Poemas de Francisco de Rioja

Poemas de Francisco de Rioja

Poemas de Francisco de Rioja (Sevilla, 1583-1659), figura central del Siglo de Oro, destacando como poeta, bibliotecario y consejero del Conde-Duque de Olivares. Su vida estuvo ligada al poder político, lo que le permitió influir en la cultura de la corte de Felipe IV.

Como poeta, se le sitúa en la transición entre el clasicismo y el barroquismo. Es célebre por su poesía moral y descriptiva, donde predomina la reflexión sobre la fugacidad de la vida y la belleza efímera.

Sus composiciones más icónicas son las «silvas y los sonetos», especialmente la dedicada a la flor del aristoloquia y sus famosas elegías a las flores. En ellas, utiliza la naturaleza como metáfora de la decadencia humana, logrando un tono melancólico y sereno que define su estilo elegante y contenido.

Pura, encendida rosa

Pura, encendida rosa,

émula de la llama

que sale con el día,

¿cómo naces tan llena de alegría

si sabes que la edad que te da el cielo

es apenas un breve y veloz vuelo?

y no valdrán las puntas de tu rama,

ni tu púrpura hermosa

a detener un punto

la ejecución del hado presurosa.

El mismo cerco alado,

que estoy viendo riente,

ya temo amortiguado,

presto despojo de la llama ardiente.

Para las hojas de tu crespo seno

te dio Amor de sus alas blandas plumas,

y oro en su cabello dio a tu frente.

¡Oh fiel imagen suya peregrina!

Bañóte en su color sangre divina

de la deidad que dieron las espumas;

¿y esto, pupúrea flor, y esto no pudo

hacer menos violento el rayo agudo?

Róbate en una hora,

róbate silencioso su ardimiento

el color y el aliento;

tiendes aún no las alas abrasadas

y ya vuelan al suelo desmayadas.

Tan cerca, tan unida

está al morir tu vida,

que dudo si en sus lágrimas la Aurora

mustia, tu nacimiento o muerte llora.

 

A la pobreza

Desde el infausto día

que visité con lágrimas primeras,

me tienes, ô pobreza, compañía;

aunque tan buena, como dizen, fueras,

por ser tanto de mí comunicada,

me vinieras a ser menos preciada.

 

Diré tus males sin que mucho ahonde

en ellos, que es mui raro

lo que por glorias tuyas contar puedes.

Tal vez el que en su casa un monte asconde

 

de Numidia i de Paro

en arcos i paredes,

cuando entre el blando lino se rodea,

puesto de los cuidados en el fuego,

sin conocerte alaba tu sossiego,

i nunca, aunque lo alaba, lo dessea;

llegas a ser de alguno, en fin, loada,

mas de ninguno apenas desseada.

 

¿Si eres tú de los males

el que nos trata con mayor crüeza,

cómo podrá ninguno codiciarte?

Después que nació el oro,

i con él la grandeza,

murió tu ser, murió tu igual decoro,

en otra edad divino:

¿si por esso, pobreza, en toda parte

con enfermo color andas contino?

 

Con preciosos metales

siempre veo levantado

lo que tienes tú sola derribado.

¿Qué ciudad populosa

se sabe que por ti se aya fundado?

¿Qué fuerça inespunable i espantosa

por ti se a fabricado?

 

El süave color, la hermosura

sólo en tu ausencia con su lustre dura.

Pintame la belleza

mayor que imaginares,

compuesta de jasmines i de grana:

si con vestido tuyo la adornares,

su lustre pierde i gracia soberana.

 

Pues cuando el agro ivierno,

hijo tuyo sin duda,

que, como tú, también siempre desnuda,

roba al bosque el verdor i lo despoja

de su amarilla hoja,

pobre por ti su frente,

ni su sombra codicia más la gente,

ni sus ramas las aves.

 

I si yo vanamente no dicierno,

¿cuándo armarse pudieron vastas naves

donde se vio tu sombra?,

¿cuándo exércitos gruessos?

El número infelice de sucessos

que por ti an avenido, ¿a quién no assombra?

Hablen los nunca sepultados güessos

que en las playas blanquean,

de tantos que por falta de sustento

al mar rindieron el vital aliento.

 

¡Cuántos as ascondido

en los anchos desiertos

para que al mal seguro caminante

asalten encubiertos!

¡Ô, en cuántas partes se verá teñido

el campo con la sangre de los muertos!

No hay voz, aunque de hierro, que bastante

sea a dezir los males que acarrean

duras necessidades.

 

Los pobres que habitan las ciudades,

¿qué afrenta no padecen?:

lo que por sus ingenios merecieron,

ô pobreza, por ti lo desmerecen.

¿Qué pobre hubo discreto?

¿Cuándo tuvo amistades

que aun con pequeño honor correspondieran?

¿Cuándo con la pobreza algún respeto

jamás se tuvo a las tendidas canas

que tú de blanca nieve, edad, coloras?

 

¡Ô mentes de la humilde gente vanas,

no cuidéis, a despecho

de vuestra pobre i mísera fortuna,

levantaros al cerco de la luna!

Mirad que cuantos hijos van saliendo

del nunca en vano frequentado lecho,

tantos esclavos, ¡ai!, os van creciendo

que ocupéis en mesquina servidumbre,

no sin tormento vuestro, no sin llanto.

 

¿Qué vale, ô pobres, levantaros tanto?

Mirad que es necio error, necia costumbre,

soltar a la soberbia assí la rienda:

que yo apenas, humilde i sin contienda,

puedo contar en paz algunas oras

de las que passo en el silencio oscuro,

olvidado en pobreza i no seguro.

 

En tan lento resistir

En tan lento resistir

i en incendio tan severo

poco a la razón espero

i mucho temo al vivir.

Una ley vengo a sentir

cuya violencia no acuso;

tiemblo i sígola confuso,

que avisos de la prudencia

dizen que no hay resistencia

contra el imperio del uso.

 

I quedo entre este temor

con tal gusto persuadido,

que aun cuando más ofendido,

hallo deleite en mi ardor.

Tus altos modos, Amor,

tarde llego a conocer:

el siempre elar i encender

a quien tu fe solicita

es porque sólo acredita

las glorias el padecer.

 

Solamente el bien de amar

quiero, sin correspondencia,

pues muere assí la paciencia

en naciendo el dessear.

Tiempo, dexa de apagar

el fuego que me eterniza:

que tu hielo atemoriza,

i el arte de la razón

no tiene juridición

para encender la ceniza.

 

Esta luz que en mí florece

i obraron passiones mías,

a la injuria de los días

sin advertir desvanece.

Fuerças el discurso ofrece

del ánimo al blando fuego;

mas su esfuerço i risa i juego

contra la edad a de ser:

que es violencia su poder

i el de la razón es ruego.

 

Pero si roba la flor

de tu voz i de tu aliento,

Clori, el sol menos violento,

bien tengo a mi ofensa horror.

¿Qué osará humano valor

viendo divinos despojos?

Mas, ¡ô importunos enojos!

pues aun no da la esperança

engaños a la vengança,

dé el dolor llanto a mis ojos.

 

Crespas, dulces, ardientes hebras de oro

Crespas, dulces, ardientes hebras de oro

que ondas formáis por la caliente nieve,

¿cuándo veré salir las alvas luzes,

contento de encenderme en vuestro fuego,

que dexe de bolver al triste llanto,

bañado en cana espuma como cisne?

 

Igual entonces el Tebano Cisne,

siempre ilustrara los celages de oro

por quien el coraçón destilo en llanto,

o asombren sueltos la purpúrea nieve

que esparze rayos de invisible fuego,

o recojan en áurea red sus luzes.

 

Mas mientra viere tus divinas luzes,

no dexaré de andar, cual blanco cisne,

cantando en muerte el amoroso fuego

en que me encienden, i los cercos de oro

que me desatan, como el sol la nieve,

por los ojos contino en dulce llanto.

 

Siempre resuelto estoi en puro llanto,

salgan de Phebo o del Dragón las luzes,

caya dulce rocío o caya nieve;

i aunque más dulce cante que alvo cisne,

nunca veré el compuesto en nieve i oro

con blandos ojos a mi ardiente fuego.

 

¡Ô si ya consumiesse el duro fuego

el miserable coraçón en llanto,

i nunca viessen más bordarse en oro

el cielo a la mañana aquestas luzes!,

pues ardo siempre en ondas como cisne

cuando sale la noche i cae la nieve.

 

Bien sé, triste, que puede arder la nieve

cuando se acabe mi infinito fuego,

i que abitar en él bien puede el cisne

cuando toque piedad del grave llanto

a mi Eliodora en sus acerbas luzes,

i cuando esté ligado en lazos de oro.

 

Pues no me enlaza el oro ni la nieve,

den fin tus luzes a mi ardiente fuego,

i en llanto i muerte cantaré cual cisne.

 

Cuando te miro

Cuando te miro, ô fresno, assí al helado

soplo del Aquilón, calvo la frente,

i al tibio i blando soplo de Ocidente

de purpúreo verdor la cima ornado,

 

alegre buelvo a mi infelice estado

i esfuerço assí mi coraçón doliente:

«Espera, no importunes al luziente

cielo con vozes i con llanto airado.

 

Tiempo será que tan crecida pena

acabe, i tu luz gozes, si oprimido

yazes aora en tan profundo yelo.

 

I si el bolver del incansable cielo

da a un mudo tronco el verde honor perdido,

¿cómo a ti no tu pura luz serena?»

 

Al clavel

A ti, clavel ardiente,

invidia de la llama i de l’Aurora,

miró al nacer más blandamente Flora:

color te dio ecelente

i del año las oras más süaves.

 

Cuando a la ecelsa cumbre de Moncayo

rompe luziente sol las canas nieves

con más caliente rayo,

tiendes igual las hojas abrasadas.

Mas, ¿quién sabe si a Flora el color deves,

cuando devas las oras más templadas?

Amor, Amor, sin duda, dulcemente

 

te bañó de su llama refulgente

i te dio el puro aliento soberano:

que eres, flor encendida,

pública admiración de la belleza,

lustre i ornato a pura i blanca mano,

i ornato i lustre i vida

al más hermoso pelo

que corona nevada i tersa frente,

¡sola merced de Amor, no de suprema

otra deidad alguna,

ô flor de alta fortuna!

 

Cuantas vezes te miro

entre los admirables lazos de oro

por quien lloro i suspiro,

por quien suspiro i lloro,

en invidia i amor junto me enciendo.

Si forman por la pura nieve i rosa

(diré mejor, por el luziente cielo)

las dulces hebras amoroso buelo,

quedas, clavel, en cárcel amorosa

con gloria peregrina aprisionado.

 

Si al dulce labio llegas que provoca

a süave deleite al más helado,

luego que tu encendido seno toca

a su color sangriento,

buelves, ¡ai, ô dolor!, más abrasado.

¿Dióte naturaleza sentimiento?

¡Ô yo dichoso a avérseme negado!

Hable más de tu olor i de tu fuego

aquél a quien invidias de favores

no alteran el sossiego.

 

No se causan mis enojos

No se causan mis enojos,

ô Clori, de ajenas glorias;

otras temidas victorias

dan lágrimas a mis ojos.

No envidio dulces despojos

de amante favorecido,

que la suerte me a traído

a no amar ser envidiado;

moriré alegre abrasado,

como no fuera ofendido.

 

Fundo mi cierta alegría

en vivir dentro en mi fuego,

i aquel deleite me niego

que tu luz darme podría.

Mi dulce passión porfía

en llevarme a tu rigor,

pero ardiendo aun tengo horror

del desprecio con que miras,

i llego a sentir tus iras

más que a estimar tu favor.

 

No hay sombra de bien que pueda

concederme la fortuna;

crece mi llama importuna

esparziendo el humo en rueda.

I tan abrasado queda

el pecho de su violencia

que desmaya la paciencia;

mas después un favor lento

assí ensuavece el tormento

que aun lo busca la prudencia.

 

Mas tan poco se detiene,

que vengo a desengañarme

que Amor no quiere matarme

porque más de espacio pene.

La esperiencia me previene

a que huya el cierto daño,

pero amo tanto el engaño

que a la imagen de un favor

siento apagado el dolor

del incendio más estraño.

 

No sé si llame piedad

a esta remissión de pena,

porque afloxar la cadena

para apretarla, es crueldad.

En esta inhumanidad

a mi llama lisonjea

un cierto error porque crea

en tan acabada fee

que no es cierto lo que ve

sino aquello que desea.

 

Yo triste a conocer vengo

que mi bien desvaneció;

como sombra me huyó;

lágrimas ya le prevengo

¿Será qu’en el mal que tengo

halle imperio el llanto mío?

Mas, ¡ô necio desvarío!:

contra llamas celestiales

no pueden tibios cristales

ostentar sobervio brío.

 

A la riqueza

¡Ô mal seguro bien, ô cuidadosa

riqueza, i cómo a sombra de alegría

i de sossiego engañas!

El que vela en tu alcance i se desvía

del pobre estado i la quietud dichosa,

ocio i seguridad pretende en vano:

pues tras el luengo errar d’agua i montañas,

cuando el metal precioso coja a mano,

no a de ver sin cuidado abrir el día.

 

No sin causa los dioses te ascondieron

en las entrañas de la tierra dura;

mas ¿qué halló difícil o encubierto

la sedienta codicia?

Turbó la paz segura

con que en la antigua selva florecieron

el abeto i el pino,

i tráxolos al puerto,

i por campos de mar les dio camino.

 

Abriósse el mar i abriósse

altamente la tierra,

i saliste del centro al aire claro,

hija del’avaricia,

a hazer a los ombres cruda guerra.

Saliste tú i perdiósse

la piedad, que no habita en pecho avaro.

 

Tantos daños, riqueza,

an venido contigo a los mortales,

que aun cuando nos pagamos a la muerte,

no cessan nuestros males:

pues el cadáver que acompaña el oro,

o el costoso vestido,

sólo por opulento es perseguido;

i el último descanso i el reposo

que tuviera en pobreza, l’es negado,

siendo de su sepulcro conmovido.

 

¡A cuántos armó el oro de crüeza,

i a cuántos a dexado

en el último trance, ô dura suerte!

Pierde su flor la virginal pureza

por ti, i vesse manchado

con adulterio el lecho, no esperado.

 

Al menos animoso,

para que te possea,

das, riqueza, ardimiento licencioso.

Ninguno hay que se vea

por ti tan abastado i poderoso

que caresca de miedo.

 

¿Qué cosa habrá de males tan cercada?,

pues ora pretendida, ora alcançada,

i aun estando en desseos,

pena ocultan tus ciegos devaneos.

Pero cánsome en vano; dezir puedo

que si sombras de bien en ti se vieran,

los immortales dioses te tuvieran.

 

A Itálica

Éstas ya, de la edad, canas ruinas,

que aparecen en puntas desiguales,

fueron anfiteatro, y son seńales

apenas de sus fábricas divinas.

 

¡Oh, a cuán mísero fin, tiempo, destinas

obras que nos parecen inmortales!

Y temo, y no presumo, que mis males

así a igual fenecer los encaminas.

 

A este barro, que llama endureciera,

y blanco polvo humedecido atara,

¡cuánto admiró y pisó número humano!

 

Y ya el fausto y la pompa lisonjera

de pesadumbre tan ilustre y rara

cubre yerba, y silencio y horror vano.

 

Al Guadalquivir

Otro tiempo profundo y dilatado

te vi correr, ¡oh sacro hesperio río!

Y ya te ciñe el abrasado estío,

y tu luciente mármol seca airado.

 

Triste pensaba yo, nunca sobrado

sentir tal vez el ardimiento mío;

o helase al Tanais el invierno frío,

o regalase el sol su curso helado.

 

Pero si tú, gran lustre de Occidente,

Betis, siendo deidad, del inhumano

tiempo la ves y sientes la crudeza,

 

no desespero de mi ardor insano

vuelta ver en cenizas la grandeza

mientras Febo rayare en el Oriente.

 

Al Jazmín

¡Oh en pura nieve y púrpura bañado,

Jazmín, gloria y honor del seco estío!

¿Cuál habrá tan ilustre entre las flores,

Hermosa flor que competir presuma

Con tu fragante espíritu y colores?

Tuyo es el principado

Entre el copioso número que pinta

Con su pincel y con su varia tiuta

El florido verano.

Naciste entre la espuma

De las ondas sonantes

Que blandas rompe y tiende el Ponte en Chio:

Y quizá te formó suprema mano,

Como a Venus tambien de su rocío:

Y si no es rumor vano,

La misma blanca diosa de Citera

Cuando del mar salió la vez primera,

Por do en la espuma el blando pie estampaba

De la playa arenosa

Albos jazmines daba;

Y de la tersa nieve y de la rosa

Que el tierno pie ocupaba

Fiel copia apareció en tan breves hojas.

La dulce flor de su divino aliento

Liberal escondió en su cerco alado:

Hizo inmortal en el verdor tu planta,

El soplo la respeta mas violento,

Que impele, vuelto en nieve el cierzo frío,

Y la luz más flamante

Que Apolo esparce altivo y arrogante.

Si de suave olor despoja ardiente

La blanca flor divina,

Y amenaza a su cuello, y a su frente

Cierta y veloz ruina,

Nunca tan licenciosa se adelanta

Que al incansable suceder se opone

De la nevada copia,

Que siempre al mayor sol igual florece,

E igual al mayor hielo resplandece.

¡Oh jazmín glorioso!

Tú solo eres cuidado deleitoso

De la sin par hermosa Citerea,

Y tú también su imagen peregrina.

Tu cándida pureza

Es más de mí estimada,

Por nueva emulación de la belleza

De la altiva luz mía,

Que por obra sagrada

De la rosada planta de Dione:

A tu excelsa blancura

Admiracion se debe

Por imitar de su color la nieve,

Y a tus perfiles rojos,

Por emular los cercos de sus ojos

Cuando renace el día

Fogoso en Oriente,

Y con color medroso en Ocidente

De la espantable sombra se desvía

Y el dulce olor te vuelve

Que apaga el frío y que el calor resuelve,

Al espíritu tuyo

Ninguno habrá que iguale:

Porque entonces imitas

Al puro olor que de sus labios sale

¡Oh! corona mis sienes,

Flor, que al olvido de mi luz previenes.

 

El Dolor De La Ausencia

Cuando entre luz y púrpura aparece

La alba , y despierto jay triste! y miro el día,

Y no hallo la dulce Laida mía,

Alba y púrpura y luz se me oscurece.

 

Lloro, y crece mi llanto cuanto crece

Mas la lumbre, y la sombra se desvía,

Y un torpe hielo así me ata y resfría,

Que aun la voz para alivio me fallece.

 

Y a un tiempo apura amor con alto fuego

En este ancho desierto el pecho mío,

Donde el pesar lo aviva más y enciende.

 

Lloro pues y ardo; así mi amor se extiende

Tanto, que a luz y a sombra y a rocío

Muero en llamas, y en lágrimas me anego.

 

Décimas (I)

No se causan mis enojos,

ô Clori, de ajenas glorias;

otras temidas victorias

dan lágrimas a mis ojos.

No envidio dulces despojos

de amante favorecido,

que la suerte me a traído

a no amar ser envidiado;

moriré alegre abrasado,

como no fuera ofendido.

 

Fundo mi cierta alegría

en vivir dentro en mi fuego,

i aquel deleite me niego

que tu luz darme podría.

Mi dulce passión porfía

en llevarme a tu rigor,

pero ardiendo aun tengo horror

del desprecio con que miras,

i llego a sentir tus iras

más que a estimar tu favor.

 

No hay sombra de bien que pueda

concederme la fortuna;

crece mi llama importuna

esparziendo el humo en rueda.

I tan abrasado queda

el pecho de su violencia

que desmaya la paciencia;

mas después un favor lento

assí ensuavece el tormento

que aun lo busca la prudencia.

 

Mas tan poco se detiene,

que vengo a desengañarme

que Amor no quiere matarme

porque más de espacio pene.

La esperiencia me previene

a que huya el cierto daño,

pero amo tanto el engaño

que a la imagen de un favor

siento apagado el dolor

del incendio más estraño.

 

No sé si llame piedad

a esta remissión de pena,

porque afloxar la cadena

para apretarla, es crueldad.

En esta inhumanidad

a mi llama lisonjea

un cierto error porque crea

en tan acabada fee

que no es cierto lo que ve

sino aquello que desea.

 

Yo triste a conocer vengo

que mi bien desvaneció;

como sombra me huyó;

lágrimas ya le prevengo

¿Será qu’en el mal que tengo

halle imperio el llanto mío?

Mas, ¡ô necio desvarío!:

contra llamas celestiales

no pueden tibios cristales

ostentar sobervio brío.

 

Décimas (II)

Quiero mi grave tormento

en silencio padecer,

pues assí usurpa el temer

la fuerça al atrevimiento.

Mas no es mi fuego tan lento

qu’el humo pueda ocultar;

modos vengo a dessear

con que desmienta mi ardor,

i la fuerça del dolor

aun quita el imaginar.

 

Pierda el nombre de atrevido

quien no pretende favores,

i no acuse mis dolores

quien nunca los a sufrido.

Viva yo en público olvido,

siempre ocioso a la memoria,

i alcance aquella vitoria

que me diere tu piedad:

que a corta capacidad

no conviene mayor gloria.

 

¿En qué te injuria quien ama,

Clori, la encendida rosa

que por tu nieve hermosa

dulcemente se derrama?

No aumenta el rigor la fama;

sienta tu crueldad el día

que a hazer polvo porfía

el fuego con que as vencido,

porque ofender al rendido

es covarde valentía.

 

Y si es ofensa adorarte

dentro en mí con blando ruego,

permite que trate el fuego

pues él puede assí vengarte;

que si vienes a enojarte

con menor belleza miras:

¿el puro cielo que admiras

i los mares espaciosos

no se ven menos hermosos

cuando más muestran sus iras?

 

Ofendes a tu razón

en tener tanta fiereza,

que Amor es de la belleza

apazible adulación.

Quien no huie tu prisión

bien merece menor mal:

¿no ves el manso cristal

que a la flor que ama su frente

le da con crespa corriente

de agradecido señal?

 

Décimas (III)

En tan lento resistir

i en incendio tan severo

poco a la razón espero

i mucho temo al vivir.

Una ley vengo a sentir

cuya violencia no acuso;

tiemblo i sígola confuso,

que avisos de la prudencia

dizen que no hay resistencia

contra el imperio del uso.

 

I quedo entre este temor

con tal gusto persuadido,

que aun cuando más ofendido,

hallo deleite en mi ardor.

Tus altos modos, Amor,

tarde llego a conocer:

el siempre elar i encender

a quien tu fe solicita

es porque sólo acredita

las glorias el padecer.

 

Solamente el bien de amar

quiero, sin correspondencia,

pues muere assí la paciencia

en naciendo el dessear.

Tiempo, dexa de apagar

el fuego que me eterniza:

que tu hielo atemoriza,

i el arte de la razón

no tiene juridición

para encender la ceniza.

 

Esta luz que en mí florece

i obraron passiones mías,

a la injuria de los días

sin advertir desvanece.

Fuerças el discurso ofrece

del ánimo al blando fuego;

mas su esfuerço i risa i juego

contra la edad a de ser:

que es violencia su poder

i el de la razón es ruego.

 

Pero si roba la flor

de tu voz i de tu aliento,

Clori, el sol menos violento,

bien tengo a mi ofensa horror.

¿Qué osará humano valor

viendo divinos despojos?

Mas, ¡ô importunos enojos!

pues aun no da la esperança

engaños a la vengança,

dé el dolor llanto a mis ojos.

 

Sestinas (I)

Crespas, dulces, ardientes hebras de oro

que ondas formáis por la caliente nieve,

¿cuándo veré salir las alvas luzes,

contento de encenderme en vuestro fuego,

que dexe de bolver al triste llanto,

bañado en cana espuma como cisne?

 

Igual entonces el Tebano Cisne,

siempre ilustrara los celages de oro

por quien el coraçón destilo en llanto,

o asombren sueltos la purpúrea nieve

que esparze rayos de invisible fuego,

o recojan en áurea red sus luzes.

 

Mas mientra viere tus divinas luzes,

no dexaré de andar, cual blanco cisne,

cantando en muerte el amoroso fuego

en que me encienden, i los cercos de oro

que me desatan, como el sol la nieve,

por los ojos contino en dulce llanto.

 

Siempre resuelto estoi en puro llanto,

salgan de Phebo o del Dragón las luzes,

caya dulce rocío o caya nieve;

i aunque más dulce cante que alvo cisne,

nunca veré el compuesto en nieve i oro

con blandos ojos a mi ardiente fuego.

 

¡Ô si ya consumiesse el duro fuego

el miserable coraçón en llanto,

i nunca viessen más bordarse en oro

el cielo a la mañana aquestas luzes!,

pues ardo siempre en ondas como cisne

cuando sale la noche i cae la nieve.

 

Bien sé, triste, que puede arder la nieve

cuando se acabe mi infinito fuego,

i que abitar en él bien puede el cisne

cuando toque piedad del grave llanto

a mi Eliodora en sus acerbas luzes,

i cuando esté ligado en lazos de oro.

 

Pues no me enlaza el oro ni la nieve,

den fin tus luzes a mi ardiente fuego,

i en llanto i muerte cantaré cual cisne.

 

Sestinas (II)

De Febo Apolo el claro ardiente rayo

ya muda l’alta nieve en tibias ondas

del más helado i riguroso monte;

sólo a mi pura luz no cambia el yelo

en piedad su centella, ni la llama

que humedece los cercos de mis ojos.

 

El polvo, el siclamor, sus blandos ojos

abren con el calor del puro rayo

que esparze en tomo de Phaetón la llama,

i con el fresco humor de vivas ondas;

mas nunca reverdece, suelto el yelo

(bien que a la faz del fuego), mi arduo monte.

 

Las plantas bolverán de cualquier monte

otra vez a cerrar sus lindos ojos,

i cubrirá sus calvas duro yelo

ante que yo vos vea, ô dulce rayo

del eterno splendor, bañada en ondas

por la piedad de mi sobervia llama.

 

¡Ô si en cana ceniza mi alta llama

buelta, anduviesse solo por el monte,

o por do forman triste voz las ondas

del Betis, i no viesse aquellos ojos,

ni aquel luziente i amoroso rayo,

poderoso a encender el duro yelo!

 

Amor, enciende el cristalino yelo

de mi dulce enemiga con tu llama,

si no quieres mirarme al duro rayo

suelto (cual en verano nieve al monte)

en lágrimas, i ciegos estos ojos

con el incendio de sus negras ondas.

 

I si no te movieren estas ondas,

ni de mi Laida el amarillo yelo

a quererme mirar con blandos ojos,

sacude con valor tu acerba llama,

i abrásame cual suele a espesso, monte

un fogoso i horrendo i fiero rayo.

 

Pues duro rayo i encendidas ondas

no vencen deste monte el arduo yelo,

abrasa, llama, mis osados ojos.

Poemas de Francisco de Rioja

Silvas (A la pobreza)

Desde el infausto día

que visité con lágrimas primeras,

me tienes, ô pobreza, compañía;

aunque tan buena, como dizen, fueras,

por ser tanto de mí comunicada,

me vinieras a ser menos preciada.

 

Diré tus males sin que mucho ahonde

en ellos, que es mui raro

lo que por glorias tuyas contar puedes.

Tal vez el que en su casa un monte asconde

 

de Numidia i de Paro

en arcos i paredes,

cuando entre el blando lino se rodea,

puesto de los cuidados en el fuego,

sin conocerte alaba tu sossiego,

i nunca, aunque lo alaba, lo dessea;

llegas a ser de alguno, en fin, loada,

mas de ninguno apenas desseada.

 

¿Si eres tú de los males

el que nos trata con mayor crüeza,

cómo podrá ninguno codiciarte?

Después que nació el oro,

i con él la grandeza,

murió tu ser, murió tu igual decoro,

en otra edad divino:

¿si por esso, pobreza, en toda parte

con enfermo color andas contino?

 

Con preciosos metales

siempre veo levantado

lo que tienes tú sola derribado.

¿Qué ciudad populosa

se sabe que por ti se aya fundado?

¿Qué fuerça inespunable i espantosa

por ti se a fabricado?

 

El süave color, la hermosura

sólo en tu ausencia con su lustre dura.

Pintame la belleza

mayor que imaginares,

compuesta de jasmines i de grana:

si con vestido tuyo la adornares,

su lustre pierde i gracia soberana.

 

Pues cuando el agro ivierno,

hijo tuyo sin duda,

que, como tú, también siempre desnuda,

roba al bosque el verdor i lo despoja

de su amarilla hoja,

pobre por ti su frente,

ni su sombra codicia más la gente,

ni sus ramas las aves.

 

I si yo vanamente no dicierno,

¿cuándo armarse pudieron vastas naves

donde se vio tu sombra?,

¿cuándo exércitos gruessos?

El número infelice de sucessos

que por ti an avenido, ¿a quién no assombra?

Hablen los nunca sepultados güessos

que en las playas blanquean,

de tantos que por falta de sustento

al mar rindieron el vital aliento.

 

¡Cuántos as ascondido

en los anchos desiertos

para que al mal seguro caminante

asalten encubiertos!

¡Ô, en cuántas partes se verá teñido

el campo con la sangre de los muertos!

No hay voz, aunque de hierro, que bastante

sea a dezir los males que acarrean

duras necessidades.

 

Los pobres que habitan las ciudades,

¿qué afrenta no padecen?:

lo que por sus ingenios merecieron,

ô pobreza, por ti lo desmerecen.

¿Qué pobre hubo discreto?

¿Cuándo tuvo amistades

que aun con pequeño honor correspondieran?

¿Cuándo con la pobreza algún respeto

jamás se tuvo a las tendidas canas

que tú de blanca nieve, edad, coloras?

 

¡Ô mentes de la humilde gente vanas,

no cuidéis, a despecho

de vuestra pobre i mísera fortuna,

levantaros al cerco de la luna!

Mirad que cuantos hijos van saliendo

del nunca en vano frequentado lecho,

tantos esclavos, ¡ai!, os van creciendo

que ocupéis en mesquina servidumbre,

no sin tormento vuestro, no sin llanto.

 

¿Qué vale, ô pobres, levantaros tanto?

Mirad que es necio error, necia costumbre,

soltar a la soberbia assí la rienda:

que yo apenas, humilde i sin contienda,

puedo contar en paz algunas oras

de las que passo en el silencio oscuro,

olvidado en pobreza i no seguro.

 

Silvas (A la riqueza)

¡Ô mal seguro bien, ô cuidadosa

riqueza, i cómo a sombra de alegría

i de sossiego engañas!

El que vela en tu alcance i se desvía

del pobre estado i la quietud dichosa,

ocio i seguridad pretende en vano:

pues tras el luengo errar d’agua i montañas,

cuando el metal precioso coja a mano,

no a de ver sin cuidado abrir el día.

 

No sin causa los dioses te ascondieron

en las entrañas de la tierra dura;

mas ¿qué halló difícil o encubierto

la sedienta codicia?

Turbó la paz segura

con que en la antigua selva florecieron

el abeto i el pino,

i tráxolos al puerto,

i por campos de mar les dio camino.

 

Abriósse el mar i abriósse

altamente la tierra,

i saliste del centro al aire claro,

hija del’avaricia,

a hazer a los ombres cruda guerra.

Saliste tú i perdiósse

la piedad, que no habita en pecho avaro.

 

Tantos daños, riqueza,

an venido contigo a los mortales,

que aun cuando nos pagamos a la muerte,

no cessan nuestros males:

pues el cadáver que acompaña el oro,

o el costoso vestido,

sólo por opulento es perseguido;

i el último descanso i el reposo

que tuviera en pobreza, l’es negado,

siendo de su sepulcro conmovido.

 

¡A cuántos armó el oro de crüeza,

i a cuántos a dexado

en el último trance, ô dura suerte!

Pierde su flor la virginal pureza

por ti, i vesse manchado

con adulterio el lecho, no esperado.

 

Al menos animoso,

para que te possea,

das, riqueza, ardimiento licencioso.

Ninguno hay que se vea

por ti tan abastado i poderoso

que caresca de miedo.

 

¿Qué cosa habrá de males tan cercada?,

pues ora pretendida, ora alcançada,

i aun estando en desseos,

pena ocultan tus ciegos devaneos.

Pero cánsome en vano; dezir puedo

que si sombras de bien en ti se vieran,

los immortales dioses te tuvieran.

 

Silvas (A la rosa amarilla)

Quál suprema piedad, rosa divina,

De alta belleza transformó colores

En tu flor peregrina

Teñida del color de los amores?

Quando en tí floreció el aliento humano,

Sin duda fué soberbio, amante y necio,

Cuidado tuyo y llama,

 

Y tú descuido suyo y su desprecio:

Diste voces al ayre, fiel en vano.

 

¡ O triste, y quantas veces,

Y quántas ¡ ay! tu lengua enmudecieron

Lágrimas que copiosas la ciñeron!

Mas tal hubo deidad, que conmovida

 

Silvas (A la rosa)

Pura, encendida rosa,

émula de la llama

que sale con el día,

¿cómo naces tan llena de alegría

si sabes que la edad que te da el cielo

es apenas un breve i veloz buelo,

i ni valdrán las puntas de tu rama

ni púrpura hermosa

a detener un punto

la execución del hado presurosa?

 

El mismo cerco alado

que estoi viendo rïente,

ya temo amortiguado,

presto despojo de la llama ardiente.

Para las hojas de tu crespo seno

te dio Amor de sus alas blandas plumas,

i oro de su cabello dio a tu frente.

 

¡Ô fiel imagen suya peregrina!

Bañóte en su color sangre divina

de la deidad que dieron las espumas,

¿i esto, purpúrea flor, esto no pudo

hazer menos violento el rayo agudo?

 

Róbate en una ora,

róbate licencioso su ardimiento

el color i el aliento:

tiendes aún no las alas abrasadas,

i ya buelan al suelo desmayadas.

 

Tan cerca, tan unida

está al morir tu vida,

que dudo si en sus lágrimas la aurora

mustia tu nacimiento o muerte llora.

 

Silvas (Al clavel)

A ti, clavel ardiente,

invidia de la llama i de l’Aurora,

miró al nacer más blandamente Flora:

color te dio ecelente

i del año las oras más süaves.

 

Cuando a la ecelsa cumbre de Moncayo

rompe luziente sol las canas nieves

con más caliente rayo,

tiendes igual las hojas abrasadas.

Mas, ¿quién sabe si a Flora el color deves,

cuando devas las oras más templadas?

Amor, Amor, sin duda, dulcemente

 

te bañó de su llama refulgente

i te dio el puro aliento soberano:

que eres, flor encendida,

pública admiración de la belleza,

lustre i ornato a pura i blanca mano,

i ornato i lustre i vida

al más hermoso pelo

que corona nevada i tersa frente,

¡sola merced de Amor, no de suprema

otra deidad alguna,

ô flor de alta fortuna!

 

Cuantas vezes te miro

entre los admirables lazos de oro

por quien lloro i suspiro,

por quien suspiro i lloro,

en invidia i amor junto me enciendo.

Si forman por la pura nieve i rosa

(diré mejor, por el luziente cielo)

las dulces hebras amoroso buelo,

quedas, clavel, en cárcel amorosa

con gloria peregrina aprisionado.

 

Si al dulce labio llegas que provoca

a süave deleite al más helado,

luego que tu encendido seno toca

a su color sangriento,

buelves, ¡ai, ô dolor!, más abrasado.

¿Dióte naturaleza sentimiento?

¡Ô yo dichoso a avérseme negado!

Hable más de tu olor i de tu fuego

aquél a quien invidias de favores

no alteran el sossiego.

 

Silvas (Queriendo pintar un pintor la figura de Apolo en una tabla de laurel)

Mancho el pinzel con el color en vano

para imitar, ô Febo, tu figura

en tabla de laurel: o los colores

no obedecen la mente ni la mano,

o huye también Dafne tu pintura,

árbol, aún no olvidando tus amores.

Perdió la rosa i nieve que solía

teñir su boca i frente,

mas no la castidad con que vivía,

pues oi la guarda en la corteza dura.

 

Si perdió solamente

color i hermosura,

¿i anima el rudo tronco Dafne esquiva

en tu desdén, aún a tu imagen viva?

A la Aurora pinté en el horizonte

entre inflamadas nuves i distintas,

con puras luzes i rosado arreo.

De la Ninfa que abita el güeco monte

mentí con los pinzeles el desseo,

cuerpo dando a la voz con varias tintas.

I tú, Marte soberbio, aunque guerrero,

contra mí no vibraste el limpio azero

porque con los colores te mostrara

espirando fiereza.

 

Sola esta virgen prueva su dureza

en mí, porque intentara

que, leño informe, Apolo la abraçara.

Dafne l’arte a vencido;

venció ya Dafne l’arte.

¡Ô Cintio, culpa tuya!

¿Dó está el arco, dó está el divino aliento?

A tan flaco poder mengua es que huya

y que dél se remita alguna parte.

 

Dime, ¿l’antigua llama

con imperio en tu sangre se derrama?

¡Que el desdén sólo puede en un rendido!

Ya tu desprecio i no el del arte siento:

que sí queda sin gloria (ilustre Apolo)

tu fábula, i sin lustre al mundo solo.

 

Soneto (A don Juan de Fonseca i Figueroa)

Ya la hoja que verde ornó la frente

desta selva, don Juan, en el verano,

tiende amarilla por el suelo cano

fuerça de helado espíritu ardïente;

 

i la ova que en agua vi pendiente

de un güeco risco con verdor loçano,

mustio ya i sin color, despojo vano,

Betis esplaya con mayor corriente.

 

I yo assí bien no desigual mudança

siento en mi mal, que ya mi ardor intenso

cambia el yelo en ceniza vana i fría.

 

¿Quién esperó igual bien? ¡Ô grata usança

del tiempo: que fallece a par del día

si un hermoso verdor, un fuego ¡inmenso!

 

Soneto (Almo, divino Sol, que en refulgente)

Almo, divino Sol, que en refulgente

carro sacas i ascondes siempre el día,

i otro i el mismo naces tras la fría

sombra que huye l’alba luz ardiente;

 

pura i cándida Ilitia, que luziente

eres del cielo honor, si se desvía

el áureo rayo que tu hermano envía

a tu hermosa faz resplandeciente:

 

venid ambos, venid, lustre del cielo,

fáciles a mis ruegos. Tú, Lucina,

seas blanda a Celia en la cercana ora.

 

I pues te honra, ô Febo, con divina

voz, da al infante cuando sienta el yelo

del aire, ingenio i dulce voz sonora.

 

Soneto (Aunque pisaras, Fili, la sedienta)

Aunque pisaras, Fili, la sedienta

arena qu’en la Libia Apolo enciende,

sintieras, ¡ai!, que el Aquilón me ofende,

i del yelo i rigor la pluvia lenta.

 

Oye con qué rüido la violenta

furia del viento en el jardín s’estiende,

i que apena aun la puerta se defiende

del soplo que en mi daño se acrecienta.

 

Pon la soberbia, ô Fili, i blandos ojos

muestra, pues ves en lágrimas bañado

el umbral que adorné de blanda rosa;

 

que no siempre tu ceño i tus enojos

podré sufrir, ni el mustio ivierno helado,

ni de Bóreas la saña impetuosa.

 

Soneto (Claro i tranquilo el mar me conduzía)

Claro i tranquilo el mar me conduzía

a que sulcara su profundo seno,

i apena entré, cuando el color sereno

huyó, de Bóreas con la saña fría.

 

Crespos montes de humor al cielo vía

subir, i el mar, d’oscura sombra lleno,

cambiar varios semblantes, i el terreno

assiento entre las olas parecía.

 

Entonce, ¡ai!, ô mesquino!, un mortal yelo

me cubría, i el güeco leño roto

luchava con las aguas fatigado.

 

En tanto afán, con voz ya incierta, al cielo

moví a piedad; libróme, i hize voto

de fiar nunca en ponto sossegado.

 

Soneto (Corre con albos pies al espacioso)

Corre con albos pies al espacioso

Océano, veloz Tarteso río,

assí no ciña el abrasado estío

tu dilatado curso glorïoso;

 

i di a mi ardor que crece tu espumoso

seno a las muchas lágrimas que envío,

o esparza la dudosa luz rocío

o muestre Cintia lustre generoso.

 

Que oyendo en mustio son mi afán ardiente

de ti, con crespa lengua resonado

en verde prado o en sedienta arena,

 

será que blandas luzes al herviente

humor muestre (ya en vano derramado)

mi acerba i dulce i clara luz serena.

 

Soneto (Cuando entre luz i púrpura aparece)

Cuando entre luz i púrpura aparece

l’alba, i despierto, ¡ai, triste!, i miro el día

i no hallo la blanca Fili mía,

alba i púrpura i luz se me oscurece.

 

Lloro, i crece mi llanto cuanto crece

más la lumbre i la sombra se desvía;

i un torpe yelo assí me ata i refría

que aun la voz para alivio me fallece.

 

I a un tiempo apura amor con alto fuego

en este ancho desierto el pecho mío,

donde el pesar lo aviva más i enciende.

 

Lloro, pues, i ardo assí, i el mal se estiende

tanto, que a luz i a sombra i a rocío

muero en llamas i en lágrimas me anego.

 

Soneto (Cuando te miro, ô fresno, assí al helado)

Cuando te miro, ô fresno, assí al helado

soplo del Aquilón, calvo la frente,

i al tibio i blando soplo de Ocidente

de purpúreo verdor la cima ornado,

 

alegre buelvo a mi infelice estado

i esfuerço assí mi coraçón doliente:

«Espera, no importunes al luziente

cielo con vozes i con llanto airado.

 

Tiempo será que tan crecida pena

acabe, i tu luz gozes, si oprimido

yazes aora en tan profundo yelo.

 

I si el bolver del incansable cielo

da a un mudo tronco el verde honor perdido,

¿cómo a ti no tu pura luz serena?»

 

Soneto (Este que ves, ô güésped, vasto pino)

Este que ves, ô güésped, vasto pino,

útil sólo a la llama ya en el puerto,

selva frondosa un tiempo, en descubierto

cielo dio amiga sombra al peregrino.

 

De la cumbre Citoria al ponto vino,

por la mordaz segur el tronco abierto,

i después, alta máquina, el incierto

golfo abrió, siempre con hinchado lino.

 

Vientos, aguas sufrió; llegó a la Aurora,

veloz nave, i rompió luengos caminos,

i a su patria bolvió soberbia i rica.

 

Mas no firme a sufrir del mar ahora

los ímpetus, por voto a los marinos

dioses Cástor y Pólus se dedica.

 

Soneto (Lánguida flor de Venus, que ascondida)

Lánguida flor de Venus, que ascondida

yazes, i en triste sombra i tenebrosa,

verte impiden la faz al sol hermosa

hojas i espinas de que estás ceñida;

 

i ellas el puro lustre i la vistosa

púrpura, en que te vi apuntar teñida,

te arrebatan, i a par la dulce vida

del verdor que descubre, ardiente rosa.

 

Igual es, mustia flor, tu mal al mío:

que si nieve tu frente descolora

por no sentir el vivo rayo ardiente,

 

a mí, en profunda oscuridad i frío

yelo, también de muerte me colora

l’ausencia de mi luz resplandeciente.

 

Soneto (Marchite, ¡ô nunca!, frío i cano yelo)

Marchite, ¡ô nunca!, frío i cano yelo

de tus labios la dulce i blanda rosa,

do las Gracias, do Amor siempre reposa,

ni otro sitio invidiando ni otro cielo.

 

Dellos nunca a herir levanta el buelo,

ni hacha cuida o flecha rigurosa,

que una blanda palabra gracïosa

arma i enciende en el purpúreo velo.

 

Destos, pues, roxos, blandos i süaves

labios do se arma Amor, i que encendieron

mi pecho en llama i rosa dulcemente,

 

¡nunca, ô tiempo!, permitas que los graves

yelos de edad la púrpura ardiente

amortigüen, i llama en que m’ardieron.

 

Soneto (Menoba, que con turbia i alta frente)

Menoba, que con turbia i alta frente

buelas veloz al gran Tarteso río,

horrible a fuerça del pluvioso i frío

Austro, la selva oprime tu corriente.

 

I vi yo cuando en la sazón ardiente,

corriendo apena, de cristal vazío,

ella te defendió del cano estío,

de tu ceñido umor mustia i doliente.

 

No des al aire, pues, ô río sagrado,

raízes de tan fiel i generosa

selva que te asombré al estivo fuego.

 

Templa la saña i el confuso i ciego

hervir de tu profunda agua espumosa;

assí discurras puro i dilatado.

 

Soneto (No esperes, no, perpetua en tu alba frente)

No esperes, no, perpetua en tu alba frente,

ô Aglaya, lisa tez, ni que tu boca,

que al más helado a blando amor provoca,

bañe siempre la rosa dulcemente.

 

¿Ves el sol que nació resplandeciente,

cuál con luz desvanece tibia i poca,

i tú sorda a mis ruegos como roca

estás, en quien se rompe alta corriente?

 

Goza la nieve i rosa que los años

te ofrecen; mira, Aglaya, que los días

llevan tras sí la flor i la belleza;

 

que cuando de la edad sientas los daños,

as de invidiar el lustre que tenlas

i as de llorar en vano tu dureza.

 

Soneto (Otro tiempo profundo i dilatado)

Otro tiempo profundo i dilatado

te vi correr, ô sacro Esperio río,

i ya te ciñe el abrasado estío

i tu luziente mármol seca airado.

 

Triste pensava yo nunca sobrado

sentir tal vez el ardimiento mío,

o elasse al Tánais el ivierno frío,

o regalasse el sol su curso elado.

 

Pero si tú, gran lustre d’Ocidente,

Betis, siendo deidad, del inhumano

tiempo la vez i sientes la crüeza,

 

no desespero de mi ardor insano

buelta ver en ceniza la grandeza

mientra Febo rayare en Orïente.

 

Soneto (Passa, Tirsis, cual sombra incierta i vana)

Passa, Tirsis, cual sombra incierta i vana

este nuestro vivir i, como nieve

al tibio rayo, desvanece en breve

todo apazible bien i gloria humana.

 

Mira cuánto en color, cuánto en loçana

juventud confiar el hombre deve,

si assí acabó Medrano: ¡ô, en buelo leve

subido aya a la estança soberana!

 

Siendo su fin veloz (aunque no incierto,

triste imagino aquél que nos aguarda)

sólo por no avenirle en pena, en lloro.

 

Tirsis, dexa este mar, buelve ya al puerto

la nave i busca el celestial tesoro:

que a nos, quiçá, tan triste fin no tarda.

 

Soneto (Sube, frondosa vid, i en estendido)

Sube, frondosa vid, i en estendido

ramo corona la desnuda frente

deste infelice povo, que al corriente

cristal yaze, de honor destituido.

 

Sube, assí no amanzille el aterido

ivierno en duro yelo tu ecelente

cima, ni Febo, cuando más ardiente,

muestre a tu gloria el rayo embravecido.

 

Que pues, cuando en su lustre florecía,

te dio el áspero tronco i dilatado

seno donde luziesse tu ufanía,

 

es razón, sacra vid, qu’el despojado

leño de verde i fresca loçanía

ornes agora en su funesto estado.

 

Soneto (Ya del sañudo Bóreas el nevoso)

Ya del sañudo Bóreas el nevoso

soplo cessó, ¿el triste ivierno elado,

dando passo, al divino ardor templado,

huyó al profundo centro tenebroso.

 

I buelve el verde honor al espacioso

seno vuestro, del yelo despojado,

sacros povos, que ornáis el intricado

curso del claro Guadiamar ondoso.

 

¡Felices vos!, que ufanos al süave

rayo de Febo coronáis la frente,

libres del yerto humor que os oprimía.

 

Mas, ¡triste yo!, que de importuno i grave

yelo siento oprimir la frente mía,

lexos de ver mi altiva luz ardiente.

 

Soneto (Yo acabaré, infelice, en el ondoso)

Yo acabaré, infelice, en el ondoso

golfo que ensaña i turba el viento airado,

pues en nevoso ivierno sulqué osado

piélago assí profundo i proceloso.

 

Ya me arrebata el ponto furïoso,

i miro el leño, en pieças desatado,

entre la espuma errar (¡ai, yo cuitado!)

i no el cielo a mis lágrimas piadoso.

 

Yo acabaré, pues me creí imprudente

del manso mar, que inmenso me rodea

i bolverá en sus olas mis desnudos

 

güesos. No fíe de cristal luziente,

tome exemplo en mi mal quien no dessea

ser, cual yo, pasto de nadantes mudos.

 

Soneto (¡Ai, amarilla selva, que desnuda)

¡Ai, amarilla selva, que desnuda

yazes, i en cano i yerto humor cubierta,

cómo tu hórrida faz en mí despierta

nuevo mal a mi incendio i llama cruda!

 

Siéntome, ¡ai, triste!, arder cuando se muda

tu frente, i se descubre blanca i yerta;

i cuando l’alma tierra más desierta

se ve de luz, mi llama es más aguda.

 

Pero ¿qué mucho, ô selva, si la ardiente

hacha con que te alienta el claro día

declina tanto al Austro pluvïoso,

 

i yo estoi tan cercano al refulgente

rayo que de sus hizes siempre envía

mi dulce ardor, Aglaida, i glorïoso?

 

Soneto (¡Náufraga onda, i cómo leda frente)

¡Náufraga onda, i cómo leda frente

tuya, mientra ocio fácil posseía,

otra vez me a engañado, que creía

siempre tranquilo tu cristal luziente!

 

Ya no miro encresparse dulcemente

el mar con l’aura que Ocidente envía,

mas espumosos montes que a porfía

levanta al cielo el Euro furïente.

 

Tres vezes fueron ya qu’e1 hondo Egeo

rompí, mal cauto, con aguda prora,

náufrago, i tantas lo sulqué animoso.

 

Debiera escarmentar, porque no ahora,

opuesto en vano al mar impetuoso,

llorara el cierto fin en que me veo.

 

Soneto (¡Salve, ô mancebo, flor de la hermosa)

¡Salve, ô mancebo, flor de la hermosa

llama qu’enciende i cerca el puro cielo!,

cuanto menos que Cintia generosa,

tanto luzes más cándido en el suelo.

 

Apazible destierra en la sombrosa

noche el horror de su medroso velo,

que aún no vibra su hacha luminosa

Venus mirando al gran señor de Delo.

 

Luze en su vez, ¡ô Héspero dichoso!,

en su silencio, i con tu luz m’envia

a mi dulce esplendor i mi cuidado.

 

Y si tal vez sentiste el amoroso

fuego que assí encendió mi pecho helado,

dame no errar por tenebrosa vía.

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