Poemas de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas
Poemas de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791–1865), persona cumbre del Romanticismo español, cuya vida entrelazó la agitación política y la brillantez literaria. Aristócrata y militar, sufrió el exilio por sus ideas liberales, periodo que transformó su estética del neoclasicismo hacia un romanticismo pleno y vibrante.
Su consagración llegó con Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), drama que rompió las unidades clásicas y definió el género en España mediante la exaltación del héroe trágico dominado por la fatalidad. Además, destacó en la poesía con sus Romances históricos, donde revitalizó la tradición nacional con gran colorido descriptivo. Su obra combina magistralmente el misterio, la pasión desbordada y una visión pesimista del destino humano, consolidándolo como el arquitecto de la sensibilidad romántica en la literatura hispana.
Al Conde De Noroña
¡Oh Conde! pues tu lira
Unida al son de tu divino acento,
Calma del mar la ira
Y el soplo agitador del raudo viento,
Y pasma del tonante
La enrojecida diestra fulminante;
¿Por qué tu voz sagrada,
Que con divino ardor y alta grandeza
Entonó entusiasmada
«La discordia levanta su cabeza»
Cuando te oyó Castilla,
Y retumbó la octava maravilla;
¿Por qué el horrible estruendo
No canta de Mavorte, y su pujanza,
Y el silbido tremendo
De la robusta y tembladora lanza,
Y el son estrepitoso
De su carro sangriento y polvoroso?
¿Y cuál Belona fiera
Aguija la cuadriga resonante,
Y gime en la carrera,
Y suda y cruje el eje rechinante,
Hollando sus rodadas
Cuerpos sangrientos, armas destrozadas?
Suelta otra vez al viento
La viva lumbre que tu pecho encierra,
Y suba al firmamento,
Y asombre v pasme la sangrienta tierra,
Y tu acento resuene,
Y el orbe todo de tu ardor se llene.
Y entre sangre y horrores
La gloria ensalza del valiente ibero,
Y mil y mil loores,
A1 ronco son del atambor guerrero
Canta a la noble saña,
Que esclarece los términos de España.
Y este nombre sagrado
Llévalo por do quier, desde el oriente
En púrpura bañado,
Hasta do esconde el sol su clara frente,
Y de uno al otro polo
Resuene el nombre de la España solo.
Alto asunto a tu canto
Las glorias de Sansueña y de Gerona
Te ofrecen, con espanto
De los que baña el Sena y el Garona;
Que contra su arrogancia
Ven renacer los héroes de Numancia.
Canta de Talavera
Y de Bailén los triunfos y victorias,
Que allí la Calia fiera
Vio marchitarse su laurel, sus glorias,
Y di el denuedo y brío
Del albionés, azote del impío.
¡Oh! si me fuera dado
El numen que en tu pecho se derrama,
Y el ardor desusado
Con que tu heroica cítara se inflama,
¡Cuál de la patria mía
Las hazañas y triunfos cantaría!
Mas ¡ay! que intento en vano
Cantar las iras del fogoso Marte,
Que con sangrienta mano
Va tremolando el hórrido estandarte;
Porque mi ebúrnea lira
Encantos del amor sólo suspira.
Aunque a la guerra dura
Tengo mi edad florida dedicada,
Y lleno de bravura
Tal vez empuño la tajante espada,
Y con brazo membrudo
Vibro la lanza y el doblado escudo;
Y revolviendo el freno
Del monstruo altivo, que abortó el tridente,
De sangre y polvo lleno,
Me ha visto el sol ardiente
Hollar la muerte fiera
Del aurífero fajo en la ribera;
No es duro el pecho mío,
Ni se aplace con sangre, luto y llanto,
Ni con el son impío
De la trompa, que infunde horror y espanto;
Que sólo sus delicias
Son de Venus los gozos v caricias.
Diome naturaleza
Sensible corazón, pecho amoroso,
Y con dulce terneza
De Cíteres el fuego delicioso
Me prohíbe que cante
El ardor de Belona fulminante.
La inocente voz mía
Sólo sabe cantar tiernos amores,
Y la pura alegría
De los risueños campos y las flores,
Y fiestas pastoriles,
Y los gratos cuidados juveniles.
Pero tú, egregio Conde,
A quien Apolo la sagrada frente
Entre laurel esconde,
Canta los hechos de la hispana gente;
Triunfará del olvido
De tu pecho y tu cítara el sonido.
Una Antigualla De Sevilla – Romance Tercero – La Cabeza
Al tiempo que en el ocaso
Su eterna llama sepulta
El sol, y tierras y cielos
Con negras sombras se enlutan.
De la cárcel de Sevilla,
En una bóveda obscura,
Que una lámpara de cobre
Más bien asombra que alumbra,
Pasaba una extraña escena,
De aquellas que nos angustian
Si en horrenda pesadilla
El sueño nos la dibuja.
Pues no semejaba cosa
De este mundo, aunque se usan
En él cosas harto horrendas,
De que he presenciado muchas,
Sino cosa del infierno,
Funesta y maligna junta
De espectros y de vampiros,
Festín horrible de furias.
En un sillón, sobre gradas,
Se ve en negras vestiduras
Al buen Alcalde Cerón,
Ceño grave, faz adusta.
A su lado, en un bufete
Que más parece una tumba,
Prepara un viejo Notario
Sus pergaminos y plumas.
Y de aquella estancia en medio,
De tablas con sangre sucias,
Se ve un lecho, y sus cortinas
Son cuerdas, garfios, garruchas.
En torno de él dos verdugos
De imbécil facha y robusta,
De un saco de cuero aprestan
Hierros de infaustas figuras.
Sepulcral silencio reina,
Pues solamente se escucha
El chispeo de la llama
En la lámpara que ahúma
La bóveda, y de los hierros
Que los verdugos rebuscan,
El metálico sonido
Con que se apartan y juntan.
Pronto del severo Alcalde
La voz sepulcral retumba
Diciendo : «Venga el testigo
Que ha de sufrir la tortura».
Se abrió al instante una puerta,
Por la que sale confusa
Algazara, ayes profundos
Y gemidos que espeluznan.
Y luego entre los sayones,
Esbirros y vil gentuza,
De ademanes descompuestos
Y de feroz catadura,
Una vieja miserable,
De ropa y carne desnuda,
Como un cuerpo que las hienas
Sacan de la sepultura,
Pues sólo se ve que vive
Porque flacamente lucha
Con desmayados esfuerzos,
Porque gime y porque suda.
Arrástranla los sayones;
La confortan y la ayudan
Dos religiosos franciscos,
Caladas sendas capuchas,
Y la algazara y estruendo,
Con que satánica turba
Lleva un precito a las llamas,
Por la bóveda retumba.
Un negro bulto en silencio
También entra en la confusa
Escena, y sin ser notado
Tras de un pilarón se oculta.
«Ven —grita un tosco verdugo
Con una risada aguda—
Ven a casarte conmigo,
Hecha está la cama, bruja».
Otro, asiéndole los brazos
Con una mano más dura
Que unas tenazas, le dice:
«No volarás hoy a obscuras».
Y otro, atándole las piernas:
«¿Y el bote con que te untas?
Sobre la escoba a caballo
No has de hacer más de las tuyas».
Estos chistes semejaban
Los aullidos con que aguzan
La hambre los lobos, al grito
De los cuervos que barruntan
Los ya corrompidos restos
De una víctima insepulta;
La mofa con que los cafres
A su prisionero insultan.
Tienden en el triste lecho,
Ya casi casi difunta
A la infelice; la enlazan
Con ásperas ligaduras,
Y de hierro un aparato
A su diestra mano ajustan,
Que al impulso más pequeño
Martirio espantoso anuncia.
Dice un sayón al Alcalde:
«Ya está en jaula la lechuza,
Y si aun a cantar se niega,
Yo haré que cante o que cruja».
Silencio el Alcalde impone;
Quédase todo en profunda
Quietud, y sólo gemidos
Casi apagados se escuehan.
«Mujer —prorrumpe Cerón—,
Mujer, si vivir procuras,
Declárame cuanto viste,
Y te dará Dios ayuda».
«Nada vi, nada —responde
La infeliz—: por Santa Justa
Juro que estaba, durmiendo;
No vi ni oí cosa alguna».
Replicó el juez: «¡Desdichada,
Piensa, piensa lo que juras».
Y tomando de las manos
Del Notario que le ayuda
Un candil: «Mira —prosigue—
Esta prenda que te acusa.
Di quién la tiró a la calle,
Pues confesaste ser tuya».
La mísera se estremece,
Trémula toda y convulsa,
Y respondió desmayada:
«El demonio fue, sin duda».
Y tras de una, breve pausa:
«Soy ciega, soy sorda, y muda.
Matadme, pues; lo repito:
Ni vi ni oí cosa alguna».
El juez, entonces de mármol,
Con la vara al lecho apunta;
Ase una cuerda el verdugo,
Rechina allá una garrucha,
La mano de la infelice
Se disloca y descoynta,
Y al chasquido de los huesos
Un alarido se junta.
«¡Piedad, que voy a decirlo!»
Grita con voz moribunda
La víctima, y al momento
Suspéndese la tortura.
«Declara», el juez dice; y ella,
Cobrando un vigor que asusta,
Prorrumpe: «El Rey fue…» Y su lengua
En la garganta se anuda.
Juez, escribano, verdugos,
Todos con la faz difunta,
Oyen tal nombre temblando,
Y queda la estancia muda.
En esto, el desconocido,
Que, tras el pilar se oculta,
Hacia el potro del tormento
El firme paso apresura,
Haciendo sus choquezuelas,
Canillas y coyunturas,
El ruido que los dados
Cuando se chocan y juntan.
Rumor que al punto conoce
La infeliz, y se espeluzna,
Y repite : «El Rey; sus huesos
Así sonaron, no hay duda».
Al punto se desemboza
Y la faz descubre adusta,
Y los ojos como brasas
Aquel personaje, a cuya
Presencia, hincan la rodilla
Cuantos la bóveda ocupan,
Pues al Rey Don Pedro todos
Conocen, y se atribulan.
Este saca de su seno
Una bolsa, do relumbran
Cien monedas de oro, y dice:
«Toma y socórrete, bruja.
»Has dicho verdad, y sabe
Que el que a la justicia oculta
La verdad es reo de muerte
Y cómplice de la culpa.
»Pero, pues tú la dijiste,
Ve en paz; el cielo te escuda.
Yo soy, sí, quien mató al hombre,
Mas Dios sólo a mí me juzga.
»Pero por que satisfecha
Quede la justicia, augusta,
Ya la cabeza del reo
Allí escarmientos pronuncia».
Y era así; ya colocada
Estaba la imagen suya
En la esquina do la muerte
Dio a un hombre su espada aguda.
DEL CANDILEJO la calle
Desde entonces se intuía,
Y el busto del rey Don Pedro
Aun allí está y nos asusta.
Álvaro De Luna – Romance Primero – La Venta
En la ruta de Portillo
Y en las márgenes del Duero,
Hubo (aun escombros lo dicen)
Una venta en otro tiempo.
A su puerta una mañana
Estaba sentado un lego
De San Francisco, tres mulas
De los ronzales teniendo.
De la venta en la cocina
Se hallaban dos reverendos,
De una sartén apurando
Magras con tomate y huevos.
De maestresala servía,
Sin caperuza, el ventero,
Que solícito llenaba
Las tazas del vino añejo.
Era el uno el padre Espina,
Predicador del convento
Del Abrojo; el otro un fraile
Anciano, de ciencia y peso.
Aunque con buen apetito,
Mustios ambos y en silencio
Se mostraban, cuando el huésped
Les habló así con respeto:
«¿Es verdad, benditos padres,
Que el Condestable está preso?…
Anoche dió esta noticia,
Que nos pasmó, un caballero».
Contestóle el religioso:
«Pues no os engañó, que es cierto»
—Y continuó el padre Espina—.
«Sí, desengaños son éstos
»Que avisan a los mortales
De que son perecederos
Los bienes que nos da el mundo,
Y su grandeza embeleco».
El villano, sin turbarse,
Le cortó el sermón diciendo:
«Y también de que castiga
Sin palo ni piedra el cielo.
»Aun está fresca la sangre
De Alonso López Vivero.
Yo estaba al pie de la torre
Cuando el Condestable mesmo
»Lo arrojó de ella; y he visto
De oro las cargas a cientos
Entrar allá en su palacio.
Dicen también, y lo creo,
«Que hechizado al Rey tenía,
Y aun añaden…» «No debemos
—Dijo grave el religioso—
Dar a hablilla tal acceso».
La ventera, que hasta entones
Se estuvo callada al fuego,
Con la mano en la mejilla
Mostrando gran sentimiento,
Y que era, aunque no muy verde,
Fresca y limpia con extremo,
Abultada de pehera
Y con grandes ojos negros,
Saltó súbita: «Envidiosos,
Que no sirven, ni por pienso,
Para descalzarle, han sido
Los que en trance tal le han puesto».
Díjole el marido: «Calla».
Y ella respondió: «No quiero…
¡Qué señor tan llano!… ¡Parte
El corazón!…. Mes y medio
»Hace que le vimos todos
Tan galán, en el festejo
Que se celebró en la plaza
De Valladolid… ¡Qué diestro!
»¡Qué valiente! ¡Qué gallardo!
Fue el único del torneo».
«Calla», con cólera grande
Volvió a decir el ventero;
Y ella, en vez de obedecerle,
A continuar: «¡Qué discreto!
El oírle daba gusto…
Alfonso López Vivero
Era un vil, que lo vendía…»
«Calla», repitió de nuevo
Más airado el hombre; y ella:
«No me da la gana: cierto
»Es cuanto digo… El tesoro
lo ganó en la guerra, o premio
Es que el Rey le ha dado en paga
De servicios que le ha hecho.
»La Reina y los ricoshombres,
Revoltosos y soberbios…»
«Maldita tu lengua sea
—Clamó furioso el ventero—
»Tú, porque allá te criaste
En su palacio, y… ¡yo necio!»
Y ella prosiguió llorando:
«La tonta fui yo, mostrenco».
Iban en el matrimonio
A poner paz y concierto
Los padres, cuando, «Ya llegan»,
Gritó desde fuera el lego;
Y dejando a los esposos,
Que sin duda prosiguiendo
La disputa, la acabaron
A puñadas, según temo,
Fuéronse a la puerta al punto,
Sobre sus mulas subieron,
Y aquella venta dejaron
Hecha un abreviado infierno.
Álvaro De Luna – Romance Segundo – El Camino
Se alza una nube de polvo
De lejos por el camino,
Y al tropel que la levanta
Borra y tiene confundido.
En ella relampaguea,n
Reflejos de acero limpio,
Y forman un trueno sordo
Herraduras y relinchos.
Dando lugar a que lleguen,
Los religiosos franciscos,
A lento paso se ponen
Y atrás miran de continuo.
Se acerca gran cabalgada,
Y vese claro y distinto
Que Diego Estúñiga, el joven,
Es de ella jefe y caudillo.
En un alazán fogoso
Viene, de hierro vestido,
La gruesa lanza en la cuja,
La luenga espada en el cinto,
Un penacho jalde y negro,
Cual matorral sobre un risco,
Ondea sobre su almete,
Y da al sol variados visos.
El ancho plateado escudo,
De una cadena ceñido,
Ostenta la banda negra,
Timbre de su casa antiguo.
Vienen tras él diez jinetes,
De la cimera al estribo
Armados de yunta en blanco,
Y en las lanzas pendoncillos.
Marchan todos en si1encio,
Y en todos el sobrescrito
De gran duelo y gran tristeza
Se ve de ballesta a tiro.
Se dijera ser la escolta,
No de un caballero vivo,
Si de un caballero muerto
Que iba al postrimer asilo,
En medio de ellos venía,
Cabizbajo y abatido,
Caballero en una mula
Con jaeces harto ricos,
Un insigne personaje
De aspecto notable y digno,
De estatura no muy alta,
Pero gallarda y de brío.
Un sayo de paño verde
Con franjas de oro guarnido
Es su traje, y lleva al hombro,
Más blanco que los armiños,
Un gran manto, en cuyos pliegues
La cruz roja, distintivo
De Maestre de Santiago,
Luce en recamo prolijo;
Y una toca de velludo
Negro con bordados picos,
Mas sin airón ni garzota,
Es de su cabeza abrigo.
Era su mirar resuelto,
Bien que apagado y sombrío,
Y su aire tan de persona
De poder y de dominio,
Que por más que se notaba
Ser un preso, descubrirlo
Sin sentir, era imposible,
Cierto respeto sumiso.
Don Alvaro era de Luna,
Del rey Don Juan favorito,
Que a Castilla largos años
Rigió sin freno a su arbitrio.
Cuando emparejó la tropa
Con los dos padres franciscos,
Paráronse éstos, y humildes
Saludo cortés y fino
Hicieron al Condestable
De quien eran muy amigos.
Don Alvaro contestóles
Tan galán como expresivo.
Ellos en la armada escolta
Se inhibieron de improviso,
Tomando del gran Maestre
A uno y otro lado sitio.
Largo rato caminaron
Todos en silencio hundidos;
Pero al cabo el padre Espina
Se resolvió, y así dijo:
«En verdad, señor, que valen
Poco del mundo mezquino
Las honras y los haberes
Para el varón de juicio.
»El hombre cristiano y cuerdo
Debe hacia, norte más fijo
Encaminar su esperanza,
Servir sólo a Dios benigno.
»Lo que nos da, lo mantiene,
Y al que busca en Él asilo,
Para siempre se lo acuerda
En eterno paraíso».
Con grande atención escucha
Tan saludables avisos
Don Alvaro, que engañado
Juzgó, al salir de Portillo,
Que iba a recobrar honores,
Favor, riqueza y dominio;
Y entreviendo en el instante
Su verdadero destino,
Se estremeció a pesar suyo,
Cubrióse de sudor frío,
Y, «¿Voy a morir acaso?»
Preguntó como indeciso.
Contestóle el religioso:
«Todos, mientras somos vivos,
Vamos a morir. El hombre
Que va preso… en más peligro…»
«Basta —exclamó el Condestable;
Y dando a su aspecto altivo
Gran dignidad y gran calma,
Y al semblante noble brillo—,
»Basta —siguió—; no es la muerte,
Cuando se sabe de fijo
Que llega, tan espantosa
Como el vulgo vil ha dicho.
»Venga, pues: si el Rey lo quiere,
Yo con gusto la recibo.
Padres, hasta el duro trance
No me dejéis, os suplico».
Oyendo tales razones
Lloró Estúñiga, escondido
En su celada, y lloraron
Hasta los armados mismos.
Ambos buenos religiosos
Cumplieron bien en su oficio,
Consolando al Condestable
Con discreción y con tino;
Y él, oyéndolos atento,
Siguió la marcha tranquilo,
Sin dar de dolor ni susto
En su noble rostro viso.
Álvaro De Luna – Romance Tercero – Las Calles. — La Capilla. — El Palacio
Para quien al día siguiente
Mira la muerte segura,
El declinar de la tarde
Solemnidad tiene mucha
En el sol, que va a ponerse,
Y espeso vapor ofusca
(Semejante a un rey que el trono
A su pesar desocupa,
Y dignidad conservando
Del mundo huye, y se sepulta
Donde los hombres no advierten
Su dolor y desventuras),
Con honda atención los ojos
Clavó don Alvaro de Luna.
Así que lo vió traspuesto
Lanzó un suspiro de angustia,
Como el que lanza el amante,
Cuando el horizonte oculta
El bajel, en que su amada
Los desiertos mares surca
Para no volver. Ansioso
Lleva sus miradas mudas
A los montes apartados,
Cuyas cumbres aun relumbran,
A los ya enlutados bosques,
A las calladas llanuras,
A los altos campanarios
Que entre nieblas se dibujan.
Retardar el despedirse
De la perspectiva augusta
Que presenta el universo,
Parece que sólo busca,
Y al notar que poco a poco
La luz menguante y confusa
Del crepúsculo confunde
La escena que la circunda,
Piensa ya ver de la muerte
La terrible sombra, en cuya
Obscuridad para siempre
Corre a hundirse, y se atribula.
Sus pensamientos penetran
Los doctos frailes, y endulzan
Con eternas esperanzas
Su meditación profunda
Entre dos luces llegaron
A Valladolid, y turba
Desordenada en las calles
Con sordo rumor circula.
De Alonso López Vivero
Por la calle y casa cruzan,
Donde viven sus criados,
Donde llora su viuda.
Aquéllos, como canalla
Que si al poderoso adula,
En cuanto le ve caído
Feroz le escarnece y burla,
De la cabalgata el paso
Atajan con negra furia,
Y con denuestos y voces
Al ilustre preso insultan.
Este, furioso (presente
El tiempo pasado juzga,
Que aun conserva el poderío,
Que aun domina a la fortuna)
Lleva soberbio la mano
A buscar en su cintura
La guarnición de la espada…
Mes ¡ay! en vano la busca.
Va preso… espada no lleva…
¡Ah!… Lo advierte, y furibunda
Mirada va a dar al cielo,
Mas se anonada y conturba.
Queda. con los ojos fijas,
Parece su faz difunta;
Tiembla, y en sudor helado
Sus miembros todos se inundan.
Delante se halla un espectro…
¡ Un espectro!… Sí: la mula
Algo ve también ; esquiva
Se recela, empina y bufa.
¿De Alonso López Vivero
Ha salido de la tumba
La sombra? De duque el Maestre
Ante sí la vió no hay duda.
En confesión se lo dijo
Aquella noche con muchas
Lágrimas al padre Espina…
De Dios la venganza es justa.
Con el cuento de la lanza
A palos abre la turba
Estúñiga, denodado,
Y la atropella y asusta;
Y en salvo al ilustre preso
Condujo a la casa suya:
En que estaba preparada
Una capilla segura,
Donde pasó el Condestable,
Con la espiritual ayuda,
Noche serena, pidiendo
A Dios perdón de sus culpas.
Cenó, durmió cortos ratos,
Repitió también algunas
Trovas del famoso Mena,
Que pintan como locuras
Las mudanzas ambiciones:
Oró con fervor; en suma
Fué un cristiano, un caballero,
Un hombre de fe y de alcurnia.
Entre tanto, el que parece
Ser el reo, a quien la dura
Sentencia estaba leída,
Y a quien la cuchilla aguda
Del verdugo amenazaba,
Era el Rey… ¡Mísero! lucha,
Náufrago desventurado,
En airado mar de angustias.
Ama a. Don Alvaro, mira
Su sentencia como injusta;
De la Reina y de los Grandes
Se la ha arrancado la furia.
Que su trono se desploma,
Y hasta su existencia juzga,
Y que, al morir el Maestre,
Abrazadas irán juntas
El alma de aquel amigo
Y el alma afligida suya.
¡Grande mal es la flaqueza
En hombre que cetro empuña!
Revolcándose en su lecho,
Rasgando sus vestiduras,
Paseándose sin tino
Por la cámara, que alumbra
Una lámpara medrosa,
Que en el cortinaje abulta
Vagas sombras… ¡infelice
¡Qué noche pasó!… Que ocupa
Ve un rincón de aquella sala,
De pie con la boca muda,
Su físico Fernán Gómez,
A él se va, las manos juntas,
Y suplicante le dice:
«Si es que mi salud procuras,
Anda a ver al Condestable,
Así Dios te dé su ayuda»,
El bachiller respondióle:
«Le debo mercedes muchas,
Perdone vueseñoría;
No oso verle en tal angustia».
Conmovido el Rey, en llanto
Rompió y en voces confusas,
Que el alma a Gómez partieron,
Según dicen cartas suyas.
Entró al estruendo la Reina
En la cámara, cual una
Aparición, como maga
Que viene a doblar astuta
Los encantos y conjuros
Con que alto preso asegura,
Y con que la empresa afirma,
De que pende su fortuna.
Calló el Rey, quedó de mármol
Al verla: ella le pregunta:
«Qué es esto?» Y oyendo, «Nada».
Retiróse muy adusta.
Largo rato el Rey estuvo,
Cual ligado por la oculta
Fuerza del prestigio. Luego
Torna a más reñida pugna
De afectos: la amistad vence,
Llama con voz resoluta
A Solís, su maestresala,
Dícele: «Al momento busca
A Diego Estúñiga, y dile…»
En su garganta se anuda
La voz, porque entra la Reina
Otra vez… calla y trasuda.
La Reina a Solís llevóse,
Y el Rey abrió con presura
El balcón, cual si quisiese
Gozar del aura nocturna:
Y el trono, cetro y corona
Maldiciendo en voces mudas,
Ojos de lágrimas llenos
Clavó en la menguante luna.
Álvaro De Luna – Romance Cuarto – La Plaza
Mediada está la mañana;
Ya el fatal momento llega,
Y Don Álvaro de Luna
Sin turbarse oye la seña.
Recibe la Eucaristía,
Y en Dios la esperanza puesta,
Sereno baja a la calle,
Donde la escolta le espera.
Cabalga sobre su mula,
Que adorna gualdrapa negra,
Y tan airoso cabalga,
Cual para batalla o fiesta.
Un sayo de paño negro,
Sin insignia ni venera,
Es su traje, y con el garbo
Que un manto triunfal, lo lleva;
Y sin toca ni birrete,
Ni otro adorno, descubierta,
Bien aliñado el cabello,
La levantada cabeza.
Las dos padres franciscanos
Se asen de las estriberas,
Y hombres de armas, en buen orden,
Le custodian y le cercan.
Así camina el Maestre,
Con tan gallarda presencia
Y con tan sereno rostro,
Que impone a cuantos le encuentran.
Sus enemigos no osan
Clavar la vista soberbia
En él, como consternados
Ya de su venganza horrenda:
Sus partidarios parecen
Decirle con mudas lenguas,
Que aun morirán por salvarle
Y encenderán civil guerra.
Y aquel silencio terrible
Por todas las calles reina,
Que o gran terror o despecho
Grande siempre manifiesta.
Silencio que solamente
De cuando en cuando se quiebra
Con la voz del pregonero,
Que a los más valientes hiela.
Diciendo : «Esta es la justicia
Que facer el Rey ordena
A este usurpador tirano
De su corona y sin hacienda».
Siempre que oye el Condestable
Este vil pregón, aprieta
La mano del padre Espina,
Que en voz sumisa le esfuerza.
Arriba, a la triste plaza,
Que ha pocos días le viera
Tan galán en el torneo,
Con tal poder y opulencia.
El apretado concurso
El cuadrado espacio llena;
Vese una masa compacta
De rostros y de cabezas;
Parece que el pavimento
Se ha elevado de la tierra,
que casas y palacios,
Su basa han hundido en ella.
Un callejón, que tapiales
De hombres apiñados cierran,
Sirviéndole de linderos
Lanzas en vez de arboleda,
Ofrece paso hasta donde
Lecho de muerte descuella,
En mitad del gran gentío,
Que como la mar olea.
El reducido tablado,
Enlutado con bayetas,
Una. gran tumba, parece
Que el pueblo en hombros sustenta.
Sobre él está colocado
Un altar, a la derecha,
De terciopelo vestido;
Y entre amarillas candelas,
Cuya, luz el sol deslustra
Y arder el viento no deja,
Un crucifijo de plata
En cruz de ébano campea.
Yace un ataúd humilde
Colocado a la izquierda:
Cerca de él se ve una escarpia
En un pilar de madera;
Y en medio, de firme, un tajo,
Delante una almohada negra,
Y una hacha, en cuya cuchilla
Los rayos del sol reflejan.
Al pie del cadalso, el reo
De la, alta, mula se apea
Fervoroso, el padre Espina
Con él sube y no le deja.
De pie, ya, sobre el tablado,
Tres personas se presentan
A las medrosas miradas
De la muchedumbre inmensa:
El ministro de la muerte,
El que lo es de vida eterna,
Y el que, dando al uno el cuerpo,
Al otro el alma encomienda.
Turbado el tosco verdugo
De atreverse a tal alteza,
Necio terror da a su frente,
Que cubre jalde montera,
El religioso, metido
En su capucha, se queda
De mármol, cruza los brazos,
Y con fervor mudo, reza.
El Condestable, sereno,
El pie al crucifijo besa,
Y luego tiende los ojos
Por la turba que le observa;
Y viendo junto al tablado
En actitud lastimera
A Morales, su escudero,
Hecho de lealtad emblema,
Le llama; de oro un anillo,
Que el sello de sellar era
De su puridad las cartas,
Del pulgar quita, y le entrega,
Diciéndole: «Amigo, toma,
Ya no conservo otra prenda».
Después atisbó a Barrasa,
Paje del Príncipe, cerca,
Y así le habló en voz sonora:
«Dile a tu dueño que vea
De dar a los que le sirvan
Otra mejor recompensa».
Viendo el pilar y la escarpia,
«¿Para qué?» pregunta. Tiembla
El sayón, y le responde,
Hablar no osando, por señas.
Y prosiguió el Condestable
Con una sonrisa acerba:
«Después de yo degollado,
Nada son cuerpo y cabeza».
Entonces el padre Espina
Que piense sólo, le ruega,
En Dios; y él, «Padre, es mi norte
Y mi esperanza», contesta.
Se ajusta el traje, descubre
La garganta, ve que llega
El verdugo para atarle
Las manos con una cuerda,
Saca del seno una cinta
Labrada con oro y seda,
Y, «Átalas —le dice— amigo,
Si es necesario, con ésta».
De hinojos en la almohada
Se pone, el cuello presenta,
El religioso le grita:
«Dios te abre los brazos, vuela».
El hacha cae como un rayo,
Salta la insigne cabeza,
Se alza universal gemido,
Y tres campanadas suenan.
El Fratricidio – Romance Tercero – El Dormido
Anuncia, ya medianoche
La campana de la vela,
Cuando un farol aparece
De Claquín ante la tienda.
Y no mísero piloto
Que sobre escollos navega,
Perdido el rumbo y el norte
En,noche espantosa y negra,
Ve al doblar una alta roca
Del faro amigo la estrella,
Indicándole el abrigo
De seguro puerto cerca,
Con más placer, que Sanabria
La luz que el alma le llena
De consuelo, y que anhelante
Esperó entre las almenas.
Latiéndole el noble pecho
Desciende súbito de ellas,
Y ciego bulto entre sombras
El corredor atraviesa.
Sin detenerse un instante
Hasta la cámara llega
Do el rey Don Pedro descanso
Buscó por la vez postrera.
Sólo Sanabria la. Llave
Tiene de la estancia regia,
Que a noble de tanta estima
Solamente el Rey la entrega.
Cuidando de no hacer ruido
Abre la férrea puerta,,
Y al penetrar sus umbrales
Súbito espanto le hiela.
No de aquel respeto propio
De vasallo, que se acerca
A postrarse reverente
De su rey en la presencia;
No aquel que agobiaba a todos
Los hombres de aquella era,
Al hallarse de improviso
Con el rey Don Pedro cerca,
Sino de más alto origen,
Cual si en la cámara hubiera
Una cosa inexplicable,
sobrenatural, tremenda.
Del hogar la estancia toda
Falsa luz recibe apenas
Por las azuladas llamas
De una lumbre casi muerta.
Y los altos pilarones,
Y las sombras que proyectan
En pavimento y paredes,
Y el humo leve que vuela
Por la bóveda y los lazos
Y los mascarones de ella,
Y las armas y estandartes
Que pendientes la rodean,
Todo parece movible,
Todo de formas siniestras,
A los trémulos respiros
De la ahogada chimenea.
Men Rodríguez de Sanabria
Al entrar en tal escena
Se siente desfallecido,
Y sus duros miembros tiemblan,
Advirtiendo que Don Pedro,
No en su lecho, sino en tierra,
Yace tendido y convulso,
Pues se mueve y se revuelca,
Con el estoque empuñado,
Medio de la vaina fuera,
Con las ropas, desgarradas,
Y que solloza y se queja.
Quiere ir a darle socorro…
Mas ¡ay!… ¡en vano lo intenta!
En un mármol convertido
Quédase clavado en tierra,
Oyendo al Rey balbuciente,
So la infernal influencia
De ahogadora pesadilla,
Prorrumpir de esta manera:
«Doña, Leonor… ¡ vil madrastra!
Quita, quita…, que me aprietas
El corazón con tus manos
De hierro encendido…, espera.
»Don Fadrique, no me ahogues…,
No me mires, que me quemas.
¡Tello!… ¡Coronel!… ¡Osorio!…
¿Qué queréis? Traidores, ¡ea!
»Mil vidas os arrancara.
¿No tembláis.?… Dejadme… afuera
¿También tú, Blanca… y aun tienes
Mi corona en tu cabeza…
»Osas maldecirme? ¡ Inicua!
Hasta Bermejo se acerca…
¡Moro infame!… Temblad todos.
Mas, qué turba, me rodea?…
»Zorzo, a ellos: sus, Juan Diente
¿Aun todos viven?… Pues mueran.
Ved que soy el rey Don Pedro,
Dueño de vuestras cabezas.
»¡Ay, que estoy nadando en sangre!
¿Qué espadas, decid, son esas ….
¿Qué dogales?… ¿Qué venenos?…
¿Qué huesos? …. ¿Qué calaveras?
»Roncas trompetas escucho…
Un ejército me acerca,
¿Y yo a pie?… Denme un caballo
Y una lanza… vengan, vengan.
»Un caballo y una lanza.
¿Qué es el mundo en mi presencia?
Por vengarme doy mi vida,
Por un corcel mi diadema.
»¿No hay quién a su Rey socorra?»
A tal conjuro se esfuerza
Sanabria, su pasmo vence
y exclama: «Conmigo cuenta».
A sacar al Rey acude
De la pesadilla, horrenda:
«¡Mi Rey!, ¡mi señor!», le grita,
Y lo mueve, y lo despierta.
Abre los ojos Don Pedro
Y se confunde y se aterra
Hallándose en tal,
Y con un hombre tan cerca.
Mas luego que reconoce
Al noble Sanabria, alienta,
Y, «Soñé que andaba a caza»,
Dice con turbada lengua.
Sudoroso, vacilante,
Se alza del suelo, se sienta
En un sillón, y pregunta:
«¿Hay, Sanabria, alguna nueva?»
«Señor —responde Sanabria—,
El francés hizo la seña».
«Pues vamos —dice Don Pedro—,
Haga el cielo lo que quiera».
El Alcázar De Sevilla – Romance Tercero
Cual de solitaria torre
En torno están revolando
Fieras aves de rapiña,
Cuando el sol baja al ocaso,
Así en torno de Don Pedro
Vuelan pensamientos varios,
Cuyas sombras ofuscaban
De su semblante los rasgos.
Ya ocupa su airada mente
El poder de sus hermanos,
A los que mató la madre,
Y a quienes llama bastardos;
Ya de los grandes inquietos
La insolencia y desacato,
O la mengua del tesoro
Sin medios de repararlo;
Ya la linda Doña Aldonza,
A quien tiene a buen recaudo;
O las sangrientas fantasmas
De inocentes que ha matado;
Ya una proyectada empresa
Rompiendo la fe de un pacto,
Contra el moro granadino,
O una traición o un engaño.
Mas, como las mismas aves
Se van escondiendo al cabo,
Entre las almenas rotas
Del castillo solitario,
Y sólo constante queda,
En torno de él volteando,
La más voraz, la más fuerte,
La que no admite descanso,
Así aquel tropel confuso
De pensamientos extraños,
En que se encontró Don Pedro
Envuelto pequeño rato,
En su pecho y su cabeza
Fueron nidos encontrando,
Y quedó despierta y viva,
Dándole gran sobresalto,
La imagen de Don Fadrique,
El mejor de sus hermanos,
Norma de los caballeros
Y Maestre de Santiago.
Del rey de Aragón acaba
Don Fadrigue el esforzado
De conquistar a Jumilla,
Con noble denuedo y brazo;
Deja, en lugar de las barras,
Los castillos tremolando,
Y viene a entregar las llaves
A su Rey, señor y hermano.
Sabe el Rey que no es rebelde,
Que es su amigo y partidario,
Y más que a Tello y a Enrique
Lo está embravecido odiando.
Don Fadrique fué el que tuvo
De venir a Francia encargo
Por la reina doña Blanca,
Mas tardó en llevarla un año.
Con ella en Narbona estuvo…
Y un rumor corrió entre tanto
De aquellos que son ponzoña,
Ora ciertos, ora falsos.
Doña, Blanca está en Medina,
Y en una torre pagando
Las tardanzas del viaje,
Las hablillas de palacio;
Y el cuello de Don Fadrique
Está en los hombros intacto,
Porque tiene gran valía,
Poder mucho y nombre claro.
Mas ¡ay de él!… Es de las damas
El ídolo por su trato,
Por su gallarda presencia
Y por su esfuerzo bizarro;
Y si no da sombra al trono,
Porque es fiel, da, ¡mal pecado!
Al corazón duros celos,
Y esto es peor, si aquello es malo.
Doña María Padilla,
Cuyo entendimiento claro
Del regio amante penetra
Los más ocultos arcanos,
Y en quien la bondad del alma
Sobrepuja a los encantos
De su peregrino rostro
Y de su cuerpo gallardo,
Vive víctima infelice
De continuo sobresalto,
Porque al Rey ama, y le mira
A mal fin tender el paso.
Conoce que sobre sangre,
Persecuciones y llantos
No está nunca firme un trono,
Nunca seguro un palacio,
Y tiene dos tiernas niñas
Que con otro padre acaso,
Aunque ilegítimo fruto,
Pudieran todo esperarlo,
Ve en el insigne Fadrique
Un apoyo, un partidario;
Sabe que llega a Sevilla,
Y a voces le está indicando
De su fiero amante el rostro,
Que viene en momento aciago;
Y por aquietar sospechas,
O darles punto más alto,
Al fin, rompiendo el silencio,
Aunque con trémulos labios,
Osó hablar, y estas palabras
Entre los dos se mezclaron:
«Con que hoy llegará triunfante
Don Fadrique, vuestro hermano?»
«Y por cierto que ya tarda
En llegar aquí el bastardo.
¡Bien os sirve…!» «Sí; en Jumilla
Como un héroe se ha portado».
«De su lealtad os da prueba;
Es muy valiente». «Lo es harto».
«Ya estaréis, señor, seguro
De su pecho noble y franco».
«Aun más lo estaré mañana».
Enmudecieron entrambos.
El Fratricidio – Romance Cuarto – Los Dos Hermanos
De Mosén Beltrán Claquín
Ante la tienda, de pronto,
Páranse dos caballeros
Ocultos en los embozos.
El rey Don Pedro era el uno,
Rodríguez Sanabria el otro,
Que en la fe de un enemigo
Piensan encontrar socorro,
Con gran priesa descabalgan,
Y ya se encuentran en torno
Rodeados de franceses
Armados y silenciosos,
En cuyos cascos gascones,
Y en cuyos azules ojos
Refleja el farol, que alumbra
Cual siniestro meteoro.
Entran dentro de la tienda
Ya vacilantes, pues todo
Empiezan a verlo entonces
De aspecto siniestro y torvo.
Una lámpara de azófar
La alumbra trémula y poco;
Mas dejan ver un bufete,
Un sillón de roble tosco,
Un lecho y una armadura,
Y lo que fue más asombro,
Cuatro hombres de armas inmobles,
De acero vivos escollos.
Don Pedro se desemboza
Y, «Vamos ya», dice ronco;
Y al instante uno de aquéllos,
Con una mano de plomo,
Que una manopla vestía
De dura malla, brioso
Ase el regio brazo y dice:
«Esperad, que será poco».
Al mismo tiempo a Sanabria
Por detrás sujetan otros,
Arráncale de improviso
La espada, y cúbrenle el rostro.
¡Traición!… ¡traición!… gritan ambos,
Luchando con noble arrojo ;
Cuando entre antorchas y lanzas
En la escena entran de pronto
Beltrán Claquín, desarmado,
Y don Enrique, furioso,
Cubierto de pie a cabeza
De un arnés de plata y oro.
Y ardiendo limpia en su mano
La desnuda. daga, como
Arde el rayo de los cielos
Que va a trastornar el polo.
De Don Pedro el brazo suelta
El forzudo armado, y todo
Queda en profundo silencio,
Silencio de horror y asombro.
Ni Enrique a Pedro conoce,
Ni Pedro a Enrique: apartólos
El cielo hace muchos años,
Años de agravios y enconos,
Un mar de rugiente sangre,
De huesos un promontorio,
De crímenes un abismo
Poniendo entre el uno y otro.
Don Enrique fué el primero
Que con satánico tono,
«¿Quién de estos dos es —prorrumpe—
El objeto de mis, odios?»
«Vil bastardo —le responde
Don Pedro, iracundo y torvo—,
Yo soy tu rey; tiembla, aleve;
Hunde tu frente en el polvo».
Se embisten los dos hermanos;
Y don Enrigue, furioso
Como tigre embravecido,
Hiere a Don Pedro en el rostro.
Don Pedro, cual león rugiente,
¡Taidor.!, grita; por los ojos
Lanza infernal fuego, abraza
A su armado hermano, como
A la colmena ligera
Feroz y forzudo el oso,
Y traban lucha espantosa
Que el mundo contempla absorto.
Caen al suelo, se revuelcan,
Se hieren de un lado y otro,
La tierra inundan en sangre,
Lidian cual canes rabiosos.
Se destrozan, se maldicen,
Dagas, dientes, uñas, todo
Es da aquellos dos hermanos
A saciar la furia poco.
Pedro a Enrique al cabo pone
Debajo, y se apresta ansioso,
De su crueldad o justicia
A dar nuevo testimonio;
Cuando Claquín (¡ oh desgracia!
En nuestros debates propios
Siempre ha de haber extranjeros
Que decidan a su antojo),
Cuando Claquin, trastornando
La suerte, llega de pronto,
Sujeta a Don Pedro, y pone
Sobre él a Enrique alevoso,
Diciendo el aventurero
De tal maldad es abono:
«Sirvo en esto a mi señor;
Ni rey quito, ni rey pongo».
No duró más el combate;
De su rey en lo más hondo
Del corazón la corona
Busca Enrique, hunde hasta el pomo
El acero fratricida,
Y con él el puño todo
Para asegurarse de ella,
Para, agarrarla furioso.
Y la sacó… goteando
¡Sangre!… De funesto gozo
Retumbó en el campo un viva
Y el infierno repitiólo.
El Alcázar De Sevilla – Romance Quinto
Diz que el ver sangre embravece
Al tigre con tanto extremo,
Que prosigue los destrozos,
Aunque ya esté satisfecho
Su vientre, porque se goza
En teñir de rojo el suelo.
Sin duda, al Rey de Castilla
Le sucedía lo mesmo.
En cuanto vió a Don Fadrique
Desplomarse en tierra yerto,
Corrió por palacio todo
Buscando a, sus escuderos,
Que, trémulos y amarillos,
De aposento en aposento,
Huyen, sin hallar amparo,
Corren, sin hallar un puerto.
Por dicha logró fugarse
O esconderse el uno de ellos;
Sancho Villegas, el otro,
No fué tan feliz o diestro.
Viendo que el Rey le persigue,
Entróse de espanto muerto,
Donde estaba la Padilla
Desmayada y en su lecho,
Asistida por sus damas
Que están temblando de miedo,
Y con sus niñas al lado,
Angeles en alma y cuerpo.
Mirando allí el infelice
Aun perseguirle el espectro,
Que en asilos no repara,
Coge en sus brazos de presto
A Doña Beatriz, que apenas
Cuenta seis años completos,
Hija por quien el Rey tiene
El más cariñoso extremo.
Pero ¡ay! de nada le sirve…
En vano allá en el desierto
Con la cruz santa se abraza
El peregrino, si recio
Brama el Sur, si arde el espacio,
Si olas de arena, creciendo
Mar espantoso, confunden
La baja tierra y el cielo.
Con la niña entre los brazos,
Y de rodillas, el pecho
Traspasóle furibunda
La daga del rey Don Pedro.
Cual si no hubiese en palacio
Nada ocurrido de nuevo,
Se asentó el Rey a la mesa,
Como acostumbra, comiendo.
Jugó en seguida a las tabias,
Salió después a paseo,
Fué a ver. armar las galeras
Que han de ir a Vizcaya luego;
Y en cuanto cubrió la noche
Con, su manto el hemisferio,
Entró en la Torre del Oro,
Donde tiene en un encierro
A la linda doña Aldonza,
A la cual del monasterio
De Santa Clara ha sacado,
Y a la que idolatra ciego.
Fué un rato a hablar en seguida
Con Leví, su tesorero,
En quien tiene su privanza
Aunque es un infame hebreo,
Y muy tarde retiróse,
Sin más acompañaniento
Que un moro, su favorito,
Hombre bajo, por supuesto.
Entró en el tranquilo Alcázar,
Llegó al vestíbulo excelso,
Y en él paróse un instante
La vista en torno moviendo.
Una lámpara pendiente
Del artesonado techo
En derredor derramaba
Ya sombras, y ya reflejos.
Entre las tersas columnas
Dos hombres de armas, dos negros
Bultos paseaban solos,
Vigilantes y en silencio;
Y en tierra aun tendido estaba,
De un lago de sangre en medio,
El maestre Don Fadrigue
En su roto manto envuelto.
Se acercó el Rey, contemplóle
Con atención un momento,
Y notando que no estaba
Del todo su hermano muerto,
Pues aun respiraba acaso
Palpitante el hondo pecho,
Le dió con. el pie un empuje
Que hizo estremecer el cuerpo;
Desnudó la aguda daga,
Al moro la dió, diciendo:
«Acábalo», y, sosegado,
Subió y entregóse al sueño.
El Alcázar De Sevilla – Romance Primero
Magnífico es el Alcázar
Con que se ilustra Sevilla,
Deliciosos sus jardines,
Su excelsa portada rica.
De maderos entallados
En mil labores prolijas,
Se levanta el frontispicio
De resaltadas cornisas;
Y hay en ellas un letrero
Donde, con letras antiguas,
Don Pedro hizo estos palacios
Esculpido se divisa.
Mal dicen en sus salones
Las modernas fruslerías;
Mal en sus soberbios patios
Gente sin barba y ropilla.
¡Cuántas apacibles tardes,
En la grata compañía
De chistosos sevillanos
Y de sevillanas lindas,
Recorrí aquellos verjeles,
En cuya entrada se miran
Gigantes de arrayán hechos
Con actitudes distintas!
Las adelfas y naranjos
Forman calles extendidas,
Y un oscuro laberinto
Que a los hurtos de amor brinda.
Hay en tierra surtidores
Escondidos; se inprovisan,
Saltando entre los mosaicos
De pintadas piedrecillas.
Y a los forasteros mojan,
Con algazara y con risa
De los que, ya escarmentados,
El chasco pesado evitan.
En las tardes del estío,
Cuando al ocaso declina
El sol entre leves nubes,
Que de oro y grana matiza;
Aquel trasparente cielo
Con ráfagas purpurinas,
Cortado por un celaje
Que el céfiro manso riza;
Aquella atmósfera ardiente
En que fuego se respira,
¡Qué languidez dan al cuerpo!
¡Qué temple al alma divina!
De los baños, tan famosos
Por quien los gozó, la vista,
La del soberbio edificio,
Obra gótica y morisca,
Tétrico en partes, en partes
Alegre, y en el que indican
Los dominios diferentes,
Ya reparos, ya ruinas;
Con recuerdos y memorias
De las edades antiguas
Y de los modernos años,
Embargan la fantasía.
El azahar y los jazmines,
Que si los ojos hechizan,
Embalsaman el ambiente
Con los aromas que espiran;
De las fuentes el mumurio,
La, lejana gritería,
Que de la ciudad, del río,
De la alameda, contigua
De Trina y de la puente
Confusa llega perdida,
Con el son de las campanas
Que en la alta Giralda vibran,
Forman un todo encantado,
Que nunca jamás se olvida,
Y que, al recordarlo, siempre
Mi alma, y corazón palpitan.
Muchas de1iciosas noches,
Cuando aun ardiente latía
Mi ya helado pecho, alegres,
De concurrencia escogida,
Vi aquellos salones llenas,
Y a la juventud, cuadrillas
O contradanzas bailando
Al son de orquestas festivas.
En !as doradas techumbres
Los pasos, la charla y risas
De las parejas gallardas,
Por amor tal vez unidas,
Con el son de los violines
Confundidos se extendían,
Acordes ecos hallando
Por las esmaltadas cimbrias.
Mas ¡ay! aquellos pensiles
No he pisado un solo día,
Sin ver (¡sueños de mi mente!)
La sombra, de la Padilla,
Lanzando un hondo gemido,
Cruzar leve ante mi vista,
Como un vapor, como un humo,
Que entre los árboles gira;
Ni entré en aquellos salones,
Sin figurárseme erguida,
Del fundador la fantasma
En helada sangre tinta
Ni en el vestíbulo obscuro,
El que tiene en la cornisa
De los reyes los retratos,
El que en columnas estriba,
Al que adornan azulejos
Abajo, y esmalte arriba,
El que muestra en cada muro
Un rico balcón, y encima
El hondo artesón dorado,
Que lo corona y atrista,
Sin ver en tierra un cadáver.
Aun en las losas se mira
Una tenaz mancha obscura…
¡Ni las edades la limpian!…
¡Sangre! ¡Sangre!… ¡Oh cielos, cuántos
Sin saber lo que es la pisan!
El Alcázar De Sevilla – Romance Segundo
Quinientos años más joven
Era el magnífico Alcázar,
Aun lustrosas sus paredes,
Su alto almenaje sin faltas,
Y lucientes los esmaltes
De las techumbres doradas,
Mansión del rey de Castilla
Orgulloso se ostentaba,
Cuando del Mayo florido
Una. apacible mañana,
En aquel salón que tiene
Los balcones a la plaza,
Dos ilustres personajes
En grande silencio estaban:
Un caballero era el uno,
El otro una hermosa, dama.
Rica berberisca alfombra,
Del Rey moro de Granada
Don o tributo, cubría
Las losas de aquella cuadra.
Un cortinaje de seda
Con listas y flores varias
Matizado en el Oriente,
Que galeras venecianas
(Tal vez de su Dux regalo)
Trajeron a nuestra España,
Del abierto balconaje
El radiante sol templaba.
En el testero de enfrente,
De maderas cinceladas,
Un rico oratorio había
Con embutidos de nácar,
Y en él la imagen devota
De la Virgen soberana,
Escultura harto mezquina,
Mas no de atractivos falta,
De la cual era el adorno
Una corona, de plata,
Reverberando en. su cerco
Amatistas y esmeraldas.
Un manuscrito precioso
Con las oraciones santas,
Ornatos de miniatura,
Y de oro y marfil las tapas,
Colocado se veía
Sobre un atril, que formaban
De un ángel mal esculpido,
aunque con primor, las alas;
Y de brocado de oro
En el suelo una almohada,
Mostrando, por medio hundida,
De dos rodillas la marca,
En los muros blanqueados
Con cal de Morón, de caza
Pendían varios trofeos,
Banderas y limpias armas;
Y en una mesa o bufete,
Puesta en medio le la estancia,
Con un tapete cubierta,
Cuyos picos arrastraban,
Un templado laúd había,
Un rico juego de tablas,
Búcaros llenos de flores
Y un cofre de filigrana.
De un balcón sentóse cerca,
Muy pensativa la dama,
En un gran sillón dorado,
Cuyo respaldo formaba
Un dosel o guardapolvo
En una curva gallarda,
De castillos, de leones
Y de corona adornada.
Un vistoso brial de seda
Verde, y con labores varias
De sirgo y perlas, y en torno
De oro recamos y franjas,
Era su traje; una toca,
Muy más que la nieve blanca,
Y un claro cendal cubrían
Sus trenzas negras y largas.
Celestial era su rostro
Y divina su garganta,
Pero del color de cera,
Que miedo y penas retrata;
Dos soles eran sus ojos
Bajo las luengas pestañas,
Donde dos perlas preciosas,
Prontas a correr, brillaban.
Eva una fresca azucena,
A quien cruda muerte amaga,
Porque un corroedor gusano
Ya su hondo cáliz desgarra.
Ora un blanco pañizuelo,
Con puntas bordado y randas,
Revolvía con las manos
Convulsas y deslustradas,
Qra absorta y distraída,
Agitaba en torno el aura
Con un precioso abanico
De ricas plumas de Arabia.
Delgado era el caballero,
De estatura no muy alta,
Vivaces ojos, la boca
Inquieta, roja la barba,
Pálido y enjuto el rostro,
Nariz corva y afilada,
Noble su porte y siniestras
Y terribles sus miradas.
Envuelto en un rojo manto,
De oro bordado y con chapas,
Y una gorra en la cabeza
Puesta de lado con gracia,
De largo a largo medía
Con pasos lentos la estancia,
Y pasiones diferentes
Su mudo rostro mostraba.
A veces se enrojecía,
Arrojando fieras llamas
Por los encendidos ojos,
Hechos del infierno brasas;
Luego extendían los labios
Sonrisa feroz y amarga,
O en las doradas techumbres
Fijaba atroces miradas,
Bien apresurando el curso
De pie a cabeza temblaba,
Bien repuesto proseguía
Su paso noble con calma.
Así he visto al tigre fiero,
Ya tranquilo, ya con rabia,
Revolverse a todos lados
Dentro de la estrecha jaula.
Marchando sobre la alfombra,
No se oían sus pisadas,
Pero sordas le crujían,
Siempre que se meneaba,
Canillas y choquezuelas.
Diz que el cielo (¡cosa rara!)
De igual rumor ha dotado,
Allá en tierras muy lejanas,
Para que la evite el hombre,
A una serpiente que llaman
De cascabel, y que al punto
Que se acerca, pica y mata.
Doña María Padilla
Era la llorosa dama,
Y el callado caballero
El rey Don Pedro de España.
El Alcázar De Sevilla – Romance Tercero
Cual de solitaria torre
En torno están revolando
Fieras aves de rapiña,
Cuando el sol baja al ocaso,
Así en torno de Don Pedro
Vuelan pensamientos varios,
Cuyas sombras ofuscaban
De su semblante los rasgos.
Ya ocupa su airada mente
El poder de sus hermanos,
A los que mató la madre,
Y a quienes llama bastardos;
Ya de los grandes inquietos
La insolencia y desacato,
O la mengua del tesoro
Sin medios de repararlo;
Ya la linda Doña Aldonza,
A quien tiene a buen recaudo;
O las sangrientas fantasmas
De inocentes que ha matado;
Ya una proyectada empresa
Rompiendo la fe de un pacto,
Contra el moro granadino,
O una traición o un engaño.
Mas, como las mismas aves
Se van escondiendo al cabo,
Entre las almenas rotas
Del castillo solitario,
Y sólo constante queda,
En torno de él volteando,
La más voraz, la más fuerte,
La que no admite descanso,
Así aquel tropel confuso
De pensamientos extraños,
En que se encontró Don Pedro
Envuelto pequeño rato,
En su pecho y su cabeza
Fueron nidos encontrando,
Y quedó despierta y viva,
Dándole gran sobresalto,
La imagen de Don Fadrique,
El mejor de sus hermanos,
Norma de los caballeros
Y Maestre de Santiago.
Del rey de Aragón acaba
Don Fadrigue el esforzado
De conquistar a Jumilla,
Con noble denuedo y brazo;
Deja, en lugar de las barras,
Los castillos tremolando,
Y viene a entregar las llaves
A su Rey, señor y hermano.
Sabe el Rey que no es rebelde,
Que es su amigo y partidario,
Y más que a Tello y a Enrique
Lo está embravecido odiando.
Don Fadrique fué el que tuvo
De venir a Francia encargo
Por la reina doña Blanca,
Mas tardó en llevarla un año.
Con ella en Narbona estuvo…
Y un rumor corrió entre tanto
De aquellos que son ponzoña,
Ora ciertos, ora falsos.
Doña, Blanca está en Medina,
Y en una torre pagando
Las tardanzas del viaje,
Las hablillas de palacio;
Y el cuello de Don Fadrique
Está en los hombros intacto,
Porque tiene gran valía,
Poder mucho y nombre claro.
Mas ¡ay de él!… Es de las damas
El ídolo por su trato,
Por su gallarda presencia
Y por su esfuerzo bizarro;
Y si no da sombra al trono,
Porque es fiel, da, ¡mal pecado!
Al corazón duros celos,
Y esto es peor, si aquello es malo.
Doña María Padilla,
Cuyo entendimiento claro
Del regio amante penetra
Los más ocultos arcanos,
Y en quien la bondad del alma
Sobrepuja a los encantos
De su peregrino rostro
Y de su cuerpo gallardo,
Vive víctima infelice
De continuo sobresalto,
Porque al Rey ama, y le mira
A mal fin tender el paso.
Conoce que sobre sangre,
Persecuciones y llantos
No está nunca firme un trono,
Nunca seguro un palacio,
Y tiene dos tiernas niñas
Que con otro padre acaso,
Aunque ilegítimo fruto,
Pudieran todo esperarlo,
Ve en el insigne Fadrique
Un apoyo, un partidario;
Sabe que llega a Sevilla,
Y a voces le está indicando
De su fiero amante el rostro,
Que viene en momento aciago;
Y por aquietar sospechas,
O darles punto más alto,
Al fin, rompiendo el silencio,
Aunque con trémulos labios,
Osó hablar, y estas palabras
Entre los dos se mezclaron:
«Con que hoy llegará triunfante
Don Fadrique, vuestro hermano?»
«Y por cierto que ya tarda
En llegar aquí el bastardo.
¡Bien os sirve…!» «Sí; en Jumilla
Como un héroe se ha portado».
«De su lealtad os da prueba;
Es muy valiente». «Lo es harto».
«Ya estaréis, señor, seguro
De su pecho noble y franco».
«Aun más lo estaré mañana».
Enmudecieron entrambos.
El Alcázar De Sevilla – Romance Cuarto
Grande rumor se alza, y cunde
De armas, caballos y pueblo
De Sevilla por las calles,
Al Maestre recibiendo.
Suenan los vivas, unidos
Con los retumbantes ecos,
Que en la altísima Giralda
Esparce el bronce hasta el cielo,
Vase acercando la turba,
Pero se la escucha menos;
Ya a la plaza de palacio
Llega y párase en silencio;
Que la vista del Alcázar
Gozaba del privilegio
De apagar todo entusiasmo,
De convertir todo en miedo.
Quedó, pues, mudo el gentío,
Falto de acción y de aliento,
Para pisar la gran plaza
Con un mágico respeto;
Y el Maestre de Santiago,
Con algunos caballeros
De su Orden, entra, seguido
De corto acompañamiento.
Dirígese hacia la puerta,
Como aquel que va derecho
A encontrar de un buen hermano
El alma y brazos abiertos,
O como noble caudillo,
Que por sus gloriosos hechos
De un Rey a recibir llega
Los elogios y los premios.
Sobre un morcillo lozano,
Que espuma respira y fuego,
Y a quien contiene la brida
Si ensoberbece el arreo,
Muéstrase el noble Fadrique
Con el blanco manto suelto,
En que el collar y cruz roja
Van su dignidad diciendo;
Y una, toca de velludo
Carmesí lleva, do el viento
Agita un. blanco penacho
Con borlas de oro sujeto.
Pálido como la muerte,
El iracundo Don Pedro,
En cuanto entrar en la plaza
Vió al hermano desde lejos,
Como si de mármol fuera
Quedó del salón en medio,
Y en sus furibundos ojos
Ardió un relámpago horrendo,
Pero pronto en sí tornando,
Salióse del aposento,
Cual si del huésped quisiera
Buscar afable el encuentro.
Así que volver la espalda
Le vió la Padilla, lleno
El corazón de amargura
Y de llanto el rostro bello,
Alzase y sale turbada
Del balcón al antepecho,
Al gallardo Maestre indica,
Con actitudes y gesto,
Que llega en mal hora, y mueve
Por el aire el pañizuelo,
Diciéndole en mudas señas
Que se ponga en salvo luego.
Nada comprende Fadrique,
Y por saludos teniendo
Los avisos, corresponde
Cual galán y cual discreto.
Y a la ancha portada llega,
Do guardias y ballesteros
le dejan el paso libre,
Mas no entrada a su cortejo.
Si no conoció las señas
De la Padilla, Don Pedro
Las conoció, pues paróse,
Aun indeciso y suspenso,
De la cámara en la puerta
Un breve instante, y volviendo
Los ojos, vió que la dama
Agitaba el blanco lienzo.
¡ Oh Dios! ¿Fué esta acción tan noble,
De tan puro y santo intento,
La que 1lamó a los verdugos,
Y la que firmó el decreto?
Apenas puso el Maestre,
De dos solos escuderos
Seguido, el pie, confiado,
En el vestíbulo regio,
Donde varios hombres de armas,
Vestidos de doble hierro,
Paseándose guardaban
De la escalera el ingreso,
Cuando a uno de los balcones,
Como aparición de infierno,
El Rey se asoma, gritando:
Matad al maestre, maceros.
Siguió como en la tormenta
El súbito rayo al trueno,
Y seis refornidas mazas
Sobre Fadrique cayeron.
Llevó la mano al estoque,
Pero en el tabardo envuelto
Halló el puño, y fué imposible
Desenredarlo tan presto.
Cayó en tierra, un mar de sangre
Del roto cráneo vertiendo,
Y lanzando un alarido
Que llegó, sin duda, al cielo.
Voló al instante la nueva
De tan horrible suceso;
Apelaron a la fuga
Los frailes y caballeros;
Huyó a esconderse en sus casas,
Temblando de horror, el pueblo,
Y del Alcázar quedaron
Los alrededores desiertos.
El Conde De Villamediana – Romance Primero – Los Toros
Está en la plaza Mayor
Todo Madrid celebrando
Con un festejo los días
De su rey Felipe cuarto.
Este ocupa, con la Reina
Y los jefes de palacio,
El regio balcón, vestido
De tapices y brocados.
En los otros, que hermosean
Reposteros y damascos,
Los grandes con sus señoras,
Y los nobles cortesanos,
Ostentan soberbias galas,
Terciopelos y penachos;
Las damas y caballeros
Llenan los segundos altos,
Y de fiesta gran gentío
Los barandales y andamios,
Jardín do a impulsos del viento
Ondean colores varios.
Ante la Panadería,
Del balcón del Rey debajo,
Y de espalda a la barrera
En la arena del estadio,
La guardia tudesca en ala,
Parece un muro de paño
Rojo y jalde, con cornisa
Hecha de rostros humanos,
Sobre la cual vuelan plumas
En lugar de Jaramagos,
Y brillan las alabardas
Heridas del sol de Mayo.
Los alguaciles de corte,
Con sus varas en la mano,
A la jineta en rocines,
Están en fila a los lados.
El Rey, la Reina, los grandes,
Las damas, los cortesanos,
Los tudescos y alguaciles,
El inmenso pueblo, y cuantos
En la plaza están, los ojos
Tornan de Toledo, al arco,
Por cuya barrera asoma
Un caballero a caballo.
Vese en medio de la arena,
Furia y humo respirando,
Los ojos como dos brasas,
Los cuernos ensangrentados,
Con la pezuña esparciendo
Ardiente polvo, el más bravo
Retinto, a quien dió Jarama
Hierba encantada en sus campos.
Aun no estrenó la almohadilla
De su cuello erguido y alto
Hierro alguno, ni ha embestido
Una sola vez en vano.
Entre capas desgarradas
Y moribundos caballos,
Se ostenta como el guerrero
Que se corona de lauro,
Entre rendidos pendones,
Sobre muros derribados;
Del genio del exterminio
Parece emblema y retrato.
En un tordillo fogoso,
De africana yegua parto,
Que de alba espuma salpica
El pretal, el pecho y brazos,
Que desdeñoso la tierra
Hiere a compás con los cascos,
Que una purpúrea gualdrapa
Con primorosos recamos,
De felpa y ante la silla,
En el testero un penacho,
La cabezada y rendaje
De oro y seda roja, y lazos
En el codón y en las crines
Soberbio ostenta y ufano,
A combatir con el toro
Sale aquel señor gallardo.
Viste una capa y ropilla
De terciopelo más blanco
Que la nieve, de oro y perlas,
Trencillas y pasamanos;
Las cuchilladas, aforros,
Vueltas y faja de raso
Carmesí, calzas de punto,
Borceguíes datilados,
Valona y puños de encaje;
Esparcen reflejos claros
En su pecho los rubíes
De la cruz de Santiago.
Un sombrero con cintillo
De diamantes, sujetando
Seis blancas gentiles plumas,
Corona su noble garbo.
Con la izquierda rige el freno,
En la diestra lleva en alto
Un pequeño rejoncillo
Con la cuchilla de a palmo.
Acompáñanle dos pajes,
A pie, de uno y otro lado;
Y llevan las rojas capas
Prontas al lance en la mano:
Síguenle sus escuderos
Y un gran tropel de lacayos,
Los que, por respeto al toro,
Se van haciendo rehacios,
Puesto en medio de la plaza
Personaje tan bizarro,
Saluda al Rey y a la Reina
Con gentil desembarazo.
Aquél, serio, corresponde;
Ésta muestra sobresalto,
Mientras el concurso inmenso
Prorrumpe en vivas y aplausos.
Era el gran Don Juan de Tassis,
Caballero cortesano,
Conde de Villamediana,
De Madrid y España encanto
Por su esclarecido ingenio,
Por su generoso trato,
Por su gallarda presencia,
Por su discreción y fausto.
Gran favor se le supone,
Aunque secreto, en palacio,
Pues susurran malas lenguas
Pero mejor es dejarlo.
De todos y todas dicen,
Y es poner puertas al campo
Querer de los maliciosos
Sellar los ojos y labios.
Valiente, Villamediana,
Cortas las riendas, y bajo
Del rejoncillo el acero,
Vase al toro paso a paso.
Éste cabecea, bufa,
La tierra escarba marrajo,
Y espera instante oportuno
En que partir como el rayo.
El paje de la derecha,
Con grande soltura y garbo,
A la fiera irrita y llama,
La capa ante ella ondeando.
Embiste, pues; el jinete
Tuerce el bridón, de soslayo
Pasa el toro, el otro paje
Con la capa hace un engaño,
Y lo revuelve, y de nuevo
Lo para. Determinado
Le hostiga de frente el Conde;
Torna a embestir, rebramando,
El jarameño; parece
Que el caballero y caballo
Van a volar a las nubes,
Cuando de la fiera intactos
En primorosas corvetas
Se separan, y con saltos.
Un punto el toro vacila
Bramido ronco lanzando,
Y desplomase en la tierra,
Haciendo de sangre un lago
Con el torrente que brota
Por la cerviz, do, clavado,
Medio rejón aparece,
Que el otro medio en la mano
Del noble y valiente Conde
Va al concurso saludando.
Por balcones y barandas,
Vallas, barreras y andamios,
Formando una riza nube,
Ondean pañuelos blancos,
Y «¡Viva!» el pueblo repite,
Y los caballeros «¡Bravo!»
Y «¡Qué galán!» las mujeres,
Haciendo lenguas las manos.
La Reina, que, sin aliento,
Los ojos desencajados
En jinete y toro tuvo,
Vuelve, ansiosa, respirando;
«¡Qué bien pica el Conde!», dice,
Y «Muy bien», los cortesanos
Repiten. El Rey responde:
«Bien pica, pero muy alto».
Y en el rostro de la Reina
Clavó los ojos un rato.
Ésta demudóse, y todos
Los señores de palacio,
En quienes opinión propia
Fuera un peregrino hallazgo,
Repitieron, no sabiendo
Lo que decían acaso,
Y de entrambas majestades
Queriendo seguir el rastro:
«Pica muy bien; mas debiera
Haber picado más bajo».
Dos toros más se corrieron,
En que caballeros varios
Con gala y con valentía
Gran destreza demostraron;
Mas es pretender lucirlo
Después del Conde gallardo,
Exceso del amor propio,
Cuyos esfuerzos son vanos.
Ser en punto mediodía
Las campanas avisaron
De Santa Cruz en la torre.
En su carroza, a palacio
Retiráronse los Reyes,
Tras ellos los cortesanos,
Y aquel inmenso gentío,
La plaza desocupando,
Se apiñó en arcos y puertas,
Haciendo un todo compacto,
Que por las primeras calles
Rompió, que luego en pedazos
Por otras más dividióse,
Después en grupos, que al cabo
Reducidos a familias,
Muy pronto se dispersaron.
Tal vez así se desagua
Un artificial pantano,
Cuando se abren las compuertas
Del malecón, y apretados
Torrentes por ellas salen,
Que luego en arroyos varios
Se dividen, y se pierden,
Finalmente, por los campos.

El Conde De Villamediana – Romance Segundo – Las Máscaras Y Cañas
Siguió el festejo a la tarde,
Y llenóse la gran plaza
Con el pueblo y con la corte,
Cual lo estuvo la mañana.
Magníficas son las fiestas
Que la regia villa paga,
Para celebrar el nombre
Del poderoso Monarca
De clarines y timbales
Al son que asorda las auras,
Y al de orquestas numerosas,
Que entonan guerrera marcha,
En orden y a lento paso
Numerosas mascaradas
Entran por partes distintas,
Y al Rey y a la Reina acatan.
De los reinos diferentes
Que el reino forman de España,
Ostenta cada cuadrilla
Distintivos y antiguallas,
Arbolando un estandarte
Con el blasón de sus armas,
Y de su música propia,
Al compás de las sonatas,
Mézclanse ligeras luego,
Formando mímica danza.,
En concertado desorden
De figuras ensayadas.
Los cascos y coseletes
De la indómita Cantabria;
De los fieles castellanos
Las dobles cueras y calzas;
Las fulgentes armaduras,
De los infanzones gala,
Del ligero valenciano
Los zaragüelles y mantas;
De chistosos andaluces
Los sombrerones y capas,
Y las chupas con hombreras
Y con caireles de plata;
Los turbantes granadinos,
Jubas, albornoces, fajas;
Los terciopelos y sedas
De vestes napolitanas;
De la Bélgica los sayos
Con sus encajes y randas;
Los milaneses justillos
Con las chambergas casacas,
Y las esplendentes plumas
Teñidas de tintas varias,
Con los arcos y las flechas
Que el cacique indiano gasta,
Forman un todo indeciso
Que cubre la extensa plaza
De movibles resplandores,
De confusión bigarrada.
Parece que está cubierta
Con una alfombra persiana,
Cuyos matices se mueven
Al conjuro de una maga.
Aquí añafiles moriscos,
Allí tamboril y gaita,
Más allá trompas guerreras,
Acá sonorosas flautas;
Las antárticas bocinas
En un lado, las guitarras
Y crótalos en el estoy,
Los caracoles de caza
Forman estruendo confuso
En que ya el acorde falta,
Y que llenando el espacio
Aun más aturde que halaga.
Por fin, terminado el baile,
Sepáranse las comparsas
Y hacia lados diferentes,
En orden puestas, descansan.
Y cada una se dirige,
Según la suerte la llama,
A saludar a los Reyes
Con solemnidad y pausa;
Y doblando la rodilla,
Ofrecen a su Monarca
Un rico don de productos
De aquel reino que retratan.
Despejando luego todas,
El circo desembarazan
A los nobles caballeros
Que salen a correr cañas,
Por la izquierda y la derecha
A un tiempo entraron galanas
Dos diferentes cuadrillas,
Que a unirse en el centro marchan.
Compónese cada una,
Compitiendo en garbo y gala,
De doce nobles jinetes,
Que de dos en dos avanzan.
El Conde de Orgaz, mancebo
De gentileza y de gracia,
Es caudillo de la una;
De la otra es Villamediana.
Aquél, en caballo negro,
Enjaezado de plata,
De terciopelo amarillo
Con celestes cuchilladas,
Vestido sale: figura
Con argentinas escamas
Peto y espaldar, y azules
Lleva plumas y gualdrapa.
Este, en un caballo blanco,
Cuya crin el oro enlaza,
Ostenta un rico vestido
De terciopelo escarlata:
El arnés de hojuelas de oro,
Y de rica seda blanca,
Con brillantes bordaduras,
Los afollados y faja.
Unidas las dos cuadrillas,
Hacia el regio balcón ambas,
Al paso, la pista siguen
De los jefes que las mandan;
y e, concurso, en gran silencio,
Curioso a la vista, clava
De los dos gallardos Condes
En las brillantes adargas;
Pues logrando de discretos
Y de, enamorados fama,
Interesa a todo el mundo
Ver las empresas que sacan.
Es la de Orgaz una hoguera
De la que el vuelo levanta
El fénix con este mote:
Me (la vida quien me abrasa.
Un letrero solamente
Es la de Villamediana,
Que dice: Son mis amores…
Y luego reales de plata
Puestos cual si fueran letras,
Con que aquel renglón acaba.
La empresa de Orgaz la entienden
Todos, y aciertan la llama
Que le da vida y le quema.
La (¡el de Villamediana
Despierta más confusiones,
Aunque es en verdad bien clara.
Propensión funesta tiene
El joven galán que alcanza
Favores de una señora,
A la par hermosa y alta,
De publicarlos al punto
Y de sacarlos a plaza:
Vanidad de enamorados
Que en peligros no repara.
Muchos el sentido entienden
Que las monedas declaran,
Por miedo disimulan
Y de explicarlo se guardan.
Otros, necios, se calientan
Los cascos por descifrarla.
Son mis amores dinero,
Repiten; pero no cuadra
Con el carácter del Conde
Esta explicación villana.
Mis amores efectivos
Son, dicen otros, ¡bobada!
Velasquillo el contrahecho,
Enano y bufón, que alcanza,
No sin despertar envidia,
Gran favor con el Monarca,
A disgusto de los grandes
En el balcón regio estaba,
Malicias diciendo y chistes
Con insolencia y con gracia.
Y o por faltarle su astucia
Entonces, o porque trata
De vengarse del desprecio
Con que la Reina le acaba,
O porque ve de mal ojo
Al noble Villamediana,
O por gusto de hacer daño,
Que es de tales bichos ansia,
Dijo: «Ta, ta; ya comprendo
Lo que dice aquella adarga:
Son mis amores reales»,
soltó la carcajada.
Trémulo el Rey y amarillo,
Y conteniendo la saña,
«Pues yo se los haré cuartos»,
Respondió al punto en voz baja.
Lo oyó la Reina, y quedóse
Inmóvil como una estatua,
Pálida como la muerte,
Hecha pedazos el alma.
Las cuadrillas empuñando,
En vez de robustas lanzas,
De cintas y oro vestidas
Leves quebradizas cañas,
Se embistieron… imposible
Es ya que encuentre palabras
Con que describir la fiesta:
Mi atención la Reina embarga.
Pobre señora! Tampoco
Merece versos y fama
Tal diversión, ya reflejo
Débil, copia degradada
De las justas, que ha dos siglos
Los caballeros usaban
Con gloria, que nunca gloria
En donde hay peligro falta,
Y en que las picas de guerra
Dobles petos abollaban,
No los juncos inocentes,
Sedas, brocados y holandas.
El Conde De Villamediana – Romance Tercero – El Sarao
Mientras que la Monarquía
Se desmorona, y el borde
Toca de una sima horrenda,
Duermen en pueriles goces,
Entre placeres se aturden,
Deleites sólo conocen,
Sin cuidarse del peligro,
El Rey de España y sus nobles.
Así una casa se quema,
Así desdichas atroces
Sobre una Infeliz familia
El ciego destino pone;
Y en tanto el imbécil ríe,
Duerme el embriagado joven,
Y el niño con sus juguetes
Es el más feliz del orbe.
Si alegre fué todo el día
Con públicas diversiones,
Con saraos y luminarias
No lo fué menos la noche.
El pueblo las anchas calles
En gozosas turbas corre,
Para ver iluminadas
Las casas de los señores.
En las plazas principales
Suenan músicas acordes,
Y farsas se representan
Del Rey celebrando el nombre.
Del palacio del Retiro
Llenos están los salones
De todo el fausto y la ga1a
Que son honra de la corte.
En los soberbios jardines
Brillan vasos de colores,
Que en el estanque reflejan
Formando guirnaldas dobles.
Un gran fuego de artificio
Las densas tinieblas rompe,
Y rastros de luz envía
A las celestes regiones:
De los rayos que le lanzan
Los nublados tronadores,
Dijérase que la tierra
Se estaba vengando entonces.
Varias encendidas ruedas,
Girando luego veloces
En atmósfera de chispas,
Parecen mágicos soles;
Mas pronto en huecos tronidos
De humo blanco alzando un monte,
Se disipa, y desaparece
Aquel gigantón enorme
De luz, que ofuscó 1os astros,
Y que deslumbró a la corte
Como trasunto o emblema
Del orgullo de los hombres.
En el salón de los reinos,
Donde el trono de dos orbes,
De oro y terciopelo, estriba
En colosales leones,
El Rey está con las damas,
La Reina con los señores,
Y chocolate y conservas,
Y helados pasan en orden,
En mancerinas de oro
Y en bandejas, cuyos bordes
Lucientes piedras adornan
En caprichosas labores.
En seguida se bailaron,
Al compás de alegres sones,
Las folías y chaconas,
Y aun zarabandas innobles.
De cada señora al lado
Sitio un caballero escoge,
Y en un cojín, para hablarle,
La rodilla, izquierda pone.
Allí en animados grupos
Lo más rico y lo más noble
De Madrid y España asiste,
Y extranjeros de alto porte.
Estaban, pues… ¿De qué sirve
Que el tiempo perdamos, nombres
Ya olvidados repitiendo,
Y que alcanzaron entonces
Boga por riqueza y sangre,
Mas que hoy ya nadie conoce?
De conocidos hablemos,
De amigos, nuestros hombres
Que aun los vemos y tratamos,
Aunque ha dos siglos que esconde
Sus cenizas el sepulcro,
Sima que todo lo sorbe.
En un lado de la sala
Estaba el famoso Lope,
El Fénix de los ingenios,
Con el cabello y bigote
Blancos como pura nieve,
Y al través se reconoce
De sus clericales ropas
Que fué guerrero de joven.
La insignia adorna su pecho
de la hospitalaria orden,
Y el fuego brilla en sus ojos,
Que hace a los mortales dioses.
Con él habla un caballero,
Cabeza gorda, deformes
Los pies, de negro azabache
Melena y barba, mas noble
Aspecto; diciendo chistes
Está, y resuenan conformes
Carcajadas, y aun aplausos,
En cuantos hablar le oyen.
Es Don Francisco Quevedo,
A quien un clérigo, torpe
Ya por la edad, ceceando
Y con malicias responde.
Ser el tal pronto se advierte
Son Luis Góngora y Argote,
Del nuevo estilo de moda
Inventor, columna y norte.
El padre Paravicino,
Que de sabio alto renombre
Goza, y a Madrid encanta
Por sus peinados sermones,
También es del corro; y luego
En él ufano ingirióse,
Aun tan niño que en sus labios
Ni bozo se ve que asome,
Don Esteban de Villegas,
Español Anacreonte,
En versos cortos divino,
Insufrible en los mayores.
En una pausa del baile,
De Villamedian el Conde,
Que ha danzado con la Reina,
Alargó la mano a Lope,
Y como ingenio de marca
Entre los otros mostróse.
Acaba de publicarse
Su poema de Faetonte,
En aquel tiempo un prodigio,
Que hoy tiene apenas lectores;
Obra de perverso gusto
Y de hinchados clausulones.
Góngora, que, envanecido,
Un adepto de alto nombre
Ve en tan claro personaje,
Sus encomios prodigóle.
Y todos 1e celebraban,
Aunque yo decir no ose
Si sus versos aplaudían
O su favor en la corte.
Don Francisco Manuel MeIo,
En quien se juntan los dotes
De historiador y poeta
Con los bélicos blasones,
Allí está, aunque taciturno;
Sin duda abriga temores
De que el Duque de Braganza
Su osado intento no logre.
El gran Don Diego Velázquez,
De pinceles españoles
Gloria, también conversaba
Con tantos famosos autores;
Pero lo que dicen ellos
Parece que apenas oye,
Porque de Rubens los cuadros
Con gran encanto recorre;
Y en aquel retrato ecuestre
Del Emperador, en donde
Apuró Ticiano el arte,
Los ojos árabes pone.
También el Rey un momento
Afable al corro acercóse,
Hablando de una comedia
Que salió al público entonces,
Y cuyo autor se nombraba
Un ingenio de esta corte,
A la cual, aunque por cierto
Era un disparate enorme,
Todos dieron mil elogios
Y de portento renombre,
Pues que es obra del Rey mismo
No hay en Madrid quien ignore.
Ya muy tarde entró en la sala,
Saludos y adulaciones
Recibiendo del concurso,
Con aire altanero y noble
El Conde-Duque ; se llegan
Los Grandes y Embajadores
Para hablarle, el Rey Felipe
Con gran cariño le acoge;
Y con él, y con el Nuncio
Y un milanés, enredóse
En importante coloquio,
Que su atención regia absorbe.
La Reina, que en gallardía
A todas se sobrepone,
Y cuyos hermosos ojos,
Brillantes como dos soles,
En Villamediana tuvo
Clavados toda la noche,
Viendo al Rey y al favorito
Con aquellos dos señores
Extranjeros en consulta,
Que ha de ser larga supone
La conversación, notando
Que hay vivas contestaciones.
Mas atenta, al Conde mira,
Le hace una seña, y veloce,
Aunque con gran disimulo,
De la sala retiróse,
De una danza numerosa
Que empezó la gente joven
A enredar, aprovechando
La confusión y el desorden.
Conoció al punto la seña
El favorecido Conde,
Que amantes favorecidos
Las más pequeñas conocen.
Pero no son ellos solos;
También ay! de ellas se imponen
Los celosos…El Monarca
La seña fatal recoge.
A salir Villamediana
Siguiendo su amado norte,
Iba por distinto lado
Del salón, cuando turbóle
El ver al Rey furibundo,
Que con miradas atroces,
Ojos cual los de un fantasma,
En él sin quitarlos pone.
Sobrecogido, de mármol,
Ni a dar un paso atrevióse,
Y trabó, disimulando
Un altercado con Lope.
El Conde De Villamediana – Romance Cuarto – Final
En aquella galería,
Adornada de arabescos
Y follajes primorosos,
Con oro y esmaltes hechos,
Y cuya baranda rica
Daba hacia el jardín pequeño,
En que el caballo de bronce
Estuvo por largo tiempo,
Sin más luz que la, que esparce
La luna en mitad del cielo,
Esperando a alguien la Reina
Está turbada, y con miedo.
Del concurso de la danza
Y de la orquesta el estruendo ¡
Que los salones ocupa,
Oye resonar de lejos;
Y aunque sabe que notada
Ha de ser su ausencia presto,
Por dar al Conde un aviso
Atropella todo riesgo.
Siglos los instantes juzga
Con mortal desasosiego,
Y en el barandal dorado
Palpitante apoya el pecho.
Mira, al ecuestre coloso,
Inmóvil, obscuro, enhiesto,
Entre laureles y murtas,
Y tiembla ¡ infelice! al verlo.
Alza a la pálida luna
Los ojos de llanto llenos,
Y se extravía su mente,
Por precipicios horrendos.
Sin rumor y de puntillas,
Como fantasma o espectro,
En el corredor entróse
La parte obscura siguiendo,
Un hombre embozado: llega
Por detrás en gran silencio
A la Reina, que, de espaldas
Estando, no pudo verlo,
Y le tapa el noble rostro
Con dos manos como hielo;
pero delicadas manos
Que agita un temblor ligero.
Quién pudiera aproximarse
A dama de tal respeto,
Sino el amante dichoso
Con tan inocente juego?
Así lo pensó ella misma,
Pues aunque al primer momento
De sorpresa, lanzó un grito,
Pronto sobre sí volviendo:
«Déjame Conde —prorrumpe
Con dulces lánguidos ecos—;
No es esta ocasión de burlas,
Pues es de infortunios tiempo.
Déjame y escucha, Conde».
Libre la dejan en esto
Las manos que la cegaban,
Y se encuentra sola ¡cielos!
Con su marido, que arroja
Por los ojos rabia y fuego.
Queda la infeliz difunta;
Mas tienen el privilegio
Las hembras del disimulo,
Y en los críticos encuentros
Mucha mayor agudeza
Que el hombre de más ingenio.
Al oír que el Rey pregunta
Con voz como voz de infierno,
«Yo Conde?… ¿Yo?» En sí tornando
La Reina, responde presto:
«Sí, señor, de Barcelona…
Y se complace mi pecho
Con tal título, afirmado
Con vuestro poder y esfuerzo,
Después que habéis reprimido
La rebelión de aquel pueblo».
Quedó pasmado el Monarca.
«Discreta sois por extremo
Repuso, y tras pausa leve—,
Mas qué infortunio tenemos?
«Ya alentada la señora,
Pues siempre el paso primero
Es el trabajoso, dijo:
«No faltan, señor, por cierto;
Dígalo Flandes perdida,
Y de Nápoles los reinos,
«Donde un ambicioso intenta
Arrebatarnos el cetro;
Milán, donde la peste
Está tanto estrago haciendo,
«Y Portugal vacilante,
Do traidores encubiertos…»
Aquí atajóla Filipo
Con voz de lejano trueno.
«Basta, pues, basta, señora;
Sois francesa, bien lo veo;
Tenéis interés muy grande
En mi honor y en el del reino.
«Veréis que uno y otro al punto
Para aquietaros sostengo,
Y que lavaré con sangre
La mancha que advierta en ellos».
Calló, y una atroz mirada
Con el rostro descompuesto,
Que pareció más terrible
De la luna a los reflejos,
Clavó en la Reina; mirada
Que destrozó aguda el seno
De la infeliz, pues, temblando,
Cayó sin sentido al suelo.
Como sin rumor ninguno
Vuela o se deshace un sueño,
Desapareció el Monarca ;
Fué a su cámara en silencio,
Tocó un silbato de oro,
Que tuvo mágico efecto,
Pues salió de los tapices,
Al silbato obedeciendo,
Por una encubierta entrada
Un humilde ballestero,
Cual espíritu maligno
Que al conjuro está sujeto.
Era el favorito oculto
Del Rey: ambos un momento
Hablaron con tal sigilo,
Que el labio apenas movieron.
Sólo al irse el confidente,
Se oyó decir al Rey esto:
«Asegura bien el golpe,
Y si has de vivir, secreto».
Al sarao y a los salones
Tornó Filipo muy presto;
Aunque pálido el semblante,
Tranquilo y tal vez risueño,
Volvió a hablar al Conde-Duque,
El cual como astuto y diestro,
Que su señor encubría
Conoció cuidados nuevos.
Al cabo de corto rato
Anuncióse que en su lecho
La Reina indispuesta estaba,
Y se dió fin al festejo.
Sucedió al bullicio alegre,
Al son de los instrumentos
Y a la confusión festiva,
El más profundo silencio.
Los cortesanos al punto
Las actitudes y gestos
Dejaron de la alegría
Y tomaron los del duelo;
Y a vaciarse los salones
Comenzaron del inmenso
Concurso, que los llenaba
De galas, vapor y estruendo.
Villamediana, confuso,
De inquietud funesta lleno,
Al retirarse saluda
Al Monarca con. respeto,
Y éste con una sonrisa
Lo deja aterrado y yerto;
Mientras, afable, despide
A los otros palaciegos.
De la desdichada Reina
La favorita, corriendo
Sale por las antesalas,
Busca al Conde sin aliento,
Penetra la muchedumbre,
Le hace señas desde lejos:
Al fin le alcanza, va a hablarle,
Un papel lleva encubierto:
Cuando se para y se hiela,
Al Rey de repente viendo:
Tal queda liebre cobarde
De la serpiente al aspecto.
El gran tropel que desciende
Las escaleras, violento
Arrastra a Villamediana,
Que va delirante y ciego.
Su carroza no parece…
En la de Orgaz toma puesto,
Y ambos Condes por las calles
(Que aun no estaban, cual las vemos,
Alumbradas con farolas)
Veloces van y en silencio.
Grita en una encrucijada
Una voz : ¡Conde.! El cochero
Para al punto los caballos;
Pregunta Orgaz desde dentro:
«¿A cuál de los dos?» De fuera
«Villamediana», dijeron.
Villamediana, al estribo,
Juzgando que es mensajero
De la Reina quien lo llama,
Sacó la cabeza, y pecho;
Y al punto se lo traspasa
Una daga de gran precio,
Con tal furor, que a la espalda
Asomó el agudo hierro.
Cayó el herido en el coche
Un mar de sangre vertiendo,
Y de su amigo en los brazos
Al instante quedó muerto.
El Faro De Malta
Envuelve al mundo extenso triste noche,
Ronco huracán y borrascosas nubes
Confunden, y tinieblas impalpables,
El cielo, el mar, la tierra:
Y tú invisible te alzas, en tu frente
Ostentando de fuego una corona,
Cual rey del caos, que refleja y arde
Con luz de paz y vida.
En vano ronco el mar alza sus montes
Y revienta a tus pies, do rebramante
Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
El abrigo del puerto:
Tú, con lengua de fuego, aquí está dices,
Sin voz hablando al tímido piloto,
Que como a númen bienhechor te adora,
Y en ti los ojos clava.
Tiende apacible noche el manto rico,
Que el céfiro amoroso desenrolla,
Recamado de estrellas y luceros,
Por él rueda la luna;
Y entonces tú, de niebla vaporosa
Vestido, dejas ver en formas vagas
Tu cuerpo colosal, y tu diadema
Arde al par de los astros.
Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
Rocas aleves, áridos escollos:
Falso señuelo son, lejanas cumbres
Engañan a las naves.
Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
Tú, cuya inmoble posición indica
El trono de un monarca, eres su norte,
Les adviertes su engaño.
Así de la razón arde la antorcha,
Én medio del furor de las pasiones
O de aleves halagos de fortuna,
A los ojos del alma.
Desque refugio de la airada suerte
En esta escasa tierra que presides,
Y grato albergue el cielo bondadoso
Me concedió propicio;
Ni una vez sólo a mis pesares busco
Dulce olvido del sueño entre los brazos
Sin saludarte, y sin tornar los ojos
A tu espléndida frente.
¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
Al par los tornarán!… tras larga ausencia
Unos, que vuelven a su patria amada,
A sus hijos y esposa.
Otros prófugos, pobres, perseguidos,
Que asilo buscan, cual busqué lejano,
Y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
Hospitalaria estrella.
Arde, y sirve de norte a los bajeles,
Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
Me traen nuevas amargas, y renglones
Con lágrimas escritos.
Cuando la vez primera deslumbraste
Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
Destrozado y hundido en amargura
Palpitó venturoso!
Del Lacio moribundo las riberas
Huyendo inhospitables, contrastado
Del viento y mar entre ásperos bajíos
Vi tu lumbre divina;
Viéronla como yo los marineros,
Y, olvidando los votos y plegarias
Que en las sordas tinieblas se perdían,
¡ ¡Malta!! ¡ ¡Malta!!, gritaron;
Y fuiste a nuestros ojos la aureola
Que orna la frente de la santa imagen
En quien busca afanoso peregrino
La salud y el consuelo.
Jamás te olvidaré, jamás… Tan sólo
Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
La benéfica llama,
Por la llama y los fúlgidos destellos
Que lanza, reflejando al sol naciente,
El arcángel dorado que corona
De Córdoba la torre.
El Fratricidio – Romance Primero – El Español Y El Francés
«Mosén Beltrán, si sois noble,
Doleos de mi señor,
Y deba corona y vida
A un caballero cual vos.
»Ponedlo en cobro esta noche,
Así el cielo os dé favor;
Salvad a un Rey desdichado
Que una batalla perdió.
»Yo con la mano en mi espada,
Y la mente puesta en Dios,
En su real nombre os ofrezco,
Y ved que os lo ofrezco yo,
»En perpetuo señorío
La cumplida, donación
De Soria y de Monteagudo,
De Almansa, Atienza y Serón.
»Y a más doscientas mil doblas
De oro, de ley superior,
Con el cuño de Castilla,
Con el sello de León,
»Para que paguéis la hueste
De allende que está con vos,
Y con que fundéis estado
Donde más os venga en pro.
»Socorred al Rey Don Pedro
Que es legítimo, otro no;
Coronad vuestras proezas
Con tan generosa acción».
Así cuando en Occidente,
Tras siniestro nubarrón,
Un anochecer de Marzo
Su lumbre ocultaba el sol,
Al pie del triste castillo
De Montiel, donde el pendón
Vencido del rey Don Pedro,
Aun daba a España pavor,
Men Rodríguez de Sanabria
Con Beltrán Claquín habló,
Y éste le dió por respuesta
Con francesa lengua y voz:
«Castellano caballero,
Pues hidalgo os hizo Dios,
Considerad que vasallo
Del Rey de Francia soy yo,
»Y que de él es enemigo
Don Pedro vuestro señor,
Pues en liga con ingleses
Le mueve guerra feroz.
»Considerad que sirviendo
Al infante Enrique estó,
Que le juré pleitesía,
Que gajes me da y ración.
»Mas ya que por caballero
Venís a buscarme vos,
Consultaré con los míos
Si os puedo servir o no.
»Y como ellos me aconsejen
Que dé a Don Pedro favor,
Y que sin menguar mi honra
Puedo guarecerle yo,
»En siendo la medianoche
Pondré un luciente farol
Delante de la mi tienda
Y encima de mi pendón.
»Si lo veis, luego veníos
Vuestro rey Don Pedro y vos
En sendos caballos, solos,
Sin armas y sin temor».
Dijo el francés, y a su campo
Sin despedirse tornó,
Y en silencio hacia el castillo
Retiróse el español.
El Fratricidio – Romance Segundo – El Castillo
Inútil montón de piedras,
De años y hazañas sepulcro,
Que viandantes y pastores
Miran de noche con susto,
Cuando en tus almenas rotas
Grita el cárabo nocturno,
Y recuerda las consejas
Que de ti repite el vulgo.
Escombros que han perdonado,
Para escarmiento del mundo,
La guadaña de los siglos,
El rayo del cielo justo;
Esqueleto de un gigante,
Peso de un collado inculto,
Cadáver de un delincuente
De quien fué el tiempo verdugo;
Nido de aves de rapiña,
Y de reptiles inmundos
Vivar, y en que eres lo mismo
De lo que eres ha cien lustros;
Pregonero que publicas
Elocuente, aunque tan mudo,
Que siempre han sido los hombres
miseria, opresión, orgullo;
De Montiel viejo castillo.
Montón de piedras y musgo,
Donde en vez de centinelas
Gritan los siniestros buhos,
¡Cuán distinto te contemp1o
De lo que estabas robusto,
La noche aquella que fuiste
Del rey Don Pedro refugio!
Era una noche de Marzo,
De un Marzo invernal y crudo,
En que con negras tinieblas
Se viste el orbe de luto.
El castillo, cuya torre
Del homenaje el obscuro
Cielo taladraba altiva,
Formaba de un monte el bulto.
Sobre su almenada frente,
Por el espacio confuso,
Pesadas nubes rodaban
Del huracán al impulso.
Del huracán, que silbando
Azotaba el recio muro
Con espesa lluvia a veces,
Y con granizo menudo;
Y a veces rasgando el toldo
De nubarrones adustos,
Dos o tres rojas estrellas,
Ojos del cielo sañudos,
Descubría amenazantes
Sobre el edificio rudo
Y sobre el vecino campo,
Del cielo entrambos insulto.
Circundaban el castillo,
Como cercan a un difunto
Las amarillas candelas,
Fogatas de triste anuncio,
Pues eran del enemigo
Vencedor, y que sañudo
El asalto preparaba
Codicioso y furibundo
De la triste fortaleza
No aspecto de menos susto
El interior presentaba,
Último amparo y so
De un ejército vencido,
Desalentado, confuso;
De hambre y sed atormentado,
Y de despecho convulso.
En medio del patio ardía
Una gran lumbrada, a cuyo
Resplandor de infierno, en torno
Varios extáticos grupos
Apiñados se veían,
En lo interno de los muros
Altas sombras proyectando
De fantásticos dibujos.
Gente era del rey Don Pedro,
Y se mostraban los unos
De hierro y sayos vestidos,
Los otros medio desnudos.
Allí de horrendas heridas,
Dando tristes ayes, muchos
La sangre se restañaban
Con lienzos rotos y sucios.
Otros cantaban a un lado
Mil cánticos disolutos,
Y fanfarronas blasfemias
Lanzaba. su labio inmundo.
Allá de una res asada
Las restos fríos y crudos
Se disputaban feroces,
Esgrimiendo el hierro agudo.
Aquí contaban agüeros
Y desastrosos anuncios,
Que escuchaban los cobardes
Pasmados, y taciturnos.
Ni los nobles caballeros
Hallan respeto ninguno,
Ni el orden y disciplina
Restablecen sus conjuros.
Nadie los portillos guarda,
Nadie vigila en los muros.
Todo es peligro y desorden,
Todo confusión y susto.
Los relinchos de caballos,
Los ayes de moribundos,
Las carcajadas, las voces
Las blasfemias, los insultos,
El crujido de las armas,
Los varios trajes, los duros
Rostros formaban un todo
Tan horrendo y tan confuso,
Alumbrado por las llamas,
O escondido por el humo,
Que asemejaba una, escena
Del infierno y no del mundo.
El rey Don Pedro, entre tanto,
Separado de los suyos,
En una segura cuadra
Se entregó al sueño profundo.
Mientras en una alta torre,
Despreciando los impulsos
Del huracán y la lluvia,
De lealtad noble trasunto,
Men Rodríguez de Sanabria
No separaba ni un punto,
Del lado donde sus tiendas
La francesa gente puso,
Los ojos y el pensamiento,
Ansiando, anhelante y mudo,
Ver la señal concertada,
Astro de benigno influjo.
Norte que de sus esfuerzos
Pueda dirigir el rumbo,
Por donde su Rey consiga
De salud puerto seguro.
El Sombrero – Romance Primero – La Tarde
Entre Estepona y Marbella,
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
Su gentil cabeza y hombros
Cubre un pañolón de grana,
Dejando ver negras trenzas,
Que un peine de concha enlaza;
Y de seda una toquilla,
Azul, rosa, verde y blanca,
Que las formas virginales
Del seno dibuja y guarda.
Su gallardo cuerpo adorna
De muselina enramada
Un vestido; con la diestra
Recoge la undosa falda,
Y el pie, primoroso y breve,
Que apenas su huella estampa
En la movediza arena,
Más limpio desembaraza.
Bajo el brazo izquierdo tiene
Un envoltorio de nada,
Cubierto con un pañuelo,
Do el jalde y rojo resaltan.
¡Inocente Rosalía!
¿Qué busca allí?… ¡Temeraria!
¡Cuál su semblante divino,
Lleno de vida y de gracia,
Desencajado se muestra!…
¡Qué palidez!… ¡Qué miradas!…
Está haciendo, bien se advierte,
Un grande esfuerzo su alma.
Sí, los ojos brilladores,
Los ojos que tienen fama
En toda la Andalucía,
por su fuego y sus pestañas,
En el peñón, que lejano
Apenas se dibujaba
Entre la neblina (seña
De mudarse el tiempo), clava.
Dos lágrimas relucientes
Sus mejillas deslustradas
Queman, un hondo suspiro
Del pecho oprimido arranca.
Queda suspensa un momento:
Luego de pronto la cara
Vuelve a Estepona, temblando:
Juzga que una voz la llama.
Y la llama, es cierto… ¡Ay triste!
Mas ¿qué importa? Otra, más alta,
Más fuerte, más poderosa,
Desde Gibraltar la arrastra.
En el peñasco asentóse,
De la humilde torre basa;
Miró en torno, y de su seno
Sacó y repasó esta carta:
«Si, mi bien; sin ti la vida
Me es insoportable carga;
Resuélvete, y no abandones
A quien ciego te idolatra.
»Contigo nada me asusta,
Sin ti todo me acorbada;
Mi destino está en tus manos:
Ten resolución, y basta.
»Resolución, Rosalía,
Cúmpleme, pues, tus palabras:
No tendrás que arrepentirte,
Te lo juro con el alma.
»En cuando venga la noche,
Volveré sin más tardanza
Al sitio aquel que tú sabes,
En una segura lancha.
»Espérame, vida mía:
Si no te encuentro, si faltas,
Ten como cierta mi muerte.
Corro al momento a la plaza
»De Estepona, allí pregono
Mi proscripto nombre, y paga
De mi amor será un cadalso
Delante de tus ventanas».
Se estremeció Rosalía,
No leyó más, y borraban
Sus lágrimas abundantes
Las letras de aquella carta.
Llévala a los labios fríos,
La estrecha al seno con ansia,
Mira al cielo, «Estoy resuelta»,
Dice, y se consterna y calla.
Torna al peñón (que parece
Una colosal fantasma
Con un turbante de nubes,
De nieblas con una faja)
La vista otra vez. La extiende
Por la mar, que muerta y llana,
Fundido oro se diría
Del sol poniente en la fragua.
Juzga ver un negro punto
Que se mueve a gran distancia:
Ya se muestra, ya se esconde.
¿Será?… ¡oh Dios!… ¿Será?… La escasa
Luz del crepúsculo todo
Lo confunde, borra y tapa.
Con los ojos Rosalía
Los resplandores, que aun marcan
La línea del horizonte,
Sigue. Una nube la espanta,
Que por el Sur aparece,
Obscura y encapotada;
Y aun más el ver acercarse
Por allí dos velas blancas,
Cuyas puntas ilumina
Del sol, ya puesto, la llama.
El Sombrero – Romance Segundo – La Noche
Entró la noche; con ella
Despertándose fué el viento,
Y el mar empezó a moverse
Con un mugidor estruendo,
Las nubes, entapizando
El obscuro y alto cielo,
La débil luz ocultaban
De estrellas y de luceros.
No había luna; densas sombras
En corto rato envolvieron
Tierra y mar. De Rosalía
Ya desfallece el esfuerzo.
Arrepentida, asombrada,
Intenta… No, no hay remedio
Cierra los ojos e inclina
La cabeza sobre el pecho.
La humedad la hiela toda,
Corto abrigo es el pañuelo;
Tiembla de terror su alma,
Tiembla de frío su cuerpo,
Si cualquier rumor la asusta,
Más sus mismos pensamientos;
Pues ni uno solo le ocurre
De esperanza o de consuelo.
Las velas que ha divisado
Cuando el sol ya estaba puesto,
La atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!
Son, sí, las del guardacosta,
Jabeque armado y velero,
Terror de los emigrados,
De contrabandistas miedo.
¡Infelice Rosalía!
A las ánimas de lejos
Tocar las campanas oye
De la torre de su pueblo.
¡ Oh, cuánto la sobresaltan
Aquellos amigos ecos!
Parécele que son voces
Que la nombran. Gran silencio
Reinó después largo espacio.
Las olas, que van creciendo,
Llegan a besar la peña;
De Rosalía los tiernos
Pies mojan…y no lo advierte:
Clavada está. Los destellos
De la espuma que se rompe,
Secas algas revolviendo,
La deslumbran. De continuo
La reventazón inciertos,
Fugitivos grupos blancos
Le ofrecen del mar en medio,
Cual pálidas llamaradas.
Ella piensa que los remos
Y la proa de un esquife
Las causan… ¡Vanos deseos!
Así pasó largas horas,
Cuando un lampo ve de f llega
En alta mar, y en seguida
Oye al cabo de un momento
¡Poumb!… y retumbar en torno
Como un pavoroso trueno,
Que se repite y se pierde
De aquella costa en los huecos.
Ve pronto hacia el lado mismo
Otros dos o tres pequeños
Fogonazos; mas no llega
El sordo estampido de ellos.
Otra roja llamarada
¡Poumb! otra vez… ¡Dios!, ¿qué es esto?
Repitiéndose perdióse
Este son como el primero.
No hubo más: creció furioso
El temporal, y más recio
Sopló el Sudoeste; las olas
De Rosalía el asiento
Embisten, de agua salobre
La bañan; estar más tiempo
No puede allí: busca abrigo
De la torre entre los restos.
La lluvia cae a torrentes,
Parece que tiembla el suelo;
Dijérase ser llegada
Ya la fin del universo.
El Sombrero – Romance Tercero – La Mañana
Raya en el remoto Oriente
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,
Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,
Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan
Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
La infelice Rosalía,
Toda empapada, cubierta
Con el pañolón mojado
Que, o bien la cine y aprieta,
O, agitado por el viento,
Le azota el rostro y flamea,
Volando ya desparcidas
Fuera de él las negras trenzas;
Falta de aliento, de vida,
El alma rota y deshecha,
Asida de los sillares
Se aguanta inmóvil y yerta.
Aparición de otro mundo,
Sílfida, a quien maga artera
Cortó las ligeras alas,
La juzgaran si la vieran.
Tiende, espantados, los ojos
Por el caos: nada encuentra
Que socorro o que consuelo
En tal apuro le ofrezca.
Descubre que una gran ola,
Que tronadora se acerca,
Entre las blancas espumas
Envuelve una cosa negra:
De ella no aparta los ojos,
la playa se estrella,
huir deja un sombrero
Cuando sobre la arena,
Y una tabla. —Rosalía
Salta de las ruinas fuera,
Corre allá, mientras las olas
Se retiran. No la aterra
Otra mayor, que se avanza
Más hinchada, más soberbia.
Ve en el madero lavado
Los restos de sangre fresca
Coge el sombrero… ¡infelice!
Lo reconoce… Las fuerzas
Le faltan, cae, y al momento
Precipitase sobre ella
Una salobre montaña,
Que la playa arriba entra,
Y rápida retrocede,
No dejando nada en ella.
Cual si dar, tan sólo objeto
De la borrasca tremenda,
Lecho nupcial en los mares
A dos infelices fuera,
A templar su furia ronca
Los huracanes empiezan;
Bajan las olas, la lluvia
Se disminuye, y aun cesa.
Rómpese el cielo de plomo,
Y por pedazos se muestra
El azul, que ardientes rayos
De claro sol atraviesan.
Ya se aclara el horizonte;
Por el lado de la tierra
Fórmanlo azules colinas,
Que aun en parte ocultan nieblas.
Una línea verde, obscura,
Movible, lo forma y cierra
Del lado del mar, y asoma
La claridad detrás de ella.
Aunque silba duro el viento,
Aunque es la reseca recia,
Torna al mundo la esperanza
De prolongar su existencia.
En esto una triste madre
Y un tierno hermanillo llegan,
Buscando a su Rosalía,
A aquella playa funesta.
Llenos de lodo, empapados,
Muertos de cansancio y pena,
Tienden enreedor los ojos,
Y nada ¡oh martirio! encuentran.
Al retroceder las aguas,
Unas femeniles huellas
De pie breve reconocen
Estampadas en la arena
«¡Rosalía! ¡Rosalía!…»
Gritan, y no oyen respuesta.
Van a la arruinada torre,
Y hállanse sobre una piedra
Un envoltorio deshecho
Entre fango, espuma y tierra,
Y un pañuelo rojo y jalde
Que le sirve de cubierta.
La Vuelta Deseada – Romance Primero
Entre aquellos olivares
que Torreblanca domina,
Y ciñen de un lado y otro
El camino de Sevilla,
Por un atajo atraviesa,
Para llegar más de prisa,
Una carretela verde
Con una gran baca encima;
Toda cubierta de barro,
Tableros, muelles y viga,
De barro seco y reciente
Y de tierras muy distintas.
Cuatro andaluces caballos
Que en torno lodo salpican,
En humo y sudor envueltos,
De ella presurosos tiran;
Y del postillón las voces
Con que los nombra y anima,
Del látigo los chasquidos
Que los acosan y hostigan,
El son de los cascabeles,
Y el de las ruedas que giran
Rápidas, tras sí dejando
Dos huellas no interrumpidas,
Forman estruendo confuso,
Y que viene posta avisan
A los carros y arrieros,
Que hacia un lado se desvían.
Dentro de la carretela
Un hombre aun joven, camina,
Que revuelve a todos lados
La desencajada vista.
Es Vargas: alegre torna
De su patria a las delicias,
Después de vagar seis años
Emigrado en otros climas.
Antiguos amigos halla
En cuantos objetos mira,
y en árboles, tapias, lindes,
Dulces memorias antiguas:
Lo pasado y lo presente
Anudando va, y delira
Entre esperanzas risueñas
Y entre ya pasadas dichas.
Trastornos, persecuciones,
Desventuras, injusticias,
En sus más floridos años
Lo arrancaron de Sevilla,
Abandonando riquezas,
Honores, nombre y familia,
Y dejándose allí el alma
En el pecho de Jacinta.
Jacinta, encanto y adorno
De toda la Andalucía;
Y por sus luengas pestañas,
Por su apacible sonrisa,
Por los graciosos hoyuelos
Que avaloran sus mejillas,
Por su cuerpo primoroso
Y por sus formas divinas,
Por su gracia y su talento
Y su modestia expresiva,
El hechizo de los hombres,
De las mujeres la envidia.
Diez y seis años contaba
Cuando Vargas ¡alta dicha!
Logró conmover su pecho
Y agitar su alma sencilla;
Al par que el amable joven
Ardió en la pasión más viva,
Al mirar a una doncella
Tan inocente y tan linda.
En sus puros corazones
Creció desde la hora misma,
Y el trato y correspondencia
Acrecentó en pocos días,
Un primer amor de aquellos
Que las estrella combinan,
Amor que de dos personas
El destino fija.
En los lazos de himeneo
A unirse dichosos iban,
Con el aplauso felice
De sus contentas familias,
Cuando se alzó tronadora
La borrasca embravecida,
Que ¡infelices! confundiólos
Del infortunio en la sima.
Seis años ¡oh cuan eternos!
Vargas por tierras distintas
Huyó infelice, luchando
Del Destino con las iras,
Sin encontrar de consuelo
Ni de esperanza mezquina,
Un solo sueño de noche,
Un solo rayo de día.
Las extranjeras beldades
Estatuas le parecían;
Las ciudades opulentas
Que el orbe orgulloso admira.
Desiertos… ¡Ay! pero puede
Feliz llamarse en sus cuitas,
Venturoso en su destierro,
Fortunado en sus desdichas.
Creció el amor con la ausencia
En el pecho de Jacinta,
Que la distancia y el tiempo
Al que es verdadero afirman.
De cuando en cuando se cruzan
Papeles que lo acreditan,
Cartas trazadas con llanto,
Cartas con el alma escritas.
Un Castellano Leal
«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.
»Esas puertas se defiendan;
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas, quien no estuviere
Más limpio que lo está el sol.
»No profane mi palacio
Un fementido traidor
Que contra su Rey combate
Y que a su patria vendió.
»Pues si él es de Reyes primo,
Primo de Reyes soy yo;
Y conde de Benavente
Si él es duque de Borbón.
»Llevándole de ventaja
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español».
Así atronaba la calle
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía
Cuya puerta se cerró;
Ya a la que estaba a caballo
Sobre un negro pisador,
Siendo en su escudo las lises
Más bien que timbre baldón,
Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos
Cubiertos de ricas galas,
El gran duque de Borbón;
El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor;
Y que a Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.
Romance segundo
En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,
Al lado de una gran mesa,
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos,
Ante un sillón de respaldo
Que entre bordado arabesco
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,
De pie estaba Carlos Quinto,
Que en España era primero,
Con gallardo y noble talle,
Con noble y tranquilo aspecto.
De brocado de oro y blanco
Viste tabardo tudesco,
De rubias martas orlado,
Y desabrochado y suelto,
Dejando ver un justillo
De raso jalde, cubierto
Con primorosos bordados
Y costosos sobrepuestos,
Y la excelsa y noble insignia
Del Toisón de oro, pendiendo
De una preciosa cadena
En la mitad de su pecho.
Un birrete de velludo
Con un blanco airón, sujeto
Por un joyel de diamantes
Y un antiguo camafeo,
Descubre por ambos lados,
Tanta majestad cubriendo,
Rubio, cual barba y bigote,
Bien atusado el cabello.
Apoyada en la cadera
La potente diestra ha puesto,
Que aprieta dos guantes de ámbar
Y un primoroso mosquero,
Y con la siniestra halaga
De un mastín muy corpulento,
Blanco y las orejas rubias,
El ancho y carnoso cuello.
Con el Condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo;
O del trato que dispone
Con el Rey de Francia preso,
O de asuntos de Alemania
Agitada por Latero;
Cuando un tropel de caballos
Oye venir a lo lejos
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.
En la antecámara suena
Rumor impensado luego,
Ábrese al fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio,
Con el semblante de azufre
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto;
Y con balbuciente lengua,
Y con mal borrado cerio,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.
Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho,
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.
Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
A su noble rostro asoman
La aprobación y el contento.
El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al francés, de enojo ciego.
Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno
Por tener tales vasallos,
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Será a sus glorias estrecho.
Mucho al de Borbón le debe
Y es fuerza satisfacerlo:
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo.
Y, llamando a un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente
Venga a su presencia presto.
Romance tercero
Sostenido por sus pajes
Desciende de su litera
El conde de Benavente
Del alcázar a la puerta.
Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas,
Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.
Era su traje unas calzas
De púrpura de Valencia,
Y de recamado ante
Un coleto a la leonesa:
De fino lienzo gallego
Los puños y la gorguera,
Unos y otra guarnecidos
Con randas barcelonesas;
Un birretón de velludo
Con un cintillo de perlas,
Y el gabán de paño verde
Con alamares de seda.
Tan sólo de Calatrava
La insignia española lleva;
Que el Toisón ha despreciado
Por ser orden extranjera.
Con paso tardo, aunque firme,
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra.
Golpe de honor, y de aviso
De que en el alcázar entra
Un Grande, a quien se le debe
Todo honor y reverencia.
Al llegar a la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan
Abriendo las anchas puertas.
Con grave paso entra el conde
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando
Hasta la cámara regia.
Pensativo está el Monarca,
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio
Sin hacer a nadie ofensa.
Mucho al de Borbón le debe ,
Aun mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho
Considerar le interesa.
Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan.
En el sillón asentado
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.
Grave el conde le saluda
Con una rodilla en tierra,
Mas como Grande del reino
Sin descubrir la cabeza.
El Emperador benigno
Que alce del suelo le ordena,
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.
Y entre severo y afable
Al cabo le manifiesta
Que es el que a Borbón aloje
Voluntad suya resuelta.
Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente,
Destocando la cabeza:
«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra,
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.
»Vuestro soy, vuestra mi casa,
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.
»Mi casa Borbón ocupe
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;
»Que a mí me sobra en Toledo
Donde vivir, sin que tenga
Que rozarme con traidores,
Cuyo solo aliento infesta.
»Y en cuanto él deje mi casa,
Antes de tornar yo a ella,
Purificaré con fuego
Sus paredes y sus puertas».
Dijo el conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera.
Y a casa de un su pariente
Mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.
Quedó absorto Carlos Quinto
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.
Romance cuarto
Muy pocos días el duque
Hizo mansión en Toledo,
Del noble conde ocupando
Los honrados aposentos.
Y la noche en que el palacio
Dejó vacío, partiendo,
Con su séquito y sus pajes,
Orgulloso y satisfecho,
Turbó la apacible luna
Un vapor blanco y espeso
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo:
A poco rato tornóse
En humo confuso y denso
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;
Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba los valles
Dando en el Tajo reflejos,
Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos.
Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.
El Emperador confuso
Corre a procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.
En vano todo: tragóse
Tantas riquezas el fuego,
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.
Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros
Recuerdan acción tan grande
En la famosa Toledo.
La Vuelta Deseada – Romance Segundo
Todo el mundo es mudable,
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.
A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,
La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.
Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,
Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas… Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;
Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,
Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.
No la paloma, que presa
Llora en doloroso encierro,
Si acaso un resquicio mira,
Tiende apresurado el vuelo
Hacia el palomar y nido,
En donde vió el sol primero;
Ni el torrente, a quien contuvo
El malecón interpuesto,
En cuanto lo encuentra roto,
Se arroja a su antiguo lecho,
Y por él se precipita
Hacia la mar, que es su centro,
Tan veloces como Vargas;
Corre, sin tomar resuello,
A Sevilla: los instantes,
Son Para él siglos eternos.
Montes, llanuras, ciudades,
Ríos, Estados diversos
Atrás deja, y los caballos
De tardos acusa y lentos.
Ya salva las altas cumbres
Del nevado Pirineo,
Y entra en España; ya escucha
La lengua de sus abuelos
¿Qué importa? Ni un solo instante
Retarda su raudo vuelo.
Halla a cada paso amigos,
Halla intereses y deudos:
No se para, corre, corre,
Que tiene en Sevilla puesto
Su afán, y hasta que descubra
La Giralda no hay sosiego.
Apenas ha quince días,
Que en las márgenes del Reno
De su Jacinta la carta
Leyó, juzgándolo sueño;
Y los caños de Carmona
Ve a su siniestra creciendo,
Y a¡ frente la antigua puerta,
Para él la puerta del cielo.
Cualquiera mujer que mira
En mantilla y de paseo,
Que es Jacinta que le espera,
Juzga, y le palpita el pecho.
Al llegar se desengaña
Y en otra que ve más lejos
Jacinta fuera de casa
Está, sí, sale a su encuentro.
Era en punto mediodía:
Entra por fin, Y Molestos
Los guardas el carruaje
Detienen corto momento.
Los maldice y les da oro,
Por que le detengan menos:
«Corre», al potillón le grita,
Y torna a marchar de nuevo.
Por las retorcidas calles
Echa pestes y reniegos
A cada lenta carreta.
A cada corro interpuesto,
Que a templar el paso obliga
De los caballos ligeros,
Y anheloso a verse llega
De la ciudad en el centro.
Oye de fúnebres cantos
El triste son desde lejos,
Se aproxima, y por la calle
Que va a tomar, un entierro
Pasa. Con hachas de cera,
Pobres, vestidos de negro,
Van de dos en dos; los siguen
Las cofradías; a lento
Paso un féretro se acerca,
De un blanco paño cubierto,
Con una palma, y corona
De blancas flores… ¡Agüero
Terrible! que es de doncella
Principal y de respeto
El funeral le parece
Hierve taciturno el pueblo
En derredor. Manda Vargas,
Turbado con tal encuentro,
Que tome por otra calle,
Al postillón. Revolviendo
Este los caballos, torna
Por un callejón estrecho,
Y a la calle ansiada llega
Después de corto rodeo.
Mucha gente en los balcones
Está, mostrando en sus gestos
Sorpresa de que en tal día
Llegue a la casa un viajero.
Párase la carretela;
La puerta está abierta, yermos
El ancho portal y el patio;
Reina en la casa el silencio.
De un salto Vargas se apea,
Corre a la escalera presto,
De ella por un lado y otro
De cera advierte un reguero
Reciente. Veloz la sube,
Abre la mampara…¡Cielos!
Colgada está la antesala
Enreedor Con paños negros
Enlutada una gran mesa
Mira colocada en medio,
Y en sus cuatro ángulos arden,
Sobre cuatro candeleros
De plata, cándidas velas
Consumidas casi: el suelo
Cubren deshojadas flores,
Siemprevivas y romero.
¡Dios!… ¡Pobre Vargas! Absorto,
Sin voz, sin alma, y en hielo
Convertido, ni respira.
Ojos cual los de un espectro
Gira en derredor; se ahoga
Sin respiración su pecho.
Volviendo en sí un corto instante,
Oye llorar allá dentro;
Cuando se abre lentamente
Una puerta, que al momento
Se cierra, y un sacerdote
Que por ella sale, lleno
De lágrimas el semblante
(De dar en vano consuelo
Viene a una madre infelice),
Queda inmoble a Vargas viendo.
Vargas lo mira, y no alienta;
Mas tras de breve silencio
Rompe al cabo, y le pregunta
Con un angustiado esfuerzo,
«¿Dónde está?»… Quedóse helada
Su lengua. Fáltale aliento
Al turbado sacerdote,
Y con agitado aspecto
Alza el rostro, y levantando
La diestra, señala al cielo.
Vargas le comprende; arroja
Un alarido de infierno;
Huye veloz, la escalera
Baja delirante, ciego,
Nada ve, corre cual loco
Por las calles, y muy presto
Desaparece. En Sevilla
La noticia cunde luego
De su llegada: le buscan
Sus amigos y sus deudos.
Todo, todo en vano: algunos
Dan señas de que le vieron
Junto a la Torre del Oro,
Cuando el sol ya estaba puesto.
En un remanso, que forma
El Guadalquivir, no lejos
De Gelves, a las dos noches
Unos pescadores vieron,
A la luz de escasa luna,
De un joven ahogado el cuerpo,
Vestido aun. Procuraron,
Compasivos, recogerlo;
Pero al llegar con la barca,
Y al agitar con los remos
El agua, veloz corriente
Llevó el cadáver. Suspensos
Siguiéronlo un corto rato
Con los ojos, y muy presto
Fué leve punto en las aguas,
Y de vista lo perdieron.
Una Antigualla De Sevilla – Romance Segundo – El Juez
Las cuatro esferas doradas,
Que ensartadas en un perno,
Obra colosal de moros
Con resaltos y letreros,
De la torre de Sevilla
Eran remate soberbio,
Do el gallardo Giraldillo
Hoy marea el mudable viento
(Esferas que pocos años
Después derrumbó en el suelo
Un terremoto) brillaban
Del sol matutino al fuego,
Cuando en una sala estrecha
Del antiguo Alcázar regio,
Que entonces reedificaban
Tal cual hoy mismo lo vemos,
En un sillón de respaldo
Sentado está el Rey Don Pedro,
Joven de gallardo talle,
Mas de semblante severo.
A reverente distancia,
Una rodilla en el suelo,
Vestido de negra toga,
Blanca barba, albo cabello,
Y con la vara de Alcalde
Rendida. al poder supremo,
Martín Fernández Cerón
Era emblema del respeto.
Y estas palabras de entrambos
Recogió el dorado techo,
Y la tradición guardólas
Para que hoy suenen de nuevo:
- —«¿Con que en medio de Sevilla
Amaneció un hombre muerto,
Y no venís a decirme
Que está ya el matador preso?»
- —«Señor, desde antes del alba,
En que el cadáver sangriento
Recogí, varias pesquisas
Inútilmente se han hecho».
- —«Más pronta justicia,
Alcalde, Ha de haber donde yo reino,
Y a sus vigilantes ojos
Nada ha de estar encubierto».
- —«Tal vez, señor, los judíos,
Tal vez los moros, sospecho…»
- —«¿Y os vais tras de las sospechas
Cuando hay un testigo, y bueno?
»¿No me habéis, Alcalde, dicho,
Que un candil se halló en el suelo
Cerca del cadáver?… Basta,
Que el candil os diga el reo».
- —«Un candil no tiene lengua».
- —«Pero tiénela su dueño.
Y a moverla se le obliga
Con las cuerdas del tormento.
»Y ¡vive Dios! que esta noche
Ha de estar en aquel puesto
O vuestra cabeza, Alcalde,
O la cabeza del reo».
El Rey, temblando de ira,
Del sillón se alzó de presto,
Y el juez alzóse de tierra
Temblando también de miedo.
Y haciendo una reverencia,
Y otra después, y otra luego,
Salióse a ahorcar a Sevilla,
Para salvarse, resuelto.
Síguele el Rey con los ojos,
Que estuvieran en su puesto
de un basilisco en la frente,
Según eran de siniestros;
Y de satánica risa,
Dando la expresión al gesto,
Salió detrás del Alcalde
A pasos largos y lentos.
Por el corredor estuvo
En las alcándaras, viendo
Azores y jerifaltes,
Y dándoles agua y cebo.
Y con uno sobre el puño
Salió a dirigir él mesmo
Las obras de aquel palacio,
En que muestra gran empeño.
Y vió poner las portadas
De cincelados maderos,
Y él mismo dictó las letras
Que aun hoy notamos en ellos.
Después habló largo rato,
A solas y con secreto,
A un su privado, Juan Diente,
Diestrísimo ballestero,
Señalándole un retrato,
Busto de piedra mal hecho,
Que con corta semejanza
Labró un peregrino griego.
Fué a Triana, vió las naves
Y marítimos aprestos;
De Santa Ana entró en la iglesia
Y oró brevísimo tiempo;
Comió en la Torre del Oro,
A las tablas jugó luego
Con Martín Gil de Alburquerque;
A caballo dio un paseo.
Y cuando el sol descendía,
Dejando esmaltado el cielo
De rosa, morado y oro,
Con nubes de grana y fuego,
Tornó al Alcázar, vistióse
Sayo pardo, manto negro,
Tomó un birrete sin plumas
Y un estoque de Toledo,
Y bajando a los jardines
Por un postigo secreto,
Do Juan Diente le esperaba
Entre murtas encubierto,
Salió solo, y esto dijo
Con recato al ballestero:
«Antes de la media noche
Todo esté cual dicho tengo».
Cerró el postigo por fuera,
Y en el laberinto ciego
De las calles de Sevilla
Desapareció entre el pueblo.
Una Antigualla De Sevilla – Romance Primero – El Candil
Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.
Más ha de quinientos años,
en una torcida calle,
Que de Sevilla en el centro,
Da paso a otras principales,
Cerca de la media noche,
Cuando la ciudad más grande
Es de un grande cementerio
En silencio y paz imagen,
De dos desnudas espadas
Que trababan un combate,
Turbó el repentino encuentro
Las tinieblas impalpables.
El crujir de los aceros
Sonó por breves instantes,
Lanzando azules centellas,
Meteoro de desastres.
Y al gemido: ¡Dios me valga!
¡Muerto soy! Y al golpe grave
De un cuerpo que a tierra, vino,
El silencio y paz renacen.
Al punto una ventanilla
De un pobre casuco abren,
Y de tendones y huesos,
Sin jugo, como sin carne,
Una mano y brazo asoman,
Que sostienen por el aire
Un candil, cuyas destellos
Dan luz súbita a la calle.
En pos un rostro aparece
De gomia o bruja espantable,
A que otra marchita mano
O cubre o da sombra en parte.
Ser dijérase la muerte
Que salía a apoderarse
De aquella víctima humana
Que acababan de inmolarle,
O de la, eterna justicia,
De cuyas miradas nadie
Consigue ocultar un crimen,
El testigo formidable,
Pues a la llama mezquina,
Con el ambiente ondeante,
Que dando luz roja al muro
Dibujaba desiguales
Los tejados y azoteas
Sobre el obscuro celaje,
Dando fantásticas formas
A esquinas y bocacalles,
Se vió en medio del arroyo,
Cubierto de lodo y sangre,
El negro bulto tendido
De un traspasado cadáver.
Y de pie a su frente un hombre,
Vestido negro ropaje,
Con una espada en la mano,
Roja hasta los gavilanes.
El cual en el mismo punto,
Sorprendido de encontrarse
Bañada de luz, esconde
La faz en su embozo, y parte,
Aunque no como el culpado
Que se fuga por salvarse,
Sino como el que inocente
Mueve tranquilo el pie y grave.
Al andar, sus choquezuelas
Formaban ruido notable,
Como el que forman los dados
Al confundirse y mezclarse.
Rumor de poca importancia
En la escena lamentable,
Mas de tan mágico efecto,
Y de un influjo tan grande
En la vieja, que asomaba
El rostro y luz a la calle,
Que, cual si oyera el silbido
De venenosa ceraste,
O crujir las negras alas
Del precipitado Arcángel,
Grita en espantoso aullido,
¡Virgen de los reyes, valme!
Suelta el candil, que en las piedras
Se apaga y aceite esparce,
Y cerrando la ventana
De un golpe, que la deshace,
Bajo su mísero lecho
Corre a tientas a ocultarse,
Tan acongojada y yerta,
Que apenas sus pulsos laten,
Por sorda y ciega haber sido
Aquellos breves instantes,
La mitad diera gustosa
De sus días miserables,
Y hubiera dado los días
De amor y dulces afanes
De su juventud, y dado
Las caricias de sus padres,
Los encantos de la cuna,
Y… en fin, hasta lo que nadie
Enajena, la esperanza,
Bien solo de los mortales:
Pues lo que ha visto la abruma,
Y la aterra lo que sabe,
Que hay vistas que son peligros
Y aciertos que muerte valen.
Con Once Heridas Mortales
Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.
Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.
La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.
Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.
Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.
Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; «Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.
«Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.
«Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.
«Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma.
A Lucianela
Cuando, al compás del bandolín sonoro
y del crótalo ronco, Lucianela,
bailando la gallarda tarantela,
ostenta de sus gracias el tesoro;
y, conservando el natural decoro,
gira y su falda con recato vuela,
vale más el listón de su chinela
que del rico Perú las minas de oro.
¡Cómo late tu seno! ¡Cuán gallardo
su talle ondea! ¡Qué celeste llama
lanzan los negros ojos brilladores!
¡Ay! Yo en su fuego me consumo y ardo,
y en alta voz mi labio la proclama
de las gracias deidad, reina de amores.
La Niña Descoloría
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
Nunca de amapolas
o adelfas ceñida
mostró Citerea
su frente divina.
Téjenle guirnaldas
de jazmín a sus ninfas,
y tiernas violas
Cupido le brinda.
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
El sol en su ocaso
presagia desdichas
con rojos celajes
la faz encendida.
El alba en oriente
más plácida brilla;
de cándido nácar
los cielos matiza.
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
¡Qué linda se muestra
si a dulces caricias
afable responde
con blanda sonrisa!
Pero muy más bellas
al amor convida
si de amor se duele,
si de amor respira.
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
Sus lánguidos ojos
el brillo amortiguan;
retiemblan sus brazos:
su seno palpita;
ni escucha, ni habla,
ni ve, ni respira;
y busca en sus labios
el alma y la vida…
Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
Letrilla
Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?
Desde que los vide
ni sé descansar;
perdí mi reposo,
no puedo parar.
Sin duda que fuego
oculto tendrán,
pues, cuando me miran,
me siento abrasar.
Mas no da este fuego
incomodidad,
sino solamente…
no lo sé explicar.
Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?
Cual suele en la floresta deliciosa
Cual suele en la floresta deliciosa
tras la cándida rosa y azucena,
y entre la verde grana y la verbena
esconderse la sierpe ponzoñosa;
así en los labios de mi ninfa hermosa,
y en los encantos de mi faz serena
amor se esconde con la aljaba llena,
más que de fechas, de crueldad penosa.
Contemplando del prado la frescura
párase el caminante, y siente luego
de la sierpe la negra mordedura:
yo contemplé a mi ninfa, y loco y ciego
quedé al ver de su rostro la hermosura,
y sentí del amor el vivo fuego.
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