Poemas de Esteban Manuel de Villegas

Poemas de Esteban Manuel de Villegas

Poemas de Esteban Manuel de Villegas, poeta riojano del Siglo de Oro, precursor del neoclasicismo y figura central de la lírica erótica y anacreóntica en España. Su obra cumbre, Las Eróticas o Amatorias (1618), destaca por la introducción de metros clásicos y una musicalidad ligera que rompía con la densidad barroca predominante.

Famoso por su audacia, se autodenominó «el sol» frente a las «estrellas» que representaban a Lope o Góngora, gesto que le valió fuertes críticas. Su estilo, caracterizado por la frescura y el refinamiento, influyó profundamente en los poetas del siglo XVIII. Aunque su fama declinó por polémicas personales, su legado reside en la elegancia de sus versos cortos y temas pastoriles.

Cantilena de un pajarillo

Yo vi sobre un tomillo

Quejarse un pajarillo,

Viendo su nido amado,

De quien era caudillo,

De un labrador robado.

Vile tan congojado

Por tal atrevimiento

Dar mil quejas al viento,

Para que al cielo santo

Lleve su tierno llanto,

Lleve su triste acento.

Ya con triste armonía,

Esforzando el intento,

Mil quejas repetía;

Ya cansado callaba,

Y al nuevo sentimiento

Ya sonoro volvía.

Ya circular volaba,

Ya rastrero corría,

Ya pues de rama en rama

Al rústico seguía;

Y saltando en la grama,

Parece que decía:

«Dame, rústico fiero,

Mi dulce compañía»;

Y que le respondía

El rústico: «No quiero.»

 

Cantilena XXXIV

Ya de los altos montes

las encumbradas nieves

a valles hondos bajan

desesperadamente.

Ya llegan a ser ríos

las que antes eran fuentes,

corridas de ver mares

los arroyuelos breves.

Ya las campañas secas

empiezan a ser verdes,

y porque no beodas,

aguadas enloquecen.

Ya del Liceo monte

se escuchan los raveles,

al paso de las cabras

que Títiro defiende.

Pues, ea, compañeros,

vivamos dulcemente,

que todas son señales

de que el verano viene.

La cantimplora salga,

la cítara se temple,

y beba el que bailare

y baile el que bebiere.

 

De la lira

Quiero cantar de Cadmo,

quiero cantar de Atridas:

mas ¡ay! que de amor solo

sólo canta mi lira.

Renuevo el instrumento,

las cuerdas mudo aprisa;

pero si yo de Alcides,

ella de amor suspira.

Pues, héroes valientes,

quedaos desde este día,

porque ya de amor solo

sólo canta mi lira.

 

Idilio I

Al Marqués de Alenquer, Conde de Salinas, Virrey y Capitán General del Reino de Portugal.

1

Perezosa estación de siesta grave,

y más que siesta pluma no ocupada,

que la batió otro tiempo vulgar ave,

y agora mano apenas divulgada,

me ocasionaron la que veis süave

égloga culta, bien que desgraciada,

generoso Señor, si en vuestro gremio

no resucita su esperanza el premio.

 

2

No de aquel hablo que acredita el oro

con faz dolosa y pálida apariencia,

apóstata del crédito y decoro,

contra quien pasma la mayor prudencia,

(que aunque rico no soy, mi techo adoro)

sino de aquel que luce en Vuecelencia

apacible escuchar, que si me escucha

el premio es grande y la merced es mucha.

 

3

Fértil terreno ofrezco, cultivado

del mejor labrador que aró terreno,

en cuya protección también ganado

amenidad pació de prado ameno.

Éste pues arrastró mi corvo arado,

haciendo proprio, que redima ajeno,

con idioma vulgar en este Idilio

la gravedad latina de Virgilio.

 

4

Sileno os hablará, Señor, oílde,

pues merece atención su dulce boca,

que aunque es sujeto para vos humilde,

para las selvas es deidad no poca.

Si se humillare a vos, a vos subilde,

heroico sois y la grandeza os toca.

Que quien favonias penetró paredes

igual estilo usó con Ganimedes.

 

5

Alas le ha dado el pensamiento, y galas

de florida estación prado florido,

que para entrar a generosas salas

va pronto, y va (aunque rústico) vestido.

Doseles pues de hoy más cubran sus salas

y bastidores borden su vestido,

si es que merecen ocuparos horas,

éstas que me dictó rimas sonoras.

 

6

Hace sombra a una cueva, cuando el día

tuesta las crines del león Nemeo,

una arboleda, que por serle pía

flechas resiste del calor febeo,

de quien la luz cansada se desvía,

mientras el aire bulle con aseo,

florida estancia, que al pastor de Anfriso

se la defienden Dafne y Cipariso.

 

7

Casi arrobado del nativo anhelo

que el pecho inunda, con süave olvido

Sileno yace aquí prestando al suelo

lo que le debe al alma, no al sentido.

De un mirto hizo almohada, cuyo vuelo

era a sus hombros pabellón florido,

ya malignantes Argos impedía

ver lo que en vano el suefio distraía.

 

8

Cuya quietud dispuso, no afectada

vigilia, no descanso interrumpido,

sino despierta sed bien almorzada

del olio a Baco en urnas ofrecido,

que negociando en él vista cargada,

ancho sosiego y general descuido,

grillos le echó con extasi halagüeño:

que no hay un paso desde el vino al sueñl

 

9

No allí la amarillez de la vIola

con delicada pluma se ve escrita;

que el requemado humor con fuerza sola

más arrebola que colores quita.

Su faz retrato es ya de la amapola,

sus venas del color que el cielo imita;

y minas fueran de oriental tesoro

si como son de vino fueran de oro.

 

10

Descomedida la pasión süave

guirnaldas puras le robó insolente,

que porque el verde suelo las recabe

se atrevió a las almenas de su frente.

Luego el letargo allí volvió la llave,

y le cerró los ojos mansamente:

que contra bandoleros cuidados

tales excesos suelen ser candados.

 

11

De la asa, que alisó larga costumbre,

el cántaro colgaba, que ofrecía

entre líquido humor secreta lumbre,

que vuelve en brasa la región más fría,

centella, que a la más excelsa cumbre

no perdonó jamás, cuya osadía

del mismo Baco se atrevió a la frente,

antes de hollar los áspides de oriente.

 

12

Viéronle apenas Cromis y Mnasilo,

tiernos rapaces, bien que muy dotados

de atrevida niñez, cuyo jubilo

efectos hoy dará desmesurados;

porque ejerciendo püeril estilo,

a donde el viejo está con pies alados

corren ligeros; que ocasiones tales

sirven de espuela para muchos males.

 

13

y con las mismas trenzas que antes eran

adorno de su sien, con las robadas,

sus manos y sus pies ligan y alteran

las que el sueiio le echó, las ya alteradas.

Él despertó; más ellos perseveran;

que anima sus acciones libertadas

ver que los ha burlado el viejo grave

con la esperanza de un cantar süave.

 

14

De la esmeralda en ovas sustenida,

que campo de cristal es de Neptuno,

si no lo es de esmeralda, en quien guarida

halló a sus odios vengativa Juno,

Egle, muchacha de niñez florida,

y del golfo, mayor que otro ninguno,

epílogo en beldad, con quien es fea

la más que cisne blanca, Galatea,

 

15

Salió volando, y al brindado empleo,

juglar cuanto agradable, alzó la mano,

no perdonando allí del semideo

con liquidada mora al rostro anciano,

antes lo remostó con tanto aseo,

que solamente del cabello cano

el ampo reservó, porque con esto

se hiciese más ridículo el compuesto.

 

16

Todo esto mira el semicabra, cuando

a los muchachos dos dice riendo:

«Nifios ¿por qué me atáis así burlando?

¿no es harto haber podido estarme viendo?

Soltad me, pues, y oíd, que en acabando,

ésa tendrá su paga. y requiriendo

las dulces cuerdas de un rabel sonoro,

al aire de cristal dio voces de oro.

 

17

Entonces vieras tú Faunos y Drías

retozar de placer; entonces vieras

las cumbres de los árboles umbrías

moverse al dulce cántico ligeras,

ya las peñas más sordas y más frías

con mayor atención; solo a las fieras

no vieras revolverse, que la grave

canción fue de sus pies pasmo süave.

 

18

No se alegró jamás tanto la cumbre

del monte de las Musas, ilustrado

de Apolo con su cítara y su lumbre,

ni el Ísmaro, de Orfeo celebrado,

ni menos la tebana pesadumbre

a la voz de Anfión, ni el congelado

Istro, que atento escucha en su ribera

del blanco cisne la razón postrera,

 

19

porque cantaba regalado y pío

de cómo el mar y tierra, el aire y fuego,

se separaron de aquel gran vacío,

entonces nada, y se juntaron luego,

teniendo paces el calor y el frío,

y lo seco y lo húmedo sosiego,

y dando al fin principio a cuantas cosas

cria el mundo, así feas como hermosas.

 

20

Cómo se endureció luego decía

la masa de que el orbe se compuso,

y limitada Doris distraía

por hondos senos su cristal difuso,

y cómo poco a poco se imponía

su forma a cada cosa, y al confuso

caos espanto dio la vez primera

dorado el sol con rubia cabellera.

 

21

Del primero llover, que siempre cae

de levantadas nubes sacudidas

por viento volador que las distrae,

también cantaba en voces no aprendidas,

sonoro imán que espíritus atrae.

Luego refiere cómo las erguidas

selvas se levantaron, y por ellas

fieras vagaron de veloces huellas.

 

22

También su voz allí dictó a los vientos

la guerra de los bárbaros Titanes,

que en el sol asignaron sus asientos,

y en el cielo arbolaron tafetanes

hasta que defraudados sus intentos

Júpiter alto los mudó en volcanes,

y al Etna de Sicilia que los sufre

dio en vez de llanto lágrimas de azufre.

 

23

De las piedras por Pirra atrás echadas,

que edad dorada fue, siglo a Saturno,

en quien jamás espléndidas espadas,

ni calzado de horror se vio coturno;

luego de aquellas aves dice airadas,

que ya en tiempo dial y ya en nocturno

el pecho escarban de Prometeo; y luego

canta del mismo cómo roba el fuego.

 

24

También refiere del muchacho Hilas

la malograda historia, cómo y cuándo

arrebatado fue de aguas tranquilas,

y llorado de un Hércules; sonando

Hilas el monte, el Argonauta Hilas.

y el caso de Pasife harto nefando:

jdichosa si jamás hubiera habido

toros que distrayeran su sentido!

 

25

¡Ay, desdichada, sí, virgen Cretea!

¿qué ilusión te engañó? pues las de Preto,

aunque fingida imagen las saltea,

no así amaron el coito indiscreto.

Tú sola en él abominable y fea

permaneciste; tú por dulce objeto

piel remendada y cuernos abrazaste,

y por cuernos y piel selvas erraste.

 

26

¡Ay dios, cuán fugitiva al propio lecho

bramido sigues que alentó desvío

de empedernida vaca en su despecho,

vaca que celos da a tu desvarío!

y él a la sombra, recostado el pecho,

descuidado de ti, pace el umbrío

lugar inculto y tIa perezoso

de álamo débil cuerpo belicoso.

 

27

Ninfas que fecundáis montes dicteos,

cerrad, cerrad las sendas, no distraya

rastro de temerilla sus deseos,

tras cuya juventud furioso vaya,

ni en florida estación juncos Hibleos

diviertan su apetito, ni le atraya

legítima ocasión, porque no rife

rabiosa en celos de otro amor Pasife.

 

28

Luego tras ésta, el dios de aquella canta

que, siendo en la carrera asaz valiente,

al ver oro lucir pasmó la planta,

debiendo ella pasmar a lo luciente;

y entre lanuda tez (cosa que espanta)

las hennanas del joven imprudente,

que al padre despojó de su luz propia

y de candor las vírgines de Etiopia.

 

29

Severa al padre, al enemigo pía,

y de un desdén llevada, al mar se entrega

la que por darse a nueva tiranía,

vieja cerviz y pelo fatal siega.

«Scila tú fuiste aquella» -el dios decía-

«y la que, opuesta a la venganza griega,

tal vez echaste al mar de sus reliquias

con muslo ladrador naves duliquias.

 

30

y agora, en ese Bósforo sentada,

mejilla ostentas purpurada en rosa,

que al mercadante es píldora dorada,

si llega al tacto de tu cinta, odiosa,

cuya pretina siempre es tachonada

de perros ladradores, que a la undosa

región le han dado más abeto y pino,

que a la segur villana el Apenino.

 

31

No las Sirenes tan malignas fueron

a la sabrosa paz del navegante,

cuyas fletadas gúmenas le hicieron

por alta espuma peregrino errante;

ni los gemidos falsos que encendieron

la caridad del pobre caminante,

contra cuya cerviz se armó de estilo

y de asechanzas el caimán del Nilo.

 

32

¡Ay del avaro nauta que traciende

por mar enhiesto circuladas olas,

si a vista desta pérfida las hiende,

contra quien ya no bastan fuerzas solas!’

Dijo, y calló; más luego se suspende

cantando de las cumbres españolas

el precioso metal, cuyo deseo

naves de Tiro trujo al Pirineo.

 

33

Ni a ti quiso callar, faisán, que fuiste

vianda inocente al padre, ya la tía

venganza tragediosa, pues moriste

para la mesa del señor tardía.

Ni a ti, que por celosa padeciste

de tus hados la última agonía,

Procris, al tiempo que el süave esposo

batió las plumas del arpón brioso.

 

34

Luego celebra una sumaria idea

de lo que es más sutil, de lo más bello,

por cuya perfección almas grangea,

el que tiene las almas de un cabello.

No entonces bullicioso el aire ondea

verdosas crines sobre pardo cuello

en el robredo rústico, ni deja

que le publique el Alción su queja:

 

35

Antes rémora fue, si ya no es freno,

al sonoro reír del cristalino

arroyo inquietador, que en verde seno

guarda raíces de coral bien fino,

porque mostró de suavidad Sileno

la suma perfección, cisne divino,

que, como al de Salinas canta ahora,

aguas suspende y vientos enamora.

 

36

Oh generoso, si joven, discreto,

y sobre quien el Sollauros deshoja,

imaginado por loable objeto

pues te deja tratar su frente roja,

el pindio agricultor con blando efeto

te inspira suavidad, y su congoja

te labra campos fértiles, de modo

que eres sefior de su semilla y todo,

 

37

¿qué pudo pues el de Meonia cuando

dictó oficioso la venganza griega,

o el mancebo de Tracia que sonando

lira inferior al Ténaro se llega?

¿qué pudo el viejo Ascreo, que volando

por los celestes piélagos navega,

o el Mantüano espíritu, que ocioso

cantó las armas y el varón piadoso?

 

38

Plectro tebano que aplacó la ira

del juvenil furor, cuyo segundo

aún no lo ha fomentado la mentira,

por no tener capacidad el mundo,

de hoy más sin duda sonará en tu lira

y en grave estilo meditar profundo,

que a las orejas del mayor Zorlo

haga jueces de su grave estilo.

 

39

Gózate dulce al padre, al mundo pío,

y del ciervo seglar los años veas,

sonoro a la región, donde el rocío

perlas recama en alas cefireas.

Gózate pío al padre, dulce al río,

mientras, cisne de amor, almas recreas,

y sea de tu voz tal el sonido,

como de tu prosapia el apellido.

 

40

Estas cosas cantó, que un tiempo Apolo

las meditó sagaz, y agora el río

con boca de cristal las parla solo

al lauro y al ciprés. El sol tardío

ya entonces caminaba al otro polo,

ya su redil las vacas y el cabrío.

La cama al leñador mucho le aplace,

y el día a su pesar noche se hace.

 

Idilio II – Los cien pasos

Dedicados a Don Jorge Manrique de Lara y Cárdenas,Duque de Maqueda, Virrey y Capitán General del Reino de Orán.

1

Los ciento que dio pasos bella dama,

los mil que dio suspiros tierno río,

siendo ella esquiva más que al sol su rama,

y él, más que el sol amante a su desvío,

yo cantaré, que amor mi pecho inflama,

y no de Marte el plomo, cuyo brío

en el vaciado bronce, resonante,

venganza es ya de Júpiter tonante.

 

2

Tú que le has dado con süave huella

alma a las mías y alas a mi pluma,

constelación de Amor hermosa y bella,

aunque nacida no de blanca espuma,

ésta recibe, que si no es querella

de mi tierna pasión, es breve suma

de cuantas se movió veces tu planta

grave, por quien es ya grave Atalanta.

 

3

y vos, que el generoso siempre oído

adulzáis con el son de la cometa

del suelto cazador bien repetido,

ya veces reiterado en la escopeta,

agora estéis al arrayán tendido,

de Venus fulminando la saeta,

agora, mientras Febo al mar declina,

blandiendo el pasador entre la encina,

 

4

agora de damasco entre la ropa,

debajo del dosel bordado augusto,

despachéis de negocios larga tropa,

interrompiendo de la siesta el susto,

agora en el jinete que galopa,

por no olvidar tan generoso gusto,

queráis batir el lado, que se bate

con el agudo bárbaro acicate.

 

5

Si pasos de una dama son de estima,

que como el dueño son graves y bellos,

escuchaldos, Señor, antes que imprima

profano el vulgo su ponzoña en ellos,

que si de la excelencia que os sublima

parte les toca, dudo que los cuellos

de tantos Aristarcos no domados,

se escapen esta vez de ser pisados.

 

6

y juntamente recibid de un río,

que os besa el pie como fiel vasallo,

el requebrado acanto, si ya el brío

no os sobrelleva de andaluz caballo,

con cuyo beneplácito, ya el mío,

si un tiempo se dispuso a comenzallo,

fin dichoso dará, que en voz difusa

éstos los versos son y ésta es la Musa.

 

7

Era violetas ya, lo que antes rosa,

y alas de hielo, lo que ardiente paso,

sobre quien acostó noche odiosa

la carrera del sol que iba al ocaso,

cuando los dos de mi pastora hermosa

dieron su luz al horizonte escaso.

Yo los miré, y el cielo, que los vía,

volvió a lucir y comenzose el día,

 

8

por cuya luz de innmnerable smna,

veloces más que el mismo pensamiento,

con alado remar naves de plmna

volvieron a surcar mares de viento,

formando visos en lugar de espmna

su no desalentado movimiento,

y alegres alternando aquella salva,

que por patrona se le debe al Alba.

 

9

Luego en la grama, estrado de la ve!

hijas de Venus la violeta y rosa,

una se ensancha y otra se despliega,

y cada cual se vuelve más hermosa.

También el mar, que el pájaro navega,

medio calmó la inundación briosa,

y por vía de halagos a las flores

les sosacó los más de sus olores.

 

10

Luego se vio mover divina planta

que amenidad brotó por cada orilla,

mientras a su epiciclo se adelanta

ésta, que es luna en pálida servilla,

de cuyo acceso admiración fue tanta

al ya que la contempla Najerilla,

que abrir le hizo tras sus pies de nieve

boca de perlas que cristales bebe.

 

11

Y alzando de sus urnas la cabeza,

de verbenas y lirios coronada,

bien fuese estimación de su belleza,

o bien rigor de fuerza enamorada,

como la dulce tórtola, que empieza

a penetrar los vientos lastimada,

en dulce son con labios de corales

sembró por su cristal querellas tales:

 

12

«O tú, que agora por mi bien paseas

la gran juridicción de este distrito

y con tu blando respirar recreas

mi grave padecer, que es infinito,

dulce serrana, bienvenida seas,

para reparo del mayor conflito

que el ciego dios con flechas de diamante

pudo imprimir en corazón de amante.

 

13

Después que con tu pie nevado y terso

pisaste el suelo que el Abril colora,

tumbose el so4 pasmose el universo,

viendo volver a mi cristal la Aurora,

y con esmaltes de color diverso,

(bien que no tales) la dedálea Flora,

por solo hacer retrato de tus flores,

esta margen pintó de mil colores.

 

14

Estaba ya cubriendo a sus hijuelos,

con alas de piedad toda dormida,

desquitándose allí de mil desvelos

que la tuvieron casi enmudecida,

la dulce Filomena, a quien los cielos

dieron más suavidad que alegre vida,

cuando al sentir el Alba en tus madejas

dejó sus hijos y empezó sus quejas.

 

16

Siguiéronse a la voz desta avecilla

otras, que congregaron tus dos ojos,

extendiéndose ya por nuestra orilla,

donde el jazmín aún siente mis enojos.

Sólo tu pecho, dura pastorcilla,

es mármol frío, es ásperos abrojos,

pues con tenerme esclavo el albedrío

aún no quieres llamarte dueño mío.

 

17

Si es presunción, merezca este desprecio

en recompensa ya piadoso estilo,

que es para mi terneza el golpe recio,

y para tanto amor severo el filo.

y pues con mi cristal no tienen precio

los que redundan del egipcio Nilo,

estima mi deidad, y esta grandeza

halle cabida en tu mayor belleza

 

18

que bien Endimión pudo villano

y entre las selvas rústico vaquero,

merecer de su amor gozar temprano,

como sus brazos al primer lucero;

que la luna, al mirarle tan lozano,

no se curó del hábito grosero,

antes de Latmia en la brefiosa cumbre

mezcló con su sayal su blanca lumbre.

 

19

¿Pues qué diré del ganadero Anquises?

Mas pregúntale a Venus citerea,

quién es el hortelano de sus lises

o el pincel en el Ida de su idea.

¿Agrícola de mares no era Ulises?

¿Pues cómo de Calipso gozó dea?

Mas cuando el ciego Amor dispara el oro,

lo que menos se estima es el decoro.

 

20

Ni soy tan bajo yo, que bien pudiera

tener entre los dioses cetro y silla,

pues mientras ellos gozan de su esfera,

yo rijo a su pesar tan ancha orilla,

a donde, si tendió la Primavera

alfombra nacarada y amarilla,

es porque sabe que mis pies son tales

que hollar merecen regios sitiales

 

21

Del Indio mar al Bósforo cimmerio,

que sobre parda crin nieve sustenta,

hasta donde vibró cristiano imperio

la cruz sagrada, de su Dios sangrienta,

saben que al Ebro, no más que al iberio

golfo, de plata mi caudal aumenta

con tanta copia, que alabarme puedo,

que si mucha le doy, con más me quedo.

 

22

¿Qué precioso metal pródigo envía

al gran Tercero, del mayor segundo,

el mineral, que Antártico lo cría

para su diestra que sustenta el mundo,

que no lo tenga mi campaña umbría,

ya en lo más alto, ya en lo más profundo?

Porque el oro que dan nuestras arenas

no está, cual suele, repartido en venas.

 

23

Cien haces tengo de coral bruñido,

todos labrados con aliño al torno,

para quemar en honra de tu olvido

sobre el altar de amor con grato adorno.

Pues dime ¿qué serán los que el florido

bosque marino me dará en retorno

de haberle dado, para más aumento,

a secas plantas, húmedo alimento?

 

24

De esmeraldas, zafiros y rubíes

tengo en un camarín tan grande copia,

que si lo ves, no es mucho que porfíes

ser el público erario de Etiopia.

¿Pues qué, si de bordados carmesíes

te muestro acaso mi vivienda propia?

sin duda que dirás que sus cuarteles

sufren la carga de cien mil doseles.

 

25

Sobre basas no al olio contrahechas

sino robustas de diamante fijo

firmes estriban, blancas y derechas,

con molduras que causan regocijo,

columnas de cristal, que fueron hechas

por industria de artífice prolijo,

más de seiscientas, y éstas son el homb

que sustenta la máquina, y asombro.

 

26

Corona de amethista es la techumbI

que en proporción se parte en artesones

lagunares, que han sido de su cumbre

como de mi deidad logrados dones,

y para honor de tanta pesadumbre,

de esmeraldas fijó tantos balcones,

que te podré jurar, mi bien, que apenas

se extienden en mi mar tantas arenas.

 

27

Últimamente es éste mi palacio,

capaz de aposentar al gran Neptuno,

donde, si quieres asistir de espacio,

tendrás después de mil sirvientes, uno

que cefiirá tus sienes de topacio,

y si a tu honestidad no es importuno,

él, por su mano -tal amor le mueve-,

calzará de cristal tu pie de nieve.

 

28

Ninfas verás aquí blancas y bellas,

que, aunque contigo no serán hermosas,

podrán bien competir con las estrellas,

tales son sus claveles y sus rosas.

Éstas serán tus damas y doncellas,

por ser muy serviciales y graciosas,

-si tanto nombre pueden merecello-,

blancas en rostro, verdes en cabello.

 

29

y si tuvieres de pisar espumas

gusto tal vez, carrozas tengo, y tales

que llevada serás de blancas plumas

iguales en pureza a los cristales.

Que aunque nuestra región no es la de Cumas,

abunda tanto en estos animales,

que, si por cisnes va, iuncir podría

más de diez mil carrozas en un día.

 

30

Ven pues, serrana, ven y no te escondas,

serás, con ser esposa de este río,

Tetis feliz de las mejores ondas

que vayan a dar lustre al mar umbrío.

Mira que es justo que al amor respondas

con dulce agradecer, no con desvío,

antes que ese desdén y ese recato

lleguen a padecer el plomo ingrato.»

 

31

Dijera más, si no que de repente

se volvió la región cual antes era,

o más oscura que ébano de oriente,

o negra más que mi pasión severa.

Pero la luz que le negó a la fuente

se la prestó al lugar, que ya la espera,

al tiempo que su pie, blanco al miralle,

decendiendo esta vez, pisó en la calle.

 

32

Quedó el amante desdeñado y tierno,

en éxtasis mortal todo arrobado,

y como el campo en medio del hibierno,

el de su cara seco y agostado,

hasta que con un jay!, del alma interno,

rescate de su espíritu alterado,

volvió de aquel letargo, y al no verla

en agua se deshizo perla a perla.

 

33

Ya camina mi sol, dulces pastores,

salid a verle; gozaréis sus rayos

que están vertiendo aquí y allí mil flores

a quien no perderán tibios desmayos.

Salid, salid, veréis los dos Amores

colgar de los claveles de sus mayos,

que quien su labio viere o su mejilla,

estimará por cuerdo al Najerilla.

 

34

El Alba así cuajada de arreboles

no se mostró tan plácida y lozana,

aunque recame bien sus tornasoles

de aljófar blanco y colorada grana,

como se muestra bella con dos soles,

Aurora más feliz, nuestra aldeana

un sábado a la tarde, que podría

jurar que vio tres soles en un día.

 

35

Sobre túnica más que nieve pura

yo vi pellico azul, que si no era

del mar de su marfil vela segura,

era a lo menos velo de su esfera,

en cuya frente más que la blancura

pude notar la proporción severa,

pues dejado de ser brufiido espejo

era el fiscal allí su sobrecejo.

 

36

Nube delgada por sus hombros lleva,

que sombra mereció ser de su lumbre,

de una tela, que el Betis hizo nueva

para encubrir lo excelso de su cumbre,

de quien el viento a despeñarse prueba,

ya por inclinación, ya por costumbre,

y haciendo globos del cendal sencillo,

suele juntar su soplo a su soplillo.

 

37

Como hueco pavón, que al aire riza

plumas, que del pastor fueron despojos,

en quien sagaz Mercurio se desliza

adormeciendo sus despiertos ojos,

tal iba por la calle haciendo riza,

ya suspendiendo, ya quitando enojos,

ya dando al viento transparente y cano

flores que se nacieron en su mano.

 

38

Con esta suavidad, con este brío

llegó de su cabafia a los umbrales,

habiéndose llevado el albedrío

de mil amantes con sus dos corales,

labios que al dulce pensamiento mío

servirán de cadenas inmortales,

si no es que quieran despertar desvelos,

entre safia y desdén, rabiosos celos.

 

39

y sin hacer caudal de amantes penas,

hijas bastardas de sus hebras de oro,

que fueron casi más que tus arenas,

Najerilla, y los llantos que yo lloro,

se entró en las salas de su estancia amenas,

templo de la beldad, aras que adoro,

y ocultada su luz dorada y pía,

volviose a continuar la noche fría.

Poemas de Esteban Manuel de Villegas

Idilio III – Dafne y Dametas

1

Viniéronse a juntar Dafne y Dametas,

pastor de cabras uno, otro vaquero,

mientras las unas pacen inquietas

y las otras el sol huyen severo,

cuales por las roturas más secretas

y cuales, al soplar cierzo ligero,

por las amenas sombras distraídas,

con paz gozadas, con piedad movidas.

 

2

Era robusto, sí, Dafne, y mancebo,

al ejercicio duro entonces dado.

Dametas mozo, pero no tan nuevo

en el oficio de guardar ganado.

Rigen cayados de taray y acebo,

y cada cual sombrero coronado

de acebuche y laurel, y al cabo dellos,

zurrones pardos sobre blancos cuellos.

 

3

La floja ociosidad, y el grave estío,

de la pesada siesta entonces grave,

el susurrar del Céfiro y el rio,

fresca la sombra, querellosa el ave,

la vacada extendida y el cabrio

aún no cansado del pacer süave,

en Dafne ocasionaron voz dispuesta,

y en Dametas después voz y respuesta.

 

DAFNE

4

«¿No ves, oh Polifemo, como tira

la blanca Galatea a tu ganado

con muestras de retozo, no de ira,

manzanas libres desde el mar salado?

Vuelve, gigante, pues, el rostro y mira

con cuánta desnudez, con cuánto agrado

del pecho de coral perlas derrama

y con su boca de cristal te llama.

 

5

Llárnate duro y amador grosero;

y tú, cantando al son de tu cicuta,

mísero no la ves; antes austero

huyes el cuerpo a la tirada fruta.

Sólo tu mastinillo lisonjero

la sigue juguetón, que se reputa

por digno del favor de Galatea,

y ella se lanza al mar, y ella rastrea.

 

6

Pero ya desde allá vuelve lozana,

Como el acanto en medio del estío,

cuando las verdes hojas engalana,

cuando al fin de arrebol purpura el brío.

Ella, pues, bien quisiera serte humana

sin darte a ConoCer su desvarío.

Que en las cosas de amor siempre acontece

que lo que no es hermoSo lo parece.

 

7

Respetos vence y honras destituye

sólo por conmover tu pecho duro,

y si otras veces tus halagos huye,

hoy les promete paces de seguro.

Postra pues esta vez, postra y destruye

las altiveces de su enhiesto muro,

que Amor al que se atreve da saetas.»

Pero escuchad al bárbaro en Dametas.

 

DAMETAS

8

«Vila, no hay duda, vila, cabrerizo,

sí, por el Pan que rige mi manada,

desde el instante que en mis cabras hizo

tiro burlón con fruta colorada,

y aunque su desnudez me satisfizo,

no por eso de mi será obligada.

Que la miré no hay duda, y con deseo,

sí, por el reluciente con que veo

 

9

sol de mi frente, que será en mis días

luz a mis pasos, lumbre a mi camino,

si ya no son verdad las profecías

del mísero Telemo el adivino,

que plegue al cielo que en sus canas frías

se vengue alodio del infausto sino,

y desmintiendo el juicio de Telemo,

ciegue a sus hijos, deje a Polifemo.

 

10

Soy, si me adviertes, cuerdo enamorado,

y en extremo sagaz, pues, porque sea

de su loca pasión más estimado,

desdén hago al amor de Galatea;

celos la doy, y finjo que el agrado

de Cénife me abrasa y espolea;

celebro su hermosura, y ella entonces

pierde el color y queda cual los bronces.

 

11

Otras veces rabiosa con los celos

sale del hondo mar, como la loba

que va desalentada a sus hijuelos

en busca del villano que los roba.

Luego mis hatos escudriña, ve los

negros rincones de mi parda alcoba;

y yo por más encarecer su yerro

hago al descuido que la ladre el perro.

 

12

Ella con esto se halla tan rendida

de la tierna pasión que Venus labra,

que ya esté vergonzosa, ya corrida,

agora cele, agora se desabra,

siempre busca mi amor de amor herida,

como el cabrito el paso de la cabra,

cuando en el monte con furor violento

oye la rama sacudida al viento.

 

13

Verás que ya el regalo, ya el mensaje,

me envía cuidadosa, a quien yo luego

cierro las puertas, dándole hospedaje,

si no a su amor, a la afición que niego.

Otras veces al fin digo a su paje

que, si pretende mejorar su fuego,

jure de darme por Neptuno y Doris

fin a mis gustos, gusto a mis amores,

 

14

y que en la siempre verde cabellera

désta que miras vega caudalosa

me mulla lecho conyugal siquiera,

pues hijo soy de dios, si ella es diosa.

Con esto parte el nuncio y se aligera,

aunque cual virgen la halla vergonzosa.

Rayo que Venus despeñó en mi seno,

bien sé que en ella sembrará veneno.

 

15

No soy tan fiero, no soy tan deforme

como dicen de mí los que me afean,

antes al buen dictamen soy conforme,

si las aguas del mar no lisonjean,

donde una siesta, cuando más enorme

el sol las dora y ellas lo platean,

pude mirarme bien, porque su espejo,

del rostro que me hurtó, sacó un reflejo.

 

16

Vime robusto en él, no femenino,

aunque robusto, por extremo hermoso,

erguido como el álamo y el pino,

y más que el ciervo corredor, brIoso,

pero del suelto, que a mis manos vino,

con que ayer era Céfiro ganchoso,

la de Zeusipo malcasada nuera,

gozó una espalda y la cabeza entera.

 

17

Vime este sol también, que es por Apolo

igual al que de luz nace en Oriente;

solo le tengo, porque aquél es solo,

y esto conviene al cielo de mi frente.

No peino crin, no cejas alcoholo,

pero de barba y crin hago un torrente,

que desgajado por espalda y pecho

con ser inmenso mar les vengo estrecho.

 

18

El blanco diente, que alimenta y cría

el elefante asiático y tardío,

negro parece más que noche umbría,

si llega a compararse con el mío;

y porque de Cotítaris sabía

una lición, que tengo a desvarío,

al mirarme tan plácido y sereno

luego tres veces me escupí en el seno.»

 

19

Esto apenas cantó Dametas, cuando

Dafne besó su faz, y él a su beso

respondió con abrazos, engendrando

amor en ellos, amoroso exceso;

y cual su flauta a cítara trocando

poco a poco se van del monte espeso,

con su vacada el uno al fresco río,

y el otro a su redil con su cabrío.

 

Idilio IV – El despechado

1

Desdenes, que el amor de acíbar llena,

destierran de tu margen, blanco río,

a quien sin duda fue cisne en la pena,

pues la supo llorar sonoro y pío.

Pero si quieres hoy verle en tu arena,

deja las ovas del retrete umbrío

que por último vale a tus orejas,

invía estas palabras y estas quejas.

 

2

Najerilla que vas libre y seguro

de retratar mis ansias y mis penas,

pues lágrimas te di de cristal puro,

vuélvemelas a dar, que son ajenas,

así deste desdén de mármol duro

estén libres tus márgenes y arenas,

y los ojos alegres con que ries

exentos de mirar sus carmesíes.

 

3

¿Qué paz agora no dará tranquilo,

olvidado de amor tu paso lento?

y más negando orejas al estilo

de la que a suavidad reduce el viento,

sirena infiel, ingrato cocodrilo,

que para sojuzgar el pensamiento

con voz que canta y lágrimas que llora,

enlaza, engaña, encanta y enamora.

 

4

Con más quietud y con cuidados menos

ondas pisé del Tormes cristalino,

y ondas que en surcos de verdosos senos

ramas fecundan de coral muy fino.

Vi los jacintos de su prado amenos

mostrar el ¡ay! de su cruel destino

bien sin amor, y vime entre las flores

alegre sin tratar celos ni amores.

 

5

Y así como se alegra en la tormenta

el que en el puerto la esperó futura,

no por ver a los otros en afrenta,

sino por ver su libertad segura,

tal allí mi pasión estaba exenta

de la que causa amor, severa y dura,

notando entre las aguas y las flores

desdén, esquividad, celos, y amores.

 

6

Vine a tu margen, donde hallar solía

dulce quietud y amigo acogimiento,

agora fuese al respirar del día,

agora fuese al despertar del viento,

o ya en los brazos de la noche fría,

cuando más se aligera el pensamiento,

o ya en el gremio del mejor regazo,

que Venus fomentó con dulce abrazo.

 

7

Pero luego a mis ojos, cual si fuera

la juvenil deidad de la mañana,

o, desparcida al sol su cabellera,

la Venus bella, o la feliz Diana,

aldeana ocurrió, que si no era

de los cielos de amor tierna aldeana,

era a lo menos por lo blanco y bello

luna en la frente, sol en el cabello.

 

8

Sobre pureza más que de azucena,

candor que puso en riesgo a la blancura,

rosa del Mayo plácida y serena,

que aumenta mi dolor y su hermosura,

cuelga de sus mejillas tan amena,

que ya de nácar, ya de nieve pura

hace una mezcla tal, que a ser comienza

ni bien honestidad, ni bien vergüenza.

 

9

Arcos, que a veces el amor estira

para criar enamoradas quejas,

y agudas flechas, con que al alma tira

dulce inquietud sin alterar orejas,

por quien el eco de mi voz suspira,

eran sus ojos dos y sus dos cejas,

que en ser negras las dos y los dos bellos,

estuvo la prisión de muchos cuellos.

 

10

Nácares, que horadó perla eritrea,

mostrando ya dobleces, ya blancura,

orejas son allí, que dan librea

a la vecina sien con su hermosura,

sobre cuya aptitud el viento emplea

parte de las madejas que asegura,

hasta que, bien por gusto o por sentencia,

las manda despeñar de su eminencia.

 

11

Y porque no se aumenten los enojos,

que los pudiera haber si ambos se vieran,

puso un palenque en medio de sus ojos,

que los ciegos de amor gozar debieran,

a quien ya por nariz sus rayos rojos

y sus mejillas de clavel veneran,

o ya por ser depósito del viento

que inspira algalias en lugar de aliento.

 

12

Ay Dios, si vieras luego en dos corales

repartirse el agrado de su boca,

en quien se miran perlas orientales,

más transparentes que cristal de roca,

sin duda que las ansias fueran tales,

que tu cuerda razón volvieran loca,

pues luego que de mí fue consentido,

ni la mente advirtió, ni obró el sentido.

 

13

Pellico azul en túnica de nieve,

trenzado en rubio sol, cayado en mano,

abarca en pie de compostura breve,

donaire asaz feliz, cuerpo lozano,

todo esto contemplé, pues si se mueve,

ni fénix sirio, ni pavón romano,

imitarán la pompa que ella hacía,

aunque les preste su compás el día.

 

14

Y como el que de luz estuvo ajeno

en oscura prisión por tiempo largo,

que al ver la claridad del sol sereno,

parece que despierta de un letargo,

tal me miré, tal vi su rostro ameno,

dulce principio para fin amargo,

y entre estupor y miedo, quedé entonces

más yerto que los mármoles y bronces.

 

15

¿Qué diligencias no tentó el deseo?

¿Qué disfavores no mostró el desvío,

después que se cegó mi devaneo,

después que se amplió su señorío?

y pues en ella y en mis ansias veo

ira mayor, más loco el desvarío,

Najerílla, que vas ríendo agora,

quédate a dios, y mis desdichas llora.

 

Oda sáfica: Al Céfiro

Dulce vecino de la verde selva,

huésped eterno del abril florido,

vital aliento de la madre Venus,

Céfiro blando;

 

si de mis ansias el amor supiste,

tú, que las quejas de mi voz llevaste,

oye, no temas, y a mi ninfa dile,

dile que muero.

 

Filis un tiempo mi dolor sabía;

Filis un tiempo mi dolor lloraba;

quísome un tiempo, mas ahora temo,

temo sus iras.

 

Así los dioses con amor paterno,

así los cielos con amor benigno,

nieguen al tiempo que feliz volares

nieve a la tierra.

 

Jamás el peso de la nube parda

cuando amanece en la elevada cumbre,

toque tus hombros ni su mal granizo

hiera tus alas.

 

Cantilena X

«En tanto que el cabello

resplandeciente y bello,

luce en tu altiva frente

de cristal trasparente,

y en tu blanca mejilla

la púrpura que brilla,

la púrpura que al labio

no quiso hacerle agravio,

goza tu abril, Drusila,

en esta edad tranquila;

coge, coge tu rosa,

muchacha desdeñosa,

antes que menos viva,

vejez le lo prohíba.

Porque si te rodea

y en ti su horror emplea,

quizá lo hará de suerte

que llegues a no verte

por no verte tan fea».

 

Oda III

Quejas que envía desde frágil nido

pájaro tierno, escucha condolido

un libre que antes era,

y agora es prisionero en cárcel fiera;

que Amor a verdes años

da voces, lazos tiende y arma engaños.

 

No el oso melenudo, ni el cerdoso

jabalí, temerario más que el oso

en colmillos, no en brazos,

cayeron a sus voces ni en sus lazos;

que juvenil mancebo

deja armas, va a sus voces, da en su cebo.

 

Era un abril su edad, que poco a poco

de muy fertilizado vino a loco,

hasta que cuerdo y seco

vea el mal, sienta el rigor, llore el trueco;

que el hombre con los daños

abre ojos, muda empleos, deja engaños.

 

Huyendo de una siesta, dio en un sueño,

a vista de un arroyo asaz risueño,

que franco le ofrecía

son dulce, amena estancia, cama umbría;

si es que alivian pena

son dulce, cama umbría, estancia amena.

 

Dormido, pues, prosigue el pajarillo

y el viento aun no se mueve por oíllo;

que tal vez un acento

es sueño al alma, es rémora del viento

y si suave obliga,

pies ata, cierra oíos, alas liga.

 

El susurro esta vez, que prometía

por suelta el agua, ya que no por fría,

mudo, pues, ni se opone

al pájaro, ni al joven descompone;

antes criando orejas,

para aguas, hunde guijas, oye quejas.

 

pero la tarde sombras que ofrecía

fuelas alzando, porque el sol caía;

el pájaro enmudece,

siéntese el viento y el susurro crece;

y el joven, ya despierto,

pies mueve, sendas sigue, huye el desierto.

 

Oda XX

Si con algún tesoro

se pudiera alargar mi corta vida,

de los mineros trasegara el oro,

porque cuando viniera

la muerte, dado el precio, se volviera.

 

Pero si no es posible

¿de qué sirve el gemir? ¿por qué lloroso

celebro el día forzoso

duro al pensar, al padecer terrible?

¿Qué me sirve el dinero,

si no me ha de alcanzar lo que yo quiero?

 

Pues, eh, riquezas vanas,

a quien mucho os estima, que os frecuente:

allá vaya al oriente,

penetre el mar del Sur, harte sus ganas;

que yo ya hallé en mi Lida

oro, plata, metal, riqueza y vida.

 

Oda VII

Fabrícame una taza

después de haber labrádola en tu idea,

Vulcano, en cuya traza

ni señas de armas, ni escuadrón se vea,

ni bélico estandarte:

¿qué me importan a mí Belona y Marte?

 

Solamente te aviso

que la forjes capaz; no que prometa

en lo sereno y liso

grabado el orbe de ningún planeta,

porque yo no me agrado

de ser el Orion de espada armado;

 

Ni el carro de las Osas

que trilla en Septentrión; ni el gran Bootes,

que nunca trae ociosas

sus cuatro vacas de aguijón y azotes;

ni los demás dibujos

de círculos, de esferas y de influjos.

 

Sólo en ella se imprima

al padre Baco rellenado y grueso,

que cuidadoso exprima

el turbio grano del racimo espeso;

y en lugar de perfiles,

a mí y a Venus, a Cupido y Filis.

 

Oda X

Yo pensé, luces bellas,

llegar con mi esperanza a vuestra lumbre;

pero Lida inconstante,

por doblar mis querellas,

de vuestra (¡ay cielos!) ensalzada cumbre

la despeñó arrogante;

y agora la perjura

cortar el árbol de mi fe procura.

 

Como cierzo indignado,

que con súbito soplo descompone

la mies en la campaña,

y en el alegre prado

los altos olmos que la edad compone,

así, con dura saña,

Lida ingrata y perjura

cortar el árbol de mi fe procura.

 

Juró que me sería

en amarme tan firme como roca

o como robre exento,

y que atrás volvería

este arroyuelo que estas hayas toca

antes que el juramento;

pero ya la perjura

cortar el árbol de mi fe procura.

 

Esto dirán los vientos

que dieron a su jura las orejas;

esto dirán los ríos,

que por estar atentos

el susurro enfrenaron a sus quejas;

pero los llantos míos

dirán que la perjura

cortar el árbol de mi fe procura.

 

Oda VI

¡Oh, cuán dulce y suave

es ver al campo cuando más recrea!

En él se queja el ave,

el viento espira, el agua lisonjea,

y las pintadas flores

crían mil visos, paren mil olores.

 

El álamo y el pino

sirven de estorbos a la luz de Febo;

brinda el vaso contino

del claro arroyo con aljófar nuevo,

y la tendida grama

mesa a la gula es, y al sueño cama.

 

Tú solamente bella

nos haces falta, Tíndaris graciosa;

y si tu blanca huella

no te nos presta como el alba hermosa,

lo dulce y lo suave

¡cuán amargo será! ¡cuán duro y grave!

 

Oda XVIII

De Anacreonte la segunda.

Dio la naturaleza

armada frente al toro, y al caballo

pies de robusto callo,

curso a la liebre de veloz presteza,

y una sima de dientes

a los leones, fieras impacientes.

 

También al pez y al ave

alas con que romper el agua y viento;

al hombre entendimiento;

pero ¿qué a la mujer? Beldad suave.

Y harto fue, pues la bella,

defensa, hierro y llamas atropella.

 

Oda XVII

De Horacio la 8, del lib. 2.

Barine, si yo viera

que por el voto que quebraste ahora

tu beldad padeciera

algún leve castigo, y a deshora

nos mostraras, doliente,

fea una uña, denegrido un diente,

 

Creyérate sin duda;

mas por el mismo caso que juraste,

y de lealtad desnuda

al voto tan sin miedo te obligaste,

quebrándole nos diste

más resplandor, más bella pareciste.

 

Si perjurada a veces

por las cenizas de tu madre juras,

más bella resplandeces,

y más pura si juras por las puras

lumbreras celestiales,

ó por los mismos dioses inmortales.

 

De esto vi se reía

Venus, y las sencillas ninfas puras,

y el Amor, que a porfía

siempre amolando está sus flechas duras

en aquella severa

y siempre dura piedra aguzadera.

 

Para tu cárcel dura

crece toda niñez; los ya mayores

no dejan tu hermosura,

con verse amenazar de tus rigores,

ni los umbrales fríos

siempre regados de los ojos míos.

 

Por ti vive medrosa

la madre del mozuelo, y el avaro

padre; por ti la esposa

vive celosa de su esposo caro;

que en tu dulce semblante

considera los grillos de su amante.

 

Oda V

Suelta al céfiro blando

ese vellón que luce en tu cabeza,

verás que, tremolando,

a cautivar amantes, Lida, empieza,

y que en cada cabello

enreda un alma y aprisiona un cuello.

 

Como en el mes ardiente

el viento mueve las espigas de oro

con soplo diferente,

así las hebras, que en el alma adoro,

del céfiro movidas,

darán mil muertes, vencerán mil vidas.

 

No de otra suerte Apolo

con su resplandeciente cabellera

viste de luz el polo,

ni el mismo sol resplandecer pudiera,

si de tu roja frente

no hurtara rayos para darle a oriente.

 

Epigrama a El Escorial

Pirámides, muros, templo,

huertos, túmulos, coloso,

y el que por grande contemplo

anfiteatro famoso,

todos callen con mi exemplo.

Soy lo que siempre seré,

fueron lo que ya no son;

y no es mucho, pues se ve

en ellos la poca fe,

y en mí la gran religión.

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