Poemas de Juan Ruiz de Alarcón

Poemas de Juan Ruiz de Alarcón

Poemas de Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), dramaturgo novohispano nacido en Taxco y forjado lietariamente en Madrid, destaca en el Siglo de Oro por una voz singular y pedagógica que le ganaron el nombre del “arquitecto del carácter”.

A diferencia de la exuberancia de Lope de Vega, Alarcón construyó un teatro de rigor ético y perfección técnica, donde la psicología prevalece sobre la acción desenfrenada.

Se basó en su condición física (era corcovado) para predestinar su obra, dotándola de una aguda sensibilidad hacia la hipocresía social y la injusticia. En obras maestras como La verdad sospechosa, critica vicios específicos —en este caso, la mentira— mediante una estructura lógica impecable.

Su estilo, caracterizado por la limpieza del lenguaje y la intención moralizante, influyó decisivamente en la comedia francesa. Alarcón no buscaba solo el aplauso, sino la corrección de las costumbres mediante la razón.

Poemas de Juan Ruiz de Alarcón

Amistad

Aumento de la próspera fortuna

y alivio en la infeliz; maestra llave

que con un natural secreto sabe

dos voluntades encerrar en una;

 

del humano gobierno la coluna;

ancla segura de la incierta nave

de la vida mortal: fuero suave

que en paz mantiene cuanto ve la luna

 

es la santa amistad, virtud divina

que no dilata el premio de tenella,

pues ella misma es de si misma el fruto;

 

a quien naturaleza tanto inclina

que al hombre que vivir sabe sin ella

sabe avisar el animal más bruto.

 

Décima

Un aguacero cayó

en un lugar, que privó

a cuantos mojó de seso;

y un sabio que por ventura

se escapó del aguacero,

viendo que al lugar entero

era común la locura,

mojose y enloqueció,

diciendo: «En esto ¿qué pierdo?

¿Aquí donde nadie es cuerdo

para qué he de serlo yo?»

 

Romance

En Madrid estuve yo

en corro de tal tijera,

que la pegaba cualquiera

al padre que la engendró.

 

Y si alguno se partía

del corro, los que quedaban

mucho peor dél hablaban,

que él de otros hablado había.

 

Yo, que conocí sus modas,

a sus lenguas tuve miedo,

¿y qué hago? Estoime quedo,

hasta que se fueron todos.

 

Pero no me valió el arte,

que ausentándose de allí,

sólo a murmurar de mí

hicieron corro aparte.

 

Si el maldiciente mirara

este solo inconveníente,

¿hallarase un maldiciente

por un ojo de la cara?

 

Soneto

En un mar sangriento de cruel venganza,

de rabia, de ira y de coraje lleno,

corrí tormenta, de esperanza ajeno

de llegar en mi estado a ver bonanza;

 

y un súbito accidente, una mudanza

el pecho libra del mortal veneno,

y el que en mi agravio a mi furor condeno,

en el perdón produce mi esperanza.

 

No la privanza me movió futura,

que Fortuna en sus obras desiguales

no hace de los méritos memoria;

 

más debo a mi piedad esta ventura,

y por lo menos en hazañas tales

de la gentil acción queda la gloria.

 

Elogio descriptivo a las fiestas que la Majestad del Rey Felipe IV hizo por su persona en Madrid a 21 de agosto de 1623

Mientras la admiración avara atiende

a tanta majestad, a tanta pompa,

el vuelo, ¡oh, fama!, con la voz suspende,

porque, informada bien, silencios rompa.

No encarecida la verdad aprende,

que no mendiga aumentos de tu trompa;

ministrará mi numerosa Clío

lengua a tu aliento y ley a tu albedrío

 

Era del año la estación ardiente;

daba a Febo el León último hospicio,

del alto cielo al húmedo Occidente

su carro amenazaba el precipicio;

la turba inferior, y la eminente

nobleza, o por su sangre, o su ejercicio,

de la Corte de España concurría,

y, de su circo, anfiteatro hacía.

 

Los tafetanes, rasos, terciopelos,

telas, tabís, damascos y brocados

edificios mentían, si eran velos

en consonancia hermosa variados.

Daban ventaja a su esplendor los cielos,

cuanta soberbia a su color los prados,

y la inquietud del pueblo y el ruido

sobraban a la vista y al oído;

 

cuando el aplauso roba cortesano

de diosas dos la adoración humana:

esta Juno del Jove castellano,

del anglo Endimión esta Diana.

Coro de ninfas las emula en vano,

si su hermosura puede soberana,

ausentes estas dos deidades bellas,

acreditar de soles sus estrellas.

 

Grave se mueve el uno y otro plaustro

de cielo, con razón presuntuoso,

hasta la línea en que su breve claustro,

lo que negó envidiado, da envidioso;

rosada y blanca ostenta, opuesto al austro,

dos bellas albas un Oriente hermoso,

porque a Filipo y Carlos precursoras,

pues son dos soles, nazcan dos auroras.

 

Jerarquía gentil de semidiosas,

obsequio ilustre de sus Majestades,

cuando de propios rayos luminosas,

reflejos gozan de sus dos deidades;

vivos claveles, animadas rosas,

componen de vistosas variedades

bellezas que las alas solicitan

dar al amor, que a la esperanza quitan.

 

Candores brilla, si entre auroras puede,

del cielo de Austria el esplendor tercero,

que, si no las compite, no les cede;

si ellas auroras son, él es lucero;

pimpollo tierno, a quien la edad concede

maduro fruto en su verdor primero;

Antistes en Toledo vigilante,

Príncipe en Roma, y, en Castilla, Infante

 

Rosas Gales vertiendo y azucenas,

si la sed de su amor en la tardanza

del merecido premio sufre pena,

glorias bebe en la vista su esperanza;

duro en medio metal finge cadenas,

por quien Tántalo preso el bien no alcanza;

y, cuando en fiestas uno y otro polo

se alegra de su gloria, pena él solo

 

Al espléndido trono fija atento,

ávida vista, el pueblo circunstante,

cuando se ve ilustrar el firmamento

de nueva luz, de sol más radiante .

¡El Rey!, turbada mano, flaco aliento,

antes que rudo escriba, antes que cante

poco canoro Majestad tan suma,

¡Oh!, pídele perdón, ¡Oh, voz y pluma.

 

No tanto entre topacios y jacintos

se oculta al hijo hermoso de Latona,

cuando los rayos de su luz distintos

esparcen oro a la elevada zona;

alba que de confusos laberintos,

de estrellas fugitivas, se corona;

cuántas postró Filipomajestades,

eclipsó luces, humanó deidades

 

Ocupa el real trono, eminente

solio, del de Arctus a la mano diestra.

Si su genio, si el signo su ascendente

predice efectos y verdades muestra,

del quinto Carlos Fénix renascente,

cuanto en el nombre en la marcial palestra,

que al sol hesperio en luces emulara,

a no vencerle a rayos su tiara

 

Águila, a su esplendor no se deslumbra;

salamandra, a su fuego no se abrasa

aquel que digno a su favor encumbra

mérito, propio ya, ya de su Casa

polo constante a la región que alumbra,

al orbe que gobierna, firme basa;

por cuyo sabio y religioso celo

es Anglia España, y es España cielo

 

Del alto trono el trono mismo alcanza

el árcticoAlmirante que merece

quien del huésped inglés ha la privanza;

con propias partes y adquiridas crece;

su verde ornato explica la esperanza

del bien futuro que a su patria ofrece,

siendo al principio de esta unión tercero,

siendo, al deseo de este fin, primero

 

Tudesca hueste herrado fresno esgrime

en la plebeya turba resistente,

que al escarmiento de sus golpes gime,

sin que al gemido de ellos escarmiente;

mas, tanto su furor al fin la oprime,

que, atropellada en fuga diligente,

imita por las puertas el gentío

rápido curso de inundante río

 

Movibles selvas, fuentes racionales,

en orden bañan el espacio enjuto,

formando con sus húmedos raudales

caracteres que borre el marcial bruto.

Mas ya en festivos cóncavos metales

(porque unión tan feliz con su tributo

ayude a celebrar cada elemento),

antes que cese el agua, suena el viento.

 

Pueblo de famas es el ordenado

escuadrón de rubíes numeroso,

de cuya mano o pecho es inspirado

uno y otro instrumento sonoroso;

diez veces quince son los que en ornado

bruto el término atruenan espacioso;

y aún no tanto clarín y tanta trompa

es voz bastante a la futura pompa

 

Clara familia infante el grave paso

circundante repite, honora atenta,

del que, si presto volara Pegaso,

ahora tardo Majestad ostenta.

El rubio que el Oriente, el que el ocaso

cándido pecho rinde, le acrecienta;

rayos sí, mas no fuego al ardimiento;

sosiego, no opresión al movimiento

 

Terliz purpúreo, que, de Arabia el oro,

dosel del solio imperial guarnece;

si del rico jaez niega el tesoro,

satisface la injuria en el que ofrece;

en medio el nombre regio, a quien el moro

adusto, el escita helado, se estremece;

el oro cifra, y cándidos retrata

los rayos de sus sienes rica plata.

 

Siguen sus huellas, en ornato iguales,

cincuenta y nueve agravios del primero,

cuyos retratos son las celestiales

alas del carro del mayor lucero;

en plata y nácar luce de reales

ministros pueblo, cuyo lisonjero

culto el alarde irracional venera

por sacro altar de la deidad que espera

 

Portátil basa que, a sus pies rendida,

escala sirva al Rey para el estribo,

en los hombros se mueve sostenida

de cuatro copias de granate vivo.

Velo sutil de púrpura tejida,

cielo avariento, oculta el leño altivo,

porque nadie presuma, en los despojos,

donde su Alteza el pie, poner los ojos

 

Doce enfrenados montes, que de Ociro

son y el tardo animal (mestizo parto)

hijas, conducen de Ladón al tiro,

que ha de atreverlas al planeta cuarto.

Metal de Ofir en múrice de Tiro

presta aljaba a las flechas, que del parto

honrosas han de ser al arco afrentas,

de la mano partiendo más violentas

 

En torno lustra la cuadrada arena

el concertado alarde en lento paso,

y en orden de sus rayos la enajena

la puerta, que al Oriente les da ocaso;

suspensa está en la admiración la pena

de la ocultada pompa, que el Parnaso

en vano musas a alabarla ofrece;

alábela el callar, que no enmudece

 

Madrid entonces a Madrid presenta;

cuatro sonantes bronces, y del fruto

del azahar sobre el color ostenta

cándidas venas de oriental tributo;

ricos jaeces veintidós sustenta,

número igual de beticano bruto,

por quien su timbre más presuntuoso

cambiar pudiera ya en caballo el oso

 

Sus huellas borra y borra su memoria,

de cuatro voces de metal guiado,

el escuadrón, que la segunda gloria

da de Berganza al término cercado;

la plata ofrece letras a su historia

en piel bermeja que el león le ha dado,

siendo rubís, zafiros y esmeraldas

treinta envidias al sol en treinta espaldas

 

Emula de la pompa lusitana,

después que al bronce el viento se estremece,

provincia de vasallos castellana

del más claro Mendoza resplandece;

blanco tesoro de espelunca indiana

la oscura tela esconde, no guarnece,

con cuarenta caballos en que admiro

la razón de ventaja a los de Epiro

 

Ya tiembla el turco, ya se turba el medo,

que el clarín hiere el elemento raro,

y del color de que se viste el miedo,

y el blanco amor del insaciable avaro,

el ejército marcha del Toledo;

claro en la paz, cuanto en la guerra claro;

su valor muestra en solos veinte frenos,

porque para vencer le bastan menos.

 

Tuba sonante la atención incita

al escuadrón, ya racional, ya bruto,

del nombre lusitano, que acredita

de enamorado humor el tinto fruto;

fecunda de jazmín la planta imita

sobre el color de abril indio tributo;

y en sus caballos treinta y dos podía

matar la sed la avara hidropesía

 

Festivo, si marcial, suena inflamado

metal de cuatro alientos, que repite

el nombre de Tifeo respetado,

temido del esposo de Anfitrite;

el Almirante, término cifrado,

que cuantas glorias a la voz permite

la lisonja mayor, cuantas la pluma

mendaz amplía, verdadero suma.

 

De éste, pues, héroe, visitó la arena

copioso pueblo, que en la tela oscura

rayos borda del sol, furias enfrena,

ornadas treinta y dos de plata pura;

y diez el oro en dilatada vena

cubre desde la espalda a la herradura,

tanto, que es de ellos cada cual juzgado,

no dorado animal, oro animado.

 

Largo escuadrón, al resonar del viento,

de Italia muestra el español Atlante;

el oro en blanca tela es elemento

que puebla oscura fiera sibilante;

hijos del Betis la mitad de ciento

oprime triplicada turba infante,

poca opresión a su soberbia furia,

a su humilde obediencia mucha injuria.

 

De Córdoba al clarín tiembla la tierra,

que el son conoce de su heroico abuelo;

blanco tesoro de las Indias hierra

sobre el color que el mar presta a su velo;

dos veces doce a la fingida guerra

marchan caballos tales, que, si el suelo

saben con hierro penetrar sus huellas,

sus espaldas con oro las estrellas.

 

Silencio imprime cuando acorde suena

último coro de metal dorado,

que la gloria de Sando da a la arena

pródigo alarde en orden dilatado;

de lirio azul y cándida azucena,

mayo es agosto, y la palestra es prado,

grande aparato al mundo, si pequeño

a publicar grandezas de su dueño.

 

Cuanto su vista el ánimo suspende,

su aplauso más la suspensión dilata;

cuanto la admiración los labios prende,

tanto en más libres voces los desata;

Telus se oprime, cuando el sol se ofende

al peso y luz de perlas, oro y plata,

que a veinticuatro sillas prestan velos

que vientos cubren, que descubren cielos

 

En él dio fin la ostentación faustosa;

y, aunque el postrero a la estacada llega,

estancia ocupa a todos ventajosa,

pues del alfa del Rey es él omega.

Columnas a la fiesta suntuosa

de Alcides son sus pompas, con que niega

el paso a la esperanza, hasta que el mundo

al cuarto César deba el plus segundo.

 

Aún no la planta se ocultó postrera,

aún no el encomio sucedió a la gloria,

cuando bicorne mugiente fiera

hurta el pasado fausto a la memoria.

De fugitiva discurrió ligera,

previniendo su instinto que a la historia

de tan dichosa unión no dé la mano

sólo una letra de licor humano

 

Aquí la águila regia, aquí el segundo

de Austria león, de España aquí el Atlante,

para mostrarse en nuevo Oriente al mundo,

de su esplendor lo privan fulminante;

bien que la noche al centro más profundo,

y más alta región tan radiante,

lució de estrellas, que la idolatría

le dio holocausto en el altar del día.

 

Pagó el postrero universal tributo

el toro al filo del metal templado,

cuando en nácar y plata, en vez del luto

que debe a sus exequias, adornado

tríyugo impulso de valiente bruto

del circo ausenta el bulto inanimado,

por quien no vino a ser menos festivo

su rapto muerto que su curso vivo.

 

Solicitó el segundo con ligera

hendida planta en círculos el coso;

segundo a Europa engaño ser pudiera,

no menos que por manso, por hermoso.

En fieras ocho no se vio una fiera,

auspicio claro, indicio venturoso,

de que fue providencia soberana

tanta conforme contingencia humana.

 

Segunda vez de mílite extranjero

huye ofendida la confusa plebe;

segunda vez de bosque lisonjero

nube inundante en las arenas llueve;

porque segunda vez al hemisferio

de trompas el ejército se atreve,

altivas tanto más cuanto a su asiento,

por precursor del Rey, se humilla el viento.

 

Los que a la pluma truecan ya la espada

(injuria de la edad), uno Mejía,

otro Girón, ilustran la estacada

en gallardo animal de Andalucía.

Para correr Filipo en su embajada

por la licencia de Isabel envía,

que al sol para salir no ha sido ahora

la vez primera que la dio la aurora

 

Cuando la puerta que antes el Oriente

saluda de la luz que borda el día,

del español Titán se vio luciente,

que a pesar de la tarde amanecía;

en uno y otro aplauso de la gente,

vencida la atención de la alegría,

bien que en confusa voz, el regocijo

«¡Filipo!», repitió; «¡Filipo!», dijo.

 

De un bizarro alazán la espalda oprime,

que fogoso los vientos amenaza,

sin desmentir, si fatigado gime,

del céfiro andaluz la noble raza.

Apenas toca el pie, menos imprime,

su breve huella en la espaciosa plaza,

dándole, si lo ajusta o si le bate,

el freno ley, impulso el acicate.

 

Carlos le sigue; de su bruto alado

la planta iguala mal el pensamiento,

pues, aunque de su imperio moderado,

deja sin plumas y sin alma el viento;

menos eran veloces los que al Pado

joven precipitó del alto asiento

que ellos bajaron, por volar, al suelo,

y éste penetra, por correr, el cielo.

 

Rayo es del sol, si puede serlo alguno,

la oliva, a cuya ley la militante

señal obedeciendo de Neptuno,

a Palas otra vez hace triunfante.

Sigue Carpio, gentil cuanto ninguno,

la luz del sol hermana, y arrogante

blasona que a la luna de su espejo

pueda ser sombra, cuando no reflejo.

 

Ébano y oro dividiendo hermosa

línea de plata en animados vientos

galas prestó a Madrid, que en la gloriosa

mentida oposición a los violentos

estrépitos de Marte, victoriosa,

de su motor siguió los movimientos;

siendo, pues, luz vecina al sol, mostraba

nube, que su esplendor reverberaba.

 

Con relámpagos siete, ardiente rayo,

aumentó a la palestra luz suave

Eduardo el regio; y del festivo ensayo

se argumentaba en él lo horrendo y grave,

multiplicado en ocho abriles mayo;

y en alazanes ocho se vio una ave,

y, si en lo rubio el dios que nació en Delo,

en lo blanco y azul volaba el cielo.

 

Mendozas dos un cuarto son planeta,

pues siendo Faetón uno, y otro Apolo,

con arrogancia agora más discreta,

el hijo unido al padre alumbra el polo;

cabello blanco en negra piel perfecta

dan consonancia en dos partos de Eolo,

que ligeros, conformes y lucidos

muestran que al carro van del sol uncidos

 

Toledo el quinto, quinto ya Mavorte,

aunque hoy su edad es freno de su ira,

dando a un rucio la rienda, si a la Corte

un instante se muestra, un siglo admira;

según le iguala su veloz consorte,

la blanca pluma o la emplumada vira

de dos es una y uno el movimiento,

y ambas espumas que arrebata el viento.

 

El lusitano Mora, que dilata

Indias de Portugal hasta Castilla,

entre esmeralda, entre topacio y plata,

claro lucero de su hueste brilla;

tanto le imitan todos, que retrata

cualquiera de ellos a todos, en la silla

tan diestros todos, que común el lauro

hizo creíble un alazán centauro

 

Los aplausos prorrumpen alegría,

porque el Neptuno de Castilla viene,

que en los pies de un morcillo desafía

las alas del que dio nombre a Hipocrene.

El oro que llovió en su luz el día

lo oscuro esparce de la noche, y tiene

tal gala, uniendo extremos y colores,

que de sombras se viste y resplandores.

 

Blasones aclamó del Almirante

el mundo en una voz, no lisonjera;

llegó su nombre a la opresión de Atlante,

transcendiendo una esfera y otra esfera.

No tuvo más de vida que un instante

el bello tramontar de su carrera,

y en él, arrebatando corazones,

áncoras dio por timbre a sus leones

 

Del carro de la noche se desata

veloz caballo, vegetado monte,

roca en su oscura cumbre de oro y plata;

penetra Monterrey nuevo horizonte.

Plumosa selva en la inquietud retrata,

si, en la color, las ondas de Aqueronte,

y en la velocidad, puesto que negra,

ira de Jove fulminada en Flegra.

 

Cordobés rucio entiende el pensamiento

del que a su patria nombre dio lozano,

y, hurtando el pie su ligereza al viento,

borra envidioso estampas de la mano;

o ya el fértil de plumas elemento,

negro blasón del bárbaro africano,

talares le calzó, porque en su vuelo

presuma él de Mercurio y él de cielo

 

Mi pluma llega de volar cansada,

tanta, siguiendo, tan veloz carrera,

para que, en propio espíritu fiada,

volar intente igual con la postrera;

postrera, que ha de ser paragonada,

siendo al círculo fin, con la primera.

Dadme, pues, un aliento, ¡Oh, musas nueve!,

si a tanta empresa vuestra voz se atreve

 

Rápido rucio es rayo arrebatado

que expira llamas cuando vientos bebe;

alas le presta el peso, y, obligado,

pagan los pies lo que la espalda debe;

a laurear el pueblo aficionado

al Duque Sandoval las voces mueve;

pero, ¿qué la afición, si el hondo abismo

dejó la envidia para hacer lo mismo?

 

Segunda vez Bucéfalo espumoso

del cristiano Alejandro a la carrera

fatiga el pie, por no dejar quejoso

un ángulo del circo en otra esfera;

segunda vez le sigue el numeroso

campo ecuestre, y le sigue la tercera,

que dio por más vecina al francés norte

solsticio al sol de la española Corte.

 

De las escuadras diez que ya leales

siguieron a su Rey, las cinco en esto

obedientes también campos iguales

van a formar al sitio contrapuesto;

mas, cuando el sol de claros Sandovales

ocho rayos conduce al otro puesto,

tan juntos van, que, hiriendo las regiones,

rompe un aplauso en mil admiraciones.

 

La caña empuña el Rey, la adarga embraza,

la espuela aplica a otro león bermejo,

y el occidente de la hermosa plaza

de nuevo ilustra su oriental reflejo.

Juntando la piedad a la amenaza,

de Marte es vivo y Júpiter espejo,

uno que fresno belicoso esgrime,

otro que rayo fulminante oprime

 

No opuesto el Duque, no; (correspondiente

imitador; émulo no) se muestra

con la adarga y la caña en rucio ardiente

a la oriental región de la palestra;

ya se ven los dos campos frente a frente,

y la blanca señal, que mano diestra

de dos Mercurios ha de dar al viento,

uno y otro caudillo aguarda atento.

 

Tremola apenas el delgado lino,

cuando los dos hermosos escuadrones

la caña blanden, émula del pino,

por diversas del círculo regiones,

hasta que en tortuosos cursos vino

a verse junta de los dos Fitones

una y otra cabeza, cuya furia

del primero en el sol vengó la injuria.

 

Aquí de Ampudia el advertido Conde

(si bien no mendigó de la advertencia

tan natural acción) la caña esconde,

y al Rey da, en vez de adarga, la obediencia;

con no corresponder le corresponde,

funda en no competir la competencia,

teniendo en ella su lealtad por gloria,

que el vencimiento venza a la victoria.

 

Cuatro veces en giros diferentes

las ecuestres legiones se avecinan,

y los del Duque tantas obedientes

la inerme lanza con la frente inclinan;

cesa la escaramuza, y los valientes

ya divisos ejércitos caminan

al puesto en que la paz que goza España

ha de mentir el dardo con la caña.

 

Su campo ostenta el de Austria, y el de Cea

su escuadra muestra; el mundo se suspende,

cuando tejida nieve lisonjea

el viento mismo que agitada hiende.

El hipogrifo regio, que desea

glorias al dueño, con volar pretende

que no impriman sus pies al leño vano

menos violencia que del Rey la mano.

 

En medio de su curso impele al viento

el joven brazo la minante vira,

mayor de los cíclopas escarmiento

que las que a Febo ministró la ira.

El provocado campo, en movimiento

lustrando circular, tan diestro gira,

que en su alazán -errada la sentencia-

se juzgó instinto lo que fue obediencia

 

Vuelve el caballo el Rey, y, acompañando

de los ojos la espalda, al mundo muestra

que es sol, que es luz esférica, y, cambiando

los oficios las manos, en la diestra

pone el gobierno de las riendas, cuando,

abreviado en la adarga la siniestra,

lo esconde tanto que a la perla imita

que aún la nativa inculta concha habita.

 

Mas, ¿para qué, Señor, tan cuidado,

si para ostentación menor sobrara?

que a vuestra adarga rinde el dios armado,

por más diestro, el escudo y la tiara;

tanto que en vos el mérito agraviado

del poder, a poder lo renunciara,

porque se viera que es vuestra persona

única adulación a su Corona.

 

Ya el Duque, pues, que en los pasados giros

se ufanó de rendirse al encontraros,

por serviros os sigue, por seguiros

vuela, os quiere alcanzar por alcanzaros.

Si caña lleva, os juzga Amor, y tiros

contra sí mismo intenta ministraros

(si no puede ser más de lo que es vuestro),

porque ocioso no esté brazo tan diestro

 

La lealtad puede tanto, tanto puede

el respeto en su sangre generosa,

que ni la ley de la ficción concede

al brazo una amenaza mentirosa.

Ya de vuestro alazán al curso cede,

y la que no os sirvió, poco dichosa

caña, hacia atrás del brazo humilde vuela;

tanto distó de que hacia vos la impela

 

¡Oh, Carlos!, perdonad, que, deslumbrado

al sol que aún os deslumbra a vos, no os veía,

cuando en otro alazán tan semejado

al luminar mayor de tanto día,

dais luz, que ni la vista ni el cuidado

a sutil diferencia os distinguía,

y juzga cuando os ve que en el reflejo

mira al mismo Filipo de un espejo.

 

El gallardo Guzmán, el fiel Acates

del que es al Tibre más piadoso Eneas,

en lanza, adarga, riendas y acicates

vence del pensamiento las ideas;

cuatro veces por turno los combates

el Rey repite, y tantas semideas,

que, huyendo, al dios del campo enmudecieron,

huyendo al Rey de España, hablar supieron.

 

No callan, a los cielos atrevidas,

las que la mano disparó violenta

del Infante español; que en ser oídas,

y vistas no, su furia se argumenta.

Más pública temió el rústico Midas

de su justo suplicio aquí la afrenta,

cuanto inmóviles las otras murmuraban.

Y éstas, volando esferas, voces daban

 

Hasta que ya interpuestos los ancianos

terceros de la paz, los escuadrones

cesan de competir, y a ser ufanos

obsequios van al Rey; que las regiones

dos veces discurriendo con humanos

ojos de la palestra, aclamaciones

concitó tan gloriosas su alabanza,

que alcanzará cuanto la edad alcanza.

 

Mientras, seguido de su hueste hermosa,

glorias esparce a la arenosa esfera,

en pie le guarda su adorada esposa

que igualmente lo adora y lo venera;

con la acción misma la majestuosa

real copia honorándolele espera

Púsose al fin el sol, y, en sombras frías,

término fue una noche a muchos días.

 

Patacoja

¡Oh Musa! Dime quién es

la infamia de cuanto vive,

¿quién contra todos escribe

escribiendo con los pies?

Y aquel que ofende, ¿cuál es

a todo viviente , en suma,

con infame lengua y pluma,

a quien nunca el agua moja?

Patacoja

 

¿Quién en el infierno ha estado

adonde halló lo que ha escrito?

¿Quién con cara de proscrito

de demonio ha profesado?

¿Quién es tan desvergonzado

que el rey del oscuro centro

aún no lo sufrió allá adentro

por librarse de congoja?

Patacoja

 

¿Quién era pícaro ayer

y agora se ha puesto don

y quien por sólo bufón

la cruz llegó a merecer?

¿Quién estuvo para ser

en Alcalá sagitario

por ladrón y por falsario

agora nobleza arroja?

Patacoja

 

¿Quién el que de bujarrón

profesó en Sicilia y Roma?

¿Quién de barbaje en Sodoma

pudiera ganar ración?

¿Quién es este gran varón

el señor de Juan Abad

en quien toda suciedad

como en su centro, se moja?

Patacoja

 

Al Vesubio

Al Nilo, Eúfrates, Ganges y Danubio

lágrimas faltan y en ardiente abismo

gime Neptuno todo el caso mismo

del hijo infausto del Planeta rubio.

 

Tanto de rayos, tanto es el diluvio,

que el orbe ya en funesto paroxismo

el último flamante cataclismo

se anticipa en volcanes del Vesubio.

 

¡Oh, humano sueño! ¡oh, necia confianza!

Despierta ya, que el cielo en el que miras

te ofrece avisos del mayor estrago.

 

Y si irrita sus iras tu tardanza,

¿cuál será, cuál, el golpe de sus iras,

si tales son las iras de su amago?

 

Que trata sobre aquello que los retratos de don Juan Ruiz de Alarcón omiten y el poeta supo sobrellevar cuerdamente

Las campanas de Santa Prisca se componen

de manojos de llaves proclamados para los velorios,

allendes vituallas, soliloquios de cirio,

estiletes que trizan girantes en duermevela.

Se filtra el oro por los oídos en rosetones, relieves de barbas

e hilos de miel, espumas brillantes en caireles.

Llegamos a Taxco, y he aquí el chirriar de carretela fantasma

como nube de moscas bajo la lengua,

lo tortuoso liberado del pedregal para convite de piernas,

en vericuetos postales de una pequeñita España

con cuatro siglos frescos enclavados en una estribación meridional.

Entre espectros respirables de cantera, ojos oscuros,

atados de maíz, holanes de tarlatán, destellos de plata

en el intelecto de las señoras, vemos pasar a Juan Ruiz de Alarcón.

 

La Cabeza de Turco Más Vilipendiada del Nuevo y Viejo Mundo va con sumo cuidado: no vaya a dar al fondo del derrumbadero con lo empinado y trabajoso del camino

-¡Mala corcova les nazca si se lo pierden! —.

 

Heyt Corcovilla, poeta juenetes.

Heyt licenciado orenjoncito, ¿a dónde vas?

¡Don Talegas,

por una y otra parte!

¡Que ahí viene el sátiro de las musas,

el zambo de los poetas!

Heyt, shht

¡Monaza vieja!

¡Parece que de embrión no has salido!

¡Tentación de San Antonio!

Aindiado, heyyt

 

Voltea, sordo, chaparro.

Primo del Hombre Elefante.

Moreno, tú, distinto, esperpento, tú.

 

De Santa Prisca de su fisonomía son los retablos un imán anómalo e intrincadas como monstruo, las calles, confesiones suyas, de Taxco, ciertamente.Juan Ruiz de Alarcón, cuerpo pequeño, entrambas jorobas, toda la inteligencia de su época burlándose de él, legión de cerebritos caza mecenas enfilados en los corrales.

Ahí está Lope, ahí está Quevedo, Tirso, Góngora et al.

 

En seda, cabestrillo y sortijuelas,

ufano, a lo galán, con la mirada lejos

de sus imperfecciones,

atravesando el mundo, acariciándose su barba roja,

el dramaturgo avanza casi sin pestañear,

con el nombre de su última conquista

tan muy en su entresijo:

doña Clara de Bobadilla y Alarcón,

bella mujer de discreto ingenio

por todos los poetas pretendida.

 

Rüido rüido especular por toda la comedia.

Abiertos abriles a los ojos que sí se imploran parlamentos,

berrinche de corral en trancas plenilunio,

extremados mecenas en cortes de la corte en ultramar.

Hueso torcido en todas las especies.

Si no fuera por sus defectos trabajaría con nosotros.

 

¿Cómo es que tuvo éxito Juan Ruiz

con las mujeres?

Un cuerpecillo sin norma, un carácter complicado,

orgulloso, que ni Quevedo, ni Lope

lograron realmente apocar,

habrá tenido su encanto.

¿Tuvo paciencia con su propio cuerpo?

¿Tuvo sexo monstruoso?

 

En Esparta, Alarcón habría sido asesinado al nacer;

en Egipto, en Asia, en India,

lo habrían dejado a la intemperie.

Creían que el defecto físico

es una marca del pecado,

que el cuerpo es un reflejo del carácter moral.

Soñaban con el Homo Bene Figuratus.

¿Si les hubieran dicho que para los Chagga de África

los deformes ahuyentan al demonio,

y en Malasia la tribu Semang los considera hombres sabios?

 

Pararrayos para fabricar una psique bajo arquitrabes luxadas.

Reality shows sin ayuda de píldoras.

Hombre de soportar zona de esguinces.

Rostro y postura para sujetar gladiolos sin cabeza.

Una salida entre destellos de repugnancia y amor propio.

Póker apuntalado entre el esqueleto bajo un repique de suelas.

 

Pero dejémonos las gibas,

hagamos teatro, inventémonos nuevas maneras:

¿cómo está, usted, señor?, ¿cómo le fue en París?

¿se agripó su tumor?, ¿aprendió su verruga algo de francés?,

puesto que la verdad, así sin máscara,

nunca nos hará libres:

la maquinación va por dentro

-caras y corazones no son equivalentes—,

¿verdad, don Juan, verdad, don Mendo?

Pero, ¡callar¡, que las paredes oyen.

 

Veamos, una porquería por esta esquina,

observemos una más por esta otra,

un embrollo de gente necia,

amantes inconstantes, patéticos enamorados,

criados con más sentido común que sus amos,

un amigo dejando muy mal parado al otro amigo,

viudas con la alegría por dentro, historias

donde se cruzan todos los defectos de carácter,

como si el mundo fuera un gran corral,

un chiquero donde se enseñan rezos, una preciosa tara.

 

¿Y tú? Tienes un ojo chueco, María. ¿Qué hacer contigo?

Aunque con calma, no será difícil encontrarte marido,

si tiene buenas caderas y sobre todo

grande número de mulas y reses.

¿Pero qué decir del hombre con polio, del fenómeno de circo,

la mujer barbuda y el hombre rana?

¡Ay, Santo Cristo! Ocurren puntos ciegos en la Providencia,

no cuadra de pronto la voz con el video,

se derrite la imagen, a Dios se le olvidó insertar el código

correcto en el Espíritu Santo.

 

Invariablemente llega

el vilipendio, la burla, la bella señorita asqueada,

aquel que, olvidando sus propios defectos,

le da gusto regodearse en la joroba del otro.

En calles de Europa y de la Nueva España

resonó la befa, la carcoma bucal.

Juan Ruiz de Alarcón, a tropezones,

sin otro camino,

por que dios no lo da todo a uno; que piadoso

y justiciero, con divina

providencia, dispone el repartimento.

Al que le plugo de dar

mal cuerpo,

dio sufrimiento para llevar cuerdamente los apodos

de los necios,

corrales nubarrón,

disputas y construcciones,

genio, sueños de vivir de la corte,

laberintos barrocos.

 

Quien bien come, bebe bien

Quien bien come, bebe bien,

quien bien bebe, concededme

es forzoso que bien duerme;

quien duerme, no peca;

y quien  no peca, es caso notorio

que si bautizado está

a gozar del cielo va

sin tocar el purgatorio.

Esto arguye perfección:

luego, según los efectos,

si los santos son perfectos,

los que comen bien, lo son.

Poemas de Juan Ruiz de Alarcón

Teatro de Juan Ruiz de Alarcón

Los favores del Mundo

GARCÍA Ruiz de Alarcón

DON JUAN de Luna

El PRÍNCIPE don Enrique, híjo de don Juan II de Castilla

DON DIEGO, viejo, tío de ANARDA

El CONDE Mauricio

LEONARDO, su criado

HERNANDO, gracioso

GERARDO, paje del Príncipe

ANARDA, dama

JULIA, dama

INÉS, criada de ANARDA

BUITRAGO, escudero

Dos PAJES

CRIADOS

ACTO I

(Llano al pie del parque de Madrid)

ESCENA I

(Salen GARCIA y HERNANDO , de color.)

HERNANDO. ¡Lindo lugar!

GARCIA. El mejor;

todos, con él, son aldeas.

 

HERNANDO. Seis años ha que rodeas

aqueste globo inferior,

y no ví en su redondez

hermosura tan extraña.

 

GARCIA. Es corte del rey de España,

que es decillo de una vez.

 

HERNANDO. ¡Hermosas casas!

 

GARCIA. Lucidas;

no tan fuertes como bellas.

 

HERNANDO. Aquí, las mujeres y ellas

son en eso parecidas.

 

GARCIA. Que edifiquen al revés

mayor novedad me ha hecho;

que primero hacen el techo,

y las paredes después.

 

HERNANDO. Lo mismo, señor, verás

en la mujer, que adereza,

al vestirse, la cabeza

primero que lo demás.

 

GARCIA. Bizarras las damas son.

 

HERNANDO. Diestras, pudieras decir

en la herida del pedir,

que es su primera intención.

Cífrase, si has advertido,

en la de mejor sujeto,

toda la gala en el peto,

toda la gracia en el pido.

Tanto la intención cruel

sólo a este fin enderezan,

que si el «Padre nuestro» rezan,

es porque piden con él.

Hoy a la mozuela roja

que en nuestra esquina verás,

dije al pasar: ¿Cómo estás?

y respondió: Para aloja.

 

GARCIA. Con todo, siento afición

de Madrid en tí.

 

HERNANDO. Y me hicieras

merced, si aquí fenecieras

esta peregrinación;

que molerán a un diamante

seis años de caminar

de un lugar a otro lugar,

hecho caballero andante.

 

GARCIA. Hernando, estoy agraviado,

y según leyes de honor,

debo hallar a mi ofensor;

no basta haberlo buscado.

Mas no pienses que me canso,

que hasta llegar a matalle,

de suerte estoy, que el buscalle

tengo solo por descanso.

No a mitigarme es bastante

tiempo, cansancio ni enojos;

que siempre tengo en los ojos

aquel afrentoso guante.

¡Ah, cielos! ¿en qué lugar

escondeis un hombre así?

¡Cielos, o matadme a mí,

o dejádmelo matar!

Yo, que en la africana tierra

tantos moros he vencido;

yo, que por mi espada he sido

el asombro de la guerra;

yo, que en tan diversas partes

fijé, a pesar del pagano

y el hereje, con mi mano

católicos estandartes,

¿he de vivir agraviado

tantos años, cielo? ¿Es bien

que esté deshonrado quien

tantas honras os ha dado?

 

HERNANDO. Por Dios te pido, señor,

que no te aflijas así;

que yo espero en Dios que aquí

has de restaurar tu honor.

Si las señas no han mentido,

Don Juan en Madrid está;

sufre lo menos, pues ya

lo más, señor, has sufrido.

Deja esa pena inhumana,

no pienses en tu contrario.

 

GARCIA. Es pedir al cuartanario

que no piense en la cuartana.

 

HERNANDO. Diviértete, considera

cómo está en caniculares,

con ser pobre, Manzanares,

tan honrada su ribera,

que dél dijo una señora,

cuyo saber he envidiado,

que es, por lo pobre y honrado,

hidalgo de los de agora.

Bien puede aliviar tus males

ver ese parque, abundoso

de conejo temeroso,

blanco de tiros reales.

 

GARCIA. Detente. ¿No es mi enemigo

el que miro?

 

HERNANDO. ¿Don Juan?

 

GARCIA. Sí,

el que viene hablando allí,

con aquel coche…

 

HERNANDO. Yo digo

que me parece Don Juan,

pero no puedo afirmallo.

 

GARCIA. Ya ves que importa no errallo.

Pues tan divertidos van,

al descuido has de acercarte,

y con cuidado mirar

si es él, que yo quiero estar

escondido en esta parte

hasta que vuelvas. Advierte

que certificado quedes;

despacio mirarlo puedes,

que él no podrá conocerte.

 

HERNANDO. El coche paró; una dama

sale; él sirve de escudero.

 

GARCIA. Acaba, vete.

 

HERNANDO. El cochero

me dirá cómo se llama. (Vase.)

 

(Salen ANARDA y JULIA con mantos, y Don JUAN.)

 

(Vase HERNANDO , GARCIA se esconde a un lado, y por

el opuesto salen ANARDA , JULIA y Don JUAN.)

 

 

ESCENA II

 

 

( ANARDA y JULIA con mantos; DON JUAN. GARCIA, oculto.)

 

JUAN. El Príncipe, mi señor,

que deste parque en la cuesta

dando está con la ballesta

lición y envidia al amor,

como vuestro coche vio,

contento y alborotado,

a daros este recado,

bella Anarda, me envió.

Miraldo en aquel repecho,

sobre el hombro la ballesta,

la mira en el blanco puesta,

que sigue tan sin provecho.

 

ANARDA. Al parque, Don Juan, subiera,

no dando que murmurar;

mas está todo el lugar

de ese río en la ribera.

Perdón me ha de dar su Alteza,

y porque pueda advertir

que nace en mí el no subir

de honor, y no de esquiveza,

aquí me quiero asentar,

(Siéntanse las damas, Don JUAN se arrodilla.)

donde el Príncipe me vea,

que ver lo que se desea,

algo tiene de gozar;

y vos, que con él priváis,

estaos aquí, porque arguya

que esta fortaleza es suya,

pues por alcaide quedáis.

 

JULIA. (Hablando aparte con ANARDA .)

Parece que se mitiga

tu acostumbrado rigor.

 

ANARDA. A esto me obliga el temor,

ya que el amor no me obliga.

¿De rodillas? (A Don JUAN .)

 

JUAN. Tus despojos

adoro.

 

ANARDA. Mucho te humillas.

 

JUAN. ¿No pondré yo las rodillas

donde el Príncipe los ojos?

Y cuando no a tu deidad

tal veneración le diera,

a tu prima se la hiciera,

pues adoro su beldad.

 

(Sale HERNANDO .)

 

 

ESCENA III

 

 

( HERNANDO, ANARDA, JULIA, Don JUAN, GARCIA.)

 

GARCIA. (Saliendo al encuentro a HERNANDO y hablando con

él, sin ser vistos de Don JUAN ni las damas.)

¿Es Don Juan?

 

HERNANDO. Sin duda alguna,

que yo pregunté al cochero:

¿quién es este caballero?

y dijo: Don Juan de Luna.

 

GARCIA. En cas del embajador

de Ingalaterra te espero.

Con mis joyas y dinero

ponte en salvo.

 

HERNANDO. Voy, señor. (Vase.)

 

(Saca la espada y embiste a Don JUAN ; él te levanta

y la saca.)

 

GARCIA. Aquí pagará tu vida

tu atrevimiento.

 

JUAN. Detente.

 

GARCIA. ¡Ah, Don Juan! aquí no hay gente

que la venganza me impida.

 

ANARDA. ¡Qué confusión!

 

JULIA. Prima mía,

¿qué haremos?

 

ANARDA. ¡Oh trance fuerte!

 

JUAN. ¿Veniste a buscar tu muerte?

¿No me conoces, Garcia?

 

GARCIA. Tanto mayores serán,

si aquí te venzo, mis glorias,

cuanto lo son tus victorias.

 

ANARDA. ¡Vencido cayó Don Juan!

 

(Vienen a los brazos, cae debajo Don JUAN , saca la

daga GARCIA y levanta a dalle una puñalada.)

 

GARCIA. Ya llegó el tiempo en que salga

de tanta afrenta. ¡Enemigo,

este es tu justo castigo!

 

(Va á darle una puñalada.)

 

JUAN. ¡Válgame la Virgen!

 

GARCIA. (Detiene el brazo levantado, y levántase)

Valga;

que a tan alta intercesora

no puedo ser descortés.

 

JUAN. Déjame besar tus pies.

 

GARCIA. Don Juan, a nuestra Señora,

Vírgen. Madre de Dios hombre,

de la vida sois deudor;

que refrenar mi furor

pudiera sólo su nombre.

 

JUAN. Matadme, que más quisiera

morir, que haber agraviado

a quien la vida me ha dado.

 

GARCIA. Más queda desta manera

satisfecha la honra mía;

que si ya pude mataros,

más he hecho en perdonaros

que en daros la muerte haría.

Matar pude, vencedor

de vos solo; mas así

he vencido a vos y a mí,

que es la vitoria mayor.

Sólo faltó derribar

el brazo ya levantado;

más fué perdonar airado,

que era, pudiendo, matar.

 

ANARDA. (Ap.) (De turbada estoy sin mí)

Necio, descortés, grosero,

si valiente caballero,

fuera bien mirar que aquí

estaba yo, para dar

a ese intento dilación.

¿Faltáraos otra ocasión

de poderlo ejecutar?

 

GARCIA. En que os habéis ofendido

reparad, señora mía,

llamando descortesía

lo que ceguedad ha sido.

Ciego llegué del furor;

que ¿quién, señora, os mirara,

que suspenso no quedara

o de respeto o de amor?

 

ANARDA. Vanas las lisonjas son,

cuando con lo que intentastes

de ningún modo guardastes

el decoro a mi opinión.

¿Qué dijeran los que están

buscando qué murmurar,

viendo a mi lado matar

un hombre como Don Juan?

 

JUAN. Si advertís, señora mía,

perdón merece en su error

quien, por tener mucho honor,

tuvo poca cortesía.

 

ANARDA. ¡Bueno es disculparlo vos!

 

JUAN. ¿No estoy a hacello obligado,

cuando la vida me ha dado?

 

(Sale un paje.)

 

 

 

ESCENA IV

 

 

(GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.)

 

GERARDO. Su Alteza llama a los dos.

 

GARCIA. ¿El Príncipe?

 

GERARDO. Veislo allí.

 

JUAN. No tenéis que alborotaros,

que presto pienso pagaros

lo que habéis hecho por mí.

 

(A las damas.)

 

Su Alteza a llamarme envía.

 

ANARDA. Bien es que le obedezcáis.

 

JUAN. Si el coche, Anarda, tomáis,

dejaros en él querría.

 

ANARDA. Desde aquí del aire y soto

gozar queremos las dos.

 

JUAN. Julia, adiós.

 

JULIA. Don Juan, adiós.

 

(Vase Don JUAN .)

 

GARCIA. Perdonad este alboroto,

si puedo esperar perdón

de quien, sólo con mirar,

da muerte.

 

ANARDA. De perdonar

vos me habéis dado lición.

 

JULIA. ¡Qué bizarro caballero!

Las almas lleva tras sí.

 

(Sale HERNANDO .)

 

 

ESCENA V

 

 

(HERNANDO, GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.)

 

GARCIA. (Encontrándose con su criado al retirarse y hablando

aparte con él.)

¿Aquí estás?

 

HERNANDO. Quise de aquí

ver el suceso primero.

 

GARCIA. Quédate, y sabe quién son

esas mujeres.

 

HERNANDO.

¿Ya estás

herido?

 

GARCIA. En ellas verás

si es bastante la ocasión.

 

(Vase GARCIA , HERNANDO se queda en el fondo.)

 

 

 

ESCENA VI

 

 

(ANARDA, JULIA, GERARDO, HERNANDO, retirado.)

 

GERARDO

El Príncipe, mi señor,

que este caso viendo ha estado,

os dice que se ha alegrado

de tener competidor;

que a su privado ha querido,

porque os hablaba, ofender;

que dueño debe de ser

quien cela tan atrevido.

 

ANARDA. Decid, Gerardo, a su Alteza,

que mostrárseme penado

deste susto que me han dado,

fuera más alta fineza

que condenarme a liviana

con tanta resolución

por sólo la información

de una conjetura vana.

Que ya de Don Juan sabrá

cuán otra la causa ha sido,

y de haberme así ofendido

el yerro conocerá.

Y porque entienda que yo

no sé a dos favorecer,

le suplico haga prender

al que mi agravio causó

Id con Dios.

 

GERARDO. Quede contigo. (Vase.)

 

ESCENA VII

 

 

( ANARDA , JULIA , HERNANDO , retirado.)

 

JULIA. Yo pensé que merecía

su humildad y cortesía

antes premio que castigo.

Villana estás, por mi fe,

con quien perdón te pidió.

(Ap. Préndaos Anarda , que yo,

forastero, os libraré.)

 

ANARDA. ¡Oh, qué mal me has entendido!

¿Ves este enojo y rigor?

pues ardides son que amor

ha trazado y ha fingido.

 

JULIA. ¿Quieres al Príncipe ya?

 

ANARDA. Nunca tan necia te ví.

Quien vió el forastero, dí,

¿cómo otro dueño querrá?

Aquel bizarro ademán

con que la espada sacó,

el valor con que venció

y dió la vida a Don Juan;

la gala, la discreción

en darme disculpa, el modo,

gentileza y talle, todo

me ha robado el corazón.

 

JULIA. (Ap.) ¡Rabiando estoy de celosa!

 

ANARDA. Y así, por volver a vello,

lo aseguro con prendello,

de que se irá temerosa,

porque forastero es.

 

JULIA. Cuando se apartó de aquí,

al oido hablar le ví

a aquel mancebo que ves.

Él informarte pudiera.

 

ANARDA. Bien dices: hablalle quiero.

 

JULIA.(Ap.) Así, ha de ser, forastero,

mi contraria mi tercera.

 

ANARDA. ¡Ah caballero!

 

HERNANDO. (Ap.¿Si a mí

caballero me llamó?

¿tan buen talle tengo yo?)

¿Es a mí, señora?

 

ANARDA. Sí.

 

HERNANDO. Extrañé la nueva forma,

cuando me ví caballero;

si bien no soy el primero

que en la corte se trasforma.

Mas son vanas intenciones

cuando con pobreza lidio,

que es el dinero el Ovidio

de tales trasformaciones.

Pero si puedo serviros,

dama, sin ser caballero,

mandadme.

 

ANARDA. Pediros quiero…

 

HERNANDO. Pues bien podéis despediros.

¿Para pedirme, decid,

sólo me llamáis las dos?

Animosas sois, por Dios,

las mujeres de Madrid.

Que pida la que se ve

de mí rogada y querida,

vaya; mi amor la convida,

y pues pido, es bien que dé.

Que la mujer que hablo yo

en la iglesia, tienda o calle,

me pida, vaya; el hablalle

ya por ocasión tomó.

Mas ¡llamarme, hacerme andar,

y luego pedirme! ¿Es cosa

el dar tan apetitosa,

que he de andar yo para dar?

 

ANARDA. Lo que pediros intento,

sólo hablar ha de costaros.

 

HERNANDO. De eso bien me atrevo a daros

cuanto os pinte el pensamiento.

 

ANARDA. Oid, pues.

 

HERNANDO. Decid, señora.

 

ANARDA. Que me digáis sólo quiero

quién es aquel forastero

que al oído os habló agora.

 

HERNANDO. Con que vos, señora mía,

antes quién sois me digáis,

os lo diré; y no tengáis

lo que os pido a grosería;

porque sin saber a quién,

decir quién es no conviene,

puesto que enemigos tiene.

 

ANARDA. ¡Qué cauto sois!

 

HERNANDO. Hago bien;

que en la corte es menester

con este cuidado andar;

que nadie llega a besar

sin intento de morder.

 

ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo

Doña Lucrecia Chacón.

 

HERNANDO. Garcia-Ruiz de Alarcón

es el nombre de mi amo.

 

ANARDA. ¿Es caballero?

 

HERNANDO. ¿Tan mal

os informa su apellido?

La Mancha no lo ha tenido

más antiguo y principal.

Y sin el nombre, el sujeto

os pudiera haber mostrado

su calidad.

 

ANARDA. ¿Es casado?

 

HERNANDO. No, sino hombre muy discreto.

 

ANARDA. Déte el cielo buenas nuevas.

 

JULIA. (Ap. a ANARDA .) Disimula. Loca estás.

 

ANARDA. (Ap. a JULIA .) ¿Qué quieres?

 

JULIA. (Ap. a ANARDA .) Pregunta más,

sin mostrar el fin que llevas.

 

ANARDA. ¿Es rico?

 

HERNANDO. ¡Gracias a Dios

que llegamos al lugar!

Si queríades preguntar

solo ese punto las dos,

¿qué sirve parola vana

y hablar de falso primero?

Bien sé que apunta al dinero

toda aguja cortesana.

 

ANARDA. Ya no lo quiero saber,

por mostrar otros cuidados.

 

HERNANDO. Pues hasta dos mil ducados

de renta, deben de ser

los que en sus vasallos tiene.

 

ANARDA. ¿A qué vino a este lugar?

 

HERNANDO. Ese es mucho preguntar.

 

ANARDA. Sólo si de espacio viene me decid.

 

HERNANDO. Si no es aquí rémora un nuevo cuidado…

 

ANARDA. ¿Hase acaso enamorado?

 

HERNANDO. (¿Picaisos?) (Ap.)

Pienso que sí.

 

ANARDA. Malas nuevas te dé Dios.

 

HERNANDO. (Mal disimula quien ama.) (Ap.)

 

ANARDA. ¿Puede saberse la dama?

 

HERNANDO. Oso decir que sois vos.

 

ANARDA. Pues, ¿cuándo me ha visto?

 

HERNANDO. Ahora.

 

ANARDA. Y ¿cómo sabéis que aquí

se ha enamorado de mí?

 

HERNANDO. Porque sé que os vio, señora.

 

ANARDA. ¿Lisonjas?

 

HERNANDO. Verdades son,

de que tengo algún indicio.

 

JULIA. Que viene el conde Mauricio.

 

ANARDA. Pues huyamos la ocasión.

 

(Sale el CONDE Mauricio y LEONARDO .

Se quedan en el fondo observando a las damas)

 

 

ESCENA VIII

 

 

LEONARDO. Lince eres en conocellas.

 

CONDE. Ciega amor y vista da.

¿Cúyo criado será

el que está hablando con ellas?

 

ANARDA. Tu nombre…

 

HERNANDO. Hernando es mi nombre.

 

ANARDA. ¿De qué?

 

HERNANDO. Hernando, cerrilmente,

que no le sirve al sirviente

más que el nombre el sobrenombre.

 

ANARDA. Mucho tu modo me obliga.

Gusto me ha dado tu humor.

 

HERNANDO. Eso, hablando a lo señor…

 

(Hablan aparte doña ANARDA y doña JULIA )

 

ANARDA. Dile, Julia, que nos siga,

como que sale de ti.

 

JULIA. (Tu mismo fuego me abrasa.) Aparte

Ven a saber nuestra casa,

que he de hablarte.

 

HERNANDO. Harélo así.

 

(Vanse las damas)

 

¡Pobretilla! ¿Ya me quieres?

Las armas de amor trajimos,

que un hombre a matar venimos,

y hemos muerto dos mujeres.

 

(Vase HERNANDO )

 

LEONARDO. El coche toman. Huyendo

van de ti, señor.

 

CONDE. Cuidado me da, Leonardo, el criado.

¿Ves cómo las va siguiendo?

 

LEONARDO. ¿Qué determinas?

 

CONDE. Saber

quién es su dueño y su intento,

que amor me forma del viento

mil visiones que temer.

 

(Vanse el CONDE y LEONARDO . Salen el PRINCIPE ,

con gabán y ballesta, GARCIA y don JUAN .)

 

 

 

ESCENA IX

 

 

GARCIA. Supuesto que obedecer

es forzoso a vuestra Alteza,

oya a quien ha ejercitado

más la espada que la lengua.

Garcia-Ruiz de Alarcón

es mi nombre, en las fronteras

berberiscas más temido

que conocido en las vuestras.

Vasallos tengo en la Mancha,

que mis pasados heredan

del Zavallos, que a Castilla

abrió de Alarcón las puertas.

En ciñéndome la espada,

fuí a serviros a la guerra;

que heredar honra es ventura,

y valor es merecella.

Callar quiero mis hazañas

pues que la fama os las cuenta,

y en la tierra las escriben

ríos de sangre agarena.

Habrá, pues, señor, seis años

que en la batalla sangrienta

que tuvimos con los Moros

en Jerez de la Frontera,

militó Don Juan de Luna,

de cuyos rayos pudiera

el mismo sol envidiar

fuego para sus saetas,

porque su valiente espada

era encendido cometa

que a fuego y sangre amenaza

la berberisca potencia.

Al trabar la escaramuza,

con tan animosa fuerza

las huestes de África embisten,

que las de Castilla afrentan.

Desbaratados los nuestros

olvidaron su soberbia,

y aun volvieron las espaldas;

que esto es verdad, si es vergüenza.

Yo, despechado de ver

tan nunca usada flaqueza,

atájelos con la espada,

castiguélos con la lengua.

O se deba a mis razones,

o al valor dellos se deba,

corridos los castellanos

repararon la carrera,

y en nuevo Marte encendidos,

revuelven con tal violencia,

que más pareció el huir

artificio que flaqueza.

Vos, señor, al fin vencistes;

que son los reyes planetas,

y las obras del vasallo

se deben a su influencia.

Pues como yo fuí la causa

de que los nuestros volvieran,

por autor de la vitoria

todo el campo me celebra:

con que en algunos cobardes

la envidia tósigo siembra;

que la pensión de las dichas

es la emulación que engendran.

Juntos, pues, los envidiosos,

a fabricar mis afrentas,

a Don Juan de Luna eligen

para el instrumento dellas.

Solo en su valor confían,

y en la confianza aciertan,

pues a lo que él se atrevió,

nadie, sin él, se atreviera.

Dícenle, para incitallo

a la venganza que intentan,

que de su espada y valor

he hablado mal en su ausencia;

que he dicho que las espaldas

suyas, fueron las primeras,

que vieron los enemigos

en la pasada refriega.

Uno el agravio denuncia,

los otros con él contestan,

y él con falsa información

justamente me condena.

Y estando en corrillo un día

con otros soldados, llega

determinando Don Juan,

diciendo desta manera:

–Yo soy Don Juan, cuya Luna,

de gloriosos rayos llena,

el honor de mis pasados,

con ser inmenso, acrecienta;

vos habéis dicho de mí

que soy cobarde en la guerra,

sabiendo que en valentía

os venzo, como en nobleza.

–¡Mentís en todo!, le dije;

mas húbelo dicho apenas,

cuando le tiró en un guante

a mi honor una saeta;

que si bien no me llegó,

es por la desdicha nuestra

el honor tan delicado,

que del intento se quiebra.

Saqué a vengarme la espada,

y él la suya en su defensa,

que de dos humanos Joves

dos rayos vibrados eran:

y a no impedírnoslo tantos,

no digo yo cuál muriera;

que con ventura se vence,

si con valor se pelea.

Al fin, no pude romper

muros de espadas opuestas;

que aunque el valor las excede,

no las igualan las fuerzas.

Ausentóseme Don Juan,

y yo, en sabiendo quién eran

los autores del engaño

de que resultó mi ofensa,

los dos, de tres, arrojé

al mar desde una galera:

por las bocas me ofendieron,

y entró la muerte por ellas.

El tercero se ausentó;

y a mí el agravio me lleva

buscando a Don Juan de Luna

por varios mares y tierras,

determinado a matar

o morir; y a sus esferas

seis vueltas ha dado el sol

mientras yo al mundo una vuelta.

Supe que estaba en Madrid;

vine y vílo en la ribera

de Manzanares agora;

embestí a vengar mi afrenta;

vino a los brazos conmigo,

donde al hijo de la tierra

en valor y fuerza excede;

pero yo al honor de Tebas.

La daga y brazo levanto,

que ardiente furia gobierna;

y él, viendo que ya en el suelo

ningún remedio le queda,

¡válgame la Virgen! dice:

valga, digo, y la sentencia

revoco en el mismo instante

que al golpe empezado resta.

Este el caso; Don Juan,

pues he hablado en su presencia,

me puede enmendar agora

lo que mi memoria yerra.

 

JUAN. Este, señor, es el caso.

 

PRINCIPE. Garcia-Ruiz de Alarcón,

claras vuestras obras son;

desde el oriente al ocaso

da envidia vuestra opinión.

Las más ilustres historias

en vuestras altas vitorias

el _non plus ultra_ han tenido;

mas la que hoy ganais, ha sido

_plus ultra_ de humanas glorias.

Vuestra dicha es tan extraña,

que quisiera ¡vive Dios!

más haber hecho la hazaña

que hoy, Garcia, hicistes vos,

que ser Príncipe de España.

Porque Alejandro decía

(¡ved cuanto lo encarecía!)

que más ufano quedaba

si un rendido perdonaba,

que si un imperio rendía.

Que en los pechos valerosos,

bastantes por sí a emprender

los casos dificultosos,

el alcanzar y vencer

consiste en ser venturosos;

mas en que un hombre perdone,

viéndose ya vencedor,

a quien le quitó el honor,

nada la fortuna pone,

todo se debe al valor.

Si vos de matar, Garcia,

tanta costumbre tenéis,

matar ¿que hazaña sería?

Vuestra mayor valentía

viene a ser que no matéis.

En vencer está la gloria,

no en matar; que es vil acción

seguir la airada pasión,

y deslustra la vitoria

la villana ejecución.

Quien venció, pudo dar muerte;

pero quien mató, no es cierto

que pudo vencer; que es suerte

que le sucede al más fuerte,

sin ser vencido, ser muerto.

Y así, no os puede negar

quien más pretenda morder,

que más honra os vino a dar

el vencer y no matar,

que el matar y no vencer.

Dar la muerte al enemigo,

de temello es argumento;

despreciallo es más castigo,

pues que vive a ser testigo

contra sí, del vencimiento.

La vitoria el matador

abrevia, y el que ha sabido

perdonar, la hace mayor,

pues mientras vive el vencido,

venciendo está el vencedor.

Y más donde a cobardía

no puede la emulación

interpretar el perdón.

Pues tiene el mundo, Garcia,

de vos tal satisfacción,

dadme los brazos.

 

GARCIA. Señor,

con que a vuestros pies me abaje

premiáis mi hazaña mayor.

 

PRINCIPE. Esos pide el vasallaje,

y esotros debo al valor.

 

GARCIA. Como rey sabéis honrar.

 

PRINCIPE. Alzad, Alarcón, del suelo,

que en el suelo no ha de estar

quien ha sabido obligar

la misma Reina del cielo.

Y que pago considero

por libranza suya, a vos

las honras que daros quiero;

que es el rey un tesorero (Échale los brazos)

que tiene en la tierra Dios. (Abrázale)

Libre de ser derribado

ahora me juzgo yo;

que bien seré sustentado

de un brazo a quien, levantado,

tal furia no derribó.

Y así, en mi casa, Garcia,

os quedad; desde este día

andemos juntos los dos;

que quiero aprender de vos

la piedad y valentía.

Gentilhombre de mi boca

os hago.

 

GARCIA. Dadme esos pies.

 

PRINCIPE. El servirme de vos es

para vos merced muy poca,

porque es mi propio interés.

Y yo no pretendo hacer

desto premio o beneficio;

porque el cargo ni el oficio,

no premia al que ha menester

el rey para su servicio.

El un hábito escoged

de los tres.

 

GARCIA. ¿Cuándo, señor,

serviré tanta merced?

 

(Arrodíllase Don JUAN )

 

PRINCIPE. Aquesto a vuestro valor

y no a mí, lo agradeced.

Lo mucho que habeis servido,

el hábito manifiesta.

Pues ¿qué merced habrá sido

la que a mí nada me cuesta

y vos habéis merecido?–

¿Por qué estás, Don Juan, así?

 

JUAN. Estas honras que le das

a Garci-Ruiz por mí,

agradezco.

 

PRINCIPE. Debo más

a quien hoy me ha dado a ti.

 

A pagarle me apercibo

esta vida con que vivo,

en la que hoy, Don Juan, te dió;

que eres, amigo, otro yo,

y en tí la vida recibo.

A todos sabes honrar.

 

 

 

 

ESCENA X

 

 

(Sale el paje GERARDO ; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan)

aparte GARCIA y Don JUAN .

 

( GERARDO , EL PRINCIPE , GARCIA , Don JUAN )

 

PRINCIPE. ¿Qué hay, Gerardo?

 

GERARDO. A vuestra Alteza

aparte quisiera hablar.

(Sale el paje GERARDO ; apártase el PRINCIPE con el paje, y hablan)

aparte GARCIA y Don JUAN .

(Desvíase el Príncipe con el paje, y hablan aparte

GARCIA y Don JUAN .)

 

JUAN. Merece vuestra nobleza

tan soberano lugar.

 

GARCIA. Un deudor en mí tenéis

de las honras que hoy recibo.

 

JUAN. Cuando a merced vuestra vivo,

nada deberle podéis

por ley a vuestro cautivo.

Mas donde el sujeto es tal,

no tanto estiméis que aplique

el ánimo liberal

el Príncipe Don Enrique

a haceros merced igual;

porque en su real persona

puso el cielo tal nobleza,

benignidad y largueza,

que hoy os diera su corona,

a tenerla en la cabeza.

 

PRINCIPE. (Ap.) Confuso estoy.

¿Qué he de hacer?

¿Al que tanto agora honré

tengo al punto de prender?

Pues dejar de obedecer

a Anarda, ¿cómo podré?

¡Oh fuero de amor injusto!

¿A tan heroico varón

hacer tal agravio es justo,

por sólo el liviano gusto

de una mujer sin razón?

Pero prendello, ¿qué importa,

si luego le he de soltar,

y a mí me viene a librar

su prisión liviana y corta

de un largo enojo y pesar?

Pero tengo por mejor,

por mostrarme poco amante

sufrir de Anarda el rigor,

que dar nota de inconstante

a un hombre de tal valor.

Mas si la causa le digo,

bien disculpará el efeto.

No me tendrá por discreto,

si aun no empieza a ser mi amigo

cuando le fío un secreto.

Mas ya sé lo que he de hacer.–

Vedme esta noche, Garcia.

 

GARCIA. Vuestro soy.

 

PRINCIPE. Habéis de ver

a mi padre, que poner

vuestra persona querría

en el estado que cuadre

al valor que en vos se ve.

 

GARCIA. Con serviros lo tendré.

 

PRINCIPE. Esta noche de mi padre

el hábito alcanzaré. (Vase.)

 

JUAN. Ya con él os miro yo;

que el rey Don Juan a su Alteza

nada jamás le negó;

que de su padre heredó

el Príncipe la largueza. (Vase.)

 

GARCIA. En mar sangriento de cruel venganza,

de rabia, de ira y de coraje lleno,

corrí tormenta, de esperanza ajeno

de llegar en mi estado a ver bonanza.

Y un súbito accidente, una mudanza

el pecho libra de mortal veneno,

y el que en mi agravio a mi furor condeno,

en el perdón produce mi esperanza.

No la privanza me movió futura;

que fortuna en sus obras desiguales

no hace de los méritos memoria;

mas debo a mi piedad esta ventura;

y por lo menos en hazañas tales,

de la gentil acción queda la gloria. (Vase.)

 

 

ESCENA XI

 

 

(Calle en que vive ANARDA . Es de noche.)

 

Sale HERNANDO, con capa y sombrero viejo; INÉS .

 

HERNANDO. Tu nombre saber deseo.

 

INÉS. Inés.

 

HERNANDO. Decirte podré

según en mí no sé qué

siento después que te veo.

Un poco te quiero, Inés.

 

INÉS. A lo menos no dirás,

pues que ya dicho lo has,

yo te lo diré después.

 

HERNANDO. La lengua en amor osada

es más dichosa y más cuerda;

porque la mula que es lerda

tarde llega a la posada.

Enfermo es quien tiene amor,

y es el doctor el amado;

pues ¿cómo será curado

quien su mal calla al dotor?

 

ESCENA XII

 

 

Salen El CONDE y LEONARDO, de noche.

 

(HERNANDO, INÉS.)

 

LEONARDO. Ocupada está la puerta.

 

CONDE. Reconocer determino.

 

LEONARDO. El celoso desatino

tus acciones desconcierta.

 

CONDE. No me repliques. ¿Quién es?

 

INÉS. (Ap)

(Este es el Conde.) Inés soy,

que gozando el fresco estoy.

 

CONDE. No hablo contigo, Inés,

sino con aquese hidalgo.

 

INÉS. Un soldado es, que llegó,

como a la puerta me vió,

a pedir por Dios.

 

HERNANDO. Dad algo

para pagar la posada,

caballeros, a un soldado

desvergonzante y honrado,

que trae la pierna colgada

y tiene un brazo torcido,

por amor de…

 

LEONARDO. Perdonad.

 

HERNANDO. Miren la necesidad

con que, por Dios, se lo pido.

 

CONDE. ¿Queréis no ser majadero?

 

HERNANDO. ¿Así a un pobre se responde?

(Ap. ¿Este es conde? Sí: éste esconde

la calidad y el dinero.) (Vase.)

 

 

ESCENA XIII

 

 

(El CONDE, LEONARDO, INÉS.)

 

CONDE. Hermana Inés, no concierta

con el honor desta casa

ver, quien a tal hora pasa,

hombres hablando a su puerta.

 

INÉS. Un mendigo remendado

que por Dios llega a pedir

¿qué puede dar que decir?

 

CONDE. Un tercero, disfrazado

de mendigo, busca así

la ocasión a su mensaje,

y a estas horas el mal traje

no se ve, y el hombre sí;

y a estar vos, como es razón,

encerrada en vuestra casa,

al mendigo y al que pasa

quitárades la ocasión.

 

INÉS. No sé yo, por vida mía,

desde cuándo acá o por dónde

le ha tocado, señor Conde,

el cargo a vueseñoría

de alcaide o de guardadamas

desta casa. ¿Qué marido,

padre o galán admitido

es de alguna de mis amas,

para que las guarde así?

 

CONDE. ¡Vive el cielo, que a no ser

de aquesta casa y mujer!…

 

LEONARDO. Calla, Inés, ¿estás en ti?

¿Así te atreves al Conde?

 

INÉS. Y al mismo rey me atreviera,

si tanta ocasión me diera.

Quien por su dueño responde

se atreve muy justamente.

Pero yo le diré a Anarda

que el Conde su puerta guarda,

para que el remedio intente. (Vase.)

 

 

ESCENA XIV

 

 

(El CONDE, LEONARDO.)

 

LEONARDO. Perdido vas.

 

CONDE. Tal estoy

de celoso y desdeñado,

que ya de desesperado

en nuevos intentos doy.

Ya que no puedo obligar,

vengarme sólo deseo,

que estas visiones que veo,

la materia me han de dar.

El mozo que hoy en el río

las habló y siguió después;

hallar a la puerta a Inés

y hablarme con tanto brío;

de Anarda el airado ceño

hoy, porque al coche llegué:

todo dice, o nada sé,

que esta casa tiene dueño.

 

LEONARDO. ¿Eso dudas?

 

CONDE. De inquirirlo

y darles pesares trato.

 

LEONARDO. No le saldrá muy barato,

si tú dasen perseguirlo,

al pobre amante el favor.

 

CONDE. Tenga disgustos al peso

que los tengo.

 

LEONARDO. Para eso

te hizo Dios tan gran señor;

pagúela quien te la hiciere.

 

CONDE. Bien es, para tales hechos,

vestir de acero los pechos.

 

LEONARDO. Quien dar pesadumbres quiere

ha de vivir con cuidado.

 

CONDE. Vamos por armas, que el día

ha de hallarme aquí en espía,

Leonardo, hasta ser vengado. (Vanse.)

 

ESCENA XV

 

 

Salen GARCIA y HERNANDO, de noche.

 

GARCIA. Prosigue.

 

HERNANDO. Llegóse a mí

el dicho conde Mauricio,

como ve que sigo el coche,

y pregúntame a quién sirvo.

Digo que a nadie. Él replica:

de dónde soy conocido

de aquellas damas que hablaba,

y por qué ocasión las sigo.

Que ni sigo ni conozco,

le respondo y certifico.–

Pues no os tope yo otra vez

a vista del coche (dijo),

o a palos haré mataros.–

Yo me aparto, y a un mendigo,

que limosna entre los coches

pidiendo andaba en el río,

mi capa y sombrero doy,

y estos andrajos le pido,

con que, si me ves de día,

oso engañarte a tí mismo.

Con esto, y con que la noche

también ayuda nos hizo,

las seguí, y entré en su casa,

de que estamos tan vecinos,

que es esta que estás mirando,

cuyo soberbio edificio

avaramente publica

los tesoros escondidos.

Hablé con ellas; y al fin,

la que ser Lucrecia dijo,

me dió de tenerte amor,

si honestos, claros indicios.

Pregunta tu casa, y yo

con decilla me despido;

de mi humor dicen que gustan,

mas yo, que a tu amor lo aplico,

me di al disfrazado brindis

de «a más ver» por entendido.

A Inés, secretaria suya,

mandan que salga conmigo

hasta dejarme en la calle,

cosa bien fuera de estilo,

pero no de la intención,

que presumo y averiguo

que fué, porque yo de Inés

me informase en el camino

de lo que ellas me negaron:

lance de amor conocido.

Supe que era el nombre Anarda,

y Girón el apellido

de la que Doña Lucrecia

Chacón nombrarse me dijo.

La otra es su prima, Julia

su nombre, y un viejo tío

es el curador y el Argos

destas dos huérfanas Ios;

ambas por casar, y tienen

dos mayorazgos muy ricos

con que puede hacer dichoso

cada cual a su marido.

Ciertas esperanzas mías

dieron con esto en vacío,

y a Inés, envuelta en donairos,

una flecha de amor tiro.

Llegamos así a la puerta,

donde con celoso brío

se llegó a reconocerme,

determinando, Mauricio.

Dice que un mendigo soy

Inés; yo fínjolo al vivo.

Él responde: no hay que daros;

yo, a fuer de pobre, porfío.

Enfadóse, fuíme, halléte

en la posada, salimos,

las mercedes me contaste,

que hoy el Príncipe te hizo:

llegamos aquí, paramos…

Con que en breve suma he dicho

cuanto he hecho desde el punto

que me dejaste en el río.

 

GARCIA. De los favores de Anarda

y los celos de Mauricio,

me forman los pensamientos

un confuso laberinto.

Hernando, perdido estoy.

No sé qué poder divino

tiene Anarda, que en un punto

me arrebató los sentidos.

Tal estoy, que no me alegran

los favores que hoy me hizo

Su Alteza; que los de Anarda

sólo quiero y sólo estimo.

Juzga, pues, cuál me tendrán

las licencias de Mauricio;

que mucho tiene de dueño

quien cela tan atrevido.

 

HERNANDO. Advierte que a una ventana

dos personas han salido.

 

ESCENA XVI

 

 

Salen ANARDA e INÉS a la ventana.

(ANARDA, INÉS, GARCIA, HERNANDO.)

 

ANARDA. Dos son.

 

INÉS. El Conde y Leonardo

siguen el intento mismo.

 

ANARDA. ¿Es el Conde?

 

GARCIA. El Conde soy.

(Ap.) (A mi muerte me apercibo;

pero venid, desengaño;

que cuanto os temo os estimo.)

Aparta; que las verdades (a HERNANDO.)

de amor no quieren testigos,

y saber estas deseo.

 

HERNANDO. A esa esquina me retiro. (Vase.)

 

ESCENA XVII

 

 

(GARCIA, ANARDA, INÉS.)

 

ANARDA. Conde, a vuestro atrevimiento

y grosera demasía,

ni conviene cortesía

ni es cordura el sufrimiento.

¿En qué favor fundamento

el guardarme así ha tenido?

A quien nunca fué admitido

pretendiente ni galán,

decid: ¿qué leyes le dan

las licencias de marido?

Si con tanta libertad

guardáis mi puerta y mi calle,

¿quién hará al vulgo que calle,

o estime mi honestidad?

Si bien me queréis, mirad

mi fama y reputación

que es forzosa obligación

que al bien amar corresponde.

 

 

ESCENA XVIII

 

 

(Salen el CONDE y LEONARDO, armados, y el CONDE

escucha a ANARDA).

 

(El CONDE, LEONARDO, GARCIA, ANARDA, INÉS.)

 

ANARDA. Y si no me queréis, Conde,

dejadme en este rincón.

 

(El CONDE escucha a ANARDA)

 

Y si os pretendéis vengar,

con eso, de mi desden,

sabed que el no querer bien

no ofende, ni obliga a amar;

que inclinar o no inclinar

sólo lo puede el amor.

Y si el veros tan señor

esfuerza vuestra malicia,

el Rey sabe hacer justicia,

y yo sé tener valor. (Retíranse las dos.) (Vase)

 

CONDE. (Ap.) Huélgome; que no soy yo

solamente el desdeñado.

 

GARCIA. (Ap.) La vida mi amor ha hallado

donde la muerte esperó.

 

CONDE. (Ap.) ¡Pobre amante!

 

LEONARDO. (Hablando aparte con su amo)

¿Muere, o no?

 

CONDE. Viva, pues vive penando.

 

ESCENA XIX

 

 

(Sale HERNANDO.)

 

(HERNANDO, GARCIA, el CONDE, LEONARDO.)

 

HERNANDO. (Llegándose a su amo y hablándole aparte.)

¿Qué tenemos?

 

GARCIA. Vida, Hernando:

el Conde muere.

 

HERNANDO. Con esto

¿cenaremos?

 

GARCIA. Vamos presto;

que está el Príncipe esperando. (Vanse.)

 

ESCENA XX

 

 

(El CONDE, LEONARDO.)

 

CONDE. Sospecho que no hago bien,

Leonardo, en no conocello.

Si es mi igual, sacaré dello

el consuelo a mi desdén,

y a lo menos sabré quién

no ha de causarme cuidado.

Vamos tras él.

 

LEONARDO. Acosado

toro embestimos, señor;

que aun sospecho que es peor

un amante desdeñado. (Vanse.)

 

ACTO II

 

 

(Cámara del PRINCIPE en el Alcázar de Madrid.)

 

 

ESCENA I

 

 

Salen el PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN, GERARDO y

HERNANDO, de noche.

 

PRINCIPE. De lo que el Rey os ha honrado,

que me deis gracias no es bien,

Alarcón, mas parabien,

pues tanto gusto me ha dado.

 

GARCIA. Vuestro soy.

 

PRINCIPE. Decid amigo;

mostrarlo puede el efeto,

pues mi más alto secreto

a declararos me obligo.

No me tengáis por liviano

por mostraros presto el pecho,

porque estoy muy satisfecho

que con vos nunca es temprano.

Y así, justamente digo

que os puedo dar parte dél;

que ha mucho que sois fiel,

si ha poco que sois amigo.

Mas pues quiero daros hoy

la llave del alma mía,

de mi cámara, Garcia,

también con ella os la doy.

 

GARCIA. No sólo no he de poder

serviros merced tan alta;

mas aun a la lengua falta

el modo de agradecer.

 

PRINCIPE. Alzad.

 

JUAN. Los brazos os doy,

alegre de que su Alteza

honre así vuestra nobleza.

 

GARCIA. Sois amigo, y vuestro soy.

 

JUAN. A Vuestra Alteza, señor,

los pies beso agradecido,

pues honra tanto al vencido

cuanto honrare al vencedor.

 

PRINCIPE. Bien, Don Juan, sabéis mostrar

vuestro hidalgo corazón,

pues no os causa emulación

la competencia en privar.

Y con eso ganáis tanto,

que en mi gracia os levantáis

al paso que os alegráis

de lo que a Alarcón levanto.

No por su privanza viene

mi amor a menos con vos,

porque es el rey como Dios,

que muchos privados tiene.

Y así, cuanto estas acciones

muestran en vos más valor,

tanto a vuestro vencedor

tengo más obligaciones.

Que cuando no le pagara

la vida que en vos me dió,

porque a tal hombre venció,

con justa razón le honrara.

 

GARCIA.

A la esperanza, señor,

vuestros favores exceden.

 

PRINCIPE. Esos criados se queden.

 

JUAN. El Príncipe, mi señor,

manda que os quedéis. (Vase GERARDO.)

 

GARCIA. (Hablando aparte con HERNANDO)

 

HERNANDO,

en nuestra calle me aguarda,

y mientras no voy, a Anarda

te encargo.

 

HERNANDO. ¿Estaré velando?

 

GARCIA. Nunca tan necio has estado.

 

HERNANDO. ¿Y dormir?

 

GARCIA. Dormir de día.

 

(Vanse el PRINCIPE, GARCIA y Don JUAN.)

 

 

ESCENA II

 

 

(HERNANDO.)

 

Temprano, por vida mía,

en el uso hemos entrado.

Alto; somos de palacio;

trasnochar, ir a dormir

al amanecer, vivir

de prisa, y morir de espacio.

Si el cielo no lo remedia,

la sátira encaja aquí;

mas no ha de haber cosa en mí

de lacayo de comedia.

¡Cuál a la corte pusiera

algún poeta, si el caso

y el lacayo en este paso

de la comedia tuviera!

¡Cuál pusiera yo a su Alteza!

¡Qué libremente le hablara,

y qué poco respetara

su poder y su grandeza!

¡Luego me apartara dellos,

cuando a graves cosas van

él y mi amo y Don Juan!

¡Mal año! por los cabellos

de otra parte me trajera,

y en todo el caso me hallara,

que el Príncipe aun no fiara

quizá a los dos, si pudiera.

Y estando en lo más famoso,

grave, fuerte y apretado,

saliera el señor criado

con un cuento muy mohoso,

o una fábula pueril

de la zorra y el león,

y la más alta cuestión

concluyera un hombre vil.

No, no; el criado servir;

con el rey la gente grave;

aconsejar el que sabe,

y el que predica reñir. (Vase.)

 

 

ESCENA III

 

 

(Calle en que vive ANARDA. Es de noche.)

 

(El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN.)

 

PRINCIPE. Pensé que un pecho tan fuerte

como el vuestro triunfaría

del amor tierno, Garcia.

 

GARCIA. Iguala amor a la muerte.

 

PRINCIPE. Militares embarazos

a muchos dél defendieron.

 

GARCIA. Al dios Marte no valieron

contra los venéreos lazos.

 

PRINCIPE. ¿No os admirará en efeto

deciros que amo, Garcia?

 

GARCIA. No, porque ya lo sabía.

 

PRINCIPE. ¿Cómo?

 

GARCIA. Sé que sois discreto.

 

PRINCIPE. ¡Qué bien sabéis consolar!

 

JUAN. Es su consecuencia clara,

puesto que amor se compara

a la piedra de amolar,

en que el más agudo acero

da a sus filos perfección.

 

PRINCIPE. Esta es la calle, Alarcón,

en que vive por quien muero.

 

GARCIA. (Ap.) ¿Qué es esto? Ya el niño Amor

destas sombras se acobarda,

y la hermosura de Anarda

hace cierto mi temor.

 

PRINCIPE. Esta es la casa.

 

GARCIA. (Ap.) ¡Ay de mí!

 

PRINCIPE. Haz la seña. Mas detente;

que el recato es conveniente,

y pienso que hay gente allí.

 

JUAN. La calle despejaré.

 

PRINCIPE. Tú no; que presumirán,

si eres la flecha, Don Juan,

que soy yo quien la tiré.

Vaya Alarcón.

 

GARCIA. Voy, señor.

 

PRINCIPE. En esta esquina os espero.

 

(Vanse el PRINCIPE y Don JUAN.)

 

ESCENA IV

 

 

GARCIA. ¿Para qué, fortuna, quiero

con tal pensión tu favor?

¿De qué sirve la privanza?

Mercedes y honras ¿de qué?

Todas te las trocaré

a esta perdida esperanza.

¡Cuál iba yo, viento en popa!

Fortuna, ya te entendí;

que con más ímpetu así

la nave en la peña topa.

El fin traidor has mostrado

con que en levantarme das;

que para que sienta más,

me has hecho más delicado.

Dándome honrosos despojos

llegas con rostro de paz,

por arrojarme el agraz

en las niñas de los ojos.

¿Qué es privanza, qué es honor,

qué es la vitoriosa palma,

si en lo más vivo del alma

ejecutas tu rigor?

Hoy la mayor alegría

y el mayor pesar me has dado;

de dichoso y desdichado

soy ejemplo en solo un día

Pero quizá Anarda bella

no tiene al Príncipe amor.

¿Qué importa? Él es mi señor,

y tiene su amor en ella.

No tocan a la lealtad

las ofensas de quien ama;

mas ya su amigo me llama,

y me obliga la amistad.

¿De qué sutiles razones,

deseo, os queréis valer?

¿Alarcón ha de poner

la lealtad en opiniones?

Deseo, o morid en mí,

o matad conmigo a vos,

porque o vos o ambos a dos

hemos de morir aquí.

Llegad, corazón fiel;

venza al amor la lealtad;

el paso al cielo allanad

a quien os derriba dél.

 

ESCENA V

 

 

Salen HERNANDO, huyendo con la espada en la mano y tras él

MAURICIO y LEONARDO.

 

(HERNANDO, el CONDE, LEONARDO, GARCIA.)

 

HERNANDO. A no ser tantos, yo sé

si me causaran temor.

 

GARCIA. ¿Es Hernando?

 

HERNANDO. ¿Es mi señor?

 

GARCIA. ¿Qué ha sido?

 

HERNANDO. Desde que entré

en aquesta calle a hacer

lo que me has encomendado,

los de esa cuadrilla han dado

en que me han de conocer.

Porque no me descubrí,

dieron tras mí a cuchilladas,

y mil montantes y espadas

llovió el cielo sobre mí.

 

GARCIA. Dos solos diviso yo.

 

HERNANDO. ¿Dos?

 

GARCIA. No más.

 

HERNANDO. Pues no habrá más.

 

GARCIA. ¡Qué trocado, Hernando, estás!

¿Ya tu valor se acabó?

 

HERNANDO. Tanto son dos como mil

contra aquel que solo está.

 

GARCIA. ¿Y quién será?

 

HERNANDO. ¿Quién será

sino quien hecho alguacil

nos reconoció, señor?

 

GARCIA. ¿El conde Mauricio?

 

HERNANDO. El Conde.

 

GARCIA. Aquí, si mal me responde,

me conocerá mejor. (Llégase a él.)

Si acaso algunas mercedes

alcanza la cortesía,

por ella, hidalgos, querría

poder con vuesas mercedes

que den lugar por un rato

a cierto amante secreto,

que debe al alto sujeto

de su amor este recato;

que él les dejará después

toda la noche la calle.

 

CONDE. (Ap. los dos.)

Este, en la voz y en el talle,

es Garcia-Ruiz.

 

LEONARDO. Él es.

 

CONDE. ¡Pues a buen puerto ha llegado!

Vos pedís bien justa cosa, (A GARCIA.)

pero muy dificultosa;

que soy ministro, y mandado

de un superior en mi oficio,

que de aquí no haga ausencia,

para cierta diligencia

que importa al real servicio.

A mí me pesa por cierto

de no poderos servir;

pero que no he de impedir

vuestros amores, advierto;

porque callar os prometo;

de más de que es caso llano

que de la justicia es vano

querer encubrir secreto,

que al sol nada se le esconde.

 

HERNANDO. (Ap.) (con su amo)

Él prosigue su artificio.

 

GARCIA. ¿Estás cierto en que es Mauricio?

 

HERNANDO. Digo, señor, que es el Conde.

 

GARCIA. Hidalgo, o seáis justicia

y aquí negocios tengáis,

o ser ministro finjáis

con cautelosa malicia,

lo que pido haced, que es justo.

 

CONDE. Que no puedo he dicho ya.

 

GARCIA. Ya en conseguillo me va

más reputación que gusto;

porque quien llega a pedir

lo que no es justo negar,

no deja elección al dar,

y se obliga a conseguir.

 

CONDE. ¿Qué queréis decir con eso?

 

GARCIA. ¿Aun no lo habéis entendido?

Que habéis de hacer lo que os pido,

o obligarme a algún exceso.

 

CONDE. No os arriesguéis a un gran daño,

por la que, según entiendo,

no os quiere.

 

GARCIA. Yo estoy pidiendo

lugar y no desengaño.

Esto haced, y no os metáis

en consejos, ni mostréis

que conocido me habéis,

porque a mucho me obligáis.

 

CONDE. Que os conozca o no, os prometo

que es imposible dejaros

la calle sola.

 

GARCIA. ¿En estaros

os resolvéis, en efeto?

 

CONDE. Aquí me ha de hallar el día.

 

GARCIA. Pues procedéis tan grosero,

podrá con vos el acero

lo que no la cortesía.

 

(Sacan todos las espadas y riñen.)

 

HERNANDO. ¡Pese a tal! Agora sí

me entenderé yo con vos,

que nos vemos dos a dos.

¿Broquelicos para mí?

 

CONDE. Herido estoy.

 

GARCIA. Yo me holgara,

sin heriros, de obligaros;

mas a vos podéis culparos.

 

CONDE. La fuerza me desampara;

sin duda es mortal la herida.

 

GARCIA. Que me pesa, sabe Dios.–

(A HERNANDO, que riñe con LEONARDO.)

Tente.–Yo fuera con vos (Al Conde.)

cuidando de vuestra vida,

a poder faltar de aquí.

 

CONDE. Indicios de noble dáis.

 

GARCIA. Por mucho que lo seáis,

con igual pecho os herí.

 

LEONARDO. ¡Ah! ¡pese a quien me parió!

 

(Vanse Leonardo y el Conde.)

 

 

ESCENA VI

 

 

Salen el PRINCIPE y Don JUAN, alborotados.

 

(El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, HERNANDO.)

 

PRINCIPE. En la vida de Garcia

se arriesga, Don Juan, la mía.

 

JUAN. ¿No basta que vaya yo?

 

PRINCIPE. No basta; que no sabemos

cuántos los contrarios son.

 

JUAN. Yo soy Luna, él Alarcón,

que por un millón valemos.

Mas pienso que viene aquí.

 

PRINCIPE. ¡Garcia!

 

GARCIA. Señor.

 

PRINCIPE. ¿Qué ha sido?

 

GARCIA. ¿Qué, señor?

 

PRINCIPE. ¿Ese ruido

de cuchilladas que oí?

 

GARCIA. Lo que fué, que no fué nada;

después, señor, lo diré.

Agora, pues que se ve

la calle desocupada,

logre el tiempo vuestra Alteza.

(Hablando aparte con el criado.)

 

En casa me espera Hernando.

 

HERNANDO.

¡Vive Dios que estoy temblando!

 

GARCIA. Nunca has mostrado flaqueza

sino en la corte.

 

HERNANDO. Señor,

tú dices que nada ha sido

haber a Mauricio herido,

y puedes; que en el amor

del Príncipe estás fiado;

mas a mí el pesar me ahoga;

que sé que siempre la soga

quiebra por lo más delgado.

 

GARCIA. De tu temor me averguenzo.

 

HERNANDO. Hay alcalde que de balde,

por sólo hacer del alcalde,

me pondrá de San Lorenzo.

 

GARCIA. Antes a mí me mataran;

que a los ingratos no imito,

que animan para el delito,

y en la pena desamparan.

Véte, y duerme descuidado.

(Entre tanto hace la seña Don JUAN.)

 

HERNANDO. ¿A qué no obliga tu amor?

Bien dicen que el buen señor

es quien hace buen criado. (Vase.)

 

PRINCIPE. ¿Si habrán oído?

 

 

ESCENA VII

 

 

Sale INÉS, a la ventana.

 

(El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN, INÉS.)

 

JUAN. Ya están

a la ventana.

 

INÉS. ¿Quién es?

 

PRINCIPE. Inés parece.

 

JUAN. ¿Es Inés?

 

INÉS. ¿Quién lo pregunta?

 

JUAN. Don Juan.

A Anarda le dí que está

su Alteza aguardando aquí.

 

PRINCIPE. Sin esperanza, le dí.

 

Vase INES (de la ventana.)

 

¡Válgame Dios! ¿si saldrá?

Decidme que sí, y con eso

no me matará el temor.

 

JUAN. Yo tuviera por mejor

prometerte el mal suceso,

y así tendrás más colmado,

si Anarda sale, el contento;

y si no, será el tormento

mucho menor, esperado.

 

GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios!

¡qué dulce esperanza

gané y perdí en sólo un día!

¡qué propia ventura mía

en la ligera mudanza!

Pero quizá… ¡No hay quizá!

«Haced,» el Príncipe dijo,

«la seña,» de que colijo

que es dueño de Anarda ya;

que amistad hay asentada

donde hay seña conocida;

y pues tan presto fué oída,

bien se ve que fué esperada.

 

ESCENA VIII

 

 

Salen ANARDA y JULIA a la ventana.

 

(ANARDA, JULIA, El PRINCIPE, GARCIA, Don JUAN.)

 

ANARDA. (Ap. con JULIA.)

Yo salgo, esta es la verdad,

por el forastero, prima;

que su prisión me lastima,

si temo su libertad.

 

JULIA. ¡Qué perdida estás!

 

ANARDA. De amor

hasta agora no he sabido.

 

JULIA. Tarde, mas bien, te ha cogido.

(Ap. Sabe Dios que estoy peor.)

 

ANARDA. ¡Ah, caballero!

 

PRINCIPE. Señora,

¿sois Anarda?

 

ANARDA. Anarda soy.

 

PRINCIPE. Perdonad, mi bien, si os doy

aqueste disgusto ahora,

impidiendo el venturoso

sueño que ocupando estaba,

por el descanso que os daba

en cambio ese cuerpo hermoso;

que tanto el susto he sentido,

que hoy en el río tuvistes,

que hasta ver cómo volvistes,

volver en mí no he podido.

¿Cómo estáis? ¿Quitóse ya

aquel alboroto?

 

ANARDA. En mí

nunca, Príncipe, sentí

lo que de entonces acá;

que hizo en mí tal impresión

el forastero atrevido,

que presente lo he tenido

siempre en la imaginación.

 

GARCIA. (Ap.)

¡Ah Dios, si fuese de amor!

 

ANARDA. Mas lo que me ha sosegado

es pensar que aprisionado,

como os supliqué, señor,

lo tenéis, para que así

no se vaya sin pagarme.

 

GARCIA. (Ap.)

No es este efecto de amarme:

ya de mi engaño salí.

Cuanto de mí se informó,

fué por trazar su venganza,

y mi engañosa esperanza

a favor lo atribuyó.

 

PRINCIPE. De un yerro que cometí

contra vos, hermosa Anarda,

mi amor el perdón aguarda.

 

ANARDA. ¿Cómo?

 

PRINCIPE. No os obedecí.

 

ANARDA. ¿Luego sin pena quedó

el forastero atrevido?

 

PRINCIPE. Y aun con premio bien debido

a las nuevas que me dió.

 

ANARDA. (Ap.) ¡Ay de mí!

 

JULIA. (Ap.) Perdida soy.

 

ANARDA. ¿Esa es la fe y la fineza

que le debí a Vuestra Alteza?

Bien desengañada estoy.

¡La primer cosa que pido,

en que estribaba mi gusto,

y más cuando era tan justo

castigar a un atrevido,

no he podido merecer!

 

PRINCIPE. Vos lo causastes, por Dios,

porque a vos sólo por vos

dejara de obedecer;

que como ser, entendí

vos, causa de aquel exceso,

con que tan fuera de seso

de pena y celos me ví,

quedé de gusto tan loco

con saber que me engañé,

que para albricias juzgué

ser todo mi reino poco.

 

ANARDA. Obedecer es fineza.

(Ap. Muerta soy, si se ausentó.)

Señor, mi tío tosió:

perdóneme Vuestra Alteza;

que su recato y rigor

me prohibe este lugar.

 

PRINCIPE. Primero habéis de escuchar

el descargo de mi error;

que para que no culpéis

del todo mi inobediencia,

lo traigo a vuestra presencia

a que vos lo castiguéis.

 

ANARDA. ¿Qué decís?

 

PRINCIPE. Que traigo aquí

al forastero conmigo,

sujeto a vuestro castigo.

 

ANARDA. Aun podré pensar así

que habéis mi gusto estimado.

 

GARCIA. En fin ¡qué! ¿perdón espero

de un error de forastero

y de un furor de agraviado?

 

PRINCIPE. Perdonad, por vida mía,

pues lo conoce, su error.

 

ANARDA. Cuando no al intercesor,

a su humildad se debía.

 

PRINCIPE. Pues con eso, dueño mío,

obedezco en dejaros.

 

ANARDA. Bien podéis, señor, estaros;

que ya no tose mi tío.

 

PRINCIPE. ¿Como es posible que tanto

favor haya yo alcanzado?

 

ANARDA. (Ap.)

La fiesta habéis celebrado;

mas habéis errado el santo.

 

GARCIA. (Ap.)

Que tiene al Príncipe amor,

bien claramente se ve.

Mas ¡necio yo! ¿qué esperé,

si es tal el competidor?

 

PRINCIPE. ¿Cómo, Julia, no me dais

el parabién del favor?

 

JULIA. Por no impediros, señor,

cuando de Anarda gozáis.

 

JUAN. A lo menos, por no dar

con su voz gloria a mi oído.

 

JULIA. Siempre, Don Juan, habéis sido

desconfiado en amar.

 

JUAN. Esto tengo de discreto:

y a Dios, ingrata, pluguiera

que otra causa no tuviera

un tan desdichado efeto.

 

GARCIA. (Ap.)

Los dos aman a las dos;

con tal liga y artificio

seguro va el edificio.

 

ANARDA. ¿Cómo trajistes con vos

al forastero, señor?

A quien mañana se irá,

¿tan fácilmente se da

noticia de nuestro amor?

(Ap. las dos. Así le pregunto, prima,

del forastero el estado.)

 

JULIA. ¡Qué bien tu intento has guiado!

 

PRINCIPE. No os tengo en tan poca estima,

que lo que os ama mi pecho

tan fácil le haya fiado.

En mi servicio ha quedado;

de mi cámara lo he hecho.

 

ANARDA. (Ap. a ella.) ¡Ah Julia! dichosa soy.

 

JULIA. Déjame, no me diviertas

de Don Juan. (Ap. Sin que me adviertas

atenta a mi dicha estoy.)

 

GARCIA. Gente viene.

 

PRINCIPE. Anarda, adiós;

que miro por vuestra fama.

 

ANARDA. Así obliga quien bien ama.

 

JUAN. Adiós.

 

JULIA.Él vaya con vos.

 

ANARDA. Caballero forastero,

de que os quedéis en palacio

con el Príncipe, de espacio

el parabién daros quiero.

 

GARCIA. Ya con eso lo recibo.

 

(Vanse las damas.)

 

ESCENA IX

 

 

(El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA.)

 

PRINCIPE. Sin duda ha estado, Garcia,

en vuestra dicha la mía;

que nunca en el pecho esquivo

de Anarda, señal de amor,

como aquesta noche, ví.

 

GARCIA. (Ap.)

¿Mas si fuese para mi,

sobre escrito a ti, el favor?

 

PRINCIPE. «Bien podéis, señor, estaros»,

dijo, queriendo partirme.

 

JUAN. De que paga tu amor firme

ha dado indicios bien claros.

 

GARCIA. (Ap.)

Cuando el Príncipe le dijo

que estaba presente yo,

gusto de estarse mostró:

con justa razón colijo,

pues antes irse quería,

que yo su rémora he sido.

Nueva esperanza ha nacido

de la ya ceniza fría.

 

PRINCIPE. Agora podéis contar,

Garci-Ruiz, lo que fué

aquel ruido.

 

GARCIA. Llegué,

pedí que diesen lugar

a un amante; no quisieron,

por más que rogué importuno;

saqué la espada, herí al uno,

y con aquello se fueron.

 

PRINCIPE. Mal hicistes: cuando envío,

Alarcón, a despejar,

es por bien; no ha de costar

sangre de vasallo mío.

 

GARCIA. No quiso por bien.

 

PRINCIPE. Dejallo.

 

GARCIA. El gusto vuestro estorbaba.

 

PRINCIPE. Menos mi gusto importaba

que la salud de un vasallo.

 

GARCIA. Yo erré por ser obediente.

 

PRINCIPE. Cerca estaba yo; volver

y tomar mi parecer.

Quien sirve ha de ser prudente.

 

(Vanse el PRINCIPE y Don JUAN.)

 

ESCENA X

 

 

(GARCIA.)

 

¿En servir hay esta vida?

¿Esta gloria en la privanza?

¿En tan ligera mudanza

hay tan pesada caída?

¡Que haya sido error en mí

lo que fineza juzgué!

¡Cuando la vida arriesgué

por agradar, ofendí!

¡Fuerte caso, dura ley,

que haya de ser el privado

un astrólogo, colgado

de los aspectos del rey!

Hoy benévolo le ví,

y hoy contrario vuelve a estar:

ganélo con no matar,

y con matar lo perdí.

¿Qué es esto? ¿Pruebas conmigo

tus variedades, fortuna?

Hoy era Don Juan de Luna

mi más odioso enemigo;

hoy es ya mi amigo, y hoy

yo mismo vida le di;

hoy al Conde conocí,

y ya su homicida soy.

Hoy ví a Anarda, y hoy la amé;

hoy creí que era querido,

hoy la esperanza he perdido,

y hoy a cobrarla torné.

Hoy me vió el Príncipe, y hoy

me ví al más sublime estado,

de su favor levantado,

y ya derribado estoy

en un infierno profundo

de temor y de ansia fiera.

Paciencia; desta manera

son los favores del mundo. (Vase.)

 

(Sala en casa de ANARDA.)

 

ESCENA XI

 

 

Salen Don DIEGO, ANARDA y JULIA.

 

DIEGO. Enemigas: ¿es razón

que así la fama perdáis,

y la heredada opinión

de Pacheco y de Girón

en tan vil precio tengáis?

¿Es bien que el Conde, atrevido,

me diga en mis propias canas,

cuando voy a verle herido,

que mis sobrinas livianas

la causa del daño han sido?

 

ANARDA. ¿Nosotras?

 

DIEGO. Vosotras, pues.

 

ANARDA. De desangrado delira.

 

DIEGO. Pues si la causa es mentira,

por lo menos verdad es

el efeto de su ira.

Dice que él no conoció

ni ha dado ocasión a quien

en nuestra calle le hirió;

mas al menos sabe bien

que desta causa nació.

Y así sus deudas conjura,

y en nuestra sangre agraviado

vengar su herida procura,

si tu mano no le cura

la que en el alma le has dado.

Bien sabes tú que en nobleza

nadie le excede en España:

de su estado la riqueza

es notoria, que acompaña

con gala y con gentileza.

Ablanda, sobrina, el pecho,

sin razón duro y extraño;

busca el gusto en el provecho;

remedie la mano el daño

que el hermoso rostro ha hecho.

 

ANARDA. Ya no puedo, noble tío,

a un intento tan injusto

dejar de oponer el mío;

que es castigar en mi gusto

el ajeno desvarío.

Si él de mí se enamoró,

y yo lo he desengañado,

¿qué ley me obliga al pecado,

que no sólo no hice yo,

mas antes lo he repugnado?

 

DIEGO. Nunca, sobrina, he creído

que al daño diste ocasión;

mas tu hermosura lo ha sido,

y a mil sin culpa han traído

sus gracias su perdición.

Que no tienes culpa digo;

mas si casarte procuro,

no tu inocencia castigo;

a estorbar el mal futuro

es sólo a lo que te obligo.

 

ANARDA. Señor Don Diego, ¿mi tío

da tan cobarde consejo?

Bien se ve que el pecho frío

al brazo cansado y viejo

niega el heredado brío.

¿Morir no será mejor,

que no que Mauricio diga,

en mengua de vuestro honor,

que a sus gustos nos obliga

de sus armas el temor?

¿Somos Girones, o no?

¿Hanos el valor faltado?

¿Estoy sin parientes yo?

¿Quién en Castilla a un criado

de mi casa se atrevió?

Y si en tan justa ocasión

no quisieren defender

nuestros deudos su opinión,

yo basto; que aunque mujer,

soy, en efeto, Girón.

 

DIEGO. ¿Estás loca? ¿Qué es aquesto?

¿Piensas que es valor tener

ese brío descompuesto?

Sólo el proceder honesto

es valor en la mujer.

Deja ya vanos antojos,

y admite este pensamiento,

o para acabar enojos,

metiéndote en un convento,

te quitaré de los ojos.

 

ANARDA. Vos no sois más que mi tío,

y ni aun mi padre en razón

puede forzar mi albedrío:

casamiento y religión

han de ser a gusto mío. (Vase.)

 

ESCENA XII

 

 

(Don DIEGO, JULIA.)

 

JULIA. Lo que dice Anarda es justo;

que sólo en tomar estado

es tirano fuero injusto

dar a la razón de estado

jurisdicción sobre el gusto.

 

(Aquí baja la voz y habla, como a excusas de ANARDA,

a Don DIEGO.)

 

No es sino mucha razón

remediar el mal que viene;

mas de la ciega afición

que Anarda al Príncipe tiene

nace su resolución.

Que como Mauricio ya

deste amor viene advertido,

temerosa Anarda está

de que, siendo su marido,

de Madrid la sacará;

y como liviana intenta,

del Príncipe enamorada,

hacer a su sangre afrenta,

procura verse casada

con quien lo ignore o consienta.–

Otros remedios habra; (Alza la voz.)

que casarse deste modo

deshonor nuestro será. (Baja la voz.)

–Dále cuenta al Rey de todo;

que él el casamiento hará.

Calla y remedia discreto,

pues yo con esta invención

te descubro su secreto,

sin ponella en ocasión

de que me pierda el respeto.

Y ella, imaginando así

que ayudo sus pensamientos,

no se guardará de mí,

y de todos sus intentos

seré espía para tí.

Agora riñe conmigo,

para ayudarme a engañalla.

 

DIEGO. (Alza la voz.)

Si no hiciere lo que digo

 

ANARDA, será ausentalla

de Madrid, justo castigo.

 

JULIA. Si la razón excedieres,

justicia nos hará el Rey.

 

DIEGO. ¿Tú también mi afrenta quieres?

 

JULIA. Quiero lo que es justa ley.

 

DIEGO. ¡Ay de honor puesto en mujer!

Pues lo que quiero ha de ser

o morir quien lo estorbare. (Vase.)

 

JULIA. Un monte querrá mover

el que por fuerza intentare

reducir una mujer.

(Ap.) Con esto, Alarcón, procura

mi amor de Anarda apartarte;

que en alguna coyuntura

alcanza el ingenio y arte

lo que no amor y ventura.

Callando el dolor que siento,

disponer mi dicha quiero;

que es prudente pensamiento

quitar estorbos, primero

que descubrir el intento.

 

ESCENA XIII

 

 

Sale ANARDA.

 

(ANARDA y JULIA.)

 

ANARDA. ¿En qué paró, prima mía?

 

JULIA. ¡Pues qué! ¿no nos escuchabas?

Que bien a gritos reñía.

 

ANARDA. Tal vez la voz moderabas,

y entonces no te entendía.

 

JULIA. Entonces con falso pecho,

porque se fíe de mí,

de mi lealtad satisfecho

Don Diego Girón, de tí

murmuraba en tu provecho.

Mil defectos le decia

de tu extraña condición,

y modos, le proponía,

con que reducir podría

a la suya tu intención.

 

ANARDA. Un ejemplo de amistad

miro en ti.

 

JULIA. (Ap.) El mejor engaño

es con la misma verdad.

 

ANARDA. Ya el remedio deste daño

resuelve mi voluntad.

 

JULIA. ¿Cómo?

 

ANARDA. A llamar he enviado

el valiente forastero,

y de que a tomar estado

me resuelvo, dalle quiero

para el Príncipe un recado.

Que con aquesta ocasión

dalle mi amor solicita

a mi querido Alarcón

los indicios que permita

mi honesta reputación.

Y tú, quedándote aquí

sola con él, le dirás,

como que sale de tí

y que de su parte estás,

el amor que reina en mí.

Que pues la ocasión convida,

goce della, y a su Alteza

en casamiento me pida:

y díle tú la firmeza

con que tengo defendida

del Príncipe y de Mauricio

mi honestidad, pues lo sabes;

porque a un celoso juicio

le ha de obligar el indicio

de pretendientes tan graves.

 

JULIA. Yo del Príncipe imagino

que tu intento ha de estorbar.

 

ANARDA. Diréle que determino

casarme, por allanar

a sus gustos el camino;

porque de otra suerte intenta

los cielos atrás volver;

y así es fuerza que consienta

en mi intento, por tener

fin del mal que le atormenta.

Que aunque él es tan poderoso,

si a un hombre de tal valor

tengo, prima, por esposo,

no será dificultoso

el defendelle mi honor.

 

JULIA. Tu agudo ingenio bendigo.

 

ANARDA. Todo es cautelas amor.

 

JULIA. (Ap.) Y así las uso contigo.

No hay enemigo peor

que el que trae rostro de amigo.

 

ESCENA XIV

 

 

Sale INÉS.

 

(INÉS, ANARDA, JULIA.)

 

INÉS. El amo de Hernando quiere

licencia de verte.

 

ANARDA. Inés,

mientras conmigo estuviere,

es bien que al balcón estés,

por si mi tío viniere. (Vase Inés.)

 

JULIA. ¿Iréme?

 

ANARDA. Ponte en lugar

donde la plática entiendas;

que habiéndome de ayudar,

es bien que sepas las sendas

por donde has de caminar.

 

JULIA. (Ap.) A ejecutar mi intención.

 

ANARDA. Y advierte en el artificio

con que en aquesta ocasión,

sin ofender mi opinión,

le doy de mi amor indicio.

 

(Vase JULIA, y espía desde el dosel.)

 

ESCENA XV

 

 

Salen GARCIA y HERNANDO, de camino.

 

(JULIA, ANARDA, GARCIA, HERNANDO.)

 

GARCIA. Dadme, Anarda, los pies.

 

ANARDA. Poco es la mano

a tan valiente y noble caballero.

¿De camino venís?

 

GARCIA. Búscase en vano

firmeza en bien del mundo lisonjero,

y el que en la voluntad de un nombre humano

libra sus dichas, ha de estar primero

apercebido para la mudanza,

que del favor admita la esperanza.

Ayer, ya vos sabéis por qué camino,

hallé fácil al cielo la subida

¡Mentirosa amistad de mi destino!

¡Traidora prevención de la caída!

La humilde vara en levantado pino

fué con súbito aumento convertida,

porque del viento airado a la violencia

diese efeto mi propia resistencia.

Aquel alto lugar que ayer tenía,

perdí, señora, anoche; sabe el cielo

que por fineza más que culpa mía;

que tengo en mi conciencia mi consuelo.

Cuando pensé que al mismo sol subía,

con todo el edificio dí en el suelo.

Erré, mas no pequé; soy castigado;

que es con el Rey un yerro gran pecado.

Miróme disgustado, reprehendióme

severo, y las espaldas volvió esquivo,

y entrándose en su cámara, dejóme

fuera de ella y de mí, sin alma y vivo.

No sé cuál medio en tal extremo tome:

a entrar o a estarme en vano me apercibo,

como, al que sueña toros, hace el miedo

que ni pueda correr ni estarse quedo.

Al fin, sin velle a mi posada vuelvo;

que es, aunque sin razón, príncipe airado;

la noche toda en confusión me envuelvo,

sin atreverse el sueño al gran cuidado;

y al fin, en ausentarme me resuelvo,

y el cuerpo huyendo al peligroso estado

y a la inquietud de la ambición sedienta,

vivir con mis vasallos y mi renta.

Y hoy, cuando a visitaros ya partía,

por despedirme, Anarda, y disculparme,

llegó un recado vuestro que podría,

a ser sol fugitivo, repararme.

Viene obediente el que cortés venía:

mandadme liberal para obligarme;

que da, pidiendo, vuestra gran belleza,

y es dejaros servir vuestra largueza.

 

ANARDA. Señor Garcia, desdicha grave

siempre tocó al mayor merecimiento.

Si rodó la fortuna, ¿quién no sabe

que sólo en ser mudable tiene asiento?

Lo que yo admiro, y en razón no cabe,

es sólo vuestro poco sufrimiento;

que ¿quién pensara que faltar podía

gran fortaleza a grande valentía?

A suerte desigual igual semblante

es propia acción de pechos valerosos.

Animoso emprender, sufrir constante

consigue los laureles vitoriosos.

No al primero desdén huya el amante;

grandes los bienes son dificultosos;

poco al Príncipe amáis, oso decillo,

pues pretendéis servirle sin sufrillo.

 

GARCIA. ¿Poco es perder la vida por su gusto?

 

ANARDA. Sufrirlo es menos, e impaciente os hallo.

 

GARCIA. Un injusto rigor sufrir no es justo.

 

ANARDA. A ser justo, ¿qué hiciérais en llevallo?

Y debéis advertir que si es injusto,

ausentaros será justificallo.

Ponerse del juez en la presencia

es el mejor testigo de inocencia.

No os vais, Garcia, o por lo menos

pensaldo bien primero; que seguirse

prueban mil libros de sentencias llenos,

presto arrojarse y presto arrepentirse.

Ved a su Alteza; que los hombres buenos

no se ausentan del Rey sin despedirse.

 

GARCIA. A despedirme dél por vos venía.

 

ANARDA. Yo ¿qué poder del Príncipe tenía?

 

GARCIA. ¡Feliz quien tal ingenio y beldad ama!

 

ANARDA. No, no, lísonjas no, que no os las creo;

que yo supe que ayer a cierta dama

centellas envió vuestro deseo;

y hoy de la ardiente repentina llama,

pues queréis ausentaros, libre os veo.

¡Múdase tal varón en un instante,

y culpa a la fortuna de inconstante!

 

GARCIA. Al que muda con causa de consejo,

no puede darse nombre de liviano.

 

ANARDA. No me satisfagáis, que no me quejo.

 

GARCIA. ¿Tiráis la piedra y escondéis la mano?

Dios sabe, si tan alta empresa dejo,

que un poder me ha oprimido soberano.

 

ANARDA. Contra amor firme no hay poder bastante.

 

GARCIA. Precióme de leal, si de constante.

Si a quien debo lealtad, esa persona

quiere, ¿será razón que yo prosiga?

 

ANARDA. En el amor es yerro, y se perdona

lo que sin él, traición que se castiga,

y el diferente fin la acción abona

del vasallo a quien más la ley obliga;

que si casarse intenta, nada ofende

al señor que gozar sólo pretende.

No digo que lo hagáis, que es causa ajena;

allá con vos las haya, la ofendida;

sólo probaros quiero que la pena

tenéis, que os da fortuna, merecida.

Pecáis mudable, y por castigo ordena

otra mudanza, mal de vos sufrida.

O firmeza aprended en vuestro intento,

o en ajenas mudanzas sufrimiento.

 

GARCIA. Si como firme os amo…

 

ANARDA. Si pensara

que yo de vuestro amor era el objeto,

ofendida de vos, no os escuchara,

que la mudanza es falta de respeto.

Quien una vez conmigo se declara,

tal debe estar del amoroso efeto,

que por lealtad, honor, premio o castigo,

ha de romper hasta casar conmigo.

No, bien sé que otra amáis, o lo he creído,

que a pensar que era yo, disimulara,

por no dar ocasión a que atrevido

vuestro pecho su amor me declarara;

mas siempre cortesana ley ha sido

decir lisonjas y alabar la cara.

Si por eso lo hacéis, yo más querría

tosca verdad, que falsa cortesía.

 

GARCIA. Si es la verdad grosera, soy grosero.

 

ANARDA. Basta, mirad que el Príncipe me ama.

 

GARCIA. Peco si intento, pero no si os quiero.

 

ANARDA. Amor da intentos como el fuego llama.

Decir amo es intento verdadero;

que a recíproco amor el amor llama.

 

GARCIA. El fin diverso abona mis acciones.

 

ANARDA. No son para conmigo mis liciones;

para con la que amáis os las he dado.

Bien sé que otra os ocupa el pensamiento;

que a ser yo vuestro amor, dichoso estado

le daba la ocasión a vuestro intento;

pues para lo que ahora os he llamado,

es para que tratéis mi casamiento

con el Príncipe vos, si habéis de vello,

diréos la causa que me obliga a ello.

 

GARCIA. Por fuerza os he de obedecer, señora.

 

ANARDA. Sabed que está Mauricio, el Conde, herido,

y dice que, si bien la mano ignora,

sabe que yo la causa dello he sido,

y puesto que me iguala y que me adora,

me resuelva a admitille por marido,

o que contra mi sangre verá España

salir todos sus deudos a campaña.

Yo aborrezco a Mauricio, y si le amara,

esta amenaza que a mi sangre ha hecho,

a no dalle la mano me obligara;

que no se rinde el gusto a su despecho.

En favor de Mauricio se declara

mi tío, que procura su provecho;

el Príncipe, que tanto amarme jura,

muéstrelo en remediar mi desventura;

que pues su Alteza no ha de ser mi esposo,

y querer mi deshonra es no quererme,

es en esta ocasión lance forzoso,

buscar quien pueda honrarme y defenderme.

Por si resiste el Príncipe amoroso,

de vuestra autoridad quise valerme.

Vos persuadidle, y advertid, Garcia,

que en vuestra voluntad dejo la mía.

 

(Salen GARCIAy HERNANDO, de camino.)

 

(Vase y topa con JULIA.)

 

GARCIA. (Ap.) ¡Con cuán honestas señales

 

ANARDA en esta ocasión

me ha mostrado su afición!

 

ANARDA. Dile tú agora mis males. (Vase.)

 

ESCENA XVI

 

 

(JULIA, GARCIA, HERNANDO.)

 

GARCIA. (Ap.)

¡Dichoso mil veces yo!

 

HERNANDO. ¿Ya se pasó la tristeza

del enojo de su Alteza?

 

GARCIA. Con tal trueque, ¿por qué no?

Cuando en tal privanza estoy,

¿qué importa la que he perdido?

Haz cuenta que ya marido

de la hermosa Anarda soy.

 

HERNANDO. ¿Tan presto?

 

GARCIA. Ella misma ha abierto

a mis intentos lugar.

 

HERNANDO. ¿Quién creyera en tanto mar

que estaba tan cerca el puerto?

 

JULIA. Caballero forastero…

 

GARCIA. Bella cortesana…

 

JULIA. Oíd,

por forastero en Madrid,

un consejo daros quiero.

No tengáis a poco seso

que, sin pedillo, os le doy,

porque disculpada estoy

con lo que en dalle intereso,

Anarda, según he oído,

poder de casalla os dió,

y a Mauricio os declaró

que no quiere por marido.

La causa os diré, y así

vos de ella colegiréis

lo que en esto hacer debéis,

y lo que me mueve a mí.

Soy su prima, y de su amor

secretaria; mas ahora

soy a su amistad traidora

por ser leal a mi honor.

Por su Alteza Anarda muere:

y como ya el Conde herido

deste amor está advertido,

por esposo no le quiere;

que a impedir es poderoso

la infamia que Anarda intenta,

y a quien lo ignore o consienta

quiere tener por esposo.

De aquí podéis entender

lo que me va en no callar,

y si vos debéis mirar

a quién la dais por mujer. (Vase)

 

ESCENA XVII

 

 

(GARCIA, HERNANDO.)

 

GARCIA. ¿Qué es aquesto, cielo eterno?

¿Soy yo aquel que agora fuí?

¿De un paso al cielo subí,

y de otro bajé al infierno?

Agora tuve delante

la gloria por quien suspiro,

y en medio en un punto miro

mil montañas de diamante.

El que a tal nació sujeto,

¿qué perdiera en no nacer?

 

HERNANDO. ¿Qué te ha dicho esta mujer?

 

GARCIA. ¿No te lo ha dicho el efeto?

Un desengaño.

 

HERNANDO. Fortuna

nos da su retrato en tí.

Agora pisar te ví

con los mismos pies la luna,

y ya en el centro profundo

de dolor y rabia fiera.

 

GARCIA. Paciencia; desta manera

son los favores del mundo.

 

ACTO III

 

 

(La calle frente a la casa de ANARDA .)

 

 

ESCENA I

 

 

( DON JUAN , JULIA ).

 

JUAN. Su Alteza, que por mandado

del Rey a Toledo parte,

de Anarda quiere encargarte

en esta ausencia el cuidado.

 

JULIA. (Ap. Ocasión me da con esto

para esforzar mi invención.)

En estrecha obligación

hoy el Príncipe me ha puesto;

que pues de mí se confía,

guardarle debo amistad,

y el decirle la verdad

corre ya por cuenta mía.

 

JUAN. Habla pues.

 

JULIA. Dile que vea

que al forastero Alarcón

tiene mi prima afición,

y ser su esposa desea.

Si lo consigue, su Alteza

se puede dar por perdido;

que da el amor del marido

a la mujer fortaleza.

No hay qué esperar si se casa

con hombre de tal valor

y que sabe ya el amor

en que el Príncipe se abrasa.

Ella dirá que desea

casarse por allanar

el camino y dar lugar

al Príncipe; no lo crea,

que es engañoso artificio,

y ha de resistir después.

 

JUAN. Pues tu consejo ¿cuál es?

 

JULIA. Que la case con Mauricio,

a quien da en aborrecer

 

ANARDA, que de ofendido

está muy cerca el marido

que aborrece la mujer.

 

JUAN. Y Mauricio ¿no es honrado,

y a guardar su honor bastante?

 

JULIA. Deste intento está ignorante;

nada puede un descuidado.

 

JUAN. ¿Sabes si el Conde querrá?

 

JULIA. Sé que por Anarda muere.

 

JUAN. ¿Pues cómo, de que la quiere

el Príncipe, ajeno está?

 

JULIA. Su Alteza es tan recatado

que nunca el Conde Mauricio

tuvo de su amor indicio;

tú solo celos le has dado

con tus rondas y paseos.

Mas eso no ha de estorballe,

pues cesa con declaralle

que causo yo tus deseos.

 

JUAN. Si el Conde está sospechoso,

ha de pensar que es enredo.

 

JULIA. Pues quitarémosle el miedo

con que seas tú mi esposo.

 

JUAN. ¿Qué dices? ¿Tan gran favor

he merecido de ti?

 

JULIA. ¿No es tiempo que obren en mí

tus méritos y tu amor?

 

JUAN. ¡Dulce fin de tantos daños!

 

JULIA. (Ap.)

 

ANARDA la mano dé

al Conde; que yo sabré

usar contigo de engaños.

 

JUAN. Su Alteza, mi bien, me espera.

 

JULIA. ¿Hasme de olvidar, Don Juan?

 

JUAN. Antes, Julia, olvidarán

las estrellas su carrera.

 

JULIA. De tu ausencia y mi tristeza

¿cuándo el fin tengo que ver?

 

JUAN. Esta noche he de volver

por la posta con su Alteza.

 

(Vase)

 

JULIA. (Ap. Bien engañado lo envío.

Mas ¡ay! ¿si se va Alarcón

a Toledo? Una invención

remedie el tormento mío.)

Don Juan. (Vuelve DON JUAN .)

 

JUAN. Señora.

 

JULIA. Oye.

 

JUAN. Dí.

 

JULIA. Mira que es inconveniente

que Garcia-Ruiz se ausente

en esta ocasión de aquí,

que examinar su intención

con cautela es acertado;

que si paga, enamorado

de mi prima, su afición,

tales cosas le diré,

que aborrezca a la que estima,

y despechada mi prima

al Conde la mano dé.

 

JUAN. Dirélo al Príncipe así.

Loco voy con tu favor. (Vase.)

 

JULIA. ¡En qué laberinto, amor,

me voy entrando tras tí!

A Don Juan he dicho ahora

que está Mauricio ignorante

de que es el Príncipe amante

de Anarda; y que no lo ignora

dije a Don Diego, mi tío.

Con sus intenciones varias,

y por dos causas contrarias

a un mismo efeto los guio.

 

ESCENA II

 

 

Sale DON DIEGO.

 

( JULIA , DON DIEGO .)

 

DIEGO. Ya, Julia querida, he dado

cuenta al Rey de nuestro intento,

y que el Príncipe al momento

de Madrid salga ha mandado.

 

JULIA. ¿Y en lo que a Mauricio toca?

 

DIEGO. Que la mano le dará,

o en un convento tendrá

justo castigo esa loca.

 

JULIA. Yo haré con tal artificio

lo que tu pecho desea,

que el mismo Príncipe sea

quien la case con Mauricio.

 

DIEGO. De remediar nuestro honor

tengo justa confianza

en lo que tu ingenio alcanza.

 

JULIA. (Ap.)

Di en lo que alcanza mi amor.

 

(Vanse.)

 

* * * * *

 

(Cámara del PRINCIPE .)

 

ESCENA III

 

 

Salen el PRINCIPE, con botas, y GERARDO, con las espuelas, para ponérselas. (Luego DOS PAJES .)

 

PRINCIPE. Acaba; que me tienes ya cansado.

 

GERARDO. (Ap.)

En quemar la materia más cercana,

al fuego imita un Príncipe enojado.

 

PRINCIPE. Pónlas, acaba. ¡Cuán de buena gana

con ellas las entrañas le rompiera

al que pena me dió tan inhumana!

 

(Sale un PAJE .)

 

PAJE. Ya apercebido el carrüaje espera.

 

PRINCIPE. Pues ¿quién te lo pregunta?

 

PAJE. Vuestra Alteza

mandó que en siendo tiempo lo dijera.

 

PRINCIPE. No obedecerme fuera más fineza,

que el discreto no da, sin ser forzado,

nuevas que sabe que han de dar tristeza.

 

(Sale el PAJE ° )

 

PAJE °. A vuestra Alteza aguarda aderezado

el almuerzo, señor.

 

PRINCIPE. Todos entiendo

que os habéis a matarme conjurado.

Necio, a quien de la vida está partiendo,

¿qué gusto puede darle la comida?

Que es, amando, partir, vivir muriendo.

Idos de aquí, dejadme; que la vida

me sobra, pues me falta la paciencia.

¡Ay antes muerta gloria que nacida!

El favor vino anoche, y hoy la ausencia,

porque tenga en la misma medicina

materia más copiosa la dolencia.

 

PAJE °. (Hablando aparte con el °)

Agora entra GARCIA de Alarcón.

 

PAJE °. Él no imagina

que está el mar por el cielo.

 

PAJE °. ¿Llegar osa?

Corre–Faetón–a su fatal ruina.

 

ESCENA IV

 

 

Sale GARCIA. (El PRINCIPE, GARCIA, GERARDO, y PAJES .)

 

GARCIA. Si acaso vuestra mano poderosa,

del justo enojo, de mi error causado,

ha envainado la espada rigurosa,

merézcala besar quien humillado

en cambio dél, señor, la sangre ofrece

que en el servicio vuestro ha derramado.

 

PRINCIPE. Alzad, Garci-Ruiz, y si os parece

que yo estuve enojado, yerro ha sido;

que vuestro amor leal no lo merece.

Sabiendo que un vasallo estaba herido

por mi causa, aquel justo sentimiento

de lastimado fué, no de ofendido.

Decir que errastes fué un advertimiento

y regla de servirme, no castigo;

que sé que no hay pecado sin intento.

Graves razones son las que conmigo

os dieron de amistad el nudo estrecho;

no levemente pierdo un buen amigo.

Sabréis de hoy más de mi piadoso pecho

la condición; jamás de ajeno daño

quiero que nazca mi mayor provecho.

 

GERARDO. (Ap. con los PAJES .)

Ved de quien sirve el claro desengaño;

aquí nos anegamos, y en bonanza

da al viento aquí esta nave todo el paño.

 

PAJE °. ¿Quién creyera tan presto tal mudanza?

 

PAJE °. Merécela Alarcón.

 

PAJE °. Bueno es ser bueno;

mas no el honrado, el venturoso alcanza.

 

(Vanse los CRIADOS .)

 

ESCENA V

 

 

(El PRINCIPE, GARCIA .)

 

PRINCIPE. Tratemos de mis males, que estoy lleno

de rabia y de dolor, y el pecho mío

se enciende en furia de mortal veneno.

Hoy de mi Anarda ese caduco tío

al Rey de mis intentos se ha quejado;

vuestro yerro causó tal desvarío.

Mauricio fué el herido; han sospechado

que por mi voluntad, y que a Toledo

parta al punto, mi padre me ha mandado.

¿Cómo, ausente de Anarda, vivir puedo,

si aunque presente estoy, muriendo vivo?

 

GARCIA. Si tu amor firme o tu celoso miedo

remedio alcanza de tu mal esquivo

posible, huya el dolor, la pena olvida,

pues que yo a ejecutallo me apercibo.

Lo que mi brazo erró, emiende mi vida;

que desde que empezó, por justa herencia,

está por tí a perderse apercebida.

Para seguirte en esta triste ausencia

las espuelas calcé, (Ap. Callo mi intento,

pues la misma ocasión da la advertencia.)

La vida sigue el mismo pensamiento:

traza, resuelve, manda; que no siente

imposible mi fiel atrevimiento.

 

PRINCIPE. Vuestra lealtad, que al sol resplandeciente

su luz opone, alivia mi tormento; []

y así, mientras de Anarda peno ausente,

en prendas quedaréis de mi firmeza,

que ser Argos de Anarda es gran ventura,

por mirar con cien ojos su belleza.

 

[Nota : «Tormento» pone el texto original; pero el sistema de rimas

de los tercetos exigiría otra palabra, como «tristeza». Cf. con el final

de la pág. , donde el sistema de rimas de las quintillas exigiría que

el verso dijera: «¡ Ay de amor puesto en mujeres!» en vez de «en

mujer.»]

 

GARCIA. Premiáis mi amor. (Ap. Aquí la suerte dura

el resto echó; ¡por cuidadosa guarda

quedo yo contra mí de su hermosura!)

Un recado, señor, la hermosa Anarda

me ha dado para tí.

 

PRINCIPE. ¿Cómo, García,

tanto tu lengua en referirlo tarda?

 

GARCIA. Porque no solicita tu alegría;

y a no obligar la ley de buen criado,

con el silencio más te serviría.

 

PRINCIPE. Habla ya; que el temor me ha atormentado

más que la nueva puede.

 

GARCIA. Tu mal siento,

si bien en tu valor voy confiado,

porque es el toque dél el sufrimiento.

 

(Hablan en voz baja.)

 

ESCENA VI

 

 

(Salen DON JUAN y GERARDO .)

 

(El PRINCIPE , GARCIA , DON JUAN , GERARDO .)

 

GERARDO. (Hablando con Don JUAN a la puerta de la

cámara.)

Como el toro, a quien tiró

la vara una diestra mano,

arremete al más cercano

sin buscar a quien le hirió,

su Alteza, con el dolor

que esta nueva le ha causado,

en nosotros ha vengado

los agravios de su amor.

Mas en entrando Alarcón,

o de amor, o de respecto,

serenó el airado aspecto

y mudó la condición.

 

JUAN. Bien sabe Garci-Ruiz

merecer tanto favor.

 

GERARDO. Merece con el señor

quien tiene estrella feliz.

 

PRINCIPE. ¿Que le dé marido yo?

 

GARCIA. Así lo dice.

 

PRINCIPE. ¡Ah García!

En mi loco amor confía

quien tal recado envió.

¡Ah cielo! ¡Yo le he de dar

a la que adoro marido!

Cuánto corta en un rendido

la espada, quiere probar.

¡Anoche el favor primero,

y hoy desengañarme así!

 

GARCIA. (Ap.)

Que fué el amor para mí,

de todo con causa infiero.

Pero ¿cómo puedo ¡ay triste!

merecer por dulce esposa

mujer tan noble y hermosa,

y que a un Príncipe resiste?

 

PRINCIPE. ¿Qué haré?

 

GARCIA. En casos de amor

nunca supe dar consejo.

 

PRINCIPE. Vos, pues en la corte os dejo,

con vuestro seso y valor

divertidla de ese intento,

encarecedle mi pena,

mientras el remedio ordena

mi afligido pensamiento.

 

GARCIA. Dos imposibles, señor,

me encargas.

 

PRINCIPE. Tal caballero

para tales casos quiero.

Caballerizo mayor…

 

GARCIA. (Arrodillándose.)

De Alejandro es Vuestra Alteza

envidia.

 

(Sale DON JUAN .)

 

PRINCIPE. Alzad pues. Don Juan,

¿calláis?

 

JUAN. Callando se dan

nuevas que son de tristeza.

 

PRINCIPE. ¿Qué hay de Julia?

 

JUAN. Ya la ví.

 

PRINCIPE. No temáis; que de Alarcón

sé ya la resolución

de mi Anarda contra mí.

Ya sé que se determina

a casarse esa cruel.

 

JUAN. (Aparte al PRINCIPE .)

¿Luego ya sabréis que es él

a quien Anarda se inclina?

 

PRINCIPE. ¿Quién?

 

JUAN. Repórtate.

 

PRINCIPE. Acabad:

que el alma en furor se abrasa.

 

JUAN. Oye, señor, lo que pasa,

si Julia dice verdad.

 

(Hablan los dos en secreto.)

 

GERARDO

De la merced que os ha hecho

el Príncipe, alegre os doy

un gran parabién.

 

GARCIA. Yo estoy

de vuestro amor satisfecho

pero podéis persuadiros

que nada quedo a deber

y cuanto tenga ha de ser,

Gerardo, para serviros.

 

GERARDO.

Vuestro valor al deseo

da seguras esperanzas.

 

GARCIA. (Ap.) Tocando estoy las mudanzas

de mi suerte, y no las creo.

¿Quién, del infeliz estado

en que hoy se vió mi ventura,

creyera que a tanta altura

hoy me viera levantado?

 

PRINCIPE. ¡Tal maldad! ¡Viven los cielos,

que he de hacer!…

 

JUAN. Señor, detente.

 

PRINCIPE. ¿Quieres que el volcán reviente,

y el mundo abrasen mis celos?

¡Alarcón!

 

JUAN. Que adviertas, ruego,

a su gran valor.

 

PRINCIPE. Salid

al momento de Madrid.

 

GARCIA. ¿Para adónde?

 

PRINCIPE. Salid luego,

y cuanto más lejos vais,

me daré por más servido.

 

GARCIA. Señor…

 

PRINCIPE. Ya estoy ofendido

de que partido no hayáis.

 

GARCIA. (Ap. Retirándose.)

¿Qué es esto, suerte importuna?

¿Así el favor desvanece?

¡Vive el cielo, que parece

que está loca la fortuna!

¿Qué le habrá dicho Don Juan?

Mas de Don Juan ¿qué recelo,

si estas mudanzas del cielo

ciertos avisos me dan,

haciéndome sin segundo

ya en el bien y ya en el daño,

del engaño y desengaño

de los favores del mundo? (Vase.)

 

ESCENA VII

 

 

(El PRINCIPE ,Don JUAN , GERARDO .)

 

JUAN. Dame para hablar licencia,

ya que Alarcón se ha partido.

 

PRINCIPE. ¿Qué quieres? ¿Dirás que ha sido

poco humana mi sentencia,

siendo tanta la ocasión?

 

JUAN. Si a eso miro, fué piadosa,

señor, pero rigurosa,

si miro a tu condición;

que desconozco el rigor,

en quien es la mansedumbre

naturaleza y costumbre.

 

PRINCIPE. ¿Qué no harán celos y amor?

Tan otro soy del que fuí,

con sus efetos violentos,

que extraño mis pensamientos,

y no me conozco a mí.

 

JUAN. De que no sientas no trato,

donde es tanta la ocasión;

mas da un rato a la razón,

pues diste al enojo un rato.

Confesado me ha tu Alteza

que es violento ese accidente:

lo violento fácilmente

vuelve a su naturaleza.

¿En qué diferencia pones

a ti y a un hombre vulgar,

si así te dejas llevar

del furor de tus pasiones?

Cualquiera, señor, es sabio

donde no hay dificultad;

la mansedumbre y piedad

se tocan en el agravio.

La fiera borrasca muestra

si es el piloto prudente,

y el jinete en potro ardiente

fuertes pies y mano diestra.

Esta es la misma ocasión

que debiera desear

tu Alteza, para mostrar

su piadosa condición,

y más donde el condenado

ser inocente podría;

que hasta agora de García

no sabemos si ha pecado.

Julia sólo el pensamiento

de Anarda me ha referido;

pero no que él haya sido

cómplice de aqueste intento

Y la primera advertencia

que Julia en esta ocasión

me hizo, fué que Alarcón

no te siga en esta ausencia;

que cautamente sabrá

dél si a tu enemiga estima;

y siendo así, de su prima

tales cosas le dirá,

que la desdeñe injurioso,

para que ella, desdeñada,

de su amor desesperada,

quiera al Conde por esposo

Que mientras tenga esperanza

de que él su amor corresponde,

no hay pensar que verá el Conde

en sus rigores mudanza.

 

PRINCIPE. Es agudo pensamiento.

 

JUAN. Con amor y con lealtad

te sirve, y la voluntad

da fuerza al entendimiento.

Demás desto, considera

que sabiendo tu afición,

no se casará Alarcón,

aunque querido la quiera.

Y por un leve temor

que asegura su nobleza,

no ha de pagar mal tu Alteza

a un hombre de tal valor.

Ni permitas que Alarcón

me tenga por falso amigo,

pues de lo que hablé contigo

vió nacer tu indignación;

con que es forzoso entender

que ingrato y villano soy,

pues quito tu favor hoy

a quien vida me dió ayer.

Bien temí yo tu castigo

cuando te daba el recado;

mas la ley de buen criado

venció a la de buen amigo.

Esto ha de bastar, señor,

a que tomes otro acuerdo,

si mis servicios no pierdo,

si no me engaña tu amor.

 

PRINCIPE. Digo que me has convencido,

y de haberlo desterrado

estoy, Don Juan, lastimado,

cuanto más arrepentido.

Abrázame; que es razón

dar premio a tu gran nobleza,

y por ver esta fineza,

estimo aquesta ocasión.

 

JUAN. Por tal dueño poco es dar

la sangre, vida y honor.

Dame licencia, señor,

de que lo vaya a alcanzar.

 

PRINCIPE. Será, Don Juan, darle indicio

de liviana condición.

 

JUAN. Fia tu reputación

de mi ingenioso artificio.

 

PRINCIPE. Como la ocasión no pueda

colegir que esto ha causado,

a lo que le he encomendado

le dí que en la corte queda.

 

JUAN. ¿Partes luego?

 

PRINCIPE. Ya el rigor

de mi airado padre ves.

 

JUAN. Para alcanzarte, a mis pies

dará sus alas mi amor. (Vase.)

 

ESCENA VIII

 

 

(Salen CRIADOS ).

 

(El PRINCIPE , GERARDO , los dos PAJES y otros CRIADOS .)

 

PRINCIPE. ¿Puedo partir?

 

GERARDO. A tu Alteza

todo aguarda apercebido.

 

PRINCIPE. ¿Quién duda que estás sentido,

Gerardo, de mi aspereza?

 

GERARDO. Sólo tus pesares siento.

 

PRINCIPE. ¡Ah Gerardo! no te espante;

que es pluma leve un amante,

y celos y amor el viento.

Alégrete este rubí, (Dale una sortija.)

si por mi causa estás triste.

Y tú, pues que me sufriste

lo que sin razón reñí,

(Da a otro criado otra sortija.)

con este diamante, Otavio,

publica tu sufrimiento;

y a ti, el arrepentimiento

que tengo ya de tu agravio

(Da a otro una cadena.)

te diga aquesa cadena,

que me confiesa obligado.

 

PAJE °. Aumente el cielo tu estado.

 

GERARDO. Alivie Anarda tu pena.

 

PAJE °. A su curso natural

el río presto volvió.

 

GERARDO. ¿Quién a Príncipe sirvió

tan piadoso y liberal? (Vanse.)

 

(Habitación de GARCIA , en Madrid.)

 

ESCENA IX

 

 

(Salen GARCIA y HERNANDO , de camino.)

 

GARCIA. ¿Cómo está el Conde?

 

HERNANDO. No es nada.

¡Un piquete siente así!

Como es señor, es de vidro,

y está su vida en un tris.

Tiene en la tabla del brazo

una sangría sutil;

que la manga de la cota

no le llegaba hasta allí.

Una vena le rompiste;

desangrábase, y así

se desmayó; ya está bueno,

y ha pedido de vestir.

 

GARCIA. Huélgome. ¿Vienen las postas?

 

HERNANDO. Ya comenzaba a subir

el postillón, batanado

en el angosto rocín.

 

GARCIA. Mucho tarda a mi deseo.

 

HERNANDO. Esto ¿es irte, o es huir?

 

GARCIA. ¡Fuego de Dios en amores

y privanzas de Madrid!

 

HERNANDO. ¿Esos dos polos quisiste

con tus dos manos asir?

A entrambos pierde de vista

el ingenio más sutil,

y el que más alcanza, dice

que ha de conservarse aquí

Ganimedes con embuste,

y con dinero Amadís.

Andas en cueros por las calles

despreciado el dios Machín,

y como se ve tan pobre

y ciego, ha dado en pedir.

En amaneciendo Dios,

ya en chinela, ya en chapín,

de los nidos salen bandas

de busconas a embestir,

todas buscando el dinero,

no al galán sabio y gentil:

quien no tiene es un demonio,

y quien tiene, un serafín.

Ninguno cumple deseo,

si bien lo adviertes, aquí;

que el pobre jamás llegó

de sus intentos al fin;

y el rico, si no desea,

¿cómo lo puede cumplir?

Porque antes de desear,

alcanza el rico en Madrid.

Sin estos inconvenientes,

considero yo otros mil,

que es un asno el que en la corte

con ellos quiere vivir.

Un lancero ¿a quién no mata

con un cuerpazo hasta allí,

dando voces como truenos,

que hacen los perros huir?

¿A quién no cansa un barbón

con un tiple muy sutil,

lastimero y recalzado,

diciendo: «ili portuguí»?

¿Quién sufre un burro aguador,

que me sabe distinguir

a mí de un poste, y se aparta

del poste, y me embiste a mí?

¿Quién sufre un cochero esento

cuya lanza cocheril

rompe más entre cristianos

que entre moros la del Cid?

 

GARCIA. ¿Esas cosas te dan pena?

 

HERNANDO. Estas me la dan a mí,

que son con las que se roza

la jerarquía servil.

Y si cosas tan menudas

me desesperan así,

¿cuál estará entre las grandes

el que juzgan más feliz?

¡Buena pascua! Vamos presto:

nunca tan cuerdo te ví;

que aquí todo es embeleco,

todo engaño, todo ardid.

Al que promete aquí menos,

y al que cumple más aquí,

el pronóstico de Cádiz

no se la gana a mentir.

Coche y Prado son su gloria,

y esta se reduce al fin

a mirarse unos a otros,

y andar de aquí para allí.

Pero las postas son estas.

 

GARCIA. Pues alto, Hernando, a subir.

 

HERNANDO. Bien puedes; que a punto están

la maleta y el cojín. (Vase.)

Adiós, corte; adiós, Anarda.

 

ESCENA X

 

 

(Sale DON JUAN ).

 

( DON JUAN, GARCIA .)

 

JUAN. Los caballos despedid;

que os manda quedar su Alteza

en la corte.

 

GARCIA. ¡Qué decís!

 

JUAN. Que cesó la causa ya

por que os mandaba partir,

y así ha cesado el efeto.

 

GARCIA. ¿Y puedo saberla?

 

JUAN. Sí.

 

GARCIA. Decilla presto, Don Juan.

¿Qué causa al Príncipe di

de tan repentino enojo?

 

JUAN. Erráisos, Garci-Ruiz.

No de enojo, mas de amor

mudó el clavel en jazmín,

por una nueva que yo

de vuestro riesgo le dí.

 

GARCIA. ¿Y era el riesgo…?

 

JUAN. Del enojo

del Rey.

 

GARCIA.¿Del Rey contra mí?

 

JUAN. Por la herida de Mauricio.

 

GARCIA. Pues ¿quién le pudo decir

que fuí yo el actor?

 

JUAN. No sé:

por esto os mandó partir,

como os ama, temeroso

de algún suceso infeliz;

y el enojo que en él vistes

fué contra el pecho ruin

que a indignar al Rey con vos

dió aliento a la lengua vil.

Entró luego a ver al Rey,

y díjole con ardid

cómo a Toledo, García,

os llevaba a vos y a mí.

Que nos llevase en buena hora,

dijo su padre, y de aquí,

que era falsa, colegimos,

la nueva que yo le dí;

que a estar con vos indignado,

no os permitiera seguir

al Príncipe, y en su rostro

que mintió la fama ví.

Con esto y con que a su Alteza

libraros, Garci-Ruiz,

de cualquier riesgo es más fácil

que no apartaros de sí,

os manda quedar, y encarga

a ese esfuerzo varonil

lo que con voz ha tratado.

 

GARCIA. ¿Y es menester para mí

este recuerdo? A su Alteza,

Don Juan amigo, decid

que sólo triste partía

de pensar que le ofendí,

y, alegre de que fué engaño,

quedo a servirle en Madrid.

 

JUAN. Dadme los brazos, García.

 

GARCIA. Don Juan, ¿tan presto os partís?

 

JUAN. Al Príncipe he de alcanzar,

que va a Illescas a dormir.

(Ap. Ni más por tí pude hacer,

ni más te puedo decir;

valor y prudencia tienes,

tú sabrás mirar por tí.) (Vase.)

 

ESCENA XI

 

 

GARCIA. Encontró Amor a la Fortuna un día,

émula de su imperio soberano;

de Aqueloo las reliquias una mano,

y la rueda fatal otra movía.

 

El soberbio rapaz la desafía,

y el arco flecha; pero flecha en vano;

que no la ofende su poder tirano,

si el cetro menos él della temía.

 

Al fin, reconocidos por iguales,

dios cada cual en cuanto ciñe Apolo,

ni él las viras dejó, ni ella los giros.

 

¿Qué tanto soy contra enemigos tales?

No se vencen los dioses ¿y yo solo

bastaré a sus mudanzas y sus tiros? (Vase.)

 

(Sala en casa de ANARDA .)

 

ESCENA XII

 

 

(Salen JULIA, ANARDA e INÉS .)

 

JULIA. En lo que ahora te digo,

mi amor te quiero mostrar.

A Mauricio, tu enemigo,

el Rey pretende casar

contra tu gusto, contigo,

y siguiendo aqueste intento,

vendrá agora de su parte

quien acabe el pensamiento,

con orden para llevarte,

si resistes, a un convento.

 

ANARDA. Cuando la mano le dé

al Conde, o no tendré seso,

Julia, o sin vida estaré.

 

JULIA. Si te resuelves en eso,

un consejo te daré.

 

ANARDA. Ya, prima, tu lengua tarda.

 

JULIA. Éntrate al punto en el coche;

del furor del Rey te guarda;

que yo desde aquí a la noche

haré tu negocio, Anarda.

 

ANARDA. Bien dices.

 

JULIA. Presto; que ya

vendrá la gente que digo.

 

ANARDA. (Llamando.) ¡Hola! El coche.

 

INÉS. Puesto está.

 

ANARDA. El manto. Inés, ven conmigo.

 

JULIA. Las cortinas llevará

tendidas el coche, prima:

no sepan que vas en él.

 

ANARDA. Mucho tu amistad me anima;

que es una amiga fiel

la joya de más estima.

 

(Vanse ANARDA e INÉS .)

 

ESCENA XIII

 

( JULIA )

 

JULIA. (Ap.) ¡Qué bien la supe engañar!

Quien camina descuidado

es fácil de saltear.

Agora pienso acabar

el enredo comenzado.

Con esto a mi amor quité

el mayor impedimento;

que como a solas esté

con Alarcón, a mi intento

hoy dulce puerto daré.

Hoy lograré mi esperanza;

porque es necio el que no entiende

que hay peligro en la tardanza,

si con brevedad no alcanza

quien con engaños pretende.

 

ESCENA XIV

 

 

(Sale BUITRAGO .)

 

( BUITRAGO y JULIA .)

 

JULIA. Anarda ¿fuése?

 

BUITRAGO. Imagina

cada caballo español,

según con ella camina,

que lleva en el coche al sol,

y que es nube la cortina.

 

JULIA. ¿Viene Alarcón?

 

BUITRAGO. Al momento

me respondió que venía. (Vase.)

 

JULIA. Sus pasos son los que siento,

pues se alegra el alma mía

y se turba el pensamiento.

 

ESCENA XV

 

 

(Salen GARCIA y HERNANDO .)

 

( JULIA, GARCIA y HERNANDO .)

 

GARCIA. Sujeto a vuestro mandado

vengo a ver lo que queréis:

nada me encubra el cuidado,

pues me confieso obligado

a la merced que me hacéis.

 

JULIA. Gloria ilustre de Alarcón,

este cuidado que os muestro

no os pone en obligación,

porque por mi honor, el vuestro

procuro en esta ocasión.

Casarse con vos intenta

mi prima, que hacer pretende

a vos y a su sangre afrenta;

y como en ella me ofende,

tomo el remedio a mi cuenta.

Del vuestro pende mi honor,

y aunque para defendello,

casado, tendréis valor,

viendo el peligro, es mejor

evitallo que vencello.

 

GARCIA. ¿Posible es que sólo el celo

de lo que apenas os toca

os causa tanto desvelo?

Más viva causa recelo

que a tal cuidado os provoca.

 

JULIA. (Ap. Temblando está mi edificio;

esfuércelo otra invención.)

Parte es celo, parte oficio

que paga la obligación

en que me ha puesto Mauricio.

A su ruego lo he intentado,

y porque mi honor mejora;

y no habiéndolo alcanzado,

a ser tema viene agora

lo que fué razón de estado.

Pero ¿qué sirve que os cuente

la causa? El efeto ved

a vuestro honor conveniente;

si es buena el agua, bebed

sin preguntar por la fuente.

Yo os digo, Alarcón, verdad,

la causa cual fuere sea:

después, de vos os quejad;

sólo en el Príncipe emplea

Anarda su voluntad.

No os mueva el falso favor

de aquel honesto fingir,

porque su intento traidor

es, con vuestra mano, abrir

las puertas a ajeno amor.

Y porque sepáis, García,

si apresuran vuestro daño

(que esto a vos sólo podía

decirse) (Ap. con este engaño

he de hacer gran batería),

Anarda a cierto lugar

parte agora, igual al viento,

adonde la fué a esperar

su Alteza, para trazar

el fin deste casamiento.

 

GARCIA. ¡Que un pensamiento traidor

quepa en sangre principal!

 

JULIA. Como eso puede el amor,

pues que te prevengo el mal,

prevén remedio a tu honor.

 

GARCIA. El no casarme con ella

es el remedio.

 

JULIA. Alarcón,

si él llega a mandallo, y ella

da la mano, ¿qué razón

has de dar de no querella,

y más cuando tu de amor

a Anarda muestras has dado?

Viéndote así retirar,

¿por fuerza no han de pensar

que su intención te he contado?

Pues mira tú si es razón

que con el bien que te he hecho

granjee su indignación.

 

GARCIA. No cabe en mi noble pecho

ingrata imaginación.

 

JULIA. Y por tí también es justo

que algún ímpetu violento

temas del Príncipe injusto,

o porque no haces su gusto,

o porque sabes su intento.

Si ve su pecho real

que sabes falta tan grave

dél, teme un odio mortal;

porque todos quieren mal

a quien sus delitos sabe.

 

GARCIA. Ya que a mi incauto navío

mostraste con pecho fiel

el fiero oculto bajío,

sólo en tu valor confío,

Julia, que lo libres dél.

Aconséjame.

 

JULIA. El consejo

edad y prudencia quiere.

 

GARCIA. Mi amor en tus manos dejo;

que al más sabio y al más viejo

tu claro ingenio prefiere.

 

JULIA. Pues tanto te satisface

mi voluntad conocida,

que en tu bien discursos hace,

digo que la diestra herida

de la misma herida nace.

Si te ofenden con casarte,

el casarte te defienda;

busca a quien pueda igualarte,

y antes que el Príncipe entienda

que se trata, has de obligarte.

 

GARCIA. ¡Fuerte remedio!

 

JULIA. Violento;

mas pídelo el mal cruel,

y un honrado pensamiento

fácil arriesga el contento,

si aguarda el honor con él.

 

GARCIA. ¡Ay cielos! ¿Tanto rigor?…

 

JULIA. (Ap.) Ayude amor mi esperanza.

 

GARCIA. ¿Con hombre de mi valor?

¿Esto es corte? ¿Esto es privanza?

¿Esto honra?

 

JULIA. (Ap.) ¿Y esto amor?

 

GARCIA. ¿Cómo quieres que halle yo

mujer?…

 

JULIA. Si se determina

tu pecho a lo que me oyó,

quien el remedio ordenó

te dará la medicina.

 

GARCIA. ¿Mujer igual a quien soy

me darás?

 

JULIA. Digo que sí.

 

GARCIA. Pues determinado estoy.

 

JULIA. ¿Dirás que es igual a ti,

si igual a mí te la doy?

 

GARCIA. Y que excede a mi deseo.

 

JULIA. Pues en tí, noble Alarcón,

tan ilustres glorias veo,

que a la mayor presunción

pueden dar honroso empleo.

Mas cuando en casar contigo,

mucho de mi honor perdiera,

que diera la mano digo,

si de esa suerte saliera

con el intento que sigo.

 

GARCIA. ¿Qué dices?

 

JULIA. ¿De qué te alteras?

 

GARCIA. ¿Agora das en probarme?

 

JULIA. Las causas que consideras

me fuerzan; mas ¿obligarme

tú por ti no merecieras?

 

GARCIA. (Ap. Grandes malicias advierto:

mucho me da que entender

aqueste nuevo concierto.

Si me quiere esta mujer,

el engaño he descubierto,

yo lo veré.) Mi esperanza

de un favor tan soberano

teme el engaño o mudanza.

 

JULIA. ¿Darás crédito a la mano,

si la lengua no lo alcanza?

 

GARCIA. ¡Cuánto estimara tu intento,

a ser hijo del amor!

 

JULIA. Basta; no me dés tormento;

no engendra solo el honor

tan resuelto pensamiento.

 

GARCIA. ¿Luego en efeto me quieres?

Díme, por Dios, la verdad.

 

JULIA. ¡Qué discreto, Alarcón eres!

No dicen más las mujeres

de mi estado y calidad.

 

GARCIA. ¿Pues y Don Juan? ¿Qué diría?

Que sé que te quiere bien.

 

JULIA. Eso a mi cuenta, García.

 

GARCIA. Corre a la mía también,

porque de mí se confía.

 

JULIA. Don Juan sólo se entretiene,

porque al Príncipe acompaña

cuando a ver a Anarda viene;

mas ni mi favor le engaña,

ni es amor el que me tiene.

Y cuando me tenga amor

con que te obligue a lealtad,

mira si se está mejor

el conservar su amistad

que dar remedio a tu honor.

Si no le piensas callar

lo que hemos tratado aquí,

tu intención ha de estorbar;

que ha de querer agradar

más al Príncipe que a ti,

y no es razón que lo intentes

en mi daño.

 

GARCIA. En todo hallo

montañas de inconvenientes.

 

JULIA. Los del honor son urgentes.

 

GARCIA. Déjame por hoy pensallo.

 

JULIA. El remedio que te doy,

consiste en la brevedad.

 

GARCIA. Ya de eso advertido voy,

y de que a tu voluntad,

obligado, Julia, estoy. (Vase.)

 

JULIA. Grandes cosas he emprendido,

y mis enredos extraños

lo posible han excedido;

mas quien de amor no ha sabido

no condene mis engaños.

Buitrago.

 

ESCENA XVI

 

 

(Sale BUITRAGO .)

 

( JULIA y BUITRAGO .)

 

BUITRAGO. Señora.

 

JULIA. Id

donde mi prima os aguarda,

y que se venga decid.

 

BUITRAGO. En el Soto está.

 

JULIA. Y si Anarda

algo os pregunta, advertid… (Vanse hablando.)

 

(Calle.–Es de noche.)

 

ESCENA XVII

 

 

(Sale HERNANDO , de noche,

contando las horas que da un reloj.)

 

Dos, tres, cuatro, cinco, seis,

siete, ocho, nueve, diez, once.

¡Válgate Dios por mujer!

¿Has de venir esta noche?

¡Que a estas horas esté fuera

una doncella!¡Qué azotes!

¡Pobre coche el que una vez

una ballenata coge!

Piensa que el cochero es piedra

y los caballos de bronce,

y la noche, cuando viene,

lleva dos mil maldiciones.

¡Poh!¡Mal hubiesen los gatos

que dan algalia a estos botes!

Ya empiezan las cosas malas

de entre las once y las doce.

Como salen a tal hora

en otras partes visiones,

en Madrid por las narices

espantan diablos fregones.

¿Otro? ¡Mal haya la Arabia

que engendra tales olores!

Agora huele a adobado,

y es la quinta esencia entonces.

Coche suena; por la calle

sube de los Relatores…

¡Señor, señor!

 

ESCENA XVIII

 

 

(Sale GARCIA .)

 

( GARCIA y HERNANDO .)

 

GARCIA. ¿Qué hay, Hernando?

 

HERNANDO. Por acá, que viene un coche.

 

GARCIA. ¿Si será Anarda?

 

HERNANDO. La vuelta

da hacia su casa: paróse.

Mujeres son.

 

GARCIA. Ello es cierto.

Claramente se conoce

que Julia dijo verdad.

 

HERNANDO. ¡Dos solas, y a media noche!

 

ESCENA XIX

 

 

(Salen ANARDA e INÉS , con mantos.)

 

( ANARDA, INÉS, GARCIA y HERNANDO .)

 

GARCIA. Escucha, Anarda.

 

ANARDA. (Acercándose a la puerta de su casa.)

¿Quién es?

¡Hola! Una luz.

 

GARCIA. No dés voces.

Alarcón soy.

 

ANARDA. ¡Vos, señor!

¿Qué queréis?

 

GARCIA. No te alborotes.

 

ANARDA. ¿De qué, dónde vos estáis?

(Tira ANARDA a INÉS con temor hacia sí.)

 

INÉS. (Ap. a su ama.)

Ya entiendo. (Ap. El manto me rompe.)

 

GARCIA. Perdonad mi grosería,

si lo es preguntar de dónde

viene sola y a estas horas

una doncella tan noble.

 

ANARDA. Aunque para hablar no es este

tiempo ni lugar conforme,

aquel es tiempo y lugar

donde riesgo el honor corre.

Díjome Julia que el Rey

determinado dispone,

o que me entre en un convento

o que dé la mano al Conde,

y que esta tarde vendría

su gente por mí, con orden

de ejecutar este intento;

que con mi ausencia lo estorbe;

que ella, ausente yo, daría

traza como no se logre

el intento de Mauricio.

Aprobélo, tomé el coche,

y solas Inés y yo

nos fuimos al Soto, donde

un escudero de Julia

al anochecer llamóme.

Yo, que de espías del Rey

es fuerza que miedo cobre,

hasta las horas que veis

no quise salir del bosque.

 

GARCIA. (Ap.) Con lo que a su prima oí,

esto ¿qué tiene que ver?

A Anarda llego a creer,

y a Julia también creí.v

¡Ay de mí! ¿en qué ha de parar

la confusión de mi pecho?

 

ANARDA. ¿No estás, señor, satisfecho?

 

GARCIA. (Ap.) ¡Ah Dios! ¿Quién pudiera hablar?

 

ANARDA. ¿No hablas?

 

GARCIA.¿Tú fuiste, Anarda…?

(Ap. Por Dios que estoy por decillo.)

¿A verte?… ¿con el Sotillo?…

 

ANARDA. ¿Qué dices?

 

GARCIA. Digo que… Aguarda…

Que fuiste tú…

 

ANARDA. ¿Adónde fuí?

 

GARCIA. ¡Jesús, que priesa me das!

 

ANARDA. ¿No ves que en la calle estás,

y que yo estoy mal aquí?

 

GARCIA. Digo… (Ap. No puedo en efeto;

que si Anarda me ha mentido,

es darme por entendido

y descubrir el secreto.)

 

ANARDA. Si pones en mi verdad

y en mi honor dudas, advierte

que yo en el satisfacerte

no pongo dificultad;

con que adviertas, Alarcón,

que la obligación entiendo

de quien me pide, no siendo

mi esposo, satisfación;

y te des por entendido

de lo que te da a entender

quien, no siendo tu mujer,

satisfacerte ha querido.

 

GARCIA. ¿Tan torpe de entendimiento,

tan ciego piensas que soy,

que en tus tiernos ojos hoy

no te leyese el intento?

Y ¿tú decirme podrás

que no te he dicho mi pena,

que sólo el Príncipe enfrena

los intentos que me das?

 

ANARDA. Que no ha de estorbarme, advierte,

lo que convenga a mi honor,

y eso supuesto, señor,

yo quiero satisfacerte.

 

GARCIA. Luz es esta.

 

INÉS. Julia viene.

 

GARCIA. Y con ella la ocasión

con que la satisfación

puedo tener que conviene.

 

ANARDA. Dí cómo.

 

GARCIA. Díle que soy

el Príncipe, que, enojado,

incrédulo y porfiado,

celos pidiéndote estoy.

Que ella la verdad refiera;

y si concuerda contigo,

que estoy satisfecho digo.

 

ANARDA. Soy contenta.

 

ESCENA XX

 

 

(Salen JULIA y BUITRAGO , con una luz; éntrase BUITRAGO , con la luz; embózase GARCIA .)

 

( ANARDA, JULIA, INÉS, GARCIA y HERNANDO .)

 

ANARDA. Prima, espera.

Quita la luz. (A BUITRAGO .)

(Éntrase BUITRAGO con una luz, y embózase Don

GARCIA .)

 

JULIA. He bajado

a buscarte, prima, así,

porque ha gran rato que oí

el coche, y me dió cuidado.

(Ap. ¡Oh celos!)

 

ANARDA. Me ha detenido

su Alteza…

 

JULIA. (Ap.) Mi mal cesó.

 

ANARDA. Que por correrme, corrió

la posta.

 

JULIA. (Ap.) Amor lo ha traído.

 

ANARDA. Díle, prima, lo que pasa;

que me ha encontrado a la puerta,

y es milagro no estar muerta,

según en celos se abrasa.

De dónde vengo le cuenta,

y a qué de casa salí.

 

JULIA. Yo, señor, decir oí

que el Rey, vuestro padre, intenta

que Anarda la mano dé

a Mauricio, su enemigo,

o en un convento en castigo

de su resistencia esté,

y que hoy por ella enviaba

para ejecutarlo así;

yo al remedio me ofrecí,

si al rigor el cuerpo hurtaba.

Con esto al Soto partió,

donde la nueva ha esperado,

que Buitrago le ha llevado,

de que la fama mintió.

 

ANARDA. ¿Estás satisfecho?

 

GARCIA. Sí.

 

ANARDA. Prima, ¿y nuestro tío?

 

JULIA. Ya

entregado al sueño está.

 

ANARDA. Pues sube; que voy tras ti.

 

JULIA. Sin temer el menor daño

puedes hablar hasta el día.

(Ap. Quizá entre tanto García

vendrá a confirmar mi engaño.) (Vase.)

 

 

ESCENA XXI

 

 

(GARCIA, ANARDA, HERNANDO, INÉS.)

 

GARCIA. ¿Quién creyera que mentía

tan bien compuesta invención?

 

ANARDA. Ya te di satisfación.

 

GARCIA. Como tuya, Anarda mía.

 

ANARDA. ¿Qué determinas?

 

GARCIA. Rendir

a tu gusto mi albedrío.

 

ANARDA. Dichosa yo si eres mío.

 

GARCIA. Nada lo puede impedir.

 

ESCENA XXII

 

 

(Salen Don JUAN y el PRINCIPE , de camino; GERARDO .)

 

( ANARDA, INÉS, el PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, GERARDO,

HERNANDO ; luego BUITRAGO .)

 

JULIA. Rendidas quedan las postas.

 

PRINCIPE. Tal ha picado el amor.

 

JUAN. ¡La casa de Anarda abierta!

 

PRINCIPE. Sí; que estaba ausente yo.

 

JUAN. Tras la puerta hay una luz.

¿Entraremos?

 

PRINCIPE. Ciego estoy,

y la novedad obliga,

si convida la ocasión.

 

JUAN. Aquí hay gente. ¿Quién va allá?

 

GARCIA. Don Juan y el Príncipe son.

 

ANARDA. Sacad, Buitrago, esa luz. (Saca la luz.)

 

PRINCIPE. ¿Es Anarda?

 

ANARDA. Sí, señor.

 

PRINCIPE. ¿Quién está contigo?

 

GARCIA. ¿Quién

puede estar, sino Alarcón,

si por guardia vigilante

vuestra Alteza me dejó?

 

PRINCIPE. ¡En el zaguán y a tal hora,

solos y a escuras los dos!

 

GARCIA. En este punto, de fuera,

señor, Anarda llegó,

y yo, que estaba en espía

con los celos de tu amor,

de venir tan tarde estaba

preguntando la ocasión.

 

PRINCIPE. (Ap. a él.) Rabio, Don Juan.

 

JUAN. (Ap.) Disimula.

 

PRINCIPE. El seso perdiendo estoy.

 

JUAN. Toma de Julia el consejo:

de dos daños el menor.

Dala por esposa al Conde,

y, aunque con esa pensión,

verás fin en tu deseo,

y no en el suyo estos dos.

 

PRINCIPE. Gerardo, busca a Mauricio,

ESCENA XXII

 

 

(Salen Don JUAN y el PRINCIPE , de camino; GERARDO .)

 

( ANARDA, INÉS, el PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, GERARDO,

HERNANDO ; luego BUITRAGO .)

 

JULIA. Rendidas quedan las postas.

 

PRINCIPE. Tal ha picado el amor.

 

JUAN. ¡La casa de Anarda abierta!

 

PRINCIPE. Sí; que estaba ausente yo.

 

JUAN. Tras la puerta hay una luz.

¿Entraremos?

 

PRINCIPE. Ciego estoy,

y la novedad obliga,

si convida la ocasión.

 

JUAN. Aquí hay gente. ¿Quién va allá?

 

GARCIA. Don Juan y el Príncipe son.

 

ANARDA. Sacad, Buitrago, esa luz. (Saca la luz.)

 

PRINCIPE. ¿Es Anarda?

 

ANARDA. Sí, señor.

 

PRINCIPE. ¿Quién está contigo?

 

GARCIA. ¿Quién

puede estar, sino Alarcón,

si por guardia vigilante

vuestra Alteza me dejó?

 

PRINCIPE. ¡En el zaguán y a tal hora,

solos y a escuras los dos!

 

GARCIA. En este punto, de fuera,

señor, Anarda llegó,

y yo, que estaba en espía

con los celos de tu amor,

de venir tan tarde estaba

preguntando la ocasión.

 

PRINCIPE. (Ap. a él.) Rabio, Don Juan.

 

JUAN. (Ap.) Disimula.

 

PRINCIPE. El seso perdiendo estoy.

 

JUAN. Toma de Julia el consejo:

de dos daños el menor.

Dala por esposa al Conde,

y, aunque con esa pensión,

verás fin en tu deseo,

y no en el suyo estos dos.

 

PRINCIPE. Gerardo, busca a Mauricio,

y dí que lo llamo yo. (Vase GERARDO .)

 

ESCENA XXIII

 

 

(Salen JULIA y Don DIEGO.)

 

(ANARDA, JULIA, INÉS, El PRINCIPE, Don JUAN, GARCIA, Don

DIEGO, HERNANDO, BUITRAGO.)

 

JULIA. ¡En esta casa su Alteza!

 

DIEGO. ¿Qué novedades, señor,

a tal exceso os obligan?

 

PRINCIPE. Noble Don Diego Girón,

para evitar los disgustos

que hay entre Mauricio y vos,

quiero dar esposo a Anarda,

y hacer estas paces yo.

 

DIEGO. De vuestra mano real

es, señor, tan noble acción.

 

ANARDA. ¿Con quién, señor me casáis?

 

PRINCIPE. Al Conde, Anarda, te doy.

 

ANARDA. Para hacer así las paces,

menester no érades vos;

que ya fuera mi marido,

si hubiera querido yo.

Hacer lo que otro no puede

es milagro del valor:

y así, pues hacer las paces

el vuestro nos prometió,

y cumplirlo es imposible

si al Conde la mano doy;

para que cumplir podáis

tan precisa obligación,

a Garci-Ruiz la mano

con vuestra licencia doy.

 

PRINCIPE. (Ap. con Don JUAN.)

Arrojóse.

 

JUAN. Él no querrá;

que es leal, y ve tu amor.

 

PRINCIPE. (A ANARDA.) ¿Sabes que querrá Garcia?

 

GARCIA. Si quisiera a Anarda yo

de suerte, que mi mal diera

a la envidia compasión,

no me casara, no siendo

con vuestro gusto, señor.

 

PRINCIPE. ¡Qué bien dijiste, Don Juan!

Vos, Garcia, sois quien sois,

y sois mi primer amigo

y mi privado mayor.

 

GARCIA. Al Príncipe, Anarda, debes

esta mano que te doy;

porque, a no querer su Alteza,

no me obligara tu amor.

 

PRINCIPE. ¿Qué decís?

 

GARCIA. Vos ¿no queréis

casalla?

 

PRINCIPE. ¿Yo?

 

GARCIA. Sí, señor.

 

PRINCIPE. Con el Conde.

 

GARCIA. Con el Conde;

pero si habéis dicho vos

que vuestro mayor amigo

y mayor privado soy,

lo que dábades al Conde,

¿cómo puedo pensar yo

que me lo neguéis a mí?

 

HERNANDO.

(Ap.) Concluyólo, vive Dios.

 

PRINCIPE. Sofísticos argumentos

en el vasallo, Alarcón,

arguyen claras malicias,

sin disculpar el error.

Idos luego a vuestra tierra,

porque nunca bien sirvió

el que con su dueño arguye.

 

GARCIA. Puesto que el vivo dolor

de haberos dado disgusto

me atraviesa el corazón,

vuestro mandado obedezco,

y por él gracias os doy,

pues que trueco al bien de Anarda

los males de la ambición.

 

JUAN. Señor, mira que Garcia…

y su valor…

 

(Hablan los dos en secreto.)

 

PRINCIPE. Siempre vos…

 

JULIA. Al fin, necio ¿de su Alteza

perder quisiste el favor?

 

GARCIA. Perdílo ganando a Anarda;

favores del mundo son.

 

PRINCIPE. Vos lo pedís, y Garcia

tiene disculpa en su error.

 

JUAN. Alarcón, ya de su Alteza

tengo alcanzado el perdón.

 

GARCIA. Su benigno pecho alaben

cuantos gozan luz del sol.

 

HERNANDO.

Tantas vueltas en un día,

¿cuándo fortuna las dió?

 

JUAN. Julia, cumplid la palabra

que me distes.

 

PRINCIPE. Siendo yo

el padrino, bien podéis.

 

JULIA. Ya es forzoso; vuestra soy.

 

BUITRAGO. El Conde viene.

 

HERNANDO. ¡A buen tiempo!

 

 

ESCENA XXIV

 

 

(Sale el CONDE.)

 

(ANARDA, JULIA, INÉS, El PRINCIPE, El CONDE, DON JUAN,

GARCIA, Don DIEGO, GERARDO, HERNANDO, BUITRAGO.)

 

CONDE. Aunque sin salud, señor,

salí luego a obedeceros.

 

PRINCIPE. Yo mismo el tercero soy

para que le deis la mano,

Conde, a Don Diego Girón.

 

CONDE. Pensé que a Anarda.

 

PRINCIPE. Ya Anarda

es esposa de Alarcón;

y no os pese, que a fe mía

que os ha importado el honor.

 

CONDE. Pues Vuestra Alteza lo manda,

soy su amigo.

 

DIEGO. Vuestro soy.

Y los favores del mundo

dan fin, y piden perdón.

 

* * * * *

 

Y los favores del mundo

dan fin, y piden perdón.

 

 

La Industria y la Suerte

FIGVRAS DE LA COMEDIA

DON IUAN DE LUNA, galan.

ARNESTO, galan.

DON NUÑO, galan.

DON BELTRAN, viejo graue.

XIMENO, criado de DON IUAN, gracioso.

SANCHO, criado de ARNESTO.

AGUERO, vejete, escudero de BLANCA.

BLANCA, dama.

SOL, dama.

CELIA, criada de SOL.

[IULIO, alguazil.]

Acto I

 

Salen por vna puerta DON IUAN, y XIMENO, por otra ARNESTO y SANCHO.

 

XIMENO

¡Que este mercader impida

tu amoroso pensamiento!

SANCHO

¡Que quiera estoruar tu intento

este desnudo! por vida.

DON IUAN

¿Que he de hazer? tener paciencia,

estè de mi parte amor,

que yo tendrè en mi fauor,

aunque pobre, la sentencia.

ARNESTO

Agora que a Blanca aguardo,

Sancho, no es buena ocasion,

y por mi reputacion

me detengo y acobardo,

que esta es la lonja, y rezelo

lo que en Seuilla perdiera

de credito, si riñera

con esse pobre moçuelo.

Salga mi adorada fiera

de la Iglesia, que pretendo

acompañarla, y entiendo,

que tambien don Iuan la espera.

Que en el sucesso verè

lo que puedo hazer en esto.

XIMENO

¡Ha que a quien se llama Arnesto,

el cielo riquezas de!

Pero siempre lo veràn.

Señor, si quieres ser rico,

en Iustini o Federico

trueca el nombre de don Iuan.

Que la fortuna cruel

siempre al noble aborrecio,

mas al fin te prometio

Aguero dar el papel.

DON IUAN

Si, Ximeno.

XIMENO

¿Y que le diste?

DON IUAN

Dos doblones, que tenia.

XIMENO

¿Recibiolos?

DON IUAN

No queria.

 

XIMENO

¿Mas en efeto venciste?

DON IUAN

Si.

XIMENO

Ya sale Blanca hermosa.

DON IUAN

Con su padre, ah triste suerte.

SANCHO

Ya sale.

XIMENO

No has de atreuerte.

DON IUAN

La pobreza es tan medrosa,

que aun para la cortesia,

falta el animo.

 

(Sale BLANCA con manto, AGUERO, y DON BELTRAN, llega ARNESTO a acompañarla.)

 

 

DON BELTRAN

Señor

¿donde vais?

ARNESTO

Este fauor

me aueis de hazer.

DON BELTRAN

A fè mia

que me enoje.

XIMENO

Llega agora,

 

mientras porfian los dos.

 

(Hablala DON IUAN por vn lado a escusas de los demas.)

 

 

DON IUAN

Dos años ha que por vos

viuo sin alma, señora.

BLANCA

Dos años ha, que lo sè.

DON IUAN

Pues con que vos lo sepais,

hermoso dueño, le dais

bastante premio a mi fè.

ARNESTO

¡Ha zelos!

DON BELTRAN

Pues no os quereis

a mi peticion quedar,

Blanca os lo ha de suplicar.

BLANCA

Yo os suplico que os quedeis.

ARNESTO

(Al oido la habla.)

 

Yo os obedezco mas presto

si puedo, os aurà pesado

de que yo me aya quedado.

BLANCA

No os entiendo.

DON BELTRAN

A Dios, Arnesto.

 

 

(Vanse BLANCA, BELTRAN y AGUERO.)

 

 

ARNESTO

Señor don Beltran, a Dios.

XIMENO

Blanca te boluio a mirar.

ARNESTO

A solas tengo que hablar

cierto negocio con vos.

DON IUAN

A qui estoy.

ARNESTO

Venid conmigo.

 

 

(Vanse los dos.)

 

 

SANCHO

(A parte.)

 

Esto es hecho, a reñir van,

bien harè, si a don Beltran

este sucesso le digo.

(Vase.)

 

XIMENO

(Aparte.)

 

Ellos van desafiados,

sus deudos quiero auisar,

que impedir, y no ayudar,

toca a los buenos criados.

(Vase.)

 

 

(Salen SOL y CELIA.)

 

 

CELIA

Toda te vas despeñando.

SOL

Ya lo sè.

CELIA

Enmienda tu error.

SOL

Mas puede errando el amor

que la razon acertando.

CELIA

¿Tu no has visto su desden,

y sabes que no te quiere

don Iuan?

SOL

Si.

CELIA

¿Sabes que muere

por doña Blanca?

SOL

También.

 

CELIA

Pues resueluete, y porfia

a vencer tu propio daño,

a fuerça del desengaño.

SOL

Esso fuera, Anarda mia,

si como para juzgallo

ay ojos en la razon,

huuiera en el coraçon

fuerças para executallo.

 

(Sale XIMENO.)

 

 

XIMENO

¿Tu padre està en casa?

SOL

No.

XIMENO

¿No està en casa?

SOL

Esta mañana

 

a vn negocio a Cantillana

partio.

XIMENO

Iuraràlo yo.

SOL

Detente.

XIMENO

¿Yo lo juràra?

porque si agua he menester,

vna gota no ha de auer

por vn ojo de la cara.

SOL

Habla, Ximeno, ¿que es esto?

XIMENO

Vn negocio bien pesado,

al campo desafiado

va tu primo con Arnesto.

SOL

¿Que dizes? ¡ay desdichada!

¿mi primo don Iuan?

XIMENO

Don Iuan.

SOL

¿Y sabes a donde van?

XIMENO

Azia el campo de Tablada.

(Vase.)

 

SOL

Por Blanca riñen, ¡ay triste!

mal aya: Celia ¿que harè?

CELIA

¿Que has de hazer?

SOL

Que bien se vè,

que nunca de amor supiste.

¿Podrè, quando pierdo el seso

por don Iuan, quando se abrasa

el alma, aguardar en casa

el fin de aqueste sucesso?

CELIA

¿Pues que quieres?

SOL

Pues està

mi padre ausente, querria

irlo a ver.

CELIA

Que desvaria,

 

señores.

SOL

¿Pues que? ¿serà

muy grande excesso?

CELIA

En tu estado

¿puedes hazerlo mayor?

SOL

Tan ciego estado de amor

no mira razon de estado.

CELIA

Oye.

SOL

No me persuadas.

CELIA

La opinion quieres perder.

SOL

¿Quien nos ha de conocer

cubiertas y disfraçadas?

 

(Vanse.)

 

 

 

(Salen DON IUAN y ARNESTO.)

 

 

DON IUAN

Pedis vna sinrazon,

siendo notorio que he sido

primero en la pretension.

ARNESTO

Ni guarda razon Cupido,

ni a mi me falta razon.

Si sois primero en amor,

yo soy primero en fauor.

DON IUAN

Pues basteos, Arnesto, el sello,

sin que querais ser por ello

priuilegiado amador.

Pues yo, que primero fuy

en amar a Blanca bella,

amarla no os impedi,

no me impidais el querella

vos por mas dichoso a mi.

ARNESTO

Amar, o no amar, depende

de la voluntad del vno,

y aquel que comprar pretende,

no tiene derecho alguno,

hasta que quiera el que vende.

Y assi, aunque di mi querella

yo despues a Blanca bella,

con justa causa os impido,

pues auerme ella querido

me ha dado derecho en ella.

DON IUAN

Pues si della sois amado,

¿porque os rezelais de mi?

¿temeis veros derribado?

al que subir no impedì,

¿contrastarè leuantado?

Pues estais fauorecido,

gozad con verme perdido

el colmo de esse fauor,

que la gloria al vencedor

¿quien la da, sino el vencido?

Dexad que en mi tema estè,

porque el mal, que me lastima,

al bien vuestro aumento dè,

que la salud mas se estima,

quando vn enfermo se vè.

Y si estais aìrado y fiero,

porque yo por Blanca muero,

¿que vengança mas mortal,

que ver que me quiere mal,

y a vos bien, la que yo quiero?

No me pidais demasias.

ARNESTO

Yo aunque mas lloreis desden,

en amorosas porfias,

don Iuan, nunca estuue bien

con essas filosofias.

Y assi es mi resolucion,

que no querais la que quiero,

con razon, o sin razon.

DON IUAN

Aunque pese al mundo entero

seguirè mi pretension.

ARNESTO

Matareos.

DON IUAN

No hareis, no,

 

no temo brios bastardos,

el noble nunca temio,

¿pensais que es deshazer fardos:

matar hombres como yo?

ARNESTO

Ojala que no tuuiera

yo mas, que vos, que perder,

y que vn hombre pobre fuera,

que mi valor os hiziera

con esta espada entender.

Y assi, don Iuan, no me assombro

de vos, ni animoso os nombro,

que en perderos ¿que perdeis,

supuesto que no teneis

mas, que la capa en el ombro?

Por esto no me conuiene

mataros yo, que otro aurà,

que por mi essa lengua enfrene,

que este priuilegio dà

el dinero, a quien no tiene.

 

(Quiere irse ARNESTO, detienelo DON IUAN.)

 

 

DON IUAN

Aguardad, que es disparate,

que yo este lance dilate,

yo mismo mataros quiero,

(Va a sacar la espada.)

 

ya que no tengo dinero

para que otro por mi os mate.

ARNESTO

Tened, don Iuan, esperad.

DON IUAN

¿Con que intento me sacastes

al campo de la ciudad?

¿con ser rico imaginastes

dar miedo a mi calidad?

sacad la espada.

ARNESTO

No fue

 

mas, que de deziros esto,

la intencion con que os saquè.

DON IUAN

Vuestra obligacion, Arnesto,

bien clara en esso se vè.

Si fuerades Cauallero,

del duelo y del desafio

no ignorarades el fuero:

pero yo, que lo soy, quiero

cumplir, como deuo, el mio.

(Saca DON IUAN la espada.)

 

Sacad la espada.

DON BELTRAN

¿Que es esto,

 

don Iuan?

 

(ARNESTO en viendo a DON BELTRAN saca la espada.)

 

 

ARNESTO

Apartad.

DON BELTRAN

Arnesto

deteneos.

ARNESTO

Si no llegàra

don Beltran, yo castigàra

vuestras arrogancias presto.

DON BELTRAN

Pues a tan buen tiempo vengo,

baste ya.

ARNESTO

Por vos me abstengo,

abrasado el coraçon.

DON BELTRAN

Poneisme en obligacion,

(A parte.)

 

mas al que calla me atengo.

¿Pues que ha sido? que quisiera,

que mi venida luziera,

dadme los dos las dos manos,

¿tan honrados ciudadanos

se arriesgan desta manera?

ARNESTO

Si don Iuan promete hazer

lo que pido, en mi amistad

siempre el primero ha de ser.

DON IUAN

Yo no lo he de prometer.

ARNESTO

Pues, don Beltran, perdonad.

(Vase.)

 

DON BELTRAN

¿Que es esto, don Iuan que es esto?

¡sabes que estàs deste modo

a todo este pueblo opuesto!

y digo a este pueblo todo,

¿pues todo lo manda Arnesto?

DON IUAN

Sè que yo soy Cauallero,

y quando el lugar entero

a Arnesto agradar intente,

es vn hombre solamente

fabricado de dinero.

¿Que tengo, que saber mas?

DON BELTRAN

Mas tienes, te certifico:

que en la tierra, donde estàs,

es el linage del rico,

el que a todos dexa a tras.

No se opone a la riqueza,

si es pobre, aqui la nobleza,

que si he de dezir verdad,

dineros son calidad,

y la pobreza es vileza.

Mira no te desenfrenes

fiado en tu sangre noble,

porque el, si a contienda vienes,

mas amigos tendrà al doble,

que gotas de sangre tienes.

En la Corte son fautores

aquellos grandes señores

con razon de la nobleza,

que como en ellos se empieça,

defiendenla sus autores.

Mas como en este emisfero

es el vso mas valido

tratar y buscar dinero:

a todos es preferido,

aquel que lo halla primero.

Y assi mientras pobre fueres,

el ardiente orgullo doma,

y pues que tan cuerdo eres,

mientràs en Roma estuuieres,

viue a la vsança de Roma.

Perdoname, que aunque lexos

de culparme no estaràs,

que yo te dè estos consejos,

sin pedillos, ya sabràs,

la licencia de los viejos.

(Vase.)

 

DON IUAN

¡Que apacible consejero

para estar desesperado!

tambien està declarado

por el vando del dinero.

Ved que esperança tendrè

despues desto que le he oido,

de que a mi por bien nacido

su hermosa hija me dè.

 

( Sale XIMENO.)

 

 

XIMENO

¿Señor?

DON IUAN

¿Ximeno?

XIMENO

¿Que ha auido?

DON IUAN

Auiendo tenido al lado

vn tan valiente criado,

¿que puede auer sucedido?

XIMENO

Si vi que solo venia

contigo Arnesto, señor,

¿no afrentâra tu valor,

si te hiziera compañia?

DON IUAN

Si tuuiera preuencion

en el campo mi enemigo,

¿fuera bien seguirme?

XIMENO

Digo,

que seguirte era razon.

Mas viendo que si tenia

preuenida la emboscada,

Arnesto, sola mi espada

corto socorro seria.

Para auisallos, busquè

tus deudos, mas fue buscar

fuego en las olas del mar,

pues como ninguno hallè

desde la ciudad aqui

he venido en solo vn punto,

en este rostro difunto

veràs si volè, ò corri.

Y aunque por campo, y ciudad

atras el viento he dexado,

como Santelmo he llegado

despues de la tempestad.

DON IUAN

Si yo menester lo huuiera,

tarde el socorro venia,

y aun pobre nueuo seria

que a buen tiempo le viniera.

Todo lo que aqui passò

claro, sin dezirlo, estâ

Ximeno, pues sabes ya

quien es el, y quien soy yo.

Tambien sabes la ocasion,

pues sabes que a Blanca bella,

como yo muero por ella,

el también tiene aficion.

XIMENO

¿Pues que quiere el mercader?

DON IUAN

Quanto quiera alcançarâ,

porque tanto poder dà

en esta tierra el tener.

XIMENO

Y para impedir tu amor,

¿en que funda su derecho?

DON IUAN

Dize que Blanca le ha hecho

primero, que a mi, fauor.

XIMENO

¿Blanca fauor?

DON IUAN

No lo creo.

XIMENO

Pues bien lo puedes creer,

¿el rico, y ella muger?

pareceme que lo veo.

 

(Salen SOL, y CELIA con mantos, y DON NUÑO.)

 

 

DON NUÑO

Creyendo voy que a Tablada

me aueis sacado a reñir,

que bien os pueden seruir

los ojos de ardiente espada.

Pero que aueis quebrantado

el vso comun aduierto,

que primero me aueis muerto,

y despues desafiado.

De prodigiosa os preciais,

pues quando sin vida estoy,

como viuo hablando voy,

y como muerta callais.

CELIA

Este es don Iuan.

SOL

Gloria a Dios,

que sin peligro le vi,

señor don Nuño, hasta aqui

pude valerme de vos.

Agora por cortesia

os suplico, que os quedeis.

DON NUÑO

¿Possible es que me dexeis

sin mi, y sin vos, gloria mia?

¿Que aun el nombre no merezco

saber?

SOL

Si mas porfiais,

no mereceis, y cansais.

(Apartese.)

 

DON NUÑO

Por merecer, obedezco.

XIMENO

Aqui viene bien mi ayuda,

que somos dos, y ellas dos.

DON NUÑO

¿Que me quieres, ciego Dios?

a don Iuan buscan sin duda.

¿Que tormenta es esta, cielos?

¿y que repentino ardor?

aun no ay centellas de amor,

y ya ay bolcanes de zelos.

Despues que me has abrasado,

¿me mandas, fiera quedar?

seguirète hasta cobrar

el alma, que me has quitado.

(Vase.)

 

CELIA

Boluernos a la ciudad,

sin hablarle, es lo mejor,

que aunque es la causa su amor,

el efeto es liuiandad.

SOL

Es parecer acertado,

cubrete bien.

XIMENO

Viue Dios,

que van huyendo las dos.

DON IUAN

Con esso me han obligado

a sospechar y seguir:

aguardad, señora mia,

dezid para que salia

al campo, ¿quien ha de huir?

¿No respondeis? mas crecida

sospecha agora me dais,

que por algo rezelais

ser en la voz conocida.

Y al passo de esse rezelo

en mi el deseo se enciende,

pues el muro que os defiende

es vn delicado velo.

Corred, mas no lo corrais,

que ya por lo transparente

he visto quan justamente

de auergonçada os tapais.

¿Vos sois mi prima? ¿que es esto?

Sol ¿vos salis desta suerte?

SOL

(Descubrese.)

 

A ver tu vida, o tu muerte.

¿Que has tenido con Arnesto?

DON IUAN

¿Yo con Arnesto?

SOL

Enemigo,

 

pendencias por Blanca son,

mira que de tu traicion

te dà el amor el castigo.

Mira bien que su hermosura

no iguala con mi firmeza,

y no es mayor su belleza,

aunque es menor mi ventura.

Mira que te quiero mas,

que tu a Blanca, ver te obligue,

que huyes de quien te sigue,

y tras de quien huye vas.

DON IUAN

Reportate, buelue en ti,

que estoy confuso y corrido

de ver que ayas excedido

de tu obligacion assi.

Tu, doña Sol, (caso feo)

¿desta suerte sales fuera?

por Dios que no lo creyera,

y lo dudo, aunque lo veo.

Tu, donzella principal,

¿has de rogar, aunque mueras,

a vn hombre? ¡ha, si bien supieras

quanto parecio mas mal

Dido ofreciendo al Troyano

las glorias de su belleza,

que pagando su flaqueza

muerta con su propia mano!

SOL

Si yo, falso, començàra

rogandote con mi amor,

fuera bien que tu rigor

mi liuiandad acusara.

Mas si por auer tratado

los dos nuestro casamiento,

justamente el pensamiento

toda el alma te ha entregado.

Viendo burlar mi esperança,

esto que he hecho, traidor,

no es solicitar tu amor,

sino culpar tu mudança.

Y assi no es razon que arguyas

de liuianas mis porfias,

ni que finjas culpas mias,

para disculpar las tuyas.

DON IUAN

Sol, en injustas razones

estriua tu sentimiento,

y en vn vano fundamento

la obligacion que me pones.

Tu no te has certificado

a que sali con Arnesto,

ni tienes mas razon desto,

que la que tu has sospechado.

Pues mi obligacion, bien sabes,

que no puede ser menor,

que palabras en amor

son las prendas menos graues.

Tratamonos de casar,

tratamos: yo lo confiesso,

si me quisiste por esso,

la suerte deues culpar.

Pues tu diuina belleza

prohibe a mi voluntad,

por ser nuestra calidad

igual con nuestra pobreza.

SOL

Quando empeçaste a tratallo,

¿como en esso no miraste?

DON IUAN

Si mirè, mas no ignoraste,

que entonces, para intentallo,

toda la esperança mia

estuuo solo fundada

en la herencia, que la armada

de las Indias me traìa.

Hizola vn furioso viento

tessoro inutil del mar,

con que fue fuerça mudar,

sino el amor, el intento.

Que nuestros deudos han sido

deste parecer de suerte,

que aun el hablarte, y el verte

estoruarme han pretendido.

Assi, que a no poder mas

mudo intento, si pudieres,

haz lo mismo, que si quieres,

muger eres, y podràs.

 

(Vanse el y XIMENO.)

 

 

SOL

Ruego al cielo, pues permite,

cruel, tu injusto rigor,

o que me quite el amor,

o que la vida me quite.

 

(Vanse.)

 

 

 

(Sale AGUERO con vn papel cerrado.)

 

 

AGUERO

El riçado moçaluito,

casco alegre, y pie liuiano,

no aduierte que ay escriuano,

que huele a legua vn delito.

Y juezes tan enteros,

que por esta liuiandad

me traeran por la ciudad

hecho vn Arçobispo en cueros.

Pues luego Blanca codicia

del amor el dulce trato,

no viue con mas recato

vna beata nouicia.

¡Que don Iuan me ponga en esto!

viue Dios que estoy tentado,

mas mi palabra le he dado,

en obligacion me he puesto.

Dios me libre, que esta moça,

segun es dura y cruel,

temo que deste papel

me fabrique la coroça.

 

(Sale BLANCA.)

 

 

BLANCA

¿Aguero?

AGUERO

Señora mia.

BLANCA

¿Que ay de nueuo?

ARNESTO

Essa belleza,

que admira naturaleza

por mas nueua cada dia.

Ay, Blanca, que la ciudad

toda alabaros procura,

el mancebo la hermosura,

el viejo la honestidad.

Ay que se que tierno y firme

alguno en vuestra aficion.

BLANCA

Basta ya de adulacion,

¿teneis algo que pedirme?

AGUERO

No, que daros si, por Dios,

porque a vos, señora mia,

quien os vè, ¿que no querria

darse todo entero a vos?

Bien parece que no ois

los suspiros y las quexas,

que estas paredes y rejas

despiertan, mientras dormis.

Por Dios que estoy ya cansado

de mil buenos, que a mi vienen

a dezirme el mal que tienen,

de vuestros ojos cansado.

Quiçà piensan que su amor

he de deziros, mal año,

que de vuestro pecho estraño

no saben, qual yo, el rigor.

Que sino fuera por esso,

fundara en vuestra belleza

de renta mayor riqueza,

que dizen que tuuo Cresso.

Que aun oy a mi se llegaua.

BLANCA

Sacadme de esse aposento

vn libro.

AGUERO

(A parte.)

 

¡Que pensamiento

quando al de amor la guiaua!

Al mejor tiempo me impide.

BLANCA

¿No vais?

AGUERO

¿Que libro os agrada?

 

BLANCA

Dadme a Fray Luis de Granada.

AGUERO

Bien con mi intento se mide.

(Vase.)

 

BLANCA

El tiene alguna embaxada,

segun sospecho, que darme,

y es ley de mi honor mostrarme

tan esquiua y recatada.

Aunque la curiosidad

con fuerça me solicita.

(Sale metiendo el papel en el libro.)

 

AGUERO

El que la ocasion me quita,

me la ha de dar en verdad.

El villete pondrè aqui,

que aunque el libro es santo y bueno,

en vaso de oro el veneno

se suele esconder assi.

¿Es este señora?

BLANCA

El es.

 

No leyendo, mucho aciertas.

AGUERO

(Dale el libro.)

 

Tres tienes, y en las cubiertas

los conozco todos tres.

(A parte.)

 

A solas quiero dexalla,

que pierdo el miedo al honor,

que con los solos amor

haze mas bien su batalla.

(Vase.)

 

BLANCA

(Empieça a leer.)

 

Capitulo: al fin Aguero

se fue sin dezirme nada,

el temio verme enojada,

cobarde es para tercero.

Vn curioso pensamiento

altera mi coraçon,

o centellas de amor son

las inquietudes que siento.

Porque ¿donde ay fortaleza

para poder resistir

dos años de combatir

con amor y con firmeza?

(Abre el libro, y saca el papel.)

 

Pero ¿que es esto? ¿papel

sin sobre escrito, y cerrado?

ya entiendo: el libro me ha dado

Aguero, y lo puso en el.

Y por esso me dexò

a solas, segun aduierto,

como caçador experto,

puso el lazo, y se escondio.

¿Si es de don Iuan? pierdo el seso

por verlo, mas no quisiera

que Aguero de mi entendiera

tan no acostumbrado excesso.

Cerrado viene, ¿que harè?

mas pues sola me ha dexado,

con la traça que he pensado,

dissimular lo podrè.

(Abre el papel.)

 

Que cerrando otro papel

de la forma que este viene,

pues sobre escrito no tiene,

podrè engañarle con el.

Rompiendo lo, sin abrillo

en su presencia: esto es hecho.

(Lee la firma.)

 

Don Iuan de Luna. Del pecho

sale el alma a recibillo.

(El papel.)

 

Si fue contingente el veros,

fuerça fue, Blanca, el amaros,

sin remedio el oluidaros,

impossible el mereceros:

entre combates tan fieros

nunca la desconfiança

en mi amor hizo mudança,

y pocas vezes se vè,

que no enflaquezca la fè,

donde falta la esperança.

Pero yo que solo atiendo

a amar y no a merecer,

Blanca, en pudiendo os querer,

alcanço lo que pretendo:

y assi aunque viuo muriendo,

nunca os pedirè la vida,

no que esteis agradecida,

mas solo que permitais,

pues que vos misma obligais

a quereros, ser querida.

(Fin.)

 

Don Iuan de Luna, ¿que leo?

¿son versos, amor, o son

flechas para el coraçon,

y rayos para el deseo?

A responder soy forçada,

que amante, y correspondida

es necedad conocida

el morir de recatada.

De Aguero no ay que fiar

los secretos de mi honor,

que tiene poco valor,

para saberlos callar.

Pero buena traça es esta,

el mismo viejo ha de hazer

que se la dè, sin saber

que se la dà, la respuesta.

(Escriue, y habla lo que escriue.)

 

A tan hidalga porfia

fuera crueldad la esquibeza,

agradezco tu firmeza

justa ocasion de la mía:

al balcon de medio dia

a media noche te espero,

donde hablarte a solas quiero,

que en las cosas de opinion

liuianos testigos son

vn papel, y vn escudero.

(Fin.)

 

Mi amor se determinò,

cerrarèlo de manera,

que este papel no difiera

del que don Iuan me embió.

Que assi no ha de conocello

el viejo, y si por mi daño

don Iuan no entiende el engaño,

no vengo a arresgar en ello

mas que vn pliego de papel,

(Mientras ha dicho esto ha cerrado el papel como estaua el de DON IUAN.)

 

pues solo mi padre vio

mi letra, y no he puesto yo

razon conocida en el.

Aguero.

 

(Assomasse AGUERO en el vestuario.)

 

 

AGUERO

Señora.

BLANCA

Entrad.

AGUERO

(A parte.)

 

El diablo me hizo alcahuete.

BLANCA

(Muestrale su villete.)

 

¿Pusistes este villete,

vos aqui? dezid verdad.

AGUERO

Yo lo puse.

BLANCA

¿Para que?

acabad, ¿en que dudais?

AGUERO

Para que vos lo leais,

que enojaros rezelè.

Y porque palabra di

obligado y condolido

de don Iuan de Luna, ha sido

forçoso darosle assi.

BLANCA

No aueis tenido razon

en lo que intentado aueis,

pues con solo esso poneis

mi opinion en opinion.

Y sino miràra yo,

villano, lo que perdiera

con solo que se supiera,

que nadie a tal se atreuio,

lleuarades os prometo

tantos palos, que otro dia

a vna vil esclaua mia

no perdierais el respeto.

Passar sin castigo puede,

por el primero, este error,

mas porque del en mihonor

ningun escrupulo quede.

(Dale el papel.)

 

Bolued a don Iuan cerrado

su villete, que con esso

su locura, y vuestro excesso

viene a quedar remediado.

AGUERO

Harè Io que me mandais,

el vil oficio maldigo,

y a quien mas lo vsare.

BLANCA

Digo,

que a don Iuan se le boluais.

AGUERO

Lo que vna vez me dixistes,

¿quando a mi se me oluidò?

BLANCA

Mirad que he de saber yo

si en su mano se le distes.

AGUERO

Dalle, el papel le pondrè

señora, en sus propias manos.

¡Ay doblones soberanos,

que poco tiempo os gozè!

(Vase.)

 

BLANCA

Hermano.

 

(Sale DON NUÑO.)

 

 

DON NUÑO

Blanca querida,

por remedio vengo a ti.

BLANCA

¿De que? don Nuño.

DON NUÑO

¡Ay de mi!

no menos que de la vida.

BLANCA

Pues habla.

DON NUÑO

Aunque es mi intencion

 

a tu estado desigual,

ser mi peligro mortal

dà justa dispensacion.

Yo estoy, para que concluya,

y sepas mi triste estado,

Blanca mia, enamorado.

BLANCA

¿De quien?

DON NUÑO

De vna amiga tuya.

Sol, de mi mal causa bella,

salio al campo de Tablada,

y aunque la vi disfraçada,

seguila hasta conocella.

Basta dezir que la vi,

para auer dicho que muero,

y el remedio no lo espero,

sino me viene de ti.

Procura estrechar con ella

la amistad, hermana mia,

porque con tu terceria

venga mi amor a vencella.

BLANCA

Mirar por tu vida es justo.

De que iràs a visitalla

mañana, quiero auissalla.

BLANCA

Disponlo, hermano, a tu gusto.

DON NUÑO

Aduierte, que con don Iuan

de Luna trata de amor,

segun sospecho.

BLANCA

¡Ha traidor!

¿quien?

DON NUÑO

Doña Sol de Guzman.

BLANCA

¿No son primos?

DON NUÑO

Deudos son,

pero no son tan cercanos,

que para darse las manos

aguarden dispensacion.

BLANCA

Muerta soy.

DON NUÑO

Digo que aduiertas

que trata con el amores,

porque de hazerle fauores,

como puedas, la diuiertas.

(Vase.)

 

BLANCA

Ola, Aguero, ya se ha ido,

ya mi papel le aurà dado,

¿que pueda auerme engañado

el que tan constante ha sido?

¿Que el amor en persuadirme

toda su fuerça pusiesse,

y en la otra mano tuuiesse

la causa de arrepentirme?

¿Que he de hazer ya declarada

si vè el papel? ¿que he de hazer,

sino morir, o vencer

zelosa, y enamorada?

(Vase.)

 

 

(Salen ARNESTO, y SANCHO de noche.)

 

 

ARNESTO

No se atreuio el escudero

a lleuarle vn papel.

SANCHO

¿No?

si Aguero no se atreuio,

tengolo por mal aguero.

ARNESTO

Dize, que es tan virtuosa,

tan honesta y recatada,

que la deuocion le agrada

solamente.

SANCHO

¡Estraña cosa!

 

ARNESTO

Tanto mas loco me veo,

Blanca, con la resistencia,

don Iuan con la competencia,

encienden mas mi deseo.

Y a quitar inconuenientes

me resueluo.

SANCHO

Bien haràs.

ARNESTO

Pues oye, tu buscaràs,

Sancho, dos o tres valientes

destos, que pagados dan

muertes y heridas, que quiero

hazer sin riesgo al dinero

homicida de don Iuan.

SANCHO

Esso es facil, la memoria

quiero recorrer, señor,

(A parte.)

 

¿por donde puedo mejor

dar triste fin a mi historia?

Que el es rico, y su pecado

el no, yo lo he de pagar,

pues la soga ha de quebrar

siempre por lo mas delgado.

Dirèle que si, y fingiendo

inconuenientes, el daño

dilatarè, que el engaño

mas seguro es concediendo.

Gloria a Dios, que me he acordado:

vn hombre llamarte quiero,

que es de Madrid, y el primero

por lo valiente y callado.

ARNESTO

Esso es lo que he menester,

¿y como se llama?

SANCHO

Cid

 

por mal nombre.

ARNESTO

¿Y de Madrid?

SANCHO

¿Pues de donde puede ser,

sino del lugar felice

en que el Rey de España nace,

quien no diga lo que haze

y quien haga lo que dize?

ARNESTO

Buscalo luego.

SANCHO

De mi

puedes fiar.

ARNESTO

Muera, ingrata,

el que de zelos me mata,

quiçà me querras assi.

SANCHO

Si que no son pedernales

sus entrañas, y ya creo,

que te quiere.

ARNESTO

Ay Dios que veo

contra mi muchas señales.

Que mañana, dize Aguero,

que a doña Sol de Guzman

la parienta de don Iuan

va a visitar la que quiero.

Mira, si es bien de temer

esta liga.

SANCHO

No señor,

 

que don Iuan a tu valor

¿que competencia ha de hazer?

Si con poder la regalas,

si con galas la festejas,

¿correrà don Iuan parejas,

aunque amor le dè sus alas?

ARNESTO

Bien dizes, quiero seruilla

publicamente.

SANCHO

Esso si.

ARNESTO

Mi amor serà desde aqui

la fabula de Seuilla.

Quiça la publicidad

engendrarâ amor en ella.

SANCHO

O al menos vendrà a vencella,

sino a mor, la vanidad.

ARNESTO

Pues auisa a don Iulian

por la mañana, al gallardo

don Francisco, a don Bernardo,

y a don Pedro de Luxan.

No que de al fin Cauallero,

que conozcas por mi amigo,

Sancho, que no hagas testigo

de que enamorado muero.

Y que para festejar

a la que adoro quisiera,

que a cauallo y de carrera

todos me fuessen a honrar

mañana.

SANCHO

Dexame hazer,

y descuida, que si alcança

don Iuan alguna esperança,

mañana la ha de perder.

ARNESTO

Aderecenme el ouero

con rizos, cintas y galas,

que sus pies han de ser alas,

con que buele al bien que espero.

Oye. ¿Es relox?

SANCHO

Si señor.

 

ARNESTO

Cuenta.

SANCHO

Dos.

 

(Sale BLANCA a la ventana.)

 

 

BLANCA

Entre las glorias

de tus mayores vitorias

puedes poner esta, amor.

Gente veo: mi inuencion

sinduda entendio don Iuan.

El y Ximeno seran,

que son dos.

SANCHO

Las doze son.

ARNESTO

Quedo, Sancho.

SANCHO

Viue Dios

que ay en el balcon de Blanca

vn bulto con toca blanca.

BLANCA

El llega.

SANCHO

Muger sois vos.

ARNESTO

Quiero hablar.

SANCHO

Muda señor

la voz, que por dicha es

su padre el vulto que vès,

y lo blanco el tocador.

Y es cosa que ha sucedido

requebrar a la muger

vn amante, y responder

con vna vala el marido.

ARNESTO

¿Es Blanca?

BLANCA

Quien es.

ARNESTO

Señora

 

¿a tal hora que dudais?

¿a quien, sino a mi, aguardais

en esse balcon?

BLANCA

(A parte.)

 

Agora

estoy ya cierta que es el,

y que mi papel leyò,

que en esto señas me dio

de lo que dize el papel.

¿Es don Iuan?

ARNESTO

No me obligueis

con preguntarlo a pensar,

que a otro podeis aguardar.

(A parte.)

 

¡Ha enemiga!

SANCHO

¿Essas teneis?

BLANCA

Yo os respondi agradecida,

don Iuan, a vuestro cuidado,

pero ya de auerlo estado

me hallareis arrepentida.

Porque he sabido despues,

que a doña Sol vuestra prima

estimais, y ella os estima,

y si a caso el interes

de mi dote os ha obligado

a fingir aqui aficion,

teniendo allà el coraçon,

engañais muy engañado.

Que si para mi marido

sois pequeño todo vos,

que serà si entre las dos

estais, don Iuan, diuidido.

ARNESTO

Hermoso dueño, escuchad.

SANCHO

Matala a zelos.

 

(Salen DON IUAN, y XIMENO.)

 

 

XIMENO

Dos son,

y estàn hablando al balcon.

BLANCA

Que viene gente, callad.

DON IUAN

¿Vos sois Blanca, la cruel,

la esquiua, la recatada,

la que me bolueis aìrada,

sin leello, mi papel?

XIMENO

¡La santica! fuego en ti.

DON IUAN

Si es Arnesto, viue Dios,

pues estamos dos a dos,

que hemos de acabar aqui

el desafio, esta vez

propone a Blanca el amor

por premio del vencedor,

siendo ella misma el juez

XIMENO

Si estàn solos, verâs presto

la calle desocupada,

pero tener emboscada

es sin duda, si es Arnesto.

DON IUAN

¿Ya temes?

XIMENO

No me acobardo,

que preuenir no es temer,

dexame reconocer

primero el campo.

(Vase.)

 

DON IUAN

Aqui aguardo.

SANCHO

El vno se và, y sin duda

el otro, que se ha quedado,

pues guarda el puesto ha embiado

a llamar gente en su ayuda.

ARNESTO

Bien dizes.

SANCHO

Y es de inferir,

que quien tan cerca se ha puesto,

viendonos en este puesto,

tiene gana de reñir.

ARNESTO

¿Si es don Iuan?

SANCHO

Sin duda alguna,

 

y Troya ha de ser aqui.

ARNESTO

Oye pues me tiene a mi

Blanca por don Iuan de Luna.

Para desacreditalle

con ella, Sancho, lleguemos,

y las espadas saquemos

para echallo de la calle,

y en sacandola don Iuan

huyamos.

 

(Sacan las espadas.)

 

 

SANCHO

De buena gana,

que es la industria soberana.

BLANCA

¡Triste de mi! a reñir van.

ARNESTO

Sancho, callando ha de ser,

para no ser conocidos

del ni de Blanca.

 

(Embisten a DON IUAN, y el saca la espada, y se acuchillan, ARNESTO, y SANCHO huyen.)

 

 

DON IUAN

Atreuidos

la ventaja os pudo hazer.

Mas presto la de mi espada

arrepentir os harà.

 

(Sale XIMENO.)

 

 

XIMENO

El diablo anda suelto.

BLANCA

Ya

està la question trauada.

 

(Entranse huyendo ARNESTO y SANCHO, y tras ellos DON IUAN.)

 

 

Mas cielos, ¿que es esto? ¿dos

huyen de vno? has oluidado

la sangre que has heredado,

don Iuan.

XIMENO

Pues huyen; por Dios

que no he llegado muy tarde:

a ellos.

BLANCA

Huyendo van,

 

¡ha quien te viera, don Iuan,

antes muerto, que cobarde!

 

(Vanse.)

 

El Semejante A Sí Mismo

FIGVRAS DE LA COMEDIA

DON IUAN DE CASTRO, galan.

LEONARDO, galan.

DON DIEGO DE LUXAN, galan.

GERARDO, galan.

CELIO, hermano de IULIA.

DON RODRIGO, viejo graue.

SANCHO, gracioso.

GUILLEN, escudero.

DOÑA ANA, dama.

IULIA, dama.

INES, criada de DOÑA ANA.

Acto I

 

Salen DON IUAN, LEONARDO, y SANCHO.

 

 

DON IUAN

¡Hermosa vista!

LEONARDO

Vn Abril

goza en sus puertas Seuilla.

DON IUAN

Es otaua marauilla.

LEONARDO

Ya la fama cuenta mil,

porque a las siete del mundo

no ay quien la suya no aumente.

DON IUAN

Al Escurial justamente

le dan lugar sinsegundo.

SANCHO

Yo se siete marauillas

nueuas, que con mas razon

dignas deste nombre son.

DON IUAN

Quiero oillas.

SANCHO

Yo dezillas.

La primera, si se mide

con las antiguas, por tres

puede valer.

LEONARDO

Y qual es.

 

SANCHO

Vna muger que no pide.

DON IUAN

Si es de Madrid la muger.

SANCHO

Es segunda marauilla

vn Cauallero en Seuilla,

sin ramo de mercader.

La tercera es justamente

vn calbo alegre de sello,

y que no arrastre el cabello

desde el cogote a la frente.

La quarta, vna donzellita,

que no casarse desea:

la quinta vna muger fea,

que los años no se quita.

Por sexta quiero contar

vn bien contento soldado:

y por septima, vn casado,

que le pese de embiudar.

La otaua, es vn mercader

sin achaques de logrero,

vn oficial de barbero

sin guitarra en que tañer.

Vna dama que se alegra

con agua para la faz:

vn marido moço en paz

con cuñados y con suegra.

Sin vn san Pedro, y san Pablo

la Iglesia de alguna aldea,

y vn tahur, que no desea

tal vez, que lo lleue el diablo.

DON IUAN

Basta que el numero crece.

LEONARDO

Si vèras hemos de hablar,

vna quiero yo contar,

que las demas obscurece.

DON IUAN

Ya mucho en sabella gano,

pues vos assi la alabais.

LEONARDO

Pues es, porque la sepais

el desague Mexicano.

SANCHO

Hable christiano, señor.

LEONARDO

Mexico la celebrada

cabeça del Indio mundo,

que se nombra Nueua España.

Tiene su assiento en vn valle,

toda de montes cercada,

que a tan insigne ciudad

siruen de altiuas murallas.

Todas las fuentes y rios,

que de aquestos montes manan,

mueren en vna laguna,

que la ciudad cerca y baña.

Crecio este pequeño mar

el año, que se contauan

mil y seiscientos y cinco,

hasta entrarse por las casas.

O fuesse que el natural

desaguadero, que traga

las corrientes, que recibe

esta laguna, se harta:

O fuesse que fueron tales

las crecientes de las aguas,

que para poder beuellas

no era capaz su garganta.

En aquel siglo dorado,

dorado, pues gouernaua

el gran Marques de salinas,

de Velasco heroica rama,

simbolo de la prudencia,

puesto que por tener tanta,

despues de tres Virreinatos

vino a presidir a España.

Tratò este nueuo Licurgo,

gran padre de aquella patria,

de dar passo a estas crecientes

que ruìna amenaçauan.

Y despues de mil consultas

de gente docta y anciana,

Cosmografos, y Alarifes,

de mil medidas y traças,

resuelue el sabio Virrey,

que por la parte mas baxa

se dè en vn monte vna mina

de tres leguas de distancia,

con que por el centro del

hasta la otra parte vayan

las aguas de la laguna

a dar a vn rio arrogancia.

Todo es vno, el resoluer,

y empeçar la heroica hazaña,

mil y quinientos peones

continuamente trabajan.

En poco mas de tres años

concluyeron la jornada

de las tres leguas de mina,

que la laguna desagua.

Despues, porque la corriente

humedeciendo cabaua

el monte, que el aqueducto

cegar al fin amenaça.

De canteria inmortal

de parte a parte se labra,

que dà eterna paz al Reyno,

y a su autor eterna fama.

DON IUAN

Tan insigne marauilla

muy justamente se alaua

por la primera del mundo.

SANCHO

Que la bellaca del agua

quiso alçarse con la tierra,

pues el vino ¿donde estaua?

LEONARDO

Traçando como a su costa

se efetuase esta hazaña,

que dos reales impuestos

en cada açumbre del dauan

cada año cien mil ducados,

que en el desague se gastan.

SANCHO

Mienten todos los gallinas,

los bellacos, y bellacas,

que ossaren, dezir, que el vino

deue dar tributo al agua.

Hazer al vino pechero,

para que a su costa se hagan

al agua de canteria

caminos por donde salga.

A vna infame patricida,

¿Que quiso anegar su patria?

¿Que no la pueden sufrir

los montes en sus entrañas?

¿Que anda como la culebra

toda la vida arrastrada

que con el pecho por tierra

besa los pies a las parras?

¿Que, como el diablo, del cielo

huyendo a la tierra baxa,

el Inuierno tiritando,

y el Verano abuchornada?

La que es tan vil, ¿que se vende

por dos quartos vna carga?

en que pluguiera a los cielos,

que el vino la remedara.

La que ha quitado mas vidas,

mas haziendas.

DON IUAN

Sancho, basta.

SANCHO

¿Que males ha hecho el vino?

quien en Indias, ni en España

ha recibido mal del,

¿que de essa suerte le tratan?

DON IUAN

Sancho, no tienes razon,

que antes su nombre leuantan

con dezir, que hizo a su costa

desterrar a su contraria:

¿vn gran Principe no suele

hazerle cortar la cara,

dar de palos, desterrar

a su costa a quien le enfada?

Pues en esto, di, ¿quien pierde?

quien lleua la cuchillada,

o los palos, o el destierro,

que quien lo pagò, antes gana,

pues quedando vitorioso,

compra el gusto y la vengança.

SANCHO

Bien ayas tu, pues en ti

tan buen abogado halla

el santissimo licor.

DON IUAN

Piensa, bufon, que me agrada

que digas del tanto bien.

SANCHO

Otros tienen dos mil faltas,

y yo tengo esta no mas.

DON IUAN

¿Y el amor?

SANCHO

Si amor es tacha,

 

no ay quien valga por testigo.

DON IUAN

¿Aquesto del juego es nada?

SANCHO

¿Que ha de hazer vn hombre honrado

mientras a su amo aguarda?

No es peor ponerse en corro

con la quadrilla lacaya

a no dexar honra en pie

de sus amos, ni sus amas.

DON IUAN

Por assegurar la mia,

quiero agora que te vayas,

que hablar queremos a solas.

SANCHO

¿De mi no hazes confiança?

DON IUAN

Parecidome has lacayo

de comedia, pues estrañas

que yo no te comunique

los secretos de importancia.

Al lacayo, que mas sabe,

basta escucharle sus gracias,

si pueden serlo aprendidas

entre el mandil y almohaça.

SANCHO

Almohaçame mas quedo,

si pudieres.

DON IUAN

Vete, acaba,

SANCHO

Iranse, que no son bestias,

puesto que con bestias tratan.

(Vase.)

 

LEONARDO

Ya estamos solos: dezid,

don Iuan amigo, la causa

de auernos quedado assi.

DON IUAN

Ay, amigo de mi alma,

¿teneis amor?

LEONARDO

Pese a tal,

¿de ai comiença la maraña?

amor, y malauentura

en todas partes se hallan.

Mas yo agora viuo libre,

de que doy a Dios mil gracias:

vos sabeis que Iulia vn tiempo

en prision tuuo mi alma.

Mas dio su inmortal desden

muerte a mi amor y esperança.

DON IUAN

Con esso puedo seguro

comunicaros mis ansias,

que de vuestra libertad

nace el fin de mi desgracia.

LEONARDO

¿Como?

DON IUAN

¿Atreuesos por mi

a partir vna jornada?

LEONARDO

Ya mi amistad ofendeis.

DON IUAN

Es larga.

LEONARDO

Aunque sea tan larga,

que al Antipoda visite,

Libia ardiente, o Scitia elada.

DON IUAN

Es hasta el Pirù.

LEONARDO

Es vn passo,

pero porque alegre vaya,

¿voy con vos don Iuan?

DON IUAN

Sin mi.

LEONARDO

El no veros me acobarda.

Mas animame el seruiros:

dadme los braços.

DON IUAN

Y el alma.

LEONARDO

Quedaos a Dios.

DON IUAN

¿Donde vais?

 

LEONARDO

¿Mandais que al Pirù me parta,

y preguntais donde voy?

a embarcarme parto.

DON IUAN

Basta.

LEONARDO

El amigo verdadero

assi obedece.

DON IUAN

No estaua

 

dudoso de esta fineza:

pero sin saber la causa

y el fin, ¿os vais a embarcar?

LEONARDO

El de daros gusto basta;

¿Que tengo mas que saber,

si me mandais que me vaya?

que de resistir dà indicios

quien examina las causas.

Pensè que era vuestro gusto

solo que yo me ausentara,

y hasta el Pirù no parasse,

y a executallo empeçaua.

DON IUAN

Dios os guarde: mas misterio

tiene jornada tan larga,

que no apartàra de mi

vn amigo tan del alma,

si de otro fiar pudiera

lo que oy mi pecho os encarga.

LEONARDO

Dadme pues essa instruccion.

DON IUAN

Si me dais paciencia.

LEONARDO

Vaya.

 

DON IUAN

Ya sabeis que cortò el alfanje fiero

de la Parca la vida de mi tio,

dexò vna hija, vida, por quien muero.

Mi padre, duro ya padrastro mio,

quedò por curador de su sobrina,

sino es el dallo a vn Angel desvario.

Traxòla a nuestra casa, que imagina

guardalla mas assi: necio quien guarda

la poluora, y al fuego la auezina.

Como el ser muy hermosa, y muy gallarda

el trato se llegò; de amor el fuego

en abrasar mi pecho poco tarda.

Vime abrasado a penas, quando luego,

por no perder las mañas de tirano,

conmigo vsò las suyas el Dios ciego.

Que por esto vn Filosofo no en vano

pintaua al niño Rey de rosas llena

vna, y llena de espinas otra mano.

Que mi enemigo padre (dura pena)

a que en estos galeones parta a Lima

a cobrar cierta herencia me condena.

O entiende los amores de mi prima,

y por emparentar con otra gente,

para mi esposa el viejo no la estima.

O la codicia vil, que mas ardiente

reina en la sangre de la edad mas fria,

le ha obligado a mandarme que me ausente.

Vime con esto tal, que el alma mia,

tal que la vida, tal, solo quien sabe

de amor, podrà saber qual me veria.

Mas pintan al amor con alas de aue,

por la velozidad del pensamiento

del que ha vencido su furor suaue.

Mil engaños fabrico en vn momento,

y al fin vno resueluo, que la fama

quite al Griego Senon, y a mi el tormento.

Viuirè con mi padre, y con mi dama,

sin ser del vno y otro conocido,

que se atreue a emprender tanto quien ama.

Tengo en Madrid vn primo que ha venido

poco ha de Flandes, tras de ausencia larga,

don Diego de Luxan es su apellido.

Pues a este escriuo de mi vida amarga

el estado, el, no deudo, sino amigo,

de mi remedio hasta morir se encarga.

Bueluole yo a escriuir, y al fin le digo

el engaño que traço, con que entiendo

executar esta intencion que sigo.

Y porque la sepais, es, que fingiendo

mi primo y yo, que somos parecidos,

esta opinion con cartas estendiendo.

Ordenè que mi primo con fingidos

deseos de ver esta semejança

de la fama que echamos procedidos,

escriuiesse a mi padre, que si alcança

lugar, a verme se vendrà a Seuilla

antes que yo de aqui haga mudança.

Que a quantos nos conocen marauilla,

que diferencia no ay de mi sugeto

al suyo, que hombre pueda distinguilla.

A este ayudò otro engaño bien discreto,

por suyo le embiò vn retrato mio,

que a don Diego embiè para este efeto.

Yo lo mismo a su padre, que es mi tio,

le escriuo, y en lugar de mi retrato

el de don Diego con la carta embio.

Con esto yo en mi casa alegre trato

mi jornada, y dispongo mi partida,

que importa en engañar este recato.

Mi ropa està ya toda apercebida,

fletado en galeon, matalotage,

yo os juro, tal, que a nauegar con vida,

partiremos los dos a este viage,

despedirème en Cadiz, embarcado,

de Sancho, mis amigos, y linage.

Entregàrase al viento el leño alado,

veranme en el partir, con que del todo

nadie podrà creer que me he quedado.

Y despues con vn barco tendrè modo,

que salga al mar por mi: con el dinero

dos mil dificultades acomodo.

Boluerè aqui secreto, donde espero

dentro de vn mes mi primo, que con plaça

de criado serà mi compañero.

Y con su nombre irè donde me abraça

mi padre por don Diego, y mi querida,

sin saber que soy yo, mi cuello enlaça.

Vos mi Leonardo, amparo de mi vida,

a Lima ireis tomando el nombre mio,

pues no es vuestra persona conocida.

Lleuareis mis papeles, ya me rio

de veros hecho yo, mas vos, hermano,

yo sois por la amistad, no es desuario.

Cobrareis esta herencia, y porque vano

no nos salga el intento, daros oso

en blanco muchas firmas de mi mano.

Para que assi a mi padre sospechoso

vuestras cartas le quiten la sospecha,

que dalle yo de mi serà forçoso.

Yo en tanto, si el Dios ciego no desecha

vn coraçon, en quien intentos tales

pudo engendrar su venenosa flecha,

conquistarè la causa de mis males.

LEONARDO

¿De manera que has fingido

para quedarte, don Iuan,

que a don Diego de Luxan

tu primo, eres parecido?

¿Y don Diego le embiò

a su padre tu retrato

por suyo?

DON IUAN

Y el mismo trato

 

vsè con su padre yo,

que le he embiado por mio

el retrato de don Diego

su hijo, y mi primo.

LEONARDO

¿Luego

no te conoce tu tio?

DON IUAN

Nunca mi tio me vio,

ni mi padre vio a mi primo.

LEONARDO

Vuestro raro ingenio estimo

por el mejor que nacio.

Mas dezidme, ¿con que intento

a vuestra prima engañais;

y no le comunicais

este sutil pensamiento?

DON IUAN

Aunque con firmeza estraña

me muestra mi prima amor,

tengo indicios, y temor

de que me miente y engaña.

Y assi quiero conuertido

en don Diego pretendella,

y ver si el amor en ella

es verdadero, o fingido.

LEONARDO

¿Para esso no era mejor

echalle otro pretendiente?

DON IUAN

No es esse medio prudente,

que puede cobralle amor,

y el prouarla de esse modo

es perdella, mas assi,

si me trueca a mi por mi,

en casa se queda todo.

Que si dà, auiendo creido

que soy don Diego, en quererme,

sabre que puede ofenderme,

sin saber que me ha ofendido.

LEONARDO

Pues dezidme, ¿para que

quereis a don Diego al lado?

DON IUAN

Para que mas engañado

mi padre, y el suyo estè.

Que assi el enredo que he hecho

tendra mas fuerça, y en el

tendre vn amigo fiel

con quien descanse mi pecho.

LEONARDO

Dezis muy bien.

DON IUAN

Cien doblones

en letra le remiti

para el gasto.

LEONARDO

Siempre assi

lograis vuestras intenciones.

DON IUAN

Si soy rico, ¿he de perder

por escaso mi remedio?

es vn poderoso medio

ser liberal de vencer.

LEONARDO

Vitoria tan merecida

no es dudosa.

DON IUAN

Yo la espero

con vuestra ayuda.

LEONARDO

Yo quiero

apercibir mi partida.

DON IUAN

Dos mil escudos os doy

para la costa.

LEONARDO

No es esso,

 

tratarme bien.

DON IUAN

Yo os confiesso,

que atreuido y corto soy,

mas para Lima me dà

mi padre credito abierto,

esse lleuareis, que es cierto,

con que esteis a gusto allà,

lo que dure la cobrança.

LEONARDO

Voy corrido, y obligado.

(Vase.)

 

DON IUAN

La vida es poco auer dado

a quien la dâ a mi esperança.

Aumento de la prospera fortuna

y aliuio en la infeliz, maestra llaue,

que con vn natural secreto sabe

dos voluntades encerrar en vna.

Del humano gouierno la coluna

anhela segura de la incierta naue

de la vida mortal, fuero suaue,

que en paz mantiene quanto vè la Luna.

Es la santa amistad virtud diuina,

que no dilata el premio de tenella,

pues ella misma es de si misma el fruto.

A quien naturaleza tanto inclina,

que al hombre que viuir sabe sin ella

sabe auisar el animal mas bruto.

 

(Sale SANCHO.)

 

 

SANCHO

¿Acabò el secreto ya?

DON IUAN

¿Quien os mete en esso a vos?

SANCHO

Estraño està, viue Dios,

despues que al Piru se và,

despues que se parte a Lima

està de tal condicion,

que ni le hallo sazon

con açucar, ni con lima.

¿De Sancho no fia ya?

DON IUAN

Sancho amigo, no conuino.

SANCHO

¿Sancho amigo? ¿y no con vino?

¿pues sin vino que serà?

DON IUAN

¿Buelues a dar en tu tema?

SANCHO

Y tu en la tuya daras,

pues que con tu prima estàs.

DON IUAN

¡Con el fuego que me quema,

mas leyendo viene, cielos!

¿si es villete?

 

(Sale DOÑA ANA leyendo vna carta.)

 

 

SANCHO

Rayos echa

la centella de sospecha

dio en el poluorin de zelos.

DON IUAN

Matalla, o matarme es poco.

SANCHO

Ya escampa, dime, señor,

¿qual te parece peor,

emborracharse, o ser loco?

DON IUAN

El diablo, picaro.

SANCHO

Ay Dios,

 

que me ha derribado vn diente.

DON IUAN

Suelta, falsa.

DOÑA ANA

Primo, tente,

¿siempre hemos de andar los dos

sin ocasion en questiones?

No obligas con esse trato.

SANCHO

Enamora como gato,

a gritos y mordiscones.

Yo le conoci mas tierno,

mas despues que al Piru và

tan desesperado està,

que pienso que va al infierno.

 

(Lee DON IUAN la carta.)

 

 

DOÑA ANA

De tu primo el de la Corte

es vna carta.

DON IUAN

Yo estimo

que te conozca mi primo,

y que escriuirte le importe.

DOÑA ANA

Necio, mira el sobreescrito.

¿Dize a tu padre?

DON IUAN

Si dize.

DOÑA ANA

Gracias a Dios, que no hize

en leerla algun delito,

Don Iuan, para sospechar

qualquier indicio disculpa,

pero sabete que es culpa

reñir sin aueriguar.

DON IUAN

¿Que tienes tu que leer

lo que el otro escriue aqui?

DOÑA ANA

Sobre vn bufete la vi,

està abierta, y soy muger,

¿tambien me riñes por esto?

DON IUAN

¿Su estilo te ha enamorado?

DOÑA ANA

Por cierto que estas pesado,

don Iuan, o falto de sesso.

DON IUAN

Que ha de vacar, te parece,

mi plaça en tu amor partiendo,

y papeles andas viendo

para ver quien la merece.

DOÑA ANA

¿Y bastaràme obligar

ver vna carta?

DON IUAN

Doña Ana

con ocasion mas liuiana

suele vna muger amar.

SANCHO

A esse proposito quiero,

por si puedo apaziguaros,

de mi mocedad contaros

vn sucesso verdadero:

Yo, mis señores, tenia

vn Iuan Lobo por amigo,

lleuèlo vna vez conmigo

a ver cierta moça mia.

El tomò a parte lugar,

mientras yo hablaua a mi amor

lo que el discreto lector

podra allà considerar.

Mi moça al Lobo le echaua

los ojos de quando en quando,

la paciencia ponderando

con que aguardando me estaua.

Y al fin del se enamorò,

y la causa fue enefeto,

solo que el se estaua quieto

mientras no lo estaua yo.

DON IUAN

Sancho, por vn leue indicio

condenan al desdichado.

DOÑA ANA

Siempre, don Iuan, te has quexado

en tu fortuna de vicio.

Confiessote, que lei

la carta con gusto, primo,

y aun mas que a su dueño estimo,

porque se parece a ti.

Que dize, que es tan estraña

la semejança que Dios

quiso poner en los dos,

que a tus amigos engaña,

y le hablan todos por ti.

DON IUAN

(A parte.)

 

Mi inuencion va obrando ya,

es mi primo, no serâ

mucho parecerme a si.

SANCHO

Ser dos hombres parecidos

no es sucesso mas estraño,

que salir de vn mismo paño

semejantes dos vestidos.

DON IUAN

Pero si alguno mirara

a don Diego en mi presencia,

no dudo que diferencia

grande entre los dos hallara.

Y ya que el cielo de ti

ha ordenado que me aparte,

huelgo, mi bien, de dexarte

este retrato de mi.

El me escriue, que vendra

a verme quan presto pueda,

ya la armada nos lo veda,

que para salir està.

A mi padre le he pedido,

si algo en èl mi ruego vale,

que lo aposente y regale

por serme tan parecido.

Lo mismo contigo intento,

que si en memoria de mi

le regalas, irà en ti

siempre mi amor en aumento.

Esto se entiende con tal,

que lleues tiento y recato,

no venga a echar el retrato

de casa al original.

Porque de don Diego el fuego

nunca en ti halle lugar,

siempre a don Iuan has de hablar,

aunque te hable don Diego.

Y assi mientras no te veo,

engañaràn tus enojos

con el retrato los ojos,

con la esperança el desseo.

DOÑA ANA

Ay Dios, ¿quien tendra paciencia,

mi don Iuan, para escuchar

sin deshazerse en llorar

estos preceptos de ausencia?

DON IUAN

¿Lloras?

DOÑA ANA

Pregunta si viuo

quando te ausentas.

DON IUAN

Confiesso,

que no esperè tal excesso

de tu coraçon esquiuo.

No llores, sino procura

tu llanto, señora, assi

que alegre parta de ti,

pues prueuo assi mi ventura.

Cessen de llorar las perlas

en esse campo de rosa,

aduierte, que de inuidiosa

la Aurora para cogerlas

mas presto amanecerà,

y dara priessa a los dias,

con que de mis alegrias

el fin se anticiparà.

No todo agora lo llores,

dexa que llorar despues,

no adelanten, pues me ves,

el tormento los temores.

Reserua para la ausencia

algo de tanto dolor,

porque suele vn gran sudor

ser el fin de la dolencia.

DOÑA ANA

Plega a Dios, dueño querido,

si en tu ausencia tengo vida,

que viua yo aborrecida

de vn adorado marido.

Plega a Dios.

(Vase.)

 

SANCHO

Basta de plegas,

que viene señor el viejo.

DON IUAN

Al tiempo la prueua dexo

dessas finezas que alegas.

(Vase.)

 

SANCHO

Plega a Dios, ha enamorados,

quando empieçan a plegar

plegarias pueden prestar

al dia de los finados.

 

(Sale YNES.)

 

 

YNES

¿Que es de don Iuan?

SANCHO

Buena es essa,

Ynes, mas cuerdo me pinta,

¿para que buscas la pinta,

si te và todo en la presa?

YNES

¿Quien es la pinta?

SANCHO

Don Iuan.

YNES

¿Y la presa?

SANCHO

Yo lo soy:

pues siempre delante voy,

mas dime, ¿en que estado estan

las penas de que me ausento?

YNES

¿Te ausentas?

SANCHO

Bueno a fè mia,

¿oluidado se te auia?

señal de gran sentimiento.

YNES

¿Al fin te vàs al Pirù?

SANCHO

Aqui es Troya. Cierto es ya.

YNES

¿Que me has de embiar de allà?

SANCHO

Embiarète a Bercebù.

Ved con que llanto recibe

las nueuas tristes de ausencia,

notad, como de paciencia,

para sufrir se apercibe.

Tal es ya la tirania

de aqueste genero infame,

que el eco de vengo, es dame,

y el eco de voyme, embia.

¿No ay al vengo, vn bien venido?

¿no ay al voime vn buelue presto?

pinten a amor, segun esto,

salteador descomedido.

Apenas vi la muger

quando se lo he de pagar,

o no tengo de jugar,

o en viendola he de perder.

¿Como en viendola? y aun antes,

allegaos a vna tapada,

y antes de mostraros nada

pedirà cintas, y guantes.

¿Que me has de embiar? ¡que bien!

el amor mas firme cae,

aun no me dixera, trae,

que es vn disfraçado, ven.

Embia, es, quedate allà,

mal aya el necio que fia

en ellas, quien les embia,

quien les trae, y quien les dà.

O terribles agrauios,

atar la bolsa, y desatar los labios.

(Vase.)

 

YNES

Aguarda, Sancho, detente,

atiende a mi triste llanto,

ya lloro, ya no te pido,

si con pedir te he enojado:

Como a las Indias te partes,

quise passar este trago

con tratar de las riquezas

que esperaua de tus manos.

O terribles agrauios,

mas o mayor simpleça,

atas la bolsa, y pidesme firmeça.

(Vase.)

 

 

(Salen GUILLEN, y LEONARDO.)

 

 

GUILLEN

Leonardo, aguardad aqui,

auisarè a mi señora.

(Vase.)

 

LEONARDO

¿Que Iulia me llame agora?

yo vengo fuera de mi.

Quando no la vi en mil dias,

huyendo su resistencia,

y estan con la larga ausencia

las cenizas de amor frias,

¿de llamarme se ha acordado?

quando estoy tan de partida,

¿quiere por la despedida

resucitar mi cuidado?

Mas no es de amor el llamarme,

que tan dichoso no soy,

sabra, que a las Indias voy,

y algo querra encomendarme.

Mas ella viene, el ruido

de sus passos me ha turbado,

la sangre toda se ha elado,

y el coraçon encendido.

Quan tarde la fuerça passa

de amor, que fue verdadero,

pues con el soplo primero

se descubre tanta brasa.

 

(Sale IULIA.)

 

 

IULIA

Señor Leonardo, ¿era ya

tiempo de vernos los dos?

LEONARDO

Esso preguntaldo a vos.

IULIA

Por mi respondido està.

Pues a llamar os embio.

LEONARDO

Y por mi tambien, pues muestro

viniendo al mandado vuestro,

que esso està en vuestro aluedrio.

IULIA

Dizen, que a las Indias vais.

LEONARDO

Sino me mandais quedar.

IULIA

Si mandallo ha de bastar,

yo os mando, que no os partais.

El estilo perdonad,

que lo hize por cogeros

la palabra.

LEONARDO

A no entenderos,

nueua especie de crueldad,

con mascara de fauor,

quereis en mi executar.

IULIA

¿Como?

LEONARDO

Mandarme quedar,

despues de tanto rigor.

Es solo (hablemos verdades,

pues para partir estoy)

porque os falta, si me voy,

materia a vuestras crueldades.

Mas no: Iulia, ya arrojè

del cuello una vez el yugo,

ya libre la ropa enjugo,

que del mar de amor saquè.

Ya no mas comprar enojos

a costa de merecer,

no mas, la vid exponer

a vuestros leues antojos.

Huistes quando os seguia,

quando huyo me seguis,

esto que aora sentis

senti yo, Iulia, algun dia.

Mas oy, por mayor vitoria,

quiero hurtar con esta ausencia

el cuerpo a vuestra inclemencia,

y el alma a vuestra memoria.

DON IUAN

A fe, que reñis con brio,

ya os imaginais vengado,

necio vos, que aueis echado

toda la fuerça en vazio.

¿Quien os dixo que el pediros

Leonardo, que no os partais,

es porque pena me dais,

porque os amo con partiros?

Mi prima doña Leonor,

que ha dado en quereros bien,

me pidio, por ser yo a quien

vos tuuistes tanto amor,

si fue verdad el tenello,

que os pidiesse, que os quedeis,

que por mi, merced me hareis

mucho mayor en no hazello.

LEONARDO

Basta ya, que es desvario

anticipar el desden,

y no amandoos yo, tambien

dais esse golpe en vazio.

Ni penseis, que auer errado

el tiro, me da pesar,

que doy por bien el errar,

a trueco de auer tirado.

Pues os mostrè mi intencion,

vengado de vos me siento,

que os ha ofendido el intento,

quando no la execucion.

Y oxala, que modo hallara

para poderme quedar,

que solo a daros pesar,

viue Dios, que me quedara.

IULIA

Por lo menos aprouais

mi rigor, que mal hiziera,

si a vn villano amor tuuiera,

que lo sois, pues os vengais.

LEONARDO

No atribuyais a vengança,

no aueros obedecido,

que sabe Dios, que ha nacido

solo de desconfiança.

Pensè, que el verme huir

despertaua vuestro amor,

y temi vuestro rigor

en boluiendoos a seguir.

¿Que sino, que mayor gloria,

que mas Indias puedo hallar

tras tanto amor, que alcançar

de vuestro desden vitoria?

Que no tan facil afloxa

al arco la cuerda amor.

IULIA

Ya me parece, señor,

que vais boluiendo la hoja.

LEONARDO

Negar lo que os he querido,

es negar olas al mar.

IULIA

Leonardo, que mas negar,

¿que negarme lo que os pido?

LEONARDO

No fue negar, fue temer

vuestro inhumano rigor.

IULIA

¿No ay mudanças en amor,

Leonardo no soy muger?

LEONARDO

A esperar mudanças yo,

¿que no hiziera, Iulia mia?

IULIA

Pues haz lo que digo, y fia,

que ya el desden se acabo.

LEONARDO

¿Que dizes?

IULIA

Lo que has oido:

La palabra te cogi,

esta me coge tu a mi.

LEONARDO

Ha cruel, ¿que te ha mouido

a fingir esta mudança?

IULIA

Si no te he dicho verdad,

no halle mi amor piedad,

ni mi deseo esperança.

LEONARDO

Quando fue razon, señora,

nunca te pude ablandar,

y sin ella he de pensar,

¿que te has ablandado agora?

IULIA

Ha Leonardo, poco entiendes

de condicion de muger:

¿no es harta razon, saber,

que ausentarteme pretendes?

Quando preso te tenia,

dormia el Alcaide Amor,

mas fue su despertador,

el saber que el preso huia.

No sè que mudança en mi

hizo esta nueua en vn punto,

que con ella todo junto

arderme, y elarme vi.

Como ceniza escondio

mi fuego la confiança,

y fue vn soplo tu mudança,

que la brasa descubrio.

No me castigues agora,

porque mi amor te he negado,

que yo tambien he ignorado

lo que mi pecho te adora.

Tu misma ausencia me muestra,

que me es tu presencia grata:

triste yo, que a quien me mata

vengo a tener por maestra.

No mal logres tu esperança,

por castigar mi rigor,

que si muere el vengador,

es locura la vengança.

¿Callas? ¿Que puedo esperar?

en gran peligro estoy puesta,

porque dudar la respuesta,

es especie de negar.

Habla ya; ¿que te suspendes?

LEONARDO

Ay mi Iulia.

IULIA

¿Que te aflige?

O no crees lo que dije

con las obras.

LEONARDO

No me entiendes.

 

IULIA

Habla, pues.

LEONARDO

Amor cruel,

siempre dà el placer penado,

a don Iuan de Castro he dado

la palabra de ir con el

al Piru, y la he de cumplir,

aunque me cueste la vida,

que ya la juzgo perdida,

pues de ti me he de partir.

IULIA

Soltarâ don Iuan, si puedo,

la palabra a ruego mio.

LEONARDO

No intentes tal desvario,

que pensarà, que es enredo,

y que he mudado intencion.

 

(Sale DON IUAN.)

 

 

DON IUAN

Como ya os quereis partir,

aureis venido a pedir

a Iulia su bendicion.

IULIA

Y vos, que me le lleuais,

por mi maldicion vendreis.

DON IUAN

Con Leonardo os quedareis,

Iulia, si dello gustais.

IULIA

Si gusto.

DON IUAN

Aquessa ley sigo.

LEONARDO

Iulia, aduierte, que me ofendo:

don Iuan, mirad, que no entiendo,

que me teneis por amigo.

DON IUAN

Muere mi comodidad

donde la vuestra comiença.

LEONARDO

No quiera Dios, que en mi vença

el amor a la amistad.

DON IUAN

Si la amistad os incita,

a atropellar vuestro bien,

a mi la misma tambien

haze que no lo permita.

Y estando en esta igualdad,

vuestro amor ha de vencer.

LEONARDO

Lo que he dicho pienso hazer,

yo sè la necessidad,

que de mi, don Iuan, teneis.

DON IUAN

Podrè Leonardo, buscar

quien vaya en vuestro lugar.

LEONARDO

Es tarde, no lo hallareis.

IULIA

Ya pues don Iuan te la suelta,

no alegues obligacion,

ni niegues, que tu intencion

està a vengarse resuelta.

Vengate, vete, enemigo,

que yo.

LEONARDO

Oye, Iulia querida,

sino dexo en ti la vida,

tragueme el mar por castigo,

Sino.

IULIA

Iuramentos, dexa:

las obras, Leonardo, creo.

LEONARDO

Satisfazerte deseo.

DON IUAN

Iulia con razon se quexa.

LEONARDO

Vos me apretais sin razon,

a no acudir a lo justo.

DON IUAN

Lo justo es de Iulia el gusto.

LEONARDO

Lo justo es mi obligacion.

IULIA

Don Iuan la suelta.

LEONARDO

Es assi,

mas en este lance estrecho

lo que el por cortès ha hecho

no me desobliga a mi.

IULIA

Falso.

 

(Sale GUILLEN.)

 

 

GUILLEN

Señora, tu hermano.

IULIA

Don Iuan para vos apelo.

DON IUAN

No os pudiera dar el cielo

juez mas de vuestra mano.

 

(Sale GERARDO, y CELIO.)

 

 

CELIO

¿Señores, en esta casa?

DON IUAN

A despedirnos de vos

hemos venido los dos.

IULIA

Don Iuan, que a las Indias passa,

viene a despedirse, y dà

muestra de su noble pecho.

CELIO

¿Pues y Leonardo?

IULIA

Sospecho

que hasta Cadiz con el và.

LEONARDO

Y desde Cadiz a Lima.

IULIA

Ha falso.

CELIO

El viaje sea

con la dicha que os desea

el que como yo os estima.

DON IUAN

Para seruiros: de vos

me alcancè nueua dichosa

Iulia, de que sois esposa

de quien os merezca.

IULIA

A Dios.

 

LEONARDO

A Dios, Celio.

CELIO

A Dios, Leonardo.

LEONARDO

Iulia, quiera Dios que os vea

como mi pecho desea.

IULIA

Dios os guarde.

GERARDO

En zelos ardo.

IULIA

Quitadme la vida, cielos.

GERARDO

Oyeme, Iulia traidora.

IULIA

Esto me faltaua agora

suelta.

GERARDO

Escucha.

(Vase.)

 

IULIA

O rabia.

(Vase.)

 

GERARDO

O zelos.

DON IUAN

Solos estamos, ya puede

declararse vuestro intento.

LEONARDO

Quien ama porque me ausento,

no amarà quando me quede.

DON IUAN

¿Estimaisla?

LEONARDO

El alma mia

buelue a adorar su belleza.

DON IUAN

Quedaos a gozalla.

LEONARDO

¿Empieça

 

otra vez vuestra porfia?

Yo he de partir, viue Dios,

que quiero prouar assi

su firmeza para mi,

y mi amistad para vos.

 

La Amistad Castigada

HABLAN EN ELLA LAS PERSONAS SIGUIENTES

EL REY DIONYSIO, galan.

FILIPO, galan.

RICARDO, galan.

POLICIANO, galan.

DION, viejo graue.

DIANA.

ELISA.

AURORA.

CAMILA.

TURPIN, criado.

 

Acto I

Salen el REY, y FILIPO.

 

REY

Filipo, no ay mal que yguale

al que padeciendo estoy;

perdido, Filipo, soy,

si tu ingenio no me vale.

FILIPO

Gran Dionysio, Rey segundo

deste nombre, que has podido

ser, por amado y temido,

arbitrio solo del mundo:

dime tu pena, señor:

y si con la industria mia

puede remediarse, fia

de mi lealtad, y mi amor.

REY

Ha dado luz a tus ojos

mi sobrina Aurora, hija

de Dion?

FILIPO

Fue tan prolija

la ausencia, a que los enojos

me desterraron de Egypto,

que con tu padre priuò,

que jamas lo permitiò.

REY

Bien se vè que no la has visto,

pues ignoras la ocasion

de tormento tan esquiuo;

por ella y su padre viuo

en la mayor confusion,

que contrarios pensamientos

dieron a vn pecho jamas.

FILIPO

Como?

REY

Oye atento, y sabras

mis dudas y mis tormentos;

este Reyno de Sicilia

es, como sabes, sujeto

a injustas conspiraciones

y aleuosos mouimientos:

bien lo muestran las historias,

pues en los passados tiempos,

y presentes violentaron

tantos tyranos el cetro;

fuera de que tengo indicios

de que ya traydores pechos

secretamente conspiran

a priuarme del Imperio:

Dion es cuñado mio

tan poderoso, que deuo

a su valor y prudencia

la corona que posseo;

y me la puede quitar,

pues llegado a rompimiento,

a la parte, a que el se incline,

la vitoria le prometo;

es leal, mas si intentando

gozar a Aurora, le ofendo,

de su enojo y su vengança

mi cierta ruyna temo:

pues dexarlo de intentar

no es possible, quando muero;

aunque por ella auenture

quanto valgo, y quanto puedo;

fuera Aurora esposa mia,

si fuesse possible hazerlo,

pero tengo ya en Cartago

tratado mi casamiento:

en conformidad, Filipo,

de aquel forçoso concierto

que diò principio y firmeza

a las pazes de ambos Reynos.

Estas, caro amigo, son

las olas, en que me anego;

las confusiones son estas,

en que dudoso padezco,

de tu ingenio y amor fio;

solo tu amor y tu ingenio

de tan ciega tempestad

me pueden sacar al puerto.

FILIPO

Vn engaño se me ofrece,

que es importante remedio,

como a tu amor, al temor

que los traydores te han puesto:

y aunque no son los engaños

dignos de reales pechos,

en la guerra y el amor

es permitido vsar dellos.

REY

Di, que no importa romper

los mas forçosos respetos,

que mas importa mi vida.

FILIPO

Oye pues mi pensamiento.

 

(Salen DION, y POLICIANO por otra parte.)

 

 

DION

Policiano, no podia,

segun vuestras partes son,

la suerte en esta ocasion

colmar la ventura mia

mejor, que dando la mano

vos a mi Aurora, de quien

he estimado que tambien

reconozca lo que gano,

solo falta que le pida

a su Magestad licencia.

POLICIANO

Quien goza por su prudencia

priuança tan merecida,

noble Dion, como vos,

claro està que alcançarà

quanto pretenda.

DION

Aqui està

el Rey, Policiano, a Dios,

que a solas hablalle quiero.

POLICIANO

Como aguarda la sentencia

el preso, yo la licencia,

en que està mi vida, espero:

(A parte.)

 

Perdona mi desuario,

Diana, que el ofenderte

es violencia de la suerte,

no eleccion de mi aluedrio.

(Vase.)

 

FILIPO

Y quando despues Dion,

(como puede suceder)

a caso venga a saber

que le tienes aficion

a Aurora, diràs que ha sido

inuencion y fingimiento;

que pues importa al intento

que le juzguen ofendido

de ti; la traça mejor

que hallaste de acreditar

que le ofendes, fue mostrar

que con illicito amor

solicitas la beldad

de tu sobrina, por ser

lo mas facil de creer

de su hermosura y tu edad.

REY

De tu agudo entendimiento

es la traça.

FILIPO

Amor me guia.

REY

El viene.

FILIPO

De mi confia

la execucion de tu intento.

REY

Comiença pues, que yo agora

principio al engaño doy

con Dion.

FILIPO

Al punto voy

a hablar de tu parte a Aurora.

(Vase.)

 

REY

(A parte.)

 

Perdona, Dion amigo,

a mi obligacion mi error,

que estando loco de amor,

no hablan las leyes conmigo.

DION

Dame, gran señor, los pies.

REY

Los braços os quiero dar.

DION

En ellos he de aguardar

que vna licencia me des.

REY

El pedilla vos la abona,

desde agora os la concedo;

que nada negalle puedo

a quien deuo la corona.

DION

Pues bien puedo en confiança

de tan crecido fauor

pedir albricias, señor,

de su cumplida esperança

a Policiano, que a Aurora

por esposa me ha pedido.

REY

(A parte.)

 

A buena ocasion ha sido,

pariente, no es tiempo agora

de casalla, que repugna

a vn intento que os dirè,

con que assegurar podrè

firmezas de mi fortuna.

DION

El seruiros es, señor,

el primer intento mio.

REY

Escuchad pues, lo que fio

de vuestra lealtad y amor;

yo tengo, noble Dion,

indicios, de que conspiran

contra mi corona algunos

poderosos de Sicilia;

es, quererlo aueriguar

por terminos de justicia

dificil y peligroso:

dificil, porque no fian,

de quien no sepa guardallo,

su secreto los que aspiran

a empresa de tanto peso;

de mas que es cierto que estriuan

en su poder los traydores;

y assi es forçoso que oprima

el temor a los testigos

a que la verdad no digan:

el peligro es, que culpando

al inocente, podria

irritarse de la injuria

que en la sospecha reciba:

y assi ha de ser la cautela

quien descubra su malicia

y sola vuestra lealtad

el medio de conseguirla,

fingiendo que vos tambien

estays a las cosas mias

mal afecto, porque assi

los que mi fortuna embidian,

si la esperança de hallar

aplauso en vos los anima,

no dudaràn descubriros

la traycion que solicitan:

y porque vuestra priuança

y vuestra lealtad obliga

a recelar que el engaño

de nuestra intencion collijan:

yreys con tal preuencion,

que vuestra prudencia finja

la ocasion con cada qual,

segun el tiempo lo pida,

de estar quexoso de mi,

dando colores tan viuas

de verdad al fingimiento,

que el intento se consiga

de acreditar vuestro agrauio:

que yo yrè de parte mia

disponiendolo tambien,

segun viere que me dictan

los sucessos la ocasion.

Mas esta aduertencia misma

lo ha de ser para que siempre

que llegue de ofensas mias

la nueua a vuestros oydos,

entendays que son fingidas;

claro estaua, pero al fin

esta preuencion es hija

del cuydado con que viue

mi amistad agradecida:

solo me resta aduertiros,

Dion, que el fin, a que mira

este engaño, es conocer

la traycion, no persuadilla;

porque si es cautela justa,

la que el delito auerigua,

no es justa la que ocasiona

a emprendello a la malicia:

y assi aueys de procurar

descubrir la aleuosia

con medios tan atentados,

y razones tan medidas

que sin irritar, sepays

quien es el que ya conspira,

mas no quien conspirarà,

si vuestro fauor le anima:

que supuesto que sabeys

que no son crueldades mias,

las que el nombre de tyrano

me han adquirido en Sicilia;

sino auer mi padre y yo

conuertido en monarquia

su republica, adornando

nuestras dos frentes altiuas

de su laurel, reprimiendo

voluntades y osadias:

si quando borrar pretendo

nombre que assi me fastidia,

ocasionara delitos,

despertando aleuosias;

la falsa interpretacion,

que al nombre tyrano aplican

de cruel, justificara

en sus lenguas mi malicia.

DION

De ingenio son mas que humano

preuenciones tan diuinas;

pero que ocasion hallays

en este intento, que impida

el casamiento de Aurora?

REY

Oluidado se me auia,

por no ser el principal

assunto del mi sobrina;

precisa ocasion, pariente,

a dilatarlo me obliga,

y es, que me importa que sea

la mano de vuestra hija

freno de las voluntades:

que como todos aspiran

a sus bodas, tengo a todos

con vna esperança misma

desseosos de obligarme,

que mientras no se aueriguan

los traydores, quiero assi

que sus intentos reprima;

porque si dandola al vno,

los demas se desobligan:

recelo que llegue el daño

antes que la medicina.

DION

Basta, señor, no replico,

que como el fin se consiga,

para assegurar la vuestra,

consagro alegre mi vida.

REY

Con esto a vuestra amistad

deuerè otra vez la mia,

y su quietud y su Rey

a vuestra lealtad Sicilia.

(Vase.)

 

DION

(A parte.)

 

Al fin la razon de estado

ha de vencer, que es forçoso

a todo.

 

(Sale POLICIANO.)

 

 

POLICIANO

Soy ya dichoso,

Dion?

DION

Soy yo desdichado.

POLICIANO

Como? ay de mi.

DION

La licencia

me negò su Magestad.

POLICIANO

Quando vuestra voluntad

ha hallado en el resistencia?

DION

Agora.

POLICIANO

Pues a Dion

se puede el Rey oponer?

ignora vuestro poder?

oluida su obligacion?

o mis meritos desprecia?

No penseys, con ser quien soy,

que tanto credito doy

a mi confiança necia;

que intente mi calidad

ygualar con la de Aurora,

que nadie humano me ignora,

nadie la ignora deydad.

Mas si nadie la merece,

y alguno la ha de alcançar,

quien mejor puede aspirar

al bien que su mano ofrece:

si ha abonado mi valor

vuestra eleccion? y si oy

de su hermosa boca vn si,

que es el merito mayor?

DION

Ni vuestro merecimiento

duda el Rey ni mi poder,

causa deue de tener

bastante su pensamiento;

que ni entiendo ni examino,

que de ser examinado

haze al Rey exceptuado,

lo que tiene de diuino:

solo entiendo, aunque tan mal

me este, que su gusto es ley,

Policiano, que el es Rey,

y yo vassallo leal,

esto en efeto ha de ser;

sabed sufrir, si soys cuerdo.

POLICIANO

Si gloria tan alta pierdo,

que me queda que perder?

el Rey a vuestros desseos

se ha de oponer, ni a los mios?

pues yo solo tengo brios

para hazerle.

DION

Deteneos,

callad, no os precipiteys;

tened, tened sufrimiento,

que solo de vuestro intento

es dilacion la que veys:

(A parte.)

 

Aguardad pues; no quisiera

que de la passion vencido,

arrojado de ofendido

en deslealtad incurriera;

que el Rey me mandò poner

en lo que he de aueriguiar

medios para examinar,

no lazos para caer:

y assi es conforme a razon,

que quando agrauiar se vè,

yo la preuencion le dè,

pues le he dado la ocasion.

Vencibles dificultades

no son hados soberanos,

ni los motiuos humanos

se informan de eternidades:

la causa que oy os impide,

mañana puede cessar,

si el dilatar no es negar,

quien dilata no despide,

ser prudente es ser sufrido:

aduertid que os aconsejo

como amigo y como viejo,

que ni excedays ofendido,

ni atreuido os arrojeys:

porque si hablays libremente,

mas que ganastes prudente,

impaciente perdereys;

que si nos toca a los dos

el daño, no os muestro mal,

pues contra mi soy leal,

que lo seré contra vos.

POLICIANO

Ni sabe el amor ser cuerdo,

ni el loco sabe temer;

Sicilia se ha de perder,

viue Dios, si a Aurora pierdo.

 

(Vanse.)

 

 

 

(Salen RICARDO, y DIANA.)

 

 

RICARDO

Es sin remedio mi pena;

no ay consuelo en mi passion.

DIANA

Ricardo, qual ocasion

tanto de ti te enagena?

RICARDO

Ay, querida hermana, Aurora,

a quien adoro, la mano

de esposa dà a Policiano.

DIANA

(A parte.)

 

A traydor.

RICARDO

Mira si llora,

 

quien la pierde enamorado,

justamente.

DIANA

Luego està

hecho el casamiento ya?

RICARDO

No, pero està concertado;

que basta para perder

la vida con la esperança.

DIANA

No se quexe, sino alcança,

quien no se atreue a emprender:

quien huuiera mas fauor

que tu, Ricardo, alcançado,

si te huuieras declarado;

y mas pudiendo tu amor

tenerme a mi por tercera,

pues tantas vezes estoy

con ella, y sabes que soy

en su amistad la primera?

a quien la diera mejor,

si se la hubiera pedido,

que a ti su padre?

RICARDO

He querido

merecer della el amor,

antes que el consentimiento

de Dion.

DIANA

Necio anduuiste,

pues por concierto pudiste,

dar vida a tu pensamiento.

RICARDO

Temi quedar desayrado,

si della no era admitido,

que se arrepiente corrido,

quien no alcança declarado.

DIANA

Querer por amor vencella

tu silencio disculpaua,

mientras no te amenaçaua

el peligro de perdella:

mas oy que vè ya tu amor

malograr tu pensamiento,

matete el atreuimiento,

si ha de matarte el temor:

hablando, vas a ganar,

callando, solo a perder;

que le queda que temer,

al que ya se vè matar?

El que llega a estar cercado

de exercito numeroso,

a los que huyò temeroso,

acomete despechado.

Declara a Dion tu amor,

a Aurora tu sentimiento,

al Rey tu amoroso intento;

y valgate su fauor,

pues le tienes obligado,

en tan vrgente ocasion,

si se escusare Dion

con lo que tiene tratado:

y si con esto los daños

que te amenaçan no impides,

la guerra permite ardides,

y el amor perdona engaños;

con traças y fingimientos

procura el bien que mereces:

y si tu, porque padeces

tormenta de pensamientos

en el golfo de tus males,

no discurres, yo, que soy

muger, y en la arena estoy

(A parte.

 

pluguiera a los cielos), tales

traças y enredos, hermano

sabre hazer, si lo permites,

que de la mano le quites,

la esperança a Policiano.

RICARDO

Que permita es menester,

lo que yo te he de rogar?

Diana, puedo negar,

lo que deuo agradecer?

Traça a tu gusto; dispon

mi remedio a tu aluedrio.

DIANA

Pues dexalo a cargo mio,

Ricardo, y habla a Dion.

RICARDO

Como lo piensas traçar?

DIANA

Pues que te fias de mi,

no me examines.

RICARDO

De ti

lo quiero todo, fiiar,

pues conoces, quando estàs

de mi tormento aduertida,

que a tu hermano das la vida,

y a ti vn esclauo te das.

(Vase.)

 

DIANA

Assi se pagan finezas?

Assi se premian lealtades?

Assi desmienten verdades,

los que prometen firmezas?

A traydor, a fementido,

a engañoso Policiano,

a Aurora has de dar la mano,

que a Diana has prometido?

No lo sufriran los cielos,

primero te abrasaran

las llamas deste Vulcan

que arroja rayos de zelos.

 

(Sale ELISA.)

 

 

ELISA

Que es esto, señora?

DIANA

Es

pena, dolor, sentimiento,

quanto escuchas es tormento,

todo es rabia quanto ves:

ofensas me tienen loca,

muerta me tienen agrauios;

la vida tengo en los labios,

el alma tengo en la boca,

en el pecho mongibelos;

fieras en el coraçon,

y en fin tormentos, que son

mayores, que tengo zelos:

y para que en tantos daños

ni esperança pueda auer,

no se contentan con ser

zelos, que son desengaños.

Esse injusto, esse traydor,

esse cruel Policiano

a Aurora le da la mano,

que deue a mi firme amor:

mira, Elisa, si me ciega

con razon el sentimiento,

no llegando el sufrimiento

donde el sentimiento llega.

ELISA

Quien creyera tal mudança

de su firmeza jamas?

DIANA

Ven conmigo.

ELISA

A donde vas?

DIANA

A disponer la vengança,

ya que no el impedimento.

ELISA

No prouoques el rigor

de Ricardo.

DIANA

De su amor

se valiò mi atreuimiento,

porque en Aurora le alcança

ygual desdicha: y assi

a restaurar me ofreci

con enrredos su esperança;

vino en ello, y con color

de que remediò sus daños,

ha de tener por engaños

las verdades de mi amor.

ELISA

De essa suerte vas segura.

DIANA

Nada temo su crueldad,

que el amor es ceguedad,

y los zelos son locura.

(Vase. )

 

 

(Salen FILIPO, y TURPIN.)

 

 

FILIPO

Aduierte que me conuiene,

que me auises luego, en viendo

que viene Dion.

TURPIN

Ya entiendo.

FILIPO

Como?

TURPIN

No es facil, si tiene

tanta hermosura mi ama?

FILIPO

Engañaste, que jamas

la he visto.

TURPIN

Pues estaràs

enamorado por fama;

que es muy señorial accion

a vna famosa beldad

amarla por vanidad,

mas que por propria aficion;

hombre conozco yo aqui,

que lo tiene por oficio.

FILIPO

De poco seso da indicio;

pero no sucede en mi

lo que piensas.

TURPIN

O querras

andar muy cauto conmigo;

pues de tu mayor amigo

confiar no deues mas

que de mi, buen desengaño

puedo dar de mi sujeto;

no guarda mejor secreto

vn ministro el primer año.

Criado de Aurora soy,

y eres tu del Rey su tio

priuado; y assi confio

que si de tu parte estoy,

en qualquier caso podrè

assegurarme del daño:

y en ti con esto es engaño

formar dudas de mi fe,

si yo te puedo seruir.

FILIPO

Sobre vn intento secreto

vengo a hablarla, y te prometo

que a podertelo dezir,

duda en tu fe no pusiera.

TURPIN

(A parte.)

 

Solo por ver si le obligo

a ser liberal conmigo,

le estoy sacando a barrera:

no puedo saberlo al fin?

FILIPO

Impossible cosa es.

TURPIN

Pues juro a Dios que despues,

pues recelas que Turpin

no serà buen secretario,

si se que a Aurora desseas,

aunque mas priuado seas,

me has de tener por contrario.

FILIPO

Quede assi, y haz lo que digo,

Turpin, que importa el cuydado.

TURPIN

Entrar puedes confiado,

pues a tenello me obligo.

(A parte.

 

Mal entiende mi desseo,

doyle otro tiento:) Quisiera

que aduiertas que no lo hiziera

sino por ti.

FILIPO

Yo lo creo,

vete, vete.

(A parte.)

 

TURPIN

Que obligaros

no es possible a mi intencion?

Pues si viniere Dion,

viue Dios de no auisaros.

(Vase.)

 

 

(Salen CAMILA y AURORA por otra parte.)

 

 

CAMILA

En fin negò el Rey, señora,

a tu padre la licencia?

AURORA

Mejor diras la sentencia,

contra la vida de Aurora.

Pues contra mi gusto hiziera

estas bodas de obediente

a mi padre solamente;

y confiesso, que si huuiera

declarado la aficion,

que tan secreta ha tenido,

y a los labios atreuido

las penas del coraçon,

Ricardo, passara yo

con el mas alegre vida,

que me tiene agradecida,

ya que enamorada no.

CAMILA

Agora sales con esso?

AURORA

Nunca, antes que diera el si

a Policiano, senti

lo que agora te confiesso:

Pero despues que lleguè

a juzgarle esposo mio,

violentado mi aluedrio

de Ricardo comencè

a hazer mas estimacion,

y a pensar que hiziera empleo

mejor en el, que el desseo

despertò la priuacion.

CAMILA

De suerte que no es amor

el que tienes?

AURORA

Comparado

 

con Policiano, he juzgado

que merece mi fauor

Ricardo; pero sin esso,

aunque no me desagrada,

no me siento enamorada,

si obligada me confiesso:

mas quien està aqui?

CAMILA

Persona

parece de calidad.

AURORA

Su compuesta grauedad

sus nobles partes pregona.

CAMILA

Que querra? Y como ha llegado

sin avisar hasta aqui?

AURORA

Sepamoslo, que ya es en mi

la curiosidad cuydado.

CAMILA

A qualquiera puede dalle

cuidado y curiosidad.

AURORA

Y mas su calidad

se conforma con su talle.

FILIPO

Del Rey alienta el deseo

favorable la ventura,

pues dice ya esta hermosura

que es Aurora la que veo.

Hasta saber el intento

de llegar adonde veis

sin licencia, no culpeis,

señora mi atreuimiento,

que de la misma ocasion

echareis de ver que ha sido

forçoso ser atreuido

para lograr la intencion

si no me engañan, señora,

los ojos, cuando assegura

la fama de esa hermosura

que sois la diuina Aurora.

AURORA

Menos essa adulacion

soy Aurora, y ya deseo

de la nouedad que veo

escucharos la ocasion,

y saber quien sois.

FILIPO

Yo soy

Filipo, del Rey criado,

si valido, no priuado,

porque a vuestro padre doy

solamente este lugar.

AURORA

Ya por fama os conocia,

y a mi piedad algun dia

debieron mas de un pesar

los que os hizo la fortuna.

FILIPO

Ya ha cesado su rigor

y ya con ese fauor

no temo mudanza alguna,

que esa beldad. Pensamiento,

donde vuelas? Donde vas?

Si he de dezir lo demas

que causo este atreuimiento,

aparte habeis de escucharme

porque el caso lo requiere.

AURORA

Por si mi padre viniere,

Camila, para auisarme,

pues su esquiua condicion

conoces, ponte en espia

en esa ventana.

CAMILA

Fia

tu cuydado a mi atencion.

(Vase.)

 

AURORA

Ya estamos solos, hablad.

FILIPO

Señora si del amor

no habeis probado el rigor,

al menos su ceguedad

por fama habreis entendido.

Y ya, triste yo, la mia

con importuna porfia

mi corazon ha rendido.

Inutilmente pretendo

resistir, el Rey lo erro

quando de mi se fio,

que deuiera, conociendo

tan soberanos despojos,

para euitar sus agrauios,

dar comision a los labios

sin concedella a los oxos.

AURORA

Que vos suspendio?

FILIPO

Como puede

dejarse de suspender

quien os ha llegado a ver?

Como quereis que no quede

absorto, señora, en vos,

si es dios la misma hermosura

quando goza mi ventura

en la vuestra tanto dios?

AURORA

Es este acaso el secreto

que teneis que hablarme?

FILIPO

No.

Aqui, señora, causo

vuestra beldad este efeto.

Otra, Aurora, es mi intencion,

mas quando son desiguales

los impulsos naturales

al poder de la razon,

no gouierna el aluedrio,

que si en corrientes de plata

al caminante arrebata

bramando el furioso rio

de su jornada se oluida,

y solo en peligro tal

con afecto natural

trata de escapar la vida.

Assi yo, puesto que atento

a otro fin os entre a hablar,

en llegandoos a mirar

con impetu tan violento

me vi anegar en abismos

de hermosura, que forzado

de su poder, y oluidado

de mis pensamientos mismos,

al deziros la ocasion

porque os vi, con furia loca

me arrebato de la boca

las palabras la pasion.

Y asi mi error perdonad,

que en el primer mouimiento

ni juzga el entendimiento

ni elige la voluntad.

AURORA

Tente, pensamiento mio,

que preuiene ya el temor

en halagos del aluedrio.

Injusta desconfianza

mostrais en tan justo efeto,

ni la hermosura es defeto

ni es injuria la alabanza.

Y si el ver encarecida

su belleza tanto agrada

a la mujer, obligada

me juzgad y no ofendida,

si no es ya que la intencion

que declararme quereis,

es mi ofensa y pretendeis,

temiendo mi indignacion

reprimilla, y preuenido

con alabarme habeis hecho,

Filipo, prision del pecho

la lisonja del oido.

FILIPO

No señora, no el veneno

he querido disfrazar

que en lo que os vengo a tratar

solicito gusto ageno.

Tan contra mi, que podeis

colegir, viendome tal

que es lo que me esta mas mal

que mi demanda otorgueis.

Del Rey, bellisima Aurora,

vengo a vos por mensajero,

de su aficion soy tercero,

y de que ciego os adora

testigo si es menester

para probar su aficion

mas notoria informacion

que saber que os llegò a ver.

A cielos! Yo soy perdido,

que Aurora no se ha enojado.

AURORA

Engañose mi cuidado.

Que presto ha desuanecido

mi esperanza! Pero quando

loco amor, los gustos das

mas firmes? No dezis mas?

FILIPO

Que mas?

AURORA

Estoy aguardando

a saber si es el intento

de mi tio ser mi esposo.

FILIPO

El fuera en esso dichoso:

mas tiene su casamiento

en Cartago ya tratado.

AURORA

Luego pretende su amor

su gusto en mi deshonor?

FILIPO

Es Rey, y està enamorado.

AURORA

Bien dezis; lo mismo es

enamorado, que loco:

y no muestra estarlo poco,

pues prefiere el interes

de su antojo a mi opinion.

No aduierte el Rey por ventura,

quando imprudente procura

ofender con su aficion

de mi padre la nobleza,

que aun oy, aunque està gozando

del cetro, le està temblando

la corona en la cabeça?

Oluida.

FILIPO

(A parte.)

 

Albricias, amor,

que se ha enojado.

AURORA

Que deue

el honor, a quien se atreue

a ofender en el honor?

Assi paga beneficios?

Assi assegura lealtades?

Assi obliga voluntades,

y recompensa seruicios?

Assi el nombre de tyrano

quiere borrar? Y assi intenta

en el Reyno que violenta,

acreditarse de humano?

Viue el cielo, sino enfrena

tan mal aduertido antojo,

que ha de sentir en mi enojo

de su locura la pena:

a Aurora, a Aurora se embia

recado tan atreuido?

Y vos, vos aueys venido

con tal vil mensajeria?

No se de qual de los dos

mas ofendida me hallo;

del Rey en imaginallo,

o en dezirmelo de vos.

(Vase.)

 

FILIPO

Mil vezes en hora buena,

bella Aurora, os enojad,

pues assegura piedad

esse rigor a mi pena:

Nunca ha sido tan gustosa

la furia, nunca se ha visto

el enojo tambien quisto,

ni la yra tan hermosa.

No en vano, amor, a tus aras,

y al imperio de tus leyes

rinden sus cetros los Reyes,

y los dioses sus tiaras;

no en vano, pues tales son

tus fuerças, que en vn momento

ciegas el entendimiento,

y aprisionas la razon.

Loco estoy, estoy perdido,

y tan otro de mi estoy,

que ni conozco el que soy,

ni me acuerdo del que he sido:

solo ya mi entendimiento

juzga el bien mayor amar;

solo discurre en buscar

remedios al mal que siento.

De mi ciego desuario

el Rey perdone el error,

pues da disculpas su amor,

y no escarmientos al mio.

Mi obligacion he cumplido,

y aun hize mas que deui;

pues tercero contra mi

de sus cuydados he sido:

hasta aqui de mi lealtad

pudo estenderse la ley,

mas no a que el amor del Rey

la ponga a mi voluntad.

Y mas quando Aurora aqui

se le mostrò tan cruel,

pues de los desprecios del

mis fauores colegi.

Que mientras sus alabanças

publicò mi suspension,

dio su benigna atencion

aliento a mis esperanças.

Y despues se mostrò ayrada

quando el amor entendio

del Rey, quiçà porque vio

su imaginacion burlada.

Claro està, pues por lo menos

estimò mis desuarios,

quien humana oyò los mios,

y enojada los agenos.

Pues quando yo he merecido

sus fauores, y el Rey no,

que le ofendo, en querer yo

ganar lo que el ha perdido?

Y puesto que el Rey se ofenda,

que me ha de costar? La vida?

Menos la temo perdida,

que perder tan alta prenda.

Todo, para conseguir

tanto bien, lo he de emprender,

que no queda que temer,

al que se atreue a morir.

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