Poemas de Vicente Espinel

Poemas de Vicente Espinel

Poemas de Vicente Espinel (1550-1624), una de las figuras más polifacéticas y brillantes del Siglo de Oro español. Como literato, su legado perdura a través de la décima o espinela, estructura poética de diez versos octosílabos que revolucionó la métrica castellana. En la narrativa, destacó con su novela picaresca Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, obra de tintes autobiográficos que influyó profundamente en la literatura europea.

Más allá de las letras, Espinel fue un músico consumado. Se le atribuye tradicionalmente la incorporación de la quinta cuerda a la guitarra española, dotándola de una mayor riqueza sonora y técnica. Su vida, marcada por los viajes y la bohemia, encarna el ideal renacentista del hombre de armas, letras y artes, consolidándose como un pilar fundamental de la cultura hispánica.

Redondillas

Siempre alcanza lo que quiere

con damas el atrevido,

y el que no es entremetido

de necio y cobarde muere.

 

La honestidad en las damas

es un velo que les fuerza,

cuando Amor tiene más fuerza,

a no descubrir su llamas.

Por eso el que las sirviere

gánese por atrevido:

que el que no es entremetido

de necio y cobarde muere.

 

Mil ocasiones hallamos

con las damas que queremos

y cuando más las tenemos

de cortos no las gozamos.

Pues mire el que amor tuviere

que en el bando de Cupido

el que no es entremetido

de necio y cobarde muere.

 

Letrilla

Contentamientos pasados,

¿qué quereis?

Dejadme, no me canséis.

 

Contentos cuya memoria

a cruel muerte condena,

idos de mí enhorabuena,

y pues que no me dais gloria

no vengáis a darme pena.

Ya están los tiempos trocados,

mi bien llevóselo el viento,

no me deis ya más cuidados,

que son para más tormento

contentamientos pasados.

 

No me os mostréis lisonjeros,

que no habéis de ser creídos,

ni me amenacéis con fieros,

porque el temor de perderos

lo perdí siendo perdidos,

y si acaso pretendéis

cumplir vuestra voluntad

con mi muerte, bien podréis

matarme; y si no, mirad,

¿qué queréis?

 

Si dar disgusto y desdén

es vuestro propio caudal,

sabed que he quedado tal

que aún no me ha dejado el bien

de suerte que sienta el mal;

mas con todo, pues me habéis

dejado y estoy sin vos,

¡paso!, ¡no me atormentéis!

Contentos, idos con Dios,

dejadme, no me canséis.

 

Décima

No hay bien que del mal me guarde;

temeroso y encogido,

de sinrazón ofendido

y de ofendido cobarde;

y aunque mi queja, ya es tarde,

y razón me la defiende,

más en mi daño se enciende,

que voy contra quien me agravia,

como el perro que con rabia

a su mismo dueño ofende.

 

Soneto

En el abril de mis floridos años,

cuando las tiernas esperanzas daba

del fruto, que en mi pecho se ensayaba,

para cantar mis bienes, y mis daños,

 

so especie humana, y disfrazados paños

se me ofreció una idea, que volaba

con mi deseo igual, mas tanto andaba,

que conocí de lejos mis engaños:

 

porque, aunque en el principio iguales fueron

mi pluma, y su valor en competencia

llevando el uno al otro en alto vuelo,

 

a poco rato mis sentidos vieron,

que a su ardor no haciendo resistencia

mi pluma, se abrasó, y cayó en el suelo.

 

Mil veces voy a hablar

Mil veces voy a hablar

A mi Zagala;

Pero más quiero callar,

Por no esperar

Que me envíe noramala.

 

Voy a decirle mi daño;

Pero tengo por mejor

Tener dudoso el favor,

Que no cierto el desengaño;

Y aunque me suele animar

Su gracia y gala,

El temor me hace callar,

Por no esperar

Que me envíe noramala.

 

Tengo por suerte más buena

Mostrar mi lengua a ser muda,

Que estando la gloria en duda

No estará cierta la pena:

Y aunque con disimular

Se desiguala,

Tengo por mejor callar,

Que no esperar

Que me envíe noramala.

 

Nuevos efetos de milagro extraño

Nuevos efetos de milagro extraño

nacen de tu valor, y hermosura,

unos atentos a mi grave daño,

otros a un breve bien que poco dura:

De tu valor resulta un desengaño,

que el suyo le deshace a la ventura,

mas el semblante regalado y tierno

promete gloria en medio deste infierno.

 

Esa beldad que adoro, y por quien vivo

¡Dulcísima señora! en mí es de suerte,

que al más terrible mal, áspero, esquivo

en una gloria inmensa lo convierte.

Mas la severidad del rostro altivo,

y ese rigor igual al de la muerte

con sólo el pensamiento, y la memoria

promete infierno en medio desta gloria.

 

Y este miedo que nace tan cobarde

de tu valor, y mi desconfianza

el fuego hiela, cuando en mí más arde,

y las alas derriba a la esperanza:

Mas llega tu beldad haciendo alarde,

destierra el miedo, pone confianza,

alegra el alma, y con un gozo eterno

promete gloria en medio deste infierno.

 

Bien pudiera, gallarda Ninfa mía,

perder tu gravedad de su derecho,

y el perpetuo rigor, que en ti se cría

desamparar un rato el blanco pecho:

que aunque tiene tu talle, y gallardía

lleno de gloria el mundo, y satisfecho,

ese rigor, y gravedad notoria,

promete infierno en medio desta gloria.

 

Vuelvo los ojos do contemplo, y miro

el áspero rigor con que me tratas,

de temor tiemblo, y de dolor suspiro

viendo la sinrazón con que me matas:

a veces ardo, a veces me retiro,

mas todos mis intentos desbaratas,

que sólo uno no sé qué del pecho interno

promete gloria en medio deste infierno.

 

Negar que la apariencia del hidalgo

pecho, que en mi favor siempre se muestra,

no me levanta a más de lo que valgo,

y a nueva gloria el pensamiento adiestra,

jamás podré, si de razón no salgo;

más esme la fortuna tan siniestra,

que pervertiendo el fin desta vitoria

promete infierno en medio desta gloria.

 

Carta

El aspereza, que el rigor del cielo

usa conmigo en soledad tan larga

llena de llanto, falta de consuelo,

 

hace que tenga por pesada carga,

la que por dulce vida un tiempo tuve,

y ahora me parece muerte amarga.

 

Mientras con la esperanza me entretuve,

y al corazón de tu favor hambriento

con la palabra dada, y fe mantuve,

 

viví, señora, con algún contento,

llevando el gusto de uno en otro engaño,

causa del mal que ahora paso, y siento.

 

Porque llegado el duro desengaño,

cuanto fue en mí mayor la confianza,

fue mayor la ocasión del grave daño.

 

Nunca pude entender que en esperanza,

que fue engendrada en tan divino pecho

pudiera haber un punto de mudanza.

 

Algunas ocasiones lo habrán hecho,

que siempre el hado que en mi mal se ensaya

busca mi daño, aparta mi provecho.

 

O porque esta desierta, y seca playa

no debe ser merecedora, y digna,

que tanto bien en sus riberas haya.

 

¿Que fuera ver esa beldad divina

adornado este soto, y su ribera

con esa luz a quien el sol se inclina?

 

Viéramos en invierno primavera,

y el seco, estéril, y agostado estío

de flores coronado se ofreciera.

 

Duélete el ecesivo dolor mío,

y ver que con mi triste, y lamentable

llanto crecen las aguas deste río.

 

Cumple divina Ninfa la inviolable

palabra, que me diste, que no pienso

que pueda haber en ti cosa mudable.

 

Ven ya ¡Célida mía! y del inmenso

mal que padezco (si te agrada, y place)

la ocasión sentirás más por extenso.

 

Y si esta tierra no te satisface,

satisfágate esta alma donde vives,

que en tierno llanto el corazón deshace:

 

Y si en otro lugar gusto recibes

que venga haber efecto este concierto,

¿por qué razón señora no lo escribes?

 

Quién estuviera satisfecho, y cierto

de un sí, que en esa boca tanto vale,

que basta dar la vida a un hombre muerto.

 

Si el fuego vivo, que del alma sale

a tu valor, y gran merecimiento,

sin ser posible quieres que se iguale,

 

Ya ha hecho lo que puede el pensamiento,

pues se subió hasta abrasar las alas

en la esfera del más alto elemento.

 

No eres tú, Ninfa, la Belona, o Palas

cuyo propio ejercicio es hacer guerra,

que en la divinidad sola le igualas:

 

Eres ángel, o dama, en quien se encierra

el valor, discreción, y hermosura,

que puede desearse acá en la tierra:

 

Mas no vivas contenta, y tan segura

con ser en suma perfección hermosa,

que eceda a la prudencia, y la cordura:

 

Porque eres obligada a ser piadosa,

y ese don que te dio naturaleza

no usarlo siendo tibia, y desdeñosa:

 

Que pasa el tiempo al fin por la belleza,

y a veces suele dar cruel venganza

del rigor, el desdén, y la aspereza.

 

Y la que de belleza más alcanza

ha de considerar, que está sujeta

a su costumbre, y natural mudanza:

 

No hay perfección de dama tan perfecta

que contra el tiempo pueda ser constante

que todo lo aniquila, y lo sujeta.

 

Llega la enfermedad, y en un instante

la divina beldad deshace, y borra

de la más libre, altiva y arrogante.

 

Que es de tal condición, que no se ahorra

con blancas manos, ni cabellos de oro,

por más que en su favor la suerte corra:

 

Pues ya el dulce parlar, y aquel tesoro

del cuello altivo, y cristalina frente,

con que a la gravedad guarda el decoro,

 

La fina grana, y el ebúrneo diente

los dos carbuncos, y aguileña plata,

los claros rayos del dorado Oriente,

 

Por todo pasa, y todo lo arrebata,

y si en flor no lo coge su fortuna,

la antigüedad del tiempo lo maltrata.

 

Así, señora, que si cosa alguna

no puede ser que sin mudanza viva

en cuanto está debajo de la Luna,

 

Cordura me parece que la altiva,

y vana presunción se deje aparte

el desdén fiero, o condición esquiva.

 

Y no quieras tener el avisarte

por libertad, y atrevimiento loco,

que no ha sido mi celo disgustarte:

 

Mas es materia general, que toco

en que las diosas Venus de la fama

se vienen deslizando poco a poco.

 

¿Por cuanto no querrá la grave dama,

que desdeñó al galán por vanagloria

viéndolo arderse en su divina llama,

 

Que de sus daños lleva la vitoria,

cuando la venga a ver marchita, y seca,

y lo pasado traiga a la memoria?

 

Bien se yo, que si en este caso peca

todo el universal de damas junto,

esta costumbre en ti se muda, y trueca,

 

Que tu ser, y valor puesto en su punto

te obliga a ser benigna, afable, y mansa,

y no tirana a un corazón difunto.

 

Con la imaginación desto descansa

el alma triste que contigo llora,

y en la furia mayor su llanto amansa.

 

Yo quedo cierto, y satisfecho ahora,

que tengo de gozar tu alegre cara

que al fin darás la vida a quien te adora,

y en servirte una vida, y mil gastara.

 

Égloga De Liseo

Al tiempo que la clara luz hermosa

de oscuridad destierra el accidente,

y las doradas flores

esparcen por el campo mil olores,

el blanco lirio, y la purpúrea rosa,

el aura fresca lleva blandamente

los acentos suaves

de las parleras aves,

junto a un arroyo sosegado, y lento

todo recibe general contento

con el rocío de la blanca aurora,

solo Liseo llora

con tal tristeza, y encendido llanto,

que a la más tibia, y más cruel pastora

enterneciera, o la moviera a espanto.

 

Luz de mi alma, a quién ausente adoro,

y por quien me da vida la memoria

con la esperanza triste,

que en la imaginación sola consiste,

¿Quién mirará los crespos lazos de oro

que un tiempo fueron de mi infierno, gloria,

y el estrellado cielo,

adonde sin recelo

tocó mil veces mi atrevida mano,

y el angélico rostro soberano

de fatigado espíritu reposo?

¿Quién será tan dichoso,

que ver merezca el cristalino pecho,

y el divino semblante milagroso,

por quien en vivo llanto estoy deshecho?

 

¿Quién tocará la alabastrina, y pura

mano, principio de la muerte mía?

La sonorosa, y clara

voz con la lengua en ecelencia rara,

que con gobierno, y celestial cordura

hiere el aire en dulcísima armonía,

¿a quién habla, y responde?

¿O en qué cielo se esconde.

quién tuvo mis orejas tan suspensas?

Célida mía, ¿En qué ejercicio piensas

que se entretiene el alma de tu amante,

sino en poner delante

estas reliquias de memoria amarga,

para que a veces llore, a veces cante

de tu belleza, y mi pasión tan larga?

 

Del punto en que comienza el sacro Apolo

a dar color con su presencia al mundo,

y las flores matiza

del carmín, jalde, y de la azul ceniza,

con mis pasiones miserable, y solo

comienzo yo con un pensar profundo,

a imaginar, si acaso

del fuego, en que me abraso

te acordarás, y desta ausencia avara:

¡Ay dulce España, ay dulce patria cara!

Con estas cosas me macero, y canso,

pero luego descanso

con fingirme, que gozo en tu presencia

del regalado trato, afable, y manso,

que dio salud a mi mortal dolencia.

 

Luego me sobreviene un pensamiento

contrario, que me arroja al hondo abismo,

que en tu gloria serena

no hay accidentes de tormento, y pena,

quiero decir, que en quien el firmamento

repartió tanta parte de sí mismo,

es razón que no entienda

mudanza de tormenta,

el aspereza de calor, ni invierno;

con esto vuelto al sentimiento tierno,

yo mismo a nuevas muertes me sentencio,

porque luego el silencio

de la espantosa noche le sucede,

do en sólo el padecer me diferencio,

no en más ni menos, porque ser no puede.

 

En un instante con pensar me alegro,

que el rigor, y aspereza de Saturno

será menos esquiva

con la memoria de tu imagen viva,

que cuando viene el velo oscuro, y negro

se representa en el callar nocturno,

y más viva parece:

Tras esto se me ofrece

aquella noche tan serena, y clara,

en que el lucero ardiente de tu cara

dio luz al mundo por oír mi canto,

y no te lo levanto,

que oyendo mi zampoña, y verso rudo

el de Tracia dijiste, que en su tanto

pudiera estar en mi presencia mudo.

 

Mas no puedo durar en este engaño

tanto, que aplaque mi furor su fuerza,

porque luego revuelve

el cuidado, que en nada se resuelve,

y mostrándome al ojo el desengaño

el claro devaneo allí me fuerza,

a desear de nuevo

la luz, con quien me elevo

oyendo el murmurar del claro arroyo,

donde las lamentables quejas oigo

del ruiseñor, y la calandria un poco,

a lagua, y hierba toco,

por ver si amansa mi encendida fragua,

mas son extremos, y pensar de loco,

que deste fuego, no es contraria el agua,

 

Pero con todo un poco me entretengo

con estos sauces, la frescura, y sombra

de tan diversa hierba

como naturaleza aquí conserva,

y en grande admiración de todo vengo:

De flores veo una bordada alfombra,

y el argentado, y puro

cielo jamás oscuro

alegremente el suelo ruciando,

los pajarillos a su son cantando

los verdes ramos, que menea el aire

al descuido, y desgaire

mírolo, y digo; a tan dichoso suelo,

aquella gracia, y celestial donaire

de mi señora lo tornará en cielo.

 

Esta es la vida, y miserable estado,

en que la ausencia por mi mal me ha puesto

de todo bien desnudo

el vivir puesto ya en el punto crudo,

do con la muerte me será forzado

abrazarme dejando todo el resto,

y a mi mal escondido

en el profundo olvido

por ser mi muerte en ocasión tan alta.

Célida mía, ya el vigor me falta,

otro nuevo tormento me recrece,

adiós, que ya se ofrece

el último remate a mi porfía,

y el aliento vital me desfallece,

adiós, señora, adiós Célida mía.

 

Adelante pasara el pobre mozo

con su cantar, si una mortal congoja,

que la virtud le mengua

no le trabara el corazón, y lengua,

que arrojando del pecho un gran sollozo

cayó en el suelo, y el aliento afloja,

hasta que dos amigos

de su pasión testigos

espantados del grave, y triste agüero

llorando al casi muerto compañero

en hombros a su choza lo llevaron,

donde le sepultaron

entre jazmines, rosas, y amaranto,

hasta que las congojas le dejaron,

y vuelto en sí, torno a su usado llanto.

 

Durar no puede

Durar no puede, en tanta desventura

un corazón de padecer cansado,

que a mal tan importuno, y obstinado

no basta la paciencia, ni cordura:

 

Y si el deseo con mi daño dura.

y huelgo de vivir desesperado,

es por llegar a ver si muda estado

esta tu condición áspera, y dura.

 

Extiende un poco la encogida mano

liberal, franca a esta ánima mezquina,

que ofende a tu valor ser desdeñosa:

 

Y si tanto pensar me sale en vano,

aunque todos te adoren por divina,

ninguno te querrá por rigurosa.

 

Divinas hebras de oro

Divinas hebras de oro, que del claro

sol, imitáis en llamas la pureza,

lumbres de grave, y celestial belleza,

a cuyo vivo fuego no hay reparo:

 

Espíritu gentil, ingenio raro,

gallardo cuerpo, altiva gentileza,

hidalgo pecho, angélica nobleza,

de mi alma refugio, y dulce amparo,

 

Tales son los efectos que resultan

de la imaginación, y la memoria,

cuando vuestro valor y ser contemplo,

 

Que mis males, y daños se sepultan,

y vengo a resumir en claro ejemplo,

que todo el padecer se vuelve en gloria.

 

Si en esa clara luz pura y serena

Si en esa clara luz pura y serena,

y el grave movimiento

del corazón altivo gobernado,

para mi amarga pena

puede caber un breve sentimiento,

y haber un corto espacio reservado,

los ojos del cuidado,

Célida mía, con piedad revuelve

al mal que tú hiciste,

y a esta vida tan triste

que poco a poco en muerte se resuelve,

que así iré satisfecho

con haber declarádote mi pecho.

 

El blanco tuyo, que a la nieve ecede

en hielo, y en blancura

si tocare el ardiente Mongibelo

que en mis entrañas puede

hacer piadosa al áspide más dura,

y abrasar lo más húmido del suelo,

no con tan presto vuelo

la ligera paloma en su elemento

fuera suelta, y movida,

cuanto tú enternecida

de mi ecesiva pena, y mi tormento.

Mas mi fortuna esquiva

quiere que sin favor, y amando viva.

 

No de aspereza ni desdén furioso

en corazón helado,

ni de elevado espíritu pujante,

soberbio, y desdeñoso,

de un alma altiva, y pecho levantado,

libre entereza, o condición constante,

nació la penetrante

llaga, que el pecho, y alma así me aprieta,

ni el rigor fuera parte,

para que de alguna arte

jamás se viere a tanto mal sujeta,

que el desdén de la dama

si en otro enciende, apaga en mí su llama.

 

Nació mi mal de un amoroso trato,

sincero, afable, y puro,

y un alma blanda de esperanzas llena,

de un conversable

bastante a enternecer el reino oscuro

de los que gimen con eterna pena:

que lo que me condena

a grave desventura, y llanto eterno,

es, que en esta jornada,

la triste alma engañada

fue con halagos como niño tierno,

hasta tener la presa,

habiendo tantas en la misma empresa.

 

Testigos fueron tus serenos ojos,

y mano cristalina

que del pecho arrancó mi amada prenda,

cuan sin pena, y enojos

a tu reverberante luz divina

el alma se rindió, y cuán sin contienda

sacrificio, y ofrenda

hizo de sí con todo el resto junto:

y tú por mi descanso

con rostro alegre, y manso

me ofreciste tu fe en el mismo punto.

Mas ella está ya muerta,

y en mí el amor, la fe, y alma despierta.

 

Más bien merezco mi tormento, y daño,

pues al primer encuentro

sin hacer movimiento, ni defensa,

ni mirar que el engaño

estar pudiera solapado dentro,

tan fácilmente concedí en mi ofensa.

Mas no con tan inmensa

furia batiendo el ala por el aire

hirió el venéreo infante

a aquel Dios arrogante,

que del arco, y carcaj hizo donaire,

cuanto la flecha de oro

en mi alma estampó el nombre que adoro.

 

Allí quedó la libertad rendida,

y dello satisfecho

con tus blandas lisonjas sustentaba

esta cansada vida,

por quien voy a la muerte más derecho,

que al mar la tempestad terrible y brava:

de quien sin pena estaba

libre, y fuera del duro cautiverio,

y entregó la preciosa

libertad, a la odiosa

sujeción, y poder de ajeno imperio,

mal vivirá sin gusto

no viendo cosa que le venga al justo.

 

Quando me considero en este estado

miserable, afligido

de tantos males, y pesares lleno,

confuso, y atajado,

vergonzoso me hallo, y muy corrido,

no por el mal rabioso con que peno,

mas porque el tiempo bueno,

que en dulce libertad gocé algún día,

nunca tomé escarmiento

del áspero tormento,

que a mil amantes padeciendo vía,

teniendo su acidente

por gusto suyo, y fábula a la gente.

 

Y agora a mi pasar permite el cielo

que la pura experiencia

venga a mostrar en mi cabeza ejemplo,

más nunca sin recelo

viví jamás desta cruel dolencia,

que si el principio con razón contemplo,

y el grave dolor templo,

hasta que cese la pasión un tanto,

en aquel punto mismo

con el hondo abismo

se oyó de la corneja el triste canto:

y hacia el horizonte

aullar las Ninfas sobre el alto monte.

 

Un helado temor fue por mis venas

entrándose al momento,

y un pálido color al rostro vino,

mis fuerzas sentí ajenas,

y en los miembros un grave cortamiento,

un ardor en el pecho repentino:

porque de aquel divino,

y no pensado encuentro alborotada,

la sangre huyó luego

al corazón, y el fuego

poseyó lo mejor en la estacada:

el resto frío helado

quedó sin sangre atónito elevado.

 

Mas luego respirando poco a poco

volví a mi ser primero,

el aliento perdido recobrando

contento, y casi loco

de un sospechoso gusto mal entero,

y en el cuerpo la carne palpitando:

de aquí fue mejorando

por pocos días mi dichosa suerte,

mas luego desta gloria

se acabó la memoria

en breve espacio para larga muerte:

que en tu condición dura

conocí tu aspereza, y mi ventura.

 

Canción si te pidiere alguno cuenta

de cómo vas, o adónde,

no le respondas más, que me responde.

 

Blanco marfil

Blanco marfil, que del profundo centro

con fuerza natural, que en mí mostraste,

la más subida prenda me arrancaste

que tiene el alma del sentido adentro.

 

Trasparente cristal, que fuera, y dentro

la compostura del divino engaste

tienes con tanta luz, que no hay quien baste

a tener resistencia al vivo encuentro.

 

Nevada mano artificiosa, y pura.

del más purificado y excelente

metal del mundo en gran razón compuesta.

 

Manos en quien las fuerzas de ventura

puestas están: dichoso aquél que siente

en tales manos su esperanza puesta.

Poemas de Vicente Espinel

No hay en mis males hora de descanso

No hay en mis males hora de descanso,

ni algún alivio en mi dolor inmenso:

y si por descansar alguno pienso,

do lo pensé hallar menos descanso.

 

Si con imaginar mis fuerzas canso,

discurriendo en mis males por extenso,

vengo a quedar atónito, y suspenso,

mas no por eso mi tormento amanso.

 

Si la imaginación algo se esfuerza

por darme un bien fantástico, y esquivo,

huye ligero por diversos modos.

 

Mirad cuán flaca, y miserable fuerza,

y en cuán desesperado estado vivo,

pues que me falta lo que sobra a todos.

 

Tierno Pimpollo

1

Tierno pimpollo, nueva y fértil planta

cultivada en el suelo,

que en breve espacio se levanta al cielo,

oye un pastor que canta

¡Célida mía!, del virgíneo coro

honra, luz, y tesoro,

y al son de tu belleza

muestra de su zampoña la rudeza.

 

Del sacro bando de la blanca diosa

la escuadra bella, y casta,

que en virtud, y nobleza el tiempo gasta,

la guirnalda olorosa

por mi rústica mano te presenta,

para que el mundo sienta

que aún siendo flor muy tierna,

tu virtud, y valor te hace eterna.

 

Al son de tu dulcísima armonía

dejó el arco, y aljaba

la ilustre diosa, que en la caza andaba:

quedó su compañía

a tu cantar atónita y suspensa,

de la belleza inmensa,

de la gracia extremada,

envidiosa, contenta, y admirada.

 

Si el sacro Apolo a Dafne fue siguiendo

incitado y movido

de la belleza, que en el cuerpo vido,

tu hermosura viendo,

la luz del rostro que a la suya excede,

y la virtud que puede

enriquecer mil almas

no se adornara con laurel, ni palmas.

 

La clara voz que del Ebúrneo cuello

sale hiriendo el aire

con dulce son, y angélico donaire,

el instrumento bello

de piedras finas del dorado Oriente,

tocado blandamente

de la nevada mano

¿al Dios de Delo no dejara insano?

 

Y más si viera el instrumento amado,

de que se aprecia Apolo

haber sido inventor primero y solo

desenvuelto, y tocado

con tal aire, destreza, y subida arte,

sin duda fuera parte

para dejar las suyas,

y andar siguiendo las pisadas tuyas.

 

Viera después por las espaldas suelto

el oro más subido,

cual esparcido al viento, y cual cogido

en sutil velo envuelto:

el semblante, el aseo, y la elegancia,

que en la primera infancia

pudo dar claro ejemplo

a las Vestales del sagrado templo.

 

Y en suma la virtud que el alma adorna

mientras más, y más crece

en los floridos años, más parece

que al primer tronco torna:

que de tan ecelente y gran sujeto

tan limado y perfeto

es justo que se entienda,

que había de salir tan alta prenda.

 

Mas la dureza de que está vestido

tu tierno, y blanco pecho,

que tiene en llanto mi vivir deshecho,

cansado, y consumido,

tu cuerpo y alma desadorna tanto,

que pone al mundo espanto

ver, que tanta belleza

sustente junto a sí tal aspereza.

 

Canción, cuando el valor de mi señora

cantes en su presencia,

acuérdale mi mal, y su inclemencia.

 

2

Ahora puedes en mi sangre viva

ejecutar de tu rigor la furia,

inexorable hado,

antes que el cuerpo helado

de los ásperos golpes de tu injuria

rendido caiga en sepultura esquiva:

y a la hambre ecesiva,

que tienes de mi ofensa,

le falte la materia

faltando la miseria,

do se entregaba sin hallar defensa,

harta tu saña inmensa

antes que tantas penas

cuajen la sangre en las heladas venas.

 

Atiza, abrasa, anega un tierno pecho

el aire, el fuego, el agua en un instante,

traga, derriba, atierra

tiempo, fortuna, y tierra

al más altivo espíritu arrogante,

y a mí, que en tierno llanto estoy deshecho

con cuánto mal me han hecho,

ni tiempo, ni fortuna,

ni el viento, y viva fragua,

ni la tierra, ni el agua

ni todas las estrellas una a una,

han sido parte alguna,

para en tan largos años

dar un remate a mis terribles daños.

 

Que el justo cielo de tan gran dureza

engaste, y cubra un corazón humano,

son obras ordinarias

con intenciones varias,

porque las ecelencias de su mano

muestran su perfeción con extrañeza:

mas que en tanta entereza

conserve sus hazañas,

y que el tiempo no pueda,

ni la mudable rueda

mudar jamás tan sólidas entrañas,

son obras más extrañas,

en cuyo fundamento

se eclipsa la razón, y entendimiento.

 

Todo lo inferior está sujeto,

y a las causas mayores obedece,

mas destas causas ciertas

unas son descubiertas,

otras hay cuyo efeto se parece,

mas son ocultas para el más discreto:

aquí se ve un efeto

siendo la causa oculta,

de un pecho empedernido

jamás enternecido,

mas no hay saber, de que ocasión resulta,

que se encubre y oculta,

porque a mi mal tan fuerte

no se busque reparo en que se acierte.

 

Por todo pasa el tiempo presuroso,

y el brazo de Fortuna poderosa,

el uno, y otro instable

al bien, y al mal mudable,

ora en pena, y venganza rigurosa,

ora en blanduras, y favor piadoso.

Yo siempre temeroso

de mal tan obstinado

en discurso tan luengo

de un daño en otro vengo,

sin esperanza de mudar estado,

al centro derribado,

miserable, afligido,

sin poder ser de nadie socorrido:

 

Aquí me dan el áspero tormento

con fuertes cuerdas amarrado al potro,

contra mi rostro juntas

mil penetrantes puntas,

porque si me moviere a un lado, u otro,

halle donde se doble el sentimiento:

do el duro pensamiento,

verdugo, y carnicero

me aprieta con tal fuerza,

y hace confesar aunque no quiero

falso por verdadero:

y allí a terrible pena

por mi confesión propia me condena.

 

Luego me arrastra por peñascos duros,

y en dudosos caminos me aposenta,

donde tropiezo, y caigo,

con el peso, que traigo

de la imaginación que me atormenta

con escabrosos términos escuros:

Por pasos mal seguros

voy de una en otra roca,

do el destino me lleva

haciendo de mi prueba,

como hombre condenado por su boca.

¡Justa venganza, y poca,

para quien tan sin tiento

se va tras un confuso pensamiento!

 

Mas ¡ay!, que de su parte se declara

un juez elegido por mi gusto,

una potencia ciega,

que a tanto extremo llega,

que condena lo justo por injusto,

y en verdadero, o falso no repara:

si a la verdad más clara

la falsedad ecede,

y con falsa apariencia

demostración, y ciencia

hace, de lo que ser verdad no puede,

la voluntad concede,

que está a la mira puesta

para negar, y conceder dispuesta.

 

Vengo a llegar a tanto desvarío,

que a mi clara locura echando el sello

siento llegar mi plazo,

y con estrecho lazo

de desesperación echado al cuello

pienso acabar el grave dolor mío:

mas el libre albedrío

con la luz alumbrado

del claro entendimiento

me torna en un momento

al propio ser de mi primer estado,

libre, y desenredado

mientras la furia amansa,

descansa un rato, si mi mal descansa.

 

Y allí soltando la abundante vena

de lágrimas sangrientas de mis ojos,

cual caudaloso Nilo,

sin respeto distilo

la furiosa pasión de mis enojos

sujeto al mal, que mi fortuna ordena:

y si venganza enfrena

mis ojos algún tanto,

por parecer bajeza

dar muestras de flaqueza

un ánimo gentil con tierno llanto,

siento tan gran quebranto,

que el corazón deshecho

rompe a suspiros el cansado pecho.

 

Y así del fuego que se enciende, y arde

en mis entrañas, libremente dejo

correr el humor cálido

por el semblante pálido,

siquiera digan que en mi mal me quejo

de temeroso en la pasión cobarde,

o que es bien que se guarde,

el que valor profesa,

que no se sienta, o vea

apariencia tan fea,

ya que el dolor, y la pasión confiesa:

mas ya que el llanto cesa

contra el cielo enemigo

suelto la enferma voz al aire, y digo:

 

Cielo inhumano, de mi bien verdugo,

sordo a la ronca voz de mi querella,

si a la muerte me emplaza

la espantosa amenaza,

y aquel rigor de tan malina estrella,

como en mi origen decretar te plugo,

¿deste pesado yugo

cuándo podré librarme?

Socorre ya el partido

de un ánimo ofendido,

con darme presta muerte, o remediarme:

mas en vano es quejarme,

que ni podrá valerme,

ni el mal se hallará sin ofenderme.

 

Canción, si acaso fueres condenada

por dudosa y confusa,

di, que en mis grandes males esto se usa.

 

3

Si en esa clara luz pura y serena,

y el grave movimiento

del corazón altivo gobernado,

para mi amarga pena

puede caber un breve sentimiento,

y haber un corto espacio reservado,

los ojos del cuidado,

Célida mía, con piedad revuelve

al mal que tú hiciste,

y a esta vida tan triste

que poco a poco en muerte se resuelve,

que así iré satisfecho

con haber declarádote mi pecho.

 

El blanco tuyo, que a la nieve ecede

en hielo, y en blancura

si tocare el ardiente Mongibelo

que en mis entrañas puede

hacer piadosa al áspide más dura,

y abrasar lo más húmido del suelo,

no con tan presto vuelo

la ligera paloma en su elemento

fuera suelta, y movida,

cuanto tú enternecida

de mi ecesiva pena, y mi tormento.

Mas mi fortuna esquiva

quiere que sin favor, y amando viva.

 

No de aspereza ni desdén furioso

en corazón helado,

ni de elevado espíritu pujante,

soberbio, y desdeñoso,

de un alma altiva, y pecho levantado,

libre entereza, o condición constante,

nació la penetrante

llaga, que el pecho, y alma así me aprieta,

ni el rigor fuera parte,

para que de alguna arte

jamás se viere a tanto mal sujeta,

que el desdén de la dama

si en otro enciende, apaga en mí su llama.

 

Nació mi mal de un amoroso trato,

sincero, afable, y puro,

y un alma blanda de esperanzas llena,

de un conversable

bastante a enternecer el reino oscuro

de los que gimen con eterna pena:

que lo que me condena

a grave desventura, y llanto eterno,

es, que en esta jornada,

la triste alma engañada

fue con halagos como niño tierno,

hasta tener la presa,

habiendo tantas en la misma empresa.

 

Testigos fueron tus serenos ojos,

y mano cristalina

que del pecho arrancó mi amada prenda,

cuan sin pena, y enojos

a tu reverberante luz divina

el alma se rindió, y cuán sin contienda

sacrificio, y ofrenda

hizo de sí con todo el resto junto:

y tú por mi descanso

con rostro alegre, y manso

me ofreciste tu fe en el mismo punto.

Mas ella está ya muerta,

y en mí el amor, la fe, y alma despierta.

 

Más bien merezco mi tormento, y daño,

pues al primer encuentro

sin hacer movimiento, ni defensa,

ni mirar que el engaño

estar pudiera solapado dentro,

tan fácilmente concedí en mi ofensa.

Mas no con tan inmensa

furia batiendo el ala por el aire

hirió el venéreo infante

a aquel Dios arrogante,

que del arco, y carcaj hizo donaire,

cuanto la flecha de oro

en mi alma estampó el nombre que adoro.

 

Allí quedó la libertad rendida,

y dello satisfecho

con tus blandas lisonjas sustentaba

esta cansada vida,

por quien voy a la muerte más derecho,

que al mar la tempestad terrible y brava:

de quien sin pena estaba

libre, y fuera del duro cautiverio,

y entregó la preciosa

libertad, a la odiosa

sujeción, y poder de ajeno imperio,

mal vivirá sin gusto

no viendo cosa que le venga al justo.

 

Quando me considero en este estado

miserable, afligido

de tantos males, y pesares lleno,

confuso, y atajado,

vergonzoso me hallo, y muy corrido,

no por el mal rabioso con que peno,

mas porque el tiempo bueno,

que en dulce libertad gocé algún día,

nunca tomé escarmiento

del áspero tormento,

que a mil amantes padeciendo vía,

teniendo su acidente

por gusto suyo, y fábula a la gente.

 

Y agora a mi pasar permite el cielo

que la pura experiencia

venga a mostrar en mi cabeza ejemplo,

más nunca sin recelo

viví jamás desta cruel dolencia,

que si el principio con razón contemplo,

y el grave dolor templo,

hasta que cese la pasión un tanto,

en aquel punto mismo

con el hondo abismo

se oyó de la corneja el triste canto:

y hacia el horizonte

aullar las Ninfas sobre el alto monte.

 

Un helado temor fue por mis venas

entrándose al momento,

y un pálido color al rostro vino,

mis fuerzas sentí ajenas,

y en los miembros un grave cortamiento,

un ardor en el pecho repentino:

porque de aquel divino,

y no pensado encuentro alborotada,

la sangre huyó luego

al corazón, y el fuego

poseyó lo mejor en la estacada:

el resto frío helado

quedó sin sangre atónito elevado.

 

Mas luego respirando poco a poco

volví a mi ser primero,

el aliento perdido recobrando

contento, y casi loco

de un sospechoso gusto mal entero,

y en el cuerpo la carne palpitando:

de aquí fue mejorando

por pocos días mi dichosa suerte,

mas luego desta gloria

se acabó la memoria

en breve espacio para larga muerte:

que en tu condición dura

conocí tu aspereza, y mi ventura.

 

Canción si te pidiere alguno cuenta

de cómo vas, o adónde,

no le respondas más, que me responde.

 

Cogiendo va

Cogiendo va, y llevando al blanco seno

el apacible fruto deseado

mi amada Ninfa en un hermoso prado

de varias hierbas olorosas lleno.

 

Unas cogió de suave olor, y ameno,

otras de un gusto dulce, y extremado,

mas con una encontró, que le ha amargado

como si fuera un áspero veneno.

 

Contra las hierbas encendido en furia

con el pie pisa, y con la mano arranca,

que a la buena ni mala no reserva.

 

Mas sucedió, que por vengar su injuria

del pie tocado, y de la mano blanca

verdeció el prado, y floreció la hierba.

 

El bermellón a manchas se mostraba

El bermellón a manchas se mostraba

en el pardo, y azul con vario adorno

del blanco y jalde realzado en torno

sobre Titán, que ya su ardor negaba.

 

La negra noche a más andar se entraba

del claro día escuro desadorno,

cuando los ojos a una parte tomo

de un alto bien dudoso, que esperaba.

 

¡Gloria del mundo! digo, y luego veo

de gloria el suelo, calle, y mi alma llenas

de una luz, que salió, que a Febo alcanza.

 

Alégrate de hoy más, dijo, Liseo,

que quien también amó sufriendo penas,

sabrá estimar el bien de la esperanza.

 

Estas son las reliquias

Estas son las reliquias, fuego, y hielo

con que lloré y canté mi pena, y gloria

que pudieran ¡oh España! la memoria

levantar de tus hechos hasta el cielo.

 

Llevóme un juvenil furioso vuelo

por una senda de mi mal notoria,

hasta que puesto en medio de la historia

abrí la vista, y vi mi amargo duelo.

 

Mas retiréme a tiempo del funesto,

y estrecho paso, do se llora, y arde,

ya casi en medio de las llamas puesto,

 

Que aunque me llame la ocasión cobarde,

más vale errando arrepentirse presto,

que conocer los desengaños tarde.

 

Mientras la rubia crin al aire ondea

Mientras la rubia crin al aire ondea

de Febo oscureciendo el claro rayo,

y en la mejilla, y frente el rico Mayo

de flores lleno al corazón recrea,

 

La luz miraba yo do Amor se emplea,

haciendo al alma un tiro y otro ensayo.

Mas triste digo, y en la cuenta caigo,

¿quién hay que tanto ardor atento vea?

 

Los ojos bajo al suelo al punto,

temeroso de luz tan peregrina,

y así estuve suspenso un rato en calma:

 

Mas el daño no vi, que estaba junto,

que de la voz angélica, y divina,

por la oreja me fue herida el alma.

 

Duerme el desnudo en la desierta playa

Duerme el desnudo en la desierta playa,

entre el furor del inclemente Moro,

en la mazmorra el miserable lloro

deja el captivo, cuando más desmaya.

 

Reposa el otro, aunque perdiendo vaya

por la tierra, y la mar montañas de oro,

descansa el Ciervo, y acosado Toro

debajo el sauce, y la frondosa haya.

 

Sólo ¡ay me! de Sísifo el quebranto

sin declinar mis ojos, y pestañas

al sueño blando paso en llanto eterno.

 

Y si viene a rendirme el sueño un tanto,

allí siento romperme las entrañas

áspides, tigres, furias del infierno.

 

Oscura nube los sentidos cubre

Oscura nube los sentidos cubre,

falta el aliento, el corazón desmaya,

el mal se esfuerza, el alma tiene a raya,

la secreta pasión Liseo descubre.

 

Causa el grave dolor, que la salubre

sangre huyendo de las venas vaya,

sin que respeto en los suspiros haya,

ni en otros actos que vergüenza encubre.

 

Hasta que del cerebro destilado

el llanto rompe, y en el paso estrecho

de Célida mirando la luz pura,

 

¿Partida es ésta? (dijo), y de un helado

sudor cubierto, y anhelante el pecho,

con la espalda midió la tierra dura.

 

De hielo os hizo amor

De hielo os hizo amor, y a mí de fuego,

libre os dejó, haciendo en mí su estancia;

en vos puso el olvido, en mi constancia,

en mí perpetua guerra, en vos sosiego.

 

Claro se ve de tan trocado juego,

do su pérdida es más que la ganancia,

que la presa de menos importancia

le contentó como a muchacho, y ciego.

 

Pudiera amor mirar por su provecho

hiriendo a un tiempo el uno, y otro lado,

y así quedara rico, y satisfecho:

 

Que aunque en el mío el tiro fuera errado,

igualmente viviendo en vuestro pecho

él viviera contento, y yo pagado.

 

Pedir celos no es cordura

Pedir celos no es cordura

En el que de veras ama,

Porque es despertar la dama

De lo que estaba segura.

 

Los celos es un tormento

Que nace de puro amor,

Y así nos fuerza el temor

A tener celos del viento:

Mas pedirlos es locura

Aunque mas arda la llama,

Porque es despertar la dama, c.

 

Muchos celosos se quedan

Privados de sus placeres,

Porque siempre las mugeres

Se van tras lo que las vedan:

Mejor es dalles anchura,

Que mirarán por su fama,

Y no despertar la dama, c.

 

Mas vale por complacellas

Dejarlas á su sabor,

Que ellas miran por su honor

Mas que nosotros por ellas:

Y la que es mas casta y pura,

Cuando á su galan mas ama,

Si con celos la disfama

No la tendrá muy segura.

 

Concédese al amador

Concédese al amador

En descuento de su llama,

Que sin señalar la dama

Pueda decir el favor.

 

Antes al que era callado

Y guardaba mas secreto,

Le tenian por mas discreto,

Y mas bien enamorado;

Mas ya concede el amor,

Pues no se ofende la fama,

Que sin señalar, c.

 

Y no me parece injusto

Haberse en esto alargado,

Pues el bien comunicado

Causa mas contento y gusto:

Y es muy gallardo primor

Con que se aumenta la llama,

Que sin señalar, c.

 

Al menos yo por mí hallo

(Y hay muchos de mi opinion)

Que el bien de un alta ocasion

Si decillo no es gozallo,

Porque se aumenta el valor

Si dan licencia al que ama,

Que sin señalar la dama

Pueda decir el favor.

 

Osando temo, estoy helado y ardo

Osando temo, estoy helado y ardo,

busco la paz, siguiendo la discordia

soyme contrario, y hallo en mí concordia,

y cuando más me animo, me acobardo.

 

De lo que emprendo me retiro, y guardo,

y hallo en el rigor misericordia

concierto, y soy la Diosa de discordia,

presuroso a mi mal, y a mi bien tardo.

 

Fue de elementos el principio mío

más de agua y tierra, que de fuego, y viento,

y agora en fuego me convierte el uso:

 

Mas aunque ardiente fuego un hielo frío

en mis entrañas engendrarse siento:

¿qué fuego es éste, o qué temor confuso?

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