Poemas de Lupercio Leonardo de Argensola

Poemas de Lupercio Leonardo de Argensola

Poemas de Lupercio Leonardo de Argensola (1559–1613), destacado poeta, dramaturgo e historiador español del Siglo de Oro. Junto a su hermano Bartolomé, lideró la escuela aragonesa, caracterizada por un estilo clásico, sobrio y moralizante, alejado de los excesos del culteranismo.

Su obra lírica destaca por el rigor formal y la intención satírica o didáctica, rescatando la pureza de los modelos latinos como Horacio y Juvenal. En el ámbito dramático,

Como Cronista Mayor de Aragón y secretario del Conde de Lemos, ejerció una gran influencia cultural. Su legado reside en haber defendido una estética basada en el equilibrio, la claridad intelectual y la rectitud ética frente al barroquismo ornamental.

A la esperanza

Alivia sus fatigas

El labrador cansado

Cuando su yerta barba escarcha cubre,

Pensando en las espigas

Del agosto abrasado

Y en los lagares ricos del octubre;

La hoz se le descubre

Cuando el arado apaña,

Y con dulces memorias le acompaña.

 

Carga de hierro duro

Sus miembros, y se obliga

El joven al trabajo de la guerra.

Huye el ocio seguro,

Trueca por la enemiga

Su dulce, natural y amiga tierra;

Mas cuando se destierra

O al asalto acomete,

Mil triunfos y mil glorias se promete.

 

La vida al mar confía,

Y a dos tablas delgadas,

El otro, que del oro está sediento.

Escóndesele el día,

Y las olas hinchadas

Suben a combatir el firmamento;

Él quita el pensamiento

De la muerte vecina,

Y en el oro lo pone y en la mina.

 

Deja el lecho caliente

Con la esposa dormida

El cazador solícito y robusto.

Sufre el cierzo inclemente,

La nieve endurecida,

Y tiene de su afan por premio justo

Interrumpir el gusto

Y la paz de las fieras

En vano cautas, fuertes y ligeras.

 

Premio y cierto fin tiene

Cualquier trabajo humano,

Y el uno llama al otro sin mudanza;

El invierno entretiene

La opinión del verano,

Y un tiempo sirve al otro de templanza.

El bien de la esperanza

Solo quedó en el suelo,

Cuando todos huyeron para el cielo.

 

Si la esperanza quitas,

¿Qué le dejas al mundo?

Su máquina disuelves y destruyes;

Todo lo precipitas

En olvido profundo,

Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?

Si la cerviz rehuyes

De los brazos amados,

¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

 

Amor, en diferentes

Géneros dividido,

Él publica su fin, y quien le admite.

Todos los accidentes

De un amante atrevido

(Niéguelo o disimúlelo) permite.

Limite pues, limite

La vana resistencia;

Que, dada la ocasión, todo es licencia.

 

A Lice, vieja y fea

¿Por fuerza quieres, Lice, ser hermosa?

O no tienes espejo o estás loca.

¿No considera esa negra boca

a todo el mundo por su olor odiosa;

 

esa frente pintada y espaciosa

por falta de cabellos -que no es poca-

ni tu cuidado en componer la toca

sobre la calva estéril y engañosa?

 

Fortuna es ciega en cuanto distribuye,

ni mira a quién desnuda o a quién viste,

aunque contigo en dar tuvo descuento.

 

Edad larga te dio, que a muchos huye;

más negó lo demás, y así saliste

con mala cara y corto entendimiento.

 

Al sueño

Imagen espantosa de la muerte,

Sueño crüel, no turbes más mi pecho,

Mostrándome cortado el nudo estrecho,

Consuelo solo de mi adversa suerte.

 

Busca de algún tirano el muro fuerte,

De jaspe las paredes, de oro el techo,

O el rico avaro en el angosto lecho

Haz que temblando con sudor despierte.

 

El uno vea el popular tumulto

Romper con furia las herradas puertas,

O al sobornado siervo el hierro oculto.

 

El otro sus riquezas, descubiertas

Con llave falsa o con violento insulto,

Y déjale al amor sus glorias ciertas.

 

Alivia sus fatigas…

Alivia sus fatigas

El labrador cansado

Cuando su yerta barba escarcha cubre,

Pensando en las espigas

Del agosto abrasado

Y en los lagares ricos del octubre;

La hoz se le descubre

Cuando el arado apaña,

Y con dulces memorias le acompaña.

 

Carga de hierro duro

Sus miembros, y se obliga

El joven al trabajo de la guerra.

Huye el ocio seguro,

Trueca por la enemiga

Su dulce, natural y amiga tierra;

Mas cuando se destierra

O al asalto acomete,

Mil triunfos y mil glorias se promete.

 

La vida al mar confía,

Y a dos tablas delgadas,

El otro, que del oro está sediento.

Escóndesele el día,

Y las olas hinchadas

Suben a combatir el firmamento;

Él quita el pensamiento

De la muerte vecina,

Y en el oro lo pone y en la mina.

 

Deja el lecho caliente

Con la esposa dormida

El cazador solícito y robusto.

Sufre el cierzo inclemente,

La nieve endurecida,

Y tiene de su afan por premio justo

Interrumpir el gusto

Y la paz de las fieras

En vano cautas, fuertes y ligeras.

 

Premio y cierto fin tiene

Cualquier trabajo humano,

Y el uno llama al otro sin mudanza;

El invierno entretiene

La opinión del verano,

Y un tiempo sirve al otro de templanza.

El bien de la esperanza

Solo quedó en el suelo,

Cuando todos huyeron para el cielo.

 

Si la esperanza quitas,

¿Qué le dejas al mundo?

Su máquina disuelves y destruyes;

Todo lo precipitas

En olvido profundo,

Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?

Si la cerviz rehuyes

De los brazos amados,

¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

 

Amor, en diferentes

Géneros dividido,

Él publica su fin, y quien le admite.

Todos los accidentes

De un amante atrevido

(Niéguelo o disimúlelo) permite.

Limite pues, limite

La vana resistencia;

Que, dada la ocasión, todo es licencia.

 

Antes que Ceres conmutase el fruto

Antes que Ceres conmutase el fruto

de las encinas sacras en espigas,

y a costa de sudores y fatigas

la tierra diese al labrador tributo;

 

que a las madres causase espanto y luto

la furia de las armas enemigas;

que la selva cargase al mar de vigas

para habitarse más que el suelo enjuto;

 

no los cuerpos entonces dividía,

si las almas amor dejaba unidas

(severa ley, costumbre o temor vano).

 

Esta edad imitemos, Cloris mía,

si a su manjar sabroso me convidas,

y está el hacer que vuelva en nuestra mano.

 

Aquel rayo de Marte acelerado

Aquel rayo de Marte acelerado,

que domó tantas gentes extranjeras,

y volvió contra Roma las banderas

que Roma contra Francia le había dado;

 

en el corriente Rubicón parado,

revolviendo las cosas venideras,

detuvo el curso de sus huestes fieras,

del mismo caso que emprendió forzado.

 

Determinado, al fin, de ir adelante,

«Vamos, dijo, que echada está la suerte;

cuantas dudas se ofrezcan atropello».

 

Y resuelto una vez, como constante,

no quiso menos que victoria o muerte:

Así dudé, y así pienso yo hacello.

 

Ausente está de mí la mayor parte

Ausente está de mí la mayor parte,

y la más principal del alma mía,

y ausente más virtud al cuerpo envía,

que le da la que del jamás se parte.

 

En dos objetos vivo de tal arte

(¡terrible división!), que noche y día,

allá los sentimientos de alegría,

y acá los de tristeza, amor reparte.

 

Amor, aunque tus lauros y tus palmas

en la parte inmortal más nobles sean,

también tendrán en la inmortal nobleza.

 

Haz unión de los cuerpos y las almas,

y no siempre por fe los hombres vean

el poder de tu diestra y mi firmeza.

 

Bien sé que mi silencio y mi paciencia

Bien sé que mi silencio y mi paciencia

me pueden grandes daños haber hecho;

moviendo a que se juzgue de mi pecho

sólo aquello que muestra la presencia.

 

Mas no por eso mudo de sentencia,

incierto de si es daño o si provecho;

que amor no sabe dar paso derecho

mientras no tiene igual correspondencia.

 

Callando, solamente mi mal hago;

hablando, por ventura ofendería

a quien estoy temiendo no ofendida.

 

Si yo me ofendo, con morir me pago;

si ofendiese a quien digo, no podría

pagarte; que es la ofensa sin medida.

 

Conjuradas están en daño mío

Conjuradas están en daño mío

cuantas cosas aplico a mi provecho;

procúrame acoger las que desecho,

las que busco me tratan con desvío.

 

Hallo en su misma esfera el fuego frío,

pues ningunos efectos ha en vos hecho;

y donde tiene amor mayor derecho,

allí le vi quitar el poderío.

 

Allí donde los míseros mortales

alivian por lo menos sus cuidados,

sagrado tribunal de la clemencia,

 

a deseos y penas inmortales

fueron mis pensamientos condenados;

que no todo se vence con paciencia.

 

Conoce apenas al amor por fama

Conoce apenas al amor por fama

Cloris, y ya en su pecho le parece

que se abrasa, que sirve y obedece,

no más que porque a Tirsi no difama;

 

no sabe que de amor la viva llama

jamás en un estado permanece;

que ella misma se apaga, si no crece,

los medios huye, los extremos ama.

 

Si Cloris sujetarse al amor quiere,

sujétese al amor sin condiciones,

déjese gobernar a su albedrío,

 

o llámese tirana, y persevere

en hacer de tormentos invenciones:

no injustamente usurpe el nombre pío.

 

Cuidada navecilla, ¿quién creyera…

Cuidada navecilla, ¿quién creyera

que osaran estas olas ofenderte,

viéndolas otro tiempo obedecerte,

como si tuyo el mar soberbio fuera?

 

Tus bienes les he dado, y persevera

su saña; no sé ya como valerte;

el arte dejo en manos de la suerte,

para que ella te arroje adonde quiera.

 

Bien sé que se aplacaran al momento

sí, como le he dado la esperanza,

entregara también el pensamiento;

 

pero avéngase ya con su bonanza;

que más quiero morir en mi tormento

que vivir con infamia en su mudanza.

 

Dentro quiero vivir de mi fortuna

Dentro quiero vivir de mi fortuna

y huir los grandes nombres que derrama

con estatuas y títulos la Fama

por el cóncavo cerco de la luna.

 

Si con ellos no tengo cosa alguna

común de las que el vulgo sigue y ama,

bástame ver común la postrer cama,

del modo que lo fue la primer cuna.

 

Y entre estos dos umbrales de la vida,

distantes un espacio tan estrecho,

que en la entrada comienza la salida,

 

¿qué más aplauso quiero, o más provecho,

que ver mi fe de Filis admitida

y estar yo de la suya satisfecho?

 

Descuidado del lauro que ennoblece

Descuidado del lauro que ennoblece,

en una choza pobre se aposenta,

con mesa no dorada se sustenta

y de pequeños bienes se enriquece.

 

Los miembros al descanso alegre ofrece,

y de solas sus redes tiene cuenta;

ni la bélica trompa la amedrenta,

ni el temor del suceso le entristece.

 

Ni le aflige el oráculo dudoso,

ni el envidiado cetro considera

si lo ha de arrebatar violenta Parca.

 

¡Oh, cien veces, Amiclas, más dichoso

que quien imaginó que obedeciera

el mar a su fortuna y a tu barca!

 

En el claro cristal que ahora tienes

En el claro cristal que ahora tienes

para fiel consejero de las manos

crueles, pues guardando ritos vanos

cubren con nube tus doradas sienes.

 

Prueba a mirar, oh Filis, los desdenes

que salen de tus ojos soberanos,

y tendrás compasión de los humanos,

si a contemplar tu saña te detienes.

 

Mas no será posible que te veas

con ojos desdeñosos, ni que pueda

de compasión tu rostro causa darte.

 

Estése la piedad en sus ideas;

que no es posible que de ti proceda,

ni que el desdén habite en otra parte.

 

En vano se me oponen las montañas

En vano se me oponen las montañas

con nuevos riscos de cuajada nieve,

y en vano el Aquilón sus alas mueve,

derribando cortijos y cabañas,

 

que el fuego que yo traigo en mis entrañas

bastará a derretirla en tiempo breve,

y si a luchar con él mi fe se atreve,

no será la mayor de sus hazañas.

 

Y si un hombre triunfó de su violencia,

pasando por los Alpes las banderas,

que llevaron a Italia muerte y luto,

 

no hallarán las que sigo resistencia;

que son de un Dios que abarca las esferas,

terrible, vengativo y absoluto.

 

Esta cueva, que veis toda vestida

Esta cueva, que veis toda vestida

de hiedra, que una vid cubre su puerta,

de levantados álamos cubierta,

con que la entrada al sol es defendida,

 

sepultura fue un tiempo aborrecida,

adonde estuvo mi esperanza muerta,

y ahora es templo de mi gloria cierta

y firme amparo de mi dulce vida.

 

Esté soberbia Paro con su mármol;

que mientras yo vez tal aquesta piedra,

no estimaré la del Hidaspes tanto.

 

Esto entallaba Dafnis en un árbol,

y Amarilis de flores y de hiedra

una guirnalda le tejía entretanto.

 

Imagen espantosa de la muerte…

Imagen espantosa de la muerte,

Sueño crüel, no turbes más mi pecho,

Mostrándome cortado el nudo estrecho,

Consuelo solo de mi adversa suerte.

 

Busca de algún tirano el muro fuerte,

De jaspe las paredes, de oro el techo,

O el rico avaro en el angosto lecho

Haz que temblando con sudor despierte.

 

El uno vea el popular tumulto

Romper con furia las herradas puertas,

O al sobornado siervo el hierro oculto.

 

El otro sus riquezas, descubiertas

Con llave falsa o con violento insulto,

Y déjale al amor sus glorias ciertas.

 

Jamás salidos en el mar de oriente

Jamás salidos en el mar de oriente

de blancas conchas los preciosos granos

(por más que adornen sienes de tiranos,

o de alguna cruel la hermosa frente),

 

tuvieron el lugar que amor consiente

que hoy mis lágrimas tengan por sus manos;

es tal, que de los dioses soberanos

fue visto y envidiado dignamente.

 

La misma Venus las recoge, e hizo

entre ardientes rubís divino adorno,

el cual tejió con sus cabellos largos.

 

Vióse, y tanto de sí se satisfizo,

que a vencer se atreviera sin soborno,

aunque juzgaran Menéalo y Argos.

 

La vida en el campo

Llevó tras sí los pámpanos octubre,

Y con las grandes lluvias insolente,

No sufre Ibero márgenes ni puente,

Mas antes los vecinos campos cubre.

 

Moncayo, como suele, ya descubre

Coronada de nieve la alta frente;

Y el sol apenas vemos en oriente,

Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

 

Sienten el mar y selvas ya la saña

Del Aquilón, y encierra su bramido

Gente en el puerto y gente en la cabaña.

 

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido

Con vergonzosas lágrimas lo baña,

Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

 

Las tristes de Faetón bellas hermanas

Las tristes de Faetón bellas hermanas,

sentadas a la orilla del gran río,

lloraban de su hermano el desvarío,

al convertirse en árboles cercanas.

 

Decía cada cual con fuerzas vanas:

«Regir quisiste, oh loco hermano mío,

el carro que el invierno y el estío

reparte con sus ruedas soberanas.

 

Fue digna de tal pena tu osadía;

y porque sea común el escarmiento,

sin culpa le imitamos en la suerte».

 

Con este ejemplo en vano pretendía

yo, triste, refrenar mi atrevimiento,

que busca en vida gloria, o fama en muerte.

 

Llevó tras sí los pámpanos octubre…

Llevó tras sí los pámpanos octubre,

Y con las grandes lluvias insolente,

No sufre Ibero márgenes ni puente,

Mas antes los vecinos campos cubre.

 

Moncayo, como suele, ya descubre

Coronada de nieve la alta frente;

Y el sol apenas vemos en oriente,

Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

 

Sienten el mar y selvas ya la saña

Del Aquilón, y encierra su bramido

Gente en el puerto y gente en la cabaña.

 

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido

Con vergonzosas lágrimas lo baña,

Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

 

Muros, ya muros no, sino trasunto

Muros, ya muros no, sino trasunto

de nuestras breves glorias y blasones,

pues tiene puesto el mundo en opiniones

si sois o no reliquias de Sagunto;

 

donde estuvo la fe tan en su punto,

que ejemplo sois a todas las naciones,

resistiendo a los ruegos, a los dones

y al poder de Cartago todo junto;

 

de hoy más juntos los vuestros y mis males

se cuenten, pues la fe perpetua y pura,

y el tiempo, los han hecho tan iguales.

 

Y pues os ha dejado la ventura

memoria y sepultura de leales,

dadme también memoria y sepultura.

 

No fueron tus divinos ojos, Ana

No fueron tus divinos ojos, Ana,

los que al yugo amoroso me han rendido;

ni los rosados labios, dulce nido

del ciego niño, donde néctar mana;

 

ni las mejillas de color de grana;

ni el cabello, que al oro es preferido;

ni las manos, que a tantos han vencido;

ni la voz, que está en duda si es humana.

 

Tu alma, que en todas tus obras se trasluce,

es la que sujetar pudo la mía,

porque fuese inmortal su cautiverio.

 

Así todo lo dicho se reduce

a solo su poder, porque tenía

por ella cada cual su ministerio.

 

No temo los peligros del mar fiero

No temo los peligros del mar fiero

ni un escita la odiosa servidumbre,

pues alivia los hierros la costumbre

y al remo grave puede hacer ligero;

 

ni oponer este pecho por terrero

de flechas a la inmensa muchedumbre;

ni envuelta en humo la dudosa lumbre,

ver y esperar el plomo venidero.

 

Mal que tiene la muerte por extremo,

no le debe temer un desdichado;

mas antes escogerle por partido.

 

La sombra sola del olvido temo,

porque es como no ser un olvidado,

y no hay mal que se iguale al no haber sido.

Poemas de Lupercio Leonardo de Argensola

¡Oh piadoso cristal, que me colocas…

¡Oh piadoso cristal, que me colocas

(estando en su querer tan apartado)

de aquella dulce mi enemiga al lado,

mientras se cubre con injustas tocas!

 

Veo juntos los ojos, veo las bocas,

y su divino rostro no alterado;

¿Haste por dicha el corazón mudado,

y sus desdenes ásperos revocas?

 

En parte creo que sí; porque no puede

causarle alteración alguna cosa,

mientras en ti mirare su figura.

 

Y estar tan cerca ahora me concede

por no turbar su vista deleitosa;

que hasta en esto es amable su hermosura.

 

¡Oh tú, que a los peligros e inconstancia…

¡Oh tú, que a los peligros e inconstancia

del mar te obligas, y en el viento esperas

ver del indio tostado las riberas,

y envuelta en sus arenas tu ganancia!

 

Sin huir de tu patria tal distancia,

coger perlas finísimas pudieras,

si a Filis los divinos ojos vieras,

tristes, vertiendo de ellas abundancia.

 

Pero no quiso amor que avara mano

las viese, ni dejó llegar alguna

aparte donde ser robada pueda;

 

que en su tesoro las encierra, ufano

de ver que aunque hoy más triunfe la fortuna,

esto, que es mucho, por ganar le queda.

 

¿Por fuerza quieres, Lice, ser hermosa?…

¿Por fuerza quieres, Lice, ser hermosa?

O no tienes espejo o estás loca.

¿No considera esa negra boca

a todo el mundo por su olor odiosa;

 

esa frente pintada y espaciosa

por falta de cabellos -que no es poca-

ni tu cuidado en componer la toca

sobre la calva estéril y engañosa?

 

Fortuna es ciega en cuanto distribuye,

ni mira a quién desnuda o a quién viste,

aunque contigo en dar tuvo descuento.

 

Edad larga te dio, que a muchos huye;

más negó lo demás, y así saliste

con mala cara y corto entendimiento.

 

Quien voluntariamente se destierra

Quien voluntariamente se destierra,

y deja por el oro el patrio techo,

y aquel que apenas queda satisfecho

con cuanto trigo en África se encierra;

 

el que para usurpar la mar y tierra

le parece que tiene capaz pecho,

y enmudece las leyes y el derecho

con el estruendo y máquinas de guerra;

 

no tiene corto fin el pecho humano,

que como en ambición su gusto funda,

siempre está cosas nuevas deseando.

 

Dichoso quien camina por el llano,

sin pedir a la suerte otra segunda,

ni bien mayor que obedecer amando.

 

Severamente al pensamiento pido

Severamente al pensamiento pido

de todos sus discursos cuenta estrecha,

para ver si dio causa a la sospecha

por que con tal rigor tratado he sido.

 

Ninguna culpa hallársele he podido;

mas ¿de qué si inocencia me aprovecha?

que no quedando Filis satisfecha,

el castigado soy y el ofendido.

 

Aprueba y dobla el daño mi paciencia,

pues no puedo quejarme de su furia

por no culpar ni resistir su gusto.

 

Y así, vengo a saber por experiencia

que no hay dolor que iguale al de una injuria

hecha con nombre de castigo justo.

 

Si acaso de la frente Galatea

Si acaso de la frente Galatea

el velo avaro, sin pensar, levanta,

vuelve a cubrirse con presteza tanta,

que más atemoriza que recrea.

 

Tal en la oscura noche hay quien desea

ver adonde sentar la incierta planta,

del rayo la violenta luz le espanta

y tiempo no le da para que vea.

 

Severa honestidad, que ha señalado

hasta la vista límites y pena,

si los excede por seguir su objeto;

 

pues ha los libres ojos sujetado,

no es mucho si las lenguas nos enfrena,

y tantos padecemos en secreto.

 

Si de correr opuesto al claro oriente

Si de correr opuesto al claro oriente,

Ebro, te precias con tus ondas frías,

hazlas seguir a las querellas mías;

que atrás queda mi sol resplandeciente.

 

Con lágrimas aumento tu corriente,

y de quien es la causa las desvías;

cruel, ¿por qué tributo al mar envías

de lo que doy a Filis inclemente?

 

Pero con esto enseñas ser lo mismo

llegar al sordo mar que a su presencia,

y que no produjeran otro fruto;

 

pues no se echa de ver en el abismo

de su crueldad mi llanto y mi paciencia,

como en ese tampoco tu tributo.

 

Si quiere Amor que siga sus antojos

Si quiere Amor que siga sus antojos

y a sus hierros de nuevo rinda el cuello;

que por ídolo adore un rostro bello

y que vistan su templo mis despojos,

 

la flaca luz renueve de mis ojos,

restituya a mi frente su cabello,

a mis labios la rosa y primer vello,

que ya pendiente y yerto es dos manojos.

 

Y entonces, como sierpe renovada,

a la puerta de Filis inclemente

resistiré a la lluvia y a los vientos.

 

Mas si no ha de volver la edad pasada,

y todo con la edad es diferente,

¿por qué no lo han de ser mis pensamientos?

 

Sin duda que esta red de hierro dura

Sin duda que esta red de hierro dura

es la que a Marte y Venus fue molesta

cuando, en su lecho con engaño puesta,

sirvió de ignominiosa ligadura.

 

Allí en su gloria derramó amargura,

haciéndola a los dioses manifiesta,

y aquí en la mía con crueldad opuesta

en vano hace pasar la noche oscura.

 

Allá en oscuras cárceles contiende,

oh máquina cruel, con hombres fieros,

cuyos pechos te son tan semejantes;

 

O enciéndete en el fuego que me enciende,

y mudará tu forma los deseos

que amor inspira en estos dos amantes.

 

Temeraria esperanza, ¿por qué engañas…

Temeraria esperanza, ¿por qué engañas

mi alma con tu loco devaneo?

Temió dentro en mi pecho mi deseo,

¿y no temes tú empresas tan extrañas?

 

Estásle relatando tus hazañas,

sin olvidar un mínimo trofeo,

¿y quieres sepultar en el Leteo

las cosas infinitas con que dañas?

 

Detente, pensamiento temerario,

porque aunque puede ser lo que imaginas,

también (y es lo más cierto) lo contrario.

 

Mira que las mudanzas repentinas

en el cielo y la tierra de ordinario

pararon en miserias y ruinas.

 

Tiempo fue cuando yo, como en Egipto

Tiempo fue cuando yo, como en Egipto,

un cabrón adoraba, o un becerro,

un lobo, un cocodrilo, un medio perro,

o algún parto más fiero y exquisito.

 

Por huir el lugar, después maldito,

escogí voluntario mi destierro,

consumiendo con llamas o con hierro

cualquier memoria del infame rito.

 

Y de la luz divina, que contemplo

(de quien un vil temor privarme pudo,

haciéndome cobarde siervo oculto),

 

de tal manera ya visito el templo,

que ofreceré mi pecho al hierro agudo

por defender sus aras y su culto.

 

Viento cruel, cruel y avaro velo

Viento cruel, cruel y avaro velo,

entrambos en mi daño diligentes,

que cubristeis mi sol, por quien las gentes

ya casi olvidan al nacido en Delo;

 

en mi justa venganza ruego al cielo

que tú del mar las voces más dolientes

lleves, y tú de infames delincuentes

abras siempre las bocas sin consuelo.

 

Pero si a la región del aire sube

el vapor de la tierra, donde nace

el rayo que desciende en su castigo,

 

bien puedo yo temer que de esta nube

mi bajeza sea causa, y que se trace

allá dentro de haberse a sí conmigo.

 

Vista la redondez del hemisferio

A una dama bizca

Vista la redondez del hemisferio

y que un gobierno solo no bastara,

dividieron el cetro y la tiara,

y en dos partes partieron el imperio.

 

Este partir, que no fue sin misterio,

hermosísima bizca, nos declara

la perfección que vemos en tu cara,

ocupada en diverso ministerio;

 

porque así como el mundo fue decente,

para tener los súbditos delante,

repartir las potencias y la gente,

 

así, señora, es bien que en un instante

con el un ojo mires al poniente

y con el otro mires al levante.

 

Vuelve del campo el labrador cansado

Vuelve del campo el labrador cansado,

y mientras se restaura en fácil cena,

para nuevo trabajo se condena,

que al venidero sol quedó obligado.

 

Cuando descansa en el rincón su arado,

con hoz la vid sin pámpanos cercena;

siega la mies y la vendimia ordena,

y luego al yugo vuelve ya olvidado.

 

Es el trabajo propio a los mortales,

en el cual los alivia la esperanza

con premio que a trabajo nuevo llama.

 

Así pasan los bienes por los males,

así sustenta al mundo la mudanza,

y así es tirano en él quien la desama.

 

Yo quise contra el tiempo formar guerra

Yo quise contra el tiempo formar guerra,

haciendo (mal su grado) larga historia

de aquellos cuya célebre memoria

en sordo olvido sin honor encierra;

 

y como el pensamiento humano yerra,

esto me aseguraba la victoria,

y yo, con presunción y vanagloria,

volaba ya muy lejos de la tierra.

 

Pero envidiando amor la gloria ajena,

prendióme, y con eterna servidumbre

mi pluma ha dedicado a su alabanza.

 

Limar pudiera el tiempo mi cadena,

pero no quiere usar de su costumbre

conmigo, por tomar también venganza.

 

Yo vivo de un engaño y otro engaño

Yo vivo de un engaño y otro engaño

en las horas prolijas de esta ausencia,

y quiere que le deba mi paciencia

lo que sí resistiera un desengaño.

 

Ahora, ¿qué haré, triste, que de un daño,

jamás temido, temo la experiencia,

y no le son engaños resistencia,

con que yo me defiendo y acompaño?

 

Yo moriré, yo moriré sin duda,

si el mal me acometiere que sospecho;

mal que no hay pecho humano que no asombre;

 

mal que al nombrarlo está mi lengua muda.

Ved como sufrirá su esencia el pecho,

si ella sufrir no puede sólo el nombre.

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