Poemas de Rosalía de Castro

Poemas de Rosalía de Castro

Poemas de Rosalía de Castro (1837-1885) persona cumbre del Rexurdimento gallego y una de las voces más auténticas de la lírica española del siglo XIX. Su obra marcó la transición hacia la modernidad, rompiendo con el academicismo mediante una sensibilidad subjetiva y existencialista.

Con Cantares gallegos (1863), dignificó la lengua gallega, convirtiéndola en vehículo de expresión culta y denuncia social frente a la marginación de su pueblo. En Follas novas, profundizó en la metafísica del dolor y la soledad, mientras que en En las orillas del Sar, escrita en castellano, exploró un pesimismo angustioso y precursor del simbolismo.

Marcada por la «saudade», su poesía trasciende lo regional para abordar temas universales: la injusticia, el paso del tiempo y el vacío espiritual, consolidándola como una precursora esencial de la Generación del 98.

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A ***

Ya que me abandonaste, ¡oh tú,

esperanza!,

«volved a mí», les dije a mis recuerdos;

mas mi voz resonó hueca y profunda

en un sepulcro abierto.

 

Cuando me veas pensativo y triste,

no indagues en qué pienso;

del ángel de las tumbas,

tú, ángel de luz, ¿pudieras tener celos?

 

Ella alzó entonces los rasgados ojos

y preguntó con miedo:

«¿Será verdad que alguna vez, bien mío,

resucitan los muertos?»

 

A la luna

I

¡Con qué pura y serena transparencia

brilla esta noche la luna!

A imagen de la cándida inocencia,

no tiene mancha ninguna.

 

De su pálido rayo la luz pura

como lluvia de oro cae

sobre las largas cintas de verdura

que la brisa lleva y trae.

 

Y el mármol de las tumbas ilumina

con melancólica lumbre,

y las corrientes de agua cristalina

que bajan de la alta cumbre.

 

La lejana llanura, las praderas,

el mar de espuma cubierto

donde nacen las ondas plañideras,

el blanco arenal desierto,

 

la iglesia, el campanario, el viejo muro,

la ría en su curso varia,

todo lo ves desde tu cenit puro,

casta virgen solitaria.

 

II

Todo lo ves, y todos los mortales,

cuantos en el mundo habitan,

en busca del alivio de sus males,

tu blanca luz solicitan.

 

Unos para consuelo de dolores,

otros tras de ensueños de oro

que con vagos y tibios resplandores

vierte tu rayo incoloro.

 

Y otros, en fin, para gustar contigo

esas venturas robadas

que huyen del sol, acusador testigo,

pero no de tus miradas.

 

III

Y yo, celosa como me dio el cielo

y mi destino inconstante,

correr quisiera un misterioso velo

sobre tu casto semblante.

 

Y piensa mi exaltada fantasía

que sólo yo te contemplo,

y como que es hermosa en demasía

te doy mi patria por templo.

 

Pues digo con orgullo que en la esfera

jamás brilló luz alguna

que en su claro fulgor se pareciera

a nuestra cándida luna.

 

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana

esta que llena mi mente!

De altísimas regiones soberana

nos miras indiferente.

 

Y sigues en silencio tu camino

siempre impasible y serena,

dejándome sujeta a mi destino

como el preso a su cadena.

 

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso

que nuestro encantado suelo,

aunque no más fecundo y más hermoso,

pues no le hay bajo del cielo.

 

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella

en luz, perfume y frescura,

sólo que le dio en cambio mala estrella,

dote de toda hermosura.

 

IV

Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,

indiferente y esquiva;

¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada

al que es llama ardiente y viva?

 

Adiós… adiós, y quiera la fortuna,

descolorida doncella,

que tierra tan feliz no halles ninguna

como mi Galicia bella.

 

Y que al tornar viajera sin reposo

de nuevo a nuestras regiones,

en donde un tiempo el celta vigoroso

te envió sus oraciones,

 

en vez de lutos como un tiempo, veas

la abundancia en sus hogares,

y que en ciudades, villas y en aldeas

han vuelto los ausentes a sus lares.

 

A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho…

A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho

vuelve a agitarse ansioso de glorias y de amor.

¡Loco…!, corre a esconderte en el asilo oscuro

donde ya no penetra la viva luz del sol.

 

Aquí tu sangre torna a circular activa,

y tus pasiones tornan a rejuvenecer…

huye hacia el antro en donde aguarda resignada

por la infalible muerte la implacable vejez.

 

Sonrisa en labio enjuto hiela y repele a un tiempo;

flores sobre un cadáver causan al alma espanto;

ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera

busques cuando tu vida llegó triste a su ocaso.

 

A la memoria del poeta gallego Aurelio Aguirre

Lágrima triste en mi dolor vertida,

perla del corazón que entre tormentas

fue en largas horas de pesar nacida,

en fúnebre memoria convertida

la flor será que a tu corona enlace;

las horas de la vida turbulentas

ajan las flores y el laurel marchitan;

pero lágrimas, ¡ay!, que el alma esconde,

llanto de duelo que el dolor fecunda,

si el triste hueco de una tumba anega

y sus húmedos hálitos inunda,

ni el sol de fuego que en Oriente nace

seco su manantial a dejar llega

ni en sutiles vapores le deshace,

¡y es manantial fecundo el llanto mío

para verter sobre un sepulcro amado

de mil recuerdos caudaloso río!

 

A la sombra te sientas de las desnudas rocas

A la sombra te sientas de las desnudas rocas,

y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,

y allí donde las aguas estancadas dormitan

y no hay hermanos seres que interrumpan tus sueños,

¡quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,

cuando con leve paso y contenido aliento,

temblando a que percibas mi agitación extrema,

allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!

 

—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres

las femeninas almas, los varoniles pechos:

tu fuerza impele al hombre a que busque la hondura

del desencanto amargo y a que remueva el cieno

donde se forman siempre los miasmas infectos.

 

—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?

¡Ah! No pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;

dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas

y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.

 

—Pienso en cosas tan tristes a veces y tan negras,

y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,

que… no lo sabrás nunca, porque lo que se ignora

no nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.

Yo te lo digo, niña, a quien de veras amo:

encierra el alma humana tan profundos misterios,

que cuando a nuestros ojos un velo los oculta,

es temeraria empresa descorrer ese velo;

no pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.

 

—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.

 

Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces

la pena de saberlo.

 

A las rubias envidias

A las rubias envidias

porque naciste con color moreno,

y te parecen ellas blancos ángeles

que han bajado del cielo.

¡Ah!, pues no olvides, niña,

y ten por cosa cierta,

que mucho más que un ángel siempre pudo

un demonio en la tierra.

 

A orillas del Sar

I

1

A través del follaje perenne

que oír deja rumores extraños,

y entre un mar de ondulante verdura,

amorosa mansión de los pájaros,

desde mis ventanas veo

el templo que quise tanto.

 

El templo que tanto quise…,

pues no sé decir ya si le quiero,

que en el rudo vaivén que sin tregua

se agitan mis pensamientos,

dudo si el rencor adusto

vive unido al amor en mi pecho.

 

2

¡Otra vez!, tras la lucha que rinde

y la incertidumbre amarga

del viajero que errante no sabe

dónde dormirá mañana,

en sus lares primitivos

halla un breve descanso mi alma.

 

Algo tiene este blando reposo

de sombrío y de halagüeño,

cual lo tiene, en la noche callada,

de un ser amado el recuerdo,

que de negras traiciones y dichas

inmensas, nos habla a un tiempo.

 

Ya no lloro…, y no obstante, agobiado

y afligido mi espíritu, apenas

de su cárcel estrecha y sombría

osa dejar las tinieblas

para bañarse en las ondas

de luz que el espacio llenan.

 

Cual si en suelo extranjero me hallase,

tímida y hosca, contemplo

desde lejos los bosques y alturas

y los floridos senderos

donde en cada rincón me aguardaba

la esperanza sonriendo.

 

3

Oigo el toque sonoro que entonces

a mi lecho a llamarme venía

con sus ecos que el alba anunciaban,

mientras, cual dulce caricia,

un rayo de sol dorado

alumbraba mi estancia tranquila.

 

Puro el aire, la luz sonrosada,

¡qué despertar tan dichoso!

Yo veía entre nubes de incienso,

visiones con alas de oro

que llevaban la venda celeste

de la fe sobre sus ojos…

 

Ese sol es el mismo, mas ellas

no acuden a mi conjuro;

y a través del espacio y las nubes,

y del agua en los limbos confusos,

y del aire en la azul transparencia,

¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

 

Blanca y desierta la vía

entre los frondosos setos

y los bosques y arroyos que bordan

sus orillas, con grato misterio

atraerme parece y brindarme

a que siga su línea sin término.

 

Bajemos, pues, que el camino

antiguo nos saldrá al paso,

aunque triste, escabroso y desierto,

y cual nosotros cambiado,

lleno aún de las blancas fantasmas

que en otro tiempo adoramos.

 

4

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,

caigo en la senda amiga, donde una fuente brota

siempre serena y pura,

y con mirada incierta, busco por la llanura

no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,

no sé qué flor tardía de virginal frescura

que no crece en la vía arenosa y desierta.

 

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,

gallardamente arranca al pie de la vereda

La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,

prestando a la mirada descanso en su ramaje

cuando de la ancha vega por vivo sol bañada

que las pupilas ciega,

atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

 

Como un eco perdido, como un amigo acento

que sueña cariñoso,

el familiar chirrido del carro perezoso

corre en alas del viento y llega hasta mi oído

cual en aquellos días hermosos y brillantes

en que las ansias mías eran quejas amantes,

eran dorados sueños y santas alegrías.

 

Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,

Fondón cerca descansa;

la cándida abubilla bebe en el agua mansa

donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa

beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa

las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;

donde de los vencejos que vuelan en la altura,

la sombra se refleja;

y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla

por entre la verdura de la frondosa orilla.

 

5

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!

Mas el calor, la vida juvenil y la savia

que extraje de tu seno,

como el sediento niño el dulce jugo extrae

del pecho blanco y lleno,

de mi existencia oscura en el torrente amargo

pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,

una visión de armiño, una ilusión querida,

un suspiro de amor.

 

De tus suaves rumores la acorde consonancia,

ya para el alma yerta tornóse bronca y dura

a impulsos del dolor;

secáronse tus flores de virginal fragancia;

perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,

el alba su candor.

La nieve de los años, de la tristeza el hielo

constante, al alma niegan toda ilusión amada,

todo dulce consuelo.

Sólo los desengaños preñados de temores,

y de la duda el frío,

avivan los dolores que siente el pecho mío,

y ahondando mi herida,

me destierran del cielo, donde las fuentes brotan

eternas de la vida.

 

6

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!

Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,

del Sar cabe la orilla

al acabarme, siento la sed devoradora

y jamás apagada que ahoga el sentimiento,

y el hambre de justicia, que abate y que anonada

cuando nuestros clamores los arrebata el viento

de tempestad airada.

 

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora

tras del Miranda altivo,

valles y cumbres dora con su resplandor vivo;

en vano llega mayo de sol y aromas lleno,

con su frente de niño de rosas coronada,

y con su luz serena:

en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,

mezcla de gloria y pena,

mi sien por la corona del mártir agobiada

y para siempre frío y agotado mi seno.

 

7

Ya que de la esperanza, para la vida mía,

triste y descolorido ha llegado el ocaso,

a mi morada oscura, desmantelada y fría,

tornemos paso a paso,

porque con su alegría no aumente mi amargura

la blanca luz del día.

 

Contenta el negro nido busca el ave agorera;

bien reposa la fiera en el antro escondido,

en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido

y mi alma en su desierto.

 

II

1

Los unos altísimos,

los otros menores,

con su eterno verdor y frescura,

que inspira a las almas

agrestes canciones,

mientras gime al chocar con las aguas

la brisa marina de aromas salobres,

van en ondas subiendo hacia el cielo

los pinos del monte.

 

De la altura la bruma desciende

y envuelve las copas

perfumadas, sonoras y altivas

de aquellos gigantes

que el Castro coronan;

brilla en tanto a sus pies el arroyo

que alumbra risueña

la luz de la aurora,

y los cuervos sacuden sus alas,

lanzando graznidos

y huyendo la sombra.

 

El viajero, rendido y cansado,

que ve del camino la línea escabrosa

que aún le resta que andar, anhelara,

deteniéndose al pie de la loma,

de repente quedar convertido

en pájaro o fuente,

en árbol o en roca.

 

2

Los unos altísimos,

los otros menores,

con su eterno verdor y frescura,

que inspira a las almas

agrestes canciones,

mientras gime al chocar con las aguas

la brisa marina de aromas salobres,

van en ondas subiendo hacia el cielo

los pinos del monte.

 

De la altura la bruma desciende

y envuelve las copas

perfumadas, sonoras y altivas

de aquellos gigantes

que el Castro coronan;

brilla en tanto a sus pies el arroyo

que alumbra risueña

la luz de la aurora,

y los cuervos sacuden sus alas,

lanzando graznidos

y huyendo la sombra.

 

El viajero, rendido y cansado,

que ve del camino la línea escabrosa

que aún le resta que andar, anhelara,

deteniéndose al pie de la loma,

de repente quedar convertido

en pájaro o fuente,

en árbol o en roca.

 

3

Era apacible el día

y templado el ambiente,

y llovía, llovía

callada y mansamente;

y mientras silenciosa

lloraba yo y gemía,

mi niño, tierna rosa,

durmiendo se moría.

 

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!

Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

 

Tierra sobre el cadáver insepulto

antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!

Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;

bien pronto en los terrones removidos

verde y pujante crecerá la hierba.

 

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,

torvo el mirar, nublado el pensamiento?

¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!

jamás el que descansa en el sepulcro

ha de tornar a amaros ni a ofenderos,

 

¡Jamás! ¿Es verdad que todo

para siempre acabó ya?

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.

 

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma

te espera aún con amoroso afán,

y vendrás o iré yo, bien de mi vida,

allí donde nos hemos de encontrar.

 

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas

que no morirá jamás,

y que Dios, porque es justo y porque es bueno,

a desunir ya nunca volverá.

 

En el cielo, en la tierra, en lo insondable

yo te hallaré y me hallarás.

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.

 

Mas… es verdad, ha partido

para nunca más tornar.

Nada hay eterno para el hombre, huésped

de un día en este mundo terrenal

en donde nace, vive y al fin muere,

cual todo nace, vive y muere acá.

 

4

Una luciérnaga entre el musgo brilla

y un astro en las alturas centellea;

abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?

En vano el pensamiento

indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!

Siempre, al llegar al término, ignoramos

qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

 

Arrodillada ante la tosca imagen,

mi espíritu, abismado en lo infinito,

impía acaso, interrogando al cielo

y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.

¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana

con sus ecos responde a mis gemidos

desde la altura, y sin esfuerzo el llanto

baña ardiente mi rostro enflaquecido.

 

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo

lo puedes ver y comprender, Dios mío!

¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,

piadoso y compasivo

vuelve a mis ojos la celeste venda

de la fe bienhechora que he perdido,

y no consientas, no, que cruce errante,

huérfano y sin arrimo,

acá abajo los yermos de la vida,

más allá las llanadas del vacío.

 

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo

e impasible el divino

rostro del Redentor, deja que envuelto

en sombras quede el humillado espíritu.

Silencio, siempre; únicamente el órgano

con sus acentos místicos

resuena allá de la desierta nave

bajo el arco sombrío.

 

Todo acabó quizás, menos mi pena,

puñal de doble filo;

todo, menos la duda que nos lanza

de un abismo de horror en otro abismo.

 

Desierto el mundo, despoblado el cielo,

enferma el alma y en el polvo hundido

el sacro altar en donde

se exhalaron fervientes mis suspiros,

en mil pedazos roto

mi Dios, cayó al abismo,

y al buscarle anhelante, sólo encuentro

la soledad inmensa del vacío.

 

De improviso los ángeles

desde sus altos nichos

de mármol, me miraron tristemente

y una voz dulce resonó en mi oído:

“Pobre alma, espera y llora

a los pies del Altísimo;

mas no olvides que al cielo

nunca ha llegado el insolente grito

de un corazón que de la vil materia

y del barro de Adán formó sus ídolos.”

 

5

Adivínase el dulce y perfumado

calor primaveral;

los gérmenes se agitan en la tierra

con inquietud en su amoroso afán,

y cruzan por los aires, silenciosos,

átomos que se besan al pasar.

 

Hierve la sangre juvenil, se exalta

lleno de aliento el corazón, y audaz

el loco pensamiento sueña y cree

que el hombre es, cual los dioses, inmortal,

No importa que los sueños sean mentira,

ya que al cabo es verdad

que es venturoso el que soñando muere,

infeliz el que vive sin soñar.

 

¡Pero qué aprisa en este mundo triste

todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!

La que ayer fue capullo, es rosa ya,

y pronto agostará rosas y plantas

el calor estival.

 

6

Candente está la atmósfera;

explora el zorro la desierta vía;

insalubre se torna

del limpio arroyo el agua cristalina,

y el pino aguarda inmóvil

los besos inconstantes de la brisa

 

Imponente silencio

agobia la campiña;

sólo el zumbido del insecto se oye

en las extensas y húmedas umbrías,

monótono y constante

como el sordo estertor de la agonía.

 

Bien pudiera llamarse, en el estío,

la hora del mediodía,

noche en que al hombre, de luchar cansado,

más que nunca le irritan

de la materia la imponente fuerza

y del alma las ansias infinitas.

 

Volved, ¡oh, noches del invierno frío,

nuestras viejas amantes de otros días!

Tornad con vuestros hielos y crudezas

a refrescar la sangre enardecida

por el estío insoportable y triste…

¡Triste… lleno de pámpanos y espigas!

 

Frío y calor, otoño o primavera,

¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?

Hermosas son las estaciones todas

para el mortal que en sí guarda la dicha;

mas para el alma desolada y huérfana

no hay estación risueña ni propicia.

 

7

Un manso río, una vereda estrecha,

un campo solitario y un pinar,

y el viejo puente rústico y sencillo

completando tan grata soledad.

 

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo

basta a veces un solo pensamiento.

Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras

el puente, el río y el pinar desiertos.

 

No son nube ni flor los que enamoran;

eres tú, corazón, triste o dichoso,

ya del dolor y del placer el árbitro,

quien seca el mar y hace habitar el polo.

 

8

-Detente un punto, pensamiento inquieto;

la victoria te espera,

el amor y la gloria te sonríen.

¿Nada de esto te halaga ni encadena?

-Dejadme solo y olvidado y libre;

quiero errante vagar en las tinieblas;

mi ilusión más querida

sólo allí dulce y sin rubor me besa.

 

9

Moría el sol, y las marchitas hojas

de los robles, a impulso de la brisa,

en silenciosos y revueltos giros

sobre el fango caían:

ellas, que tan hermosas y tan puras

en el abril vinieron a la vida.

 

Ya era el otoño caprichoso y bello:

¡cuán bella y caprichosa es la alegría!

Pues en la tumba de las muertas hojas

vieron sólo esperanzas y sonrisas.

 

Extinguióse la luz: llegó la noche

como la muerte y el dolor, sombría;

estalló el trueno, el río desbordóse

arrastrando en sus aguas a las víctimas;

y murieron dichosas y contentas…

¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!

 

10

Del rumor cadencioso de la onda

y el viento que muge;

del incierto reflejo que alumbra

la selva o la nube;

del piar de alguna ave de paso;

del agreste ignorado perfume

que el céfiro roba

al valle o a la cumbre,

mundos hay donde encuentran asilo

las almas que al peso

del mundo sucumben.

 

A Pilar Castro y Alván

Recuerdo al 13 de junio de 1876

Cuando al morir el día

solo cantan el grillo y la cigarra,

y los insectos bullen y se pierden

en la niebla dorada.

 

Yo pienso que del cáliz de la rosa

la veo salir envuelta en leve gasa,

y que sus negros ojos fijan en mí

su lánguida mirada.

 

Y sueño en el silencio

de la noche callada

que a mi lecho se acerca

como una sombra voluptuosa y blanca;

que me besa en la frente,

que me sonríe y habla

y que me dice: «Vengo

de regiones extrañas

para traerle a tu enervado espíritu

la codiciosa calma».

 

Ven, báñate en las ondas de la muerte,

mi cariñosa hermana;

depón las terrenales ligaduras.

Ven conmigo… y… descansa.

 

A sus plantas se agitan los hombres

A sus plantas se agitan los hombres,

como el salvaje hormiguero

en cualquier rincón oculto

de un camino olvidado y desierto.

¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,

sus risas y sus acentos,

gratos como la esperanza,

como la dicha soberbios!

 

Todos alegres se miran,

se tropiezan, y en revuelto

torbellino van y vienen

a la luz de un sol espléndido,

del cual tiene que ocultarse,

roto, miserable, hambriento.

 

¡Ah!, si él fuera la nube plomiza

que lleva el rayo en su seno,

apagara la antorcha celeste

con sus enlutados velos,

y llenara de sombras el mundo

cual lo están sus pensamientos.

 

A través del follaje perenne…

A través del follaje perenne

Que oír deja rumores extraños,

Y entre un mar de ondulante verdura,

Amorosa mansión de los pájaros,

Desde mis ventanas veo

El templo que quise tanto.

 

El templo que tanto quise…

Pues no sé decir ya si le quiero,

Que en el rudo vaivén que sin tregua

Se agitan mis pensamientos,

Dudo si el rencor adusto

Vive unido al amor en mi pecho.

 

A un tiempo, cual sueño…

A un tiempo, cual sueño

que halaga y asombra,

de los robles las hojas caían,

del saúco brotaban las hojas.

 

Primavera y otoño sin tregua

turnan siempre templando la atmósfera,

sin dejar que no hiele el invierno,

ni agote el estío

las ramas frondosas.

 

¡Y así siempre! en la tierra risueña,

fecunda y hermosa,

surcada de arroyos,

henchida de aromas;

 

que es del mundo en el vasto horizonte

la hermosa, la buena, la dulce y la sola;

donde cuantos he amado nacieron,

donde han muerto mi dicha y mis glorias.

 

De vuelta está la joven primavera;

mas ¡qué aprisa esta vez y cuán temprano!

¡Y qué hermosos están prados y bosques

desde que ella ha tornado!

 

Ha vuelto ya la primavera hermosa;

siempre vuelve la joven y hechicera;

mas ¿en dónde, decidme, se han quedado

los que partieron cuando partió ella?

Esos no tornan nunca,

¡nunca!, si es que nos dejan.

 

De sonrosada nieve, salpicada

veo la verde hierba,

son las flores que el viento arranca al árbol

llenas de savia, y de perfumes llenas.

¿Por qué siendo tan frescas y tan jóvenes,

a semejanza de las hojas secas

en el otoño, cuando abril sonríe

ellas también sobre la arena ruedan?

¡Por qué mueren los niños,

las flores más hermosas de la tierra!

 

En sueños te di un beso, vida mía,

tan entrañable y largo…

¡Ay!, pero en él de amargo

tanto, mi bien, como de dulce había.

Tu infantil boca cada vez más fría,

dejó mi sangre para siempre helada,

y sobre tu semblante reclinada,

besándote, sentí que me moría.

Más tarde, y ya despierta,

con singular empeño,

pensando proseguí que estaba muerta

y que en tanto a tus restos abrazada

dormía para siempre el postrer sueño

soñaba tristemente que vivía

aún de ti, por la muerte separada.

 

Sintiose agonizar, mil y mil veces,

de dolor, de vergüenza y de amargura,

mas aunque tantas tras de tantas fueron

no se murió ninguna.

Embargada de asombro

al ver la resistencia de su vida,

en sus horas sin término pensaba,

llena de horror, si nunca moriría.

Pero una voz secreta y misteriosa

la dijo un día con acento extraño:

Hasta el momento de tocar la dicha

no se mueren jamás los desdichados.

 

Adiós, ríos; adiós, fuentes

Adiós, ríos; adiós, fuentes

adiós, arroyos pequeños;

adiós, vista de mis ojos:

no sé cuando nos veremos.

 

Tierra mía, tierra mía,

tierra donde me crié,

huertita que quiero tanto,

higueritas que planté,

 

prados, ríos, arboledas,

pinares que mueve el viento,

pajaritos piadores,

casita de mi contento,

 

molino de los castañares,

noches claras de luar (luna llena)

campanitas timbradoras,

de la iglesia del lugar;

 

moritas de las zarzamoras

que yo le daba a mi amor,

caminitos entre el mijo

¡adiós, para siempre adiós!

 

¡Adiós gloria! ¡Adiós contento!

¡dejo la casa en que nací,

¡dejo la aldea que conozco,

por un mundo que no vi!

 

Dejo amigos por extraños,

dejo, la tierra por el mar,

dejo, en fin, cuanto bien quiero…

¡Quién pudiera no dejarlo!…

 

Más soy pobre, y ¡mal pecado!

mi tierra no es mía,

que hasta le dan de prestado,

la orilla por donde camina,

al que nació desdichado.

 

Os tengo, pues, que dejar,

huertita que tanto amé,

hoguerita de mi hogar,

arbolitos que planté,

fuentecita del cabañal.

 

Adiós, adiós, que me voy,

hierbecitas del camposanto,

donde mi padre fue enterado,

hierbecitas que besé tanto,

tierra que nos crió.

 

Adiós, Virgen de la Asunción,

blanca como un serafín;

os llevo en el corazón;

pedidle a Dios por mí,

Virgen mía de la Asunción.

 

Ya se oyen lejos, muy lejos,

las campanas de O Pomar,

para mi, ¡ay!, pobrecito,

nunca más han de tocar.

 

Ya se oyen lejos, más lejos…

cada redoble es un dolor;

me voy solo, sin cariño…

Tierra mía, ¡adiós! ¡adiós!

 

¡Adiós también, queridita…!

¡Adiós por siempre quizás…!

Te digo este adiós llorando

desde la orillita del mar.

 

No me olvides, queridita,

si muero de soledad…

tantas leguas mar adentro…

¡Mi casita!, ¡mi hogar!

 

Adivínase el dulce y perfumado…

Adivínase el dulce y perfumado

calor primaveral;

los gérmenes se agitan en la tierra

con inquietud en su amoroso afán,

y cruzan por los aires, silenciosos,

átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil; se exalta

lleno de aliento el corazón, y audaz

el loco pensamiento sueña y cree

que el hombre es, cual los dioses, inmortal.

No importa que los sueños sean mentira,

ya que al cabo es verdad

que es venturoso el que soñando muere,

infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste

todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!…

la que ayer fue capullo, es rosa ya,

y pronto agostará rosas y plantas

el calor estival.

Candente está la atmósfera;

explora el zorro la desierta vía:

insalubre se torna

del limpio arroyo el agua cristalina,

el pino aguarda inmóvil

los besos inconstantes de la brisa.

Imponente silencio

agobia la campiña;

sólo el zumbido del insecto se oye

en las extensas y húmedas umbrías;

monótono y constante

como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,

la hora del mediodía,

noche en que al hombre de luchar cansado

más que nunca le irritan,

de la materia la imponente fuerza

y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches de invierno frío,

nuestras viejas amantes de otros días!

Tornad con vuestros hielos y crudezas

a refrescar la sangre enardecida

por el estío insoportable y triste…

¡Triste!… ¡Lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,

¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?

Hermosas son las estaciones todas

para el mortal que en sí guarda la dicha;

mas para el alma desolada y huérfana,

no hay estación risueña ni propicia.

 

Ángel

Todo duerme… del aire, el soplo blando

callado va, con temeroso vuelo

el aroma esparciendo de las rosas;

brilla la luna, y sueñan con el cielo

los niños que reposan, contemplando

flores, luz y pintadas mariposas.

 

¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,

dormid en paz, que os cubren con sus alas

los blancos y amorosos serafines,

y adornándoos a un tiempo con sus galas

hacen que en ondas os regale el viento

blando aroma de lirios y jazmines.

 

Y, en tanto, el astro de la noche, lento,

pálido, melancólico y suave,

del aire azul recorre los espacios,

globo de plata o misteriosa nave,

vaga a través del ancho firmamento,

por cima de cabañas y palacios.

 

Su tibia luz refléjase en la tierra

como del alba la primer sonrisa

que va a alegrar las aguas de la fuente;

y al rizarse los mares con la brisa,

cuanto su seno de hermosura encierra

muéstrase allí, brillante y transparente.

 

Las plantas y los céfiros susurran

con blando son, y acentos misteriosos

lanza, al pasar, el murmurante río,

y a través de los árboles frondosos

las estrellas inmóviles fulguran

chispas de luz en su ámbito sombrío.

 

Todo es reposo, y soledad, y sueño…

sueño aparente y soledad mentida,

en el mundo del hombre… ¡hermoso mundo

cuando, mintiendo, a amarle nos convida!

Y es que en que fuese amado puso empeño,

quien llena cielo y tierra, y mar profundo.

 

Mas… ¿qué pálida sombra cruza el prado…

errante, sola, fugitiva y leve?

Como si fuese en pos de un bien perdido,

apenas al pasar las hojas mueve.

Y vaga al pie del monte y del collado

cual tortolilla en torno de su nido.

 

Virgen parece por la undosa falda

y por la blonda y larga cabellera,

que el viento de la noche manso agita;

bello es su rostro y dulce la manera

con que pisa la alfombra de esmeralda,

mientras su seno con ardor palpita.

 

¡Pobre mujer!… ¿Qué culpa, qué pecado

como aguijón la ha herido en su inocencia,

que el calor de su lecho así abandona?

Yo sondaré el dolor de tu conciencia,

que no en vano a la tierra he descendido,

en nombre del Señor que la perdona.

 

Ansia que ardiente crece

Ansia que ardiente crece,

vertiginoso vuelo

tras de algo que nos llama

con murmurar incierto,

sorpresas celestiales,

dichas que nos asombran;

así cuando buscamos lo escondido,

así comienzan del amor las horas.

 

Inaplacable angustia,

hondo dolor del alma,

recuerdo que no muere,

deseo que no acaba,

vigilia de la noche,

torpe sueño del día

es lo que queda del placer gustado,

es el fruto podrido de la vida.

 

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…

¡Cuál mi mejilla abrasa!…

¡Cómo el rudo penar que me envenena

mi corazón traspasa!

 

Cómo siento el pesar del alma mía

al empuje violento

del dulce y triste recordar de un día

que pasó como el viento.

 

Cuán presentes están en mi memoria

un nombre y un suspiro…

Página extraña de mi larga historia,

de un bien con que deliro.

 

Yo escuchaba tina voz llena de encanto,

melodía sin nombre,

que iba risueña a recoger mi llanto…

¡Era la voz de un hombre!

 

Sombra fugaz que se acercó liviana

vertiendo sus amores,

y que posó sobre mi sien temprana

mil cariñosas flores.

 

Acarició mi frente que se hundía

entre acerbos pesares;

y lleno de dulzura y de armonía

díjome sus cantares.

 

Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,

que vibrando se siente

en lejana enramada, adonde expira

su gemido doliente.

 

Yo percibí su divinal ternura

penetrar en el alma,

disipando la tétrica amargura

que robara mi calma.

 

Y la ardiente pasión sustituyendo

a una fría memoria,

sentí con fuerza el corazón latiendo

por una nueva gloria.

 

Dicha sin fin, que se acercó temprana

con extraños placeres,

como el bello fulgor de una mañana

que sueñan las mujeres.

 

Rosa que nace al saludar el día,

y a la tarde se muere,

retrato de un placer y una agonía

que al corazón se adhiere.

 

Imagen fiel de esa esperanza vana

que en nada se convierte;

que dice el hombre en su ilusión mañana,

y mañana es la muerte.

 

Y así pasó: Mi frente adormecida

volvióse luego roja;

y trocóse el albor de mi alegría,

flor que, seca, se arroja

 

Calló la voz de melodía tanta

y la dicha durmió;

y al nuevo resplandor que se levanta

lo pasado murió.

 

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,

sueños de amor de corazón, dormid:

¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan

gloria y placer y venturanza huid!

 

¡Ay!, cuando los hijos mueren!

– I –

¡Ay!, cuando los hijos mueren,

rosas tempranas de abril,

de la madre el tierno llanto

vela su eterno dormir.

 

Ni van solos a la tumba,

¡ay!, que el eterno sufrir

de la madre, sigue al hijo

a las regiones sin fin.

 

Mas cuando muere una madre,

único amor que hay aquí;

¡ay!, cuando una madre muere,

debiera un hijo morir.

 

– II –

Yo tuve una dulce madre,

concediéramela el cielo,

más tierna que la ternura,

más ángel que mi ángel bueno.

 

En su regazo amoroso,

soñaba… ¡sueño quimérico!

dejar esta ingrata vida

al blando son de sus rezos.

 

Mas la dulce madre mía,

sintió el corazón enfermo,

que de ternura y dolores,

¡ay!, derritióse en su pecho.

 

Pronto las tristes campanas

dieron al viento sus ecos;

murióse la madre mía;

sentí rasgarse mi seno.

 

La virgen de las Mercedes,

estaba junto a mi lecho…

Tengo otra madre en lo alto…

¡por eso yo no me he muerto!

A mi madre, 1863

 

Busca y anhela el sosiego

Busca y anhela el sosiego…

mas… ¿quién le sosegará?

Con lo que sueña despierto,

dormido vuelve a soñar.

Que hoy como ayer, y mañana

cual hoy, en su eterno afán,

de hallar el bien que ambiciona

-cuando sólo encuentra el mal-,

siempre a soñar condenado,

nunca puede sosegar.

 

Campanas de Bastabales

Campanas de Bastabales,

cuando os oigo tocar,

me muero de añoranzas.

 

I

Cuando os oigo tocar,

campanitas, campanitas,

sin querer vuelvo a llorar.

 

Cuando de lejos os oigo

pienso que por mí llamáis

y de las entrañas me duelo.

 

Me duelo de dolor herida,

que antes tenía vida entera

y hoy tengo media vida.

 

Sólo media me dejaron

los que de allá me trajeron,

los que de allá me robaron.

 

No me robaron, traidores,

¡ay!, unos amores locos,

¡ay!, unos locos amores.

 

Que los amores ya huyeron,

las soledades vinieron…

de pena me consumieron.

 

II

Allá por la mañanita

subo sobre los oteros

ligerita, ligerita.

 

Como una cabra ligera

para oir de las campanas

la campanada primera.

 

La primera de la alborada

que me traen los aires

por verme más consolada.

 

Por verme menos llorosa,

en sus alas me la traen

retozona y quejumbrosa.

 

Quejumbrosa y temblando

entre la verde espesura,

entre la verde arboleda.

 

Y por la verde pradera,

sobre la vega llana,

juguetona y juguetona.

 

III

Despacito, despacito

voy por la tarde callada

de Bastabales camino.

 

Camino de mi contento;

y en tanto el sol no se esconde

en una piedrita me siento.

 

y sentada estoy mirando

como la luna va saliendo,

como el sol se va poniendo.

 

Cual se acuesta, cual se esconde

mientras tanto corre la luna

sin saberse para dónde.

 

Para dónde va tan sola

sin que a los tristes que la miramos

ni nos hable ni nos oiga

 

Que si oyera y nos hablara

muchas cosas le dijera,

muchas cosas le contara.

 

IV

Cada estrella, su diamante;

cada nube, blanca pluma;

triste la luna marcha delante.

 

Delante marcha clareando

vegas, prados, montes ríos,

donde el día va faltando

 

Falta el día y noche oscura

baja, baja, poco a poco,

por montañas de verdor.

 

De verdor y de follaje,

salpicada de fuentecillas

bajo la sombra del ramaje.

 

Del ramaje donde cantan

pajarillos piadores,

que con la aurora se levantan.

 

Que con la noche se adormecen

para que canten los grillos

que con las sombras aparecen.

 

V

Corre el viento, el río pasa.

Corren nubes, nubes corren

camino de mi casa.

 

Mi casa, mi abrigo,

se van todos, yo me quedo

sin compañía ni amigo.

 

Yo me quedo contemplando

las llamas del hogar en las casitas

por las que vivo suspirando.

 

Viene la noche…, muere el día,

las campanas tocan lejos

las notas del Ave María.

 

Ellas tocan para que rece;

yo no rezo que los sollozos

ahogándome parece

que por mi tienen que rezar.

 

Campanas de Bastabales

cando vos oio tocar,

me muero de añoranzas.

 

¡Con qué pura y serena transparencia…

I

¡Con qué pura y serena transparencia

brilla esta noche la luna!

A imagen de la cándida inocencia,

no tiene mancha ninguna.

 

De su pálido rayo la luz pura

como lluvia de oro cae

sobre las largas cintas de verdura

que la brisa lleva y trae.

 

Y el mármol de las tumbas ilumina

con melancólica lumbre,

y las corrientes de agua cristalina

que bajan de la alta cumbre.

 

La lejana llanura, las praderas,

el mar de espuma cubierto

donde nacen las ondas plañideras,

el blanco arenal desierto,

 

la iglesia, el campanario, el viejo muro,

la ría en su curso varia,

todo lo ves desde tu cenit puro,

casta virgen solitaria.

 

II

Todo lo ves, y todos los mortales,

cuantos en el mundo habitan,

en busca del alivio de sus males,

tu blanca luz solicitan.

 

Unos para consuelo de dolores,

otros tras de ensueños de oro

que con vagos y tibios resplandores

vierte tu rayo incoloro.

 

Y otros, en fin, para gustar contigo

esas venturas robadas

que huyen del sol, acusador testigo,

pero no de tus miradas.

 

III

Y yo, celosa como me dio el cielo

y mi destino inconstante,

correr quisiera un misterioso velo

sobre tu casto semblante.

 

Y piensa mi exaltada fantasía

que sólo yo te contemplo,

y como que es hermosa en demasía

te doy mi patria por templo.

 

Pues digo con orgullo que en la esfera

jamás brilló luz alguna

que en su claro fulgor se pareciera

a nuestra cándida luna.

 

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana

esta que llena mi mente!

De altísimas regiones soberana

nos miras indiferente.

 

Y sigues en silencio tu camino

siempre impasible y serena,

dejándome sujeta a mi destino

como el preso a su cadena.

 

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso

que nuestro encantado suelo,

aunque no más fecundo y más hermoso,

pues no le hay bajo del cielo.

 

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella

en luz, perfume y frescura,

sólo que le dio en cambio mala estrella,

dote de toda hermosura.

 

IV

Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,

indiferente y esquiva;

¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada

al que es llama ardiente y viva?

 

Adiós… adiós, y quiera la fortuna,

descolorida doncella,

que tierra tan feliz no halles ninguna

como mi Galicia bella.

 

Y que al tornar viajera sin reposo

de nuevo a nuestras regiones,

en donde un tiempo el celta vigoroso

te envió sus oraciones,

 

en vez de lutos como un tiempo, veas

la abundancia en sus hogares,

y que en ciudades, villas y en aldeas

han vuelto los ausentes a sus lares.

 

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!…

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!

Mas el calor, la vida juvenil y la savia

que extraje de tu seno,

como el sediento niño el dulce jugo extrae

del pecho blanco y lleno,

de mi existencia oscura en el torrente amargo

pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,

una visión de armiño, una ilusión querida,

un suspiro de amor.

 

De tus suaves rumores la acorde consonancia,

ya para el alma yerta tornóse bronca y dura

a impulsos del dolor;

secáronse tus flores de virginal fragancia;

perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,

el alba su candor.

 

La nieve de los años, de la tristeza el hielo

constante, al alma niegan toda ilusión amada,

todo dulce consuelo.

Sólo los desengaños preñados de temores,

y de la duda el frío,

avivan los dolores que siente el pecho mío,

y ahondando mi herida,

me destierran del cielo, donde las fuentes brotan

eternas de la vida.

 

¡Cuán tristes pasan los días!

– I –

¡Cuán tristes pasan los días!…

¡cuán breves… cuán largos son!…

Cómo van unos despacio,

y otros con paso veloz…

Mas siempre cual vaga sombra

atropellándose en pos,

ninguno de cuantos fueron,

un débil rastro dejó.

 

¡Cuán negras las nubes pasan,

cuán turbio se ha vuelto el sol!

¡Era un tiempo tan hermoso!…

Mas ese tiempo pasó.

Hoy, como pálida luna

ni da vida ni calor,

ni presta aliento a las flores,

ni alegría al corazón.

 

¡Cuán triste se ha vuelto el mundo!

¡Ah!, por do quiera que voy

solo amarguras contemplo,

que infunden negro pavor,

solo llantos y gemidos

que no encuentran compasión…

¡Qué triste se ha vuelto el mundo!

¡Qué triste le encuentro yo!…

 

– II –

¡Ay, qué profunda tristeza!

¡Ay, qué terrible dolor!

¡Tendida en la negra caja

sin movimiento y sin voz,

pálida como la cera

que sus restos alumbró,

yo he visto a la pobrecita

madre de mi corazón!

 

Ya desde entonces no tuve

quien me prestase calor,

que el fuego que ella encendía

aterido se apagó.

Ya no tuve desde entonces

una cariñosa voz

que me dijese: ¡hija mía,

yo soy la que te parió!

 

¡Ay, qué profunda tristeza!

¡Ay, qué terrible dolor!…

¡Ella ha muerto y yo estoy viva!

¡Ella ha muerto y vivo yo!

Mas, ¡ay!, pájaro sin nido,

poco lo alumbrará el sol,

¡y era el pecho de mi madre

nido de mi corazón!

A mi madre, 1863

 

Cuando al morir el día…

Recuerdo al 13 de junio de 1876

Cuando al morir el día

solo cantan el grillo y la cigarra,

y los insectos bullen y se pierden

en la niebla dorada.

 

Yo pienso que del cáliz de la rosa

la veo salir envuelta en leve gasa,

y que sus negros ojos fijan en mí

su lánguida mirada.

 

Y sueño en el silencio

de la noche callada

que a mi lecho se acerca

como una sombra voluptuosa y blanca;

que me besa en la frente,

que me sonríe y habla

y que me dice: «Vengo

de regiones extrañas

para traerle a tu enervado espíritu

la codiciosa calma».

 

Ven, báñate en las ondas de la muerte,

mi cariñosa hermana;

depón las terrenales ligaduras.

Ven conmigo… y… descansa.

 

Cuando miré de soledad vestida…

Cuando miré de soledad vestida

la senda que el destino me trazó,

sentí en un punto aniquilar mi vida.

 

¡Cuando infeliz me contemplé perdida

y el árbol de mi fe se desgajó,

tuvieron, ¡ay!, para llorar mis ojos

de amargura y de hiel tristes despojos!

 

¡La nada contemplé que me cercaba,

y… al presentir mi aterrador quebranto,

miré que solitaria me anegaba

en un mar de dolores y de llanto!

 

¡Nadie ni amor ni compasión cantaba,

ni un ángel me cubrió bajo su manto,

sólo la voz mi corazón oía

de la última ilusión que se perdía!…

 

Ya marchita la flor de mi esperanza

vi revolar no más en torno mío,

vaga esfera sin luz que nunca alcanza

dar resplandor a un corazón ya frío.

 

Vano es el ¡ay! que desgarrado lanza

por el dolor de ese vivir sombrío:

¡La oscuridad de esa existencia muerta,

cierra de un bien al porvenir la puerta!

 

La risa y el sarcasmo por doquiera

que fuera yo mi corazón palpaba,

y doquiera también que me escondiera,

¡ay!, la risa sardónica encontraba.

 

No hubo un rincón donde vivir pudiera,

no hubo esa paz que con afán buscaba;

¡guerra sin fin, fatídica existencia,

fue en mi vivir la delicada esencia!

 

Y rotas ya de la existencia mía

de paz y amor las ilusiones bellas,

llenas de horror las contemplé en un día

cual en cielo sin luz, muertas estrellas:

Su oscuridad mi porvenir partía,

mi fe y mi paz se confundió con ellas;

¡que eran del alma indisolubles lazos

que se fueron al fin, hechas pedazos!

 

Al caminar después por mil abrojos

mi frente juvenil se marchitó,

y al sentir las espinas en mis ojos

de angustia el corazón se poseyó;

luego al cielo exclamé puesta de hinojos,

y el cielo mis clamores no advirtió;

y sola combatí con mis pesares

¡lágrimas tristes derramando a mares!

 

Padecer y morir: Tal era el lema

que en torno mío murmurar sentí,

y mirando en redor de espanto llena,

su fatídico emblema comprendí;

y al ver el torcedor que me encadena

de espanto y de temor retrocedí…

¡Sola era yo con mi dolor profundo

en el abismo de un imbécil mundo!

 

Y buscando un apoyo, una caricia,

el eco «Soledad» me respondió:

Y cual cauce que ronco se desquicia

fatídico en mi pecho resbaló,

regalándome a un tiempo una delicia

que heló mi sien, y el porvenir mató;

que era fría y glacial como ella sola,

¡y aun sin querer, el corazón guardóla!

 

La soledad… cuando en la vida un día

circunda nuestra frente su fulgor,

un mundo de mortal melancolía

nos presenta un fantasma aterrador,

quitándole a las aves su armonía,

cubriendo de la luz el resplandor:

¡Noche sin fin al porvenir avanza

ahuyentando el amor y la esperanza!

 

Por eso, ¡ay Dios!, al caminar aún pura

entre inmundicias mil que tropecé,

llenaron de dolor y desventura

la hermosa realidad con que soñé:

Terrible asolación, esencia impura

lanzaron al Edén que acaricié;

y aquel Edén se convirtió en infierno

¡triste ilusión de mi dolor eterno!

 

Hoy yerto el corazón, falto de vida,

horas de horror e insensatez presiente,

largas horas sin fin que en la partida

marchitan su ilusión, secan su ambiente.

Y al dejar su ilusión seca y perdida,

vana esperanza el porvenir le miente;

sabe muy bien que esa esperanza es vana

¡sombra fugaz de su primer mañana!

 

Cubierto de sombríos nubarrones

un cielo en lontananza divisó,

y un canto singular de maldiciones

en sus bóvedas altas retumbó.

Rasgaban al pasar esas canciones

el alma del que triste las oyó;

¡por eso el pecho en su dolor profundo

sintió cubierto de aspereza el mundo!

 

Imágenes bellísimas de amores

fúlgidos rayos de brillante aurora,

frescas coronas de lucientes flores

que un sol de fuego con su luz colora.

Dulces cantos de amor arrobadores

que al delirar el corazón adora;

¡todo voló con la ilusión de un día

rota la flor de la esperanza mía!

 

Las horas que soñé desparecieron,

cual la flor que un torrente arrebató;

y allá en la nada del no ser se hundieron…

¡Que mi espíritu aquí no las halló!…

Tal vez ellas también se arrepintieron

de brindarme el placer que me halagó:

Y huyeron, ¡ay!, a una región lejana

que dice sin cesar: ¡ya no hay mañana!…

 

Mas ¿por qué se fatiga el pensamiento

en indagar el mal de esa partida?

¿Ignoro yo quizá que es como el viento

la dicha que arrullara nuestra vida?

Lo pasado será de hoy más un cuento

que se escuchó veloz…

¡Y correré en este vivir incierto

cual brisa solitaria del desierto!…

 

¿Qué es este miedo aterrador que siento

y esta congoja inalterable y fría,

que cuanto más desvanecerle intento

más se burla mordaz del ansia mía?

¿Quién ése fue que me robó violento

cándida paz que recobrara un día,

clavándole en la mitad del pecho mío

la terrible visión de un desvarío?…

 

¿Por qué en mi acerbo padecer maldigo

mis placeres sin fin, llena de enojos?

¿Por qué «si os amo» alguna vez les digo,

se llenarán de lágrimas mis ojos?

¿Por qué terrible un pensamiento abrigo

que marca mi camino con abrojos,

entrelazando espinas con las flores,

que forman el Edén de mis amores?

 

¡Ay!… yo buscando un lenitivo leve

en el dulce elixir de una esperanza,

siento sin ver que a mi dolor se atreve

el viento asolador de la mudanza:

Las hojas, ¡ay!, de mi placer conmueve

con el soplo voraz de su pujanza;

y la acritud de un pensamiento triste,

me grita sin cesar: «¡La fe perdiste!…

 

«Y perdida la fe… la fe perdida…

Roto el cristal de esa belleza oculta,

el cielo encantandor de nuestra vida

entre pálidas nubes se sepulta…

Su luz tan celestial queda escondida,

¡nuestra la faz aterradora e inculta;

y atmósfera infernal, monte de plonio,

¡pesa en el alma, sin saberse el cómo!…»

 

Yo callo a esa verdad que me despierta

a un mundo de aridez desconocido,

y muevo sin pensar mi planta incierta,

sin buscar ese bien que hallo perdido.

Porque esa flor de mis jardines muerta

nada… y nada no más se ha convertido;

¿y quién la nada en algo convirtiera?

¡Sabio fuera en verdad quien lo dijera!…

 

Cuando pienso que te huyes…

Cuando pienso que te huyes,

negra sombra que me asombras,

al pie de mis cabezales,

tornas haciéndome mofa.

 

Si imagino que te has ido,

en el mismo sol te asomas,

y eres la estrella que brilla,

y eres el viento que sopla.

 

Si cantan, tú eres quien cantas,

si lloran, tú eres quien llora,

y eres murmullo del río

y eres la noche y la aurora.

 

En todo estás y eres todo,

para mí en mí misma moras,

nunca me abandonarás,

sombra que siempre me asombras.

 

De gemidos quejumbrosos

– I –

De gemidos quejumbrosos,

de suspiros lastimeros,

vago suena en el espacio

melancólico concierto…

Son las campanas que tocan…

¡Tocan por los que murieron!

Plañidero el metal vibra,

las regiones recorriendo

de los valles solitarios,

de los tristes cementerios,

y también allá en la hondura

de las almas sin consuelo.

¡Vasto páramo es la mía,

como abrasado desierto,

como mar que no se acaba,

y en ella un sepulcro tengo

más profundo que un abismo,

más ancho que el firmamento,

y al eco de las campanas

que en él se va repitiendo,

los esqueletos se rompen,

de mis pálidos recuerdos!

¿Será cierto que pasaron,

y para siempre murieron?

¿Es verdad que cuanto toco,

cuanto miro y cuanto quiero

todo ilusión me parece,

todo me parece un cuento?…

Y que tuve un tiempo madre

y que ora ya no la tengo…

También un sueño parece,

¡pero qué terrible sueño!

 

– II –

Ayer en sueños te vi…

Que triste cosa es soñar,

y que triste es despertar

de un triste sueño… ¡ay de mí!

 

Te vi… la triste mirada,

lánguida hacia mí volvías,

bañada en lágrimas frías,

hijas de la tumba helada.

 

Y parece que al mirarme,

con tu mirada serena,

todo el raudal de mi pena

se alzaba para matarme.

 

Y también me parecía

que tu acento desolado,

llegando hasta mí pausado:

«¡Ya estoy muerta!», repetía.

 

Y al repetirlo, gimiendo

el eco en el hondo abismo

de mi pecho, iba así mismo

«¡ya estoy muerta!», repitiendo.

 

Y qué terror… qué quebranto

aquel eco me causaba…

Llegué a pensar que me hallaba,

en la región del espanto.

 

Y aunque era mi madre aquélla,

que en sueños a ver tornaba,

ni yo amante la buscaba,

mi me acariciaba ella.

 

Allí estaba sola y triste,

con su enlutado vestido,

diciendo con manso ruido:

«Te he perdido y me perdiste»

 

Y llorábamos… ¡qué horror!

Llorábamos de tal suerte;

ella lágrimas de muerte,

yo lágrimas de dolor.

 

Todo en hosco apartamiento,

como si una extraña fuera,

o cual si herirme pudiera,

con el soplo de su aliento.

 

Y es que el sepulcro insondable,

con sus vapores infectos,

mediaba entre ambos afectos,

de un origen entrañable.

 

Aun en sueños, tan sombría,

la contemplé en su ternura,

que el alma con saña dura,

la amaba y la repelía.

 

¡A la dulce, a la sin par

madre que me llevó el cielo!

¡Ah! ¡Qué amargo desconsuelo

debe su tumba llenar!

 

¡Aquélla a quien dio la vida,

tener miedo de su sombra!

¡Es ingratitud que asombra,

la que en el hombre se anida!

 

Mas tú que tanto has amado,

tú que tanto has padecido,

tú que nunca has ofendido,

y que siempre has perdonado,

 

a la que nació en tu seno

sé que no guardas rencores;

tú toda mieles y amores,

aun de la tumba en el cieno.

 

Ruega, ruega a Dios por mí,

desde tu lecho de espinas,

por donde al cielo caminas

al alejarte de aquí.

 

Y cuando al Dios de ternura,

llegues de gracia cubierta,

dile no cierre su puerta

a esta humilde criatura,

 

porque en santa paz unidas,

donde no hay penas ni olvido,

gocemos en blando nido,

las glorias desconocidas.

 

– III –

Como en un tiempo dichoso

fui al campo por la mañana,

que estaba hermosa y risueña,

que fresca y galana estaba;

fuime al romper de la aurora,

cuando tocaban al alba,

cuando aún los hombres dormían

y los jilgueros cantaban,

saltando de rosa en rosa,

volando de rama en rama.

 

Con su murmurio apacible,

solita la fuente estaba,

bajo el castaño frondoso

que tiernamente la guarda.

Y estaba la verde yerba

toda cubierta de escarcha.

Las tenues lejanas nieblas,

cual vaporosos fantasmas,

vagaban tristes y errantes

sobre las altas montañas.

 

El lejano campanario

sobre las nieblas se alzaba,

con sus graciosos festones,

con su armoniosa campana.

Y en torno al humilde templo,

bajo su sombra guardadas,

veíanse humildes chozas,

aun más que la nieve blancas.

 

¡Cuánta pureza en la atmósfera!

¡Cuánta dulcísima calma,

del cielo azul descendiendo,

en torno se respiraba!

Mas yo vestida de luto

y aun más enlutada el alma,

bajo las ramas del bosque

bajo las ramas paseaba,

soñando en sueños de muerte

que nos rasgan las entrañas.

Paseaba yo silenciosa,

paseaba yo solitaria,

mientras las aguas del río

camino del mar rodaban.

En vano, en vano buscando

al ángel de mi esperanza

que con sus alas ligeras,

hacia los cielos tornara.

¡Pobre ángel! pobre ángel mío…

¡Cuánto en la tierra te amaba!

¡Mas cómo no amarte cuando

tus alas me cobijaban,

si fueron ellas mi cuna,

la cuna en que me arrullabas.

Si fueron mi dulce aliento

y el paño, ay, Dios, de mis lágrimas!

Hora corren hilo a hilo.

Hora mis mejillas bañan,

bañan la tierra que piso

y en su amargura me empapan,

mas nadie viene, ángel mío,

¡ay!, nadie viene a enjugarlas.

 

Ya el sol bañaba las cumbres

de las risueñas montañas,

ya disiparan las nieblas,

las brisas de la mañana;

ya despertaran los hombres,

ya no tocaban al alba,

cuando torné de los campos,

paso tras paso a mi casa.

Dejárala silenciosa

cuando salí a la mañana,

y silenciosa a mi vuelta,

más que las tumbas estaba.

En la solitaria puerta

no hay nadie… ¡nadie me aguarda!

ni el menor paso se siente

en las desiertas estancias.

Mas hay un lugar vacío

tras la cerrada ventana,

y un enlutado vestido

que cual desgajada rama

pende en la muda pared

cubierto de blancas gasas.

No está mi casa desierta,

no está desierta mi estancia…

Madre mía… madre mía,

¡ay!, la que yo tanto amaba,

que aunque no estás a mi lado

y aunque tu voz no me llama,

tu sombra sí, sí… tu sombra,

¡tu sombra siempre me aguarda!

 

Muchos lloran y lloran y se quejan,

y entre quejas y llantos y suspiros,

que hijos son del dolor,

la ruda fuerza del dolor mitigan,

cantando al son de lira cariñosa

con plañidera voz.

Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,

mas en mi seno recogida guardo

la hiel del corazón;

y por eso, vivir, vivo muriendo,

que sentir nadie sin morir pudiera,

¡ay, lo que siento yo!

 

De la torpe ignorancia que confunde…

1

De la torpe ignorancia que confunde

lo mezquino y lo inmenso;

de la dura injusticia del más alto,

de la saña mortal de los pequeños,

¡no es posible que huyáis! cuando os conocen

y os buscan, como busca el zorro hambriento

a la indefensa tórtola en los campos;

y al querer esconderos

de sus cobardes iras, ya en el monte,

en la ciudad o en el retiro estrecho,

¡ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan

y señalan con íntimo contento

cual la mano implacable y vengativa

señala al triste y fugitivo reo.

 

2

Cayó por fin en la espumosa y turbia

recia corriente, y descendió al abismo

para no subir más a la serena

y tersa superficie. En lo más íntimo

del noble corazón ya lastimado,

resonó el golpe doloroso y frío

que ahogando la esperanza

hace abatir los ánimos altivos,

y plegando las alas torvo y mudo,

en densa niebla se envolvió su espíritu.

 

3

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,

¿qué entendéis de sus ansias malogradas?

Vosotros, que gozasteis y sufristeis,

¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?

Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos

son como niebla que disipa el alba,

i qué sabéis del que lleva de los suyos

la eterna pesadumbre sobre el alma!

 

4

Cuando en la planta con afán cuidada

la fresca yema de un capullo asoma,

lentamente arrastrándose entre el césped,

le asalta el caracol y la devora.

 

Cuando de un alma atea,

en la profunda oscuridad medrosa

brilla un rayo de fe, viene la duda

y sobre él tiende su gigante sombra.

 

5

En cada fresco brote, en cada rosa erguida,

cien gotas de rocío brillan al sol que nace;

mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes

al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

 

Henchido está el ambiente de agradables aromas,

las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;

mas él siente que rugen con sordo clamoreo

de sofocados gritos y de amenazas mudas.

 

¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante

hasta las más recónditas profundidades llega;

mas sus hermosos rayos

jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

 

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?

Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,

ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,

o ya del desengaño a la menguada sombra.

 

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,

los pájaros, las flores y los frutos que siembran!

Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo

esa quietud sombría que infunde la tristeza.

 

6

Cada vez huye más de los vivos,

cada vez habla más con los muertos

y es que cuando nos rinde el cansancio

propicio a la paz y al sueño,

el cuerpo tiende al reposo,

el alma tiende a lo eterno.

 

7

Así como el lobo desciende a poblado,

si acaso en la sierra se ve perseguido,

huyendo del hombre que acosa a los tristes,

buscó entre las fieras el triste un asilo.

 

El sol calentaba su lóbrega cueva,

piadosa velaba su sueño la luna

el árbol salvaje le daba sus frutos,

la fuente sus aguas de grata frescura.

 

Bien pronto los rayos del sol se nublaron.

la luna entre brumas veló su semblante,

secóse la fuente, y el árbol nególe,

al par que su sombra, sus frutos salvajes.

 

Dejando la sierra buscó en la llanura

de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;

y a un río profundo, de nombre ignorado,

pidióle aguas puras su labio sediento.

 

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,

la sed que atormenta y el hambre que mata;

¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,

le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

 

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte

agrandan las sombras que en torno le cercan,

allá en lontananza la luz de la vida,

hiriendo sus ojos feliz centellea.

 

Dichosos mortales a quien la fortuna

fue siempre propicia… ¡Silencio!, ¡silencio!,

si veis tantos seres que corren buscando

las negras corrientes del hondo Leteo.

 

De la vida entre el múltiple…

De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,

no, no busquéis la imagen de la eterna belleza,

ni en el contento y harto seno de los placeres,

ni del dolor acerbo en la dura aspereza.

 

Ya es átomo impalpable o inmensidad que asombra,

aspiración celeste, revelación callada;

la comprende el espíritu y el labio no la nombra,

y en sus hondos abismos la mente se anonada.

 

Del antiguo camino a lo largo

Del antiguo camino a lo largo,

ya un pinar, ya una fuente aparece,

que brotando en la peña musgosa

con estrépito al valle desciende.

Y brillando del sol a los rayos

entre un mar de verdura se pierden,

dividiéndose en limpios arroyos

que dan vida a las flores silvestres

y en el Sar se confunden, el río

que cual niño que plácido duerme,

reflejando el azul de los cielos,

lento corre en la fronda a esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,

en donde el silencio sus alas extiende,

y da abrigo a los genios propicios,

a nuestras viviendas y asilos campestres,

siempre allí, cuando evoco mis sombras,

o las llamo, respóndenme y vienen.

 

Del luto de mi noche…

Del luto de mi noche

mi ángel funesto

tejió un velo pesado,

tupido y denso

más que las sombras

que en los hondos abismos

eternas moran.

 

Negome desde entonces

el sol su brillo,

¡ay!, negome la luna

su fulgor tímido,

y la esperanza

no alumbró más el yermo

de mis entrañas.

 

Por eso todo, todo…

para mí ha muerto.

Mudas pasan mis horas

tal como espectros…

Cabe mi oído

sólo se agita el soplo

de los olvidos.

 

Hiende el rayo al peñasco en el monte,

a la nave en el mar la tormenta,

en el aire, el halcón prende al pájaro.

Y en el mar, en el aire, en la tierra,

todos prenden y acosan al hombre

de desgracia acusado y pobreza.

 

Es obligado tema de sensibles cantores

el amor y sus penas, el beso o la mirada

del dulce ser querido, la dicha malograda

o la esperada dicha con sus vagos temores.

 

Después vienen los pájaros, el mar o el arroyuelo,

la tempestad que brama o la brisa sonora

que hace hablar al follaje mientras nace la aurora

o alza la mariposa el inconstante vuelo.

 

Mas ¿qué nube es aquella que, elevada,

llena de luz, por el oriente asoma,

virgen que viene en su pudor velada,

temprana flor con su primer aroma?

¿Quién la que en tronos de zafir sentada,

blanca, pura y sin hiel, dulce paloma,

desciende hacia la tierra en raudo vuelo,

abandonando por la tierra el cielo?

 

¡Es ella! ¡Una mujer! Fuente de vida,

diosa inmortal de pensamiento altivo,

del seno de los ángeles venida

para librar mi corazón cautivo:

es fruto de verdad, fuente querida

de quien mi libre inspiración recibo;

es la que, madre de las madres, lleva,

¡nombre de bendición!, el nombre de Eva.

 

Como las auras del abril, liviana;

como la luz del sol, fuerte y hermosa,

es ella de quien dicen flor temprana,

fuente sellada, estrella misteriosa:

su rostro del color de la mañana,

suelta la blanda cabellera undosa,

la palabra suave, el paso leve

que a su ligero andar las flores mueve.

 

Mas hay en su mirada una tristeza

de inefable amantísimo delirio,

que aumenta el resplandor de su belleza,

la llama santa de un feliz martirio,

¡oh pura fuente de inmortal limpieza,

sobre las ondas desmayado lirio!

¡Oh cuán amada por tus penas eres,

mujer en quien esperan las mujeres!

 

En medio del silencio, allá en la noche,

madre de los misterios,

llenaban el espacio ecos suavísimos,

armónico concierto

de entrecortadas frases y caricias,

de suspiros, de quejas y de besos.

 

¡Ay! Eran él y ella.

Espíritus de fuego,

almas que envueltas en ardiente llama

devoraban placeres y deseos.

 

-La vida es breve… Amémonos -decían.

-¡Tan veloz corre el tiempo!…

Y en su ansia loca, y en su afán ardiente

más que el viento esta vez corrieron ellos.

 

Tras de las largas misteriosas noches

un sol primaveral brilló sereno,

y uno al otro en silencio se miraron

con espanto y con miedo…

 

-Pero si esta es la vida,

-murmuraron después- ¿a qué ir más lejos?

Y cual duerme un cadáver en su tumba

uno en brazos del otro se durmieron.

 

Del mar azul las transparentes olas

Del mar azul las transparentes olas

mientras blandas murmuran

sobre la arena, hasta mis pies rodando,

tentadoras me besan y me buscan.

 

Inquietas lamen de mi planta el borde,

lánzanme airosas su nevada espuma,

y pienso que me llaman, que me atraen

hacia sus salas húmedas.

 

Mas cuando ansiosa quiero

seguirlas por la líquida llanura,

se hunde mi pie en la linfa transparente

y ellas de mí se burlan.

 

Y huyen abandonándome en la playa

a la terrena, inacabable lucha,

como en las tristes playas de la vida

me abandonó inconstante la fortuna.

 

Del rumor cadencioso de la onda

Del rumor cadencioso de la onda

y el viento que muge;

del incierto reflejo que alumbra

la selva o la nube;

del piar de alguna ave de paso;

del agreste ignorado perfume

que el céfiro roba

al valle o a la cumbre,

mundos hay donde encuentran asilo

las almas que al peso

del mundo sucumben.

 

Desolación

Del luto de mi noche

mi ángel funesto

tejió un velo pesado,

tupido y denso

más que las sombras

que en los hondos abismos

eternas moran.

 

Negome desde entonces

el sol su brillo,

¡ay!, negome la luna

su fulgor tímido,

y la esperanza

no alumbró más el yermo

de mis entrañas.

 

Por eso todo, todo…

para mí ha muerto.

Mudas pasan mis horas

tal como espectros…

Cabe mi oído

sólo se agita el soplo

de los olvidos.

 

Hiende el rayo al peñasco en el monte,

a la nave en el mar la tormenta,

en el aire, el halcón prende al pájaro.

Y en el mar, en el aire, en la tierra,

todos prenden y acosan al hombre

de desgracia acusado y pobreza.

 

Es obligado tema de sensibles cantores

el amor y sus penas, el beso o la mirada

del dulce ser querido, la dicha malograda

o la esperada dicha con sus vagos temores.

 

Después vienen los pájaros, el mar o el arroyuelo,

la tempestad que brama o la brisa sonora

que hace hablar al follaje mientras nace la aurora

o alza la mariposa el inconstante vuelo.

 

Mas ¿qué nube es aquella que, elevada,

llena de luz, por el oriente asoma,

virgen que viene en su pudor velada,

temprana flor con su primer aroma?

¿Quién la que en tronos de zafir sentada,

blanca, pura y sin hiel, dulce paloma,

desciende hacia la tierra en raudo vuelo,

abandonando por la tierra el cielo?

 

¡Es ella! ¡Una mujer! Fuente de vida,

diosa inmortal de pensamiento altivo,

del seno de los ángeles venida

para librar mi corazón cautivo:

es fruto de verdad, fuente querida

de quien mi libre inspiración recibo;

es la que, madre de las madres, lleva,

¡nombre de bendición!, el nombre de Eva.

 

Como las auras del abril, liviana;

como la luz del sol, fuerte y hermosa,

es ella de quien dicen flor temprana,

fuente sellada, estrella misteriosa:

su rostro del color de la mañana,

suelta la blanda cabellera undosa,

la palabra suave, el paso leve

que a su ligero andar las flores mueve.

 

Mas hay en su mirada una tristeza

de inefable amantísimo delirio,

que aumenta el resplandor de su belleza,

la llama santa de un feliz martirio,

¡oh pura fuente de inmortal limpieza,

sobre las ondas desmayado lirio!

¡Oh cuán amada por tus penas eres,

mujer en quien esperan las mujeres!

 

En medio del silencio, allá en la noche,

madre de los misterios,

llenaban el espacio ecos suavísimos,

armónico concierto

de entrecortadas frases y caricias,

de suspiros, de quejas y de besos.

 

¡Ay! Eran él y ella.

Espíritus de fuego,

almas que envueltas en ardiente llama

devoraban placeres y deseos.

 

-La vida es breve… Amémonos -decían.

-¡Tan veloz corre el tiempo!…

Y en su ansia loca, y en su afán ardiente

más que el viento esta vez corrieron ellos.

 

Tras de las largas misteriosas noches

un sol primaveral brilló sereno,

y uno al otro en silencio se miraron

con espanto y con miedo…

 

-Pero si esta es la vida,

-murmuraron después- ¿a qué ir más lejos?

Y cual duerme un cadáver en su tumba

uno en brazos del otro se durmieron.

 

Dicen que no hablan las plantas

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,

Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,

Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,

De mí murmuran y exclaman:

—Ahí va la loca soñando

Con la eterna primavera de la vida y de los campos,

Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,

Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

 

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,

Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,

Con la eterna primavera de la vida que se apaga

Y la perenne frescura de los campos y las almas,

Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

 

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,

Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

 

Dos palomas

Dos palomas yo vi que se encontraron

cruzando los espacios

y al resbalar sus alas se tocaron…

 

Cual por magia tal vez, al roce leve

las dos se estremecieron,

y un dulce encanto, indefinible y breve,

en sus almas sintieron.

 

Y torciendo su marcha en un momento

al contemplarse solas,

se mecieron alegres en el viento

como un cisne en las olas.

 

Juntáronse y volaron

unidas tiernamente,

y un mundo nuevo a su placer buscaron

y otro más puro ambiente.

 

Y le hallaron al fin, y el nido hicieron

en blanda cama de azucena y rosas,

y en ella se adurmieron

con las libres y blancas mariposas.

 

Y al despertar sus picos se juntaron,

y en la aurora luciente

sus caricias de amor se retrataron

como sombra riente.

 

Y en nubes de oro y de zafir bogaban

cual ondulante nave

en la tranquila mar, y se arrullaban

cual céfiro süave.

 

Juntas las dos al declinar del día

cansadas se posaban,

y aun los besos el aura recogía

que en sus picos jugaban.

 

Y así viviendo inmarchitables flores

sus días coronaron,

y nunca los amargos sinsabores

sus delicias turbaron.

 

¡Felices esas aves que volando

libres en paz por el espacio corren

de purísima atmósfera gozando!

 

El otoño de la vida

Una tarde de paz en el estío

en que al sopor del caluroso ambiente

se mezclaba lo fresco del rocío.

 

Hora en que el sol su brillantez perdía,

cubierto allá por las doradas nubes

donde hermosas sus luces escondía.

 

Sembrada de azucenas y verdura

selva en verdad de dilatado espacio,

convidaba al reposo y la tristura;

 

y en la pálida sombra que extendían

las ramas de sus árboles frondosos,

misteriosas dulzuras se escondían.

 

Ningún eco cercano se escuchaba,

ni el insecto de espléndidos colores

jugando por los aires revolaba.

 

Parece que en redor todo dormía,

que ni aun el aura entre las blandas flores

con su manso murmullo se sentía.

 

De cuando en vez algún ligero viento

que al mismo tiempo de nacer moría,

cual de un niño que expira el breve aliento.

 

Un eco inusitado produciendo

pasaba entre el verdor de aquel follaje,

y en el espacio al fin se iba extinguiendo.

 

Y al cabo en el silencio adormecidas

las olorosas plantas reposaban

en la sombra fresquísima escondidas.

 

Un joven allí inmóvil descansaba

cabe del pie de carcomida encina,

y una blanda ilusión acariciaba;

 

y el ¡ay!, que postrimero se sentía

de aquella tarde, amortiguado y yerto,

aquel joven tal vez lo recogía…

 

Clavado su mirar en unas flores

que lozanas y bellas se entreabrían,

se encantaba, quizás de sus colores.

 

Y al seguir el instinto que lo impele

con placer una de ellas ha tocado;

mas al instante mismo retrocede.

 

Ve que la flor tan sonrosada y pura

cambiando su color mustia se vuelve

al sentir de su mano la prensura.

 

Y una arruga marcó su blanca frente

al mirar transición tan repentina;

y alguna idea se quemó en su mente…

 

Mas insiste otra vez; la mano alarga

por coger otra flor que era más bella,

y un pensamiento de dolor le embarga

 

al ver también que se doblega y muere

la flor que tan bonita se mecía,

y en vano el joven revivir la quiere.

 

Y también esta vez su frente pura

nublada fue por una idea extraña

mezclada entre vapores de amargura.

 

A poco rato un pajarillo hermoso

de dulce canto y purpurinas alas

que busca en la pradera su reposo,

 

paróse junto al joven que extasiado

mirándole en su vuelo le siguiera

de su rara belleza enamorado.

 

Y al verle que tan cerca se detiene

muy suavísimamente le aprisiona,

y un instante en su mano le contiene.

 

Y el pajarillo entonces aletea

por salir de la cárcel que le oprime,

y pierde su vigor en la pelea.

 

Y al fin, después de que se agita en vano,

su pobre corazón de latir cesa,

y muerto se le queda entre la mano…

 

Estático el joven palabras pronuncia,

que él sólo comprende, que nadie escuchó,

y mira aquel ave que acaso le anuncia

lo que él algún día, quizá presintió.

 

La víctima yerta ligero la tira

a donde las flores marchitas están;

y allí de sus restos los ojos retira,

que acaso el mirarlos tristeza le dan.

 

Y apoya la frente de angustia nublada

al árbol que cerca de sí percibió,

y a poco pensando, quizás en la nada,

cerrando sus ojos durmiendo quedó.

 

Y la selva también que se dormía,

con el joven aquél, en los vapores

que ocultaba la tarde parecía.

 

Y un eco de su fondo se exhalaba,

que al grato son del murmurante arroyo

imperceptible y leve se mezclaba.

 

Y aquel eco sin voz era un aliento,

un respiro vital de aquellas llores

que extendían su aroma por el viento.

 

Una brisa ligera se levanta,

mueve de pronto las dormidas hojas,

y entre las ramas resbalando canta.

 

Y parece que entonces nueva vida,

cobró a su vez la soñolienta tarde

del letargo pesado desprendida.

 

Ya el pájaro cantando voltejea,

y en su vuelo rasante va tocando

la blanca flor que nacarada ondea.

 

Y el lago que tranquilo reposaba

espejo de purísima limpieza

donde un cielo de azul se reflejaba,

 

manso viento que pasa y se desliza

su blanda superficie apenas mueve

y en leves ondas su tersura riza.

 

Todo revive, al parecer, y abierta

la senda de otra vida, se percibe;

mas el joven aquél aún no despierta.

 

Una paloma silvestre

ligera viene y se posa

en el árbol do reposa

el joven que se durmió.

 

Ya su cantar poco dulce

marchóse el blando beleño

de su pacífico sueño;

y el joven se levantó.

 

La vista tiende en la selva

para despedirse acaso,

mas tras él sintiendo el paso

de algún animado ser,

 

vuelve la cabeza y mira

un niño que juguetea,

y contento se recrea

con inocente placer;

 

y que en su mano lozanas

las flores marchitas antes,

con sus colores brillantes

volvieron a relucir;

 

y el pájaro que doliente

entre sus manos muriera,

ora cantando volviera

con su hermosura a vivir.

 

Entonces el joven

del caso presente

la causa a su mente

pregunta, y la halló.

 

Y en tanto que el niño

risueño jugaba,

su labio marcaba

sonrisa que heló.

 

La duda presiente

que acaso a su vida

por siempre irá unida

fatal predicción…

 

Suspira y su labio

murmura una queja,

y huyendo se aleja

de aquella visión.

 

Luego un eco

en el espacio

muy despacio

se perdió,

y en los valles

extendido

escondido

murmuró,

con raro

vago

son:

 

«Al que en la vida una vez

mira la fe ya perdida

que acarició su niñez

y la terrible vejez

siente venir escondida;

quien contempla la ilusión

de su esperanza soñada

muriendo en el corazón

al grito de la razón

¿qué es lo que queda?… ¡nada!…»

 

En las riberas vagando…

En las riberas vagando

de la mar, las verdes olas

mira Argelina y contando

las horas que van pasando

vierte lágrimas a solas.

 

Sus lindos ojos de cielo

en el horizonte fija,

por ver si encuentra un consuelo

¡mas ay!, que es vano el anhelo

que su corazón cobija.

 

Su amante le dijo allí

desde su buque velero:

«Aguarda Argelina aquí:

Que si hoy dejarte prefiero,

mañana vendré por ti.»

 

Y entera la noche larga

que silenciosa corría

vio pasar; pero en su impía,

cruel desventura amarga

no vio que su bien volvía.

 

Y el día también llegó:

Mas fue que llegara en vano,

que el bien que ansiosa esperó,

consuelo del mal tirano,

por el mar no pareció.

 

Y allí todavía está

mirando a la mar movible,

por ver si la mar le da

lo que tal vez imposible

para Argelina será.

 

Y viendo al fin reducidas

sus esperanzas en nada,

viendo en el viento esparcidas,

las ilusiones perdidas,

su bienandanza frustrada;

 

mirando al bien que se aleja

con su fugitivo encanto,

dijo en tristísima queja:

«¿Por qué tan sola me deja,

cuando yo le amaba tanto?

 

¿Por qué si tras él corrí?

¿Por qué si hasta aquí llegué?

¿Por qué si tanto esperé

a verle más no volví?

 

¿No comprendió que sin él,

fuera un tormento mi vida,

donde guardara escondida

llena una copa de hiel?

 

¡Adiós, ventura de un día!

¡Adiós, delicia soñada,

donde he mirado estampada

toda la esperanza mía!

 

¡Ya nunca más te veré,

que el rudo penar que siento

me irá consumiendo lento,

y de dolor moriré!

 

¡Adiós, hermosa ribera

donde mi esperanza dejo

ya para siempre me alejo

de tu orilla placentera.

 

Mas si viniendo él aquí

oyeras su dulce canto,

contéstale, dile cuánto,

cuánto por él padecí!…»

 

En los ecos del órgano, o en el rumor del viento

En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,

en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,

te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,

sin encontrarte nunca.

Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido

otra vez de la vida en la batalla ruda,

ya que sigue buscándote y te adivina en todo,

sin encontrarte nunca.

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,

hermosura sin nombre, pero perfecta y única.

Por eso vive triste, porque te busca siempre,

sin encontrarte nunca.

 

En un álbum

Te vi una vez de niña;

me pareciste flor de primavera

o capullo de rosa que exhalase

su virginal esencia.

 

Ahora dicen todos

que eres mujer bella…

¡Quiera Dios que en el lecho de las vírgenes

por largo tiempo en largo sueño duermas!

 

¡Que es el sueño más dulce

que duermen las hermosas en la Tierra!

 

Era apacible el día

Era apacible el día

Y templado el ambiente,

Y llovía, llovía

Callada y mansamente;

Y mientras silenciosa

Lloraba y yo gemía,

Mi niño, tierna rosa

Durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!

Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

 

Tierra sobre el cadáver insepulto

Antes que empiece a corromp-erse… ¡tierra!

Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,

Bien pronto en los terrones removidos

Verde y pujante crecerá la yerba.

 

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,

Torvo el mirar, nublado el pensamiento?

¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!…

Jamás el que descansa en el sepulcro

Ha de tornar a amaros ni a ofenderos

¡Jamás! ¿Es verdad que todo

Para siempre acabó ya?

No, no puede acabar lo que es eterno,

Ni puede tener fin la inmensidad.

 

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma

Te espera aún con amoroso afán,

Y vendrá o iré yo, bien de mi vida,

Allí donde nos hemos de encontrar.

 

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas

Que no morirá jamás,

Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,

A desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable

Yo te hallaré y me hallarás.

No, no puede acabar lo que es eterno,

Ni puede tener fin la inmensidad.

 

Mas… es verdad, ha partido

Para nunca más tornar.

Nada hay eterno para el hombre, huésped

De un día en este mundo terrenal,

En donde nace, vive y al fin muere

Cual todo nace, vive y muere acá.

 

Era una noche en que el viento…

Era una noche en que el viento

con sordo acento mugía,

y en que no más se sentía

del trueno el ronco fragor.

 

Y en sombras la tierra envuelta

como en un fúnebre manto,

miedo causaba y espanto

al pecho de más valor.

 

Nadie en tan hórrida noche

cruzar tal vez se atreviera,

ni del valle la pradera,

ni la calle en la ciudad.

 

Que es mucho el fiero estampido

que suena en el firmamento

al rudo choque violento

de la recia tempestad.

 

Do quiera en torno se mire

sólo las sombras parecen,

que en sus misterios ofrecen

genios que ocultos están.

 

Vagos fantasmas que corren

sus negras alas batiendo,

y a su alredor extendiendo

miedos que vienen y van.

 

Si algún mortal aún despierto

noche tan cruda mirara,

hacia su lecho tornara

para esconderse y dormir;

 

arrebujado y hundido

de su colchón en la pluma

queriendo el mal que le abruma

con blando sueño extinguir.

 

Y, sin embargo, velando

una mujer algo espera,

que mira inquieta la esfera

de un anticuado reló:

 

del que la aguja dorada,

girando siempre impasible,

vio que pasando terrible

las doce en punto marcó.

 

Volvióse pálida entonces,

y en su lozana mejilla

triste una lágrima brilla

de agudo e intenso dolor.

 

Y un ¡ay!, de acerba congoja,

cual del que en su bienandanza

pierde toda la esperanza,

mezcló del viento al rumor.

 

Y exclama con triste queja:

«Ya son las doce, ¡Dios mío!

Ya mi esperanza se aleja

que así el perjuro me deja

sola llorar su desvío.

 

¿Por qué en su amor me creí?

¿Por qué cifré la esperanza

del tierno afán que sentí

prisma luciente que vi

mar de fingida bonanza?

 

Ya tantas noches pasaron

que aquí velando esperé,

y silenciosas marcharon,

y entre su sombra llevaron

la dicha que acaricié.

 

Y ni un consuelo a mi afán

sus vanas sombras trajeron

que en mí burlándose están;

y que hoy también fingirán

cual otras veces fingieron.

 

¡Ay!… Cuando al fin se despierta

de un sueño dulce de amores

para contemplar desierta

la ventura que cubierta

se vio de risueñas flores;

 

cuando mentira se advierte

grata delicia que un tiempo

vivió con el alma fuerte,

se mira en torno la muerte

vagando del pensamiento;

 

ni trina el ave sonora,

ni el aura murmullo tiene,

ni luce alegre la aurora,

y hasta la vida se ignora

si algún recuerdo contiene.

 

Corran veloces las horas

marchen las horas despacio,

heladas o abrasadoras

se esconden siempre traidoras

en la nada de un espacio…

 

¡Oh Dios! Si el año de gloria

que entre caricias fue huyendo,

trocóse en dicha ilusoria

para abrasar mi memoria

que ha de acordar padeciendo,

 

más me valiera morir,

que el rudo penar que siento

tener asaz que sufrir,

y entre el dolor maldecir

la fe de mi pensamiento.»

 

Así entre pena y dolores

aquella noche pasaba,

y la infeliz lamentaba

de la suerte los rigores.

 

Cuando en el aire sonó

leve palmada ligera,

y entonces la joven fuera

de la ventana miró,

 

y algo de bueno sus ojos

allá en la sombra encontraron,

que el ceño adusto dejaron

de sus sentidos enojos.

 

Plática dulce de amores

a poco rato se oía,

y un hombre a Inés la decía

para calmar sus temores:

 

-¡Cuánto sufrí vida mía!…

¡Cuántas congojas de muerte

al ver pasaban sin verte

un día tras otro día!

 

Tú comprender no podrás

cómo esas noches tan largas

me habrán parecido amargas

cual no lo fueron jamás.

 

En mis insomnios creí

que en tanto por mí esperabas,

de la pura fe dudabas

de quien penaba por ti:

 

de quien sin miedo avanzó

por la tormenta impasible

luego que un medio posible

para venir alcanzó.

 

-¿Por qué la noche has faltado

que aquí venir me juraste?

-Porque la fortuna al traste

dio con mi intento soñado.

 

Quise a tu lado volver

cuando así lo prometiera,

mas cual si la suerte fuera

mi grato plan a torcer,

 

asuntos de gran valía

el tiempo aquel me robaron,

y de cumplir me privaron

la grata esperanza mía.

 

Y en mi castillo esperé

llegase el ansiado instante

para decirte que amante

nunca de ti me olvidé.

 

Al escuchar, dijo Inés,

ese lenguaje que adoro,

percibo un rico tesoro

de mi esperanza a través;

 

y marcha el dolor impío

de mis acerbos pesares

cual se disipa en los mares

la niebla con el rocío.

 

Mas queda envuelta en el hondo

de esa ventura que pasa

ceniza ardiente que abrasa

mi corazón hasta el fondo…

 

Siempre escondido en mi pecho

cierto secreto guardé,

y en mi dolor lo oculté

llena de amargo despecho.

 

Y fue la historia fatal

que aquí una vez me contaron,

cuyos detalles grabaron

el corazón por mi mal.

 

Y hoy sus misterios diré,

porque abrasando mi alma

roban la paz y la calma

que tanto tiempo gocé.

 

Dijeron que una mujer

de alto linaje y renombre

quiso la dieses tu nombre…

tu hermosura y tu poder.

 

Y tú cual joven de honor

con su buen padre trataste,

y tu palabra empeñaste

de consagrarla tu amor.

 

Y que de un valle al confín

sólo con ella has hablado,

y que en recuerdo te ha dado

una flor de su jardín.

 

Tú con afán la cogiste,

y con amor la besaste,

y por su emblema juraste…

lo que tal vez no cumpliste…

 

Dime si es esto verdad:

que más engaños no quiero…

Y más morirme prefiero

que dudar de tu lealtad.

 

-Los cielos testigos son

que si tal ha sucedido,

contestó el galán, sumido

en rara meditación,

 

ni a la palabra falté

que en ese tiempo haya dado,

ni al proferir que te amado

querida Inés te engañé.

 

Si algún juramento di,

a recordar sólo acierto,

que ha sido a un hombre que ha muerto

a quien tal cosa ofrecí.

 

Mas ella… murió también…

Y en el morir… todo acaba…

Por eso a ti te llamaba

mi solo y único bien.

 

Cuando al venir a tu casa

por el cementerio paso,

siempre me asalta al acaso

algún recuerdo que abrasa.

 

Mas luego que lejos estoy

de aquel lugar funerario,

con pensamiento más vario

a ti acercándome voy.

 

Y tus caricias de amor

con su dulcísimo aliento

disipan del pensamiento

los recuerdos de la flor.

 

Así su amante a Inés constancia eterna

y gloria al porvenir la prometía,

y ella escuchando apasionada y tierna

su fe volver al corazón sentía.

 

Y se entregó de la esperanza en brazos,

gozó feliz con su vivir presente,

volvió a anudar los desunidos lazos,

y en el placer adormeció su frente.

 

Mas, ¡ay!, que la aventura acá en la vida

es niebla que fugaz se disipó,

seca flor que en el tronco suspendida

la ráfaga más tenue desprendió.

 

Y también es verdad que si hay un día

que el alma en paz de venturanza goza

entre el rudo estertor de la agonía,

lucha en vano después y se destroza.

 

No hay goce, no, que duradero sea,

ni placer que no envuelva una mortaja,

la flor que más lozana se recrea

marchita de su tronco se desgaja.

 

Y si algún ser entre delicias ciento

vio resbalar su juventud temprana,

sentirá la vejez del pensamiento

que ha de luchar con su dolor mañana.

 

Y tendrá que pagar ese tributo

que nos pide de lágrimas la vida,

¡que es en verdad el sazonado fruto

que dejamos al fin de la partida!…

 

Ved a Inés pobre mujer

que disipados ya mira

sus pesares,

 

cómo volviendo al placer

llena de gozo delira

en sus cantares.

 

Mirad cómo al joven vate

que la enamora risueño,

le acaricia

 

cómo el corazón le late

y siente un suave beleño

de delicia.

 

Ya le parece que el mundo

es un jardín encantado

que los mece,

 

sin ver el daño profundo

que, aunque de flores sembrado,

les ofrece.

 

Y nada en el porvenir

la arredra ni la amedrenta,

ni allí mira,

 

que en el placer de sentir

vana quimera sustenta,

y aun delira.

 

¡Quién pudiera prolongar

tanta delicia en un punto

solamente!…

 

¡Mas, ¡ay!, que habrá que pagar

cuanta ventura en conjunto

vio su mente!…

 

Si tal su placer ha sido,

si amor tan grande sintió,

tal será el dolo;

 

y buscando un bien perdido,

verá que pronto se halló

con llanto solo!…

 

La noche avanzaba

la aurora viniendo

su luz extendiendo

la tierra cubrió.

 

Cesó la tormenta

que ha poco mugía,

lejano moría

su triste rumor.

 

La atmósfera libre

de negros vapores

los varios colores

dejaba lucir,

 

de rosas tempranas,

de pájaros ciento

que, alegres, al viento

volaban sin fin.

 

Reflejo el primero

de un sol que nacía

muy tenue venía

la escena a alumbrar,

 

de Inés y su amante

que en grata victoria

cien mundos de gloria

forjándose están.

 

Ni cuentan las horas

que corren perdidas,

ni ven que extinguidas

las sombras van ya.

 

Felices murmuran

promesas sin cuento,

cenizas que al viento

mañana serán,

 

Inés que contempla

tan sólo a su amante,

ni mira adelante,

ni atrás recordó.

 

La dicha presente

quizá se ha fingido

que eterna habrá sido,

y el mal olvidó.

 

Mas de pronto su semblante

de amarillo se ha cubierto,

como flor que en el desierto

marchitada al viento fue.

 

Y fijando su mirada

en un punto solamente,

preguntando está a su mente

si es mentira lo que ve…

 

Blanca flor que se desprende

del jubón de su querido,

cual semblante dolorido

de una virgen que murió.

 

Cuyas hojas ya marchitas

la figura representan

de bellezas que se ahuyentan

la memoria que quedó:

 

Fue lo que de Inés atrajo

la atención con tanto empeño,

lo que al fin vio no era sueño

sino triste realidad.

 

Fue lo que la horrible duda

con los celos le ha devuelto,

densa nube que ha disuelto

por su vida una verdad.

 

-Tú me fingiste, al punto exclama:

Ésa es la flor del juramento,

esa mujer que amaste vive:

No me engañó mi pensamiento.

 

¡Ay!, si después que en ti he fiado

miro que es falso tu querer:

Si das en premio a mis afanes

sólo un eterno padecer;

 

y si después que derramaste

bálsamo dulce en mi existir,

amarga hiel no más me dejas

que aprovechar al porvenir…

 

Valiera más que me mataras

que así dejarme, ¡oh, Dios!, mirar

que en brazos de otra mis caricias

ya para siempre olvidarás.

 

Esa flor, ¡ay!, lo dice todo,

y ahora al mirarla ya perdí

la tierna fe, la dicha dulce

que en tus caricias recogí…

 

-Calma tu afán, la dice el joven

algo turbado al parecer,

causa no fue lo que ahora has visto

para aumentar tu padecer.

 

Es esta flor, yo te lo juro,

emblema santo que respeto,

nada profano en torno encierra,

es de mi fe dulce amuleto.

 

Yo la encontré lozana y bella,

pero tan triste en su color,

que creo vi por su corola

cierto reflejo de dolor.

 

Y la cogí, y aquí guardada

la puse junto al corazón;

y nadie supo que escondía,

quizá… fatal profanación…

 

-Dámela, dijo Inés: Yo quiero

verla en mi frente relucir,

y así tal vez la fe perdida

vuelva en mi pecho a revivir.

 

-¿Sabes Inés lo que me pides?

¿Quieres lucir con esa flor…?

¿Sabes quizá si en ti brillara

con un siniestro resplandor?

 

-¡Es su recuerdo no lo dudo

cuando la niegas a mi afán!…

-Tómala Inés, él la responde;

¡sus hojas, ¡ay!, te abrasarán!

 

¿Sabes por qué yo la escondía

por qué a tu afán se la negué…?

Voy a contarte al fin la historia

que siempre oculta reservé.

 

Era una noche pura,

tan clara como el día,

la luna repartía

su pálido fulgor.

 

Y yo en mi capa envuelto,

siguiendo mi destino

marchaba en mi camino

sin miedo ni temor.

 

Ningún recuerdo entonces

de la pasada historia

turbaba mi memoria

ni me hizo padecer.

 

Ningún eco sentido

cruzó mi pensamiento,

ni un ¡ay!, de sentimiento

de mágico poder.

 

Mas sin pensar, mis ojos

cercano divisaron

un punto, a do tornaron,

de extraño resplandor.

 

Y allí marchando pronto,

bajéme y vi crecida

sobre su tallo erguida

la contristada flor.

 

Parece que me dijo

al acercarme a ella:

«La esencia soy de Estrella

contigo quiero estar;

 

si no me llevas pronto

marchita ya y sin vida,

ya mi aroma esparcida

por siempre quedará.»

 

Y allí junto a la losa

de su sepulcro estaba;

y allí me demandaba

recuerdos que olvidé;

 

que ocultos en un mundo

corrieron escondidos,

donde vagar perdidos

por siempre los dejé.

 

La recogí al momento,

y en mí guardada estuvo,

su esencia se contuvo

sin escapar de mí.

 

Y nunca esa flor triste

privó de que te amara,

ni nunca ella esperara

lo que he encontrado en ti.

 

Si oyendo aquesta historia

llevártela quisieras,

sin duda no tuvieras

ni fe ni corazón.

 

Que aquel que no respeta

las prendas de los muertos,

sus pasos tan inciertos

serán cual su razón.

 

Sonora una carcajada

lanzó Inés al fin del cuento,

burlando el raro portento

de la malhadada flor.

 

Y con extraña sonrisa

dijo, mirando a un espejo:

«Verás cual brilla de lejos

su amarillento color.»

 

Mas la flor en su negra cabellera

tan mustia y macilenta se volvió,

cual luz que moribunda se extinguiera,

después que algún sepulcro iluminó;

 

y aquel extraño relucir sin vida,

tristeza tanta en su semblante vierte,

que aun más que aquella flor descolorida,

se parece a la sombra de la muerte.

 

Ella volvió los aterrados ojos,

hacia el hombre que estático la mira,

y encontrólos quizá llenos de enojos,

que con afán y con dolor suspira.

 

Mas él mudo quedó: ni un eco amargo,

ni dulce son atravesó su aliento,

y aquel instante indefinible y largo

fue el más rudo tal vez del sentimiento.

 

Y, ¡ay!, por fin un adiós… voz la postrera,

siniestra por la estancia resonó;

y un momento después… nada allí había,

¡todo en silencio sepulcral durmió!…

 

Contaban meses después,

que cierta joven hermosa,

habiendo puesto una rosa

que en un sepulcro nació,

 

presa en su negro cabello

para lucirse más bella,

la flor, prendiéndose en ella,

jamás su frente dejó.

 

Que allí marchita y ajada

se fue la rosa quedando,

y que la joven secando

sintió con la flor su sien.

 

Y cuando al fin ya del todo

la flor se quedó sin vida,

la joven con ella unida

murió marchita también.

 

Y cada cual con espanto

viendo su tumba contaba,

que aquel sepulcro guardaba

La rosa del Campo Santo.

Poemas de Rosalía de Castro

Errantes, fugitivas, misteriosas

Errantes, fugitivas, misteriosas,

tienden las nubes presuroso el vuelo,

no como un tiempo cándidas y hermosas,

sí llenas de amargura y desconsuelo.

 

Más allá… más allá… siempre adelante

prosiguen sin descanso su carrera;

bañado en llanto el pálido semblante,

con que riegan el bosque y la pradera.

 

Que enojada la mar donde se miran

y oscurecido el sol que las amó,

sólo saben decir cuando suspiran:

Todo para nosotras acabó.

 

Es el abismo el que le atrae…

Es el abismo el que le atrae

desde su fondo más oscuro,

para que deje esta vida tan triste

que él ve cubierta de eterno luto.

 

No bien una sombra se disipa

otra se agranda… se agranda y le envuelve

sin que adivine por qué ha venido,

por qué le busca, ni qué le quiere,

pero le aterra y le acobarda

y a donde va le sigue siempre.

 

Si algún dolor abandona su alma,

otro más vivo y más intenso,

en sus entrañas haciendo el nido,

para él inventa nuevos tormentos,

mucho más hondos y más terribles

siempre los últimos que los primeros.

 

Un mal espíritu, algún demonio

de cuantos hay el más cruel

ha presidido su nacimiento

y oculto guía siempre su pie

hacia los bordes de la alta sima

a ver si puede verle caer.

 

Vacila su planta ya… y sus ojos

vagos se fijan en lo infinito,

que él cree imagen de la nada;

pero le atrae… le atrae el vacío

en donde flotas, genio invisible,

siempre llamándole hacia el abismo.

 

Y cae al fin… y nadie sabe,

ni nadie pregunta por qué ha caído.

 

Estaciones

Adivínase el dulce y perfumado

calor primaveral;

los gérmenes se agitan en la tierra

con inquietud en su amoroso afán,

y cruzan por los aires, silenciosos,

átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil; se exalta

lleno de aliento el corazón, y audaz

el loco pensamiento sueña y cree

que el hombre es, cual los dioses, inmortal.

No importa que los sueños sean mentira,

ya que al cabo es verdad

que es venturoso el que soñando muere,

infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste

todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!…

la que ayer fue capullo, es rosa ya,

y pronto agostará rosas y plantas

el calor estival.

Candente está la atmósfera;

explora el zorro la desierta vía:

insalubre se torna

del limpio arroyo el agua cristalina,

el pino aguarda inmóvil

los besos inconstantes de la brisa.

Imponente silencio

agobia la campiña;

sólo el zumbido del insecto se oye

en las extensas y húmedas umbrías;

monótono y constante

como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,

la hora del mediodía,

noche en que al hombre de luchar cansado

más que nunca le irritan,

de la materia la imponente fuerza

y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches de invierno frío,

nuestras viejas amantes de otros días!

Tornad con vuestros hielos y crudezas

a refrescar la sangre enardecida

por el estío insoportable y triste…

¡Triste!… ¡Lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,

¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?

Hermosas son las estaciones todas

para el mortal que en sí guarda la dicha;

mas para el alma desolada y huérfana,

no hay estación risueña ni propicia.

 

Fragmentos

Cuando miré de soledad vestida

la senda que el destino me trazó,

sentí en un punto aniquilar mi vida.

 

¡Cuando infeliz me contemplé perdida

y el árbol de mi fe se desgajó,

tuvieron, ¡ay!, para llorar mis ojos

de amargura y de hiel tristes despojos!

 

¡La nada contemplé que me cercaba,

y… al presentir mi aterrador quebranto,

miré que solitaria me anegaba

en un mar de dolores y de llanto!

 

¡Nadie ni amor ni compasión cantaba,

ni un ángel me cubrió bajo su manto,

sólo la voz mi corazón oía

de la última ilusión que se perdía!…

 

Ya marchita la flor de mi esperanza

vi revolar no más en torno mío,

vaga esfera sin luz que nunca alcanza

dar resplandor a un corazón ya frío.

 

Vano es el ¡ay! que desgarrado lanza

por el dolor de ese vivir sombrío:

¡La oscuridad de esa existencia muerta,

cierra de un bien al porvenir la puerta!

 

La risa y el sarcasmo por doquiera

que fuera yo mi corazón palpaba,

y doquiera también que me escondiera,

¡ay!, la risa sardónica encontraba.

 

No hubo un rincón donde vivir pudiera,

no hubo esa paz que con afán buscaba;

¡guerra sin fin, fatídica existencia,

fue en mi vivir la delicada esencia!

 

Y rotas ya de la existencia mía

de paz y amor las ilusiones bellas,

llenas de horror las contemplé en un día

cual en cielo sin luz, muertas estrellas:

Su oscuridad mi porvenir partía,

mi fe y mi paz se confundió con ellas;

¡que eran del alma indisolubles lazos

que se fueron al fin, hechas pedazos!

 

Al caminar después por mil abrojos

mi frente juvenil se marchitó,

y al sentir las espinas en mis ojos

de angustia el corazón se poseyó;

luego al cielo exclamé puesta de hinojos,

y el cielo mis clamores no advirtió;

y sola combatí con mis pesares

¡lágrimas tristes derramando a mares!

 

Padecer y morir: Tal era el lema

que en torno mío murmurar sentí,

y mirando en redor de espanto llena,

su fatídico emblema comprendí;

y al ver el torcedor que me encadena

de espanto y de temor retrocedí…

¡Sola era yo con mi dolor profundo

en el abismo de un imbécil mundo!

 

Y buscando un apoyo, una caricia,

el eco «Soledad» me respondió:

Y cual cauce que ronco se desquicia

fatídico en mi pecho resbaló,

regalándome a un tiempo una delicia

que heló mi sien, y el porvenir mató;

que era fría y glacial como ella sola,

¡y aun sin querer, el corazón guardóla!

 

La soledad… cuando en la vida un día

circunda nuestra frente su fulgor,

un mundo de mortal melancolía

nos presenta un fantasma aterrador,

quitándole a las aves su armonía,

cubriendo de la luz el resplandor:

¡Noche sin fin al porvenir avanza

ahuyentando el amor y la esperanza!

 

Por eso, ¡ay Dios!, al caminar aún pura

entre inmundicias mil que tropecé,

llenaron de dolor y desventura

la hermosa realidad con que soñé:

Terrible asolación, esencia impura

lanzaron al Edén que acaricié;

y aquel Edén se convirtió en infierno

¡triste ilusión de mi dolor eterno!

 

Hoy yerto el corazón, falto de vida,

horas de horror e insensatez presiente,

largas horas sin fin que en la partida

marchitan su ilusión, secan su ambiente.

Y al dejar su ilusión seca y perdida,

vana esperanza el porvenir le miente;

sabe muy bien que esa esperanza es vana

¡sombra fugaz de su primer mañana!

 

Cubierto de sombríos nubarrones

un cielo en lontananza divisó,

y un canto singular de maldiciones

en sus bóvedas altas retumbó.

Rasgaban al pasar esas canciones

el alma del que triste las oyó;

¡por eso el pecho en su dolor profundo

sintió cubierto de aspereza el mundo!

 

Imágenes bellísimas de amores

fúlgidos rayos de brillante aurora,

frescas coronas de lucientes flores

que un sol de fuego con su luz colora.

Dulces cantos de amor arrobadores

que al delirar el corazón adora;

¡todo voló con la ilusión de un día

rota la flor de la esperanza mía!

 

Las horas que soñé desparecieron,

cual la flor que un torrente arrebató;

y allá en la nada del no ser se hundieron…

¡Que mi espíritu aquí no las halló!…

Tal vez ellas también se arrepintieron

de brindarme el placer que me halagó:

Y huyeron, ¡ay!, a una región lejana

que dice sin cesar: ¡ya no hay mañana!…

 

Mas ¿por qué se fatiga el pensamiento

en indagar el mal de esa partida?

¿Ignoro yo quizá que es como el viento

la dicha que arrullara nuestra vida?

Lo pasado será de hoy más un cuento

que se escuchó veloz…

¡Y correré en este vivir incierto

cual brisa solitaria del desierto!…

 

¿Qué es este miedo aterrador que siento

y esta congoja inalterable y fría,

que cuanto más desvanecerle intento

más se burla mordaz del ansia mía?

¿Quién ése fue que me robó violento

cándida paz que recobrara un día,

clavándole en la mitad del pecho mío

la terrible visión de un desvarío?…

 

¿Por qué en mi acerbo padecer maldigo

mis placeres sin fin, llena de enojos?

¿Por qué «si os amo» alguna vez les digo,

se llenarán de lágrimas mis ojos?

¿Por qué terrible un pensamiento abrigo

que marca mi camino con abrojos,

entrelazando espinas con las flores,

que forman el Edén de mis amores?

 

¡Ay!… yo buscando un lenitivo leve

en el dulce elixir de una esperanza,

siento sin ver que a mi dolor se atreve

el viento asolador de la mudanza:

Las hojas, ¡ay!, de mi placer conmueve

con el soplo voraz de su pujanza;

y la acritud de un pensamiento triste,

me grita sin cesar: «¡La fe perdiste!…

 

«Y perdida la fe… la fe perdida…

Roto el cristal de esa belleza oculta,

el cielo encantandor de nuestra vida

entre pálidas nubes se sepulta…

Su luz tan celestial queda escondida,

¡nuestra la faz aterradora e inculta;

y atmósfera infernal, monte de plonio,

¡pesa en el alma, sin saberse el cómo!…»

 

Yo callo a esa verdad que me despierta

a un mundo de aridez desconocido,

y muevo sin pensar mi planta incierta,

sin buscar ese bien que hallo perdido.

Porque esa flor de mis jardines muerta

nada… y nada no más se ha convertido;

¿y quién la nada en algo convirtiera?

¡Sabio fuera en verdad quien lo dijera!…

 

Hojas marchitas

Las rosas en sus troncos se

secaron,

los lirios blancos en su tallo erguidos

secáronse también,

y airado el viento arrebató sus hojas,

arrebató sus hojas perfumadas

que nunca más veré.

 

Otras rosas después y otros jardines

con lirios blancos en su tallo erguidos

he visto florecer;

mas ya cansados de llorar mis ojos,

en vez de llanto en ellos, derramaron

gotas de amarga hiel.

 

Hora tras hora, día tras día

Hora tras hora, día tras día,

Entre el cielo y la tierra que quedan

Eternos vigías,

Como torrente que se despeña

Pasa la vida.

 

Devolvedle a la flor su perfume

Después de marchita;

De las ondas que besan la playa

Y que una tras otra besándola expiran

Recoged los rumores, las quejas,

Y en planchas de bronce grabad su armonía.

 

Tiempos que fueron, llantos y risas,

Negros tormentos, dulces mentiras,

¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,

En dónde, alma mía?

 

La canción que oyó en sueños el viejo

A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho

vuelve a agitarse ansioso de glorias y de amor.

¡Loco…!, corre a esconderte en el asilo oscuro

donde ya no penetra la viva luz del sol.

 

Aquí tu sangre torna a circular activa,

y tus pasiones tornan a rejuvenecer…

huye hacia el antro en donde aguarda resignada

por la infalible muerte la implacable vejez.

 

Sonrisa en labio enjuto hiela y repele a un tiempo;

flores sobre un cadáver causan al alma espanto;

ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera

busques cuando tu vida llegó triste a su ocaso.

 

La rosa del campo santo

Era una noche en que el viento

con sordo acento mugía,

y en que no más se sentía

del trueno el ronco fragor.

 

Y en sombras la tierra envuelta

como en un fúnebre manto,

miedo causaba y espanto

al pecho de más valor.

 

Nadie en tan hórrida noche

cruzar tal vez se atreviera,

ni del valle la pradera,

ni la calle en la ciudad.

 

Que es mucho el fiero estampido

que suena en el firmamento

al rudo choque violento

de la recia tempestad.

 

Do quiera en torno se mire

sólo las sombras parecen,

que en sus misterios ofrecen

genios que ocultos están.

 

Vagos fantasmas que corren

sus negras alas batiendo,

y a su alredor extendiendo

miedos que vienen y van.

 

Si algún mortal aún despierto

noche tan cruda mirara,

hacia su lecho tornara

para esconderse y dormir;

 

arrebujado y hundido

de su colchón en la pluma

queriendo el mal que le abruma

con blando sueño extinguir.

 

Y, sin embargo, velando

una mujer algo espera,

que mira inquieta la esfera

de un anticuado reló:

 

del que la aguja dorada,

girando siempre impasible,

vio que pasando terrible

las doce en punto marcó.

 

Volvióse pálida entonces,

y en su lozana mejilla

triste una lágrima brilla

de agudo e intenso dolor.

 

Y un ¡ay!, de acerba congoja,

cual del que en su bienandanza

pierde toda la esperanza,

mezcló del viento al rumor.

 

Y exclama con triste queja:

«Ya son las doce, ¡Dios mío!

Ya mi esperanza se aleja

que así el perjuro me deja

sola llorar su desvío.

 

¿Por qué en su amor me creí?

¿Por qué cifré la esperanza

del tierno afán que sentí

prisma luciente que vi

mar de fingida bonanza?

 

Ya tantas noches pasaron

que aquí velando esperé,

y silenciosas marcharon,

y entre su sombra llevaron

la dicha que acaricié.

 

Y ni un consuelo a mi afán

sus vanas sombras trajeron

que en mí burlándose están;

y que hoy también fingirán

cual otras veces fingieron.

 

¡Ay!… Cuando al fin se despierta

de un sueño dulce de amores

para contemplar desierta

la ventura que cubierta

se vio de risueñas flores;

 

cuando mentira se advierte

grata delicia que un tiempo

vivió con el alma fuerte,

se mira en torno la muerte

vagando del pensamiento;

 

ni trina el ave sonora,

ni el aura murmullo tiene,

ni luce alegre la aurora,

y hasta la vida se ignora

si algún recuerdo contiene.

 

Corran veloces las horas

marchen las horas despacio,

heladas o abrasadoras

se esconden siempre traidoras

en la nada de un espacio…

 

¡Oh Dios! Si el año de gloria

que entre caricias fue huyendo,

trocóse en dicha ilusoria

para abrasar mi memoria

que ha de acordar padeciendo,

 

más me valiera morir,

que el rudo penar que siento

tener asaz que sufrir,

y entre el dolor maldecir

la fe de mi pensamiento.»

 

Así entre pena y dolores

aquella noche pasaba,

y la infeliz lamentaba

de la suerte los rigores.

 

Cuando en el aire sonó

leve palmada ligera,

y entonces la joven fuera

de la ventana miró,

 

y algo de bueno sus ojos

allá en la sombra encontraron,

que el ceño adusto dejaron

de sus sentidos enojos.

 

Plática dulce de amores

a poco rato se oía,

y un hombre a Inés la decía

para calmar sus temores:

 

-¡Cuánto sufrí vida mía!…

¡Cuántas congojas de muerte

al ver pasaban sin verte

un día tras otro día!

 

Tú comprender no podrás

cómo esas noches tan largas

me habrán parecido amargas

cual no lo fueron jamás.

 

En mis insomnios creí

que en tanto por mí esperabas,

de la pura fe dudabas

de quien penaba por ti:

 

de quien sin miedo avanzó

por la tormenta impasible

luego que un medio posible

para venir alcanzó.

 

-¿Por qué la noche has faltado

que aquí venir me juraste?

-Porque la fortuna al traste

dio con mi intento soñado.

 

Quise a tu lado volver

cuando así lo prometiera,

mas cual si la suerte fuera

mi grato plan a torcer,

 

asuntos de gran valía

el tiempo aquel me robaron,

y de cumplir me privaron

la grata esperanza mía.

 

Y en mi castillo esperé

llegase el ansiado instante

para decirte que amante

nunca de ti me olvidé.

 

Al escuchar, dijo Inés,

ese lenguaje que adoro,

percibo un rico tesoro

de mi esperanza a través;

 

y marcha el dolor impío

de mis acerbos pesares

cual se disipa en los mares

la niebla con el rocío.

 

Mas queda envuelta en el hondo

de esa ventura que pasa

ceniza ardiente que abrasa

mi corazón hasta el fondo…

 

Siempre escondido en mi pecho

cierto secreto guardé,

y en mi dolor lo oculté

llena de amargo despecho.

 

Y fue la historia fatal

que aquí una vez me contaron,

cuyos detalles grabaron

el corazón por mi mal.

 

Y hoy sus misterios diré,

porque abrasando mi alma

roban la paz y la calma

que tanto tiempo gocé.

 

Dijeron que una mujer

de alto linaje y renombre

quiso la dieses tu nombre…

tu hermosura y tu poder.

 

Y tú cual joven de honor

con su buen padre trataste,

y tu palabra empeñaste

de consagrarla tu amor.

 

Y que de un valle al confín

sólo con ella has hablado,

y que en recuerdo te ha dado

una flor de su jardín.

 

Tú con afán la cogiste,

y con amor la besaste,

y por su emblema juraste…

lo que tal vez no cumpliste…

 

Dime si es esto verdad:

que más engaños no quiero…

Y más morirme prefiero

que dudar de tu lealtad.

 

-Los cielos testigos son

que si tal ha sucedido,

contestó el galán, sumido

en rara meditación,

 

ni a la palabra falté

que en ese tiempo haya dado,

ni al proferir que te amado

querida Inés te engañé.

 

Si algún juramento di,

a recordar sólo acierto,

que ha sido a un hombre que ha muerto

a quien tal cosa ofrecí.

 

Mas ella… murió también…

Y en el morir… todo acaba…

Por eso a ti te llamaba

mi solo y único bien.

 

Cuando al venir a tu casa

por el cementerio paso,

siempre me asalta al acaso

algún recuerdo que abrasa.

 

Mas luego que lejos estoy

de aquel lugar funerario,

con pensamiento más vario

a ti acercándome voy.

 

Y tus caricias de amor

con su dulcísimo aliento

disipan del pensamiento

los recuerdos de la flor.

 

Así su amante a Inés constancia eterna

y gloria al porvenir la prometía,

y ella escuchando apasionada y tierna

su fe volver al corazón sentía.

 

Y se entregó de la esperanza en brazos,

gozó feliz con su vivir presente,

volvió a anudar los desunidos lazos,

y en el placer adormeció su frente.

 

Mas, ¡ay!, que la aventura acá en la vida

es niebla que fugaz se disipó,

seca flor que en el tronco suspendida

la ráfaga más tenue desprendió.

 

Y también es verdad que si hay un día

que el alma en paz de venturanza goza

entre el rudo estertor de la agonía,

lucha en vano después y se destroza.

 

No hay goce, no, que duradero sea,

ni placer que no envuelva una mortaja,

la flor que más lozana se recrea

marchita de su tronco se desgaja.

 

Y si algún ser entre delicias ciento

vio resbalar su juventud temprana,

sentirá la vejez del pensamiento

que ha de luchar con su dolor mañana.

 

Y tendrá que pagar ese tributo

que nos pide de lágrimas la vida,

¡que es en verdad el sazonado fruto

que dejamos al fin de la partida!…

 

Ved a Inés pobre mujer

que disipados ya mira

sus pesares,

 

cómo volviendo al placer

llena de gozo delira

en sus cantares.

 

Mirad cómo al joven vate

que la enamora risueño,

le acaricia

 

cómo el corazón le late

y siente un suave beleño

de delicia.

 

Ya le parece que el mundo

es un jardín encantado

que los mece,

 

sin ver el daño profundo

que, aunque de flores sembrado,

les ofrece.

 

Y nada en el porvenir

la arredra ni la amedrenta,

ni allí mira,

 

que en el placer de sentir

vana quimera sustenta,

y aun delira.

 

¡Quién pudiera prolongar

tanta delicia en un punto

solamente!…

 

¡Mas, ¡ay!, que habrá que pagar

cuanta ventura en conjunto

vio su mente!…

 

Si tal su placer ha sido,

si amor tan grande sintió,

tal será el dolo;

 

y buscando un bien perdido,

verá que pronto se halló

con llanto solo!…

 

La noche avanzaba

la aurora viniendo

su luz extendiendo

la tierra cubrió.

 

Cesó la tormenta

que ha poco mugía,

lejano moría

su triste rumor.

 

La atmósfera libre

de negros vapores

los varios colores

dejaba lucir,

 

de rosas tempranas,

de pájaros ciento

que, alegres, al viento

volaban sin fin.

 

Reflejo el primero

de un sol que nacía

muy tenue venía

la escena a alumbrar,

 

de Inés y su amante

que en grata victoria

cien mundos de gloria

forjándose están.

 

Ni cuentan las horas

que corren perdidas,

ni ven que extinguidas

las sombras van ya.

 

Felices murmuran

promesas sin cuento,

cenizas que al viento

mañana serán,

 

Inés que contempla

tan sólo a su amante,

ni mira adelante,

ni atrás recordó.

 

La dicha presente

quizá se ha fingido

que eterna habrá sido,

y el mal olvidó.

 

Mas de pronto su semblante

de amarillo se ha cubierto,

como flor que en el desierto

marchitada al viento fue.

 

Y fijando su mirada

en un punto solamente,

preguntando está a su mente

si es mentira lo que ve…

 

Blanca flor que se desprende

del jubón de su querido,

cual semblante dolorido

de una virgen que murió.

 

Cuyas hojas ya marchitas

la figura representan

de bellezas que se ahuyentan

la memoria que quedó:

 

Fue lo que de Inés atrajo

la atención con tanto empeño,

lo que al fin vio no era sueño

sino triste realidad.

 

Fue lo que la horrible duda

con los celos le ha devuelto,

densa nube que ha disuelto

por su vida una verdad.

 

-Tú me fingiste, al punto exclama:

Ésa es la flor del juramento,

esa mujer que amaste vive:

No me engañó mi pensamiento.

 

¡Ay!, si después que en ti he fiado

miro que es falso tu querer:

Si das en premio a mis afanes

sólo un eterno padecer;

 

y si después que derramaste

bálsamo dulce en mi existir,

amarga hiel no más me dejas

que aprovechar al porvenir…

 

Valiera más que me mataras

que así dejarme, ¡oh, Dios!, mirar

que en brazos de otra mis caricias

ya para siempre olvidarás.

 

Esa flor, ¡ay!, lo dice todo,

y ahora al mirarla ya perdí

la tierna fe, la dicha dulce

que en tus caricias recogí…

 

-Calma tu afán, la dice el joven

algo turbado al parecer,

causa no fue lo que ahora has visto

para aumentar tu padecer.

 

Es esta flor, yo te lo juro,

emblema santo que respeto,

nada profano en torno encierra,

es de mi fe dulce amuleto.

 

Yo la encontré lozana y bella,

pero tan triste en su color,

que creo vi por su corola

cierto reflejo de dolor.

 

Y la cogí, y aquí guardada

la puse junto al corazón;

y nadie supo que escondía,

quizá… fatal profanación…

 

-Dámela, dijo Inés: Yo quiero

verla en mi frente relucir,

y así tal vez la fe perdida

vuelva en mi pecho a revivir.

 

-¿Sabes Inés lo que me pides?

¿Quieres lucir con esa flor…?

¿Sabes quizá si en ti brillara

con un siniestro resplandor?

 

-¡Es su recuerdo no lo dudo

cuando la niegas a mi afán!…

-Tómala Inés, él la responde;

¡sus hojas, ¡ay!, te abrasarán!

 

¿Sabes por qué yo la escondía

por qué a tu afán se la negué…?

Voy a contarte al fin la historia

que siempre oculta reservé.

 

Era una noche pura,

tan clara como el día,

la luna repartía

su pálido fulgor.

 

Y yo en mi capa envuelto,

siguiendo mi destino

marchaba en mi camino

sin miedo ni temor.

 

Ningún recuerdo entonces

de la pasada historia

turbaba mi memoria

ni me hizo padecer.

 

Ningún eco sentido

cruzó mi pensamiento,

ni un ¡ay!, de sentimiento

de mágico poder.

 

Mas sin pensar, mis ojos

cercano divisaron

un punto, a do tornaron,

de extraño resplandor.

 

Y allí marchando pronto,

bajéme y vi crecida

sobre su tallo erguida

la contristada flor.

 

Parece que me dijo

al acercarme a ella:

«La esencia soy de Estrella

contigo quiero estar;

 

si no me llevas pronto

marchita ya y sin vida,

ya mi aroma esparcida

por siempre quedará.»

 

Y allí junto a la losa

de su sepulcro estaba;

y allí me demandaba

recuerdos que olvidé;

 

que ocultos en un mundo

corrieron escondidos,

donde vagar perdidos

por siempre los dejé.

 

La recogí al momento,

y en mí guardada estuvo,

su esencia se contuvo

sin escapar de mí.

 

Y nunca esa flor triste

privó de que te amara,

ni nunca ella esperara

lo que he encontrado en ti.

 

Si oyendo aquesta historia

llevártela quisieras,

sin duda no tuvieras

ni fe ni corazón.

 

Que aquel que no respeta

las prendas de los muertos,

sus pasos tan inciertos

serán cual su razón.

 

Sonora una carcajada

lanzó Inés al fin del cuento,

burlando el raro portento

de la malhadada flor.

 

Y con extraña sonrisa

dijo, mirando a un espejo:

«Verás cual brilla de lejos

su amarillento color.»

 

Mas la flor en su negra cabellera

tan mustia y macilenta se volvió,

cual luz que moribunda se extinguiera,

después que algún sepulcro iluminó;

 

y aquel extraño relucir sin vida,

tristeza tanta en su semblante vierte,

que aun más que aquella flor descolorida,

se parece a la sombra de la muerte.

 

Ella volvió los aterrados ojos,

hacia el hombre que estático la mira,

y encontrólos quizá llenos de enojos,

que con afán y con dolor suspira.

 

Mas él mudo quedó: ni un eco amargo,

ni dulce son atravesó su aliento,

y aquel instante indefinible y largo

fue el más rudo tal vez del sentimiento.

 

Y, ¡ay!, por fin un adiós… voz la postrera,

siniestra por la estancia resonó;

y un momento después… nada allí había,

¡todo en silencio sepulcral durmió!…

 

Contaban meses después,

que cierta joven hermosa,

habiendo puesto una rosa

que en un sepulcro nació,

 

presa en su negro cabello

para lucirse más bella,

la flor, prendiéndose en ella,

jamás su frente dejó.

 

Que allí marchita y ajada

se fue la rosa quedando,

y que la joven secando

sintió con la flor su sien.

 

Y cuando al fin ya del todo

la flor se quedó sin vida,

la joven con ella unida

murió marchita también.

 

Y cada cual con espanto

viendo su tumba contaba,

que aquel sepulcro guardaba

La rosa del Campo Santo.

 

Las campanas

Yo las amo, yo las oigo,

cual oigo el rumor del viento,

el murmurar de la fuente

o el balido del cordero.

 

Como los pájaros, ellas,

tan pronto asoma en los cielos

el primer rayo del alba,

le saludan con sus ecos.

 

Y en sus notas, que van prolongándose

por los llanos y los cerros,

hay algo de candoroso,

de apacible y de halagüeño.

 

Si por siempre enmudecieran,

¡qué tristeza en el aire y el cielo!

¡Qué silencio en la iglesia!

¡Qué extrañeza entre los muertos!

 

Las rosas en sus troncos se…

Las rosas en sus troncos se

secaron,

los lirios blancos en su tallo erguidos

secáronse también,

y airado el viento arrebató sus hojas,

arrebató sus hojas perfumadas

que nunca más veré.

 

Otras rosas después y otros jardines

con lirios blancos en su tallo erguidos

he visto florecer;

mas ya cansados de llorar mis ojos,

en vez de llanto en ellos, derramaron

gotas de amarga hiel.

 

Los ángeles en la Tierra…

Los ángeles en la Tierra

no están bien y se van presto.

 

Regina, entre las donosas

la más donosa doncella,

la más hermosa y más bella

entre las bellas y hermosas;

la más fresca entre las rosas,

la más pura entre las puras,

y estrella de las alturas

que brilla en sereno cielo,

era fuente de consuelo

en abismo de amarguras.

 

Era a un tiempo, cual la brisa,

breve y ligero su paso;

como sol en el ocaso

era triste su sonrisa;

inspirada pitonisa,

su mirar lleno y profundo,

y en el fulgor sin segundo

que en su pupila brillaba

llamas de amores guardaba

para aniquilar el mundo.

 

Era el color de su frente

rayo de pálida luna;

como ella no hubo ninguna

tan serena y transparente.

 

Al par que altiva, imponente;

al par que dulce, severa;

larga y blonda cabellera

la adornaba con decoro,

apiñando conchas de oro

sobre su busto de cera.

 

Su voz, toda melodía,

daba músicas al viento:

todo perfumes su aliento,

al aura los repartía.

Y cuando al morir del día

luz y tinieblas luchaban

y a su paso levantaban

del miedo torvas visiones,

al rumor de sus canciones

temerosas se ocultaban.

 

Aun más blanca que la nieve,

envidia al cisne causara,

y un ángel se conturbara

al notar su sombra leve.

Y así, cual del cielo llueve

rocío para las flores,

tal de sus ojos, de amores

tibias lágrimas llovían

y en el corazón caían,

lenitivo de dolores.

 

Cual hija del mar, salada,

nacida entre las espumas,

se ocultaba entre las brumas

de una ribera ignorada.

Y allí, cual ninfa encantada,

suelta la melena undosa,

tan liviana como hermosa,

tras de las ondas corría

y en ellas humedecía

sus pies de color de rosa.

 

Fatigada de tal suerte,

viéndola en calma dormida,

creyérase que a tal vida

no se atreviera la muerte;

mas como a brazo tan fuerte

todo se dobla y se inclina,

también la pobre Regina

pagó su amargo tributo,

lirio vestido de luto,

rayo de sol que declina.

 

Cubriola el ángel sombrío

bajo sus gigantes alas

y arrebataron sus alas

aguas del eterno río;

de la tumba el viento frío

se agitó sobre su seno,

y lo que fuera sereno

astro de radiante lumbre,

convirtiose en podredumbre,

foco inmundo de veneno.

 

Gimió la tierra de espanto

al contemplar tanto duelo,

mas brilló radiante el cielo

tras del azulado manto;

eco de armonioso canto

resonó por las alturas,

que allá a las regiones puras

un ángel llegó por suerte,

despojado por la muerte

de terrenas ligaduras.

 

Los unos altísimos

Los unos altísimos,

los otros menores,

con su eterno verdor y frescura,

que inspira a las almas

agrestes canciones,

mientras gime al chocar con las aguas

la brisa marina de aromas salobres,

van en ondas subiendo hacia el cielo

los pinos del monte.

 

De la altura la bruma desciende

y envuelve las copas

perfumadas, sonoras y altivas

de aquellos gigantes

que el Castro coronan;

brilla en tanto a sus pies el arroyo

que alumbra risueña

la luz de la aurora,

y los cuervos sacuden sus alas,

lanzando graznidos

y huyendo la sombra.

 

El viajero, rendido y cansado,

que ve del camino la línea escabrosa

que aún le resta que andar, anhelara,

deteniéndose al pie de la loma,

de repente quedar convertido

en pájaro o fuente,

en árbol o en roca.

 

Margarita

1

¡Silencio, los lebreles

de la jauría maldita!

No despertéis a la implacable fiera

que duerme silenciosa en su guarida.

¿No veis que de sus garras

penden gloria y honor, reposo y dicha?

 

Prosiguieron aullando los lebreles…

-Los malos pensamientos homicidas!-

y despertaron la temible fiera…

-¡la pasión que en el alma se adormía!-

Y ¡adiós! en un momento,

¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!

 

2

Duerme el anciano padre, mientras ella

a la luz de la lámpara nocturna

contempla el noble y varonil semblante

que un pesado sueño abruma.

 

Bajo aquella triste frente

que los pesares anublan,

deben ir y venir torvas visiones,

negras hijas de la duda.

 

Ella tiembla…, vacila y se estremece…

¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?

Con expresión de lastima infinita,

no sé qué rezos murmura.

 

Plegaria acaso santa, acaso impía,

trémulo el labio a su pesar pronuncia,

mientras dentro del alma la conciencia

contra las pasiones lucha.

 

¡Batalla ruda y terrible

librada ante la víctima, que muda

duerme el sueño intranquilo de los tristes

a quien ha vuelto el rostro la fortuna!

 

Y él sigue en reposo, y ella,

que abandona la estancia, entre las brumas

de la noche se pierde, y torna al alba,

ajado el velo…, en su mirar la angustia.

 

Carne, tentación, demonio,

¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?

¡Silencio…! El día soñoliento asoma

por las lejanas alturas,

y el anciano despierto, ella risueña,

ambos su pena ocultan,

y fingen entregarse indiferentes

a las faenas de su vida oscura.

 

3

La culpada calló, mas habló el crimen…

Murió el anciano, y ella, la insensata,

siguió quemando incienso en su locura,

de la torpeza ante las negras aras,

hasta rodar en el profundo abismo,

fiel a su mal, de su dolor esclava.

 

¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo

hacer traición a su virtud sin mancha,

malgastar las riquezas de su espíritu,

vender su cuerpo, condenar su alma?

 

Es que en medio del vaso corrompido

donde su sed ardiente se apagaba,

de un amor inmortal los leves átomos,

sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

 

Sedientas las arenas, en la playa

sienten del sol los besos abrasados,

y no lejos, las ondas, siempre frescas,

ruedan pausadamente murmurando.

Pobres arenas, de mi suerte imagen:

no sé lo que me pasa al contemplaros,

pues como yo sufrís, secas y mudas,

el suplicio sin término de Tántalo.

 

Pero ¿quién sabe…? Acaso luzca un día

en que, salvando misteriosos límites,

avance el mar y hasta vosotras llegue

a apagar vuestra sed inextinguible.

 

¡Y quién sabe también si tras de tantos

siglos de ansias y anhelos imposibles,

saciará al fin su sed el alma ardiente

donde beben su amor los serafines!

 

Meditación en el umbral

No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

 

Mi tierra

A un tiempo, cual sueño

que halaga y asombra,

de los robles las hojas caían,

del saúco brotaban las hojas.

 

Primavera y otoño sin tregua

turnan siempre templando la atmósfera,

sin dejar que no hiele el invierno,

ni agote el estío

las ramas frondosas.

 

¡Y así siempre! en la tierra risueña,

fecunda y hermosa,

surcada de arroyos,

henchida de aromas;

 

que es del mundo en el vasto horizonte

la hermosa, la buena, la dulce y la sola;

donde cuantos he amado nacieron,

donde han muerto mi dicha y mis glorias.

 

De vuelta está la joven primavera;

mas ¡qué aprisa esta vez y cuán temprano!

¡Y qué hermosos están prados y bosques

desde que ella ha tornado!

 

Ha vuelto ya la primavera hermosa;

siempre vuelve la joven y hechicera;

mas ¿en dónde, decidme, se han quedado

los que partieron cuando partió ella?

Esos no tornan nunca,

¡nunca!, si es que nos dejan.

 

De sonrosada nieve, salpicada

veo la verde hierba,

son las flores que el viento arranca al árbol

llenas de savia, y de perfumes llenas.

¿Por qué siendo tan frescas y tan jóvenes,

a semejanza de las hojas secas

en el otoño, cuando abril sonríe

ellas también sobre la arena ruedan?

¡Por qué mueren los niños,

las flores más hermosas de la tierra!

En sueños te di un beso, vida mía,

tan entrañable y largo…

¡Ay!, pero en él de amargo

tanto, mi bien, como de dulce había.

Tu infantil boca cada vez más fría,

dejó mi sangre para siempre helada,

y sobre tu semblante reclinada,

besándote, sentí que me moría.

Más tarde, y ya despierta,

con singular empeño,

pensando proseguí que estaba muerta

y que en tanto a tus restos abrazada

dormía para siempre el postrer sueño

soñaba tristemente que vivía

aún de ti, por la muerte separada.

 

Sintiose agonizar, mil y mil veces,

de dolor, de vergüenza y de amargura,

mas aunque tantas tras de tantas fueron

no se murió ninguna.

Embargada de asombro

al ver la resistencia de su vida,

en sus horas sin término pensaba,

llena de horror, si nunca moriría.

Pero una voz secreta y misteriosa

la dijo un día con acento extraño:

Hasta el momento de tocar la dicha

no se mueren jamás los desdichados.

 

Negra sombra

Cuando pienso que te huyes,

negra sombra que me asombras,

al pie de mis cabezales,

tornas haciéndome mofa.

 

Si imagino que te has ido,

en el mismo sol te asomas,

y eres la estrella que brilla,

y eres el viento que sopla.

 

Si cantan, tú eres quien cantas,

si lloran, tú eres quien llora,

y eres murmullo del río

y eres la noche y la aurora.

 

En todo estás y eres todo,

para mí en mí misma moras,

nunca me abandonarás,

sombra que siempre me asombras.

 

No, no es la solución…

No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

 

Nunca permita Dios que yo te olvide

Nunca permita Dios que yo te olvide,

mi santa, mi amorosa compañera:

¡Nunca permita Dios que yo te olvide

aunque por tanto recordarte muera!

 

Venga hacia mí tu imagen tan amada

y hábleme al alma en su lenguaje mudo

ya en la serena noche y reposada,

ya en la que es parto del invierno crudo.

 

Y que en tu aislado apartamiento fiero,

tan ajeno del hombre y su locura,

velen, mi llanto y mi dolor primero,

al lado de tu humilde sepultura.

 

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!…

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!

Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,

del Sar cabe la orilla,

al acabarme, siento la sed devoradora

y jamás apagada que ahoga el sentimiento,

y el hambre de justicia, que abate y que anonada

cuando nuestros clamores los arrebata el viento

de tempestad airada.

 

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora

tras del Miranda altivo,

valles y cumbres dora con su resplandor vivo;

en vano llega mayo de sol y aromas lleno,

con su frente de niño de rosas coronada,

y con su luz serena:

en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,

mezcla de gloria y pena,

mi sien por la corona del mártir agobiada

y para siempre frío y agotado mi seno.

 

Oigo el toque sonoro que entonces…

Oigo el toque sonoro que entonces

a mi lecho a llamarme venía

con sus ecos que el alba anunciaban,

mientras, cual dulce caricia,

un rayo de sol dorado

alumbraba mi estancia tranquila.

 

Puro el aire, la luz sonrosada,

¡qué despertar tan dichoso!

Yo veía entre nubes de incienso,

visiones con alas de oro

que llevaban la venda celeste

de la fe sobre sus ojos…

 

Ese sol es el mismo, mas ellas

no acuden a mi conjuro;

y a través del espacio y las nubes,

y del agua en los limbos confusos,

y del aire en la azul transparencia,

¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

 

Blanca y desierta la vía

entre los frondosos setos

y los bosques y arroyos que bordan

sus orillas, con grato misterio

atraerme parece y brindarme

a que siga su línea sin término.

 

Bajemos, pues, que el camino

antiguo nos saldrá al paso,

aunque triste, escabroso y desierto,

y cual nosotros cambiado,

lleno aún de las blancas fantasmas

que en otro tiempo adoramos.

 

Orillas del Sar I

A través del follaje perenne

Que oír deja rumores extraños,

Y entre un mar de ondulante verdura,

Amorosa mansión de los pájaros,

Desde mis ventanas veo

El templo que quise tanto.

 

El templo que tanto quise…

Pues no sé decir ya si le quiero,

Que en el rudo vaivén que sin tregua

Se agitan mis pensamientos,

Dudo si el rencor adusto

Vive unido al amor en mi pecho.

 

Orillas del Sar II

Otra vez, tras la lucha que rinde

y la incertidumbre amarga

del viajero que errante no sabe

dónde dormirá mañana,

en sus lares primitivos

halla un breve descanso mi alma.

 

Algo tiene este blando reposo

de sombrío y de halagüeño,

cual lo tiene, en la noche callada,

de un ser amado el recuerdo,

que de negras traiciones y dichas

inmensas, nos habla a un tiempo.

 

Ya no lloro…, y no obstante, agobiado

y afligido mi espíritu, apenas

de su cárcel estrecha y sombría

osa dejar las tinieblas

para bañarse en las ondas

de luz que el espacio llenan.

 

Cual si en suelo extranjero me hallase,

tímida y hosca, contemplo

desde lejos los bosques y alturas

y los floridos senderos

donde en cada rincón me aguardaba

la esperanza sonriendo.

 

Orillas del Sar III

Oigo el toque sonoro que entonces

a mi lecho a llamarme venía

con sus ecos que el alba anunciaban,

mientras, cual dulce caricia,

un rayo de sol dorado

alumbraba mi estancia tranquila.

 

Puro el aire, la luz sonrosada,

¡qué despertar tan dichoso!

Yo veía entre nubes de incienso,

visiones con alas de oro

que llevaban la venda celeste

de la fe sobre sus ojos…

 

Ese sol es el mismo, mas ellas

no acuden a mi conjuro;

y a través del espacio y las nubes,

y del agua en los limbos confusos,

y del aire en la azul transparencia,

¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

 

Blanca y desierta la vía

entre los frondosos setos

y los bosques y arroyos que bordan

sus orillas, con grato misterio

atraerme parece y brindarme

a que siga su línea sin término.

 

Bajemos, pues, que el camino

antiguo nos saldrá al paso,

aunque triste, escabroso y desierto,

y cual nosotros cambiado,

lleno aún de las blancas fantasmas

que en otro tiempo adoramos.

 

Orillas del Sar IV

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,

caigo en la senda amiga, donde una fuente brota

siempre serena y pura,

y con mirada incierta, busco por la llanura

no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,

no sé qué flor tardía de virginal frescura

que no crece en la vía arenosa y desierta.

 

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,

gallardamente arranca al pie de la vereda

la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,

prestando a la mirada descanso en su ramaje

cuando de la ancha vega por vivo sol bañada

que las pupilas ciega,

atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

 

Como un eco perdido, como un amigo acento

que sueña cariñoso,

el familiar chirrido del carro perezoso

corre en alas del viento y llega hasta mi oído

cual en aquellos días hermosos y brillantes

en que las ansias mías eran quejas amantes,

eran dorados sueños y santas alegrías.

 

Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,

Fondóns cerca descansa;

la cándida abubilla bebe en el agua mansa

donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa

beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa

las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;

donde de los vencejos que vuelan en la altura,

la sombra se refleja;

y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla

por entre la verdura de la frondosa orilla.

 

Orillas del Sar V

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!

Mas el calor, la vida juvenil y la savia

que extraje de tu seno,

como el sediento niño el dulce jugo extrae

del pecho blanco y lleno,

de mi existencia oscura en el torrente amargo

pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,

una visión de armiño, una ilusión querida,

un suspiro de amor.

 

De tus suaves rumores la acorde consonancia,

ya para el alma yerta tornóse bronca y dura

a impulsos del dolor;

secáronse tus flores de virginal fragancia;

perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,

el alba su candor.

 

La nieve de los años, de la tristeza el hielo

constante, al alma niegan toda ilusión amada,

todo dulce consuelo.

Sólo los desengaños preñados de temores,

y de la duda el frío,

avivan los dolores que siente el pecho mío,

y ahondando mi herida,

me destierran del cielo, donde las fuentes brotan

eternas de la vida.

 

Orillas del Sar VI

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!

Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,

del Sar cabe la orilla,

al acabarme, siento la sed devoradora

y jamás apagada que ahoga el sentimiento,

y el hambre de justicia, que abate y que anonada

cuando nuestros clamores los arrebata el viento

de tempestad airada.

 

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora

tras del Miranda altivo,

valles y cumbres dora con su resplandor vivo;

en vano llega mayo de sol y aromas lleno,

con su frente de niño de rosas coronada,

y con su luz serena:

en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,

mezcla de gloria y pena,

mi sien por la corona del mártir agobiada

y para siempre frío y agotado mi seno.

 

Orillas del Sar VII

Ya que de la esperanza, para la vida mía,

triste y descolorido ha llegado el ocaso,

a mi morada oscura, desmantelada y fría,

tornemos paso a paso,

porque con su alegría no aumente mi amargura

la blanca luz del día.

 

Contenta el negro nido busca el ave agorera;

bien reposa la fiera en el antro escondido,

en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido

y mi alma en su desierto.

 

Otra vez, tras la lucha que rinde…

Otra vez, tras la lucha que rinde

y la incertidumbre amarga

del viajero que errante no sabe

dónde dormirá mañana,

en sus lares primitivos

halla un breve descanso mi alma.

 

Algo tiene este blando reposo

de sombrío y de halagüeño,

cual lo tiene, en la noche callada,

de un ser amado el recuerdo,

que de negras traiciones y dichas

inmensas, nos habla a un tiempo.

 

Ya no lloro…, y no obstante, agobiado

y afligido mi espíritu, apenas

de su cárcel estrecha y sombría

osa dejar las tinieblas

para bañarse en las ondas

de luz que el espacio llenan.

 

Cual si en suelo extranjero me hallase,

tímida y hosca, contemplo

desde lejos los bosques y alturas

y los floridos senderos

donde en cada rincón me aguardaba

la esperanza sonriendo.

 

¡Pobre alma sola!, no te entristezcas

¡Pobre alma sola!, no te entristezcas,

deja que pasen, deja que lleguen

la primavera y el triste otoño,

ora el estío y ora las nieves;

 

que no tan sólo para ti corren

horas y meses;

todo contigo, seres y mundos

de prisa marchan, todo envejece;

 

que hoy, mañana, antes y ahora,

lo mismo siempre,

hombres y frutos, plantas y flores,

vienen y vanse, nacen y mueren.

 

Cuando te apene lo que atrás dejas,

recuerda siempre

que es más dichoso quien de la vida

mayor espacio corrido tiene.

 

Poesía

ÁNGEL

Todo duerme… del aire, el soplo blando

callado va, con temeroso vuelo

el aroma esparciendo de las rosas;

brilla la luna, y sueñan con el cielo

los niños que reposan, contemplando

flores, luz y pintadas mariposas.

 

¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,

dormid en paz, que os cubren con sus alas

los blancos y amorosos serafines,

y adornándoos a un tiempo con sus galas

hacen que en ondas os regale el viento

blando aroma de lirios y jazmines.

 

Y, en tanto, el astro de la noche, lento,

pálido, melancólico y suave,

del aire azul recorre los espacios,

globo de plata o misteriosa nave,

vaga a través del ancho firmamento,

por cima de cabañas y palacios.

 

Su tibia luz refléjase en la tierra

como del alba la primer sonrisa

que va a alegrar las aguas de la fuente;

y al rizarse los mares con la brisa,

cuanto su seno de hermosura encierra

muéstrase allí, brillante y transparente.

 

Las plantas y los céfiros susurran

con blando son, y acentos misteriosos

lanza, al pasar, el murmurante río,

y a través de los árboles frondosos

las estrellas inmóviles fulguran

chispas de luz en su ámbito sombrío.

 

Todo es reposo, y soledad, y sueño…

sueño aparente y soledad mentida,

en el mundo del hombre… ¡hermoso mundo

cuando, mintiendo, a amarle nos convida!

Y es que en que fuese amado puso empeño,

quien llena cielo y tierra, y mar profundo.

 

Mas… ¿qué pálida sombra cruza el prado…

errante, sola, fugitiva y leve?

Como si fuese en pos de un bien perdido,

apenas al pasar las hojas mueve.

Y vaga al pie del monte y del collado

cual tortolilla en torno de su nido.

 

Virgen parece por la undosa falda

y por la blonda y larga cabellera,

que el viento de la noche manso agita;

bello es su rostro y dulce la manera

con que pisa la alfombra de esmeralda,

mientras su seno con ardor palpita.

 

¡Pobre mujer!… ¿Qué culpa, qué pecado

como aguijón la ha herido en su inocencia,

que el calor de su lecho así abandona?

Yo sondaré el dolor de tu conciencia,

que no en vano a la tierra he descendido,

en nombre del Señor que la perdona.

 

MUJER

¡Qué dulce, qué serena atmósfera respiro,

qué perfumado ambiente llenando el aire va!

Parece que las flores, de amor en un suspiro,

exhalan sus olores, y que con blando giro

danzan al son del beso que el céfiro les da.

 

¡Qué soplo en torno vuela de celestial frescura

calmando de mi seno el penetrante ardor!

Mas yo no busco calma; yo busco la amargura,

la acritud y el fuego, y la soberbia dura

que engendra con el odio el pálido rencor.

 

Rencor.. ¿en dónde, en dónde se encuentra tu morada,

que voy buscando en vano la huella de tu pie?

¿Cómo llamarte, dime, cómo mi voz airada,

por el gemir ya ronca, por el llorar cansada

podrá llegar vibrante do tu morada esté?

 

Sin ti, rencor sañudo, sierpe que en cieno anida,

sin ti, ¿quién es el hombre que en sierpes se engendró?

Hoja que va y que viene del árbol desprendida,

juguete a todo viento, fuente que así convida,

al que sus aguas limpia y a quien las enturbió.

 

¡Rencor, ven!, y que siempre pueda vivir contigo,

en lo profundo escóndete del débil corazón,

que no le ablande el llanto del pérfido enemigo,

desprecie sus caricias y niéguele su abrigo,

y la de paz, suavísima, palabra de perdón.

 

Mas, ¡qué templada brisa sobre mi frente pasa,

qué aroma, qué deleite de inexplicable bien!

Cálmase el fuego ardiente, que mi mejilla abrasa,

velos en torno giran de transparente gasa,

y con sus pliegues tocan mi palpitante sien.

 

¿Es magia o vano sueño… es ilusión que miente

esa azulada lumbre o matinal fulgor,

esas doradas nubes de un fuego transparente,

que en los espacios flotan, que inflaman el ambiente,

que errantes me circundan como una luz de amor?

 

ÁNGEL

¡Pobre niña! ¿Qué serpiente,

con malicia tentadora,

ha tornado pecadora

a la paloma inocente?

 

¡Tú, fuente límpida y pura,

buscar sin paz ni reposo

el áspid más venenoso

bajo la peña más dura!

 

Detén la osada carrera,

vuelve a tu nido, paloma,

¡guay si en tu seno de aroma

su presa el milano hiciera!

 

Rosa que el céfiro mece,

¿qué harás si aquilón te abruma?

Ampolla de blanca espuma

serás, que nace y perece.

 

Deja a los fieros instintos

llenar fieros corazones:

corderillos y leones

van por caminos distintos.

 

Naciste para gustar

las dichas del bien querer;

si amargo es aborrecer,

¡cuán dulce cosa es amar!

 

MUJER

Ángel, tu voz de alegrías

llega a mi agitado seno

como raudal puro y lleno

de secretas armonías.

 

Murmurios siento de amor

inefable, y me parece

que ancho río en torno crece

con suavísimo rumor.

 

Sus aguas son como el cielo,

azules, cada onda leve,

pureza de blanca nieve,

muestra con casto recelo.

 

Y salpicando mi frente,

de nubes oscuras llena,

cada gota una azucena

hace brotar de repente.

 

¡Esta es la paz!… La comprendo

ahora, por vez primera.

¡Quién, ángel, contigo fuera

las esferas recorriendo!

 

Mas yo en el mundo… y tú allá…

vives, ángel, junto a Dios,

somos distintos los dos:

tú eres luz, yo oscuridad.

 

Eres de un mundo mejor

que éste en donde yo nací;

gloria es amar, para ti;

para mí, sólo dolor.

 

ÁNGEL

Fruto humano es verde fruto

que va a madurar al cielo;

sólo allí se halla consuelo,

sólo aquí quebranto y luto.

 

Mas, el que salvo del mar

del mundo quiera salir,

ni le ha de cansar sufrir,

ni fatigarle llorar.

 

Que el llanto de un mártir sube

hasta Dios, cual puro incienso

de holocausto, el cielo inmenso

llenando en forma de nube.

 

¡Feliz el átomo leve,

que rueda entre el polvo vano,

a quien hiere toda mano,

y a quien todo pie se atreve!

 

¡Y feliz también aquel

que en su humildad confundido

no supo herir si fue herido,

dando dulzuras por hiel!

 

Guarda, pues, niña inocente,

guarda el perdón en tu seno,

que él te limpiará del cieno

que arrojen sobre tu frente.

 

Y deja al rencor sañudo

dormir su sueño de horrores,

donde angustias y temores

se enlazan con fuerte nudo.

 

Dios te lo ordena: «ama y llora,

perdona siempre y espera»,

y serás alta palmera

que el sol en las cumbres dora.

 

Y las santas, tus hermanas

vírgenes que guarda el cielo,

bordarante el casto velo

que aleja sombras profanas.

 

Del hombre el brazo más fuerte

sólo es en la humana vida

aura que corre perdida

hacia el seno de la muerte.

 

¡Belleza… poder.. ventura…!

Humo todo, y sólo eterno

el mal que vuelve al infierno,

el bien que torna a la altura.

 

No olvides esto, y al lecho

vuelve, que casto te espera.

¡Paloma, no el cielo quiera

que halles tu nido deshecho!

 

Y limpia y sin pecado

poco después la niña se dormía,

que cariñoso el ángel,

con sus alas de nácar la cubría.

 

Predestinados

Es el abismo el que le atrae

desde su fondo más oscuro,

para que deje esta vida tan triste

que él ve cubierta de eterno luto.

 

No bien una sombra se disipa

otra se agranda… se agranda y le envuelve

sin que adivine por qué ha venido,

por qué le busca, ni qué le quiere,

pero le aterra y le acobarda

y a donde va le sigue siempre.

 

Si algún dolor abandona su alma,

otro más vivo y más intenso,

en sus entrañas haciendo el nido,

para él inventa nuevos tormentos,

mucho más hondos y más terribles

siempre los últimos que los primeros.

 

Un mal espíritu, algún demonio

de cuantos hay el más cruel

ha presidido su nacimiento

y oculto guía siempre su pie

hacia los bordes de la alta sima

a ver si puede verle caer.

 

Vacila su planta ya… y sus ojos

vagos se fijan en lo infinito,

que él cree imagen de la nada;

pero le atrae… le atrae el vacío

en donde flotas, genio invisible,

siempre llamándole hacia el abismo.

 

Y cae al fin… y nadie sabe,

ni nadie pregunta por qué ha caído.

 

Recuerda el trinar del ave

Recuerda el trinar del ave

y el chasquido de los besos;

los rumores de la selva,

cuando en ella gime el viento,

y del mar las tempestades,

y la bronca voz del trueno;

todo halla un eco en las cuerdas

del arpa que pulsa el genio.

 

Pero aquel sordo latido

del corazón que está enfermo

de muerte, y que de amor muere

y que resuena en el pecho

como en bordón que se rompe

dentro de un sepulcro hueco,

es tan triste y melancólico,

tan horrible y tan supremo,

que jamás el genio pudo

repetirlo con sus ecos.

 

Regina

Los ángeles en la Tierra

no están bien y se van presto.

 

Regina, entre las donosas

la más donosa doncella,

la más hermosa y más bella

entre las bellas y hermosas;

la más fresca entre las rosas,

la más pura entre las puras,

y estrella de las alturas

que brilla en sereno cielo,

era fuente de consuelo

en abismo de amarguras.

 

Era a un tiempo, cual la brisa,

breve y ligero su paso;

como sol en el ocaso

era triste su sonrisa;

inspirada pitonisa,

su mirar lleno y profundo,

y en el fulgor sin segundo

que en su pupila brillaba

llamas de amores guardaba

para aniquilar el mundo.

 

Era el color de su frente

rayo de pálida luna;

como ella no hubo ninguna

tan serena y transparente.

 

Al par que altiva, imponente;

al par que dulce, severa;

larga y blonda cabellera

la adornaba con decoro,

apiñando conchas de oro

sobre su busto de cera.

 

Su voz, toda melodía,

daba músicas al viento:

todo perfumes su aliento,

al aura los repartía.

Y cuando al morir del día

luz y tinieblas luchaban

y a su paso levantaban

del miedo torvas visiones,

al rumor de sus canciones

temerosas se ocultaban.

 

Aun más blanca que la nieve,

envidia al cisne causara,

y un ángel se conturbara

al notar su sombra leve.

Y así, cual del cielo llueve

rocío para las flores,

tal de sus ojos, de amores

tibias lágrimas llovían

y en el corazón caían,

lenitivo de dolores.

 

Cual hija del mar, salada,

nacida entre las espumas,

se ocultaba entre las brumas

de una ribera ignorada.

Y allí, cual ninfa encantada,

suelta la melena undosa,

tan liviana como hermosa,

tras de las ondas corría

y en ellas humedecía

sus pies de color de rosa.

 

Fatigada de tal suerte,

viéndola en calma dormida,

creyérase que a tal vida

no se atreviera la muerte;

mas como a brazo tan fuerte

todo se dobla y se inclina,

también la pobre Regina

pagó su amargo tributo,

lirio vestido de luto,

rayo de sol que declina.

 

Cubriola el ángel sombrío

bajo sus gigantes alas

y arrebataron sus alas

aguas del eterno río;

de la tumba el viento frío

se agitó sobre su seno,

y lo que fuera sereno

astro de radiante lumbre,

convirtiose en podredumbre,

foco inmundo de veneno.

 

Gimió la tierra de espanto

al contemplar tanto duelo,

mas brilló radiante el cielo

tras del azulado manto;

eco de armonioso canto

resonó por las alturas,

que allá a las regiones puras

un ángel llegó por suerte,

despojado por la muerte

de terrenas ligaduras.

 

Sed de amores tenía

Sed de amores tenía, y dejaste

que la apagase en tu boca,

¡piadosa samaritana!

Y te encontraste sin honra,

ignorando que hay labios que secan

y que manchan cuanto tocan.

¡Lo ignorabas…, y ahora lo sabes!

Pero yo sé también, pecadora

compasiva, porque a veces

hay compasiones traidoras,

que si el sediento volviese

a implorar misericordia,

su sed de nuevo apagaras,

samaritana piadosa.

No volverá te lo juro;

desde que una fuente enlodan

con su pico esas aves de paso,

se van a beber a otra.

 

¡Silencio, los lebreles!…

1

¡Silencio, los lebreles

de la jauría maldita!

No despertéis a la implacable fiera

que duerme silenciosa en su guarida.

¿No veis que de sus garras

penden gloria y honor, reposo y dicha?

 

Prosiguieron aullando los lebreles…

-Los malos pensamientos homicidas!-

y despertaron la temible fiera…

-¡la pasión que en el alma se adormía!-

Y ¡adiós! en un momento,

¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!

 

2

Duerme el anciano padre, mientras ella

a la luz de la lámpara nocturna

contempla el noble y varonil semblante

que un pesado sueño abruma.

 

Bajo aquella triste frente

que los pesares anublan,

deben ir y venir torvas visiones,

negras hijas de la duda.

 

Ella tiembla…, vacila y se estremece…

¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?

Con expresión de lastima infinita,

no sé qué rezos murmura.

 

Plegaria acaso santa, acaso impía,

trémulo el labio a su pesar pronuncia,

mientras dentro del alma la conciencia

contra las pasiones lucha.

 

¡Batalla ruda y terrible

librada ante la víctima, que muda

duerme el sueño intranquilo de los tristes

a quien ha vuelto el rostro la fortuna!

 

Y él sigue en reposo, y ella,

que abandona la estancia, entre las brumas

de la noche se pierde, y torna al alba,

ajado el velo…, en su mirar la angustia.

 

Carne, tentación, demonio,

¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?

¡Silencio…! El día soñoliento asoma

por las lejanas alturas,

y el anciano despierto, ella risueña,

ambos su pena ocultan,

y fingen entregarse indiferentes

a las faenas de su vida oscura.

 

3

La culpada calló, mas habló el crimen…

Murió el anciano, y ella, la insensata,

siguió quemando incienso en su locura,

de la torpeza ante las negras aras,

hasta rodar en el profundo abismo,

fiel a su mal, de su dolor esclava.

 

¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo

hacer traición a su virtud sin mancha,

malgastar las riquezas de su espíritu,

vender su cuerpo, condenar su alma?

 

Es que en medio del vaso corrompido

donde su sed ardiente se apagaba,

de un amor inmortal los leves átomos,

sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

 

Sedientas las arenas, en la playa

sienten del sol los besos abrasados,

y no lejos, las ondas, siempre frescas,

ruedan pausadamente murmurando.

Pobres arenas, de mi suerte imagen:

no sé lo que me pasa al contemplaros,

pues como yo sufrís, secas y mudas,

el suplicio sin término de Tántalo.

 

Pero ¿quién sabe…? Acaso luzca un día

en que, salvando misteriosos límites,

avance el mar y hasta vosotras llegue

a apagar vuestra sed inextinguible.

 

¡Y quién sabe también si tras de tantos

siglos de ansias y anhelos imposibles,

saciará al fin su sed el alma ardiente

donde beben su amor los serafines!

 

Soledad

Un manso río, una vereda estrecha,

un campo solitario y un pinar,

y el viejo puente rústico y sencillo

completando tan grata soledad.

 

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo

basta a veces un solo pensamiento.

Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras

el puente, el río y el pinar desiertos.

 

No son nube ni flor los que enamoran;

eres tú, corazón, triste o dichoso,

ya del dolor y del placer el árbitro,

quien seca el mar y hace habitable el polo.

 

Te amo… ¿Por qué me odias?

–Te amo… ¿Por qué me odias?

–Te odio… ¿Por qué me amas?

Secreto es éste el más triste

y misterioso del alma.

 

Mas ello es verdad… ¡Verdad

dura y atormentadora!

–Me odias porque te amo;

te amo porque me odias.

 

Te vi una vez de niña…

Te vi una vez de niña;

me pareciste flor de primavera

o capullo de rosa que exhalase

su virginal esencia.

 

Ahora dicen todos

que eres mujer bella…

¡Quiera Dios que en el lecho de las vírgenes

por largo tiempo en largo sueño duermas!

 

¡Que es el sueño más dulce

que duermen las hermosas en la Tierra!

 

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota…

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,

caigo en la senda amiga, donde una fuente brota

siempre serena y pura,

y con mirada incierta, busco por la llanura

no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,

no sé qué flor tardía de virginal frescura

que no crece en la vía arenosa y desierta.

 

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,

gallardamente arranca al pie de la vereda

la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,

prestando a la mirada descanso en su ramaje

cuando de la ancha vega por vivo sol bañada

que las pupilas ciega,

atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

 

Como un eco perdido, como un amigo acento

que sueña cariñoso,

el familiar chirrido del carro perezoso

corre en alas del viento y llega hasta mi oído

cual en aquellos días hermosos y brillantes

en que las ansias mías eran quejas amantes,

eran dorados sueños y santas alegrías.

 

Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,

Fondóns cerca descansa;

la cándida abubilla bebe en el agua mansa

donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa

beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa

las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;

donde de los vencejos que vuelan en la altura,

la sombra se refleja;

y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla

por entre la verdura de la frondosa orilla.

 

Tú para mí, yo para ti, bien mío

I

Tú para mí, yo para ti, bien mío

–murmurábais los dos–

«Es el amor la esencia de la vida,

no hay vida sin amor» .

 

¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!…

¡Qué albos rayos de sol!…

¡Qué tibias noches de susurros llenas,

qué horas de bendición!

 

¡qué aroma, qué perfumes, qué belleza

en cuanto Dios crió,

y cómo entre sonrisas murmurábais:

«¡No hay vida sin amor!»

 

II

Después, cual lampo fugitivo y leve,

como soplo veloz,

pasó el amor…, la esencia de la vida…;

mas… aún vivís los dos.

 

«Tú de otro, y de otra yo», dijísteis luego.

¡Oh mundo engañador!

Ya no hubo noches de serena calma,

brilló enturbiado el sol!…

 

¿Y aún, vieja encina, resististe? ¿Aún late,

mujer, tu corazón?

No es tiempo ya de delirar, no torna

lo que por siempre huyó.

 

No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno

frío y desolador.

Huella la nieve, valerosa, y cante

enérgica tu voz.

¡Amor, llama inmortal, rey de la tierra,

ya para siempre, adiós!

 

Un desengaño

En las riberas vagando

de la mar, las verdes olas

mira Argelina y contando

las horas que van pasando

vierte lágrimas a solas.

 

Sus lindos ojos de cielo

en el horizonte fija,

por ver si encuentra un consuelo

¡mas ay!, que es vano el anhelo

que su corazón cobija.

 

Su amante le dijo allí

desde su buque velero:

«Aguarda Argelina aquí:

Que si hoy dejarte prefiero,

mañana vendré por ti.»

 

Y entera la noche larga

que silenciosa corría

vio pasar; pero en su impía,

cruel desventura amarga

no vio que su bien volvía.

 

Y el día también llegó:

Mas fue que llegara en vano,

que el bien que ansiosa esperó,

consuelo del mal tirano,

por el mar no pareció.

 

Y allí todavía está

mirando a la mar movible,

por ver si la mar le da

lo que tal vez imposible

para Argelina será.

 

Y viendo al fin reducidas

sus esperanzas en nada,

viendo en el viento esparcidas,

las ilusiones perdidas,

su bienandanza frustrada;

 

mirando al bien que se aleja

con su fugitivo encanto,

dijo en tristísima queja:

«¿Por qué tan sola me deja,

cuando yo le amaba tanto?

 

¿Por qué si tras él corrí?

¿Por qué si hasta aquí llegué?

¿Por qué si tanto esperé

a verle más no volví?

 

¿No comprendió que sin él,

fuera un tormento mi vida,

donde guardara escondida

llena una copa de hiel?

 

¡Adiós, ventura de un día!

¡Adiós, delicia soñada,

donde he mirado estampada

toda la esperanza mía!

 

¡Ya nunca más te veré,

que el rudo penar que siento

me irá consumiendo lento,

y de dolor moriré!

 

¡Adiós, hermosa ribera

donde mi esperanza dejo

ya para siempre me alejo

de tu orilla placentera.

 

Mas si viniendo él aquí

oyeras su dulce canto,

contéstale, dile cuánto,

cuánto por él padecí!…»

 

Un recuerdo

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…

¡Cuál mi mejilla abrasa!…

¡Cómo el rudo penar que me envenena

mi corazón traspasa!

 

Cómo siento el pesar del alma mía

al empuje violento

del dulce y triste recordar de un día

que pasó como el viento.

 

Cuán presentes están en mi memoria

un nombre y un suspiro…

Página extraña de mi larga historia,

de un bien con que deliro.

 

Yo escuchaba tina voz llena de encanto,

melodía sin nombre,

que iba risueña a recoger mi llanto…

¡Era la voz de un hombre!

 

Sombra fugaz que se acercó liviana

vertiendo sus amores,

y que posó sobre mi sien temprana

mil cariñosas flores.

 

Acarició mi frente que se hundía

entre acerbos pesares;

y lleno de dulzura y de armonía

díjome sus cantares.

 

Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,

que vibrando se siente

en lejana enramada, adonde expira

su gemido doliente.

 

Yo percibí su divinal ternura

penetrar en el alma,

disipando la tétrica amargura

que robara mi calma.

 

Y la ardiente pasión sustituyendo

a una fría memoria,

sentí con fuerza el corazón latiendo

por una nueva gloria.

 

Dicha sin fin, que se acercó temprana

con extraños placeres,

como el bello fulgor de una mañana

que sueñan las mujeres.

 

Rosa que nace al saludar el día,

y a la tarde se muere,

retrato de un placer y una agonía

que al corazón se adhiere.

 

Imagen fiel de esa esperanza vana

que en nada se convierte;

que dice el hombre en su ilusión mañana,

y mañana es la muerte.

 

Y así pasó: Mi frente adormecida

volvióse luego roja;

y trocóse el albor de mi alegría,

flor que, seca, se arroja

 

Calló la voz de melodía tanta

y la dicha durmió;

y al nuevo resplandor que se levanta

lo pasado murió.

 

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,

sueños de amor de corazón, dormid:

¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan

gloria y placer y venturanza huid!

 

Una sombra tristísima, indefinible y vaga

Una sombra tristísima, indefinible y vaga

Como lo incierto, siempre ante mis ojos va

Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,

Corriendo sin cesar.

Ignoro su destino…; mas no sé por qué temo

Al ver su ansia mortal,

Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.

 

Una tarde de paz en el estío…

Una tarde de paz en el estío

en que al sopor del caluroso ambiente

se mezclaba lo fresco del rocío.

 

Hora en que el sol su brillantez perdía,

cubierto allá por las doradas nubes

donde hermosas sus luces escondía.

 

Sembrada de azucenas y verdura

selva en verdad de dilatado espacio,

convidaba al reposo y la tristura;

 

y en la pálida sombra que extendían

las ramas de sus árboles frondosos,

misteriosas dulzuras se escondían.

 

Ningún eco cercano se escuchaba,

ni el insecto de espléndidos colores

jugando por los aires revolaba.

 

Parece que en redor todo dormía,

que ni aun el aura entre las blandas flores

con su manso murmullo se sentía.

 

De cuando en vez algún ligero viento

que al mismo tiempo de nacer moría,

cual de un niño que expira el breve aliento.

 

Un eco inusitado produciendo

pasaba entre el verdor de aquel follaje,

y en el espacio al fin se iba extinguiendo.

 

Y al cabo en el silencio adormecidas

las olorosas plantas reposaban

en la sombra fresquísima escondidas.

 

Un joven allí inmóvil descansaba

cabe del pie de carcomida encina,

y una blanda ilusión acariciaba;

 

y el ¡ay!, que postrimero se sentía

de aquella tarde, amortiguado y yerto,

aquel joven tal vez lo recogía…

 

Clavado su mirar en unas flores

que lozanas y bellas se entreabrían,

se encantaba, quizás de sus colores.

 

Y al seguir el instinto que lo impele

con placer una de ellas ha tocado;

mas al instante mismo retrocede.

 

Ve que la flor tan sonrosada y pura

cambiando su color mustia se vuelve

al sentir de su mano la prensura.

 

Y una arruga marcó su blanca frente

al mirar transición tan repentina;

y alguna idea se quemó en su mente…

 

Mas insiste otra vez; la mano alarga

por coger otra flor que era más bella,

y un pensamiento de dolor le embarga

 

al ver también que se doblega y muere

la flor que tan bonita se mecía,

y en vano el joven revivir la quiere.

 

Y también esta vez su frente pura

nublada fue por una idea extraña

mezclada entre vapores de amargura.

 

A poco rato un pajarillo hermoso

de dulce canto y purpurinas alas

que busca en la pradera su reposo,

 

paróse junto al joven que extasiado

mirándole en su vuelo le siguiera

de su rara belleza enamorado.

 

Y al verle que tan cerca se detiene

muy suavísimamente le aprisiona,

y un instante en su mano le contiene.

 

Y el pajarillo entonces aletea

por salir de la cárcel que le oprime,

y pierde su vigor en la pelea.

 

Y al fin, después de que se agita en vano,

su pobre corazón de latir cesa,

y muerto se le queda entre la mano…

 

Estático el joven palabras pronuncia,

que él sólo comprende, que nadie escuchó,

y mira aquel ave que acaso le anuncia

lo que él algún día, quizá presintió.

 

La víctima yerta ligero la tira

a donde las flores marchitas están;

y allí de sus restos los ojos retira,

que acaso el mirarlos tristeza le dan.

 

Y apoya la frente de angustia nublada

al árbol que cerca de sí percibió,

y a poco pensando, quizás en la nada,

cerrando sus ojos durmiendo quedó.

 

Y la selva también que se dormía,

con el joven aquél, en los vapores

que ocultaba la tarde parecía.

 

Y un eco de su fondo se exhalaba,

que al grato son del murmurante arroyo

imperceptible y leve se mezclaba.

 

Y aquel eco sin voz era un aliento,

un respiro vital de aquellas llores

que extendían su aroma por el viento.

 

Una brisa ligera se levanta,

mueve de pronto las dormidas hojas,

y entre las ramas resbalando canta.

 

Y parece que entonces nueva vida,

cobró a su vez la soñolienta tarde

del letargo pesado desprendida.

 

Ya el pájaro cantando voltejea,

y en su vuelo rasante va tocando

la blanca flor que nacarada ondea.

 

Y el lago que tranquilo reposaba

espejo de purísima limpieza

donde un cielo de azul se reflejaba,

 

manso viento que pasa y se desliza

su blanda superficie apenas mueve

y en leves ondas su tersura riza.

 

Todo revive, al parecer, y abierta

la senda de otra vida, se percibe;

mas el joven aquél aún no despierta.

 

Una paloma silvestre

ligera viene y se posa

en el árbol do reposa

el joven que se durmió.

 

Ya su cantar poco dulce

marchóse el blando beleño

de su pacífico sueño;

y el joven se levantó.

 

La vista tiende en la selva

para despedirse acaso,

mas tras él sintiendo el paso

de algún animado ser,

 

vuelve la cabeza y mira

un niño que juguetea,

y contento se recrea

con inocente placer;

 

y que en su mano lozanas

las flores marchitas antes,

con sus colores brillantes

volvieron a relucir;

 

y el pájaro que doliente

entre sus manos muriera,

ora cantando volviera

con su hermosura a vivir.

 

Entonces el joven

del caso presente

la causa a su mente

pregunta, y la halló.

 

Y en tanto que el niño

risueño jugaba,

su labio marcaba

sonrisa que heló.

 

La duda presiente

que acaso a su vida

por siempre irá unida

fatal predicción…

 

Suspira y su labio

murmura una queja,

y huyendo se aleja

de aquella visión.

 

Luego un eco

en el espacio

muy despacio

se perdió,

y en los valles

extendido

escondido

murmuró,

con raro

vago

son:

 

«Al que en la vida una vez

mira la fe ya perdida

que acarició su niñez

y la terrible vejez

siente venir escondida;

quien contempla la ilusión

de su esperanza soñada

muriendo en el corazón

al grito de la razón

¿qué es lo que queda?… ¡nada!…»

 

Una vez tuve un clavo

Una vez tuve un clavo

clavado en el corazón,

y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo

de oro, de hierro o de amor.

Sólo sé que me hizo un mal tan hondo,

que tanto me atormentó,

que yo día y noche sin cesar lloraba

cual lloró Magdalena en la Pasión.

“Señor, que todo lo puedes

—pedile una vez a Dios—,

dame valor para arrancar de un golpe

clavo de tal condición.”

Y diómelo Dios, arranquelo.

Pero… ¿quién pensara?… Después

ya no sentí más tormentos

ni supe qué era dolor;

supe sólo que no sé qué me faltaba

en donde el clavo faltó,

y tal vez… tal vez tuve soledades

de aquella pena… ¡Buen Dios!

Este barro mortal que envuelve el espíritu,

¡quién lo entenderá, Señor!…

 

Ya duermen en su tumba las pasiones

Ya duermen en su tumba las pasiones

el sueño de la nada;

¿es, pues, locura del doliente espíritu,

o gusano que llevo en mis entrañas?

Yo solo sé que es un placer que duele,

que es un dolor que atormentado halaga,

llama que de la vida se alimenta,

mas sin la cual la vida se apagara.

 

Ya no mana la fuente, se agotó el manantial

Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;

ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.

 

Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,

ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

 

Sólo el cauce arenoso de la seca corriente

le recuerda al sediento el horror de la muerte.

 

¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura

donde humildes violetas el espacio perfuman.

 

Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,

tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

 

El sediento viajero que el camino atraviesa,

humedece los labios en la linfa serena

del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,

y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

 

Ya pasó la estación de los calores

– I –

Ya pasó la estación de los calores,

y lleno el rostro de áspera fiereza,

sobre los restos de las mustias flores,

asoma el crudo invierno su cabeza.

 

Por el azul del claro firmamento

tiende sus alas de color sombrío,

cual en torno de un casto pensamiento

sus alas tiende un pensamiento impío.

 

Y gime el bosque y el torrente brama,

y la hoja seca, en lodo convertida,

dale llorosa al céfiro a quien ama

la postrera, doliente despedida.

 

– II –

Errantes, fugitivas, misteriosas,

tienden las nubes presuroso el vuelo,

no como un tiempo cándidas y hermosas,

sí llenas de amargura y desconsuelo.

 

Más allá… más allá… siempre adelante

prosiguen sin descanso su carrera;

bañado en llanto el pálido semblante,

con que riegan el bosque y la pradera.

 

Que enojada la mar donde se miran

y oscurecido el sol que las amó,

sólo saben decir cuando suspiran:

Todo para nosotras acabó.

 

– III –

Suelto el ropaje y la melena al viento,

cual se agrupan en torno de la luna…

locas en incesante movimiento,

remedan el vaivén de la fortuna.

 

Pasan, vuelven y corren desatadas,

hijas del aire en forma caprichosa,

al viento de la noche abandonadas

en la profunda oscuridad medrosa.

 

Tal en mi triste corazón inquietas,

mis locas esperanzas se agitaron,

y a un débil hilo de placer sujetas,

locas… locas también se quebrantaron.

 

– IV –

Ya toda luz se oscureció en el cielo,

cubriéronse de luto las estrellas,

y de luto también se cubrió el suelo,

entre risas, gemidos y querellas.

 

Todo en profunda noche adormecido,

sólo el rumor del huracán se siente

y se parece su áspero silbido

al silbido feroz de una serpiente.

 

¡Cuán tenebrosa noche se prepara!…

Mas al abrigo de amoroso techo,

grato es pensar que la hórrida tormenta

no ha de agitar la colcha de mi lecho.

 

– V –

Mas… ¿qué estridente y mágico alarido

la ronca voz de la tormenta trae?

Triste… vago… constante y dolorido,

cual fuego ardiente, en mis entrañas cae.

 

Cae, y ahuyenta de mi lecho el sueño…

¡Ah! ¿Cómo he de dormir…? locura fuera,

fuera locura y temerario empeño

que con gemidos tales me durmiera.

 

¡Ah! ¿Cómo he de dormir? ese lamento,

ese grito de angustia que percibo,

esa expresión de amargo sufrimiento

no pertenece al mundo en que yo vivo.

 

– VI –

Donde el ciprés erguido se levanta,

allá en lejana habitación sombría,

que al más osado de la tierra espanta,

sola duerme la dulce madre mía.

 

Más helado es su lecho que la nieve,

más negro y hondo que caverna oscura,

y el curo altivo que sus antros mueve,

sacia su furia en él, con saña dura.

 

¡Ah!, de dolientes sauces rodeada,

de húmeda yerba y ásperas ortigas;

¡cuál serás, madre, en tu dormir turbada,

por vagarosas sombras enemigas!

 

– VII –

¿Y yo tranquila, he de gozar en tanto

de blando sueño y lecho cariñoso,

mientras herida de mortal espanto

moras en el profundo tenebroso?

 

¿Llegará a tanto el insensible olvido?…

¿La ingratitud del hombre a tanto alcanza,

que entre uno y otro lazo desunido

ceda siempre al vaivén de la mudanza?

 

¡Odioso y torpe proceder de un hijo,

a quien la dulce madre en su agonía,

con besos y caricias le bendijo

olvidando el dolor por que moría!

 

– VIII –

Nunca permita Dios que yo te olvide,

mi santa, mi amorosa compañera:

¡Nunca permita Dios que yo te olvide

aunque por tanto recordarte muera!

 

Venga hacia mí tu imagen tan amada

y hábleme al alma en su lenguaje mudo

ya en la serena noche y reposada,

ya en la que es parto del invierno crudo.

 

Y que en tu aislado apartamiento fiero,

tan ajeno del hombre y su locura,

velen, mi llanto y mi dolor primero,

al lado de tu humilde sepultura.

 

Ya que de la esperanza, para la vida mía…

Ya que de la esperanza, para la vida mía,

triste y descolorido ha llegado el ocaso,

a mi morada oscura, desmantelada y fría,

tornemos paso a paso,

porque con su alegría no aumente mi amargura

la blanca luz del día.

 

Contenta el negro nido busca el ave agorera;

bien reposa la fiera en el antro escondido,

en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido

y mi alma en su desierto.

 

Ya que me abandonaste, ¡oh tú…

Ya que me abandonaste, ¡oh tú,

esperanza!,

«volved a mí», les dije a mis recuerdos;

mas mi voz resonó hueca y profunda

en un sepulcro abierto.

 

Cuando me veas pensativo y triste,

no indagues en qué pienso;

del ángel de las tumbas,

tú, ángel de luz, ¿pudieras tener celos?

 

Ella alzó entonces los rasgados ojos

y preguntó con miedo:

«¿Será verdad que alguna vez, bien mío,

resucitan los muertos?»

 

Yo las amo, yo las oigo…

Yo las amo, yo las oigo,

cual oigo el rumor del viento,

el murmurar de la fuente

o el balido del cordero.

 

Como los pájaros, ellas,

tan pronto asoma en los cielos

el primer rayo del alba,

le saludan con sus ecos.

 

Y en sus notas, que van prolongándose

por los llanos y los cerros,

hay algo de candoroso,

de apacible y de halagüeño.

 

Si por siempre enmudecieran,

¡qué tristeza en el aire y el cielo!

¡Qué silencio en la iglesia!

¡Qué extrañeza entre los muertos!

 

Yo no sé lo que busco eternamente

Yo no sé lo que busco eternamente

en la tierra, en el aire y en el cielo;

yo no sé lo que busco; pero es algo

que perdí no sé cuándo y que no encuentro,

aun cuando sueñe que invisible habita

en todo cuanto toco y cuanto veo.

Felicidad, no he de volver a hallarte

en la tierra, en el aire, ni en el cielo,

¡aun cuando sé que existes

y no eres vano sueño!

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