo Ercilla romper hasta un hueco del monte, y arrinconados vio allí diez camaradas: con brío estimuloles a trepar a la cumbre por breñosa aspereza; y ya arriba, a impeler piedras y a disparar los arcabuces hacia donde más cargaban los indios, de cuyo modo les sobrecogieron de súbito miedo y les obligaron a rápida fuga. Todos los españoles fueron heridos y saqueados en parte; mas al fuerte de Tucapel dieron vista, y sus compañeros les saludaron con aclamaciones triunfales.
Otra vez se aventuraron los araucanos a reñida y sangriente batalla de que salieron con tales apariencias de vencidos y escarmentados que Hurtado de Mendoza se creyó en proporción de atender a vigorizar las leyes en toda la comarca de Chile; y encomendado la custodia del fuerte de Tucapel a Reinoso volvieron a dar ayuda la víspera de lanzarse los araucanos en su contra. De resultas de trato doble de un indio mozo, Caupolicán dispuso a medio día el ataque, bajo la certidumbre de coger [XIX] desprevenidos y hasta durmiendo a los españoles; e informado Reinoso de todo, los tenía muy vigilantes y con anhelo por esgrimir las armas. Superfluos aparecieran más pormenores sobre esta jornada lastimosa: allí perdieron muchos enemigos la vida, se dispersaron los restantes, y el mismo Caupolicán tuvo que andar oculto de un lado a otro, no valiéndole tal cautela, pues la traición de un indio le condujo a prisión y cadalso.
Satisfactorio es consignar que Ercilla sólo de oídas supo la iniquidad enorme; ya a la sazón iba con su gefe a la exploración de tierras ignotas, las más rudas y descompuestas del mundo, hacia el estrecho de Magallanes. Jamás la naturaleza opuso mayores estorbos a los hombres: como un mes avanzaron los nuestros con falsas guías, y sin otra que el sol a veces, cuando no lo ocultaban espesas y lóbregas nubes, o árboles gigantescos y tupido ramaje, por entre ríos caudalosos y hondos pantanos; hacia enhiestas cumbres o espantables derrumbaderos; sobre pedruscos salientes o arraigados matorrales, que rompían al golpe de picos y azadones, para sentar la planta; cubiertos de sangre, de sudor y de lodo; sufriendo furiosas ventiscas e inundantes lluvias; no hallando varias noches donde reclinar los cuerpos lasos; dejándose a pedazos los vestidos entre las zarzas, y apretándoles el hambre aquejadora las cuerdas del duro tormento, hasta que por fin divisaron el archipiélago de Chonos. Tres islas visitó Ercilla a [XX] bordo de una piragua, por inquirir el trato y ejercicio, las leyes y costumbres, los ritos y las ceremonias de sus naturales: con diez amigos arriscados cruzó luego el desaguadero impetuoso, que separa del continente a la isla de Chiloe, internándose media milla más que todos, y escribiendo sobre la corteza de un árbol con su cuchillo, que antes que otro alguno había llegado allí el de Febrero de a las dos de la tarde.
Por menos mal camino les condujo un indio joven a la vuelta; y en los vecinos de la Imperial hallaron generosidad agasajadora. Allá recibieron una fausta nueva de España, la de la victoria de San Quintín sin duda, alcanzada el mismo día en que del fuerte de Penco rechazaron ciento treinta españoles a ochomil araucanos. Con este motivo se celebraron justas: sobre el mayor o menor lucimiento en las suertes, D. Alonso de Ercilla y D. Juan de Pineda se trabaron de palabras, que subieron hasta provocaciones sobre la mejor o peor calidad de la estirpe, en términos de no poder ya estar las espadas ociosas. A la par que las de ambos, se desenvainaron otras muchas; pero afortunadamente sosegose el alboroto sin correr sangre. Muy preciosa la quiso derramar el joven caudillo, dando bulto de premeditado motín al caso no pensado, por aceleramiento propio, y quizá también por malévola sugestión de su secretario Ortigosa, y condenando a Ercilla y Pineda a ser degollados en la plaza. Nada valieron súplicas y recomendaciones: tal [XXI] vez temía el geje que su autoridad padeciera menoscabo, si revocaba la arbitraria sentencia; y así aferrose en que se ejecutara a todo trance. Levantado estuvo el tablado, y todo induce a suponer que Ercilla y Pineda llegaron al pie de sus escalones: siendo amados de sus compañeros por valerosos, y bien quistos por liberales, clamor general escucharon con voces de ruego y en son de amenaza a favor de su vida; y la debieron a la necesidad perentoria de evitar el motín violento, que estallara de golpe, si llegaba a ejercer su oficio el verdugo.
Trascendental fue tal desmán a la posteridad más remota, pues Ercilla narraba con fácil estro cuanto acontecía en la magna lucha, sobre los mismos lugares, hurtando el tiempo que podía al descanso, para tenerlo de ocio y lograr que no pasaran oscurecidas las hazañas de sus compatriotas, aun con el trabajo de estar falto de papel a veces, y de haber de escribir sobre cuero y en pedazos de cartas; y desde que se le atropelló de tal modo, no quiso ya dar la habitual ocupación a su pluma. Abreviadamente dijo sólo, que sufrió prisión larga, sin dejar de servir de día y de noche en la frontera, donde hubo continuos rebatos y estratagemas peligrosas para los españoles, hasta que en el asalto y gran batalla de la albarrada de Quipeo les regocijó la más esclarecida victoria. Por especificación de ajeno relato consta que Ercilla tuvo nuevas ocasiones de [XXII] acrecer sus timbres en una emboscada; y durante la resistencia al asalto furioso, dado a la Imperial por los araucanos; y rigiendo una gallarda escuadra de veinte jóvenes contra mayor número de puelches a orillas del Maule, y de andalicanos sobre su territorio; y sustentando lid singular con el cacique Elicura y tendiéndole muerto en la última y decisiva jornada, que fue el año de a de Diciembre, y en la cual perecieron todos los jefes enemigos más afamados.
No maravilla que Arauco apareciera ya bajo el yugo de los españoles. Ante la perspectiva de reposo, y cada vez más estimulado y roído por el agravio, siempre fresco dentro del alma, Ercilla aceleró su partida repentina de aquella ingratísima tierra, que le costaba tanto de afán y sangre; y en un bajel de trato llegó al Callao sin el menor contratiempo. De Lima salió nuevamente a probar fortuna contra Lope de Aguirre, fiero guipuzcoano, asesino del capitán Pedro de Ursúa, con quien desde el Perú había ido a la conquista de los omeguas, y cruel tirano hasta el extremo de matar a su propia hija. Más de dos mil millas le separaban de Venezuela; pero acostumbrado a carrera más larga, por mar tomó la vía sin demora ninguna, y aun así al mismo tiempo fueron su llegada a Panamá y la del anuncio de estar Lope de Aguirre ya degollado y hecho cuartos. Una enfermedad prolija y extraña detuvo a Ercilla en Tierra-Firme; y tan luego como se vio convalecido, [XXIII] por las islas Terceras y el año hizo rumbo hacia España.
Aquí supo la reciente muerte de su amada madre, ocurrida en el palacio de Viena; circunstancia dolorosa que no le permitió la quietud apetecida tras largo viaje, por la necesidad imprescindible de emprender el tercero a Alemania, así que dio cuenta a Felipe II de sus penalidades y aventuras. D. Fadrique que de Portugal era caballerizo mayor de la tercera esposa del rey de España, y quería pasar a segundas nupcias con Doña Magdalena de Ercilla, dama de la misma reina que su difunta madre. Para traerla de Hungría, su hermano D. Alonso cruzó la Francia y el Austria, y por los cantones suizos y el Languedoc fue a principios de su retorno. Interceptando las nieves sobre el puerto de San Adrián la carretera, algunos días hubo de estar en Mondragón y algunos pueblos alaveses: quizá del historiador Garivay fue conocido entonces; y cobrándose afición grande, sin propósito deliberado le dio materia para mencionar estimablemente hechos suyos en las Genealogías.
Ya en su patria de asiento y con insólito descanso, lo más del tiempo dedicó a poner en orden y pulir sus papeles sueltos y relativos a las proezas de sus compatriotas en las antárticas regiones. Galanteador era como joven y español y soldado: atractivos de apostura grata y de producción amena tenía de sobra para cautivar damas; y así el año de fue [XXIV] padre de un hijo, a quien puso Diego por nombre. Poco más anduvo de soltura en amorosos extravíos, celebrando a principios de con Doña María de Bazán su boda, y mereciendo el alto honor de que le apadrinaran el Archiduque Rodulfo y Doña Ana de Austria, cuarta mujer del rey Felipe. Doméstica y no interrumpida ventura le deparó su compañera, muy noble de prosapia, insigne por su cristiandad y virtudes y aun por su claro entendimiento, que se deleitaba en cultivar con lecturas de historia. Otra gran satisfacción tuvo este mismo año al publicar la primera parte de La Araucana, perfectamente recibida en España y Europa y el Nuevo-Mundo, de manera de colocarle unos al nivel y otros por encima de Ariosto: nada vanaglorioso y modesto por demás en el común trato, a los que le conocían más de cerca produjo mayor asombro con su libro, no juzgándole capaz de brillar por la pluma como por la espada. Merced del hábito de Santiago le hizo Felipe II al año siguiente, honrosa insignia que también había llevado su ilustre padre sobre la toga; en la parroquia de San Justo y día del aniversario de la sangrienta batalla, decidida en Millaraque sólo por su arrojo, le armó caballero el personaje que después fue duque de Lerma.
Tres años adelante seguía en Real favor nuestro D. Alonso, y lo demuestra la circunstancia de elegirle el secretario Juan de Vivanco, para sacar de pila a su hijo D. Bernardino, cuya partida de bautismo [XXV] tiene la fecha de de Mayo de y se halla en los libros de la parroquia de Santiago. Aún aspiraba a más laureles, en ocasión de sitiar a Túnez y la Goleta los turcos, y de recorrer el célebre D. Juan de Austria las costas, desde Génova hasta Sicilia, con el ardimiento de su gran corazón y la vehemente prisa de ir al socorro. De Nápoles habían de zapar las naves, y allá voló Ercilla, alentado como de costumbre; desdichadamente sólo para saber la súbita y triste noticia de haber podido más la fuerza numérica de los sitiadores que el heroísmo de los sitiados. Entonces dirigiose a Roma, y nuestro embajador y su pariente Don Juan de Zúñiga le presentó el de Abril de al papa, Gregorio XIII de nombre y natural de Bolonia, donde había conocido de joven a Fortún García de Ercilla. De pronto supuso que hablaba con su nieto, y de su persona y literatura le hizo grandes elogios; mucho se holgó de saber que era hijo y de oírle atentamente la relación de sus aventuras, con especialidad hacia el estrecho de Magallanes; y tras largo rato, le dio su bendición y extraordinarias indulgencias a la despedida.
Cuarta vez estuvo Ercilla en Alemania, debiendo acogida graciosa al emperador Maximiliano y a la emperatriz Doña María, de quien fue servidora su madre, no menos que a Rodulfo, su padrino de boda y ya rey de Hungría. Por Septiembre de asistió en Praga a su coronación de rey de Bohemia, y en Ratisbona a su elección por rey de Romanos; ya le [XXVI] había creado su gentil-hombre, y en calidad de camarero le llevó la falda en las ceremonias. Vasto y fecundo asunto de reflexiones elevadas le hubieron de ofrecer los contrastes de su azarosa existencia, al renovar entre festejos lucidos la memoria de los gozados allí con la delicia de los años primaverales, y al interponer los recuerdos vivos de todo linaje de peligros y privaciones, hasta subir casi al patíbulo y estar a punto de perecer de miseria. Después de las solemnidades, se dio a visitar las comarcas de Estiria y Carintia y hasta Croacia, de donde obtuvo licencia para traer doce caballos, y en el trono imperial dejó a Rodulfo, cuando por Italia y el Friuli vino en a España. También se sabe que el año mismo fue a Uclés a profesar de caballero de Santiago, con fecha de de Diciembre en manos del prior Diego Aponto de Quiñones, posteriormente obispo de Oviedo.
Sin pensamiento de tornar a salir de Madrid por entonces, se aplicó a imprimir el año de la segunda parte de La Araucana; mas no pudo saborear los parabienes con descanso, obligándole comisión honrosísima a nuevo e impensado viaje. Felipe II había sabido la llegada del duque Erico de Bransuich y de la duquesa el de Octubre a Barcelona: aun apresurándose a disponer que los vireyes de Cataluña y de Aragón les tratasen como era de razón y les proveyesen de lo necesario, mayor demostración le pareció propia de los respetos debidos a la hija de su prima [XXVII] la duquesa de Lorena; y así, por la satisfacción que tenía de la persona y cordura de D. Alonso de Ercilla, su gentil-hombre, le previno que por la posta les saliese al encuentro, y les entregase cartas, y les hiciese ofrecimientos cordiales en su nombre y el de su augusta esposa. A la par que su deseo de verlos pronto, les debía significar la conveniencia de que se quedasen en Zaragoza, si bien proponiéndoselo de manera que lo tomaran a buena parte; y no imaginaran que se hacía por otro fin que el de la comodidad de sus personas; puesto que el rey trataba de ir a Monzón de meses atrás a celebrar cortés a los aragoneses, no había partido a causa de forzosos y no interrumpidos impedimentos, y todavía estaba en ánimo de emprender la jornada lo más presto que fuera posible. Después de estar con los duques el tiempo necesario para hacer este oficio y dejarlos contentos y quietos, se volvería a dar cuenta particular al rey de todo lo que hubiese pasado.
Autógrafas existen las cartas escritas al Secretario Gabriel de Zayas por D. Alonso de Ercilla, y así consta puntualmente su desempeño lucido en la comisión importante. De Madrid salió el de Octubre y a los tres días llegó a Zaragoza, no pudiendo acreditar mayor diligencia, por el mal aparejo que en las postas había de caballos. Alojamiento diole el virey conde de Sástago en su casa; y al duque y a la duquesa de Bransuich fue a visitar a Fuentes. Le recibieron con bondad y cortesía, y [XXVIII] desde luego les indujo a su quedada en Zaragoza, de tan hábil manera que se mostraron alegres y muy reconocidos a la merced y el favor de los reyes en cuidar así de su reposo. Prudentemente apaciguó las diferencias suscitadas entre el virey y el Justicia sobre hospedar el duque y tener cada cual su palabra, mostrando ser más conforme a la Real voluntad que ocupara particular aposentamiento, y eligiendo por sí mismo la casa de D. Juan de Gamboa; y ocasión tuvo de encomiar al virey por su espíritu conciliador y rumboso porte con los egregios viajeros, a quienes envió caballos y coches, y dispuso buen recibimiento en la ciudad el de Noviembre, y facilitó el modo de que allí se valieran de una cédula para Madrid y de la suma de cinco mil escudos, sin dejar de atender con la vireina a su distracción y regalo. No pudo Ercilla resistir las instancias de permanecer en su compañía hasta dejarlos establecidos, como que llegaban desalumbrados, a causa de la variación de trato y costumbre, no muy ricos y con pocos criados útiles a lo menos, tomados los más en Italia al paso, pues los que traían antiguos por miedo a la Inquisición se quedaron en Trento, y daba lástima que no se entendieran unos a otros. Ciertos genoveses procedentes de la corte fueron a besar las manos al duque, y como hombre que se preciaban de discursos, le imposibilitaron la ida del rey hasta la primavera, afirmándole haber llamado a cortes de Castilla, y que no se podían [XXIX] despachar antes. Mal corazón le pusieron de igual modo varios caballeros y señoras, y de resultas mandó a buscar a Ercilla, con quien estuvo muy triste, al tratar de sus negocios y al encarece la pérdida del tiempo. Le aquietó el Real comisionado a fuerza de mansas razones, que hubo de repetir a Madama por encargo especial de su esposo, y resueltos quedaron ambos a no pensar en mudanza alguna, hasta que los reyes fueran a Zaragoza, o se les enviara licencia para que viniesen a besarles en Madrid las manos. Así dio Ercilla su comisión por finalizada, y apresurose a conseguir que particularmente entendiera el rey de sus labios adónde enderezaba el duque de Bransuich los designios.
Datos hay seguros para saber algo de lo que puso en conocimiento del soberano. Por mandato expreso de su madre política venía el duque, trayendo una carta recomendatoria de sus servicios y autorizada con la firma del gran D. Juan de Austria, que había muerto a principios de aquel mes de Octubre. Anheloso por echarse a los pies del monarca y retenido en Zaragoza por orden suya, tanto la melancolizaba el contratiempo que ya había enunciado intención formal de retroceder a embarcarse en Barcelona, si no se le autorizaba para seguir a la corte muy pronto. Una guarda tenía de veinticuatro hombres, y a los zaragozanos daba en rostro que fueran con los arcabuces y las mechas encendidas a todas partes y que entraran así por los templos. [XXX] Enterado el monarca de todo, a la capital de Aragón tuvo que volver el de Diciembre D. Alonso de Ercilla con reales órdenes terminantes; una relativa a acompañar a Madrid al duque, la cual supo con mucho gozo; otra para que deshiciera su guarda, y tomola de manera que hubo necesidad de reportamiento para no quedar muy desavenidos. No le quiso apretar demasiado, por conocer que pasado el primer ímpetu se dejaba persuadir y venía a lo bueno; y volviendo a tratar del negocio, le indujo a tener su consejo por sano.
Repartidas tenían los duques las jornadas de forma de llegar a Madrid en diez días, y el de Diciembre salieron por fin de Zaragoza, bajo la palabra empeñada por Ercilla de que a tiempo se recibiría el pasaporte solicitado, para que ni en Tortuera ni en Torrubia les abriesen los cofres. Reservadamente lo había recomendado mucho al Secretario Zayas, en el concepto de ser de interés corto, a causa de la poca ropa nueva del duque, salvo si debían derecho de joyas, porque las llevaba Madama de las ricas que había jamás visto, especialmente en perlas y piedras. Cuando cenaban la primera noche de viaje, le llegaron a D. Alonso las dos cédulas de paso y de guía, y así tuvieron muy buena y regalada cena, y contentísimo el duque las hizo leer a voces en presencia de todos. Esta predisposición excelente aprovechó Ercilla, a fin de procurar con buena maña detener algunos días a los ilustres viajeros [XXXI] en el camino, sin darles a entender que se le ordenaba de la corte, mientras se hacían reparos en la casa donde habían de posar y se proveían las cosas necesarias a su hospedaje. Desde luego se propuso dificultar las jornadas; y hacer que parasen lo posible sin sospecha en Torija; y pintarles como descortesía no aceptar los ofrecimientos del duque del Infantado, si les quería agasajar en su Palacio de Guadalajara; y exponerles asimismo la inconveniencia de que unos príncipes como ellos entrasen en la corte, sin tener vista primero y repartida por persona entendida su posada y la de sus criados; con todo lo cual se lisonjeaba de lograr que hasta después de año nuevo permanecieran en Alcalá de Henares. Bueno era el plan a todas luces; pero no fácil de llevar a cabo, porque el duque tenía mucha prisa de llegar a Madrid y de obtener el gobierno de uno de los estados españoles. Entre los hombres de cuenta de su comitiva figuraba Andrea Doria, que, no pensando incurrir en yerro, siempre andaba muy a su gusto, y le hacía formar propósitos no practicables, de que Ercilla se veía obligado a sacarle en fuerza de industria, contraviniendo a su voluntad a veces por términos suaves. Entonces el marqués de Ayamonte era gobernador del estado de Milán y capitán general de Italia: al duque de Bransuich dijeron por el camino que este prócer había pasado a Flandes, con lo que se abría una gran puerta a sus pretensiones y se le avivaba el anhelo de ver al [XXXII] monarca, fundándose en ofrecimientos suyos hechos por cartas y que no permitían excusa. De todo avisaba perspicaz Ercilla, por si pareciere a su Magestad buscarla con tiempo, y cerrar la puerta que el duque hallaba tan abierta.
Hasta la raya de Castilla acompañaron al duque tres señores principales de Zaragoza, con muchos criados, halcones y perros, para venir de caza por el camino: después tuvo excelente acogida en todos los lugares, aunque, por estar míseros y faltos de ropa, las damas de la duquesa durmieron vestidas algunas noches; pero de buenos y baratos comestibles proveyó abundantemente el alcalde Tejada. Así llegaron a Torija la víspera de Pascua a la caída de la tarde, persuadidos a parar en Guadalajara, según se tirase de la capa el duque del Infantado: lo hizo tan cortamente que en veinticuatro horas no recibieron cumplimiento ninguno; y ya determinaron no aceptar por tardío el de mayor instancia. Aun retrayéndose Ercilla de ir en contra, por las cosas y juramentos que oyó al duque, modo tuvo de alargar las jornadas, con escribir a Bartolomé de Santoyo y a su muger Doña Ana de Ondegardo, a fin de que enmendasen la cortedad del duque del Infantado en su casa de Alcalá de Henares. Allí se hospedaron el segundo día de Pascua, y prevaliéndose de conocer a Santoyo y su esposa, ya les tenían comunicado el proyecto de partir la duquesa al Escorial a la lijera, sin noticia de Ercilla, que paró el golpe con sólo [XXXIII] decir verazmente cómo el marqués de Ayamonte no era ido a Flandes. Por fin pudo afirmar D. Alonso al Secretario Gabriel de Zayas, que desde allí vendría un criado de los duques a repartir el aposento a su modo, y que no se moverían de Alcalá antes de entrar el año.
Llenos están los despachos del conde de Sástago de alabanzas de Ercilla, por su discreción y buen modo, por su entendimiento e industria; pero nada caracteriza mejor su porte que este breve pasaje de carta propia. -«Del humor y proceder del duque no quiero decir lo que podría hasta que allá su condición apruebe mi paciencia, a costa de la cual le llevo contento por los términos y pasos que S. M. ha ordenado; habiendo recibido por cada cosa tantos encuentros que hubieran desbaratado a un hombre muy compuesto; que, como los alemanes son de natura sospechosos, y más los de menos entendimiento, aunque el duque lo tengo bueno, se entrega a su condición más que cuantos hasta hoy he conocido: la de Madama es de un ángel y el entendimiento muy bueno, pero tiénela el marido tan sujeta y temerosa de sus ímpetus que se queda con los buenos deseos y razones en el estómago. Estas y otras cosas entenderá vuestra merced más particularmente cuando le bese las manos.» -¿Dónde cabe ya encajar como oportuna y verídica la especie, echada a volar por el autor de los Avisos para Palacio, sobre que delante del Rey no acertaba [XXXIV] jamás D. Alonso de Ercilla a decir palabra, en términos de haberle de excitar Felipe II a que le hablara por escrito?
Casi todo anunciaba entonces que la sucesión a la corona de Portugal no se decidiría sin lides, y Ercilla lisonjeose de lucir otra vez su denuedo y sus arreos militares. Con espíritu belicoso, y servicios y merecimientos, y edad pujante y salud robusta para hacer buena figura en campaña; con testimonio reciente del aventajado concepto que Felipe II tenía de su persona; con valedores activos y celosos dentro de Palacio, como que su hermano D. Juan era limosnero mayor de la Reina y maestro del Infante D. Fernando, sin adolecer de lijero juicio se podía ya imaginar en el ejército y a la cabeza de alguna escuadra de jinetes. Dignas de su alto numen eran la guerra con Portugal y la segura victoria de España: créditos gozaba muy justos de manejar bien la espada y la pluma; y que lo quiso así practicar entonces, se ve a las claras en la exposición de su célebre canto sobre ser la guerra de derecho de gentes, y declarar el que al reino de Portugal tuvo el Rey D. Felipe juntamente con los requerimientos que hizo a los portugueses para justificar más sus armas.
En un vuelo se llevó la conquista de Portugal a remate, y D. Alonso de Ercilla no fue partícipe de tamaña gloria; caso también trascendental a las generaciones futuras. Se había propuesto cantar el [XXXV] furor de Castilla, el derecho al reino de Portugal remitido a las armas sangrientas, la paz convertida en rabiosa discordia, las lanzas arrojadas de una y otra parte a los parientes pechos; y a punto de ir ya a romper la batalla, cuando se le representaban el rumor de trompas sonorosas y los estandartes tremolando al viento, de súbito varió de tono, dejando la tarea a más felices escritores, y diciendo que la suerte buena valía más que el trabajo infructuoso como el suyo, que en seco y vacío había dado siempre. Tras de reseñar sus grandes peligros y trabajos en el Real servicio, con penetrante acento expuso la perseverancia de su voluntad y el desmayo de su esperanza, abatido como estaba por la porfía de su estrella: satisfecho declarose de haber seguido la carrera difícil por derecha vía: de manifiesto puso espíritu grande al proclamar la doctrina sublime de que las honras consistían en el merecimiento legítimo del premio, no en su logro; y enérgicamente calificó de cobarde el disfavor que le tenía arrinconado.
Aquí hay que descender por fuerza de los hechos a las conjeturas. Alguna poderosa enemistad embarazaba los adelantos de Ercilla, y de juro no era otra que la de D. García Hurtado de Mendoza, hijo del marqués de Cañete, nieto por su madre del conde de Osorno y casado con hija del conde de Lemos, cuyos entronques, y la circunstancia de regir la hueste el duque de Alba, de sobra alcanzaban a indisponer en el Real ánimo sin extraordinario esfuerzo [XXXVI] a quien todo lo pospuso a la verdad y no pensó en merecer bien de su caudillo con lisonjas. Hurtado de Mendoza estaba quejoso de no hacer en la Araucana un papel semejante al de Aquiles o el de Eneas en los poemas inmortales de Homero y Virgilio; y hasta lo tuvo por ofensa grave e intencionada, según lo comprueban diversas frases de sus panegiristas, Cristóbal Suárez de Figueroa en los Hechos del cuarto marqués de Cañete, y Pedro de Oña en el Arauco domado. A la campaña de Portugal fue aquel personaje de capitán de una de las veinte compañías de hombres de armas, que para su guarda tenía Castilla, mandadas por grandes y calificados títulos del reino; y en posición hallose de impedir que D. Alonso de Ercilla ganara más lauro, hasta dando color de conveniencia pública a su particular venganza. Desde luego pudo hacer gala de celo por la militar disciplina, y tildar a Ercilla como de condición turbulenta, sin más que pintar lo acontecido en la Imperial a su modo: con las dos partes de la Araucana en la mano, y al son de sentir lastimado el amor a la patria, muchos pasajes le facilitaban el testimonio de que de la pluma de Ercilla libraban a veces mejor los indios que los españoles; y sesgando con dañino espíritu de fanatismo los reparos, hasta cabía poner en tela de juicio sus creencias religiosas, pues dijo que en su edad no eran tantos los santos como antes; y censuró la fácil credulidad en milagros, bajo el concepto [XXXVII] explícito de que las cosas de esta vida van por su natural curso; y no omitiendo apuntar como digno móvil de la conquista de América el afán laudable de convertir infieles, tras de mencionar que iban franciscanos, dominicos y mercenarios en el socorro enviado por mar a Chile, al describir luego insultos y aun atrocidades tremendas, ni por asomo ocurrió a Ercilla la intervención de un fraile para poner coto a los excesos, o para endulzar las amargas tribulaciones de la gente vencida. Cuáles de estas u otras especies hizo D. García valer contra D. Alonso, no se puedo afirmar con datos; que su enemistad prepotente le cortó de plano la carrera, no admite duda; y de justicia es consignar que perpetuamente redundará tal proceder en desdoro de la alta fama del cuarto marqués de Cañete.
Frente por frente de la casa llamada del Cordón tenía Ercilla la suya propia; y retirado allí gozaba las consideraciones debidas a su clase y renombre, aunque le desatendiera el monarca. Doña María de Bazán labraba su ventura, y bajo el amparo de su deudo el marqués de Santa Cruz ponía a su hijo D. Diego, para que aprendiera a marchar por entre laureles a la gloria. Frecuentemente le designaba el Consejo de Castilla para examinar libros; a los años de y corresponden sus aprobaciones de las Poesías de Garcilaso con las anotaciones de Herrera, y de las Rimas pertenecientes a este poeta magno. De la casa imperial de Alemania y en recibía [XXXVIII] nueva y señaladísima honra, con la demanda de su retrato, para la colección de españoles contemporáneos e ilustres. Paulo Jovio había puesto en boga la costumbre de que a tales retratos acompañaran elogios, y el de Ercilla fue escrito por el licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa: hoy no ofrece interés alguno: lleno está de lugares comunes, trasminando a escolasticismo, y completamente vacío de noticias, que no se hallen más de relieve en La Araucana: hasta se resienten de exiguas las que apunta referentes a su persona, limitándose a decir que era de barba crespa, y de cabello levantado y de ojos constantes, lo cual se advierte a la simple vista del mismo retrato, que da testimonio de su gentil rostro y apostura. También de Ercilla tienen aprobaciones de a el Cancionero de López Maldonado, la primera, segunda y tercera parte del Caballero Asisio de Fray Gabriel de Mata, las Rimas de Vicente Espinel y el Florando de Castilla del licenciado Jerónimo de la Huerta. Para su corazón paternal fue el año por demás aciago: ya iba a zarpar la Invencible Armada del Puerto de Lisboa, cuando el marqués de Santa Cruz pasó allí de esta vida a la eterna: le sucedió en el mando el duque de Medinasidonia: en la expedición a Inglaterra fue D. Diego de Ercilla, mozo de poco más de cuatro lustros, entre los que montaban la nao de San Marcos, y transido de pena supo su padre que aumentó el número de las anegadas, sin salvarse ninguno de los de [XXXIX] a bordo. Vivamente se nos representa lo contristado de su espíritu en los últimos versos de La Araucana, cuya tercera parte sacó a luz al siguiente año. Allí aparece con la persuasión de no estar lejano del fin y término postrero, y con el propósito de acabar de vivir antes de que la existencia incierta acabara su curso; volviéndose a Dios al cabo, por no ser nunca tarde, y parando la pluma tras de escribir que razón era llorar y no cantar en lo sucesivo.
Nuevas aprobaciones de obras equivalen a fe de vida tan interesante como ya decadente: por los concisos y selectos dictámenes de Ercilla, a empezaron a circular sin tropiezo la Conquista de Granada de Duarte Díaz y Varias obras en lengua portuguesa y Castellana, y el Arte Poética de Juan Díaz Regifo. Del año hay cuatro cartas suyas, familiares y dirigidas a Valladolid con las fechas de de Mayo, de de Octubre, de y de Diciembre, y el sobre para D. Diego Sarmiento de Acuña, comendador de Calatrava. Su habitual jovialidad conservaba a los sesenta años, según revela este bellísimo pasaje. -«Vuestra Merced, mi Señor, piensa que no hay más sino venirse a Madrid a comerse la hacienda de los amigos, y ganarles su dinero, y volverse con salud a casa; pues sepa Vuestra Merced que no ha de pasar así, porque me dejó tan picado que pienso ir a ese lugar a desquitarme, no sólo de lo que Vuestra Merced me ganó, sino de lo que me comió, que cierto me ha [XL] dejado en el hospital; y con todo esto puedo certificar a Vuestra Merced que su ausencia se ha sentido mucho en esta casa y lo poco que, hablando verdades, se sirvió de ella. Hanos quedado un consuelo, el cual es que nunca se acaban en esta corte de una vez los negocios, y que Vuestra Merced ha de volver a los que dejó comenzados; Dios sabe lo que yo lo deseo y que sean tan grandes que obliguen a traer Vuestra Merced a mi señora Doña Constanza de asiento a ella, donde sirviésemos a su «Merced Doña María y yo como deseamos.» -Otros períodos se pudieran transcribir no menos agradables. De tiempo húmedo y de lluvias continuas hablaba la víspera de Todos Santos, y de no ir a Valladolid a pasar el invierno, porque se había hecho muy perezoso: en Diciembre las nieblas fueron muchas, y tuvo que guardar casa y cama; al secretario Paredes llamaba íntimo amigo suyo, y hacía mención del cardenal Archiduque Alberto como de persona con quien tenía íntimo trato.
Ya en aprobó Ercilla Las Navas de Tolosa, poema heroico de Cristóbal de Mesa. Desconsoladoras son las noticias posteriores y referentes al célebre autor de La Araucana. En de Noviembre estaba postrado por enfermedad grave, que no le permitía descargar su ánima y conciencia, ni otorgar testamento; y su cara mujer lo hizo autorizada en debida forma, y según su voluntad conocida de antes. Por las mandas consta que tenía varios sobrinos, [XLI] a quienes legaba rentas o bienes, y pajes, lacayos, mozos de cámara y de cocina y caballeriza y otros criados, de quienes también hizo memoria, no con mayor largueza, porque al servicio de su mujer quedaban todos. Aun instituyendo a Doña María de Bazán por su universal heredera, le mandó la suma de diez mil ducados, para ayuda del monasterio que trataba de fundar y donde se les había de enterrar juntos; a cuyo sitio quiso igualmente que se trasladaran los huesos de su hermana Doña Magdalena, sepultada a la sazón en el convento de San Francisco de esta corte. Piedad filial acreditó en el codicilo del día siguiente, destinando al monasterio de benedictinos de Nuestra Señora de Valvanera la limosna de quinientos ducados, para que los empleara en renta o censo a razón de catorce, bajo obligación de rogar a Dios por su alma, y de hacer un paño negro de luto con el hábito de Santiago de grana colorada, a fin de que estuviera perpetuamente sobre la tumba donde yacían sus padres, de modo que, gastado uno, se hiciera otro nuevo. En unión de su amada esposa habían de ser testamentarios el conde de Francambuz y Don Sancho de la Cerda, aquél embajador del emperador y éste mayordoma de la emperatriz de Alemania, D. Pedro de Guzmán y Don Álvaro de Córdoba, ambos de la cámara del Príncipe de Asturias, y Fray Juan de Villoslada, prior de la iglesia de San Martín de esta villa; con personas de tanta calidad se hallaba nuestro D. Alonso de estrechísimas [XLII] relaciones. Su fallecimiento aflictivo fue el martes de Noviembre: depositado estuvo su cadáver en el convento de carmelitas descalzas, vulgo Baronesas, hasta que la viuda fundó otro de la misma oren y con la advocación de San José en sus casas propias de la villa de Ocaña, tan presurosamente que el de Noviembre de logró que se instalaran allí las monjas; sin duda con el patético designio de dar sepultura a su esposo amado al año cabal de llorarle difunto.
Siempre Felipe II llamó a D. Alonso de Ercilla su gentil hombre; nunca se quiso llamar D. Alonso de Ercilla más que gentil hombre del emperador de Alemania. ¿Por ventura trataría de formular así una respetuosa protesta del agravio de la postergación a que le condenaba el uno, y dar testimonio de agradecimiento a las honras con que le distinguía el otro? Quizá también autorizarían a pensar de esta suerte sus diversas dedicatorias: todas fueron al rey de España; pero el tono de la primera sube hasta el entusiasmo, y el de la última semeja de ceremonia pura. Con probada suficiencia y servicios relevantes para ascender en la milicia, o brillar en la diplomacia, tan desatendido y olvidado se vio del todo que, a no tener hacienda propia, fijamente viviera casi de limosna y acabara punto menos que de miseria, como poco después Cervantes. Nada pudieron las tenaces injusticias contra su ínclita fama: desde el rincón de su hogar tranquilo, donde todo ea dicha y holgura, [XLIII] a la inmortalidad levantó el vuelo y posolo magestuosamente por los siglos de los siglos sobre su cumbre, gracias a La Araucana. Tarea agradable es ahora la de reseñar su naturaleza y desempeño, como que resultan halagos para el patriotismo, atractivos para el amor a nuestra clásica literatura, y satisfacciones para el anhelo de rendir homenaje a la bien conquistada gloria.
– II –
Juan de Guzmán se contaba entre los mejores discípulos de Brocense; contemporáneo fue de la publicación de La Araucana y autor del Convite de oradores, donde escribió rotundamente que teníamos un Homero en Ercilla. Bartolomé Rodríguez Paton dijo el año de en su Elocuencia Española que muchos llamaban a D. Alonso de Ercilla el Homero de España. D. Diego Saavedra y Fajardo quiso como dar a entender en la República literaria que Ercilla tuvo intención de escribir una epopeya, no pudiendo acaudalar toda la erudición requerida para estos estudios, por la ocupación de las armas, si bien mostró en La Araucana un gran natural y espíritu con facilidad clara y fecunda. López Sedano en el Parnaso [XLIV] Español puso por nota que Ercilla ocupaba el primer lugar entre los infinitos épicos de la musa castellana. Lampillas en el Ensayo histórico apologético de la literatura española se entusiasmó hasta el extremo de aseverar que La Araucana era el segundo poema épico español anterior a La Jerusalén del Taso. Andrés en la Historia del origen, progreso y estado actual de toda la literatura dio a Ercilla entre los épicos un puesto bastante distinguido por la novedad de la materia de La Araucana, por algunos buenos pasajes y por haber tomado parte en la acción del poema. El Padre Luis Mínguez en la Adiciones a la Enciclopedia metódica llamó segundo Virgilio español a Ercilla. Masdeu en el Arte poética expuso que desde el principio hasta el fin habría que leer La Araucana, para fijar bien lo que es epopeya. Nuestro Don Francisco Antonio González dirigió el de Junio de una instancia al teniente corregidor Don Ángel Fernández de los Ríos, por comisión de la Academia Española, y palabras suyas son las siguientes. -«Estando proyectada la edición de La Araucana, poema épico y producción de D. Alonso de Ercilla…» Mayor o menor mérito recomienda a los citados escritores; una misma opinión emiten contextes; se les puede reputar como autoridades; pero, con todos estos requisitos, desde luego partieran descarriados cuantos les tomaran por guía en tal punto.
Nadie supera en calidad al autor mismo para [XLV] dar testimonio irrefragable de la naturaleza esencial de su obra. D. Alonso de Ercilla se propuso cantar los hechos de los esforzados españoles, que sujetaron al yugo la no domada cerviz de Arauco, y las temerarias y memorables empresas de sus naturales, por ser proporcionada la estimación de los vencedores a la reputación propia de los vencidos. Prolija fuera por demás la simple enumeración de los lugares, donde afirma terminantemente que escribe historia. Como su relación arranca desde el descubrimiento y la población de Chile, y contiene las campañas de Valdivia y de Villagrán contra los araucanos, a las cuales no se halló presente, por necesidad hubo de consultar sobre los sucesos todos a los españoles y a los indios, no adoptando sino aquello en que unos y otros estaban acordes. Entre los lances de la guerra fue notable la retirada súbita de Caupolicán y su ejército poderoso de la Imperial y sus cercanías, cuando la ciudad se encontraba sin armas, vituallas ni municiones: por obra se tuvo de milagro; y tras de andar con dudas, lo admitió Ercilla como cierto, quitándole escrúpulos de raíz la insistencia de los araucanos en dar fe unánime de lo acontecido cuatro años antes de hacer la descripción puntual su pluma. Ya que pudo hablar como testigo, se obligó a que fuera más autorizada la historia, pues en aquellas tierras midieron sus pies todas las pisadas. Repetidas veces dijo con explícitas frases, que iba la verdad sin corromper y desnuda por completo de artificios, [XLVI] de fingimientos y de poéticos adornos: a menudo echó de ver que su escritura se resintiría quizá de trabajosa y de larga, por ir tan arrimado a la verdad y tratando siempre de una misma cosa, y por ser malo de un terrón sacar zumo: a sus ojos parecían como pintados los cuidados y contentos, que no son de amores, ocurriéndole qué gusto hubiese recibido y dado con andar por campos y jardines, y elegir flores olorosas, y entretejer fábulas deleitables; pero metido tan adentro de voluntad propia en escenas de batallas, horrores, muertes y destrozos, se creyó sin arbitrio para suspender la obra empezada con el buen celo de que de tanto valor quedase perpetua memoria. Algo introdujo maravilloso, para dar amenidad a su libro, por medio de visiones en sueños y de la ida a la cueva del hechicero Fitón dos veces; cuyas licencias poéticas son demostración acabada y palpable de la vocación especial que de historiador tenía Ercilla, no permitiéndoselas más que para hacer la descripción que para hacer la descripción del mundo y para pintar las celebérrimas batallas de San Quintín y de Lepanto. Buscando campo descubierto y anchura, donde espaciar el ánimo fatigado y sentir y proporcionar algún recreo, también intercaló otro episodio, sin conexión alguna con las guerras de Arauco, socolor de entretener a soldados españoles durante cierta marcha; y aquí se atuvo asimismo del modo más riguroso a la historia, narrando verazmente la de la preclara fundadora de Cartago, heroína infamada [XLVII] por el eminente Virgilio. Nada hay que neutralice o atenúe la índole exclusivamente histórica de La Araucana, hasta el punto de no habérsele escapado nunca a Ercilla ni aún la voz genérica de poema, aplicable a todo libro metrificado.
Al escribir historia de esta manera, D. Alonso de Ercilla continuaba las tradiciones de su patria. Estrabón afirma que los turdetanos tenían sus leyes e historias en verso: de Metelo se dice como positivo que llevó poetas cordobeses a Roma, para celebrar sus hazañas: Lucano y Silio Itálico fueron poetas historiadores. Viniendo a los tiempos de la formación de habla castellana, aún balbuciente produjo los poemas del Cid y de Santo Domingo de Silos, verdaderos cronicones en rimas: nuestro D. José Caveda patentiza que antiguos cantares entraron como elementos constitutivos de la Crónica general de España de Alonso el Sabio; y que por la poesía adquirieron carta de naturaleza en la historia los amores de Florinda, la odiosa venganza de su padre, la visita de D. Rodrigo al encantado palacio de Toledo, las traidoras sugestiones de D. Opas, los prodigios del alzamiento y de la victoria de Pelayo, la aparición de Santiago en Clavijo, y mucho de lo referente a personajes como Bernardo del Carpio, el conde Fernán González y los siete infantes de Lara. Reciente está la publicación del poema de Rodrigo Yáñez sobre el reinado de Alonso Onceno: muchas de las coplas de Juan de Mena son pura historia: Lorenzo Galíndez [XLVIII] de Carvajal atestigua que el poeta Hernando de Rivera iba con Fernando el Católico a la conquista de Granada, y que su composición era diario y sabroso plato de la Real mesa, teniendo allí a los mismos héroes por censores, y depurándose la verdad hasta quedar acrisolada. No son éstos más que ligeros apuntes de los copiosos ejemplares que se pudieran citar en corroboración de haber practicado felizmente D. Alonso de Ercilla la antigua costumbre española de referir historia en verso, y como testigo presencial de los sucesos todos, sin que den tampoco a La Araucana el menor viso de epopeya la división en cantos, ni las moralidades al principio de cada uno de ellos. Si división tal constituyera precepto seguro, no serían poemas épicos la Iliada y la Eneida, pues la tienen ambos en libros; lo de hacerse en cantos significa sólo que, siendo propios los versos para cantados por su armonía, se cortan sin otro objeto que el de proporcionar descanso oportuno así al cantor como a los oyentes. Acerca de que las moralidades caben holgadamente en la historia, superfluas aparecerían doctas disertaciones, bastando conmemorar los escritos inmortales de Salustio y Plutarco.
Entre los contemporáneos del autor ilustre, ni los muchos admiradores y amigos, ni los pocos desentonadores del aplauso general con censuras, le miraron como trasunto del famoso alfarero de la Epístola a los Pisones; antes bien creyeron unos y otros que su obra de ánfora tuvo principio y remate. Grave [XLIX] dijo el licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, dedicándole merecido elogio, que, ayudado de las fuerzas de su ingenio y de sus estudios, con generoso cuidado hizo en verso heroico la relación verídica de las jornadas de los españoles a lo más apartado y escondido de la tierra, para que fuese más universal esta forma de escritura, cuanto lo es más la poesía que la historia. Ya muerto D. Alonso de Ercilla, casi al mismo tiempo empezaron a circular por España la cuarta y quinta parte de La Araucana desde Barcelona, y la primera del Arauco Domado desde la ciudad de los Reyes. Mozos eran sus respectivos autores D. Diego de Santisteban Osorio y el licenciado Pedro de Oña: con distinto fin tomaron la pluma; y sin saber uno de otro, se precavieron acordes contra la nota de osadía, por volver a materia ya tratada superiormente. Santisteban Osorio quiso proseguir y acabar lo que el sutil, histórico y elegante poeta D. Alonso de Ercilla dejó comenzado, no por modo de competencia, sino por ser historia tan recibida de todos, y por parecerle que servía así a sus aficionados, y pagaba el debido tributo a quien escribió su poema con tantas ventajas. Oña supuso que, rencoroso y apasionado, Ercilla calló de propósito los méritos y la gloria del cuarto marqués de Cañete, y que por eso quedó su historia deslustrada y en opinión quizá de menos cierta, no embarazándole esta censura meticulosa, para calificar de divino al autor de la riquísima Araucana. Luis Alfonso Caravallo en su [L] Cisne de Apolo, Vicente Espinel en su Casa de la Memoria y Cristóbal de Mesa en su Restauración de España, por historiador y poeta ensalzaron a Ercilla. Tan vergonzantemente como el licenciado Pedro de Oña le había criticado en verso, años adelante le criticó el doctor Cristóbal Suárez de Figueroa en prosa, y por la causa idéntica de forjar el supuesto de que introdujo un cuerpo sin cabeza, o un ejército sin memoria de caudillo; todo para decir a buenos entendedores y como de pasada, que por pasión quedó casi como apócrifa en opinión de las gentes de la historia, que llegara a lo sumo de verdadera, si el autor insigne adulara al cuarto marqués de Cañete, a semejanza del qué a sus Hechos dio pomposo y exagerado bulto.
Necesidad hay de abreviar citas, no haciéndolas ya sino de los tiempos de la crítica en progreso magestuoso. Don Ignacio Luzán divulgó sazonada enseñanza, para formar juicio sobre las obras de literatura a tenor de las reglas del arte y del buen gusto, y en su Poética estimable dijo de plano. -«Según Aristóteles las acciones épicas deben ser desemejantes de las historias acostumbradas, porque en las historias se refieren las cosas como fueron y según el curso regular y ordinario de las cosas; pero en la epopeya todo ha de ser extraordinario, admirable y figurado. Por esto muchos poemas, como la Farsalia de Lucano, La Araucana de D. Alonso de Ercilla, la Austriada de Juan Rufo, la Mejicana de Gabriel [LI] Laos, la vida de S. Josef del Maestro Josef de Valdivieso, la España libertada de Doña Isabel de Ferreira, y otros muchos, por faltarles esta calidad y ser meramente historias, no tienen en rigor derecho alguno al título de epopeyas.» Lumbrera de críticos españoles fue D. Juan Pablo Forner a fines del siglo pasado: muy bien le cuadra tal calificación por varios escritos; sus Exequias de la lengua castellana, Fábula Menipea entre otros. Allí puso a la cabeza de los poetas épicos a Balbuena, Ariosto de España; a Zárate dando la derecha a Cristóbal de Mesa, y detrás no pocos autores, que en sus poemas acumularon todas las riquezas épicas de profuso modo, sin haber acertado a componer una buena epopeya; y de seguida escribió con textuales palabras. -«Alonso de Ercilla y Juan Rufo precedían a los históricos, aquel magestuoso, noble, vivísimo en las pinturas y descripciones, maravilloso en los afectos y pocas veces inferior a la grandeza de la trompa; este grave, natural, aliñado, más elocuente que poeta.» Autoridades tenemos dentro de casa muy dignas, y que redondean el juicio crítico del todo. Solemnemente y sin asomo de duda afirma D. José Vargas Ponce que La Araucana es una historia, y que su texto se lo persuadirá siempre al lector de criterio no obtuso. D. Manuel José Quintana expresa con severo tono que, después de la protesta de D. Alonso de Ercilla sobre su intento de hacer una historia de las guerras de Arauco, no es justo pedir lo que no quiso [LII] poner en su libro; y que así los preceptistas poéticos se hallan extrañamente desconcertados cuando quieren ajustar La Araucana al canon de sus teorías.
Superabundantes pruebas son las alegadas, para testimonio de haber incurrido en equivocación grande cuantos llamaron Homero o Virgilio español al célebre autor de La Araucana. Sin embargo, no hay que arrumbarlos con aire de menosprecio, cual a hombres de escaso valer o superficial juicio. Su error merece indulgencia lata y aun respeto profundo, como derivado radicalmente de acendradísimo amor a la patria, y nutrido por el anhelo noble de enriquecer la literatura nacional con una epopeya. Para dar figura de verdad notoria a su yerro enorme, les suministraba fundamento la acción misma de obra tan afamada, con extraordinaria copia de personajes y de sucesos historiales, que de épicos tienen visos y que los cantores de Aquiles y de Eneas prohijaran de buen talante. Fascinados por apariencias tan seductoras, no pudieron ya discurrir exentos de preocupaciones, a fin de hallar la clave de todo, mediante el examen sencillo de quienes eran históricamente los españoles y los araucanos, al tiempo de su pasmosa lucha. M. Prat anduvo atinado en su Revolución de Bayona, proclamando con arranque espontáneo de ánimo sincero y persuasivo que los españoles dieron cima en el nuevo mundo a lo fingido por la antigüedad respecto de sus semidioses. Derrocados fueron los grandes imperios de Méjico [LIII] y del Cuzco, sin que los dos célebres extremeños de Medellín y de Trujillo capitanearan mayor hueste que la enviada en socorro de Chile. Allí poseían veinte leguas de término los araucanos, de tierra no áspera y rodeada por tres ciudades españolas, teniendo contra sí además en el centro dos plazas; y sin pueblo formado, ni muro, ni sitio fuerte para su reparo, ni armas defensivas, con puro valor y porfiada determinación redimieron y sustentaron su independencia contra tan fieros enemigos como los españoles, tras de abrasar con patriótica saña sus casas y haciendas, y defendiendo unos terrenos secos y campos incultos y pedregosos. Por gozar la libertad nativa derramaron tanta sangre así suya como de españoles, que había pocos lugares que no estuviesen teñidos de ella y poblados de huesos; no faltando a los muertos quien les sucediese en llevar su opinión adelante, pues los hijos, ganosos de la venganza de sus muertos padres, con la natural rabia que los movía y el valor heredado de ellos, acelerando el curso de los años, antes de tiempo tomaban las armas y se ofrecían al rigor de la guerra; y tanta era la falta de gente, por la mucha fenecida en esta demanda, que, para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones, también las mujeres iban a las batallas, y peleando algunas veces como varones, se entregaban con grande ánimo a la muerte. No son estas ponderaciones de Ercilla, pues le acreditan de veraz muy preciosos datos. [LIV]
Imaginaria o transitoria fue la sumisión de los indómitos araucanos al yugo de los intrépidos españoles. Ya iba a dejar el virreinato del Perú D. García hurtado de Mendoza, cuando a principios de le halagaba Pedro de Oña con la publicación de su poema; y en el prólogo dijo estas mismas palabras. -«Acordé dalle el título de Arauco domado, porque, aunque sea verdad que agora por culpas nuestras no lo esté, lo es, lo estuvo en su gobierno.» Fray Alonso Fernández refiere en su Historia eclesiástica lo ejecutado el año de por los araucanos. Tomando la ofensiva, millares de ginetes y peones suyos destruyeron cinco ciudades, la Imperial entre ellas, a pesar de la gran resistencia de los españoles; y derribaron otros tantos conventos de la orden de Santo Domingo, martirizando a la mayor parte de los religiosos, y llevándose esclavas más de mil personas, entre los cuales había no poca gente principal y criada en mucho regalo. Aun concentrándose la autoridad gubernativa, desde el establecimiento de capitanía general y de audiencia en Santiago de Chile, casi dos siglos pugnaron tenaces por mantener su independencia los araucanos, y al cabo de ellos no rindieron la cerviz a la servidumbre, si no que se limitaron a capitular con los españoles en la forma significada por esta noticia de interés sumo. Contra la metrópoli esgrimía el Perú las armas, al tiempo en que D. José Vargas Ponce preparaba la edición del poema de D. Alonso de Ercilla, e indagando el jefe [LV] español a cuál de las dos parcialidades se inclinarían los araucanos, su principal cacique les dio la siguiente respuesta. -«Nosotros estamos convencidos a que no somos para sostener guerra contra el señor de España: como sus aliados estamos dispuestos a romper dos lanzas y a matar dos caballos en su ayuda.» -Al fin emancipose de España la América del continente: sus cuatro virreinatos y sus diversas capitanías generales se transformaron de súbito en repúblicas más o menos extensas: todas se hallan devoradas por la anarquía desde entonces, aun la sometida al régimen imperial por extranjero y pujante influjo; todas, menos la de Chile, y lo revelaría de manera notoria, a falta de otros documentos, un signo de autenticidad singular y magnitud extraordinaria. Mientras execraba el Perú todo lo concerniente a Francisco Pizarro, y mientras Méjico estuvo a pique de escandalizar al universo y de cubrirse de eterno oprobio, profanando la tumba de Hernán Cortés y aventando sus veneradas cenizas, Chile dedicaba a Pedro de Valdivia una estatua, en memoria de serle deudores sus ciudadanos de cuanto promueve y fomenta la ilustración y ventura de las naciones. Pues todos los elementos de robusta vitalidad organizadora y atractiva, de eficaz trascendencia para consumar el acto sublime y honroso de asentar la independencia sobre sólidas bases, y de hacer plena justicia y rendir homenaje de respeto a la dominación derrocada, no han bastado a los chilenos para obtener más que [LVI] la alianza de los araucanos, tan libres hoy como antes y después de sus renombradísimas guerras.
Cuando los españoles tenían asombrado y agitado el antiguo mundo con su ambición y su poder, y descubierto y subyugado el nuevo con su osadía, unos salvajes oscuros les disputaban heroicamente su pobre, lejano y estrecho territorio; y así no debe mover a extrañeza que abunden rasgos épicos en La Araucana, siendo verídica historia de tan pertinaz lucha, bien que la amenicen los halagos de la poesía encantadora. Sólo falta ya determinar fijamente cómo llevó Don Alonso de Ercilla a término su propósito deliberado.
– III –
Con La Araucana es imposible parangonar El Monserrate ni La Austriada; por lo cual hace mal efecto que Miguel de Cervantes elevara al nivel de D. Alonso de Ercilla a Cristóbal de Virues y a Juan Rufo, estando tan por encima de ambos que adolecería de ocioso cuanto se adujese como prueba. Desde el padre jesuita Alonso de Ovalle, que imprimió su Historia de Chile el año en Roma, hasta el conde de Maule, que el año dio a luz en Madrid su traducción excelente del Compendio, escrito por el abate D. Juan Ignacio de Molina en lengua italiana, todos los historiadores de aquel país remoto califican de conforme a la verdad y digna de [LVII] entero crédito la relación hecha por nuestro Don Alonso, de los sucesos de que fue testigo de vista. Al interés de la verdad fiel se agrega el mérito de no cegarle pasión y huir de quitar a ninguno lo que es suyo, resaltando por consiguiente la imparcialidad más severa de las hermosas páginas de La Araucana. Para muestra se apuntarán aquí muy contados ejemplos. Tachado fue el autor preclaro de haber omitido rencoroso las alabanzas de su caudillo Don García Hurtado de Mendoza: no blasonaba de gerarquía angélica D. Alonso de Ercilla, y como hombre pudo sin duda conservar ingrata memoria del que quiso conducir al cadalso y después ejercitó el influjo en daño de su carrera lucida; pero ni asomos de malevolencia y menos de saña se notan por cierto en quien una vez y otra le hizo representar magna figura. Según el texto de La Araucana, al poco tiempo de la victoria lograda a las márgenes del Biobío, un mozo gallardo se presentó a retar con ademán irrespetuoso y bárbara arrogancia de parte de Caupolicán al jefe de los españoles; y delante de mucha gente le dijo a gritos: que si era ambicioso de honor bien ganado, su próspera fortuna le deparaba la ocasión propicia de remitir a las armas el mejor derecho en singular combate y entre los dos campos, al romper la siguiente mañana. Reposado oyole Hurtado de Mendoza encarecer lo grande y notorio del peligro, y aun casi alardear lo imposible de la victoria; y sintiéndose con aliento superior a la [LVIII] responsabilidad formidable de aventurar en personal contienda el fruto de fatigas tan rudas, no dijo más que estas heroicas palabras: Contento soy con aceptar el combate, y a su voluntad puede venir seguro al plazo y lugar señalados; tras de lo cual fuese el indio jurando que tan osada respuesta le haría por siempre famoso. Bien se pueden rebuscar e inquirir los más recortados pasajes de quienes hicieron como incienso de la pluma para sublimar al cuarto marqués de Cañete con el humo de la lisonja; nada se hallará semejante ni de lejanía en grandeza a su situación más que humana, sobre los términos de Chile y del orbe conocido hasta entonces; afirmando el pie en la raya divisoria y a la puerta del país ignoto; delante de un puñado de españoles, y arengándolos como a la nación toda, vencedora de imposibles y hasta de la fuerza de las estrellas y de los elementos, admirada por sus hazañas en dos largos mundos, digna por su bravura de conquistar otro, donde tanta gloria y riqueza le tenían aparejadas los hados; e influyendo en su ánimo de forma que libremente pisaron de tropel la nueva tierra, jamás batida de pie extranjero.
Al dar principio a la pintura de esta expedición ardua, Ercilla consigna que el interés allana montes y quebranta dificultades: cuando, superadas las indecibles del penoso y largo camino, se vieron los españoles a la margen de extendido lago adonde arribaron piraguas con gentes sencillas, que les trajeron abundantes comestibles, sin querer nada en trueque, [LIX] oportunamente expresa cómo tan sincera bondad revelada de sobre que allí no habían penetrado aún la maldad, el robo y la injusticia, alimento común de las guerras, y añade que ellos mismos, abriéndose paso con la insolencia de costumbre, les dieron bien pronto ancha entrada; pero antes de esta declaración ingenua, al trazar los accidentes continuos y enormes con que hubieron de luchar sus camaradas en aquella exploración más que atrevida, hasta la extremidad pavorosa de cortarles un dejativo sudor frío todo el vigor de los miembros cansados, ya había dicho en tono de muy noble orgullo que el corazón les restauró las fuerzas e hizo fácil todo lo porvenir y menospreciable cualquier escollo, considerando la gloria que aseguraba el trabajo. No se concibe puntualización de más perfilada franqueza relativamente al contraste de heroísmo y codicia de los españoles en la prodigiosa conquista de las Indias Occidentales.
Siempre que de los araucanos habla D. Alonso de Ercilla, su bello carácter moral resplandece con vivísima lumbre. Aun hostilizándolos bizarramente y cumpliendo los deberes de militar y español en la dura campaña, no puede menos de celebrar sus proezas y el sentimiento de patriotismo que les impele y estimula a no soltar las armas de las encallecidas manos. Solícito e infatigable anhela y procura la total victoria de España, a la par que humano y sensible ante la desventura, se interesa por los vencidos; y da libertad a sus esclavos; y defiende la [LX] existencia del implacable Galvarino hasta de sus mismos furores; y ya que, por estar lejos, no puede salvar al fuerte Caupolicán del cruel Reinoso, a lo menos vierte lágrimas de dolor y de admiración sobre su acerbo y doloroso castigo. «Así en medio de aquel campo, en que sólo se veían y se oían la agitación de la independencia, los esfuerzos de la indignación y los gritos de la rabia de parte de los indios; y de la de sus dominadores irritados el orgullo de la fuerza, el desprecio hacia los salvajes, y los rigores de una autoridad ofendida y desairada, el joven poeta es el solo que en su conducta y sus versos aparece como hombre entre aquellos tigres feroces, oyendo las voces de la clemencia y de la compasión y siguiendo las máximas de la equidad y de la justicia.» Verazmente pudo Santiesteban Osorio significar por boca de Glaura la expresión dulce de la gratitud de los araucanos a Ercilla con esta sentidísima frase: «Dichoso el hombre que es alabado en la lengua del vulgo»: y en lo sublime rayó Quintana, de quien es el pasaje antecedente, al aseverar que los hechos de Ercilla pertenecen a categoría harto más respetable que la de altos, porque son magnánimos y buenos, y que en ese concepto ningún poeta épico se ha mostrado al mundo de un modo tan interesante.
Sin comentarios y sin notas se comprende bien La Araucana, porque allí el dificilísimo arte de contar está llevado a la perfección suma. Descriptos admirablemente [LXI] los lugares, determinados con fiel puntualidad los tiempos, definidas a maravilla las costumbres, puestos en acción a su debido turno los personajes, la narración es animada y calorosa y a todo comunica mágico impulso, como hecha en el rico idioma de la imaginación y del sentimiento. No hay protagonista entre los españoles: además de sus varios caudillos, desde Almagro hasta Hurtado de Mendoza, a las veces figuran como héroes principales Remón o Reinoso: cuando la ciudad de la Concepción es abandonada, nadie supera a Doña Mencía de Nidos en varonil esfuerzo: siempre encantarán el pundonor y el arrojo de Martín de Elvira por recuperar su perdida lanza; así como no dejará de producir asombro el pujante empuje del genovés Andrea. Tampoco entre los araucanos hay personajes que ocupen el primer término de continuo. Si Caupolicán es su jefe, ni con la inquebrantable constancia en las venturas y adversidades alcanza a eclipsar la brillantez genuina de Lautaro, trasformado súbitamente de indio yanacona en salvador heroico de su raza; de Tucapel y de Rengo, émulos en la indómita braveza; de Galvarino, desesperado e iracundo contra los que reputa por tiranos; de Orompello, jamás rendido a la fatigosa y sangrienta lucha. Aun siendo todos feroces, valientes hasta la temeridad y membrudos, su aparente semejanza desaparece bajo la magistral pluma de Ercilla, que dibuja sus caracteres con diversos rasgos y muy distintas proporciones. [LXII] Por sesudísimos sobresalen Peteguelén y Colocolo: viejos son ambos y hombres de gran consejo, y no hay posibilidad racional de confundir a uno y otro, diferenciándose tanto la índole y el tono de sus respectivos discursos. Variada es asimismo la expresión del amor conyugal en las palabras y las acciones de Glaura y de Guacolda, de Tegualda y de Fresia, mujeres que se presentan con tanta novedad y distinción a nuestra fantasía por efecto de la claridad con que las vio el poeta en la suya, y las supo retratar en sus versos al vivo.
¿Dónde hallar mayor calor e igual movimiento a los de las batallas, descriptas en La Araucana por quien anduvo revuelto entre los azares y fue partícipe de sus peligros? «Vense allí las cosas, no se leen: los bárbaros gallardos se animan con tal brío, acometen con tal furia y descargan sus golpes con tal fuerza, que se oyen estallar las celadas y abollarse los arneses de los castellanos, a quienes la ligereza de sus caballos no salva, ni su valor y disciplina defiende. ¿Dónde más bien que en el cantor de Arauco está expresado aquel espíritu imprevisto y fuerza irresistible en el ataque, que obliga a ceder a los acometidos por valientes que sean; aquella vergüenza que los constriñe a volver al peligro para no pasar por la afrenta de vencidos; aquel desengaño cruel de que la resistencia es en balde y convierte el valor y la esperanza en terror y en agonía; en fin el flujo y reflujo de desgracia y de fortuna, de aliento [LXIII] y desaliento que hay en los combates, cuando están sostenidos menos por la táctica y disciplina que por el esfuerzo personal y las pasiones?» De este inimitable modo bosqueja Quintana el gran mérito de las batallas descriptas por D. Alonso de Ercilla, mostrándose constantemente fogoso, rápido y de espíritu extraordinario, según palabras de Vargas Ponce; con adoptar los dictámenes juiciosos de críticos tan esclarecidos, nada se toma de fuera de casa.
Dentro del asunto del libro se hallan muy preciosos ornatos, que distraen de sañudas refriegas y dan variedad al conjunto: selectísimos cuadros forma la pintura de la extraña manera de proceder a la elección de general entre los caciques, de las juntas de guerra de los araucanos, de sus juegos y regocijos; así como la de la grande tormenta que entre el río de Maule y el puerto de la Concepción experimentaron los españoles, y de sus padecimientos en las jornadas angustiosas hacia el estrecho de Magallanes. Varios episodios se podían arrancar de cuajo, según rígidos preceptistas, no teniendo enlace alguno con el poema: sin embargo, para no hacer desatentadas mutilaciones, también hay la regla segura de que a todo autor se le ve retratado en sus obras. Eliminadas de La Araucana las descripciones del mundo y de las batallas de San Quintín y de Lepanto, se mermaría a sabiendas y mucho la natural expansión de los sentimientos patrióticos y aun domésticos de Ercilla. Tentadora por demás era para su [LXIV] mente juvenil de poeta y soldado la circunstancia de coincidir en el mismo día la gloriosa batalla de San Quintín y la bizarra defensa del fuerte de Penco: ante la más alta ocasión que vieron los siglos su numen fecundo se había de exaltar poderoso; del siempre vencedor y nunca vencido marqués de Santa Cruz era pariente; por maestro eligiole de su único hijo. ¿Cómo formar capítulo de culpas de que en La Araucana diera cabida al fruto de su ardiente inspiración sobre el nacional triunfo de Lepanto? ¿Ni cómo hacer abstracción redonda de pasajes, en que dedicó memoria tierna al país de donde era oriundo, y dulce plática amorosa a la ilustre dama, que vino a labrar su ventura? Para decir bien siempre es buen tiempo y la verdad en cualquiera sazón debe ser bien escuchada; máximas tan morales alegó por excusa de la digresión hecha con el propósito noble de restituir en su honor a Dido. ¿No se le han de admitir con descargo absoluto? Nada tiene que ver con La Araucana su postrer canto, principiado y seguido en bélico tono, y terminado en voz de dolor y llanto de gemido, que traspasan y parten el alma… A los artífices de preceptos se proporcionara quizá gusto con la supresión de esos episodios; pero la bella y simpática figura moral del autor afamado aparecería incompleta, al modo que la imagen física del que se mirara a un espejo falto a trechos de azogue.
Abundante mies hay en La Araucana donde cosechar tesoros de elocuencia, graduada a tenor de [LXV] las distintas circunstancias de los personajes, que aspiran a captarse la voluntad o el afecto de sus auditorios; comparaciones variadas, numerosas, precisas y de mérito relevante, como de talento observador en grado sumo, que había estudiado la naturaleza bajo diversos climas; sentencias graves y sensata, o máximas sólidas y saludables de política y guerra, de alta moral y práctica de vida, que aleccionan el corazón y elevan el espíritu de los lectores; todo sin trasposiciones violentas ni oscuridades, con lenguaje propio, fluido y correcto, y en dicción natural y pura. No son bellas, dulces y sonoras todas sus octavas: a las veces decaen sus versos, por falta de tono en el número y los sonidos, y de esmero y elegancia en las rimas: quizás se encuentren algunas frases o expresiones triviales; pero es tarea ingrata y poco digna y menos justa la de hacer hincapié excesivo en ligeros defectos, ora provengan de descuido, ora de la mísera condición humana, donde brillan y centellean miles y miles de primores a todas luces.
Hora es de resumir especies. Criado en palacio desde la infancia; de corte en corte desde la adolescencia; sintiéndose desde el albor de la juventud lozana con espíritu belicoso, que pudo ciertamente desfogar en Europa y con graduación correspondiente a su clase, D. Alonso de Ercilla y Zúñiga se resolvió a pelear en América de simple voluntario, quizá buscando medicina en la ausencia contra malaventurados amores. Aunque ejecutó con la espada mucho [LXVI] más de lo que dijo con la pluma, según testimonio fidedigno de su antagonista Pedro de Oña, allí se le pudieron aproximar bastantes e igualar no pocos por el denuedo, si bien la inspiración poética le elevaba imponderablemente sobre el nivel de todos: con ella exaltada ante el espectáculo asombroso de las extrañas costumbres, del carácter indomable y del heroico valor de los araucanos, desde luego puso por obra el gran designio de transmitir a la posteridad las hazañas de sus compatriotas, hostilizando y venciendo a enemigos de tanta intrepidez y tesón tanto en defender su independencia. A España trajo los preciosos borradores a la vuelta de siete años: cerca de veinte dedicó a ponerlos en orden y darlos forma y revestirlos de ornato y gala: versado estaba en los clásicos antiguos: le eran familiares los italianos y españoles, notándosele preferencia por Ariosto y por Garcilaso; y opulento de numen y con grande fondo de estudio y rectitud suprema de juicio y caudal valioso de nobilísimos sentimientos, se halló fuerzas muy superiores a la carga, que voluntariamente había echado sobre sus hombros. Así dominó por completo la materia de La Araucana: y compuso un excelente libro histórico de buena poesía, donde el arte de contar está llevado a perfección maravillosa, no alcanzada ni de lejos por ningún otro poeta ni prosista de entonces, y cuya dicción es tan pura que rara frase o voz se encontrarán allí usadas en distinto sentido que ahora. Por consiguiente D. Alonso de [LXVII] Ercilla y Zúñiga figura entre los primeros clásicos españoles, a la par de Fray Luis de Granada y Miguel de Cervantes; y entre nuestros más estimables libros se contará La Araucana, mientras la hermosa lengua de Castilla suene en labios de hombres, y mientras sea base principal de crítica sana el buen gusto.
Prólogo del autor
Si pensara que el trabajo que he puesto en esta obra me había de quitar tan poco el miedo de publicarla, sé cierto de mí que no tuviera ánimo para llevarla al cabo. Pero considerando ser la historia verdadera y de cosas de guerra, a las cuales hay tantos aficionados, me he resuelto en imprimirla, ayudando a ello las importunaciones de muchos testigos que en lo de más dello se hallaron, y el agravio que algunos españoles recibirían quedando sus hazañas en perpetuo silencio, faltando quien las escriba; no por ser ellas pequeñas, pero porque la tierra es tan remota y apartada y la postrera que los españoles han pisado por la parte del Perú, que no se puede tener della casi noticia, y por el mal aparejo y poco tiempo que para escrebir hay con la ocupación de la guerra, que no da lugar a ello; y así el que pude hurtar le gasté en este libro, el cual porque fuese más cierto y verdadero se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios, escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos, que no me costó después poco trabajo juntarlos; y por esto, y por la humildad con que va la obra, como criada en tan pobres pañales, acompañándola el celo y la intención con que se hizo, espero que será parte para poder sufrir quien la leyere las faltas que lleva.
Y si a alguno le pareciere que me muestro algo inclinado a la parte de los araucanos, tratando sus cosas y valentías más extendidamente de lo que para bárbaros se requiere; si queremos mirar su crianza, costumbres, modos de guerra y ejercicio della, veremos que muchos no les han hecho ventaja, y que son pocos los que con tal constancia y firmeza han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles. Y cierto es cosa de admiración que, no poseyendo los araucanos más de veinte leguas de término, sin tener en todo él pueblo formado, ni muro, ni casa fuerte para su reparo, ni armas, a lo menos defensivas, que la prolija guerra y españoles las han gastado y consumido, y en tierra no áspera, rodeada de tres pueblos españoles y dos plazas fuertes en medio della, con puro valor y porfiada determinación hayan redimido y sustentado su libertad, derramando en sacrificio della tanta sangre así suya como de españoles, que con verdad se puede decir haber pocos lugares que no estén della teñidos y poblados de huesos; no faltando a los muertos quien les suceda en llevar su opinión adelante; pues los hijos, ganosos de la venganza de sus muertos padres, con la natural rabia que los mueve y el valor que dellos heredaron, acelerando el curso de los años, antes de tiempo tomando las armas, se ofrecen al rigor de la guerra; y es tanta la falta de gente por la mucha que ha muerto en esta demanda, que, para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones, vienen también las mujeres a la guerra, y peleando algunas veces como varones, se entregan con grande ánimo a la muerte. Todo esto he querido traer para prueba y en abono del valor destas gentes, digno de mayor loor del que yo le podré dar con mis versos. Y pues, como dije arriba, hay agora en España cantidad de personas que se hallaron en muchas cosas de las que aquí escribo, a ellos remito la defensa de mi obra en esta parte, y a los que la leyeren se la encomiendo.
Declaración de algunas cosas de esta obra
Porque hay en este libro algunas cosas y vocablos que por ser de indios no se dejan bien entender, me pareció declararlas aquí para que fácilmente se entiendan.
Angol. Valle donde los españoles poblaron una ciudad, y le pusieron por nombre Los confines de Angol.
Apó. Señor o capitán absoluto de otros.
Arauco (el Estado de). Es una provincia pequeña de veinte leguas de largo y siete de ancho poco más o menos, la cual ha sido la más belicosa de todas las Indias; y por esto es llamado el Estado indómito. Llámanse los indios de él Araucanos, tomando el nombre de la provincia.
Arcabuco. Espesura grande de árboles altos y boscaje.
Bohío. Es una casa pajiza grande, de sola una pieza sin alto.
Cacique. Quiere decir señor de vasallos, que tiene gente a su cargo. Los caciques toman el nombre de los valles de donde son señores, y de la misma manera los hijos o sucesores que suceden en ellos: declárase esto porque los que mueren en la guerra se oirán después nombrar en otra batalla; entiéndase que son los hijos o sucesores de los muertos.
Caupolicán. Fue hijo de Leocán, y Lautaro hijo de Pillán. Declaro esto, porque como son capitanes señalados, de los cuales la historia hace muchas veces mención, por no poner tantas veces sus nombres, me aprovecho de los de los de sus padres.
Cautén. Es un valle hermosísimo y fértil, donde los españoles fundaron la más próspera ciudad que ha habido en aquellas partes, la cual tenía trescientos mil indios casados de servicio: llamáronla La Imperial, porque, cuando entraron los españoles en aquella provincia, hallaron sobre todas las puertas y tejados águilas imperiales de dos cabezas hechas de palo, a manera de timbre de armas; que cierto es extraña cosa y de notar, pues jamás en aquella tierra se ha visto ave con dos cabezas.
Coquimbo. Es el primer valle de Chile donde pobló el capitán Valdivia un pueblo que le llamó La Serena, por ser él natural de La Serena: tiene un muy buen puerto de mar, y llámase también el pueblo Coquimbo, tomando el nombre del valle.
Chaquiras. Son unas cuentas muy menudas a manera de aljófar, que las hallan por las marinas, y cuanto más menudas, son más preciadas: labran y adornan con ellas sus llautos, y las mujeres sus hinchos, que son como una cinta angosta que les ciñe la cabeza por la frente a manera de bicos o ciertas puntillas de oro que se ponían en los birretes de terciopelo con que antiguamente se cubría la cabeza: andan siempre en cabello, y suelto por los hombros y espalda.
Chile. Es una provincia grande que contiene en sí otras muchas provincias: nómbrase Chile por un valle principal llamado así: fue sujeto al Inga rey del Perú, de donde le traían cada año gran suma de oro, por lo cual los españoles tuvieron noticia deste valle; y cuando entraron en la tierra, como iban en demanda del valle de Chile, llamaron Chile a toda la provincia hasta el estrecho de Magallanes.
Eponamón. Es nombre que dan al demonio, por el cual juran cuando quieren obligarse infaliblemente a cumplir lo que prometen.
Jota. Véase Ojota.
Llauto. Es un trocho o rodete redondo, ancho de dos dedos, que ponen en la frente y les ciñe la cabeza: son labrados de oro y chaquira con muchas piedras y dijes en ellos, en los cuales asientan las plumas o penachos de que ellos son muy amigos: no los traen en la guerra, porque entonces usan celadas.
Mapochó. Es un hermoso valle donde los españoles poblaron la ciudad de Santiago, y llámase asimismo el pueblo Mapochó.
Mita. Es la carga o tributo que trae el indio tributario.
Mitayo. Es el indio que la lleva o trae.
Ojota, y por contracción jota. Especie de calzado que usaban las indias, el cual era a modo de los alpargates de España. Dábalas el novio a la novia al tiempo de casarse: si era doncella se las daba de lana, y si no, de esparto.
Paco. Especie de carnero que se cría en Indias, algo mayor que el común. Son muy lanudos y tienen el cuello muy largo. Son de varios colores, blancos, negros o pardos. Es animal muy útil y provechoso, porque su carne es sabrosa y mantiene mucho. Sirve para el tráfico y conducción de las mercaderías y géneros que se llevan de una parte a otra. Los pacos a veces se enojan y aburren con la carga, y échanse con ella, sin remedio de hacerlos levantar.
Pálla. Es lo que llamamos nosotros señora: pero entre ellos no alcanza este nombre sino a la noble de linaje, y señora de muchos vasallos y hacienda.
Penco. Es un valle muy pequeño y no llano, pero porque es puerto de mar poblaron en él los españoles una ciudad, la cual llamaron La Concepción.
Puelches. Se llaman los indios serranos, los cuales son fortísimos y ligeros, aunque de menos entendimiento que los otros.
Valdivia. Es un pueblo bueno y provechoso: tiene un puerto de mar por un río arriba, tan seguro, que varan las naos en tierra, y está fundado no muy lejos de un gran lago, al cual y a la ciudad llamó Valdivia de su nombre. Entiéndese que cuando se fundaron estos pueblos era Valdivia capitán general de los españoles, y a él se atribuye la gloria del descubrimiento y población de Chile.
Vicuña. Cabra montés que se cría en Indias: no tiene cuernos y es más alta de cuerpo que una cabra por grande que sea. Su lana es finísima y nunca pierde el color.
Villa-Rica. Es otro pueblo que fundaron los españoles a la ribera de un lago pequeño cerca de dos volcanes, que lanzan a tiempos tanto fuego y tan alto que acontece llover en el pueblo ceniza.
Yanacónas. Son indios mozos amigos que sirven a los españoles, andan en su traje, y algunos muy bien tratados, que se precian mucho de policía en su vestido: pelean a las veces en favor de sus amos, y algunos animosamente, en especial cuando los españoles dejan los caballos y pelean a pie, porque en las retiradas los suelen dejar en las manos de los enemigos, que los matan cruelísimamente.

Canto I
El cual declara el asiento y descripción de la provincia de Chile y Estado de Arauco, con las costumbres y modos de guerra que los naturales tienen; y asimismo trata en suma la entrada y conquista que los españoles hicieron hasta que Arauco se comenzó a rebelar.
No las damas, amor, no gentilezas
de caballeros canto enamorados;
ni las muestras, regalos ni ternezas
de amorosos afectos y cuidados:
mas el valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco, no domada,
pusieron duro yugo por la espada.
Cosas diré también harto notables
de gente que a ningún rey obedecen,
temerarias empresas memorables
que celebrarse con razón merecen;
raras industrias, términos loables
que más los españoles engrandecen;
pues no es el vencedor más estimado
de aquello en que el vencido es reputado.
Suplícoos, gran Felipe, que mirada
esta labor, de vos sea recebida,
que, de todo favor necesitada,
queda con darse a vos favorecida:
es relación sin corromper, sacada
de la verdad, cortada a su medida;
no despreciéis el don, aunque tan pobre,
para que autoridad mi verso cobre.
Quiero a señor tan alto dedicarlo,
porque este atrevimiento lo sostenga,
tomando esta manera de ilustrarlo,
para que quien lo viere en más lo tenga:
y si esto no bastare a no tacharlo,
a lo menos confuso se detenga,
pensando que, pues va a vos dirigido,
que debe de llevar algo escondido.
Y haberme en vuestra casa yo criado,
que crédito me da por otra parte,
hará mi torpe estilo delicado,
y lo que va sin orden lleno de arte:
así, de tantas cosas animado,
la pluma entregaré al furor de Marte;
dad orejas, Señor, a lo que digo,
que soy de parte de ello buen testigo.
Chile, fértil provincia, y señalada
en la región antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa,
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida,
ni a extranjero dominio sometida.
Es Chile Norte Sur de gran longura,
costa del nuevo mar del Sur llamado;
tendrá del Este al Oeste de angostura
cien millas, por lo más ancho tomado,
bajo del polo Antártico en altura
de veinte y siete grados, prolongado
hasta do el mar Océano y Chileno
mezclan sus aguas por angosto seno.
Y estos dos anchos mares, que pretenden,
pasando de sus términos, juntarse,
baten las rocas y sus olas tienden;
mas esles impedido el allegarse;
por esta parte al fin la tierra hienden
y pueden por aquí comunicarse:
Magallanes, Señor, fue el primer hombre
que, abriendo este camino, le dio nombre.
Por falta de piloto, o encubierta
causa, quizá importante y no sabida,
esta secreta senda descubierta
quedó para nosotros escondida:
ora sea yerro de la altura cierta,
ora que alguna isleta removida
del tempestuoso mar y viento airado,
encallando en la boca, la ha cerrado.
Digo que Norte Sur corre la tierra,
y baña la del Oeste la marina;
a la banda del Este va una sierra
que el mismo rumbo mil leguas camina:
en medio es donde el punto de la guerra
por uso y ejercicio más se afina:
Venus y Amor aquí no alcanzan parte;
sólo domina el iracundo Marte.
Pues en este distrito demarcado,
por donde su grandeza es manifiesta,
está a treinta y seis grados el Estado
que tanta sangre extraña y propia cuesta:
éste es el fiero pueblo no domado
que tuvo a Chile en tal estrecho puesta,
y aquel que por valor y pura guerra
hace en torno temblar toda la tierra.
Es Arauco, que basta, el cual sujeto
lo más de este gran término tenía,
con tanta fama, crédito y conceto
que del un polo al otro se extendía:
y puso al español en tal aprieto
cual presto se verá en la carta mía:
veinte leguas contienen sus mojones,
poséenla diez y seis fuertes varones.
De diez y seis caciques y señores
es el soberbio estado poseído,
en militar estudio los mejores
que de bárbaras madres han nacido:
reparo de su patria y defensores,
ninguno en el gobierno preferido;
otros caciques hay, mas por valientes
son éstos en mandar los preeminentes.
Sólo al señor de imposición le viene
servicio personal de sus vasallos,
y en cualquiera ocasión cuando conviene
puede por fuerza al débito apreamiallos;
pero así obligación el señor tiene
en las cosas de guerra doctrinallos,
con tal uso, cuidado y diciplina,
que son maestros después de esta doctrina.
En lo que usan los niños, en teniendo
habilidad y fuerza provechosa,
es que un trecho seguido han de ir corriendo
por una áspera cuesta pedregosa;
y al puesto y fin del curso revolviendo
le dan al vencedor alguna cosa:
vienen a ser tan sueltos y alentados
que alcanzan por aliento los venados.
Y desde la niñez al ejercicio
los apremian por fuerza y los incitan,
y en el bélico estudio y duro oficio,
entrando en más edad, los ejercitan:
si alguno de flaqueza da un indicio,
del uso militar lo inhabilitan;
y al que sale en las armas señalado
conforme a su valor le dan el grado.
Los cargos de la guerra y preeminencia
no son por flacos medios proveídos,
ni van por calidad, ni por herencia,
ni por hacienda y ser mejor nacidos;
mas la virtud del brazo y la excelencia,
ésta hace los hombres preferidos;
ésta ilustra, habilita, perficiona
y quilata el valor de la persona.
Los que están a la guerra dedicados
no son a otro servicio constreñidos,
del trabajo y labranza reservados
y de la gente baja mantenidos:
pero son por las leyes obligados
de estar a punto de armas proveídos,
y a saber diestramente gobernallas
en las lícitas guerras y batallas.
Las armas dellos más ejercitadas
son picas, alabardas y lanzones,
con otras puntas largas enhastadas
de la fación y forma de punzones:
hachas, martillos, mazas barreadas,
dardos, sargentas, flechas y bastones,
lazos de fuertes mimbres y bejucos,
tiros arrojadizos y trabucos.
Algunas destas armas han tomado
de los cristianos nuevamente agora,
que el continuo ejercicio y el cuidado
enseña y aprovecha cada hora;
y otras, según los tiempos, inventado,
que es la necesidad grande inventora,
y el trabajo solícito en las cosas,
maestro de invenciones prodigiosas.
Tienen fuertes y dobles coseletes,
arma común a todos los soldados,
y otros a la manera de sayetes,
que son, aunque modernos, más usados:
grevas, brazales, golas, capacetes
de diversas hechuras encajados,
hechos de piel curtida y duro cuero,
que no basta ofenderle el fino acero.
Cada soldado una arma solamente
ha de aprender y en ella ejercitarse,
y es aquella a que más naturalmente
en la niñez mostrare aficionarse:
desta sola procura diestramente
saberse aprovechar, y no empacharse
en jugar de la pica el que es flechero,
ni de la maza y flechas el piquero.
Hacen su campo, y muéstranse en formados
escuadrones distintos muy enteros,
cada hila de más de cien soldados,
entre una pica y otra los flecheros,
que de lejos ofenden desmandados
bajo la protección de los piqueros,
que van hombro con hombro, como digo,
hasta medir a pica al enemigo.
Si el escuadrón primero que acomete
por fuerza viene a ser desbaratado,
tan presto a socorrerle otro se mete,
que casi no da tiempo a ser notado;
si aquél se desbarata, otro arremete,
y estando ya el primero reformado,
moverse de su término no puede
hasta ver lo que al otro le sucede.
De pantanos procuran guarnecerse
por el daño y temor de los caballos,
donde suelen a veces acogerse,
si viene a suceder desbaratallos:
allí pueden seguros rehacerse,
ofenden sin que puedan enojallos;
que el falso sitio y gran inconveniente
impide la llegada a nuestra gente.
Del escuadrón se van adelantando
los bárbaros que son sobresalientes,
soberbios cielo y tierra despreciando,
ganosos de extremarse por valientes;
las picas por los cuentos arrastrando,
poniéndose en posturas diferentes,
diciendo: «Si hay valiente algún cristiano
salga luego adelante mano a mano.»
Hasta treinta o cuarenta en compañía,
ambiciosos de crédito y loores,
vienen con grande orgullo y bizarría
al son de presurosos atambores:
las armas matizadas a porfía
con varias y finísimas colores;
de poblados penachos adornados
saltando acá y allá por todos lados.
Hacen fuerzas o fuertes cuando entienden
ser el lugar y sitio en su provecho,
o si ocupar un término pretenden,
o por algún aprieto y grande estrecho,
de do más a su salvo se defienden,
y salen de rebato a caso hecho,
recogiéndose a tiempo al sitio fuerte,
que su forma y hechura es desta suerte.
Señalado el lugar, hecha la traza,
de poderosos árboles labrados
cercan una cuadrada y ancha plaza
en valientes estacas afirmados,
que a los de fuera impide y embaraza
la entrada y combatir, porque, guardados
del muro los de dentro, fácilmente
de mucha se defiende poca gente.
Solían antiguamente de tablones
hacer dentro del fuerte otro apartado,
puestos de trecho a trecho unos troncones
en los cuales el muro iba fijado
con cuatro levantados torreones
a caballero del primer cercado,
de pequeñas troneras lleno el muro,
para jugar sin miedo y más seguro.
En torno desta plaza poco trecho
cercan de espesos hoyos por de fuera:
cual es largo, cual ancho, y cual estrecho;
y así van, sin faltar desta manera,
para el incauto mozo que de hecho
apresura el caballo en la carrera
tras el astuto bárbaro engañoso,
que le mete en el cerco peligroso.
También suelen hacer hoyos mayores
con estacas agudas en el suelo,
cubiertos de carrizo, yerba y flores,
porque puedan picar más sin recelo:
allí los indiscretos corredores,
teniendo sólo por remedio el cielo,
se sumen dentro y quedan enterrados
en las agudas puntas estacados.
De consejo y acuerdo una manera
tienen de tiempo antiguo acostumbrada;
que es hacer un convite y borrachera
cuando sucede cosa señalada:
y así cualquier señor que la primera
nueva del tal suceso le es llegada,
despacha con presteza embajadores
a todos los caciques y señores;
haciéndoles saber como se ofrece
necesidad y tiempo de juntarse,
pues a todos les toca y pertenece,
que es bien con brevedad comunicarse:
según el caso, así se lo encarece,
y el daño que se sigue dilatarse;
lo cual, visto que a todos les conviene,
ninguno venir puede que no viene.
Juntos, pues, los caciques del senado
propóneles el caso nuevamente;
el cual por ellos visto y ponderado,
se trata del remedio conveniente;
y resueltos en uno, y decretado,
si alguno de opinión es diferente,
no puede en cuanto al débito eximirse,
que allí la mayor voz ha de seguirse.
Después que cosa en contra no se halla,
se va el nuevo decreto declarando
por la gente común y de canalla,
que alguna novedad está aguardando:
si viene a averiguarse por batalla,
con gran rumor lo van manifestando
de trompas y atambores altamente,
porque a noticia venga de la gente.
Tienen un plazo puesto y señalado
para se ver sobre ello y remirarse,
tres días se han de haber ratificado
en la difinición sin retractarse:
y el franco y libre término pasado,
es de ley imposible revocarse;
y así como a forzoso acaecimiento,
se disponen al nuevo movimiento.
Hácese este concilio en un gracioso
asiento en mil florestas escogido,
donde se muestra el campo más hermoso
de infinidad de flores guarnecido;
allí de un viento fresco y amoroso
los árboles se mueven con ruïdo,
cruzando muchas veces por el prado
un claro arroyo limpio y sosegado,
do una fresca y altísima alameda
por orden y artificio tienen puesta
en torno de la plaza, y ancha rueda
capaz de cualquier junta y grande fiesta,
que convida a descanso, y al Sol veda
la entrada y paso en la enojosa siesta:
allí se oye la dulce melodía
del canto de las aves y armonía.
Gente es sin Dios ni ley, aunque respeta
a aquel que fue del cielo derribado,
que como a poderoso y gran profeta
es siempre en sus cantares celebrado:
invocan su furor con falsa seta
y a todos sus negocios es llamado,
teniendo cuanto dice por seguro
del próspero suceso o mal futuro.
Y cuando quieren dar una batalla
con él lo comunican en su rito,
si no responde bien, dejan de dalla,
aunque más les insista el apetito;
caso grave o negocio no se halla
do no sea convocado este maldito;
llámanle Eponamón, y comúnmente
dan este nombre a alguno si es valiente.
Usan el falso oficio de hechiceros,
ciencia a que naturalmente se inclinan,
en señales mirando y en agüeros,
por las cuales sus cosas determinan:
veneran a los necios agoreros
que los casos futuros adivinan;
el agüero acrecienta su osadía,
y les infunde miedo o cobardía.
Algunos de estos son predicadores,
tenidos en sagrada reverencia,
que sólo se mantienen de loores,
y guardan vida estrecha y abstinencia:
éstos son los que ponen en errores
al liviano común con su elocuencia,
teniendo por tan cierta su locura
como nos la evangélica escritura.
Y éstos que guardan orden algo estrecha
no tienen ley, ni Dios, ni que hay pecados;
mas sólo aquel vivir les aprovecha
de ser por sabios hombres reputados:
pero la espada, lanza, el arco y flecha
tienen por mejor ciencia otros soldados;
diciendo que el agüero alegre o triste
en la fuerza y el ánimo consiste.
En fin, el hado y clima de esta tierra,
si su estrella y pronóstico se miran,
es contienda, furor, discordia, guerra,
y a sólo esto los ánimos aspiran:
todo su bien y mal aquí se encierra;
son hombres que de súbito se aíran,
de condiciones feroces, impacientes,
amigos de domar extrañas gentes.
Son de gestos robustos, desbarbados,
bien formados los cuerpos y crecidos,
espaldas grandes, pechos levantados,
recios miembros, de nervios bien fornidos;
ágiles, desenvueltos, alentados,
animosos, valientes, atrevidos,
duros en el trabajo, y sufridores
de fríos mortales, hambres y calores.
No ha habido rey jamás que sujetase
esta soberbia gente libertada,
ni extranjera nación que se jactase
de haber dado en sus términos pisada;
ni comarcana tierra que se osase
mover en contra y levantar espada:
siempre fue exenta, indómita, temida,
de leyes libre y de cerviz erguida.
El potente rey Inga, aventajado
en todas las antárticas regiones,
fue un señor en extremo aficionado
a ver y conquistar nuevas naciones;
y por la gran noticia del estado
a Chile despachó sus Orejones;
mas la parlera fama de esta gente
la sangre les templó y ánimo ardiente.
Pero los nobles Ingas valerosos
los despoblados ásperos rompieron,
y en Chile algunos pueblos belicosos
por fuerza a servidumbre redujeron:
a do leyes y edictos trabajosos
con dura mano armada introdujeron,
haciéndoles con fueros disolutos
pagar grandes subsidios y tributos.
Dado asiento en la tierra y reformado
el campo con ejército pujante,
en demanda del reino deseado
movieron sus escuadras adelante:
no hubieron muchas millas caminado,
cuando entendieron que era semejante
el valor a la fama que alcanzada
tenía el pueblo araucano por la espada.
Los Promaucaes de Maule, que supieron
el vano intento de los Ingas vanos,
al paso y duro encuentro les salieron,
no menos en buen orden que lozanos;
y las cosas de suerte sucedieron
que, llegando estas gentes a las manos,
murieron infinitos Orejones,
perdiendo el campo y todos los pendones.
Los indios Promaucaes es una gente
que está cien millas antes del estado,
brava, soberbia, próspera y valiente,
que bien los españoles la han probado:
pero con cuanto digo, es diferente
de la fiera nación, que, cotejado
el valor de las armas y excelencia,
es grande la ventaja y diferencia.
Los Ingas, que la fuerza conocían
que en la provincia indómita se encierra,
y cuán poco a los brazos ganarían
llegada al cabo la empezada guerra;
visto el errado intento que traían,
desamparando la ganada tierra,
volvieron a los pueblos que dejaron
donde por algún tiempo reposaron.
Pues don Diego de Almagro, Adelantado,
que en otras mil conquistas se había visto,
por sabio en todas ellas reputado,
animoso, valiente, franco y quisto,
a Chile caminó determinado
de extender y ensanchar la fe de Cristo;
pero en llegando al fin de este camino
dar en breve la vuelta le convino.
A sólo el de Valdivia esta victoria
con justa y gran razón le fue otorgada,
y es bien que se celebre su memoria,
pues pudo adelantar tanto su espada:
éste alcanzó en Arauco aquella gloria,
que de nadie hasta allí fuera alcanzada;
la altiva gente al grave yugo trujo,
y en opresión la libertad redujo.
Con una espada y capa solamente,
ayudado de industria que tenía,
hizo con brevedad de buena gente
una lucida y gruesa compañía;
y con designio y ánimo valiente
toma de Chile la derecha vía,
resuelto en acabar de esta salida
la demanda difícil o la vida.
Viose en el largo y áspero camino
por la hambre, sed y frío en gran estrecho;
pero con la constancia que convino
puso al trabajo el animoso pecho:
y el diestro hado y próspero destino
en Chile le metieron, a despecho
de cuantos estorbarlo procuraron,
que en su daño las armas levantaron.
Tuvo a la entrada con aquellas gentes
batallas y rencuentros peligrosos,
en tiempos y lugares diferentes,
que estuvieron los fines bien dudosos;
pero al cabo por fuerza los valientes
españoles, con brazos valerosos,
siguiendo el hado y con rigor la guerra,
ocuparon gran parte de la tierra.
No sin gran riesgo y pérdidas de vidas
asediados seis años sostuvieron,
y de incultas raíces desabridas
los trabajados cuerpos mantuvieron,
do a las bárbaras armas oprimidas
a la española devoción trujeron,
por ánimo constante y raras pruebas
criando en los trabajos fuerzas nuevas.
Después entró Valdivia conquistando
con esfuerzo y espada rigurosa,
los Promaucaes por fuerza sujetando,
Curios, Cauquenes, gente belicosa;
y, el Maule y raudo Itata atravesando,
llegó al Andaliën, do la famosa
ciudad fundó de muros levantada,
felice en poco tiempo y desdichada.
Una batalla tuvo aquí sangrienta
donde a punto llegó de ser perdido:
pero Dios le acorrió en aquella afrenta;
que en todas las demás le había acorrido:
otros dello darán más larga cuenta,
que les está este cargo cometido;
allí fue preso el bárbaro Ainavillo,
honor de los Pencones y caudillo.
De allí llegó al famoso Biobío,
el cual divide a Penco del estado,
que del Nibequetén, copioso río,
y de otros viene al mar acompañado;
de donde con presteza y nuevo brío,
en orden buena y escuadrón formado
pasó de Andalicán la áspera sierra,
pisando la araucana y fértil tierra.
No quiero detenerme más en esto,
pues que no es mi intención dar pesadumbre;
y así pienso pasar por todo presto,
huyendo de importunos la costumbre:
digo con tal intento y presupuesto
que antes que los de Arauco a servidumbre
viniesen, fueron tantas las batallas,
que dejo por prolijas de contallas.
Ayudó mucho el ignorante engaño
de ver en animales corregidos
hombres que por milagro y caso extraño
de la región celeste eran venidos:
y del súbito estruendo y grave daño
de los tiros de pólvora sentidos,
como a inmortales dioses los temían,
que con ardientes rayos combatían.
Los españoles hechos hazañosos
el error confirmaban de inmortales,
afirmando los más supersticiosos,
por los presentes los futuros males:
y así tibios, suspensos y dudosos,
viendo de su opresión claras señales,
debajo de hermandad y fe jurada
dio Arauco la obediencia jamás dada.
Dejando allí el seguro suficiente
adelante los nuestros caminaron;
pero todas las tierras llanamente,
viendo Arauco sujeta, se entregaron;
y reduciendo a su opinión gran gente,
siete ciudades prósperas fundaron,
Coquimbo, Penco, Angol y Santiago,
La Imperial, Villa-Rica, y la del Lago.
El felice suceso, la victoria,
la fama y posesiones que adquirían
los trujo a tal soberbia y vanagloria,
que en mil leguas diez hombres no cabían;
sin pasarles jamás por la memoria
que en siete pies de tierra al fin habían
de venir a caber sus hinchazones,
su gloria vana y vanas pretensiones.
Crecían los intereses y malicia,
a costa del sudor y daño ajeno,
y la hambrienta y mísera codicia
con libertad paciendo iba sin freno:
la ley, derecho, el fuero y la justicia
era lo que Valdivia había por bueno,
remiso en graves culpas y piadoso,
y en los casos livianos riguroso.
Así el ingrato pueblo Castellano,
en mal y estimación iba creciendo,
y siguiendo el soberbio intento vano
tras su fortuna próspera corriendo:
pero el Padre del cielo soberano
atajó este camino, permitiendo
que aquel a quien él mismo puso el yugo
fuese el cuchillo y áspero verdugo.
El estado araucano acostumbrado
a dar leyes, mandar y ser temido,
viéndose de su trono derribado,
y de mortales hombres oprimido;
de adquirir libertad determinado,
reprobando el subsidio padecido,
acude al ejercicio de la espada,
ya por la paz ociosa desusada.
Dieron señal primero y nuevo tiento
(por ver con qué rigor se tomaría)
en dos soldados nuestros, que a tormento
mataron sin razón y causa un día:
disimulose aquel atrevimiento,
y con esto crecioles la osadía;
no aguardando a más tiempo, abiertamente
comienzan a llamar y juntar gente.
Principio fue del daño no pensado
el no tomar Valdivia presta enmienda
con ejemplar castigo del estado;
pero nadie castiga en su hacienda:
el pueblo sin temor desvergonzado
con nueva libertad rompe la rienda
del homenaje hecho y la promesa,
como el segundo canto aquí lo expresa.
Canto II
Pónese la discordia que entre los caciques de Arauco hubo sobre la elección de capitán general, y el medio que se tomó por el consejo del cacique Colocolo, con la entrada que por engaño los bárbaros hicieron en la casa fuerte de Tucapel y la batalla que con los españoles tuvieron.
Muchos hay en el mundo que han llegado
a la engañosa alteza desta vida,
que Fortuna los ha siempre ayudado
y dádoles la mano a la subida,
para, después de haberlos levantado,
derribarlos con mísera caïda,
cuando es mayor el golpe y sentimiento
y menos el pensar que hay mudamiento.
No entienden con la próspera bonanza
que el contento es principio de tristeza,
ni miran en la súbita mudanza
del consumidor tiempo y su presteza:
mas con altiva y vana confianza
quieren que en su fortuna haya firmeza;
la cual, de su aspereza no olvidada,
revuelve con la vuelta acostumbrada.
Con un revés de todo se desquita,
que no quiere que nadie se le atreva,
y mucho más que da siempre les quita,
no perdonando cosa vieja o nueva:
de crédito y de honor los necesita,
que en el fin de la vida está la prueba,
por el cual han de ser todos juzgados,
aunque lleven principios acertados.
Del bien perdido al cabo ¿qué nos queda
sino pena, dolor y pesadumbre?
Pensar que en él Fortuna ha de estar queda,
antes dejara el sol de darnos lumbre:
que no es su condición fijar la rueda,
y es malo de mudar vieja costumbre.
El más seguro bien de la Fortuna
es no haberla tenido vez alguna.
Esto verse podrá por esta historia:
ejemplo dello aquí puede sacarse,
que no bastó riqueza, honor y gloria,
con todo el bien que puede desearse,
a llevar adelante la victoria;
que el claro cielo al fin vino a turbarse,
mudando la Fortuna en triste estado
el curso y orden próspera del Hado.
La gente nuestra ingrata se hallaba
en la prosperidad que arriba cuento,
y en otro mayor bien, que me olvidaba,
hallado en pocas casas, que es contento:
de tal manera en él se descuidaba
(cierta señal de triste acaecimiento)
que en una hora perdió el honor y estado
que en mil años de afán había ganado.
Por dioses, como dije, eran tenidos
de los indios los nuestros; pero olieron
que de mujer y hombre eran nacidos,
y todas sus flaquezas entendieron:
viéndolos a miserias sometidos,
el error ignorante conocieron,
ardiendo en viva rabia avergonzados
por verse de mortales conquistados.
No queriendo a más plazo diferirlo,
entre ellos comenzó luego a tratarse
que, para en breve tiempo concluirlo
y dar el modo y orden de vengarse,
se junten a consulta a difinirlo,
do venga la sentencia a pronunciarse,
dura, ejemplar, cruël, irrevocable,
horrenda a todo el mundo y espantable.
Iban ya los caciques ocupando
los campos con la gente que marchaba,
y no fue menester general bando,
que el deseo de guerra los llamaba
sin promesas, ni pagas, deseando
el esperado tiempo, que tardaba,
para el decreto y áspero castigo,
con muerte y destrucción del enemigo.
De algunos que en la junta se hallaron
es bien que haya memoria de sus nombres,
que, siendo incultos bárbaros, ganaron
con no poca razón claros renombres:
pues en tan breve término alcanzaron
grandes victorias de notables hombres,
que de ellas darán fe los que vivieren,
y los muertos allá donde estuvieren.
Tucapel se llamaba aquel primero
que al plazo señalado había venido;
éste fue de cristianos carnicero,
siempre en su enemistad endurecido,
tiene tres mil vasallos el guerrero,
de todos como rey obedecido.
Ongol luego llegó, mozo valiente;
gobierna cuatro mil, lucida gente.
Cayocupil, cacique bullicioso,
no fue el postrero que dejó su tierra;
que allí llegó el tercero, deseoso
de hacer a todo el mundo él solo guerra:
tres mil vasallos tiene este famoso
usados tras las fieras en la sierra.
Millarapué, aunque viejo, el cuarto vino,
que cinco mil gobierna de contino.
Paicabí se juntó aquel mismo día,
tres mil fuertes soldados señorea.
No lejos Lemolemo dél venía,
que tiene seis mil hombres de pelea.
Mareguano, Gualemo y Lebopía
se dan priesa a llegar, porque se vea
que quieren ser en todo los primeros;
gobiernan estos tres tres mil guerreros.
No se tardó en venir, pues, Elicura
que al tiempo y plazo puesto había llegado,
de gran cuerpo, robusto en la hechura,
por uno de los fuertes reputado:
dice que estar sujeto es gran locura
quien seis mil hombres tiene a su mandado.
Luego llegó el anciano Colocolo;
otros tantos y más rige éste solo.
Tras éste a la consulta Ongolmo viene,
que cuatro mil guerreros gobernaba.
Purén en arribar no se detiene,
seis mil súbditos éste administraba.
Pasados de seis mil Lincoya tiene,
que bravo y orgulloso ya llegaba,
diestro, gallardo, fiero en el semblante,
de proporción y altura de gigante.
Peteguelén, cacique señalado,
que el gran valle de Arauco le obedece
por natural Señor, y así el estado
este nombre tomó, según parece,
como Venecia, pueblo libertado,
que en todo aquel gobierno más florece:
tomando el nombre de él la Señoría,
así guarda el estado el nombre hoy día.
Éste no se halló personalmente,
por estar impedido de cristianos;
pero de seis mil hombres que él valiente
gobierna, naturales araucanos,
acudió desmandada alguna gente
a ver si es menester mandar las manos.
Caupolicán el fuerte no venía,
que toda Pilmaiquén le obedecía.
Tomé y Andalicán también vinieron,
que eran del araucano regimiento,
y otros muchos caciques acudieron,
que por no ser prolijo no los cuento.
Todos con leda faz se recibieron,
mostrando en verse juntos gran contento.
Después de razonar en su venida
se comenzó la espléndida comida.
Al tiempo que el beber furioso andaba,
y mal de las tinajas el partido,
de palabra en palabra se llegaba
a encenderse entre todos gran ruïdo:
la razón uno de otro no escuchaba:
sabida la ocasión do había nacido,
vino sobre cuál era el más valiente
y digno del gobierno de la gente.
Así creció el furor, que derribando
las mesas, de manjares ocupadas,
aguijan a las armas, desgajando
las armas al depósito obligadas;
y dellas se aperciben, no cesando
palabras peligrosas y pesadas,
que atizaban la cólera encendida
con el calor del vino y la comida.
El audaz Tucapel claro decía
que el cargo del mandar le pertenece,
pues todo el universo conocía
que si va por valor que lo merece:
«Ninguno se me iguala en valentía;
de mostrarlo estoy presto, si se ofrece,
(añade el jactancioso) a quien quisiere;
y aquel que esta razón contradijere…»
Sin dejarle acabar dijo Elicura:
«A mí es dado el gobierno desta danza,
y el simple que intentare otra locura
ha de probar el hierro de esta lanza.»
Ongolmo, que el primero ser procura,
dice: «Yo no he perdido la esperanza
en tanto que este brazo sustentare
y con él la ferrada gobernare.»
De cólera Lincoya y rabia insano
responde: «Tratar de eso es devaneo,
que ser señor del mundo es en mi mano,
si en ella libre este bastón poseo.»
«Ninguno, dice Ongol, será tan vano
que ponga en igualárseme el deseo,
pues es más el temor que pasaría
que la gloria que el hecho le daría.»
Cayocupil furioso y arrogante
la maza esgrime, haciéndose a lo largo,
diciendo: «Yo veré quién es bastante
a dar de lo que ha dicho más descargo:
haceos los pretensores adelante,
veremos de cuál de ellos es el cargo;
que de probar aquí luego me ofrezco
que más que todos juntos lo merezco.»
»Alto, sus, que yo aceto el desafío
(responde Lemolemo), y tengo en nada
poner a prueba lo que es mío,
que más quiero librarlo por la espada:
mostraré ser verdad lo que porfío
a dos, a cuatro, a seis en la estacada;
y si todos cuestión queréis conmigo,
os haré manifiesto lo que digo.»
Purén, que estaba aparte, habiendo oído
la plática enconosa y rumor grande,
diciendo, en medio de ellos se ha metido,
que nadie en su presencia se desmande;
y ¿quién imaginar es atrevido
que donde está Purén más otro mande?
La grita y el furor se multiplica,
quién esgrime la maza, y quién la pica.
Tomé y otros caciques se metieron
en medio de estos bárbaros de presto,
y con dificultad los despartieron,
que no hicieron poco en hacer esto:
de herirse lugar aún no tuvieron,
y en voz airada ya el temor pospuesto,
Colocolo, el cacique más anciano,
a razonar así tomó la mano.-
«Caciques, del Estado defensores,
codicia de mandar no me convida
a pesarme de veros pretensores
de cosa que a mí tanto era debida:
porque, según mi edad, ya veis, señores,
que estoy al otro mundo de partida;
mas el amor que siempre os he mostrado
a bien aconsejaros me ha incitado.
»¿Por qué cargos honrosos pretendemos
y ser en opinión grande tenidos,
pues que negar al mundo no podemos
haber sido sujetos y vencidos?
Y en esto averiguarnos no queremos,
estando aún de españoles oprimidos:
mejor fuera esa furia ejecutalla
contra el fiero enemigo en la batalla.
»¿Qué furor es el vuestro ¡oh araucanos!
que a perdición os lleva sin sentido?
¿Contra vuestras entrañas tenéis manos,
y no contra el tirano en resistillo?
¿Teniendo tan a golpe a los cristianos
volvéis contra vosotros el cuchillo?
Si gana de morir os ha movido,
no sea en tan bajo estado y abatido.
»Volved las armas y ánimo furioso
a los pechos de aquellos que os han puesto
en dura sujeción, con afrentoso
partido, a todo el mundo manifiesto;
lanzad de vos el yugo vergonzoso;
mostrad vuestro valor y fuerza en esto:
no derraméis la sangre del estado
que para redimirnos ha quedado.
»No me pesa de ver la lozanía
de vuestro corazón, antes me esfuerza;
mas temo que esta vuestra valentía,
por mal gobierno, el buen camino tuerza:
que, vuelta entre nosotros la porfía,
degolléis nuestra patria con su fuerza:
cortad, pues, si ha de ser desa manera,
esta vieja garganta la primera:
»Que esta flaca persona, atormentada
de golpes de fortuna, no procura
sino el agudo filo de una espada,
pues no la acaba tanta desventura.
Aquella vida es bien afortunada
que la temprana muerte la asegura;
pero, a nuestro bien público atendiendo,
quiero decir en esto lo que entiendo.
»Pares sois en valor y fortaleza;
el cielo os igualó en el nacimiento;
de linaje, de estado y de riqueza
hizo a todos igual repartimiento;
y en singular por ánimo y grandeza
podéis tener del mundo el regimiento:
que este precioso don, no agradecido,
nos ha al presente término traído.
»En la virtud de vuestro brazo espero
que puede en breve tiempo remediarse,
mas ha de haber un capitán primero
que todos por él quieran gobernarse:
este será quien más un gran madero
sustentare en el hombro sin pararse;
y pues que sois iguales en la suerte,
procure cada cual ser el más fuerte.»-
Ningún hombre dejó de estar atento
oyendo del anciano las razones,
y puesto ya silencio al parlamento,
hubo entre ellos diversas opiniones:
al fin, de general consentimiento,
siguiendo las mejores intenciones,
por todos los caciques acordado
lo propuesto del viejo fue acetado.
Podría de alguno ser aquí una cosa
que parece sin término notada,
y es que una provincia poderosa,
en la milicia tanto ejercitada,
de leyes y ordenanzas abundosa,
no hubiese una cabeza señalada
a quien tocase el mando y regimiento,
sin allegar a tanto rompimiento.
Respondo a esto que nunca sin caudillo
la tierra estuvo electo del senado;
que, como dije, en Penco el Ainavillo
fue por nuestra nación desbaratado;
y viniendo de paz, en un castillo
se dice, aunque no es cierto, que un bocado
le dieron de veneno en la comida,
donde acabó su cargo con la vida.
Pues el madero súbito traído,
(no me atrevo a decir lo que pesaba),
era un macizo líbano fornido,
que con dificultad se rodeaba:
Paicabí le aferró menos sufrido,
y en los valientes hombros le afirmaba;
seis horas lo sostuvo aquel membrudo,
pero llegar a siete jamás pudo.
Cayocupil al tronco aguija presto,
de ser el más valiente confiado,
y encima de los altos hombros puesto,
lo deja a las cinco horas de cansado:
Gualemo lo probó, joven dispuesto,
mas no pasó de allí; y esto acabado,
Ongol el grueso leño tomó luego:
duró seis horas largas en el juego.
Purén tras él lo trujo medio día,
y el esforzado Ongolmo más de medio;
y cuatro horas y media Lebopía,
que de sufrirle más no hubo remedio:
Lemolemo siete horas le traía,
el cual jamás en todo este comedio
dejó de andar acá y allá saltando,
hasta que ya el vigor le fue faltando.
Elicura a la prueba se previene,
y en sustentar el líbano trabaja;
a nueve horas dejarle le conviene,
que no pudiera más si fuera paja.
Tucapelo catorce lo sostiene,
encareciendo todos la ventaja.
Pero en esto Lincoya apercibido
mudó en un gran silencio aquel ruïdo.
De los hombros el manto derribando
las terribles espaldas descubría,
y el duro y grave leño levantando
sobre el fornido asiento lo ponía:
corre ligero aquí y allí, mostrando
que poco aquella carga le impedía:
Era de Sol a Sol el día pasado,
y el peso sustentaba aún no cansado.
Venía apriesa la noche, aborrecida
por la ausencia del Sol; pero Diana
les daba claridad con su salida,
mostrándose a tal tiempo más lozana;
Lincoya con la carga no convida
aunque ya despuntaba la mañana,
hasta que llegó el Sol al medio cielo,
que dio con ella entonces en el suelo.
No se vio allí persona en tanta gente
que no quedase atónita de espanto,
creyendo no haber hombre tan potente
que la pesada carga sufra tanto:
la ventaja le daban, juntamente
con el gobierno, mando, y todo cuanto
a digno general era debido,
hasta allí justamente merecido.
Ufano andaba el bárbaro y contento
de haberse más que todos señalado;
cuando Caupolicán a aquel asiento
sin gente a la ligera había llegado:
tenía un ojo sin luz de nacimiento,
como un fino granate colorado;
pero lo que en la vista le faltaba
en la fuerza y esfuerzo le sobraba.
Era este noble mozo de alto hecho,
varón de autoridad, grave y severo,
amigo de guardar todo derecho,
áspero, riguroso, justiciero,
de cuerpo grande y relevado pecho,
hábil, diestro, fortísimo y ligero,
sabio, astuto, sagaz, determinado,
y en casos de repente reportado.
Fue con alegre muestra recibido,
aunque no sé si todos se alegraron:
el caso en esta suma referido
por su término y puntos le contaron:
Viendo que Apolo ya se había escondido
en el profundo mar, determinaron
que la prueba de aquél se dilatase
hasta que la esperada luz llegase.
Pasábase la noche en gran porfía
que causó esta venida entre la gente;
cuál se atiene a Lincoya, y cuál decía
que es el Caupolicano más valiente:
Apuestas en favor y contra había,
otros sin apostar dudosamente
hacia el oriente vueltos aguardaban
si los febeos caballos asomaban.
Ya la rosada Aurora comenzaba
las nubes a bordar de mil labores,
y a la usada labranza dispertaba
la miserable gente y labradores:
y a los marchitos campos restauraba
la frescura perdida y sus colores,
aclarando aquel valle la luz nueva,
cuando Caupolicán viene a la prueba.
Con un desdén y muestra confiada
asiendo del troncón duro y ñudoso,
como si fuera vara delicada,
se le pone en el hombro poderoso:
La gente enmudeció, maravillada
de ver el fuerte cuerpo tan nervoso;
la color a Lincoya se le muda,
poniendo en su victoria mucha duda.
El bárbaro sagaz despacio andaba,
y a toda priesa entraba el claro día;
el Sol las largas sombras acortaba,
mas él nunca descrece en su porfía:
al ocaso la luz se retiraba,
ni por esto flaqueza en él había:
las estrellas se muestran claramente,
y no muestra cansancio aquel valiente.
Salió la clara Luna a ver la fiesta
del tenebroso albergue húmido y frío,
desocupando el campo y la floresta
de un negro velo lóbrego y sombrío:
Caupolicán no afloja de su apuesta,
antes con nueva fuerza y mayor brío
se mueve y representa de manera
como si peso alguno no trujera.
Por entre dos altísimos egidos
la esposa de Titón ya parecía,
los dorados cabellos esparcidos,
que de la fresca helada sacudía,
con que a los mustios prados florecidos
con el húmido humor reverdecía,
y quedaba engastado así en las flores
cual perlas entre piedras de colores.
El carro de Faetón sale corriendo
del mar por el camino acostumbrado:
sus sombras van los montes recogiendo
de la vista del Sol, y el esforzado
varón, el grave peso sosteniendo,
acá y allá se mueve no cansado;
aunque otra vez la negra sombra espesa
tornaba a parecer corriendo apriesa.
La Luna su salida provechosa
por un espacio largo dilataba:
al fin turbia, encendida y perezosa,
de rostro y luz escasa se mostraba:
Parose al medio curso más hermosa
a ver la extraña prueba en qué paraba;
y viéndola en el punto y ser primero
se derribó en el ártico hemisfero;
y el bárbaro en el hombro la gran viga,
sin muestra de mudanza y pesadumbre,
venciendo con esfuerzo la fatiga,
y creciendo la fuerza por costumbre.
Apolo en seguimiento de su amiga
tendido había los rayos de su lumbre;
y el hijo de Leocán en el semblante
más firme que al principio y más constante.
Era salido el Sol, cuando el enorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio en lanzándole disforme,
mostrando que aún más ánimo tenía:
el circunstante pueblo en voz conforme
pronunció la sentencia, y le decía:
«Sobre tan firmes hombros descargamos
el peso y grande carga que tomamos.»
El nuevo juego y pleito difinido,
con las más cerimonias que supieron
por sumo capitán fue recebido,
y a su gobernación se sometieron.
Creció en reputación, fue tan temido,
y en opinión tan grande le tuvieron,
que ausentes muchas leguas dél temblaban,
y casi como a rey le respetaban.
Es cosa en que mil gentes han parado,
y están en duda muchos hoy en día,
pareciéndoles que esto que he contado
es alguna ficción y poesía:
pues en razón no cabe, que un senado
de tan gran diciplina y policía
pusiese una elección de tanto peso
en la robusta fuerza y no en el seso.
Sabed que fue artificio, fue prudencia
del sabio Colocolo, que miraba
la dañosa discordia y diferencia
y el gran peligro en que su patria andaba,
conociendo el valor y suficiencia
de este Caupolicán que ausente estaba,
varón en cuerpo y fuerzas extremado,
de rara industria y ánimo dotado.
Así propuso astuta y sabiamente,
para que la elección se dilatase,
la prueba al parecer impertinente
en que Caupolicán se señalase,
y en esta dilación secretamente
dándole aviso, a la elección llegase,
trayendo así el negocio por rodeo
a conseguir su fin y buen deseo.
Celebraba con pompa allí el senado
de la justa elección la fiesta honrosa,
y el nuevo capitán, ya con cuidado
de dar principio a alguna grande cosa,
manda a Palta sargento que, callado,
de la gente más presta y animosa
ochenta diestros hombres aperciba,
y a su cargo apartados los reciba.
Fueron pues escogidos los ochenta
de más esfuerzo y menos conocidos;
entre ellos dos soldados de gran cuenta
por quien fuesen mandados y regidos,
hombres diestros, usados en afrenta,
a cualquiera peligro apercebidos,
el uno se llamaba Cayeguano
el otro Alcatipay de Talcaguano.
Tres castillos los nuestros ocupados
tenían para el seguro de la tierra,
de fuertes y anchos muros fabricados,
con foso que los ciñe en torno y cierra
guarnecidos de pláticos soldados,
usados al trabajo de la guerra,
caballos, bastimento, artillería
que en espesas troneras asistía.
Estaba el uno cerca del asiento
adonde era la fiesta celebrada;
y el araucano ejército contento,
mostrando no tener al mundo en nada:
que con discurso vano y movimiento
quería llevarlo todo a pura espada;
pero Caupolicán más cuerdamente
trataba del remedio conveniente.
Había entre ellos algunas opiniones
de cercar el castillo más vecino;
otros, que con formados escuadrones
a Penco enderezasen el camino:
dadas de cada parte sus razones,
Caupolicán en nada desto vino,
antes al pabellón se retiraba
y a los ochenta bárbaros llamaba.
Para entrar al castillo fácilmente
les da industria y manera disfrazada,
con expresa instrucción que plaza y gente
metan a fuego y a rigor de espada:
porque él luego tras ellos diligente
ocupará los pasos y la entrada:
después de haberlos bien amonestado
pusieron en efeto lo tratado.
Era en aquella plaza y edificio
la entrada a los de Arauco defendida,
salvo los necesarios al servicio
de la gente española, estatuïda
a la defensa de ella y ejercicio
de la fiera Belona embravecida;
y así los cautos bárbaros soldados
de feno, yerba y leña iban cargados.
Sordos a las demandas y preguntas,
siguen su intento y el camino usado,
las cargas en hilera y orden juntas,
habiendo entre los haces sepultado
astas fornidas de ferradas puntas;
y así contra el castillo, descuidado
del encubierto engaño, caminaban,
y en los vedados límites entraban.
El puente, muro y puerta atravesando,
miserables, los gestos afligidos,
algunos de cansados cojeando,
mostrándose marchitos y encojidos;
pero dentro las cargas desatando,
arrebatan las armas atrevidos,
con amenaza, orgullo y confianza
de la esperada y súbita venganza.
Los fuertes españoles salteados,
viendo la airada muerte tan vecina,
corren presto a las armas, aterrados
de la extraña cautela repentina;
y, a vencer o morir determinados,
cuál con celada, cuál con coracina,
salen a resistir la furia insana
de la brava y audaz gente araucana.
Asáltanse con ímpetu furioso,
suenan los hierros de una y otra parte;
allí muestra su fuerza el sanguinoso
y más que nunca embravecido Marte:
de vencer cada uno deseoso,
buscaba nuevo modo, industria y arte
de encaminar el golpe de la espada
por do diese a la muerte franca entrada.
La saña y el coraje se renueva
con la sangre que saca el hierro duro,
y la española gente a la india lleva
a dar de las espaldas en el muro.
ya el infiel escuadrón con fuerza nueva
cobra el perdido campo mal seguro,
que estaba de los golpes esforzados
cubierto de armas, y ellos desarmados.
Viéndose en tanto estrecho los cristianos,
de temor y vergüenza constreñidos,
las espadas aprietan en las manos,
en ira envueltos y en furor metidos:
cargan sobre los fieros araucanos,
por el ímpetu nuevo enflaquecidos;
entran en ellos, hieren y derriban,
y a muchos de cuidado y vida privan.
Siempre los españoles mejoraban,
haciendo fiero estrago y tan sangriento
en los osados indios, que pagaban
el poco seso y mucho atrevimiento:
Casi defensa en ellos no hallaban:
pierden la plaza y cobran escarmiento:
al fin de tal manera los trataron
que a fuerza de los muros los lanzaron.
Apenas Cayeguán y Talcaguano
salían, cuando con paso apresurado
asomó el escuadrón caupolicano
teniendo el hecho ya por acabado;
mas viendo el esperado efeto vano,
y el puente del castillo levantado,
pone cerco sobre él, con juramento
de no dejarle piedra en el cimiento.
Sintiendo un español mozo que había
demasiado temor en nuestra gente,
más de temeridad que de osadía,
cala sin miedo y sin ayuda el puente,
y puesto en medio dél alto decía:
«Salga adelante, salga el más valiente;
uno por uno a treinta desafío,
y a mil no negaré este cuerpo mío.»
No tan presto las fieras acudieron
al bramar de la res desamparada,
que de lejos sin orden conocieron
del pueblo y moradores apartada,
como los araucanos cuando oyeron
del valiente español la voz osada,
partiendo más de ciento presurosos,
del lance y cierta presa codiciosos.
No porque tantos vengan temor tiene
el gallardo español, ni esto le espanta,
antes al escuadrón que espeso viene
por mejor recibirle se adelanta:
El curso enfrena, el ímpetu detiene
de los fieros contrarios, que con tanta
furia se arroja entre ellos sin recelo,
que rodaron algunos por el suelo.
De dos golpes a dos tendió por tierra,
la espada revolviendo a todos lados:
aquí esparce una junta, y allí cierra
a donde ve los más amontonados:
igual andaba la desigual guerra
cuando los españoles bien armados,
abriendo con presteza un gran postigo
salen a la defensa del amigo.
Acuden los contrarios de otra parte,
y en medio de aquel campo y ancho llano
al ejercicio del sangriento Marte
viene el bando español y araucano:
la primera batalla se desparte,
que era de ciento a un solo castellano,
vuelven el crudo hierro no teñido
contra los que del fuerte habían salido.
Arrójanse con furia, no dudando,
en las agudas armas por juntarse,
y con las duras puntas van tentando
las partes por do más pueden dañarse:
cual los cíclopes suelen martillando
en las vulcanas yunques fatigarse,
así martillan, baten y cercenan,
y las cavernas cóncavas atruenan.
Andaba la victoria así igualmente;
mas gran ventaja y diferencia había
en el número y copia de la gente,
aunque el valor de España lo suplía:
pero el soberbio bárbaro impaciente,
viendo que un nuestro a ciento resistía,
con diabólica furia y movimiento
arranca a los cristianos del asiento.
Los españoles sin poder sufrillo
dejan el campo y de tropel corriendo
se lanzan por las puertas del castillo,
al bárbaro la entrada resistiendo,
levan el puente, calan el rastrillo,
reparos y defensas previniendo,
suben tiros y fuegos a lo alto,
temiendo el enemigo y fiero asalto.
Pero viendo ser todo perdimiento,
y aprovecharles poco o casi nada,
de voto y de común consentimiento
su clara destruición considerada,
acuerdan de dejar el fuerte asiento;
y así en la escura noche deseada,
cuando se muestra el mundo más quiëto
la partida pusieron en efeto.
A punto estaban y a caballo, cuando
abren las puertas, derribando el puente,
y a los prestos caballos aguijando
el escuadrón embisten de la frente;
rompen por él hiriendo y tropellando,
y sin hombre perder dichosamente
arriban a Purén, plaza segura,
cubiertos de la noche y sombra escura.
Mientras esto en Arauco sucedía,
en el pueblo de Penco más vecino,
que a la sazón en Chile florecía,
fértil de ricas minas de oro fino,
el capitán Valdivia residía;
donde la nueva por el aire vino,
que afirmaba con término asignado
la alteración y junta del estado.
El común, siempre amigo de ruïdo,
la libertad y guerra deseando,
por su parte alterado y removido,
se va con este son desentonando:
al servicio no acude prometido,
sacudiendo la carga y levantando
la soberbia cerviz desvergonzada,
negando la obediencia a Carlos dada.
Valdivia, perezoso y negligente,
incrédulo, remiso y descuidado,
hizo en la Concepción copia de gente,
más que en ella, en su dicha confiado:
el cual, si fuera un poco diligente,
hallaba en pie el castillo arruinado,
con soldados, con armas, municiones,
seis piezas de campaña y dos cañones.
Tenía con la Imperial concierto hecho
que alguna gente armada le enviase,
la cual a Tucapel fuese en derecho,
donde con él a tiempo se juntase:
resoluto en hacer allí de hecho
un ejemplar castigo, que sonase
en todos los confines de la tierra,
porque jamás moviesen otra guerra.
Pero dejó el camino provechoso,
y, descuidado dél, torció la vía,
metiéndose por otro, codicioso,
que era donde una mina de oro había:
y de ver el tributo y don hermoso,
que de sus ricas venas ofrecía,
paró de la codicia embarazado,
cortando el hilo próspero del hado.
A partir (como dije) antes, llegaba
al concierto en el tiempo prometido:
mas el metal goloso que sacaba
le tuvo a tal sazón embebecido:
después salió de allí, y se apresuraba
cuando fuera mejor no haber salido.
Quiero dar fin al canto, porque pueda
decir de la codicia lo que queda.
Canto III
Valdivia con pocos españoles y algunos indios amigos camina a la casa de Tucapel para hacer el castigo. Mátanle los araucanos a los corredores en el camino en un paso estrecho y danle después la batalla, en la cual fue muerto él y toda su gente por el gran esfuerzo y valentía de Lautaro.
¡Oh incurable mal! ¡oh gran fatiga
con tanta diligencia alimentada!
Vicio común y pegajosa liga,
voluntad sin razón desenfrenada;
del provecho y bien público enemiga;
sedienta bestia, hidrópica hinchada,
principio y fin de todos nuestros males.
¡Oh insaciable codicia de mortales!
No en el pomposo estado a los señores
contentos en el alto asiento vemos,
ni a pobrecillos bajos labradores
libres de esta dolencia conocemos:
ni el deseo y ambición de ser mayores
que tenga fin y límite sabemos:
el fausto, la riqueza y el estado,
hincha, pero no harta, al más templado.
A Valdivia mirad, de pobre infante
si era poco el estado que tenía,
cincuenta mil vasallos que delante
le ofrecen doce marcos de oro al día:
esto y aun mucho más no era bastante,
y así la hambre allí lo detenía;
codicia fue ocasión de tanta guerra,
y perdición total de aquesta tierra.
Ésta fue quien halló los apartados
indios de las antárticas regiones;
por ésta eran sin orden trabajados
con dura imposición y vejaciones:
pero rotas las cinchas de apretados,
buscaron modo y nuevas invenciones
de libertad, con áspera venganza,
levantando el trabajo la esperanza.
Cuán cierto es, cómo claro conocemos,
que al doliente en salud consejos damos,
y aprovecharnos dellos no sabemos;
pero de predicarlos nos preciamos.
Cuando en la sosegada paz nos vemos,
¡qué bien la dura guerra platicamos!
¡Qué bien damos consejos y razones
lejos de los peligros y ocasiones!
¡Cómo de los que yerran abominan
los que están libres en seguro puerto!
¡Qué bien de allí las cosas encaminan,
y dan en todo un medio y buen concierto!
¡Con qué facilidad se determinan,
visto el suceso y daño descubierto!
Dios sabe aquel que la derecha vía,
metido en la ocasión, acertaría.
Valdivia iba siguiendo su jornada,
y el duro disponer del hado duro,
no con la furia y priesa acostumbrada,
présago y con temor de mal futuro:
sospechoso de bárbara emboscada,
por hacer el camino más seguro,
echó algunos delante para prueba,
pero jamás volvieron con la nueva.
Viendo los nuestros ya que al plazo puesto
los tardos corredores no volvían,
unos juzgan el daño manifiesto,
otros impedimentos les ponían:
hubo consejo y parecer sobre esto;
al cabo en caminar se resolvían,
ofreciéndose todos a una suerte,
a un mismo caso y a una misma muerte.
Aunque el temor allí tras esto vino,
en sus valientes brazos se atrevieron,
y a su próspera suerte y buen destino
el dudoso suceso cometieron:
no dos leguas andadas del camino,
las amigas cabezas conocieron,
de los sangrientos cuerpos apartadas,
y en empinados troncos levantadas.
No el horrendo espectáculo presente
causó en los firmes ánimos mudanza;
antes con ira y cólera impaciente
se encienden más, sedientos de venganza:
y de rabia incitados nuevamente
maldicen y murmuran la tardanza:
sólo Valdivia calla y teme el punto;
pero rompió el silencio y pena junto
diciendo: «¡Oh compañeros! do se encierra
todo esfuerzo, valor y entendimiento:
ya veis la desvergüenza de la tierra,
que en nuestro daño da bandera al viento:
veis quebrada la fe, rota la guerra,
los pactos van del todo en rompimiento:
siento la áspera trompa en el oído,
y veo un fuego diabólico encendido.
»Bien conocéis la fuerza del estado;
con tanto daño nuestro autorizada:
mirad lo que Fortuna os ha ayudado
guiando con su mano vuestra espada;
el trabajo y la sangre que ha costado,
que de ella está la tierra alimentada;
y pues tenemos tiempo y aparejo,
será bueno tomar nuevo consejo.
»Quien éstos son tendréis en la memoria,
pues hay tanta razón de conocellos,
que si de ellos no hubiésemos vitoria
y en campo no pudiésemos vencellos,
será tal su arrogancia y vanagloria,
que el mundo no podrá después con ellos;
dudoso estoy, no sé, no sé qué haga
que a nuestro honor y causa satisfaga.»
La poca edad y menos experiencia
de los mozos livianos que allí había,
descubrió con la usada inadvertencia
a tal tiempo su necia valentía,
diciendo: «¡Oh capitán! danos licencia
que solos diez sin otra compañía
el bando asolaremos araucano,
y haremos el camino y paso llano.
»Lo que jamás hicimos en estrecho,
no es bien por nuestro honor que lo hagamos,
pues cierto es, que cuanto habemos hecho,
volviendo atrás un paso, lo manchamos:
mostremos al peligro osado pecho,
que en él está la gloria que buscamos.»
Valdivia, de la réplica sentido,
enmudeció de rabia y de corrido.
¡Oh, Valdivia, varón acreditado!
¡Cuánto la verde plática sentiste!
No solías tú temer como soldado;
mas de buen capitán ahora temiste:
vas a precisa muerte condenado,
que como diestro y sabio la entendiste;
pero quieres perder antes la vida
que sea en ti una flaqueza conocida.
En esto acaso llega un indio amigo,
y a sus pies en voz alta arrodillado
le dice: «¡Oh capitán! mira que digo
que no pases el término vedado:
veinte mil conjurados, yo testigo,
en Tucapel te esperan, protestado
de pasar sin temor la muerte honrosa
antes que vivir vida vergonzosa.»
Alguna turbación dio de repente
lo que el amigo bárbaro propuso:
discurre un miedo helado por la gente;
la triste muerte en medio se les puso:
pero el gobernador osadamente,
que también hasta allí estuvo confuso,
les dice: «Caballeros, ¿qué dudamos?
¿Sin ver los enemigos nos turbamos?»
Al caballo con ánimo hiriendo,
sin más les persuadir, rompe la vía,
de los miembros el miedo sacudiendo,
le sigue la esforzada compañía:
y en breve espacio el valle descubriendo
de Tucapel, bien lejos parecía
el muro, antes vistoso levantado,
por los anchos cimientos asolado.
Valdivia aquí paró, y dijo: «¡Oh constante
española nación de confianza!
Por tierra está el castillo tan pujante,
que en él solo estribaba mi esperanza:
el pérfido enemigo veis delante;
ya os amenaza la contraria lanza:
en esto más no tengo que avisaros,
pues sólo el pelear puede salvaros.»
Estaba como digo así hablando,
que aún no acababa bien estas razones,
cuando por todas partes rodeando
los iban con espesos escuadrones,
las astas de anchos hierros blandeando,
gritando: «¡Engañadores y ladrones!
La tierra dejaréis hoy con la vida,
pagándonos la deuda tan debida.»
Viendo Valdivia serle ya forzoso
que la fuerza y fortuna se probase,
mandó que al escuadrón menos copioso
y más vecino, a fin que no cerrase,
saliese Bobadilla, el cual furioso,
sin que Valdivia más le amonestase,
con poca gente y con esfuerzo grande,
asalta el escuadrón de Mareande.
La piquería del bárbaro calada,
a los pocos soldados atendía;
pero al tiempo del golpe levantada,
abriendo un gran portillo, se desvía;
dales sin resistir franca la entrada,
y en medio el escuadrón los recogía;
las hileras abiertas se cerraron,
y dentro a los cristianos sepultaron.
Como el caimán hambriento, cuando siente
el escuadrón de peces, que cortando
viene con gran bullicio la corriente,
el agua clara en torno alborotando,
que, abriendo la gran boca, cautamente
recoge allí el pescado, y apretando
las cóncavas quijadas lo deshace,
y al insaciable vientre satisface:
pues de aquella manera recogido
fue el pequeño escuadrón del homicida,
y en un espacio breve consumido,
sin escapar cristiano con la vida:
ya el araucano ejército movido
por la ronca trompeta obedecida,
con gran estruendo y pasos ordenados
cerraba sin temor por todos lados.
La escuadra de Mareande encarnizada
tendía el paso con más atrevimiento;
viéndola así Valdivia adelantada,
no escarmentado, manda a su sargento,
que, escogiendo la gente más granada,
dé sobre ella con recio movimiento;
pero diez españoles solamente
pusieron a la muerte osada frente.
Contra el escuadrón bárbaro importuno,
ir se dejan sin miedo a rienda floja,
y en el encuentro de los diez, ninguno
dejó allí de sacar la lanza roja:
desocupó la silla sólo uno,
que con la basca y última congoja
de la rabiosa muerte el pecho abierto,
sobre la llaga en tierra cayó muerto.
Y los nueve después también cayeron,
haciendo tales hechos señalados,
que digna y justamente merecieron
ser de la eterna fama levantados:
hechos pedazos todos diez murieron,
quedando de su muerte antes vengados:
en esto la española trompa oída
dio la postrer señal de arremetida.
Salen los españoles de tal suerte
los dientes y las lanzas apretando,
que de cuatro escuadrones, al más fuerte
le van un largo trecho retirando:
hieren, dañan, tropellan, dan la muerte,
piernas, brazos, cabezas cercenando:
los bárbaros por esto no se admiran,
antes cobran el campo y los retiran.
Sobre la vida y muerte se contiende,
perdone Dios a aquel que allí cayere;
del un bando y del otro así se ofende,
que de ambas partes mucha gente muere:
bien se estima la plaza y se defiende;
volver un paso atrás ninguno quiere:
cubre la roja sangre todo el prado,
tornándole, de verde, colorado.
Del rigor de las armas homicidas
los templados arneses reteñían,
y las vivas entrañas escondidas
con carniceros golpes descubrían:
cabezas de los cuerpos divididas,
que aún el vital espíritu tenían,
por el sangriento campo iban rodando,
vueltos los ojos ya paladeando.
El enemigo hierro riguroso
todo en color de sangre lo convierte;
siempre el acometer es más furioso,
pero ya el combatir es menos fuerte;
ninguno allí pretende otro reposo
que el último reposo de la muerte:
el más medroso atiende con cuidado
a sólo procurar morir vengado.
La rabia de la muerte y fin presente
crió en los nuestros fuerza tan extraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña:
al fin dan las espaldas, claramente
suenan voces: «¡Vitoria! ¡España! ¡España!»
Mas el incontrastable y duro hado
dio un extraño principio a lo ordenado.
Un hijo de un cacique conocido,
que a Valdivia de paje le servía,
acariciado dél y favorido,
en su servicio a la sazón venía;
del amor de su patria conmovido,
viendo que a más andar se retraía,
comienza a grandes voces a animarla,
y con tales razones a incitarla:
«¡Oh ciega gente, del temor guiada!
¿A dó volvéis los temerosos pechos?
Que la fama en mil años alcanzada
aquí perece y todos vuestros hechos:
la fuerza pierden hoy, jamás violada,
vuestras leyes, los fueros y derechos:
de señores, de libres, de temidos,
quedáis siervos, sujetos y abatidos.
»Mancháis la clara estirpe y decendencia,
y engerís en el tronco generoso
una incurable plaga, una dolencia,
un deshonor perpetuo, ignominioso:
mirad de los contrarios la impotencia,
la falta del aliento, y el fogoso
latir de los caballos, las ijadas
llenas de sangre y de sudor bañadas.
»No os desnudéis del hábito y costumbre
que de nuestros abuelos mantenemos,
ni el araucano nombre de la cumbre
a estado tan infame derribemos:
huid el grave yugo y servidumbre;
al duro hierro osado pecho demos;
¿por qué mostráis espaldas esforzadas
que son de los peligros reservadas?
»Fijad esto que digo en la memoria,
que el ciego y torpe miedo os va turbando;
dejad de vos al mundo eterna historia,
vuestra sujeta patria libertando:
volved, no rehuséis tan gran vitoria,
que os está el hado próspero llamando:
a lo menos firmad el pie ligero,
veréis cómo en defensa vuestra muero.»
En esto una nervosa y gruesa lanza
contra Valdivia, su señor, blandía:
dando de sí gran muestra y esperanza,
por más los persuadir arremetía;
y entre el hierro español así se lanza
como con gran calor en agua fría
se arroja el ciervo en el caliente estío,
para templar el sol con algún frío.
De sólo el primer bote uno atraviesa,
otro apunta por medio del costado,
y aunque la dura lanza era muy gruesa
salió el hierro sangriento al otro lado:
salta, vuelve, revuelve con gran priesa
y barrenando el muslo a otro soldado,
en él la fuerte pica fue rompida,
quedando un grueso trozo en la herida.
Rota la asta dañosa, luego aferra
del suelo una pesada y dura maza;
mata, hiere, destroza y echa a tierra,
haciendo en breve espacio larga plaza:
en él se resumió toda la guerra;
cesa el alcance y dan en él la caza;
mas él aquí y allí va tan liviano,
que hieren por herirle el aire vano.
¿De quién prueba se oyó tan espantosa,
ni en antigua escritura se ha leído,
que estando de la parte vitoriosa
se pase a la contraria del vencido?
¿Y que sólo valor, y no otra cosa,
de un bárbaro muchacho, haya podido
arrebatar por fuerza a los cristianos
una tan gran vitoria de las manos?
No los dos Publios Decios, que las vidas
sacrificaron por la patria amada,
ni Curcio, Horacio, Scevola y Leonidas
dieron muestra de sí tan señalada:
ni aquellos que en las guerras más reñidas
alcanzaron gran fama por la espada,
Furio, Marcelo, Fulvio, Cincinato,
Marco Sergio, Filón, Sceva y Dentato.
Decidme: estos famosos, ¿qué hicieron
que al hecho deste bárbaro igual fuese?
¿Qué empresa o qué batalla acometieron
que a lo menos en duda no estuviese?
¿A que riesgo y peligro se pusieron
que la sed del reinar no los moviese;
y de intereses grandes insistidos
que a los tímidos hacen atrevidos?
Muchos emprenden hechos hazañosos
y se ofrecen con ánimo a la muerte,
de fama y vanagloria codiciosos,
que no saben sufrir un golpe fuerte;
mostrándose constantes y animosos,
hasta que ven ya declinar su suerte,
faltándoles valor y esfuerzo a una,
roto el crédito frágil de fortuna.
Éste el decreto y la fatal sentencia,
en contra de su patria declarada,
turbó y redujo a nueva diferencia,
y al fin bastó a que fuese revocada:
hizo a Fortuna y Hados resistencia,
forzó su voluntad determinada,
y contrastó el furor del vitorioso,
sacando vencedor al temeroso.
Estaba el suelo de armas ocupado,
y el desigual combate más revuelto,
cuando Caupolicano reportado,
a las amigas voces había vuelto:
también habían sus gentes reparado,
con vergonzoso ardor en ira envuelto,
de ver que un solo mozo resistía
a lo que tanta gente no podía.
Cual suele acontecer a los de honrosos
ánimos, de repente inadvertidos,
o cuando en los lugares sospechosos
piensan otros que van desconocidos,
que en pendencias y encuentros peligrosos
huyen; pero si ven que conocidos
fueron de quien los sigue, avergonzados
vuelven furiosos, del honor forzados:
así los araucanos revolviendo
contra los vencedores arremeten;
y las rendidas armas esgrimiendo,
a voces de morir todos prometen:
treme y gime la tierra del horrendo
furor con que ambas partes se acometen,
derramando con rabia y fuerza brava
aquella poca sangre que quedaba.
Diego Oro allí derriba a Paynaguala,
que de una punta le atraviesa el pecho;
pero Caupolicano le señala,
dejándole gozar poco del hecho.
Al sesgo la ferrada maza cala,
aunque el furioso golpe fue al derecho;
pues quedó por de dentro la celada
de los bullentes sesos rociada.
Tras éste otro tendió desfigurado,
tanto que nunca más fue conocido;
que la armada cabeza y todo el lado
donde el golpe alcanzó quedó molido.
Valdivia con Ongolmo se ha topado,
y hanse el uno al otro acometido,
hiere Valdivia a Ongolmo en una mano,
haciendo el araucano el golpe en vano.
Pasa recio Valdivia, y va furioso,
que con Ongolmo más no se detiene,
y adonde Leucotón, mozo animoso,
estaba en una gran pendencia, viene:
que contra Juan de Lamas y Reinoso
solo su parte y opinión mantiene;
el cual con su destreza y mucho seso
la guerra sustentaba en igual peso.
Partiose esta batalla, porque, cuando
Valdivia llegó adonde combatía,
parte acudió del araucano bando,
que en su ayuda y defensa se metía:
fuese el daño y destrozo renovando;
de un cabo y de otro gente concurría:
sube el alto rumor a las estrellas,
sacando de los hierros mil centellas.
Gran rato anduvo en término dudoso
la confusa vitoria de esta guerra,
lleno el aire de estruendo sonoroso,
roja de sangre y húmida la tierra:
quién busca y sólo quiere un fin honroso,
quién a los brazos con el otro cierra,
y por darle más presto cruda muerte
tienta con el puñal lo menos fuerte.
A Juan de Gudiël no le fue sano
el tenerse en la lucha por maestro,
porque sin tiempo y con esfuerzo vano
cerró con Guaticol, no menos diestro:
y en aquella sazón Purén, su hermano,
que estaba cerca dél, en el siniestro
lado le abrió con daga una herida,
por do la muerte entró y salió la vida.
Andrés de Villarroel, ya enflaquecido
por la falta de sangre derramada,
andaba entre los bárbaros metido
procurando la muerte más honrada.
También Juan de las Peñas, mal herido,
rompiendo por la espesa gente armada,
se puso junto dél; y así la suerte
los hizo a un tiempo iguales en la muerte.
Era la diferencia incomparable
del número infiël al bautizado:
es el un escuadrón inumerable,
el otro hasta sesenta numerado:
ya incierta la Fortuna variable,
que dudosa hasta entonces había estado,
aprobó la maldad, y dio por justa
la causa y opinión hasta allí injusta.
Dos mil amigos bárbaros soldados,
que el bando de Valdivia sustentaban,
en el flechar del arco ejercitados,
el sangriento destrozo acrecentaban
derramando más sangre, y esforzados
en la muerte también acompañaban
a la española gente, no vencida
en cuanto sustentar pudo la vida.
Cuando de aqueste y cuando de aquel canto
mostraba el buen Valdivia esfuerzo y arte,
haciendo por la espada todo cuanto
pudiera hacer el poderoso Marte:
no basta a reparar él solo tanto,
que falta de los suyos la más parte:
los otros, aunque ven su fin tan cierto,
ningún medio pretenden ni concierto.
De dos en dos, de tres en tres cayendo
iba la desangrada y poca gente,
siempre el ímpetu bárbaro creciendo,
con el ya declarado fin presente:
fuese el número flaco resumiendo
en catorce soldados solamente,
que constantes rendir no se quisieron
hasta que al crudo hierro se rindieron.
Sólo quedó Valdivia acompañado
de un clérigo, que acaso allí venía;
y viendo así su campo destrozado,
el mal remedio y poca compañía,
dijo: «Pues pelear es excusado,
procuremos vivir por otra vía.»
Pica en esto al caballo a toda prisa,
tras él corriendo el clérigo de misa.
Cual suelen escapar de los monteros
dos grandes jabalís fieros, cerdosos,
seguidos de solícitos rastreros
de la campestre sangre codiciosos:
y salen en su alcance los ligeros
lebreles irlandeses generosos;
con no menor codicia y pies livianos
arrancan tras los míseros cristianos.
Tal tempestad de tiros, Señor, lanzan,
cual el turbión que granizando viene:
en fin, a poco trecho los alcanzan,
que un paso cenagoso los detiene:
los bárbaros sobre ellos se abalanzan:
por valiente el postrero no se tiene:
murió el clérigo luego, y maltratado
trujeron a Valdivia ante el senado.
Caupolicán, gozoso en verle vivo
y en el estado y término presente,
con voz de vencedor y gesto altivo
le amenaza y pregunta juntamente.
Valdivia, como mísero cautivo,
responde y pide humilde y obediente
que no le dé la muerte, y que le jura
dejar libre la tierra en paz segura.
Cuentan que estuvo de tomar movido
del contrito Valdivia aquel consejo;
mas un pariente suyo empedernido,
a quien él respetaba por ser viejo,
le dice: «¿Por dar crédito a un rendido
quieres perder tal tiempo y aparejo?»
Y apuntando a Valdivia en el celebro
descarga un gran bastón de duro enebro.
Como el furioso toro, que apremiado
con fuerte amarra al palo, está bramando,
de la tímida gente rodeado,
que con admiración le está mirando;
y el diestro carnicero ejercitado,
el grave y duro mazo levantando,
recio al cogote cóncavo deciende,
y muerto estremeciéndose le tiende:
así el determinado viejo cano,
que a Valdivia escuchaba con mal ceño,
ayudándose de una y otra mano,
en alto levantó el ferrado leño:
no hizo el crudo viejo golpe en vano,
que a Valdivia entregó al eterno sueño,
y en el suelo con súbita caïda,
estremeciendo el cuerpo, dio la vida.
Llamábase este bárbaro Leocato,
y el gran Caupolicán dello enojado,
quiso enmendar el libre desacato,
pero fue del ejército rogado;
salió el viejo de aquello al fin barato,
y el destrozo del todo fue acabado,
que no escapó cristiano de esta prueba
para poder llevar la triste nueva.
Dos bárbaros quedaron con la vida
solos de los tres mil; que como vieron
la gente nuestra rota y de vencida,
en un jaral espeso se escondieron:
de allí vieron el fin de la reñida
guerra, y puestos en salvo lo dijeron,
que como las estrellas se mostraron,
sin ser de nadie vistos se escaparon.
La escura noche en esto se subía
a más andar a la mitad del cielo,
y con las alas lóbregas cubría
el orbe y redondez del ancho suelo:
cuando la vencedora compañía,
arrimadas las armas sin recelo,
danzas en anchos cercos ordenaban,
donde la gran vitoria celebraban.
Fue la nueva en un punto discurriendo
por todo el araucano regimiento,
y antes que el Sol se fuese descubriendo
el campo se cubrió de bastimento;
gran multitud de gente concurriendo,
se forma un general ayuntamiento
de mozos, viejos, niños y mujeres,
partícipes en todos los placeres.
Cuando la luz las aves anunciaban,
y alegres sus cantares repetían,
un sitio de altos árboles cercaban,
que una espaciosa plaza contenían:
y en ellos las cabezas empalaban
que de españoles cuerpos dividían:
los troncos, de sus ramas despojados,
eran de los despojos adornados;
y dentro de aquel círculo y asiento,
cercado de una amena y gran floresta,
en memoria y honor del vencimiento,
celebran de beber la alegre fiesta:
el vino así aumentó el atrevimiento
que España en gran peligro estaba puesta;
pues que promete el mínimo soldado
de no dejar cimiento levantado.
Era allí la opinión generalmente
que sin tardar, doblando las jornadas,
partiese un grueso número de gente
a dar en las ciudades descuidadas:
que tomadas de salto y de repente,
serían con solo el miedo arruïnadas;
y la patria en su honor restituïda
no dejando cristiano con la vida.
Y dado orden bastante, y esto hecho,
para acabar de ejecutar su saña
con gran poder y ejército, de hecho
querían pasar la vuelta de la España:
pensándola poner en tanto estrecho,
por fuerza de armas, puestos en campaña,
que fuesen cultivadas las iberas
tierras de las naciones extranjeras.
El hijo de Leocano bien entiende
el vano intento, y quiere desviarlo,
que como diestro y sabio, otro pretende,
y por mejor camino enderezarlo:
el tiempo espera y la sazón atiende
que estén mejor dispuestos a tratarlo:
la fiesta era acabada y borrachera,
cuando a todos los habla en tal manera:
«Menos que vos, señores, no pretendo
la dulce libertad tan estimada,
ni que sea nuestra patria, yo defiendo,
en el sublime trono restaurada;
mas hase de atender a que, pudiendo
ganar, no se aventure a perder nada;
y así, con este celo y fin, procuro
no poner en peligro lo seguro.
»Tomad con discreción los pareceres
que van a la razón más arrimados,
pues cobrar vuestros hijos y mujeres
está en ir los principios acertados:
vuestra fama, el honor, tierra y haberes,
a punto están de ser recuperados;
que el tiempo, que es el padre del consejo,
en las manos nos pone el aparejo.
»A Valdivia y los suyos habéis muerto,
y una importante plaza destruido:
venir a la venganza será cierto
luego que en las ciudades sea sabido:
demos al enemigo el paso abierto:
esto asegura más nuestro partido:
vengan, vengan con furia a rienda suelta,
que difícil será después la vuelta.
»La vitoria tenemos en las manos,
y pasos en la tierra mil seguros,
de ciénagas, lagunas y pantanos,
espesos montes ásperos y duros:
mejor pelean aquí los araucanos:
españoles mejor dentro en sus muros:
cualquier hombre, en su casa acometido,
es más sabio, más fuerte y atrevido.
»Esto os vengo a decir, porque se entienda
cuanto con más seguro acertaremos,
para poder tomar la justa emienda,
que en sitios escogidos esperemos,
donde no habrá en el mundo quien defienda
la razón y derecho que tenemos:
cuando temor tuviesen de buscarnos,
a sus casas iremos a alojarnos.»
Con atención de todos escuchada
fue la oración que el general hacía,
siendo de los más de ellos aprobada,
por ver que a su remedio convenía;
la gente ya del todo sosegada,
Caupolicán al joven se volvía
por quien fue la vitoria, ya perdida,
con milagrosa prueba conseguida.
Por darle más favor, lo tenía asido
con la siniestra de la diestra mano,
diciéndole: «¡Oh varón, que has extendido
el claro nombre y límite araucano!
Por ti ha sido el estado redimido,
tú le sacaste del poder tirano:
a ti solo se debe esta vitoria,
digna de premio y de inmortal memoria.
»Y señores, pues es tan manifiesto
(esto dijo volviéndose al senado)
el punto en que Lautaro nos ha puesto,
(que así el valiente mozo era llamado):
yo por remuneralle en algo desto,
con vuestra autoridad que me habéis dado
por paga, aunque a tal deuda insuficiente,
le hago capitán y mi teniente.
»Con la gente de guerra que escogiere,
pues que ya de sus obras sois testigos,
en el sitio que más le pareciere
se ponga a recebir los enemigos,
adonde hasta que vengan los espere;
porque yo con la resta y mis amigos
ocuparé la entrada de Elicura,
aguardando la misma coyuntura.»
Del grato mozo el cargo fue acetado
con el favor que el general le daba:
aprobolo el común aficionado;
si a alguno le pesó no lo mostraba:
y por el orden y uso acostumbrado
el gran Caupolicán le trasquilaba,
dejándole el copete en trenza largo
insignia verdadera de aquel cargo.
Fue Lautaro industrioso, sabio, presto,
de gran consejo, término y cordura,
manso de condición y hermoso gesto,
ni grande ni pequeño de estatura;
el ánimo en las cosas grandes puesto,
de fuerte trabazón y compostura,
duros los miembros, recios y nervosos,
anchas espaldas, pechos espaciosos.
Por él las fiestas fueron alargadas,
ejercitando siempre nuevos juegos
de saltos, luchas, pruebas nunca usadas,
danzas de noche en torno de los fuegos:
había precios y joyas señaladas,
que nunca los troyanos ni los griegos,
cuando los juegos más continuäron,
tan ricas y estimadas las sacaron.
Llegó a Caupolicán estando en esto
un bárbaro turbado sin aliento,
perdida la color, mudado el gesto,
cubierto de sudor y polvoriento,
diciéndole: «Señor, socorre presto,
tu campo es roto y cierto el perdimiento;
que la gente que estaba en la emboscada
es muerta la más della y destrozada.
»Por tierra de Elicura son bajados
catorce valentísimos guerreros,
de corazas finísimas armados,
sobre caballos prestos y ligeros:
por estos solos son desbaratados
dos escuadrones tuyos de piqueros;
y visto el gran estrago, al improviso
partí corriendo a darte de ello aviso.»
Caupolicán, con muestra no alterada,
hizo que del temor se asegurase,
diciendo que tan poca gente armada
al cabo era imposible que escapase;
y con la diligencia acostumbrada
mandó al nuevo teniente que guiase
con la más presta gente por la vía,
que luego con el resto le seguía.
Lautaro, en lo acetar no perezoso,
escogiendo una escuadra suficiente,
marcha con tanta priesa, codicioso
de ganar opinión entre la gente…
Mas de Marte el estruendo sonoroso
me llama, que me tardo injustamente:
de los catorce es tiempo que se trate,
y del sangriento y áspero combate.
Extiéndase su fama y sea notoria,
pues que tanto su espada resplandece,
y de ellos se eternice la memoria
si valor en las armas lo merece:
testimonio dará dello la historia;
pero acabar el canto me parece;
que a decir tan gran cosa no me atrevo,
si no es con nuevo aliento y canto nuevo.
Canto IV
Vienen catorce españoles por concierto a juntarse con Valdivia en la fuerza de Tucapel: hallan los indios en una emboscada, con los cuales tuvieron un porfiado recuentro: llega Lautaro con gente de refresco: mueren siete españoles y todos los amigos que llevan: escápanse los otros por una gran ventura.
¡Cuán buena es la justicia y qué importante!
por ella son mil males atajados,
que si el rebelde Arauco está pujante
con todos sus vecinos alterados,
y pasa su furor tan adelante,
fue por no ser a tiempo castigados:
la llaga que al principio no se cura
requiere al fin más áspera la cura.
Que no es virtud, mas vicio y negligencia,
cuando de un daño otro mayor se espera,
el no curar con hierro la dolencia,
si del mal lo requiere la manera:
mas no con tal rigor que la clemencia
pierda su fuerza y la virtud entera;
Clemente es y piadoso el que sin miedo
por escapar el brazo corta el dedo.
No quiero yo decir que a cada paso
traiga el hierro en la mano la justicia,
sino según la gravedad del caso,
y la importancia y fin de la malicia:
pues vemos claro en el presente paso,
que al cabo, corrompida de avaricia,
dio a la maldad lugar que se arraigase,
y en los ánimos más se apoderase.
Mas no se ha de entender, como el liviano
que se entrega al primero movimiento,
que por ser justiciero es inhumano,
y por alcanzar crédito es sangriento;
y como aquél que con injusta mano,
sin término, sin causa y fundamento,
por sólo liviandad y vanagloria,
quiere dejar de su maldad memoria.
No faltara materia y coyuntura
para mostrar la pluma aquí curiosa;
mas no quiero meterme en tal hondura,
que es cosa no importante y peligrosa:
el tiempo lo dirá, y no mi escritura,
que quizá la tendrán por sospechosa:
sólo diré que es opinión de sabios,
que donde falta el rey sobran agravios.
Pero a nuestro propósito tornando,
dejaré de tratar de sinrazones,
que es trabajar en vano, derramando
al viento en el desierto las razones:
de los nuestros diré, que peleando
estaban con los fieros escuadrones,
ganando fama y prez, honor y gloria,
haciendo cosas dignas de memoria.
Fue hecho tan notable, que requiere
mucha atención, y autorizada pluma:
y así digo que aquél que le leyere,
en que fue de los grandes se resuma:
diré cuanto en mi estilo yo pudiere,
aunque toda será una breve suma;
y los nombres también de los soldados,
que con razón merecen ser loados.
Almagro, Cortés, Córdova, Nereda,
Morán, Gonzalo Hernández, Maldonado,
Peñalosa, Vergara, Castañeda,
Diego García Herrero el arriscado,
Pero Niño, Escalona, y otro queda
con el cual es el número acabado;
don Leonardo Manrique es el postrero,
igual en el valor siempre al primero.
Estos catorce son los que venían
a verse con Valdivia en el concierto,
que del pueblo Imperial partido habían
sin saber que Valdivia fuese muerto:
por la alta cuesta de Purén subían,
y en el más alto asiento y descubierto
los caminos de rama ven sembrados,
señal de paga y junta de soldados.
Conocen que la tierra está alterada,
y que de gentes hacen llamamiento;
no torcieron por esto la jornada,
ni les mudó el temor el firme intento:
la fresca y nueva aurora colorada
daba con su venida gran contento,
y las sombras del Sol se retraían,
cuando el licúreo valle descubrían.
Aquí estaban los indios emboscados
esperando a los nuestros si viniesen
por cogerlos sin orden descuidados
antes que del peligro se advirtiesen:
de un bosque a mano hecho rodeados,
para que más cubiertos estuviesen,
hasta que, inadvertidos del engaño,
pudiesen a su salvo hacer el daño.
Los catorce españoles abajaban
por un repecho, al valle enderezando,
donde ocultos los bárbaros estaban
cubiertos de los ramos aguardando:
los nuestros con el bosque aún no igualaban
cuando los indios, súbito sonando
bárbaras trompas, roncos tamborinos,
los pasos ocuparon y caminos.
En cazador no entró tanta alegría,
cuando más sin pensar la liebre echada
de súbito por medio de la vía
salta de entre los pies alborotada;
cuanto causó la muestra y vocería
del vecino escuadrón de la emboscada
a nuestros españoles, que al instante
arrojan los caballos adelante.
En un punto los bárbaros formaron
de puntas de diamante una muralla;
pero los españoles no pararon
hasta de parte a parte atravesalla:
hombres, picas y mazas tropellaron,
revuelven, por dar fin a la batalla,
con más valor y esfuerzo que esperanza,
vista de los contrarios la pujanza.
De tres dos escuadrones desviados
el paso les cercaron y huida:
viéndose así de bárbaros cercados,
piensan abrir por ellos la salida:
otra vez arremeten apiñados,
y aunque una escuadra dellos fue rompida
volvieron a sus puestos recogidos,
quedando desta vuelta mal heridos.
Dos veces embistieron desta suerte,
las cerradas escuadras tropellando;
mas viéndose cercanos a la muerte,
prosiguen su derrota, enderezando
al desolado sitio y casa fuerte,
a diestro y a siniestro derribando,
que los indios entre ellos van mezclados,
hiriéndoles también por todos lados.
Estréchase el camino de Elicura
por la pequeña falda de una sierra:
la causa y la razón de esta angostura
es un lago que el valle abajo cierra:
Para los nuestros esto fue ventura,
pues siguen su jornada haciendo guerra,
que sólo un español que atrás venía
la bárbara arrogancia resistía.
Ellos, que iban así por una espesa
mata, al calar de un áspero collado
ven un indio salir a toda priesa,
el vestido y el rostro demudado,
el cual en el camino se atraviesa,
y del seno sacó un papel cerrado
que Juan Gómez de Almagro el propio día,
dando aviso a Valdivia escrito había.
El mismo mensajero ven lloroso,
que dellos adelante había partido:
de Valdivia el suceso lastimoso
les dijo, y lo demás acontecido:
y que el castillo el bárbaro furioso
le había por los cimientos destruido.
Viendo el remedio y presupuesto vano,
tomaron a la diestra un sitio llano.
Era el sitio de lomas rodeado,
aunque por esta senda y paso abierto,
del Este, Norte, Oeste está abrigado,
y el Sur le hiere casi en descubierto,
por do seguido va el camino usado,
de los ligeros bárbaros cubierto
en espaciosa hila prolongada,
sedientos de la sangre bautizada.
Tras los nuestros los bárbaros saliendo,
en el llano asimismo repararon,
y la gente esparcida recogiendo,
dos gruesos escuadrones reformaron:
los catorce españoles, conociendo
que era mejor romper, se aparejaron;
mueven los escuadrones concertados
por el fuerte Lincoya gobernados.
Con flautas, cuernos, roncos instrumentos,
alto estruendo, alaridos desdeñosos,
salen los fieros bárbaros sangrientos
contra los españoles valerosos,
que convertir esperan en lamentos
los arrogantes gritos orgullosos:
tanto el esfuerzo y ánimo les crece,
que poca gente en contra les parece.
Aunque allí un español desfigurado,
que yo no digo aquí cuál dellos era,
dijo, viendo tan poca gente al lado:
«¡Oh si nuestro escuadrón de ciento fuera!»
Pero Gonzalo Hernández animado,
vuelto al cielo, responde; «A Dios pluguiera
fuéramos solos doce y dos faltaran,
que doce de la fama nos llamaran.»
Los caballos en esto apercibiendo,
firmes y recogidos en las sillas,
sueltan las riendas, y los pies batiendo,
parten contra las bárbaras cuadrillas:
las poderosas lanzas requiriendo,
afiladas en sangre las cuchillas,
llamando en alta voz a Dios del cielo,
hacen gemir y retemblar el suelo.
Calan de fuerte fresno como vigas
los bárbaros las picas al momento,
de la suerte que suelen las espigas
derribarse al furor del recio viento:
no bastaron las armas enemigas
al ímpetu español y movimiento,
que los nuestros rompieron por un lado,
dejando el escuadrón aportillado.
A un tiempo los caballos volteando,
lejos las rotas lanzas arrojadas,
vuelven al enemigo y fiero bando,
en alto ya desnudas las espadas:
otra vez arremeten, no bastando
infinidad de puntas enastadas,
puestas en contra de la airada gente,
a que no se mezclasen igualmente.
Los unos, que no saben ser vencidos,
los otros a vencer acostumbrados
son causa que se aumenten los heridos,
y que bajen los brazos más pesados:
de llamas los arneses encendidos,
con gran fuerza y presteza golpeados,
formaban un rumor, que el alto cielo
del todo parecía venir al suelo.
El buen Gonzalo Hernández, presumiendo
imitar al de Córdova famoso,
iba por el ejército rompiendo,
no menos diestro y fuerte que animoso;
Peñalosa y Vergara, conociendo
que vencer o morir era forzoso,
hacen de sus personas arriscadas
de esfuerzo y fuerzas pruebas señaladas:
El valiente soldado de Escalona,
la rigurosa espada ejercitando,
aventura y señala su persona
mil bárbaros valientes señalando:
don Leonardo Manrique no perdona
los golpes que recibe, antes doblando
los suyos con gran priesa y mayor ira,
los castiga, maltrata y los retira.
Otro, pues, que de Córdova se llama,
mozo de grande esfuerzo y valentía,
tanta sangre araucana allí derrama,
que hizo cien viudas aquel día:
por una que venganza al cielo clama,
saltan todas las otras de alegría;
que al fin son las mujeres variables,
amigas de mudanzas y mudables.
Cortés y Pero Niño por un lado
hacen un fiero estrago y cruda guerra;
Morán, Gómez de Almagro y Maldonado
siembran de cuerpos bárbaros la tierra:
el Herrero, como hombre acostumbrado
y diestro en golpear, mata y atierra:
pues Nereda también, que era maestro,
hiere, derriba a diestro y a siniestro.
Como si fueran a morir desnudos,
las rabiosas espadas así cortan;
con tanta fuerza bajan golpes crudos,
que poco fuertes armas les importan:
lo que sufrir no pueden los escudos,
los insensibles cuerpos lo comportan
en furor encendidos, de tal suerte,
que no sienten los golpes ni aun la muerte.
Antes de rabia y cólera abrasados,
con poderosos golpes los martillan,
y de muchos con fuerza redoblados
los cargados caballos arrodillan:
abollan los arneses relevados,
abren, desclavan, rompen, deshebillan:
ruedan las rotas piezas y celadas,
y el aire atruena el son de las espadas.
Lincoya combatiendo y derribando
anima con hervor los escuadrones,
contra su fuerza y maza no bastando
de crestas altas fuertes morriones.
Cortés un golpe suyo reparando,
la cabeza inclinó entre los arzones,
llevándole el caballo medio muerto,
suelto el freno, corriendo a campo abierto.
Con el cuello inclinado, adormecido
acá y allá el caballo le traía;
pero tornando luego en su sentido,
vergonzoso las riendas recogía:
vuelve a buscar aquél que le ha herido,
y al punto que miró le conocía,
que al mayor araucano que allí andaba
de los hombros arriba le llevaba.
Conócelo también en la braveza
que mostraba, animando allí su gente,
y en la facilidad y ligereza
con que esgrime la maza diestramente.
Como el suelto lebrel, por la maleza
se arroja al jabalí fiero y valiente,
así asalta Cortés al araucano,
la adarga al pecho, el duro hierro en mano.
Al través le hirió por un costado,
no le valiendo el coselete duro:
mas de aquella manera le ha mudado
que mudara un peñasco o fuerte muro:
pasa recio el caballo espoleado,
y Cortés, de Lincoya ya seguro,
por medio de la espesa escuadra hiende,
y al un lado y al otro muchos tiende.
Almagro cuerpo a cuerpo combatía
con el joven Guacón, soldado fuerte;
pero presto la lid se decidía,
que poco se mostró neutral la suerte;
de un golpe Almagro al bárbaro hería,
por donde una ancha puerta abrió a la muerte,
sale de ella de sangre roja un río,
y ocupa el desangrado cuerpo el frío.
Airado Castañeda en la batalla
mata, tropella, daña, hiere, ofende;
acaso a Narpo a la derecha halla,
y allí la rigurosa espada tiende:
no le valió el jubón de fina malla,
ni un peto de dos cueros le defiende
que la furiosa punta no calase,
y el cuerpo del espíritu privase.
La gente una con otra se embravece,
crece el hervor, coraje y la revuelta,
y el río de la corriente sangre crece,
bárbara y española toda envuelta:
del grueso aliento el aire se escurece,
alguna infernal furia andaba suelta,
que por llevar a tantos en un día
diabólico furor les infundía.
Tanto el tesón entre ellos ha durado,
que espanta cómo alzar pueden los brazos;
estaban por el uno y otro lado
de amontonados cuerpos los ribazos.
El Sol había en su curso declinado,
cuando ya sin vigor hechos pedazos,
de manera igualmente enflaquecían,
que moverse adelante no podían.
Como el aliento y fuerza van faltando
a dos valientes toros animosos,
cuando en la fiera lucha porfiando
se muestran igualmente poderosos,
que se van poco a poco retirando
rostro a rostro con pasos perezosos,
cubiertos de un humor y espeso aliento,
y esparcen con los pies la arena al viento;
los dos puestos así se retiraron,
sin sangre y sin vigor desalentados,
que jamás las espadas se mostraron,
mas siempre frente a frente careados,
ambos a un mismo tiempo repararon,
a un punto hicieron alto, y desviados
los unos de los otros tanto estaban,
que aún un tiro de flecha no distaban.
Mirábanse del uno y otro bando
en el sitio y contrario alojamiento,
cubiertos de agua y sangre y jadeando,
que no pueden hartarse del aliento:
los fatigados miembros regalando,
el pecho y boca abierta al fresco viento,
que con templados soplos respiraba,
mitigando del Sol la fuerza brava.
Y desde allí con lenguas injuriosas
a falta de las manos se ofendían:
diciéndose palabras afrentosas
la muerte con rigor se prometían;
y a vueltas de esto, flechas peligrosas
los enemigos arcos despedían,
que aunque el aliento y fuerza les faltaba
el rabioso rencor las arrojaba.
Yo no sé de cuál brazo descansado
una flecha con ímpetu saliendo,
a manera de rayo arrebatado,
el aire con rumor iba rompiendo:
tocó en soslayo a Córdova en un lado,
y la furiosa punta no prendiendo,
torció a Morán el curso, y encarnada
por el ojo derecho abrió la entrada.
El buen Morán con mano cruda y fuerte
sacó la flecha y ojo en ella asido;
Gonzalo, al duro paso de la muerte
le apercibe y esfuerza condolido;
pero Morán gritó: «No estoy de suerte
que me sienta de esfuerzo enflaquecido;
que solo, así herido, soy bastante
a vencer cuantos veis que están delante».
Pica el caballo temerariamente,
que galopear no puede de cansado,
contra todo aquel número de gente,
que en escuadrón estaba reformado:
pero Gonzalo Hernández diligente
se le puso delante acelerado,
que ya Lincoya al paso le salía,
y al puesto, aunque por fuerza, le volvía.
Con grande alarde, estruendo y movimiento,
sobre la cumbre de una verde loma,
tendidas las banderas por el viento,
Lautaro con la presta gente asoma.
Como cuando de lejos el hambriento
león, viendo la presa, placer toma,
y mira acá y allá, feroz rugiendo,
el bedijoso cuello sacudiendo:
Lautaro así veloz por un repecho
bajaba, enderezando a los de España,
pensando él solo dar fin a aquel hecho,
si no le desamparan la campaña.
Delante de su gente va gran trecho:
digna es de celebrarse tal hazaña;
solos catorce esperan, hechos piezas,
rotos los brazos, piernas y cabezas.
Cuatro mil sobrevienen vitoriosos,
apiñados los nuestros los esperan,
no de ver tanta gente temerosos,
porque aún morir con más honor quisieran;
los fieros enemigos orgullosos
en alta voz gritaban: «¡Mueran! ¡Mueran!»,
y el Lincoyano ejército animado,
también acometió por otro lado.
Lanzaron los caballos los cristianos,
batiendo bien de espacio el hueco suelo
contra los descansados araucanos
que fieros amenazan tierra y cielo:
vienen con tardos pies a prestas manos,
y del primer encuentro hecho un hielo
Pero Niño tocó la blanca arena,
bañándola de sangre en larga vena.
Atravesole el cuerpo la herida,
aunque en atribuirla hay desconcierto:
unos dicen que Angol fue el homicida,
otros que Leocotón, y esto es más cierto:
cualquier dellos que fue, de gran caída
pero Niño quedó en el campo muerto
con un trozo de pica atravesado,
donde fue del tropel despedazado.
También el de Manrique volteando
a los pies de Lautaro muerto vino;
rompen los otros doce, enderezando
por las espesas armas al camino:
pero Ongolmo, los pies apresurando,
de un golpe derribó fuera de tino
a Nereda, que en guerras era experto;
Cortés de muy herido cayó muerto.
Tras él al suelo fue Diego García,
de una llaga mortal abierto el pecho;
de otro golpe Escalona se tendía
que Tucapel le acierta por derecho:
los demás españoles en la vía
(considere quien ya se vio en estrecho)
con cuánta priesa baten las ijadas
de los lasos caballos desangradas.
El fiero Tucapel haciendo guerra
a todos con audacia los asalta,
y en viendo que estos dos baten la tierra,
gallardo por encima dellos salta:
topa a Almagro y con él ligero cierra,
en los pies levantado y la maza alta,
que sobre él derribándola venía
con toda la pujanza que tenía.
O fue mal tiento, o furia que llevaba,
o que el Sumo Señor quiso librallo,
que el tiro a la cabeza señalaba,
y a dar vino en las ancas del caballo:
con tanta fuerza el golpe le cargaba,
que Almagro más no pudo meneallo,
quedando derrengado de manera
que si fuera de masa o blanda cera.
Almagro con presteza por un lado,
viendo el caballo cojo, se derriba,
ora fue su ventura y diestro hado,
ora siniestro del que tras él iba,
el cual era el valiente Maldonado,
que envuelto en sangre y polvo al punto arriba
que el golpe segundaba Tucapelo,
y por poco con él diera en el suelo.
Con el jinete estribo en el derecho
lado al bárbaro encuentra de pasada,
y cuatro cinco pasos o más trecho
lo lleva hacia adelante por la estrada:
brama el bárbaro ardiendo de despecho;
víbora no se vio más enconada,
ni pisado escorpión vuelve tan presto,
como el indio volvió el airado gesto.
Muda el intento, muda la sentencia
que contra Juan de Almagro dado había,
y la furiosa maza e impaciencia
al triste Maldonado revolvía:
cala un golpe con toda su potencia,
mas el presto caballo se desvía;
Tucapel de furioso el tiro yerra,
y el ferrado troncón metió por tierra.
No escapó Maldonado de la muerte,
que al punto llega el bravo Lemolemo
con un largo bastón ñudoso y fuerte,
a manera le corvo y grueso remo;
y un golpe le señala de tal suerte,
que no le erró el ferrado y duro extremo,
ni la celada prestó de estofa llena,
que los sesos saltaron por la arena.
En esto una gran nube tenebrosa,
el aire y cielo súbito turbando,
con una obscuridad triste y medrosa
del Sol la luz escasa fue ocupando:
salta Aquilón con furia procelosa
los árboles y plantas inclinando,
envuelto en raras gotas de agua gruesas,
que luego descargaron más espesas.
Como el diestro atambor, que apercibiendo
al duro asalto y fiera batería,
va con los tardos golpes previniendo
la presta y animosa compañía,
pero el punto y señal última oyendo,
suena la horrenda y áspera armonía:
así el negro nublado turbulento
lanza un diluvio súbito y violento.
En escura tiniebla el cielo vuelto,
la furiosa tormenta se esforzaba,
agua, piedras y rayos todo envuelto
en espesos relámpagos lanzaba:
el araucano ejército revuelto
por acá y por allá se derramaba:
crece la tempestad horrenda, tanto
que a los más esforzados puso espanto.
De Juan Gómez la próspera ventura
hizo que al punto el cielo se cerrase,
y la tiniebla de la noche escura
gran rato en su favor se anticipase:
turbado se metió en una espesura
hasta tanto que el ímpetu pasase
de aquella gente bárbara furiosa,
de la española sangre codiciosa.
Cuando vio en su violencia el torbellino
y que él podía salir más encubierto,
el bosque deja y toma su camino,
que el temor se le muestra bien abierto:
cayendo y levantando al cabo vino,
de sangre, lodo y de sudor cubierto,
junto donde los nuestros esperaban
si las furiosas aguas aplacaban.
Estaban del camino desviados,
y uno de los caballos relinchando,
el español con pasos sosegados
al alegre rumor se fue acercando:
llegó adonde los seis amedrentados
con baja voz estaban dél tratando,
y en aquella sazón se les presenta,
dándoles del suceso entera cuenta.
Con espanto fue luego conocido,
que entre ellos ya por muerto se tenía,
y cada uno de lástima movido,
a morir en su ayuda se ofrecía;
mas él como animoso y entendido,
viendo que aprovechar no le podía,
dice: «De mí, señores, nadie cure,
la vida el que pudiere la asegure.»
Esto no dijo bien, cuando esforzado
por el bosque tomó una senda incierta,
y aquella más usada deja a un lado,
de gente y pueblos bárbaros cubierta:
otro trance mayor le está guardado;
pero pues hay de Chile historia cierta,
allí lo podrá ver el que quisiere,
si gana de saberlo le viniere.
El coronista Estrella escribe al justo
de Chile y del Perú en latín la historia,
con tanta erudición, que será justo
que dure eternamente su memoria;
y la vida de Carlos Quinto Augusto,
y en verso los encomios y la gloria
de varones ilustres en milicia,
gobernación, en letras y justicia.
Vuelvo a los seis guerreros, que sintiendo
la desgracia de Almagro, lo mostraban:
pero ayudalle en ella no pudiendo,
a la Imperial ciudad enderezaban:
la tempestad furiosa iba creciendo,
relámpagos y truenos no cesaban,
hasta que salió el Sol y el claro día
la plaza de Purén les descubría.
Era un castillo, el cual con poca gente
le había Juan Gómez antes sustentado,
hallándose una noche de repente
de multitud de bárbaros cercado:
repelidos al fin gallardamente,
fue por su industria el cerco levantado:
No escribo esta batalla, aunque famosa,
por no tardarme tanto en cada cosa.
Allí los seis guerreros arribados
fueron con tierna muestra recebidos
de los caros amigos admirados
de verlos a tal término traídos;
míseros, afligidos, demudados,
flacos, roncos, deshechos, consumidos,
corriendo sangre y lodo, sin celadas,
las armas con las carnes destrozadas.
Casi veinticuatro horas sustentaron
las armas defendiendo su partido,
que nunca en este tiempo descansaron,
haciendo lo que habéis, Señor, oído:
un rato en el castillo reposaron,
del cual la noche atrás habían salido,
no con poco temor de los de casa,
y más cuando supieron lo que pasa.
La sangre les cuajó un temor helado,
gran turbación les puso a todos, cuando
el caso de Valdivia desastrado
les fueron por sus términos narrando:
y así viendo el castillo mal parado,
de consejo común, considerando
la pujanza que el bárbaro traía,
le dejaron desierto el mismo día.
Hacia Cautén tomaron la jornada,
llevando a Almagro acaso de camino,
que por venir la noche tan cerrada
libre salió del campo lautarino:
la fuerza fue por tierra derribada,
que luego el enemigo pueblo vino
talando municiones y comidas,
que en el castillo estaban recogidas.
Dieron vuelta los bárbaros gozosos
hacia donde su ejército venía,
retumbando en los montes cavernosos
el alegre rumor y vocería;
y por aquellos prados espaciosos,
con la alegre vitoria de aquel día,
tales cantos y juegos inventaban
que el cansancio con ellos engañaban.
Juntos, el general con grave muestra
los habla y los recibe alegremente;
y asiendo blandamente de la diestra
al valiente Lautaro, su teniente,
una escuadra le entrega de maestra,
escogida, gallarda y buena gente,
en armas y trabajo ejercitada,
para cualquier empresa y gran jornada.
A Lautaro dejemos pues en esto,
que mucho su proceso me detiene:
forzoso a tratar dél volveré presto,
que llegar hasta Penco me conviene,
pues hace tanto a nuestro presupuesto
decir cómo a la guerra se previene
que sangrienta y mortal se aparejaba,
y el justo sentimiento que mostraba.
Ya la fama, ligera embajadora
de tristes nuevas y de grandes males,
a Penco atormentaba de hora en hora,
esforzando su voz ruines señales:
cuando llegan los indios a deshora,
los dos que ya conté que en los jarales,
viendo a Valdivia roto, se escondieron,
y estos el triste caso refirieron.
Por mensajeros ciertos entendiendo
el duro y desdichado acaecimiento,
viejos, mujeres, niños concurriendo,
se forma un triste y general lamento:
el cielo con aguda voz rompiendo,
hinchen de tristes lástimas el viento
nuevas viudas, huérfanas, doncellas;
era una dolorosa cosa vellas.
Los blancos rostros, más que flores bellos,
eran de crudos puños ofendidos,
y manojos dorados de cabellos
andaban por los suelos esparcidos;
vieran pechos de nieve y tersos cuellos
de sangre y vivas lágrimas teñidos;
y rotos por mil partes y arrojados
ricos vestidos, joyas y tocados.
No con menor estruendo los varones
de la edad más robusta juntamente
daban de su dolor demostraciones,
pero con otro modo diferente:
suenan las armas, suenan municiones,
suena el nuevo aparato de la gente;
y la ronca trompeta del dios Marte
a guerra incita ya por toda parte.
Unos botas espadas afilaban,
otros petos mohosos enlucían,
otros las viejas cotas remallaban,
hierros otros en astas engerían,
cañones reforzados apuntaban,
al viento las banderas descogían,
y en alardosa muestra los soldados
iban por todas partes ocupados.
Caudillo era y cabeza de la gente
Francisco Villagrán, varón tenido
por sabio en la milicia y suficiente,
con suma diligencia prevenido:
de Pedro de Valdivia fue teniente,
después de su persona obedecido:
sentido del suceso y caso fuerte
brama por la venganza de su muerte.
Las mujeres de nuevos alaridos
hieren el alto cóncavo del cielo,
viendo al peligro puestos los maridos
y ellas en tal trabajo y desconsuelo:
con lagrimosos ojos y gemidos,
echadas de rodillas por el suelo,
les ponen los hijuelos por delante;
pero cosa a moverlos no es bastante.
Ya de lo necesario aparejados
en demanda del bárbaro salían,
de arneses lucidísimos armados,
que vistosos de lejos parecían:
las mujeres por torres y tejados
con fijos ojos tiernos los seguían;
y echándoles de allí mil bendiciones,
vuelven a Dios el ruego y peticiones.
Del tropel se despiden ciudadano,
que del pueblo saliera a acompañallos,
y en busca del ejército araucano
pican a toda priesa los caballos:
dejan a la siniestra a Mareguano,
y a la diestra de Talca los vasallos,
hijo de Talcaguano, que su tierra
la ciñe casi en torno el mar y sierra.
De los seguros límites pasando,
pisan de Andalicán la enjuta arena,
y el espacioso llano atravesando,
suben las lomas, y el rumor no suena;
y al pie del cerro andálico llegando,
sin entender lo que Lautaro ordena,
sólo el miedo de entrar por el estado
les mitigó el furor demasiado.
Un paso peligroso, agrio y estrecho,
de la banda del Norte está a la entrada
por un monte asperísimo y derecho,
la cumbre hasta los cielos levantada:
está tras éste un llano a poco trecho,
y luego otra menor cuesta tajada,
que divide el distrito andalicano
del fértil valle y límite araucano.
Esta cuesta Lautaro había elegido
para dar la batalla, y por concierto
tenía todo su ejército tendido
en lo más alto della y descubierto:
viendo que a pie en lo llano es mal partido
seguir a los caballos campo abierto,
el alto y primer cerro deja exento,
pensando allí alcanzarlos por aliento.
Porque se tome bien del sitio el tino
quiero aquí figurarle por entero:
la subida no es mala del camino,
mas todo lo demás despeñadero:
tiene al Poniente al bravo mar vecino,
que bate al pie de un gran derrumbadero,
y en la cumbre y más alto de la cuesta
se allana cuanto un tiro de ballesta.
Estaba el alto cerro coronado
del poderoso ejército enemigo,
y el camino al entrar desocupado,
sin defensa ni estorbo, como digo:
pasado el primer monte, había llegado
al pie deste segundo bando amigo;
pero aquí Villagrán confuso estuvo,
que el peligroso trance le detuvo.
Como el romano César, receloso
el pie en el Rubicón fijó a la entrada,
pensando allí de nuevo el peligroso
hecho que acometía y gran jornada;
Al fin soltó las riendas animoso;
diciendo: «¡Sús!, ¡la suerte ya es echada!…»
Así nuestro español rompió el camino,
dando libre la rienda a su destino.
Apenas el primer paso había dado,
cuando luego tras él osadamente
por el fragoso monte levantado
alegre comenzó a subir la gente:
Lautaro sin moverse, arrinconado,
franca les da la entrada llanamente;
diez mil hombres gobierna, gente usada
en el duro ejercicio de la espada.
Tenía su campo en torno de la cuesta,
y mandado que nadie se moviese
un paso a comenzar la dura fiesta,
hasta que el son de arremeter se oyese,
con una irremisible pena puesta
para aquél que del término saliese;
que estaban así quedos y callados
cual si fueran en mármoles mudados.
Pues la española gente, deseando
ejercitar la vencedora diestra,
se va a los enemigos acercando
por la banda del bárbaro siniestra:
Lautaro al puesto término llegando,
presenta la batalla en bella muestra,
con gran rumor de bárbaras trompetas,
atambores, bocinas y cornetas.
Paréceme, Señor, que será justo
dar fin al largo canto en este paso,
porque el deseo del otro mueva el gusto,
y porque de cantar me siento laso.
Suplícoos que el tardar no os dé disgusto,
pareciéndoos que voy tan paso a paso,
que aun de gentes agravio una gran suma,
atento a no llevar prolija pluma.
Canto V
Contiénese la reñida batalla que entre los españoles y araucanos hubo en la cuesta de Andalicán, donde por la astucia de Lautaro y el demasiado trabajo de los españoles, fueron los nuestros desbaratados, y muertos más de la mitad de ellos, juntamente con tres mil indios amigos.
Siempre el benigno Dios, por su clemencia,
nos dilata el castigo merecido,
hasta ver sin emienda la insolencia
y el corazón rebelde endurecido:
y es tanta la dañosa inadvertencia,
que aunque vemos el término cumplido
y ejemplo del castigo en el vecino,
no queremos dejar el mal camino.
Dígolo, porque viene muy contenta
nuestra gente española a las espadas,
que en el fin de Valdivia no escarmienta,
ni mira haber seguido sus pisadas:
presto la veréis dar estrecha cuenta
de las culpas presentes y pasadas;
que el verdugo Lautaro, ardiendo en saña
se muestra con su gente en la campaña.
Villagrán con la suya a punto puesto,
en el estrecho llano se detiene;
plantando seis cañones en buen puesto,
ordena aquí y allí lo que conviene:
estuvo sin moverse un rato en esto
por ver el orden que Lautaro tiene,
que ocupaba su gente tanto trecho
que mitigó el ardor de más de un pecho.
De muchos fue esta guerra deseada;
pero sabe ora Dios sus intenciones,
viendo toda la cuesta rodeada
de gente en concertados escuadrones:
la sangre, del temor ya resfriada,
con presteza acudió a los corazones;
los miembros, del calor desamparados,
fueron luego de esfuerzo reformados.
Con nuevo encendimiento están bramando,
porque la trompa del partir no suena;
tanto el trance y batalla deseando
que cualquiera tardanza les da pena.
De la otra parte el araucano bando,
sujeto a lo que su caudillo ordena,
rabiaba por cerrar; mas la obediencia
le pone duro freno y resistencia.
Como el feroz caballo, que impaciente,
cuando el competidor ve ya cercano,
bufa, relincha, y con soberbia frente
hiere la tierra de una y otra mano;
así el bárbaro ejército obediente,
viendo tan cerca el campo castellano
gime por ver el juego comenzado,
mas no pasa del término asignado.
Desta manera, pues, la cosa estaba,
ganosos de ambas partes por juntarse;
pero ya Villagrán consideraba
que era dalles más ánimo el tardarse:
tres bandas de jinetes apartaba
de aquellos codiciosos de probarse,
que a la seña, sin más amonestallos,
ponen las piernas recio a los caballos.
El campo con ligeros pies batiendo,
salen con gran tropel y movimiento;
Rauco se estremeció del son horrendo,
y la mar hizo extraño sentimiento.
Los corregidos bárbaros temiendo
de Lautaro el expreso mandamiento,
aunque por los herir se deshacían,
el paso hacia delante no movían.
Con el concierto y orden que en Castilla
juegan las cañas en solemne fiesta,
que parte y desembraza una cuadrilla,
revolviendo la darga al pecho puesta:
así los nuestros firmes en la silla,
llegan hasta el remate de la cuesta,
y vuelven casi en cerco a retirarse,
por no poder romper sin despeñarse.
Toman al retirar la vuelta larga,
y desta suerte muchas vueltas prueban;
pero todas las veces una carga
de flecha, dardo y piedra espesa llevan:
a algunos vale allí la buena adarga;
las celadas y grebas bien aprueban,
que no pueden venir al corto hierro
por ser peinado en torno el alto cerro.
Firme estaba Lautaro sin mudarse,
y cercada de gente la montaña;
algunos que pretenden señalarse
salen con su licencia a la campaña:
quieren uno por uno ejercitarse
de la pica y bastón con los de España;
o dos a dos, o tres a tres soldados,
a la franca elección de los llamados.
Usando de mudanzas y ademanes
vienen con muestra airosa y contoneo,
más bizarros que bravos alemanes,
haciendo aquí y allí gentil paseo:
como los diestros y ágiles galanes
en público ejercicio del torneo,
así llegan gallardos a juntarse
y con las duras puntas a tentarse.
Quien piensa de la pica ser maestro
sale a probar la fuerza y el destino,
tentando el lado diestro y el siniestro,
buscando lo mejor con sabio tino:
cuál acomete, vence y hurta presto,
hallando para entrar franco el camino;
cuál hace el golpe vano, y cuál tan cierto
que da con su enemigo en tierra muerto.
Otros de estas posturas no se curan,
ni paran en el aire y gentileza;
que el golpe sea mortal sólo procuran,
y en el cuerpo y los pies llevar firmeza:
con ánimo arrojado se aventuran,
llevados de la cólera y braveza;
ésta a veces los golpes hace vanos,
y ellos venir más juntos a las manos.
Pero por más veloz en la corrida
el mozo Curiomán se señalaba,
que con gallarda muestra y atrevida
larga carrera sin temor tomaba:
y blandiendo una lanza muy fornida
en medio de la furia la arrojaba,
que nunca la ballesta al torno armada
jara con tal presteza fue enviada.
Había siete españoles ya herido,
mas nadie se atraviesa a la venganza,
que era el valiente bárbaro temido
por su esfuerzo, destreza y gran pujanza:
en esto Villagrán algo corrido,
viéndole despedir la octava lanza,
dijo con voz airada: «¿No hay alguno
que castigue este bárbaro importuno?»
Diciendo esto, miraba a Diego Cano,
el cual de osado crédito tenía,
que, una asta gruesa en la derecha mano,
su rabicán preciado apercebía;
y al tiempo cuando el bárbaro lozano
con fuerza extrema el brazo sacudía,
en la silla los muslos enclavados
hiere al caballo a un tiempo entrambos lados.
Con menudo tropel y gran ruïdo
sale el presto caballo desenvuelto
hacia el gallardo bárbaro atrevido,
que en esto las espaldas había vuelto;
pero el fuerte español, embebecido
en que no se le fuese, el freno suelto,
bate al caballo a priesa los talones
hasta los enemigos escuadrones.
No el araucano y fiero ayuntamiento
con las espesas picas derribadas,
ni el presuroso y recio movimiento
de mazas y de bárbaras espadas
pudieron resistir el duro intento
del airado español, que las pisadas
del ligero araucano iba siguiendo,
la espesa turba y multitud rompiendo:
donde a pesar de tantos y a despecho,
con grande esfuerzo y valerosa mano
rompe por ellos, y la lanza al pecho
de aquél que dilató su muerte en vano:
y glorioso del bravo y alto hecho,
al caballo picó a la diestra mano,
abriendo con esfuerzo y diestro tino
por medio de las armas el camino.
Luego se arroja el escuadrón jinete
al araucano ejército llamando,
que a esperarle parece que acomete,
y vase luego al borde retirando:
una, cuatro y diez veces arremete,
poco el arremeter aprovechando;
que en aquella sazón ninguna espada
había de sangre bárbara manchada.
Los cansados caballos trabajaban,
mas poco del trabajo se aprovecha,
que los nuestros en vano les picaban,
heridos y hostigados de la flecha:
las bravezas de algunos aplacaban
viéndose en aquel punto y cuenta estrecha,
ellos lasos, los otros descansados,
los pasos y caminos ya cerrados.
La presta y temerosa artillería
a toda furia y priesa disparaba,
y así en el escuadrón indio batía,
que cuanto topa enhiesto lo allanaba:
de fuego y humo el cerro se cubría,
el aire cerca y lejos retumbaba:
parece con estruendo abrirse el suelo
y respirar un nuevo Mongibelo.
Visto Lautaro serle conveniente
quitar y deshacer aquel nublado,
que lanzaba los rayos en su gente
y había gran parte della destrozado;
al escuadrón que a Leucotón valiente
por su valor le estaba encomendado
le manda arremeter con furia presta
y en alta voz diciendo le amonesta:
«¡Oh fieles compañeros vitoriosos
a quien fortuna llama a tales hechos!
¡Ya es tiempo que los brazos valerosos
nuestras causas aprueben y derechos!
¡Sus, sus, calad las lanzas animosos!
¡Rompan los hierros los contrarios pechos,
y por ellos abrid roja corriente
sin respetar a amigo ni a pariente!
»A las plazas guiad, que si ganadas
por vuestro esfuerzo son, con tal vitoria
célebres quedarán vuestras espadas,
y eterna al mundo dellas la memoria:
el campo seguirá vuestras pisadas,
siendo vos los autores desta gloria.»
Y con esto la gente envanecida
hizo la temeraria arremetida.
Por infame se tiene allí el postrero,
que es la cosa que entre ellos más se nota;
el más medroso quiere ser primero
al probar si la lanza lleva bota:
no espanta ver morir al compañero,
ni llevar quince o veinte una pelota,
volando por los aires hechos piezas,
ni el ver quedar los cuerpos sin cabezas.
No los perturba y pone allí embarazo,
ni punto los detiene el temor ciego;
antes si el tiro a alguno lleva el brazo,
con el otro la espada esgrime luego:
llegan sin reparar hasta el ribazo
donde estaba la máquina del fuego;
viéranse allí las balas escupidas
por la bárbara furia detenidas.
Los demás arremeten luego en rueda,
y de tiros la tierra y sol cubrían:
pluma no basta, lengua no hay que pueda
figurar el furor con que venían:
de voces, fuego, humo y polvareda
no se entienden allí ni conocían;
mas poco aprovechó este impedimento,
que ciegos se juntaban por el tiento.
Tardaron poco espacio en concertarse
las enemigas haces ya mezcladas:
lo que allí se vio más para notarse
era el presto batir de las espadas:
procuran ambas partes señalarse,
y así vieran cabezas y celadas
en cantidad y número partidas,
y piernas de sus troncos divididas.
Unos por defender la artillería,
con tal ímpetu y furia acometida;
otros por dar remate a su porfía
traban una batalla bien reñida:
para un solo español cincuenta había,
la ventaja era fuera de medida;
mas cada cual por sí tanto trabaja,
que iguala con valor a la ventaja.
No quieren que atrás vuelva el estandarte
de Carlos Quinto, Máximo, glorioso,
mas que, a pesar del contrapuesto Marte,
vaya siempre adelante vitorioso:
el cual, terrible y fiero a cada parte,
envuelto en ira y polvo sanguinoso,
daba nuevo vigor a las espadas,
de tanto combatir aún no cansadas.
Renuévase el furor y la braveza
según es el herir apresurado,
con aquel mismo esfuerzo y entereza
que si entonces la hubieran comenzado:
las muertes, el rigor y la crueza,
esto no puede ser significado,
que la espesa y menuda yerba verde
en sangre convertida el color pierde.
Villagrán la batalla en peso tiene,
que no pierde una mínima su puesto;
de todo lo importante se previene,
aquí va y allí acude, y vuelve presto:
hace de capitán lo que conviene
con usada experiencia; y fuera desto,
como usado soldado y buen guerrero
se arroja a los peligros el primero.
Andando envuelto en sangre a Torbo mira
que en los cristianos hace gran matanza;
lleva el caballo, y él llevado de ira
requiere en la derecha bien la lanza:
en los estribos firme al pecho tira;
mas la codicia y sobra de pujanza
desatentó la presurosa mano,
haciendo antes de tiempo el golpe en vano.
Hiende el caballo desapoderado
por la canalla bárbara enemiga;
revuelve a Torbo el español airado,
y en bajo el brazo la jineta abriga;
pásale un fuerte peto tresdoblado
y el jubón de algodón, y en la barriga
le abrió una gran herida por do al punto
vertió de sangre un lago y la alma junto.
Saca entera la lanza, y derribando
el brazo atrás, con ira la arrojaba:
vuelve la furiosa asta rechinando
del ímpetu y pujanza que llevaba,
y a Corpillan que estaba descansando
por entre el brazo y cuerpo le pasaba,
y al suelo penetró sin dañar nada,
quedando media braza en él fijada.
Y luego Villagrán, la espada fuera,
por medio de la hueste va a gran priesa;
haciendo con rigor ancha carrera
adonde va la turba más espesa.
No menos Pedro de Olmos de Aguilera
en todos los peligros se atraviesa,
habiendo él solo muerto por su mano
a Guancho, Canio, Pillo y Titaguano.
Hernando y Juan, entrambos de Alvarado,
daban de su valor notoria muestra,
y el viejo gran jinete Maldonado
voltea el caballo allí con mano diestra,
ejercitando con valor usado
la espada que en herir era maestra,
aunque la débil fuerza envejecida
hace pequeño el golpe y la herida.
Diego Cano a dos manos, sin escudo,
no deja lanza enhiesta ni armadura,
que todo por rigor de filo agudo
hecho pedazos viene a la llanura:
pues Peña, aunque de lengua tartamudo,
se revuelve con tal desenvoltura
cual Cesio entre las armas de Pompeo,
o en Troya el fiero hijo de Peleo.
Por otra parte el español Reinoso,
de ponzoñosa rabia estimulado,
con la espada sangrienta va furioso
hiriendo por el uno y otro lado;
mata de un golpe a Palta, y riguroso
la punta enderezó contra el costado
del fuerte Ron, y así acertó la vena,
que la espada de sangre sacó llena.
Bernal, Pedro de Aguayo, Castañeda,
Ruiz, Gonzalo Hernández, y Pantoja
tienen hecha de muertos una rueda
y la tierra de sangre toda roja:
no hay quien ganar del campo un paso pueda
ni el espeso herir un punto afloja,
haciendo los cristianos tales cosas
que las harán los tiempos milagrosas.
Mas eran los contrarios tanta gente,
y tan poco el remedio y confianza,
que a muchos les faltaba juntamente
la sangre, aliento, fuerza y la esperanza:
llevados, pues, al fin de la corriente,
sin poder resistir la gran pujanza,
pierden un largo trecho la montaña
con todas las seis piezas de campaña.
Del antiguo valor y fortaleza
sin aflojar los nuestros siempre usaron;
no se vio en español jamás flaqueza
hasta que el campo y sitio les ganaron:
mas viéndose a tal hora en estrecheza,
que pasaba de cinco que empezaron,
comienzan a dudar ya la batalla
perdiendo la esperanza de ganalla.
Dudan por ver al bárbaro tan fuerte,
cuando ellos en la fuerza iban menguando;
representoles el temor la muerte,
las heridas y sangre resfriando:
algunos desaniman de tal suerte
que se van al camino retirando,
no del todo, Señor, desbaratados,
mas haciéndoles rostro y ordenados.
Pero el buen Villagrán, haciendo fuerza,
se arroja y contrapone al paso airado,
y con sabias razones los esfuerza,
como de capitán escarmentado,
diciendo: «Caballeros, nadie tuerza
de aquello que a su honor es obligado;
no os entreguéis al miedo, que es, yo os digo,
de todo nuestro bien gran enemigo.
»Sacudidle de vos, y veréis luego
la deshonra y afrenta manifiesta:
mirad que el miedo infame, torpe y ciego
más que el hierro enemigo aquí os molesta:
no os turbéis, reportaos, tened sosiego,
que en este solo punto tenéis puesta
vuestra fama, el honor, vida y hacienda,
y es cosa que después no tiene emienda.
»¿A dó volvéis sin orden y sin tiento,
que los pasos tenemos impedidos?
¿Con cuánto deshonor y abatimiento
seremos de los nuestros acogidos?
La vida y honra está en el vencimiento,
la muerte y deshonor en ser vencidos:
mirad esto, y veréis huyendo cierta
vuestra deshonra y más la vida incierta.»
De la plaza no ganan cuanto un dedo
por esto y otras cosas que decía,
según era el terror y extraño miedo
en que el peligro puesto los había.
«¿Dónde quedar mejor que aquí yo puedo?»
diciendo Villagrán, con osadía
temeraria arremete a tanta gente,
sólo para morir honradamente.
La vida ofrece de acabar contenta,
por no estar al rigor de ser juzgado;
teme más que a la muerte alguna afrenta
y el verse con el dedo señalado:
no quiere andar a todos dando cuenta
si a volver las espaldas fue forzado;
que por dolencia o mancha se reputa
tener hombre el honor puesto en disputa.
Cuán bien desto salió, que del caballo
al suelo le trujeron aturdido;
cuál procura prendello, cuál matallo;
pero las buenas armas le han valido;
otros dicen a voces: «¡Desarmallo!»
Acude allí la gente y el ruïdo…
Mas quien saber el fin desto quisiere
al otro canto pido que me espere.
Canto VI
Prosigue la comenzada batalla, con las extrañas y diversas muertes que los araucanos ejecutaron en los vencidos, y la poca piedad que con los niños y mujeres usaron, pasándolos todos a cuchillo.
Al valeroso espíritu, ni suerte,
ni revolver de hado riguroso
le pueden presentar caso tan fuerte,
que le traigan a estado vergonzoso;
como ahora a Villagrán, que con su muerte,
no siendo de otro modo poderoso,
piensa atajar el áspero camino
adonde le tiraba su destino.
Sus soldados, el paso apresurando,
en confuso montón se retrujeron,
cuando en el nuevo y gran rumor mirando
a su buen capitán en tierra vieron:
solos trece, la vida despreciando,
los rostros y las riendas revolvieron;
rasgando a los caballos los ijares
se arrojan a embestir tantos millares.
Con más valor que yo sabré decillo
el pequeño escuadrón ligero cierra,
abriendo en los contrarios un portillo,
que casi puso en condición la guerra:
rompen hasta do el mísero caudillo
de golpes aturdido estaba en tierra,
sin ayuda y favor desamparado,
de la enemiga turba rodeado.
Todos a un tiempo quieren ser primeros
en esta presa y suerte señalada,
y estaban como lobos carniceros
sobre la mansa oveja desmandada,
cuando discordes con ahullidos fieros
forman música en voz desentonada;
y en esto los mastines del egido
llegan con gran presteza a aquel ruïdo;
Así los enemigos apiñados,
en medio al triste Villagrán tenían,
que por darle la muerte, embarazados,
los unos a los otros se impedían:
mas los trece españoles esforzados,
rompiendo a la sazón, sobrevenían
de roja y fresca sangre ya cubiertos
de aquellos que dejaban atrás muertos.
Con gran presteza, del amor movidos,
adonde a Villagrán ven se arrojaban,
y los agudos hierros atrevidos
de nuevo en sangre nueva remojaban:
desamparan el cerco los heridos,
acá y allá medrosos se apartaban:
algunos sustentaban con más suerte
su parte y opinión hasta la muerte.
Si un espeso montón se deshacía;
desocupando el campo escarmentados,
otra junta mayor luego nacía,
y estaban sus lugares ocupados:
del sueño Villagrán aún no volvía;
mas tal maña se dieron sus soldados,
y así las prestas armas revolvieron,
que en su acuerdo a caballo lo pusieron.
A tardarse más tiempo fuera muerto,
y a bien librar salió tan mal parado
que, aunque estaba de planchas bien cubierto,
tenía el cuerpo molido y magullado:
pero del sueño súbito despierto,
viendo trece españoles a su lado,
olvidando el peligro en que aún estaba,
entre los duros hierros se lanzaba.
Por medio del ejército enemigo
sin escarmiento ni temor hendía,
llevando en su defensa al bando amigo,
que destrozando bárbaros venía:
trillan, derriban, hacen tal castigo
que duran las reliquias hoy en día,
y durará en Arauco muchos años
el estrago y memoria de los daños.
Bernal hiere a Mailongo de pasada
de un valiente altibajo a fil derecho;
no le valió de acero la celada,
que los filos corrieron hasta el pecho:
Aguilera al través tendió la espada,
y al dispuesto Guamán dejó mal trecho;
haciendo ya el temor tan ancha senda
que bien pueden correr a toda rienda.
Salen, pues, los catorce vitoriosos
donde los otros de su bando estaban,
que turbados, sin orden, temerosos
de ver su muerte ya remolinaban:
no bastaron ni fueron poderosos
Villagrán y los otros que llegaban
a estorbar el camino comenzado,
que ya el temor gran fuerza había cobrado.
Viendo bravo y gallardo al araucano,
del todo de vencer desconfiados,
y los caballos sin aliento, en vano
de importunas espuelas fatigados;
a grandes voces dicen: «¡A lo llano!
No estemos desta suerte arrinconados;»
y con nuevo temor y desatino
toman algunos dellos el camino.
Cual de cabras montesas la manada,
cuando a lugar estrecho es reducida,
de diestros cazadores rodeada
y de importunos tiros perseguida;
que viéndose ofendida y apretada,
una rompe el camino y la huïda,
siguiendo las demás a la primera;
así abrieron los nuestros la carrera.
Uno, dos, diez y veinte, desmandados
corren a la bajada de la cuesta,
sin orden y atención apresurados,
como si al palio fueran sobre apuesta:
aunque algunos valientes ocupados
con firme rostro y con espada presta,
combatiendo animosos, no miraban
cómo así los amigos los dejaban.
No atienden al huir, ni se previenen
de remedio tan flaco y vergonzoso;
antes en su batalla se mantienen,
trayendo el fin a término dudoso
y con heroicos ánimos detienen
de los indios el ímpetu furioso,
y la disposición del duro hado
en daño suyo y contra declarado.
Y así resisten, matan y destruyen,
contrastando al destino, que parece
que el valor araucano disminuyen,
y el suyo con difícil prueba crece:
mas viendo a los amigos cómo huyen,
que a más correr la gente desparece,
hubieron de seguir la misma vía,
que ya fuera locura y no osadía.
Quiero mudar en lloro amargo el canto,
que será a la sazón más conveniente,
pues me suena en la oreja el triste llanto
del pueblo amigo y género inocente.
No siento el ser vencidos, tanto cuanto
ver pasar las espadas crudamente
por vírgenes, mujeres, servidores,
que penetran los cielos sus clamores.
La infantería española sin pereza
y gente de servicio iban camino,
que el miedo les prestaba ligereza,
y más de la que a algunos les convino;
pues con la turbación y gran torpeza
muchos perdieron de la cuesta el tino,
ruedan unos, los lomos quebrantados,
otros hechos pedazos despeñados.
Quedan por el camino mil tendidos,
los arroyos de sangre el llano riegan,
rompiendo el aire el llanto y alaridos
que en son desentonado al cielo llegan:
y las lástimas tristes y gemidos,
puestas las manos altas, con que ruegan
y piden de la vida gracia en vano
al inclemente bárbaro inhumano.
El cual siempre les iba caza dando,
con mano presta y pies en la corrida,
hiriendo sin respeto y derribando
la inútil gente, mísera, impedida,
que a la amiga nación iba invocando
la ayuda en vano a la amistad debida,
poniéndole delante con razones
la deuda, el interés y obligaciones.
Y aunque más las razones obligaban,
si alguno a defenderlos revolvía,
viendo cuanto los otros se alargaban,
alargarse también le convenía.
Ni a los que por amigos se trataban,
ni a las que por amigas se debía,
con quien había amistad y cuenta estrecha,
llamar, gemir, llorar les aprovecha.
Que ya los nuestros sin parar en nada
por la carrera de su sangre roja
dan siempre nueva furia en su jornada,
y a los caballos priesa y rienda floja:
que ni la voz de virgen delicada,
ni obligación de amigos los congoja:
la pena y la fatiga que llevaban
era que los caballos no volaban.
Sordos a aquel clamor y endurecidos,
miden con sueltos pies el verde llano;
pero algunos de lástima movidos,
viendo el fiero espectáculo inhumano,
de una rabiosa cólera encendidos,
vuelven contra el ejército araucano
que corre por el campo derramado,
la más parte en la presa embarazado.
Determinados de morir, revuelven
haciendo al sexo tímido reparo,
y de suerte en los bárbaros se envuelven,
que a más de diez la vuelta costó caro:
por esto los primeros aún no vuelven,
que quieren que el partido sea más claro,
y no poner la vida en aventura,
cuanto lejos de allí tanto segura.
Torna la lid de nuevo a refrescarse;
de un lado y otro andaba igual trabada:
pecho con pecho vienen a juntarse,
lanza con lanza, espada con espada;
pueden los españoles sustentarse,
que la gente araucana derramada
el alcance sin orden proseguía
haciendo todo el daño que podía.
Cual banda de cornejas esparcidas
que por el aire claro el vuelo tienden,
que de la compañera condolidas,
por los chirridos la prisión entienden,
las batidoras alas recogidas
a darle ayuda en círculo descienden;
el bárbaro escuadrón de esta manera
al rumor endereza la carrera.
La gente que de acá y allá discurre,
viendo el tumulto y aire polvoroso
deja el alcance, y de tropel concurre
al son de las espadas sonoroso:
cada araucano con presteza ocurre
adonde era el favor más provechoso,
y los sangrientos hierros en las manos,
cercan el escuadrón de los cristianos.
La copia de los bárbaros creciendo,
crece el son de las armas y refriega,
y los nuestros se van disminuyendo,
que en su ayuda y socorro nadie llega:
pero con grande esfuerzo combatiendo
ninguno la persona a ciento niega,
ni allí se vio español que se notase
que a su deuda una mínima faltase.
Mas de la suerte, como si del cielo
tuvieran el seguro de las vidas,
se meten y se arrojan sin recelo
por las furiosas armas homicidas:
caen por tierra, y echan por el suelo,
dan y reciben ásperas heridas,
que el número dispar y aventajado
suple el valor y el ánimo sobrado.
Y así se contraponen, no temiendo
la muerte y furia bárbara importuna,
el ímpetu y pujanza resistiendo
de la gente, del hado y la fortuna:
mas contrastar a tantos no pudiendo
sin socorro, favor ni ayuda alguna,
dilatando el morir, les fue forzoso
volver a su camino trabajoso.
Parece el esperar más desatino,
que van los delanteros como el viento;
usar de aquel remedio les convino
y no del temerario atrevimiento:
muchos mueren en medio del camino
por falta de caballos y de aliento,
y de sangre también, que el verde prado
quedaba de su rastro colorado.
Flojos ya los caballos y encalmados,
los bárbaros por pies los alcanzaban,
y en los rendidos dueños derribados
las fuerzas de los brazos ensayaban:
otros de los peones empachados,
digo, de los cristianos que a pie andaban,
casi moverse al trote no podían,
que con sólo el temor los detenían.
Los cansados peones se contentan
con las colas o aciones aferradas,
y en vano lastimosos representan
estrechas amistades olvidadas:
de sí los de a caballo los ausentan,
si no pueden a ruego, a cuchilladas,
como a los más odiosos enemigos;
que no era a la sazón tiempo de amigos.
Atruena todo el valle el gran bullicio,
armas, grita, clamor triste se oía
de la gente española y de servicio
que a manos de los indios perecía:
no se vio tan sangriento sacrificio,
ni tan extraña y cruda anatomía
como los fieros bárbaros hicieron
en dos mil y quinientos que murieron.
Unos vienen al suelo mal heridos,
de los lomos al vientre atravesados;
por medio de la frente otros hendidos,
otros mueren con honra degollados:
otros, que piden medios y partidos,
de los cascos los ojos arrancados,
los fuerzan a correr por peligrosos
peñascos sin parar precipitosos.
Y a las tristes mujeres delicadas
el debido respeto no guardaban,
antes con más rigor por las espadas
sin escuchar sus ruegos las pasaban:
no tienen miramiento a las preñadas,
mas los golpes al vientre encaminaban,
y aconteció salir por las heridas
las tiernas pernezuelas no nacidas.
Suben por la gran cuesta al que más puede,
y paga el perezoso y negligente,
que a ninguno más vida se concede
de cuanto puede andar ligeramente:
y aquel torpe es forzoso que se quede
que no es en la carrera diligente;
que la muerte que airada atrás venía,
en afirmando el pie le sacudía.
Aunque la cuesta es áspera y derecha,
muchos a la alta cumbre han arribado,
adonde una albarrada hallaron hecha,
y el paso con maderos ocupado:
no tiene aquel camino otra deshecha,
que el cerro casi en torno era tajado;
del un lado le bate la marina,
del otro un gran peñón con él confina.
Era de gruesos troncos mal pulidos
el nuevo muro en breve tiempo hecho,
con arte unos en otros engeridos
que cerraban la senda y paso estrecho:
dentro estaban los indios prevenidos,
las armas sobre el muro y antepecho,
que según orgullosos se mostraban,
al cielo, no a la gente amenazaban.
Viendo los españoles ya cerrados
los pasos y cerrada la esperanza,
a pasar o morir determinados,
poniendo en Dios la firme confianza,
de la albarrada un trecho desviados
prueban de los caballos la pujanza,
corriendo un golpe dellos a romperla,
y los bárbaros dentro a defenderla.
Así la gente estaba detenida,
que todo su trabajo no importaba,
ni al peligro hallaba la salida,
hasta que el viejo Villagrán llegaba:
que vista la excusada arremetida
cuán poco en el remedio aprovechaba,
sin temor de morir ni muestra alguna
dio aquí el último tiento a la fortuna.
Estaba en un caballo derivado
de la española raza poderoso,
ancho de cuadra, espeso, bien trabado,
castaño de color, presto, animoso,
veloz en la carrera y alentado,
de grande fuerza y de ímpetu furioso,
y la furia sujeta y corregida
por un débil bocado y blanda brida.
El rostro le endereza, y al momento
bate el presto español recio la ijada,
que sale con furioso movimiento
y encuentra con los pechos la albarrada:
no hace en el romper más sentimiento
que si fuera en carrera acostumbrada,
abriendo tal camino, que pasaron
todos los que de abajo se escaparon.
Los bárbaros airados defendían
el paso, pero al cabo no pudieron,
que por más que las armas esgrimían
los fuertes españoles los rompieron:
unos hacia la mano diestra guían,
otros tan buen camino no supieron,
tomando a la siniestra un mal sendero
que a dar iba en un gran despeñadero.
A la siniestra mano hacia el Poniente
estaban dos caminos mal usados;
estos debían de ser antiguamente
por do al agua bajaban los venados:
Digo en tiempos pasados, que al presente
por mil partes estaban derrumbados,
y el remate tajado con un salto
de más de ciento y veinte brazas de alto.
Por orden de Natura no sabida,
o por gran sequedad de aquella tierra,
o algún diluvio grande y avenida,
fue causa de tajarse aquella sierra:
pues por allí la gente mal regida
ocupada del miedo de la guerra,
huyendo de la muerte ya sin tino
a dar derechamente en ella vino.
La inadvertida gente iba rodando
que repararse un paso no podía,
el segundo al primero tropellando,
y el tercero al segundo recio envía;
el número se va multiplicando,
un cuerpo mil pedazos se hacía,
siempre rodando con furor violento
hasta parar en el más bajo asiento.
Como el fiero Tifeo, presumiendo
lanzar de sí el gran monte y pesadumbre,
cuando el terrible cuerpo estremeciendo
sacude los peñascos de la cumbre,
que vienen con gran ímpetu y estruendo
hechos piezas abajo en muchedumbre;
así la triste gente mal guiada
rodando al llano va despedazada.
Pero aquella que el buen camino tiene,
de verle con presteza el fin procura:
ninguno por el otro se detiene,
que detenerse ya fuera locura:
rodar también alguno le conviene,
que más de lo posible se apresura:
A caballo y a pie y aún de cabeza
llegaron a lo bajo en poca pieza.
Sueltos iban caballos por el prado,
que muertos lo señores han caïdo;
otros desocuparlos fue forzado
que por flojos la silla habían perdido:
cuál ligero cabalga y cuál turbado,
del temor de la muerte ya impedido,
atinar al estribo no podía,
y el caballo y sazón se le huía.
No aguardaban por esto, mas corriendo
juegan a mucha priesa los talones,
al delantero sin parar siguiendo,
que no le alcanzarán a dos tirones:
votos, promesas entre sí haciendo
de ayunos, romerías, oraciones,
y aún otros reservados sólo al Papa,
si Dios de este peligro los escapa.
Venían ya los caballos por el llano
las orejas tremiendo derramadas:
quiérenlos aguijar, mas es en vano,
aunque recio les abren las ijadas:
El hermano no escucha al caro hermano;
las lástimas allí son excusadas:
quien dos pasos del otro se aventaja,
por ganar otros dos muere y trabaja.
Como el que sueña que en el ancho coso
siente al furioso toro avecinarse,
que piensa atribulado y temeroso
huyendo de aquel ímpetu salvarse,
y se aflige y congoja presuroso
por correr, y no puede menearse;
así estos a gran priesa a los caballos
no pueden, aunque quieren, aguijallos.
Haciendo el enemigo gran matanza
sigue el alcance y siempre los aqueja:
dichoso aquél que buen caballo alcanza,
que de su furia un poco más se aleja:
quién la adarga abandona, quién la lanza,
quién de cansado el propio cuerpo deja;
y así la vencedora gente brava
la fiera sed con sangre mitigaba.
A aquél que por desdicha atrás venía,
ninguno, aunque sea amigo, le socorre,
despacio el más ligero se movía,
quien el caballo trota mucho corre:
el cansancio y la sed los afligía:
mas Dios, que en el mayor peligro acorre,
frenó el ímpetu y curso al enemigo,
según en el siguiente canto digo.
Canto VII
Llegan los españoles a la ciudad de la Concepción hechos pedazos, cuentan el destrozo y pérdida de nuestra gente, y vista la poca que para resistir tan gran pujanza de enemigos en la ciudad había, y las muchas mujeres, niños y viejos que dentro estaban, se retiran en la ciudad de Santiago. Asimismo en este canto se contiene el saco, incendio y ruina de la ciudad de la Concepción.
Tener en mucho un pecho se debría
a dó el temor jamás halló posada,
temor que honrosa muerte nos desvía
por una vida infame y deshonrada:
En los peligros grandes, la osadía
merece ser de todos estimada:
el miedo es natural en el prudente,
y el saberlo vencer, es ser valiente.
Esto podrán decir los que picaban
los cansados caballos aguijando;
pues tanto de temor se apresuraban
que les daremos crédito aún callando;
con los prestos calcaños lo afirmaban,
con piernas, brazos, cuerpo ijadeando;
también los araucanos sin aliento
la furia iban perdiendo y movimiento.
Que del grande trabajo fatigados
en el largo y veloz curso aflojaron,
y por el gran tesón desalentados
a seis leguas de alcance los dejaron.
Los nuestros, del temor más aguijados,
al entrar de la noche se hallaron
en la extrema ribera de Biobío,
adonde pierde el nombre y ser de río.
Y a la orilla un gran barco asido vieron
de una gruesa cadena a un viejo pino:
los más heridos dentro se metieron,
abriendo por las aguas el camino;
y los demás con ánimo atendieron
hasta que el esperado barco vino,
y con la diligencia comenzada
a la ciudad arriban deseada.
Puédese imaginar cuál llegarían
del trabajo y heridas maltratados,
algunos casi rostros no traían,
otros los traen de golpes levantados:
del infierno parece que salían:
no hablan ni responden elevados:
a todos con los ojos rodeaban;
y más callando el daño declaraban.
Después que dio el cansancio y torpe espanto
licencia de decir lo que pasaba,
dejando el pueblo atónito ya cuanto,
súbito en triste tono levantaba
un alboroto y doloroso llanto,
que el gran desastre más solemnizaba;
y al son discorde y áspera armonía
la casa más vecina respondía.
Quién llora el muerto padre, quién marido,
quién hijos, quién sobrinos, quién hermanos;
mujeres como locas sin sentido
ansiosas tuercen las hermosas manos:
con el fresco dolor crece el gemido,
y los protestos de acidente vanos:
los niños abrazados con las madres
preguntaban llorando por sus padres.
De casa en casa corren publicando
las voces y clamores esforzados
los muertos que murieron peleando
y aquellos infelices despeñados:
mozas, casadas, viudas lamentando,
puestas las manos y ojos levantados,
piden a Dios para dolor tan fuerte,
el último remedio de la muerte.
La amarga noche sin dormir pasaban
al son de dolorosos instrumentos;
mas el día venido, se atajaban
con otro mayor mal estos lamentos;
diciendo que a gran furia se acercaban
los araucanos bárbaros sangrientos,
en una mano hierro, en otra fuego,
sobre el pueblo español, de temor ciego.
Ya la parlera Fama pregonando
torpes y rudas lenguas desataba:
las cosas de Lautaro acrecentando,
los enemigos ánimos menguaba:
que ya cada español casi temblando,
dando fuerza a la Fama, levantaba
al más flaco araucano hasta el cielo,
derramando en los ánimos un hielo.
Levántase un rumor de retirarse,
y la triste ciudad desamparalla,
diciendo que no pueden sustentarse
contra los enemigos en batalla:
corrillos comenzaban a formarse:
la voz común aprueba el despoblalla:
algunos con razones importantes
reprobaban las causas no bastantes.
Dos varias partes eran admitidas,
del temor y el amor de la hacienda;
la poca gente, muertes y heridas,
dicen que la ciudad no se defienda:
las haciendas y rentas adquiridas,
al liberal temor cogen la rienda:
mas luego se esforzó y creció de modo,
que al fin se apoderó de todo en todo.
La gente principal claro pretende
desamparar el pueblo y propio nido:
el temeroso vulgo aún no lo entiende,
mas tiende oreja atenta a aquel ruïdo,
visto el público trato, más no atiende;
que súbito, alterado y removido,
de nuevo esfuerza el llanto y las querellas,
poniendo un alarido en las estrellas.
Quién a su casa corre pregonando
la venida del bárbaro guerrero;
quién aguija a la silla, procurando
cincharla en el caballo más ligero:
las encerradas vírgenes llorando
por las calles sin manto ni escudero,
atónitas, de acá y de allá perdidas,
a las madres buscaban desvalidas.
Como las corderillas temerosas
de las queridas madres apartadas,
balando van perdidas presurosas,
haciendo en poco espacio mil paradas,
ponen atenta oreja a todas cosas,
corren aquí y allí desatinadas;
así las tiernas vírgenes llorando,
a voces a las madres van llamando.
De rato en rato se renueva y crece
el llanto, la aflicción y el alarido:
tal voz hay que de súbito enmudece,
reduciendo el sentir sólo al oïdo:
cualquier sombra, Lautaro les parece,
su rigurosa voz cualquier ruïdo,
alzan la grita y corren, no sabiendo
más de ver a los otros ir corriendo.
Era cosa de oír bien lastimosa
los suspiros, clamores y lamento,
haciéndoles mayores cualquier cosa
que trae de nuevo el miedo por el viento:
desampara la turba temerosa
sus casas, posesión y heredamiento,
sedas, tapices, camas, recamados,
tejos de oro y de plata atesorados.
Si alguno hace protestos, requiriendo
que no sea la ciudad desamparada,
responde el principal: «Yo no lo entiendo
ni de mi voluntad soy parte en nada.»
Pero el temor un viejo posponiendo,
les dice: «¡Gente vil, acobardada,
deshonra del honor y ser de España!
¿Qué es esto, dónde vais, quién os engaña?»
No fue esta corrección de algún provecho
ni otras cosas que el viejo les decía;
muestran todos hacerse a su despecho
y van al que más corre ya la vía.
Es justo que la fama cante un hecho
digno de celebrarse hasta el día,
que cese la memoria por la pluma
y todo pierda el ser y se consuma.
Doña Mencía de Nidos, una dama
noble, discreta, valerosa, osada,
es aquélla que alcanza tanta fama
en tiempo que a los hombres es negada:
estando enferma y flaca en una cama,
siente el grande alboroto, y esforzada,
asiendo de una espada y un escudo,
salió tras los vecinos como pudo.
Ya por el monte arriba caminaban,
volviendo atrás los rostros afligidos
a las casas y tierras que dejaban,
oyendo de gallinas mil graznidos:
los gatos con voz hórrida maullaban,
perros daban tristísimos aullidos,
Progne con la turbada Filomena
mostraban en sus cantos grave pena.
Pero con más dolor doña Mencía,
que dello daba indicio y muestra clara,
con la espada desnuda lo impedía,
y en medio de la cuesta y dellos para.
El rostro a la ciudad vuelto decía:
«¡Oh valiente nación, a quien tan cara
cuesta la tierra y opinión ganada
por el rigor y filo de la espada!
»Decidme ¿qué es de aquella fortaleza
que contra los que así teméis mostrastes?
¿Qué es de aquel alto punto y la grandeza
de la inmortalidad a que aspirastes?
¿Qué es del esfuerzo, orgullo, la braveza
y el natural valor de que os preciastes?
¿Adónde vais, cuitados de vosotros
que no viene ninguno tras nosotros?
»¡Oh cuántas veces fuistes imputados
de impacientes, altivos, temerarios,
en los casos dudosos arrojados,
sin atender a medios necesarios:
y os vimos en el yugo traer domados
tan gran número y copia de adversarios,
y emprender y acabar empresas tales
que distes a entender ser inmortales!
»¡Volved a vuestro pueblo ojos piadosos,
por vos de sus cimientos levantado;
mirad los campos fértiles viciosos
que os tienen su tributo aparejado;
las ricas minas, y los caudalosos
ríos de arenas de oro, y el ganado,
que ya de cerro en cerro anda perdido,
buscando a su pastor desconocido.
»Hasta los animales, que carecen
de vuestro racional entendimiento,
usando de razón se condolecen,
y muestran doloroso sentimiento:
los duros corazones se enternecen,
no usados a sentir, y por el viento
las fieras la gran lástima derraman,
y en voz casi formada nos infaman.
»Dejáis quietud, hacienda y vida honrosa,
de vuestro esfuerzo y brazos adquirida,
por ir a casa ajena embarazosa
a do tendremos mísera acogida:
¿Qué cosa puede haber más afrentosa,
que ser huéspedes toda nuestra vida?
¡Volved, que a los honrados vida honrada
les conviene, o la muerte acelerada!
»¡Volved, no vais así de esa manera,
ni del temor os deis tan por amigos;
que yo me ofrezco aquí, que la primera
me arrojaré en los hierros enemigos!
¡Haré yo esta palabra verdadera
y vosotros seréis dello testigos!
«¡Volved, volved!» gritaba, pero en vano,
que a nadie pareció el consejo sano.
Como el honrado padre recatado,
que piensa reducir con persuasiones
al hijo, del propósito dañado,
y está alegando en vano mil razones,
que al hijo incorregible y obstinado
le importunan y cansan los sermones:
así al temor la gente ya entregada,
no sufre ser en esto aconsejada.
Ni a Paulo le pasó con tal presteza
por las sienes la Jáculo serpiente,
sin perder de su vuelo ligereza,
llevándole la vida juntamente,
como la odiosa plática y braveza
de la dama de Nidos por la gente,
pues apenas entró por un oïdo
cuando ya por el otro había salido.
Sin escuchar la plática, del todo
llevados de su antojo caminaban:
mujeres sin chapines por el lodo
a gran priesa las faldas arrastraban:
fueron doce jornadas de este modo,
y a Mapochó al fin dellas arribaban:
Lautaro, que se siente descansado,
me da priesa, que mucho me he tardado.
No es bien que tanto dél nos descuidemos,
pues él no se descuida en nuestro daño,
y adonde le dejamos volveremos,
que fue donde dejó el alcance extraño:
En muy poco papel resumiremos
un gran proceso y término tamaño:
que fuera necesario larga historia
para ponerlo extenso por memoria.
Mas con la brevedad ya profesada
me detendré lo menos que pudiere,
y las cosas menudas, de pasada
tocaré lo mejor que yo supiere:
pido que atenta oreja me sea dada,
que el cuento es grave y atención requiere,
para que con curiosa y fácil pluma
los hechos de estos bárbaros resuma;
que luego que el alcance hubo cesado
volviendo al hijo de Pillán gozoso,
que atrás un largo trecho había quedado,
más por autoridad que de medroso,
al general despachan un soldado,
alojándose el campo en el gracioso
valle de Talcamábida importante,
de pastos y comidas abundante.
Un bárbaro valiente que tenía
la estancia y heredad en aquel valle,
halló un indio cristiano por la vía;
pero no se preciando de matalle,
prisionero a su casa le traía,
y comienza en tal modo a razonalle:
«La vida, ¡oh miserable! quiero darte,
aunque no la mereces por tu parte.
»Pues que ya a la guerra tú venías,
gozando del honor de los guerreros,
¿por qué con las mujeres te escondías
viendo a hierro morir tus compañeros?
Mujer debes de ser, pues que temías
tanto de alguna espada los aceros;
y así quiero que tengas el oficio
en todo lo que toca a mi servicio.»
Mandó que del oficio se encargase
que a la mujer honesta es permitido,
y la posada y cena concertase,
en tanto que del sueño convencido
los fatigados miembros recrease:
y habiéndose a su cama recogido,
al mundo el Sol dos vueltas había dado,
y no había el araucano despertado:
sepultado en un sueño tan profundo
como si de mil años fuera muerto,
hasta que el claro Sol dio luz al mundo
a la vuelta tercera; que despierto
pidió la usada ropa, y lo segundo
si estaba la comida ya en concierto:
el diligente siervo respondía
que después de guisada estaba fría:
diciéndole también cómo había estado
cincuenta horas de término en el lecho,
del trabajo y manjares olvidado,
con todo lo demás que se había hecho;
y que el comer estaba aparejado,
si del sueño se hallaba satisfecho.
El bárbaro responde: «No me espanto
de haber sin despertar dormido tanto;
»que el cuidoso Lautaro apercebido,
por hacer desear vuestra llegada,
la gente en escuadrones ha tenido
con tal orden y tasa castigada,
que aún el sentarnos era defendido
en acabando Apolo su jornada,
hasta que ya los rayos de su lumbre
nos daban de la vuelta certidumbre.
»Si alguno de su puesto se movía,
sin esperar descargo le empalaba,
y aquél que de cansado se dormía
en medio de dos picas le colgaba:
quien cortaba una espiga, allí moría,
de más de la ración que se le daba:
con órdenes estrechas y precetos
nos tuvo, como digo, así sujetos.
»Desta suerte estuvimos los soldados
más de catorce noches aguardando,
las picas altas, a ellas arrimados,
vuestra tarda venida deseändo:
del sueño y del cansancio quebrantados,
pasando gran trabajo, hasta cuando
supimos que llegábades ya junto,
que nos quitó el cansancio en aquel punto.»
Viendo el silencio que en el valle había,
le pregunta si el campo era partido
el mozo dice: «Ayer antes del día
salió de aquí con súbito ruïdo;
afirmarte la causa no sabría;
aunque por claras muestras he entendido
que la ciudad de Penco torreada
era del español desamparada.»
Así era la verdad, que caminado
habían los escuadrones vencedores
hacia el pueblo español, desamparado
de los inadvertidos moradores.
La codicia del robo y el cuidado
les puso espuelas y ánimos mayores:
siete leguas del valle a Penco había
y arribaron en sólo medio día.
A vista de las casas, ya la gente
se reparte por todos los caminos,
porque el saco del pueblo sea igualmente
lleno de ropa y falto de vecinos:
apenas la señal del partir siente,
cuando cual negra banda de estorninos
que se abate al montón del blanco trigo,
baja al pueblo el ejército enemigo.
La ciudad yerma en gran silencio atiende
el presto asalto y fiera arremetida
de la bárbara furia, que deciende
con alto estruendo y con veloz corrida:
el menos codicioso allí pretende
la casa más copiosa y bastecida:
vienen de gran tropel hacia las puertas,
todas de par en par francas y abiertas.
Corren toda la casa en el momento,
y en un punto escudriñan los rincones;
muchos por no engañarse por el tiento
rompen y descerrajan los cajones;
baten tapices, rimas y ornamento,
camas de seda y ricos pabellones,
y cuanto descubrir pueden de vista,
que no hay quien los impida ni resista.
No con tanto rigor el pueblo griego
entró por el troyano alojamiento,
sembrando frigia sangre y vivo fuego,
talando hasta en el último cimiento;
cuanto de ira, venganza y furor ciego,
el bárbaro, del robo no contento,
arruïna, destroza, desperdicia,
y así aún no satisface su malicia.
Quién sube la escalera y quién abaja,
quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija;
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija:
por las torres, desvanes y tejados
aparecen los bárbaros cargados.
No en colmenas de abejas la frecuencia,
priesa y solicitud, cuando fabrican
en el panal la miel con providencia,
que a los hombres jamás lo comunican;
ni aquel salir, entrar y diligencia
con que las tiernas flores melifican,
se puede comparar, ni ser figura
de lo que aquella gente se apresura
alguno de robar no se contenta
la casa que le da cierta ventura;
que la insaciable voluntad sedienta
otra de mayor presa le figura:
haciendo codiciosa y necia cuenta
busca la incierta y deja la segura;
y llegando, el Sol puesto, a la posada,
se queda por buscar mucho sin nada.
También se roba entre ellos lo robado,
que poca cuenta y amistad había,
si no se pone en salvo a buen recado,
que allí el mayor ladrón más adquiría;
cuál lo saca arrastrando, cuál cargado
va, que del propio hermano no se fía:
más parte a ningún hombre se concede
de aquello que llevar consigo puede.
Como para el invierno se previenen
las guardosas hormigas avisadas,
que a la abundante troje van y vienen
y andan en acarretos ocupadas,
no se impiden, estorban, ni detienen,
dan las vacías paso a las cargadas;
así los araucanos codiciosos
entran, salen y vuelven presurosos.
Quien buena parte tiene, más no espera,
que presto pone fuego al aposento;
no aguarda que los otros salgan fuera,
ni tiene al edificio miramiento:
la codiciosa llama de manera
iba en tanto furor y crecimiento,
que todo el pueblo mísero se abrasa,
corriendo el fuego ya de casa en casa.
Por alto y bajo el fuego se derrama,
los cielos amenaza el son horrendo,
de negro humo espeso y viva llama
la infelice ciudad se va cubriendo:
treme la Tierra en torno, el fuego brama,
de subir a su esfera presumiendo:
caen de rica labor maderamientos
resumidos en polvos cenicientos.
Piérdese la ciudad más fértil de oro
que estaba en lo poblado de la tierra,
y adonde más riquezas y tesoro,
según fama, en sus términos se encierra:
¡Oh, cuántos vivirán en triste lloro,
que les fuera mejor continua guerra!
Pues es mayor miseria la pobreza
para quien se vio en próspera riqueza.
A quién diez, a quién veinte, y a quién treinta
mil ducados por año les rentara:
el más pobre tuviera mil de renta,
de aquí ninguno de ellos abajara:
la parte de Valdivia era sin cuenta,
si la ciudad en paz se sustentara,
que en torno la cercaban ricas venas
fáciles de labrar y de oro llenas.
Cien mil casados súbditos servían
a los de la ciudad desamparada,
sacar tanto oro en cantidad podían
que a tenerse viniera casi en nada:
Esto que digo y la opinión perdían
por aflojar el brazo de la espada,
ganados, heredades, ricas casas,
que ya se van tornando en vivas brasas.
La grita de los bárbaros se entona,
no cabe el gozo dentro de sus pechos,
viendo que el fuego horrible no perdona
hermosas cuadras ni labrados techos:
en tanta multitud no hay tal persona
que de verlos se duela así deshechos;
antes suspiran, gimen y se ofenden
porque tanto del fuego se defienden.
Paréceles que es lento y espacioso,
pues tanto en abrasarlos se tardaba,
y maldicen al Tracio proceloso
porque la flaca llama no esforzaba:
al caer de las casas sonoroso
un terrible alarido resonaba,
que junto con el humo y las centellas,
subiendo amenazaba las estrellas.
Crece la fiera llama en tanto grado
que las más altas nubes encendía;
Tracio con movimiento arrebatado
sacudiendo los árboles venía;
y Vulcano al rumor, sucio y tiznado,
con los herreros fuelles acudía,
que ayudaron su parte al presto fuego,
y así se apoderó de todo luego.
Nunca fue de Nerón el gozo tanto
de ver en la gran Roma poderosa
prendido el fuego ya por cada canto,
vista sola a tal hombre deleitosa;
ni aquello tan gran gusto le dio, cuanto
gusta la gente bárbara dañosa
de ver cómo la llama se extendía,
y la triste ciudad se consumía.
Era cosa de oír dura y terrible
de estallidos el son y grande estruendo;
el negro humo espeso e insufrible,
cual nube en aire, así se va imprimiendo:
no hay cosa reservada al fuego horrible,
todo en sí lo convierte, resumiendo
los ricos edificios levantados
en antiguos corrales derribados.
Llegado al fin el último contento
de aquella fiera gente vengativa,
aún no parando en esto el mal intento,
ni planta en pie, ni cosa dejan viva.
El incendio acabado, como cuento,
un mensajero con gran priesa arriba
del hijo de Leocán, y su embajada
será en el otro canto declarada.
Canto VIII
Júntanse los caciques y señores principales a consejo general en el valle de Arauco. Mata Tucapel al cacique Puchecalco, y Caupolicán viene con poderoso ejército sobre la ciudad Imperial, fundada en el valle de Cautén.
Un limpio honor del ánimo ofendido
jamás puede olvidar aquella afrenta,
trayendo al hombre siempre así encogido
que dello sin hablar da larga cuenta:
y en el mayor contento, desabrido
se le pone delante, y representa
la dura y grave afrenta, con un miedo
que todos le señalan con el dedo.
Si bien esto los nuestros lo miraran
y al temor con esfuerzo resistieran,
sus haciendas y casas sustentaran,
y en la justa demanda fenecieran:
de mil desabrimientos no gustaran,
ni al terrero del vulgo se pusieran;
del vulgo, que jamás dice lo bueno,
ni en decir los defectos tiene freno.
Pero de un bando y de otro contemplada
la diferencia en número de gentes,
la ciudad sin reparos, descercada,
con otra infinidad de inconvenientes:
y el ver puestas al filo de la espada
las gargantas de tantos inocentes,
niños, mujeres, vírgenes sin culpa,
será bastante y lícita disculpa.
Si no es disculpa y causa lo que digo,
se puede atribuir este suceso
a que fue del Señor justo castigo,
visto de su soberbia el gran exceso:
permitiendo que el bárbaro enemigo,
aquél que fue su súbdito y opreso,
los eche de su tierra y posesiones,
y les ponga el honor en opiniones.
Bien que en la Concepción copia de gente
estaba a la sazón, pero gran parte
de barba blanca y arrugada frente,
inútil en la dura y bélica arte,
y poca de la edad más suficiente
a resistir el gran rigor de Marte
y a la parcial fortuna, que se muestra
en todos los sucesos ya siniestra.
¿Quién podrá con el bando lautarino,
viendo que su opinión tanto crecía,
y la fortuna próspera el camino
en nuestro daño y su provecho abría?
No piensa reparar hasta el divino
cielo y arruïnar su monarquía,
haciendo aquellos bárbaros bizarros,
grandes fieros, bravezas y desgarros.
Pues el pueblo de Penco desolado
y de la fiera llama consumido,
dije como a gran priesa había llegado
un indio mensajero, conocido,
que por Caupolicán era enviado;
y habiendo de su parte encarecido
la gran batalla, digna de memoria,
las gracias les rindió de la vitoria.
Dijo también, sin alargar razones,
que el general mandaba que partiese
Lautaro con los prestos escuadrones,
y en el valle de Arauco se metiese,
donde el senado y junta de varones
tratase lo que más les conviniese;
pues en fértil valle hay aparejo
para la junta y general consejo.
En oyendo Lautaro aquel mandato,
levanta el campo, sin parar camina,
deja gran tierra atrás, y en poco rato
al monte Andalicano se avecina:
y por llegar con súbito rebato
el camino torció por la marina,
ganoso de burlar al bando amigo,
tomando el nombre y voz del enemigo.
Tanto marchó, que al asomar del día
dio sobre el general súbitamente,
con una baraúnda y vocería
que puso en arma y alteró la gente:
mas vuelto el alboroto en alegría,
conocida la burla claramente,
los unos y los otros sin firmarse
sueltas las armas corren a abrazarse.
Caupolicán alegre, humano y grave,
los recibe, abrazando al buen Lautaro,
y con regalo y plática süave
le da prendas y honor de hermano caro:
la gente, que de gozo en sí no cabe,
por la ribera de un arroyo claro,
en juntas y corrillos derramada,
celebra de beber la fiesta usada.
Algún tiempo pasaron después de esto
antes que el gran senado fuese junto,
tratando en su jornada y presupuesto
desde el principio al fin sin faltar punto:
pero al término justo y plazo puesto
llegó la demás gente, y todo a punto,
los principales hombres de la tierra
entraron en consulta a uso de guerra.
Llevaba el general aquel vestido
con que Valdivia ante él fue presentado;
era de verde y púrpura, tejido
con rica plata y oro recamado,
un peto fuerte, en buena guerra habido,
de fina pasta y temple relevado,
la celada de claro y limpio acero,
y un mundo de esmeralda por cimero.
Todos los capitanes señalados
a la española usanza se vestían,
la gente del común y los soldados
se visten del despojo que traían;
calzas, jubones, cueros desgarrados,
en gran estima y precio se tenían;
por inútil y bajo se juzgaba
el que español despojo no llevaba.
A manera de triunfos, ordenaron
el venir a la junta así vestidos
y en el consejo, como digo, entraron
ciento y treinta caciques escogidos:
por su costumbre antigua se sentaron,
según que por la espada eran tenidos.
Estando en gran silencio el pueblo ufano,
así soltó la voz Caupolicano.-
«Bien entendido tengo yo, varones,
para que nuestra fama se acreciente,
que no es menester fuerza de razones,
mas sólo el apuntarlo brevemente;
que, según vuestros fuertes corazones,
entrar la España pienso fácilmente,
y el gran Emperador, invicto Carlo
al dominio araucano sujetarlo.
»Los españoles vemos que ya entienden
el peso de las mazas barreadas,
pues ni en campo ni en muro nos atienden:
sabemos cómo cortan sus espadas,
y cuán poco las mallas los defienden
del corte de las hachas aceradas;
si sus picas son largas y fornidas,
con las vuestras han sido ya medidas.
»De vuestro intento asegurarme quiero,
pues estoy del valor tan satisfecho,
que gruesos muros de templado acero
allanaréis poniéndoles el pecho:
con esta confianza, yo el primero
seguiré vuestro bando y el derecho
que tenéis de ganar la fuerte España
y conquistar del mundo la campaña.
»La deidad de esta gente entenderemos
y si del alto cielo cristalino
deciende, como dicen, abriremos
a puro hierro anchísimo camino;
su género y linaje asolaremos:
que no bastará ejército divino,
ni divino poder, esfuerzo y arte,
si todos nos hacemos a una parte.
»En fin, fuertes guerreros, como digo,
no puede mi intención más declararse.
Aquél que me quisiere por amigo,
a tiempo está que puede señalarse:
ténganme desde aquí por enemigo
el que quisiere a paces arrimarse».-
Aquí dio fin y su intención propuesta,
esperaba sereno la respuesta.
Ceja no se movió, y aun el aliento
apenas al espíritu halló vía
mientras duró el soberbio parlamento,
que el gran Caupolicano les hacía.
Hubo en el responder el cumplimiento
y ceremonia usada en cortesía;
a Lautaro tocaba, y excusado,
Lincoya así responde levantado.-
«Señor, yo no me he visto tan gozoso
después que en este triste mundo vivo,
como en ver manifiesto el valeroso
intento tuyo, el ánimo y motivo:
y así, por pensamiento tan glorioso,
me ofrezco por tu siervo y tu cautivo:
que no quiero ser rey del cielo y tierra
si hubiese de acabarse aquí la guerra.
»Y en testimonio desto, yo te juro
de te seguir y acompañar de hecho;
ni por áspero caso, adverso y duro
a la patria volver jamás el pecho:
desto puedes, señor, estar seguro;
y todo faltará y será deshecho
antes que la palabra acreditada
de un hombre como yo por prenda dada.»-
Así dijo; y tras él, aunque rogado,
el buen Peteguelén, Curaca anciano,
de condición muy áspera enojado,
pero afable en la paz, fácil y humano;
viejo, enjuto, dispuesto, bien trazado,
señor de aquel hermoso y fértil llano,
con espaciosa voz y grave gesto
propuso en sus razones sabias esto.-
«Fuerte varón y capitán perfeto,
no dejaré de ser el delantero
a probar la fineza deste peto
y si mi hacha rompe el fino acero;
mas, como quien lo entiende, te prometo
que falta por hacer mucho primero
que salgan españoles desta tierra,
cuanto más ir a España a mover guerra.
»Bien será que, señor, nos contentemos
con lo que nos dejaron los pasados,
y a nuestros enemigos desterremos,
que están en lo más dello apoderados:
después, por el suceso entenderemos
mejor el disponer de nuestros hados.
Esto a mí me parece; y quien quisiere
proponga otra razón si mejor fuere.»-
Callando este cacique, se adelanta
Tucapelo, de cólera encendido,
y sin respeto así la voz levanta
con un tono soberbio y atrevido,
diciendo: «A mí la España no me espanta,
y no quiero por hombre ser tenido
si solo no arruïno a los cristianos,
ora sean divinos, ora humanos.
»Pues lanzarlos de Chile y destruirlos
no será para mí bastante guerra;
que pienso, si me esperan, confundirlos
en el profundo centro de la tierra;
y si huyen, mi maza ha de seguirlos,
que es la que deste mundo los destierra:
por eso no nos ponga nadie miedo,
que aún no haré en hacerlo lo que puedo.
»Y por mi diestro brazo os aseguro,
si la maza dos años me sustenta,
a despecho del cielo, a hierro puro
de dar desto descargo y buena cuenta,
y no dejar de España enhiesto muro;
y aun el ánimo a más se me acrecienta,
que después que allanare el ancho suelo,
a guerra incitaré al supremo cielo.
»Que no son hados, es pura flaqueza
la que nos pone estorbos y embarazos:
pensar que haya fortuna, es gran simpleza,
la fortuna es la fuerza de los brazos:
la máquina del cielo y fortaleza
vendrá primero abajo hecha pedazos,
que Tucapel en esta y otra empresa
falte un mínimo punto en su promesa.»-
Peteguelén, la vieja sangre fría
se le encendió de rabia, y levantado
le dice: «¡Oh arrogante! La osadía
sin discreción jamás fue de esforzado…»
Pero Caupolicán, que conocía
del viejo a tiempo el ánimo arrojado,
con discreción le ataja las razones,
haciendo proponer a otros varones.
Purén se ofrece allí, y Angol se ofrece
no con menor braveza y desatiento:
Ongolmo no quedó, según parece,
de mostrar su soberbio pensamiento:
del uno en otro multiplica y crece
el número en el mismo ofrecimiento.
Colocolo, que atento estaba a todo,
sacó la voz, diciendo de este modo.-
«La verde edad os lleva a ser furiosos,
¡oh hijos!, y nosotros los ancianos
no somos en el mundo provechosos
más de para decir consejos sanos;
que no nos ciegan humos vaporosos
del juvenil hervor y años lozanos:
y así, como más libres, entendemos
lo que siendo mancebos no podemos.
»Vosotros, capitanes esforzados,
de sola una vitoria envanecidos,
estáis de tal manera levantados,
que os parecen ya pocos los nacidos:
templad, templad los pechos alterados
y esos vanos esfuerzos mal regidos;
no hagáis de españoles tal desprecio,
que no venden sus vidas a mal precio.
»Si dos veces, por dicha, los vencistes,
mirad cuando primero aquí vinieron
que resistir su fuerza no pudistes,
pues más de cinco veces os vencieron:
En el licúreo campo ya lo vistes
lo que solos catorce allí hicieron:
no será poco hecho y buen partido
cobrar la tierra y crédito perdido.
»Debemos procurar con seso y arte
redimir nuestra patria, y libertarnos,
dando a vuestras bravezas menos parte,
pues más pueden dañar que aprovecharnos.
¡Oh hijo de Leocán!, quiero avisarte,
si quieres como sabio gobernarnos,
que temples esta furia, y con maduro
seso pongas remedio en lo futuro.
»El consejo más sano y conveniente
es que el campo en tres bandas repartido,
a un tiempo, aunque por parte diferente,
dé sobre el Cautén, pueblo aborrecido:
bien que esté en su defensa buena gente,
es poca; y este asiento destruïdo,
Valdivia de allanar fácil sería,
pues no alcanza arcabuz ni artillería.
»Sólo a mí Santiago me da pena;
pero modo a su tiempo buscaremos
para poderla entrar, y La Serena
fácilmente después la allanaremos.
Aunque sujeto a lo que el hado ordena,
es el mejor camino que tenemos.»
Acabando con esto el sabio viejo,
a muchos pareció bien su consejo.
Tras este otro Curaca, hechicero,
de la vejez decrépita impedido,
Puchecalco se llama el agorero,
por sabio en los pronósticos tenido,
con profundo suspiro, íntimo y fiero,
comienza así a decir entristecido:
«Al negro Eponamón doy por testigo
de lo que siempre he dicho y ahora digo.
»Por un término breve se os concede
la libertad, y habéis lo más gozado:
mudarse esta sentencia ya no puede,
que está por las estrellas ordenado,
y que fortuna en vuestro daño ruede:
mirad que os llama ya el preciso hado
a dura sujeción y trances fuertes:
repárense a lo menos tantas muertes.
»El aire de señales anda lleno,
y las nocturnas aves van turbando
con sordo vuelo el claro día sereno,
mil prodigios funestos anunciando:
las plantas con sobrado humor terreno
se van, sin producir fruto, secando:
las estrellas, la luna, el sol lo afirman;
cien mil agüeros tristes lo confirman.
»Mírolo todo, y todo contemplado,
no sé en qué pueda yo esperar consuelo,
que de su espada el Orïón armado
con gran ruïna ya amenaza el suelo:
Júpiter se ha al Ocaso retirado;
sólo Marte sangriento posee el cielo,
que, denotando la futura guerra,
enciende un fuego bélico en la tierra.
»Ya la furiosa Muerte irreparable,
viene a nosotros con airada diestra;
y la amiga Fortuna favorable
con diferente rostro se nos muestra;
y Eponamón horrendo y espantable,
envuelto en la caliente sangre nuestra,
la corva garra tiende, el cerro yerto,
llevándonos al no sabido puerto.»
Tucapel, que de rabia reventando
estaba oyendo al viejo, más no atiende,
que dice: «Yo veré si adivinando
de mi maza este necio se defiende.»
Diciendo esto, y la maza levantando,
la derriba sobre él, y así lo tiende,
que jamás mudó curso de planeta
ni fue más adivino ni profeta.
Quedole desto el brazo tan sabroso,
según la muestra, que movido estuvo
de dar tras el senado religioso,
y no sé la razón que lo detuvo.
Caupolicán, atónito y rabioso
trasportada la mente un rato estuvo;
mas vuelto en sí, con voz horrible y fiera
gritaba: «¡Capitanes, muera! ¡Muera!»
No le dio tanto gusto a aquella gente
lo que Caupolicano le decía,
cuanto al soberbio bárbaro impaciente
viendo que ocasión tal se le ofrecía:
era alto el tribunal, pero el valiente
los hace saltar de él tan a porfía,
que ciento y treinta que eran, en un punto
saltan los ciento y él tras ellos junto.
Los que en el alto tribunal quedaron
son los en esta historia señalados,
que jamás de su asiento se mudaron,
de donde lo miraban sosegados:
que de ver uno solo no curaron
mostrarse por tan poco alborotados,
aunque los que saltaron de tan alto
en menos estimaron aquel salto.
Cubierto Tucapel de fina malla
saltó como un ligero y suelto pardo
en medio de la tímida canalla,
haciendo plaza el bárbaro gallardo:
con silbos, grita, en desigual batalla,
con piedra, palo, flecha, lanza y dardo
le persigue la gente de manera
como si fuera toro o brava fiera.
Según suele jugar por gran destreza
el liviano montante un buen maestro,
hiriendo con extraña ligereza
delante, atrás, a diestro y a siniestro;
con más desenvoltura y más presteza,
mostrándose en los golpes fuerte y diestro,
el fiero Tucapel en la pelea
con la pesada maza se rodea.
De tullir y mancar no se contenta,
ni para contentarse esto le basta;
sólo de aquellos tristes hace cuenta
que su maza los hace torta o pasta:
rompe, magulla, muele y atormenta,
desgobierna, destroza, estropia y gasta:
tiros llueven sobre él arrojadizos
cual tempestad furiosa de granizos.
Pero sin miedo el bárbaro sangriento
por las espesas armas discurría;
brazos, cabezas y ánimos sin cuento
soberbios quebrantó en solo aquel día;
y cual menuda lluvia por el viento
la sangre y frescos sesos esparcía:
no discierne al pariente del extraño,
haciéndolos iguales en el daño.
Las armas eran sólo en defenderle
de la canalla bárbara araucana,
que en montón trabajaba de ofenderle;
mas el temor la ofensa hacía liviana.
Era, cierto, admirable cosa verle
saltar y acometer con furia insana,
desmembrando la gente, sin poderse
de su maza y presteza defenderse.
Caupolicán, del caso no pensado
en tal furor y cólera se enciende,
que estaba de bajar determinado
aunque su gravedad se lo defiende:
pero Lautaro alegre y admirado
miraba cómo solo así contiende
un hombre contra tanto barbarismo,
incrédulo y dudoso de sí mismo.
Y en esto al General, con el debido
respeto y ojos bajos en el suelo
le dice: «Una merced, señor, te pido,
si algo merecen mi intención y celo,
y es, que el gran desacato cometido,
perdones francamente a Tucapelo,
pues ha mostrado en campo claramente
valer él más que toda aquella gente.»
Perplejo el General estaba en duda;
pero mirando al fin quién lo pedía,
luego el ejecutivo intento muda,
y con el rostro alegre respondía:
«Él ha tenido en vos bastante ayuda,
por la cual le perdono», y más decía,
que fuese a las escuadras, y mandase
que el combatirle más luego cesase.
Baja Lautaro al campo, y prestamente
el rico cuerno a retirar tocaba,
al son del cual se recogió la gente,
que recogerse a nadie le pesaba:
sólo lo siente el bárbaro valiente,
que satisfecho a su labor no estaba;
y volviendo a Lautaro el fiero gesto,
en alta y libre voz le dijo aquesto:-
«¿Cómo, buen capitán, has estorbado
el tomar desta vil canalla emienda,
y verme destos rústicos vengado
para que mi valor mejor se entienda?»
Lautaro le responde: «Es excusado
quien viniere contigo a la contienda
que se pueda valer contra tu diestra,
según que dello has dado aquí la muestra.
»Conmigo puedes ir, que te aseguro
que ningún daño y mal te sobrevenga.»
Tucapel le responde: «Yo te juro
que un paso ese temor no me detenga:
mi maza es la que a mí me da el seguro;
lo demás como quiera vaya y venga:
que el miedo es de los niños y mujeres.
Sus, alto, vamos luego a do quisieres.»
Juntos los dos al tribunal llegando,
Tucapel de Lautaro adelantado
subió por la escalera, no mostrando
punto de alteración por lo pasado:
el sagaz General disimulando
con graciosa aparencia le ha tratado;
y de la rota plática el estilo
Lautaro así diciendo añudó el hilo:
«Invicto capitán, yo he estado atento
a lo que estos varones han propuesto,
y no sé figurarte el gran contento
que me da ver su esfuerzo manifiesto:
si de servirte tengo sano intento,
mis obras por las tuyas dirán esto;
pues para ser del todo agradecidas
será poco perder por ti mil vidas.
»Estos fuertes guerreros ayudarte
quieren a restaurar la propia tierra,
porque en ello les va también su parte,
y por el vicio grande de la guerra:
no puedo yo dejar de aconsejarte,
aunque todo el consejo en ti se encierra,
aquello que mejor me pareciere
y más bien al bien público viniere.
»Es mi voto que debes atenerte
al consejo, con término discreto,
del sabio Colocolo; que por suerte
le cupo ser en todo tan perfeto:
así que, gran señor, sin detenerte,
cumple que esto se ponga por efeto
antes que los cristianos se aperciban,
porque más flacamente nos reciban.
»Y pues que Mapochó sólo es temido,
después que lo demás esté allanado,
por el potente Eponamón te pido
que el cargo de asolarle me sea dado:
la tierra palmo a palmo la he medido,
con españoles siempre he militado:
entiendo sus astucias e invenciones,
el modo, el arte, el tiempo y ocasiones.
»Quinientos araucanos solamente
quiero para la empresa que yo digo,
escogidos en toda nuestra gente:
un soldado de más no ha de ir conmigo.
Aquí lo digo, estando tú presente
y estos sabios caciques, que me obligo
de darte la ciudad puesta en las manos
con cien cabezas nobles de cristianos.»
Aquí se cerró el bárbaro orgulloso
y gran rato sobre ello platicaron:
pareciéndoles modo provechoso,
todos en este acuerdo concordaron:
después do estaba el pueblo deseoso
de saber novedades, se bajaron,
donde lo difinido y decretado
con general pregón fue declarado.
Estuvieron allí catorce días
en grande regocijo y mucha fiesta,
ocupados en juegos y alegrías,
y en quién más veces bebe sobre apuesta:
después contra los pueblos del Mesías
la alborozada gente en orden puesta,
marcha Caupolicán con la vanguardia,
quedando Lemolemo en retaguardia.
Cerca llegó el ejército furioso
de la Imperial, fundada en sitio fuerte,
donde el fiero enemigo vitorioso
la pensaba entregar presto a la muerte:
mas el Eterno Padre poderoso
lo dispone y ordena de otra suerte,
dilatando el azote merecido,
como veréis, prestando atento oïdo
Canto IX
Llegan los araucanos a tres leguas de la Imperial con grueso ejército: no ha efeto su intención por permisión divina. Dan vuelta a sus tierras, adonde les vino nueva que los españoles estaban en el asiento de Penco reedificando la ciudad de la Concepción; vienen sobre los españoles, y hubo entre ellos una recia batalla.
Si los hombres no ven milagros tantos
como se vieron en la edad pasada,
es causa haber agora pocos santos,
y estar la ley cristiana autorizada:
y así de cualquier cosa hacen espantos
que sobre el natural uso es obrada;
y no sólo al Autor no dan creencia,
mas ponen en su crédito dolencia.
Que si al enfermo quiere Dios sanarle,
por su costumbre y tiempo convalece:
si al bajo miserable levantarle,
por modos ordinarios le engrandece,
si al soberbio hinchado derribarle,
por naturales términos se ofrece:
de suerte que las cosas de esta vida
van por su natural curso y medida.
Por do vemos que Dios quiere y procura
hacer su voluntad naturalmente,
sirviendo de instrumento la Natura,
sobre la cual él solo es el potente;
y así los que creyeron por fe pura
merecen más que si palpablemente
viesen lo que, después de ya visible,
sacarlos de que fue sería imposible.
En contar una cosa estoy dudoso,
que soy de poner dudas enemigo,
y es un extraño caso milagroso,
que fue todo un ejército testigo:
aunque yo soy en esto escrupuloso,
por lo que dello arriba, Señor, digo,
no dejaré en efeto de contarlo,
pues los indios no dejan de afirmarlo.
Y manifiesto vemos hoy en día
que, porque la Ley sacra se extendiese,
nuestro Dios los milagros permitía
y que el natural orden se excediese:
presumirse podrá por esta vía
que, para que a la fe se redujese
la bárbara costumbre y ciega gente,
usase de milagros claramente.
Ya dije que el ejército araucano
de la Imperial tres leguas se alojaba,
en un dispuesto asiento y campo llano
y que Caupolicán determinaba
entrar el pueblo con armada mano:
también como el castigo dilataba
Dios a su pueblo ingrato y sin emienda,
usando de clemencia y larga rienda.
Estaba la Imperial desbastecida
de armas, de munición y vitualla;
bien que la gente della era escogida,
pero muy poca para dar batalla;
fuera por los cimientos destruïda,
cualquier fuerza bastara a arruinalla;
y persona de dentro no escapara
si a vista el pueblo bárbaro llegara.
Cuando el campo de allí quería mudarse,
que ya la trompa a caminar tocaba,
súbito comenzó el aire a turbarse,
y de prodigios triste se espesaba:
nubes con nubes vienen a cerrarse,
turbulento rumor se levantaba;
que con airados ímpetus violentos
mostraban su furor los cuatro vientos.
Agua recia, granizo, piedra espesa
las intricadas nubes despedían:
rayos, truenos, relámpagos a priesa
rompen los cielos y la tierra abrían:
hacen los vientos ásperos represa,
que en su entera violencia competían:
cuanto topa arrebata el torbellino,
alzándolo en furioso remolino.
Un miedo igual a todos atormenta:
no hay corazón, no hay ánimo así entero
que en tanta confusión, furia y tormenta
no temblase, aunque más fuese de acero.
En esto Eponamón se les presenta
en forma de un dragón horrible y fiero,
con enroscada cola, envuelto en fuego,
y en ronca y torpe voz les habló luego,
diciéndoles: que apriesa caminasen
sobre el pueblo español amedrentado;
que por cualquiera banda que llegasen
con gran facilidad sería tomado;
y que al cuchillo y fuego la entregasen
sin dejar hombre a vida y muro alzado.
Esto dicho, que todos lo entendieron,
en humo se deshizo, y no lo vieron.
Al punto los confusos elementos
fueron sus movimientos aplacando,
y los desenfrenados cuatro vientos
se van a sus cavernas retirando:
las nubes se retraen a sus asientos,
el cielo y claro sol desocupando:
sólo el miedo en el pecho más osado
no dejó su lugar desocupado.
La tempestad cesada, el raso cielo
vistió el húmido campo de alegría;
cuando con claro y presuroso vuelo
en una nube una mujer venía
cubierta de un hermoso y limpio velo,
con tanto resplandor, que al mediodía
la claridad del sol delante della
es la que cerca dél tiene una estrella.
Desterrando el temor la faz sagrada
a todos confortó con su venida:
venía de un viejo cano acompañada,
al parecer de grave y santa vida:
con una blanda voz y delicada
les dice: «¿Adónde andáis gente perdida?
Volved, volved el paso a vuestra tierra,
no vais a la Imperial a mover guerra.
»Que Dios quiere ayudar a sus cristianos
y darles sobre vos mando y potencia;
pues ingratos, rebeldes e inhumanos
así le habéis negado la obediencia:
mirad, no vais allá, porque en sus manos
pondrá Dios el cuchillo y la sentencia.»
Diciendo esto, y dejando el bajo suelo,
por el aire espacioso subió al cielo.
Los araucanos la visión gloriosa
de aquel velo blanquísimo cubierta
siguen con vista fija y codiciosa,
casi sin alentar la boca abierta:
ya que despareció fue extraña cosa
que, como quien atónito despierta,
los unos a los otros se miraban
y ninguna palabra se hablaban.
Todos de un corazón y pensamiento,
sin esperar mandato ni otro ruego,
como si solo aquel fuera su intento,
el camino de Arauco toman luego;
Van sin orden, ligeros como el viento,
paréceles que de un sensible fuego
por detrás las espaldas se encendían,
y así con mayor ímpetu corrían.
Heme, Señor, de muchos informado,
para no lo escribir confusamente:
a veintitrés de abril, que hoy es mediado,
hará cuatro años cierta y justamente
que el caso milagroso aquí contado
aconteció, presente tanta gente,
el año de quinientos y cincuenta
y cuatro sobre mil por cierta cuenta.
Ya la verdad en suma declarada,
según que de los bárbaros se sabe,
y no de fingimientos adornada,
que es cosa que en materia tal no cabe;
tienen ellos por cosa averiguada
(que no es en prueba desto poco grave)
que por esta visión hubo en dos años
hambres, dolencias, muertes y otros daños.
Que la mar, reprimiendo sus vapores,
faltó la agua y vertientes de la sierra,
talando el sol en tierna edad las flores,
ayudado del fuego de la guerra:
como creció la seca y las calores,
por falta de humidad la árida tierra
rompió banco y alzose con los frutos
dejando de acudir con sus tributos.
Causó que una maldad se introdujese
en el distrito y término araucano,
y fue que carne humana se comiese,
(¡inorme introdución, caso inhumano!)
y en parricidio error se convirtiese
el hermano en sustancia del hermano:
tal madre hubo, que al hijo muy querido
al vientre le volvió do había salido.
Digo, pues, que los bárbaros llegando
al valle de Purén, paterno suelo,
las armas por entonces arrimando,
dieron lugar al tempestuoso cielo.
En este tiempo, en estas partes, cuando
el encogido invierno con su hielo
del todo apoderándose en la tierra
pone punto al discurso de la guerra.
Espárcese y derrámase la gente,
dejan el campo y buscan los poblados,
cesa el fiero ejercicio comúnmente,
la tierra cubren húmidos nublados.
Mas cuando enciende a Escorpio el sol ardiente
y la frígida nieve los collados
sacuden de sus cimas levantadas
ya de la nueva yerba coronadas,
en este tiempo el bullicioso Marte
saca su carro con horrible estruendo,
y ardiendo en ira belicosa parte
por el dispuesto Arauco discurriendo:
hace temblar la tierra a cada parte,
los ferrados caballos impeliendo,
y en la diestra el sangriento hierro agudo
bate con la siniestra el fuerte escudo.
Luego a furor movidos los guerreros
toman las armas, dejan el reposo;
acuden los remotos forasteros
al cebo de la guerra codicioso:
de los hierros renuevan los aceros;
templan la cuerda al arco vigoroso;
el peso de las mazas acrecientan,
y el duro fresno de las astas tientan.
La gente andaba ya desta manera,
con el son de las armas y bullicio,
que codiciosa comenzar espera
el deseado bélico ejercicio:
juntáronse a la usada borrachera
(orden antigua y detestable vicio)
la más ilustre gente y señalada
a dar difinición en la jornada.
Tratando en general concilio estaban
del bien y aumentación de aquel estado,
cuando cuatro soldados arribaban
con triste muestra y paso apresurado,
haciéndoles saber cómo ya andaban
en el sitio de Penco arruïnado
cantidad de españoles trabajando,
un grueso y fuerte muro levantando;
diciéndoles: «Venimos, oh guerreros,
de parte de los pueblos comarcanos
con facultad bastante a prometeros,
si desterráis de nuevo a los cristianos
que pagarán con suma de dineros
el trabajo y labor de vuestras manos;
y no habiendo el efeto deseado,
la tercia parte hayáis de lo asentado.
»Viendo el poco reparo y resistencia
que sin vuestro favor todos tenemos,
les dimos llanamente la obediencia
que en el tiempo infelice dar solemos.
No fue por opresión, no fue violencia;
pues, aunque desdichados, entendemos
cuán breve es el sospiro de la muerte,
que pone fin y límite a la suerte:
»mas, porque estando Arauco tan vecino,
y fija en su favor la instable rueda,
la paz nos pareció mejor camino
para que remediar todo se pueda;
ya que lo estrague el áspero destino,
tiempo para morir después nos queda;
pues no estarán los brazos tan cansados
que no puedan abrir nuestros costados.
»Y pues os es patente y manifiesta
la embajada y gran priesa que traemos,
en ella hora tratada, que la respuesta
con la resolución esperaremos:
brevedad os pedimos, que con ésta
podrá ser que sin riesgo derribemos
la soberbia española y confianza,
antes que les dé esfuerzo la tardanza.»
No se puede decir el gran contento
que les dio a los caciques la embajada:
de todos desde allí en el pensamiento,
antes que se acabase fue acetada:
pero tuvieron freno y sufrimiento,
que la primera voz estaba dada
al hijo de Leocán, que, consultado,
así responde en nombre del senado:
«Estamos con razón maravillados
de lo que en este caso hemos oído,
¿y es verdad que hay cristianos tan osados
que quieren con nosotros más ruïdo?
Sus, Sus, que estos varones esforzados
acetan la promesa y el partido:
no dando entero fin a la jornada,
del trabajo no quieren llevar nada.
»Bien os podéis volver luego con esto,
que sin duda en efeto lo pondremos,
y sobre los cristianos, lo más presto
que se pueda dar orden, llegaremos;
donde se mostrará bien manifiesto
lo poco en que nosotros los tenemos;
pero habéis de advertir con sabio modo
que aviso se nos dé siempre de todo.»
Muy alegres los cuatro se partieron
por llevar tal respuesta; y caminando
en breve a sus señores se volvieron,
que estaban por momentos aguardando:
y visto el buen despacho que trujeron,
el contento y traición disimulando,
sufrían con discreción las vejaciones
encubriendo las falsas intenciones.
Domésticos se muestran en el trato;
nadie toma la causa y la defiende,
conociendo que el medio más barato
del araucano ejército depende;
y con doble y solícito contrato
la esperada venganza se pretende
debajo de humildad y gran secreto,
para que su intención viniese a efeto.
De nuestra gente y pueblo destrozado
gran descuido en hablar he yo tenido;
mas como es en el mundo acostumbrado
desamparar la parte del vencido,
así yo tras el bando afortunado
he llevado camino tan seguido;
y si aquí la ocasión no me avisara
jamás pienso que della me acordara.
Conté de la ciudad la despoblada
y de sus ciudadanos el camino;
púselos en el fin de la jornada,
do forzoso dejarlos me convino:
pues volviendo a la historia comenzada
y al duro proceder de su destino,
estuvieron el tiempo en Santiägo
que yo de ellos mención aquí no hago.
Retirados allí, se reformaron
de todo el aparato conveniente,
donde por los más votos acordaron
reedificar a Penco nuevamente.
Con gran trabajo y gasto levantaron
pequeña copia y número de gente:
afirmar la ocasión desto no puedo,
si fue la poca paga o mucho miedo.
Al yermo Penco herboso habían llegado;
y un sitio, que en mitad del pueblo había,
le tenían de tapión fortificado,
que en recogido cuadro le ceñía,
de dos fuertes bastiones abrigado,
que cada uno dos frentes descubría;
y a cada frente asiste una bombarda
que con maciza bala el paso guarda.
La gente comarcana, con fingida
muestra, la paz malvada aseguraba,
esperando la ayuda prometida
que a cencerros tapados caminaba;
pero no fue secreta esta partida,
pues entre los cristianos se trataba
que el valiente Lautaro había pasado
las lomas con ejército formado.
Suénase que Purén allí venía,
Tomé, Pillolco, Angol y Cayeguano;
Tucapel, que con orgullo y bizarría
no le igualaba bárbaro araucano,
Ongolmo, Lemolemo y Lebopía,
Caniomangue, Elicura, Mareguano,
Cayocupil, Lincoya, Lepomande,
Chilcano, Leucotón y Mareande.
Todos estos varones señalados
fueron para esta guerra apercebidos,
con otros dos mil pláticos soldados
en el copioso ejército escogidos.
Venían de fuertes petos arreados,
gruesas picas de hierros muy fornidos,
ferradas mazas, hachas aceradas,
armas arrojadizas y enastadas.
Desta manera el escuadrón camina
en la callada noche y sombra escura,
debajo del gobierno y disciplina
del cuidoso Lautaro, que procura
llegar cuando la estrella matutina
alegra el mustio campo y la verdura;
antes que por aviso y doble trato
de su venida hubiese algún recato.
Pero los españoles, de un amigo
bárbaro que con ellos contrataba,
saben cómo el ejército enemigo
con riguroso intento se acercaba:
pues avisados desto, como digo,
y de cuanto en secreto se trataba,
al trance se aparejan y batalla,
requiriendo los fosos y muralla.
Era caudillo y capitán de España
el noble montañés Juan de Alvarado,
hombre sagaz, solícito y de maña,
de gran esfuerzo y discreción dotado;
el cual con orden y presteza extraña,
del presente peligro recatado,
sazón no pierde, tiempo y coyuntura,
antes las prevenciones apresura.
Que al punto, apercebidos los soldados,
en su lugar cada uno dellos puesto,
manda a nueve guerreros más cursados
que salgan a correr la tierra presto:
y en la cerrada noche confiados
llegan al campo bárbaro, y en esto
del callado escuadrón fueron sentidos,
levantando terribles alaridos.
La grita, el sobresalto, los rumores,
el súbito alboroto de la guerra,
las sonorosas trompas y atambores
hacen gemir y estremecer la tierra:
en esto los astutos corredores,
atravesando una pequeña sierra,
toman la vuelta por más corta vía,
dando aviso a la amiga compañía.
Juan de Alvarado con ingenio y arte
de la fuerza lo flaco fortifica,
y en lo más necesario, allí reparte
gente del arcabuz y de la pica:
proveído recaudo en toda parte,
a recibir al araucano pica
con la ligera escuadra de caballo,
por no mostrar temor en esperallo.
La nueva claridad del día siguiente
sobre el claro horizonte se mostraba,
y el sol por el dorado y fresco Oriente
de rojo ya las nubes coloraba;
a tal hora Alvarado con su gente
del prevenido fuerte se alejaba
en busca de la escuadra lautarina,
que a más andar también se le avecina.
Los nuestros media legua aún no se habían
de aquel su muro lejos alongado,
cuando al calar de un monte descubrían
el araucano ejército ordenado.
Allí las limpias armas relucían
más que el claro cristal del sol tocado,
cubiertas de altas plumas las celadas,
verdes, azules, blancas, encarnadas.
¿Quién pintaros podrá el contento, cuando
sienten los araucanos el ruïdo,
que, las diestras en alto levantando,
pusieron en el cielo un alarido?
Mil instrumentos bárbaros tocando
con grande orgullo y paso más tendido
se vienen acercando a los de España,
sonando en torno toda la campaña.
Quieren los españoles responderlos
con el horrible son de armada mano:
calan el monte a fin de acometerlos,
teniendo por mejor el sitio llano:
bajas las lanzas vienen a romperlos;
pero la osada muestra salió en vano,
que los bárbaros ya diciplinados
del todo se cerraron apiñados.
Tan espesas las picas derribaron
con pie y con rostro firme hacia delante,
que no sólo el encuentro repararon,
pero a desbaratarlos fue bastante:
los nuestros sin romper se retiraron,
y ellos gloriosos con furor pujante,
por dar remate al venturoso lance,
siguen con pies ligeros el alcance.
Apretándolos iban reciamente,
los nuestros resistiendo y peleando,
hasta el estrecho paso de una puente,
que allí Lautaro, al cuerno aliento dando,
el araucano ejército obediente
se va al son conocido reparando;
del fuerte tanto trecho esto sería
cuanto tira un cañón de puntería.
Detúvose Lautaro, con intento
de esperar al caliente medio día,
porque de la mañana el fresco viento
los caballos y gente alentaría:
reforma su escuadrón, haciendo asiento
a vista de los nuestros, que a porfía
se habían al sitio fuerte recogido,
teniendo por mejor aquel partido.
Cuando el sol en el medio cielo estaba
no declinando a parte un solo punto,
y la aguda chicharra se entonaba
con un desapacible contrapunto,
el astuto Lautaro levantaba
su campo en escuadrón cerrado y junto,
con grande estruendo y paso concertado,
hacia el sitio español fortificado.
Con audacia, desdén y confianza
Lautaro contra el fuerte caminaba:
síguele atrás la gente en ordenanza,
y él con gracioso término arrastraba
una larga, ñudosa y gruesa lanza,
que airoso poco a poco la terciaba,
y tanto por el cuento la blandía,
que juntar los extremos parecía.
Los pocos españoles salen fuera,
que encerrados no quieren esperallos;
de arcabuces delante una hilera,
otra de picas luego, y los caballos
a los lados: y así desta manera
con fiera muestra vienen a buscallos:
llegados a do ya podían herirse
los unos a los otros dejan irse.
Y de rencor intrínseco aguijados
los movidos ejércitos venían:
suenan los arcabuces asestados,
del humo, fuego y polvo se cubrían:
los corvos arcos con vigor flechados
gran número de tiros despedían:
vuelan nubadas de armas enastadas
por los valientes brazos arrojadas.
Cuales contrarias aguas a toparse
van con rauda corriente sonorosa,
que, resistiendo al tiempo del mezclarse,
aquélla más violenta y poderosa
a la menos pujante sin pararse
volverla contra el curso es cierta cosa:
así a nuestro escuadrón forzosamente
le arrebató la bárbara corriente.
No pudiendo sufrir la fuerza brava
del número de gente y movimiento,
al español el bárbaro llevaba
como a liviana paja el recio viento.
Entran sin orden, que ya rota andaba,
todos mezclados en el fuerte asiento,
y dentro del cuadrado y ancho muro
comienzan pie con pie un combate duro.
Algunos españoles castigados
recogerse en la fuerza no quisieron,
que eran de corazones congojados
y de verse en estrecho rehuyeron:
quieren el campo abierto, y por los lados
del turbado montón se dividieron;
pero los de más ser, con mano osada
procuran amparar la plaza entrada.
Allí quieren morir o defenderse:
la carrera más larga otros tomaron,
que acordaron con tiempo guarecerse:
otros a la marina se llegaron
metiéndose en un barco, sin poderse
sufrir, las corvas áncoras alzaron;
satisfaciendo al miedo y bajo intento,
las velas con presteza dan al viento.
Quien en llegar es algo perezoso,
viendo levar el áncora a la nave,
no duda en arrojarse al mar furioso,
teniendo aquel morir por menos grave.
Quién antes no nadaba, de medroso
las olas rompe agora y nadar sabe:
mirad, pues, el temor a qué ha llegado,
que viene a ser de miedo el hombre osado.
Los que están en la fuerza retraídos,
como buenos guerreros se defienden;
muertos quieren quedar y no vencidos,
que ya sólo un honrado fin pretenden:
y con tal presupuesto embravecidos,
sin esperanza de vivir ofenden,
haciendo en los contrarios tal estrago
que la plaza de sangre era ya lago.
Lautaro, gente y armas contrastando,
en la fuerza el primero entrado había,
y muerto a dos soldados en entrando
que en suerte le cupieron aquel día.
Lincoya iba hiriendo y derribando:
mas ¿quién podrá decir la bravería
de Tucapel, que el cielo acometiera,
si hallara algún camino o escalera?
No entró el fuerte por puerta ni por puente,
antes con desenvuelto y diestro salto,
libre el foso saltó ligeramente,
y estaba en un momento en lo más alto:
no le pudo seguir por allí gente,
él solo de aquel lado dio el asalto;
mas, como si de mil fuera guardado,
se arroja luego en medio del cercado.
Apenas puso el pie firme en la plaza,
cuando el furioso bárbaro esgrimiendo
la ejercitada, dura y gruesa maza,
iba los enemigos esparciendo:
no vale malla fina ni coraza;
y las celadas fuertes, no pudiendo
sufrir los recios golpes que bajaban,
machucando los sesos se abollaban.
Unos deja tullidos y contrechos,
otros para en su vida lastimados,
a quién hunde el pescuezo por los pechos,
a quién rompe los lomos y costados
cual si fueran de blanda cera hechos:
magulla, muele y deja derrengados,
y en el mayor peligro osadamente
se arroja sin temor de armas y gente.
Contra Ortiz revolvió con muestra airada,
que había muerto a Torquín, mozo animoso,
la maza alta, y la vista en él clavada,
rompe por el tropel de armas furioso:
no sé cuál fue la espada señalada
ni aquel brazo pujante y provechoso,
que el mástil cercenó del araucano
y dos dedos con él de la una mano.
Con el encendimiento que llevaba
no sintió la herida de repente;
mas cuando el brazo y golpe descargaba,
que los dedos y maza faltar siente,
herida tigre hircana no es tan brava,
ni acosado león tan impaciente
como el indio, que lleno de postema,
del cielo, infierno, tierra y mar blasfema.
Sobre las puntas de los pies estriba,
y en ellas la persona más levanta:
el brazo cuanto puede atrás derriba,
y el trozo impele con violencia tanta
que a Ortiz, que alta la espada sobre él iba.
La celada y los cascos le quebranta,
y del grave dolor desvanecido
dio en el suelo de manos sin sentido.
El bárbaro, con esto no vengado,
viene sobre él con furia acelerada,
y con la diestra, aún no medrosa, airado,
a Ortiz arrebató la aguda espada;
alzándole la cota por un lado,
le atravesó de la una a la otra ijada,
y la alma del corpóreo alojamiento
hizo el duro y forzoso apartamiento.
La espada a la siniestra el indio trueca,
sintiéndose tullido de la diestra,
y del golpe primero otro derrueca,
que también en herir era maestra:
como suele segar la paja seca
el presto segador con mano diestra,
así aquel Tucapel con fuerza brava
brazos, piernas y cuello cercenaba.
Dejándose guiar por do la ira
le llevaba furioso, discurriendo,
unos hiere, maltrata, otros retira,
la espesa selva de astas deshaciendo:
acaso al Padre Lobo un golpe tira,
que contra cuatro estaba combatiendo;
el cual sin ver el fin de aquella guerra
dio el alma a Dios y el cuerpo dio a la tierra.
El grave Leucotón, no menos fuerte,
con el valor que el cielo le concede,
hiere, aturde, derriba y da la muerte,
que nadie en fuerza y ánimo le excede:
no sé cómo a escribirlo todo acierte,
que mi cansada mano ya no puede
por tanta confusión llevar la pluma,
y así reduce mucho a breve suma.
También Angol, soberbio y esforzado,
su corvo y gran cuchillo en torno esgrime,
hiere al joven Diego Oro, y del pesado
golpe en la dura tierra el cuerpo imprime:
pero en esta sazón Juan de Alvarado,
la furia de una punta le reprime,
que al tiempo que el furioso alfange alzaba
por debajo del brazo le calaba.
No halló defensa la enemiga espada;
lanzándose por parte descubierta,
derecho al corazón hizo la entrada,
abriendo una sangrienta y ancha puerta
la cara antes del joven colorada
se vio de amarillez mustia cubierta;
descoyuntole el brazo un mortal hielo,
batiendo el cuerpo helado el duro suelo.
El corpulento mozo Mareguano,
que airado a todas partes discurría,
llegó al tiempo que Angol por diestra mano
al riguroso hierro se rendía:
era su íntimo amigo y primo hermano,
de estrecho trato antiguo y compañía;
«pues fue siempre en la vida igual la suerte,
quiero, dijo, también que sea en la muerte.»
Y contra el matador con repentina
rabia, que el pecho y venas le abrasaba,
un macizo y fornido tronco empina
y con fuerza sobre él lo derribaba;
mas temiendo del golpe la ruïna
Alvarado, que el ojo alerto estaba,
saca presto el caballo apercebido,
y en el suelo el troncón quedó metido.
Chilcán, Ongolmo, Cayeguán de un lado,
Lepomande y Purén en compañía,
habían así a los nuestros apretado,
que ganaron gran crédito aquel día:
Tomé, Cayocupín y el esforzado
Pillolco, Caniomangue y Lebopía,
Mareande, Elicura y Lemolemo
de su valor mostraron el extremo.
En esto un rumor súbito se siente
que los cóncavos cielos atronaba,
y era que la vitoria abiertamente
por el bárbaro infiel se declaraba:
ya la española destrozada gente
al camino de Itata enderezaba,
desamparando el suelo desdichado,
de sangre y enemigos ocupado.
Del todo a toda furia comenzando
iban los españoles la huïda,
siempre más el temor apresurando
con agudas espuelas la corrida;
sigue el alcance y valos aquejando
la bárbara canalla embravecida,
envuelta en una espesa polvareda,
matando al que por flojo atrás se queda.
Alvarado con ánimo y cordura
los anima y esfuerza, y no aprovecha;
que la turbada gente en tal rotura
huye la muerte y plaza tan estrecha:
cuál encamina al monte, y cuál procura
de Mapochó la senda más derecha,
y cuál y cuál constante todavía,
animoso con Átropos porfía.
Estos, honrosa muerte deseando,
despreciaban la vida deshonrada,
aquel forzoso punto dilatando
con raro esfuerzo y valerosa espada:
presto quedó la plaza sin un bando,
de almas vacía y de cuerpos ocupada,
que animosos los pocos que quedaban
a las armas y muerte se entregaban.
Unos por los costados caen abiertos;
otros de parte a parte atravesados;
otros, que de su sangre están cubiertos,
se rinden a la muerte desangrados:
al fin, todos quedaron allí muertos,
del riguroso hierro apedazados.
Vamos tras los que aguijan los caballos,
que no haremos poco en alcanzallos.
Quién por camino incierto, quién por senda
áspera, peligrosa y desusada,
bate al caballo y dale suelta rienda,
que el miedo es grande y grande la jornada:
el bárbaro escuadrón con grita horrenda
por sierra, monte, llano y por cañada
las espaldas les iba calentando,
hiriendo, dando muerte y derribando.
Había de la comarca concurrido
gente armada por uno y otro lado,
que a la mira imparcial había asistido
hasta ver el derecho declarado:
en esto alzando un súbito alarido,
con el orgullo a vencedores dado,
baja las armas, hasta allí neutrales,
en daño de las señas imperiales.
Salen en codicioso seguimiento
de la española gente, que corría
con furia y ligereza más que el viento.
Sin hacerse uno a otro compañía:
la mucha turbación y desatiento,
que a los nuestros el miedo les ponía,
los lleva sin caminos, esparcidos
por sierras, valles, montes, por ejidos.
Los que tienen caballos más ligeros
¡oh cuán de corazón son envidiados!
¡Qué poco se conocen compañeros
de largo tiempo y amistad tratados!
No aprovechan promesas de dineros,
ni de bienes allí representados:
Tanto el miedo ocupado los había
que lugar la codicia aún no tenía;
antes, los intereses despreciando,
se muestran allí poco codiciosos,
tras las ricas celadas arrojando
petos de fina plata embarazosos:
y así de las promesas no curando;
jugaban los talones presurosos:
sólo las alas de Ícaro quisieran,
aunque pasando el mar se derritieran.
Juan y Hernando Alvarados la jornada
con el valiente Ibarra apresuraban,
animando la gente desmayada,
mas no por esto el paso moderaban:
abren por la carrera embarazada,
que ligeros caballos gobernaban,
y aunque con viva espuela los batían,
alargarse de un indio no podían.
Delante largo trecho de la gente,
a los tres les da caza y atormenta
un espaldudo bárbaro valiente,
Rengo llamado, mozo de gran cuenta:
éste solo los sigue osadamente
y a voces con palabras los afrenta;
y los aprieta y corre a campo raso,
sin poderle ganar un solo paso.
«¡Jo!, ¡jo! (les va gritando) espera!, espera!»
Que más en castellano no sabía;
pero en su natural lengua primera
atrevidas injurias les decía.
Tres leguas los corrió desta manera,
que jamás de las colas se partía
por mucho que aguijasen los rocines,
llamándolos infames y ruïnes.
Llevaba una arma en alto levantada,
que no hay quien su fación y forma diga:
era una gruesa haya mal labrada,
de la grandeza y peso de una viga,
de metal la cabeza barreada:
y esgrímela el garzón sin más fatiga
que el presto esgrimidor suelto y liviano
juega el fácil bastón con diestra mano.
Si alguna vez con el troncón pesado
los caballos el bárbaro alcanzaba,
era de fuerza el golpe tan cargado
que casi derrengados los dejaba;
así cada caballo escarmentado
sin espuelas el curso apresuraba,
que jamás fue baqueta en la corrida
como el bastón del bárbaro temida.
Aunque gran trecho aquel follón se aleja
del seguro montón y amigo bando,
no por esto la dura empresa deja,
antes más los persigue y va afrentando:
con prestos pies y maza los aqueja,
la nación española profazando
en lenguaje araucano, que entendían
los tres, que a más correr dél se desvían.
Veinte veces revuelven los cristianos,
dando sobre él con súbita presteza;
a todos tres les da llenas las manos
con su diabólica arma y ligereza:
entretanto llegaban los ufanos
indios en el alcance sin pereza,
y volviendo los tres a su carrera
el bárbaro y bastón sobre ellos era.
No por áspero monte ni agria cuesta
afloja el curso y animoso brío;
antes cual correr suele sobre apuesta
tras las fieras el Puelche en desafío,
los corre, aflige, aprieta y los molesta;
y a diez millas de alcance, por do un río
el camino atraviesa al mar corriendo,
se fue en la húmida orilla deteniendo.
El bárbaro escuadrón parado había;
solo el contumaz Rengo porfiando,
desistir de la empresa no quería,
aunque no ve persona de su bando:
los tres lasos cristianos a porfía
iban el ancho vado atravesando,
cuando Rengo cargó de una pesada
piedra la presta honda dél usada.
El tronco en el suelo húmido fijado,
rodea el brazo dos veces, despidiendo
el tosco y gran guijarro así arrojado,
que el monte retumbó del sordo estruendo;
las ninfas por lo más sesgo del vado,
las cristalinas aguas revolviendo,
sus doradas cabezas levantaron
y a ver el caso atentas se pararon.
El importuno bárbaro no cesa
ni afloja de la empresa que pretende;
antes con silbos, grita y piedra espesa,
la agua a más de la cinta, los ofende;
y dándoles en esto mucho priesa,
el beber los caballos les defiende,
diciendo: «¡Sus, salid, salid afuera,
que yo os manterné campo en la ribera!»
Viendo Alvarado a Rengo así orgulloso,
de la soberbia tema ya impaciente,
dice a los dos: «¡Oh caso vergonzoso,
que a tres nos siga un indio solamente
y triunfe de nosotros vitorioso!
No es bien que de españoles tal se cuente:
volvamos, y de aquí jamás pasemos
si primero morir no le hacemos.»
Así dijo, y las riendas revolviendo,
segunda vez el vado atravesaban;
de morir o matarle proponiendo,
los caballos cansados aguijaban;
en esto el araucano, conociendo
la cólera y furor con que tornaban,
olvidando la maza y presupuesto,
las voladoras plantas mueve presto.
Una larga carrera por la arena
los tres a toda furia le siguieron,
aunque en balde tomaron esta pena,
que el indio más corrió que ellos corrieron:
faltos, no de intención, pero de lena,
de cansados las riendas recogieron;
y en un áspero sitio y peligroso
les hizo rostro el bárbaro animoso.
Por espaldas tomó una gran quebrada,
revolviendo a los tres con osadía,
y a falta de la maza acostumbrada,
a menudo la honda sacudía:
de allí con mofa, silbos y pedrada,
sin poderle ofender, los ofendía,
por ser aquel lugar despeñadero,
y más que ellos el bárbaro ligero.
Visto Alvarado serle así excusado
el fin de lo que tanto deseaba,
dejando libre al bárbaro esforzado,
que bien de mala gana se quedaba,
pasa otra vez el ya seguro vado,
y al usado camino se tornaba,
triste en ver que Fortuna por tal modo
se le mostraba adversa y dura en todo.
Había dejado el campo lautarino
de seguir el alcance grande rato;
iban los españoles sin camino,
como ovejas que van fuera de hato.
De no seguirlos más me determino,
que por lo que adelante dellos trato,
dejarlos por agora me es forzado
donde otras veces ya los he dejado.
Con la gente araucana quiero andarme,
dichosa a la sazón y afortunada;
y, como se acostumbra, desviarme
de la parte vencida y desdichada:
por donde tantos van quiero guiarme,
siguiendo la carrera tan usada,
pues la costumbre y tiempo me convence,
y todo el mundo es ya ¡viva quien vence!
¡Cuán usado es huir los abatidos
y seguir los soberbios levantados,
de la instable Fortuna favoridos
para sólo después ser derribados!
Al cabo destos favores, reducidos
a su valor, son bienes emprestados
que habemos de pagar con siete tanto,
como claro nos muestra el nuevo canto
Canto X
Ufanos los araucanos de las vitorias habidas, ordenan unas fiestas generales, donde concurrieron diversas gentes así extranjeras como naturales, entre los cuales hubo grandes pruebas y diferencias.
Cuando la varia diosa favorece
y las dádivas prósperas reparte,
¡cómo al ánimo flaco fortalece,
que de triste mujer se vuelve un Marte,
y derriba, acobarda y enflaquece
el esfuerzo viril en la otra parte,
haciendo cuesta arriba lo que es llano
y un gran cerro la palma de la mano!
¡Quién vio los españoles colocados
sobre el más alto cuerno de la luna
de sus famosos hechos rodeados,
sin punto y muestra de mudanza alguna!
¡Quién los ve en breve tiempo derribados!
¡Quién ve en miseria vuelta su fortuna,
seguidos, no de Marte, dios sanguino,
mas del tímido sexo femenino!
Mirad aquí la suerte tan trocada,
pues aquellos que al cielo no temían,
las mujeres, a quien la rueca es dada,
con varonil esfuerzo los seguían;
y con la diestra a la labor usada
las atrevidas lanzas esgrimían,
que, por el hado próspero impelidas,
hacían crudos efetos y heridas.
Estas mujeres digo que estuvieron
en un monte escondidas, esperando
de la batalla el fin; y cuando vieron
que iba de rota el castellano bando,
hiriendo el cielo a gritos decendieron,
el mujeril temor de sí lanzando;
y de ajeno valor y esfuerzo armadas,
toman de los ya muertos las espadas.
Y a vueltas del estruendo y muchedumbre,
también en la vitoria embebecidas,
de medrosas y blandas de costumbre
se vuelven temerarias homicidas:
no sienten ni les daba pesadumbre
los pechos al correr, ni las crecidas
barrigas de ocho meses ocupadas,
antes corren mejor las más preñadas.
Llamábase infelice la postrera,
y con ruegos al cielo se volvía,
porque a tal coyuntura en la carrera
mover más presto el paso no podía.
Si las mujeres van desta manera,
¿la bárbara canalla cuál iría?
De aquí tuvo principio en esta tierra
venir también mujeres a la guerra.
Vienen acompañando a sus maridos,
y en el dudoso trance están paradas;
pero, si los contrarios son vencidos,
salen a perseguirlos esforzadas:
prueban la flaca fuerza en los rendidos
y si cortan en ellos sus espadas,
haciéndolos morir de mil maneras,
que la mujer cruël eslo de veras.
Así a los nuestros esta vez siguieron
hasta donde el alcance había cesado,
y desde allí la vuelta al pueblo dieron,
ya de los enemigos saqueado.
Que cuando hacer más daño no pudieron,
subiendo en los caballos que en el prado
sueltos sin orden y gobierno andaban,
a sus dueños por juego remedaban.
Quién hace que combate, y quién huía,
y quién tras el que huye va corriendo:
quién finge que está muerto, y se tendía,
quién correr procuraba no pudiendo:
la alegre gente así se entretenía,
el trabajo importuno despidiendo,
hasta que el sol rayaba los collados
que el general llegó y los más soldados.
Los unos y los otros aguijaban
con gran priesa a abrazarse estrechamente;
pero algunos, por más que se esforzaban,
la envidia les hacía arrugar la frente:
francos los vencedores se mostraban,
repartiendo la presa alegremente;
que aún en el pecho vil contra natura
puede tanto la próspera ventura.
Una solemne fiesta en este asiento
quiso Caupolicán que se hiciese,
donde del araucano ayuntamiento
la gente militar sola estuviese;
y con alegre muestra y gran contento,
sin que la popular se entremetiese,
en danzas, juegos, vicio y pasatiempo
allí se detuvieron algún tiempo.
Los juegos y ejercicios acabados,
para el valle de Arauco caminaron,
do a las usadas fiestas los soldados
de toda la provincia convocaron;
fueron bastantes plazos señalados,
joyas de gran valor se pregonaron,
de los que en ellas fuesen vencedores,
premios dignos de haber competidores.
La fama de la fiesta iba corriendo
más que los diligentes mensajeros,
en un término breve apercibiendo
naturales, vecinos y extranjeros:
gran multitud de gente concurriendo,
creció el número tanto de guerreros,
que ocupaban las tiendas forasteras
los valles, montes, llanos y riberas.
Ya el esperado catorceno día,
que tanta gente estaba deseando,
al campo su color restituía,
las importunas sombras desterrando;
cuando la bulliciosa compañía
de los briosos jóvenes, mostrando
el juvenil hervor y sangre nueva,
en campo estaban, prestos a la prueba.
Fue con solemne pompa referido
el orden de los precios, y el primero
era un lustroso alfange, guarnecido
por mano artificiosa de platero:
este premio fue allí constituido
para aquel que con brazo más entero
tirase una fornida y gruesa lanza,
sobrando a los demás en la pujanza.
Y de cendrada plata una celada,
cubierta de altas plumas de colores,
de un cerco de oro puro rodeada,
esmaltadas en él varias labores,
fue la preciada joya señalada
para aquel que, entre diestros luchadores,
en la difícil prueba se extremase
y por señor del campo en pie quedase.
Un lebrel animoso, remendado,
que el collar remataba una venera
de agudas puntas de metal herrado,
era el precio de aquel que en la carrera,
de todas armas y presteza armado,
arribase más presto a la bandera
que una gran milla lejos tremolaba
y el trecho señalado limitaba.
Y de niervos un arco, hecho por arte,
con su dorada aljaba que pendía
de un ancho y bien labrado talabarte
con dos gruesas hebillas de taujía,
éste se señaló y se puso aparte
para aquel que con flecha a puntería,
ganando por destreza el precio rico,
llevase al papagayo el corvo pico.
Un caballo morcillo, rabicano,
tascando el freno estaba de cabestro,
precio del que con suelta y presta mano
esgrimiese el bastón como más diestro.
Por juez se señaló a Caupolicano,
de todos ejercicios gran maestro.
Ya la trompeta con sonada nueva
llamaba opositores a la prueba.
No bien sonó la alegre trompa, cuando
el joven Orompello, ya en el puesto,
airosamente el manto derribando,
mostró el hermoso cuerpo bien dispuesto
y en la valiente diestra blandeando
una maciza lanza. Luego en esto
se ponen asimismo Lepomande,
Crino, Pillolco, Guambo y Mareande.
Estos seis en igual hila corriendo,
las lanzas por los fieles igualadas,
a un tiempo las derechas sacudiendo,
fueron con seis gemidos arrojadas:
salen la astas con rumor crugiendo,
de aquella fuerza e ímpetu llevadas,
rompen el aire, suben hasta el cielo,
bajando con la misma furia al suelo.
La de Pillolco fue la asta primera
que falta de vigor a tierra vino,
tras ella la de Guambo, y la tercera
de Lepomande, y cuarta la de Crino,
la quinta de Mareande, y la postrera,
haciendo por más fuerza más camino,
la de Orompello fue, mozo pujante,
pasando cinco brazas adelante.
Tras éstos otros seis lanzas tomaron,
de los que por más fuertes se estimaban,
y aunque con fuerza extrema procuraron
sobrepujar el tiro, no llegaban:
otros tras éstos, y otros seis probaron,
mas todos con vergüenza atrás quedaban;
y por no detenerme en este cuento,
digo que lo probaron más de ciento.
Ninguno con seis brazas llegar pudo
al tiro de Orompello señalado,
hasta que Leucotón, varón membrudo,
viendo que ya el probar había aflojado,
dijo en voz alta: «De perder no dudo,
mas porque todos ya me habéis mirado,
quiero ver deste brazo lo que puede
y a dó llegar mi estrella me concede».
Esto dicho, la lanza requerida,
en ponerse en el puesto poco tarda;
y dando una ligera arremetida,
hizo muestra de sí fuerte y gallarda:
la lanza por los aires impelida
sale cual gruesa bala de bombarda,
o cual furioso trueno que, corriendo,
por las espesas nubes va rompiendo.
Cuatro brazas pasó con raudo vuelo
de la señal y raya delantera;
rompiendo el hierro por el duro suelo,
tiembla por largo espacio la asta fuera:
alza la turba un alarido al cielo,
y de tropel con súbita carrera
muchos a ver el tiro van corriendo,
la fuerza y tirador engrandeciendo.
Unos el largo trecho a pies medían
y examinan el peso de la lanza,
otros por maravilla encarecían
del esforzado brazo la pujanza:
otros van por el precio, otros hacían
al vencedor cantares de alabanza;
de Leucotón el nombre levantando
le van en alta voz solemnizando.
Salta Orompello, y por la turba hiende.
Y aquel rumor, colérico, baraja,
diciendo: «Aún no he perdido, ni se entiende
de sólo el primer tiro la ventaja.»
Caupolicán la vara en esto tiende,
y a tiempo un encendido fuego ataja,
que Tucapel al primo había acudido,
y otros con Leucotón se habían metido.
Caupolicán, que estaba por juez puesto,
mostrándose imparcial, discretamente
la furia de Orompello aplaca presto
con sabrosas palabras blandamente:
y así, no se altercando más sobre esto,
conforme a la postura, justamente
a Leucotón, por más aventajado,
le fue ceñido el corvo alfange al lado.
Acabada con esto la porfía,
y Leucotón quedando vitorioso,
Orompello a una parte se desvía,
del caso algo corrido y vergonzoso;
mas como sabio mozo lo encubría,
de verse en ocasiones deseoso
por do con Leucotón, y causa nueva,
venir pudiese a más estrecha prueba.
Era Orompello mozo asaz valido,
que desde su niñez fue muy brioso,
manso, tratable, fácil, corregido,
y en ocasión metido, valeroso;
de muchos en asiento preferido
por su esfuerzo y linaje generoso,
hijo del venerable Mauropande,
primo de Tucapel y amigo grande.
Puesto nuevo silencio y despejado
el campo do la prueba se hacía,
el diestro Cayeguán, mozo esforzado,
a mantener la lucha se metía:
no pasó mucho, cuando de otro lado
con gran disposición Torquín salía
de haber en él pujanza y ligereza;
ambos en el luchar de gran destreza.
Dada señal, con pasos ordenados
los dos gallardos bárbaros se mueven;
ya los viérades juntos, ya apartados,
ora tienden el cuerpo, ora le embeben:
por un lado y por otro recatados
se inquieren, cercan, buscan y remueven,
tientan, vuelven, revuelven y se apuntan,
y al cabo con gran ímpetu se juntan.
Hechas las presas y ellos recogidos,
en su fuerza procuran conocerse;
pero de ardor colérico encendidos
comienzan por el campo a revolverse:
cíñense pies con pies, y entretegidos
cargan a un lado y otro, sin poderse
llevar cuanto una mínima ventaja,
por más que el uno y otro se trabaja.
Andando así, en un tiempo, cauteloso
metió la pierna diestra Cayeguano;
quiso Torquín ceñirla codicioso
cargando con gran fuerza a aquella mano:
sácala a tiempo Cayeguán mañoso,
y el cuerpo de Torquín quedando en vano,
del mismo peso y fuerza que traía
a los pies enemigos se tendía.
Tras éste el fuerte Rengo se presenta,
el cual, lanzando fuera los vestidos,
descubre la persona corpulenta,
brazos robustos, músculos fornidos:
mírale la confusa turba atenta,
que de cuatro entre todos escogidos
este valiente bárbaro era el uno,
jamás sobrepujado de ninguno.
Con gran fuerza los hombros sacudiendo
se apareja a la lucha y desafío,
y al vencedor contrario apercibiendo
le va a buscar con animoso brío:
de la otra parte Cayeguán saliendo
en medio de aquel campo a su albedrío,
vienen los dos gallardos a juntarse,
procurando en la presa aventajarse.
Un rato los juzgaron igualmente,
y anduvo en duda la vitoria incierta;
mas luego Rengo dio señal patente
con que fue su pujanza descubierta:
que entre los duros brazos reciamente
al triste Cayeguán, la boca abierta,
sin dejarle alentar, le retraía,
y acá y allá con él se revolvía.
Alzole de la tierra, y apretado,
en el aire gran pieza le suspende;
Cayeguán sin color, desalentado,
abre los brazos y las piernas tiende:
viéndolo así rendido, el esforzado
Rengo que a la vitoria sólo atiende,
dejándole bajar, con poca pena
le estampa de gran golpe en el arena.
Sacáronle del campo sin sentido,
y a su tienda en los hombros le llevaron:
todos la fuerza grande y el partido
de Rengo en alta voz solemnizaron:
pero cesando en esto aquel ruïdo,
a sus asientos luego se tornaron,
porque vieron que Talco aparejado
el puesto de la lucha había tomado.
Fue este Talco de pruebas gran maestro,
de recios miembros y feroz semblante,
diestro en la lucha y en las armas diestro,
ligero y esforzado aunque arrogante;
y con todas las partes que aquí muestro,
era Rengo más suelto y más pujante,
usado en los robustos ejercicios,
que dello su persona daba indicios.
Talco se mueve y sale con presteza;
Rengo espaciosamente se movía;
fíase mucho el uno en la destreza,
el otro en su vigor sólo se fía:
en esto con extraña ligereza,
cuando menos cuidado en Talco había,
un gran salto dio Rengo no pensado,
cogiendo al enemigo descuidado.
De la suerte que el tigre cauteloso,
viendo venir lozano al suelto pardo,
el cuello bajo, lerdo y perezoso,
con ronco son se mueve a paso tardo,
y en un instante súbito y furioso
salta sobre él con ímpetu gallardo,
y echándole la garra, así le aprieta,
que le oprime, le rinde y le sujeta:
de esta manera Rengo a Talco afierra,
y, antes que a la defensa se prevenga,
tan recio le apretó contra la tierra,
que el lomo quebrantado lo derrienga:
viéndolo pues así lo desafierra,
y a su puesto, esperando que otro venga,
vuelve, dejando el campo con tal hecho
de su extremada fuerza satisfecho.
Mas no hubo en hombre allí tal osadía
que a contrastar al bárbaro se atreva;
y así, porque la noche ya venía,
se difirió la comenzada prueba
hasta que el carro del siguiente día
alegrase los campos con luz nueva:
sonando luego varios instrumentos,
de las mesas hinchieron los asientos.
Pues otro día, saliendo de su tienda
el hijo de Leocán, acompañado
de gran gente, al lugar de la contienda
con altos instrumentos fue llevado:
Rengo, porque su fama más se extienda,
dando una vuelta en torno del cercado
entró dentro con una bella muestra,
y a mantener se puso la palestra.
Bien por dos horas Rengo tuvo el puesto
sin que nadie la plaza le pisase,
que no se vio soldado tan dispuesto
que, viéndole, el lugar vacío ocupase:
pero ya Leucotón mirando en esto,
que, porque su valor más se notase,
hasta ver el más fuerte había esperado,
con grave paso entró en el estacado.
Luego un rumor confuso y grande estruendo
entre el parlero vulgo se levanta
de ver estos dos juntos, conociendo
en ambos igualmente fuerza tanta.
Leucotón, la persona recogiendo,
a recibir a Rengo se adelanta,
que con gallardo paso se venía
de esfuerzo acompañado y lozanía.
Vienen al paragón dos animosos
que en esfuerzo y pujanza par no tienen:
unas veces aguijan presurosos
otras frenan el paso y lo detienen:
andan en torno y miran cautelosos,
y a todos los engaños se previenen;
pero no tardó mucho que cerraron,
y con estrechos ñudos se abrazaron.
Juntándose los dos pechos con pechos,
van las últimas fuerzas apurando:
ya se afirman y tienden muy estrechos,
ya se arrojan en torno volteando,
ya los izquierdos, ya los pies derechos
se enclavijan y enredan, no bastando
cuanta fuerza se pone, estudio y arte,
a poder mejorarse alguna parte.
Acá y allá furiosos se rodean,
la fuerza uno del otro resistiendo;
tanto forcejan, gimen, ijadean,
que los miembros se van entorpeciendo:
tiemblan de la fatiga y titubean
las cansadas rodillas, no pudiendo
comportar el tesón y furia insana,
que al fin eran de hueso y carne humana.
De sudor grueso y engrosado aliento
cubiertos los dos bárbaros andaban,
y del fogoso y recio movimiento
roncos los pechos dentro resonaban:
ellos siempre con más encendimiento,
sacando nuevas fuerzas, procuraban
llegar la empresa al cabo comenzada
por ganar el honor y la celada.
Pero ventaja entre ellos conocida
no se vio allí, ni de flaqueza indicio;
ambos jóvenes son de edad florida,
iguales en la fuerza y ejercicio:
mas la suerte de Rengo enflaquecida,
y el hado, que hasta allí le fue propicio,
hicieron que perdiese a su despecho
del precio y del honor todo el derecho.
Había en la plaza un hoyo hacia el un lado,
engaste de un guijarro, y nuevamente
estaba de su encaje levantado
por el concurso y huella de la gente:
desto el cansado Rengo no avisado,
metió el pie dentro, y desgraciadamente,
cual cae de la segur herido el pino,
con no menos estruendo a tierra vino.
No la pelota con tan presto salto
resurte arriba del macizo suelo,
ni la águila, que al robo cala de alto,
sube en el aire con tan recio vuelo;
como de corrimiento el seso falto,
Rengo rabioso, amenazando al cielo,
se puso en pie, que aun bien no tocó en tierra,
y contra Leucotón furioso cierra.
Como en la fiera lucha Anteo temido
por el furioso Alcides derribado,
que de la Tierra madre recogido,
cobraba fuerza y ánimo doblado;
así el airado Rengo embravecido,
que apenas en la arena había tocado,
sobre el contrario arriba de tal suerte,
que al extremo llegó de honrado y fuerte.
Tanta afrenta, vergüenza y dolor siente,
el público lugar considerando,
que, abrasado de fuego y rabia ardiente,
se le fueron las fuerzas aumentando;
y furioso, colérico, impaciente,
de suerte a Leucotón va retirando,
que apenas le resiste; y el suceso
oiréis en el siguiente canto expreso.
Canto XI
Acábanse las fiestas y diferencias, y caminando Lautaro sobre la ciudad de Santiago, antes de llegar a ella hace un fuerte, en el cual metido, vienen los españoles sobre él, donde tuvieron una recia batalla.
Cuando los corazones nunca usados
a dar señal y muestra de flaqueza
se ven en lugar público afrentados,
entonces manifiestan su grandeza,
fortalecen los miembros fatigados,
despiden el cansancio y la torpeza,
y salen fácilmente con las cosas
que eran antes, Señor, dificultosas.
Así le avino a Rengo, que, en cayendo,
tanto esfuerzo le puso el corrimiento,
que, lleno de furor y en ira ardiendo,
se le dobló la fuerza y el aliento:
y al enemigo fuerte, no pudiendo
ganarle antes un paso, agora ciento
alzado de la tierra lo llevaba,
que aun afirmar los pies no le dejaba.
Adelante la cólera pasara
y hubiera alguna brega en aquel llano,
si, receloso de esto, no bajara
presto de arriba el hijo de Pillano,
que de Caupolicán traía la vara,
y él propio los aparta de su mano:
que no fue poco, en tanto encendimiento
tenerle este respeto y miramiento.
Siendo desta manera sin ruïdo
despartida la lucha ya enconada,
le fue a Rengo su honor restituïdo,
mas quedó sin derecho a la celada:
aún no estaba del todo difinido,
ni la plaza de gente despejada,
cuando el mozo Orompello dijo presto:
Mi vez ahora me toca, mío es el puesto.
Que bramando entre sí se deshacía
esperando aquel tiempo deseado,
viendo que Leucotón ya mantenía,
del tiro de la lanza no olvidado:
con gran desenvoltura y gallardía
salta el palenque y entra el estacado,
y en medio de la plaza, como digo,
llamaba cuerpo a cuerpo al enemigo.
La trápala y murmurio en el momento
creció, porque parando el pueblo en ello,
conoce por allí cuán descontento
del fuerte Leucotón está Orompello:
témese que vendrán a rompimiento,
mas nadie se atraviesa a defendello,
antes la plaza libre les dejaron
y los vacíos lugares ocuparon.
El pueblo, de la lucha deseoso,
la más parte a Orompello se inclinaba;
mira los bellos miembros y el airoso
cuerpo que a la sazón se desnudaba,
la gracia, el pelo crespo y el hermoso
rostro, donde su poca edad mostraba,
que veinte años cumplidos no tenía,
y a Leucotón a fuerzas desafía.
Juzgan ser desconformes los presentes
las fuerzas de estos dos por la aparencia;
viendo del uno el talle y los valientes
niervos, edad perfeta y experiencia;
y del otro los miembros diferentes,
la tierna edad y grata adolecencia;
aunque a tal opinión contradecía
la muestra de Orompello y osadía:
que, puesto en su lugar, ufano espera
el son de la trompeta, como cuando
el fogoso caballo en la carrera
la seña del partir está aguardando;
y cual halcón, que en la húmida ribera
ve la garza de lejos blanqueando,
que se alegra y se pule ya lozano,
y está para arrojarse de la mano.
El gallardo Orompello así esperaba
aquel alegre son para moverse,
que, de ver la tardanza, imaginaba
que habían impedimentos de ofrecerse.
Visto que tanto ya se dilataba,
queriendo a su sabor satisfacerse,
derecho a Leucotón sale animoso,
que no fue en recebirle perezoso.
En gran silencio vuelto el rumor vano,
quedando mudos todos los presentes,
en medio de la plaza, mano a mano,
salen a se probar los dos valientes.
Como cuando el lebrel y fiero alano,
mostrándose con ronco son los dientes,
yertos los cerros y ojos encendidos,
se vienen a morder embravecidos;
de tal modo los dos amordazados,
sin esperar trompeta ni padrino,
de coraje y rencor estimulados,
de medio a medio parten el camino,
y en un instante iguales, aferrados,
con extremada fuerza y diestro tino
se ciñeron los brazos poderosos,
echándose a los pies lazos ñudosos.
Las desconformes fuerzas, aunque iguales,
los lleva, arroja y vuelve a todos lados,
viéranlos sin mudarse a veces tales
que parecen en tierra estar clavados:
donde ponen los pies, dejan señales,
cavan el duro suelo, y apretados,
juntándose rodillas con rodillas,
hacen crugir los huesos y costillas.
Cada cual del valor, destreza y maña
usaba que en tal tiempo usar podía,
viendo el duro tesón y fuerza extraña
que en su recio adversario conocía:
revuélvense los dos por la campaña,
sin conocerse en nadie mejoría;
pero tanto de acá y de allá anduvieron
que ambos juntos a un tiempo en tierra dieron.
Fue tan presto el caer, y en el momento
tan presto el levantarse, por manera,
que se puede decir que el más atento,
a mover la pestaña, no lo viera:
ventaja ni señal de vencimiento
juzgarse por entonces no pudiera,
que Leucotón arrodilló en el llano
y Orompello tocó sola una mano.
En esto los padrinos se metieron,
y a cada lado el suyo retirando,
en disputa la lucha resumieron,
sus puntos y razones alegando:
de entrambas partes gentes acudieron,
la porfía y rumor multiplicando;
quién daba al uno el precio, honor y gloria;
quién cantaba del otro la vitoria.
Tucapelo, que estaba en un asiento
a la diestra del hijo de Pillano,
visto lo que pasaba, en el momento
salta en la plaza, la ferrada en mano;
y con aquel usado atrevimiento
dice: «El precio ganó mi primo hermano,
y si alguno esta causa me defiende,
harele yo entender que no lo entiende:
«La joya es de Orompello, y quien bastante
se halle a reprobar el voto mío,
en campo estamos, hágase adelante,
que en suma le desmiento y desafío.»
Leucotón con un término arrogante
dice: «Yo amansaré tu loco brío
y el vano orgullo y necio devaneo,
que mucho tiempo ha ya que lo deseo.»
«Conmigo lo has de haber, que comenzado
juego tenemos ya», dijo Orompello.
Responde Leucotón fiero y airado:
«Contigo y con tu primo quiero habello.»
Caupolicán en esto era llegado,
que del supremo asiento, viendo aquello,
había bajado a la sazón confuso,
y allí su autoridad toda interpuso.
Leucotón y Orompello, conociendo
que el gran Caupolicán allí venía,
las enconosas voces reprimiendo
cada cual por su parte se desvía:
mas Tucapel, la maza revolviendo,
que otro acuerdo y concierto no quería,
lleno de ira diabólica, no calla,
llamando a todo el mundo a la batalla.
Ruego y medios con él no valen nada
del hijo de Leocán ni de otra gente,
diciendo que a Orompello la celada
le den por vencedor y más valiente:
después, que en plaza franca y estacada
con Leucotón le dejen libremente,
donde aquella disputa se decida,
perdiendo de los dos uno la vida.
Puesto Caupolicán en este aprieto,
lleno de rabia y de furor movido,
le dice: «Haré que guardes el respeto
que a mi persona y cargo le es debido.»
Tucapel le responde: «Yo prometo
que por temor no baje del partido;
y aquel que en lo que digo no viniere,
haga a su voluntad lo que pudiere.
«Guardarete respeto, si derecho
en lo que justo pido me guardares,
y mientras que con recto y sano pecho
la causa sin pasión de esto mirares:
mas si, contra razón, sólo de hecho,
torciendo la justicia lo llevares,
por ti y tu cargo, y todo el mundo junto,
no perderé de mi derecho un punto.»
Caupolicán, perdida la paciencia,
se mueve a Tucapel determinado;
mas Colocolo, viejo de experiencia,
que con temor le andaba siempre al lado,
le hizo una acatada resistencia
diciendo: «¿Estás, señor, tan olvidado
de ti y tu autoridad y salud nuestra
que lo pongas en sólo alzar la diestra?
«Mira, señor, que todo se aventura:
mira que están los más ya diferentes:
de Tucapel conoces la locura
y la fuerza que tiene de parientes;
lo que emendarse puede con cordura
no lo emiendes con sangre de inocentes:
dale a Orompello el contendido precio,
y otro al competidor de igual aprecio.
»Si por rigor y término sangriento
quieres poner en riesgo lo que queda,
puesto que sobre fijo fundamento
Fortuna a tu sabor mueva la rueda,
y el juvenil furor y atrevimiento
castigar a tu salvo te conceda,
queda tu fuerza más disminuida,
y al fin tu autoridad menos temida.
»Pierdes dos hombres, pierdes dos espadas
que el límite araucano han extendido,
y en las fieras naciones apartadas
hacen que sea tu nombre tan temido:
si agora han sido aquí desacatada,
mira lo que otras veces han servido
en trances peligrosos, derramando
la sangre propia y del contrario bando.»
Imprimieron así en Caupolicano
las razones y celo de aquel viejo,
que, frenando el furor, dijo: «En tu mano
lo dejo todo y tomo ese consejo».
Con tal resolución, el sabio anciano,
viendo abierto camino y aparejo,
habló con Leucotón que vino en todo,
y a los primos después del mismo modo.
Y así el viejo eficaz los persuadiera,
que en tal discordia y caso tan diviso,
lo que el mundo universo no pudiera
pudo su discreción y buen aviso:
fuelos, pues, reduciendo de manera
que vinieron a todo lo que quiso;
pero con condición que la celada
por precio al Orompello fuese dada.
Pues la rica celada allí traída
al ufano Orompello le fue puesta;
y una cuera de malla guarnecida
de fino oro a la par vino con ésta,
y al mismo tiempo a Leucotón vestida.
Todos conformes, en alegre fiesta
a las copiosas mesas se sentaron,
donde más la amistad confederaron.
Acabado el comer, lo que del día
les quedaba, las mesas levantadas,
se pasó en regocijo y alegría,
tegiendo en corros danzas siempre usadas,
donde un número grande intervenía
de mozos y mujeres festejadas;
que las pruebas cesaron y ocasiones
atento a no mover nuevas cuestiones.
Cuando la noche el horizonte cierra,
y con la negra sombra el mundo abraza,
los principales hombres de la tierra
se juntaron en una antigua plaza
a tratar de las cosas de la guerra,
y en el discurso dellas dar la traza,
diciendo que el subsidio padecido
había de ser con sangre redemido.
Salieron con que al hijo de Pillano
se cometiese el cargo deseado,
y el número de gente por su mano
fuese absolutamente señalado:
tal era la opinión del araucano
y tal crédito y fama había alcanzado,
que si asolar el cielo prometiera
crédito a la promesa se le diera.
Y entre la gente joven más granada
fueron por él quinientos escogidos,
mozos gallardos, de la vida airada,
por más bravos que pláticos tenidos:
y hubo de otros por ir esta jornada
tantos ruegos, protestos y partidos,
que excusa no bastó ni impedimento
a no exceder la copia en otros ciento.
Los que Lautaro escoge son soldados
amigos de inquietud, facinerosos,
en el duro trabajo ejercitados,
perversos, disolutos, sediciosos,
a cualquiera maldad determinados,
de presas y ganancias codiciosos,
homicidas, sangrientos, temerarios,
ladrones, bandoleros y cosarios.
Con esta buena gente caminaba
hasta Maule de paz atravesando,
y las tierras, después, por do pasaba
iba a fuego y a sangre sujetando:
todo sin resistir se le allanaba,
poniéndose debajo de su mando;
los caciques le ofrecen francamente
servicio, armas, comida, ropa y gente.
Así que por los pueblos y ciudades
la comarca los bárbaros destruyen.
Talan comidas, casas y heredades,
que los indios de miedo al pueblo huyen:
estupros, adulterios y maldades
por violencia sin término concluyen,
no reservando edad, estado y tierra,
que a todo riesgo y trance era la guerra.
No paran, con la gana que tenían
de venir con los nuestros a la prueba,
los indios comarcanos que huían
llevan a la ciudad la triste nueva:
rumores y alborotos se movían,
el bélico bullicio se renueva,
aunque algunos que el caso contemplaban
a tales nuevas crédito no daban.
Dicen que era locura claramente
pensar que así una escuadra desmandada
de tan pequeño número de gente
se atreviese a emprender esta jornada,
y más contra ciudad tan eminente,
y lejos de su tierra y apartada;
pero los que de Penco habían salido
tienen por más el daño que el ruïdo.
Votos hay que saliesen al camino,
éstos son de los jóvenes briosos;
otros que era imprudencia y desatino,
por los pasos y sitios peligrosos:
a todo con presteza se previno,
que de grandes reparos ingeniosos
el pueblo fortalecen, y en un punto
despachan corredores todo junto;
debajo de un caudillo diligente,
que verdadera relación trujese
del número y designio de la gente;
con comisión, si lance le saliese
a su honor y defensa conveniente,
que al bárbaro escuadrón acometiese,
volviendo a rienda suelta dos soldados
para que dello fuesen avisados.
Por no haber caso en esto señalado,
abrevio con decir que se partieron,
y al cuarto día con ánimo esforzado,
sobre el campo enemigo amanecieron:
trabose el juego y no duró trabado,
que los bárbaros luego les rompieron;
y todos con cuidado y pies ligeros
revolvieron a ser los mensajeros.
Sin aliento, cansados y afligidos
vuelven con testimonio asaz bastante,
de cómo fueron rotos y vencidos
por la fuerza del bárbaro pujante,
lasos, llenos de sangre, mal heridos,
con pérdida de un hombre, el cual delante
y en medio de los campos desmandado,
a manos de Lautaro había espirado.
Cuentan que levantado un muro había
adonde con sus bárbaros se acoge,
y que infinita gente le acudía,
de la cual la más diestra y fuerte escoge:
también que bastimentos cada día
y cantidad de munición recoge,
afirmando por cierto, fuera desto,
que sobre la ciudad llegará presto.
Quien incrédulo dello antes estaba,
teniendo allí el venir por desvarío,
a tan clara señal crédito daba,
helándole la sangre un miedo frío:
Quién de pura congoja trasudaba,
que de Lautaro ya conoce el brío;
quién con ardiente y animoso pecho
bramaba por venir más presto al hecho.
Villagrán enfermado acaso había,
no puede a la sazón seguir la guerra,
mas con ruegos y dádivas movía
la gente más gallarda de la tierra:
y por caudillo en su lugar ponía
un caro primo suyo, en quien se encierra
todo lo que conviene a buen soldado,
Pedro de Villagrán era llamado.
Éste, sin más tardar, tomó el camino
en demanda del bárbaro Lautaro,
y el cargo que tan loco desatino
como es venir allí le cueste caro:
diose tal prisa a andar que presto vino
a la corva ribera del río claro,
que vuelve atrás en círculo gran trecho;
después hasta la mar corre derecho.
Media legua pequeña elige un puesto,
de donde estaba el bárbaro alojado,
en el lugar mejor y más dispuesto,
y allí por ver la noche ha reparado:
estaba a cualquier trance y rumor presto,
de guardia y centinelas rodeado,
cuando, sin entender la cosa cierta,
gritaban: «¡Arma!, ¡arma!; ¡alerta!, ¡alerta!»
Esto fue que Lautaro había sabido
como allí nuestra gente era llegada,
que después de la haber reconocido
por su misma persona y numerada,
volviose sin de nadie ser sentido;
y mostrando estimarlo todo en nada,
hizo de los caballos que tenía
soltar el de más furia y lozanía.
Diciendo en alta voz: «Si no me engaño,
no deben de saber que soy Lautaro
de quien han recibido tanto daño,
daño que no tendrá jamás reparo:
mas, porque no me tengan por extraño,
y el ser yo aquí venido sea más claro,
sabiendo con quien vienen a la prueba,
quiero que este rocín lleve la nueva.»
Diez caballos, Señor, había ganado
en la refriega y última revuelta:
el mejor ensillado y enfrenado,
porque diese el aviso cierto, suelta:
siendo el feroz caballo amenazado,
hacia el campo español toma la vuelta
al rastro y al olor de los caballos,
y ésta fue la ocasión de alborotallos.
Venía con un rumor y furia tanta,
que dio más fuerza al arma y mayor fuego;
la gente recatada se levanta
con sobresalto y gran desasosiego:
el escándalo tanto no fue cuanta
era después la burla, risa y juego,
de ver que un animal de tal manera
en arma y alboroto los pusiera.
Pasaron sin dormir la noche en esto,
hasta el nuevo apuntar de la mañana,
que, con ánimo y firme presupuesto
de vencer o morir de buena gana,
salen del sitio y alojado puesto
contra la gente bárbara araucana;
que no menos estaba acodiciada
del venir al efeto de la espada.
Un edicto Lautaro puesto había
que quien fuera del muro un paso diese,
como por crimen grave y rebeldía,
sin otra información luego muriese:
así, el temor frenando a la osadía,
por más que la ocasión la conmoviese
las riendas no rompió de la obediencia
ni el ímpetu pasó de su licencia.
Del muro estaba el bárbaro cubierto,
no dejando salir soldado fuera;
quiere que su partido sea más cierto,
encerrando a los nuestros, de manera
que no les aproveche en campo abierto
de ligeros caballos la carrera,
mas sólo ánimo, esfuerzo y entereza,
y la virtud del brazo y fortaleza.
Era el orden así, que acometiendo
la plaza, al tiempo del herir volviesen
las espaldas los bárbaros huyendo,
porque dentro los nuestros se metiesen:
y algunos por de fuera revolviendo,
antes que los cristianos se advirtiesen,
ocuparles las puertas del cercado,
y combatir allí a campo cerrado.
Con tal ardid los indios aguardaban
a la gente española que venía;
y en viéndola asomar, la saludaban
alzando una terrible vocería:
soberbios desde allí la amenazaban
con audacia, desprecio y bizarría,
quién la fornida pica blandeando,
quién la maza ferrada levantando.
Como toros que van a ser lidiados,
cuando aquellos que cerca los desean,
con silbos y rumor de los tablados,
seguros del peligro, los torean,
y en su daño los hierros amolados
sin miedo amenazándolos blandean;
así la gente bárbara araucana
del muro amenazaba a la cristiana.
Los españoles, siempre con semblante
de parecerles poca aquella caza,
paso a paso caminan adelante,
pensando de allanar la fuerte plaza,
en alta voz diciendo: «No es bastante
el muro, ni la pica y dura maza
a estorbaros la muerte merecida
por la gran desvergüenza cometida».
Llegados de la fuerza poco trecho,
reconocida bien por cada parte,
pónenle el rostro, y sin torcer, derecho
asaltan el fosado baluarte:
por acabado tienen aquel hecho:
de los bárbaros huye la más parte,
ganan las puertas francas con gran gloria;
cantando en altas voces la vitoria.
No hubiera relación deste contento,
si los primeros indios aguardaran
tanto espacio y sazón cuanto un momento
que las puertas los últimos tomaran:
mas viéndolos entrar, sin sufrimiento,
ni poderse abstener, luego reparan:
haciendo la señal que no debían,
hicieron revolver los que huían.
Como corre el caballo cuando ha olido
las yeguas que atrás quedan y querencia,
que allí el intento inclina y el sentido,
gime y relincha con celosa ausencia,
afloja el curso, atrás tiende el oído,
alerto a si el señor le da licencia,
que a dar la vuelta aún no le ha señalado,
cuando sobre los pies ha volteado;
de aquel modo los bárbaros huyendo,
con muestra de temor, aunque fingida,
firman el paso presuroso oyendo
la alegre y cierta seña conocida:
y en contra de los nuestros esgrimiendo
la cruda espada, al parecer rendida,
vuelven con una furia tan terrible
que el suelo retembló del son horrible.
Como por sesgo mar del manso viento
siguen las graves olas el camino
y con furioso y recio movimiento
salta el contrario Coro repentino,
que las arenas del profundo asiento
las saca arriba en turbio remolino,
y, las hinchadas olas revolviendo,
al tempestuoso Coro van siguiendo;
de la misma manera a nuestra gente,
que el alcance sin término seguía,
la súbita mudanza de repente
le turbó la vitoria y alegría:
que, sin se reparar, violentamente
por el mismo camino revolvía,
resistiendo con ánimo esforzado
el número de gente aventajado.
Mas como un caudaloso río de fama,
la presa y palizada desatando,
por inculto camino se derrama,
los arraigados troncos arrancando;
cuando con desfrenado curso brama,
cuanto topa delante arrebatando,
y los duros peñascos enterrados
por las furiosas aguas son llevados;
con ímpetu y violencia semejante
los indios a los nuestros arrancaron,
y, sin pararles cosa por delante,
en furiosa corriente los llevaron:
hasta que con veloz furor pujante
de la cerrada plaza los lanzaron,
que el miedo de perder allí la vida
les hizo el paso llano a la salida.
De más priesa y con pies más desenvueltos
los sueltos españoles que a la entrada,
en una polvorosa nube envueltos
salen del cerco estrecho y palizada:
entre ellos van los bárbaros revueltos,
una gente con otra amontonada,
que sin perder un punto se herían
de manos y de pies como podían.
No el alzado antepecho y agujeros
que fuera dél en torno había cavados,
ni la fagina y suma de maderos
con los fuertes bejucos amarrados,
detuvieron el curso a los ligeros
caballos, de los hierros hostigados;
que, como si volaran por el viento,
salieron a lo llano en salvamento.
Los españoles sin parar corriendo
libre la plaza a los contrarios dejan,
que la fortuna próspera siguiendo
con prestos pies y manos los aquejan:
pero los nuestros, el morir temiendo,
siempre alargan el paso y más se alejan,
deteniendo a las veces flojamente
la gran furia y pujanza de la gente.
Bien una legua larga habían corrido
a toda furia por la seca arena;
sólo Lautaro no los ha seguido,
lleno de enojo y de rabiosa pena:
viendo el poco sostén del mal regido
campo, tan recio el rico cuerno suena,
que los más delanteros los sintieron,
y al son, sin más correr, se retrujeron.
Estaba así impaciente y enojado,
que mirarle a la cara nadie osaba,
y al pabellón él solo retirado
un nuevo edicto publicar mandaba,
que guerrero ninguno fuese osado
salir un paso fuera de la cava,
aunque los españoles revolviesen
y mil veces el fuerte acometiesen.
Después llamando a junta a los soldados,
aunque ardiendo en furor, templadamente
les dice: «Amigos, vamos engañados
si con tan poco número de gente
pensamos allanar los levantados
muros de una ciudad así eminente:
la industria tiene aquí más fuerza y parte
que la temeridad del fiero Marte.
»Ésta los fieros ánimos reprime,
y a los flacos y débiles esfuerza:
las cervices indómitas oprime
y las hace domésticas por fuerza:
ésta el honor y pérdidas redime,
y la sazón a usar della nos fuerza;
que la industria solícita y fortuna
tienen conformidad y andan a una.
»Cumple partir de aquí, muestras haciendo
que sólo de temor nos retiramos,
y asegurar los españoles, viendo
cómo el honor y campo les dejamos;
que después a su tiempo revolviendo
haremos lo que así dificultamos,
teniendo ellos el llano, y por guarida
vecina la ciudad fortalecida.»
El hijo de Pillán esto decía,
cuando asomaba el bando castellano,
que con esfuerzo nuevo y osadía
quiere probar segunda vez la mano.
Fue tanto el alborozo y alegría
de los bárbaros viendo por el llano
aparecer los nuestros, que al momento
gritan y baten palmas de contento.
En esto los cristianos acercando
poco a poco se van a la batalla,
y al justo tiempo del partir llegando,
dejan irse a la bárbara canalla:
que uno la maza en alto, otro bajando
la pica, el cuerpo exento en la muralla,
con animoso esfuerzo se mostraban,
y al ejercicio bélico incitaban.
Unos acuden a las anchas puertas
y comienzan allí el combate duro;
de escudos las cabezas bien cubiertas
se llegan otros al guardado muro;
otros buscan por partes descubiertas
la subida y el paso más seguro:
hinche el bando español la cava honda,
y el araucano el muro a la redonda.
Pero el pueblo español con osadía,
cubierto de fortísimos escudos,
la lluvia de los tiros resistía
y los botes de lanzas muy agudos.
Era tanta la grita y armonía,
y el espeso batir de golpes crudos,
que Maule el raudo curso refrenaba
confuso al son que en torno rimbombaba.
Por las puertas y frente y por los lados
el muro se combate y se defiende;
allí corren con priesa amontonados
adonde más peligro haber se entiende:
allí con prestos golpes esforzados
a su enemigo cada cual ofende
con furia tan terrible y fuerza dura
que poco importa escudo ni armadura.
Los nuestros hacia atrás se retrujeron,
de los tiros y golpes impelidos,
tres veces, y otras tantas revolvieron
de vergonzosa cólera movidos:
gran pieza a la fortuna resistieron;
mas ya todos andaban mal heridos,
flacos, sin fuerza, lasos, desangrados,
y de sangre los hierros colorados.
El coraje y la cólera es de suerte,
que va en aumento el daño y la crueza;
hallan los españoles siempre el fuerte
más fuerte y en los golpes más dureza:
sin temor acometen de la muerte;
pero poco aprovecha esta braveza,
que el que menos herido y flaco andaba
por seis partes la sangre derramaba.
Hasta la gente bárbara se espanta
de ver lo que los nuestros han sufrido
de espesos golpes, flecha y piedra tanta,
que sin cesar sobre ellos ha llovido,
y cuán determinados y con cuánta
furia tres veces han acometido;
desto los enemigos impacientes
apretaban los puños y los dientes.
Y como tempestad que jamás cesa,
antes que va en furioso crecimiento,
cuando la congelada piedra espesa
hiere los techos y se esfuerza el viento:
así los duros bárbaros, apriesa,
movidos de vergüenza y corrimiento,
con lanzas, dardos, piedras arrojadas,
baten dargas, rodelas y celadas.
Los cansados cristianos, no pudiendo
sufrir el gran trabajo incomportable,
se van forzosamente retrayendo
del vano intento y plaza inexpugnable;
y el destrozado campo recogiendo,
vista su suerte y hado miserable,
por el mesmo camino que vinieron,
aunque con menos furia, se volvieron.
Aquella noche al pie de una montaña
vinieron a tener su alojamiento,
segura de enemigos la campaña,
que ninguno salió en su seguimiento.
Decir prometo la cautela extraña
de Lautaro después, que ahora me siento
flaco, cansado, ronco; y entretanto
esforzaré la voz al nuevo canto.
Canto XII
Recogido Lautaro en su fuerte, no quiere seguir la vitoria por entretener a los españoles. Pasa ciertas razones con él Marco Veaz, por las cuales Pedro de Villagrán viene a entender el peligroso punto en que estaba, y levantando su campo se retira. Viene el marqués de Cañete a la ciudad de Los Reyes en el Perú.
Virtud difícil y difícil prueba
es guardar el secreto peligroso,
que la dificultad bien clara prueba
cuánto es sano, seguro y provechoso;
y el poco fruto y mucho mal que lleva
el vicio inútil del hablar dañoso:
ejemplo los de Líbico homicidas,
y otros que les costó el hablar las vidas.
Veranse por los ojos y escrituras
en los presentes tiempos y pasados
cruëldades, ruïnas, desventuras,
infamias, puniciones de pecados,
grandes yerros en grandes coyunturas,
pérdidas de personas y de estados:
todo por no sufrir el indiscreto
la peligrosa carga del secreto.
De los vicios el menos de provecho
y por donde más daño a veces viene,
es el no retener el fácil pecho
el secreto hasta el tiempo que conviene:
rompe y deshace al fin todo lo hecho,
quita la fuerza que la industria tiene,
guerra, furor, discordia, fuego enciende:
al propio dueño y al amigo vende.
Por esto el sabio hijo de Pillano
la causa a sus soldados encubría
de no dejar salir gente a lo llano,
siguiendo la vitoria de aquel día:
y el retirado campo castellano,
seguro a paso largo por la vía,
como dije, la furia quebrantada,
toma de la ciudad la vuelta usada.
Usar Lautaro desta maña, entiendo
que fuese para algún sagaz intento,
el cual, por congeturas, comprehendo
ser de gran importancia y fundamento.
Dejado esto a su tiempo y revolviendo
a los nuestros, que así del fuerte asiento
se alejan, a tres leguas otro día
hicieron alto, asiento y ranchería.
Dos días los españoles estuvieron
haciendo de los bravos aguardando;
pero jamás los bárbaros vinieron,
ni gente pareció del otro bando:
al fin dos de los nuestros se atrevieron
a ver el fuerte y cerca de él llegando,
oyeron una voz alta del muro
diciéndoles: «Llegaos, que os doy seguro.»
Al uno por su nombre lo llamaba,
con el cierto seguro prometido,
el cual, dejando al otro, se llegaba
por conocer quién era el atrevido:
Llegado el español junto a la cava,
el de la voz fue luego conocido,
que era el gallardo hijo de Pillano,
tratado dél un tiempo como hermano.
Estaba de un lustroso peto armado
con sobrevista de oro guarnecida,
en una gruesa pica recostado
por el ferrado regatón asida:
el ancho y duro hierro colorado
y de sangre la media asta teñida;
puesta de limpio acero una celada
abierta por mil partes y abollada.
Llegado el español donde podía
hablarle y entenderle claramente,
el bizarro Lautaro le decía:
«Marcos, de ti me espanto extrañamente
y de esa tu ignorante compañía,
que sin razón y seso, ciegamente
penséis así de mi opinión mudarme
y ser bastantes todos a enojarme.
»¿Qué intento os mueve o qué furor insano,
que así queréis tiranizar la tierra?
¿No veis que todo agora está en mi mano,
el bien vuestro y el mal, la paz, la guerra?
¿No veis que el nombre y crédito araucano
los levantados ánimos atierra?
¿Que sólo el son al mundo pone miedo
y quebranta las fuerzas y el denuedo?
»En los pueblos no fuistes poderosos
de defender las propias posesiones,
que es cosa que aun los pájaros medrosos
hacen rostro en su nido a los leones:
¿y en los desiertos campos pedregosos
pensáis de sustentar los pabellones,
en tiempo que estáis más amedrentados,
y más vuestros contrarios animados?
»Es, a mi parecer, loca osadía
querer contra nosotros sustentaros,
pues ni por arte, maña ni otra vía
podéis en nuestro daño aprovecharos:
si lo queréis llevar por valentía,
baste el presente estrago a escarmentaros;
que fresca sangre aún vierten las heridas,
y della aquí las yerbas veo teñidas.
»Pues dejar yo jamás de perseguiros,
según que lo juré, será excusado;
hasta dentro de España he de seguiros,
que así lo he prometido al gran senado;
mas si queréis en tiempo reduciros,
haciendo lo que aquí os será mandado,
saldré de la promesa y juramento,
y vosotros saldréis de perdimiento.
»Treinta mujeres vírgines apuestas
por tal concierto habéis de dar cada año,
blancas, rubias, hermosas, bien dispuestas,
de quince años a veinte, sin engaño:
Han de ser españolas; y tras éstas,
treinta capas de verde y fino paño,
y otras treinta de púrpura, tejidas
con fino hilo de oro guarnecidas:
»También doce caballos poderosos
nuevos y ricamente enjaezados,
domésticos, ligeros y furiosos,
debajo de la rienda concertados:
y seis diestros lebreles animosos
en la caza me habéis de dar cebados:
este solo tributo estorbaría
lo que estorbar el mundo no podría.»
Atento el castellano le escuchaba,
estando de la plática gustoso;
mas cuando a estas razones allegaba
no pudo aquí tener ya más reposo:
así impaciente al bárbaro atajaba,
diciéndole: «No estés tan orgulloso,
que las parias que pides, ¡oh Lautaro!
te costarán, si esperas, presto caro.
»En pago de tu loco atrevimiento
te darán españoles por tributo
cruda muerte, con áspero tormento,
y Arauco cubrirán de eterno luto.»
Lautaro dijo: «Es eso hablar al viento;
sobre ello, Marcos, más yo no disputo;
las armas, no la lengua, han de tratarlo
y la fuerza y valor determinarlo.
»Libre puedes decir lo que quisieres,
como aquel que seguro le está dado;
que tú después harás lo que pudieres,
y yo podré hacer lo que he jurado:
tratemos de otras cosas de placeres,
quede para su tiempo comenzado;
y quiérote mostrar, pues tiempo hallo,
una lucida escuadra de caballo.
»Que, para que no andéis tan al seguro,
acuerdo de tener también caballos,
y de imponer mis súbditos procuro
a saberlos tratar y gobernallos.»
Esto dijo Lautaro y desde el muro
a seis dispuestos mozos sus vasallos
mandó que en seis caballos cabalgasen,
y por delante dél los paseasen.
Por las dos puentes, a la vez caladas,
salieron a caballo seis chilcanos,
pintadas y anchas dargas embrazadas,
gruesas lanzas terciadas en las manos;
vestidas fuertes cotas, y tocadas
las cabezas al modo de africanos,
mantos por las caderas derribados,
los brazos hasta el codo arremangados:
y con airosa muestra, por delante
del atento español dos vueltas dieron;
pero ni de su puesto y buen semblante,
punto que se notase le movieron:
antes con muestra y ánimo arrogante,
en alta voz, que todos lo entendieron,
(que el muro estaba ya lleno de gente),
habló así con Lautaro libremente.
«En vano, ¡oh capitán! cierto trabaja
quien pretende con fieros espantarme;
no estimo lo que ves en una paja,
ni alardes pueden punto amedrentarme:
y por mostrar si temo la ventaja,
yo solo con los seis quiero probarme,
do verás que a seis mil seré bastante:
vengan luego a la prueba aquí delante.»
Lautaro respondió: «Marcos, si mueres
tanto por nos mostrar tu fuerza y brío,
el mínimo que de ellos escogieres
a pie vendrá contigo en desafío
del modo y la manera que quisieres:
elige armas y campo a tu albedrío,
ora con ellas, ora desarmados,
a puños, coces, uñas y a bocados.»
El español le dijo: «Yo te digo
que mi honor en tal caso no consiente
darles uno por uno su castigo,
porque jamás se diga entre la gente
que cuerpo a cuerpo bárbaro conmigo
en campo osase entrar singularmente:
por tanto, si no quieres lo que pido,
no quiero yo aceptar otro partido.»
No vinieron en esto a concertarse:
después por otras cosas discurrieron;
pero, llegado el tiempo de apartarse,
del bárbaro los dos se despidieron.
Vueltos a su camino, oyen llamarse,
y a la voz conocida revolvieron,
que era el mesmo Lautaro quien llamaba,
diciendo: «Una razón se me olvidaba.
»Tengo mi gente triste y afligida,
con gran necesidad de bastimento,
que me falta del todo la comida
por orden mala y poco regimiento:
pues la tenéis de sobra recogida,
haced un liberal repartimiento
proveyéndonos della, que a mi cuenta
más la gloria y honor vuestro acrecienta:
»Que en el ínclito Estado es uso antiguo,
y entre buenos soldados ley guardada,
alimentar la fuerza al enemigo
para sólo oprimirle por la espada:
Estad, Marcos, atento a lo que digo,
y entended que será cosa loada,
que digan que las fuerzas sojuzgastes
que para mayor triunfo alimentastes.
»Que se llame vitoria yo lo dudo
cuando el contrario a tal extremo viene,
que, en aquello que nunca el valor pudo,
la hambre miserable poder tiene,
y al fuerte brazo indómito y membrudo
lo debilita, doma y lo detiene,
y así por bajo modo y estrecheza,
viene a parecer fuerte la flaqueza.»
Era, Señor, su intento que pensase
ser la necesidad, fingida, cierta,
para que nuestra gente se animase,
de industria abriendo aquella falsa puerta;
y con esto inducirla a que esperase,
teniendo así su astucia más cubierta,
hasta que el fin llegase deseado
del cauteloso engaño fabricado.
Marcos, de las palabras conmovido,
le dice: «Yo prometo de intentallo
por sólo esas razones que has movido,
y hacer todo el poder en procurallo.»
Habiéndose con esto despedido,
revolviendo las riendas al caballo,
él y su compañero caminaron
hasta que al español campo llegaron.
De todo al punto Villagrá informado
cuanto a Marcos, Lautaro dicho había,
sospechoso, confuso y admirado
de ver que bastimentos le pedía:
era sagaz, celoso y recatado,
revolviendo la presta fantasía,
los secretos designios comprehende,
y el peligroso estado y trance entiende;
y en el presto remedio resoluto,
cuando el mundo se muestra más escuro,
sin tocar trompa, del peligro instruto,
toma el camino a la ciudad seguro,
maravillado del ardid astuto;
pero de nuestra gente ahora no curo,
que quiero antes decir el modo extraño
de la ingeniosa astucia y nuevo engaño.
Aún no era bien la nueva luz llegada,
cuando luego los bárbaros supieron
la súbita partida y retirada,
que no con poca muestra lo sintieron,
viendo claro que al fin de la jornada
por un espacio breve no pudieron
hacer en los cristianos tal matanza
que nadie dellos más tomara lanza.
Que aquel sitio cercado de montaña,
que es en un bajo y recogido llano,
de acequias copiosísimas se baña
por zanjas con industria hechas a mano:
Rotas al nacimiento, la campaña
se hace en breve un lago y gran pantano;
la tierra es honda, floja, anegadiza,
hueca, falsa, esponjada y movediza.
Quedaran, si las zanjas se rompieran,
en agua aquellos campos empapados;
moverse los caballos no pudieran
en pegajosos lodos atascados,
adonde, si aguardaran, los cogieran
como en liga a los pájaros cebados:
que ya Lautaro, con despacho presto,
había en ejecución el ardid puesto.
Triste por la partida y con despecho
la fuerza desampara el mismo día,
y el camino de Arauco más derecho,
marcha con su escuadrón de infantería:
Revuelve y traza en el cuidoso pecho
diversas cosas, y en ninguna había
el consuelo y disculpa que buscaba,
y entre sí razonando sospiraba,
diciendo: «¿Qué color puede bastarme
para ser de esta culpa reservado?
¿No pretendí yo mucho de encargarme
de cosa que me deja bien cargado?
¿De quién sino de mí puedo quejarme,
pues todo por mi mano se ha guiado?
¿Soy yo quien prometió en un año solo
de conquistar del uno al otro polo?
»Mientras que yo con tan lucida gente
ver el muro español aún no he podido,
la luna ya tres veces frente a frente
ha visto nuestro campo mal regido:
y el carro de Faetón resplandeciente
del Escorpio al Acuario ha discurrido;
y al fin damos la vuelta maltratados
con pérdida de más de cien soldados.
»Si con morir tuviese confianza
que una vergüenza tal se colorase,
haría a mi inútil brazo que esta lanza
el débil corazón me atravesase;
pero daría de mí mayor venganza
y gloria al enemigo, si pensase
que temí más su brazo poderoso
que el flaco mío cobarde y temeroso;
»yo juro al infernal poder eterno,
si la muerte en un año no me atierra,
de echar de Chile el español gobierno,
y de sangre empapar toda la tierra:
ni mudanza, calor, ni crudo invierno
podrán romper el hilo de la guerra,
y dentro del profundo reino escuro
no se verá español de mí seguro.»
Hizo también solemne juramento
de no volver jamás al nido caro,
ni del agua, del sol, sereno y viento
ponerse a la defensa ni al reparo:
ni de tratar en cosas de contento
hasta que el mundo entienda de Lautaro
que cosa no emprendió dificultosa
sin darla, con valor, salida honrosa.
En esto le parece que aflojaba
la cuerda del dolor, que a veces tanto
con grave y dura afrenta le apretaba
que de perder el seso estuvo a canto:
así el feroz Lautaro caminaba,
y al fin de tres jornadas entretanto
que esperado tiempo se avecina,
se aloja en una vega a la marina;
junto adonde con recio movimiento
baja de un monte Itata caudaloso,
atravesando aquel umbroso asiento
con sesgo curso, grave y espacioso:
los árboles provocan a contento,
el viento sopla allí más amoroso,
burlando con las tiernas florecillas,
rojas, azules, blancas y amarillas.
Siete leguas de Penco justamente
es esta deleitosa y fértil tierra,
abundante, capaz y suficiente
para poder sufrir gente de guerra:
Tiene cerca a la banda del Oriente
la grande cordillera y alta sierra,
de donde el raudo Itata apresurado
baja a dar su tributo al mar salado.
Fue un tiempo de españoles; pero había
la prometida fe ya quebrantado,
viendo que la fortuna parecía
declarada de parte del Estado;
el cual veinte y dos leguas contenía,
éste era su distrito señalado;
pero tan grande crédito alcanzaba
que toda la nación le respetaba.
Los españoles ánimos briosos
éste los puso humildes por el suelo;
éste los bajos, tristes y medrosos
hace que se levanten contra el cielo,
y los extraños pueblos poderosos
de miedo de éste viven con recelo;
los remotos, vecinos y extranjeros
se rinden y someten a sus fueros.
Pues la flor del Estado deseando
estaba al tardo tiempo en esta vega,
tardo para quien gusto está esperando;
que al que no espera bien, bien presto llega:
pero, el tiempo y sazón apresurando,
a sus valientes bárbaros congrega,
y antes que se metiesen en la vía,
estas breves razones les decía.
«Amigos, si entendiese que el deseo
de combatir, sin otro miramiento,
y la fogosa gana, que en vos veo,
fuese de la vitoria el fundamento,
hágoos saber de mí que cierto creo
estar en vuestra mano el vencimiento:
y un paso atrás volver no me hiciera,
si el mundo sobre mí todo viniera.
»Mas no es sólo con ánimo adquirida
una cosa difícil y pesada:
¿qué aprovecha el esfuerzo sin medida,
si tenemos la fuerza limitada?
Mas ésta, aunque con límite, regida
por industrioso ingenio y gobernada,
de duras y de muy dificultosas
hace llanas y fáciles las cosas.
»¿Cuántos vemos el crédito perdido
en afrentoso y mísero destierro
por sólo haber sin término ofrecido
el pecho osado al enemigo hierro?
Que no es valor, mas antes es tenido
por loco, temerario y torpe yerro;
valor es ser al orden obediente,
y locura sin orden ser valiente.
»Como en este negocio y gran jornada
con tanto esfuerzo así nos destruimos,
fue porque no miramos jamás nada
sino al ciego apetito a quién seguimos:
que a no perder, por furia anticipada,
el tiempo y coyuntura que tuvimos,
no quedara español ni cosa alguna
a la disposición de la fortuna.
»Si al entrar de la fuerza reportados
allí algún sufrimiento se tuviera,
fueran vuestros esfuerzos celebrados,
pues ningún enemigo se nos fuera:
en la ciudad estaban descuidados:
con la gente que andaba por de fuera
hiciéramos un hecho y una suerte
que no la consumieran tiempo y muerte.
»Pero quiero poneros advertencia
que habéis por la razón de gobernaros,
haciendo al movimiento resistencia
hasta que la sazón venga a llamaros:
y no salirme un punto de obediencia,
ni a lo que no os mandare adelantaros;
que en el inobediente y atrevido
haré ejemplar castigo nunca oído.
»Y, pues volvemos ya donde se muestra
nuestro poco valor, por mal regidos,
en fe que habéis de ser, alzo la diestra,
en el primer honor restituidos,
o el campo regará la sangre nuestra,
y habemos de quedar en él tendidos
por pasto de las brutas bestias fieras,
y de las sucias aves carniceras.»
Con esto fue la plática acabada
y la trompeta a levantar tocando,
dieron nuevo principio a su jornada,
con la usada presteza caminando:
yendo así, al descubrir de una ensenada,
por Mataquito a la derecha entrando,
un bárbaro encontraron por la vía,
que del pueblo les dijo que venía.
Éste les afirmó con juramento
que en Mapochó se sabe su venida,
ora les dio la nueva della el viento,
ora de espías solícitas sabida:
también que de copioso bastimento
estaba la ciudad ya prevenida,
con defensas, reparos, provisiones,
pertrechos, aparatos, municiones.
Certificado bien Lautaro desto,
muda el primer intento que traía,
viendo ser temerario presupuesto
seguirle con tan poca compañía:
piensa juntar más gentes, y de presto
un fuerte asiento, que en el valle había,
con ingenio y cuidado diligente
comienza a reforzarle nuevamente.
Con la priesa que dio, dentro metido,
y ser dispuesto el sitio y reparado,
fue en breve aquel lugar fortalecido,
de foso y fuerte muro rodeado:
Gente a la fama desto había acudido,
codiciosa del robo deseado:
forzoso me es pasar de aquí corriendo
que siento en nuestro pueblo un gran estruendo.
Sábese en la ciudad por cosa cierta
que a toda furia el hijo de Pillano,
guiando un escuadrón de gente experta,
viene sobre ella con armada mano:
el súbito temor puso en alerta
y confusión al pueblo castellano;
mas la sangre, que el miedo helado había,
de un ardiente coraje se encendía.
A las armas acuden los briosos,
y aquellos que los años agravaban,
con industrias y avisos provechosos
la tierra y partes flacas reparaban:
tras estos, treinta mozos animosos
y un astuto caudillo se aprestaban,
que con algunos bárbaros amigos
fuesen a descubrir los enemigos.
Villagrá a la sazón no residía
en el pueblo español alborotado,
que para la Imperial partido había
por camino de Arauco desviado:
mas ya con nueva gente revolvía,
y junto de do el bárbaro cercado
de gruesos troncos y fagina estaba,
sin saberlo una noche se alojaba.
Cuando la alegre y fresca aurora vino,
y él la nueva jornada comenzaba,
al calar de una loma, en el camino
un comarcano bárbaro encontraba,
el cual le dio la nueva del vecino
campo y razón de cuanto en él pasaba;
que todo bien el mozo lo sabía,
como aquel que a robar de allá venía.
Entendió el español del indio cuanto
el bárbaro enemigo determina,
y cómo allega gentes, entretanto
que el oportuno tiempo se avecina:
no puso a los cautenes esto espanto,
y más cuando supieron que vecina
venía también la gente nuestra armada,
que dellos aún no estaba una jornada.
Villagrán le pregunta si podría
ganar al araucano la albarrada:
sonriéndose el indio respondía
ser cosa de intentar bien excusada,
por el reparo y sitio que tenía,
y estar por las espaldas abrigada
de una tajada y peñascosa sierra,
que por aquella parte el fuerte cierra.
Díjole Villagrán: «Yo determino
por esa relación tuya guiarme,
y abrir por la montaña alta el camino,
que quiero a cualquier cosa aventurarme;
y si donde está el campo lautarino
en una noche puedes tú llevarme,
del trabajo serás gratificado
y al fuego, si me mientes, entregado.»
Sin temor dice el bárbaro: «Yo juro
en menos de una noche de llevarte
por difícil camino, aunque seguro;
desta palabra puedes confiarte:
de Lautaro después no te aseguro,
ni tu gente y amigos serán parte
a que, si vais allá, no os coja a todos
y os dé civiles muertes de mil modos.»
No le movió el temor que le ponía
a Villagrán el bárbaro guerrero
que, visto cuán sin miedo se ofrecía,
le pareció de trato verdadero;
y a la gente del pueblo, que venía,
despacha un diligente mensajero,
para que con la priesa conveniente
con él venga a juntarse brevemente.
Pues otro día allí juntos, se dejaron
ir por do quiso el bárbaro guiallos,
y en la cerrada noche no cesaron
de afligir con espuelas los caballos.
Después se contará lo que pasaron,
que cumple por agora aquí dejallos
por decir la venida en esta tierra
de quien dio nuevas fuerzas a la guerra.
Hasta aquí lo que en suma he referido
yo no estuve, Señor, presente a ello,
y así, de sospechoso, no he querido
de parciales intérpretes sabello;
de ambas las mismas partes lo he aprendido,
y pongo justamente sólo aquello
en que todos concuerdan y confieren,
y en lo que en general menos difieren.
Pues que, en autoridad de lo que digo,
vemos que hay tanta sangre derramada,
prosiguiendo adelante, yo me obligo,
que irá la historia más autorizada;
podré ya discurrir como testigo,
que fui presente a toda la jornada,
sin cegarme pasión, de la cual huyo,
ni quitar a ninguno lo que es suyo.
Pisada en esta tierra no han pisado
que no haya por mis pies sido medida;
golpe ni cuchillada no se ha dado,
que no diga de quién es la herida;
de las pocas que di estoy disculpado,
pues tanto por mirar embebecida
truje la mente en esto y ocupada,
que se olvidaba el brazo de la espada.
Si causa me incitó a que yo escribiese
con mi pobre talento y torpe pluma,
fue que tanto valor no pereciese,
ni el tiempo injustamente lo consuma:
que el mostrarme yo sabio me moviese,
ninguno que lo fuere lo presuma;
que, cierto, bien entiendo mi pobreza,
y de las flacas sienes la estrecheza.
De mi poco caudal bastante indicio
y testimonio aquí patente queda;
va la verdad desnuda de artificio,
para que más segura pasar pueda;
pero, si fuera desto lleva vicio,
pido que por merced se me conceda
se mire en esta parte el buen intento,
que es sólo de acertar y dar contento.
Que aunque la barba el rostro no ha ocupado,
y la pluma a escrebir tanto se atreve
que de crédito estoy necesitado,
pues tan poco a mis años se le debe;
espero que será, Señor, mirado
el celo justo y causa que me mueve:
y esto y la voluntad se tome en cuenta
para que algún error se me consienta.
Quiero dejar a Arauco por un rato;
que para mi discurso es importante
lo que forzado aquí del Perú trato,
aunque de su comarca es bien distante:
y para que se entienda más barato,
y con facilidad lo de adelante,
si Lautaro me deja, diré en breve
la gente que en su daño ahora se mueve.
El marqués de Cañete era llegado,
a la ciudad insigne de Los Reyes,
de Carlos Quinto Máximo enviado
a la guarda y reparo de sus leyes:
éste fue por sus partes señalado
para virey de donde dos vireyes
por los rebeldes brazos atrevidos
habían sido a la muerte conducidos.
Oliendo el virey nuevo las pasiones
y maldades por uso introducidas,
el ánimo dispuesto a alteraciones,
en leal apariencia entretegidas;
los agravios, insultos y traiciones,
con tanta desvergüenza cometidas;
viendo, que aun el tirano no hedía,
que, aunque muerto, de fresco se bullía;
entró como sagaz y receloso,
no mostrando el cuchillo y duro hierro,
que fuera en aquel tiempo peligroso,
y dar con hierro en un notable yerro:
mostrándose benigno y amoroso,
trayéndoles la mano por el cerro,
hasta tomar el paso a la malicia,
y dar más fuerza y mano a la justicia.
En tanto que las cosas disponía,
para limpiar del todo las maldades,
quitando las justicias, las ponía
de su mano por todas las ciudades;
éstas eran personas que entendía
haber en ellas justas calidades,
de Dios, del Rey, del mundo temerosas,
en semejantes cargos provechosas.
Entretenía la gente y sustentaba
con son de un general repartimiento,
y el más culpado más premio esperaba,
fundado en el pasado regimiento.
El marqués entretanto se informaba,
llevando deste error diverso intento,
que no sólo dio pena a los culpados;
mas renovó los yerros perdonados;
pues cuando con el tiempo ya pensaron
que estaban sus insultos encubiertos,
en público pregón se renovaron,
y fueron con castigo descubiertos:
que casi en los más pueblos que pecaron
amanecieron en un tiempo muertos
aquellos que con más poder y mano
habían seguido el bando del tirano.
No condeno, Señor, los que murieron,
pues fueron perdonados y admitidos,
cuando a vuestro servicio en sazón fueron
y en importante tiempo reducidos,
quedando los errores que tuvieron
a vuestra gran clemencia remitidos,
de vos sólo, Señor, es el juzgarlos,
y el poderlos salvar o condenarlos.
Dar mi decreto en esto yo no puedo,
que siempre en casos de honra lo rehúso:
sólo digo el terror y extraño miedo
que en la gente soberbia el marqués puso
con el castigo, a la sazón acedo,
dejando el reino atónito y confuso,
del temerario hecho tan dudoso,
que aun era imaginarlo peligroso.
A quien hallaba culpa conocida,
del Perú le destierra en penitencia,
que es entre ellos la afrenta más sentida
y que más examina la paciencia:
el justo de ejemplar y llana vida,
temeroso escudriña la conciencia,
viendo el rigor de la justicia airada,
que ya desenvainado había la espada.
Y algunos capitanes y soldados,
que con lustre sirvieron en la guerra
y esperaban de ser gratificados,
conforme a los humores de la tierra,
recelando tenerlos agraviados,
del reino en son de presos los destierra,
remitiendo las pagas a la mano
de rey tan poderoso y soberano.
Esto puso suspensa más la gente;
la causa del destierro no sabiendo,
no entiende si es injusta o justamente;
sólo sabe callar y estar tremiendo:
teme la furia y el rigor presente
y a inquirir la razón no se atreviendo,
tiende a cualquier rumor atento oído;
mas no puede sentir más del ruïdo.
Temor, silencio y confusión andaba,
atónita la gente discurría,
nadie la oculta causa preguntaba,
que aun preguntar error le parecía:
por saber, uno a otro se miraba,
y el más sabio los hombros encogía,
temiendo el golpe del furor presente,
movido al parecer por accidente.
Fue hecho tan sagaz, grande y osado,
que pocos con razón le van delante,
asaz en estos tiempos celebrado,
y a los ánimos sueltos importante;
por él quedó el Perú atemorizado,
temerario, rebelde y arrogante,
y a la justicia el paso más seguro,
con mayor esperanza en lo futuro.
Así enfrenó el Perú con un bocado,
que no le romperá jamás la rienda,
haciendo al ambicioso y alterado
contentarse con sola su hacienda;
y el bullicio y deseo desordenado,
le redujo a quietud y nueva emienda:
que poco lo mal puesto permanece,
como por la experiencia al fin parece.
Quien antes no pensaba estar contento
con veinte o treinta mil pesos de renta,
enfrena de tal suerte el pensamiento
que sólo con la vida se contenta:
después hizo el marqués repartimiento
entre los beneméritos de cuenta,
para esforzar los ánimos caídos
y dar mayor tormento a los perdidos.
Con ejemplos así y acaecimientos,
¿cómo vemos que tantos van errados,
que sobre arena y frágiles cimientos
fabrican edificios levantados?
Bien se muestran sus flacos fundamentos;
pues por tierra tan presto derribados
con afrentoso nombre y voz los vemos,
huyendo su infición cuanto podemos.
¡Oh vano error! ¡oh necio desconcierto,
del torpe que con ánimo ignorante
no mira en el peligro y paso incierto
las pisadas de aquel que va delante,
teniendo, a costa ajena, ejemplo cierto,
que el brazo del amigo más constante
ha de esparcir su sangre en su disculpa,
lavando allí la espada de la culpa!
Quiero que esté algún tiempo falsamente
sobre traidores hombros sostenido,
que el viento que se mueva de repente
le aflige, altera y turba aquel ruïdo:
pues que cuando la voz del rey se siente,
no hay son tan duro y áspero al oído;
que tiene sólo el nombre fuerza tanta
que los huesos le oprime y le quebranta:
que le asome fortuna algún contento,
¡con cuántos sinsabores va mezclado!
aquel recelo, aquel desabrimiento,
aquel triste vivir tan recatado:
traga el duro morir cada momento,
témese del que está más confiado:
que la vida antes libre y amparada
está sujeta ya a cualquiera espada.
Negando al rey la deuda y obediencia,
se somete al más mínimo soldado,
poniendo en contentarle diligencia,
con gran miedo y solícito cuidado;
y aquellos más amigos en presencia,
las lanzas le enderezan al costado,
y sobre la cabeza aparejadas
le están amenazando mil espadas.
Cualquier rumor, cualquiera voz le espanta,
cualquier secreto piensa que es negarle:
si el brazo mueve alguno y lo levanta
piensa el triste que fue para matarle:
la soga arrastra, el lazo a la garganta:
¿qué confianza puede asegurarle?
pues mal el que negar al rey procura
tendrá con un tirano fe segura.
Si no bastare verlos acabados
tan presto, y que ninguno permanece,
y los rollos y términos poblados
de quien tan justamente lo merece;
bandos, casas, linajes estragados,
con nombre que los mancha y escurece;
baste la obligación con que nacemos,
que a nuestro rey y príncipe tenemos.
De un paso en otro paso voy saliendo
del discurso y materia que seguía;
pero aunque vaya ciego discurriendo
por caminos más ásperos sin guía,
del encendido Marte el son horrendo
me hará que atine a la derecha vía;
y así seguro desto y confiado
me atrevo a reposar, que estoy cansado.
Canto XIII
Hecho el Marqués de Cañete el castigo en el Perú, llegan mensajeros de Chile a pedirle socorro; el cual, vista ser su demanda importante y justa, se le envía grande por mar y por tierra. También contiene al cabo este canto como Francisco de Villagrán, guiado por un indio, viene sobre Lautaro.
Dichoso con razón puede llamarse
aquel que en los peligros arrojado
de ellos sabe salir sin ensuciarse,
y libre de poder ser imputado:
pero quien destos puede desviarse
le tengo por más bienaventurado:
aunque el peligro afina lo perfeto,
aquel que dél se aparta es el discreto:
que muchas veces da la fantasía
en cosas que seguro nos promete,
y un ánimo a salir con ellas cría
que con temeridad las acomete:
después en el peligro desvaría,
y no acierta a salir de a do se mete:
que la señora al siervo sometida,
pierde la fuerza y tino a la salida.
Veréis en el Perú que han procurado
levantar el tirano y ayudarle,
para sólo mostrar, después de alzado,
la traidora lealtad en derribarle:
y con designio y ánimo dañado
le dan fuerza, y después viene a matarle
la espada infiel, de la maldad autora,
al rey y amigos pérfida y traidora.
Fraguan la guerra, atizan disensiones
en hábito leal, aunque engañoso,
pensando de subir más escalones
por un áspero atajo y tropezoso:
al cabo las malvadas intenciones
vienen a fin tan malo y afrentoso,
como veréis, si bien miráis la guerra
civil y alteraciones desta tierra.
Deshechos, pues, del todo los nublados
por el audaz marqués y su prudencia,
curando con rigor los alterados,
como quien entendió bien la dolencia:
en nombre de su rey, a otros tocados
de aquel olor, descubre la clemencia,
que hasta allí del rigor cubierta estaba,
con general perdón que los lavaba.
No el atrevido caso y espantoso,
en el Perú jamás acontecido,
ni el ejemplar castigo riguroso
que amansó el fiero pueblo embravecido,
fue en tal tiempo bastante y poderoso
de ensordecer el bárbaro ruïdo,
y la voz araucana y clara fama
que en aquellas provincias se derrama.
Nuevas por mar y tierra eran llegadas
del daño y perdición de nuestra gente,
por las vitorias grandes y jornadas
del araucano bárbaro potente:
pidiendo las ciudades apretadas
presuroso socorro y suficiente,
haciendo relación de cómo estaban
y de todas las cosas que pasaban.
Jerónimo Alderete, Adelantado,
a quien era el gobierno cometido,
hombre en estas provincias señalado,
y en gran figura y crédito tenido,
donde como animoso y buen soldado
había grandes trabajos padecido;
(no pongo su proceso en esta historia,
que dél la general hará memoria)
presente no se halla a tanta guerra
y a tales desventuras y contrastes;
mas con vos, gran Felipe, en Inglaterra,
cuando la fe de nuevo allí plantastes:
allí le distes cargo desta tierra,
de allí con gran favor le despachastes;
pero cortole el áspero destino
el hilo de la vida en el camino.
Fue su llorada muerte asaz sentida,
y más el sentimiento acrecentaba
ver el gobierno y tierra tan perdida
que cada uno por sí se gobernaba:
andaba la discordia ya encendida,
la ambición del mandar se desmandaba;
al fin, es imposible que acaezca
que un cuerpo sin cabeza permanezca.
Aquellos que de Chile habían venido
a pedir el socorro necesario,
viendo a su Adelantado fallecido
y todo a su propósito contrario,
con un semblante triste y afligido,
de parecer de todos voluntario,
piden a don Hurtado que se vea,
y de remedio presto los provea,
diciendo: «Varón claro y excelente,
nuestra necesidad te es manifiesta,
y la fuerza del bárbaro potente
que tiene a Chile en tanto estrecho puesta:
el más fuerte remedio es llevar gente,
ésta ya puedes ver cuán cara cuesta.
De parte de tu rey te requerimos
nos concedas aquí lo que pedimos.
A tu hijo, ¡oh marqués!, te demandamos,
en quien tanta virtud y gracia cabe,
porque con su persona confiamos
que nuestra desventura y mal se acabe:
de sus partes, señor, nos contentamos,
pues que por natural cosa se sabe,
y aun acá en el común es habla vieja,
que nunca del león nació la oveja.
»Y pues hay tanta falta de guerreros,
haciendo esta jornada don García,
se moverá el común y caballeros,
alegres de llevar tan buena guía:
y lo que no podrán muchos dineros
podrá el amor y buena compañía,
o la vergüenza y miedo de enojarte,
o su propio interés en agradarte.»
El marqués de Cañete, respondiendo
a la justa demanda alegremente,
vino en ella de grado, conociendo
ser cosa necesaria y conveniente:
y el hijo, hacienda y deudos ofreciendo,
al punto derramó en toda la gente
gran gana de pasar a aquella tierra,
a ejercitar las armas en tal guerra.
Uno se ofrece allí y otro se ofrece,
así gran gente en número se mueve,
y aquel que no lo hace, le parece
que falta y no responde a lo que debe:
hasta en cansados viejos reverdece
el ardor juvenil, y se remueve
el flaco humor y sangre casi helada
con el alegre son de esta jornada.
¡Oh valientes soldados araucanos,
las armas prevenid y corazones,
y aquel raro valor de vuestras manos
temido en las antárticas regiones!
Que gran copia de jóvenes lozanos
descoge en vuestro daño sus pendones;
pensando entrar por toda vuestra tierra
haciendo fiero estrago y cruda guerra;
no con los hierros botos y mohosos
de los que las paredes hermosean,
ni brazos del torpe ocio perezosos
que con gran pesadumbre se rodean,
ni los ánimos hechos a reposos,
que cualquiera mudanza en que se vean
los altera, los turba y entorpece
y el desusado son los desvanece;
mas hierros templadísimos y agudos,
en sangre de tiranos afilados,
fuertes brazos, robustos y membrudos,
en dar golpes de muerte ejercitados;
ánimos libres de temor desnudos,
en los peligros siempre habituados,
que el son horrendo, que a otros atormenta,
los alegra, despierta y alimenta.
Cosa destas yo pienso que ninguna
os puede derribar de vuestro estado;
mas tiéneme dudoso sola una,
que nadie della ha sido reservado:
ésta es la usada vuelta de fortuna,
que siempre alegre rostro os ha mostrado,
y es inconstante, falsa y variable,
en el mal firme, y en el bien mudable.
Que si la guerra el español procura,
haciendo de su espada ufana muestra,
querríale preguntar si por ventura
corta por más lugares que la vuestra;
si la fuerza del brazo le asegura
del poder vuestro y vencedora diestra;
verá, si mira bien en lo pasado,
el campo de sus huesos ocupado.
No sé; pero soberbio y encendido
en bélico furor el pueblo veo,
y al más triste español apercebido
de armas, rico aparato y buen deseo.
¡Oh Arauco! yo te juzgo por perdido;
si las obras igualan al arreo
y no templa el camino esta braveza,
¡ay de tu presunción y fortaleza!
Del apartado Quito se movieron
gentes para hallarse en esta guerra:
de Loja, Piura, de Jaén salieron:
de Trujillo, de Guánuco y su tierra,
de Guamanga, Arequipa concurrieron
gran copia; y de los pueblos de la sierra,
La Paz, Cuzco y las Charcas bien armados
bajaron muchos pláticos soldados.
Treme la tierra, brama el mar hinchado
del estruendo, tumultos y rumores
que suenan por el aire alborotado
de pífanos, trompetas y atambores
contra el rebelde pueblo libertado,
amenazando ya sus defensores
con gruesa y reforzada artillería,
que dentro del Estado el son se oía.
De aparatos, jaeces, guarniciones
los gallardos soldados se arreaban;
sobrevistas y galas, invenciones
nuevas y costosísimas sacaban:
estandartes, enseñas y pendones
al viento en cada calle tremolaban:
vieran sastres y obreros ocupados
en hechuras, recamos y bordados.
Con el concurso y junta de guerreros
el grande estruendo y trápala crecía,
y los prestos martillos de herreros
formaban dura y áspera armonía:
el rumor de solícitos armeros
todo el ancho contorno ensordecía;
los celosos caballos, de lozanos
relinchando, triscaban con las manos.
Andaba así la gente embarazada
con el nuevo bullicio de la guerra;
mas ya de lo importante aparejada,
un caudillo salió luego por tierra:
llevando copia de ella encomendada
atravesó a Atacama y la alta sierra
con la desierta costa y despoblados,
de osamenta de bárbaros sembrados.
La gente principal, todo aprestado,
y reliquias del campo que quedaban,
para romper el mar alborotado
otra cosa que tiempo no aguardaban:
mas viendo el cielo ya desocupado,
y que las bravas olas aplacaban,
con ordenada muestra y rico alarde
salieron de Los Reyes una tarde.
Yo con ellos también, que en el servicio
vuestro empecé y acabaré la vida,
que, estando en Inglaterra en el oficio
que aún la espada no me era permitida,
llegó allí la maldad en deservicio
vuestro, por los de Arauco cometida,
y la gran desvergüenza de la gente
a la real corona inobediente.
Y con vuestra licencia, en compañía
del nuevo capitán y Adelantado,
caminé desde Londres hasta el día
que le dejé en Taboga sepultado;
de donde, con trabajos y porfía,
de la fortuna y vientos arrojado,
llegué a tiempo que pude juntamente
salir con tan lucida y buena gente.
Otro escuadrón de amigos se me olvida,
no menos que nosotros necesarios,
gente templada, mansa y recogida,
de frailes, provisores, comisarios,
teólogos de honesta y santa vida,
franciscos, dominicos, mercenarios,
para evitar insultos de la guerra,
usados más allí que en otra tierra.
De varias profesiones y colores
sale de Lima una lucida banda,
y en el puerto tendidas por las flores
estaban mesas llenas de vianda,
con vinos de odoríferos sabores,
donde luego por una y otra banda
sobre la verde hierba reclinados
gustamos los manjares delicados.
Alegres los estómagos, contentos
fuimos a la marina conducidos,
a do de verdes ramos y ornamentos
estaban los bateles prevenidos;
y al son de varios y altos instrumentos,
de los caros amigos despedidos,
en los ligeros barcos nos metemos,
dando a un tiempo con fuerza al mar los remos.
Los bateles de tierra se alargaban,
dejando con penosa envidia a aquellos
que en la arenosa playa se quedaban,
sin apartar los ojos jamás dellos:
sobre diez galeones arribaban
los prestos barcos, y saltando en ellos,
tiempo los marineros no perdieron,
que las velas al viento descogieron.
De estandartes, banderas, gallardetes
estaban las diez naves adornadas;
hiriendo el fresco viento en los trinquetes
comienzan a moverse sosegadas:
suenan cañones, sacres, falconetes,
y al doblar de la Isleta embarazadas,
del Austro cargan a babor la escota,
tomando al Sud-Sudueste la derrota.
Las naos por el contrario mar rompiendo
la blanca espuma en torno levantaban
y a la furia del Austro resistiendo,
por fuerza, a su pesar, tierra ganaban
pero sobre el Garbino revolviendo,
de la gran cordillera se apartaban;
y de sola una vuelta que viraron
el Guarco, al Est-Nordeste se hallaron.
Mas presto por la popa el Guarco vimos,
con Chinca de otro bordo emparejando;
en alta mar tras éstos nos metimos
sobre la Nasca fértil arribando;
y al esforzado Noto resistimos,
su furia y bravas olas contrastando,
no bastando los recios movimientos
de dos tan poderosos elementos.
¿Qué haya en Perú, no es caso soberano,
tanta mudanza en tres leguas de tierra,
que cuando es en los llanos el verano,
los montes el lluvioso invierno cierra;
Y cuando espesa niebla cubre el llano
en descubierto hiere el sol la sierra,
y por esta razón van más crecientes
en el verano abajo las vertientes?
De los vientos, el Austro es el que manda
que deshace los húmidos ñublados,
y por todo aquel mar discurre y anda,
del cual son para siempre desterrados:
los otros vientos reinan a la banda
de Atacama, y allí son libertados,
que bajar al Perú ninguno puede
ni por natural orden se concede.
Pues las naves, del Austro combatidas,
las espumosas olas van cortando,
que de valientes soplos impelidas
rompen la furia en ellas, azotando
las levantadas proas guarnecidas
de planchas de metal… Pero mirando
al español del bárbaro vecino,
habré de andar más presto este camino.
Correré a Villagrán, el cual por tierra
también en su jornada se apresura,
atravesando la fragosa sierra
que iguala con las nubes su estatura:
diré lo que sucede en esta guerra,
y qué rostro le muestra la ventura.
Mas, porque todo venga a ser más claro,
quiero tratar un poco de Lautaro:
que estaba con su escuadra de guerreros
en el sitio que dije recogido,
y de foso, fagina y de maderos
le había en breve sazón fortalecido.
Tenía dentro soldados forasteros
que a fama de la guerra habían venido,
reparos, bastimentos, y otras cosas
para el lugar y tiempo provechosas.
Sola una senda este lugar tenía
de alertas centinelas ocupada;
otra ni rastro alguno no lo había,
por ser casi la tierra despoblada:
aquella noche el bárbaro dormía
con la bella Guacolda enamorada,
a quien él de encendido amor amaba,
y ella por él no menos se abrasaba.
Estaba el araucano despojado
del vestido de Marte embarazoso,
que aquella sola noche el duro hado
le dio aparejo y gana de reposo:
los ojos le cerró un sueño pesado,
del cual luego despierta congojoso,
y la bella Guacolda sin aliento
la causa le pregunta y sentimiento.
Lautaro le responde: «Amiga mía,
sabrás que yo soñaba en este instante
que un soberbio español se me ponía
con muestra ferocísima delante,
y con violenta mano me oprimía
la fuerza y corazón, sin ser bastante
de poderme valer; y en aquel punto
me despertó la rabia y pena junto.»
Ella en esto soltó la voz turbada,
diciendo: «¡Ay, que he soñado también cuanto
de mi dicha temí, y es ya llegada
la fin tuya y principio de mi llanto!
Mas no podré ya ser tan desdichada,
ni fortuna conmigo podrá tanto,
que no corte y ataje con la muerte
el áspero camino de mi suerte.
»Trabaje por mostrárseme terrible
y del tálamo alegre derribarme,
que, si revuelve y hace lo posible,
de ti no es poderosa de apartarme:
aunque el golpe que espero es insufrible,
podré con otro luego remediarme,
que no caerá tu cuerpo en tierra frío
cuando estará en el suelo muerto el mío.»
El hijo de Pillán con lazo estrecho
los brazos por el cuello le ceñía:
de lágrimas bañando el blanco pecho,
en nuevo amor ardiendo respondía:
«No lo tengáis, señora, por tan hecho,
ni turbéis con agüeros mi alegría
y aquel gozoso estado en que me veo,
pues libre en estos brazos os poseo.
»Siento el veros así imaginativa,
no porque yo me juzgue peligroso;
mas la llaga de amor está tan viva,
que estoy de lo imposible receloso:
si vos queréis, señora, que yo viva,
¿quién a darme la muerte es poderoso?
Mi vida está sujeta a vuestras manos
y no a todo el poder de los humanos.
»¿Quién el pueblo araucano ha restaurado
en su reputación que se perdía,
pues el soberbio cuello no domado
ya doméstico al yugo sometía?
Yo soy quien de los hombros le ha quitado
el español dominio y tiranía:
mi nombre basta solo en esta tierra,
sin levantar espada, a hacer la guerra.
»Cuanto más que, teniéndoos a mi lado,
no tengo que temer ni daño espero:
no os dé un sueño, señora, tal cuidado,
pues no os lo puede dar lo verdadero:
que ya a poner estoy acostumbrado
mi fortuna a mayor despeñadero;
en más peligros que éste me he metido,
y dellos con honor siempre he salido.»
Ella menos segura y más llorosa
del cuello de Lautaro se colgaba,
y con piadosos ojos lastimosa
boca con boca así le conjuraba:
«Si aquella voluntad pura, amorosa,
que libre os di cuando más libre estaba,
y dello el alto cielo es buen testigo,
algo puede, señor, y dulce amigo;
»por ella os juro y por aquel tormento
que sentí cuando vos de mí os partistes,
y por la fe, si no la llevo el viento,
que allí con tantas lágrimas me distes,
que a lo menos me deis este contento,
si alguna vez de mí ya lo tuvistes,
y es que os vistáis las armas prestamente,
y al muro asista en orden vuestra gente.»
El bárbaro responde: «Harto claro
mi poca estimación por vos se muestra.
¿En tan flaca opinión está Lautaro,
y en tan poco tenéis la fuerte diestra
que, por la redención del pueblo caro,
ha dado ya de sí bastante muestra?
¡Buen crédito con vos tengo por cierto,
pues me lloráis de miedo ya por muerto!»
«¡Ay de mí! que de vos yo satisfecha,
dice Guacolda, estoy, más no segura;
¿ser vuestro brazo fuerte qué aprovecha
si es más fuerte y mayor mi desventura?
Mas ya que salga cierta mi sospecha,
el mismo amor que os tengo me asegura
que la espada que hará el apartamiento,
hará que vaya en vuestro seguimiento.
Pues ya el preciso hado y dura suerte
me amenazan con áspera caída,
y forzoso he de ver un mal tan fuerte,
un mal como es de vos verme partida:
dejadme llorar antes de mi muerte
esto poco que queda de mi vida:
que quien no siente el mal, es argumento
que tuvo con el bien poco contento.»
Tras esto tantas lágrimas vertía
que mueve a compasión el contemplalla,
y así el tierno Lautaro no podía
dejar en tal sazón de acompañalla.
Pero ya la turbada pluma mía,
que en las cosas de amor nueva se halla,
confusa, tarda y con temor se mueve,
y a pasar adelante no se atreve.
ERCILLA Y ZÚÑIGA, ALONSO
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