Poemas de José Zorrilla

Poemas de José Zorrilla

Poemas de José Zorrilla y Moral (1817–1893), la figura más emblemática del Romanticismo nacionalista en España. Vallisoletano de nacimiento, su carrera despegó de forma legendaria al leer unos versos en el entierro de Larra, convirtiéndose instantáneamente en la voz de una generación.

Su obra se caracteriza por un estilo musical, dinámico y profundamente arraigado en las leyendas y tradiciones españolas. Aunque cultivó una lírica brillante, su legado reside principalmente en el teatro. Su obra maestra, Don Juan Tenorio (1844), transformó el mito del seductor cínico en un héroe capaz de alcanzar la redención por amor, convirtiéndose en un fenómeno cultural que aún se representa anualmente. A pesar de su inmenso éxito y de ser coronado poeta laureado, Zorrilla vivió constantes dificultades económicas y un exilio voluntario en México y Francia.

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A buen juez mejor testigo

Tradición de Toledo

I

Entre pardos nubarrones

pasando la blanca luna,

con resplandor fugitivo

la baja tierra no alumbra.

La brisa con frescas alas

juguetona no murmura,

y las veletas no giran

entre la cruz y la cúpula.

Tal vez un pálido rayo

la opaca atmósfera cruza,

y unas en otras las sombras

confundidas se dibujan.

Las almenas de las torres

un momento se columbran,

como lanzas de soldados

apostados en la altura.

Reverberan los cristales

la trémula llama turbia,

y un instante entre las rocas

riela la fuente oculta.

Los álamos de la vega

parecen en espesura,

de fantasmas apiñados

medrosa y gigante turba;

y alguna vez desprendida

gotea pesada lluvia,

que no despierta a quien duerme,

ni a quien medita importuna.

Yace Toledo en el sueño

entre la sombra confusa,

y el Tajo, a sus pies pasando,

con pardas ondas la arrulla.

El monótono murmullo

sonar perdido se escucha,

cual si por las hondas calles

hirviera del mar la espuma.

¡Qué dulce es dormir en calma

cuando a lo lejos susurran

los álamos que se mecen,

las aguas que se derrumban!

Se sueñan bellos fantasmas

que el sueño del triste endulzan,

y en tanto que sueña el triste,

no le aqueja su amargura.

 

Tan en calma y tan sombría

como la noche que enluta

la esquina en que desemboca

una callejuela oculta,

se ve de un hombre que aguarda

la vigilante figura,

y tan a la sombra vela,

que entre la sombra se ofusca:

frente por frente a sus ojos,

un balcón a poca altura

deja escapar por los vidrios

la luz que dentro le alumbra;

mas ni en el claro aposento,

ni en la callejuela obscura,

el silencio de la noche

rumor sospechosos turba.

Pasó así tan largo tiempo,

que pudiera haberse duda

de si es hombre, o solamente

mentida ilusión nocturna;

pero es hombre, y bien se ve,

porque con planta segura

ganando el centro a la calle,

resuelto y audaz pregunta;

«¿Quién va?»; y a corta distancia

el igual compás se escucha

de un caballo que sacude

las sonoras herraduras.

«¿Quién va?», repite, y cercana

otra voz menos robusta,

responde: «Un hidalgo: ¡calle!»;

y el paso el bruto apresura.

«¡Téngase el hidalgo!», el hombre

replica, y la espada empuña.

«Ved más bien si me haréis calle,

repusieron con mesura,

que hasta hoy a nadie se tuvo

Ibán de Vargas y Acuña.»

«Pase el Acuñia, y perdone»,

dijo el mozo en faz de fuga,

pues teniéndose el embozo,

sopla un silbato, y se oculta.

Paró el jinete a una puerta,

y con precaución difusa

salió una niña al balcón

que llama interior alumbra.

(¡Mi padre!», clamó en voz baja;

y el viejo en la cerradura

metió la llave, pidiendo

a sus gentes que le acudan.

Un negro, por ambas bridas

tomó la cabalgadura;

cerróse detrás la puerta

y quedó la calle muda.

En esto, desde el balcón,

como quien tal acostumbra,

un mancebo por las rejas

de la calle se asegura.

Asió el brazo al que apostado

hizo cara a Ibán de Acuñia,

y huyeron, en el embozo

velando la catadura.

 

II

Clara, apacible y serena,

pasa la siguiente tarde,

y el sol, tocando su ocaso,

apaga su luz gigantes.

Se ve la imperial Toledo

dorada por los remates,

como una ciudad de grana

coronada de cristales.

El Tajo, por entre rocas

sus anchos cimientos lame,

dibujando en las arenas

las ondas con que las bate;

y la ciudad se retrata

en las ondas desiguales,

como en prendas de que el río

tan afanoso la bañe.

A lo lejos, en la vega

tiende galán por sus márgenes,

de sus álamos y huertos

el pintoresco ropaje,

y porque su altiva gala

más a los ojos halague,

la salpica con escombros

de castillos y de alcázares.

Un recuerdo es cada piedra

que toda una historia vale,

cada colina un secreto

de príncipes o galanes.

Aquí se bañó la hermosa

por quien dejó un Rey culpable,

amor, fama, reino y vida,

en manos de musulmanes.

Allí recibió Galiana

a su receloso amante,

en esa cuesta que entonces

era un plantel de zahares.

Allá, por aquella torre

que hicieron puerta los árabes,

subió el Cid sobra Babieca

con su gente y su estandarte.

Más lejos se ve al castillo

de San Servando, o Cervantes,

donde nada se hizo nunca

y nada al presente se hace.

A este lado está la almena

por do sacó vigilante

el conde don Peranzules

al Rey que supo una tarde

fingir tan tenaz modorra,

que, político y constante,

tuvo siempre el brazo quedo

las palmas al horadarle.

Allí está el circo romano,

gran cifra de un pueblo grande,

y aquí la antigua basílica

de bizantinos pilares,.

que oyó en el primer Concilio

las palabras de los Padres

que velaron por la Iglesia

perseguida o vacilante.

La sombra en este momento

tiende sus turbios cendales

por todas esas memorias

de las pasadas edades,

y del Cambrón y Visagra

los caminos desiguales,

camino a los toledanos

hacia las murallas abren.

Los labradores se acercan

al fuego de su hogares,

cargados con sus aperos,

cansados de sus afanes.

Los ricos y sedentarios

se tornan con paso grave,

calado el ancho sombrero,

abrochados los gabanes;

y los clérigos y monjes,

y los prelados y abades,

sacudiendo el leve polvo

de capelos y sayales.

Quédase solo un mancebo

de impetuosos ademanes,

que se pasea ocultando

entre la capa el semblante.

Los que pasan le contemplan

con decisión de evitarle,

y él contempla a los que pasan

como si a alguien aguardase.

Los tímidos aceleran

los pasos al divisarle,

cual temiendo de seguro

que les proponga un combate;

y los valientes le miran

cual si sintieran dejarle

sin que, libres sus estoques,

en riña sonora dancen.

Una mujer, también sola,

se viene el llano adelante,

la luz del rostro escondida

en tocas y tafetanes;

mas en lo leve del paso

y en lo flexible del talle,

puede a través de los velos

una hermosa adivinarse.

Vase derecha al que aguarda,

y él al encuentro la sale,

diciendo cuanto se dicen

en las citas los amantes.

Mas ella, galanterías

dejando severa aparte,

así al mancebo interrumpo

en voz decisiva y grave:

 

-Abreviemos de razones,

Diego Martínez; mi padre,

que un hombre ha entrado en su ausencia

dentro mi aposento sabe;

y así, quien mancha mi honra,

con la suya me la lave:

o dadme mano de esposo,

o libre de vos dejadme.-

 

Mirola Diego Martínez

atentamente un instante,

y echando a un lado el embozo,

repuso palabras tales:

-Dentro de un mes, Inés mía,

parto a la guerra de Flandes;

al año estaré de vuelta,

y contigo en los altares

honra que yo te desluzca,

con honra mía se lave,

que por honra vuelven honra

hidalgos que en honra nacen.

-Júralo, exclamó la niña.

-Más que mi palabra vale

no te valdrá, un juramento.

-¡Vive Dios, que estás tenaz!

-Dalo por jurado, y baste.

-No me basta, que olvidar

puedes la palabra en Flandes.

-¡Voto a Dios! ¿Qué más pretendes?

-Que a los pies de aquella imagen

lo jures como cristiano,

del santo CRISTO delante.

 

Vaciló un punto Martínez,

mas porfiando que jurase,

llevole Inés hacia el templo

que en medio la vega yace.

Enclavado en un madero,

en duro y postrero trance,

ceñida la sien de espinas,

descolorido el semblante,

víase allí un crucifijo

teñido de negra sangre,

a quien Toledo devota

acude hoy en sus azares.

Ante sus plantas divinas

llegaron ambos amantes,

y haciendo Inés que Martínez

los sagrados pies tocase,

preguntole:

-Diego, ¿juras

a tu vuelta desposarme?

Contestó el mozo:

-¡Sí juro!-

Y ambos del templo se salen.

 

III

Pasó un día y otro día,

un mes y otro mes pasó,

y un año pasado había,

mas de Flandes no volvía

Diego, que a Flandes partió.

 

Lloraba la bella Inés,

su vuelta aguardando en vano,

oraba un mes y otro mes

del crucifijo a los pies

do puso el galán su mano.

 

Todas las tardes venía

después de transpuesto el sol,

y a Dios llorando pedía

la vuelta del español,

y el español no volvía.

 

Y siempre al anochecer,

sin dueña y sin escudero,

en un manto una mujer,

el campo salía a ver

al alto del Miradero.

 

¡Ay del triste que consume

su existencia en esperar!

¡Ay del triste que presume

que el duelo con que él se abrume

al ausente ha de pesar!

 

La esperanza es de los cielos

precioso y funesto don,

pues los amantes desvelos

cambian la esperanza en celos

que abrasan el corazón.

 

Si es cierto lo que se espera,

es un consuelo en verdad;

pero siendo una quimera,

en tan frágil realidad

quien espera, desespera.

 

Así Inés desesperaba

sin acabar de esperar,

y su tez se marchitaba,

y su llanto se secaba

para volver a brotar.

 

En vano a su confesor

pidió remedio o consejo

para aliviar su dolor,

que mal se cura el amor

con las palabras de un viejo.

 

En vano a Ibán acudía

llorosa y desconsolada;

el padre no respondía,

que la lengua le tenía

su propia deshonra atada.

 

Y ambos maldicen su estrella,

callando el padre severo

y suspirando la bella,

porque nació mujer ella,

y el viejo nació altanero.

 

Dos años al fin pasaron

en esperar y gemir,

y las guerras acabaron,

y los de Flandes tornaron

a sus tierras a vivir.

 

Pasó un día y otro día,

un mes y otro mes pasó,

y el tercer año corría;

Diego a Flandes se partió,

mas de Flandes no volvía.

 

Era una tarde serena;

doraba el sol de Occidente

del Tajo la vega amena,

y apoyada en una almena

miraba Inés la corriente.

 

Iban las tranquilas olas

las riberas azotando

bajo las murallas solas,

musgo, espigas y amapolas

ligeramente doblando.

 

Algún olmo que escondido

creció entre la hierba blanda,

sobre las aguas tendido

se reflejaba perdido

en su cristalina banda.

 

Y algún ruiseñor colgado

entre su fresca espesura,

daba al aire embalsamado

su cántico regalado

desde la enramada obscura.

 

Y algún pez con cien colores,

tornasolada la escama,

saltaba a besar las flores

que exhalan gratos olores

a las puntas de una rama.

 

Y allá en el trémulo fondo

el torreón se dibuja,

como el contorno redondo

del hueco sombrío y hondo

que habita nocturna bruja.

 

Así la niña lloraba

el rigor de su fortuna,

y así la tarde pasaba,

y al horizonte trepaba

la consoladora luna.

 

A lo lejos, por el llano,

en confuso remolino,

vio de hombres tropel lejano,

que en pardo polvo liviano

dejan envuelto el camino.

Bajó Inés del torreón,

y llegando recelosa

a las puertas del Cambrón,

sintió latir, zozobrosa,

más inquieto el corazón.

 

Tan galán como altanero,

dejó ver la escasa luz

por bajo el arco primero,

un hidalgo caballero

en un caballo andaluz.

 

Jubón negro acuchillado,

banda azul, lazo en la hombrera,

y sin pluma, al diestro lado

el sombrero derribado,

tocando con la gorguera.

 

Bombacho gris guarnecido,

bota de ante, espuela de oro,

hierro al cinto suspendido,

y a una cadena prendido

agudo cuchillo moro.

 

Vienen tras este jinete,

sobre potros jerezanos,

de lanceros hasta siete,

y en adarga y coselete

diez peones castellanos.

 

Asiose a su estribo Inés,

gritando: -Diego, ¡eres tú!

Y él, viéndola de través,

dijo: -¡Voto a Belcebú,

que no me acuerdo quién es!

 

Dio la triste un alarido

tal respuesta al escuchar,

y a poco perdió el sentido,

sin que más voz ni gemido

volviera en tierra a exhalar.

 

Frunciendo ambas a dos cejas,

encomendola a su gente,

diciendo: -¡Malditas viejas,

que a las mozas malamente

enloquecen con consejas!

 

Y aplicando el capitán

a su potro las espuelas,

el rostro a Toledo dan,

y a trote cruzando van

las obscuras callejuelas.

 

IV

Así, por sus altos fines

dispone y permite el cielo

que puedan mudar al hombre

fortuna, poder y tiempo.

A Flandes partió Martínez

de soldado aventurero,

y por su suerte y hazañas,

allí capitán le hicieron.

Según alzaba en honores,

alzábase en pensamientos;

y tanto ayudó en la guerra

con su valor y altos hechos,

que el mismo Rey, a su vuelta,

le armó en Madrid caballero,

tomándole a su servicio

por capitán de lanceros.

Y otro no fue que Martínez

quien ha poco entró en Toledo

tan orgulloso y ufano

cual salió humilde y pequeño.

Ni es otro a quien se dirige,

cobrado el conocimiento,

la amorosa Inés de Vargas,

que vive por él muriendo.

Mas él, que olvidando todo

olvidó su nombre mesmo,

puesto que Diego Martínez

es el capitán don Diego,

ni se ablanda a sus caricias,

ni cura de sus lamentos,

diciendo que son locuras

de gentes de poco seso;

que ni él prometió casarse,

ni pensó jamás en ello.

¡Tanto mudan a los hombres

fortuna, poder y tiempo!

En vano porfiaba Inés

con amenazas y ruegos:

cuanto más ella importuna,

está Martínez severo.

Abrazada a sus rodillas,

enmarañado el cabello,

la hermosa niña lloraba,

prosternada por el suelo.

Mas todo empeño es inútil,

porque el capitán don Diego

no ha de ser Diego Martínez,

como lo era en otro tiempo.

Y así, llamando a su gente,

de amor y piedad ajeno,

mandoles que a Inés llevaran

de grado o de valimiento.

Mas ella, antes que la asieran,

cesando un punto su duelo,

así habló, el rostro lloroso

hacia Martínez volviendo:

-Contigo se fue mi honra,

conmigo tu juramento;

pues buenas prendas son ambas,

en buen fiel las posaremos.

 

Y la faz descolorida

en la mantilla envolviendo,

a pasos desatentados

saliose del aposento.

 

V

Era entonces de Toledo,

por el Rey, Gobernador

el justiciero y valiente

don Pedro Ruiz de Alarcón.

Muchos años por su patria

el buen viejo peleó;

cercenado tiene un brazo,

mas entero el corazón.

La mesa tiene delante,

los jueces en derredor,

los corchetes a la puerta

y en la derecha el bastón.

Está, como presidente

del tribunal superior,

entre un dosel y una alfombra,

reclinado en un sillón,

escuchando con paciencia

la casi asmática voz

con que un tétrico escribano

solfea una apelación.

Los asistentes bostezan

al murmullo arrullador;

los jueces, medio dormidos,

hacen pliegues al ropón;

los escribanos repasan

sus pergaminos al sol;

los corchetes, a una moza

guiñan en un corredor,

y abajo, en Zocodover,

gritan en discorde son

los que en el mercado venden,

lo vendido y el valor.

Una mujer en tal punto,

en faz de grande aflicción,

rojos de llorar los ojos,

ronca de gemir la voz,

suelto el cabello y el manto,

tomó plaza en el salón,

diciendo a gritos: -¡Justicia,

jueces; justicia, señor!

Y a los pies se arroja, humilde,

de don Pedro de Alarcón,

en tanto que los curiosos

se agitan alrededor.

Alzola cortés don Pedro,

calmando la confusión

Y el tumultuoso, murmullo

que esta escena ocasionó,

diciendo: -Mujer, ¿qué quieres?

-Quiero justicia, señor.

-¿De qué?

-De una prenda hurtada.

-¿Qué prenda?

-Mi corazón.

-¿Tú le diste?

-Le presté.

-Y ¿no te le han vuelto?

-No.

-¿Tienes testigos?

-Ninguno.

-¿Y promesa?

-Sí, ¡por Dios!

que al partirse de Toledo

un juramento empeñó.

-¿Quién es él?

-Diego Martínez.

-¿Noble?

-Y capitán, señor.

-Presentadme al capitán,

que cumplirá si juró.-

Quedó en silencio la sala,

y a poco, en el corredor,

se oyó de botas y espuelas

el acompasado son.

Un portero, levantando

el tapiz, en alta voz

dijo: -El capitán don Diego.-

Y entró luego en el salón

Diego Martínez, los ojos

llenos de orgullo y furor.

-Sois el capitán don Diego,

díjolo don Pedro, vos?-

Contestó altivo y sereno

Diego Martínez:

-Yo soy.

-¿Conocéis a esta muchacha?

-Ha tres años, salvo error.

-¿Hicísteisla juramento

de ser su marido?

-No.

-¿Juráis no haberlo jurado?

-Sí juro.

-Pues id con Dios.

-¡Miente! clamó Inés, llorando

de despecho y de rubor.

-Mujer, ¡piensa lo que dices!

-Digo que miente: juró.

¿Tienes testigos?

-Ninguno.

-Capitán, idos con Dios,

y dispensad que, acusado,

dudara de vuestro honor.

Tornó Martínez la espalda

con brusca satisfacción,

o Inés, que le vio partirse,

resuelta y firme gritó:

-Llamadle: tengo un testigo.

¡Llamadle otra vez, señor!

Volvió el capitán don Diego,

sentóse Ruiz de Alarcón,

la multitud aquietóse

y la de Vargas siguió:

-Tengo un testigo a quien nunca

faltó verdad ni razón.

-¿Quién?

-Un hombre que de lejos

nuestras palabras oyó,

mirándonos desde arriba.

-¿Estaba en algún balcón?

-No, que estaba en un suplicio,

donde ha tiempo que expiró.

-Luego ¿es muerto?

-No, que vive.

-Estáis loca, ¡vive Dios!

¿Quién fue?

– El CRISTO de la Vega,

a cuya faz perjuró.-

Pusiéronse en pie los jueces

al nombre del Redentor,

escuchando con asombro

tan excelsa apelación.

Reinó un profundo silencio

de sorpresa y de pavor,

y Diego bajó los ojos

de vergüenza y confusión.

Un instante con los jueces

don Pedro en secreto habló,

y levantóse diciendo

con respetuosa voz:

-La ley, es ley para todos;

tu testigo es el mejor,

mas para tales testigos

no hay más tribunal que Dios.

Haremos…. lo que sepamos:

escribano, al caer el sol,

al CRISTO que está en la vega

tomaréis declaración.

 

VI

Es una tarde serena,

cuya luz tornasolada

del purpurino horizonte

blandamente se derrama.

Plácido aroma las flores,

sus hojas plegando, exhalan,

y el céfiro entre perfumes

mece las trémulas alas.

Brillan abajo en el valle

con suave rumor las aguas,

y las aves en la orilla

despidiendo al día cantan.

Allá por el Miradero,

por el Cambrón y Visagra,

confuso tropel de gente

del Tajo a la vega baja.

Vienen delante don Pedro

de Alarcón, Ibán de Vargas,

su hija Inés, los escribanos,

los corchetes y los guardias;

y detrás, monjes, hidalgos,

mozas, chicos y canalla.

Otra turba de curiosos

en la vega les aguarda,

cada cüal comentando

el caso según le cuadra.

Entre ellos está Martínez

en apostura bizarra,

calzadas espuelas de oro,

valona de encaje blanca,

bigote a la borgoñesa,

melena desmelenada,

el sombrero guarnecido

con cuatro lazos de plata,

un pie delante del otro,

y el puño en el de la espada.

Los plebeyos, de reojo

le miran de entre las capas,

los chicos al uniforme,

y las mozas a la cara.

Llegado el Gobernador

y gente que le acompaña,

entraron todos al claustro

que iglesia y patio separa.

Encendieron ante el CRISTO

cuatro cirios y una lámpara,

y de hinojos un momento

oraron allí en voz baja.

Está el CRISTO de la Vega

la cruz en tierra posada,

los pies alzados del suelo

poco menos de una vara.

Hacia la severa imagen

un notario se adelanta,

de modo que con el rostro

al pecho santo llegaba.

A un lado tiene a Martínez,

a otro lado a Inés de Vargas,

detrás al Gobernador

con sus jueces y sus guardias.

Después de leer dos veces

la acusación entablada,

el notario a Jesucristo

así demandó en voz alta:

 

«Jesús, Hijo de María,

ante nos esta mañana

citado como testigo

por boca de Inés de Vargas,

¿juráis ser cierto que un día

a vuestras plantas divinas

juró a Inés Diego Martínez

por, su mujer desposarla?»

 

Asida a un brazo desnudo,

una mano atarazada

vino a posar en los autos

la seca y hendida palma;

y allá en los aires, «SÍ JURO,,,

clamó una voz más que humana.

Alzó la turba medrosa

la vista a la imagen santa…..

los labios tenía abiertos,

y una mano desclavada.

 

CONCLUSIÓN

Las vanidades del mundo

renunció allí mismo Inés,

y espantado de sí propio,

Diego Martínez también.

Los escribanos temblando,

dieron de esta escena fe,

firmando como testigos

cuantos hubieron poder.

Fundose un aniversario

y una capilla con él,

y don Pedro de Alarcón

el altar ordenó hacer,

donde hasta el tiempo que corre,

y en cada un año una vez,

con la mano desclavada

el crucifijo se ve.

 

A Calderón

«La venerable Congregación de sacerdotes naturales de esta villa, puso aquí esta inscripción, con permiso de D. Diego Ladrón de Guevara, caballero de la Orden de Calatrava y patrón de esta capilla.»

 (Capilla de San Salvador, sepulcro de D. Pedro Calderón de la Barca.)

Hay una antigua capilla

Pobre por su antigüedad,

Negra por su oscuridad,

Revocada por la villa,

Donde se lee en un rincón,

Más que con ojos con manos:

«AQUÍ LOS RESTOS HUMANOS

DE DON PEDRO CALDERÓN.»

 

I

Ave osada, cuyas plumas

Vistieron de cien colores

Con sus matices las flores,

Con su nieve las espumas.

A cuyos ojos el sol

Prestó luz y atrevimiento,

Y a cuyas alas dio viento

Tu noble aliento español.

A quien la tierra dio sombra,

Y la fortuna dio calma,

A quien un rayo dio el alma,

Y el universo una alfombra.

Águila para volar,

Reina del viento naciste,

Fénix al mundo saliste

Para vivir y cantar.

Águila fue tu osadía,

Que con su atrevido vuelo

Subió arrebatada al cielo

A beber la luz del día.

Fénix fueron tus cantares,

Pues al nacer y al morir

Sólo se hicieron oír

Al calor de sus hogares.

Águila tus ojos son,

Y fénix es tu garganta,

Es fénix la voz que canta,

Y águila la inspiración.

Si el águila ojos te da,

Te da el fénix melodía,

Para tu luz y armonía,

Ni ojos ni oídos habrá.

Mas, por desgracia o fortuna,

Ya tu garganta está seca,

Y allá en tu pupila hueca

No queda mirada alguna.

Duerme en paz en tu rincón,

Donde levantó tu gloria

Una cruz a la memoria

De DON PEDRO CALDERÓN.

Que si un mármol reclamó

Tu grandeza y te le dieron,

Según lo que le escondieron,

Parece que les pesó.

Yaces en un templo, sí,

Pero en tan bajo lugar,

Que pareces aguardar

Hora en que huirte de allí.

Mucho te guardan del sol:

¡Temerán que te ennegrezca!…..

O tal vez no lo merezca

Tu ingenio y nombre español.

En vez de tan vil lugar,

Si fueras un potentado,

Sepulcro te hubieran dado

Delante del mismo altar.

Porque al magnate altanero

Le dan virtud y oraciones

El oro de sus blasones,

Y su fortuna primero.

Mas duerme tranquilo ahí;

En ese rincón inmundo,

Para sarcasmo del mundo,

Te basta tu nombre a ti.

Que imbécil o descuidada

La malignidad del hombre,

Dejó olvidado tu nombre

Sobre el sello de tu nada.

 

II

Sombra ultrajada, perdona

Si tu sueño interrumpí,

Que mi atrevimiento abona

Lo poco que soy en mí,

Lo mucho que es tu corona.

Mis ojos te quieren ver,

Pero cuando más te miran,

Más imposible ha de ser.

¡Su lumbre van a perder

Ojos que por ti deliran!

Mis ojos ven tu laurel,

Y ver quisieran tu alma;

Que es martirio bien cruel

Desesperado al pie dél

Suspirar por una palma.

Mas si nada he de poder,

Digno Calderón, de ti,

Si el que a llorar venga aquí

Grande como tú ha de ser,,

A tu vez llora por mí,

Que menos no he de volver.

Pues tu osada inspiración

Eterna quedó en la historia,

Duerme en paz en tu rincón,

Donde levantó tu gloria

Una cruz…., triste memoria

De DON PEDRO CALDERÓN.

 

A D. Jacinto de Salas y Quiroga

Es el poeta en su misión de hierro,

Sobre el sucio pantano de la vida,

Blanca flor que, del tallo desprendida,

Arrastra por el suelo el huracán

Un ángel que pecó en el firmamento,

Y el Señor en su cólera le envía

Para arrostrar sobre la tierra impía

Largas horas de lágrimas y afán.

 

Por eso su memoria tiene un cielo,

Y una sublime inspiración su alma;

Por eso el corazón, de triste duelo

Vestido está también.

Que por único alivio en su tormento

Sólo le queda una canción inútil,

Y una corona que la arranca el viento

De la abrasada sien.

 

Tú lo sabes mejor, que lo has llorado,

Poeta del dolor, bardo sombrío;

Tú que a remotos climas has llevado

Tu noble y melancólico cantar,

Como los pliegues de la parda niebla

Errante cruza un ave misteriosa,

Y de armonía con sus cantos puebla

La corrompida atmósfera, al pasar.

 

Que tú a la vida naciste

Como pacífico arrullo

De aislada tórtola triste;

Como fuente abandonada

Que levanta su murmullo

Sobre la peña olvidada.

Como el ósculo inocente

Con que el maternal cariño

 

Selló la tranquila frente

De su hijo más pequeño;

Como el suspiro de un niño

Al despertar de su sueño.

 

Cumple, sí, tu misión sobre la tierra,

Camina en paz, errante peregrino,

Hasta leer el porvenir que encierra

El libro del destino

Escrito para ti;

Hasta que expiren los revueltos días

Que señaló en su mente Jehová,

Y en tu destierro tu delito expías,

¡Ay! porque escrito está

Que has de salir de aquí.

 

De aquí, del hediondo suelo

Donde te mandó el Señor

Detener tu raudo vuelo,

Para cantar tu dolor

Sin que se oyera en el cielo.

Y bien posó tu amargura

Al traerte a esta mansión,

Dando al hombre en su locura

Una soñada ventura

Que no está en tu corazón.

Que él no comprende el tormento

Que tu espíritu combate,

Ese amargo sentimiento

Que tu noble orgullo abate,

Nacido en tu pensamiento.

-« Hay una flor que embalsama

»El ambiente de la vida,

»Y su fragancia perdida

»Tan sólo no se derrama

»En tu alma dolorida.»-

Es un privilegio impío

Mirar el placer ajeno

En su loco desvarío,

Y en el corazón vacío

Sentir acerbo veneno.

Y con ojo avaro, ardiente,

Ver tanta mujer hermosa,

Con esa tez transparente,

Con esa tinta de rosa

Sobre la tranquila frente.

Ver tanto feliz galán,

Tanta enamorada bella,

Que en plática amante van

Sin curarse él de tu afán,

Sin adivinarle ella

¡Y el poeta en su misión

Apurando su tormento!

Sin alivio el corazón,

¡Sin más que una maldición

Escrita en el pensamiento!

De su sentencia mortal

Con un día y otro día

Llenando el cupo fatal,,

Cual lámpara funeral

Iluminando una orgía.

 

A España artística

¡Torpe, mezquina y miserable España,

Cuyo suelo, alfombrado de memorias,

Se va sorbiendo de sus propias glorias

Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:

 

Traidor y amigo sin pudor te engaña,

Se compran tus tesoros con escorias,

Tus monumentos ¡ay! y tus historias,

Vendidos llevan a la tierra extraña.

 

¡Maldita seas, patria de valientes,

Que por premio te das a quien más pueda

Por no mover los brazos indolentes!

 

¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,

Extranjeros rapaces, que insolentes

Habéis hecho de España una almoneda!

 

A la estatua de Cervantes

Esa es su sombra; el alma, avergonzada

Para más no volver, huyóse al cielo:

Solitaria, sombría, abandonada,

Esa fantasma se encontró en el suelo.

 

Si es pedestal o túmulo, se ignora;

Mas sin duda temieron que, indignado,

De la piedra en que está salte a deshora,

Según se ve de hierros circundado.

No bajará, que es noble y caballero,

Y lidió por su patria el buen poeta;

Acaso no encontrara un compañero

Al pie del pedestal que le sujeta.

Tal vez no hallara un digno castellano

Libre y valiente a quien llamar amigo,

A quien tender la cercenada mano,

A quien llevar en pos al enemigo.

Por eso eleva la tostada frente

Al firmamento azal noble y tranquila,

Y no mira por eso transparente

Apagada a la luz la ancha pupila.

CERVANTES le llamaron otros días,

Yerta figura con ajeno nombre,

Como su original arrastra impías

-Horas de duelo en la mansión del hombro.

Ayer cruzaba libre e ignorado

La turba ociosa y soldadesca inquieta

Dentro de su armadura de soldado,

O envuelto en sus harapos de poeta.

Hoy en la inmoble colosal figura

Derramada la lluvia se destrenza,

Y está sombrío en pie sobre la altura,

Como sacan un reo a la vergüenza.

El pueblo ve a sus pies, negro milano

Que a la boca asomó de un hormiguero,

Y quiere el ojo comprender en vano

Cómo allí se cobija un pueblo entero.

Y siente la carroza del magnate

Rodar, y se estremece a su carrera,

Y soldados que marchan al combate

Que equipados de farsa los creyera.

Y abajo, entre los árboles perdidos,

Como sueños pasar contempla inquietas

Las sombras de políticos caídos,

Las parodias de sabios y poetas.

Y una lágrima acaso en su mejilla

Alumbra el sol bajando al Occidente,

Al contemplar su revocada villa

Sin porvenir, alegre o indolente.

Hubo un CERVANTES cuando aquél vivía,

Cuando en vez de esos hierros era un hombre;

Llamáronle poeta, y poseía

Una espada y un libro con su nombre.

Su espíritu brotó con la tormenta

Y le escondió en su seno el torbellino,

El sepulcro su mano abrió violenta,

Y hoy resuena su cántico divino.

¿Por qué no le dejaron con su sueño

En el sepulcro donde en paz dormía?

¿A qué traerle con tenaz empeño

A sufrir otra vez la luz del día?

¿A qué su sombra de la tumba-alzaron

Estúpidos los hombres o altaneros?

Para ahuyentar los siglos que pasaron,

Y escarnecer los siglos venideros.

Hombre de hierro que velas

El sueño del mundo impío,

Que ves con gesto sombrío

Crímenes que no revelas;

Cuya negra frente calva

Sufre en paz el sol que arde,

La roja luz de la tarde,

La amarilla luz del alba;

¿Qué piensas del mundo, di?

Tú que le dejaste ya,

Cuya voz no se alzará,

Cuya sombra quedó aquí.

¿Qué piensas de ese magnate

Que ha perdido el sol de un día

Embriagado en una orgía

Mientras su nación combate?

¿Qué piensas tú de esos reyes

Que arrastra un frenado bruto

Entre vírgenes de luto

Huérfanas hoy por sus leyes?

¿Qué piensas, genio inmortal,

De ese pueblo soberano

Que abre paso a su tirano

Sin levantar un puñal?

Dime, coloso de hierro,

A quien condena la suerte

A sufrir desde la muerte

En tu patria tu destierro,

¿No es cierto que allá en su afán

Espera tu desconsuelo

Que te arrastre por el suelo

Un revoltoso huracán?

 

II

Tu nombre tiene el pedestal escrito

¡En extranjero idioma por fortuna!

Tal vez será tu nombre un sambenito

Que vierta infamia en tu española cuna.

¡Hora te trajo a luz desventurada!

¿Español eres?… Lo tendrán a mengua,

Cuando a tu espalda yace arrinconada

Tu cifra en signos de tu propia lengua.

¡Serás acaso un busto aparecido

Entre las ruinas de la antigua Roma,

Recuerdo que los tiempos han roído,

Que algún rico libró de la carcoma!

Maldita es tu misión sobre la tierra;

Los que mueren, sus males acabaron,

Todos sus restos su sepulcro encierra…..

Los tuyos del sepulcro los robaron.

 

Helo allí que se levanta

Como fantasma furioso,

Que magulla con su planta

Los que a su morada santa

Van a turbar su reposo.

Porque su nombre y su gloria

Sólo al tiempo las vendió,

Para dejar su memoria

Grabada en oro en la historia,

Que escrita en el fango, no.

Que por eso en su amargura

Abortó un libro coloso,

Que a su renombre asegura

En las edades reposo.

Cuando los siglos le lean

Hará que los siglos vean

En su cubierta roída,

En caracteres gigantes

Dos genios con una vida,

Un Quijote y un Cervantes.

Y si entre la espesa bruma

De esta edad que bulle inquieta,

De hediondo mar alba espuma,

El genio de otro poeta

Despliega su blanca pluma;

Si algún bardo colosal

Levanta entro la tormenta

Su cántico celestial,

De una centuria sangrienta

Salmodiando el funeral;

Cuando el tiempo, hombre sombrío,

El orbe rompa a pedazos,

Que sostenido en tus brazos

Huya su cuchillo impío;

Y en el día de furor,

Cuando al eco atronador

De la funeral trompeta

Se junte el mando en un valle,

Mándale al mundo qué calle,

Y dile que era un POETA.

 

A la memoria desagraciada del joven literato don Mariano José de Larra

Ese vago clamor que rasga el viento

Es la voz funeral de una campana:

Vano remedo del postrer lamento

De un cadáver sombrío y macilento

Que en sucio polvo dormirá mañana.

 

Acabó su misión sobre la tierra,

Y dejó su existencia carcomida,

Como una virgen al placer perdida

Cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

Vacío ya de ensueños y de gloria,

¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,

Que nos lleva a otro mundo a despertar!

 

Era una flor que marchitó el estío,

Era una fuente que agotó el verano;

Ya no se siente su murmullo vano,

Ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

Y ese verde color de la llanura,

Ese manto de yerba y de frescura,

Hijos son del arroyo creador.

 

Que el poeta en su misión,

Sobre la tierra que habita

Es una planta maldita

Con frutos de bendición.

 

Duerme en paz en la tumba solitaria

Donde no llegue a tu cegado oído

Más que la triste y funeral plegaria

Que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño

Más grata, sí, que la oración de un hombre,

Para como la lágrima de un niño,

¡Memoria del poeta que perdí!

 

Si existe un remoto cielo

De los poetas mansión,

Y sólo le queda al suelo

Ese retrato de hielo,

Fetidez y corrupción,

 

¡Digno presente, por cierto,

Se deja a la amarga vida!

¡Abandonar un desierto

Y darlo a la despedida

La fea prenda de un muerto!

 

Poeta, si en el no ser

Hay un recuerdo de ayer,

Una vida como aquí

Detrás de ese firmamento…

Conságrame un pensamiento

Como el que tengo de ti.

 

A la muerte de…

¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego,

Sin oír las palabras de un amigo?

¡Si al menos ¡ay! los días que me restan,

Bajo la húmeda losa

Pasara yo contigo!

 

Yo cubriría con mi cuerpo el tuyo

Cuando la lluvia fría penetrara,

La piedra que te oculta de mis ojos,

Y el cierzo de la noche

Tus sienes no tocara.

 

Y mis manos la hierba arrancarían

Que creciera en la tumba abandonada,

Y alejaría el fétido gusano

Que se arrastrara hambriento

Con su sorda pisada.

 

Mas tú, ¡alma mía!, por tus rubias trenzas

Bullir le sentirás y por tu frente

Sin poder rechazarle, mientra el hombre

Contemplará tu tumba

Con ojo indiferente.

 

¡Si al fin quedaran las almas

Velando el difunto cuerpo,

En pláticas amorosas

Con las almas de otros muertos;

Si al fin así descansaras

Bajo el pabellón del cielo,

Sin que el tumulto del mundo

Turbara nunca tu sueño;

Si el amor que se hubo en vida

Muriera en el cementerio,

Y no hubiera en otro mundo

Memoria del mundo nuestro!…

 

Mas ¡ay! que vendrán los hombres,

Falsas plegarias mintiendo,

Todos los años un día

A visitar vuestro lecho.

 

Vendrán con sus oropeles,

Sus farsas y devaneos,

La vanidad en el alma,

La vida en el pensamiento.

 

No a mullir vuestras almohadas,

No a daros santos consuelos,

Derramando en vuestras tumbas

Las flores de los recuerdos;

No a reconocer su nada

En los despojos del tiempo,

No a ver lo que sois vosotros,

Para ver lo que son ellos;

Que aunque un espejo es la tumba,

Cubrir su cristal supieron

Con velos de mármol y oro,

Cuyo cortinaje espeso,

Robando al cristal las luces,

Impide que, a sus reflejos,

El vidrio fatal les pinte

El polvo donde nacieron.

 

No; que vendrán a deciros

Que han mentido en otro tiempo,

Cuando al daros un sepulcro,

«Dormid en paz», os dijeron.

 

Mas habrá un cielo, por dicha,

Detrás de ese cielo azul,

Donde irán, paloma mía,

Los que mueren como tú.

 

Allí viviréis tranquilos,

En alcázares de luz,

Con los ángeles que velen

Por vuestra santa quietud;

En pabellones de estrellas

Alfombrados de tisú,

Libres de ingratos recuerdos

De la desdicha común;

Porque al abrirse las puertas

Del misterioso ataúd,

Hallan paz, vida y contento

Los que mueren como tú.

 

Que fresca brisa serena

Halague tu casta sien,

Del bello jardín de Edén,

¡Oh purísima azucena!

Duerme pacífica, sí,

En un lecho de alelí

Que te formen para ti

Los ángeles del Señor;

Y en un porvenir risueño,

Duerme, duerme, dulce dueño,

Y que te vele tu sueño

Un espíritu de amor.

 

Y dé placer a tu oído,

Susurrando mansamente,

De alguna encubierta fuente

El misterioso ruido.

 

Y en tus ensueños de paz

Te preste grato solaz,

Con su armonía fugaz,

Algún lejano laúd;

Y por tu mente resbale

Aérea ilusión que iguale

De blanca luna que sale

A la transparente luz.

 

Mientra en brazos del destino

En las tinieblas que estoy,

A ciegas buscando voy

De tu morada camino.

 

Y pasan las horas mías

Como turbias ondas frías

Que sus revoltosos días

Sañudo invierno formó;

Como barquilla que mece

Ruda tormenta que crece,

Cual se agosta y desparece

Flor que en la nieve brotó.

 

A los individuos artistas del Liceo

I

Allí está lo que el mundo llama mundo,

Arrastrándose imbécil por la tierra;

Ese reptil raquítico e inmundo

Que en el sepulcro su ambición encierra.

Allí está con sus circos y jardines,

Vano de amor y espléndido de amores,

Mal envuelto entre farsas y festines,

Como esqueleto entre marchitas flores.

Vestido está de alcázares y escudos;

Mas, torpe esclavo de egoístas leyes,

Lleva sus pueblos a danzar desnudos

En derredor del lujo de sus reyes.

¡Vano placer! ¡Quimérica algazara!

¡Flor de una aurora sola y pasajera!….

De cerca, un cementerio nos mostrara

Al resplandor de moribunda hoguera.

Los hombres de ese mundo no son hombres,

Las mujeres de allí no son mujeres;

Ellos cubren su nada con sus nombres,

Y ellas no tienen más que sus placeres.

Cuando Dios, que les dio el ánima noble,

Las ánimas demande enfurecido,

Su ángel, de hinojos, con vergüenza doble,

Señor, contestará, ¡las han perdido!

Autómatas que viven porque viven,

Hoy al rumor de estrepitosa orquesta,

El ajeno renombre que reciben

Llevan como sus padres a una fiesta.

Contentos con sus vanos oropeles,

Atraillando al cuerpo el pensamiento,

De un heredero nombre hacen laureles,

Gloria y valor del alto nacimiento.

Cielo es para ellos el azul que miran,

Es la tierra un inmenso anfiteatro,

Y ellos, que en esa atmósfera respiran,

Los actores, tal vez, de ese teatro.

Y en tanto que en sus necias pantomimas

Se gozan, y en estúpidos placeres,

Canta el poeta en gigantescas rimas

El ser tremendo que abortó los seres.

Pinta el pintor el cielo y los colores,

Arrebata la luz al mediodía,

Y el músico, a los vientos bramadores,

A las aves y fuentes, la armonía.

Hijo de rey, conquista su corona;

Hijo de Dios, como su Dios concibe;

Que con sus obras su nobleza abona,

Y no infama su estirpe mientras vivo.

Noble es el grande, y grande es el valiente,

Quien, por ser como Dios, como Dios crea.

Ése es el noble que alzará la frente,

Trepando al sol hasta que sol se crea.

Ése a la tumba bajará ignorado,

Ése en la tierra vivirá mendigo,

A ése nada los hombres le hemos dado;

Su padre, que fue Dios, será su amigo.

Y cuando Él, que le dió el ánima noble.,

Las ánimas demande enfurecido,

Dirále el ángel con orgullo doble:

Hombre le hiciste; ángel le he traído.

 

Es grande quien nace esclavo

Y baja al sepulcro rey,

Cambiando, altivo, en diadema

Los hierros que atan sus pies.

Es grande el hombre de polvo,

Que meditando en su ser,

Del sol envidia los rayos

Por brillar tanto como él.

Quien en un cuerpo mezquino

Un alma gigante ve,

Y hacer lo que Dios pretende

Porque hijo de Dios se cree.

Quien sintiéndose con alas,

Se arroja el viento a romper,

Y va osado a las estrellas

A preguntarlas quién es.

Ése es el grande y el noble,

Ése es el hombre por quien

Hizo un Dios en siete días,

Del cielo un ancho dosel,

De toda la tierra un trono,

De una existencia un placer,

Del sol una eterna hoguera;

Y apenas el hombre fue,

Tendió el mar en la llanura

Por alfombra de sus pies.

No es noble ¡viven los cielos!

Quien muestra un viejo broquel

Por sus abuelos ganado,

Que derribando a cercén

La cabeza de algún moro,

Le hicieron suyo después,

Dividiéndole en cuarteles

Los heraldos para él.

No es noble quien pasa el día

Encerrado en un harén,

Entre eunucos y mujeres,

Como impúdica mujer;

Guardando del sol la frente

Y de la arena los pies,

Con un altar y un serrallo,

Y el alma estéril, sin fe.

No es noble quien cuenta ufano

En su alcázar, cinco, diez,

Veinte nombres en hilera

Colgados en la pared,

Al pie de veinte retratos

De veinte nobles con él.

No son la virtud y el genio

Cetro y corona de rey,

Ni se heredan como escudos,

Que el oro compra también.

Los escudos enmohecen,

Los tronos pueden caer,

Pero la virtud y el genio

Se levantan de una vez,

Eternos como su estirpe,

Que sólo Dios les da el ser.

 

II

Nobles, al cielo subiréis vosotros,

Con esa gloria que buscáis inquietos,

Y aquí en la tierra dejarán los otros

Sus armas, y detrás sus esqueletos.

Que empieza en el sepulcro vuestra gloria,

Que hoy el mezquino mundo menoscaba,

Porque el placer del mundo y su memoria

Llega a la tumba, y en la tumba acaba

Ellos la suya comprarán con oro,

Porque su mármol su nobleza abona;

La vuestra, en vez de mundanal decoro,

Sólo un nombre tendrá y una corona.

En ella colgarán vuestros laureles,

Porque duerma tranquila la cabeza,

Y al pie pondrán el arpa y los pinceles,

Que al mundo contarán vuestra nobleza.

Vuestra nobleza, mágicos pintores,

Que de la creación rasgando el velo,

Formáis como Jehová luz y colores

Para vestir la lobreguez del suelo.

Él ocultó la voz de la armonía

En el torrente y en la selva en vano;

Allí, músicos, fue vuestra osadía

A sorprenderla con robusta mano.

Alzáronse al Señor templos y altares,

Y allí fueron poetas y pintores;

Vosotros la ensalzasteis con cantares

Porque os dieron su voz los ruiseñores

Los ángeles le cantan en el cielo,

Y le cantáis vosotros en la tierra,

Mientras de hinojos en el sacro suelo,

Escucha humilde el hombre, ora y se ate

Un solo libro nuestra Iglesia tiene,

Que poetas cantaron y escribieron…..

O al alma Dios de los poetas viene,

O ellos un Dios en su cantar mintieron.

No importa que hoy ignorados

Crucéis el desierto mundo,

Sin corona y sin blasones

Que doren el nombre obscuro;

Que ley es morir mañana

Que, a todos Dios nos impuso,

Y después de vuestra muerte

Cercarán vuestro sepulcro

Los que aborrecen en vida

Y al grande envidian difunto.

Perros que ladran cobardes

En torno un toro robusto,

Que yace rendido en tierra

Acogotado entre muchos.

Los que aman oro en la tierra

Y de sus honras el humo,

Ladran a los pies del genio,

Sin que sus gritos agudos,

Al tocar en sus oídos,

Turben la paz de su orgullo.

Y si a envidiar van sus rayos

En derredor de su túmulo,

No temáis, no, para entonces,

Porque sus ojos confusos,

Si osan mirar vuestra lumbre,

Han de cegar a su impulso.

Pues aunque a despecho brille

Del alma imbécil de muchos,

Ocultarla podrán todos,

Pero apagarla ninguno.

 

A mi hija

Por cima de la montaña

que nos sirve de frontera,

te envía un alma sincera

un beso y una canción;

tómalos; que desde España

han de ir a dar, vida mía,

en tu alma mi poesía,

mi beso en tu corazón.

 

Tu padre, tras la montaña

que para ambos no es frontera,

lleva la amistad sincera

del autor de esta canción.

Recibe, pues, desde España

beso y cantar, vida mía,

en tu alma la poesía

y el beso en el corazón.

 

Si un día de esa montaña

paso o pasas la frontera,

verás el alma sincera

de quien te hace esta canción,

que la hidalguía de España

es quien sabe, vida mía,

dar al alma poesía

y besos al corazón.

 

A orillas del Darro

Serenata

Granada, ciudad bendita

reclinada sobre flores,

quien no ha visto tus primores

ni vio luz ni gozó bien.

Quien ha orado en tu mezquita

y habitado en tus palacios,

visitado ha los espacios

encantados del Edén.

 

Paraíso de la tierra

cuyos mágicos jardines

con sus mágicos jazmines

cultivó celeste hurí,

la salud en ti se encierra,

en ti mora la alegría,

en tus tierras nace el día

y arde el sol de amor por ti.

 

Tus fructíferas colinas,

que son nidos de palomas,

embalsaman los aromas

de un florido eterno abril:

de tus fuentes cristalinas

surcan cisnes los raudales:

bajan águilas reales

a bañarse en tu Genil.

 

Gayas aves entristecen

con sus trinos y sus quejas

el afán de las abejas

que en tu tronco labran miel:

y en tus sauces se detienen

las cansadas golondrinas

a las playas argelinas

cuando emigran en tropel.

 

En ti, como en un espejo

se mira el profeta santo:

la luna envidia el encanto

que haya2 en tu dormida faz:

y al mirarte a su reflejo,

el arcángel que la guía

un casto beso te envía

diciéndote -«duerme en paz».

 

El albor de la mañana

se esclarece en tu sonrisa,

y en tus valles va la brisa

de la tarde a reposar.

¡Oh Granada, la sultana

del deleite y la ventura,

quien no ha visto tu hermosura

al nacer debió cegar!

 

A un poeta

Déjame oír tu misterioso canto,

Alegre voz de tus ensueños de oro;

Solo y perdido peregrino, en tanto

Mal en mi pecho mi dolor devoro.

 

Dióte el cielo contento y armonía

Y es justo que lo cantes y le adores;

Puro y tranquilo resbaló tu día,

Tu sien de niño coronó de flores.

 

Para ti son la risa y los festines,

La tierra para ti tiene placeres,

La tierra para ti tiene jardines,

Y para ti son bellas las mujeres.

 

Y tiene luz el cielo transparente,

Color azul y lánguidas estrellas,

Y ese fanal que alumbra tristemente,

Cual moribundo sol, en medio de ellas.

 

No para mí, cuya fatal mirada

Quema y devora cuanto en torno nace,

Arroyo que al caer de la cascada

En cristalinas trenzas se deshace;

 

Pero llega torrente a la llanura,

Y arranca frutos, árboles y flores,

Y al campo roba gala y hermosura

Arrastrando con él musgo y colores.

 

No para mí, que en noche borrascosa

Vine a surcar las ondas de la vida,

Con el alma penada y fatigosa,

Con la esperanza del placer perdida.

 

No para mí, que busco una corona

Y un nombre pido en agonía vana;

Mentida luz que de verdad blasona,

Pero que un nombre nos dará mañana.

 

No para mí, que nací

Hecha de fuego mi alma,

Sin un momento de calma

En las horas que viví.

 

¿Por qué en el lánguido aliento

De una mujer que suspira,

Sólo el poeta respira

Su amargura y su tormento?

¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste

La fogosa inspiración,

Si es de tierra el corazón

Y su voluntad resiste?

En los góticos salones,

En las pintorescas ruinas,

Canta con notas divinas

Sus misteriosas canciones.

Y cree sus fábulas bellas,

Y en su entusiasmo violento,

Su espíritu va en el viento

Por cima de las estrellas.

En la tierra pasa el hombre

Y ve su miseria en calma:

¡Ay, no comprende su alma

Y no demanda su nombre!

Que es el poeta un bajel

Que, de riqueza cargado,

Surca el mar alborotado

Para naufragar en él.

Mas yo vi el tronco mortal

De avaro conquistador

Al amarillo fulgor

De lámpara funeral.

Era de mármol su lecho,

Era de mármol su frente,

Doblada lánguidamente

Sobre su desnudo pecho.

De mármol la mano fría,

Que el hierro no sujetaba,

Su espalda le sustentaba;

Si órase un hombre, dormía.

Vi un rey, que el trono perdió

Porque al vasallo la plugo,

Caminar junto al verdugo

Que el cadalso levantó.

Vi una hermosa que arrastraban

Sobre féretro asqueroso,

Y con cántico medroso

Sacerdotes la rezaban.

Vi ricos y potentados

En sus inmundos placeres,

Entre orgías y mujeres

De sus hijos olvidados.

«Vivamos hoy», se decían

En el lúbrico festín;

Y otros con ayes sin fin

El sustento les pedían.

Y unos cayeron beodos,

Y otros de hambre cayeron,

Y todos se maldijeron,

Que eran infelices todos.

Y en marmóreo pedestal

Vi la sombra del poeta,

A quien el tiempo respeta

Y el mundo llama inmortal.

Descansa sobre su lira,

Y alza al cielo su cabeza,

Fijos con noble fiereza

Sus ojos en quien le mira.

Y al universo da leyes

Orgulloso triunfador,

Intérprete del Señor

Sobre la ley de los reyes.

 

Oye, sublime cantor:

Si es fuerza que al fin sucumba,

Si al fin bajo a innoble tumba

A dormir con mi dolor;

Si al fin con el viento vago

Mis versos se perderán,

Cual fuentes que a morir van

Al cieno de hediondo lago;

Cuenta al mundo mi amargura,

Cuéntale mi suerte impía,,

Que sepa al menos que un día

Quise volar a la altura.

Y borra, borra mi nombre

Si le han grabado en mi losa,

Que no le insulte orgullosa

La imbécil planta de un hombre.

 

Sólo una flor amarilla

Que el cierzo marchitará,

Entre el césped brotará

De mi sepulcro en la orilla.

¡Pobre flor! ¿Por qué naciste

Sobra una tumba desierta?

¿No temes la noche yerta

Tan solitaria y tan triste?

¡Pobre flor! ¿A qué temprana

Diste al mundo tu sonrisa?

Hoy te mece fresca brisa,

Pero morirás mañana.

¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!

¿A qué tan presto brotar,

Si el cierzo te ha de agostar

De mi sepulcro en la orilla?

 

A un Torreón

Gigante sombrío, baldón de Castilla,

Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,

Por cuyos salones, en vez de tu gente,

Reptiles arrastran su piel amarilla,

Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,

Tus ricos tapices de sedas y flores;

Tu gente de guerra, tus cien trovadores

Que alzaron ufanos triunfante canción?

Tú estás en el valle cadáver podrido,

Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,

Tu historia y tu nombra yaciendo en olvido;

El mundo no sabe que existe Muñón.

Tus pardas rüinas me son de tormento;

Con negros recuerdos corroen mi alma…..

¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,

Quemada del rayo, batida del viento!

Yo, errante poeta proscrito en el mundo,

Tal vez en el polvo de féretro inmundo,

Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo

Mi frente, abrasada de inútil sudor,

¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,

Morada maldita de un ángel del cielo

Que amé y me robaron! ….¡Maldito tu suelo,

Maldito tu nombre …., maldito mi amor!

 

Quédate, sí, en esa altura

A la vergüenza del llano,

Castillo sin castellano,

Matrona sin hermosura.

De ti el tiempo se rió,

Tus torres se derribaron,

Tus vasallos te ultrajaron,

Tu señor te abandonó.

Quédate, negro esqueleto,

De fértil vega mancilla,

A esa ermita de Castilla

Sin sacerdote, sujeto.

Sin pendones que ondear,

Sin blasones a la entrada,

Tu bóveda agujereada

No has podido sustentar.

Sin un eco en los salones,

Sin un soldado en el muro,

Hoy crece el arbusto impuro

Al pie de tus torreones.

Señor muerto en tierra ajena,

Olvidado de tu gente,

A pedazos, de tu frente

Roba el viento tu melena.

Y pasa a tus pies el hombre

Sin buscarte en su memoria,

Porque no leyó tu historia

Ni se acuerda de tu nombre.

 

Tú tienes uno, que en aciago día

En tu gastada piedra escribí yo,

Y el nombre de otro y la vergüenza mía

Con la tuya quedó.

Cuando mi labio le nombró, mentía;

Cuando mi mano le grabó, mintió;

Hoy …. ya no existe; en su carrera impía

El tiempo le arrastró

 

Y ese nombre celestial

Que el tiempo devoró al fin,

Una mujer, por mi mal,

Le arrebató a un serafín;

El huracán de la vida

Sólo dejó ¡oh mi querida!

Para mi eterno tormento,

En prenda de maldición,

Tu nombre en mi pensamiento,

Tu amor en mi corazón.

 

A una mujer

Ayer el alba amarilla,

Al anunciar la mañana,

Pintaba de tu ventana

El transparente cristal;

Ayer la flotante brisa

Daba a la atmósfera olores,

Meciendo las gayas flores

Sobre el tallo desigual.

 

Ayer, al rumor tranquilo

De la corriente vecina,

En la orilla cristalina

Se bañaba el ruiseñor;

Y pájaros, flores, fuentes,

Saludando al nuevo día,

Le prestaban armonía

En cambio de su color.

 

Ayer era el sol brillante,

El cielo azul y sereno,

El jardín fresco y ameno,

Y delicioso el vivir;

Eras tú niña y hermosa,

Sin rubor sobre la frente,

Tu velar era inocente,

Inocente tu dormir.

 

Tú reías y cantabas,

Niña o ángel en el suelo,

Y tus risas en el cielo

Eran guirnaldas tal vez:

Estrellas eran tus ojos,

Cántico vago tu acento,

Blando perfume tu aliento,

Luz de la aurora tu tez.

 

Entonces, niña, en tu mente

No resonaban las horas,

Ni apenaban seductoras

Fantasmas al corazón;

No te pintaba tu sueño

Entre la sombra callada

Un suspiro, una mirada

En voluptuosa ilusión.

 

Para ti no había tiempo,

Todo era paz, todo flores,

No había infierno de amores,

Ni fastidio del placer;

Un poeta te cantaba

Melancólicos cantares,

Y la voz de sus pesares

No comprendías ayer.

 

¡Pobre niña! ¿Qué se han hecho

Los delirios de tu infancia?

¿Qué has hecho de tu fragancia,

Marchita olvidada flor?

Tus hojas yacen quemadas,

Tu cáliz vacío y seco,

Tu tallo quebrado y hueco,

El sol no te da color.

 

Niña de los negros ojos,

¿A qué viniste a la tierra?

Rosa nacida entre abrojos,

¿Qué esperas del mundo, di?

Una brisa corrompida,

Fétida, hedionda, te mece,

Tu aroma se desvanece…..

¿Quién demandará por ti?

 

Ángel mío, vuelve al cielo

Antes que el mundo te vea,

Que los placeres del suelo

Placeres malditos son.

¡Oh! Por el gozo de un día

No compres, no, tu tormento;

El cielo es sólo, ¡alma mía!,

De los ángeles mansión.

 

¡Hoy es tarde!…. ¡Eres mujer!

Leo en tu frente humillada

El porvenir de la nada

Entre las huellas de ayer.

Veo en tu rostro bullir

Ese torcedor secreto…..

¡Tu velar es hoy inquieto,

Es inquieto tu dormir!

Lívida está tu mejilla,

En desorden tus cabellos…..

Mujer, mal prendida en ellos

Olvidada, una flor brilla.

Anoche, en vez de oración,

Desesperada en el lecho,

Exhalaste de tu pecho

Sacrílega maldición.

Que en el cristal transparente

Contemplastes aterrada

Del negro crimen grabada

La marca infame en la frente.

Que mal sujeta a tus flores

Entre tus gasas y lazos,

Rasgando van a pedazos

Tu hermosura los dolores.

¡Ay! Inútilmente lloras

El desvanecido encanto;

Entre las ondas del llanto

No vuelven, mujer, las horas.

Dióte el mundo oro y placeres

Cumpliendo al fin tus afanes,

Ídolo de los galanes,

Envidia de las mujeres;

Y a luz salistes ufana

Con tu hermosura ¡oh mujer!

Sin acordarte de ayer,

¡Y sin pensar en mañana!

¡Ay! En la tumba concluyen

El gozar y el padecer

Del mundo vano,

Y los vicios nos destruyen

Y nos matan ¡oh mujer!

Tarde o temprano.

 

Y tú, caída palmera……

Porque vendiste tu amor

A precio infame,.

Has querido, vil ramera,

Que a tus puertas el dolor

Más presto llame.

 

Tal vez lúbrico magnate

Te inundó por un placer

De oro y cariño,

Y mientras su rey combate,

Él te cobija, mujer,

Bajo su armiño.

 

Tal vez coronada frente

Descansó en tu impuro pecho,

Tu amor comprando,

Y hoy el mendigo indigente

Te negará el pobre lecho,

Tu frente hollando

 

Pasaron, niña, los días,

Con ellos las ilusiones

Infantiles,

Con ellos vienen impías

Las tormentas y aquilones

De tus abriles.

 

Con ellos llanto y dolores,

Remordimiento, amargura

Y desengaños:

Que en sus pliegues roedores,

Gala, placer y hermosura

Hunden los años.

 

¡Murió! La voz de la fatal campana

Apagó su memoria y en oración;

Nadie su nombre buscará mañana;

Yace su tumba en fétido rincón.

Aquel clamor fatídico y doliente

Se plegó entre las flores del jardín,

Vibró con los cristales de la fuente,

Rodó sobre los brindis del festín.

Y en oculto elegante gabinete,

Brusco y agudo penetró también,

Y se estrelló entre el humo del pebete

De alguna hermosa en la tocada sien.

Pero una sola lágrima, un gemido

Sobre sus restos a ofrecer no van,

Que es sudario de infames el olvido…..

¡Bien con su nombre en su sepulcro están!

 

A Venecia

Allí está, Venecia, la dueña opulenta

De antiguos, y nobles, y libres blasones,

Venecia la hermosa, la villa que cuenta

Que a sueldo tenía soberbias naciones,

Señora del mar.

 

Que cuenta que un día imperios y reyes

Su gala envidiaron, su nombre temieron,

Y el mar y la tierra besaron sus leyes,

-Y enviáronla buques, soldados la dieron;

Porque ella supiera batirse y triunfar.

 

Un día a sus ojos la tierra callaba,

Un día su nombre la tierra llenaba:

Pasaron los días, Venecia pasó.

Hoy es una viuda y hermosa Sultana,

Que tiene su corte ridícula y vana

Allá en un palacio que el Sultán la dió.

 

¡Venecia la encantadora,

La de los pardos pilares,

De las ciudades señora,

La señora de los mares,

La corona de jardines

Colgada sobre canales!

No son tu gala y festines

Los que valen lo que vales.

Hechizo de Italia, sí,

Mas del poeta la lira

No es por ti por quien suspira,

No, Venecia, no es por ti.

 

¿Qué valen tus gondoleros,

Y tus regatas vistosas,

Tus republicanos fueros,

Tus máscaras revoltosas,

Y tus timbres altaneros,

Sin los ojos hechiceros

De tus hermosas?

 

¡Ay, que tus días pasaron!….

Venecia, la maravilla,

A quien monarcas doblaron

Otro tiempo la rodilla,

Tus timbres ¡ay! se borraron,

Tus señores olvidaron

La hermosa villa.

 

Antigua reina del mar,

Mal encubres tu caída

Tus bodas al celebrar

Con la posesión perdida.

Llora, Venecia, sí, llora,

Haz duelo en amargo llanto,

Que tus esclavos, señora,

Escupen sobre tu manto.

Reina, tu Adriático brama

Lejos ya de tus confines,

Olvídale, noble dama,

Entre danzas y festines.

 

Tu patrono ha encanecido,

Tu raudo león no vuela,

Sobre sus garras dormido,

Por tu grandeza no vela;

Brioso alazán herido,

Su caballero ha perdido

Freno y espuela.

 

Un capricho que pasó,

Matrona opulenta, fuiste;

Tu Príncipe te olvidó;

Hermosa, ya envejeciste

Y tu tez se marchitó:

¡No pienses, Venecia, no,

En lo que fuiste!

 

II

¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!

Reír, hasta que seca la garganta

Niega paso a la voz enronquecida;

Cantar, hasta que el alba se levanta,

Que yace en el Adriático dormida.

¡Opulenta Venecia, ríe y cantal

Ríe y canta, señora de los mares,

Que la risa y la voz cubren el llanto;

Y mientras roe el tiempo tus pilares,

Y deslustra la lluvia el áureo manto,

Risa, y juego, y festines, y cantares…..

Rueden las horas del dolor en tanto.

 

Porque la voz de una orgía

La voz de un enfermo apaga,,

Que un suspiro de agonía

No penetra en un festín.

Canta, Venecia la bella,

Para cubrir el crujido

De tu poder que se estrella,

Y va rodando a sa fin.

 

Levanta una carcajada

Para apagar un gemido,

Fatídica campanada

Preludio de un funeral;

Melancólica armonía

Que en la bóveda del templo

Vibra al expirar el día,

Y es un canto sepulcral.

Porque, pese a tus placeres.

A tu pompa y tu hermosura,

Hoy, Venecia, sólo eres

Una memoria de ayer,

Un sepulcro cincelado

Entro flores y perfumes,

Donde yace abandonado

Ta carcomido poder.

Un velo blanco de lino

De una virgen desgraciada,

Ofrenda al verbo divino

Suspendida en un altar;

Barro inmundo en que grabaron,

Con mano desesperada,

El nombre que te legaron

Tantos siglos al pasar.

 

Tu ley sea el placer, ciudad gigante:

¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!

Que en un festín espléndido y brillante,

Duerme el pasado, el porvenir se olvida.

 

A…..

Déjame oír tu misterioso canto,

Alegre voz de tus ensueños de oro;

Solo y perdido peregrino, en tanto

Mal en mi pecho mi dolor devoro.

 

Dióte el cielo contento y armonía

Y es justo que lo cantes y le adores;

Puro y tranquilo resbaló tu día,

Tu sien de niño coronó de flores.

 

Para ti son la risa y los festines,

La tierra para ti tiene placeres,

La tierra para ti tiene jardines,

Y para ti son bellas las mujeres.

 

Y tiene luz el cielo transparente,

Color azul y lánguidas estrellas,

Y ese fanal que alumbra tristemente,

Cual moribundo sol, en medio de ellas.

 

No para mí, cuya fatal mirada

Quema y devora cuanto en torno nace,

Arroyo que al caer de la cascada

En cristalinas trenzas se deshace;

 

Pero llega torrente a la llanura,

Y arranca frutos, árboles y flores,

Y al campo roba gala y hermosura

Arrastrando con él musgo y colores.

 

No para mí, que en noche borrascosa

Vine a surcar las ondas de la vida,

Con el alma penada y fatigosa,

Con la esperanza del placer perdida.

 

No para mí, que busco una corona

Y un nombre pido en agonía vana;

Mentida luz que de verdad blasona,

Pero que un nombre nos dará mañana.

 

No para mí, que nací

Hecha de fuego mi alma,

Sin un momento de calma

En las horas que viví.

 

¿Por qué en el lánguido aliento

De una mujer que suspira,

Sólo el poeta respira

Su amargura y su tormento?

¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste

La fogosa inspiración,

Si es de tierra el corazón

Y su voluntad resiste?

En los góticos salones,

En las pintorescas ruinas,

Canta con notas divinas

Sus misteriosas canciones.

Y cree sus fábulas bellas,

Y en su entusiasmo violento,

Su espíritu va en el viento

Por cima de las estrellas.

En la tierra pasa el hombre

Y ve su miseria en calma:

¡Ay, no comprende su alma

Y no demanda su nombre!

Que es el poeta un bajel

Que, de riqueza cargado,

Surca el mar alborotado

Para naufragar en él.

Mas yo vi el tronco mortal

De avaro conquistador

Al amarillo fulgor

De lámpara funeral.

Era de mármol su lecho,

Era de mármol su frente,

Doblada lánguidamente

Sobre su desnudo pecho.

De mármol la mano fría,

Que el hierro no sujetaba,

Su espalda le sustentaba;

Si órase un hombre, dormía.

Vi un rey, que el trono perdió

Porque al vasallo la plugo,

Caminar junto al verdugo

Que el cadalso levantó.

Vi una hermosa que arrastraban

Sobre féretro asqueroso,

Y con cántico medroso

Sacerdotes la rezaban.

Vi ricos y potentados

En sus inmundos placeres,

Entre orgías y mujeres

De sus hijos olvidados.

«Vivamos hoy», se decían

En el lúbrico festín;

Y otros con ayes sin fin

El sustento les pedían.

Y unos cayeron beodos,

Y otros de hambre cayeron,

Y todos se maldijeron,

Que eran infelices todos.

Y en marmóreo pedestal

Vi la sombra del poeta,

A quien el tiempo respeta

Y el mundo llama inmortal.

Descansa sobre su lira,

Y alza al cielo su cabeza,

Fijos con noble fiereza

Sus ojos en quien le mira.

Y al universo da leyes

Orgulloso triunfador,

Intérprete del Señor

Sobre la ley de los reyes.

 

Oye, sublime cantor:

Si es fuerza que al fin sucumba,

Si al fin bajo a innoble tumba

A dormir con mi dolor;

Si al fin con el viento vago

Mis versos se perderán,

Cual fuentes que a morir van

Al cieno de hediondo lago;

Cuenta al mundo mi amargura,

Cuéntale mi suerte impía,,

Que sepa al menos que un día

Quise volar a la altura.

Y borra, borra mi nombre

Si le han grabado en mi losa,

Que no le insulte orgullosa

La imbécil planta de un hombre.

 

Sólo una flor amarilla

Que el cierzo marchitará,

Entre el césped brotará

De mi sepulcro en la orilla.

¡Pobre flor! ¿Por qué naciste

Sobra una tumba desierta?

¿No temes la noche yerta

Tan solitaria y tan triste?

¡Pobre flor! ¿A qué temprana

Diste al mundo tu sonrisa?

Hoy te mece fresca brisa,

Pero morirás mañana.

¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!

¿A qué tan presto brotar,

Si el cierzo te ha de agostar

De mi sepulcro en la orilla?

 

Allí está lo que el mundo llama mundo…

I

Allí está lo que el mundo llama mundo,

Arrastrándose imbécil por la tierra;

Ese reptil raquítico e inmundo

Que en el sepulcro su ambición encierra.

Allí está con sus circos y jardines,

Vano de amor y espléndido de amores,

Mal envuelto entre farsas y festines,

Como esqueleto entre marchitas flores.

Vestido está de alcázares y escudos;

Mas, torpe esclavo de egoístas leyes,

Lleva sus pueblos a danzar desnudos

En derredor del lujo de sus reyes.

¡Vano placer! ¡Quimérica algazara!

¡Flor de una aurora sola y pasajera!….

De cerca, un cementerio nos mostrara

Al resplandor de moribunda hoguera.

Los hombres de ese mundo no son hombres,

Las mujeres de allí no son mujeres;

Ellos cubren su nada con sus nombres,

Y ellas no tienen más que sus placeres.

Cuando Dios, que les dio el ánima noble,

Las ánimas demande enfurecido,

Su ángel, de hinojos, con vergüenza doble,

Señor, contestará, ¡las han perdido!

Autómatas que viven porque viven,

Hoy al rumor de estrepitosa orquesta,

El ajeno renombre que reciben

Llevan como sus padres a una fiesta.

Contentos con sus vanos oropeles,

Atraillando al cuerpo el pensamiento,

De un heredero nombre hacen laureles,

Gloria y valor del alto nacimiento.

Cielo es para ellos el azul que miran,

Es la tierra un inmenso anfiteatro,

Y ellos, que en esa atmósfera respiran,

Los actores, tal vez, de ese teatro.

Y en tanto que en sus necias pantomimas

Se gozan, y en estúpidos placeres,

Canta el poeta en gigantescas rimas

El ser tremendo que abortó los seres.

Pinta el pintor el cielo y los colores,

Arrebata la luz al mediodía,

Y el músico, a los vientos bramadores,

A las aves y fuentes, la armonía.

Hijo de rey, conquista su corona;

Hijo de Dios, como su Dios concibe;

Que con sus obras su nobleza abona,

Y no infama su estirpe mientras vivo.

Noble es el grande, y grande es el valiente,

Quien, por ser como Dios, como Dios crea.

Ése es el noble que alzará la frente,

Trepando al sol hasta que sol se crea.

Ése a la tumba bajará ignorado,

Ése en la tierra vivirá mendigo,

A ése nada los hombres le hemos dado;

Su padre, que fue Dios, será su amigo.

Y cuando Él, que le dió el ánima noble.,

Las ánimas demande enfurecido,

Dirále el ángel con orgullo doble:

Hombre le hiciste; ángel le he traído.

 

Es grande quien nace esclavo

Y baja al sepulcro rey,

Cambiando, altivo, en diadema

Los hierros que atan sus pies.

Es grande el hombre de polvo,

Que meditando en su ser,

Del sol envidia los rayos

Por brillar tanto como él.

Quien en un cuerpo mezquino

Un alma gigante ve,

Y hacer lo que Dios pretende

Porque hijo de Dios se cree.

Quien sintiéndose con alas,

Se arroja el viento a romper,

Y va osado a las estrellas

A preguntarlas quién es.

Ése es el grande y el noble,

Ése es el hombre por quien

Hizo un Dios en siete días,

Del cielo un ancho dosel,

De toda la tierra un trono,

De una existencia un placer,

Del sol una eterna hoguera;

Y apenas el hombre fue,

Tendió el mar en la llanura

Por alfombra de sus pies.

No es noble ¡viven los cielos!

Quien muestra un viejo broquel

Por sus abuelos ganado,

Que derribando a cercén

La cabeza de algún moro,

Le hicieron suyo después,

Dividiéndole en cuarteles

Los heraldos para él.

No es noble quien pasa el día

Encerrado en un harén,

Entre eunucos y mujeres,

Como impúdica mujer;

Guardando del sol la frente

Y de la arena los pies,

Con un altar y un serrallo,

Y el alma estéril, sin fe.

No es noble quien cuenta ufano

En su alcázar, cinco, diez,

Veinte nombres en hilera

Colgados en la pared,

Al pie de veinte retratos

De veinte nobles con él.

No son la virtud y el genio

Cetro y corona de rey,

Ni se heredan como escudos,

Que el oro compra también.

Los escudos enmohecen,

Los tronos pueden caer,

Pero la virtud y el genio

Se levantan de una vez,

Eternos como su estirpe,

Que sólo Dios les da el ser.

 

II

Nobles, al cielo subiréis vosotros,

Con esa gloria que buscáis inquietos,

Y aquí en la tierra dejarán los otros

Sus armas, y detrás sus esqueletos.

Que empieza en el sepulcro vuestra gloria,

Que hoy el mezquino mundo menoscaba,

Porque el placer del mundo y su memoria

Llega a la tumba, y en la tumba acaba

Ellos la suya comprarán con oro,

Porque su mármol su nobleza abona;

La vuestra, en vez de mundanal decoro,

Sólo un nombre tendrá y una corona.

En ella colgarán vuestros laureles,

Porque duerma tranquila la cabeza,

Y al pie pondrán el arpa y los pinceles,

Que al mundo contarán vuestra nobleza.

Vuestra nobleza, mágicos pintores,

Que de la creación rasgando el velo,

Formáis como Jehová luz y colores

Para vestir la lobreguez del suelo.

Él ocultó la voz de la armonía

En el torrente y en la selva en vano;

Allí, músicos, fue vuestra osadía

A sorprenderla con robusta mano.

Alzáronse al Señor templos y altares,

Y allí fueron poetas y pintores;

Vosotros la ensalzasteis con cantares

Porque os dieron su voz los ruiseñores

Los ángeles le cantan en el cielo,

Y le cantáis vosotros en la tierra,

Mientras de hinojos en el sacro suelo,

Escucha humilde el hombre, ora y se ate

Un solo libro nuestra Iglesia tiene,

Que poetas cantaron y escribieron…..

O al alma Dios de los poetas viene,

O ellos un Dios en su cantar mintieron.

No importa que hoy ignorados

Crucéis el desierto mundo,

Sin corona y sin blasones

Que doren el nombre obscuro;

Que ley es morir mañana

Que, a todos Dios nos impuso,

Y después de vuestra muerte

Cercarán vuestro sepulcro

Los que aborrecen en vida

Y al grande envidian difunto.

Perros que ladran cobardes

En torno un toro robusto,

Que yace rendido en tierra

Acogotado entre muchos.

Los que aman oro en la tierra

Y de sus honras el humo,

Ladran a los pies del genio,

Sin que sus gritos agudos,

Al tocar en sus oídos,

Turben la paz de su orgullo.

Y si a envidiar van sus rayos

En derredor de su túmulo,

No temáis, no, para entonces,

Porque sus ojos confusos,

Si osan mirar vuestra lumbre,

Han de cegar a su impulso.

Pues aunque a despecho brille

Del alma imbécil de muchos,

Ocultarla podrán todos,

Pero apagarla ninguno.

 

Allí está, Venecia, la dueña opulenta…

Allí está, Venecia, la dueña opulenta

De antiguos, y nobles, y libres blasones,

Venecia la hermosa, la villa que cuenta

Que a sueldo tenía soberbias naciones,

Señora del mar.

 

Que cuenta que un día imperios y reyes

Su gala envidiaron, su nombre temieron,

Y el mar y la tierra besaron sus leyes,

-Y enviáronla buques, soldados la dieron;

Porque ella supiera batirse y triunfar.

 

Un día a sus ojos la tierra callaba,

Un día su nombre la tierra llenaba:

Pasaron los días, Venecia pasó.

Hoy es una viuda y hermosa Sultana,

Que tiene su corte ridícula y vana

Allá en un palacio que el Sultán la dió.

 

¡Venecia la encantadora,

La de los pardos pilares,

De las ciudades señora,

La señora de los mares,

La corona de jardines

Colgada sobre canales!

No son tu gala y festines

Los que valen lo que vales.

Hechizo de Italia, sí,

Mas del poeta la lira

No es por ti por quien suspira,

No, Venecia, no es por ti.

 

¿Qué valen tus gondoleros,

Y tus regatas vistosas,

Tus republicanos fueros,

Tus máscaras revoltosas,

Y tus timbres altaneros,

Sin los ojos hechiceros

De tus hermosas?

 

¡Ay, que tus días pasaron!….

Venecia, la maravilla,

A quien monarcas doblaron

Otro tiempo la rodilla,

Tus timbres ¡ay! se borraron,

Tus señores olvidaron

La hermosa villa.

 

Antigua reina del mar,

Mal encubres tu caída

Tus bodas al celebrar

Con la posesión perdida.

Llora, Venecia, sí, llora,

Haz duelo en amargo llanto,

Que tus esclavos, señora,

Escupen sobre tu manto.

Reina, tu Adriático brama

Lejos ya de tus confines,

Olvídale, noble dama,

Entre danzas y festines.

 

Tu patrono ha encanecido,

Tu raudo león no vuela,

Sobre sus garras dormido,

Por tu grandeza no vela;

Brioso alazán herido,

Su caballero ha perdido

Freno y espuela.

 

Un capricho que pasó,

Matrona opulenta, fuiste;

Tu Príncipe te olvidó;

Hermosa, ya envejeciste

Y tu tez se marchitó:

¡No pienses, Venecia, no,

En lo que fuiste!

 

II

¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!

Reír, hasta que seca la garganta

Niega paso a la voz enronquecida;

Cantar, hasta que el alba se levanta,

Que yace en el Adriático dormida.

¡Opulenta Venecia, ríe y cantal

Ríe y canta, señora de los mares,

Que la risa y la voz cubren el llanto;

Y mientras roe el tiempo tus pilares,

Y deslustra la lluvia el áureo manto,

Risa, y juego, y festines, y cantares…..

Rueden las horas del dolor en tanto.

 

Porque la voz de una orgía

La voz de un enfermo apaga,,

Que un suspiro de agonía

No penetra en un festín.

Canta, Venecia la bella,

Para cubrir el crujido

De tu poder que se estrella,

Y va rodando a sa fin.

 

Levanta una carcajada

Para apagar un gemido,

Fatídica campanada

Preludio de un funeral;

Melancólica armonía

Que en la bóveda del templo

Vibra al expirar el día,

Y es un canto sepulcral.

Porque, pese a tus placeres.

A tu pompa y tu hermosura,

Hoy, Venecia, sólo eres

Una memoria de ayer,

Un sepulcro cincelado

Entro flores y perfumes,

Donde yace abandonado

Ta carcomido poder.

Un velo blanco de lino

De una virgen desgraciada,

Ofrenda al verbo divino

Suspendida en un altar;

Barro inmundo en que grabaron,

Con mano desesperada,

El nombre que te legaron

Tantos siglos al pasar.

 

Tu ley sea el placer, ciudad gigante:

¡Reír, cantar, beber, corta es la vida!

Que en un festín espléndido y brillante,

Duerme el pasado, el porvenir se olvida.

 

Aparta de tus ojos

Aparta de tus ojos la nube perfumada

que el resplandor nos vela que tu semblante da,

y tiéndenos, María, tu maternal mirada,

donde la paz, la vida y el páramo está.

 

Tú, bálsamo de mirra; Tú, cáliz de pureza;

Tú, flor de paraíso y de los astros luz,

escudo sé y amparo de la mortal flaqueza

por la Divina Sangre del que murió en la Cruz.

 

Tú eres, oh María!, un faro de esperanza

que brilla de la vida junto al revuelto mar,

y hacia tu luz bendita desfallecido avanza

el náufrago que anhela en el Edén tocar.

 

Impela, oh Madre augusta!, tu soplo soberano

la destrozada vela de mi infeliz batel;

enséñale su rumbo con compasiva mano,

no dejes que se pierda mi corazón en él.

 

¡Ay del triste!

¡Ay del triste que consume

su existencia en esperar!

¡Ay del triste que presume

que el duelo con que él se abrume

al ausente ha de pesar!

 

La esperanza es de los cielos

precioso y funesto don,

pues los amantes desvelos

cambian la esperanza en celos.

que abrasan el corazón.

 

Si es cierto lo que se espera,

es un consuelo en verdad;

pero siendo una quimera,

en tan frágil realidad

quien espera desespera.

 

Ayer el alba amarilla…

Ayer el alba amarilla,

Al anunciar la mañana,

Pintaba de tu ventana

El transparente cristal;

Ayer la flotante brisa

Daba a la atmósfera olores,

Meciendo las gayas flores

Sobre el tallo desigual.

 

Ayer, al rumor tranquilo

De la corriente vecina,

En la orilla cristalina

Se bañaba el ruiseñor;

Y pájaros, flores, fuentes,

Saludando al nuevo día,

Le prestaban armonía

En cambio de su color.

 

Ayer era el sol brillante,

El cielo azul y sereno,

El jardín fresco y ameno,

Y delicioso el vivir;

Eras tú niña y hermosa,

Sin rubor sobre la frente,

Tu velar era inocente,

Inocente tu dormir.

 

Tú reías y cantabas,

Niña o ángel en el suelo,

Y tus risas en el cielo

Eran guirnaldas tal vez:

Estrellas eran tus ojos,

Cántico vago tu acento,

Blando perfume tu aliento,

Luz de la aurora tu tez.

 

Entonces, niña, en tu mente

No resonaban las horas,

Ni apenaban seductoras

Fantasmas al corazón;

No te pintaba tu sueño

Entre la sombra callada

Un suspiro, una mirada

En voluptuosa ilusión.

 

Para ti no había tiempo,

Todo era paz, todo flores,

No había infierno de amores,

Ni fastidio del placer;

Un poeta te cantaba

Melancólicos cantares,

Y la voz de sus pesares

No comprendías ayer.

 

¡Pobre niña! ¿Qué se han hecho

Los delirios de tu infancia?

¿Qué has hecho de tu fragancia,

Marchita olvidada flor?

Tus hojas yacen quemadas,

Tu cáliz vacío y seco,

Tu tallo quebrado y hueco,

El sol no te da color.

 

Niña de los negros ojos,

¿A qué viniste a la tierra?

Rosa nacida entre abrojos,

¿Qué esperas del mundo, di?

Una brisa corrompida,

Fétida, hedionda, te mece,

Tu aroma se desvanece…..

¿Quién demandará por ti?

 

Ángel mío, vuelve al cielo

Antes que el mundo te vea,

Que los placeres del suelo

Placeres malditos son.

¡Oh! Por el gozo de un día

No compres, no, tu tormento;

El cielo es sólo, ¡alma mía!,

De los ángeles mansión.

 

¡Hoy es tarde!…. ¡Eres mujer!

Leo en tu frente humillada

El porvenir de la nada

Entre las huellas de ayer.

Veo en tu rostro bullir

Ese torcedor secreto…..

¡Tu velar es hoy inquieto,

Es inquieto tu dormir!

Lívida está tu mejilla,

En desorden tus cabellos…..

Mujer, mal prendida en ellos

Olvidada, una flor brilla.

Anoche, en vez de oración,

Desesperada en el lecho,

Exhalaste de tu pecho

Sacrílega maldición.

Que en el cristal transparente

Contemplastes aterrada

Del negro crimen grabada

La marca infame en la frente.

Que mal sujeta a tus flores

Entre tus gasas y lazos,

Rasgando van a pedazos

Tu hermosura los dolores.

¡Ay! Inútilmente lloras

El desvanecido encanto;

Entre las ondas del llanto

No vuelven, mujer, las horas.

Dióte el mundo oro y placeres

Cumpliendo al fin tus afanes,

Ídolo de los galanes,

Envidia de las mujeres;

Y a luz salistes ufana

Con tu hermosura ¡oh mujer!

Sin acordarte de ayer,

¡Y sin pensar en mañana!

¡Ay! En la tumba concluyen

El gozar y el padecer

Del mundo vano,

Y los vicios nos destruyen

Y nos matan ¡oh mujer!

Tarde o temprano.

 

Y tú, caída palmera……

Porque vendiste tu amor

A precio infame,.

Has querido, vil ramera,

Que a tus puertas el dolor

Más presto llame.

 

Tal vez lúbrico magnate

Te inundó por un placer

De oro y cariño,

Y mientras su rey combate,

Él te cobija, mujer,

Bajo su armiño.

 

Tal vez coronada frente

Descansó en tu impuro pecho,

Tu amor comprando,

Y hoy el mendigo indigente

Te negará el pobre lecho,

Tu frente hollando

 

Pasaron, niña, los días,

Con ellos las ilusiones

Infantiles,

Con ellos vienen impías

Las tormentas y aquilones

De tus abriles.

 

Con ellos llanto y dolores,

Remordimiento, amargura

Y desengaños:

Que en sus pliegues roedores,

Gala, placer y hermosura

Hunden los años.

 

¡Murió! La voz de la fatal campana

Apagó su memoria y en oración;

Nadie su nombre buscará mañana;

Yace su tumba en fétido rincón.

Aquel clamor fatídico y doliente

Se plegó entre las flores del jardín,

Vibró con los cristales de la fuente,

Rodó sobre los brindis del festín.

Y en oculto elegante gabinete,

Brusco y agudo penetró también,

Y se estrelló entre el humo del pebete

De alguna hermosa en la tocada sien.

Pero una sola lágrima, un gemido

Sobre sus restos a ofrecer no van,

Que es sudario de infames el olvido…..

¡Bien con su nombre en su sepulcro están!

 

¡Bello es vivir; la vida es la armonía!…

¡Bello es vivir; la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas:

Y en medio de la noche majestuosa

Esa luna de plata, esas estrellas,

Lámparas de la tierra perezosa,

Que se ha dormido en paz debajo de ellas.

¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte

Asomar el crepúsculo que nace;

Y la neblina que corona el monte,

En el aire flotan, lo se deshace;

Y el inmenso tapiz del firmamento

Cambia su azul en franjas de colores;

Y susurran las hojas en el viento,

Y desatan su voz los ruiseñores.

 

Y la noche las orlas de su manto

Arrastra fugitiva en Occidente,

Y la tierra despierta al fuego santo

Que reverbera el sol en el Oriente.

¡Bello es vivir! Se siente en la memoria

El recuerdo bullir de lo pasado,

Camina cada ser con una historia

De encantos y placeres que ha gozado.

Si hay huracanes y aquilón que brama,

Si hay un invierno de humedad vestido,

Hay una hoguera a cuya roja llama

Se alza un festín con su discorde ruido.

Y una pintada y fresca primavera,

Con su manto de luz y orla de flores,

Que cubre de verdor la ancha pradera

Donde brotan arroyos saltadores.

Y hay en el bosque gigantesca sombra,

Y desierto sin fin en la llanura,

En cuya extensa y abrasada alfombra

Crece la palma como hierba obscura.

Allí cruzan fantásticos y errantes,

Como sombras sin luz y apariciones,

Pardos y corpulentos elefantes,

Amarillas panteras y leones.

Allí, entre el musgo de olvidada roca,

Duerme el tigre feroz harto y tranquilo;

Y de una cueva en la entreabierta boca,

Solitario se arrastra el cocodrilo.

¡Bello es vivir; la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas…..

 

Arranca, arranca, Dios mío,

De la mente del poeta

Este pensamiento impío

Que en un delirio creó;

Sin un instante de calma,

En su olvido y su amargura,

No puede soñar su alma

Placeres que no gozó.

¡Ay del poeta! Su llanto

Fue la inspiración sublime

Con que arrebató su canto

Hasta los cielos tal vez;

Solitaria flor que el viento

Con impuro soplo azota,

Él arrastra su tormento

Escrito sobre la tez.

Porque tú ¡oh Dios! le robaste

Cuanto los hombres adoran;

Tú en el mundo lo arrojaste

Para que muriera en él;

Tú le dijiste que el hombre

Era en la tierra su hermano;

Mas él no encuentra ese nombre

En sus recuerdos de hiel.

Tú le has dicho que eligiera

Para el viaje de la vida

Una hermosa compañera

Con quien partir su dolor;

Mas ¡ay! que la busca en vano,

Porque es para el ser que ama

Como un inmundo gusano

Sobre el tallo de una flor.

Canta la luz y las flores,

Y el amor en las mujeres,

Y el placer en los amores,

Y la calma en el placer;

Y sin esperanza adora

Una belleza escondida,

Y hoy en sus cantares llora

Lo que alegre cantó ayer.

Él, con los siglos rodando,

Canta su afán a los siglos,

Y los siglos van pasando

Sin curarse de su afán.

¡Maldito el nombre de gloria

Que en tu cólera le diste! …..

Sentados en su memoria

Recuerdos de hierro están.

El día alumbra su pena,

La noche alarga su duelo,

La aurora escribe en el cielo

Su sentencia de vivir;

Fábulas son los placeres,

No hay placeres en su alma,

No hay amor en las mujeres,

Tarda la hora de morir.

Hay sol que alumbra, mas quema,

Hay flores que se marchitan,

Hay recuerdos que se agitan,

Fantasmas de maldición.

Si tiene una voz que canta,

Al arrancarla del pecho

Deja fuego en la garganta,

Vacío en el corazón.

 

¡Bello es vivir! Sobre gigante roca

Se mira el mundo a nuestros pies tendido,

La frente altiva con las nubes toca…..

Todo creado para el hombre ha sido.

 

¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado,

En los bordes se duerme de la vida,

Y de locura y sueños embriagado,

En un festín el porvenir olvida.

 

¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos:

El tiempo entre sus pliegues roedores

Ha de llevar el bien que no gocemos

Y ha de apagar placeres y dolores.

 

Cantemos, de nosotros olvidados,

Hasta que el son de la fatal campana

Toque a morir. Cantemos descuidados,

Que el sol de ayer no alumbrará mañana.

 

Broté como una yerba corrompida

Broté como una yerba corrompida

Al borde de la tumba de un malvado,

Y mi primer cantar fue a un suicida:

¡Agüero fue, por Dios, bien desdichado!

 

Al eco de este cántico precito

Dijo el mundo escuchándome: «Veamos»,

Y sentóse a mirarme de hito en hito:

Y el mundo y yo, por mi primer delito,

Desde entonces mirándonos estamos.

 

Dejemos a los muertos en reposo

Y que duerman en paz, si es su destino;

Harto haremos en mar tan proceloso

Como es la vida, en encontrar camino.

 

Yo el mío me busqué por las turbadas

Ondas de aqueste mar, y mi barquilla,

Por medio de otras muchas que extraviadas

Bogar sin rumbo vi desesperadas,

Procuró conducir hacia la orilla.

 

Velé, gemí, con angustiado lloro

Volvíme al cielo y acudí a las ciencias:

¿A la ribera tocaré? Lo ignoro;

Sólo sé que la tengo en mi presencia.

 

Al verla, aunque de lejos, lancé un grito,

Y a impulso de recóndito misterio

Dióle la soledad eco infinito,

Y fue, tornado en cántico maldito,

A expirar en mitad de un cementerio.

 

Yo sentí que la tumba me aplaudía,

Y ansío de gloria al corazón hallando,

Dije dentro de mí: «La tierra es mía.»

Y con mayor afán seguí cantando.

 

Creí de Dios mi soberano aliento,

De arcángel mi poder; mi alma altanera

Me arrebató hacia el alto firmamento,

Y la región azul del vago viento

Embelesé con mi canción primera..

 

Atrás dejó las águilas que miran

Con ojo audaz al sol, atrás quedaron

Las nubes que relámpagos respiran,

Los soles mil que por espacios giran

Donde mortales ojos no llegaron.

 

Creí el mundo a mis pies; alcé la frente

Para cantar mi orgullo, y mis oídos

Del medio de una nube refulgente

El acento de Dios omnipotente

Oyeron, de pavor estremecidos.

 

«Canta, dijo una voy, tal es tu suerte,

Pero canta en el polvo que naciste,

Allí donde jamás han de creerte:

Canta la vida, mientras va la muerte

A sí llamando tu existencia triste.»

 

Dijo, y me echó a la tierra y a la vida,

Y al impulso de su hálito divino,

Con cántiga risueña o dolorida

La soledad alivio del camino:

Y cumplo así la ley de mi destino.

 

Inunda paz sabrosa

Mi corazón tranquilo,

Y dichas y deleites

Encuentro por doquier:

Mi ser halló en mi alma

Inalterable asilo,

Mi espíritu respira

El ámbar del placer.

 

Y nada me atormenta,

Ni envidio ni deseo:

Mi espíritu al abrigo

De la tormenta está:

Pasar a las edades

Indiferente veo;

Mecido en dulces sueños

Mi pensamiento va.

 

Y a veces me arrebata

Mi loca fantasía

En alas de su joven

Fecunda inspiración;

Y a un mundo me transporta

De encanto y de armonía,

Do gozan mis potencias

Espléndida ilusión.

 

Mi espíritu se libra

Del cuerpo que le encierra,

Y grande y poderoso

Como su Dios se cree,

Y alcanza desde el cenit

A la lejana tierra,

Cual punto en el espacio

Que apenas no se ve.

 

Y el orbe ante mis ojos

Despliega los misterios

Que impulsan la infinita

Y excelsa creación;

Y hollando los escombros

De tronos y de imperios,

Revienta en armonía

Mi libre corazón.

 

Cuanto es en los espacios

Su ser me patentiza:

Un templo ante mis ojos

El universo es,

Y todo en su recinto

Se ensalza y diviniza,

Y la creación entera

Tendida está a mis pies.

 

No hay canto, ni suspiro,

Lamento ni murmullo,

Cuyo eco misterioso

Fingir no sepa yo,

Que mi niñez mecieron

Los bosques con su arrullo,

Y su creencia santa

La soledad me dió.

 

La música comprendo

Que en las volubles hojas

Resuena a la presencia

Del céfiro fugaz;

Y entiendo en el otoño

El ¡ay! de sus congojas

Con que piedad imploran

Del ábrego tenaz.

 

Yo sé cómo susurran

Con diferentes voces,

Marchitas en Setiembre,

Jugosas en Abril;

Ya rueden con el polvo

En círculos veloces,

Ya con su teldo verde

Coronen el pensil.

 

Yo entiendo de las aves

Los cánticos distintos,

El saludar al alba

o huir la tempestad;

Buscando de las selvas

Los cóncavos recintos,

En donde alegres gozan

Salvaje libertad.

 

Entiendo el agorero

Graznar de la corneja,

La ronca voz de buitre

Que huele su festín;

Del solitario búho

La temerosa queja,

Y el amoroso trino

Del ágil colorín.

 

Y el ruido con que vuela

La errante mariposa,

Los pasos de la oruga

Sobre la fresca flor,

El desigual zumbido

Con que anda codiciosa

La abeja, de su cáliz

Volando en derredor.

 

El sol con que su nido

Columpia la oropéndola,

Del álamo frondoso

Suspenso en la altitud,

Y los murmullos que alzan

Las ráfagas, meciéndola,

Haciendo, revoltosas,

Eterna su inquietud.

 

Los mágicos rumores

Que elevan diferentes

Las diferentes aguas

Del bosque o del jardín,

Cuando los montes surcan

Sus rápidos torrentes,

Cuando en los valles buscan

Sus arroyuelos fin.

 

Y el temeroso acento

De las voraces fieras,

De la tormenta ronca

El iracundo son.

En mis oídos posan

Las notas lisonjeras

Que ensalzan y armonizan

La inmensa creación.

 

Conozco de los astros

La incógnita carrera,

Del ángel que los guía

La luminosa faz,

Y la del ROSTRO SANTO

Que en ellos reverbera,

Torrentes derramando

De vida y claridad.

 

Las nubes le saludan

Con majestuoso trueno,

La atmósfera lo enciende

Relámpago veloz,

La tierra le abre humilde

Su perfumado seno,

Y el mar canta su gloria

Con incesante voz.

 

Si airado pestañea,

Los mandos se estremecen;

Si torna el rostro, yacen

En muerta oscuridad,

Si su hálito les niega,

Caducan y envejecen:

El solo es la existencia,

La luz y la verdad.

 

Para Él tiene tan sólo

La eternidad guarismo,

Y el número los astros,

Y las edades fin,

Y límite el espacio,

Y término el abismo;

Y nada se le esconde

Por lóbrego ni ruin.

 

Su dedo es la balanza

Que en equilibrio tiene

La máquina gigante

De su alta creación,

Y cuanto en ella existe,

Su dedo lo mantiene,

Y ese es el Dios que canta

Mi lengua y mi razón.

 

Y voz no hay ni suspiro,

Lamento ni murmullo,

Cuyo yo misterioso

Por Él no entienda yo;

Que mi niñez meciera

Los bosques con su arrullo,

Y su creencia santa

La soledad me dió.

 

Cólmame, Juana, el cincelado vaso

Cólmame, Juana, el cincelado vaso

Hasta que por los bordes se derrame,

Y un vaso inmenso y corpulento dame

Que el supremo licor no encierre escaso.

 

Deja que afuera, por siniestro caso,

En son medroso la tormenta brame,

Y el peregrino a nuestra puerta llame,

Treguas cediendo al fatigado paso.

 

Deja que espere, o desespere, o pase;

Deja que el recio vendaval, sin tino,

Con rauda inundación tale o arrase;

 

Que si viaja con agua el peregrino,

A mí, con tu perdón, cambiando frase,

No me acomoda caminar sin vino.

 

Con cien cautivos llevamos…

«Alerte! alerte! Voici les pirates

D’Ochali qui traversent le détroit.»

LE CAPTIF D’OCHALI

Con cien cautivos llevamos

Fletada nuestra galera,

Que en una y otra ribera

Para el harán reclutamos.

¡Al mar, al mar, marineros!

En Fez entramos mañana.

Somos ochenta romeros

Sobre nuestra capitana.

 

Cabe un convento botamos

Al agua el ancla tenaz;

Linda muchacha apresamos,

Dormida en traidora paz:

Mil fantasmas hechiceros

Soñaba, a la mar cercana.

Somos ochenta romeros

Sobre nuestra capitana.

 

-Forzoso es, niña, callar:

Ea, ganemos el viento;

Esto no es más que cambiar

Por un harén un convento.

Os haremos mahometana

Y el Sultán ha de quereros.

Somos ochenta romeros

Sobre nuestra capitana-

 

Huir desesperada quiso.

-¡Y osáis, hijos de Satán!…-

Lloró, suplicó. -Es preciso-

La contestó el capitán.

Sus clamores lastimeros,

Su resistencia, fue vana.

Somos ochenta romeros

Sobre nuestra capitana.

 

En su dolor, parecían

Sus ojos un talismán;

Mil cequíes bien valían:

La hemos vendido al Sultán.

Lo debe a mis compañeros:

Ayer monja y hoy Sultana.

Somos ochenta romeros

Sobre nuestra capitana.

 

Con el hirviente resoplido moja

Con el hirviente resoplido moja

el ronco toro la tostada arena,

la vista en el jinete ata y serena,

ancho espacio buscando el asta roja.

 

Su arranque audaz a recibir se arroja,

pálida de valor la faz morena,

e hincha en la frente la robusta vena

el picador, a quien el tiempo enoja.

 

Duda la fiera, el español la llama;

sacude el toro la enastada frente,

la tierra escarba, sopla y desparrama;

 

le obliga el hombre, parte de repente,

y herido en la cerviz, húyele y brama,

y en grito universal rompe la gente.

 

Con furia en el bosque luchaban los vientos…

Con furia en el bosque luchaban los vientos,

Del pino tronchado sonoro estallido

Se oía crujir;

Y el ave agorera sus tristes lamentos

Callaba, y del trueno lejano el bramido

Se hacía sentir.

Y lluvia copiosa los cielos enviaban,

Que en surcos deformes la tierra partía,

De angustia colmada;

Y al ver que en el monte mil rayos brillaban,

El hombre dijera que el mundo se ardía

Tornando a su nada.

 

Encina nudosa nacida entre peñas

Por donde derrumba su espuma un torrente,

Se mira a lo lejos;

Y apenas alumbra el rayo en las breñas

El arco ruinoso de gótico puente

Con tibios reflejos.

 

Suspenso en la cima del árbol añoso,

De ramas tejido desciende un asiento:

En él aparece

Fantástica bruja de aspecto asqueroso

Sentada y serena. Con ímpetu el viento

Silbando la mece.

 

-Vi palacios magníficos un día

Cuando fortuna en torno me reía,

Vi donceles y dueñas,

Que humildes me acataban;

Los vientos no zumbaban

Entre las rudas peñas.

 

Y oía yo cantares regalados,

Y oía al par los ecos apagados

De una lira distante;

Porque es grato a las bellas

Escuchar las querellas

De su bizarro amante.

 

Gimió el clarín y se lanzó la guerra

Bramando de furor: mustia la tierra

Lloró por su venida,

Y vestido de acero

Fue al campo el caballero,

Y allí perdió la vida.

Y entraron victoriosos los contrarios

Respirando venganza. ¡Sanguinarios!

Mis tierras, ¿qué se hicieron?

Mis fieles servidores

En medio estos horrores

Luchando sucumbieron.

 

Y el último era un héroe, ¡y yo vagaba

Allá en su mente a tiempo que expiraba!

Muriendo ¡ay! me decía:

«Mi Elvira encantadora,

Llora tu esposo, llora

Sobre mi tumba fría.»

 

Lloré y venganza le juré a mi esposo,

Y se la dí, que incendio estrepitoso

Consumió los salones

Que vivió su asesino;

Sólo halló cuando vino

Denegridos torreones.

 

Contra su altiva frente el cielo mismo

Vibró su rayo, y el ruidoso abismo

Le tragó del torrente.

Yo le miré suspenso

Sobre el espacio inmenso

Maldecirme demente.

 

Y me gozaba, y aplaudía en tanto,

Y daba al viento el desacorde canto

De la venganza mía;

Y oí sonar cercana

La lúgubre campana

Al tiempo que moría.

Crece ahora, huracán: alza bramando

Tu saña contra mí, yo iré cantando

Mis himnos funerales;

Con mis manos heladas

Yo romperé selladas

Las puertas infernales.

 

Cantaba la vieja: con sordo mugido

Los vientos llevaron su triste canción:

Del rayo en un punto el árbol herido,

Con ella caía:

Su grito de muerte se oyó, y todavía

Vagó por sus labios postrer maldición.

 

Corriendo van por la vega

Corriendo van por la vega

A las puertas de Granada

Hasta cuarenta gomeles

Y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,

Parando su yegua blanca,

Lo dijo éste a una mujer

Que entre sus brazos lloraba:

-Enjuga el llanto, cristiana,

No me atormentes así,

Que tengo yo, mi sultana,

Un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,

Tengo jardines y flores,

Tengo una fuente dorada

Con más de cien surtidores.

Y en la vega del Genil

Tengo parda fortaleza,

Que será reina entre mil

Cuando encierre tu belleza.

Y sobre toda una orilla

Extiendo mi señorío;

Ni en Córdoba ni en Sevilla

Hay un parque como el mío.

Allí la altiva palmera

Y el encendido granado,

Junto a la frondosa higuera

Cubren el valle y collado.

Allí el robusto nogal,

Allí el nópalo amarillo;

Allí el sombrío moral

Crecen al pie del castillo.

Y olmos tengo en mi alameda

Que hasta el cielo se levantan,

Y en redes de plata y seda

Tengo pájaros que cantan.

Y tú mi sultana eres;

Que desiertos mis salones,

Está mi harén sin mujeres,

Mis oídos sin canciones.

Yo te daré terciopelos

Y perfumes orientales,

De Grecia te traeré velos,

Y de Cachemira chales.

Y te daré blancas plumas

Para que adornes tu frente,

Más blancas que las espumas

De nuestros mares de Oriente;

Y perlas para el cabello,

Y baños para el calor,

Y collares para el cuello;

Para los labios…. ¡amor!-

-¿Qué me valen tus riquezas,

Respondióle la cristiana,

Si me quitas a mi padre,

Mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro,

A mi padre y a mi patria,

Que mis torres de León

Valen más que tu Granada.-

Escuchóla en paz el moro,

Y manoseando su barba,

Dijo, como quien medita,

En la mejilla una lágrima:

-Si tus castillos mejores

Que nuestros jardines son,

Y son más bellas tus flores,

Por ser tuyas, en León,

Y tú diste tus amores

alguno de tus guerreros,

Hurí del Edén, no llores,

Vete con tus caballeros.-

Y dándola su caballo

Y la mitad de su guardia,

El capitán de los moros

Volvió en silencio la espalda.

 

Cristo legislador

Cristo, legislador, no escribió nada;

ni papiro dejó ni un pergamino:

quedó tras Él su espíritu divino,

su fe con su memoria inmaculada.

 

Cristo, rey, no empuñó cetro ni espada;

en el polvo sembró de su camino

de su fe la semilla; a su destino

dejándola y al tiempo encomendada.

 

Germen de amor, de paz, de fe y cariño,

culto del alma, religión interna,

de fausto exenta y de mundano aliño,

 

la propagó el amor, la amistad tierna,

la fe del pobre, la mujer y el niño:

y por eso es veraz, única, eterna.

 

Cruza el azul firmamento

Cruza el azul firmamento,

sobre cenicienta nube

vago suspiro del viento,

preludio del huracán.

 

Y en los pardos botareles

susurra el musgo colgado,

y los negros capiteles

en torno velando están;

 

esqueletos descarnados,

monumentos carcomidos,

sobre los aires lanzados,

corona del fundador:

 

a través de cuyos ojos

los bravíos aquilones

arrastran cien nubarrones

de ceniciento color.

 

A la voz de la campana

que expira en el aire vano,

en la calada ventana

se oyen los vidrios crujir:

 

y las góticas labores,

entre las sombras vibrando,

mezclan confusos colores

en tembloroso lucir:

 

y en la sombría capilla,

de la bóveda colgada,

tibia lámpara amarilla

arroja expirante luz:

 

y su claridad perdida

se refleja en los altares,

tiembla en los anchos pilares,

da movimiento a la cruz.

 

Y el ojo imbécil del hombre

acaso al verla soñara

vagos fantasmas sin nombre

cruzando en la oscuridad;

 

como en noche perezosa

brilla en el monte una hoguera,

y vibra la azul esfera

a la roja claridad.

 

Al pie del altar calado

entre las sombras perdida,

como en féretro enlutado

quedó olvidada una flor;

 

una mujer que murmura

una plegaria medrosa;

ostenta más su hermosura

en la mejilla el dolor.

 

Se oyó en la cóncava nave

acelerado rumor

de algún que fatigado

en las tinieblas cruzó.

A poco un hombre de Oriente,

como flotante vapor,

al pie del altar calado

irreverente llegó.

Lanzó la mujer un grito,

y el musulmán de furor

lanzó también un bramido

que en las bóvedas rodó.

Y entre la suelta melena

de la Virgen del Señor

mano sacrílega puso

y en la alfombra la arrastró.

«Yo te compré, Nazarena,

esclava para mi harén,

y has de vivir con tu pena

con mis mujeres también.

»Toda una noche he corrido

desde Sevilla hasta aquí

y juro al Dios que he servido

que no he de volver sin ti.»

Calló el moro, y de la lluvia

el acompasado rumor

sobre los pintados vidrios

en la capilla se oyó.

Se oyó el silbido del viento,

y el amarillo fulgor

del repentino relámpago

por los cristales miró.

Y se oyó girar violenta

al soplo del aquilón

la veleta rechinando

sobre el agudo punzón.

Y la solitaria lámpara

en el aire se meció,

la ya moribunda llama

azotando en derredor,

y como en el mar tranquilo

ligero monstruo se hundió

dejando en la superficie

un círculo vibrador;

así de la luz incierta

la claridad expiró,

y alzose del musulmán

en las tinieblas la voz,

«—Que caiga en ti del Profeta

la execrable maldición.

 

Nació la siguiente aurora,

derramó su lumbre el sol,

y el gótico monasterio

sus capiteles alzó

carcomidos por el tiempo,

de cenagoso color.

Dos caballeros cristianos

al pie de tosco peñón

recibían a una dama

que imploraba su favor,

y en la llanura a lo lejos

con ellos desapareció.—

Entretanto que un pasajero

postrado en un escalón

de la ruinosa capilla,

al acabar su oración,

vio pálido y abatido,

la mejilla sin color

un musulmán abismado

en honda meditación.

 

¡Cuán descansadamente!…

¡Cuán descansadamente,

Lejos del vano mundo, se reposa

A la orilla de límpida corriente

O de un moral bajo la sombra hojosa!

 

En el césped mullido,

Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,

De la tranquila soledad el ruido

Se pierde por la atmósfera a pedazos.

 

El ánima descansa

De la ciega pasión y su braveza,

Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,

Se goza en su pacífica pereza.

 

Entonces, no el tesoro

Ni la sed del placer el alma aviva;

El más rico licor, en copa de oro,

Entonces se desprecia y no se liba.

 

La mente no se inquieta

Por pensamientos de dolor cercada:

Que a su honda languidez yace sujeta,

Y a su propia impotencia encadenada.

 

Sin luz el ojo vago,

Sin un sonido sobre el labio abierto,

Pasa la vida cual por hondo lago

De incierta luz el resplandor incierto.

 

Así vuelan las horas,

Y así pasan pacíficas y bellas,

Cual las aves del viento voladoras,

Cual la cobarde luz de las estrellas?.

 

Así el pesar se aduerme,

Y al grato son de una aura que murmura,

Tal vez se goza del reposo inerme

Que confunde el pesar con la ventura.

 

Así mis horas quiero

Que pasen sin valor y sin fortuna,

Ya al manso son del céfiro ligero,

Ya al resplandor de la amarilla luna.

 

Ven, amorosa Elvira,

Ven a mis brazos, que de amor sediento,

El perezoso corazón suspira

Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

 

Ven, adorado dueño,

Sepa que estás, en mi descanso inerte,

Cercado mí para velar mi sueño;

Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

 

Yo, en la hierba tendido,

En la sombra de un álamo frondoso,

Entreveré, con ojo adormecido,

Cuál velas mi descanso silencioso.

 

El sol, a lento paso,

Hundió en el mar su faz esplendorosa,

Marcando su camino en el ocaso

Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

 

El agua, mansamente,

Con monótono arrullo le despide;

Y arrastrando sus ondas lentamente,

El ancho espacio de sus ondas mide.

 

Sólo queda en la tierra

El vapor del crepúsculo dudoso,

Y el vago aroma que la flor encierra,

Se esparce por el aire vagaroso.

 

Y las fuentes corriendo,

Y las brisas volando, se estremecen,

Y su soplo en los árboles creciendo,

A su soplo los árboles se mecen.

 

Trémulas van las olas

Bajo sus alas mansas y ligeras,

Reflejando las sueltas banderolas

De las naves que el mar surcan veleras.

 

Y la luna argentina,

La bóveda al cruzar del firmamento,

La inmensidad del Bósforo ilumina,

Color prestando al invisible viento.

 

Y al son del mar vecino,

Y al murmullo del viento caluroso,

Y al reflejo del éter cristalino,

Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

 

En la quietud amiga

De la callada noche macilenta,

Hasta la misma languidez fatiga,

Y el ánima se rinde soñolienta.

 

¡Oh! Bien haya el estío

Con su tranquila y bochornosa calma,

Que roba al corazón su ardiente brío

Y en blanda inercia nos aduerme el alma

 

Ya de ese insomnio presa,

Me faltan voluntad y pensamiento,

Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,

Y el son me cansa de mi propio aliento.

 

Dadme deleites, dadme;

Henchidme de placeres los sentidos;

Venid, eunucos, y al harén llevadme

En vuestros brazos, al placer vendidos.

 

Abridme esas ventanas,

Dadme a beber el aura de la noche

Y a saborear las ráfagas livianas

Que a la flor rasgan su aromado broche.

 

Quiero al son de las olas

Secar un corazón en solo un beso;

Traedme mis esclavas españolas,

Que el mío tienen en sus ojos preso.

 

Venid, venid, hermosas,

Divertidme con danzas y canciones;

Venid en lechos de fragantes rosas,

Venid, blancas y espléndidas visiones,

 

Quemad en mis pebetes

Cuanto aroma encontréis en mi palacio,

Y respiren sus anchos gabinetes

Ámbar opreso en reducido espacio.

 

Ven, voluptuosa Elvira,

Trénzame con tu mano mis cabellos;

Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,

Nardo derrama y azahar en ellos.

 

Traedme a esos esclavos

Que aportan mis bajeles viento en popa;

Presa que hicieron mis piratas bravos

En un rincón de la dormida Europa.

 

Vengan a mi presencia,

Y al son de sus extraños instrumentos

Sirvan a mi poder y a mi opulencia,

Si no con su canción, con sus lamentos.

 

Dadme deleites, dadme;

Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,

Y las tostadas sienes refrescadme

Con abanicos de rizadas plumas.

 

Suene en mi torpe oído

Su suave son como murmullo blando

De arroyo que a la mar baja perdido,

De peña en peña juguetón rodando;

Cual tórtola que llama,

Con lento arrullo que en el viento pierde,

La descarriada tórtola a quien ama,

De árbol sombrío en el columpio verde.

 

Danzad mientras reposo,

Cantad en derredor mientras descanso,

Y no sienta en mi sueño voluptuoso

Más que murmullo lisonjero y manso.

 

Cuando al escribir en ellas…

Cuando al escribir en ellas

Contemplo tan lindas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

Recuerdos tenéis en ellas

Que desgarran la memoria,

Por más que entre tantas flores

Estas espinas se escondan;

Que cuando un enamorado

En himno de amores llora,

Más que a cantar sus cantares,

Su llanto a llorar provoca.

Y los versos de ese muerto

Tanto en lágrimas rebosan,

Que removidas las mías,

A mis pupilas asoman.

Y pues donde tantos cantan

Hay uno que a llorar osa,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Si intento escribiros versos,

Dentro la mente se agolpan

Cuantos primores y hechizos

La naturaleza aborta.

Que en este jardín de España

Las inspiraciones sobran,

Pues basta mirar la lumbre

Con que el sol le tornasola,

Los arroyos que le cruzan,

Los jazmines que le bordan

Y las bellas que le pisan,

Cuantas maravillas brota,

Para entonar tantos himnos,

Tantas letras amorosas,

Que antes que el canto se agote,

Gastada el arpa se rompa.

Pero al ver lo que ese triste

Grabó o lloró en estas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Pluguiera que, en vez de versos,

Mi pluma brotara rosas,

Porque, al menos, con las flores

Se pueden tejer coronas.

Pero a par de los cipreses,

Si nacen flores se agostan;

Y donde los muertos hablan,

Callar a los vivos toca.

Que el recuerdo del que muere

Mucho respetar importa,

Que acaso para velarnos

Quedó en la tierra su sombra.

Y aunque indecisa mi pluma,

Tal vez dudando os enoja,

Y han de hacer mis desvaríos

Que de vergüenza me corra,

Perdonadme si os confieso

Que al contemplar estas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Que vos merecéis los versos,

Nadie en la villa lo ignora;

Y es tan claro por sabido,

Que hasta dudarlo es lisonja.

Que él la memoria merece,

Tampoco hay a quien se esconda,

Pues por triste y por amante

Le recordamos ahora.

y así, entre ambos dividida

La imaginación dudosa,

Los versos son para vos

Si le prestáis la memoria;

Lo que en vos merece el sexo,

En él merece la sombra,

Y lo que en vos la hermosura,

En él la tumba lo abona.

Justo es, con los dos hablando,

Duden el muerto y la hermosa

Si es cantar o si es lamento

Lo que les cantan o lloran.

 

Cuando en la noche sombría…

Cuando en la noche sombría

Con la luna cenicienta,

De un alto reloj se cuenta

La voz que dobla a compás;

Si al cruzar la extensa plaza

Se ve en si! tarda carrera

Rodar la mano en la esfera,

Dejando un signo detrás,

Se fijan allí los ojos,

Y el corazón se estremece,

Que según el tiempo crece,

Más pequeño el tiempo es;

Que va rodando la mano,

Y la existencia va en ella,

Y es la existencia mas bella

Porque se pierde después.

¡Tremenda cosa es pasando

Oír, entre el ronco viento,

Cuál se despliega violento

Desde un negro capitel

El son triste y compasado

Del reloj, que da una hora

En la campana sonora

Que está colgada sobre él!

Aquel misterioso círculo,

De una eternidad emblema,

Que está como un anatema

Colgado en una pared,

Rostro de un ser invisible

En una torre asomado,

Del gótico cincelado

Envuelto en la densa red,

Parece un ángel que aguarda

La hora de romper el nudo

Que ata el orbe, y cuenta mudo

Las horas que ve pasar;

Y avisa al mundo dormido,

Con la punzante campana,

Las horas que habrá mañana

De menos al despertar.

Parece el ojo del tiempo,

Cuya viviente pupila

Medita y marca tranquila

El paso a la eternidad;

La envió a reír de los hombres

La Omnipotencia divina,

Creó el sol que la, ilumina,

Porque el sol es la verdad.

Así a la luz de esa hoguera

Que ha suspendido en la altura,

Crece la humana locura,

Mengua el tiempo en el reló;

El sol alumbra las horas

Y el reloj los soles cuenta,

Porque en su marcha violenta

No vuelva el sol que pasó.

Tremenda cosa es, por cierto,

Ver que un pueblo se levanta

Y se embriaga y ríe y canta

De una plaza en derredor;

Y ver en la negra torre

Inmoble un reloj marcando

Las horas que va pasando

En su báquico furor.

Tal vez detrás de la esfera

Algún espíritu yace

Que rápidamente hace

Ambos punzones rodar

Quizá al declinar el día,

Para hundirse en Occidente

Asoma la calva frente,

El universo a mirar.

Quizá a la luz de la luna

Allá en la noche callada,

Sobre la torre elevada

A meditar se asentó:

Y por la abierta ventana,

Angustiado el moribundo,

Al despedirse del mundo

De horror transido le vio.

Quizá asomando a la esfera

La noche pasa y los días,

Marcando la hora postrera

De los que habrán de morir;

Quizá, la esfera arrancando,

Asome al oscuro hueco

El rostro nervioso y seco

Con sardónico reír.

 

¡Ay, que es muy duro el destino

De nuestra existencia ver

En un misterioso círculo

Trazado en una pared!

Ver en números escrito

De nuestro orgulloso ser

La miseria…, el polvo…, nada,

Lo que será nuestro fue.

Es triste oír de una péndola

El compasado caer

Como se oyera el rüido

De los descarnados pies

De la muerte, que viniera

Nuestra existencia a, romper;

Oír su golpe acerado

Repetido una, dos, tres,

Mil veces, igual, continuo

Como la primera vez.

Y en tanto por el Oriente

Sube el sol, vuelve a caer,

Tiende la noche su sombra,

Y vuelve el sol otra» vez,

Y viene la primavera,

Y el crudo invierno también,

Pasa el ardiente verano,

Pasa el otoño, y se ven

Tostadas hojas y flores

Desde las ramas caer.

Y el reloj dando las horas

Que no habrán más de volver;

Y murmurando a compás

Una sentencia cruel,

Susurra el péndulo: «¡Nunca,

Nunca, nunca vuelve a ser

Lo que allá en la eternidad

Una vez contado fue!»

 

Cuando su luz y su sombra…

I

Cuando su luz y su sombra

mezclan la noche y la tarde,

y los objetos se sumen

en la sombra impenetrable,

en un postigo excusado,

que a una callejuela sale

de una casa, cuya puerta

principal da a la otra calle,

dos hombres que se despiden

se ven, aunque no se sabe

n¡ cuál de los dos se queda

ni cuál de los dos se parte.

Ambos mirándose atentos,

ambos un pie hacia adelante,

parados en el dintel

están, y entrambos iguales.

Por fin el más viejo de ellos,

hundiendo el mustio semblante

entre el sombrero y la capa,

en ademán de marcharse,

torció la cabeza a un lado,

pronunciando un no tan grave,

que bien se vio que era el fin

de las pláticas de enantes.

Sin duda el otro entendido,

no encontró qué replicarle,

pues bajando la cabeza,

callóse por un instante.

-Buenas noches -dijo el viejo-.

Tartamudeó un “Dios le guarde”

el otro; mas, decidiéndose,

hizo hacia el viejo un avance.

-“Mírelo bien, y cuidado

no se arrepienta, compadre.

-Nunca eché más de una cuenta.

-Piénselo bien, y no pase

sin contar lo que va de él

a don Juan de Colmenares.

-Señor -replicó el anciano-,

en tiempos tan deplorables,

yo sé que lo pueden todo

los ricos y los audaces.

-Pues mire lo que le importa;

que rica y audaz señales

son con que marca la fama

a los que en mi casa nacen.

Callaron por un momento,

y continuando mirándose

dijo el viejo tristemente,

aunque en tono irrevocable:

-Nunca lo esperé de vos;

mas tampoco vos ni nadie

puede esperar más de mí.

-Pues, entonces, adelante

idos, buen viejo, con Dios,

qué estoy de prisa y es tarde.”

Cerró la puerta de golpe,

a escuchar sin esperarse

una respuesta que el viejo

tuvo tentación de darle;

y acaso por su fortuna

quedó a tal punto en la calle

para dársela a la puerta,

donde la deshizo el aire.

Volvió el anciano la espalda,

y en dos golpes desiguales,

sus pasos descompasados

pueden de lejos contarse;

porque sus pies impedidos,

deben a su edad y achaques

una muleta que marcha

un pie que los suyos antes.

La esquina a espacio traspuso,

y a poco otro hombre más ágil,

saliendo por el postigo,

siguió en silencio su alcance.

Túvose al ‘volver la esquina;

tendió sus ojos sagaces,

y enderezó los oídos

atento por todas partes;

mas, no oyendo ni escuchando

de qué poder recelarse,

tomando el rastro del viejo,

echó por la misma calle.

 

II

En un aposento ambiguo,

medio portal, medio tienda,

que hace asimismo las veces

de cocina y de despensa,

pues da su entrada a la calle

y en confuso ajuar ostenta

camas, hormas y un caldero

colgado en .la chimenea,

hay seis personas distintas,

que hacen al pie de la letra

(salvo el padre, que está ausente)

una raza verdadera.

Un mozo de veinte abriles;

una muchacha risueña

de diez y seis; tres muchachos,

y una anciana de sesenta.

Y aunque a las veces nos turban

engañosas apariencias,

zapateros son de oficio,

si a espacio se considera,

que está la estancia aromada

con vapores de pez negra,

que ribetea la moza,

y que el mozo maja suela.

-Mucho tarda -dijo el último

padre esta noche, Teresa.

-Ya ha tiempo que ha anochecido.

-Muchacho, atiza esa vela

y deja quieto ese bote.

Y esto diciendo en voz recia

el mozo, siguió en silencio

cada cual en su tarea,

el chico sitiando al bote,

ribeteando la doncella,

majando el mozo a compás,

y dormitando la vieja.

Con monótonos murmullos

arrullaban esta escena

el son de la escasa lluvia

de un aguacero que empieza,

el no interrumpido son

con que hierve la caldera,

y el tumultuoso chasquido

con que la luz chisporrea.

-¿Las nueve son? – dijo el mozo.

-Eso las ánimas suenan

con sus campanas – repuso

santiguándose Teresa.

-¡Las ánimas, y aún no viene!

Y echando atrás la silleta,

se puso el mancebo en pie,

y encaminóse a la puerta.

Al ruido que hizo en el cuarto,

despertándose la vieja,

dijo: -¿Rezáis a las ánimas?

-Sí, señora: estése queda.

Asió el mancebo la aldaba,

mas la había alzado apenas,

cuando un espantoso golpe

venció la puerta por fuera.

-¡Muerto soy! – dijo una voz;

Cayó un embozado en tierra,

y viose un hombre que huía

al fin de la callejuela.

En derredor del caído

se agolparon, que aún conserva

algún resto de la vida

que le arrancan a la fuerza;

mas no bien le desenvuelven,

por ver piadosos si alienta,

un grito descompasado

lanzó… la familia entera.

Blasfemó el mozo con ira,

desmayóse la doncella,

y la anciana y los muchachos

en llanto a la par revientan.

-Padre, ¿quién fue? – preguntaba

sosteniendo la cabeza

del anciano moribundo

el hijo, que llora y tiembla.

Echóle triste mirada

su padre, como quien lega

su razón y su justicia

en quien se fija con ella.

-Juan …

-¿Qué Juan?

-De Colmenares –

balbuceó con torpe lengua,

y sobre el brazo del hijo

dobló la faz macilenta.

Reinó un silencio solemne

por un instante en la escena,

y a reunirse empezaron

vecinos de ambas aceras.

Llegó la justicia al punto,

y mientras justicia ella,

partió por la turba el mozo

en haz de intención siniestra.

-¿Dónde va? – dijo un corchete.

-Siendo yo su sangre mesma,

¿adónde sino al culpable?

-Soy con vos.

-Enhorabuena.

-Por si acaso, va seguro… –

dijo para sí el de presa,

mientras el mozo resuelto,

ganó a una esquina la vuelta.

 

III

Son treinta días después,

y en mismo lugar y hora,

la misma vieja y los chicos

con mesa, mancebo y moza.

Cada cual en su tarea

sigue en paz, aunque se nota

que todos tienen los ojos

del mancebo en la faz torva.

Él, sin embargo, en silencio

prosigue atento su obra,

sin levantar la cabeza,

que sobre el pecho se apoya.

Tan doblada la mantiene,

que apenas la llama roja

que da la luz, alumbrarle

las cejas fruncidas logra;

y alguna vez que el reflejo

las negras pupilas toca,

tan viva luz reverberan,

que chispas parecen brotan.

La verdad es, que una lágrima

que a sus -párpados asoma,

viene anunciando un torrente

en que el corazón se ahoga.

Y el mozo, por no aumentar

de los suyos la congoja,

a duras penas le tiene

dentro el pecho y le sofoca.

Largo rato así estuvieron

en atención afanosa,

todos mirando al mancebo,

y éste mirando a sus hormas;

hasta que al cabo Teresa,

más sentida o más curiosa,

le dijo: -¿Estás malo, Blas?

Y a su vez limpia y sonora

siguió otro largo intervalo

de larga atención dudosa.

Nada el hermano responde,

mas ella su afán redobla,

que no hay temor que la tenga,

la valla de una vez rota.

-¿Cómo estás tan cabizbajo?…

Y aquí Blas interrumpióla.

-¿Y qué tengo que decir

a quien sin padre y sin honra

debe vivir para siempre?

Y aquí la familia toda

rompió en ahogados sollozos

a tan infausta memoria.

Sosegóse, y siguió Blas

en voz lamentable y honda

-Él rico, y nosotros pobres ;

débil la justicia, y poca,

y el Rey en caza y en guerra,

¿qué puede alcanzar quien llora?

-Qué, ¿por libre se atrevieron? …

-Poco menos, pues sus doblas

pudieron más con los jueces

que las leyes.

-¡Las ignoran!

dijo indignada Teresa.

-¡No, hermana ; las acogotan !

contestó Blas, sacudiendo

su mazo con ciega cólera.

Siguió en silencio otro espacio,

y otra vez Teresa torna:

-Mas la sentencia, ¿cuál fue? –

dijo, y calló vergonzosa.

-¿La sentencia? -gritó Blas

revolviendo por las órbitas

los negros y ardientes ojos-.

¿La sentencia pides?, óyela.

Todos se echaron de golpe

sobre la mesilla coja,

que vaciló al recibirles,

a oír lo que tanto importa.

-Sabéis que el de Colmenares

hoy pingüe prebenda goza

en la iglesia, y que a Dios gracias

y a mi diligencia propia,

se le probó que dio muerte

a padre (que en paz reposa).

Pues bien: no sé por qué diablos

de maldita jerigonza

de conspiración que dicen

que con su muerte malogra,

dieron por bien muerto a padre,

y al clérigo…

-¿Le perdonan?

-No, ¡ vive Dios! le condenan.

¡ Mas ved qué dogal le ahoga!

Condénanle a que en un año

no asista a coro, mas cobra

su renta; es decir, le mandan

que no trabaje, y que coma.

Tornó a su silencio Blas,

y a sus sollozos la moza,

ella cosiendo sus cintas,

y él machacando sus hormas.

 

IV

Está la mañana limpia,

azul, transparente, clara,

y el sol de entre nubes rojas

espléndida luz derrama.

Toda es tumulto Sevilla,

músicas, vivas y danzas;

todo movimiento el suelo,

toda murmullos el aura.

Cruzan literas y payes,

monjes, caballeros, guardias,

vendedores, alguaciles,

penachos, pendones, mangas.

Flota el damasco y las plumas

en balcones y ventanas,

y atraviesan besamanos

donde no caben palabras.

Descórrense celosías,

tapices visten las tapias,

los abanicos ondulan

y los velos se levantan.

Cuantas hermosas encierra

Sevilla a su gloria saca,

cuantos buenos caballeros

en sus fortalezas guarda,

ellos porque son galanes,

y ellas porque son bizarras;

las unas porque la adornen,

los otros para admirarlas.

Óyense al lejos clarines,

y chirimías y cajas,

y a lengua suelta repican

esquilones y campanas.

Mas no vienen los hidalgos

armados hasta las barbas,

ni el pálido rostro asoman

las bellas amedrentadas;

que no doblan los tambores

en son agudo de alarma,

ni las campanas repican

a rebato arrebatadas;

que es la procesión del Corpus.

que ya traspone las gradas

del atrio, y el Rey don Pedro

acompañándola baja.

Padillas y Coroneles

y Albuquerques se adelantan,

con Osorios y Guzmanes,

pompa ostentando sobrada.

Y bajo un palio don Pedro,

de ocho punzones de plata,

descubierta la cabeza

y armado hasta el cuello, marcha.

En torno suyo el cabildo

diez individuos encarga

que de escuderos le sirvan

en comisión poco santa ;

mas tiempos son tan ambiguos

los que estos monjes alcanzan,

que tanto arrastran ropones

como broqueles embrazan.

Entre ellos se ve a don Juan

de Colmenares y Vargas,

que deja por vez primera

la reclusión de su casa,

no porque el año ha cumplido,

sino porque el año paga,

y doblas redimen culpas

si se confiesan doradas.

Rosas deshojan sobre ellos

las hermosísimas damas,

y toda es flores la calle

por donde la corte pasa.

Envidia de las más bellas,

salió a un balcón del alcázar

la hermosísima Padilla,

origen de culpas tantas.

Hízola venia don Pedro,

y al responderle la dama,

soltó sin querer un guante,

y ojalá no le soltara.

Lanzóse a tomar la prenda

muchedumbre cortesana

muchos llegaron a un tiempo,

mas nadie tomar osaba,

que fuera acción peligrosa,

aparte de lo profana.

Partiendo la diferencia,

salió de la fila santa

el bizarro Colmenares

con intención de tomarla.

Mas no bien dejó su mano

del palio al punzón de plata,

y puso desde él al rey

cuatro pasos de distancia,

cuando un mancebo iracundo,

con irresistible audacia,

se echó sobre él, y en el pecho

le asentó dos puñaladas.

Cayó don Juan; quedó el mozo

sereno en pie entre los guardias,

que le asieron, y don Pedro

se halló con él cara a cara.

La procesión se deshizo;

volvió gigante la fama

el caso de boca en boca,

y ya prodigios contaban.

Juntáronse los soldados

recelando una asonada;

cercaron al Rey algunos

y llenó al punto la plaza

la multitud, codiciosa

de ver la lucha empezada

entre el sacrílego mozo

y el sanguinario monarca.

Duró un instante el silencio,

mientras el Rey devoraba

con sus ojos de serpiente

los ojos del que le ultraja.

-¿Quién eres? – dijo, por fin,

dando en tierra una patada.

-Blas Pérez – contestó el mozo

con voz decidida y clara.

Pálido el rey de coraje,

asióle por la garganta,

y así en voz ronca le dijo,

que la cólera le ahogaba

“¿Y yendo tu rey aquí,

¡voto a Dios!, por qué no hablaste,

si con la ocasión te hallaste

para obrar con él así?”

Soltóse Blas de la mano

con que el rey le sujetaba,

y, señalando al difunto,

repuso tras breve pausa:

-Mató a mi padre, señor;

y el tribunal, por su oro,

privóle un año del coro,

que en vez de pena es favor.

-Y si vende el tribunal

la justicia encomendada,

¿no es mi- justicia abonada

para quien justicia mal?

Cuando el miedo o la malicia

(dijo Blas) tuercen la ley,

nadie se fía en el rey,

medido por su justicia.

Calló Blas, y calló el rey

a respuesta tan osada

y los ojos de don Pedro

bajo las cejas chispeaban.

Tendiólos por todas partes,

y al fuego de sus miradas,

de aquéllos en quien las puso

palidecieron las caras.

Temblaron los más audaces,

y el pueblo ansioso esperaba

una explosión de don Pedro

más recia que sus palabras.

Rompió el silencio. por fin,

y en voz amistosa y blanda,

el interrumpido diálogo

así con el mozo entabla:

-¿Qué es tu oficio?

-Zapatero.

-No han de decir ¡vive Dios!

que a ninguno de los dos

en mi sentencia prefiero.

Y encarándose don Pedro

con los jueces que allí estaban,

dando un bolsillo a Blas Pérez,

dijo en voz resuelta y alta:

“Pesando ambos desacatos,

si con no rezar cumple él

en un año, cumples fiel

no haciendo en otro zapatos.”

Tornóse don Pedro al punto,

y brotó la turba osada

murmullos de la nobleza

y aplausos de la canalla.

Mas viendo el rey que la fiesta

mucho en ordenarse tarda,

echando mano al estoque,

dijo así, ronco de rabia:

“¡La procesión adelante,

o meto cuarenta lanzas

y acaban ¡voto a los cielos!

los salmos a cuchilladas P’.

Y como consta a la Iglesia

que es hombre el rey de palabra,

siguieron calle adelante

palio, pendones y mangas.

 

Déjame oír tu misterioso canto…

Déjame oír tu misterioso canto,

Alegre voz de tus ensueños de oro;

Solo y perdido peregrino, en tanto

Mal en mi pecho mi dolor devoro.

 

Dióte el cielo contento y armonía

Y es justo que lo cantes y le adores;

Puro y tranquilo resbaló tu día,

Tu sien de niño coronó de flores.

 

Para ti son la risa y los festines,

La tierra para ti tiene placeres,

La tierra para ti tiene jardines,

Y para ti son bellas las mujeres.

 

Y tiene luz el cielo transparente,

Color azul y lánguidas estrellas,

Y ese fanal que alumbra tristemente,

Cual moribundo sol, en medio de ellas.

 

No para mí, cuya fatal mirada

Quema y devora cuanto en torno nace,

Arroyo que al caer de la cascada

En cristalinas trenzas se deshace;

 

Pero llega torrente a la llanura,

Y arranca frutos, árboles y flores,

Y al campo roba gala y hermosura

Arrastrando con él musgo y colores.

 

No para mí, que en noche borrascosa

Vine a surcar las ondas de la vida,

Con el alma penada y fatigosa,

Con la esperanza del placer perdida.

 

No para mí, que busco una corona

Y un nombre pido en agonía vana;

Mentida luz que de verdad blasona,

Pero que un nombre nos dará mañana.

 

No para mí, que nací

Hecha de fuego mi alma,

Sin un momento de calma

En las horas que viví.

 

¿Por qué en el lánguido aliento

De una mujer que suspira,

Sólo el poeta respira

Su amargura y su tormento?

¡Ay! ¿De qué lo sirve al triste

La fogosa inspiración,

Si es de tierra el corazón

Y su voluntad resiste?

En los góticos salones,

En las pintorescas ruinas,

Canta con notas divinas

Sus misteriosas canciones.

Y cree sus fábulas bellas,

Y en su entusiasmo violento,

Su espíritu va en el viento

Por cima de las estrellas.

En la tierra pasa el hombre

Y ve su miseria en calma:

¡Ay, no comprende su alma

Y no demanda su nombre!

Que es el poeta un bajel

Que, de riqueza cargado,

Surca el mar alborotado

Para naufragar en él.

Mas yo vi el tronco mortal

De avaro conquistador

Al amarillo fulgor

De lámpara funeral.

Era de mármol su lecho,

Era de mármol su frente,

Doblada lánguidamente

Sobre su desnudo pecho.

De mármol la mano fría,

Que el hierro no sujetaba,

Su espalda le sustentaba;

Si órase un hombre, dormía.

Vi un rey, que el trono perdió

Porque al vasallo la plugo,

Caminar junto al verdugo

Que el cadalso levantó.

Vi una hermosa que arrastraban

Sobre féretro asqueroso,

Y con cántico medroso

Sacerdotes la rezaban.

Vi ricos y potentados

En sus inmundos placeres,

Entre orgías y mujeres

De sus hijos olvidados.

«Vivamos hoy», se decían

En el lúbrico festín;

Y otros con ayes sin fin

El sustento les pedían.

Y unos cayeron beodos,

Y otros de hambre cayeron,

Y todos se maldijeron,

Que eran infelices todos.

Y en marmóreo pedestal

Vi la sombra del poeta,

A quien el tiempo respeta

Y el mundo llama inmortal.

Descansa sobre su lira,

Y alza al cielo su cabeza,

Fijos con noble fiereza

Sus ojos en quien le mira.

Y al universo da leyes

Orgulloso triunfador,

Intérprete del Señor

Sobre la ley de los reyes.

 

Oye, sublime cantor:

Si es fuerza que al fin sucumba,

Si al fin bajo a innoble tumba

A dormir con mi dolor;

Si al fin con el viento vago

Mis versos se perderán,

Cual fuentes que a morir van

Al cieno de hediondo lago;

Cuenta al mundo mi amargura,

Cuéntale mi suerte impía,,

Que sepa al menos que un día

Quise volar a la altura.

Y borra, borra mi nombre

Si le han grabado en mi losa,

Que no le insulte orgullosa

La imbécil planta de un hombre.

 

Sólo una flor amarilla

Que el cierzo marchitará,

Entre el césped brotará

De mi sepulcro en la orilla.

¡Pobre flor! ¿Por qué naciste

Sobra una tumba desierta?

¿No temes la noche yerta

Tan solitaria y tan triste?

¡Pobre flor! ¿A qué temprana

Diste al mundo tu sonrisa?

Hoy te mece fresca brisa,

Pero morirás mañana.

¡Ay! ¡Pobre flor amarilla!

¿A qué tan presto brotar,

Si el cierzo te ha de agostar

De mi sepulcro en la orilla?

 

Dicen que todo al fin se desvanece…

Dicen que todo al fin se desvanece,

Todo pasa, se olvida, pierde y borra.

Yo no soy infeliz, mas vivo triste,

Y un torcedor arrastro en mi memoria.

 

Un templo, un bosque, un ave que pasando

Cruza en el viento descarriada y sola,

Prensan mi corazón, y a mis pupilas

Solitaria una lágrima se asoma.

 

Pláceme ver un claro riachuelo

Lamer su orilla con azules ondas,

Y al resplandor del trémulo sepulcro

Sentir la fuente murmurar sonora.

 

Pláceme ver, tras el opuesto monte,

Hundir al sol su faz esplendorosa,

Y despedirle desde el hondo valle

Al compás de las aguas y las hojas.

 

Y pláceme en paseos solitarios,

En dulces sueños delirando sombras,

Perderme en la floresta sin camino

Ideando quiméricas historias.

 

La mía es triste, cansa y no interesa;

Sin aventuras intrincadas, corta;

Es una historia solamente mía,

Como otras muchas que a la vez se ignoran.

 

Es la historia de un sueño fatigoso,

En que nada sucede, nada importa;

No se comprende, pero no se olvida,

Y sus vagos recuerdos nos acosan.

 

Yo la recuerdo con vergüenza siempre,

Temo profundizarla, y sus memorias,

Como gotas de mágico veneno,

Caen en mi corazón una tras otra.

 

¿Qué os hicísteis, dulcísimos instantes

De mi infancia gentil? ¿Dó están ahora

Los labios de coral que me colmaron

De blandos besos que mis ojos lloran?

 

¿Dó está la mano amiga que trenzaba

Las hebras mil de mi melena blonda,

Tejiéndome coronas en la frente

De azucenas silvestres y amapolas?

 

Era ¡ay de mí! mi madre; alegre entonces,

Tranquila, amante, como el alba hermosa;

Jamás me ha parecido otra hermosura

Tan digna de vivir en mi memoria.

 

Apartaos, impúdicas quimeras;

Más os detesto cuanto más vosotras

Tenaces me seguís; ya no sois nada,

Cesó el festín, rompiéronse las copas.

 

Ella es mi madre; sus ardientes besos

Con vuestra vil presencia se inficionan;

Idos en paz, que el llanto de sus ojos,

Del alma impura vuestra imagen borra.

 

¡Madre, te encuentro llorando!

¡Ah! ¡No atiendes a mis voces!

Mírame, ¿no me conoces?

¿Tan mudado, madre, estoy?

¿Tan pronto borrar pudieron

Mi rostro las desventuras?

¡Bebí tantas amarguras!…

Pero al fin, madre, yo soy.

 

¡Cuán trémula está tu mano!

Tu corazón, ¡cuán opreso!

Madre, ¿no tienes un beso

Ni una queja para mí?

¡Lloras! Beberé tu llanto…

Mas abrasan tus mejillas…

Heme, madre, de rodillas

Avergonzado ante ti.

 

Apartas de mí los ojos;

Sufres viéndome, lo veo;

Mas estoy como está el reo,

Humillado ante su Dios.

Tornadme el rostro, señora,

Y aunque lo tornéis severo,

Aunque sea el favor postrero

Porque me ausente de vos.

 

Lo sé: receláis acaso

Que vendí vuestro cariño

Por el impúdico aliño

De otro amor más terrenal.

Este color de mi frente

Tal vez os parece impuro…

¡Oh, Madre mía, os lo juro:

Me habéis comprendido mal!

 

Soñé, y me desvanecieron

Mis fatales ilusiones;

Sentí mis locas pasiones

Dentro de mi pecho arder.

La tempestad era horrible,

La noche lóbrega, densa,

La mar tormentosa, inmensa,

Mi barca débil ¿Qué hacer?

 

Lanzado al mar sin aviso,

Dejéme llevar del viento;

Sacóme el mar turbulento

A otra playa de ilusión;

 

Yo a lo lejos la miraba:

Y era una tierra tan bella,

Que el pasar, madre, por ella,

Fue terrible tentación.

 

Bebí el agua de sus fuentes,

Gocé el aura de sus flores;

Embriagado en sus amores,

En sus bosques me adormí;

Allí, el placer me esperaba;

Vos, en la opuesta ribera……

Horrible tentación era,

Mas luché, madre, y vencí.

 

Tal vez en mi sien soñaba

Glorioso laurel naciente;

Yo lo arranqué de mi frente;

Pensaba en vos, y le hollé.

Allí quedó entre la arena,

Y, al lanzarle, dije: -Crece,

Que si mi sien te merece,

Más ansioso volverá.

 

En vano mis ilusiones

Me acosaron tumultuosas;

A las ondas procelosas

Me arrojó audaz, y volví.

Sin fuerza, sin esperanza,

Madre, en mi congoja fiera,

Tu imagen fue la postrera

Que guardé mientras viví.

 

¿Mas tú, inconsolable lloras

Sin atender a mis voces!

¡Mi vida! ¿No me conoces?

¿Tan mudado, madre, estoy?

¿Tan pronto borrar pudieron

Mi rostro las desventuras?

¡Bebí tantas amarguras!…

Pero, al fin, madre, yo soy.

 

¡Mas no me escuchas! ¡Llorando,

La faz amorosa escondes!

Te llamo y no me respondes:

¡Tanto, madre, te ultrajé!

Te entiendo, por fin: yo solo

No basto ya a consolarte;

Me será fuerza dejarte,

Y a la mar me volveré.

 

Mas oye: Es el otoño; rebramando,

El ábrego los árboles sacude;

De roncos cuervos el siniestro bando,

A los peñascos cóncavos acude.

 

Brilla sin fuerza el sol en Occidente,

Y allá en la falda de espinoso risco,

Guía el pastor, con paso indiferente,

Las humildes ovejas al aprisco.

 

Seco el follaje de la selva umbría,

De sus verdes doseles se despoja;

Y al empuje de ráfaga bravía,

El bosque se desnuda hoja por hoja.

 

El ábrego las huella y arrebata,

Las arrastra en revuelto torbellino,

Ciega en la fuente la serena plata,

Borra los lindes del igual camino.

 

Triste fantasma del verjel ameno

Y esqueleto fantástico, semeja

Cada desnudo tronco, un día lleno

De la sombra magnífica que deja.

 

Flores, ¿en dónde estáis? Y ¿dó se esconden

Los céspedes que amenos os cercaban?

¿Cómo los ruiseñores no responden

Al son de las alondras que pasaban?

 

¿Qué es del arrullo de la mansa fuente

Donde a beber bajaban las palomas?

¿Qué es del aura que erraba suavemente

Cargada de suspiros y de aromas?

 

Las galas del Abril se marchitaron,

Los céfiros errantes se extinguieron,

En ayes los murmullos se tornaron,

Y anchos arroyos las corrientes fueron.

 

Todo pasó. En el valle pantanoso

Hay en vez de una fuente una laguna,

Y en las ramas del álamo pomposo,

Las hojas se desprenden una a una.

 

Así, madre, van mis días,

Con las hojas de consuno,

Desprendiéndose uno a uno

Al vaivén de la pasión.

 

Y así van las ilusiones

De mi esperanza importuna,

Desprendiéndose una a una

De mi seco corazón.

 

Como esas hojas marchitas

No volverán a su rama;

El cierzo las desparrama,

La lluvia las pudrirá.

Como el bosque queda triste,

Y silencioso y desnudo,

Seco y solitario y mudo

Mi corazón siento ya.

 

Esas hojas amarillas

Que ayer nos prestaron sombra,

Ni aun las querrá por alfombra

El tornasolado Abril;

Míralas, madre, cuál ruedan

Entre la arena perdidas,

Holladas y sacudidas

Por el aura más sutil.

 

Eso son nuestras creencias,

Nuestras míseras ficciones;

Eso son nuestras pasiones,

Nuestra vida terrenal:

Nacen, dan sombra un instante,

Suenan, se mecen, se cruzan,

Caen, ruedan, se desmenuzan,

Y las lleva el vendaval.

 

Si ellas al rápido soplo

Del cierzo desaparecen,

Otras en el árbol crecen

Y se apiñan otra vez;

Mas yo iré, cual hoja seca

Por el viento desprendida,

Arrastrando de mi vida

La juventud, la vejez.

 

Y el negro remordimiento

Irá por doquier conmigo,

Como verdugo y testigo

De mi perdurable afán.

Y cuando a su vieja llama

Encanezcan mis cabellos,

Madre, debajo de aquéllos

Jamás otros nacerán.

 

Porque estas hojas errantes

que por mi memoria vagan,

Estos recuerdos que amagan

No dejarme hasta morir,

Hojas secas de mí mismo,

Que arrancadas de mi centro,

A mí asidas las encuentro

Sin poderlas desasir,

 

No pasarán como pasan,

Esas hojas del otoño;

No tienen otro retoño,

Mas tampoco tendrán fin;

Sopla el viento y no las lleva,

Cae la lluvia y las perdona;

Igualmente las abona

El desierto y el jardín.

 

Dicen que todo al fin se desvanece,

Todo pasa, se olvida, pierde o borra…

¿Soy infeliz? No sé. Mas vivo triste

Y un torcedor arrastro en mi memoria.

 

Madre, ¿creerás también que todo pasa

Como en alas del ábrego las hojas,

Como del vago céfiro los ayes,

Como del mar las fugitivas ondas?

 

¿Crees tú que pasarán para tu hijo,

Como del bosque la agostada pompa,

Tus recuerdos, tu amor, tu sacra imagen,

Que todo el corazón le ocupa sola?

 

¿Crees, madre, que al huir desesperado

A playas extranjeras y remotas,

Corre tras la molicie y los placeres,

Busca una libertad cínica y loca?

 

¿Crees tú que anhela, en climas apartados,

Libre gozar su juventud fogosa?

¿Crees que, olvidado de su madre, viva?…

Quien lo dijo, mintió, madre y señora,

 

Doquier que arrastre su existencia inútil,

Suerte feliz o mísera le acorra,

Ya duerma en los harapos del mendigo

Ya en blanda pluma de opulenta alcoba,

 

Ya espere un porvenir sin esperanza,

Ya circunde su sien verde corona,

En la mazmorra, en el alcázar madre,

Dondequiera que aliente, allí te adora.

 

Que es mi pecho tu altar, y aquí tu imagen

Nunca pasa, se olvida, pierde o borra,

Como pasan al aire del otoño,

Del bosque umbrío las marchitas hojas.

 

Dos gigantes los siglos nos trajeron…

No hay más que yo; dobléguense las leyes

Ante la ronca voz de mis legiones;

Romperé el áureo cetro de los reyes

En su espantada frente a las naciones.

 

I

Dos gigantes los siglos nos trajeron,

Los dos en el desierto se encontraron;

Cuando grandes los dos se concibieron,

De hito en hito los dos se contemplaron.

 

Sentóse el hombre al pie del monumento,

Y el monumento dijo: Éste es el hombre;

Y el hombre, al ver desde tan alto asiento,

Esta es, dijo, la cifra de mi nombre.

 

De sus cañones el discorde arrullo,

Su altivo ser le trajo a la memoria.

«Aquí debí nacer», dijo su orgullo;

«Aquí debo morir», dijo su gloria.

 

Con sus ojos midió la vasta mole,

Y murmuró pasándolos al cielo:

«Quien allí su bandera no enarbole,

»Una oruga no más será en el cielo.

 

»¡No valen cien coronas una estrella,

»Ni valemos un sol todos los reyes!

»Que el tiempo airado la cerviz nos huella,

»El sol alumbra, y queman nuestras leyes.»

 

Unos grandes, allí su tumba abrieron,

E intentarlo era grande solamente;

Mas pensar, en su orgullo, no pudieron,

Que era sólo a sus pies tender la frente.

 

Allí depositaron sus despojos,

Por guardarlos así de ojos humanos,

Porque al mirar su tumba humanos ojos,

Se creyeran imbéciles o enanos.

 

«¡Aquí está Napoleón!», dijo pasando

De la inmensa pirámide las puertas;

Y las momias de Egipto, despertando,

Miraron por las urnas entreabiertas.

 

Las huecas calaveras, asombradas,

El gesto innoble a Napoleón tornaron:

«¡Aquí está Napoleón!», y atrailladas,

En derredor del vivo se juntaron.

 

Inclinaron las pardas osamentas

La seca frente y los desiertos ojos,

Para oírle, y cayeron macilentas,

A su tremenda voz, todas de hinojos.

 

Contó los esqueletos transparentes,

El vivo con los suyos triunfadores,

Y unió a los nombres de las calvas frentes,

Sus vasallos, monarcas o señores.

 

Y no encontrando a su grandeza leyes,

Gritó, hiriendo los huesos con la planta

«Yo soy emperador. ¡Fuera los reyes!»

Y su brillante voz la turba espanta.

 

Revolvió entonces la imperial mirada…..

Nada en el ancho cóncavo vivía.

Sólo su desdeñosa carcajada

Entre las tumbas resbalar se oía.

 

Grabó su nombre colosal en ellas,

Sello gigante de gigante gloria;

Porque, agobiado con sus hondas huellas,

Libro fuera el desierto de su historia.

 

Salió del corpulento cementerio,

Diciendo a los cadáveres hollados:.

«Napoleón vino a visitar su imperio.»

Y en el desierto entró con sus soldados.

 

Las sombrías pirámides le vieron

Cruzar el arenal con pie tranquilo;

Y allá a lo lejos saludarle oyeron,

Con asombrado adiós, al ronco Nilo.

 

II

El hombre no existe ahora,

Que el tiempo, al plegar las alas,

La lámpara de la vida,

El aire azotando apaga.

Las moles allí quedaron;

Y las osamentas calvas,.

En las urnas todavía,

La voz del ángel aguardan.

Ellas descansan tranquilas

En su portentosa estancia,

Que las cobija orgullosa

Como ataúd y montaña;

Y él duerme al pie de una roca,

Entre las ondas amargas,

Donde su nombre salpican

Las espumas y las algas;

Porque la isla compasiva

Le recogió en sus entrañas;

Donde con su peso abruma

La lápida hospitalaria

Al que quiso alzar el cielo

Sustentándolo en la espalda.

¿Quién es el gigante ahora?

¿Quién de los dos es la página,

Las moles de aquel desierto

o el nombre de las batallas?

Sobre ambos, los huracanes

Mugiendo y quemando pasan;

En ambos, el mismo cielo

Su noche y su luz derrama;

Ambos yacen solitarios,

Sin antorchas y sin guardas,

En palacios de reptiles,

Que en torno lentos se arrastran,

Sin respeto a su grandeza

Ni noticias de su fama.

 

«¡Aquí está Napoleón!», dice su nombre,

Sobre las moles del desierto escrito;

Y donde alguna vez firmó aquel hombre,

Todo nombre mortal quedó proscrito.

 

Delante de su nombre, anonadados,

Se olvidan hoy cuantos la tumba encierra,

Y su gloria y poder, desesperados,

Envidian los monarcas de la tierra.

Miró al nacer la miserable gente

A que el destino su destino amarra;

Y viéndose león, alzó la frente

Mostrando al mundo la robusta garra.

 

El mundo se humilló despavorido,

Y al rastro de su pie le ató altanero;

El mundo entero sorprendió atrevido,

Y un pueblo echó sobre él el mundo entero.

 

Numeró sus millones de soldados

Y trepó vencedor a la montaña;

Contó allí nuestros pueblos descuidados,

Y entre los suyos dividió la España.

 

Bajó osado y alegre a la llanura,

Como a la fiesta va galán mancebo,

Avaro de la sombra y la frescura

De su soñado territorio nuevo.

 

De este jardín que coronó de flores

Pródiga y perfumada primavera,

Do marcan el compás los ruiseñores

Del paso del arroyo en la pradera.

 

Donde brota entre juncos y espadañas,

Para dar sed, la fuente cristalina,

Y crece, al pie de las pajizas cañas,

Rica de olor, la rosa purpurina.

 

Donde el ardiente sol que nos da el día

Tiñe la tez, los ojos y el cabello

De la altiva morena que daría,

Antes que al yugo, a la cuchilla el cuello.

 

Pero en vez de las zambras bulliciosas

Y de lindas bellezas orientales,

Entre guirnaldas encontró de rosas

Hierros de lanzas y hojas de puñales.

 

Pirámide más dura que el desierto

Le mostró nuestro suelo en sus jardines,

Que supimos aquí doblar a muerto

Con copas de cristal en los festines.

 

No tiene, no, el león de ambas Castillas,

La doble garra por adorno vano;

Pirámides de lanzas y cuchillas

No admiten nombre, ni buril, ni mano.

 

III

¡¡Paz al coloso!! Formidable sombra,

Tal vez mi lengua te insultó importuna

No te ladra mordaz cuando te nombra:

Sólo quien te rindió fue la Fortuna.

 

Tú bien sabías que la inmensa mole

Que no llenan los hombres, es el cielo;

Quien allí su bandera no enarbole,

Una oruga y no más será en el suelo.

 

Él te enseñó que los colosos huella

El tiempo, al fin, con iracundas leyes;

Que cien tronos no valen una estrella,

Y no valéis un sol todos los reyes.

 

Dijiste: «Soy el grande de la tierra;

«No tengo en ella ya digno enemigo.),

Grande mi patria, te llamó a la guerra;

Porque eras grande tú, lidió contigo.

 

Dueña de la negra toca

Dueña de la negra toca,

la del morado monjil,

por un beso de tu boca

diera a Granada Boabdil.

Diera la lanza mejor

del Zenete más bizarro,

y con su fresco verdor

toda una orilla del Darro.

Diera la fiesta de toros

y, si fueran en sus manos,

con la zambra de los moros

el valor de los cristianos.

Diera alfombras orientales,

y armaduras y pebetes,

y diera… ¡que tanto vales!,

hasta cuarenta jinetes.

Porque tus ojos son bellos,

porque la luz de la aurora

sube al Oriente desde ellos,

y el mundo su lumbre dora.

Tus labios son un rubí,

partido por gala en dos…

Le arrancaron para ti

de la corona de Dios.

De tus labios, la sonrisa,

la paz de tu lengua mana…

leve, aérea, como brisa

de purpurina mañana.

¡Oh, qué hermosa nazarena

para un harén oriental,

suelta la negra melena

sobre el cuello de cristal,

en lecho de terciopelo,

entre una nube de aroma,

y envuelta en el blanco velo

de las hijas de Mahoma!

Ven a Córdoba, cristiana,

sultana serás allí,

y el sultán será, ¡oh sultana!,

un esclavo para ti.

Te dará tanta riqueza,

tanta gala tunecina,

que ha de juzgar tu belleza

para pagarle, mezquina.

 

Dueña de la negra toca,

por un beso de tu boca

diera un reino Boabdil;

y yo por ello, cristiana,

te diera de buena gana

mil cielos, si fueran mil.

 

El Amor y el Agua

El Amor

-Pues en ti, fuente, se mira

Porque su beldad retrates,

Y los rayos de sus ojos

Reverberan tus cristales,

Deja, fuente, que los míos

Agua en tus aguas derramen,

Que las aguas con las aguas

Se borran o se deshacen:

Porque si sueltos dejara

Entrambos a dos raudales,

Pusieran fuego a la tierra

Según al verterlas arden.

Y al menos, como en tus ondas

No han de quedar sus señales,

El consuelo de no verlas

Hará que menos amarguen.

Como a ella, pues, la duplicas

Sus contornos celestiales,

Haz, reflejando mi duelo,

Que yo mismo me acompañe.

Engáñame con mi sombra

Porque yo mismo me engañe

Pensando que lloran dos,

Uno en mí, y otro en mi imagen.

Porque tú no sabes, fuente,

Cuánto endulzan los pesares

Las lágrimas de otro triste

Que llora duelos iguales.

Pero ya que no me guardas,

Por traición o por desaire,

Sobre tus aguas sus formas

Porque yo aquí no las halle,

Deja que, llorando en ellas,

Que salga al jardín aguarde,

Por verla pasar de lejos

Aunque indiferente pase,

Pues he de ser tan humilde

Y tan respetuoso amante,

Que porque no la dé enojos

El disgusto de encontrarme,

He de volverme de espaldas

Mirando hacia tus cristales.

Pero prométeme, fuente,

Que si por fortuna sale,

Cuando yo mire tus ondas,

Tus ondas me la retraten.

Así a tu blando murmullo

Enajenadas las aves;

A compás del agua trinen

Enamorados compases;

Así juguetonas vengan

En tu corriente a bañarse,

Robando al alba matices

Que por tus espejos cambien.

Y tantas a verte acudan,

Que cuando el sol se levante

Piense que, en vez de rocío,

Las nubes lloraron aves.

Así te arrullen las hojas

Que tapizan esos árboles,

Porque no sientan las flores

Que si te adormeces, calles.

Así en ti las flores viertan

El bálsamo de sus cálices

Brotando de hoy a porfía

En tus bordes a millares.

Y así cayendo tus aguas

Desde la taza de jaspes,

A gotas las tornasole

El rojo sol de la tarde,

Y partiéndolas en hebras

Cuando como espejos salen

Las rico, columpie y trence

Suelto y revoltoso el aire.

 

El Agua

-Bien pensé, Amor, que eras loco,

Mas no que tan loco fueses

Que buscaras en mis ondas

Tus hermosuras rebeldes.

Si las hermosas se miran

En el cristal de las fuentes,

Es porque el perfil se borra

Cuando el lindo rostro vuelven.

Que si en el cristal quedaran

Sus imágenes perennes,

Por celos de aquella copia

No se asomaran a verse.

Vano consuelo es que quieras

Ver la tuya en mi corriente,

Para que viendo tu sombra,

Con tu sombra te consueles.

Porque si tal es el fuego

Que tus turbios ojos vierten,

Tal hará que hierva el agua,

Que tu sombra no refleje.

Mas si al jardín, como dices,

Por tu ventura saliere,

Que la has de volver la espalda

Si te lo persuades, mientes.

Que, o por postrarte a sus plantas

O porque mejor te viere

Iráste loco tras ella

Aunque de verte la pese:

Y si te pinto su imagen

En mis aguas transparentes,

Acaso en tu desvarío

Tanto por ella te ciegues,

Que para abrazarla osado,

Por mis ondas atropelles,

Confundiendo ambos retratos

Con barros, algas y peces.

No extrañes que tal te diga,

Amor, si oírme te ofende,

Que, según lo que deliras,

No es extraño que tal piense.

Y has de saber, pues en premio

De mi compasión me ofreces

Que sol, aves, hojas, flores,

Amorosas me requiebren,

Que aunque tú no lo mandaras,

En esto ellas te obedecen:

Pues si las aves me trinan,

Es porque mis aguas beben;

Si los árboles me arrullan,

Es porque yo les remede;

Si las llores me embalsaman,

Porque mis aguas las rieguen;

Y si el sol me tornasola,

Es porque yo le refleje;

Y el aire es tan galán mío

Que imposible me parece

Que ondular puedan mis hebras

Sin que blando me las bese,

Y revoltoso jugando,

Las rice, columpie y trence.

 

El cabello desceñido…

El cabello desceñido,

Por las mejillas el llanto,

En su angustiado quebranto

Es el ángel del dolor.

Sobre el lecho de la muerte

El triste poeta gime,

La ardiente fiebre le oprime

Con fuego devorador.

 

Joven, lleno de ilusiones

En su primavera expira,

Él por sus sueños delira,

Y ella delira por él.

¡Se muere!… y por solo alivio

De eterno dolor profundo,

Quedará sola en el mundo

Con un recuerdo de hiel.

 

Fueron sus ojos azules,

Fueron sus labios de rosa,

Su sonrisa voluptuosa,

Su mirada angelical;

Ahora es una azucena

Sin frescura y sin aroma,

Una palma que desploma

El revuelto vendaval.

 

El capitán Montoya

– I –

Muerta la lumbre solar,

iba la noche cerrando,

y dos jinetes cruzando

a caballo un olivar.

Crujen sus largas espadas

al trotar de los bridones

y vense por los arzones

las pistolas asomadas.

Calados anchos sombreros,

en sendas capas ocultos,

alguien tomara los bultos

lo menos por bandoleros.

Llevan, porque se presuma

cuál de los dos vale más.

Castor con cinta el de atrás,

y el de adelante con pluma.

Llegaron donde el camino

en dos le divide un cerro,

y presta una cruz de hierro

algo al uno de divino.

Y es así, que si los ojos

por el izquierdo se tienden,

sotos se ven que se extienden

enmarañados de abrojos.

Mas vese por la derecha

un convento solitario,

en campo de frutos vario

y de abundante cosecha.

Echóse a tierra el primero,

y al dar la brida al de atrás:

-Aquí -dijo- esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

Y hacia el convento avanzando,

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse menguando.

Quedó el otro en soledad,

y al pie de la cruz sentado

siguió inmoble y embozado

en la densa oscuridad.

Mugía en las cañas huecas

en son temeroso el viento

rasgándose turbulento

por entre las ramas secas.

Y en los desiguales hoyos,

con las lluvias socavados,

hervían encenagados

sin cauce ya los arroyos.

Ni había una turbia estrella

que el monte alumbrara acaso,

ni alcanzaba a más de un paso,

ciega la vista sin ella.

Ni señal se percibía

de vida en el olivar,

ni más voz que el rebramar

del vendaval que crecía

Y al hierro santo amarrados

ambos caballos estaban,

y allí en silencio aguardaban,

a esperar acostumbrados.

Ni de la áspera maleza,

pisada al agrio rumor,

les volvió su guardador

sólo una vez la cabeza.

Un pie sobre el otro pie,

embozado hasta las cejas,

metido hasta las orejas

el sombrero, se le ve:

Como en entallado busto

de alguno que allí murió,

y allí ponerse mandó

por escarmiento o por susto.

Ni incrédulo faltaría

que, si cerca dél pasara,

medroso se santiguara

dudando lo que sería.

Que a quien suele con la luz

y en compaña blasfemar,

bueno es hacerle pasar

de noche junto a una cruz.

Mas esto se quede aquí;

y volviendo yo a mi cuento,

digo que, dudoso y lento,

gran rato se pasó así.

Y ya se estaba una hora

de espera a expirar cercana,

cuando sonó una campana

de lengua aguda y sonora.

Y aún duraba por el viento

su vibración, cuando el guía

alguien notó que venía

por el lado del convento.

Sacó la faz del embozo

y, oyendo el son más distinto,

echóse la mano al cinto

y, ¿quién va?, el amo y el mozo

preguntaron a la par;

mas, conocidos los sones,

asieron de los bridones

y volvieron a montar.

Y es fama que, menos fiero

el señor con el criado,

dejóle andar a su lado

como digno compañero.

[…]

 

– II –

Tras grave asunto, a juzgar

por los que van espoleando,

corren dos hombres cruzando

a caballo un olivar.

No está la noche muy clara;

mas bien se ve al pie de un cerro

una cruz grande de hierro

que dos caminos separa;

y de advertir fácil es,

aun a los ojos peores,

que son dos los corredores,

y los caballos son tres.

Echó pie a tierra el primero,

y, al dar la brida al de atrás,

le dijo: -Aquí esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

Y hacia el convento avanzando

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse, menguando.

Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,

fuerza será que convengas

en que es preciso que vengas

hacia el convento conmigo.

Sigue mi camino, pues,

y, de una verja detrás,

un atrio acaso hallarás

a pocos pasos que des.

Sube tres gradas, si puedes;

da un paso más, y con él

tocarás en el cancel,

donde es fuerza que te quedes.

¿Ves un hombre que embozado,

encorvando la figura,

por la estrecha cerradura

en mirar está ocupado?

Acércate sin temor,

que lo que alcanza por dentro

no hace temible el encuentro

del capitán reñidor.

Tú, lector, preguntarás:

«¿Con que el capitán es ése?»

El mismo, mas que te pese;

pero hazte un poquito atrás.

Porque, levantando el brazo,

empuja a espacio la puerta,

entró, y, dejándola incierta,

sopló el aire y dio un portazo.

Mas veo, lector, que dices,

sin que pueda replicarte,

que esto es, llamándote, darte

con la puerta en las narices,

mas tu impaciencia sosiega;

todo lo presenciarás;

que del poeta a eso y más

el poder mágico llega.

Está el capitán en pie

en medio de la ancha nave,

y a la verdad que no sabe

ni qué pasa ni qué ve.

El templo mira enlutado

con lúgubre terciopelo,

mucha gente haciendo duelo

y un féretro en medio alzado.

Vense en el paño del túmulo

entrelazados blasones

y, a la luz de los blandones,

un cadáver en su túmulo.

Monjes le rezan en coro

tristísimos funerales,

y le alumbran con ciriales

pajes de libreas de oro.

La muchedumbre que asiste,

y que la tumba rodea,

dado que bien no se vea,

se ve que de noble viste,

y parece que, al bajar

el que ha finado a su nicho,

memoria tuvo capricho

de opulencia que dejar.

Y al par que su eterna calma

las oraciones consuman,

mirras y esencias perfuman

la despedida del alma.

Música triste le aduerme,

salmodias le santifican,

e hisopos le purifican

el cuerpo que yace inerme.

Mas aquellas oraciones

y responsorios precisos

llevan de anatema visos

y planta de maldiciones.

A veces son sus compases

hondos, siniestros, horribles,

murmurando incomprensibles

negras e incógnitas frases.

En son lento, ronco y quedo

se hacen oír otras veces,

y entonces aquellas preces

hielan los huesos de miedo.

Otras semejan aullidos

discordes, desesperados,

lamentos de condenados

de los infiernos salidos.

Otras, lejanos rumores

cual de tormentas se escuchan,

o de ejércitos que luchan

los espantosos clamores.

Y siempre siendo los mismos

los sones que se levantan,

responsos a un tiempo cantan

y murmuran exorcismos.

Atónito de la escena

extraña y aterradora

que encuentra tan a deshora

y le asombra y le enajena,

don César, con paso lento,

entre la turba mezclado,

dirigióse a un enlutado

que oraba en aquel momento.

–¿Quién es el muerto, sabéis

-dijo- a quien rezando están?

Y él respondió: –El capitán

Montoya. ¿Le conocéis?

Mudo quedó de sorpresa

don César oyendo tal;

mas no lo tomó tan mal

como tal vez le interesa.

Volvióse la espalda, pues,

diciendo: –Me ha conocido,

y burlárseme ha querido;

mas luego veré quién es.

Siguió la iglesia adelante

y, una capilla al cruzar,

vio un sepulcro preparar,

entre otros varios vacante.

Y a un personaje que halló

de luto, y que parecía

que el trabajo dirigía,

el capitán se acercó.

–¿Para quién abren la hoya?

-le dijo. Y el enlutado

le contestó de contado:

–Para el capitán Montoya.

Mudósele la color

a don César; mas, repuesta

su calma, al de la respuesta

volvió entre risa y furor.

Miróle de arriba abajo,

pero no le conoció;

segunda vez le miró,

pero fue inútil trabajo.

Ni recordó que quizá

le hubiese visto la cara,

ni imaginó que la hallara

tan repugnante jamás.

Que encontró en ella tal gesto

de aterradora hediondez,

que, por no verla otra vez,

dejó caviloso el puesto.

Fuese a otro punto a situar,

diciendo: –¡Ese hombre estremece!

De aquel sepulcro parece

que le acaban de sacar.

Uno tras otro se puso

a contemplar los que vía;

mas a nadie conocía,

de lo que andaba confuso.

Tenían todos las caras

descoloridas y secas,

y dijeran que eran huecas,

a más de antiguas y raras.

Cansado de fiesta tal,

y a impulso de una aprensión,

llegóse a un noble varón

que oraba con un cirial.

Cabe él la rodilla apoya,

y dícele ya con miedo:

–¿Quién es el muerto?, y muy quedo

contestó el otro: –Montoya.

Del catafalco a los pies

llegó entonces decidido,

de aquella duda impelido,

a ver el muerto quién es.

Por los monjes atropella;

trepa al túmulo; la caja

descubre, ase la mortaja,

y él mismo se encuentra en ella.

Miró y remiró, y palpó

con afán hondo y prolijo,

y al fin, consternado, dijo:

-Cielo santo ¿y quién soy yo?

 

Miró la visión horrenda

una y otra y otra vez.

y nunca más que a sí mismo

en aquel féretro ve.

Aquél es su mismo entierro,

su mismo semblante aquél;

no puede quedarle duda,

su mismo cadáver es.

En vano se tienta, ansioso:

los ojos cierra, por ver

si la ilusión se deshace,

si obra de sus ojos fue.

Ase su doble figura,

la agita, ansiando creer

que es máscara puesta en otro

que se le parece a él.

Vuelve y revuelve el cadáver

y le torna a revolver;

cree que sueña, y se sacude,

porque despertarse cree,

y tiende él triste los ojos

desencajados doquier.

Mas, ¡nuevo prodigio!, mira

a las puertas, y al dintel

ve que despiden el duelo,

de duelo henchidos también,

don Fadrique y doña Diana

que arrastran luto por él.

Baja, les tiende los brazos,

les nombra, cae a sus pies.

–¡Miradme! -les dice, atónito-,

Montoya soy; vedme bien.

Y ellos le miran, estúpidos,

sin poderle conocer,

e inclinando las cabezas,

replican: –Montoya fue.

Entonces, desesperado

con angustia tan cruel,

vase otra vez hacia el muerto,

demandándole quién es.

–¿No hay quién sepa aquí quién soy?

¿No hay a salvarme poder?

Y allá desde el presbiterio,

de las rejas al través,

oyó una voz que decía:

–Sí, te conozco, mi bien.

Abre. ¿Qué tardas? Partamos;

yo soy tu amor, soy tu Inés.

Y los brazos le tendía

la de Alvarado también,

de la reja tentadora

tras el cuádruple cancel.

Mas, viéndola cual espectro

que le persigue a su vez,

gritaba él: –¡Aparta, aparta!,

¿que soy cadáver no ves?

Y apenas palabras tales

pronunció, cuando tras él

vio llegarse aquel fantasma

cuyo gesto de hediondez

le hizo miedo y no le pudo

recordar ni conocer.

Contemplóle de hito en hito;

le asió del brazo después,

y así, con voz espantosa

vio que le dijo: –¡Pardiez!

Tú eres quien cambia conmigo.

A mi sepultura ven.

Y a esta horrorosa sentencia,

ya sin poderse valer,

cayó en el suelo Montoya,

falto de aliento y de pies.

 

-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?

¿Respiro aún? -exclamó

Montoya, abriendo los ojos,

con desfallecida voz.

-Señor, estáis en mis brazos.

-¿Eres tú, Ginés?

-Yo soy.

-¿Dónde estamos?

-En la cruz.

-¿Del olivar?

-Sí, señor.

-¿No estuve yo en el convento?

Pues ¿quién de allí me sacó?

-Yo fui, señor.

-¡Tú, Ginés!

-Perdonad: temí por vos;

y viendo que el tiempo andaba,

y ni seña ni rumor

esperanza me infundían,

tras vos eché.

-¡Santo Dios!

¿Y llegaste…?

-A la iglesia.

-¿Atraído por el son?

-Señor, no he oído nada.

¿No os lo dije?

-¿Cómo no?

¿Dentro la iglesia no viste

los enlutados en pos

de mi cadáver? Miróle

absorto de admiración

el mozo, y dijo: -Soñamos,

o vos, don César, o yo.

Ni vi ni oí cosa alguna.

-¿Conque es mía esa visión?

¡A mis ojos solamente

horrenda se presentó!

¿No viste conmigo a nadie?

-Os juro a mi salvación

que sólo os hallé tendido

al pie del altar mayor,

y viendo el peligro doble

del sitio y la situación,

ni me detuve a pensar

si estabais herido o no;

cargué con vos, y me vine:

ni oí ni vi más, señor.

Calló Ginés, y don César

a estas palabras quedó

distraído y abismado

en honda meditación.

Mirábale de hito en hito

Ginés, que aterrado vio

de la faz del capitán

la extraña transformación.

Desencajados los ojos,

palidecido el color,

torvo el mirar, parecía,

más que vivo, aparición.

Sentado en el pedestal

de la cruz do él le posó,

inmóvil permanecía

sin fuerza y sin atención,

amarrado a un pensamiento

que bullía en su interior,

y que se vía que todas

las potencias le absorbió,

como quien mira aterrado

negra y horrible visión

que le borra de los ojos

cuanto existe en derredor.

Temeroso el buen criado

por su juicio y su razón

dirigióle atentas frases

con afán consolador.

Mas él ni tornó los ojos

ni a sus voces respondió,

ni agradeció sus cuidados,

que en nada puso atención;

y al cabo de largo trecho,

con repentino vigor

levantándose en silencio,

en su corcel cabalgó.

Hincóle los acicates

y el poderoso bridón,

tras un peligroso brinco,

a todo escape salió.

Santiguóse el buen Ginés,

y en su ruin superstición

dijo: -¿Si tendrá los malos?

Y a escape tras él echó.

Y a poco habla en sepultura humilde,

de la maleza oculta entre las hojas,

una inscripción borrada por los años,

que todo, al fin, sin compasión lo borran.

Único resto de opulenta estirpe,

único fin de la mundana pompa,

montón de polvo en soledad yacía

quien hizo al mundo con su audacia sombra.

Y apenas pueden los avaros ojos

leer en medio de la antigua losa:

«Aquí yace fray Diego de Simancas,

que fue en el siglo el capitán Montoya.»

 

El contrabandista

Subiendo la negra roca

de embarazosa montaña,

contrabandista español

bridón andaluz cabalga.

Lleva el trabuco a su lado,

el cuchillo entre la faja,

y con el humo del puro

su voz varonil levanta.

 

» Que brame en la peña el viento,

que se arda el monte vecino,

que rompa el inhiesto pino

el aquilón violento.

Yo desprecio sus furores;

y aquí solo, sin señores,

de pesadumbres ajeno,

oigo el huracán sereno

y canto al crujir del trueno

mis amores,»

 

» El albor de la mañana,

en sus matices de rosa,

me trae la imagen graciosa

de mi maja sevillana,

y en sus variados colores

me pinta las lindas flores

del suelo donde nací,

donde inocente reí,

donde primero sentí

mis amores.»

 

» Cuando la enemiga bala

chilla medrosa a mi oído,

ya mi contrario caído

el alma rabioso exhala.

¡Qué me importan vengadores

cien fusiles matadores

que amenacen mi cabeza!

Con mi Moro y mi destreza

yo les canto en la maleza

mis amores.»

 

» Sienta yo el pujante brío

del galope de mi Moro ,

y el trabucazo sonoro

de algún compañero mío;

y que vengan triunfadores

los caballeros mejores

que empuñaron lanza ó freno.

Yo de temerles ajeno

cantaré libre y sereno

mis amores.»

 

Tranquilo el contrabandista

aquí el canto llegaba,

cuando un acento francés

«¡Fuego !» a su lado gritaba.

Sobre su frente pasaron

con ruido silbar las balas,

y gendarmes le acometen

diciendo » ¡Ríndete a Francia!»

Y entonces él » No se rinden

los que nacen en España»,

y contra el jefe enemigo

su ancho trabuco descarga.

Cayeron dos, como arbusto

que el cierzo en pos arrebata.

En impetuosa carrera

el bruto gallardo arranca;

y por sobre los peñascos

que en rápida fuga salva,

cantando va el español

al trasponer la montaña:

» Vivir en los Pirineos,

pero morir en Granada.»

 

El día sin sol

Dies irce dies illa,

Solvet secluin in favilla.

Hizo al hombre, de Dios la propia mano,

Que tanto para hacerle fue preciso,

Hízole de la tierra soberano,

Y le dió por palacio el Paraíso.

Ágil de miembros, la cerviz erguida

Orlada de flotante cabellera,

Los claros ojos respirando vida,

Luenga la barba y con la voz severa.

Hechos para el deleite sus sentidos,

Vieron los ojos luz, gustó la boca,

Olió el olfato, oyeron los oídos,

Todo es placer cuanto pasando toca.

La hierba perfumada en la colina

Dióle un lecho do yace blandamente,

Y derramóse en torno cristalina,

Deshecha en perlas, la sonora fuente.

Y vertieron las aves en el viento

Regalada y dulcísima armonía

Desde el follaje vasto y opulento

Que fácil teje la alameda umbría.

Y al dormido murmullo de la brisa

Que vaga suave, inquieta y juguetona,

Dobló la frente, y con igual sonrisa

El sueño muellemente le corona.

Las fieras cuidadosas evitaron

Con su ruido turbar su manso sueño,

Y volando las aves arrullaron

El reposar de su tranquilo. dueño.

Dios, que su soledad miró enojosa,

De tornarla en placer buscó manera,

Y una mujer bellísima, amorosa,

Le ofreció liberal por compañera.

Era la hermosa de gentil talante,

Acabada de pechos y cintura,

De enhiesto cuello y lánguido semblante,

Rebosando de amor y de ternura.

Clara la frente, altiva y despejada,

Negras las cejas, blanca la mejilla,

Rasgada de ojos, blanda la mirada,

Do turbio el sol en competencia brilla.

Tendida por los hombros la melena,

La blanca espalda de la luz velando,

Hallóla Adán al despertar, serena

Sus varoniles formas contemplando.

Ciñóla, sorprendido en su embeleso,

Con brazo enamorado y reverente;

Mil veces la besó, y a cada beso

Trémula su cristal vibró la fuente.

El bosque susurró manso murmullo,

Los peces en las ovas asomaron,

Las tórtolas alzaron casto arrullo,

Y amorosos los céfiros soplaron.

«¡Alma mía, mi amor, paloma mía!….»,

El hombre sollozando murmuraba;

Ella, muerta de amor, le sonreía,

Y él, muriendo de amor, la enamoraba.

Posábale en su labio el labio amante

Aspirando con ámbares y aroma

El aire de su pecho vacilante,

La luz de sus pupilas de paloma.

Tú, rojo sol, entonces si los viste,

¿Por qué amantes y solos les dejaste,

Y la infernal serpiente no adormiste

Que envidiosa del bien cerca alumbraste?

¡Ay, cuánto ahorraras de miseria y llanto

Del hombre flaco a los mortales ojos,

Cuánto miedo a los ángeles, y cuánto

Al mismo Dios de cólera y enojos!

Era un árbol no más en los jardines

Vedado al paladar de los nacidos;

No anidaban en él los colorines,

Ni daba flor, ni sombra, ni sonidos.

Yacía Adán en brazos de su amada,

Y Eva miraba el prohibido fruto;

Al lado de la poma codiciada

Traidor velaba el enemigo astuto.

«¿No comerás, le dijo la serpiente,

»Criatura de origen soberano?

»Pudieras como Dios omnipotente

»Otro mundo crear de polvo vano.

»No comerás, y quedarás sujeta

»Al privilegio inútil de su hechura;

»Quedará el alma entre, su nada quieta,

»Y a ti te llamarán la criatura.»

Sintió el orgullo la mujer curiosa,

Que brotaba en carmín a la mejilla,

Y a la fruta tendió la mano ansiosa

Vertiendo de ella la mortal semilla.

Aplicóla a los labios, y callaron

Arboles, aves, céfiros y fuentes,

Y en su lugar fatídicos quedaron

Troncos, buitres, tormentas y torrentes.

Rugió el león crespando la melena,

Lanzó el tigre su ardiente resoplido,

Bufó en el bosque la traidora hiena,

El toro levantó ronco mugido.

Huyeron azotándose las alas

Las aves por el aura agonizante,

El fresco valle marchitó sus galas,

Tembló el mundo en los ejes de diamante.

Despertó el triste Adán absorto y mudo

Al desusado y bronco clamoreo,

Y avergonzado se miró desnudo,

La carne henchida de brutal deseo.

Tembló al mirar las fieras espantadas

Guarecerse en tropel en los peñascos,

Y buscar sus guaridas socavadas

De las montañas en los hondos cascos.

Hirióle el sol las débiles pupilas

Al recio impulso de fogosa lumbre,

Y halló en el cielo en aplomadas filas

De frías nubes torva. muchedumbre.

Y sintió que perdía de improviso

La gracia de su Dios con la inocencia,

Y trocóle en infierno el Paraíso

El nuevo torcedor de la conciencia.

Viéronse con rubor ambos nacidos,

Que con rubor entrambos no nacieron,

Y del crimen común arrepentidos,

Uno del otro con, vergüenza huyeron.

«¡Adán!» exclamó Dios llamando al hombre,

Y el eco en las montañas respondía;

«¡Adán!» repitió Dios, y el mismo nom

El eco mismo a repetir volvía.

¿Dó estaba Adán? Llorando prosternado,

Por vez primera de su Dios temblaba,

Y humillado en el polvo, «¡Yo he pecado!»,

Respondía a la voz que le llamaba.

«¡Adán! gritó el Señor, cuenta tus horas,

»Porque vendrá una hora en que te veas

»Dando cuentas al Dios ante quien lloras;

»Y hasta entonces, Adán, ¡maldito seas! »

 

I

«Naciste, Adán, en el polvo

»Y en el polvo morirás,

»Tú, y tus hijos, y tu raza,

»Y cuantos hombres serán.

»Sudaréis sobre la tierra

»Los hijos por sustentar,

»Mientras los hijos rebeldes

»Con sus padres lidiarán.

»La tierra brotará espinas,

»El tiempo ahogará la paz,

»Y sin número los hombres

»A su Dios olvidarán.

»Entonces hambres y pestes,

»Y de miserias un mar

»Acosará el impío mundo

»Sin descanso ni solaz.

»Y habrá ejércitos y buques

»Que agua y tierra infestarán,

»Y habrá esclavos y habrá reyes,

»Y pueblos y sociedad.

»Y habrá amor, y habrá amistades,

»Que en vez de consuelos dar

»Os darán con dulces nombres

»Amargas horas de afán.

»Y habrá el corazón pasiones

»A cuyo impulso fatal

»Hermano robará a hermano

»Cuanto bien pudo alcanzar.

»Será la mujer voluble,

»Será el hombre desleal,

»Y amor tornaráse en celos,

»Y en envidia la amistad.-

»Y en raza de un mismo origen,

»Todos con derecho igual,

»El poder será la fuerza

»Y el miedo la autoridad.-

»Nacerán conquistadores

»Las tierras a deslindar,

»Y donde uno puso un trono,

»Otro un cadalso pondrá.

»Pero YO, que os hice en polvo

»Y en polvo os he de tornar,

»Haré un día de justicias

»Para todos por igual;

»Haré un infierno y un cielo

»Y una inmensa eternidad

»En que grandes y pequeños

»Confundidos entrarán. »

Dijo así Dios reduciendo

Los tiempos a cantidad,

Cuando dio al primer nacido

El triste apodo de Adán.-

 

II

Tuba mirum spargens sonum

Per sepulchra regionum,

Coget omnes ante trhonum.

 

Ancho panteón de gente condenada,

Condenado a morir como su gente

Caerá el mundo en el pozo de la nada,

Rota en pedazos la caduca frente.

La impía raza en las tumbas cobijada

Otra vez se alzará mustia y doliente,

Roto el dogal que al polvo la sujeta,

Al vivo son de la final trompeta.

Ya para entonces el tremendo día

Del daño universal será cumplido;

El sol qua del Oriente nos venía,

Apagada su luz habrá caído;

La luna, que flotando se mecía

En el azul del cielo adormecido,

Seguirá al fin sus moribundas huellas

Llevando en pos las lánguidas estrellas.

Y la tierra, sin sol que la fecunde,

Seca no brotará hierba ni flores,

Y harán que reventando el mar la inunde

Los temporales de la mar señores;

Y a las manos del tiempo que confunde.

Cuantos un día desplegó primores,

La tierra que de césped se matiza

Campo será de pálida ceniza.

En sus mohosas grietas, asomados

Estarán los desnudos esqueletos,

Al juicio de su Dios aparejados,

Silenciosos, estúpidos y quietos;

Y a trechos en montones apilados,

El plazo aguardarán juntos y prietos,

Con sus despojos reemplazando enjutos

Templos, palacios, árboles y frutos.

No dará luz el cielo blanquecino,

Ni hará murmullo el ondular del viento,

Ni en las rocas el eco campesino

Repetirá lejano algún acento;

Noche y alba sin horas ni camino

Ahogarán su crepúsculo opulento,

Y serán presa de arrecidas nieblas,

Sin aurora ni noche, las tinieblas.

No habrá en este pantano dentro y fuera

Ni habrá cosa con cotos, ni lugares,

Las tierras no hallarán mar ni ribera,

Ni hallarán playa los disueltos mares;

Barro será la agonizante esfera

Sin medidas, ni bordes, ni vallares,

Cual masa por los siglos preparada

A tornar al origen de su nada.

Las almas volverán mudas de asombro

Los cuerpos a buscar en que vivieron,

Cuando a través del cenagoso escombro

Vayan tras el lugar do los perdieron:

Sin ayuda de mano, brazo u hombro,

La carne vestirán con que nacieron,

Porque escuche la carne la sentencia

Que oyó el alma al pasar a otra existencia.

Y cuando nada en el silencio aliente,

Cuando nada mortal quede con vida,

A la voz del airado Omnipotente,

De los muertos la turba estremecida

Iremos ante Dios, baja la frente,

Amedrentada el alma en su guarida,

A obedecer sus leyes inmortales,

Y ante la santa ley, todos iguales.

 

III

Judex ergo cum sedebit

Quidquid latet aparebit,

Nihil inultum remanebit.

 

Y no habrá para ninguno

Privilegio ni exención,

Sin justicia no habrá alguno,

Porque iremos uno a uno

Por pena o por remisión.

Será con todos igual,

Justiciero para todos

El tremendo tribunal,

E irán de distintos modos

El justo y el criminal.

En la frente irán escritos

Los secretos de la vida,

Y las conciencias a gritos

Apartarán los malditos

De la prole bendecida.

Que ni entonces una vez

La virtud se manchará

Del vicio con la hediondez,

Ni la ramera soez

Junto a la virgen irá.

Allí irán los que altaneros

A los pueblos dieron leyes

A acusar sus desafueros,

Sin lanza los caballeros,

Y sin corona los reyes.

Allí irá la hipocresía

Con el disfraz en la mano,

Y sabremos aquel día

Qué pechero hubo hidalguía

Y qué hidalgo fue villano.

Irá el pálido mendigo

En pos del rico avariento

Acusador y testigo,

Demandando pan y abrigo

De su alcázar opulento.

Irá el amigo traidor

Tras el amigo engañado,

El semblante sin color,

Como esclavo maniatado

Que llevan a su señor.

Irá el pérfido galán

Tras las vendidas mujeres,

Que descontándole irán

Por las horas de su afán

Las horas de sus placeres.

Irá el señor sin piedad,

E irán los siervos tras él

Pidiendo a su vanidad

La perdida libertad

En iracundo tropel.

Irán los conquistadores,

Y asidos a sus cabellos

Los vencidos vencedores,

Serán allí sus señores

Como aquí lo fueron ellos.

Irá la falsa mujer

Que al esposo juró amor,

Y el juramento de ayer

Empeñó por un placer

Al disoluto amador.

Irá el audaz pendenciero

Con el muerto en desafío;

Acuchillado el primero,

Y el otro en el pecho impío

Escondido el rojo acero.

¡Que el día de la verdad

El fantasma del valor

Será necia ceguedad.,

Y no más que vanidad

El fantasma del honor!

Irá el corrompido juez

Tras la víctima inocente,

Y en torno suyo a la vez

Clamarán en voz doliente

La orfandad y la viudez.

Irán los monjes carnales

Tras las forzadas doncellas,

Desgarrados los sayales,

Los cordones por dogales

Atados al cuello de ellas.

Los labios que un tiempo dieron

Blando y sacrílego son

Con los besos que vertieron,

Que torpe hoguera encendieron

En el brutal corazón;

Allí arderán en tal lumbre,

En fuego tan infernal,

Cuanto a Dios fue pesadumbre

Bajar a la podredumbre

De su pecho criminal.

Y allí iremos los cantores

Falsas flores del Edén

Que en vez de santos loores

Cantamos himnos de amores

A las puertas de un harén.

Allí del liviano mundo

Habrá fin la imbécil farsa;

Todos en montón inmundo,

Sin primero ni segundo,

Iremos en la comparsa.-

¿Qué será ver hombre tanto

Nacido para morir,

Ciegos los ojos de llanto,

Ciega el ánima de espanto,

Al valle inmenso venir?

¿Qué será ver al tirano

Balbuciente al responder

De la sangre de su hermano,

En que irá tinta la mano

Sin que la pueda esconder?

¿Qué será ver tantos reyes

Que por saciar su ambición

Pusieron la religión

Por rúbrica de unas leyes

De equívoca explicación?

¿Tantas gentes y naciones,

De tan distintas regiones,

De distintos caracteres,

Y de distintos placeres,

Y distintas religiones?

¡Los de Judá temerosos,

Los de Esparta y Macedonia,

Los de Oriente voluptuosos,

Los fecundos en colosos

De Menfis y Babilonia!

¡Los de los anchos desiertos

Avezados al pillaje,

De tiempo y dioses inciertos,,

Los que devoran sus muertos

En algazara salvaje!

¡Los de América indolentes,

Los impuros de Sodoma,

Los de Tebas penitentes,

Los de Sagunto valientes,

Y los triunfantes de Roma!

¡Todos, muertos o inmortales

De hinojos ante su juez,

Que con leyes eternales

Nos hará a todos iguales

Ante la ley una vez!

 

E irán las tiernas almas

De los alegres niños

En túmulos de palmas

Y lechos con armiños

Al pie del trono espléndido

Del santo de Israel.

Sus ángeles hermanos

Haránles grata sombra

Con sus rosadas manos,

Y les harán alfombra

Con sus alas magníficas,

Y almohadas y dosel.

La paternal sonrisa

Del Dios omnipotente

Seráles blanda brisa,

Que arrulle mansamente

El contorno suavísimo

De su tranquila sien.

Y dormirán de espumas

Al dulce hervir sonoro,

Y de ondulantes plumas,

Y de incensarios de oro

A la acordada música

Del prometido Edén.

E irán las no tocadas

Castísimas mujeres

Que huyeron avisadas

El mundo y los placeres,

Y dieron al Altísimo

Intacto su pudor,

Ceñida la cintura

De blancas azucenas,

Radiantes de hermosura,

Y en dulces cantilenas

Loando en sol angélico

Al eternal amor.

Y todas tan hermosas

Como la tibia luna,

Y todas ruborosas

Como al dejar la cuna,

Todas ofrendas cándidas

De paz y de placer.

Purísimas palomas

Que el cielo halaga y cría,

Balsámicos aromas

Que en prendas de alegría

Entre dolor y lágrimas

Da al cielo la mujer.

Y ¿ qué será en tal hora

De duelos y de enojos

Su calma encantadora,

Y de sus bellos ojos

Contemplar el pacífico

Brillante tornasol?

Y ¿qué será en sus labios

Su sonreír de amores,

Cuando grandes y sabios,

Y reyes, y señores,

El día verán trémulos

Sin tinieblas ni sol?

 

IV

Y ¿ qué será de nuestro dulce canto,

Qué será de nosotros los cantores,

Los que lloramos cántigas de llanto,

Los que reímos cántigas de flores?

¿Qué será de la hermosa a quien un día

Himnos de amor y de placer cantamos,

Que en nuestros labios el amor bebía,

Y en cuyos labios el amor gozamos?

¿ Qué serán de sus ojos los espejos

Do nuestra imagen retratada vimos,

Do al lánguido rielar de sus reflejos

Su secreto de amor la sorprendimos?

¿Qué será del amigo cariñoso

Que amar nos hizo la falaz fortuna,

Del triste que veló nuestro reposo

Al resbalar de la furtiva luna?

Acaso el corazón lo desgarraba

El peligro fatal del que dormía,

Y su afán compasivo nos callaba,

Doblando su silencio su agonía.

¡Ay! ¿Qué será del padre y del hermano,

Qué será del esposo y de la esposa

Cuando aparte Jehová con justa mano

Del torpe vicio la virtud dichosa?

¿Cuando se abran las puertas eternales

Al eterno gozar del Paraíso,

Y les sea a los tristes criminales

Al duelo eterno caminar preciso?

¡Ay de mí! ¡Con cuán hondo desconsuelo

Los ojos tornarán desesperados

La postrimera vez mirando un cielo

que también nacieron destinados!

¡Oh tristísima y larga despedida,

Eterna muerte, eterna bienandanza,

Donde, perdiendo de una vez la vida,

Se pierde de morir toda esperanza!

 

¡Qué dulce será vivir,

Vivir una eternidad,

Sin pensar más en morir,

Ni pensar en reducir

A guarismo nuestra edad!

¡Qué dulce será, vagando

Por la viviente mansión,

Ir al compás escuchando

De las arpas de Sión,

Eternamente gozando,

Aquella aura perfumada,

Y aquel manso susurrar

De la floresta encantada,

Y aquella luz reflejada

De soles en un millar,

Y aquel gotear de las fuentes,

Y aquel trinar de las aves,

Y aquel hervir los torrentes,

Y aquellos mares vivientes

Sin monstruos, vientos, ni naves!

Y si en la fresca ribera

Quien amó en vida encontrara

La amorosa compañera

Que antes que el mundo muriera

Muerta en el mundo quedara,

¡Qué dulce fuera vivir,

Vivir una eternidad,

Sin pensar más en morir,

Ni pensar en reducir

A guarismo nuestra edad!

¡Oh, ven, ven, arpa sonora,

En las penas de mi vida

Mi tierna consoladora,

Esperanza seductora

De mi esperanza perdida!

Tú que templas en el suelo

Nuestros dolores mundanos

Con ilusiones de cielo,

Consuela mi desconsuelo

Con tus compases livianos.

Y déjale que delire

Con el cielo al corazón,

Y déjale que suspire,

Que el ámbar feliz aspire

De su dulce religión.

Porque en tanto que suspira

Por la postrimera paz,

¡Viva Dios que no delira

Con la nada y la mentira

De la existencia falaz!

 

El prado está sin verdura…

El prado está sin verdura,

Y los jardines sin flores,

No cantan los ruiseñores

Amores en la espesura.

 

No se oye el dulce murmullo

Del viento, que ronco brama,

No brota en la seca rama

Tierno y pintado capullo.

 

No saltan serenas fuentes

Por entre sutiles bocas,

Que ruedan desde las rocas,

En vez de arroyos, torrentes.

 

La luz que los aires puebla

Pesada, amarilla y tarda,

Se pierde en la sombra parda

De la perezosa niebla.

 

Se viste el color del cielo

Color de los funerales,

Y son del alba cristales

Los carámbanos de hielo.

 

Brota a los rudos estragos

Con que el invierno la abruma,

La tierra nieblas y lagos,

El mar montañas de espuma.

 

Y hacinados de ancha hoguera

Los hombres en derredor,

Contemplan el resplandor

Que asalta la azul esfera.

 

Y baja amarillo el río,

Y entre sus ondas pesadas

Trae las ramas desgajadas

Al furor del cierzo impío.

 

Mas la noche silenciosa

Por el firmamento sube,

Sin que la manche una nube,

Engalanada y vistosa.

 

Que en vez de sombra importuna

Vienen siguiendo sus huellas

Mil ejércitos de estrellas,

Cortesanas de la luna.

 

Que la noche, en recompensa,

Callando los vendavales,

Enciende sus mil fanales

Sobre la atmósfera inmensa.

 

¡Qué bella es la luz de plata

Con que la noche se viste

Después del día más triste

De la estación más ingrata!

 

Se ven en la oscuridad,

Como soldados que velan,

Cuál con la lluvia riëlan

Las torres de la ciudad.

 

Se sienten rodar inquietas,

Lanzando un grito violento

Al brusco empuje del viento,

Sobre el punzón las veletas.

 

Y en las mansiones vecinas

Los vidrios de las ventanas

Remedan las luces vanas

Colgadas en las esquinas.

 

No hay sombra en que no veamos

Alguna fantasma oculta,

Que porque más la temamos,

La noche la sombra abulta.

 

Pues por completa ilusión

La noche miente tan bien,

Que las cosas que se ven

No son las cosas que son.

 

El aire cristales miente,

Plata los pliegues del río,

Lluvia de ámbar el rocío,

Nácar y perlas la fuente.

 

Y alza a lo lejos el monte,

Como filas de soldados,

Mil peñascos apiñados

Que guardan el horizonte.

 

¡Bello es entonces cantar

Con enamorado acento,

Versos que cruzan el viento

Para nacer y expirar!

 

Bello es en la sombra oscura

Ver una ondulante falda,

Y adivinar una espalda

Sobre una esbelta cintura.

 

Pensar un velo sutil

Ocultar un blanco cuello,

Y buscar detrás de aquello

Un elegante perfil.

 

Y alcanzar por entre el velo

Dos ojos o dos centellas,

Que iluminan como estrellas

El espacio de aquel cielo.

 

Hasta la misma amargura

Es tal vez menos amarga,

Que cuanto la noche alarga

Adquiero más hermosura;

 

Que en una noche tranquila

Parece el cielo, en verdad,

Ojo de la eternidad,

Y la luna su pupila.

 

Reina de los astros,¡Luna!,

Como tu luz no hay ninguna;

Si el alba tiene arrebol,

Si tiene rayos el sol,

Su luz de fuego importuna.

 

Cansa por cierto ese ardor

Con claridad tan extrema;

Bello es del alba el color,

Bello del sol el calor,

Pero tanta lumbre quema.

 

¡Oh, de la tuya templada

Es fantástico el imperio!

Tú con tu luz plateada

Das de la sombra a la nada

Los contornos del misterio.

 

¡Oh noches encantadoras,

Volved con tanta riqueza!

¡Hermosas son vuestras horas,

Que embellecen seductoras

Del ánima la tristeza y

Como aquéllas ¡no hay alguna;

Que en vez de sombra importuna

Traen por orgullo con ellas

Mil ejércitos de estrellas

Cortesanas de la luna.

 

El reloj

Cuando en la noche sombría

Con la luna cenicienta,

De un alto reloj se cuenta

La voz que dobla a compás;

Si al cruzar la extensa plaza

Se ve en si! tarda carrera

Rodar la mano en la esfera,

Dejando un signo detrás,

Se fijan allí los ojos,

Y el corazón se estremece,

Que según el tiempo crece,

Más pequeño el tiempo es;

Que va rodando la mano,

Y la existencia va en ella,

Y es la existencia mas bella

Porque se pierde después.

¡Tremenda cosa es pasando

Oír, entre el ronco viento,

Cuál se despliega violento

Desde un negro capitel

El son triste y compasado

Del reloj, que da una hora

En la campana sonora

Que está colgada sobre él!

Aquel misterioso círculo,

De una eternidad emblema,

Que está como un anatema

Colgado en una pared,

Rostro de un ser invisible

En una torre asomado,

Del gótico cincelado

Envuelto en la densa red,

Parece un ángel que aguarda

La hora de romper el nudo

Que ata el orbe, y cuenta mudo

Las horas que ve pasar;

Y avisa al mundo dormido,

Con la punzante campana,

Las horas que habrá mañana

De menos al despertar.

Parece el ojo del tiempo,

Cuya viviente pupila

Medita y marca tranquila

El paso a la eternidad;

La envió a reír de los hombres

La Omnipotencia divina,

Creó el sol que la, ilumina,

Porque el sol es la verdad.

Así a la luz de esa hoguera

Que ha suspendido en la altura,

Crece la humana locura,

Mengua el tiempo en el reló;

El sol alumbra las horas

Y el reloj los soles cuenta,

Porque en su marcha violenta

No vuelva el sol que pasó.

Tremenda cosa es, por cierto,

Ver que un pueblo se levanta

Y se embriaga y ríe y canta

De una plaza en derredor;

Y ver en la negra torre

Inmoble un reloj marcando

Las horas que va pasando

En su báquico furor.

Tal vez detrás de la esfera

Algún espíritu yace

Que rápidamente hace

Ambos punzones rodar

Quizá al declinar el día,

Para hundirse en Occidente

Asoma la calva frente,

El universo a mirar.

Quizá a la luz de la luna

Allá en la noche callada,

Sobre la torre elevada

A meditar se asentó:

Y por la abierta ventana,

Angustiado el moribundo,

Al despedirse del mundo

De horror transido le vio.

Quizá asomando a la esfera

La noche pasa y los días,

Marcando la hora postrera

De los que habrán de morir;

Quizá, la esfera arrancando,

Asome al oscuro hueco

El rostro nervioso y seco

Con sardónico reír.

 

¡Ay, que es muy duro el destino

De nuestra existencia ver

En un misterioso círculo

Trazado en una pared!

Ver en números escrito

De nuestro orgulloso ser

La miseria…, el polvo…, nada,

Lo que será nuestro fue.

Es triste oír de una péndola

El compasado caer

Como se oyera el rüido

De los descarnados pies

De la muerte, que viniera

Nuestra existencia a, romper;

Oír su golpe acerado

Repetido una, dos, tres,

Mil veces, igual, continuo

Como la primera vez.

Y en tanto por el Oriente

Sube el sol, vuelve a caer,

Tiende la noche su sombra,

Y vuelve el sol otra» vez,

Y viene la primavera,

Y el crudo invierno también,

Pasa el ardiente verano,

Pasa el otoño, y se ven

Tostadas hojas y flores

Desde las ramas caer.

Y el reloj dando las horas

Que no habrán más de volver;

Y murmurando a compás

Una sentencia cruel,

Susurra el péndulo: «¡Nunca,

Nunca, nunca vuelve a ser

Lo que allá en la eternidad

Una vez contado fue!»

 

Él

»— ¿Oíste? ¿No fue el viento

que murmuró tu nombre?

Era la voz de un hombre,

era un odioso acento.

 

Acércate, ¡alma mía!

He visto ya la muerte,

¡ah! necesito verte…

Acércate, María!…

 

Aparta de mi mente

las sombras del delirio,

consuma mi martirio,

oh Dios omnipotente!

 

¡Ángel mío! ¡María! … aquí, en mi frente

siento un ardor horrible que me acaba;

es de un volcán la abrasadora lava,

es de fuego un torrente!

 

¿Me huiste, ¡oh María!,

cual un fantasma vano?

Tu delicada mano

tocar me parecía.

 

Creí sentir la seda

de tu cendal ligero…

María… ¡a Dios! … yo muero,

María… ¡en paz te queda!

 

No — yo quisiera ahora

la calma de un momento…

uno solo… ¡oh tormento!

Tan solo sí una hora…»

 

¡Tan joven, ¡ay! — la voluptuosa aurora

no vi más de la vida… y a la oscura

tumba bajar! … sin ti, sin tu hermosura,

¡María encantador!

 

¡Tan joven y perderte!

Ahora que la vida me halagaba,

cuando mi gloria, ¡oh virgen!, empezaba,

ir a dormir el sueño de la muerte!…

 

Ay, solo, abandonado

deja la luz el mísero poeta…

y su mente ambiciosa, vaga, inquieta

irá a encerrar en el sepulcro helado!

 

¡Morir! … ¡oh no, imposible!

¿Y mi lira? ¿Y mis versos? … ¿Y mi gloria?

¡Ni mi nombre siquiera en la memoria

de un solo vivo? … ¡idea aborrecible!

 

¿Ni ella tampoco, ni ella

viene a coger mi fúnebre suspiro?

¡Y me acabo! ¡y apenas ya respiro!

¿Y yo la amaba, y la llamé mi bella?

 

¡Amor mío! María,

tú me amabas también: será el postrero,

pon en mi labio un ósculo hechicero…

tranquilo bajaré a la tumba fría!

 

Ella

El cabello desceñido,

Por las mejillas el llanto,

En su angustiado quebranto

Es el ángel del dolor.

Sobre el lecho de la muerte

El triste poeta gime,

La ardiente fiebre le oprime

Con fuego devorador.

 

Joven, lleno de ilusiones

En su primavera expira,

Él por sus sueños delira,

Y ella delira por él.

¡Se muere!… y por solo alivio

De eterno dolor profundo,

Quedará sola en el mundo

Con un recuerdo de hiel.

 

Fueron sus ojos azules,

Fueron sus labios de rosa,

Su sonrisa voluptuosa,

Su mirada angelical;

Ahora es una azucena

Sin frescura y sin aroma,

Una palma que desploma

El revuelto vendaval.

 

Elvira

Con furia en el bosque luchaban los vientos,

Del pino tronchado sonoro estallido

Se oía crujir;

Y el ave agorera sus tristes lamentos

Callaba, y del trueno lejano el bramido

Se hacía sentir.

Y lluvia copiosa los cielos enviaban,

Que en surcos deformes la tierra partía,

De angustia colmada;

Y al ver que en el monte mil rayos brillaban,

El hombre dijera que el mundo se ardía

Tornando a su nada.

 

Encina nudosa nacida entre peñas

Por donde derrumba su espuma un torrente,

Se mira a lo lejos;

Y apenas alumbra el rayo en las breñas

El arco ruinoso de gótico puente

Con tibios reflejos.

 

Suspenso en la cima del árbol añoso,

De ramas tejido desciende un asiento:

En él aparece

Fantástica bruja de aspecto asqueroso

Sentada y serena. Con ímpetu el viento

Silbando la mece.

 

-Vi palacios magníficos un día

Cuando fortuna en torno me reía,

Vi donceles y dueñas,

Que humildes me acataban;

Los vientos no zumbaban

Entre las rudas peñas.

 

Y oía yo cantares regalados,

Y oía al par los ecos apagados

De una lira distante;

Porque es grato a las bellas

Escuchar las querellas

De su bizarro amante.

 

Gimió el clarín y se lanzó la guerra

Bramando de furor: mustia la tierra

Lloró por su venida,

Y vestido de acero

Fue al campo el caballero,

Y allí perdió la vida.

Y entraron victoriosos los contrarios

Respirando venganza. ¡Sanguinarios!

Mis tierras, ¿qué se hicieron?

Mis fieles servidores

En medio estos horrores

Luchando sucumbieron.

 

Y el último era un héroe, ¡y yo vagaba

Allá en su mente a tiempo que expiraba!

Muriendo ¡ay! me decía:

«Mi Elvira encantadora,

Llora tu esposo, llora

Sobre mi tumba fría.»

 

Lloré y venganza le juré a mi esposo,

Y se la dí, que incendio estrepitoso

Consumió los salones

Que vivió su asesino;

Sólo halló cuando vino

Denegridos torreones.

 

Contra su altiva frente el cielo mismo

Vibró su rayo, y el ruidoso abismo

Le tragó del torrente.

Yo le miré suspenso

Sobre el espacio inmenso

Maldecirme demente.

 

Y me gozaba, y aplaudía en tanto,

Y daba al viento el desacorde canto

De la venganza mía;

Y oí sonar cercana

La lúgubre campana

Al tiempo que moría.

Crece ahora, huracán: alza bramando

Tu saña contra mí, yo iré cantando

Mis himnos funerales;

Con mis manos heladas

Yo romperé selladas

Las puertas infernales.

 

Cantaba la vieja: con sordo mugido

Los vientos llevaron su triste canción:

Del rayo en un punto el árbol herido,

Con ella caía:

Su grito de muerte se oyó, y todavía

Vagó por sus labios postrer maldición.

 

En congojosa agonía…

En congojosa agonía

al abandonar el mundo,

con acento moribundo

así el poeta decía.

 

Y en medio la fiebre ardiente

por su bella demandaba,

y su llanto derramaba

la bella sobre su frente.

 

¡Lanzó un suspiro! — ¡Su boca

guardará silencio eterno!

Tal vez con gemido interno

un nombre adorado invoca.

 

El labio a su labio unió

la desolada María…

¡Inútil! — la muerte impía

de su dolor se rió.

 

En las frondosas campiñas…

En las frondosas campiñas

que con sus ondas serenas

fecunda el Guadalquivir

antes que en el mar se pierda,

sentada está una ciudad

que majestuosa ostenta

lo atrevido de sus torres,

lo antiguo de sus almenas.

El río su bella imagen

en su corriente refleja

pasando enorgullecido

por pasar tan junto a ella.

Y ella se mira en sus aguas

contemplando allí altanera

su antigüedad y poder

y su proverbial belleza.

Espesos muros la ciñen,

y frondosísimas huertas,

y apiñados olivares,

y fertilísimas vegas.

Radiante sol la ilumina,

y la bordan sus laderas

altos y copados árboles

y olorosas flores bellas.

Alegre gente la vive,

que las calurosas siestas

y las perfumadas noches

pasa al son de la vihuela,

ya en sus entoldados patios,

entre fuentes y macetas,

ya en sus floridos jardines

gozando sus auras frescas.

Ciudad de hermoso recuerdo,

ciudad bella entre las bellas,

de los moros es envidia,

de los cristianos soberbia.

Sevilla, en fin, y esto basta,

que todo el nombre lo encierra;

y hablando de la hermosura

todo es una cosa mesma.

En Sevilla, pues, y en una

noche azulada de aquéllas

en que la luna derrama

tranquila claridad trémula,

y en lo cóncavo del aire

resplandecen las estrellas,

y más allá con más brillo

los luceros reverberan;

en una de aquellas noches

en que todo se presenta

blanco, pacífico, hermoso,

y que la mente embelesa,

y los sentidos embriaga

y el corazón enajena;

noche de aventuras propia

en mil trescientos sesenta

(edad en que esto pasaba,

si mi memoria no yerra),

por la calle de la Sierpe,

media noche siendo apenas,

dos hombres en la ancha plaza

con prisa y silencio se entran.

Largas capas les envuelven,

no porque precisas sean,

sino porque bien les cubran

de las personas las señas.

Por el lado de la sombra,

punta a punta la atraviesan

de la calle de la Sierpe

hasta la calle de Génova,

y el bulto de sus espadas,

que bajo la capa llevan,

las plumas de sus birretes

y el rumor de sus espuelas,

por hidalgos les acusan,

por más que entrambos se empeñan

en pasar como personas

de común raza plebeya.

Al fin cuando ya contaban

tomar una callejuela

que al alcázar los llevase

sin pasar frente a la iglesia,

paróse el más alto de ellos,

diciendo : “¿Qué sombra es ésa

que tras el pilar se oculta,

Benavides? Yo dijera

que es un hombre”. Y Benavides,

al que pregunta contesta

“Llegad, señor, sin cuidado,

que ya imagino quién sea,

y hará paso al conocerme,

que es hombre que me respeta,

porque me debe favores

e hicimos juntos la guerra”.

Siguió andando Benavides;

siguió el otro, por respuesta

dándole sólo el silencio

que satisfacerle muestra,

y frente al hombre llegando

que junto al pilar espera,

mostrándose Benavides,

dejó franca la carrera.

“Dios te guarde, Andrés”, le dijo

el que va, pasando cerca.

“Buenas noches” dijo el hombre,

saludando con llaneza:

y pasaron los hidalgos,

y siguió el otro en su espera.

Y, entre los dos que se van

por la oscura callejuela,

conversación en voz baja

se entabló de esta manera:

“¿Quién es ese hombre?

-Un soldado

que entró poco hace en la regla

de San Francisco, cansado

del servicio y de la guerra.

-¿Y por qué precisamente

en tal ocasión lo deja,

pudiendo darle fortunas

estos tiempos -de revueltas?

-Dice que al rey don Alonso

sirvió de grado, y por fuerza

no quiere servir a nadie.

-Ya entiendo.

-Señor…

-Le lleva

la opinión del vulgo necio,

que mal de don Pedro piensa.

-Ya veis, señor, pues al claustro

se acoge, con su conciencia

se lo habrá mirado bien.

-Y a tales horas, ¿qué espera,

solo en mitad de la plaza,

sin el traje de su regia?

-Señor, es historia larga.

-Tal cual es quiero saberla.

-Son cosas qué-importan poco.

-A mí todo me interesa;

decid, pues.

-Pues escuchad.

Ya sabéis que representan

al Rey los monjes franciscos,

que habiendo en su casa mesma

un manantial necesario

para el buen servicio de ella,

el derecho a los vecinos

se les quite de que puedan

servirse de él en su daño,

porque sin agua les dejan.

Los vecinos, como tienen

aquella fuente más cerca,

para tomarla a su gusto

su viejo derecho alegan.

-Y tienen razón, y el Rey

se la da.

-Por esa muestra

de su Real benignidad,

de los vecinos se aumenta

la osadía, y de los monjes

el trabajo y la impaciencia.

De aquí nacen las hablillas,

las voces y las quimeras;

los vecinos a los monjes

tal vez obligar intentan

a que de noche y de día

les tengan franca la puerta.

Los monjes quieren cerrarla

como lo manda su regla,

y esto ocasiona denuestos

y escandalosas pendencias.

Los vecinos traen soldados,

gente de su parentela;

los frailes sacan domésticos

y deudos que los defiendan;

y como ven que su Rey

lo que le piden les niega,

los del pueblo cobran bríos,

y los frailes se exasperan.

Esto duró hasta que Andrés,

hombre a quien nada amedrenta,

hombre que usa de las armas

con asombrosa destreza,

con sus escrúpulos dando

de una sola vez en tierra,

asió su espada saliendo

de los suyos en defensa.

Burlábanse al principio,

mas él se ha dado tal priesa

en asentar cintarazos

con tal fortuna y destreza,

que del manantial los monjes

son dueños a la hora de ésta.

-¿Tan bizarro es ese Andrés?

-Tan bizarro y tan a prueba,

que él solo guarda la plaza

y ninguno se le acerca.

-El miedo de los villanos

es quien su valor pondera.

-De quien queráis informaos;

veréis que nadie lo niega.

Es hombre que, si le dicen

que una calle por apuesta,

guarde una noche, es seguro

que nadie pasa por ella.

-¿Y no hay justicia en Sevilla,

un hombre que le contenga?

-Ya veis, se acoge a sagrado,

y los bravos le respetan.”

Murmuró el que preguntaba

unas palabras inciertas,

que expiraron en murmullo

cual pronunciadas apenas.

Y como a un postigo oculto

que da al alcázar se llegan,

callaron ambos a dos,

llamando a espacio a la puerta.

Abrióles un pajecillo,

y entrando los dos por ella,

quedó el silencio en el aire

y en soledad la plazuela.

Está la siguiente noche

tocando en la misma flora,

y desde el cenit vertiendo

la luna luz melancólica.

Ni una ráfaga de viento

la soledad silenciosa

interrumpe, ni una nube

del cielo el azul entolda.

Toda Sevilla es silencio,

reposa Sevilla toda,

que duerme al son que la arrullan

del Guadalquivir las ondas.

Apenas de tarde en tarde

atraviesa una persona

las calles a largos pasos,

o en una reja se aposta.

Y los grandes edificios

que la extensa plaza forman,

sobre el suelo de la plaza

tienden su gigante sombra.

En un pilar apoyado

de una callejuela angosta,

por do un largo pasadizo

en la plaza desemboca,

hay un hombre que está en vela,

y a quien la noche medrosa

presta contornos fantásticos

y faz amenazadora.

Inmoble en la oscuridad,

no parecen que le importan

ni el relente de las noches

ni el ver que pasan las horas.

Si espera a alguien, nadie acude

a la cita misteriosa;

si aguarda algún hora fija,

su venida fue bien pronta.

Frente por frente al convento

de San Francisco se aposta,

cuya puerta se ve franca

como abandonada y sola.

¿Es que aquel hombre la guarda,

o es que en acecho la ronda?

Porque él la guarda o la acecha

con una intención incógnita.

En esto la plaza adentro,

por la calle de la Sierpe

un hombre desembocando,

a largos pasos se mete.

Un solo punto los ojos

en su derredor revuelve,

y viendo al hombre que aguarda,

vase a él rápidamente,

el sombrero hasta las cejas

y el embozo hasta los dientes.

Llegó al que esperaba, y plática

entablaron de esta suerte: .

-¡Andrés!

-¿Quién me llama?

-Un hombre.

-¿Me conoce?

-Sí

-¿Qué quiere?

-Que tenga por tu aljibe

un privilegio mi gente.

Me han dicho que tú tan sólo

a tu convento defiendes,

y que cejan los villanos

y la canalla te teme.

-Y te han dicho la verdad.

-Por eso precisamente

he venido aquí esta noche,

por si al cabo empacho tienes

en dejarme hacer de día

lo que de noche no entiende

ninguno en el barrio.

-Hidalgo,

si eso trae, errado viene;

todos han de tomar agua,

o nadie absolutamente.

-¿Conque contra el Rey te opones,

que lo contrario te advierte?

-Yo contra el Rey no me opongo,

mas cuido mis intereses;

y pues por ellos no cuidan,

siendo inútiles, sus leyes,

hombre a hombre, y fuerza a fuerza,

aquí has de encontrarme siempre.

Será injusticia y escándalo,

será cuanto se quisiere;

mas, a quien osados cargan, necio es,

si no se defiende. -Hazlo, pues.

-Enhorabuena,

hidalgo, y tened presente

que habéis venido a buscarme.

-Menos hablar y defiéndete.

Y esto diciendo uno y otro

a cuchilladas se meten

con tanto brío que chispas

de las espadas encienden.

El caballero le carga

tan fiera y bizarramente,

que el hacerle cara el otro,

hasta milagro parece.

Dan, vuelven, paran, reciben;

ni uno ceja ni otro cede;

Andrés con calma y acierto,

el otro como una sierpe:

mas es inútil, el monje

es tan diestro y es tan fuerte,

que aunque es el hidalgo un hombre

que como un tigre revuelve,

y cuyo brazo muy pocos

a resistirle se atreven,

de poco o nada le sirven

lo que sabe y lo que puede.

Al fin, el monje, mirando

que el intento con que viene

es tal, que mucho peligra

si no se concluye en breve,

lanzóle tal multitud

de tajos y de reveses,

que el otro cejó seis pasos,

diciendo: -¡Demonio, tente!

Túvose Andrés, y el incógnito,

la mano franca tendiéndole,

dijo: “Lo que quieras pídeme,

que todo te lo mereces.

-Yo nada de vos espero.

¿Qué podéis vos ofrecerme?

-A todo por tu valor,

el rey don Pedro se ofrece.

-Señor -exclamó el buen monje

ante sus plantas rindiéndose-,

perdonad si estuve osado…

-Andrés, obraste valiente;

concédote lo que quieras,

para que de mí te acuerdes.

-Señor, de nuestra agua os pido

la propiedad solamente.

-Desde esta noche a los monjes

anuncia que la poseen.”

Y tomando el rey don Pedro

por el callejón de enfrente,

volvióse al convento el fraile,

agradecido y alegre.

 

Eran aún los agitados días

Eran aún los agitados días

En que mi juventud abandonada

Adivinó tal vez horas impías

Entre el crespón de la insondable nada;

 

Cuando con ojo avaro y penetrante,

Aun no poeta, el porvenir medita

El niño, y ve pasarlo por delante

Árida nada que su sed irrita;

 

Cuando el nombre del niño no es un nombre,

Cuando la idea informe no es idea,

Y en el alma del niño nace el hombre

Que idea y nombre se conquista y crea;

 

Entonces, de la vida en el vacío,

Soñé un bello fantasma que rodaba:

Gota brillante y fresca de rocío

En flor que brota entre pajiza lava.

 

Blanco ese sueño resbaló en mi mente,

Puro y tranquilo como sol que nace,

Como se rompe el agua de la fuente

Y rodando en la hierba se deshace.

 

Era la forma transparente y vaga

De un arcángel que cruza el firmamento;

Era un pliegue del viento que una maga

Vibró al cantar con aromado aliento.

 

Era la voz del arpa que se pierde

Entre el leve vapor de ancha laguna,

En cuyo fondo, con las algas verdes,

Tibia se mece amarillenta luna.

 

Era, en la mente perdida

Entre suspiros de gloria,

La esperanza y la memoria

Del amor de una mujer;

Recuerdo en alma de niño,

Amor en alma de hombre,

Blanco fantasma sin nombre

Y sin hora en que nacer.

 

Permite, dulce embeleso,

Que mis labios en tus labios

Pongan un ardiente beso

Que se oiga en el corazón;

Que la mente del poeta,

En su entusiasmo violento,

Beba en tu mirada inquieta

La fogosa inspiración.

Que en la noche tempestuosa

Será bello, ¡amada mía!

De la lluvia áspera y fría

Al desigual susurrar,

Tener contigo un poeta

Sentado a la roja llama,

Con un corazón que ama

Y una voz para cantar.

Será bello, en puro día

De fragante primavera,

Su fantástica armonía

Escuchar en un jardín,

Y que en la ruidosa fiesta

Levante robusto canto,

Y que te vele tu siesta

Después de largo festín.

Te digan los caballeros

Que por tus favores lidian,

Y las damas que te envidian

El cantar del trovador;

Y en la tibia madrugada,

Tus labios sobre su frente,

Duermas tú tranquilamente

Soñando sueños de amor.

Y tu aliento con su aliento,

Y tu mano con su mano,

Con un mismo pensamiento

Que os halague al despertar,

Os encuentre la mañana,

Y resbale vuestra vida

Como parda luz lejana

De una tarde sobre el mar.

 

Es el poeta en su misión de hierro…

Es el poeta en su misión de hierro,

Sobre el sucio pantano de la vida,

Blanca flor que, del tallo desprendida,

Arrastra por el suelo el huracán

Un ángel que pecó en el firmamento,

Y el Señor en su cólera le envía

Para arrostrar sobre la tierra impía

Largas horas de lágrimas y afán.

 

Por eso su memoria tiene un cielo,

Y una sublime inspiración su alma;

Por eso el corazón, de triste duelo

Vestido está también.

Que por único alivio en su tormento

Sólo le queda una canción inútil,

Y una corona que la arranca el viento

De la abrasada sien.

 

Tú lo sabes mejor, que lo has llorado,

Poeta del dolor, bardo sombrío;

Tú que a remotos climas has llevado

Tu noble y melancólico cantar,

Como los pliegues de la parda niebla

Errante cruza un ave misteriosa,

Y de armonía con sus cantos puebla

La corrompida atmósfera, al pasar.

 

Que tú a la vida naciste

Como pacífico arrullo

De aislada tórtola triste;

Como fuente abandonada

Que levanta su murmullo

Sobre la peña olvidada.

Como el ósculo inocente

Con que el maternal cariño

 

Selló la tranquila frente

De su hijo más pequeño;

Como el suspiro de un niño

Al despertar de su sueño.

 

Cumple, sí, tu misión sobre la tierra,

Camina en paz, errante peregrino,

Hasta leer el porvenir que encierra

El libro del destino

Escrito para ti;

Hasta que expiren los revueltos días

Que señaló en su mente Jehová,

Y en tu destierro tu delito expías,

¡Ay! porque escrito está

Que has de salir de aquí.

 

De aquí, del hediondo suelo

Donde te mandó el Señor

Detener tu raudo vuelo,

Para cantar tu dolor

Sin que se oyera en el cielo.

Y bien posó tu amargura

Al traerte a esta mansión,

Dando al hombre en su locura

Una soñada ventura

Que no está en tu corazón.

Que él no comprende el tormento

Que tu espíritu combate,

Ese amargo sentimiento

Que tu noble orgullo abate,

Nacido en tu pensamiento.

-« Hay una flor que embalsama

»El ambiente de la vida,

»Y su fragancia perdida

»Tan sólo no se derrama

»En tu alma dolorida.»-

Es un privilegio impío

Mirar el placer ajeno

En su loco desvarío,

Y en el corazón vacío

Sentir acerbo veneno.

Y con ojo avaro, ardiente,

Ver tanta mujer hermosa,

Con esa tez transparente,

Con esa tinta de rosa

Sobre la tranquila frente.

Ver tanto feliz galán,

Tanta enamorada bella,

Que en plática amante van

Sin curarse él de tu afán,

Sin adivinarle ella

¡Y el poeta en su misión

Apurando su tormento!

Sin alivio el corazón,

¡Sin más que una maldición

Escrita en el pensamiento!

De su sentencia mortal

Con un día y otro día

Llenando el cupo fatal,,

Cual lámpara funeral

Iluminando una orgía.

 

Esa es su sombra; el alma, avergonzada…

Esa es su sombra; el alma, avergonzada

Para más no volver, huyose al cielo:

Solitaria, sombría, abandonada,

Esa fantasma se encontró en el suelo.

 

Si es pedestal o túmulo, se ignora;

Mas sin duda temieron que, indignado,

De la piedra en que está salte a deshora,

Según se ve de hierros circundado.

No bajará, que es noble y caballero,

Y lidió por su patria el buen poeta;

Acaso no encontrara un compañero

Al pie del pedestal que le sujeta.

Tal vez no hallara un digno castellano

Libre y valiente a quien llamar amigo,

A quien tender la cercenada mano,

A quien llevar en pos al enemigo.

Por eso eleva la tostada frente

Al firmamento azal noble y tranquila,

Y no mira por eso transparente

Apagada a la luz la ancha pupila.

CERVANTES le llamaron otros días,

Yerta figura con ajeno nombre,

Como su original arrastra impías

-Horas de duelo en la mansión del hombro.

Ayer cruzaba libre e ignorado

La turba ociosa y soldadesca inquieta

Dentro de su armadura de soldado,

O envuelto en sus harapos de poeta.

Hoy en la inmoble colosal figura

Derramada la lluvia se destrenza,

Y está sombrío en pie sobre la altura,

Como sacan un reo a la vergüenza.

El pueblo ve a sus pies, negro milano

Que a la boca asomó de un hormiguero,

Y quiere el ojo comprender en vano

Cómo allí se cobija un pueblo entero.

Y siente la carroza del magnate

Rodar, y se estremece a su carrera,

Y soldados que marchan al combate

Que equipados de farsa los creyera.

Y abajo, entre los árboles perdidos,

Como sueños pasar contempla inquietas

Las sombras de políticos caídos,

Las parodias de sabios y poetas.

Y una lágrima acaso en su mejilla

Alumbra el sol bajando al Occidente,

Al contemplar su revocada villa

Sin porvenir, alegre o indolente.

Hubo un CERVANTES cuando aquél vivía,

Cuando en vez de esos hierros era un hombre;

Llamáronle poeta, y poseía

Una espada y un libro con su nombre.

Su espíritu brotó con la tormenta

Y le escondió en su seno el torbellino,

El sepulcro su mano abrió violenta,

Y hoy resuena su cántico divino.

¿Por qué no le dejaron con su sueño

En el sepulcro donde en paz dormía?

¿A qué traerle con tenaz empeño

A sufrir otra vez la luz del día?

¿A qué su sombra de la tumba-alzaron

Estúpidos los hombres o altaneros?

Para ahuyentar los siglos que pasaron,

Y escarnecer los siglos venideros.

Hombre de hierro que velas

El sueño del mundo impío,

Que ves con gesto sombrío

Crímenes que no revelas;

Cuya negra frente calva

Sufre en paz el sol que arde,

La roja luz de la tarde,

La amarilla luz del alba;

¿Qué piensas del mundo, di?

Tú que le dejaste ya,

Cuya voz no se alzará,

Cuya sombra quedó aquí.

¿Qué piensas de ese magnate

Que ha perdido el sol de un día

Embriagado en una orgía

Mientras su nación combate?

¿Qué piensas tú de esos reyes

Que arrastra un frenado bruto

Entre vírgenes de luto

Huérfanas hoy por sus leyes?

¿Qué piensas, genio inmortal,

De ese pueblo soberano

Que abre paso a su tirano

Sin levantar un puñal?

Dime, coloso de hierro,

A quien condena la suerte

A sufrir desde la muerte

En tu patria tu destierro,

¿No es cierto que allá en su afán

Espera tu desconsuelo

Que te arrastre por el suelo

Un revoltoso huracán?

 

II

Tu nombre tiene el pedestal escrito

¡En extranjero idioma por fortuna!

Tal vez será tu nombre un sambenito

Que vierta infamia en tu española cuna.

¡Hora te trajo a luz desventurada!

¿Español eres?… Lo tendrán a mengua,

Cuando a tu espalda yace arrinconada

Tu cifra en signos de tu propia lengua.

¡Serás acaso un busto aparecido

Entre las ruinas de la antigua Roma,

Recuerdo que los tiempos han roído,

Que algún rico libró de la carcoma!

Maldita es tu misión sobre la tierra;

Los que mueren, sus males acabaron,

Todos sus restos su sepulcro encierra…..

Los tuyos del sepulcro los robaron.

 

Helo allí que se levanta

Como fantasma furioso,

Que magulla con su planta

Los que a su morada santa

Van a turbar su reposo.

Porque su nombre y su gloria

Sólo al tiempo las vendió,

Para dejar su memoria

Grabada en oro en la historia,

Que escrita en el fango, no.

Que por eso en su amargura

Abortó un libro coloso,

Que a su renombre asegura

En las edades reposo.

Cuando los siglos le lean

Hará que los siglos vean

En su cubierta roída,

En caracteres gigantes

Dos genios con una vida,

Un Quijote y un Cervantes.

Y si entre la espesa bruma

De esta edad que bulle inquieta,

De hediondo mar alba espuma,

El genio de otro poeta

Despliega su blanca pluma;

Si algún bardo colosal

Levanta entro la tormenta

Su cántico celestial,

De una centuria sangrienta

Salmodiando el funeral;

Cuando el tiempo, hombre sombrío,

El orbe rompa a pedazos,

Que sostenido en tus brazos

Huya su cuchillo impío;

Y en el día de furor,

Cuando al eco atronador

De la funeral trompeta

Se junte el mando en un valle,

Mándale al mundo qué calle,

Y dile que era un POETA.

 

Ese montón de piedras hacinadas…

Introducción

Ese montón de piedras hacinadas,

Morenas con el sol que se desploma,

Monstruo negro de escamas erizadas

Que alienta luz y música y aroma;

A quien un pueblo inválido rodea

Con pies de religión, frente de miedo,

Que tan noble lugar mancha y afea,

Es catedral de lo que fue Toledo.

Pálida y triste, pobre y abatida,

Llora el favor de los hundidos años;

Reina sin corte, anciana y desvalida,

Por sus hijos robada y los extraños.

Por vestir el espectro de su nada,

Hoy convoca sus hijos a las fiestas,

Celebrando su mal, desesperada,

Con campanas, con órganos y orquestas.

Gigante que, muriendo en la llanura

A manos de contrario más valiente,

Con voz tremenda su venganza jura,

Y fuerza y vida en sus palabras miente.

Una tribu elegante y voluptuosa

De otro país de fuentes y de flores,

Los cimientos fundó donde reposa,

Para otro Dios de guerras y de amores.

Y un rey, o más piadoso o más prudente,

Cambióla en templo por sellar su gloria;

Y tal vez dijo al Dios omnipotente:

Tuyo es el nombre, mía la memoria.

Quedóse al fin en templo consagrado

Del sumo Dios bajo el excelso nombre,

Para ser a los tiempos revelado

Como página histórica de un hombre.

Mas apilando el tiempo los despojos

De los mismos valientes que la hicieron,

Vasto sepulcro levantó a sus ojos

Donde un palacio levantar creyeron.

Y hoy, al caer del templo la grandeza,

Muestra el coloso, al expirar su imperio,

Que ha cobijado su mortal corteza

Templo, historia, palacio y cementerio.

 

I

Con ceño sombrío mira

El Tajo, que a sus pies corre,

Y al despecho que la inspira,

Con las gargantas suspira

De sus campanas la torre.

Que tiene para consuelo

En su abatimiento y mengua,

La frente cerca del cielo,

Y para hablar con el suelo

Trece campanas por lengua.

Con tan gigante armonía

Todo su cuerpo estremece,

Y al oírla se creería

Que crece así su alegría

Cuanto su estrépito crece

A ese clamor tan violento,

Incapaz de tanto ruido,

Vibra fatigado el viento,

Dejando el confuso acento

Por la atmósfera perdido.

Que en su canto desigual

Hay música tan liviana,

Que en su murmullo infernal

Canta y llora y ríe insana

Con sus lenguas de metal.

Que ellas pregonando van

Lo que sus clamores son,

Que a veces tristes están

Pidiendo por los que van

A eterna condenación.

Y en su clamor muestran bien

Otras el alegre fin,

Pues revoltosas se ven

Cual si colgadas estén

Por heraldos de un festín.

Otras, en su inquieto afán,

Ruedan y vibran, según

Con los clamores que dan

Al mundo anunciando están

Placer o luto común.

Y en vez de agudo esquilón,

De la tarde anuncia el fin

El doblar de la oración,

Que apaga su ronco son

Del horizonte al confín

Y a su movimiento enorme

Rueda en el cóncavo hueco

De la bóveda el informe

Postrer quejido del eco

Con vibración uniforme.

A su paso estremecidas

Oscilan allá en las sombras

Las lámparas suspendidas,

Dibujando en las alfombras

Sombras y luz confundidas.

Cobra entonces movimiento

Todo el templo y se estremece,

Cual fantasma de un momento

Que alza el rostro macilento

Y al punto, se desvanece.

Van luego dejando ver

Los vacilantes reflejos,

Las sombras al repeler,

Los objetos a lo lejos

Sus formas desenvolver.

Se van mostrando despacio

Las verjas de oro amarillas,

Canceles de aquel palacio

Que dividen el espacio

De la nave y las capillas.

Se ven en turbios colores

Detrás de los altos hierros,

Entre marmóreas labores

Cumpliendo así sus destierros,

Dormidos los fundadores.

Se ven al rayar el día

En los pintados cristales,

Cómo luchan a porfía

La claridad que lucía,

Y los rayos matinales.

Entonces el sol brillante

Que a las ventanas asoma,

Su fogosa luz gigante

En la llama agonizante

De las lámparas desploma.

Dejan torre y capitel,

Y entran por los rosetones

Las sombras huyendo dél,

Plegándose en los rincones

En fantástico tropel.

La luz, del templo señora,

Por el templo derramada,

Saluda al Dios que ella adora

Por las losas prosternada

Ante el ara que colora.

Ciñe la bóveda, avara,

Y en los robustos pilares

Se quiebra picante y clara,

Y bulliciosa se ampara

Del oro de los altares.

Que joven y rica y bella,

En la riqueza se posa,

Y en los diamantes destella,

Y en la joya más vistosa

Para competir con ella.

Porque el astro rey la envía

A que sus galas ostente,

Y en la bóveda sombría

Vierta la lumbre del día

Revoltosa y transparente.

 

II

Se oyen después los pasos mesurados

Del sacerdote, y la crujiente seda

Del manto, que, los lienzos desplegados,

Por el sonoro pavimento rueda,

Cual si al cruzar se oyera el vago aliento

Con que a cumplir con su misión le incitan,

Soplando bajo el mudo pavimento,

Las osamentas que a sus pies dormitan.

Se coronan de antorchas los altares,

Se sienten rechinar las verjas de oro,

Se escuchan los católicos cantares

Vibrar sublimes desde el hondo coro.

Se ve el pueblo llegar, y reverente

Postrarse humilde, y bendecir la vida,

Y alzar del suelo la humillada frente,

De la luz de los ángeles ceñida. .

Y se alza del altar la voz tremenda

Que las palabras del Señor repite,

Cantadas porque el pueblo las comprenda

Solemnes porque el pueblo las medite.

Y el órgano despliega rebramando

La voz robusta de las trompas de oro,

Como por la cascada caen rodando

Aguas y espumas en tropel sonoro.

 

Y en los aires a torrentes

Vierte la música santa

Por la céntuple garganta

De los tubos de metal;

Y en sus cánticos remeda,

Con el prolongado acento,

El ronco bramar del viento

O el crujir del vendaval.

O finge en son temeroso

La aguda lengüetería

La discorde gritería

Del infierno en rebelión;

o con lamento apagado

Canta al justo moribundo

Saliendo alegre del mundo

Sin ira en el corazón.

Canta el placer de la esposa

Que inquieta al esposo aguarda,

Canta al esposo que tarda

A sus puertas en llamar;

O entonando del profeta

La sacrosanta salmodia,

Sublimemente parodia

El fuego de su cantar.

Y llora con Jeremías,

Y entona en arpa de flores

Los voluptuosos amores

Del sabio rey Salomón;

Canta los cedros del Líbano,

La castidad de Susana,

Y Jezabel la profana,

Y el vigoroso Sansón.

O en tonos más desmayados

La postrera despedida

Que dio a la penosa vida

El Hacedor de la luz;

O más lánguido remeda

Las lágrimas de María

Cuando en el terrible día

Lloraba al pie de la cruz.

Mas, pasan las santas horas

Y cesa la voz que canta,

Y el pueblo, que se levanta,

Murmura a su vez también:

Se oye el rumor de sus pasos

Que por las naves se alejan,

Y las capillas que dejan,

Abandonadas se ven.

Apenas un sacerdote

Que sordas preces murmura

Cruza con planta insegura

Por delante de un altar,

Se oyen correr los cerrojos

Y las cortinas de seda,

Y hacinadas en manojos

Se oyen las llaves ahocar,

No queda en el santo templo

Más que el ambiente de aroma,

La luz del sol que se asoma

Por el pintado cristal;

Las tumbas de las capillas

Y los pálidos reflejos

De lámparas que a lo lejos

Penden de un arco ojival.

Pasa el sol, viene la tarde,

Y el día desaparece,

Y la negra sombra crece,

Y su imperio vuelve a ser.

Se estrella por fuera el viento

En la calada ventana,

Y lo que ayer fue mañana,

Mañana se dice: ayer.

Poemas de José Zorrilla

Ese vago clamor que rasga el viento…

Ese vago clamor que rasga el viento

Es la voz funeral de una campana:

Vano remedo del postrer lamento

De un cadáver sombrío y macilento

Que en sucio polvo dormirá mañana.

 

Acabó su misión sobre la tierra,

Y dejó su existencia carcomida,

Como una virgen al placer perdida

Cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

Vacío ya de ensueños y de gloria,

¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,

Que nos lleva a otro mundo a despertar!

 

Era una flor que marchitó el estío,

Era una fuente que agotó el verano;

Ya no se siente su murmullo vano,

Ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

Y ese verde color de la llanura,

Ese manto de yerba y de frescura,

Hijos son del arroyo creador.

 

Que el poeta en su misión,

Sobre la tierra que habita

Es una planta maldita

Con frutos de bendición.

 

Duerme en paz en la tumba solitaria

Donde no llegue a tu cegado oído

Más que la triste y funeral plegaria

Que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño

Más grata, sí, que la oración de un hombre,

Para como la lágrima de un niño,

¡Memoria del poeta que perdí!

 

Si existe un remoto cielo

De los poetas mansión,

Y sólo le queda al suelo

Ese retrato de hielo,

Fetidez y corrupción,

 

¡Digno presente, por cierto,

Se deja a la amarga vida!

¡Abandonar un desierto

Y darlo a la despedida

La fea prenda de un muerto!

 

Poeta, si en el no ser

Hay un recuerdo de ayer,

Una vida como aquí

Detrás de ese firmamento…

Conságrame un pensamiento

Como el que tengo de ti.

 

Gigante sombrío, baldón de Castilla…

Gigante sombrío, baldón de Castilla,

Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,

Por cuyos salones, en vez de tu gente,

Reptiles arrastran su piel amarilla,

Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,

Tus ricos tapices de sedas y flores;

Tu gente de guerra, tus cien trovadores

Que alzaron ufanos triunfante canción?

Tú estás en el valle cadáver podrido,

Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,

Tu historia y tu nombra yaciendo en olvido;

El mundo no sabe que existe Muñón.

Tus pardas rüinas me son de tormento;

Con negros recuerdos corroen mi alma…..

¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,

Quemada del rayo, batida del viento!

Yo, errante poeta proscrito en el mundo,

Tal vez en el polvo de féretro inmundo,

Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo

Mi frente, abrasada de inútil sudor,

¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,

Morada maldita de un ángel del cielo

Que amé y me robaron! ….¡Maldito tu suelo,

Maldito tu nombre …., maldito mi amor!

 

Quédate, sí, en esa altura

A la vergüenza del llano,

Castillo sin castellano,

Matrona sin hermosura.

De ti el tiempo se rió,

Tus torres se derribaron,

Tus vasallos te ultrajaron,

Tu señor te abandonó.

Quédate, negro esqueleto,

De fértil vega mancilla,

A esa ermita de Castilla

Sin sacerdote, sujeto.

Sin pendones que ondear,

Sin blasones a la entrada,

Tu bóveda agujereada

No has podido sustentar.

Sin un eco en los salones,

Sin un soldado en el muro,

Hoy crece el arbusto impuro

Al pie de tus torreones.

Señor muerto en tierra ajena,

Olvidado de tu gente,

A pedazos, de tu frente

Roba el viento tu melena.

Y pasa a tus pies el hombre

Sin buscarte en su memoria,

Porque no leyó tu historia

Ni se acuerda de tu nombre.

 

Tú tienes uno, que en aciago día

En tu gastada piedra escribí yo,

Y el nombre de otro y la vergüenza mía

Con la tuya quedó.

Cuando mi labio le nombró, mentía;

Cuando mi mano le grabó, mintió;

Hoy …. ya no existe; en su carrera impía

El tiempo le arrastró

 

Y ese nombre celestial

Que el tiempo devoró al fin,

Una mujer, por mi mal,

Le arrebató a un serafín;

El huracán de la vida

Sólo dejó ¡oh mi querida!

Para mi eterno tormento,

En prenda de maldición,

Tu nombre en mi pensamiento,

Tu amor en mi corazón.

 

Helos al pie de la cruz…

Helos al pie de la cruz

En oración reverente;

La virtud brilla en su frente

Como la primera luz

Del sol que alumbra en Oriente.

 

Niños tal vez desvalidos

Que pasan desconocidos,

Con la inocencia en el alma,

Como en desiertos perdidos

Con sus racimos la palma.

 

Ángeles acaso son

Que, el mundo sin conocer,

Llevan en el corazón

Una sublime oración

Y las virtudes de ayer.

 

Sus ojos ven solamente

A través del blanco velo

Que cerca el alma inocente,

Vida en la tierra inclemente,

Luz y armonía en el cielo.

 

Ven en el alba colores

Y en el llano hierba y flores,

Sombra, del valle en la hondura,

Y en el aire ruiseñores,

Y peñascos en la altura.

 

Para ellos, música el viento

Es, si las alas despliega,

Si en las secas hojas juega,

O entre las flores se pliega

Con lascivo movimiento.

 

Y son las flotantes ramas,

Del sol a las rojas llamas,

Del prado, verdes espumas,

De aérea serpiente, escamas,

De águila terrestre, plumas.

 

Y son los hombres hermanos,

Y oran por ellos contentos,

Hasta que los hombres vanos

Pongan, leones hambrientos,

En su inocencia las manos.

 

Sabe ella que es virgen bella,

Y él un ángel hechicero,

Porque no dudan él ni ella

Que ella es de virtud estrella,

Y él de inocencia lucero.

 

Mas ¡ay! que del pedestal

A la sombra cobijado,

Acaso un ojo carnal

Está en la virgen posado

Con una idea brutal.

 

Y sobre la tez de rosa

La lágrima de dolor

Que ella derrama piadosa,

El hombre la cree de amor,

Y llama al ángel ¡hermosa!

 

Que tal vez pintarse intenta

Aquella avara pupila,

De torpes formas sedienta,

Mil perfecciones que aumenta

En esa virgen tranquila.

 

Así incompletas y vanas

Las cosas del mundo son,

¡Que a turbar vienen livianas

Esa angélica oración

Con imágenes mundanas!

 

¿Por qué, pintor, ideaste

Una plegaria tan bella,

Si la cruz que levantaste,

Luego, pintor, la ultrajaste

Pintando al hombre tras ella?

 

¡No digas quién la creó!

culpa no arguya!

¡Que en ambos

Tú fuiste quien la pintó,

Mas la malicia no es tuya,

Que quien la escribe soy yo.

 

Hizo al hombre, de Dios la propia mano…

Dies irce dies illa,

Solvet secluin in favilla.

Hizo al hombre, de Dios la propia mano,

Que tanto para hacerle fue preciso,

Hízole de la tierra soberano,

Y le dió por palacio el Paraíso.

Ágil de miembros, la cerviz erguida

Orlada de flotante cabellera,

Los claros ojos respirando vida,

Luenga la barba y con la voz severa.

Hechos para el deleite sus sentidos,

Vieron los ojos luz, gustó la boca,

Olió el olfato, oyeron los oídos,

Todo es placer cuanto pasando toca.

La hierba perfumada en la colina

Dióle un lecho do yace blandamente,

Y derramóse en torno cristalina,

Deshecha en perlas, la sonora fuente.

Y vertieron las aves en el viento

Regalada y dulcísima armonía

Desde el follaje vasto y opulento

Que fácil teje la alameda umbría.

Y al dormido murmullo de la brisa

Que vaga suave, inquieta y juguetona,

Dobló la frente, y con igual sonrisa

El sueño muellemente le corona.

Las fieras cuidadosas evitaron

Con su ruido turbar su manso sueño,

Y volando las aves arrullaron

El reposar de su tranquilo. dueño.

Dios, que su soledad miró enojosa,

De tornarla en placer buscó manera,

Y una mujer bellísima, amorosa,

Le ofreció liberal por compañera.

Era la hermosa de gentil talante,

Acabada de pechos y cintura,

De enhiesto cuello y lánguido semblante,

Rebosando de amor y de ternura.

Clara la frente, altiva y despejada,

Negras las cejas, blanca la mejilla,

Rasgada de ojos, blanda la mirada,

Do turbio el sol en competencia brilla.

Tendida por los hombros la melena,

La blanca espalda de la luz velando,

Hallóla Adán al despertar, serena

Sus varoniles formas contemplando.

Ciñóla, sorprendido en su embeleso,

Con brazo enamorado y reverente;

Mil veces la besó, y a cada beso

Trémula su cristal vibró la fuente.

El bosque susurró manso murmullo,

Los peces en las ovas asomaron,

Las tórtolas alzaron casto arrullo,

Y amorosos los céfiros soplaron.

«¡Alma mía, mi amor, paloma mía!….»,

El hombre sollozando murmuraba;

Ella, muerta de amor, le sonreía,

Y él, muriendo de amor, la enamoraba.

Posábale en su labio el labio amante

Aspirando con ámbares y aroma

El aire de su pecho vacilante,

La luz de sus pupilas de paloma.

Tú, rojo sol, entonces si los viste,

¿Por qué amantes y solos les dejaste,

Y la infernal serpiente no adormiste

Que envidiosa del bien cerca alumbraste?

¡Ay, cuánto ahorraras de miseria y llanto

Del hombre flaco a los mortales ojos,

Cuánto miedo a los ángeles, y cuánto

Al mismo Dios de cólera y enojos!

Era un árbol no más en los jardines

Vedado al paladar de los nacidos;

No anidaban en él los colorines,

Ni daba flor, ni sombra, ni sonidos.

Yacía Adán en brazos de su amada,

Y Eva miraba el prohibido fruto;

Al lado de la poma codiciada

Traidor velaba el enemigo astuto.

«¿No comerás, le dijo la serpiente,

»Criatura de origen soberano?

»Pudieras como Dios omnipotente

»Otro mundo crear de polvo vano.

»No comerás, y quedarás sujeta

»Al privilegio inútil de su hechura;

»Quedará el alma entre, su nada quieta,

»Y a ti te llamarán la criatura.»

Sintió el orgullo la mujer curiosa,

Que brotaba en carmín a la mejilla,

Y a la fruta tendió la mano ansiosa

Vertiendo de ella la mortal semilla.

Aplicóla a los labios, y callaron

Arboles, aves, céfiros y fuentes,

Y en su lugar fatídicos quedaron

Troncos, buitres, tormentas y torrentes.

Rugió el león crespando la melena,

Lanzó el tigre su ardiente resoplido,

Bufó en el bosque la traidora hiena,

El toro levantó ronco mugido.

Huyeron azotándose las alas

Las aves por el aura agonizante,

El fresco valle marchitó sus galas,

Tembló el mundo en los ejes de diamante.

Despertó el triste Adán absorto y mudo

Al desusado y bronco clamoreo,

Y avergonzado se miró desnudo,

La carne henchida de brutal deseo.

Tembló al mirar las fieras espantadas

Guarecerse en tropel en los peñascos,

Y buscar sus guaridas socavadas

De las montañas en los hondos cascos.

Hirióle el sol las débiles pupilas

Al recio impulso de fogosa lumbre,

Y halló en el cielo en aplomadas filas

De frías nubes torva. muchedumbre.

Y sintió que perdía de improviso

La gracia de su Dios con la inocencia,

Y trocóle en infierno el Paraíso

El nuevo torcedor de la conciencia.

Viéronse con rubor ambos nacidos,

Que con rubor entrambos no nacieron,

Y del crimen común arrepentidos,

Uno del otro con, vergüenza huyeron.

«¡Adán!» exclamó Dios llamando al hombre,

Y el eco en las montañas respondía;

«¡Adán!» repitió Dios, y el mismo nom

El eco mismo a repetir volvía.

¿Dó estaba Adán? Llorando prosternado,

Por vez primera de su Dios temblaba,

Y humillado en el polvo, «¡Yo he pecado!»,

Respondía a la voz que le llamaba.

«¡Adán! gritó el Señor, cuenta tus horas,

»Porque vendrá una hora en que te veas

»Dando cuentas al Dios ante quien lloras;

»Y hasta entonces, Adán, ¡maldito seas! »

 

I

«Naciste, Adán, en el polvo

»Y en el polvo morirás,

»Tú, y tus hijos, y tu raza,

»Y cuantos hombres serán.

»Sudaréis sobre la tierra

»Los hijos por sustentar,

»Mientras los hijos rebeldes

»Con sus padres lidiarán.

»La tierra brotará espinas,

»El tiempo ahogará la paz,

»Y sin número los hombres

»A su Dios olvidarán.

»Entonces hambres y pestes,

»Y de miserias un mar

»Acosará el impío mundo

»Sin descanso ni solaz.

»Y habrá ejércitos y buques

»Que agua y tierra infestarán,

»Y habrá esclavos y habrá reyes,

»Y pueblos y sociedad.

»Y habrá amor, y habrá amistades,

»Que en vez de consuelos dar

»Os darán con dulces nombres

»Amargas horas de afán.

»Y habrá el corazón pasiones

»A cuyo impulso fatal

»Hermano robará a hermano

»Cuanto bien pudo alcanzar.

»Será la mujer voluble,

»Será el hombre desleal,

»Y amor tornaráse en celos,

»Y en envidia la amistad.-

»Y en raza de un mismo origen,

»Todos con derecho igual,

»El poder será la fuerza

»Y el miedo la autoridad.-

»Nacerán conquistadores

»Las tierras a deslindar,

»Y donde uno puso un trono,

»Otro un cadalso pondrá.

»Pero YO, que os hice en polvo

»Y en polvo os he de tornar,

»Haré un día de justicias

»Para todos por igual;

»Haré un infierno y un cielo

»Y una inmensa eternidad

»En que grandes y pequeños

»Confundidos entrarán. »

Dijo así Dios reduciendo

Los tiempos a cantidad,

Cuando dio al primer nacido

El triste apodo de Adán.-

 

II

Tuba mirum spargens sonum

Per sepulchra regionum,

Coget omnes ante trhonum.

Ancho panteón de gente condenada,

Condenado a morir como su gente

Caerá el mundo en el pozo de la nada,

Rota en pedazos la caduca frente.

La impía raza en las tumbas cobijada

Otra vez se alzará mustia y doliente,

Roto el dogal que al polvo la sujeta,

Al vivo son de la final trompeta.

Ya para entonces el tremendo día

Del daño universal será cumplido;

El sol qua del Oriente nos venía,

Apagada su luz habrá caído;

La luna, que flotando se mecía

En el azul del cielo adormecido,

Seguirá al fin sus moribundas huellas

Llevando en pos las lánguidas estrellas.

Y la tierra, sin sol que la fecunde,

Seca no brotará hierba ni flores,

Y harán que reventando el mar la inunde

Los temporales de la mar señores;

Y a las manos del tiempo que confunde.

Cuantos un día desplegó primores,

La tierra que de césped se matiza

Campo será de pálida ceniza.

En sus mohosas grietas, asomados

Estarán los desnudos esqueletos,

Al juicio de su Dios aparejados,

Silenciosos, estúpidos y quietos;

Y a trechos en montones apilados,

El plazo aguardarán juntos y prietos,

Con sus despojos reemplazando enjutos

Templos, palacios, árboles y frutos.

No dará luz el cielo blanquecino,

Ni hará murmullo el ondular del viento,

Ni en las rocas el eco campesino

Repetirá lejano algún acento;

Noche y alba sin horas ni camino

Ahogarán su crepúsculo opulento,

Y serán presa de arrecidas nieblas,

Sin aurora ni noche, las tinieblas.

No habrá en este pantano dentro y fuera

Ni habrá cosa con cotos, ni lugares,

Las tierras no hallarán mar ni ribera,

Ni hallarán playa los disueltos mares;

Barro será la agonizante esfera

Sin medidas, ni bordes, ni vallares,

Cual masa por los siglos preparada

A tornar al origen de su nada.

Las almas volverán mudas de asombro

Los cuerpos a buscar en que vivieron,

Cuando a través del cenagoso escombro

Vayan tras el lugar do los perdieron:

Sin ayuda de mano, brazo u hombro,

La carne vestirán con que nacieron,

Porque escuche la carne la sentencia

Que oyó el alma al pasar a otra existencia.

Y cuando nada en el silencio aliente,

Cuando nada mortal quede con vida,

A la voz del airado Omnipotente,

De los muertos la turba estremecida

Iremos ante Dios, baja la frente,

Amedrentada el alma en su guarida,

A obedecer sus leyes inmortales,

Y ante la santa ley, todos iguales.

 

III

Judex ergo cum sedebit

Quidquid latet aparebit,

Nihil inultum remanebit.

Y no habrá para ninguno

Privilegio ni exención,

Sin justicia no habrá alguno,

Porque iremos uno a uno

Por pena o por remisión.

Será con todos igual,

Justiciero para todos

El tremendo tribunal,

E irán de distintos modos

El justo y el criminal.

En la frente irán escritos

Los secretos de la vida,

Y las conciencias a gritos

Apartarán los malditos

De la prole bendecida.

Que ni entonces una vez

La virtud se manchará

Del vicio con la hediondez,

Ni la ramera soez

Junto a la virgen irá.

Allí irán los que altaneros

A los pueblos dieron leyes

A acusar sus desafueros,

Sin lanza los caballeros,

Y sin corona los reyes.

Allí irá la hipocresía

Con el disfraz en la mano,

Y sabremos aquel día

Qué pechero hubo hidalguía

Y qué hidalgo fue villano.

Irá el pálido mendigo

En pos del rico avariento

Acusador y testigo,

Demandando pan y abrigo

De su alcázar opulento.

Irá el amigo traidor

Tras el amigo engañado,

El semblante sin color,

Como esclavo maniatado

Que llevan a su señor.

Irá el pérfido galán

Tras las vendidas mujeres,

Que descontándole irán

Por las horas de su afán

Las horas de sus placeres.

Irá el señor sin piedad,

E irán los siervos tras él

Pidiendo a su vanidad

La perdida libertad

En iracundo tropel.

Irán los conquistadores,

Y asidos a sus cabellos

Los vencidos vencedores,

Serán allí sus señores

Como aquí lo fueron ellos.

Irá la falsa mujer

Que al esposo juró amor,

Y el juramento de ayer

Empeñó por un placer

Al disoluto amador.

Irá el audaz pendenciero

Con el muerto en desafío;

Acuchillado el primero,

Y el otro en el pecho impío

Escondido el rojo acero.

¡Que el día de la verdad

El fantasma del valor

Será necia ceguedad.,

Y no más que vanidad

El fantasma del honor!

Irá el corrompido juez

Tras la víctima inocente,

Y en torno suyo a la vez

Clamarán en voz doliente

La orfandad y la viudez.

Irán los monjes carnales

Tras las forzadas doncellas,

Desgarrados los sayales,

Los cordones por dogales

Atados al cuello de ellas.

Los labios que un tiempo dieron

Blando y sacrílego son

Con los besos que vertieron,

Que torpe hoguera encendieron

En el brutal corazón;

Allí arderán en tal lumbre,

En fuego tan infernal,

Cuanto a Dios fue pesadumbre

Bajar a la podredumbre

De su pecho criminal.

Y allí iremos los cantores

Falsas flores del Edén

Que en vez de santos loores

Cantamos himnos de amores

A las puertas de un harén.

Allí del liviano mundo

Habrá fin la imbécil farsa;

Todos en montón inmundo,

Sin primero ni segundo,

Iremos en la comparsa.-

¿Qué será ver hombre tanto

Nacido para morir,

Ciegos los ojos de llanto,

Ciega el ánima de espanto,

Al valle inmenso venir?

¿Qué será ver al tirano

Balbuciente al responder

De la sangre de su hermano,

En que irá tinta la mano

Sin que la pueda esconder?

¿Qué será ver tantos reyes

Que por saciar su ambición

Pusieron la religión

Por rúbrica de unas leyes

De equívoca explicación?

¿Tantas gentes y naciones,

De tan distintas regiones,

De distintos caracteres,

Y de distintos placeres,

Y distintas religiones?

¡Los de Judá temerosos,

Los de Esparta y Macedonia,

Los de Oriente voluptuosos,

Los fecundos en colosos

De Menfis y Babilonia!

¡Los de los anchos desiertos

Avezados al pillaje,

De tiempo y dioses inciertos,,

Los que devoran sus muertos

En algazara salvaje!

¡Los de América indolentes,

Los impuros de Sodoma,

Los de Tebas penitentes,

Los de Sagunto valientes,

Y los triunfantes de Roma!

¡Todos, muertos o inmortales

De hinojos ante su juez,

Que con leyes eternales

Nos hará a todos iguales

Ante la ley una vez!

 

E irán las tiernas almas

De los alegres niños

En túmulos de palmas

Y lechos con armiños

Al pie del trono espléndido

Del santo de Israel.

Sus ángeles hermanos

Haránles grata sombra

Con sus rosadas manos,

Y les harán alfombra

Con sus alas magníficas,

Y almohadas y dosel.

La paternal sonrisa

Del Dios omnipotente

Seráles blanda brisa,

Que arrulle mansamente

El contorno suavísimo

De su tranquila sien.

Y dormirán de espumas

Al dulce hervir sonoro,

Y de ondulantes plumas,

Y de incensarios de oro

A la acordada música

Del prometido Edén.

E irán las no tocadas

Castísimas mujeres

Que huyeron avisadas

El mundo y los placeres,

Y dieron al Altísimo

Intacto su pudor,

Ceñida la cintura

De blancas azucenas,

Radiantes de hermosura,

Y en dulces cantilenas

Loando en sol angélico

Al eternal amor.

Y todas tan hermosas

Como la tibia luna,

Y todas ruborosas

Como al dejar la cuna,

Todas ofrendas cándidas

De paz y de placer.

Purísimas palomas

Que el cielo halaga y cría,

Balsámicos aromas

Que en prendas de alegría

Entre dolor y lágrimas

Da al cielo la mujer.

Y ¿ qué será en tal hora

De duelos y de enojos

Su calma encantadora,

Y de sus bellos ojos

Contemplar el pacífico

Brillante tornasol?

Y ¿qué será en sus labios

Su sonreír de amores,

Cuando grandes y sabios,

Y reyes, y señores,

El día verán trémulos

Sin tinieblas ni sol?

 

IV

Y ¿ qué será de nuestro dulce canto,

Qué será de nosotros los cantores,

Los que lloramos cántigas de llanto,

Los que reímos cántigas de flores?

¿Qué será de la hermosa a quien un día

Himnos de amor y de placer cantamos,

Que en nuestros labios el amor bebía,

Y en cuyos labios el amor gozamos?

¿ Qué serán de sus ojos los espejos

Do nuestra imagen retratada vimos,

Do al lánguido rielar de sus reflejos

Su secreto de amor la sorprendimos?

¿Qué será del amigo cariñoso

Que amar nos hizo la falaz fortuna,

Del triste que veló nuestro reposo

Al resbalar de la furtiva luna?

Acaso el corazón lo desgarraba

El peligro fatal del que dormía,

Y su afán compasivo nos callaba,

Doblando su silencio su agonía.

¡Ay! ¿Qué será del padre y del hermano,

Qué será del esposo y de la esposa

Cuando aparte Jehová con justa mano

Del torpe vicio la virtud dichosa?

¿Cuando se abran las puertas eternales

Al eterno gozar del Paraíso,

Y les sea a los tristes criminales

Al duelo eterno caminar preciso?

¡Ay de mí! ¡Con cuán hondo desconsuelo

Los ojos tornarán desesperados

La postrimera vez mirando un cielo

que también nacieron destinados!

¡Oh tristísima y larga despedida,

Eterna muerte, eterna bienandanza,

Donde, perdiendo de una vez la vida,

Se pierde de morir toda esperanza!

 

¡Qué dulce será vivir,

Vivir una eternidad,

Sin pensar más en morir,

Ni pensar en reducir

A guarismo nuestra edad!

¡Qué dulce será, vagando

Por la viviente mansión,

Ir al compás escuchando

De las arpas de Sión,

Eternamente gozando,

Aquella aura perfumada,

Y aquel manso susurrar

De la floresta encantada,

Y aquella luz reflejada

De soles en un millar,

Y aquel gotear de las fuentes,

Y aquel trinar de las aves,

Y aquel hervir los torrentes,

Y aquellos mares vivientes

Sin monstruos, vientos, ni naves!

Y si en la fresca ribera

Quien amó en vida encontrara

La amorosa compañera

Que antes que el mundo muriera

Muerta en el mundo quedara,

¡Qué dulce fuera vivir,

Vivir una eternidad,

Sin pensar más en morir,

Ni pensar en reducir

A guarismo nuestra edad!

¡Oh, ven, ven, arpa sonora,

En las penas de mi vida

Mi tierna consoladora,

Esperanza seductora

De mi esperanza perdida!

Tú que templas en el suelo

Nuestros dolores mundanos

Con ilusiones de cielo,

Consuela mi desconsuelo

Con tus compases livianos.

Y déjale que delire

Con el cielo al corazón,

Y déjale que suspire,

Que el ámbar feliz aspire

De su dulce religión.

Porque en tanto que suspira

Por la postrimera paz,

¡Viva Dios que no delira

Con la nada y la mentira

De la existencia falaz!

 

Inconsecuencia

A una tórtola porque al fin la vida es sueño.

CALDERÓN

Tórtola que solitaria

En vez de cantar suspiras,

Es tu canto una plegaria,

O es la voz con que respiras

A tu voluntad contraria

Ese arrullo dolorido,

¿Se exhala en ti a tu despecho

Sonando alegre en tu oído,

o es en verdad un gemido

Que se te arranca del pecho?

Triste pájaro, ¡lo sé!…

Por eso en ocultas ramas

Tu nido ondear se ve;

Tú te escondes porque amas,

Mas tu voz vende a tu fe.

Naciste, ave desdichada,

Para llorar tu ternura,

Por eso en selva apartada

Vas a arrullar tu amargura,

Del campo ameno enojada.

Enojos te dan las flores,

Enojos la luz del día,

Enojos ¡ay! los amores

Que en dulcísima armonía

Murmuran los ruiseñores.

Te enoja el murmullo vano

De la bulliciosa frente,

Y el céfiro cortesano

Que susurra mansamente

A los jardines cercano.

Te enojan las otras aves

Con su inocente amistad

Y con sus gorjeos suaves;

Tú, que llorar sólo sabes,

Vives en la soledad.

Menos en el monte inculto,

Vivir te cansa o extraña;

Porque allí despeña oculto

El torrente que le baña,

Sus espumas en tumulto.

Porque allí el viento perdido

Que entre las malezas rueda

Con sordo y medroso ruido,

En lánguido son remeda

Tu monótono gemido.

Porque allí el césped salvaje

Que a pedazos ha brotado

Por el agreste paisaje,

Borda el terreno olvidado

Con pliegues de tosco encaje.

Y a fe, a los ojos del triste

No son gala los primores

Con que natura se viste,

Que otro placer no resiste

Que pensar en sus dolores.

Y los amorosos duelos

Son males antojadizos

Que se quejan a los cielos,

Y no admiten más consuelos

Que hallar en el duelo hechizos.

Porque es tan grato saber

Que nos podemos quejar,

Que cuando tan ruin placer

Pensamos que ha de faltar,

Le volvemos a querer.

Por eso, tórtola bella,

Dió el cielo a tu ronco canto

El compás de una querella,

Porque al cantar tu quebranto

Lloraras tu gozo en ella.

Y si es cierto que así en pos

De tu canción va tu queja,

¡Ay, tórtola, vive Dios

Que en el mal que nos aqueja

Nos parecemos los dos!

Pues si abriga tu garganta

En vez de vez un lamento,

Cuando mi voz se levanta,

En vez de darme contento

Mis amarguras me canta.

Si nada tu voz te vale

Porque en la selva escondida

Nadie a escuchártela sale,

Bien creo, ave dolorida,

Que tu mal al mío iguale.

Y si buscas en tu anhelo

De que alguno te responda

El miserable consuelo,

Yo pido en mi canto al cielo

Quien a mi voz no se esconda.

Pues ambos somos cantores,

Y ambos somos desdichados,

Conmigo es justo que llores:

Tú, tórtola, tus amores;

Yo, mis males olvidados,

¡Olvidados, ¡ay de mí!

Que cuando el arpa tomé.

Cantando ahogarlos creí;

Y tantas glorias soñé,

Cuantos desengaños vi!

Vi el mundo tan hechicero,

Que no le alcancé falaz;

Alcé mi canto primero,

Y el alma lanzó fugaz

Un suspiro lastimero.

Que es bien inútil consuelo

Nuestras desdichas cantar,

Si por tan cercano el suelo

Nuestra voz no ha de escuchar,

Y por tan remoto el cielo.

 

II

Dime, ¿ qué nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

Tú a selva escondida

Te vas a gemir,

Porque el canto alegre

Te es lúgubre a ti;

Porque el tuyo amarga

El canto feliz,

Y las otras aves

No te le han de oír;

Y yo, que angustiado

Llorando nací,

Si le canto al mundo

Su gloria pueril,

La espalda me torna,

Dice que mentí.

Si vuelvo mis duelos

De nuevo a plañir,

Me dice con mofa

Que es dulce vivir:

Si el lloro y el canto

Nos desoye así,

Dime, ¿que nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

El mundo, ceñido

Del aire sutil,

Vestido de flores

Con rico tapiz,

Tocado con ancho

Dosel de zafir,

Prendido con nubes

Que el alto cenit

Circundan de nieblas

De azul y carmín,

Sembrado de estrellas

Que el turbio confín

Tachonan brillantes

En montones mil

Con pálidas perlas

Y rojos rubís,

Nos miente sin duda

Vistoso jardín,

Convida a cantarle

Mirándole así.

Mas si esos hechizos

Y gayo matiz

Caminos son sólo

Que llevan al fin

De breves placeres,

y el fin es morir;

Si el que llora o canta

Concluyen allí,

Si el triste se mofa

Del rico y feliz,

E insulta el alegre

Del triste el sufrir,

Dime, ¿qué nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

 

Que es la tierra de lágrimas camino,

Valle de tumbas que pasando vemos;

Féretro y cuna nos abrió el destino

Para entrar y salir, en los extremos;

Fantástico al entrar y peregrino,

Y asqueroso al salir le comprendemos;

Que al vivir despertamos en la cuna,

Y al despertar nos ríe la fortuna.

Imperfectos traemos los sentidos

Porque a sentir no alcancen tanto duelo,

Sordos aún traemos los oídos

Porque no escuchen el clamor del suelo;

La lengua y pensamientos obstruídos

Porque al ánima falte ese consuelo;

Sólo abrimos al sol nuestra pupila

Porque asombrada con el sol vacila.

Feliz quien, despertando cuando nace,

En ilusiones de esperanza crece,

Y un bello mundo de ilusiones hace

Donde loco soñando se adormece.

Que mientras duerme y delirando yace,

La árida realidad se desvanece,

Y mientras sueña su falaz ventura,

A su camino el término apresura.

Más vale delirar lindas quimeras

En ilusión de sueños seductores,

Que roer esperanzas pasajeras

En este valle de ponzoña y flores,

Donde, aguardando dichas venideras,

Lloramos sobre el pan de los dolores;

Donde, al buscar el necesario aliento,

Mortal cicuta nos regala el viento.

Porque en sueños los bienes y los males,

Dorados en la loca fantasía,

Al ánima dormida son iguales:

El desdichado canta su agonía,

Y lamenta el feliz bienes mortales,

Mas ninguno en perderlos se holgaría,

Que son dulces los bienes lamentados,

Y los males lo son desesperados.

 

Si tan bellos son los bienes

Soñados como los males,

Ya, tórtola, no me afligen

Tus melancólicos ayes;

Que a ti te dieron lamentos

En vez de alegres cantares,

Y tú cantando le cuentas

Tus amarguras al aire.

Las endechas y los himnos

Los mismos consuelos traen,

Que a la par nos adormecen

Las dichas y los pesares.

Tú te arrullas tristemente

Con tan lúgubres compases,

Porque tus duelos son gozos

Con el placer de contarles;

Yo al mundo canto mis cuitas

Porque cuando otros las saben,

El placer de que las sepan,

Dichas de mis penas hacen.

Y así, cuando entrambos, tórtola,

Con lamentaciones graves

En guisa de querellarnos

Atormentamos los aires,

Pues nuestra queja es contento

Por el placer de quejarse,

Con extravíos tamaños,

Con inconsecuencias tales,

No hacemos más que soñar

Y mentir calamidades,

Tú llorando bien de amores,

Y yo delirando males.

 

Indecisión

¡Bello es vivir; la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas:

Y en medio de la noche majestuosa

Esa luna de plata, esas estrellas,

Lámparas de la tierra perezosa,

Que se ha dormido en paz debajo de ellas.

¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte

Asomar el crepúsculo que nace;

Y la neblina que corona el monte,

En el aire flotan, lo se deshace;

Y el inmenso tapiz del firmamento

Cambia su azul en franjas de colores;

Y susurran las hojas en el viento,

Y desatan su voz los ruiseñores.

 

Y la noche las orlas de su manto

Arrastra fugitiva en Occidente,

Y la tierra despierta al fuego santo

Que reverbera el sol en el Oriente.

¡Bello es vivir! Se siente en la memoria

El recuerdo bullir de lo pasado,

Camina cada ser con una historia

De encantos y placeres que ha gozado.

Si hay huracanes y aquilón que brama,

Si hay un invierno de humedad vestido,

Hay una hoguera a cuya roja llama

Se alza un festín con su discorde ruido.

Y una pintada y fresca primavera,

Con su manto de luz y orla de flores,

Que cubre de verdor la ancha pradera

Donde brotan arroyos saltadores.

Y hay en el bosque gigantesca sombra,

Y desierto sin fin en la llanura,

En cuya extensa y abrasada alfombra

Crece la palma como hierba obscura.

Allí cruzan fantásticos y errantes,

Como sombras sin luz y apariciones,

Pardos y corpulentos elefantes,

Amarillas panteras y leones.

Allí, entre el musgo de olvidada roca,

Duerme el tigre feroz harto y tranquilo;

Y de una cueva en la entreabierta boca,

Solitario se arrastra el cocodrilo.

¡Bello es vivir; la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas…..

 

Arranca, arranca, Dios mío,

De la mente del poeta

Este pensamiento impío

Que en un delirio creó;

Sin un instante de calma,

En su olvido y su amargura,

No puede soñar su alma

Placeres que no gozó.

¡Ay del poeta! Su llanto

Fue la inspiración sublime

Con que arrebató su canto

Hasta los cielos tal vez;

Solitaria flor que el viento

Con impuro soplo azota,

Él arrastra su tormento

Escrito sobre la tez.

Porque tú ¡oh Dios! le robaste

Cuanto los hombres adoran;

Tú en el mundo lo arrojaste

Para que muriera en él;

Tú le dijiste que el hombre

Era en la tierra su hermano;

Mas él no encuentra ese nombre

En sus recuerdos de hiel.

Tú le has dicho que eligiera

Para el viaje de la vida

Una hermosa compañera

Con quien partir su dolor;

Mas ¡ay! que la busca en vano,

Porque es para el ser que ama

Como un inmundo gusano

Sobre el tallo de una flor.

Canta la luz y las flores,

Y el amor en las mujeres,

Y el placer en los amores,

Y la calma en el placer;

Y sin esperanza adora

Una belleza escondida,

Y hoy en sus cantares llora

Lo que alegre cantó ayer.

Él, con los siglos rodando,

Canta su afán a los siglos,

Y los siglos van pasando

Sin curarse de su afán.

¡Maldito el nombre de gloria

Que en tu cólera le diste! …..

Sentados en su memoria

Recuerdos de hierro están.

El día alumbra su pena,

La noche alarga su duelo,

La aurora escribe en el cielo

Su sentencia de vivir;

Fábulas son los placeres,

No hay placeres en su alma,

No hay amor en las mujeres,

Tarda la hora de morir.

Hay sol que alumbra, mas quema,

Hay flores que se marchitan,

Hay recuerdos que se agitan,

Fantasmas de maldición.

Si tiene una voz que canta,

Al arrancarla del pecho

Deja fuego en la garganta,

Vacío en el corazón.

 

¡Bello es vivir! Sobre gigante roca

Se mira el mundo a nuestros pies tendido,

La frente altiva con las nubes toca…..

Todo creado para el hombre ha sido.

 

¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado,

En los bordes se duerme de la vida,

Y de locura y sueños embriagado,

En un festín el porvenir olvida.

 

¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos:

El tiempo entre sus pliegues roedores

Ha de llevar el bien que no gocemos

Y ha de apagar placeres y dolores.

 

Cantemos, de nosotros olvidados,

Hasta que el son de la fatal campana

Toque a morir. Cantemos descuidados,

Que el sol de ayer no alumbrará mañana.

 

Introducción a los “Cantos del trovador”

¿Qué se hicieron las auras deliciosas

Que henchidas de perfume se perdían

Entre los lirios y las frescas rosas

Que el huerto ameno en derredor ceñían?

Las brisas del otoño revoltosas

En rápido tropel las impelían,

Y ahogaron la estación de los amores

Entre las hojas de sus yertas flores.

 

Hoy al fuego de un tronco nos sentamos

En torno de la antigua chimenea,

Y acaso la ancha sombra recordamos

De aquel tizón que a nuestros pies humea.

Y hora tras hora tristes esperamos

Que pase la estación adusta y fea,

En pereza febril adormecidos

Y en las propias memorias embebidos.

 

En vano a los placeres avarientos

Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras

Estremecen los ricos aposentos

Y fantásticas danzas tentadoras;

Porque antes y después caminan lentos

Los turbios días y las lentas horas,

Sin que alguna ilusión de breve instante

Del alma el sueño fugitiva encante.

 

Pero yo, que he pasado entre ilusiones,

Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,

No os dejaré dormir en los salones

Donde al placer la soledad convida;

Ni esperar, revolviendo los tizones,

Al yerto amigo o la falaz querida,

Sin que más esperanza os alimente

Que ir contando las horas tristemente.

 

Los que vivís de alcázares señores,

Venid, yo halagaré vuestra pereza;

Niñas hermosas que morís de amores,

Venid, yo encantaré vuestra belleza;

Viejos que idolatráis vuestros mayores,

Venid, yo os contaré vuestra grandeza;

Venid a oír en dulces armonías

Las sabrosas historias de otros días.

 

Yo soy el Trovador que vaga errante:

Si son de vuestro parque estos linderos,

No me dejéis pasar, mandad que cante;

Que yo sé de los bravos caballeros

La dama ingrata y la cautiva amante,

La cita oculta y los combates fieros

Con que a cabo llevaron sus empresas

Por hermosas esclavas y princesas.

 

Venid a mí, yo canto los amores;

Yo soy el trovador de los festines;

Yo ciño el arpa con vistosas flores,

Guirnalda que recojo en mil jardines;

Yo tengo el tulipán de cien colores

Que adoran de Estambul en los confines,

Y el lirio azul incógnito y campestre

Que nace y muere en el peñón silvestre.

 

¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!

¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,

Y enciende en mí la llama creadora

Que del aliento del Querub emana!

¡Lejos de mí la historia tentadora

De ajena tierra y religión profana!

Mi voz, mi corazón, mi fantasía

La gloria cantan de la patria mía.

 

Venid, yo no hollaré con mis cantares

Del pueblo en que he nacido la creencia,

Respetaré su ley y sus aliares;

En su desgracia a par que en su opulencia

Celebraré su fuerza o sus azares,

Y, fiel ministro de la gaya ciencia,

Levantaré mi voz consoladora

Sobre las ruinas en que España llora.

 

¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,

Grande, opulenta y vencedora un día,

Sembrada de recuerdos y de historias,

Y hollada asaz por la fortuna impía!

Yo cantaré tus olvidadas glorias;

Que en alas de la ardiente poesía

No aspiro a más laurel ni a más hazaña

Que a una sonrisa de mi dulce España.

 

Juan Ruiz y Pedro Medina…

I

Juan Ruiz y Pedro Medina,

dos hidalgos sin blasón,

tan uno del otro son

cual de una zarza una espina.

Diz que Pedro salvó a Juan

la vida en lance sangriento;

prendas de tanto momento

amigos por cierto dan.

Pasan ambos por valientes

y mañeros en la lid,

y lo han probado en Madrid

en apuros diferentes.

Ambos pasan por iguales

en valor y en osadía,

pero en fama de hidalguía

no son lo mismo cabales.

Que es Juan Ruiz hombre iracundo,

silencioso por demás,

que no alzó noble jamás

el gesto meditabundo.

Ancha espalda, corto cuello,

ojo izquierdo, torvas cejas,

ambas mejillas bermejas,

y claro y rubio el cabello.

Y aunque lleva en la cintura

largo hierro toledano,

dale, brillando en su mano,

más villana catadura.

Y aunque arrojado y audaz

en la ocasión, rara vez

carece su intrepidez

de son de temeridad.

Ágil, astuto o traidor,

hijo de ignorada cuna,

debe acaso a su fortuna

mucho más que a su valor.

Presentóse ha pocos años

de Indias advenedizo,

dizque con nombre postizo

cubriendo propios amaños.

Mas vertió lujo y dinero

en festines y placeres,

aunque fue con las mujeres

más falso que caballero.

Hoy pasa, pobre y oscuro,

una existencia común,

y medra o mengua según

los dados le dan seguro.

Hombre de quien saben todos

que vive de malvivir,

mas nadie sabrá decir

por cuáles o de qué modos.

Modelos en amistad

ambos para el vulgo son,

mas con Pedro es la opinión

menos rígida en verdad.

Porque es Pedro, aunque arrogante

y orgulloso en demasía,

mozo de más cortesía

y más bizarro talante.

De ojos negros y rasgados

con que a quien mira desdeña,

nariz corta y aguileña,

con bigotes empinados.

Entre sombrero y valona

colgando la cabellera,

y alto el gesto en tal manera,

que cuando cede perdona.

Mas si sombras de matón

tales maneras le dan,

tiénela más de galán

por su noble condición.

Que no hay en Madrid mujer

que un agravio recibiera,

que a su espada no tuviera

satisfacción que deber.

Ni hay ronda ni magistrado

que en revuelta popular.

no le haya visto tomar

ayuda y parte a su lado.

Tales son Ruiz y Medina,

de quienes, por concluir,

fáltame sólo decir

que amaban a Catalina.

Es ella una moza oscura,

de talle y de rostro apuesta,

mas tan gentil como honesta,

y como agraciada pura.

Ámala Ruiz, pero calla,

acaso porque su amor,

para mujer de su honor,

palabras de amor no halla.

Él con ansia la contempla

al abrigo del embozo,

pero el ímpetu de mozo

ante su virtud se templa,

que es tan dulce su mirar,

que su luz por no perder,

cuando se quiso atrever

sólo se atrevió a callar.

Y es tan flexible su acento,

que para no interrumpirle,

tener es fuerza al oírle

con los labios el aliento.

Medina, que fue soldado

sobre Flandes por Castilla,

y a los usos de la villa

de más tiempo acostumbrado,

suplicóla tan rendido,

tan cortés la enamoró,

que ella amor le prometió

como él fuera su marido.

«¡Eso sí!, ¡por San Millán!»,

dijo Pedro con denuedo;

y la calle de Toledo

tomó en resuelto ademán.

 

II

Contento Pedro Medina

con su amorosa ventaja,

mas a carreras que a pasos

iba cruzando la plaza.

Saltábale el corazón

a cada paso que daba,

y frotándose ambas manos

bajo la anchurosa capa.

Los labios le sonreían,

y los ojos le brillaban

al reflejo que en el pecho

despide la amante llama.

Las gentes le hacían sitio

porque cerca no pasara,

que, según iba resuelto,

que fuese audaz recelaban.

Mas él va tan divertida

en sus amores el alma,

que ni ve donde tropieza,

ni cura de los que pasan.

Topó al volver una esquina

una vieja, y al dejarla

derribada en tierra, dijo:

«Nos casaremos mañana.»

 

Enredósele el estoque

en el manto de una dama,

y rasgándole una tercia,

echála un voto de a vara.

Así dando y recibiendo

encontrones y pisadas,

dio por fin con la hostería

donde su amigo jugaba.

Fue a la mesa, y preguntando

a Juan si pierde o si gana,

pidió vino y añadióle:

-Cuando acabes, dos palabras.

Recogió Juan sus monedas,

y terciándose la capa,

sentóse al lado de Pedro

diciendo bajo: -¿Qué pasa?

-Me caso -dijo Medina.

Miróle Juan a la cara,

y frunciendo entrambas cejas

tosió, sin responder nada.

-¿Qué piensas? -preguntó Pedro.

-En ti y tu mujer pensaba

-contestó Juan suspirando,

con voz ronca y apagada.

-¿Supondrás que es Catalina?

-Y lo siento con el alma.

-¡Cómo!

-Porque tengo celos.

-¡Por San Millán!

-Yo la amaba.

-¿Y ella?

-Nunca se lo dije,

pero ocurrióseme…

-¡Acaba!

-Para decirla mi amor

escribirla hoy una carta.

Callaron ambos: Medina

remedio al caso buscaba,

el codo sobre la mesa,

sobre la mano la barba.

 

Al fin, como quien resuelve

negocio que aflige y cansa,

pidió papel y tintero,

diciendo a Juan: -¡Por mi alma,

que en mi vida en tal apuro

vacilar tanto pensaba;

y a no serte tú quien eres,

metiéralo a cuchilladas;

pero escribe, y que responda

a cual de nosotros mata!

Escribió Juan, más rasgando

al mejor tiempo la carta.

-Echemos -dijo- los dados,

y al que la mayor le caiga,

si es a mí, la escribo al punto;

si es ti, Pedro, te casas.

Tiró Juan, y sacó nueve;

y asiendo el vaso con rabia,

tiró Pedro, y sacó doce.

Con que los dos se levantan,

y atravesando la turba

que curiosa los cercaba,

parten la calle en silencio,

dándose entrambos la espalda.

 

III

Son, a mi pensar, los celos

delirio, pasión o mal

a cuyo influjo fatal

lloraban los mismos cielos.

A manos de tal pasión,

el más cuerdo desespera,

pues quien con celos espera,

atropella su razón.

Si con celos esperar

es importuna porfía,

ceder celoso en un día

cuanto se amó, no es amar.

De celos verse morir,

y en silencio padecer,

son celos tan de temer

cuanto duros de sufrir.

Y así, con celos amar

vale casi aborrecer,

pero con celos ceder,

es igual que delirar.

Si otro más favorecido

goza el bien que se perdió,

se habrá el disfavor sentido,

mas perdido el amor, no.

Porque en quien goza favor

sobra tal vez confianza,

y celos sin esperanza

suelen guardar más amor.

Si favor nunca tuvimos,

aún es suerte más cruel,

porque vemos ahora en él

cuanto bien haber pudimos.

Y así pienso que son celos

delirio, pasión o mal,

a cuyo influjo fatal

lloraban los mismos cielos.

Por eso llora Juan Ruiz,

celoso y desesperado,

el bien que Pedro ha ganado

más galán o más feliz.

Por eso en la soledad

se mesa barba y cabellos,

sin mirar que no está en ellos

su amante fatalidad.

¡Oh, que no fueron antojos

sus amorosos desvelos!

Que el amor que hoy le da celos

entróle ayer por los ojos.

«¿Y por qué no me atreví

-clama el triste en su aflicción

y hoy acaso esta pasión

pudiera arrancar de mí?

Mas volveré, ¡vive Dios!

¿Pero que he de conseguir

si la he dejado elegir

marido de entre los dos?»

Y a su despecho tornando,

semejábase, en su afán,

una fiera a quien están

dentro la jaula acosando.

Sin darse el triste solaz,

cruzaba el cuarto sin tino,

pero no hallaba camino

de dar al ánimo paz.

Silbaba al dejar rabioso

paso al comprimido aliento,

y hollaba con pie violento

el pavimento ruinoso.

Iba adelante y atrás

sin reflexión que le acuda,

a la par pidiendo ayuda

a Cristo y a Satanás.

Túvose un momento al fin,

y en el temblor que le aqueja

se ve bien que se aconseja

con un pensamiento ruin.

Volvió a girar otra vez,

y otra a tenerse volvió;

en esto dobló un reló

en una torre las diez.

Entonces, quedando fijo,

exclamó en la oscuridad:

«Hoy se casan, es verdad;

hace un mes que me lo dijo.»

Ciñó con esto el acero

con desdén a la cintura;

y salióse a la ventura,

la vuelta del Matadero.

 

IV

Es una noche sin luna,

y un torcido callejón

donde hay en un esquinazo

agonizando un farol,

un balcón abierto a medias,

por los vidrios de color

arroja al aire en tumulto

de danza el confuso son.

Se oye el compás fugitivo

que llevan con pie veloz

los que danzan descuidados

dentro de la habitación.

Y se ven cruzar sus sombras

una a una y dos a dos

en fantástica carrera

y en monótona ilusión.

La casa es la de Medina,

que en ella a fiesta juntó

sus amigos y parientes

después de traspuesto el sol.

Allí con franca algazara

festeja a la que adoró,

de quien aguarda esta noche

prendas de cumplido amor.

Está la niña galana

cual nunca el barrio la vio,

suelto en rizos el cabello,

que exhala fragante olor;

la falda de raso blanco

y acuchillado el jubón,

con vueltas de terciopelo

azul, de cielo el color;

con una hebilla de plata

ajustado el cinturón,

de donde baja en mil pliegues

un encaje en derredor;

y de un lazo de corales,

que Pedro la regaló,

lleva en una cruz de oro

la imagen del Redentor.

Tanta ventura en un día

nunca Pedro imaginó,

y así, anda desatentado

girando en la confusión.

A cada vuelta se mira

en los ojos de su amor,

y en la luz de aquellos soles

se le quema el corazón.

Y, en fin, para concluir,

se cantó, cenó y bailó,

como es costumbre en las bodas

desde entonces hasta hoy;

hasta que, cansados unos

del baile, otros del calor,

las viejas del tardo sueño,

los músicos de su son,

los muchachos de la bulla,

y los novios del honor

que les hacen sus amigos

en tan precisa ocasión,

despidiéronse uno a uno

echando sobre los dos

más bendiciones que plagas

causó a Egipto Faraón.

Quedáronse entrambos solos

la amada y el amador,

por vez primera en la vida

a merced de su pasión.

Mirábala embelesado

el amoroso español,

trémulo el rostro de gozo

y de dicha el corazón;

mirábale ella anhelante

encendida de rubor,

húmedos los negros ojos

con tiernísima afición.

Él diciéndola: «¡Alma mía!»,

diciéndole ella: «¡Mi sol!»,

entre el son de ardientes besos

de regalado sabor.

En esto en la estrecha calle

temible ruido sonó

de voces y cuchilladas

en medrosa confusión,

y al angustiado lamento

de uno que grita: «¡Favor!

¡Ayudadme, que me matan!»

Pedro a la calle bajó

con el estoque en la diestra

y en la siniestra el farol.

Asomóse Catalina

amedrentada al balcón,

llamando a Pedro afanosa,

de algún daño por temor.

Alzó Medina la cara,

y la luz con ella alzó,

pero apenas el reflejo

dio en el rostro de su amor,

una estocada traidora

por el costado le entró.

Lanzó un grito el desdichado

que partía el corazón;

lanzó la hermosa un gemido

de intensísimo dolor,

y el moribundo Medina

volviendo el gesto a un rincón,

hacia una imagen de Cristo,

de quien devoto vivió,

dijo expirando: «Soy muerto,

¡acorredme, Santo Dios!»

Y quedó tendido en tierra,

sin movimiento y sin voz.

Alzóse a su lado un hombre,

y exclamando con pavor:

«¡Maldita sea mi alma!»,

mató la luz y escapó.

 

V

Tuvieron así los años,

uno, dos, tres, hasta siete,

embozada en el misterio

aquella impensada muerte.

En vano acudieron pronto

vecinos a socorrerle,

para vengarle los hombres,

para mentir las mujeres.

En vano salieron unos

casi desnudos a verle,

y otros salieron jurando,

armados hasta los dientes.

Nada sirvieron entonces,

ni jubones ni broqueles;

Medina quedó sin vida,

y sin justicia el aleve.

En vano son las pesquisas

de los irritados jueces,

en vano son los testigos,

las citas y los papeles.

En vano el caso averiguan

una, dos, tres, quince veces;

cada vez más se confunden

los golillas y corchetes.

En vano sobre la rastra

anduvieron diligentes

olfateando la presa

los alanos de las leyes;

porque todos son testigos,

todos declaran contestes,

todos son los agraviados,

mas ninguno delincuente.

Hubo alborotos por ello,

y pendencias más de veinte;

mas Pedro, quedó sin vida,

y sin justicia el aleve.

Catalina le lloraba,

desconsolada y doliente,

minutos, horas y días,

noches, semanas y meses.

Un año estuvo en el lecho

con accesos de demente,

y un año a su cabecera

veló Juan Ruiz sin moverse.

Dio con la puerta en los ojos

a padrinos y parientes,

diciendo: «Mientras yo viva,

no faltará quien la vele.»

Y en vano le murmuraron

de tal conducta las gentes;

Juan se mantuvo constante

a la cabecera siempre,

sin que a sondear su alma

alcanzara algún viviente

a través de la reserva

y el misterio que mantiene.

Curóse al fin Catalina,

y el tiempo, que tanto puede,

siendo remedio y sepulcro

de los males y los bienes,

volvió la luz a sus ojos,

y el pudor volvió a su frente,

y el talismán de la risa

a sus labios transparente;

y salió ufana, diciendo

a cuantos por verla vienen

que la vida con que vive

sólo a Juan Ruiz se la debe.

Éste, a pretexto de amigo

del triste que en polvo duerme,

no se aparta de su lado

hasta que la noche viene.

Entonces a lentos pasos

la esquina inmediata tuerce,

y en las revueltas del barrio

como un fantasma se pierde.

Mas no faltó en él alguno

que a media voz se atreviese

a decir que cuando pasa

por ante el Cristo se tiene,

y el embozo hasta los ojos,

el sombrero hasta las sienes,

cruza azaroso la calle,

como si alguien le siguiese.

En estas conversaciones,

cada vez menos frecuentes,

pasaron al fin los años,

uno, dos, tres, hasta siete.

 

VI

Pagada la Catalina

de amistad tan firme y tierna,

de tanto afán y desvelos,

de tan rendida fineza,

escuchó a Juan una tarde,

los ojos fijos en tierra,

dulces palabras de amores

de la balbuciente lengua.

Instó un día y otro día,

quedó siempre sin respuesta;

volvió a sus ruegos Juan Ruiz

volvió a su silencio ella.

Pasése un mes y otro mes,

y tornó Ruiz a su tema,

y tornó a callar la niña

entre enojada y risueña.

Mas tanto lidió el galán,

tanto resistió la bella,

que al cabo la linda viuda

dijo a Juan de esta manera:

-Puesto que es muerto Medina

(¡Dios en su gloria le tenga!)

y por siete años cumplidos

mi fe le he guardado entera,

y él ha visto nuestro amor

allá en la vida eterna,

os daré, Juan Ruiz, mi mano,

y mi corazón con ella.

Amigo de Pedro fuisteis,

y yo os debo la existencia;

conque es justo, a mi entender,

os cobréis entrambas deudas.

Púsose Juan Ruiz de hinojos

a los pies de la doncella,

y asiéndola las dos manos

humildemente la besa.

Acordáronse las bodas,

mas Catalina aconseja

que sean cuando él quisiese,

pero que sin ruido sean.

Las malas mañas o antojos,

o tarde o nunca se dejan,

y Juan en su mocedad

gustó de bulla y de fiesta.

Así, aunque pocos convida

para que a las bodas vengan,

buscó unos cuantos amigos

que le alegraran la mesa.

Trajo vinos los mejores,

y viandas las más frescas,

y apuntó por hora fija

de noche las diez y media.

Gustaba Juan sobre todo

de cabezas de ternera,

y asábalas con tal maña,

que a cualquier gusto pluguieran.

Gozaba en esto gran nombre

entre la gente plebeya,

de tal modo, que le daban

el apodo de Cabezas.

Ocurrióle a media tarde

darse a luz con tal destreza,

y embozándose en la capa,

salió en busca de una de ellas.

Mataban aquella tarde

en el Rastro una becerra;

compró el testuz y cubrióle,

asido por una oreja.

Volvió a doblar el embozo,

y contento con la presa,

de la calle en que vivía

tomó rápida la vuelta.

Iba Juan Ruiz con la sangre

dejando en pos roja huella,

que marcaba su camino

sobre las redondas piedras.

En esto, entrando en su barrio,

al doblar una calleja,

dos ministros de justicia

le pasaron muy de cerca.

Él siguió, y pasaron ellos

advirtiendo con sorpresa

la sangre con que aquel hombre

el sitio que anda gotea.

Él siguió, y tornaron ellos

por sobre el rastro que deja,

hasta entrar en otra calle

oscura, sucia y estrecha.

En un rincón, embutida,

a la luz de una linterna,

de Cristo crucificado

se ve la imagen severa.

Paróse Juan; los corchetes,

que en el mismo punto llegan,

viendo que duda y vacila

en la faz de preso le cercan.

-¡Fuera el embozo! -gritaron-;

muestre a la luz lo que lleva.

Volvió los ojos al Cristo

Juan, y helósele en las venas,

a una memoria terrible,

cuanta sangre hervía en ellas.

-¡Fuera el embozo! -repiten,

y él, acongojado, tiembla,

sintiendo un cambio espantoso

que pasa en su mano mesma.

Quiso hablar, y atropellado,

un «¡Dejadme!» balbucea.

Deshiciéronle el embozo,

y mostrando Ruiz la diestra,

sacó asida del cabello

de Medina la cabeza.

-¡Acorredme, Santo Dios!

-grita aterrado, y la suelta;

mas la cabeza, oscilando,

entre los dedos le queda.

-¡Yo le maté! -clamó entonces-,

hoy ha siete años, por ella.

Y sin voz ni movimiento

cayó desplomado en tierra.

 

Conclusión

Y así fue que aquella noche

de sangrienta confusión,

en que al ruido de una riña

Pedro a la calle bajó

con el estoque en la diestra

y en la siniestra el farol,

no era en ella otro que Ruiz

quien llevaba lo mejor.

Como un imán a una aguja

arrastra constante en pos,

como una serpiente a un pájaro,

a una paloma un halcón

entorpecen y fascinan,

sin que ala ni pie veloz

para huirles les acudan,

a impulsos de su pasión

anduvo así Juan vagando

de la fiesta en derredor.

Y oía por las ventanas

de danza el confuso son.

Y vía cruzar las sombras,

una a una y dos a dos,

en fantástica carrera

y en monótona ilusión.

Así lloraba acosado

de sus celos y su amor,

cuando oyó de una pendencia

vivo y cercano rumor;

cerróse en ella a estocadas

tan sin acuerdo y razón,

que a cuantos hubo a las manos

adelante se llevó.

En esto acudió Medina,

y Catalina al balcón,

de la suerte recelando,

acelerada salió.

Mas al ver cuál afanosa

curaba ella de otro amor,

cegaron a Ruiz los celos,

el despecho le embriagó,

y al tiempo que alzaba Pedro

el brazo con el farol,

matóle a la faz de Cristo,

como villano, a traición.

De entonces, en los siete años,

después del hecho traidor,

ni una sola vez, de miedo,

por ante el Cristo pasó.

Llegó la primera al cabo,

y en ella al Cielo ocasión

de mostrar que hay infalibles

tribunales sólo dos

de irrevocable sentencia,

sin cotos ni apelación:

Para verdades el TIEMPO,

y para justicia DIOS.

 

Justicias del rey don Pedro

I

Cuando su luz y su sombra

mezclan la noche y la tarde,

y los objetos se sumen

en la sombra impenetrable,

en un postigo excusado,

que a una callejuela sale

de una casa, cuya puerta

principal da a la otra calle,

dos hombres que se despiden

se ven, aunque no se sabe

n¡ cuál de los dos se queda

ni cuál de los dos se parte.

Ambos mirándose atentos,

ambos un pie hacia adelante,

parados en el dintel

están, y entrambos iguales.

Por fin el más viejo de ellos,

hundiendo el mustio semblante

entre el sombrero y la capa,

en ademán de marcharse,

torció la cabeza a un lado,

pronunciando un no tan grave,

que bien se vio que era el fin

de las pláticas de enantes.

Sin duda el otro entendido,

no encontró qué replicarle,

pues bajando la cabeza,

callóse por un instante.

-Buenas noches -dijo el viejo-.

Tartamudeó un “Dios le guarde”

el otro; mas, decidiéndose,

hizo hacia el viejo un avance.

-“Mírelo bien, y cuidado

no se arrepienta, compadre.

-Nunca eché más de una cuenta.

-Piénselo bien, y no pase

sin contar lo que va de él

a don Juan de Colmenares.

-Señor -replicó el anciano-,

en tiempos tan deplorables,

yo sé que lo pueden todo

los ricos y los audaces.

-Pues mire lo que le importa;

que rica y audaz señales

son con que marca la fama

a los que en mi casa nacen.

Callaron por un momento,

y continuando mirándose

dijo el viejo tristemente,

aunque en tono irrevocable:

-Nunca lo esperé de vos;

mas tampoco vos ni nadie

puede esperar más de mí.

-Pues, entonces, adelante

idos, buen viejo, con Dios,

qué estoy de prisa y es tarde.”

Cerró la puerta de golpe,

a escuchar sin esperarse

una respuesta que el viejo

tuvo tentación de darle;

y acaso por su fortuna

quedó a tal punto en la calle

para dársela a la puerta,

donde la deshizo el aire.

Volvió el anciano la espalda,

y en dos golpes desiguales,

sus pasos descompasados

pueden de lejos contarse;

porque sus pies impedidos,

deben a su edad y achaques

una muleta que marcha

un pie que los suyos antes.

La esquina a espacio traspuso,

y a poco otro hombre más ágil,

saliendo por el postigo,

siguió en silencio su alcance.

Túvose al ‘volver la esquina;

tendió sus ojos sagaces,

y enderezó los oídos

atento por todas partes;

mas, no oyendo ni escuchando

de qué poder recelarse,

tomando el rastro del viejo,

echó por la misma calle.

 

II

En un aposento ambiguo,

medio portal, medio tienda,

que hace asimismo las veces

de cocina y de despensa,

pues da su entrada a la calle

y en confuso ajuar ostenta

camas, hormas y un caldero

colgado en .la chimenea,

hay seis personas distintas,

que hacen al pie de la letra

(salvo el padre, que está ausente)

una raza verdadera.

Un mozo de veinte abriles;

una muchacha risueña

de diez y seis; tres muchachos,

y una anciana de sesenta.

Y aunque a las veces nos turban

engañosas apariencias,

zapateros son de oficio,

si a espacio se considera,

que está la estancia aromada

con vapores de pez negra,

que ribetea la moza,

y que el mozo maja suela.

-Mucho tarda -dijo el último

padre esta noche, Teresa.

-Ya ha tiempo que ha anochecido.

-Muchacho, atiza esa vela

y deja quieto ese bote.

Y esto diciendo en voz recia

el mozo, siguió en silencio

cada cual en su tarea,

el chico sitiando al bote,

ribeteando la doncella,

majando el mozo a compás,

y dormitando la vieja.

Con monótonos murmullos

arrullaban esta escena

el son de la escasa lluvia

de un aguacero que empieza,

el no interrumpido son

con que hierve la caldera,

y el tumultuoso chasquido

con que la luz chisporrea.

-¿Las nueve son? – dijo el mozo.

-Eso las ánimas suenan

con sus campanas – repuso

santiguándose Teresa.

-¡Las ánimas, y aún no viene!

Y echando atrás la silleta,

se puso el mancebo en pie,

y encaminóse a la puerta.

Al ruido que hizo en el cuarto,

despertándose la vieja,

dijo: -¿Rezáis a las ánimas?

-Sí, señora: estése queda.

Asió el mancebo la aldaba,

mas la había alzado apenas,

cuando un espantoso golpe

venció la puerta por fuera.

-¡Muerto soy! – dijo una voz;

Cayó un embozado en tierra,

y viose un hombre que huía

al fin de la callejuela.

En derredor del caído

se agolparon, que aún conserva

algún resto de la vida

que le arrancan a la fuerza;

mas no bien le desenvuelven,

por ver piadosos si alienta,

un grito descompasado

lanzó… la familia entera.

Blasfemó el mozo con ira,

desmayóse la doncella,

y la anciana y los muchachos

en llanto a la par revientan.

-Padre, ¿quién fue? – preguntaba

sosteniendo la cabeza

del anciano moribundo

el hijo, que llora y tiembla.

Echóle triste mirada

su padre, como quien lega

su razón y su justicia

en quien se fija con ella.

-Juan …

-¿Qué Juan?

-De Colmenares –

balbuceó con torpe lengua,

y sobre el brazo del hijo

dobló la faz macilenta.

Reinó un silencio solemne

por un instante en la escena,

y a reunirse empezaron

vecinos de ambas aceras.

Llegó la justicia al punto,

y mientras justicia ella,

partió por la turba el mozo

en haz de intención siniestra.

-¿Dónde va? – dijo un corchete.

-Siendo yo su sangre mesma,

¿adónde sino al culpable?

-Soy con vos.

-Enhorabuena.

-Por si acaso, va seguro… –

dijo para sí el de presa,

mientras el mozo resuelto,

ganó a una esquina la vuelta.

 

III

Son treinta días después,

y en mismo lugar y hora,

la misma vieja y los chicos

con mesa, mancebo y moza.

Cada cual en su tarea

sigue en paz, aunque se nota

que todos tienen los ojos

del mancebo en la faz torva.

Él, sin embargo, en silencio

prosigue atento su obra,

sin levantar la cabeza,

que sobre el pecho se apoya.

Tan doblada la mantiene,

que apenas la llama roja

que da la luz, alumbrarle

las cejas fruncidas logra;

y alguna vez que el reflejo

las negras pupilas toca,

tan viva luz reverberan,

que chispas parecen brotan.

La verdad es, que una lágrima

que a sus -párpados asoma,

viene anunciando un torrente

en que el corazón se ahoga.

Y el mozo, por no aumentar

de los suyos la congoja,

a duras penas le tiene

dentro el pecho y le sofoca.

Largo rato así estuvieron

en atención afanosa,

todos mirando al mancebo,

y éste mirando a sus hormas;

hasta que al cabo Teresa,

más sentida o más curiosa,

le dijo: -¿Estás malo, Blas?

Y a su vez limpia y sonora

siguió otro largo intervalo

de larga atención dudosa.

Nada el hermano responde,

mas ella su afán redobla,

que no hay temor que la tenga,

la valla de una vez rota.

-¿Cómo estás tan cabizbajo?…

Y aquí Blas interrumpióla.

-¿Y qué tengo que decir

a quien sin padre y sin honra

debe vivir para siempre?

Y aquí la familia toda

rompió en ahogados sollozos

a tan infausta memoria.

Sosegóse, y siguió Blas

en voz lamentable y honda

-Él rico, y nosotros pobres ;

débil la justicia, y poca,

y el Rey en caza y en guerra,

¿qué puede alcanzar quien llora?

-Qué, ¿por libre se atrevieron? …

-Poco menos, pues sus doblas

pudieron más con los jueces

que las leyes.

-¡Las ignoran!

dijo indignada Teresa.

-¡No, hermana ; las acogotan !

contestó Blas, sacudiendo

su mazo con ciega cólera.

Siguió en silencio otro espacio,

y otra vez Teresa torna:

-Mas la sentencia, ¿cuál fue? –

dijo, y calló vergonzosa.

-¿La sentencia? -gritó Blas

revolviendo por las órbitas

los negros y ardientes ojos-.

¿La sentencia pides?, óyela.

Todos se echaron de golpe

sobre la mesilla coja,

que vaciló al recibirles,

a oír lo que tanto importa.

-Sabéis que el de Colmenares

hoy pingüe prebenda goza

en la iglesia, y que a Dios gracias

y a mi diligencia propia,

se le probó que dio muerte

a padre (que en paz reposa).

Pues bien: no sé por qué diablos

de maldita jerigonza

de conspiración que dicen

que con su muerte malogra,

dieron por bien muerto a padre,

y al clérigo…

-¿Le perdonan?

-No, ¡ vive Dios! le condenan.

¡ Mas ved qué dogal le ahoga!

Condénanle a que en un año

no asista a coro, mas cobra

su renta; es decir, le mandan

que no trabaje, y que coma.

Tornó a su silencio Blas,

y a sus sollozos la moza,

ella cosiendo sus cintas,

y él machacando sus hormas.

 

IV

Está la mañana limpia,

azul, transparente, clara,

y el sol de entre nubes rojas

espléndida luz derrama.

Toda es tumulto Sevilla,

músicas, vivas y danzas;

todo movimiento el suelo,

toda murmullos el aura.

Cruzan literas y payes,

monjes, caballeros, guardias,

vendedores, alguaciles,

penachos, pendones, mangas.

Flota el damasco y las plumas

en balcones y ventanas,

y atraviesan besamanos

donde no caben palabras.

Descórrense celosías,

tapices visten las tapias,

los abanicos ondulan

y los velos se levantan.

Cuantas hermosas encierra

Sevilla a su gloria saca,

cuantos buenos caballeros

en sus fortalezas guarda,

ellos porque son galanes,

y ellas porque son bizarras;

las unas porque la adornen,

los otros para admirarlas.

Óyense al lejos clarines,

y chirimías y cajas,

y a lengua suelta repican

esquilones y campanas.

Mas no vienen los hidalgos

armados hasta las barbas,

ni el pálido rostro asoman

las bellas amedrentadas;

que no doblan los tambores

en son agudo de alarma,

ni las campanas repican

a rebato arrebatadas;

que es la procesión del Corpus.

que ya traspone las gradas

del atrio, y el Rey don Pedro

acompañándola baja.

Padillas y Coroneles

y Albuquerques se adelantan,

con Osorios y Guzmanes,

pompa ostentando sobrada.

Y bajo un palio don Pedro,

de ocho punzones de plata,

descubierta la cabeza

y armado hasta el cuello, marcha.

En torno suyo el cabildo

diez individuos encarga

que de escuderos le sirvan

en comisión poco santa ;

mas tiempos son tan ambiguos

los que estos monjes alcanzan,

que tanto arrastran ropones

como broqueles embrazan.

Entre ellos se ve a don Juan

de Colmenares y Vargas,

que deja por vez primera

la reclusión de su casa,

no porque el año ha cumplido,

sino porque el año paga,

y doblas redimen culpas

si se confiesan doradas.

Rosas deshojan sobre ellos

las hermosísimas damas,

y toda es flores la calle

por donde la corte pasa.

Envidia de las más bellas,

salió a un balcón del alcázar

la hermosísima Padilla,

origen de culpas tantas.

Hízola venia don Pedro,

y al responderle la dama,

soltó sin querer un guante,

y ojalá no le soltara.

Lanzóse a tomar la prenda

muchedumbre cortesana

muchos llegaron a un tiempo,

mas nadie tomar osaba,

que fuera acción peligrosa,

aparte de lo profana.

Partiendo la diferencia,

salió de la fila santa

el bizarro Colmenares

con intención de tomarla.

Mas no bien dejó su mano

del palio al punzón de plata,

y puso desde él al rey

cuatro pasos de distancia,

cuando un mancebo iracundo,

con irresistible audacia,

se echó sobre él, y en el pecho

le asentó dos puñaladas.

Cayó don Juan; quedó el mozo

sereno en pie entre los guardias,

que le asieron, y don Pedro

se halló con él cara a cara.

La procesión se deshizo;

volvió gigante la fama

el caso de boca en boca,

y ya prodigios contaban.

Juntáronse los soldados

recelando una asonada;

cercaron al Rey algunos

y llenó al punto la plaza

la multitud, codiciosa

de ver la lucha empezada

entre el sacrílego mozo

y el sanguinario monarca.

Duró un instante el silencio,

mientras el Rey devoraba

con sus ojos de serpiente

los ojos del que le ultraja.

-¿Quién eres? – dijo, por fin,

dando en tierra una patada.

-Blas Pérez – contestó el mozo

con voz decidida y clara.

Pálido el rey de coraje,

asióle por la garganta,

y así en voz ronca le dijo,

que la cólera le ahogaba

“¿Y yendo tu rey aquí,

¡voto a Dios!, por qué no hablaste,

si con la ocasión te hallaste

para obrar con él así?”

Soltóse Blas de la mano

con que el rey le sujetaba,

y, señalando al difunto,

repuso tras breve pausa:

-Mató a mi padre, señor;

y el tribunal, por su oro,

privóle un año del coro,

que en vez de pena es favor.

-Y si vende el tribunal

la justicia encomendada,

¿no es mi- justicia abonada

para quien justicia mal?

Cuando el miedo o la malicia

(dijo Blas) tuercen la ley,

nadie se fía en el rey,

medido por su justicia.

Calló Blas, y calló el rey

a respuesta tan osada

y los ojos de don Pedro

bajo las cejas chispeaban.

Tendiólos por todas partes,

y al fuego de sus miradas,

de aquéllos en quien las puso

palidecieron las caras.

Temblaron los más audaces,

y el pueblo ansioso esperaba

una explosión de don Pedro

más recia que sus palabras.

Rompió el silencio. por fin,

y en voz amistosa y blanda,

el interrumpido diálogo

así con el mozo entabla:

-¿Qué es tu oficio?

-Zapatero.

-No han de decir ¡vive Dios!

que a ninguno de los dos

en mi sentencia prefiero.

Y encarándose don Pedro

con los jueces que allí estaban,

dando un bolsillo a Blas Pérez,

dijo en voz resuelta y alta:

“Pesando ambos desacatos,

si con no rezar cumple él

en un año, cumples fiel

no haciendo en otro zapatos.”

Tornóse don Pedro al punto,

y brotó la turba osada

murmullos de la nobleza

y aplausos de la canalla.

Mas viendo el rey que la fiesta

mucho en ordenarse tarda,

echando mano al estoque,

dijo así, ronco de rabia:

“¡La procesión adelante,

o meto cuarenta lanzas

y acaban ¡voto a los cielos!

los salmos a cuchilladas P’.

Y como consta a la Iglesia

que es hombre el rey de palabra,

siguieron calle adelante

palio, pendones y mangas.

 

La Catedral

Introducción

Ese montón de piedras hacinadas,

Morenas con el sol que se desploma,

Monstruo negro de escamas erizadas

Que alienta luz y música y aroma;

A quien un pueblo inválido rodea

Con pies de religión, frente de miedo,

Que tan noble lugar mancha y afea,

Es catedral de lo que fue Toledo.

Pálida y triste, pobre y abatida,

Llora el favor de los hundidos años;

Reina sin corte, anciana y desvalida,

Por sus hijos robada y los extraños.

Por vestir el espectro de su nada,

Hoy convoca sus hijos a las fiestas,

Celebrando su mal, desesperada,

Con campanas, con órganos y orquestas.

Gigante que, muriendo en la llanura

A manos de contrario más valiente,

Con voz tremenda su venganza jura,

Y fuerza y vida en sus palabras miente.

Una tribu elegante y voluptuosa

De otro país de fuentes y de flores,

Los cimientos fundó donde reposa,

Para otro Dios de guerras y de amores.

Y un rey, o más piadoso o más prudente,

Cambióla en templo por sellar su gloria;

Y tal vez dijo al Dios omnipotente:

Tuyo es el nombre, mía la memoria.

Quedóse al fin en templo consagrado

Del sumo Dios bajo el excelso nombre,

Para ser a los tiempos revelado

Como página histórica de un hombre.

Mas apilando el tiempo los despojos

De los mismos valientes que la hicieron,

Vasto sepulcro levantó a sus ojos

Donde un palacio levantar creyeron.

Y hoy, al caer del templo la grandeza,

Muestra el coloso, al expirar su imperio,

Que ha cobijado su mortal corteza

Templo, historia, palacio y cementerio.

 

I

Con ceño sombrío mira

El Tajo, que a sus pies corre,

Y al despecho que la inspira,

Con las gargantas suspira

De sus campanas la torre.

Que tiene para consuelo

En su abatimiento y mengua,

La frente cerca del cielo,

Y para hablar con el suelo

Trece campanas por lengua.

Con tan gigante armonía

Todo su cuerpo estremece,

Y al oírla se creería

Que crece así su alegría

Cuanto su estrépito crece

A ese clamor tan violento,

Incapaz de tanto ruido,

Vibra fatigado el viento,

Dejando el confuso acento

Por la atmósfera perdido.

Que en su canto desigual

Hay música tan liviana,

Que en su murmullo infernal

Canta y llora y ríe insana

Con sus lenguas de metal.

Que ellas pregonando van

Lo que sus clamores son,

Que a veces tristes están

Pidiendo por los que van

A eterna condenación.

Y en su clamor muestran bien

Otras el alegre fin,

Pues revoltosas se ven

Cual si colgadas estén

Por heraldos de un festín.

Otras, en su inquieto afán,

Ruedan y vibran, según

Con los clamores que dan

Al mundo anunciando están

Placer o luto común.

Y en vez de agudo esquilón,

De la tarde anuncia el fin

El doblar de la oración,

Que apaga su ronco son

Del horizonte al confín

Y a su movimiento enorme

Rueda en el cóncavo hueco

De la bóveda el informe

Postrer quejido del eco

Con vibración uniforme.

A su paso estremecidas

Oscilan allá en las sombras

Las lámparas suspendidas,

Dibujando en las alfombras

Sombras y luz confundidas.

Cobra entonces movimiento

Todo el templo y se estremece,

Cual fantasma de un momento

Que alza el rostro macilento

Y al punto, se desvanece.

Van luego dejando ver

Los vacilantes reflejos,

Las sombras al repeler,

Los objetos a lo lejos

Sus formas desenvolver.

Se van mostrando despacio

Las verjas de oro amarillas,

Canceles de aquel palacio

Que dividen el espacio

De la nave y las capillas.

Se ven en turbios colores

Detrás de los altos hierros,

Entre marmóreas labores

Cumpliendo así sus destierros,

Dormidos los fundadores.

Se ven al rayar el día

En los pintados cristales,

Cómo luchan a porfía

La claridad que lucía,

Y los rayos matinales.

Entonces el sol brillante

Que a las ventanas asoma,

Su fogosa luz gigante

En la llama agonizante

De las lámparas desploma.

Dejan torre y capitel,

Y entran por los rosetones

Las sombras huyendo dél,

Plegándose en los rincones

En fantástico tropel.

La luz, del templo señora,

Por el templo derramada,

Saluda al Dios que ella adora

Por las losas prosternada

Ante el ara que colora.

Ciñe la bóveda, avara,

Y en los robustos pilares

Se quiebra picante y clara,

Y bulliciosa se ampara

Del oro de los altares.

Que joven y rica y bella,

En la riqueza se posa,

Y en los diamantes destella,

Y en la joya más vistosa

Para competir con ella.

Porque el astro rey la envía

A que sus galas ostente,

Y en la bóveda sombría

Vierta la lumbre del día

Revoltosa y transparente.

 

II

Se oyen después los pasos mesurados

Del sacerdote, y la crujiente seda

Del manto, que, los lienzos desplegados,

Por el sonoro pavimento rueda,

Cual si al cruzar se oyera el vago aliento

Con que a cumplir con su misión le incitan,

Soplando bajo el mudo pavimento,

Las osamentas que a sus pies dormitan.

Se coronan de antorchas los altares,

Se sienten rechinar las verjas de oro,

Se escuchan los católicos cantares

Vibrar sublimes desde el hondo coro.

Se ve el pueblo llegar, y reverente

Postrarse humilde, y bendecir la vida,

Y alzar del suelo la humillada frente,

De la luz de los ángeles ceñida. .

Y se alza del altar la voz tremenda

Que las palabras del Señor repite,

Cantadas porque el pueblo las comprenda

Solemnes porque el pueblo las medite.

Y el órgano despliega rebramando

La voz robusta de las trompas de oro,

Como por la cascada caen rodando

Aguas y espumas en tropel sonoro.

 

Y en los aires a torrentes

Vierte la música santa

Por la céntuple garganta

De los tubos de metal;

Y en sus cánticos remeda,

Con el prolongado acento,

El ronco bramar del viento

O el crujir del vendaval.

O finge en son temeroso

La aguda lengüetería

La discorde gritería

Del infierno en rebelión;

o con lamento apagado

Canta al justo moribundo

Saliendo alegre del mundo

Sin ira en el corazón.

Canta el placer de la esposa

Que inquieta al esposo aguarda,

Canta al esposo que tarda

A sus puertas en llamar;

O entonando del profeta

La sacrosanta salmodia,

Sublimemente parodia

El fuego de su cantar.

Y llora con Jeremías,

Y entona en arpa de flores

Los voluptuosos amores

Del sabio rey Salomón;

Canta los cedros del Líbano,

La castidad de Susana,

Y Jezabel la profana,

Y el vigoroso Sansón.

O en tonos más desmayados

La postrera despedida

Que dio a la penosa vida

El Hacedor de la luz;

O más lánguido remeda

Las lágrimas de María

Cuando en el terrible día

Lloraba al pie de la cruz.

Mas, pasan las santas horas

Y cesa la voz que canta,

Y el pueblo, que se levanta,

Murmura a su vez también:

Se oye el rumor de sus pasos

Que por las naves se alejan,

Y las capillas que dejan,

Abandonadas se ven.

Apenas un sacerdote

Que sordas preces murmura

Cruza con planta insegura

Por delante de un altar,

Se oyen correr los cerrojos

Y las cortinas de seda,

Y hacinadas en manojos

Se oyen las llaves ahocar,

No queda en el santo templo

Más que el ambiente de aroma,

La luz del sol que se asoma

Por el pintado cristal;

Las tumbas de las capillas

Y los pálidos reflejos

De lámparas que a lo lejos

Penden de un arco ojival.

Pasa el sol, viene la tarde,

Y el día desaparece,

Y la negra sombra crece,

Y su imperio vuelve a ser.

Se estrella por fuera el viento

En la calada ventana,

Y lo que ayer fue mañana,

Mañana se dice: ayer.

La duda

Cuando al escribir en ellas

Contemplo tan lindas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

Recuerdos tenéis en ellas

Que desgarran la memoria,

Por más que entre tantas flores

Estas espinas se escondan;

Que cuando un enamorado

En himno de amores llora,

Más que a cantar sus cantares,

Su llanto a llorar provoca.

Y los versos de ese muerto

Tanto en lágrimas rebosan,

Que removidas las mías,

A mis pupilas asoman.

Y pues donde tantos cantan

Hay uno que a llorar osa,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Si intento escribiros versos,

Dentro la mente se agolpan

Cuantos primores y hechizos

La naturaleza aborta.

Que en este jardín de España

Las inspiraciones sobran,

Pues basta mirar la lumbre

Con que el sol le tornasola,

Los arroyos que le cruzan,

Los jazmines que le bordan

Y las bellas que le pisan,

Cuantas maravillas brota,

Para entonar tantos himnos,

Tantas letras amorosas,

Que antes que el canto se agote,

Gastada el arpa se rompa.

Pero al ver lo que ese triste

Grabó o lloró en estas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Pluguiera que, en vez de versos,

Mi pluma brotara rosas,

Porque, al menos, con las flores

Se pueden tejer coronas.

Pero a par de los cipreses,

Si nacen flores se agostan;

Y donde los muertos hablan,

Callar a los vivos toca.

Que el recuerdo del que muere

Mucho respetar importa,

Que acaso para velarnos

Quedó en la tierra su sombra.

Y aunque indecisa mi pluma,

Tal vez dudando os enoja,

Y han de hacer mis desvaríos

Que de vergüenza me corra,

Perdonadme si os confieso

Que al contemplar estas hojas,

Entre si llore o si cante

Estoy dudando, señora.

 

Que vos merecéis los versos,

Nadie en la villa lo ignora;

Y es tan claro por sabido,

Que hasta dudarlo es lisonja.

Que él la memoria merece,

Tampoco hay a quien se esconda,

Pues por triste y por amante

Le recordamos ahora.

y así, entre ambos dividida

La imaginación dudosa,

Los versos son para vos

Si le prestáis la memoria;

Lo que en vos merece el sexo,

En él merece la sombra,

Y lo que en vos la hermosura,

En él la tumba lo abona.

Justo es, con los dos hablando,

Duden el muerto y la hermosa

Si es cantar o si es lamento

Lo que les cantan o lloran.

 

La luna de enero

El prado está sin verdura,

Y los jardines sin flores,

No cantan los ruiseñores

Amores en la espesura.

 

No se oye el dulce murmullo

Del viento, que ronco brama,

No brota en la seca rama

Tierno y pintado capullo.

 

No saltan serenas fuentes

Por entre sutiles bocas,

Que ruedan desde las rocas,

En vez de arroyos, torrentes.

 

La luz que los aires puebla

Pesada, amarilla y tarda,

Se pierde en la sombra parda

De la perezosa niebla.

 

Se viste el color del cielo

Color de los funerales,

Y son del alba cristales

Los carámbanos de hielo.

 

Brota a los rudos estragos

Con que el invierno la abruma,

La tierra nieblas y lagos,

El mar montañas de espuma.

 

Y hacinados de ancha hoguera

Los hombres en derredor,

Contemplan el resplandor

Que asalta la azul esfera.

 

Y baja amarillo el río,

Y entre sus ondas pesadas

Trae las ramas desgajadas

Al furor del cierzo impío.

 

Mas la noche silenciosa

Por el firmamento sube,

Sin que la manche una nube,

Engalanada y vistosa.

 

Que en vez de sombra importuna

Vienen siguiendo sus huellas

Mil ejércitos de estrellas,

Cortesanas de la luna.

 

Que la noche, en recompensa,

Callando los vendavales,

Enciende sus mil fanales

Sobre la atmósfera inmensa.

 

¡Qué bella es la luz de plata

Con que la noche se viste

Después del día más triste

De la estación más ingrata!

 

Se ven en la oscuridad,

Como soldados que velan,

Cuál con la lluvia riëlan

Las torres de la ciudad.

 

Se sienten rodar inquietas,

Lanzando un grito violento

Al brusco empuje del viento,

Sobre el punzón las veletas.

 

Y en las mansiones vecinas

Los vidrios de las ventanas

Remedan las luces vanas

Colgadas en las esquinas.

 

No hay sombra en que no veamos

Alguna fantasma oculta,

Que porque más la temamos,

La noche la sombra abulta.

 

Pues por completa ilusión

La noche miente tan bien,

Que las cosas que se ven

No son las cosas que son.

 

El aire cristales miente,

Plata los pliegues del río,

Lluvia de ámbar el rocío,

Nácar y perlas la fuente.

 

Y alza a lo lejos el monte,

Como filas de soldados,

Mil peñascos apiñados

Que guardan el horizonte.

 

¡Bello es entonces cantar

Con enamorado acento,

Versos que cruzan el viento

Para nacer y expirar!

 

Bello es en la sombra oscura

Ver una ondulante falda,

Y adivinar una espalda

Sobre una esbelta cintura.

 

Pensar un velo sutil

Ocultar un blanco cuello,

Y buscar detrás de aquello

Un elegante perfil.

 

Y alcanzar por entre el velo

Dos ojos o dos centellas,

Que iluminan como estrellas

El espacio de aquel cielo.

 

Hasta la misma amargura

Es tal vez menos amarga,

Que cuanto la noche alarga

Adquiero más hermosura;

 

Que en una noche tranquila

Parece el cielo, en verdad,

Ojo de la eternidad,

Y la luna su pupila.

 

Reina de los astros,¡Luna!,

Como tu luz no hay ninguna;

Si el alba tiene arrebol,

Si tiene rayos el sol,

Su luz de fuego importuna.

 

Cansa por cierto ese ardor

Con claridad tan extrema;

Bello es del alba el color,

Bello del sol el calor,

Pero tanta lumbre quema.

 

¡Oh, de la tuya templada

Es fantástico el imperio!

Tú con tu luz plateada

Das de la sombra a la nada

Los contornos del misterio.

 

¡Oh noches encantadoras,

Volved con tanta riqueza!

¡Hermosas son vuestras horas,

Que embellecen seductoras

Del ánima la tristeza y

Como aquéllas ¡no hay alguna;

Que en vez de sombra importuna

Traen por orgullo con ellas

Mil ejércitos de estrellas

Cortesanas de la luna.

 

La meditación

Sobre ignorada tumba solitaria,

A la luz amarilla de la tarde,

Vengo a ofrecer al cielo mi plegaria

Por la mujer que amé.

Apoyada en el mármol la cabeza,

Sobre la húmeda hierba la rodilla,

La parda flor que esmalta la maleza

Humillo con mi pie.

 

Aquí, lejos del mundo y sus placeres,

Levanto mis delirios de la tierra,

Y leo en agrupados caracteres

Nombres que ya no son.

Y la dorada lámpara que brilla

Y al soplo oscila de la brisa errante,

Colgada ante el altar en la capilla

Alumbra mi oración.

 

Acaso un ave su volar detiene

Del fúnebre ciprés entre las ramas,

Que a lamentar con sus gorjeos viene

La ausencia de la luz:

Y se despide del albor del día

Desde una alta ventana de la torre,

O trepa de la cúpula sombría

A la gigante cruz.

 

Anegados en lágrimas los ojos

Yo la contemplo inmóvil desde el suelo

Hasta que el rechinar de los cerrojos

La hace aturdida huir.

La funeral sonrisa me saluda

Del solo ser que con los muertos vive,

Y me presta su mano áspera y ruda

Que un féretro va a abrir.

 

¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,

Mi terrenal pensamiento!

¡Deja que se pierda impío

Como el murmullo de un río

Entre los pliegues del viento!

 

¿Por qué una imagen mundana

Viene a manchar mi oración?

Es una sombra profana,

Que tal vez será mañana

Signo de mi maldición.

 

¿Por qué ha soñado mi mente

Ese fantasma tan bello,

Con esa tez transparente

Sobre la tranquila frente

Y sobre el desnudo cuello?

 

Que en vez de aumentar su encanto

Con pompa y mundano brillo,

Se muestra anegada en llanto

Al pie de altar sacrosanto,

O al pie de pardo castillo.

 

Como una ofrenda olvidada

En templo que se arruinó,

Y en la piedra cincelada

Que en su caída encontró,

La mece el viento colgada.

 

Con su retrato en la mente,

Con su nombre en el oído,

Vengo a prosternar mi frente

Ante el Dios omnipotente,

En la mansión del olvido.

 

¡Mi crimen acaso ven

Con turbios ojos inciertos,

Y me abominan los muertos,

Alzando la hedionda sien

De los sepulcros abiertos!

 

Cuando estas tumbas visito,

No es la nada en que nací,

No es un Dios lo que medito,

Es un nombre que está escrito

con fuego dentro de mí.

 

¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,

Mi terrenal pensamiento!

¡Deja que se pierda impío

Como el murmullo de un río

Entre los pliegues del viento!

 

La noche de invierno

A D. Jenaro Villaamil

Pintor: el viento se estrella

Bramando en esa ventana;

En pos de su airada huella

La lluvia y la noche van;

Prepara lienzo y pinceles,

Yo escribiré tu pintura,

Y conquistemos laureles

Al través del huracán.

 

Agua las nubes abortan;

Se ve la lumbre amarilla

De las centellas, que cortan

Nubes y lluvia al caer;

Se oyen girar las veletas

Sobre la gigante torre,

Y las pizarras sujetas,

Agua y viento repeler.

 

Se ven oscilar tus lienzos,

Del crudo viento impelidos,

Que por los vidrios hendidos

Penetra inquieto hasta aquí.

Esos retratos colgados,

Que unos con otros se chocan,

Son escudos conquistados

Y blasones para ti.

 

Y se oye el son temeroso

De campanas que, rompiendo

De los hombres el reposo,

Conjuran la tempestad;

Se oye en la calle azorado,

De alguno que huye la lluvia,

El paso precipitado

Cruzando en la oscuridad.

 

Encendamos una hoguera,

Cuya roja llama alumbre

Esos rostros en hilera

Colgados en la pared,

Que mecidos por el viento

Y animados por la llama,

Nos darán un pensamiento

Y una corona tal vez.

 

Tú tienes dentro la mente

Galerías, catedrales,

Y todo el lujo de Oriente

Y un mando para pintar;

Tú tienes en tus pinceles

Derruídos monasterios

Con aéreos botareles

Y afiligranado altar.

 

Tienes torres con campanas

Y transparentes labores,

Castillos con castellanas

Que aguardan a su señor,

Y bóvedas horadadas,

Y silenciosas capillas

Donde en marmóreas almohadas

Yace el muerto fundador.

 

Y antiquísimas ciudades

Que, por el tiempo roídas,

Cuentan al tiempo verdades

Que él se desdeña escuchar;

Tienes en el valle fuentes,

Peñascos en la montaña,

Y en los peñascos torrentes

Que se arrastran a la mar.

 

Tienes en los mares islas

Con ciudades y jardines,

Y en los jardines festines,

Y en los festines placer…..

Prepara lienzo y pinceles

Y deja que el viento bramo,

Y la lluvia se derrame,

Y estalle el rayo al caer.

 

A inspirarnos han venido

La noche con sus tinieblas,

El rayo con su estampido,

La lluvia con su rumor;

Tú pintarás lo que sientas,

Yo escribiré lo que siento

En el empuje violento

Del huracán bramador.

 

Yo escribiré cómo muge

El vendaval en tus torres,

Cómo entro las jarcias cruje

Del buque que va a anegar;

Cómo zumba en las almenas

Con que ciñes tus castillos,

Cómo silba en las cadenas

Que el puente han de sujetar.

 

Escribiré cómo imita

La humana voz en las rocas,

Y como el milano grita,

Y ruge como el león,

Silba como la serpiente,

Sorbe como la lechuza,

La voz de un incendio miente

Al cruzar un torreón.

 

Miente el graznido del cuervo,

Brama como el ronco toro,

Remeda el distante lloro

De una garganta infantil;

Y azotando los cristales,

Finge el fantástico vuelo

De espíritus infernales

Que pasan de mil en mil.

 

E imita el rumor confuso

De clarines y de aceros,

De carros y caballeros

Que van marchando detrás,

Y de un lejano combate

Los alarmantes clamores,

Y el ruido de los tambores

Que redoblan a compás.

 

Tú pintarás la montaña

Entre la niebla sombría,

Pintarás la lluvia fría

Derramada desde allí;

Los alcázares morunos,

Los pilares bizantinos,

Monumentos peregrinos

Embellecidos por ti.

 

Pintarás los gabinetes

Cincelados de la Alhambra,

Y el humo de los pebetes

Y las bellas del harén.

Tú pintarás las memorias

Que nos quedan por fortuna,

Yo escribirá las historias

Que vida a tus cuadros den.

 

Te diré el blando murmullo

De las aguas destrenzadas,

Y el melancólico arrullo

De la tórtola que amó;

Te diré cómo se mecen

Las flores sobre los tallos,

Cómo nacen, cómo crecen,

Cómo, el sol las agostó.

 

Tú nos pintarás al hombre

Con su choza o su palacio,

Y yo te diré su nombre,

Y lo que en el mundo fue:

Tú al mundo darás colores,

Yo le dará lengua y vida;

Tú pintarás los amores,

Y yo te los cantaré,

 

¡Pintor! Que la noche ruede

Con el ronco torbellino,

Que envuelta en tormentas quede

La desvelada ciudad;

Nosotros, lejos del mundo,

Otro mundo gozaremos,

De la hoguera que encendemos

A la roja claridad.

 

Calderón, Murillo, Ercilla,

Colgados por las paredes

Con su estoque y su golilla,

Forman nuestro mundo aquí.

Ahí están Lope, Cervantes,

Vinci, Rivera, el Ticiano….,

Con tintas para tu mano,

E inspiración para mí.

 

Prepara lienzo y pinceles,

Despliega tu fantasía;

Cuando nos sorprenda el día,

Que alumbre una creación.

Pintor, ese torbellino

Ha venido a visitarnos,

En él nos trajo el destino

La violenta inspiración.

 

La noche no tiene ruido

La noche no tiene ruido,

En la sombra no hay color,

No hay en los viejos cuidado,

Las dueñas no tienen voz;

Pero cuando todos duermen

Estamos velando dos:

Ella, en la reja sentada,

Y al pie de la reja, yo.

 

Mis ojos no ven sus ojos,

No ven su tez transparente,

No ven su rosada frente

Ni su sonrisa de amor;

No ven el rubor de virgen

Que sus mejillas colora;

Tiene quince años ahora…,

Las niñas tienen rubor.

 

No ven mis ojos avaros

Su casi desnuda espalda,

Ni entre la revuelta falda

Asomado el blanco pie:

Como en la orilla de un río,

Rompiendo la inquieta espuma,

Tender la flotante pluma

Nevado un cisne se ve.

 

Ni en su garganta y sus hombros

El alto pecho imagino,

Ni por su rostro adivino.

Del corazón la inquietud;

Y tiene la áspera reja

Centinela desvelado:

Delante el amor osado,

Detrás la frágil virtud.

 

Mas ¡pese a la densa reja,

Pese a la noche sombría,

Ya tengo ¡paloma mía!

El alma bañada en ti!

Tengo mis labios de fuego

Sobre tus labios de rosa,

Y en tu pecho late, hermosa,

Un corazón para mí.

 

¡Adiós!, que por el Oriente

La luz importuna sube,

Y envuelto en húmeda nube

Las tinieblas rasga el sol,

Y para una niña en vela

Y el galán que la enamora,

Mucha luz tiene la aurora

En el brillante arrebol.

 

Vierte el alba en su sonrisa

Su armonía y su color,

Y se columpia la brisa

En el cáliz de la flor;

De rosa, lirio y claveles,

Robando el fragante olor,

Cuelga en los anchos laureles

Gemido murmurador.

 

Y gime la fresca fuente

Bajo el manto de cristal,

Y gime lánguidamente

La tórtola angelical;

Y enamorada paloma

Bebe la luz matinal,

Meciendo el aura de aroma

Con arrullo desigual.

 

En tanto el noble mancebo

El ancho jardín cruzó,

Murmurando por lo bajo

Enamorada canción.

«¡Oh! Vuelve, noche sin ruido,

Con tu sombra sin color,

Con tus viejos sin cuidado

Y cien tus dueñas sin voz;

Porque, cuando todos duerman,

Volvamos a velar dos:

Ella, en la reja sentada,

Y al pie de la reja, yo.»

 

La orgía

La sombra nos cobija

Con su tapiz de duelo;

Cansado ya del cielo,

El sol se hundió en la mar.

El mundo duerme imbécil,

Vacilan las estrellas;

En torno a las botellas

Venid a delirar.

Venid, niñas sedientas

De libertad y amores,

Que fiestas y licores

Dan libertad y amor;

Húmedos de esperanza

Traed los ojos bellos,

Sin trenzas los cabellos,

La frente sin rubor.

La vida es una farsa

Hipócrita y demente,

Y el mundo, indiferente,

Se cansa del placer;

El mundo se ha dormido;

Romped vuestros papeles,

Dejad los oropeles

Que vano os prestó ayer.

Dejad de esa comedia

El torpe fingimiento;

Ahogad el preso aliento

Con larga libación;

La sombra, si ese cielo

Su luz tiende importuna,

Envolverá la luna

En tocas de crespón.

¡Oh! Lejos de los ojos

De la curiosa plebe,

La copa en que se bebe

Nos abre un ancho Edén;

El fondo cristalino

Las luces multiplica,

Y de vapores rica,

Perfuma nuestra sien.

Los labios desfrenados,

La lengua desatada,

En larga carcajada

Prorrumpen sin cesar;

La lumbre de los ojos,

Inquieta y silenciosa,

Los ojos de una hermosa

Se afana en reflejar

Venid a los festines

Avaras de placeres,

Que el cielo en las mujeres

Atesoró el placer;

Venid, niñas, sin cuitas,

Desnudo el albo seno,

Porque quiero el veneno

De vuestro amor beber.

Cuando la inquieta mente

Con el vapor vacile,

Y revoltosa apile

Fantasma de vapor,

Veréis cómo, insensata,

El ánima delira,

Y voluptuosa aspira

El ámbar del amor.

Entonces, en la sombra,

Las pardas muselinas

Visiones peregrinas

Flotando mostrarán,

Y en cada marco de oro,

Cerradas las pinturas,

Diabólicas figuras

Al vidrio asomarán.

Entonces, cada lámpara

Parodiará una hoguera,

Que miente y reverbera

Las lámparas del sol;

Y en el balcón la luna,

Parecerá una estrella,

Donde arde una centella

Del fúlgido farol.

Cada sonoro brindis

De la animada fiesta,

Nos fingirá una orquesta

De mágica ilusión;

Un eco misterioso,

Sin canto ni instrumento,

Que irá con el aliento

A dar al corazón.

De cada ardiente beso

El lúbrico estallido,

Rasgará el sostenido

Murmullo bacanal,

Como reloj deshecho,

Que sin marcar las horas,

Sacude las sonoras

Campanas de metal.

El mundo duerme, niñas;

Bebamos y cantemos,

Que más no sacaremos

Del mundo engañador;

Húmedos de esperanza

Traed los ojos bellos,

Sin trenzas los cabellos,

La frente sin rubor.

Venid, y mal prendidos

Los velos y los chales,

Prodiguen, liberales,

La luz de vuestra tez;

Los ondulantes rizos

Flotando por la espalda,

La mal ceñida falda

Mintiendo desnudez.

Y las de negros ojos,

Que ostenten su mirada

Altiva, enamorada,

Con infernal pasión;

Y las rubias ostenten,

Sin máscaras de tules,

Las pupilas azules

Y rojo el corazón.

La noche se desliza,

Su llama el sol enciende,

El día nos sorprende,

Va el mundo a despertar.

¡Cantemos y bebamos,

Que cuando venga el día,

El sueño de la orgía

Le volverá a apagar!

 

La plegaria

Helos al pie de la cruz

En oración reverente;

La virtud brilla en su frente

Como la primera luz

Del sol que alumbra en Oriente.

 

Niños tal vez desvalidos

Que pasan desconocidos,

Con la inocencia en el alma,

Como en desiertos perdidos

Con sus racimos la palma.

 

Ángeles acaso son

Que, el mundo sin conocer,

Llevan en el corazón

Una sublime oración

Y las virtudes de ayer.

 

Sus ojos ven solamente

A través del blanco velo

Que cerca el alma inocente,

Vida en la tierra inclemente,

Luz y armonía en el cielo.

 

Ven en el alba colores

Y en el llano hierba y flores,

Sombra, del valle en la hondura,

Y en el aire ruiseñores,

Y peñascos en la altura.

 

Para ellos, música el viento

Es, si las alas despliega,

Si en las secas hojas juega,

O entre las flores se pliega

Con lascivo movimiento.

 

Y son las flotantes ramas,

Del sol a las rojas llamas,

Del prado, verdes espumas,

De aérea serpiente, escamas,

De águila terrestre, plumas.

 

Y son los hombres hermanos,

Y oran por ellos contentos,

Hasta que los hombres vanos

Pongan, leones hambrientos,

En su inocencia las manos.

 

Sabe ella que es virgen bella,

Y él un ángel hechicero,

Porque no dudan él ni ella

Que ella es de virtud estrella,

Y él de inocencia lucero.

 

Mas ¡ay! que del pedestal

A la sombra cobijado,

Acaso un ojo carnal

Está en la virgen posado

Con una idea brutal.

 

Y sobre la tez de rosa

La lágrima de dolor

Que ella derrama piadosa,

El hombre la cree de amor,

Y llama al ángel ¡hermosa!

 

Que tal vez pintarse intenta

Aquella avara pupila,

De torpes formas sedienta,

Mil perfecciones que aumenta

En esa virgen tranquila.

 

Así incompletas y vanas

Las cosas del mundo son,

¡Que a turbar vienen livianas

Esa angélica oración

Con imágenes mundanas!

 

¿Por qué, pintor, ideaste

Una plegaria tan bella,

Si la cruz que levantaste,

Luego, pintor, la ultrajaste

Pintando al hombre tras ella?

 

¡No digas quién la creó!

culpa no arguya!

¡Que en ambos

Tú fuiste quien la pintó,

Mas la malicia no es tuya,

Que quien la escribe soy yo.

 

La sombra nos cobija…

La sombra nos cobija

Con su tapiz de duelo;

Cansado ya del cielo,

El sol se hundió en la mar.

El mundo duerme imbécil,

Vacilan las estrellas;

En torno a las botellas

Venid a delirar.

Venid, niñas sedientas

De libertad y amores,

Que fiestas y licores

Dan libertad y amor;

Húmedos de esperanza

Traed los ojos bellos,

Sin trenzas los cabellos,

La frente sin rubor.

La vida es una farsa

Hipócrita y demente,

Y el mundo, indiferente,

Se cansa del placer;

El mundo se ha dormido;

Romped vuestros papeles,

Dejad los oropeles

Que vano os prestó ayer.

Dejad de esa comedia

El torpe fingimiento;

Ahogad el preso aliento

Con larga libación;

La sombra, si ese cielo

Su luz tiende importuna,

Envolverá la luna

En tocas de crespón.

¡Oh! Lejos de los ojos

De la curiosa plebe,

La copa en que se bebe

Nos abre un ancho Edén;

El fondo cristalino

Las luces multiplica,

Y de vapores rica,

Perfuma nuestra sien.

Los labios desfrenados,

La lengua desatada,

En larga carcajada

Prorrumpen sin cesar;

La lumbre de los ojos,

Inquieta y silenciosa,

Los ojos de una hermosa

Se afana en reflejar

Venid a los festines

Avaras de placeres,

Que el cielo en las mujeres

Atesoró el placer;

Venid, niñas, sin cuitas,

Desnudo el albo seno,

Porque quiero el veneno

De vuestro amor beber.

Cuando la inquieta mente

Con el vapor vacile,

Y revoltosa apile

Fantasma de vapor,

Veréis cómo, insensata,

El ánima delira,

Y voluptuosa aspira

El ámbar del amor.

Entonces, en la sombra,

Las pardas muselinas

Visiones peregrinas

Flotando mostrarán,

Y en cada marco de oro,

Cerradas las pinturas,

Diabólicas figuras

Al vidrio asomarán.

Entonces, cada lámpara

Parodiará una hoguera,

Que miente y reverbera

Las lámparas del sol;

Y en el balcón la luna,

Parecerá una estrella,

Donde arde una centella

Del fúlgido farol.

Cada sonoro brindis

De la animada fiesta,

Nos fingirá una orquesta

De mágica ilusión;

Un eco misterioso,

Sin canto ni instrumento,

Que irá con el aliento

A dar al corazón.

De cada ardiente beso

El lúbrico estallido,

Rasgará el sostenido

Murmullo bacanal,

Como reloj deshecho,

Que sin marcar las horas,

Sacude las sonoras

Campanas de metal.

El mundo duerme, niñas;

Bebamos y cantemos,

Que más no sacaremos

Del mundo engañador;

Húmedos de esperanza

Traed los ojos bellos,

Sin trenzas los cabellos,

La frente sin rubor.

Venid, y mal prendidos

Los velos y los chales,

Prodiguen, liberales,

La luz de vuestra tez;

Los ondulantes rizos

Flotando por la espalda,

La mal ceñida falda

Mintiendo desnudez.

Y las de negros ojos,

Que ostenten su mirada

Altiva, enamorada,

Con infernal pasión;

Y las rubias ostenten,

Sin máscaras de tules,

Las pupilas azules

Y rojo el corazón.

La noche se desliza,

Su llama el sol enciende,

El día nos sorprende,

Va el mundo a despertar.

¡Cantemos y bebamos,

Que cuando venga el día,

El sueño de la orgía

Le volverá a apagar!

 

La torre de Fuensaldaña

I

Yo he sentido bramar al ronco viento

Del helado Diciembre en noche obscura,

Remedando de un hombre el triste acento

De roto murallón en la hendedura.

Ardía en el salón envejecido

Purpúrea llama de sonante leña,

Y el ámbito vibraba estremecido

Al reflejar en la empolvada peña.

De la pompa feudal resto desnudo

Sin tapices, sin armas, sin alfombra,

Hoy no cobija su recinto mudo

Más que silencio, soledad y sombra.

Tal vez groseros cuentos populares

Bajo el nombre sin crónica conserva,

Y en las bóvedas, torres y pilares

Brota a pedazos la pajiza hierba.

Los pájaros habitan la techumbre

Y la tapiza la afanosa araña,

Y eso guarda la tosca pesadumbre

Del viejo torreón de Fuensaldaña.

Yo, que era entonces loco, triste y niño,

Pasaba alguna vez bajo sus muros

Por contemplar el desgarrado aliño

De sus huecos recónditos y obscuros.

Allí, en delirios de amistad perdida

Y en infantiles pláticas sabrosas,

Adormecí las cuitas de mi vida

Y las horas de noches pavorosas.

Allí, al calor de la humeante hoguera

De las cóncavas piedras al abrigo,

Oía el viento rebramando fuera,

Y a mi lado la voz de algún amigo.

Allí, sobre nosotros se elevaban

Robustas torres, góticas almenas,

Que la furia del viento rechazaban

Sobre el cimiento colosal serenas.

A veces nuestra alegre carcajada,

Repetida en los aires por el eco,

Moría en sus bramidos sofocada,

De la alta torre en el tendido hueco.

A veces nuestras báquicas canciones,

Como estertor de agonizante pecho,

Acompañaba en compasados sones

Sordo zumbando en callejón estrecho.

Otras, en melancólica armonía,

Remedaba lamentos y suspiros,

Y otras, en repugnante gritería,

El vuelo y voz de brujas y vampiros.

De las rotas almenas erizadas

Al sacudir la destocada frente,

Remedaba el hervir de las cascadas

Y el áspero silbar de la serpiente.

O en revuelto y confuso torbellino

La ruinosa terraza estremeciendo,

De la tendida lona en son marino

Semejaba tal vez el largo estruendo.

Le oíamos a veces a lo lejos

Cruzando el valle con airado paso,

Y crujían los árboles añejos

Como chascara entre la llama un vaso.

Y en continuo rumor sonando a veces,

Le oíamos rozar el firme muro,

Como en hondo tonel hierven las heces

Que una bruja animó con un conjuro.

Le oíamos rodar embravecido

Las desiguales piedras azotando,

Y en los huecos colgar ronco mugido,

Y el seco musgo arrebatar pasando.

Le oíamos entrar y revolverse

Con espantable son en las troneras,

Y estrellarse, y crecer hasta perderse,

Barriendo las tortuosas escaleras.

Las ramas de los árboles vecinos,

En las rejas meciéndose colgadas,

Dibujaban contornos repentinos

De espantosas visiones descarnadas.

Y al brusco y desigual sacudimiento

Desplomados los vidrios de colores,

En el mal alumbrado pavimento

Reverberaban falsos resplandores.

Y asaltando la boca que topaba

Rodando en torno de la mustia hoguera,

Entre la llama pálida soplaba,

Blanca ceniza hasta elevar ligera.

Silbando entonces lánguido y sonoro,

Al cruzar murmurando en las ventanas,

Nos revelaba en armonioso coro

Música de veletas y campanas.

Y mezclaba el susurro de las hojas

Que coronaban los silvestres pinos,

Con el gotear entre las juncias flojas

De los turbios arroyos campesinos.

De los atentos perros el ladrido,

Y el canto agudo del despierto gallo,

Con el inquieto y bélico alarido

Del trémulo relincho del caballo.

Bullían en el ánima exaltada

Locos fantasmas de soñados cuentos,

Y sostenía, apenas fatigada,

El peso de los ojos soñolientos.

Entonces, a la sombra cobijados,

Los pies a par de la expirante lumbre,

Cedían nuestros párpados cansados,

Más que a la voluntad, a la costumbre.

Y a cada chispa del tizón postrero,

A cada empuje del turbión errante,

A cada voz del pájaro agorero

Que velaba en el nido vacilante,

Volvíamos el gesto, recelosos,

En derredor del descompuesto fuego,

Levantando los ojos perezosos,

Que al roto sueño se tornaban luego.

Y en aquella mirada adormecida

Se pintaba la sombra misteriosa,

De volubles contornos revestida,

De cuerpo inmenso, de color medrosa.

Gozábamos al fin insomnio inquieto,

Delirando festines y batallas,

Con tumultos sin época ni objeto,

Con broqueles, con yelmos y con mallas.

Y soñábamos duendes y conjuros

En una tierra mágica y lejana,

Deleitados en cóncavos obscuros

Con cantares de sílfide liviana.

Poco a poco deshechas las visiones,

Soñábamos con sombras infinitas,

Donde se oían apagados sones

De invisibles orquestas exquisitas.

Y más tarde, las sombras vacilando

Entre pardo crepúsculo naciente,

Íbanse luz y sombras alejando

De la febril y temerosa mente.

Músicas, miedos, fábulas y sombras,

Sus contornos al fin desvanecían,

Y en un salón sin lámparas ni alfombras.

Sólo estaban dos locos, y dormían.

 

II

-Y era grato, al son del viento,

Abrir el párpado al día,

Y contemplar, soñoliento,

Su confuso resplandor

A través de las abiertas,

Hondas y estrechas ventanas,

Y de las hendidas puertas

De los quicios en redor.

 

Ver la atmósfera tocada

Con turbio cendal de niebla,

Sobre los campos posada,

Interceptando el mirar;

Y oír la ráfaga inquieta

Que al vendaval sustituye,

En la acerada veleta

Sordamente rechinar.

 

Ver las medrosas visiones

Que en la noche nos turbaron,

En bóvedas y rincones

De opaca lumbre al lucir;

En escombros convertidas

Musgo y tintas con que al tiempo

Las murallas carcomidas

Plugo manchar y vestir.

Ver en las toscas paredes,

En vez de ricos tapices,

Tender su baba y sus redes

Al insecto descortés,

Que entre los nombres tranquilos

Las labra de los viajeros,

Cubriéndolos hilo a hilo

Sin envidia ni interés.

 

Ver a la afanosa araña

En los blasones del muro

Hilar con paciente maña

Sus hebras para cazar;

Y en la recóndita grieta,

La presa que vuela en torno,

Vigilante, astuta y quieta,

A que se enrede esperar.

 

Y en el oculto madero

Hallar de rincón ruinoso,

El rastro de un hormiguero

Que en el verano pasó;

Que en el fondo nació acaso,

Mas no contento en el suelo,

Con irreverente paso

Hasta la almena trepó.

 

¿Quién dijera a los barones

De la torre de Saldaña

De sus techos y salones,

La mengua y la soledad?

¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Cuánto puedes,

Tú, que indiferente escribes

Sobre cráneos y paredes

La cifra de la verdad!

 

Yo he visitado esos muros,

Hoy trojes de rico hidalgo,

Y en sus salones obscuros

Ancha hoguera levanté.

Corrí llaves y cerrojos

Cual si de ellos dueño fuera,

Y sus tablas y despojos

Para alumbrarme quemé.

 

No respeté ni sus años,

Ni su nombre y dueño antiguos…..

Y para insultos tamaños,

¿Quién era en Saldaña yo?

Un niño, un triste o un loco,

Que divertido en sus penas,

Curaba entonces muy poco

De cuanto grande vivió.

 

Y a fe que, libre y contento,

A la lumbre de mi hoguera,

En tanto bramaba el viento,

Tranquilamente dormí;

Y al despertar con el día,

Contempló absorto y ufano

La gruesa mampostería

Que por alcoba elegí.

 

Luchaba el sol, afanado,

Con la turbia húmeda niebla,

Y el fulgor tornasolado

Cruzaba por el salón.

El aire, en fuerzas cediendo,

Brotó en ráfagas errantes,

Y aun se le oía gimiendo

Con menos airado son.

 

Miré desde las ventanas

El árido campo seco:

Algunas hierbas livianas

Encontró no más en él.

El aire las sacudía

Y la niebla las mojaba;

Escaso arbusto crecía

Del campo mudo al lindel.

 

Algunas nocturnas aves

Guarecidas, asomaron,

En los rotos arquitrabes

Su misterioso mohín:

Mirélas indiferente,

Y al rumor de mis pisadas

Hundieron la negra frente

Del nido cóncavo al fin.

 

Entonces, de la alta cumbre,

El sol, rasgando la niebla,

Derramóse en viva lumbre

De trémulo resplandor;

Y en los pardos murallones

Trazó cuadros luminosos,

Alumbrando los salones.

De cenagoso color.

Y entonces, a los reflejos

De la llama repentina,

De aquellos rincones viejos

En la antigua soledad,

Bulleron miles de insectos

Asomando por las grietas:

Monstruosos por lo imperfectos,

Raros por la variedad.

 

Y oíanse los cantares

Del tosco templo vecino,

En compases regulares

Desvanecerse y crecer;

Y el órgano y las campanas,

Al roto soplo del viento,

Ya perdidas, ya cercanas,

En él sus ecos mecer.

 

Pasó la noche sonora,

Pasó la mañana inquieta;

Mis años, hora por hora,

A contar, triste, volví.

Si hallé la vida cansada

Y lamenté su amargura,

Yo vivo con mi tristura,

Mas la torre quedó allí.

 

Muchos curiosos, acaso,

Por llegar a Fuensaldaña,

Aceleraron el paso,

De aquella noche después;

Mas ¡ay de hombro mezquino!

¡Quién encontrará mañana,

Entro el polvo del camino,

La huella de nuestros pies!

 

La Virgen al pie de la Cruz

Stabat Alater dolorosa

Juxta crucena lacrymosa

Dum pundebat Filius.

Velaba entonces el cielo

Su lumbre en opacas nieblas,

Y, crespón de tanto duelo,

Tendió la sombra en el suelo

Anchos pliegues de tinieblas.

Ni un pájaro por el viento,

Ni una fiera por la roca,

Ni entre el musgo amarillento

Asoma reptil hambriento

La desenterrada boca.

Ni el ronco mar a lo lejos

En sordo tumulto brama,

Vibrando en turbios espejos

Tornasolados reflejos

Que por la playa derrama.

Ni una brisa, ni un gemido

El aire pesado encierra,

Que, doliente y abatido,

Yace sin fuerzas tendido,

Las alas contra la tierra.

Grupos de nubes impuras,

En la alta región inmobles,

Ciñen en bandas obscuras

La lumbre de las alturas

Con sus cortinajes dobles.

Ráfaga de luz sangrienta,

El negro ambiente cruzando,

Amaga pronta tormenta,

Una natura alumbrando

Dormida o calenturienta.

La rosa que el aura riza

Se dobla en el tallo seca,

Y de la hierba pajiza

Sostiene la raíz hueca

Campo estéril de ceniza.

Y del desierto a la entrada,

En torpe paso el Jordán

Arrastra el agua pesada;

Una con otra amarrada,

Sin ruido las ondas van.

Y en los anchos arenales,

Por donde las ondas crecen,

Los penachos desiguales

Saludándolas no mecen

Palmas y cañaverales.

Todo entre sombras callaba;

El mundo, en reposo inerme,

Curioso se contemplaba,

Cual de despertar acaba

Un hombre, y duda si duerme.

Víanse al lejos enhiestas,

Cerrando los horizontes,

En dobles hileras puestas,

Las enmarañadas crestas

De los escarpados montes.

Entre los troncos desnudos

Alzando las blancas losas,

Los esqueletos agudos

Sacaron, de asombro mudos,

Las calaveras medrosas.

Ninguno osó preguntar

Lo que era triste saber;

Ninguno acertó a dudar

Lo que salió a contemplar

Y alcanzó temblando a ver.

Allí Adán el pecador

Asomó el gesto confuso

Mirando en su derredor;

De rodillas, de pavor,

Sobre la piedra se puso.

-¿Es esa mi raza?…, dijo

Hiriendo la calva frente,

Y llorando se maldijo,

A su Dios mirando fijo

En un palo entre su gente.

Secos, vacilantes, flojos,

Malditos en él también,

Los otros yertos despojos

Volvieron hacia Salén

Los sin luz cóncavos ojos.

Allá en la vasta llanura

Está la impía ciudad,

Como meretriz impura

Que falsa ostenta hermosura

Merced a la obscuridad.

Y el Gólgota misterioso

Levantado detrás de ella

Entre ufano y vergonzoso,

Con un suplicio horroroso

Rota la frente, descuella.

Estaba en honda agonía

Al pie de la cruz llorosa

La Madre Virgen María,

Y de la cruz afrentosa

El Hijo muerto pendía.

Desgarrado el santo pecho,

Herido y alanceado,

Y en el madero derecho

Desconocido y deshecho

El cuerpo descoyuntado.

Tan rasgadas las heridas

De ambos pies y de ambas manos,

Que cayeran divididas

A no estar tan sostenidas

En brazos tan soberanos.

Y porque culpa tan fea

Ofrenda tan santa borre,

La hirviente sangre gotea,

Y en el peñasco en que corre,

Avaro el viento la orea.

Allí, por tierra postrada,

Moribunda y desolada

La castísima María,

Con el suplicio abrazada

La ardiente sangre bebía.

Y parado el mundo entero

Asombrado la miraba,

Que sola en dolor tan fiero

A su Dios muerto lloraba

Al pie del santo madero.

-¡Ella llora, y yo pequé!…..

¡Madre amorosa, perdón,

Que yo le crucifiqué,

Yo su sangre derramé

Y manché la creación!

Yo le robé de tus brazos

Sin respeto a su deidad;

Le até con estrechos lazos

Para arrancarle, es verdad,

Las entrañas a pedazos.

Y tú, Madre, en tu dolor

Mesándote los cabellos,

Al verdugo matador

Tendiste los brazos bellos,

Demandándole favor.

Por templar su sed rabiosa,

Tú, Madre de Dios bendita,

Pálida la faz de rosa,

Te prosternaste llorosa

Ante la raza maldita.

-No humana, de tigres fue;

Que si te vieron acaso

Los hombres en quien pequé,

Cual brezo que estorba el paso,

Te apartaron con el pie.

¡Tú hollada, Virgen, así!…..

¡Tú, que pisas de rubí

Vistosa, viviente alfombra,

Y besa el ángel tu sombra

Si pasa cerca de ti!

¡Tú, de estrellas coronada,

Del ardiente sol vestida,

Y de la luna calzada,

Tan triste y tan dolorida

Por raza tan condenada!

¡Tú llorando, Madre mía,

Cuando una lágrima tuya

El mundo rescataría,

Cuando el tiempo le concluya

En el postrimero día!

¡Tus ojos llorosos tanto

Cuando al sol prestan su luz!

¡Oh Madre, por tal quebranto!

Que me salve a mí tu llanto

Al pie de la santa cruz!

Yo tengo un recuerdo

De edad más dichosa;

Tú, Madre amorosa,

Lo sabes tal vez.

Entonces alegre,

De afanes segura,

Soñaba ventura

Mi loca niñez.

Brindábame entonces

La vida placeres,

No vi en las mujeres

El mal del amor.

Reía y cantaba

Un día, otro día,

Y siempre el que huía

Tornaba mejor.

Que aun no me acosaban

Mis débiles años

Con duelos y engaños

De vana amistad;

Aun no de mis horas

De paz y esperanza

Rompió la balanza

La estéril verdad.

El aire era un velo

De ricos colores,

Brotaban las flores

A impulso del sol;

La noche tranquila

Que en paz me velaba,

Del cenit colgaba

Su turbio farol.

La vida era un sueño

Ligero y flotante;

Fingí delirante

Del mundo un jardín,

Creí que los días

Que pasan huyendo

Felices volviendo

Serían sin fin.

Entonces ¡oh Madre!

Recuerdo que un día

Tu santa agonía

Contar escuché:

Contábala un hombre

Con voz lastimera;

Tan niño como era,

Postréme y lloró.

El templo era obscuro

Vestidos pilares

Se vían, y altares,

De negro crespón;

Y en la alta ventana

Meciéndose el viento,

Mentía un lamento

De lúgubre son.

La voz piadosa

Tu historia contaba;

El pueblo escuchaba

Con santo pavor.

Oía yo atento,

Y el hombre decía:

«Y ¡quién pesaría

»Tamaño dolor!

»El Hijo pendiente

»De cruz afrentosa,

»La Madre amorosa

»Llorándole al pie…»

El llanto anudóme

Oído y garganta;

Con lástima tanta,

Postréme y lloré.

La voz conmovida

Seguía clamando,

El viento zumbando

Seguía a la par;

El pueblo lloraba

Postrado en el suelo,

Contaba tu duelo

La voz sin cesar.

Mi madre, a sus pechos

Mi pecho oprimiendo,

Posaba gimiendo

Sus labios en mí;

Y yo, Santa Virgen,

En son de querella,

No sé si por ella

Lloraba, o por ti.

Tu imagen estaba

Doliente a mis ojos,

Mi madre de hinojos

Oraba a tus pies:

Por quién lloró entonces

Mi pecho afligido,

Ya nunca he podido

Saberlo después.

¡Mi madre tan joven,

Tan bella y penada!

¡Mi madre adorada

Llorando también!

Perdón ¡oh María!

Soy hijo y la adoro,

Su aliento y su lloro

Quemaban mi sien.

Convulso, agitado,

En ámbito estrecho

Latir en su pecho

Sentí el corazón;

El niño creía

Y oró al Crucifijo…..

El niño era hijo

Y ahogó su oración.

Ha poco, en mis horas

De cuita y de duelo,

Amparo en el cielo

Con ansia busqué;

Tu nombre me trajo

Mi fe solitaria,

Y en honda plegaria

Tu nombre invoqué.

Que yo también lloro

Mundanos pesares,

También tengo altares,

Y fe y religión:

Que el gozo y la risa

Que ostento en la frente,

Del alma doliente

La máscara son.

¡Ay, triste! Olvidado,

No hallé en mi abandono

Más luz que tu trono,

Más paz que tu amor;

Y ciego y perdido,

Sin lumbre y sin guía,

A ti te pedía

Llorando, favor.

A ti que llorabas

El día tremendo

Que viste muriendo

Al Dios de la luz:

¡Oh Madre, que el día

De cuentas y espanto

Me salve tu llanto

Al pie de la cruz!

¡Madre mía! Si en tu cielo

Se oye el murmullo mundano,

Y mi cántico liviano

En su cóncavo sonó;

Si la estéril armonía

Llegó a ti del arpa loca,

Y los himnos que mi boca

Sacrílega murmuró;

Tiende los divinos ojos

¡Oh Madre! desde la altura,

Que es polvo la criatura;

Cieno y nada encontrarás;

Que en la senda de la vida

Cada paso que adelanta,

Más débil la torpe planta,

Se acerca a su nada más.

Acuérdate, Madre Virgen,

Que allá en la niñez tranquila

Por ti la clara pupila

Con mis lágrimas nublé;

Que hubo un día en que, escuchando

La historia de tus pesares,

Delante de tus altares

Acongojado lloré.

Olvídate, que insensato,

Sin curar de tus dolores,

Canté profanos amores

Del arpa lúbrica al son;

Acuérdate que, nacido

De flaca y terrena gente,

Tengo de tierra la mente,

Y de tierra el corazón.

Acuérdate, Madre mía,

Que nací niño y desnudo,

Y que hoy a tus pies acudo,

Mi nada al reconocer;

Que mi lengua irreverente

Cambia en himnos inmortales

Los cánticos criminales

Que alzó delirando ayer.

Pues mi postrera esperanza

En tu noble amparo fijo,

Ruega ¡oh Madre! por un hijo

Al Dios que engendró la luz.

Y en aquel tremendo día

De justicias y de espanto,

Que me salve a mí tu llanto

Al pie de la santa cruz.

 

Las estocadas de noche

I

Las lágrimas de los ojos

disimuladas apenas,

mal prendidos los cabellos,

mal tocada y mal compuesta,

está en un sillón Elvira,

la faz y las manos trémulas,

como criminal que incierto

visita del juez espera;

y los pasos de don Lope

escuchando en la escalera,

más se turba cuando cauta

en disimular se empeña.

Entró en la estancia don Lope,

y al apercibirse de ella

la dijo con voz pausada,

entre amorosa y severa:

«¿Tú lágrimas en los ojos?

¡Por los cielos, que me admira!

¿Quién pudo en ellos, Elvira,

herirte con tal rigor?

¡Oh! Ven, Elvira, a mis brazos,

ven a contarme tus duelos,

que si no admiten consuelos,

admitirán vengador.

La faz escondes turbada,

la frente pálida inclinas;

esas rosas purpurinas,

¿Quién aja traidor así?

¿No me respondes, y lloras?

Pues te obstinas en callarlo,

ve que acaso averiguarlo

me toque después a mí.

Pudiera serme un secreto

lo que tu labio confiese;

mas puede ser que nos pese

lo que yo sepa, a los dos.

Pero a través de esa reja

han pronunciado tu nombre…..

¡Oh! Dime, Elvira, el de ese hombre;

dilo, o mueres, ¡vive Dios!»

 

Así don Lope diciendo,

asióla de las muñecas,

y entornando la ventana,

mató de un revés la vela.

Resistió, mas sujetóla;

quiso gritar, mas apenas

lanzó una voz, la garganta

contra el almohadón la aferra.

Sonó por segunda vez

desde la calle la seña,

y con acento fingido

dentro don Lope contesta.

A poco oyéronse pasos

de alguno que sube a tientas,

con los rotos escalones

tropezando en las tinieblas.

Y en el silencio solemne

de aquella medrosa escena,

del corazón de don Lope

todos los golpes se cuentan.

«Elvira», dijo el que entraba;

mas viéndose sin respuesta,

volvió a repetir el nombre

dentro de la sala mesma.

Todo allí es sombra y silencio,

todo es soledad en ella;

sólo una chispa encendida

dentro del pábilo humea,

que no ardiendo sino un punto,

la lobreguez más se aumenta;

y el humo con que se ahoga,

fétido el pábilo deja.

Las manos tendió adelante,

y avanzando así el que llega,

con el rostro de don Lope

en la obscuridad tropieza.

«¿Quién va?», preguntó; y su acento

siguiendo mano certera,

de una robusta puñada

tendióle de espalda en tierra.

Asidos ambos a dos,

en la sombra forcejean,

y el duro son de la lucha

confuso en la sombra suena.

Y sin duda a ambos importa

el secreto y la cautela,

porque trabajan las manos

y se recata la lengua.

A cóncavos resoplidos

ambos los pechos alientan,

mas no lanzaron los labios

una exclamación siquiera.

Así, en contados instantes

los dos combatientes ruedan,

hasta que a verse alcanzaron

gente y luces que se acercan.

Abriéronse las mamparas,

y casi en el linde de ellas

hallóse un hombre en silencio

y embozado hasta las cejas.

Miróle un punto don Lope,

y vuelto, con voz resuelta

a los que acudieron dijo:

«Paso»; y ganando las puertas,

llevósele por delante

medio a bien y medio a fuerza.

 

II

Negra es la noche, y el cierzo,

que en son revoltoso gime,

rasgándose en las esquinas,

de miedo la sombra viste.

Por un callejón estrecho

que de pasadizo sirve

a una iglesia, va don Lope

con el otro, que lo sigue.

Sin duda tras de un farol

que medio agoniza y vive,

colgado en un esquinazo

ante un cuadro de la Virgen,

túvose bajo él don Lope,

y en voz imperiosa y firme,

desenvainando la espada,

esto al incógnito dice:

-o quién sois o qué valéis

he de saber; elegid.

-Enhorabuena; reñid,

que quién soy ya lo veréis.

-¿No tenéis otra disculpa?

-Vuestro empeño será en vano;

las espadas en la mano,

entrambos tenemos culpa.

Y así diciendo, uno a otro

con tal denuedo se embisten,

que brotan chispas las hojas

con los tajos y los quites.

Ambos en el mismo sitio,

ninguno vence o se rinde;

ni en uno temor se alcanza,

ni a otro más valor asiste,

según a la luz incierta

desde luego se distinguen

de entrambos a dos las sombras,

que en tierra clavadas riñen.

Mas el rumor temeroso

de la lucha se percibe,

sin que un ¡ay! ni una palabra

se oiga en trance tan difícil.

Dijérase al ver lo inmóviles

que ambos en ello persisten,

que son dos sombras de un sueño

que a alguno en la noche aflige.

Tal vez de dos enemigos

que un mismo ataúd divide,

creyéranse las fantasmas,

que juzgándolo imposible

partir un mismo sudario

ni el suelo estrecho partirse,

alzáronse despechadas

en aparición visible.

Abrióse en esto una reja,

otra a poco se oyó abrirse,

luego otras muchas, y luego

cerca pasos se perciben.

Alumbróse de repente

la calle, y al lejos dicen:

«Ténganse al Rey»; y en un punto

la justicia les divide.

Cercáronlos desatentos

soldados y ministriles,

que al tomarlos los estoques,

por ellos derechos piden.

Y tanto crece la zambra

y los confusos lelíes

de unos que dicen: «¡Soltarles!»,

y otros que «¡A la cárcel!» dicen,

que echando mano al embozo

el que con don Lope riñe,

partió el tropel de por medio,

y en alientos varoniles

gritando: «¡Lugar al Rey!»,

hace que a su voz se inclinen,

cayendo en tierra de hinojos,

cuantos alcanzan a oírle.

«Señor…», murmuró don Lope,

la faz con rubor humilde;

y el Rey, con blanda sonrisa,

levantándole le dice:

«Valiente sois, caballero,

y en despecho de la ley,

supisteis que siendo Rey,

he sido hidalgo primero.

Libre estáis y afecto os soy:

venid mañana a palacio

y hablaremos más a espacio

de las cuchilladas de hoy.

Pero no volváis a vella,

o por infame os tendré,

que os juro, don Lope, a fe,

que no sabéis quién es ella.»

Esto dicho, el Rey volvióse;

a la ronda se dirige,

y ante las rejas de Elvira

así en voz alta prosigue:

«Aquí hay presa de la ley;

entrad la casa en mi nombré,

y cubrid mi error de hombre

con mi justicia de Rey.»

 

Las hojas secas (a mi madre)

Dicen que todo al fin se desvanece,

Todo pasa, se olvida, pierde y borra.

Yo no soy infeliz, mas vivo triste,

Y un torcedor arrastro en mi memoria.

 

Un templo, un bosque, un ave que pasando

Cruza en el viento descarriada y sola,

Prensan mi corazón, y a mis pupilas

Solitaria una lágrima se asoma.

 

Pláceme ver un claro riachuelo

Lamer su orilla con azules ondas,

Y al resplandor del trémulo sepulcro

Sentir la fuente murmurar sonora.

 

Pláceme ver, tras el opuesto monte,

Hundir al sol su faz esplendorosa,

Y despedirle desde el hondo valle

Al compás de las aguas y las hojas.

 

Y pláceme en paseos solitarios,

En dulces sueños delirando sombras,

Perderme en la floresta sin camino

Ideando quiméricas historias.

 

La mía es triste, cansa y no interesa;

Sin aventuras intrincadas, corta;

Es una historia solamente mía,

Como otras muchas que a la vez se ignoran.

 

Es la historia de un sueño fatigoso,

En que nada sucede, nada importa;

No se comprende, pero no se olvida,

Y sus vagos recuerdos nos acosan.

 

Yo la recuerdo con vergüenza siempre,

Temo profundizarla, y sus memorias,

Como gotas de mágico veneno,

Caen en mi corazón una tras otra.

 

¿Qué os hicísteis, dulcísimos instantes

De mi infancia gentil? ¿Dó están ahora

Los labios de coral que me colmaron

De blandos besos que mis ojos lloran?

 

¿Dó está la mano amiga que trenzaba

Las hebras mil de mi melena blonda,

Tejiéndome coronas en la frente

De azucenas silvestres y amapolas?

 

Era ¡ay de mí! mi madre; alegre entonces,

Tranquila, amante, como el alba hermosa;

Jamás me ha parecido otra hermosura

Tan digna de vivir en mi memoria.

 

Apartaos, impúdicas quimeras;

Más os detesto cuanto más vosotras

Tenaces me seguís; ya no sois nada,

Cesó el festín, rompiéronse las copas.

 

Ella es mi madre; sus ardientes besos

Con vuestra vil presencia se inficionan;

Idos en paz, que el llanto de sus ojos,

Del alma impura vuestra imagen borra.

 

¡Madre, te encuentro llorando!

¡Ah! ¡No atiendes a mis voces!

Mírame, ¿no me conoces?

¿Tan mudado, madre, estoy?

¿Tan pronto borrar pudieron

Mi rostro las desventuras?

¡Bebí tantas amarguras!…

Pero al fin, madre, yo soy.

 

¡Cuán trémula está tu mano!

Tu corazón, ¡cuán opreso!

Madre, ¿no tienes un beso

Ni una queja para mí?

¡Lloras! Beberé tu llanto…

Mas abrasan tus mejillas…

Heme, madre, de rodillas

Avergonzado ante ti.

 

Apartas de mí los ojos;

Sufres viéndome, lo veo;

Mas estoy como está el reo,

Humillado ante su Dios.

Tornadme el rostro, señora,

Y aunque lo tornéis severo,

Aunque sea el favor postrero

Porque me ausente de vos.

 

Lo sé: receláis acaso

Que vendí vuestro cariño

Por el impúdico aliño

De otro amor más terrenal.

Este color de mi frente

Tal vez os parece impuro…

¡Oh, Madre mía, os lo juro:

Me habéis comprendido mal!

 

Soñé, y me desvanecieron

Mis fatales ilusiones;

Sentí mis locas pasiones

Dentro de mi pecho arder.

La tempestad era horrible,

La noche lóbrega, densa,

La mar tormentosa, inmensa,

Mi barca débil ¿Qué hacer?

 

Lanzado al mar sin aviso,

Dejéme llevar del viento;

Sacóme el mar turbulento

A otra playa de ilusión;

 

Yo a lo lejos la miraba:

Y era una tierra tan bella,

Que el pasar, madre, por ella,

Fue terrible tentación.

 

Bebí el agua de sus fuentes,

Gocé el aura de sus flores;

Embriagado en sus amores,

En sus bosques me adormí;

Allí, el placer me esperaba;

Vos, en la opuesta ribera……

Horrible tentación era,

Mas luché, madre, y vencí.

 

Tal vez en mi sien soñaba

Glorioso laurel naciente;

Yo lo arranqué de mi frente;

Pensaba en vos, y le hollé.

Allí quedó entre la arena,

Y, al lanzarle, dije: -Crece,

Que si mi sien te merece,

Más ansioso volverá.

 

En vano mis ilusiones

Me acosaron tumultuosas;

A las ondas procelosas

Me arrojó audaz, y volví.

Sin fuerza, sin esperanza,

Madre, en mi congoja fiera,

Tu imagen fue la postrera

Que guardé mientras viví.

 

¿Mas tú, inconsolable lloras

Sin atender a mis voces!

¡Mi vida! ¿No me conoces?

¿Tan mudado, madre, estoy?

¿Tan pronto borrar pudieron

Mi rostro las desventuras?

¡Bebí tantas amarguras!…

Pero, al fin, madre, yo soy.

 

¡Mas no me escuchas! ¡Llorando,

La faz amorosa escondes!

Te llamo y no me respondes:

¡Tanto, madre, te ultrajé!

Te entiendo, por fin: yo solo

No basto ya a consolarte;

Me será fuerza dejarte,

Y a la mar me volveré.

 

Mas oye: Es el otoño; rebramando,

El ábrego los árboles sacude;

De roncos cuervos el siniestro bando,

A los peñascos cóncavos acude.

 

Brilla sin fuerza el sol en Occidente,

Y allá en la falda de espinoso risco,

Guía el pastor, con paso indiferente,

Las humildes ovejas al aprisco.

 

Seco el follaje de la selva umbría,

De sus verdes doseles se despoja;

Y al empuje de ráfaga bravía,

El bosque se desnuda hoja por hoja.

 

El ábrego las huella y arrebata,

Las arrastra en revuelto torbellino,

Ciega en la fuente la serena plata,

Borra los lindes del igual camino.

 

Triste fantasma del verjel ameno

Y esqueleto fantástico, semeja

Cada desnudo tronco, un día lleno

De la sombra magnífica que deja.

 

Flores, ¿en dónde estáis? Y ¿dó se esconden

Los céspedes que amenos os cercaban?

¿Cómo los ruiseñores no responden

Al son de las alondras que pasaban?

 

¿Qué es del arrullo de la mansa fuente

Donde a beber bajaban las palomas?

¿Qué es del aura que erraba suavemente

Cargada de suspiros y de aromas?

 

Las galas del Abril se marchitaron,

Los céfiros errantes se extinguieron,

En ayes los murmullos se tornaron,

Y anchos arroyos las corrientes fueron.

 

Todo pasó. En el valle pantanoso

Hay en vez de una fuente una laguna,

Y en las ramas del álamo pomposo,

Las hojas se desprenden una a una.

 

Así, madre, van mis días,

Con las hojas de consuno,

Desprendiéndose uno a uno

Al vaivén de la pasión.

 

Y así van las ilusiones

De mi esperanza importuna,

Desprendiéndose una a una

De mi seco corazón.

 

Como esas hojas marchitas

No volverán a su rama;

El cierzo las desparrama,

La lluvia las pudrirá.

Como el bosque queda triste,

Y silencioso y desnudo,

Seco y solitario y mudo

Mi corazón siento ya.

 

Esas hojas amarillas

Que ayer nos prestaron sombra,

Ni aun las querrá por alfombra

El tornasolado Abril;

Míralas, madre, cuál ruedan

Entre la arena perdidas,

Holladas y sacudidas

Por el aura más sutil.

 

Eso son nuestras creencias,

Nuestras míseras ficciones;

Eso son nuestras pasiones,

Nuestra vida terrenal:

Nacen, dan sombra un instante,

Suenan, se mecen, se cruzan,

Caen, ruedan, se desmenuzan,

Y las lleva el vendaval.

 

Si ellas al rápido soplo

Del cierzo desaparecen,

Otras en el árbol crecen

Y se apiñan otra vez;

Mas yo iré, cual hoja seca

Por el viento desprendida,

Arrastrando de mi vida

La juventud, la vejez.

 

Y el negro remordimiento

Irá por doquier conmigo,

Como verdugo y testigo

De mi perdurable afán.

Y cuando a su vieja llama

Encanezcan mis cabellos,

Madre, debajo de aquéllos

Jamás otros nacerán.

 

Porque estas hojas errantes

que por mi memoria vagan,

Estos recuerdos que amagan

No dejarme hasta morir,

Hojas secas de mí mismo,

Que arrancadas de mi centro,

A mí asidas las encuentro

Sin poderlas desasir,

 

No pasarán como pasan,

Esas hojas del otoño;

No tienen otro retoño,

Mas tampoco tendrán fin;

Sopla el viento y no las lleva,

Cae la lluvia y las perdona;

Igualmente las abona

El desierto y el jardín.

 

Dicen que todo al fin se desvanece,

Todo pasa, se olvida, pierde o borra…

¿Soy infeliz? No sé. Mas vivo triste

Y un torcedor arrastro en mi memoria.

 

Madre, ¿creerás también que todo pasa

Como en alas del ábrego las hojas,

Como del vago céfiro los ayes,

Como del mar las fugitivas ondas?

 

¿Crees tú que pasarán para tu hijo,

Como del bosque la agostada pompa,

Tus recuerdos, tu amor, tu sacra imagen,

Que todo el corazón le ocupa sola?

 

¿Crees, madre, que al huir desesperado

A playas extranjeras y remotas,

Corre tras la molicie y los placeres,

Busca una libertad cínica y loca?

 

¿Crees tú que anhela, en climas apartados,

Libre gozar su juventud fogosa?

¿Crees que, olvidado de su madre, viva?…

Quien lo dijo, mintió, madre y señora,

 

Doquier que arrastre su existencia inútil,

Suerte feliz o mísera le acorra,

Ya duerma en los harapos del mendigo

Ya en blanda pluma de opulenta alcoba,

 

Ya espere un porvenir sin esperanza,

Ya circunde su sien verde corona,

En la mazmorra, en el alcázar madre,

Dondequiera que aliente, allí te adora.

 

Que es mi pecho tu altar, y aquí tu imagen

Nunca pasa, se olvida, pierde o borra,

Como pasan al aire del otoño,

Del bosque umbrío las marchitas hojas.

 

Las lágrimas de los ojos…

I

Las lágrimas de los ojos

disimuladas apenas,

mal prendidos los cabellos,

mal tocada y mal compuesta,

está en un sillón Elvira,

la faz y las manos trémulas,

como criminal que incierto

visita del juez espera;

y los pasos de don Lope

escuchando en la escalera,

más se turba cuando cauta

en disimular se empeña.

Entró en la estancia don Lope,

y al apercibirse de ella

la dijo con voz pausada,

entre amorosa y severa:

«¿Tú lágrimas en los ojos?

¡Por los cielos, que me admira!

¿Quién pudo en ellos, Elvira,

herirte con tal rigor?

¡Oh! Ven, Elvira, a mis brazos,

ven a contarme tus duelos,

que si no admiten consuelos,

admitirán vengador.

La faz escondes turbada,

la frente pálida inclinas;

esas rosas purpurinas,

¿Quién aja traidor así?

¿No me respondes, y lloras?

Pues te obstinas en callarlo,

ve que acaso averiguarlo

me toque después a mí.

Pudiera serme un secreto

lo que tu labio confiese;

mas puede ser que nos pese

lo que yo sepa, a los dos.

Pero a través de esa reja

han pronunciado tu nombre…..

¡Oh! Dime, Elvira, el de ese hombre;

dilo, o mueres, ¡vive Dios!»

Así don Lope diciendo,

asióla de las muñecas,

y entornando la ventana,

mató de un revés la vela.

Resistió, mas sujetóla;

quiso gritar, mas apenas

lanzó una voz, la garganta

contra el almohadón la aferra.

Sonó por segunda vez

desde la calle la seña,

y con acento fingido

dentro don Lope contesta.

A poco oyéronse pasos

de alguno que sube a tientas,

con los rotos escalones

tropezando en las tinieblas.

Y en el silencio solemne

de aquella medrosa escena,

del corazón de don Lope

todos los golpes se cuentan.

«Elvira», dijo el que entraba;

mas viéndose sin respuesta,

volvió a repetir el nombre

dentro de la sala mesma.

Todo allí es sombra y silencio,

todo es soledad en ella;

sólo una chispa encendida

dentro del pábilo humea,

que no ardiendo sino un punto,

la lobreguez más se aumenta;

y el humo con que se ahoga,

fétido el pábilo deja.

Las manos tendió adelante,

y avanzando así el que llega,

con el rostro de don Lope

en la obscuridad tropieza.

«¿Quién va?», preguntó; y su acento

siguiendo mano certera,

de una robusta puñada

tendióle de espalda en tierra.

Asidos ambos a dos,

en la sombra forcejean,

y el duro son de la lucha

confuso en la sombra suena.

Y sin duda a ambos importa

el secreto y la cautela,

porque trabajan las manos

y se recata la lengua.

A cóncavos resoplidos

ambos los pechos alientan,

mas no lanzaron los labios

una exclamación siquiera.

Así, en contados instantes

los dos combatientes ruedan,

hasta que a verse alcanzaron

gente y luces que se acercan.

Abriéronse las mamparas,

y casi en el linde de ellas

hallóse un hombre en silencio

y embozado hasta las cejas.

Miróle un punto don Lope,

y vuelto, con voz resuelta

a los que acudieron dijo:

«Paso»; y ganando las puertas,

llevósele por delante

medio a bien y medio a fuerza.

II

Negra es la noche, y el cierzo,

que en son revoltoso gime,

rasgándose en las esquinas,

de miedo la sombra viste.

Por un callejón estrecho

que de pasadizo sirve

a una iglesia, va don Lope

con el otro, que lo sigue.

Sin duda tras de un farol

que medio agoniza y vive,

colgado en un esquinazo

ante un cuadro de la Virgen,

túvose bajo él don Lope,

y en voz imperiosa y firme,

desenvainando la espada,

esto al incógnito dice:

-o quién sois o qué valéis

he de saber; elegid.

-Enhorabuena; reñid,

que quién soy ya lo veréis.

-¿No tenéis otra disculpa?

-Vuestro empeño será en vano;

las espadas en la mano,

entrambos tenemos culpa.

Y así diciendo, uno a otro

con tal denuedo se embisten,

que brotan chispas las hojas

con los tajos y los quites.

Ambos en el mismo sitio,

ninguno vence o se rinde;

ni en uno temor se alcanza,

ni a otro más valor asiste,

según a la luz incierta

desde luego se distinguen

de entrambos a dos las sombras,

que en tierra clavadas riñen.

Mas el rumor temeroso

de la lucha se percibe,

sin que un ¡ay! ni una palabra

se oiga en trance tan difícil.

Dijérase al ver lo inmóviles

que ambos en ello persisten,

que son dos sombras de un sueño

que a alguno en la noche aflige.

Tal vez de dos enemigos

que un mismo ataúd divide,

creyéranse las fantasmas,

que juzgándolo imposible

partir un mismo sudario

ni el suelo estrecho partirse,

alzáronse despechadas

en aparición visible.

Abrióse en esto una reja,

otra a poco se oyó abrirse,

luego otras muchas, y luego

cerca pasos se perciben.

Alumbróse de repente

la calle, y al lejos dicen:

«Ténganse al Rey»; y en un punto

la justicia les divide.

Cercáronlos desatentos

soldados y ministriles,

que al tomarlos los estoques,

por ellos derechos piden.

Y tanto crece la zambra

y los confusos lelíes

de unos que dicen: «¡Soltarles!»,

y otros que «¡A la cárcel!» dicen,

que echando mano al embozo

el que con don Lope riñe,

partió el tropel de por medio,

y en alientos varoniles

gritando: «¡Lugar al Rey!»,

hace que a su voz se inclinen,

cayendo en tierra de hinojos,

cuantos alcanzan a oírle.

«Señor…», murmuró don Lope,

la faz con rubor humilde;

y el Rey, con blanda sonrisa,

levantándole le dice:

«Valiente sois, caballero,

y en despecho de la ley,

supisteis que siendo Rey,

he sido hidalgo primero.

Libre estáis y afecto os soy:

venid mañana a palacio

y hablaremos más a espacio

de las cuchilladas de hoy.

Pero no volváis a vella,

o por infame os tendré,

que os juro, don Lope, a fe,

que no sabéis quién es ella.»

Esto dicho, el Rey volvióse;

a la ronda se dirige,

y ante las rejas de Elvira

así en voz alta prosigue:

«Aquí hay presa de la ley;

entrad la casa en mi nombré,

y cubrid mi error de hombre

con mi justicia de Rey.»

 

Los dos

En congojosa agonía

al abandonar el mundo,

con acento moribundo

así el poeta decía.

 

Y en medio la fiebre ardiente

por su bella demandaba,

y su llanto derramaba

la bella sobre su frente.

 

¡Lanzó un suspiro! — ¡Su boca

guardará silencio eterno!

Tal vez con gemido interno

un nombre adorado invoca.

 

El labio a su labio unió

la desolada María…

¡Inútil! — la muerte impía

de su dolor se rió.

 

Mañana voy, nazarena

Mañana voy, nazarena,

A Córdoba la sultana;

Mi amorosa cantilena

Ya no sentirás mañana

Al compás de mi cadena.

 

Cuando vuelvan los cristianos

De los moros vencedores,

Lee mis destinos tiranos,

La historia de mis amores,

En la sangre de sus manos.

 

Valiera más que, cautivo,

En esa torre acabara

La triste vida que vivo;

Que la vida que hoy recibo

Me la vendes ¡ay! bien cara.

 

¡Adiós! Tu esclavo mañana

Ya no ha de cansarte enojos;

Pero es esperanza vana:

Cautivo quedo, cristiana,

En la prisión de tus ojos.

 

¡Maldita, hermosa, mi estrella!

¿Qué ha de valerme la vida,

Si no he de hallarte con ella

Ni en Granada la florida

Ni en mi Córdoba la bella?

 

De hoy me será el claro sol

Una lámpara importuna;

Hija del suelo español:

Tú eres mi sol y mi luna…..

La aurora y el arrebol.

 

Pues en ti pierdo el sol hoy,

Sin tu sol no he de vivir;

Sultana: a Córdoba voy,

Que en las tinieblas que estoy,

Presto, a fe, que he de morir.

 

Ha prometido Mahoma

Un paraíso, una hurí …..

Tú habrás de ser ángel, sí,

En esa región de aroma,

Y hemos de amarnos allí.

 

Muerta la lumbre solar…

– I –

Muerta la lumbre solar,

iba la noche cerrando,

y dos jinetes cruzando

a caballo un olivar.

Crujen sus largas espadas

al trotar de los bridones

y vense por los arzones

las pistolas asomadas.

Calados anchos sombreros,

en sendas capas ocultos,

alguien tomara los bultos

lo menos por bandoleros.

Llevan, porque se presuma

cuál de los dos vale más.

Castor con cinta el de atrás,

y el de adelante con pluma.

Llegaron donde el camino

en dos le divide un cerro,

y presta una cruz de hierro

algo al uno de divino.

Y es así, que si los ojos

por el izquierdo se tienden,

sotos se ven que se extienden

enmarañados de abrojos.

Mas vese por la derecha

un convento solitario,

en campo de frutos vario

y de abundante cosecha.

Echóse a tierra el primero,

y al dar la brida al de atrás:

-Aquí -dijo- esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

Y hacia el convento avanzando,

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse menguando.

Quedó el otro en soledad,

y al pie de la cruz sentado

siguió inmoble y embozado

en la densa oscuridad.

Mugía en las cañas huecas

en son temeroso el viento

rasgándose turbulento

por entre las ramas secas.

Y en los desiguales hoyos,

con las lluvias socavados,

hervían encenagados

sin cauce ya los arroyos.

Ni había una turbia estrella

que el monte alumbrara acaso,

ni alcanzaba a más de un paso,

ciega la vista sin ella.

Ni señal se percibía

de vida en el olivar,

ni más voz que el rebramar

del vendaval que crecía

Y al hierro santo amarrados

ambos caballos estaban,

y allí en silencio aguardaban,

a esperar acostumbrados.

Ni de la áspera maleza,

pisada al agrio rumor,

les volvió su guardador

sólo una vez la cabeza.

Un pie sobre el otro pie,

embozado hasta las cejas,

metido hasta las orejas

el sombrero, se le ve:

Como en entallado busto

de alguno que allí murió,

y allí ponerse mandó

por escarmiento o por susto.

Ni incrédulo faltaría

que, si cerca dél pasara,

medroso se santiguara

dudando lo que sería.

Que a quien suele con la luz

y en compaña blasfemar,

bueno es hacerle pasar

de noche junto a una cruz.

Mas esto se quede aquí;

y volviendo yo a mi cuento,

digo que, dudoso y lento,

gran rato se pasó así.

Y ya se estaba una hora

de espera a expirar cercana,

cuando sonó una campana

de lengua aguda y sonora.

Y aún duraba por el viento

su vibración, cuando el guía

alguien notó que venía

por el lado del convento.

Sacó la faz del embozo

y, oyendo el son más distinto,

echóse la mano al cinto

y, ¿quién va?, el amo y el mozo

preguntaron a la par;

mas, conocidos los sones,

asieron de los bridones

y volvieron a montar.

Y es fama que, menos fiero

el señor con el criado,

dejóle andar a su lado

como digno compañero.

[…]

 

– II –

Tras grave asunto, a juzgar

por los que van espoleando,

corren dos hombres cruzando

a caballo un olivar.

No está la noche muy clara;

mas bien se ve al pie de un cerro

una cruz grande de hierro

que dos caminos separa;

y de advertir fácil es,

aun a los ojos peores,

que son dos los corredores,

y los caballos son tres.

Echó pie a tierra el primero,

y, al dar la brida al de atrás,

le dijo: -Aquí esperarás.

Y el otro dijo: -Aquí espero.

Y hacia el convento avanzando

del caballero en la oscura

sombra se fue la figura,

hasta perderse, menguando.

Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,

fuerza será que convengas

en que es preciso que vengas

hacia el convento conmigo.

Sigue mi camino, pues,

y, de una verja detrás,

un atrio acaso hallarás

a pocos pasos que des.

Sube tres gradas, si puedes;

da un paso más, y con él

tocarás en el cancel,

donde es fuerza que te quedes.

¿Ves un hombre que embozado,

encorvando la figura,

por la estrecha cerradura

en mirar está ocupado?

Acércate sin temor,

que lo que alcanza por dentro

no hace temible el encuentro

del capitán reñidor.

Tú, lector, preguntarás:

«¿Con que el capitán es ése?»

El mismo, mas que te pese;

pero hazte un poquito atrás.

Porque, levantando el brazo,

empuja a espacio la puerta,

entró, y, dejándola incierta,

sopló el aire y dio un portazo.

Mas veo, lector, que dices,

sin que pueda replicarte,

que esto es, llamándote, darte

con la puerta en las narices,

mas tu impaciencia sosiega;

todo lo presenciarás;

que del poeta a eso y más

el poder mágico llega.

Está el capitán en pie

en medio de la ancha nave,

y a la verdad que no sabe

ni qué pasa ni qué ve.

El templo mira enlutado

con lúgubre terciopelo,

mucha gente haciendo duelo

y un féretro en medio alzado.

Vense en el paño del túmulo

entrelazados blasones

y, a la luz de los blandones,

un cadáver en su túmulo.

Monjes le rezan en coro

tristísimos funerales,

y le alumbran con ciriales

pajes de libreas de oro.

La muchedumbre que asiste,

y que la tumba rodea,

dado que bien no se vea,

se ve que de noble viste,

y parece que, al bajar

el que ha finado a su nicho,

memoria tuvo capricho

de opulencia que dejar.

Y al par que su eterna calma

las oraciones consuman,

mirras y esencias perfuman

la despedida del alma.

Música triste le aduerme,

salmodias le santifican,

e hisopos le purifican

el cuerpo que yace inerme.

Mas aquellas oraciones

y responsorios precisos

llevan de anatema visos

y planta de maldiciones.

A veces son sus compases

hondos, siniestros, horribles,

murmurando incomprensibles

negras e incógnitas frases.

En son lento, ronco y quedo

se hacen oír otras veces,

y entonces aquellas preces

hielan los huesos de miedo.

Otras semejan aullidos

discordes, desesperados,

lamentos de condenados

de los infiernos salidos.

Otras, lejanos rumores

cual de tormentas se escuchan,

o de ejércitos que luchan

los espantosos clamores.

Y siempre siendo los mismos

los sones que se levantan,

responsos a un tiempo cantan

y murmuran exorcismos.

Atónito de la escena

extraña y aterradora

que encuentra tan a deshora

y le asombra y le enajena,

don César, con paso lento,

entre la turba mezclado,

dirigióse a un enlutado

que oraba en aquel momento.

–¿Quién es el muerto, sabéis

-dijo- a quien rezando están?

Y él respondió: –El capitán

Montoya. ¿Le conocéis?

Mudo quedó de sorpresa

don César oyendo tal;

mas no lo tomó tan mal

como tal vez le interesa.

Volvióse la espalda, pues,

diciendo: –Me ha conocido,

y burlárseme ha querido;

mas luego veré quién es.

Siguió la iglesia adelante

y, una capilla al cruzar,

vio un sepulcro preparar,

entre otros varios vacante.

Y a un personaje que halló

de luto, y que parecía

que el trabajo dirigía,

el capitán se acercó.

–¿Para quién abren la hoya?

-le dijo. Y el enlutado

le contestó de contado:

–Para el capitán Montoya.

Mudósele la color

a don César; mas, repuesta

su calma, al de la respuesta

volvió entre risa y furor.

Miróle de arriba abajo,

pero no le conoció;

segunda vez le miró,

pero fue inútil trabajo.

Ni recordó que quizá

le hubiese visto la cara,

ni imaginó que la hallara

tan repugnante jamás.

Que encontró en ella tal gesto

de aterradora hediondez,

que, por no verla otra vez,

dejó caviloso el puesto.

Fuese a otro punto a situar,

diciendo: –¡Ese hombre estremece!

De aquel sepulcro parece

que le acaban de sacar.

Uno tras otro se puso

a contemplar los que vía;

mas a nadie conocía,

de lo que andaba confuso.

Tenían todos las caras

descoloridas y secas,

y dijeran que eran huecas,

a más de antiguas y raras.

Cansado de fiesta tal,

y a impulso de una aprensión,

llegóse a un noble varón

que oraba con un cirial.

Cabe él la rodilla apoya,

y dícele ya con miedo:

–¿Quién es el muerto?, y muy quedo

contestó el otro: –Montoya.

Del catafalco a los pies

llegó entonces decidido,

de aquella duda impelido,

a ver el muerto quién es.

Por los monjes atropella;

trepa al túmulo; la caja

descubre, ase la mortaja,

y él mismo se encuentra en ella.

Miró y remiró, y palpó

con afán hondo y prolijo,

y al fin, consternado, dijo:

-Cielo santo ¿y quién soy yo?

Miró la visión horrenda

una y otra y otra vez.

y nunca más que a sí mismo

en aquel féretro ve.

Aquél es su mismo entierro,

su mismo semblante aquél;

no puede quedarle duda,

su mismo cadáver es.

En vano se tienta, ansioso:

los ojos cierra, por ver

si la ilusión se deshace,

si obra de sus ojos fue.

Ase su doble figura,

la agita, ansiando creer

que es máscara puesta en otro

que se le parece a él.

Vuelve y revuelve el cadáver

y le torna a revolver;

cree que sueña, y se sacude,

porque despertarse cree,

y tiende él triste los ojos

desencajados doquier.

Mas, ¡nuevo prodigio!, mira

a las puertas, y al dintel

ve que despiden el duelo,

de duelo henchidos también,

don Fadrique y doña Diana

que arrastran luto por él.

Baja, les tiende los brazos,

les nombra, cae a sus pies.

–¡Miradme! -les dice, atónito-,

Montoya soy; vedme bien.

Y ellos le miran, estúpidos,

sin poderle conocer,

e inclinando las cabezas,

replican: –Montoya fue.

Entonces, desesperado

con angustia tan cruel,

vase otra vez hacia el muerto,

demandándole quién es.

–¿No hay quién sepa aquí quién soy?

¿No hay a salvarme poder?

Y allá desde el presbiterio,

de las rejas al través,

oyó una voz que decía:

–Sí, te conozco, mi bien.

Abre. ¿Qué tardas? Partamos;

yo soy tu amor, soy tu Inés.

Y los brazos le tendía

la de Alvarado también,

de la reja tentadora

tras el cuádruple cancel.

Mas, viéndola cual espectro

que le persigue a su vez,

gritaba él: –¡Aparta, aparta!,

¿que soy cadáver no ves?

Y apenas palabras tales

pronunció, cuando tras él

vio llegarse aquel fantasma

cuyo gesto de hediondez

le hizo miedo y no le pudo

recordar ni conocer.

Contemplóle de hito en hito;

le asió del brazo después,

y así, con voz espantosa

vio que le dijo: –¡Pardiez!

Tú eres quien cambia conmigo.

A mi sepultura ven.

Y a esta horrorosa sentencia,

ya sin poderse valer,

cayó en el suelo Montoya,

falto de aliento y de pies.

-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?

¿Respiro aún? -exclamó

Montoya, abriendo los ojos,

con desfallecida voz.

-Señor, estáis en mis brazos.

-¿Eres tú, Ginés?

-Yo soy.

-¿Dónde estamos?

-En la cruz.

-¿Del olivar?

-Sí, señor.

-¿No estuve yo en el convento?

Pues ¿quién de allí me sacó?

-Yo fui, señor.

-¡Tú, Ginés!

-Perdonad: temí por vos;

y viendo que el tiempo andaba,

y ni seña ni rumor

esperanza me infundían,

tras vos eché.

-¡Santo Dios!

¿Y llegaste…?

-A la iglesia.

-¿Atraído por el son?

-Señor, no he oído nada.

¿No os lo dije?

-¿Cómo no?

¿Dentro la iglesia no viste

los enlutados en pos

de mi cadáver? Miróle

absorto de admiración

el mozo, y dijo: -Soñamos,

o vos, don César, o yo.

Ni vi ni oí cosa alguna.

-¿Conque es mía esa visión?

¡A mis ojos solamente

horrenda se presentó!

¿No viste conmigo a nadie?

-Os juro a mi salvación

que sólo os hallé tendido

al pie del altar mayor,

y viendo el peligro doble

del sitio y la situación,

ni me detuve a pensar

si estabais herido o no;

cargué con vos, y me vine:

ni oí ni vi más, señor.

Calló Ginés, y don César

a estas palabras quedó

distraído y abismado

en honda meditación.

Mirábale de hito en hito

Ginés, que aterrado vio

de la faz del capitán

la extraña transformación.

Desencajados los ojos,

palidecido el color,

torvo el mirar, parecía,

más que vivo, aparición.

Sentado en el pedestal

de la cruz do él le posó,

inmóvil permanecía

sin fuerza y sin atención,

amarrado a un pensamiento

que bullía en su interior,

y que se vía que todas

las potencias le absorbió,

como quien mira aterrado

negra y horrible visión

que le borra de los ojos

cuanto existe en derredor.

Temeroso el buen criado

por su juicio y su razón

dirigióle atentas frases

con afán consolador.

Mas él ni tornó los ojos

ni a sus voces respondió,

ni agradeció sus cuidados,

que en nada puso atención;

y al cabo de largo trecho,

con repentino vigor

levantándose en silencio,

en su corcel cabalgó.

Hincóle los acicates

y el poderoso bridón,

tras un peligroso brinco,

a todo escape salió.

Santiguóse el buen Ginés,

y en su ruin superstición

dijo: -¿Si tendrá los malos?

Y a escape tras él echó.

Y a poco habla en sepultura humilde,

de la maleza oculta entre las hojas,

una inscripción borrada por los años,

que todo, al fin, sin compasión lo borran.

Único resto de opulenta estirpe,

único fin de la mundana pompa,

montón de polvo en soledad yacía

quien hizo al mundo con su audacia sombra.

Y apenas pueden los avaros ojos

leer en medio de la antigua losa:

«Aquí yace fray Diego de Simancas,

que fue en el siglo el capitán Montoya.»

 

Napoleón

No hay más que yo; dobléguense las leyes

Ante la ronca voz de mis legiones;

Romperé el áureo cetro de los reyes

En su espantada frente a las naciones.

 

I

Dos gigantes los siglos nos trajeron,

Los dos en el desierto se encontraron;

Cuando grandes los dos se concibieron,

De hito en hito los dos se contemplaron.

 

Sentóse el hombre al pie del monumento,

Y el monumento dijo: Éste es el hombre;

Y el hombre, al ver desde tan alto asiento,

Esta es, dijo, la cifra de mi nombre.

 

De sus cañones el discorde arrullo,

Su altivo ser le trajo a la memoria.

«Aquí debí nacer», dijo su orgullo;

«Aquí debo morir», dijo su gloria.

 

Con sus ojos midió la vasta mole,

Y murmuró pasándolos al cielo:

«Quien allí su bandera no enarbole,

»Una oruga no más será en el cielo.

 

»¡No valen cien coronas una estrella,

»Ni valemos un sol todos los reyes!

»Que el tiempo airado la cerviz nos huella,

»El sol alumbra, y queman nuestras leyes.»

 

Unos grandes, allí su tumba abrieron,

E intentarlo era grande solamente;

Mas pensar, en su orgullo, no pudieron,

Que era sólo a sus pies tender la frente.

 

Allí depositaron sus despojos,

Por guardarlos así de ojos humanos,

Porque al mirar su tumba humanos ojos,

Se creyeran imbéciles o enanos.

 

«¡Aquí está Napoleón!», dijo pasando

De la inmensa pirámide las puertas;

Y las momias de Egipto, despertando,

Miraron por las urnas entreabiertas.

 

Las huecas calaveras, asombradas,

El gesto innoble a Napoleón tornaron:

«¡Aquí está Napoleón!», y atrailladas,

En derredor del vivo se juntaron.

 

Inclinaron las pardas osamentas

La seca frente y los desiertos ojos,

Para oírle, y cayeron macilentas,

A su tremenda voz, todas de hinojos.

 

Contó los esqueletos transparentes,

El vivo con los suyos triunfadores,

Y unió a los nombres de las calvas frentes,

Sus vasallos, monarcas o señores.

 

Y no encontrando a su grandeza leyes,

Gritó, hiriendo los huesos con la planta

«Yo soy emperador. ¡Fuera los reyes!»

Y su brillante voz la turba espanta.

 

Revolvió entonces la imperial mirada…..

Nada en el ancho cóncavo vivía.

Sólo su desdeñosa carcajada

Entre las tumbas resbalar se oía.

 

Grabó su nombre colosal en ellas,

Sello gigante de gigante gloria;

Porque, agobiado con sus hondas huellas,

Libro fuera el desierto de su historia.

 

Salió del corpulento cementerio,

Diciendo a los cadáveres hollados:.

«Napoleón vino a visitar su imperio.»

Y en el desierto entró con sus soldados.

 

Las sombrías pirámides le vieron

Cruzar el arenal con pie tranquilo;

Y allá a lo lejos saludarle oyeron,

Con asombrado adiós, al ronco Nilo.

 

II

El hombre no existe ahora,

Que el tiempo, al plegar las alas,

La lámpara de la vida,

El aire azotando apaga.

Las moles allí quedaron;

Y las osamentas calvas,.

En las urnas todavía,

La voz del ángel aguardan.

Ellas descansan tranquilas

En su portentosa estancia,

Que las cobija orgullosa

Como ataúd y montaña;

Y él duerme al pie de una roca,

Entre las ondas amargas,

Donde su nombre salpican

Las espumas y las algas;

Porque la isla compasiva

Le recogió en sus entrañas;

Donde con su peso abruma

La lápida hospitalaria

Al que quiso alzar el cielo

Sustentándolo en la espalda.

¿Quién es el gigante ahora?

¿Quién de los dos es la página,

Las moles de aquel desierto

o el nombre de las batallas?

Sobre ambos, los huracanes

Mugiendo y quemando pasan;

En ambos, el mismo cielo

Su noche y su luz derrama;

Ambos yacen solitarios,

Sin antorchas y sin guardas,

En palacios de reptiles,

Que en torno lentos se arrastran,

Sin respeto a su grandeza

Ni noticias de su fama.

 

«¡Aquí está Napoleón!», dice su nombre,

Sobre las moles del desierto escrito;

Y donde alguna vez firmó aquel hombre,

Todo nombre mortal quedó proscrito.

 

Delante de su nombre, anonadados,

Se olvidan hoy cuantos la tumba encierra,

Y su gloria y poder, desesperados,

Envidian los monarcas de la tierra.

Miró al nacer la miserable gente

A que el destino su destino amarra;

Y viéndose león, alzó la frente

Mostrando al mundo la robusta garra.

 

El mundo se humilló despavorido,

Y al rastro de su pie le ató altanero;

El mundo entero sorprendió atrevido,

Y un pueblo echó sobre él el mundo entero.

 

Numeró sus millones de soldados

Y trepó vencedor a la montaña;

Contó allí nuestros pueblos descuidados,

Y entre los suyos dividió la España.

 

Bajó osado y alegre a la llanura,

Como a la fiesta va galán mancebo,

Avaro de la sombra y la frescura

De su soñado territorio nuevo.

 

De este jardín que coronó de flores

Pródiga y perfumada primavera,

Do marcan el compás los ruiseñores

Del paso del arroyo en la pradera.

 

Donde brota entre juncos y espadañas,

Para dar sed, la fuente cristalina,

Y crece, al pie de las pajizas cañas,

Rica de olor, la rosa purpurina.

 

Donde el ardiente sol que nos da el día

Tiñe la tez, los ojos y el cabello

De la altiva morena que daría,

Antes que al yugo, a la cuchilla el cuello.

 

Pero en vez de las zambras bulliciosas

Y de lindas bellezas orientales,

Entre guirnaldas encontró de rosas

Hierros de lanzas y hojas de puñales.

 

Pirámide más dura que el desierto

Le mostró nuestro suelo en sus jardines,

Que supimos aquí doblar a muerto

Con copas de cristal en los festines.

 

No tiene, no, el león de ambas Castillas,

La doble garra por adorno vano;

Pirámides de lanzas y cuchillas

No admiten nombre, ni buril, ni mano.

 

III

¡¡Paz al coloso!! Formidable sombra,

Tal vez mi lengua te insultó importuna

No te ladra mordaz cuando te nombra:

Sólo quien te rindió fue la Fortuna.

 

Tú bien sabías que la inmensa mole

Que no llenan los hombres, es el cielo;

Quien allí su bandera no enarbole,

Una oruga y no más será en el suelo.

 

Él te enseñó que los colosos huella

El tiempo, al fin, con iracundas leyes;

Que cien tronos no valen una estrella,

Y no valéis un sol todos los reyes.

 

Dijiste: «Soy el grande de la tierra;

«No tengo en ella ya digno enemigo.),

Grande mi patria, te llamó a la guerra;

Porque eras grande tú, lidió contigo.

 

Negra, ruinosa, sola y olvidada…

Negra, ruinosa, sola y olvidada,

Hundidos ya los pies entre la arena,

Allí yace Toledo abandonada,

Azotada del tiento y del turbión.

Mal envuelta en el manto de sus reyes,

Aun asoma su frente carcomida;

Esclava, sin soldados y sin leyes,

Duerme indolente al pie de su blasón.

 

Hoy sólo tiene el gigantesco nombre,

Parodia con que cubre su vergüenza,

Parodia vil en que adivina el hombre

Lo que Toledo la opulenta fue.

Tiene un templo sumido en una hondura,

Dos puentes, y entro ruinas y blasones

Un alcázar sentado en una altura,

Y un pueblo triste que vegeta al pie.

 

El soplo abrasador del cierzo impío

Ciñó bramando sus tostados muros,

Y entre las hondas pálidas de un río

Una ciudad de escombros levantó.

Está Toledo allí: yace tendida

En el polvo, sin armas y sin gloria,

Monumento elevado a la memoria

De otra ciudad inmensa que se hundió.

 

Alguna vez sobre la noche umbría,

De este montón de cieno y de memorias

Se levanta dulcísima armonía….,

Cruza las sombras cenicienta luz:

Se oye la voz del órgano que rueda

Sobre la voz del viento y de las preces;

Una hora después apenas queda

Un altar, un sepulcro y una cruz.

 

Apenas halla la tardía luna,

Al través de los vidrios de colores

El brillo de una lámpara moruna

Colgada al apagarse en un altar;

Apenas entreabierta una ventana

Anuncia un ser que sufre, llora o vela;

Que el pueblo sin ayer y sin mañana

Yace inerme dormido ante el hogar.

 

Acaso al gemir del viento,

Ese pueblo, en la alta noche,

Alza el rostro macilento

Despertando con pavor;

Fingiendo en la sombra oscura

La mal abierta pupila,

La transparente figura

De un fantasma aterrador.

Entonces en su memoria

Se levantan confundidas

Una bruja y una historia

De la santa religión,

Mientra, en el polvo la frente,

A la bruja, o a María

Dirige indistintamente

Su sacrílega oración.

Y en su ignorancia grosera

Mezcla acaso en un ensueño

El nombre de una hechicera

Con el nombre de Jehová.

Con el vaticinio inmundo

De un saludador infamo,

El del Redentor del mundo

En torpe amalgama va.

La luna en tanto pasea

Cruzando el azul tranquilo,

Y los despojos blanquea

De tanta generación;

Esas páginas sin nombre,

Cifras de un siglo ignorado,

Que alzó la mano del hombre

Del hombre para baldón.

Esas santas catedrales,

Cuyos pardos capiteles,

Cuyos pintados cristales,

Cuya bóveda ojival,

Cuyo color ceniciento,

Cuyo silencio solemne,

Cobijan por pavimento

Una losa sepulcral.

Sobre ella los vivos cantan,

A par de ruidosa orquesta,

Cantares que se levantan

Hasta los pies del Señor:

Sobre ella flota el perfume

Que la atmósfera embalsama,

Y en oblación se consume

Oro y mirra al Criador.

Sobre ella en noche lluviosa,

Al bramar del viento bravo,

Armonía misteriosa

En el templo se hace oír.

Es un cántico tremendo,

Ronco, vago, agonizante,

Una voz que está pidiendo

Por los que van a morir.

Es la voz del himno santo,

Del terrible Miserere,

Cuyo monótono canto

Miedo infunde al corazón:

Y en la bóveda rodando,

Saliendo al aire flotante,

Al mundo va predicando

Una santa religión.

Y bajo la piedra helada,

De los hombres que murieron

Se oye la voz apagada

El triste salmo decir:

Y la campana sonora

Remedándola en el aire,

Con la voz de alguna hora

La hace en el aire morir.

 

Duerme ¡oh Toledo! en la espumante orilla

De ese torrente que a tus pies murmura,

Que con agua pesada y amarilla

Roe y devora tu muralla oscura,

Que llora avergonzado tu mancilla,

Tu perdida riqueza y tu hermosura,

Y calla por piedad a las naciones

Que yacen en su fondo tus blasones.

Duerme, sí, con tus fábulas sagradas,

Los ángeles y brujas de tus cuentos,

Las danzas de los santos con las fadas,

Los misterios ocultos en los vientos;

Duerme, sí, con tus farsas parodiadas,

Prenda de tus señores opulentos:

Sepulta en barro tu diadema de oro

Y canta en derredor de tu tesoro.

 

Hubo unos días de gloria

Vanos recuerdos de ayer:

Apenas hoy de esa historia

Nos queda un Zocodover,

U otro nombre, en la memoria.

Ceñida entonces la plaza

De ancho tapiz toledano,

En la arena húmeda emplaza

Un moro de noble raza

A algún capitán cristiano.

Vestidos están de flores,

Que avergüenzan un jardín,

Balcones y miradores;

Cristales son de colores

Los del Miramamolín.

Sólo abierto hay un balcón,

Y es el balcón del Sultán,

Y armados de alto lanzón

Jinetes debajo están

Por respeto a la función.

Y las musulmanas bellas

Detrás de las celosías

Muestran ocultas estrellas

Sus ojos, que en tales días

No hubiera luces sin ellas.

¡Bellas son las orientales!

Delicados como espumas

Sus prendidos y sus chales,

Que mece en ondas iguales

Un abanico de plumas.

Por eso, celoso el moro,

Tendió en sus ojos un velo,

Que es más rico su tesoro

Que el color azul del cielo

Teñido en franjas de oro.

Derraman desde la altura

Aguas de olor en la arena,

Que dan aroma y frescura,

Y agitan el aura pura

De aurora blanca y serena.

Y en redes de oro, colgadas

De las tres torres mayores,

De luz y de aire embriagadas,

Cantan y vuelan cerradas

Aves de gayos colores.

Gala del hombre de Oriente

Era la altiva Toledo:

Hoy conserva solamente

Cieno en la caduca frente,

Y dentro del alma miedo.

La árabe Zocodover,

Solitaria y carcomida,

Puede apenas sostener

La memoria de su vida,

Amenazando caer.

Hoy a las cañas de moros

A lo más ha reemplazado

Con una farsa de toros,

Y a los adufes sonoros

Con los gritos de un mercado.

Y porque consuelo alguno

Quedar a Toledo pueda,

Robóle el tiempo importuno

Hasta la alfombra de seda

Del alto alcázar moruno.

 

III

Hoy un templo de gótica estructura,

Y escombros sin historias y sin nombre,

En su deforme y colosal figura

Su sentencia mortal muestran al hombre.

Y es fama que se encienden todavía

En el templo las lámparas sagradas,

Y que vibrar se escuchan noche y día

Del órgano las notas aceradas.

Aun existe una página de roca

En que leer deletreando apenas

La era en que una tribu noble o loca

Cesó de darnos timbres o cadenas.

Aun hay mirra, hay pebetes y hay alfombras

En que a través de seda y pedrería

Alcanza el pensamiento entre las sombras

Lo que Toledo la árabe sería.

Esos son los suntuosos funerales

De tanta gala, pompa y hermosura;

Quedan, en vez de cantos orientales,

Himnos al Dios que mora en el altura.

 

Ya no hay cañas, ni torneos

Ni moriscas cantilenas,

Ni entre las negras almenas

Moros ocultos están;

Hoy se ven sin celosías

Miradores y ventanas,

No hay danzas ya de sultanas

En el jardín del Sultán.

Ya no hay dorados salones

En alcázares Reales,

Gabinetes orientales

Consagrados al placer;

Ya no hay mujeres morenas

En lechos de terciopelo,

Prometidas en un cielo

Que los moros no han de ver.

Ya no hay pájaros de Oriente

Presos en redes de oro,

Cuyo cántico sonoro,

Cuyo pintado color,

Presten al aire armonía

Mientras en baño de olores

Dormita, soñando amores,

El opulento señor.

No hay una edad de placeres

Como fue la edad moruna;

Igual a aquella ninguna,

Porque no puede haber dos;

Pero hay en gótica torre

De parda iglesia cristiana

Una gigante campana

Con el acento de un Dios.

Hay un templo sostenido

En cien góticos pilares,

Y cruces en los altares,

Y una santa religión;

Y hay un pueblo prosternado

Que eleva a Dios su plegaria

A la llama solitaria

De la fe del corazón.

 

IV

Hay un Dios cuyo nombre guarda el viento

En los pliegues del ronco torbellino,

A cuya voz vacila el firmamento

Y el hondo porvenir rasga el destino.

La cifra de ese nombre vive escrita

En el impuro corazón del hombre,

Y él adora en un árabe mezquita

La misteriosa cifra de ese nombre.

 

Oriental

Dueña de la negra toca,

la del morado monjil,

por un beso de tu boca

diera a Granada Boabdil.

 

Diera la lanza mejor

del zenete más bizarro,

y con su fresco verdor

toda una orilla del Darro.

 

Diera las fiestas de toros,

y si fueran en sus manos,

con las zambras de los moros

el valor de los cristianos.

 

Diera alfombras orientales,

y armaduras y pebetes,

y diera… ¡que tanto vales!,

hasta cuarenta jinetes.

 

Porque tus ojos son bellos,

porque la luz de la aurora

sube al Oriente desde ellos,

y el mundo su lumbre dora.

 

Tus labios son un rubí,

partido por gala en dos…

Le arrancaron para ti

de la corona de Dios.

 

De tus labios, la sonrisa,

la paz de tu lengua mana…

leve, aérea, como brisa

de purpurina mañana.

 

¡Oh, qué hermosa nazarena

para un harén oriental,

suelta la negra melena

sobre el cuello de cristal:

 

en lecho de terciopelo,

entre una nube de aroma,

y envuelta en el blanco velo

de las hijas de Mahoma!

 

Ven a Córdoba, cristiana,

sultana serás allí,

y el sultán será, ¡oh sultana!,

un esclavo para ti.

 

Te dará tanta riqueza,

tanta gala tunecina,

que ha de juzgar tu belleza

para pagarle, mezquina.

 

Dueña de la negra toca,

por un beso de tu boca

diera un reino Boabdil;

y yo por ello, cristiana,

te diera de buena gana

mil cielos, si fueran mil.

 

Pereza

¡Cuán descansadamente,

Lejos del vano mundo, se reposa

A la orilla de límpida corriente

O de un moral bajo la sombra hojosa!

 

En el césped mullido,

Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,

De la tranquila soledad el ruido

Se pierde por la atmósfera a pedazos.

 

El ánima descansa

De la ciega pasión y su braveza,

Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,

Se goza en su pacífica pereza.

 

Entonces, no el tesoro

Ni la sed del placer el alma aviva;

El más rico licor, en copa de oro,

Entonces se desprecia y no se liba.

 

La mente no se inquieta

Por pensamientos de dolor cercada:

Que a su honda languidez yace sujeta,

Y a su propia impotencia encadenada.

 

Sin luz el ojo vago,

Sin un sonido sobre el labio abierto,

Pasa la vida cual por hondo lago

De incierta luz el resplandor incierto.

 

Así vuelan las horas,

Y así pasan pacíficas y bellas,

Cual las aves del viento voladoras,

Cual la cobarde luz de las estrellas?.

 

Así el pesar se aduerme,

Y al grato son de una aura que murmura,

Tal vez se goza del reposo inerme

Que confunde el pesar con la ventura.

 

Así mis horas quiero

Que pasen sin valor y sin fortuna,

Ya al manso son del céfiro ligero,

Ya al resplandor de la amarilla luna.

 

Ven, amorosa Elvira,

Ven a mis brazos, que de amor sediento,

El perezoso corazón suspira

Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

 

Ven, adorado dueño,

Sepa que estás, en mi descanso inerte,

Cercado mí para velar mi sueño;

Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

 

Yo, en la hierba tendido,

En la sombra de un álamo frondoso,

Entreveré, con ojo adormecido,

Cuál velas mi descanso silencioso.

 

El sol, a lento paso,

Hundió en el mar su faz esplendorosa,

Marcando su camino en el ocaso

Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

 

El agua, mansamente,

Con monótono arrullo le despide;

Y arrastrando sus ondas lentamente,

El ancho espacio de sus ondas mide.

 

Sólo queda en la tierra

El vapor del crepúsculo dudoso,

Y el vago aroma que la flor encierra,

Se esparce por el aire vagaroso.

 

Y las fuentes corriendo,

Y las brisas volando, se estremecen,

Y su soplo en los árboles creciendo,

A su soplo los árboles se mecen.

 

Trémulas van las olas

Bajo sus alas mansas y ligeras,

Reflejando las sueltas banderolas

De las naves que el mar surcan veleras.

 

Y la luna argentina,

La bóveda al cruzar del firmamento,

La inmensidad del Bósforo ilumina,

Color prestando al invisible viento.

 

Y al son del mar vecino,

Y al murmullo del viento caluroso,

Y al reflejo del éter cristalino,

Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

 

En la quietud amiga

De la callada noche macilenta,

Hasta la misma languidez fatiga,

Y el ánima se rinde soñolienta.

 

¡Oh! Bien haya el estío

Con su tranquila y bochornosa calma,

Que roba al corazón su ardiente brío

Y en blanda inercia nos aduerme el alma

 

Ya de ese insomnio presa,

Me faltan voluntad y pensamiento,

Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,

Y el son me cansa de mi propio aliento.

 

Dadme deleites, dadme;

Henchidme de placeres los sentidos;

Venid, eunucos, y al harén llevadme

En vuestros brazos, al placer vendidos.

 

Abridme esas ventanas,

Dadme a beber el aura de la noche

Y a saborear las ráfagas livianas

Que a la flor rasgan su aromado broche.

 

Quiero al son de las olas

Secar un corazón en solo un beso;

Traedme mis esclavas españolas,

Que el mío tienen en sus ojos preso.

 

Venid, venid, hermosas,

Divertidme con danzas y canciones;

Venid en lechos de fragantes rosas,

Venid, blancas y espléndidas visiones,

 

Quemad en mis pebetes

Cuanto aroma encontréis en mi palacio,

Y respiren sus anchos gabinetes

Ámbar opreso en reducido espacio.

 

Ven, voluptuosa Elvira,

Trénzame con tu mano mis cabellos;

Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,

Nardo derrama y azahar en ellos.

 

Traedme a esos esclavos

Que aportan mis bajeles viento en popa;

Presa que hicieron mis piratas bravos

En un rincón de la dormida Europa.

 

Vengan a mi presencia,

Y al son de sus extraños instrumentos

Sirvan a mi poder y a mi opulencia,

Si no con su canción, con sus lamentos.

 

Dadme deleites, dadme;

Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,

Y las tostadas sienes refrescadme

Con abanicos de rizadas plumas.

 

Suene en mi torpe oído

Su suave son como murmullo blando

De arroyo que a la mar baja perdido,

De peña en peña juguetón rodando;

Cual tórtola que llama,

Con lento arrullo que en el viento pierde,

La descarriada tórtola a quien ama,

De árbol sombrío en el columpio verde.

 

Danzad mientras reposo,

Cantad en derredor mientras descanso,

Y no sienta en mi sueño voluptuoso

Más que murmullo lisonjero y manso.

 

Por cima de la montaña…

Por cima de la montaña

que nos sirve de frontera,

te envía un alma sincera

un beso y una canción;

tómalos; que desde España

han de ir a dar, vida mía,

en tu alma mi poesía,

mi beso en tu corazón.

 

Tu padre, tras la montaña

que para ambos no es frontera,

lleva la amistad sincera

del autor de esta canción.

Recibe, pues, desde España

beso y cantar, vida mía,

en tu alma la poesía

y el beso en el corazón.

 

Si un día de esa montaña

paso o pasas la frontera,

verás el alma sincera

de quien te hace esta canción,

que la hidalguía de España

es quien sabe, vida mía,

dar al alma poesía

y besos al corazón.

 

¿Qué se hicieron las auras deliciosas?…

¿Qué se hicieron las auras deliciosas

Que henchidas de perfume se perdían

Entre los lirios y las frescas rosas

Que el huerto ameno en derredor ceñían?

Las brisas del otoño revoltosas

En rápido tropel las impelían,

Y ahogaron la estación de los amores

Entre las hojas de sus yertas flores.

 

Hoy al fuego de un tronco nos sentamos

En torno de la antigua chimenea,

Y acaso la ancha sombra recordamos

De aquel tizón que a nuestros pies humea.

Y hora tras hora tristes esperamos

Que pase la estación adusta y fea,

En pereza febril adormecidos

Y en las propias memorias embebidos.

 

En vano a los placeres avarientos

Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras

Estremecen los ricos aposentos

Y fantásticas danzas tentadoras;

Porque antes y después caminan lentos

Los turbios días y las lentas horas,

Sin que alguna ilusión de breve instante

Del alma el sueño fugitiva encante.

 

Pero yo, que he pasado entre ilusiones,

Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,

No os dejaré dormir en los salones

Donde al placer la soledad convida;

Ni esperar, revolviendo los tizones,

Al yerto amigo o la falaz querida,

Sin que más esperanza os alimente

Que ir contando las horas tristemente.

 

Los que vivís de alcázares señores,

Venid, yo halagaré vuestra pereza;

Niñas hermosas que morís de amores,

Venid, yo encantaré vuestra belleza;

Viejos que idolatráis vuestros mayores,

Venid, yo os contaré vuestra grandeza;

Venid a oír en dulces armonías

Las sabrosas historias de otros días.

 

Yo soy el Trovador que vaga errante:

Si son de vuestro parque estos linderos,

No me dejéis pasar, mandad que cante;

Que yo sé de los bravos caballeros

La dama ingrata y la cautiva amante,

La cita oculta y los combates fieros

Con que a cabo llevaron sus empresas

Por hermosas esclavas y princesas.

 

Venid a mí, yo canto los amores;

Yo soy el trovador de los festines;

Yo ciño el arpa con vistosas flores,

Guirnalda que recojo en mil jardines;

Yo tengo el tulipán de cien colores

Que adoran de Estambul en los confines,

Y el lirio azul incógnito y campestre

Que nace y muere en el peñón silvestre.

 

¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!

¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,

Y enciende en mí la llama creadora

Que del aliento del Querub emana!

¡Lejos de mí la historia tentadora

De ajena tierra y religión profana!

Mi voz, mi corazón, mi fantasía

La gloria cantan de la patria mía.

 

Venid, yo no hollaré con mis cantares

Del pueblo en que he nacido la creencia,

Respetaré su ley y sus aliares;

En su desgracia a par que en su opulencia

Celebraré su fuerza o sus azares,

Y, fiel ministro de la gaya ciencia,

Levantaré mi voz consoladora

Sobre las ruinas en que España llora.

 

¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,

Grande, opulenta y vencedora un día,

Sembrada de recuerdos y de historias,

Y hollada asaz por la fortuna impía!

Yo cantaré tus olvidadas glorias;

Que en alas de la ardiente poesía

No aspiro a más laurel ni a más hazaña

Que a una sonrisa de mi dulce España.

 

¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego?…

¿Qué te harás sola en el sepulcro lóbrego,

Sin oír las palabras de un amigo?

¡Si al menos ¡ay! los días que me restan,

Bajo la húmeda losa

Pasara yo contigo!

 

Yo cubriría con mi cuerpo el tuyo

Cuando la lluvia fría penetrara,

La piedra que te oculta de mis ojos,

Y el cierzo de la noche

Tus sienes no tocara.

 

Y mis manos la hierba arrancarían

Que creciera en la tumba abandonada,

Y alejaría el fétido gusano

Que se arrastrara hambriento

Con su sorda pisada.

 

Mas tú, ¡alma mía!, por tus rubias trenzas

Bullir le sentirás y por tu frente

Sin poder rechazarle, mientra el hombre

Contemplará tu tumba

Con ojo indiferente.

 

¡Si al fin quedaran las almas

Velando el difunto cuerpo,

En pláticas amorosas

Con las almas de otros muertos;

Si al fin así descansaras

Bajo el pabellón del cielo,

Sin que el tumulto del mundo

Turbara nunca tu sueño;

Si el amor que se hubo en vida

Muriera en el cementerio,

Y no hubiera en otro mundo

Memoria del mundo nuestro!…

 

Mas ¡ay! que vendrán los hombres,

Falsas plegarias mintiendo,

Todos los años un día

A visitar vuestro lecho.

 

Vendrán con sus oropeles,

Sus farsas y devaneos,

La vanidad en el alma,

La vida en el pensamiento.

 

No a mullir vuestras almohadas,

No a daros santos consuelos,

Derramando en vuestras tumbas

Las flores de los recuerdos;

No a reconocer su nada

En los despojos del tiempo,

No a ver lo que sois vosotros,

Para ver lo que son ellos;

Que aunque un espejo es la tumba,

Cubrir su cristal supieron

Con velos de mármol y oro,

Cuyo cortinaje espeso,

Robando al cristal las luces,

Impide que, a sus reflejos,

El vidrio fatal les pinte

El polvo donde nacieron.

 

No; que vendrán a deciros

Que han mentido en otro tiempo,

Cuando al daros un sepulcro,

«Dormid en paz», os dijeron.

 

Mas habrá un cielo, por dicha,

Detrás de ese cielo azul,

Donde irán, paloma mía,

Los que mueren como tú.

 

Allí viviréis tranquilos,

En alcázares de luz,

Con los ángeles que velen

Por vuestra santa quietud;

En pabellones de estrellas

Alfombrados de tisú,

Libres de ingratos recuerdos

De la desdicha común;

Porque al abrirse las puertas

Del misterioso ataúd,

Hallan paz, vida y contento

Los que mueren como tú.

 

Que fresca brisa serena

Halague tu casta sien,

Del bello jardín de Edén,

¡Oh purísima azucena!

Duerme pacífica, sí,

En un lecho de alelí

Que te formen para ti

Los ángeles del Señor;

Y en un porvenir risueño,

Duerme, duerme, dulce dueño,

Y que te vele tu sueño

Un espíritu de amor.

 

Y dé placer a tu oído,

Susurrando mansamente,

De alguna encubierta fuente

El misterioso ruido.

 

Y en tus ensueños de paz

Te preste grato solaz,

Con su armonía fugaz,

Algún lejano laúd;

Y por tu mente resbale

Aérea ilusión que iguale

De blanca luna que sale

A la transparente luz.

 

Mientra en brazos del destino

En las tinieblas que estoy,

A ciegas buscando voy

De tu morada camino.

 

Y pasan las horas mías

Como turbias ondas frías

Que sus revoltosos días

Sañudo invierno formó;

Como barquilla que mece

Ruda tormenta que crece,

Cual se agosta y desparece

Flor que en la nieve brotó.

 

Sobre ignorada tumba solitaria…

Sobre ignorada tumba solitaria,

A la luz amarilla de la tarde,

Vengo a ofrecer al cielo mi plegaria

Por la mujer que amé.

Apoyada en el mármol la cabeza,

Sobre la húmeda hierba la rodilla,

La parda flor que esmalta la maleza

Humillo con mi pie.

 

Aquí, lejos del mundo y sus placeres,

Levanto mis delirios de la tierra,

Y leo en agrupados caracteres

Nombres que ya no son.

Y la dorada lámpara que brilla

Y al soplo oscila de la brisa errante,

Colgada ante el altar en la capilla

Alumbra mi oración.

 

Acaso un ave su volar detiene

Del fúnebre ciprés entre las ramas,

Que a lamentar con sus gorjeos viene

La ausencia de la luz:

Y se despide del albor del día

Desde una alta ventana de la torre,

O trepa de la cúpula sombría

A la gigante cruz.

 

Anegados en lágrimas los ojos

Yo la contemplo inmóvil desde el suelo

Hasta que el rechinar de los cerrojos

La hace aturdida huir.

La funeral sonrisa me saluda

Del solo ser que con los muertos vive,

Y me presta su mano áspera y ruda

Que un féretro va a abrir.

 

¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,

Mi terrenal pensamiento!

¡Deja que se pierda impío

Como el murmullo de un río

Entre los pliegues del viento!

 

¿Por qué una imagen mundana

Viene a manchar mi oración?

Es una sombra profana,

Que tal vez será mañana

Signo de mi maldición.

 

¿Por qué ha soñado mi mente

Ese fantasma tan bello,

Con esa tez transparente

Sobre la tranquila frente

Y sobre el desnudo cuello?

 

Que en vez de aumentar su encanto

Con pompa y mundano brillo,

Se muestra anegada en llanto

Al pie de altar sacrosanto,

O al pie de pardo castillo.

 

Como una ofrenda olvidada

En templo que se arruinó,

Y en la piedra cincelada

Que en su caída encontró,

La mece el viento colgada.

 

Con su retrato en la mente,

Con su nombre en el oído,

Vengo a prosternar mi frente

Ante el Dios omnipotente,

En la mansión del olvido.

 

¡Mi crimen acaso ven

Con turbios ojos inciertos,

Y me abominan los muertos,

Alzando la hedionda sien

De los sepulcros abiertos!

 

Cuando estas tumbas visito,

No es la nada en que nací,

No es un Dios lo que medito,

Es un nombre que está escrito

con fuego dentro de mí.

 

¡Perdón! ¡No escuches, Dios mío,

Mi terrenal pensamiento!

¡Deja que se pierda impío

Como el murmullo de un río

Entre los pliegues del viento!

 

Subiendo la negra roca…

Subiendo la negra roca

de embarazosa montaña,

contrabandista español

bridón andaluz cabalga.

Lleva el trabuco a su lado,

el cuchillo entre la faja,

y con el humo del puro

su voz varonil levanta.

 

» Que brame en la peña el viento,

que se arda el monte vecino,

que rompa el inhiesto pino

el aquilón violento.

Yo desprecio sus furores;

y aquí solo, sin señores,

de pesadumbres ajeno,

oigo el huracán sereno

y canto al crujir del trueno

mis amores,»

 

» El albor de la mañana,

en sus matices de rosa,

me trae la imagen graciosa

de mi maja sevillana,

y en sus variados colores

me pinta las lindas flores

del suelo donde nací,

donde inocente reí,

donde primero sentí

mis amores.»

 

» Cuando la enemiga bala

chilla medrosa a mi oído,

ya mi contrario caído

el alma rabioso exhala.

¡Qué me importan vengadores

cien fusiles matadores

que amenacen mi cabeza!

Con mi Moro y mi destreza

yo les canto en la maleza

mis amores.»

 

» Sienta yo el pujante brío

del galope de mi Moro ,

y el trabucazo sonoro

de algún compañero mío;

y que vengan triunfadores

los caballeros mejores

que empuñaron lanza ó freno.

Yo de temerles ajeno

cantaré libre y sereno

mis amores.»

 

Tranquilo el contrabandista

aquí el canto llegaba,

cuando un acento francés

«¡Fuego !» a su lado gritaba.

Sobre su frente pasaron

con ruido silbar las balas,

y gendarmes le acometen

diciendo » ¡Ríndete a Francia!»

Y entonces él » No se rinden

los que nacen en España»,

y contra el jefe enemigo

su ancho trabuco descarga.

Cayeron dos, como arbusto

que el cierzo en pos arrebata.

En impetuosa carrera

el bruto gallardo arranca;

y por sobre los peñascos

que en rápida fuga salva,

cantando va el español

al trasponer la montaña:

» Vivir en los Pirineos,

pero morir en Granada.»

 

Tarde de otoño

Ya viene el revuelto otoño

Recogiendo frasco y flores;

Pasó el sol con sus calores,

Y alumbra al fin otro sol;

Pasaron las alboradas

Deliciosas de la aurora,

Que el horizonte colora

De purpurino arrebol.

Pasaron las noches claras

De la luna y los jardines;

Las noches de los festines

Tras el otoño vendrán.

Pasó el tiempo de las citas

A deshora entre las rejas,

Los cuidados de las viejas,

De las niñas el afán.

Pasaron las serenatas

Debajo de los balcones,

Las rondas y las canciones

Del mancebo emprendedor.

Todo es ya triste: la tierra

Pierde su brillante aliño,

Y el amor, que es pobre y niño,

Alivio busca al calor.

Mas si se envuelve la noche

Entre su sombra importuna,

Si pierde su blanca luna

Y sus horas de placer;

Si pierde la fresca aurora

Sus aromas y sus flores,

Sus nubes de cien colores,

S a aureola de rosicler;

Le que la en cambio a la tarde

Todo el encanto del día,

Y henchida de su armonía

Sale el sol a despedir.

Bella es la tarde que baja

Por el rosado Occidente,

Y se apaga lentamente

Para volver a lucir.

 

Es púrpura el horizonte,

Y el firmamento una hoguera,

Es oro la ancha pradera,

La ciudad, el río, el monte.

Rey de los astros, el sol,

Del regio trono al bajar,

Su pompa querrá ostentar

En su manto de arrebol.

Por eso suspenso está

De su reino a la salida,

Jurando a su despedida

Que mañana volverá.

Banda de nubes de grana,

Que con sus reflejos tiñe,

Flotando en torno le ciñe

Como turba cortesana.

Ráfagas mil que se cruzan,

Filigrana de la tarde,

El sol que a su espalda arde

En colores desmenuzan.

Y al hundirse en Occidente

Partida en muchas la llama,

Por el cielo se derrama

Fosfórica y transparente.

Es la postrera sonrisa

Del bello día que acaba,

Que de esa luz arrancaba

Su fresca ondulante brisa.

La fresca brisa que asoma

Por sobre la roca calva,

Remedio de la del alba

En frescura y en aroma.

A su venida, tardías

Cierran su cáliz las flores,

Y trinan los ruiseñores

Sus postreras armonías.

Se les va buscar la sombra

Entre las desnudas ramas,

Porque sus hojas de escamas

Sirven al suelo, o de alfombra.

Que ya el inconstante viento

Del otoño que aparece,

En los árboles se mece

Con brusco sacudimiento.

Flor, pronto inútil y sola,

En vez de la que él deshizo,

Orlará el campo pajiza

La purpurina amapola.

 

Brezos y arbustos impuros

De la montaña en la falda,

Vestirán su áspera espalda

Con sus matices obscuros.

Grupos de nubes perdidos

Como fantasmas deformes,

Traen en sus pliegues enormes

Vientos de invierno escondidos.

El árbol en largas hebras

Hiende sus cortezas vanas,

Y anuncian lluvias lejanas

Las rastras de las culebras.

Da el cuervo al aire su vuelo,

Graznidos a su garganta;

Rey del viento, se levanta

Entre la tierra y el cielo.

Se oye de algunas palomas

Perdido el último arrullo,

De alguna fuente el murmullo

Que entre los juncos asoma.

Queda el mundo en soledad;

Y en el aire alzan su imperio

Da las sombras el misterio,

Y el humo de la ciudad.

 

¡Torpe, mezquina y miserable España!…

¡Torpe, mezquina y miserable España,

Cuyo suelo, alfombrado de memorias,

Se va sorbiendo de sus propias glorias

Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:

 

Traidor y amigo sin pudor te engaña,

Se compran tus tesoros con escorias,

Tus monumentos ¡ay! y tus historias,

Vendidos llevan a la tierra extraña.

 

¡Maldita seas, patria de valientes,

Que por premio te das a quien más pueda

Por no mover los brazos indolentes!

 

¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,

Extranjeros rapaces, que insolentes

Habéis hecho de España una almoneda!

 

Tórtola que solitaria…

A una tórtola porque al fin la vida es sueño.

CALDERÓN

Tórtola que solitaria

En vez de cantar suspiras,

Es tu canto una plegaria,

O es la voz con que respiras

A tu voluntad contraria

Ese arrullo dolorido,

¿Se exhala en ti a tu despecho

Sonando alegre en tu oído,

o es en verdad un gemido

Que se te arranca del pecho?

Triste pájaro, ¡lo sé!…

Por eso en ocultas ramas

Tu nido ondear se ve;

Tú te escondes porque amas,

Mas tu voz vende a tu fe.

Naciste, ave desdichada,

Para llorar tu ternura,

Por eso en selva apartada

Vas a arrullar tu amargura,

Del campo ameno enojada.

Enojos te dan las flores,

Enojos la luz del día,

Enojos ¡ay! los amores

Que en dulcísima armonía

Murmuran los ruiseñores.

Te enoja el murmullo vano

De la bulliciosa frente,

Y el céfiro cortesano

Que susurra mansamente

A los jardines cercano.

Te enojan las otras aves

Con su inocente amistad

Y con sus gorjeos suaves;

Tú, que llorar sólo sabes,

Vives en la soledad.

Menos en el monte inculto,

Vivir te cansa o extraña;

Porque allí despeña oculto

El torrente que le baña,

Sus espumas en tumulto.

Porque allí el viento perdido

Que entre las malezas rueda

Con sordo y medroso ruido,

En lánguido son remeda

Tu monótono gemido.

Porque allí el césped salvaje

Que a pedazos ha brotado

Por el agreste paisaje,

Borda el terreno olvidado

Con pliegues de tosco encaje.

Y a fe, a los ojos del triste

No son gala los primores

Con que natura se viste,

Que otro placer no resiste

Que pensar en sus dolores.

Y los amorosos duelos

Son males antojadizos

Que se quejan a los cielos,

Y no admiten más consuelos

Que hallar en el duelo hechizos.

Porque es tan grato saber

Que nos podemos quejar,

Que cuando tan ruin placer

Pensamos que ha de faltar,

Le volvemos a querer.

Por eso, tórtola bella,

Dió el cielo a tu ronco canto

El compás de una querella,

Porque al cantar tu quebranto

Lloraras tu gozo en ella.

Y si es cierto que así en pos

De tu canción va tu queja,

¡Ay, tórtola, vive Dios

Que en el mal que nos aqueja

Nos parecemos los dos!

Pues si abriga tu garganta

En vez de vez un lamento,

Cuando mi voz se levanta,

En vez de darme contento

Mis amarguras me canta.

Si nada tu voz te vale

Porque en la selva escondida

Nadie a escuchártela sale,

Bien creo, ave dolorida,

Que tu mal al mío iguale.

Y si buscas en tu anhelo

De que alguno te responda

El miserable consuelo,

Yo pido en mi canto al cielo

Quien a mi voz no se esconda.

Pues ambos somos cantores,

Y ambos somos desdichados,

Conmigo es justo que llores:

Tú, tórtola, tus amores;

Yo, mis males olvidados,

¡Olvidados, ¡ay de mí!

Que cuando el arpa tomé.

Cantando ahogarlos creí;

Y tantas glorias soñé,

Cuantos desengaños vi!

Vi el mundo tan hechicero,

Que no le alcancé falaz;

Alcé mi canto primero,

Y el alma lanzó fugaz

Un suspiro lastimero.

Que es bien inútil consuelo

Nuestras desdichas cantar,

Si por tan cercano el suelo

Nuestra voz no ha de escuchar,

Y por tan remoto el cielo.

 

II

Dime, ¿ qué nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

Tú a selva escondida

Te vas a gemir,

Porque el canto alegre

Te es lúgubre a ti;

Porque el tuyo amarga

El canto feliz,

Y las otras aves

No te le han de oír;

Y yo, que angustiado

Llorando nací,

Si le canto al mundo

Su gloria pueril,

La espalda me torna,

Dice que mentí.

Si vuelvo mis duelos

De nuevo a plañir,

Me dice con mofa

Que es dulce vivir:

Si el lloro y el canto

Nos desoye así,

Dime, ¿que nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

El mundo, ceñido

Del aire sutil,

Vestido de flores

Con rico tapiz,

Tocado con ancho

Dosel de zafir,

Prendido con nubes

Que el alto cenit

Circundan de nieblas

De azul y carmín,

Sembrado de estrellas

Que el turbio confín

Tachonan brillantes

En montones mil

Con pálidas perlas

Y rojos rubís,

Nos miente sin duda

Vistoso jardín,

Convida a cantarle

Mirándole así.

Mas si esos hechizos

Y gayo matiz

Caminos son sólo

Que llevan al fin

De breves placeres,

y el fin es morir;

Si el que llora o canta

Concluyen allí,

Si el triste se mofa

Del rico y feliz,

E insulta el alegre

Del triste el sufrir,

Dime, ¿qué nos valen,

Pájaro infeliz,

A ti tus lamentos,

Mis cantos a mí?

 

Que es la tierra de lágrimas camino,

Valle de tumbas que pasando vemos;

Féretro y cuna nos abrió el destino

Para entrar y salir, en los extremos;

Fantástico al entrar y peregrino,

Y asqueroso al salir le comprendemos;

Que al vivir despertamos en la cuna,

Y al despertar nos ríe la fortuna.

Imperfectos traemos los sentidos

Porque a sentir no alcancen tanto duelo,

Sordos aún traemos los oídos

Porque no escuchen el clamor del suelo;

La lengua y pensamientos obstruídos

Porque al ánima falte ese consuelo;

Sólo abrimos al sol nuestra pupila

Porque asombrada con el sol vacila.

Feliz quien, despertando cuando nace,

En ilusiones de esperanza crece,

Y un bello mundo de ilusiones hace

Donde loco soñando se adormece.

Que mientras duerme y delirando yace,

La árida realidad se desvanece,

Y mientras sueña su falaz ventura,

A su camino el término apresura.

Más vale delirar lindas quimeras

En ilusión de sueños seductores,

Que roer esperanzas pasajeras

En este valle de ponzoña y flores,

Donde, aguardando dichas venideras,

Lloramos sobre el pan de los dolores;

Donde, al buscar el necesario aliento,

Mortal cicuta nos regala el viento.

Porque en sueños los bienes y los males,

Dorados en la loca fantasía,

Al ánima dormida son iguales:

El desdichado canta su agonía,

Y lamenta el feliz bienes mortales,

Mas ninguno en perderlos se holgaría,

Que son dulces los bienes lamentados,

Y los males lo son desesperados.

 

Si tan bellos son los bienes

Soñados como los males,

Ya, tórtola, no me afligen

Tus melancólicos ayes;

Que a ti te dieron lamentos

En vez de alegres cantares,

Y tú cantando le cuentas

Tus amarguras al aire.

Las endechas y los himnos

Los mismos consuelos traen,

Que a la par nos adormecen

Las dichas y los pesares.

Tú te arrullas tristemente

Con tan lúgubres compases,

Porque tus duelos son gozos

Con el placer de contarles;

Yo al mundo canto mis cuitas

Porque cuando otros las saben,

El placer de que las sepan,

Dichas de mis penas hacen.

Y así, cuando entrambos, tórtola,

Con lamentaciones graves

En guisa de querellarnos

Atormentamos los aires,

Pues nuestra queja es contento

Por el placer de quejarse,

Con extravíos tamaños,

Con inconsecuencias tales,

No hacemos más que soñar

Y mentir calamidades,

Tú llorando bien de amores,

Y yo delirando males.

 

Un recuerdo y un suspiro

Volvió la vida a latir,

Volvió el alma a delirar,

Volvió el ardor de sentir,

y el infierno de vivir

Y el paraíso de amar.

  1. NICOMEDES PASTOR DÍAZ.

I

Bella es la luz de la rosada aurora

Y una. mañana del quemado estío,

Cuando con tibia púrpura colora

Las transparentes gotas del rocío.

 

Cuando inundan el aire de armonía

Las aves en las hojas apiñadas,

Cuando la tierra, saludando al día,

Desata ríos, fuentes y cascadas.

 

Cuando se mecen las abiertas flores

Al blando arrullo de la brisa errante,

Y pasa el aura prodigando olores

Su inmenso velo al desplegar flotante.

 

Cuando en sus torres, la ciudad dormida

Vibra ronca la voz de la campana,

Señal primera de que vuelve a vida

Y bendice la luz de la mañana.

 

Bello es el sol allá en el horizonte

Cuando alza ufano la radiante esfera,

Gigante que, trepando por el monte,

Del mundo el sueño a sorprender viniera.

 

Bella es la tarde con su parda sombra

Que el ruido apaga y el espacio puebla,

Cuando del mundo en la gastada alfombra

Tiende su manto de azulada niebla.

 

Bella es la noche cuando en paz camina

Entre sublime oscuridad velada,

Al opaco fulgor con que ilumina

Esa luna de estrellas coronada.

 

¡Bello es el mundo, sí, la vida es bella!…

Dios en sus obras el placer derrama:

Sólo no encuentra su contento en ella

Un corazón que el imposible ama.

 

Él sólo melancólico suspira

Cuando el alba purpúrea se eleva:

Él sólo melancólico la mira

Cómo en sus pliegues su esperanza lleva.

 

Sólo él sabe que el sol en Occidente

Al sepultarse, le arrebata un día,

Y la noche, al caer sobre su frente

Con su misterio aumenta su agonía.

 

Sus ojos ven el alba, y ven las flores,

Ven la luz, y la sombra, y las estrellas,

Ven las horas rodar y sus dolores

¡Rodar también para volver con ellas!

 

¡Corazón que no has amado,

Tú no sabes el dolor

De un corazón acosado,

Carcomido y desgarrado

Por amarguras de amor!

 

No sabes cómo se llora

Con ese llanto que quema,

Con la noche y con la aurora,

Con ese sol que colora

En la frente un anatema.

 

Se llora con el placer,

Se llora con el pesar,

Con el recuerdo de ayer,

Y mañana hay que llorar

Si nos ama una mujer.

 

Tú, velado a la tormenta

De borrascosa pasión,

No sabes cómo se aumenta,

Cómo inflamada revienta

La pena en el corazón.

 

Cómo le devora eterno

Ese esperar indeciso,

Cómo abrasa el fuego interno

De tener hoy un infierno

Donde estuvo un paraíso.

 

¡Amar y no ser amado!

¡Sentir y no consentir!

¡Morir viviendo olvidado!

¡Ay! ¡Morir de enamorado

Y no poderlo decir!

 

¡Bullir en el pensamiento

El bello ser de otro ser…..

Y ese roedor tormento,

Que hemos bebido en el viento,

En la voz de una mujer!

 

Sí, mis oídos la oyeron,

Mis ojos la contemplaron;

Era hermosa y Ia creyeron…..

Mis oídos me mintieron

O sus ojos me engañaron.

 

Era un ángel tal vez; descendió al suelo

Para dejar sobre la tierra impía

Alguna oculta maldición del cielo,

Y un reguero de luz y de armonía.

 

La amé al pasar, y me dejó pasando,

Y por único alivio en mi honda pena,

«Canta», me dijo, y la visión flotando

Se deshizo en la atmósfera serena.

 

II

A D. N. PASTOR DÍAZ

Poeta, ven y cantemos

A una voz nuestros amores;

En un arpa los lloremos,

Que bien cobijarse vemos

A un árbol dos ruiseñores.

 

Yo tu dolor cantará,

Tú cantarás mi dolor,

Que igual el de entrambos fue,

Y harto yo solo lloró

Una mujer, un amor.

 

Hagamos doliente y tierno

A nuestro canto improviso,

Del mundo un recuerdo eterno,

Y donde estuvo un infierno

Alcemos un paraíso.

 

Una aventura de 1360

En las frondosas campiñas

que con sus ondas serenas

fecunda el Guadalquivir

antes que en el mar se pierda,

sentada está una ciudad

que majestuosa ostenta

lo atrevido de sus torres,

lo antiguo de sus almenas.

El río su bella imagen

en su corriente refleja

pasando enorgullecido

por pasar tan junto a ella.

Y ella se mira en sus aguas

contemplando allí altanera

su antigüedad y poder

y su proverbial belleza.

Espesos muros la ciñen,

y frondosísimas huertas,

y apiñados olivares,

y fertilísimas vegas.

Radiante sol la ilumina,

y la bordan sus laderas

altos y copados árboles

y olorosas flores bellas.

Alegre gente la vive,

que las calurosas siestas

y las perfumadas noches

pasa al son de la vihuela,

ya en sus entoldados patios,

entre fuentes y macetas,

ya en sus floridos jardines

gozando sus auras frescas.

Ciudad de hermoso recuerdo,

ciudad bella entre las bellas,

de los moros es envidia,

de los cristianos soberbia.

Sevilla, en fin, y esto basta,

que todo el nombre lo encierra;

y hablando de la hermosura

todo es una cosa mesma.

En Sevilla, pues, y en una

noche azulada de aquéllas

en que la luna derrama

tranquila claridad trémula,

y en lo cóncavo del aire

resplandecen las estrellas,

y más allá con más brillo

los luceros reverberan;

en una de aquellas noches

en que todo se presenta

blanco, pacífico, hermoso,

y que la mente embelesa,

y los sentidos embriaga

y el corazón enajena;

noche de aventuras propia

en mil trescientos sesenta

(edad en que esto pasaba,

si mi memoria no yerra),

por la calle de la Sierpe,

media noche siendo apenas,

dos hombres en la ancha plaza

con prisa y silencio se entran.

Largas capas les envuelven,

no porque precisas sean,

sino porque bien les cubran

de las personas las señas.

Por el lado de la sombra,

punta a punta la atraviesan

de la calle de la Sierpe

hasta la calle de Génova,

y el bulto de sus espadas,

que bajo la capa llevan,

las plumas de sus birretes

y el rumor de sus espuelas,

por hidalgos les acusan,

por más que entrambos se empeñan

en pasar como personas

de común raza plebeya.

Al fin cuando ya contaban

tomar una callejuela

que al alcázar los llevase

sin pasar frente a la iglesia,

paróse el más alto de ellos,

diciendo : “¿Qué sombra es ésa

que tras el pilar se oculta,

Benavides? Yo dijera

que es un hombre”. Y Benavides,

al que pregunta contesta

“Llegad, señor, sin cuidado,

que ya imagino quién sea,

y hará paso al conocerme,

que es hombre que me respeta,

porque me debe favores

e hicimos juntos la guerra”.

Siguió andando Benavides;

siguió el otro, por respuesta

dándole sólo el silencio

que satisfacerle muestra,

y frente al hombre llegando

que junto al pilar espera,

mostrándose Benavides,

dejó franca la carrera.

“Dios te guarde, Andrés”, le dijo

el que va, pasando cerca.

“Buenas noches” dijo el hombre,

saludando con llaneza:

y pasaron los hidalgos,

y siguió el otro en su espera.

Y, entre los dos que se van

por la oscura callejuela,

conversación en voz baja

se entabló de esta manera:

“¿Quién es ese hombre?

-Un soldado

que entró poco hace en la regla

de San Francisco, cansado

del servicio y de la guerra.

-¿Y por qué precisamente

en tal ocasión lo deja,

pudiendo darle fortunas

estos tiempos -de revueltas?

-Dice que al rey don Alonso

sirvió de grado, y por fuerza

no quiere servir a nadie.

-Ya entiendo.

-Señor…

-Le lleva

la opinión del vulgo necio,

que mal de don Pedro piensa.

-Ya veis, señor, pues al claustro

se acoge, con su conciencia

se lo habrá mirado bien.

-Y a tales horas, ¿qué espera,

solo en mitad de la plaza,

sin el traje de su regia?

-Señor, es historia larga.

-Tal cual es quiero saberla.

-Son cosas qué-importan poco.

-A mí todo me interesa;

decid, pues.

-Pues escuchad.

Ya sabéis que representan

al Rey los monjes franciscos,

que habiendo en su casa mesma

un manantial necesario

para el buen servicio de ella,

el derecho a los vecinos

se les quite de que puedan

servirse de él en su daño,

porque sin agua les dejan.

Los vecinos, como tienen

aquella fuente más cerca,

para tomarla a su gusto

su viejo derecho alegan.

-Y tienen razón, y el Rey

se la da.

-Por esa muestra

de su Real benignidad,

de los vecinos se aumenta

la osadía, y de los monjes

el trabajo y la impaciencia.

De aquí nacen las hablillas,

las voces y las quimeras;

los vecinos a los monjes

tal vez obligar intentan

a que de noche y de día

les tengan franca la puerta.

Los monjes quieren cerrarla

como lo manda su regla,

y esto ocasiona denuestos

y escandalosas pendencias.

Los vecinos traen soldados,

gente de su parentela;

los frailes sacan domésticos

y deudos que los defiendan;

y como ven que su Rey

lo que le piden les niega,

los del pueblo cobran bríos,

y los frailes se exasperan.

Esto duró hasta que Andrés,

hombre a quien nada amedrenta,

hombre que usa de las armas

con asombrosa destreza,

con sus escrúpulos dando

de una sola vez en tierra,

asió su espada saliendo

de los suyos en defensa.

Burlábanse al principio,

mas él se ha dado tal priesa

en asentar cintarazos

con tal fortuna y destreza,

que del manantial los monjes

son dueños a la hora de ésta.

-¿Tan bizarro es ese Andrés?

-Tan bizarro y tan a prueba,

que él solo guarda la plaza

y ninguno se le acerca.

-El miedo de los villanos

es quien su valor pondera.

-De quien queráis informaos;

veréis que nadie lo niega.

Es hombre que, si le dicen

que una calle por apuesta,

guarde una noche, es seguro

que nadie pasa por ella.

-¿Y no hay justicia en Sevilla,

un hombre que le contenga?

-Ya veis, se acoge a sagrado,

y los bravos le respetan.”

Murmuró el que preguntaba

unas palabras inciertas,

que expiraron en murmullo

cual pronunciadas apenas.

Y como a un postigo oculto

que da al alcázar se llegan,

callaron ambos a dos,

llamando a espacio a la puerta.

Abrióles un pajecillo,

y entrando los dos por ella,

quedó el silencio en el aire

y en soledad la plazuela.

Está la siguiente noche

tocando en la misma flora,

y desde el cenit vertiendo

la luna luz melancólica.

Ni una ráfaga de viento

la soledad silenciosa

interrumpe, ni una nube

del cielo el azul entolda.

Toda Sevilla es silencio,

reposa Sevilla toda,

que duerme al son que la arrullan

del Guadalquivir las ondas.

Apenas de tarde en tarde

atraviesa una persona

las calles a largos pasos,

o en una reja se aposta.

Y los grandes edificios

que la extensa plaza forman,

sobre el suelo de la plaza

tienden su gigante sombra.

En un pilar apoyado

de una callejuela angosta,

por do un largo pasadizo

en la plaza desemboca,

hay un hombre que está en vela,

y a quien la noche medrosa

presta contornos fantásticos

y faz amenazadora.

Inmoble en la oscuridad,

no parecen que le importan

ni el relente de las noches

ni el ver que pasan las horas.

Si espera a alguien, nadie acude

a la cita misteriosa;

si aguarda algún hora fija,

su venida fue bien pronta.

Frente por frente al convento

de San Francisco se aposta,

cuya puerta se ve franca

como abandonada y sola.

¿Es que aquel hombre la guarda,

o es que en acecho la ronda?

Porque él la guarda o la acecha

con una intención incógnita.

En esto la plaza adentro,

por la calle de la Sierpe

un hombre desembocando,

a largos pasos se mete.

Un solo punto los ojos

en su derredor revuelve,

y viendo al hombre que aguarda,

vase a él rápidamente,

el sombrero hasta las cejas

y el embozo hasta los dientes.

Llegó al que esperaba, y plática

entablaron de esta suerte: .

-¡Andrés!

-¿Quién me llama?

-Un hombre.

-¿Me conoce?

-Sí

-¿Qué quiere?

-Que tenga por tu aljibe

un privilegio mi gente.

Me han dicho que tú tan sólo

a tu convento defiendes,

y que cejan los villanos

y la canalla te teme.

-Y te han dicho la verdad.

-Por eso precisamente

he venido aquí esta noche,

por si al cabo empacho tienes

en dejarme hacer de día

lo que de noche no entiende

ninguno en el barrio.

-Hidalgo,

si eso trae, errado viene;

todos han de tomar agua,

o nadie absolutamente.

-¿Conque contra el Rey te opones,

que lo contrario te advierte?

-Yo contra el Rey no me opongo,

mas cuido mis intereses;

y pues por ellos no cuidan,

siendo inútiles, sus leyes,

hombre a hombre, y fuerza a fuerza,

aquí has de encontrarme siempre.

Será injusticia y escándalo,

será cuanto se quisiere;

mas, a quien osados cargan, necio es,

si no se defiende. -Hazlo, pues.

-Enhorabuena,

hidalgo, y tened presente

que habéis venido a buscarme.

-Menos hablar y defiéndete.

Y esto diciendo uno y otro

a cuchilladas se meten

con tanto brío que chispas

de las espadas encienden.

El caballero le carga

tan fiera y bizarramente,

que el hacerle cara el otro,

hasta milagro parece.

Dan, vuelven, paran, reciben;

ni uno ceja ni otro cede;

Andrés con calma y acierto,

el otro como una sierpe:

mas es inútil, el monje

es tan diestro y es tan fuerte,

que aunque es el hidalgo un hombre

que como un tigre revuelve,

y cuyo brazo muy pocos

a resistirle se atreven,

de poco o nada le sirven

lo que sabe y lo que puede.

Al fin, el monje, mirando

que el intento con que viene

es tal, que mucho peligra

si no se concluye en breve,

lanzóle tal multitud

de tajos y de reveses,

que el otro cejó seis pasos,

diciendo: -¡Demonio, tente!

Túvose Andrés, y el incógnito,

la mano franca tendiéndole,

dijo: “Lo que quieras pídeme,

que todo te lo mereces.

-Yo nada de vos espero.

¿Qué podéis vos ofrecerme?

-A todo por tu valor,

el rey don Pedro se ofrece.

-Señor -exclamó el buen monje

ante sus plantas rindiéndose-,

perdonad si estuve osado…

-Andrés, obraste valiente;

concédote lo que quieras,

para que de mí te acuerdes.

-Señor, de nuestra agua os pido

la propiedad solamente.

-Desde esta noche a los monjes

anuncia que la poseen.”

Y tomando el rey don Pedro

por el callejón de enfrente,

volvióse al convento el fraile,

agradecido y alegre.

 

Ya viene el revuelto otoño…

Ya viene el revuelto otoño

Recogiendo frasco y flores;

Pasó el sol con sus calores,

Y alumbra al fin otro sol;

Pasaron las alboradas

Deliciosas de la aurora,

Que el horizonte colora

De purpurino arrebol.

Pasaron las noches claras

De la luna y los jardines;

Las noches de los festines

Tras el otoño vendrán.

Pasó el tiempo de las citas

A deshora entre las rejas,

Los cuidados de las viejas,

De las niñas el afán.

Pasaron las serenatas

Debajo de los balcones,

Las rondas y las canciones

Del mancebo emprendedor.

Todo es ya triste: la tierra

Pierde su brillante aliño,

Y el amor, que es pobre y niño,

Alivio busca al calor.

Mas si se envuelve la noche

Entre su sombra importuna,

Si pierde su blanca luna

Y sus horas de placer;

Si pierde la fresca aurora

Sus aromas y sus flores,

Sus nubes de cien colores,

S a aureola de rosicler;

Le que la en cambio a la tarde

Todo el encanto del día,

Y henchida de su armonía

Sale el sol a despedir.

Bella es la tarde que baja

Por el rosado Occidente,

Y se apaga lentamente

Para volver a lucir.

 

Es púrpura el horizonte,

Y el firmamento una hoguera,

Es oro la ancha pradera,

La ciudad, el río, el monte.

Rey de los astros, el sol,

Del regio trono al bajar,

Su pompa querrá ostentar

En su manto de arrebol.

Por eso suspenso está

De su reino a la salida,

Jurando a su despedida

Que mañana volverá.

Banda de nubes de grana,

Que con sus reflejos tiñe,

Flotando en torno le ciñe

Como turba cortesana.

Ráfagas mil que se cruzan,

Filigrana de la tarde,

El sol que a su espalda arde

En colores desmenuzan.

Y al hundirse en Occidente

Partida en muchas la llama,

Por el cielo se derrama

Fosfórica y transparente.

Es la postrera sonrisa

Del bello día que acaba,

Que de esa luz arrancaba

Su fresca ondulante brisa.

La fresca brisa que asoma

Por sobre la roca calva,

Remedio de la del alba

En frescura y en aroma.

A su venida, tardías

Cierran su cáliz las flores,

Y trinan los ruiseñores

Sus postreras armonías.

Se les va buscar la sombra

Entre las desnudas ramas,

Porque sus hojas de escamas

Sirven al suelo, o de alfombra.

Que ya el inconstante viento

Del otoño que aparece,

En los árboles se mece

Con brusco sacudimiento.

Flor, pronto inútil y sola,

En vez de la que él deshizo,

Orlará el campo pajiza

La purpurina amapola.

 

Brezos y arbustos impuros

De la montaña en la falda,

Vestirán su áspera espalda

Con sus matices obscuros.

Grupos de nubes perdidos

Como fantasmas deformes,

Traen en sus pliegues enormes

Vientos de invierno escondidos.

El árbol en largas hebras

Hiende sus cortezas vanas,

Y anuncian lluvias lejanas

Las rastras de las culebras.

Da el cuervo al aire su vuelo,

Graznidos a su garganta;

Rey del viento, se levanta

Entre la tierra y el cielo.

Se oye de algunas palomas

Perdido el último arrullo,

De alguna fuente el murmullo

Que entre los juncos asoma.

Queda el mundo en soledad;

Y en el aire alzan su imperio

Da las sombras el misterio,

Y el humo de la ciudad.

 

Yo he sentido bramar al ronco viento…

I

Yo he sentido bramar al ronco viento

Del helado Diciembre en noche obscura,

Remedando de un hombre el triste acento

De roto murallón en la hendedura.

Ardía en el salón envejecido

Purpúrea llama de sonante leña,

Y el ámbito vibraba estremecido

Al reflejar en la empolvada peña.

De la pompa feudal resto desnudo

Sin tapices, sin armas, sin alfombra,

Hoy no cobija su recinto mudo

Más que silencio, soledad y sombra.

Tal vez groseros cuentos populares

Bajo el nombre sin crónica conserva,

Y en las bóvedas, torres y pilares

Brota a pedazos la pajiza hierba.

Los pájaros habitan la techumbre

Y la tapiza la afanosa araña,

Y eso guarda la tosca pesadumbre

Del viejo torreón de Fuensaldaña.

Yo, que era entonces loco, triste y niño,

Pasaba alguna vez bajo sus muros

Por contemplar el desgarrado aliño

De sus huecos recónditos y obscuros.

Allí, en delirios de amistad perdida

Y en infantiles pláticas sabrosas,

Adormecí las cuitas de mi vida

Y las horas de noches pavorosas.

Allí, al calor de la humeante hoguera

De las cóncavas piedras al abrigo,

Oía el viento rebramando fuera,

Y a mi lado la voz de algún amigo.

Allí, sobre nosotros se elevaban

Robustas torres, góticas almenas,

Que la furia del viento rechazaban

Sobre el cimiento colosal serenas.

A veces nuestra alegre carcajada,

Repetida en los aires por el eco,

Moría en sus bramidos sofocada,

De la alta torre en el tendido hueco.

A veces nuestras báquicas canciones,

Como estertor de agonizante pecho,

Acompañaba en compasados sones

Sordo zumbando en callejón estrecho.

Otras, en melancólica armonía,

Remedaba lamentos y suspiros,

Y otras, en repugnante gritería,

El vuelo y voz de brujas y vampiros.

De las rotas almenas erizadas

Al sacudir la destocada frente,

Remedaba el hervir de las cascadas

Y el áspero silbar de la serpiente.

O en revuelto y confuso torbellino

La ruinosa terraza estremeciendo,

De la tendida lona en son marino

Semejaba tal vez el largo estruendo.

Le oíamos a veces a lo lejos

Cruzando el valle con airado paso,

Y crujían los árboles añejos

Como chascara entre la llama un vaso.

Y en continuo rumor sonando a veces,

Le oíamos rozar el firme muro,

Como en hondo tonel hierven las heces

Que una bruja animó con un conjuro.

Le oíamos rodar embravecido

Las desiguales piedras azotando,

Y en los huecos colgar ronco mugido,

Y el seco musgo arrebatar pasando.

Le oíamos entrar y revolverse

Con espantable son en las troneras,

Y estrellarse, y crecer hasta perderse,

Barriendo las tortuosas escaleras.

Las ramas de los árboles vecinos,

En las rejas meciéndose colgadas,

Dibujaban contornos repentinos

De espantosas visiones descarnadas.

Y al brusco y desigual sacudimiento

Desplomados los vidrios de colores,

En el mal alumbrado pavimento

Reverberaban falsos resplandores.

Y asaltando la boca que topaba

Rodando en torno de la mustia hoguera,

Entre la llama pálida soplaba,

Blanca ceniza hasta elevar ligera.

Silbando entonces lánguido y sonoro,

Al cruzar murmurando en las ventanas,

Nos revelaba en armonioso coro

Música de veletas y campanas.

Y mezclaba el susurro de las hojas

Que coronaban los silvestres pinos,

Con el gotear entre las juncias flojas

De los turbios arroyos campesinos.

De los atentos perros el ladrido,

Y el canto agudo del despierto gallo,

Con el inquieto y bélico alarido

Del trémulo relincho del caballo.

Bullían en el ánima exaltada

Locos fantasmas de soñados cuentos,

Y sostenía, apenas fatigada,

El peso de los ojos soñolientos.

Entonces, a la sombra cobijados,

Los pies a par de la expirante lumbre,

Cedían nuestros párpados cansados,

Más que a la voluntad, a la costumbre.

Y a cada chispa del tizón postrero,

A cada empuje del turbión errante,

A cada voz del pájaro agorero

Que velaba en el nido vacilante,

Volvíamos el gesto, recelosos,

En derredor del descompuesto fuego,

Levantando los ojos perezosos,

Que al roto sueño se tornaban luego.

Y en aquella mirada adormecida

Se pintaba la sombra misteriosa,

De volubles contornos revestida,

De cuerpo inmenso, de color medrosa.

Gozábamos al fin insomnio inquieto,

Delirando festines y batallas,

Con tumultos sin época ni objeto,

Con broqueles, con yelmos y con mallas.

Y soñábamos duendes y conjuros

En una tierra mágica y lejana,

Deleitados en cóncavos obscuros

Con cantares de sílfide liviana.

Poco a poco deshechas las visiones,

Soñábamos con sombras infinitas,

Donde se oían apagados sones

De invisibles orquestas exquisitas.

Y más tarde, las sombras vacilando

Entre pardo crepúsculo naciente,

Íbanse luz y sombras alejando

De la febril y temerosa mente.

Músicas, miedos, fábulas y sombras,

Sus contornos al fin desvanecían,

Y en un salón sin lámparas ni alfombras.

Sólo estaban dos locos, y dormían.

 

II

-Y era grato, al son del viento,

Abrir el párpado al día,

Y contemplar, soñoliento,

Su confuso resplandor

A través de las abiertas,

Hondas y estrechas ventanas,

Y de las hendidas puertas

De los quicios en redor.

 

Ver la atmósfera tocada

Con turbio cendal de niebla,

Sobre los campos posada,

Interceptando el mirar;

Y oír la ráfaga inquieta

Que al vendaval sustituye,

En la acerada veleta

Sordamente rechinar.

 

Ver las medrosas visiones

Que en la noche nos turbaron,

En bóvedas y rincones

De opaca lumbre al lucir;

En escombros convertidas

Musgo y tintas con que al tiempo

Las murallas carcomidas

Plugo manchar y vestir.

Ver en las toscas paredes,

En vez de ricos tapices,

Tender su baba y sus redes

Al insecto descortés,

Que entre los nombres tranquilos

Las labra de los viajeros,

Cubriéndolos hilo a hilo

Sin envidia ni interés.

 

Ver a la afanosa araña

En los blasones del muro

Hilar con paciente maña

Sus hebras para cazar;

Y en la recóndita grieta,

La presa que vuela en torno,

Vigilante, astuta y quieta,

A que se enrede esperar.

 

Y en el oculto madero

Hallar de rincón ruinoso,

El rastro de un hormiguero

Que en el verano pasó;

Que en el fondo nació acaso,

Mas no contento en el suelo,

Con irreverente paso

Hasta la almena trepó.

 

¿Quién dijera a los barones

De la torre de Saldaña

De sus techos y salones,

La mengua y la soledad?

¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Cuánto puedes,

Tú, que indiferente escribes

Sobre cráneos y paredes

La cifra de la verdad!

 

Yo he visitado esos muros,

Hoy trojes de rico hidalgo,

Y en sus salones obscuros

Ancha hoguera levanté.

Corrí llaves y cerrojos

Cual si de ellos dueño fuera,

Y sus tablas y despojos

Para alumbrarme quemé.

 

No respeté ni sus años,

Ni su nombre y dueño antiguos…..

Y para insultos tamaños,

¿Quién era en Saldaña yo?

Un niño, un triste o un loco,

Que divertido en sus penas,

Curaba entonces muy poco

De cuanto grande vivió.

 

Y a fe que, libre y contento,

A la lumbre de mi hoguera,

En tanto bramaba el viento,

Tranquilamente dormí;

Y al despertar con el día,

Contempló absorto y ufano

La gruesa mampostería

Que por alcoba elegí.

 

Luchaba el sol, afanado,

Con la turbia húmeda niebla,

Y el fulgor tornasolado

Cruzaba por el salón.

El aire, en fuerzas cediendo,

Brotó en ráfagas errantes,

Y aun se le oía gimiendo

Con menos airado son.

 

Miré desde las ventanas

El árido campo seco:

Algunas hierbas livianas

Encontró no más en él.

El aire las sacudía

Y la niebla las mojaba;

Escaso arbusto crecía

Del campo mudo al lindel.

 

Algunas nocturnas aves

Guarecidas, asomaron,

En los rotos arquitrabes

Su misterioso mohín:

Mirélas indiferente,

Y al rumor de mis pisadas

Hundieron la negra frente

Del nido cóncavo al fin.

 

Entonces, de la alta cumbre,

El sol, rasgando la niebla,

Derramóse en viva lumbre

De trémulo resplandor;

Y en los pardos murallones

Trazó cuadros luminosos,

Alumbrando los salones.

De cenagoso color.

Y entonces, a los reflejos

De la llama repentina,

De aquellos rincones viejos

En la antigua soledad,

Bulleron miles de insectos

Asomando por las grietas:

Monstruosos por lo imperfectos,

Raros por la variedad.

 

Y oíanse los cantares

Del tosco templo vecino,

En compases regulares

Desvanecerse y crecer;

Y el órgano y las campanas,

Al roto soplo del viento,

Ya perdidas, ya cercanas,

En él sus ecos mecer.

 

Pasó la noche sonora,

Pasó la mañana inquieta;

Mis años, hora por hora,

A contar, triste, volví.

Si hallé la vida cansada

Y lamenté su amargura,

Yo vivo con mi tristura,

Mas la torre quedó allí.

 

Muchos curiosos, acaso,

Por llegar a Fuensaldaña,

Aceleraron el paso,

De aquella noche después;

Mas ¡ay de hombro mezquino!

¡Quién encontrará mañana,

Entro el polvo del camino,

La huella de nuestros pies!

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