Poemas de Rosalía de Castro
Poemas de Rosalía de Castro (1837-1885) persona cumbre del Rexurdimento gallego y una de las voces más auténticas de la lírica española del siglo XIX. Su obra marcó la transición hacia la modernidad, rompiendo con el academicismo mediante una sensibilidad subjetiva y existencialista.
Con Cantares gallegos (1863), dignificó la lengua gallega, convirtiéndola en vehículo de expresión culta y denuncia social frente a la marginación de su pueblo. En Follas novas, profundizó en la metafísica del dolor y la soledad, mientras que en En las orillas del Sar, escrita en castellano, exploró un pesimismo angustioso y precursor del simbolismo.
Marcada por la «saudade», su poesía trasciende lo regional para abordar temas universales: la injusticia, el paso del tiempo y el vacío espiritual, consolidándola como una precursora esencial de la Generación del 98.
A ***
Ya que me abandonaste, ¡oh tú,
esperanza!,
«volved a mí», les dije a mis recuerdos;
mas mi voz resonó hueca y profunda
en un sepulcro abierto.
Cuando me veas pensativo y triste,
no indagues en qué pienso;
del ángel de las tumbas,
tú, ángel de luz, ¿pudieras tener celos?
Ella alzó entonces los rasgados ojos
y preguntó con miedo:
«¿Será verdad que alguna vez, bien mío,
resucitan los muertos?»
A la luna
I
¡Con qué pura y serena transparencia
brilla esta noche la luna!
A imagen de la cándida inocencia,
no tiene mancha ninguna.
De su pálido rayo la luz pura
como lluvia de oro cae
sobre las largas cintas de verdura
que la brisa lleva y trae.
Y el mármol de las tumbas ilumina
con melancólica lumbre,
y las corrientes de agua cristalina
que bajan de la alta cumbre.
La lejana llanura, las praderas,
el mar de espuma cubierto
donde nacen las ondas plañideras,
el blanco arenal desierto,
la iglesia, el campanario, el viejo muro,
la ría en su curso varia,
todo lo ves desde tu cenit puro,
casta virgen solitaria.
II
Todo lo ves, y todos los mortales,
cuantos en el mundo habitan,
en busca del alivio de sus males,
tu blanca luz solicitan.
Unos para consuelo de dolores,
otros tras de ensueños de oro
que con vagos y tibios resplandores
vierte tu rayo incoloro.
Y otros, en fin, para gustar contigo
esas venturas robadas
que huyen del sol, acusador testigo,
pero no de tus miradas.
III
Y yo, celosa como me dio el cielo
y mi destino inconstante,
correr quisiera un misterioso velo
sobre tu casto semblante.
Y piensa mi exaltada fantasía
que sólo yo te contemplo,
y como que es hermosa en demasía
te doy mi patria por templo.
Pues digo con orgullo que en la esfera
jamás brilló luz alguna
que en su claro fulgor se pareciera
a nuestra cándida luna.
Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
esta que llena mi mente!
De altísimas regiones soberana
nos miras indiferente.
Y sigues en silencio tu camino
siempre impasible y serena,
dejándome sujeta a mi destino
como el preso a su cadena.
Y a alumbrar vas un suelo más dichoso
que nuestro encantado suelo,
aunque no más fecundo y más hermoso,
pues no le hay bajo del cielo.
No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
en luz, perfume y frescura,
sólo que le dio en cambio mala estrella,
dote de toda hermosura.
IV
Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,
indiferente y esquiva;
¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada
al que es llama ardiente y viva?
Adiós… adiós, y quiera la fortuna,
descolorida doncella,
que tierra tan feliz no halles ninguna
como mi Galicia bella.
Y que al tornar viajera sin reposo
de nuevo a nuestras regiones,
en donde un tiempo el celta vigoroso
te envió sus oraciones,
en vez de lutos como un tiempo, veas
la abundancia en sus hogares,
y que en ciudades, villas y en aldeas
han vuelto los ausentes a sus lares.
A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho…
A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho
vuelve a agitarse ansioso de glorias y de amor.
¡Loco…!, corre a esconderte en el asilo oscuro
donde ya no penetra la viva luz del sol.
Aquí tu sangre torna a circular activa,
y tus pasiones tornan a rejuvenecer…
huye hacia el antro en donde aguarda resignada
por la infalible muerte la implacable vejez.
Sonrisa en labio enjuto hiela y repele a un tiempo;
flores sobre un cadáver causan al alma espanto;
ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera
busques cuando tu vida llegó triste a su ocaso.
A la memoria del poeta gallego Aurelio Aguirre
Lágrima triste en mi dolor vertida,
perla del corazón que entre tormentas
fue en largas horas de pesar nacida,
en fúnebre memoria convertida
la flor será que a tu corona enlace;
las horas de la vida turbulentas
ajan las flores y el laurel marchitan;
pero lágrimas, ¡ay!, que el alma esconde,
llanto de duelo que el dolor fecunda,
si el triste hueco de una tumba anega
y sus húmedos hálitos inunda,
ni el sol de fuego que en Oriente nace
seco su manantial a dejar llega
ni en sutiles vapores le deshace,
¡y es manantial fecundo el llanto mío
para verter sobre un sepulcro amado
de mil recuerdos caudaloso río!
A la sombra te sientas de las desnudas rocas
A la sombra te sientas de las desnudas rocas,
y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,
y allí donde las aguas estancadas dormitan
y no hay hermanos seres que interrumpan tus sueños,
¡quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,
cuando con leve paso y contenido aliento,
temblando a que percibas mi agitación extrema,
allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!
—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres
las femeninas almas, los varoniles pechos:
tu fuerza impele al hombre a que busque la hondura
del desencanto amargo y a que remueva el cieno
donde se forman siempre los miasmas infectos.
—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?
¡Ah! No pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;
dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas
y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.
—Pienso en cosas tan tristes a veces y tan negras,
y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,
que… no lo sabrás nunca, porque lo que se ignora
no nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.
Yo te lo digo, niña, a quien de veras amo:
encierra el alma humana tan profundos misterios,
que cuando a nuestros ojos un velo los oculta,
es temeraria empresa descorrer ese velo;
no pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.
—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.
Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces
la pena de saberlo.
A las rubias envidias
A las rubias envidias
porque naciste con color moreno,
y te parecen ellas blancos ángeles
que han bajado del cielo.
¡Ah!, pues no olvides, niña,
y ten por cosa cierta,
que mucho más que un ángel siempre pudo
un demonio en la tierra.
A orillas del Sar
I
1
A través del follaje perenne
que oír deja rumores extraños,
y entre un mar de ondulante verdura,
amorosa mansión de los pájaros,
desde mis ventanas veo
el templo que quise tanto.
El templo que tanto quise…,
pues no sé decir ya si le quiero,
que en el rudo vaivén que sin tregua
se agitan mis pensamientos,
dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.
2
¡Otra vez!, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.
Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.
Ya no lloro…, y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.
Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.
3
Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.
Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos…
Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.
Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.
Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.
4
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.
De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.
Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.
Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,
Fondón cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.
5
¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.
De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.
6
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.
Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.
7
Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.
Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.
II
1
Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.
2
Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.
3
Era apacible el día
y templado el ambiente,
y llovía, llovía
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!
Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.
¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos,
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.
Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amoroso afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.
Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.
Mas… es verdad, ha partido
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá.
4
Una luciérnaga entre el musgo brilla
y un astro en las alturas centellea;
abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
Siempre, al llegar al término, ignoramos
qué es al fin lo que acaba y lo que queda.
Arrodillada ante la tosca imagen,
mi espíritu, abismado en lo infinito,
impía acaso, interrogando al cielo
y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
con sus ecos responde a mis gemidos
desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
baña ardiente mi rostro enflaquecido.
¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo
lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,
piadoso y compasivo
vuelve a mis ojos la celeste venda
de la fe bienhechora que he perdido,
y no consientas, no, que cruce errante,
huérfano y sin arrimo,
acá abajo los yermos de la vida,
más allá las llanadas del vacío.
Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
e impasible el divino
rostro del Redentor, deja que envuelto
en sombras quede el humillado espíritu.
Silencio, siempre; únicamente el órgano
con sus acentos místicos
resuena allá de la desierta nave
bajo el arco sombrío.
Todo acabó quizás, menos mi pena,
puñal de doble filo;
todo, menos la duda que nos lanza
de un abismo de horror en otro abismo.
Desierto el mundo, despoblado el cielo,
enferma el alma y en el polvo hundido
el sacro altar en donde
se exhalaron fervientes mis suspiros,
en mil pedazos roto
mi Dios, cayó al abismo,
y al buscarle anhelante, sólo encuentro
la soledad inmensa del vacío.
De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol, me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oído:
“Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo;
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos.”
5
Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal,
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.
6
Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía;
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
y el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa
Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías,
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre, de luchar cansado,
más que nunca le irritan
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh, noches del invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste…
¡Triste… lleno de pámpanos y espigas!
Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana
no hay estación risueña ni propicia.
7
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.
No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitar el polo.
8
-Detente un punto, pensamiento inquieto;
la victoria te espera,
el amor y la gloria te sonríen.
¿Nada de esto te halaga ni encadena?
-Dejadme solo y olvidado y libre;
quiero errante vagar en las tinieblas;
mi ilusión más querida
sólo allí dulce y sin rubor me besa.
9
Moría el sol, y las marchitas hojas
de los robles, a impulso de la brisa,
en silenciosos y revueltos giros
sobre el fango caían:
ellas, que tan hermosas y tan puras
en el abril vinieron a la vida.
Ya era el otoño caprichoso y bello:
¡cuán bella y caprichosa es la alegría!
Pues en la tumba de las muertas hojas
vieron sólo esperanzas y sonrisas.
Extinguióse la luz: llegó la noche
como la muerte y el dolor, sombría;
estalló el trueno, el río desbordóse
arrastrando en sus aguas a las víctimas;
y murieron dichosas y contentas…
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!
10
Del rumor cadencioso de la onda
y el viento que muge;
del incierto reflejo que alumbra
la selva o la nube;
del piar de alguna ave de paso;
del agreste ignorado perfume
que el céfiro roba
al valle o a la cumbre,
mundos hay donde encuentran asilo
las almas que al peso
del mundo sucumben.
A Pilar Castro y Alván
Recuerdo al 13 de junio de 1876
Cuando al morir el día
solo cantan el grillo y la cigarra,
y los insectos bullen y se pierden
en la niebla dorada.
Yo pienso que del cáliz de la rosa
la veo salir envuelta en leve gasa,
y que sus negros ojos fijan en mí
su lánguida mirada.
Y sueño en el silencio
de la noche callada
que a mi lecho se acerca
como una sombra voluptuosa y blanca;
que me besa en la frente,
que me sonríe y habla
y que me dice: «Vengo
de regiones extrañas
para traerle a tu enervado espíritu
la codiciosa calma».
Ven, báñate en las ondas de la muerte,
mi cariñosa hermana;
depón las terrenales ligaduras.
Ven conmigo… y… descansa.
A sus plantas se agitan los hombres
A sus plantas se agitan los hombres,
como el salvaje hormiguero
en cualquier rincón oculto
de un camino olvidado y desierto.
¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,
sus risas y sus acentos,
gratos como la esperanza,
como la dicha soberbios!
Todos alegres se miran,
se tropiezan, y en revuelto
torbellino van y vienen
a la luz de un sol espléndido,
del cual tiene que ocultarse,
roto, miserable, hambriento.
¡Ah!, si él fuera la nube plomiza
que lleva el rayo en su seno,
apagara la antorcha celeste
con sus enlutados velos,
y llenara de sombras el mundo
cual lo están sus pensamientos.
A través del follaje perenne…
A través del follaje perenne
Que oír deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise…
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.
A un tiempo, cual sueño…
A un tiempo, cual sueño
que halaga y asombra,
de los robles las hojas caían,
del saúco brotaban las hojas.
Primavera y otoño sin tregua
turnan siempre templando la atmósfera,
sin dejar que no hiele el invierno,
ni agote el estío
las ramas frondosas.
¡Y así siempre! en la tierra risueña,
fecunda y hermosa,
surcada de arroyos,
henchida de aromas;
que es del mundo en el vasto horizonte
la hermosa, la buena, la dulce y la sola;
donde cuantos he amado nacieron,
donde han muerto mi dicha y mis glorias.
De vuelta está la joven primavera;
mas ¡qué aprisa esta vez y cuán temprano!
¡Y qué hermosos están prados y bosques
desde que ella ha tornado!
Ha vuelto ya la primavera hermosa;
siempre vuelve la joven y hechicera;
mas ¿en dónde, decidme, se han quedado
los que partieron cuando partió ella?
Esos no tornan nunca,
¡nunca!, si es que nos dejan.
De sonrosada nieve, salpicada
veo la verde hierba,
son las flores que el viento arranca al árbol
llenas de savia, y de perfumes llenas.
¿Por qué siendo tan frescas y tan jóvenes,
a semejanza de las hojas secas
en el otoño, cuando abril sonríe
ellas también sobre la arena ruedan?
¡Por qué mueren los niños,
las flores más hermosas de la tierra!
En sueños te di un beso, vida mía,
tan entrañable y largo…
¡Ay!, pero en él de amargo
tanto, mi bien, como de dulce había.
Tu infantil boca cada vez más fría,
dejó mi sangre para siempre helada,
y sobre tu semblante reclinada,
besándote, sentí que me moría.
Más tarde, y ya despierta,
con singular empeño,
pensando proseguí que estaba muerta
y que en tanto a tus restos abrazada
dormía para siempre el postrer sueño
soñaba tristemente que vivía
aún de ti, por la muerte separada.
Sintiose agonizar, mil y mil veces,
de dolor, de vergüenza y de amargura,
mas aunque tantas tras de tantas fueron
no se murió ninguna.
Embargada de asombro
al ver la resistencia de su vida,
en sus horas sin término pensaba,
llena de horror, si nunca moriría.
Pero una voz secreta y misteriosa
la dijo un día con acento extraño:
Hasta el momento de tocar la dicha
no se mueren jamás los desdichados.
Adiós, ríos; adiós, fuentes
Adiós, ríos; adiós, fuentes
adiós, arroyos pequeños;
adiós, vista de mis ojos:
no sé cuando nos veremos.
Tierra mía, tierra mía,
tierra donde me crié,
huertita que quiero tanto,
higueritas que planté,
prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
pajaritos piadores,
casita de mi contento,
molino de los castañares,
noches claras de luar (luna llena)
campanitas timbradoras,
de la iglesia del lugar;
moritas de las zarzamoras
que yo le daba a mi amor,
caminitos entre el mijo
¡adiós, para siempre adiós!
¡Adiós gloria! ¡Adiós contento!
¡dejo la casa en que nací,
¡dejo la aldea que conozco,
por un mundo que no vi!
Dejo amigos por extraños,
dejo, la tierra por el mar,
dejo, en fin, cuanto bien quiero…
¡Quién pudiera no dejarlo!…
Más soy pobre, y ¡mal pecado!
mi tierra no es mía,
que hasta le dan de prestado,
la orilla por donde camina,
al que nació desdichado.
Os tengo, pues, que dejar,
huertita que tanto amé,
hoguerita de mi hogar,
arbolitos que planté,
fuentecita del cabañal.
Adiós, adiós, que me voy,
hierbecitas del camposanto,
donde mi padre fue enterado,
hierbecitas que besé tanto,
tierra que nos crió.
Adiós, Virgen de la Asunción,
blanca como un serafín;
os llevo en el corazón;
pedidle a Dios por mí,
Virgen mía de la Asunción.
Ya se oyen lejos, muy lejos,
las campanas de O Pomar,
para mi, ¡ay!, pobrecito,
nunca más han de tocar.
Ya se oyen lejos, más lejos…
cada redoble es un dolor;
me voy solo, sin cariño…
Tierra mía, ¡adiós! ¡adiós!
¡Adiós también, queridita…!
¡Adiós por siempre quizás…!
Te digo este adiós llorando
desde la orillita del mar.
No me olvides, queridita,
si muero de soledad…
tantas leguas mar adentro…
¡Mi casita!, ¡mi hogar!
Adivínase el dulce y perfumado…
Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil; se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!…
la que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.
Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía:
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa.
Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías;
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre de luchar cansado
más que nunca le irritan,
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh, noches de invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste…
¡Triste!… ¡Lleno de pámpanos y espigas!
Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana,
no hay estación risueña ni propicia.
Ángel
Todo duerme… del aire, el soplo blando
callado va, con temeroso vuelo
el aroma esparciendo de las rosas;
brilla la luna, y sueñan con el cielo
los niños que reposan, contemplando
flores, luz y pintadas mariposas.
¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,
dormid en paz, que os cubren con sus alas
los blancos y amorosos serafines,
y adornándoos a un tiempo con sus galas
hacen que en ondas os regale el viento
blando aroma de lirios y jazmines.
Y, en tanto, el astro de la noche, lento,
pálido, melancólico y suave,
del aire azul recorre los espacios,
globo de plata o misteriosa nave,
vaga a través del ancho firmamento,
por cima de cabañas y palacios.
Su tibia luz refléjase en la tierra
como del alba la primer sonrisa
que va a alegrar las aguas de la fuente;
y al rizarse los mares con la brisa,
cuanto su seno de hermosura encierra
muéstrase allí, brillante y transparente.
Las plantas y los céfiros susurran
con blando son, y acentos misteriosos
lanza, al pasar, el murmurante río,
y a través de los árboles frondosos
las estrellas inmóviles fulguran
chispas de luz en su ámbito sombrío.
Todo es reposo, y soledad, y sueño…
sueño aparente y soledad mentida,
en el mundo del hombre… ¡hermoso mundo
cuando, mintiendo, a amarle nos convida!
Y es que en que fuese amado puso empeño,
quien llena cielo y tierra, y mar profundo.
Mas… ¿qué pálida sombra cruza el prado…
errante, sola, fugitiva y leve?
Como si fuese en pos de un bien perdido,
apenas al pasar las hojas mueve.
Y vaga al pie del monte y del collado
cual tortolilla en torno de su nido.
Virgen parece por la undosa falda
y por la blonda y larga cabellera,
que el viento de la noche manso agita;
bello es su rostro y dulce la manera
con que pisa la alfombra de esmeralda,
mientras su seno con ardor palpita.
¡Pobre mujer!… ¿Qué culpa, qué pecado
como aguijón la ha herido en su inocencia,
que el calor de su lecho así abandona?
Yo sondaré el dolor de tu conciencia,
que no en vano a la tierra he descendido,
en nombre del Señor que la perdona.
Ansia que ardiente crece
Ansia que ardiente crece,
vertiginoso vuelo
tras de algo que nos llama
con murmurar incierto,
sorpresas celestiales,
dichas que nos asombran;
así cuando buscamos lo escondido,
así comienzan del amor las horas.
Inaplacable angustia,
hondo dolor del alma,
recuerdo que no muere,
deseo que no acaba,
vigilia de la noche,
torpe sueño del día
es lo que queda del placer gustado,
es el fruto podrido de la vida.
¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…
¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…
¡Cuál mi mejilla abrasa!…
¡Cómo el rudo penar que me envenena
mi corazón traspasa!
Cómo siento el pesar del alma mía
al empuje violento
del dulce y triste recordar de un día
que pasó como el viento.
Cuán presentes están en mi memoria
un nombre y un suspiro…
Página extraña de mi larga historia,
de un bien con que deliro.
Yo escuchaba tina voz llena de encanto,
melodía sin nombre,
que iba risueña a recoger mi llanto…
¡Era la voz de un hombre!
Sombra fugaz que se acercó liviana
vertiendo sus amores,
y que posó sobre mi sien temprana
mil cariñosas flores.
Acarició mi frente que se hundía
entre acerbos pesares;
y lleno de dulzura y de armonía
díjome sus cantares.
Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,
que vibrando se siente
en lejana enramada, adonde expira
su gemido doliente.
Yo percibí su divinal ternura
penetrar en el alma,
disipando la tétrica amargura
que robara mi calma.
Y la ardiente pasión sustituyendo
a una fría memoria,
sentí con fuerza el corazón latiendo
por una nueva gloria.
Dicha sin fin, que se acercó temprana
con extraños placeres,
como el bello fulgor de una mañana
que sueñan las mujeres.
Rosa que nace al saludar el día,
y a la tarde se muere,
retrato de un placer y una agonía
que al corazón se adhiere.
Imagen fiel de esa esperanza vana
que en nada se convierte;
que dice el hombre en su ilusión mañana,
y mañana es la muerte.
Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja
Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.
Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!
¡Ay!, cuando los hijos mueren!
– I –
¡Ay!, cuando los hijos mueren,
rosas tempranas de abril,
de la madre el tierno llanto
vela su eterno dormir.
Ni van solos a la tumba,
¡ay!, que el eterno sufrir
de la madre, sigue al hijo
a las regiones sin fin.
Mas cuando muere una madre,
único amor que hay aquí;
¡ay!, cuando una madre muere,
debiera un hijo morir.
– II –
Yo tuve una dulce madre,
concediéramela el cielo,
más tierna que la ternura,
más ángel que mi ángel bueno.
En su regazo amoroso,
soñaba… ¡sueño quimérico!
dejar esta ingrata vida
al blando son de sus rezos.
Mas la dulce madre mía,
sintió el corazón enfermo,
que de ternura y dolores,
¡ay!, derritióse en su pecho.
Pronto las tristes campanas
dieron al viento sus ecos;
murióse la madre mía;
sentí rasgarse mi seno.
La virgen de las Mercedes,
estaba junto a mi lecho…
Tengo otra madre en lo alto…
¡por eso yo no me he muerto!
A mi madre, 1863
Busca y anhela el sosiego
Busca y anhela el sosiego…
mas… ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
-cuando sólo encuentra el mal-,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
Campanas de Bastabales
Campanas de Bastabales,
cuando os oigo tocar,
me muero de añoranzas.
I
Cuando os oigo tocar,
campanitas, campanitas,
sin querer vuelvo a llorar.
Cuando de lejos os oigo
pienso que por mí llamáis
y de las entrañas me duelo.
Me duelo de dolor herida,
que antes tenía vida entera
y hoy tengo media vida.
Sólo media me dejaron
los que de allá me trajeron,
los que de allá me robaron.
No me robaron, traidores,
¡ay!, unos amores locos,
¡ay!, unos locos amores.
Que los amores ya huyeron,
las soledades vinieron…
de pena me consumieron.
II
Allá por la mañanita
subo sobre los oteros
ligerita, ligerita.
Como una cabra ligera
para oir de las campanas
la campanada primera.
La primera de la alborada
que me traen los aires
por verme más consolada.
Por verme menos llorosa,
en sus alas me la traen
retozona y quejumbrosa.
Quejumbrosa y temblando
entre la verde espesura,
entre la verde arboleda.
Y por la verde pradera,
sobre la vega llana,
juguetona y juguetona.
III
Despacito, despacito
voy por la tarde callada
de Bastabales camino.
Camino de mi contento;
y en tanto el sol no se esconde
en una piedrita me siento.
y sentada estoy mirando
como la luna va saliendo,
como el sol se va poniendo.
Cual se acuesta, cual se esconde
mientras tanto corre la luna
sin saberse para dónde.
Para dónde va tan sola
sin que a los tristes que la miramos
ni nos hable ni nos oiga
Que si oyera y nos hablara
muchas cosas le dijera,
muchas cosas le contara.
IV
Cada estrella, su diamante;
cada nube, blanca pluma;
triste la luna marcha delante.
Delante marcha clareando
vegas, prados, montes ríos,
donde el día va faltando
Falta el día y noche oscura
baja, baja, poco a poco,
por montañas de verdor.
De verdor y de follaje,
salpicada de fuentecillas
bajo la sombra del ramaje.
Del ramaje donde cantan
pajarillos piadores,
que con la aurora se levantan.
Que con la noche se adormecen
para que canten los grillos
que con las sombras aparecen.
V
Corre el viento, el río pasa.
Corren nubes, nubes corren
camino de mi casa.
Mi casa, mi abrigo,
se van todos, yo me quedo
sin compañía ni amigo.
Yo me quedo contemplando
las llamas del hogar en las casitas
por las que vivo suspirando.
Viene la noche…, muere el día,
las campanas tocan lejos
las notas del Ave María.
Ellas tocan para que rece;
yo no rezo que los sollozos
ahogándome parece
que por mi tienen que rezar.
Campanas de Bastabales
cando vos oio tocar,
me muero de añoranzas.
¡Con qué pura y serena transparencia…
I
¡Con qué pura y serena transparencia
brilla esta noche la luna!
A imagen de la cándida inocencia,
no tiene mancha ninguna.
De su pálido rayo la luz pura
como lluvia de oro cae
sobre las largas cintas de verdura
que la brisa lleva y trae.
Y el mármol de las tumbas ilumina
con melancólica lumbre,
y las corrientes de agua cristalina
que bajan de la alta cumbre.
La lejana llanura, las praderas,
el mar de espuma cubierto
donde nacen las ondas plañideras,
el blanco arenal desierto,
la iglesia, el campanario, el viejo muro,
la ría en su curso varia,
todo lo ves desde tu cenit puro,
casta virgen solitaria.
II
Todo lo ves, y todos los mortales,
cuantos en el mundo habitan,
en busca del alivio de sus males,
tu blanca luz solicitan.
Unos para consuelo de dolores,
otros tras de ensueños de oro
que con vagos y tibios resplandores
vierte tu rayo incoloro.
Y otros, en fin, para gustar contigo
esas venturas robadas
que huyen del sol, acusador testigo,
pero no de tus miradas.
III
Y yo, celosa como me dio el cielo
y mi destino inconstante,
correr quisiera un misterioso velo
sobre tu casto semblante.
Y piensa mi exaltada fantasía
que sólo yo te contemplo,
y como que es hermosa en demasía
te doy mi patria por templo.
Pues digo con orgullo que en la esfera
jamás brilló luz alguna
que en su claro fulgor se pareciera
a nuestra cándida luna.
Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
esta que llena mi mente!
De altísimas regiones soberana
nos miras indiferente.
Y sigues en silencio tu camino
siempre impasible y serena,
dejándome sujeta a mi destino
como el preso a su cadena.
Y a alumbrar vas un suelo más dichoso
que nuestro encantado suelo,
aunque no más fecundo y más hermoso,
pues no le hay bajo del cielo.
No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
en luz, perfume y frescura,
sólo que le dio en cambio mala estrella,
dote de toda hermosura.
IV
Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,
indiferente y esquiva;
¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada
al que es llama ardiente y viva?
Adiós… adiós, y quiera la fortuna,
descolorida doncella,
que tierra tan feliz no halles ninguna
como mi Galicia bella.
Y que al tornar viajera sin reposo
de nuevo a nuestras regiones,
en donde un tiempo el celta vigoroso
te envió sus oraciones,
en vez de lutos como un tiempo, veas
la abundancia en sus hogares,
y que en ciudades, villas y en aldeas
han vuelto los ausentes a sus lares.
¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!…
¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.
De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.
¡Cuán tristes pasan los días!
– I –
¡Cuán tristes pasan los días!…
¡cuán breves… cuán largos son!…
Cómo van unos despacio,
y otros con paso veloz…
Mas siempre cual vaga sombra
atropellándose en pos,
ninguno de cuantos fueron,
un débil rastro dejó.
¡Cuán negras las nubes pasan,
cuán turbio se ha vuelto el sol!
¡Era un tiempo tan hermoso!…
Mas ese tiempo pasó.
Hoy, como pálida luna
ni da vida ni calor,
ni presta aliento a las flores,
ni alegría al corazón.
¡Cuán triste se ha vuelto el mundo!
¡Ah!, por do quiera que voy
solo amarguras contemplo,
que infunden negro pavor,
solo llantos y gemidos
que no encuentran compasión…
¡Qué triste se ha vuelto el mundo!
¡Qué triste le encuentro yo!…
– II –
¡Ay, qué profunda tristeza!
¡Ay, qué terrible dolor!
¡Tendida en la negra caja
sin movimiento y sin voz,
pálida como la cera
que sus restos alumbró,
yo he visto a la pobrecita
madre de mi corazón!
Ya desde entonces no tuve
quien me prestase calor,
que el fuego que ella encendía
aterido se apagó.
Ya no tuve desde entonces
una cariñosa voz
que me dijese: ¡hija mía,
yo soy la que te parió!
¡Ay, qué profunda tristeza!
¡Ay, qué terrible dolor!…
¡Ella ha muerto y yo estoy viva!
¡Ella ha muerto y vivo yo!
Mas, ¡ay!, pájaro sin nido,
poco lo alumbrará el sol,
¡y era el pecho de mi madre
nido de mi corazón!
A mi madre, 1863
Cuando al morir el día…
Recuerdo al 13 de junio de 1876
Cuando al morir el día
solo cantan el grillo y la cigarra,
y los insectos bullen y se pierden
en la niebla dorada.
Yo pienso que del cáliz de la rosa
la veo salir envuelta en leve gasa,
y que sus negros ojos fijan en mí
su lánguida mirada.
Y sueño en el silencio
de la noche callada
que a mi lecho se acerca
como una sombra voluptuosa y blanca;
que me besa en la frente,
que me sonríe y habla
y que me dice: «Vengo
de regiones extrañas
para traerle a tu enervado espíritu
la codiciosa calma».
Ven, báñate en las ondas de la muerte,
mi cariñosa hermana;
depón las terrenales ligaduras.
Ven conmigo… y… descansa.
Cuando miré de soledad vestida…
Cuando miré de soledad vestida
la senda que el destino me trazó,
sentí en un punto aniquilar mi vida.
¡Cuando infeliz me contemplé perdida
y el árbol de mi fe se desgajó,
tuvieron, ¡ay!, para llorar mis ojos
de amargura y de hiel tristes despojos!
¡La nada contemplé que me cercaba,
y… al presentir mi aterrador quebranto,
miré que solitaria me anegaba
en un mar de dolores y de llanto!
¡Nadie ni amor ni compasión cantaba,
ni un ángel me cubrió bajo su manto,
sólo la voz mi corazón oía
de la última ilusión que se perdía!…
Ya marchita la flor de mi esperanza
vi revolar no más en torno mío,
vaga esfera sin luz que nunca alcanza
dar resplandor a un corazón ya frío.
Vano es el ¡ay! que desgarrado lanza
por el dolor de ese vivir sombrío:
¡La oscuridad de esa existencia muerta,
cierra de un bien al porvenir la puerta!
La risa y el sarcasmo por doquiera
que fuera yo mi corazón palpaba,
y doquiera también que me escondiera,
¡ay!, la risa sardónica encontraba.
No hubo un rincón donde vivir pudiera,
no hubo esa paz que con afán buscaba;
¡guerra sin fin, fatídica existencia,
fue en mi vivir la delicada esencia!
Y rotas ya de la existencia mía
de paz y amor las ilusiones bellas,
llenas de horror las contemplé en un día
cual en cielo sin luz, muertas estrellas:
Su oscuridad mi porvenir partía,
mi fe y mi paz se confundió con ellas;
¡que eran del alma indisolubles lazos
que se fueron al fin, hechas pedazos!
Al caminar después por mil abrojos
mi frente juvenil se marchitó,
y al sentir las espinas en mis ojos
de angustia el corazón se poseyó;
luego al cielo exclamé puesta de hinojos,
y el cielo mis clamores no advirtió;
y sola combatí con mis pesares
¡lágrimas tristes derramando a mares!
Padecer y morir: Tal era el lema
que en torno mío murmurar sentí,
y mirando en redor de espanto llena,
su fatídico emblema comprendí;
y al ver el torcedor que me encadena
de espanto y de temor retrocedí…
¡Sola era yo con mi dolor profundo
en el abismo de un imbécil mundo!
Y buscando un apoyo, una caricia,
el eco «Soledad» me respondió:
Y cual cauce que ronco se desquicia
fatídico en mi pecho resbaló,
regalándome a un tiempo una delicia
que heló mi sien, y el porvenir mató;
que era fría y glacial como ella sola,
¡y aun sin querer, el corazón guardóla!
La soledad… cuando en la vida un día
circunda nuestra frente su fulgor,
un mundo de mortal melancolía
nos presenta un fantasma aterrador,
quitándole a las aves su armonía,
cubriendo de la luz el resplandor:
¡Noche sin fin al porvenir avanza
ahuyentando el amor y la esperanza!
Por eso, ¡ay Dios!, al caminar aún pura
entre inmundicias mil que tropecé,
llenaron de dolor y desventura
la hermosa realidad con que soñé:
Terrible asolación, esencia impura
lanzaron al Edén que acaricié;
y aquel Edén se convirtió en infierno
¡triste ilusión de mi dolor eterno!
Hoy yerto el corazón, falto de vida,
horas de horror e insensatez presiente,
largas horas sin fin que en la partida
marchitan su ilusión, secan su ambiente.
Y al dejar su ilusión seca y perdida,
vana esperanza el porvenir le miente;
sabe muy bien que esa esperanza es vana
¡sombra fugaz de su primer mañana!
Cubierto de sombríos nubarrones
un cielo en lontananza divisó,
y un canto singular de maldiciones
en sus bóvedas altas retumbó.
Rasgaban al pasar esas canciones
el alma del que triste las oyó;
¡por eso el pecho en su dolor profundo
sintió cubierto de aspereza el mundo!
Imágenes bellísimas de amores
fúlgidos rayos de brillante aurora,
frescas coronas de lucientes flores
que un sol de fuego con su luz colora.
Dulces cantos de amor arrobadores
que al delirar el corazón adora;
¡todo voló con la ilusión de un día
rota la flor de la esperanza mía!
Las horas que soñé desparecieron,
cual la flor que un torrente arrebató;
y allá en la nada del no ser se hundieron…
¡Que mi espíritu aquí no las halló!…
Tal vez ellas también se arrepintieron
de brindarme el placer que me halagó:
Y huyeron, ¡ay!, a una región lejana
que dice sin cesar: ¡ya no hay mañana!…
Mas ¿por qué se fatiga el pensamiento
en indagar el mal de esa partida?
¿Ignoro yo quizá que es como el viento
la dicha que arrullara nuestra vida?
Lo pasado será de hoy más un cuento
que se escuchó veloz…
¡Y correré en este vivir incierto
cual brisa solitaria del desierto!…
¿Qué es este miedo aterrador que siento
y esta congoja inalterable y fría,
que cuanto más desvanecerle intento
más se burla mordaz del ansia mía?
¿Quién ése fue que me robó violento
cándida paz que recobrara un día,
clavándole en la mitad del pecho mío
la terrible visión de un desvarío?…
¿Por qué en mi acerbo padecer maldigo
mis placeres sin fin, llena de enojos?
¿Por qué «si os amo» alguna vez les digo,
se llenarán de lágrimas mis ojos?
¿Por qué terrible un pensamiento abrigo
que marca mi camino con abrojos,
entrelazando espinas con las flores,
que forman el Edén de mis amores?
¡Ay!… yo buscando un lenitivo leve
en el dulce elixir de una esperanza,
siento sin ver que a mi dolor se atreve
el viento asolador de la mudanza:
Las hojas, ¡ay!, de mi placer conmueve
con el soplo voraz de su pujanza;
y la acritud de un pensamiento triste,
me grita sin cesar: «¡La fe perdiste!…
«Y perdida la fe… la fe perdida…
Roto el cristal de esa belleza oculta,
el cielo encantandor de nuestra vida
entre pálidas nubes se sepulta…
Su luz tan celestial queda escondida,
¡nuestra la faz aterradora e inculta;
y atmósfera infernal, monte de plonio,
¡pesa en el alma, sin saberse el cómo!…»
Yo callo a esa verdad que me despierta
a un mundo de aridez desconocido,
y muevo sin pensar mi planta incierta,
sin buscar ese bien que hallo perdido.
Porque esa flor de mis jardines muerta
nada… y nada no más se ha convertido;
¿y quién la nada en algo convirtiera?
¡Sabio fuera en verdad quien lo dijera!…
Cuando pienso que te huyes…
Cuando pienso que te huyes,
negra sombra que me asombras,
al pie de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Si imagino que te has ido,
en el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que sopla.
Si cantan, tú eres quien cantas,
si lloran, tú eres quien llora,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.
En todo estás y eres todo,
para mí en mí misma moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.
De gemidos quejumbrosos
– I –
De gemidos quejumbrosos,
de suspiros lastimeros,
vago suena en el espacio
melancólico concierto…
Son las campanas que tocan…
¡Tocan por los que murieron!
Plañidero el metal vibra,
las regiones recorriendo
de los valles solitarios,
de los tristes cementerios,
y también allá en la hondura
de las almas sin consuelo.
¡Vasto páramo es la mía,
como abrasado desierto,
como mar que no se acaba,
y en ella un sepulcro tengo
más profundo que un abismo,
más ancho que el firmamento,
y al eco de las campanas
que en él se va repitiendo,
los esqueletos se rompen,
de mis pálidos recuerdos!
¿Será cierto que pasaron,
y para siempre murieron?
¿Es verdad que cuanto toco,
cuanto miro y cuanto quiero
todo ilusión me parece,
todo me parece un cuento?…
Y que tuve un tiempo madre
y que ora ya no la tengo…
También un sueño parece,
¡pero qué terrible sueño!
– II –
Ayer en sueños te vi…
Que triste cosa es soñar,
y que triste es despertar
de un triste sueño… ¡ay de mí!
Te vi… la triste mirada,
lánguida hacia mí volvías,
bañada en lágrimas frías,
hijas de la tumba helada.
Y parece que al mirarme,
con tu mirada serena,
todo el raudal de mi pena
se alzaba para matarme.
Y también me parecía
que tu acento desolado,
llegando hasta mí pausado:
«¡Ya estoy muerta!», repetía.
Y al repetirlo, gimiendo
el eco en el hondo abismo
de mi pecho, iba así mismo
«¡ya estoy muerta!», repitiendo.
Y qué terror… qué quebranto
aquel eco me causaba…
Llegué a pensar que me hallaba,
en la región del espanto.
Y aunque era mi madre aquélla,
que en sueños a ver tornaba,
ni yo amante la buscaba,
mi me acariciaba ella.
Allí estaba sola y triste,
con su enlutado vestido,
diciendo con manso ruido:
«Te he perdido y me perdiste»
Y llorábamos… ¡qué horror!
Llorábamos de tal suerte;
ella lágrimas de muerte,
yo lágrimas de dolor.
Todo en hosco apartamiento,
como si una extraña fuera,
o cual si herirme pudiera,
con el soplo de su aliento.
Y es que el sepulcro insondable,
con sus vapores infectos,
mediaba entre ambos afectos,
de un origen entrañable.
Aun en sueños, tan sombría,
la contemplé en su ternura,
que el alma con saña dura,
la amaba y la repelía.
¡A la dulce, a la sin par
madre que me llevó el cielo!
¡Ah! ¡Qué amargo desconsuelo
debe su tumba llenar!
¡Aquélla a quien dio la vida,
tener miedo de su sombra!
¡Es ingratitud que asombra,
la que en el hombre se anida!
Mas tú que tanto has amado,
tú que tanto has padecido,
tú que nunca has ofendido,
y que siempre has perdonado,
a la que nació en tu seno
sé que no guardas rencores;
tú toda mieles y amores,
aun de la tumba en el cieno.
Ruega, ruega a Dios por mí,
desde tu lecho de espinas,
por donde al cielo caminas
al alejarte de aquí.
Y cuando al Dios de ternura,
llegues de gracia cubierta,
dile no cierre su puerta
a esta humilde criatura,
porque en santa paz unidas,
donde no hay penas ni olvido,
gocemos en blando nido,
las glorias desconocidas.
– III –
Como en un tiempo dichoso
fui al campo por la mañana,
que estaba hermosa y risueña,
que fresca y galana estaba;
fuime al romper de la aurora,
cuando tocaban al alba,
cuando aún los hombres dormían
y los jilgueros cantaban,
saltando de rosa en rosa,
volando de rama en rama.
Con su murmurio apacible,
solita la fuente estaba,
bajo el castaño frondoso
que tiernamente la guarda.
Y estaba la verde yerba
toda cubierta de escarcha.
Las tenues lejanas nieblas,
cual vaporosos fantasmas,
vagaban tristes y errantes
sobre las altas montañas.
El lejano campanario
sobre las nieblas se alzaba,
con sus graciosos festones,
con su armoniosa campana.
Y en torno al humilde templo,
bajo su sombra guardadas,
veíanse humildes chozas,
aun más que la nieve blancas.
¡Cuánta pureza en la atmósfera!
¡Cuánta dulcísima calma,
del cielo azul descendiendo,
en torno se respiraba!
Mas yo vestida de luto
y aun más enlutada el alma,
bajo las ramas del bosque
bajo las ramas paseaba,
soñando en sueños de muerte
que nos rasgan las entrañas.
Paseaba yo silenciosa,
paseaba yo solitaria,
mientras las aguas del río
camino del mar rodaban.
En vano, en vano buscando
al ángel de mi esperanza
que con sus alas ligeras,
hacia los cielos tornara.
¡Pobre ángel! pobre ángel mío…
¡Cuánto en la tierra te amaba!
¡Mas cómo no amarte cuando
tus alas me cobijaban,
si fueron ellas mi cuna,
la cuna en que me arrullabas.
Si fueron mi dulce aliento
y el paño, ay, Dios, de mis lágrimas!
Hora corren hilo a hilo.
Hora mis mejillas bañan,
bañan la tierra que piso
y en su amargura me empapan,
mas nadie viene, ángel mío,
¡ay!, nadie viene a enjugarlas.
Ya el sol bañaba las cumbres
de las risueñas montañas,
ya disiparan las nieblas,
las brisas de la mañana;
ya despertaran los hombres,
ya no tocaban al alba,
cuando torné de los campos,
paso tras paso a mi casa.
Dejárala silenciosa
cuando salí a la mañana,
y silenciosa a mi vuelta,
más que las tumbas estaba.
En la solitaria puerta
no hay nadie… ¡nadie me aguarda!
ni el menor paso se siente
en las desiertas estancias.
Mas hay un lugar vacío
tras la cerrada ventana,
y un enlutado vestido
que cual desgajada rama
pende en la muda pared
cubierto de blancas gasas.
No está mi casa desierta,
no está desierta mi estancia…
Madre mía… madre mía,
¡ay!, la que yo tanto amaba,
que aunque no estás a mi lado
y aunque tu voz no me llama,
tu sombra sí, sí… tu sombra,
¡tu sombra siempre me aguarda!
Muchos lloran y lloran y se quejan,
y entre quejas y llantos y suspiros,
que hijos son del dolor,
la ruda fuerza del dolor mitigan,
cantando al son de lira cariñosa
con plañidera voz.
Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,
mas en mi seno recogida guardo
la hiel del corazón;
y por eso, vivir, vivo muriendo,
que sentir nadie sin morir pudiera,
¡ay, lo que siento yo!
De la torpe ignorancia que confunde…
1
De la torpe ignorancia que confunde
lo mezquino y lo inmenso;
de la dura injusticia del más alto,
de la saña mortal de los pequeños,
¡no es posible que huyáis! cuando os conocen
y os buscan, como busca el zorro hambriento
a la indefensa tórtola en los campos;
y al querer esconderos
de sus cobardes iras, ya en el monte,
en la ciudad o en el retiro estrecho,
¡ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
y señalan con íntimo contento
cual la mano implacable y vengativa
señala al triste y fugitivo reo.
2
Cayó por fin en la espumosa y turbia
recia corriente, y descendió al abismo
para no subir más a la serena
y tersa superficie. En lo más íntimo
del noble corazón ya lastimado,
resonó el golpe doloroso y frío
que ahogando la esperanza
hace abatir los ánimos altivos,
y plegando las alas torvo y mudo,
en densa niebla se envolvió su espíritu.
3
Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
son como niebla que disipa el alba,
i qué sabéis del que lleva de los suyos
la eterna pesadumbre sobre el alma!
4
Cuando en la planta con afán cuidada
la fresca yema de un capullo asoma,
lentamente arrastrándose entre el césped,
le asalta el caracol y la devora.
Cuando de un alma atea,
en la profunda oscuridad medrosa
brilla un rayo de fe, viene la duda
y sobre él tiende su gigante sombra.
5
En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
al fecundar la tierra con su preciosa sangre.
Henchido está el ambiente de agradables aromas,
las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
mas él siente que rugen con sordo clamoreo
de sofocados gritos y de amenazas mudas.
¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
hasta las más recónditas profundidades llega;
mas sus hermosos rayos
jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.
De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
o ya del desengaño a la menguada sombra.
¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
esa quietud sombría que infunde la tristeza.
6
Cada vez huye más de los vivos,
cada vez habla más con los muertos
y es que cuando nos rinde el cansancio
propicio a la paz y al sueño,
el cuerpo tiende al reposo,
el alma tiende a lo eterno.
7
Así como el lobo desciende a poblado,
si acaso en la sierra se ve perseguido,
huyendo del hombre que acosa a los tristes,
buscó entre las fieras el triste un asilo.
El sol calentaba su lóbrega cueva,
piadosa velaba su sueño la luna
el árbol salvaje le daba sus frutos,
la fuente sus aguas de grata frescura.
Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
la luna entre brumas veló su semblante,
secóse la fuente, y el árbol nególe,
al par que su sombra, sus frutos salvajes.
Dejando la sierra buscó en la llanura
de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
y a un río profundo, de nombre ignorado,
pidióle aguas puras su labio sediento.
¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
la sed que atormenta y el hambre que mata;
¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.
Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
agrandan las sombras que en torno le cercan,
allá en lontananza la luz de la vida,
hiriendo sus ojos feliz centellea.
Dichosos mortales a quien la fortuna
fue siempre propicia… ¡Silencio!, ¡silencio!,
si veis tantos seres que corren buscando
las negras corrientes del hondo Leteo.
De la vida entre el múltiple…
De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
no, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
ni en el contento y harto seno de los placeres,
ni del dolor acerbo en la dura aspereza.
Ya es átomo impalpable o inmensidad que asombra,
aspiración celeste, revelación callada;
la comprende el espíritu y el labio no la nombra,
y en sus hondos abismos la mente se anonada.
Del antiguo camino a lo largo
Del antiguo camino a lo largo,
ya un pinar, ya una fuente aparece,
que brotando en la peña musgosa
con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
entre un mar de verdura se pierden,
dividiéndose en limpios arroyos
que dan vida a las flores silvestres
y en el Sar se confunden, el río
que cual niño que plácido duerme,
reflejando el azul de los cielos,
lento corre en la fronda a esconderse.
No lejos, en soto profundo de robles,
en donde el silencio sus alas extiende,
y da abrigo a los genios propicios,
a nuestras viviendas y asilos campestres,
siempre allí, cuando evoco mis sombras,
o las llamo, respóndenme y vienen.
Del luto de mi noche…
Del luto de mi noche
mi ángel funesto
tejió un velo pesado,
tupido y denso
más que las sombras
que en los hondos abismos
eternas moran.
Negome desde entonces
el sol su brillo,
¡ay!, negome la luna
su fulgor tímido,
y la esperanza
no alumbró más el yermo
de mis entrañas.
Por eso todo, todo…
para mí ha muerto.
Mudas pasan mis horas
tal como espectros…
Cabe mi oído
sólo se agita el soplo
de los olvidos.
Hiende el rayo al peñasco en el monte,
a la nave en el mar la tormenta,
en el aire, el halcón prende al pájaro.
Y en el mar, en el aire, en la tierra,
todos prenden y acosan al hombre
de desgracia acusado y pobreza.
Es obligado tema de sensibles cantores
el amor y sus penas, el beso o la mirada
del dulce ser querido, la dicha malograda
o la esperada dicha con sus vagos temores.
Después vienen los pájaros, el mar o el arroyuelo,
la tempestad que brama o la brisa sonora
que hace hablar al follaje mientras nace la aurora
o alza la mariposa el inconstante vuelo.
Mas ¿qué nube es aquella que, elevada,
llena de luz, por el oriente asoma,
virgen que viene en su pudor velada,
temprana flor con su primer aroma?
¿Quién la que en tronos de zafir sentada,
blanca, pura y sin hiel, dulce paloma,
desciende hacia la tierra en raudo vuelo,
abandonando por la tierra el cielo?
¡Es ella! ¡Una mujer! Fuente de vida,
diosa inmortal de pensamiento altivo,
del seno de los ángeles venida
para librar mi corazón cautivo:
es fruto de verdad, fuente querida
de quien mi libre inspiración recibo;
es la que, madre de las madres, lleva,
¡nombre de bendición!, el nombre de Eva.
Como las auras del abril, liviana;
como la luz del sol, fuerte y hermosa,
es ella de quien dicen flor temprana,
fuente sellada, estrella misteriosa:
su rostro del color de la mañana,
suelta la blanda cabellera undosa,
la palabra suave, el paso leve
que a su ligero andar las flores mueve.
Mas hay en su mirada una tristeza
de inefable amantísimo delirio,
que aumenta el resplandor de su belleza,
la llama santa de un feliz martirio,
¡oh pura fuente de inmortal limpieza,
sobre las ondas desmayado lirio!
¡Oh cuán amada por tus penas eres,
mujer en quien esperan las mujeres!
En medio del silencio, allá en la noche,
madre de los misterios,
llenaban el espacio ecos suavísimos,
armónico concierto
de entrecortadas frases y caricias,
de suspiros, de quejas y de besos.
¡Ay! Eran él y ella.
Espíritus de fuego,
almas que envueltas en ardiente llama
devoraban placeres y deseos.
-La vida es breve… Amémonos -decían.
-¡Tan veloz corre el tiempo!…
Y en su ansia loca, y en su afán ardiente
más que el viento esta vez corrieron ellos.
Tras de las largas misteriosas noches
un sol primaveral brilló sereno,
y uno al otro en silencio se miraron
con espanto y con miedo…
-Pero si esta es la vida,
-murmuraron después- ¿a qué ir más lejos?
Y cual duerme un cadáver en su tumba
uno en brazos del otro se durmieron.
Del mar azul las transparentes olas
Del mar azul las transparentes olas
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando,
tentadoras me besan y me buscan.
Inquietas lamen de mi planta el borde,
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus salas húmedas.
Mas cuando ansiosa quiero
seguirlas por la líquida llanura,
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.
Y huyen abandonándome en la playa
a la terrena, inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó inconstante la fortuna.
Del rumor cadencioso de la onda
Del rumor cadencioso de la onda
y el viento que muge;
del incierto reflejo que alumbra
la selva o la nube;
del piar de alguna ave de paso;
del agreste ignorado perfume
que el céfiro roba
al valle o a la cumbre,
mundos hay donde encuentran asilo
las almas que al peso
del mundo sucumben.
Desolación
Del luto de mi noche
mi ángel funesto
tejió un velo pesado,
tupido y denso
más que las sombras
que en los hondos abismos
eternas moran.
Negome desde entonces
el sol su brillo,
¡ay!, negome la luna
su fulgor tímido,
y la esperanza
no alumbró más el yermo
de mis entrañas.
Por eso todo, todo…
para mí ha muerto.
Mudas pasan mis horas
tal como espectros…
Cabe mi oído
sólo se agita el soplo
de los olvidos.
Hiende el rayo al peñasco en el monte,
a la nave en el mar la tormenta,
en el aire, el halcón prende al pájaro.
Y en el mar, en el aire, en la tierra,
todos prenden y acosan al hombre
de desgracia acusado y pobreza.
Es obligado tema de sensibles cantores
el amor y sus penas, el beso o la mirada
del dulce ser querido, la dicha malograda
o la esperada dicha con sus vagos temores.
Después vienen los pájaros, el mar o el arroyuelo,
la tempestad que brama o la brisa sonora
que hace hablar al follaje mientras nace la aurora
o alza la mariposa el inconstante vuelo.
Mas ¿qué nube es aquella que, elevada,
llena de luz, por el oriente asoma,
virgen que viene en su pudor velada,
temprana flor con su primer aroma?
¿Quién la que en tronos de zafir sentada,
blanca, pura y sin hiel, dulce paloma,
desciende hacia la tierra en raudo vuelo,
abandonando por la tierra el cielo?
¡Es ella! ¡Una mujer! Fuente de vida,
diosa inmortal de pensamiento altivo,
del seno de los ángeles venida
para librar mi corazón cautivo:
es fruto de verdad, fuente querida
de quien mi libre inspiración recibo;
es la que, madre de las madres, lleva,
¡nombre de bendición!, el nombre de Eva.
Como las auras del abril, liviana;
como la luz del sol, fuerte y hermosa,
es ella de quien dicen flor temprana,
fuente sellada, estrella misteriosa:
su rostro del color de la mañana,
suelta la blanda cabellera undosa,
la palabra suave, el paso leve
que a su ligero andar las flores mueve.
Mas hay en su mirada una tristeza
de inefable amantísimo delirio,
que aumenta el resplandor de su belleza,
la llama santa de un feliz martirio,
¡oh pura fuente de inmortal limpieza,
sobre las ondas desmayado lirio!
¡Oh cuán amada por tus penas eres,
mujer en quien esperan las mujeres!
En medio del silencio, allá en la noche,
madre de los misterios,
llenaban el espacio ecos suavísimos,
armónico concierto
de entrecortadas frases y caricias,
de suspiros, de quejas y de besos.
¡Ay! Eran él y ella.
Espíritus de fuego,
almas que envueltas en ardiente llama
devoraban placeres y deseos.
-La vida es breve… Amémonos -decían.
-¡Tan veloz corre el tiempo!…
Y en su ansia loca, y en su afán ardiente
más que el viento esta vez corrieron ellos.
Tras de las largas misteriosas noches
un sol primaveral brilló sereno,
y uno al otro en silencio se miraron
con espanto y con miedo…
-Pero si esta es la vida,
-murmuraron después- ¿a qué ir más lejos?
Y cual duerme un cadáver en su tumba
uno en brazos del otro se durmieron.
Dicen que no hablan las plantas
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Dos palomas
Dos palomas yo vi que se encontraron
cruzando los espacios
y al resbalar sus alas se tocaron…
Cual por magia tal vez, al roce leve
las dos se estremecieron,
y un dulce encanto, indefinible y breve,
en sus almas sintieron.
Y torciendo su marcha en un momento
al contemplarse solas,
se mecieron alegres en el viento
como un cisne en las olas.
Juntáronse y volaron
unidas tiernamente,
y un mundo nuevo a su placer buscaron
y otro más puro ambiente.
Y le hallaron al fin, y el nido hicieron
en blanda cama de azucena y rosas,
y en ella se adurmieron
con las libres y blancas mariposas.
Y al despertar sus picos se juntaron,
y en la aurora luciente
sus caricias de amor se retrataron
como sombra riente.
Y en nubes de oro y de zafir bogaban
cual ondulante nave
en la tranquila mar, y se arrullaban
cual céfiro süave.
Juntas las dos al declinar del día
cansadas se posaban,
y aun los besos el aura recogía
que en sus picos jugaban.
Y así viviendo inmarchitables flores
sus días coronaron,
y nunca los amargos sinsabores
sus delicias turbaron.
¡Felices esas aves que volando
libres en paz por el espacio corren
de purísima atmósfera gozando!
El otoño de la vida
Una tarde de paz en el estío
en que al sopor del caluroso ambiente
se mezclaba lo fresco del rocío.
Hora en que el sol su brillantez perdía,
cubierto allá por las doradas nubes
donde hermosas sus luces escondía.
Sembrada de azucenas y verdura
selva en verdad de dilatado espacio,
convidaba al reposo y la tristura;
y en la pálida sombra que extendían
las ramas de sus árboles frondosos,
misteriosas dulzuras se escondían.
Ningún eco cercano se escuchaba,
ni el insecto de espléndidos colores
jugando por los aires revolaba.
Parece que en redor todo dormía,
que ni aun el aura entre las blandas flores
con su manso murmullo se sentía.
De cuando en vez algún ligero viento
que al mismo tiempo de nacer moría,
cual de un niño que expira el breve aliento.
Un eco inusitado produciendo
pasaba entre el verdor de aquel follaje,
y en el espacio al fin se iba extinguiendo.
Y al cabo en el silencio adormecidas
las olorosas plantas reposaban
en la sombra fresquísima escondidas.
Un joven allí inmóvil descansaba
cabe del pie de carcomida encina,
y una blanda ilusión acariciaba;
y el ¡ay!, que postrimero se sentía
de aquella tarde, amortiguado y yerto,
aquel joven tal vez lo recogía…
Clavado su mirar en unas flores
que lozanas y bellas se entreabrían,
se encantaba, quizás de sus colores.
Y al seguir el instinto que lo impele
con placer una de ellas ha tocado;
mas al instante mismo retrocede.
Ve que la flor tan sonrosada y pura
cambiando su color mustia se vuelve
al sentir de su mano la prensura.
Y una arruga marcó su blanca frente
al mirar transición tan repentina;
y alguna idea se quemó en su mente…
Mas insiste otra vez; la mano alarga
por coger otra flor que era más bella,
y un pensamiento de dolor le embarga
al ver también que se doblega y muere
la flor que tan bonita se mecía,
y en vano el joven revivir la quiere.
Y también esta vez su frente pura
nublada fue por una idea extraña
mezclada entre vapores de amargura.
A poco rato un pajarillo hermoso
de dulce canto y purpurinas alas
que busca en la pradera su reposo,
paróse junto al joven que extasiado
mirándole en su vuelo le siguiera
de su rara belleza enamorado.
Y al verle que tan cerca se detiene
muy suavísimamente le aprisiona,
y un instante en su mano le contiene.
Y el pajarillo entonces aletea
por salir de la cárcel que le oprime,
y pierde su vigor en la pelea.
Y al fin, después de que se agita en vano,
su pobre corazón de latir cesa,
y muerto se le queda entre la mano…
Estático el joven palabras pronuncia,
que él sólo comprende, que nadie escuchó,
y mira aquel ave que acaso le anuncia
lo que él algún día, quizá presintió.
La víctima yerta ligero la tira
a donde las flores marchitas están;
y allí de sus restos los ojos retira,
que acaso el mirarlos tristeza le dan.
Y apoya la frente de angustia nublada
al árbol que cerca de sí percibió,
y a poco pensando, quizás en la nada,
cerrando sus ojos durmiendo quedó.
Y la selva también que se dormía,
con el joven aquél, en los vapores
que ocultaba la tarde parecía.
Y un eco de su fondo se exhalaba,
que al grato son del murmurante arroyo
imperceptible y leve se mezclaba.
Y aquel eco sin voz era un aliento,
un respiro vital de aquellas llores
que extendían su aroma por el viento.
Una brisa ligera se levanta,
mueve de pronto las dormidas hojas,
y entre las ramas resbalando canta.
Y parece que entonces nueva vida,
cobró a su vez la soñolienta tarde
del letargo pesado desprendida.
Ya el pájaro cantando voltejea,
y en su vuelo rasante va tocando
la blanca flor que nacarada ondea.
Y el lago que tranquilo reposaba
espejo de purísima limpieza
donde un cielo de azul se reflejaba,
manso viento que pasa y se desliza
su blanda superficie apenas mueve
y en leves ondas su tersura riza.
Todo revive, al parecer, y abierta
la senda de otra vida, se percibe;
mas el joven aquél aún no despierta.
Una paloma silvestre
ligera viene y se posa
en el árbol do reposa
el joven que se durmió.
Ya su cantar poco dulce
marchóse el blando beleño
de su pacífico sueño;
y el joven se levantó.
La vista tiende en la selva
para despedirse acaso,
mas tras él sintiendo el paso
de algún animado ser,
vuelve la cabeza y mira
un niño que juguetea,
y contento se recrea
con inocente placer;
y que en su mano lozanas
las flores marchitas antes,
con sus colores brillantes
volvieron a relucir;
y el pájaro que doliente
entre sus manos muriera,
ora cantando volviera
con su hermosura a vivir.
Entonces el joven
del caso presente
la causa a su mente
pregunta, y la halló.
Y en tanto que el niño
risueño jugaba,
su labio marcaba
sonrisa que heló.
La duda presiente
que acaso a su vida
por siempre irá unida
fatal predicción…
Suspira y su labio
murmura una queja,
y huyendo se aleja
de aquella visión.
Luego un eco
en el espacio
muy despacio
se perdió,
y en los valles
extendido
escondido
murmuró,
con raro
vago
son:
«Al que en la vida una vez
mira la fe ya perdida
que acarició su niñez
y la terrible vejez
siente venir escondida;
quien contempla la ilusión
de su esperanza soñada
muriendo en el corazón
al grito de la razón
¿qué es lo que queda?… ¡nada!…»
En las riberas vagando…
En las riberas vagando
de la mar, las verdes olas
mira Argelina y contando
las horas que van pasando
vierte lágrimas a solas.
Sus lindos ojos de cielo
en el horizonte fija,
por ver si encuentra un consuelo
¡mas ay!, que es vano el anhelo
que su corazón cobija.
Su amante le dijo allí
desde su buque velero:
«Aguarda Argelina aquí:
Que si hoy dejarte prefiero,
mañana vendré por ti.»
Y entera la noche larga
que silenciosa corría
vio pasar; pero en su impía,
cruel desventura amarga
no vio que su bien volvía.
Y el día también llegó:
Mas fue que llegara en vano,
que el bien que ansiosa esperó,
consuelo del mal tirano,
por el mar no pareció.
Y allí todavía está
mirando a la mar movible,
por ver si la mar le da
lo que tal vez imposible
para Argelina será.
Y viendo al fin reducidas
sus esperanzas en nada,
viendo en el viento esparcidas,
las ilusiones perdidas,
su bienandanza frustrada;
mirando al bien que se aleja
con su fugitivo encanto,
dijo en tristísima queja:
«¿Por qué tan sola me deja,
cuando yo le amaba tanto?
¿Por qué si tras él corrí?
¿Por qué si hasta aquí llegué?
¿Por qué si tanto esperé
a verle más no volví?
¿No comprendió que sin él,
fuera un tormento mi vida,
donde guardara escondida
llena una copa de hiel?
¡Adiós, ventura de un día!
¡Adiós, delicia soñada,
donde he mirado estampada
toda la esperanza mía!
¡Ya nunca más te veré,
que el rudo penar que siento
me irá consumiendo lento,
y de dolor moriré!
¡Adiós, hermosa ribera
donde mi esperanza dejo
ya para siempre me alejo
de tu orilla placentera.
Mas si viniendo él aquí
oyeras su dulce canto,
contéstale, dile cuánto,
cuánto por él padecí!…»
En los ecos del órgano, o en el rumor del viento
En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
otra vez de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
Por eso vive triste, porque te busca siempre,
sin encontrarte nunca.
En un álbum
Te vi una vez de niña;
me pareciste flor de primavera
o capullo de rosa que exhalase
su virginal esencia.
Ahora dicen todos
que eres mujer bella…
¡Quiera Dios que en el lecho de las vírgenes
por largo tiempo en largo sueño duermas!
¡Que es el sueño más dulce
que duermen las hermosas en la Tierra!
Era apacible el día
Era apacible el día
Y templado el ambiente,
Y llovía, llovía
Callada y mansamente;
Y mientras silenciosa
Lloraba y yo gemía,
Mi niño, tierna rosa
Durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!
Tierra sobre el cadáver insepulto
Antes que empiece a corromp-erse… ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
Bien pronto en los terrones removidos
Verde y pujante crecerá la yerba.
¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!…
Jamás el que descansa en el sepulcro
Ha de tornar a amaros ni a ofenderos
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
Para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.
Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
Te espera aún con amoroso afán,
Y vendrá o iré yo, bien de mi vida,
Allí donde nos hemos de encontrar.
Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
Que no morirá jamás,
Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
A desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.
Mas… es verdad, ha partido
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrenal,
En donde nace, vive y al fin muere
Cual todo nace, vive y muere acá.
Era una noche en que el viento…
Era una noche en que el viento
con sordo acento mugía,
y en que no más se sentía
del trueno el ronco fragor.
Y en sombras la tierra envuelta
como en un fúnebre manto,
miedo causaba y espanto
al pecho de más valor.
Nadie en tan hórrida noche
cruzar tal vez se atreviera,
ni del valle la pradera,
ni la calle en la ciudad.
Que es mucho el fiero estampido
que suena en el firmamento
al rudo choque violento
de la recia tempestad.
Do quiera en torno se mire
sólo las sombras parecen,
que en sus misterios ofrecen
genios que ocultos están.
Vagos fantasmas que corren
sus negras alas batiendo,
y a su alredor extendiendo
miedos que vienen y van.
Si algún mortal aún despierto
noche tan cruda mirara,
hacia su lecho tornara
para esconderse y dormir;
arrebujado y hundido
de su colchón en la pluma
queriendo el mal que le abruma
con blando sueño extinguir.
Y, sin embargo, velando
una mujer algo espera,
que mira inquieta la esfera
de un anticuado reló:
del que la aguja dorada,
girando siempre impasible,
vio que pasando terrible
las doce en punto marcó.
Volvióse pálida entonces,
y en su lozana mejilla
triste una lágrima brilla
de agudo e intenso dolor.
Y un ¡ay!, de acerba congoja,
cual del que en su bienandanza
pierde toda la esperanza,
mezcló del viento al rumor.
Y exclama con triste queja:
«Ya son las doce, ¡Dios mío!
Ya mi esperanza se aleja
que así el perjuro me deja
sola llorar su desvío.
¿Por qué en su amor me creí?
¿Por qué cifré la esperanza
del tierno afán que sentí
prisma luciente que vi
mar de fingida bonanza?
Ya tantas noches pasaron
que aquí velando esperé,
y silenciosas marcharon,
y entre su sombra llevaron
la dicha que acaricié.
Y ni un consuelo a mi afán
sus vanas sombras trajeron
que en mí burlándose están;
y que hoy también fingirán
cual otras veces fingieron.
¡Ay!… Cuando al fin se despierta
de un sueño dulce de amores
para contemplar desierta
la ventura que cubierta
se vio de risueñas flores;
cuando mentira se advierte
grata delicia que un tiempo
vivió con el alma fuerte,
se mira en torno la muerte
vagando del pensamiento;
ni trina el ave sonora,
ni el aura murmullo tiene,
ni luce alegre la aurora,
y hasta la vida se ignora
si algún recuerdo contiene.
Corran veloces las horas
marchen las horas despacio,
heladas o abrasadoras
se esconden siempre traidoras
en la nada de un espacio…
¡Oh Dios! Si el año de gloria
que entre caricias fue huyendo,
trocóse en dicha ilusoria
para abrasar mi memoria
que ha de acordar padeciendo,
más me valiera morir,
que el rudo penar que siento
tener asaz que sufrir,
y entre el dolor maldecir
la fe de mi pensamiento.»
Así entre pena y dolores
aquella noche pasaba,
y la infeliz lamentaba
de la suerte los rigores.
Cuando en el aire sonó
leve palmada ligera,
y entonces la joven fuera
de la ventana miró,
y algo de bueno sus ojos
allá en la sombra encontraron,
que el ceño adusto dejaron
de sus sentidos enojos.
Plática dulce de amores
a poco rato se oía,
y un hombre a Inés la decía
para calmar sus temores:
-¡Cuánto sufrí vida mía!…
¡Cuántas congojas de muerte
al ver pasaban sin verte
un día tras otro día!
Tú comprender no podrás
cómo esas noches tan largas
me habrán parecido amargas
cual no lo fueron jamás.
En mis insomnios creí
que en tanto por mí esperabas,
de la pura fe dudabas
de quien penaba por ti:
de quien sin miedo avanzó
por la tormenta impasible
luego que un medio posible
para venir alcanzó.
-¿Por qué la noche has faltado
que aquí venir me juraste?
-Porque la fortuna al traste
dio con mi intento soñado.
Quise a tu lado volver
cuando así lo prometiera,
mas cual si la suerte fuera
mi grato plan a torcer,
asuntos de gran valía
el tiempo aquel me robaron,
y de cumplir me privaron
la grata esperanza mía.
Y en mi castillo esperé
llegase el ansiado instante
para decirte que amante
nunca de ti me olvidé.
Al escuchar, dijo Inés,
ese lenguaje que adoro,
percibo un rico tesoro
de mi esperanza a través;
y marcha el dolor impío
de mis acerbos pesares
cual se disipa en los mares
la niebla con el rocío.
Mas queda envuelta en el hondo
de esa ventura que pasa
ceniza ardiente que abrasa
mi corazón hasta el fondo…
Siempre escondido en mi pecho
cierto secreto guardé,
y en mi dolor lo oculté
llena de amargo despecho.
Y fue la historia fatal
que aquí una vez me contaron,
cuyos detalles grabaron
el corazón por mi mal.
Y hoy sus misterios diré,
porque abrasando mi alma
roban la paz y la calma
que tanto tiempo gocé.
Dijeron que una mujer
de alto linaje y renombre
quiso la dieses tu nombre…
tu hermosura y tu poder.
Y tú cual joven de honor
con su buen padre trataste,
y tu palabra empeñaste
de consagrarla tu amor.
Y que de un valle al confín
sólo con ella has hablado,
y que en recuerdo te ha dado
una flor de su jardín.
Tú con afán la cogiste,
y con amor la besaste,
y por su emblema juraste…
lo que tal vez no cumpliste…
Dime si es esto verdad:
que más engaños no quiero…
Y más morirme prefiero
que dudar de tu lealtad.
-Los cielos testigos son
que si tal ha sucedido,
contestó el galán, sumido
en rara meditación,
ni a la palabra falté
que en ese tiempo haya dado,
ni al proferir que te amado
querida Inés te engañé.
Si algún juramento di,
a recordar sólo acierto,
que ha sido a un hombre que ha muerto
a quien tal cosa ofrecí.
Mas ella… murió también…
Y en el morir… todo acaba…
Por eso a ti te llamaba
mi solo y único bien.
Cuando al venir a tu casa
por el cementerio paso,
siempre me asalta al acaso
algún recuerdo que abrasa.
Mas luego que lejos estoy
de aquel lugar funerario,
con pensamiento más vario
a ti acercándome voy.
Y tus caricias de amor
con su dulcísimo aliento
disipan del pensamiento
los recuerdos de la flor.
Así su amante a Inés constancia eterna
y gloria al porvenir la prometía,
y ella escuchando apasionada y tierna
su fe volver al corazón sentía.
Y se entregó de la esperanza en brazos,
gozó feliz con su vivir presente,
volvió a anudar los desunidos lazos,
y en el placer adormeció su frente.
Mas, ¡ay!, que la aventura acá en la vida
es niebla que fugaz se disipó,
seca flor que en el tronco suspendida
la ráfaga más tenue desprendió.
Y también es verdad que si hay un día
que el alma en paz de venturanza goza
entre el rudo estertor de la agonía,
lucha en vano después y se destroza.
No hay goce, no, que duradero sea,
ni placer que no envuelva una mortaja,
la flor que más lozana se recrea
marchita de su tronco se desgaja.
Y si algún ser entre delicias ciento
vio resbalar su juventud temprana,
sentirá la vejez del pensamiento
que ha de luchar con su dolor mañana.
Y tendrá que pagar ese tributo
que nos pide de lágrimas la vida,
¡que es en verdad el sazonado fruto
que dejamos al fin de la partida!…
Ved a Inés pobre mujer
que disipados ya mira
sus pesares,
cómo volviendo al placer
llena de gozo delira
en sus cantares.
Mirad cómo al joven vate
que la enamora risueño,
le acaricia
cómo el corazón le late
y siente un suave beleño
de delicia.
Ya le parece que el mundo
es un jardín encantado
que los mece,
sin ver el daño profundo
que, aunque de flores sembrado,
les ofrece.
Y nada en el porvenir
la arredra ni la amedrenta,
ni allí mira,
que en el placer de sentir
vana quimera sustenta,
y aun delira.
¡Quién pudiera prolongar
tanta delicia en un punto
solamente!…
¡Mas, ¡ay!, que habrá que pagar
cuanta ventura en conjunto
vio su mente!…
Si tal su placer ha sido,
si amor tan grande sintió,
tal será el dolo;
y buscando un bien perdido,
verá que pronto se halló
con llanto solo!…
La noche avanzaba
la aurora viniendo
su luz extendiendo
la tierra cubrió.
Cesó la tormenta
que ha poco mugía,
lejano moría
su triste rumor.
La atmósfera libre
de negros vapores
los varios colores
dejaba lucir,
de rosas tempranas,
de pájaros ciento
que, alegres, al viento
volaban sin fin.
Reflejo el primero
de un sol que nacía
muy tenue venía
la escena a alumbrar,
de Inés y su amante
que en grata victoria
cien mundos de gloria
forjándose están.
Ni cuentan las horas
que corren perdidas,
ni ven que extinguidas
las sombras van ya.
Felices murmuran
promesas sin cuento,
cenizas que al viento
mañana serán,
Inés que contempla
tan sólo a su amante,
ni mira adelante,
ni atrás recordó.
La dicha presente
quizá se ha fingido
que eterna habrá sido,
y el mal olvidó.
Mas de pronto su semblante
de amarillo se ha cubierto,
como flor que en el desierto
marchitada al viento fue.
Y fijando su mirada
en un punto solamente,
preguntando está a su mente
si es mentira lo que ve…
Blanca flor que se desprende
del jubón de su querido,
cual semblante dolorido
de una virgen que murió.
Cuyas hojas ya marchitas
la figura representan
de bellezas que se ahuyentan
la memoria que quedó:
Fue lo que de Inés atrajo
la atención con tanto empeño,
lo que al fin vio no era sueño
sino triste realidad.
Fue lo que la horrible duda
con los celos le ha devuelto,
densa nube que ha disuelto
por su vida una verdad.
-Tú me fingiste, al punto exclama:
Ésa es la flor del juramento,
esa mujer que amaste vive:
No me engañó mi pensamiento.
¡Ay!, si después que en ti he fiado
miro que es falso tu querer:
Si das en premio a mis afanes
sólo un eterno padecer;
y si después que derramaste
bálsamo dulce en mi existir,
amarga hiel no más me dejas
que aprovechar al porvenir…
Valiera más que me mataras
que así dejarme, ¡oh, Dios!, mirar
que en brazos de otra mis caricias
ya para siempre olvidarás.
Esa flor, ¡ay!, lo dice todo,
y ahora al mirarla ya perdí
la tierna fe, la dicha dulce
que en tus caricias recogí…
-Calma tu afán, la dice el joven
algo turbado al parecer,
causa no fue lo que ahora has visto
para aumentar tu padecer.
Es esta flor, yo te lo juro,
emblema santo que respeto,
nada profano en torno encierra,
es de mi fe dulce amuleto.
Yo la encontré lozana y bella,
pero tan triste en su color,
que creo vi por su corola
cierto reflejo de dolor.
Y la cogí, y aquí guardada
la puse junto al corazón;
y nadie supo que escondía,
quizá… fatal profanación…
-Dámela, dijo Inés: Yo quiero
verla en mi frente relucir,
y así tal vez la fe perdida
vuelva en mi pecho a revivir.
-¿Sabes Inés lo que me pides?
¿Quieres lucir con esa flor…?
¿Sabes quizá si en ti brillara
con un siniestro resplandor?
-¡Es su recuerdo no lo dudo
cuando la niegas a mi afán!…
-Tómala Inés, él la responde;
¡sus hojas, ¡ay!, te abrasarán!
¿Sabes por qué yo la escondía
por qué a tu afán se la negué…?
Voy a contarte al fin la historia
que siempre oculta reservé.
Era una noche pura,
tan clara como el día,
la luna repartía
su pálido fulgor.
Y yo en mi capa envuelto,
siguiendo mi destino
marchaba en mi camino
sin miedo ni temor.
Ningún recuerdo entonces
de la pasada historia
turbaba mi memoria
ni me hizo padecer.
Ningún eco sentido
cruzó mi pensamiento,
ni un ¡ay!, de sentimiento
de mágico poder.
Mas sin pensar, mis ojos
cercano divisaron
un punto, a do tornaron,
de extraño resplandor.
Y allí marchando pronto,
bajéme y vi crecida
sobre su tallo erguida
la contristada flor.
Parece que me dijo
al acercarme a ella:
«La esencia soy de Estrella
contigo quiero estar;
si no me llevas pronto
marchita ya y sin vida,
ya mi aroma esparcida
por siempre quedará.»
Y allí junto a la losa
de su sepulcro estaba;
y allí me demandaba
recuerdos que olvidé;
que ocultos en un mundo
corrieron escondidos,
donde vagar perdidos
por siempre los dejé.
La recogí al momento,
y en mí guardada estuvo,
su esencia se contuvo
sin escapar de mí.
Y nunca esa flor triste
privó de que te amara,
ni nunca ella esperara
lo que he encontrado en ti.
Si oyendo aquesta historia
llevártela quisieras,
sin duda no tuvieras
ni fe ni corazón.
Que aquel que no respeta
las prendas de los muertos,
sus pasos tan inciertos
serán cual su razón.
Sonora una carcajada
lanzó Inés al fin del cuento,
burlando el raro portento
de la malhadada flor.
Y con extraña sonrisa
dijo, mirando a un espejo:
«Verás cual brilla de lejos
su amarillento color.»
Mas la flor en su negra cabellera
tan mustia y macilenta se volvió,
cual luz que moribunda se extinguiera,
después que algún sepulcro iluminó;
y aquel extraño relucir sin vida,
tristeza tanta en su semblante vierte,
que aun más que aquella flor descolorida,
se parece a la sombra de la muerte.
Ella volvió los aterrados ojos,
hacia el hombre que estático la mira,
y encontrólos quizá llenos de enojos,
que con afán y con dolor suspira.
Mas él mudo quedó: ni un eco amargo,
ni dulce son atravesó su aliento,
y aquel instante indefinible y largo
fue el más rudo tal vez del sentimiento.
Y, ¡ay!, por fin un adiós… voz la postrera,
siniestra por la estancia resonó;
y un momento después… nada allí había,
¡todo en silencio sepulcral durmió!…
Contaban meses después,
que cierta joven hermosa,
habiendo puesto una rosa
que en un sepulcro nació,
presa en su negro cabello
para lucirse más bella,
la flor, prendiéndose en ella,
jamás su frente dejó.
Que allí marchita y ajada
se fue la rosa quedando,
y que la joven secando
sintió con la flor su sien.
Y cuando al fin ya del todo
la flor se quedó sin vida,
la joven con ella unida
murió marchita también.
Y cada cual con espanto
viendo su tumba contaba,
que aquel sepulcro guardaba
La rosa del Campo Santo.

Errantes, fugitivas, misteriosas
Errantes, fugitivas, misteriosas,
tienden las nubes presuroso el vuelo,
no como un tiempo cándidas y hermosas,
sí llenas de amargura y desconsuelo.
Más allá… más allá… siempre adelante
prosiguen sin descanso su carrera;
bañado en llanto el pálido semblante,
con que riegan el bosque y la pradera.
Que enojada la mar donde se miran
y oscurecido el sol que las amó,
sólo saben decir cuando suspiran:
Todo para nosotras acabó.
Es el abismo el que le atrae…
Es el abismo el que le atrae
desde su fondo más oscuro,
para que deje esta vida tan triste
que él ve cubierta de eterno luto.
No bien una sombra se disipa
otra se agranda… se agranda y le envuelve
sin que adivine por qué ha venido,
por qué le busca, ni qué le quiere,
pero le aterra y le acobarda
y a donde va le sigue siempre.
Si algún dolor abandona su alma,
otro más vivo y más intenso,
en sus entrañas haciendo el nido,
para él inventa nuevos tormentos,
mucho más hondos y más terribles
siempre los últimos que los primeros.
Un mal espíritu, algún demonio
de cuantos hay el más cruel
ha presidido su nacimiento
y oculto guía siempre su pie
hacia los bordes de la alta sima
a ver si puede verle caer.
Vacila su planta ya… y sus ojos
vagos se fijan en lo infinito,
que él cree imagen de la nada;
pero le atrae… le atrae el vacío
en donde flotas, genio invisible,
siempre llamándole hacia el abismo.
Y cae al fin… y nadie sabe,
ni nadie pregunta por qué ha caído.
Estaciones
Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil; se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!…
la que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.
Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía:
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa.
Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías;
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre de luchar cansado
más que nunca le irritan,
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh, noches de invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste…
¡Triste!… ¡Lleno de pámpanos y espigas!
Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde…, dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana,
no hay estación risueña ni propicia.
Fragmentos
Cuando miré de soledad vestida
la senda que el destino me trazó,
sentí en un punto aniquilar mi vida.
¡Cuando infeliz me contemplé perdida
y el árbol de mi fe se desgajó,
tuvieron, ¡ay!, para llorar mis ojos
de amargura y de hiel tristes despojos!
¡La nada contemplé que me cercaba,
y… al presentir mi aterrador quebranto,
miré que solitaria me anegaba
en un mar de dolores y de llanto!
¡Nadie ni amor ni compasión cantaba,
ni un ángel me cubrió bajo su manto,
sólo la voz mi corazón oía
de la última ilusión que se perdía!…
Ya marchita la flor de mi esperanza
vi revolar no más en torno mío,
vaga esfera sin luz que nunca alcanza
dar resplandor a un corazón ya frío.
Vano es el ¡ay! que desgarrado lanza
por el dolor de ese vivir sombrío:
¡La oscuridad de esa existencia muerta,
cierra de un bien al porvenir la puerta!
La risa y el sarcasmo por doquiera
que fuera yo mi corazón palpaba,
y doquiera también que me escondiera,
¡ay!, la risa sardónica encontraba.
No hubo un rincón donde vivir pudiera,
no hubo esa paz que con afán buscaba;
¡guerra sin fin, fatídica existencia,
fue en mi vivir la delicada esencia!
Y rotas ya de la existencia mía
de paz y amor las ilusiones bellas,
llenas de horror las contemplé en un día
cual en cielo sin luz, muertas estrellas:
Su oscuridad mi porvenir partía,
mi fe y mi paz se confundió con ellas;
¡que eran del alma indisolubles lazos
que se fueron al fin, hechas pedazos!
Al caminar después por mil abrojos
mi frente juvenil se marchitó,
y al sentir las espinas en mis ojos
de angustia el corazón se poseyó;
luego al cielo exclamé puesta de hinojos,
y el cielo mis clamores no advirtió;
y sola combatí con mis pesares
¡lágrimas tristes derramando a mares!
Padecer y morir: Tal era el lema
que en torno mío murmurar sentí,
y mirando en redor de espanto llena,
su fatídico emblema comprendí;
y al ver el torcedor que me encadena
de espanto y de temor retrocedí…
¡Sola era yo con mi dolor profundo
en el abismo de un imbécil mundo!
Y buscando un apoyo, una caricia,
el eco «Soledad» me respondió:
Y cual cauce que ronco se desquicia
fatídico en mi pecho resbaló,
regalándome a un tiempo una delicia
que heló mi sien, y el porvenir mató;
que era fría y glacial como ella sola,
¡y aun sin querer, el corazón guardóla!
La soledad… cuando en la vida un día
circunda nuestra frente su fulgor,
un mundo de mortal melancolía
nos presenta un fantasma aterrador,
quitándole a las aves su armonía,
cubriendo de la luz el resplandor:
¡Noche sin fin al porvenir avanza
ahuyentando el amor y la esperanza!
Por eso, ¡ay Dios!, al caminar aún pura
entre inmundicias mil que tropecé,
llenaron de dolor y desventura
la hermosa realidad con que soñé:
Terrible asolación, esencia impura
lanzaron al Edén que acaricié;
y aquel Edén se convirtió en infierno
¡triste ilusión de mi dolor eterno!
Hoy yerto el corazón, falto de vida,
horas de horror e insensatez presiente,
largas horas sin fin que en la partida
marchitan su ilusión, secan su ambiente.
Y al dejar su ilusión seca y perdida,
vana esperanza el porvenir le miente;
sabe muy bien que esa esperanza es vana
¡sombra fugaz de su primer mañana!
Cubierto de sombríos nubarrones
un cielo en lontananza divisó,
y un canto singular de maldiciones
en sus bóvedas altas retumbó.
Rasgaban al pasar esas canciones
el alma del que triste las oyó;
¡por eso el pecho en su dolor profundo
sintió cubierto de aspereza el mundo!
Imágenes bellísimas de amores
fúlgidos rayos de brillante aurora,
frescas coronas de lucientes flores
que un sol de fuego con su luz colora.
Dulces cantos de amor arrobadores
que al delirar el corazón adora;
¡todo voló con la ilusión de un día
rota la flor de la esperanza mía!
Las horas que soñé desparecieron,
cual la flor que un torrente arrebató;
y allá en la nada del no ser se hundieron…
¡Que mi espíritu aquí no las halló!…
Tal vez ellas también se arrepintieron
de brindarme el placer que me halagó:
Y huyeron, ¡ay!, a una región lejana
que dice sin cesar: ¡ya no hay mañana!…
Mas ¿por qué se fatiga el pensamiento
en indagar el mal de esa partida?
¿Ignoro yo quizá que es como el viento
la dicha que arrullara nuestra vida?
Lo pasado será de hoy más un cuento
que se escuchó veloz…
¡Y correré en este vivir incierto
cual brisa solitaria del desierto!…
¿Qué es este miedo aterrador que siento
y esta congoja inalterable y fría,
que cuanto más desvanecerle intento
más se burla mordaz del ansia mía?
¿Quién ése fue que me robó violento
cándida paz que recobrara un día,
clavándole en la mitad del pecho mío
la terrible visión de un desvarío?…
¿Por qué en mi acerbo padecer maldigo
mis placeres sin fin, llena de enojos?
¿Por qué «si os amo» alguna vez les digo,
se llenarán de lágrimas mis ojos?
¿Por qué terrible un pensamiento abrigo
que marca mi camino con abrojos,
entrelazando espinas con las flores,
que forman el Edén de mis amores?
¡Ay!… yo buscando un lenitivo leve
en el dulce elixir de una esperanza,
siento sin ver que a mi dolor se atreve
el viento asolador de la mudanza:
Las hojas, ¡ay!, de mi placer conmueve
con el soplo voraz de su pujanza;
y la acritud de un pensamiento triste,
me grita sin cesar: «¡La fe perdiste!…
«Y perdida la fe… la fe perdida…
Roto el cristal de esa belleza oculta,
el cielo encantandor de nuestra vida
entre pálidas nubes se sepulta…
Su luz tan celestial queda escondida,
¡nuestra la faz aterradora e inculta;
y atmósfera infernal, monte de plonio,
¡pesa en el alma, sin saberse el cómo!…»
Yo callo a esa verdad que me despierta
a un mundo de aridez desconocido,
y muevo sin pensar mi planta incierta,
sin buscar ese bien que hallo perdido.
Porque esa flor de mis jardines muerta
nada… y nada no más se ha convertido;
¿y quién la nada en algo convirtiera?
¡Sabio fuera en verdad quien lo dijera!…
Hojas marchitas
Las rosas en sus troncos se
secaron,
los lirios blancos en su tallo erguidos
secáronse también,
y airado el viento arrebató sus hojas,
arrebató sus hojas perfumadas
que nunca más veré.
Otras rosas después y otros jardines
con lirios blancos en su tallo erguidos
he visto florecer;
mas ya cansados de llorar mis ojos,
en vez de llanto en ellos, derramaron
gotas de amarga hiel.
Hora tras hora, día tras día
Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigías,
Como torrente que se despeña
Pasa la vida.
Devolvedle a la flor su perfume
Después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que una tras otra besándola expiran
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabad su armonía.
Tiempos que fueron, llantos y risas,
Negros tormentos, dulces mentiras,
¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
En dónde, alma mía?
La canción que oyó en sueños el viejo
A la luz de esa aurora primaveral, tu pecho
vuelve a agitarse ansioso de glorias y de amor.
¡Loco…!, corre a esconderte en el asilo oscuro
donde ya no penetra la viva luz del sol.
Aquí tu sangre torna a circular activa,
y tus pasiones tornan a rejuvenecer…
huye hacia el antro en donde aguarda resignada
por la infalible muerte la implacable vejez.
Sonrisa en labio enjuto hiela y repele a un tiempo;
flores sobre un cadáver causan al alma espanto;
ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera
busques cuando tu vida llegó triste a su ocaso.
La rosa del campo santo
Era una noche en que el viento
con sordo acento mugía,
y en que no más se sentía
del trueno el ronco fragor.
Y en sombras la tierra envuelta
como en un fúnebre manto,
miedo causaba y espanto
al pecho de más valor.
Nadie en tan hórrida noche
cruzar tal vez se atreviera,
ni del valle la pradera,
ni la calle en la ciudad.
Que es mucho el fiero estampido
que suena en el firmamento
al rudo choque violento
de la recia tempestad.
Do quiera en torno se mire
sólo las sombras parecen,
que en sus misterios ofrecen
genios que ocultos están.
Vagos fantasmas que corren
sus negras alas batiendo,
y a su alredor extendiendo
miedos que vienen y van.
Si algún mortal aún despierto
noche tan cruda mirara,
hacia su lecho tornara
para esconderse y dormir;
arrebujado y hundido
de su colchón en la pluma
queriendo el mal que le abruma
con blando sueño extinguir.
Y, sin embargo, velando
una mujer algo espera,
que mira inquieta la esfera
de un anticuado reló:
del que la aguja dorada,
girando siempre impasible,
vio que pasando terrible
las doce en punto marcó.
Volvióse pálida entonces,
y en su lozana mejilla
triste una lágrima brilla
de agudo e intenso dolor.
Y un ¡ay!, de acerba congoja,
cual del que en su bienandanza
pierde toda la esperanza,
mezcló del viento al rumor.
Y exclama con triste queja:
«Ya son las doce, ¡Dios mío!
Ya mi esperanza se aleja
que así el perjuro me deja
sola llorar su desvío.
¿Por qué en su amor me creí?
¿Por qué cifré la esperanza
del tierno afán que sentí
prisma luciente que vi
mar de fingida bonanza?
Ya tantas noches pasaron
que aquí velando esperé,
y silenciosas marcharon,
y entre su sombra llevaron
la dicha que acaricié.
Y ni un consuelo a mi afán
sus vanas sombras trajeron
que en mí burlándose están;
y que hoy también fingirán
cual otras veces fingieron.
¡Ay!… Cuando al fin se despierta
de un sueño dulce de amores
para contemplar desierta
la ventura que cubierta
se vio de risueñas flores;
cuando mentira se advierte
grata delicia que un tiempo
vivió con el alma fuerte,
se mira en torno la muerte
vagando del pensamiento;
ni trina el ave sonora,
ni el aura murmullo tiene,
ni luce alegre la aurora,
y hasta la vida se ignora
si algún recuerdo contiene.
Corran veloces las horas
marchen las horas despacio,
heladas o abrasadoras
se esconden siempre traidoras
en la nada de un espacio…
¡Oh Dios! Si el año de gloria
que entre caricias fue huyendo,
trocóse en dicha ilusoria
para abrasar mi memoria
que ha de acordar padeciendo,
más me valiera morir,
que el rudo penar que siento
tener asaz que sufrir,
y entre el dolor maldecir
la fe de mi pensamiento.»
Así entre pena y dolores
aquella noche pasaba,
y la infeliz lamentaba
de la suerte los rigores.
Cuando en el aire sonó
leve palmada ligera,
y entonces la joven fuera
de la ventana miró,
y algo de bueno sus ojos
allá en la sombra encontraron,
que el ceño adusto dejaron
de sus sentidos enojos.
Plática dulce de amores
a poco rato se oía,
y un hombre a Inés la decía
para calmar sus temores:
-¡Cuánto sufrí vida mía!…
¡Cuántas congojas de muerte
al ver pasaban sin verte
un día tras otro día!
Tú comprender no podrás
cómo esas noches tan largas
me habrán parecido amargas
cual no lo fueron jamás.
En mis insomnios creí
que en tanto por mí esperabas,
de la pura fe dudabas
de quien penaba por ti:
de quien sin miedo avanzó
por la tormenta impasible
luego que un medio posible
para venir alcanzó.
-¿Por qué la noche has faltado
que aquí venir me juraste?
-Porque la fortuna al traste
dio con mi intento soñado.
Quise a tu lado volver
cuando así lo prometiera,
mas cual si la suerte fuera
mi grato plan a torcer,
asuntos de gran valía
el tiempo aquel me robaron,
y de cumplir me privaron
la grata esperanza mía.
Y en mi castillo esperé
llegase el ansiado instante
para decirte que amante
nunca de ti me olvidé.
Al escuchar, dijo Inés,
ese lenguaje que adoro,
percibo un rico tesoro
de mi esperanza a través;
y marcha el dolor impío
de mis acerbos pesares
cual se disipa en los mares
la niebla con el rocío.
Mas queda envuelta en el hondo
de esa ventura que pasa
ceniza ardiente que abrasa
mi corazón hasta el fondo…
Siempre escondido en mi pecho
cierto secreto guardé,
y en mi dolor lo oculté
llena de amargo despecho.
Y fue la historia fatal
que aquí una vez me contaron,
cuyos detalles grabaron
el corazón por mi mal.
Y hoy sus misterios diré,
porque abrasando mi alma
roban la paz y la calma
que tanto tiempo gocé.
Dijeron que una mujer
de alto linaje y renombre
quiso la dieses tu nombre…
tu hermosura y tu poder.
Y tú cual joven de honor
con su buen padre trataste,
y tu palabra empeñaste
de consagrarla tu amor.
Y que de un valle al confín
sólo con ella has hablado,
y que en recuerdo te ha dado
una flor de su jardín.
Tú con afán la cogiste,
y con amor la besaste,
y por su emblema juraste…
lo que tal vez no cumpliste…
Dime si es esto verdad:
que más engaños no quiero…
Y más morirme prefiero
que dudar de tu lealtad.
-Los cielos testigos son
que si tal ha sucedido,
contestó el galán, sumido
en rara meditación,
ni a la palabra falté
que en ese tiempo haya dado,
ni al proferir que te amado
querida Inés te engañé.
Si algún juramento di,
a recordar sólo acierto,
que ha sido a un hombre que ha muerto
a quien tal cosa ofrecí.
Mas ella… murió también…
Y en el morir… todo acaba…
Por eso a ti te llamaba
mi solo y único bien.
Cuando al venir a tu casa
por el cementerio paso,
siempre me asalta al acaso
algún recuerdo que abrasa.
Mas luego que lejos estoy
de aquel lugar funerario,
con pensamiento más vario
a ti acercándome voy.
Y tus caricias de amor
con su dulcísimo aliento
disipan del pensamiento
los recuerdos de la flor.
Así su amante a Inés constancia eterna
y gloria al porvenir la prometía,
y ella escuchando apasionada y tierna
su fe volver al corazón sentía.
Y se entregó de la esperanza en brazos,
gozó feliz con su vivir presente,
volvió a anudar los desunidos lazos,
y en el placer adormeció su frente.
Mas, ¡ay!, que la aventura acá en la vida
es niebla que fugaz se disipó,
seca flor que en el tronco suspendida
la ráfaga más tenue desprendió.
Y también es verdad que si hay un día
que el alma en paz de venturanza goza
entre el rudo estertor de la agonía,
lucha en vano después y se destroza.
No hay goce, no, que duradero sea,
ni placer que no envuelva una mortaja,
la flor que más lozana se recrea
marchita de su tronco se desgaja.
Y si algún ser entre delicias ciento
vio resbalar su juventud temprana,
sentirá la vejez del pensamiento
que ha de luchar con su dolor mañana.
Y tendrá que pagar ese tributo
que nos pide de lágrimas la vida,
¡que es en verdad el sazonado fruto
que dejamos al fin de la partida!…
Ved a Inés pobre mujer
que disipados ya mira
sus pesares,
cómo volviendo al placer
llena de gozo delira
en sus cantares.
Mirad cómo al joven vate
que la enamora risueño,
le acaricia
cómo el corazón le late
y siente un suave beleño
de delicia.
Ya le parece que el mundo
es un jardín encantado
que los mece,
sin ver el daño profundo
que, aunque de flores sembrado,
les ofrece.
Y nada en el porvenir
la arredra ni la amedrenta,
ni allí mira,
que en el placer de sentir
vana quimera sustenta,
y aun delira.
¡Quién pudiera prolongar
tanta delicia en un punto
solamente!…
¡Mas, ¡ay!, que habrá que pagar
cuanta ventura en conjunto
vio su mente!…
Si tal su placer ha sido,
si amor tan grande sintió,
tal será el dolo;
y buscando un bien perdido,
verá que pronto se halló
con llanto solo!…
La noche avanzaba
la aurora viniendo
su luz extendiendo
la tierra cubrió.
Cesó la tormenta
que ha poco mugía,
lejano moría
su triste rumor.
La atmósfera libre
de negros vapores
los varios colores
dejaba lucir,
de rosas tempranas,
de pájaros ciento
que, alegres, al viento
volaban sin fin.
Reflejo el primero
de un sol que nacía
muy tenue venía
la escena a alumbrar,
de Inés y su amante
que en grata victoria
cien mundos de gloria
forjándose están.
Ni cuentan las horas
que corren perdidas,
ni ven que extinguidas
las sombras van ya.
Felices murmuran
promesas sin cuento,
cenizas que al viento
mañana serán,
Inés que contempla
tan sólo a su amante,
ni mira adelante,
ni atrás recordó.
La dicha presente
quizá se ha fingido
que eterna habrá sido,
y el mal olvidó.
Mas de pronto su semblante
de amarillo se ha cubierto,
como flor que en el desierto
marchitada al viento fue.
Y fijando su mirada
en un punto solamente,
preguntando está a su mente
si es mentira lo que ve…
Blanca flor que se desprende
del jubón de su querido,
cual semblante dolorido
de una virgen que murió.
Cuyas hojas ya marchitas
la figura representan
de bellezas que se ahuyentan
la memoria que quedó:
Fue lo que de Inés atrajo
la atención con tanto empeño,
lo que al fin vio no era sueño
sino triste realidad.
Fue lo que la horrible duda
con los celos le ha devuelto,
densa nube que ha disuelto
por su vida una verdad.
-Tú me fingiste, al punto exclama:
Ésa es la flor del juramento,
esa mujer que amaste vive:
No me engañó mi pensamiento.
¡Ay!, si después que en ti he fiado
miro que es falso tu querer:
Si das en premio a mis afanes
sólo un eterno padecer;
y si después que derramaste
bálsamo dulce en mi existir,
amarga hiel no más me dejas
que aprovechar al porvenir…
Valiera más que me mataras
que así dejarme, ¡oh, Dios!, mirar
que en brazos de otra mis caricias
ya para siempre olvidarás.
Esa flor, ¡ay!, lo dice todo,
y ahora al mirarla ya perdí
la tierna fe, la dicha dulce
que en tus caricias recogí…
-Calma tu afán, la dice el joven
algo turbado al parecer,
causa no fue lo que ahora has visto
para aumentar tu padecer.
Es esta flor, yo te lo juro,
emblema santo que respeto,
nada profano en torno encierra,
es de mi fe dulce amuleto.
Yo la encontré lozana y bella,
pero tan triste en su color,
que creo vi por su corola
cierto reflejo de dolor.
Y la cogí, y aquí guardada
la puse junto al corazón;
y nadie supo que escondía,
quizá… fatal profanación…
-Dámela, dijo Inés: Yo quiero
verla en mi frente relucir,
y así tal vez la fe perdida
vuelva en mi pecho a revivir.
-¿Sabes Inés lo que me pides?
¿Quieres lucir con esa flor…?
¿Sabes quizá si en ti brillara
con un siniestro resplandor?
-¡Es su recuerdo no lo dudo
cuando la niegas a mi afán!…
-Tómala Inés, él la responde;
¡sus hojas, ¡ay!, te abrasarán!
¿Sabes por qué yo la escondía
por qué a tu afán se la negué…?
Voy a contarte al fin la historia
que siempre oculta reservé.
Era una noche pura,
tan clara como el día,
la luna repartía
su pálido fulgor.
Y yo en mi capa envuelto,
siguiendo mi destino
marchaba en mi camino
sin miedo ni temor.
Ningún recuerdo entonces
de la pasada historia
turbaba mi memoria
ni me hizo padecer.
Ningún eco sentido
cruzó mi pensamiento,
ni un ¡ay!, de sentimiento
de mágico poder.
Mas sin pensar, mis ojos
cercano divisaron
un punto, a do tornaron,
de extraño resplandor.
Y allí marchando pronto,
bajéme y vi crecida
sobre su tallo erguida
la contristada flor.
Parece que me dijo
al acercarme a ella:
«La esencia soy de Estrella
contigo quiero estar;
si no me llevas pronto
marchita ya y sin vida,
ya mi aroma esparcida
por siempre quedará.»
Y allí junto a la losa
de su sepulcro estaba;
y allí me demandaba
recuerdos que olvidé;
que ocultos en un mundo
corrieron escondidos,
donde vagar perdidos
por siempre los dejé.
La recogí al momento,
y en mí guardada estuvo,
su esencia se contuvo
sin escapar de mí.
Y nunca esa flor triste
privó de que te amara,
ni nunca ella esperara
lo que he encontrado en ti.
Si oyendo aquesta historia
llevártela quisieras,
sin duda no tuvieras
ni fe ni corazón.
Que aquel que no respeta
las prendas de los muertos,
sus pasos tan inciertos
serán cual su razón.
Sonora una carcajada
lanzó Inés al fin del cuento,
burlando el raro portento
de la malhadada flor.
Y con extraña sonrisa
dijo, mirando a un espejo:
«Verás cual brilla de lejos
su amarillento color.»
Mas la flor en su negra cabellera
tan mustia y macilenta se volvió,
cual luz que moribunda se extinguiera,
después que algún sepulcro iluminó;
y aquel extraño relucir sin vida,
tristeza tanta en su semblante vierte,
que aun más que aquella flor descolorida,
se parece a la sombra de la muerte.
Ella volvió los aterrados ojos,
hacia el hombre que estático la mira,
y encontrólos quizá llenos de enojos,
que con afán y con dolor suspira.
Mas él mudo quedó: ni un eco amargo,
ni dulce son atravesó su aliento,
y aquel instante indefinible y largo
fue el más rudo tal vez del sentimiento.
Y, ¡ay!, por fin un adiós… voz la postrera,
siniestra por la estancia resonó;
y un momento después… nada allí había,
¡todo en silencio sepulcral durmió!…
Contaban meses después,
que cierta joven hermosa,
habiendo puesto una rosa
que en un sepulcro nació,
presa en su negro cabello
para lucirse más bella,
la flor, prendiéndose en ella,
jamás su frente dejó.
Que allí marchita y ajada
se fue la rosa quedando,
y que la joven secando
sintió con la flor su sien.
Y cuando al fin ya del todo
la flor se quedó sin vida,
la joven con ella unida
murió marchita también.
Y cada cual con espanto
viendo su tumba contaba,
que aquel sepulcro guardaba
La rosa del Campo Santo.
Las campanas
Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en la iglesia!
¡Qué extrañeza entre los muertos!
Las rosas en sus troncos se…
Las rosas en sus troncos se
secaron,
los lirios blancos en su tallo erguidos
secáronse también,
y airado el viento arrebató sus hojas,
arrebató sus hojas perfumadas
que nunca más veré.
Otras rosas después y otros jardines
con lirios blancos en su tallo erguidos
he visto florecer;
mas ya cansados de llorar mis ojos,
en vez de llanto en ellos, derramaron
gotas de amarga hiel.
Los ángeles en la Tierra…
Los ángeles en la Tierra
no están bien y se van presto.
Regina, entre las donosas
la más donosa doncella,
la más hermosa y más bella
entre las bellas y hermosas;
la más fresca entre las rosas,
la más pura entre las puras,
y estrella de las alturas
que brilla en sereno cielo,
era fuente de consuelo
en abismo de amarguras.
Era a un tiempo, cual la brisa,
breve y ligero su paso;
como sol en el ocaso
era triste su sonrisa;
inspirada pitonisa,
su mirar lleno y profundo,
y en el fulgor sin segundo
que en su pupila brillaba
llamas de amores guardaba
para aniquilar el mundo.
Era el color de su frente
rayo de pálida luna;
como ella no hubo ninguna
tan serena y transparente.
Al par que altiva, imponente;
al par que dulce, severa;
larga y blonda cabellera
la adornaba con decoro,
apiñando conchas de oro
sobre su busto de cera.
Su voz, toda melodía,
daba músicas al viento:
todo perfumes su aliento,
al aura los repartía.
Y cuando al morir del día
luz y tinieblas luchaban
y a su paso levantaban
del miedo torvas visiones,
al rumor de sus canciones
temerosas se ocultaban.
Aun más blanca que la nieve,
envidia al cisne causara,
y un ángel se conturbara
al notar su sombra leve.
Y así, cual del cielo llueve
rocío para las flores,
tal de sus ojos, de amores
tibias lágrimas llovían
y en el corazón caían,
lenitivo de dolores.
Cual hija del mar, salada,
nacida entre las espumas,
se ocultaba entre las brumas
de una ribera ignorada.
Y allí, cual ninfa encantada,
suelta la melena undosa,
tan liviana como hermosa,
tras de las ondas corría
y en ellas humedecía
sus pies de color de rosa.
Fatigada de tal suerte,
viéndola en calma dormida,
creyérase que a tal vida
no se atreviera la muerte;
mas como a brazo tan fuerte
todo se dobla y se inclina,
también la pobre Regina
pagó su amargo tributo,
lirio vestido de luto,
rayo de sol que declina.
Cubriola el ángel sombrío
bajo sus gigantes alas
y arrebataron sus alas
aguas del eterno río;
de la tumba el viento frío
se agitó sobre su seno,
y lo que fuera sereno
astro de radiante lumbre,
convirtiose en podredumbre,
foco inmundo de veneno.
Gimió la tierra de espanto
al contemplar tanto duelo,
mas brilló radiante el cielo
tras del azulado manto;
eco de armonioso canto
resonó por las alturas,
que allá a las regiones puras
un ángel llegó por suerte,
despojado por la muerte
de terrenas ligaduras.
Los unos altísimos
Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.
Margarita
1
¡Silencio, los lebreles
de la jauría maldita!
No despertéis a la implacable fiera
que duerme silenciosa en su guarida.
¿No veis que de sus garras
penden gloria y honor, reposo y dicha?
Prosiguieron aullando los lebreles…
-Los malos pensamientos homicidas!-
y despertaron la temible fiera…
-¡la pasión que en el alma se adormía!-
Y ¡adiós! en un momento,
¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!
2
Duerme el anciano padre, mientras ella
a la luz de la lámpara nocturna
contempla el noble y varonil semblante
que un pesado sueño abruma.
Bajo aquella triste frente
que los pesares anublan,
deben ir y venir torvas visiones,
negras hijas de la duda.
Ella tiembla…, vacila y se estremece…
¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
Con expresión de lastima infinita,
no sé qué rezos murmura.
Plegaria acaso santa, acaso impía,
trémulo el labio a su pesar pronuncia,
mientras dentro del alma la conciencia
contra las pasiones lucha.
¡Batalla ruda y terrible
librada ante la víctima, que muda
duerme el sueño intranquilo de los tristes
a quien ha vuelto el rostro la fortuna!
Y él sigue en reposo, y ella,
que abandona la estancia, entre las brumas
de la noche se pierde, y torna al alba,
ajado el velo…, en su mirar la angustia.
Carne, tentación, demonio,
¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
¡Silencio…! El día soñoliento asoma
por las lejanas alturas,
y el anciano despierto, ella risueña,
ambos su pena ocultan,
y fingen entregarse indiferentes
a las faenas de su vida oscura.
3
La culpada calló, mas habló el crimen…
Murió el anciano, y ella, la insensata,
siguió quemando incienso en su locura,
de la torpeza ante las negras aras,
hasta rodar en el profundo abismo,
fiel a su mal, de su dolor esclava.
¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
hacer traición a su virtud sin mancha,
malgastar las riquezas de su espíritu,
vender su cuerpo, condenar su alma?
Es que en medio del vaso corrompido
donde su sed ardiente se apagaba,
de un amor inmortal los leves átomos,
sin mancharse, en la atmósfera flotaban.
Sedientas las arenas, en la playa
sienten del sol los besos abrasados,
y no lejos, las ondas, siempre frescas,
ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
no sé lo que me pasa al contemplaros,
pues como yo sufrís, secas y mudas,
el suplicio sin término de Tántalo.
Pero ¿quién sabe…? Acaso luzca un día
en que, salvando misteriosos límites,
avance el mar y hasta vosotras llegue
a apagar vuestra sed inextinguible.
¡Y quién sabe también si tras de tantos
siglos de ansias y anhelos imposibles,
saciará al fin su sed el alma ardiente
donde beben su amor los serafines!
Meditación en el umbral
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
Mi tierra
A un tiempo, cual sueño
que halaga y asombra,
de los robles las hojas caían,
del saúco brotaban las hojas.
Primavera y otoño sin tregua
turnan siempre templando la atmósfera,
sin dejar que no hiele el invierno,
ni agote el estío
las ramas frondosas.
¡Y así siempre! en la tierra risueña,
fecunda y hermosa,
surcada de arroyos,
henchida de aromas;
que es del mundo en el vasto horizonte
la hermosa, la buena, la dulce y la sola;
donde cuantos he amado nacieron,
donde han muerto mi dicha y mis glorias.
De vuelta está la joven primavera;
mas ¡qué aprisa esta vez y cuán temprano!
¡Y qué hermosos están prados y bosques
desde que ella ha tornado!
Ha vuelto ya la primavera hermosa;
siempre vuelve la joven y hechicera;
mas ¿en dónde, decidme, se han quedado
los que partieron cuando partió ella?
Esos no tornan nunca,
¡nunca!, si es que nos dejan.
De sonrosada nieve, salpicada
veo la verde hierba,
son las flores que el viento arranca al árbol
llenas de savia, y de perfumes llenas.
¿Por qué siendo tan frescas y tan jóvenes,
a semejanza de las hojas secas
en el otoño, cuando abril sonríe
ellas también sobre la arena ruedan?
¡Por qué mueren los niños,
las flores más hermosas de la tierra!
En sueños te di un beso, vida mía,
tan entrañable y largo…
¡Ay!, pero en él de amargo
tanto, mi bien, como de dulce había.
Tu infantil boca cada vez más fría,
dejó mi sangre para siempre helada,
y sobre tu semblante reclinada,
besándote, sentí que me moría.
Más tarde, y ya despierta,
con singular empeño,
pensando proseguí que estaba muerta
y que en tanto a tus restos abrazada
dormía para siempre el postrer sueño
soñaba tristemente que vivía
aún de ti, por la muerte separada.
Sintiose agonizar, mil y mil veces,
de dolor, de vergüenza y de amargura,
mas aunque tantas tras de tantas fueron
no se murió ninguna.
Embargada de asombro
al ver la resistencia de su vida,
en sus horas sin término pensaba,
llena de horror, si nunca moriría.
Pero una voz secreta y misteriosa
la dijo un día con acento extraño:
Hasta el momento de tocar la dicha
no se mueren jamás los desdichados.
Negra sombra
Cuando pienso que te huyes,
negra sombra que me asombras,
al pie de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Si imagino que te has ido,
en el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que sopla.
Si cantan, tú eres quien cantas,
si lloran, tú eres quien llora,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.
En todo estás y eres todo,
para mí en mí misma moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.
No, no es la solución…
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
Nunca permita Dios que yo te olvide
Nunca permita Dios que yo te olvide,
mi santa, mi amorosa compañera:
¡Nunca permita Dios que yo te olvide
aunque por tanto recordarte muera!
Venga hacia mí tu imagen tan amada
y hábleme al alma en su lenguaje mudo
ya en la serena noche y reposada,
ya en la que es parto del invierno crudo.
Y que en tu aislado apartamiento fiero,
tan ajeno del hombre y su locura,
velen, mi llanto y mi dolor primero,
al lado de tu humilde sepultura.
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!…
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla,
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.
Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.
Oigo el toque sonoro que entonces…
Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.
Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos…
Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.
Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.
Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.
Orillas del Sar I
A través del follaje perenne
Que oír deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise…
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.
Orillas del Sar II
Otra vez, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.
Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.
Ya no lloro…, y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.
Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.
Orillas del Sar III
Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.
Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos…
Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.
Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.
Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.
Orillas del Sar IV
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.
De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.
Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.
Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,
Fondóns cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.
Orillas del Sar V
¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.
De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.
Orillas del Sar VI
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla,
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.
Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.
Orillas del Sar VII
Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.
Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.
Otra vez, tras la lucha que rinde…
Otra vez, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.
Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.
Ya no lloro…, y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.
Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.
¡Pobre alma sola!, no te entristezcas
¡Pobre alma sola!, no te entristezcas,
deja que pasen, deja que lleguen
la primavera y el triste otoño,
ora el estío y ora las nieves;
que no tan sólo para ti corren
horas y meses;
todo contigo, seres y mundos
de prisa marchan, todo envejece;
que hoy, mañana, antes y ahora,
lo mismo siempre,
hombres y frutos, plantas y flores,
vienen y vanse, nacen y mueren.
Cuando te apene lo que atrás dejas,
recuerda siempre
que es más dichoso quien de la vida
mayor espacio corrido tiene.
Poesía
ÁNGEL
Todo duerme… del aire, el soplo blando
callado va, con temeroso vuelo
el aroma esparciendo de las rosas;
brilla la luna, y sueñan con el cielo
los niños que reposan, contemplando
flores, luz y pintadas mariposas.
¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,
dormid en paz, que os cubren con sus alas
los blancos y amorosos serafines,
y adornándoos a un tiempo con sus galas
hacen que en ondas os regale el viento
blando aroma de lirios y jazmines.
Y, en tanto, el astro de la noche, lento,
pálido, melancólico y suave,
del aire azul recorre los espacios,
globo de plata o misteriosa nave,
vaga a través del ancho firmamento,
por cima de cabañas y palacios.
Su tibia luz refléjase en la tierra
como del alba la primer sonrisa
que va a alegrar las aguas de la fuente;
y al rizarse los mares con la brisa,
cuanto su seno de hermosura encierra
muéstrase allí, brillante y transparente.
Las plantas y los céfiros susurran
con blando son, y acentos misteriosos
lanza, al pasar, el murmurante río,
y a través de los árboles frondosos
las estrellas inmóviles fulguran
chispas de luz en su ámbito sombrío.
Todo es reposo, y soledad, y sueño…
sueño aparente y soledad mentida,
en el mundo del hombre… ¡hermoso mundo
cuando, mintiendo, a amarle nos convida!
Y es que en que fuese amado puso empeño,
quien llena cielo y tierra, y mar profundo.
Mas… ¿qué pálida sombra cruza el prado…
errante, sola, fugitiva y leve?
Como si fuese en pos de un bien perdido,
apenas al pasar las hojas mueve.
Y vaga al pie del monte y del collado
cual tortolilla en torno de su nido.
Virgen parece por la undosa falda
y por la blonda y larga cabellera,
que el viento de la noche manso agita;
bello es su rostro y dulce la manera
con que pisa la alfombra de esmeralda,
mientras su seno con ardor palpita.
¡Pobre mujer!… ¿Qué culpa, qué pecado
como aguijón la ha herido en su inocencia,
que el calor de su lecho así abandona?
Yo sondaré el dolor de tu conciencia,
que no en vano a la tierra he descendido,
en nombre del Señor que la perdona.
MUJER
¡Qué dulce, qué serena atmósfera respiro,
qué perfumado ambiente llenando el aire va!
Parece que las flores, de amor en un suspiro,
exhalan sus olores, y que con blando giro
danzan al son del beso que el céfiro les da.
¡Qué soplo en torno vuela de celestial frescura
calmando de mi seno el penetrante ardor!
Mas yo no busco calma; yo busco la amargura,
la acritud y el fuego, y la soberbia dura
que engendra con el odio el pálido rencor.
Rencor.. ¿en dónde, en dónde se encuentra tu morada,
que voy buscando en vano la huella de tu pie?
¿Cómo llamarte, dime, cómo mi voz airada,
por el gemir ya ronca, por el llorar cansada
podrá llegar vibrante do tu morada esté?
Sin ti, rencor sañudo, sierpe que en cieno anida,
sin ti, ¿quién es el hombre que en sierpes se engendró?
Hoja que va y que viene del árbol desprendida,
juguete a todo viento, fuente que así convida,
al que sus aguas limpia y a quien las enturbió.
¡Rencor, ven!, y que siempre pueda vivir contigo,
en lo profundo escóndete del débil corazón,
que no le ablande el llanto del pérfido enemigo,
desprecie sus caricias y niéguele su abrigo,
y la de paz, suavísima, palabra de perdón.
Mas, ¡qué templada brisa sobre mi frente pasa,
qué aroma, qué deleite de inexplicable bien!
Cálmase el fuego ardiente, que mi mejilla abrasa,
velos en torno giran de transparente gasa,
y con sus pliegues tocan mi palpitante sien.
¿Es magia o vano sueño… es ilusión que miente
esa azulada lumbre o matinal fulgor,
esas doradas nubes de un fuego transparente,
que en los espacios flotan, que inflaman el ambiente,
que errantes me circundan como una luz de amor?
ÁNGEL
¡Pobre niña! ¿Qué serpiente,
con malicia tentadora,
ha tornado pecadora
a la paloma inocente?
¡Tú, fuente límpida y pura,
buscar sin paz ni reposo
el áspid más venenoso
bajo la peña más dura!
Detén la osada carrera,
vuelve a tu nido, paloma,
¡guay si en tu seno de aroma
su presa el milano hiciera!
Rosa que el céfiro mece,
¿qué harás si aquilón te abruma?
Ampolla de blanca espuma
serás, que nace y perece.
Deja a los fieros instintos
llenar fieros corazones:
corderillos y leones
van por caminos distintos.
Naciste para gustar
las dichas del bien querer;
si amargo es aborrecer,
¡cuán dulce cosa es amar!
MUJER
Ángel, tu voz de alegrías
llega a mi agitado seno
como raudal puro y lleno
de secretas armonías.
Murmurios siento de amor
inefable, y me parece
que ancho río en torno crece
con suavísimo rumor.
Sus aguas son como el cielo,
azules, cada onda leve,
pureza de blanca nieve,
muestra con casto recelo.
Y salpicando mi frente,
de nubes oscuras llena,
cada gota una azucena
hace brotar de repente.
¡Esta es la paz!… La comprendo
ahora, por vez primera.
¡Quién, ángel, contigo fuera
las esferas recorriendo!
Mas yo en el mundo… y tú allá…
vives, ángel, junto a Dios,
somos distintos los dos:
tú eres luz, yo oscuridad.
Eres de un mundo mejor
que éste en donde yo nací;
gloria es amar, para ti;
para mí, sólo dolor.
ÁNGEL
Fruto humano es verde fruto
que va a madurar al cielo;
sólo allí se halla consuelo,
sólo aquí quebranto y luto.
Mas, el que salvo del mar
del mundo quiera salir,
ni le ha de cansar sufrir,
ni fatigarle llorar.
Que el llanto de un mártir sube
hasta Dios, cual puro incienso
de holocausto, el cielo inmenso
llenando en forma de nube.
¡Feliz el átomo leve,
que rueda entre el polvo vano,
a quien hiere toda mano,
y a quien todo pie se atreve!
¡Y feliz también aquel
que en su humildad confundido
no supo herir si fue herido,
dando dulzuras por hiel!
Guarda, pues, niña inocente,
guarda el perdón en tu seno,
que él te limpiará del cieno
que arrojen sobre tu frente.
Y deja al rencor sañudo
dormir su sueño de horrores,
donde angustias y temores
se enlazan con fuerte nudo.
Dios te lo ordena: «ama y llora,
perdona siempre y espera»,
y serás alta palmera
que el sol en las cumbres dora.
Y las santas, tus hermanas
vírgenes que guarda el cielo,
bordarante el casto velo
que aleja sombras profanas.
Del hombre el brazo más fuerte
sólo es en la humana vida
aura que corre perdida
hacia el seno de la muerte.
¡Belleza… poder.. ventura…!
Humo todo, y sólo eterno
el mal que vuelve al infierno,
el bien que torna a la altura.
No olvides esto, y al lecho
vuelve, que casto te espera.
¡Paloma, no el cielo quiera
que halles tu nido deshecho!
Y limpia y sin pecado
poco después la niña se dormía,
que cariñoso el ángel,
con sus alas de nácar la cubría.
Predestinados
Es el abismo el que le atrae
desde su fondo más oscuro,
para que deje esta vida tan triste
que él ve cubierta de eterno luto.
No bien una sombra se disipa
otra se agranda… se agranda y le envuelve
sin que adivine por qué ha venido,
por qué le busca, ni qué le quiere,
pero le aterra y le acobarda
y a donde va le sigue siempre.
Si algún dolor abandona su alma,
otro más vivo y más intenso,
en sus entrañas haciendo el nido,
para él inventa nuevos tormentos,
mucho más hondos y más terribles
siempre los últimos que los primeros.
Un mal espíritu, algún demonio
de cuantos hay el más cruel
ha presidido su nacimiento
y oculto guía siempre su pie
hacia los bordes de la alta sima
a ver si puede verle caer.
Vacila su planta ya… y sus ojos
vagos se fijan en lo infinito,
que él cree imagen de la nada;
pero le atrae… le atrae el vacío
en donde flotas, genio invisible,
siempre llamándole hacia el abismo.
Y cae al fin… y nadie sabe,
ni nadie pregunta por qué ha caído.
Recuerda el trinar del ave
Recuerda el trinar del ave
y el chasquido de los besos;
los rumores de la selva,
cuando en ella gime el viento,
y del mar las tempestades,
y la bronca voz del trueno;
todo halla un eco en las cuerdas
del arpa que pulsa el genio.
Pero aquel sordo latido
del corazón que está enfermo
de muerte, y que de amor muere
y que resuena en el pecho
como en bordón que se rompe
dentro de un sepulcro hueco,
es tan triste y melancólico,
tan horrible y tan supremo,
que jamás el genio pudo
repetirlo con sus ecos.
Regina
Los ángeles en la Tierra
no están bien y se van presto.
Regina, entre las donosas
la más donosa doncella,
la más hermosa y más bella
entre las bellas y hermosas;
la más fresca entre las rosas,
la más pura entre las puras,
y estrella de las alturas
que brilla en sereno cielo,
era fuente de consuelo
en abismo de amarguras.
Era a un tiempo, cual la brisa,
breve y ligero su paso;
como sol en el ocaso
era triste su sonrisa;
inspirada pitonisa,
su mirar lleno y profundo,
y en el fulgor sin segundo
que en su pupila brillaba
llamas de amores guardaba
para aniquilar el mundo.
Era el color de su frente
rayo de pálida luna;
como ella no hubo ninguna
tan serena y transparente.
Al par que altiva, imponente;
al par que dulce, severa;
larga y blonda cabellera
la adornaba con decoro,
apiñando conchas de oro
sobre su busto de cera.
Su voz, toda melodía,
daba músicas al viento:
todo perfumes su aliento,
al aura los repartía.
Y cuando al morir del día
luz y tinieblas luchaban
y a su paso levantaban
del miedo torvas visiones,
al rumor de sus canciones
temerosas se ocultaban.
Aun más blanca que la nieve,
envidia al cisne causara,
y un ángel se conturbara
al notar su sombra leve.
Y así, cual del cielo llueve
rocío para las flores,
tal de sus ojos, de amores
tibias lágrimas llovían
y en el corazón caían,
lenitivo de dolores.
Cual hija del mar, salada,
nacida entre las espumas,
se ocultaba entre las brumas
de una ribera ignorada.
Y allí, cual ninfa encantada,
suelta la melena undosa,
tan liviana como hermosa,
tras de las ondas corría
y en ellas humedecía
sus pies de color de rosa.
Fatigada de tal suerte,
viéndola en calma dormida,
creyérase que a tal vida
no se atreviera la muerte;
mas como a brazo tan fuerte
todo se dobla y se inclina,
también la pobre Regina
pagó su amargo tributo,
lirio vestido de luto,
rayo de sol que declina.
Cubriola el ángel sombrío
bajo sus gigantes alas
y arrebataron sus alas
aguas del eterno río;
de la tumba el viento frío
se agitó sobre su seno,
y lo que fuera sereno
astro de radiante lumbre,
convirtiose en podredumbre,
foco inmundo de veneno.
Gimió la tierra de espanto
al contemplar tanto duelo,
mas brilló radiante el cielo
tras del azulado manto;
eco de armonioso canto
resonó por las alturas,
que allá a las regiones puras
un ángel llegó por suerte,
despojado por la muerte
de terrenas ligaduras.
Sed de amores tenía
Sed de amores tenía, y dejaste
que la apagase en tu boca,
¡piadosa samaritana!
Y te encontraste sin honra,
ignorando que hay labios que secan
y que manchan cuanto tocan.
¡Lo ignorabas…, y ahora lo sabes!
Pero yo sé también, pecadora
compasiva, porque a veces
hay compasiones traidoras,
que si el sediento volviese
a implorar misericordia,
su sed de nuevo apagaras,
samaritana piadosa.
No volverá te lo juro;
desde que una fuente enlodan
con su pico esas aves de paso,
se van a beber a otra.
¡Silencio, los lebreles!…
1
¡Silencio, los lebreles
de la jauría maldita!
No despertéis a la implacable fiera
que duerme silenciosa en su guarida.
¿No veis que de sus garras
penden gloria y honor, reposo y dicha?
Prosiguieron aullando los lebreles…
-Los malos pensamientos homicidas!-
y despertaron la temible fiera…
-¡la pasión que en el alma se adormía!-
Y ¡adiós! en un momento,
¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!
2
Duerme el anciano padre, mientras ella
a la luz de la lámpara nocturna
contempla el noble y varonil semblante
que un pesado sueño abruma.
Bajo aquella triste frente
que los pesares anublan,
deben ir y venir torvas visiones,
negras hijas de la duda.
Ella tiembla…, vacila y se estremece…
¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
Con expresión de lastima infinita,
no sé qué rezos murmura.
Plegaria acaso santa, acaso impía,
trémulo el labio a su pesar pronuncia,
mientras dentro del alma la conciencia
contra las pasiones lucha.
¡Batalla ruda y terrible
librada ante la víctima, que muda
duerme el sueño intranquilo de los tristes
a quien ha vuelto el rostro la fortuna!
Y él sigue en reposo, y ella,
que abandona la estancia, entre las brumas
de la noche se pierde, y torna al alba,
ajado el velo…, en su mirar la angustia.
Carne, tentación, demonio,
¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
¡Silencio…! El día soñoliento asoma
por las lejanas alturas,
y el anciano despierto, ella risueña,
ambos su pena ocultan,
y fingen entregarse indiferentes
a las faenas de su vida oscura.
3
La culpada calló, mas habló el crimen…
Murió el anciano, y ella, la insensata,
siguió quemando incienso en su locura,
de la torpeza ante las negras aras,
hasta rodar en el profundo abismo,
fiel a su mal, de su dolor esclava.
¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
hacer traición a su virtud sin mancha,
malgastar las riquezas de su espíritu,
vender su cuerpo, condenar su alma?
Es que en medio del vaso corrompido
donde su sed ardiente se apagaba,
de un amor inmortal los leves átomos,
sin mancharse, en la atmósfera flotaban.
Sedientas las arenas, en la playa
sienten del sol los besos abrasados,
y no lejos, las ondas, siempre frescas,
ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
no sé lo que me pasa al contemplaros,
pues como yo sufrís, secas y mudas,
el suplicio sin término de Tántalo.
Pero ¿quién sabe…? Acaso luzca un día
en que, salvando misteriosos límites,
avance el mar y hasta vosotras llegue
a apagar vuestra sed inextinguible.
¡Y quién sabe también si tras de tantos
siglos de ansias y anhelos imposibles,
saciará al fin su sed el alma ardiente
donde beben su amor los serafines!
Soledad
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.
No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.
Te amo… ¿Por qué me odias?
–Te amo… ¿Por qué me odias?
–Te odio… ¿Por qué me amas?
Secreto es éste el más triste
y misterioso del alma.
Mas ello es verdad… ¡Verdad
dura y atormentadora!
–Me odias porque te amo;
te amo porque me odias.
Te vi una vez de niña…
Te vi una vez de niña;
me pareciste flor de primavera
o capullo de rosa que exhalase
su virginal esencia.
Ahora dicen todos
que eres mujer bella…
¡Quiera Dios que en el lecho de las vírgenes
por largo tiempo en largo sueño duermas!
¡Que es el sueño más dulce
que duermen las hermosas en la Tierra!
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota…
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.
De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.
Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.
Ruge la Presa lejos…, y, de las aves nido,
Fondóns cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.
Tú para mí, yo para ti, bien mío
I
Tú para mí, yo para ti, bien mío
–murmurábais los dos–
«Es el amor la esencia de la vida,
no hay vida sin amor» .
¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!…
¡Qué albos rayos de sol!…
¡Qué tibias noches de susurros llenas,
qué horas de bendición!
¡qué aroma, qué perfumes, qué belleza
en cuanto Dios crió,
y cómo entre sonrisas murmurábais:
«¡No hay vida sin amor!»
II
Después, cual lampo fugitivo y leve,
como soplo veloz,
pasó el amor…, la esencia de la vida…;
mas… aún vivís los dos.
«Tú de otro, y de otra yo», dijísteis luego.
¡Oh mundo engañador!
Ya no hubo noches de serena calma,
brilló enturbiado el sol!…
¿Y aún, vieja encina, resististe? ¿Aún late,
mujer, tu corazón?
No es tiempo ya de delirar, no torna
lo que por siempre huyó.
No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
frío y desolador.
Huella la nieve, valerosa, y cante
enérgica tu voz.
¡Amor, llama inmortal, rey de la tierra,
ya para siempre, adiós!
Un desengaño
En las riberas vagando
de la mar, las verdes olas
mira Argelina y contando
las horas que van pasando
vierte lágrimas a solas.
Sus lindos ojos de cielo
en el horizonte fija,
por ver si encuentra un consuelo
¡mas ay!, que es vano el anhelo
que su corazón cobija.
Su amante le dijo allí
desde su buque velero:
«Aguarda Argelina aquí:
Que si hoy dejarte prefiero,
mañana vendré por ti.»
Y entera la noche larga
que silenciosa corría
vio pasar; pero en su impía,
cruel desventura amarga
no vio que su bien volvía.
Y el día también llegó:
Mas fue que llegara en vano,
que el bien que ansiosa esperó,
consuelo del mal tirano,
por el mar no pareció.
Y allí todavía está
mirando a la mar movible,
por ver si la mar le da
lo que tal vez imposible
para Argelina será.
Y viendo al fin reducidas
sus esperanzas en nada,
viendo en el viento esparcidas,
las ilusiones perdidas,
su bienandanza frustrada;
mirando al bien que se aleja
con su fugitivo encanto,
dijo en tristísima queja:
«¿Por qué tan sola me deja,
cuando yo le amaba tanto?
¿Por qué si tras él corrí?
¿Por qué si hasta aquí llegué?
¿Por qué si tanto esperé
a verle más no volví?
¿No comprendió que sin él,
fuera un tormento mi vida,
donde guardara escondida
llena una copa de hiel?
¡Adiós, ventura de un día!
¡Adiós, delicia soñada,
donde he mirado estampada
toda la esperanza mía!
¡Ya nunca más te veré,
que el rudo penar que siento
me irá consumiendo lento,
y de dolor moriré!
¡Adiós, hermosa ribera
donde mi esperanza dejo
ya para siempre me alejo
de tu orilla placentera.
Mas si viniendo él aquí
oyeras su dulce canto,
contéstale, dile cuánto,
cuánto por él padecí!…»
Un recuerdo
¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!…
¡Cuál mi mejilla abrasa!…
¡Cómo el rudo penar que me envenena
mi corazón traspasa!
Cómo siento el pesar del alma mía
al empuje violento
del dulce y triste recordar de un día
que pasó como el viento.
Cuán presentes están en mi memoria
un nombre y un suspiro…
Página extraña de mi larga historia,
de un bien con que deliro.
Yo escuchaba tina voz llena de encanto,
melodía sin nombre,
que iba risueña a recoger mi llanto…
¡Era la voz de un hombre!
Sombra fugaz que se acercó liviana
vertiendo sus amores,
y que posó sobre mi sien temprana
mil cariñosas flores.
Acarició mi frente que se hundía
entre acerbos pesares;
y lleno de dulzura y de armonía
díjome sus cantares.
Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,
que vibrando se siente
en lejana enramada, adonde expira
su gemido doliente.
Yo percibí su divinal ternura
penetrar en el alma,
disipando la tétrica amargura
que robara mi calma.
Y la ardiente pasión sustituyendo
a una fría memoria,
sentí con fuerza el corazón latiendo
por una nueva gloria.
Dicha sin fin, que se acercó temprana
con extraños placeres,
como el bello fulgor de una mañana
que sueñan las mujeres.
Rosa que nace al saludar el día,
y a la tarde se muere,
retrato de un placer y una agonía
que al corazón se adhiere.
Imagen fiel de esa esperanza vana
que en nada se convierte;
que dice el hombre en su ilusión mañana,
y mañana es la muerte.
Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja
Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.
Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!
Una sombra tristísima, indefinible y vaga
Una sombra tristísima, indefinible y vaga
Como lo incierto, siempre ante mis ojos va
Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
Corriendo sin cesar.
Ignoro su destino…; mas no sé por qué temo
Al ver su ansia mortal,
Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.
Una tarde de paz en el estío…
Una tarde de paz en el estío
en que al sopor del caluroso ambiente
se mezclaba lo fresco del rocío.
Hora en que el sol su brillantez perdía,
cubierto allá por las doradas nubes
donde hermosas sus luces escondía.
Sembrada de azucenas y verdura
selva en verdad de dilatado espacio,
convidaba al reposo y la tristura;
y en la pálida sombra que extendían
las ramas de sus árboles frondosos,
misteriosas dulzuras se escondían.
Ningún eco cercano se escuchaba,
ni el insecto de espléndidos colores
jugando por los aires revolaba.
Parece que en redor todo dormía,
que ni aun el aura entre las blandas flores
con su manso murmullo se sentía.
De cuando en vez algún ligero viento
que al mismo tiempo de nacer moría,
cual de un niño que expira el breve aliento.
Un eco inusitado produciendo
pasaba entre el verdor de aquel follaje,
y en el espacio al fin se iba extinguiendo.
Y al cabo en el silencio adormecidas
las olorosas plantas reposaban
en la sombra fresquísima escondidas.
Un joven allí inmóvil descansaba
cabe del pie de carcomida encina,
y una blanda ilusión acariciaba;
y el ¡ay!, que postrimero se sentía
de aquella tarde, amortiguado y yerto,
aquel joven tal vez lo recogía…
Clavado su mirar en unas flores
que lozanas y bellas se entreabrían,
se encantaba, quizás de sus colores.
Y al seguir el instinto que lo impele
con placer una de ellas ha tocado;
mas al instante mismo retrocede.
Ve que la flor tan sonrosada y pura
cambiando su color mustia se vuelve
al sentir de su mano la prensura.
Y una arruga marcó su blanca frente
al mirar transición tan repentina;
y alguna idea se quemó en su mente…
Mas insiste otra vez; la mano alarga
por coger otra flor que era más bella,
y un pensamiento de dolor le embarga
al ver también que se doblega y muere
la flor que tan bonita se mecía,
y en vano el joven revivir la quiere.
Y también esta vez su frente pura
nublada fue por una idea extraña
mezclada entre vapores de amargura.
A poco rato un pajarillo hermoso
de dulce canto y purpurinas alas
que busca en la pradera su reposo,
paróse junto al joven que extasiado
mirándole en su vuelo le siguiera
de su rara belleza enamorado.
Y al verle que tan cerca se detiene
muy suavísimamente le aprisiona,
y un instante en su mano le contiene.
Y el pajarillo entonces aletea
por salir de la cárcel que le oprime,
y pierde su vigor en la pelea.
Y al fin, después de que se agita en vano,
su pobre corazón de latir cesa,
y muerto se le queda entre la mano…
Estático el joven palabras pronuncia,
que él sólo comprende, que nadie escuchó,
y mira aquel ave que acaso le anuncia
lo que él algún día, quizá presintió.
La víctima yerta ligero la tira
a donde las flores marchitas están;
y allí de sus restos los ojos retira,
que acaso el mirarlos tristeza le dan.
Y apoya la frente de angustia nublada
al árbol que cerca de sí percibió,
y a poco pensando, quizás en la nada,
cerrando sus ojos durmiendo quedó.
Y la selva también que se dormía,
con el joven aquél, en los vapores
que ocultaba la tarde parecía.
Y un eco de su fondo se exhalaba,
que al grato son del murmurante arroyo
imperceptible y leve se mezclaba.
Y aquel eco sin voz era un aliento,
un respiro vital de aquellas llores
que extendían su aroma por el viento.
Una brisa ligera se levanta,
mueve de pronto las dormidas hojas,
y entre las ramas resbalando canta.
Y parece que entonces nueva vida,
cobró a su vez la soñolienta tarde
del letargo pesado desprendida.
Ya el pájaro cantando voltejea,
y en su vuelo rasante va tocando
la blanca flor que nacarada ondea.
Y el lago que tranquilo reposaba
espejo de purísima limpieza
donde un cielo de azul se reflejaba,
manso viento que pasa y se desliza
su blanda superficie apenas mueve
y en leves ondas su tersura riza.
Todo revive, al parecer, y abierta
la senda de otra vida, se percibe;
mas el joven aquél aún no despierta.
Una paloma silvestre
ligera viene y se posa
en el árbol do reposa
el joven que se durmió.
Ya su cantar poco dulce
marchóse el blando beleño
de su pacífico sueño;
y el joven se levantó.
La vista tiende en la selva
para despedirse acaso,
mas tras él sintiendo el paso
de algún animado ser,
vuelve la cabeza y mira
un niño que juguetea,
y contento se recrea
con inocente placer;
y que en su mano lozanas
las flores marchitas antes,
con sus colores brillantes
volvieron a relucir;
y el pájaro que doliente
entre sus manos muriera,
ora cantando volviera
con su hermosura a vivir.
Entonces el joven
del caso presente
la causa a su mente
pregunta, y la halló.
Y en tanto que el niño
risueño jugaba,
su labio marcaba
sonrisa que heló.
La duda presiente
que acaso a su vida
por siempre irá unida
fatal predicción…
Suspira y su labio
murmura una queja,
y huyendo se aleja
de aquella visión.
Luego un eco
en el espacio
muy despacio
se perdió,
y en los valles
extendido
escondido
murmuró,
con raro
vago
son:
«Al que en la vida una vez
mira la fe ya perdida
que acarició su niñez
y la terrible vejez
siente venir escondida;
quien contempla la ilusión
de su esperanza soñada
muriendo en el corazón
al grito de la razón
¿qué es lo que queda?… ¡nada!…»
Una vez tuve un clavo
Una vez tuve un clavo
clavado en el corazón,
y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo
de oro, de hierro o de amor.
Sólo sé que me hizo un mal tan hondo,
que tanto me atormentó,
que yo día y noche sin cesar lloraba
cual lloró Magdalena en la Pasión.
“Señor, que todo lo puedes
—pedile una vez a Dios—,
dame valor para arrancar de un golpe
clavo de tal condición.”
Y diómelo Dios, arranquelo.
Pero… ¿quién pensara?… Después
ya no sentí más tormentos
ni supe qué era dolor;
supe sólo que no sé qué me faltaba
en donde el clavo faltó,
y tal vez… tal vez tuve soledades
de aquella pena… ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu,
¡quién lo entenderá, Señor!…
Ya duermen en su tumba las pasiones
Ya duermen en su tumba las pasiones
el sueño de la nada;
¿es, pues, locura del doliente espíritu,
o gusano que llevo en mis entrañas?
Yo solo sé que es un placer que duele,
que es un dolor que atormentado halaga,
llama que de la vida se alimenta,
mas sin la cual la vida se apagara.
Ya no mana la fuente, se agotó el manantial
Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.
Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.
Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
le recuerda al sediento el horror de la muerte.
¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura
donde humildes violetas el espacio perfuman.
Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
tiende en torno del agua su fresquísima sombra.
El sediento viajero que el camino atraviesa,
humedece los labios en la linfa serena
del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
y dichoso se olvida de la fuente ya seca.
Ya pasó la estación de los calores
– I –
Ya pasó la estación de los calores,
y lleno el rostro de áspera fiereza,
sobre los restos de las mustias flores,
asoma el crudo invierno su cabeza.
Por el azul del claro firmamento
tiende sus alas de color sombrío,
cual en torno de un casto pensamiento
sus alas tiende un pensamiento impío.
Y gime el bosque y el torrente brama,
y la hoja seca, en lodo convertida,
dale llorosa al céfiro a quien ama
la postrera, doliente despedida.
– II –
Errantes, fugitivas, misteriosas,
tienden las nubes presuroso el vuelo,
no como un tiempo cándidas y hermosas,
sí llenas de amargura y desconsuelo.
Más allá… más allá… siempre adelante
prosiguen sin descanso su carrera;
bañado en llanto el pálido semblante,
con que riegan el bosque y la pradera.
Que enojada la mar donde se miran
y oscurecido el sol que las amó,
sólo saben decir cuando suspiran:
Todo para nosotras acabó.
– III –
Suelto el ropaje y la melena al viento,
cual se agrupan en torno de la luna…
locas en incesante movimiento,
remedan el vaivén de la fortuna.
Pasan, vuelven y corren desatadas,
hijas del aire en forma caprichosa,
al viento de la noche abandonadas
en la profunda oscuridad medrosa.
Tal en mi triste corazón inquietas,
mis locas esperanzas se agitaron,
y a un débil hilo de placer sujetas,
locas… locas también se quebrantaron.
– IV –
Ya toda luz se oscureció en el cielo,
cubriéronse de luto las estrellas,
y de luto también se cubrió el suelo,
entre risas, gemidos y querellas.
Todo en profunda noche adormecido,
sólo el rumor del huracán se siente
y se parece su áspero silbido
al silbido feroz de una serpiente.
¡Cuán tenebrosa noche se prepara!…
Mas al abrigo de amoroso techo,
grato es pensar que la hórrida tormenta
no ha de agitar la colcha de mi lecho.
– V –
Mas… ¿qué estridente y mágico alarido
la ronca voz de la tormenta trae?
Triste… vago… constante y dolorido,
cual fuego ardiente, en mis entrañas cae.
Cae, y ahuyenta de mi lecho el sueño…
¡Ah! ¿Cómo he de dormir…? locura fuera,
fuera locura y temerario empeño
que con gemidos tales me durmiera.
¡Ah! ¿Cómo he de dormir? ese lamento,
ese grito de angustia que percibo,
esa expresión de amargo sufrimiento
no pertenece al mundo en que yo vivo.
– VI –
Donde el ciprés erguido se levanta,
allá en lejana habitación sombría,
que al más osado de la tierra espanta,
sola duerme la dulce madre mía.
Más helado es su lecho que la nieve,
más negro y hondo que caverna oscura,
y el curo altivo que sus antros mueve,
sacia su furia en él, con saña dura.
¡Ah!, de dolientes sauces rodeada,
de húmeda yerba y ásperas ortigas;
¡cuál serás, madre, en tu dormir turbada,
por vagarosas sombras enemigas!
– VII –
¿Y yo tranquila, he de gozar en tanto
de blando sueño y lecho cariñoso,
mientras herida de mortal espanto
moras en el profundo tenebroso?
¿Llegará a tanto el insensible olvido?…
¿La ingratitud del hombre a tanto alcanza,
que entre uno y otro lazo desunido
ceda siempre al vaivén de la mudanza?
¡Odioso y torpe proceder de un hijo,
a quien la dulce madre en su agonía,
con besos y caricias le bendijo
olvidando el dolor por que moría!
– VIII –
Nunca permita Dios que yo te olvide,
mi santa, mi amorosa compañera:
¡Nunca permita Dios que yo te olvide
aunque por tanto recordarte muera!
Venga hacia mí tu imagen tan amada
y hábleme al alma en su lenguaje mudo
ya en la serena noche y reposada,
ya en la que es parto del invierno crudo.
Y que en tu aislado apartamiento fiero,
tan ajeno del hombre y su locura,
velen, mi llanto y mi dolor primero,
al lado de tu humilde sepultura.
Ya que de la esperanza, para la vida mía…
Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.
Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.
Ya que me abandonaste, ¡oh tú…
Ya que me abandonaste, ¡oh tú,
esperanza!,
«volved a mí», les dije a mis recuerdos;
mas mi voz resonó hueca y profunda
en un sepulcro abierto.
Cuando me veas pensativo y triste,
no indagues en qué pienso;
del ángel de las tumbas,
tú, ángel de luz, ¿pudieras tener celos?
Ella alzó entonces los rasgados ojos
y preguntó con miedo:
«¿Será verdad que alguna vez, bien mío,
resucitan los muertos?»
Yo las amo, yo las oigo…
Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en la iglesia!
¡Qué extrañeza entre los muertos!
Yo no sé lo que busco eternamente
Yo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo;
yo no sé lo que busco; pero es algo
que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
aun cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto veo.
Felicidad, no he de volver a hallarte
en la tierra, en el aire, ni en el cielo,
¡aun cuando sé que existes
y no eres vano sueño!
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