Poemas de Juan Ruiz de Alarcón
Poemas de Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), dramaturgo novohispano nacido en Taxco y forjado lietariamente en Madrid, destaca en el Siglo de Oro por una voz singular y pedagógica que le ganaron el nombre del “arquitecto del carácter”.
A diferencia de la exuberancia de Lope de Vega, Alarcón construyó un teatro de rigor ético y perfección técnica, donde la psicología prevalece sobre la acción desenfrenada.
Se basó en su condición física (era corcovado) para predestinar su obra, dotándola de una aguda sensibilidad hacia la hipocresía social y la injusticia. En obras maestras como La verdad sospechosa, critica vicios específicos —en este caso, la mentira— mediante una estructura lógica impecable.
Su estilo, caracterizado por la limpieza del lenguaje y la intención moralizante, influyó decisivamente en la comedia francesa. Alarcón no buscaba solo el aplauso, sino la corrección de las costumbres mediante la razón.
Poemas de Juan Ruiz de Alarcón
Amistad
Aumento de la próspera fortuna
y alivio en la infeliz; maestra llave
que con un natural secreto sabe
dos voluntades encerrar en una;
del humano gobierno la coluna;
ancla segura de la incierta nave
de la vida mortal: fuero suave
que en paz mantiene cuanto ve la luna
es la santa amistad, virtud divina
que no dilata el premio de tenella,
pues ella misma es de si misma el fruto;
a quien naturaleza tanto inclina
que al hombre que vivir sabe sin ella
sabe avisar el animal más bruto.
Décima
Un aguacero cayó
en un lugar, que privó
a cuantos mojó de seso;
y un sabio que por ventura
se escapó del aguacero,
viendo que al lugar entero
era común la locura,
mojose y enloqueció,
diciendo: «En esto ¿qué pierdo?
¿Aquí donde nadie es cuerdo
para qué he de serlo yo?»
Romance
En Madrid estuve yo
en corro de tal tijera,
que la pegaba cualquiera
al padre que la engendró.
Y si alguno se partía
del corro, los que quedaban
mucho peor dél hablaban,
que él de otros hablado había.
Yo, que conocí sus modas,
a sus lenguas tuve miedo,
¿y qué hago? Estoime quedo,
hasta que se fueron todos.
Pero no me valió el arte,
que ausentándose de allí,
sólo a murmurar de mí
hicieron corro aparte.
Si el maldiciente mirara
este solo inconveníente,
¿hallarase un maldiciente
por un ojo de la cara?
Soneto
En un mar sangriento de cruel venganza,
de rabia, de ira y de coraje lleno,
corrí tormenta, de esperanza ajeno
de llegar en mi estado a ver bonanza;
y un súbito accidente, una mudanza
el pecho libra del mortal veneno,
y el que en mi agravio a mi furor condeno,
en el perdón produce mi esperanza.
No la privanza me movió futura,
que Fortuna en sus obras desiguales
no hace de los méritos memoria;
más debo a mi piedad esta ventura,
y por lo menos en hazañas tales
de la gentil acción queda la gloria.
Elogio descriptivo a las fiestas que la Majestad del Rey Felipe IV hizo por su persona en Madrid a 21 de agosto de 1623
Mientras la admiración avara atiende
a tanta majestad, a tanta pompa,
el vuelo, ¡oh, fama!, con la voz suspende,
porque, informada bien, silencios rompa.
No encarecida la verdad aprende,
que no mendiga aumentos de tu trompa;
ministrará mi numerosa Clío
lengua a tu aliento y ley a tu albedrío
Era del año la estación ardiente;
daba a Febo el León último hospicio,
del alto cielo al húmedo Occidente
su carro amenazaba el precipicio;
la turba inferior, y la eminente
nobleza, o por su sangre, o su ejercicio,
de la Corte de España concurría,
y, de su circo, anfiteatro hacía.
Los tafetanes, rasos, terciopelos,
telas, tabís, damascos y brocados
edificios mentían, si eran velos
en consonancia hermosa variados.
Daban ventaja a su esplendor los cielos,
cuanta soberbia a su color los prados,
y la inquietud del pueblo y el ruido
sobraban a la vista y al oído;
cuando el aplauso roba cortesano
de diosas dos la adoración humana:
esta Juno del Jove castellano,
del anglo Endimión esta Diana.
Coro de ninfas las emula en vano,
si su hermosura puede soberana,
ausentes estas dos deidades bellas,
acreditar de soles sus estrellas.
Grave se mueve el uno y otro plaustro
de cielo, con razón presuntuoso,
hasta la línea en que su breve claustro,
lo que negó envidiado, da envidioso;
rosada y blanca ostenta, opuesto al austro,
dos bellas albas un Oriente hermoso,
porque a Filipo y Carlos precursoras,
pues son dos soles, nazcan dos auroras.
Jerarquía gentil de semidiosas,
obsequio ilustre de sus Majestades,
cuando de propios rayos luminosas,
reflejos gozan de sus dos deidades;
vivos claveles, animadas rosas,
componen de vistosas variedades
bellezas que las alas solicitan
dar al amor, que a la esperanza quitan.
Candores brilla, si entre auroras puede,
del cielo de Austria el esplendor tercero,
que, si no las compite, no les cede;
si ellas auroras son, él es lucero;
pimpollo tierno, a quien la edad concede
maduro fruto en su verdor primero;
Antistes en Toledo vigilante,
Príncipe en Roma, y, en Castilla, Infante
Rosas Gales vertiendo y azucenas,
si la sed de su amor en la tardanza
del merecido premio sufre pena,
glorias bebe en la vista su esperanza;
duro en medio metal finge cadenas,
por quien Tántalo preso el bien no alcanza;
y, cuando en fiestas uno y otro polo
se alegra de su gloria, pena él solo
Al espléndido trono fija atento,
ávida vista, el pueblo circunstante,
cuando se ve ilustrar el firmamento
de nueva luz, de sol más radiante .
¡El Rey!, turbada mano, flaco aliento,
antes que rudo escriba, antes que cante
poco canoro Majestad tan suma,
¡Oh!, pídele perdón, ¡Oh, voz y pluma.
No tanto entre topacios y jacintos
se oculta al hijo hermoso de Latona,
cuando los rayos de su luz distintos
esparcen oro a la elevada zona;
alba que de confusos laberintos,
de estrellas fugitivas, se corona;
cuántas postró Filipomajestades,
eclipsó luces, humanó deidades
Ocupa el real trono, eminente
solio, del de Arctus a la mano diestra.
Si su genio, si el signo su ascendente
predice efectos y verdades muestra,
del quinto Carlos Fénix renascente,
cuanto en el nombre en la marcial palestra,
que al sol hesperio en luces emulara,
a no vencerle a rayos su tiara
Águila, a su esplendor no se deslumbra;
salamandra, a su fuego no se abrasa
aquel que digno a su favor encumbra
mérito, propio ya, ya de su Casa
polo constante a la región que alumbra,
al orbe que gobierna, firme basa;
por cuyo sabio y religioso celo
es Anglia España, y es España cielo
Del alto trono el trono mismo alcanza
el árcticoAlmirante que merece
quien del huésped inglés ha la privanza;
con propias partes y adquiridas crece;
su verde ornato explica la esperanza
del bien futuro que a su patria ofrece,
siendo al principio de esta unión tercero,
siendo, al deseo de este fin, primero
Tudesca hueste herrado fresno esgrime
en la plebeya turba resistente,
que al escarmiento de sus golpes gime,
sin que al gemido de ellos escarmiente;
mas, tanto su furor al fin la oprime,
que, atropellada en fuga diligente,
imita por las puertas el gentío
rápido curso de inundante río
Movibles selvas, fuentes racionales,
en orden bañan el espacio enjuto,
formando con sus húmedos raudales
caracteres que borre el marcial bruto.
Mas ya en festivos cóncavos metales
(porque unión tan feliz con su tributo
ayude a celebrar cada elemento),
antes que cese el agua, suena el viento.
Pueblo de famas es el ordenado
escuadrón de rubíes numeroso,
de cuya mano o pecho es inspirado
uno y otro instrumento sonoroso;
diez veces quince son los que en ornado
bruto el término atruenan espacioso;
y aún no tanto clarín y tanta trompa
es voz bastante a la futura pompa
Clara familia infante el grave paso
circundante repite, honora atenta,
del que, si presto volara Pegaso,
ahora tardo Majestad ostenta.
El rubio que el Oriente, el que el ocaso
cándido pecho rinde, le acrecienta;
rayos sí, mas no fuego al ardimiento;
sosiego, no opresión al movimiento
Terliz purpúreo, que, de Arabia el oro,
dosel del solio imperial guarnece;
si del rico jaez niega el tesoro,
satisface la injuria en el que ofrece;
en medio el nombre regio, a quien el moro
adusto, el escita helado, se estremece;
el oro cifra, y cándidos retrata
los rayos de sus sienes rica plata.
Siguen sus huellas, en ornato iguales,
cincuenta y nueve agravios del primero,
cuyos retratos son las celestiales
alas del carro del mayor lucero;
en plata y nácar luce de reales
ministros pueblo, cuyo lisonjero
culto el alarde irracional venera
por sacro altar de la deidad que espera
Portátil basa que, a sus pies rendida,
escala sirva al Rey para el estribo,
en los hombros se mueve sostenida
de cuatro copias de granate vivo.
Velo sutil de púrpura tejida,
cielo avariento, oculta el leño altivo,
porque nadie presuma, en los despojos,
donde su Alteza el pie, poner los ojos
Doce enfrenados montes, que de Ociro
son y el tardo animal (mestizo parto)
hijas, conducen de Ladón al tiro,
que ha de atreverlas al planeta cuarto.
Metal de Ofir en múrice de Tiro
presta aljaba a las flechas, que del parto
honrosas han de ser al arco afrentas,
de la mano partiendo más violentas
En torno lustra la cuadrada arena
el concertado alarde en lento paso,
y en orden de sus rayos la enajena
la puerta, que al Oriente les da ocaso;
suspensa está en la admiración la pena
de la ocultada pompa, que el Parnaso
en vano musas a alabarla ofrece;
alábela el callar, que no enmudece
Madrid entonces a Madrid presenta;
cuatro sonantes bronces, y del fruto
del azahar sobre el color ostenta
cándidas venas de oriental tributo;
ricos jaeces veintidós sustenta,
número igual de beticano bruto,
por quien su timbre más presuntuoso
cambiar pudiera ya en caballo el oso
Sus huellas borra y borra su memoria,
de cuatro voces de metal guiado,
el escuadrón, que la segunda gloria
da de Berganza al término cercado;
la plata ofrece letras a su historia
en piel bermeja que el león le ha dado,
siendo rubís, zafiros y esmeraldas
treinta envidias al sol en treinta espaldas
Emula de la pompa lusitana,
después que al bronce el viento se estremece,
provincia de vasallos castellana
del más claro Mendoza resplandece;
blanco tesoro de espelunca indiana
la oscura tela esconde, no guarnece,
con cuarenta caballos en que admiro
la razón de ventaja a los de Epiro
Ya tiembla el turco, ya se turba el medo,
que el clarín hiere el elemento raro,
y del color de que se viste el miedo,
y el blanco amor del insaciable avaro,
el ejército marcha del Toledo;
claro en la paz, cuanto en la guerra claro;
su valor muestra en solos veinte frenos,
porque para vencer le bastan menos.
Tuba sonante la atención incita
al escuadrón, ya racional, ya bruto,
del nombre lusitano, que acredita
de enamorado humor el tinto fruto;
fecunda de jazmín la planta imita
sobre el color de abril indio tributo;
y en sus caballos treinta y dos podía
matar la sed la avara hidropesía
Festivo, si marcial, suena inflamado
metal de cuatro alientos, que repite
el nombre de Tifeo respetado,
temido del esposo de Anfitrite;
el Almirante, término cifrado,
que cuantas glorias a la voz permite
la lisonja mayor, cuantas la pluma
mendaz amplía, verdadero suma.
De éste, pues, héroe, visitó la arena
copioso pueblo, que en la tela oscura
rayos borda del sol, furias enfrena,
ornadas treinta y dos de plata pura;
y diez el oro en dilatada vena
cubre desde la espalda a la herradura,
tanto, que es de ellos cada cual juzgado,
no dorado animal, oro animado.
Largo escuadrón, al resonar del viento,
de Italia muestra el español Atlante;
el oro en blanca tela es elemento
que puebla oscura fiera sibilante;
hijos del Betis la mitad de ciento
oprime triplicada turba infante,
poca opresión a su soberbia furia,
a su humilde obediencia mucha injuria.
De Córdoba al clarín tiembla la tierra,
que el son conoce de su heroico abuelo;
blanco tesoro de las Indias hierra
sobre el color que el mar presta a su velo;
dos veces doce a la fingida guerra
marchan caballos tales, que, si el suelo
saben con hierro penetrar sus huellas,
sus espaldas con oro las estrellas.
Silencio imprime cuando acorde suena
último coro de metal dorado,
que la gloria de Sando da a la arena
pródigo alarde en orden dilatado;
de lirio azul y cándida azucena,
mayo es agosto, y la palestra es prado,
grande aparato al mundo, si pequeño
a publicar grandezas de su dueño.
Cuanto su vista el ánimo suspende,
su aplauso más la suspensión dilata;
cuanto la admiración los labios prende,
tanto en más libres voces los desata;
Telus se oprime, cuando el sol se ofende
al peso y luz de perlas, oro y plata,
que a veinticuatro sillas prestan velos
que vientos cubren, que descubren cielos
En él dio fin la ostentación faustosa;
y, aunque el postrero a la estacada llega,
estancia ocupa a todos ventajosa,
pues del alfa del Rey es él omega.
Columnas a la fiesta suntuosa
de Alcides son sus pompas, con que niega
el paso a la esperanza, hasta que el mundo
al cuarto César deba el plus segundo.
Aún no la planta se ocultó postrera,
aún no el encomio sucedió a la gloria,
cuando bicorne mugiente fiera
hurta el pasado fausto a la memoria.
De fugitiva discurrió ligera,
previniendo su instinto que a la historia
de tan dichosa unión no dé la mano
sólo una letra de licor humano
Aquí la águila regia, aquí el segundo
de Austria león, de España aquí el Atlante,
para mostrarse en nuevo Oriente al mundo,
de su esplendor lo privan fulminante;
bien que la noche al centro más profundo,
y más alta región tan radiante,
lució de estrellas, que la idolatría
le dio holocausto en el altar del día.
Pagó el postrero universal tributo
el toro al filo del metal templado,
cuando en nácar y plata, en vez del luto
que debe a sus exequias, adornado
tríyugo impulso de valiente bruto
del circo ausenta el bulto inanimado,
por quien no vino a ser menos festivo
su rapto muerto que su curso vivo.
Solicitó el segundo con ligera
hendida planta en círculos el coso;
segundo a Europa engaño ser pudiera,
no menos que por manso, por hermoso.
En fieras ocho no se vio una fiera,
auspicio claro, indicio venturoso,
de que fue providencia soberana
tanta conforme contingencia humana.
Segunda vez de mílite extranjero
huye ofendida la confusa plebe;
segunda vez de bosque lisonjero
nube inundante en las arenas llueve;
porque segunda vez al hemisferio
de trompas el ejército se atreve,
altivas tanto más cuanto a su asiento,
por precursor del Rey, se humilla el viento.
Los que a la pluma truecan ya la espada
(injuria de la edad), uno Mejía,
otro Girón, ilustran la estacada
en gallardo animal de Andalucía.
Para correr Filipo en su embajada
por la licencia de Isabel envía,
que al sol para salir no ha sido ahora
la vez primera que la dio la aurora
Cuando la puerta que antes el Oriente
saluda de la luz que borda el día,
del español Titán se vio luciente,
que a pesar de la tarde amanecía;
en uno y otro aplauso de la gente,
vencida la atención de la alegría,
bien que en confusa voz, el regocijo
«¡Filipo!», repitió; «¡Filipo!», dijo.
De un bizarro alazán la espalda oprime,
que fogoso los vientos amenaza,
sin desmentir, si fatigado gime,
del céfiro andaluz la noble raza.
Apenas toca el pie, menos imprime,
su breve huella en la espaciosa plaza,
dándole, si lo ajusta o si le bate,
el freno ley, impulso el acicate.
Carlos le sigue; de su bruto alado
la planta iguala mal el pensamiento,
pues, aunque de su imperio moderado,
deja sin plumas y sin alma el viento;
menos eran veloces los que al Pado
joven precipitó del alto asiento
que ellos bajaron, por volar, al suelo,
y éste penetra, por correr, el cielo.
Rayo es del sol, si puede serlo alguno,
la oliva, a cuya ley la militante
señal obedeciendo de Neptuno,
a Palas otra vez hace triunfante.
Sigue Carpio, gentil cuanto ninguno,
la luz del sol hermana, y arrogante
blasona que a la luna de su espejo
pueda ser sombra, cuando no reflejo.
Ébano y oro dividiendo hermosa
línea de plata en animados vientos
galas prestó a Madrid, que en la gloriosa
mentida oposición a los violentos
estrépitos de Marte, victoriosa,
de su motor siguió los movimientos;
siendo, pues, luz vecina al sol, mostraba
nube, que su esplendor reverberaba.
Con relámpagos siete, ardiente rayo,
aumentó a la palestra luz suave
Eduardo el regio; y del festivo ensayo
se argumentaba en él lo horrendo y grave,
multiplicado en ocho abriles mayo;
y en alazanes ocho se vio una ave,
y, si en lo rubio el dios que nació en Delo,
en lo blanco y azul volaba el cielo.
Mendozas dos un cuarto son planeta,
pues siendo Faetón uno, y otro Apolo,
con arrogancia agora más discreta,
el hijo unido al padre alumbra el polo;
cabello blanco en negra piel perfecta
dan consonancia en dos partos de Eolo,
que ligeros, conformes y lucidos
muestran que al carro van del sol uncidos
Toledo el quinto, quinto ya Mavorte,
aunque hoy su edad es freno de su ira,
dando a un rucio la rienda, si a la Corte
un instante se muestra, un siglo admira;
según le iguala su veloz consorte,
la blanca pluma o la emplumada vira
de dos es una y uno el movimiento,
y ambas espumas que arrebata el viento.
El lusitano Mora, que dilata
Indias de Portugal hasta Castilla,
entre esmeralda, entre topacio y plata,
claro lucero de su hueste brilla;
tanto le imitan todos, que retrata
cualquiera de ellos a todos, en la silla
tan diestros todos, que común el lauro
hizo creíble un alazán centauro
Los aplausos prorrumpen alegría,
porque el Neptuno de Castilla viene,
que en los pies de un morcillo desafía
las alas del que dio nombre a Hipocrene.
El oro que llovió en su luz el día
lo oscuro esparce de la noche, y tiene
tal gala, uniendo extremos y colores,
que de sombras se viste y resplandores.
Blasones aclamó del Almirante
el mundo en una voz, no lisonjera;
llegó su nombre a la opresión de Atlante,
transcendiendo una esfera y otra esfera.
No tuvo más de vida que un instante
el bello tramontar de su carrera,
y en él, arrebatando corazones,
áncoras dio por timbre a sus leones
Del carro de la noche se desata
veloz caballo, vegetado monte,
roca en su oscura cumbre de oro y plata;
penetra Monterrey nuevo horizonte.
Plumosa selva en la inquietud retrata,
si, en la color, las ondas de Aqueronte,
y en la velocidad, puesto que negra,
ira de Jove fulminada en Flegra.
Cordobés rucio entiende el pensamiento
del que a su patria nombre dio lozano,
y, hurtando el pie su ligereza al viento,
borra envidioso estampas de la mano;
o ya el fértil de plumas elemento,
negro blasón del bárbaro africano,
talares le calzó, porque en su vuelo
presuma él de Mercurio y él de cielo
Mi pluma llega de volar cansada,
tanta, siguiendo, tan veloz carrera,
para que, en propio espíritu fiada,
volar intente igual con la postrera;
postrera, que ha de ser paragonada,
siendo al círculo fin, con la primera.
Dadme, pues, un aliento, ¡Oh, musas nueve!,
si a tanta empresa vuestra voz se atreve
Rápido rucio es rayo arrebatado
que expira llamas cuando vientos bebe;
alas le presta el peso, y, obligado,
pagan los pies lo que la espalda debe;
a laurear el pueblo aficionado
al Duque Sandoval las voces mueve;
pero, ¿qué la afición, si el hondo abismo
dejó la envidia para hacer lo mismo?
Segunda vez Bucéfalo espumoso
del cristiano Alejandro a la carrera
fatiga el pie, por no dejar quejoso
un ángulo del circo en otra esfera;
segunda vez le sigue el numeroso
campo ecuestre, y le sigue la tercera,
que dio por más vecina al francés norte
solsticio al sol de la española Corte.
De las escuadras diez que ya leales
siguieron a su Rey, las cinco en esto
obedientes también campos iguales
van a formar al sitio contrapuesto;
mas, cuando el sol de claros Sandovales
ocho rayos conduce al otro puesto,
tan juntos van, que, hiriendo las regiones,
rompe un aplauso en mil admiraciones.
La caña empuña el Rey, la adarga embraza,
la espuela aplica a otro león bermejo,
y el occidente de la hermosa plaza
de nuevo ilustra su oriental reflejo.
Juntando la piedad a la amenaza,
de Marte es vivo y Júpiter espejo,
uno que fresno belicoso esgrime,
otro que rayo fulminante oprime
No opuesto el Duque, no; (correspondiente
imitador; émulo no) se muestra
con la adarga y la caña en rucio ardiente
a la oriental región de la palestra;
ya se ven los dos campos frente a frente,
y la blanca señal, que mano diestra
de dos Mercurios ha de dar al viento,
uno y otro caudillo aguarda atento.
Tremola apenas el delgado lino,
cuando los dos hermosos escuadrones
la caña blanden, émula del pino,
por diversas del círculo regiones,
hasta que en tortuosos cursos vino
a verse junta de los dos Fitones
una y otra cabeza, cuya furia
del primero en el sol vengó la injuria.
Aquí de Ampudia el advertido Conde
(si bien no mendigó de la advertencia
tan natural acción) la caña esconde,
y al Rey da, en vez de adarga, la obediencia;
con no corresponder le corresponde,
funda en no competir la competencia,
teniendo en ella su lealtad por gloria,
que el vencimiento venza a la victoria.
Cuatro veces en giros diferentes
las ecuestres legiones se avecinan,
y los del Duque tantas obedientes
la inerme lanza con la frente inclinan;
cesa la escaramuza, y los valientes
ya divisos ejércitos caminan
al puesto en que la paz que goza España
ha de mentir el dardo con la caña.
Su campo ostenta el de Austria, y el de Cea
su escuadra muestra; el mundo se suspende,
cuando tejida nieve lisonjea
el viento mismo que agitada hiende.
El hipogrifo regio, que desea
glorias al dueño, con volar pretende
que no impriman sus pies al leño vano
menos violencia que del Rey la mano.
En medio de su curso impele al viento
el joven brazo la minante vira,
mayor de los cíclopas escarmiento
que las que a Febo ministró la ira.
El provocado campo, en movimiento
lustrando circular, tan diestro gira,
que en su alazán -errada la sentencia-
se juzgó instinto lo que fue obediencia
Vuelve el caballo el Rey, y, acompañando
de los ojos la espalda, al mundo muestra
que es sol, que es luz esférica, y, cambiando
los oficios las manos, en la diestra
pone el gobierno de las riendas, cuando,
abreviado en la adarga la siniestra,
lo esconde tanto que a la perla imita
que aún la nativa inculta concha habita.
Mas, ¿para qué, Señor, tan cuidado,
si para ostentación menor sobrara?
que a vuestra adarga rinde el dios armado,
por más diestro, el escudo y la tiara;
tanto que en vos el mérito agraviado
del poder, a poder lo renunciara,
porque se viera que es vuestra persona
única adulación a su Corona.
Ya el Duque, pues, que en los pasados giros
se ufanó de rendirse al encontraros,
por serviros os sigue, por seguiros
vuela, os quiere alcanzar por alcanzaros.
Si caña lleva, os juzga Amor, y tiros
contra sí mismo intenta ministraros
(si no puede ser más de lo que es vuestro),
porque ocioso no esté brazo tan diestro
La lealtad puede tanto, tanto puede
el respeto en su sangre generosa,
que ni la ley de la ficción concede
al brazo una amenaza mentirosa.
Ya de vuestro alazán al curso cede,
y la que no os sirvió, poco dichosa
caña, hacia atrás del brazo humilde vuela;
tanto distó de que hacia vos la impela
¡Oh, Carlos!, perdonad, que, deslumbrado
al sol que aún os deslumbra a vos, no os veía,
cuando en otro alazán tan semejado
al luminar mayor de tanto día,
dais luz, que ni la vista ni el cuidado
a sutil diferencia os distinguía,
y juzga cuando os ve que en el reflejo
mira al mismo Filipo de un espejo.
El gallardo Guzmán, el fiel Acates
del que es al Tibre más piadoso Eneas,
en lanza, adarga, riendas y acicates
vence del pensamiento las ideas;
cuatro veces por turno los combates
el Rey repite, y tantas semideas,
que, huyendo, al dios del campo enmudecieron,
huyendo al Rey de España, hablar supieron.
No callan, a los cielos atrevidas,
las que la mano disparó violenta
del Infante español; que en ser oídas,
y vistas no, su furia se argumenta.
Más pública temió el rústico Midas
de su justo suplicio aquí la afrenta,
cuanto inmóviles las otras murmuraban.
Y éstas, volando esferas, voces daban
Hasta que ya interpuestos los ancianos
terceros de la paz, los escuadrones
cesan de competir, y a ser ufanos
obsequios van al Rey; que las regiones
dos veces discurriendo con humanos
ojos de la palestra, aclamaciones
concitó tan gloriosas su alabanza,
que alcanzará cuanto la edad alcanza.
Mientras, seguido de su hueste hermosa,
glorias esparce a la arenosa esfera,
en pie le guarda su adorada esposa
que igualmente lo adora y lo venera;
con la acción misma la majestuosa
real copia honorándolele espera
Púsose al fin el sol, y, en sombras frías,
término fue una noche a muchos días.
Patacoja
¡Oh Musa! Dime quién es
la infamia de cuanto vive,
¿quién contra todos escribe
escribiendo con los pies?
Y aquel que ofende, ¿cuál es
a todo viviente , en suma,
con infame lengua y pluma,
a quien nunca el agua moja?
Patacoja
¿Quién en el infierno ha estado
adonde halló lo que ha escrito?
¿Quién con cara de proscrito
de demonio ha profesado?
¿Quién es tan desvergonzado
que el rey del oscuro centro
aún no lo sufrió allá adentro
por librarse de congoja?
Patacoja
¿Quién era pícaro ayer
y agora se ha puesto don
y quien por sólo bufón
la cruz llegó a merecer?
¿Quién estuvo para ser
en Alcalá sagitario
por ladrón y por falsario
agora nobleza arroja?
Patacoja
¿Quién el que de bujarrón
profesó en Sicilia y Roma?
¿Quién de barbaje en Sodoma
pudiera ganar ración?
¿Quién es este gran varón
el señor de Juan Abad
en quien toda suciedad
como en su centro, se moja?
Patacoja
Al Vesubio
Al Nilo, Eúfrates, Ganges y Danubio
lágrimas faltan y en ardiente abismo
gime Neptuno todo el caso mismo
del hijo infausto del Planeta rubio.
Tanto de rayos, tanto es el diluvio,
que el orbe ya en funesto paroxismo
el último flamante cataclismo
se anticipa en volcanes del Vesubio.
¡Oh, humano sueño! ¡oh, necia confianza!
Despierta ya, que el cielo en el que miras
te ofrece avisos del mayor estrago.
Y si irrita sus iras tu tardanza,
¿cuál será, cuál, el golpe de sus iras,
si tales son las iras de su amago?
Que trata sobre aquello que los retratos de don Juan Ruiz de Alarcón omiten y el poeta supo sobrellevar cuerdamente
Las campanas de Santa Prisca se componen
de manojos de llaves proclamados para los velorios,
allendes vituallas, soliloquios de cirio,
estiletes que trizan girantes en duermevela.
Se filtra el oro por los oídos en rosetones, relieves de barbas
e hilos de miel, espumas brillantes en caireles.
Llegamos a Taxco, y he aquí el chirriar de carretela fantasma
como nube de moscas bajo la lengua,
lo tortuoso liberado del pedregal para convite de piernas,
en vericuetos postales de una pequeñita España
con cuatro siglos frescos enclavados en una estribación meridional.
Entre espectros respirables de cantera, ojos oscuros,
atados de maíz, holanes de tarlatán, destellos de plata
en el intelecto de las señoras, vemos pasar a Juan Ruiz de Alarcón.
La Cabeza de Turco Más Vilipendiada del Nuevo y Viejo Mundo va con sumo cuidado: no vaya a dar al fondo del derrumbadero con lo empinado y trabajoso del camino
-¡Mala corcova les nazca si se lo pierden! —.
Heyt Corcovilla, poeta juenetes.
Heyt licenciado orenjoncito, ¿a dónde vas?
¡Don Talegas,
por una y otra parte!
¡Que ahí viene el sátiro de las musas,
el zambo de los poetas!
Heyt, shht
¡Monaza vieja!
¡Parece que de embrión no has salido!
¡Tentación de San Antonio!
Aindiado, heyyt
Voltea, sordo, chaparro.
Primo del Hombre Elefante.
Moreno, tú, distinto, esperpento, tú.
De Santa Prisca de su fisonomía son los retablos un imán anómalo e intrincadas como monstruo, las calles, confesiones suyas, de Taxco, ciertamente.Juan Ruiz de Alarcón, cuerpo pequeño, entrambas jorobas, toda la inteligencia de su época burlándose de él, legión de cerebritos caza mecenas enfilados en los corrales.
Ahí está Lope, ahí está Quevedo, Tirso, Góngora et al.
En seda, cabestrillo y sortijuelas,
ufano, a lo galán, con la mirada lejos
de sus imperfecciones,
atravesando el mundo, acariciándose su barba roja,
el dramaturgo avanza casi sin pestañear,
con el nombre de su última conquista
tan muy en su entresijo:
doña Clara de Bobadilla y Alarcón,
bella mujer de discreto ingenio
por todos los poetas pretendida.
Rüido rüido especular por toda la comedia.
Abiertos abriles a los ojos que sí se imploran parlamentos,
berrinche de corral en trancas plenilunio,
extremados mecenas en cortes de la corte en ultramar.
Hueso torcido en todas las especies.
Si no fuera por sus defectos trabajaría con nosotros.
¿Cómo es que tuvo éxito Juan Ruiz
con las mujeres?
Un cuerpecillo sin norma, un carácter complicado,
orgulloso, que ni Quevedo, ni Lope
lograron realmente apocar,
habrá tenido su encanto.
¿Tuvo paciencia con su propio cuerpo?
¿Tuvo sexo monstruoso?
En Esparta, Alarcón habría sido asesinado al nacer;
en Egipto, en Asia, en India,
lo habrían dejado a la intemperie.
Creían que el defecto físico
es una marca del pecado,
que el cuerpo es un reflejo del carácter moral.
Soñaban con el Homo Bene Figuratus.
¿Si les hubieran dicho que para los Chagga de África
los deformes ahuyentan al demonio,
y en Malasia la tribu Semang los considera hombres sabios?
Pararrayos para fabricar una psique bajo arquitrabes luxadas.
Reality shows sin ayuda de píldoras.
Hombre de soportar zona de esguinces.
Rostro y postura para sujetar gladiolos sin cabeza.
Una salida entre destellos de repugnancia y amor propio.
Póker apuntalado entre el esqueleto bajo un repique de suelas.
Pero dejémonos las gibas,
hagamos teatro, inventémonos nuevas maneras:
¿cómo está, usted, señor?, ¿cómo le fue en París?
¿se agripó su tumor?, ¿aprendió su verruga algo de francés?,
puesto que la verdad, así sin máscara,
nunca nos hará libres:
la maquinación va por dentro
-caras y corazones no son equivalentes—,
¿verdad, don Juan, verdad, don Mendo?
Pero, ¡callar¡, que las paredes oyen.
Veamos, una porquería por esta esquina,
observemos una más por esta otra,
un embrollo de gente necia,
amantes inconstantes, patéticos enamorados,
criados con más sentido común que sus amos,
un amigo dejando muy mal parado al otro amigo,
viudas con la alegría por dentro, historias
donde se cruzan todos los defectos de carácter,
como si el mundo fuera un gran corral,
un chiquero donde se enseñan rezos, una preciosa tara.
¿Y tú? Tienes un ojo chueco, María. ¿Qué hacer contigo?
Aunque con calma, no será difícil encontrarte marido,
si tiene buenas caderas y sobre todo
grande número de mulas y reses.
¿Pero qué decir del hombre con polio, del fenómeno de circo,
la mujer barbuda y el hombre rana?
¡Ay, Santo Cristo! Ocurren puntos ciegos en la Providencia,
no cuadra de pronto la voz con el video,
se derrite la imagen, a Dios se le olvidó insertar el código
correcto en el Espíritu Santo.
Invariablemente llega
el vilipendio, la burla, la bella señorita asqueada,
aquel que, olvidando sus propios defectos,
le da gusto regodearse en la joroba del otro.
En calles de Europa y de la Nueva España
resonó la befa, la carcoma bucal.
Juan Ruiz de Alarcón, a tropezones,
sin otro camino,
por que dios no lo da todo a uno; que piadoso
y justiciero, con divina
providencia, dispone el repartimento.
Al que le plugo de dar
mal cuerpo,
dio sufrimiento para llevar cuerdamente los apodos
de los necios,
corrales nubarrón,
disputas y construcciones,
genio, sueños de vivir de la corte,
laberintos barrocos.
Quien bien come, bebe bien
Quien bien come, bebe bien,
quien bien bebe, concededme
es forzoso que bien duerme;
quien duerme, no peca;
y quien no peca, es caso notorio
que si bautizado está
a gozar del cielo va
sin tocar el purgatorio.
Esto arguye perfección:
luego, según los efectos,
si los santos son perfectos,
los que comen bien, lo son.

Teatro de Juan Ruiz de Alarcón
Los favores del Mundo
GARCÍA Ruiz de Alarcón
DON JUAN de Luna
El PRÍNCIPE don Enrique, híjo de don Juan II de Castilla
DON DIEGO, viejo, tío de ANARDA
El CONDE Mauricio
LEONARDO, su criado
HERNANDO, gracioso
GERARDO, paje del Príncipe
ANARDA, dama
JULIA, dama
INÉS, criada de ANARDA
BUITRAGO, escudero
Dos PAJES
CRIADOS
ACTO I
(Llano al pie del parque de Madrid)
ESCENA I
(Salen GARCIA y HERNANDO , de color.)
HERNANDO. ¡Lindo lugar!
GARCIA. El mejor;
todos, con él, son aldeas.
HERNANDO. Seis años ha que rodeas
aqueste globo inferior,
y no ví en su redondez
hermosura tan extraña.
GARCIA. Es corte del rey de España,
que es decillo de una vez.
HERNANDO. ¡Hermosas casas!
GARCIA. Lucidas;
no tan fuertes como bellas.
HERNANDO. Aquí, las mujeres y ellas
son en eso parecidas.
GARCIA. Que edifiquen al revés
mayor novedad me ha hecho;
que primero hacen el techo,
y las paredes después.
HERNANDO. Lo mismo, señor, verás
en la mujer, que adereza,
al vestirse, la cabeza
primero que lo demás.
GARCIA. Bizarras las damas son.
HERNANDO. Diestras, pudieras decir
en la herida del pedir,
que es su primera intención.
Cífrase, si has advertido,
en la de mejor sujeto,
toda la gala en el peto,
toda la gracia en el pido.
Tanto la intención cruel
sólo a este fin enderezan,
que si el «Padre nuestro» rezan,
es porque piden con él.
Hoy a la mozuela roja
que en nuestra esquina verás,
dije al pasar: ¿Cómo estás?
y respondió: Para aloja.
GARCIA. Con todo, siento afición
de Madrid en tí.
HERNANDO. Y me hicieras
merced, si aquí fenecieras
esta peregrinación;
que molerán a un diamante
seis años de caminar
de un lugar a otro lugar,
hecho caballero andante.
GARCIA. Hernando, estoy agraviado,
y según leyes de honor,
debo hallar a mi ofensor;
no basta haberlo buscado.
Mas no pienses que me canso,
que hasta llegar a matalle,
de suerte estoy, que el buscalle
tengo solo por descanso.
No a mitigarme es bastante
tiempo, cansancio ni enojos;
que siempre tengo en los ojos
aquel afrentoso guante.
¡Ah, cielos! ¿en qué lugar
escondeis un hombre así?
¡Cielos, o matadme a mí,
o dejádmelo matar!
Yo, que en la africana tierra
tantos moros he vencido;
yo, que por mi espada he sido
el asombro de la guerra;
yo, que en tan diversas partes
fijé, a pesar del pagano
y el hereje, con mi mano
católicos estandartes,
¿he de vivir agraviado
tantos años, cielo? ¿Es bien
que esté deshonrado quien
tantas honras os ha dado?
HERNANDO. Por Dios te pido, señor,
que no te aflijas así;
que yo espero en Dios que aquí
has de restaurar tu honor.
Si las señas no han mentido,
Don Juan en Madrid está;
sufre lo menos, pues ya
lo más, señor, has sufrido.
Deja esa pena inhumana,
no pienses en tu contrario.
GARCIA. Es pedir al cuartanario
que no piense en la cuartana.
HERNANDO. Diviértete, considera
cómo está en caniculares,
con ser pobre, Manzanares,
tan honrada su ribera,
que dél dijo una señora,
cuyo saber he envidiado,
que es, por lo pobre y honrado,
hidalgo de los de agora.
Bien puede aliviar tus males
ver ese parque, abundoso
de conejo temeroso,
blanco de tiros reales.
GARCIA. Detente. ¿No es mi enemigo
el que miro?
HERNANDO. ¿Don Juan?
GARCIA. Sí,
el que viene hablando allí,
con aquel coche…
HERNANDO. Yo digo
que me parece Don Juan,
pero no puedo afirmallo.
GARCIA. Ya ves que importa no errallo.
Pues tan divertidos van,
al descuido has de acercarte,
y con cuidado mirar
si es él, que yo quiero estar
escondido en esta parte
hasta que vuelvas. Advierte
que certificado quedes;
despacio mirarlo puedes,
que él no podrá conocerte.
HERNANDO. El coche paró; una dama
sale; él sirve de escudero.
GARCIA. Acaba, vete.
HERNANDO. El cochero
me dirá cómo se llama. (Vase.)
(Salen ANARDA y JULIA con mantos, y Don JUAN.)
(Vase HERNANDO , GARCIA se esconde a un lado, y por
el opuesto salen ANARDA , JULIA y Don JUAN.)
ESCENA II
( ANARDA y JULIA con mantos; DON JUAN. GARCIA, oculto.)
JUAN. El Príncipe, mi señor,
que deste parque en la cuesta
dando está con la ballesta
lición y envidia al amor,
como vuestro coche vio,
contento y alborotado,
a daros este recado,
bella Anarda, me envió.
Miraldo en aquel repecho,
sobre el hombro la ballesta,
la mira en el blanco puesta,
que sigue tan sin provecho.
ANARDA. Al parque, Don Juan, subiera,
no dando que murmurar;
mas está todo el lugar
de ese río en la ribera.
Perdón me ha de dar su Alteza,
y porque pueda advertir
que nace en mí el no subir
de honor, y no de esquiveza,
aquí me quiero asentar,
(Siéntanse las damas, Don JUAN se arrodilla.)
donde el Príncipe me vea,
que ver lo que se desea,
algo tiene de gozar;
y vos, que con él priváis,
estaos aquí, porque arguya
que esta fortaleza es suya,
pues por alcaide quedáis.
JULIA. (Hablando aparte con ANARDA .)
Parece que se mitiga
tu acostumbrado rigor.
ANARDA. A esto me obliga el temor,
ya que el amor no me obliga.
¿De rodillas? (A Don JUAN .)
JUAN. Tus despojos
adoro.
ANARDA. Mucho te humillas.
JUAN. ¿No pondré yo las rodillas
donde el Príncipe los ojos?
Y cuando no a tu deidad
tal veneración le diera,
a tu prima se la hiciera,
pues adoro su beldad.
(Sale HERNANDO .)
ESCENA III
( HERNANDO, ANARDA, JULIA, Don JUAN, GARCIA.)
GARCIA. (Saliendo al encuentro a HERNANDO y hablando con
él, sin ser vistos de Don JUAN ni las damas.)
¿Es Don Juan?
HERNANDO. Sin duda alguna,
que yo pregunté al cochero:
¿quién es este caballero?
y dijo: Don Juan de Luna.
GARCIA. En cas del embajador
de Ingalaterra te espero.
Con mis joyas y dinero
ponte en salvo.
HERNANDO. Voy, señor. (Vase.)
(Saca la espada y embiste a Don JUAN ; él te levanta
y la saca.)
GARCIA. Aquí pagará tu vida
tu atrevimiento.
JUAN. Detente.
GARCIA. ¡Ah, Don Juan! aquí no hay gente
que la venganza me impida.
ANARDA. ¡Qué confusión!
JULIA. Prima mía,
¿qué haremos?
ANARDA. ¡Oh trance fuerte!
JUAN. ¿Veniste a buscar tu muerte?
¿No me conoces, Garcia?
GARCIA. Tanto mayores serán,
si aquí te venzo, mis glorias,
cuanto lo son tus victorias.
ANARDA. ¡Vencido cayó Don Juan!
(Vienen a los brazos, cae debajo Don JUAN , saca la
daga GARCIA y levanta a dalle una puñalada.)
GARCIA. Ya llegó el tiempo en que salga
de tanta afrenta. ¡Enemigo,
este es tu justo castigo!
(Va á darle una puñalada.)
JUAN. ¡Válgame la Virgen!
GARCIA. (Detiene el brazo levantado, y levántase)
Valga;
que a tan alta intercesora
no puedo ser descortés.
JUAN. Déjame besar tus pies.
GARCIA. Don Juan, a nuestra Señora,
Vírgen. Madre de Dios hombre,
de la vida sois deudor;
que refrenar mi furor
pudiera sólo su nombre.
JUAN. Matadme, que más quisiera
morir, que haber agraviado
a quien la vida me ha dado.
GARCIA. Más queda desta manera
satisfecha la honra mía;
que si ya pude mataros,
más he hecho en perdonaros
que en daros la muerte haría.
Matar pude, vencedor
de vos solo; mas así
he vencido a vos y a mí,
que es la vitoria mayor.
Sólo faltó derribar
el brazo ya levantado;
más fué perdonar airado,
que era, pudiendo, matar.
ANARDA. (Ap.) (De turbada estoy sin mí)
Necio, descortés, grosero,
si valiente caballero,
fuera bien mirar que aquí
estaba yo, para dar
a ese intento dilación.
¿Faltáraos otra ocasión
de poderlo ejecutar?
GARCIA. En que os habéis ofendido
reparad, señora mía,
llamando descortesía
lo que ceguedad ha sido.
Ciego llegué del furor;
que ¿quién, señora, os mirara,
que suspenso no quedara
o de respeto o de amor?
ANARDA. Vanas las lisonjas son,
cuando con lo que intentastes
de ningún modo guardastes
el decoro a mi opinión.
¿Qué dijeran los que están
buscando qué murmurar,
viendo a mi lado matar
un hombre como Don Juan?
JUAN. Si advertís, señora mía,
perdón merece en su error
quien, por tener mucho honor,
tuvo poca cortesía.
ANARDA. ¡Bueno es disculparlo vos!
JUAN. ¿No estoy a hacello obligado,
cuando la vida me ha dado?
(Sale un paje.)
ESCENA IV
(GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.)
GERARDO. Su Alteza llama a los dos.
GARCIA. ¿El Príncipe?
GERARDO. Veislo allí.
JUAN. No tenéis que alborotaros,
que presto pienso pagaros
lo que habéis hecho por mí.
(A las damas.)
Su Alteza a llamarme envía.
ANARDA. Bien es que le obedezcáis.
JUAN. Si el coche, Anarda, tomáis,
dejaros en él querría.
ANARDA. Desde aquí del aire y soto
gozar queremos las dos.
JUAN. Julia, adiós.
JULIA. Don Juan, adiós.
(Vase Don JUAN .)
GARCIA. Perdonad este alboroto,
si puedo esperar perdón
de quien, sólo con mirar,
da muerte.
ANARDA. De perdonar
vos me habéis dado lición.
JULIA. ¡Qué bizarro caballero!
Las almas lleva tras sí.
(Sale HERNANDO .)
ESCENA V
(HERNANDO, GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.)
GARCIA. (Encontrándose con su criado al retirarse y hablando
aparte con él.)
¿Aquí estás?
HERNANDO. Quise de aquí
ver el suceso primero.
GARCIA. Quédate, y sabe quién son
esas mujeres.
HERNANDO.
¿Ya estás
herido?
GARCIA. En ellas verás
si es bastante la ocasión.
(Vase GARCIA , HERNANDO se queda en el fondo.)
ESCENA VI
(ANARDA, JULIA, GERARDO, HERNANDO, retirado.)
GERARDO
El Príncipe, mi señor,
que este caso viendo ha estado,
os dice que se ha alegrado
de tener competidor;
que a su privado ha querido,
porque os hablaba, ofender;
que dueño debe de ser
quien cela tan atrevido.
ANARDA. Decid, Gerardo, a su Alteza,
que mostrárseme penado
deste susto que me han dado,
fuera más alta fineza
que condenarme a liviana
con tanta resolución
por sólo la información
de una conjetura vana.
Que ya de Don Juan sabrá
cuán otra la causa ha sido,
y de haberme así ofendido
el yerro conocerá.
Y porque entienda que yo
no sé a dos favorecer,
le suplico haga prender
al que mi agravio causó
Id con Dios.
GERARDO. Quede contigo. (Vase.)
ESCENA VII
( ANARDA , JULIA , HERNANDO , retirado.)
JULIA. Yo pensé que merecía
su humildad y cortesía
antes premio que castigo.
Villana estás, por mi fe,
con quien perdón te pidió.
(Ap. Préndaos Anarda , que yo,
forastero, os libraré.)
ANARDA. ¡Oh, qué mal me has entendido!
¿Ves este enojo y rigor?
pues ardides son que amor
ha trazado y ha fingido.
JULIA. ¿Quieres al Príncipe ya?
ANARDA. Nunca tan necia te ví.
Quien vió el forastero, dí,
¿cómo otro dueño querrá?
Aquel bizarro ademán
con que la espada sacó,
el valor con que venció
y dió la vida a Don Juan;
la gala, la discreción
en darme disculpa, el modo,
gentileza y talle, todo
me ha robado el corazón.
JULIA. (Ap.) ¡Rabiando estoy de celosa!
ANARDA. Y así, por volver a vello,
lo aseguro con prendello,
de que se irá temerosa,
porque forastero es.
JULIA. Cuando se apartó de aquí,
al oido hablar le ví
a aquel mancebo que ves.
Él informarte pudiera.
ANARDA. Bien dices: hablalle quiero.
JULIA.(Ap.) Así, ha de ser, forastero,
mi contraria mi tercera.
ANARDA. ¡Ah caballero!
HERNANDO. (Ap.¿Si a mí
caballero me llamó?
¿tan buen talle tengo yo?)
¿Es a mí, señora?
ANARDA. Sí.
HERNANDO. Extrañé la nueva forma,
cuando me ví caballero;
si bien no soy el primero
que en la corte se trasforma.
Mas son vanas intenciones
cuando con pobreza lidio,
que es el dinero el Ovidio
de tales trasformaciones.
Pero si puedo serviros,
dama, sin ser caballero,
mandadme.
ANARDA. Pediros quiero…
HERNANDO. Pues bien podéis despediros.
¿Para pedirme, decid,
sólo me llamáis las dos?
Animosas sois, por Dios,
las mujeres de Madrid.
Que pida la que se ve
de mí rogada y querida,
vaya; mi amor la convida,
y pues pido, es bien que dé.
Que la mujer que hablo yo
en la iglesia, tienda o calle,
me pida, vaya; el hablalle
ya por ocasión tomó.
Mas ¡llamarme, hacerme andar,
y luego pedirme! ¿Es cosa
el dar tan apetitosa,
que he de andar yo para dar?
ANARDA. Lo que pediros intento,
sólo hablar ha de costaros.
HERNANDO. De eso bien me atrevo a daros
cuanto os pinte el pensamiento.
ANARDA. Oid, pues.
HERNANDO. Decid, señora.
ANARDA. Que me digáis sólo quiero
quién es aquel forastero
que al oído os habló agora.
HERNANDO. Con que vos, señora mía,
antes quién sois me digáis,
os lo diré; y no tengáis
lo que os pido a grosería;
porque sin saber a quién,
decir quién es no conviene,
puesto que enemigos tiene.
ANARDA. ¡Qué cauto sois!
HERNANDO. Hago bien;
que en la corte es menester
con este cuidado andar;
que nadie llega a besar
sin intento de morder.
ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo
Doña Lucrecia Chacón.
HERNANDO. Garcia-Ruiz de Alarcón
es el nombre de mi amo.
ANARDA. ¿Es caballero?
HERNANDO. ¿Tan mal
os informa su apellido?
La Mancha no lo ha tenido
más antiguo y principal.
Y sin el nombre, el sujeto
os pudiera haber mostrado
su calidad.
ANARDA. ¿Es casado?
HERNANDO. No, sino hombre muy discreto.
ANARDA. Déte el cielo buenas nuevas.
JULIA. (Ap. a ANARDA .) Disimula. Loca estás.
ANARDA. (Ap. a JULIA .) ¿Qué quieres?
JULIA. (Ap. a ANARDA .) Pregunta más,
sin mostrar el fin que llevas.
ANARDA. ¿Es rico?
HERNANDO. ¡Gracias a Dios
que llegamos al lugar!
Si queríades preguntar
solo ese punto las dos,
¿qué sirve parola vana
y hablar de falso primero?
Bien sé que apunta al dinero
toda aguja cortesana.
ANARDA. Ya no lo quiero saber,
por mostrar otros cuidados.
HERNANDO. Pues hasta dos mil ducados
de renta, deben de ser
los que en sus vasallos tiene.
ANARDA. ¿A qué vino a este lugar?
HERNANDO. Ese es mucho preguntar.
ANARDA. Sólo si de espacio viene me decid.
HERNANDO. Si no es aquí rémora un nuevo cuidado…
ANARDA. ¿Hase acaso enamorado?
HERNANDO. (¿Picaisos?) (Ap.)
Pienso que sí.
ANARDA. Malas nuevas te dé Dios.
HERNANDO. (Mal disimula quien ama.) (Ap.)
ANARDA. ¿Puede saberse la dama?
HERNANDO. Oso decir que sois vos.
ANARDA. Pues, ¿cuándo me ha visto?
HERNANDO. Ahora.
ANARDA. Y ¿cómo sabéis que aquí
se ha enamorado de mí?
HERNANDO. Porque sé que os vio, señora.
ANARDA. ¿Lisonjas?
HERNANDO. Verdades son,
de que tengo algún indicio.
JULIA. Que viene el conde Mauricio.
ANARDA. Pues huyamos la ocasión.
(Sale el CONDE Mauricio y LEONARDO .
Se quedan en el fondo observando a las damas)
ESCENA VIII
LEONARDO. Lince eres en conocellas.
CONDE. Ciega amor y vista da.
¿Cúyo criado será
el que está hablando con ellas?
ANARDA. Tu nombre…
HERNANDO. Hernando es mi nombre.
ANARDA. ¿De qué?
HERNANDO. Hernando, cerrilmente,
que no le sirve al sirviente
más que el nombre el sobrenombre.
ANARDA. Mucho tu modo me obliga.
Gusto me ha dado tu humor.
HERNANDO. Eso, hablando a lo señor…
(Hablan aparte doña ANARDA y doña JULIA )
ANARDA. Dile, Julia, que nos siga,
como que sale de ti.
JULIA. (Tu mismo fuego me abrasa.) Aparte
Ven a saber nuestra casa,
que he de hablarte.
HERNANDO. Harélo así.
(Vanse las damas)
¡Pobretilla! ¿Ya me quieres?
Las armas de amor trajimos,
que un hombre a matar venimos,
y hemos muerto dos mujeres.
(Vase HERNANDO )
LEONARDO. El coche toman. Huyendo
van de ti, señor.
CONDE. Cuidado me da, Leonardo, el criado.
¿Ves cómo las va siguiendo?
LEONARDO. ¿Qué determinas?
CONDE. Saber
quién es su dueño y su intento,
que amor me forma del viento
mil visiones que temer.
(Vanse el CONDE y LEONARDO . Salen el PRINCIPE ,
con gabán y ballesta, GARCIA y don JUAN .)
ESCENA IX
GARCIA. Supuesto que obedecer
es forzoso a vuestra Alteza,
oya a quien ha ejercitado
más la espada que la lengua.
Garcia-Ruiz de Alarcón
es mi nombre, en las fronteras
berberiscas más temido
que conocido en las vuestras.
Vasallos tengo en la Mancha,
que mis pasados heredan
del Zavallos, que a Castilla
abrió de Alarcón las puertas.
En ciñéndome la espada,
fuí a serviros a la guerra;
que heredar honra es ventura,
y valor es merecella.
Callar quiero mis hazañas
pues que la fama os las cuenta,
y en la tierra las escriben
ríos de sangre agarena.
Habrá, pues, señor, seis años
que en la batalla sangrienta
que tuvimos con los Moros
en Jerez de la Frontera,
militó Don Juan de Luna,
de cuyos rayos pudiera
el mismo sol envidiar
fuego para sus saetas,
porque su valiente espada
era encendido cometa
que a fuego y sangre amenaza
la berberisca potencia.
Al trabar la escaramuza,
con tan animosa fuerza
las huestes de África embisten,
que las de Castilla afrentan.
Desbaratados los nuestros
olvidaron su soberbia,
y aun volvieron las espaldas;
que esto es verdad, si es vergüenza.
Yo, despechado de ver
tan nunca usada flaqueza,
atájelos con la espada,
castiguélos con la lengua.
O se deba a mis razones,
o al valor dellos se deba,
corridos los castellanos
repararon la carrera,
y en nuevo Marte encendidos,
revuelven con tal violencia,
que más pareció el huir
artificio que flaqueza.
Vos, señor, al fin vencistes;
que son los reyes planetas,
y las obras del vasallo
se deben a su influencia.
Pues como yo fuí la causa
de que los nuestros volvieran,
por autor de la vitoria
todo el campo me celebra:
con que en algunos cobardes
la envidia tósigo siembra;
que la pensión de las dichas
es la emulación que engendran.
Juntos, pues, los envidiosos,
a fabricar mis afrentas,
a Don Juan de Luna eligen
para el instrumento dellas.
Solo en su valor confían,
y en la confianza aciertan,
pues a lo que él se atrevió,
nadie, sin él, se atreviera.
Dícenle, para incitallo
a la venganza que intentan,
que de su espada y valor
he hablado mal en su ausencia;
que he dicho que las espaldas
suyas, fueron las primeras,
que vieron los enemigos
en la pasada refriega.
Uno el agravio denuncia,
los otros con él contestan,
y él con falsa información
justamente me condena.
Y estando en corrillo un día
con otros soldados, llega
determinando Don Juan,
diciendo desta manera:
–Yo soy Don Juan, cuya Luna,
de gloriosos rayos llena,
el honor de mis pasados,
con ser inmenso, acrecienta;
vos habéis dicho de mí
que soy cobarde en la guerra,
sabiendo que en valentía
os venzo, como en nobleza.
–¡Mentís en todo!, le dije;
mas húbelo dicho apenas,
cuando le tiró en un guante
a mi honor una saeta;
que si bien no me llegó,
es por la desdicha nuestra
el honor tan delicado,
que del intento se quiebra.
Saqué a vengarme la espada,
y él la suya en su defensa,
que de dos humanos Joves
dos rayos vibrados eran:
y a no impedírnoslo tantos,
no digo yo cuál muriera;
que con ventura se vence,
si con valor se pelea.
Al fin, no pude romper
muros de espadas opuestas;
que aunque el valor las excede,
no las igualan las fuerzas.
Ausentóseme Don Juan,
y yo, en sabiendo quién eran
los autores del engaño
de que resultó mi ofensa,
los dos, de tres, arrojé
al mar desde una galera:
por las bocas me ofendieron,
y entró la muerte por ellas.
El tercero se ausentó;
y a mí el agravio me lleva
buscando a Don Juan de Luna
por varios mares y tierras,
determinado a matar
o morir; y a sus esferas
seis vueltas ha dado el sol
mientras yo al mundo una vuelta.
Supe que estaba en Madrid;
vine y vílo en la ribera
de Manzanares agora;
embestí a vengar mi afrenta;
vino a los brazos conmigo,
donde al hijo de la tierra
en valor y fuerza excede;
pero yo al honor de Tebas.
La daga y brazo levanto,
que ardiente furia gobierna;
y él, viendo que ya en el suelo
ningún remedio le queda,
¡válgame la Virgen! dice:
valga, digo, y la sentencia
revoco en el mismo instante
que al golpe empezado resta.
Este el caso; Don Juan,
pues he hablado en su presencia,
me puede enmendar agora
lo que mi memoria yerra.
JUAN. Este, señor, es el caso.
PRINCIPE. Garcia-Ruiz de Alarcón,
claras vuestras obras son;
desde el oriente al ocaso
da envidia vuestra opinión.
Las más ilustres historias
en vuestras altas vitorias
el _non plus ultra_ han tenido;
mas la que hoy ganais, ha sido
_plus ultra_ de humanas glorias.
Vuestra dicha es tan extraña,
que quisiera ¡vive Dios!
más haber hecho la hazaña
que hoy, Garcia, hicistes vos,
que ser Príncipe de España.
Porque Alejandro decía
(¡ved cuanto lo encarecía!)
que más ufano quedaba
si un rendido perdonaba,
que si un imperio rendía.
Que en los pechos valerosos,
bastantes por sí a emprender
los casos dificultosos,
el alcanzar y vencer
consiste en ser venturosos;
mas en que un hombre perdone,
viéndose ya vencedor,
a quien le quitó el honor,
nada la fortuna pone,
todo se debe al valor.
Si vos de matar, Garcia,
tanta costumbre tenéis,
matar ¿que hazaña sería?
Vuestra mayor valentía
viene a ser que no matéis.
En vencer está la gloria,
no en matar; que es vil acción
seguir la airada pasión,
y deslustra la vitoria
la villana ejecución.
Quien venció, pudo dar muerte;
pero quien mató, no es cierto
que pudo vencer; que es suerte
que le sucede al más fuerte,
sin ser vencido, ser muerto.
Y así, no os puede negar
quien más pretenda morder,
que más honra os vino a dar
el vencer y no matar,
que el matar y no vencer.
Dar la muerte al enemigo,
de temello es argumento;
despreciallo es más castigo,
pues que vive a ser testigo
contra sí, del vencimiento.
La vitoria el matador
abrevia, y el que ha sabido
perdonar, la hace mayor,
pues mientras vive el vencido,
venciendo está el vencedor.
Y más donde a cobardía
no puede la emulación
interpretar el perdón.
Pues tiene el mundo, Garcia,
de vos tal satisfacción,
dadme los brazos.
GARCIA. Señor,
con que a vuestros pies me abaje
premiáis mi hazaña mayor.
PRINCIPE. Esos pide el vasallaje,
y esotros debo al valor.
GARCIA. Como rey sabéis honrar.
PRINCIPE. Alzad, Alarcón, del suelo,
que en el suelo no ha de estar
quien ha sabido obligar
la misma Reina del cielo.
Y que pago considero
por libranza suya, a vos
las honras que daros quiero;
que es el rey un tesorero (Échale los brazos)
que tiene en la tierra Dios. (Abrázale)
Libre de ser derribado
ahora me juzgo yo;
que bien seré sustentado
de un brazo a quien, levantado,
tal furia no derribó.
Y así, en mi casa, Garcia,
os quedad; desde este día
andemos juntos los dos;
que quiero aprender de vos
la piedad y valentía.
Gentilhombre de mi boca
os hago.
GARCIA. Dadme esos pies.
PRINCIPE. El servirme de vos es
para vos merced muy poca,
porque es mi propio interés.
Y yo no pretendo hacer
desto premio o beneficio;
porque el cargo ni el oficio,
no premia al que ha menester
el rey para su servicio.
El un hábito escoged
de los tres.
GARCIA. ¿Cuándo, señor,
serviré tanta merced?
(Arrodíllase Don JUAN )
PRINCIPE. Aquesto a vuestro valor
y no a mí, lo agradeced.
Lo mucho que habeis servido,
el hábito manifiesta.
Pues ¿qué merced habrá sido
la que a mí nada me cuesta
y vos habéis merecido?–
¿Por qué estás, Don Juan, así?
JUAN. Estas honras que le das
a Garci-Ruiz por mí,
agradezco.
PRINCIPE. Debo más
a quien hoy me ha dado a ti.
A pagarle me apercibo
esta vida con que vivo,
en la que hoy, Don Juan, te dió;
que eres, amigo, otro yo,
y en tí la vida recibo.
A todos sabes honrar.
ESCENA X
(Sale el paje GERARDO ; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan)
aparte GARCIA y Don JUAN .
( GERARDO , EL PRINCIPE , GARCIA , Don JUAN )
PRINCIPE. ¿Qué hay, Gerardo?
GERARDO. A vuestra Alteza
aparte quisiera hablar.
(Sale el paje GERARDO ; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan)
aparte GARCIA y Don JUAN .
(Desvíase el Príncipe con el paje, y hablan aparte
GARCIA y Don JUAN .)
JUAN. Merece vuestra nobleza
tan soberano lugar.
GARCIA. Un deudor en mí tenéis
de las honras que hoy recibo.
JUAN. Cuando a merced vuestra vivo,
nada deberle podéis
por ley a vuestro cautivo.
Mas donde el sujeto es tal,
no tanto estiméis que aplique
el ánimo liberal
el Príncipe Don Enrique
a haceros merced igual;
porque en su real persona
puso el cielo tal nobleza,
benignidad y largueza,
que hoy os diera su corona,
a tenerla en la cabeza.
PRINCIPE. (Ap.) Confuso estoy.
¿Qué he de hacer?
¿Al que tanto agora honré
tengo al punto de prender?
Pues dejar de obedecer
a Anarda, ¿cómo podré?
¡Oh fuero de amor injusto!
¿A tan heroico varón
hacer tal agravio es justo,
por sólo el liviano gusto
de una mujer sin razón?
Pero prendello, ¿qué importa,
si luego le he de soltar,
y a mí me viene a librar
su prisión liviana y corta
de un largo enojo y pesar?
Pero tengo por mejor,
por mostrarme poco amante
sufrir de Anarda el rigor,
que dar nota de inconstante
a un hombre de tal valor.
Mas si la causa le digo,
bien disculpará el efeto.
No me tendrá por discreto,
si aun no empieza a ser mi amigo
cuando le fío un secreto.
Mas ya sé lo que he de hacer.–
Vedme esta noche, Garcia.
GARCIA. Vuestro soy.
PRINCIPE. Habéis de ver
a mi padre, que poner
vuestra persona querría
en el estado que cuadre
al valor que en vos se ve.
GARCIA. Con serviros lo tendré.
PRINCIPE. Esta noche de mi padre
el hábito alcanzaré. (Vase.)
JUAN. Ya con él os miro yo;
que el rey Don Juan a su Alteza
nada jamás le negó;
que de su padre heredó
el Príncipe la largueza. (Vase.)
GARCIA. En mar sangriento de cruel venganza,
de rabia, de ira y de coraje lleno,
corrí tormenta, de esperanza ajeno
de llegar en mi estado a ver bonanza.
Y un súbito accidente, una mudanza
el pecho libra de mortal veneno,
y el que en mi agravio a mi furor condeno,
en el perdón produce mi esperanza.
No la privanza me movió futura;
que fortuna en sus obras desiguales
no hace de los méritos memoria;
mas debo a mi piedad esta ventura;
y por lo menos en hazañas tales,
de la gentil acción queda la gloria. (Vase.)
ESCENA XI
(Calle en que vive ANARDA . Es de noche.)
Sale HERNANDO, con capa y sombrero viejo; INÉS .
HERNANDO. Tu nombre saber deseo.
INÉS. Inés.
HERNANDO. Decirte podré
según en mí no sé qué
siento después que te veo.
Un poco te quiero, Inés.
INÉS. A lo menos no dirás,
pues que ya dicho lo has,
yo te lo diré después.
HERNANDO. La lengua en amor osada
es más dichosa y más cuerda;
porque la mula que es lerda
tarde llega a la posada.
Enfermo es quien tiene amor,
y es el doctor el amado;
pues ¿cómo será curado
quien su mal calla al dotor?
ESCENA XII
Salen El CONDE y LEONARDO, de noche.
(HERNANDO, INÉS.)
LEONARDO. Ocupada está la puerta.
CONDE. Reconocer determino.
LEONARDO. El celoso desatino
tus acciones desconcierta.
CONDE. No me repliques. ¿Quién es?
INÉS. (Ap)
(Este es el Conde.) Inés soy,
que gozando el fresco estoy.
CONDE. No hablo contigo, Inés,
sino con aquese hidalgo.
INÉS. Un soldado es, que llegó,
como a la puerta me vió,
a pedir por Dios.
HERNANDO. Dad algo
para pagar la posada,
caballeros, a un soldado
desvergonzante y honrado,
que trae la pierna colgada
y tiene un brazo torcido,
por amor de…
LEONARDO. Perdonad.
HERNANDO. Miren la necesidad
con que, por Dios, se lo pido.
CONDE. ¿Queréis no ser majadero?
HERNANDO. ¿Así a un pobre se responde?
(Ap. ¿Este es conde? Sí: éste esconde
la calidad y el dinero.) (Vase.)
ESCENA XIII
(El CONDE, LEONARDO, INÉS.)
CONDE. Hermana Inés, no concierta
con el honor desta casa
ver, quien a tal hora pasa,
hombres hablando a su puerta.
INÉS. Un mendigo remendado
que por Dios llega a pedir
¿qué puede dar que decir?
CONDE. Un tercero, disfrazado
de mendigo, busca así
la ocasión a su mensaje,
y a estas horas el mal traje
no se ve, y el hombre sí;
y a estar vos, como es razón,
encerrada en vuestra casa,
al mendigo y al que pasa
quitárades la ocasión.
INÉS. No sé yo, por vida mía,
desde cuándo acá o por dónde
le ha tocado, señor Conde,
el cargo a vueseñoría
de alcaide o de guardadamas
desta casa. ¿Qué marido,
padre o galán admitido
es de alguna de mis amas,
para que las guarde así?
CONDE. ¡Vive el cielo, que a no ser
de aquesta casa y mujer!…
LEONARDO. Calla, Inés, ¿estás en ti?
¿Así te atreves al Conde?
INÉS. Y al mismo rey me atreviera,
si tanta ocasión me diera.
Quien por su dueño responde
se atreve muy justamente.
Pero yo le diré a Anarda
que el Conde su puerta guarda,
para que el remedio intente. (Vase.)
ESCENA XIV
(El CONDE, LEONARDO.)
LEONARDO. Perdido vas.
CONDE. Tal estoy
de celoso y desdeñado,
que ya de desesperado
en nuevos intentos doy.
Ya que no puedo obligar,
vengarme sólo deseo,
que estas visiones que veo,
la materia me han de dar.
El mozo que hoy en el río
las habló y siguió después;
hallar a la puerta a Inés
y hablarme con tanto brío;
de Anarda el airado ceño
hoy, porque al coche llegué:
todo dice, o nada sé,
que esta casa tiene dueño.
LEONARDO. ¿Eso dudas?
CONDE. De inquirirlo
y darles pesares trato.
LEONARDO. No le saldrá muy barato,
si tú dasen perseguirlo,
al pobre amante el favor.
CONDE. Tenga disgustos al peso
que los tengo.
LEONARDO. Para eso
te hizo Dios tan gran señor;
pagúela quien te la hiciere.
CONDE. Bien es, para tales hechos,
vestir de acero los pechos.
LEONARDO. Quien dar pesadumbres quiere
ha de vivir con cuidado.
CONDE. Vamos por armas, que el día
ha de hallarme aquí en espía,
Leonardo, hasta ser vengado. (Vanse.)
ESCENA XV
Salen GARCIA y HERNANDO, de noche.
GARCIA. Prosigue.
HERNANDO. Llegóse a mí
el dicho conde Mauricio,
como ve que sigo el coche,
y pregúntame a quién sirvo.
Digo que a nadie. Él replica:
de dónde soy conocido
de aquellas damas que hablaba,
y por qué ocasión las sigo.
Que ni sigo ni conozco,
le respondo y certifico.–
Pues no os tope yo otra vez
a vista del coche (dijo),
o a palos haré mataros.–
Yo me aparto, y a un mendigo,
que limosna entre los coches
pidiendo andaba en el río,
mi capa y sombrero doy,
y estos andrajos le pido,
con que, si me ves de día,
oso engañarte a tí mismo.
Con esto, y con que la noche
también ayuda nos hizo,
las seguí, y entré en su casa,
de que estamos tan vecinos,
que es esta que estás mirando,
cuyo soberbio edificio
avaramente publica
los tesoros escondidos.
Hablé con ellas; y al fin,
la que ser Lucrecia dijo,
me dió de tenerte amor,
si honestos, claros indicios.
Pregunta tu casa, y yo
con decilla me despido;
de mi humor dicen que gustan,
mas yo, que a tu amor lo aplico,
me di al disfrazado brindis
de «a más ver» por entendido.
A Inés, secretaria suya,
mandan que salga conmigo
hasta dejarme en la calle,
cosa bien fuera de estilo,
pero no de la intención,
que presumo y averiguo
que fué, porque yo de Inés
me informase en el camino
de lo que ellas me negaron:
lance de amor conocido.
Supe que era el nombre Anarda,
y Girón el apellido
de la que Doña Lucrecia
Chacón nombrarse me dijo.
La otra es su prima, Julia
su nombre, y un viejo tío
es el curador y el Argos
destas dos huérfanas Ios;
ambas por casar, y tienen
dos mayorazgos muy ricos
con que puede hacer dichoso
cada cual a su marido.
Ciertas esperanzas mías
dieron con esto en vacío,
y a Inés, envuelta en donairos,
una flecha de amor tiro.
Llegamos así a la puerta,
donde con celoso brío
se llegó a reconocerme,
determinando, Mauricio.
Dice que un mendigo soy
Inés; yo fínjolo al vivo.
Él responde: no hay que daros;
yo, a fuer de pobre, porfío.
Enfadóse, fuíme, halléte
en la posada, salimos,
las mercedes me contaste,
que hoy el Príncipe te hizo:
llegamos aquí, paramos…
Con que en breve suma he dicho
cuanto he hecho desde el punto
que me dejaste en el río.
GARCIA. De los favores de Anarda
y los celos de Mauricio,
me forman los pensamientos
un confuso laberinto.
Hernando, perdido estoy.
No sé qué poder divino
tiene Anarda, que en un punto
me arrebató los sentidos.
Tal estoy, que no me alegran
los favores que hoy me hizo
Su Alteza; que los de Anarda
sólo quiero y sólo estimo.
Juzga, pues, cuál me tendrán
las licencias de Mauricio;
que mucho tiene de dueño
quien cela tan atrevido.
HERNANDO. Advierte que a una ventana
dos personas han salido.
ESCENA XVI
Salen ANARDA e INÉS a la ventana.
(ANARDA, INÉS, GARCIA, HERNANDO.)
ANARDA. Dos son.
INÉS. El Conde y Leonardo
siguen el intento mismo.
ANARDA. ¿Es el Conde?
GARCIA. El Conde soy.
(Ap.) (A mi muerte me apercibo;
pero venid, desengaño;
que cuanto os temo os estimo.)
Aparta; que las verdades (a HERNANDO.)
de amor no quieren testigos,
y saber estas deseo.
HERNANDO. A esa esquina me retiro. (Vase.)
ESCENA XVII
(GARCIA, ANARDA, INÉS.)
ANARDA. Conde, a vuestro atrevimiento
y grosera demasía,
ni conviene cortesía
ni es cordura el sufrimiento.
¿En qué favor fundamento
el guardarme así ha tenido?
A quien nunca fué admitido
pretendiente ni galán,
decid: ¿qué leyes le dan
las licencias de marido?
Si con tanta libertad
guardáis mi puerta y mi calle,
¿quién hará al vulgo que calle,
o estime mi honestidad?
Si bien me queréis, mirad
mi fama y reputación
que es forzosa obligación
que al bien amar corresponde.
ESCENA XVIII
(Salen el CONDE y LEONARDO, armados, y el CONDE
escucha a ANARDA).
(El CONDE, LEONARDO, GARCIA, ANARDA, INÉS.)
ANARDA. Y si no me queréis, Conde,
dejadme en este rincón.
(El CONDE escucha a ANARDA)
Y si os pretendéis vengar,
con eso, de mi desden,
sabed que el no querer bien
no ofende, ni obliga a amar;
que inclinar o no inclinar
sólo lo puede el amor.
Y si el veros tan señor
esfuerza vuestra malicia,
el Rey sabe hacer justicia,
y yo sé tener valor. (Retíranse las dos.) (Vase)
CONDE. (Ap.) Huélgome; que no soy yo
solamente el desdeñado.
GARCIA. (Ap.) La vida mi amor ha hallado
donde la muerte esperó.
CONDE. (Ap.) ¡Pobre amante!
LEONARDO. (Hablando aparte con su amo)
¿Muere, o no?
CONDE. Viva, pues vive penando.
ESCENA XIX
(Sale HERNANDO.)
(HERNANDO, GARCIA, el CONDE, LEONARDO.)
HERNANDO. (Llegándose a su amo y hablándole aparte.)
¿Qué tenemos?
GARCIA. Vida, Hernando:
el Conde muere.
HERNANDO. Con esto
¿cenaremos?
GARCIA. Vamos presto;
que está el Príncipe esperando. (Vanse.)
ESCENA XX
(El CONDE, LEONARDO.)
CONDE. Sospecho que no hago bien,
Leonardo, en no conocello.
Si es mi igual, sacaré dello
el consuelo a mi desdén,
y a lo menos sabré quién
no ha de causarme cuidado.
Vamos tras él.
LEONARDO. Acosado
toro embestimos, señor;
que aun sospecho que es peor
un amante desdeñado. (Vanse.)
ACTO II
(Cámara del PRINCIPE en el Alcázar de Madrid.)
ESCENA I
Salen el PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN, GERARDO y
HERNANDO, de noche.
PRINCIPE. De lo que el Rey os ha honrado,
que me deis gracias no es bien,
Alarcón, mas parabien,
pues tanto gusto me ha dado.
GARCIA. Vuestro soy.
PRINCIPE. Decid amigo;
mostrarlo puede el efeto,
pues mi más alto secreto
a declararos me obligo.
No me tengáis por liviano
por mostraros presto el pecho,
porque estoy muy satisfecho
que con vos nunca es temprano.
Y así, justamente digo
que os puedo dar parte dél;
que ha mucho que sois fiel,
si ha poco que sois amigo.
Mas pues quiero daros hoy
la llave del alma mía,
de mi cámara, Garcia,
también con ella os la doy.
GARCIA. No sólo no he de poder
serviros merced tan alta;
mas aun a la lengua falta
el modo de agradecer.
PRINCIPE. Alzad.
JUAN. Los brazos os doy,
alegre de que su Alteza
honre así vuestra nobleza.
GARCIA. Sois amigo, y vuestro soy.
JUAN. A Vuestra Alteza, señor,
los pies beso agradecido,
pues honra tanto al vencido
cuanto honrare al vencedor.
PRINCIPE. Bien, Don Juan, sabéis mostrar
vuestro hidalgo corazón,
pues no os causa emulación
la competencia en privar.
Y con eso ganáis tanto,
que en mi gracia os levantáis
al paso que os alegráis
de lo que a Alarcón levanto.
No por su privanza viene
mi amor a menos con vos,
porque es el rey como Dios,
que muchos privados tiene.
Y así, cuanto estas acciones
muestran en vos más valor,
tanto a vuestro vencedor
tengo más obligaciones.
Que cuando no le pagara
la vida que en vos me dió,
porque a tal hombre venció,
con justa razón le honrara.
GARCIA.
A la esperanza, señor,
vuestros favores exceden.
PRINCIPE. Esos criados se queden.
JUAN. El Príncipe, mi señor,
manda que os quedéis. (Vase GERARDO.)
GARCIA. (Hablando aparte con HERNANDO)
HERNANDO,
en nuestra calle me aguarda,
y mientras no voy, a Anarda
te encargo.
HERNANDO. ¿Estaré velando?
GARCIA. Nunca tan necio has estado.
HERNANDO. ¿Y dormir?
GARCIA. Dormir de día.
(Vanse el PRINCIPE, GARCIA y Don JUAN.)
ESCENA II
(HERNANDO.)
Temprano, por vida mía,
en el uso hemos entrado.
Alto; somos de palacio;
trasnochar, ir a dormir
al amanecer, vivir
de prisa, y morir de espacio.
Si el cielo no lo remedia,
la sátira encaja aquí;
mas no ha de haber cosa en mí
de lacayo de comedia.
¡Cuál a la corte pusiera
algún poeta, si el caso
y el lacayo en este paso
de la comedia tuviera!
¡Cuál pusiera yo a su Alteza!
¡Qué libremente le hablara,
y qué poco respetara
su poder y su grandeza!
¡Luego me apartara dellos,
cuando a graves cosas van
él y mi amo y Don Juan!
¡Mal año! por los cabellos
de otra parte me trajera,
y en todo el caso me hallara,
que el Príncipe aun no fiara
quizá a los dos, si pudiera.
Y estando en lo más famoso,
grave, fuerte y apretado,
saliera el señor criado
con un cuento muy mohoso,
o una fábula pueril
de la zorra y el león,
y la más alta cuestión
concluyera un hombre vil.
No, no; el criado servir;
con el rey la gente grave;
aconsejar el que sabe,
y el que predica reñir. (Vase.)
ESCENA III
(Calle en que vive ANARDA. Es de noche.)
(El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN.)
PRINCIPE. Pensé que un pecho tan fuerte
como el vuestro triunfaría
del amor tierno, Garcia.
GARCIA. Iguala amor a la muerte.
PRINCIPE. Militares embarazos
a muchos dél defendieron.
GARCIA. Al dios Marte no valieron
contra los venéreos lazos.
PRINCIPE. ¿No os admirará en efeto
deciros que amo, Garcia?
GARCIA. No, porque ya lo sabía.
PRINCIPE. ¿Cómo?
GARCIA. Sé que sois discreto.
PRINCIPE. ¡Qué bien sabéis consolar!
JUAN. Es su consecuencia clara,
puesto que amor se compara
a la piedra de amolar,
en que el más agudo acero
da a sus filos perfección.
PRINCIPE. Esta es la calle, Alarcón,
en que vive por quien muero.
GARCIA. (Ap.) ¿Qué es esto? Ya el niño Amor
destas sombras se acobarda,
y la hermosura de Anarda
hace cierto mi temor.
PRINCIPE. Esta es la casa.
GARCIA. (Ap.) ¡Ay de mí!
PRINCIPE. Haz la seña. Mas detente;
que el recato es conveniente,
y pienso que hay gente allí.
JUAN. La calle despejaré.
PRINCIPE. Tú no; que presumirán,
si eres la flecha, Don Juan,
que soy yo quien la tiré.
Vaya Alarcón.
GARCIA. Voy, señor.
PRINCIPE. En esta esquina os espero.
(Vanse el PRINCIPE y Don JUAN.)
ESCENA IV
GARCIA. ¿Para qué, fortuna, quiero
con tal pensión tu favor?
¿De qué sirve la privanza?
Mercedes y honras ¿de qué?
Todas te las trocaré
a esta perdida esperanza.
¡Cuál iba yo, viento en popa!
Fortuna, ya te entendí;
que con más ímpetu así
la nave en la peña topa.
El fin traidor has mostrado
con que en levantarme das;
que para que sienta más,
me has hecho más delicado.
Dándome honrosos despojos
llegas con rostro de paz,
por arrojarme el agraz
en las niñas de los ojos.
¿Qué es privanza, qué es honor,
qué es la vitoriosa palma,
si en lo más vivo del alma
ejecutas tu rigor?
Hoy la mayor alegría
y el mayor pesar me has dado;
de dichoso y desdichado
soy ejemplo en solo un día
Pero quizá Anarda bella
no tiene al Príncipe amor.
¿Qué importa? Él es mi señor,
y tiene su amor en ella.
No tocan a la lealtad
las ofensas de quien ama;
mas ya su amigo me llama,
y me obliga la amistad.
¿De qué sutiles razones,
deseo, os queréis valer?
¿Alarcón ha de poner
la lealtad en opiniones?
Deseo, o morid en mí,
o matad conmigo a vos,
porque o vos o ambos a dos
hemos de morir aquí.
Llegad, corazón fiel;
venza al amor la lealtad;
el paso al cielo allanad
a quien os derriba dél.
ESCENA V
Salen HERNANDO, huyendo con la espada en la mano y tras él
MAURICIO y LEONARDO.
(HERNANDO, el CONDE, LEONARDO, GARCIA.)
HERNANDO. A no ser tantos, yo sé
si me causaran temor.
GARCIA. ¿Es Hernando?
HERNANDO. ¿Es mi señor?
GARCIA. ¿Qué ha sido?
HERNANDO. Desde que entré
en aquesta calle a hacer
lo que me has encomendado,
los de esa cuadrilla han dado
en que me han de conocer.
Porque no me descubrí,
dieron tras mí a cuchilladas,
y mil montantes y espadas
llovió el cielo sobre mí.
GARCIA. Dos solos diviso yo.
HERNANDO. ¿Dos?
GARCIA. No más.
HERNANDO. Pues no habrá más.
GARCIA. ¡Qué trocado, Hernando, estás!
¿Ya tu valor se acabó?
HERNANDO. Tanto son dos como mil
contra aquel que solo está.
GARCIA. ¿Y quién será?
HERNANDO. ¿Quién será
sino quien hecho alguacil
nos reconoció, señor?
GARCIA. ¿El conde Mauricio?
HERNANDO. El Conde.
GARCIA. Aquí, si mal me responde,
me conocerá mejor. (Llégase a él.)
Si acaso algunas mercedes
alcanza la cortesía,
por ella, hidalgos, querría
poder con vuesas mercedes
que den lugar por un rato
a cierto amante secreto,
que debe al alto sujeto
de su amor este recato;
que él les dejará después
toda la noche la calle.
CONDE. (Ap. los dos.)
Este, en la voz y en el talle,
es Garcia-Ruiz.
LEONARDO. Él es.
CONDE. ¡Pues a buen puerto ha llegado!
Vos pedís bien justa cosa, (A GARCIA.)
pero muy dificultosa;
que soy ministro, y mandado
de un superior en mi oficio,
que de aquí no haga ausencia,
para cierta diligencia
que importa al real servicio.
A mí me pesa por cierto
de no poderos servir;
pero que no he de impedir
vuestros amores, advierto;
porque callar os prometo;
de más de que es caso llano
que de la justicia es vano
querer encubrir secreto,
que al sol nada se le esconde.
HERNANDO. (Ap.) (con su amo)
Él prosigue su artificio.
GARCIA. ¿Estás cierto en que es Mauricio?
HERNANDO. Digo, señor, que es el Conde.
GARCIA. Hidalgo, o seáis justicia
y aquí negocios tengáis,
o ser ministro finjáis
con cautelosa malicia,
lo que pido haced, que es justo.
CONDE. Que no puedo he dicho ya.
GARCIA. Ya en conseguillo me va
más reputación que gusto;
porque quien llega a pedir
lo que no es justo negar,
no deja elección al dar,
y se obliga a conseguir.
CONDE. ¿Qué queréis decir con eso?
GARCIA. ¿Aun no lo habéis entendido?
Que habéis de hacer lo que os pido,
o obligarme a algún exceso.
CONDE. No os arriesguéis a un gran daño,
por la que, según entiendo,
no os quiere.
GARCIA. Yo estoy pidiendo
lugar y no desengaño.
Esto haced, y no os metáis
en consejos, ni mostréis
que conocido me habéis,
porque a mucho me obligáis.
CONDE. Que os conozca o no, os prometo
que es imposible dejaros
la calle sola.
GARCIA. ¿En estaros
os resolvéis, en efeto?
CONDE. Aquí me ha de hallar el día.
GARCIA. Pues procedéis tan grosero,
podrá con vos el acero
lo que no la cortesía.
(Sacan todos las espadas y riñen.)
HERNANDO. ¡Pese a tal! Agora sí
me entenderé yo con vos,
que nos vemos dos a dos.
¿Broquelicos para mí?
CONDE. Herido estoy.
GARCIA. Yo me holgara,
sin heriros, de obligaros;
mas a vos podéis culparos.
CONDE. La fuerza me desampara;
sin duda es mortal la herida.
GARCIA. Que me pesa, sabe Dios.–
(A HERNANDO, que riñe con LEONARDO.)
Tente.–Yo fuera con vos (Al Conde.)
cuidando de vuestra vida,
a poder faltar de aquí.
CONDE. Indicios de noble dáis.
GARCIA. Por mucho que lo seáis,
con igual pecho os herí.
LEONARDO. ¡Ah! ¡pese a quien me parió!
(Vanse Leonardo y el Conde.)
ESCENA VI
Salen el PRINCIPE y Don JUAN, alborotados.
(El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, HERNANDO.)
PRINCIPE. En la vida de Garcia
se arriesga, Don Juan, la mía.
JUAN. ¿No basta que vaya yo?
PRINCIPE. No basta; que no sabemos
cuántos los contrarios son.
JUAN. Yo soy Luna, él Alarcón,
que por un millón valemos.
Mas pienso que viene aquí.
PRINCIPE. ¡Garcia!
GARCIA. Señor.
PRINCIPE. ¿Qué ha sido?
GARCIA. ¿Qué, señor?
PRINCIPE. ¿Ese ruido
de cuchilladas que oí?
GARCIA. Lo que fué, que no fué nada;
después, señor, lo diré.
Agora, pues que se ve
la calle desocupada,
logre el tiempo vuestra Alteza.
(Hablando aparte con el criado.)
En casa me espera Hernando.
HERNANDO.
¡Vive Dios que estoy temblando!
GARCIA. Nunca has mostrado flaqueza
sino en la corte.
HERNANDO. Señor,
tú dices que nada ha sido
haber a Mauricio herido,
y puedes; que en el amor
del Príncipe estás fiado;
mas a mí el pesar me ahoga;
que sé que siempre la soga
quiebra por lo más delgado.
GARCIA. De tu temor me averguenzo.
HERNANDO. Hay alcalde que de balde,
por sólo hacer del alcalde,
me pondrá de San Lorenzo.
GARCIA. Antes a mí me mataran;
que a los ingratos no imito,
que animan para el delito,
y en la pena desamparan.
Véte, y duerme descuidado.
(Entre tanto hace la seña Don JUAN.)
HERNANDO. ¿A qué no obliga tu amor?
Bien dicen que el buen señor
es quien hace buen criado. (Vase.)
PRINCIPE. ¿Si habrán oído?
ESCENA VII
Sale INÉS, a la ventana.
(El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN, INÉS.)
JUAN. Ya están
a la ventana.
INÉS. ¿Quién es?
PRINCIPE. Inés parece.
JUAN. ¿Es Inés?
INÉS. ¿Quién lo pregunta?
JUAN. Don Juan.
A Anarda le dí que está
su Alteza aguardando aquí.
PRINCIPE. Sin esperanza, le dí.
Vase INES (de la ventana.)
¡Válgame Dios! ¿si saldrá?
Decidme que sí, y con eso
no me matará el temor.
JUAN. Yo tuviera por mejor
prometerte el mal suceso,
y así tendrás más colmado,
si Anarda sale, el contento;
y si no, será el tormento
mucho menor, esperado.
GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios!
¡qué dulce esperanza
gané y perdí en sólo un día!
¡qué propia ventura mía
en la ligera mudanza!
Pero quizá… ¡No hay quizá!
«Haced,» el Príncipe dijo,
«la seña,» de que colijo
que es dueño de Anarda ya;
que amistad hay asentada
donde hay seña conocida;
y pues tan presto fué oída,
bien se ve que fué esperada.
ESCENA VIII
Salen ANARDA y JULIA a la ventana.
(ANARDA, JULIA, El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN.)
ANARDA. (Ap. con JULIA.)
Yo salgo, esta es la verdad,
por el forastero, prima;
que su prisión me lastima,
si temo su libertad.
JULIA. ¡Qué perdida estás!
ANARDA. De amor
hasta agora no he sabido.
JULIA. Tarde, mas bien, te ha cogido.
(Ap. Sabe Dios que estoy peor.)
ANARDA. ¡Ah, caballero!
PRINCIPE. Señora,
¿sois Anarda?
ANARDA. Anarda soy.
PRINCIPE. Perdonad, mi bien, si os doy
aqueste disgusto ahora,
impidiendo el venturoso
sueño que ocupando estaba,
por el descanso que os daba
en cambio ese cuerpo hermoso;
que tanto el susto he sentido,
que hoy en el río tuvistes,
que hasta ver cómo volvistes,
volver en mí no he podido.
¿Cómo estáis? ¿Quitóse ya
aquel alboroto?
ANARDA. En mí
nunca, Príncipe, sentí
lo que de entonces acá;
que hizo en mí tal impresión
el forastero atrevido,
que presente lo he tenido
siempre en la imaginación.
GARCIA. (Ap.)
¡Ah Dios, si fuese de amor!
ANARDA. Mas lo que me ha sosegado
es pensar que aprisionado,
como os supliqué, señor,
lo tenéis, para que así
no se vaya sin pagarme.
GARCIA. (Ap.)
No es este efecto de amarme:
ya de mi engaño salí.
Cuanto de mí se informó,
fué por trazar su venganza,
y mi engañosa esperanza
a favor lo atribuyó.
PRINCIPE. De un yerro que cometí
contra vos, hermosa Anarda,
mi amor el perdón aguarda.
ANARDA. ¿Cómo?
PRINCIPE. No os obedecí.
ANARDA. ¿Luego sin pena quedó
el forastero atrevido?
PRINCIPE. Y aun con premio bien debido
a las nuevas que me dió.
ANARDA. (Ap.) ¡Ay de mí!
JULIA. (Ap.) Perdida soy.
ANARDA. ¿Esa es la fe y la fineza
que le debí a Vuestra Alteza?
Bien desengañada estoy.
¡La primer cosa que pido,
en que estribaba mi gusto,
y más cuando era tan justo
castigar a un atrevido,
no he podido merecer!
PRINCIPE. Vos lo causastes, por Dios,
porque a vos sólo por vos
dejara de obedecer;
que como ser, entendí
vos, causa de aquel exceso,
con que tan fuera de seso
de pena y celos me ví,
quedé de gusto tan loco
con saber que me engañé,
que para albricias juzgué
ser todo mi reino poco.
ANARDA. Obedecer es fineza.
(Ap. Muerta soy, si se ausentó.)
Señor, mi tío tosió:
perdóneme Vuestra Alteza;
que su recato y rigor
me prohibe este lugar.
PRINCIPE. Primero habéis de escuchar
el descargo de mi error;
que para que no culpéis
del todo mi inobediencia,
lo traigo a vuestra presencia
a que vos lo castiguéis.
ANARDA. ¿Qué decís?
PRINCIPE. Que traigo aquí
al forastero conmigo,
sujeto a vuestro castigo.
ANARDA. Aun podré pensar así
que habéis mi gusto estimado.
GARCIA. En fin ¡qué! ¿perdón espero
de un error de forastero
y de un furor de agraviado?
PRINCIPE. Perdonad, por vida mía,
pues lo conoce, su error.
ANARDA. Cuando no al intercesor,
a su humildad se debía.
PRINCIPE. Pues con eso, dueño mío,
obedezco en dejaros.
ANARDA. Bien podéis, señor, estaros;
que ya no tose mi tío.
PRINCIPE. ¿Como es posible que tanto
favor haya yo alcanzado?
ANARDA. (Ap.)
La fiesta habéis celebrado;
mas habéis errado el santo.
GARCIA. (Ap.)
Que tiene al Príncipe amor,
bien claramente se ve.
Mas ¡necio yo! ¿qué esperé,
si es tal el competidor?
PRINCIPE. ¿Cómo, Julia, no me dais
el parabién del favor?
JULIA. Por no impediros, señor,
cuando de Anarda gozáis.
JUAN. A lo menos, por no dar
con su voz gloria a mi oído.
JULIA. Siempre, Don Juan, habéis sido
desconfiado en amar.
JUAN. Esto tengo de discreto:
y a Dios, ingrata, pluguiera
que otra causa no tuviera
un tan desdichado efeto.
GARCIA. (Ap.)
Los dos aman a las dos;
con tal liga y artificio
seguro va el edificio.
ANARDA. ¿Cómo trajistes con vos
al forastero, señor?
A quien mañana se irá,
¿tan fácilmente se da
noticia de nuestro amor?
(Ap. las dos. Así le pregunto, prima,
del forastero el estado.)
JULIA. ¡Qué bien tu intento has guiado!
PRINCIPE. No os tengo en tan poca estima,
que lo que os ama mi pecho
tan fácil le haya fiado.
En mi servicio ha quedado;
de mi cámara lo he hecho.
ANARDA. (Ap. a ella.) ¡Ah Julia! dichosa soy.
JULIA. Déjame, no me diviertas
de Don Juan. (Ap. Sin que me adviertas
atenta a mi dicha estoy.)
GARCIA. Gente viene.
PRINCIPE. Anarda, adiós;
que miro por vuestra fama.
ANARDA. Así obliga quien bien ama.
JUAN. Adiós.
JULIA.Él vaya con vos.
ANARDA. Caballero forastero,
de que os quedéis en palacio
con el Príncipe, de espacio
el parabién daros quiero.
GARCIA. Ya con eso lo recibo.
(Vanse las damas.)
ESCENA IX
(El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA.)
PRINCIPE. Sin duda ha estado, Garcia,
en vuestra dicha la mía;
que nunca en el pecho esquivo
de Anarda, señal de amor,
como aquesta noche, ví.
GARCIA. (Ap.)
¿Mas si fuese para mi,
sobre escrito a ti, el favor?
PRINCIPE. «Bien podéis, señor, estaros»,
dijo, queriendo partirme.
JUAN. De que paga tu amor firme
ha dado indicios bien claros.
GARCIA. (Ap.)
Cuando el Príncipe le dijo
que estaba presente yo,
gusto de estarse mostró:
con justa razón colijo,
pues antes irse quería,
que yo su rémora he sido.
Nueva esperanza ha nacido
de la ya ceniza fría.
PRINCIPE. Agora podéis contar,
Garci-Ruiz, lo que fué
aquel ruido.
GARCIA. Llegué,
pedí que diesen lugar
a un amante; no quisieron,
por más que rogué importuno;
saqué la espada, herí al uno,
y con aquello se fueron.
PRINCIPE. Mal hicistes: cuando envío,
Alarcón, a despejar,
es por bien; no ha de costar
sangre de vasallo mío.
GARCIA. No quiso por bien.
PRINCIPE. Dejallo.
GARCIA. El gusto vuestro estorbaba.
PRINCIPE. Menos mi gusto importaba
que la salud de un vasallo.
GARCIA. Yo erré por ser obediente.
PRINCIPE. Cerca estaba yo; volver
y tomar mi parecer.
Quien sirve ha de ser prudente.
(Vanse el PRINCIPE y Don JUAN.)
ESCENA X
(GARCIA.)
¿En servir hay esta vida?
¿Esta gloria en la privanza?
¿En tan ligera mudanza
hay tan pesada caída?
¡Que haya sido error en mí
lo que fineza juzgué!
¡Cuando la vida arriesgué
por agradar, ofendí!
¡Fuerte caso, dura ley,
que haya de ser el privado
un astrólogo, colgado
de los aspectos del rey!
Hoy benévolo le ví,
y hoy contrario vuelve a estar:
ganélo con no matar,
y con matar lo perdí.
¿Qué es esto? ¿Pruebas conmigo
tus variedades, fortuna?
Hoy era Don Juan de Luna
mi más odioso enemigo;
hoy es ya mi amigo, y hoy
yo mismo vida le di;
hoy al Conde conocí,
y ya su homicida soy.
Hoy ví a Anarda, y hoy la amé;
hoy creí que era querido,
hoy la esperanza he perdido,
y hoy a cobrarla torné.
Hoy me vió el Príncipe, y hoy
me ví al más sublime estado,
de su favor levantado,
y ya derribado estoy
en un infierno profundo
de temor y de ansia fiera.
Paciencia; desta manera
son los favores del mundo. (Vase.)
(Sala en casa de ANARDA.)
ESCENA XI
Salen Don DIEGO, ANARDA y JULIA.
DIEGO. Enemigas: ¿es razón
que así la fama perdáis,
y la heredada opinión
de Pacheco y de Girón
en tan vil precio tengáis?
¿Es bien que el Conde, atrevido,
me diga en mis propias canas,
cuando voy a verle herido,
que mis sobrinas livianas
la causa del daño han sido?
ANARDA. ¿Nosotras?
DIEGO. Vosotras, pues.
ANARDA. De desangrado delira.
DIEGO. Pues si la causa es mentira,
por lo menos verdad es
el efeto de su ira.
Dice que él no conoció
ni ha dado ocasión a quien
en nuestra calle le hirió;
mas al menos sabe bien
que desta causa nació.
Y así sus deudas conjura,
y en nuestra sangre agraviado
vengar su herida procura,
si tu mano no le cura
la que en el alma le has dado.
Bien sabes tú que en nobleza
nadie le excede en España:
de su estado la riqueza
es notoria, que acompaña
con gala y con gentileza.
Ablanda, sobrina, el pecho,
sin razón duro y extraño;
busca el gusto en el provecho;
remedie la mano el daño
que el hermoso rostro ha hecho.
ANARDA. Ya no puedo, noble tío,
a un intento tan injusto
dejar de oponer el mío;
que es castigar en mi gusto
el ajeno desvarío.
Si él de mí se enamoró,
y yo lo he desengañado,
¿qué ley me obliga al pecado,
que no sólo no hice yo,
mas antes lo he repugnado?
DIEGO. Nunca, sobrina, he creído
que al daño diste ocasión;
mas tu hermosura lo ha sido,
y a mil sin culpa han traído
sus gracias su perdición.
Que no tienes culpa digo;
mas si casarte procuro,
no tu inocencia castigo;
a estorbar el mal futuro
es sólo a lo que te obligo.
ANARDA. Señor Don Diego, ¿mi tío
da tan cobarde consejo?
Bien se ve que el pecho frío
al brazo cansado y viejo
niega el heredado brío.
¿Morir no será mejor,
que no que Mauricio diga,
en mengua de vuestro honor,
que a sus gustos nos obliga
de sus armas el temor?
¿Somos Girones, o no?
¿Hanos el valor faltado?
¿Estoy sin parientes yo?
¿Quién en Castilla a un criado
de mi casa se atrevió?
Y si en tan justa ocasión
no quisieren defender
nuestros deudos su opinión,
yo basto; que aunque mujer,
soy, en efeto, Girón.
DIEGO. ¿Estás loca? ¿Qué es aquesto?
¿Piensas que es valor tener
ese brío descompuesto?
Sólo el proceder honesto
es valor en la mujer.
Deja ya vanos antojos,
y admite este pensamiento,
o para acabar enojos,
metiéndote en un convento,
te quitaré de los ojos.
ANARDA. Vos no sois más que mi tío,
y ni aun mi padre en razón
puede forzar mi albedrío:
casamiento y religión
han de ser a gusto mío. (Vase.)
ESCENA XII
(Don DIEGO, JULIA.)
JULIA. Lo que dice Anarda es justo;
que sólo en tomar estado
es tirano fuero injusto
dar a la razón de estado
jurisdicción sobre el gusto.
(Aquí baja la voz y habla, como a excusas de ANARDA,
a Don DIEGO.)
No es sino mucha razón
remediar el mal que viene;
mas de la ciega afición
que Anarda al Príncipe tiene
nace su resolución.
Que como Mauricio ya
deste amor viene advertido,
temerosa Anarda está
de que, siendo su marido,
de Madrid la sacará;
y como liviana intenta,
del Príncipe enamorada,
hacer a su sangre afrenta,
procura verse casada
con quien lo ignore o consienta.–
Otros remedios habra; (Alza la voz.)
que casarse deste modo
deshonor nuestro será. (Baja la voz.)
–Dále cuenta al Rey de todo;
que él el casamiento hará.
Calla y remedia discreto,
pues yo con esta invención
te descubro su secreto,
sin ponella en ocasión
de que me pierda el respeto.
Y ella, imaginando así
que ayudo sus pensamientos,
no se guardará de mí,
y de todos sus intentos
seré espía para tí.
Agora riñe conmigo,
para ayudarme a engañalla.
DIEGO. (Alza la voz.)
Si no hiciere lo que digo
ANARDA, será ausentalla
de Madrid, justo castigo.
JULIA. Si la razón excedieres,
justicia nos hará el Rey.
DIEGO. ¿Tú también mi afrenta quieres?
JULIA. Quiero lo que es justa ley.
DIEGO. ¡Ay de honor puesto en mujer!
Pues lo que quiero ha de ser
o morir quien lo estorbare. (Vase.)
JULIA. Un monte querrá mover
el que por fuerza intentare
reducir una mujer.
(Ap.) Con esto, Alarcón, procura
mi amor de Anarda apartarte;
que en alguna coyuntura
alcanza el ingenio y arte
lo que no amor y ventura.
Callando el dolor que siento,
disponer mi dicha quiero;
que es prudente pensamiento
quitar estorbos, primero
que descubrir el intento.
ESCENA XIII
Sale ANARDA.
(ANARDA y JULIA.)
ANARDA. ¿En qué paró, prima mía?
JULIA. ¡Pues qué! ¿no nos escuchabas?
Que bien a gritos reñía.
ANARDA. Tal vez la voz moderabas,
y entonces no te entendía.
JULIA. Entonces con falso pecho,
porque se fíe de mí,
de mi lealtad satisfecho
Don Diego Girón, de tí
murmuraba en tu provecho.
Mil defectos le decia
de tu extraña condición,
y modos, le proponía,
con que reducir podría
a la suya tu intención.
ANARDA. Un ejemplo de amistad
miro en ti.
JULIA. (Ap.) El mejor engaño
es con la misma verdad.
ANARDA. Ya el remedio deste daño
resuelve mi voluntad.
JULIA. ¿Cómo?
ANARDA. A llamar he enviado
el valiente forastero,
y de que a tomar estado
me resuelvo, dalle quiero
para el Príncipe un recado.
Que con aquesta ocasión
dalle mi amor solicita
a mi querido Alarcón
los indicios que permita
mi honesta reputación.
Y tú, quedándote aquí
sola con él, le dirás,
como que sale de tí
y que de su parte estás,
el amor que reina en mí.
Que pues la ocasión convida,
goce della, y a su Alteza
en casamiento me pida:
y díle tú la firmeza
con que tengo defendida
del Príncipe y de Mauricio
mi honestidad, pues lo sabes;
porque a un celoso juicio
le ha de obligar el indicio
de pretendientes tan graves.
JULIA. Yo del Príncipe imagino
que tu intento ha de estorbar.
ANARDA. Diréle que determino
casarme, por allanar
a sus gustos el camino;
porque de otra suerte intenta
los cielos atrás volver;
y así es fuerza que consienta
en mi intento, por tener
fin del mal que le atormenta.
Que aunque él es tan poderoso,
si a un hombre de tal valor
tengo, prima, por esposo,
no será dificultoso
el defendelle mi honor.
JULIA. Tu agudo ingenio bendigo.
ANARDA. Todo es cautelas amor.
JULIA. (Ap.) Y así las uso contigo.
No hay enemigo peor
que el que trae rostro de amigo.
ESCENA XIV
Sale INÉS.
(INÉS, ANARDA, JULIA.)
INÉS. El amo de Hernando quiere
licencia de verte.
ANARDA. Inés,
mientras conmigo estuviere,
es bien que al balcón estés,
por si mi tío viniere. (Vase Inés.)
JULIA. ¿Iréme?
ANARDA. Ponte en lugar
donde la plática entiendas;
que habiéndome de ayudar,
es bien que sepas las sendas
por donde has de caminar.
JULIA. (Ap.) A ejecutar mi intención.
ANARDA. Y advierte en el artificio
con que en aquesta ocasión,
sin ofender mi opinión,
le doy de mi amor indicio.
(Vase JULIA, y espía desde el dosel.)
ESCENA XV
Salen GARCIA y HERNANDO, de camino.
(JULIA, ANARDA, GARCIA, HERNANDO.)
GARCIA. Dadme, Anarda, los pies.
ANARDA. Poco es la mano
a tan valiente y noble caballero.
¿De camino venís?
GARCIA. Búscase en vano
firmeza en bien del mundo lisonjero,
y el que en la voluntad de un nombre humano
libra sus dichas, ha de estar primero
apercebido para la mudanza,
que del favor admita la esperanza.
Ayer, ya vos sabéis por qué camino,
hallé fácil al cielo la subida
¡Mentirosa amistad de mi destino!
¡Traidora prevención de la caída!
La humilde vara en levantado pino
fué con súbito aumento convertida,
porque del viento airado a la violencia
diese efeto mi propia resistencia.
Aquel alto lugar que ayer tenía,
perdí, señora, anoche; sabe el cielo
que por fineza más que culpa mía;
que tengo en mi conciencia mi consuelo.
Cuando pensé que al mismo sol subía,
con todo el edificio dí en el suelo.
Erré, mas no pequé; soy castigado;
que es con el Rey un yerro gran pecado.
Miróme disgustado, reprehendióme
severo, y las espaldas volvió esquivo,
y entrándose en su cámara, dejóme
fuera de ella y de mí, sin alma y vivo.
No sé cuál medio en tal extremo tome:
a entrar o a estarme en vano me apercibo,
como, al que sueña toros, hace el miedo
que ni pueda correr ni estarse quedo.
Al fin, sin velle a mi posada vuelvo;
que es, aunque sin razón, príncipe airado;
la noche toda en confusión me envuelvo,
sin atreverse el sueño al gran cuidado;
y al fin, en ausentarme me resuelvo,
y el cuerpo huyendo al peligroso estado
y a la inquietud de la ambición sedienta,
vivir con mis vasallos y mi renta.
Y hoy, cuando a visitaros ya partía,
por despedirme, Anarda, y disculparme,
llegó un recado vuestro que podría,
a ser sol fugitivo, repararme.
Viene obediente el que cortés venía:
mandadme liberal para obligarme;
que da, pidiendo, vuestra gran belleza,
y es dejaros servir vuestra largueza.
ANARDA. Señor Garcia, desdicha grave
siempre tocó al mayor merecimiento.
Si rodó la fortuna, ¿quién no sabe
que sólo en ser mudable tiene asiento?
Lo que yo admiro, y en razón no cabe,
es sólo vuestro poco sufrimiento;
que ¿quién pensara que faltar podía
gran fortaleza a grande valentía?
A suerte desigual igual semblante
es propia acción de pechos valerosos.
Animoso emprender, sufrir constante
consigue los laureles vitoriosos.
No al primero desdén huya el amante;
grandes los bienes son dificultosos;
poco al Príncipe amáis, oso decillo,
pues pretendéis servirle sin sufrillo.
GARCIA. ¿Poco es perder la vida por su gusto?
ANARDA. Sufrirlo es menos, e impaciente os hallo.
GARCIA. Un injusto rigor sufrir no es justo.
ANARDA. A ser justo, ¿qué hiciérais en llevallo?
Y debéis advertir que si es injusto,
ausentaros será justificallo.
Ponerse del juez en la presencia
es el mejor testigo de inocencia.
No os vais, Garcia, o por lo menos
pensaldo bien primero; que seguirse
prueban mil libros de sentencias llenos,
presto arrojarse y presto arrepentirse.
Ved a su Alteza; que los hombres buenos
no se ausentan del Rey sin despedirse.
GARCIA. A despedirme dél por vos venía.
ANARDA. Yo ¿qué poder del Príncipe tenía?
GARCIA. ¡Feliz quien tal ingenio y beldad ama!
ANARDA. No, no, lísonjas no, que no os las creo;
que yo supe que ayer a cierta dama
centellas envió vuestro deseo;
y hoy de la ardiente repentina llama,
pues queréis ausentaros, libre os veo.
¡Múdase tal varón en un instante,
y culpa a la fortuna de inconstante!
GARCIA. Al que muda con causa de consejo,
no puede darse nombre de liviano.
ANARDA. No me satisfagáis, que no me quejo.
GARCIA. ¿Tiráis la piedra y escondéis la mano?
Dios sabe, si tan alta empresa dejo,
que un poder me ha oprimido soberano.
ANARDA. Contra amor firme no hay poder bastante.
GARCIA. Precióme de leal, si de constante.
Si a quien debo lealtad, esa persona
quiere, ¿será razón que yo prosiga?
ANARDA. En el amor es yerro, y se perdona
lo que sin él, traición que se castiga,
y el diferente fin la acción abona
del vasallo a quien más la ley obliga;
que si casarse intenta, nada ofende
al señor que gozar sólo pretende.
No digo que lo hagáis, que es causa ajena;
allá con vos las haya, la ofendida;
sólo probaros quiero que la pena
tenéis, que os da fortuna, merecida.
Pecáis mudable, y por castigo ordena
otra mudanza, mal de vos sufrida.
O firmeza aprended en vuestro intento,
o en ajenas mudanzas sufrimiento.
GARCIA. Si como firme os amo…
ANARDA. Si pensara
que yo de vuestro amor era el objeto,
ofendida de vos, no os escuchara,
que la mudanza es falta de respeto.
Quien una vez conmigo se declara,
tal debe estar del amoroso efeto,
que por lealtad, honor, premio o castigo,
ha de romper hasta casar conmigo.
No, bien sé que otra amáis, o lo he creído,
que a pensar que era yo, disimulara,
por no dar ocasión a que atrevido
vuestro pecho su amor me declarara;
mas siempre cortesana ley ha sido
decir lisonjas y alabar la cara.
Si por eso lo hacéis, yo más querría
tosca verdad, que falsa cortesía.
GARCIA. Si es la verdad grosera, soy grosero.
ANARDA. Basta, mirad que el Príncipe me ama.
GARCIA. Peco si intento, pero no si os quiero.
ANARDA. Amor da intentos como el fuego llama.
Decir amo es intento verdadero;
que a recíproco amor el amor llama.
GARCIA. El fin diverso abona mis acciones.
ANARDA. No son para conmigo mis liciones;
para con la que amáis os las he dado.
Bien sé que otra os ocupa el pensamiento;
que a ser yo vuestro amor, dichoso estado
le daba la ocasión a vuestro intento;
pues para lo que ahora os he llamado,
es para que tratéis mi casamiento
con el Príncipe vos, si habéis de vello,
diréos la causa que me obliga a ello.
GARCIA. Por fuerza os he de obedecer, señora.
ANARDA. Sabed que está Mauricio, el Conde, herido,
y dice que, si bien la mano ignora,
sabe que yo la causa dello he sido,
y puesto que me iguala y que me adora,
me resuelva a admitille por marido,
o que contra mi sangre verá España
salir todos sus deudos a campaña.
Yo aborrezco a Mauricio, y si le amara,
esta amenaza que a mi sangre ha hecho,
a no dalle la mano me obligara;
que no se rinde el gusto a su despecho.
En favor de Mauricio se declara
mi tío, que procura su provecho;
el Príncipe, que tanto amarme jura,
muéstrelo en remediar mi desventura;
que pues su Alteza no ha de ser mi esposo,
y querer mi deshonra es no quererme,
es en esta ocasión lance forzoso,
buscar quien pueda honrarme y defenderme.
Por si resiste el Príncipe amoroso,
de vuestra autoridad quise valerme.
Vos persuadidle, y advertid, Garcia,
que en vuestra voluntad dejo la mía.
(Salen GARCIAy HERNANDO, de camino.)
(Vase y topa con JULIA.)
GARCIA. (Ap.) ¡Con cuán honestas señales
ANARDA en esta ocasión
me ha mostrado su afición!
ANARDA. Dile tú agora mis males. (Vase.)
ESCENA XVI
(JULIA, GARCIA, HERNANDO.)
GARCIA. (Ap.)
¡Dichoso mil veces yo!
HERNANDO. ¿Ya se pasó la tristeza
del enojo de su Alteza?
GARCIA. Con tal trueque, ¿por qué no?
Cuando en tal privanza estoy,
¿qué importa la que he perdido?
Haz cuenta que ya marido
de la hermosa Anarda soy.
HERNANDO. ¿Tan presto?
GARCIA. Ella misma ha abierto
a mis intentos lugar.
HERNANDO. ¿Quién creyera en tanto mar
que estaba tan cerca el puerto?
JULIA. Caballero forastero…
GARCIA. Bella cortesana…
JULIA. Oíd,
por forastero en Madrid,
un consejo daros quiero.
No tengáis a poco seso
que, sin pedillo, os le doy,
porque disculpada estoy
con lo que en dalle intereso,
Anarda, según he oído,
poder de casalla os dió,
y a Mauricio os declaró
que no quiere por marido.
La causa os diré, y así
vos de ella colegiréis
lo que en esto hacer debéis,
y lo que me mueve a mí.
Soy su prima, y de su amor
secretaria; mas ahora
soy a su amistad traidora
por ser leal a mi honor.
Por su Alteza Anarda muere:
y como ya el Conde herido
deste amor está advertido,
por esposo no le quiere;
que a impedir es poderoso
la infamia que Anarda intenta,
y a quien lo ignore o consienta
quiere tener por esposo.
De aquí podéis entender
lo que me va en no callar,
y si vos debéis mirar
a quién la dais por mujer. (Vase)
ESCENA XVII
(GARCIA, HERNANDO.)
GARCIA. ¿Qué es aquesto, cielo eterno?
¿Soy yo aquel que agora fuí?
¿De un paso al cielo subí,
y de otro bajé al infierno?
Agora tuve delante
la gloria por quien suspiro,
y en medio en un punto miro
mil montañas de diamante.
El que a tal nació sujeto,
¿qué perdiera en no nacer?
HERNANDO. ¿Qué te ha dicho esta mujer?
GARCIA. ¿No te lo ha dicho el efeto?
Un desengaño.
HERNANDO. Fortuna
nos da su retrato en tí.
Agora pisar te ví
con los mismos pies la luna,
y ya en el centro profundo
de dolor y rabia fiera.
GARCIA. Paciencia; desta manera
son los favores del mundo.
ACTO III
(La calle frente a la casa de ANARDA .)
ESCENA I
( DON JUAN , JULIA ).
JUAN. Su Alteza, que por mandado
del Rey a Toledo parte,
de Anarda quiere encargarte
en esta ausencia el cuidado.
JULIA. (Ap. Ocasión me da con esto
para esforzar mi invención.)
En estrecha obligación
hoy el Príncipe me ha puesto;
que pues de mí se confía,
guardarle debo amistad,
y el decirle la verdad
corre ya por cuenta mía.
JUAN. Habla pues.
JULIA. Dile que vea
que al forastero Alarcón
tiene mi prima afición,
y ser su esposa desea.
Si lo consigue, su Alteza
se puede dar por perdido;
que da el amor del marido
a la mujer fortaleza.
No hay qué esperar si se casa
con hombre de tal valor
y que sabe ya el amor
en que el Príncipe se abrasa.
Ella dirá que desea
casarse por allanar
el camino y dar lugar
al Príncipe; no lo crea,
que es engañoso artificio,
y ha de resistir después.
JUAN. Pues tu consejo ¿cuál es?
JULIA. Que la case con Mauricio,
a quien da en aborrecer
ANARDA, que de ofendido
está muy cerca el marido
que aborrece la mujer.
JUAN. Y Mauricio ¿no es honrado,
y a guardar su honor bastante?
JULIA. Deste intento está ignorante;
nada puede un descuidado.
JUAN. ¿Sabes si el Conde querrá?
JULIA. Sé que por Anarda muere.
JUAN. ¿Pues cómo, de que la quiere
el Príncipe, ajeno está?
JULIA. Su Alteza es tan recatado
que nunca el Conde Mauricio
tuvo de su amor indicio;
tú solo celos le has dado
con tus rondas y paseos.
Mas eso no ha de estorballe,
pues cesa con declaralle
que causo yo tus deseos.
JUAN. Si el Conde está sospechoso,
ha de pensar que es enredo.
JULIA. Pues quitarémosle el miedo
con que seas tú mi esposo.
JUAN. ¿Qué dices? ¿Tan gran favor
he merecido de ti?
JULIA. ¿No es tiempo que obren en mí
tus méritos y tu amor?
JUAN. ¡Dulce fin de tantos daños!
JULIA. (Ap.)
ANARDA la mano dé
al Conde; que yo sabré
usar contigo de engaños.
JUAN. Su Alteza, mi bien, me espera.
JULIA. ¿Hasme de olvidar, Don Juan?
JUAN. Antes, Julia, olvidarán
las estrellas su carrera.
JULIA. De tu ausencia y mi tristeza
¿cuándo el fin tengo que ver?
JUAN. Esta noche he de volver
por la posta con su Alteza.
(Vase)
JULIA. (Ap. Bien engañado lo envío.
Mas ¡ay! ¿si se va Alarcón
a Toledo? Una invención
remedie el tormento mío.)
Don Juan. (Vuelve DON JUAN .)
JUAN. Señora.
JULIA. Oye.
JUAN. Dí.
JULIA. Mira que es inconveniente
que Garcia-Ruiz se ausente
en esta ocasión de aquí,
que examinar su intención
con cautela es acertado;
que si paga, enamorado
de mi prima, su afición,
tales cosas le diré,
que aborrezca a la que estima,
y despechada mi prima
al Conde la mano dé.
JUAN. Dirélo al Príncipe así.
Loco voy con tu favor. (Vase.)
JULIA. ¡En qué laberinto, amor,
me voy entrando tras tí!
A Don Juan he dicho ahora
que está Mauricio ignorante
de que es el Príncipe amante
de Anarda; y que no lo ignora
dije a Don Diego, mi tío.
Con sus intenciones varias,
y por dos causas contrarias
a un mismo efeto los guio.
ESCENA II
Sale DON DIEGO.
( JULIA , DON DIEGO .)
DIEGO. Ya, Julia querida, he dado
cuenta al Rey de nuestro intento,
y que el Príncipe al momento
de Madrid salga ha mandado.
JULIA. ¿Y en lo que a Mauricio toca?
DIEGO. Que la mano le dará,
o en un convento tendrá
justo castigo esa loca.
JULIA. Yo haré con tal artificio
lo que tu pecho desea,
que el mismo Príncipe sea
quien la case con Mauricio.
DIEGO. De remediar nuestro honor
tengo justa confianza
en lo que tu ingenio alcanza.
JULIA. (Ap.)
Di en lo que alcanza mi amor.
(Vanse.)
* * * * *
(Cámara del PRINCIPE .)
ESCENA III
Salen el PRINCIPE, con botas, y GERARDO, con las espuelas, para ponérselas. (Luego DOS PAJES .)
PRINCIPE. Acaba; que me tienes ya cansado.
GERARDO. (Ap.)
En quemar la materia más cercana,
al fuego imita un Príncipe enojado.
PRINCIPE. Pónlas, acaba. ¡Cuán de buena gana
con ellas las entrañas le rompiera
al que pena me dió tan inhumana!
(Sale un PAJE .)
PAJE. Ya apercebido el carrüaje espera.
PRINCIPE. Pues ¿quién te lo pregunta?
PAJE. Vuestra Alteza
mandó que en siendo tiempo lo dijera.
PRINCIPE. No obedecerme fuera más fineza,
que el discreto no da, sin ser forzado,
nuevas que sabe que han de dar tristeza.
(Sale el PAJE ° )
PAJE °. A vuestra Alteza aguarda aderezado
el almuerzo, señor.
PRINCIPE. Todos entiendo
que os habéis a matarme conjurado.
Necio, a quien de la vida está partiendo,
¿qué gusto puede darle la comida?
Que es, amando, partir, vivir muriendo.
Idos de aquí, dejadme; que la vida
me sobra, pues me falta la paciencia.
¡Ay antes muerta gloria que nacida!
El favor vino anoche, y hoy la ausencia,
porque tenga en la misma medicina
materia más copiosa la dolencia.
PAJE °. (Hablando aparte con el °)
Agora entra GARCIA de Alarcón.
PAJE °. Él no imagina
que está el mar por el cielo.
PAJE °. ¿Llegar osa?
Corre–Faetón–a su fatal ruina.
ESCENA IV
Sale GARCIA. (El PRINCIPE, GARCIA, GERARDO, y PAJES .)
GARCIA. Si acaso vuestra mano poderosa,
del justo enojo, de mi error causado,
ha envainado la espada rigurosa,
merézcala besar quien humillado
en cambio dél, señor, la sangre ofrece
que en el servicio vuestro ha derramado.
PRINCIPE. Alzad, Garci-Ruiz, y si os parece
que yo estuve enojado, yerro ha sido;
que vuestro amor leal no lo merece.
Sabiendo que un vasallo estaba herido
por mi causa, aquel justo sentimiento
de lastimado fué, no de ofendido.
Decir que errastes fué un advertimiento
y regla de servirme, no castigo;
que sé que no hay pecado sin intento.
Graves razones son las que conmigo
os dieron de amistad el nudo estrecho;
no levemente pierdo un buen amigo.
Sabréis de hoy más de mi piadoso pecho
la condición; jamás de ajeno daño
quiero que nazca mi mayor provecho.
GERARDO. (Ap. con los PAJES .)
Ved de quien sirve el claro desengaño;
aquí nos anegamos, y en bonanza
da al viento aquí esta nave todo el paño.
PAJE °. ¿Quién creyera tan presto tal mudanza?
PAJE °. Merécela Alarcón.
PAJE °. Bueno es ser bueno;
mas no el honrado, el venturoso alcanza.
(Vanse los CRIADOS .)
ESCENA V
(El PRINCIPE, GARCIA .)
PRINCIPE. Tratemos de mis males, que estoy lleno
de rabia y de dolor, y el pecho mío
se enciende en furia de mortal veneno.
Hoy de mi Anarda ese caduco tío
al Rey de mis intentos se ha quejado;
vuestro yerro causó tal desvarío.
Mauricio fué el herido; han sospechado
que por mi voluntad, y que a Toledo
parta al punto, mi padre me ha mandado.
¿Cómo, ausente de Anarda, vivir puedo,
si aunque presente estoy, muriendo vivo?
GARCIA. Si tu amor firme o tu celoso miedo
remedio alcanza de tu mal esquivo
posible, huya el dolor, la pena olvida,
pues que yo a ejecutallo me apercibo.
Lo que mi brazo erró, emiende mi vida;
que desde que empezó, por justa herencia,
está por tí a perderse apercebida.
Para seguirte en esta triste ausencia
las espuelas calcé, (Ap. Callo mi intento,
pues la misma ocasión da la advertencia.)
La vida sigue el mismo pensamiento:
traza, resuelve, manda; que no siente
imposible mi fiel atrevimiento.
PRINCIPE. Vuestra lealtad, que al sol resplandeciente
su luz opone, alivia mi tormento; []
y así, mientras de Anarda peno ausente,
en prendas quedaréis de mi firmeza,
que ser Argos de Anarda es gran ventura,
por mirar con cien ojos su belleza.
[Nota : «Tormento» pone el texto original; pero el sistema de rimas
de los tercetos exigiría otra palabra, como «tristeza». Cf. con el final
de la pág. , donde el sistema de rimas de las quintillas exigiría que
el verso dijera: «¡ Ay de amor puesto en mujeres!» en vez de «en
mujer.»]
GARCIA. Premiáis mi amor. (Ap. Aquí la suerte dura
el resto echó; ¡por cuidadosa guarda
quedo yo contra mí de su hermosura!)
Un recado, señor, la hermosa Anarda
me ha dado para tí.
PRINCIPE. ¿Cómo, García,
tanto tu lengua en referirlo tarda?
GARCIA. Porque no solicita tu alegría;
y a no obligar la ley de buen criado,
con el silencio más te serviría.
PRINCIPE. Habla ya; que el temor me ha atormentado
más que la nueva puede.
GARCIA. Tu mal siento,
si bien en tu valor voy confiado,
porque es el toque dél el sufrimiento.
(Hablan en voz baja.)
ESCENA VI
(Salen DON JUAN y GERARDO .)
(El PRINCIPE , GARCIA , DON JUAN , GERARDO .)
GERARDO. (Hablando con Don JUAN a la puerta de la
cámara.)
Como el toro, a quien tiró
la vara una diestra mano,
arremete al más cercano
sin buscar a quien le hirió,
su Alteza, con el dolor
que esta nueva le ha causado,
en nosotros ha vengado
los agravios de su amor.
Mas en entrando Alarcón,
o de amor, o de respecto,
serenó el airado aspecto
y mudó la condición.
JUAN. Bien sabe Garci-Ruiz
merecer tanto favor.
GERARDO. Merece con el señor
quien tiene estrella feliz.
PRINCIPE. ¿Que le dé marido yo?
GARCIA. Así lo dice.
PRINCIPE. ¡Ah García!
En mi loco amor confía
quien tal recado envió.
¡Ah cielo! ¡Yo le he de dar
a la que adoro marido!
Cuánto corta en un rendido
la espada, quiere probar.
¡Anoche el favor primero,
y hoy desengañarme así!
GARCIA. (Ap.)
Que fué el amor para mí,
de todo con causa infiero.
Pero ¿cómo puedo ¡ay triste!
merecer por dulce esposa
mujer tan noble y hermosa,
y que a un Príncipe resiste?
PRINCIPE. ¿Qué haré?
GARCIA. En casos de amor
nunca supe dar consejo.
PRINCIPE. Vos, pues en la corte os dejo,
con vuestro seso y valor
divertidla de ese intento,
encarecedle mi pena,
mientras el remedio ordena
mi afligido pensamiento.
GARCIA. Dos imposibles, señor,
me encargas.
PRINCIPE. Tal caballero
para tales casos quiero.
Caballerizo mayor…
GARCIA. (Arrodillándose.)
De Alejandro es Vuestra Alteza
envidia.
(Sale DON JUAN .)
PRINCIPE. Alzad pues. Don Juan,
¿calláis?
JUAN. Callando se dan
nuevas que son de tristeza.
PRINCIPE. ¿Qué hay de Julia?
JUAN. Ya la ví.
PRINCIPE. No temáis; que de Alarcón
sé ya la resolución
de mi Anarda contra mí.
Ya sé que se determina
a casarse esa cruel.
JUAN. (Aparte al PRINCIPE .)
¿Luego ya sabréis que es él
a quien Anarda se inclina?
PRINCIPE. ¿Quién?
JUAN. Repórtate.
PRINCIPE. Acabad:
que el alma en furor se abrasa.
JUAN. Oye, señor, lo que pasa,
si Julia dice verdad.
(Hablan los dos en secreto.)
GERARDO
De la merced que os ha hecho
el Príncipe, alegre os doy
un gran parabién.
GARCIA. Yo estoy
de vuestro amor satisfecho
pero podéis persuadiros
que nada quedo a deber
y cuanto tenga ha de ser,
Gerardo, para serviros.
GERARDO.
Vuestro valor al deseo
da seguras esperanzas.
GARCIA. (Ap.) Tocando estoy las mudanzas
de mi suerte, y no las creo.
¿Quién, del infeliz estado
en que hoy se vió mi ventura,
creyera que a tanta altura
hoy me viera levantado?
PRINCIPE. ¡Tal maldad! ¡Viven los cielos,
que he de hacer!…
JUAN. Señor, detente.
PRINCIPE. ¿Quieres que el volcán reviente,
y el mundo abrasen mis celos?
¡Alarcón!
JUAN. Que adviertas, ruego,
a su gran valor.
PRINCIPE. Salid
al momento de Madrid.
GARCIA. ¿Para adónde?
PRINCIPE. Salid luego,
y cuanto más lejos vais,
me daré por más servido.
GARCIA. Señor…
PRINCIPE. Ya estoy ofendido
de que partido no hayáis.
GARCIA. (Ap. Retirándose.)
¿Qué es esto, suerte importuna?
¿Así el favor desvanece?
¡Vive el cielo, que parece
que está loca la fortuna!
¿Qué le habrá dicho Don Juan?
Mas de Don Juan ¿qué recelo,
si estas mudanzas del cielo
ciertos avisos me dan,
haciéndome sin segundo
ya en el bien y ya en el daño,
del engaño y desengaño
de los favores del mundo? (Vase.)
ESCENA VII
(El PRINCIPE ,Don JUAN , GERARDO .)
JUAN. Dame para hablar licencia,
ya que Alarcón se ha partido.
PRINCIPE. ¿Qué quieres? ¿Dirás que ha sido
poco humana mi sentencia,
siendo tanta la ocasión?
JUAN. Si a eso miro, fué piadosa,
señor, pero rigurosa,
si miro a tu condición;
que desconozco el rigor,
en quien es la mansedumbre
naturaleza y costumbre.
PRINCIPE. ¿Qué no harán celos y amor?
Tan otro soy del que fuí,
con sus efetos violentos,
que extraño mis pensamientos,
y no me conozco a mí.
JUAN. De que no sientas no trato,
donde es tanta la ocasión;
mas da un rato a la razón,
pues diste al enojo un rato.
Confesado me ha tu Alteza
que es violento ese accidente:
lo violento fácilmente
vuelve a su naturaleza.
¿En qué diferencia pones
a ti y a un hombre vulgar,
si así te dejas llevar
del furor de tus pasiones?
Cualquiera, señor, es sabio
donde no hay dificultad;
la mansedumbre y piedad
se tocan en el agravio.
La fiera borrasca muestra
si es el piloto prudente,
y el jinete en potro ardiente
fuertes pies y mano diestra.
Esta es la misma ocasión
que debiera desear
tu Alteza, para mostrar
su piadosa condición,
y más donde el condenado
ser inocente podría;
que hasta agora de García
no sabemos si ha pecado.
Julia sólo el pensamiento
de Anarda me ha referido;
pero no que él haya sido
cómplice de aqueste intento
Y la primera advertencia
que Julia en esta ocasión
me hizo, fué que Alarcón
no te siga en esta ausencia;
que cautamente sabrá
dél si a tu enemiga estima;
y siendo así, de su prima
tales cosas le dirá,
que la desdeñe injurioso,
para que ella, desdeñada,
de su amor desesperada,
quiera al Conde por esposo
Que mientras tenga esperanza
de que él su amor corresponde,
no hay pensar que verá el Conde
en sus rigores mudanza.
PRINCIPE. Es agudo pensamiento.
JUAN. Con amor y con lealtad
te sirve, y la voluntad
da fuerza al entendimiento.
Demás desto, considera
que sabiendo tu afición,
no se casará Alarcón,
aunque querido la quiera.
Y por un leve temor
que asegura su nobleza,
no ha de pagar mal tu Alteza
a un hombre de tal valor.
Ni permitas que Alarcón
me tenga por falso amigo,
pues de lo que hablé contigo
vió nacer tu indignación;
con que es forzoso entender
que ingrato y villano soy,
pues quito tu favor hoy
a quien vida me dió ayer.
Bien temí yo tu castigo
cuando te daba el recado;
mas la ley de buen criado
venció a la de buen amigo.
Esto ha de bastar, señor,
a que tomes otro acuerdo,
si mis servicios no pierdo,
si no me engaña tu amor.
PRINCIPE. Digo que me has convencido,
y de haberlo desterrado
estoy, Don Juan, lastimado,
cuanto más arrepentido.
Abrázame; que es razón
dar premio a tu gran nobleza,
y por ver esta fineza,
estimo aquesta ocasión.
JUAN. Por tal dueño poco es dar
la sangre, vida y honor.
Dame licencia, señor,
de que lo vaya a alcanzar.
PRINCIPE. Será, Don Juan, darle indicio
de liviana condición.
JUAN. Fia tu reputación
de mi ingenioso artificio.
PRINCIPE. Como la ocasión no pueda
colegir que esto ha causado,
a lo que le he encomendado
le dí que en la corte queda.
JUAN. ¿Partes luego?
PRINCIPE. Ya el rigor
de mi airado padre ves.
JUAN. Para alcanzarte, a mis pies
dará sus alas mi amor. (Vase.)
ESCENA VIII
(Salen CRIADOS ).
(El PRINCIPE , GERARDO , los dos PAJES y otros CRIADOS .)
PRINCIPE. ¿Puedo partir?
GERARDO. A tu Alteza
todo aguarda apercebido.
PRINCIPE. ¿Quién duda que estás sentido,
Gerardo, de mi aspereza?
GERARDO. Sólo tus pesares siento.
PRINCIPE. ¡Ah Gerardo! no te espante;
que es pluma leve un amante,
y celos y amor el viento.
Alégrete este rubí, (Dale una sortija.)
si por mi causa estás triste.
Y tú, pues que me sufriste
lo que sin razón reñí,
(Da a otro criado otra sortija.)
con este diamante, Otavio,
publica tu sufrimiento;
y a ti, el arrepentimiento
que tengo ya de tu agravio
(Da a otro una cadena.)
te diga aquesa cadena,
que me confiesa obligado.
PAJE °. Aumente el cielo tu estado.
GERARDO. Alivie Anarda tu pena.
PAJE °. A su curso natural
el río presto volvió.
GERARDO. ¿Quién a Príncipe sirvió
tan piadoso y liberal? (Vanse.)
(Habitación de GARCIA , en Madrid.)
ESCENA IX
(Salen GARCIA y HERNANDO , de camino.)
GARCIA. ¿Cómo está el Conde?
HERNANDO. No es nada.
¡Un piquete siente así!
Como es señor, es de vidro,
y está su vida en un tris.
Tiene en la tabla del brazo
una sangría sutil;
que la manga de la cota
no le llegaba hasta allí.
Una vena le rompiste;
desangrábase, y así
se desmayó; ya está bueno,
y ha pedido de vestir.
GARCIA. Huélgome. ¿Vienen las postas?
HERNANDO. Ya comenzaba a subir
el postillón, batanado
en el angosto rocín.
GARCIA. Mucho tarda a mi deseo.
HERNANDO. Esto ¿es irte, o es huir?
GARCIA. ¡Fuego de Dios en amores
y privanzas de Madrid!
HERNANDO. ¿Esos dos polos quisiste
con tus dos manos asir?
A entrambos pierde de vista
el ingenio más sutil,
y el que más alcanza, dice
que ha de conservarse aquí
Ganimedes con embuste,
y con dinero Amadís.
Andas en cueros por las calles
despreciado el dios Machín,
y como se ve tan pobre
y ciego, ha dado en pedir.
En amaneciendo Dios,
ya en chinela, ya en chapín,
de los nidos salen bandas
de busconas a embestir,
todas buscando el dinero,
no al galán sabio y gentil:
quien no tiene es un demonio,
y quien tiene, un serafín.
Ninguno cumple deseo,
si bien lo adviertes, aquí;
que el pobre jamás llegó
de sus intentos al fin;
y el rico, si no desea,
¿cómo lo puede cumplir?
Porque antes de desear,
alcanza el rico en Madrid.
Sin estos inconvenientes,
considero yo otros mil,
que es un asno el que en la corte
con ellos quiere vivir.
Un lancero ¿a quién no mata
con un cuerpazo hasta allí,
dando voces como truenos,
que hacen los perros huir?
¿A quién no cansa un barbón
con un tiple muy sutil,
lastimero y recalzado,
diciendo: «ili portuguí»?
¿Quién sufre un burro aguador,
que me sabe distinguir
a mí de un poste, y se aparta
del poste, y me embiste a mí?
¿Quién sufre un cochero esento
cuya lanza cocheril
rompe más entre cristianos
que entre moros la del Cid?
GARCIA. ¿Esas cosas te dan pena?
HERNANDO. Estas me la dan a mí,
que son con las que se roza
la jerarquía servil.
Y si cosas tan menudas
me desesperan así,
¿cuál estará entre las grandes
el que juzgan más feliz?
¡Buena pascua! Vamos presto:
nunca tan cuerdo te ví;
que aquí todo es embeleco,
todo engaño, todo ardid.
Al que promete aquí menos,
y al que cumple más aquí,
el pronóstico de Cádiz
no se la gana a mentir.
Coche y Prado son su gloria,
y esta se reduce al fin
a mirarse unos a otros,
y andar de aquí para allí.
Pero las postas son estas.
GARCIA. Pues alto, Hernando, a subir.
HERNANDO. Bien puedes; que a punto están
la maleta y el cojín. (Vase.)
Adiós, corte; adiós, Anarda.
ESCENA X
(Sale DON JUAN ).
( DON JUAN, GARCIA .)
JUAN. Los caballos despedid;
que os manda quedar su Alteza
en la corte.
GARCIA. ¡Qué decís!
JUAN. Que cesó la causa ya
por que os mandaba partir,
y así ha cesado el efeto.
GARCIA. ¿Y puedo saberla?
JUAN. Sí.
GARCIA. Decilla presto, Don Juan.
¿Qué causa al Príncipe di
de tan repentino enojo?
JUAN. Erráisos, Garci-Ruiz.
No de enojo, mas de amor
mudó el clavel en jazmín,
por una nueva que yo
de vuestro riesgo le dí.
GARCIA. ¿Y era el riesgo…?
JUAN. Del enojo
del Rey.
GARCIA.¿Del Rey contra mí?
JUAN. Por la herida de Mauricio.
GARCIA. Pues ¿quién le pudo decir
que fuí yo el actor?
JUAN. No sé:
por esto os mandó partir,
como os ama, temeroso
de algún suceso infeliz;
y el enojo que en él vistes
fué contra el pecho ruin
que a indignar al Rey con vos
dió aliento a la lengua vil.
Entró luego a ver al Rey,
y díjole con ardid
cómo a Toledo, García,
os llevaba a vos y a mí.
Que nos llevase en buena hora,
dijo su padre, y de aquí,
que era falsa, colegimos,
la nueva que yo le dí;
que a estar con vos indignado,
no os permitiera seguir
al Príncipe, y en su rostro
que mintió la fama ví.
Con esto y con que a su Alteza
libraros, Garci-Ruiz,
de cualquier riesgo es más fácil
que no apartaros de sí,
os manda quedar, y encarga
a ese esfuerzo varonil
lo que con voz ha tratado.
GARCIA. ¿Y es menester para mí
este recuerdo? A su Alteza,
Don Juan amigo, decid
que sólo triste partía
de pensar que le ofendí,
y, alegre de que fué engaño,
quedo a servirle en Madrid.
JUAN. Dadme los brazos, García.
GARCIA. Don Juan, ¿tan presto os partís?
JUAN. Al Príncipe he de alcanzar,
que va a Illescas a dormir.
(Ap. Ni más por tí pude hacer,
ni más te puedo decir;
valor y prudencia tienes,
tú sabrás mirar por tí.) (Vase.)
ESCENA XI
GARCIA. Encontró Amor a la Fortuna un día,
émula de su imperio soberano;
de Aqueloo las reliquias una mano,
y la rueda fatal otra movía.
El soberbio rapaz la desafía,
y el arco flecha; pero flecha en vano;
que no la ofende su poder tirano,
si el cetro menos él della temía.
Al fin, reconocidos por iguales,
dios cada cual en cuanto ciñe Apolo,
ni él las viras dejó, ni ella los giros.
¿Qué tanto soy contra enemigos tales?
No se vencen los dioses ¿y yo solo
bastaré a sus mudanzas y sus tiros? (Vase.)
(Sala en casa de ANARDA .)
ESCENA XII
(Salen JULIA, ANARDA e INÉS .)
JULIA. En lo que ahora te digo,
mi amor te quiero mostrar.
A Mauricio, tu enemigo,
el Rey pretende casar
contra tu gusto, contigo,
y siguiendo aqueste intento,
vendrá agora de su parte
quien acabe el pensamiento,
con orden para llevarte,
si resistes, a un convento.
ANARDA. Cuando la mano le dé
al Conde, o no tendré seso,
Julia, o sin vida estaré.
JULIA. Si te resuelves en eso,
un consejo te daré.
ANARDA. Ya, prima, tu lengua tarda.
JULIA. Éntrate al punto en el coche;
del furor del Rey te guarda;
que yo desde aquí a la noche
haré tu negocio, Anarda.
ANARDA. Bien dices.
JULIA. Presto; que ya
vendrá la gente que digo.
ANARDA. (Llamando.) ¡Hola! El coche.
INÉS. Puesto está.
ANARDA. El manto. Inés, ven conmigo.
JULIA. Las cortinas llevará
tendidas el coche, prima:
no sepan que vas en él.
ANARDA. Mucho tu amistad me anima;
que es una amiga fiel
la joya de más estima.
(Vanse ANARDA e INÉS .)
ESCENA XIII
( JULIA )
JULIA. (Ap.) ¡Qué bien la supe engañar!
Quien camina descuidado
es fácil de saltear.
Agora pienso acabar
el enredo comenzado.
Con esto a mi amor quité
el mayor impedimento;
que como a solas esté
con Alarcón, a mi intento
hoy dulce puerto daré.
Hoy lograré mi esperanza;
porque es necio el que no entiende
que hay peligro en la tardanza,
si con brevedad no alcanza
quien con engaños pretende.
ESCENA XIV
(Sale BUITRAGO .)
( BUITRAGO y JULIA .)
JULIA. Anarda ¿fuése?
BUITRAGO. Imagina
cada caballo español,
según con ella camina,
que lleva en el coche al sol,
y que es nube la cortina.
JULIA. ¿Viene Alarcón?
BUITRAGO. Al momento
me respondió que venía. (Vase.)
JULIA. Sus pasos son los que siento,
pues se alegra el alma mía
y se turba el pensamiento.
ESCENA XV
(Salen GARCIA y HERNANDO .)
( JULIA, GARCIA y HERNANDO .)
GARCIA. Sujeto a vuestro mandado
vengo a ver lo que queréis:
nada me encubra el cuidado,
pues me confieso obligado
a la merced que me hacéis.
JULIA. Gloria ilustre de Alarcón,
este cuidado que os muestro
no os pone en obligación,
porque por mi honor, el vuestro
procuro en esta ocasión.
Casarse con vos intenta
mi prima, que hacer pretende
a vos y a su sangre afrenta;
y como en ella me ofende,
tomo el remedio a mi cuenta.
Del vuestro pende mi honor,
y aunque para defendello,
casado, tendréis valor,
viendo el peligro, es mejor
evitallo que vencello.
GARCIA. ¿Posible es que sólo el celo
de lo que apenas os toca
os causa tanto desvelo?
Más viva causa recelo
que a tal cuidado os provoca.
JULIA. (Ap. Temblando está mi edificio;
esfuércelo otra invención.)
Parte es celo, parte oficio
que paga la obligación
en que me ha puesto Mauricio.
A su ruego lo he intentado,
y porque mi honor mejora;
y no habiéndolo alcanzado,
a ser tema viene agora
lo que fué razón de estado.
Pero ¿qué sirve que os cuente
la causa? El efeto ved
a vuestro honor conveniente;
si es buena el agua, bebed
sin preguntar por la fuente.
Yo os digo, Alarcón, verdad,
la causa cual fuere sea:
después, de vos os quejad;
sólo en el Príncipe emplea
Anarda su voluntad.
No os mueva el falso favor
de aquel honesto fingir,
porque su intento traidor
es, con vuestra mano, abrir
las puertas a ajeno amor.
Y porque sepáis, García,
si apresuran vuestro daño
(que esto a vos sólo podía
decirse) (Ap. con este engaño
he de hacer gran batería),
Anarda a cierto lugar
parte agora, igual al viento,
adonde la fué a esperar
su Alteza, para trazar
el fin deste casamiento.
GARCIA. ¡Que un pensamiento traidor
quepa en sangre principal!
JULIA. Como eso puede el amor,
pues que te prevengo el mal,
prevén remedio a tu honor.
GARCIA. El no casarme con ella
es el remedio.
JULIA. Alarcón,
si él llega a mandallo, y ella
da la mano, ¿qué razón
has de dar de no querella,
y más cuando tu de amor
a Anarda muestras has dado?
Viéndote así retirar,
¿por fuerza no han de pensar
que su intención te he contado?
Pues mira tú si es razón
que con el bien que te he hecho
granjee su indignación.
GARCIA. No cabe en mi noble pecho
ingrata imaginación.
JULIA. Y por tí también es justo
que algún ímpetu violento
temas del Príncipe injusto,
o porque no haces su gusto,
o porque sabes su intento.
Si ve su pecho real
que sabes falta tan grave
dél, teme un odio mortal;
porque todos quieren mal
a quien sus delitos sabe.
GARCIA. Ya que a mi incauto navío
mostraste con pecho fiel
el fiero oculto bajío,
sólo en tu valor confío,
Julia, que lo libres dél.
Aconséjame.
JULIA. El consejo
edad y prudencia quiere.
GARCIA. Mi amor en tus manos dejo;
que al más sabio y al más viejo
tu claro ingenio prefiere.
JULIA. Pues tanto te satisface
mi voluntad conocida,
que en tu bien discursos hace,
digo que la diestra herida
de la misma herida nace.
Si te ofenden con casarte,
el casarte te defienda;
busca a quien pueda igualarte,
y antes que el Príncipe entienda
que se trata, has de obligarte.
GARCIA. ¡Fuerte remedio!
JULIA. Violento;
mas pídelo el mal cruel,
y un honrado pensamiento
fácil arriesga el contento,
si aguarda el honor con él.
GARCIA. ¡Ay cielos! ¿Tanto rigor?…
JULIA. (Ap.) Ayude amor mi esperanza.
GARCIA. ¿Con hombre de mi valor?
¿Esto es corte? ¿Esto es privanza?
¿Esto honra?
JULIA. (Ap.) ¿Y esto amor?
GARCIA. ¿Cómo quieres que halle yo
mujer?…
JULIA. Si se determina
tu pecho a lo que me oyó,
quien el remedio ordenó
te dará la medicina.
GARCIA. ¿Mujer igual a quien soy
me darás?
JULIA. Digo que sí.
GARCIA. Pues determinado estoy.
JULIA. ¿Dirás que es igual a ti,
si igual a mí te la doy?
GARCIA. Y que excede a mi deseo.
JULIA. Pues en tí, noble Alarcón,
tan ilustres glorias veo,
que a la mayor presunción
pueden dar honroso empleo.
Mas cuando en casar contigo,
mucho de mi honor perdiera,
que diera la mano digo,
si de esa suerte saliera
con el intento que sigo.
GARCIA. ¿Qué dices?
JULIA. ¿De qué te alteras?
GARCIA. ¿Agora das en probarme?
JULIA. Las causas que consideras
me fuerzan; mas ¿obligarme
tú por ti no merecieras?
GARCIA. (Ap. Grandes malicias advierto:
mucho me da que entender
aqueste nuevo concierto.
Si me quiere esta mujer,
el engaño he descubierto,
yo lo veré.) Mi esperanza
de un favor tan soberano
teme el engaño o mudanza.
JULIA. ¿Darás crédito a la mano,
si la lengua no lo alcanza?
GARCIA. ¡Cuánto estimara tu intento,
a ser hijo del amor!
JULIA. Basta; no me dés tormento;
no engendra solo el honor
tan resuelto pensamiento.
GARCIA. ¿Luego en efeto me quieres?
Díme, por Dios, la verdad.
JULIA. ¡Qué discreto, Alarcón eres!
No dicen más las mujeres
de mi estado y calidad.
GARCIA. ¿Pues y Don Juan? ¿Qué diría?
Que sé que te quiere bien.
JULIA. Eso a mi cuenta, García.
GARCIA. Corre a la mía también,
porque de mí se confía.
JULIA. Don Juan sólo se entretiene,
porque al Príncipe acompaña
cuando a ver a Anarda viene;
mas ni mi favor le engaña,
ni es amor el que me tiene.
Y cuando me tenga amor
con que te obligue a lealtad,
mira si se está mejor
el conservar su amistad
que dar remedio a tu honor.
Si no le piensas callar
lo que hemos tratado aquí,
tu intención ha de estorbar;
que ha de querer agradar
más al Príncipe que a ti,
y no es razón que lo intentes
en mi daño.
GARCIA. En todo hallo
montañas de inconvenientes.
JULIA. Los del honor son urgentes.
GARCIA. Déjame por hoy pensallo.
JULIA. El remedio que te doy,
consiste en la brevedad.
GARCIA. Ya de eso advertido voy,
y de que a tu voluntad,
obligado, Julia, estoy. (Vase.)
JULIA. Grandes cosas he emprendido,
y mis enredos extraños
lo posible han excedido;
mas quien de amor no ha sabido
no condene mis engaños.
Buitrago.
ESCENA XVI
(Sale BUITRAGO .)
( JULIA y BUITRAGO .)
BUITRAGO. Señora.
JULIA. Id
donde mi prima os aguarda,
y que se venga decid.
BUITRAGO. En el Soto está.
JULIA. Y si Anarda
algo os pregunta, advertid… (Vanse hablando.)
(Calle.–Es de noche.)
ESCENA XVII
(Sale HERNANDO , de noche,
contando las horas que da un reloj.)
Dos, tres, cuatro, cinco, seis,
siete, ocho, nueve, diez, once.
¡Válgate Dios por mujer!
¿Has de venir esta noche?
¡Que a estas horas esté fuera
una doncella!¡Qué azotes!
¡Pobre coche el que una vez
una ballenata coge!
Piensa que el cochero es piedra
y los caballos de bronce,
y la noche, cuando viene,
lleva dos mil maldiciones.
¡Poh!¡Mal hubiesen los gatos
que dan algalia a estos botes!
Ya empiezan las cosas malas
de entre las once y las doce.
Como salen a tal hora
en otras partes visiones,
en Madrid por las narices
espantan diablos fregones.
¿Otro? ¡Mal haya la Arabia
que engendra tales olores!
Agora huele a adobado,
y es la quinta esencia entonces.
Coche suena; por la calle
sube de los Relatores…
¡Señor, señor!
ESCENA XVIII
(Sale GARCIA .)
( GARCIA y HERNANDO .)
GARCIA. ¿Qué hay, Hernando?
HERNANDO. Por acá, que viene un coche.
GARCIA. ¿Si será Anarda?
HERNANDO. La vuelta
da hacia su casa: paróse.
Mujeres son.
GARCIA. Ello es cierto.
Claramente se conoce
que Julia dijo verdad.
HERNANDO. ¡Dos solas, y a media noche!
ESCENA XIX
(Salen ANARDA e INÉS , con mantos.)
( ANARDA, INÉS, GARCIA y HERNANDO .)
GARCIA. Escucha, Anarda.
ANARDA. (Acercándose a la puerta de su casa.)
¿Quién es?
¡Hola! Una luz.
GARCIA. No dés voces.
Alarcón soy.
ANARDA. ¡Vos, señor!
¿Qué queréis?
GARCIA. No te alborotes.
ANARDA. ¿De qué, dónde vos estáis?
(Tira ANARDA a INÉS con temor hacia sí.)
INÉS. (Ap. a su ama.)
Ya entiendo. (Ap. El manto me rompe.)
GARCIA. Perdonad mi grosería,
si lo es preguntar de dónde
viene sola y a estas horas
una doncella tan noble.
ANARDA. Aunque para hablar no es este
tiempo ni lugar conforme,
aquel es tiempo y lugar
donde riesgo el honor corre.
Díjome Julia que el Rey
determinado dispone,
o que me entre en un convento
o que dé la mano al Conde,
y que esta tarde vendría
su gente por mí, con orden
de ejecutar este intento;
que con mi ausencia lo estorbe;
que ella, ausente yo, daría
traza como no se logre
el intento de Mauricio.
Aprobélo, tomé el coche,
y solas Inés y yo
nos fuimos al Soto, donde
un escudero de Julia
al anochecer llamóme.
Yo, que de espías del Rey
es fuerza que miedo cobre,
hasta las horas que veis
no quise salir del bosque.
GARCIA. (Ap.) Con lo que a su prima oí,
esto ¿qué tiene que ver?
A Anarda llego a creer,
y a Julia también creí.v
¡Ay de mí! ¿en qué ha de parar
la confusión de mi pecho?
ANARDA. ¿No estás, señor, satisfecho?
GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios! ¿Quién pudiera hablar?
ANARDA. ¿No hablas?
GARCIA.¿Tú fuiste, Anarda…?
(Ap. Por Dios que estoy por decillo.)
¿A verte?… ¿con el Sotillo?…
ANARDA. ¿Qué dices?
GARCIA. Digo que… Aguarda…
Que fuiste tú…
ANARDA. ¿Adónde fuí?
GARCIA. ¡Jesús, que priesa me das!
ANARDA. ¿No ves que en la calle estás,
y que yo estoy mal aquí?
GARCIA. Digo… (Ap. No puedo en efeto;
que si Anarda me ha mentido,
es darme por entendido
y descubrir el secreto.)
ANARDA. Si pones en mi verdad
y en mi honor dudas, advierte
que yo en el satisfacerte
no pongo dificultad;
con que adviertas, Alarcón,
que la obligación entiendo
de quien me pide, no siendo
mi esposo, satisfación;
y te des por entendido
de lo que te da a entender
quien, no siendo tu mujer,
satisfacerte ha querido.
GARCIA. ¿Tan torpe de entendimiento,
tan ciego piensas que soy,
que en tus tiernos ojos hoy
no te leyese el intento?
Y ¿tú decirme podrás
que no te he dicho mi pena,
que sólo el Príncipe enfrena
los intentos que me das?
ANARDA. Que no ha de estorbarme, advierte,
lo que convenga a mi honor,
y eso supuesto, señor,
yo quiero satisfacerte.
GARCIA. Luz es esta.
INÉS. Julia viene.
GARCIA. Y con ella la ocasión
con que la satisfación
puedo tener que conviene.
ANARDA. Dí cómo.
GARCIA. Díle que soy
el Príncipe, que, enojado,
incrédulo y porfiado,
celos pidiéndote estoy.
Que ella la verdad refiera;
y si concuerda contigo,
que estoy satisfecho digo.
ANARDA. Soy contenta.
ESCENA XX
(Salen JULIA y BUITRAGO , con una luz; éntrase BUITRAGO , con la luz; embózase GARCIA .)
( ANARDA, JULIA, INÉS, GARCIA y HERNANDO .)
ANARDA. Prima, espera.
Quita la luz. (A BUITRAGO .)
(Éntrase BUITRAGO con una luz, y embózase Don
GARCIA .)
JULIA. He bajado
a buscarte, prima, así,
porque ha gran rato que oí
el coche, y me dió cuidado.
(Ap. ¡Oh celos!)
ANARDA. Me ha detenido
su Alteza…
JULIA. (Ap.) Mi mal cesó.
ANARDA. Que por correrme, corrió
la posta.
JULIA. (Ap.) Amor lo ha traído.
ANARDA. Díle, prima, lo que pasa;
que me ha encontrado a la puerta,
y es milagro no estar muerta,
según en celos se abrasa.
De dónde vengo le cuenta,
y a qué de casa salí.
JULIA. Yo, señor, decir oí
que el Rey, vuestro padre, intenta
que Anarda la mano dé
a Mauricio, su enemigo,
o en un convento en castigo
de su resistencia esté,
y que hoy por ella enviaba
para ejecutarlo así;
yo al remedio me ofrecí,
si al rigor el cuerpo hurtaba.
Con esto al Soto partió,
donde la nueva ha esperado,
que Buitrago le ha llevado,
de que la fama mintió.
ANARDA. ¿Estás satisfecho?
GARCIA. Sí.
ANARDA. Prima, ¿y nuestro tío?
JULIA. Ya
entregado al sueño está.
ANARDA. Pues sube; que voy tras ti.
JULIA. Sin temer el menor daño
puedes hablar hasta el día.
(Ap. Quizá entre tanto García
vendrá a confirmar mi engaño.) (Vase.)
ESCENA XXI
(GARCIA, ANARDA, HERNANDO, INÉS.)
GARCIA. ¿Quién creyera que mentía
tan bien compuesta invención?
ANARDA. Ya te di satisfación.
GARCIA. Como tuya, Anarda mía.
ANARDA. ¿Qué determinas?
GARCIA. Rendir
a tu gusto mi albedrío.
ANARDA. Dichosa yo si eres mío.
GARCIA. Nada lo puede impedir.
ESCENA XXII
(Salen Don JUAN y el PRINCIPE , de camino; GERARDO .)
( ANARDA, INÉS, el PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, GERARDO,
HERNANDO ; luego BUITRAGO .)
JULIA. Rendidas quedan las postas.
PRINCIPE. Tal ha picado el amor.
JUAN. ¡La casa de Anarda abierta!
PRINCIPE. Sí; que estaba ausente yo.
JUAN. Tras la puerta hay una luz.
¿Entraremos?
PRINCIPE. Ciego estoy,
y la novedad obliga,
si convida la ocasión.
JUAN. Aquí hay gente. ¿Quién va allá?
GARCIA. Don Juan y el Príncipe son.
ANARDA. Sacad, Buitrago, esa luz. (Saca la luz.)
PRINCIPE. ¿Es Anarda?
ANARDA. Sí, señor.
PRINCIPE. ¿Quién está contigo?
GARCIA. ¿Quién
puede estar, sino Alarcón,
si por guardia vigilante
vuestra Alteza me dejó?
PRINCIPE. ¡En el zaguán y a tal hora,
solos y a escuras los dos!
GARCIA. En este punto, de fuera,
señor, Anarda llegó,
y yo, que estaba en espía
con los celos de tu amor,
de venir tan tarde estaba
preguntando la ocasión.
PRINCIPE. (Ap. a él.) Rabio, Don Juan.
JUAN. (Ap.) Disimula.
PRINCIPE. El seso perdiendo estoy.
JUAN. Toma de Julia el consejo:
de dos daños el menor.
Dala por esposa al Conde,
y, aunque con esa pensión,
verás fin en tu deseo,
y no en el suyo estos dos.
PRINCIPE. Gerardo, busca a Mauricio,
ESCENA XXII
(Salen Don JUAN y el PRINCIPE , de camino; GERARDO .)
( ANARDA, INÉS, el PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, GERARDO,
HERNANDO ; luego BUITRAGO .)
JULIA. Rendidas quedan las postas.
PRINCIPE. Tal ha picado el amor.
JUAN. ¡La casa de Anarda abierta!
PRINCIPE. Sí; que estaba ausente yo.
JUAN. Tras la puerta hay una luz.
¿Entraremos?
PRINCIPE. Ciego estoy,
y la novedad obliga,
si convida la ocasión.
JUAN. Aquí hay gente. ¿Quién va allá?
GARCIA. Don Juan y el Príncipe son.
ANARDA. Sacad, Buitrago, esa luz. (Saca la luz.)
PRINCIPE. ¿Es Anarda?
ANARDA. Sí, señor.
PRINCIPE. ¿Quién está contigo?
GARCIA. ¿Quién
puede estar, sino Alarcón,
si por guardia vigilante
vuestra Alteza me dejó?
PRINCIPE. ¡En el zaguán y a tal hora,
solos y a escuras los dos!
GARCIA. En este punto, de fuera,
señor, Anarda llegó,
y yo, que estaba en espía
con los celos de tu amor,
de venir tan tarde estaba
preguntando la ocasión.
PRINCIPE. (Ap. a él.) Rabio, Don Juan.
JUAN. (Ap.) Disimula.
PRINCIPE. El seso perdiendo estoy.
JUAN. Toma de Julia el consejo:
de dos daños el menor.
Dala por esposa al Conde,
y, aunque con esa pensión,
verás fin en tu deseo,
y no en el suyo estos dos.
PRINCIPE. Gerardo, busca a Mauricio,
y dí que lo llamo yo. (Vase GERARDO .)
ESCENA XXIII
(Salen JULIA y Don DIEGO.)
(ANARDA, JULIA, INÉS, El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, Don
DIEGO, HERNANDO, BUITRAGO.)
JULIA. ¡En esta casa su Alteza!
DIEGO. ¿Qué novedades, señor,
a tal exceso os obligan?
PRINCIPE. Noble Don Diego Girón,
para evitar los disgustos
que hay entre Mauricio y vos,
quiero dar esposo a Anarda,
y hacer estas paces yo.
DIEGO. De vuestra mano real
es, señor, tan noble acción.
ANARDA. ¿Con quién, señor me casáis?
PRINCIPE. Al Conde, Anarda, te doy.
ANARDA. Para hacer así las paces,
menester no érades vos;
que ya fuera mi marido,
si hubiera querido yo.
Hacer lo que otro no puede
es milagro del valor:
y así, pues hacer las paces
el vuestro nos prometió,
y cumplirlo es imposible
si al Conde la mano doy;
para que cumplir podáis
tan precisa obligación,
a Garci-Ruiz la mano
con vuestra licencia doy.
PRINCIPE. (Ap. con Don JUAN.)
Arrojóse.
JUAN. Él no querrá;
que es leal, y ve tu amor.
PRINCIPE. (A ANARDA.) ¿Sabes que querrá Garcia?
GARCIA. Si quisiera a Anarda yo
de suerte, que mi mal diera
a la envidia compasión,
no me casara, no siendo
con vuestro gusto, señor.
PRINCIPE. ¡Qué bien dijiste, Don Juan!
Vos, Garcia, sois quien sois,
y sois mi primer amigo
y mi privado mayor.
GARCIA. Al Príncipe, Anarda, debes
esta mano que te doy;
porque, a no querer su Alteza,
no me obligara tu amor.
PRINCIPE. ¿Qué decís?
GARCIA. Vos ¿no queréis
casalla?
PRINCIPE. ¿Yo?
GARCIA. Sí, señor.
PRINCIPE. Con el Conde.
GARCIA. Con el Conde;
pero si habéis dicho vos
que vuestro mayor amigo
y mayor privado soy,
lo que dábades al Conde,
¿cómo puedo pensar yo
que me lo neguéis a mí?
HERNANDO.
(Ap.) Concluyólo, vive Dios.
PRINCIPE. Sofísticos argumentos
en el vasallo, Alarcón,
arguyen claras malicias,
sin disculpar el error.
Idos luego a vuestra tierra,
porque nunca bien sirvió
el que con su dueño arguye.
GARCIA. Puesto que el vivo dolor
de haberos dado disgusto
me atraviesa el corazón,
vuestro mandado obedezco,
y por él gracias os doy,
pues que trueco al bien de Anarda
los males de la ambición.
JUAN. Señor, mira que Garcia…
y su valor…
(Hablan los dos en secreto.)
PRINCIPE. Siempre vos…
JULIA. Al fin, necio ¿de su Alteza
perder quisiste el favor?
GARCIA. Perdílo ganando a Anarda;
favores del mundo son.
PRINCIPE. Vos lo pedís, y Garcia
tiene disculpa en su error.
JUAN. Alarcón, ya de su Alteza
tengo alcanzado el perdón.
GARCIA. Su benigno pecho alaben
cuantos gozan luz del sol.
HERNANDO.
Tantas vueltas en un día,
¿cuándo fortuna las dió?
JUAN. Julia, cumplid la palabra
que me distes.
PRINCIPE. Siendo yo
el padrino, bien podéis.
JULIA. Ya es forzoso; vuestra soy.
BUITRAGO. El Conde viene.
HERNANDO. ¡A buen tiempo!
ESCENA XXIV
(Sale el CONDE.)
(ANARDA, JULIA, INÉS, El PRINCIPE, El CONDE, DON JUAN,
GARCIA, Don DIEGO, GERARDO, HERNANDO, BUITRAGO.)
CONDE. Aunque sin salud, señor,
salí luego a obedeceros.
PRINCIPE. Yo mismo el tercero soy
para que le deis la mano,
Conde, a Don Diego Girón.
CONDE. Pensé que a Anarda.
PRINCIPE. Ya Anarda
es esposa de Alarcón;
y no os pese, que a fe mía
que os ha importado el honor.
CONDE. Pues Vuestra Alteza lo manda,
soy su amigo.
DIEGO. Vuestro soy.
Y los favores del mundo
dan fin, y piden perdón.
* * * * *
Y los favores del mundo
dan fin, y piden perdón.
La Industria y la Suerte
FIGVRAS DE LA COMEDIA
DON IUAN DE LUNA, galan.
ARNESTO, galan.
DON NUÑO, galan.
DON BELTRAN, viejo graue.
XIMENO, criado de DON IUAN, gracioso.
SANCHO, criado de ARNESTO.
AGUERO, vejete, escudero de BLANCA.
BLANCA, dama.
SOL, dama.
CELIA, criada de SOL.
[IULIO, alguazil.]
Acto I
Salen por vna puerta DON IUAN, y XIMENO, por otra ARNESTO y SANCHO.
XIMENO
¡Que este mercader impida
tu amoroso pensamiento!
SANCHO
¡Que quiera estoruar tu intento
este desnudo! por vida.
DON IUAN
¿Que he de hazer? tener paciencia,
estè de mi parte amor,
que yo tendrè en mi fauor,
aunque pobre, la sentencia.
ARNESTO
Agora que a Blanca aguardo,
Sancho, no es buena ocasion,
y por mi reputacion
me detengo y acobardo,
que esta es la lonja, y rezelo
lo que en Seuilla perdiera
de credito, si riñera
con esse pobre moçuelo.
Salga mi adorada fiera
de la Iglesia, que pretendo
acompañarla, y entiendo,
que tambien don Iuan la espera.
Que en el sucesso verè
lo que puedo hazer en esto.
XIMENO
¡Ha que a quien se llama Arnesto,
el cielo riquezas de!
Pero siempre lo veràn.
Señor, si quieres ser rico,
en Iustini o Federico
trueca el nombre de don Iuan.
Que la fortuna cruel
siempre al noble aborrecio,
mas al fin te prometio
Aguero dar el papel.
DON IUAN
Si, Ximeno.
XIMENO
¿Y que le diste?
DON IUAN
Dos doblones, que tenia.
XIMENO
¿Recibiolos?
DON IUAN
No queria.
XIMENO
¿Mas en efeto venciste?
DON IUAN
Si.
XIMENO
Ya sale Blanca hermosa.
DON IUAN
Con su padre, ah triste suerte.
SANCHO
Ya sale.
XIMENO
No has de atreuerte.
DON IUAN
La pobreza es tan medrosa,
que aun para la cortesia,
falta el animo.
(Sale BLANCA con manto, AGUERO, y DON BELTRAN, llega ARNESTO a acompañarla.)
DON BELTRAN
Señor
¿donde vais?
ARNESTO
Este fauor
me aueis de hazer.
DON BELTRAN
A fè mia
que me enoje.
XIMENO
Llega agora,
mientras porfian los dos.
(Hablala DON IUAN por vn lado a escusas de los demas.)
DON IUAN
Dos años ha que por vos
viuo sin alma, señora.
BLANCA
Dos años ha, que lo sè.
DON IUAN
Pues con que vos lo sepais,
hermoso dueño, le dais
bastante premio a mi fè.
ARNESTO
¡Ha zelos!
DON BELTRAN
Pues no os quereis
a mi peticion quedar,
Blanca os lo ha de suplicar.
BLANCA
Yo os suplico que os quedeis.
ARNESTO
(Al oido la habla.)
Yo os obedezco mas presto
si puedo, os aurà pesado
de que yo me aya quedado.
BLANCA
No os entiendo.
DON BELTRAN
A Dios, Arnesto.
(Vanse BLANCA, BELTRAN y AGUERO.)
ARNESTO
Señor don Beltran, a Dios.
XIMENO
Blanca te boluio a mirar.
ARNESTO
A solas tengo que hablar
cierto negocio con vos.
DON IUAN
A qui estoy.
ARNESTO
Venid conmigo.
(Vanse los dos.)
SANCHO
(A parte.)
Esto es hecho, a reñir van,
bien harè, si a don Beltran
este sucesso le digo.
(Vase.)
XIMENO
(Aparte.)
Ellos van desafiados,
sus deudos quiero auisar,
que impedir, y no ayudar,
toca a los buenos criados.
(Vase.)
(Salen SOL y CELIA.)
CELIA
Toda te vas despeñando.
SOL
Ya lo sè.
CELIA
Enmienda tu error.
SOL
Mas puede errando el amor
que la razon acertando.
CELIA
¿Tu no has visto su desden,
y sabes que no te quiere
don Iuan?
SOL
Si.
CELIA
¿Sabes que muere
por doña Blanca?
SOL
También.
CELIA
Pues resueluete, y porfia
a vencer tu propio daño,
a fuerça del desengaño.
SOL
Esso fuera, Anarda mia,
si como para juzgallo
ay ojos en la razon,
huuiera en el coraçon
fuerças para executallo.
(Sale XIMENO.)
XIMENO
¿Tu padre està en casa?
SOL
No.
XIMENO
¿No està en casa?
SOL
Esta mañana
a vn negocio a Cantillana
partio.
XIMENO
Iuraràlo yo.
SOL
Detente.
XIMENO
¿Yo lo juràra?
porque si agua he menester,
vna gota no ha de auer
por vn ojo de la cara.
SOL
Habla, Ximeno, ¿que es esto?
XIMENO
Vn negocio bien pesado,
al campo desafiado
va tu primo con Arnesto.
SOL
¿Que dizes? ¡ay desdichada!
¿mi primo don Iuan?
XIMENO
Don Iuan.
SOL
¿Y sabes a donde van?
XIMENO
Azia el campo de Tablada.
(Vase.)
SOL
Por Blanca riñen, ¡ay triste!
mal aya: Celia ¿que harè?
CELIA
¿Que has de hazer?
SOL
Que bien se vè,
que nunca de amor supiste.
¿Podrè, quando pierdo el seso
por don Iuan, quando se abrasa
el alma, aguardar en casa
el fin de aqueste sucesso?
CELIA
¿Pues que quieres?
SOL
Pues està
mi padre ausente, querria
irlo a ver.
CELIA
Que desvaria,
señores.
SOL
¿Pues que? ¿serà
muy grande excesso?
CELIA
En tu estado
¿puedes hazerlo mayor?
SOL
Tan ciego estado de amor
no mira razon de estado.
CELIA
Oye.
SOL
No me persuadas.
CELIA
La opinion quieres perder.
SOL
¿Quien nos ha de conocer
cubiertas y disfraçadas?
(Vanse.)
(Salen DON IUAN y ARNESTO.)
DON IUAN
Pedis vna sinrazon,
siendo notorio que he sido
primero en la pretension.
ARNESTO
Ni guarda razon Cupido,
ni a mi me falta razon.
Si sois primero en amor,
yo soy primero en fauor.
DON IUAN
Pues basteos, Arnesto, el sello,
sin que querais ser por ello
priuilegiado amador.
Pues yo, que primero fuy
en amar a Blanca bella,
amarla no os impedi,
no me impidais el querella
vos por mas dichoso a mi.
ARNESTO
Amar, o no amar, depende
de la voluntad del vno,
y aquel que comprar pretende,
no tiene derecho alguno,
hasta que quiera el que vende.
Y assi, aunque di mi querella
yo despues a Blanca bella,
con justa causa os impido,
pues auerme ella querido
me ha dado derecho en ella.
DON IUAN
Pues si della sois amado,
¿porque os rezelais de mi?
¿temeis veros derribado?
al que subir no impedì,
¿contrastarè leuantado?
Pues estais fauorecido,
gozad con verme perdido
el colmo de esse fauor,
que la gloria al vencedor
¿quien la da, sino el vencido?
Dexad que en mi tema estè,
porque el mal, que me lastima,
al bien vuestro aumento dè,
que la salud mas se estima,
quando vn enfermo se vè.
Y si estais aìrado y fiero,
porque yo por Blanca muero,
¿que vengança mas mortal,
que ver que me quiere mal,
y a vos bien, la que yo quiero?
No me pidais demasias.
ARNESTO
Yo aunque mas lloreis desden,
en amorosas porfias,
don Iuan, nunca estuue bien
con essas filosofias.
Y assi es mi resolucion,
que no querais la que quiero,
con razon, o sin razon.
DON IUAN
Aunque pese al mundo entero
seguirè mi pretension.
ARNESTO
Matareos.
DON IUAN
No hareis, no,
no temo brios bastardos,
el noble nunca temio,
¿pensais que es deshazer fardos:
matar hombres como yo?
ARNESTO
Ojala que no tuuiera
yo mas, que vos, que perder,
y que vn hombre pobre fuera,
que mi valor os hiziera
con esta espada entender.
Y assi, don Iuan, no me assombro
de vos, ni animoso os nombro,
que en perderos ¿que perdeis,
supuesto que no teneis
mas, que la capa en el ombro?
Por esto no me conuiene
mataros yo, que otro aurà,
que por mi essa lengua enfrene,
que este priuilegio dà
el dinero, a quien no tiene.
(Quiere irse ARNESTO, detienelo DON IUAN.)
DON IUAN
Aguardad, que es disparate,
que yo este lance dilate,
yo mismo mataros quiero,
(Va a sacar la espada.)
ya que no tengo dinero
para que otro por mi os mate.
ARNESTO
Tened, don Iuan, esperad.
DON IUAN
¿Con que intento me sacastes
al campo de la ciudad?
¿con ser rico imaginastes
dar miedo a mi calidad?
sacad la espada.
ARNESTO
No fue
mas, que de deziros esto,
la intencion con que os saquè.
DON IUAN
Vuestra obligacion, Arnesto,
bien clara en esso se vè.
Si fuerades Cauallero,
del duelo y del desafio
no ignorarades el fuero:
pero yo, que lo soy, quiero
cumplir, como deuo, el mio.
(Saca DON IUAN la espada.)
Sacad la espada.
DON BELTRAN
¿Que es esto,
don Iuan?
(ARNESTO en viendo a DON BELTRAN saca la espada.)
ARNESTO
Apartad.
DON BELTRAN
Arnesto
deteneos.
ARNESTO
Si no llegàra
don Beltran, yo castigàra
vuestras arrogancias presto.
DON BELTRAN
Pues a tan buen tiempo vengo,
baste ya.
ARNESTO
Por vos me abstengo,
abrasado el coraçon.
DON BELTRAN
Poneisme en obligacion,
(A parte.)
mas al que calla me atengo.
¿Pues que ha sido? que quisiera,
que mi venida luziera,
dadme los dos las dos manos,
¿tan honrados ciudadanos
se arriesgan desta manera?
ARNESTO
Si don Iuan promete hazer
lo que pido, en mi amistad
siempre el primero ha de ser.
DON IUAN
Yo no lo he de prometer.
ARNESTO
Pues, don Beltran, perdonad.
(Vase.)
DON BELTRAN
¿Que es esto, don Iuan que es esto?
¡sabes que estàs deste modo
a todo este pueblo opuesto!
y digo a este pueblo todo,
¿pues todo lo manda Arnesto?
DON IUAN
Sè que yo soy Cauallero,
y quando el lugar entero
a Arnesto agradar intente,
es vn hombre solamente
fabricado de dinero.
¿Que tengo, que saber mas?
DON BELTRAN
Mas tienes, te certifico:
que en la tierra, donde estàs,
es el linage del rico,
el que a todos dexa a tras.
No se opone a la riqueza,
si es pobre, aqui la nobleza,
que si he de dezir verdad,
dineros son calidad,
y la pobreza es vileza.
Mira no te desenfrenes
fiado en tu sangre noble,
porque el, si a contienda vienes,
mas amigos tendrà al doble,
que gotas de sangre tienes.
En la Corte son fautores
aquellos grandes señores
con razon de la nobleza,
que como en ellos se empieça,
defiendenla sus autores.
Mas como en este emisfero
es el vso mas valido
tratar y buscar dinero:
a todos es preferido,
aquel que lo halla primero.
Y assi mientras pobre fueres,
el ardiente orgullo doma,
y pues que tan cuerdo eres,
mientràs en Roma estuuieres,
viue a la vsança de Roma.
Perdoname, que aunque lexos
de culparme no estaràs,
que yo te dè estos consejos,
sin pedillos, ya sabràs,
la licencia de los viejos.
(Vase.)
DON IUAN
¡Que apacible consejero
para estar desesperado!
tambien està declarado
por el vando del dinero.
Ved que esperança tendrè
despues desto que le he oido,
de que a mi por bien nacido
su hermosa hija me dè.
( Sale XIMENO.)
XIMENO
¿Señor?
DON IUAN
¿Ximeno?
XIMENO
¿Que ha auido?
DON IUAN
Auiendo tenido al lado
vn tan valiente criado,
¿que puede auer sucedido?
XIMENO
Si vi que solo venia
contigo Arnesto, señor,
¿no afrentâra tu valor,
si te hiziera compañia?
DON IUAN
Si tuuiera preuencion
en el campo mi enemigo,
¿fuera bien seguirme?
XIMENO
Digo,
que seguirte era razon.
Mas viendo que si tenia
preuenida la emboscada,
Arnesto, sola mi espada
corto socorro seria.
Para auisallos, busquè
tus deudos, mas fue buscar
fuego en las olas del mar,
pues como ninguno hallè
desde la ciudad aqui
he venido en solo vn punto,
en este rostro difunto
veràs si volè, ò corri.
Y aunque por campo, y ciudad
atras el viento he dexado,
como Santelmo he llegado
despues de la tempestad.
DON IUAN
Si yo menester lo huuiera,
tarde el socorro venia,
y aun pobre nueuo seria
que a buen tiempo le viniera.
Todo lo que aqui passò
claro, sin dezirlo, estâ
Ximeno, pues sabes ya
quien es el, y quien soy yo.
Tambien sabes la ocasion,
pues sabes que a Blanca bella,
como yo muero por ella,
el también tiene aficion.
XIMENO
¿Pues que quiere el mercader?
DON IUAN
Quanto quiera alcançarâ,
porque tanto poder dà
en esta tierra el tener.
XIMENO
Y para impedir tu amor,
¿en que funda su derecho?
DON IUAN
Dize que Blanca le ha hecho
primero, que a mi, fauor.
XIMENO
¿Blanca fauor?
DON IUAN
No lo creo.
XIMENO
Pues bien lo puedes creer,
¿el rico, y ella muger?
pareceme que lo veo.
(Salen SOL, y CELIA con mantos, y DON NUÑO.)
DON NUÑO
Creyendo voy que a Tablada
me aueis sacado a reñir,
que bien os pueden seruir
los ojos de ardiente espada.
Pero que aueis quebrantado
el vso comun aduierto,
que primero me aueis muerto,
y despues desafiado.
De prodigiosa os preciais,
pues quando sin vida estoy,
como viuo hablando voy,
y como muerta callais.
CELIA
Este es don Iuan.
SOL
Gloria a Dios,
que sin peligro le vi,
señor don Nuño, hasta aqui
pude valerme de vos.
Agora por cortesia
os suplico, que os quedeis.
DON NUÑO
¿Possible es que me dexeis
sin mi, y sin vos, gloria mia?
¿Que aun el nombre no merezco
saber?
SOL
Si mas porfiais,
no mereceis, y cansais.
(Apartese.)
DON NUÑO
Por merecer, obedezco.
XIMENO
Aqui viene bien mi ayuda,
que somos dos, y ellas dos.
DON NUÑO
¿Que me quieres, ciego Dios?
a don Iuan buscan sin duda.
¿Que tormenta es esta, cielos?
¿y que repentino ardor?
aun no ay centellas de amor,
y ya ay bolcanes de zelos.
Despues que me has abrasado,
¿me mandas, fiera quedar?
seguirète hasta cobrar
el alma, que me has quitado.
(Vase.)
CELIA
Boluernos a la ciudad,
sin hablarle, es lo mejor,
que aunque es la causa su amor,
el efeto es liuiandad.
SOL
Es parecer acertado,
cubrete bien.
XIMENO
Viue Dios,
que van huyendo las dos.
DON IUAN
Con esso me han obligado
a sospechar y seguir:
aguardad, señora mia,
dezid para que salia
al campo, ¿quien ha de huir?
¿No respondeis? mas crecida
sospecha agora me dais,
que por algo rezelais
ser en la voz conocida.
Y al passo de esse rezelo
en mi el deseo se enciende,
pues el muro que os defiende
es vn delicado velo.
Corred, mas no lo corrais,
que ya por lo transparente
he visto quan justamente
de auergonçada os tapais.
¿Vos sois mi prima? ¿que es esto?
Sol ¿vos salis desta suerte?
SOL
(Descubrese.)
A ver tu vida, o tu muerte.
¿Que has tenido con Arnesto?
DON IUAN
¿Yo con Arnesto?
SOL
Enemigo,
pendencias por Blanca son,
mira que de tu traicion
te dà el amor el castigo.
Mira bien que su hermosura
no iguala con mi firmeza,
y no es mayor su belleza,
aunque es menor mi ventura.
Mira que te quiero mas,
que tu a Blanca, ver te obligue,
que huyes de quien te sigue,
y tras de quien huye vas.
DON IUAN
Reportate, buelue en ti,
que estoy confuso y corrido
de ver que ayas excedido
de tu obligacion assi.
Tu, doña Sol, (caso feo)
¿desta suerte sales fuera?
por Dios que no lo creyera,
y lo dudo, aunque lo veo.
Tu, donzella principal,
¿has de rogar, aunque mueras,
a vn hombre? ¡ha, si bien supieras
quanto parecio mas mal
Dido ofreciendo al Troyano
las glorias de su belleza,
que pagando su flaqueza
muerta con su propia mano!
SOL
Si yo, falso, començàra
rogandote con mi amor,
fuera bien que tu rigor
mi liuiandad acusara.
Mas si por auer tratado
los dos nuestro casamiento,
justamente el pensamiento
toda el alma te ha entregado.
Viendo burlar mi esperança,
esto que he hecho, traidor,
no es solicitar tu amor,
sino culpar tu mudança.
Y assi no es razon que arguyas
de liuianas mis porfias,
ni que finjas culpas mias,
para disculpar las tuyas.
DON IUAN
Sol, en injustas razones
estriua tu sentimiento,
y en vn vano fundamento
la obligacion que me pones.
Tu no te has certificado
a que sali con Arnesto,
ni tienes mas razon desto,
que la que tu has sospechado.
Pues mi obligacion, bien sabes,
que no puede ser menor,
que palabras en amor
son las prendas menos graues.
Tratamonos de casar,
tratamos: yo lo confiesso,
si me quisiste por esso,
la suerte deues culpar.
Pues tu diuina belleza
prohibe a mi voluntad,
por ser nuestra calidad
igual con nuestra pobreza.
SOL
Quando empeçaste a tratallo,
¿como en esso no miraste?
DON IUAN
Si mirè, mas no ignoraste,
que entonces, para intentallo,
toda la esperança mia
estuuo solo fundada
en la herencia, que la armada
de las Indias me traìa.
Hizola vn furioso viento
tessoro inutil del mar,
con que fue fuerça mudar,
sino el amor, el intento.
Que nuestros deudos han sido
deste parecer de suerte,
que aun el hablarte, y el verte
estoruarme han pretendido.
Assi, que a no poder mas
mudo intento, si pudieres,
haz lo mismo, que si quieres,
muger eres, y podràs.
(Vanse el y XIMENO.)
SOL
Ruego al cielo, pues permite,
cruel, tu injusto rigor,
o que me quite el amor,
o que la vida me quite.
(Vanse.)
(Sale AGUERO con vn papel cerrado.)
AGUERO
El riçado moçaluito,
casco alegre, y pie liuiano,
no aduierte que ay escriuano,
que huele a legua vn delito.
Y juezes tan enteros,
que por esta liuiandad
me traeran por la ciudad
hecho vn Arçobispo en cueros.
Pues luego Blanca codicia
del amor el dulce trato,
no viue con mas recato
vna beata nouicia.
¡Que don Iuan me ponga en esto!
viue Dios que estoy tentado,
mas mi palabra le he dado,
en obligacion me he puesto.
Dios me libre, que esta moça,
segun es dura y cruel,
temo que deste papel
me fabrique la coroça.
(Sale BLANCA.)
BLANCA
¿Aguero?
AGUERO
Señora mia.
BLANCA
¿Que ay de nueuo?
ARNESTO
Essa belleza,
que admira naturaleza
por mas nueua cada dia.
Ay, Blanca, que la ciudad
toda alabaros procura,
el mancebo la hermosura,
el viejo la honestidad.
Ay que se que tierno y firme
alguno en vuestra aficion.
BLANCA
Basta ya de adulacion,
¿teneis algo que pedirme?
AGUERO
No, que daros si, por Dios,
porque a vos, señora mia,
quien os vè, ¿que no querria
darse todo entero a vos?
Bien parece que no ois
los suspiros y las quexas,
que estas paredes y rejas
despiertan, mientras dormis.
Por Dios que estoy ya cansado
de mil buenos, que a mi vienen
a dezirme el mal que tienen,
de vuestros ojos cansado.
Quiçà piensan que su amor
he de deziros, mal año,
que de vuestro pecho estraño
no saben, qual yo, el rigor.
Que sino fuera por esso,
fundara en vuestra belleza
de renta mayor riqueza,
que dizen que tuuo Cresso.
Que aun oy a mi se llegaua.
BLANCA
Sacadme de esse aposento
vn libro.
AGUERO
(A parte.)
¡Que pensamiento
quando al de amor la guiaua!
Al mejor tiempo me impide.
BLANCA
¿No vais?
AGUERO
¿Que libro os agrada?
BLANCA
Dadme a Fray Luis de Granada.
AGUERO
Bien con mi intento se mide.
(Vase.)
BLANCA
El tiene alguna embaxada,
segun sospecho, que darme,
y es ley de mi honor mostrarme
tan esquiua y recatada.
Aunque la curiosidad
con fuerça me solicita.
(Sale metiendo el papel en el libro.)
AGUERO
El que la ocasion me quita,
me la ha de dar en verdad.
El villete pondrè aqui,
que aunque el libro es santo y bueno,
en vaso de oro el veneno
se suele esconder assi.
¿Es este señora?
BLANCA
El es.
No leyendo, mucho aciertas.
AGUERO
(Dale el libro.)
Tres tienes, y en las cubiertas
los conozco todos tres.
(A parte.)
A solas quiero dexalla,
que pierdo el miedo al honor,
que con los solos amor
haze mas bien su batalla.
(Vase.)
BLANCA
(Empieça a leer.)
Capitulo: al fin Aguero
se fue sin dezirme nada,
el temio verme enojada,
cobarde es para tercero.
Vn curioso pensamiento
altera mi coraçon,
o centellas de amor son
las inquietudes que siento.
Porque ¿donde ay fortaleza
para poder resistir
dos años de combatir
con amor y con firmeza?
(Abre el libro, y saca el papel.)
Pero ¿que es esto? ¿papel
sin sobre escrito, y cerrado?
ya entiendo: el libro me ha dado
Aguero, y lo puso en el.
Y por esso me dexò
a solas, segun aduierto,
como caçador experto,
puso el lazo, y se escondio.
¿Si es de don Iuan? pierdo el seso
por verlo, mas no quisiera
que Aguero de mi entendiera
tan no acostumbrado excesso.
Cerrado viene, ¿que harè?
mas pues sola me ha dexado,
con la traça que he pensado,
dissimular lo podrè.
(Abre el papel.)
Que cerrando otro papel
de la forma que este viene,
pues sobre escrito no tiene,
podrè engañarle con el.
Rompiendo lo, sin abrillo
en su presencia: esto es hecho.
(Lee la firma.)
Don Iuan de Luna. Del pecho
sale el alma a recibillo.
(El papel.)
Si fue contingente el veros,
fuerça fue, Blanca, el amaros,
sin remedio el oluidaros,
impossible el mereceros:
entre combates tan fieros
nunca la desconfiança
en mi amor hizo mudança,
y pocas vezes se vè,
que no enflaquezca la fè,
donde falta la esperança.
Pero yo que solo atiendo
a amar y no a merecer,
Blanca, en pudiendo os querer,
alcanço lo que pretendo:
y assi aunque viuo muriendo,
nunca os pedirè la vida,
no que esteis agradecida,
mas solo que permitais,
pues que vos misma obligais
a quereros, ser querida.
(Fin.)
Don Iuan de Luna, ¿que leo?
¿son versos, amor, o son
flechas para el coraçon,
y rayos para el deseo?
A responder soy forçada,
que amante, y correspondida
es necedad conocida
el morir de recatada.
De Aguero no ay que fiar
los secretos de mi honor,
que tiene poco valor,
para saberlos callar.
Pero buena traça es esta,
el mismo viejo ha de hazer
que se la dè, sin saber
que se la dà, la respuesta.
(Escriue, y habla lo que escriue.)
A tan hidalga porfia
fuera crueldad la esquibeza,
agradezco tu firmeza
justa ocasion de la mía:
al balcon de medio dia
a media noche te espero,
donde hablarte a solas quiero,
que en las cosas de opinion
liuianos testigos son
vn papel, y vn escudero.
(Fin.)
Mi amor se determinò,
cerrarèlo de manera,
que este papel no difiera
del que don Iuan me embió.
Que assi no ha de conocello
el viejo, y si por mi daño
don Iuan no entiende el engaño,
no vengo a arresgar en ello
mas que vn pliego de papel,
(Mientras ha dicho esto ha cerrado el papel como estaua el de DON IUAN.)
pues solo mi padre vio
mi letra, y no he puesto yo
razon conocida en el.
Aguero.
(Assomasse AGUERO en el vestuario.)
AGUERO
Señora.
BLANCA
Entrad.
AGUERO
(A parte.)
El diablo me hizo alcahuete.
BLANCA
(Muestrale su villete.)
¿Pusistes este villete,
vos aqui? dezid verdad.
AGUERO
Yo lo puse.
BLANCA
¿Para que?
acabad, ¿en que dudais?
AGUERO
Para que vos lo leais,
que enojaros rezelè.
Y porque palabra di
obligado y condolido
de don Iuan de Luna, ha sido
forçoso darosle assi.
BLANCA
No aueis tenido razon
en lo que intentado aueis,
pues con solo esso poneis
mi opinion en opinion.
Y sino miràra yo,
villano, lo que perdiera
con solo que se supiera,
que nadie a tal se atreuio,
lleuarades os prometo
tantos palos, que otro dia
a vna vil esclaua mia
no perdierais el respeto.
Passar sin castigo puede,
por el primero, este error,
mas porque del en mihonor
ningun escrupulo quede.
(Dale el papel.)
Bolued a don Iuan cerrado
su villete, que con esso
su locura, y vuestro excesso
viene a quedar remediado.
AGUERO
Harè Io que me mandais,
el vil oficio maldigo,
y a quien mas lo vsare.
BLANCA
Digo,
que a don Iuan se le boluais.
AGUERO
Lo que vna vez me dixistes,
¿quando a mi se me oluidò?
BLANCA
Mirad que he de saber yo
si en su mano se le distes.
AGUERO
Dalle, el papel le pondrè
señora, en sus propias manos.
¡Ay doblones soberanos,
que poco tiempo os gozè!
(Vase.)
BLANCA
Hermano.
(Sale DON NUÑO.)
DON NUÑO
Blanca querida,
por remedio vengo a ti.
BLANCA
¿De que? don Nuño.
DON NUÑO
¡Ay de mi!
no menos que de la vida.
BLANCA
Pues habla.
DON NUÑO
Aunque es mi intencion
a tu estado desigual,
ser mi peligro mortal
dà justa dispensacion.
Yo estoy, para que concluya,
y sepas mi triste estado,
Blanca mia, enamorado.
BLANCA
¿De quien?
DON NUÑO
De vna amiga tuya.
Sol, de mi mal causa bella,
salio al campo de Tablada,
y aunque la vi disfraçada,
seguila hasta conocella.
Basta dezir que la vi,
para auer dicho que muero,
y el remedio no lo espero,
sino me viene de ti.
Procura estrechar con ella
la amistad, hermana mia,
porque con tu terceria
venga mi amor a vencella.
BLANCA
Mirar por tu vida es justo.
De que iràs a visitalla
mañana, quiero auissalla.
BLANCA
Disponlo, hermano, a tu gusto.
DON NUÑO
Aduierte, que con don Iuan
de Luna trata de amor,
segun sospecho.
BLANCA
¡Ha traidor!
¿quien?
DON NUÑO
Doña Sol de Guzman.
BLANCA
¿No son primos?
DON NUÑO
Deudos son,
pero no son tan cercanos,
que para darse las manos
aguarden dispensacion.
BLANCA
Muerta soy.
DON NUÑO
Digo que aduiertas
que trata con el amores,
porque de hazerle fauores,
como puedas, la diuiertas.
(Vase.)
BLANCA
Ola, Aguero, ya se ha ido,
ya mi papel le aurà dado,
¿que pueda auerme engañado
el que tan constante ha sido?
¿Que el amor en persuadirme
toda su fuerça pusiesse,
y en la otra mano tuuiesse
la causa de arrepentirme?
¿Que he de hazer ya declarada
si vè el papel? ¿que he de hazer,
sino morir, o vencer
zelosa, y enamorada?
(Vase.)
(Salen ARNESTO, y SANCHO de noche.)
ARNESTO
No se atreuio el escudero
a lleuarle vn papel.
SANCHO
¿No?
si Aguero no se atreuio,
tengolo por mal aguero.
ARNESTO
Dize, que es tan virtuosa,
tan honesta y recatada,
que la deuocion le agrada
solamente.
SANCHO
¡Estraña cosa!
ARNESTO
Tanto mas loco me veo,
Blanca, con la resistencia,
don Iuan con la competencia,
encienden mas mi deseo.
Y a quitar inconuenientes
me resueluo.
SANCHO
Bien haràs.
ARNESTO
Pues oye, tu buscaràs,
Sancho, dos o tres valientes
destos, que pagados dan
muertes y heridas, que quiero
hazer sin riesgo al dinero
homicida de don Iuan.
SANCHO
Esso es facil, la memoria
quiero recorrer, señor,
(A parte.)
¿por donde puedo mejor
dar triste fin a mi historia?
Que el es rico, y su pecado
el no, yo lo he de pagar,
pues la soga ha de quebrar
siempre por lo mas delgado.
Dirèle que si, y fingiendo
inconuenientes, el daño
dilatarè, que el engaño
mas seguro es concediendo.
Gloria a Dios, que me he acordado:
vn hombre llamarte quiero,
que es de Madrid, y el primero
por lo valiente y callado.
ARNESTO
Esso es lo que he menester,
¿y como se llama?
SANCHO
Cid
por mal nombre.
ARNESTO
¿Y de Madrid?
SANCHO
¿Pues de donde puede ser,
sino del lugar felice
en que el Rey de España nace,
quien no diga lo que haze
y quien haga lo que dize?
ARNESTO
Buscalo luego.
SANCHO
De mi
puedes fiar.
ARNESTO
Muera, ingrata,
el que de zelos me mata,
quiçà me querras assi.
SANCHO
Si que no son pedernales
sus entrañas, y ya creo,
que te quiere.
ARNESTO
Ay Dios que veo
contra mi muchas señales.
Que mañana, dize Aguero,
que a doña Sol de Guzman
la parienta de don Iuan
va a visitar la que quiero.
Mira, si es bien de temer
esta liga.
SANCHO
No señor,
que don Iuan a tu valor
¿que competencia ha de hazer?
Si con poder la regalas,
si con galas la festejas,
¿correrà don Iuan parejas,
aunque amor le dè sus alas?
ARNESTO
Bien dizes, quiero seruilla
publicamente.
SANCHO
Esso si.
ARNESTO
Mi amor serà desde aqui
la fabula de Seuilla.
Quiça la publicidad
engendrarâ amor en ella.
SANCHO
O al menos vendrà a vencella,
sino a mor, la vanidad.
ARNESTO
Pues auisa a don Iulian
por la mañana, al gallardo
don Francisco, a don Bernardo,
y a don Pedro de Luxan.
No que de al fin Cauallero,
que conozcas por mi amigo,
Sancho, que no hagas testigo
de que enamorado muero.
Y que para festejar
a la que adoro quisiera,
que a cauallo y de carrera
todos me fuessen a honrar
mañana.
SANCHO
Dexame hazer,
y descuida, que si alcança
don Iuan alguna esperança,
mañana la ha de perder.
ARNESTO
Aderecenme el ouero
con rizos, cintas y galas,
que sus pies han de ser alas,
con que buele al bien que espero.
Oye. ¿Es relox?
SANCHO
Si señor.
ARNESTO
Cuenta.
SANCHO
Dos.
(Sale BLANCA a la ventana.)
BLANCA
Entre las glorias
de tus mayores vitorias
puedes poner esta, amor.
Gente veo: mi inuencion
sinduda entendio don Iuan.
El y Ximeno seran,
que son dos.
SANCHO
Las doze son.
ARNESTO
Quedo, Sancho.
SANCHO
Viue Dios
que ay en el balcon de Blanca
vn bulto con toca blanca.
BLANCA
El llega.
SANCHO
Muger sois vos.
ARNESTO
Quiero hablar.
SANCHO
Muda señor
la voz, que por dicha es
su padre el vulto que vès,
y lo blanco el tocador.
Y es cosa que ha sucedido
requebrar a la muger
vn amante, y responder
con vna vala el marido.
ARNESTO
¿Es Blanca?
BLANCA
Quien es.
ARNESTO
Señora
¿a tal hora que dudais?
¿a quien, sino a mi, aguardais
en esse balcon?
BLANCA
(A parte.)
Agora
estoy ya cierta que es el,
y que mi papel leyò,
que en esto señas me dio
de lo que dize el papel.
¿Es don Iuan?
ARNESTO
No me obligueis
con preguntarlo a pensar,
que a otro podeis aguardar.
(A parte.)
¡Ha enemiga!
SANCHO
¿Essas teneis?
BLANCA
Yo os respondi agradecida,
don Iuan, a vuestro cuidado,
pero ya de auerlo estado
me hallareis arrepentida.
Porque he sabido despues,
que a doña Sol vuestra prima
estimais, y ella os estima,
y si a caso el interes
de mi dote os ha obligado
a fingir aqui aficion,
teniendo allà el coraçon,
engañais muy engañado.
Que si para mi marido
sois pequeño todo vos,
que serà si entre las dos
estais, don Iuan, diuidido.
ARNESTO
Hermoso dueño, escuchad.
SANCHO
Matala a zelos.
(Salen DON IUAN, y XIMENO.)
XIMENO
Dos son,
y estàn hablando al balcon.
BLANCA
Que viene gente, callad.
DON IUAN
¿Vos sois Blanca, la cruel,
la esquiua, la recatada,
la que me bolueis aìrada,
sin leello, mi papel?
XIMENO
¡La santica! fuego en ti.
DON IUAN
Si es Arnesto, viue Dios,
pues estamos dos a dos,
que hemos de acabar aqui
el desafio, esta vez
propone a Blanca el amor
por premio del vencedor,
siendo ella misma el juez
XIMENO
Si estàn solos, verâs presto
la calle desocupada,
pero tener emboscada
es sin duda, si es Arnesto.
DON IUAN
¿Ya temes?
XIMENO
No me acobardo,
que preuenir no es temer,
dexame reconocer
primero el campo.
(Vase.)
DON IUAN
Aqui aguardo.
SANCHO
El vno se và, y sin duda
el otro, que se ha quedado,
pues guarda el puesto ha embiado
a llamar gente en su ayuda.
ARNESTO
Bien dizes.
SANCHO
Y es de inferir,
que quien tan cerca se ha puesto,
viendonos en este puesto,
tiene gana de reñir.
ARNESTO
¿Si es don Iuan?
SANCHO
Sin duda alguna,
y Troya ha de ser aqui.
ARNESTO
Oye pues me tiene a mi
Blanca por don Iuan de Luna.
Para desacreditalle
con ella, Sancho, lleguemos,
y las espadas saquemos
para echallo de la calle,
y en sacandola don Iuan
huyamos.
(Sacan las espadas.)
SANCHO
De buena gana,
que es la industria soberana.
BLANCA
¡Triste de mi! a reñir van.
ARNESTO
Sancho, callando ha de ser,
para no ser conocidos
del ni de Blanca.
(Embisten a DON IUAN, y el saca la espada, y se acuchillan, ARNESTO, y SANCHO huyen.)
DON IUAN
Atreuidos
la ventaja os pudo hazer.
Mas presto la de mi espada
arrepentir os harà.
(Sale XIMENO.)
XIMENO
El diablo anda suelto.
BLANCA
Ya
està la question trauada.
(Entranse huyendo ARNESTO y SANCHO, y tras ellos DON IUAN.)
Mas cielos, ¿que es esto? ¿dos
huyen de vno? has oluidado
la sangre que has heredado,
don Iuan.
XIMENO
Pues huyen; por Dios
que no he llegado muy tarde:
a ellos.
BLANCA
Huyendo van,
¡ha quien te viera, don Iuan,
antes muerto, que cobarde!
(Vanse.)
El Semejante A Sí Mismo
FIGVRAS DE LA COMEDIA
DON IUAN DE CASTRO, galan.
LEONARDO, galan.
DON DIEGO DE LUXAN, galan.
GERARDO, galan.
CELIO, hermano de IULIA.
DON RODRIGO, viejo graue.
SANCHO, gracioso.
GUILLEN, escudero.
DOÑA ANA, dama.
IULIA, dama.
INES, criada de DOÑA ANA.
Acto I
Salen DON IUAN, LEONARDO, y SANCHO.
DON IUAN
¡Hermosa vista!
LEONARDO
Vn Abril
goza en sus puertas Seuilla.
DON IUAN
Es otaua marauilla.
LEONARDO
Ya la fama cuenta mil,
porque a las siete del mundo
no ay quien la suya no aumente.
DON IUAN
Al Escurial justamente
le dan lugar sinsegundo.
SANCHO
Yo se siete marauillas
nueuas, que con mas razon
dignas deste nombre son.
DON IUAN
Quiero oillas.
SANCHO
Yo dezillas.
La primera, si se mide
con las antiguas, por tres
puede valer.
LEONARDO
Y qual es.
SANCHO
Vna muger que no pide.
DON IUAN
Si es de Madrid la muger.
SANCHO
Es segunda marauilla
vn Cauallero en Seuilla,
sin ramo de mercader.
La tercera es justamente
vn calbo alegre de sello,
y que no arrastre el cabello
desde el cogote a la frente.
La quarta, vna donzellita,
que no casarse desea:
la quinta vna muger fea,
que los años no se quita.
Por sexta quiero contar
vn bien contento soldado:
y por septima, vn casado,
que le pese de embiudar.
La otaua, es vn mercader
sin achaques de logrero,
vn oficial de barbero
sin guitarra en que tañer.
Vna dama que se alegra
con agua para la faz:
vn marido moço en paz
con cuñados y con suegra.
Sin vn san Pedro, y san Pablo
la Iglesia de alguna aldea,
y vn tahur, que no desea
tal vez, que lo lleue el diablo.
DON IUAN
Basta que el numero crece.
LEONARDO
Si vèras hemos de hablar,
vna quiero yo contar,
que las demas obscurece.
DON IUAN
Ya mucho en sabella gano,
pues vos assi la alabais.
LEONARDO
Pues es, porque la sepais
el desague Mexicano.
SANCHO
Hable christiano, señor.
LEONARDO
Mexico la celebrada
cabeça del Indio mundo,
que se nombra Nueua España.
Tiene su assiento en vn valle,
toda de montes cercada,
que a tan insigne ciudad
siruen de altiuas murallas.
Todas las fuentes y rios,
que de aquestos montes manan,
mueren en vna laguna,
que la ciudad cerca y baña.
Crecio este pequeño mar
el año, que se contauan
mil y seiscientos y cinco,
hasta entrarse por las casas.
O fuesse que el natural
desaguadero, que traga
las corrientes, que recibe
esta laguna, se harta:
O fuesse que fueron tales
las crecientes de las aguas,
que para poder beuellas
no era capaz su garganta.
En aquel siglo dorado,
dorado, pues gouernaua
el gran Marques de salinas,
de Velasco heroica rama,
simbolo de la prudencia,
puesto que por tener tanta,
despues de tres Virreinatos
vino a presidir a España.
Tratò este nueuo Licurgo,
gran padre de aquella patria,
de dar passo a estas crecientes
que ruìna amenaçauan.
Y despues de mil consultas
de gente docta y anciana,
Cosmografos, y Alarifes,
de mil medidas y traças,
resuelue el sabio Virrey,
que por la parte mas baxa
se dè en vn monte vna mina
de tres leguas de distancia,
con que por el centro del
hasta la otra parte vayan
las aguas de la laguna
a dar a vn rio arrogancia.
Todo es vno, el resoluer,
y empeçar la heroica hazaña,
mil y quinientos peones
continuamente trabajan.
En poco mas de tres años
concluyeron la jornada
de las tres leguas de mina,
que la laguna desagua.
Despues, porque la corriente
humedeciendo cabaua
el monte, que el aqueducto
cegar al fin amenaça.
De canteria inmortal
de parte a parte se labra,
que dà eterna paz al Reyno,
y a su autor eterna fama.
DON IUAN
Tan insigne marauilla
muy justamente se alaua
por la primera del mundo.
SANCHO
Que la bellaca del agua
quiso alçarse con la tierra,
pues el vino ¿donde estaua?
LEONARDO
Traçando como a su costa
se efetuase esta hazaña,
que dos reales impuestos
en cada açumbre del dauan
cada año cien mil ducados,
que en el desague se gastan.
SANCHO
Mienten todos los gallinas,
los bellacos, y bellacas,
que ossaren, dezir, que el vino
deue dar tributo al agua.
Hazer al vino pechero,
para que a su costa se hagan
al agua de canteria
caminos por donde salga.
A vna infame patricida,
¿Que quiso anegar su patria?
¿Que no la pueden sufrir
los montes en sus entrañas?
¿Que anda como la culebra
toda la vida arrastrada
que con el pecho por tierra
besa los pies a las parras?
¿Que, como el diablo, del cielo
huyendo a la tierra baxa,
el Inuierno tiritando,
y el Verano abuchornada?
La que es tan vil, ¿que se vende
por dos quartos vna carga?
en que pluguiera a los cielos,
que el vino la remedara.
La que ha quitado mas vidas,
mas haziendas.
DON IUAN
Sancho, basta.
SANCHO
¿Que males ha hecho el vino?
quien en Indias, ni en España
ha recibido mal del,
¿que de essa suerte le tratan?
DON IUAN
Sancho, no tienes razon,
que antes su nombre leuantan
con dezir, que hizo a su costa
desterrar a su contraria:
¿vn gran Principe no suele
hazerle cortar la cara,
dar de palos, desterrar
a su costa a quien le enfada?
Pues en esto, di, ¿quien pierde?
quien lleua la cuchillada,
o los palos, o el destierro,
que quien lo pagò, antes gana,
pues quedando vitorioso,
compra el gusto y la vengança.
SANCHO
Bien ayas tu, pues en ti
tan buen abogado halla
el santissimo licor.
DON IUAN
Piensa, bufon, que me agrada
que digas del tanto bien.
SANCHO
Otros tienen dos mil faltas,
y yo tengo esta no mas.
DON IUAN
¿Y el amor?
SANCHO
Si amor es tacha,
no ay quien valga por testigo.
DON IUAN
¿Aquesto del juego es nada?
SANCHO
¿Que ha de hazer vn hombre honrado
mientras a su amo aguarda?
No es peor ponerse en corro
con la quadrilla lacaya
a no dexar honra en pie
de sus amos, ni sus amas.
DON IUAN
Por assegurar la mia,
quiero agora que te vayas,
que hablar queremos a solas.
SANCHO
¿De mi no hazes confiança?
DON IUAN
Parecidome has lacayo
de comedia, pues estrañas
que yo no te comunique
los secretos de importancia.
Al lacayo, que mas sabe,
basta escucharle sus gracias,
si pueden serlo aprendidas
entre el mandil y almohaça.
SANCHO
Almohaçame mas quedo,
si pudieres.
DON IUAN
Vete, acaba,
SANCHO
Iranse, que no son bestias,
puesto que con bestias tratan.
(Vase.)
LEONARDO
Ya estamos solos: dezid,
don Iuan amigo, la causa
de auernos quedado assi.
DON IUAN
Ay, amigo de mi alma,
¿teneis amor?
LEONARDO
Pese a tal,
¿de ai comiença la maraña?
amor, y malauentura
en todas partes se hallan.
Mas yo agora viuo libre,
de que doy a Dios mil gracias:
vos sabeis que Iulia vn tiempo
en prision tuuo mi alma.
Mas dio su inmortal desden
muerte a mi amor y esperança.
DON IUAN
Con esso puedo seguro
comunicaros mis ansias,
que de vuestra libertad
nace el fin de mi desgracia.
LEONARDO
¿Como?
DON IUAN
¿Atreuesos por mi
a partir vna jornada?
LEONARDO
Ya mi amistad ofendeis.
DON IUAN
Es larga.
LEONARDO
Aunque sea tan larga,
que al Antipoda visite,
Libia ardiente, o Scitia elada.
DON IUAN
Es hasta el Pirù.
LEONARDO
Es vn passo,
pero porque alegre vaya,
¿voy con vos don Iuan?
DON IUAN
Sin mi.
LEONARDO
El no veros me acobarda.
Mas animame el seruiros:
dadme los braços.
DON IUAN
Y el alma.
LEONARDO
Quedaos a Dios.
DON IUAN
¿Donde vais?
LEONARDO
¿Mandais que al Pirù me parta,
y preguntais donde voy?
a embarcarme parto.
DON IUAN
Basta.
LEONARDO
El amigo verdadero
assi obedece.
DON IUAN
No estaua
dudoso de esta fineza:
pero sin saber la causa
y el fin, ¿os vais a embarcar?
LEONARDO
El de daros gusto basta;
¿Que tengo mas que saber,
si me mandais que me vaya?
que de resistir dà indicios
quien examina las causas.
Pensè que era vuestro gusto
solo que yo me ausentara,
y hasta el Pirù no parasse,
y a executallo empeçaua.
DON IUAN
Dios os guarde: mas misterio
tiene jornada tan larga,
que no apartàra de mi
vn amigo tan del alma,
si de otro fiar pudiera
lo que oy mi pecho os encarga.
LEONARDO
Dadme pues essa instruccion.
DON IUAN
Si me dais paciencia.
LEONARDO
Vaya.
DON IUAN
Ya sabeis que cortò el alfanje fiero
de la Parca la vida de mi tio,
dexò vna hija, vida, por quien muero.
Mi padre, duro ya padrastro mio,
quedò por curador de su sobrina,
sino es el dallo a vn Angel desvario.
Traxòla a nuestra casa, que imagina
guardalla mas assi: necio quien guarda
la poluora, y al fuego la auezina.
Como el ser muy hermosa, y muy gallarda
el trato se llegò; de amor el fuego
en abrasar mi pecho poco tarda.
Vime abrasado a penas, quando luego,
por no perder las mañas de tirano,
conmigo vsò las suyas el Dios ciego.
Que por esto vn Filosofo no en vano
pintaua al niño Rey de rosas llena
vna, y llena de espinas otra mano.
Que mi enemigo padre (dura pena)
a que en estos galeones parta a Lima
a cobrar cierta herencia me condena.
O entiende los amores de mi prima,
y por emparentar con otra gente,
para mi esposa el viejo no la estima.
O la codicia vil, que mas ardiente
reina en la sangre de la edad mas fria,
le ha obligado a mandarme que me ausente.
Vime con esto tal, que el alma mia,
tal que la vida, tal, solo quien sabe
de amor, podrà saber qual me veria.
Mas pintan al amor con alas de aue,
por la velozidad del pensamiento
del que ha vencido su furor suaue.
Mil engaños fabrico en vn momento,
y al fin vno resueluo, que la fama
quite al Griego Senon, y a mi el tormento.
Viuirè con mi padre, y con mi dama,
sin ser del vno y otro conocido,
que se atreue a emprender tanto quien ama.
Tengo en Madrid vn primo que ha venido
poco ha de Flandes, tras de ausencia larga,
don Diego de Luxan es su apellido.
Pues a este escriuo de mi vida amarga
el estado, el, no deudo, sino amigo,
de mi remedio hasta morir se encarga.
Bueluole yo a escriuir, y al fin le digo
el engaño que traço, con que entiendo
executar esta intencion que sigo.
Y porque la sepais, es, que fingiendo
mi primo y yo, que somos parecidos,
esta opinion con cartas estendiendo.
Ordenè que mi primo con fingidos
deseos de ver esta semejança
de la fama que echamos procedidos,
escriuiesse a mi padre, que si alcança
lugar, a verme se vendrà a Seuilla
antes que yo de aqui haga mudança.
Que a quantos nos conocen marauilla,
que diferencia no ay de mi sugeto
al suyo, que hombre pueda distinguilla.
A este ayudò otro engaño bien discreto,
por suyo le embiò vn retrato mio,
que a don Diego embiè para este efeto.
Yo lo mismo a su padre, que es mi tio,
le escriuo, y en lugar de mi retrato
el de don Diego con la carta embio.
Con esto yo en mi casa alegre trato
mi jornada, y dispongo mi partida,
que importa en engañar este recato.
Mi ropa està ya toda apercebida,
fletado en galeon, matalotage,
yo os juro, tal, que a nauegar con vida,
partiremos los dos a este viage,
despedirème en Cadiz, embarcado,
de Sancho, mis amigos, y linage.
Entregàrase al viento el leño alado,
veranme en el partir, con que del todo
nadie podrà creer que me he quedado.
Y despues con vn barco tendrè modo,
que salga al mar por mi: con el dinero
dos mil dificultades acomodo.
Boluerè aqui secreto, donde espero
dentro de vn mes mi primo, que con plaça
de criado serà mi compañero.
Y con su nombre irè donde me abraça
mi padre por don Diego, y mi querida,
sin saber que soy yo, mi cuello enlaça.
Vos mi Leonardo, amparo de mi vida,
a Lima ireis tomando el nombre mio,
pues no es vuestra persona conocida.
Lleuareis mis papeles, ya me rio
de veros hecho yo, mas vos, hermano,
yo sois por la amistad, no es desuario.
Cobrareis esta herencia, y porque vano
no nos salga el intento, daros oso
en blanco muchas firmas de mi mano.
Para que assi a mi padre sospechoso
vuestras cartas le quiten la sospecha,
que dalle yo de mi serà forçoso.
Yo en tanto, si el Dios ciego no desecha
vn coraçon, en quien intentos tales
pudo engendrar su venenosa flecha,
conquistarè la causa de mis males.
LEONARDO
¿De manera que has fingido
para quedarte, don Iuan,
que a don Diego de Luxan
tu primo, eres parecido?
¿Y don Diego le embiò
a su padre tu retrato
por suyo?
DON IUAN
Y el mismo trato
vsè con su padre yo,
que le he embiado por mio
el retrato de don Diego
su hijo, y mi primo.
LEONARDO
¿Luego
no te conoce tu tio?
DON IUAN
Nunca mi tio me vio,
ni mi padre vio a mi primo.
LEONARDO
Vuestro raro ingenio estimo
por el mejor que nacio.
Mas dezidme, ¿con que intento
a vuestra prima engañais;
y no le comunicais
este sutil pensamiento?
DON IUAN
Aunque con firmeza estraña
me muestra mi prima amor,
tengo indicios, y temor
de que me miente y engaña.
Y assi quiero conuertido
en don Diego pretendella,
y ver si el amor en ella
es verdadero, o fingido.
LEONARDO
¿Para esso no era mejor
echalle otro pretendiente?
DON IUAN
No es esse medio prudente,
que puede cobralle amor,
y el prouarla de esse modo
es perdella, mas assi,
si me trueca a mi por mi,
en casa se queda todo.
Que si dà, auiendo creido
que soy don Diego, en quererme,
sabre que puede ofenderme,
sin saber que me ha ofendido.
LEONARDO
Pues dezidme, ¿para que
quereis a don Diego al lado?
DON IUAN
Para que mas engañado
mi padre, y el suyo estè.
Que assi el enredo que he hecho
tendra mas fuerça, y en el
tendre vn amigo fiel
con quien descanse mi pecho.
LEONARDO
Dezis muy bien.
DON IUAN
Cien doblones
en letra le remiti
para el gasto.
LEONARDO
Siempre assi
lograis vuestras intenciones.
DON IUAN
Si soy rico, ¿he de perder
por escaso mi remedio?
es vn poderoso medio
ser liberal de vencer.
LEONARDO
Vitoria tan merecida
no es dudosa.
DON IUAN
Yo la espero
con vuestra ayuda.
LEONARDO
Yo quiero
apercibir mi partida.
DON IUAN
Dos mil escudos os doy
para la costa.
LEONARDO
No es esso,
tratarme bien.
DON IUAN
Yo os confiesso,
que atreuido y corto soy,
mas para Lima me dà
mi padre credito abierto,
esse lleuareis, que es cierto,
con que esteis a gusto allà,
lo que dure la cobrança.
LEONARDO
Voy corrido, y obligado.
(Vase.)
DON IUAN
La vida es poco auer dado
a quien la dâ a mi esperança.
Aumento de la prospera fortuna
y aliuio en la infeliz, maestra llaue,
que con vn natural secreto sabe
dos voluntades encerrar en vna.
Del humano gouierno la coluna
anhela segura de la incierta naue
de la vida mortal, fuero suaue,
que en paz mantiene quanto vè la Luna.
Es la santa amistad virtud diuina,
que no dilata el premio de tenella,
pues ella misma es de si misma el fruto.
A quien naturaleza tanto inclina,
que al hombre que viuir sabe sin ella
sabe auisar el animal mas bruto.
(Sale SANCHO.)
SANCHO
¿Acabò el secreto ya?
DON IUAN
¿Quien os mete en esso a vos?
SANCHO
Estraño està, viue Dios,
despues que al Piru se và,
despues que se parte a Lima
està de tal condicion,
que ni le hallo sazon
con açucar, ni con lima.
¿De Sancho no fia ya?
DON IUAN
Sancho amigo, no conuino.
SANCHO
¿Sancho amigo? ¿y no con vino?
¿pues sin vino que serà?
DON IUAN
¿Buelues a dar en tu tema?
SANCHO
Y tu en la tuya daras,
pues que con tu prima estàs.
DON IUAN
¡Con el fuego que me quema,
mas leyendo viene, cielos!
¿si es villete?
(Sale DOÑA ANA leyendo vna carta.)
SANCHO
Rayos echa
la centella de sospecha
dio en el poluorin de zelos.
DON IUAN
Matalla, o matarme es poco.
SANCHO
Ya escampa, dime, señor,
¿qual te parece peor,
emborracharse, o ser loco?
DON IUAN
El diablo, picaro.
SANCHO
Ay Dios,
que me ha derribado vn diente.
DON IUAN
Suelta, falsa.
DOÑA ANA
Primo, tente,
¿siempre hemos de andar los dos
sin ocasion en questiones?
No obligas con esse trato.
SANCHO
Enamora como gato,
a gritos y mordiscones.
Yo le conoci mas tierno,
mas despues que al Piru và
tan desesperado està,
que pienso que va al infierno.
(Lee DON IUAN la carta.)
DOÑA ANA
De tu primo el de la Corte
es vna carta.
DON IUAN
Yo estimo
que te conozca mi primo,
y que escriuirte le importe.
DOÑA ANA
Necio, mira el sobreescrito.
¿Dize a tu padre?
DON IUAN
Si dize.
DOÑA ANA
Gracias a Dios, que no hize
en leerla algun delito,
Don Iuan, para sospechar
qualquier indicio disculpa,
pero sabete que es culpa
reñir sin aueriguar.
DON IUAN
¿Que tienes tu que leer
lo que el otro escriue aqui?
DOÑA ANA
Sobre vn bufete la vi,
està abierta, y soy muger,
¿tambien me riñes por esto?
DON IUAN
¿Su estilo te ha enamorado?
DOÑA ANA
Por cierto que estas pesado,
don Iuan, o falto de sesso.
DON IUAN
Que ha de vacar, te parece,
mi plaça en tu amor partiendo,
y papeles andas viendo
para ver quien la merece.
DOÑA ANA
¿Y bastaràme obligar
ver vna carta?
DON IUAN
Doña Ana
con ocasion mas liuiana
suele vna muger amar.
SANCHO
A esse proposito quiero,
por si puedo apaziguaros,
de mi mocedad contaros
vn sucesso verdadero:
Yo, mis señores, tenia
vn Iuan Lobo por amigo,
lleuèlo vna vez conmigo
a ver cierta moça mia.
El tomò a parte lugar,
mientras yo hablaua a mi amor
lo que el discreto lector
podra allà considerar.
Mi moça al Lobo le echaua
los ojos de quando en quando,
la paciencia ponderando
con que aguardando me estaua.
Y al fin del se enamorò,
y la causa fue enefeto,
solo que el se estaua quieto
mientras no lo estaua yo.
DON IUAN
Sancho, por vn leue indicio
condenan al desdichado.
DOÑA ANA
Siempre, don Iuan, te has quexado
en tu fortuna de vicio.
Confiessote, que lei
la carta con gusto, primo,
y aun mas que a su dueño estimo,
porque se parece a ti.
Que dize, que es tan estraña
la semejança que Dios
quiso poner en los dos,
que a tus amigos engaña,
y le hablan todos por ti.
DON IUAN
(A parte.)
Mi inuencion va obrando ya,
es mi primo, no serâ
mucho parecerme a si.
SANCHO
Ser dos hombres parecidos
no es sucesso mas estraño,
que salir de vn mismo paño
semejantes dos vestidos.
DON IUAN
Pero si alguno mirara
a don Diego en mi presencia,
no dudo que diferencia
grande entre los dos hallara.
Y ya que el cielo de ti
ha ordenado que me aparte,
huelgo, mi bien, de dexarte
este retrato de mi.
El me escriue, que vendra
a verme quan presto pueda,
ya la armada nos lo veda,
que para salir està.
A mi padre le he pedido,
si algo en èl mi ruego vale,
que lo aposente y regale
por serme tan parecido.
Lo mismo contigo intento,
que si en memoria de mi
le regalas, irà en ti
siempre mi amor en aumento.
Esto se entiende con tal,
que lleues tiento y recato,
no venga a echar el retrato
de casa al original.
Porque de don Diego el fuego
nunca en ti halle lugar,
siempre a don Iuan has de hablar,
aunque te hable don Diego.
Y assi mientras no te veo,
engañaràn tus enojos
con el retrato los ojos,
con la esperança el desseo.
DOÑA ANA
Ay Dios, ¿quien tendra paciencia,
mi don Iuan, para escuchar
sin deshazerse en llorar
estos preceptos de ausencia?
DON IUAN
¿Lloras?
DOÑA ANA
Pregunta si viuo
quando te ausentas.
DON IUAN
Confiesso,
que no esperè tal excesso
de tu coraçon esquiuo.
No llores, sino procura
tu llanto, señora, assi
que alegre parta de ti,
pues prueuo assi mi ventura.
Cessen de llorar las perlas
en esse campo de rosa,
aduierte, que de inuidiosa
la Aurora para cogerlas
mas presto amanecerà,
y dara priessa a los dias,
con que de mis alegrias
el fin se anticiparà.
No todo agora lo llores,
dexa que llorar despues,
no adelanten, pues me ves,
el tormento los temores.
Reserua para la ausencia
algo de tanto dolor,
porque suele vn gran sudor
ser el fin de la dolencia.
DOÑA ANA
Plega a Dios, dueño querido,
si en tu ausencia tengo vida,
que viua yo aborrecida
de vn adorado marido.
Plega a Dios.
(Vase.)
SANCHO
Basta de plegas,
que viene señor el viejo.
DON IUAN
Al tiempo la prueua dexo
dessas finezas que alegas.
(Vase.)
SANCHO
Plega a Dios, ha enamorados,
quando empieçan a plegar
plegarias pueden prestar
al dia de los finados.
(Sale YNES.)
YNES
¿Que es de don Iuan?
SANCHO
Buena es essa,
Ynes, mas cuerdo me pinta,
¿para que buscas la pinta,
si te và todo en la presa?
YNES
¿Quien es la pinta?
SANCHO
Don Iuan.
YNES
¿Y la presa?
SANCHO
Yo lo soy:
pues siempre delante voy,
mas dime, ¿en que estado estan
las penas de que me ausento?
YNES
¿Te ausentas?
SANCHO
Bueno a fè mia,
¿oluidado se te auia?
señal de gran sentimiento.
YNES
¿Al fin te vàs al Pirù?
SANCHO
Aqui es Troya. Cierto es ya.
YNES
¿Que me has de embiar de allà?
SANCHO
Embiarète a Bercebù.
Ved con que llanto recibe
las nueuas tristes de ausencia,
notad, como de paciencia,
para sufrir se apercibe.
Tal es ya la tirania
de aqueste genero infame,
que el eco de vengo, es dame,
y el eco de voyme, embia.
¿No ay al vengo, vn bien venido?
¿no ay al voime vn buelue presto?
pinten a amor, segun esto,
salteador descomedido.
Apenas vi la muger
quando se lo he de pagar,
o no tengo de jugar,
o en viendola he de perder.
¿Como en viendola? y aun antes,
allegaos a vna tapada,
y antes de mostraros nada
pedirà cintas, y guantes.
¿Que me has de embiar? ¡que bien!
el amor mas firme cae,
aun no me dixera, trae,
que es vn disfraçado, ven.
Embia, es, quedate allà,
mal aya el necio que fia
en ellas, quien les embia,
quien les trae, y quien les dà.
O terribles agrauios,
atar la bolsa, y desatar los labios.
(Vase.)
YNES
Aguarda, Sancho, detente,
atiende a mi triste llanto,
ya lloro, ya no te pido,
si con pedir te he enojado:
Como a las Indias te partes,
quise passar este trago
con tratar de las riquezas
que esperaua de tus manos.
O terribles agrauios,
mas o mayor simpleça,
atas la bolsa, y pidesme firmeça.
(Vase.)
(Salen GUILLEN, y LEONARDO.)
GUILLEN
Leonardo, aguardad aqui,
auisarè a mi señora.
(Vase.)
LEONARDO
¿Que Iulia me llame agora?
yo vengo fuera de mi.
Quando no la vi en mil dias,
huyendo su resistencia,
y estan con la larga ausencia
las cenizas de amor frias,
¿de llamarme se ha acordado?
quando estoy tan de partida,
¿quiere por la despedida
resucitar mi cuidado?
Mas no es de amor el llamarme,
que tan dichoso no soy,
sabra, que a las Indias voy,
y algo querra encomendarme.
Mas ella viene, el ruido
de sus passos me ha turbado,
la sangre toda se ha elado,
y el coraçon encendido.
Quan tarde la fuerça passa
de amor, que fue verdadero,
pues con el soplo primero
se descubre tanta brasa.
(Sale IULIA.)
IULIA
Señor Leonardo, ¿era ya
tiempo de vernos los dos?
LEONARDO
Esso preguntaldo a vos.
IULIA
Por mi respondido està.
Pues a llamar os embio.
LEONARDO
Y por mi tambien, pues muestro
viniendo al mandado vuestro,
que esso està en vuestro aluedrio.
IULIA
Dizen, que a las Indias vais.
LEONARDO
Sino me mandais quedar.
IULIA
Si mandallo ha de bastar,
yo os mando, que no os partais.
El estilo perdonad,
que lo hize por cogeros
la palabra.
LEONARDO
A no entenderos,
nueua especie de crueldad,
con mascara de fauor,
quereis en mi executar.
IULIA
¿Como?
LEONARDO
Mandarme quedar,
despues de tanto rigor.
Es solo (hablemos verdades,
pues para partir estoy)
porque os falta, si me voy,
materia a vuestras crueldades.
Mas no: Iulia, ya arrojè
del cuello una vez el yugo,
ya libre la ropa enjugo,
que del mar de amor saquè.
Ya no mas comprar enojos
a costa de merecer,
no mas, la vid exponer
a vuestros leues antojos.
Huistes quando os seguia,
quando huyo me seguis,
esto que aora sentis
senti yo, Iulia, algun dia.
Mas oy, por mayor vitoria,
quiero hurtar con esta ausencia
el cuerpo a vuestra inclemencia,
y el alma a vuestra memoria.
DON IUAN
A fe, que reñis con brio,
ya os imaginais vengado,
necio vos, que aueis echado
toda la fuerça en vazio.
¿Quien os dixo que el pediros
Leonardo, que no os partais,
es porque pena me dais,
porque os amo con partiros?
Mi prima doña Leonor,
que ha dado en quereros bien,
me pidio, por ser yo a quien
vos tuuistes tanto amor,
si fue verdad el tenello,
que os pidiesse, que os quedeis,
que por mi, merced me hareis
mucho mayor en no hazello.
LEONARDO
Basta ya, que es desvario
anticipar el desden,
y no amandoos yo, tambien
dais esse golpe en vazio.
Ni penseis, que auer errado
el tiro, me da pesar,
que doy por bien el errar,
a trueco de auer tirado.
Pues os mostrè mi intencion,
vengado de vos me siento,
que os ha ofendido el intento,
quando no la execucion.
Y oxala, que modo hallara
para poderme quedar,
que solo a daros pesar,
viue Dios, que me quedara.
IULIA
Por lo menos aprouais
mi rigor, que mal hiziera,
si a vn villano amor tuuiera,
que lo sois, pues os vengais.
LEONARDO
No atribuyais a vengança,
no aueros obedecido,
que sabe Dios, que ha nacido
solo de desconfiança.
Pensè, que el verme huir
despertaua vuestro amor,
y temi vuestro rigor
en boluiendoos a seguir.
¿Que sino, que mayor gloria,
que mas Indias puedo hallar
tras tanto amor, que alcançar
de vuestro desden vitoria?
Que no tan facil afloxa
al arco la cuerda amor.
IULIA
Ya me parece, señor,
que vais boluiendo la hoja.
LEONARDO
Negar lo que os he querido,
es negar olas al mar.
IULIA
Leonardo, que mas negar,
¿que negarme lo que os pido?
LEONARDO
No fue negar, fue temer
vuestro inhumano rigor.
IULIA
¿No ay mudanças en amor,
Leonardo no soy muger?
LEONARDO
A esperar mudanças yo,
¿que no hiziera, Iulia mia?
IULIA
Pues haz lo que digo, y fia,
que ya el desden se acabo.
LEONARDO
¿Que dizes?
IULIA
Lo que has oido:
La palabra te cogi,
esta me coge tu a mi.
LEONARDO
Ha cruel, ¿que te ha mouido
a fingir esta mudança?
IULIA
Si no te he dicho verdad,
no halle mi amor piedad,
ni mi deseo esperança.
LEONARDO
Quando fue razon, señora,
nunca te pude ablandar,
y sin ella he de pensar,
¿que te has ablandado agora?
IULIA
Ha Leonardo, poco entiendes
de condicion de muger:
¿no es harta razon, saber,
que ausentarteme pretendes?
Quando preso te tenia,
dormia el Alcaide Amor,
mas fue su despertador,
el saber que el preso huia.
No sè que mudança en mi
hizo esta nueua en vn punto,
que con ella todo junto
arderme, y elarme vi.
Como ceniza escondio
mi fuego la confiança,
y fue vn soplo tu mudança,
que la brasa descubrio.
No me castigues agora,
porque mi amor te he negado,
que yo tambien he ignorado
lo que mi pecho te adora.
Tu misma ausencia me muestra,
que me es tu presencia grata:
triste yo, que a quien me mata
vengo a tener por maestra.
No mal logres tu esperança,
por castigar mi rigor,
que si muere el vengador,
es locura la vengança.
¿Callas? ¿Que puedo esperar?
en gran peligro estoy puesta,
porque dudar la respuesta,
es especie de negar.
Habla ya; ¿que te suspendes?
LEONARDO
Ay mi Iulia.
IULIA
¿Que te aflige?
O no crees lo que dije
con las obras.
LEONARDO
No me entiendes.
IULIA
Habla, pues.
LEONARDO
Amor cruel,
siempre dà el placer penado,
a don Iuan de Castro he dado
la palabra de ir con el
al Piru, y la he de cumplir,
aunque me cueste la vida,
que ya la juzgo perdida,
pues de ti me he de partir.
IULIA
Soltarâ don Iuan, si puedo,
la palabra a ruego mio.
LEONARDO
No intentes tal desvario,
que pensarà, que es enredo,
y que he mudado intencion.
(Sale DON IUAN.)
DON IUAN
Como ya os quereis partir,
aureis venido a pedir
a Iulia su bendicion.
IULIA
Y vos, que me le lleuais,
por mi maldicion vendreis.
DON IUAN
Con Leonardo os quedareis,
Iulia, si dello gustais.
IULIA
Si gusto.
DON IUAN
Aquessa ley sigo.
LEONARDO
Iulia, aduierte, que me ofendo:
don Iuan, mirad, que no entiendo,
que me teneis por amigo.
DON IUAN
Muere mi comodidad
donde la vuestra comiença.
LEONARDO
No quiera Dios, que en mi vença
el amor a la amistad.
DON IUAN
Si la amistad os incita,
a atropellar vuestro bien,
a mi la misma tambien
haze que no lo permita.
Y estando en esta igualdad,
vuestro amor ha de vencer.
LEONARDO
Lo que he dicho pienso hazer,
yo sè la necessidad,
que de mi, don Iuan, teneis.
DON IUAN
Podrè Leonardo, buscar
quien vaya en vuestro lugar.
LEONARDO
Es tarde, no lo hallareis.
IULIA
Ya pues don Iuan te la suelta,
no alegues obligacion,
ni niegues, que tu intencion
està a vengarse resuelta.
Vengate, vete, enemigo,
que yo.
LEONARDO
Oye, Iulia querida,
sino dexo en ti la vida,
tragueme el mar por castigo,
Sino.
IULIA
Iuramentos, dexa:
las obras, Leonardo, creo.
LEONARDO
Satisfazerte deseo.
DON IUAN
Iulia con razon se quexa.
LEONARDO
Vos me apretais sin razon,
a no acudir a lo justo.
DON IUAN
Lo justo es de Iulia el gusto.
LEONARDO
Lo justo es mi obligacion.
IULIA
Don Iuan la suelta.
LEONARDO
Es assi,
mas en este lance estrecho
lo que el por cortès ha hecho
no me desobliga a mi.
IULIA
Falso.
(Sale GUILLEN.)
GUILLEN
Señora, tu hermano.
IULIA
Don Iuan para vos apelo.
DON IUAN
No os pudiera dar el cielo
juez mas de vuestra mano.
(Sale GERARDO, y CELIO.)
CELIO
¿Señores, en esta casa?
DON IUAN
A despedirnos de vos
hemos venido los dos.
IULIA
Don Iuan, que a las Indias passa,
viene a despedirse, y dà
muestra de su noble pecho.
CELIO
¿Pues y Leonardo?
IULIA
Sospecho
que hasta Cadiz con el và.
LEONARDO
Y desde Cadiz a Lima.
IULIA
Ha falso.
CELIO
El viaje sea
con la dicha que os desea
el que como yo os estima.
DON IUAN
Para seruiros: de vos
me alcancè nueua dichosa
Iulia, de que sois esposa
de quien os merezca.
IULIA
A Dios.
LEONARDO
A Dios, Celio.
CELIO
A Dios, Leonardo.
LEONARDO
Iulia, quiera Dios que os vea
como mi pecho desea.
IULIA
Dios os guarde.
GERARDO
En zelos ardo.
IULIA
Quitadme la vida, cielos.
GERARDO
Oyeme, Iulia traidora.
IULIA
Esto me faltaua agora
suelta.
GERARDO
Escucha.
(Vase.)
IULIA
O rabia.
(Vase.)
GERARDO
O zelos.
DON IUAN
Solos estamos, ya puede
declararse vuestro intento.
LEONARDO
Quien ama porque me ausento,
no amarà quando me quede.
DON IUAN
¿Estimaisla?
LEONARDO
El alma mia
buelue a adorar su belleza.
DON IUAN
Quedaos a gozalla.
LEONARDO
¿Empieça
otra vez vuestra porfia?
Yo he de partir, viue Dios,
que quiero prouar assi
su firmeza para mi,
y mi amistad para vos.
La Amistad Castigada
HABLAN EN ELLA LAS PERSONAS SIGUIENTES
EL REY DIONYSIO, galan.
FILIPO, galan.
RICARDO, galan.
POLICIANO, galan.
DION, viejo graue.
DIANA.
ELISA.
AURORA.
CAMILA.
TURPIN, criado.
Acto I
Salen el REY, y FILIPO.
REY
Filipo, no ay mal que yguale
al que padeciendo estoy;
perdido, Filipo, soy,
si tu ingenio no me vale.
FILIPO
Gran Dionysio, Rey segundo
deste nombre, que has podido
ser, por amado y temido,
arbitrio solo del mundo:
dime tu pena, señor:
y si con la industria mia
puede remediarse, fia
de mi lealtad, y mi amor.
REY
Ha dado luz a tus ojos
mi sobrina Aurora, hija
de Dion?
FILIPO
Fue tan prolija
la ausencia, a que los enojos
me desterraron de Egypto,
que con tu padre priuò,
que jamas lo permitiò.
REY
Bien se vè que no la has visto,
pues ignoras la ocasion
de tormento tan esquiuo;
por ella y su padre viuo
en la mayor confusion,
que contrarios pensamientos
dieron a vn pecho jamas.
FILIPO
Como?
REY
Oye atento, y sabras
mis dudas y mis tormentos;
este Reyno de Sicilia
es, como sabes, sujeto
a injustas conspiraciones
y aleuosos mouimientos:
bien lo muestran las historias,
pues en los passados tiempos,
y presentes violentaron
tantos tyranos el cetro;
fuera de que tengo indicios
de que ya traydores pechos
secretamente conspiran
a priuarme del Imperio:
Dion es cuñado mio
tan poderoso, que deuo
a su valor y prudencia
la corona que posseo;
y me la puede quitar,
pues llegado a rompimiento,
a la parte, a que el se incline,
la vitoria le prometo;
es leal, mas si intentando
gozar a Aurora, le ofendo,
de su enojo y su vengança
mi cierta ruyna temo:
pues dexarlo de intentar
no es possible, quando muero;
aunque por ella auenture
quanto valgo, y quanto puedo;
fuera Aurora esposa mia,
si fuesse possible hazerlo,
pero tengo ya en Cartago
tratado mi casamiento:
en conformidad, Filipo,
de aquel forçoso concierto
que diò principio y firmeza
a las pazes de ambos Reynos.
Estas, caro amigo, son
las olas, en que me anego;
las confusiones son estas,
en que dudoso padezco,
de tu ingenio y amor fio;
solo tu amor y tu ingenio
de tan ciega tempestad
me pueden sacar al puerto.
FILIPO
Vn engaño se me ofrece,
que es importante remedio,
como a tu amor, al temor
que los traydores te han puesto:
y aunque no son los engaños
dignos de reales pechos,
en la guerra y el amor
es permitido vsar dellos.
REY
Di, que no importa romper
los mas forçosos respetos,
que mas importa mi vida.
FILIPO
Oye pues mi pensamiento.
(Salen DION, y POLICIANO por otra parte.)
DION
Policiano, no podia,
segun vuestras partes son,
la suerte en esta ocasion
colmar la ventura mia
mejor, que dando la mano
vos a mi Aurora, de quien
he estimado que tambien
reconozca lo que gano,
solo falta que le pida
a su Magestad licencia.
POLICIANO
Quien goza por su prudencia
priuança tan merecida,
noble Dion, como vos,
claro està que alcançarà
quanto pretenda.
DION
Aqui està
el Rey, Policiano, a Dios,
que a solas hablalle quiero.
POLICIANO
Como aguarda la sentencia
el preso, yo la licencia,
en que està mi vida, espero:
(A parte.)
Perdona mi desuario,
Diana, que el ofenderte
es violencia de la suerte,
no eleccion de mi aluedrio.
(Vase.)
FILIPO
Y quando despues Dion,
(como puede suceder)
a caso venga a saber
que le tienes aficion
a Aurora, diràs que ha sido
inuencion y fingimiento;
que pues importa al intento
que le juzguen ofendido
de ti; la traça mejor
que hallaste de acreditar
que le ofendes, fue mostrar
que con illicito amor
solicitas la beldad
de tu sobrina, por ser
lo mas facil de creer
de su hermosura y tu edad.
REY
De tu agudo entendimiento
es la traça.
FILIPO
Amor me guia.
REY
El viene.
FILIPO
De mi confia
la execucion de tu intento.
REY
Comiença pues, que yo agora
principio al engaño doy
con Dion.
FILIPO
Al punto voy
a hablar de tu parte a Aurora.
(Vase.)
REY
(A parte.)
Perdona, Dion amigo,
a mi obligacion mi error,
que estando loco de amor,
no hablan las leyes conmigo.
DION
Dame, gran señor, los pies.
REY
Los braços os quiero dar.
DION
En ellos he de aguardar
que vna licencia me des.
REY
El pedilla vos la abona,
desde agora os la concedo;
que nada negalle puedo
a quien deuo la corona.
DION
Pues bien puedo en confiança
de tan crecido fauor
pedir albricias, señor,
de su cumplida esperança
a Policiano, que a Aurora
por esposa me ha pedido.
REY
(A parte.)
A buena ocasion ha sido,
pariente, no es tiempo agora
de casalla, que repugna
a vn intento que os dirè,
con que assegurar podrè
firmezas de mi fortuna.
DION
El seruiros es, señor,
el primer intento mio.
REY
Escuchad pues, lo que fio
de vuestra lealtad y amor;
yo tengo, noble Dion,
indicios, de que conspiran
contra mi corona algunos
poderosos de Sicilia;
es, quererlo aueriguar
por terminos de justicia
dificil y peligroso:
dificil, porque no fian,
de quien no sepa guardallo,
su secreto los que aspiran
a empresa de tanto peso;
de mas que es cierto que estriuan
en su poder los traydores;
y assi es forçoso que oprima
el temor a los testigos
a que la verdad no digan:
el peligro es, que culpando
al inocente, podria
irritarse de la injuria
que en la sospecha reciba:
y assi ha de ser la cautela
quien descubra su malicia
y sola vuestra lealtad
el medio de conseguirla,
fingiendo que vos tambien
estays a las cosas mias
mal afecto, porque assi
los que mi fortuna embidian,
si la esperança de hallar
aplauso en vos los anima,
no dudaràn descubriros
la traycion que solicitan:
y porque vuestra priuança
y vuestra lealtad obliga
a recelar que el engaño
de nuestra intencion collijan:
yreys con tal preuencion,
que vuestra prudencia finja
la ocasion con cada qual,
segun el tiempo lo pida,
de estar quexoso de mi,
dando colores tan viuas
de verdad al fingimiento,
que el intento se consiga
de acreditar vuestro agrauio:
que yo yrè de parte mia
disponiendolo tambien,
segun viere que me dictan
los sucessos la ocasion.
Mas esta aduertencia misma
lo ha de ser para que siempre
que llegue de ofensas mias
la nueua a vuestros oydos,
entendays que son fingidas;
claro estaua, pero al fin
esta preuencion es hija
del cuydado con que viue
mi amistad agradecida:
solo me resta aduertiros,
Dion, que el fin, a que mira
este engaño, es conocer
la traycion, no persuadilla;
porque si es cautela justa,
la que el delito auerigua,
no es justa la que ocasiona
a emprendello a la malicia:
y assi aueys de procurar
descubrir la aleuosia
con medios tan atentados,
y razones tan medidas
que sin irritar, sepays
quien es el que ya conspira,
mas no quien conspirarà,
si vuestro fauor le anima:
que supuesto que sabeys
que no son crueldades mias,
las que el nombre de tyrano
me han adquirido en Sicilia;
sino auer mi padre y yo
conuertido en monarquia
su republica, adornando
nuestras dos frentes altiuas
de su laurel, reprimiendo
voluntades y osadias:
si quando borrar pretendo
nombre que assi me fastidia,
ocasionara delitos,
despertando aleuosias;
la falsa interpretacion,
que al nombre tyrano aplican
de cruel, justificara
en sus lenguas mi malicia.
DION
De ingenio son mas que humano
preuenciones tan diuinas;
pero que ocasion hallays
en este intento, que impida
el casamiento de Aurora?
REY
Oluidado se me auia,
por no ser el principal
assunto del mi sobrina;
precisa ocasion, pariente,
a dilatarlo me obliga,
y es, que me importa que sea
la mano de vuestra hija
freno de las voluntades:
que como todos aspiran
a sus bodas, tengo a todos
con vna esperança misma
desseosos de obligarme,
que mientras no se aueriguan
los traydores, quiero assi
que sus intentos reprima;
porque si dandola al vno,
los demas se desobligan:
recelo que llegue el daño
antes que la medicina.
DION
Basta, señor, no replico,
que como el fin se consiga,
para assegurar la vuestra,
consagro alegre mi vida.
REY
Con esto a vuestra amistad
deuerè otra vez la mia,
y su quietud y su Rey
a vuestra lealtad Sicilia.
(Vase.)
DION
(A parte.)
Al fin la razon de estado
ha de vencer, que es forçoso
a todo.
(Sale POLICIANO.)
POLICIANO
Soy ya dichoso,
Dion?
DION
Soy yo desdichado.
POLICIANO
Como? ay de mi.
DION
La licencia
me negò su Magestad.
POLICIANO
Quando vuestra voluntad
ha hallado en el resistencia?
DION
Agora.
POLICIANO
Pues a Dion
se puede el Rey oponer?
ignora vuestro poder?
oluida su obligacion?
o mis meritos desprecia?
No penseys, con ser quien soy,
que tanto credito doy
a mi confiança necia;
que intente mi calidad
ygualar con la de Aurora,
que nadie humano me ignora,
nadie la ignora deydad.
Mas si nadie la merece,
y alguno la ha de alcançar,
quien mejor puede aspirar
al bien que su mano ofrece:
si ha abonado mi valor
vuestra eleccion? y si oy
de su hermosa boca vn si,
que es el merito mayor?
DION
Ni vuestro merecimiento
duda el Rey ni mi poder,
causa deue de tener
bastante su pensamiento;
que ni entiendo ni examino,
que de ser examinado
haze al Rey exceptuado,
lo que tiene de diuino:
solo entiendo, aunque tan mal
me este, que su gusto es ley,
Policiano, que el es Rey,
y yo vassallo leal,
esto en efeto ha de ser;
sabed sufrir, si soys cuerdo.
POLICIANO
Si gloria tan alta pierdo,
que me queda que perder?
el Rey a vuestros desseos
se ha de oponer, ni a los mios?
pues yo solo tengo brios
para hazerle.
DION
Deteneos,
callad, no os precipiteys;
tened, tened sufrimiento,
que solo de vuestro intento
es dilacion la que veys:
(A parte.)
Aguardad pues; no quisiera
que de la passion vencido,
arrojado de ofendido
en deslealtad incurriera;
que el Rey me mandò poner
en lo que he de aueriguiar
medios para examinar,
no lazos para caer:
y assi es conforme a razon,
que quando agrauiar se vè,
yo la preuencion le dè,
pues le he dado la ocasion.
Vencibles dificultades
no son hados soberanos,
ni los motiuos humanos
se informan de eternidades:
la causa que oy os impide,
mañana puede cessar,
si el dilatar no es negar,
quien dilata no despide,
ser prudente es ser sufrido:
aduertid que os aconsejo
como amigo y como viejo,
que ni excedays ofendido,
ni atreuido os arrojeys:
porque si hablays libremente,
mas que ganastes prudente,
impaciente perdereys;
que si nos toca a los dos
el daño, no os muestro mal,
pues contra mi soy leal,
que lo seré contra vos.
POLICIANO
Ni sabe el amor ser cuerdo,
ni el loco sabe temer;
Sicilia se ha de perder,
viue Dios, si a Aurora pierdo.
(Vanse.)
(Salen RICARDO, y DIANA.)
RICARDO
Es sin remedio mi pena;
no ay consuelo en mi passion.
DIANA
Ricardo, qual ocasion
tanto de ti te enagena?
RICARDO
Ay, querida hermana, Aurora,
a quien adoro, la mano
de esposa dà a Policiano.
DIANA
(A parte.)
A traydor.
RICARDO
Mira si llora,
quien la pierde enamorado,
justamente.
DIANA
Luego està
hecho el casamiento ya?
RICARDO
No, pero està concertado;
que basta para perder
la vida con la esperança.
DIANA
No se quexe, sino alcança,
quien no se atreue a emprender:
quien huuiera mas fauor
que tu, Ricardo, alcançado,
si te huuieras declarado;
y mas pudiendo tu amor
tenerme a mi por tercera,
pues tantas vezes estoy
con ella, y sabes que soy
en su amistad la primera?
a quien la diera mejor,
si se la hubiera pedido,
que a ti su padre?
RICARDO
He querido
merecer della el amor,
antes que el consentimiento
de Dion.
DIANA
Necio anduuiste,
pues por concierto pudiste,
dar vida a tu pensamiento.
RICARDO
Temi quedar desayrado,
si della no era admitido,
que se arrepiente corrido,
quien no alcança declarado.
DIANA
Querer por amor vencella
tu silencio disculpaua,
mientras no te amenaçaua
el peligro de perdella:
mas oy que vè ya tu amor
malograr tu pensamiento,
matete el atreuimiento,
si ha de matarte el temor:
hablando, vas a ganar,
callando, solo a perder;
que le queda que temer,
al que ya se vè matar?
El que llega a estar cercado
de exercito numeroso,
a los que huyò temeroso,
acomete despechado.
Declara a Dion tu amor,
a Aurora tu sentimiento,
al Rey tu amoroso intento;
y valgate su fauor,
pues le tienes obligado,
en tan vrgente ocasion,
si se escusare Dion
con lo que tiene tratado:
y si con esto los daños
que te amenaçan no impides,
la guerra permite ardides,
y el amor perdona engaños;
con traças y fingimientos
procura el bien que mereces:
y si tu, porque padeces
tormenta de pensamientos
en el golfo de tus males,
no discurres, yo, que soy
muger, y en la arena estoy
(A parte.
pluguiera a los cielos), tales
traças y enredos, hermano
sabre hazer, si lo permites,
que de la mano le quites,
la esperança a Policiano.
RICARDO
Que permita es menester,
lo que yo te he de rogar?
Diana, puedo negar,
lo que deuo agradecer?
Traça a tu gusto; dispon
mi remedio a tu aluedrio.
DIANA
Pues dexalo a cargo mio,
Ricardo, y habla a Dion.
RICARDO
Como lo piensas traçar?
DIANA
Pues que te fias de mi,
no me examines.
RICARDO
De ti
lo quiero todo, fiiar,
pues conoces, quando estàs
de mi tormento aduertida,
que a tu hermano das la vida,
y a ti vn esclauo te das.
(Vase.)
DIANA
Assi se pagan finezas?
Assi se premian lealtades?
Assi desmienten verdades,
los que prometen firmezas?
A traydor, a fementido,
a engañoso Policiano,
a Aurora has de dar la mano,
que a Diana has prometido?
No lo sufriran los cielos,
primero te abrasaran
las llamas deste Vulcan
que arroja rayos de zelos.
(Sale ELISA.)
ELISA
Que es esto, señora?
DIANA
Es
pena, dolor, sentimiento,
quanto escuchas es tormento,
todo es rabia quanto ves:
ofensas me tienen loca,
muerta me tienen agrauios;
la vida tengo en los labios,
el alma tengo en la boca,
en el pecho mongibelos;
fieras en el coraçon,
y en fin tormentos, que son
mayores, que tengo zelos:
y para que en tantos daños
ni esperança pueda auer,
no se contentan con ser
zelos, que son desengaños.
Esse injusto, esse traydor,
esse cruel Policiano
a Aurora le da la mano,
que deue a mi firme amor:
mira, Elisa, si me ciega
con razon el sentimiento,
no llegando el sufrimiento
donde el sentimiento llega.
ELISA
Quien creyera tal mudança
de su firmeza jamas?
DIANA
Ven conmigo.
ELISA
A donde vas?
DIANA
A disponer la vengança,
ya que no el impedimento.
ELISA
No prouoques el rigor
de Ricardo.
DIANA
De su amor
se valiò mi atreuimiento,
porque en Aurora le alcança
ygual desdicha: y assi
a restaurar me ofreci
con enrredos su esperança;
vino en ello, y con color
de que remediò sus daños,
ha de tener por engaños
las verdades de mi amor.
ELISA
De essa suerte vas segura.
DIANA
Nada temo su crueldad,
que el amor es ceguedad,
y los zelos son locura.
(Vase. )
(Salen FILIPO, y TURPIN.)
FILIPO
Aduierte que me conuiene,
que me auises luego, en viendo
que viene Dion.
TURPIN
Ya entiendo.
FILIPO
Como?
TURPIN
No es facil, si tiene
tanta hermosura mi ama?
FILIPO
Engañaste, que jamas
la he visto.
TURPIN
Pues estaràs
enamorado por fama;
que es muy señorial accion
a vna famosa beldad
amarla por vanidad,
mas que por propria aficion;
hombre conozco yo aqui,
que lo tiene por oficio.
FILIPO
De poco seso da indicio;
pero no sucede en mi
lo que piensas.
TURPIN
O querras
andar muy cauto conmigo;
pues de tu mayor amigo
confiar no deues mas
que de mi, buen desengaño
puedo dar de mi sujeto;
no guarda mejor secreto
vn ministro el primer año.
Criado de Aurora soy,
y eres tu del Rey su tio
priuado; y assi confio
que si de tu parte estoy,
en qualquier caso podrè
assegurarme del daño:
y en ti con esto es engaño
formar dudas de mi fe,
si yo te puedo seruir.
FILIPO
Sobre vn intento secreto
vengo a hablarla, y te prometo
que a podertelo dezir,
duda en tu fe no pusiera.
TURPIN
(A parte.)
Solo por ver si le obligo
a ser liberal conmigo,
le estoy sacando a barrera:
no puedo saberlo al fin?
FILIPO
Impossible cosa es.
TURPIN
Pues juro a Dios que despues,
pues recelas que Turpin
no serà buen secretario,
si se que a Aurora desseas,
aunque mas priuado seas,
me has de tener por contrario.
FILIPO
Quede assi, y haz lo que digo,
Turpin, que importa el cuydado.
TURPIN
Entrar puedes confiado,
pues a tenello me obligo.
(A parte.
Mal entiende mi desseo,
doyle otro tiento:) Quisiera
que aduiertas que no lo hiziera
sino por ti.
FILIPO
Yo lo creo,
vete, vete.
(A parte.)
TURPIN
Que obligaros
no es possible a mi intencion?
Pues si viniere Dion,
viue Dios de no auisaros.
(Vase.)
(Salen CAMILA y AURORA por otra parte.)
CAMILA
En fin negò el Rey, señora,
a tu padre la licencia?
AURORA
Mejor diras la sentencia,
contra la vida de Aurora.
Pues contra mi gusto hiziera
estas bodas de obediente
a mi padre solamente;
y confiesso, que si huuiera
declarado la aficion,
que tan secreta ha tenido,
y a los labios atreuido
las penas del coraçon,
Ricardo, passara yo
con el mas alegre vida,
que me tiene agradecida,
ya que enamorada no.
CAMILA
Agora sales con esso?
AURORA
Nunca, antes que diera el si
a Policiano, senti
lo que agora te confiesso:
Pero despues que lleguè
a juzgarle esposo mio,
violentado mi aluedrio
de Ricardo comencè
a hazer mas estimacion,
y a pensar que hiziera empleo
mejor en el, que el desseo
despertò la priuacion.
CAMILA
De suerte que no es amor
el que tienes?
AURORA
Comparado
con Policiano, he juzgado
que merece mi fauor
Ricardo; pero sin esso,
aunque no me desagrada,
no me siento enamorada,
si obligada me confiesso:
mas quien està aqui?
CAMILA
Persona
parece de calidad.
AURORA
Su compuesta grauedad
sus nobles partes pregona.
CAMILA
Que querra? Y como ha llegado
sin avisar hasta aqui?
AURORA
Sepamoslo, que ya es en mi
la curiosidad cuydado.
CAMILA
A qualquiera puede dalle
cuidado y curiosidad.
AURORA
Y mas su calidad
se conforma con su talle.
FILIPO
Del Rey alienta el deseo
favorable la ventura,
pues dice ya esta hermosura
que es Aurora la que veo.
Hasta saber el intento
de llegar adonde veis
sin licencia, no culpeis,
señora mi atreuimiento,
que de la misma ocasion
echareis de ver que ha sido
forçoso ser atreuido
para lograr la intencion
si no me engañan, señora,
los ojos, cuando assegura
la fama de esa hermosura
que sois la diuina Aurora.
AURORA
Menos essa adulacion
soy Aurora, y ya deseo
de la nouedad que veo
escucharos la ocasion,
y saber quien sois.
FILIPO
Yo soy
Filipo, del Rey criado,
si valido, no priuado,
porque a vuestro padre doy
solamente este lugar.
AURORA
Ya por fama os conocia,
y a mi piedad algun dia
debieron mas de un pesar
los que os hizo la fortuna.
FILIPO
Ya ha cesado su rigor
y ya con ese fauor
no temo mudanza alguna,
que esa beldad. Pensamiento,
donde vuelas? Donde vas?
Si he de dezir lo demas
que causo este atreuimiento,
aparte habeis de escucharme
porque el caso lo requiere.
AURORA
Por si mi padre viniere,
Camila, para auisarme,
pues su esquiua condicion
conoces, ponte en espia
en esa ventana.
CAMILA
Fia
tu cuydado a mi atencion.
(Vase.)
AURORA
Ya estamos solos, hablad.
FILIPO
Señora si del amor
no habeis probado el rigor,
al menos su ceguedad
por fama habreis entendido.
Y ya, triste yo, la mia
con importuna porfia
mi corazon ha rendido.
Inutilmente pretendo
resistir, el Rey lo erro
quando de mi se fio,
que deuiera, conociendo
tan soberanos despojos,
para euitar sus agrauios,
dar comision a los labios
sin concedella a los oxos.
AURORA
Que vos suspendio?
FILIPO
Como puede
dejarse de suspender
quien os ha llegado a ver?
Como quereis que no quede
absorto, señora, en vos,
si es dios la misma hermosura
quando goza mi ventura
en la vuestra tanto dios?
AURORA
Es este acaso el secreto
que teneis que hablarme?
FILIPO
No.
Aqui, señora, causo
vuestra beldad este efeto.
Otra, Aurora, es mi intencion,
mas quando son desiguales
los impulsos naturales
al poder de la razon,
no gouierna el aluedrio,
que si en corrientes de plata
al caminante arrebata
bramando el furioso rio
de su jornada se oluida,
y solo en peligro tal
con afecto natural
trata de escapar la vida.
Assi yo, puesto que atento
a otro fin os entre a hablar,
en llegandoos a mirar
con impetu tan violento
me vi anegar en abismos
de hermosura, que forzado
de su poder, y oluidado
de mis pensamientos mismos,
al deziros la ocasion
porque os vi, con furia loca
me arrebato de la boca
las palabras la pasion.
Y asi mi error perdonad,
que en el primer mouimiento
ni juzga el entendimiento
ni elige la voluntad.
AURORA
Tente, pensamiento mio,
que preuiene ya el temor
en halagos del aluedrio.
Injusta desconfianza
mostrais en tan justo efeto,
ni la hermosura es defeto
ni es injuria la alabanza.
Y si el ver encarecida
su belleza tanto agrada
a la mujer, obligada
me juzgad y no ofendida,
si no es ya que la intencion
que declararme quereis,
es mi ofensa y pretendeis,
temiendo mi indignacion
reprimilla, y preuenido
con alabarme habeis hecho,
Filipo, prision del pecho
la lisonja del oido.
FILIPO
No señora, no el veneno
he querido disfrazar
que en lo que os vengo a tratar
solicito gusto ageno.
Tan contra mi, que podeis
colegir, viendome tal
que es lo que me esta mas mal
que mi demanda otorgueis.
Del Rey, bellisima Aurora,
vengo a vos por mensajero,
de su aficion soy tercero,
y de que ciego os adora
testigo si es menester
para probar su aficion
mas notoria informacion
que saber que os llegò a ver.
A cielos! Yo soy perdido,
que Aurora no se ha enojado.
AURORA
Engañose mi cuidado.
Que presto ha desuanecido
mi esperanza! Pero quando
loco amor, los gustos das
mas firmes? No dezis mas?
FILIPO
Que mas?
AURORA
Estoy aguardando
a saber si es el intento
de mi tio ser mi esposo.
FILIPO
El fuera en esso dichoso:
mas tiene su casamiento
en Cartago ya tratado.
AURORA
Luego pretende su amor
su gusto en mi deshonor?
FILIPO
Es Rey, y està enamorado.
AURORA
Bien dezis; lo mismo es
enamorado, que loco:
y no muestra estarlo poco,
pues prefiere el interes
de su antojo a mi opinion.
No aduierte el Rey por ventura,
quando imprudente procura
ofender con su aficion
de mi padre la nobleza,
que aun oy, aunque està gozando
del cetro, le està temblando
la corona en la cabeça?
Oluida.
FILIPO
(A parte.)
Albricias, amor,
que se ha enojado.
AURORA
Que deue
el honor, a quien se atreue
a ofender en el honor?
Assi paga beneficios?
Assi assegura lealtades?
Assi obliga voluntades,
y recompensa seruicios?
Assi el nombre de tyrano
quiere borrar? Y assi intenta
en el Reyno que violenta,
acreditarse de humano?
Viue el cielo, sino enfrena
tan mal aduertido antojo,
que ha de sentir en mi enojo
de su locura la pena:
a Aurora, a Aurora se embia
recado tan atreuido?
Y vos, vos aueys venido
con tal vil mensajeria?
No se de qual de los dos
mas ofendida me hallo;
del Rey en imaginallo,
o en dezirmelo de vos.
(Vase.)
FILIPO
Mil vezes en hora buena,
bella Aurora, os enojad,
pues assegura piedad
esse rigor a mi pena:
Nunca ha sido tan gustosa
la furia, nunca se ha visto
el enojo tambien quisto,
ni la yra tan hermosa.
No en vano, amor, a tus aras,
y al imperio de tus leyes
rinden sus cetros los Reyes,
y los dioses sus tiaras;
no en vano, pues tales son
tus fuerças, que en vn momento
ciegas el entendimiento,
y aprisionas la razon.
Loco estoy, estoy perdido,
y tan otro de mi estoy,
que ni conozco el que soy,
ni me acuerdo del que he sido:
solo ya mi entendimiento
juzga el bien mayor amar;
solo discurre en buscar
remedios al mal que siento.
De mi ciego desuario
el Rey perdone el error,
pues da disculpas su amor,
y no escarmientos al mio.
Mi obligacion he cumplido,
y aun hize mas que deui;
pues tercero contra mi
de sus cuydados he sido:
hasta aqui de mi lealtad
pudo estenderse la ley,
mas no a que el amor del Rey
la ponga a mi voluntad.
Y mas quando Aurora aqui
se le mostrò tan cruel,
pues de los desprecios del
mis fauores colegi.
Que mientras sus alabanças
publicò mi suspension,
dio su benigna atencion
aliento a mis esperanças.
Y despues se mostrò ayrada
quando el amor entendio
del Rey, quiçà porque vio
su imaginacion burlada.
Claro està, pues por lo menos
estimò mis desuarios,
quien humana oyò los mios,
y enojada los agenos.
Pues quando yo he merecido
sus fauores, y el Rey no,
que le ofendo, en querer yo
ganar lo que el ha perdido?
Y puesto que el Rey se ofenda,
que me ha de costar? La vida?
Menos la temo perdida,
que perder tan alta prenda.
Todo, para conseguir
tanto bien, lo he de emprender,
que no queda que temer,
al que se atreue a morir.
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