Poemas de Tirteo (poeta griego)

Tirteo

Tirteo fue un poeta elegíaco griego del siglo VII a.C., cuya obra es fundamental para entender la identidad de Esparta. Sus versos, compuestos durante la Segunda Guerra Mesenia, funcionaban como arengas militares destinadas a infundir valor y disciplina en los ciudadanos-soldados.

A través del ideal de la areté (excelencia), Tirteo exaltó el sacrificio por la patria y la formación de la falange, convirtiendo la poesía en una herramienta política y moral para la supervivencia del Estado espartano.

 

Canto I

En verso

¡Oh, qué bello es morir por la querida

patria! Varón, en los combates fuerte,

con los primeros expondrás tu vida.

 

¿Mendigando infeliz quisieras verte?

¿Del que abandona su natal campaña

no sabes, no, la desdichada suerte?

 

Desamparado vaga en tierra extraña;

los hijos, la mujer, el padre anciano,

familia desolada, le acompaña.

 

Le aborrecen doquier, y clama en vano;

de la indigencia al peso ya caído,

nadie le prestará piadosa mano.

 

Que afrentó su linaje y ha perdido

hasta las nobles formas del semblante,

y su infamia y su mal ha merecido.

 

¡Oh, destino cruel del hombre errante!

No el desdichado habrá ningún consuelo,

ni respeto, ni gloria en adelante.

 

Tú a la batalla por el patrio suelo

valiente corre, y por tus hijos muere;

deja de infame vida el torpe anhelo.

 

Mantén la fila y, denodado, hiere;

mantenla firme; oprobio a aquel cobarde

que a la fuga en la lid principio diere.

 

Iras pon en tu pecho, en iras arde;

con hombres las habrás en la pelea;

no el amor de la vida te acobarde.

 

El anciano aguerrido no se vea

por ti con mengua tuya abandonado,

que su rodilla débil ya flaquea.

 

¿Vergüenza no será que atropellado

yazga a tus ojos al primer momento

de sienes ya rugosas el soldado?

 

Allí en el polvo, mírale, sangriento

su cabello nevado y barba cana,

yace exhalando el animoso aliento.

 

Nudo su cuerpo, ni de heridas sana

la parte del pudor con mano amiga

cubre el ultraje de la turba insana.

 

¡Espectáculo atroz! ¿Y a la enemiga

hueste no vas? Al joven animoso

morir conviene, juventud le obliga.

 

Saliendo de las lides victorioso

lo acata el hombre, la mujer le quiere;

pero aún es a las bellas más hermoso

si en los primeros batallando muere.

 

En prosa

Es hermoso que el varón fuerte que pelea por la patria muera cayendo en la primera fila; pero que mendigue abandonando su ciudad y sus abundosos campos y, vagando con la querida madre y el padre anciano, con los hijos pequeñuelos y la tierna esposa, es la mayor de todas las desventuras, porque se hace odioso a aquellos a quienes va, sometiéndose a la indigencia y a la triste pobreza, y afrenta su linaje y afea la hermosura del rosotro, y toda deshonra y calamidad le acompaña. Del hombre que así vaga ningún caso se hace, ni se le vuelve a honrar jamás.

 

Peleemos con valor por esta patria y muramos por los hijos, sin cuidarnos en manera alguna, ¡oh, jóvenes!, de la vida. Combatid empero estrechos unos con otros, y no comencéis medrosos la vergonzosa fuga. Antes bien, poned en el ánimo grande y poderoso coraje, y despreciad la existencia para pelear con hombres.

 

A los viejos veteranos, cuyas rodillas son ya torpes, no los dejéis abandonados, porque es vergüenza que en la primera fila yazga caído ante los jóvenes el varón anciano, el que ya tiene cana la cabeza y blanca la barba, exhalando el fuerte espíritu en el polvo, ocultando con sus amigas manos las vergüenzas ensangrentadas (cosa torpe, indigna de mirarse), y el cuerpo desnudado.

 

Mas a los jóvenes todo está bien, mientras conservan la hermosa flor de la juventud. Al joven que se salva gustan los hombres de verlo, y las mujeres, de amarlo; pero es hermoso cayendo en la primera fila.

 

Canto II

En verso

Ánimo, raza del invicto Alcides;

mírate, fausto Jove, en su alta cumbre;

¿y tú salir al campo no decides?

 

No temas la enemiga muchedumbre,

no tiembles: quien embraza fuerte escudo

solo debe temer la servidumbre.

 

Carga odiosa es la vida; a ti el sañudo

hado de muerte tan amable sea

como la luz del sol amarse pudo.

 

¡Cuánta gloria, mancebo, te acarrea

hazaña digna del sangriento Marte!

¡Cuán terrible es el dios en la pelea!

 

Bien lo sabes, a fe, que en una parte,

si tu ejército vence, derrotado

es en otra, y huyendo se reparte.

 

Del estrecho escuadrón que avanza osado

a la hueste enemiga, pocos mueren

y, muriendo, a los suyos han salvado.

 

Aquellos que en la lid no resistieren

hostil encuentro, tímidos varones,

una afrentosa esclavitud prefieren.

 

¡Guerreros!, agotando sus razones,

¿quién bastará a decir el gran tormento

del que sufre la infamia y los baldones?

 

¡Mísero joven, al fatal momento

que huyere del combate! Ya le alcanza,

le hiere por detrás hierro violento.

 

Cadáver en el polvo, mientra avanza

orgulloso el contrario, infame queda,

rota la espalda al bote de su lanza.

 

No, que ignominia tal no te suceda.

Da un paso y ¡firme! clávate en el suelo,

muérdete el labio, y tu furor no ceda.

 

Aguarda el duro choque sin recelo:

un ancho y grueso escudo te defiende,

que de los dardos para el raudo vuelo.

 

Pero la diestra mano es la que ofende:

blande tu lanza y el penacho altivo

sacude, y corre, y las falanges hiende.

 

Con señalados hechos en el vivo

combate se acredita el buen guerrero,

y entre los dardos discurriendo activo.

 

Llega a las manos y descarga fiero

sobre algún enemigo el ancha espada,

y a tu campo lo lleva prisionero.

 

O bien la lucha singular trabada,

oponle pies a pies, escudo a escudo,

y tu fuerte celada a su celada.

 

Y estréchate a su pecho y del membrudo

brazo su lanza desprender procura,

o cógele del pomo el hierro agudo.

 

Mas antes guarde formación segura

todo escuadrón: de escudos guarecido

el de ligera y fácil armadura.

 

Y a la nube de piedras escondido,

dardos sin fin al enemigo aseste;

y siempre amparador y protegido,

esté detrás de la pesada hueste.

 

En prosa

Puesto que sois el linaje del invicto Heracles, cobrad ánimo: aún no tiene Zeus vuelta su cerviz. No temáis, no os asuste la muchedumbre de contrarios. Recto tenga su escudo el varón contra los enemigos, odiando la vida y amando los negros destinos de la muerte como los rayos del sol.

 

Porque sabéis cuán ilustres son los hechos del luctuoso Ares y conocéis bien el furor de la pesada guerra, y habéis sido de los fugitivos y de los perseguidores, ¡oh, jóvenes!, y de ambas cosas quedasteis hartos, pues los que, sin perder la formación osan arrojarse a la batalla y a los primeros escuadrones, mueren en corto número y salvan las tropas que tienen detrás; mas en los que tiemblan toda virtud perece.

 

Nadie, hablando de estas cosas, bastaría a decir cuantos males sobrevienen al hombre una vez que sufre la deshonra. Es difícil ciertamente llegar a herir por detrás del pecho al hombre que huye de la enemiga refriega; pero ¡cuán vergonzoso es que yazga muerto en el polvo, pasado por la espalda con el hierro de la lanza!

 

Estad bien abiertos, afirmando ambos pies en la tierra, mordiendo el labio con los dientes, cubriendo con la redondez del anchísimo escudo desde la piernas y los muslos hasta el pecho y los hombros; y blandiendo en la mano derecha una robusta lanza, agitad en la cabeza el terrible penacho.

 

Haciendo grandes hazañas se aprende a pelear: no esté fuera de los dardos quien tiene escudo; mas acérquese, entre en la pelea, y con la grave lanza o al golpe de su espada mate un enemigo. Y poniendo pies con pies, y levantando escudo contra escudo, penacho contra penacho, morrión contra morrión, y pecho a pecho, pelee agitado con un contrario, cogiéndole o el puño de la espada o la pesada lanza.

 

Vosotros, empero, armados a la ligera, resguardados los unos bajo los escudos de los otros, derribad con grandes piedras y disparad dardos agudos, permaneciendo cerca de los hoplitas.

 

Tirteo

Canto III

En verso

No el de robustos pies, que la victoria

consiga en el luchar, nombrado sea,

ni de él se haga la menor memoria.

 

Así tenga la talla ciclopea,

y el muscular poder; así delante

del aquilón corriendo se le vea;

 

así más bello el juvenil semblante

nos muestre que Titón, y su tesoro

al del avaro Midas se adelante.

 

Si es tan dulce en su acento y tan sonoro

como Adrasto, y cual Pélope si alcanza

tanto regio poder, tanto decoro,

 

si el más glorioso fuere, mi alabanza

no entre los hombres llevará primero,

como le falte la marcial pujanza.

 

La lleve el impertérrito guerrero

que se arroja valiente al enemigo,

ni en medio tiembla del estrago fiero.

 

Esto es valor; en el valor te digo

que el alto premio está de los varones,

y el valor es del joven más amigo.

 

¡A tu cara ciudad qué lauro pones

a combatir impávido saliendo

en los primeros fuertes escuadrones!

 

Si en tu puesto clavado, conociendo

no haber infamia que a la fuga iguale,

grata ofrenda del alma estás haciendo.

 

Si tu ardor entre todos sobresale,

si animas a morir al de tu lado,

tú eres el hombre que en batallas vale.

 

Parte, corre veloz al erizado

enemigo escuadrón, rómpelo y sigue,

y atraviesa de dardos el nublado.

 

Caerás, caíste. ¡Oh, gloria! Así consigue

la patria honor; el padre, gran renombre

que el pesar de tu pérdida mitigue.

 

¿Y quién habrá que sin dolor te nombre?

¿Quién tu pecho verá y el ancho escudo

pasado en partes mil, que no se asombre?

 

Lágrimas dan en su lamento agudo

joven y anciano; la ciudad entera

al grave duelo resistir no pudo.

 

Tu envanecida tumba se venera,

tus hijos y tus nietos, tu linaje,

ilustres son hasta la edad postrera.

 

Que no el tiempo voraz con impío ultraje

acabará tu nombre, aunque inclemente

contra tu cuerpo sin cesar trabaje.

 

No muere, no, la fama del valiente

que a mano de Mavorte en la pelea

víctima ha sido de su arrojo ardiente.

 

En prosa

No recuerde yo ni celebre a un hombre por la excelencia de sus pies, ni por el luchar; no, aunque tenga la talla y fuerza de los cíclopes y aventaje corriendo al bóreas tracio; no, aunque tenga más graciosa figura que Titón y sea mucho más rico que Midas y Cíniras; no, aunque sea mayor monarca que Pélope, hijo de Tántalo, y tenga más elocuente lengua que Adrasto; no, aunque tenga la gloria posible, si le falta el valor guerrero.

 

Porque no es bueno para la guerra el varón que no se atreve a mirar el sangriento estrago y no desea estar cerca de los enemigos. En esto consiste el valor; y siendo este el premio mayor entre los hombres, viene a ser más bello si lo alcanza el mancebo.

 

Es un bien común a la ciudad y a todo el pueblo que aquel varón que sale en la primera fila permanezca firme, y se olvide enteramente de la torpe fuga, ofreciendo su vida y su alma fuerte, y anime a morir con su presencia al que tiene cerca de sí: este es el varón bueno en la guerra. En un momento desbaratará las erizadas falanges de los enemigos y, afanoso, sostendrá la oleada del combate.

 

Este, cayendo de los primeros, pierde la vida, mas llenando de gloria la ciudad, al pueblo y a su padre. Pasado el pecho por delante con muchas heridas, y el redondo escudo y la loriga, lo lloran jóvenes y ancianos, y con grave sentimiento lo acompaña al sepulcro la ciudad entera.

 

Y su tumba y sus hijos se hacen ilustres entre los hombres, y los hijos de sus hijos, y toda su descendencia. Su preciada gloria jamás [el escaneado carece de las páginas 210 y 211 donde termina la traducción del poema].

 

Canto IV

En verso

¿Hasta cuándo en vil ocio? ¿Tan sufridos

será, mancebos, que la Grecia os vea?

¿Cuándo alzaréis los ánimos caídos?

 

Ya la comarca toda que os rodea

tiene Mavorte, ¿y la quietud infame

pensáis ilusos que guardada os sea?

 

A las armas volad, la trompa clame;

quien no combata hasta dejar la vida

que sufra la deshonra y vil se llame.

 

A la lid por la patria y la querida

esposa y por los hijos salga el fuerte,

y alcance así la gloria merecida.

 

¿Por qué a los hados temerá? ¿La muerte

no va do quiera al decretado instante?

¿Cómo alejar la inevitable suerte?

 

Al campo, al campo, empuñe la pesante

lanza y junte valor bajo el escudo,

y al trabarse la lid entre delante.

 

Morir no huya: ¿del morir quién pudo,

si ya de un numen inmortal descienda,

al destino escapar fiero y sañudo?

 

¿Cuántos huyendo la marcial contienda

y el silbo de los dardos, de su techo

hallaron al umbral la muerte horrenda?

 

Muere el cobarde sin algún derecho

de popular amor; murió el valiente

y el pueblo gime en lágrimas deshecho.

 

Si de la lid se salva, reverente

la acata semidiós, y él sobresale

descollando cual torre entre su gente,

y en hazañas y ardor un pueblo vale.

 

En prosa

¿Hasta cuándo estaréis quietos? ¿Y cuándo, jóvenes, tendréis ánimo esforzado? ¿No os avergonzáis por vuestros vecinos, pues tan remisos estáis? ¿Pensáis permanecer en paz cuando la guerra ocupa ya todo el país?

 

Que ponga bien cada cual su escudo para pelear con los enemigos, y arroje dardos hasta el momento de morir, porque es honrado y ennoblecido el varón que pelea contra los enemigos por la patria, por los hijos y por la tierna esposa.

 

La muerte ha de venir cuando las parcas lo determinen. Avance, pues, recto cada cual levantando su lanza, y recogiendo bajo el escudo todo el poder de su corazón al comenzarse a trabar la pelea: que no es dado al hombre evitar la muerte fatal, así descienda de progenitores inmortales.

 

Muchas veces huyendo de los enemigos y apartándose del ruido de los dardos, el hado de la muerte lo sobrecogió en su casa, mas no murió querido ni llorado del pueblo, cuando al que se sacrificó en la batalla lo llora el pequeño y el grande.

 

Es universal en todo el pueblo el sentimiento por el varón esforzado que ha muerto: y si vive lo comparan dignamente con los semidioses. Lo miran sus hijos como a una torre, porque él solo hace cosas dignas de muchos.

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