Poemas de José Zorrilla
Poemas de José Zorrilla y Moral (1817–1893), la figura más emblemática del Romanticismo nacionalista en España. Vallisoletano de nacimiento, su carrera despegó de forma legendaria al leer unos versos en el entierro de Larra, convirtiéndose instantáneamente en la voz de una generación.
Su obra se caracteriza por un estilo musical, dinámico y profundamente arraigado en las leyendas y tradiciones españolas. Aunque cultivó una lírica brillante, su legado reside principalmente en el teatro. Su obra maestra, Don Juan Tenorio (1844), transformó el mito del seductor cínico en un héroe capaz de alcanzar la redención por amor, convirtiéndose en un fenómeno cultural que aún se representa anualmente. A pesar de su inmenso éxito y de ser coronado poeta laureado, Zorrilla vivió constantes dificultades económicas y un exilio voluntario en México y Francia.
A buen juez mejor testigo
Tradición de Toledo
I
Entre pardos nubarrones
pasando la blanca luna,
con resplandor fugitivo
la baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas
juguetona no murmura,
y las veletas no giran
entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
la opaca atmósfera cruza,
y unas en otras las sombras
confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
un momento se columbran,
como lanzas de soldados
apostados en la altura.
Reverberan los cristales
la trémula llama turbia,
y un instante entre las rocas
riela la fuente oculta.
Los álamos de la vega
parecen en espesura,
de fantasmas apiñados
medrosa y gigante turba;
y alguna vez desprendida
gotea pesada lluvia,
que no despierta a quien duerme,
ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
entre la sombra confusa,
y el Tajo, a sus pies pasando,
con pardas ondas la arrulla.
El monótono murmullo
sonar perdido se escucha,
cual si por las hondas calles
hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
cuando a lo lejos susurran
los álamos que se mecen,
las aguas que se derrumban!
Se sueñan bellos fantasmas
que el sueño del triste endulzan,
y en tanto que sueña el triste,
no le aqueja su amargura.
Tan en calma y tan sombría
como la noche que enluta
la esquina en que desemboca
una callejuela oculta,
se ve de un hombre que aguarda
la vigilante figura,
y tan a la sombra vela,
que entre la sombra se ofusca:
frente por frente a sus ojos,
un balcón a poca altura
deja escapar por los vidrios
la luz que dentro le alumbra;
mas ni en el claro aposento,
ni en la callejuela obscura,
el silencio de la noche
rumor sospechosos turba.
Pasó así tan largo tiempo,
que pudiera haberse duda
de si es hombre, o solamente
mentida ilusión nocturna;
pero es hombre, y bien se ve,
porque con planta segura
ganando el centro a la calle,
resuelto y audaz pregunta;
«¿Quién va?»; y a corta distancia
el igual compás se escucha
de un caballo que sacude
las sonoras herraduras.
«¿Quién va?», repite, y cercana
otra voz menos robusta,
responde: «Un hidalgo: ¡calle!»;
y el paso el bruto apresura.
«¡Téngase el hidalgo!», el hombre
replica, y la espada empuña.
«Ved más bien si me haréis calle,
repusieron con mesura,
que hasta hoy a nadie se tuvo
Ibán de Vargas y Acuña.»
«Pase el Acuñia, y perdone»,
dijo el mozo en faz de fuga,
pues teniéndose el embozo,
sopla un silbato, y se oculta.
Paró el jinete a una puerta,
y con precaución difusa
salió una niña al balcón
que llama interior alumbra.
(¡Mi padre!», clamó en voz baja;
y el viejo en la cerradura
metió la llave, pidiendo
a sus gentes que le acudan.
Un negro, por ambas bridas
tomó la cabalgadura;
cerróse detrás la puerta
y quedó la calle muda.
En esto, desde el balcón,
como quien tal acostumbra,
un mancebo por las rejas
de la calle se asegura.
Asió el brazo al que apostado
hizo cara a Ibán de Acuñia,
y huyeron, en el embozo
velando la catadura.
II
Clara, apacible y serena,
pasa la siguiente tarde,
y el sol, tocando su ocaso,
apaga su luz gigantes.
Se ve la imperial Toledo
dorada por los remates,
como una ciudad de grana
coronada de cristales.
El Tajo, por entre rocas
sus anchos cimientos lame,
dibujando en las arenas
las ondas con que las bate;
y la ciudad se retrata
en las ondas desiguales,
como en prendas de que el río
tan afanoso la bañe.
A lo lejos, en la vega
tiende galán por sus márgenes,
de sus álamos y huertos
el pintoresco ropaje,
y porque su altiva gala
más a los ojos halague,
la salpica con escombros
de castillos y de alcázares.
Un recuerdo es cada piedra
que toda una historia vale,
cada colina un secreto
de príncipes o galanes.
Aquí se bañó la hermosa
por quien dejó un Rey culpable,
amor, fama, reino y vida,
en manos de musulmanes.
Allí recibió Galiana
a su receloso amante,
en esa cuesta que entonces
era un plantel de zahares.
Allá, por aquella torre
que hicieron puerta los árabes,
subió el Cid sobra Babieca
con su gente y su estandarte.
Más lejos se ve al castillo
de San Servando, o Cervantes,
donde nada se hizo nunca
y nada al presente se hace.
A este lado está la almena
por do sacó vigilante
el conde don Peranzules
al Rey que supo una tarde
fingir tan tenaz modorra,
que, político y constante,
tuvo siempre el brazo quedo
las palmas al horadarle.
Allí está el circo romano,
gran cifra de un pueblo grande,
y aquí la antigua basílica
de bizantinos pilares,.
que oyó en el primer Concilio
las palabras de los Padres
que velaron por la Iglesia
perseguida o vacilante.
La sombra en este momento
tiende sus turbios cendales
por todas esas memorias
de las pasadas edades,
y del Cambrón y Visagra
los caminos desiguales,
camino a los toledanos
hacia las murallas abren.
Los labradores se acercan
al fuego de su hogares,
cargados con sus aperos,
cansados de sus afanes.
Los ricos y sedentarios
se tornan con paso grave,
calado el ancho sombrero,
abrochados los gabanes;
y los clérigos y monjes,
y los prelados y abades,
sacudiendo el leve polvo
de capelos y sayales.
Quédase solo un mancebo
de impetuosos ademanes,
que se pasea ocultando
entre la capa el semblante.
Los que pasan le contemplan
con decisión de evitarle,
y él contempla a los que pasan
como si a alguien aguardase.
Los tímidos aceleran
los pasos al divisarle,
cual temiendo de seguro
que les proponga un combate;
y los valientes le miran
cual si sintieran dejarle
sin que, libres sus estoques,
en riña sonora dancen.
Una mujer, también sola,
se viene el llano adelante,
la luz del rostro escondida
en tocas y tafetanes;
mas en lo leve del paso
y en lo flexible del talle,
puede a través de los velos
una hermosa adivinarse.
Vase derecha al que aguarda,
y él al encuentro la sale,
diciendo cuanto se dicen
en las citas los amantes.
Mas ella, galanterías
dejando severa aparte,
así al mancebo interrumpo
en voz decisiva y grave:
-Abreviemos de razones,
Diego Martínez; mi padre,
que un hombre ha entrado en su ausencia
dentro mi aposento sabe;
y así, quien mancha mi honra,
con la suya me la lave:
o dadme mano de esposo,
o libre de vos dejadme.-
Mirola Diego Martínez
atentamente un instante,
y echando a un lado el embozo,
repuso palabras tales:
-Dentro de un mes, Inés mía,
parto a la guerra de Flandes;
al año estaré de vuelta,
y contigo en los altares
honra que yo te desluzca,
con honra mía se lave,
que por honra vuelven honra
hidalgos que en honra nacen.
-Júralo, exclamó la niña.
-Más que mi palabra vale
no te valdrá, un juramento.
-¡Vive Dios, que estás tenaz!
-Dalo por jurado, y baste.
-No me basta, que olvidar
puedes la palabra en Flandes.
-¡Voto a Dios! ¿Qué más pretendes?
-Que a los pies de aquella imagen
lo jures como cristiano,
del santo CRISTO delante.
Vaciló un punto Martínez,
mas porfiando que jurase,
llevole Inés hacia el templo
que en medio la vega yace.
Enclavado en un madero,
en duro y postrero trance,
ceñida la sien de espinas,
descolorido el semblante,
víase allí un crucifijo
teñido de negra sangre,
a quien Toledo devota
acude hoy en sus azares.
Ante sus plantas divinas
llegaron ambos amantes,
y haciendo Inés que Martínez
los sagrados pies tocase,
preguntole:
-Diego, ¿juras
a tu vuelta desposarme?
Contestó el mozo:
-¡Sí juro!-
Y ambos del templo se salen.
III
Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y un año pasado había,
mas de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió.
Lloraba la bella Inés,
su vuelta aguardando en vano,
oraba un mes y otro mes
del crucifijo a los pies
do puso el galán su mano.
Todas las tardes venía
después de transpuesto el sol,
y a Dios llorando pedía
la vuelta del español,
y el español no volvía.
Y siempre al anochecer,
sin dueña y sin escudero,
en un manto una mujer,
el campo salía a ver
al alto del Miradero.
¡Ay del triste que consume
su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
que el duelo con que él se abrume
al ausente ha de pesar!
La esperanza es de los cielos
precioso y funesto don,
pues los amantes desvelos
cambian la esperanza en celos
que abrasan el corazón.
Si es cierto lo que se espera,
es un consuelo en verdad;
pero siendo una quimera,
en tan frágil realidad
quien espera, desespera.
Así Inés desesperaba
sin acabar de esperar,
y su tez se marchitaba,
y su llanto se secaba
para volver a brotar.
En vano a su confesor
pidió remedio o consejo
para aliviar su dolor,
que mal se cura el amor
con las palabras de un viejo.
En vano a Ibán acudía
llorosa y desconsolada;
el padre no respondía,
que la lengua le tenía
su propia deshonra atada.
Y ambos maldicen su estrella,
callando el padre severo
y suspirando la bella,
porque nació mujer ella,
y el viejo nació altanero.
Dos años al fin pasaron
en esperar y gemir,
y las guerras acabaron,
y los de Flandes tornaron
a sus tierras a vivir.
Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y el tercer año corría;
Diego a Flandes se partió,
mas de Flandes no volvía.
Era una tarde serena;
doraba el sol de Occidente
del Tajo la vega amena,
y apoyada en una almena
miraba Inés la corriente.
Iban las tranquilas olas
las riberas azotando
bajo las murallas solas,
musgo, espigas y amapolas
ligeramente doblando.
Algún olmo que escondido
creció entre la hierba blanda,
sobre las aguas tendido
se reflejaba perdido
en su cristalina banda.
Y algún ruiseñor colgado
entre su fresca espesura,
daba al aire embalsamado
su cántico regalado
desde la enramada obscura.
Y algún pez con cien colores,
tornasolada la escama,
saltaba a besar las flores
que exhalan gratos olores
a las puntas de una rama.
Y allá en el trémulo fondo
el torreón se dibuja,
como el contorno redondo
del hueco sombrío y hondo
que habita nocturna bruja.
Así la niña lloraba
el rigor de su fortuna,
y así la tarde pasaba,
y al horizonte trepaba
la consoladora luna.
A lo lejos, por el llano,
en confuso remolino,
vio de hombres tropel lejano,
que en pardo polvo liviano
dejan envuelto el camino.
Bajó Inés del torreón,
y llegando recelosa
a las puertas del Cambrón,
sintió latir, zozobrosa,
más inquieto el corazón.
Tan galán como altanero,
dejó ver la escasa luz
por bajo el arco primero,
un hidalgo caballero
en un caballo andaluz.
Jubón negro acuchillado,
banda azul, lazo en la hombrera,
y sin pluma, al diestro lado
el sombrero derribado,
tocando con la gorguera.
Bombacho gris guarnecido,
bota de ante, espuela de oro,
hierro al cinto suspendido,
y a una cadena prendido
agudo cuchillo moro.
Vienen tras este jinete,
sobre potros jerezanos,
de lanceros hasta siete,
y en adarga y coselete
diez peones castellanos.
Asiose a su estribo Inés,
gritando: -Diego, ¡eres tú!
Y él, viéndola de través,
dijo: -¡Voto a Belcebú,
que no me acuerdo quién es!
Dio la triste un alarido
tal respuesta al escuchar,
y a poco perdió el sentido,
sin que más voz ni gemido
volviera en tierra a exhalar.
Frunciendo ambas a dos cejas,
encomendola a su gente,
diciendo: -¡Malditas viejas,
que a las mozas malamente
enloquecen con consejas!
Y aplicando el capitán
a su potro las espuelas,
el rostro a Toledo dan,
y a trote cruzando van
las obscuras callejuelas.
IV
Así, por sus altos fines
dispone y permite el cielo
que puedan mudar al hombre
fortuna, poder y tiempo.
A Flandes partió Martínez
de soldado aventurero,
y por su suerte y hazañas,
allí capitán le hicieron.
Según alzaba en honores,
alzábase en pensamientos;
y tanto ayudó en la guerra
con su valor y altos hechos,
que el mismo Rey, a su vuelta,
le armó en Madrid caballero,
tomándole a su servicio
por capitán de lanceros.
Y otro no fue que Martínez
quien ha poco entró en Toledo
tan orgulloso y ufano
cual salió humilde y pequeño.
Ni es otro a quien se dirige,
cobrado el conocimiento,
la amorosa Inés de Vargas,
que vive por él muriendo.
Mas él, que olvidando todo
olvidó su nombre mesmo,
puesto que Diego Martínez
es el capitán don Diego,
ni se ablanda a sus caricias,
ni cura de sus lamentos,
diciendo que son locuras
de gentes de poco seso;
que ni él prometió casarse,
ni pensó jamás en ello.
¡Tanto mudan a los hombres
fortuna, poder y tiempo!
En vano porfiaba Inés
con amenazas y ruegos:
cuanto más ella importuna,
está Martínez severo.
Abrazada a sus rodillas,
enmarañado el cabello,
la hermosa niña lloraba,
prosternada por el suelo.
Mas todo empeño es inútil,
porque el capitán don Diego
no ha de ser Diego Martínez,
como lo era en otro tiempo.
Y así, llamando a su gente,
de amor y piedad ajeno,
mandoles que a Inés llevaran
de grado o de valimiento.
Mas ella, antes que la asieran,
cesando un punto su duelo,
así habló, el rostro lloroso
hacia Martínez volviendo:
-Contigo se fue mi honra,
conmigo tu juramento;
pues buenas prendas son ambas,
en buen fiel las posaremos.
Y la faz descolorida
en la mantilla envolviendo,
a pasos desatentados
saliose del aposento.
V
Era entonces de Toledo,
por el Rey, Gobernador
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleó;
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazón.
La mesa tiene delante,
los jueces en derredor,
los corchetes a la puerta
y en la derecha el bastón.
Está, como presidente
del tribunal superior,
entre un dosel y una alfombra,
reclinado en un sillón,
escuchando con paciencia
la casi asmática voz
con que un tétrico escribano
solfea una apelación.
Los asistentes bostezan
al murmullo arrullador;
los jueces, medio dormidos,
hacen pliegues al ropón;
los escribanos repasan
sus pergaminos al sol;
los corchetes, a una moza
guiñan en un corredor,
y abajo, en Zocodover,
gritan en discorde son
los que en el mercado venden,
lo vendido y el valor.
Una mujer en tal punto,
en faz de grande aflicción,
rojos de llorar los ojos,
ronca de gemir la voz,
suelto el cabello y el manto,
tomó plaza en el salón,
diciendo a gritos: -¡Justicia,
jueces; justicia, señor!
Y a los pies se arroja, humilde,
de don Pedro de Alarcón,
en tanto que los curiosos
se agitan alrededor.
Alzola cortés don Pedro,
calmando la confusión
Y el tumultuoso, murmullo
que esta escena ocasionó,
diciendo: -Mujer, ¿qué quieres?
-Quiero justicia, señor.
-¿De qué?
-De una prenda hurtada.
-¿Qué prenda?
-Mi corazón.
-¿Tú le diste?
-Le presté.
-Y ¿no te le han vuelto?
-No.
-¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-¿Y promesa?
-Sí, ¡por Dios!
que al partirse de Toledo
un juramento empeñó.
-¿Quién es él?
-Diego Martínez.
-¿Noble?
-Y capitán, señor.
-Presentadme al capitán,
que cumplirá si juró.-
Quedó en silencio la sala,
y a poco, en el corredor,
se oyó de botas y espuelas
el acompasado son.
Un portero, levantando
el tapiz, en alta voz
dijo: -El capitán don Diego.-
Y entró luego en el salón
Diego Martínez, los ojos
llenos de orgullo y furor.
-Sois el capitán don Diego,
díjolo don Pedro, vos?-
Contestó altivo y sereno
Diego Martínez:
-Yo soy.
-¿Conocéis a esta muchacha?
-Ha tres años, salvo error.
-¿Hicísteisla juramento
de ser su marido?
-No.
-¿Juráis no haberlo jurado?
-Sí juro.
-Pues id con Dios.
-¡Miente! clamó Inés, llorando
de despecho y de rubor.
-Mujer, ¡piensa lo que dices!
-Digo que miente: juró.
¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-Capitán, idos con Dios,
y dispensad que, acusado,
dudara de vuestro honor.
Tornó Martínez la espalda
con brusca satisfacción,
o Inés, que le vio partirse,
resuelta y firme gritó:
-Llamadle: tengo un testigo.
¡Llamadle otra vez, señor!
Volvió el capitán don Diego,
sentóse Ruiz de Alarcón,
la multitud aquietóse
y la de Vargas siguió:
-Tengo un testigo a quien nunca
faltó verdad ni razón.
-¿Quién?
-Un hombre que de lejos
nuestras palabras oyó,
mirándonos desde arriba.
-¿Estaba en algún balcón?
-No, que estaba en un suplicio,
donde ha tiempo que expiró.
-Luego ¿es muerto?
-No, que vive.
-Estáis loca, ¡vive Dios!
¿Quién fue?
– El CRISTO de la Vega,
a cuya faz perjuró.-
Pusiéronse en pie los jueces
al nombre del Redentor,
escuchando con asombro
tan excelsa apelación.
Reinó un profundo silencio
de sorpresa y de pavor,
y Diego bajó los ojos
de vergüenza y confusión.
Un instante con los jueces
don Pedro en secreto habló,
y levantóse diciendo
con respetuosa voz:
-La ley, es ley para todos;
tu testigo es el mejor,
mas para tales testigos
no hay más tribunal que Dios.
Haremos…. lo que sepamos:
escribano, al caer el sol,
al CRISTO que está en la vega
tomaréis declaración.
VI
Es una tarde serena,
cuya luz tornasolada
del purpurino horizonte
blandamente se derrama.
Plácido aroma las flores,
sus hojas plegando, exhalan,
y el céfiro entre perfumes
mece las trémulas alas.
Brillan abajo en el valle
con suave rumor las aguas,
y las aves en la orilla
despidiendo al día cantan.
Allá por el Miradero,
por el Cambrón y Visagra,
confuso tropel de gente
del Tajo a la vega baja.
Vienen delante don Pedro
de Alarcón, Ibán de Vargas,
su hija Inés, los escribanos,
los corchetes y los guardias;
y detrás, monjes, hidalgos,
mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
en la vega les aguarda,
cada cüal comentando
el caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez
en apostura bizarra,
calzadas espuelas de oro,
valona de encaje blanca,
bigote a la borgoñesa,
melena desmelenada,
el sombrero guarnecido
con cuatro lazos de plata,
un pie delante del otro,
y el puño en el de la espada.
Los plebeyos, de reojo
le miran de entre las capas,
los chicos al uniforme,
y las mozas a la cara.
Llegado el Gobernador
y gente que le acompaña,
entraron todos al claustro
que iglesia y patio separa.
Encendieron ante el CRISTO
cuatro cirios y una lámpara,
y de hinojos un momento
oraron allí en voz baja.
Está el CRISTO de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos de una vara.
Hacia la severa imagen
un notario se adelanta,
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez,
a otro lado a Inés de Vargas,
detrás al Gobernador
con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo
así demandó en voz alta:
«Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras plantas divinas
juró a Inés Diego Martínez
por, su mujer desposarla?»
Asida a un brazo desnudo,
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma;
y allá en los aires, «SÍ JURO,,,
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa…..
los labios tenía abiertos,
y una mano desclavada.
CONCLUSIÓN
Las vanidades del mundo
renunció allí mismo Inés,
y espantado de sí propio,
Diego Martínez también.
Los escribanos temblando,
dieron de esta escena fe,
firmando como testigos
cuantos hubieron poder.
Fundose un aniversario
y una capilla con él,
y don Pedro de Alarcón
el altar ordenó hacer,
donde hasta el tiempo que corre,
y en cada un año una vez,
con la mano desclavada
el crucifijo se ve.
A Calderón
«La venerable Congregación de sacerdotes naturales de esta villa, puso aquí esta inscripción, con permiso de D. Diego Ladrón de Guevara, caballero de la Orden de Calatrava y patrón de esta capilla.»
(Capilla de San Salvador, sepulcro de D. Pedro Calderón de la Barca.)
Hay una antigua capilla
Pobre por su antigüedad,
Negra por su oscuridad,
Revocada por la villa,
Donde se lee en un rincón,
Más que con ojos con manos:
«AQUÍ LOS RESTOS HUMANOS
DE DON PEDRO CALDERÓN.»
I
Ave osada, cuyas plumas
Vistieron de cien colores
Con sus matices las flores,
Con su nieve las espumas.
A cuyos ojos el sol
Prestó luz y atrevimiento,
Y a cuyas alas dio viento
Tu noble aliento español.
A quien la tierra dio sombra,
Y la fortuna dio calma,
A quien un rayo dio el alma,
Y el universo una alfombra.
Águila para volar,
Reina del viento naciste,
Fénix al mundo saliste
Para vivir y cantar.
Águila fue tu osadía,
Que con su atrevido vuelo
Subió arrebatada al cielo
A beber la luz del día.
Fénix fueron tus cantares,
Pues al nacer y al morir
Sólo se hicieron oír
Al calor de sus hogares.
Águila tus ojos son,
Y fénix es tu garganta,
Es fénix la voz que canta,
Y águila la inspiración.
Si el águila ojos te da,
Te da el fénix melodía,
Para tu luz y armonía,
Ni ojos ni oídos habrá.
Mas, por desgracia o fortuna,
Ya tu garganta está seca,
Y allá en tu pupila hueca
No queda mirada alguna.
Duerme en paz en tu rincón,
Donde levantó tu gloria
Una cruz a la memoria
De DON PEDRO CALDERÓN.
Que si un mármol reclamó
Tu grandeza y te le dieron,
Según lo que le escondieron,
Parece que les pesó.
Yaces en un templo, sí,
Pero en tan bajo lugar,
Que pareces aguardar
Hora en que huirte de allí.
Mucho te guardan del sol:
¡Temerán que te ennegrezca!…..
O tal vez no lo merezca
Tu ingenio y nombre español.
En vez de tan vil lugar,
Si fueras un potentado,
Sepulcro te hubieran dado
Delante del mismo altar.
Porque al magnate altanero
Le dan virtud y oraciones
El oro de sus blasones,
Y su fortuna primero.
Mas duerme tranquilo ahí;
En ese rincón inmundo,
Para sarcasmo del mundo,
Te basta tu nombre a ti.
Que imbécil o descuidada
La malignidad del hombre,
Dejó olvidado tu nombre
Sobre el sello de tu nada.
II
Sombra ultrajada, perdona
Si tu sueño interrumpí,
Que mi atrevimiento abona
Lo poco que soy en mí,
Lo mucho que es tu corona.
Mis ojos te quieren ver,
Pero cuando más te miran,
Más imposible ha de ser.
¡Su lumbre van a perder
Ojos que por ti deliran!
Mis ojos ven tu laurel,
Y ver quisieran tu alma;
Que es martirio bien cruel
Desesperado al pie dél
Suspirar por una palma.
Mas si nada he de poder,
Digno Calderón, de ti,
Si el que a llorar venga aquí
Grande como tú ha de ser,,
A tu vez llora por mí,
Que menos no he de volver.
Pues tu osada inspiración
Eterna quedó en la historia,
Duerme en paz en tu rincón,
Donde levantó tu gloria
Una cruz…., triste memoria
De DON PEDRO CALDERÓN.
A D. Jacinto de Salas y Quiroga
Es el poeta en su misión de hierro,
Sobre el sucio pantano de la vida,
Blanca flor que, del tallo desprendida,
Arrastra por el suelo el huracán
Un ángel que pecó en el firmamento,
Y el Señor en su cólera le envía
Para arrostrar sobre la tierra impía
Largas horas de lágrimas y afán.
Por eso su memoria tiene un cielo,
Y una sublime inspiración su alma;
Por eso el corazón, de triste duelo
Vestido está también.
Que por único alivio en su tormento
Sólo le queda una canción inútil,
Y una corona que la arranca el viento
De la abrasada sien.
Tú lo sabes mejor, que lo has llorado,
Poeta del dolor, bardo sombrío;
Tú que a remotos climas has llevado
Tu noble y melancólico cantar,
Como los pliegues de la parda niebla
Errante cruza un ave misteriosa,
Y de armonía con sus cantos puebla
La corrompida atmósfera, al pasar.
Que tú a la vida naciste
Como pacífico arrullo
De aislada tórtola triste;
Como fuente abandonada
Que levanta su murmullo
Sobre la peña olvidada.
Como el ósculo inocente
Con que el maternal cariño
Selló la tranquila frente
De su hijo más pequeño;
Como el suspiro de un niño
Al despertar de su sueño.
Cumple, sí, tu misión sobre la tierra,
Camina en paz, errante peregrino,
Hasta leer el porvenir que encierra
El libro del destino
Escrito para ti;
Hasta que expiren los revueltos días
Que señaló en su mente Jehová,
Y en tu destierro tu delito expías,
¡Ay! porque escrito está
Que has de salir de aquí.
De aquí, del hediondo suelo
Donde te mandó el Señor
Detener tu raudo vuelo,
Para cantar tu dolor
Sin que se oyera en el cielo.
Y bien posó tu amargura
Al traerte a esta mansión,
Dando al hombre en su locura
Una soñada ventura
Que no está en tu corazón.
Que él no comprende el tormento
Que tu espíritu combate,
Ese amargo sentimiento
Que tu noble orgullo abate,
Nacido en tu pensamiento.
-« Hay una flor que embalsama
»El ambiente de la vida,
»Y su fragancia perdida
»Tan sólo no se derrama
»En tu alma dolorida.»-
Es un privilegio impío
Mirar el placer ajeno
En su loco desvarío,
Y en el corazón vacío
Sentir acerbo veneno.
Y con ojo avaro, ardiente,
Ver tanta mujer hermosa,
Con esa tez transparente,
Con esa tinta de rosa
Sobre la tranquila frente.
Ver tanto feliz galán,
Tanta enamorada bella,
Que en plática amante van
Sin curarse él de tu afán,
Sin adivinarle ella
¡Y el poeta en su misión
Apurando su tormento!
Sin alivio el corazón,
¡Sin más que una maldición
Escrita en el pensamiento!
De su sentencia mortal
Con un día y otro día
Llenando el cupo fatal,,
Cual lámpara funeral
Iluminando una orgía.
A España artística
¡Torpe, mezquina y miserable España,
Cuyo suelo, alfombrado de memorias,
Se va sorbiendo de sus propias glorias
Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:
Traidor y amigo sin pudor te engaña,
Se compran tus tesoros con escorias,
Tus monumentos ¡ay! y tus historias,
Vendidos llevan a la tierra extraña.
¡Maldita seas, patria de valientes,
Que por premio te das a quien más pueda
Por no mover los brazos indolentes!
¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,
Extranjeros rapaces, que insolentes
Habéis hecho de España una almoneda!
A la estatua de Cervantes
Esa es su sombra; el alma, avergonzada
Para más no volver, huyóse al cielo:
Solitaria, sombría, abandonada,
Esa fantasma se encontró en el suelo.
Si es pedestal o túmulo, se ignora;
Mas sin duda temieron que, indignado,
De la piedra en que está salte a deshora,
Según se ve de hierros circundado.
No bajará, que es noble y caballero,
Y lidió por su patria el buen poeta;
Acaso no encontrara un compañero
Al pie del pedestal que le sujeta.
Tal vez no hallara un digno castellano
Libre y valiente a quien llamar amigo,
A quien tender la cercenada mano,
A quien llevar en pos al enemigo.
Por eso eleva la tostada frente
Al firmamento azal noble y tranquila,
Y no mira por eso transparente
Apagada a la luz la ancha pupila.
CERVANTES le llamaron otros días,
Yerta figura con ajeno nombre,
Como su original arrastra impías
-Horas de duelo en la mansión del hombro.
Ayer cruzaba libre e ignorado
La turba ociosa y soldadesca inquieta
Dentro de su armadura de soldado,
O envuelto en sus harapos de poeta.
Hoy en la inmoble colosal figura
Derramada la lluvia se destrenza,
Y está sombrío en pie sobre la altura,
Como sacan un reo a la vergüenza.
El pueblo ve a sus pies, negro milano
Que a la boca asomó de un hormiguero,
Y quiere el ojo comprender en vano
Cómo allí se cobija un pueblo entero.
Y siente la carroza del magnate
Rodar, y se estremece a su carrera,
Y soldados que marchan al combate
Que equipados de farsa los creyera.
Y abajo, entre los árboles perdidos,
Como sueños pasar contempla inquietas
Las sombras de políticos caídos,
Las parodias de sabios y poetas.
Y una lágrima acaso en su mejilla
Alumbra el sol bajando al Occidente,
Al contemplar su revocada villa
Sin porvenir, alegre o indolente.
Hubo un CERVANTES cuando aquél vivía,
Cuando en vez de esos hierros era un hombre;
Llamáronle poeta, y poseía
Una espada y un libro con su nombre.
Su espíritu brotó con la tormenta
Y le escondió en su seno el torbellino,
El sepulcro su mano abrió violenta,
Y hoy resuena su cántico divino.
¿Por qué no le dejaron con su sueño
En el sepulcro donde en paz dormía?
¿A qué traerle con tenaz empeño
A sufrir otra vez la luz del día?
¿A qué su sombra de la tumba-alzaron
Estúpidos los hombres o altaneros?
Para ahuyentar los siglos que pasaron,
Y escarnecer los siglos venideros.
Hombre de hierro que velas
El sueño del mundo impío,
Que ves con gesto sombrío
Crímenes que no revelas;
Cuya negra frente calva
Sufre en paz el sol que arde,
La roja luz de la tarde,
La amarilla luz del alba;
¿Qué piensas del mundo, di?
Tú que le dejaste ya,
Cuya voz no se alzará,
Cuya sombra quedó aquí.
¿Qué piensas de ese magnate
Que ha perdido el sol de un día
Embriagado en una orgía
Mientras su nación combate?
¿Qué piensas tú de esos reyes
Que arrastra un frenado bruto
Entre vírgenes de luto
Huérfanas hoy por sus leyes?
¿Qué piensas, genio inmortal,
De ese pueblo soberano
Que abre paso a su tirano
Sin levantar un puñal?
Dime, coloso de hierro,
A quien condena la suerte
A sufrir desde la muerte
En tu patria tu destierro,
¿No es cierto que allá en su afán
Espera tu desconsuelo
Que te arrastre por el suelo
Un revoltoso huracán?
II
Tu nombre tiene el pedestal escrito
¡En extranjero idioma por fortuna!
Tal vez será tu nombre un sambenito
Que vierta infamia en tu española cuna.
¡Hora te trajo a luz desventurada!
¿Español eres?… Lo tendrán a mengua,
Cuando a tu espalda yace arrinconada
Tu cifra en signos de tu propia lengua.
¡Serás acaso un busto aparecido
Entre las ruinas de la antigua Roma,
Recuerdo que los tiempos han roído,
Que algún rico libró de la carcoma!
Maldita es tu misión sobre la tierra;
Los que mueren, sus males acabaron,
Todos sus restos su sepulcro encierra…..
Los tuyos del sepulcro los robaron.
Helo allí que se levanta
Como fantasma furioso,
Que magulla con su planta
Los que a su morada santa
Van a turbar su reposo.
Porque su nombre y su gloria
Sólo al tiempo las vendió,
Para dejar su memoria
Grabada en oro en la historia,
Que escrita en el fango, no.
Que por eso en su amargura
Abortó un libro coloso,
Que a su renombre asegura
En las edades reposo.
Cuando los siglos le lean
Hará que los siglos vean
En su cubierta roída,
En caracteres gigantes
Dos genios con una vida,
Un Quijote y un Cervantes.
Y si entre la espesa bruma
De esta edad que bulle inquieta,
De hediondo mar alba espuma,
El genio de otro poeta
Despliega su blanca pluma;
Si algún bardo colosal
Levanta entro la tormenta
Su cántico celestial,
De una centuria sangrienta
Salmodiando el funeral;
Cuando el tiempo, hombre sombrío,
El orbe rompa a pedazos,
Que sostenido en tus brazos
Huya su cuchillo impío;
Y en el día de furor,
Cuando al eco atronador
De la funeral trompeta
Se junte el mando en un valle,
Mándale al mundo qué calle,
Y dile que era un POETA.
A la memoria desagraciada del joven literato don Mariano José de Larra
Ese vago clamor que rasga el viento
Es la voz funeral de una campana:
Vano remedo del postrer lamento
De un cadáver sombrío y macilento
Que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
Y dejó su existencia carcomida,
Como una virgen al placer perdida
Cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
Vacío ya de ensueños y de gloria,
¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,
Que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
Era una fuente que agotó el verano;
Ya no se siente su murmullo vano,
Ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
Y ese verde color de la llanura,
Ese manto de yerba y de frescura,
Hijos son del arroyo creador.
Que el poeta en su misión,
Sobre la tierra que habita
Es una planta maldita
Con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
Donde no llegue a tu cegado oído
Más que la triste y funeral plegaria
Que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
Más grata, sí, que la oración de un hombre,
Para como la lágrima de un niño,
¡Memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
De los poetas mansión,
Y sólo le queda al suelo
Ese retrato de hielo,
Fetidez y corrupción,
¡Digno presente, por cierto,
Se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
Y darlo a la despedida
La fea prenda de un muerto!
Poeta, si en el no ser
Hay un recuerdo de ayer,
Una vida como aquí
Detrás de ese firmamento…
Conságrame un pensamiento
Como el que tengo de ti.
A la muerte de…
¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego,
Sin oír las palabras de un amigo?
¡Si al menos ¡ay! los días que me restan,
Bajo la húmeda losa
Pasara yo contigo!
Yo cubriría con mi cuerpo el tuyo
Cuando la lluvia fría penetrara,
La piedra que te oculta de mis ojos,
Y el cierzo de la noche
Tus sienes no tocara.
Y mis manos la hierba arrancarían
Que creciera en la tumba abandonada,
Y alejaría el fétido gusano
Que se arrastrara hambriento
Con su sorda pisada.
Mas tú, ¡alma mía!, por tus rubias trenzas
Bullir le sentirás y por tu frente
Sin poder rechazarle, mientra el hombre
Contemplará tu tumba
Con ojo indiferente.
¡Si al fin quedaran las almas
Velando el difunto cuerpo,
En pláticas amorosas
Con las almas de otros muertos;
Si al fin así descansaras
Bajo el pabellón del cielo,
Sin que el tumulto del mundo
Turbara nunca tu sueño;
Si el amor que se hubo en vida
Muriera en el cementerio,
Y no hubiera en otro mundo
Memoria del mundo nuestro!…
Mas ¡ay! que vendrán los hombres,
Falsas plegarias mintiendo,
Todos los años un día
A visitar vuestro lecho.
Vendrán con sus oropeles,
Sus farsas y devaneos,
La vanidad en el alma,
La vida en el pensamiento.
No a mullir vuestras almohadas,
No a daros santos consuelos,
Derramando en vuestras tumbas
Las flores de los recuerdos;
No a reconocer su nada
En los despojos del tiempo,
No a ver lo que sois vosotros,
Para ver lo que son ellos;
Que aunque un espejo es la tumba,
Cubrir su cristal supieron
Con velos de mármol y oro,
Cuyo cortinaje espeso,
Robando al cristal las luces,
Impide que, a sus reflejos,
El vidrio fatal les pinte
El polvo donde nacieron.
No; que vendrán a deciros
Que han mentido en otro tiempo,
Cuando al daros un sepulcro,
«Dormid en paz», os dijeron.
Mas habrá un cielo, por dicha,
Detrás de ese cielo azul,
Donde irán, paloma mía,
Los que mueren como tú.
Allí viviréis tranquilos,
En alcázares de luz,
Con los ángeles que velen
Por vuestra santa quietud;
En pabellones de estrellas
Alfombrados de tisú,
Libres de ingratos recuerdos
De la desdicha común;
Porque al abrirse las puertas
Del misterioso ataúd,
Hallan paz, vida y contento
Los que mueren como tú.
Que fresca brisa serena
Halague tu casta sien,
Del bello jardín de Edén,
¡Oh purísima azucena!
Duerme pacífica, sí,
En un lecho de alelí
Que te formen para ti
Los ángeles del Señor;
Y en un porvenir risueño,
Duerme, duerme, dulce dueño,
Y que te vele tu sueño
Un espíritu de amor.
Y dé placer a tu oído,
Susurrando mansamente,
De alguna encubierta fuente
El misterioso ruido.
Y en tus ensueños de paz
Te preste grato solaz,
Con su armonía fugaz,
Algún lejano laúd;
Y por tu mente resbale
Aérea ilusión que iguale
De blanca luna que sale
A la transparente luz.
Mientra en brazos del destino
En las tinieblas que estoy,
A ciegas buscando voy
De tu morada camino.
Y pasan las horas mías
Como turbias ondas frías
Que sus revoltosos días
Sañudo invierno formó;
Como barquilla que mece
Ruda tormenta que crece,
Cual se agosta y desparece
Flor que en la nieve brotó.
A los individuos artistas del Liceo
I
Allí está lo que el mundo llama mundo,
Arrastrándose imbécil por la tierra;
Ese reptil raquítico e inmundo
Que en el sepulcro su ambición encierra.
Allí está con sus circos y jardines,
Vano de amor y espléndido de amores,
Mal envuelto entre farsas y festines,
Como esqueleto entre marchitas flores.
Vestido está de alcázares y escudos;
Mas, torpe esclavo de egoístas leyes,
Lleva sus pueblos a danzar desnudos
En derredor del lujo de sus reyes.
¡Vano placer! ¡Quimérica algazara!
¡Flor de una aurora sola y pasajera!….
De cerca, un cementerio nos mostrara
Al resplandor de moribunda hoguera.
Los hombres de ese mundo no son hombres,
Las mujeres de allí no son mujeres;
Ellos cubren su nada con sus nombres,
Y ellas no tienen más que sus placeres.
Cuando Dios, que les dio el ánima noble,
Las ánimas demande enfurecido,
Su ángel, de hinojos, con vergüenza doble,
Señor, contestará, ¡las han perdido!
Autómatas que viven porque viven,
Hoy al rumor de estrepitosa orquesta,
El ajeno renombre que reciben
Llevan como sus padres a una fiesta.
Contentos con sus vanos oropeles,
Atraillando al cuerpo el pensamiento,
De un heredero nombre hacen laureles,
Gloria y valor del alto nacimiento.
Cielo es para ellos el azul que miran,
Es la tierra un inmenso anfiteatro,
Y ellos, que en esa atmósfera respiran,
Los actores, tal vez, de ese teatro.
Y en tanto que en sus necias pantomimas
Se gozan, y en estúpidos placeres,
Canta el poeta en gigantescas rimas
El ser tremendo que abortó los seres.
Pinta el pintor el cielo y los colores,
Arrebata la luz al mediodía,
Y el músico, a los vientos bramadores,
A las aves y fuentes, la armonía.
Hijo de rey, conquista su corona;
Hijo de Dios, como su Dios concibe;
Que con sus obras su nobleza abona,
Y no infama su estirpe mientras vivo.
Noble es el grande, y grande es el valiente,
Quien, por ser como Dios, como Dios crea.
Ése es el noble que alzará la frente,
Trepando al sol hasta que sol se crea.
Ése a la tumba bajará ignorado,
Ése en la tierra vivirá mendigo,
A ése nada los hombres le hemos dado;
Su padre, que fue Dios, será su amigo.
Y cuando Él, que le dió el ánima noble.,
Las ánimas demande enfurecido,
Dirále el ángel con orgullo doble:
Hombre le hiciste; ángel le he traído.
Es grande quien nace esclavo
Y baja al sepulcro rey,
Cambiando, altivo, en diadema
Los hierros que atan sus pies.
Es grande el hombre de polvo,
Que meditando en su ser,
Del sol envidia los rayos
Por brillar tanto como él.
Quien en un cuerpo mezquino
Un alma gigante ve,
Y hacer lo que Dios pretende
Porque hijo de Dios se cree.
Quien sintiéndose con alas,
Se arroja el viento a romper,
Y va osado a las estrellas
A preguntarlas quién es.
Ése es el grande y el noble,
Ése es el hombre por quien
Hizo un Dios en siete días,
Del cielo un ancho dosel,
De toda la tierra un trono,
De una existencia un placer,
Del sol una eterna hoguera;
Y apenas el hombre fue,
Tendió el mar en la llanura
Por alfombra de sus pies.
No es noble ¡viven los cielos!
Quien muestra un viejo broquel
Por sus abuelos ganado,
Que derribando a cercén
La cabeza de algún moro,
Le hicieron suyo después,
Dividiéndole en cuarteles
Los heraldos para él.
No es noble quien pasa el día
Encerrado en un harén,
Entre eunucos y mujeres,
Como impúdica mujer;
Guardando del sol la frente
Y de la arena los pies,
Con un altar y un serrallo,
Y el alma estéril, sin fe.
No es noble quien cuenta ufano
En su alcázar, cinco, diez,
Veinte nombres en hilera
Colgados en la pared,
Al pie de veinte retratos
De veinte nobles con él.
No son la virtud y el genio
Cetro y corona de rey,
Ni se heredan como escudos,
Que el oro compra también.
Los escudos enmohecen,
Los tronos pueden caer,
Pero la virtud y el genio
Se levantan de una vez,
Eternos como su estirpe,
Que sólo Dios les da el ser.
II
Nobles, al cielo subiréis vosotros,
Con esa gloria que buscáis inquietos,
Y aquí en la tierra dejarán los otros
Sus armas, y detrás sus esqueletos.
Que empieza en el sepulcro vuestra gloria,
Que hoy el mezquino mundo menoscaba,
Porque el placer del mundo y su memoria
Llega a la tumba, y en la tumba acaba
Ellos la suya comprarán con oro,
Porque su mármol su nobleza abona;
La vuestra, en vez de mundanal decoro,
Sólo un nombre tendrá y una corona.
En ella colgarán vuestros laureles,
Porque duerma tranquila la cabeza,
Y al pie pondrán el arpa y los pinceles,
Que al mundo contarán vuestra nobleza.
Vuestra nobleza, mágicos pintores,
Que de la creación rasgando el velo,
Formáis como Jehová luz y colores
Para vestir la lobreguez del suelo.
Él ocultó la voz de la armonía
En el torrente y en la selva en vano;
Allí, músicos, fue vuestra osadía
A sorprenderla con robusta mano.
Alzáronse al Señor templos y altares,
Y allí fueron poetas y pintores;
Vosotros la ensalzasteis con cantares
Porque os dieron su voz los ruiseñores
Los ángeles le cantan en el cielo,
Y le cantáis vosotros en la tierra,
Mientras de hinojos en el sacro suelo,
Escucha humilde el hombre, ora y se ate
Un solo libro nuestra Iglesia tiene,
Que poetas cantaron y escribieron…..
O al alma Dios de los poetas viene,
O ellos un Dios en su cantar mintieron.
No importa que hoy ignorados
Crucéis el desierto mundo,
Sin corona y sin blasones
Que doren el nombre obscuro;
Que ley es morir mañana
Que, a todos Dios nos impuso,
Y después de vuestra muerte
Cercarán vuestro sepulcro
Los que aborrecen en vida
Y al grande envidian difunto.
Perros que ladran cobardes
En torno un toro robusto,
Que yace rendido en tierra
Acogotado entre muchos.
Los que aman oro en la tierra
Y de sus honras el humo,
Ladran a los pies del genio,
Sin que sus gritos agudos,
Al tocar en sus oídos,
Turben la paz de su orgullo.
Y si a envidiar van sus rayos
En derredor de su túmulo,
No temáis, no, para entonces,
Porque sus ojos confusos,
Si osan mirar vuestra lumbre,
Han de cegar a su impulso.
Pues aunque a despecho brille
Del alma imbécil de muchos,
Ocultarla podrán todos,
Pero apagarla ninguno.
A mi hija
Por cima de la montaña
que nos sirve de frontera,
te envía un alma sincera
un beso y una canción;
tómalos; que desde España
han de ir a dar, vida mía,
en tu alma mi poesía,
mi beso en tu corazón.
Tu padre, tras la montaña
que para ambos no es frontera,
lleva la amistad sincera
del autor de esta canción.
Recibe, pues, desde España
beso y cantar, vida mía,
en tu alma la poesía
y el beso en el corazón.
Si un día de esa montaña
paso o pasas la frontera,
verás el alma sincera
de quien te hace esta canción,
que la hidalguía de España
es quien sabe, vida mía,
dar al alma poesía
y besos al corazón.
A orillas del Darro
Serenata
Granada, ciudad bendita
reclinada sobre flores,
quien no ha visto tus primores
ni vio luz ni gozó bien.
Quien ha orado en tu mezquita
y habitado en tus palacios,
visitado ha los espacios
encantados del Edén.
Paraíso de la tierra
cuyos mágicos jardines
con sus mágicos jazmines
cultivó celeste hurí,
la salud en ti se encierra,
en ti mora la alegría,
en tus tierras nace el día
y arde el sol de amor por ti.
Tus fructíferas colinas,
que son nidos de palomas,
embalsaman los aromas
de un florido eterno abril:
de tus fuentes cristalinas
surcan cisnes los raudales:
bajan águilas reales
a bañarse en tu Genil.
Gayas aves entristecen
con sus trinos y sus quejas
el afán de las abejas
que en tu tronco labran miel:
y en tus sauces se detienen
las cansadas golondrinas
a las playas argelinas
cuando emigran en tropel.
En ti, como en un espejo
se mira el profeta santo:
la luna envidia el encanto
que haya2 en tu dormida faz:
y al mirarte a su reflejo,
el arcángel que la guía
un casto beso te envía
diciéndote -«duerme en paz».
El albor de la mañana
se esclarece en tu sonrisa,
y en tus valles va la brisa
de la tarde a reposar.
¡Oh Granada, la sultana
del deleite y la ventura,
quien no ha visto tu hermosura
al nacer debió cegar!
A un poeta
Déjame oír tu misterioso canto,
Alegre voz de tus ensueños de oro;
Solo y perdido peregrino, en tanto
Mal en mi pecho mi dolor devoro.
Dióte el cielo contento y armonía
Y es justo que lo cantes y le adores;
Puro y tranquilo resbaló tu día,
Tu sien de niño coronó de flores.
Para ti son la risa y los festines,
La tierra para ti tiene placeres,
La tierra para ti tiene jardines,
Y para ti son bellas las mujeres.
Y tiene luz el cielo transparente,
Color azul y lánguidas estrellas,
Y ese fanal que alumbra tristemente,
Cual moribundo sol, en medio de ellas.
No para mí, cuya fatal mirada
Quema y devora cuanto en torno nace,
Arroyo que al caer de la cascada
En cristalinas trenzas se deshace;
Pero llega torrente a la llanura,
Y arranca frutos, árboles y flores,
Y al campo roba gala y hermosura
Arrastrando con él musgo y colores.
No para mí, que en noche borrascosa
Vine a surcar las ondas de la vida,
Con el alma penada y fatigosa,
Con la esperanza del placer perdida.
No para mí, que busco una corona
Y un nombre pido en agonía vana;
Mentida luz que de verdad blasona,
Pero que un nombre nos dará mañana.
No para mí, que nací
Hecha de fuego mi alma,
Sin un momento de calma
En las horas que viví.
¿Por qué en el lánguido aliento
De una mujer que suspira,
Sólo el poeta respira
Su amargura y su tormento?
¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste
La fogosa inspiración,
Si es de tierra el corazón
Y su voluntad resiste?
En los góticos salones,
En las pintorescas ruinas,
Canta con notas divinas
Sus misteriosas canciones.
Y cree sus fábulas bellas,
Y en su entusiasmo violento,
Su espíritu va en el viento
Por cima de las estrellas.
En la tierra pasa el hombre
Y ve su miseria en calma:
¡Ay, no comprende su alma
Y no demanda su nombre!
Que es el poeta un bajel
Que, de riqueza cargado,
Surca el mar alborotado
Para naufragar en él.
Mas yo vi el tronco mortal
De avaro conquistador
Al amarillo fulgor
De lámpara funeral.
Era de mármol su lecho,
Era de mármol su frente,
Doblada lánguidamente
Sobre su desnudo pecho.
De mármol la mano fría,
Que el hierro no sujetaba,
Su espalda le sustentaba;
Si órase un hombre, dormía.
Vi un rey, que el trono perdió
Porque al vasallo la plugo,
Caminar junto al verdugo
Que el cadalso levantó.
Vi una hermosa que arrastraban
Sobre féretro asqueroso,
Y con cántico medroso
Sacerdotes la rezaban.
Vi ricos y potentados
En sus inmundos placeres,
Entre orgías y mujeres
De sus hijos olvidados.
«Vivamos hoy», se decían
En el lúbrico festín;
Y otros con ayes sin fin
El sustento les pedían.
Y unos cayeron beodos,
Y otros de hambre cayeron,
Y todos se maldijeron,
Que eran infelices todos.
Y en marmóreo pedestal
Vi la sombra del poeta,
A quien el tiempo respeta
Y el mundo llama inmortal.
Descansa sobre su lira,
Y alza al cielo su cabeza,
Fijos con noble fiereza
Sus ojos en quien le mira.
Y al universo da leyes
Orgulloso triunfador,
Intérprete del Señor
Sobre la ley de los reyes.
Oye, sublime cantor:
Si es fuerza que al fin sucumba,
Si al fin bajo a innoble tumba
A dormir con mi dolor;
Si al fin con el viento vago
Mis versos se perderán,
Cual fuentes que a morir van
Al cieno de hediondo lago;
Cuenta al mundo mi amargura,
Cuéntale mi suerte impía,,
Que sepa al menos que un día
Quise volar a la altura.
Y borra, borra mi nombre
Si le han grabado en mi losa,
Que no le insulte orgullosa
La imbécil planta de un hombre.
Sólo una flor amarilla
Que el cierzo marchitará,
Entre el césped brotará
De mi sepulcro en la orilla.
¡Pobre flor! ¿Por qué naciste
Sobra una tumba desierta?
¿No temes la noche yerta
Tan solitaria y tan triste?
¡Pobre flor! ¿A qué temprana
Diste al mundo tu sonrisa?
Hoy te mece fresca brisa,
Pero morirás mañana.
¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!
¿A qué tan presto brotar,
Si el cierzo te ha de agostar
De mi sepulcro en la orilla?
A un Torreón
Gigante sombrío, baldón de Castilla,
Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,
Por cuyos salones, en vez de tu gente,
Reptiles arrastran su piel amarilla,
Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,
Tus ricos tapices de sedas y flores;
Tu gente de guerra, tus cien trovadores
Que alzaron ufanos triunfante canción?
Tú estás en el valle cadáver podrido,
Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,
Tu historia y tu nombra yaciendo en olvido;
El mundo no sabe que existe Muñón.
Tus pardas rüinas me son de tormento;
Con negros recuerdos corroen mi alma…..
¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,
Quemada del rayo, batida del viento!
Yo, errante poeta proscrito en el mundo,
Tal vez en el polvo de féretro inmundo,
Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo
Mi frente, abrasada de inútil sudor,
¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,
Morada maldita de un ángel del cielo
Que amé y me robaron! ….¡Maldito tu suelo,
Maldito tu nombre …., maldito mi amor!
Quédate, sí, en esa altura
A la vergüenza del llano,
Castillo sin castellano,
Matrona sin hermosura.
De ti el tiempo se rió,
Tus torres se derribaron,
Tus vasallos te ultrajaron,
Tu señor te abandonó.
Quédate, negro esqueleto,
De fértil vega mancilla,
A esa ermita de Castilla
Sin sacerdote, sujeto.
Sin pendones que ondear,
Sin blasones a la entrada,
Tu bóveda agujereada
No has podido sustentar.
Sin un eco en los salones,
Sin un soldado en el muro,
Hoy crece el arbusto impuro
Al pie de tus torreones.
Señor muerto en tierra ajena,
Olvidado de tu gente,
A pedazos, de tu frente
Roba el viento tu melena.
Y pasa a tus pies el hombre
Sin buscarte en su memoria,
Porque no leyó tu historia
Ni se acuerda de tu nombre.
Tú tienes uno, que en aciago día
En tu gastada piedra escribí yo,
Y el nombre de otro y la vergüenza mía
Con la tuya quedó.
Cuando mi labio le nombró, mentía;
Cuando mi mano le grabó, mintió;
Hoy …. ya no existe; en su carrera impía
El tiempo le arrastró
Y ese nombre celestial
Que el tiempo devoró al fin,
Una mujer, por mi mal,
Le arrebató a un serafín;
El huracán de la vida
Sólo dejó ¡oh mi querida!
Para mi eterno tormento,
En prenda de maldición,
Tu nombre en mi pensamiento,
Tu amor en mi corazón.
A una mujer
Ayer el alba amarilla,
Al anunciar la mañana,
Pintaba de tu ventana
El transparente cristal;
Ayer la flotante brisa
Daba a la atmósfera olores,
Meciendo las gayas flores
Sobre el tallo desigual.
Ayer, al rumor tranquilo
De la corriente vecina,
En la orilla cristalina
Se bañaba el ruiseñor;
Y pájaros, flores, fuentes,
Saludando al nuevo día,
Le prestaban armonía
En cambio de su color.
Ayer era el sol brillante,
El cielo azul y sereno,
El jardín fresco y ameno,
Y delicioso el vivir;
Eras tú niña y hermosa,
Sin rubor sobre la frente,
Tu velar era inocente,
Inocente tu dormir.
Tú reías y cantabas,
Niña o ángel en el suelo,
Y tus risas en el cielo
Eran guirnaldas tal vez:
Estrellas eran tus ojos,
Cántico vago tu acento,
Blando perfume tu aliento,
Luz de la aurora tu tez.
Entonces, niña, en tu mente
No resonaban las horas,
Ni apenaban seductoras
Fantasmas al corazón;
No te pintaba tu sueño
Entre la sombra callada
Un suspiro, una mirada
En voluptuosa ilusión.
Para ti no había tiempo,
Todo era paz, todo flores,
No había infierno de amores,
Ni fastidio del placer;
Un poeta te cantaba
Melancólicos cantares,
Y la voz de sus pesares
No comprendías ayer.
¡Pobre niña! ¿Qué se han hecho
Los delirios de tu infancia?
¿Qué has hecho de tu fragancia,
Marchita olvidada flor?
Tus hojas yacen quemadas,
Tu cáliz vacío y seco,
Tu tallo quebrado y hueco,
El sol no te da color.
Niña de los negros ojos,
¿A qué viniste a la tierra?
Rosa nacida entre abrojos,
¿Qué esperas del mundo, di?
Una brisa corrompida,
Fétida, hedionda, te mece,
Tu aroma se desvanece…..
¿Quién demandará por ti?
Ángel mío, vuelve al cielo
Antes que el mundo te vea,
Que los placeres del suelo
Placeres malditos son.
¡Oh! Por el gozo de un día
No compres, no, tu tormento;
El cielo es sólo, ¡alma mía!,
De los ángeles mansión.
¡Hoy es tarde!…. ¡Eres mujer!
Leo en tu frente humillada
El porvenir de la nada
Entre las huellas de ayer.
Veo en tu rostro bullir
Ese torcedor secreto…..
¡Tu velar es hoy inquieto,
Es inquieto tu dormir!
Lívida está tu mejilla,
En desorden tus cabellos…..
Mujer, mal prendida en ellos
Olvidada, una flor brilla.
Anoche, en vez de oración,
Desesperada en el lecho,
Exhalaste de tu pecho
Sacrílega maldición.
Que en el cristal transparente
Contemplastes aterrada
Del negro crimen grabada
La marca infame en la frente.
Que mal sujeta a tus flores
Entre tus gasas y lazos,
Rasgando van a pedazos
Tu hermosura los dolores.
¡Ay! Inútilmente lloras
El desvanecido encanto;
Entre las ondas del llanto
No vuelven, mujer, las horas.
Dióte el mundo oro y placeres
Cumpliendo al fin tus afanes,
Ídolo de los galanes,
Envidia de las mujeres;
Y a luz salistes ufana
Con tu hermosura ¡oh mujer!
Sin acordarte de ayer,
¡Y sin pensar en mañana!
¡Ay! En la tumba concluyen
El gozar y el padecer
Del mundo vano,
Y los vicios nos destruyen
Y nos matan ¡oh mujer!
Tarde o temprano.
Y tú, caída palmera……
Porque vendiste tu amor
A precio infame,.
Has querido, vil ramera,
Que a tus puertas el dolor
Más presto llame.
Tal vez lúbrico magnate
Te inundó por un placer
De oro y cariño,
Y mientras su rey combate,
Él te cobija, mujer,
Bajo su armiño.
Tal vez coronada frente
Descansó en tu impuro pecho,
Tu amor comprando,
Y hoy el mendigo indigente
Te negará el pobre lecho,
Tu frente hollando
Pasaron, niña, los días,
Con ellos las ilusiones
Infantiles,
Con ellos vienen impías
Las tormentas y aquilones
De tus abriles.
Con ellos llanto y dolores,
Remordimiento, amargura
Y desengaños:
Que en sus pliegues roedores,
Gala, placer y hermosura
Hunden los años.
¡Murió! La voz de la fatal campana
Apagó su memoria y en oración;
Nadie su nombre buscará mañana;
Yace su tumba en fétido rincón.
Aquel clamor fatídico y doliente
Se plegó entre las flores del jardín,
Vibró con los cristales de la fuente,
Rodó sobre los brindis del festín.
Y en oculto elegante gabinete,
Brusco y agudo penetró también,
Y se estrelló entre el humo del pebete
De alguna hermosa en la tocada sien.
Pero una sola lágrima, un gemido
Sobre sus restos a ofrecer no van,
Que es sudario de infames el olvido…..
¡Bien con su nombre en su sepulcro están!
A Venecia
Allí está, Venecia, la dueña opulenta
De antiguos, y nobles, y libres blasones,
Venecia la hermosa, la villa que cuenta
Que a sueldo tenía soberbias naciones,
Señora del mar.
Que cuenta que un día imperios y reyes
Su gala envidiaron, su nombre temieron,
Y el mar y la tierra besaron sus leyes,
-Y enviáronla buques, soldados la dieron;
Porque ella supiera batirse y triunfar.
Un día a sus ojos la tierra callaba,
Un día su nombre la tierra llenaba:
Pasaron los días, Venecia pasó.
Hoy es una viuda y hermosa Sultana,
Que tiene su corte ridícula y vana
Allá en un palacio que el Sultán la dió.
¡Venecia la encantadora,
La de los pardos pilares,
De las ciudades señora,
La señora de los mares,
La corona de jardines
Colgada sobre canales!
No son tu gala y festines
Los que valen lo que vales.
Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.
¿Qué valen tus gondoleros,
Y tus regatas vistosas,
Tus republicanos fueros,
Tus máscaras revoltosas,
Y tus timbres altaneros,
Sin los ojos hechiceros
De tus hermosas?
¡Ay, que tus días pasaron!….
Venecia, la maravilla,
A quien monarcas doblaron
Otro tiempo la rodilla,
Tus timbres ¡ay! se borraron,
Tus señores olvidaron
La hermosa villa.
Antigua reina del mar,
Mal encubres tu caída
Tus bodas al celebrar
Con la posesión perdida.
Llora, Venecia, sí, llora,
Haz duelo en amargo llanto,
Que tus esclavos, señora,
Escupen sobre tu manto.
Reina, tu Adriático brama
Lejos ya de tus confines,
Olvídale, noble dama,
Entre danzas y festines.
Tu patrono ha encanecido,
Tu raudo león no vuela,
Sobre sus garras dormido,
Por tu grandeza no vela;
Brioso alazán herido,
Su caballero ha perdido
Freno y espuela.
Un capricho que pasó,
Matrona opulenta, fuiste;
Tu Príncipe te olvidó;
Hermosa, ya envejeciste
Y tu tez se marchitó:
¡No pienses, Venecia, no,
En lo que fuiste!
II
¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!
Reír, hasta que seca la garganta
Niega paso a la voz enronquecida;
Cantar, hasta que el alba se levanta,
Que yace en el Adriático dormida.
¡Opulenta Venecia, ríe y cantal
Ríe y canta, señora de los mares,
Que la risa y la voz cubren el llanto;
Y mientras roe el tiempo tus pilares,
Y deslustra la lluvia el áureo manto,
Risa, y juego, y festines, y cantares…..
Rueden las horas del dolor en tanto.
Porque la voz de una orgía
La voz de un enfermo apaga,,
Que un suspiro de agonía
No penetra en un festín.
Canta, Venecia la bella,
Para cubrir el crujido
De tu poder que se estrella,
Y va rodando a sa fin.
Levanta una carcajada
Para apagar un gemido,
Fatídica campanada
Preludio de un funeral;
Melancólica armonía
Que en la bóveda del templo
Vibra al expirar el día,
Y es un canto sepulcral.
Porque, pese a tus placeres.
A tu pompa y tu hermosura,
Hoy, Venecia, sólo eres
Una memoria de ayer,
Un sepulcro cincelado
Entro flores y perfumes,
Donde yace abandonado
Ta carcomido poder.
Un velo blanco de lino
De una virgen desgraciada,
Ofrenda al verbo divino
Suspendida en un altar;
Barro inmundo en que grabaron,
Con mano desesperada,
El nombre que te legaron
Tantos siglos al pasar.
Tu ley sea el placer, ciudad gigante:
¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!
Que en un festín espléndido y brillante,
Duerme el pasado, el porvenir se olvida.
A…..
Déjame oír tu misterioso canto,
Alegre voz de tus ensueños de oro;
Solo y perdido peregrino, en tanto
Mal en mi pecho mi dolor devoro.
Dióte el cielo contento y armonía
Y es justo que lo cantes y le adores;
Puro y tranquilo resbaló tu día,
Tu sien de niño coronó de flores.
Para ti son la risa y los festines,
La tierra para ti tiene placeres,
La tierra para ti tiene jardines,
Y para ti son bellas las mujeres.
Y tiene luz el cielo transparente,
Color azul y lánguidas estrellas,
Y ese fanal que alumbra tristemente,
Cual moribundo sol, en medio de ellas.
No para mí, cuya fatal mirada
Quema y devora cuanto en torno nace,
Arroyo que al caer de la cascada
En cristalinas trenzas se deshace;
Pero llega torrente a la llanura,
Y arranca frutos, árboles y flores,
Y al campo roba gala y hermosura
Arrastrando con él musgo y colores.
No para mí, que en noche borrascosa
Vine a surcar las ondas de la vida,
Con el alma penada y fatigosa,
Con la esperanza del placer perdida.
No para mí, que busco una corona
Y un nombre pido en agonía vana;
Mentida luz que de verdad blasona,
Pero que un nombre nos dará mañana.
No para mí, que nací
Hecha de fuego mi alma,
Sin un momento de calma
En las horas que viví.
¿Por qué en el lánguido aliento
De una mujer que suspira,
Sólo el poeta respira
Su amargura y su tormento?
¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste
La fogosa inspiración,
Si es de tierra el corazón
Y su voluntad resiste?
En los góticos salones,
En las pintorescas ruinas,
Canta con notas divinas
Sus misteriosas canciones.
Y cree sus fábulas bellas,
Y en su entusiasmo violento,
Su espíritu va en el viento
Por cima de las estrellas.
En la tierra pasa el hombre
Y ve su miseria en calma:
¡Ay, no comprende su alma
Y no demanda su nombre!
Que es el poeta un bajel
Que, de riqueza cargado,
Surca el mar alborotado
Para naufragar en él.
Mas yo vi el tronco mortal
De avaro conquistador
Al amarillo fulgor
De lámpara funeral.
Era de mármol su lecho,
Era de mármol su frente,
Doblada lánguidamente
Sobre su desnudo pecho.
De mármol la mano fría,
Que el hierro no sujetaba,
Su espalda le sustentaba;
Si órase un hombre, dormía.
Vi un rey, que el trono perdió
Porque al vasallo la plugo,
Caminar junto al verdugo
Que el cadalso levantó.
Vi una hermosa que arrastraban
Sobre féretro asqueroso,
Y con cántico medroso
Sacerdotes la rezaban.
Vi ricos y potentados
En sus inmundos placeres,
Entre orgías y mujeres
De sus hijos olvidados.
«Vivamos hoy», se decían
En el lúbrico festín;
Y otros con ayes sin fin
El sustento les pedían.
Y unos cayeron beodos,
Y otros de hambre cayeron,
Y todos se maldijeron,
Que eran infelices todos.
Y en marmóreo pedestal
Vi la sombra del poeta,
A quien el tiempo respeta
Y el mundo llama inmortal.
Descansa sobre su lira,
Y alza al cielo su cabeza,
Fijos con noble fiereza
Sus ojos en quien le mira.
Y al universo da leyes
Orgulloso triunfador,
Intérprete del Señor
Sobre la ley de los reyes.
Oye, sublime cantor:
Si es fuerza que al fin sucumba,
Si al fin bajo a innoble tumba
A dormir con mi dolor;
Si al fin con el viento vago
Mis versos se perderán,
Cual fuentes que a morir van
Al cieno de hediondo lago;
Cuenta al mundo mi amargura,
Cuéntale mi suerte impía,,
Que sepa al menos que un día
Quise volar a la altura.
Y borra, borra mi nombre
Si le han grabado en mi losa,
Que no le insulte orgullosa
La imbécil planta de un hombre.
Sólo una flor amarilla
Que el cierzo marchitará,
Entre el césped brotará
De mi sepulcro en la orilla.
¡Pobre flor! ¿Por qué naciste
Sobra una tumba desierta?
¿No temes la noche yerta
Tan solitaria y tan triste?
¡Pobre flor! ¿A qué temprana
Diste al mundo tu sonrisa?
Hoy te mece fresca brisa,
Pero morirás mañana.
¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!
¿A qué tan presto brotar,
Si el cierzo te ha de agostar
De mi sepulcro en la orilla?
Allí está lo que el mundo llama mundo…
I
Allí está lo que el mundo llama mundo,
Arrastrándose imbécil por la tierra;
Ese reptil raquítico e inmundo
Que en el sepulcro su ambición encierra.
Allí está con sus circos y jardines,
Vano de amor y espléndido de amores,
Mal envuelto entre farsas y festines,
Como esqueleto entre marchitas flores.
Vestido está de alcázares y escudos;
Mas, torpe esclavo de egoístas leyes,
Lleva sus pueblos a danzar desnudos
En derredor del lujo de sus reyes.
¡Vano placer! ¡Quimérica algazara!
¡Flor de una aurora sola y pasajera!….
De cerca, un cementerio nos mostrara
Al resplandor de moribunda hoguera.
Los hombres de ese mundo no son hombres,
Las mujeres de allí no son mujeres;
Ellos cubren su nada con sus nombres,
Y ellas no tienen más que sus placeres.
Cuando Dios, que les dio el ánima noble,
Las ánimas demande enfurecido,
Su ángel, de hinojos, con vergüenza doble,
Señor, contestará, ¡las han perdido!
Autómatas que viven porque viven,
Hoy al rumor de estrepitosa orquesta,
El ajeno renombre que reciben
Llevan como sus padres a una fiesta.
Contentos con sus vanos oropeles,
Atraillando al cuerpo el pensamiento,
De un heredero nombre hacen laureles,
Gloria y valor del alto nacimiento.
Cielo es para ellos el azul que miran,
Es la tierra un inmenso anfiteatro,
Y ellos, que en esa atmósfera respiran,
Los actores, tal vez, de ese teatro.
Y en tanto que en sus necias pantomimas
Se gozan, y en estúpidos placeres,
Canta el poeta en gigantescas rimas
El ser tremendo que abortó los seres.
Pinta el pintor el cielo y los colores,
Arrebata la luz al mediodía,
Y el músico, a los vientos bramadores,
A las aves y fuentes, la armonía.
Hijo de rey, conquista su corona;
Hijo de Dios, como su Dios concibe;
Que con sus obras su nobleza abona,
Y no infama su estirpe mientras vivo.
Noble es el grande, y grande es el valiente,
Quien, por ser como Dios, como Dios crea.
Ése es el noble que alzará la frente,
Trepando al sol hasta que sol se crea.
Ése a la tumba bajará ignorado,
Ése en la tierra vivirá mendigo,
A ése nada los hombres le hemos dado;
Su padre, que fue Dios, será su amigo.
Y cuando Él, que le dió el ánima noble.,
Las ánimas demande enfurecido,
Dirále el ángel con orgullo doble:
Hombre le hiciste; ángel le he traído.
Es grande quien nace esclavo
Y baja al sepulcro rey,
Cambiando, altivo, en diadema
Los hierros que atan sus pies.
Es grande el hombre de polvo,
Que meditando en su ser,
Del sol envidia los rayos
Por brillar tanto como él.
Quien en un cuerpo mezquino
Un alma gigante ve,
Y hacer lo que Dios pretende
Porque hijo de Dios se cree.
Quien sintiéndose con alas,
Se arroja el viento a romper,
Y va osado a las estrellas
A preguntarlas quién es.
Ése es el grande y el noble,
Ése es el hombre por quien
Hizo un Dios en siete días,
Del cielo un ancho dosel,
De toda la tierra un trono,
De una existencia un placer,
Del sol una eterna hoguera;
Y apenas el hombre fue,
Tendió el mar en la llanura
Por alfombra de sus pies.
No es noble ¡viven los cielos!
Quien muestra un viejo broquel
Por sus abuelos ganado,
Que derribando a cercén
La cabeza de algún moro,
Le hicieron suyo después,
Dividiéndole en cuarteles
Los heraldos para él.
No es noble quien pasa el día
Encerrado en un harén,
Entre eunucos y mujeres,
Como impúdica mujer;
Guardando del sol la frente
Y de la arena los pies,
Con un altar y un serrallo,
Y el alma estéril, sin fe.
No es noble quien cuenta ufano
En su alcázar, cinco, diez,
Veinte nombres en hilera
Colgados en la pared,
Al pie de veinte retratos
De veinte nobles con él.
No son la virtud y el genio
Cetro y corona de rey,
Ni se heredan como escudos,
Que el oro compra también.
Los escudos enmohecen,
Los tronos pueden caer,
Pero la virtud y el genio
Se levantan de una vez,
Eternos como su estirpe,
Que sólo Dios les da el ser.
II
Nobles, al cielo subiréis vosotros,
Con esa gloria que buscáis inquietos,
Y aquí en la tierra dejarán los otros
Sus armas, y detrás sus esqueletos.
Que empieza en el sepulcro vuestra gloria,
Que hoy el mezquino mundo menoscaba,
Porque el placer del mundo y su memoria
Llega a la tumba, y en la tumba acaba
Ellos la suya comprarán con oro,
Porque su mármol su nobleza abona;
La vuestra, en vez de mundanal decoro,
Sólo un nombre tendrá y una corona.
En ella colgarán vuestros laureles,
Porque duerma tranquila la cabeza,
Y al pie pondrán el arpa y los pinceles,
Que al mundo contarán vuestra nobleza.
Vuestra nobleza, mágicos pintores,
Que de la creación rasgando el velo,
Formáis como Jehová luz y colores
Para vestir la lobreguez del suelo.
Él ocultó la voz de la armonía
En el torrente y en la selva en vano;
Allí, músicos, fue vuestra osadía
A sorprenderla con robusta mano.
Alzáronse al Señor templos y altares,
Y allí fueron poetas y pintores;
Vosotros la ensalzasteis con cantares
Porque os dieron su voz los ruiseñores
Los ángeles le cantan en el cielo,
Y le cantáis vosotros en la tierra,
Mientras de hinojos en el sacro suelo,
Escucha humilde el hombre, ora y se ate
Un solo libro nuestra Iglesia tiene,
Que poetas cantaron y escribieron…..
O al alma Dios de los poetas viene,
O ellos un Dios en su cantar mintieron.
No importa que hoy ignorados
Crucéis el desierto mundo,
Sin corona y sin blasones
Que doren el nombre obscuro;
Que ley es morir mañana
Que, a todos Dios nos impuso,
Y después de vuestra muerte
Cercarán vuestro sepulcro
Los que aborrecen en vida
Y al grande envidian difunto.
Perros que ladran cobardes
En torno un toro robusto,
Que yace rendido en tierra
Acogotado entre muchos.
Los que aman oro en la tierra
Y de sus honras el humo,
Ladran a los pies del genio,
Sin que sus gritos agudos,
Al tocar en sus oídos,
Turben la paz de su orgullo.
Y si a envidiar van sus rayos
En derredor de su túmulo,
No temáis, no, para entonces,
Porque sus ojos confusos,
Si osan mirar vuestra lumbre,
Han de cegar a su impulso.
Pues aunque a despecho brille
Del alma imbécil de muchos,
Ocultarla podrán todos,
Pero apagarla ninguno.
Allí está, Venecia, la dueña opulenta…
Allí está, Venecia, la dueña opulenta
De antiguos, y nobles, y libres blasones,
Venecia la hermosa, la villa que cuenta
Que a sueldo tenía soberbias naciones,
Señora del mar.
Que cuenta que un día imperios y reyes
Su gala envidiaron, su nombre temieron,
Y el mar y la tierra besaron sus leyes,
-Y enviáronla buques, soldados la dieron;
Porque ella supiera batirse y triunfar.
Un día a sus ojos la tierra callaba,
Un día su nombre la tierra llenaba:
Pasaron los días, Venecia pasó.
Hoy es una viuda y hermosa Sultana,
Que tiene su corte ridícula y vana
Allá en un palacio que el Sultán la dió.
¡Venecia la encantadora,
La de los pardos pilares,
De las ciudades señora,
La señora de los mares,
La corona de jardines
Colgada sobre canales!
No son tu gala y festines
Los que valen lo que vales.
Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.
¿Qué valen tus gondoleros,
Y tus regatas vistosas,
Tus republicanos fueros,
Tus máscaras revoltosas,
Y tus timbres altaneros,
Sin los ojos hechiceros
De tus hermosas?
¡Ay, que tus días pasaron!….
Venecia, la maravilla,
A quien monarcas doblaron
Otro tiempo la rodilla,
Tus timbres ¡ay! se borraron,
Tus señores olvidaron
La hermosa villa.
Antigua reina del mar,
Mal encubres tu caída
Tus bodas al celebrar
Con la posesión perdida.
Llora, Venecia, sí, llora,
Haz duelo en amargo llanto,
Que tus esclavos, señora,
Escupen sobre tu manto.
Reina, tu Adriático brama
Lejos ya de tus confines,
Olvídale, noble dama,
Entre danzas y festines.
Tu patrono ha encanecido,
Tu raudo león no vuela,
Sobre sus garras dormido,
Por tu grandeza no vela;
Brioso alazán herido,
Su caballero ha perdido
Freno y espuela.
Un capricho que pasó,
Matrona opulenta, fuiste;
Tu Príncipe te olvidó;
Hermosa, ya envejeciste
Y tu tez se marchitó:
¡No pienses, Venecia, no,
En lo que fuiste!
II
¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!
Reír, hasta que seca la garganta
Niega paso a la voz enronquecida;
Cantar, hasta que el alba se levanta,
Que yace en el Adriático dormida.
¡Opulenta Venecia, ríe y cantal
Ríe y canta, señora de los mares,
Que la risa y la voz cubren el llanto;
Y mientras roe el tiempo tus pilares,
Y deslustra la lluvia el áureo manto,
Risa, y juego, y festines, y cantares…..
Rueden las horas del dolor en tanto.
Porque la voz de una orgía
La voz de un enfermo apaga,,
Que un suspiro de agonía
No penetra en un festín.
Canta, Venecia la bella,
Para cubrir el crujido
De tu poder que se estrella,
Y va rodando a sa fin.
Levanta una carcajada
Para apagar un gemido,
Fatídica campanada
Preludio de un funeral;
Melancólica armonía
Que en la bóveda del templo
Vibra al expirar el día,
Y es un canto sepulcral.
Porque, pese a tus placeres.
A tu pompa y tu hermosura,
Hoy, Venecia, sólo eres
Una memoria de ayer,
Un sepulcro cincelado
Entro flores y perfumes,
Donde yace abandonado
Ta carcomido poder.
Un velo blanco de lino
De una virgen desgraciada,
Ofrenda al verbo divino
Suspendida en un altar;
Barro inmundo en que grabaron,
Con mano desesperada,
El nombre que te legaron
Tantos siglos al pasar.
Tu ley sea el placer, ciudad gigante:
¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!
Que en un festín espléndido y brillante,
Duerme el pasado, el porvenir se olvida.
Aparta de tus ojos
Aparta de tus ojos la nube perfumada
que el resplandor nos vela que tu semblante da,
y tiéndenos, María, tu maternal mirada,
donde la paz, la vida y el páramo está.
Tú, bálsamo de mirra; Tú, cáliz de pureza;
Tú, flor de paraíso y de los astros luz,
escudo sé y amparo de la mortal flaqueza
por la Divina Sangre del que murió en la Cruz.
Tú eres, oh María!, un faro de esperanza
que brilla de la vida junto al revuelto mar,
y hacia tu luz bendita desfallecido avanza
el náufrago que anhela en el Edén tocar.
Impela, oh Madre augusta!, tu soplo soberano
la destrozada vela de mi infeliz batel;
enséñale su rumbo con compasiva mano,
no dejes que se pierda mi corazón en él.
¡Ay del triste!
¡Ay del triste que consume
su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
que el duelo con que él se abrume
al ausente ha de pesar!
La esperanza es de los cielos
precioso y funesto don,
pues los amantes desvelos
cambian la esperanza en celos.
que abrasan el corazón.
Si es cierto lo que se espera,
es un consuelo en verdad;
pero siendo una quimera,
en tan frágil realidad
quien espera desespera.
Ayer el alba amarilla…
Ayer el alba amarilla,
Al anunciar la mañana,
Pintaba de tu ventana
El transparente cristal;
Ayer la flotante brisa
Daba a la atmósfera olores,
Meciendo las gayas flores
Sobre el tallo desigual.
Ayer, al rumor tranquilo
De la corriente vecina,
En la orilla cristalina
Se bañaba el ruiseñor;
Y pájaros, flores, fuentes,
Saludando al nuevo día,
Le prestaban armonía
En cambio de su color.
Ayer era el sol brillante,
El cielo azul y sereno,
El jardín fresco y ameno,
Y delicioso el vivir;
Eras tú niña y hermosa,
Sin rubor sobre la frente,
Tu velar era inocente,
Inocente tu dormir.
Tú reías y cantabas,
Niña o ángel en el suelo,
Y tus risas en el cielo
Eran guirnaldas tal vez:
Estrellas eran tus ojos,
Cántico vago tu acento,
Blando perfume tu aliento,
Luz de la aurora tu tez.
Entonces, niña, en tu mente
No resonaban las horas,
Ni apenaban seductoras
Fantasmas al corazón;
No te pintaba tu sueño
Entre la sombra callada
Un suspiro, una mirada
En voluptuosa ilusión.
Para ti no había tiempo,
Todo era paz, todo flores,
No había infierno de amores,
Ni fastidio del placer;
Un poeta te cantaba
Melancólicos cantares,
Y la voz de sus pesares
No comprendías ayer.
¡Pobre niña! ¿Qué se han hecho
Los delirios de tu infancia?
¿Qué has hecho de tu fragancia,
Marchita olvidada flor?
Tus hojas yacen quemadas,
Tu cáliz vacío y seco,
Tu tallo quebrado y hueco,
El sol no te da color.
Niña de los negros ojos,
¿A qué viniste a la tierra?
Rosa nacida entre abrojos,
¿Qué esperas del mundo, di?
Una brisa corrompida,
Fétida, hedionda, te mece,
Tu aroma se desvanece…..
¿Quién demandará por ti?
Ángel mío, vuelve al cielo
Antes que el mundo te vea,
Que los placeres del suelo
Placeres malditos son.
¡Oh! Por el gozo de un día
No compres, no, tu tormento;
El cielo es sólo, ¡alma mía!,
De los ángeles mansión.
¡Hoy es tarde!…. ¡Eres mujer!
Leo en tu frente humillada
El porvenir de la nada
Entre las huellas de ayer.
Veo en tu rostro bullir
Ese torcedor secreto…..
¡Tu velar es hoy inquieto,
Es inquieto tu dormir!
Lívida está tu mejilla,
En desorden tus cabellos…..
Mujer, mal prendida en ellos
Olvidada, una flor brilla.
Anoche, en vez de oración,
Desesperada en el lecho,
Exhalaste de tu pecho
Sacrílega maldición.
Que en el cristal transparente
Contemplastes aterrada
Del negro crimen grabada
La marca infame en la frente.
Que mal sujeta a tus flores
Entre tus gasas y lazos,
Rasgando van a pedazos
Tu hermosura los dolores.
¡Ay! Inútilmente lloras
El desvanecido encanto;
Entre las ondas del llanto
No vuelven, mujer, las horas.
Dióte el mundo oro y placeres
Cumpliendo al fin tus afanes,
Ídolo de los galanes,
Envidia de las mujeres;
Y a luz salistes ufana
Con tu hermosura ¡oh mujer!
Sin acordarte de ayer,
¡Y sin pensar en mañana!
¡Ay! En la tumba concluyen
El gozar y el padecer
Del mundo vano,
Y los vicios nos destruyen
Y nos matan ¡oh mujer!
Tarde o temprano.
Y tú, caída palmera……
Porque vendiste tu amor
A precio infame,.
Has querido, vil ramera,
Que a tus puertas el dolor
Más presto llame.
Tal vez lúbrico magnate
Te inundó por un placer
De oro y cariño,
Y mientras su rey combate,
Él te cobija, mujer,
Bajo su armiño.
Tal vez coronada frente
Descansó en tu impuro pecho,
Tu amor comprando,
Y hoy el mendigo indigente
Te negará el pobre lecho,
Tu frente hollando
Pasaron, niña, los días,
Con ellos las ilusiones
Infantiles,
Con ellos vienen impías
Las tormentas y aquilones
De tus abriles.
Con ellos llanto y dolores,
Remordimiento, amargura
Y desengaños:
Que en sus pliegues roedores,
Gala, placer y hermosura
Hunden los años.
¡Murió! La voz de la fatal campana
Apagó su memoria y en oración;
Nadie su nombre buscará mañana;
Yace su tumba en fétido rincón.
Aquel clamor fatídico y doliente
Se plegó entre las flores del jardín,
Vibró con los cristales de la fuente,
Rodó sobre los brindis del festín.
Y en oculto elegante gabinete,
Brusco y agudo penetró también,
Y se estrelló entre el humo del pebete
De alguna hermosa en la tocada sien.
Pero una sola lágrima, un gemido
Sobre sus restos a ofrecer no van,
Que es sudario de infames el olvido…..
¡Bien con su nombre en su sepulcro están!
¡Bello es vivir; la vida es la armonía!…
¡Bello es vivir; la vida es la armonía!
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas:
Y en medio de la noche majestuosa
Esa luna de plata, esas estrellas,
Lámparas de la tierra perezosa,
Que se ha dormido en paz debajo de ellas.
¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte
Asomar el crepúsculo que nace;
Y la neblina que corona el monte,
En el aire flotan, lo se deshace;
Y el inmenso tapiz del firmamento
Cambia su azul en franjas de colores;
Y susurran las hojas en el viento,
Y desatan su voz los ruiseñores.
Y la noche las orlas de su manto
Arrastra fugitiva en Occidente,
Y la tierra despierta al fuego santo
Que reverbera el sol en el Oriente.
¡Bello es vivir! Se siente en la memoria
El recuerdo bullir de lo pasado,
Camina cada ser con una historia
De encantos y placeres que ha gozado.
Si hay huracanes y aquilón que brama,
Si hay un invierno de humedad vestido,
Hay una hoguera a cuya roja llama
Se alza un festín con su discorde ruido.
Y una pintada y fresca primavera,
Con su manto de luz y orla de flores,
Que cubre de verdor la ancha pradera
Donde brotan arroyos saltadores.
Y hay en el bosque gigantesca sombra,
Y desierto sin fin en la llanura,
En cuya extensa y abrasada alfombra
Crece la palma como hierba obscura.
Allí cruzan fantásticos y errantes,
Como sombras sin luz y apariciones,
Pardos y corpulentos elefantes,
Amarillas panteras y leones.
Allí, entre el musgo de olvidada roca,
Duerme el tigre feroz harto y tranquilo;
Y de una cueva en la entreabierta boca,
Solitario se arrastra el cocodrilo.
¡Bello es vivir; la vida es la armonía!
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas…..
Arranca, arranca, Dios mío,
De la mente del poeta
Este pensamiento impío
Que en un delirio creó;
Sin un instante de calma,
En su olvido y su amargura,
No puede soñar su alma
Placeres que no gozó.
¡Ay del poeta! Su llanto
Fue la inspiración sublime
Con que arrebató su canto
Hasta los cielos tal vez;
Solitaria flor que el viento
Con impuro soplo azota,
Él arrastra su tormento
Escrito sobre la tez.
Porque tú ¡oh Dios! le robaste
Cuanto los hombres adoran;
Tú en el mundo lo arrojaste
Para que muriera en él;
Tú le dijiste que el hombre
Era en la tierra su hermano;
Mas él no encuentra ese nombre
En sus recuerdos de hiel.
Tú le has dicho que eligiera
Para el viaje de la vida
Una hermosa compañera
Con quien partir su dolor;
Mas ¡ay! que la busca en vano,
Porque es para el ser que ama
Como un inmundo gusano
Sobre el tallo de una flor.
Canta la luz y las flores,
Y el amor en las mujeres,
Y el placer en los amores,
Y la calma en el placer;
Y sin esperanza adora
Una belleza escondida,
Y hoy en sus cantares llora
Lo que alegre cantó ayer.
Él, con los siglos rodando,
Canta su afán a los siglos,
Y los siglos van pasando
Sin curarse de su afán.
¡Maldito el nombre de gloria
Que en tu cólera le diste! …..
Sentados en su memoria
Recuerdos de hierro están.
El día alumbra su pena,
La noche alarga su duelo,
La aurora escribe en el cielo
Su sentencia de vivir;
Fábulas son los placeres,
No hay placeres en su alma,
No hay amor en las mujeres,
Tarda la hora de morir.
Hay sol que alumbra, mas quema,
Hay flores que se marchitan,
Hay recuerdos que se agitan,
Fantasmas de maldición.
Si tiene una voz que canta,
Al arrancarla del pecho
Deja fuego en la garganta,
Vacío en el corazón.
¡Bello es vivir! Sobre gigante roca
Se mira el mundo a nuestros pies tendido,
La frente altiva con las nubes toca…..
Todo creado para el hombre ha sido.
¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado,
En los bordes se duerme de la vida,
Y de locura y sueños embriagado,
En un festín el porvenir olvida.
¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos:
El tiempo entre sus pliegues roedores
Ha de llevar el bien que no gocemos
Y ha de apagar placeres y dolores.
Cantemos, de nosotros olvidados,
Hasta que el son de la fatal campana
Toque a morir. Cantemos descuidados,
Que el sol de ayer no alumbrará mañana.
Broté como una yerba corrompida
Broté como una yerba corrompida
Al borde de la tumba de un malvado,
Y mi primer cantar fue a un suicida:
¡Agüero fue, por Dios, bien desdichado!
Al eco de este cántico precito
Dijo el mundo escuchándome: «Veamos»,
Y sentóse a mirarme de hito en hito:
Y el mundo y yo, por mi primer delito,
Desde entonces mirándonos estamos.
Dejemos a los muertos en reposo
Y que duerman en paz, si es su destino;
Harto haremos en mar tan proceloso
Como es la vida, en encontrar camino.
Yo el mío me busqué por las turbadas
Ondas de aqueste mar, y mi barquilla,
Por medio de otras muchas que extraviadas
Bogar sin rumbo vi desesperadas,
Procuró conducir hacia la orilla.
Velé, gemí, con angustiado lloro
Volvíme al cielo y acudí a las ciencias:
¿A la ribera tocaré? Lo ignoro;
Sólo sé que la tengo en mi presencia.
Al verla, aunque de lejos, lancé un grito,
Y a impulso de recóndito misterio
Dióle la soledad eco infinito,
Y fue, tornado en cántico maldito,
A expirar en mitad de un cementerio.
Yo sentí que la tumba me aplaudía,
Y ansío de gloria al corazón hallando,
Dije dentro de mí: «La tierra es mía.»
Y con mayor afán seguí cantando.
Creí de Dios mi soberano aliento,
De arcángel mi poder; mi alma altanera
Me arrebató hacia el alto firmamento,
Y la región azul del vago viento
Embelesé con mi canción primera..
Atrás dejó las águilas que miran
Con ojo audaz al sol, atrás quedaron
Las nubes que relámpagos respiran,
Los soles mil que por espacios giran
Donde mortales ojos no llegaron.
Creí el mundo a mis pies; alcé la frente
Para cantar mi orgullo, y mis oídos
Del medio de una nube refulgente
El acento de Dios omnipotente
Oyeron, de pavor estremecidos.
«Canta, dijo una voy, tal es tu suerte,
Pero canta en el polvo que naciste,
Allí donde jamás han de creerte:
Canta la vida, mientras va la muerte
A sí llamando tu existencia triste.»
Dijo, y me echó a la tierra y a la vida,
Y al impulso de su hálito divino,
Con cántiga risueña o dolorida
La soledad alivio del camino:
Y cumplo así la ley de mi destino.
Inunda paz sabrosa
Mi corazón tranquilo,
Y dichas y deleites
Encuentro por doquier:
Mi ser halló en mi alma
Inalterable asilo,
Mi espíritu respira
El ámbar del placer.
Y nada me atormenta,
Ni envidio ni deseo:
Mi espíritu al abrigo
De la tormenta está:
Pasar a las edades
Indiferente veo;
Mecido en dulces sueños
Mi pensamiento va.
Y a veces me arrebata
Mi loca fantasía
En alas de su joven
Fecunda inspiración;
Y a un mundo me transporta
De encanto y de armonía,
Do gozan mis potencias
Espléndida ilusión.
Mi espíritu se libra
Del cuerpo que le encierra,
Y grande y poderoso
Como su Dios se cree,
Y alcanza desde el cenit
A la lejana tierra,
Cual punto en el espacio
Que apenas no se ve.
Y el orbe ante mis ojos
Despliega los misterios
Que impulsan la infinita
Y excelsa creación;
Y hollando los escombros
De tronos y de imperios,
Revienta en armonía
Mi libre corazón.
Cuanto es en los espacios
Su ser me patentiza:
Un templo ante mis ojos
El universo es,
Y todo en su recinto
Se ensalza y diviniza,
Y la creación entera
Tendida está a mis pies.
No hay canto, ni suspiro,
Lamento ni murmullo,
Cuyo eco misterioso
Fingir no sepa yo,
Que mi niñez mecieron
Los bosques con su arrullo,
Y su creencia santa
La soledad me dió.
La música comprendo
Que en las volubles hojas
Resuena a la presencia
Del céfiro fugaz;
Y entiendo en el otoño
El ¡ay! de sus congojas
Con que piedad imploran
Del ábrego tenaz.
Yo sé cómo susurran
Con diferentes voces,
Marchitas en Setiembre,
Jugosas en Abril;
Ya rueden con el polvo
En círculos veloces,
Ya con su teldo verde
Coronen el pensil.
Yo entiendo de las aves
Los cánticos distintos,
El saludar al alba
o huir la tempestad;
Buscando de las selvas
Los cóncavos recintos,
En donde alegres gozan
Salvaje libertad.
Entiendo el agorero
Graznar de la corneja,
La ronca voz de buitre
Que huele su festín;
Del solitario búho
La temerosa queja,
Y el amoroso trino
Del ágil colorín.
Y el ruido con que vuela
La errante mariposa,
Los pasos de la oruga
Sobre la fresca flor,
El desigual zumbido
Con que anda codiciosa
La abeja, de su cáliz
Volando en derredor.
El sol con que su nido
Columpia la oropéndola,
Del álamo frondoso
Suspenso en la altitud,
Y los murmullos que alzan
Las ráfagas, meciéndola,
Haciendo, revoltosas,
Eterna su inquietud.
Los mágicos rumores
Que elevan diferentes
Las diferentes aguas
Del bosque o del jardín,
Cuando los montes surcan
Sus rápidos torrentes,
Cuando en los valles buscan
Sus arroyuelos fin.
Y el temeroso acento
De las voraces fieras,
De la tormenta ronca
El iracundo son.
En mis oídos posan
Las notas lisonjeras
Que ensalzan y armonizan
La inmensa creación.
Conozco de los astros
La incógnita carrera,
Del ángel que los guía
La luminosa faz,
Y la del ROSTRO SANTO
Que en ellos reverbera,
Torrentes derramando
De vida y claridad.
Las nubes le saludan
Con majestuoso trueno,
La atmósfera lo enciende
Relámpago veloz,
La tierra le abre humilde
Su perfumado seno,
Y el mar canta su gloria
Con incesante voz.
Si airado pestañea,
Los mandos se estremecen;
Si torna el rostro, yacen
En muerta oscuridad,
Si su hálito les niega,
Caducan y envejecen:
El solo es la existencia,
La luz y la verdad.
Para Él tiene tan sólo
La eternidad guarismo,
Y el número los astros,
Y las edades fin,
Y límite el espacio,
Y término el abismo;
Y nada se le esconde
Por lóbrego ni ruin.
Su dedo es la balanza
Que en equilibrio tiene
La máquina gigante
De su alta creación,
Y cuanto en ella existe,
Su dedo lo mantiene,
Y ese es el Dios que canta
Mi lengua y mi razón.
Y voz no hay ni suspiro,
Lamento ni murmullo,
Cuyo yo misterioso
Por Él no entienda yo;
Que mi niñez meciera
Los bosques con su arrullo,
Y su creencia santa
La soledad me dió.
Cólmame, Juana, el cincelado vaso
Cólmame, Juana, el cincelado vaso
Hasta que por los bordes se derrame,
Y un vaso inmenso y corpulento dame
Que el supremo licor no encierre escaso.
Deja que afuera, por siniestro caso,
En son medroso la tormenta brame,
Y el peregrino a nuestra puerta llame,
Treguas cediendo al fatigado paso.
Deja que espere, o desespere, o pase;
Deja que el recio vendaval, sin tino,
Con rauda inundación tale o arrase;
Que si viaja con agua el peregrino,
A mí, con tu perdón, cambiando frase,
No me acomoda caminar sin vino.
Con cien cautivos llevamos…
«Alerte! alerte! Voici les pirates
D’Ochali qui traversent le détroit.»
LE CAPTIF D’OCHALI
Con cien cautivos llevamos
Fletada nuestra galera,
Que en una y otra ribera
Para el harán reclutamos.
¡Al mar, al mar, marineros!
En Fez entramos mañana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.
Cabe un convento botamos
Al agua el ancla tenaz;
Linda muchacha apresamos,
Dormida en traidora paz:
Mil fantasmas hechiceros
Soñaba, a la mar cercana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.
-Forzoso es, niña, callar:
Ea, ganemos el viento;
Esto no es más que cambiar
Por un harén un convento.
Os haremos mahometana
Y el Sultán ha de quereros.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana-
Huir desesperada quiso.
-¡Y osáis, hijos de Satán!…-
Lloró, suplicó. -Es preciso-
La contestó el capitán.
Sus clamores lastimeros,
Su resistencia, fue vana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.
En su dolor, parecían
Sus ojos un talismán;
Mil cequíes bien valían:
La hemos vendido al Sultán.
Lo debe a mis compañeros:
Ayer monja y hoy Sultana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.
Con el hirviente resoplido moja
Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete ata y serena,
ancho espacio buscando el asta roja.
Su arranque audaz a recibir se arroja,
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.
Duda la fiera, el español la llama;
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;
le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.
Con furia en el bosque luchaban los vientos…
Con furia en el bosque luchaban los vientos,
Del pino tronchado sonoro estallido
Se oía crujir;
Y el ave agorera sus tristes lamentos
Callaba, y del trueno lejano el bramido
Se hacía sentir.
Y lluvia copiosa los cielos enviaban,
Que en surcos deformes la tierra partía,
De angustia colmada;
Y al ver que en el monte mil rayos brillaban,
El hombre dijera que el mundo se ardía
Tornando a su nada.
Encina nudosa nacida entre peñas
Por donde derrumba su espuma un torrente,
Se mira a lo lejos;
Y apenas alumbra el rayo en las breñas
El arco ruinoso de gótico puente
Con tibios reflejos.
Suspenso en la cima del árbol añoso,
De ramas tejido desciende un asiento:
En él aparece
Fantástica bruja de aspecto asqueroso
Sentada y serena. Con ímpetu el viento
Silbando la mece.
-Vi palacios magníficos un día
Cuando fortuna en torno me reía,
Vi donceles y dueñas,
Que humildes me acataban;
Los vientos no zumbaban
Entre las rudas peñas.
Y oía yo cantares regalados,
Y oía al par los ecos apagados
De una lira distante;
Porque es grato a las bellas
Escuchar las querellas
De su bizarro amante.
Gimió el clarín y se lanzó la guerra
Bramando de furor: mustia la tierra
Lloró por su venida,
Y vestido de acero
Fue al campo el caballero,
Y allí perdió la vida.
Y entraron victoriosos los contrarios
Respirando venganza. ¡Sanguinarios!
Mis tierras, ¿qué se hicieron?
Mis fieles servidores
En medio estos horrores
Luchando sucumbieron.
Y el último era un héroe, ¡y yo vagaba
Allá en su mente a tiempo que expiraba!
Muriendo ¡ay! me decía:
«Mi Elvira encantadora,
Llora tu esposo, llora
Sobre mi tumba fría.»
Lloré y venganza le juré a mi esposo,
Y se la dí, que incendio estrepitoso
Consumió los salones
Que vivió su asesino;
Sólo halló cuando vino
Denegridos torreones.
Contra su altiva frente el cielo mismo
Vibró su rayo, y el ruidoso abismo
Le tragó del torrente.
Yo le miré suspenso
Sobre el espacio inmenso
Maldecirme demente.
Y me gozaba, y aplaudía en tanto,
Y daba al viento el desacorde canto
De la venganza mía;
Y oí sonar cercana
La lúgubre campana
Al tiempo que moría.
Crece ahora, huracán: alza bramando
Tu saña contra mí, yo iré cantando
Mis himnos funerales;
Con mis manos heladas
Yo romperé selladas
Las puertas infernales.
Cantaba la vieja: con sordo mugido
Los vientos llevaron su triste canción:
Del rayo en un punto el árbol herido,
Con ella caía:
Su grito de muerte se oyó, y todavía
Vagó por sus labios postrer maldición.
Corriendo van por la vega
Corriendo van por la vega
A las puertas de Granada
Hasta cuarenta gomeles
Y el capitán que los manda.
Al entrar en la ciudad,
Parando su yegua blanca,
Lo dijo éste a una mujer
Que entre sus brazos lloraba:
-Enjuga el llanto, cristiana,
No me atormentes así,
Que tengo yo, mi sultana,
Un nuevo Edén para ti.
Tengo un palacio en Granada,
Tengo jardines y flores,
Tengo una fuente dorada
Con más de cien surtidores.
Y en la vega del Genil
Tengo parda fortaleza,
Que será reina entre mil
Cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
Extiendo mi señorío;
Ni en Córdoba ni en Sevilla
Hay un parque como el mío.
Allí la altiva palmera
Y el encendido granado,
Junto a la frondosa higuera
Cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
Allí el nópalo amarillo;
Allí el sombrío moral
Crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
Que hasta el cielo se levantan,
Y en redes de plata y seda
Tengo pájaros que cantan.
Y tú mi sultana eres;
Que desiertos mis salones,
Está mi harén sin mujeres,
Mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
Y perfumes orientales,
De Grecia te traeré velos,
Y de Cachemira chales.
Y te daré blancas plumas
Para que adornes tu frente,
Más blancas que las espumas
De nuestros mares de Oriente;
Y perlas para el cabello,
Y baños para el calor,
Y collares para el cuello;
Para los labios…. ¡amor!-
-¿Qué me valen tus riquezas,
Respondióle la cristiana,
Si me quitas a mi padre,
Mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro,
A mi padre y a mi patria,
Que mis torres de León
Valen más que tu Granada.-
Escuchóla en paz el moro,
Y manoseando su barba,
Dijo, como quien medita,
En la mejilla una lágrima:
-Si tus castillos mejores
Que nuestros jardines son,
Y son más bellas tus flores,
Por ser tuyas, en León,
Y tú diste tus amores
alguno de tus guerreros,
Hurí del Edén, no llores,
Vete con tus caballeros.-
Y dándola su caballo
Y la mitad de su guardia,
El capitán de los moros
Volvió en silencio la espalda.
Cristo legislador
Cristo, legislador, no escribió nada;
ni papiro dejó ni un pergamino:
quedó tras Él su espíritu divino,
su fe con su memoria inmaculada.
Cristo, rey, no empuñó cetro ni espada;
en el polvo sembró de su camino
de su fe la semilla; a su destino
dejándola y al tiempo encomendada.
Germen de amor, de paz, de fe y cariño,
culto del alma, religión interna,
de fausto exenta y de mundano aliño,
la propagó el amor, la amistad tierna,
la fe del pobre, la mujer y el niño:
y por eso es veraz, única, eterna.
Cruza el azul firmamento
Cruza el azul firmamento,
sobre cenicienta nube
vago suspiro del viento,
preludio del huracán.
Y en los pardos botareles
susurra el musgo colgado,
y los negros capiteles
en torno velando están;
esqueletos descarnados,
monumentos carcomidos,
sobre los aires lanzados,
corona del fundador:
a través de cuyos ojos
los bravíos aquilones
arrastran cien nubarrones
de ceniciento color.
A la voz de la campana
que expira en el aire vano,
en la calada ventana
se oyen los vidrios crujir:
y las góticas labores,
entre las sombras vibrando,
mezclan confusos colores
en tembloroso lucir:
y en la sombría capilla,
de la bóveda colgada,
tibia lámpara amarilla
arroja expirante luz:
y su claridad perdida
se refleja en los altares,
tiembla en los anchos pilares,
da movimiento a la cruz.
Y el ojo imbécil del hombre
acaso al verla soñara
vagos fantasmas sin nombre
cruzando en la oscuridad;
como en noche perezosa
brilla en el monte una hoguera,
y vibra la azul esfera
a la roja claridad.
Al pie del altar calado
entre las sombras perdida,
como en féretro enlutado
quedó olvidada una flor;
una mujer que murmura
una plegaria medrosa;
ostenta más su hermosura
en la mejilla el dolor.
Se oyó en la cóncava nave
acelerado rumor
de algún que fatigado
en las tinieblas cruzó.
A poco un hombre de Oriente,
como flotante vapor,
al pie del altar calado
irreverente llegó.
Lanzó la mujer un grito,
y el musulmán de furor
lanzó también un bramido
que en las bóvedas rodó.
Y entre la suelta melena
de la Virgen del Señor
mano sacrílega puso
y en la alfombra la arrastró.
«Yo te compré, Nazarena,
esclava para mi harén,
y has de vivir con tu pena
con mis mujeres también.
»Toda una noche he corrido
desde Sevilla hasta aquí
y juro al Dios que he servido
que no he de volver sin ti.»
Calló el moro, y de la lluvia
el acompasado rumor
sobre los pintados vidrios
en la capilla se oyó.
Se oyó el silbido del viento,
y el amarillo fulgor
del repentino relámpago
por los cristales miró.
Y se oyó girar violenta
al soplo del aquilón
la veleta rechinando
sobre el agudo punzón.
Y la solitaria lámpara
en el aire se meció,
la ya moribunda llama
azotando en derredor,
y como en el mar tranquilo
ligero monstruo se hundió
dejando en la superficie
un círculo vibrador;
así de la luz incierta
la claridad expiró,
y alzose del musulmán
en las tinieblas la voz,
«—Que caiga en ti del Profeta
la execrable maldición.
Nació la siguiente aurora,
derramó su lumbre el sol,
y el gótico monasterio
sus capiteles alzó
carcomidos por el tiempo,
de cenagoso color.
Dos caballeros cristianos
al pie de tosco peñón
recibían a una dama
que imploraba su favor,
y en la llanura a lo lejos
con ellos desapareció.—
Entretanto que un pasajero
postrado en un escalón
de la ruinosa capilla,
al acabar su oración,
vio pálido y abatido,
la mejilla sin color
un musulmán abismado
en honda meditación.
¡Cuán descansadamente!…
¡Cuán descansadamente,
Lejos del vano mundo, se reposa
A la orilla de límpida corriente
O de un moral bajo la sombra hojosa!
En el césped mullido,
Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
De la tranquila soledad el ruido
Se pierde por la atmósfera a pedazos.
El ánima descansa
De la ciega pasión y su braveza,
Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
Se goza en su pacífica pereza.
Entonces, no el tesoro
Ni la sed del placer el alma aviva;
El más rico licor, en copa de oro,
Entonces se desprecia y no se liba.
La mente no se inquieta
Por pensamientos de dolor cercada:
Que a su honda languidez yace sujeta,
Y a su propia impotencia encadenada.
Sin luz el ojo vago,
Sin un sonido sobre el labio abierto,
Pasa la vida cual por hondo lago
De incierta luz el resplandor incierto.
Así vuelan las horas,
Y así pasan pacíficas y bellas,
Cual las aves del viento voladoras,
Cual la cobarde luz de las estrellas?.
Así el pesar se aduerme,
Y al grato son de una aura que murmura,
Tal vez se goza del reposo inerme
Que confunde el pesar con la ventura.
Así mis horas quiero
Que pasen sin valor y sin fortuna,
Ya al manso son del céfiro ligero,
Ya al resplandor de la amarilla luna.
Ven, amorosa Elvira,
Ven a mis brazos, que de amor sediento,
El perezoso corazón suspira
Por ver tus ojos, por beber tu aliento.
Ven, adorado dueño,
Sepa que estás, en mi descanso inerte,
Cercado mí para velar mi sueño;
Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.
Yo, en la hierba tendido,
En la sombra de un álamo frondoso,
Entreveré, con ojo adormecido,
Cuál velas mi descanso silencioso.
El sol, a lento paso,
Hundió en el mar su faz esplendorosa,
Marcando su camino en el ocaso
Vivo arrebol de púrpura y de rosa,
El agua, mansamente,
Con monótono arrullo le despide;
Y arrastrando sus ondas lentamente,
El ancho espacio de sus ondas mide.
Sólo queda en la tierra
El vapor del crepúsculo dudoso,
Y el vago aroma que la flor encierra,
Se esparce por el aire vagaroso.
Y las fuentes corriendo,
Y las brisas volando, se estremecen,
Y su soplo en los árboles creciendo,
A su soplo los árboles se mecen.
Trémulas van las olas
Bajo sus alas mansas y ligeras,
Reflejando las sueltas banderolas
De las naves que el mar surcan veleras.
Y la luna argentina,
La bóveda al cruzar del firmamento,
La inmensidad del Bósforo ilumina,
Color prestando al invisible viento.
Y al son del mar vecino,
Y al murmullo del viento caluroso,
Y al reflejo del éter cristalino,
Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo
En la quietud amiga
De la callada noche macilenta,
Hasta la misma languidez fatiga,
Y el ánima se rinde soñolienta.
¡Oh! Bien haya el estío
Con su tranquila y bochornosa calma,
Que roba al corazón su ardiente brío
Y en blanda inercia nos aduerme el alma
Ya de ese insomnio presa,
Me faltan voluntad y pensamiento,
Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
Y el son me cansa de mi propio aliento.
Dadme deleites, dadme;
Henchidme de placeres los sentidos;
Venid, eunucos, y al harén llevadme
En vuestros brazos, al placer vendidos.
Abridme esas ventanas,
Dadme a beber el aura de la noche
Y a saborear las ráfagas livianas
Que a la flor rasgan su aromado broche.
Quiero al son de las olas
Secar un corazón en solo un beso;
Traedme mis esclavas españolas,
Que el mío tienen en sus ojos preso.
Venid, venid, hermosas,
Divertidme con danzas y canciones;
Venid en lechos de fragantes rosas,
Venid, blancas y espléndidas visiones,
Quemad en mis pebetes
Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
Y respiren sus anchos gabinetes
Ámbar opreso en reducido espacio.
Ven, voluptuosa Elvira,
Trénzame con tu mano mis cabellos;
Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
Nardo derrama y azahar en ellos.
Traedme a esos esclavos
Que aportan mis bajeles viento en popa;
Presa que hicieron mis piratas bravos
En un rincón de la dormida Europa.
Vengan a mi presencia,
Y al son de sus extraños instrumentos
Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
Si no con su canción, con sus lamentos.
Dadme deleites, dadme;
Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
Y las tostadas sienes refrescadme
Con abanicos de rizadas plumas.
Suene en mi torpe oído
Su suave son como murmullo blando
De arroyo que a la mar baja perdido,
De peña en peña juguetón rodando;
Cual tórtola que llama,
Con lento arrullo que en el viento pierde,
La descarriada tórtola a quien ama,
De árbol sombrío en el columpio verde.
Danzad mientras reposo,
Cantad en derredor mientras descanso,
Y no sienta en mi sueño voluptuoso
Más que murmullo lisonjero y manso.
Cuando al escribir en ellas…
Cuando al escribir en ellas
Contemplo tan lindas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Recuerdos tenéis en ellas
Que desgarran la memoria,
Por más que entre tantas flores
Estas espinas se escondan;
Que cuando un enamorado
En himno de amores llora,
Más que a cantar sus cantares,
Su llanto a llorar provoca.
Y los versos de ese muerto
Tanto en lágrimas rebosan,
Que removidas las mías,
A mis pupilas asoman.
Y pues donde tantos cantan
Hay uno que a llorar osa,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Si intento escribiros versos,
Dentro la mente se agolpan
Cuantos primores y hechizos
La naturaleza aborta.
Que en este jardín de España
Las inspiraciones sobran,
Pues basta mirar la lumbre
Con que el sol le tornasola,
Los arroyos que le cruzan,
Los jazmines que le bordan
Y las bellas que le pisan,
Cuantas maravillas brota,
Para entonar tantos himnos,
Tantas letras amorosas,
Que antes que el canto se agote,
Gastada el arpa se rompa.
Pero al ver lo que ese triste
Grabó o lloró en estas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Pluguiera que, en vez de versos,
Mi pluma brotara rosas,
Porque, al menos, con las flores
Se pueden tejer coronas.
Pero a par de los cipreses,
Si nacen flores se agostan;
Y donde los muertos hablan,
Callar a los vivos toca.
Que el recuerdo del que muere
Mucho respetar importa,
Que acaso para velarnos
Quedó en la tierra su sombra.
Y aunque indecisa mi pluma,
Tal vez dudando os enoja,
Y han de hacer mis desvaríos
Que de vergüenza me corra,
Perdonadme si os confieso
Que al contemplar estas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Que vos merecéis los versos,
Nadie en la villa lo ignora;
Y es tan claro por sabido,
Que hasta dudarlo es lisonja.
Que él la memoria merece,
Tampoco hay a quien se esconda,
Pues por triste y por amante
Le recordamos ahora.
y así, entre ambos dividida
La imaginación dudosa,
Los versos son para vos
Si le prestáis la memoria;
Lo que en vos merece el sexo,
En él merece la sombra,
Y lo que en vos la hermosura,
En él la tumba lo abona.
Justo es, con los dos hablando,
Duden el muerto y la hermosa
Si es cantar o si es lamento
Lo que les cantan o lloran.
Cuando en la noche sombría…
Cuando en la noche sombría
Con la luna cenicienta,
De un alto reloj se cuenta
La voz que dobla a compás;
Si al cruzar la extensa plaza
Se ve en si! tarda carrera
Rodar la mano en la esfera,
Dejando un signo detrás,
Se fijan allí los ojos,
Y el corazón se estremece,
Que según el tiempo crece,
Más pequeño el tiempo es;
Que va rodando la mano,
Y la existencia va en ella,
Y es la existencia mas bella
Porque se pierde después.
¡Tremenda cosa es pasando
Oír, entre el ronco viento,
Cuál se despliega violento
Desde un negro capitel
El son triste y compasado
Del reloj, que da una hora
En la campana sonora
Que está colgada sobre él!
Aquel misterioso círculo,
De una eternidad emblema,
Que está como un anatema
Colgado en una pared,
Rostro de un ser invisible
En una torre asomado,
Del gótico cincelado
Envuelto en la densa red,
Parece un ángel que aguarda
La hora de romper el nudo
Que ata el orbe, y cuenta mudo
Las horas que ve pasar;
Y avisa al mundo dormido,
Con la punzante campana,
Las horas que habrá mañana
De menos al despertar.
Parece el ojo del tiempo,
Cuya viviente pupila
Medita y marca tranquila
El paso a la eternidad;
La envió a reír de los hombres
La Omnipotencia divina,
Creó el sol que la, ilumina,
Porque el sol es la verdad.
Así a la luz de esa hoguera
Que ha suspendido en la altura,
Crece la humana locura,
Mengua el tiempo en el reló;
El sol alumbra las horas
Y el reloj los soles cuenta,
Porque en su marcha violenta
No vuelva el sol que pasó.
Tremenda cosa es, por cierto,
Ver que un pueblo se levanta
Y se embriaga y ríe y canta
De una plaza en derredor;
Y ver en la negra torre
Inmoble un reloj marcando
Las horas que va pasando
En su báquico furor.
Tal vez detrás de la esfera
Algún espíritu yace
Que rápidamente hace
Ambos punzones rodar
Quizá al declinar el día,
Para hundirse en Occidente
Asoma la calva frente,
El universo a mirar.
Quizá a la luz de la luna
Allá en la noche callada,
Sobre la torre elevada
A meditar se asentó:
Y por la abierta ventana,
Angustiado el moribundo,
Al despedirse del mundo
De horror transido le vio.
Quizá asomando a la esfera
La noche pasa y los días,
Marcando la hora postrera
De los que habrán de morir;
Quizá, la esfera arrancando,
Asome al oscuro hueco
El rostro nervioso y seco
Con sardónico reír.
¡Ay, que es muy duro el destino
De nuestra existencia ver
En un misterioso círculo
Trazado en una pared!
Ver en números escrito
De nuestro orgulloso ser
La miseria…, el polvo…, nada,
Lo que será nuestro fue.
Es triste oír de una péndola
El compasado caer
Como se oyera el rüido
De los descarnados pies
De la muerte, que viniera
Nuestra existencia a, romper;
Oír su golpe acerado
Repetido una, dos, tres,
Mil veces, igual, continuo
Como la primera vez.
Y en tanto por el Oriente
Sube el sol, vuelve a caer,
Tiende la noche su sombra,
Y vuelve el sol otra» vez,
Y viene la primavera,
Y el crudo invierno también,
Pasa el ardiente verano,
Pasa el otoño, y se ven
Tostadas hojas y flores
Desde las ramas caer.
Y el reloj dando las horas
Que no habrán más de volver;
Y murmurando a compás
Una sentencia cruel,
Susurra el péndulo: «¡Nunca,
Nunca, nunca vuelve a ser
Lo que allá en la eternidad
Una vez contado fue!»
Cuando su luz y su sombra…
I
Cuando su luz y su sombra
mezclan la noche y la tarde,
y los objetos se sumen
en la sombra impenetrable,
en un postigo excusado,
que a una callejuela sale
de una casa, cuya puerta
principal da a la otra calle,
dos hombres que se despiden
se ven, aunque no se sabe
n¡ cuál de los dos se queda
ni cuál de los dos se parte.
Ambos mirándose atentos,
ambos un pie hacia adelante,
parados en el dintel
están, y entrambos iguales.
Por fin el más viejo de ellos,
hundiendo el mustio semblante
entre el sombrero y la capa,
en ademán de marcharse,
torció la cabeza a un lado,
pronunciando un no tan grave,
que bien se vio que era el fin
de las pláticas de enantes.
Sin duda el otro entendido,
no encontró qué replicarle,
pues bajando la cabeza,
callóse por un instante.
-Buenas noches -dijo el viejo-.
Tartamudeó un “Dios le guarde”
el otro; mas, decidiéndose,
hizo hacia el viejo un avance.
-“Mírelo bien, y cuidado
no se arrepienta, compadre.
-Nunca eché más de una cuenta.
-Piénselo bien, y no pase
sin contar lo que va de él
a don Juan de Colmenares.
-Señor -replicó el anciano-,
en tiempos tan deplorables,
yo sé que lo pueden todo
los ricos y los audaces.
-Pues mire lo que le importa;
que rica y audaz señales
son con que marca la fama
a los que en mi casa nacen.
Callaron por un momento,
y continuando mirándose
dijo el viejo tristemente,
aunque en tono irrevocable:
-Nunca lo esperé de vos;
mas tampoco vos ni nadie
puede esperar más de mí.
-Pues, entonces, adelante
idos, buen viejo, con Dios,
qué estoy de prisa y es tarde.”
Cerró la puerta de golpe,
a escuchar sin esperarse
una respuesta que el viejo
tuvo tentación de darle;
y acaso por su fortuna
quedó a tal punto en la calle
para dársela a la puerta,
donde la deshizo el aire.
Volvió el anciano la espalda,
y en dos golpes desiguales,
sus pasos descompasados
pueden de lejos contarse;
porque sus pies impedidos,
deben a su edad y achaques
una muleta que marcha
un pie que los suyos antes.
La esquina a espacio traspuso,
y a poco otro hombre más ágil,
saliendo por el postigo,
siguió en silencio su alcance.
Túvose al ‘volver la esquina;
tendió sus ojos sagaces,
y enderezó los oídos
atento por todas partes;
mas, no oyendo ni escuchando
de qué poder recelarse,
tomando el rastro del viejo,
echó por la misma calle.
II
En un aposento ambiguo,
medio portal, medio tienda,
que hace asimismo las veces
de cocina y de despensa,
pues da su entrada a la calle
y en confuso ajuar ostenta
camas, hormas y un caldero
colgado en .la chimenea,
hay seis personas distintas,
que hacen al pie de la letra
(salvo el padre, que está ausente)
una raza verdadera.
Un mozo de veinte abriles;
una muchacha risueña
de diez y seis; tres muchachos,
y una anciana de sesenta.
Y aunque a las veces nos turban
engañosas apariencias,
zapateros son de oficio,
si a espacio se considera,
que está la estancia aromada
con vapores de pez negra,
que ribetea la moza,
y que el mozo maja suela.
-Mucho tarda -dijo el último
padre esta noche, Teresa.
-Ya ha tiempo que ha anochecido.
-Muchacho, atiza esa vela
y deja quieto ese bote.
Y esto diciendo en voz recia
el mozo, siguió en silencio
cada cual en su tarea,
el chico sitiando al bote,
ribeteando la doncella,
majando el mozo a compás,
y dormitando la vieja.
Con monótonos murmullos
arrullaban esta escena
el son de la escasa lluvia
de un aguacero que empieza,
el no interrumpido son
con que hierve la caldera,
y el tumultuoso chasquido
con que la luz chisporrea.
-¿Las nueve son? – dijo el mozo.
-Eso las ánimas suenan
con sus campanas – repuso
santiguándose Teresa.
-¡Las ánimas, y aún no viene!
Y echando atrás la silleta,
se puso el mancebo en pie,
y encaminóse a la puerta.
Al ruido que hizo en el cuarto,
despertándose la vieja,
dijo: -¿Rezáis a las ánimas?
-Sí, señora: estése queda.
Asió el mancebo la aldaba,
mas la había alzado apenas,
cuando un espantoso golpe
venció la puerta por fuera.
-¡Muerto soy! – dijo una voz;
Cayó un embozado en tierra,
y viose un hombre que huía
al fin de la callejuela.
En derredor del caído
se agolparon, que aún conserva
algún resto de la vida
que le arrancan a la fuerza;
mas no bien le desenvuelven,
por ver piadosos si alienta,
un grito descompasado
lanzó… la familia entera.
Blasfemó el mozo con ira,
desmayóse la doncella,
y la anciana y los muchachos
en llanto a la par revientan.
-Padre, ¿quién fue? – preguntaba
sosteniendo la cabeza
del anciano moribundo
el hijo, que llora y tiembla.
Echóle triste mirada
su padre, como quien lega
su razón y su justicia
en quien se fija con ella.
-Juan …
-¿Qué Juan?
-De Colmenares –
balbuceó con torpe lengua,
y sobre el brazo del hijo
dobló la faz macilenta.
Reinó un silencio solemne
por un instante en la escena,
y a reunirse empezaron
vecinos de ambas aceras.
Llegó la justicia al punto,
y mientras justicia ella,
partió por la turba el mozo
en haz de intención siniestra.
-¿Dónde va? – dijo un corchete.
-Siendo yo su sangre mesma,
¿adónde sino al culpable?
-Soy con vos.
-Enhorabuena.
-Por si acaso, va seguro… –
dijo para sí el de presa,
mientras el mozo resuelto,
ganó a una esquina la vuelta.
III
Son treinta días después,
y en mismo lugar y hora,
la misma vieja y los chicos
con mesa, mancebo y moza.
Cada cual en su tarea
sigue en paz, aunque se nota
que todos tienen los ojos
del mancebo en la faz torva.
Él, sin embargo, en silencio
prosigue atento su obra,
sin levantar la cabeza,
que sobre el pecho se apoya.
Tan doblada la mantiene,
que apenas la llama roja
que da la luz, alumbrarle
las cejas fruncidas logra;
y alguna vez que el reflejo
las negras pupilas toca,
tan viva luz reverberan,
que chispas parecen brotan.
La verdad es, que una lágrima
que a sus -párpados asoma,
viene anunciando un torrente
en que el corazón se ahoga.
Y el mozo, por no aumentar
de los suyos la congoja,
a duras penas le tiene
dentro el pecho y le sofoca.
Largo rato así estuvieron
en atención afanosa,
todos mirando al mancebo,
y éste mirando a sus hormas;
hasta que al cabo Teresa,
más sentida o más curiosa,
le dijo: -¿Estás malo, Blas?
Y a su vez limpia y sonora
siguió otro largo intervalo
de larga atención dudosa.
Nada el hermano responde,
mas ella su afán redobla,
que no hay temor que la tenga,
la valla de una vez rota.
-¿Cómo estás tan cabizbajo?…
Y aquí Blas interrumpióla.
-¿Y qué tengo que decir
a quien sin padre y sin honra
debe vivir para siempre?
Y aquí la familia toda
rompió en ahogados sollozos
a tan infausta memoria.
Sosegóse, y siguió Blas
en voz lamentable y honda
-Él rico, y nosotros pobres ;
débil la justicia, y poca,
y el Rey en caza y en guerra,
¿qué puede alcanzar quien llora?
-Qué, ¿por libre se atrevieron? …
-Poco menos, pues sus doblas
pudieron más con los jueces
que las leyes.
-¡Las ignoran!
dijo indignada Teresa.
-¡No, hermana ; las acogotan !
contestó Blas, sacudiendo
su mazo con ciega cólera.
Siguió en silencio otro espacio,
y otra vez Teresa torna:
-Mas la sentencia, ¿cuál fue? –
dijo, y calló vergonzosa.
-¿La sentencia? -gritó Blas
revolviendo por las órbitas
los negros y ardientes ojos-.
¿La sentencia pides?, óyela.
Todos se echaron de golpe
sobre la mesilla coja,
que vaciló al recibirles,
a oír lo que tanto importa.
-Sabéis que el de Colmenares
hoy pingüe prebenda goza
en la iglesia, y que a Dios gracias
y a mi diligencia propia,
se le probó que dio muerte
a padre (que en paz reposa).
Pues bien: no sé por qué diablos
de maldita jerigonza
de conspiración que dicen
que con su muerte malogra,
dieron por bien muerto a padre,
y al clérigo…
-¿Le perdonan?
-No, ¡ vive Dios! le condenan.
¡ Mas ved qué dogal le ahoga!
Condénanle a que en un año
no asista a coro, mas cobra
su renta; es decir, le mandan
que no trabaje, y que coma.
Tornó a su silencio Blas,
y a sus sollozos la moza,
ella cosiendo sus cintas,
y él machacando sus hormas.
IV
Está la mañana limpia,
azul, transparente, clara,
y el sol de entre nubes rojas
espléndida luz derrama.
Toda es tumulto Sevilla,
músicas, vivas y danzas;
todo movimiento el suelo,
toda murmullos el aura.
Cruzan literas y payes,
monjes, caballeros, guardias,
vendedores, alguaciles,
penachos, pendones, mangas.
Flota el damasco y las plumas
en balcones y ventanas,
y atraviesan besamanos
donde no caben palabras.
Descórrense celosías,
tapices visten las tapias,
los abanicos ondulan
y los velos se levantan.
Cuantas hermosas encierra
Sevilla a su gloria saca,
cuantos buenos caballeros
en sus fortalezas guarda,
ellos porque son galanes,
y ellas porque son bizarras;
las unas porque la adornen,
los otros para admirarlas.
Óyense al lejos clarines,
y chirimías y cajas,
y a lengua suelta repican
esquilones y campanas.
Mas no vienen los hidalgos
armados hasta las barbas,
ni el pálido rostro asoman
las bellas amedrentadas;
que no doblan los tambores
en son agudo de alarma,
ni las campanas repican
a rebato arrebatadas;
que es la procesión del Corpus.
que ya traspone las gradas
del atrio, y el Rey don Pedro
acompañándola baja.
Padillas y Coroneles
y Albuquerques se adelantan,
con Osorios y Guzmanes,
pompa ostentando sobrada.
Y bajo un palio don Pedro,
de ocho punzones de plata,
descubierta la cabeza
y armado hasta el cuello, marcha.
En torno suyo el cabildo
diez individuos encarga
que de escuderos le sirvan
en comisión poco santa ;
mas tiempos son tan ambiguos
los que estos monjes alcanzan,
que tanto arrastran ropones
como broqueles embrazan.
Entre ellos se ve a don Juan
de Colmenares y Vargas,
que deja por vez primera
la reclusión de su casa,
no porque el año ha cumplido,
sino porque el año paga,
y doblas redimen culpas
si se confiesan doradas.
Rosas deshojan sobre ellos
las hermosísimas damas,
y toda es flores la calle
por donde la corte pasa.
Envidia de las más bellas,
salió a un balcón del alcázar
la hermosísima Padilla,
origen de culpas tantas.
Hízola venia don Pedro,
y al responderle la dama,
soltó sin querer un guante,
y ojalá no le soltara.
Lanzóse a tomar la prenda
muchedumbre cortesana
muchos llegaron a un tiempo,
mas nadie tomar osaba,
que fuera acción peligrosa,
aparte de lo profana.
Partiendo la diferencia,
salió de la fila santa
el bizarro Colmenares
con intención de tomarla.
Mas no bien dejó su mano
del palio al punzón de plata,
y puso desde él al rey
cuatro pasos de distancia,
cuando un mancebo iracundo,
con irresistible audacia,
se echó sobre él, y en el pecho
le asentó dos puñaladas.
Cayó don Juan; quedó el mozo
sereno en pie entre los guardias,
que le asieron, y don Pedro
se halló con él cara a cara.
La procesión se deshizo;
volvió gigante la fama
el caso de boca en boca,
y ya prodigios contaban.
Juntáronse los soldados
recelando una asonada;
cercaron al Rey algunos
y llenó al punto la plaza
la multitud, codiciosa
de ver la lucha empezada
entre el sacrílego mozo
y el sanguinario monarca.
Duró un instante el silencio,
mientras el Rey devoraba
con sus ojos de serpiente
los ojos del que le ultraja.
-¿Quién eres? – dijo, por fin,
dando en tierra una patada.
-Blas Pérez – contestó el mozo
con voz decidida y clara.
Pálido el rey de coraje,
asióle por la garganta,
y así en voz ronca le dijo,
que la cólera le ahogaba
“¿Y yendo tu rey aquí,
¡voto a Dios!, por qué no hablaste,
si con la ocasión te hallaste
para obrar con él así?”
Soltóse Blas de la mano
con que el rey le sujetaba,
y, señalando al difunto,
repuso tras breve pausa:
-Mató a mi padre, señor;
y el tribunal, por su oro,
privóle un año del coro,
que en vez de pena es favor.
-Y si vende el tribunal
la justicia encomendada,
¿no es mi- justicia abonada
para quien justicia mal?
Cuando el miedo o la malicia
(dijo Blas) tuercen la ley,
nadie se fía en el rey,
medido por su justicia.
Calló Blas, y calló el rey
a respuesta tan osada
y los ojos de don Pedro
bajo las cejas chispeaban.
Tendiólos por todas partes,
y al fuego de sus miradas,
de aquéllos en quien las puso
palidecieron las caras.
Temblaron los más audaces,
y el pueblo ansioso esperaba
una explosión de don Pedro
más recia que sus palabras.
Rompió el silencio. por fin,
y en voz amistosa y blanda,
el interrumpido diálogo
así con el mozo entabla:
-¿Qué es tu oficio?
-Zapatero.
-No han de decir ¡vive Dios!
que a ninguno de los dos
en mi sentencia prefiero.
Y encarándose don Pedro
con los jueces que allí estaban,
dando un bolsillo a Blas Pérez,
dijo en voz resuelta y alta:
“Pesando ambos desacatos,
si con no rezar cumple él
en un año, cumples fiel
no haciendo en otro zapatos.”
Tornóse don Pedro al punto,
y brotó la turba osada
murmullos de la nobleza
y aplausos de la canalla.
Mas viendo el rey que la fiesta
mucho en ordenarse tarda,
echando mano al estoque,
dijo así, ronco de rabia:
“¡La procesión adelante,
o meto cuarenta lanzas
y acaban ¡voto a los cielos!
los salmos a cuchilladas P’.
Y como consta a la Iglesia
que es hombre el rey de palabra,
siguieron calle adelante
palio, pendones y mangas.
Déjame oír tu misterioso canto…
Déjame oír tu misterioso canto,
Alegre voz de tus ensueños de oro;
Solo y perdido peregrino, en tanto
Mal en mi pecho mi dolor devoro.
Dióte el cielo contento y armonía
Y es justo que lo cantes y le adores;
Puro y tranquilo resbaló tu día,
Tu sien de niño coronó de flores.
Para ti son la risa y los festines,
La tierra para ti tiene placeres,
La tierra para ti tiene jardines,
Y para ti son bellas las mujeres.
Y tiene luz el cielo transparente,
Color azul y lánguidas estrellas,
Y ese fanal que alumbra tristemente,
Cual moribundo sol, en medio de ellas.
No para mí, cuya fatal mirada
Quema y devora cuanto en torno nace,
Arroyo que al caer de la cascada
En cristalinas trenzas se deshace;
Pero llega torrente a la llanura,
Y arranca frutos, árboles y flores,
Y al campo roba gala y hermosura
Arrastrando con él musgo y colores.
No para mí, que en noche borrascosa
Vine a surcar las ondas de la vida,
Con el alma penada y fatigosa,
Con la esperanza del placer perdida.
No para mí, que busco una corona
Y un nombre pido en agonía vana;
Mentida luz que de verdad blasona,
Pero que un nombre nos dará mañana.
No para mí, que nací
Hecha de fuego mi alma,
Sin un momento de calma
En las horas que viví.
¿Por qué en el lánguido aliento
De una mujer que suspira,
Sólo el poeta respira
Su amargura y su tormento?
¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste
La fogosa inspiración,
Si es de tierra el corazón
Y su voluntad resiste?
En los góticos salones,
En las pintorescas ruinas,
Canta con notas divinas
Sus misteriosas canciones.
Y cree sus fábulas bellas,
Y en su entusiasmo violento,
Su espíritu va en el viento
Por cima de las estrellas.
En la tierra pasa el hombre
Y ve su miseria en calma:
¡Ay, no comprende su alma
Y no demanda su nombre!
Que es el poeta un bajel
Que, de riqueza cargado,
Surca el mar alborotado
Para naufragar en él.
Mas yo vi el tronco mortal
De avaro conquistador
Al amarillo fulgor
De lámpara funeral.
Era de mármol su lecho,
Era de mármol su frente,
Doblada lánguidamente
Sobre su desnudo pecho.
De mármol la mano fría,
Que el hierro no sujetaba,
Su espalda le sustentaba;
Si órase un hombre, dormía.
Vi un rey, que el trono perdió
Porque al vasallo la plugo,
Caminar junto al verdugo
Que el cadalso levantó.
Vi una hermosa que arrastraban
Sobre féretro asqueroso,
Y con cántico medroso
Sacerdotes la rezaban.
Vi ricos y potentados
En sus inmundos placeres,
Entre orgías y mujeres
De sus hijos olvidados.
«Vivamos hoy», se decían
En el lúbrico festín;
Y otros con ayes sin fin
El sustento les pedían.
Y unos cayeron beodos,
Y otros de hambre cayeron,
Y todos se maldijeron,
Que eran infelices todos.
Y en marmóreo pedestal
Vi la sombra del poeta,
A quien el tiempo respeta
Y el mundo llama inmortal.
Descansa sobre su lira,
Y alza al cielo su cabeza,
Fijos con noble fiereza
Sus ojos en quien le mira.
Y al universo da leyes
Orgulloso triunfador,
Intérprete del Señor
Sobre la ley de los reyes.
Oye, sublime cantor:
Si es fuerza que al fin sucumba,
Si al fin bajo a innoble tumba
A dormir con mi dolor;
Si al fin con el viento vago
Mis versos se perderán,
Cual fuentes que a morir van
Al cieno de hediondo lago;
Cuenta al mundo mi amargura,
Cuéntale mi suerte impía,,
Que sepa al menos que un día
Quise volar a la altura.
Y borra, borra mi nombre
Si le han grabado en mi losa,
Que no le insulte orgullosa
La imbécil planta de un hombre.
Sólo una flor amarilla
Que el cierzo marchitará,
Entre el césped brotará
De mi sepulcro en la orilla.
¡Pobre flor! ¿Por qué naciste
Sobra una tumba desierta?
¿No temes la noche yerta
Tan solitaria y tan triste?
¡Pobre flor! ¿A qué temprana
Diste al mundo tu sonrisa?
Hoy te mece fresca brisa,
Pero morirás mañana.
¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!
¿A qué tan presto brotar,
Si el cierzo te ha de agostar
De mi sepulcro en la orilla?
Dicen que todo al fin se desvanece…
Dicen que todo al fin se desvanece,
Todo pasa, se olvida, pierde y borra.
Yo no soy infeliz, mas vivo triste,
Y un torcedor arrastro en mi memoria.
Un templo, un bosque, un ave que pasando
Cruza en el viento descarriada y sola,
Prensan mi corazón, y a mis pupilas
Solitaria una lágrima se asoma.
Pláceme ver un claro riachuelo
Lamer su orilla con azules ondas,
Y al resplandor del trémulo sepulcro
Sentir la fuente murmurar sonora.
Pláceme ver, tras el opuesto monte,
Hundir al sol su faz esplendorosa,
Y despedirle desde el hondo valle
Al compás de las aguas y las hojas.
Y pláceme en paseos solitarios,
En dulces sueños delirando sombras,
Perderme en la floresta sin camino
Ideando quiméricas historias.
La mía es triste, cansa y no interesa;
Sin aventuras intrincadas, corta;
Es una historia solamente mía,
Como otras muchas que a la vez se ignoran.
Es la historia de un sueño fatigoso,
En que nada sucede, nada importa;
No se comprende, pero no se olvida,
Y sus vagos recuerdos nos acosan.
Yo la recuerdo con vergüenza siempre,
Temo profundizarla, y sus memorias,
Como gotas de mágico veneno,
Caen en mi corazón una tras otra.
¿Qué os hicísteis, dulcísimos instantes
De mi infancia gentil? ¿Dó están ahora
Los labios de coral que me colmaron
De blandos besos que mis ojos lloran?
¿Dó está la mano amiga que trenzaba
Las hebras mil de mi melena blonda,
Tejiéndome coronas en la frente
De azucenas silvestres y amapolas?
Era ¡ay de mí! mi madre; alegre entonces,
Tranquila, amante, como el alba hermosa;
Jamás me ha parecido otra hermosura
Tan digna de vivir en mi memoria.
Apartaos, impúdicas quimeras;
Más os detesto cuanto más vosotras
Tenaces me seguís; ya no sois nada,
Cesó el festín, rompiéronse las copas.
Ella es mi madre; sus ardientes besos
Con vuestra vil presencia se inficionan;
Idos en paz, que el llanto de sus ojos,
Del alma impura vuestra imagen borra.
¡Madre, te encuentro llorando!
¡Ah! ¡No atiendes a mis voces!
Mírame, ¿no me conoces?
¿Tan mudado, madre, estoy?
¿Tan pronto borrar pudieron
Mi rostro las desventuras?
¡Bebí tantas amarguras!…
Pero al fin, madre, yo soy.
¡Cuán trémula está tu mano!
Tu corazón, ¡cuán opreso!
Madre, ¿no tienes un beso
Ni una queja para mí?
¡Lloras! Beberé tu llanto…
Mas abrasan tus mejillas…
Heme, madre, de rodillas
Avergonzado ante ti.
Apartas de mí los ojos;
Sufres viéndome, lo veo;
Mas estoy como está el reo,
Humillado ante su Dios.
Tornadme el rostro, señora,
Y aunque lo tornéis severo,
Aunque sea el favor postrero
Porque me ausente de vos.
Lo sé: receláis acaso
Que vendí vuestro cariño
Por el impúdico aliño
De otro amor más terrenal.
Este color de mi frente
Tal vez os parece impuro…
¡Oh, Madre mía, os lo juro:
Me habéis comprendido mal!
Soñé, y me desvanecieron
Mis fatales ilusiones;
Sentí mis locas pasiones
Dentro de mi pecho arder.
La tempestad era horrible,
La noche lóbrega, densa,
La mar tormentosa, inmensa,
Mi barca débil ¿Qué hacer?
Lanzado al mar sin aviso,
Dejéme llevar del viento;
Sacóme el mar turbulento
A otra playa de ilusión;
Yo a lo lejos la miraba:
Y era una tierra tan bella,
Que el pasar, madre, por ella,
Fue terrible tentación.
Bebí el agua de sus fuentes,
Gocé el aura de sus flores;
Embriagado en sus amores,
En sus bosques me adormí;
Allí, el placer me esperaba;
Vos, en la opuesta ribera……
Horrible tentación era,
Mas luché, madre, y vencí.
Tal vez en mi sien soñaba
Glorioso laurel naciente;
Yo lo arranqué de mi frente;
Pensaba en vos, y le hollé.
Allí quedó entre la arena,
Y, al lanzarle, dije: -Crece,
Que si mi sien te merece,
Más ansioso volverá.
En vano mis ilusiones
Me acosaron tumultuosas;
A las ondas procelosas
Me arrojó audaz, y volví.
Sin fuerza, sin esperanza,
Madre, en mi congoja fiera,
Tu imagen fue la postrera
Que guardé mientras viví.
¿Mas tú, inconsolable lloras
Sin atender a mis voces!
¡Mi vida! ¿No me conoces?
¿Tan mudado, madre, estoy?
¿Tan pronto borrar pudieron
Mi rostro las desventuras?
¡Bebí tantas amarguras!…
Pero, al fin, madre, yo soy.
¡Mas no me escuchas! ¡Llorando,
La faz amorosa escondes!
Te llamo y no me respondes:
¡Tanto, madre, te ultrajé!
Te entiendo, por fin: yo solo
No basto ya a consolarte;
Me será fuerza dejarte,
Y a la mar me volveré.
Mas oye: Es el otoño; rebramando,
El ábrego los árboles sacude;
De roncos cuervos el siniestro bando,
A los peñascos cóncavos acude.
Brilla sin fuerza el sol en Occidente,
Y allá en la falda de espinoso risco,
Guía el pastor, con paso indiferente,
Las humildes ovejas al aprisco.
Seco el follaje de la selva umbría,
De sus verdes doseles se despoja;
Y al empuje de ráfaga bravía,
El bosque se desnuda hoja por hoja.
El ábrego las huella y arrebata,
Las arrastra en revuelto torbellino,
Ciega en la fuente la serena plata,
Borra los lindes del igual camino.
Triste fantasma del verjel ameno
Y esqueleto fantástico, semeja
Cada desnudo tronco, un día lleno
De la sombra magnífica que deja.
Flores, ¿en dónde estáis? Y ¿dó se esconden
Los céspedes que amenos os cercaban?
¿Cómo los ruiseñores no responden
Al son de las alondras que pasaban?
¿Qué es del arrullo de la mansa fuente
Donde a beber bajaban las palomas?
¿Qué es del aura que erraba suavemente
Cargada de suspiros y de aromas?
Las galas del Abril se marchitaron,
Los céfiros errantes se extinguieron,
En ayes los murmullos se tornaron,
Y anchos arroyos las corrientes fueron.
Todo pasó. En el valle pantanoso
Hay en vez de una fuente una laguna,
Y en las ramas del álamo pomposo,
Las hojas se desprenden una a una.
Así, madre, van mis días,
Con las hojas de consuno,
Desprendiéndose uno a uno
Al vaivén de la pasión.
Y así van las ilusiones
De mi esperanza importuna,
Desprendiéndose una a una
De mi seco corazón.
Como esas hojas marchitas
No volverán a su rama;
El cierzo las desparrama,
La lluvia las pudrirá.
Como el bosque queda triste,
Y silencioso y desnudo,
Seco y solitario y mudo
Mi corazón siento ya.
Esas hojas amarillas
Que ayer nos prestaron sombra,
Ni aun las querrá por alfombra
El tornasolado Abril;
Míralas, madre, cuál ruedan
Entre la arena perdidas,
Holladas y sacudidas
Por el aura más sutil.
Eso son nuestras creencias,
Nuestras míseras ficciones;
Eso son nuestras pasiones,
Nuestra vida terrenal:
Nacen, dan sombra un instante,
Suenan, se mecen, se cruzan,
Caen, ruedan, se desmenuzan,
Y las lleva el vendaval.
Si ellas al rápido soplo
Del cierzo desaparecen,
Otras en el árbol crecen
Y se apiñan otra vez;
Mas yo iré, cual hoja seca
Por el viento desprendida,
Arrastrando de mi vida
La juventud, la vejez.
Y el negro remordimiento
Irá por doquier conmigo,
Como verdugo y testigo
De mi perdurable afán.
Y cuando a su vieja llama
Encanezcan mis cabellos,
Madre, debajo de aquéllos
Jamás otros nacerán.
Porque estas hojas errantes
que por mi memoria vagan,
Estos recuerdos que amagan
No dejarme hasta morir,
Hojas secas de mí mismo,
Que arrancadas de mi centro,
A mí asidas las encuentro
Sin poderlas desasir,
No pasarán como pasan,
Esas hojas del otoño;
No tienen otro retoño,
Mas tampoco tendrán fin;
Sopla el viento y no las lleva,
Cae la lluvia y las perdona;
Igualmente las abona
El desierto y el jardín.
Dicen que todo al fin se desvanece,
Todo pasa, se olvida, pierde o borra…
¿Soy infeliz? No sé. Mas vivo triste
Y un torcedor arrastro en mi memoria.
Madre, ¿creerás también que todo pasa
Como en alas del ábrego las hojas,
Como del vago céfiro los ayes,
Como del mar las fugitivas ondas?
¿Crees tú que pasarán para tu hijo,
Como del bosque la agostada pompa,
Tus recuerdos, tu amor, tu sacra imagen,
Que todo el corazón le ocupa sola?
¿Crees, madre, que al huir desesperado
A playas extranjeras y remotas,
Corre tras la molicie y los placeres,
Busca una libertad cínica y loca?
¿Crees tú que anhela, en climas apartados,
Libre gozar su juventud fogosa?
¿Crees que, olvidado de su madre, viva?…
Quien lo dijo, mintió, madre y señora,
Doquier que arrastre su existencia inútil,
Suerte feliz o mísera le acorra,
Ya duerma en los harapos del mendigo
Ya en blanda pluma de opulenta alcoba,
Ya espere un porvenir sin esperanza,
Ya circunde su sien verde corona,
En la mazmorra, en el alcázar madre,
Dondequiera que aliente, allí te adora.
Que es mi pecho tu altar, y aquí tu imagen
Nunca pasa, se olvida, pierde o borra,
Como pasan al aire del otoño,
Del bosque umbrío las marchitas hojas.
Dos gigantes los siglos nos trajeron…
No hay más que yo; dobléguense las leyes
Ante la ronca voz de mis legiones;
Romperé el áureo cetro de los reyes
En su espantada frente a las naciones.
I
Dos gigantes los siglos nos trajeron,
Los dos en el desierto se encontraron;
Cuando grandes los dos se concibieron,
De hito en hito los dos se contemplaron.
Sentóse el hombre al pie del monumento,
Y el monumento dijo: Éste es el hombre;
Y el hombre, al ver desde tan alto asiento,
Esta es, dijo, la cifra de mi nombre.
De sus cañones el discorde arrullo,
Su altivo ser le trajo a la memoria.
«Aquí debí nacer», dijo su orgullo;
«Aquí debo morir», dijo su gloria.
Con sus ojos midió la vasta mole,
Y murmuró pasándolos al cielo:
«Quien allí su bandera no enarbole,
»Una oruga no más será en el cielo.
»¡No valen cien coronas una estrella,
»Ni valemos un sol todos los reyes!
»Que el tiempo airado la cerviz nos huella,
»El sol alumbra, y queman nuestras leyes.»
Unos grandes, allí su tumba abrieron,
E intentarlo era grande solamente;
Mas pensar, en su orgullo, no pudieron,
Que era sólo a sus pies tender la frente.
Allí depositaron sus despojos,
Por guardarlos así de ojos humanos,
Porque al mirar su tumba humanos ojos,
Se creyeran imbéciles o enanos.
«¡Aquí está Napoleón!», dijo pasando
De la inmensa pirámide las puertas;
Y las momias de Egipto, despertando,
Miraron por las urnas entreabiertas.
Las huecas calaveras, asombradas,
El gesto innoble a Napoleón tornaron:
«¡Aquí está Napoleón!», y atrailladas,
En derredor del vivo se juntaron.
Inclinaron las pardas osamentas
La seca frente y los desiertos ojos,
Para oírle, y cayeron macilentas,
A su tremenda voz, todas de hinojos.
Contó los esqueletos transparentes,
El vivo con los suyos triunfadores,
Y unió a los nombres de las calvas frentes,
Sus vasallos, monarcas o señores.
Y no encontrando a su grandeza leyes,
Gritó, hiriendo los huesos con la planta
«Yo soy emperador. ¡Fuera los reyes!»
Y su brillante voz la turba espanta.
Revolvió entonces la imperial mirada…..
Nada en el ancho cóncavo vivía.
Sólo su desdeñosa carcajada
Entre las tumbas resbalar se oía.
Grabó su nombre colosal en ellas,
Sello gigante de gigante gloria;
Porque, agobiado con sus hondas huellas,
Libro fuera el desierto de su historia.
Salió del corpulento cementerio,
Diciendo a los cadáveres hollados:.
«Napoleón vino a visitar su imperio.»
Y en el desierto entró con sus soldados.
Las sombrías pirámides le vieron
Cruzar el arenal con pie tranquilo;
Y allá a lo lejos saludarle oyeron,
Con asombrado adiós, al ronco Nilo.
II
El hombre no existe ahora,
Que el tiempo, al plegar las alas,
La lámpara de la vida,
El aire azotando apaga.
Las moles allí quedaron;
Y las osamentas calvas,.
En las urnas todavía,
La voz del ángel aguardan.
Ellas descansan tranquilas
En su portentosa estancia,
Que las cobija orgullosa
Como ataúd y montaña;
Y él duerme al pie de una roca,
Entre las ondas amargas,
Donde su nombre salpican
Las espumas y las algas;
Porque la isla compasiva
Le recogió en sus entrañas;
Donde con su peso abruma
La lápida hospitalaria
Al que quiso alzar el cielo
Sustentándolo en la espalda.
¿Quién es el gigante ahora?
¿Quién de los dos es la página,
Las moles de aquel desierto
o el nombre de las batallas?
Sobre ambos, los huracanes
Mugiendo y quemando pasan;
En ambos, el mismo cielo
Su noche y su luz derrama;
Ambos yacen solitarios,
Sin antorchas y sin guardas,
En palacios de reptiles,
Que en torno lentos se arrastran,
Sin respeto a su grandeza
Ni noticias de su fama.
«¡Aquí está Napoleón!», dice su nombre,
Sobre las moles del desierto escrito;
Y donde alguna vez firmó aquel hombre,
Todo nombre mortal quedó proscrito.
Delante de su nombre, anonadados,
Se olvidan hoy cuantos la tumba encierra,
Y su gloria y poder, desesperados,
Envidian los monarcas de la tierra.
Miró al nacer la miserable gente
A que el destino su destino amarra;
Y viéndose león, alzó la frente
Mostrando al mundo la robusta garra.
El mundo se humilló despavorido,
Y al rastro de su pie le ató altanero;
El mundo entero sorprendió atrevido,
Y un pueblo echó sobre él el mundo entero.
Numeró sus millones de soldados
Y trepó vencedor a la montaña;
Contó allí nuestros pueblos descuidados,
Y entre los suyos dividió la España.
Bajó osado y alegre a la llanura,
Como a la fiesta va galán mancebo,
Avaro de la sombra y la frescura
De su soñado territorio nuevo.
De este jardín que coronó de flores
Pródiga y perfumada primavera,
Do marcan el compás los ruiseñores
Del paso del arroyo en la pradera.
Donde brota entre juncos y espadañas,
Para dar sed, la fuente cristalina,
Y crece, al pie de las pajizas cañas,
Rica de olor, la rosa purpurina.
Donde el ardiente sol que nos da el día
Tiñe la tez, los ojos y el cabello
De la altiva morena que daría,
Antes que al yugo, a la cuchilla el cuello.
Pero en vez de las zambras bulliciosas
Y de lindas bellezas orientales,
Entre guirnaldas encontró de rosas
Hierros de lanzas y hojas de puñales.
Pirámide más dura que el desierto
Le mostró nuestro suelo en sus jardines,
Que supimos aquí doblar a muerto
Con copas de cristal en los festines.
No tiene, no, el león de ambas Castillas,
La doble garra por adorno vano;
Pirámides de lanzas y cuchillas
No admiten nombre, ni buril, ni mano.
III
¡¡Paz al coloso!! Formidable sombra,
Tal vez mi lengua te insultó importuna
No te ladra mordaz cuando te nombra:
Sólo quien te rindió fue la Fortuna.
Tú bien sabías que la inmensa mole
Que no llenan los hombres, es el cielo;
Quien allí su bandera no enarbole,
Una oruga y no más será en el suelo.
Él te enseñó que los colosos huella
El tiempo, al fin, con iracundas leyes;
Que cien tronos no valen una estrella,
Y no valéis un sol todos los reyes.
Dijiste: «Soy el grande de la tierra;
«No tengo en ella ya digno enemigo.),
Grande mi patria, te llamó a la guerra;
Porque eras grande tú, lidió contigo.
Dueña de la negra toca
Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros
y, si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera… ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos…
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana…
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
El Amor y el Agua
El Amor
-Pues en ti, fuente, se mira
Porque su beldad retrates,
Y los rayos de sus ojos
Reverberan tus cristales,
Deja, fuente, que los míos
Agua en tus aguas derramen,
Que las aguas con las aguas
Se borran o se deshacen:
Porque si sueltos dejara
Entrambos a dos raudales,
Pusieran fuego a la tierra
Según al verterlas arden.
Y al menos, como en tus ondas
No han de quedar sus señales,
El consuelo de no verlas
Hará que menos amarguen.
Como a ella, pues, la duplicas
Sus contornos celestiales,
Haz, reflejando mi duelo,
Que yo mismo me acompañe.
Engáñame con mi sombra
Porque yo mismo me engañe
Pensando que lloran dos,
Uno en mí, y otro en mi imagen.
Porque tú no sabes, fuente,
Cuánto endulzan los pesares
Las lágrimas de otro triste
Que llora duelos iguales.
Pero ya que no me guardas,
Por traición o por desaire,
Sobre tus aguas sus formas
Porque yo aquí no las halle,
Deja que, llorando en ellas,
Que salga al jardín aguarde,
Por verla pasar de lejos
Aunque indiferente pase,
Pues he de ser tan humilde
Y tan respetuoso amante,
Que porque no la dé enojos
El disgusto de encontrarme,
He de volverme de espaldas
Mirando hacia tus cristales.
Pero prométeme, fuente,
Que si por fortuna sale,
Cuando yo mire tus ondas,
Tus ondas me la retraten.
Así a tu blando murmullo
Enajenadas las aves;
A compás del agua trinen
Enamorados compases;
Así juguetonas vengan
En tu corriente a bañarse,
Robando al alba matices
Que por tus espejos cambien.
Y tantas a verte acudan,
Que cuando el sol se levante
Piense que, en vez de rocío,
Las nubes lloraron aves.
Así te arrullen las hojas
Que tapizan esos árboles,
Porque no sientan las flores
Que si te adormeces, calles.
Así en ti las flores viertan
El bálsamo de sus cálices
Brotando de hoy a porfía
En tus bordes a millares.
Y así cayendo tus aguas
Desde la taza de jaspes,
A gotas las tornasole
El rojo sol de la tarde,
Y partiéndolas en hebras
Cuando como espejos salen
Las rico, columpie y trence
Suelto y revoltoso el aire.
El Agua
-Bien pensé, Amor, que eras loco,
Mas no que tan loco fueses
Que buscaras en mis ondas
Tus hermosuras rebeldes.
Si las hermosas se miran
En el cristal de las fuentes,
Es porque el perfil se borra
Cuando el lindo rostro vuelven.
Que si en el cristal quedaran
Sus imágenes perennes,
Por celos de aquella copia
No se asomaran a verse.
Vano consuelo es que quieras
Ver la tuya en mi corriente,
Para que viendo tu sombra,
Con tu sombra te consueles.
Porque si tal es el fuego
Que tus turbios ojos vierten,
Tal hará que hierva el agua,
Que tu sombra no refleje.
Mas si al jardín, como dices,
Por tu ventura saliere,
Que la has de volver la espalda
Si te lo persuades, mientes.
Que, o por postrarte a sus plantas
O porque mejor te viere
Iráste loco tras ella
Aunque de verte la pese:
Y si te pinto su imagen
En mis aguas transparentes,
Acaso en tu desvarío
Tanto por ella te ciegues,
Que para abrazarla osado,
Por mis ondas atropelles,
Confundiendo ambos retratos
Con barros, algas y peces.
No extrañes que tal te diga,
Amor, si oírme te ofende,
Que, según lo que deliras,
No es extraño que tal piense.
Y has de saber, pues en premio
De mi compasión me ofreces
Que sol, aves, hojas, flores,
Amorosas me requiebren,
Que aunque tú no lo mandaras,
En esto ellas te obedecen:
Pues si las aves me trinan,
Es porque mis aguas beben;
Si los árboles me arrullan,
Es porque yo les remede;
Si las llores me embalsaman,
Porque mis aguas las rieguen;
Y si el sol me tornasola,
Es porque yo le refleje;
Y el aire es tan galán mío
Que imposible me parece
Que ondular puedan mis hebras
Sin que blando me las bese,
Y revoltoso jugando,
Las rice, columpie y trence.
El cabello desceñido…
El cabello desceñido,
Por las mejillas el llanto,
En su angustiado quebranto
Es el ángel del dolor.
Sobre el lecho de la muerte
El triste poeta gime,
La ardiente fiebre le oprime
Con fuego devorador.
Joven, lleno de ilusiones
En su primavera expira,
Él por sus sueños delira,
Y ella delira por él.
¡Se muere!… y por solo alivio
De eterno dolor profundo,
Quedará sola en el mundo
Con un recuerdo de hiel.
Fueron sus ojos azules,
Fueron sus labios de rosa,
Su sonrisa voluptuosa,
Su mirada angelical;
Ahora es una azucena
Sin frescura y sin aroma,
Una palma que desploma
El revuelto vendaval.
El capitán Montoya
– I –
Muerta la lumbre solar,
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones
y vense por los arzones
las pistolas asomadas.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se presuma
cuál de los dos vale más.
Castor con cinta el de atrás,
y el de adelante con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta una cruz de hierro
algo al uno de divino.
Y es así, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que se extienden
enmarañados de abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echóse a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrás:
-Aquí -dijo- esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando,
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse menguando.
Quedó el otro en soledad,
y al pie de la cruz sentado
siguió inmoble y embozado
en la densa oscuridad.
Mugía en las cañas huecas
en son temeroso el viento
rasgándose turbulento
por entre las ramas secas.
Y en los desiguales hoyos,
con las lluvias socavados,
hervían encenagados
sin cauce ya los arroyos.
Ni había una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a más de un paso,
ciega la vista sin ella.
Ni señal se percibía
de vida en el olivar,
ni más voz que el rebramar
del vendaval que crecía
Y al hierro santo amarrados
ambos caballos estaban,
y allí en silencio aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la áspera maleza,
pisada al agrio rumor,
les volvió su guardador
sólo una vez la cabeza.
Un pie sobre el otro pie,
embozado hasta las cejas,
metido hasta las orejas
el sombrero, se le ve:
Como en entallado busto
de alguno que allí murió,
y allí ponerse mandó
por escarmiento o por susto.
Ni incrédulo faltaría
que, si cerca dél pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sería.
Que a quien suele con la luz
y en compaña blasfemar,
bueno es hacerle pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede aquí;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que, dudoso y lento,
gran rato se pasó así.
Y ya se estaba una hora
de espera a expirar cercana,
cuando sonó una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aún duraba por el viento
su vibración, cuando el guía
alguien notó que venía
por el lado del convento.
Sacó la faz del embozo
y, oyendo el son más distinto,
echóse la mano al cinto
y, ¿quién va?, el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas, conocidos los sones,
asieron de los bridones
y volvieron a montar.
Y es fama que, menos fiero
el señor con el criado,
dejóle andar a su lado
como digno compañero.
[…]
– II –
Tras grave asunto, a juzgar
por los que van espoleando,
corren dos hombres cruzando
a caballo un olivar.
No está la noche muy clara;
mas bien se ve al pie de un cerro
una cruz grande de hierro
que dos caminos separa;
y de advertir fácil es,
aun a los ojos peores,
que son dos los corredores,
y los caballos son tres.
Echó pie a tierra el primero,
y, al dar la brida al de atrás,
le dijo: -Aquí esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,
fuerza será que convengas
en que es preciso que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino, pues,
y, de una verja detrás,
un atrio acaso hallarás
a pocos pasos que des.
Sube tres gradas, si puedes;
da un paso más, y con él
tocarás en el cancel,
donde es fuerza que te quedes.
¿Ves un hombre que embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar está ocupado?
Acércate sin temor,
que lo que alcanza por dentro
no hace temible el encuentro
del capitán reñidor.
Tú, lector, preguntarás:
«¿Con que el capitán es ése?»
El mismo, mas que te pese;
pero hazte un poquito atrás.
Porque, levantando el brazo,
empuja a espacio la puerta,
entró, y, dejándola incierta,
sopló el aire y dio un portazo.
Mas veo, lector, que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamándote, darte
con la puerta en las narices,
mas tu impaciencia sosiega;
todo lo presenciarás;
que del poeta a eso y más
el poder mágico llega.
Está el capitán en pie
en medio de la ancha nave,
y a la verdad que no sabe
ni qué pasa ni qué ve.
El templo mira enlutado
con lúgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo
y un féretro en medio alzado.
Vense en el paño del túmulo
entrelazados blasones
y, a la luz de los blandones,
un cadáver en su túmulo.
Monjes le rezan en coro
tristísimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba rodea,
dado que bien no se vea,
se ve que de noble viste,
y parece que, al bajar
el que ha finado a su nicho,
memoria tuvo capricho
de opulencia que dejar.
Y al par que su eterna calma
las oraciones consuman,
mirras y esencias perfuman
la despedida del alma.
Música triste le aduerme,
salmodias le santifican,
e hisopos le purifican
el cuerpo que yace inerme.
Mas aquellas oraciones
y responsorios precisos
llevan de anatema visos
y planta de maldiciones.
A veces son sus compases
hondos, siniestros, horribles,
murmurando incomprensibles
negras e incógnitas frases.
En son lento, ronco y quedo
se hacen oír otras veces,
y entonces aquellas preces
hielan los huesos de miedo.
Otras semejan aullidos
discordes, desesperados,
lamentos de condenados
de los infiernos salidos.
Otras, lejanos rumores
cual de tormentas se escuchan,
o de ejércitos que luchan
los espantosos clamores.
Y siempre siendo los mismos
los sones que se levantan,
responsos a un tiempo cantan
y murmuran exorcismos.
Atónito de la escena
extraña y aterradora
que encuentra tan a deshora
y le asombra y le enajena,
don César, con paso lento,
entre la turba mezclado,
dirigióse a un enlutado
que oraba en aquel momento.
–¿Quién es el muerto, sabéis
-dijo- a quien rezando están?
Y él respondió: –El capitán
Montoya. ¿Le conocéis?
Mudo quedó de sorpresa
don César oyendo tal;
mas no lo tomó tan mal
como tal vez le interesa.
Volvióse la espalda, pues,
diciendo: –Me ha conocido,
y burlárseme ha querido;
mas luego veré quién es.
Siguió la iglesia adelante
y, una capilla al cruzar,
vio un sepulcro preparar,
entre otros varios vacante.
Y a un personaje que halló
de luto, y que parecía
que el trabajo dirigía,
el capitán se acercó.
–¿Para quién abren la hoya?
-le dijo. Y el enlutado
le contestó de contado:
–Para el capitán Montoya.
Mudósele la color
a don César; mas, repuesta
su calma, al de la respuesta
volvió entre risa y furor.
Miróle de arriba abajo,
pero no le conoció;
segunda vez le miró,
pero fue inútil trabajo.
Ni recordó que quizá
le hubiese visto la cara,
ni imaginó que la hallara
tan repugnante jamás.
Que encontró en ella tal gesto
de aterradora hediondez,
que, por no verla otra vez,
dejó caviloso el puesto.
Fuese a otro punto a situar,
diciendo: –¡Ese hombre estremece!
De aquel sepulcro parece
que le acaban de sacar.
Uno tras otro se puso
a contemplar los que vía;
mas a nadie conocía,
de lo que andaba confuso.
Tenían todos las caras
descoloridas y secas,
y dijeran que eran huecas,
a más de antiguas y raras.
Cansado de fiesta tal,
y a impulso de una aprensión,
llegóse a un noble varón
que oraba con un cirial.
Cabe él la rodilla apoya,
y dícele ya con miedo:
–¿Quién es el muerto?, y muy quedo
contestó el otro: –Montoya.
Del catafalco a los pies
llegó entonces decidido,
de aquella duda impelido,
a ver el muerto quién es.
Por los monjes atropella;
trepa al túmulo; la caja
descubre, ase la mortaja,
y él mismo se encuentra en ella.
Miró y remiró, y palpó
con afán hondo y prolijo,
y al fin, consternado, dijo:
-Cielo santo ¿y quién soy yo?
Miró la visión horrenda
una y otra y otra vez.
y nunca más que a sí mismo
en aquel féretro ve.
Aquél es su mismo entierro,
su mismo semblante aquél;
no puede quedarle duda,
su mismo cadáver es.
En vano se tienta, ansioso:
los ojos cierra, por ver
si la ilusión se deshace,
si obra de sus ojos fue.
Ase su doble figura,
la agita, ansiando creer
que es máscara puesta en otro
que se le parece a él.
Vuelve y revuelve el cadáver
y le torna a revolver;
cree que sueña, y se sacude,
porque despertarse cree,
y tiende él triste los ojos
desencajados doquier.
Mas, ¡nuevo prodigio!, mira
a las puertas, y al dintel
ve que despiden el duelo,
de duelo henchidos también,
don Fadrique y doña Diana
que arrastran luto por él.
Baja, les tiende los brazos,
les nombra, cae a sus pies.
–¡Miradme! -les dice, atónito-,
Montoya soy; vedme bien.
Y ellos le miran, estúpidos,
sin poderle conocer,
e inclinando las cabezas,
replican: –Montoya fue.
Entonces, desesperado
con angustia tan cruel,
vase otra vez hacia el muerto,
demandándole quién es.
–¿No hay quién sepa aquí quién soy?
¿No hay a salvarme poder?
Y allá desde el presbiterio,
de las rejas al través,
oyó una voz que decía:
–Sí, te conozco, mi bien.
Abre. ¿Qué tardas? Partamos;
yo soy tu amor, soy tu Inés.
Y los brazos le tendía
la de Alvarado también,
de la reja tentadora
tras el cuádruple cancel.
Mas, viéndola cual espectro
que le persigue a su vez,
gritaba él: –¡Aparta, aparta!,
¿que soy cadáver no ves?
Y apenas palabras tales
pronunció, cuando tras él
vio llegarse aquel fantasma
cuyo gesto de hediondez
le hizo miedo y no le pudo
recordar ni conocer.
Contemplóle de hito en hito;
le asió del brazo después,
y así, con voz espantosa
vio que le dijo: –¡Pardiez!
Tú eres quien cambia conmigo.
A mi sepultura ven.
Y a esta horrorosa sentencia,
ya sin poderse valer,
cayó en el suelo Montoya,
falto de aliento y de pies.
-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?
¿Respiro aún? -exclamó
Montoya, abriendo los ojos,
con desfallecida voz.
-Señor, estáis en mis brazos.
-¿Eres tú, Ginés?
-Yo soy.
-¿Dónde estamos?
-En la cruz.
-¿Del olivar?
-Sí, señor.
-¿No estuve yo en el convento?
Pues ¿quién de allí me sacó?
-Yo fui, señor.
-¡Tú, Ginés!
-Perdonad: temí por vos;
y viendo que el tiempo andaba,
y ni seña ni rumor
esperanza me infundían,
tras vos eché.
-¡Santo Dios!
¿Y llegaste…?
-A la iglesia.
-¿Atraído por el son?
-Señor, no he oído nada.
¿No os lo dije?
-¿Cómo no?
¿Dentro la iglesia no viste
los enlutados en pos
de mi cadáver? Miróle
absorto de admiración
el mozo, y dijo: -Soñamos,
o vos, don César, o yo.
Ni vi ni oí cosa alguna.
-¿Conque es mía esa visión?
¡A mis ojos solamente
horrenda se presentó!
¿No viste conmigo a nadie?
-Os juro a mi salvación
que sólo os hallé tendido
al pie del altar mayor,
y viendo el peligro doble
del sitio y la situación,
ni me detuve a pensar
si estabais herido o no;
cargué con vos, y me vine:
ni oí ni vi más, señor.
Calló Ginés, y don César
a estas palabras quedó
distraído y abismado
en honda meditación.
Mirábale de hito en hito
Ginés, que aterrado vio
de la faz del capitán
la extraña transformación.
Desencajados los ojos,
palidecido el color,
torvo el mirar, parecía,
más que vivo, aparición.
Sentado en el pedestal
de la cruz do él le posó,
inmóvil permanecía
sin fuerza y sin atención,
amarrado a un pensamiento
que bullía en su interior,
y que se vía que todas
las potencias le absorbió,
como quien mira aterrado
negra y horrible visión
que le borra de los ojos
cuanto existe en derredor.
Temeroso el buen criado
por su juicio y su razón
dirigióle atentas frases
con afán consolador.
Mas él ni tornó los ojos
ni a sus voces respondió,
ni agradeció sus cuidados,
que en nada puso atención;
y al cabo de largo trecho,
con repentino vigor
levantándose en silencio,
en su corcel cabalgó.
Hincóle los acicates
y el poderoso bridón,
tras un peligroso brinco,
a todo escape salió.
Santiguóse el buen Ginés,
y en su ruin superstición
dijo: -¿Si tendrá los malos?
Y a escape tras él echó.
Y a poco habla en sepultura humilde,
de la maleza oculta entre las hojas,
una inscripción borrada por los años,
que todo, al fin, sin compasión lo borran.
Único resto de opulenta estirpe,
único fin de la mundana pompa,
montón de polvo en soledad yacía
quien hizo al mundo con su audacia sombra.
Y apenas pueden los avaros ojos
leer en medio de la antigua losa:
«Aquí yace fray Diego de Simancas,
que fue en el siglo el capitán Montoya.»
El contrabandista
Subiendo la negra roca
de embarazosa montaña,
contrabandista español
bridón andaluz cabalga.
Lleva el trabuco a su lado,
el cuchillo entre la faja,
y con el humo del puro
su voz varonil levanta.
» Que brame en la peña el viento,
que se arda el monte vecino,
que rompa el inhiesto pino
el aquilón violento.
Yo desprecio sus furores;
y aquí solo, sin señores,
de pesadumbres ajeno,
oigo el huracán sereno
y canto al crujir del trueno
mis amores,»
» El albor de la mañana,
en sus matices de rosa,
me trae la imagen graciosa
de mi maja sevillana,
y en sus variados colores
me pinta las lindas flores
del suelo donde nací,
donde inocente reí,
donde primero sentí
mis amores.»
» Cuando la enemiga bala
chilla medrosa a mi oído,
ya mi contrario caído
el alma rabioso exhala.
¡Qué me importan vengadores
cien fusiles matadores
que amenacen mi cabeza!
Con mi Moro y mi destreza
yo les canto en la maleza
mis amores.»
» Sienta yo el pujante brío
del galope de mi Moro ,
y el trabucazo sonoro
de algún compañero mío;
y que vengan triunfadores
los caballeros mejores
que empuñaron lanza ó freno.
Yo de temerles ajeno
cantaré libre y sereno
mis amores.»
Tranquilo el contrabandista
aquí el canto llegaba,
cuando un acento francés
«¡Fuego !» a su lado gritaba.
Sobre su frente pasaron
con ruido silbar las balas,
y gendarmes le acometen
diciendo » ¡Ríndete a Francia!»
Y entonces él » No se rinden
los que nacen en España»,
y contra el jefe enemigo
su ancho trabuco descarga.
Cayeron dos, como arbusto
que el cierzo en pos arrebata.
En impetuosa carrera
el bruto gallardo arranca;
y por sobre los peñascos
que en rápida fuga salva,
cantando va el español
al trasponer la montaña:
» Vivir en los Pirineos,
pero morir en Granada.»
El día sin sol
Dies irce dies illa,
Solvet secluin in favilla.
Hizo al hombre, de Dios la propia mano,
Que tanto para hacerle fue preciso,
Hízole de la tierra soberano,
Y le dió por palacio el Paraíso.
Ágil de miembros, la cerviz erguida
Orlada de flotante cabellera,
Los claros ojos respirando vida,
Luenga la barba y con la voz severa.
Hechos para el deleite sus sentidos,
Vieron los ojos luz, gustó la boca,
Olió el olfato, oyeron los oídos,
Todo es placer cuanto pasando toca.
La hierba perfumada en la colina
Dióle un lecho do yace blandamente,
Y derramóse en torno cristalina,
Deshecha en perlas, la sonora fuente.
Y vertieron las aves en el viento
Regalada y dulcísima armonía
Desde el follaje vasto y opulento
Que fácil teje la alameda umbría.
Y al dormido murmullo de la brisa
Que vaga suave, inquieta y juguetona,
Dobló la frente, y con igual sonrisa
El sueño muellemente le corona.
Las fieras cuidadosas evitaron
Con su ruido turbar su manso sueño,
Y volando las aves arrullaron
El reposar de su tranquilo. dueño.
Dios, que su soledad miró enojosa,
De tornarla en placer buscó manera,
Y una mujer bellísima, amorosa,
Le ofreció liberal por compañera.
Era la hermosa de gentil talante,
Acabada de pechos y cintura,
De enhiesto cuello y lánguido semblante,
Rebosando de amor y de ternura.
Clara la frente, altiva y despejada,
Negras las cejas, blanca la mejilla,
Rasgada de ojos, blanda la mirada,
Do turbio el sol en competencia brilla.
Tendida por los hombros la melena,
La blanca espalda de la luz velando,
Hallóla Adán al despertar, serena
Sus varoniles formas contemplando.
Ciñóla, sorprendido en su embeleso,
Con brazo enamorado y reverente;
Mil veces la besó, y a cada beso
Trémula su cristal vibró la fuente.
El bosque susurró manso murmullo,
Los peces en las ovas asomaron,
Las tórtolas alzaron casto arrullo,
Y amorosos los céfiros soplaron.
«¡Alma mía, mi amor, paloma mía!….»,
El hombre sollozando murmuraba;
Ella, muerta de amor, le sonreía,
Y él, muriendo de amor, la enamoraba.
Posábale en su labio el labio amante
Aspirando con ámbares y aroma
El aire de su pecho vacilante,
La luz de sus pupilas de paloma.
Tú, rojo sol, entonces si los viste,
¿Por qué amantes y solos les dejaste,
Y la infernal serpiente no adormiste
Que envidiosa del bien cerca alumbraste?
¡Ay, cuánto ahorraras de miseria y llanto
Del hombre flaco a los mortales ojos,
Cuánto miedo a los ángeles, y cuánto
Al mismo Dios de cólera y enojos!
Era un árbol no más en los jardines
Vedado al paladar de los nacidos;
No anidaban en él los colorines,
Ni daba flor, ni sombra, ni sonidos.
Yacía Adán en brazos de su amada,
Y Eva miraba el prohibido fruto;
Al lado de la poma codiciada
Traidor velaba el enemigo astuto.
«¿No comerás, le dijo la serpiente,
»Criatura de origen soberano?
»Pudieras como Dios omnipotente
»Otro mundo crear de polvo vano.
»No comerás, y quedarás sujeta
»Al privilegio inútil de su hechura;
»Quedará el alma entre, su nada quieta,
»Y a ti te llamarán la criatura.»
Sintió el orgullo la mujer curiosa,
Que brotaba en carmín a la mejilla,
Y a la fruta tendió la mano ansiosa
Vertiendo de ella la mortal semilla.
Aplicóla a los labios, y callaron
Arboles, aves, céfiros y fuentes,
Y en su lugar fatídicos quedaron
Troncos, buitres, tormentas y torrentes.
Rugió el león crespando la melena,
Lanzó el tigre su ardiente resoplido,
Bufó en el bosque la traidora hiena,
El toro levantó ronco mugido.
Huyeron azotándose las alas
Las aves por el aura agonizante,
El fresco valle marchitó sus galas,
Tembló el mundo en los ejes de diamante.
Despertó el triste Adán absorto y mudo
Al desusado y bronco clamoreo,
Y avergonzado se miró desnudo,
La carne henchida de brutal deseo.
Tembló al mirar las fieras espantadas
Guarecerse en tropel en los peñascos,
Y buscar sus guaridas socavadas
De las montañas en los hondos cascos.
Hirióle el sol las débiles pupilas
Al recio impulso de fogosa lumbre,
Y halló en el cielo en aplomadas filas
De frías nubes torva. muchedumbre.
Y sintió que perdía de improviso
La gracia de su Dios con la inocencia,
Y trocóle en infierno el Paraíso
El nuevo torcedor de la conciencia.
Viéronse con rubor ambos nacidos,
Que con rubor entrambos no nacieron,
Y del crimen común arrepentidos,
Uno del otro con, vergüenza huyeron.
«¡Adán!» exclamó Dios llamando al hombre,
Y el eco en las montañas respondía;
«¡Adán!» repitió Dios, y el mismo nom
El eco mismo a repetir volvía.
¿Dó estaba Adán? Llorando prosternado,
Por vez primera de su Dios temblaba,
Y humillado en el polvo, «¡Yo he pecado!»,
Respondía a la voz que le llamaba.
«¡Adán! gritó el Señor, cuenta tus horas,
»Porque vendrá una hora en que te veas
»Dando cuentas al Dios ante quien lloras;
»Y hasta entonces, Adán, ¡maldito seas! »
I
«Naciste, Adán, en el polvo
»Y en el polvo morirás,
»Tú, y tus hijos, y tu raza,
»Y cuantos hombres serán.
»Sudaréis sobre la tierra
»Los hijos por sustentar,
»Mientras los hijos rebeldes
»Con sus padres lidiarán.
»La tierra brotará espinas,
»El tiempo ahogará la paz,
»Y sin número los hombres
»A su Dios olvidarán.
»Entonces hambres y pestes,
»Y de miserias un mar
»Acosará el impío mundo
»Sin descanso ni solaz.
»Y habrá ejércitos y buques
»Que agua y tierra infestarán,
»Y habrá esclavos y habrá reyes,
»Y pueblos y sociedad.
»Y habrá amor, y habrá amistades,
»Que en vez de consuelos dar
»Os darán con dulces nombres
»Amargas horas de afán.
»Y habrá el corazón pasiones
»A cuyo impulso fatal
»Hermano robará a hermano
»Cuanto bien pudo alcanzar.
»Será la mujer voluble,
»Será el hombre desleal,
»Y amor tornaráse en celos,
»Y en envidia la amistad.-
»Y en raza de un mismo origen,
»Todos con derecho igual,
»El poder será la fuerza
»Y el miedo la autoridad.-
»Nacerán conquistadores
»Las tierras a deslindar,
»Y donde uno puso un trono,
»Otro un cadalso pondrá.
»Pero YO, que os hice en polvo
»Y en polvo os he de tornar,
»Haré un día de justicias
»Para todos por igual;
»Haré un infierno y un cielo
»Y una inmensa eternidad
»En que grandes y pequeños
»Confundidos entrarán. »
Dijo así Dios reduciendo
Los tiempos a cantidad,
Cuando dio al primer nacido
El triste apodo de Adán.-
II
Tuba mirum spargens sonum
Per sepulchra regionum,
Coget omnes ante trhonum.
Ancho panteón de gente condenada,
Condenado a morir como su gente
Caerá el mundo en el pozo de la nada,
Rota en pedazos la caduca frente.
La impía raza en las tumbas cobijada
Otra vez se alzará mustia y doliente,
Roto el dogal que al polvo la sujeta,
Al vivo son de la final trompeta.
Ya para entonces el tremendo día
Del daño universal será cumplido;
El sol qua del Oriente nos venía,
Apagada su luz habrá caído;
La luna, que flotando se mecía
En el azul del cielo adormecido,
Seguirá al fin sus moribundas huellas
Llevando en pos las lánguidas estrellas.
Y la tierra, sin sol que la fecunde,
Seca no brotará hierba ni flores,
Y harán que reventando el mar la inunde
Los temporales de la mar señores;
Y a las manos del tiempo que confunde.
Cuantos un día desplegó primores,
La tierra que de césped se matiza
Campo será de pálida ceniza.
En sus mohosas grietas, asomados
Estarán los desnudos esqueletos,
Al juicio de su Dios aparejados,
Silenciosos, estúpidos y quietos;
Y a trechos en montones apilados,
El plazo aguardarán juntos y prietos,
Con sus despojos reemplazando enjutos
Templos, palacios, árboles y frutos.
No dará luz el cielo blanquecino,
Ni hará murmullo el ondular del viento,
Ni en las rocas el eco campesino
Repetirá lejano algún acento;
Noche y alba sin horas ni camino
Ahogarán su crepúsculo opulento,
Y serán presa de arrecidas nieblas,
Sin aurora ni noche, las tinieblas.
No habrá en este pantano dentro y fuera
Ni habrá cosa con cotos, ni lugares,
Las tierras no hallarán mar ni ribera,
Ni hallarán playa los disueltos mares;
Barro será la agonizante esfera
Sin medidas, ni bordes, ni vallares,
Cual masa por los siglos preparada
A tornar al origen de su nada.
Las almas volverán mudas de asombro
Los cuerpos a buscar en que vivieron,
Cuando a través del cenagoso escombro
Vayan tras el lugar do los perdieron:
Sin ayuda de mano, brazo u hombro,
La carne vestirán con que nacieron,
Porque escuche la carne la sentencia
Que oyó el alma al pasar a otra existencia.
Y cuando nada en el silencio aliente,
Cuando nada mortal quede con vida,
A la voz del airado Omnipotente,
De los muertos la turba estremecida
Iremos ante Dios, baja la frente,
Amedrentada el alma en su guarida,
A obedecer sus leyes inmortales,
Y ante la santa ley, todos iguales.
III
Judex ergo cum sedebit
Quidquid latet aparebit,
Nihil inultum remanebit.
Y no habrá para ninguno
Privilegio ni exención,
Sin justicia no habrá alguno,
Porque iremos uno a uno
Por pena o por remisión.
Será con todos igual,
Justiciero para todos
El tremendo tribunal,
E irán de distintos modos
El justo y el criminal.
En la frente irán escritos
Los secretos de la vida,
Y las conciencias a gritos
Apartarán los malditos
De la prole bendecida.
Que ni entonces una vez
La virtud se manchará
Del vicio con la hediondez,
Ni la ramera soez
Junto a la virgen irá.
Allí irán los que altaneros
A los pueblos dieron leyes
A acusar sus desafueros,
Sin lanza los caballeros,
Y sin corona los reyes.
Allí irá la hipocresía
Con el disfraz en la mano,
Y sabremos aquel día
Qué pechero hubo hidalguía
Y qué hidalgo fue villano.
Irá el pálido mendigo
En pos del rico avariento
Acusador y testigo,
Demandando pan y abrigo
De su alcázar opulento.
Irá el amigo traidor
Tras el amigo engañado,
El semblante sin color,
Como esclavo maniatado
Que llevan a su señor.
Irá el pérfido galán
Tras las vendidas mujeres,
Que descontándole irán
Por las horas de su afán
Las horas de sus placeres.
Irá el señor sin piedad,
E irán los siervos tras él
Pidiendo a su vanidad
La perdida libertad
En iracundo tropel.
Irán los conquistadores,
Y asidos a sus cabellos
Los vencidos vencedores,
Serán allí sus señores
Como aquí lo fueron ellos.
Irá la falsa mujer
Que al esposo juró amor,
Y el juramento de ayer
Empeñó por un placer
Al disoluto amador.
Irá el audaz pendenciero
Con el muerto en desafío;
Acuchillado el primero,
Y el otro en el pecho impío
Escondido el rojo acero.
¡Que el día de la verdad
El fantasma del valor
Será necia ceguedad.,
Y no más que vanidad
El fantasma del honor!
Irá el corrompido juez
Tras la víctima inocente,
Y en torno suyo a la vez
Clamarán en voz doliente
La orfandad y la viudez.
Irán los monjes carnales
Tras las forzadas doncellas,
Desgarrados los sayales,
Los cordones por dogales
Atados al cuello de ellas.
Los labios que un tiempo dieron
Blando y sacrílego son
Con los besos que vertieron,
Que torpe hoguera encendieron
En el brutal corazón;
Allí arderán en tal lumbre,
En fuego tan infernal,
Cuanto a Dios fue pesadumbre
Bajar a la podredumbre
De su pecho criminal.
Y allí iremos los cantores
Falsas flores del Edén
Que en vez de santos loores
Cantamos himnos de amores
A las puertas de un harén.
Allí del liviano mundo
Habrá fin la imbécil farsa;
Todos en montón inmundo,
Sin primero ni segundo,
Iremos en la comparsa.-
¿Qué será ver hombre tanto
Nacido para morir,
Ciegos los ojos de llanto,
Ciega el ánima de espanto,
Al valle inmenso venir?
¿Qué será ver al tirano
Balbuciente al responder
De la sangre de su hermano,
En que irá tinta la mano
Sin que la pueda esconder?
¿Qué será ver tantos reyes
Que por saciar su ambición
Pusieron la religión
Por rúbrica de unas leyes
De equívoca explicación?
¿Tantas gentes y naciones,
De tan distintas regiones,
De distintos caracteres,
Y de distintos placeres,
Y distintas religiones?
¡Los de Judá temerosos,
Los de Esparta y Macedonia,
Los de Oriente voluptuosos,
Los fecundos en colosos
De Menfis y Babilonia!
¡Los de los anchos desiertos
Avezados al pillaje,
De tiempo y dioses inciertos,,
Los que devoran sus muertos
En algazara salvaje!
¡Los de América indolentes,
Los impuros de Sodoma,
Los de Tebas penitentes,
Los de Sagunto valientes,
Y los triunfantes de Roma!
¡Todos, muertos o inmortales
De hinojos ante su juez,
Que con leyes eternales
Nos hará a todos iguales
Ante la ley una vez!
E irán las tiernas almas
De los alegres niños
En túmulos de palmas
Y lechos con armiños
Al pie del trono espléndido
Del santo de Israel.
Sus ángeles hermanos
Haránles grata sombra
Con sus rosadas manos,
Y les harán alfombra
Con sus alas magníficas,
Y almohadas y dosel.
La paternal sonrisa
Del Dios omnipotente
Seráles blanda brisa,
Que arrulle mansamente
El contorno suavísimo
De su tranquila sien.
Y dormirán de espumas
Al dulce hervir sonoro,
Y de ondulantes plumas,
Y de incensarios de oro
A la acordada música
Del prometido Edén.
E irán las no tocadas
Castísimas mujeres
Que huyeron avisadas
El mundo y los placeres,
Y dieron al Altísimo
Intacto su pudor,
Ceñida la cintura
De blancas azucenas,
Radiantes de hermosura,
Y en dulces cantilenas
Loando en sol angélico
Al eternal amor.
Y todas tan hermosas
Como la tibia luna,
Y todas ruborosas
Como al dejar la cuna,
Todas ofrendas cándidas
De paz y de placer.
Purísimas palomas
Que el cielo halaga y cría,
Balsámicos aromas
Que en prendas de alegría
Entre dolor y lágrimas
Da al cielo la mujer.
Y ¿ qué será en tal hora
De duelos y de enojos
Su calma encantadora,
Y de sus bellos ojos
Contemplar el pacífico
Brillante tornasol?
Y ¿qué será en sus labios
Su sonreír de amores,
Cuando grandes y sabios,
Y reyes, y señores,
El día verán trémulos
Sin tinieblas ni sol?
IV
Y ¿ qué será de nuestro dulce canto,
Qué será de nosotros los cantores,
Los que lloramos cántigas de llanto,
Los que reímos cántigas de flores?
¿Qué será de la hermosa a quien un día
Himnos de amor y de placer cantamos,
Que en nuestros labios el amor bebía,
Y en cuyos labios el amor gozamos?
¿ Qué serán de sus ojos los espejos
Do nuestra imagen retratada vimos,
Do al lánguido rielar de sus reflejos
Su secreto de amor la sorprendimos?
¿Qué será del amigo cariñoso
Que amar nos hizo la falaz fortuna,
Del triste que veló nuestro reposo
Al resbalar de la furtiva luna?
Acaso el corazón lo desgarraba
El peligro fatal del que dormía,
Y su afán compasivo nos callaba,
Doblando su silencio su agonía.
¡Ay! ¿Qué será del padre y del hermano,
Qué será del esposo y de la esposa
Cuando aparte Jehová con justa mano
Del torpe vicio la virtud dichosa?
¿Cuando se abran las puertas eternales
Al eterno gozar del Paraíso,
Y les sea a los tristes criminales
Al duelo eterno caminar preciso?
¡Ay de mí! ¡Con cuán hondo desconsuelo
Los ojos tornarán desesperados
La postrimera vez mirando un cielo
que también nacieron destinados!
¡Oh tristísima y larga despedida,
Eterna muerte, eterna bienandanza,
Donde, perdiendo de una vez la vida,
Se pierde de morir toda esperanza!
¡Qué dulce será vivir,
Vivir una eternidad,
Sin pensar más en morir,
Ni pensar en reducir
A guarismo nuestra edad!
¡Qué dulce será, vagando
Por la viviente mansión,
Ir al compás escuchando
De las arpas de Sión,
Eternamente gozando,
Aquella aura perfumada,
Y aquel manso susurrar
De la floresta encantada,
Y aquella luz reflejada
De soles en un millar,
Y aquel gotear de las fuentes,
Y aquel trinar de las aves,
Y aquel hervir los torrentes,
Y aquellos mares vivientes
Sin monstruos, vientos, ni naves!
Y si en la fresca ribera
Quien amó en vida encontrara
La amorosa compañera
Que antes que el mundo muriera
Muerta en el mundo quedara,
¡Qué dulce fuera vivir,
Vivir una eternidad,
Sin pensar más en morir,
Ni pensar en reducir
A guarismo nuestra edad!
¡Oh, ven, ven, arpa sonora,
En las penas de mi vida
Mi tierna consoladora,
Esperanza seductora
De mi esperanza perdida!
Tú que templas en el suelo
Nuestros dolores mundanos
Con ilusiones de cielo,
Consuela mi desconsuelo
Con tus compases livianos.
Y déjale que delire
Con el cielo al corazón,
Y déjale que suspire,
Que el ámbar feliz aspire
De su dulce religión.
Porque en tanto que suspira
Por la postrimera paz,
¡Viva Dios que no delira
Con la nada y la mentira
De la existencia falaz!
El prado está sin verdura…
El prado está sin verdura,
Y los jardines sin flores,
No cantan los ruiseñores
Amores en la espesura.
No se oye el dulce murmullo
Del viento, que ronco brama,
No brota en la seca rama
Tierno y pintado capullo.
No saltan serenas fuentes
Por entre sutiles bocas,
Que ruedan desde las rocas,
En vez de arroyos, torrentes.
La luz que los aires puebla
Pesada, amarilla y tarda,
Se pierde en la sombra parda
De la perezosa niebla.
Se viste el color del cielo
Color de los funerales,
Y son del alba cristales
Los carámbanos de hielo.
Brota a los rudos estragos
Con que el invierno la abruma,
La tierra nieblas y lagos,
El mar montañas de espuma.
Y hacinados de ancha hoguera
Los hombres en derredor,
Contemplan el resplandor
Que asalta la azul esfera.
Y baja amarillo el río,
Y entre sus ondas pesadas
Trae las ramas desgajadas
Al furor del cierzo impío.
Mas la noche silenciosa
Por el firmamento sube,
Sin que la manche una nube,
Engalanada y vistosa.
Que en vez de sombra importuna
Vienen siguiendo sus huellas
Mil ejércitos de estrellas,
Cortesanas de la luna.
Que la noche, en recompensa,
Callando los vendavales,
Enciende sus mil fanales
Sobre la atmósfera inmensa.
¡Qué bella es la luz de plata
Con que la noche se viste
Después del día más triste
De la estación más ingrata!
Se ven en la oscuridad,
Como soldados que velan,
Cuál con la lluvia riëlan
Las torres de la ciudad.
Se sienten rodar inquietas,
Lanzando un grito violento
Al brusco empuje del viento,
Sobre el punzón las veletas.
Y en las mansiones vecinas
Los vidrios de las ventanas
Remedan las luces vanas
Colgadas en las esquinas.
No hay sombra en que no veamos
Alguna fantasma oculta,
Que porque más la temamos,
La noche la sombra abulta.
Pues por completa ilusión
La noche miente tan bien,
Que las cosas que se ven
No son las cosas que son.
El aire cristales miente,
Plata los pliegues del río,
Lluvia de ámbar el rocío,
Nácar y perlas la fuente.
Y alza a lo lejos el monte,
Como filas de soldados,
Mil peñascos apiñados
Que guardan el horizonte.
¡Bello es entonces cantar
Con enamorado acento,
Versos que cruzan el viento
Para nacer y expirar!
Bello es en la sombra oscura
Ver una ondulante falda,
Y adivinar una espalda
Sobre una esbelta cintura.
Pensar un velo sutil
Ocultar un blanco cuello,
Y buscar detrás de aquello
Un elegante perfil.
Y alcanzar por entre el velo
Dos ojos o dos centellas,
Que iluminan como estrellas
El espacio de aquel cielo.
Hasta la misma amargura
Es tal vez menos amarga,
Que cuanto la noche alarga
Adquiero más hermosura;
Que en una noche tranquila
Parece el cielo, en verdad,
Ojo de la eternidad,
Y la luna su pupila.
Reina de los astros,¡Luna!,
Como tu luz no hay ninguna;
Si el alba tiene arrebol,
Si tiene rayos el sol,
Su luz de fuego importuna.
Cansa por cierto ese ardor
Con claridad tan extrema;
Bello es del alba el color,
Bello del sol el calor,
Pero tanta lumbre quema.
¡Oh, de la tuya templada
Es fantástico el imperio!
Tú con tu luz plateada
Das de la sombra a la nada
Los contornos del misterio.
¡Oh noches encantadoras,
Volved con tanta riqueza!
¡Hermosas son vuestras horas,
Que embellecen seductoras
Del ánima la tristeza y
Como aquéllas ¡no hay alguna;
Que en vez de sombra importuna
Traen por orgullo con ellas
Mil ejércitos de estrellas
Cortesanas de la luna.
El reloj
Cuando en la noche sombría
Con la luna cenicienta,
De un alto reloj se cuenta
La voz que dobla a compás;
Si al cruzar la extensa plaza
Se ve en si! tarda carrera
Rodar la mano en la esfera,
Dejando un signo detrás,
Se fijan allí los ojos,
Y el corazón se estremece,
Que según el tiempo crece,
Más pequeño el tiempo es;
Que va rodando la mano,
Y la existencia va en ella,
Y es la existencia mas bella
Porque se pierde después.
¡Tremenda cosa es pasando
Oír, entre el ronco viento,
Cuál se despliega violento
Desde un negro capitel
El son triste y compasado
Del reloj, que da una hora
En la campana sonora
Que está colgada sobre él!
Aquel misterioso círculo,
De una eternidad emblema,
Que está como un anatema
Colgado en una pared,
Rostro de un ser invisible
En una torre asomado,
Del gótico cincelado
Envuelto en la densa red,
Parece un ángel que aguarda
La hora de romper el nudo
Que ata el orbe, y cuenta mudo
Las horas que ve pasar;
Y avisa al mundo dormido,
Con la punzante campana,
Las horas que habrá mañana
De menos al despertar.
Parece el ojo del tiempo,
Cuya viviente pupila
Medita y marca tranquila
El paso a la eternidad;
La envió a reír de los hombres
La Omnipotencia divina,
Creó el sol que la, ilumina,
Porque el sol es la verdad.
Así a la luz de esa hoguera
Que ha suspendido en la altura,
Crece la humana locura,
Mengua el tiempo en el reló;
El sol alumbra las horas
Y el reloj los soles cuenta,
Porque en su marcha violenta
No vuelva el sol que pasó.
Tremenda cosa es, por cierto,
Ver que un pueblo se levanta
Y se embriaga y ríe y canta
De una plaza en derredor;
Y ver en la negra torre
Inmoble un reloj marcando
Las horas que va pasando
En su báquico furor.
Tal vez detrás de la esfera
Algún espíritu yace
Que rápidamente hace
Ambos punzones rodar
Quizá al declinar el día,
Para hundirse en Occidente
Asoma la calva frente,
El universo a mirar.
Quizá a la luz de la luna
Allá en la noche callada,
Sobre la torre elevada
A meditar se asentó:
Y por la abierta ventana,
Angustiado el moribundo,
Al despedirse del mundo
De horror transido le vio.
Quizá asomando a la esfera
La noche pasa y los días,
Marcando la hora postrera
De los que habrán de morir;
Quizá, la esfera arrancando,
Asome al oscuro hueco
El rostro nervioso y seco
Con sardónico reír.
¡Ay, que es muy duro el destino
De nuestra existencia ver
En un misterioso círculo
Trazado en una pared!
Ver en números escrito
De nuestro orgulloso ser
La miseria…, el polvo…, nada,
Lo que será nuestro fue.
Es triste oír de una péndola
El compasado caer
Como se oyera el rüido
De los descarnados pies
De la muerte, que viniera
Nuestra existencia a, romper;
Oír su golpe acerado
Repetido una, dos, tres,
Mil veces, igual, continuo
Como la primera vez.
Y en tanto por el Oriente
Sube el sol, vuelve a caer,
Tiende la noche su sombra,
Y vuelve el sol otra» vez,
Y viene la primavera,
Y el crudo invierno también,
Pasa el ardiente verano,
Pasa el otoño, y se ven
Tostadas hojas y flores
Desde las ramas caer.
Y el reloj dando las horas
Que no habrán más de volver;
Y murmurando a compás
Una sentencia cruel,
Susurra el péndulo: «¡Nunca,
Nunca, nunca vuelve a ser
Lo que allá en la eternidad
Una vez contado fue!»
Él
»— ¿Oíste? ¿No fue el viento
que murmuró tu nombre?
Era la voz de un hombre,
era un odioso acento.
Acércate, ¡alma mía!
He visto ya la muerte,
¡ah! necesito verte…
Acércate, María!…
Aparta de mi mente
las sombras del delirio,
consuma mi martirio,
oh Dios omnipotente!
¡Ángel mío! ¡María! … aquí, en mi frente
siento un ardor horrible que me acaba;
es de un volcán la abrasadora lava,
es de fuego un torrente!
¿Me huiste, ¡oh María!,
cual un fantasma vano?
Tu delicada mano
tocar me parecía.
Creí sentir la seda
de tu cendal ligero…
María… ¡a Dios! … yo muero,
María… ¡en paz te queda!
No — yo quisiera ahora
la calma de un momento…
uno solo… ¡oh tormento!
Tan solo sí una hora…»
¡Tan joven, ¡ay! — la voluptuosa aurora
no vi más de la vida… y a la oscura
tumba bajar! … sin ti, sin tu hermosura,
¡María encantador!
¡Tan joven y perderte!
Ahora que la vida me halagaba,
cuando mi gloria, ¡oh virgen!, empezaba,
ir a dormir el sueño de la muerte!…
Ay, solo, abandonado
deja la luz el mísero poeta…
y su mente ambiciosa, vaga, inquieta
irá a encerrar en el sepulcro helado!
¡Morir! … ¡oh no, imposible!
¿Y mi lira? ¿Y mis versos? … ¿Y mi gloria?
¡Ni mi nombre siquiera en la memoria
de un solo vivo? … ¡idea aborrecible!
¿Ni ella tampoco, ni ella
viene a coger mi fúnebre suspiro?
¡Y me acabo! ¡y apenas ya respiro!
¿Y yo la amaba, y la llamé mi bella?
¡Amor mío! María,
tú me amabas también: será el postrero,
pon en mi labio un ósculo hechicero…
tranquilo bajaré a la tumba fría!
Ella
El cabello desceñido,
Por las mejillas el llanto,
En su angustiado quebranto
Es el ángel del dolor.
Sobre el lecho de la muerte
El triste poeta gime,
La ardiente fiebre le oprime
Con fuego devorador.
Joven, lleno de ilusiones
En su primavera expira,
Él por sus sueños delira,
Y ella delira por él.
¡Se muere!… y por solo alivio
De eterno dolor profundo,
Quedará sola en el mundo
Con un recuerdo de hiel.
Fueron sus ojos azules,
Fueron sus labios de rosa,
Su sonrisa voluptuosa,
Su mirada angelical;
Ahora es una azucena
Sin frescura y sin aroma,
Una palma que desploma
El revuelto vendaval.
Elvira
Con furia en el bosque luchaban los vientos,
Del pino tronchado sonoro estallido
Se oía crujir;
Y el ave agorera sus tristes lamentos
Callaba, y del trueno lejano el bramido
Se hacía sentir.
Y lluvia copiosa los cielos enviaban,
Que en surcos deformes la tierra partía,
De angustia colmada;
Y al ver que en el monte mil rayos brillaban,
El hombre dijera que el mundo se ardía
Tornando a su nada.
Encina nudosa nacida entre peñas
Por donde derrumba su espuma un torrente,
Se mira a lo lejos;
Y apenas alumbra el rayo en las breñas
El arco ruinoso de gótico puente
Con tibios reflejos.
Suspenso en la cima del árbol añoso,
De ramas tejido desciende un asiento:
En él aparece
Fantástica bruja de aspecto asqueroso
Sentada y serena. Con ímpetu el viento
Silbando la mece.
-Vi palacios magníficos un día
Cuando fortuna en torno me reía,
Vi donceles y dueñas,
Que humildes me acataban;
Los vientos no zumbaban
Entre las rudas peñas.
Y oía yo cantares regalados,
Y oía al par los ecos apagados
De una lira distante;
Porque es grato a las bellas
Escuchar las querellas
De su bizarro amante.
Gimió el clarín y se lanzó la guerra
Bramando de furor: mustia la tierra
Lloró por su venida,
Y vestido de acero
Fue al campo el caballero,
Y allí perdió la vida.
Y entraron victoriosos los contrarios
Respirando venganza. ¡Sanguinarios!
Mis tierras, ¿qué se hicieron?
Mis fieles servidores
En medio estos horrores
Luchando sucumbieron.
Y el último era un héroe, ¡y yo vagaba
Allá en su mente a tiempo que expiraba!
Muriendo ¡ay! me decía:
«Mi Elvira encantadora,
Llora tu esposo, llora
Sobre mi tumba fría.»
Lloré y venganza le juré a mi esposo,
Y se la dí, que incendio estrepitoso
Consumió los salones
Que vivió su asesino;
Sólo halló cuando vino
Denegridos torreones.
Contra su altiva frente el cielo mismo
Vibró su rayo, y el ruidoso abismo
Le tragó del torrente.
Yo le miré suspenso
Sobre el espacio inmenso
Maldecirme demente.
Y me gozaba, y aplaudía en tanto,
Y daba al viento el desacorde canto
De la venganza mía;
Y oí sonar cercana
La lúgubre campana
Al tiempo que moría.
Crece ahora, huracán: alza bramando
Tu saña contra mí, yo iré cantando
Mis himnos funerales;
Con mis manos heladas
Yo romperé selladas
Las puertas infernales.
Cantaba la vieja: con sordo mugido
Los vientos llevaron su triste canción:
Del rayo en un punto el árbol herido,
Con ella caía:
Su grito de muerte se oyó, y todavía
Vagó por sus labios postrer maldición.
En congojosa agonía…
En congojosa agonía
al abandonar el mundo,
con acento moribundo
así el poeta decía.
Y en medio la fiebre ardiente
por su bella demandaba,
y su llanto derramaba
la bella sobre su frente.
¡Lanzó un suspiro! — ¡Su boca
guardará silencio eterno!
Tal vez con gemido interno
un nombre adorado invoca.
El labio a su labio unió
la desolada María…
¡Inútil! — la muerte impía
de su dolor se rió.
En las frondosas campiñas…
En las frondosas campiñas
que con sus ondas serenas
fecunda el Guadalquivir
antes que en el mar se pierda,
sentada está una ciudad
que majestuosa ostenta
lo atrevido de sus torres,
lo antiguo de sus almenas.
El río su bella imagen
en su corriente refleja
pasando enorgullecido
por pasar tan junto a ella.
Y ella se mira en sus aguas
contemplando allí altanera
su antigüedad y poder
y su proverbial belleza.
Espesos muros la ciñen,
y frondosísimas huertas,
y apiñados olivares,
y fertilísimas vegas.
Radiante sol la ilumina,
y la bordan sus laderas
altos y copados árboles
y olorosas flores bellas.
Alegre gente la vive,
que las calurosas siestas
y las perfumadas noches
pasa al son de la vihuela,
ya en sus entoldados patios,
entre fuentes y macetas,
ya en sus floridos jardines
gozando sus auras frescas.
Ciudad de hermoso recuerdo,
ciudad bella entre las bellas,
de los moros es envidia,
de los cristianos soberbia.
Sevilla, en fin, y esto basta,
que todo el nombre lo encierra;
y hablando de la hermosura
todo es una cosa mesma.
En Sevilla, pues, y en una
noche azulada de aquéllas
en que la luna derrama
tranquila claridad trémula,
y en lo cóncavo del aire
resplandecen las estrellas,
y más allá con más brillo
los luceros reverberan;
en una de aquellas noches
en que todo se presenta
blanco, pacífico, hermoso,
y que la mente embelesa,
y los sentidos embriaga
y el corazón enajena;
noche de aventuras propia
en mil trescientos sesenta
(edad en que esto pasaba,
si mi memoria no yerra),
por la calle de la Sierpe,
media noche siendo apenas,
dos hombres en la ancha plaza
con prisa y silencio se entran.
Largas capas les envuelven,
no porque precisas sean,
sino porque bien les cubran
de las personas las señas.
Por el lado de la sombra,
punta a punta la atraviesan
de la calle de la Sierpe
hasta la calle de Génova,
y el bulto de sus espadas,
que bajo la capa llevan,
las plumas de sus birretes
y el rumor de sus espuelas,
por hidalgos les acusan,
por más que entrambos se empeñan
en pasar como personas
de común raza plebeya.
Al fin cuando ya contaban
tomar una callejuela
que al alcázar los llevase
sin pasar frente a la iglesia,
paróse el más alto de ellos,
diciendo : “¿Qué sombra es ésa
que tras el pilar se oculta,
Benavides? Yo dijera
que es un hombre”. Y Benavides,
al que pregunta contesta
“Llegad, señor, sin cuidado,
que ya imagino quién sea,
y hará paso al conocerme,
que es hombre que me respeta,
porque me debe favores
e hicimos juntos la guerra”.
Siguió andando Benavides;
siguió el otro, por respuesta
dándole sólo el silencio
que satisfacerle muestra,
y frente al hombre llegando
que junto al pilar espera,
mostrándose Benavides,
dejó franca la carrera.
“Dios te guarde, Andrés”, le dijo
el que va, pasando cerca.
“Buenas noches” dijo el hombre,
saludando con llaneza:
y pasaron los hidalgos,
y siguió el otro en su espera.
Y, entre los dos que se van
por la oscura callejuela,
conversación en voz baja
se entabló de esta manera:
“¿Quién es ese hombre?
-Un soldado
que entró poco hace en la regla
de San Francisco, cansado
del servicio y de la guerra.
-¿Y por qué precisamente
en tal ocasión lo deja,
pudiendo darle fortunas
estos tiempos -de revueltas?
-Dice que al rey don Alonso
sirvió de grado, y por fuerza
no quiere servir a nadie.
-Ya entiendo.
-Señor…
-Le lleva
la opinión del vulgo necio,
que mal de don Pedro piensa.
-Ya veis, señor, pues al claustro
se acoge, con su conciencia
se lo habrá mirado bien.
-Y a tales horas, ¿qué espera,
solo en mitad de la plaza,
sin el traje de su regia?
-Señor, es historia larga.
-Tal cual es quiero saberla.
-Son cosas qué-importan poco.
-A mí todo me interesa;
decid, pues.
-Pues escuchad.
Ya sabéis que representan
al Rey los monjes franciscos,
que habiendo en su casa mesma
un manantial necesario
para el buen servicio de ella,
el derecho a los vecinos
se les quite de que puedan
servirse de él en su daño,
porque sin agua les dejan.
Los vecinos, como tienen
aquella fuente más cerca,
para tomarla a su gusto
su viejo derecho alegan.
-Y tienen razón, y el Rey
se la da.
-Por esa muestra
de su Real benignidad,
de los vecinos se aumenta
la osadía, y de los monjes
el trabajo y la impaciencia.
De aquí nacen las hablillas,
las voces y las quimeras;
los vecinos a los monjes
tal vez obligar intentan
a que de noche y de día
les tengan franca la puerta.
Los monjes quieren cerrarla
como lo manda su regla,
y esto ocasiona denuestos
y escandalosas pendencias.
Los vecinos traen soldados,
gente de su parentela;
los frailes sacan domésticos
y deudos que los defiendan;
y como ven que su Rey
lo que le piden les niega,
los del pueblo cobran bríos,
y los frailes se exasperan.
Esto duró hasta que Andrés,
hombre a quien nada amedrenta,
hombre que usa de las armas
con asombrosa destreza,
con sus escrúpulos dando
de una sola vez en tierra,
asió su espada saliendo
de los suyos en defensa.
Burlábanse al principio,
mas él se ha dado tal priesa
en asentar cintarazos
con tal fortuna y destreza,
que del manantial los monjes
son dueños a la hora de ésta.
-¿Tan bizarro es ese Andrés?
-Tan bizarro y tan a prueba,
que él solo guarda la plaza
y ninguno se le acerca.
-El miedo de los villanos
es quien su valor pondera.
-De quien queráis informaos;
veréis que nadie lo niega.
Es hombre que, si le dicen
que una calle por apuesta,
guarde una noche, es seguro
que nadie pasa por ella.
-¿Y no hay justicia en Sevilla,
un hombre que le contenga?
-Ya veis, se acoge a sagrado,
y los bravos le respetan.”
Murmuró el que preguntaba
unas palabras inciertas,
que expiraron en murmullo
cual pronunciadas apenas.
Y como a un postigo oculto
que da al alcázar se llegan,
callaron ambos a dos,
llamando a espacio a la puerta.
Abrióles un pajecillo,
y entrando los dos por ella,
quedó el silencio en el aire
y en soledad la plazuela.
Está la siguiente noche
tocando en la misma flora,
y desde el cenit vertiendo
la luna luz melancólica.
Ni una ráfaga de viento
la soledad silenciosa
interrumpe, ni una nube
del cielo el azul entolda.
Toda Sevilla es silencio,
reposa Sevilla toda,
que duerme al son que la arrullan
del Guadalquivir las ondas.
Apenas de tarde en tarde
atraviesa una persona
las calles a largos pasos,
o en una reja se aposta.
Y los grandes edificios
que la extensa plaza forman,
sobre el suelo de la plaza
tienden su gigante sombra.
En un pilar apoyado
de una callejuela angosta,
por do un largo pasadizo
en la plaza desemboca,
hay un hombre que está en vela,
y a quien la noche medrosa
presta contornos fantásticos
y faz amenazadora.
Inmoble en la oscuridad,
no parecen que le importan
ni el relente de las noches
ni el ver que pasan las horas.
Si espera a alguien, nadie acude
a la cita misteriosa;
si aguarda algún hora fija,
su venida fue bien pronta.
Frente por frente al convento
de San Francisco se aposta,
cuya puerta se ve franca
como abandonada y sola.
¿Es que aquel hombre la guarda,
o es que en acecho la ronda?
Porque él la guarda o la acecha
con una intención incógnita.
En esto la plaza adentro,
por la calle de la Sierpe
un hombre desembocando,
a largos pasos se mete.
Un solo punto los ojos
en su derredor revuelve,
y viendo al hombre que aguarda,
vase a él rápidamente,
el sombrero hasta las cejas
y el embozo hasta los dientes.
Llegó al que esperaba, y plática
entablaron de esta suerte: .
-¡Andrés!
-¿Quién me llama?
-Un hombre.
-¿Me conoce?
-Sí
-¿Qué quiere?
-Que tenga por tu aljibe
un privilegio mi gente.
Me han dicho que tú tan sólo
a tu convento defiendes,
y que cejan los villanos
y la canalla te teme.
-Y te han dicho la verdad.
-Por eso precisamente
he venido aquí esta noche,
por si al cabo empacho tienes
en dejarme hacer de día
lo que de noche no entiende
ninguno en el barrio.
-Hidalgo,
si eso trae, errado viene;
todos han de tomar agua,
o nadie absolutamente.
-¿Conque contra el Rey te opones,
que lo contrario te advierte?
-Yo contra el Rey no me opongo,
mas cuido mis intereses;
y pues por ellos no cuidan,
siendo inútiles, sus leyes,
hombre a hombre, y fuerza a fuerza,
aquí has de encontrarme siempre.
Será injusticia y escándalo,
será cuanto se quisiere;
mas, a quien osados cargan, necio es,
si no se defiende. -Hazlo, pues.
-Enhorabuena,
hidalgo, y tened presente
que habéis venido a buscarme.
-Menos hablar y defiéndete.
Y esto diciendo uno y otro
a cuchilladas se meten
con tanto brío que chispas
de las espadas encienden.
El caballero le carga
tan fiera y bizarramente,
que el hacerle cara el otro,
hasta milagro parece.
Dan, vuelven, paran, reciben;
ni uno ceja ni otro cede;
Andrés con calma y acierto,
el otro como una sierpe:
mas es inútil, el monje
es tan diestro y es tan fuerte,
que aunque es el hidalgo un hombre
que como un tigre revuelve,
y cuyo brazo muy pocos
a resistirle se atreven,
de poco o nada le sirven
lo que sabe y lo que puede.
Al fin, el monje, mirando
que el intento con que viene
es tal, que mucho peligra
si no se concluye en breve,
lanzóle tal multitud
de tajos y de reveses,
que el otro cejó seis pasos,
diciendo: -¡Demonio, tente!
Túvose Andrés, y el incógnito,
la mano franca tendiéndole,
dijo: “Lo que quieras pídeme,
que todo te lo mereces.
-Yo nada de vos espero.
¿Qué podéis vos ofrecerme?
-A todo por tu valor,
el rey don Pedro se ofrece.
-Señor -exclamó el buen monje
ante sus plantas rindiéndose-,
perdonad si estuve osado…
-Andrés, obraste valiente;
concédote lo que quieras,
para que de mí te acuerdes.
-Señor, de nuestra agua os pido
la propiedad solamente.
-Desde esta noche a los monjes
anuncia que la poseen.”
Y tomando el rey don Pedro
por el callejón de enfrente,
volvióse al convento el fraile,
agradecido y alegre.
Eran aún los agitados días
Eran aún los agitados días
En que mi juventud abandonada
Adivinó tal vez horas impías
Entre el crespón de la insondable nada;
Cuando con ojo avaro y penetrante,
Aun no poeta, el porvenir medita
El niño, y ve pasarlo por delante
Árida nada que su sed irrita;
Cuando el nombre del niño no es un nombre,
Cuando la idea informe no es idea,
Y en el alma del niño nace el hombre
Que idea y nombre se conquista y crea;
Entonces, de la vida en el vacío,
Soñé un bello fantasma que rodaba:
Gota brillante y fresca de rocío
En flor que brota entre pajiza lava.
Blanco ese sueño resbaló en mi mente,
Puro y tranquilo como sol que nace,
Como se rompe el agua de la fuente
Y rodando en la hierba se deshace.
Era la forma transparente y vaga
De un arcángel que cruza el firmamento;
Era un pliegue del viento que una maga
Vibró al cantar con aromado aliento.
Era la voz del arpa que se pierde
Entre el leve vapor de ancha laguna,
En cuyo fondo, con las algas verdes,
Tibia se mece amarillenta luna.
Era, en la mente perdida
Entre suspiros de gloria,
La esperanza y la memoria
Del amor de una mujer;
Recuerdo en alma de niño,
Amor en alma de hombre,
Blanco fantasma sin nombre
Y sin hora en que nacer.
Permite, dulce embeleso,
Que mis labios en tus labios
Pongan un ardiente beso
Que se oiga en el corazón;
Que la mente del poeta,
En su entusiasmo violento,
Beba en tu mirada inquieta
La fogosa inspiración.
Que en la noche tempestuosa
Será bello, ¡amada mía!
De la lluvia áspera y fría
Al desigual susurrar,
Tener contigo un poeta
Sentado a la roja llama,
Con un corazón que ama
Y una voz para cantar.
Será bello, en puro día
De fragante primavera,
Su fantástica armonía
Escuchar en un jardín,
Y que en la ruidosa fiesta
Levante robusto canto,
Y que te vele tu siesta
Después de largo festín.
Te digan los caballeros
Que por tus favores lidian,
Y las damas que te envidian
El cantar del trovador;
Y en la tibia madrugada,
Tus labios sobre su frente,
Duermas tú tranquilamente
Soñando sueños de amor.
Y tu aliento con su aliento,
Y tu mano con su mano,
Con un mismo pensamiento
Que os halague al despertar,
Os encuentre la mañana,
Y resbale vuestra vida
Como parda luz lejana
De una tarde sobre el mar.
Es el poeta en su misión de hierro…
Es el poeta en su misión de hierro,
Sobre el sucio pantano de la vida,
Blanca flor que, del tallo desprendida,
Arrastra por el suelo el huracán
Un ángel que pecó en el firmamento,
Y el Señor en su cólera le envía
Para arrostrar sobre la tierra impía
Largas horas de lágrimas y afán.
Por eso su memoria tiene un cielo,
Y una sublime inspiración su alma;
Por eso el corazón, de triste duelo
Vestido está también.
Que por único alivio en su tormento
Sólo le queda una canción inútil,
Y una corona que la arranca el viento
De la abrasada sien.
Tú lo sabes mejor, que lo has llorado,
Poeta del dolor, bardo sombrío;
Tú que a remotos climas has llevado
Tu noble y melancólico cantar,
Como los pliegues de la parda niebla
Errante cruza un ave misteriosa,
Y de armonía con sus cantos puebla
La corrompida atmósfera, al pasar.
Que tú a la vida naciste
Como pacífico arrullo
De aislada tórtola triste;
Como fuente abandonada
Que levanta su murmullo
Sobre la peña olvidada.
Como el ósculo inocente
Con que el maternal cariño
Selló la tranquila frente
De su hijo más pequeño;
Como el suspiro de un niño
Al despertar de su sueño.
Cumple, sí, tu misión sobre la tierra,
Camina en paz, errante peregrino,
Hasta leer el porvenir que encierra
El libro del destino
Escrito para ti;
Hasta que expiren los revueltos días
Que señaló en su mente Jehová,
Y en tu destierro tu delito expías,
¡Ay! porque escrito está
Que has de salir de aquí.
De aquí, del hediondo suelo
Donde te mandó el Señor
Detener tu raudo vuelo,
Para cantar tu dolor
Sin que se oyera en el cielo.
Y bien posó tu amargura
Al traerte a esta mansión,
Dando al hombre en su locura
Una soñada ventura
Que no está en tu corazón.
Que él no comprende el tormento
Que tu espíritu combate,
Ese amargo sentimiento
Que tu noble orgullo abate,
Nacido en tu pensamiento.
-« Hay una flor que embalsama
»El ambiente de la vida,
»Y su fragancia perdida
»Tan sólo no se derrama
»En tu alma dolorida.»-
Es un privilegio impío
Mirar el placer ajeno
En su loco desvarío,
Y en el corazón vacío
Sentir acerbo veneno.
Y con ojo avaro, ardiente,
Ver tanta mujer hermosa,
Con esa tez transparente,
Con esa tinta de rosa
Sobre la tranquila frente.
Ver tanto feliz galán,
Tanta enamorada bella,
Que en plática amante van
Sin curarse él de tu afán,
Sin adivinarle ella
¡Y el poeta en su misión
Apurando su tormento!
Sin alivio el corazón,
¡Sin más que una maldición
Escrita en el pensamiento!
De su sentencia mortal
Con un día y otro día
Llenando el cupo fatal,,
Cual lámpara funeral
Iluminando una orgía.
Esa es su sombra; el alma, avergonzada…
Esa es su sombra; el alma, avergonzada
Para más no volver, huyose al cielo:
Solitaria, sombría, abandonada,
Esa fantasma se encontró en el suelo.
Si es pedestal o túmulo, se ignora;
Mas sin duda temieron que, indignado,
De la piedra en que está salte a deshora,
Según se ve de hierros circundado.
No bajará, que es noble y caballero,
Y lidió por su patria el buen poeta;
Acaso no encontrara un compañero
Al pie del pedestal que le sujeta.
Tal vez no hallara un digno castellano
Libre y valiente a quien llamar amigo,
A quien tender la cercenada mano,
A quien llevar en pos al enemigo.
Por eso eleva la tostada frente
Al firmamento azal noble y tranquila,
Y no mira por eso transparente
Apagada a la luz la ancha pupila.
CERVANTES le llamaron otros días,
Yerta figura con ajeno nombre,
Como su original arrastra impías
-Horas de duelo en la mansión del hombro.
Ayer cruzaba libre e ignorado
La turba ociosa y soldadesca inquieta
Dentro de su armadura de soldado,
O envuelto en sus harapos de poeta.
Hoy en la inmoble colosal figura
Derramada la lluvia se destrenza,
Y está sombrío en pie sobre la altura,
Como sacan un reo a la vergüenza.
El pueblo ve a sus pies, negro milano
Que a la boca asomó de un hormiguero,
Y quiere el ojo comprender en vano
Cómo allí se cobija un pueblo entero.
Y siente la carroza del magnate
Rodar, y se estremece a su carrera,
Y soldados que marchan al combate
Que equipados de farsa los creyera.
Y abajo, entre los árboles perdidos,
Como sueños pasar contempla inquietas
Las sombras de políticos caídos,
Las parodias de sabios y poetas.
Y una lágrima acaso en su mejilla
Alumbra el sol bajando al Occidente,
Al contemplar su revocada villa
Sin porvenir, alegre o indolente.
Hubo un CERVANTES cuando aquél vivía,
Cuando en vez de esos hierros era un hombre;
Llamáronle poeta, y poseía
Una espada y un libro con su nombre.
Su espíritu brotó con la tormenta
Y le escondió en su seno el torbellino,
El sepulcro su mano abrió violenta,
Y hoy resuena su cántico divino.
¿Por qué no le dejaron con su sueño
En el sepulcro donde en paz dormía?
¿A qué traerle con tenaz empeño
A sufrir otra vez la luz del día?
¿A qué su sombra de la tumba-alzaron
Estúpidos los hombres o altaneros?
Para ahuyentar los siglos que pasaron,
Y escarnecer los siglos venideros.
Hombre de hierro que velas
El sueño del mundo impío,
Que ves con gesto sombrío
Crímenes que no revelas;
Cuya negra frente calva
Sufre en paz el sol que arde,
La roja luz de la tarde,
La amarilla luz del alba;
¿Qué piensas del mundo, di?
Tú que le dejaste ya,
Cuya voz no se alzará,
Cuya sombra quedó aquí.
¿Qué piensas de ese magnate
Que ha perdido el sol de un día
Embriagado en una orgía
Mientras su nación combate?
¿Qué piensas tú de esos reyes
Que arrastra un frenado bruto
Entre vírgenes de luto
Huérfanas hoy por sus leyes?
¿Qué piensas, genio inmortal,
De ese pueblo soberano
Que abre paso a su tirano
Sin levantar un puñal?
Dime, coloso de hierro,
A quien condena la suerte
A sufrir desde la muerte
En tu patria tu destierro,
¿No es cierto que allá en su afán
Espera tu desconsuelo
Que te arrastre por el suelo
Un revoltoso huracán?
II
Tu nombre tiene el pedestal escrito
¡En extranjero idioma por fortuna!
Tal vez será tu nombre un sambenito
Que vierta infamia en tu española cuna.
¡Hora te trajo a luz desventurada!
¿Español eres?… Lo tendrán a mengua,
Cuando a tu espalda yace arrinconada
Tu cifra en signos de tu propia lengua.
¡Serás acaso un busto aparecido
Entre las ruinas de la antigua Roma,
Recuerdo que los tiempos han roído,
Que algún rico libró de la carcoma!
Maldita es tu misión sobre la tierra;
Los que mueren, sus males acabaron,
Todos sus restos su sepulcro encierra…..
Los tuyos del sepulcro los robaron.
Helo allí que se levanta
Como fantasma furioso,
Que magulla con su planta
Los que a su morada santa
Van a turbar su reposo.
Porque su nombre y su gloria
Sólo al tiempo las vendió,
Para dejar su memoria
Grabada en oro en la historia,
Que escrita en el fango, no.
Que por eso en su amargura
Abortó un libro coloso,
Que a su renombre asegura
En las edades reposo.
Cuando los siglos le lean
Hará que los siglos vean
En su cubierta roída,
En caracteres gigantes
Dos genios con una vida,
Un Quijote y un Cervantes.
Y si entre la espesa bruma
De esta edad que bulle inquieta,
De hediondo mar alba espuma,
El genio de otro poeta
Despliega su blanca pluma;
Si algún bardo colosal
Levanta entro la tormenta
Su cántico celestial,
De una centuria sangrienta
Salmodiando el funeral;
Cuando el tiempo, hombre sombrío,
El orbe rompa a pedazos,
Que sostenido en tus brazos
Huya su cuchillo impío;
Y en el día de furor,
Cuando al eco atronador
De la funeral trompeta
Se junte el mando en un valle,
Mándale al mundo qué calle,
Y dile que era un POETA.
Ese montón de piedras hacinadas…
Introducción
Ese montón de piedras hacinadas,
Morenas con el sol que se desploma,
Monstruo negro de escamas erizadas
Que alienta luz y música y aroma;
A quien un pueblo inválido rodea
Con pies de religión, frente de miedo,
Que tan noble lugar mancha y afea,
Es catedral de lo que fue Toledo.
Pálida y triste, pobre y abatida,
Llora el favor de los hundidos años;
Reina sin corte, anciana y desvalida,
Por sus hijos robada y los extraños.
Por vestir el espectro de su nada,
Hoy convoca sus hijos a las fiestas,
Celebrando su mal, desesperada,
Con campanas, con órganos y orquestas.
Gigante que, muriendo en la llanura
A manos de contrario más valiente,
Con voz tremenda su venganza jura,
Y fuerza y vida en sus palabras miente.
Una tribu elegante y voluptuosa
De otro país de fuentes y de flores,
Los cimientos fundó donde reposa,
Para otro Dios de guerras y de amores.
Y un rey, o más piadoso o más prudente,
Cambióla en templo por sellar su gloria;
Y tal vez dijo al Dios omnipotente:
Tuyo es el nombre, mía la memoria.
Quedóse al fin en templo consagrado
Del sumo Dios bajo el excelso nombre,
Para ser a los tiempos revelado
Como página histórica de un hombre.
Mas apilando el tiempo los despojos
De los mismos valientes que la hicieron,
Vasto sepulcro levantó a sus ojos
Donde un palacio levantar creyeron.
Y hoy, al caer del templo la grandeza,
Muestra el coloso, al expirar su imperio,
Que ha cobijado su mortal corteza
Templo, historia, palacio y cementerio.
I
Con ceño sombrío mira
El Tajo, que a sus pies corre,
Y al despecho que la inspira,
Con las gargantas suspira
De sus campanas la torre.
Que tiene para consuelo
En su abatimiento y mengua,
La frente cerca del cielo,
Y para hablar con el suelo
Trece campanas por lengua.
Con tan gigante armonía
Todo su cuerpo estremece,
Y al oírla se creería
Que crece así su alegría
Cuanto su estrépito crece
A ese clamor tan violento,
Incapaz de tanto ruido,
Vibra fatigado el viento,
Dejando el confuso acento
Por la atmósfera perdido.
Que en su canto desigual
Hay música tan liviana,
Que en su murmullo infernal
Canta y llora y ríe insana
Con sus lenguas de metal.
Que ellas pregonando van
Lo que sus clamores son,
Que a veces tristes están
Pidiendo por los que van
A eterna condenación.
Y en su clamor muestran bien
Otras el alegre fin,
Pues revoltosas se ven
Cual si colgadas estén
Por heraldos de un festín.
Otras, en su inquieto afán,
Ruedan y vibran, según
Con los clamores que dan
Al mundo anunciando están
Placer o luto común.
Y en vez de agudo esquilón,
De la tarde anuncia el fin
El doblar de la oración,
Que apaga su ronco son
Del horizonte al confín
Y a su movimiento enorme
Rueda en el cóncavo hueco
De la bóveda el informe
Postrer quejido del eco
Con vibración uniforme.
A su paso estremecidas
Oscilan allá en las sombras
Las lámparas suspendidas,
Dibujando en las alfombras
Sombras y luz confundidas.
Cobra entonces movimiento
Todo el templo y se estremece,
Cual fantasma de un momento
Que alza el rostro macilento
Y al punto, se desvanece.
Van luego dejando ver
Los vacilantes reflejos,
Las sombras al repeler,
Los objetos a lo lejos
Sus formas desenvolver.
Se van mostrando despacio
Las verjas de oro amarillas,
Canceles de aquel palacio
Que dividen el espacio
De la nave y las capillas.
Se ven en turbios colores
Detrás de los altos hierros,
Entre marmóreas labores
Cumpliendo así sus destierros,
Dormidos los fundadores.
Se ven al rayar el día
En los pintados cristales,
Cómo luchan a porfía
La claridad que lucía,
Y los rayos matinales.
Entonces el sol brillante
Que a las ventanas asoma,
Su fogosa luz gigante
En la llama agonizante
De las lámparas desploma.
Dejan torre y capitel,
Y entran por los rosetones
Las sombras huyendo dél,
Plegándose en los rincones
En fantástico tropel.
La luz, del templo señora,
Por el templo derramada,
Saluda al Dios que ella adora
Por las losas prosternada
Ante el ara que colora.
Ciñe la bóveda, avara,
Y en los robustos pilares
Se quiebra picante y clara,
Y bulliciosa se ampara
Del oro de los altares.
Que joven y rica y bella,
En la riqueza se posa,
Y en los diamantes destella,
Y en la joya más vistosa
Para competir con ella.
Porque el astro rey la envía
A que sus galas ostente,
Y en la bóveda sombría
Vierta la lumbre del día
Revoltosa y transparente.
II
Se oyen después los pasos mesurados
Del sacerdote, y la crujiente seda
Del manto, que, los lienzos desplegados,
Por el sonoro pavimento rueda,
Cual si al cruzar se oyera el vago aliento
Con que a cumplir con su misión le incitan,
Soplando bajo el mudo pavimento,
Las osamentas que a sus pies dormitan.
Se coronan de antorchas los altares,
Se sienten rechinar las verjas de oro,
Se escuchan los católicos cantares
Vibrar sublimes desde el hondo coro.
Se ve el pueblo llegar, y reverente
Postrarse humilde, y bendecir la vida,
Y alzar del suelo la humillada frente,
De la luz de los ángeles ceñida. .
Y se alza del altar la voz tremenda
Que las palabras del Señor repite,
Cantadas porque el pueblo las comprenda
Solemnes porque el pueblo las medite.
Y el órgano despliega rebramando
La voz robusta de las trompas de oro,
Como por la cascada caen rodando
Aguas y espumas en tropel sonoro.
Y en los aires a torrentes
Vierte la música santa
Por la céntuple garganta
De los tubos de metal;
Y en sus cánticos remeda,
Con el prolongado acento,
El ronco bramar del viento
O el crujir del vendaval.
O finge en son temeroso
La aguda lengüetería
La discorde gritería
Del infierno en rebelión;
o con lamento apagado
Canta al justo moribundo
Saliendo alegre del mundo
Sin ira en el corazón.
Canta el placer de la esposa
Que inquieta al esposo aguarda,
Canta al esposo que tarda
A sus puertas en llamar;
O entonando del profeta
La sacrosanta salmodia,
Sublimemente parodia
El fuego de su cantar.
Y llora con Jeremías,
Y entona en arpa de flores
Los voluptuosos amores
Del sabio rey Salomón;
Canta los cedros del Líbano,
La castidad de Susana,
Y Jezabel la profana,
Y el vigoroso Sansón.
O en tonos más desmayados
La postrera despedida
Que dio a la penosa vida
El Hacedor de la luz;
O más lánguido remeda
Las lágrimas de María
Cuando en el terrible día
Lloraba al pie de la cruz.
Mas, pasan las santas horas
Y cesa la voz que canta,
Y el pueblo, que se levanta,
Murmura a su vez también:
Se oye el rumor de sus pasos
Que por las naves se alejan,
Y las capillas que dejan,
Abandonadas se ven.
Apenas un sacerdote
Que sordas preces murmura
Cruza con planta insegura
Por delante de un altar,
Se oyen correr los cerrojos
Y las cortinas de seda,
Y hacinadas en manojos
Se oyen las llaves ahocar,
No queda en el santo templo
Más que el ambiente de aroma,
La luz del sol que se asoma
Por el pintado cristal;
Las tumbas de las capillas
Y los pálidos reflejos
De lámparas que a lo lejos
Penden de un arco ojival.
Pasa el sol, viene la tarde,
Y el día desaparece,
Y la negra sombra crece,
Y su imperio vuelve a ser.
Se estrella por fuera el viento
En la calada ventana,
Y lo que ayer fue mañana,
Mañana se dice: ayer.

Ese vago clamor que rasga el viento…
Ese vago clamor que rasga el viento
Es la voz funeral de una campana:
Vano remedo del postrer lamento
De un cadáver sombrío y macilento
Que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
Y dejó su existencia carcomida,
Como una virgen al placer perdida
Cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
Vacío ya de ensueños y de gloria,
¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,
Que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
Era una fuente que agotó el verano;
Ya no se siente su murmullo vano,
Ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
Y ese verde color de la llanura,
Ese manto de yerba y de frescura,
Hijos son del arroyo creador.
Que el poeta en su misión,
Sobre la tierra que habita
Es una planta maldita
Con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
Donde no llegue a tu cegado oído
Más que la triste y funeral plegaria
Que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
Más grata, sí, que la oración de un hombre,
Para como la lágrima de un niño,
¡Memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
De los poetas mansión,
Y sólo le queda al suelo
Ese retrato de hielo,
Fetidez y corrupción,
¡Digno presente, por cierto,
Se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
Y darlo a la despedida
La fea prenda de un muerto!
Poeta, si en el no ser
Hay un recuerdo de ayer,
Una vida como aquí
Detrás de ese firmamento…
Conságrame un pensamiento
Como el que tengo de ti.
Gigante sombrío, baldón de Castilla…
Gigante sombrío, baldón de Castilla,
Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,
Por cuyos salones, en vez de tu gente,
Reptiles arrastran su piel amarilla,
Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,
Tus ricos tapices de sedas y flores;
Tu gente de guerra, tus cien trovadores
Que alzaron ufanos triunfante canción?
Tú estás en el valle cadáver podrido,
Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,
Tu historia y tu nombra yaciendo en olvido;
El mundo no sabe que existe Muñón.
Tus pardas rüinas me son de tormento;
Con negros recuerdos corroen mi alma…..
¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,
Quemada del rayo, batida del viento!
Yo, errante poeta proscrito en el mundo,
Tal vez en el polvo de féretro inmundo,
Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo
Mi frente, abrasada de inútil sudor,
¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,
Morada maldita de un ángel del cielo
Que amé y me robaron! ….¡Maldito tu suelo,
Maldito tu nombre …., maldito mi amor!
Quédate, sí, en esa altura
A la vergüenza del llano,
Castillo sin castellano,
Matrona sin hermosura.
De ti el tiempo se rió,
Tus torres se derribaron,
Tus vasallos te ultrajaron,
Tu señor te abandonó.
Quédate, negro esqueleto,
De fértil vega mancilla,
A esa ermita de Castilla
Sin sacerdote, sujeto.
Sin pendones que ondear,
Sin blasones a la entrada,
Tu bóveda agujereada
No has podido sustentar.
Sin un eco en los salones,
Sin un soldado en el muro,
Hoy crece el arbusto impuro
Al pie de tus torreones.
Señor muerto en tierra ajena,
Olvidado de tu gente,
A pedazos, de tu frente
Roba el viento tu melena.
Y pasa a tus pies el hombre
Sin buscarte en su memoria,
Porque no leyó tu historia
Ni se acuerda de tu nombre.
Tú tienes uno, que en aciago día
En tu gastada piedra escribí yo,
Y el nombre de otro y la vergüenza mía
Con la tuya quedó.
Cuando mi labio le nombró, mentía;
Cuando mi mano le grabó, mintió;
Hoy …. ya no existe; en su carrera impía
El tiempo le arrastró
Y ese nombre celestial
Que el tiempo devoró al fin,
Una mujer, por mi mal,
Le arrebató a un serafín;
El huracán de la vida
Sólo dejó ¡oh mi querida!
Para mi eterno tormento,
En prenda de maldición,
Tu nombre en mi pensamiento,
Tu amor en mi corazón.
Helos al pie de la cruz…
Helos al pie de la cruz
En oración reverente;
La virtud brilla en su frente
Como la primera luz
Del sol que alumbra en Oriente.
Niños tal vez desvalidos
Que pasan desconocidos,
Con la inocencia en el alma,
Como en desiertos perdidos
Con sus racimos la palma.
Ángeles acaso son
Que, el mundo sin conocer,
Llevan en el corazón
Una sublime oración
Y las virtudes de ayer.
Sus ojos ven solamente
A través del blanco velo
Que cerca el alma inocente,
Vida en la tierra inclemente,
Luz y armonía en el cielo.
Ven en el alba colores
Y en el llano hierba y flores,
Sombra, del valle en la hondura,
Y en el aire ruiseñores,
Y peñascos en la altura.
Para ellos, música el viento
Es, si las alas despliega,
Si en las secas hojas juega,
O entre las flores se pliega
Con lascivo movimiento.
Y son las flotantes ramas,
Del sol a las rojas llamas,
Del prado, verdes espumas,
De aérea serpiente, escamas,
De águila terrestre, plumas.
Y son los hombres hermanos,
Y oran por ellos contentos,
Hasta que los hombres vanos
Pongan, leones hambrientos,
En su inocencia las manos.
Sabe ella que es virgen bella,
Y él un ángel hechicero,
Porque no dudan él ni ella
Que ella es de virtud estrella,
Y él de inocencia lucero.
Mas ¡ay! que del pedestal
A la sombra cobijado,
Acaso un ojo carnal
Está en la virgen posado
Con una idea brutal.
Y sobre la tez de rosa
La lágrima de dolor
Que ella derrama piadosa,
El hombre la cree de amor,
Y llama al ángel ¡hermosa!
Que tal vez pintarse intenta
Aquella avara pupila,
De torpes formas sedienta,
Mil perfecciones que aumenta
En esa virgen tranquila.
Así incompletas y vanas
Las cosas del mundo son,
¡Que a turbar vienen livianas
Esa angélica oración
Con imágenes mundanas!
¿Por qué, pintor, ideaste
Una plegaria tan bella,
Si la cruz que levantaste,
Luego, pintor, la ultrajaste
Pintando al hombre tras ella?
¡No digas quién la creó!
culpa no arguya!
¡Que en ambos
Tú fuiste quien la pintó,
Mas la malicia no es tuya,
Que quien la escribe soy yo.
Hizo al hombre, de Dios la propia mano…
Dies irce dies illa,
Solvet secluin in favilla.
Hizo al hombre, de Dios la propia mano,
Que tanto para hacerle fue preciso,
Hízole de la tierra soberano,
Y le dió por palacio el Paraíso.
Ágil de miembros, la cerviz erguida
Orlada de flotante cabellera,
Los claros ojos respirando vida,
Luenga la barba y con la voz severa.
Hechos para el deleite sus sentidos,
Vieron los ojos luz, gustó la boca,
Olió el olfato, oyeron los oídos,
Todo es placer cuanto pasando toca.
La hierba perfumada en la colina
Dióle un lecho do yace blandamente,
Y derramóse en torno cristalina,
Deshecha en perlas, la sonora fuente.
Y vertieron las aves en el viento
Regalada y dulcísima armonía
Desde el follaje vasto y opulento
Que fácil teje la alameda umbría.
Y al dormido murmullo de la brisa
Que vaga suave, inquieta y juguetona,
Dobló la frente, y con igual sonrisa
El sueño muellemente le corona.
Las fieras cuidadosas evitaron
Con su ruido turbar su manso sueño,
Y volando las aves arrullaron
El reposar de su tranquilo. dueño.
Dios, que su soledad miró enojosa,
De tornarla en placer buscó manera,
Y una mujer bellísima, amorosa,
Le ofreció liberal por compañera.
Era la hermosa de gentil talante,
Acabada de pechos y cintura,
De enhiesto cuello y lánguido semblante,
Rebosando de amor y de ternura.
Clara la frente, altiva y despejada,
Negras las cejas, blanca la mejilla,
Rasgada de ojos, blanda la mirada,
Do turbio el sol en competencia brilla.
Tendida por los hombros la melena,
La blanca espalda de la luz velando,
Hallóla Adán al despertar, serena
Sus varoniles formas contemplando.
Ciñóla, sorprendido en su embeleso,
Con brazo enamorado y reverente;
Mil veces la besó, y a cada beso
Trémula su cristal vibró la fuente.
El bosque susurró manso murmullo,
Los peces en las ovas asomaron,
Las tórtolas alzaron casto arrullo,
Y amorosos los céfiros soplaron.
«¡Alma mía, mi amor, paloma mía!….»,
El hombre sollozando murmuraba;
Ella, muerta de amor, le sonreía,
Y él, muriendo de amor, la enamoraba.
Posábale en su labio el labio amante
Aspirando con ámbares y aroma
El aire de su pecho vacilante,
La luz de sus pupilas de paloma.
Tú, rojo sol, entonces si los viste,
¿Por qué amantes y solos les dejaste,
Y la infernal serpiente no adormiste
Que envidiosa del bien cerca alumbraste?
¡Ay, cuánto ahorraras de miseria y llanto
Del hombre flaco a los mortales ojos,
Cuánto miedo a los ángeles, y cuánto
Al mismo Dios de cólera y enojos!
Era un árbol no más en los jardines
Vedado al paladar de los nacidos;
No anidaban en él los colorines,
Ni daba flor, ni sombra, ni sonidos.
Yacía Adán en brazos de su amada,
Y Eva miraba el prohibido fruto;
Al lado de la poma codiciada
Traidor velaba el enemigo astuto.
«¿No comerás, le dijo la serpiente,
»Criatura de origen soberano?
»Pudieras como Dios omnipotente
»Otro mundo crear de polvo vano.
»No comerás, y quedarás sujeta
»Al privilegio inútil de su hechura;
»Quedará el alma entre, su nada quieta,
»Y a ti te llamarán la criatura.»
Sintió el orgullo la mujer curiosa,
Que brotaba en carmín a la mejilla,
Y a la fruta tendió la mano ansiosa
Vertiendo de ella la mortal semilla.
Aplicóla a los labios, y callaron
Arboles, aves, céfiros y fuentes,
Y en su lugar fatídicos quedaron
Troncos, buitres, tormentas y torrentes.
Rugió el león crespando la melena,
Lanzó el tigre su ardiente resoplido,
Bufó en el bosque la traidora hiena,
El toro levantó ronco mugido.
Huyeron azotándose las alas
Las aves por el aura agonizante,
El fresco valle marchitó sus galas,
Tembló el mundo en los ejes de diamante.
Despertó el triste Adán absorto y mudo
Al desusado y bronco clamoreo,
Y avergonzado se miró desnudo,
La carne henchida de brutal deseo.
Tembló al mirar las fieras espantadas
Guarecerse en tropel en los peñascos,
Y buscar sus guaridas socavadas
De las montañas en los hondos cascos.
Hirióle el sol las débiles pupilas
Al recio impulso de fogosa lumbre,
Y halló en el cielo en aplomadas filas
De frías nubes torva. muchedumbre.
Y sintió que perdía de improviso
La gracia de su Dios con la inocencia,
Y trocóle en infierno el Paraíso
El nuevo torcedor de la conciencia.
Viéronse con rubor ambos nacidos,
Que con rubor entrambos no nacieron,
Y del crimen común arrepentidos,
Uno del otro con, vergüenza huyeron.
«¡Adán!» exclamó Dios llamando al hombre,
Y el eco en las montañas respondía;
«¡Adán!» repitió Dios, y el mismo nom
El eco mismo a repetir volvía.
¿Dó estaba Adán? Llorando prosternado,
Por vez primera de su Dios temblaba,
Y humillado en el polvo, «¡Yo he pecado!»,
Respondía a la voz que le llamaba.
«¡Adán! gritó el Señor, cuenta tus horas,
»Porque vendrá una hora en que te veas
»Dando cuentas al Dios ante quien lloras;
»Y hasta entonces, Adán, ¡maldito seas! »
I
«Naciste, Adán, en el polvo
»Y en el polvo morirás,
»Tú, y tus hijos, y tu raza,
»Y cuantos hombres serán.
»Sudaréis sobre la tierra
»Los hijos por sustentar,
»Mientras los hijos rebeldes
»Con sus padres lidiarán.
»La tierra brotará espinas,
»El tiempo ahogará la paz,
»Y sin número los hombres
»A su Dios olvidarán.
»Entonces hambres y pestes,
»Y de miserias un mar
»Acosará el impío mundo
»Sin descanso ni solaz.
»Y habrá ejércitos y buques
»Que agua y tierra infestarán,
»Y habrá esclavos y habrá reyes,
»Y pueblos y sociedad.
»Y habrá amor, y habrá amistades,
»Que en vez de consuelos dar
»Os darán con dulces nombres
»Amargas horas de afán.
»Y habrá el corazón pasiones
»A cuyo impulso fatal
»Hermano robará a hermano
»Cuanto bien pudo alcanzar.
»Será la mujer voluble,
»Será el hombre desleal,
»Y amor tornaráse en celos,
»Y en envidia la amistad.-
»Y en raza de un mismo origen,
»Todos con derecho igual,
»El poder será la fuerza
»Y el miedo la autoridad.-
»Nacerán conquistadores
»Las tierras a deslindar,
»Y donde uno puso un trono,
»Otro un cadalso pondrá.
»Pero YO, que os hice en polvo
»Y en polvo os he de tornar,
»Haré un día de justicias
»Para todos por igual;
»Haré un infierno y un cielo
»Y una inmensa eternidad
»En que grandes y pequeños
»Confundidos entrarán. »
Dijo así Dios reduciendo
Los tiempos a cantidad,
Cuando dio al primer nacido
El triste apodo de Adán.-
II
Tuba mirum spargens sonum
Per sepulchra regionum,
Coget omnes ante trhonum.
Ancho panteón de gente condenada,
Condenado a morir como su gente
Caerá el mundo en el pozo de la nada,
Rota en pedazos la caduca frente.
La impía raza en las tumbas cobijada
Otra vez se alzará mustia y doliente,
Roto el dogal que al polvo la sujeta,
Al vivo son de la final trompeta.
Ya para entonces el tremendo día
Del daño universal será cumplido;
El sol qua del Oriente nos venía,
Apagada su luz habrá caído;
La luna, que flotando se mecía
En el azul del cielo adormecido,
Seguirá al fin sus moribundas huellas
Llevando en pos las lánguidas estrellas.
Y la tierra, sin sol que la fecunde,
Seca no brotará hierba ni flores,
Y harán que reventando el mar la inunde
Los temporales de la mar señores;
Y a las manos del tiempo que confunde.
Cuantos un día desplegó primores,
La tierra que de césped se matiza
Campo será de pálida ceniza.
En sus mohosas grietas, asomados
Estarán los desnudos esqueletos,
Al juicio de su Dios aparejados,
Silenciosos, estúpidos y quietos;
Y a trechos en montones apilados,
El plazo aguardarán juntos y prietos,
Con sus despojos reemplazando enjutos
Templos, palacios, árboles y frutos.
No dará luz el cielo blanquecino,
Ni hará murmullo el ondular del viento,
Ni en las rocas el eco campesino
Repetirá lejano algún acento;
Noche y alba sin horas ni camino
Ahogarán su crepúsculo opulento,
Y serán presa de arrecidas nieblas,
Sin aurora ni noche, las tinieblas.
No habrá en este pantano dentro y fuera
Ni habrá cosa con cotos, ni lugares,
Las tierras no hallarán mar ni ribera,
Ni hallarán playa los disueltos mares;
Barro será la agonizante esfera
Sin medidas, ni bordes, ni vallares,
Cual masa por los siglos preparada
A tornar al origen de su nada.
Las almas volverán mudas de asombro
Los cuerpos a buscar en que vivieron,
Cuando a través del cenagoso escombro
Vayan tras el lugar do los perdieron:
Sin ayuda de mano, brazo u hombro,
La carne vestirán con que nacieron,
Porque escuche la carne la sentencia
Que oyó el alma al pasar a otra existencia.
Y cuando nada en el silencio aliente,
Cuando nada mortal quede con vida,
A la voz del airado Omnipotente,
De los muertos la turba estremecida
Iremos ante Dios, baja la frente,
Amedrentada el alma en su guarida,
A obedecer sus leyes inmortales,
Y ante la santa ley, todos iguales.
III
Judex ergo cum sedebit
Quidquid latet aparebit,
Nihil inultum remanebit.
Y no habrá para ninguno
Privilegio ni exención,
Sin justicia no habrá alguno,
Porque iremos uno a uno
Por pena o por remisión.
Será con todos igual,
Justiciero para todos
El tremendo tribunal,
E irán de distintos modos
El justo y el criminal.
En la frente irán escritos
Los secretos de la vida,
Y las conciencias a gritos
Apartarán los malditos
De la prole bendecida.
Que ni entonces una vez
La virtud se manchará
Del vicio con la hediondez,
Ni la ramera soez
Junto a la virgen irá.
Allí irán los que altaneros
A los pueblos dieron leyes
A acusar sus desafueros,
Sin lanza los caballeros,
Y sin corona los reyes.
Allí irá la hipocresía
Con el disfraz en la mano,
Y sabremos aquel día
Qué pechero hubo hidalguía
Y qué hidalgo fue villano.
Irá el pálido mendigo
En pos del rico avariento
Acusador y testigo,
Demandando pan y abrigo
De su alcázar opulento.
Irá el amigo traidor
Tras el amigo engañado,
El semblante sin color,
Como esclavo maniatado
Que llevan a su señor.
Irá el pérfido galán
Tras las vendidas mujeres,
Que descontándole irán
Por las horas de su afán
Las horas de sus placeres.
Irá el señor sin piedad,
E irán los siervos tras él
Pidiendo a su vanidad
La perdida libertad
En iracundo tropel.
Irán los conquistadores,
Y asidos a sus cabellos
Los vencidos vencedores,
Serán allí sus señores
Como aquí lo fueron ellos.
Irá la falsa mujer
Que al esposo juró amor,
Y el juramento de ayer
Empeñó por un placer
Al disoluto amador.
Irá el audaz pendenciero
Con el muerto en desafío;
Acuchillado el primero,
Y el otro en el pecho impío
Escondido el rojo acero.
¡Que el día de la verdad
El fantasma del valor
Será necia ceguedad.,
Y no más que vanidad
El fantasma del honor!
Irá el corrompido juez
Tras la víctima inocente,
Y en torno suyo a la vez
Clamarán en voz doliente
La orfandad y la viudez.
Irán los monjes carnales
Tras las forzadas doncellas,
Desgarrados los sayales,
Los cordones por dogales
Atados al cuello de ellas.
Los labios que un tiempo dieron
Blando y sacrílego son
Con los besos que vertieron,
Que torpe hoguera encendieron
En el brutal corazón;
Allí arderán en tal lumbre,
En fuego tan infernal,
Cuanto a Dios fue pesadumbre
Bajar a la podredumbre
De su pecho criminal.
Y allí iremos los cantores
Falsas flores del Edén
Que en vez de santos loores
Cantamos himnos de amores
A las puertas de un harén.
Allí del liviano mundo
Habrá fin la imbécil farsa;
Todos en montón inmundo,
Sin primero ni segundo,
Iremos en la comparsa.-
¿Qué será ver hombre tanto
Nacido para morir,
Ciegos los ojos de llanto,
Ciega el ánima de espanto,
Al valle inmenso venir?
¿Qué será ver al tirano
Balbuciente al responder
De la sangre de su hermano,
En que irá tinta la mano
Sin que la pueda esconder?
¿Qué será ver tantos reyes
Que por saciar su ambición
Pusieron la religión
Por rúbrica de unas leyes
De equívoca explicación?
¿Tantas gentes y naciones,
De tan distintas regiones,
De distintos caracteres,
Y de distintos placeres,
Y distintas religiones?
¡Los de Judá temerosos,
Los de Esparta y Macedonia,
Los de Oriente voluptuosos,
Los fecundos en colosos
De Menfis y Babilonia!
¡Los de los anchos desiertos
Avezados al pillaje,
De tiempo y dioses inciertos,,
Los que devoran sus muertos
En algazara salvaje!
¡Los de América indolentes,
Los impuros de Sodoma,
Los de Tebas penitentes,
Los de Sagunto valientes,
Y los triunfantes de Roma!
¡Todos, muertos o inmortales
De hinojos ante su juez,
Que con leyes eternales
Nos hará a todos iguales
Ante la ley una vez!
E irán las tiernas almas
De los alegres niños
En túmulos de palmas
Y lechos con armiños
Al pie del trono espléndido
Del santo de Israel.
Sus ángeles hermanos
Haránles grata sombra
Con sus rosadas manos,
Y les harán alfombra
Con sus alas magníficas,
Y almohadas y dosel.
La paternal sonrisa
Del Dios omnipotente
Seráles blanda brisa,
Que arrulle mansamente
El contorno suavísimo
De su tranquila sien.
Y dormirán de espumas
Al dulce hervir sonoro,
Y de ondulantes plumas,
Y de incensarios de oro
A la acordada música
Del prometido Edén.
E irán las no tocadas
Castísimas mujeres
Que huyeron avisadas
El mundo y los placeres,
Y dieron al Altísimo
Intacto su pudor,
Ceñida la cintura
De blancas azucenas,
Radiantes de hermosura,
Y en dulces cantilenas
Loando en sol angélico
Al eternal amor.
Y todas tan hermosas
Como la tibia luna,
Y todas ruborosas
Como al dejar la cuna,
Todas ofrendas cándidas
De paz y de placer.
Purísimas palomas
Que el cielo halaga y cría,
Balsámicos aromas
Que en prendas de alegría
Entre dolor y lágrimas
Da al cielo la mujer.
Y ¿ qué será en tal hora
De duelos y de enojos
Su calma encantadora,
Y de sus bellos ojos
Contemplar el pacífico
Brillante tornasol?
Y ¿qué será en sus labios
Su sonreír de amores,
Cuando grandes y sabios,
Y reyes, y señores,
El día verán trémulos
Sin tinieblas ni sol?
IV
Y ¿ qué será de nuestro dulce canto,
Qué será de nosotros los cantores,
Los que lloramos cántigas de llanto,
Los que reímos cántigas de flores?
¿Qué será de la hermosa a quien un día
Himnos de amor y de placer cantamos,
Que en nuestros labios el amor bebía,
Y en cuyos labios el amor gozamos?
¿ Qué serán de sus ojos los espejos
Do nuestra imagen retratada vimos,
Do al lánguido rielar de sus reflejos
Su secreto de amor la sorprendimos?
¿Qué será del amigo cariñoso
Que amar nos hizo la falaz fortuna,
Del triste que veló nuestro reposo
Al resbalar de la furtiva luna?
Acaso el corazón lo desgarraba
El peligro fatal del que dormía,
Y su afán compasivo nos callaba,
Doblando su silencio su agonía.
¡Ay! ¿Qué será del padre y del hermano,
Qué será del esposo y de la esposa
Cuando aparte Jehová con justa mano
Del torpe vicio la virtud dichosa?
¿Cuando se abran las puertas eternales
Al eterno gozar del Paraíso,
Y les sea a los tristes criminales
Al duelo eterno caminar preciso?
¡Ay de mí! ¡Con cuán hondo desconsuelo
Los ojos tornarán desesperados
La postrimera vez mirando un cielo
que también nacieron destinados!
¡Oh tristísima y larga despedida,
Eterna muerte, eterna bienandanza,
Donde, perdiendo de una vez la vida,
Se pierde de morir toda esperanza!
¡Qué dulce será vivir,
Vivir una eternidad,
Sin pensar más en morir,
Ni pensar en reducir
A guarismo nuestra edad!
¡Qué dulce será, vagando
Por la viviente mansión,
Ir al compás escuchando
De las arpas de Sión,
Eternamente gozando,
Aquella aura perfumada,
Y aquel manso susurrar
De la floresta encantada,
Y aquella luz reflejada
De soles en un millar,
Y aquel gotear de las fuentes,
Y aquel trinar de las aves,
Y aquel hervir los torrentes,
Y aquellos mares vivientes
Sin monstruos, vientos, ni naves!
Y si en la fresca ribera
Quien amó en vida encontrara
La amorosa compañera
Que antes que el mundo muriera
Muerta en el mundo quedara,
¡Qué dulce fuera vivir,
Vivir una eternidad,
Sin pensar más en morir,
Ni pensar en reducir
A guarismo nuestra edad!
¡Oh, ven, ven, arpa sonora,
En las penas de mi vida
Mi tierna consoladora,
Esperanza seductora
De mi esperanza perdida!
Tú que templas en el suelo
Nuestros dolores mundanos
Con ilusiones de cielo,
Consuela mi desconsuelo
Con tus compases livianos.
Y déjale que delire
Con el cielo al corazón,
Y déjale que suspire,
Que el ámbar feliz aspire
De su dulce religión.
Porque en tanto que suspira
Por la postrimera paz,
¡Viva Dios que no delira
Con la nada y la mentira
De la existencia falaz!
Inconsecuencia
A una tórtola porque al fin la vida es sueño.
CALDERÓN
Tórtola que solitaria
En vez de cantar suspiras,
Es tu canto una plegaria,
O es la voz con que respiras
A tu voluntad contraria
Ese arrullo dolorido,
¿Se exhala en ti a tu despecho
Sonando alegre en tu oído,
o es en verdad un gemido
Que se te arranca del pecho?
Triste pájaro, ¡lo sé!…
Por eso en ocultas ramas
Tu nido ondear se ve;
Tú te escondes porque amas,
Mas tu voz vende a tu fe.
Naciste, ave desdichada,
Para llorar tu ternura,
Por eso en selva apartada
Vas a arrullar tu amargura,
Del campo ameno enojada.
Enojos te dan las flores,
Enojos la luz del día,
Enojos ¡ay! los amores
Que en dulcísima armonía
Murmuran los ruiseñores.
Te enoja el murmullo vano
De la bulliciosa frente,
Y el céfiro cortesano
Que susurra mansamente
A los jardines cercano.
Te enojan las otras aves
Con su inocente amistad
Y con sus gorjeos suaves;
Tú, que llorar sólo sabes,
Vives en la soledad.
Menos en el monte inculto,
Vivir te cansa o extraña;
Porque allí despeña oculto
El torrente que le baña,
Sus espumas en tumulto.
Porque allí el viento perdido
Que entre las malezas rueda
Con sordo y medroso ruido,
En lánguido son remeda
Tu monótono gemido.
Porque allí el césped salvaje
Que a pedazos ha brotado
Por el agreste paisaje,
Borda el terreno olvidado
Con pliegues de tosco encaje.
Y a fe, a los ojos del triste
No son gala los primores
Con que natura se viste,
Que otro placer no resiste
Que pensar en sus dolores.
Y los amorosos duelos
Son males antojadizos
Que se quejan a los cielos,
Y no admiten más consuelos
Que hallar en el duelo hechizos.
Porque es tan grato saber
Que nos podemos quejar,
Que cuando tan ruin placer
Pensamos que ha de faltar,
Le volvemos a querer.
Por eso, tórtola bella,
Dió el cielo a tu ronco canto
El compás de una querella,
Porque al cantar tu quebranto
Lloraras tu gozo en ella.
Y si es cierto que así en pos
De tu canción va tu queja,
¡Ay, tórtola, vive Dios
Que en el mal que nos aqueja
Nos parecemos los dos!
Pues si abriga tu garganta
En vez de vez un lamento,
Cuando mi voz se levanta,
En vez de darme contento
Mis amarguras me canta.
Si nada tu voz te vale
Porque en la selva escondida
Nadie a escuchártela sale,
Bien creo, ave dolorida,
Que tu mal al mío iguale.
Y si buscas en tu anhelo
De que alguno te responda
El miserable consuelo,
Yo pido en mi canto al cielo
Quien a mi voz no se esconda.
Pues ambos somos cantores,
Y ambos somos desdichados,
Conmigo es justo que llores:
Tú, tórtola, tus amores;
Yo, mis males olvidados,
¡Olvidados, ¡ay de mí!
Que cuando el arpa tomé.
Cantando ahogarlos creí;
Y tantas glorias soñé,
Cuantos desengaños vi!
Vi el mundo tan hechicero,
Que no le alcancé falaz;
Alcé mi canto primero,
Y el alma lanzó fugaz
Un suspiro lastimero.
Que es bien inútil consuelo
Nuestras desdichas cantar,
Si por tan cercano el suelo
Nuestra voz no ha de escuchar,
Y por tan remoto el cielo.
II
Dime, ¿ qué nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
Tú a selva escondida
Te vas a gemir,
Porque el canto alegre
Te es lúgubre a ti;
Porque el tuyo amarga
El canto feliz,
Y las otras aves
No te le han de oír;
Y yo, que angustiado
Llorando nací,
Si le canto al mundo
Su gloria pueril,
La espalda me torna,
Dice que mentí.
Si vuelvo mis duelos
De nuevo a plañir,
Me dice con mofa
Que es dulce vivir:
Si el lloro y el canto
Nos desoye así,
Dime, ¿que nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
El mundo, ceñido
Del aire sutil,
Vestido de flores
Con rico tapiz,
Tocado con ancho
Dosel de zafir,
Prendido con nubes
Que el alto cenit
Circundan de nieblas
De azul y carmín,
Sembrado de estrellas
Que el turbio confín
Tachonan brillantes
En montones mil
Con pálidas perlas
Y rojos rubís,
Nos miente sin duda
Vistoso jardín,
Convida a cantarle
Mirándole así.
Mas si esos hechizos
Y gayo matiz
Caminos son sólo
Que llevan al fin
De breves placeres,
y el fin es morir;
Si el que llora o canta
Concluyen allí,
Si el triste se mofa
Del rico y feliz,
E insulta el alegre
Del triste el sufrir,
Dime, ¿qué nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
Que es la tierra de lágrimas camino,
Valle de tumbas que pasando vemos;
Féretro y cuna nos abrió el destino
Para entrar y salir, en los extremos;
Fantástico al entrar y peregrino,
Y asqueroso al salir le comprendemos;
Que al vivir despertamos en la cuna,
Y al despertar nos ríe la fortuna.
Imperfectos traemos los sentidos
Porque a sentir no alcancen tanto duelo,
Sordos aún traemos los oídos
Porque no escuchen el clamor del suelo;
La lengua y pensamientos obstruídos
Porque al ánima falte ese consuelo;
Sólo abrimos al sol nuestra pupila
Porque asombrada con el sol vacila.
Feliz quien, despertando cuando nace,
En ilusiones de esperanza crece,
Y un bello mundo de ilusiones hace
Donde loco soñando se adormece.
Que mientras duerme y delirando yace,
La árida realidad se desvanece,
Y mientras sueña su falaz ventura,
A su camino el término apresura.
Más vale delirar lindas quimeras
En ilusión de sueños seductores,
Que roer esperanzas pasajeras
En este valle de ponzoña y flores,
Donde, aguardando dichas venideras,
Lloramos sobre el pan de los dolores;
Donde, al buscar el necesario aliento,
Mortal cicuta nos regala el viento.
Porque en sueños los bienes y los males,
Dorados en la loca fantasía,
Al ánima dormida son iguales:
El desdichado canta su agonía,
Y lamenta el feliz bienes mortales,
Mas ninguno en perderlos se holgaría,
Que son dulces los bienes lamentados,
Y los males lo son desesperados.
Si tan bellos son los bienes
Soñados como los males,
Ya, tórtola, no me afligen
Tus melancólicos ayes;
Que a ti te dieron lamentos
En vez de alegres cantares,
Y tú cantando le cuentas
Tus amarguras al aire.
Las endechas y los himnos
Los mismos consuelos traen,
Que a la par nos adormecen
Las dichas y los pesares.
Tú te arrullas tristemente
Con tan lúgubres compases,
Porque tus duelos son gozos
Con el placer de contarles;
Yo al mundo canto mis cuitas
Porque cuando otros las saben,
El placer de que las sepan,
Dichas de mis penas hacen.
Y así, cuando entrambos, tórtola,
Con lamentaciones graves
En guisa de querellarnos
Atormentamos los aires,
Pues nuestra queja es contento
Por el placer de quejarse,
Con extravíos tamaños,
Con inconsecuencias tales,
No hacemos más que soñar
Y mentir calamidades,
Tú llorando bien de amores,
Y yo delirando males.
Indecisión
¡Bello es vivir; la vida es la armonía!
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas:
Y en medio de la noche majestuosa
Esa luna de plata, esas estrellas,
Lámparas de la tierra perezosa,
Que se ha dormido en paz debajo de ellas.
¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte
Asomar el crepúsculo que nace;
Y la neblina que corona el monte,
En el aire flotan, lo se deshace;
Y el inmenso tapiz del firmamento
Cambia su azul en franjas de colores;
Y susurran las hojas en el viento,
Y desatan su voz los ruiseñores.
Y la noche las orlas de su manto
Arrastra fugitiva en Occidente,
Y la tierra despierta al fuego santo
Que reverbera el sol en el Oriente.
¡Bello es vivir! Se siente en la memoria
El recuerdo bullir de lo pasado,
Camina cada ser con una historia
De encantos y placeres que ha gozado.
Si hay huracanes y aquilón que brama,
Si hay un invierno de humedad vestido,
Hay una hoguera a cuya roja llama
Se alza un festín con su discorde ruido.
Y una pintada y fresca primavera,
Con su manto de luz y orla de flores,
Que cubre de verdor la ancha pradera
Donde brotan arroyos saltadores.
Y hay en el bosque gigantesca sombra,
Y desierto sin fin en la llanura,
En cuya extensa y abrasada alfombra
Crece la palma como hierba obscura.
Allí cruzan fantásticos y errantes,
Como sombras sin luz y apariciones,
Pardos y corpulentos elefantes,
Amarillas panteras y leones.
Allí, entre el musgo de olvidada roca,
Duerme el tigre feroz harto y tranquilo;
Y de una cueva en la entreabierta boca,
Solitario se arrastra el cocodrilo.
¡Bello es vivir; la vida es la armonía!
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas…..
Arranca, arranca, Dios mío,
De la mente del poeta
Este pensamiento impío
Que en un delirio creó;
Sin un instante de calma,
En su olvido y su amargura,
No puede soñar su alma
Placeres que no gozó.
¡Ay del poeta! Su llanto
Fue la inspiración sublime
Con que arrebató su canto
Hasta los cielos tal vez;
Solitaria flor que el viento
Con impuro soplo azota,
Él arrastra su tormento
Escrito sobre la tez.
Porque tú ¡oh Dios! le robaste
Cuanto los hombres adoran;
Tú en el mundo lo arrojaste
Para que muriera en él;
Tú le dijiste que el hombre
Era en la tierra su hermano;
Mas él no encuentra ese nombre
En sus recuerdos de hiel.
Tú le has dicho que eligiera
Para el viaje de la vida
Una hermosa compañera
Con quien partir su dolor;
Mas ¡ay! que la busca en vano,
Porque es para el ser que ama
Como un inmundo gusano
Sobre el tallo de una flor.
Canta la luz y las flores,
Y el amor en las mujeres,
Y el placer en los amores,
Y la calma en el placer;
Y sin esperanza adora
Una belleza escondida,
Y hoy en sus cantares llora
Lo que alegre cantó ayer.
Él, con los siglos rodando,
Canta su afán a los siglos,
Y los siglos van pasando
Sin curarse de su afán.
¡Maldito el nombre de gloria
Que en tu cólera le diste! …..
Sentados en su memoria
Recuerdos de hierro están.
El día alumbra su pena,
La noche alarga su duelo,
La aurora escribe en el cielo
Su sentencia de vivir;
Fábulas son los placeres,
No hay placeres en su alma,
No hay amor en las mujeres,
Tarda la hora de morir.
Hay sol que alumbra, mas quema,
Hay flores que se marchitan,
Hay recuerdos que se agitan,
Fantasmas de maldición.
Si tiene una voz que canta,
Al arrancarla del pecho
Deja fuego en la garganta,
Vacío en el corazón.
¡Bello es vivir! Sobre gigante roca
Se mira el mundo a nuestros pies tendido,
La frente altiva con las nubes toca…..
Todo creado para el hombre ha sido.
¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado,
En los bordes se duerme de la vida,
Y de locura y sueños embriagado,
En un festín el porvenir olvida.
¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos:
El tiempo entre sus pliegues roedores
Ha de llevar el bien que no gocemos
Y ha de apagar placeres y dolores.
Cantemos, de nosotros olvidados,
Hasta que el son de la fatal campana
Toque a morir. Cantemos descuidados,
Que el sol de ayer no alumbrará mañana.
Introducción a los “Cantos del trovador”
¿Qué se hicieron las auras deliciosas
Que henchidas de perfume se perdían
Entre los lirios y las frescas rosas
Que el huerto ameno en derredor ceñían?
Las brisas del otoño revoltosas
En rápido tropel las impelían,
Y ahogaron la estación de los amores
Entre las hojas de sus yertas flores.
Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
En torno de la antigua chimenea,
Y acaso la ancha sombra recordamos
De aquel tizón que a nuestros pies humea.
Y hora tras hora tristes esperamos
Que pase la estación adusta y fea,
En pereza febril adormecidos
Y en las propias memorias embebidos.
En vano a los placeres avarientos
Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras
Estremecen los ricos aposentos
Y fantásticas danzas tentadoras;
Porque antes y después caminan lentos
Los turbios días y las lentas horas,
Sin que alguna ilusión de breve instante
Del alma el sueño fugitiva encante.
Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
No os dejaré dormir en los salones
Donde al placer la soledad convida;
Ni esperar, revolviendo los tizones,
Al yerto amigo o la falaz querida,
Sin que más esperanza os alimente
Que ir contando las horas tristemente.
Los que vivís de alcázares señores,
Venid, yo halagaré vuestra pereza;
Niñas hermosas que morís de amores,
Venid, yo encantaré vuestra belleza;
Viejos que idolatráis vuestros mayores,
Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
Venid a oír en dulces armonías
Las sabrosas historias de otros días.
Yo soy el Trovador que vaga errante:
Si son de vuestro parque estos linderos,
No me dejéis pasar, mandad que cante;
Que yo sé de los bravos caballeros
La dama ingrata y la cautiva amante,
La cita oculta y los combates fieros
Con que a cabo llevaron sus empresas
Por hermosas esclavas y princesas.
Venid a mí, yo canto los amores;
Yo soy el trovador de los festines;
Yo ciño el arpa con vistosas flores,
Guirnalda que recojo en mil jardines;
Yo tengo el tulipán de cien colores
Que adoran de Estambul en los confines,
Y el lirio azul incógnito y campestre
Que nace y muere en el peñón silvestre.
¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
Y enciende en mí la llama creadora
Que del aliento del Querub emana!
¡Lejos de mí la historia tentadora
De ajena tierra y religión profana!
Mi voz, mi corazón, mi fantasía
La gloria cantan de la patria mía.
Venid, yo no hollaré con mis cantares
Del pueblo en que he nacido la creencia,
Respetaré su ley y sus aliares;
En su desgracia a par que en su opulencia
Celebraré su fuerza o sus azares,
Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
Levantaré mi voz consoladora
Sobre las ruinas en que España llora.
¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
Grande, opulenta y vencedora un día,
Sembrada de recuerdos y de historias,
Y hollada asaz por la fortuna impía!
Yo cantaré tus olvidadas glorias;
Que en alas de la ardiente poesía
No aspiro a más laurel ni a más hazaña
Que a una sonrisa de mi dulce España.
Juan Ruiz y Pedro Medina…
I
Juan Ruiz y Pedro Medina,
dos hidalgos sin blasón,
tan uno del otro son
cual de una zarza una espina.
Diz que Pedro salvó a Juan
la vida en lance sangriento;
prendas de tanto momento
amigos por cierto dan.
Pasan ambos por valientes
y mañeros en la lid,
y lo han probado en Madrid
en apuros diferentes.
Ambos pasan por iguales
en valor y en osadía,
pero en fama de hidalguía
no son lo mismo cabales.
Que es Juan Ruiz hombre iracundo,
silencioso por demás,
que no alzó noble jamás
el gesto meditabundo.
Ancha espalda, corto cuello,
ojo izquierdo, torvas cejas,
ambas mejillas bermejas,
y claro y rubio el cabello.
Y aunque lleva en la cintura
largo hierro toledano,
dale, brillando en su mano,
más villana catadura.
Y aunque arrojado y audaz
en la ocasión, rara vez
carece su intrepidez
de son de temeridad.
Ágil, astuto o traidor,
hijo de ignorada cuna,
debe acaso a su fortuna
mucho más que a su valor.
Presentóse ha pocos años
de Indias advenedizo,
dizque con nombre postizo
cubriendo propios amaños.
Mas vertió lujo y dinero
en festines y placeres,
aunque fue con las mujeres
más falso que caballero.
Hoy pasa, pobre y oscuro,
una existencia común,
y medra o mengua según
los dados le dan seguro.
Hombre de quien saben todos
que vive de malvivir,
mas nadie sabrá decir
por cuáles o de qué modos.
Modelos en amistad
ambos para el vulgo son,
mas con Pedro es la opinión
menos rígida en verdad.
Porque es Pedro, aunque arrogante
y orgulloso en demasía,
mozo de más cortesía
y más bizarro talante.
De ojos negros y rasgados
con que a quien mira desdeña,
nariz corta y aguileña,
con bigotes empinados.
Entre sombrero y valona
colgando la cabellera,
y alto el gesto en tal manera,
que cuando cede perdona.
Mas si sombras de matón
tales maneras le dan,
tiénela más de galán
por su noble condición.
Que no hay en Madrid mujer
que un agravio recibiera,
que a su espada no tuviera
satisfacción que deber.
Ni hay ronda ni magistrado
que en revuelta popular.
no le haya visto tomar
ayuda y parte a su lado.
Tales son Ruiz y Medina,
de quienes, por concluir,
fáltame sólo decir
que amaban a Catalina.
Es ella una moza oscura,
de talle y de rostro apuesta,
mas tan gentil como honesta,
y como agraciada pura.
Ámala Ruiz, pero calla,
acaso porque su amor,
para mujer de su honor,
palabras de amor no halla.
Él con ansia la contempla
al abrigo del embozo,
pero el ímpetu de mozo
ante su virtud se templa,
que es tan dulce su mirar,
que su luz por no perder,
cuando se quiso atrever
sólo se atrevió a callar.
Y es tan flexible su acento,
que para no interrumpirle,
tener es fuerza al oírle
con los labios el aliento.
Medina, que fue soldado
sobre Flandes por Castilla,
y a los usos de la villa
de más tiempo acostumbrado,
suplicóla tan rendido,
tan cortés la enamoró,
que ella amor le prometió
como él fuera su marido.
«¡Eso sí!, ¡por San Millán!»,
dijo Pedro con denuedo;
y la calle de Toledo
tomó en resuelto ademán.
II
Contento Pedro Medina
con su amorosa ventaja,
mas a carreras que a pasos
iba cruzando la plaza.
Saltábale el corazón
a cada paso que daba,
y frotándose ambas manos
bajo la anchurosa capa.
Los labios le sonreían,
y los ojos le brillaban
al reflejo que en el pecho
despide la amante llama.
Las gentes le hacían sitio
porque cerca no pasara,
que, según iba resuelto,
que fuese audaz recelaban.
Mas él va tan divertida
en sus amores el alma,
que ni ve donde tropieza,
ni cura de los que pasan.
Topó al volver una esquina
una vieja, y al dejarla
derribada en tierra, dijo:
«Nos casaremos mañana.»
Enredósele el estoque
en el manto de una dama,
y rasgándole una tercia,
echála un voto de a vara.
Así dando y recibiendo
encontrones y pisadas,
dio por fin con la hostería
donde su amigo jugaba.
Fue a la mesa, y preguntando
a Juan si pierde o si gana,
pidió vino y añadióle:
-Cuando acabes, dos palabras.
Recogió Juan sus monedas,
y terciándose la capa,
sentóse al lado de Pedro
diciendo bajo: -¿Qué pasa?
-Me caso -dijo Medina.
Miróle Juan a la cara,
y frunciendo entrambas cejas
tosió, sin responder nada.
-¿Qué piensas? -preguntó Pedro.
-En ti y tu mujer pensaba
-contestó Juan suspirando,
con voz ronca y apagada.
-¿Supondrás que es Catalina?
-Y lo siento con el alma.
-¡Cómo!
-Porque tengo celos.
-¡Por San Millán!
-Yo la amaba.
-¿Y ella?
-Nunca se lo dije,
pero ocurrióseme…
-¡Acaba!
-Para decirla mi amor
escribirla hoy una carta.
Callaron ambos: Medina
remedio al caso buscaba,
el codo sobre la mesa,
sobre la mano la barba.
Al fin, como quien resuelve
negocio que aflige y cansa,
pidió papel y tintero,
diciendo a Juan: -¡Por mi alma,
que en mi vida en tal apuro
vacilar tanto pensaba;
y a no serte tú quien eres,
metiéralo a cuchilladas;
pero escribe, y que responda
a cual de nosotros mata!
Escribió Juan, más rasgando
al mejor tiempo la carta.
-Echemos -dijo- los dados,
y al que la mayor le caiga,
si es a mí, la escribo al punto;
si es ti, Pedro, te casas.
Tiró Juan, y sacó nueve;
y asiendo el vaso con rabia,
tiró Pedro, y sacó doce.
Con que los dos se levantan,
y atravesando la turba
que curiosa los cercaba,
parten la calle en silencio,
dándose entrambos la espalda.
III
Son, a mi pensar, los celos
delirio, pasión o mal
a cuyo influjo fatal
lloraban los mismos cielos.
A manos de tal pasión,
el más cuerdo desespera,
pues quien con celos espera,
atropella su razón.
Si con celos esperar
es importuna porfía,
ceder celoso en un día
cuanto se amó, no es amar.
De celos verse morir,
y en silencio padecer,
son celos tan de temer
cuanto duros de sufrir.
Y así, con celos amar
vale casi aborrecer,
pero con celos ceder,
es igual que delirar.
Si otro más favorecido
goza el bien que se perdió,
se habrá el disfavor sentido,
mas perdido el amor, no.
Porque en quien goza favor
sobra tal vez confianza,
y celos sin esperanza
suelen guardar más amor.
Si favor nunca tuvimos,
aún es suerte más cruel,
porque vemos ahora en él
cuanto bien haber pudimos.
Y así pienso que son celos
delirio, pasión o mal,
a cuyo influjo fatal
lloraban los mismos cielos.
Por eso llora Juan Ruiz,
celoso y desesperado,
el bien que Pedro ha ganado
más galán o más feliz.
Por eso en la soledad
se mesa barba y cabellos,
sin mirar que no está en ellos
su amante fatalidad.
¡Oh, que no fueron antojos
sus amorosos desvelos!
Que el amor que hoy le da celos
entróle ayer por los ojos.
«¿Y por qué no me atreví
-clama el triste en su aflicción
y hoy acaso esta pasión
pudiera arrancar de mí?
Mas volveré, ¡vive Dios!
¿Pero que he de conseguir
si la he dejado elegir
marido de entre los dos?»
Y a su despecho tornando,
semejábase, en su afán,
una fiera a quien están
dentro la jaula acosando.
Sin darse el triste solaz,
cruzaba el cuarto sin tino,
pero no hallaba camino
de dar al ánimo paz.
Silbaba al dejar rabioso
paso al comprimido aliento,
y hollaba con pie violento
el pavimento ruinoso.
Iba adelante y atrás
sin reflexión que le acuda,
a la par pidiendo ayuda
a Cristo y a Satanás.
Túvose un momento al fin,
y en el temblor que le aqueja
se ve bien que se aconseja
con un pensamiento ruin.
Volvió a girar otra vez,
y otra a tenerse volvió;
en esto dobló un reló
en una torre las diez.
Entonces, quedando fijo,
exclamó en la oscuridad:
«Hoy se casan, es verdad;
hace un mes que me lo dijo.»
Ciñó con esto el acero
con desdén a la cintura;
y salióse a la ventura,
la vuelta del Matadero.
IV
Es una noche sin luna,
y un torcido callejón
donde hay en un esquinazo
agonizando un farol,
un balcón abierto a medias,
por los vidrios de color
arroja al aire en tumulto
de danza el confuso son.
Se oye el compás fugitivo
que llevan con pie veloz
los que danzan descuidados
dentro de la habitación.
Y se ven cruzar sus sombras
una a una y dos a dos
en fantástica carrera
y en monótona ilusión.
La casa es la de Medina,
que en ella a fiesta juntó
sus amigos y parientes
después de traspuesto el sol.
Allí con franca algazara
festeja a la que adoró,
de quien aguarda esta noche
prendas de cumplido amor.
Está la niña galana
cual nunca el barrio la vio,
suelto en rizos el cabello,
que exhala fragante olor;
la falda de raso blanco
y acuchillado el jubón,
con vueltas de terciopelo
azul, de cielo el color;
con una hebilla de plata
ajustado el cinturón,
de donde baja en mil pliegues
un encaje en derredor;
y de un lazo de corales,
que Pedro la regaló,
lleva en una cruz de oro
la imagen del Redentor.
Tanta ventura en un día
nunca Pedro imaginó,
y así, anda desatentado
girando en la confusión.
A cada vuelta se mira
en los ojos de su amor,
y en la luz de aquellos soles
se le quema el corazón.
Y, en fin, para concluir,
se cantó, cenó y bailó,
como es costumbre en las bodas
desde entonces hasta hoy;
hasta que, cansados unos
del baile, otros del calor,
las viejas del tardo sueño,
los músicos de su son,
los muchachos de la bulla,
y los novios del honor
que les hacen sus amigos
en tan precisa ocasión,
despidiéronse uno a uno
echando sobre los dos
más bendiciones que plagas
causó a Egipto Faraón.
Quedáronse entrambos solos
la amada y el amador,
por vez primera en la vida
a merced de su pasión.
Mirábala embelesado
el amoroso español,
trémulo el rostro de gozo
y de dicha el corazón;
mirábale ella anhelante
encendida de rubor,
húmedos los negros ojos
con tiernísima afición.
Él diciéndola: «¡Alma mía!»,
diciéndole ella: «¡Mi sol!»,
entre el son de ardientes besos
de regalado sabor.
En esto en la estrecha calle
temible ruido sonó
de voces y cuchilladas
en medrosa confusión,
y al angustiado lamento
de uno que grita: «¡Favor!
¡Ayudadme, que me matan!»
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol.
Asomóse Catalina
amedrentada al balcón,
llamando a Pedro afanosa,
de algún daño por temor.
Alzó Medina la cara,
y la luz con ella alzó,
pero apenas el reflejo
dio en el rostro de su amor,
una estocada traidora
por el costado le entró.
Lanzó un grito el desdichado
que partía el corazón;
lanzó la hermosa un gemido
de intensísimo dolor,
y el moribundo Medina
volviendo el gesto a un rincón,
hacia una imagen de Cristo,
de quien devoto vivió,
dijo expirando: «Soy muerto,
¡acorredme, Santo Dios!»
Y quedó tendido en tierra,
sin movimiento y sin voz.
Alzóse a su lado un hombre,
y exclamando con pavor:
«¡Maldita sea mi alma!»,
mató la luz y escapó.
V
Tuvieron así los años,
uno, dos, tres, hasta siete,
embozada en el misterio
aquella impensada muerte.
En vano acudieron pronto
vecinos a socorrerle,
para vengarle los hombres,
para mentir las mujeres.
En vano salieron unos
casi desnudos a verle,
y otros salieron jurando,
armados hasta los dientes.
Nada sirvieron entonces,
ni jubones ni broqueles;
Medina quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
En vano son las pesquisas
de los irritados jueces,
en vano son los testigos,
las citas y los papeles.
En vano el caso averiguan
una, dos, tres, quince veces;
cada vez más se confunden
los golillas y corchetes.
En vano sobre la rastra
anduvieron diligentes
olfateando la presa
los alanos de las leyes;
porque todos son testigos,
todos declaran contestes,
todos son los agraviados,
mas ninguno delincuente.
Hubo alborotos por ello,
y pendencias más de veinte;
mas Pedro, quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
Catalina le lloraba,
desconsolada y doliente,
minutos, horas y días,
noches, semanas y meses.
Un año estuvo en el lecho
con accesos de demente,
y un año a su cabecera
veló Juan Ruiz sin moverse.
Dio con la puerta en los ojos
a padrinos y parientes,
diciendo: «Mientras yo viva,
no faltará quien la vele.»
Y en vano le murmuraron
de tal conducta las gentes;
Juan se mantuvo constante
a la cabecera siempre,
sin que a sondear su alma
alcanzara algún viviente
a través de la reserva
y el misterio que mantiene.
Curóse al fin Catalina,
y el tiempo, que tanto puede,
siendo remedio y sepulcro
de los males y los bienes,
volvió la luz a sus ojos,
y el pudor volvió a su frente,
y el talismán de la risa
a sus labios transparente;
y salió ufana, diciendo
a cuantos por verla vienen
que la vida con que vive
sólo a Juan Ruiz se la debe.
Éste, a pretexto de amigo
del triste que en polvo duerme,
no se aparta de su lado
hasta que la noche viene.
Entonces a lentos pasos
la esquina inmediata tuerce,
y en las revueltas del barrio
como un fantasma se pierde.
Mas no faltó en él alguno
que a media voz se atreviese
a decir que cuando pasa
por ante el Cristo se tiene,
y el embozo hasta los ojos,
el sombrero hasta las sienes,
cruza azaroso la calle,
como si alguien le siguiese.
En estas conversaciones,
cada vez menos frecuentes,
pasaron al fin los años,
uno, dos, tres, hasta siete.
VI
Pagada la Catalina
de amistad tan firme y tierna,
de tanto afán y desvelos,
de tan rendida fineza,
escuchó a Juan una tarde,
los ojos fijos en tierra,
dulces palabras de amores
de la balbuciente lengua.
Instó un día y otro día,
quedó siempre sin respuesta;
volvió a sus ruegos Juan Ruiz
volvió a su silencio ella.
Pasése un mes y otro mes,
y tornó Ruiz a su tema,
y tornó a callar la niña
entre enojada y risueña.
Mas tanto lidió el galán,
tanto resistió la bella,
que al cabo la linda viuda
dijo a Juan de esta manera:
-Puesto que es muerto Medina
(¡Dios en su gloria le tenga!)
y por siete años cumplidos
mi fe le he guardado entera,
y él ha visto nuestro amor
allá en la vida eterna,
os daré, Juan Ruiz, mi mano,
y mi corazón con ella.
Amigo de Pedro fuisteis,
y yo os debo la existencia;
conque es justo, a mi entender,
os cobréis entrambas deudas.
Púsose Juan Ruiz de hinojos
a los pies de la doncella,
y asiéndola las dos manos
humildemente la besa.
Acordáronse las bodas,
mas Catalina aconseja
que sean cuando él quisiese,
pero que sin ruido sean.
Las malas mañas o antojos,
o tarde o nunca se dejan,
y Juan en su mocedad
gustó de bulla y de fiesta.
Así, aunque pocos convida
para que a las bodas vengan,
buscó unos cuantos amigos
que le alegraran la mesa.
Trajo vinos los mejores,
y viandas las más frescas,
y apuntó por hora fija
de noche las diez y media.
Gustaba Juan sobre todo
de cabezas de ternera,
y asábalas con tal maña,
que a cualquier gusto pluguieran.
Gozaba en esto gran nombre
entre la gente plebeya,
de tal modo, que le daban
el apodo de Cabezas.
Ocurrióle a media tarde
darse a luz con tal destreza,
y embozándose en la capa,
salió en busca de una de ellas.
Mataban aquella tarde
en el Rastro una becerra;
compró el testuz y cubrióle,
asido por una oreja.
Volvió a doblar el embozo,
y contento con la presa,
de la calle en que vivía
tomó rápida la vuelta.
Iba Juan Ruiz con la sangre
dejando en pos roja huella,
que marcaba su camino
sobre las redondas piedras.
En esto, entrando en su barrio,
al doblar una calleja,
dos ministros de justicia
le pasaron muy de cerca.
Él siguió, y pasaron ellos
advirtiendo con sorpresa
la sangre con que aquel hombre
el sitio que anda gotea.
Él siguió, y tornaron ellos
por sobre el rastro que deja,
hasta entrar en otra calle
oscura, sucia y estrecha.
En un rincón, embutida,
a la luz de una linterna,
de Cristo crucificado
se ve la imagen severa.
Paróse Juan; los corchetes,
que en el mismo punto llegan,
viendo que duda y vacila
en la faz de preso le cercan.
-¡Fuera el embozo! -gritaron-;
muestre a la luz lo que lleva.
Volvió los ojos al Cristo
Juan, y helósele en las venas,
a una memoria terrible,
cuanta sangre hervía en ellas.
-¡Fuera el embozo! -repiten,
y él, acongojado, tiembla,
sintiendo un cambio espantoso
que pasa en su mano mesma.
Quiso hablar, y atropellado,
un «¡Dejadme!» balbucea.
Deshiciéronle el embozo,
y mostrando Ruiz la diestra,
sacó asida del cabello
de Medina la cabeza.
-¡Acorredme, Santo Dios!
-grita aterrado, y la suelta;
mas la cabeza, oscilando,
entre los dedos le queda.
-¡Yo le maté! -clamó entonces-,
hoy ha siete años, por ella.
Y sin voz ni movimiento
cayó desplomado en tierra.
Conclusión
Y así fue que aquella noche
de sangrienta confusión,
en que al ruido de una riña
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol,
no era en ella otro que Ruiz
quien llevaba lo mejor.
Como un imán a una aguja
arrastra constante en pos,
como una serpiente a un pájaro,
a una paloma un halcón
entorpecen y fascinan,
sin que ala ni pie veloz
para huirles les acudan,
a impulsos de su pasión
anduvo así Juan vagando
de la fiesta en derredor.
Y oía por las ventanas
de danza el confuso son.
Y vía cruzar las sombras,
una a una y dos a dos,
en fantástica carrera
y en monótona ilusión.
Así lloraba acosado
de sus celos y su amor,
cuando oyó de una pendencia
vivo y cercano rumor;
cerróse en ella a estocadas
tan sin acuerdo y razón,
que a cuantos hubo a las manos
adelante se llevó.
En esto acudió Medina,
y Catalina al balcón,
de la suerte recelando,
acelerada salió.
Mas al ver cuál afanosa
curaba ella de otro amor,
cegaron a Ruiz los celos,
el despecho le embriagó,
y al tiempo que alzaba Pedro
el brazo con el farol,
matóle a la faz de Cristo,
como villano, a traición.
De entonces, en los siete años,
después del hecho traidor,
ni una sola vez, de miedo,
por ante el Cristo pasó.
Llegó la primera al cabo,
y en ella al Cielo ocasión
de mostrar que hay infalibles
tribunales sólo dos
de irrevocable sentencia,
sin cotos ni apelación:
Para verdades el TIEMPO,
y para justicia DIOS.
Justicias del rey don Pedro
I
Cuando su luz y su sombra
mezclan la noche y la tarde,
y los objetos se sumen
en la sombra impenetrable,
en un postigo excusado,
que a una callejuela sale
de una casa, cuya puerta
principal da a la otra calle,
dos hombres que se despiden
se ven, aunque no se sabe
n¡ cuál de los dos se queda
ni cuál de los dos se parte.
Ambos mirándose atentos,
ambos un pie hacia adelante,
parados en el dintel
están, y entrambos iguales.
Por fin el más viejo de ellos,
hundiendo el mustio semblante
entre el sombrero y la capa,
en ademán de marcharse,
torció la cabeza a un lado,
pronunciando un no tan grave,
que bien se vio que era el fin
de las pláticas de enantes.
Sin duda el otro entendido,
no encontró qué replicarle,
pues bajando la cabeza,
callóse por un instante.
-Buenas noches -dijo el viejo-.
Tartamudeó un “Dios le guarde”
el otro; mas, decidiéndose,
hizo hacia el viejo un avance.
-“Mírelo bien, y cuidado
no se arrepienta, compadre.
-Nunca eché más de una cuenta.
-Piénselo bien, y no pase
sin contar lo que va de él
a don Juan de Colmenares.
-Señor -replicó el anciano-,
en tiempos tan deplorables,
yo sé que lo pueden todo
los ricos y los audaces.
-Pues mire lo que le importa;
que rica y audaz señales
son con que marca la fama
a los que en mi casa nacen.
Callaron por un momento,
y continuando mirándose
dijo el viejo tristemente,
aunque en tono irrevocable:
-Nunca lo esperé de vos;
mas tampoco vos ni nadie
puede esperar más de mí.
-Pues, entonces, adelante
idos, buen viejo, con Dios,
qué estoy de prisa y es tarde.”
Cerró la puerta de golpe,
a escuchar sin esperarse
una respuesta que el viejo
tuvo tentación de darle;
y acaso por su fortuna
quedó a tal punto en la calle
para dársela a la puerta,
donde la deshizo el aire.
Volvió el anciano la espalda,
y en dos golpes desiguales,
sus pasos descompasados
pueden de lejos contarse;
porque sus pies impedidos,
deben a su edad y achaques
una muleta que marcha
un pie que los suyos antes.
La esquina a espacio traspuso,
y a poco otro hombre más ágil,
saliendo por el postigo,
siguió en silencio su alcance.
Túvose al ‘volver la esquina;
tendió sus ojos sagaces,
y enderezó los oídos
atento por todas partes;
mas, no oyendo ni escuchando
de qué poder recelarse,
tomando el rastro del viejo,
echó por la misma calle.
II
En un aposento ambiguo,
medio portal, medio tienda,
que hace asimismo las veces
de cocina y de despensa,
pues da su entrada a la calle
y en confuso ajuar ostenta
camas, hormas y un caldero
colgado en .la chimenea,
hay seis personas distintas,
que hacen al pie de la letra
(salvo el padre, que está ausente)
una raza verdadera.
Un mozo de veinte abriles;
una muchacha risueña
de diez y seis; tres muchachos,
y una anciana de sesenta.
Y aunque a las veces nos turban
engañosas apariencias,
zapateros son de oficio,
si a espacio se considera,
que está la estancia aromada
con vapores de pez negra,
que ribetea la moza,
y que el mozo maja suela.
-Mucho tarda -dijo el último
padre esta noche, Teresa.
-Ya ha tiempo que ha anochecido.
-Muchacho, atiza esa vela
y deja quieto ese bote.
Y esto diciendo en voz recia
el mozo, siguió en silencio
cada cual en su tarea,
el chico sitiando al bote,
ribeteando la doncella,
majando el mozo a compás,
y dormitando la vieja.
Con monótonos murmullos
arrullaban esta escena
el son de la escasa lluvia
de un aguacero que empieza,
el no interrumpido son
con que hierve la caldera,
y el tumultuoso chasquido
con que la luz chisporrea.
-¿Las nueve son? – dijo el mozo.
-Eso las ánimas suenan
con sus campanas – repuso
santiguándose Teresa.
-¡Las ánimas, y aún no viene!
Y echando atrás la silleta,
se puso el mancebo en pie,
y encaminóse a la puerta.
Al ruido que hizo en el cuarto,
despertándose la vieja,
dijo: -¿Rezáis a las ánimas?
-Sí, señora: estése queda.
Asió el mancebo la aldaba,
mas la había alzado apenas,
cuando un espantoso golpe
venció la puerta por fuera.
-¡Muerto soy! – dijo una voz;
Cayó un embozado en tierra,
y viose un hombre que huía
al fin de la callejuela.
En derredor del caído
se agolparon, que aún conserva
algún resto de la vida
que le arrancan a la fuerza;
mas no bien le desenvuelven,
por ver piadosos si alienta,
un grito descompasado
lanzó… la familia entera.
Blasfemó el mozo con ira,
desmayóse la doncella,
y la anciana y los muchachos
en llanto a la par revientan.
-Padre, ¿quién fue? – preguntaba
sosteniendo la cabeza
del anciano moribundo
el hijo, que llora y tiembla.
Echóle triste mirada
su padre, como quien lega
su razón y su justicia
en quien se fija con ella.
-Juan …
-¿Qué Juan?
-De Colmenares –
balbuceó con torpe lengua,
y sobre el brazo del hijo
dobló la faz macilenta.
Reinó un silencio solemne
por un instante en la escena,
y a reunirse empezaron
vecinos de ambas aceras.
Llegó la justicia al punto,
y mientras justicia ella,
partió por la turba el mozo
en haz de intención siniestra.
-¿Dónde va? – dijo un corchete.
-Siendo yo su sangre mesma,
¿adónde sino al culpable?
-Soy con vos.
-Enhorabuena.
-Por si acaso, va seguro… –
dijo para sí el de presa,
mientras el mozo resuelto,
ganó a una esquina la vuelta.
III
Son treinta días después,
y en mismo lugar y hora,
la misma vieja y los chicos
con mesa, mancebo y moza.
Cada cual en su tarea
sigue en paz, aunque se nota
que todos tienen los ojos
del mancebo en la faz torva.
Él, sin embargo, en silencio
prosigue atento su obra,
sin levantar la cabeza,
que sobre el pecho se apoya.
Tan doblada la mantiene,
que apenas la llama roja
que da la luz, alumbrarle
las cejas fruncidas logra;
y alguna vez que el reflejo
las negras pupilas toca,
tan viva luz reverberan,
que chispas parecen brotan.
La verdad es, que una lágrima
que a sus -párpados asoma,
viene anunciando un torrente
en que el corazón se ahoga.
Y el mozo, por no aumentar
de los suyos la congoja,
a duras penas le tiene
dentro el pecho y le sofoca.
Largo rato así estuvieron
en atención afanosa,
todos mirando al mancebo,
y éste mirando a sus hormas;
hasta que al cabo Teresa,
más sentida o más curiosa,
le dijo: -¿Estás malo, Blas?
Y a su vez limpia y sonora
siguió otro largo intervalo
de larga atención dudosa.
Nada el hermano responde,
mas ella su afán redobla,
que no hay temor que la tenga,
la valla de una vez rota.
-¿Cómo estás tan cabizbajo?…
Y aquí Blas interrumpióla.
-¿Y qué tengo que decir
a quien sin padre y sin honra
debe vivir para siempre?
Y aquí la familia toda
rompió en ahogados sollozos
a tan infausta memoria.
Sosegóse, y siguió Blas
en voz lamentable y honda
-Él rico, y nosotros pobres ;
débil la justicia, y poca,
y el Rey en caza y en guerra,
¿qué puede alcanzar quien llora?
-Qué, ¿por libre se atrevieron? …
-Poco menos, pues sus doblas
pudieron más con los jueces
que las leyes.
-¡Las ignoran!
dijo indignada Teresa.
-¡No, hermana ; las acogotan !
contestó Blas, sacudiendo
su mazo con ciega cólera.
Siguió en silencio otro espacio,
y otra vez Teresa torna:
-Mas la sentencia, ¿cuál fue? –
dijo, y calló vergonzosa.
-¿La sentencia? -gritó Blas
revolviendo por las órbitas
los negros y ardientes ojos-.
¿La sentencia pides?, óyela.
Todos se echaron de golpe
sobre la mesilla coja,
que vaciló al recibirles,
a oír lo que tanto importa.
-Sabéis que el de Colmenares
hoy pingüe prebenda goza
en la iglesia, y que a Dios gracias
y a mi diligencia propia,
se le probó que dio muerte
a padre (que en paz reposa).
Pues bien: no sé por qué diablos
de maldita jerigonza
de conspiración que dicen
que con su muerte malogra,
dieron por bien muerto a padre,
y al clérigo…
-¿Le perdonan?
-No, ¡ vive Dios! le condenan.
¡ Mas ved qué dogal le ahoga!
Condénanle a que en un año
no asista a coro, mas cobra
su renta; es decir, le mandan
que no trabaje, y que coma.
Tornó a su silencio Blas,
y a sus sollozos la moza,
ella cosiendo sus cintas,
y él machacando sus hormas.
IV
Está la mañana limpia,
azul, transparente, clara,
y el sol de entre nubes rojas
espléndida luz derrama.
Toda es tumulto Sevilla,
músicas, vivas y danzas;
todo movimiento el suelo,
toda murmullos el aura.
Cruzan literas y payes,
monjes, caballeros, guardias,
vendedores, alguaciles,
penachos, pendones, mangas.
Flota el damasco y las plumas
en balcones y ventanas,
y atraviesan besamanos
donde no caben palabras.
Descórrense celosías,
tapices visten las tapias,
los abanicos ondulan
y los velos se levantan.
Cuantas hermosas encierra
Sevilla a su gloria saca,
cuantos buenos caballeros
en sus fortalezas guarda,
ellos porque son galanes,
y ellas porque son bizarras;
las unas porque la adornen,
los otros para admirarlas.
Óyense al lejos clarines,
y chirimías y cajas,
y a lengua suelta repican
esquilones y campanas.
Mas no vienen los hidalgos
armados hasta las barbas,
ni el pálido rostro asoman
las bellas amedrentadas;
que no doblan los tambores
en son agudo de alarma,
ni las campanas repican
a rebato arrebatadas;
que es la procesión del Corpus.
que ya traspone las gradas
del atrio, y el Rey don Pedro
acompañándola baja.
Padillas y Coroneles
y Albuquerques se adelantan,
con Osorios y Guzmanes,
pompa ostentando sobrada.
Y bajo un palio don Pedro,
de ocho punzones de plata,
descubierta la cabeza
y armado hasta el cuello, marcha.
En torno suyo el cabildo
diez individuos encarga
que de escuderos le sirvan
en comisión poco santa ;
mas tiempos son tan ambiguos
los que estos monjes alcanzan,
que tanto arrastran ropones
como broqueles embrazan.
Entre ellos se ve a don Juan
de Colmenares y Vargas,
que deja por vez primera
la reclusión de su casa,
no porque el año ha cumplido,
sino porque el año paga,
y doblas redimen culpas
si se confiesan doradas.
Rosas deshojan sobre ellos
las hermosísimas damas,
y toda es flores la calle
por donde la corte pasa.
Envidia de las más bellas,
salió a un balcón del alcázar
la hermosísima Padilla,
origen de culpas tantas.
Hízola venia don Pedro,
y al responderle la dama,
soltó sin querer un guante,
y ojalá no le soltara.
Lanzóse a tomar la prenda
muchedumbre cortesana
muchos llegaron a un tiempo,
mas nadie tomar osaba,
que fuera acción peligrosa,
aparte de lo profana.
Partiendo la diferencia,
salió de la fila santa
el bizarro Colmenares
con intención de tomarla.
Mas no bien dejó su mano
del palio al punzón de plata,
y puso desde él al rey
cuatro pasos de distancia,
cuando un mancebo iracundo,
con irresistible audacia,
se echó sobre él, y en el pecho
le asentó dos puñaladas.
Cayó don Juan; quedó el mozo
sereno en pie entre los guardias,
que le asieron, y don Pedro
se halló con él cara a cara.
La procesión se deshizo;
volvió gigante la fama
el caso de boca en boca,
y ya prodigios contaban.
Juntáronse los soldados
recelando una asonada;
cercaron al Rey algunos
y llenó al punto la plaza
la multitud, codiciosa
de ver la lucha empezada
entre el sacrílego mozo
y el sanguinario monarca.
Duró un instante el silencio,
mientras el Rey devoraba
con sus ojos de serpiente
los ojos del que le ultraja.
-¿Quién eres? – dijo, por fin,
dando en tierra una patada.
-Blas Pérez – contestó el mozo
con voz decidida y clara.
Pálido el rey de coraje,
asióle por la garganta,
y así en voz ronca le dijo,
que la cólera le ahogaba
“¿Y yendo tu rey aquí,
¡voto a Dios!, por qué no hablaste,
si con la ocasión te hallaste
para obrar con él así?”
Soltóse Blas de la mano
con que el rey le sujetaba,
y, señalando al difunto,
repuso tras breve pausa:
-Mató a mi padre, señor;
y el tribunal, por su oro,
privóle un año del coro,
que en vez de pena es favor.
-Y si vende el tribunal
la justicia encomendada,
¿no es mi- justicia abonada
para quien justicia mal?
Cuando el miedo o la malicia
(dijo Blas) tuercen la ley,
nadie se fía en el rey,
medido por su justicia.
Calló Blas, y calló el rey
a respuesta tan osada
y los ojos de don Pedro
bajo las cejas chispeaban.
Tendiólos por todas partes,
y al fuego de sus miradas,
de aquéllos en quien las puso
palidecieron las caras.
Temblaron los más audaces,
y el pueblo ansioso esperaba
una explosión de don Pedro
más recia que sus palabras.
Rompió el silencio. por fin,
y en voz amistosa y blanda,
el interrumpido diálogo
así con el mozo entabla:
-¿Qué es tu oficio?
-Zapatero.
-No han de decir ¡vive Dios!
que a ninguno de los dos
en mi sentencia prefiero.
Y encarándose don Pedro
con los jueces que allí estaban,
dando un bolsillo a Blas Pérez,
dijo en voz resuelta y alta:
“Pesando ambos desacatos,
si con no rezar cumple él
en un año, cumples fiel
no haciendo en otro zapatos.”
Tornóse don Pedro al punto,
y brotó la turba osada
murmullos de la nobleza
y aplausos de la canalla.
Mas viendo el rey que la fiesta
mucho en ordenarse tarda,
echando mano al estoque,
dijo así, ronco de rabia:
“¡La procesión adelante,
o meto cuarenta lanzas
y acaban ¡voto a los cielos!
los salmos a cuchilladas P’.
Y como consta a la Iglesia
que es hombre el rey de palabra,
siguieron calle adelante
palio, pendones y mangas.
La Catedral
Introducción
Ese montón de piedras hacinadas,
Morenas con el sol que se desploma,
Monstruo negro de escamas erizadas
Que alienta luz y música y aroma;
A quien un pueblo inválido rodea
Con pies de religión, frente de miedo,
Que tan noble lugar mancha y afea,
Es catedral de lo que fue Toledo.
Pálida y triste, pobre y abatida,
Llora el favor de los hundidos años;
Reina sin corte, anciana y desvalida,
Por sus hijos robada y los extraños.
Por vestir el espectro de su nada,
Hoy convoca sus hijos a las fiestas,
Celebrando su mal, desesperada,
Con campanas, con órganos y orquestas.
Gigante que, muriendo en la llanura
A manos de contrario más valiente,
Con voz tremenda su venganza jura,
Y fuerza y vida en sus palabras miente.
Una tribu elegante y voluptuosa
De otro país de fuentes y de flores,
Los cimientos fundó donde reposa,
Para otro Dios de guerras y de amores.
Y un rey, o más piadoso o más prudente,
Cambióla en templo por sellar su gloria;
Y tal vez dijo al Dios omnipotente:
Tuyo es el nombre, mía la memoria.
Quedóse al fin en templo consagrado
Del sumo Dios bajo el excelso nombre,
Para ser a los tiempos revelado
Como página histórica de un hombre.
Mas apilando el tiempo los despojos
De los mismos valientes que la hicieron,
Vasto sepulcro levantó a sus ojos
Donde un palacio levantar creyeron.
Y hoy, al caer del templo la grandeza,
Muestra el coloso, al expirar su imperio,
Que ha cobijado su mortal corteza
Templo, historia, palacio y cementerio.
I
Con ceño sombrío mira
El Tajo, que a sus pies corre,
Y al despecho que la inspira,
Con las gargantas suspira
De sus campanas la torre.
Que tiene para consuelo
En su abatimiento y mengua,
La frente cerca del cielo,
Y para hablar con el suelo
Trece campanas por lengua.
Con tan gigante armonía
Todo su cuerpo estremece,
Y al oírla se creería
Que crece así su alegría
Cuanto su estrépito crece
A ese clamor tan violento,
Incapaz de tanto ruido,
Vibra fatigado el viento,
Dejando el confuso acento
Por la atmósfera perdido.
Que en su canto desigual
Hay música tan liviana,
Que en su murmullo infernal
Canta y llora y ríe insana
Con sus lenguas de metal.
Que ellas pregonando van
Lo que sus clamores son,
Que a veces tristes están
Pidiendo por los que van
A eterna condenación.
Y en su clamor muestran bien
Otras el alegre fin,
Pues revoltosas se ven
Cual si colgadas estén
Por heraldos de un festín.
Otras, en su inquieto afán,
Ruedan y vibran, según
Con los clamores que dan
Al mundo anunciando están
Placer o luto común.
Y en vez de agudo esquilón,
De la tarde anuncia el fin
El doblar de la oración,
Que apaga su ronco son
Del horizonte al confín
Y a su movimiento enorme
Rueda en el cóncavo hueco
De la bóveda el informe
Postrer quejido del eco
Con vibración uniforme.
A su paso estremecidas
Oscilan allá en las sombras
Las lámparas suspendidas,
Dibujando en las alfombras
Sombras y luz confundidas.
Cobra entonces movimiento
Todo el templo y se estremece,
Cual fantasma de un momento
Que alza el rostro macilento
Y al punto, se desvanece.
Van luego dejando ver
Los vacilantes reflejos,
Las sombras al repeler,
Los objetos a lo lejos
Sus formas desenvolver.
Se van mostrando despacio
Las verjas de oro amarillas,
Canceles de aquel palacio
Que dividen el espacio
De la nave y las capillas.
Se ven en turbios colores
Detrás de los altos hierros,
Entre marmóreas labores
Cumpliendo así sus destierros,
Dormidos los fundadores.
Se ven al rayar el día
En los pintados cristales,
Cómo luchan a porfía
La claridad que lucía,
Y los rayos matinales.
Entonces el sol brillante
Que a las ventanas asoma,
Su fogosa luz gigante
En la llama agonizante
De las lámparas desploma.
Dejan torre y capitel,
Y entran por los rosetones
Las sombras huyendo dél,
Plegándose en los rincones
En fantástico tropel.
La luz, del templo señora,
Por el templo derramada,
Saluda al Dios que ella adora
Por las losas prosternada
Ante el ara que colora.
Ciñe la bóveda, avara,
Y en los robustos pilares
Se quiebra picante y clara,
Y bulliciosa se ampara
Del oro de los altares.
Que joven y rica y bella,
En la riqueza se posa,
Y en los diamantes destella,
Y en la joya más vistosa
Para competir con ella.
Porque el astro rey la envía
A que sus galas ostente,
Y en la bóveda sombría
Vierta la lumbre del día
Revoltosa y transparente.
II
Se oyen después los pasos mesurados
Del sacerdote, y la crujiente seda
Del manto, que, los lienzos desplegados,
Por el sonoro pavimento rueda,
Cual si al cruzar se oyera el vago aliento
Con que a cumplir con su misión le incitan,
Soplando bajo el mudo pavimento,
Las osamentas que a sus pies dormitan.
Se coronan de antorchas los altares,
Se sienten rechinar las verjas de oro,
Se escuchan los católicos cantares
Vibrar sublimes desde el hondo coro.
Se ve el pueblo llegar, y reverente
Postrarse humilde, y bendecir la vida,
Y alzar del suelo la humillada frente,
De la luz de los ángeles ceñida. .
Y se alza del altar la voz tremenda
Que las palabras del Señor repite,
Cantadas porque el pueblo las comprenda
Solemnes porque el pueblo las medite.
Y el órgano despliega rebramando
La voz robusta de las trompas de oro,
Como por la cascada caen rodando
Aguas y espumas en tropel sonoro.
Y en los aires a torrentes
Vierte la música santa
Por la céntuple garganta
De los tubos de metal;
Y en sus cánticos remeda,
Con el prolongado acento,
El ronco bramar del viento
O el crujir del vendaval.
O finge en son temeroso
La aguda lengüetería
La discorde gritería
Del infierno en rebelión;
o con lamento apagado
Canta al justo moribundo
Saliendo alegre del mundo
Sin ira en el corazón.
Canta el placer de la esposa
Que inquieta al esposo aguarda,
Canta al esposo que tarda
A sus puertas en llamar;
O entonando del profeta
La sacrosanta salmodia,
Sublimemente parodia
El fuego de su cantar.
Y llora con Jeremías,
Y entona en arpa de flores
Los voluptuosos amores
Del sabio rey Salomón;
Canta los cedros del Líbano,
La castidad de Susana,
Y Jezabel la profana,
Y el vigoroso Sansón.
O en tonos más desmayados
La postrera despedida
Que dio a la penosa vida
El Hacedor de la luz;
O más lánguido remeda
Las lágrimas de María
Cuando en el terrible día
Lloraba al pie de la cruz.
Mas, pasan las santas horas
Y cesa la voz que canta,
Y el pueblo, que se levanta,
Murmura a su vez también:
Se oye el rumor de sus pasos
Que por las naves se alejan,
Y las capillas que dejan,
Abandonadas se ven.
Apenas un sacerdote
Que sordas preces murmura
Cruza con planta insegura
Por delante de un altar,
Se oyen correr los cerrojos
Y las cortinas de seda,
Y hacinadas en manojos
Se oyen las llaves ahocar,
No queda en el santo templo
Más que el ambiente de aroma,
La luz del sol que se asoma
Por el pintado cristal;
Las tumbas de las capillas
Y los pálidos reflejos
De lámparas que a lo lejos
Penden de un arco ojival.
Pasa el sol, viene la tarde,
Y el día desaparece,
Y la negra sombra crece,
Y su imperio vuelve a ser.
Se estrella por fuera el viento
En la calada ventana,
Y lo que ayer fue mañana,
Mañana se dice: ayer.
La duda
Cuando al escribir en ellas
Contemplo tan lindas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Recuerdos tenéis en ellas
Que desgarran la memoria,
Por más que entre tantas flores
Estas espinas se escondan;
Que cuando un enamorado
En himno de amores llora,
Más que a cantar sus cantares,
Su llanto a llorar provoca.
Y los versos de ese muerto
Tanto en lágrimas rebosan,
Que removidas las mías,
A mis pupilas asoman.
Y pues donde tantos cantan
Hay uno que a llorar osa,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Si intento escribiros versos,
Dentro la mente se agolpan
Cuantos primores y hechizos
La naturaleza aborta.
Que en este jardín de España
Las inspiraciones sobran,
Pues basta mirar la lumbre
Con que el sol le tornasola,
Los arroyos que le cruzan,
Los jazmines que le bordan
Y las bellas que le pisan,
Cuantas maravillas brota,
Para entonar tantos himnos,
Tantas letras amorosas,
Que antes que el canto se agote,
Gastada el arpa se rompa.
Pero al ver lo que ese triste
Grabó o lloró en estas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Pluguiera que, en vez de versos,
Mi pluma brotara rosas,
Porque, al menos, con las flores
Se pueden tejer coronas.
Pero a par de los cipreses,
Si nacen flores se agostan;
Y donde los muertos hablan,
Callar a los vivos toca.
Que el recuerdo del que muere
Mucho respetar importa,
Que acaso para velarnos
Quedó en la tierra su sombra.
Y aunque indecisa mi pluma,
Tal vez dudando os enoja,
Y han de hacer mis desvaríos
Que de vergüenza me corra,
Perdonadme si os confieso
Que al contemplar estas hojas,
Entre si llore o si cante
Estoy dudando, señora.
Que vos merecéis los versos,
Nadie en la villa lo ignora;
Y es tan claro por sabido,
Que hasta dudarlo es lisonja.
Que él la memoria merece,
Tampoco hay a quien se esconda,
Pues por triste y por amante
Le recordamos ahora.
y así, entre ambos dividida
La imaginación dudosa,
Los versos son para vos
Si le prestáis la memoria;
Lo que en vos merece el sexo,
En él merece la sombra,
Y lo que en vos la hermosura,
En él la tumba lo abona.
Justo es, con los dos hablando,
Duden el muerto y la hermosa
Si es cantar o si es lamento
Lo que les cantan o lloran.
La luna de enero
El prado está sin verdura,
Y los jardines sin flores,
No cantan los ruiseñores
Amores en la espesura.
No se oye el dulce murmullo
Del viento, que ronco brama,
No brota en la seca rama
Tierno y pintado capullo.
No saltan serenas fuentes
Por entre sutiles bocas,
Que ruedan desde las rocas,
En vez de arroyos, torrentes.
La luz que los aires puebla
Pesada, amarilla y tarda,
Se pierde en la sombra parda
De la perezosa niebla.
Se viste el color del cielo
Color de los funerales,
Y son del alba cristales
Los carámbanos de hielo.
Brota a los rudos estragos
Con que el invierno la abruma,
La tierra nieblas y lagos,
El mar montañas de espuma.
Y hacinados de ancha hoguera
Los hombres en derredor,
Contemplan el resplandor
Que asalta la azul esfera.
Y baja amarillo el río,
Y entre sus ondas pesadas
Trae las ramas desgajadas
Al furor del cierzo impío.
Mas la noche silenciosa
Por el firmamento sube,
Sin que la manche una nube,
Engalanada y vistosa.
Que en vez de sombra importuna
Vienen siguiendo sus huellas
Mil ejércitos de estrellas,
Cortesanas de la luna.
Que la noche, en recompensa,
Callando los vendavales,
Enciende sus mil fanales
Sobre la atmósfera inmensa.
¡Qué bella es la luz de plata
Con que la noche se viste
Después del día más triste
De la estación más ingrata!
Se ven en la oscuridad,
Como soldados que velan,
Cuál con la lluvia riëlan
Las torres de la ciudad.
Se sienten rodar inquietas,
Lanzando un grito violento
Al brusco empuje del viento,
Sobre el punzón las veletas.
Y en las mansiones vecinas
Los vidrios de las ventanas
Remedan las luces vanas
Colgadas en las esquinas.
No hay sombra en que no veamos
Alguna fantasma oculta,
Que porque más la temamos,
La noche la sombra abulta.
Pues por completa ilusión
La noche miente tan bien,
Que las cosas que se ven
No son las cosas que son.
El aire cristales miente,
Plata los pliegues del río,
Lluvia de ámbar el rocío,
Nácar y perlas la fuente.
Y alza a lo lejos el monte,
Como filas de soldados,
Mil peñascos apiñados
Que guardan el horizonte.
¡Bello es entonces cantar
Con enamorado acento,
Versos que cruzan el viento
Para nacer y expirar!
Bello es en la sombra oscura
Ver una ondulante falda,
Y adivinar una espalda
Sobre una esbelta cintura.
Pensar un velo sutil
Ocultar un blanco cuello,
Y buscar detrás de aquello
Un elegante perfil.
Y alcanzar por entre el velo
Dos ojos o dos centellas,
Que iluminan como estrellas
El espacio de aquel cielo.
Hasta la misma amargura
Es tal vez menos amarga,
Que cuanto la noche alarga
Adquiero más hermosura;
Que en una noche tranquila
Parece el cielo, en verdad,
Ojo de la eternidad,
Y la luna su pupila.
Reina de los astros,¡Luna!,
Como tu luz no hay ninguna;
Si el alba tiene arrebol,
Si tiene rayos el sol,
Su luz de fuego importuna.
Cansa por cierto ese ardor
Con claridad tan extrema;
Bello es del alba el color,
Bello del sol el calor,
Pero tanta lumbre quema.
¡Oh, de la tuya templada
Es fantástico el imperio!
Tú con tu luz plateada
Das de la sombra a la nada
Los contornos del misterio.
¡Oh noches encantadoras,
Volved con tanta riqueza!
¡Hermosas son vuestras horas,
Que embellecen seductoras
Del ánima la tristeza y
Como aquéllas ¡no hay alguna;
Que en vez de sombra importuna
Traen por orgullo con ellas
Mil ejércitos de estrellas
Cortesanas de la luna.
La meditación
Sobre ignorada tumba solitaria,
A la luz amarilla de la tarde,
Vengo a ofrecer al cielo mi plegaria
Por la mujer que amé.
Apoyada en el mármol la cabeza,
Sobre la húmeda hierba la rodilla,
La parda flor que esmalta la maleza
Humillo con mi pie.
Aquí, lejos del mundo y sus placeres,
Levanto mis delirios de la tierra,
Y leo en agrupados caracteres
Nombres que ya no son.
Y la dorada lámpara que brilla
Y al soplo oscila de la brisa errante,
Colgada ante el altar en la capilla
Alumbra mi oración.
Acaso un ave su volar detiene
Del fúnebre ciprés entre las ramas,
Que a lamentar con sus gorjeos viene
La ausencia de la luz:
Y se despide del albor del día
Desde una alta ventana de la torre,
O trepa de la cúpula sombría
A la gigante cruz.
Anegados en lágrimas los ojos
Yo la contemplo inmóvil desde el suelo
Hasta que el rechinar de los cerrojos
La hace aturdida huir.
La funeral sonrisa me saluda
Del solo ser que con los muertos vive,
Y me presta su mano áspera y ruda
Que un féretro va a abrir.
¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,
Mi terrenal pensamiento!
¡Deja que se pierda impío
Como el murmullo de un río
Entre los pliegues del viento!
¿Por qué una imagen mundana
Viene a manchar mi oración?
Es una sombra profana,
Que tal vez será mañana
Signo de mi maldición.
¿Por qué ha soñado mi mente
Ese fantasma tan bello,
Con esa tez transparente
Sobre la tranquila frente
Y sobre el desnudo cuello?
Que en vez de aumentar su encanto
Con pompa y mundano brillo,
Se muestra anegada en llanto
Al pie de altar sacrosanto,
O al pie de pardo castillo.
Como una ofrenda olvidada
En templo que se arruinó,
Y en la piedra cincelada
Que en su caída encontró,
La mece el viento colgada.
Con su retrato en la mente,
Con su nombre en el oído,
Vengo a prosternar mi frente
Ante el Dios omnipotente,
En la mansión del olvido.
¡Mi crimen acaso ven
Con turbios ojos inciertos,
Y me abominan los muertos,
Alzando la hedionda sien
De los sepulcros abiertos!
Cuando estas tumbas visito,
No es la nada en que nací,
No es un Dios lo que medito,
Es un nombre que está escrito
con fuego dentro de mí.
¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,
Mi terrenal pensamiento!
¡Deja que se pierda impío
Como el murmullo de un río
Entre los pliegues del viento!
La noche de invierno
A D. Jenaro Villaamil
Pintor: el viento se estrella
Bramando en esa ventana;
En pos de su airada huella
La lluvia y la noche van;
Prepara lienzo y pinceles,
Yo escribiré tu pintura,
Y conquistemos laureles
Al través del huracán.
Agua las nubes abortan;
Se ve la lumbre amarilla
De las centellas, que cortan
Nubes y lluvia al caer;
Se oyen girar las veletas
Sobre la gigante torre,
Y las pizarras sujetas,
Agua y viento repeler.
Se ven oscilar tus lienzos,
Del crudo viento impelidos,
Que por los vidrios hendidos
Penetra inquieto hasta aquí.
Esos retratos colgados,
Que unos con otros se chocan,
Son escudos conquistados
Y blasones para ti.
Y se oye el son temeroso
De campanas que, rompiendo
De los hombres el reposo,
Conjuran la tempestad;
Se oye en la calle azorado,
De alguno que huye la lluvia,
El paso precipitado
Cruzando en la oscuridad.
Encendamos una hoguera,
Cuya roja llama alumbre
Esos rostros en hilera
Colgados en la pared,
Que mecidos por el viento
Y animados por la llama,
Nos darán un pensamiento
Y una corona tal vez.
Tú tienes dentro la mente
Galerías, catedrales,
Y todo el lujo de Oriente
Y un mando para pintar;
Tú tienes en tus pinceles
Derruídos monasterios
Con aéreos botareles
Y afiligranado altar.
Tienes torres con campanas
Y transparentes labores,
Castillos con castellanas
Que aguardan a su señor,
Y bóvedas horadadas,
Y silenciosas capillas
Donde en marmóreas almohadas
Yace el muerto fundador.
Y antiquísimas ciudades
Que, por el tiempo roídas,
Cuentan al tiempo verdades
Que él se desdeña escuchar;
Tienes en el valle fuentes,
Peñascos en la montaña,
Y en los peñascos torrentes
Que se arrastran a la mar.
Tienes en los mares islas
Con ciudades y jardines,
Y en los jardines festines,
Y en los festines placer…..
Prepara lienzo y pinceles
Y deja que el viento bramo,
Y la lluvia se derrame,
Y estalle el rayo al caer.
A inspirarnos han venido
La noche con sus tinieblas,
El rayo con su estampido,
La lluvia con su rumor;
Tú pintarás lo que sientas,
Yo escribiré lo que siento
En el empuje violento
Del huracán bramador.
Yo escribiré cómo muge
El vendaval en tus torres,
Cómo entro las jarcias cruje
Del buque que va a anegar;
Cómo zumba en las almenas
Con que ciñes tus castillos,
Cómo silba en las cadenas
Que el puente han de sujetar.
Escribiré cómo imita
La humana voz en las rocas,
Y como el milano grita,
Y ruge como el león,
Silba como la serpiente,
Sorbe como la lechuza,
La voz de un incendio miente
Al cruzar un torreón.
Miente el graznido del cuervo,
Brama como el ronco toro,
Remeda el distante lloro
De una garganta infantil;
Y azotando los cristales,
Finge el fantástico vuelo
De espíritus infernales
Que pasan de mil en mil.
E imita el rumor confuso
De clarines y de aceros,
De carros y caballeros
Que van marchando detrás,
Y de un lejano combate
Los alarmantes clamores,
Y el ruido de los tambores
Que redoblan a compás.
Tú pintarás la montaña
Entre la niebla sombría,
Pintarás la lluvia fría
Derramada desde allí;
Los alcázares morunos,
Los pilares bizantinos,
Monumentos peregrinos
Embellecidos por ti.
Pintarás los gabinetes
Cincelados de la Alhambra,
Y el humo de los pebetes
Y las bellas del harén.
Tú pintarás las memorias
Que nos quedan por fortuna,
Yo escribirá las historias
Que vida a tus cuadros den.
Te diré el blando murmullo
De las aguas destrenzadas,
Y el melancólico arrullo
De la tórtola que amó;
Te diré cómo se mecen
Las flores sobre los tallos,
Cómo nacen, cómo crecen,
Cómo, el sol las agostó.
Tú nos pintarás al hombre
Con su choza o su palacio,
Y yo te diré su nombre,
Y lo que en el mundo fue:
Tú al mundo darás colores,
Yo le dará lengua y vida;
Tú pintarás los amores,
Y yo te los cantaré,
¡Pintor! Que la noche ruede
Con el ronco torbellino,
Que envuelta en tormentas quede
La desvelada ciudad;
Nosotros, lejos del mundo,
Otro mundo gozaremos,
De la hoguera que encendemos
A la roja claridad.
Calderón, Murillo, Ercilla,
Colgados por las paredes
Con su estoque y su golilla,
Forman nuestro mundo aquí.
Ahí están Lope, Cervantes,
Vinci, Rivera, el Ticiano….,
Con tintas para tu mano,
E inspiración para mí.
Prepara lienzo y pinceles,
Despliega tu fantasía;
Cuando nos sorprenda el día,
Que alumbre una creación.
Pintor, ese torbellino
Ha venido a visitarnos,
En él nos trajo el destino
La violenta inspiración.
La noche no tiene ruido
La noche no tiene ruido,
En la sombra no hay color,
No hay en los viejos cuidado,
Las dueñas no tienen voz;
Pero cuando todos duermen
Estamos velando dos:
Ella, en la reja sentada,
Y al pie de la reja, yo.
Mis ojos no ven sus ojos,
No ven su tez transparente,
No ven su rosada frente
Ni su sonrisa de amor;
No ven el rubor de virgen
Que sus mejillas colora;
Tiene quince años ahora…,
Las niñas tienen rubor.
No ven mis ojos avaros
Su casi desnuda espalda,
Ni entre la revuelta falda
Asomado el blanco pie:
Como en la orilla de un río,
Rompiendo la inquieta espuma,
Tender la flotante pluma
Nevado un cisne se ve.
Ni en su garganta y sus hombros
El alto pecho imagino,
Ni por su rostro adivino.
Del corazón la inquietud;
Y tiene la áspera reja
Centinela desvelado:
Delante el amor osado,
Detrás la frágil virtud.
Mas ¡pese a la densa reja,
Pese a la noche sombría,
Ya tengo ¡paloma mía!
El alma bañada en ti!
Tengo mis labios de fuego
Sobre tus labios de rosa,
Y en tu pecho late, hermosa,
Un corazón para mí.
¡Adiós!, que por el Oriente
La luz importuna sube,
Y envuelto en húmeda nube
Las tinieblas rasga el sol,
Y para una niña en vela
Y el galán que la enamora,
Mucha luz tiene la aurora
En el brillante arrebol.
Vierte el alba en su sonrisa
Su armonía y su color,
Y se columpia la brisa
En el cáliz de la flor;
De rosa, lirio y claveles,
Robando el fragante olor,
Cuelga en los anchos laureles
Gemido murmurador.
Y gime la fresca fuente
Bajo el manto de cristal,
Y gime lánguidamente
La tórtola angelical;
Y enamorada paloma
Bebe la luz matinal,
Meciendo el aura de aroma
Con arrullo desigual.
En tanto el noble mancebo
El ancho jardín cruzó,
Murmurando por lo bajo
Enamorada canción.
«¡Oh! Vuelve, noche sin ruido,
Con tu sombra sin color,
Con tus viejos sin cuidado
Y cien tus dueñas sin voz;
Porque, cuando todos duerman,
Volvamos a velar dos:
Ella, en la reja sentada,
Y al pie de la reja, yo.»
La orgía
La sombra nos cobija
Con su tapiz de duelo;
Cansado ya del cielo,
El sol se hundió en la mar.
El mundo duerme imbécil,
Vacilan las estrellas;
En torno a las botellas
Venid a delirar.
Venid, niñas sedientas
De libertad y amores,
Que fiestas y licores
Dan libertad y amor;
Húmedos de esperanza
Traed los ojos bellos,
Sin trenzas los cabellos,
La frente sin rubor.
La vida es una farsa
Hipócrita y demente,
Y el mundo, indiferente,
Se cansa del placer;
El mundo se ha dormido;
Romped vuestros papeles,
Dejad los oropeles
Que vano os prestó ayer.
Dejad de esa comedia
El torpe fingimiento;
Ahogad el preso aliento
Con larga libación;
La sombra, si ese cielo
Su luz tiende importuna,
Envolverá la luna
En tocas de crespón.
¡Oh! Lejos de los ojos
De la curiosa plebe,
La copa en que se bebe
Nos abre un ancho Edén;
El fondo cristalino
Las luces multiplica,
Y de vapores rica,
Perfuma nuestra sien.
Los labios desfrenados,
La lengua desatada,
En larga carcajada
Prorrumpen sin cesar;
La lumbre de los ojos,
Inquieta y silenciosa,
Los ojos de una hermosa
Se afana en reflejar
Venid a los festines
Avaras de placeres,
Que el cielo en las mujeres
Atesoró el placer;
Venid, niñas, sin cuitas,
Desnudo el albo seno,
Porque quiero el veneno
De vuestro amor beber.
Cuando la inquieta mente
Con el vapor vacile,
Y revoltosa apile
Fantasma de vapor,
Veréis cómo, insensata,
El ánima delira,
Y voluptuosa aspira
El ámbar del amor.
Entonces, en la sombra,
Las pardas muselinas
Visiones peregrinas
Flotando mostrarán,
Y en cada marco de oro,
Cerradas las pinturas,
Diabólicas figuras
Al vidrio asomarán.
Entonces, cada lámpara
Parodiará una hoguera,
Que miente y reverbera
Las lámparas del sol;
Y en el balcón la luna,
Parecerá una estrella,
Donde arde una centella
Del fúlgido farol.
Cada sonoro brindis
De la animada fiesta,
Nos fingirá una orquesta
De mágica ilusión;
Un eco misterioso,
Sin canto ni instrumento,
Que irá con el aliento
A dar al corazón.
De cada ardiente beso
El lúbrico estallido,
Rasgará el sostenido
Murmullo bacanal,
Como reloj deshecho,
Que sin marcar las horas,
Sacude las sonoras
Campanas de metal.
El mundo duerme, niñas;
Bebamos y cantemos,
Que más no sacaremos
Del mundo engañador;
Húmedos de esperanza
Traed los ojos bellos,
Sin trenzas los cabellos,
La frente sin rubor.
Venid, y mal prendidos
Los velos y los chales,
Prodiguen, liberales,
La luz de vuestra tez;
Los ondulantes rizos
Flotando por la espalda,
La mal ceñida falda
Mintiendo desnudez.
Y las de negros ojos,
Que ostenten su mirada
Altiva, enamorada,
Con infernal pasión;
Y las rubias ostenten,
Sin máscaras de tules,
Las pupilas azules
Y rojo el corazón.
La noche se desliza,
Su llama el sol enciende,
El día nos sorprende,
Va el mundo a despertar.
¡Cantemos y bebamos,
Que cuando venga el día,
El sueño de la orgía
Le volverá a apagar!
La plegaria
Helos al pie de la cruz
En oración reverente;
La virtud brilla en su frente
Como la primera luz
Del sol que alumbra en Oriente.
Niños tal vez desvalidos
Que pasan desconocidos,
Con la inocencia en el alma,
Como en desiertos perdidos
Con sus racimos la palma.
Ángeles acaso son
Que, el mundo sin conocer,
Llevan en el corazón
Una sublime oración
Y las virtudes de ayer.
Sus ojos ven solamente
A través del blanco velo
Que cerca el alma inocente,
Vida en la tierra inclemente,
Luz y armonía en el cielo.
Ven en el alba colores
Y en el llano hierba y flores,
Sombra, del valle en la hondura,
Y en el aire ruiseñores,
Y peñascos en la altura.
Para ellos, música el viento
Es, si las alas despliega,
Si en las secas hojas juega,
O entre las flores se pliega
Con lascivo movimiento.
Y son las flotantes ramas,
Del sol a las rojas llamas,
Del prado, verdes espumas,
De aérea serpiente, escamas,
De águila terrestre, plumas.
Y son los hombres hermanos,
Y oran por ellos contentos,
Hasta que los hombres vanos
Pongan, leones hambrientos,
En su inocencia las manos.
Sabe ella que es virgen bella,
Y él un ángel hechicero,
Porque no dudan él ni ella
Que ella es de virtud estrella,
Y él de inocencia lucero.
Mas ¡ay! que del pedestal
A la sombra cobijado,
Acaso un ojo carnal
Está en la virgen posado
Con una idea brutal.
Y sobre la tez de rosa
La lágrima de dolor
Que ella derrama piadosa,
El hombre la cree de amor,
Y llama al ángel ¡hermosa!
Que tal vez pintarse intenta
Aquella avara pupila,
De torpes formas sedienta,
Mil perfecciones que aumenta
En esa virgen tranquila.
Así incompletas y vanas
Las cosas del mundo son,
¡Que a turbar vienen livianas
Esa angélica oración
Con imágenes mundanas!
¿Por qué, pintor, ideaste
Una plegaria tan bella,
Si la cruz que levantaste,
Luego, pintor, la ultrajaste
Pintando al hombre tras ella?
¡No digas quién la creó!
culpa no arguya!
¡Que en ambos
Tú fuiste quien la pintó,
Mas la malicia no es tuya,
Que quien la escribe soy yo.
La sombra nos cobija…
La sombra nos cobija
Con su tapiz de duelo;
Cansado ya del cielo,
El sol se hundió en la mar.
El mundo duerme imbécil,
Vacilan las estrellas;
En torno a las botellas
Venid a delirar.
Venid, niñas sedientas
De libertad y amores,
Que fiestas y licores
Dan libertad y amor;
Húmedos de esperanza
Traed los ojos bellos,
Sin trenzas los cabellos,
La frente sin rubor.
La vida es una farsa
Hipócrita y demente,
Y el mundo, indiferente,
Se cansa del placer;
El mundo se ha dormido;
Romped vuestros papeles,
Dejad los oropeles
Que vano os prestó ayer.
Dejad de esa comedia
El torpe fingimiento;
Ahogad el preso aliento
Con larga libación;
La sombra, si ese cielo
Su luz tiende importuna,
Envolverá la luna
En tocas de crespón.
¡Oh! Lejos de los ojos
De la curiosa plebe,
La copa en que se bebe
Nos abre un ancho Edén;
El fondo cristalino
Las luces multiplica,
Y de vapores rica,
Perfuma nuestra sien.
Los labios desfrenados,
La lengua desatada,
En larga carcajada
Prorrumpen sin cesar;
La lumbre de los ojos,
Inquieta y silenciosa,
Los ojos de una hermosa
Se afana en reflejar
Venid a los festines
Avaras de placeres,
Que el cielo en las mujeres
Atesoró el placer;
Venid, niñas, sin cuitas,
Desnudo el albo seno,
Porque quiero el veneno
De vuestro amor beber.
Cuando la inquieta mente
Con el vapor vacile,
Y revoltosa apile
Fantasma de vapor,
Veréis cómo, insensata,
El ánima delira,
Y voluptuosa aspira
El ámbar del amor.
Entonces, en la sombra,
Las pardas muselinas
Visiones peregrinas
Flotando mostrarán,
Y en cada marco de oro,
Cerradas las pinturas,
Diabólicas figuras
Al vidrio asomarán.
Entonces, cada lámpara
Parodiará una hoguera,
Que miente y reverbera
Las lámparas del sol;
Y en el balcón la luna,
Parecerá una estrella,
Donde arde una centella
Del fúlgido farol.
Cada sonoro brindis
De la animada fiesta,
Nos fingirá una orquesta
De mágica ilusión;
Un eco misterioso,
Sin canto ni instrumento,
Que irá con el aliento
A dar al corazón.
De cada ardiente beso
El lúbrico estallido,
Rasgará el sostenido
Murmullo bacanal,
Como reloj deshecho,
Que sin marcar las horas,
Sacude las sonoras
Campanas de metal.
El mundo duerme, niñas;
Bebamos y cantemos,
Que más no sacaremos
Del mundo engañador;
Húmedos de esperanza
Traed los ojos bellos,
Sin trenzas los cabellos,
La frente sin rubor.
Venid, y mal prendidos
Los velos y los chales,
Prodiguen, liberales,
La luz de vuestra tez;
Los ondulantes rizos
Flotando por la espalda,
La mal ceñida falda
Mintiendo desnudez.
Y las de negros ojos,
Que ostenten su mirada
Altiva, enamorada,
Con infernal pasión;
Y las rubias ostenten,
Sin máscaras de tules,
Las pupilas azules
Y rojo el corazón.
La noche se desliza,
Su llama el sol enciende,
El día nos sorprende,
Va el mundo a despertar.
¡Cantemos y bebamos,
Que cuando venga el día,
El sueño de la orgía
Le volverá a apagar!
La torre de Fuensaldaña
I
Yo he sentido bramar al ronco viento
Del helado Diciembre en noche obscura,
Remedando de un hombre el triste acento
De roto murallón en la hendedura.
Ardía en el salón envejecido
Purpúrea llama de sonante leña,
Y el ámbito vibraba estremecido
Al reflejar en la empolvada peña.
De la pompa feudal resto desnudo
Sin tapices, sin armas, sin alfombra,
Hoy no cobija su recinto mudo
Más que silencio, soledad y sombra.
Tal vez groseros cuentos populares
Bajo el nombre sin crónica conserva,
Y en las bóvedas, torres y pilares
Brota a pedazos la pajiza hierba.
Los pájaros habitan la techumbre
Y la tapiza la afanosa araña,
Y eso guarda la tosca pesadumbre
Del viejo torreón de Fuensaldaña.
Yo, que era entonces loco, triste y niño,
Pasaba alguna vez bajo sus muros
Por contemplar el desgarrado aliño
De sus huecos recónditos y obscuros.
Allí, en delirios de amistad perdida
Y en infantiles pláticas sabrosas,
Adormecí las cuitas de mi vida
Y las horas de noches pavorosas.
Allí, al calor de la humeante hoguera
De las cóncavas piedras al abrigo,
Oía el viento rebramando fuera,
Y a mi lado la voz de algún amigo.
Allí, sobre nosotros se elevaban
Robustas torres, góticas almenas,
Que la furia del viento rechazaban
Sobre el cimiento colosal serenas.
A veces nuestra alegre carcajada,
Repetida en los aires por el eco,
Moría en sus bramidos sofocada,
De la alta torre en el tendido hueco.
A veces nuestras báquicas canciones,
Como estertor de agonizante pecho,
Acompañaba en compasados sones
Sordo zumbando en callejón estrecho.
Otras, en melancólica armonía,
Remedaba lamentos y suspiros,
Y otras, en repugnante gritería,
El vuelo y voz de brujas y vampiros.
De las rotas almenas erizadas
Al sacudir la destocada frente,
Remedaba el hervir de las cascadas
Y el áspero silbar de la serpiente.
O en revuelto y confuso torbellino
La ruinosa terraza estremeciendo,
De la tendida lona en son marino
Semejaba tal vez el largo estruendo.
Le oíamos a veces a lo lejos
Cruzando el valle con airado paso,
Y crujían los árboles añejos
Como chascara entre la llama un vaso.
Y en continuo rumor sonando a veces,
Le oíamos rozar el firme muro,
Como en hondo tonel hierven las heces
Que una bruja animó con un conjuro.
Le oíamos rodar embravecido
Las desiguales piedras azotando,
Y en los huecos colgar ronco mugido,
Y el seco musgo arrebatar pasando.
Le oíamos entrar y revolverse
Con espantable son en las troneras,
Y estrellarse, y crecer hasta perderse,
Barriendo las tortuosas escaleras.
Las ramas de los árboles vecinos,
En las rejas meciéndose colgadas,
Dibujaban contornos repentinos
De espantosas visiones descarnadas.
Y al brusco y desigual sacudimiento
Desplomados los vidrios de colores,
En el mal alumbrado pavimento
Reverberaban falsos resplandores.
Y asaltando la boca que topaba
Rodando en torno de la mustia hoguera,
Entre la llama pálida soplaba,
Blanca ceniza hasta elevar ligera.
Silbando entonces lánguido y sonoro,
Al cruzar murmurando en las ventanas,
Nos revelaba en armonioso coro
Música de veletas y campanas.
Y mezclaba el susurro de las hojas
Que coronaban los silvestres pinos,
Con el gotear entre las juncias flojas
De los turbios arroyos campesinos.
De los atentos perros el ladrido,
Y el canto agudo del despierto gallo,
Con el inquieto y bélico alarido
Del trémulo relincho del caballo.
Bullían en el ánima exaltada
Locos fantasmas de soñados cuentos,
Y sostenía, apenas fatigada,
El peso de los ojos soñolientos.
Entonces, a la sombra cobijados,
Los pies a par de la expirante lumbre,
Cedían nuestros párpados cansados,
Más que a la voluntad, a la costumbre.
Y a cada chispa del tizón postrero,
A cada empuje del turbión errante,
A cada voz del pájaro agorero
Que velaba en el nido vacilante,
Volvíamos el gesto, recelosos,
En derredor del descompuesto fuego,
Levantando los ojos perezosos,
Que al roto sueño se tornaban luego.
Y en aquella mirada adormecida
Se pintaba la sombra misteriosa,
De volubles contornos revestida,
De cuerpo inmenso, de color medrosa.
Gozábamos al fin insomnio inquieto,
Delirando festines y batallas,
Con tumultos sin época ni objeto,
Con broqueles, con yelmos y con mallas.
Y soñábamos duendes y conjuros
En una tierra mágica y lejana,
Deleitados en cóncavos obscuros
Con cantares de sílfide liviana.
Poco a poco deshechas las visiones,
Soñábamos con sombras infinitas,
Donde se oían apagados sones
De invisibles orquestas exquisitas.
Y más tarde, las sombras vacilando
Entre pardo crepúsculo naciente,
Íbanse luz y sombras alejando
De la febril y temerosa mente.
Músicas, miedos, fábulas y sombras,
Sus contornos al fin desvanecían,
Y en un salón sin lámparas ni alfombras.
Sólo estaban dos locos, y dormían.
II
-Y era grato, al son del viento,
Abrir el párpado al día,
Y contemplar, soñoliento,
Su confuso resplandor
A través de las abiertas,
Hondas y estrechas ventanas,
Y de las hendidas puertas
De los quicios en redor.
Ver la atmósfera tocada
Con turbio cendal de niebla,
Sobre los campos posada,
Interceptando el mirar;
Y oír la ráfaga inquieta
Que al vendaval sustituye,
En la acerada veleta
Sordamente rechinar.
Ver las medrosas visiones
Que en la noche nos turbaron,
En bóvedas y rincones
De opaca lumbre al lucir;
En escombros convertidas
Musgo y tintas con que al tiempo
Las murallas carcomidas
Plugo manchar y vestir.
Ver en las toscas paredes,
En vez de ricos tapices,
Tender su baba y sus redes
Al insecto descortés,
Que entre los nombres tranquilos
Las labra de los viajeros,
Cubriéndolos hilo a hilo
Sin envidia ni interés.
Ver a la afanosa araña
En los blasones del muro
Hilar con paciente maña
Sus hebras para cazar;
Y en la recóndita grieta,
La presa que vuela en torno,
Vigilante, astuta y quieta,
A que se enrede esperar.
Y en el oculto madero
Hallar de rincón ruinoso,
El rastro de un hormiguero
Que en el verano pasó;
Que en el fondo nació acaso,
Mas no contento en el suelo,
Con irreverente paso
Hasta la almena trepó.
¿Quién dijera a los barones
De la torre de Saldaña
De sus techos y salones,
La mengua y la soledad?
¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Cuánto puedes,
Tú, que indiferente escribes
Sobre cráneos y paredes
La cifra de la verdad!
Yo he visitado esos muros,
Hoy trojes de rico hidalgo,
Y en sus salones obscuros
Ancha hoguera levanté.
Corrí llaves y cerrojos
Cual si de ellos dueño fuera,
Y sus tablas y despojos
Para alumbrarme quemé.
No respeté ni sus años,
Ni su nombre y dueño antiguos…..
Y para insultos tamaños,
¿Quién era en Saldaña yo?
Un niño, un triste o un loco,
Que divertido en sus penas,
Curaba entonces muy poco
De cuanto grande vivió.
Y a fe que, libre y contento,
A la lumbre de mi hoguera,
En tanto bramaba el viento,
Tranquilamente dormí;
Y al despertar con el día,
Contempló absorto y ufano
La gruesa mampostería
Que por alcoba elegí.
Luchaba el sol, afanado,
Con la turbia húmeda niebla,
Y el fulgor tornasolado
Cruzaba por el salón.
El aire, en fuerzas cediendo,
Brotó en ráfagas errantes,
Y aun se le oía gimiendo
Con menos airado son.
Miré desde las ventanas
El árido campo seco:
Algunas hierbas livianas
Encontró no más en él.
El aire las sacudía
Y la niebla las mojaba;
Escaso arbusto crecía
Del campo mudo al lindel.
Algunas nocturnas aves
Guarecidas, asomaron,
En los rotos arquitrabes
Su misterioso mohín:
Mirélas indiferente,
Y al rumor de mis pisadas
Hundieron la negra frente
Del nido cóncavo al fin.
Entonces, de la alta cumbre,
El sol, rasgando la niebla,
Derramóse en viva lumbre
De trémulo resplandor;
Y en los pardos murallones
Trazó cuadros luminosos,
Alumbrando los salones.
De cenagoso color.
Y entonces, a los reflejos
De la llama repentina,
De aquellos rincones viejos
En la antigua soledad,
Bulleron miles de insectos
Asomando por las grietas:
Monstruosos por lo imperfectos,
Raros por la variedad.
Y oíanse los cantares
Del tosco templo vecino,
En compases regulares
Desvanecerse y crecer;
Y el órgano y las campanas,
Al roto soplo del viento,
Ya perdidas, ya cercanas,
En él sus ecos mecer.
Pasó la noche sonora,
Pasó la mañana inquieta;
Mis años, hora por hora,
A contar, triste, volví.
Si hallé la vida cansada
Y lamenté su amargura,
Yo vivo con mi tristura,
Mas la torre quedó allí.
Muchos curiosos, acaso,
Por llegar a Fuensaldaña,
Aceleraron el paso,
De aquella noche después;
Mas ¡ay de hombro mezquino!
¡Quién encontrará mañana,
Entro el polvo del camino,
La huella de nuestros pies!
La Virgen al pie de la Cruz
Stabat Alater dolorosa
Juxta crucena lacrymosa
Dum pundebat Filius.
Velaba entonces el cielo
Su lumbre en opacas nieblas,
Y, crespón de tanto duelo,
Tendió la sombra en el suelo
Anchos pliegues de tinieblas.
Ni un pájaro por el viento,
Ni una fiera por la roca,
Ni entre el musgo amarillento
Asoma reptil hambriento
La desenterrada boca.
Ni el ronco mar a lo lejos
En sordo tumulto brama,
Vibrando en turbios espejos
Tornasolados reflejos
Que por la playa derrama.
Ni una brisa, ni un gemido
El aire pesado encierra,
Que, doliente y abatido,
Yace sin fuerzas tendido,
Las alas contra la tierra.
Grupos de nubes impuras,
En la alta región inmobles,
Ciñen en bandas obscuras
La lumbre de las alturas
Con sus cortinajes dobles.
Ráfaga de luz sangrienta,
El negro ambiente cruzando,
Amaga pronta tormenta,
Una natura alumbrando
Dormida o calenturienta.
La rosa que el aura riza
Se dobla en el tallo seca,
Y de la hierba pajiza
Sostiene la raíz hueca
Campo estéril de ceniza.
Y del desierto a la entrada,
En torpe paso el Jordán
Arrastra el agua pesada;
Una con otra amarrada,
Sin ruido las ondas van.
Y en los anchos arenales,
Por donde las ondas crecen,
Los penachos desiguales
Saludándolas no mecen
Palmas y cañaverales.
Todo entre sombras callaba;
El mundo, en reposo inerme,
Curioso se contemplaba,
Cual de despertar acaba
Un hombre, y duda si duerme.
Víanse al lejos enhiestas,
Cerrando los horizontes,
En dobles hileras puestas,
Las enmarañadas crestas
De los escarpados montes.
Entre los troncos desnudos
Alzando las blancas losas,
Los esqueletos agudos
Sacaron, de asombro mudos,
Las calaveras medrosas.
Ninguno osó preguntar
Lo que era triste saber;
Ninguno acertó a dudar
Lo que salió a contemplar
Y alcanzó temblando a ver.
Allí Adán el pecador
Asomó el gesto confuso
Mirando en su derredor;
De rodillas, de pavor,
Sobre la piedra se puso.
-¿Es esa mi raza?…, dijo
Hiriendo la calva frente,
Y llorando se maldijo,
A su Dios mirando fijo
En un palo entre su gente.
Secos, vacilantes, flojos,
Malditos en él también,
Los otros yertos despojos
Volvieron hacia Salén
Los sin luz cóncavos ojos.
Allá en la vasta llanura
Está la impía ciudad,
Como meretriz impura
Que falsa ostenta hermosura
Merced a la obscuridad.
Y el Gólgota misterioso
Levantado detrás de ella
Entre ufano y vergonzoso,
Con un suplicio horroroso
Rota la frente, descuella.
Estaba en honda agonía
Al pie de la cruz llorosa
La Madre Virgen María,
Y de la cruz afrentosa
El Hijo muerto pendía.
Desgarrado el santo pecho,
Herido y alanceado,
Y en el madero derecho
Desconocido y deshecho
El cuerpo descoyuntado.
Tan rasgadas las heridas
De ambos pies y de ambas manos,
Que cayeran divididas
A no estar tan sostenidas
En brazos tan soberanos.
Y porque culpa tan fea
Ofrenda tan santa borre,
La hirviente sangre gotea,
Y en el peñasco en que corre,
Avaro el viento la orea.
Allí, por tierra postrada,
Moribunda y desolada
La castísima María,
Con el suplicio abrazada
La ardiente sangre bebía.
Y parado el mundo entero
Asombrado la miraba,
Que sola en dolor tan fiero
A su Dios muerto lloraba
Al pie del santo madero.
-¡Ella llora, y yo pequé!…..
¡Madre amorosa, perdón,
Que yo le crucifiqué,
Yo su sangre derramé
Y manché la creación!
Yo le robé de tus brazos
Sin respeto a su deidad;
Le até con estrechos lazos
Para arrancarle, es verdad,
Las entrañas a pedazos.
Y tú, Madre, en tu dolor
Mesándote los cabellos,
Al verdugo matador
Tendiste los brazos bellos,
Demandándole favor.
Por templar su sed rabiosa,
Tú, Madre de Dios bendita,
Pálida la faz de rosa,
Te prosternaste llorosa
Ante la raza maldita.
-No humana, de tigres fue;
Que si te vieron acaso
Los hombres en quien pequé,
Cual brezo que estorba el paso,
Te apartaron con el pie.
¡Tú hollada, Virgen, así!…..
¡Tú, que pisas de rubí
Vistosa, viviente alfombra,
Y besa el ángel tu sombra
Si pasa cerca de ti!
¡Tú, de estrellas coronada,
Del ardiente sol vestida,
Y de la luna calzada,
Tan triste y tan dolorida
Por raza tan condenada!
¡Tú llorando, Madre mía,
Cuando una lágrima tuya
El mundo rescataría,
Cuando el tiempo le concluya
En el postrimero día!
¡Tus ojos llorosos tanto
Cuando al sol prestan su luz!
¡Oh Madre, por tal quebranto!
Que me salve a mí tu llanto
Al pie de la santa cruz!
Yo tengo un recuerdo
De edad más dichosa;
Tú, Madre amorosa,
Lo sabes tal vez.
Entonces alegre,
De afanes segura,
Soñaba ventura
Mi loca niñez.
Brindábame entonces
La vida placeres,
No vi en las mujeres
El mal del amor.
Reía y cantaba
Un día, otro día,
Y siempre el que huía
Tornaba mejor.
Que aun no me acosaban
Mis débiles años
Con duelos y engaños
De vana amistad;
Aun no de mis horas
De paz y esperanza
Rompió la balanza
La estéril verdad.
El aire era un velo
De ricos colores,
Brotaban las flores
A impulso del sol;
La noche tranquila
Que en paz me velaba,
Del cenit colgaba
Su turbio farol.
La vida era un sueño
Ligero y flotante;
Fingí delirante
Del mundo un jardín,
Creí que los días
Que pasan huyendo
Felices volviendo
Serían sin fin.
Entonces ¡oh Madre!
Recuerdo que un día
Tu santa agonía
Contar escuché:
Contábala un hombre
Con voz lastimera;
Tan niño como era,
Postréme y lloró.
El templo era obscuro
Vestidos pilares
Se vían, y altares,
De negro crespón;
Y en la alta ventana
Meciéndose el viento,
Mentía un lamento
De lúgubre son.
La voz piadosa
Tu historia contaba;
El pueblo escuchaba
Con santo pavor.
Oía yo atento,
Y el hombre decía:
«Y ¡quién pesaría
»Tamaño dolor!
»El Hijo pendiente
»De cruz afrentosa,
»La Madre amorosa
»Llorándole al pie…»
El llanto anudóme
Oído y garganta;
Con lástima tanta,
Postréme y lloré.
La voz conmovida
Seguía clamando,
El viento zumbando
Seguía a la par;
El pueblo lloraba
Postrado en el suelo,
Contaba tu duelo
La voz sin cesar.
Mi madre, a sus pechos
Mi pecho oprimiendo,
Posaba gimiendo
Sus labios en mí;
Y yo, Santa Virgen,
En son de querella,
No sé si por ella
Lloraba, o por ti.
Tu imagen estaba
Doliente a mis ojos,
Mi madre de hinojos
Oraba a tus pies:
Por quién lloró entonces
Mi pecho afligido,
Ya nunca he podido
Saberlo después.
¡Mi madre tan joven,
Tan bella y penada!
¡Mi madre adorada
Llorando también!
Perdón ¡oh María!
Soy hijo y la adoro,
Su aliento y su lloro
Quemaban mi sien.
Convulso, agitado,
En ámbito estrecho
Latir en su pecho
Sentí el corazón;
El niño creía
Y oró al Crucifijo…..
El niño era hijo
Y ahogó su oración.
Ha poco, en mis horas
De cuita y de duelo,
Amparo en el cielo
Con ansia busqué;
Tu nombre me trajo
Mi fe solitaria,
Y en honda plegaria
Tu nombre invoqué.
Que yo también lloro
Mundanos pesares,
También tengo altares,
Y fe y religión:
Que el gozo y la risa
Que ostento en la frente,
Del alma doliente
La máscara son.
¡Ay, triste! Olvidado,
No hallé en mi abandono
Más luz que tu trono,
Más paz que tu amor;
Y ciego y perdido,
Sin lumbre y sin guía,
A ti te pedía
Llorando, favor.
A ti que llorabas
El día tremendo
Que viste muriendo
Al Dios de la luz:
¡Oh Madre, que el día
De cuentas y espanto
Me salve tu llanto
Al pie de la cruz!
¡Madre mía! Si en tu cielo
Se oye el murmullo mundano,
Y mi cántico liviano
En su cóncavo sonó;
Si la estéril armonía
Llegó a ti del arpa loca,
Y los himnos que mi boca
Sacrílega murmuró;
Tiende los divinos ojos
¡Oh Madre! desde la altura,
Que es polvo la criatura;
Cieno y nada encontrarás;
Que en la senda de la vida
Cada paso que adelanta,
Más débil la torpe planta,
Se acerca a su nada más.
Acuérdate, Madre Virgen,
Que allá en la niñez tranquila
Por ti la clara pupila
Con mis lágrimas nublé;
Que hubo un día en que, escuchando
La historia de tus pesares,
Delante de tus altares
Acongojado lloré.
Olvídate, que insensato,
Sin curar de tus dolores,
Canté profanos amores
Del arpa lúbrica al son;
Acuérdate que, nacido
De flaca y terrena gente,
Tengo de tierra la mente,
Y de tierra el corazón.
Acuérdate, Madre mía,
Que nací niño y desnudo,
Y que hoy a tus pies acudo,
Mi nada al reconocer;
Que mi lengua irreverente
Cambia en himnos inmortales
Los cánticos criminales
Que alzó delirando ayer.
Pues mi postrera esperanza
En tu noble amparo fijo,
Ruega ¡oh Madre! por un hijo
Al Dios que engendró la luz.
Y en aquel tremendo día
De justicias y de espanto,
Que me salve a mí tu llanto
Al pie de la santa cruz.
Las estocadas de noche
I
Las lágrimas de los ojos
disimuladas apenas,
mal prendidos los cabellos,
mal tocada y mal compuesta,
está en un sillón Elvira,
la faz y las manos trémulas,
como criminal que incierto
visita del juez espera;
y los pasos de don Lope
escuchando en la escalera,
más se turba cuando cauta
en disimular se empeña.
Entró en la estancia don Lope,
y al apercibirse de ella
la dijo con voz pausada,
entre amorosa y severa:
«¿Tú lágrimas en los ojos?
¡Por los cielos, que me admira!
¿Quién pudo en ellos, Elvira,
herirte con tal rigor?
¡Oh! Ven, Elvira, a mis brazos,
ven a contarme tus duelos,
que si no admiten consuelos,
admitirán vengador.
La faz escondes turbada,
la frente pálida inclinas;
esas rosas purpurinas,
¿Quién aja traidor así?
¿No me respondes, y lloras?
Pues te obstinas en callarlo,
ve que acaso averiguarlo
me toque después a mí.
Pudiera serme un secreto
lo que tu labio confiese;
mas puede ser que nos pese
lo que yo sepa, a los dos.
Pero a través de esa reja
han pronunciado tu nombre…..
¡Oh! Dime, Elvira, el de ese hombre;
dilo, o mueres, ¡vive Dios!»
Así don Lope diciendo,
asióla de las muñecas,
y entornando la ventana,
mató de un revés la vela.
Resistió, mas sujetóla;
quiso gritar, mas apenas
lanzó una voz, la garganta
contra el almohadón la aferra.
Sonó por segunda vez
desde la calle la seña,
y con acento fingido
dentro don Lope contesta.
A poco oyéronse pasos
de alguno que sube a tientas,
con los rotos escalones
tropezando en las tinieblas.
Y en el silencio solemne
de aquella medrosa escena,
del corazón de don Lope
todos los golpes se cuentan.
«Elvira», dijo el que entraba;
mas viéndose sin respuesta,
volvió a repetir el nombre
dentro de la sala mesma.
Todo allí es sombra y silencio,
todo es soledad en ella;
sólo una chispa encendida
dentro del pábilo humea,
que no ardiendo sino un punto,
la lobreguez más se aumenta;
y el humo con que se ahoga,
fétido el pábilo deja.
Las manos tendió adelante,
y avanzando así el que llega,
con el rostro de don Lope
en la obscuridad tropieza.
«¿Quién va?», preguntó; y su acento
siguiendo mano certera,
de una robusta puñada
tendióle de espalda en tierra.
Asidos ambos a dos,
en la sombra forcejean,
y el duro son de la lucha
confuso en la sombra suena.
Y sin duda a ambos importa
el secreto y la cautela,
porque trabajan las manos
y se recata la lengua.
A cóncavos resoplidos
ambos los pechos alientan,
mas no lanzaron los labios
una exclamación siquiera.
Así, en contados instantes
los dos combatientes ruedan,
hasta que a verse alcanzaron
gente y luces que se acercan.
Abriéronse las mamparas,
y casi en el linde de ellas
hallóse un hombre en silencio
y embozado hasta las cejas.
Miróle un punto don Lope,
y vuelto, con voz resuelta
a los que acudieron dijo:
«Paso»; y ganando las puertas,
llevósele por delante
medio a bien y medio a fuerza.
II
Negra es la noche, y el cierzo,
que en son revoltoso gime,
rasgándose en las esquinas,
de miedo la sombra viste.
Por un callejón estrecho
que de pasadizo sirve
a una iglesia, va don Lope
con el otro, que lo sigue.
Sin duda tras de un farol
que medio agoniza y vive,
colgado en un esquinazo
ante un cuadro de la Virgen,
túvose bajo él don Lope,
y en voz imperiosa y firme,
desenvainando la espada,
esto al incógnito dice:
-o quién sois o qué valéis
he de saber; elegid.
-Enhorabuena; reñid,
que quién soy ya lo veréis.
-¿No tenéis otra disculpa?
-Vuestro empeño será en vano;
las espadas en la mano,
entrambos tenemos culpa.
Y así diciendo, uno a otro
con tal denuedo se embisten,
que brotan chispas las hojas
con los tajos y los quites.
Ambos en el mismo sitio,
ninguno vence o se rinde;
ni en uno temor se alcanza,
ni a otro más valor asiste,
según a la luz incierta
desde luego se distinguen
de entrambos a dos las sombras,
que en tierra clavadas riñen.
Mas el rumor temeroso
de la lucha se percibe,
sin que un ¡ay! ni una palabra
se oiga en trance tan difícil.
Dijérase al ver lo inmóviles
que ambos en ello persisten,
que son dos sombras de un sueño
que a alguno en la noche aflige.
Tal vez de dos enemigos
que un mismo ataúd divide,
creyéranse las fantasmas,
que juzgándolo imposible
partir un mismo sudario
ni el suelo estrecho partirse,
alzáronse despechadas
en aparición visible.
Abrióse en esto una reja,
otra a poco se oyó abrirse,
luego otras muchas, y luego
cerca pasos se perciben.
Alumbróse de repente
la calle, y al lejos dicen:
«Ténganse al Rey»; y en un punto
la justicia les divide.
Cercáronlos desatentos
soldados y ministriles,
que al tomarlos los estoques,
por ellos derechos piden.
Y tanto crece la zambra
y los confusos lelíes
de unos que dicen: «¡Soltarles!»,
y otros que «¡A la cárcel!» dicen,
que echando mano al embozo
el que con don Lope riñe,
partió el tropel de por medio,
y en alientos varoniles
gritando: «¡Lugar al Rey!»,
hace que a su voz se inclinen,
cayendo en tierra de hinojos,
cuantos alcanzan a oírle.
«Señor…», murmuró don Lope,
la faz con rubor humilde;
y el Rey, con blanda sonrisa,
levantándole le dice:
«Valiente sois, caballero,
y en despecho de la ley,
supisteis que siendo Rey,
he sido hidalgo primero.
Libre estáis y afecto os soy:
venid mañana a palacio
y hablaremos más a espacio
de las cuchilladas de hoy.
Pero no volváis a vella,
o por infame os tendré,
que os juro, don Lope, a fe,
que no sabéis quién es ella.»
Esto dicho, el Rey volvióse;
a la ronda se dirige,
y ante las rejas de Elvira
así en voz alta prosigue:
«Aquí hay presa de la ley;
entrad la casa en mi nombré,
y cubrid mi error de hombre
con mi justicia de Rey.»
Las hojas secas (a mi madre)
Dicen que todo al fin se desvanece,
Todo pasa, se olvida, pierde y borra.
Yo no soy infeliz, mas vivo triste,
Y un torcedor arrastro en mi memoria.
Un templo, un bosque, un ave que pasando
Cruza en el viento descarriada y sola,
Prensan mi corazón, y a mis pupilas
Solitaria una lágrima se asoma.
Pláceme ver un claro riachuelo
Lamer su orilla con azules ondas,
Y al resplandor del trémulo sepulcro
Sentir la fuente murmurar sonora.
Pláceme ver, tras el opuesto monte,
Hundir al sol su faz esplendorosa,
Y despedirle desde el hondo valle
Al compás de las aguas y las hojas.
Y pláceme en paseos solitarios,
En dulces sueños delirando sombras,
Perderme en la floresta sin camino
Ideando quiméricas historias.
La mía es triste, cansa y no interesa;
Sin aventuras intrincadas, corta;
Es una historia solamente mía,
Como otras muchas que a la vez se ignoran.
Es la historia de un sueño fatigoso,
En que nada sucede, nada importa;
No se comprende, pero no se olvida,
Y sus vagos recuerdos nos acosan.
Yo la recuerdo con vergüenza siempre,
Temo profundizarla, y sus memorias,
Como gotas de mágico veneno,
Caen en mi corazón una tras otra.
¿Qué os hicísteis, dulcísimos instantes
De mi infancia gentil? ¿Dó están ahora
Los labios de coral que me colmaron
De blandos besos que mis ojos lloran?
¿Dó está la mano amiga que trenzaba
Las hebras mil de mi melena blonda,
Tejiéndome coronas en la frente
De azucenas silvestres y amapolas?
Era ¡ay de mí! mi madre; alegre entonces,
Tranquila, amante, como el alba hermosa;
Jamás me ha parecido otra hermosura
Tan digna de vivir en mi memoria.
Apartaos, impúdicas quimeras;
Más os detesto cuanto más vosotras
Tenaces me seguís; ya no sois nada,
Cesó el festín, rompiéronse las copas.
Ella es mi madre; sus ardientes besos
Con vuestra vil presencia se inficionan;
Idos en paz, que el llanto de sus ojos,
Del alma impura vuestra imagen borra.
¡Madre, te encuentro llorando!
¡Ah! ¡No atiendes a mis voces!
Mírame, ¿no me conoces?
¿Tan mudado, madre, estoy?
¿Tan pronto borrar pudieron
Mi rostro las desventuras?
¡Bebí tantas amarguras!…
Pero al fin, madre, yo soy.
¡Cuán trémula está tu mano!
Tu corazón, ¡cuán opreso!
Madre, ¿no tienes un beso
Ni una queja para mí?
¡Lloras! Beberé tu llanto…
Mas abrasan tus mejillas…
Heme, madre, de rodillas
Avergonzado ante ti.
Apartas de mí los ojos;
Sufres viéndome, lo veo;
Mas estoy como está el reo,
Humillado ante su Dios.
Tornadme el rostro, señora,
Y aunque lo tornéis severo,
Aunque sea el favor postrero
Porque me ausente de vos.
Lo sé: receláis acaso
Que vendí vuestro cariño
Por el impúdico aliño
De otro amor más terrenal.
Este color de mi frente
Tal vez os parece impuro…
¡Oh, Madre mía, os lo juro:
Me habéis comprendido mal!
Soñé, y me desvanecieron
Mis fatales ilusiones;
Sentí mis locas pasiones
Dentro de mi pecho arder.
La tempestad era horrible,
La noche lóbrega, densa,
La mar tormentosa, inmensa,
Mi barca débil ¿Qué hacer?
Lanzado al mar sin aviso,
Dejéme llevar del viento;
Sacóme el mar turbulento
A otra playa de ilusión;
Yo a lo lejos la miraba:
Y era una tierra tan bella,
Que el pasar, madre, por ella,
Fue terrible tentación.
Bebí el agua de sus fuentes,
Gocé el aura de sus flores;
Embriagado en sus amores,
En sus bosques me adormí;
Allí, el placer me esperaba;
Vos, en la opuesta ribera……
Horrible tentación era,
Mas luché, madre, y vencí.
Tal vez en mi sien soñaba
Glorioso laurel naciente;
Yo lo arranqué de mi frente;
Pensaba en vos, y le hollé.
Allí quedó entre la arena,
Y, al lanzarle, dije: -Crece,
Que si mi sien te merece,
Más ansioso volverá.
En vano mis ilusiones
Me acosaron tumultuosas;
A las ondas procelosas
Me arrojó audaz, y volví.
Sin fuerza, sin esperanza,
Madre, en mi congoja fiera,
Tu imagen fue la postrera
Que guardé mientras viví.
¿Mas tú, inconsolable lloras
Sin atender a mis voces!
¡Mi vida! ¿No me conoces?
¿Tan mudado, madre, estoy?
¿Tan pronto borrar pudieron
Mi rostro las desventuras?
¡Bebí tantas amarguras!…
Pero, al fin, madre, yo soy.
¡Mas no me escuchas! ¡Llorando,
La faz amorosa escondes!
Te llamo y no me respondes:
¡Tanto, madre, te ultrajé!
Te entiendo, por fin: yo solo
No basto ya a consolarte;
Me será fuerza dejarte,
Y a la mar me volveré.
Mas oye: Es el otoño; rebramando,
El ábrego los árboles sacude;
De roncos cuervos el siniestro bando,
A los peñascos cóncavos acude.
Brilla sin fuerza el sol en Occidente,
Y allá en la falda de espinoso risco,
Guía el pastor, con paso indiferente,
Las humildes ovejas al aprisco.
Seco el follaje de la selva umbría,
De sus verdes doseles se despoja;
Y al empuje de ráfaga bravía,
El bosque se desnuda hoja por hoja.
El ábrego las huella y arrebata,
Las arrastra en revuelto torbellino,
Ciega en la fuente la serena plata,
Borra los lindes del igual camino.
Triste fantasma del verjel ameno
Y esqueleto fantástico, semeja
Cada desnudo tronco, un día lleno
De la sombra magnífica que deja.
Flores, ¿en dónde estáis? Y ¿dó se esconden
Los céspedes que amenos os cercaban?
¿Cómo los ruiseñores no responden
Al son de las alondras que pasaban?
¿Qué es del arrullo de la mansa fuente
Donde a beber bajaban las palomas?
¿Qué es del aura que erraba suavemente
Cargada de suspiros y de aromas?
Las galas del Abril se marchitaron,
Los céfiros errantes se extinguieron,
En ayes los murmullos se tornaron,
Y anchos arroyos las corrientes fueron.
Todo pasó. En el valle pantanoso
Hay en vez de una fuente una laguna,
Y en las ramas del álamo pomposo,
Las hojas se desprenden una a una.
Así, madre, van mis días,
Con las hojas de consuno,
Desprendiéndose uno a uno
Al vaivén de la pasión.
Y así van las ilusiones
De mi esperanza importuna,
Desprendiéndose una a una
De mi seco corazón.
Como esas hojas marchitas
No volverán a su rama;
El cierzo las desparrama,
La lluvia las pudrirá.
Como el bosque queda triste,
Y silencioso y desnudo,
Seco y solitario y mudo
Mi corazón siento ya.
Esas hojas amarillas
Que ayer nos prestaron sombra,
Ni aun las querrá por alfombra
El tornasolado Abril;
Míralas, madre, cuál ruedan
Entre la arena perdidas,
Holladas y sacudidas
Por el aura más sutil.
Eso son nuestras creencias,
Nuestras míseras ficciones;
Eso son nuestras pasiones,
Nuestra vida terrenal:
Nacen, dan sombra un instante,
Suenan, se mecen, se cruzan,
Caen, ruedan, se desmenuzan,
Y las lleva el vendaval.
Si ellas al rápido soplo
Del cierzo desaparecen,
Otras en el árbol crecen
Y se apiñan otra vez;
Mas yo iré, cual hoja seca
Por el viento desprendida,
Arrastrando de mi vida
La juventud, la vejez.
Y el negro remordimiento
Irá por doquier conmigo,
Como verdugo y testigo
De mi perdurable afán.
Y cuando a su vieja llama
Encanezcan mis cabellos,
Madre, debajo de aquéllos
Jamás otros nacerán.
Porque estas hojas errantes
que por mi memoria vagan,
Estos recuerdos que amagan
No dejarme hasta morir,
Hojas secas de mí mismo,
Que arrancadas de mi centro,
A mí asidas las encuentro
Sin poderlas desasir,
No pasarán como pasan,
Esas hojas del otoño;
No tienen otro retoño,
Mas tampoco tendrán fin;
Sopla el viento y no las lleva,
Cae la lluvia y las perdona;
Igualmente las abona
El desierto y el jardín.
Dicen que todo al fin se desvanece,
Todo pasa, se olvida, pierde o borra…
¿Soy infeliz? No sé. Mas vivo triste
Y un torcedor arrastro en mi memoria.
Madre, ¿creerás también que todo pasa
Como en alas del ábrego las hojas,
Como del vago céfiro los ayes,
Como del mar las fugitivas ondas?
¿Crees tú que pasarán para tu hijo,
Como del bosque la agostada pompa,
Tus recuerdos, tu amor, tu sacra imagen,
Que todo el corazón le ocupa sola?
¿Crees, madre, que al huir desesperado
A playas extranjeras y remotas,
Corre tras la molicie y los placeres,
Busca una libertad cínica y loca?
¿Crees tú que anhela, en climas apartados,
Libre gozar su juventud fogosa?
¿Crees que, olvidado de su madre, viva?…
Quien lo dijo, mintió, madre y señora,
Doquier que arrastre su existencia inútil,
Suerte feliz o mísera le acorra,
Ya duerma en los harapos del mendigo
Ya en blanda pluma de opulenta alcoba,
Ya espere un porvenir sin esperanza,
Ya circunde su sien verde corona,
En la mazmorra, en el alcázar madre,
Dondequiera que aliente, allí te adora.
Que es mi pecho tu altar, y aquí tu imagen
Nunca pasa, se olvida, pierde o borra,
Como pasan al aire del otoño,
Del bosque umbrío las marchitas hojas.
Las lágrimas de los ojos…
I
Las lágrimas de los ojos
disimuladas apenas,
mal prendidos los cabellos,
mal tocada y mal compuesta,
está en un sillón Elvira,
la faz y las manos trémulas,
como criminal que incierto
visita del juez espera;
y los pasos de don Lope
escuchando en la escalera,
más se turba cuando cauta
en disimular se empeña.
Entró en la estancia don Lope,
y al apercibirse de ella
la dijo con voz pausada,
entre amorosa y severa:
«¿Tú lágrimas en los ojos?
¡Por los cielos, que me admira!
¿Quién pudo en ellos, Elvira,
herirte con tal rigor?
¡Oh! Ven, Elvira, a mis brazos,
ven a contarme tus duelos,
que si no admiten consuelos,
admitirán vengador.
La faz escondes turbada,
la frente pálida inclinas;
esas rosas purpurinas,
¿Quién aja traidor así?
¿No me respondes, y lloras?
Pues te obstinas en callarlo,
ve que acaso averiguarlo
me toque después a mí.
Pudiera serme un secreto
lo que tu labio confiese;
mas puede ser que nos pese
lo que yo sepa, a los dos.
Pero a través de esa reja
han pronunciado tu nombre…..
¡Oh! Dime, Elvira, el de ese hombre;
dilo, o mueres, ¡vive Dios!»
Así don Lope diciendo,
asióla de las muñecas,
y entornando la ventana,
mató de un revés la vela.
Resistió, mas sujetóla;
quiso gritar, mas apenas
lanzó una voz, la garganta
contra el almohadón la aferra.
Sonó por segunda vez
desde la calle la seña,
y con acento fingido
dentro don Lope contesta.
A poco oyéronse pasos
de alguno que sube a tientas,
con los rotos escalones
tropezando en las tinieblas.
Y en el silencio solemne
de aquella medrosa escena,
del corazón de don Lope
todos los golpes se cuentan.
«Elvira», dijo el que entraba;
mas viéndose sin respuesta,
volvió a repetir el nombre
dentro de la sala mesma.
Todo allí es sombra y silencio,
todo es soledad en ella;
sólo una chispa encendida
dentro del pábilo humea,
que no ardiendo sino un punto,
la lobreguez más se aumenta;
y el humo con que se ahoga,
fétido el pábilo deja.
Las manos tendió adelante,
y avanzando así el que llega,
con el rostro de don Lope
en la obscuridad tropieza.
«¿Quién va?», preguntó; y su acento
siguiendo mano certera,
de una robusta puñada
tendióle de espalda en tierra.
Asidos ambos a dos,
en la sombra forcejean,
y el duro son de la lucha
confuso en la sombra suena.
Y sin duda a ambos importa
el secreto y la cautela,
porque trabajan las manos
y se recata la lengua.
A cóncavos resoplidos
ambos los pechos alientan,
mas no lanzaron los labios
una exclamación siquiera.
Así, en contados instantes
los dos combatientes ruedan,
hasta que a verse alcanzaron
gente y luces que se acercan.
Abriéronse las mamparas,
y casi en el linde de ellas
hallóse un hombre en silencio
y embozado hasta las cejas.
Miróle un punto don Lope,
y vuelto, con voz resuelta
a los que acudieron dijo:
«Paso»; y ganando las puertas,
llevósele por delante
medio a bien y medio a fuerza.
II
Negra es la noche, y el cierzo,
que en son revoltoso gime,
rasgándose en las esquinas,
de miedo la sombra viste.
Por un callejón estrecho
que de pasadizo sirve
a una iglesia, va don Lope
con el otro, que lo sigue.
Sin duda tras de un farol
que medio agoniza y vive,
colgado en un esquinazo
ante un cuadro de la Virgen,
túvose bajo él don Lope,
y en voz imperiosa y firme,
desenvainando la espada,
esto al incógnito dice:
-o quién sois o qué valéis
he de saber; elegid.
-Enhorabuena; reñid,
que quién soy ya lo veréis.
-¿No tenéis otra disculpa?
-Vuestro empeño será en vano;
las espadas en la mano,
entrambos tenemos culpa.
Y así diciendo, uno a otro
con tal denuedo se embisten,
que brotan chispas las hojas
con los tajos y los quites.
Ambos en el mismo sitio,
ninguno vence o se rinde;
ni en uno temor se alcanza,
ni a otro más valor asiste,
según a la luz incierta
desde luego se distinguen
de entrambos a dos las sombras,
que en tierra clavadas riñen.
Mas el rumor temeroso
de la lucha se percibe,
sin que un ¡ay! ni una palabra
se oiga en trance tan difícil.
Dijérase al ver lo inmóviles
que ambos en ello persisten,
que son dos sombras de un sueño
que a alguno en la noche aflige.
Tal vez de dos enemigos
que un mismo ataúd divide,
creyéranse las fantasmas,
que juzgándolo imposible
partir un mismo sudario
ni el suelo estrecho partirse,
alzáronse despechadas
en aparición visible.
Abrióse en esto una reja,
otra a poco se oyó abrirse,
luego otras muchas, y luego
cerca pasos se perciben.
Alumbróse de repente
la calle, y al lejos dicen:
«Ténganse al Rey»; y en un punto
la justicia les divide.
Cercáronlos desatentos
soldados y ministriles,
que al tomarlos los estoques,
por ellos derechos piden.
Y tanto crece la zambra
y los confusos lelíes
de unos que dicen: «¡Soltarles!»,
y otros que «¡A la cárcel!» dicen,
que echando mano al embozo
el que con don Lope riñe,
partió el tropel de por medio,
y en alientos varoniles
gritando: «¡Lugar al Rey!»,
hace que a su voz se inclinen,
cayendo en tierra de hinojos,
cuantos alcanzan a oírle.
«Señor…», murmuró don Lope,
la faz con rubor humilde;
y el Rey, con blanda sonrisa,
levantándole le dice:
«Valiente sois, caballero,
y en despecho de la ley,
supisteis que siendo Rey,
he sido hidalgo primero.
Libre estáis y afecto os soy:
venid mañana a palacio
y hablaremos más a espacio
de las cuchilladas de hoy.
Pero no volváis a vella,
o por infame os tendré,
que os juro, don Lope, a fe,
que no sabéis quién es ella.»
Esto dicho, el Rey volvióse;
a la ronda se dirige,
y ante las rejas de Elvira
así en voz alta prosigue:
«Aquí hay presa de la ley;
entrad la casa en mi nombré,
y cubrid mi error de hombre
con mi justicia de Rey.»
Los dos
En congojosa agonía
al abandonar el mundo,
con acento moribundo
así el poeta decía.
Y en medio la fiebre ardiente
por su bella demandaba,
y su llanto derramaba
la bella sobre su frente.
¡Lanzó un suspiro! — ¡Su boca
guardará silencio eterno!
Tal vez con gemido interno
un nombre adorado invoca.
El labio a su labio unió
la desolada María…
¡Inútil! — la muerte impía
de su dolor se rió.
Mañana voy, nazarena
Mañana voy, nazarena,
A Córdoba la sultana;
Mi amorosa cantilena
Ya no sentirás mañana
Al compás de mi cadena.
Cuando vuelvan los cristianos
De los moros vencedores,
Lee mis destinos tiranos,
La historia de mis amores,
En la sangre de sus manos.
Valiera más que, cautivo,
En esa torre acabara
La triste vida que vivo;
Que la vida que hoy recibo
Me la vendes ¡ay! bien cara.
¡Adiós! Tu esclavo mañana
Ya no ha de cansarte enojos;
Pero es esperanza vana:
Cautivo quedo, cristiana,
En la prisión de tus ojos.
¡Maldita, hermosa, mi estrella!
¿Qué ha de valerme la vida,
Si no he de hallarte con ella
Ni en Granada la florida
Ni en mi Córdoba la bella?
De hoy me será el claro sol
Una lámpara importuna;
Hija del suelo español:
Tú eres mi sol y mi luna…..
La aurora y el arrebol.
Pues en ti pierdo el sol hoy,
Sin tu sol no he de vivir;
Sultana: a Córdoba voy,
Que en las tinieblas que estoy,
Presto, a fe, que he de morir.
Ha prometido Mahoma
Un paraíso, una hurí …..
Tú habrás de ser ángel, sí,
En esa región de aroma,
Y hemos de amarnos allí.
Muerta la lumbre solar…
– I –
Muerta la lumbre solar,
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones
y vense por los arzones
las pistolas asomadas.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se presuma
cuál de los dos vale más.
Castor con cinta el de atrás,
y el de adelante con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta una cruz de hierro
algo al uno de divino.
Y es así, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que se extienden
enmarañados de abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echóse a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrás:
-Aquí -dijo- esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando,
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse menguando.
Quedó el otro en soledad,
y al pie de la cruz sentado
siguió inmoble y embozado
en la densa oscuridad.
Mugía en las cañas huecas
en son temeroso el viento
rasgándose turbulento
por entre las ramas secas.
Y en los desiguales hoyos,
con las lluvias socavados,
hervían encenagados
sin cauce ya los arroyos.
Ni había una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a más de un paso,
ciega la vista sin ella.
Ni señal se percibía
de vida en el olivar,
ni más voz que el rebramar
del vendaval que crecía
Y al hierro santo amarrados
ambos caballos estaban,
y allí en silencio aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la áspera maleza,
pisada al agrio rumor,
les volvió su guardador
sólo una vez la cabeza.
Un pie sobre el otro pie,
embozado hasta las cejas,
metido hasta las orejas
el sombrero, se le ve:
Como en entallado busto
de alguno que allí murió,
y allí ponerse mandó
por escarmiento o por susto.
Ni incrédulo faltaría
que, si cerca dél pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sería.
Que a quien suele con la luz
y en compaña blasfemar,
bueno es hacerle pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede aquí;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que, dudoso y lento,
gran rato se pasó así.
Y ya se estaba una hora
de espera a expirar cercana,
cuando sonó una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aún duraba por el viento
su vibración, cuando el guía
alguien notó que venía
por el lado del convento.
Sacó la faz del embozo
y, oyendo el son más distinto,
echóse la mano al cinto
y, ¿quién va?, el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas, conocidos los sones,
asieron de los bridones
y volvieron a montar.
Y es fama que, menos fiero
el señor con el criado,
dejóle andar a su lado
como digno compañero.
[…]
– II –
Tras grave asunto, a juzgar
por los que van espoleando,
corren dos hombres cruzando
a caballo un olivar.
No está la noche muy clara;
mas bien se ve al pie de un cerro
una cruz grande de hierro
que dos caminos separa;
y de advertir fácil es,
aun a los ojos peores,
que son dos los corredores,
y los caballos son tres.
Echó pie a tierra el primero,
y, al dar la brida al de atrás,
le dijo: -Aquí esperarás.
Y el otro dijo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,
fuerza será que convengas
en que es preciso que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino, pues,
y, de una verja detrás,
un atrio acaso hallarás
a pocos pasos que des.
Sube tres gradas, si puedes;
da un paso más, y con él
tocarás en el cancel,
donde es fuerza que te quedes.
¿Ves un hombre que embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar está ocupado?
Acércate sin temor,
que lo que alcanza por dentro
no hace temible el encuentro
del capitán reñidor.
Tú, lector, preguntarás:
«¿Con que el capitán es ése?»
El mismo, mas que te pese;
pero hazte un poquito atrás.
Porque, levantando el brazo,
empuja a espacio la puerta,
entró, y, dejándola incierta,
sopló el aire y dio un portazo.
Mas veo, lector, que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamándote, darte
con la puerta en las narices,
mas tu impaciencia sosiega;
todo lo presenciarás;
que del poeta a eso y más
el poder mágico llega.
Está el capitán en pie
en medio de la ancha nave,
y a la verdad que no sabe
ni qué pasa ni qué ve.
El templo mira enlutado
con lúgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo
y un féretro en medio alzado.
Vense en el paño del túmulo
entrelazados blasones
y, a la luz de los blandones,
un cadáver en su túmulo.
Monjes le rezan en coro
tristísimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba rodea,
dado que bien no se vea,
se ve que de noble viste,
y parece que, al bajar
el que ha finado a su nicho,
memoria tuvo capricho
de opulencia que dejar.
Y al par que su eterna calma
las oraciones consuman,
mirras y esencias perfuman
la despedida del alma.
Música triste le aduerme,
salmodias le santifican,
e hisopos le purifican
el cuerpo que yace inerme.
Mas aquellas oraciones
y responsorios precisos
llevan de anatema visos
y planta de maldiciones.
A veces son sus compases
hondos, siniestros, horribles,
murmurando incomprensibles
negras e incógnitas frases.
En son lento, ronco y quedo
se hacen oír otras veces,
y entonces aquellas preces
hielan los huesos de miedo.
Otras semejan aullidos
discordes, desesperados,
lamentos de condenados
de los infiernos salidos.
Otras, lejanos rumores
cual de tormentas se escuchan,
o de ejércitos que luchan
los espantosos clamores.
Y siempre siendo los mismos
los sones que se levantan,
responsos a un tiempo cantan
y murmuran exorcismos.
Atónito de la escena
extraña y aterradora
que encuentra tan a deshora
y le asombra y le enajena,
don César, con paso lento,
entre la turba mezclado,
dirigióse a un enlutado
que oraba en aquel momento.
–¿Quién es el muerto, sabéis
-dijo- a quien rezando están?
Y él respondió: –El capitán
Montoya. ¿Le conocéis?
Mudo quedó de sorpresa
don César oyendo tal;
mas no lo tomó tan mal
como tal vez le interesa.
Volvióse la espalda, pues,
diciendo: –Me ha conocido,
y burlárseme ha querido;
mas luego veré quién es.
Siguió la iglesia adelante
y, una capilla al cruzar,
vio un sepulcro preparar,
entre otros varios vacante.
Y a un personaje que halló
de luto, y que parecía
que el trabajo dirigía,
el capitán se acercó.
–¿Para quién abren la hoya?
-le dijo. Y el enlutado
le contestó de contado:
–Para el capitán Montoya.
Mudósele la color
a don César; mas, repuesta
su calma, al de la respuesta
volvió entre risa y furor.
Miróle de arriba abajo,
pero no le conoció;
segunda vez le miró,
pero fue inútil trabajo.
Ni recordó que quizá
le hubiese visto la cara,
ni imaginó que la hallara
tan repugnante jamás.
Que encontró en ella tal gesto
de aterradora hediondez,
que, por no verla otra vez,
dejó caviloso el puesto.
Fuese a otro punto a situar,
diciendo: –¡Ese hombre estremece!
De aquel sepulcro parece
que le acaban de sacar.
Uno tras otro se puso
a contemplar los que vía;
mas a nadie conocía,
de lo que andaba confuso.
Tenían todos las caras
descoloridas y secas,
y dijeran que eran huecas,
a más de antiguas y raras.
Cansado de fiesta tal,
y a impulso de una aprensión,
llegóse a un noble varón
que oraba con un cirial.
Cabe él la rodilla apoya,
y dícele ya con miedo:
–¿Quién es el muerto?, y muy quedo
contestó el otro: –Montoya.
Del catafalco a los pies
llegó entonces decidido,
de aquella duda impelido,
a ver el muerto quién es.
Por los monjes atropella;
trepa al túmulo; la caja
descubre, ase la mortaja,
y él mismo se encuentra en ella.
Miró y remiró, y palpó
con afán hondo y prolijo,
y al fin, consternado, dijo:
-Cielo santo ¿y quién soy yo?
Miró la visión horrenda
una y otra y otra vez.
y nunca más que a sí mismo
en aquel féretro ve.
Aquél es su mismo entierro,
su mismo semblante aquél;
no puede quedarle duda,
su mismo cadáver es.
En vano se tienta, ansioso:
los ojos cierra, por ver
si la ilusión se deshace,
si obra de sus ojos fue.
Ase su doble figura,
la agita, ansiando creer
que es máscara puesta en otro
que se le parece a él.
Vuelve y revuelve el cadáver
y le torna a revolver;
cree que sueña, y se sacude,
porque despertarse cree,
y tiende él triste los ojos
desencajados doquier.
Mas, ¡nuevo prodigio!, mira
a las puertas, y al dintel
ve que despiden el duelo,
de duelo henchidos también,
don Fadrique y doña Diana
que arrastran luto por él.
Baja, les tiende los brazos,
les nombra, cae a sus pies.
–¡Miradme! -les dice, atónito-,
Montoya soy; vedme bien.
Y ellos le miran, estúpidos,
sin poderle conocer,
e inclinando las cabezas,
replican: –Montoya fue.
Entonces, desesperado
con angustia tan cruel,
vase otra vez hacia el muerto,
demandándole quién es.
–¿No hay quién sepa aquí quién soy?
¿No hay a salvarme poder?
Y allá desde el presbiterio,
de las rejas al través,
oyó una voz que decía:
–Sí, te conozco, mi bien.
Abre. ¿Qué tardas? Partamos;
yo soy tu amor, soy tu Inés.
Y los brazos le tendía
la de Alvarado también,
de la reja tentadora
tras el cuádruple cancel.
Mas, viéndola cual espectro
que le persigue a su vez,
gritaba él: –¡Aparta, aparta!,
¿que soy cadáver no ves?
Y apenas palabras tales
pronunció, cuando tras él
vio llegarse aquel fantasma
cuyo gesto de hediondez
le hizo miedo y no le pudo
recordar ni conocer.
Contemplóle de hito en hito;
le asió del brazo después,
y así, con voz espantosa
vio que le dijo: –¡Pardiez!
Tú eres quien cambia conmigo.
A mi sepultura ven.
Y a esta horrorosa sentencia,
ya sin poderse valer,
cayó en el suelo Montoya,
falto de aliento y de pies.
-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?
¿Respiro aún? -exclamó
Montoya, abriendo los ojos,
con desfallecida voz.
-Señor, estáis en mis brazos.
-¿Eres tú, Ginés?
-Yo soy.
-¿Dónde estamos?
-En la cruz.
-¿Del olivar?
-Sí, señor.
-¿No estuve yo en el convento?
Pues ¿quién de allí me sacó?
-Yo fui, señor.
-¡Tú, Ginés!
-Perdonad: temí por vos;
y viendo que el tiempo andaba,
y ni seña ni rumor
esperanza me infundían,
tras vos eché.
-¡Santo Dios!
¿Y llegaste…?
-A la iglesia.
-¿Atraído por el son?
-Señor, no he oído nada.
¿No os lo dije?
-¿Cómo no?
¿Dentro la iglesia no viste
los enlutados en pos
de mi cadáver? Miróle
absorto de admiración
el mozo, y dijo: -Soñamos,
o vos, don César, o yo.
Ni vi ni oí cosa alguna.
-¿Conque es mía esa visión?
¡A mis ojos solamente
horrenda se presentó!
¿No viste conmigo a nadie?
-Os juro a mi salvación
que sólo os hallé tendido
al pie del altar mayor,
y viendo el peligro doble
del sitio y la situación,
ni me detuve a pensar
si estabais herido o no;
cargué con vos, y me vine:
ni oí ni vi más, señor.
Calló Ginés, y don César
a estas palabras quedó
distraído y abismado
en honda meditación.
Mirábale de hito en hito
Ginés, que aterrado vio
de la faz del capitán
la extraña transformación.
Desencajados los ojos,
palidecido el color,
torvo el mirar, parecía,
más que vivo, aparición.
Sentado en el pedestal
de la cruz do él le posó,
inmóvil permanecía
sin fuerza y sin atención,
amarrado a un pensamiento
que bullía en su interior,
y que se vía que todas
las potencias le absorbió,
como quien mira aterrado
negra y horrible visión
que le borra de los ojos
cuanto existe en derredor.
Temeroso el buen criado
por su juicio y su razón
dirigióle atentas frases
con afán consolador.
Mas él ni tornó los ojos
ni a sus voces respondió,
ni agradeció sus cuidados,
que en nada puso atención;
y al cabo de largo trecho,
con repentino vigor
levantándose en silencio,
en su corcel cabalgó.
Hincóle los acicates
y el poderoso bridón,
tras un peligroso brinco,
a todo escape salió.
Santiguóse el buen Ginés,
y en su ruin superstición
dijo: -¿Si tendrá los malos?
Y a escape tras él echó.
Y a poco habla en sepultura humilde,
de la maleza oculta entre las hojas,
una inscripción borrada por los años,
que todo, al fin, sin compasión lo borran.
Único resto de opulenta estirpe,
único fin de la mundana pompa,
montón de polvo en soledad yacía
quien hizo al mundo con su audacia sombra.
Y apenas pueden los avaros ojos
leer en medio de la antigua losa:
«Aquí yace fray Diego de Simancas,
que fue en el siglo el capitán Montoya.»
Napoleón
No hay más que yo; dobléguense las leyes
Ante la ronca voz de mis legiones;
Romperé el áureo cetro de los reyes
En su espantada frente a las naciones.
I
Dos gigantes los siglos nos trajeron,
Los dos en el desierto se encontraron;
Cuando grandes los dos se concibieron,
De hito en hito los dos se contemplaron.
Sentóse el hombre al pie del monumento,
Y el monumento dijo: Éste es el hombre;
Y el hombre, al ver desde tan alto asiento,
Esta es, dijo, la cifra de mi nombre.
De sus cañones el discorde arrullo,
Su altivo ser le trajo a la memoria.
«Aquí debí nacer», dijo su orgullo;
«Aquí debo morir», dijo su gloria.
Con sus ojos midió la vasta mole,
Y murmuró pasándolos al cielo:
«Quien allí su bandera no enarbole,
»Una oruga no más será en el cielo.
»¡No valen cien coronas una estrella,
»Ni valemos un sol todos los reyes!
»Que el tiempo airado la cerviz nos huella,
»El sol alumbra, y queman nuestras leyes.»
Unos grandes, allí su tumba abrieron,
E intentarlo era grande solamente;
Mas pensar, en su orgullo, no pudieron,
Que era sólo a sus pies tender la frente.
Allí depositaron sus despojos,
Por guardarlos así de ojos humanos,
Porque al mirar su tumba humanos ojos,
Se creyeran imbéciles o enanos.
«¡Aquí está Napoleón!», dijo pasando
De la inmensa pirámide las puertas;
Y las momias de Egipto, despertando,
Miraron por las urnas entreabiertas.
Las huecas calaveras, asombradas,
El gesto innoble a Napoleón tornaron:
«¡Aquí está Napoleón!», y atrailladas,
En derredor del vivo se juntaron.
Inclinaron las pardas osamentas
La seca frente y los desiertos ojos,
Para oírle, y cayeron macilentas,
A su tremenda voz, todas de hinojos.
Contó los esqueletos transparentes,
El vivo con los suyos triunfadores,
Y unió a los nombres de las calvas frentes,
Sus vasallos, monarcas o señores.
Y no encontrando a su grandeza leyes,
Gritó, hiriendo los huesos con la planta
«Yo soy emperador. ¡Fuera los reyes!»
Y su brillante voz la turba espanta.
Revolvió entonces la imperial mirada…..
Nada en el ancho cóncavo vivía.
Sólo su desdeñosa carcajada
Entre las tumbas resbalar se oía.
Grabó su nombre colosal en ellas,
Sello gigante de gigante gloria;
Porque, agobiado con sus hondas huellas,
Libro fuera el desierto de su historia.
Salió del corpulento cementerio,
Diciendo a los cadáveres hollados:.
«Napoleón vino a visitar su imperio.»
Y en el desierto entró con sus soldados.
Las sombrías pirámides le vieron
Cruzar el arenal con pie tranquilo;
Y allá a lo lejos saludarle oyeron,
Con asombrado adiós, al ronco Nilo.
II
El hombre no existe ahora,
Que el tiempo, al plegar las alas,
La lámpara de la vida,
El aire azotando apaga.
Las moles allí quedaron;
Y las osamentas calvas,.
En las urnas todavía,
La voz del ángel aguardan.
Ellas descansan tranquilas
En su portentosa estancia,
Que las cobija orgullosa
Como ataúd y montaña;
Y él duerme al pie de una roca,
Entre las ondas amargas,
Donde su nombre salpican
Las espumas y las algas;
Porque la isla compasiva
Le recogió en sus entrañas;
Donde con su peso abruma
La lápida hospitalaria
Al que quiso alzar el cielo
Sustentándolo en la espalda.
¿Quién es el gigante ahora?
¿Quién de los dos es la página,
Las moles de aquel desierto
o el nombre de las batallas?
Sobre ambos, los huracanes
Mugiendo y quemando pasan;
En ambos, el mismo cielo
Su noche y su luz derrama;
Ambos yacen solitarios,
Sin antorchas y sin guardas,
En palacios de reptiles,
Que en torno lentos se arrastran,
Sin respeto a su grandeza
Ni noticias de su fama.
«¡Aquí está Napoleón!», dice su nombre,
Sobre las moles del desierto escrito;
Y donde alguna vez firmó aquel hombre,
Todo nombre mortal quedó proscrito.
Delante de su nombre, anonadados,
Se olvidan hoy cuantos la tumba encierra,
Y su gloria y poder, desesperados,
Envidian los monarcas de la tierra.
Miró al nacer la miserable gente
A que el destino su destino amarra;
Y viéndose león, alzó la frente
Mostrando al mundo la robusta garra.
El mundo se humilló despavorido,
Y al rastro de su pie le ató altanero;
El mundo entero sorprendió atrevido,
Y un pueblo echó sobre él el mundo entero.
Numeró sus millones de soldados
Y trepó vencedor a la montaña;
Contó allí nuestros pueblos descuidados,
Y entre los suyos dividió la España.
Bajó osado y alegre a la llanura,
Como a la fiesta va galán mancebo,
Avaro de la sombra y la frescura
De su soñado territorio nuevo.
De este jardín que coronó de flores
Pródiga y perfumada primavera,
Do marcan el compás los ruiseñores
Del paso del arroyo en la pradera.
Donde brota entre juncos y espadañas,
Para dar sed, la fuente cristalina,
Y crece, al pie de las pajizas cañas,
Rica de olor, la rosa purpurina.
Donde el ardiente sol que nos da el día
Tiñe la tez, los ojos y el cabello
De la altiva morena que daría,
Antes que al yugo, a la cuchilla el cuello.
Pero en vez de las zambras bulliciosas
Y de lindas bellezas orientales,
Entre guirnaldas encontró de rosas
Hierros de lanzas y hojas de puñales.
Pirámide más dura que el desierto
Le mostró nuestro suelo en sus jardines,
Que supimos aquí doblar a muerto
Con copas de cristal en los festines.
No tiene, no, el león de ambas Castillas,
La doble garra por adorno vano;
Pirámides de lanzas y cuchillas
No admiten nombre, ni buril, ni mano.
III
¡¡Paz al coloso!! Formidable sombra,
Tal vez mi lengua te insultó importuna
No te ladra mordaz cuando te nombra:
Sólo quien te rindió fue la Fortuna.
Tú bien sabías que la inmensa mole
Que no llenan los hombres, es el cielo;
Quien allí su bandera no enarbole,
Una oruga y no más será en el suelo.
Él te enseñó que los colosos huella
El tiempo, al fin, con iracundas leyes;
Que cien tronos no valen una estrella,
Y no valéis un sol todos los reyes.
Dijiste: «Soy el grande de la tierra;
«No tengo en ella ya digno enemigo.),
Grande mi patria, te llamó a la guerra;
Porque eras grande tú, lidió contigo.
Negra, ruinosa, sola y olvidada…
Negra, ruinosa, sola y olvidada,
Hundidos ya los pies entre la arena,
Allí yace Toledo abandonada,
Azotada del tiento y del turbión.
Mal envuelta en el manto de sus reyes,
Aun asoma su frente carcomida;
Esclava, sin soldados y sin leyes,
Duerme indolente al pie de su blasón.
Hoy sólo tiene el gigantesco nombre,
Parodia con que cubre su vergüenza,
Parodia vil en que adivina el hombre
Lo que Toledo la opulenta fue.
Tiene un templo sumido en una hondura,
Dos puentes, y entro ruinas y blasones
Un alcázar sentado en una altura,
Y un pueblo triste que vegeta al pie.
El soplo abrasador del cierzo impío
Ciñó bramando sus tostados muros,
Y entre las hondas pálidas de un río
Una ciudad de escombros levantó.
Está Toledo allí: yace tendida
En el polvo, sin armas y sin gloria,
Monumento elevado a la memoria
De otra ciudad inmensa que se hundió.
Alguna vez sobre la noche umbría,
De este montón de cieno y de memorias
Se levanta dulcísima armonía….,
Cruza las sombras cenicienta luz:
Se oye la voz del órgano que rueda
Sobre la voz del viento y de las preces;
Una hora después apenas queda
Un altar, un sepulcro y una cruz.
Apenas halla la tardía luna,
Al través de los vidrios de colores
El brillo de una lámpara moruna
Colgada al apagarse en un altar;
Apenas entreabierta una ventana
Anuncia un ser que sufre, llora o vela;
Que el pueblo sin ayer y sin mañana
Yace inerme dormido ante el hogar.
Acaso al gemir del viento,
Ese pueblo, en la alta noche,
Alza el rostro macilento
Despertando con pavor;
Fingiendo en la sombra oscura
La mal abierta pupila,
La transparente figura
De un fantasma aterrador.
Entonces en su memoria
Se levantan confundidas
Una bruja y una historia
De la santa religión,
Mientra, en el polvo la frente,
A la bruja, o a María
Dirige indistintamente
Su sacrílega oración.
Y en su ignorancia grosera
Mezcla acaso en un ensueño
El nombre de una hechicera
Con el nombre de Jehová.
Con el vaticinio inmundo
De un saludador infamo,
El del Redentor del mundo
En torpe amalgama va.
La luna en tanto pasea
Cruzando el azul tranquilo,
Y los despojos blanquea
De tanta generación;
Esas páginas sin nombre,
Cifras de un siglo ignorado,
Que alzó la mano del hombre
Del hombre para baldón.
Esas santas catedrales,
Cuyos pardos capiteles,
Cuyos pintados cristales,
Cuya bóveda ojival,
Cuyo color ceniciento,
Cuyo silencio solemne,
Cobijan por pavimento
Una losa sepulcral.
Sobre ella los vivos cantan,
A par de ruidosa orquesta,
Cantares que se levantan
Hasta los pies del Señor:
Sobre ella flota el perfume
Que la atmósfera embalsama,
Y en oblación se consume
Oro y mirra al Criador.
Sobre ella en noche lluviosa,
Al bramar del viento bravo,
Armonía misteriosa
En el templo se hace oír.
Es un cántico tremendo,
Ronco, vago, agonizante,
Una voz que está pidiendo
Por los que van a morir.
Es la voz del himno santo,
Del terrible Miserere,
Cuyo monótono canto
Miedo infunde al corazón:
Y en la bóveda rodando,
Saliendo al aire flotante,
Al mundo va predicando
Una santa religión.
Y bajo la piedra helada,
De los hombres que murieron
Se oye la voz apagada
El triste salmo decir:
Y la campana sonora
Remedándola en el aire,
Con la voz de alguna hora
La hace en el aire morir.
Duerme ¡oh Toledo! en la espumante orilla
De ese torrente que a tus pies murmura,
Que con agua pesada y amarilla
Roe y devora tu muralla oscura,
Que llora avergonzado tu mancilla,
Tu perdida riqueza y tu hermosura,
Y calla por piedad a las naciones
Que yacen en su fondo tus blasones.
Duerme, sí, con tus fábulas sagradas,
Los ángeles y brujas de tus cuentos,
Las danzas de los santos con las fadas,
Los misterios ocultos en los vientos;
Duerme, sí, con tus farsas parodiadas,
Prenda de tus señores opulentos:
Sepulta en barro tu diadema de oro
Y canta en derredor de tu tesoro.
Hubo unos días de gloria
Vanos recuerdos de ayer:
Apenas hoy de esa historia
Nos queda un Zocodover,
U otro nombre, en la memoria.
Ceñida entonces la plaza
De ancho tapiz toledano,
En la arena húmeda emplaza
Un moro de noble raza
A algún capitán cristiano.
Vestidos están de flores,
Que avergüenzan un jardín,
Balcones y miradores;
Cristales son de colores
Los del Miramamolín.
Sólo abierto hay un balcón,
Y es el balcón del Sultán,
Y armados de alto lanzón
Jinetes debajo están
Por respeto a la función.
Y las musulmanas bellas
Detrás de las celosías
Muestran ocultas estrellas
Sus ojos, que en tales días
No hubiera luces sin ellas.
¡Bellas son las orientales!
Delicados como espumas
Sus prendidos y sus chales,
Que mece en ondas iguales
Un abanico de plumas.
Por eso, celoso el moro,
Tendió en sus ojos un velo,
Que es más rico su tesoro
Que el color azul del cielo
Teñido en franjas de oro.
Derraman desde la altura
Aguas de olor en la arena,
Que dan aroma y frescura,
Y agitan el aura pura
De aurora blanca y serena.
Y en redes de oro, colgadas
De las tres torres mayores,
De luz y de aire embriagadas,
Cantan y vuelan cerradas
Aves de gayos colores.
Gala del hombre de Oriente
Era la altiva Toledo:
Hoy conserva solamente
Cieno en la caduca frente,
Y dentro del alma miedo.
La árabe Zocodover,
Solitaria y carcomida,
Puede apenas sostener
La memoria de su vida,
Amenazando caer.
Hoy a las cañas de moros
A lo más ha reemplazado
Con una farsa de toros,
Y a los adufes sonoros
Con los gritos de un mercado.
Y porque consuelo alguno
Quedar a Toledo pueda,
Robóle el tiempo importuno
Hasta la alfombra de seda
Del alto alcázar moruno.
III
Hoy un templo de gótica estructura,
Y escombros sin historias y sin nombre,
En su deforme y colosal figura
Su sentencia mortal muestran al hombre.
Y es fama que se encienden todavía
En el templo las lámparas sagradas,
Y que vibrar se escuchan noche y día
Del órgano las notas aceradas.
Aun existe una página de roca
En que leer deletreando apenas
La era en que una tribu noble o loca
Cesó de darnos timbres o cadenas.
Aun hay mirra, hay pebetes y hay alfombras
En que a través de seda y pedrería
Alcanza el pensamiento entre las sombras
Lo que Toledo la árabe sería.
Esos son los suntuosos funerales
De tanta gala, pompa y hermosura;
Quedan, en vez de cantos orientales,
Himnos al Dios que mora en el altura.
Ya no hay cañas, ni torneos
Ni moriscas cantilenas,
Ni entre las negras almenas
Moros ocultos están;
Hoy se ven sin celosías
Miradores y ventanas,
No hay danzas ya de sultanas
En el jardín del Sultán.
Ya no hay dorados salones
En alcázares Reales,
Gabinetes orientales
Consagrados al placer;
Ya no hay mujeres morenas
En lechos de terciopelo,
Prometidas en un cielo
Que los moros no han de ver.
Ya no hay pájaros de Oriente
Presos en redes de oro,
Cuyo cántico sonoro,
Cuyo pintado color,
Presten al aire armonía
Mientras en baño de olores
Dormita, soñando amores,
El opulento señor.
No hay una edad de placeres
Como fue la edad moruna;
Igual a aquella ninguna,
Porque no puede haber dos;
Pero hay en gótica torre
De parda iglesia cristiana
Una gigante campana
Con el acento de un Dios.
Hay un templo sostenido
En cien góticos pilares,
Y cruces en los altares,
Y una santa religión;
Y hay un pueblo prosternado
Que eleva a Dios su plegaria
A la llama solitaria
De la fe del corazón.
IV
Hay un Dios cuyo nombre guarda el viento
En los pliegues del ronco torbellino,
A cuya voz vacila el firmamento
Y el hondo porvenir rasga el destino.
La cifra de ese nombre vive escrita
En el impuro corazón del hombre,
Y él adora en un árabe mezquita
La misteriosa cifra de ese nombre.
Oriental
Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera las fiestas de toros,
y si fueran en sus manos,
con las zambras de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera… ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos…
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana…
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal:
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
Pereza
¡Cuán descansadamente,
Lejos del vano mundo, se reposa
A la orilla de límpida corriente
O de un moral bajo la sombra hojosa!
En el césped mullido,
Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
De la tranquila soledad el ruido
Se pierde por la atmósfera a pedazos.
El ánima descansa
De la ciega pasión y su braveza,
Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
Se goza en su pacífica pereza.
Entonces, no el tesoro
Ni la sed del placer el alma aviva;
El más rico licor, en copa de oro,
Entonces se desprecia y no se liba.
La mente no se inquieta
Por pensamientos de dolor cercada:
Que a su honda languidez yace sujeta,
Y a su propia impotencia encadenada.
Sin luz el ojo vago,
Sin un sonido sobre el labio abierto,
Pasa la vida cual por hondo lago
De incierta luz el resplandor incierto.
Así vuelan las horas,
Y así pasan pacíficas y bellas,
Cual las aves del viento voladoras,
Cual la cobarde luz de las estrellas?.
Así el pesar se aduerme,
Y al grato son de una aura que murmura,
Tal vez se goza del reposo inerme
Que confunde el pesar con la ventura.
Así mis horas quiero
Que pasen sin valor y sin fortuna,
Ya al manso son del céfiro ligero,
Ya al resplandor de la amarilla luna.
Ven, amorosa Elvira,
Ven a mis brazos, que de amor sediento,
El perezoso corazón suspira
Por ver tus ojos, por beber tu aliento.
Ven, adorado dueño,
Sepa que estás, en mi descanso inerte,
Cercado mí para velar mi sueño;
Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.
Yo, en la hierba tendido,
En la sombra de un álamo frondoso,
Entreveré, con ojo adormecido,
Cuál velas mi descanso silencioso.
El sol, a lento paso,
Hundió en el mar su faz esplendorosa,
Marcando su camino en el ocaso
Vivo arrebol de púrpura y de rosa,
El agua, mansamente,
Con monótono arrullo le despide;
Y arrastrando sus ondas lentamente,
El ancho espacio de sus ondas mide.
Sólo queda en la tierra
El vapor del crepúsculo dudoso,
Y el vago aroma que la flor encierra,
Se esparce por el aire vagaroso.
Y las fuentes corriendo,
Y las brisas volando, se estremecen,
Y su soplo en los árboles creciendo,
A su soplo los árboles se mecen.
Trémulas van las olas
Bajo sus alas mansas y ligeras,
Reflejando las sueltas banderolas
De las naves que el mar surcan veleras.
Y la luna argentina,
La bóveda al cruzar del firmamento,
La inmensidad del Bósforo ilumina,
Color prestando al invisible viento.
Y al son del mar vecino,
Y al murmullo del viento caluroso,
Y al reflejo del éter cristalino,
Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo
En la quietud amiga
De la callada noche macilenta,
Hasta la misma languidez fatiga,
Y el ánima se rinde soñolienta.
¡Oh! Bien haya el estío
Con su tranquila y bochornosa calma,
Que roba al corazón su ardiente brío
Y en blanda inercia nos aduerme el alma
Ya de ese insomnio presa,
Me faltan voluntad y pensamiento,
Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
Y el son me cansa de mi propio aliento.
Dadme deleites, dadme;
Henchidme de placeres los sentidos;
Venid, eunucos, y al harén llevadme
En vuestros brazos, al placer vendidos.
Abridme esas ventanas,
Dadme a beber el aura de la noche
Y a saborear las ráfagas livianas
Que a la flor rasgan su aromado broche.
Quiero al son de las olas
Secar un corazón en solo un beso;
Traedme mis esclavas españolas,
Que el mío tienen en sus ojos preso.
Venid, venid, hermosas,
Divertidme con danzas y canciones;
Venid en lechos de fragantes rosas,
Venid, blancas y espléndidas visiones,
Quemad en mis pebetes
Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
Y respiren sus anchos gabinetes
Ámbar opreso en reducido espacio.
Ven, voluptuosa Elvira,
Trénzame con tu mano mis cabellos;
Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
Nardo derrama y azahar en ellos.
Traedme a esos esclavos
Que aportan mis bajeles viento en popa;
Presa que hicieron mis piratas bravos
En un rincón de la dormida Europa.
Vengan a mi presencia,
Y al son de sus extraños instrumentos
Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
Si no con su canción, con sus lamentos.
Dadme deleites, dadme;
Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
Y las tostadas sienes refrescadme
Con abanicos de rizadas plumas.
Suene en mi torpe oído
Su suave son como murmullo blando
De arroyo que a la mar baja perdido,
De peña en peña juguetón rodando;
Cual tórtola que llama,
Con lento arrullo que en el viento pierde,
La descarriada tórtola a quien ama,
De árbol sombrío en el columpio verde.
Danzad mientras reposo,
Cantad en derredor mientras descanso,
Y no sienta en mi sueño voluptuoso
Más que murmullo lisonjero y manso.
Por cima de la montaña…
Por cima de la montaña
que nos sirve de frontera,
te envía un alma sincera
un beso y una canción;
tómalos; que desde España
han de ir a dar, vida mía,
en tu alma mi poesía,
mi beso en tu corazón.
Tu padre, tras la montaña
que para ambos no es frontera,
lleva la amistad sincera
del autor de esta canción.
Recibe, pues, desde España
beso y cantar, vida mía,
en tu alma la poesía
y el beso en el corazón.
Si un día de esa montaña
paso o pasas la frontera,
verás el alma sincera
de quien te hace esta canción,
que la hidalguía de España
es quien sabe, vida mía,
dar al alma poesía
y besos al corazón.
¿Qué se hicieron las auras deliciosas?…
¿Qué se hicieron las auras deliciosas
Que henchidas de perfume se perdían
Entre los lirios y las frescas rosas
Que el huerto ameno en derredor ceñían?
Las brisas del otoño revoltosas
En rápido tropel las impelían,
Y ahogaron la estación de los amores
Entre las hojas de sus yertas flores.
Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
En torno de la antigua chimenea,
Y acaso la ancha sombra recordamos
De aquel tizón que a nuestros pies humea.
Y hora tras hora tristes esperamos
Que pase la estación adusta y fea,
En pereza febril adormecidos
Y en las propias memorias embebidos.
En vano a los placeres avarientos
Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras
Estremecen los ricos aposentos
Y fantásticas danzas tentadoras;
Porque antes y después caminan lentos
Los turbios días y las lentas horas,
Sin que alguna ilusión de breve instante
Del alma el sueño fugitiva encante.
Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
No os dejaré dormir en los salones
Donde al placer la soledad convida;
Ni esperar, revolviendo los tizones,
Al yerto amigo o la falaz querida,
Sin que más esperanza os alimente
Que ir contando las horas tristemente.
Los que vivís de alcázares señores,
Venid, yo halagaré vuestra pereza;
Niñas hermosas que morís de amores,
Venid, yo encantaré vuestra belleza;
Viejos que idolatráis vuestros mayores,
Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
Venid a oír en dulces armonías
Las sabrosas historias de otros días.
Yo soy el Trovador que vaga errante:
Si son de vuestro parque estos linderos,
No me dejéis pasar, mandad que cante;
Que yo sé de los bravos caballeros
La dama ingrata y la cautiva amante,
La cita oculta y los combates fieros
Con que a cabo llevaron sus empresas
Por hermosas esclavas y princesas.
Venid a mí, yo canto los amores;
Yo soy el trovador de los festines;
Yo ciño el arpa con vistosas flores,
Guirnalda que recojo en mil jardines;
Yo tengo el tulipán de cien colores
Que adoran de Estambul en los confines,
Y el lirio azul incógnito y campestre
Que nace y muere en el peñón silvestre.
¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
Y enciende en mí la llama creadora
Que del aliento del Querub emana!
¡Lejos de mí la historia tentadora
De ajena tierra y religión profana!
Mi voz, mi corazón, mi fantasía
La gloria cantan de la patria mía.
Venid, yo no hollaré con mis cantares
Del pueblo en que he nacido la creencia,
Respetaré su ley y sus aliares;
En su desgracia a par que en su opulencia
Celebraré su fuerza o sus azares,
Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
Levantaré mi voz consoladora
Sobre las ruinas en que España llora.
¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
Grande, opulenta y vencedora un día,
Sembrada de recuerdos y de historias,
Y hollada asaz por la fortuna impía!
Yo cantaré tus olvidadas glorias;
Que en alas de la ardiente poesía
No aspiro a más laurel ni a más hazaña
Que a una sonrisa de mi dulce España.
¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego?…
¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego,
Sin oír las palabras de un amigo?
¡Si al menos ¡ay! los días que me restan,
Bajo la húmeda losa
Pasara yo contigo!
Yo cubriría con mi cuerpo el tuyo
Cuando la lluvia fría penetrara,
La piedra que te oculta de mis ojos,
Y el cierzo de la noche
Tus sienes no tocara.
Y mis manos la hierba arrancarían
Que creciera en la tumba abandonada,
Y alejaría el fétido gusano
Que se arrastrara hambriento
Con su sorda pisada.
Mas tú, ¡alma mía!, por tus rubias trenzas
Bullir le sentirás y por tu frente
Sin poder rechazarle, mientra el hombre
Contemplará tu tumba
Con ojo indiferente.
¡Si al fin quedaran las almas
Velando el difunto cuerpo,
En pláticas amorosas
Con las almas de otros muertos;
Si al fin así descansaras
Bajo el pabellón del cielo,
Sin que el tumulto del mundo
Turbara nunca tu sueño;
Si el amor que se hubo en vida
Muriera en el cementerio,
Y no hubiera en otro mundo
Memoria del mundo nuestro!…
Mas ¡ay! que vendrán los hombres,
Falsas plegarias mintiendo,
Todos los años un día
A visitar vuestro lecho.
Vendrán con sus oropeles,
Sus farsas y devaneos,
La vanidad en el alma,
La vida en el pensamiento.
No a mullir vuestras almohadas,
No a daros santos consuelos,
Derramando en vuestras tumbas
Las flores de los recuerdos;
No a reconocer su nada
En los despojos del tiempo,
No a ver lo que sois vosotros,
Para ver lo que son ellos;
Que aunque un espejo es la tumba,
Cubrir su cristal supieron
Con velos de mármol y oro,
Cuyo cortinaje espeso,
Robando al cristal las luces,
Impide que, a sus reflejos,
El vidrio fatal les pinte
El polvo donde nacieron.
No; que vendrán a deciros
Que han mentido en otro tiempo,
Cuando al daros un sepulcro,
«Dormid en paz», os dijeron.
Mas habrá un cielo, por dicha,
Detrás de ese cielo azul,
Donde irán, paloma mía,
Los que mueren como tú.
Allí viviréis tranquilos,
En alcázares de luz,
Con los ángeles que velen
Por vuestra santa quietud;
En pabellones de estrellas
Alfombrados de tisú,
Libres de ingratos recuerdos
De la desdicha común;
Porque al abrirse las puertas
Del misterioso ataúd,
Hallan paz, vida y contento
Los que mueren como tú.
Que fresca brisa serena
Halague tu casta sien,
Del bello jardín de Edén,
¡Oh purísima azucena!
Duerme pacífica, sí,
En un lecho de alelí
Que te formen para ti
Los ángeles del Señor;
Y en un porvenir risueño,
Duerme, duerme, dulce dueño,
Y que te vele tu sueño
Un espíritu de amor.
Y dé placer a tu oído,
Susurrando mansamente,
De alguna encubierta fuente
El misterioso ruido.
Y en tus ensueños de paz
Te preste grato solaz,
Con su armonía fugaz,
Algún lejano laúd;
Y por tu mente resbale
Aérea ilusión que iguale
De blanca luna que sale
A la transparente luz.
Mientra en brazos del destino
En las tinieblas que estoy,
A ciegas buscando voy
De tu morada camino.
Y pasan las horas mías
Como turbias ondas frías
Que sus revoltosos días
Sañudo invierno formó;
Como barquilla que mece
Ruda tormenta que crece,
Cual se agosta y desparece
Flor que en la nieve brotó.
Sobre ignorada tumba solitaria…
Sobre ignorada tumba solitaria,
A la luz amarilla de la tarde,
Vengo a ofrecer al cielo mi plegaria
Por la mujer que amé.
Apoyada en el mármol la cabeza,
Sobre la húmeda hierba la rodilla,
La parda flor que esmalta la maleza
Humillo con mi pie.
Aquí, lejos del mundo y sus placeres,
Levanto mis delirios de la tierra,
Y leo en agrupados caracteres
Nombres que ya no son.
Y la dorada lámpara que brilla
Y al soplo oscila de la brisa errante,
Colgada ante el altar en la capilla
Alumbra mi oración.
Acaso un ave su volar detiene
Del fúnebre ciprés entre las ramas,
Que a lamentar con sus gorjeos viene
La ausencia de la luz:
Y se despide del albor del día
Desde una alta ventana de la torre,
O trepa de la cúpula sombría
A la gigante cruz.
Anegados en lágrimas los ojos
Yo la contemplo inmóvil desde el suelo
Hasta que el rechinar de los cerrojos
La hace aturdida huir.
La funeral sonrisa me saluda
Del solo ser que con los muertos vive,
Y me presta su mano áspera y ruda
Que un féretro va a abrir.
¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,
Mi terrenal pensamiento!
¡Deja que se pierda impío
Como el murmullo de un río
Entre los pliegues del viento!
¿Por qué una imagen mundana
Viene a manchar mi oración?
Es una sombra profana,
Que tal vez será mañana
Signo de mi maldición.
¿Por qué ha soñado mi mente
Ese fantasma tan bello,
Con esa tez transparente
Sobre la tranquila frente
Y sobre el desnudo cuello?
Que en vez de aumentar su encanto
Con pompa y mundano brillo,
Se muestra anegada en llanto
Al pie de altar sacrosanto,
O al pie de pardo castillo.
Como una ofrenda olvidada
En templo que se arruinó,
Y en la piedra cincelada
Que en su caída encontró,
La mece el viento colgada.
Con su retrato en la mente,
Con su nombre en el oído,
Vengo a prosternar mi frente
Ante el Dios omnipotente,
En la mansión del olvido.
¡Mi crimen acaso ven
Con turbios ojos inciertos,
Y me abominan los muertos,
Alzando la hedionda sien
De los sepulcros abiertos!
Cuando estas tumbas visito,
No es la nada en que nací,
No es un Dios lo que medito,
Es un nombre que está escrito
con fuego dentro de mí.
¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,
Mi terrenal pensamiento!
¡Deja que se pierda impío
Como el murmullo de un río
Entre los pliegues del viento!
Subiendo la negra roca…
Subiendo la negra roca
de embarazosa montaña,
contrabandista español
bridón andaluz cabalga.
Lleva el trabuco a su lado,
el cuchillo entre la faja,
y con el humo del puro
su voz varonil levanta.
» Que brame en la peña el viento,
que se arda el monte vecino,
que rompa el inhiesto pino
el aquilón violento.
Yo desprecio sus furores;
y aquí solo, sin señores,
de pesadumbres ajeno,
oigo el huracán sereno
y canto al crujir del trueno
mis amores,»
» El albor de la mañana,
en sus matices de rosa,
me trae la imagen graciosa
de mi maja sevillana,
y en sus variados colores
me pinta las lindas flores
del suelo donde nací,
donde inocente reí,
donde primero sentí
mis amores.»
» Cuando la enemiga bala
chilla medrosa a mi oído,
ya mi contrario caído
el alma rabioso exhala.
¡Qué me importan vengadores
cien fusiles matadores
que amenacen mi cabeza!
Con mi Moro y mi destreza
yo les canto en la maleza
mis amores.»
» Sienta yo el pujante brío
del galope de mi Moro ,
y el trabucazo sonoro
de algún compañero mío;
y que vengan triunfadores
los caballeros mejores
que empuñaron lanza ó freno.
Yo de temerles ajeno
cantaré libre y sereno
mis amores.»
Tranquilo el contrabandista
aquí el canto llegaba,
cuando un acento francés
«¡Fuego !» a su lado gritaba.
Sobre su frente pasaron
con ruido silbar las balas,
y gendarmes le acometen
diciendo » ¡Ríndete a Francia!»
Y entonces él » No se rinden
los que nacen en España»,
y contra el jefe enemigo
su ancho trabuco descarga.
Cayeron dos, como arbusto
que el cierzo en pos arrebata.
En impetuosa carrera
el bruto gallardo arranca;
y por sobre los peñascos
que en rápida fuga salva,
cantando va el español
al trasponer la montaña:
» Vivir en los Pirineos,
pero morir en Granada.»
Tarde de otoño
Ya viene el revuelto otoño
Recogiendo frasco y flores;
Pasó el sol con sus calores,
Y alumbra al fin otro sol;
Pasaron las alboradas
Deliciosas de la aurora,
Que el horizonte colora
De purpurino arrebol.
Pasaron las noches claras
De la luna y los jardines;
Las noches de los festines
Tras el otoño vendrán.
Pasó el tiempo de las citas
A deshora entre las rejas,
Los cuidados de las viejas,
De las niñas el afán.
Pasaron las serenatas
Debajo de los balcones,
Las rondas y las canciones
Del mancebo emprendedor.
Todo es ya triste: la tierra
Pierde su brillante aliño,
Y el amor, que es pobre y niño,
Alivio busca al calor.
Mas si se envuelve la noche
Entre su sombra importuna,
Si pierde su blanca luna
Y sus horas de placer;
Si pierde la fresca aurora
Sus aromas y sus flores,
Sus nubes de cien colores,
S a aureola de rosicler;
Le que la en cambio a la tarde
Todo el encanto del día,
Y henchida de su armonía
Sale el sol a despedir.
Bella es la tarde que baja
Por el rosado Occidente,
Y se apaga lentamente
Para volver a lucir.
Es púrpura el horizonte,
Y el firmamento una hoguera,
Es oro la ancha pradera,
La ciudad, el río, el monte.
Rey de los astros, el sol,
Del regio trono al bajar,
Su pompa querrá ostentar
En su manto de arrebol.
Por eso suspenso está
De su reino a la salida,
Jurando a su despedida
Que mañana volverá.
Banda de nubes de grana,
Que con sus reflejos tiñe,
Flotando en torno le ciñe
Como turba cortesana.
Ráfagas mil que se cruzan,
Filigrana de la tarde,
El sol que a su espalda arde
En colores desmenuzan.
Y al hundirse en Occidente
Partida en muchas la llama,
Por el cielo se derrama
Fosfórica y transparente.
Es la postrera sonrisa
Del bello día que acaba,
Que de esa luz arrancaba
Su fresca ondulante brisa.
La fresca brisa que asoma
Por sobre la roca calva,
Remedio de la del alba
En frescura y en aroma.
A su venida, tardías
Cierran su cáliz las flores,
Y trinan los ruiseñores
Sus postreras armonías.
Se les va buscar la sombra
Entre las desnudas ramas,
Porque sus hojas de escamas
Sirven al suelo, o de alfombra.
Que ya el inconstante viento
Del otoño que aparece,
En los árboles se mece
Con brusco sacudimiento.
Flor, pronto inútil y sola,
En vez de la que él deshizo,
Orlará el campo pajiza
La purpurina amapola.
Brezos y arbustos impuros
De la montaña en la falda,
Vestirán su áspera espalda
Con sus matices obscuros.
Grupos de nubes perdidos
Como fantasmas deformes,
Traen en sus pliegues enormes
Vientos de invierno escondidos.
El árbol en largas hebras
Hiende sus cortezas vanas,
Y anuncian lluvias lejanas
Las rastras de las culebras.
Da el cuervo al aire su vuelo,
Graznidos a su garganta;
Rey del viento, se levanta
Entre la tierra y el cielo.
Se oye de algunas palomas
Perdido el último arrullo,
De alguna fuente el murmullo
Que entre los juncos asoma.
Queda el mundo en soledad;
Y en el aire alzan su imperio
Da las sombras el misterio,
Y el humo de la ciudad.
¡Torpe, mezquina y miserable España!…
¡Torpe, mezquina y miserable España,
Cuyo suelo, alfombrado de memorias,
Se va sorbiendo de sus propias glorias
Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:
Traidor y amigo sin pudor te engaña,
Se compran tus tesoros con escorias,
Tus monumentos ¡ay! y tus historias,
Vendidos llevan a la tierra extraña.
¡Maldita seas, patria de valientes,
Que por premio te das a quien más pueda
Por no mover los brazos indolentes!
¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,
Extranjeros rapaces, que insolentes
Habéis hecho de España una almoneda!
Tórtola que solitaria…
A una tórtola porque al fin la vida es sueño.
CALDERÓN
Tórtola que solitaria
En vez de cantar suspiras,
Es tu canto una plegaria,
O es la voz con que respiras
A tu voluntad contraria
Ese arrullo dolorido,
¿Se exhala en ti a tu despecho
Sonando alegre en tu oído,
o es en verdad un gemido
Que se te arranca del pecho?
Triste pájaro, ¡lo sé!…
Por eso en ocultas ramas
Tu nido ondear se ve;
Tú te escondes porque amas,
Mas tu voz vende a tu fe.
Naciste, ave desdichada,
Para llorar tu ternura,
Por eso en selva apartada
Vas a arrullar tu amargura,
Del campo ameno enojada.
Enojos te dan las flores,
Enojos la luz del día,
Enojos ¡ay! los amores
Que en dulcísima armonía
Murmuran los ruiseñores.
Te enoja el murmullo vano
De la bulliciosa frente,
Y el céfiro cortesano
Que susurra mansamente
A los jardines cercano.
Te enojan las otras aves
Con su inocente amistad
Y con sus gorjeos suaves;
Tú, que llorar sólo sabes,
Vives en la soledad.
Menos en el monte inculto,
Vivir te cansa o extraña;
Porque allí despeña oculto
El torrente que le baña,
Sus espumas en tumulto.
Porque allí el viento perdido
Que entre las malezas rueda
Con sordo y medroso ruido,
En lánguido son remeda
Tu monótono gemido.
Porque allí el césped salvaje
Que a pedazos ha brotado
Por el agreste paisaje,
Borda el terreno olvidado
Con pliegues de tosco encaje.
Y a fe, a los ojos del triste
No son gala los primores
Con que natura se viste,
Que otro placer no resiste
Que pensar en sus dolores.
Y los amorosos duelos
Son males antojadizos
Que se quejan a los cielos,
Y no admiten más consuelos
Que hallar en el duelo hechizos.
Porque es tan grato saber
Que nos podemos quejar,
Que cuando tan ruin placer
Pensamos que ha de faltar,
Le volvemos a querer.
Por eso, tórtola bella,
Dió el cielo a tu ronco canto
El compás de una querella,
Porque al cantar tu quebranto
Lloraras tu gozo en ella.
Y si es cierto que así en pos
De tu canción va tu queja,
¡Ay, tórtola, vive Dios
Que en el mal que nos aqueja
Nos parecemos los dos!
Pues si abriga tu garganta
En vez de vez un lamento,
Cuando mi voz se levanta,
En vez de darme contento
Mis amarguras me canta.
Si nada tu voz te vale
Porque en la selva escondida
Nadie a escuchártela sale,
Bien creo, ave dolorida,
Que tu mal al mío iguale.
Y si buscas en tu anhelo
De que alguno te responda
El miserable consuelo,
Yo pido en mi canto al cielo
Quien a mi voz no se esconda.
Pues ambos somos cantores,
Y ambos somos desdichados,
Conmigo es justo que llores:
Tú, tórtola, tus amores;
Yo, mis males olvidados,
¡Olvidados, ¡ay de mí!
Que cuando el arpa tomé.
Cantando ahogarlos creí;
Y tantas glorias soñé,
Cuantos desengaños vi!
Vi el mundo tan hechicero,
Que no le alcancé falaz;
Alcé mi canto primero,
Y el alma lanzó fugaz
Un suspiro lastimero.
Que es bien inútil consuelo
Nuestras desdichas cantar,
Si por tan cercano el suelo
Nuestra voz no ha de escuchar,
Y por tan remoto el cielo.
II
Dime, ¿ qué nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
Tú a selva escondida
Te vas a gemir,
Porque el canto alegre
Te es lúgubre a ti;
Porque el tuyo amarga
El canto feliz,
Y las otras aves
No te le han de oír;
Y yo, que angustiado
Llorando nací,
Si le canto al mundo
Su gloria pueril,
La espalda me torna,
Dice que mentí.
Si vuelvo mis duelos
De nuevo a plañir,
Me dice con mofa
Que es dulce vivir:
Si el lloro y el canto
Nos desoye así,
Dime, ¿que nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
El mundo, ceñido
Del aire sutil,
Vestido de flores
Con rico tapiz,
Tocado con ancho
Dosel de zafir,
Prendido con nubes
Que el alto cenit
Circundan de nieblas
De azul y carmín,
Sembrado de estrellas
Que el turbio confín
Tachonan brillantes
En montones mil
Con pálidas perlas
Y rojos rubís,
Nos miente sin duda
Vistoso jardín,
Convida a cantarle
Mirándole así.
Mas si esos hechizos
Y gayo matiz
Caminos son sólo
Que llevan al fin
De breves placeres,
y el fin es morir;
Si el que llora o canta
Concluyen allí,
Si el triste se mofa
Del rico y feliz,
E insulta el alegre
Del triste el sufrir,
Dime, ¿qué nos valen,
Pájaro infeliz,
A ti tus lamentos,
Mis cantos a mí?
Que es la tierra de lágrimas camino,
Valle de tumbas que pasando vemos;
Féretro y cuna nos abrió el destino
Para entrar y salir, en los extremos;
Fantástico al entrar y peregrino,
Y asqueroso al salir le comprendemos;
Que al vivir despertamos en la cuna,
Y al despertar nos ríe la fortuna.
Imperfectos traemos los sentidos
Porque a sentir no alcancen tanto duelo,
Sordos aún traemos los oídos
Porque no escuchen el clamor del suelo;
La lengua y pensamientos obstruídos
Porque al ánima falte ese consuelo;
Sólo abrimos al sol nuestra pupila
Porque asombrada con el sol vacila.
Feliz quien, despertando cuando nace,
En ilusiones de esperanza crece,
Y un bello mundo de ilusiones hace
Donde loco soñando se adormece.
Que mientras duerme y delirando yace,
La árida realidad se desvanece,
Y mientras sueña su falaz ventura,
A su camino el término apresura.
Más vale delirar lindas quimeras
En ilusión de sueños seductores,
Que roer esperanzas pasajeras
En este valle de ponzoña y flores,
Donde, aguardando dichas venideras,
Lloramos sobre el pan de los dolores;
Donde, al buscar el necesario aliento,
Mortal cicuta nos regala el viento.
Porque en sueños los bienes y los males,
Dorados en la loca fantasía,
Al ánima dormida son iguales:
El desdichado canta su agonía,
Y lamenta el feliz bienes mortales,
Mas ninguno en perderlos se holgaría,
Que son dulces los bienes lamentados,
Y los males lo son desesperados.
Si tan bellos son los bienes
Soñados como los males,
Ya, tórtola, no me afligen
Tus melancólicos ayes;
Que a ti te dieron lamentos
En vez de alegres cantares,
Y tú cantando le cuentas
Tus amarguras al aire.
Las endechas y los himnos
Los mismos consuelos traen,
Que a la par nos adormecen
Las dichas y los pesares.
Tú te arrullas tristemente
Con tan lúgubres compases,
Porque tus duelos son gozos
Con el placer de contarles;
Yo al mundo canto mis cuitas
Porque cuando otros las saben,
El placer de que las sepan,
Dichas de mis penas hacen.
Y así, cuando entrambos, tórtola,
Con lamentaciones graves
En guisa de querellarnos
Atormentamos los aires,
Pues nuestra queja es contento
Por el placer de quejarse,
Con extravíos tamaños,
Con inconsecuencias tales,
No hacemos más que soñar
Y mentir calamidades,
Tú llorando bien de amores,
Y yo delirando males.
Un recuerdo y un suspiro
Volvió la vida a latir,
Volvió el alma a delirar,
Volvió el ardor de sentir,
y el infierno de vivir
Y el paraíso de amar.
- NICOMEDES PASTOR DÍAZ.
I
Bella es la luz de la rosada aurora
Y una. mañana del quemado estío,
Cuando con tibia púrpura colora
Las transparentes gotas del rocío.
Cuando inundan el aire de armonía
Las aves en las hojas apiñadas,
Cuando la tierra, saludando al día,
Desata ríos, fuentes y cascadas.
Cuando se mecen las abiertas flores
Al blando arrullo de la brisa errante,
Y pasa el aura prodigando olores
Su inmenso velo al desplegar flotante.
Cuando en sus torres, la ciudad dormida
Vibra ronca la voz de la campana,
Señal primera de que vuelve a vida
Y bendice la luz de la mañana.
Bello es el sol allá en el horizonte
Cuando alza ufano la radiante esfera,
Gigante que, trepando por el monte,
Del mundo el sueño a sorprender viniera.
Bella es la tarde con su parda sombra
Que el ruido apaga y el espacio puebla,
Cuando del mundo en la gastada alfombra
Tiende su manto de azulada niebla.
Bella es la noche cuando en paz camina
Entre sublime oscuridad velada,
Al opaco fulgor con que ilumina
Esa luna de estrellas coronada.
¡Bello es el mundo, sí, la vida es bella!…
Dios en sus obras el placer derrama:
Sólo no encuentra su contento en ella
Un corazón que el imposible ama.
Él sólo melancólico suspira
Cuando el alba purpúrea se eleva:
Él sólo melancólico la mira
Cómo en sus pliegues su esperanza lleva.
Sólo él sabe que el sol en Occidente
Al sepultarse, le arrebata un día,
Y la noche, al caer sobre su frente
Con su misterio aumenta su agonía.
Sus ojos ven el alba, y ven las flores,
Ven la luz, y la sombra, y las estrellas,
Ven las horas rodar y sus dolores
¡Rodar también para volver con ellas!
¡Corazón que no has amado,
Tú no sabes el dolor
De un corazón acosado,
Carcomido y desgarrado
Por amarguras de amor!
No sabes cómo se llora
Con ese llanto que quema,
Con la noche y con la aurora,
Con ese sol que colora
En la frente un anatema.
Se llora con el placer,
Se llora con el pesar,
Con el recuerdo de ayer,
Y mañana hay que llorar
Si nos ama una mujer.
Tú, velado a la tormenta
De borrascosa pasión,
No sabes cómo se aumenta,
Cómo inflamada revienta
La pena en el corazón.
Cómo le devora eterno
Ese esperar indeciso,
Cómo abrasa el fuego interno
De tener hoy un infierno
Donde estuvo un paraíso.
¡Amar y no ser amado!
¡Sentir y no consentir!
¡Morir viviendo olvidado!
¡Ay! ¡Morir de enamorado
Y no poderlo decir!
¡Bullir en el pensamiento
El bello ser de otro ser…..
Y ese roedor tormento,
Que hemos bebido en el viento,
En la voz de una mujer!
Sí, mis oídos la oyeron,
Mis ojos la contemplaron;
Era hermosa y Ia creyeron…..
Mis oídos me mintieron
O sus ojos me engañaron.
Era un ángel tal vez; descendió al suelo
Para dejar sobre la tierra impía
Alguna oculta maldición del cielo,
Y un reguero de luz y de armonía.
La amé al pasar, y me dejó pasando,
Y por único alivio en mi honda pena,
«Canta», me dijo, y la visión flotando
Se deshizo en la atmósfera serena.
II
A D. N. PASTOR DÍAZ
Poeta, ven y cantemos
A una voz nuestros amores;
En un arpa los lloremos,
Que bien cobijarse vemos
A un árbol dos ruiseñores.
Yo tu dolor cantará,
Tú cantarás mi dolor,
Que igual el de entrambos fue,
Y harto yo solo lloró
Una mujer, un amor.
Hagamos doliente y tierno
A nuestro canto improviso,
Del mundo un recuerdo eterno,
Y donde estuvo un infierno
Alcemos un paraíso.
Una aventura de 1360
En las frondosas campiñas
que con sus ondas serenas
fecunda el Guadalquivir
antes que en el mar se pierda,
sentada está una ciudad
que majestuosa ostenta
lo atrevido de sus torres,
lo antiguo de sus almenas.
El río su bella imagen
en su corriente refleja
pasando enorgullecido
por pasar tan junto a ella.
Y ella se mira en sus aguas
contemplando allí altanera
su antigüedad y poder
y su proverbial belleza.
Espesos muros la ciñen,
y frondosísimas huertas,
y apiñados olivares,
y fertilísimas vegas.
Radiante sol la ilumina,
y la bordan sus laderas
altos y copados árboles
y olorosas flores bellas.
Alegre gente la vive,
que las calurosas siestas
y las perfumadas noches
pasa al son de la vihuela,
ya en sus entoldados patios,
entre fuentes y macetas,
ya en sus floridos jardines
gozando sus auras frescas.
Ciudad de hermoso recuerdo,
ciudad bella entre las bellas,
de los moros es envidia,
de los cristianos soberbia.
Sevilla, en fin, y esto basta,
que todo el nombre lo encierra;
y hablando de la hermosura
todo es una cosa mesma.
En Sevilla, pues, y en una
noche azulada de aquéllas
en que la luna derrama
tranquila claridad trémula,
y en lo cóncavo del aire
resplandecen las estrellas,
y más allá con más brillo
los luceros reverberan;
en una de aquellas noches
en que todo se presenta
blanco, pacífico, hermoso,
y que la mente embelesa,
y los sentidos embriaga
y el corazón enajena;
noche de aventuras propia
en mil trescientos sesenta
(edad en que esto pasaba,
si mi memoria no yerra),
por la calle de la Sierpe,
media noche siendo apenas,
dos hombres en la ancha plaza
con prisa y silencio se entran.
Largas capas les envuelven,
no porque precisas sean,
sino porque bien les cubran
de las personas las señas.
Por el lado de la sombra,
punta a punta la atraviesan
de la calle de la Sierpe
hasta la calle de Génova,
y el bulto de sus espadas,
que bajo la capa llevan,
las plumas de sus birretes
y el rumor de sus espuelas,
por hidalgos les acusan,
por más que entrambos se empeñan
en pasar como personas
de común raza plebeya.
Al fin cuando ya contaban
tomar una callejuela
que al alcázar los llevase
sin pasar frente a la iglesia,
paróse el más alto de ellos,
diciendo : “¿Qué sombra es ésa
que tras el pilar se oculta,
Benavides? Yo dijera
que es un hombre”. Y Benavides,
al que pregunta contesta
“Llegad, señor, sin cuidado,
que ya imagino quién sea,
y hará paso al conocerme,
que es hombre que me respeta,
porque me debe favores
e hicimos juntos la guerra”.
Siguió andando Benavides;
siguió el otro, por respuesta
dándole sólo el silencio
que satisfacerle muestra,
y frente al hombre llegando
que junto al pilar espera,
mostrándose Benavides,
dejó franca la carrera.
“Dios te guarde, Andrés”, le dijo
el que va, pasando cerca.
“Buenas noches” dijo el hombre,
saludando con llaneza:
y pasaron los hidalgos,
y siguió el otro en su espera.
Y, entre los dos que se van
por la oscura callejuela,
conversación en voz baja
se entabló de esta manera:
“¿Quién es ese hombre?
-Un soldado
que entró poco hace en la regla
de San Francisco, cansado
del servicio y de la guerra.
-¿Y por qué precisamente
en tal ocasión lo deja,
pudiendo darle fortunas
estos tiempos -de revueltas?
-Dice que al rey don Alonso
sirvió de grado, y por fuerza
no quiere servir a nadie.
-Ya entiendo.
-Señor…
-Le lleva
la opinión del vulgo necio,
que mal de don Pedro piensa.
-Ya veis, señor, pues al claustro
se acoge, con su conciencia
se lo habrá mirado bien.
-Y a tales horas, ¿qué espera,
solo en mitad de la plaza,
sin el traje de su regia?
-Señor, es historia larga.
-Tal cual es quiero saberla.
-Son cosas qué-importan poco.
-A mí todo me interesa;
decid, pues.
-Pues escuchad.
Ya sabéis que representan
al Rey los monjes franciscos,
que habiendo en su casa mesma
un manantial necesario
para el buen servicio de ella,
el derecho a los vecinos
se les quite de que puedan
servirse de él en su daño,
porque sin agua les dejan.
Los vecinos, como tienen
aquella fuente más cerca,
para tomarla a su gusto
su viejo derecho alegan.
-Y tienen razón, y el Rey
se la da.
-Por esa muestra
de su Real benignidad,
de los vecinos se aumenta
la osadía, y de los monjes
el trabajo y la impaciencia.
De aquí nacen las hablillas,
las voces y las quimeras;
los vecinos a los monjes
tal vez obligar intentan
a que de noche y de día
les tengan franca la puerta.
Los monjes quieren cerrarla
como lo manda su regla,
y esto ocasiona denuestos
y escandalosas pendencias.
Los vecinos traen soldados,
gente de su parentela;
los frailes sacan domésticos
y deudos que los defiendan;
y como ven que su Rey
lo que le piden les niega,
los del pueblo cobran bríos,
y los frailes se exasperan.
Esto duró hasta que Andrés,
hombre a quien nada amedrenta,
hombre que usa de las armas
con asombrosa destreza,
con sus escrúpulos dando
de una sola vez en tierra,
asió su espada saliendo
de los suyos en defensa.
Burlábanse al principio,
mas él se ha dado tal priesa
en asentar cintarazos
con tal fortuna y destreza,
que del manantial los monjes
son dueños a la hora de ésta.
-¿Tan bizarro es ese Andrés?
-Tan bizarro y tan a prueba,
que él solo guarda la plaza
y ninguno se le acerca.
-El miedo de los villanos
es quien su valor pondera.
-De quien queráis informaos;
veréis que nadie lo niega.
Es hombre que, si le dicen
que una calle por apuesta,
guarde una noche, es seguro
que nadie pasa por ella.
-¿Y no hay justicia en Sevilla,
un hombre que le contenga?
-Ya veis, se acoge a sagrado,
y los bravos le respetan.”
Murmuró el que preguntaba
unas palabras inciertas,
que expiraron en murmullo
cual pronunciadas apenas.
Y como a un postigo oculto
que da al alcázar se llegan,
callaron ambos a dos,
llamando a espacio a la puerta.
Abrióles un pajecillo,
y entrando los dos por ella,
quedó el silencio en el aire
y en soledad la plazuela.
Está la siguiente noche
tocando en la misma flora,
y desde el cenit vertiendo
la luna luz melancólica.
Ni una ráfaga de viento
la soledad silenciosa
interrumpe, ni una nube
del cielo el azul entolda.
Toda Sevilla es silencio,
reposa Sevilla toda,
que duerme al son que la arrullan
del Guadalquivir las ondas.
Apenas de tarde en tarde
atraviesa una persona
las calles a largos pasos,
o en una reja se aposta.
Y los grandes edificios
que la extensa plaza forman,
sobre el suelo de la plaza
tienden su gigante sombra.
En un pilar apoyado
de una callejuela angosta,
por do un largo pasadizo
en la plaza desemboca,
hay un hombre que está en vela,
y a quien la noche medrosa
presta contornos fantásticos
y faz amenazadora.
Inmoble en la oscuridad,
no parecen que le importan
ni el relente de las noches
ni el ver que pasan las horas.
Si espera a alguien, nadie acude
a la cita misteriosa;
si aguarda algún hora fija,
su venida fue bien pronta.
Frente por frente al convento
de San Francisco se aposta,
cuya puerta se ve franca
como abandonada y sola.
¿Es que aquel hombre la guarda,
o es que en acecho la ronda?
Porque él la guarda o la acecha
con una intención incógnita.
En esto la plaza adentro,
por la calle de la Sierpe
un hombre desembocando,
a largos pasos se mete.
Un solo punto los ojos
en su derredor revuelve,
y viendo al hombre que aguarda,
vase a él rápidamente,
el sombrero hasta las cejas
y el embozo hasta los dientes.
Llegó al que esperaba, y plática
entablaron de esta suerte: .
-¡Andrés!
-¿Quién me llama?
-Un hombre.
-¿Me conoce?
-Sí
-¿Qué quiere?
-Que tenga por tu aljibe
un privilegio mi gente.
Me han dicho que tú tan sólo
a tu convento defiendes,
y que cejan los villanos
y la canalla te teme.
-Y te han dicho la verdad.
-Por eso precisamente
he venido aquí esta noche,
por si al cabo empacho tienes
en dejarme hacer de día
lo que de noche no entiende
ninguno en el barrio.
-Hidalgo,
si eso trae, errado viene;
todos han de tomar agua,
o nadie absolutamente.
-¿Conque contra el Rey te opones,
que lo contrario te advierte?
-Yo contra el Rey no me opongo,
mas cuido mis intereses;
y pues por ellos no cuidan,
siendo inútiles, sus leyes,
hombre a hombre, y fuerza a fuerza,
aquí has de encontrarme siempre.
Será injusticia y escándalo,
será cuanto se quisiere;
mas, a quien osados cargan, necio es,
si no se defiende. -Hazlo, pues.
-Enhorabuena,
hidalgo, y tened presente
que habéis venido a buscarme.
-Menos hablar y defiéndete.
Y esto diciendo uno y otro
a cuchilladas se meten
con tanto brío que chispas
de las espadas encienden.
El caballero le carga
tan fiera y bizarramente,
que el hacerle cara el otro,
hasta milagro parece.
Dan, vuelven, paran, reciben;
ni uno ceja ni otro cede;
Andrés con calma y acierto,
el otro como una sierpe:
mas es inútil, el monje
es tan diestro y es tan fuerte,
que aunque es el hidalgo un hombre
que como un tigre revuelve,
y cuyo brazo muy pocos
a resistirle se atreven,
de poco o nada le sirven
lo que sabe y lo que puede.
Al fin, el monje, mirando
que el intento con que viene
es tal, que mucho peligra
si no se concluye en breve,
lanzóle tal multitud
de tajos y de reveses,
que el otro cejó seis pasos,
diciendo: -¡Demonio, tente!
Túvose Andrés, y el incógnito,
la mano franca tendiéndole,
dijo: “Lo que quieras pídeme,
que todo te lo mereces.
-Yo nada de vos espero.
¿Qué podéis vos ofrecerme?
-A todo por tu valor,
el rey don Pedro se ofrece.
-Señor -exclamó el buen monje
ante sus plantas rindiéndose-,
perdonad si estuve osado…
-Andrés, obraste valiente;
concédote lo que quieras,
para que de mí te acuerdes.
-Señor, de nuestra agua os pido
la propiedad solamente.
-Desde esta noche a los monjes
anuncia que la poseen.”
Y tomando el rey don Pedro
por el callejón de enfrente,
volvióse al convento el fraile,
agradecido y alegre.
Ya viene el revuelto otoño…
Ya viene el revuelto otoño
Recogiendo frasco y flores;
Pasó el sol con sus calores,
Y alumbra al fin otro sol;
Pasaron las alboradas
Deliciosas de la aurora,
Que el horizonte colora
De purpurino arrebol.
Pasaron las noches claras
De la luna y los jardines;
Las noches de los festines
Tras el otoño vendrán.
Pasó el tiempo de las citas
A deshora entre las rejas,
Los cuidados de las viejas,
De las niñas el afán.
Pasaron las serenatas
Debajo de los balcones,
Las rondas y las canciones
Del mancebo emprendedor.
Todo es ya triste: la tierra
Pierde su brillante aliño,
Y el amor, que es pobre y niño,
Alivio busca al calor.
Mas si se envuelve la noche
Entre su sombra importuna,
Si pierde su blanca luna
Y sus horas de placer;
Si pierde la fresca aurora
Sus aromas y sus flores,
Sus nubes de cien colores,
S a aureola de rosicler;
Le que la en cambio a la tarde
Todo el encanto del día,
Y henchida de su armonía
Sale el sol a despedir.
Bella es la tarde que baja
Por el rosado Occidente,
Y se apaga lentamente
Para volver a lucir.
Es púrpura el horizonte,
Y el firmamento una hoguera,
Es oro la ancha pradera,
La ciudad, el río, el monte.
Rey de los astros, el sol,
Del regio trono al bajar,
Su pompa querrá ostentar
En su manto de arrebol.
Por eso suspenso está
De su reino a la salida,
Jurando a su despedida
Que mañana volverá.
Banda de nubes de grana,
Que con sus reflejos tiñe,
Flotando en torno le ciñe
Como turba cortesana.
Ráfagas mil que se cruzan,
Filigrana de la tarde,
El sol que a su espalda arde
En colores desmenuzan.
Y al hundirse en Occidente
Partida en muchas la llama,
Por el cielo se derrama
Fosfórica y transparente.
Es la postrera sonrisa
Del bello día que acaba,
Que de esa luz arrancaba
Su fresca ondulante brisa.
La fresca brisa que asoma
Por sobre la roca calva,
Remedio de la del alba
En frescura y en aroma.
A su venida, tardías
Cierran su cáliz las flores,
Y trinan los ruiseñores
Sus postreras armonías.
Se les va buscar la sombra
Entre las desnudas ramas,
Porque sus hojas de escamas
Sirven al suelo, o de alfombra.
Que ya el inconstante viento
Del otoño que aparece,
En los árboles se mece
Con brusco sacudimiento.
Flor, pronto inútil y sola,
En vez de la que él deshizo,
Orlará el campo pajiza
La purpurina amapola.
Brezos y arbustos impuros
De la montaña en la falda,
Vestirán su áspera espalda
Con sus matices obscuros.
Grupos de nubes perdidos
Como fantasmas deformes,
Traen en sus pliegues enormes
Vientos de invierno escondidos.
El árbol en largas hebras
Hiende sus cortezas vanas,
Y anuncian lluvias lejanas
Las rastras de las culebras.
Da el cuervo al aire su vuelo,
Graznidos a su garganta;
Rey del viento, se levanta
Entre la tierra y el cielo.
Se oye de algunas palomas
Perdido el último arrullo,
De alguna fuente el murmullo
Que entre los juncos asoma.
Queda el mundo en soledad;
Y en el aire alzan su imperio
Da las sombras el misterio,
Y el humo de la ciudad.
Yo he sentido bramar al ronco viento…
I
Yo he sentido bramar al ronco viento
Del helado Diciembre en noche obscura,
Remedando de un hombre el triste acento
De roto murallón en la hendedura.
Ardía en el salón envejecido
Purpúrea llama de sonante leña,
Y el ámbito vibraba estremecido
Al reflejar en la empolvada peña.
De la pompa feudal resto desnudo
Sin tapices, sin armas, sin alfombra,
Hoy no cobija su recinto mudo
Más que silencio, soledad y sombra.
Tal vez groseros cuentos populares
Bajo el nombre sin crónica conserva,
Y en las bóvedas, torres y pilares
Brota a pedazos la pajiza hierba.
Los pájaros habitan la techumbre
Y la tapiza la afanosa araña,
Y eso guarda la tosca pesadumbre
Del viejo torreón de Fuensaldaña.
Yo, que era entonces loco, triste y niño,
Pasaba alguna vez bajo sus muros
Por contemplar el desgarrado aliño
De sus huecos recónditos y obscuros.
Allí, en delirios de amistad perdida
Y en infantiles pláticas sabrosas,
Adormecí las cuitas de mi vida
Y las horas de noches pavorosas.
Allí, al calor de la humeante hoguera
De las cóncavas piedras al abrigo,
Oía el viento rebramando fuera,
Y a mi lado la voz de algún amigo.
Allí, sobre nosotros se elevaban
Robustas torres, góticas almenas,
Que la furia del viento rechazaban
Sobre el cimiento colosal serenas.
A veces nuestra alegre carcajada,
Repetida en los aires por el eco,
Moría en sus bramidos sofocada,
De la alta torre en el tendido hueco.
A veces nuestras báquicas canciones,
Como estertor de agonizante pecho,
Acompañaba en compasados sones
Sordo zumbando en callejón estrecho.
Otras, en melancólica armonía,
Remedaba lamentos y suspiros,
Y otras, en repugnante gritería,
El vuelo y voz de brujas y vampiros.
De las rotas almenas erizadas
Al sacudir la destocada frente,
Remedaba el hervir de las cascadas
Y el áspero silbar de la serpiente.
O en revuelto y confuso torbellino
La ruinosa terraza estremeciendo,
De la tendida lona en son marino
Semejaba tal vez el largo estruendo.
Le oíamos a veces a lo lejos
Cruzando el valle con airado paso,
Y crujían los árboles añejos
Como chascara entre la llama un vaso.
Y en continuo rumor sonando a veces,
Le oíamos rozar el firme muro,
Como en hondo tonel hierven las heces
Que una bruja animó con un conjuro.
Le oíamos rodar embravecido
Las desiguales piedras azotando,
Y en los huecos colgar ronco mugido,
Y el seco musgo arrebatar pasando.
Le oíamos entrar y revolverse
Con espantable son en las troneras,
Y estrellarse, y crecer hasta perderse,
Barriendo las tortuosas escaleras.
Las ramas de los árboles vecinos,
En las rejas meciéndose colgadas,
Dibujaban contornos repentinos
De espantosas visiones descarnadas.
Y al brusco y desigual sacudimiento
Desplomados los vidrios de colores,
En el mal alumbrado pavimento
Reverberaban falsos resplandores.
Y asaltando la boca que topaba
Rodando en torno de la mustia hoguera,
Entre la llama pálida soplaba,
Blanca ceniza hasta elevar ligera.
Silbando entonces lánguido y sonoro,
Al cruzar murmurando en las ventanas,
Nos revelaba en armonioso coro
Música de veletas y campanas.
Y mezclaba el susurro de las hojas
Que coronaban los silvestres pinos,
Con el gotear entre las juncias flojas
De los turbios arroyos campesinos.
De los atentos perros el ladrido,
Y el canto agudo del despierto gallo,
Con el inquieto y bélico alarido
Del trémulo relincho del caballo.
Bullían en el ánima exaltada
Locos fantasmas de soñados cuentos,
Y sostenía, apenas fatigada,
El peso de los ojos soñolientos.
Entonces, a la sombra cobijados,
Los pies a par de la expirante lumbre,
Cedían nuestros párpados cansados,
Más que a la voluntad, a la costumbre.
Y a cada chispa del tizón postrero,
A cada empuje del turbión errante,
A cada voz del pájaro agorero
Que velaba en el nido vacilante,
Volvíamos el gesto, recelosos,
En derredor del descompuesto fuego,
Levantando los ojos perezosos,
Que al roto sueño se tornaban luego.
Y en aquella mirada adormecida
Se pintaba la sombra misteriosa,
De volubles contornos revestida,
De cuerpo inmenso, de color medrosa.
Gozábamos al fin insomnio inquieto,
Delirando festines y batallas,
Con tumultos sin época ni objeto,
Con broqueles, con yelmos y con mallas.
Y soñábamos duendes y conjuros
En una tierra mágica y lejana,
Deleitados en cóncavos obscuros
Con cantares de sílfide liviana.
Poco a poco deshechas las visiones,
Soñábamos con sombras infinitas,
Donde se oían apagados sones
De invisibles orquestas exquisitas.
Y más tarde, las sombras vacilando
Entre pardo crepúsculo naciente,
Íbanse luz y sombras alejando
De la febril y temerosa mente.
Músicas, miedos, fábulas y sombras,
Sus contornos al fin desvanecían,
Y en un salón sin lámparas ni alfombras.
Sólo estaban dos locos, y dormían.
II
-Y era grato, al son del viento,
Abrir el párpado al día,
Y contemplar, soñoliento,
Su confuso resplandor
A través de las abiertas,
Hondas y estrechas ventanas,
Y de las hendidas puertas
De los quicios en redor.
Ver la atmósfera tocada
Con turbio cendal de niebla,
Sobre los campos posada,
Interceptando el mirar;
Y oír la ráfaga inquieta
Que al vendaval sustituye,
En la acerada veleta
Sordamente rechinar.
Ver las medrosas visiones
Que en la noche nos turbaron,
En bóvedas y rincones
De opaca lumbre al lucir;
En escombros convertidas
Musgo y tintas con que al tiempo
Las murallas carcomidas
Plugo manchar y vestir.
Ver en las toscas paredes,
En vez de ricos tapices,
Tender su baba y sus redes
Al insecto descortés,
Que entre los nombres tranquilos
Las labra de los viajeros,
Cubriéndolos hilo a hilo
Sin envidia ni interés.
Ver a la afanosa araña
En los blasones del muro
Hilar con paciente maña
Sus hebras para cazar;
Y en la recóndita grieta,
La presa que vuela en torno,
Vigilante, astuta y quieta,
A que se enrede esperar.
Y en el oculto madero
Hallar de rincón ruinoso,
El rastro de un hormiguero
Que en el verano pasó;
Que en el fondo nació acaso,
Mas no contento en el suelo,
Con irreverente paso
Hasta la almena trepó.
¿Quién dijera a los barones
De la torre de Saldaña
De sus techos y salones,
La mengua y la soledad?
¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Cuánto puedes,
Tú, que indiferente escribes
Sobre cráneos y paredes
La cifra de la verdad!
Yo he visitado esos muros,
Hoy trojes de rico hidalgo,
Y en sus salones obscuros
Ancha hoguera levanté.
Corrí llaves y cerrojos
Cual si de ellos dueño fuera,
Y sus tablas y despojos
Para alumbrarme quemé.
No respeté ni sus años,
Ni su nombre y dueño antiguos…..
Y para insultos tamaños,
¿Quién era en Saldaña yo?
Un niño, un triste o un loco,
Que divertido en sus penas,
Curaba entonces muy poco
De cuanto grande vivió.
Y a fe que, libre y contento,
A la lumbre de mi hoguera,
En tanto bramaba el viento,
Tranquilamente dormí;
Y al despertar con el día,
Contempló absorto y ufano
La gruesa mampostería
Que por alcoba elegí.
Luchaba el sol, afanado,
Con la turbia húmeda niebla,
Y el fulgor tornasolado
Cruzaba por el salón.
El aire, en fuerzas cediendo,
Brotó en ráfagas errantes,
Y aun se le oía gimiendo
Con menos airado son.
Miré desde las ventanas
El árido campo seco:
Algunas hierbas livianas
Encontró no más en él.
El aire las sacudía
Y la niebla las mojaba;
Escaso arbusto crecía
Del campo mudo al lindel.
Algunas nocturnas aves
Guarecidas, asomaron,
En los rotos arquitrabes
Su misterioso mohín:
Mirélas indiferente,
Y al rumor de mis pisadas
Hundieron la negra frente
Del nido cóncavo al fin.
Entonces, de la alta cumbre,
El sol, rasgando la niebla,
Derramóse en viva lumbre
De trémulo resplandor;
Y en los pardos murallones
Trazó cuadros luminosos,
Alumbrando los salones.
De cenagoso color.
Y entonces, a los reflejos
De la llama repentina,
De aquellos rincones viejos
En la antigua soledad,
Bulleron miles de insectos
Asomando por las grietas:
Monstruosos por lo imperfectos,
Raros por la variedad.
Y oíanse los cantares
Del tosco templo vecino,
En compases regulares
Desvanecerse y crecer;
Y el órgano y las campanas,
Al roto soplo del viento,
Ya perdidas, ya cercanas,
En él sus ecos mecer.
Pasó la noche sonora,
Pasó la mañana inquieta;
Mis años, hora por hora,
A contar, triste, volví.
Si hallé la vida cansada
Y lamenté su amargura,
Yo vivo con mi tristura,
Mas la torre quedó allí.
Muchos curiosos, acaso,
Por llegar a Fuensaldaña,
Aceleraron el paso,
De aquella noche después;
Mas ¡ay de hombro mezquino!
¡Quién encontrará mañana,
Entro el polvo del camino,
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