Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda
Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda, conocida como «La Avellaneda», figura trascendental del romanticismo hispanoamericano. Nacida en Cuba y radicada en España, su obra desafió las convenciones sociales y de género del siglo XIX mediante una sensibilidad apasionada y una voz intelectualmente vigorosa.
Destacó en la lírica por su profundidad metafísica y en el teatro con tragedias de gran éxito. Sin embargo, su mayor legado es la novela «Sab» (1841), pionera en la narrativa abolicionista, donde vinculó la opresión de los esclavos con la subordinación de la mujer. A pesar de su extraordinario talento, el machismo de la época le impidió ingresar en la Real Academia Española. Hoy es celebrada como una precursora del feminismo moderno y una de las escritoras más prolíficas y audaces de nuestra lengua.
A Dios
¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto
En belleza, poder, inteligencia;
Tú, de quien es la perfección esencia
Y la felicidad santo atributo;
Tú, a mí -que nazco y muero como el bruto-
Tú, a mí -que el mal recibo por herencia-
Tú, a mí -precario ser, cuya impotencia-
Solo estéril dolor tiene por fruto…
¿Tú me buscas ¡oh Dios! Tú el amor mío
Te dignas aceptar como victoria
Ganada por tu amor a mi albedrío?
¡Sí! no es delirio; que a la humilde escoria,
Digno es de tu supremo poderío
Hacer capaz de acrecentar tu gloria!
A él
No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.
Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido: el corazón respire.
Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano…
Mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.
De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.
Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento:
¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…
ni amor ni miedo al contemplarte siento.
Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada
y en honda y vasta soledad me miro.
¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.
A Francia
Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria
Con que llenó tus ámbitos el hombre;
Bástete ver en inmortal historia
Unido al tuyo su preclaro nombre.
Bástete la memoria
De aquellos grandes días
En que a su voz la Europa estremecías,
Y deja al mundo ese sepulcro austero
Donde el hado severo
Guarda al gigante de ambición y orgullo,
Entre esas peñas áridas y solas;
Mientras el mar -con turbulento arrullo-
Quiebra a sus pies las espumantes olas.
¡Déjale allí! Sin comitiva, aislado
Duerma en su roca solitaria y fría
El rey sin dinastía…
No en panteón estrecho sepultado,
De París oiga el bacanal rüido,
Entre vulgares reyes confundido.
¡Déjale, que supuesto es Santa Elena!
Los nombres poderosos
De Wagram, de Austerliz, Marengo y Jena
No volverán los ecos silenciosos,
La paz turbando de la tosca tumba,
A que no presta con sus alas sombra
El águila imperial, ni el hueco bronce
Por saludarla omnímodo retumba
Pero allí el mundo mírala, y se asombra
Del misterio que muda le revela;
Pues el fantasma inmenso,
Que entre cielo y abismo allí suspenso
Cumple quizás designios soberanos,
Es de la humana historia un monumento,
Que a pueblos y a tiranos
Dé alta lección, terrífico escarmiento!
A****
No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.
Te amé, no te amo ya; piénsolo al menos.
¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido; el corazón respire.
Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano…
mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.
De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.
¡Quísolo Dios y fue: gloria a su nombre!
Todo se terminó: recobro aliento.
¡Ángel de las venganzas! ya eres hombre…
ni amor ni miedo al contemplarte siento.
Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas ¡ay! ¡Cuán triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro.
¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.
A la Luna
¡Sol del que triste vela!
¡Astro de lumbre fría,
cuyos trémulos rayos, de la noche
para mostrar las sombras sólo brillan!
¡Oh, cuánto te semejas
de la pasada dicha
al pálido recuerdo, que del alma
sólo hace ver la soledad sombría!
Reflejo de una llama
ya oculta o extinguida,
llena la mente, pero no la enciende;
vive en el alma, pero no la anima.
Descubre, cual tú, sombras
que esmalta y acaricia;
Y como a ti, tan sólo la contempla
el dolor mudo en férvida vigilia.
A la muerte de don José María de Heredia
Le poète est semblable aux oiseaux de passage,
Qui ne batissent point leur nid sur le rivage.
-Lamartine
Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió -pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió -repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»
¿Y es verdad? ¿Y es verdad?… ¿La muerte impía
apagar pudo con su soplo helado
el generoso corazón del vate,
do tanto fuego de entusiasmo ardía?
¿No ya en amor se enciende, ni agitado
de la santa virtud al nombre late?…
Bien cual cede al embate
del aquilón el roble erguido,
así en la fuerza de su edad lozana
fue por el fallo del destino herido…
Astro eclipsado en su primer mañana,
sepúltanle las sombras de la muerte,
y en luto Cuba su placer convierte.
¡Patria! ¡Numen feliz! ¡Nombre divino!
¡Ídolo puro de las nobles almas!
¡Objeto dulce de su eterno anhelo!
Ya enmudeció tu cisne peregrino…
¿Quién cantará tus brisas y tus palmas,
tu sol de fuego, tu brillante cielo?…
Ostenta, sí, tu duelo;
que en ti rodó su venturosa cuna,
por ti clamaba en el destierro impío,
y hoy condena la pérfida fortuna
a suelo extraño su cadáver frío,
do tus arroyos, ¡ay!, con su murmullo
no darán a su sueño blando arrullo.
¡Silencio!, de sus hados la fiereza
no recordemos en la tumba helada
que lo defiende de la injusta suerte.
Ya reclinó su lánguida cabeza
-de genio y desventuras abrumada-
en el inmóvil seno de la muerte.
¿Qué importa al polvo inerte,
que torna a su elemento primitivo,
ser en este lugar o en otro hollado?
¿Yace con él el pensamiento altivo?…
Que el vulgo de los hombres, asombrado
tiemble al alzar la eternidad su velo;
mas la patria del genio está en el cielo.
Allí jamás las tempestades braman,
ni roba al sol su luz la noche oscura,
ni se conoce de la tierra el lloro…
Allí el amor y la virtud proclaman
espíritus vestidos de luz pura,
que cantan el hosanna en arpas de oro.
Allí el raudal sonoro
sin cesar corre de aguas misteriosas,
para apagar la sed que enciende al alma
-sed que en sus fuentes pobres, cenagosas,
nunca este mundo satisface o calma-.
Allí jamás la gloria se mancilla,
y eterno el sol de la justicia brilla.
¿Y qué, al dejar la vida, deja el hombre?
El amor inconstante; la esperanza,
engañosa visión que lo extravía;
tal vez los vanos ecos de un renombre
que con desvelos y dolor alcanza;
el mentido poder; la amistad fría;
y el venidero día
-cual el que expira breve y pasajero-
al abismo corriendo del olvido…
Y el placer, cual relámpago ligero,
de tempestades y pavor seguido…
Y mil proyectos que medita a solas,
fundados, ¡ay!, sobre agitadas olas.
De verte ufano, en el umbral del mundo
el ángel de la hermosa poesía
te alzó en sus brazos y encendió tu mente,
y ora lanzas, Heredia, el barro inmundo
que tu sublime espíritu oprimía,
y en alas vuelas de tu genio ardiente.
No más, no más lamente
destino tal nuestra ternura ciega,
ni la importuna queja al cielo suba…
¡Murió!… A la tierra su despojo entrega,
su espíritu al Señor, su gloria a Cuba;
¡que el genio, como el sol, llega a su ocaso,
dejando un rastro fúlgido su paso!
A la poesía
¡Oh, tú, del alto cielo
precioso don, al hombre concedido!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
de mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente Poesía,
dicta el acento de la lira mía!
Díctalo, sí, que enciende
tu amor mi seno, y sin cesar ansío
la poderosa voz, que espacios hiende,
para aclamar tu excelso poderío,
y en la naturaleza augusta y bella
buscar, seguir y señalar tu huella.
¡Mil veces desgraciado
quien -al fulgor de tu hermosura ciego-
en su alma inerte y corazón helado
no abriga un rayo de tu dulce fuego;
que es el mundo, sin ti, templo vacío,
cielo sin claridad, cadáver frío!
Mas yo doquier te miro;
doquier el alma, estremecida, siente
tu influjo inspirador; el grave giro
de la pálida Luna, el refulgente
trono del Sol, la tarde, la alborada…
todo me habla de ti con voz callada.
En cuanto ama y admira,
te halla mi mente. Si huracán violento
zumba, y levanta el mar, bramando de ira;
si con rumor responde soñoliento
plácido arroyo al aura que suspira…
tú alargas para mí cada sonido
y me explicas su místico sentido.
Al férvido verano,
a la apacible y dulce primavera,
al grave otoño y al invierno cano
me embellece tu mano lisonjera;
¡que alcanzan, si los pintan tus colores,
calor el hielo, eternidad las flores!
¿Qué a tu dominio inmenso
no sujetó el Señor? En cuanto existe
hallar tu ley y tus misterios pienso:
el Universo tu ropaje viste,
y en su conjunto armónico demuestra
que tú guiaste la hacedora diestra.
¡Hablas! ¡Todo renace!
Tu creadora voz los yermos puebla;
espacios no hay que tu poder no enlace;
y rasgando del tiempo la tiniebla,
de lo pasado al descubrir ruinas,
con tu mágica luz las iluminas.
Por tu acento apremiados,
levántanse del fondo del olvido,
ante tu tribunal, siglos pasados;
y el fallo que pronuncias -trasmitido
por una y otra edad en rasgos de oro-
eterniza su gloria o su desdoro.
Tu genio, independiente
rompe las sombras del error grosero;
la verdad preconiza; de su frente
vela con flores el rigor severo,
dándole al pueblo, en bellas creaciones,
de saber y virtud santas lecciones.
Tu espíritu sublime
ennoblece la lid; tu épica trompa
brillo eternal en el laurel imprime;
al triunfo presta inusitada pompa;
y los ilustres hechos que proclama
fatiga son del eco de la fama.
Mas, si entre gayas flores,
a la beldad consagras tus acentos;
si retratas los tímidos amores;
si enalteces sus rápidos contentos;
a despecho del tiempo, en tus anales,
beldad, placer y amor son inmortales.
Así en el mundo suenan
del amante Petrarca los gemidos;
los siglos con sus cantos se enajenan;
y unos tras otros -de su amor movidos-
van de Valclusa a demandar al aura
el dulce nombre de la dulce Laura.
¡Oh! No orgullosa aspiro
a conquistar el lauro refulgente,
que humilde acato y entusiasta admiro,
de tan gran vate en la inspirada frente;
ni ambicionan mis labios juveniles
el clarín sacro del cantor de Aquiles.
No tan ilustres huellas
seguir es dado a mi insegura planta…
Mas, abrasada al fuego que destellas,
¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa
mi pobre ofrenda estremecida elevo,
y una sonrisa a demandar me atrevo.
Cuando las frescas galas
de mi lozana juventud se lleve
el veloz tiempo en sus potentes alas,
y huyan mis dichas como el humo leve,
serás aún mi sueño lisonjero,
y veré hermoso tu favor primero.
Dame que puedas entonces,
¡Virgen de paz, sublime Poesía!,
no transmitir en mármoles ni en bronces
con rasgos tuyos la memoria mía;
sólo arrullar, cantando, mis pesares,
a la sombra feliz de tus altares.
A las estrellas
Reina el silencio: fúlgidas en tanto
Luces de paz, purísimas estrellas,
De la noche feliz lámparas bellas,
Bordáis con oro su luctuoso manto.
Duerme el placer, mas vela mi quebranto,
Y rompen el silencio mis querellas,
Volviendo el eco, unísono con ellas,
De aves nocturnas el siniestro canto.
¡Estrellas, cuya luz modesta y pura
Del mar duplica el azulado espejo!
Si a compasión os mueve la amargura
Del intenso penar por que me quejo,
¿Cómo para aclarar mi noche oscura
No tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?
A un amigo
Encargado por la dirección de un periódico
de la crítica de una comedia sátira
¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia
Porque te ordenan -con rigor y prisa
Juicio crítico hacer de una comedia?
¡Por Dios, que al ver a tu ánima indecisa
En trance tal (perdona si te enfado),
Cualquiera puede reventar de risa.
¿Imaginas tal vez, pecho cuitado,
Que para censurar una obra de arte
Has menester de un gusto delicado?
¿Qué talento tampoco ha de faltarte,
Ni juicio, ni instrucción, ni orden que guíe
A ver y a examinar parte por parte?
Juro, si piensas tal, que me desvíe
para siempre de ti, como de un zote,
Por más que tierna tu amistad porfíe.
¿Hay, por ventura, estulto monigote,
Ignorante rapaz, coplero oscuro,
Que por cosa tan nimia se alborote?
¿Hay quien no sepa dar un golpe duro
Aún a la misma virginal Talía,
Con fuerte brazo y corazón seguro?
Si no lo emprendes tú, por vida mía
Que no sin cascabel quedará el gato,
Y su pena tendrá tu cobardía;
Pues no has de ver expuesto tu retrato
En baratillos mil, ni en gacetillas
Te han de llamar ilustre literato.
Para crear de ingenio maravillas,
Desvélense Gallegos y Quintanas,
Y Hartzenhusches, y Vegas, y Zorrillas.
Tú -sin recurso de las nueve hermanas-
Si esa tu indigna timidez sacudes,
Nombre a la par de sus ingenios ganas.
Y trabaje Bretón, que -sin que sudes
Para agradar, con su feliz constancia-
Que te has de ver más popular no dudes.
¡Eh! ¡Dispón el papel! Poco en sustancia
Te conviene decir: moja la pluma,
Y comienza a escribir con arrogancia.
«Juicio crítico.» ¡Bien! ¡Como la espuma
Tu gloria va a crecer! -Mas ¿qué diremos?
-Para empezar y terminar, en suma,
Basta elegir entre los dos extremos
Y exclamar: -«La comedia es un dislate.»
O -«¡hay en ella doquier rasgos supremos!»
Lo primero es mejor: loar a un vate
Que adquiere gloria o acumula plata,
Es, yo lo afirmo, insigne disparate.
Otra cosa ha de ser cuando se trata
De inofensivo autor o gente nuestra
¿Quién a los suyos con rigor maltrata?
Mas para caso tal, nula es tu diestra,
La juzga bien el que escribió la obra,
Y sus mismos elogios das por muestra.
Mas miro que renace tu zozobra:
¿Qué mosca te picó? Dilo y escribe,
Que para meditar tiempo te sobra.
-Quiero saber si el juicio se suscribe.
-¿El juicio suscribir?… Loco te creo:
¿Quién duda igual sin delirar concibe?
Muy ignorante estás, por lo que veo,
De la crítica que hay en nuestra España,
O es que naciste para ser pigmeo.
No se firma jamás cuando con saña
Se le zurra a un autor, que capaz fuera
De contestar con fabuleja extraña
¿Zapatero?… -¡Cabal! Mas la parlera
Fama, divulga el recatado nombre,
Por la voz de una turba vocinglera.
Esa turba es de amigos; no te asombre;
Ellos dirán: -«La crítica es sublime:
La hizo Fulano.» Y cátate grande hombre.
¿Qué te habrá de importar que desestime
Tu censura el autor, que docta gente
Exclame con dolor -y esto se imprime?
Tú no por eso abatirás la frente,
Y el vulgo, que verá tu aire triunfante,
Acatará tu fallo reverente.
-Mas lo habré de fundar. -¡Calla, ignorante!
¿A qué viene pensar en fundamento,
Si tu edificio debe ser flotante?
¡Es mala comedia! Aquí está el cuento.
Es mala, y basta… porque yo lo digo;
¡Estilo pobre… pésimo argumento!
-Mas como del aplauso fui testigo,
¿He de afirmar que el público se engaña?
¿Del voto general me haré enemigo?
-No; pero puedes deslizar con maña
Que llenaba el local una pandilla
De amigos del autor; o que en España
El mostrarse cortés no es maravilla,
Y que a esta condición -tan oportuna-
Alto triunfo debió mísera obrilla.
Puedes decir también que allá en su cuna
Tuvo el autor benéfica influencia
De alguna estrella o de la misma luna;
Mas que, en medio de todo, es por esencia
Un zopenco, un estúpido, un ilota,
Que sólo alcanza de agradar la ciencia.
-¡No es poco, por mi vida! Pero nota
Que sólo comenzado el juicio tengo.
-Pues no habrás de añadir ni aun una jota.
Bueno está como está; yo lo sostengo;
No hay para qué meternos en hondura:
Lo esencial dicho está, y a ello me atengo.
Eso de analizar empresa es dura,
Y nadie tan sin miedo criticara
Si exigiese razones la censura.
Si saber demandase, cosa es clara
Que tanto parlanchín folletinista
Temblar al comenzar, de pies a cara.
Mas por milagro un diario se conquista
La pluma de algún crítico discreto,
Y siempre encuentra a la ignorancia lista.
Ella le saca del perenne aprieto,
Y, ora mime al autor ora le zurre,
Nunca el arte infeliz halla respeto.
Si sesudo lector rabia o se aburre
Del necio elogio o torpe vituperio,
Otro, por diversión, a ellos recurre.
Y ni estólidos faltan, que al criterio
Del intruso censor la frente inclinen,
Por ejercer de su eco el ministerio.
Corre, pues, ¡vive Dios!, no te acoquinen
Los descontentos que doquier pululan;
Mas los necios serán que te apadrinen.
Adula o pega a tu placer: circulan,
Buenos o malos, los escritos todos
Que en las activas prensas se acumulan.
Nuestra patria feliz por varios modos
Protege a los audaces, y aún levanta
A muchos, ¡ay!, que estaban entre lodos.
Así nuestra cultura se adelanta,
Y a fe que los quejosos escritores
Se divierten también en gresca tanta;
Pues ya entusiasmo encuentren, ya rigores,
Del oso bailarín hacen recuerdo,
Y al escuchar dicterios o loores
Saben si es mono el que los dice, o cerdo.
A un cocuyo
Dime, luz misteriosa,
Que ante mis ojos vagas,
Y mi interés despiertas,
Y mi vigilia encantas,
¿Eres quizás del cielo
Lumbrera destronada,
Que por la tierra mísera
Peregrinando pasas?
¿Eres un genio o silfo
De nuestra virgen patria,
Que de su joven vida
Contienes la ígnea savia?
¿Eres de un ser querido
Quizás errante ánima,
Que a demandarme vienes
Recuerdos y plegarias;
O bien fulgente chispa
De las brillantes alas
Con que sostiene al triste
La célica esperanza?
No sé; mas cuando luces
Hermosa a mis miradas,
De tropicales noches
En la solemne calma,
-Ya exhalación perdida
Cruces la esfera diáfana,
Ya cual la brisa juegues
Meciéndote en las cañas;
Ya cual diamante puro
Te engastes en las palmas,
Cuyo susurro imitas,
Cuyo verdor esmaltas;-
Paréceme que siento
Revelación extraña
De místicos amores
Entre tu brillo y mi alma.
Paréceme que existen
Secretas concordancias
Entre el afán que oculto
Y entre el fulgor que exhalas.
¡Oh, pues, lucero o silfo,
Ánima o genio, lanza
Más vívidos destellos
Mientras mi voz te canta!
Los sones de mi ¡ira,
Las chispas de tu llama,
Confúndanse y circulen
Por montes y sabanas,
Y suban hasta el cielo
Del campo en la fragancia,
Allá do las estrellas
Simpáticas los llaman
¡Allá do el trono asienta
El que comprende y tasa
De toda luz la esencia,
De todo afán la causa!
A una joven madre en la pérdida de su hijo
¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?
— ¡Ay! he perdido el ángel que era mi encanto…
Ni aun leves huellas
Dejaron en el mundo sus plantas bellas.
— Te engañas, joven madre; templa tu duelo.
Que ese ángel —aunque libre remonta el vuelo-
Te sigue amante
Do quiera que dirijas tu paso errante.
¿No admiras, cuando baña la tibia esfera
Del alba sonrosada la luz primera,
Con qué armonía
Cielo y tierra saludan al nuevo día?
Pues sabe, joven madre, que cada aurora
Por las manos de un ángel su faz colora,
y aquel concento
Se lo enseña a natura su dulce acento.
Cuando del sol el rayo postrero espira,
¿No escuchas un suspiro que en torno gira?
Y un soplo leve
¿No acaricia tu rostro, tus rizos mueve?…
A Washington
No en lo pasado a tu virtud modelo,
ni copia al porvenir dará la historia,
ni otra igual en grandeza a tu memoria
difundirán los siglos en su vuelo.
Miró la Europa ensangrentar su suelo
al genio de la guerra y la victoria…
pero le cupo a América la gloria
de que al genio del bien le diera el cielo.
Que audaz conquistador goce en su ciencia,
mientras al mundo en páramo convierte,
y se envanezca cuando a siervos mande;
¡mas los pueblos sabrán en su conciencia
que el que los rige libres sólo es fuerte,
que el que los hace grandes sólo es grande!
Al árbol de Guernica
Tus cuerdas de oro en vibración sonora
vuelve a agitar, ¡oh lira!,
que en este ambiente, que aromado gira,
su inercia sacudiendo abrumadora
la mente creadora,
de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.
¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
padrón es de alta gloria…
de un pueblo ilustre interesante historia…,
de augusta libertad sencillo templo,
que -al mundo dando ejemplo-
del patrio amor consagra la memoria.
Piérdese en noche de los tiempos densa
su origen venerable;
mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
de hechos ligados a su vida inmensa,
que en sí sola condensa
la de una raza antigua e indomable?…
Se transforman doquier las sociedades;
pasan generaciones;
caducan leyes; húndense naciones…
y el árbol de las vascas libertades
a futuras edades
trasmite fiel sus santas tradiciones.
Siempre inmutables son, bajo este cielo,
costumbres, ley, idioma…
¡Las invencibles águilas de Roma
aquí abatieron su atrevido vuelo,
y aquí luctuoso velo
cubrió la media luna de Mahoma!
Nunca abrigaron mercenarias greyes
las ramas seculares,
que a Vizcaya cobijan tutelares;
y a cuya sombra poderosos reyes
democráticas leyes
juraban ante jueces populares.
¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
respetuoso mi acento,
y en ti se fija ufano el pensamiento,
me parece crecer bajo tu sombra,
y en tu florida alfombra
con lícita altivez la planta asiento.
¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra
en esta tierra noble
que tú proteges, perdurable roble,
que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
y do el Cosnoaga inmoble
llega a tus pies en colosal penumbra!
¿En dónde hallar un corazón tan frío,
que a tu aspecto no lata,
sintiendo que se enciende y se dilata?
¿Quién de tu nombre ignora el poderío,
o en su desdén impío,
tu vejez santa con amor no acata?
Allá desde el retiro silencioso
donde del hombre huía
-al par que sus derechos defendía-,
del de Ginebra pensador fogoso,
con vuelo poderoso,
llegaba a ti la inquieta fantasía;
y arrebatado en entusiasmo ardiente
-pues nunca helarlo pudo
de injusta suerte el ímpetu sañudo-,
postró a tu austera majestad la frente
y en página elocuente
supo dejarte un inmortal saludo.
La Convención Francesa, de su seno
ve a un tribuno afamado,
levantarse de súbito, inspirado,
a bendecirte, de emociones lleno…
Y del aplauso al trueno
retiembla al punto el artesón dorado.
Lo antigua que es la libertad proclamas…
-¡Tú eres su monumento!-
Por eso cuando agita raudo viento
la secular belleza de tus ramas,
pienso que en mí derramas
de aquel genio divino el ígneo aliento.
Cual signo suyo mi alma te venera,
y cuando aquí me humillo
de tu vejez ante el eterno brillo,
recuerdo, roble augusto, que doquiera
que el numen sacro impera,
un árbol es su símbolo sencillo.
Mas, ¡ah, silencio!… El sol desaparece
tras la cumbre vecina,
que va envolviendo pálida neblina…
se enluta el cielo…, el aire se adormece…
tu sombra crece y crece…
¡Y sola aquí tu majestad domina!
Al destino
Escrito estaba, sí: se rompe en vano
Una vez y otra la fatal cadena,
Y mi vigor por recobrar me afano.
Escrito estaba: el cielo me condena
A tornar siempre al cautiverio rudo,
Y yo obediente acudo,
Restaurando eslabones
Que cada vez más rígidos me oprimen;
Pues del yugo fatal no me redimen
De mi altivez postreras convulsiones.
¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,
De tu víctima dócil! Yo me entrego
Cual hoja seca al raudo torbellino
Que la arrebata ciego.
¡Tuya soy! ¡Heme aquí! ¡Todo lo puedes!
Tu capricho es mi ley: sacia tu saña…
Pero sabe, ¡oh cruel!, que no me engaña
La sonrisa falaz que hoy me concedes.
Al Excmo. Sr. don Pedro Sabater
La pintura que hacéis prueba evidente
Es del hábil pincel que la ha trazado:
En ella advierto creadora mente
Y de entusiasta amor fuego sagrado.
Toques valientes, vivo colorido,
Dignidad de expresión, conjunto grato
Todo es bello, ¡oh amigo! El parecido
Sólo le falta a tan feliz retrato.
En vuestro genio, sí, no en el modelo,
Esos rasgos halláis tan ideales,
Que sólo al pensamiento otorga el cielo
Engendrar en su luz bellezas tales.
Si como me pintáis, así os parece
Verme, creed que a confusión me muevo;
Pues tanto vuestra mente me engrandece,
Que ni a mirarme como soy me atrevo.
Regio ropaje a su placer me viste
Vuestra exaltada y rica fantasía,
Y entre tanto fulgor no sé si existe
Algo real de la sustancia mía.
¡Desdichada de mí si el tiempo alado
Se lleva en pos el fúlgido atavío,
Y halláis un día, atónito, turbado,
El esqueleto descarnado y frío!…
En esta tierra de miseria y lloro
Dispensad compasión, cariño tierno;
Mas no gastéis tan pródigo el tesoro
De admiración y amor que os dio el Eterno.
Lo que se cambia y envejece y pasa,
Lo que se estrecha en límites mezquinos,
No es nada para el alma -que se abrasa
Anhelando de amor goces divinos.-
¿Ventura reclamáis de mí, que en vano
Tras de su sombra consumí mi brío?…
¡A mí, del polvo mísero gusano,
Que de mi propia mezquindad me río!
Queréis volar, y os arrastráis despacio,
Y en pobre cieno vuestro afán se abisma
¡Salid, salid del tiempo y del espacio
Y traspasad vuestra esperanza misma!
Yo, como vos, para admirar nacida;
Yo, como vos, para el amor creada;
Por admirar y amar diera mi vida…
Para admirar y amar no encuentro nada.
Siempre el límite hallé: siempre, doquiera,
La imperfección en cuanto toco y veo
No juzgo al universo una quimera,
porque en él busco a Dios, porque en Dios creo.
Tú eres, ¡Señor!, belleza y poesía;
Tú solo, amor, verdad, ventura y gloria;
Todo es, mirado en Ti, luz y armonía;
Todo es, fuera de Ti, sombra y escoria.
¡Oh, desdichado quien -de juicio escaso-
Hallar la dicha en lo finito intente
Quien en turbio licor y estrecho vaso
Quiera apagar la sed que interna siente!
No así jamás os profanéis, ¡oh amigo!
No en esas aras de vuestra alma bella
ídolo vano alcéis, que yo os predigo
Que con desdén y horror lo hundirá ella.
Queredme bien, compadecedme y hasta:
No apreciéis cual diamante humilde arcilla:
Dadle el tesoro que jamás se gasta
A Aquel que siempre permanece y brilla.
Yo no puedo sembrar de eternas flores
La senda que corréis de frágil vida;
Pero si en ella recogéis dolores,
Un alma encontraréis que los divida.
Yo pasaré con vos por entre abrojos;
El uno al otro apoyo nos daremos;
Y ambos, alzando al cielo nuestros ojos,
Allá la dicha y el amor busquemos.
¿Qué más podéis pedir? ¿Qué más pudiera
Ofrecer con verdad mi pobre pecho?
Ternura os doy con efusión sincera
¡De mi ídolo el altar ya está deshecho!
No igual suerte me deis, ¡oh, vos, que en esta
Tierra de maldición sois mi consuelo!
¡No me queráis alzar ara funesta!
¡No me pidáis en el destierro el cielo!
Vedme cual soy en mí, no en vuestra mente,
Bien que el retrato destrocéis con ira;
Que, aunque cual creación brille eminente,
Vale más la verdad que la mentira.
Al nombre de Jesús
Es grata al caminante en noche fría
La alegre llama del hogar caliente:
Grata al que corre bajo sol ardiente
La fresca sombra de arboleda umbría:
Grato, como dulcísima armonía,
Para el sediento el ruido de la fuente,
Y grato respirar en libre ambiente
Para quien sale de mazmorra impía.
Es grata, en fin, la lluvia al campesino;
Grata al guerrero belicosa fama;
Y grato el natal suelo al peregrino:
Pero más que aire, sombra, fuente, llama,
Lluvia, patria, laurel, ¡Jesús divino!
Tu nombre es grato al corazón que te ama.
Al partir
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy a partir!… La chusma diligente,
para arrancarme del nativo suelo
las velas iza, y pronta a su desvelo
la brisa acude de tu zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
tu dulce nombre halagará mi oído!
¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…
el ancla se alza… el buque, estremecido,
las olas corta y silencioso vuela.
Al pendón castellano
¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla,
Que hoy en los muros de Tetuán tremolas,
Y haces llegar a la cubana Antilla
Reflejos de las glorias españolas!
La media luna -que ante ti se humilla,-
Recuerda ya que entre revueltas olas,
De la raza de Agar con hondo espanto,
Se hundió al lucir el astro de Lepanto.
Y esa morisma -de la Europa afrenta-
Que el rugido olvidó de tus leones,
Hoy al golpe cruel -que la escarmienta,-
Forjando en su pavor fieras visiones,
De siete siglos a la luz sangrienta
Juzga que mira alzarse entre blasones,
-Sus turbantes teniendo por alfombras,-
Del Cid, de Alfonso y de Guzmán las sombras.
¡Oh! ¡sí! contigo van, por ti pelean
Esos nombres augustos; de su gloria
Los rayos en tus pliegues centellean,
Como fulguran en la hispana historia.
¡Que así triunfantes para siempre sean
Símbolos del honor y la victoria,
La civilización mirando ufana,
Que hoy te hospeda Tetuán, Tánger mañana!
Al sol en un día de diciembre
Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama
con tu almo fuego mi cansado pecho!
sin luz, sin brío, comprimido, estrecho,
un rayo anhela de tu ardiente llama.
A tu influjo feliz brote la grama;
el hielo caiga a tu fulgor deshecho:
¡Sal, del invierno rígido a despecho,
rey de la esfera, sol: mi voz te llama!
De los dichosos campos do mi cuna
recibió de tus rayos el tesoro,
me aleja para siempre la fortuna:
bajo otro cielo, en otra tierra lloro,
donde la niebla abrúmame importuna…
¡Sal rompiéndola, sol, que yo te imploro!
Amor y orgullo
Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.
Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.
Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.
Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!
Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?
¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?
En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!
¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!
Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.
¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?
¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!
¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.
¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?
¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero?…
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero?…
Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;
y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.
¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!
Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria…
Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria
Con que llenó tus ámbitos el hombre;
Bástete ver en inmortal historia
Unido al tuyo su preclaro nombre.
Bástete la memoria
De aquellos grandes días
En que a su voz la Europa estremecías,
Y deja al mundo ese sepulcro austero
Donde el hado severo
Guarda al gigante de ambición y orgullo,
Entre esas peñas áridas y solas;
Mientras el mar -con turbulento arrullo-
Quiebra a sus pies las espumantes olas.
¡Déjale allí! Sin comitiva, aislado
Duerma en su roca solitaria y fría
El rey sin dinastía…
No en panteón estrecho sepultado,
De París oiga el bacanal rüido,
Entre vulgares reyes confundido.
¡Déjale, que supuesto es Santa Elena!
Los nombres poderosos
De Wagram, de Austerliz, Marengo y Jena
No volverán los ecos silenciosos,
La paz turbando de la tosca tumba,
A que no presta con sus alas sombra
El águila imperial, ni el hueco bronce
Por saludarla omnímodo retumba
Pero allí el mundo mírala, y se asombra
Del misterio que muda le revela;
Pues el fantasma inmenso,
Que entre cielo y abismo allí suspenso
Cumple quizás designios soberanos,
Es de la humana historia un monumento,
Que a pueblos y a tiranos
Dé alta lección, terrífico escarmiento!
Cánticos de tus vírgenes sagradas…
Cánticos de tus vírgenes sagradas,
Que de tu amor proclaman las dulzuras,
Son esas voces que de unción colmadas,
Llegan al corazón graves y puras.
Tu soberana mano ¡Ser eterno!
Me ha conducido a tan amable asilo:
Yo reconozco tu favor paterno
Y empieza el pecho a respirar tranquilo.
Permite, pues, que al religioso coro
Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:
Cubierta de ciprés mi lira de oro,
Para alabarte aún hallará armonía.
De tu justicia el formidable azote
En mí se ensangrentó por tiempo largo;
Mas si lo quieres tú, que el labio agote
Del cáliz de la vida el dejo amargo.
Prolongue a su placer mi senda triste
Tu providencia inescrutable y alta;
Que si la fe de tu bondad me asiste,
Vigor para sufrir nunca me falta
Rompes mis lazos cual estambres leves;
Cuanto encumbra mi amor tu mano aterra;
Tú haces, Señor, exhalaciones breves
Las esperanzas que fundé en la tierra.
Así, lo sé, tu voluntad me intima
Que sólo busque en Ti sostén y asiento;
Que cuanto el hombre en su locura estima
Es humo y polvo que dispersa el viento.
Mas no condenes, ¡ah! que acerbo llanto
Riegue ese polvo que me fue querido
Bendiciendo mi voz tu fallo santo,
Deja gemir al corazón herido.
El alma que a tu seno encumbró el vuelo,
Obedeciendo a tu querer, Dios mío,
Por toda herencia me dejó en el suelo
Ese sepulcro silencioso y frío.
Y ni ese triste bien permite el hado
Pueda yo siempre custodiar amante
Bajo extranjero cielo abandonado
Lo he de dejar, para gemir distante.
¡Oh esposas de Jesús! Cuando aquel llegue
Forzoso instante de la ausencia impía,
Permitid ¡ay! que ese sepulcro os legue,
Y en él al corazón que os lo confía.
Ya lo purificó la desventura,
Y vuestro puro afecto lo embalsama:
No olvidéis, pues, que en esa sepultura
Velando queda un corazón que os ama.
Y tú, ¡Señor! que entre tus hijas santas
Hoy me toleras con piedad benigna,
Acepta con sus himnos a tus plantas
Las bendiciones de tu sierva indigna.
Cantos de regocijo y de victoria…
Cantos de regocijo y de victoria
Nuestras voces alzaron aquel día
Que regia mortal mano te ceñía
Mezquino lauro de terrestre gloria:
Y hoy que a la voz de tu Hacedor acudes,
A recibir la fúlgida diadema
Que la inmutable Majestad Suprema
Guarda en la eterna patria a las virtudes
Hoy nuestra flaca condición humana
Su aliento en vano a remontar aspira
¡No le es dado arrancar, noble Quintana,
Ni un tierno adiós de la enlutada ¡ira!
Que aunque la Fe con resplandor divino
La densa noche del sepulcro alumbre,
Y la Esperanza hasta la excelsa cumbre
Vuele, mostrando tu triunfal camino;
Aquí -al mirar tus fúnebres despojos
A la tierra volver- sólo nos queda,
Con tu corona, que la España hereda,
¡Duelo en el corazón llanto en los ojos!
¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia?…
Encargado por la dirección de un periódico
de la crítica de una comedia sátira
¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia
Porque te ordenan -con rigor y prisa
Juicio crítico hacer de una comedia?
¡Por Dios, que al ver a tu ánima indecisa
En trance tal (perdona si te enfado),
Cualquiera puede reventar de risa.
¿Imaginas tal vez, pecho cuitado,
Que para censurar una obra de arte
Has menester de un gusto delicado?
¿Qué talento tampoco ha de faltarte,
Ni juicio, ni instrucción, ni orden que guíe
A ver y a examinar parte por parte?
Juro, si piensas tal, que me desvíe
para siempre de ti, como de un zote,
Por más que tierna tu amistad porfíe.
¿Hay, por ventura, estulto monigote,
Ignorante rapaz, coplero oscuro,
Que por cosa tan nimia se alborote?
¿Hay quien no sepa dar un golpe duro
Aún a la misma virginal Talía,
Con fuerte brazo y corazón seguro?
Si no lo emprendes tú, por vida mía
Que no sin cascabel quedará el gato,
Y su pena tendrá tu cobardía;
Pues no has de ver expuesto tu retrato
En baratillos mil, ni en gacetillas
Te han de llamar ilustre literato.
Para crear de ingenio maravillas,
Desvélense Gallegos y Quintanas,
Y Hartzenhusches, y Vegas, y Zorrillas.
Tú -sin recurso de las nueve hermanas-
Si esa tu indigna timidez sacudes,
Nombre a la par de sus ingenios ganas.
Y trabaje Bretón, que -sin que sudes
Para agradar, con su feliz constancia-
Que te has de ver más popular no dudes.
¡Eh! ¡Dispón el papel! Poco en sustancia
Te conviene decir: moja la pluma,
Y comienza a escribir con arrogancia.
«Juicio crítico.» ¡Bien! ¡Como la espuma
Tu gloria va a crecer! -Mas ¿qué diremos?
-Para empezar y terminar, en suma,
Basta elegir entre los dos extremos
Y exclamar: -«La comedia es un dislate.»
O -«¡hay en ella doquier rasgos supremos!»
Lo primero es mejor: loar a un vate
Que adquiere gloria o acumula plata,
Es, yo lo afirmo, insigne disparate.
Otra cosa ha de ser cuando se trata
De inofensivo autor o gente nuestra
¿Quién a los suyos con rigor maltrata?
Mas para caso tal, nula es tu diestra,
La juzga bien el que escribió la obra,
Y sus mismos elogios das por muestra.
Mas miro que renace tu zozobra:
¿Qué mosca te picó? Dilo y escribe,
Que para meditar tiempo te sobra.
-Quiero saber si el juicio se suscribe.
-¿El juicio suscribir?… Loco te creo:
¿Quién duda igual sin delirar concibe?
Muy ignorante estás, por lo que veo,
De la crítica que hay en nuestra España,
O es que naciste para ser pigmeo.
No se firma jamás cuando con saña
Se le zurra a un autor, que capaz fuera
De contestar con fabuleja extraña
¿Zapatero?… -¡Cabal! Mas la parlera
Fama, divulga el recatado nombre,
Por la voz de una turba vocinglera.
Esa turba es de amigos; no te asombre;
Ellos dirán: -«La crítica es sublime:
La hizo Fulano.» Y cátate grande hombre.
¿Qué te habrá de importar que desestime
Tu censura el autor, que docta gente
Exclame con dolor -y esto se imprime?
Tú no por eso abatirás la frente,
Y el vulgo, que verá tu aire triunfante,
Acatará tu fallo reverente.
-Mas lo habré de fundar. -¡Calla, ignorante!
¿A qué viene pensar en fundamento,
Si tu edificio debe ser flotante?
¡Es mala comedia! Aquí está el cuento.
Es mala, y basta… porque yo lo digo;
¡Estilo pobre… pésimo argumento!
-Mas como del aplauso fui testigo,
¿He de afirmar que el público se engaña?
¿Del voto general me haré enemigo?
-No; pero puedes deslizar con maña
Que llenaba el local una pandilla
De amigos del autor; o que en España
El mostrarse cortés no es maravilla,
Y que a esta condición -tan oportuna-
Alto triunfo debió mísera obrilla.
Puedes decir también que allá en su cuna
Tuvo el autor benéfica influencia
De alguna estrella o de la misma luna;
Mas que, en medio de todo, es por esencia
Un zopenco, un estúpido, un ilota,
Que sólo alcanza de agradar la ciencia.
-¡No es poco, por mi vida! Pero nota
Que sólo comenzado el juicio tengo.
-Pues no habrás de añadir ni aun una jota.
Bueno está como está; yo lo sostengo;
No hay para qué meternos en hondura:
Lo esencial dicho está, y a ello me atengo.
Eso de analizar empresa es dura,
Y nadie tan sin miedo criticara
Si exigiese razones la censura.
Si saber demandase, cosa es clara
Que tanto parlanchín folletinista
Temblar al comenzar, de pies a cara.
Mas por milagro un diario se conquista
La pluma de algún crítico discreto,
Y siempre encuentra a la ignorancia lista.
Ella le saca del perenne aprieto,
Y, ora mime al autor ora le zurre,
Nunca el arte infeliz halla respeto.
Si sesudo lector rabia o se aburre
Del necio elogio o torpe vituperio,
Otro, por diversión, a ellos recurre.
Y ni estólidos faltan, que al criterio
Del intruso censor la frente inclinen,
Por ejercer de su eco el ministerio.
Corre, pues, ¡vive Dios!, no te acoquinen
Los descontentos que doquier pululan;
Mas los necios serán que te apadrinen.
Adula o pega a tu placer: circulan,
Buenos o malos, los escritos todos
Que en las activas prensas se acumulan.
Nuestra patria feliz por varios modos
Protege a los audaces, y aún levanta
A muchos, ¡ay!, que estaban entre lodos.
Así nuestra cultura se adelanta,
Y a fe que los quejosos escritores
Se divierten también en gresca tanta;
Pues ya entusiasmo encuentren, ya rigores,
Del oso bailarín hacen recuerdo,
Y al escuchar dicterios o loores
Saben si es mono el que los dice, o cerdo.
Con yo amé dice cualquiera…
Con yo amé dice cualquiera
Esta verdad desolante:
-Todo en el mundo es quimera,
No hay ventura verdadera
Ni sentimiento constante.
Yo amé significa: -Nada
le basta al hombre jamás:
La pasión más delicada,
La promesa más sagrada,
Son humo y viento… ¡y no más!
Contemplación
Tiñe ya el Sol extraños horizontes;
el aura vaga en la arboleda umbría;
y piérdese en la sombra de los montes
la tibia luz del moribundo día.
Reina en el campo plácido sosiego,
se alza la niebla del callado río,
y a dar al prado fecundante riego,
cae, convertida en límpido rocío.
Es la hora grata de feliz reposo,
fiel precursora de la noche grave…
torna al hogar el labrador gozoso,
el ganado, al redil, al nido el ave.
Es la hora melancólica, indecisa,
en que pueblan los sueños los espacios,
y en los aires -con soplos de la brisa-
levantan sus fantásticos palacios.
En Occidente el Héspero aparece,
salpican perlas su zafíreo asiento
y -en tanto que apacible resplandece-
no sé qué halago al contemplarlo siento.
¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!
¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?
¿Tal vez un bello espíritu, encargado
de recoger nuestros suspiros, eres?…
¿De los recuerdos la dulzura triste
vienes a dar al alma por consuelo,
o la esperanza con su luz te viste
para engañar nuestro incesante anhelo?
¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo
y a tus visiones lánguida me entrego…
Tu leda calma y tu frescor reclamo
para templar del corazón el fuego.
Quiero, apartada del bullicio loco,
respirar tus aromas halagüeños,
a par que en grata soledad evoco
las ilusiones de pasados sueños.
¡Oh! si animase el soplo omnipotente
estos que vagan húmedos vapores,
término dando a mi anhelar ferviente,
con objeto inmortal a mis amores…
¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,
bien ideal, objeto de mis votos,
que prometes al alma enardecida
goces divinos, para el mundo ignotos!
¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo
-libre de la materia que me oprime-
a ti llegar, y aletargada quedo,
y opresa el alma en sus cadenas gime?
¡Cómo volara hendiendo las esferas
si aquí rompiese mis estrechos nudos,
cual esas nubes cándidas, ligeras,
del éter puro en los espacios mudos!
Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,
viajeras del celeste firmamento?…
¡Ah! ¡lo ignoráis!…, seguís vuestro destino
y al vario impulso obedecéis del viento.
¿Por qué yo, en tanto, con afán insano
quiero indagar la suerte que me espera?
¿Por qué del porvenir el alto arcano
mi mente ansiosa comprender quisiera?
Paternal Providencia puso el velo
que nuestra mente a descorrer no alcanza,
pero que le permite alzar el vuelo
por la inmensa región de la esperanza.
El crepúsculo huyó; las rojas huellas
borra la Luna en su esmaltado coche,
y un silencioso ejército de estrellas
sale a guardar el trono de la noche.
A ti te amo también, noche sombría;
amo tu Luna tibia y misteriosa,
más que a la luz con que comienza el día,
tiñendo el cielo de amaranto y rosa.
Cuando en tu grave soledad respiro,
cuando en el seno de tu paz profunda
tus luminares pálidos admiro,
un religioso afecto el alma inunda:
¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,
revela el Sol en su fecunda llama,
de tu solemne calma la dulzura
su amor anuncia y su bondad proclama!
Contra mi sexo te ensañas…
Contra mi sexo te ensañas
Y de inconstante lo acusas;
Quizá porque así te excusas
De recibir cargo igual.
Mejor obrarás si emprendes
Analizar en ti mismo
Del alma humana el abismo,
Buscando el foco del mal.
Proclamas que las mujeres
(Cual dijo no sé quién antes),
Piensan amar sus amantes
Cuando aman sólo al amor;
Que el vago ardor del deseo
Se agita constante en ellas;
Mas pasa sin dejar huellas
Su preferencia mayor.
¡Ay, amigo! no te niego
Verdad que tan sólo prueba
Que son las hijas de Eva
Como los hijos de Adán.
A entrambos el daño vino
De la funesta manzana,
Y a toda la raza humana
Sus tristes efectos van.
¡Mísera raza!… Su mengua
Sufre, pero no la entiende;
Y aún sueña y hallar pretende
Bienes que torpe perdió.
Tras ellos ciega se lanza,
Girando en vértigo insano…
Mas nunca su empeño vano
Ni aun en sombra los gozó.
Amor pide, dicha busca,
Y a esperar loca se atreve
Que en vaso corrupto y breve
Apague el alma su sed;
Pero ella su afán inmenso
Siente perenne, profundo,
Y rompe lazos del mundo
Como el águila la red.
En balde en la extraña lucha
De su cansancio y su anhelo
Le agrada tomar el velo
Que la presenta el error,
Y en los pálidos fantasmas,
-Que agranda ilusa ella sola
Se finge ver la aureola
De la dicha y del amor.
¡Resbala pronto la venda!
¡Resbala y ve -con despecho-
Que vuela, en humo deshecho,
El fulgor de su ilusión!
Pues no cabe en ser que piensa
Que eterno el engaño sea
Aunque inmortal es la idea
Que seduce al corazón.
No es, no, flaqueza en nosotros,
Sí indicio de altos destinos,
Que aquellos bienes divinos
Nos sirvan de eterno imán,
Y que el alma no los halle,
-Por más que activa se mueva
Ni tú en las hijas de Eva,
Ni yo en los hijos de Adán.
Unas y otros nos quedamos
De lo ideal a distancia,
Y en todos es la inconstancia
Constante anhelo del bien.
¡De amor y dicha tenemos
Sólo un recuerdo nublado;
Pues su goce fue enterrado
Bajo el árbol del edén!
Jamás ¡oh amigo! ventura
Ni amor eterno hallaremos…
Pero ¿qué importa? ¡esperemos!
Porque es vivir esperar;
Y aquí -do todo nos habla
De pequeñez y mudanza
Sólo es grande la esperanza
Y perenne el desear.
Cuartetos escritos en un cementerio
He aquí el asilo de la eterna calma,
do solo el sauce desmayado crece…
¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,
el aura de las tumbas apetece!
Los que aspiráis las flores de la vida,
llenas de aroma de placer y gloria,
no piséis el lugar do convertida
veréis su pompa en miserable escoria:
mas venid todos los que el ceño airado
del destino mirasteis en la cuna;
los que sentís el corazón llagado
y no esperáis consolación alguna.
¡Venid también, espíritus ardientes,
que en ese mundo os agitáis sin tino,
y cuya inmensa sed sus turbias fuentes
calmar no pueden con raudal mezquino!
Los que el cansancio conocisteis, antes
que paz os diesen y quietud los años
¡Venid con nuestros sueños devorantes!
¡Venid con vuestros tristes desengaños!
No aquí las horas, rápidas o lentas,
cuenta el placer ni mide la esperanza:
¡quiébranse aquí las olas turbulentas
que el huracán de las pasiones lanza!
Aquí, si os turban sombras de la duda,
la severa verdad inmóvil vela:
aquí reina la paz eterna y muda,
si paz el alma fatigada anhela.
Los que aquí duermen en profundo sueño,
insomnes cual nosotros se agitaron…
Ya de la muerte en el letal beleño
sus abrasadas sienes refrescaron.
Amemos, pues, nuestra mansión futura,
única que tenemos duradera
¡Que ilusión de la vida es la ventura,
mas la paz de la muerte es verdadera!
Del huracán espíritu potente…
Del huracán espíritu potente
que hoy libre dejas la región precita,
¡ven, con el tuyo mi furor escita!
¡ven con tu fuego a coronar mi frente!
Deja que el rayo con fragor reviente,
mientras cual hoja seca, o flor marchita,
tu fuerte soplo al robre precipita
roto y deshecho al bramador torrente.
Ven a librarme de la pena extraña
que a un alma altiva con baldón devora
y el brillo puro a la razón empaña.
¡Ven! y al inerte pecho que te implora
da tu poder y tu iracunda saña,
y el llanto seca que cobarde llora.
Deseo de venganza
¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!
¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,
mientras -cual a hoja seca o flor marchita-
tu fuerte soplo al roble precipita.
roto y deshecho al bramador torrente!
Del alma que te invoca y acompaña,
envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.
¡Ven… al dolor que insano la devora
haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!
Dime, luz misteriosa…
Dime, luz misteriosa,
Que ante mis ojos vagas,
Y mi interés despiertas,
Y mi vigilia encantas,
¿Eres quizás del cielo
Lumbrera destronada,
Que por la tierra mísera
Peregrinando pasas?
¿Eres un genio o silfo
De nuestra virgen patria,
Que de su joven vida
Contienes la ígnea savia?
¿Eres de un ser querido
Quizás errante ánima,
Que a demandarme vienes
Recuerdos y plegarias;
O bien fulgente chispa
De las brillantes alas
Con que sostiene al triste
La célica esperanza?
No sé; mas cuando luces
Hermosa a mis miradas,
De tropicales noches
En la solemne calma,
-Ya exhalación perdida
Cruces la esfera diáfana,
Ya cual la brisa juegues
Meciéndote en las cañas;
Ya cual diamante puro
Te engastes en las palmas,
Cuyo susurro imitas,
Cuyo verdor esmaltas;-
Paréceme que siento
Revelación extraña
De místicos amores
Entre tu brillo y mi alma.
Paréceme que existen
Secretas concordancias
Entre el afán que oculto
Y entre el fulgor que exhalas.
¡Oh, pues, lucero o silfo,
Ánima o genio, lanza
Más vívidos destellos
Mientras mi voz te canta!
Los sones de mi ¡ira,
Las chispas de tu llama,
Confúndanse y circulen
Por montes y sabanas,
Y suban hasta el cielo
Del campo en la fragancia,
Allá do las estrellas
Simpáticas los llaman
¡Allá do el trono asienta
El que comprende y tasa
De toda luz la esencia,
De todo afán la causa!
Dios y el hombre
¡Mirad al hombre! Del tupido velo
Que a la naturaleza envuelve inmensa
Levanta apenas, con incierta mano.
Un extremo no más; ya iluso piensa
Que toda la amplitud de tierra y cielo
Estrecha viene a su saber, y ufano
Erige audaz a su razón mezquina
Tribunal soberano.
Citando ante él a la razón divina.
«¿Quién eres?» — dice a Dios: — «¿Cuál es tu esencia?
¿Por qué naturaleza no lo explica?
Sus leyes estudió mi inteligencia,
Y en ellas nada de tu ser me indica
La inefable sustancia.
Ni de tu decantada providencia
Los designios profundos. ¿La ignorancia
Será quien deba tributarte culto,
Y al genio siempre y a la ciencia oculto.
Dejarás en problema
Ante sus luces tu verdad suprema?
Origen te proclaman
Del orden y del bien, y cuanto veo
Es desorden y mal. Justo te llaman,
Y me consume estéril el deseo
De comprender de tu justicia oscura
La marcha silenciosa.
En balde por tu gloria te conjura
Mi mente, codiciosa
De la eterna verdad, que tus arcanos
Le descubras sublimes:
Sordo te encuentran mis clamores vanos,
Y ni en las obras de tu diestra, mudas,
El sello augusto de tu nombre imprimes,
Cual si gozases en mirar las dudas
Luchar del hombre en el inquieto seno,
¡Tú que te llamas poderoso y bueno!»
«No más, no más en ignorancia ciega
Adoraré rendido
A un Dios desconocido,
Que a concordar con mi razón se niega.
Si no eres vano nombre,
Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres;
Pues nace altivo, inteligente el hombre,
Y si su amor y su homenaje quieres,
Debes hacer que su razón lo mande,
Al verte amable, al comprenderte grande.»
Así al saber supremo
Dicta leyes su hechura limitada,
Y de bondad por inefable extremo.
Para curarla de su orgullo infando.
Así confunde a la razón osada,
Allá en su propio seno resonando,
Aquella voz que fecundó a la nada.
«Tú, que cuenta me pides
De mis hondos designios; tú que dudas,
Si a tu razón se esconde,
De mi propia existencia; tú que mides
Mi justicia etemal, y en mis dominios
Juzgas del orden y del bien: ¡responde!
Tus sabios, tus astrónomos profundos,
¿Podrán decir cómo hago inalterable
La eterna ley, que de infinitos mundos
Que corren el espacio inmensurable,
El movimiento y curso determina
Sin que choquen jamás en raudo encuentro
Y por qué los fecunda e ilumina
Encadenado un sol en cada centro?
¡Loco mortal, a quien hinchado miro
Del prestado poder que de mí tienes!
¿Puedes del Orión turbar el giro,
O a las brillantes Pléyades detienes?
¿Puedes siquiera, conocer la tierra
Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base
Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase
Los tesoros que encierra?…
Un imperio tras otro desparece,
Y mil generaciones
Pasan por ella y en su seno se hunden;
Ella sola no cambia ni envejece,
Y sus preciosos dones
Con orden inmutable se difunden
Por las varias regiones
Que fertiliza el sol. Aquí presenta
Prados herbosos, selvas primitivas;
Allá el capricho de su fuerza ostenta
En colinas altivas,
Que decora con rasgos pintorescos;
Allá borda de valles las honduras;
Más acá ofrece los asilos frescos
De grutas silenciosas;
Ora se extiende en plácidas llanuras;
Ora se ensancha en playas arenosas;
Allí se muestra en sotos y florestas;
Acá en bosques umbríos;
Y allá ostentando sus potentes bríos,
Encumbra montes de nevadas crestas.»
«¿Qué paternal desvelo,
Qué sabia providencia
Con tal magnificencia
Dotó al grosero y despreciable suelo
De ese globo que habitas?
¿Quién lo sembró de vírgenes metales?
¿Quién lo cubrió de especies infinitas.
De útiles vegetales
Apropiados a climas diferentes?
¡Mira mecer las palmas y las cañas
Las brisas de los trópicos ardientes;
Mientras en selvas y ásperas montañas.
Resistiendo al tesón de vientos fieros.
Negros abetos, pinos seculares.
Se levantan austeros
Bajo los crudos círculos polares!»
«¿Quién te dirá cómo del hondo seno
Que mi espíritu henchía
Brotó con voz de trueno
La mar amenazante,
Y cómo yo de nieblas la cubría
Cual envuelve la madre al tierno infante?
Alzó atrevida la espumosa frente
Robando al sol fulgentes aureolas:
¿Mas quién se halló presente
Cuando la dije: — tu soberbia enfrena
Y a romper ve tus atronantes olas
En aquel dique de movible arena?» —
«¿Sabes por qué vapores incesantes.
Que recoge la atmósfera encendida.
De ese su seno líquido se exhalan,
Y en las nubes flotante
La masa de las aguas suspendida,
Sólo desciende al suelo gota a gota
En bienhechora lluvia convertida;
Mientras de las altísimas montañas
Se precipita en rápidos torrentes.
Penetra de la tierra las entrañas,
Y formando con linfas transparentes
Arroyos mil y ríos caudalosos,
Recorre murmurando el campo verde.
Con giros tortuosos,
Hasta volver al mar en que se pierde?»
«¡Juez de mi providencia, que me intimas
Su imperfección y que mi plan corriges!
¿Eres tú quién diriges
Según conviene a los diversos climas.
Los vientos voladores,
Y a disipar mefíticos vapores
Lanzas al rayo, que estallando dice
Con su hórrido estampido:
— ¡Gloria, Señor!, ya estás obedecido? —
¿Coronada de flores
Sale a tu voz la primavera hermosa,
A preparar la tierra, que reposa,
Del abrasado estío a los ardores?
¿O acata, acaso, tu poder visible
El invierno aterido
Haciendo le preceda
Con orden infalible
El otoño de pámpanos ceñido?»
«¿A las linfas saladas
Y a las ondas insípidas del río,
Lanzaste las especies animadas
Con variedad que pasma el pensamiento
Y a cada cual con diligente mano
Preparaste sustento?…
¿Por ti de aceite saludable llena*
Se agita entre el hervor del Océano
La colosal ballena?
¡Mira cuál brotan de sus ojos llamas.
Si la distancia de la presa mide! —
¡Mira si airada eriza las escamas.
Montes alzar en el ecuóreo llano,
Y si con lento paso lo divide
Darle de la vejez el color cano!»
«Por las libres regiones
Del aire que respiras
¿Esparces con tu diestra creadora
Las volubles legiones
De tantas aves que indolente miras?
¿Les concediste tú la voz canora?
¿Te deben los instintos
Por que se multiplican y alimentan,
Y los colores vividos que ostentan
En matices distintos
Sobre el esmalte de sus leves plumas;
O es tu saber quien guía
A las que al ver las invernales brumas
Dejan del norte la región sombría,
Y atraviesan el mar tras los ardores
Del refulgente sol del mediodía?
¡Mira cómo desprecia los furores
Del caprichoso viento
El águila real, las soledades
Surca del éter en sublime asiento
Para el vuelo atrevido,
Y entre nubes que envuelven tempestades
Labra el robusto nido
De la desierta roca
En las ásperas puntas suspendido;
Mientras el avestruz de pluma poca,
Que nunca se alza a la región yacía.
Por otro instinto poderoso y cierto.
Su cara prole fía
A la infecunda arena del desierto!»
«Un momento contempla
De los brutos la inmensa muchedumbre;
En ninguno verás que falte o sobre
Un miembro necesario.
Éstos de imponderable mansedumbre,
Aquéllos de carácter sanguinario;
Tímidos unos, otros atrevidos.
Pesados unos, otros diligentes.
Todos están armados y vestidos
Cual requieren sus usos diferentes,
El destino especial que les señalo
Y el clima y el lugar do los instalo.
No por tus artes enseñado ha sido
El castor industrioso;
Ni el corcel generoso,
Que sufre lo domines.
Te debe aquel valor con que al sonido
De la trompa guerrera.
Sacudiendo las crines.
La nariz dilatando,
Se lanza al campo en rápida carrera,
De espuma y de sudor huellas dejando.»
«Cuanto tu vista admira
Y cuanto puede concebir tu idea,
Es átomo mezquino
Del universo en el grandioso seno;
Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino
Inquirir osas de arrogancia lleno,
Secretos inefables, ¡confundida
Verás por las partículas más leves
Tu razón desvalida.
Si a analizar ese átomo te atreves!
De la naturaleza, que presumes.
Iluso, conocer, al ser más pobre
Comprender y explicar quieres en vano;
Esa flor que te brinda sus perfumes.
Ese mosquito que aplastó tu dedo,
Ese que huellas, mísero gusano,
¡Misterios son, en que abismarte puedo!»
«¿Y no eres un abismo,
¡Oh átomo pensador! para ti mismo?
Naturaleza doble en ti se encierra;
De un rayo de mi mente iluminado
Eres rey de la tierra,
Y de esa tierra mísera formado.
Materia deleznable
Y espíritu soberbio,
Grande y pequeño, fuerte y miserable.
Suspenso entre la nada
Estás y el infinito,
Y en tu razón tan pobre y limitada.
Llevas augusto privilegio escrito.
Trémulo ante tan grandes maravillas,
Que entrever logra tu asombrada mente.
Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas,
Prosternando la frente
Y acatando rendido
De mi sapiencia el insondable arcano;
Mas no alces atrevido
Hasta mi trono el pensamiento insano;
Que aunque el astro de fuego
Su luz te envía en rayos bienhechores.
Si le osas contemplar quedarás ciego,
Sombras no más hallando en sus fulgores»
«En tu alma de mi ser grabé la idea,
Y rindiendo a su autor digno homenaje.
Naturaleza emplea
Universal, magnífico lenguaje.
De un polo al otro en sus miserias claman
Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo,
Las noches y los días.
Mi poder y bondad doquier proclaman,
Y mi nombre preludian en el suelo
Multitud de armonías.
Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo
Y confunden tu ciencia;
Mas para el corazón tienen sencillo
Poderosa elocuencia.
Es mi nombre «¡El que- Es!» — ¡Que confundida
Ante el misterio de tan alto nombre,
Entre esas obras de mi augusta diestra
El humano saber calle y se asombre;
Pues su ciencia mayor alcanza y muestra
Al conocer su pequeñez el hombre!»
El canto de Altabiscar
Súbito se alza un grito en las montañas
de los valientes euskaldunes. Presta
todo su oído el bravo echeco-jauna,
que de su noble hogar guarda la puerta.
-¡Qué es eso!, exclama- y se levanta al punto
su perro fiel, irguiendo las orejas.
¡Escuchad! ¡Escuchad cual sus ladridos
de Altabiscar en derredor resuenan!
pero un ruido mayor, más espantoso,
parte veloz de lo alto de Ibañeta,
y va, de monte en monte retumbando,
a ensordecer las solitarias crestas.
¡Es la voz de un ejército que avanza!
otras mil, otras mil responden fieras,
del ronco cuerno al áspero sonido,
entre montes, peñascos y malezas.
¡Los nuestros son! -El bravo echeco-jauna
salta blandiendo la acerada flecha.
-¡Con él todos!… ¡Mirad! Sobre esas cimas
móvil bosque de lanzas centellea,
y en medio, sus colores ostentando,
majestuosas ondulan las banderas.
¡Oh!… ¡Qué bajan!… ¡Qué vienen!… ¡Qué desfilan,
cual lobos a caer sobre su presa!…
¡Qué guerrero tropel!¡Cuéntalos, mozo!
-Diez… Quince… Veinte… Veinticinco… Treinta…
¡Y otros tantos!… ¡Y cien!… Se pierde el número,
porque son más, señor, que las arenas.
-¿Qué importa? Venid todos, ¡euskaldunes!
de cuajo arrancaremos estas peñas,
y sobre el vil enjambre de enemigos
las lanzarán nuestras nervudas diestras.
¿Qué vienen a buscar a nuestros montes
esos hijos del Norte en son de guerra?
¿entre ellos y nosotros puso en balde
el mismo Dios una muralla eterna?
¡Caiga sobre ellos, caiga desplomado
todo este monte, piedra sobre piedra!
¡A una todos!… ¡Así! -Se anubla el aire;
La tierra cruje; los peñascos ruedan;
Jinetes y caballos confundidos
con sus despojos los breñales siembran;
Y palpitan las carnes aplastadas,
chorros brotando, que en el suelo humean.
¡Cuántos huesos molidos!¡Cuánta sangre,
en la que el sol medroso reverbera!…
-¡Huid si aún podéis, reliquias miserables!
El que aún tiene bridón métale espuelas,
y corra como ciervo perseguido
el que aún conserve para hacerlo fuerzas.
¡Huye con tu pendón, rey Carlo-Magno,
que el rico manto entre las zarzas dejas,
mientras el viento en remolinos barre
de tu casco rëal las plumas negras!
¿Qué aguardas? ¿A quién buscas? Tu sobrino,
el que rival no tuvo en la pelea,
tu famoso Roldán, bravo entre bravos,
¡allí tendido entre los muertos queda!
ya huyen veloces, ¡euskaldunes!… ¡Huyen!…
¿Do sus lanzas están? ¿Do sus enseñas?
¡Cuál huyen!… ¡Oh! ¡Cuál huyen!… ¡Cuenta, mozo!
¿Cuántos los vivos son que aún aquí restan?
¿Veinte?… ¿Quince?… ¿Diez?… ¿Ocho?… ¿Siete?… ¿Cinco?…
-No, señor. -¿Cuatro?… ¿Dos?…- ¡Ni uno siquiera!
Todo acabó. -Valiente echeco-jauna,
llama a tu perro; vuelve do te esperan
los tiernos hijos, la querida esposa,
y en tu cuerno de buey guarda las flechas;
Que ya en el campo, herencia de tus padres,
puedes dormir tranquilo sobre de ellas.
¡Pronto la noche tenderá su manto,
y acudiendo de buitres nube espesa,
se cebarán en carnes machacadas,
esparciendo las blancas osamentas,
que en polvo convertidas por los siglos
darán abono a nuestra agreste tierra!
El porqué de la inconstancia
Contra mi sexo te ensañas
Y de inconstante lo acusas;
Quizá porque así te excusas
De recibir cargo igual.
Mejor obrarás si emprendes
Analizar en ti mismo
Del alma humana el abismo,
Buscando el foco del mal.
Proclamas que las mujeres
(Cual dijo no sé quién antes),
Piensan amar sus amantes
Cuando aman sólo al amor;
Que el vago ardor del deseo
Se agita constante en ellas;
Mas pasa sin dejar huellas
Su preferencia mayor.
¡Ay, amigo! no te niego
Verdad que tan sólo prueba
Que son las hijas de Eva
Como los hijos de Adán.
A entrambos el daño vino
De la funesta manzana,
Y a toda la raza humana
Sus tristes efectos van.
¡Mísera raza!… Su mengua
Sufre, pero no la entiende;
Y aún sueña y hallar pretende
Bienes que torpe perdió.
Tras ellos ciega se lanza,
Girando en vértigo insano…
Mas nunca su empeño vano
Ni aun en sombra los gozó.
Amor pide, dicha busca,
Y a esperar loca se atreve
Que en vaso corrupto y breve
Apague el alma su sed;
Pero ella su afán inmenso
Siente perenne, profundo,
Y rompe lazos del mundo
Como el águila la red.
En balde en la extraña lucha
De su cansancio y su anhelo
Le agrada tomar el velo
Que la presenta el error,
Y en los pálidos fantasmas,
-Que agranda ilusa ella sola
Se finge ver la aureola
De la dicha y del amor.
¡Resbala pronto la venda!
¡Resbala y ve -con despecho-
Que vuela, en humo deshecho,
El fulgor de su ilusión!
Pues no cabe en ser que piensa
Que eterno el engaño sea
Aunque inmortal es la idea
Que seduce al corazón.
No es, no, flaqueza en nosotros,
Sí indicio de altos destinos,
Que aquellos bienes divinos
Nos sirvan de eterno imán,
Y que el alma no los halle,
-Por más que activa se mueva
Ni tú en las hijas de Eva,
Ni yo en los hijos de Adán.
Unas y otros nos quedamos
De lo ideal a distancia,
Y en todos es la inconstancia
Constante anhelo del bien.
¡De amor y dicha tenemos
Sólo un recuerdo nublado;
Pues su goce fue enterrado
Bajo el árbol del edén!
Jamás ¡oh amigo! ventura
Ni amor eterno hallaremos…
Pero ¿qué importa? ¡esperemos!
Porque es vivir esperar;
Y aquí -do todo nos habla
De pequeñez y mudanza
Sólo es grande la esperanza
Y perenne el desear.
El recuerdo importuno
¿Serás del alma eterna compañera,
tenaz memoria de veloz ventura?
¿Por qué el recuerdo interminable dura
si el bien pasó cual ráfaga ligera?
¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera
abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,
de glorias mil inmensa sepultura
y del dolor consolación postrera!,
si a tu vasto poder ninguno asombra
y al orbe riges con tu cetro frío,
¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.
¡Ven y devora este fantasma impío,
de pasado placer pálida sombra,
de placer por venir nublo sombrío.
Elegía I
Después de la muerte de mi marido
Otra vez llanto, soledad, tinieblas…
¡Huyó cual humo la ilusión querida!
¡La luz amada que alumbró mi vida
Un relámpago fue!
Brilló para probar sombra pasada;
Brilló para anunciar sombra futura;
Brilló para morir… y en noche oscura
Para siempre quedé.
Tras luengos años de tormenta ruda
Comenzaba a gozar benigna calma;
Mas ¡ay! que solo por burlar el alma
La abandonó el dolor.
Así la pérfida alimaña finge
Que a su presa infeliz escapar deja,
Y con las garras extendidas, ceja
Para asirla mejor.
El que ayer era mi sostén y amparo,
Hoy de la muerte es mísero trofeo
¡Por corona nupcial me dio Himeneo
Mustio y triste ciprés!
De juventud, de amor, de fuerza henchido,
Su porvenir ¡cuán vasto parecía…
Mas la mañana terminó su día:
¡Ya del tiempo no es!
Nada me resta, ¡oh Dios! Sus rotas alas
Pliega gimiendo mi esperanza bella
Hoy sus decretos el destino sella;
Ya irrevocables son.
Al golpe atroz que me desgarra el pecho
Quizás mi pobre vida no sucumba;
Mas con los restos que tragó esa tumba
Se hunde mi corazón.
¡Alma noble y amante! tú, ante el trono
De la infinita paternal clemencia,
Por la que fue mitad de tu existencia
¡Pide, pide piedad!
Baje un rayo de luz que alumbre mi alma
En este abismo de pavor profundo,
Hasta que pueda abandonar del mundo
¡La inmensa soledad!
Elegía II
Cánticos de tus vírgenes sagradas,
Que de tu amor proclaman las dulzuras,
Son esas voces que de unción colmadas,
Llegan al corazón graves y puras.
Tu soberana mano ¡Ser eterno!
Me ha conducido a tan amable asilo:
Yo reconozco tu favor paterno
Y empieza el pecho a respirar tranquilo.
Permite, pues, que al religioso coro
Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:
Cubierta de ciprés mi lira de oro,
Para alabarte aún hallará armonía.
De tu justicia el formidable azote
En mí se ensangrentó por tiempo largo;
Mas si lo quieres tú, que el labio agote
Del cáliz de la vida el dejo amargo.
Prolongue a su placer mi senda triste
Tu providencia inescrutable y alta;
Que si la fe de tu bondad me asiste,
Vigor para sufrir nunca me falta
Rompes mis lazos cual estambres leves;
Cuanto encumbra mi amor tu mano aterra;
Tú haces, Señor, exhalaciones breves
Las esperanzas que fundé en la tierra.
Así, lo sé, tu voluntad me intima
Que sólo busque en Ti sostén y asiento;
Que cuanto el hombre en su locura estima
Es humo y polvo que dispersa el viento.
Mas no condenes, ¡ah! que acerbo llanto
Riegue ese polvo que me fue querido
Bendiciendo mi voz tu fallo santo,
Deja gemir al corazón herido.
El alma que a tu seno encumbró el vuelo,
Obedeciendo a tu querer, Dios mío,
Por toda herencia me dejó en el suelo
Ese sepulcro silencioso y frío.
Y ni ese triste bien permite el hado
Pueda yo siempre custodiar amante
Bajo extranjero cielo abandonado
Lo he de dejar, para gemir distante.
¡Oh esposas de Jesús! Cuando aquel llegue
Forzoso instante de la ausencia impía,
Permitid ¡ay! que ese sepulcro os legue,
Y en él al corazón que os lo confía.
Ya lo purificó la desventura,
Y vuestro puro afecto lo embalsama:
No olvidéis, pues, que en esa sepultura
Velando queda un corazón que os ama.
Y tú, ¡Señor! que entre tus hijas santas
Hoy me toleras con piedad benigna,
Acepta con sus himnos a tus plantas
Las bendiciones de tu sierva indigna.
En esta tarde, Cristo del Calvario…
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña¹.
Y solo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es solo
la llave santa de tu santa puerta.
Amén.
En la muerte del laureado poeta señor don Manuel José Quintana
Cantos de regocijo y de victoria
Nuestras voces alzaron aquel día
Que regia mortal mano te ceñía
Mezquino lauro de terrestre gloria:
Y hoy que a la voz de tu Hacedor acudes,
A recibir la fúlgida diadema
Que la inmutable Majestad Suprema
Guarda en la eterna patria a las virtudes
Hoy nuestra flaca condición humana
Su aliento en vano a remontar aspira
¡No le es dado arrancar, noble Quintana,
Ni un tierno adiós de la enlutada ¡ira!
Que aunque la Fe con resplandor divino
La densa noche del sepulcro alumbre,
Y la Esperanza hasta la excelsa cumbre
Vuele, mostrando tu triunfal camino;
Aquí -al mirar tus fúnebres despojos
A la tierra volver- sólo nos queda,
Con tu corona, que la España hereda,
¡Duelo en el corazón llanto en los ojos!
En una tarde tempestuosa
Del huracán espíritu potente
que hoy libre dejas la región precita,
¡ven, con el tuyo mi furor escita!
¡ven con tu fuego a coronar mi frente!
Deja que el rayo con fragor reviente,
mientras cual hoja seca, o flor marchita,
tu fuerte soplo al robre precipita
roto y deshecho al bramador torrente.
Ven a librarme de la pena extraña
que a un alma altiva con baldón devora
y el brillo puro a la razón empaña.
¡Ven! y al inerte pecho que te implora
da tu poder y tu iracunda saña,
y el llanto seca que cobarde llora.
En vano ansiosa tu amistad procura…
En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura
con que el amor sus fuegos alimenta…
Puede el dolor, la saña más violenta,
exhalar por el labio su amargura..
Mas de decir mi malestar profundo,
no halla mi voz, mi pensamiento, medio,
y al indagar su origen me confundo:
pero es un mal terrible, sin remedio,
que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón…¡En fin, es tedio!
Epitafio
Para grabarse en la tumba de un escéptico
Imitación de Parny
Tuvo el que yace aquí cordura extrema:
Para evitar error dudó de todo:
La existencia de Dios puso en problema,
Y -dudando vivir- vivió a su modo.
Cansado al fin de caos tan profundo,
Huyó por esta puerta diligente,
Para ir a preguntar al otro mundo
Lo que en este creer cuadra al prudente.
Es grata al caminante en noche fría…
Es grata al caminante en noche fría
La alegre llama del hogar caliente:
Grata al que corre bajo sol ardiente
La fresca sombra de arboleda umbría:
Grato, como dulcísima armonía,
Para el sediento el ruido de la fuente,
Y grato respirar en libre ambiente
Para quien sale de mazmorra impía.
Es grata, en fin, la lluvia al campesino;
Grata al guerrero belicosa fama;
Y grato el natal suelo al peregrino:
Pero más que aire, sombra, fuente, llama,
Lluvia, patria, laurel, ¡Jesús divino!
Tu nombre es grato al corazón que te ama.
Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende…
Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,
Si pliega sus alas el viento dormido,
Gozar los asilos que un muro defiende,
Con ricos tapices de Flandes vestido.
Es grata la calma dulcísima y leda
De aquellos salones dorados y umbríos,
Do el sol, que penetra por nubes de seda,
Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.
Es grato el ambiente de aquellas estancias
-Que en torno matizan maderas preciosas-
Do en vasos de china despiden fragancias
Itálicos lirios, bengálicas rosas.
Es grato que al Euro -que huyó silencioso-
Imiten las bellas moviendo abanicos;
Allí do cual tronos del muelle reposo
Se ostentan divanes de púrpura ricos.
Y grato en la tarde, con lánguido paso,
Salir de entre sedas y pórfidos y oro,
A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,
El astro supremo su ardiente tesoro.
Que allí, para verlo, se tienen vergeles
Que nunca marchitan estivos ardores;
Con bancos de césped, con frescos doseles,
Y bosques y fuentes y exóticas flores.
Asilos tan bellos no hubieron las ninfas
Que hollaron de Grecia colinas amenas,
Ni náyades vieron tan plácidas linfas
Cual esas que guardan marmóreas sirenas.
Por eso en las noches del férvido estío
Es grato a ese elíseo llamar los placeres;
Cubriendo de luces su verde sombrío,
Llenando su espacio de hermosas mujeres.
Y aromas y bailes y amores y risas,
En dulces insomnios disfrutan las bellas,
En tanto que vuelan balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.
¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,
Que brotan al soplo de regia hermosura!
Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas
Os dieran encantos de tanta dulzura!
No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio
Que allá San Lorenzo protege vecino;
Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,
Y son los placeres tu plácido sino.
¡Difunde fragancias: amores y risas
En gratos insomnios disfruten las bellas,
En tanto que vuelen balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!
Escrito estaba, sí: se rompe en vano…
Escrito estaba, sí: se rompe en vano
Una vez y otra la fatal cadena,
Y mi vigor por recobrar me afano.
Escrito estaba: el cielo me condena
A tornar siempre al cautiverio rudo,
Y yo obediente acudo,
Restaurando eslabones
Que cada vez más rígidos me oprimen;
Pues del yugo fatal no me redimen
De mi altivez postreras convulsiones.
¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,
De tu víctima dócil! Yo me entrego
Cual hoja seca al raudo torbellino
Que la arrebata ciego.
¡Tuya soy! ¡Heme aquí! ¡Todo lo puedes!
Tu capricho es mi ley: sacia tu saña…
Pero sabe, ¡oh cruel!, que no me engaña
La sonrisa falaz que hoy me concedes.
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira…
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta, que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.
Ante mis ojos desaparece el mundo
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero.
De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!
He aquí el asilo de la eterna calma…
He aquí el asilo de la eterna calma,
do solo el sauce desmayado crece…
¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,
el aura de las tumbas apetece!
Los que aspiráis las flores de la vida,
llenas de aroma de placer y gloria,
no piséis el lugar do convertida
veréis su pompa en miserable escoria:
mas venid todos los que el ceño airado
del destino mirasteis en la cuna;
los que sentís el corazón llagado
y no esperáis consolación alguna.
¡Venid también, espíritus ardientes,
que en ese mundo os agitáis sin tino,
y cuya inmensa sed sus turbias fuentes
calmar no pueden con raudal mezquino!
Los que el cansancio conocisteis, antes
que paz os diesen y quietud los años
¡Venid con nuestros sueños devorantes!
¡Venid con vuestros tristes desengaños!
No aquí las horas, rápidas o lentas,
cuenta el placer ni mide la esperanza:
¡quiébranse aquí las olas turbulentas
que el huracán de las pasiones lanza!
Aquí, si os turban sombras de la duda,
la severa verdad inmóvil vela:
aquí reina la paz eterna y muda,
si paz el alma fatigada anhela.
Los que aquí duermen en profundo sueño,
insomnes cual nosotros se agitaron…
Ya de la muerte en el letal beleño
sus abrasadas sienes refrescaron.
Amemos, pues, nuestra mansión futura,
única que tenemos duradera
¡Que ilusión de la vida es la ventura,
mas la paz de la muerte es verdadera!
Iba tendiendo su luctuoso manto…
Iba tendiendo su luctuoso manto
La noche oscura y fría,
Sin que templase un tanto
La opacidad de la región vacía,
El rayo de la luna macilento
Ni el trémulo fulgor de las estrellas;
Pues, cual rastro sangriento,
De un sol de invierno las rojizas huellas
Surcaban sólo el negro firmamento.
Tristes también las calles parecían
De la opulenta villa coronada,
Do circulando multitud callada,
Sólo semblantes serios se veían,
Que presentir hacían
Algún grave suceso,
Pronto explicado por las roncas voces
Que esparcieron veloces
Por el gentío espeso
Los vendedores de volantes hojas,
Gritando por doquier: «Causa y sentencia
»Del coronel Rengifo y compañeros,
»Que a los rayos primeros
»Del nuevo sol terminan su existencia.»
Pasan de mano en mano
Los públicos papeles,
Y -aunque no haya quizá pechos crueles
Que al contemplar destino tan tirano
Puedan negar a los dolientes reos,
Víctimas de políticos errores,
Un suspiro, una lágrima piadosa-
Siguen los transeúntes sus paseos,
Su fúnebre pregón los vendedores,
Y la noche su marcha silenciosa.
Las horas vuelan entre tanto; cesa
La agitación del mundo,
Y entre la sombra espesa
Do el silencio por fin reina profundo,
Derramando narcótico beleño
-Que a descansar convida
De los rudos afanes de la vida-
Desciende en alas de la noche el sueño.
Mas, ¡ah!, tan honda calma
No aduerme, no, pesares sin consuelo
-Que apenas puede resistir el alma,
Y en su prisión austera
Gimen los tristes que el postrer desvelo
Sufriendo están en el infausto suelo
Donde el sepulcro abierto les espera.
Vida y vigor devolverá a natura
La claridad febea,
Y ellos en la luz pura
Sólo verán su funeraria tea
¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores
Puede tener, que alcance
A bosquejar siquiera los dolores
Que así cercanos al tremendo trance
De cada cual el corazón devora?
No sólo ve la muerte, la vigilia
-De espectros creadora-
Presenta allí la mísera familia…
La esposa, el padre, el hijo a quien adora!
¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,
De la esperanza nido,
La pérfida fortuna
-Que oyó propicia su primer vagido-
Deja con luto de orfandad cubierta!…
¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno
Verá la herida abierta,
Que de su vida con brotar eterno
La senda regará triste y desierta!…
Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?
¡Fuerza es morir!… Con pavorosos ecos
Tu corazón lo dice…
Y esa luz bella -que a tus ojos, secos
Por insomnio crüel la aurora envía-
Te lo dice también. Morir es fuerza;
No esperes, no, que su guadaña tuerza,
Piadosa a tu dolor, la parca impía.
Fuerza es dejar el hijo abandonado,
La esposa desvalida,
El padre desolado,
¡Ay! y a la madre tierna, encanecida
Por años de virtud. -De esa existencia,
Que ella ha cuidado con afán prolijo,
Infatigable amor, santa paciencia,
¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?
¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?…
Repentino rumor se eleva y crece
En la mansión sombría:
Crujiendo se estremece
La férrea puerta, que ostentar debía
-Cual la del reino del eterno llanto
Del rudo Dante la inscripción tremenda;
Y trémulos -en tanto
Que abre a sus pasos la temida senda-
Los sentenciados, que entre mil dolores
Por conservarse sin flaqueza luchan,
Ya los redobles fúnebres escuchan
Con que a morir los llaman los tambores.
Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia
La voz que el nombre de Isabel pronuncia,
Mientras cual bella aurora
-Que las tristes tinieblas desvanece
Y a los campos colora
En la lóbrega estancia que ilumina,
Tierna beldad de súbito aparece,
Vertiendo luz de compasión divina,
Que en sus azules ojos resplandece?…
¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!… Pura y bella,
De sus plantas reales
Sienta la leve huella
De la horrible capilla en los umbrales.
El ángel santo de piedad la guía,
La majestad del solio la acompaña,
La siguen a porfía
Las esperanzas y el amor de España,
Y huye a su aspecto la discordia impía.
¡Llega, virgen real! Tu planta imprime
En la mansión del duelo
Ejerce la sublime
Prerrogativa que te otorga el cielo
Perdona como él, y que la historia
De los monarcas, con tu ejemplo egregio,
Legue a tus sucesores la memoria
De que -al usar tan noble privilegio-
La diestra augusta que perdón concede
Recoge en cambio gloria,
Que a otra ninguna compararse puede.
La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa
En esos rostros mira,
Do tu mano piadosa
Secó el llanto cruel: ella respira
En esas vidas que arrancó a la tumba
Tu corazón magnánimo; se extiende
En ese que retumba,
Víctor inmenso, que el espacio hiende,
Y aún brilla en el cadalso que derrumba.
La tuya el laurel santo
No hace nacer con riego
De hirviente sangre y congojoso llanto,
Sino de amor al fecundante fuego;
Y el que la ensalza, sublimado canto,
No es el que ensayo con humilde tono
De mi lira en los sones;
Sino el que se alza en tiernas bendiciones
Hasta tu excelso trono.
Feliz en él por dilatados días
Goza, joven augusta,
Las santas alegrías
Del poder bienhechor. La frente adusta
De la justicia tu piedad suavice;
Que el rigor nunca la nefanda tea
De la venganza atice;
Y justa siempre y perdurable sea
La voz universal que hoy te bendice.
Imitación de Petrarca
No encuentro paz, ni me permiten guerra;
De fuego devorado, sufro el frío;
Abrazo un mundo, y quédome vacío;
Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.
Ni libre soy, ni la prisión me encierra;
Veo sin luz, sin voz hablar ansío;
Temo sin esperar, sin placer río;
Nada me da valor, nada me aterra.
Busco el peligro cuando auxilio imploro;
Al sentirme morir me encuentro fuerte;
Valiente pienso ser, y débil lloro.
Cúmplese así mi extraordinaria suerte;
Siempre a los pies de la beldad que adoro,
y no quiere mi vida ni mi muerte.
Imitando una oda de Safo
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!
¡Quien oye el eco de tu voz sonora!
¡Quien el halago de tu risa adora
Y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta -que envidioso admira
El querubín que en el empíreo mora-
El alma turba, al corazón devora,
Y el torpe acento, al expresarla, espira.
Ante mis ojos desparece el mundo,
Y por mis venas circular ligero
El fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero…
De ardiente llanto mi mejilla inundo,
¡Deliro, gozo, te bendigo y muero!
La clemencia
Iba tendiendo su luctuoso manto
La noche oscura y fría,
Sin que templase un tanto
La opacidad de la región vacía,
El rayo de la luna macilento
Ni el trémulo fulgor de las estrellas;
Pues, cual rastro sangriento,
De un sol de invierno las rojizas huellas
Surcaban sólo el negro firmamento.
Tristes también las calles parecían
De la opulenta villa coronada,
Do circulando multitud callada,
Sólo semblantes serios se veían,
Que presentir hacían
Algún grave suceso,
Pronto explicado por las roncas voces
Que esparcieron veloces
Por el gentío espeso
Los vendedores de volantes hojas,
Gritando por doquier: «Causa y sentencia
»Del coronel Rengifo y compañeros,
»Que a los rayos primeros
»Del nuevo sol terminan su existencia.»
Pasan de mano en mano
Los públicos papeles,
Y -aunque no haya quizá pechos crueles
Que al contemplar destino tan tirano
Puedan negar a los dolientes reos,
Víctimas de políticos errores,
Un suspiro, una lágrima piadosa-
Siguen los transeúntes sus paseos,
Su fúnebre pregón los vendedores,
Y la noche su marcha silenciosa.
Las horas vuelan entre tanto; cesa
La agitación del mundo,
Y entre la sombra espesa
Do el silencio por fin reina profundo,
Derramando narcótico beleño
-Que a descansar convida
De los rudos afanes de la vida-
Desciende en alas de la noche el sueño.
Mas, ¡ah!, tan honda calma
No aduerme, no, pesares sin consuelo
-Que apenas puede resistir el alma,
Y en su prisión austera
Gimen los tristes que el postrer desvelo
Sufriendo están en el infausto suelo
Donde el sepulcro abierto les espera.
Vida y vigor devolverá a natura
La claridad febea,
Y ellos en la luz pura
Sólo verán su funeraria tea
¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores
Puede tener, que alcance
A bosquejar siquiera los dolores
Que así cercanos al tremendo trance
De cada cual el corazón devora?
No sólo ve la muerte, la vigilia
-De espectros creadora-
Presenta allí la mísera familia…
La esposa, el padre, el hijo a quien adora!
¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,
De la esperanza nido,
La pérfida fortuna
-Que oyó propicia su primer vagido-
Deja con luto de orfandad cubierta!…
¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno
Verá la herida abierta,
Que de su vida con brotar eterno
La senda regará triste y desierta!…
Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?
¡Fuerza es morir!… Con pavorosos ecos
Tu corazón lo dice…
Y esa luz bella -que a tus ojos, secos
Por insomnio crüel la aurora envía-
Te lo dice también. Morir es fuerza;
No esperes, no, que su guadaña tuerza,
Piadosa a tu dolor, la parca impía.
Fuerza es dejar el hijo abandonado,
La esposa desvalida,
El padre desolado,
¡Ay! y a la madre tierna, encanecida
Por años de virtud. -De esa existencia,
Que ella ha cuidado con afán prolijo,
Infatigable amor, santa paciencia,
¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?
¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?…
Repentino rumor se eleva y crece
En la mansión sombría:
Crujiendo se estremece
La férrea puerta, que ostentar debía
-Cual la del reino del eterno llanto
Del rudo Dante la inscripción tremenda;
Y trémulos -en tanto
Que abre a sus pasos la temida senda-
Los sentenciados, que entre mil dolores
Por conservarse sin flaqueza luchan,
Ya los redobles fúnebres escuchan
Con que a morir los llaman los tambores.
Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia
La voz que el nombre de Isabel pronuncia,
Mientras cual bella aurora
-Que las tristes tinieblas desvanece
Y a los campos colora
En la lóbrega estancia que ilumina,
Tierna beldad de súbito aparece,
Vertiendo luz de compasión divina,
Que en sus azules ojos resplandece?…
¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!… Pura y bella,
De sus plantas reales
Sienta la leve huella
De la horrible capilla en los umbrales.
El ángel santo de piedad la guía,
La majestad del solio la acompaña,
La siguen a porfía
Las esperanzas y el amor de España,
Y huye a su aspecto la discordia impía.
¡Llega, virgen real! Tu planta imprime
En la mansión del duelo
Ejerce la sublime
Prerrogativa que te otorga el cielo
Perdona como él, y que la historia
De los monarcas, con tu ejemplo egregio,
Legue a tus sucesores la memoria
De que -al usar tan noble privilegio-
La diestra augusta que perdón concede
Recoge en cambio gloria,
Que a otra ninguna compararse puede.
La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa
En esos rostros mira,
Do tu mano piadosa
Secó el llanto cruel: ella respira
En esas vidas que arrancó a la tumba
Tu corazón magnánimo; se extiende
En ese que retumba,
Víctor inmenso, que el espacio hiende,
Y aún brilla en el cadalso que derrumba.
La tuya el laurel santo
No hace nacer con riego
De hirviente sangre y congojoso llanto,
Sino de amor al fecundante fuego;
Y el que la ensalza, sublimado canto,
No es el que ensayo con humilde tono
De mi lira en los sones;
Sino el que se alza en tiernas bendiciones
Hasta tu excelso trono.
Feliz en él por dilatados días
Goza, joven augusta,
Las santas alegrías
Del poder bienhechor. La frente adusta
De la justicia tu piedad suavice;
Que el rigor nunca la nefanda tea
De la venganza atice;
Y justa siempre y perdurable sea
La voz universal que hoy te bendice.

La flor delicada, que apenas existe una aurora…
La flor delicada, que apenas existe una aurora,
tal vez largo tiempo al ambiente le deja
su olor…
Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día
atesora
muriendo marchitas no dejan perfume en
redor.
La luz esplendente del astro fecundo del día
se apaga, y sus huellas aún forman hermoso
arrebol…
mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche
sombría,
que guarda el fuego sagrado
que ha sido su sol?
Se rompe, gastada, la cuerda del arpa
armoniosa,
a aún su eco difunde en los aires
fugaz vibración…
Mas todo es silencio profundo, de muerte
espantosa,
si dan un pecho amante el postrero tristísimo
son…
Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde
indecisa
cambian del alma desierta la lúgubre faz…
A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;
a ella no brindan las sombras
ensueños de paz.
Vista los campos de flores
gentil primavera,
doren las mieses los besos
del cielo estival,
pámpanos ornen de otoño la faz
placentera,
lance el invierno brumoso su aliento
glacial,
siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,
siempre abrumadas de peso de
vil nulidad,
gimen las almas do el fuego de amor
está muerto…
Nada hay que pueble o anime
su gran soledad.
La noche de insomnio y el alba
Fantasía
Noche
Triste
Viste
Ya,
Aire,
Cielo,
Suelo,
Mar.
Brindándole
Al mundo
Profundo
Solaz,
Derraman
Los sueños
Beleños
De paz;
Y se gozan
En letargo,
Tras el largo
Padecer,
Los heridos
Corazones,
Con visiones
De placer.
Mas siempre velan
Mis tristes ojos;
Ciñen abrojos
Mi mustia sien;
Sin que las treguas
Del pensamiento
A este tormento
Descanso den.
El mudo reposo
Fatiga mi mente;
La atmósfera ardiente
Me abrasa doquier;
Y en torno circulan
Con rápido giro
Fantasmas que miro
Brotar y crecer.
¡Dadme aire! Necesito
De espacio inmensurable,
Do del insomnio al grito
Se alce el silencio y hable!
Lanzadme presto fuera
De angostos aposentos…
¡Quiero medir la esfera!
¡Quiero aspirar los vientos!
Por fin dejé el tenebroso
Recinto de mis paredes
Por fin, ¡oh espíritu!, puedes
Por el espacio volar
Mas, ¡ay!, que la noche oscura,
Cual un sarcófago inmenso,
Envuelve con manto denso
Calles, campos, cielo, mar.
Ni un eco se escucha, ni un ave
Respira, turbando la calma;
Silencio tan hondo, tan grave,
Suspende el aliento del alma.
El mundo de nuevo sumido
Parece en la nada medrosa;
Parece que el tiempo rendido
Plegando sus alas reposa.
Mas ¡qué siento! ¡Balsámico ambiente
Se derrama de pronto!… El capuz
De la noche rasgando, en Oriente
Se abre paso triunfante la luz.
¡Es el alba! Se alejan las sombras,
Y con nubes de azul y arrebol
Se matizan etéreas alfombras,
Donde el trono se asiente del sol.
Ya rompe los vapores matutinos
La parda cresta del vecino monte;
Ya ensaya el ave sus melifluos trinos;
Ya se despeja inmenso el horizonte.
Tras luenga noche de vigilia ardiente
Es más bella la luz, más pura el aura
¡Cómo este libre y perfumado ambiente
Ensancha el pecho, el corazón restaura!
Cual virgen que el beso de amor lisonjero
Recibe agitada con dulce rubor,
Del rey de los astros al rayo primero
Natura palpita bañada de albor.
Y así, cual guerrero que oyó enardecido
De bélica trompa la mágica voz,
Él lanza impetuoso, de fuego vestido,
Al campo del éter su carro veloz.
¡Yo palpito, tu gloria mirando sublime,
Noble autor de los vivos y varios colores!
¡Te saludo si puro matizas las flores!
¡Te saludo si esmaltas fulgente la mar!
En incendio la esfera zafírea que surcas,
Ya convierte tu lumbre radiante y fecunda,
Y aún la pena que el alma destroza profunda,
Se suspende mirando tu marcha triunfal.
¡Ay! de la ardiente zona do tienes almo asiento,
Tus rayos a mi cuna lanzaste abrasador
¡Por eso en ígneas alas remonto el pensamiento,
Y arde mi pecho en llamas de inextinguible amor!
Mas quiero que tu lumbre mis ansias ilumine,
Mis lágrimas reflejen destellos de tu luz,
y sólo cuando yerta la muerte se avecine
La noche tienda triste su fúnebre capuz.
¡Qué horrible me fuera, brillando tu fuego fecundo,
Cerrar estos ojos, que nunca se cansan de verte;
En tanto que ardiente brotase la vida en el mundo,
Cuajada sintiendo la sangre por hielo de muerte!
¡Horrible me fuera que al dulce murmurio del aura,
Unido mi ronco gemido postrero sonase;
Que el plácido soplo que al suelo cansado restaura,
El último aliento del pecho doliente apagase!
¡Guarde, guarde la noche callada sus sombras de duelo,
hasta el triste momento del sueño que nunca termina;
Y aunque hiera mis ojos, cansados por largo desvelo,
Dale, ¡oh sol! a mi frente, ya mustia, tu llama divina!
Y encendida mi mente inspirada, con férvido acento
-Al compás de la lira sonora- tus dignos loores
Lanzará, fatigando las alas del rápido viento,
A do quiera que lleguen triunfantes tus sacros fulgores!
La pesca en el mar
¡Mirad!, ya la tarde fenece…
La noche en el cielo
Despliega su velo
Propicio al amor.
La playa desierta parece;
Las olas serenas
Salpican apenas
Su dique de arenas,
Con blando rumor.
Del líquido seno la luna
Su pálida frente
Allá en occidente
Comienza a elevar.
No hay nube que vele importuna
Sus tibios reflejos,
Que miro de lejos
Mecerse en espejos
Del trémulo mar.
¡Corramos!… ¡Quién llega primero!
Ya miro la lancha…
Mi pecho se ensancha,
Se alegra mi faz.
¡Ya escucho la voz del nauclero,
Que el lino despliega
Y al soplo lo entrega
Del aura que juega,
Girando fugaz!
¡Partamos! La plácida hora
Llegó de la pesca,
Y al alma refresca
La bruma del mar.
¡Partamos, que arrecia sonora
La voz indecisa
Del agua, y la brisa
Comienza de prisa
La flámula a hinchar!
¡Pronto, remero!
¡Bate la espuma!
¡Rompe la bruma!
¡Parte veloz!
¡Vuele la barca!
¡Dobla la fuerza!
¡Canta, y esfuerza
Brazos y voz!
Un himno alcemos
Jamás oído,
Del remo al ruido,
Del viento al son,
Y vuele en alas
Del libre ambiente
La voz ardiente
Del corazón.
Yo a un marino le debo la vida,
Y por patria le debo al azar
Una perla -en un golfo nacida-
Al bramar
Sin cesar
De la mar.
Me enajena al lucir de la luna
Con mi bien estas olas surcar,
Y no encuentro delicia ninguna
Como amar
Y cantar
En el mar.
Los suspiros de amor anhelantes
¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,
Si es tan grato a los pechos amantes
A la par
Suspirar
En el mar?
¿No sentís que se encumbra la mente
Esa bóveda inmensa al mirar?
Hay un goce profundo y ardiente
En pensar
Y admirar.
En el mar.
Ni un recuerdo del mundo aquí llegue
Nuestra paz deliciosa a turbar;
Libre el alma al deleite se entregue
De olvidar
Y gozar
En el mar.
¡Prestos todos!… ¡Las redes se tiendan!
¡Muy pesadas las hemos de alzar!
¡Prestos todos, los cantos suspendan,
Y callar
Y pescar
En el mar!
La pintura que hacéis prueba evidente…
La pintura que hacéis prueba evidente
Es del hábil pincel que la ha trazado:
En ella advierto creadora mente
Y de entusiasta amor fuego sagrado.
Toques valientes, vivo colorido,
Dignidad de expresión, conjunto grato
Todo es bello, ¡oh amigo! El parecido
Sólo le falta a tan feliz retrato.
En vuestro genio, sí, no en el modelo,
Esos rasgos halláis tan ideales,
Que sólo al pensamiento otorga el cielo
Engendrar en su luz bellezas tales.
Si como me pintáis, así os parece
Verme, creed que a confusión me muevo;
Pues tanto vuestra mente me engrandece,
Que ni a mirarme como soy me atrevo.
Regio ropaje a su placer me viste
Vuestra exaltada y rica fantasía,
Y entre tanto fulgor no sé si existe
Algo real de la sustancia mía.
¡Desdichada de mí si el tiempo alado
Se lleva en pos el fúlgido atavío,
Y halláis un día, atónito, turbado,
El esqueleto descarnado y frío!…
En esta tierra de miseria y lloro
Dispensad compasión, cariño tierno;
Mas no gastéis tan pródigo el tesoro
De admiración y amor que os dio el Eterno.
Lo que se cambia y envejece y pasa,
Lo que se estrecha en límites mezquinos,
No es nada para el alma -que se abrasa
Anhelando de amor goces divinos.-
¿Ventura reclamáis de mí, que en vano
Tras de su sombra consumí mi brío?…
¡A mí, del polvo mísero gusano,
Que de mi propia mezquindad me río!
Queréis volar, y os arrastráis despacio,
Y en pobre cieno vuestro afán se abisma
¡Salid, salid del tiempo y del espacio
Y traspasad vuestra esperanza misma!
Yo, como vos, para admirar nacida;
Yo, como vos, para el amor creada;
Por admirar y amar diera mi vida…
Para admirar y amar no encuentro nada.
Siempre el límite hallé: siempre, doquiera,
La imperfección en cuanto toco y veo
No juzgo al universo una quimera,
porque en él busco a Dios, porque en Dios creo.
Tú eres, ¡Señor!, belleza y poesía;
Tú solo, amor, verdad, ventura y gloria;
Todo es, mirado en Ti, luz y armonía;
Todo es, fuera de Ti, sombra y escoria.
¡Oh, desdichado quien -de juicio escaso-
Hallar la dicha en lo finito intente
Quien en turbio licor y estrecho vaso
Quiera apagar la sed que interna siente!
No así jamás os profanéis, ¡oh amigo!
No en esas aras de vuestra alma bella
ídolo vano alcéis, que yo os predigo
Que con desdén y horror lo hundirá ella.
Queredme bien, compadecedme y hasta:
No apreciéis cual diamante humilde arcilla:
Dadle el tesoro que jamás se gasta
A Aquel que siempre permanece y brilla.
Yo no puedo sembrar de eternas flores
La senda que corréis de frágil vida;
Pero si en ella recogéis dolores,
Un alma encontraréis que los divida.
Yo pasaré con vos por entre abrojos;
El uno al otro apoyo nos daremos;
Y ambos, alzando al cielo nuestros ojos,
Allá la dicha y el amor busquemos.
¿Qué más podéis pedir? ¿Qué más pudiera
Ofrecer con verdad mi pobre pecho?
Ternura os doy con efusión sincera
¡De mi ídolo el altar ya está deshecho!
No igual suerte me deis, ¡oh, vos, que en esta
Tierra de maldición sois mi consuelo!
¡No me queráis alzar ara funesta!
¡No me pidáis en el destierro el cielo!
Vedme cual soy en mí, no en vuestra mente,
Bien que el retrato destrocéis con ira;
Que, aunque cual creación brille eminente,
Vale más la verdad que la mentira.
La vuelta a la patria
¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!
Después de ausencia tan larga
Que por más de cuatro lustros
Conté sus horas infaustas,
Torno al fin, torno a pisar
Tus siempre queridas playas,
De júbilo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
¡Salud, oh tierra bendita,
Tranquilo edén de mi infancia,
Que encierras tantos recuerdos
De mis sueños de esperanza!
¡Salud, salud, nobles hijos
De aquesta mi dulce patria!
¡Hermanos, que hacéis su gloria!
¡Hermanas, que sois su gala!
¡Salud!… Si afectos profundos
Traducir pueden palabras,
Por los ámbitos queridos
Llevad, -¡brisas perfumadas,
Que habéis mecido mi cuna
Entre plátanos y palmas!-
Llevad los tiernos saludos
Que a Cuba mi amor consagra.
Llevadlos por esos campos
Que vuestro soplo embalsama,
Y en cuyo ambiente de vida
Mi corazón se restaura:
Por esos campos felices,
Que nunca el cierzo maltrata,
Y cuya pompa perenne
Melifluos sinsontes cantan.
Esos campos do la ceiba
Hasta las nubes levanta
De su copa el verde toldo,
Que grato frescor derrama:
Donde el cedro y la caoba
Confunden sus grandes ramas,
Y el yarey y el cocotero
Sus lindas pencas enlazan
Donde el naranjo y la piña
Vierten al par su fragancia;
Donde responde sonora
A vuestros besos la caña;
Donde ostentan los cafetos
Sus flores de filigrana,
Y sus granos de rubíes
Y sus hojas de esmeraldas.
Llevadlos por esos bosques
Que jamás el sol traspasa,
Y a cuya sombra poética,
Do refrescáis vuestras alas,
Se escucha en la siesta ardiente
-Cual vago concierto de hadas
La misteriosa armonía
De árboles, pájaros, aguas,
Que en soledades secretas,
Con ignotas concordancias,
Susurran, trinan, murmuran,
Entre el silencio y la calma.
Llevadlos por esos montes,
De cuyas vírgenes faldas
Se desprenden mil arroyos
En limpias ondas de plata.
Llevadlos por los vergeles,
Llevadlos por las sabanas
En cuyo inmenso horizonte
Quiero perder mis miradas.
¡Llevadlos férvidos, puros,
Cual de mi seno se exhalan
-Aunque del labio el acento
A formularlos no alcanza,
Desde la punta Maisí
Hasta la orilla del Mantua;
Desde el pico de Tarquino
A las costas de Guanaja!
Doquier los oiga ese cielo,
Al que otro ninguno iguala,
Y a cuya luz, de mi mente
Revivir siento la llama:
Doquier los oiga esta tierra
De juventud coronada,
Y a la que el sol de los trópicos
Con rayos de amor abrasa:
Doquier los hijos de Cuba
La voz oigan de esta hermana,
Que vuelve al seno materno
-Después de ausencia tan larga
Con el semblante marchito
Por el tiempo y la desgracia,
Mas de gozo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
Pero ¡ah! decidles que en vano
Sus ecos le pido a mi arpa;
Pues sólo del corazón
Los gritos de amor se arrancan.
Las contradicciones
No encuentro paz, ni me permiten guerra;
De fuego devorado, sufro el frío;
Abrazo un mundo, y quédome vacío;
Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.
Ni libre soy, ni la prisión me encierra;
Veo sin luz, sin voz hablar ansío;
Temo sin esperar, sin placer río;
Nada me da valor, nada me aterra.
Busco el peligro cuando auxilio imploro;
Al sentirme morir me encuentro fuerte;
Valiente pienso ser, y débil lloro.
Cúmplese así mi extraordinaria suerte;
Siempre a los pies de la beldad que adoro,
y no quiere mi vida ni mi muerte.
Las siete palabras
Y María al pie de la cruz
Al cielo ofreciendo del mundo el rescate,
Con clavos sujetas las manos divinas,
Ciñendo sus sienes corona de espinas,
Se ostenta en los brazos del leño Jesús.
A diestra y siniestra dos viles ladrones
Reciben la pena que al crimen se debe;
Mas ¡sólo en el Justo se ensaña la plebe,
Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
La túnica sacra con grita sortean
En frente al suplicio los fieros sayones,
Y el pueblo inconstante con torpes baldones
Denuesta al que ha sido su gloria y salud.
Ya nadie recuerda sus hechos pasmosos,
Del bien -que hizo a todos- cada uno se olvida,
Celebran su muerte, calumnian su vida…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
«Si Dios es tu Padre»-por mofa le dicen-
«Desciende, y entonces tendremos creencia.
Los oye el Cordero con santa paciencia,
Y ya de sus ojos nublada la luz,
Los alza clamando: -¡Perdónalos, Padre!
Lo que hacen ignoran, perdónalos pío.-
Con roncas blasfemias responde el gentío,
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Sed tengo -murmura la Víctima augusta;
Vinagre mezclado con hiel le presentan…
Sus labios divinos la esponja ensangrientan,
Y ríe y se goza la vil multitud.
En tanto del Mártir se hiela la sangre
Cubriendo su frente con nublos espesos
Le tiemblan las carnes, le crujen los huesos
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
-¡Mujer, ve tu hijo! la dice, y señala
En Juan a la prole de Adán delincuente.
-¡Ahí tienes, oh hombre, tu Madre clemente!-
Mirando al Apóstol añade Jesús.
Tal es el legado que alcanzan los mismos
Que son de su muerte causantes insanos:
Les da para el cielo derechos de hermanos…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Mirando del Cristo la suma clemencia,
De aquel que a su diestra comparte el suplicio
Conmuévese el alma, que el gran sacrificio
Ya en él ejercita su inmensa virtud:
-«De mí note olvides -le dice- en tu reino.»
Jesús premia al punto su fe meritoria;
-Conmigo- responde -serás en la gloria…-
Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Mas ¡ay! ya el instante se acerca supremo:
Ya el pecho amoroso con pena respira:
Inclinase el rostro que el ángel admira,
Y eleva la muerte su fiera segur.
-¡Oh Padre divino! ¿por qué me abandonas?
La voz espirante pronuncia despacio:
Su queja doliente devora el espacio…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
-¡Todo es consumado! -Mi espíritu ¡oh Padre!
Recibe en tus manos -clamó el moribundo.
Retiemblan de pronto los ejes del mundo,
Los cielos se cubren de oscuro capuz,
Se parten las piedras, las tumbas se abren,
Sangriento un cadáver se ve suspendido…
¡De Adán el linaje ya está redimido!
¡Y aún queda la Madre al pie de la Cruz!
Los duendes
Palacios y chozas,
Campos y ciudad,
Brutos, aves, hombres,
Todo duerme ya;
Que cubren las sombras
Del cielo la faz,
Y guardan silencio
Los vientos y el mar.
Sólo un rumor se percibe,
Vago, débil y fugaz
El aliento de la noche,
Que llena la inmensidad;
Y cual un alma se queja
Perseguida sin cesar
Por una llama invisible
De la región infernal.
Mas crece el rumor… Sí, ¡crece,
Y ninguno fue jamás
Tan importuno y extraño,
Tan pavoroso y tenaz!
Ya parece de los búhos
La horrible voz sepulcral;
Ya de un inmenso gentío
El confuso respirar;
Ya fatídica campana
vibrando en la oscuridad,
Cuyos sonidos mil ecos
Repitiendo en torno van.
Pero no; cual cascabeles
Que mueve mano vivaz,
Que inarmónicos sones
Oigo en los aires vagar.
Ora se cambian… Podría
Presumirse, que a compás
Bailan niños juguetones
Sobre rollos de cristal,
Que se chocan, que se quiebran,
Que saltan acá y allá,
Revolviéndose en fragmentos
Con un ruido sin igual.
Son, ¡oh cielo! son los duendes,
Que enemigos de mi paz
Cada noche, en turba inmensa,
Visitan mi soledad.
Son los duendes, que mi insomnio
Parece siempre evocar,
Para burlarme, aturdirme,
Volverme loca quizás.
¡Ay! mi lámpara se extingue,
Y oigo al enjambre fatal
Que en confuso tropel cruza,
Surcando la inmensidad!
¡El techo retiembla
Sobre mí agitado!
¡Cual pino quemado
Lo escucho crujir!
¡La viga se dobla
Como junco blando!
¡La puerta, girando,
Se comienza a abrir!
¡Los goznes mohosos
Rechinan con ruido!
¡Con bronco estallido
Se parte el dintel!
¡Y veo entre nubes
De impuros vapores,
De extraños colores
Confuso tropel!
La horrible falange
Forma batallones.
Vampiros, dragones
Vuelan en montón,
Y pasan lanzando
Gemidos dolientes
¡Sus alas rugientes
Les presta Aquilón!
Acaso ¡ay! se posen
Sobre mi morada,
Ceda desquiciada
La antigua pared,
Y al impulso ruede
De la horda maldita,
Cual hoja marchita
Del viento a merced.
¡Oh Musa! si tu mano
Me ofrece libertad,
Prosternaré mi frente
Delante de tu altar.
De estos hijos impuros
De la noche fatal,
Sálvame compasiva,
Sálvame por piedad!
Haz que en vano sus alas,
Con capricho tenaz,
De mis viejos balcones
Azoten el cristal,
Y cerradas mis puertas
No dejen penetrar
El aliento maldito
De su boca infernal.
¡Ah! pasaron! las cohortes
Huyen ya, de furor llenas
Mas en los aires cadenas
Aún me parecen crujir.
Allá al remoto horizonte
La horrible cuadrilla avanza,
Y se escucha en lontananza
De sus alas el batir.
Bajo su vuelo impetuoso
Tiemblan las selvas vecinas,
Doblándose las encinas,
Removida su raíz.
¡Cómo en torno de la luna
Dibujan faja sangrienta,
Y en las nubes, que ella argenta,
Forman extraño matiz!
Mas ya las rasgan -huyendo-
Mis enemigos veloces…
Ya sus discordantes voces
Apenas puedo escuchar;
Siendo el ruido tan confuso,
A proporción que se aleja,
Que imita de la corneja
El fatídico graznar,
Y del granizo el sonido
Cayendo en un viejo techo,
O bien rodando deshecho
Desde elevada canal.
Pero más dulce se torna
Ya es de una fuente el murmullo
Ya el melancólico arrullo
De la tórtola leal
Ya de piadosa plegaria
Es la sílaba postrera…
Ya de la ola, en la ribera,
El espirante rumor
O es el aura -que en las ramas
Juega con vuelo liviano-
O acaso el eco lejano
Del insomne ruiseñor.
Todo cesa…
Ningún ruido
A mi oído
Llega ya;
Todo calla,
Y el reposo
Silencioso
Tornará.
Ya benigno
Vierte el sueño
Su beleño
Por mi sien,
Y en sosiego
Tan profundo
Duerme el mundo…
¡Y yo también!
Los reales sitios
Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,
Si pliega sus alas el viento dormido,
Gozar los asilos que un muro defiende,
Con ricos tapices de Flandes vestido.
Es grata la calma dulcísima y leda
De aquellos salones dorados y umbríos,
Do el sol, que penetra por nubes de seda,
Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.
Es grato el ambiente de aquellas estancias
-Que en torno matizan maderas preciosas-
Do en vasos de china despiden fragancias
Itálicos lirios, bengálicas rosas.
Es grato que al Euro -que huyó silencioso-
Imiten las bellas moviendo abanicos;
Allí do cual tronos del muelle reposo
Se ostentan divanes de púrpura ricos.
Y grato en la tarde, con lánguido paso,
Salir de entre sedas y pórfidos y oro,
A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,
El astro supremo su ardiente tesoro.
Que allí, para verlo, se tienen vergeles
Que nunca marchitan estivos ardores;
Con bancos de césped, con frescos doseles,
Y bosques y fuentes y exóticas flores.
Asilos tan bellos no hubieron las ninfas
Que hollaron de Grecia colinas amenas,
Ni náyades vieron tan plácidas linfas
Cual esas que guardan marmóreas sirenas.
Por eso en las noches del férvido estío
Es grato a ese elíseo llamar los placeres;
Cubriendo de luces su verde sombrío,
Llenando su espacio de hermosas mujeres.
Y aromas y bailes y amores y risas,
En dulces insomnios disfrutan las bellas,
En tanto que vuelan balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.
¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,
Que brotan al soplo de regia hermosura!
Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas
Os dieran encantos de tanta dulzura!
No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio
Que allá San Lorenzo protege vecino;
Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,
Y son los placeres tu plácido sino.
¡Difunde fragancias: amores y risas
En gratos insomnios disfruten las bellas,
En tanto que vuelen balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!
Mi mal
En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura
con que el amor sus fuegos alimenta,
Puede el dolor, la saña más violenta
exhalar por el labio su amargura.
Más de decir mi malestar profundo
no halla mi voz, mi pensamiento medio,
y al indagar su origen me confundo:
pero es un mal terrible, sin remedio,
que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón…¡En fin, es tedio!
¡Mirad al hombre! Del tupido velo…
¡Mirad al hombre! Del tupido velo
Que a la naturaleza envuelve inmensa
Levanta apenas, con incierta mano.
Un extremo no más; ya iluso piensa
Que toda la amplitud de tierra y cielo
Estrecha viene a su saber, y ufano
Erige audaz a su razón mezquina
Tribunal soberano.
Citando ante él a la razón divina.
«¿Quién eres?» — dice a Dios: — «¿Cuál es tu esencia?
¿Por qué naturaleza no lo explica?
Sus leyes estudió mi inteligencia,
Y en ellas nada de tu ser me indica
La inefable sustancia.
Ni de tu decantada providencia
Los designios profundos. ¿La ignorancia
Será quien deba tributarte culto,
Y al genio siempre y a la ciencia oculto.
Dejarás en problema
Ante sus luces tu verdad suprema?
Origen te proclaman
Del orden y del bien, y cuanto veo
Es desorden y mal. Justo te llaman,
Y me consume estéril el deseo
De comprender de tu justicia oscura
La marcha silenciosa.
En balde por tu gloria te conjura
Mi mente, codiciosa
De la eterna verdad, que tus arcanos
Le descubras sublimes:
Sordo te encuentran mis clamores vanos,
Y ni en las obras de tu diestra, mudas,
El sello augusto de tu nombre imprimes,
Cual si gozases en mirar las dudas
Luchar del hombre en el inquieto seno,
¡Tú que te llamas poderoso y bueno!»
«No más, no más en ignorancia ciega
Adoraré rendido
A un Dios desconocido,
Que a concordar con mi razón se niega.
Si no eres vano nombre,
Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres;
Pues nace altivo, inteligente el hombre,
Y si su amor y su homenaje quieres,
Debes hacer que su razón lo mande,
Al verte amable, al comprenderte grande.»
Así al saber supremo
Dicta leyes su hechura limitada,
Y de bondad por inefable extremo.
Para curarla de su orgullo infando.
Así confunde a la razón osada,
Allá en su propio seno resonando,
Aquella voz que fecundó a la nada.
«Tú, que cuenta me pides
De mis hondos designios; tú que dudas,
Si a tu razón se esconde,
De mi propia existencia; tú que mides
Mi justicia etemal, y en mis dominios
Juzgas del orden y del bien: ¡responde!
Tus sabios, tus astrónomos profundos,
¿Podrán decir cómo hago inalterable
La eterna ley, que de infinitos mundos
Que corren el espacio inmensurable,
El movimiento y curso determina
Sin que choquen jamás en raudo encuentro
Y por qué los fecunda e ilumina
Encadenado un sol en cada centro?
¡Loco mortal, a quien hinchado miro
Del prestado poder que de mí tienes!
¿Puedes del Orión turbar el giro,
O a las brillantes Pléyades detienes?
¿Puedes siquiera, conocer la tierra
Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base
Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase
Los tesoros que encierra?…
Un imperio tras otro desparece,
Y mil generaciones
Pasan por ella y en su seno se hunden;
Ella sola no cambia ni envejece,
Y sus preciosos dones
Con orden inmutable se difunden
Por las varias regiones
Que fertiliza el sol. Aquí presenta
Prados herbosos, selvas primitivas;
Allá el capricho de su fuerza ostenta
En colinas altivas,
Que decora con rasgos pintorescos;
Allá borda de valles las honduras;
Más acá ofrece los asilos frescos
De grutas silenciosas;
Ora se extiende en plácidas llanuras;
Ora se ensancha en playas arenosas;
Allí se muestra en sotos y florestas;
Acá en bosques umbríos;
Y allá ostentando sus potentes bríos,
Encumbra montes de nevadas crestas.»
«¿Qué paternal desvelo,
Qué sabia providencia
Con tal magnificencia
Dotó al grosero y despreciable suelo
De ese globo que habitas?
¿Quién lo sembró de vírgenes metales?
¿Quién lo cubrió de especies infinitas.
De útiles vegetales
Apropiados a climas diferentes?
¡Mira mecer las palmas y las cañas
Las brisas de los trópicos ardientes;
Mientras en selvas y ásperas montañas.
Resistiendo al tesón de vientos fieros.
Negros abetos, pinos seculares.
Se levantan austeros
Bajo los crudos círculos polares!»
«¿Quién te dirá cómo del hondo seno
Que mi espíritu henchía
Brotó con voz de trueno
La mar amenazante,
Y cómo yo de nieblas la cubría
Cual envuelve la madre al tierno infante?
Alzó atrevida la espumosa frente
Robando al sol fulgentes aureolas:
¿Mas quién se halló presente
Cuando la dije: — tu soberbia enfrena
Y a romper ve tus atronantes olas
En aquel dique de movible arena?» —
«¿Sabes por qué vapores incesantes.
Que recoge la atmósfera encendida.
De ese su seno líquido se exhalan,
Y en las nubes flotante
La masa de las aguas suspendida,
Sólo desciende al suelo gota a gota
En bienhechora lluvia convertida;
Mientras de las altísimas montañas
Se precipita en rápidos torrentes.
Penetra de la tierra las entrañas,
Y formando con linfas transparentes
Arroyos mil y ríos caudalosos,
Recorre murmurando el campo verde.
Con giros tortuosos,
Hasta volver al mar en que se pierde?»
«¡Juez de mi providencia, que me intimas
Su imperfección y que mi plan corriges!
¿Eres tú quién diriges
Según conviene a los diversos climas.
Los vientos voladores,
Y a disipar mefíticos vapores
Lanzas al rayo, que estallando dice
Con su hórrido estampido:
— ¡Gloria, Señor!, ya estás obedecido? —
¿Coronada de flores
Sale a tu voz la primavera hermosa,
A preparar la tierra, que reposa,
Del abrasado estío a los ardores?
¿O acata, acaso, tu poder visible
El invierno aterido
Haciendo le preceda
Con orden infalible
El otoño de pámpanos ceñido?»
«¿A las linfas saladas
Y a las ondas insípidas del río,
Lanzaste las especies animadas
Con variedad que pasma el pensamiento
Y a cada cual con diligente mano
Preparaste sustento?…
¿Por ti de aceite saludable llena*
Se agita entre el hervor del Océano
La colosal ballena?
¡Mira cuál brotan de sus ojos llamas.
Si la distancia de la presa mide! —
¡Mira si airada eriza las escamas.
Montes alzar en el ecuóreo llano,
Y si con lento paso lo divide
Darle de la vejez el color cano!»
«Por las libres regiones
Del aire que respiras
¿Esparces con tu diestra creadora
Las volubles legiones
De tantas aves que indolente miras?
¿Les concediste tú la voz canora?
¿Te deben los instintos
Por que se multiplican y alimentan,
Y los colores vividos que ostentan
En matices distintos
Sobre el esmalte de sus leves plumas;
O es tu saber quien guía
A las que al ver las invernales brumas
Dejan del norte la región sombría,
Y atraviesan el mar tras los ardores
Del refulgente sol del mediodía?
¡Mira cómo desprecia los furores
Del caprichoso viento
El águila real, las soledades
Surca del éter en sublime asiento
Para el vuelo atrevido,
Y entre nubes que envuelven tempestades
Labra el robusto nido
De la desierta roca
En las ásperas puntas suspendido;
Mientras el avestruz de pluma poca,
Que nunca se alza a la región yacía.
Por otro instinto poderoso y cierto.
Su cara prole fía
A la infecunda arena del desierto!»
«Un momento contempla
De los brutos la inmensa muchedumbre;
En ninguno verás que falte o sobre
Un miembro necesario.
Éstos de imponderable mansedumbre,
Aquéllos de carácter sanguinario;
Tímidos unos, otros atrevidos.
Pesados unos, otros diligentes.
Todos están armados y vestidos
Cual requieren sus usos diferentes,
El destino especial que les señalo
Y el clima y el lugar do los instalo.
No por tus artes enseñado ha sido
El castor industrioso;
Ni el corcel generoso,
Que sufre lo domines.
Te debe aquel valor con que al sonido
De la trompa guerrera.
Sacudiendo las crines.
La nariz dilatando,
Se lanza al campo en rápida carrera,
De espuma y de sudor huellas dejando.»
«Cuanto tu vista admira
Y cuanto puede concebir tu idea,
Es átomo mezquino
Del universo en el grandioso seno;
Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino
Inquirir osas de arrogancia lleno,
Secretos inefables, ¡confundida
Verás por las partículas más leves
Tu razón desvalida.
Si a analizar ese átomo te atreves!
De la naturaleza, que presumes.
Iluso, conocer, al ser más pobre
Comprender y explicar quieres en vano;
Esa flor que te brinda sus perfumes.
Ese mosquito que aplastó tu dedo,
Ese que huellas, mísero gusano,
¡Misterios son, en que abismarte puedo!»
«¿Y no eres un abismo,
¡Oh átomo pensador! para ti mismo?
Naturaleza doble en ti se encierra;
De un rayo de mi mente iluminado
Eres rey de la tierra,
Y de esa tierra mísera formado.
Materia deleznable
Y espíritu soberbio,
Grande y pequeño, fuerte y miserable.
Suspenso entre la nada
Estás y el infinito,
Y en tu razón tan pobre y limitada.
Llevas augusto privilegio escrito.
Trémulo ante tan grandes maravillas,
Que entrever logra tu asombrada mente.
Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas,
Prosternando la frente
Y acatando rendido
De mi sapiencia el insondable arcano;
Mas no alces atrevido
Hasta mi trono el pensamiento insano;
Que aunque el astro de fuego
Su luz te envía en rayos bienhechores.
Si le osas contemplar quedarás ciego,
Sombras no más hallando en sus fulgores»
«En tu alma de mi ser grabé la idea,
Y rindiendo a su autor digno homenaje.
Naturaleza emplea
Universal, magnífico lenguaje.
De un polo al otro en sus miserias claman
Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo,
Las noches y los días.
Mi poder y bondad doquier proclaman,
Y mi nombre preludian en el suelo
Multitud de armonías.
Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo
Y confunden tu ciencia;
Mas para el corazón tienen sencillo
Poderosa elocuencia.
Es mi nombre «¡El que- Es!» — ¡Que confundida
Ante el misterio de tan alto nombre,
Entre esas obras de mi augusta diestra
El humano saber calle y se asombre;
Pues su ciencia mayor alcanza y muestra
Al conocer su pequeñez el hombre!»
¡Mirad!, ya la tarde fenece…
¡Mirad!, ya la tarde fenece…
La noche en el cielo
Despliega su velo
Propicio al amor.
La playa desierta parece;
Las olas serenas
Salpican apenas
Su dique de arenas,
Con blando rumor.
Del líquido seno la luna
Su pálida frente
Allá en occidente
Comienza a elevar.
No hay nube que vele importuna
Sus tibios reflejos,
Que miro de lejos
Mecerse en espejos
Del trémulo mar.
¡Corramos!… ¡Quién llega primero!
Ya miro la lancha…
Mi pecho se ensancha,
Se alegra mi faz.
¡Ya escucho la voz del nauclero,
Que el lino despliega
Y al soplo lo entrega
Del aura que juega,
Girando fugaz!
¡Partamos! La plácida hora
Llegó de la pesca,
Y al alma refresca
La bruma del mar.
¡Partamos, que arrecia sonora
La voz indecisa
Del agua, y la brisa
Comienza de prisa
La flámula a hinchar!
¡Pronto, remero!
¡Bate la espuma!
¡Rompe la bruma!
¡Parte veloz!
¡Vuele la barca!
¡Dobla la fuerza!
¡Canta, y esfuerza
Brazos y voz!
Un himno alcemos
Jamás oído,
Del remo al ruido,
Del viento al son,
Y vuele en alas
Del libre ambiente
La voz ardiente
Del corazón.
Yo a un marino le debo la vida,
Y por patria le debo al azar
Una perla -en un golfo nacida-
Al bramar
Sin cesar
De la mar.
Me enajena al lucir de la luna
Con mi bien estas olas surcar,
Y no encuentro delicia ninguna
Como amar
Y cantar
En el mar.
Los suspiros de amor anhelantes
¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,
Si es tan grato a los pechos amantes
A la par
Suspirar
En el mar?
¿No sentís que se encumbra la mente
Esa bóveda inmensa al mirar?
Hay un goce profundo y ardiente
En pensar
Y admirar.
En el mar.
Ni un recuerdo del mundo aquí llegue
Nuestra paz deliciosa a turbar;
Libre el alma al deleite se entregue
De olvidar
Y gozar
En el mar.
¡Prestos todos!… ¡Las redes se tiendan!
¡Muy pesadas las hemos de alzar!
¡Prestos todos, los cantos suspendan,
Y callar
Y pescar
En el mar!
No en lo pasado a tu virtud modelo…
No en lo pasado a tu virtud modelo,
ni copia al porvenir dará la historia,
ni otra igual en grandeza a tu memoria
difundirán los siglos en su vuelo.
Miró la Europa ensangrentar su suelo
al genio de la guerra y la victoria…
pero le cupo a América la gloria
de que al genio del bien le diera el cielo.
Que audaz conquistador goce en su ciencia,
mientras al mundo en páramo convierte,
y se envanezca cuando a siervos mande;
¡mas los pueblos sabrán en su conciencia
que el que los rige libres sólo es fuerte,
que el que los hace grandes sólo es grande!
No encuentro paz, ni me permiten guerra…
No encuentro paz, ni me permiten guerra;
De fuego devorado, sufro el frío;
Abrazo un mundo, y quédome vacío;
Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.
Ni libre soy, ni la prisión me encierra;
Veo sin luz, sin voz hablar ansío;
Temo sin esperar, sin placer río;
Nada me da valor, nada me aterra.
Busco el peligro cuando auxilio imploro;
Al sentirme morir me encuentro fuerte;
Valiente pienso ser, y débil lloro.
Cúmplese así mi extraordinaria suerte;
Siempre a los pies de la beldad que adoro,
y no quiere mi vida ni mi muerte.
¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto…
¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto
En belleza, poder, inteligencia;
Tú, de quien es la perfección esencia
Y la felicidad santo atributo;
Tú, a mí -que nazco y muero como el bruto-
Tú, a mí -que el mal recibo por herencia-
Tú, a mí -precario ser, cuya impotencia-
Solo estéril dolor tiene por fruto…
¿Tú me buscas ¡oh Dios! Tú el amor mío
Te dignas aceptar como victoria
Ganada por tu amor a mi albedrío?
¡Sí! no es delirio; que a la humilde escoria,
Digno es de tu supremo poderío
Hacer capaz de acrecentar tu gloria!
No existe lazo ya: todo está roto…
No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.
Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido: el corazón respire.
Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano…
Mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.
De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.
Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento:
¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…
ni amor ni miedo al contemplarte siento.
Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada
y en honda y vasta soledad me miro.
¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.
No soy maga ni sirena…
Contestando a otro de una señorita
No soy maga ni sirena,
Ni querub ni pitonisa,
Como en tus versos galanos
Me llamas hoy, bella niña.
Gertrudis tengo por nombre,
Cual recibido en la pila;
Me dice Tula mi madre,
Y mis amigos la imitan.
Prescinde, pues, te lo ruego,
De las Safos y Corinas,
Y simplemente me nombra
Gertrudis, Tula o amiga.
Amiga, sí; que aunque tanto
Contra tu sexo te indignas,
Y de maligno lo acusas
Y de envidioso lo tildas,
En mí pretendo probarte
Que hay en almas femeninas,
Para lo hermoso entusiasmo,
Para lo bueno justicia.
Naturaleza madrastra
No fue (lo ves en ti misma)
Con la mitad de la especie
Que la razón ilumina.
No son las fuerzas corpóreas
De las del alma medida,
No se encumbra el pensamiento
Por el vigor de las fibras.
Perdona, pues, si no acato
Aquel fallo que me intimas;
Como no acepto el elogio
En que lo envuelves benigna.
No, no aliento ambición noble,
Como engañada imaginas,
De que en páginas de gloria
Mi humilde nombre se escriba.
Canto como canta el ave,
Como las ramas se agitan,
Como las fuentes murmuran,
Como las auras suspiran.
Canto porque al cielo plugo
Darme el estro que me anima;
Como dio brillo a los astros,
Como dio al orbe armonías.
Canto porque hay en mi pecho
Secretas cuerdas que vibran
A cada afecto del alma,
A cada azar de la vida.
Canto porque hay luz y sombras,
Porque hay pesar y alegría,
Porque hay temor y esperanza,
Porque hay amor y hay perfidia.
Canto porque existo y siento,
Porque lo bello me admira,
Porque lo bello me encanta,
Porque lo malo me irrita.
Canto porque ve mi mente
Concordancias infinitas,
Y placeres misteriosos,
Y verdades escondidas.
Canto porque hay en los seres
Sus condiciones precisas:
Corre el agua, vuela el ave,
Silba el viento, y el sol brilla.
Canto sin saber yo propia
Lo que el canto significa,
Y si al mundo, que lo escucha,
Asombro o lástima inspira.
El ruiseñor no ambiciona
Que lo aplaudan cuando trina
Latidos son de su seno
Sus nocturnas melodías.
Modera, pues, tu alabanza,
Y de mi frente retira
La inmarchitable corona
Que tu amor me pronostica.
Premiando nobles esfuerzos,
Sienes más heroicas ciña;
Que yo al cantar solo cumplo
La condición de mi vida.
¡Oh, tú, del alto cielo!…
¡Oh, tú, del alto cielo
precioso don, al hombre concedido!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
de mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente Poesía,
dicta el acento de la lira mía!
Díctalo, sí, que enciende
tu amor mi seno, y sin cesar ansío
la poderosa voz, que espacios hiende,
para aclamar tu excelso poderío,
y en la naturaleza augusta y bella
buscar, seguir y señalar tu huella.
¡Mil veces desgraciado
quien -al fulgor de tu hermosura ciego-
en su alma inerte y corazón helado
no abriga un rayo de tu dulce fuego;
que es el mundo, sin ti, templo vacío,
cielo sin claridad, cadáver frío!
Mas yo doquier te miro;
doquier el alma, estremecida, siente
tu influjo inspirador; el grave giro
de la pálida Luna, el refulgente
trono del Sol, la tarde, la alborada…
todo me habla de ti con voz callada.
En cuanto ama y admira,
te halla mi mente. Si huracán violento
zumba, y levanta el mar, bramando de ira;
si con rumor responde soñoliento
plácido arroyo al aura que suspira…
tú alargas para mí cada sonido
y me explicas su místico sentido.
Al férvido verano,
a la apacible y dulce primavera,
al grave otoño y al invierno cano
me embellece tu mano lisonjera;
¡que alcanzan, si los pintan tus colores,
calor el hielo, eternidad las flores!
¿Qué a tu dominio inmenso
no sujetó el Señor? En cuanto existe
hallar tu ley y tus misterios pienso:
el Universo tu ropaje viste,
y en su conjunto armónico demuestra
que tú guiaste la hacedora diestra.
¡Hablas! ¡Todo renace!
Tu creadora voz los yermos puebla;
espacios no hay que tu poder no enlace;
y rasgando del tiempo la tiniebla,
de lo pasado al descubrir ruinas,
con tu mágica luz las iluminas.
Por tu acento apremiados,
levántanse del fondo del olvido,
ante tu tribunal, siglos pasados;
y el fallo que pronuncias -trasmitido
por una y otra edad en rasgos de oro-
eterniza su gloria o su desdoro.
Tu genio, independiente
rompe las sombras del error grosero;
la verdad preconiza; de su frente
vela con flores el rigor severo,
dándole al pueblo, en bellas creaciones,
de saber y virtud santas lecciones.
Tu espíritu sublime
ennoblece la lid; tu épica trompa
brillo eternal en el laurel imprime;
al triunfo presta inusitada pompa;
y los ilustres hechos que proclama
fatiga son del eco de la fama.
Mas, si entre gayas flores,
a la beldad consagras tus acentos;
si retratas los tímidos amores;
si enalteces sus rápidos contentos;
a despecho del tiempo, en tus anales,
beldad, placer y amor son inmortales.
Así en el mundo suenan
del amante Petrarca los gemidos;
los siglos con sus cantos se enajenan;
y unos tras otros -de su amor movidos-
van de Valclusa a demandar al aura
el dulce nombre de la dulce Laura.
¡Oh! No orgullosa aspiro
a conquistar el lauro refulgente,
que humilde acato y entusiasta admiro,
de tan gran vate en la inspirada frente;
ni ambicionan mis labios juveniles
el clarín sacro del cantor de Aquiles.
No tan ilustres huellas
seguir es dado a mi insegura planta…
Mas, abrasada al fuego que destellas,
¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa
mi pobre ofrenda estremecida elevo,
y una sonrisa a demandar me atrevo.
Cuando las frescas galas
de mi lozana juventud se lleve
el veloz tiempo en sus potentes alas,
y huyan mis dichas como el humo leve,
serás aún mi sueño lisonjero,
y veré hermoso tu favor primero.
Dame que puedas entonces,
¡Virgen de paz, sublime Poesía!,
no transmitir en mármoles ni en bronces
con rasgos tuyos la memoria mía;
sólo arrullar, cantando, mis pesares,
a la sombra feliz de tus altares.
Otra vez llanto, soledad, tinieblas…
Después de la muerte de mi marido
Otra vez llanto, soledad, tinieblas…
¡Huyó cual humo la ilusión querida!
¡La luz amada que alumbró mi vida
Un relámpago fue!
Brilló para probar sombra pasada;
Brilló para anunciar sombra futura;
Brilló para morir… y en noche oscura
Para siempre quedé.
Tras luengos años de tormenta ruda
Comenzaba a gozar benigna calma;
Mas ¡ay! que solo por burlar el alma
La abandonó el dolor.
Así la pérfida alimaña finge
Que a su presa infeliz escapar deja,
Y con las garras extendidas, ceja
Para asirla mejor.
El que ayer era mi sostén y amparo,
Hoy de la muerte es mísero trofeo
¡Por corona nupcial me dio Himeneo
Mustio y triste ciprés!
De juventud, de amor, de fuerza henchido,
Su porvenir ¡cuán vasto parecía…
Mas la mañana terminó su día:
¡Ya del tiempo no es!
Nada me resta, ¡oh Dios! Sus rotas alas
Pliega gimiendo mi esperanza bella
Hoy sus decretos el destino sella;
Ya irrevocables son.
Al golpe atroz que me desgarra el pecho
Quizás mi pobre vida no sucumba;
Mas con los restos que tragó esa tumba
Se hunde mi corazón.
¡Alma noble y amante! tú, ante el trono
De la infinita paternal clemencia,
Por la que fue mitad de tu existencia
¡Pide, pide piedad!
Baje un rayo de luz que alumbre mi alma
En este abismo de pavor profundo,
Hasta que pueda abandonar del mundo
¡La inmensa soledad!
Paisaje Guipuzcoano
Suspende, mi caro amigo,
tus pasos por un instante:
no está la ermita distante,
y apenas las cinco son.
Ven a admirar -bajo el toldo
de aquellos verdes ramajes-
los pintorescos paisajes
de esta encantada región.
Mira a tus pies ese río,
cuyas herbosas orillas
millones de florecillas
cubren, difundiendo olor;
y desde el borde escarpado
oye las mansas corrientes
deslizarse transparentes
con soñoliento rumor.
Hileras de álamos blancos,
que el hondo cauce sombrean,
sus altas copas cimbrean
del viento al soplo fugaz;
mientras pescan silenciosos,
con luengas cañas y anzuelos,
dos vigorosos chicuelos
de viva y morena faz.
Mira en torno cuál se extienden
cuadros de trigos dorados,
por ricas franjas cortados
de verde-oscuro maíz;
y esos tan varios helechos
-fieles hijos de las sombras-
que prestan al bosque alfombras
de primoroso matiz.
¿Ves allá los caseríos
-que siembran el valle a trechos-
levantar sus rojos techos
de entre el verde castañar?
¿Ves cuál visten sus paredes
de parra lindos festones,
y cómo van los gorriones
sus racimos a picar?
Mas que ya las chimeneas
despiden humo, repara,
anunciando se prepara
la cena del segador;
y a las vacas lentamente
mira bajar de esos cerros,
llamando con sus cencerros
al perezoso pastor.
Mas, ¡oh, ve! también desciende,
saltando por entre breñas,
turba de niñas risueñas
que acá parece venir.
Sí; no hay duda, ramilletes
nos ofrecen con empeño…
¿Comprendes tú, caro dueño,
lo que nos quieren decir?
¡Ah!, sabe que esos perfumes,
que rinden cual homenaje,
solo son mudo lenguaje
de un triste y constante afán;
pues -con rara poesía-
el mendigo guipuzcoano,
cubre de flores la mano
que tiende pidiendo pan.
Acepta al punto, ¡querido!
¿quién hay que negarse pueda
a cambiar una moneda
por cada hermoso clavel?
Venid, niñas, cada tarde;
yo en el trueque me intereso,
y si al ramo unís un beso
garante os salgo de él.
¡Pero no entienden!… ¡Se alejan!
Mira por esos barrancos
saltar, desnudos y blancos,
sus breves y lindos pies…
Se detienen, se sonríen
viendo en mi pecho sus ramos,
y ligeras como gamos
desaparecen después.
Mientras tanto las montañas
sus picachos desiguales
van envolviendo en cendales
de gualda, azul y arrebol,
y en su carro majestuoso
-surcando el tibio occidente-
hunde a su espalda la frente,
cansado de vida, el sol.
A su postrera mirada
y a su postrera sonrisa,
suspiros vuelve la brisa,
perfumes vuelve la flor,
y llanto puro los cielos
vierten en el valle umbrío,
que lo convierte en rocío
de delicioso frescor.
¡Oh, mira! Ya por las faldas,
que cubren altos castaños,
bajando van los rebaños
para acogerse al redil…
Ya los niños sus anzuelos
han recogido y su pesca,
y se van armando gresca
con regocijo infantil.
Palacios y chozas…
Palacios y chozas,
Campos y ciudad,
Brutos, aves, hombres,
Todo duerme ya;
Que cubren las sombras
Del cielo la faz,
Y guardan silencio
Los vientos y el mar.
Sólo un rumor se percibe,
Vago, débil y fugaz
El aliento de la noche,
Que llena la inmensidad;
Y cual un alma se queja
Perseguida sin cesar
Por una llama invisible
De la región infernal.
Mas crece el rumor… Sí, ¡crece,
Y ninguno fue jamás
Tan importuno y extraño,
Tan pavoroso y tenaz!
Ya parece de los búhos
La horrible voz sepulcral;
Ya de un inmenso gentío
El confuso respirar;
Ya fatídica campana
vibrando en la oscuridad,
Cuyos sonidos mil ecos
Repitiendo en torno van.
Pero no; cual cascabeles
Que mueve mano vivaz,
Que inarmónicos sones
Oigo en los aires vagar.
Ora se cambian… Podría
Presumirse, que a compás
Bailan niños juguetones
Sobre rollos de cristal,
Que se chocan, que se quiebran,
Que saltan acá y allá,
Revolviéndose en fragmentos
Con un ruido sin igual.
Son, ¡oh cielo! son los duendes,
Que enemigos de mi paz
Cada noche, en turba inmensa,
Visitan mi soledad.
Son los duendes, que mi insomnio
Parece siempre evocar,
Para burlarme, aturdirme,
Volverme loca quizás.
¡Ay! mi lámpara se extingue,
Y oigo al enjambre fatal
Que en confuso tropel cruza,
Surcando la inmensidad!
¡El techo retiembla
Sobre mí agitado!
¡Cual pino quemado
Lo escucho crujir!
¡La viga se dobla
Como junco blando!
¡La puerta, girando,
Se comienza a abrir!
¡Los goznes mohosos
Rechinan con ruido!
¡Con bronco estallido
Se parte el dintel!
¡Y veo entre nubes
De impuros vapores,
De extraños colores
Confuso tropel!
La horrible falange
Forma batallones.
Vampiros, dragones
Vuelan en montón,
Y pasan lanzando
Gemidos dolientes
¡Sus alas rugientes
Les presta Aquilón!
Acaso ¡ay! se posen
Sobre mi morada,
Ceda desquiciada
La antigua pared,
Y al impulso ruede
De la horda maldita,
Cual hoja marchita
Del viento a merced.
¡Oh Musa! si tu mano
Me ofrece libertad,
Prosternaré mi frente
Delante de tu altar.
De estos hijos impuros
De la noche fatal,
Sálvame compasiva,
Sálvame por piedad!
Haz que en vano sus alas,
Con capricho tenaz,
De mis viejos balcones
Azoten el cristal,
Y cerradas mis puertas
No dejen penetrar
El aliento maldito
De su boca infernal.
¡Ah! pasaron! las cohortes
Huyen ya, de furor llenas
Mas en los aires cadenas
Aún me parecen crujir.
Allá al remoto horizonte
La horrible cuadrilla avanza,
Y se escucha en lontananza
De sus alas el batir.
Bajo su vuelo impetuoso
Tiemblan las selvas vecinas,
Doblándose las encinas,
Removida su raíz.
¡Cómo en torno de la luna
Dibujan faja sangrienta,
Y en las nubes, que ella argenta,
Forman extraño matiz!
Mas ya las rasgan -huyendo-
Mis enemigos veloces…
Ya sus discordantes voces
Apenas puedo escuchar;
Siendo el ruido tan confuso,
A proporción que se aleja,
Que imita de la corneja
El fatídico graznar,
Y del granizo el sonido
Cayendo en un viejo techo,
O bien rodando deshecho
Desde elevada canal.
Pero más dulce se torna
Ya es de una fuente el murmullo
Ya el melancólico arrullo
De la tórtola leal
Ya de piadosa plegaria
Es la sílaba postrera…
Ya de la ola, en la ribera,
El espirante rumor
O es el aura -que en las ramas
Juega con vuelo liviano-
O acaso el eco lejano
Del insomne ruiseñor.
Todo cesa…
Ningún ruido
A mi oído
Llega ya;
Todo calla,
Y el reposo
Silencioso
Tornará.
Ya benigno
Vierte el sueño
Su beleño
Por mi sien,
Y en sosiego
Tan profundo
Duerme el mundo…
¡Y yo también!
¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!…
¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!
Después de ausencia tan larga
Que por más de cuatro lustros
Conté sus horas infaustas,
Torno al fin, torno a pisar
Tus siempre queridas playas,
De júbilo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
¡Salud, oh tierra bendita,
Tranquilo edén de mi infancia,
Que encierras tantos recuerdos
De mis sueños de esperanza!
¡Salud, salud, nobles hijos
De aquesta mi dulce patria!
¡Hermanos, que hacéis su gloria!
¡Hermanas, que sois su gala!
¡Salud!… Si afectos profundos
Traducir pueden palabras,
Por los ámbitos queridos
Llevad, -¡brisas perfumadas,
Que habéis mecido mi cuna
Entre plátanos y palmas!-
Llevad los tiernos saludos
Que a Cuba mi amor consagra.
Llevadlos por esos campos
Que vuestro soplo embalsama,
Y en cuyo ambiente de vida
Mi corazón se restaura:
Por esos campos felices,
Que nunca el cierzo maltrata,
Y cuya pompa perenne
Melifluos sinsontes cantan.
Esos campos do la ceiba
Hasta las nubes levanta
De su copa el verde toldo,
Que grato frescor derrama:
Donde el cedro y la caoba
Confunden sus grandes ramas,
Y el yarey y el cocotero
Sus lindas pencas enlazan
Donde el naranjo y la piña
Vierten al par su fragancia;
Donde responde sonora
A vuestros besos la caña;
Donde ostentan los cafetos
Sus flores de filigrana,
Y sus granos de rubíes
Y sus hojas de esmeraldas.
Llevadlos por esos bosques
Que jamás el sol traspasa,
Y a cuya sombra poética,
Do refrescáis vuestras alas,
Se escucha en la siesta ardiente
-Cual vago concierto de hadas
La misteriosa armonía
De árboles, pájaros, aguas,
Que en soledades secretas,
Con ignotas concordancias,
Susurran, trinan, murmuran,
Entre el silencio y la calma.
Llevadlos por esos montes,
De cuyas vírgenes faldas
Se desprenden mil arroyos
En limpias ondas de plata.
Llevadlos por los vergeles,
Llevadlos por las sabanas
En cuyo inmenso horizonte
Quiero perder mis miradas.
¡Llevadlos férvidos, puros,
Cual de mi seno se exhalan
-Aunque del labio el acento
A formularlos no alcanza,
Desde la punta Maisí
Hasta la orilla del Mantua;
Desde el pico de Tarquino
A las costas de Guanaja!
Doquier los oiga ese cielo,
Al que otro ninguno iguala,
Y a cuya luz, de mi mente
Revivir siento la llama:
Doquier los oiga esta tierra
De juventud coronada,
Y a la que el sol de los trópicos
Con rayos de amor abrasa:
Doquier los hijos de Cuba
La voz oigan de esta hermana,
Que vuelve al seno materno
-Después de ausencia tan larga
Con el semblante marchito
Por el tiempo y la desgracia,
Mas de gozo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
Pero ¡ah! decidles que en vano
Sus ecos le pido a mi arpa;
Pues sólo del corazón
Los gritos de amor se arrancan.
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!…
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy a partir!… La chusma diligente,
para arrancarme del nativo suelo
las velas iza, y pronta a su desvelo
la brisa acude de tu zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
tu dulce nombre halagará mi oído!
¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…
el ancla se alza… el buque, estremecido,
las olas corta y silencioso vuela.
Polonia
Traducción libre de Víctor Hugo
Sola al pie de la torre, donde la voz tonante
Resuena pavorosa de tu señor fatal,
Cuya siniestra sombra parece por instante
Designarse en la piedra del silencioso umbral;
Pronta a ver al esposo trocarse en asesino,
Pálida, y hasta el suelo doblada la cerviz
Vencida, encadenada, te ofreces al destino,
Bella y triste Polonia, por víctima infeliz.
A falta de tus hijos, miro tus manos puras
El crucifijo santo con fervor estrechar…
¡Mancharon los Basquiros tus regias vestiduras,
Y en ellas sus sandalias grabaron al pasar!
A intervalos te llegan palabras de amenaza,
Y de pisadas duras escuchase rumor,
Y un sable allá reluce, y un hierro que te enlaza
Al muro, por do corre tu llanto de dolor.
¡Polonia sin ventura! los brazos descarnados
Y la abatida frente te miro levantar,
Y los llorosos ojos, hundidos y empañados,
Hacia la Francia vuelves con tímido mirar.
Un grito de tu pecho tristísimo desprendes:
-¡Oh Francia, hermana mía! -te escucho repetir:
Ansiosa tus miradas por el camino tiendes,
Y esperas ¡ ay! y esperas… ¡y a nadie ves venir!
¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?…
¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?
— ¡Ay! he perdido el ángel que era mi encanto…
Ni aun leves huellas
Dejaron en el mundo sus plantas bellas.
— Te engañas, joven madre; templa tu duelo.
Que ese ángel —aunque libre remonta el vuelo-
Te sigue amante
Do quiera que dirijas tu paso errante.
¿No admiras, cuando baña la tibia esfera
Del alba sonrosada la luz primera,
Con qué armonía
Cielo y tierra saludan al nuevo día?
Pues sabe, joven madre, que cada aurora
Por las manos de un ángel su faz colora,
y aquel concento
Se lo enseña a natura su dulce acento.
Cuando del sol el rayo postrero espira,
¿No escuchas un suspiro que en torno gira?
Y un soplo leve
¿No acaricia tu rostro, tus rizos mueve?…
Reina el silencio: fúlgidas en tanto…
Reina el silencio: fúlgidas en tanto
Luces de paz, purísimas estrellas,
De la noche feliz lámparas bellas,
Bordáis con oro su luctuoso manto.
Duerme el placer, mas vela mi quebranto,
Y rompen el silencio mis querellas,
Volviendo el eco, unísono con ellas,
De aves nocturnas el siniestro canto.
¡Estrellas, cuya luz modesta y pura
Del mar duplica el azulado espejo!
Si a compasión os mueve la amargura
Del intenso penar por que me quejo,
¿Cómo para aclarar mi noche oscura
No tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?
Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama…
Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama
con tu almo fuego mi cansado pecho!
sin luz, sin brío, comprimido, estrecho,
un rayo anhela de tu ardiente llama.
A tu influjo feliz brote la grama;
el hielo caiga a tu fulgor deshecho:
¡Sal, del invierno rígido a despecho,
rey de la esfera, sol: mi voz te llama!
De los dichosos campos do mi cuna
recibió de tus rayos el tesoro,
me aleja para siempre la fortuna:
bajo otro cielo, en otra tierra lloro,
donde la niebla abrúmame importuna…
¡Sal rompiéndola, sol, que yo te imploro!
¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla!…
¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla,
Que hoy en los muros de Tetuán tremolas,
Y haces llegar a la cubana Antilla
Reflejos de las glorias españolas!
La media luna -que ante ti se humilla,-
Recuerda ya que entre revueltas olas,
De la raza de Agar con hondo espanto,
Se hundió al lucir el astro de Lepanto.
Y esa morisma -de la Europa afrenta-
Que el rugido olvidó de tus leones,
Hoy al golpe cruel -que la escarmienta,-
Forjando en su pavor fieras visiones,
De siete siglos a la luz sangrienta
Juzga que mira alzarse entre blasones,
-Sus turbantes teniendo por alfombras,-
Del Cid, de Alfonso y de Guzmán las sombras.
¡Oh! ¡sí! contigo van, por ti pelean
Esos nombres augustos; de su gloria
Los rayos en tus pliegues centellean,
Como fulguran en la hispana historia.
¡Que así triunfantes para siempre sean
Símbolos del honor y la victoria,
La civilización mirando ufana,
Que hoy te hospeda Tetuán, Tánger mañana!
¿Serás del alma eterna compañera?…
¿Serás del alma eterna compañera,
tenaz memoria de veloz ventura?
¿Por qué el recuerdo interminable dura
si el bien pasó cual ráfaga ligera?
¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera
abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,
de glorias mil inmensa sepultura
y del dolor consolación postrera!,
si a tu vasto poder ninguno asombra
y al orbe riges con tu cetro frío,
¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.
¡Ven y devora este fantasma impío,
de pasado placer pálida sombra,
de placer por venir nublo sombrío.
Significado de la palabra yo amé
Con yo amé dice cualquiera
Esta verdad desolante:
-Todo en el mundo es quimera,
No hay ventura verdadera
Ni sentimiento constante.
Yo amé significa: -Nada
le basta al hombre jamás:
La pasión más delicada,
La promesa más sagrada,
Son humo y viento… ¡y no más!
¡Sol del que triste vela!…
¡Sol del que triste vela!
¡Astro de lumbre fría,
cuyos trémulos rayos, de la noche
para mostrar las sombras sólo brillan!
¡Oh, cuánto te semejas
de la pasada dicha
al pálido recuerdo, que del alma
sólo hace ver la soledad sombría!
Reflejo de una llama
ya oculta o extinguida,
llena la mente, pero no la enciende;
vive en el alma, pero no la anima.
Descubre, cual tú, sombras
que esmalta y acaricia;
Y como a ti, tan sólo la contempla
el dolor mudo en férvida vigilia.
Soledad del alma
La flor delicada, que apenas existe una aurora,
tal vez largo tiempo al ambiente le deja
su olor…
Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día
atesora
muriendo marchitas no dejan perfume en
redor.
La luz esplendente del astro fecundo del día
se apaga, y sus huellas aún forman hermoso
arrebol…
mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche
sombría,
que guarda el fuego sagrado
que ha sido su sol?
Se rompe, gastada, la cuerda del arpa
armoniosa,
a aún su eco difunde en los aires
fugaz vibración…
Mas todo es silencio profundo, de muerte
espantosa,
si dan un pecho amante el postrero tristísimo
son…
Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde
indecisa
cambian del alma desierta la lúgubre faz…
A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;
a ella no brindan las sombras
ensueños de paz.
Vista los campos de flores
gentil primavera,
doren las mieses los besos
del cielo estival,
pámpanos ornen de otoño la faz
placentera,
lance el invierno brumoso su aliento
glacial,
siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,
siempre abrumadas de peso de
vil nulidad,
gimen las almas do el fuego de amor
está muerto…
Nada hay que pueble o anime
su gran soledad.
Suplicio de amor
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta, que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.
Ante mis ojos desaparece el mundo
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero.
De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!
Suspende, mi caro amigo…
Suspende, mi caro amigo,
tus pasos por un instante:
no está la ermita distante,
y apenas las cinco son.
Ven a admirar -bajo el toldo
de aquellos verdes ramajes-
los pintorescos paisajes
de esta encantada región.
Mira a tus pies ese río,
cuyas herbosas orillas
millones de florecillas
cubren, difundiendo olor;
y desde el borde escarpado
oye las mansas corrientes
deslizarse transparentes
con soñoliento rumor.
Hileras de álamos blancos,
que el hondo cauce sombrean,
sus altas copas cimbrean
del viento al soplo fugaz;
mientras pescan silenciosos,
con luengas cañas y anzuelos,
dos vigorosos chicuelos
de viva y morena faz.
Mira en torno cuál se extienden
cuadros de trigos dorados,
por ricas franjas cortados
de verde-oscuro maíz;
y esos tan varios helechos
-fieles hijos de las sombras-
que prestan al bosque alfombras
de primoroso matiz.
¿Ves allá los caseríos
-que siembran el valle a trechos-
levantar sus rojos techos
de entre el verde castañar?
¿Ves cuál visten sus paredes
de parra lindos festones,
y cómo van los gorriones
sus racimos a picar?
Mas que ya las chimeneas
despiden humo, repara,
anunciando se prepara
la cena del segador;
y a las vacas lentamente
mira bajar de esos cerros,
llamando con sus cencerros
al perezoso pastor.
Mas, ¡oh, ve! también desciende,
saltando por entre breñas,
turba de niñas risueñas
que acá parece venir.
Sí; no hay duda, ramilletes
nos ofrecen con empeño…
¿Comprendes tú, caro dueño,
lo que nos quieren decir?
¡Ah!, sabe que esos perfumes,
que rinden cual homenaje,
solo son mudo lenguaje
de un triste y constante afán;
pues -con rara poesía-
el mendigo guipuzcoano,
cubre de flores la mano
que tiende pidiendo pan.
Acepta al punto, ¡querido!
¿quién hay que negarse pueda
a cambiar una moneda
por cada hermoso clavel?
Venid, niñas, cada tarde;
yo en el trueque me intereso,
y si al ramo unís un beso
garante os salgo de él.
¡Pero no entienden!… ¡Se alejan!
Mira por esos barrancos
saltar, desnudos y blancos,
sus breves y lindos pies…
Se detienen, se sonríen
viendo en mi pecho sus ramos,
y ligeras como gamos
desaparecen después.
Mientras tanto las montañas
sus picachos desiguales
van envolviendo en cendales
de gualda, azul y arrebol,
y en su carro majestuoso
-surcando el tibio occidente-
hunde a su espalda la frente,
cansado de vida, el sol.
A su postrera mirada
y a su postrera sonrisa,
suspiros vuelve la brisa,
perfumes vuelve la flor,
y llanto puro los cielos
vierten en el valle umbrío,
que lo convierte en rocío
de delicioso frescor.
¡Oh, mira! Ya por las faldas,
que cubren altos castaños,
bajando van los rebaños
para acogerse al redil…
Ya los niños sus anzuelos
han recogido y su pesca,
y se van armando gresca
con regocijo infantil.
Tiñe ya el Sol extraños horizontes…
Tiñe ya el Sol extraños horizontes;
el aura vaga en la arboleda umbría;
y piérdese en la sombra de los montes
la tibia luz del moribundo día.
Reina en el campo plácido sosiego,
se alza la niebla del callado río,
y a dar al prado fecundante riego,
cae, convertida en límpido rocío.
Es la hora grata de feliz reposo,
fiel precursora de la noche grave…
torna al hogar el labrador gozoso,
el ganado, al redil, al nido el ave.
Es la hora melancólica, indecisa,
en que pueblan los sueños los espacios,
y en los aires -con soplos de la brisa-
levantan sus fantásticos palacios.
En Occidente el Héspero aparece,
salpican perlas su zafíreo asiento
y -en tanto que apacible resplandece-
no sé qué halago al contemplarlo siento.
¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!
¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?
¿Tal vez un bello espíritu, encargado
de recoger nuestros suspiros, eres?…
¿De los recuerdos la dulzura triste
vienes a dar al alma por consuelo,
o la esperanza con su luz te viste
para engañar nuestro incesante anhelo?
¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo
y a tus visiones lánguida me entrego…
Tu leda calma y tu frescor reclamo
para templar del corazón el fuego.
Quiero, apartada del bullicio loco,
respirar tus aromas halagüeños,
a par que en grata soledad evoco
las ilusiones de pasados sueños.
¡Oh! si animase el soplo omnipotente
estos que vagan húmedos vapores,
término dando a mi anhelar ferviente,
con objeto inmortal a mis amores…
¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,
bien ideal, objeto de mis votos,
que prometes al alma enardecida
goces divinos, para el mundo ignotos!
¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo
-libre de la materia que me oprime-
a ti llegar, y aletargada quedo,
y opresa el alma en sus cadenas gime?
¡Cómo volara hendiendo las esferas
si aquí rompiese mis estrechos nudos,
cual esas nubes cándidas, ligeras,
del éter puro en los espacios mudos!
Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,
viajeras del celeste firmamento?…
¡Ah! ¡lo ignoráis!…, seguís vuestro destino
y al vario impulso obedecéis del viento.
¿Por qué yo, en tanto, con afán insano
quiero indagar la suerte que me espera?
¿Por qué del porvenir el alto arcano
mi mente ansiosa comprender quisiera?
Paternal Providencia puso el velo
que nuestra mente a descorrer no alcanza,
pero que le permite alzar el vuelo
por la inmensa región de la esperanza.
El crepúsculo huyó; las rojas huellas
borra la Luna en su esmaltado coche,
y un silencioso ejército de estrellas
sale a guardar el trono de la noche.
A ti te amo también, noche sombría;
amo tu Luna tibia y misteriosa,
más que a la luz con que comienza el día,
tiñendo el cielo de amaranto y rosa.
Cuando en tu grave soledad respiro,
cuando en el seno de tu paz profunda
tus luminares pálidos admiro,
un religioso afecto el alma inunda:
¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,
revela el Sol en su fecunda llama,
de tu solemne calma la dulzura
su amor anuncia y su bondad proclama!
Tus cuerdas de oro en vibración sonora…
Tus cuerdas de oro en vibración sonora
vuelve a agitar, ¡oh lira!,
que en este ambiente, que aromado gira,
su inercia sacudiendo abrumadora
la mente creadora,
de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.
¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
padrón es de alta gloria…
de un pueblo ilustre interesante historia…,
de augusta libertad sencillo templo,
que -al mundo dando ejemplo-
del patrio amor consagra la memoria.
Piérdese en noche de los tiempos densa
su origen venerable;
mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
de hechos ligados a su vida inmensa,
que en sí sola condensa
la de una raza antigua e indomable?…
Se transforman doquier las sociedades;
pasan generaciones;
caducan leyes; húndense naciones…
y el árbol de las vascas libertades
a futuras edades
trasmite fiel sus santas tradiciones.
Siempre inmutables son, bajo este cielo,
costumbres, ley, idioma…
¡Las invencibles águilas de Roma
aquí abatieron su atrevido vuelo,
y aquí luctuoso velo
cubrió la media luna de Mahoma!
Nunca abrigaron mercenarias greyes
las ramas seculares,
que a Vizcaya cobijan tutelares;
y a cuya sombra poderosos reyes
democráticas leyes
juraban ante jueces populares.
¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
respetuoso mi acento,
y en ti se fija ufano el pensamiento,
me parece crecer bajo tu sombra,
y en tu florida alfombra
con lícita altivez la planta asiento.
¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra
en esta tierra noble
que tú proteges, perdurable roble,
que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
y do el Cosnoaga inmoble
llega a tus pies en colosal penumbra!
¿En dónde hallar un corazón tan frío,
que a tu aspecto no lata,
sintiendo que se enciende y se dilata?
¿Quién de tu nombre ignora el poderío,
o en su desdén impío,
tu vejez santa con amor no acata?
Allá desde el retiro silencioso
donde del hombre huía
-al par que sus derechos defendía-,
del de Ginebra pensador fogoso,
con vuelo poderoso,
llegaba a ti la inquieta fantasía;
y arrebatado en entusiasmo ardiente
-pues nunca helarlo pudo
de injusta suerte el ímpetu sañudo-,
postró a tu austera majestad la frente
y en página elocuente
supo dejarte un inmortal saludo.
La Convención Francesa, de su seno
ve a un tribuno afamado,
levantarse de súbito, inspirado,
a bendecirte, de emociones lleno…
Y del aplauso al trueno
retiembla al punto el artesón dorado.
Lo antigua que es la libertad proclamas…
-¡Tú eres su monumento!-
Por eso cuando agita raudo viento
la secular belleza de tus ramas,
pienso que en mí derramas
de aquel genio divino el ígneo aliento.
Cual signo suyo mi alma te venera,
y cuando aquí me humillo
de tu vejez ante el eterno brillo,
recuerdo, roble augusto, que doquiera
que el numen sacro impera,
un árbol es su símbolo sencillo.
Mas, ¡ah, silencio!… El sol desaparece
tras la cumbre vecina,
que va envolviendo pálida neblina…
se enluta el cielo…, el aire se adormece…
tu sombra crece y crece…
¡Y sola aquí tu majestad domina!
Tuvo el que yace aquí cordura extrema…
Para grabarse en la tumba de un escéptico
Imitación de Parny
Tuvo el que yace aquí cordura extrema:
Para evitar error dudó de todo:
La existencia de Dios puso en problema,
Y -dudando vivir- vivió a su modo.
Cansado al fin de caos tan profundo,
Huyó por esta puerta diligente,
Para ir a preguntar al otro mundo
Lo que en este creer cuadra al prudente.
Un tiempo hollaba por alfombras rosas…
Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.
Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.
Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.
Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!
Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?
¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?
En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!
¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!
Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.
¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?
¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!
¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.
¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?
¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero?…
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero?…
Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;
y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.
¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!
Y María al pie de la cruz…
Y María al pie de la cruz
Al cielo ofreciendo del mundo el rescate,
Con clavos sujetas las manos divinas,
Ciñendo sus sienes corona de espinas,
Se ostenta en los brazos del leño Jesús.
A diestra y siniestra dos viles ladrones
Reciben la pena que al crimen se debe;
Mas ¡sólo en el Justo se ensaña la plebe,
Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
La túnica sacra con grita sortean
En frente al suplicio los fieros sayones,
Y el pueblo inconstante con torpes baldones
Denuesta al que ha sido su gloria y salud.
Ya nadie recuerda sus hechos pasmosos,
Del bien -que hizo a todos- cada uno se olvida,
Celebran su muerte, calumnian su vida…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
«Si Dios es tu Padre»-por mofa le dicen-
«Desciende, y entonces tendremos creencia.
Los oye el Cordero con santa paciencia,
Y ya de sus ojos nublada la luz,
Los alza clamando: -¡Perdónalos, Padre!
Lo que hacen ignoran, perdónalos pío.-
Con roncas blasfemias responde el gentío,
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Sed tengo -murmura la Víctima augusta;
Vinagre mezclado con hiel le presentan…
Sus labios divinos la esponja ensangrientan,
Y ríe y se goza la vil multitud.
En tanto del Mártir se hiela la sangre
Cubriendo su frente con nublos espesos
Le tiemblan las carnes, le crujen los huesos
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
-¡Mujer, ve tu hijo! la dice, y señala
En Juan a la prole de Adán delincuente.
-¡Ahí tienes, oh hombre, tu Madre clemente!-
Mirando al Apóstol añade Jesús.
Tal es el legado que alcanzan los mismos
Que son de su muerte causantes insanos:
Les da para el cielo derechos de hermanos…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Mirando del Cristo la suma clemencia,
De aquel que a su diestra comparte el suplicio
Conmuévese el alma, que el gran sacrificio
Ya en él ejercita su inmensa virtud:
-«De mí note olvides -le dice- en tu reino.»
Jesús premia al punto su fe meritoria;
-Conmigo- responde -serás en la gloria…-
Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
Mas ¡ay! ya el instante se acerca supremo:
Ya el pecho amoroso con pena respira:
Inclinase el rostro que el ángel admira,
Y eleva la muerte su fiera segur.
-¡Oh Padre divino! ¿por qué me abandonas?
La voz espirante pronuncia despacio:
Su queja doliente devora el espacio…
¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!
-¡Todo es consumado! -Mi espíritu ¡oh Padre!
Recibe en tus manos -clamó el moribundo.
Retiemblan de pronto los ejes del mundo,
Los cielos se cubren de oscuro capuz,
Se parten las piedras, las tumbas se abren,
Sangriento un cadáver se ve suspendido…
¡De Adán el linaje ya está redimido!
¡Y aún queda la Madre al pie de la Cruz!
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