Poemas de Bartolomé Leonardo de Argensola

Poemas de Bartolomé Leonardo de Argensola

Poemas de Bartolomé Leonardo de Argensola (1562–1631) fue un pilar del Siglo de Oro, reconocido por su equilibrio clásico y agudeza satírica. Canónigo y cronista mayor de Aragón, compartió con su hermano Lupercio el apodo de «Horacio español», destacando por una poesía pulcra que evitaba los excesos del culteranismo.

Su obra lírica brilla en sátiras y epístolas, donde fustiga los vicios sociales con elegancia ética. Es célebre su soneto sobre la belleza artificial, que cuestiona la vanidad mediante una ironía refinada.

Defensor de la pureza lingüística, Argensola personifica el humanismo aragonés: una síntesis perfecta entre la profundidad del pensamiento moral y la claridad formal, consolidándose como un maestro de la sobriedad castellana.

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A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa

Bartolomé Leonardo de Argensola

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que aquel blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

 

Pero tras eso confesaros quiero

que es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual de rostro verdadero.

 

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande

por un engaño tal, pues que sabemos

que nos engaña así Naturaleza?

 

Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

 

Amor, que en mi profundo pensamiento

Amor, que en mi profundo pensamiento

sus nobles fuerzas aprestadas tiene,

tal vez armado hasta los ojos viene,

de donde a los de Cintia los presento.

 

Mas ella, opuesta al raro atrevimiento,

para que en lo futuro se refrene,

aquella risa, aquel favor detiene,

con que suele aliviar el sufrimiento.

 

Huye a su centro el dulce dueño mío,

temeroso y cortés; que no hay sujeto

que contra sus desdenes muestre brío.

 

Yo desde rayo, no por el efecto

que en los mortales hace, me desvío,

mas porque sirve a celestial precepto.

 

Amor, si de la parte más perfecta

Amor, si de la parte más perfecta

jamás mi sol su viva luz retira,

en vano Filis con piedad me mira,

y enciendes en su ojos tu saeta.

 

No como yo lució sobre el Oeta

el héroe que amó tanto a Deyanira,

ni la cumbre de Olimpo está de la ira

de los rayos y vientos más quieta.

 

Y así como allá encima de su altura,

cuando por religión sube la gente

las cenizas de antiguos sacrificios,

 

Fili hallará guardados altamente

de mi primer amor sacros indicios

con fe y tranquilidad serena y pura.

 

Bien sé yo, Cintia, el culto que se debe

Bien sé yo, Cintia, el culto que se debe

al que de dos sustancias desiguales

tan superiores forma los mortales,

que es cada cual un dios de un mundo breve;

 

y que este honor le obliga a que se eleve

sobre el ser de las obras naturales,

y asaltando esas máquinas fatales,

viva unido a la causa que las mueve;

 

y soy con esto a quien tu amor desvía

del uso de este gran conocimiento

por la divinidad de tu hermosura;

 

y a venerarte vive tan atento,

que gime si tal vez se le figura

que puede tener fin su idolatría.

 

¿Cuál mérito aspiró, Filis, a tanto…

¿Cuál mérito aspiró, Filis, a tanto,

si no fue remitiéndose a la suerte?

¿Cómo me ofreces hoy, con ofrecerte

para sujeto de mi humilde canto?

 

Ya con súbitas alas me levanto,

pues tu favor en cisne me convierte,

para hacer a la envidia y a la muerte

gloriosa injuria y apacible espanto.

 

Cantaré cómo arroja en tu hermosura

divinidad el alma, y como inspira

en todas tus acciones influencia;

 

Y cómo en tu mirar muestra la ira

tanta conformidad con la clemencia,

que no sé si amenaza o asegura.

 

Cuando me miras, Clori, de luz lleno

Cuando me miras, Clori, de luz lleno

horizonte a tus ojos me figuro;

tu sol influye en el afecto oscuro

si influye en el espíritu sereno;

 

y cuando altos reflejos de entre el seno

a la luz eficaz volver procuro,

bien corresponde lo luciente y puro,

pero exhalas sus nieblas lo terreno.

 

No sol tu vista entonces, sino aurora,

su vapor imperfecto desvanece;

mas si tal vez se esfuerza a formar nube,

 

a pesar de sí misma resplandece;

porque en el punto que a tu esfera sube

tu noble resplandor lo inflama y dora.

 

De antigua palma en la suprema altura

De antigua palma en la suprema altura,

con los sacros olores del oriente,

para su parto y muerte juntamente,

hace la fénix nido y sepultura.

 

Mueve las alas para arder segura,

que el fuego a su esperanza está obediente;

y así, sus llamas fieles más luciente

la restituyen a la edad futura.

 

De esta manera en la sagrada palma

de nuestro alto valor arder presume

mi pensamiento alegre entre sus ramas;

 

que vuestro ardor da vida al que consume;

y así, no es temerario el que a sus llamas

entrega el gran depósito del alma.

 

De la unión, Silvio, con que amor prospera

De la unión, Silvio, con que amor prospera

o endiosa nuestras almas, el conceto

que la esperanza forma es tan perfeto,

que la opresión del yugo le aligera.

 

Y así, quien ama y dice que no espera,

por ostentan más fe al amado objeto,

a su interior verdad pierde el respeto,

sin cuyo alivio ni alentar pudiera.

 

Bien que sí, generosa en la tardanza

(mientras que en gloria no se le convierte),

a finezas más nobles les convida.

 

Sufra y espere, mas con ley tan fuerte,

que aunque le falte esfuerzo, no le pida

jamás el sufrimiento a la esperanza.

 

Debajo de una alta haya Melibeo

Debajo de una alta haya Melibeo

retrataba a Faetón en el cayado

de aquel rayo de Júpiter pasado,

que dio fin a su altísimo deseo.

 

De la otra parte pinta el caso feo

(después de haber el mundo amenazado)

de Pompeyo, en la barca degollado

por obra del ingrato Ptolomeo.

 

Y viendo sus pinturas acabadas,

les dice a las figuras valerosas:

«Tercero me hicieron mis querellas;

 

y el mundo os tiene envidia, almas preciadas,

pues ya que no acabamos grandes cosas,

morimos en la fe de acometellas».

 

Dime, Padre común, pues eres justo…

«Dime, Padre común, pues eres justo,

¿Por qué ha de permitir tu providencia

Que, arrastrando prisiones la inocencia,

Suba la fraude a tribunal augusto?

 

»¿Quién da fuerzas al brazo que robusto

Hace a tus leyes firme resistencia,

Y que el celo, que más la reverencia,

Gima a los pies del vencedor injusto?

 

»Vemos que vibran victoriosas palmas

Manos inicuas, la virtud gimiendo

De triunfo en el injusto regocijo.»

 

Esto decía yo, cuando riendo

Celestial ninfa apareció, y me dijo:

«¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»

 

Ese pájaro, Cintia, que del hielo

Ese pájaro, Cintia, que del hielo

huye a tus manos, y con osadía,

cuando le sueltas, a volver porfía,

¿dónde aprendió la fe de nuestro celo?

 

Ella le encaminó al segundo vuelo,

y así obligado a tan celosa guía,

ni al nido volverá, por más que el día

aclare el aire que le turba el cielo.

 

¡Oh pajarillo fiel! pues nos igualas

en ese afecto que tan vivo tienes,

si te dan libertad, vuelve a entregarte,

 

vuelve a buscar la gloria en los desdenes,

pues dos veces amor, para animarte

a un vuelo tan feliz, te dio sus alas.

 

Estas son las reliquias saguntinas

Estas son las reliquias saguntinas,

injuria y gloria al sucesor de Belo,

cuando en fábrica excelsa las vio el cielo

al orbe origen de la luz vecinas.

 

De hiedra presas yacen, y entre espinas,

con que sus riscos arma el yerto suelo,

y hoy libran la venganza y el consuelo

en la contemplación de sus ruinas.

 

Sagunto precia más verse llorada

de la posteridad que si a Cartago

con propicia fortuna leyes diera.

 

Oh tú, que sobrevives al estrago,

cándida fe, procura que yo muera,

si amor me tiene igual piedad guardada.

 

Hago, Filis, en el alma, estando ausente

Hago, Filis, en el alma, estando ausente,

para hablarte animosas prevenciones,

y tú con un mirar las descompones;

yo enmudezco, turbado y obediente.

 

Mas es mi turbación tan elocuente

(efecto de estas fieles turbaciones),

que aquella voz que huyó de mis razones,

persuade en los ojos y en la frente.

 

Claro está que si sientes ablandarte

para poner a mi verdad en duda,

ni te queda licencia ni derecho.

 

Para esto amor de ornato las desnuda;

que introducir piedad, Filis, en tu pecho

no puede ser jurisdicción del arte.

 

Huyo de ti, y a tus umbrales llego

Huyo de ti, y a tus umbrales llego,

como tú infieles, Gala, y temo hallarte;

triste, que busco en los peligros parte

fiel y segura para mi sosiego.

 

Puédenlo ser tus fraudes, no lo niego;

mas viéndote, ¿quién pudo desarmarte?

ya mis nuevas defensas quiso al arte,

y a tu pérfido antojo las entrego.

 

Yo moriré quejoso y tuyo, Gala,

habiendo sido fábula increíble

de fe indiscreta y vergonzosa pena.

 

¡Oh justicia de amor! ¡Qué no es posible

avenirme contigo aunque seas buena,

ni dejarte de amar, aunque seas mala!

 

La providencia

«Dime, Padre común, pues eres justo,

¿Por qué ha de permitir tu providencia

Que, arrastrando prisiones la inocencia,

Suba la fraude a tribunal augusto?

 

»¿Quién da fuerzas al brazo que robusto

Hace a tus leyes firme resistencia,

Y que el celo, que más la reverencia,

Gima a los pies del vencedor injusto?

 

»Vemos que vibran victoriosas palmas

Manos inicuas, la virtud gimiendo

De triunfo en el injusto regocijo.»

 

Esto decía yo, cuando riendo

Celestial ninfa apareció, y me dijo:

«¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»

 

Mírame con piedad; y arda el cometa

Mírame con piedad; y arda el cometa,

Filis, que ahora pálido nos mira;

que a quien tus ojos muestra amor sin ira,

¿cuál término fatal no le respeta?

 

Y absorto (que es lo más) en la secreta

felicidad que aquel favor le inspira,

ni de amenaza superior se admira,

ni en dudosos prodigios la interpreta.

 

De estos bienes, elévame al segundo;

que al primero no aspiro, aunque me libre

de la alta indignación que arma el portento.

 

Su infausta luz contra los cetros vibre,

y como deje en paz mi arrobamiento,

vierta discordia y descomponga el mundo.

 

¿Quién me dará jazmines y violetas…

¿Quién me dará jazmines y violetas

para ceñir a un vencedor las sienes,

que convirtió en halagos los desdenes,

donde amor despuntó tantas saetas?

 

Diosa Ocasión, ¿produces tú o sujetas

el principio fatal de nuestros bienes?

Rendiste a Clori; omnipotencia tienes,

y son ministros tuyos los planetas.

 

Rendísteme de asalto repentino

(con fraude por el mismo amor trazada),

la fuerza en que encerró toda su gloria;

 

que él nació de hurto y la traición le agrada.

Yo vine, vi y vencí mayor victoria

que dio el oriente a vencedor latino.

 

Suelta el cabello al céfiro travieso

Suelta el cabello al céfiro travieso,

para que recompense, oh Cintia, un rato

de los muchos que usurpa el aparato

que le añade, no gracia, sino peso.

 

¡Cuánta más luz que coronado o preso

nos descubre, ondeando sin recato!

Y dime si en las leyes del ornato

respondió al arte con tan gran suceso.

 

A cabellos de mal seguro reyes

ofrezcan ambiciosos resplandores

las ondas, y las minas del Oriente.

 

Los tuyos, no los crespes ni los dores;

y pues crecieron en tan libre frente,

imiten su altivez, no guarden leyes.

 

Tajo, producidor del gran tesoro

Tajo, producidor del gran tesoro

(si a la fama creemos), cuya arena

de zafiros y perlas está llena,

tus aguas néctar, tus arenas oro;

 

tú pues, acrecentado con mi lloro,

será testigo de mi amada pena,

como sujeto a lo que amor ordena,

buscando vida, a quien me mata adoro.

 

Cuando mi pastorcilla en tu ribera

busca las conchas que creciendo arrojas,

y con su blanco pie tu orilla toca,

 

el bien que gozas, agua lisonjera

(que al fin lo has de besar, pues que lo mojas),

lo usurpas al oficio de mi boca.

 

Viéndome Fili en brazos de la muerte

Viéndome Fili en brazos de la muerte,

heroicamente se movió a clemencia,

y a su altivo decoro dio licencia

para inclinarse a remediar mi suerte.

 

Sintió el sujeto, de poder más fuerte

que el natural, la dulce violencia;

que amor en el crisol de la experiencia

los accidentes en salud convierte.

 

Si ya no huyeron, Fili, de la gloria

que allí vieron salir de tu belleza,

que en su presencia es todo luz y vida;

 

atónita quedó naturaleza,

contra sus mismas leyes socorrida,

y preciándose amor de la victoria.

 

Viéndose en un fiel cristal

Viéndose en un fiel cristal

ya antigua Lice, y que el arte

no hallaba en su rostro parte

sin estrago natural,

dijo: «Hermosura mortal,

pues que su origen lo fue,

aunque el mismo Amor le dé

sus flechas para rendir,

viva obligada a morir,

pero a envejecer, ¿por qué?»

 

Visto has amor, que no al rebelde brío

Visto has amor, que no al rebelde brío

de afecto natural, ni la violencia

de belleza exterior, a tu obediencia

redujo al libre pensamiento mío;

 

hasta que con más noble poderío

la razón allanó mi resistencia,

y por su autoridad y en su presencia,

juró tu servidumbre mi albedrío.

 

Mas aunque la prisión que arrastro suena,

y ufana mi elección sostiene el peso,

no se oye, o no se admite, o se aborrece.

 

Adorna tú los méritos del preso,

pues su verdad desnuda no merece

que Cintia quiera asir de la cadena.

 

Ya el oro natural crespes o extiendas

Ya el oro natural crespes o extiendas,

o a componerlo con industria aspires,

lucir sus lazos o sus ondas mires,

cuando libre a tus damas lo encomiendes.

 

O ya, por nueva ley de amor, lo prendas

entre ricos diamantes y zafires,

o bajo hermosas plumas lo retires,

y el traje varonil fingir pretendas;

 

búscate Adonis por su Venus antes,

por su Adonis te tiene ya la diosa,

y a entrambos los engañan tus cabellos;

 

mas yo, en la misma duda milagrosa,

mientras se hayan en ti los dos amantes,

muero por ambos, y de celos de ellos.

 

Ya resplandece en mí como nativa

Ya resplandece en mí como nativa,

Laura, tu candidez, no como ajena;

que el indómito afecto me serena,

y sus errores generosa y viva,

 

así del claro Pólux se deriva

la que sosiega el mar y el euro enfrena,

para que del honor fraterno llena,

el tenebroso Cástor la reciba.

 

En virtud pues de amor tan noble y fuerte,

que, a pesar de acechanzas naturales,

lo más terreno en celestial convierte,

 

preciémonos de amantes celestiales;

no reconozca al tiempo ni a la suerte

la unión de dos sustancia sin mortales.

 

Si un afecto, Señor, puedo ofrecerte

Si un afecto, Señor, puedo ofrecerte

al culto de tus ídolos atento,

con lágrimas de amor te lo presento;

tú en víctima perfecta lo convierte;

 

que en este sueño tan intenso y fuerte,

de tus misericordias instrumento,

no imagen imitada es lo que siento,

sino un breve misterio de la muerte,

 

en quien con ojos superiores miro

mi fábrica interior oscurecida;

báñela aquella luz, Señor, aquella

 

que inspira perfecciones a la vida,

pues permites que goce sin perdella,

experiencias del último suspiro.

 

Rendida la cerviz al sacrificio

Rendida la cerviz al sacrificio

en la ardiente parrilla recostados

están los duros huesos abrasados,

sin mostrar de flaqueza algún indicio.

 

«Tu amor, mi Dios, teniéndote propicio,

aunque el rigor del fuego era sobrado,

por Dios y por señor te he confesado,

poniendo en alabarte mi ejercicio.

 

»Como al oro en el fuego me probaste,

y aunque fue tan terrible aquel tormento,

lo deshice, en tu amparo confiado.

 

»Así mi corazón perfecto hallaste,

que, por tener en ti su dulce asiento,

no le es notado rastro de pecado».

 

Pródiga de nariz, de ojos avara

Pródiga de nariz, de ojos avara,

espaciosa de boca, angosta en frente,

mejillas de cuaresma penitente,

y barba que en pirámide repara;

 

bosque do el tiempo con los años ara,

encubierto a la luz del rojo oriente;

fértil mina de pez que eternamente

destila en cada poro un alquitara;

 

vientre de odre, pecho de amazona,

cuello de tina, brazos de cordeles,

y en piernas de raíces pies de pato;

 

es dibujada al vivo en líneas fieles,

monseñor, la magnífica persona

di quella che vi piace in bel ritrato.

 

Ni soles, oh, tahúr, lunas ni auroras

Ni soles, oh, tahúr, lunas ni auroras

te han visto soñolientas las pestañas;

tu estado expira, al sucesor engañas,

pues tu fe y su esperanza le empeoras.

 

Tu abuelo en esas tenebrosas horas

que velas tú, jugando sus hazañas,

armado, por difíciles montañas

pasaba sus escuadras vencedoras.

 

Sabe que la nobleza es sucesiva

más por nuestra opinión que por su efecto,

y sin virtudes nunca meritoria;

 

¿qué acuerdo tomas, pues, ¡oh, indigno nieto!,

sabiendo que es ajena aquella gloria

que del valor ajeno se deriva?

 

Mi Afecto, Amor, Me Acometió Con Brío

Mi afecto, Amor, me acometió con brío,

mas no pudo rendirme a tu obediencia,

ni la exterior beldad que con violencia

dio el mismo asalto al pensamiento mío;

 

hasta que con más noble poderío

allanó la razón mi resistencia,

y por su autoridad y en su presencia

juró tu servidumbre mi albedrío.

 

Mas aunque la prisión que arrastro suena,

y sabe Cintia bien que adoro el peso,

no la oye, o no la admite, o la aborrece.

 

Suple o adorna tú el valor del preso,

pues su elección ya sierva no merece

que Cintia quiera asir de la cadena.

 

Lo Que Merece Nombre De Esperanza

Lo que merece nombre de esperanza

nace de causa de esperar dudosa,

si se espera sin ella, y fe animosa,

si con seguridad es confianza.

 

Si a complacer en lo imposible alcanza,

puede llamarse adulación forzosa,

y casi posesión toda otra cosa

que quita el miedo a la desconfianza;

 

declina Amor en quien esperar puede,

que la enajenación y encogimiento

aun discurrir al esperar prohíbe,

 

Y en el gozoso asombro que pretende,

contemplando posee el pensamiento

todo el bien de que nace y de que vive.

 

Hoy Que Amontona Fiestas Y Alegrías

Hoy que amontona fiestas y alegrías

la madre más fecunda y la más santa,

dando a sus buenos hijos toda cuanta

honra les dio partida en muchos días,

 

subid, deseos y esperanzas mías,

donde se goza lo que aquí se canta,

sin temer la grandeza que os espanta

de aquellas celestiales jerarquías.

 

Penetrad los palacios soberanos

hasta el trono do asiste el Rey que juzga

y gobierna y sustenta a los mortales;

 

y ved si entre sus nobles cortesanos

habrá por gran favor quien me introduzca

siquiera en el zaguán o en sus umbrales.

 

Hoy El Nefando Autor Del Color Bayo

Hoy el nefando autor del color bayo

y el sacrílego vil que a hecho injuria

al sacro honor de la romana curia

son mariposas en el blanco sayo.

 

Guarda, Sodoma, que deciende el rayo

dela mano de Dios, con justa furia,

contra la gomorrea vil lujuria

que abrasa a España con mortal desmayo.

 

Saca en los hombros la virtud, Eneas,

de las llamas del ocio consumida,

si ser piadoso príncipe deseas.

 

Camina, Loth, con tu mujer querida;

vuelve los ojos, Corte, no lo veas,

si no quies ser en piedra convertida.

 

Cuando A Su Dulce Olvido Me Convida

Cuando a su dulce olvido me convida

la noche, y en sus faldas me adormece,

entre sueños la imagen me parece

de aquella que fue sueño en esta vida.

 

Yo, sin temor que su desdén lo impida,

los brazos tiendo al gusto que me ofrece;

mas ella (sombra al fin) desaparece,

y abrazo al aire, donde está escondida.

 

Así burlado, digo: «¡Ah falso engaño

de aquella ingrata, que aun mi mal procura;

tente, aguarda, lisonja del deseo!»

 

Mas ella, en tanto, por la noche obscura

huye; corro tras ella, ¡oh caso extraño!

¿Qué pretendo alcanzar, pues sigo al viento?

 

Corneja Que Vestiste Ajenas Plumas

Corneja que vestiste ajenas plumas,

ganso que le usurpaste al cisne el canto,

cuervo cuyo graznar anuncia llanto,

voz que siendo de Arcadia suena en Cumas;

 

como hendrija de pipa te rezumas,

el rebozo destapa, quita el manto,

ingenio de almofrex de cal y canto,

ligero como plomo en las espumas;

 

que dejes de enredar más el urdimbre

de parte de las Musas te conjuro,

antes que el bello Apolo te confunda.

 

No mezcles nuestro abril con tu diciembre;

si no, por el Estigio lago juro

que el verdugo te dé una brava tunda.

 

Cómo Podrá Premiar El Bajo Suelo

¿Cómo podrá premiar el bajo suelo,

subjeto al corto término de vida,

obra tan encumbrada y tan subida

que a su fin principal no abarca el cielo?

 

El premio, pues (divino Ponce), délo

el que, bajo accidentes de comida,

a tus manos se rinde y te convida

con el disfraz del delicado velo.

 

Que tu subtil labor y heroico estilo,

donde (cual muro oculto) so la yedra

más con su fortaleza reverdece,

 

o cual bajo la cera está el pabilo,

en rica guarnición la árabe piedra,

estando Dios, no sé qué más merece.

 

Si nunca Baco y siempre fuente viva

Si nunca Baco y siempre fuente viva

para tus labios su licor ofrece,

y de apariencia artificial carece

esa belleza sólida y nativa,

 

¿de qué causa tu aliento se deriva

que los tersos marfiles obscurece?

Hoy huele a yema pollo que perece

corrompido en la cáscara abortiva.

 

Decir que en los convites excediendo

se estraga el huelgo, como en su frecuencia

de tu rara templanza te desvíes,

 

no lo quiero creer, con tu licencia.

Colorada te pones y te ríes:

mal disimulas, Filis; ya lo entiendo.

 

Aunque Ovidio te dé más documentos

Aunque Ovidio te dé más documentos

para reírte, Cloe, no te rías,

que de pez y de boj en tus encías

tiemblan tus huesos flojos y sangrientos;

 

y a pocos de esos soplos tan violentos,

que con la demasiada risa envías,

las dejarás desiertas y vacías,

escupiendo sus últimos fragmentos.

 

Huye, pues, de teatros, y a congojas

de los lamentos trágicos te inclina,

entre huérfanas madres lastimadas.

 

Mas paréceme, Cloe, que te enojas;

mi celo es pío; si esto te amohína,

ríete hasta que escupas las quijadas.

 

A Calatayud

Bílbilis, aunque el Dios que nació en Delos

te conserve fructífera sin daño

y cuando sobre ti desciende el año

sus guirnaldas te den todos los cielos,

 

y aunque hagan tus preciosos arroyuelos

fuertes las armas con el noble baño

y aunque eres patria del cortés tacaño

que en todas sus palabras puso anzuelos,

 

si no encadenas los infieles canes

que tu adüana a los viandantes suelta,

ni tu muro veré, ni tu camino;

 

que para dar hasta Madrid la vuelta,

embarcarme en Colibre determino,

aunque la dé mayor que Magallanes.

 

A Dios Omnipotente

Señor, que miras de tu excelsa cumbre

el tiempo todo en un presente eterno,

tu imagen mira en mí, que al ciego infierno

la inclina su terrena pesadumbre.

 

Oh suma luz, ya la encendida lumbre

de mi gozoso abril florido y tierno

muere, y ya temo ver en el invierno

más verde la raíz de mi costumbre.

 

Mírala, sacro santo Rey divino,

con ojos de piedad, que al dulce encuentro

del rayo celestial verás volvella

 

a verte, como en vidrio cristalino

la imagen mira el que se espeja dentro,

y está en su vista dél su mirar della.

 

A Don Martín De Bolea Y Castro

Aunque el bélico pecho y animoso

de tal manera a Orlando le ha ensalzado,

que está en suprema cumbre levantado,

pues en todo ha salido victorioso,

 

no menos por tu pluma fue dichoso,

Orlando en ser de ti tan celebrado,

que tanta fama y gloria has tú alcanzado,

cuanta él con ser en armas valeroso.

 

El postrimero límite y subjeto,

donde otros no pudieron allegarse,

desde allí comenzó tu vuelo altivo:

 

ha hallado don Martín tu gran conceto

entre furia y amor determinarse:

dio este corte y falló superlativo.

Poemas de Bartolomé Leonardo de Argensola

A Felipe IV

Qué mucho que en tus lámparas, oh Vesta,

la casta luz tus vírgines desamen,

si en una tiene concubina el flamen,

fuego vecino por lo menos tuesta.

 

Y ella hace ostentación de tan honesta,

que siempre que ante Séneca la llamen

pasará sin temor por el examen

de recoger el agua en una cesta.

 

¿Es posible que al cómplice estupendo

le admitan sin horror las aras pías

que han recibido dél tantas injurias?

 

A Júpiter al fin yo no lo entiendo:

él castiga con rayos niñerías

y solapa sacrílegas lujurias.

 

A La Fuente Llamada De Garcilaso

Pasajero, a la gran fuente

donde has suspendido el paso,

ya con versos Garcilaso

detuvo el de su corriente.

 

Consonancia tan vehemente

¿a cuál Orfeo no admira?

 

Pero es Palas quien la inspira,

que, como en el campo armada,

le ciñó su misma espada,

le dio aquí su misma lira.

 

A La Mañana De La Resurrección

Porque hoy llegó a sus términos la ira

del daño universal, más viva aurora

cuanto yace en sus fábricas explora,

cuanto crece a su luz, cuanto respira.

 

Naturaleza en sus esencias mira

intrépida virtud que las mejora,

y que la suerte humana vencedora

a sucesos más prósperos aspira.

 

En tanto que el eterno anfiteatro

hoy introduce al inmortal difunto,

componiendo otra vez el orbe suyo,

 

mísero yo en el ámbito de un punto,

de esta segunda perfección me excluyo

y a dioses fabricados idolatro.

 

A La Pasión De Cristo

Hoy, por piedad de su Hacedor, le ofrecen

prendas de sentimiento sus hechuras;

llama el Sol a la noche y las escuras

sombras apriesa en tiempo ajeno crecen.

 

De la vida asaltadas, se estremecen

atónitas las mudas sepulturas,

libran sus cuerpos a las almas puras

y a los justos vivientes aparecen.

 

Las piedras se quebrantan y, a su ejemplo,

visten los astros voluntario luto;

rómpese el velo místico del Templo,

 

da cualquier obra al llanto algún tributo,

¿y yo, siendo la causa, lo contemplo

con pecho alegre y con semblante enjuto?

 

A La Vida Quieta Y Libre

Quiera el primer autor que se eternice

este dichoso estado en que me veo,

adonde en paz mi libertad poseo,

que es el bien de la tierra más felice.

 

Apaciente cualquiera o martirice

entre quimeras varias su deseo;

llueva rojo metal, seque el Ejeo

y a los hados en suma tiranice;

 

que yo, mientras el cielo permitiere

que mis ojos de luz ricos se vean,

pobre entre pobres lares verme quiero;

 

que nunca el rayo a los humildes hiere,

ni Jove deja que afligidos sean

de tirano envidioso o lisonjero.

 

A Lice

Lice es aquella; llega, Fausto, y mira

cómo con el cabello dora el viento,

y el rostro juvenil, de donde atento

invisibles Amor sus flechas tira.

 

Cuán bien con la piedad mezcla la ira

en el mirar risueño y el violento;

la boca, que entre perlas el aliento

de jazmín salutífero respira.

 

Juzga si yo, con más razón que Ticio,

que por Juno movió a los dioses guerra,

pudiera contra el cielo rebelarme.

 

¿Has visto bien, que no tiene la tierra

sujeto igual? Pues sabe que un adarme,

un adarme no tiene de juicio.

 

A Un Amigo

En la edad de oro, aunque hubo afectos tiernos,

se ve que honestidad guardaron, Niso;

mas la de plata el freno más remiso

vio en frente humana los primeros cuernos.

 

La de hierro acabó de ensordecernos

a la voz del ejemplo y del aviso;

después ningún metal, de honesto, quiso

intitular la edad de los modernos.

 

Y por Gala, tu Eurïalo, cautivo,

no sin risa del pueblo anda fogoso,

cohechando siervos y falseando llaves.

 

Dile tú que lo trate con su esposo,

que, con ciertos capítulos süaves,

su mismo esposo le tendrá el estribo.

 

A Un Caballero

Si es cosa cierta, señor,

que suelto el francolín canta,

y le añuda la garganta

la vista del cazador;

por retrato de mi amor

la dulce tirana mía

este francolín me envía:

mas si a cantar me atreví,

y en viéndola enmudecí,

yo seré cisne algún día.

 

A Un Caballero Y Una Dama

Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve;

porque nos hablas ya con voz escura,

y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura

sobre ese labio superior se atreve.

 

Y en ti, oh Drusila, de sutil relieve

el pecho sus dos bultos apresura,

y en cada cual sobre su cumbre pura

vivo forma un rubí su centro breve.

 

Sienta vuestra amistad leyes mayores:

que siempre Amor para el primer veneno

busca la inadvertencia más sencilla.

 

Si astuto el áspid se escondió en lo ameno

de un campo fértil, ¿quién se maravilla

de que pierdan el crédito sus flores?

 

A Un Letrado

Si vos pretendéis que venga

a ser tan gran necio el mundo,

que por vuestra barba luenga,

por filósofo profundo,

sin otro argumento, os tenga;

mirad que dais ocasión

a que ya cualquier cabrón,

por la gran barba que cría,

aspire a ser algún día

otro Séneca o Platón.

 

A Un Privado

Oh tú, que en las sublimes aulas de oro

de reyes vives, huye, y escarmienta

del que a nado escapó de la tormenta,

echando al mar riquezas y tesoro.

 

Y cuando la Fortuna en su alto coro

vieres que el rostro alegre te presenta,

teme de Amor la rigurosa cuenta,

como tragedia que provoca a lloro.

 

¿Qué piensas que has de hallar firme y estable

donde están en sus tronos la mentira,

la lisonja, el engaño y la mudanza?

 

Huye de tu rüina lamentable,

que el cielo sólo arroja rayos de ira

a los que en él no ponen su esperanza.

 

A Una Dama Que Desdeñaba Un Paje Suyo

Pues tú con tanta propiedad desdeñas

ese paje que es todo tu apetito,

miente de cualquier cosa el sobrescrito:

no es frío el hierro, ni ásperas las penas.

 

Sabe, señora, que una de tus dueñas

(a quien yo algunas veces ejercito)

me hace ver en tus brazos el cabrito

que, como cabra, en tu retrete ordeñas.

 

Pues yo le vi atreverse a tu camisa

suplir pródigamente ajenas menguas

de tu marido, por tu industria ausente;

 

y mientras ambos os chupáis las lenguas,

yo, atento al espectáculo, impaciente,

muerdo la mía con envidia y risa.

 

A Una Mujer Que Se Afeitaba Y Estaba Hermosa

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,

que aquel blanco y color de doña Elvira

no tiene de ella más, si bien se mira,

que el haberle costado su dinero.

 

Pero tras eso confesaros quiero

que es tanta la beldad de su mentira,

que en vano a competir con ella aspira

belleza igual de rostro verdadero.

 

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande

por un engaño tal, pues que sabemos

que nos engaña así Naturaleza?

 

Porque ese cielo azul que todos vemos,

ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

 

Al Libro De Las Fundaciones De Santa Teresa De Jesús

Bien probáis que quien se humilla

crece, oh virgen, hasta el Cielo,

pues le fundáis un Carmelo

en cada humilde casilla;

demás que otra maravilla

merecen ver superior:

que las baña un resplandor

tan apacible y tan fuerte,

que en cada cual se convierte

vuestro Carmelo en Tabor.

 

Al Velo De Doña Jerónima López

Si os ha de valer a vos

el privilegio de esposa,

ya, Jerónima, sois diosa,

porque os desposáis con Dios.

 

Iguala Amor los amantes,

y él sólo es quien juntar sabe

con lazo fuerte y süave

los extremos más distantes.

 

Hoy lo muestra bien con vos,

pues de sierva os hace esposa,

dándoos título de diosa

por ser esposa de Dios.

 

A vuestro esposo abrazad

porque en ese abrazo estrecho

os comunica el derecho

no menos que a su deidad.

 

Ya el Reino es de ambos a dos,

porque la unión poderosa

os transforma a vos en diosa

desde que os casa con Dios.

 

Dístico De Ausonio

Dido infeliz, no bien eres

dada a marido ninguno,

huyes, cuando muere el uno,

y cuando el otro huye, mueres.

 

Epigramas

1

Cuando una liebre me envías,

Gelia, me sueles decir:

«Mi Marcial, has de salir

hermoso estos siete días».

Si no te burlas, si das

crédito a tales antojos,

Gelia, liebre tú a mis ojos

no la comiste jamás.

 

2

Escribí y no ha respondido

Nevia; luego indicio es malo

que no hará lo que le pido;

pero pienso que ha leído

mi billete; luego harálo.

 

Hombre

Hombre, si esa unión divides

que se obró con astas fuertes,

por presto que la conciertes

habrá tardanzas y lides;

húyelas, y como Alcides,

siquiera una vez, temprano

forma un justo abrigo humano

que dure y guarde tus paces,

pues para este fin las haces

con el acero en la mano.

 

La Perfecta Hermosura

Hermosura perfecta no consiste

en dar diversas formas al cabello,

perlas a las orejas y oro al cuello,

ni en la ropa costosa que se viste.

 

Con traje rico o pobre, alegre o triste,

es uno mismo siempre un rostro bello;

que, en oro o plomo, siempre deja el sello

la forma que grabada en él asiste.

 

Mas esto pocas veces lo concede

naturaleza, avara con el mundo,

en el cual siempre es raro lo perfecto.

 

Yo, por mi mal, lo he visto, y sé que puede,

con el traje primero y el segundo,

vuestra hermosura hacer igual efecto.

 

Soneto A Madrid

Volverse han muchos a labranzas toscas,

que fueron sus primeros ejercicios;

tratarán los magnates y patricios

en rubias mieses y vacadas hoscas.

 

Dejarán las culebras ya sus roscas

en que enlazaban huéspedes novicios;

andarán los casados en sus quicios,

pues le dejan en paz su miel las moscas.

 

Viviráse con gusto y más sin arte,

y cesará el hablar por cartapacio,

engomar el copete y frente lucia,

 

y las mohatras en igual descarte.

En faltando la Corte, Rey, Palacio,

aunque limpia, Madrid será muy sucia.

 

Filis, naturaleza

Filis, naturaleza

pide la ostentación y los olores

para sus nuevas flores

a la fértil verdad de tu belleza

y que en meses ajenos

pródigas abran su temor los senos.

 

De tu cerviz reciba

cándido lustre el de la rosa pura,

como animar procura

su carmesí en tu rostro la más viva;

den tus labios crueles

púrpura más soberbia a los claveles.

 

El cogollo más tierno

crezca con ambición de formar selva,

tan firme, que, aunque vuelva

a herirla por asaltos el hibierno,

ni le marchite el brío,

ni agrave más sus hojas que el rocío.

 

Por ti con los jardines

más prósperos compiten estas peñas,

que entre gramas risueñas

te producen violetas y jazmines,

para que de los dones

que tu hermosura influye la corones.

 

Ya, al favor de tus ojos,

entre frutos pendientes, el otubre

segunda flor descubre,

y te ofrece esperanzas y despojos,

porque en entrambas suertes

anticipados regocijos viertes.

 

Mas, ¡ay!, que cuando inspiras

el no esperado honor con que se apresta

para ti la floresta,

haciendo en el vigor de cuanto miras

tan dichosa mudanza,

mísera yace y sola mi esperanza.

 

A Una Persona Que Se Preciaba De Platónica

Gala, no alegues a Platón o alega

algo más corporal lo que alegares,

que esos cómplices tuyos son vulgares

y escuchan mal la sutileza griega.

 

Desnudo al sol y al látigo navega

más de un amante tuyo en ambos mares

que te sabe los íntimos lunares

y quizá es tan honrado que lo niega.

 

Y tú, en la metafísica elevada,

dices que unir las almas es tu intento,

ruda y sencilla en inferiores cosas;

 

pues yo sé que Apuleyo más te agrada

cuando rebuzna en forma de jumento

que en la que se quedó comiendo rosas.

 

Si amada quieres ser

Si amada quieres ser, Lícoris, ama;

que quien desobligando lo pretende,

o las leyes de amor no comprehende,

o a la naturaleza misma infama.

 

Afectuoso el olmo a la vid llama,

con ansias de que el néctar le encomiende,

y ella lo abraza y sus racimos tiende

en la favorecida ajena rama.

 

¿Querrás tú que a los senos naturales

se retiren avaros los favores,

que (imitando a su Autor) son liberales?

 

No en sí detengan su virtud las flores,

no su benignidad los manantiales,

ni su influjo las luces superiores.

 

Viéndose en un fiel cristal

Viéndose en un fiel cristal

ya antigua Lice, y que el arte

no hallaba en su rostro parte

sin estrago natural,

dijo: «Hermosura mortal,

pues que su origen lo fue,

aunque el mismo Amor le dé

sus flechas para rendir,

viva obligada a morir,

pero a envejecer, ¿por qué?»

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