Poemas de Solón (poeta griego)

solón

Poemas de Solón de Atenas (c. 638–558 a.C.) fue un legislador y poeta fundamental para el nacimiento de la democracia. Sus reformas, las «Sísactia», aliviaron la crisis social eliminando la esclavitud por deudas. Dividió a los ciudadanos según su riqueza y no por linaje, permitiendo mayor participación política. A través de su poesía, defendió la Eunomía (buen orden) y el equilibrio frente a la ambición. Es recordado como uno de los Siete Sabios por su búsqueda de la justicia moderada.

Fundamentos de la existencia humana

Hijas gloriosas de Zeus olímpico y la diosa Memoria,

coro celeste de Musas, escuchad, os lo ruego.

 

Que los dioss benditos me den prosperidad

y los hombres buena permanente fama,

que sea dulce con amigos y amargo con los enemigos,

unos me miren con respeto, y otros con temor.

 

Bien que deseo riquezas, mas no injustamente,

pues, en tal caso, es seguro el castigo.

La riqueza divina hace feliz al hombre

que la recibe, es segura y permanente.

 

Pero la que el hombre persigue con violencia

viene de modo inconveniente, corrompida

por hechos injustos, y produce

 

Al principio, es pequeña, como brasa encendida,

invisible al comienzo, temible el resultado.

 

Acciones arrogantes no tienen permanencia

pues Zeus supervisa la salida de todo,

y, como la tormenta de primavera dispersa

las nubes, revolviendo el fondo inagotable

del mar, y barriendo los campos de trigo,

arrasando sembrados, se encarama hasta el cielo,

asiento de inmortales, mientras limpia el azul,

y el sol brilla de nuevo sobre el suelo fecundo

y hermoso, y ya no hay nubes a la vista:

igual es el castigo de Zeus, no como el hombre

que ciego por la ira persigue cada acción;

pero no se le oculta por siempre un perverso

designio, y, al final, todo se aclara,

sólo que uno recibe su castigo enseguida

y otro después, y quien parece escapar al destino

fatal de los dioses, cierto le llegará, aunque sin culpa

paguen la acción sus hijos o aun sus descendientes.

 

Mas nosotros mortales, los buenos y los malos,

tenemos de nosotros una buena opinión

hasta que llega el año y la queja. Y aun entonces,

tontos nos alegramos con vanas esperanzas.

 

Así el que está abrumado por terribles dolencias

piensa que va a tener segura la salud;

y el otro, que es cobarde, se imagina un guerrero,

e incluso se cree bello el que a todos

el que es menesteroso y la miseria agobia

piensa que, de algún modo, llegará la abundancia.

 

Se esfuerza cada uno a su modo. Uno errante

en las naves tratando de aportar la ganancia

a su hogar, por alta mar rica en peces y vientos

terribles, sin tener la vida asegurada;

otro labra la tierra sobre el arado curvo,

surcando el rico suelo, un siervo el año entero;

otro, experto en artes de Atenea y del herrero

Hefesto, consigue su sustento con las manos;

el otro es instruido por las musas celestes

y conoce las reglas de tan bello saber;

a otro lo hizo adivino el tirador Apolo,

y prevé la desgracia que amenaza a los hombres

pues los dioses lo inspiran, aunque ni los presagios

de aves, ni los sacrificios evitan lo fatal;

los médicos ejercen el arte curador

de Peón, pero no tienen control del resultado:

de un pequeño dolor sale grave dolencia,

y sus drogas calmantes no pueden ayudar;

en tanto que, al que sufre crítica enfermedad,

le toca con la mano y presto está curado.

 

Es la Moira quien a los mortales trae lo bueno

y lo malo, y son inevitables los repartos

divinos. Pues hay riesgo en todas las acciones

y nadie sabe cómo terminará lo empezado.

 

Así, el que pretende hacer bien, se precipita

en inmenso desastre sin sentir la amenaza;

y al otro, que obró mal, le conceden los dioses

un resultado que compensa su torpeza.

No tienen los mortales límite para el número

de riquezas, y así ocurre que el que más posee

doble se afana. ¿Quién saciará a todos?

 

Las ganancias proceden, sin duda, de los dioses,

y de ellas el desastre. Cuando Zeus lo envía

como castigo, y sufre cada uno a su tiempo.

 

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Salamina (fragmento)

Yo mismo como heraldo

he venido de nuestra querida Salamina,

ofreciendo mi canto,

el arte de mis versos,

en vez de un discurso.

¡Querría ser yo entonces Folegandrio o bien Sicinita en lugar de ateniense, cambiando de patria!

Porque en seguida este dicho

se va a propagar por la gente:

«Ese es uno del Atica, de los que abandonaron Salamina»

… Vayamos a Salamina,

a luchar por la isla querida

y apartar de nosotros una infamia terrible…

 

 

Eunomía (El buen orden)

«Jamás nuestra ciudad, por el destino de Zeus y de los dioses inmortales, será destruida: tal es la magnánima guardiana de alto linaje, Palas Atenea, que sus manos extiende sobre ella.

 

Son los propios ciudadanos quienes, por su codicia, quieren destruir esta gran ciudad neciamente, y la mente injusta de los jefes del pueblo, a quienes aguarda sufrir muchos dolores por su gran insolencia (hybris).

 

Pues no saben contener su hartazgo ni disfrutar en orden de la alegría que les ofrece el banquete presente… se enriquecen convencidos por sus obras injustas y, sin respetar los bienes sagrados ni los públicos, roban con rapiña cada uno por su lado, sin guardar los venerables fundamentos de la Justicia.

 

Ella, que en silencio conoce lo que pasa y lo que fue, con el tiempo llega siempre para cobrarse la pena. Esta herida inevitable llega ahora a toda la ciudad y pronto ha caído en una mala servidumbre, que despierta la guerra civil y la guerra dormida, la que destruye la amable juventud de muchos«.

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