Poemas de Manuel José Quintana

Poemas de Manuel José Quintana

Poemas de Manuel José Quintana (1772-1857), de las figuras más influyentes del tránsito del Neoclasicismo al Romanticismo en España. Escritor, político y educador, se consolidó como el gran poeta del patriotismo liberal.

Toda su obra está impregnada de un profundo espíritu civil y moral que se transformó en ejemplo e inspiración para la época y posteriores, destacando sus famosas odas A la invención de la imprenta y A España, después de la revolución de marzo.

En prosa, su mayor legado son las Vidas de españoles célebres, donde buscó forjar una identidad nacional basada en el heroísmo y la virtud, técnicamente logrado de manera inmaculada. Quintana no solo fue un literato; su compromiso con la libertad lo llevó a participar activamente en la política de las Cortes de Cádiz y en la reforma educativa. Representa el ideal del «poeta-ciudadano», cuya pluma siempre estuvo al servicio del progreso y la razón.

A un amigo

No con vana lisonja y blando acento

Me quieras engañar, huésped del prado;

Yo no soy lo que fui: rigor del hado

Me condena por siempre al escarmiento.

 

Nunca lozana a su primer contento

La planta vuelve que truncó el arado,

Por más que al cielo le merezca agrado

Y que amoroso la acaricie el viento.

 

Anda, pasa adelante; en otras flores

Más ricas de fragancia y más felices

Pon tu dulce cuidado y tus amores:

 

Que es ya en mí por demás cuanto predices,

Pues el aire del sol con sus ardores

Quemó hasta la esperanza en mis raíces.

 

A España, después de la revolución de marzo

¿Qué era, decidme, la nación que un día

reina del mundo proclamó el Destino,

la que a todas las zonas extendía

su cetro de oro y su blasón divino?

Volábase a Occidente,

y el vasto mar Atlántico sembrado

se hallaba de su gloria y su fortuna.

Doquiera España; en el preciado seno

de América, en el Asia, en los confines

del Africa, allí España. El soberano

vuelo de la atrevida fantasía

para abarcarla se cansaba en vano;

la tierra sus mineros le rendía,

sus perlas y coral el Oceano.

Y donde quier que revolver sus olas

él intentase, a quebrantar su furia

siempre encontraba costas españolas.

 

Ora en el cieno del oprobio hundida,

abandonada a la insolencia ajena,

como esclava en mercado, ya aguardaba

la ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro

la pestilente fiebre respirando,

infestó el aire, emponzoñó la vida;

el hambre enflaquecida

tendió los brazos lívidos, ahogando

cuanto el contagio perdonó,; tres veces

de Jano el templo abrimos,

y a la trompa de Marte aliento dimos;

tres veces, ¡ay!, los Dioses tutelares

su escudo nos negaron, y nos vimos

rotos en tierra y rotos en los mares.

¿Qué en tanto tiempo viste

por tus inmensos términos, oh Iberia?

¿Qué viste ya, sino funesto luto,

honda tristeza, sin igual miseria,

de tu vil servidumbre acerbo fruto?

 

Así, rota la vela, abierto el lado,

pobre bajel, a naufragar camina,

de tormenta en tormenta despeñado,

por los yermos del mar; ya ni en su popa

las guirnaldas se ven que antes le ornaban,

ni, en señal de esperanza y de contento,

la flámula riendo al aire ondea.

Cesó en su dulce canto el pasajero,

ahogó su vocerío

el ronco marinero,

terror de muerte en torno le rodea,

terror de muerte silenciosos y frío;

y él va a estrellarse al áspero bajío.

 

Llega el momento, en fin; tiende su mano

el tirano del mundo al Occidente,

y fiero exclama: «El Occidente es mío.

Bárbaro gozo en su ceñuda frente

resplandeció, como en el seno oscuro

de nube tormentosa en el estío

relámpago fugaz brilla un momento

que añade horror con su fulgor sombrío.

Sus guerreros feroces

con gritos de soberbia el viento llenan;

gimen los yunques, los martillos suenan;

arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso

pensáis que espadas son para el combate

las que mueven sus manos codiciosas?

No en tanto os estiméis; grillos, esposas

cadenas son que en vergonzosos lazos

por siempre amarren tan inertes brazos.

 

Estremecióse España

del indigno rumor que cerca oía,

y al gran impulso de su justa saña

rompió el volcán que en su interior hervía.

Sus déspotas antiguos,

consternados y pálidos se esconden;

resuena el eco de venganza en torno,

y del Tajo las márgenes responden:

«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,

los colosos de oprobio y de vergüenza

que nuestro bien en su insolencia ahogaban?

Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;

y tú, orgullosos y fiero,

viendo que aún hay Castilla y castellanos,

precipitas al mar tus rubias ondas,

diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

 

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!

¿Con qué puede ya dar el labio mío

el nombre augusto de la patria al viento?

Yo le daré; mas no en el arpa de oro

que mi cantar sonoro

acompañó hasta aquí; no aprisionado

en estrecho recinto, en que se apoca

el numen en el pecho

y el aliento fatídico en la boca.

Desenterrad la lira de Tirteo,

y el aire abierto a la radiante lumbre

del sol, en la alta cumbre

del riscoso y pinífero Fuenfría,

allí volaré yo, y allí cantando

con voz que atruene en derredor la sierra,

lanzaré por los campos castellanos

los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,

único asilo y sacrosanto escudo

al ímpetu sañudo

del fiero Atila que a Occidente oprime

¡Guerra, guerra, españoles! Es el Betis;

ved del Tercer Fernando alzarse airada

la augusta sombra; su divina frente

mostrar Gonzalo en la imperial Granada;

blandir el Cid su centelleante espada,

y allá sobre los altos Pirineos,

del hijo de Jimena

animarse los miembros giganteos.

En torvo ceño y desdeñosa pena,

ved cómo cruzan por los aires vanos;

y el valor exhalando que se encierra

dentro del hueco de sus tumbas frías,

en fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!»

 

¡Pues qué! ¿Con faz serena

vierais los campos devastar opimos,

eterno objeto de ambición ajena,

herencia inmensa que afanando os dimos?

Despertad, raza de héroes; el momento

llegó ya de arrojarse a la victoria:

que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

que vuestra gloria humille nuestra gloria.

No ha sido en el gran día

el altar de la patria alzado en vano

por vuestra mano fuerte.

Juradlo, ella os lo manda: «¡Antes la muerte

que consentir jamás ningún tirano!»

 

Sí, yo lo juro, venerables sombras;

yo lo juro también, y en este instante

ya me siento mayor. Dadme una lanza,

ceñidme el casco fiero y refulgente;

volemos al combate, a la venganza;

y el que niegue su pecho a la esperanza,

hunda en el polvo la cobarde frente.

Tal vez el gran torrente

de la devastación en su carrera

me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura

no se muere una vez? ¿No iré, expirando,

a encontrar nuestros ínclitos mayores?

«¡Salud, oh padres de la patria mía,

yo les diré, salud! La heroica España

de entre el estrago universal y horrores

levanta la cabeza ensangrentada,

y vencedora de su mal destino,

vuelve dar a la tierra amedrentada

su cetro de oro y su blasón divino.»

 

Cristina

Nunca osara, Señor, la Musa mía

Al eco unir del general aplauso

Los ecos de un aliento que se apaga

Por la desgracia y por la edad cansado.

 

Ved cómo yace envuelta en largo olvido

Mi inútil lira: trémula la mano

Va sus cuerdas a herir, y a hallar no acierta

Su antigua resonancia y su entusiasmo.

 

Otra fuerza, otra voz, otra armonía

Pide al cantarse el venturoso lazo

En que Vos afirmáis vuestra ventura,

Y también su esperanza el orbe Hispano:

 

Y a ensalzar dignamente de Cristina

La florida hermosura, el dulce encanto

Y la índole celeste, aun no bastara

A Píndaro su voz, la suya a Horacio.

 

Mi timidez iguala a mi respeto:

Pero Vos lo queréis; y a quien los hados

Quisieron siempre defender propicios

Y en la alta cuna del poder sentaron,

 

¿Cómo un flaco mortal, que sin su escudo

Juguete fuera del rencor contrario

Este esfuerzo, aunque débil, negaría

Sin riesgo al fin de parecer ingrato?

 

¡Ah! no: suene mi voz, los aires rompa

Y aunque ronca y cansada, el holocausto

Haga de su temor ante las aras

Del refulgente Sol que ya adoramos.

 

Quizá aquel fuego que a mi Musa un día

Pudo animar en sus mejores años,

De sus yertas cenizas sacudido

Vuelva a encenderse a tan hermosos rayos.

 

Otros la cantarán con más fortuna,

Con talento mayor; y hasta los astros

Alzar conseguirán su ínclito nombre

En las alas del Genio arrebatados.

 

En mí supla al talento el buen deseo,

Y estos rudos acentos de mi labio

Que van de vuestra Esposa al regio oído,

Hallen, Señor, si no alabanza, agrado.

 

A Licoris

¿Por qué de tus penas

Ir siempre seguida?

El duelo importuno

¿Por qué no mitigas?

 

¿No ves que cebadas

Así las desdichas,

Estragan, Licoris,

La flor d e la vida?

 

Ya un año ha corrido,

Y el mal que te agita

Pintado con llanto

Se ve en tus mejillas.

 

Tus ojos hermoso,

Están todavía

Mirando el camino

Que lleva a Castilla;

 

Y al amado ausente,

Que cruel te olvida,

En alas del viento

Mil quejas envías.

 

Gustando memorias,

Soñando delicias,

Que luego despierta

Se tornan acíbar,

 

Engañas las noches,

Consumes los días,

Y el dardo en tu pecho

Más hondo se fija.

 

¡Ay que los ingratos

No valen, amiga,

Los crudos pesares

Que da su perfidia!

 

Ya del año ríe

La estación florida

Y vuelve a los campos

La antigua alegría.

 

Vuelve tú a la tuya,

Y las auras mismas

Que el lóbrego luto

De invierno disipan,

 

También desvanezcan

Con ala benigna

Tus negros cuidados,

Tus penas esquivas.

 

Torne a tu semblante

Tu apacible risa;

Las galas te adornen,

Los gustos te sigan.

 

Que en honda tristeza

No quiere que giman

La Diosa de Gnido,

Las Gracias festivas.

 

Tan amable aseo,

Discreción tan fina,

Y un pecho en que reinan

Verdad y justicia,

 

Son prendas, zagala,

Que siempre cautivan,

Y es bien ciego el hombre

Que infiel las olvida.

 

Tú de sus mudanzas

La venganza fía,

Que el cielo a los tales

Con ellas castiga.

 

Llegará, no dudes,

Tiempo en que se rinda

A quien su cariño

Le pague en delicias.

 

Y desesperado

Volverá la vista

Lanzando suspiros

A la Andalucía.

 

Así abandonada

Del mar en la orilla

La suerte lloraba

De Minos la hija.

 

¿Qué fue del ingrato

Que así la afligía

Y ejemplo dio al orbe

De tanta perfidia?

 

Abrazos helados

Y falsas caricias

Le daba tan sólo

Su cómplice indigna;

 

Que adúltera luego,

Furiosa, perdida,

Llenó sus penates

De eterna ignominia.

 

Ariadna entre tanto

Gozaba en su isla

Consuelos de Dioses

Regalos de Ninfas:

 

Y esposa de un Numen,

Al cielo subida,

En trono de estrellas

Espléndida brilla.

Marzo 18 de 1825.

 

Canción

¡Oh belleza! alto don, rico tesoro,

Precioso bien a la mujer guardado,

Con más vehemencia ansiado

Que el diamante oriental, y más que el oro;

¿Quién te dio ese poder? ¿De quién hubiste

La magia celestial? En donde quiera

Que muestres esa lumbre

Por siempre vencedora,

Reinar y avasallar como señora,

Rendir y embelesar es tu costumbre.

Vedla en los campos de Vertuno y Flora

Cuando los huella con gallardo brío,

Y allí en puros aromas y en colores

Humillará las flores

Hijas del sol y alumnas del rocío.

O si ya de la selva en el sombrío

Recinto, al eco ronco

Del resonante caracol, las fieras

Volando en su caballo alza y fatiga;

Ellas con planta alada huyen ligeras

De la Ninfa veloz, y huyen en vano

Su vista penetrante las persigue,

Y el rayo abrasador arde en su mano.

Arde y estalla; el plomo silba, caen,

Y el eco suena en torno. El bosque adora

Su bella cazadora,

Ansiando ufano que a batirle vuelva

La que con su atractivo sobrehumano

Es Flora en el Jardín, Cintia en la selva.

 

Y si en el rico estrado reclinada,

Cual dama delicada,

Habla discreta y apacible ríe,

¡Oh! cual tras sí los corazones lleva,

Sea que el pie fugitivo en danzas guíe,

Sea que al sonoro acento

De su arpa, herida en delicioso tono,

Rinda las almas y embellezca el viento!

 

Subidla luego al resplandor del trono;

Y a su aire augusto, a su ademan divino,

Veréis la tierra enmudecer, postradas

Ante ella las naciones,

Y en aplausos sin fin y adoraciones

Sus destinos cifrar en su destino.

¿Qué la beldad no alcanza

Cuando se une al poder? El mismo cielo

Obedece a su anhelo,

Si al cielo acaso conmover le agrada:

A una sola voz suya, a una mirada,

Apaga Jove el iracundo rayo,

Depone Marte la sangrienta espada.

 

¿No es tal, sacra Parténope, la excelsa

Joven real, cuya dorada cuna

Tú ya meciste en su primer oriente?

Ella en su faz purpúrea y noble frente

Lleva escrita su gloria y su fortuna.

Y espléndida y riente

Se lleva por los campos de la vida,

Cual la estrella de amor cuando en el cielo

Por los espacios lóbregos se lanza

A abrir la puerta al venidero día;

Y brilla con la luz de la alegría,

Y es bella como es bella la esperanza.

 

¿No es ésta ya la que a la regia silla

Destina alegre el hado,

Con el pueblo español menos airado?

¿La misma que en la orilla

Del sebeto feliz creció primero

A ser delicias del Monarca ibero,

Y astro de paz benéfico a Castilla?

¡Oh cuánto tarda ya! ¿Cómo no llega,

En alas de los céfiros traída,

A contentar al público deseo?

 

Tú que el soberbio tálamo preparas,

Mira arder el incienso ante las aras

Y ven a nuestra voz, santo Himeneo.

La sien ceñida de amaranto y rosas,

Con apacible vuelo

Del Olimpo a la tierra tú desciendes:

Por do quiera que tiendes

Las alas vagarosas

Huyen las nubes, se serena el cielo

Y de la antorcha al sacudir la llama

Que la adorable Esposa a Iberia guía,

Del Ebro a Guadarrama

Que todo se penetre en tu ambrosía.

 

Todo te aplauda: en resonantes himnos

Todo se inunde: el monte

Los diga al valle, y los repita el río,

Y los aprenda el mar. ¡Ella aparece!

No veis cuál resplandece

Del arrebol del alba enrojecida,

Por las gracias ornada,

Y de alta gloria y majestad cercada?

¿No veis cómo a los rayos de su frente

Todo con grata admiración se inclina?

Ella es; la augusta Reina de Occidente

Ella es la amable y celestial Cristina.

 

¡Nombre adorado, y en España ahora

Primera vez oído, ¡oh! siempre seas

Con tanto amor y gratitud cantado,

Como hoy estás de aclamación seguido!

Estrechamente al de Fernando unido

Escrito en letras de oro centelleas:

Y en medio a los magníficos festones

A las bellas guirnaldas con que el arte

Tu cifra con la suya enlazar pudo,

Es más estrecho el nudo

Con que la voz del regocijo alzando

Su alborozado aplauso al raudo viento,

Suben Juntos a herir el firmamento

Los nombres de Cristina y de Fernando.

 

Ven, pues; y de tu estirpe ¡oh nueva Esposa!

La fortuna recibe: orne tu frente

La diadema esplendente

Que pases luego a tu progenie hermosa.

Aquí nació tu Madre virtuosa:

De aquí el destino a la dichosa Italia

Nos la robó; y al saludar contigo

Este albergue real, un tiempo suyo,

Ufana de la luz que la acompaña

Decir parece a su querida España

«Aun más que te debí te restituyo.»

 

¿Qué te suspende, oh Musa? Ya a Himeneo

Con su doble guirnalda

Ceñir la sien de los Esposos veo

Ya el áureo velo tiende… ¡Ob! No te atrevas

Más adelante a penetrar… Un día

La antigua poesía

En el canto nupcial plácido y leve

De amor el triunfo celebrar solía;

Cuando más halagüeña que sublime

La zozobra pintaba, el gozo, el llanto,

El inefable encanto

Del tímido pudor, que cede y gime,

Y tanto halago, y tanto

De que entonces te vistes, ¡oh hermosura!

Para más abrasar: la ufana rosa,

Cuando a besarla llega

El céfiro, amorosa

La pompa así de su beldad desplega.

 

No, empero, igual licencia ¡oh Musa mía!

Te es permitida a ti; mayor reserva

Se debe a la deidad alta y triunfante,

Venus sin duda en su gentil semblante,

Pero en decoro y majestad Minerva.

Deja ese tono, pues, de mil ya usado

Y cantado ya a mil: diverso acento

En este gran momento

Deberá ser el tuyo, otras las sendas

Son que el délfico Dios abre a tu gusto;

Y cuando al son del plectro el aire hiendas,

Cristina y la virtud te oigan sin susto.

 

Desde ese trono excelso en que sentada

Los ámbitos de Iberia señoreas,

Tiende la vista y mira en todas partes

Arcos sublimes, títulos, trofeos,

Y fiestas en tu honor: dulce tributo

Que vuelto en gala el doloroso luto

Rinde a tus plantas la Nación hispana.

Recibe tú su amor y sus deseos

Recíbelos ¡oh Ninfa soberana!

Con dulce afecto a sus plegarias pío

Y la suprema voluntad doblando

Del amante Monarca a tu albedrío,

Haz de tus ojos al clemente fuego

Benigno el mando y poderoso el ruego.

 

Que bien esta región merecedora

Es de tu afán y maternal cuidado

Mira con cuánto agrado

La favorece el sol, qué rico el suelo,

Qué apacible es el aire; en donde quiera

Verás la primavera

Florecer y reír; y el siglo de oro

Renovando a tu voz, la dura encina

Y envejecido roble

De su áspero cabello

Miel para ti destilarán, ¡Cristina!

¿Buscas un bello clima? ¡Este es tan bello!

¿Buscas un pueblo noble? ¡Este es tan noble!

¿Acaso palmas del honor preguntas?

El mundo te responda que asombrado,

Por la española intrepidez doblado,

Apenas pudo contenerlas juntas.

 

Su número fue escándalo; y la suerte,

El cáliz de favor con que algún día

Nos embriagó falaz, trocó a rigores

Dos siglos de dolores

Vanse a cumplir, y aún viva

Parece arder su saña vengativa.

¡Oh discordia! ¡Oh rencor! Tristes pasiones,

Ministras viles de venganza extraña,

Y ajenas tanto al corazón de España,

¿No es tiempo ya de que ceséis? ¿No es tiempo

De que sus hijos alcen

La frente al cielo con vigor? ¡Pudieran

Los castellanos pechos,

A tal fortuna y contratiempos hechos,

Ser tan grandes aún, si ellos quisieran!

 

Y habrán de serlo al fin: que decretado

Sin duda fue por el querer del cielo

Este enlace magnífico y sagrado

Para bien de un gran pueblo. ¡Oh digna Esposa

Del Monarca español, fiel compañera

De su incesante afán y alto desvelo!

Tú en obra tan sublime

Asístele eficaz; triunfo debido

Es ese a tu candor, a tu hermosura,

A tu espíritu excelso… ¡Quién me diera

Romper el velo que la edad futura

Entre sombras esconde, y ver mi España

Acorde dentro, respetada fuera,

Vuelta a la gloria y rica de ventura

Acelerad ¡oh cielos! tales días,

Y salgan ciertas las promesas mías.

 

¡Oh, cómo el Genio imitador entonces

El inmenso caudal que en sí atesora

Desplegará, y en mármoles y en bronces

La efigie hermosa y los ilustres hechos

Dará de la inmortal restauradora!

¿Podrá a tanto bastar la fantasía?

¡Ah! mientras que a porfía

Las artes ostentando sus primores

Contiendan en su honor, en medio alzada

Con dulce exaltación y ardiente brío

Dirá la gratitud: «vuestros loores

No pueden ser eternos sin el mío.

Este es el perdurable, el verdadero,

El que conviene a su bondad divina

yo la grabé en el pecho al pueblo Ibero

Cuando en letras de amor puse: ¡Cristina!

1829

 

A Dafne, En Sus Días

A aquella airosa andaluza

que en las riberas de Cádiz

es, por lo negra y lo hermosa,

la esposa de los cantares;

 

a la que en el mar nacida

la embebió el mar de sus sales,

cada ademán una gracia,

cada palabra un donaire;

 

ve volando, pensamiento,

y al besar los pies de Dafne,

dila que vas en mi nombre

a tributarle homenajes.

 

Hoy son sus alegres días;

mira cuál todo la aplaude;

menos fuego el sol despide,

más fresco respira el aire.

 

Los jazmines en guirnaldas

sobre su frente se esparcen;

los claveles en su pecho

dan esencias más süaves.

 

Y ya que yo, sumergido

en el horror de esta cárcel,

ni aun en pensamiento puedo

alzar la vista a su imagen,

 

rompe tú aquestas prisiones

y vuela allá a recrearte

en el raudal halagüeño

de su sabroso lenguaje.

 

Verás andar los amores

como traviesos enjambres,

ya trepando por sus brazos,

ya escondiéndose en su talle,

 

ya subiendo a su garganta

para de allí despeñarse

a los orbes deliciosos

de su seno palpitante.

 

Mas cuando tanto atractivo

a tu placer contemplares,

guárdate bien, no te ciegues

y sin remedio te abrases.

 

Acuérdate que en el mundo

los bienes van con los males,

las rosas tienen espinas

y las auroras celajes.

 

Vistiola, al nacer, el cielo

de aquella gracia inefable

que embelesa los sentidos

y avasalla libertades.

 

Los ojos que destinados

al Dios de amor fueron antes,

para que en vez de saetas

los corazones flechase,

 

a esa homicida se dieron

negros, bellos, centellantes,

a convertir en cenizas

cuanto con ellos alcance.

 

Y cuentan que Amor entonces

dijo picado a su madre:

«pues esos ojos me ciegan,

yo quiero ciego quedarme.

 

»Venza ella al sol con sus rayos;

pero también se adelante

en su mudanza a los vientos,

en su inconstancia a los mares».

 

Y fue así. Las ondas leves

que van de margen en margen,

los céfiros que volando

de flor en flor se distraen,

 

no más inciertos se miran

en sus dulces juegos, Dafne,

que tú engañosa envenenas

con tus halagos fugaces.

 

Dime, ¿aún se pinta el agrado

en tu risueño semblante,

y respiran tus miradas

aquella piedad süave

 

para con ceño y capricho

desvanecerla al instante,

trocar la risa en desvío

y el agasajo en desaires?

 

Y dime, a los que asesinas

con tan alevosas artes,

¿los obligas aún, crüel,

a consumirse y que callen?

 

Mas no importa: que padezcan

los que en tu lumbre se abrasen;

que tú, con sólo mirarlos,

harto felices los haces.

 

Yo también, a no decirme

la razón que ya era tarde,

y a presumir en mis votos

el bello don de agradarte,

 

te idolatrara, tú fueras

la mayor de mis deidades.

¿Pero quién es el que amando

no anhela porque le amen?

 

De amigo, pues, con el nombre

fue forzoso contentarme;

pero de aquellos amigos

que en celo y fe son amantes…

 

Basta, pensamiento; vuelve,

vuelve ya de tu mensaje,

y una sonrisa a lo menos

para consolarme trae.

 

A Don Gaspar De Jovellanos, Cuando Se Le Encargó El Ministerio De Gracia Y Justicia

¿Pudo lucir el suspirado día

Que con sus votos la virtud llamaba,

Y la esperanza florecer que apenas

El sueño en sus halagos le pintaba?

Pudo: a este tiempo en repetido aplauso

Miro el viento batir, en dulces himnos

Los ecos resonar, y por do quiera,

De labio en labio sin cesar llevado,

El nombre de Jovino henchir la esfera.

 

¡Bien haya veces mil aquel momento

En que a las manos del saber se entregan

Las riendas del poder! En él cifrada

Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,

La suya ve tu patria. Ella anhelante,

Ya en el horror del precipicio puesta,

Auxilio implora y tu robusta mano

Que sólo tú de sus profundos males

El abismo sondar, dar a sus llagas

El poderoso bálsamo, y en rayos

De luz clara y vivífica pudieras

Inundarla por fin. ¡Oh! presto sea,

Presto se cumpla la esperanza mía;

La nube ahuyenta del error, con ella

Huirán al punto las funestas plagas

Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.

Y a ti sólo debida esta victoria,

Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea

Brillar al fin con tan inmensa gloria.

 

Victoria más espléndida y más pura

Que las que en campos de pavor cubiertos

Consagra a Marte la fiereza humana;

No, empero, menos ardua revestida

De mil formas y mil tiende su vuelo

Rastren la ignorancia, y con sus alas

Cuanto toca consume; así en los campos

Que baña con sus ondas Guadiana

Crece el insecto volador, y muerta

Lamenta Ceres su verdura ufana.

Ora insulta y desprecia: en su habla loca

Es ocioso el saber, frívolos sueños

Las obras del ingenio, al polvo iguales

Los altos pechos que Minerva inspira.

¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo

Suele el tostado habitador dar voces,

Y al astro hermoso en que se inflama el día

Frenético insultar: la injuria vana

Huye a perderse en la anchurosa esfera.

Y Febo en tanto derramando lumbre

Sigue en silencio su inmortal carrera.

Ora feroz a la indolencia usada

Se niega, y de murallas espantosas

Cerca y ataja los senderos todos

Por do a la humana perfección se arriba.

 

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,

Cuantos su imperio detestable esquivan,

Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.

De generoso ardor el pecho henchido,

Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,

Y a la cumbre trepar Víctima entonces

De su ciego furor… Pero primero

Del cielo y de la tierra se vería

Suspenso el curso, y de las cosas todas

El lazo universal roto y deshecho,

Que la insolente estupidez su triunfo

Logre completo, y que sus impías manos

La sacra antorcha a la razón extingan.

¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo

De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,

Insta, combate, vence. el monstruo horrible

Bramando espire; que reinar se vena

Benéficas las letras; que amparadas

De su inviolable independencia sean.

 

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto

Siempre serán ¡O bienhadado y digno

De envidia el que en su albergue solitario

Las fuentes del saber tranquilo apura!

Felices en su afán vuelan las horas

Ya la lectura le embelesa, y lleno

De admiración, los altos monumentos

De la estudiosa antigüedad medita,

Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos

Por do la serie de la ciencia humana

Se dilata a los siglos. Ya llevando

Al hermoso espectáculo que ostenta

Natura, su atención, busca sus leyes,

Sus misterios indaga, en su belleza

Atónito se arroba, y desde un punto

Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres

La vista paternal vuelve, y llorando,

Exento del error, ve sus errores,

Y los señala y los combate, y libre

Muestra la senda en que a placer se lleven

De la mundana actividad las ruedas:

Tal vez sueña, y soñando en su delirio,

Nuevos mundos se finge, y de virtudes

Y de ventura celestial los llena.

¿Quién no envidia su error? Llora y suspira

En la dulce ilusión que le enajena,

Y del orbe en el bien el suyo mira.

 

Siquiera allí de la servil codicia,

de la ambición frenética no tiembla

La eterna agitación: a fuer de vientos

Que en partes mil el horizonte rompen,

Y furiosos batiéndose, a su impulso

La fiel serenidad huye turbada;

Tal en el centro del poder se acosan

La doblez, la maldad, los vicios viles,

Que en mentido disfraz vagan tras ellas,

Y en su mísero vértigo sepultan

De la virtud las esperanzas bellas.

¡Ay! que tal vez al formidable peso

Rebelde el hombro, y de luchar cansado

Con la depravación, los tristes ojos,

Jovino, volverás a aquellos días

De tu apacible soledad testigos;

Los volverás llorando; el desaliento

Su amarga hiel derramará en tus venas,

Maldiciendo afligido aquel momento

Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo

La virtud, la verdad fueron tu asilo.

 

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo

Todo gran corazón? Y la alta gloria

De aterrar la maldad? Y los consuelos

De la opresa virtud? —Cuando lejana,

De hierro el cetro iniquidad violenta

Tienda a las veces, y afligido llore

El inocente en su opresión, tú entonces,

Tú serás su deidad. Antes venía,

Y con trémulo pie la aula pisaba,

La altiva majestad le confundía;

Demandaba justicia, y su semblante,

De incertidumbre tímida vestido,

Suspiraba un favor. Jovino ahora,

Jovino es quien atiende a sus querellas,

Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno

También acaso le acompaña en ellas.

Lágrimas puras que, en placer bañada,

Derrama la virtud, ¡qué de consuelos

No dais al corazón! ¡Qué de pesares

No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo,

El premio hermoso de los grandes hombres,

Alta posteridad, que ya te mira

Y tu nombre señala entre sus nombres?

 

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible

Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta

De ti el profano pecho que ya un día

El bien miró, de indiferencia lleno,

Ni osó el cerco salvar que le ceñía!

Cuando la noche del sepulcro ostente

La nada ante sus pies, cuando ya el sueño

De su vida falaz se torne en humo,

¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido

O excración eterna que a los tiempos

La memoria en su voz vuelve contino.

Aquel, empero, que de ardor divino

Tocado fue, que en incesante anhelo

Siempre ansió por el bien, y que en su mente,

A cuanto obró y pensó la faz terrible

Del tiempo que vendrá tuvo presente,

Ese vive inmortal; su excelso nombre

Colina el abismo de la tumba, y viva

Su gloria colosal queda en sus hechos;

Hechos que en ecos de alabanza suenan,

Que el campo inmenso del espacio ocupan,

Y el raudo giro de los siglos llenan.

 

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia

Espaciando la vista alborozada,

Grite la admiración: «¿No es este el suelo

Que en otro tiempo a compasión movía?

Veinte siglos de error en él fundaron

El imperio del mal: en vano había

Pródigo el cielo de favor cubierto

Su seno en bienes mil, y codiciosa

La tierra por brotar, inagotables

Sus opimos tesoros ostentaba.

Su sed en vano innumerables ríos

Mitigaban regándola, y en vano

Bañara el mar su costa al occidente,

Al oriente y al sur. ¿Qué la servía

Un clima placidísimo y sereno

Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?

Todo fue por demás: su manto triste

Tendió la asolación: yermos los campos,

Mustios los pueblos, indolente el hombre,

Sin conocer su estrago, sin aliento

Para salvarse de él, ruina y silencio

Cual de peste mortífera abrigaban.

 

»¿Quién fue el Dios que bastó de tantos males

El torrente a atajar? Quién la carrera

Mudó a estas aguas, allanó los montes,

Los pantanos cegó? Cubren de Ceres

Y de Pomona los celestes dones

El suelo antes erial, que abrojos solos

Y zarzales inútiles llevaba.

Trocóse todo: por do quier la mano

Del hombre señalada, y por doquiera

Su vivífica acción en movimiento

Despierta mi atención. ¿Do las cadenas

Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,

En alas del espíritu llevada,

De mar a mar y de Pirene a Gades!

¿Quién volvió a sancionar la ley de vida

Que en su próvido amor naturaleza

Por la voz del deleite diera al mundo?

¿Qué numen creador pudo en un día

Verter aquí la plenitud y holganza,

Imprimir su vigor y su energía?»

 

¡Ah! que entonces el nombre de Jovino

Grande a la gloria y al aplauso viva,

Y aquel augusto galardón reciba

Digno de su virtud y alto destino.

¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes

Hijas del genio imitador, y solas

Adornar ansiarán el bello triunfo

De su alumno y su dios: suyo las ciencias

Le aclamarán, con su divina mano

Allá en la playa astur mostrando alegres

La mansión que él les diera, altar primero

Que alzó a Minerva la razón hispana.

En medio el labrador, no como un día

Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,

Sino contento y vigoroso, alzando

La agradecida voz, dirá: «Fue mío,

Y su alabanza es mía; si de flores

Primero se adornó su mente hermosa,

Para mí maduró, y en fruto opimo

Gocé yo al fin de su favor los dones.

 

»Si de su voz la persuasión salía

Como raudal de miel, ella a mis llagas

Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano

Una en pos de otra las odiosas sierpes

Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,

Ved mi contento, el delicioso halago

Con que de hijuelos el enjambre hermoso

Me alivia y me corona. ¡Ay! hubo un tiempo

Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra

A la indigencia, al desaliento, diera

Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido

Lanzó Jovino tan amargos días:

Mi esperanza, mi paz, las glorias mías

Obras son de su amor, son de su anhelo;

Dadme pues sólo el bendecir su nombre,

Y en dulces himnos levantarle al cielo».

 

A Don Nicasio Cienfuegos, Convidándole A Gozar Del Campo

Tú, a quien el cielo con benignos ojos

miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho

imprimió la virtud, y en larga mano

el don divino de pintarla diera,

Nicasio respetable, ¿por qué tardas,

y a la amistad que ansiosa te desea

no te abandonas? De enlazados ramos

espacioso dosel ora me ampara

del crudo ardor del polvoroso estío,

y los inquietos céfiros, vagando

en dulce fresco, en movimiento y vida,

los senos bañan del jardín. Mi mente

desalada entretanto hacia ti vuela;

vuela hacia ti, que a tu pesar sumido

en ese abismo pestilente y ciego,

los campos y las selvas solitarias

buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas

placer tan puro y celestial conmigo.

 

¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos

lleves al bosque oculto, bien la vista

tiendas alegre en la abundosa vega,

o la dulce corriente te embelese

del río encantador; todo te llama

con delicioso afán, todo convida

tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa

Natura ansiara desplegar su inmenso

poder, y ornada en majestad sublime,

nuestra vista asombrar: guardó el espanto,

guardó el terrible horror allá do esconde

su frente el Apenino entre las nubes.

Cúbrenle en torno las eternas nieves

que en vano bate el sol: si el viento suena

es proceloso el austro, en cuyas alas

retumba el trueno; entonces los torrentes

bajan furiosos a asolar los valles.

¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo,

atónito se para, y no cabiendo

impresión tan soberbia en sus sentidos,

al mudo pasmo y confusión se entrega.

 

Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible,

sus dones todos liberal reparte

Naturaleza, y con placer se ríe.

Tal la beldad en su primer oriente,

de gracias sólo y suavidad bañada,

suele más tierna embelesar los ojos

y el corazón herir. Nicasio, el mío

más amó siempre que admiró. Doquiera

ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces,

cuántas, mirando las sociales vides

enlazarse a los olmos, y lozanas

entre los ramos de su verde apoyo

sus hojas ostentar y alegre fruto,

en dulce llanto se bañó mi pecho!

¡Cuántas pavesas del incendio antiguo

plácidas se avivaron! Los suspiros,

las ansias tiernas, la inquietud dichosa,

las delicias inmensas que algún día

me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron

para nunca volver, todas volaron,

todas a un tiempo con igual ternura

me asaltaron allí: si desparece

y huye el amor, a la memoria acuden

padre, hermanos y amigos, y en un punto

afectos mil que a penetrar mi seno

aquel boscaje solitario inspira,

y absorto y melancólico me llevan.

 

Lejos allá su placentero ruido

la brillante cascada precipita

por el senoso peñascal, adonde

su curso rompe murmurando el río.

Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso

del dique opuesto a su violencia en vano

clamoroso agitarse, alzar la espalda,

luchar, vencer, hervir, y en alba espuma

deshecho y raudo arrebatarse al llano.

Vaga la vista entre los dulces juegos

que mil y mil con variedad graciosa

mágica el agua a su mirar presenta.

Bañan en ella sus sedientas alas

los apacibles céfiros, y llenos

de su grato frescor, ea vuelo alegre

van a esparcirla a la tendida vega;

mientras en dulce gratitud riendo,

la dócil caña, el intratable espino

y el álamo gentil, en la ribera

sus ramos tienden a besar las ondas.

 

Ondas preciosas que el colono activo

supo en raudales dividir, y en ellos

llevar la vida y la abundancia al campo.

Siquiera el cielo en su rigor se obstine

en negar el vivífico rocío,

don de las nubes, los endebles diques

rompe seguro el rústico, y al punto

vieras la tierra que inundada embebe

el cristalino humor; y fuerzas nuevas

con él cobrando, engalanar su frente

un fruto y otro fruto, y cien tras ellos.

 

Así la vista por do quier se baña

en verdura eternal; así Pomona

tiende su manto, y pródiga derrama

del almo cuerno el celestial tesoro.

¿Qué mucho si su templo delicioso

le plugo aquí sentar, y aquí adorada

del hombre ser? Todo la acata. El río,

en dos partido, con ardor la ciñe,

y ella en sus brazos y en su amor se goza.

Yo allí, mientras los árboles se mecen

al son del viento, en tanto que a sus hombros

sube contento las opimas cargas

el hortelano, y las zagalas ríen

en trises alegre y bullicioso juego,

llego al altar de la deidad que en medio

reina ostentando su silvestre pompa,

y a reverencia y religión me inclina.

¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente

que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano

que así os plantó? De majestad vestido

el añoso nogal, su cima alzando,

hasta la cumbre del Olimpo alcanza;

sube, y en su ambición tiende los brazos

lejos de sí, cual si ocupar con ellos

de la esfera los ámbitos quisiera;

y eternos a par de él, y a par sublimes,

seis lúgubres cipreses los lujosos

ramos le cercan, y en su faz sombría

la luz quebrantan del ardor febeo.

 

¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida

bajo esta hermosa bóveda se lleva

la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen

sus pensamientos! Y a la par mirados,

¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria,

toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron

de su opulento dueño aquestos troncos

la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano

con su grato silencio le brindaban

al reposo, a la paz; y él orgulloso

en pos del mando y la ambición corría!

¡Qué de delitos no abortó el insano

para saciar su ardor! Bañose en sangre,

domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas

le vieron perecer, y ellas quedaron:

quedaron a esparcir sus ramos bellos

sobre mí, que inclinado y reverente

canto su gloria, y vivirán: testigos

serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso

llegue el aliento de mi endeble vida.

Todo al tiempo sucumbe: ellas un día,

ellas también… ¡Ah, bárbaro! Repara

la inclemente segur; muévante al menos

su sacro horror, su venerable sombra,

su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces

respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido

su hojosa copa abatirás? Detente,

detente, y no en un punto así destruyas

la gloria del verjel. Nogal frondoso,

altos y melancólicos cipreses,

para siempre vivid, y que el ingrato

cuya mano sacrílega se atreva

vuestros troncos a herir, jamás encuentre

sombra refrigerante en el estío

cuando le hostigue el sol; nunca reposo,

nunca halle paz, y de su injusto pecho

huya por siempre la inocencia amable

que en el campo y los árboles se abriga.

 

Lejos, empero, de la frente mía

tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses,

Pomona, adiós: los álamos del bosque

ya con su dulce amenidad me llaman.

Salve, repuesto valle; el sol ardiente

me hirió al venir, y fatigado el pecho

late anhelante, y con dolor respira.

Acógeme en tu seno; que tu yerba

verde, abundosa, a mis cansados miembros

sirva de alfombra; que el murmullo blando

del grato arroyo en agradable sueño

me envuelva y me regale, y que sacuda

Favonio en tanto el delicioso néctar

de su frescura, y mi sudor enjugue.

¡Ah! que ni aquí del velador cuidado

el tósigo alcanzó, ni las espinas

del miedo agitador su punta emplean.

Todo es sosiego: al despertar, las aves

con su armónico acento en mis oídos

los ecos llevan del placer; las auras,

árboles, cielo y arroyuelo y prado,

todo me halaga y a mi vista ríe,

mientras la fuente retirada y pura

me ofrece el cáliz de sus ondas frías

a mitigar mi sed; y yo, embebido

con himnos mil, en mi delirio ciego

a sus graciosas Náyades imploro.

 

¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien desnuda,

llena de gracia y de inmortal belleza

Natura se mostró; tú, que inspirado

fuiste de la virtud; tú, que en las selvas

la paz y la inocencia y los amores

tan dulcemente resonar hacías.

¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos

y enséñame a gozar. Contempla el suelo

cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso

se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano,

después un seno; a la alameda vuelve

la vista embelesada, y mira en ella

las gracias revolar; ve la ternura

con que al abrigo del robusto padre,

del recio invierno y rigoroso estío

los pequeñuelos árboles se amparan.

Pregunta al blando céfiro, que vuela

en sus copas dulcísimas moviendo

los sones del amor, cuántas zagalas

asaltó aquí festivo, y cuántas veces,

de su recato virginal burlando,

besó su frente y se empapó en su seno.

Pídele los tiernísimos suspiros

que llevados en él, por esta selva

andan vagando, y las querellas tristes

que el eco sordamente repetía.

 

Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso

siempre abundante y puro, coronado

eternamente de verdor se vea;

las veces di que el amador inquieto

sus ansias vino a consultar contigo.

Aquí, en tus verdes márgenes sentado,

tal vez se vio de la beldad que ansiaba

gratamente acogido, y tal vez ella,

tímida, tierna, de rubor teñida,

le declaró su amor, y de sus ojos

se escapó alguna lágrima que en vano

luchó por contener; allá más lejos,

dentro de aquella gruta solitaria

que guarda el olmo en cavidad sombría,

¡quién sabe si el placer!… ¡Oh, ameno valle!

No tenías, no, que a revelar se atreva

mi lengua tus misterios silenciosos;

basta la envidia en que encender me siento,

basta el encanto en que tu amor me inunda.

 

¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros,

tan mágicos placeres te convida

el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela,

antes que el año en su incansable curso

lleve al verano y al verdor consigo.

Cuidadoso el jardín te guarda flores;

ven a gozarlas: si se agosta alguna,

yo con los ojos del dolor la sigo,

y pienso en ti, que su esperanza engañas.

Huye con pie veloz esos lugares,

digna morada de los tigres fieros

que los habitan, do respiran sólo

el negro horror que en sus entrañas ceban;

de donde huyó el sosiego, huyó por siempre

la dulce confianza; el pensamiento,

de la opresión sacrílega amagado,

no se atreve a romper el claustro oscuro

en que le hundió el temor; y las palabras,

cuando son de virtud, sordas, temblando,

doquier hallar con la maldad recelan.

 

¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron

los campos y las selvas que enmudecen

cuando sus plantas con desdén las huellan.

Sí, que el sublime y celestial lenguaje

de Natura entender sólo fue dado

a la inocente sencillez, y en ellos

los vicios viles y execrables moran

de esclavos a tiranos. Dulce amigo,

húyelos, y rendido a mis plegarias

ven a acogerte a mi apacible asilo.

Los árboles no venden, los arroyos

no aprenden a mentir; sereno el aire,

sereno el cielo, a respirar te brindan

en grata libertad; aquí segura

podrá tu mente en sus grandiosas alas

el vuelo descoger, ora en los valles

perderaste embebido, ora sonando

tu lira de oro, invocarás las Musas,

y las Musas vendrán; ellas amigas

del campo siempre y soledad han sido.

Y en tanto que suspensa, embelesada,

la esfera atienda a tu sublime canto,

yo, templando la cítara a tu ejemplo,

mi humilde acento ensayaré contigo.

 

A La Expedición Española Para Propagar La Vacuna En América Bajo La Dirección De Don Francisco Balmis

¡Virgen del mundo, América inocente!

Tú, que el preciado seno

al cielo ostentas de abundancia lleno,

y de apacible juventud la frente;

tú, que a fuer de más tierna y más hermosa

entre las zonas de la madre tierra,

debiste ser del hado,

ya contra ti tan inclemente y fiero,

delicia dulce y el amor primero,

óyeme: si hubo vez en que mis ojos,

los fastos de tu historia recorriendo,

no se hinchesen de lágrimas; si pudo

mi corazón sin compasión, sin ira

tus lástimas oír, ¡ah!, que negado

eternamente a la virtud me vea,

y bárbaro y malvado,

cual los que así te destrozaron, sea.

 

Con sangre están escritos

en el eterno libro de la vida

esos dolientes gritos

que tu labio afligido al cielo envía.

Claman allí contra la patria mía,

y vedan estampar gloria y ventura

en el campo fatal donde hay delitos.

¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes

tres siglos infelices

de amarga expiación? Ya en estos días

no somos, no, los que a la faz del mundo

las alas de la audacia se vistieron

y por el ponto Atlántico volaron;

aquéllos que al silencio en que yacías,

sangrienta, encadenada, te arrancaron.

 

«Los mismos ya no sois; pero ¿mi llanto

por eso ha de cesar? Yo olvidaría

el rigor de mis duros vencedores:

su atroz codicia, su inclemente saña

crimen fueron del tiempo, y no de España.

Mas ¿cuándo ¡ay Dios! los dolorosos males

podré olvidar que aun mísera me ahogan?

Y entre ellos… ¡Ah!, venid a contemplarme,

si el horror no os lo veda, emponzoñada

con la peste fatal que a desolarme

de sus funestas naves fue lanzada.

Como en árida mies hierro enemigo,

como sierpe que infesta y que devora,

tal su ala abrasadora

desde aquel tiempo se ensañó conmigo.

Miradla abravecerse, y cuál sepulta

allá en la estancia oculta

de la muerte mis hijos, mis amores.

Tened, ¡ay!, compasión de mi agonía,

los que os llamáis de América señores;

ved que no basta a su furor insano

una generación; ciento se traga;

y yo, expirante, yerma, a tanta plaga

demando auxilio, y le demando en vano».

 

Con tales quejas el Olimpo hería,

cuando en los campos de Albión natura

de la viruela hidrópica al estrago

el venturoso antídoto oponía.

La esposa dócil del celoso toro

de este precioso don fue enriquecida,

y en las copiosas fuentes le guardaba

donde su leche cándida a raudales

dispensa a tantos alimento y vida.

Jenner lo revelaba a los mortales;

las madres desde entonces

sus hijos a su seno

sin susto de perderlos estrecharon,

y desde entonces la doncella hermosa

no tembló que estragase este veneno

su tez de nieve y su color de rosa.

A tan inmenso don agradecida

la Europa toda en ecos de alabanza

con el nombre de Jenner se recrea;

y ya en su exaltación eleva altares

donde, a par de sus genios tutelares,

siglos y siglos adorar le vea.

 

De tanta gloria a la radiante lumbre,

en noble emulación llenando el pecho,

alzó la frente un español: «No sea»,

clamó, «que su magnánima costumbre

en tan grande ocasión mi patria olvide.

El don de la invención es de Fortuna,

gócele allá un inglés; España ostente

su corazón espléndido y sublime,

y dé a su majestad mayor decoro,

llevando este tesoro

donde con más violencia el mal oprime.

Yo volaré; que un Numen me lo manda,

yo volaré: del férvido Oceano

arrostraré la furia embravecida,

y en medio de la América infestada

sabré plantar el árbol de la vida».

 

Dijo; y apenas de su labio ardiente

estos ecos benéficos salieron,

cuando, tendiendo al aire el blando lino,

ya en el puerto la nave se agitaba

por dar principio a tan feliz camino.

Lánzase el argonauta a su destino.

Ondas del mar, en plácida bonanza

llevad ese depósito sagrado

por vuestro campo líquido y sereno;

de mil generaciones la esperanza

va allí, no la aneguéis, guardad el trueno,

guardad el rayo y la fatal tormenta

al tiempo en que, dejando

aquellas playas fértiles, remotas,

de vicios y oro y maldición preñadas,

vengan triunfando las soberbias flotas.

 

A Balmis respetad. ¡Oh heroico pecho,

que en tan bello afanar tu aliento empleas!

Ve impávido a tu fin. La horrenda saña

de un ponto siempre ronco y borrascoso,

del vértigo espantoso

la devorante boca,

la negra faz de cavernosa roca

donde el viento quebranta los bajeles,

de los rudos peligros que te aguardan

los más grandes no son ni más crueles.

Espéralos del hombre: el hombre impío,

encallado en error, ciego, envidioso,

será quien sople el huracán violento

que combata bramando el noble intento.

Mas sigue, insiste en él firme y seguro;

y cuando llegue de la lucha el día,

ten fijo en la memoria

que nadie sin tesón y ardua porfía

pudo arrancar las palmas de la gloria.

 

Llegas en fin. La América saluda

a su gran bienhechor, y al punto siente

purificar sus venas

el destinado bálsamo: tú entonces

de ardor más generoso el pecho llenas;

y obedeciendo al Numen que te guía,

mandas volver la resonante prora

a los reinos del Ganges y a la Aurora.

El mar del Mediodía

te vio asombrado sus inmensos senos

incansable surcar; Luzón te admira,

siempre sembrando el bien en tu camino,

y al acercarte al industrioso chino,

es fama que en su tumba respetada

por verte alzó la venerable frente

Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:

«¡Digna de mi virtud era esta empresa».

 

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna

de aquella luz altísima y divina,

que en días más felices

la razón, la virtud aquí encendieron!

Luz que se extingue ya: Balmis, no tornes;

no crece ya en Europa

el sagrado laurel con que te adornes.

Quédate allá, donde sagrado asilo

tendrán la paz, la independencia hermosa;

quédate allá, donde por fin recibas

el premio augusto de tu acción gloriosa.

Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,

con fervoroso celo

levantará tu nombre al alto cielo;

y aunque en los sordos senos

tú ya durmiendo de la tumba fría

no los oirás, escúchalos al menos

en los acentos de la musa mía.

Poemas de Manuel José Quintana

A La Invención De La Imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta

o del solio el poder pronuncie sólo,

cuando la trompa de la fama alienta

vuestro divino labio, hijos de Apolo?

¿No os da rubor? El don de la alabanza,

la hermosa luz de la brillante gloria,

¿serán tal vez del nombre a quien daría

eterno oprobio o maldición la historia?

¡Oh! despertad: el humillado acento

con majestad no usada

suba a las nubes penetrando el viento

y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente

digno también del universo sea.

 

No los aromas del loor se vieron

vilmente degradados

así en la Antigüedad: siempre las aras

de la invención sublime.

del Genio bienhechor los recibieron.

Nace Saturno, y de la madre tierra

el seno abriendo con el fuerte arado,

el precioso tesoro

de vivífica mies descubre al suelo,

y grato el canto le remonta al cielo,

y Dios le nombra de los siglos de oro.

¿Dios no fuiste también tú, que allá un día

cuerpo a la voz y al pensamiento diste,

y trazándola en letras detuviste

la palabra veloz que antes huía?

 

Sin ti se devoraban

los siglos a los siglos, y a la tumba

de un olvido eternal yertos bajaban.

Tú fuiste: el pensamiento

miró ensanchar la limitada esfera

que en su infancia fatal le contenía.

Tendió las alas, y arribó a la altura

de do escuchar la edad que antes viviera,

y hablar ya pudo con la edad futura.

¡Oh, gloriosa ventura!

Goza, Genio inmortal, goza tú solo

del himno de alabanza y los honores

que a tu invención magnífica se deben:

contémplala brillar; y cual si sola

a ostentar su poder ella bastara,

por tanto tiempo reposar Natura

de igual prodigio al universo avara.

 

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba

la plugo, hacer de sí, y el Rin helado

nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano

que el hombre al pensamiento

alcanzase escribiéndole a dar vida,

si desnudo de curso y movimiento

en letargosa oscuridad se olvida?

No basta un vaso a contener las olas

del férvido Oceano,

ni en sólo un libro dilatarse pueden

los grandes dones del ingenio humano.

¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura

un tipo basta a producir sin cuento

seres iguales, mi invención la siga:

que en ecos mil y mil sienta doblarse

una misma verdad, y que consiga

las alas de la luz al desplegarse».

 

Dijo, y la imprenta fue; y en un momento

vieras la Europa atónita, agitada

con el estruendo sordo y formidable

que hace sañudo el viento

soplando el fuego asolador que encierra

en sus cavernas lóbregas la tierra.

¡Ay del alcázar que al error fundaron

la estúpida ignorancia y tiranía!

El volcán reventó, y a su porfía

los soberbios cimientos vacilaron.

¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo

que abortó el dios del mal, y que insolente

sobre el despedazado Capitolio

a devorar el mundo impunemente

osó fundar su abominable solio?

 

Dura, sí; mas su inmenso poderío

desplomándose va; pero su ruina

mostrará largamente sus estragos.

Así torre fortísima domina

la altiva cima de fragosa sierra;

su albergue en ella y su defensa hicieron

los hijos de la guerra,

y en ella su pujanza arrebatada

rugiendo los ejércitos rompieron.

Después abandonada,

y del silencio y soledad sitiada,

conserva, aunque ruinosa, todavía

la aterradora faz que antes tenía.

Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;

cae, los campos gimen

con los rotos escombros, y entretanto

es escarnio y baldón de la comarca

la que antes fue su escándalo y espanto.

 

Tal fue el lauro primero que las sienes

ornó de la razón, mientras osada,

sedienta de saber la inteligencia,

abarca el universo en su gran vuelo.

Levántase Copérnico hasta el cielo,

que un velo impenetrable antes cubría,

y allí contempla el eternal reposo

del astro luminoso

que da a torrentes su esplendor al día.

Siente bajo su planta Galileo

nuestro globo rodar; la Italia ciega

le da por premio un calabozo impío,

y el globo en tanto sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío.

Y navegan con él impetüosos,

a modo de relámpagos huyendo,

los astros rutilantes; más lanzado

veloz el genio de Newton tras ellos,

los sigue, los alcanza,

y a regular se atreve

el grande impulso que sus orbes mueve.

 

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,

hallar la ley en que sin fin se agitan

la atmósfera y el mar, partir los rayos

de la impalpable luz, y hasta en la tierra

cavar y hundirte, y sorprender la cuna

del oro y del cristal? Mente ambiciosa,

vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa

lanzó su indignación en sus clamores.

«¡Conque el mundo moral todo es horrores!

¡Conque la atroz cadena

que forjó en su furor la tiranía,

de polo a polo inexorable suena,

y los hombres condena

de la vil servidumbre a la agonía!

¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,

y el cuchillo y el fuego a la defensa

en su diestra nefaria apercibieron.

 

¡Oh, insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras

que a devorarme horribles se presentan

y en arrancarme a la verdad porfían,

fanales son que a su esplendor me guían,

antorchas son que su victoria ostentan.

En su amor anhelante

mi corazón extático la adora,

mi espíritu la ve, mis pies la siguen.

No: ni el hierro ni el fuego amenazante

posible es ya que a vacilar me obliguen.

¿Soy dueño, por ventura,

de volver el pie atrás? Nunca las ondas

tornan del Tajo a su primera fuente

si una vez hacia el mar se arrebataron:

las sierras, los peñascos su camino

se cruzan a atajar; pero es en vano,

que el vencedor destino

las impele bramando al Oceano.

 

Llegó, pues, el gran día

en que un mortal divino, sacudiendo

de entre la mengua universal la frente,

con voz omnipotente

dijo a la faz del mundo: «El hombre es libre».

Y esta sagrada aclamación saliendo,

no en los estrechos límites hundida

se vio de una región: el eco grande

que inventó Guttemberg la alza en sus alas;

y en ellas conducida

se mira en un momento

salvar los montes, recorrer los mares,

ocupar la extensión del vago viento,

y sin que el trono o su furor la asombre,

por todas partes el valiente grito

sonar de la razón: «Libre es el hombre».

 

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! Mi pecho

se dilata escuchándote y palpita,

y el numen que me agita,

de tu sagrada inspiración henchido,

a la región olímpica se eleva,

y en sus alas flamígeras me lleva.

¿Dónde quedáis, mortales

que mi canto escucháis? Desde esta cima

miro al destino las ferradas puertas

de su alcázar abrir, el denso velo

de los siglos romperse, y descubrirse

cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra

ese planeta mísero en que ardieron

la implacable ambición, la horrible guerra.

 

Ambas gimiendo para siempre huyeron

como la peste y las borrascas huyen

de la afligida zona que destruyen,

si los vientos del polo aparecieron.

Los hombres todos su igualdad sintieron,

y a recobrarla las valientes manos

al fin con fuerza indómita movieron.

No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos;

que amor y paz el universo llenan,

amor y paz por dondequier respiran,

amor y paz sus ámbitos resuenan.

Y el Dios del bien sobre su trono de oro

el cetro eterno por los aires tiende;

y la serenidad y la alegría

al orbe que defiende

en raudales benéficos envía.

 

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,

el magnífico y bello monumento

que a mi atónita vista centellea?

No son, no, las pirámides que al viento

levanta la miseria en la fortuna

del que renombre entre opresión granjea.

Ante él por siempre humea

el perdurable incienso

que grato el orbe a Guttemberg tributa,

breve homenaje a su favor inmenso.

¡Gloria a aquél que la estúpida violencia

de la fuerza aterró, sobre ella alzando

a la alma inteligencia!

¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,

su influjo eternizó libre y fecundo!

¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

 

A La Paz Entre España Y Francia En 1795

Dos lustros ya de plácido sosiego

Sobre el regazo de la paz hermosa

Gozado el mundo había;

Y adormecido el fuego

De la discordia atroz, la espada ociosa

Entre el polvo y orín se consumía.

Nada turbó las cándidas auroras

De tan dulce quietud; logró en su asilo

El labrador tranquilo

Ver coronadas de su afán las horas.

 

Más sangre y fuego respirando viene

Con violento ademán Mavorte fiero,

Y a la cumbre escarpada

De la antigua Pirene

Sube ardiendo en furor; cruje el acero,

De su carro espantoso, y empuñada

La mortífera lanza que blandea,

Mueve sañudo la execrable frente,

Y en su rabia impaciente

Cebarse en llanto y mortandad desea.

 

Tronó su voz; al escucharla entonces

El suelo en luto y en pavor gemía

Destrozado, oprimido

Con los enormes bronces,

Vio la flor de la Hesperia que corría

De la bélica trompa al gran sonido.

¡Míseros! id donde el honor os lleva,

Ardiendo en ansia de funesta gloria;

Volad a la victoria,

Y haced de vuestro aliento heroica prueba

 

¿Qué lograréis? El monstruo abominable

De vuestra insana ceguedad riendo,

Da la señal; ya sube

Del cañón formidable,

Al cielo vuestros crímenes diciendo,

De fuego y humo la ondeante nube.

Retumba el aire, y pavoroso esconde

Los gritos, el terror, el triste estrago;

El amago al amago,

La cólera a la cólera responde,

 

Muerte horrible a la muerte. Así espantoso

Bate las altas cimas de Apenino

El Aquilón sañudo;

A su ímpetu fragoso

El cedro añoso y el soberbio pino,

Sin encontrar a su defensa escudo,

Caen; y el hondo valle estremeciendo,

Por los ecos alígeros llevado,

Asorda dilatado

De caverna en caverna el ronco estruendo.

 

Y en medio de la lucha fulminante

Es el furor tan bárbaro y tan ciego,

Que ni la tierna esposa

Ni la afligida amante

Templar podrán de la contienda el fuego

Con su memoria tierna y dolorosa.

Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!

Y acaso aspiran a dorar su estrago

Con el falaz halago

Del carro triunfador y sus laureles.

 

Mas no; junto a la rueda sanguinaria

Van la viudez y la orfandad que lloran.

Monarcas de la tierra,

¿La mísera plegaria

No escucháis de los pueblos que os imploran?

Poned, poned un término a la guerra;

Y si el rayo, el relámpago y el trueno

Vuestro poder mostraron a porfía,

Ya es bien que luzca un día,

Debido a vuestra unión, dulce y sereno.

 

Le dais por fin; a vuestra voz levanta

En el aire la paz de su alma oliva

La bienhechora rama.

¿No veis cuál se adelanta

A aplaudiros la tierra, y cuán festiva

Bendice vuestro nombre y os aclama?

¡Salud, divina paz! Eterna amiga

De la vida y del bien, ven, y en contento

Convierte el desaliento,

Y en sosiego apacible la fatiga.

 

Ven, y que la amistad, que la preciada

Virtud prodiguen sus inmensos bienes:

En esto ¡oh Diosa! emplea

Tu protección sagrada.

Tú fecundas el mundo y le sostienes,

Tú le das ornamento y se hermosea;

Bajo la sombra de tu augusto velo

Las artes viven en concierto amigo,

Y seguro contigo,

El Genio extiende su brillante vuelo.

 

A ti en los templos el incienso humea,

A ti las musas su divino acento

Sonoramente envían;

Y en cuanto el mar rodea,

En cuanto ilustra el sol y gira el viento,

De ti sola su bien los pueblos fían.

¡Ah! Maldición eterna al inhumano

Que, profanando la quietud del suelo,

Muestre en bárbaro anhelo

Ardiendo el hierro en su homicida mano!

 

¡Maldición, maldición! Corren veloces

Los ríos a la mar; nosotros ciegos

Al crimen y a la muerte

Nos llevamos feroces,

Sin atender a los humildes ruegos

De la virtud, sin escuchar la fuerte

Lección del tiempo, que incesante clama.

¡Triste destino! El hombre fascinado

Va siempre al carro atado

De la ambición frenética que brama.

 

Pues si negado a tantos escarmientos,

Siempre ha de ser que el universo gima

En guerra y en crueldades,

Dejad vuestros asientos,

¡Oh montes! y cayéndonos encima,

Feneced de una vez tantas maldades.

Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.

Hasta que, sepultado el ancho mundo

En tu abismo profundo,

Por siempre en él nuestra impiedad escondas.

 

A La Señora Doña Pilar Sinués Y Navarro Que Había Hecho Unos Versos A Mi Coronación

Tú pusiste una flor pura y graciosa

En la corona que adornó mi frente,

Y a mí es muy grato en la ocasión presente

Ceñir tus sienes de flamante rosa.

Vas, amable Pilar, a ser esposa,

Consagrando en las aras de Himeneo

Tu libertad y gracias juveniles.

¡Dichoso a quien se guarda este trofeo!

Yo, aunque agobiado con ochenta abriles,

Tomo, cual debo, parte en tu alegría

y en débil, sí, pero sincero acento,

Tu nombre doy para aplaudirle al viento,

Y acompaño tu triunfo en ese día.

 

A licoris, consolándola de una ingratitud. Endechas

¿Por qué de tus penas

Ir siempre seguida?

El duelo importuno

¿Por qué no mitigas?

¿No ves que cebadas

Así las desdichas,

Estragan, Licoris,

La flor d e la vida?

Ya un año ha corrido,

Y el mal que te agita

Pintado con llanto

Se ve en tus mejillas.

Tus ojos hermoso,

Están todavía

Mirando el camino

Que lleva a Castilla;

Y al amado ausente,

Que cruel te olvida,

En alas del viento

Mil quejas envías.

Gustando memorias,

Soñando delicias,

Que luego despierta

Se tornan acíbar,

Engañas las noches,

Consumes los días,

Y el dardo en tu pecho

Más hondo se fija.

¡Ay que los ingratos

No valen, amiga,

Los crudos pesares

Que da su perfidia!

Ya del año ríe

La estación florida

Y vuelve a los campos

La antigua alegría.

Vuelve tú a la tuya,

Y las auras mismas

Que el lóbrego luto

De invierno disipan,

También desvanezcan

Con ala benigna

Tus negros cuidados,

Tus penas esquivas.

Torne a tu semblante

Tu apacible risa;

Las galas te adornen,

Los gustos te sigan.

Que en honda tristeza

No quiere que giman

La Diosa de Gnido,

Las Gracias festivas.

Tan amable aseo,

Discreción tan fina,

Y un pecho en que reinan

Verdad y justicia,

Son prendas, zagala,

Que siempre cautivan,

Y es bien ciego el hombre

Que infiel las olvida.

Tú de sus mudanzas

La venganza fía,

Que el cielo a los tales

Con ellas castiga.

Llegará, no dudes,

Tiempo en que se rinda

A quien su cariño

Le pague en delicias.

Y desesperado

Volverá la vista

Lanzando suspiros

A la Andalucía.

Así abandonada

Del mar en la orilla

La suerte lloraba

De Minos la hija.

¿Qué fue del ingrato

Que así la afligía

Y ejemplo dio al orbe

De tanta perfidia?

Abrazos helados

Y falsas caricias

Le daba tan sólo

Su cómplice indigna;

Que adúltera luego,

Furiosa, perdida,

Llenó sus penates

De eterna ignominia.

Ariadna entre tanto

Gozaba en su isla

Consuelos de Dioses

Regalos de Ninfas:

Y esposa de un Numen,

Al cielo subida,

En trono de estrellas

Espléndida brilla.

 

Silva A Luisa Toldi

¿Qué se negó de la falaz Armida

al mágico poder? Su voz sonaba,

y el báratro profundo

de sus lóbregos senos alanzaba

el tremendo escuadrón que la servia.

viérase al punto de infernal veneno

toda inundarse en derredor la esfera,

arder el rayo y retumbar el trueno.

la rápida carrera

suspenderse del sol, bramar los vientos,

en sus hondos cimientos

estremecerse el mar y mal segura

la tierra contrastada,

de sus ejes eternos desquiciada.

 

Mas cuando al fin enamorada y ciega

el corazón indómito rendía,

y de perder su amante recelosa,

en los fines del orbe le escondía,

ya no era entonces la espantosa maga;

era ya una deidad. El polo yerto

ostentose cubierto

con el manto de Flora;

por los fecundos prados

las fuentes murmuraban

y de esencias bañados

los céfiros jugaban con las flores

volaban los Amores

las gracias y el deleite en pos de Armida

y ella entre tanto de Rinaldo asida

el coro de las aves escuchaba

que al placer y al amor la convidaba.

 

Tal fue entonces Armida; y tal ahora

Tú ¡oh! poderosa Todi la presentas

ya en ternura y delicias anegada

temerosa después, y al fin furiosa

viendo su gloria y su beldad hollada.

Invención celestial. No, no es Armida

la que así nos enciende

y el agitado espíritu suspende

el mentido poder que por su encanto

tuvo en los elementos confundidos,

hoy en nuestros oídos*

lo alcanza el arte y lo renueva el canto.

 

¡Soberana armonía!

¿En qué sus dulces y halagüeñas flores

Más bien que en tus loores

Esparcir deberá la poesía?

Pero ¿cómo en su vuelo

La poderosa voz seguir podría

Que pasma al mundo y maravilla al cielo?

Ella parte suave;

Y ora orgullosa y grave

Del espacio los ámbitos domina,

Ora en quiebros dulcísimos se pierde,

Y delicada trina;

Ora sube al Olimpo, ora desciende,

Y ora como un raudal rico y sonoro

Vierte súbitamente en los oídos

De su riqueza armónica el tesoro.

 

Sola la admiración enmudecida

Seguirla puede en su veloz carrera;

¿Y do ha vivido el corazón de fiera

Que se negase esquivo

De su expresión celeste al atractivo?

 

¡Oh! no es posible el evitar su imperio

la fogosa energía

de su gesto y acción se le prometen,

y su mágico acento y melodía.

Aquí vence, aquí triunfa, aquí arrebata

vedla de gloria y majestad vestida

cuando del solio el esplendor retrata

vedla después, desesperada y llena

de cólera y soberbia amenazando

nube parece que espantosa truena,

o terrible Aquilón cuando soplando

con hórrido silbido,

sacude el universo combatido.

 

¿Mas cuál benigna suavidad se siente?

Él es, el blando Amor, el hijo ardiente

de la hermosa y divina Citerea.

Más dulce y grato que la miel hiblea,

más puro que los céfiros, su acento

sale inflamando el viento,

y por do quiera su ternura inspira.

ya tras el bien perdido

vaga anhelante y con dolor suspira;

en el dulce trinar pinta el gemido,

en los blandos gorjeos

aparecen los tímidos deseos,

la amorosa inquietud, las ansias tiernas,

la risa alegre y apacible juego

que ceban tanto el delicioso fuego.

Ya con tono más grave

la sublime constancia se ve ornada,

o en celeste deliquio modulada

del caro bien la posesión suave.

 

Entonces gime el insensible, entonces

Hasta los duros mármoles se agitan;

Amor aprende a amar, a amar incitan

El eco, el viento, y de tu voz herido,

Por su divino impulso es arrastrado

Mi corazón vencido.

Salta en el pecho, y sin cesar palpita,

Todo anegado en el amante anhelo

Que inspira el canto; su vehemente llama

Veloz discurre por mi sangre y venas,

Y en todas ellas su calor derrama;

Derrama su calor, que vuelto en llanto,

Sin ser posible a contenerle el seno,

Salta a la vista en delicioso encanto.

 

¿Quién de tu genio mesurar podría

la extensión y el ardor? Dinos, ¿en dónde

tuvo su oriente? En dónde

se adestró a desplegar tal osadía,

y de tanta riqueza salió lleno?

¿Fue acaso allá donde el feliz Ismeno

corrió bañando la sonora Tebas?

¿O más bien sobre el Ísmaro sombrío,

do por la vez primera

los ecos de la música sonaron,

y tras sí arrebataron

los hombres y las fieras,

las rocas y los árboles? ¿Do Orfeo

su lira de oro celestial pulsaba

los vientos a su voz se condolían,

y a Eurídice llamaba,

y Eurídice los montes respondían?

 

Igual, empero, o superior, tú impeles

al seno del olvido

los pesares amargos y crueles.

Yo lo vi, lo sentí. Del hondo averno

por mi mal abortado

un esquivo cuidado devoraba

mi triste corazón, cuando presente

vi la sidonia reina, que el amaba

contra el troyano pérfido inclemente.

¡Bárbara atrocidad! Huye el ingrato

sin que bastantes sean

de la mísera amante las querellas

su fuga a suspender: huye, no cura

los preciosos tesoros

que fiel le prodigaba la hermosura;

tesoros ¡ay! de amor y de ternura,

y se entrega a la mar. ¡Qué de lamentos!

¡qué horrorosos acentos!

¡qué desesperación! En vano llora

la triste, y corre enfurecida, y gime;

en vano al cielo en su dolor implora,

y a los hombres también; hombres y dioses

al dolor y al horror la abandonaron

¿Morirá la infelice

sin hallar compasión? Grande, sublime,

terrible situación, que sorprehendido**

mi espíritu admiraba,

y olvidó su aflicción llorando a Dido.

 

¡Y que tan dulces horas

hayan de fenecer! Mantua te pierde,

Mantua, que tanto te admiró; desierto

se verá el gran teatro donde un día

al eco de tu canto y los aplausos

el soberbio artesón se estremecía.

Mustio el espectador, irá a buscarte

y no te encontrará; y en tal vacío,

¿Do está, dirá, la enamorada Elfrida,

la encantadora Elfrida? ¿Adónde fueron

la dulce Hipermenestra,

la arrogante Cleopatra y Cleofida?

Sombras sublimes, cuya hermosa idea

inventar y animar el genio pudo,

¿será que nunca ya mi mente os vea?

 

Anda, vive feliz, corre el sendero

que a tu brillante gloria abrió el destino;

mas ¿qué le falta a su esplendor divino?

El universo entero

su honor, su encanto, su deidad te aclama.

Llevada en raudo vuelo

por la sonante trompa de la fama,

pasmarás las edades, y asombrado

te nombrará el artista y confundido.

Por más osado que su genio sea,

tú el término serás de su esperanza,

dique a su presunción: él desde lejos

adorará tus soberanas huellas,

y lucirá tal vez con tus reflejos;

así en el alto Olimpo las estrellas

brillan, mas solamente en noche umbría,

cediendo el resplandor y la victoria

al gran planeta que preside al día.

 

A Meléndez, Cuando La Publicación De Sus Poesías

¡Gloria al grande escritor a quien fue dado

Romper el sueño y vergonzoso olvido

En que yace sumido

El ingenio español; donde confusas,

Sin voz y sin aliento,

Se hunden y pierden las sagradas musas.

 

Alto silencio en la olvidada España

Por todas partes extendió su manto,

Cuando tu hermoso canto

Resonando, ¡oh Meléndez! de repente,

De orgullo y gozo llena,

Se vio a tu patria levantar la frente.

 

Tal en la noche de los siglos densas

Crecer las nieblas de ignorancia viendo

Natura, y sacudiendo

El ocio letargoso en que yacía,

Dijo: «Que Homero sea;»

Y Homero nace, y resplandece el día.

 

Bellos como la luz, tersos y puros,

Bien como el fondo del etéreo cielo,

Gratos aún más que el vuelo

Del céfiro sonante en el estío,

Cuando las hojas mueve,

Y templa el rayo en delicioso frío;

 

Tus armoniosos versos a raudales

Del manantial fecundo se arrebatan,

Do fieles se retratan

Las flores y los árboles del suelo,

Las sierras enriscadas,

Las bóvedas espléndidas del cielo.

 

¡Cisnes del Pindo! Amable Anacreonte.

Tú, que de estro y amor mientras vivías,

Mísera Safo, ardías;

Y tú, divino Píndaro, que elevas

En tu atrevido acento

Con tu nombre clarísimo el de Tebas;

 

Volad hacia las playas de occidente

Desde la cumbre de Helicón divino,

Y ved el gran destino

Con que se ensoberbece el suelo iberio

Mirando en su poeta

Vuestra alta gloria y vuestro dulce imperio.

 

Ornan las gracias su celeste lira

Cuando el canto de amor en ella suena

Y apacible y serena

La belleza en sus versos vencedores

Se goza retratada,

De rayos coronada y resplandores.

 

Seguidle luego a los amenos campos,

A la abundosa y apacible vega

Que el claro Tormes riega;

Y al escuchar su pastoral acento,

Ved florecer las rosas,

Reír el prado, embebecerse el viento.

 

Mas ¿do su musa rápida se esconde?

¿Dónde se eleva? A su ambicioso pecho

El orbe vino estrecho,

Y al éter se encumbró; gozosa mira

Bajo de sí las nubes,

Y al campo inmenso del espacio gira.

 

¡Vosotros solos, númenes del canto,

Le seguiréis! Desde el fanal de Apolo

Al rutilante polo

Todo lo abarca en su inmortal porfía,

Y de fulgor se llena,

Y torrentes de lumbre al mundo envía.

 

A esta pompa magnífica, a los ecos

De aplauso universal que resonaron,

Sus cuellos agitaron

Las sierpes de la envidia, y de su seno

Ya a lanzar se aprestaban

Con torpe lengua el infernal veneno;

 

Cuando un genio gritó: «¡Monstruos odiosos!

¿Qué sois, decid, para alcanzar victoria

De tan hermosa gloria?

Sabed que nunca de la niebla umbría

El insensato orgullo

Vencer presume en claridad al día.

 

»Admirad y callad», dijo. La envidia

Viose aterrada, y su furor fue vano;

Y el genio abrió su mano,

Y el lauro descendiendo omnipotente,

Al inmortal poeta

Cercó de rayos la gozosa frente.

 

A Somoza

En vano el ingenio animas

Que ya olvidado reposa

Y de mi lira pretendes

Que a tus acentos responda.

¡Versos yo! Si los cantara

Entre estas ásperas rocas

Y en estos campos ingratos

Aborrecidos de Flora,

¿Cómo pudiera vestirlos

De la elegancia y la pompa

Con que los hijos de Apolo

Dan vida eterna a sus obras?

Quizá lo fui yo algún día

Y la délfica corona

Refrescó tal vez mis sienes

Con el verdor de sus hojas:

Cuando del Padre Océano

Canté el poder y la gloria

Escuchándome las Ninfas

Y aplaudiéndome las ondas;

O cuando rayos lanzaba

Al opresor de la Europa

En ecos antes no usados

De las Musas españolas.

Huyó aquel tiempo: los años,

Las desventuras me agobian,

Y lo que antes fue osadía

En desaliento se torna.

Huyó aquel tiempo, y no es fácil

Que yo con fuerzas tan pocas,

Para que el mundo me escuche,

Mi largo silencio rompa.

Canten los que son dichosos;

Pero el infeliz que llora,

Guarde para sí el gemido

Y sus lástimas esconda:

Que las orejas del mundo

Son esquivamente sordas

Al lamentador poeta

Que en vez de cantar solloza.

Cuando de la vida mía,

Ahora ya tan borrascosa,

Pero entonces tan serena,

Comenzó a rayar la aurora,

Mil grandiosas esperanzas

Eran mi existencia toda

Que el ánimo me exaltaban

Entre ilusiones hermosas,

La libertad y la patria

Con la luz que las corona,

La beldad con sus encantos,

Con sus laureles la gloria,

Númenes fueron celestes

Que mi alma nueva y fogosa,

Postrada ante sus altares,

Adoraba a todas horas.

¡Qué de incienso entre mis manos!

¡Cuántos himnos de mi boca

Salieron, poblando el aire

De alabanzas y de aromas,

Que después cambió la suerte,

Tan temeraria y tan loca,

En ponzoña que me abrasa

Y en dogales que me ahogan!

¿Dónde os fuisteis desde entonces

Imágenes deliciosas,

Pensamientos grandes, dónde,

Dónde aquel numen?… Perdona,

Dulce amigo, si tan lejos,

Donde la suerte me es torva,

El bálsamo saludable

De tu voz consoladora,

Mi corazón hostigado

De tan acerbas memorias

A la hiel del desaliento

Tristemente se abandona.

¿Quieres que cante? Pues alza

De sus ruinas lastimosas

Ese templo cuya afrenta

A ira y lástima provoca

Saca a la infeliz España

De la profunda mazmorra

En que aherrojada la tiene

La iniquidad de la Europa

Despierta en sus hijos viles

Aquel sentimiento de honra

Que un tiempo los alentaba

Al laurel y a la victoria;

Y entonces quizá se anime

Mi voz trabajada y ronca,

Y a lucir vuelva en mi frente

Del Genio la sacra antorcha.

Entonces también mi lira…

Mas ¿qué esperanza traidora

A tal delirio me lleva

Con sus falaces lisonjas?

Nunca ya en las manos mías,

Compañera de mis glorias,

Te verás, hinchendo el aire

Con tu voz majestuosa,

Lira de oro: nunca. Un día

Como prenda o como joya

Brillante en las nobles aras

De mi patria victoriosa

Cayó, y del ciprés infausto,

Que a su sepulcro da sombra,

Para padrón o escarmiento

Te miras pendiente ahora.

Allí la lluvia te ofende,

Allí los vientos te azotan,

Y algún esclavo que pasa

Con vil furor te baldona.

Yo sé que tú te estremeces,

Y en tus cuerdas, aunque rotas,

Algún eco sordo se oye

De indignación y congoja.

Sufre ¡oh lira!: igual destino

A tu triste dueño acosa

Juguete de la fortuna

Que en sus afrentas se goza.

Él calla, imita su ejemplo;

Y desamparada y sola

Déjate mecer del aire,

Guarda silencio y reposa.

 

A Un Amigo Que, Bajo El Emblema De Una Violeta, Me Escribía Lisonjas Y Esperanzas

No con vana lisonja y blando acento

Me quieras engañar, huésped del prado;

Yo no soy lo que fui: rigor del hado

Me condena por siempre al escarmiento.

 

Nunca lozana a su primer contento

La planta vuelve que truncó el arado,

Por más que al cielo le merezca agrado

Y que amoroso la acaricie el viento.

 

Anda, pasa adelante; en otras flores

Más ricas de fragancia y más felices

Pon tu dulce cuidado y tus amores:

 

Que es ya en mí por demás cuanto predices,

Pues el aire del sol con sus ardores

Quemó hasta la esperanza en mis raíces.

 

Al Combate De Trafalgar

No da con fácil mano

El destino a los héroes y naciones

Gloria y poder: la triunfadora Roma,

Aquélla a cuyo imperio

Se rindió en silenciosa servidumbre

Obediente y postrado un hemisferio,

¡Cuántas veces gimió rota y vencida

Antes de alzarse a tan excelsa cumbre!

Vedla ante Aníbal sostenerse apenas

Sangre itálica inunda las arenas

Del Tresin, Trebia y Trasimeno ondoso;

Y las madres romanas,

Como infausto cometa y espantoso,

Ven acercarse al vencedor de Canas.

¿Quién le arrojó de allí? Quién hacia el solio

Que Dido fundó un tiempo, sacudía

La nube que amagaba al Capitolio?

Quién con funesto estrago

En los campos de Zama el cetro rompe

Con que leyes dio al mar la gran Cartago?

La constancia: ella sola es el escudo

Donde el cuchillo agudo

La adversidad embota; ella convierte

En deleite el dolor, la ruina en gloria;

Ella fija el dudoso torbellino

De la fortuna, y manda la victoria

Para el pueblo magnánimo no hay suerte.

¡Oh España! ¡Oh patria! El luto que te cubre

Muestre en tan grave afán tu amarga pena;

Pero espera también, y con sublime

Frente, de vil abatimiento ajena,

La alta Gades contempla y sus murallas

Besadas por las olas,

Que asombradas aún y enrojecidas

Tiéndense allí por las sonantes playas,

Cantando las hazañas españolas.

Se alzó el bretón en el soberbio alcázar

Que corona su indómito navío,

Y ufano con su g1oria y poderío,

«Allí están, exclamó; volved los ojos,

Compañeros, allí: nuevos despojos

Ya vuestra invicta mano

Ya a conseguir en los endebles pinos

Que España apresta a su defensa en vano.

Libre de esclavitud no sea ninguno

Hijos somos nosotros de Neptuno,

¿Y ellos asan surcar el Océano?

Acordaos de Abukir: sólo un momento

¡Llegar, vencer y devorarlo sea!

Dadme este triunfo, y de laurel ceñido

Que el opulento Támesis me vea».

Dijo; y tiende la vela: ellos le siguen

Abriendo el mar con sus nadantes proras

Del viento y de las ondas vencedoras;

Mientras que firme el español los mira,

Y despreciando su arrogancia fiera,

El noble pecho palpitando en ira,

Con impávida frente los espera,

¡Ira justa! ¡Ardor santo! Esos crueles,

Bajo las alas de la paz seguros.

Son los que nuestra sangre derramaron

Por vil codicia, a la amistad perjuros;

Esos los que a perpetua tiranía

Condenaron el mar, los que hermanaron

Del poder la insolencia y la soberbia

Con la rapacidad y alevosía;

Esos… La noche con su negro manto

Envuelve el mundo: sombras espantosas

Entorno de los mástiles vagando,

Estragos, muerte anuncian, y acrecientan

La pavorosa espectación; el día

Abre el campo al furor, y horrendo Marte

Con clamores de guerra hinche la esfera

Y levanta en los aires su estandarte.

Responde a esta señal el hueco bronce,

Con mortal estampido el eco truena,

Y por el mar llevándose bramando,

Hasta en las costas de África resuena.

Vuelan, movidas de rencor, las naves

Con naves a encontrar: menos violentas

Despide el polo austral sierras de hielo,

Que con su mole inmensa y resonante

Por las fáciles ondas se deslizan,

Y al audaz navegante atemorizan

Ni con estruendo igual turban el cielo

Las negras tempestades,

Cuando por Bóreas y Euro embravecidas,

A su furiosa guerra y duro encuentro

Hacen del orbe estremecerse el centro.

Tres veces fiero el insular se avanza,

Creyendo en su pujanza

Romper de nuestra escuadra el fuerte muro;

Tres veces rechazado

Por el hispano esfuerzo, ya dudosa

Ve la victoria que esperó seguro.

¿Quién su despecho pintará y su saña

Cuando aquel pabellón, antes tan fiero,

Miró invencible al pabellón de España?

No hay saber, no hay valor, solo ya fía

Su fortuna al poder: dobla sus naves

Y las redobla, en desigual pelea,

De popa a proa, en uno y otro lado

Cada español navío

De mil rayos y mil es contrastado;

Y él, con igual aliento

Que recibe la muerte, así la envía.

No: si cien voces yo, si lenguas ciento

Me diese el cielo, a numerar bastara

Las ínclitas hazañas de aquel día:

El humo al sol se las robaba entonces;

Pero la fama las dirá en su trompa,

Las artes en sus mármoles y bronces.

Llega el momento en fin, tiende la muerte

Su mano horrible y pálida, y señala

Víctimas grandes: el valiente Alcedo,

Castaños, Móyua, intrépidos perecen

Vosotros dos también, honor eterno

De Bética y Guipúzcoa… ¡Ah, si el destino

Supiese perdonar! ¿Cómo a aplacarte

La oliva no bastó que unió Minerva

A los lauros de Marte en vuestra frente?

¿Qué a vuestra ilustre indagadora mente

Pudo ocultar el mundo o las estrellas?

De vuestras sabias huellas

Llenos están de América los mares,

Las Cícladas lo están; viuda la patria

De tantos héroes que enlutada llora,

Pide a su corazón lágrimas nuevas

Que a vuestro acerbo fin derrame ahora.

¡Ah! ¡Vivierais los dos! Y en vez de llanto,

Del dolorido canto

Que mi fúnebre acento hoyos consagra,

Pudiera yo contraponer el pecho

Al golpe atroz y recibir la herida

Diera a la patria así mi inútil vida,

¡Y vivierais los dos! Y ella orgullosa

Con vuestra luz y espíritu valiente,

Al arduo porvenir hiciera frente,

De rayos coronado y victoriosa.

No, empero, sin venganza y sin estrago,

Generoso escuadrón, allí caíste

También brotando a ríos

La sangre inglesa inunda sus navíos;

También Albión pasmada

Los montes de cadáveres contempla,

Horrendo peso a su soberbia armada;

También Nelson allí… Terrible sombra,

No esperes, no, cuando mi voz te nombra,

Que vil insulte a tu postrer suspiro:

Inglés te aborrecí, y héroe te admiro.

¡Oh golpe! ¡Oh suerte! El Támesis aguarda

De las naves cautivas

El confuso tropel, y ya en idea

Goza el aplauso y los sonoros vivas

Que al vencedor se dan. ¡Oh suerte! El puerto

Solo le verá entrar pálido y yerto:

Ejemplo grande a la arrogancia humana,

Digno holocausto a la aflicción hispana

Así el furor de Marte

impele el brazo de la parca, y siega

Vidas sin fin: lanzado por la rabia

Cunde el fuego voraz, las tablas arden,

Un volcán encendido

Es cada bosque, por los aires vagos

Se alza y retumba el hórrido estallido,

Y los sepulta el mar. ¿Hay más estragos?

Sí; que el cielo, ominoso a tal porfía,

Manda a los aquilones inclementes

Separar los feroces combatientes

Y en borrascosa noche hundir el día.

Lo manda; ellos crueles,

Azotando las ondas con sus alas,

Se arrojan a los míseros bajeles.

Al nuevo asalto, al sin igual combate

Fallece el árbol trémulo y se abate;

Hiéndese la armazón, el Océano

Por el roto entrepuente entra bramando;

Y moribundo el español exclama:

«¡Ah! Pereciese yo, pero lidiando».

En tan atroz conflicto

Allá en las nubes la gloriosa frente

Asomaban los fuertes campeones

Que armados del tridente y del acero

Al pabellón íbero

Hicieron humillarse las naciones.

Lauria y Tovar se vían,

Avilés y Bazán, que, saludando

A los héroes de Hesperia que morían,

«Venid entre nosotros, les decían;

Venid entre los bravos que imitasteis.

Ya el premio hermoso del valor ganasteis

Ya a vuestro ejemplo de constancia armada

España; concitando sus guerreros,

Magnánima se apresta a nuevas lides

Volved la vista a la ciudad de Alcides

Gravina, Escaño, y Álava, y Cisneros,

Y otros ciento allí están, firme coluna,

Dulce esperanza a nuestro patrio suelo:

Venid, volad al cielo,

Y sed astros de esfuerzo y de fortuna».

 

Para El Álbum De La Señora Marquesa Viuda De Cerralbo

Ardua es la prueba, generosa amiga:

¡Versos yo en este libro, y los primeros!

Dormida estaba tu razón sin duda

Cuando diste cabida a tal deseo.

 

Bien quisiera tener para agradarte

Aquel vigor antiguo y aquel fuego

Que animaban mi pluma en otros días

Y algunos lauros a mi frente dieron:

 

Cuando del mar en la tendida playa

Canté la gloria y el poder inmenso,

Alternando los sones de mi lira

Con el son de las ondas y los vientos,

 

O cuando rayos sin cesar lanzaba

Contra el poder del Déspota europeo,

Dando en defensa de la patria mía

Ecos de libertad, entonces nuevos.

 

Aquel tiempo pasó; pedir ahora

La misma fuerza A mi cansado aliento,

Es en jardín talado pedir flores,

O la pompa del mundo en un desierto.

 

Y aun si en este lugar me permitieses

Escribir todo el bien que de ti pienso,

Más fácil y agradable la tarea,

Más aplaudido fuera el desempeño.

 

Tú, empero, expresamente lo prohíbes,

Acaso imaginando que el incienso

Rendido en tales libros a las damas

Tiene más de obligado que de ingenuo.

 

Cúmplase, pues, tu voluntad suprema

Y exentos de lisonja, yo te ofrezco

Versos que en nada tu modestia ofenden,

Si es que son dignos de llamarse versos.

 

Y si alguno después cuando los lea

Quiere ceñudo comparar con ellos

Las galas que en las páginas siguientes

Prodigarán el arte y el ingenio,

 

Dí que el yerro fue tuyo, y que escuchando

Sólo de tu amistad el noble afecto,

Diste un prólogo insulso a un bello libro,

Diste un pórtico pobre a un rico templo.

 

Ariadna

¡Nadie me escucha!… ¡Nadie!… El eco sólo,

eterno compañero

de este silencio lóbrego, responde

a mi agudo clamor, y mudamente

mi mal aumenta y mi dolor presente.

 

¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo

sin mí partir, y pudo

desampararme así? ¡Pecho de bronce,

de todo amor y de piedad desnudo!

¿Qué te hice yo para tan vil huida?

Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,

toda yo suya fui, toda… El ingrato,

¿Qué no me debe? Encadenado llega

a la cretense playa,

destinado a morir: su sangre odiosa

al monstruo horrible apacentar debía,

que en la prisión del laberinto erraba.

¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?

Entra, combate, vence, y coronado

de nueva gloria se presenta al mundo.

Esto era poco: enfurecida y ciega,

frenética después, mi hogar, mi padre,

todo lo olvido a un tiempo, y me confío

al amable impostor enajenado

con su halago y su amor mi tierno pecho;

¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho

pasión tan viva y perdición tan loca?

Yo lloro aquí desesperada en tanto

que el pérfido se ríe

de mi amor lamentable y de mi llanto.

 

Pero no, no es posible

que tan amantes lazos

los haga así pedazos

una argra ingratitud.

 

(Levántase exaltada hacia la tienda).

 

Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste

de mi gloria testigo mira ahora

el triste afán que mi interior devora.

 

¡Así mientras sus labios me halagaban,

y en tanto que sus brazos me ceñían,

ya allá en su pecho las traiciones viles

este lazo fatal me preparaban!

¡Oh unión inconcebible

de perfidia y placer! ¡conque engañoso

puede ser el halago, y la ternura

lleva tras sí maldad y alevosía!

Yo triste, envuelta en la inocencia mía,

al delirio de amor me abandonaba;

tú sabes cuál mi seno palpitaba,

tú viste cuál mi sangre se encendía,

y cómo de su boca engañadora

deleite, amor y perdición bebía.

 

Dos ayer éramos,

y hoy sola y mísera

me ves llorando

a par de ti.

Mira estas lágrimas,

mírame trémula,

donde gozando

me estremecí.

¿Qué se hizo el pérfido?

mi angustia muévate,

y haz que volando

torne hacia mí.

 

Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,

yo te perdono. El ardoroso llanto

que ora inunda mi rostro y me le abraza,

enjugarás; reclinaré en tu pecho

mi atormentada frente, y aplicando

tu mano al corazón, verás cuál bate

de anhelo palpitante y de alegría.

Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;

mientras imploro al execrable amigo,

lleva el viento consigo

mi gritar, mi esperanza y mi deseo.

 

Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro

y contento el perjuro

por medio de la mar, que le consiente

sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino

astro del claro día, sol luciente,

sagrado autor de la familia mía.

Mira el trance terrible a que he venido,

mírame junto al mar volver llorando

la vista a todas partes, y en ninguna

asilo hallar a mi fatal fortuna,

mírame perecer sin un amigo

que dé a mi suerte lamentable lloro.

¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?

 

Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito

que por do quiera escucho; ésta la senda

que encuentro abierta a mi infelice suerte.

Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte»

 

Y muerte hallaré yo… Las ondas fieras

que senda amiga al seductor abrieron,

me la darán… ¡Qué horror! Un sudor frío

baña mi triste frente, y el cabello

se eriza… Sí… Las veo;

Las furias del averno me arrebatan

tras de sí a fenecer… Voy desgraciada

víctima del amor… ¡Ah! Si el ingrato

presente ahora a mi dolor se hallara,

quizá al verme llorar también llorara.

¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,

el universo te olvidó, los dioses

airados te miraron

y sobre ti, cuitada, en un momento

el peso de su cólera lanzaron.

 

¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!

avergüénzate, cielo tirano,

avergüénzate, o dobla inhumano

mi tormento y tu odioso rencor.

 

¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo? ¿Qué espero?.

dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,

y las ondas escondan conmigo

mi infortunio, mi oprobio y mi amor.

(Arrójase al mar).

 

El Amor Se ha Desprendido

El amor se ha desprendido

De los brazos de su madre,

Y alegrando el universo

Se está suspenso en el aire.

 

Él os contempla, zagalas,

Y mirándoos se complace

Al ver las gracias que os dieron

Las estrellas liberales.

 

Él al placer os convida,

Al regocijo y al baile:

¿Y seréis sordas vosotras

A sus influjos suaves?

 

Mirad, cuál todo se anima!

De flor se visten los valles,

De yerba se cubre el campo

Y el viento pueblan las aves.

 

Animaos también vosotras:

Gozad la estación amable,

Que sobrada vida os queda

Para devorar pesares.

 

Más rápido que una flecha

Que vuela hendiendo los aires,

El tiempo vuela y se muere,

Muere el tiempo y no renace.

 

Tiempo vendrá en que os aflijan

Las memorias lamentables

De placeres que perdisteis,

De horas que desperdiciasteis.

 

Ea pues: que nadase pierda,

Salid alegres al baile,

Los instrumentos resuenen

Y la risa os acompañe.

 

Ven tú, la alegre zagala,

Atención de mil amantes,

Y cuyos ojos, si miran,

No hay corazón que no abrasen:

 

Plácidamente severa,

Severamente agradable

Te acompañará tu hermana

Y alentaréis todo el valle;

 

Mientras que a encantarnos venga,

Mientras que enlazada sale

Con la gallarda Belisa

La linda y modesta Dafne.

 

Ven tú, en fin, ninfa divina,

Ven en fin y no te tardes,

Tú en cuya tez los claveles

Con la azucena combaten:

 

Tú en cuyos labios de rosa

Fabrica amor sus panales,

Y en cuyo soberbio seno

El placer viene a posarse.

 

¡Dichoso aquel que tu beldad admira,

Que tus gracias contempla atentamente,

Que el blando influjo de tu genio siente,

Que de amor puede hablarte, y que suspira!

 

La Danza

a Cintia

¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos

del sonoro violín? Pues él convida

tu planta gentilísima y ligera;

ya la vista te llama,

ya en la dulzura del placer que espera

el corazón de cuantos ves se inflama.

¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando

el rosado semblante

que en pureza y candor vence a la aurora,

y el cuello desviando

blandamente hacia atrás, das gentileza

a la hermosa cabeza

reposada sobre él; quién no suspira,

quién al ardor se niega

que bello entonces tu ademán respira?

 

¡Con qué pudor despliega

de su cuerpo fugaz los ricos dones,

la alegre pompa de sus formas bellas!

Vaga la vista embelesada en ellas;

ya del contorno admira

la blanca morbidez, ya se distrae

al delicado talle do abrazadas

las gracias se rieron,

y su divino ceñidor vistieron.

Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos

que en amable abandono,

como el arco de amor, dulces se tienden;

¡ay!, que ellos son irresistibles lazos

donde el reposo y libertad se prende.

¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,

la rosa que primera

se pinta en primavera,

de Favonio al ardor fue tan hermosa;

ni así eleva su frente la azucena,

cuando, de esencias llena,

con gentileza y brío

se mece a los ambientes del estío.

 

Suena, empero, la música, y sonando,

ella salta, ella vuela: a cada acento

responde un movimiento, una mudanza

vuelve siempre a un compás; su ligereza

de belleza en belleza

vaga voluble, el suelo no la siente.

Bella Cintia, detente;

mi vista, que te sigue,

¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría

señalar de tus pasos

la undulación hermosa,

la sutil graduación? Cuando suspiro

al fenecer de un bello movimiento,

otro más bello desplegarse miro.

así del iris, serenando el cielo

con su gayado velo,

en su plácida unión son los colores;

así de amable juventud las llores,

do, si un placer espira,

comienza otro placer. Ved los amores

sus mudanzas siguiendo

y las alas batiendo,

dulcemente reír: ved cuán festivo

el céfiro, en su túnica jugando,

con los ligeros pliegues

graciosamente ondea,

y él desnudo mostrando,

suena y canta su gloria y se recrea;

y ella en tanto, cruzando

con presto movimiento,

se arrebata veloz: ora risueña,

en laberintos mil de eterno agrado

enreda y juega la elegante planta;

altiva ora levanta

su cuerpo gentilísimo del suelo,

batiendo el aire en delicado vuelo.

Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,

en cada instante de actitud cambiando,

y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa

 

Atónita mi mente es conmovida

con mil dulces afectos, y es bastante

un silencio elocuente a darles vida.

Mas ¿qué valen las voces,

a par del fuego y la pasión que inspiran,

en expresión callada,

los negros ojos que abrasando miran?

¿A par de la cadena

que, o bien me da de la amorosa pena

el tímido afanar, o en ella veo

la presta fuga del desdén que teme,

o el duelo ardiente del audaz deseo?

¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste

de la amable alegría

y pintaste el placer; tú, que supiste

conmover dulcemente el alma mía,

de cuadro en cuadro la atención llevando,

y dando el movimiento en armonía.

 

Así tal vez de la vivaz pintura

vi de la antigua fábula animados

los fastos respirar. Aquí Diana,

de sus ninfas seguida,

al ciervo en raudo curso fatigaba,

y el dardo volador tras él lanzaba;

allí Citeres presidiendo el coro

de las gracias rientes,

y a amor con ellas en festivo anhelo,

y en su risa inmortal gozoso el cielo:

el trono más allá cercar las horas

del sol miraba en su veloz carrera,

y asidas deslizándose en la esfera,

vertiendo lumbre, iluminar los días.

 

¡Oh, Cintia! Tú serías

una de ellas también; tú, la más bella;

tú en la que brilla la rosada aurora;

tú la agradable hora

que vuelve en su carrera

la vida y el verdor de primavera;

tú la primera los celestes dones

dieras al hombre de la edad florida;

volando tú, rendida

la belleza inocente,

palpitara de amor; y tú serías

la que, bañada en celestial contento,

del deleite el momento anunciarías.

 

¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!

La magia que te sigue

me lleva el corazón; cesas en vano,

Y en vano despareces, si aun en sueños

mi mente embelesada

tu imagen bella retratar consigue.

La magia que te sigue

me lleva el corazón: ya por las flores

mire veloz vagando

la mariposa, o que la fuente ría,

de piedra en piedra dando,

o que bullan las auras en las hojas;

doquier que gracia y gentileza veo,

«Allí está Cintia», en mi delirio digo,

y ver a Cintia en mi delirio creo.

 

Así vive, así crece

por ti mi admiración, y arrebatada

no te puede olvidar. Ahora mi vida

florece en juventud. ¿Cómo pudieran

no suspenderla en inefable agrado

tanta y tanta belleza que ya un día

soñaba yo en idea,

y en ti vivas se ven? Vendrán las horas

de hielo y luto, y la vejez amarga

vendrá encorvada a marchitar mis días;

entonces ¡ay! entre las penas mías,

tal vez en ti pensando,

diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento

las gracias, la elegancia,

las risas, la inocencia y los amores

a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa

imagen placentera,

y un momento siquiera

mi triste ancianidad será dichosa.

 

Para El Álbum De La Señorita Doña María Encarnación Fernández De Córdoba. Hija De Los Marqueses De Malpica, A Ruego De Su Tía La Marquesa De Carralbo

Tarde este libro a tus manos

Se vuelve, niña gentil,

Con el tributo de versos

Que me piden para ti

 

Bien quisiera yo que fueran

Dignos de tu verde Abril,

Tan frescos como la rosa,

Tan puros como el jazmín;

 

Y que volando atrevido

A modo de aura sutil,

Las alas de los amores

Te pareciera sentir.

 

A haber gozado un momento

De tu amable trato, al fin,

Fueran más bellos, sin duda,

Como inspirados por ti.

 

Una vez sola al pasar

Cual relámpago te vi,

Y no es más dulce la aurora

Cuando comienza a reír.

 

Y al ver la gracia y la gala

Con que brillabas allí,

Entre las danzas festivas

De las bellas de Madrid,

 

¡Bien dichoso es quien la adora!

Sin poder más, prorrumpí,

¡Y el que la deba un suspiro

Mil y mil veces feliz!

 

Ni pienses tú que desdice

Este acento juvenil

De los años que severos

Ya se agolpan sobre mí,

 

Pues aunque Do deba amar,

¿Por qué no podré aplaudir

En el tributo de versos

Que me piden para ti?

 

Para El Álbum De La Sra. Doña Gertrudis Gómez De Avellaneda

Ya la corona lírica tus sienes

Con no usado esplendor ceñido había

Cuando tú, en tu magnánima porfía,

Lauro mayor a tu ambición previenes:

 

Y a vista de Madrid estremecido,

Su puñal a Melpómene arrebatas,

Y al noble Munio en su dolor retratas,

Librándole por siempre del olvido.

 

Aspira a más: y si el valor guerrero

Tal vez tu numen sin igual inflama,

Dale aliento a la trompa de la fama

Y venza en fuerza y majestad A Homero.

 

Así crezca tu honor, Musa española.

Sé del Parnaso gloria y esperanza,

Y el mundo te tribute la alabanza

Que nadie mereció sino tú sola.

 

La diversión

El amor se ha desprendido

De los brazos de su madre,

Y alegrando el universo

Se está suspenso en el aire.

Él os contempla, zagalas,

Y mirándoos se complace

Al ver las gracias que os dieron

Las estrellas liberales.

Él al placer os convida,

Al regocijo y al baile:

¿Y seréis sordas vosotras

 

A sus influjos suaves?

Mirad, cuál todo se anima!

De flor se visten los valles,

De yerba se cubre el campo

Y el viento pueblan las aves.

Animaos también vosotras:

Gozad la estación amable,

Que sobrada vida os queda

Para devorar pesares.

Más rápido que una flecha

Que vuela hendiendo los aires,

El tiempo vuela y se muere,

Muere el tiempo y no renace.

Tiempo vendrá en que os aflijan

Las memorias lamentables

De placeres que perdisteis,

De horas que desperdiciasteis.

Ea pues: que nadase pierda,

Salid alegres al baile,

Los instrumentos resuenen

Y la risa os acompañe.

Ven tú, la alegre zagala,

Atención de mil amantes,

Y cuyos ojos, si miran,

No hay corazón que no abrasen:

Plácidamente severa,

Severamente agradable

Te acompañará tu hermana

Y alentaréis todo el valle;

Mientras que a encantarnos venga,

Mientras que enlazada sale

Con la gallarda Belisa

La linda y modesta Dafne.

Ven tú, en fin, ninfa divina,

Ven en fin y no te tardes,

Tú en cuya tez los claveles

Con la azucena combaten:

Tú en cuyos labios de rosa

Fabrica amor sus panales,

Y en cuyo soberbio seno

El placer viene a posarse.

 

¡Dichoso aquel que tu beldad admira,

Que tus gracias contempla atentamente,

Que el blando influjo de tu genio siente,

Que de amor puede hablarte, y que suspira!

Mérida, 1792.

 

En la muerte de la excelentísima Señora doña Piedad Roca de Togores, duquesa de Frías.

¿O ya en tu oído,

Negado al sentimiento,

Tardo penetra el congojoso acento

Del lúgubre alarido?

 

Abre al menos los ojos, y cercado

Verás tu lecho triste

De los hijos de Apolo que ya viste

Con tan celeste agrado:

 

Que hora afligidos su doliente canto

Hasta el Olimpo envían,

Y arrancarte a los ámbitos porfían

Del reino del espanto.

 

Ni oye ni ve… Cual sierpe espantadora

En contemplar se agrada

La miserable cierva emponzoñada

Que atroz al fin devora,

 

Tal la muerte cruel a la agonía

De nuestra amiga atiende,

Y en el aire que infecta se suspende

Con bárbara alegría;

 

Y con su mano descarnada oprime

El anhelante pecho,

Que al fiero impulso del dolor deshecho

Y enronquecido gime.

 

Ya de la tumba la mansión postrera

Abre su centro oscuro,

Do con cien brazos de diamante duro

La eternidad la espera.

 

Y allí… ¿No hay compasión? ¿No habrá en el cielo

Un numen que propicio

Use con ella su piadoso oficio

Y acalle nuestro duelo?

 

¿Tú, Amor, lo sufrirás? ¿Tú que en la cuna

Su albor primero viste,

Y el don precioso de agradar la diste

Mayor que su fortuna?

 

¡Oh Dios! Esa beldad, flor de Castilla,

Que al Támesis, que al Sena

Con gracia noble y majestad serena

Fue encanto y maravilla;

 

Esa boca apacible, afectuosa,

Que en grata melodía

Sales sin fin y discreción vertía

De su flamante rosa;

 

Esos ojos purísimos, que sólo

Su patria dar pudiera,

En cuya luz alegre reverbera

El gran fanal de Apolo,

 

¡Todo, todo ceniza y horror ciego

Va a ser en un instante!

Detén ¡oh muerte! el brazo fulminante;

Detenle a nuestro ruego.

 

Déjala contemplar su hermoso día;

¿Quién vio a la flor lozana

Morir antes que cumpla una mañana

Ni el sol a medio día?

 

«¡Temeraria ilusión! ¡Loca esperanza!

¿Atajar a la muerte en su camino?

¿A mí que sorda soy cual la venganza,

Y aun más inexorable que el destino?

 

Granos todos de incienso al fuego que arde

Delante de mi altar sois consagrados:

Que uno caiga más pronto, otro más tarde,

¿Por eso habréis de importunar los hados?

 

Piedad nació para morir ahora;

A esta ley de rigor debió la vida.

El que por verla agonizando llora,

Su oriente acusa y su existencia olvida.

 

Bella fue, bella aún es, la amasteis bella:

¿Queréis que venga la vejez odiosa

Y en ella estampe su ominosa huella?

Muera más bien que envejecer la hermosa.

 

Muera más bien que su candor nativo

Empañe el tiempo y su esplendor deshaga;

El tiempo que tan impío como esquivo

A la misma virtud vence y estraga.

 

Viva anheláis la que tan noble ha sido,

La que tan dulce fue: mas, ¿por ventura

Este lauro en su frente, hoy merecido,

De ostentarlo hasta el fin está segura?

 

¿No puede en vicios convertir mañana,

Las que adoráis virtudes? ¡Oh insensatos!

Dejad esa querella injusta y vana,

Y no os mostréis al beneficio ingratos.

 

Yo en mi sueño letárgico y profundo

La doy estable paz, descanso cierto:

Yo contra el recio temporal del mundo

Aseguro su gloria, y soy su puerto.

 

¿Qué valen, pues, tan frívolos clamores?

No es a ellos dado enternecer mi oído:

Y ya que no es posible a mis rigores

Salvadla en vuestro canto del olvido.»

 

Dijo así la feroz, y en risa amarga

Bañado el rostro horrendo,

Las espantables alas extendiendo

El golpe atroz descarga

 

Sobre la triste víctima, que herida

Cierra los bellos ojos,

Dando en un ¡ay! al monstruo los despojos

De su infelice vida.

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