Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda, conocida como «La Avellaneda», figura trascendental del romanticismo hispanoamericano. Nacida en Cuba y radicada en España, su obra desafió las convenciones sociales y de género del siglo XIX mediante una sensibilidad apasionada y una voz intelectualmente vigorosa.

Destacó en la lírica por su profundidad metafísica y en el teatro con tragedias de gran éxito. Sin embargo, su mayor legado es la novela «Sab» (1841), pionera en la narrativa abolicionista, donde vinculó la opresión de los esclavos con la subordinación de la mujer. A pesar de su extraordinario talento, el machismo de la época le impidió ingresar en la Real Academia Española. Hoy es celebrada como una precursora del feminismo moderno y una de las escritoras más prolíficas y audaces de nuestra lengua.

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A Dios

¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto

En belleza, poder, inteligencia;

Tú, de quien es la perfección esencia

Y la felicidad santo atributo;

 

Tú, a mí -que nazco y muero como el bruto-

Tú, a mí -que el mal recibo por herencia-

Tú, a mí -precario ser, cuya impotencia-

Solo estéril dolor tiene por fruto…

 

¿Tú me buscas ¡oh Dios! Tú el amor mío

Te dignas aceptar como victoria

Ganada por tu amor a mi albedrío?

 

¡Sí! no es delirio; que a la humilde escoria,

Digno es de tu supremo poderío

Hacer capaz de acrecentar tu gloria!

 

A él

No existe lazo ya: todo está roto:

plúgole al cielo así: ¡bendito sea!

Amargo cáliz con placer agoto:

mi alma reposa al fin: nada desea.

 

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:

¡nunca, si fuere error, la verdad mire!

Que tantos años de amarguras llenos

trague el olvido: el corazón respire.

 

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo

una vez y otra vez pisaste insano…

Mas nunca el labio exhalará un murmullo

para acusar tu proceder tirano.

 

De graves faltas vengador terrible,

dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?

No era tuyo el poder que irresistible

postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

 

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!

Todo se terminó, recobro aliento:

¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…

ni amor ni miedo al contemplarte siento.

 

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…

Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…

Hice un mundo de ti, que hoy se anonada

y en honda y vasta soledad me miro.

 

¡Vive dichoso tú! Si en algún día

ves este adiós que te dirijo eterno,

sabe que aún tienes en el alma mía

generoso perdón, cariño tierno.

 

A Francia

Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria

Con que llenó tus ámbitos el hombre;

Bástete ver en inmortal historia

Unido al tuyo su preclaro nombre.

Bástete la memoria

De aquellos grandes días

En que a su voz la Europa estremecías,

Y deja al mundo ese sepulcro austero

Donde el hado severo

Guarda al gigante de ambición y orgullo,

Entre esas peñas áridas y solas;

Mientras el mar -con turbulento arrullo-

Quiebra a sus pies las espumantes olas.

 

¡Déjale allí! Sin comitiva, aislado

Duerma en su roca solitaria y fría

El rey sin dinastía…

No en panteón estrecho sepultado,

De París oiga el bacanal rüido,

Entre vulgares reyes confundido.

 

¡Déjale, que supuesto es Santa Elena!

Los nombres poderosos

De Wagram, de Austerliz, Marengo y Jena

No volverán los ecos silenciosos,

La paz turbando de la tosca tumba,

A que no presta con sus alas sombra

El águila imperial, ni el hueco bronce

Por saludarla omnímodo retumba

Pero allí el mundo mírala, y se asombra

Del misterio que muda le revela;

Pues el fantasma inmenso,

Que entre cielo y abismo allí suspenso

Cumple quizás designios soberanos,

Es de la humana historia un monumento,

Que a pueblos y a tiranos

Dé alta lección, terrífico escarmiento!

 

A****

No existe lazo ya: todo está roto:

plúgole al cielo así: ¡bendito sea!

Amargo cáliz con placer agoto:

mi alma reposa al fin: nada desea.

 

Te amé, no te amo ya; piénsolo al menos.

¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!

Que tantos años de amarguras llenos

trague el olvido; el corazón respire.

 

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo

una vez y otra vez pisaste insano…

mas nunca el labio exhalará un murmullo

para acusar tu proceder tirano.

 

De graves faltas vengador terrible,

dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?

No era tuyo el poder que irresistible

postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

 

¡Quísolo Dios y fue: gloria a su nombre!

Todo se terminó: recobro aliento.

¡Ángel de las venganzas! ya eres hombre…

ni amor ni miedo al contemplarte siento.

 

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…

Mas ¡ay! ¡Cuán triste libertad respiro!

Hice un mundo de ti, que hoy se anonada,

y en honda y vasta soledad me miro.

 

¡Vive dichoso tú! Si en algún día

ves este adiós que te dirijo eterno,

sabe que aún tienes en el alma mía

generoso perdón, cariño tierno.

 

A la Luna

¡Sol del que triste vela!

¡Astro de lumbre fría,

cuyos trémulos rayos, de la noche

para mostrar las sombras sólo brillan!

 

¡Oh, cuánto te semejas

de la pasada dicha

al pálido recuerdo, que del alma

sólo hace ver la soledad sombría!

 

Reflejo de una llama

ya oculta o extinguida,

llena la mente, pero no la enciende;

vive en el alma, pero no la anima.

 

Descubre, cual tú, sombras

que esmalta y acaricia;

Y como a ti, tan sólo la contempla

el dolor mudo en férvida vigilia.

 

A la muerte de don José María de Heredia

Le poète est semblable aux oiseaux de passage,

Qui ne batissent point leur nid sur le rivage.

-Lamartine

Voz pavorosa en funeral lamento,

desde los mares de mi patria vuela

a las playas de Iberia; tristemente

en son confuso la dilata el viento;

el dulce canto en mi garganta hiela,

y sombras de dolor viste a mi mente.

¡Ay!, que esa voz doliente,

con que su pena América denota

y en estas playas lanza el océano,

«Murió -pronuncia- el férvido patriota…»

«Murió -repite- el trovador cubano»;

y un eco triste en lontananza gime,

«¡murió el cantor del Niágara sublime!»

 

¿Y es verdad? ¿Y es verdad?… ¿La muerte impía

apagar pudo con su soplo helado

el generoso corazón del vate,

do tanto fuego de entusiasmo ardía?

¿No ya en amor se enciende, ni agitado

de la santa virtud al nombre late?…

Bien cual cede al embate

del aquilón el roble erguido,

así en la fuerza de su edad lozana

fue por el fallo del destino herido…

Astro eclipsado en su primer mañana,

sepúltanle las sombras de la muerte,

y en luto Cuba su placer convierte.

 

¡Patria! ¡Numen feliz! ¡Nombre divino!

¡Ídolo puro de las nobles almas!

¡Objeto dulce de su eterno anhelo!

Ya enmudeció tu cisne peregrino…

¿Quién cantará tus brisas y tus palmas,

tu sol de fuego, tu brillante cielo?…

Ostenta, sí, tu duelo;

que en ti rodó su venturosa cuna,

por ti clamaba en el destierro impío,

y hoy condena la pérfida fortuna

a suelo extraño su cadáver frío,

do tus arroyos, ¡ay!, con su murmullo

no darán a su sueño blando arrullo.

 

¡Silencio!, de sus hados la fiereza

no recordemos en la tumba helada

que lo defiende de la injusta suerte.

Ya reclinó su lánguida cabeza

-de genio y desventuras abrumada-

en el inmóvil seno de la muerte.

¿Qué importa al polvo inerte,

que torna a su elemento primitivo,

ser en este lugar o en otro hollado?

¿Yace con él el pensamiento altivo?…

Que el vulgo de los hombres, asombrado

tiemble al alzar la eternidad su velo;

mas la patria del genio está en el cielo.

 

Allí jamás las tempestades braman,

ni roba al sol su luz la noche oscura,

ni se conoce de la tierra el lloro…

Allí el amor y la virtud proclaman

espíritus vestidos de luz pura,

que cantan el hosanna en arpas de oro.

Allí el raudal sonoro

sin cesar corre de aguas misteriosas,

para apagar la sed que enciende al alma

-sed que en sus fuentes pobres, cenagosas,

nunca este mundo satisface o calma-.

Allí jamás la gloria se mancilla,

y eterno el sol de la justicia brilla.

 

¿Y qué, al dejar la vida, deja el hombre?

El amor inconstante; la esperanza,

engañosa visión que lo extravía;

tal vez los vanos ecos de un renombre

que con desvelos y dolor alcanza;

el mentido poder; la amistad fría;

y el venidero día

-cual el que expira breve y pasajero-

al abismo corriendo del olvido…

Y el placer, cual relámpago ligero,

de tempestades y pavor seguido…

Y mil proyectos que medita a solas,

fundados, ¡ay!, sobre agitadas olas.

 

De verte ufano, en el umbral del mundo

el ángel de la hermosa poesía

te alzó en sus brazos y encendió tu mente,

y ora lanzas, Heredia, el barro inmundo

que tu sublime espíritu oprimía,

y en alas vuelas de tu genio ardiente.

No más, no más lamente

destino tal nuestra ternura ciega,

ni la importuna queja al cielo suba…

¡Murió!… A la tierra su despojo entrega,

su espíritu al Señor, su gloria a Cuba;

¡que el genio, como el sol, llega a su ocaso,

dejando un rastro fúlgido su paso!

 

A la poesía

¡Oh, tú, del alto cielo

precioso don, al hombre concedido!

¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,

de mis placeres manantial querido!

¡Alma del orbe, ardiente Poesía,

dicta el acento de la lira mía!

 

Díctalo, sí, que enciende

tu amor mi seno, y sin cesar ansío

la poderosa voz, que espacios hiende,

para aclamar tu excelso poderío,

y en la naturaleza augusta y bella

buscar, seguir y señalar tu huella.

 

¡Mil veces desgraciado

quien -al fulgor de tu hermosura ciego-

en su alma inerte y corazón helado

no abriga un rayo de tu dulce fuego;

que es el mundo, sin ti, templo vacío,

cielo sin claridad, cadáver frío!

 

Mas yo doquier te miro;

doquier el alma, estremecida, siente

tu influjo inspirador; el grave giro

de la pálida Luna, el refulgente

trono del Sol, la tarde, la alborada…

todo me habla de ti con voz callada.

 

En cuanto ama y admira,

te halla mi mente. Si huracán violento

zumba, y levanta el mar, bramando de ira;

si con rumor responde soñoliento

plácido arroyo al aura que suspira…

tú alargas para mí cada sonido

y me explicas su místico sentido.

 

Al férvido verano,

a la apacible y dulce primavera,

al grave otoño y al invierno cano

me embellece tu mano lisonjera;

¡que alcanzan, si los pintan tus colores,

calor el hielo, eternidad las flores!

 

¿Qué a tu dominio inmenso

no sujetó el Señor? En cuanto existe

hallar tu ley y tus misterios pienso:

el Universo tu ropaje viste,

y en su conjunto armónico demuestra

que tú guiaste la hacedora diestra.

 

¡Hablas! ¡Todo renace!

Tu creadora voz los yermos puebla;

espacios no hay que tu poder no enlace;

y rasgando del tiempo la tiniebla,

de lo pasado al descubrir ruinas,

con tu mágica luz las iluminas.

 

Por tu acento apremiados,

levántanse del fondo del olvido,

ante tu tribunal, siglos pasados;

y el fallo que pronuncias -trasmitido

por una y otra edad en rasgos de oro-

eterniza su gloria o su desdoro.

 

Tu genio, independiente

rompe las sombras del error grosero;

la verdad preconiza; de su frente

vela con flores el rigor severo,

dándole al pueblo, en bellas creaciones,

de saber y virtud santas lecciones.

 

Tu espíritu sublime

ennoblece la lid; tu épica trompa

brillo eternal en el laurel imprime;

al triunfo presta inusitada pompa;

y los ilustres hechos que proclama

fatiga son del eco de la fama.

 

Mas, si entre gayas flores,

a la beldad consagras tus acentos;

si retratas los tímidos amores;

si enalteces sus rápidos contentos;

a despecho del tiempo, en tus anales,

beldad, placer y amor son inmortales.

 

Así en el mundo suenan

del amante Petrarca los gemidos;

los siglos con sus cantos se enajenan;

y unos tras otros -de su amor movidos-

van de Valclusa a demandar al aura

el dulce nombre de la dulce Laura.

 

¡Oh! No orgullosa aspiro

a conquistar el lauro refulgente,

que humilde acato y entusiasta admiro,

de tan gran vate en la inspirada frente;

ni ambicionan mis labios juveniles

el clarín sacro del cantor de Aquiles.

 

No tan ilustres huellas

seguir es dado a mi insegura planta…

Mas, abrasada al fuego que destellas,

¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa

mi pobre ofrenda estremecida elevo,

y una sonrisa a demandar me atrevo.

 

Cuando las frescas galas

de mi lozana juventud se lleve

el veloz tiempo en sus potentes alas,

y huyan mis dichas como el humo leve,

serás aún mi sueño lisonjero,

y veré hermoso tu favor primero.

 

Dame que puedas entonces,

¡Virgen de paz, sublime Poesía!,

no transmitir en mármoles ni en bronces

con rasgos tuyos la memoria mía;

sólo arrullar, cantando, mis pesares,

a la sombra feliz de tus altares.

 

A las estrellas

Reina el silencio: fúlgidas en tanto

Luces de paz, purísimas estrellas,

De la noche feliz lámparas bellas,

Bordáis con oro su luctuoso manto.

 

Duerme el placer, mas vela mi quebranto,

Y rompen el silencio mis querellas,

Volviendo el eco, unísono con ellas,

De aves nocturnas el siniestro canto.

 

¡Estrellas, cuya luz modesta y pura

Del mar duplica el azulado espejo!

Si a compasión os mueve la amargura

 

Del intenso penar por que me quejo,

¿Cómo para aclarar mi noche oscura

No tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?

 

A un amigo

Encargado por la dirección de un periódico

de la crítica de una comedia sátira

¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia

Porque te ordenan -con rigor y prisa

Juicio crítico hacer de una comedia?

¡Por Dios, que al ver a tu ánima indecisa

En trance tal (perdona si te enfado),

Cualquiera puede reventar de risa.

¿Imaginas tal vez, pecho cuitado,

Que para censurar una obra de arte

Has menester de un gusto delicado?

¿Qué talento tampoco ha de faltarte,

Ni juicio, ni instrucción, ni orden que guíe

A ver y a examinar parte por parte?

Juro, si piensas tal, que me desvíe

para siempre de ti, como de un zote,

Por más que tierna tu amistad porfíe.

¿Hay, por ventura, estulto monigote,

Ignorante rapaz, coplero oscuro,

Que por cosa tan nimia se alborote?

¿Hay quien no sepa dar un golpe duro

Aún a la misma virginal Talía,

Con fuerte brazo y corazón seguro?

Si no lo emprendes tú, por vida mía

Que no sin cascabel quedará el gato,

Y su pena tendrá tu cobardía;

Pues no has de ver expuesto tu retrato

En baratillos mil, ni en gacetillas

Te han de llamar ilustre literato.

Para crear de ingenio maravillas,

Desvélense Gallegos y Quintanas,

Y Hartzenhusches, y Vegas, y Zorrillas.

Tú -sin recurso de las nueve hermanas-

Si esa tu indigna timidez sacudes,

Nombre a la par de sus ingenios ganas.

Y trabaje Bretón, que -sin que sudes

Para agradar, con su feliz constancia-

Que te has de ver más popular no dudes.

¡Eh! ¡Dispón el papel! Poco en sustancia

Te conviene decir: moja la pluma,

Y comienza a escribir con arrogancia.

«Juicio crítico.» ¡Bien! ¡Como la espuma

Tu gloria va a crecer! -Mas ¿qué diremos?

-Para empezar y terminar, en suma,

Basta elegir entre los dos extremos

Y exclamar: -«La comedia es un dislate.»

O -«¡hay en ella doquier rasgos supremos!»

Lo primero es mejor: loar a un vate

Que adquiere gloria o acumula plata,

Es, yo lo afirmo, insigne disparate.

Otra cosa ha de ser cuando se trata

De inofensivo autor o gente nuestra

¿Quién a los suyos con rigor maltrata?

Mas para caso tal, nula es tu diestra,

La juzga bien el que escribió la obra,

Y sus mismos elogios das por muestra.

Mas miro que renace tu zozobra:

¿Qué mosca te picó? Dilo y escribe,

Que para meditar tiempo te sobra.

-Quiero saber si el juicio se suscribe.

-¿El juicio suscribir?… Loco te creo:

¿Quién duda igual sin delirar concibe?

Muy ignorante estás, por lo que veo,

De la crítica que hay en nuestra España,

O es que naciste para ser pigmeo.

No se firma jamás cuando con saña

Se le zurra a un autor, que capaz fuera

De contestar con fabuleja extraña

¿Zapatero?… -¡Cabal! Mas la parlera

Fama, divulga el recatado nombre,

Por la voz de una turba vocinglera.

Esa turba es de amigos; no te asombre;

Ellos dirán: -«La crítica es sublime:

La hizo Fulano.» Y cátate grande hombre.

¿Qué te habrá de importar que desestime

Tu censura el autor, que docta gente

Exclame con dolor -y esto se imprime?

Tú no por eso abatirás la frente,

Y el vulgo, que verá tu aire triunfante,

Acatará tu fallo reverente.

-Mas lo habré de fundar. -¡Calla, ignorante!

¿A qué viene pensar en fundamento,

Si tu edificio debe ser flotante?

¡Es mala comedia! Aquí está el cuento.

Es mala, y basta… porque yo lo digo;

¡Estilo pobre… pésimo argumento!

-Mas como del aplauso fui testigo,

¿He de afirmar que el público se engaña?

¿Del voto general me haré enemigo?

-No; pero puedes deslizar con maña

Que llenaba el local una pandilla

De amigos del autor; o que en España

El mostrarse cortés no es maravilla,

Y que a esta condición -tan oportuna-

Alto triunfo debió mísera obrilla.

Puedes decir también que allá en su cuna

Tuvo el autor benéfica influencia

De alguna estrella o de la misma luna;

Mas que, en medio de todo, es por esencia

Un zopenco, un estúpido, un ilota,

Que sólo alcanza de agradar la ciencia.

-¡No es poco, por mi vida! Pero nota

Que sólo comenzado el juicio tengo.

-Pues no habrás de añadir ni aun una jota.

Bueno está como está; yo lo sostengo;

No hay para qué meternos en hondura:

Lo esencial dicho está, y a ello me atengo.

Eso de analizar empresa es dura,

Y nadie tan sin miedo criticara

Si exigiese razones la censura.

Si saber demandase, cosa es clara

Que tanto parlanchín folletinista

Temblar al comenzar, de pies a cara.

Mas por milagro un diario se conquista

La pluma de algún crítico discreto,

Y siempre encuentra a la ignorancia lista.

Ella le saca del perenne aprieto,

Y, ora mime al autor ora le zurre,

Nunca el arte infeliz halla respeto.

Si sesudo lector rabia o se aburre

Del necio elogio o torpe vituperio,

Otro, por diversión, a ellos recurre.

Y ni estólidos faltan, que al criterio

Del intruso censor la frente inclinen,

Por ejercer de su eco el ministerio.

Corre, pues, ¡vive Dios!, no te acoquinen

Los descontentos que doquier pululan;

Mas los necios serán que te apadrinen.

Adula o pega a tu placer: circulan,

Buenos o malos, los escritos todos

Que en las activas prensas se acumulan.

Nuestra patria feliz por varios modos

Protege a los audaces, y aún levanta

A muchos, ¡ay!, que estaban entre lodos.

Así nuestra cultura se adelanta,

Y a fe que los quejosos escritores

Se divierten también en gresca tanta;

Pues ya entusiasmo encuentren, ya rigores,

Del oso bailarín hacen recuerdo,

Y al escuchar dicterios o loores

Saben si es mono el que los dice, o cerdo.

 

A un cocuyo

Dime, luz misteriosa,

Que ante mis ojos vagas,

Y mi interés despiertas,

Y mi vigilia encantas,

 

¿Eres quizás del cielo

Lumbrera destronada,

Que por la tierra mísera

Peregrinando pasas?

 

¿Eres un genio o silfo

De nuestra virgen patria,

Que de su joven vida

Contienes la ígnea savia?

 

¿Eres de un ser querido

Quizás errante ánima,

Que a demandarme vienes

Recuerdos y plegarias;

 

O bien fulgente chispa

De las brillantes alas

Con que sostiene al triste

La célica esperanza?

 

No sé; mas cuando luces

Hermosa a mis miradas,

De tropicales noches

En la solemne calma,

 

-Ya exhalación perdida

Cruces la esfera diáfana,

Ya cual la brisa juegues

Meciéndote en las cañas;

 

Ya cual diamante puro

Te engastes en las palmas,

Cuyo susurro imitas,

Cuyo verdor esmaltas;-

 

Paréceme que siento

Revelación extraña

De místicos amores

Entre tu brillo y mi alma.

 

Paréceme que existen

Secretas concordancias

Entre el afán que oculto

Y entre el fulgor que exhalas.

 

¡Oh, pues, lucero o silfo,

Ánima o genio, lanza

Más vívidos destellos

Mientras mi voz te canta!

 

Los sones de mi ¡ira,

Las chispas de tu llama,

Confúndanse y circulen

Por montes y sabanas,

 

Y suban hasta el cielo

Del campo en la fragancia,

Allá do las estrellas

Simpáticas los llaman

 

¡Allá do el trono asienta

El que comprende y tasa

De toda luz la esencia,

De todo afán la causa!

 

A una joven madre en la pérdida de su hijo

¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?

— ¡Ay! he perdido el ángel que era mi encanto…

Ni aun leves huellas

Dejaron en el mundo sus plantas bellas.

 

— Te engañas, joven madre; templa tu duelo.

Que ese ángel —aunque libre remonta el vuelo-

Te sigue amante

Do quiera que dirijas tu paso errante.

 

¿No admiras, cuando baña la tibia esfera

Del alba sonrosada la luz primera,

Con qué armonía

Cielo y tierra saludan al nuevo día?

 

Pues sabe, joven madre, que cada aurora

Por las manos de un ángel su faz colora,

y aquel concento

Se lo enseña a natura su dulce acento.

 

Cuando del sol el rayo postrero espira,

¿No escuchas un suspiro que en torno gira?

Y un soplo leve

¿No acaricia tu rostro, tus rizos mueve?…

 

A Washington

No en lo pasado a tu virtud modelo,

ni copia al porvenir dará la historia,

ni otra igual en grandeza a tu memoria

difundirán los siglos en su vuelo.

 

Miró la Europa ensangrentar su suelo

al genio de la guerra y la victoria…

pero le cupo a América la gloria

de que al genio del bien le diera el cielo.

 

Que audaz conquistador goce en su ciencia,

mientras al mundo en páramo convierte,

y se envanezca cuando a siervos mande;

 

¡mas los pueblos sabrán en su conciencia

que el que los rige libres sólo es fuerte,

que el que los hace grandes sólo es grande!

 

Al árbol de Guernica

Tus cuerdas de oro en vibración sonora

vuelve a agitar, ¡oh lira!,

que en este ambiente, que aromado gira,

su inercia sacudiendo abrumadora

la mente creadora,

de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.

 

¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,

padrón es de alta gloria…

de un pueblo ilustre interesante historia…,

de augusta libertad sencillo templo,

que -al mundo dando ejemplo-

del patrio amor consagra la memoria.

 

Piérdese en noche de los tiempos densa

su origen venerable;

mas ¿qué siglo evocar que no nos hable

de hechos ligados a su vida inmensa,

que en sí sola condensa

la de una raza antigua e indomable?…

 

Se transforman doquier las sociedades;

pasan generaciones;

caducan leyes; húndense naciones…

y el árbol de las vascas libertades

a futuras edades

trasmite fiel sus santas tradiciones.

 

Siempre inmutables son, bajo este cielo,

costumbres, ley, idioma…

¡Las invencibles águilas de Roma

aquí abatieron su atrevido vuelo,

y aquí luctuoso velo

cubrió la media luna de Mahoma!

 

Nunca abrigaron mercenarias greyes

las ramas seculares,

que a Vizcaya cobijan tutelares;

y a cuya sombra poderosos reyes

democráticas leyes

juraban ante jueces populares.

 

¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra

respetuoso mi acento,

y en ti se fija ufano el pensamiento,

me parece crecer bajo tu sombra,

y en tu florida alfombra

con lícita altivez la planta asiento.

 

¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra

en esta tierra noble

que tú proteges, perdurable roble,

que el sol sereno de Vizcaya alumbra,

y do el Cosnoaga inmoble

llega a tus pies en colosal penumbra!

 

¿En dónde hallar un corazón tan frío,

que a tu aspecto no lata,

sintiendo que se enciende y se dilata?

¿Quién de tu nombre ignora el poderío,

o en su desdén impío,

tu vejez santa con amor no acata?

 

Allá desde el retiro silencioso

donde del hombre huía

-al par que sus derechos defendía-,

del de Ginebra pensador fogoso,

con vuelo poderoso,

llegaba a ti la inquieta fantasía;

 

y arrebatado en entusiasmo ardiente

-pues nunca helarlo pudo

de injusta suerte el ímpetu sañudo-,

postró a tu austera majestad la frente

y en página elocuente

supo dejarte un inmortal saludo.

 

La Convención Francesa, de su seno

ve a un tribuno afamado,

levantarse de súbito, inspirado,

a bendecirte, de emociones lleno…

Y del aplauso al trueno

retiembla al punto el artesón dorado.

 

Lo antigua que es la libertad proclamas…

-¡Tú eres su monumento!-

Por eso cuando agita raudo viento

la secular belleza de tus ramas,

pienso que en mí derramas

de aquel genio divino el ígneo aliento.

 

Cual signo suyo mi alma te venera,

y cuando aquí me humillo

de tu vejez ante el eterno brillo,

recuerdo, roble augusto, que doquiera

que el numen sacro impera,

un árbol es su símbolo sencillo.

 

Mas, ¡ah, silencio!… El sol desaparece

tras la cumbre vecina,

que va envolviendo pálida neblina…

se enluta el cielo…, el aire se adormece…

tu sombra crece y crece…

¡Y sola aquí tu majestad domina!

 

Al destino

Escrito estaba, sí: se rompe en vano

Una vez y otra la fatal cadena,

Y mi vigor por recobrar me afano.

Escrito estaba: el cielo me condena

A tornar siempre al cautiverio rudo,

Y yo obediente acudo,

Restaurando eslabones

Que cada vez más rígidos me oprimen;

Pues del yugo fatal no me redimen

De mi altivez postreras convulsiones.

 

¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,

De tu víctima dócil! Yo me entrego

Cual hoja seca al raudo torbellino

Que la arrebata ciego.

¡Tuya soy! ¡Heme aquí! ¡Todo lo puedes!

Tu capricho es mi ley: sacia tu saña…

Pero sabe, ¡oh cruel!, que no me engaña

La sonrisa falaz que hoy me concedes.

 

Al Excmo. Sr. don Pedro Sabater

La pintura que hacéis prueba evidente

Es del hábil pincel que la ha trazado:

En ella advierto creadora mente

Y de entusiasta amor fuego sagrado.

 

Toques valientes, vivo colorido,

Dignidad de expresión, conjunto grato

Todo es bello, ¡oh amigo! El parecido

Sólo le falta a tan feliz retrato.

 

En vuestro genio, sí, no en el modelo,

Esos rasgos halláis tan ideales,

Que sólo al pensamiento otorga el cielo

Engendrar en su luz bellezas tales.

 

Si como me pintáis, así os parece

Verme, creed que a confusión me muevo;

Pues tanto vuestra mente me engrandece,

Que ni a mirarme como soy me atrevo.

 

Regio ropaje a su placer me viste

Vuestra exaltada y rica fantasía,

Y entre tanto fulgor no sé si existe

Algo real de la sustancia mía.

 

¡Desdichada de mí si el tiempo alado

Se lleva en pos el fúlgido atavío,

Y halláis un día, atónito, turbado,

El esqueleto descarnado y frío!…

 

En esta tierra de miseria y lloro

Dispensad compasión, cariño tierno;

Mas no gastéis tan pródigo el tesoro

De admiración y amor que os dio el Eterno.

 

Lo que se cambia y envejece y pasa,

Lo que se estrecha en límites mezquinos,

No es nada para el alma -que se abrasa

Anhelando de amor goces divinos.-

 

¿Ventura reclamáis de mí, que en vano

Tras de su sombra consumí mi brío?…

¡A mí, del polvo mísero gusano,

Que de mi propia mezquindad me río!

 

Queréis volar, y os arrastráis despacio,

Y en pobre cieno vuestro afán se abisma

¡Salid, salid del tiempo y del espacio

Y traspasad vuestra esperanza misma!

 

Yo, como vos, para admirar nacida;

Yo, como vos, para el amor creada;

Por admirar y amar diera mi vida…

Para admirar y amar no encuentro nada.

 

Siempre el límite hallé: siempre, doquiera,

La imperfección en cuanto toco y veo

No juzgo al universo una quimera,

porque en él busco a Dios, porque en Dios creo.

 

Tú eres, ¡Señor!, belleza y poesía;

Tú solo, amor, verdad, ventura y gloria;

Todo es, mirado en Ti, luz y armonía;

Todo es, fuera de Ti, sombra y escoria.

 

¡Oh, desdichado quien -de juicio escaso-

Hallar la dicha en lo finito intente

Quien en turbio licor y estrecho vaso

Quiera apagar la sed que interna siente!

 

No así jamás os profanéis, ¡oh amigo!

No en esas aras de vuestra alma bella

ídolo vano alcéis, que yo os predigo

Que con desdén y horror lo hundirá ella.

 

Queredme bien, compadecedme y hasta:

No apreciéis cual diamante humilde arcilla:

Dadle el tesoro que jamás se gasta

A Aquel que siempre permanece y brilla.

 

Yo no puedo sembrar de eternas flores

La senda que corréis de frágil vida;

Pero si en ella recogéis dolores,

Un alma encontraréis que los divida.

 

Yo pasaré con vos por entre abrojos;

El uno al otro apoyo nos daremos;

Y ambos, alzando al cielo nuestros ojos,

Allá la dicha y el amor busquemos.

 

¿Qué más podéis pedir? ¿Qué más pudiera

Ofrecer con verdad mi pobre pecho?

Ternura os doy con efusión sincera

¡De mi ídolo el altar ya está deshecho!

 

No igual suerte me deis, ¡oh, vos, que en esta

Tierra de maldición sois mi consuelo!

¡No me queráis alzar ara funesta!

¡No me pidáis en el destierro el cielo!

 

Vedme cual soy en mí, no en vuestra mente,

Bien que el retrato destrocéis con ira;

Que, aunque cual creación brille eminente,

Vale más la verdad que la mentira.

 

Al nombre de Jesús

Es grata al caminante en noche fría

La alegre llama del hogar caliente:

Grata al que corre bajo sol ardiente

La fresca sombra de arboleda umbría:

 

Grato, como dulcísima armonía,

Para el sediento el ruido de la fuente,

Y grato respirar en libre ambiente

Para quien sale de mazmorra impía.

 

Es grata, en fin, la lluvia al campesino;

Grata al guerrero belicosa fama;

Y grato el natal suelo al peregrino:

 

Pero más que aire, sombra, fuente, llama,

Lluvia, patria, laurel, ¡Jesús divino!

Tu nombre es grato al corazón que te ama.

 

Al partir

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!

¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo

la noche cubre con su opaco velo,

como cubre el dolor mi triste frente.

 

¡Voy a partir!… La chusma diligente,

para arrancarme del nativo suelo

las velas iza, y pronta a su desvelo

la brisa acude de tu zona ardiente.

 

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

¡Doquier que el hado en su furor me impela,

tu dulce nombre halagará mi oído!

 

¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…

el ancla se alza… el buque, estremecido,

las olas corta y silencioso vuela.

 

Al pendón castellano

¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla,

Que hoy en los muros de Tetuán tremolas,

Y haces llegar a la cubana Antilla

Reflejos de las glorias españolas!

La media luna -que ante ti se humilla,-

Recuerda ya que entre revueltas olas,

De la raza de Agar con hondo espanto,

Se hundió al lucir el astro de Lepanto.

 

Y esa morisma -de la Europa afrenta-

Que el rugido olvidó de tus leones,

Hoy al golpe cruel -que la escarmienta,-

Forjando en su pavor fieras visiones,

De siete siglos a la luz sangrienta

Juzga que mira alzarse entre blasones,

-Sus turbantes teniendo por alfombras,-

Del Cid, de Alfonso y de Guzmán las sombras.

 

¡Oh! ¡sí! contigo van, por ti pelean

Esos nombres augustos; de su gloria

Los rayos en tus pliegues centellean,

Como fulguran en la hispana historia.

¡Que así triunfantes para siempre sean

Símbolos del honor y la victoria,

La civilización mirando ufana,

Que hoy te hospeda Tetuán, Tánger mañana!

 

Al sol en un día de diciembre

Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama

con tu almo fuego mi cansado pecho!

sin luz, sin brío, comprimido, estrecho,

un rayo anhela de tu ardiente llama.

 

A tu influjo feliz brote la grama;

el hielo caiga a tu fulgor deshecho:

¡Sal, del invierno rígido a despecho,

rey de la esfera, sol: mi voz te llama!

 

De los dichosos campos do mi cuna

recibió de tus rayos el tesoro,

me aleja para siempre la fortuna:

 

bajo otro cielo, en otra tierra lloro,

donde la niebla abrúmame importuna…

¡Sal rompiéndola, sol, que yo te imploro!

 

Amor y orgullo

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;

y nobles vates, de mentidas diosas

prodigábanme nombres;

mas yo, altanera, con orgullo vano,

cual águila real a vil gusano,

contemplaba a los hombres.

 

Mi pensamiento -en temerario vuelo-

ardiente osaba demandar al cielo

objeto a mis amores,

y si a la tierra con desdén volvía

triste mirada, mi soberbia impía

marchitaba sus flores.

 

Tal vez por un momento caprichosa

entre ellas revolé, cual mariposa,

sin fijarme en ninguna;

pues de místico bien siempre anhelante,

clamaba en vano, como tierno infante

quiere abrazar la luna.

 

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre

do osé mirar del sol la ardiente lumbre

que fascinó mis ojos,

cual hoja seca al raudo torbellino,

cedo al poder del áspero destino…

¡Me entrego a sus antojos!

 

Cobarde corazón, que el nudo estrecho

gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho

tu presunción altiva?

¿Qué mágico poder, en tal bajeza

trocando ya tu indómita fiereza,

de libertad te priva?

 

¡Mísero esclavo de tirano dueño,

tu gloria fue cual mentiroso sueño,

que con las sombras huye!

Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas

de necia vanidad, débiles plantas

que el aquilón destruye?

 

En hora infausta a mi feliz reposo,

¿no dijiste, soberbio y orgulloso:

-¿Quién domará mi brío?

¡Con mi solo poder haré, si quiero,

mudar de rumbo al céfiro ligero

y arder al mármol frío!

 

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!

Te gritó la razón… Mas ¡cuán en vano

te advirtió tu locura!…

¡Tú mismo te forjaste la cadena,

que a servidumbre eterna te condena,

y a duelo y amargura!

 

Los lazos caprichosos que otros días

-por pasatiempo- a tu placer tejías,

fueron de seda y oro;

los que ahora rinden tu valor primero,

son eslabones de pesado acero,

templados con tu lloro.

 

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado

de inmenso orgullo y presunción hinchado,

de víboras nutrido?

Tú -que anhelabas tan sublime objeto-

¿cómo al capricho de un mortal sujeto

te arrastras abatido?

 

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,

que por flores tomé duros abrojos,

y por oro la arcilla?…

¡Del torpe engaño mis rivales ríen,

y mis amantes, ay, tal vez se engríen

del yugo que me humilla!

 

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?

¿Y de tu servidumbre haciendo alarde

quieres ver en mi frente

el sello del amor que te devora?…

¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora

de mi baldón la gente.

 

¡Salga del pecho -requemando el labio-

el caro nombre de mi orgullo agravio,

de mi dolor sustento!…

¿Escrito no le ves en las estrellas

y en la luna apacible que con ellas

alumbra el firmamento?

 

¿No le oyes, de las auras al murmullo?

¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-

la tórtola amorosa?

¿No resuena en los árboles, que el viento

halaga con pausado movimiento

en esa selva hojosa?

De aquella fuente entre las claras linfas,

¿no le articulan invisibles ninfas

con eco lisonjero?…

¿Por qué callar el nombre que te inflama,

si aún el silencio tiene voz, que aclama

ese nombre que quiero?…

 

Nombre que un alma lleva por despojo;

nombre que excita con placer enojo,

y con ira ternura;

nombre más dulce que el primer cariño

de joven madre al inocente niño,

copia de su hermosura;

 

y más amargo que el adiós postrero

que al suelo damos, donde el sol primero

alumbró nuestra vida,

nombre que halaga y halagando mata;

nombre que hiere -como sierpe ingrata-

al pecho que le anida.

 

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!

¡Guarda tu mengua con silencio sabio!

¡Guarda, guarda tu mengua!

¡Callad también vosotras, auras, fuente,

trémulas hojas, tórtola doliente,

como calla mi lengua!

 

Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria…

Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria

Con que llenó tus ámbitos el hombre;

Bástete ver en inmortal historia

Unido al tuyo su preclaro nombre.

Bástete la memoria

De aquellos grandes días

En que a su voz la Europa estremecías,

Y deja al mundo ese sepulcro austero

Donde el hado severo

Guarda al gigante de ambición y orgullo,

Entre esas peñas áridas y solas;

Mientras el mar -con turbulento arrullo-

Quiebra a sus pies las espumantes olas.

 

¡Déjale allí! Sin comitiva, aislado

Duerma en su roca solitaria y fría

El rey sin dinastía…

No en panteón estrecho sepultado,

De París oiga el bacanal rüido,

Entre vulgares reyes confundido.

 

¡Déjale, que supuesto es Santa Elena!

Los nombres poderosos

De Wagram, de Austerliz, Marengo y Jena

No volverán los ecos silenciosos,

La paz turbando de la tosca tumba,

A que no presta con sus alas sombra

El águila imperial, ni el hueco bronce

Por saludarla omnímodo retumba

Pero allí el mundo mírala, y se asombra

Del misterio que muda le revela;

Pues el fantasma inmenso,

Que entre cielo y abismo allí suspenso

Cumple quizás designios soberanos,

Es de la humana historia un monumento,

Que a pueblos y a tiranos

Dé alta lección, terrífico escarmiento!

 

Cánticos de tus vírgenes sagradas…

Cánticos de tus vírgenes sagradas,

Que de tu amor proclaman las dulzuras,

Son esas voces que de unción colmadas,

Llegan al corazón graves y puras.

 

Tu soberana mano ¡Ser eterno!

Me ha conducido a tan amable asilo:

Yo reconozco tu favor paterno

Y empieza el pecho a respirar tranquilo.

 

Permite, pues, que al religioso coro

Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:

Cubierta de ciprés mi lira de oro,

Para alabarte aún hallará armonía.

 

De tu justicia el formidable azote

En mí se ensangrentó por tiempo largo;

Mas si lo quieres tú, que el labio agote

Del cáliz de la vida el dejo amargo.

 

Prolongue a su placer mi senda triste

Tu providencia inescrutable y alta;

Que si la fe de tu bondad me asiste,

Vigor para sufrir nunca me falta

 

Rompes mis lazos cual estambres leves;

Cuanto encumbra mi amor tu mano aterra;

Tú haces, Señor, exhalaciones breves

Las esperanzas que fundé en la tierra.

 

Así, lo sé, tu voluntad me intima

Que sólo busque en Ti sostén y asiento;

Que cuanto el hombre en su locura estima

Es humo y polvo que dispersa el viento.

 

Mas no condenes, ¡ah! que acerbo llanto

Riegue ese polvo que me fue querido

Bendiciendo mi voz tu fallo santo,

Deja gemir al corazón herido.

 

El alma que a tu seno encumbró el vuelo,

Obedeciendo a tu querer, Dios mío,

Por toda herencia me dejó en el suelo

Ese sepulcro silencioso y frío.

 

Y ni ese triste bien permite el hado

Pueda yo siempre custodiar amante

Bajo extranjero cielo abandonado

Lo he de dejar, para gemir distante.

 

¡Oh esposas de Jesús! Cuando aquel llegue

Forzoso instante de la ausencia impía,

Permitid ¡ay! que ese sepulcro os legue,

Y en él al corazón que os lo confía.

 

Ya lo purificó la desventura,

Y vuestro puro afecto lo embalsama:

No olvidéis, pues, que en esa sepultura

Velando queda un corazón que os ama.

 

Y tú, ¡Señor! que entre tus hijas santas

Hoy me toleras con piedad benigna,

Acepta con sus himnos a tus plantas

Las bendiciones de tu sierva indigna.

 

Cantos de regocijo y de victoria…

Cantos de regocijo y de victoria

Nuestras voces alzaron aquel día

Que regia mortal mano te ceñía

Mezquino lauro de terrestre gloria:

 

Y hoy que a la voz de tu Hacedor acudes,

A recibir la fúlgida diadema

Que la inmutable Majestad Suprema

Guarda en la eterna patria a las virtudes

 

Hoy nuestra flaca condición humana

Su aliento en vano a remontar aspira

¡No le es dado arrancar, noble Quintana,

Ni un tierno adiós de la enlutada ¡ira!

 

Que aunque la Fe con resplandor divino

La densa noche del sepulcro alumbre,

Y la Esperanza hasta la excelsa cumbre

Vuele, mostrando tu triunfal camino;

 

Aquí -al mirar tus fúnebres despojos

A la tierra volver- sólo nos queda,

Con tu corona, que la España hereda,

¡Duelo en el corazón llanto en los ojos!

 

¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia?…

Encargado por la dirección de un periódico

de la crítica de una comedia sátira

¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia

Porque te ordenan -con rigor y prisa

Juicio crítico hacer de una comedia?

¡Por Dios, que al ver a tu ánima indecisa

En trance tal (perdona si te enfado),

Cualquiera puede reventar de risa.

¿Imaginas tal vez, pecho cuitado,

Que para censurar una obra de arte

Has menester de un gusto delicado?

¿Qué talento tampoco ha de faltarte,

Ni juicio, ni instrucción, ni orden que guíe

A ver y a examinar parte por parte?

Juro, si piensas tal, que me desvíe

para siempre de ti, como de un zote,

Por más que tierna tu amistad porfíe.

¿Hay, por ventura, estulto monigote,

Ignorante rapaz, coplero oscuro,

Que por cosa tan nimia se alborote?

¿Hay quien no sepa dar un golpe duro

Aún a la misma virginal Talía,

Con fuerte brazo y corazón seguro?

Si no lo emprendes tú, por vida mía

Que no sin cascabel quedará el gato,

Y su pena tendrá tu cobardía;

Pues no has de ver expuesto tu retrato

En baratillos mil, ni en gacetillas

Te han de llamar ilustre literato.

Para crear de ingenio maravillas,

Desvélense Gallegos y Quintanas,

Y Hartzenhusches, y Vegas, y Zorrillas.

Tú -sin recurso de las nueve hermanas-

Si esa tu indigna timidez sacudes,

Nombre a la par de sus ingenios ganas.

Y trabaje Bretón, que -sin que sudes

Para agradar, con su feliz constancia-

Que te has de ver más popular no dudes.

¡Eh! ¡Dispón el papel! Poco en sustancia

Te conviene decir: moja la pluma,

Y comienza a escribir con arrogancia.

«Juicio crítico.» ¡Bien! ¡Como la espuma

Tu gloria va a crecer! -Mas ¿qué diremos?

-Para empezar y terminar, en suma,

Basta elegir entre los dos extremos

Y exclamar: -«La comedia es un dislate.»

O -«¡hay en ella doquier rasgos supremos!»

Lo primero es mejor: loar a un vate

Que adquiere gloria o acumula plata,

Es, yo lo afirmo, insigne disparate.

Otra cosa ha de ser cuando se trata

De inofensivo autor o gente nuestra

¿Quién a los suyos con rigor maltrata?

Mas para caso tal, nula es tu diestra,

La juzga bien el que escribió la obra,

Y sus mismos elogios das por muestra.

Mas miro que renace tu zozobra:

¿Qué mosca te picó? Dilo y escribe,

Que para meditar tiempo te sobra.

-Quiero saber si el juicio se suscribe.

-¿El juicio suscribir?… Loco te creo:

¿Quién duda igual sin delirar concibe?

Muy ignorante estás, por lo que veo,

De la crítica que hay en nuestra España,

O es que naciste para ser pigmeo.

No se firma jamás cuando con saña

Se le zurra a un autor, que capaz fuera

De contestar con fabuleja extraña

¿Zapatero?… -¡Cabal! Mas la parlera

Fama, divulga el recatado nombre,

Por la voz de una turba vocinglera.

Esa turba es de amigos; no te asombre;

Ellos dirán: -«La crítica es sublime:

La hizo Fulano.» Y cátate grande hombre.

¿Qué te habrá de importar que desestime

Tu censura el autor, que docta gente

Exclame con dolor -y esto se imprime?

Tú no por eso abatirás la frente,

Y el vulgo, que verá tu aire triunfante,

Acatará tu fallo reverente.

-Mas lo habré de fundar. -¡Calla, ignorante!

¿A qué viene pensar en fundamento,

Si tu edificio debe ser flotante?

¡Es mala comedia! Aquí está el cuento.

Es mala, y basta… porque yo lo digo;

¡Estilo pobre… pésimo argumento!

-Mas como del aplauso fui testigo,

¿He de afirmar que el público se engaña?

¿Del voto general me haré enemigo?

-No; pero puedes deslizar con maña

Que llenaba el local una pandilla

De amigos del autor; o que en España

El mostrarse cortés no es maravilla,

Y que a esta condición -tan oportuna-

Alto triunfo debió mísera obrilla.

Puedes decir también que allá en su cuna

Tuvo el autor benéfica influencia

De alguna estrella o de la misma luna;

Mas que, en medio de todo, es por esencia

Un zopenco, un estúpido, un ilota,

Que sólo alcanza de agradar la ciencia.

-¡No es poco, por mi vida! Pero nota

Que sólo comenzado el juicio tengo.

-Pues no habrás de añadir ni aun una jota.

Bueno está como está; yo lo sostengo;

No hay para qué meternos en hondura:

Lo esencial dicho está, y a ello me atengo.

Eso de analizar empresa es dura,

Y nadie tan sin miedo criticara

Si exigiese razones la censura.

Si saber demandase, cosa es clara

Que tanto parlanchín folletinista

Temblar al comenzar, de pies a cara.

Mas por milagro un diario se conquista

La pluma de algún crítico discreto,

Y siempre encuentra a la ignorancia lista.

Ella le saca del perenne aprieto,

Y, ora mime al autor ora le zurre,

Nunca el arte infeliz halla respeto.

Si sesudo lector rabia o se aburre

Del necio elogio o torpe vituperio,

Otro, por diversión, a ellos recurre.

Y ni estólidos faltan, que al criterio

Del intruso censor la frente inclinen,

Por ejercer de su eco el ministerio.

Corre, pues, ¡vive Dios!, no te acoquinen

Los descontentos que doquier pululan;

Mas los necios serán que te apadrinen.

Adula o pega a tu placer: circulan,

Buenos o malos, los escritos todos

Que en las activas prensas se acumulan.

Nuestra patria feliz por varios modos

Protege a los audaces, y aún levanta

A muchos, ¡ay!, que estaban entre lodos.

Así nuestra cultura se adelanta,

Y a fe que los quejosos escritores

Se divierten también en gresca tanta;

Pues ya entusiasmo encuentren, ya rigores,

Del oso bailarín hacen recuerdo,

Y al escuchar dicterios o loores

Saben si es mono el que los dice, o cerdo.

 

Con yo amé dice cualquiera…

Con yo amé dice cualquiera

Esta verdad desolante:

-Todo en el mundo es quimera,

No hay ventura verdadera

Ni sentimiento constante.

Yo amé significa: -Nada

le basta al hombre jamás:

La pasión más delicada,

La promesa más sagrada,

Son humo y viento… ¡y no más!

 

Contemplación

Tiñe ya el Sol extraños horizontes;

el aura vaga en la arboleda umbría;

y piérdese en la sombra de los montes

la tibia luz del moribundo día.

 

Reina en el campo plácido sosiego,

se alza la niebla del callado río,

y a dar al prado fecundante riego,

cae, convertida en límpido rocío.

 

Es la hora grata de feliz reposo,

fiel precursora de la noche grave…

torna al hogar el labrador gozoso,

el ganado, al redil, al nido el ave.

 

Es la hora melancólica, indecisa,

en que pueblan los sueños los espacios,

y en los aires -con soplos de la brisa-

levantan sus fantásticos palacios.

 

En Occidente el Héspero aparece,

salpican perlas su zafíreo asiento

y -en tanto que apacible resplandece-

no sé qué halago al contemplarlo siento.

 

¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!

¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?

¿Tal vez un bello espíritu, encargado

de recoger nuestros suspiros, eres?…

 

¿De los recuerdos la dulzura triste

vienes a dar al alma por consuelo,

o la esperanza con su luz te viste

para engañar nuestro incesante anhelo?

 

¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo

y a tus visiones lánguida me entrego…

Tu leda calma y tu frescor reclamo

para templar del corazón el fuego.

 

Quiero, apartada del bullicio loco,

respirar tus aromas halagüeños,

a par que en grata soledad evoco

las ilusiones de pasados sueños.

 

¡Oh! si animase el soplo omnipotente

estos que vagan húmedos vapores,

término dando a mi anhelar ferviente,

con objeto inmortal a mis amores…

 

¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,

bien ideal, objeto de mis votos,

que prometes al alma enardecida

goces divinos, para el mundo ignotos!

 

¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo

-libre de la materia que me oprime-

a ti llegar, y aletargada quedo,

y opresa el alma en sus cadenas gime?

 

¡Cómo volara hendiendo las esferas

si aquí rompiese mis estrechos nudos,

cual esas nubes cándidas, ligeras,

del éter puro en los espacios mudos!

 

Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,

viajeras del celeste firmamento?…

¡Ah! ¡lo ignoráis!…, seguís vuestro destino

y al vario impulso obedecéis del viento.

 

¿Por qué yo, en tanto, con afán insano

quiero indagar la suerte que me espera?

¿Por qué del porvenir el alto arcano

mi mente ansiosa comprender quisiera?

 

Paternal Providencia puso el velo

que nuestra mente a descorrer no alcanza,

pero que le permite alzar el vuelo

por la inmensa región de la esperanza.

 

El crepúsculo huyó; las rojas huellas

borra la Luna en su esmaltado coche,

y un silencioso ejército de estrellas

sale a guardar el trono de la noche.

 

A ti te amo también, noche sombría;

amo tu Luna tibia y misteriosa,

más que a la luz con que comienza el día,

tiñendo el cielo de amaranto y rosa.

 

Cuando en tu grave soledad respiro,

cuando en el seno de tu paz profunda

tus luminares pálidos admiro,

un religioso afecto el alma inunda:

 

¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,

revela el Sol en su fecunda llama,

de tu solemne calma la dulzura

su amor anuncia y su bondad proclama!

 

Contra mi sexo te ensañas…

Contra mi sexo te ensañas

Y de inconstante lo acusas;

Quizá porque así te excusas

De recibir cargo igual.

Mejor obrarás si emprendes

Analizar en ti mismo

Del alma humana el abismo,

Buscando el foco del mal.

 

Proclamas que las mujeres

(Cual dijo no sé quién antes),

Piensan amar sus amantes

Cuando aman sólo al amor;

Que el vago ardor del deseo

Se agita constante en ellas;

Mas pasa sin dejar huellas

Su preferencia mayor.

 

¡Ay, amigo! no te niego

Verdad que tan sólo prueba

Que son las hijas de Eva

Como los hijos de Adán.

A entrambos el daño vino

De la funesta manzana,

Y a toda la raza humana

Sus tristes efectos van.

 

¡Mísera raza!… Su mengua

Sufre, pero no la entiende;

Y aún sueña y hallar pretende

Bienes que torpe perdió.

Tras ellos ciega se lanza,

Girando en vértigo insano…

Mas nunca su empeño vano

Ni aun en sombra los gozó.

 

Amor pide, dicha busca,

Y a esperar loca se atreve

Que en vaso corrupto y breve

Apague el alma su sed;

Pero ella su afán inmenso

Siente perenne, profundo,

Y rompe lazos del mundo

Como el águila la red.

 

En balde en la extraña lucha

De su cansancio y su anhelo

Le agrada tomar el velo

Que la presenta el error,

Y en los pálidos fantasmas,

-Que agranda ilusa ella sola

Se finge ver la aureola

De la dicha y del amor.

 

¡Resbala pronto la venda!

¡Resbala y ve -con despecho-

Que vuela, en humo deshecho,

El fulgor de su ilusión!

Pues no cabe en ser que piensa

Que eterno el engaño sea

Aunque inmortal es la idea

Que seduce al corazón.

 

No es, no, flaqueza en nosotros,

Sí indicio de altos destinos,

Que aquellos bienes divinos

Nos sirvan de eterno imán,

Y que el alma no los halle,

-Por más que activa se mueva

Ni tú en las hijas de Eva,

Ni yo en los hijos de Adán.

 

Unas y otros nos quedamos

De lo ideal a distancia,

Y en todos es la inconstancia

Constante anhelo del bien.

¡De amor y dicha tenemos

Sólo un recuerdo nublado;

Pues su goce fue enterrado

Bajo el árbol del edén!

 

Jamás ¡oh amigo! ventura

Ni amor eterno hallaremos…

Pero ¿qué importa? ¡esperemos!

Porque es vivir esperar;

Y aquí -do todo nos habla

De pequeñez y mudanza

Sólo es grande la esperanza

Y perenne el desear.

 

Cuartetos escritos en un cementerio

He aquí el asilo de la eterna calma,

do solo el sauce desmayado crece…

¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,

el aura de las tumbas apetece!

 

Los que aspiráis las flores de la vida,

llenas de aroma de placer y gloria,

no piséis el lugar do convertida

veréis su pompa en miserable escoria:

 

mas venid todos los que el ceño airado

del destino mirasteis en la cuna;

los que sentís el corazón llagado

y no esperáis consolación alguna.

 

¡Venid también, espíritus ardientes,

que en ese mundo os agitáis sin tino,

y cuya inmensa sed sus turbias fuentes

calmar no pueden con raudal mezquino!

 

Los que el cansancio conocisteis, antes

que paz os diesen y quietud los años

¡Venid con nuestros sueños devorantes!

¡Venid con vuestros tristes desengaños!

 

No aquí las horas, rápidas o lentas,

cuenta el placer ni mide la esperanza:

¡quiébranse aquí las olas turbulentas

que el huracán de las pasiones lanza!

 

Aquí, si os turban sombras de la duda,

la severa verdad inmóvil vela:

aquí reina la paz eterna y muda,

si paz el alma fatigada anhela.

 

Los que aquí duermen en profundo sueño,

insomnes cual nosotros se agitaron…

Ya de la muerte en el letal beleño

sus abrasadas sienes refrescaron.

 

Amemos, pues, nuestra mansión futura,

única que tenemos duradera

¡Que ilusión de la vida es la ventura,

mas la paz de la muerte es verdadera!

 

Del huracán espíritu potente…

Del huracán espíritu potente

que hoy libre dejas la región precita,

¡ven, con el tuyo mi furor escita!

¡ven con tu fuego a coronar mi frente!

 

Deja que el rayo con fragor reviente,

mientras cual hoja seca, o flor marchita,

tu fuerte soplo al robre precipita

roto y deshecho al bramador torrente.

 

Ven a librarme de la pena extraña

que a un alma altiva con baldón devora

y el brillo puro a la razón empaña.

 

¡Ven! y al inerte pecho que te implora

da tu poder y tu iracunda saña,

y el llanto seca que cobarde llora.

 

Deseo de venganza

¡Del huracán espíritu potente,

rudo como la pena que me agita!

¡Ven, con el tuyo mi furor excita!

¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!

 

¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,

mientras -cual a hoja seca o flor marchita-

tu fuerte soplo al roble precipita.

roto y deshecho al bramador torrente!

 

Del alma que te invoca y acompaña,

envidiando tu fuerza destructora,

lanza a la par la confusión extraña.

 

¡Ven… al dolor que insano la devora

haz suceder tu poderosa saña,

y el llanto seca que cobarde llora!

 

Dime, luz misteriosa…

Dime, luz misteriosa,

Que ante mis ojos vagas,

Y mi interés despiertas,

Y mi vigilia encantas,

 

¿Eres quizás del cielo

Lumbrera destronada,

Que por la tierra mísera

Peregrinando pasas?

 

¿Eres un genio o silfo

De nuestra virgen patria,

Que de su joven vida

Contienes la ígnea savia?

 

¿Eres de un ser querido

Quizás errante ánima,

Que a demandarme vienes

Recuerdos y plegarias;

 

O bien fulgente chispa

De las brillantes alas

Con que sostiene al triste

La célica esperanza?

 

No sé; mas cuando luces

Hermosa a mis miradas,

De tropicales noches

En la solemne calma,

 

-Ya exhalación perdida

Cruces la esfera diáfana,

Ya cual la brisa juegues

Meciéndote en las cañas;

 

Ya cual diamante puro

Te engastes en las palmas,

Cuyo susurro imitas,

Cuyo verdor esmaltas;-

 

Paréceme que siento

Revelación extraña

De místicos amores

Entre tu brillo y mi alma.

 

Paréceme que existen

Secretas concordancias

Entre el afán que oculto

Y entre el fulgor que exhalas.

 

¡Oh, pues, lucero o silfo,

Ánima o genio, lanza

Más vívidos destellos

Mientras mi voz te canta!

 

Los sones de mi ¡ira,

Las chispas de tu llama,

Confúndanse y circulen

Por montes y sabanas,

 

Y suban hasta el cielo

Del campo en la fragancia,

Allá do las estrellas

Simpáticas los llaman

 

¡Allá do el trono asienta

El que comprende y tasa

De toda luz la esencia,

De todo afán la causa!

 

Dios y el hombre

¡Mirad al hombre! Del tupido velo

Que a la naturaleza envuelve inmensa

Levanta apenas, con incierta mano.

Un extremo no más; ya iluso piensa

Que toda la amplitud de tierra y cielo

Estrecha viene a su saber, y ufano

Erige audaz a su razón mezquina

Tribunal soberano.

Citando ante él a la razón divina.

 

«¿Quién eres?» — dice a Dios: — «¿Cuál es tu esencia?

¿Por qué naturaleza no lo explica?

Sus leyes estudió mi inteligencia,

Y en ellas nada de tu ser me indica

La inefable sustancia.

Ni de tu decantada providencia

Los designios profundos. ¿La ignorancia

Será quien deba tributarte culto,

Y al genio siempre y a la ciencia oculto.

Dejarás en problema

Ante sus luces tu verdad suprema?

Origen te proclaman

Del orden y del bien, y cuanto veo

Es desorden y mal. Justo te llaman,

Y me consume estéril el deseo

De comprender de tu justicia oscura

La marcha silenciosa.

En balde por tu gloria te conjura

Mi mente, codiciosa

De la eterna verdad, que tus arcanos

Le descubras sublimes:

Sordo te encuentran mis clamores vanos,

Y ni en las obras de tu diestra, mudas,

El sello augusto de tu nombre imprimes,

Cual si gozases en mirar las dudas

Luchar del hombre en el inquieto seno,

¡Tú que te llamas poderoso y bueno!»

 

«No más, no más en ignorancia ciega

Adoraré rendido

A un Dios desconocido,

Que a concordar con mi razón se niega.

Si no eres vano nombre,

Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres;

Pues nace altivo, inteligente el hombre,

Y si su amor y su homenaje quieres,

Debes hacer que su razón lo mande,

Al verte amable, al comprenderte grande.»

 

Así al saber supremo

Dicta leyes su hechura limitada,

Y de bondad por inefable extremo.

Para curarla de su orgullo infando.

Así confunde a la razón osada,

Allá en su propio seno resonando,

Aquella voz que fecundó a la nada.

«Tú, que cuenta me pides

De mis hondos designios; tú que dudas,

Si a tu razón se esconde,

De mi propia existencia; tú que mides

Mi justicia etemal, y en mis dominios

Juzgas del orden y del bien: ¡responde!

Tus sabios, tus astrónomos profundos,

¿Podrán decir cómo hago inalterable

La eterna ley, que de infinitos mundos

Que corren el espacio inmensurable,

El movimiento y curso determina

Sin que choquen jamás en raudo encuentro

Y por qué los fecunda e ilumina

Encadenado un sol en cada centro?

¡Loco mortal, a quien hinchado miro

Del prestado poder que de mí tienes!

¿Puedes del Orión turbar el giro,

O a las brillantes Pléyades detienes?

¿Puedes siquiera, conocer la tierra

Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base

Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase

Los tesoros que encierra?…

Un imperio tras otro desparece,

Y mil generaciones

Pasan por ella y en su seno se hunden;

Ella sola no cambia ni envejece,

Y sus preciosos dones

Con orden inmutable se difunden

Por las varias regiones

Que fertiliza el sol. Aquí presenta

Prados herbosos, selvas primitivas;

Allá el capricho de su fuerza ostenta

En colinas altivas,

Que decora con rasgos pintorescos;

Allá borda de valles las honduras;

Más acá ofrece los asilos frescos

De grutas silenciosas;

Ora se extiende en plácidas llanuras;

Ora se ensancha en playas arenosas;

Allí se muestra en sotos y florestas;

Acá en bosques umbríos;

Y allá ostentando sus potentes bríos,

Encumbra montes de nevadas crestas.»

 

«¿Qué paternal desvelo,

Qué sabia providencia

Con tal magnificencia

Dotó al grosero y despreciable suelo

De ese globo que habitas?

¿Quién lo sembró de vírgenes metales?

¿Quién lo cubrió de especies infinitas.

De útiles vegetales

Apropiados a climas diferentes?

¡Mira mecer las palmas y las cañas

Las brisas de los trópicos ardientes;

Mientras en selvas y ásperas montañas.

Resistiendo al tesón de vientos fieros.

Negros abetos, pinos seculares.

Se levantan austeros

Bajo los crudos círculos polares!»

 

«¿Quién te dirá cómo del hondo seno

Que mi espíritu henchía

Brotó con voz de trueno

La mar amenazante,

Y cómo yo de nieblas la cubría

Cual envuelve la madre al tierno infante?

Alzó atrevida la espumosa frente

Robando al sol fulgentes aureolas:

¿Mas quién se halló presente

Cuando la dije: — tu soberbia enfrena

Y a romper ve tus atronantes olas

En aquel dique de movible arena?» —

 

«¿Sabes por qué vapores incesantes.

Que recoge la atmósfera encendida.

De ese su seno líquido se exhalan,

Y en las nubes flotante

La masa de las aguas suspendida,

Sólo desciende al suelo gota a gota

En bienhechora lluvia convertida;

Mientras de las altísimas montañas

Se precipita en rápidos torrentes.

Penetra de la tierra las entrañas,

Y formando con linfas transparentes

Arroyos mil y ríos caudalosos,

Recorre murmurando el campo verde.

Con giros tortuosos,

Hasta volver al mar en que se pierde?»

 

«¡Juez de mi providencia, que me intimas

Su imperfección y que mi plan corriges!

¿Eres tú quién diriges

Según conviene a los diversos climas.

Los vientos voladores,

Y a disipar mefíticos vapores

Lanzas al rayo, que estallando dice

Con su hórrido estampido:

— ¡Gloria, Señor!, ya estás obedecido? —

¿Coronada de flores

Sale a tu voz la primavera hermosa,

A preparar la tierra, que reposa,

Del abrasado estío a los ardores?

¿O acata, acaso, tu poder visible

El invierno aterido

Haciendo le preceda

Con orden infalible

El otoño de pámpanos ceñido?»

 

«¿A las linfas saladas

Y a las ondas insípidas del río,

Lanzaste las especies animadas

Con variedad que pasma el pensamiento

Y a cada cual con diligente mano

Preparaste sustento?…

¿Por ti de aceite saludable llena*

Se agita entre el hervor del Océano

La colosal ballena?

¡Mira cuál brotan de sus ojos llamas.

Si la distancia de la presa mide! —

¡Mira si airada eriza las escamas.

Montes alzar en el ecuóreo llano,

Y si con lento paso lo divide

Darle de la vejez el color cano!»

 

«Por las libres regiones

Del aire que respiras

¿Esparces con tu diestra creadora

Las volubles legiones

De tantas aves que indolente miras?

¿Les concediste tú la voz canora?

¿Te deben los instintos

Por que se multiplican y alimentan,

Y los colores vividos que ostentan

En matices distintos

Sobre el esmalte de sus leves plumas;

O es tu saber quien guía

A las que al ver las invernales brumas

Dejan del norte la región sombría,

Y atraviesan el mar tras los ardores

Del refulgente sol del mediodía?

¡Mira cómo desprecia los furores

Del caprichoso viento

El águila real, las soledades

Surca del éter en sublime asiento

Para el vuelo atrevido,

Y entre nubes que envuelven tempestades

Labra el robusto nido

De la desierta roca

En las ásperas puntas suspendido;

Mientras el avestruz de pluma poca,

Que nunca se alza a la región yacía.

Por otro instinto poderoso y cierto.

Su cara prole fía

A la infecunda arena del desierto!»

 

«Un momento contempla

De los brutos la inmensa muchedumbre;

En ninguno verás que falte o sobre

Un miembro necesario.

Éstos de imponderable mansedumbre,

Aquéllos de carácter sanguinario;

Tímidos unos, otros atrevidos.

Pesados unos, otros diligentes.

Todos están armados y vestidos

Cual requieren sus usos diferentes,

El destino especial que les señalo

Y el clima y el lugar do los instalo.

No por tus artes enseñado ha sido

El castor industrioso;

Ni el corcel generoso,

Que sufre lo domines.

Te debe aquel valor con que al sonido

De la trompa guerrera.

Sacudiendo las crines.

La nariz dilatando,

Se lanza al campo en rápida carrera,

De espuma y de sudor huellas dejando.»

 

«Cuanto tu vista admira

Y cuanto puede concebir tu idea,

Es átomo mezquino

Del universo en el grandioso seno;

Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino

Inquirir osas de arrogancia lleno,

Secretos inefables, ¡confundida

Verás por las partículas más leves

Tu razón desvalida.

Si a analizar ese átomo te atreves!

De la naturaleza, que presumes.

Iluso, conocer, al ser más pobre

Comprender y explicar quieres en vano;

Esa flor que te brinda sus perfumes.

Ese mosquito que aplastó tu dedo,

Ese que huellas, mísero gusano,

¡Misterios son, en que abismarte puedo!»

 

«¿Y no eres un abismo,

¡Oh átomo pensador! para ti mismo?

Naturaleza doble en ti se encierra;

De un rayo de mi mente iluminado

Eres rey de la tierra,

Y de esa tierra mísera formado.

Materia deleznable

Y espíritu soberbio,

Grande y pequeño, fuerte y miserable.

Suspenso entre la nada

Estás y el infinito,

Y en tu razón tan pobre y limitada.

Llevas augusto privilegio escrito.

Trémulo ante tan grandes maravillas,

Que entrever logra tu asombrada mente.

Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas,

Prosternando la frente

Y acatando rendido

De mi sapiencia el insondable arcano;

Mas no alces atrevido

Hasta mi trono el pensamiento insano;

Que aunque el astro de fuego

Su luz te envía en rayos bienhechores.

Si le osas contemplar quedarás ciego,

Sombras no más hallando en sus fulgores»

 

«En tu alma de mi ser grabé la idea,

Y rindiendo a su autor digno homenaje.

Naturaleza emplea

Universal, magnífico lenguaje.

De un polo al otro en sus miserias claman

Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo,

Las noches y los días.

Mi poder y bondad doquier proclaman,

Y mi nombre preludian en el suelo

Multitud de armonías.

Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo

Y confunden tu ciencia;

Mas para el corazón tienen sencillo

Poderosa elocuencia.

Es mi nombre «¡El que- Es!» — ¡Que confundida

Ante el misterio de tan alto nombre,

Entre esas obras de mi augusta diestra

El humano saber calle y se asombre;

Pues su ciencia mayor alcanza y muestra

Al conocer su pequeñez el hombre!»

 

El canto de Altabiscar

Súbito se alza un grito en las montañas

de los valientes euskaldunes. Presta

todo su oído el bravo echeco-jauna,

que de su noble hogar guarda la puerta.

-¡Qué es eso!, exclama- y se levanta al punto

su perro fiel, irguiendo las orejas.

¡Escuchad! ¡Escuchad cual sus ladridos

de Altabiscar en derredor resuenan!

pero un ruido mayor, más espantoso,

parte veloz de lo alto de Ibañeta,

y va, de monte en monte retumbando,

a ensordecer las solitarias crestas.

¡Es la voz de un ejército que avanza!

otras mil, otras mil responden fieras,

del ronco cuerno al áspero sonido,

entre montes, peñascos y malezas.

¡Los nuestros son! -El bravo echeco-jauna

salta blandiendo la acerada flecha.

-¡Con él todos!… ¡Mirad! Sobre esas cimas

móvil bosque de lanzas centellea,

y en medio, sus colores ostentando,

majestuosas ondulan las banderas.

¡Oh!… ¡Qué bajan!… ¡Qué vienen!… ¡Qué desfilan,

cual lobos a caer sobre su presa!…

¡Qué guerrero tropel!¡Cuéntalos, mozo!

-Diez… Quince… Veinte… Veinticinco… Treinta…

¡Y otros tantos!… ¡Y cien!… Se pierde el número,

porque son más, señor, que las arenas.

-¿Qué importa? Venid todos, ¡euskaldunes!

de cuajo arrancaremos estas peñas,

y sobre el vil enjambre de enemigos

las lanzarán nuestras nervudas diestras.

¿Qué vienen a buscar a nuestros montes

esos hijos del Norte en son de guerra?

¿entre ellos y nosotros puso en balde

el mismo Dios una muralla eterna?

¡Caiga sobre ellos, caiga desplomado

todo este monte, piedra sobre piedra!

¡A una todos!… ¡Así! -Se anubla el aire;

La tierra cruje; los peñascos ruedan;

Jinetes y caballos confundidos

con sus despojos los breñales siembran;

Y palpitan las carnes aplastadas,

chorros brotando, que en el suelo humean.

¡Cuántos huesos molidos!¡Cuánta sangre,

en la que el sol medroso reverbera!…

-¡Huid si aún podéis, reliquias miserables!

El que aún tiene bridón métale espuelas,

y corra como ciervo perseguido

el que aún conserve para hacerlo fuerzas.

¡Huye con tu pendón, rey Carlo-Magno,

que el rico manto entre las zarzas dejas,

mientras el viento en remolinos barre

de tu casco rëal las plumas negras!

¿Qué aguardas? ¿A quién buscas? Tu sobrino,

el que rival no tuvo en la pelea,

tu famoso Roldán, bravo entre bravos,

¡allí tendido entre los muertos queda!

ya huyen veloces, ¡euskaldunes!… ¡Huyen!…

¿Do sus lanzas están? ¿Do sus enseñas?

¡Cuál huyen!… ¡Oh! ¡Cuál huyen!… ¡Cuenta, mozo!

¿Cuántos los vivos son que aún aquí restan?

¿Veinte?… ¿Quince?… ¿Diez?… ¿Ocho?… ¿Siete?… ¿Cinco?…

-No, señor. -¿Cuatro?… ¿Dos?…- ¡Ni uno siquiera!

Todo acabó. -Valiente echeco-jauna,

llama a tu perro; vuelve do te esperan

los tiernos hijos, la querida esposa,

y en tu cuerno de buey guarda las flechas;

Que ya en el campo, herencia de tus padres,

puedes dormir tranquilo sobre de ellas.

¡Pronto la noche tenderá su manto,

y acudiendo de buitres nube espesa,

se cebarán en carnes machacadas,

esparciendo las blancas osamentas,

que en polvo convertidas por los siglos

darán abono a nuestra agreste tierra!

 

El porqué de la inconstancia

Contra mi sexo te ensañas

Y de inconstante lo acusas;

Quizá porque así te excusas

De recibir cargo igual.

Mejor obrarás si emprendes

Analizar en ti mismo

Del alma humana el abismo,

Buscando el foco del mal.

 

Proclamas que las mujeres

(Cual dijo no sé quién antes),

Piensan amar sus amantes

Cuando aman sólo al amor;

Que el vago ardor del deseo

Se agita constante en ellas;

Mas pasa sin dejar huellas

Su preferencia mayor.

 

¡Ay, amigo! no te niego

Verdad que tan sólo prueba

Que son las hijas de Eva

Como los hijos de Adán.

A entrambos el daño vino

De la funesta manzana,

Y a toda la raza humana

Sus tristes efectos van.

 

¡Mísera raza!… Su mengua

Sufre, pero no la entiende;

Y aún sueña y hallar pretende

Bienes que torpe perdió.

Tras ellos ciega se lanza,

Girando en vértigo insano…

Mas nunca su empeño vano

Ni aun en sombra los gozó.

 

Amor pide, dicha busca,

Y a esperar loca se atreve

Que en vaso corrupto y breve

Apague el alma su sed;

Pero ella su afán inmenso

Siente perenne, profundo,

Y rompe lazos del mundo

Como el águila la red.

 

En balde en la extraña lucha

De su cansancio y su anhelo

Le agrada tomar el velo

Que la presenta el error,

Y en los pálidos fantasmas,

-Que agranda ilusa ella sola

Se finge ver la aureola

De la dicha y del amor.

 

¡Resbala pronto la venda!

¡Resbala y ve -con despecho-

Que vuela, en humo deshecho,

El fulgor de su ilusión!

Pues no cabe en ser que piensa

Que eterno el engaño sea

Aunque inmortal es la idea

Que seduce al corazón.

 

No es, no, flaqueza en nosotros,

Sí indicio de altos destinos,

Que aquellos bienes divinos

Nos sirvan de eterno imán,

Y que el alma no los halle,

-Por más que activa se mueva

Ni tú en las hijas de Eva,

Ni yo en los hijos de Adán.

 

Unas y otros nos quedamos

De lo ideal a distancia,

Y en todos es la inconstancia

Constante anhelo del bien.

¡De amor y dicha tenemos

Sólo un recuerdo nublado;

Pues su goce fue enterrado

Bajo el árbol del edén!

 

Jamás ¡oh amigo! ventura

Ni amor eterno hallaremos…

Pero ¿qué importa? ¡esperemos!

Porque es vivir esperar;

Y aquí -do todo nos habla

De pequeñez y mudanza

Sólo es grande la esperanza

Y perenne el desear.

 

El recuerdo importuno

¿Serás del alma eterna compañera,

tenaz memoria de veloz ventura?

¿Por qué el recuerdo interminable dura

si el bien pasó cual ráfaga ligera?

¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera

abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,

de glorias mil inmensa sepultura

y del dolor consolación postrera!,

si a tu vasto poder ninguno asombra

y al orbe riges con tu cetro frío,

¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.

¡Ven y devora este fantasma impío,

de pasado placer pálida sombra,

de placer por venir nublo sombrío.

 

Elegía I

Después de la muerte de mi marido

Otra vez llanto, soledad, tinieblas…

¡Huyó cual humo la ilusión querida!

¡La luz amada que alumbró mi vida

Un relámpago fue!

 

Brilló para probar sombra pasada;

Brilló para anunciar sombra futura;

Brilló para morir… y en noche oscura

Para siempre quedé.

 

Tras luengos años de tormenta ruda

Comenzaba a gozar benigna calma;

Mas ¡ay! que solo por burlar el alma

La abandonó el dolor.

 

Así la pérfida alimaña finge

Que a su presa infeliz escapar deja,

Y con las garras extendidas, ceja

Para asirla mejor.

 

El que ayer era mi sostén y amparo,

Hoy de la muerte es mísero trofeo

¡Por corona nupcial me dio Himeneo

Mustio y triste ciprés!

 

De juventud, de amor, de fuerza henchido,

Su porvenir ¡cuán vasto parecía…

Mas la mañana terminó su día:

¡Ya del tiempo no es!

 

Nada me resta, ¡oh Dios! Sus rotas alas

Pliega gimiendo mi esperanza bella

Hoy sus decretos el destino sella;

Ya irrevocables son.

 

Al golpe atroz que me desgarra el pecho

Quizás mi pobre vida no sucumba;

Mas con los restos que tragó esa tumba

Se hunde mi corazón.

 

¡Alma noble y amante! tú, ante el trono

De la infinita paternal clemencia,

Por la que fue mitad de tu existencia

¡Pide, pide piedad!

 

Baje un rayo de luz que alumbre mi alma

En este abismo de pavor profundo,

Hasta que pueda abandonar del mundo

¡La inmensa soledad!

 

Elegía II

Cánticos de tus vírgenes sagradas,

Que de tu amor proclaman las dulzuras,

Son esas voces que de unción colmadas,

Llegan al corazón graves y puras.

 

Tu soberana mano ¡Ser eterno!

Me ha conducido a tan amable asilo:

Yo reconozco tu favor paterno

Y empieza el pecho a respirar tranquilo.

 

Permite, pues, que al religioso coro

Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:

Cubierta de ciprés mi lira de oro,

Para alabarte aún hallará armonía.

 

De tu justicia el formidable azote

En mí se ensangrentó por tiempo largo;

Mas si lo quieres tú, que el labio agote

Del cáliz de la vida el dejo amargo.

 

Prolongue a su placer mi senda triste

Tu providencia inescrutable y alta;

Que si la fe de tu bondad me asiste,

Vigor para sufrir nunca me falta

 

Rompes mis lazos cual estambres leves;

Cuanto encumbra mi amor tu mano aterra;

Tú haces, Señor, exhalaciones breves

Las esperanzas que fundé en la tierra.

 

Así, lo sé, tu voluntad me intima

Que sólo busque en Ti sostén y asiento;

Que cuanto el hombre en su locura estima

Es humo y polvo que dispersa el viento.

 

Mas no condenes, ¡ah! que acerbo llanto

Riegue ese polvo que me fue querido

Bendiciendo mi voz tu fallo santo,

Deja gemir al corazón herido.

 

El alma que a tu seno encumbró el vuelo,

Obedeciendo a tu querer, Dios mío,

Por toda herencia me dejó en el suelo

Ese sepulcro silencioso y frío.

 

Y ni ese triste bien permite el hado

Pueda yo siempre custodiar amante

Bajo extranjero cielo abandonado

Lo he de dejar, para gemir distante.

 

¡Oh esposas de Jesús! Cuando aquel llegue

Forzoso instante de la ausencia impía,

Permitid ¡ay! que ese sepulcro os legue,

Y en él al corazón que os lo confía.

 

Ya lo purificó la desventura,

Y vuestro puro afecto lo embalsama:

No olvidéis, pues, que en esa sepultura

Velando queda un corazón que os ama.

 

Y tú, ¡Señor! que entre tus hijas santas

Hoy me toleras con piedad benigna,

Acepta con sus himnos a tus plantas

Las bendiciones de tu sierva indigna.

 

En esta tarde, Cristo del Calvario…

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

 

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

 

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña¹.

 

Y solo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es solo

la llave santa de tu santa puerta.

Amén.

 

En la muerte del laureado poeta señor don Manuel José Quintana

Cantos de regocijo y de victoria

Nuestras voces alzaron aquel día

Que regia mortal mano te ceñía

Mezquino lauro de terrestre gloria:

 

Y hoy que a la voz de tu Hacedor acudes,

A recibir la fúlgida diadema

Que la inmutable Majestad Suprema

Guarda en la eterna patria a las virtudes

 

Hoy nuestra flaca condición humana

Su aliento en vano a remontar aspira

¡No le es dado arrancar, noble Quintana,

Ni un tierno adiós de la enlutada ¡ira!

 

Que aunque la Fe con resplandor divino

La densa noche del sepulcro alumbre,

Y la Esperanza hasta la excelsa cumbre

Vuele, mostrando tu triunfal camino;

 

Aquí -al mirar tus fúnebres despojos

A la tierra volver- sólo nos queda,

Con tu corona, que la España hereda,

¡Duelo en el corazón llanto en los ojos!

 

En una tarde tempestuosa

Del huracán espíritu potente

que hoy libre dejas la región precita,

¡ven, con el tuyo mi furor escita!

¡ven con tu fuego a coronar mi frente!

 

Deja que el rayo con fragor reviente,

mientras cual hoja seca, o flor marchita,

tu fuerte soplo al robre precipita

roto y deshecho al bramador torrente.

 

Ven a librarme de la pena extraña

que a un alma altiva con baldón devora

y el brillo puro a la razón empaña.

 

¡Ven! y al inerte pecho que te implora

da tu poder y tu iracunda saña,

y el llanto seca que cobarde llora.

 

En vano ansiosa tu amistad procura…

En vano ansiosa tu amistad procura

adivinar el mal que me atormenta;

en vano, amigo, conmovida intenta

revelarlo mi voz a tu ternura.

 

Puede explicarse el ansia, la locura

con que el amor sus fuegos alimenta…

Puede el dolor, la saña más violenta,

exhalar por el labio su amargura..

 

Mas de decir mi malestar profundo,

no halla mi voz, mi pensamiento, medio,

y al indagar su origen me confundo:

 

pero es un mal terrible, sin remedio,

que hace odiosa la vida, odioso el mundo,

que seca el corazón…¡En fin, es tedio!

 

Epitafio

Para grabarse en la tumba de un escéptico

Imitación de Parny

Tuvo el que yace aquí cordura extrema:

Para evitar error dudó de todo:

La existencia de Dios puso en problema,

Y -dudando vivir- vivió a su modo.

Cansado al fin de caos tan profundo,

Huyó por esta puerta diligente,

Para ir a preguntar al otro mundo

Lo que en este creer cuadra al prudente.

 

Es grata al caminante en noche fría…

Es grata al caminante en noche fría

La alegre llama del hogar caliente:

Grata al que corre bajo sol ardiente

La fresca sombra de arboleda umbría:

 

Grato, como dulcísima armonía,

Para el sediento el ruido de la fuente,

Y grato respirar en libre ambiente

Para quien sale de mazmorra impía.

 

Es grata, en fin, la lluvia al campesino;

Grata al guerrero belicosa fama;

Y grato el natal suelo al peregrino:

 

Pero más que aire, sombra, fuente, llama,

Lluvia, patria, laurel, ¡Jesús divino!

Tu nombre es grato al corazón que te ama.

 

Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende…

Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,

Si pliega sus alas el viento dormido,

Gozar los asilos que un muro defiende,

Con ricos tapices de Flandes vestido.

 

Es grata la calma dulcísima y leda

De aquellos salones dorados y umbríos,

Do el sol, que penetra por nubes de seda,

Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.

 

Es grato el ambiente de aquellas estancias

-Que en torno matizan maderas preciosas-

Do en vasos de china despiden fragancias

Itálicos lirios, bengálicas rosas.

 

Es grato que al Euro -que huyó silencioso-

Imiten las bellas moviendo abanicos;

Allí do cual tronos del muelle reposo

Se ostentan divanes de púrpura ricos.

 

Y grato en la tarde, con lánguido paso,

Salir de entre sedas y pórfidos y oro,

A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,

El astro supremo su ardiente tesoro.

 

Que allí, para verlo, se tienen vergeles

Que nunca marchitan estivos ardores;

Con bancos de césped, con frescos doseles,

Y bosques y fuentes y exóticas flores.

 

Asilos tan bellos no hubieron las ninfas

Que hollaron de Grecia colinas amenas,

Ni náyades vieron tan plácidas linfas

Cual esas que guardan marmóreas sirenas.

 

Por eso en las noches del férvido estío

Es grato a ese elíseo llamar los placeres;

Cubriendo de luces su verde sombrío,

Llenando su espacio de hermosas mujeres.

 

Y aromas y bailes y amores y risas,

En dulces insomnios disfrutan las bellas,

En tanto que vuelan balsámicas brisas

Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.

 

¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,

Que brotan al soplo de regia hermosura!

Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas

Os dieran encantos de tanta dulzura!

 

No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio

Que allá San Lorenzo protege vecino;

Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,

Y son los placeres tu plácido sino.

 

¡Difunde fragancias: amores y risas

En gratos insomnios disfruten las bellas,

En tanto que vuelen balsámicas brisas

Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!

 

Escrito estaba, sí: se rompe en vano…

Escrito estaba, sí: se rompe en vano

Una vez y otra la fatal cadena,

Y mi vigor por recobrar me afano.

Escrito estaba: el cielo me condena

A tornar siempre al cautiverio rudo,

Y yo obediente acudo,

Restaurando eslabones

Que cada vez más rígidos me oprimen;

Pues del yugo fatal no me redimen

De mi altivez postreras convulsiones.

 

¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,

De tu víctima dócil! Yo me entrego

Cual hoja seca al raudo torbellino

Que la arrebata ciego.

¡Tuya soy! ¡Heme aquí! ¡Todo lo puedes!

Tu capricho es mi ley: sacia tu saña…

Pero sabe, ¡oh cruel!, que no me engaña

La sonrisa falaz que hoy me concedes.

 

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira…

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,

quien oye el eco de tu voz sonora,

quien el halago de tu risa adora

y el blando aroma de tu aliento aspira!

 

Ventura tanta, que envidioso admira

el querubín que en el empíreo mora,

el alma turba, el corazón devora,

y el torpe acento, al expresarla, expira.

 

Ante mis ojos desaparece el mundo

y por mis venas circular ligero

el fuego siento del amor profundo.

 

Trémula, en vano resistirte quiero.

De ardiente llanto mi mejilla inundo.

¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!

 

He aquí el asilo de la eterna calma…

He aquí el asilo de la eterna calma,

do solo el sauce desmayado crece…

¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,

el aura de las tumbas apetece!

 

Los que aspiráis las flores de la vida,

llenas de aroma de placer y gloria,

no piséis el lugar do convertida

veréis su pompa en miserable escoria:

 

mas venid todos los que el ceño airado

del destino mirasteis en la cuna;

los que sentís el corazón llagado

y no esperáis consolación alguna.

 

¡Venid también, espíritus ardientes,

que en ese mundo os agitáis sin tino,

y cuya inmensa sed sus turbias fuentes

calmar no pueden con raudal mezquino!

 

Los que el cansancio conocisteis, antes

que paz os diesen y quietud los años

¡Venid con nuestros sueños devorantes!

¡Venid con vuestros tristes desengaños!

 

No aquí las horas, rápidas o lentas,

cuenta el placer ni mide la esperanza:

¡quiébranse aquí las olas turbulentas

que el huracán de las pasiones lanza!

 

Aquí, si os turban sombras de la duda,

la severa verdad inmóvil vela:

aquí reina la paz eterna y muda,

si paz el alma fatigada anhela.

 

Los que aquí duermen en profundo sueño,

insomnes cual nosotros se agitaron…

Ya de la muerte en el letal beleño

sus abrasadas sienes refrescaron.

 

Amemos, pues, nuestra mansión futura,

única que tenemos duradera

¡Que ilusión de la vida es la ventura,

mas la paz de la muerte es verdadera!

 

Iba tendiendo su luctuoso manto…

Iba tendiendo su luctuoso manto

La noche oscura y fría,

Sin que templase un tanto

La opacidad de la región vacía,

El rayo de la luna macilento

Ni el trémulo fulgor de las estrellas;

Pues, cual rastro sangriento,

De un sol de invierno las rojizas huellas

Surcaban sólo el negro firmamento.

 

Tristes también las calles parecían

De la opulenta villa coronada,

Do circulando multitud callada,

Sólo semblantes serios se veían,

Que presentir hacían

Algún grave suceso,

Pronto explicado por las roncas voces

Que esparcieron veloces

Por el gentío espeso

Los vendedores de volantes hojas,

Gritando por doquier: «Causa y sentencia

»Del coronel Rengifo y compañeros,

»Que a los rayos primeros

»Del nuevo sol terminan su existencia.»

 

Pasan de mano en mano

Los públicos papeles,

Y -aunque no haya quizá pechos crueles

Que al contemplar destino tan tirano

Puedan negar a los dolientes reos,

Víctimas de políticos errores,

Un suspiro, una lágrima piadosa-

Siguen los transeúntes sus paseos,

Su fúnebre pregón los vendedores,

Y la noche su marcha silenciosa.

 

Las horas vuelan entre tanto; cesa

La agitación del mundo,

Y entre la sombra espesa

Do el silencio por fin reina profundo,

Derramando narcótico beleño

-Que a descansar convida

De los rudos afanes de la vida-

Desciende en alas de la noche el sueño.

Mas, ¡ah!, tan honda calma

No aduerme, no, pesares sin consuelo

-Que apenas puede resistir el alma,

Y en su prisión austera

Gimen los tristes que el postrer desvelo

Sufriendo están en el infausto suelo

Donde el sepulcro abierto les espera.

 

Vida y vigor devolverá a natura

La claridad febea,

Y ellos en la luz pura

Sólo verán su funeraria tea

¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores

Puede tener, que alcance

A bosquejar siquiera los dolores

Que así cercanos al tremendo trance

De cada cual el corazón devora?

No sólo ve la muerte, la vigilia

-De espectros creadora-

Presenta allí la mísera familia…

La esposa, el padre, el hijo a quien adora!

 

¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,

De la esperanza nido,

La pérfida fortuna

-Que oyó propicia su primer vagido-

Deja con luto de orfandad cubierta!…

¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno

Verá la herida abierta,

Que de su vida con brotar eterno

La senda regará triste y desierta!…

 

Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?

¡Fuerza es morir!… Con pavorosos ecos

Tu corazón lo dice…

Y esa luz bella -que a tus ojos, secos

Por insomnio crüel la aurora envía-

Te lo dice también. Morir es fuerza;

No esperes, no, que su guadaña tuerza,

Piadosa a tu dolor, la parca impía.

 

Fuerza es dejar el hijo abandonado,

La esposa desvalida,

El padre desolado,

¡Ay! y a la madre tierna, encanecida

Por años de virtud. -De esa existencia,

Que ella ha cuidado con afán prolijo,

Infatigable amor, santa paciencia,

¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?

¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?…

 

Repentino rumor se eleva y crece

En la mansión sombría:

Crujiendo se estremece

La férrea puerta, que ostentar debía

-Cual la del reino del eterno llanto

Del rudo Dante la inscripción tremenda;

Y trémulos -en tanto

Que abre a sus pasos la temida senda-

Los sentenciados, que entre mil dolores

Por conservarse sin flaqueza luchan,

Ya los redobles fúnebres escuchan

Con que a morir los llaman los tambores.

Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia

La voz que el nombre de Isabel pronuncia,

Mientras cual bella aurora

-Que las tristes tinieblas desvanece

Y a los campos colora

En la lóbrega estancia que ilumina,

Tierna beldad de súbito aparece,

Vertiendo luz de compasión divina,

Que en sus azules ojos resplandece?…

 

¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!… Pura y bella,

De sus plantas reales

Sienta la leve huella

De la horrible capilla en los umbrales.

El ángel santo de piedad la guía,

La majestad del solio la acompaña,

La siguen a porfía

Las esperanzas y el amor de España,

Y huye a su aspecto la discordia impía.

¡Llega, virgen real! Tu planta imprime

En la mansión del duelo

Ejerce la sublime

Prerrogativa que te otorga el cielo

Perdona como él, y que la historia

De los monarcas, con tu ejemplo egregio,

Legue a tus sucesores la memoria

De que -al usar tan noble privilegio-

La diestra augusta que perdón concede

Recoge en cambio gloria,

Que a otra ninguna compararse puede.

 

La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa

En esos rostros mira,

Do tu mano piadosa

Secó el llanto cruel: ella respira

En esas vidas que arrancó a la tumba

Tu corazón magnánimo; se extiende

En ese que retumba,

 

Víctor inmenso, que el espacio hiende,

Y aún brilla en el cadalso que derrumba.

 

La tuya el laurel santo

No hace nacer con riego

De hirviente sangre y congojoso llanto,

Sino de amor al fecundante fuego;

Y el que la ensalza, sublimado canto,

No es el que ensayo con humilde tono

De mi lira en los sones;

Sino el que se alza en tiernas bendiciones

Hasta tu excelso trono.

 

Feliz en él por dilatados días

Goza, joven augusta,

Las santas alegrías

Del poder bienhechor. La frente adusta

De la justicia tu piedad suavice;

Que el rigor nunca la nefanda tea

De la venganza atice;

Y justa siempre y perdurable sea

La voz universal que hoy te bendice.

 

Imitación de Petrarca

No encuentro paz, ni me permiten guerra;

De fuego devorado, sufro el frío;

Abrazo un mundo, y quédome vacío;

Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.

 

Ni libre soy, ni la prisión me encierra;

Veo sin luz, sin voz hablar ansío;

Temo sin esperar, sin placer río;

Nada me da valor, nada me aterra.

 

Busco el peligro cuando auxilio imploro;

Al sentirme morir me encuentro fuerte;

Valiente pienso ser, y débil lloro.

 

Cúmplese así mi extraordinaria suerte;

Siempre a los pies de la beldad que adoro,

y no quiere mi vida ni mi muerte.

 

Imitando una oda de Safo

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!

¡Quien oye el eco de tu voz sonora!

¡Quien el halago de tu risa adora

Y el blando aroma de tu aliento aspira!

 

Ventura tanta -que envidioso admira

El querubín que en el empíreo mora-

El alma turba, al corazón devora,

Y el torpe acento, al expresarla, espira.

 

Ante mis ojos desparece el mundo,

Y por mis venas circular ligero

El fuego siento del amor profundo.

 

Trémula, en vano resistirte quiero…

De ardiente llanto mi mejilla inundo,

¡Deliro, gozo, te bendigo y muero!

 

La clemencia

Iba tendiendo su luctuoso manto

La noche oscura y fría,

Sin que templase un tanto

La opacidad de la región vacía,

El rayo de la luna macilento

Ni el trémulo fulgor de las estrellas;

Pues, cual rastro sangriento,

De un sol de invierno las rojizas huellas

Surcaban sólo el negro firmamento.

 

Tristes también las calles parecían

De la opulenta villa coronada,

Do circulando multitud callada,

Sólo semblantes serios se veían,

Que presentir hacían

Algún grave suceso,

Pronto explicado por las roncas voces

Que esparcieron veloces

Por el gentío espeso

Los vendedores de volantes hojas,

Gritando por doquier: «Causa y sentencia

»Del coronel Rengifo y compañeros,

»Que a los rayos primeros

»Del nuevo sol terminan su existencia.»

 

Pasan de mano en mano

Los públicos papeles,

Y -aunque no haya quizá pechos crueles

Que al contemplar destino tan tirano

Puedan negar a los dolientes reos,

Víctimas de políticos errores,

Un suspiro, una lágrima piadosa-

Siguen los transeúntes sus paseos,

Su fúnebre pregón los vendedores,

Y la noche su marcha silenciosa.

 

Las horas vuelan entre tanto; cesa

La agitación del mundo,

Y entre la sombra espesa

Do el silencio por fin reina profundo,

Derramando narcótico beleño

-Que a descansar convida

De los rudos afanes de la vida-

Desciende en alas de la noche el sueño.

Mas, ¡ah!, tan honda calma

No aduerme, no, pesares sin consuelo

-Que apenas puede resistir el alma,

Y en su prisión austera

Gimen los tristes que el postrer desvelo

Sufriendo están en el infausto suelo

Donde el sepulcro abierto les espera.

 

Vida y vigor devolverá a natura

La claridad febea,

Y ellos en la luz pura

Sólo verán su funeraria tea

¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores

Puede tener, que alcance

A bosquejar siquiera los dolores

Que así cercanos al tremendo trance

De cada cual el corazón devora?

No sólo ve la muerte, la vigilia

-De espectros creadora-

Presenta allí la mísera familia…

La esposa, el padre, el hijo a quien adora!

 

¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,

De la esperanza nido,

La pérfida fortuna

-Que oyó propicia su primer vagido-

Deja con luto de orfandad cubierta!…

¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno

Verá la herida abierta,

Que de su vida con brotar eterno

La senda regará triste y desierta!…

 

Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?

¡Fuerza es morir!… Con pavorosos ecos

Tu corazón lo dice…

Y esa luz bella -que a tus ojos, secos

Por insomnio crüel la aurora envía-

Te lo dice también. Morir es fuerza;

No esperes, no, que su guadaña tuerza,

Piadosa a tu dolor, la parca impía.

 

Fuerza es dejar el hijo abandonado,

La esposa desvalida,

El padre desolado,

¡Ay! y a la madre tierna, encanecida

Por años de virtud. -De esa existencia,

Que ella ha cuidado con afán prolijo,

Infatigable amor, santa paciencia,

¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?

¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?…

 

Repentino rumor se eleva y crece

En la mansión sombría:

Crujiendo se estremece

La férrea puerta, que ostentar debía

-Cual la del reino del eterno llanto

Del rudo Dante la inscripción tremenda;

Y trémulos -en tanto

Que abre a sus pasos la temida senda-

Los sentenciados, que entre mil dolores

Por conservarse sin flaqueza luchan,

Ya los redobles fúnebres escuchan

Con que a morir los llaman los tambores.

Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia

La voz que el nombre de Isabel pronuncia,

Mientras cual bella aurora

-Que las tristes tinieblas desvanece

Y a los campos colora

En la lóbrega estancia que ilumina,

Tierna beldad de súbito aparece,

Vertiendo luz de compasión divina,

Que en sus azules ojos resplandece?…

 

¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!… Pura y bella,

De sus plantas reales

Sienta la leve huella

De la horrible capilla en los umbrales.

El ángel santo de piedad la guía,

La majestad del solio la acompaña,

La siguen a porfía

Las esperanzas y el amor de España,

Y huye a su aspecto la discordia impía.

¡Llega, virgen real! Tu planta imprime

En la mansión del duelo

Ejerce la sublime

Prerrogativa que te otorga el cielo

Perdona como él, y que la historia

De los monarcas, con tu ejemplo egregio,

Legue a tus sucesores la memoria

De que -al usar tan noble privilegio-

La diestra augusta que perdón concede

Recoge en cambio gloria,

Que a otra ninguna compararse puede.

 

La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa

En esos rostros mira,

Do tu mano piadosa

Secó el llanto cruel: ella respira

En esas vidas que arrancó a la tumba

Tu corazón magnánimo; se extiende

En ese que retumba,

 

Víctor inmenso, que el espacio hiende,

Y aún brilla en el cadalso que derrumba.

 

La tuya el laurel santo

No hace nacer con riego

De hirviente sangre y congojoso llanto,

Sino de amor al fecundante fuego;

Y el que la ensalza, sublimado canto,

No es el que ensayo con humilde tono

De mi lira en los sones;

Sino el que se alza en tiernas bendiciones

Hasta tu excelso trono.

 

Feliz en él por dilatados días

Goza, joven augusta,

Las santas alegrías

Del poder bienhechor. La frente adusta

De la justicia tu piedad suavice;

Que el rigor nunca la nefanda tea

De la venganza atice;

Y justa siempre y perdurable sea

La voz universal que hoy te bendice.

Poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda

La flor delicada, que apenas existe una aurora…

La flor delicada, que apenas existe una aurora,

tal vez largo tiempo al ambiente le deja

su olor…

Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día

atesora

muriendo marchitas no dejan perfume en

redor.

 

La luz esplendente del astro fecundo del día

se apaga, y sus huellas aún forman hermoso

arrebol…

mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche

sombría,

que guarda el fuego sagrado

que ha sido su sol?

 

Se rompe, gastada, la cuerda del arpa

armoniosa,

a aún su eco difunde en los aires

fugaz vibración…

Mas todo es silencio profundo, de muerte

espantosa,

si dan un pecho amante el postrero tristísimo

son…

 

Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde

indecisa

cambian del alma desierta la lúgubre faz…

A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;

a ella no brindan las sombras

ensueños de paz.

 

Vista los campos de flores

gentil primavera,

doren las mieses los besos

del cielo estival,

pámpanos ornen de otoño la faz

placentera,

lance el invierno brumoso su aliento

glacial,

siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,

siempre abrumadas de peso de

vil nulidad,

gimen las almas do el fuego de amor

está muerto…

Nada hay que pueble o anime

su gran soledad.

 

La noche de insomnio y el alba

Fantasía

Noche

Triste

Viste

Ya,

Aire,

Cielo,

Suelo,

Mar.

Brindándole

Al mundo

Profundo

Solaz,

Derraman

Los sueños

Beleños

De paz;

Y se gozan

En letargo,

Tras el largo

Padecer,

Los heridos

Corazones,

Con visiones

De placer.

Mas siempre velan

Mis tristes ojos;

Ciñen abrojos

Mi mustia sien;

Sin que las treguas

Del pensamiento

A este tormento

Descanso den.

El mudo reposo

Fatiga mi mente;

La atmósfera ardiente

Me abrasa doquier;

Y en torno circulan

Con rápido giro

Fantasmas que miro

Brotar y crecer.

¡Dadme aire! Necesito

De espacio inmensurable,

Do del insomnio al grito

Se alce el silencio y hable!

Lanzadme presto fuera

De angostos aposentos…

¡Quiero medir la esfera!

¡Quiero aspirar los vientos!

Por fin dejé el tenebroso

Recinto de mis paredes

Por fin, ¡oh espíritu!, puedes

Por el espacio volar

Mas, ¡ay!, que la noche oscura,

Cual un sarcófago inmenso,

Envuelve con manto denso

Calles, campos, cielo, mar.

Ni un eco se escucha, ni un ave

Respira, turbando la calma;

Silencio tan hondo, tan grave,

Suspende el aliento del alma.

El mundo de nuevo sumido

Parece en la nada medrosa;

Parece que el tiempo rendido

Plegando sus alas reposa.

Mas ¡qué siento! ¡Balsámico ambiente

Se derrama de pronto!… El capuz

De la noche rasgando, en Oriente

Se abre paso triunfante la luz.

¡Es el alba! Se alejan las sombras,

Y con nubes de azul y arrebol

Se matizan etéreas alfombras,

Donde el trono se asiente del sol.

Ya rompe los vapores matutinos

La parda cresta del vecino monte;

Ya ensaya el ave sus melifluos trinos;

Ya se despeja inmenso el horizonte.

Tras luenga noche de vigilia ardiente

Es más bella la luz, más pura el aura

¡Cómo este libre y perfumado ambiente

Ensancha el pecho, el corazón restaura!

Cual virgen que el beso de amor lisonjero

Recibe agitada con dulce rubor,

Del rey de los astros al rayo primero

Natura palpita bañada de albor.

Y así, cual guerrero que oyó enardecido

De bélica trompa la mágica voz,

Él lanza impetuoso, de fuego vestido,

Al campo del éter su carro veloz.

¡Yo palpito, tu gloria mirando sublime,

Noble autor de los vivos y varios colores!

¡Te saludo si puro matizas las flores!

¡Te saludo si esmaltas fulgente la mar!

En incendio la esfera zafírea que surcas,

Ya convierte tu lumbre radiante y fecunda,

Y aún la pena que el alma destroza profunda,

Se suspende mirando tu marcha triunfal.

¡Ay! de la ardiente zona do tienes almo asiento,

Tus rayos a mi cuna lanzaste abrasador

¡Por eso en ígneas alas remonto el pensamiento,

Y arde mi pecho en llamas de inextinguible amor!

Mas quiero que tu lumbre mis ansias ilumine,

Mis lágrimas reflejen destellos de tu luz,

y sólo cuando yerta la muerte se avecine

La noche tienda triste su fúnebre capuz.

¡Qué horrible me fuera, brillando tu fuego fecundo,

Cerrar estos ojos, que nunca se cansan de verte;

En tanto que ardiente brotase la vida en el mundo,

Cuajada sintiendo la sangre por hielo de muerte!

¡Horrible me fuera que al dulce murmurio del aura,

Unido mi ronco gemido postrero sonase;

Que el plácido soplo que al suelo cansado restaura,

El último aliento del pecho doliente apagase!

¡Guarde, guarde la noche callada sus sombras de duelo,

hasta el triste momento del sueño que nunca termina;

Y aunque hiera mis ojos, cansados por largo desvelo,

Dale, ¡oh sol! a mi frente, ya mustia, tu llama divina!

Y encendida mi mente inspirada, con férvido acento

-Al compás de la lira sonora- tus dignos loores

Lanzará, fatigando las alas del rápido viento,

A do quiera que lleguen triunfantes tus sacros fulgores!

 

La pesca en el mar

¡Mirad!, ya la tarde fenece…

La noche en el cielo

Despliega su velo

Propicio al amor.

 

La playa desierta parece;

Las olas serenas

Salpican apenas

Su dique de arenas,

Con blando rumor.

 

Del líquido seno la luna

Su pálida frente

Allá en occidente

Comienza a elevar.

 

No hay nube que vele importuna

Sus tibios reflejos,

Que miro de lejos

Mecerse en espejos

Del trémulo mar.

 

¡Corramos!… ¡Quién llega primero!

Ya miro la lancha…

Mi pecho se ensancha,

Se alegra mi faz.

 

¡Ya escucho la voz del nauclero,

Que el lino despliega

Y al soplo lo entrega

Del aura que juega,

Girando fugaz!

 

¡Partamos! La plácida hora

Llegó de la pesca,

Y al alma refresca

La bruma del mar.

 

¡Partamos, que arrecia sonora

La voz indecisa

Del agua, y la brisa

Comienza de prisa

La flámula a hinchar!

 

¡Pronto, remero!

¡Bate la espuma!

¡Rompe la bruma!

¡Parte veloz!

 

¡Vuele la barca!

¡Dobla la fuerza!

¡Canta, y esfuerza

Brazos y voz!

 

Un himno alcemos

Jamás oído,

Del remo al ruido,

Del viento al son,

 

Y vuele en alas

Del libre ambiente

La voz ardiente

Del corazón.

 

Yo a un marino le debo la vida,

Y por patria le debo al azar

Una perla -en un golfo nacida-

Al bramar

Sin cesar

De la mar.

 

Me enajena al lucir de la luna

Con mi bien estas olas surcar,

Y no encuentro delicia ninguna

Como amar

Y cantar

En el mar.

 

Los suspiros de amor anhelantes

¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,

Si es tan grato a los pechos amantes

A la par

Suspirar

En el mar?

¿No sentís que se encumbra la mente

Esa bóveda inmensa al mirar?

 

Hay un goce profundo y ardiente

En pensar

Y admirar.

En el mar.

 

Ni un recuerdo del mundo aquí llegue

Nuestra paz deliciosa a turbar;

Libre el alma al deleite se entregue

De olvidar

Y gozar

En el mar.

 

¡Prestos todos!… ¡Las redes se tiendan!

¡Muy pesadas las hemos de alzar!

¡Prestos todos, los cantos suspendan,

Y callar

Y pescar

En el mar!

 

La pintura que hacéis prueba evidente…

La pintura que hacéis prueba evidente

Es del hábil pincel que la ha trazado:

En ella advierto creadora mente

Y de entusiasta amor fuego sagrado.

 

Toques valientes, vivo colorido,

Dignidad de expresión, conjunto grato

Todo es bello, ¡oh amigo! El parecido

Sólo le falta a tan feliz retrato.

 

En vuestro genio, sí, no en el modelo,

Esos rasgos halláis tan ideales,

Que sólo al pensamiento otorga el cielo

Engendrar en su luz bellezas tales.

 

Si como me pintáis, así os parece

Verme, creed que a confusión me muevo;

Pues tanto vuestra mente me engrandece,

Que ni a mirarme como soy me atrevo.

 

Regio ropaje a su placer me viste

Vuestra exaltada y rica fantasía,

Y entre tanto fulgor no sé si existe

Algo real de la sustancia mía.

 

¡Desdichada de mí si el tiempo alado

Se lleva en pos el fúlgido atavío,

Y halláis un día, atónito, turbado,

El esqueleto descarnado y frío!…

 

En esta tierra de miseria y lloro

Dispensad compasión, cariño tierno;

Mas no gastéis tan pródigo el tesoro

De admiración y amor que os dio el Eterno.

 

Lo que se cambia y envejece y pasa,

Lo que se estrecha en límites mezquinos,

No es nada para el alma -que se abrasa

Anhelando de amor goces divinos.-

 

¿Ventura reclamáis de mí, que en vano

Tras de su sombra consumí mi brío?…

¡A mí, del polvo mísero gusano,

Que de mi propia mezquindad me río!

 

Queréis volar, y os arrastráis despacio,

Y en pobre cieno vuestro afán se abisma

¡Salid, salid del tiempo y del espacio

Y traspasad vuestra esperanza misma!

 

Yo, como vos, para admirar nacida;

Yo, como vos, para el amor creada;

Por admirar y amar diera mi vida…

Para admirar y amar no encuentro nada.

 

Siempre el límite hallé: siempre, doquiera,

La imperfección en cuanto toco y veo

No juzgo al universo una quimera,

porque en él busco a Dios, porque en Dios creo.

 

Tú eres, ¡Señor!, belleza y poesía;

Tú solo, amor, verdad, ventura y gloria;

Todo es, mirado en Ti, luz y armonía;

Todo es, fuera de Ti, sombra y escoria.

 

¡Oh, desdichado quien -de juicio escaso-

Hallar la dicha en lo finito intente

Quien en turbio licor y estrecho vaso

Quiera apagar la sed que interna siente!

 

No así jamás os profanéis, ¡oh amigo!

No en esas aras de vuestra alma bella

ídolo vano alcéis, que yo os predigo

Que con desdén y horror lo hundirá ella.

 

Queredme bien, compadecedme y hasta:

No apreciéis cual diamante humilde arcilla:

Dadle el tesoro que jamás se gasta

A Aquel que siempre permanece y brilla.

 

Yo no puedo sembrar de eternas flores

La senda que corréis de frágil vida;

Pero si en ella recogéis dolores,

Un alma encontraréis que los divida.

 

Yo pasaré con vos por entre abrojos;

El uno al otro apoyo nos daremos;

Y ambos, alzando al cielo nuestros ojos,

Allá la dicha y el amor busquemos.

 

¿Qué más podéis pedir? ¿Qué más pudiera

Ofrecer con verdad mi pobre pecho?

Ternura os doy con efusión sincera

¡De mi ídolo el altar ya está deshecho!

 

No igual suerte me deis, ¡oh, vos, que en esta

Tierra de maldición sois mi consuelo!

¡No me queráis alzar ara funesta!

¡No me pidáis en el destierro el cielo!

 

Vedme cual soy en mí, no en vuestra mente,

Bien que el retrato destrocéis con ira;

Que, aunque cual creación brille eminente,

Vale más la verdad que la mentira.

 

La vuelta a la patria

¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!

Después de ausencia tan larga

Que por más de cuatro lustros

Conté sus horas infaustas,

 

Torno al fin, torno a pisar

Tus siempre queridas playas,

De júbilo henchido el pecho,

De entusiasmo ardiendo el alma.

 

¡Salud, oh tierra bendita,

Tranquilo edén de mi infancia,

Que encierras tantos recuerdos

De mis sueños de esperanza!

 

¡Salud, salud, nobles hijos

De aquesta mi dulce patria!

¡Hermanos, que hacéis su gloria!

¡Hermanas, que sois su gala!

 

¡Salud!… Si afectos profundos

Traducir pueden palabras,

Por los ámbitos queridos

Llevad, -¡brisas perfumadas,

 

Que habéis mecido mi cuna

Entre plátanos y palmas!-

Llevad los tiernos saludos

Que a Cuba mi amor consagra.

 

Llevadlos por esos campos

Que vuestro soplo embalsama,

Y en cuyo ambiente de vida

Mi corazón se restaura:

 

Por esos campos felices,

Que nunca el cierzo maltrata,

Y cuya pompa perenne

Melifluos sinsontes cantan.

 

Esos campos do la ceiba

Hasta las nubes levanta

De su copa el verde toldo,

Que grato frescor derrama:

 

Donde el cedro y la caoba

Confunden sus grandes ramas,

Y el yarey y el cocotero

Sus lindas pencas enlazan

 

Donde el naranjo y la piña

Vierten al par su fragancia;

Donde responde sonora

A vuestros besos la caña;

 

Donde ostentan los cafetos

Sus flores de filigrana,

Y sus granos de rubíes

Y sus hojas de esmeraldas.

 

Llevadlos por esos bosques

Que jamás el sol traspasa,

Y a cuya sombra poética,

Do refrescáis vuestras alas,

 

Se escucha en la siesta ardiente

-Cual vago concierto de hadas

La misteriosa armonía

De árboles, pájaros, aguas,

 

Que en soledades secretas,

Con ignotas concordancias,

Susurran, trinan, murmuran,

Entre el silencio y la calma.

 

Llevadlos por esos montes,

De cuyas vírgenes faldas

Se desprenden mil arroyos

En limpias ondas de plata.

 

Llevadlos por los vergeles,

Llevadlos por las sabanas

En cuyo inmenso horizonte

Quiero perder mis miradas.

 

¡Llevadlos férvidos, puros,

Cual de mi seno se exhalan

-Aunque del labio el acento

A formularlos no alcanza,

 

Desde la punta Maisí

Hasta la orilla del Mantua;

Desde el pico de Tarquino

A las costas de Guanaja!

 

Doquier los oiga ese cielo,

Al que otro ninguno iguala,

Y a cuya luz, de mi mente

Revivir siento la llama:

 

Doquier los oiga esta tierra

De juventud coronada,

Y a la que el sol de los trópicos

Con rayos de amor abrasa:

 

Doquier los hijos de Cuba

La voz oigan de esta hermana,

Que vuelve al seno materno

-Después de ausencia tan larga

 

Con el semblante marchito

Por el tiempo y la desgracia,

Mas de gozo henchido el pecho,

De entusiasmo ardiendo el alma.

 

Pero ¡ah! decidles que en vano

Sus ecos le pido a mi arpa;

Pues sólo del corazón

Los gritos de amor se arrancan.

 

Las contradicciones

No encuentro paz, ni me permiten guerra;

De fuego devorado, sufro el frío;

Abrazo un mundo, y quédome vacío;

Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.

 

Ni libre soy, ni la prisión me encierra;

Veo sin luz, sin voz hablar ansío;

Temo sin esperar, sin placer río;

Nada me da valor, nada me aterra.

 

Busco el peligro cuando auxilio imploro;

Al sentirme morir me encuentro fuerte;

Valiente pienso ser, y débil lloro.

 

Cúmplese así mi extraordinaria suerte;

Siempre a los pies de la beldad que adoro,

y no quiere mi vida ni mi muerte.

 

Las siete palabras

Y María al pie de la cruz

Al cielo ofreciendo del mundo el rescate,

Con clavos sujetas las manos divinas,

Ciñendo sus sienes corona de espinas,

Se ostenta en los brazos del leño Jesús.

A diestra y siniestra dos viles ladrones

Reciben la pena que al crimen se debe;

Mas ¡sólo en el Justo se ensaña la plebe,

Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

La túnica sacra con grita sortean

En frente al suplicio los fieros sayones,

Y el pueblo inconstante con torpes baldones

Denuesta al que ha sido su gloria y salud.

Ya nadie recuerda sus hechos pasmosos,

Del bien -que hizo a todos- cada uno se olvida,

Celebran su muerte, calumnian su vida…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

«Si Dios es tu Padre»-por mofa le dicen-

«Desciende, y entonces tendremos creencia.

Los oye el Cordero con santa paciencia,

Y ya de sus ojos nublada la luz,

Los alza clamando: -¡Perdónalos, Padre!

Lo que hacen ignoran, perdónalos pío.-

Con roncas blasfemias responde el gentío,

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

Sed tengo -murmura la Víctima augusta;

Vinagre mezclado con hiel le presentan…

Sus labios divinos la esponja ensangrientan,

Y ríe y se goza la vil multitud.

En tanto del Mártir se hiela la sangre

Cubriendo su frente con nublos espesos

Le tiemblan las carnes, le crujen los huesos

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

-¡Mujer, ve tu hijo! la dice, y señala

En Juan a la prole de Adán delincuente.

-¡Ahí tienes, oh hombre, tu Madre clemente!-

Mirando al Apóstol añade Jesús.

Tal es el legado que alcanzan los mismos

Que son de su muerte causantes insanos:

Les da para el cielo derechos de hermanos…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

Mirando del Cristo la suma clemencia,

De aquel que a su diestra comparte el suplicio

Conmuévese el alma, que el gran sacrificio

Ya en él ejercita su inmensa virtud:

-«De mí note olvides -le dice- en tu reino.»

Jesús premia al punto su fe meritoria;

-Conmigo- responde -serás en la gloria…-

Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

Mas ¡ay! ya el instante se acerca supremo:

Ya el pecho amoroso con pena respira:

Inclinase el rostro que el ángel admira,

Y eleva la muerte su fiera segur.

-¡Oh Padre divino! ¿por qué me abandonas?

La voz espirante pronuncia despacio:

Su queja doliente devora el espacio…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

-¡Todo es consumado! -Mi espíritu ¡oh Padre!

Recibe en tus manos -clamó el moribundo.

Retiemblan de pronto los ejes del mundo,

Los cielos se cubren de oscuro capuz,

Se parten las piedras, las tumbas se abren,

Sangriento un cadáver se ve suspendido…

¡De Adán el linaje ya está redimido!

¡Y aún queda la Madre al pie de la Cruz!

 

Los duendes

Palacios y chozas,

Campos y ciudad,

Brutos, aves, hombres,

Todo duerme ya;

 

Que cubren las sombras

Del cielo la faz,

Y guardan silencio

Los vientos y el mar.

 

Sólo un rumor se percibe,

Vago, débil y fugaz

El aliento de la noche,

Que llena la inmensidad;

 

Y cual un alma se queja

Perseguida sin cesar

Por una llama invisible

De la región infernal.

 

Mas crece el rumor… Sí, ¡crece,

Y ninguno fue jamás

Tan importuno y extraño,

Tan pavoroso y tenaz!

 

Ya parece de los búhos

La horrible voz sepulcral;

Ya de un inmenso gentío

El confuso respirar;

 

Ya fatídica campana

vibrando en la oscuridad,

Cuyos sonidos mil ecos

Repitiendo en torno van.

 

Pero no; cual cascabeles

Que mueve mano vivaz,

Que inarmónicos sones

Oigo en los aires vagar.

 

Ora se cambian… Podría

Presumirse, que a compás

Bailan niños juguetones

Sobre rollos de cristal,

 

Que se chocan, que se quiebran,

Que saltan acá y allá,

Revolviéndose en fragmentos

Con un ruido sin igual.

 

Son, ¡oh cielo! son los duendes,

Que enemigos de mi paz

Cada noche, en turba inmensa,

Visitan mi soledad.

 

Son los duendes, que mi insomnio

Parece siempre evocar,

Para burlarme, aturdirme,

Volverme loca quizás.

 

¡Ay! mi lámpara se extingue,

Y oigo al enjambre fatal

Que en confuso tropel cruza,

Surcando la inmensidad!

 

¡El techo retiembla

Sobre mí agitado!

¡Cual pino quemado

Lo escucho crujir!

¡La viga se dobla

Como junco blando!

¡La puerta, girando,

Se comienza a abrir!

¡Los goznes mohosos

Rechinan con ruido!

¡Con bronco estallido

Se parte el dintel!

¡Y veo entre nubes

De impuros vapores,

De extraños colores

Confuso tropel!

 

La horrible falange

Forma batallones.

Vampiros, dragones

Vuelan en montón,

Y pasan lanzando

Gemidos dolientes

¡Sus alas rugientes

Les presta Aquilón!

 

Acaso ¡ay! se posen

Sobre mi morada,

Ceda desquiciada

La antigua pared,

Y al impulso ruede

De la horda maldita,

Cual hoja marchita

Del viento a merced.

 

¡Oh Musa! si tu mano

Me ofrece libertad,

Prosternaré mi frente

Delante de tu altar.

De estos hijos impuros

De la noche fatal,

Sálvame compasiva,

Sálvame por piedad!

 

Haz que en vano sus alas,

Con capricho tenaz,

De mis viejos balcones

Azoten el cristal,

Y cerradas mis puertas

No dejen penetrar

El aliento maldito

De su boca infernal.

 

¡Ah! pasaron! las cohortes

Huyen ya, de furor llenas

Mas en los aires cadenas

Aún me parecen crujir.

Allá al remoto horizonte

La horrible cuadrilla avanza,

Y se escucha en lontananza

De sus alas el batir.

 

Bajo su vuelo impetuoso

Tiemblan las selvas vecinas,

Doblándose las encinas,

Removida su raíz.

¡Cómo en torno de la luna

Dibujan faja sangrienta,

Y en las nubes, que ella argenta,

Forman extraño matiz!

 

Mas ya las rasgan -huyendo-

Mis enemigos veloces…

Ya sus discordantes voces

Apenas puedo escuchar;

Siendo el ruido tan confuso,

A proporción que se aleja,

Que imita de la corneja

El fatídico graznar,

 

Y del granizo el sonido

Cayendo en un viejo techo,

O bien rodando deshecho

Desde elevada canal.

Pero más dulce se torna

Ya es de una fuente el murmullo

Ya el melancólico arrullo

De la tórtola leal

 

Ya de piadosa plegaria

Es la sílaba postrera…

Ya de la ola, en la ribera,

El espirante rumor

O es el aura -que en las ramas

Juega con vuelo liviano-

O acaso el eco lejano

Del insomne ruiseñor.

 

Todo cesa…

Ningún ruido

A mi oído

Llega ya;

Todo calla,

Y el reposo

Silencioso

Tornará.

Ya benigno

Vierte el sueño

Su beleño

Por mi sien,

Y en sosiego

Tan profundo

Duerme el mundo…

¡Y yo también!

 

Los reales sitios

Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,

Si pliega sus alas el viento dormido,

Gozar los asilos que un muro defiende,

Con ricos tapices de Flandes vestido.

 

Es grata la calma dulcísima y leda

De aquellos salones dorados y umbríos,

Do el sol, que penetra por nubes de seda,

Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.

 

Es grato el ambiente de aquellas estancias

-Que en torno matizan maderas preciosas-

Do en vasos de china despiden fragancias

Itálicos lirios, bengálicas rosas.

 

Es grato que al Euro -que huyó silencioso-

Imiten las bellas moviendo abanicos;

Allí do cual tronos del muelle reposo

Se ostentan divanes de púrpura ricos.

 

Y grato en la tarde, con lánguido paso,

Salir de entre sedas y pórfidos y oro,

A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,

El astro supremo su ardiente tesoro.

 

Que allí, para verlo, se tienen vergeles

Que nunca marchitan estivos ardores;

Con bancos de césped, con frescos doseles,

Y bosques y fuentes y exóticas flores.

 

Asilos tan bellos no hubieron las ninfas

Que hollaron de Grecia colinas amenas,

Ni náyades vieron tan plácidas linfas

Cual esas que guardan marmóreas sirenas.

 

Por eso en las noches del férvido estío

Es grato a ese elíseo llamar los placeres;

Cubriendo de luces su verde sombrío,

Llenando su espacio de hermosas mujeres.

 

Y aromas y bailes y amores y risas,

En dulces insomnios disfrutan las bellas,

En tanto que vuelan balsámicas brisas

Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.

 

¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,

Que brotan al soplo de regia hermosura!

Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas

Os dieran encantos de tanta dulzura!

 

No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio

Que allá San Lorenzo protege vecino;

Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,

Y son los placeres tu plácido sino.

 

¡Difunde fragancias: amores y risas

En gratos insomnios disfruten las bellas,

En tanto que vuelen balsámicas brisas

Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!

 

Mi mal

En vano ansiosa tu amistad procura

adivinar el mal que me atormenta;

en vano, amigo, conmovida intenta

revelarlo mi voz a tu ternura.

 

Puede explicarse el ansia, la locura

con que el amor sus fuegos alimenta,

Puede el dolor, la saña más violenta

exhalar por el labio su amargura.

 

Más de decir mi malestar profundo

no halla mi voz, mi pensamiento medio,

y al indagar su origen me confundo:

 

pero es un mal terrible, sin remedio,

que hace odiosa la vida, odioso el mundo,

que seca el corazón…¡En fin, es tedio!

 

¡Mirad al hombre! Del tupido velo…

¡Mirad al hombre! Del tupido velo

Que a la naturaleza envuelve inmensa

Levanta apenas, con incierta mano.

Un extremo no más; ya iluso piensa

Que toda la amplitud de tierra y cielo

Estrecha viene a su saber, y ufano

Erige audaz a su razón mezquina

Tribunal soberano.

Citando ante él a la razón divina.

 

«¿Quién eres?» — dice a Dios: — «¿Cuál es tu esencia?

¿Por qué naturaleza no lo explica?

Sus leyes estudió mi inteligencia,

Y en ellas nada de tu ser me indica

La inefable sustancia.

Ni de tu decantada providencia

Los designios profundos. ¿La ignorancia

Será quien deba tributarte culto,

Y al genio siempre y a la ciencia oculto.

Dejarás en problema

Ante sus luces tu verdad suprema?

Origen te proclaman

Del orden y del bien, y cuanto veo

Es desorden y mal. Justo te llaman,

Y me consume estéril el deseo

De comprender de tu justicia oscura

La marcha silenciosa.

En balde por tu gloria te conjura

Mi mente, codiciosa

De la eterna verdad, que tus arcanos

Le descubras sublimes:

Sordo te encuentran mis clamores vanos,

Y ni en las obras de tu diestra, mudas,

El sello augusto de tu nombre imprimes,

Cual si gozases en mirar las dudas

Luchar del hombre en el inquieto seno,

¡Tú que te llamas poderoso y bueno!»

 

«No más, no más en ignorancia ciega

Adoraré rendido

A un Dios desconocido,

Que a concordar con mi razón se niega.

Si no eres vano nombre,

Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres;

Pues nace altivo, inteligente el hombre,

Y si su amor y su homenaje quieres,

Debes hacer que su razón lo mande,

Al verte amable, al comprenderte grande.»

 

Así al saber supremo

Dicta leyes su hechura limitada,

Y de bondad por inefable extremo.

Para curarla de su orgullo infando.

Así confunde a la razón osada,

Allá en su propio seno resonando,

Aquella voz que fecundó a la nada.

«Tú, que cuenta me pides

De mis hondos designios; tú que dudas,

Si a tu razón se esconde,

De mi propia existencia; tú que mides

Mi justicia etemal, y en mis dominios

Juzgas del orden y del bien: ¡responde!

Tus sabios, tus astrónomos profundos,

¿Podrán decir cómo hago inalterable

La eterna ley, que de infinitos mundos

Que corren el espacio inmensurable,

El movimiento y curso determina

Sin que choquen jamás en raudo encuentro

Y por qué los fecunda e ilumina

Encadenado un sol en cada centro?

¡Loco mortal, a quien hinchado miro

Del prestado poder que de mí tienes!

¿Puedes del Orión turbar el giro,

O a las brillantes Pléyades detienes?

¿Puedes siquiera, conocer la tierra

Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base

Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase

Los tesoros que encierra?…

Un imperio tras otro desparece,

Y mil generaciones

Pasan por ella y en su seno se hunden;

Ella sola no cambia ni envejece,

Y sus preciosos dones

Con orden inmutable se difunden

Por las varias regiones

Que fertiliza el sol. Aquí presenta

Prados herbosos, selvas primitivas;

Allá el capricho de su fuerza ostenta

En colinas altivas,

Que decora con rasgos pintorescos;

Allá borda de valles las honduras;

Más acá ofrece los asilos frescos

De grutas silenciosas;

Ora se extiende en plácidas llanuras;

Ora se ensancha en playas arenosas;

Allí se muestra en sotos y florestas;

Acá en bosques umbríos;

Y allá ostentando sus potentes bríos,

Encumbra montes de nevadas crestas.»

 

«¿Qué paternal desvelo,

Qué sabia providencia

Con tal magnificencia

Dotó al grosero y despreciable suelo

De ese globo que habitas?

¿Quién lo sembró de vírgenes metales?

¿Quién lo cubrió de especies infinitas.

De útiles vegetales

Apropiados a climas diferentes?

¡Mira mecer las palmas y las cañas

Las brisas de los trópicos ardientes;

Mientras en selvas y ásperas montañas.

Resistiendo al tesón de vientos fieros.

Negros abetos, pinos seculares.

Se levantan austeros

Bajo los crudos círculos polares!»

 

«¿Quién te dirá cómo del hondo seno

Que mi espíritu henchía

Brotó con voz de trueno

La mar amenazante,

Y cómo yo de nieblas la cubría

Cual envuelve la madre al tierno infante?

Alzó atrevida la espumosa frente

Robando al sol fulgentes aureolas:

¿Mas quién se halló presente

Cuando la dije: — tu soberbia enfrena

Y a romper ve tus atronantes olas

En aquel dique de movible arena?» —

 

«¿Sabes por qué vapores incesantes.

Que recoge la atmósfera encendida.

De ese su seno líquido se exhalan,

Y en las nubes flotante

La masa de las aguas suspendida,

Sólo desciende al suelo gota a gota

En bienhechora lluvia convertida;

Mientras de las altísimas montañas

Se precipita en rápidos torrentes.

Penetra de la tierra las entrañas,

Y formando con linfas transparentes

Arroyos mil y ríos caudalosos,

Recorre murmurando el campo verde.

Con giros tortuosos,

Hasta volver al mar en que se pierde?»

 

«¡Juez de mi providencia, que me intimas

Su imperfección y que mi plan corriges!

¿Eres tú quién diriges

Según conviene a los diversos climas.

Los vientos voladores,

Y a disipar mefíticos vapores

Lanzas al rayo, que estallando dice

Con su hórrido estampido:

— ¡Gloria, Señor!, ya estás obedecido? —

¿Coronada de flores

Sale a tu voz la primavera hermosa,

A preparar la tierra, que reposa,

Del abrasado estío a los ardores?

¿O acata, acaso, tu poder visible

El invierno aterido

Haciendo le preceda

Con orden infalible

El otoño de pámpanos ceñido?»

 

«¿A las linfas saladas

Y a las ondas insípidas del río,

Lanzaste las especies animadas

Con variedad que pasma el pensamiento

Y a cada cual con diligente mano

Preparaste sustento?…

¿Por ti de aceite saludable llena*

Se agita entre el hervor del Océano

La colosal ballena?

¡Mira cuál brotan de sus ojos llamas.

Si la distancia de la presa mide! —

¡Mira si airada eriza las escamas.

Montes alzar en el ecuóreo llano,

Y si con lento paso lo divide

Darle de la vejez el color cano!»

 

«Por las libres regiones

Del aire que respiras

¿Esparces con tu diestra creadora

Las volubles legiones

De tantas aves que indolente miras?

¿Les concediste tú la voz canora?

¿Te deben los instintos

Por que se multiplican y alimentan,

Y los colores vividos que ostentan

En matices distintos

Sobre el esmalte de sus leves plumas;

O es tu saber quien guía

A las que al ver las invernales brumas

Dejan del norte la región sombría,

Y atraviesan el mar tras los ardores

Del refulgente sol del mediodía?

¡Mira cómo desprecia los furores

Del caprichoso viento

El águila real, las soledades

Surca del éter en sublime asiento

Para el vuelo atrevido,

Y entre nubes que envuelven tempestades

Labra el robusto nido

De la desierta roca

En las ásperas puntas suspendido;

Mientras el avestruz de pluma poca,

Que nunca se alza a la región yacía.

Por otro instinto poderoso y cierto.

Su cara prole fía

A la infecunda arena del desierto!»

 

«Un momento contempla

De los brutos la inmensa muchedumbre;

En ninguno verás que falte o sobre

Un miembro necesario.

Éstos de imponderable mansedumbre,

Aquéllos de carácter sanguinario;

Tímidos unos, otros atrevidos.

Pesados unos, otros diligentes.

Todos están armados y vestidos

Cual requieren sus usos diferentes,

El destino especial que les señalo

Y el clima y el lugar do los instalo.

No por tus artes enseñado ha sido

El castor industrioso;

Ni el corcel generoso,

Que sufre lo domines.

Te debe aquel valor con que al sonido

De la trompa guerrera.

Sacudiendo las crines.

La nariz dilatando,

Se lanza al campo en rápida carrera,

De espuma y de sudor huellas dejando.»

 

«Cuanto tu vista admira

Y cuanto puede concebir tu idea,

Es átomo mezquino

Del universo en el grandioso seno;

Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino

Inquirir osas de arrogancia lleno,

Secretos inefables, ¡confundida

Verás por las partículas más leves

Tu razón desvalida.

Si a analizar ese átomo te atreves!

De la naturaleza, que presumes.

Iluso, conocer, al ser más pobre

Comprender y explicar quieres en vano;

Esa flor que te brinda sus perfumes.

Ese mosquito que aplastó tu dedo,

Ese que huellas, mísero gusano,

¡Misterios son, en que abismarte puedo!»

 

«¿Y no eres un abismo,

¡Oh átomo pensador! para ti mismo?

Naturaleza doble en ti se encierra;

De un rayo de mi mente iluminado

Eres rey de la tierra,

Y de esa tierra mísera formado.

Materia deleznable

Y espíritu soberbio,

Grande y pequeño, fuerte y miserable.

Suspenso entre la nada

Estás y el infinito,

Y en tu razón tan pobre y limitada.

Llevas augusto privilegio escrito.

Trémulo ante tan grandes maravillas,

Que entrever logra tu asombrada mente.

Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas,

Prosternando la frente

Y acatando rendido

De mi sapiencia el insondable arcano;

Mas no alces atrevido

Hasta mi trono el pensamiento insano;

Que aunque el astro de fuego

Su luz te envía en rayos bienhechores.

Si le osas contemplar quedarás ciego,

Sombras no más hallando en sus fulgores»

 

«En tu alma de mi ser grabé la idea,

Y rindiendo a su autor digno homenaje.

Naturaleza emplea

Universal, magnífico lenguaje.

De un polo al otro en sus miserias claman

Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo,

Las noches y los días.

Mi poder y bondad doquier proclaman,

Y mi nombre preludian en el suelo

Multitud de armonías.

Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo

Y confunden tu ciencia;

Mas para el corazón tienen sencillo

Poderosa elocuencia.

Es mi nombre «¡El que- Es!» — ¡Que confundida

Ante el misterio de tan alto nombre,

Entre esas obras de mi augusta diestra

El humano saber calle y se asombre;

Pues su ciencia mayor alcanza y muestra

Al conocer su pequeñez el hombre!»

 

¡Mirad!, ya la tarde fenece…

¡Mirad!, ya la tarde fenece…

La noche en el cielo

Despliega su velo

Propicio al amor.

 

La playa desierta parece;

Las olas serenas

Salpican apenas

Su dique de arenas,

Con blando rumor.

 

Del líquido seno la luna

Su pálida frente

Allá en occidente

Comienza a elevar.

 

No hay nube que vele importuna

Sus tibios reflejos,

Que miro de lejos

Mecerse en espejos

Del trémulo mar.

 

¡Corramos!… ¡Quién llega primero!

Ya miro la lancha…

Mi pecho se ensancha,

Se alegra mi faz.

 

¡Ya escucho la voz del nauclero,

Que el lino despliega

Y al soplo lo entrega

Del aura que juega,

Girando fugaz!

 

¡Partamos! La plácida hora

Llegó de la pesca,

Y al alma refresca

La bruma del mar.

 

¡Partamos, que arrecia sonora

La voz indecisa

Del agua, y la brisa

Comienza de prisa

La flámula a hinchar!

 

¡Pronto, remero!

¡Bate la espuma!

¡Rompe la bruma!

¡Parte veloz!

 

¡Vuele la barca!

¡Dobla la fuerza!

¡Canta, y esfuerza

Brazos y voz!

 

Un himno alcemos

Jamás oído,

Del remo al ruido,

Del viento al son,

 

Y vuele en alas

Del libre ambiente

La voz ardiente

Del corazón.

 

Yo a un marino le debo la vida,

Y por patria le debo al azar

Una perla -en un golfo nacida-

Al bramar

Sin cesar

De la mar.

 

Me enajena al lucir de la luna

Con mi bien estas olas surcar,

Y no encuentro delicia ninguna

Como amar

Y cantar

En el mar.

 

Los suspiros de amor anhelantes

¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,

Si es tan grato a los pechos amantes

A la par

Suspirar

En el mar?

¿No sentís que se encumbra la mente

Esa bóveda inmensa al mirar?

 

Hay un goce profundo y ardiente

En pensar

Y admirar.

En el mar.

 

Ni un recuerdo del mundo aquí llegue

Nuestra paz deliciosa a turbar;

Libre el alma al deleite se entregue

De olvidar

Y gozar

En el mar.

 

¡Prestos todos!… ¡Las redes se tiendan!

¡Muy pesadas las hemos de alzar!

¡Prestos todos, los cantos suspendan,

Y callar

Y pescar

En el mar!

 

No en lo pasado a tu virtud modelo…

No en lo pasado a tu virtud modelo,

ni copia al porvenir dará la historia,

ni otra igual en grandeza a tu memoria

difundirán los siglos en su vuelo.

 

Miró la Europa ensangrentar su suelo

al genio de la guerra y la victoria…

pero le cupo a América la gloria

de que al genio del bien le diera el cielo.

 

Que audaz conquistador goce en su ciencia,

mientras al mundo en páramo convierte,

y se envanezca cuando a siervos mande;

 

¡mas los pueblos sabrán en su conciencia

que el que los rige libres sólo es fuerte,

que el que los hace grandes sólo es grande!

 

No encuentro paz, ni me permiten guerra…

No encuentro paz, ni me permiten guerra;

De fuego devorado, sufro el frío;

Abrazo un mundo, y quédome vacío;

Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.

 

Ni libre soy, ni la prisión me encierra;

Veo sin luz, sin voz hablar ansío;

Temo sin esperar, sin placer río;

Nada me da valor, nada me aterra.

 

Busco el peligro cuando auxilio imploro;

Al sentirme morir me encuentro fuerte;

Valiente pienso ser, y débil lloro.

 

Cúmplese así mi extraordinaria suerte;

Siempre a los pies de la beldad que adoro,

y no quiere mi vida ni mi muerte.

 

¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto…

¿No es delirio, Señor? Tú, el absoluto

En belleza, poder, inteligencia;

Tú, de quien es la perfección esencia

Y la felicidad santo atributo;

 

Tú, a mí -que nazco y muero como el bruto-

Tú, a mí -que el mal recibo por herencia-

Tú, a mí -precario ser, cuya impotencia-

Solo estéril dolor tiene por fruto…

 

¿Tú me buscas ¡oh Dios! Tú el amor mío

Te dignas aceptar como victoria

Ganada por tu amor a mi albedrío?

 

¡Sí! no es delirio; que a la humilde escoria,

Digno es de tu supremo poderío

Hacer capaz de acrecentar tu gloria!

 

No existe lazo ya: todo está roto…

No existe lazo ya: todo está roto:

plúgole al cielo así: ¡bendito sea!

Amargo cáliz con placer agoto:

mi alma reposa al fin: nada desea.

 

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:

¡nunca, si fuere error, la verdad mire!

Que tantos años de amarguras llenos

trague el olvido: el corazón respire.

 

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo

una vez y otra vez pisaste insano…

Mas nunca el labio exhalará un murmullo

para acusar tu proceder tirano.

 

De graves faltas vengador terrible,

dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?

No era tuyo el poder que irresistible

postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

 

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!

Todo se terminó, recobro aliento:

¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…

ni amor ni miedo al contemplarte siento.

 

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…

Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…

Hice un mundo de ti, que hoy se anonada

y en honda y vasta soledad me miro.

 

¡Vive dichoso tú! Si en algún día

ves este adiós que te dirijo eterno,

sabe que aún tienes en el alma mía

generoso perdón, cariño tierno.

 

No soy maga ni sirena…

Contestando a otro de una señorita

No soy maga ni sirena,

Ni querub ni pitonisa,

Como en tus versos galanos

Me llamas hoy, bella niña.

Gertrudis tengo por nombre,

Cual recibido en la pila;

Me dice Tula mi madre,

Y mis amigos la imitan.

Prescinde, pues, te lo ruego,

De las Safos y Corinas,

Y simplemente me nombra

Gertrudis, Tula o amiga.

Amiga, sí; que aunque tanto

Contra tu sexo te indignas,

Y de maligno lo acusas

Y de envidioso lo tildas,

En mí pretendo probarte

Que hay en almas femeninas,

Para lo hermoso entusiasmo,

Para lo bueno justicia.

Naturaleza madrastra

No fue (lo ves en ti misma)

Con la mitad de la especie

Que la razón ilumina.

No son las fuerzas corpóreas

De las del alma medida,

No se encumbra el pensamiento

Por el vigor de las fibras.

Perdona, pues, si no acato

Aquel fallo que me intimas;

Como no acepto el elogio

En que lo envuelves benigna.

No, no aliento ambición noble,

Como engañada imaginas,

De que en páginas de gloria

Mi humilde nombre se escriba.

Canto como canta el ave,

Como las ramas se agitan,

Como las fuentes murmuran,

Como las auras suspiran.

Canto porque al cielo plugo

Darme el estro que me anima;

Como dio brillo a los astros,

Como dio al orbe armonías.

Canto porque hay en mi pecho

Secretas cuerdas que vibran

A cada afecto del alma,

A cada azar de la vida.

Canto porque hay luz y sombras,

Porque hay pesar y alegría,

Porque hay temor y esperanza,

Porque hay amor y hay perfidia.

Canto porque existo y siento,

Porque lo bello me admira,

Porque lo bello me encanta,

Porque lo malo me irrita.

Canto porque ve mi mente

Concordancias infinitas,

Y placeres misteriosos,

Y verdades escondidas.

Canto porque hay en los seres

Sus condiciones precisas:

Corre el agua, vuela el ave,

Silba el viento, y el sol brilla.

Canto sin saber yo propia

Lo que el canto significa,

Y si al mundo, que lo escucha,

Asombro o lástima inspira.

El ruiseñor no ambiciona

Que lo aplaudan cuando trina

Latidos son de su seno

Sus nocturnas melodías.

Modera, pues, tu alabanza,

Y de mi frente retira

La inmarchitable corona

Que tu amor me pronostica.

Premiando nobles esfuerzos,

Sienes más heroicas ciña;

Que yo al cantar solo cumplo

La condición de mi vida.

 

¡Oh, tú, del alto cielo!…

¡Oh, tú, del alto cielo

precioso don, al hombre concedido!

¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,

de mis placeres manantial querido!

¡Alma del orbe, ardiente Poesía,

dicta el acento de la lira mía!

 

Díctalo, sí, que enciende

tu amor mi seno, y sin cesar ansío

la poderosa voz, que espacios hiende,

para aclamar tu excelso poderío,

y en la naturaleza augusta y bella

buscar, seguir y señalar tu huella.

 

¡Mil veces desgraciado

quien -al fulgor de tu hermosura ciego-

en su alma inerte y corazón helado

no abriga un rayo de tu dulce fuego;

que es el mundo, sin ti, templo vacío,

cielo sin claridad, cadáver frío!

 

Mas yo doquier te miro;

doquier el alma, estremecida, siente

tu influjo inspirador; el grave giro

de la pálida Luna, el refulgente

trono del Sol, la tarde, la alborada…

todo me habla de ti con voz callada.

 

En cuanto ama y admira,

te halla mi mente. Si huracán violento

zumba, y levanta el mar, bramando de ira;

si con rumor responde soñoliento

plácido arroyo al aura que suspira…

tú alargas para mí cada sonido

y me explicas su místico sentido.

 

Al férvido verano,

a la apacible y dulce primavera,

al grave otoño y al invierno cano

me embellece tu mano lisonjera;

¡que alcanzan, si los pintan tus colores,

calor el hielo, eternidad las flores!

 

¿Qué a tu dominio inmenso

no sujetó el Señor? En cuanto existe

hallar tu ley y tus misterios pienso:

el Universo tu ropaje viste,

y en su conjunto armónico demuestra

que tú guiaste la hacedora diestra.

 

¡Hablas! ¡Todo renace!

Tu creadora voz los yermos puebla;

espacios no hay que tu poder no enlace;

y rasgando del tiempo la tiniebla,

de lo pasado al descubrir ruinas,

con tu mágica luz las iluminas.

 

Por tu acento apremiados,

levántanse del fondo del olvido,

ante tu tribunal, siglos pasados;

y el fallo que pronuncias -trasmitido

por una y otra edad en rasgos de oro-

eterniza su gloria o su desdoro.

 

Tu genio, independiente

rompe las sombras del error grosero;

la verdad preconiza; de su frente

vela con flores el rigor severo,

dándole al pueblo, en bellas creaciones,

de saber y virtud santas lecciones.

 

Tu espíritu sublime

ennoblece la lid; tu épica trompa

brillo eternal en el laurel imprime;

al triunfo presta inusitada pompa;

y los ilustres hechos que proclama

fatiga son del eco de la fama.

 

Mas, si entre gayas flores,

a la beldad consagras tus acentos;

si retratas los tímidos amores;

si enalteces sus rápidos contentos;

a despecho del tiempo, en tus anales,

beldad, placer y amor son inmortales.

 

Así en el mundo suenan

del amante Petrarca los gemidos;

los siglos con sus cantos se enajenan;

y unos tras otros -de su amor movidos-

van de Valclusa a demandar al aura

el dulce nombre de la dulce Laura.

 

¡Oh! No orgullosa aspiro

a conquistar el lauro refulgente,

que humilde acato y entusiasta admiro,

de tan gran vate en la inspirada frente;

ni ambicionan mis labios juveniles

el clarín sacro del cantor de Aquiles.

 

No tan ilustres huellas

seguir es dado a mi insegura planta…

Mas, abrasada al fuego que destellas,

¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa

mi pobre ofrenda estremecida elevo,

y una sonrisa a demandar me atrevo.

 

Cuando las frescas galas

de mi lozana juventud se lleve

el veloz tiempo en sus potentes alas,

y huyan mis dichas como el humo leve,

serás aún mi sueño lisonjero,

y veré hermoso tu favor primero.

 

Dame que puedas entonces,

¡Virgen de paz, sublime Poesía!,

no transmitir en mármoles ni en bronces

con rasgos tuyos la memoria mía;

sólo arrullar, cantando, mis pesares,

a la sombra feliz de tus altares.

 

Otra vez llanto, soledad, tinieblas…

Después de la muerte de mi marido

Otra vez llanto, soledad, tinieblas…

¡Huyó cual humo la ilusión querida!

¡La luz amada que alumbró mi vida

Un relámpago fue!

 

Brilló para probar sombra pasada;

Brilló para anunciar sombra futura;

Brilló para morir… y en noche oscura

Para siempre quedé.

 

Tras luengos años de tormenta ruda

Comenzaba a gozar benigna calma;

Mas ¡ay! que solo por burlar el alma

La abandonó el dolor.

 

Así la pérfida alimaña finge

Que a su presa infeliz escapar deja,

Y con las garras extendidas, ceja

Para asirla mejor.

 

El que ayer era mi sostén y amparo,

Hoy de la muerte es mísero trofeo

¡Por corona nupcial me dio Himeneo

Mustio y triste ciprés!

 

De juventud, de amor, de fuerza henchido,

Su porvenir ¡cuán vasto parecía…

Mas la mañana terminó su día:

¡Ya del tiempo no es!

 

Nada me resta, ¡oh Dios! Sus rotas alas

Pliega gimiendo mi esperanza bella

Hoy sus decretos el destino sella;

Ya irrevocables son.

 

Al golpe atroz que me desgarra el pecho

Quizás mi pobre vida no sucumba;

Mas con los restos que tragó esa tumba

Se hunde mi corazón.

 

¡Alma noble y amante! tú, ante el trono

De la infinita paternal clemencia,

Por la que fue mitad de tu existencia

¡Pide, pide piedad!

 

Baje un rayo de luz que alumbre mi alma

En este abismo de pavor profundo,

Hasta que pueda abandonar del mundo

¡La inmensa soledad!

 

Paisaje Guipuzcoano

Suspende, mi caro amigo,

tus pasos por un instante:

no está la ermita distante,

y apenas las cinco son.

Ven a admirar -bajo el toldo

de aquellos verdes ramajes-

los pintorescos paisajes

de esta encantada región.

 

Mira a tus pies ese río,

cuyas herbosas orillas

millones de florecillas

cubren, difundiendo olor;

y desde el borde escarpado

oye las mansas corrientes

deslizarse transparentes

con soñoliento rumor.

 

Hileras de álamos blancos,

que el hondo cauce sombrean,

sus altas copas cimbrean

del viento al soplo fugaz;

mientras pescan silenciosos,

con luengas cañas y anzuelos,

dos vigorosos chicuelos

de viva y morena faz.

 

Mira en torno cuál se extienden

cuadros de trigos dorados,

por ricas franjas cortados

de verde-oscuro maíz;

y esos tan varios helechos

-fieles hijos de las sombras-

que prestan al bosque alfombras

de primoroso matiz.

 

¿Ves allá los caseríos

-que siembran el valle a trechos-

levantar sus rojos techos

de entre el verde castañar?

¿Ves cuál visten sus paredes

de parra lindos festones,

y cómo van los gorriones

sus racimos a picar?

 

Mas que ya las chimeneas

despiden humo, repara,

anunciando se prepara

la cena del segador;

y a las vacas lentamente

mira bajar de esos cerros,

llamando con sus cencerros

al perezoso pastor.

 

Mas, ¡oh, ve! también desciende,

saltando por entre breñas,

turba de niñas risueñas

que acá parece venir.

Sí; no hay duda, ramilletes

nos ofrecen con empeño…

¿Comprendes tú, caro dueño,

lo que nos quieren decir?

 

¡Ah!, sabe que esos perfumes,

que rinden cual homenaje,

solo son mudo lenguaje

de un triste y constante afán;

pues -con rara poesía-

el mendigo guipuzcoano,

cubre de flores la mano

que tiende pidiendo pan.

 

Acepta al punto, ¡querido!

¿quién hay que negarse pueda

a cambiar una moneda

por cada hermoso clavel?

Venid, niñas, cada tarde;

yo en el trueque me intereso,

y si al ramo unís un beso

garante os salgo de él.

 

¡Pero no entienden!… ¡Se alejan!

Mira por esos barrancos

saltar, desnudos y blancos,

sus breves y lindos pies…

Se detienen, se sonríen

viendo en mi pecho sus ramos,

y ligeras como gamos

desaparecen después.

 

Mientras tanto las montañas

sus picachos desiguales

van envolviendo en cendales

de gualda, azul y arrebol,

y en su carro majestuoso

-surcando el tibio occidente-

hunde a su espalda la frente,

cansado de vida, el sol.

 

A su postrera mirada

y a su postrera sonrisa,

suspiros vuelve la brisa,

perfumes vuelve la flor,

y llanto puro los cielos

vierten en el valle umbrío,

que lo convierte en rocío

de delicioso frescor.

 

¡Oh, mira! Ya por las faldas,

que cubren altos castaños,

bajando van los rebaños

para acogerse al redil…

Ya los niños sus anzuelos

han recogido y su pesca,

y se van armando gresca

con regocijo infantil.

 

Palacios y chozas…

Palacios y chozas,

Campos y ciudad,

Brutos, aves, hombres,

Todo duerme ya;

 

Que cubren las sombras

Del cielo la faz,

Y guardan silencio

Los vientos y el mar.

 

Sólo un rumor se percibe,

Vago, débil y fugaz

El aliento de la noche,

Que llena la inmensidad;

 

Y cual un alma se queja

Perseguida sin cesar

Por una llama invisible

De la región infernal.

 

Mas crece el rumor… Sí, ¡crece,

Y ninguno fue jamás

Tan importuno y extraño,

Tan pavoroso y tenaz!

 

Ya parece de los búhos

La horrible voz sepulcral;

Ya de un inmenso gentío

El confuso respirar;

 

Ya fatídica campana

vibrando en la oscuridad,

Cuyos sonidos mil ecos

Repitiendo en torno van.

 

Pero no; cual cascabeles

Que mueve mano vivaz,

Que inarmónicos sones

Oigo en los aires vagar.

 

Ora se cambian… Podría

Presumirse, que a compás

Bailan niños juguetones

Sobre rollos de cristal,

 

Que se chocan, que se quiebran,

Que saltan acá y allá,

Revolviéndose en fragmentos

Con un ruido sin igual.

 

Son, ¡oh cielo! son los duendes,

Que enemigos de mi paz

Cada noche, en turba inmensa,

Visitan mi soledad.

 

Son los duendes, que mi insomnio

Parece siempre evocar,

Para burlarme, aturdirme,

Volverme loca quizás.

 

¡Ay! mi lámpara se extingue,

Y oigo al enjambre fatal

Que en confuso tropel cruza,

Surcando la inmensidad!

 

¡El techo retiembla

Sobre mí agitado!

¡Cual pino quemado

Lo escucho crujir!

¡La viga se dobla

Como junco blando!

¡La puerta, girando,

Se comienza a abrir!

¡Los goznes mohosos

Rechinan con ruido!

¡Con bronco estallido

Se parte el dintel!

¡Y veo entre nubes

De impuros vapores,

De extraños colores

Confuso tropel!

 

La horrible falange

Forma batallones.

Vampiros, dragones

Vuelan en montón,

Y pasan lanzando

Gemidos dolientes

¡Sus alas rugientes

Les presta Aquilón!

 

Acaso ¡ay! se posen

Sobre mi morada,

Ceda desquiciada

La antigua pared,

Y al impulso ruede

De la horda maldita,

Cual hoja marchita

Del viento a merced.

 

¡Oh Musa! si tu mano

Me ofrece libertad,

Prosternaré mi frente

Delante de tu altar.

De estos hijos impuros

De la noche fatal,

Sálvame compasiva,

Sálvame por piedad!

 

Haz que en vano sus alas,

Con capricho tenaz,

De mis viejos balcones

Azoten el cristal,

Y cerradas mis puertas

No dejen penetrar

El aliento maldito

De su boca infernal.

 

¡Ah! pasaron! las cohortes

Huyen ya, de furor llenas

Mas en los aires cadenas

Aún me parecen crujir.

Allá al remoto horizonte

La horrible cuadrilla avanza,

Y se escucha en lontananza

De sus alas el batir.

 

Bajo su vuelo impetuoso

Tiemblan las selvas vecinas,

Doblándose las encinas,

Removida su raíz.

¡Cómo en torno de la luna

Dibujan faja sangrienta,

Y en las nubes, que ella argenta,

Forman extraño matiz!

 

Mas ya las rasgan -huyendo-

Mis enemigos veloces…

Ya sus discordantes voces

Apenas puedo escuchar;

Siendo el ruido tan confuso,

A proporción que se aleja,

Que imita de la corneja

El fatídico graznar,

 

Y del granizo el sonido

Cayendo en un viejo techo,

O bien rodando deshecho

Desde elevada canal.

Pero más dulce se torna

Ya es de una fuente el murmullo

Ya el melancólico arrullo

De la tórtola leal

 

Ya de piadosa plegaria

Es la sílaba postrera…

Ya de la ola, en la ribera,

El espirante rumor

O es el aura -que en las ramas

Juega con vuelo liviano-

O acaso el eco lejano

Del insomne ruiseñor.

 

Todo cesa…

Ningún ruido

A mi oído

Llega ya;

Todo calla,

Y el reposo

Silencioso

Tornará.

Ya benigno

Vierte el sueño

Su beleño

Por mi sien,

Y en sosiego

Tan profundo

Duerme el mundo…

¡Y yo también!

 

¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!…

¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!

Después de ausencia tan larga

Que por más de cuatro lustros

Conté sus horas infaustas,

 

Torno al fin, torno a pisar

Tus siempre queridas playas,

De júbilo henchido el pecho,

De entusiasmo ardiendo el alma.

 

¡Salud, oh tierra bendita,

Tranquilo edén de mi infancia,

Que encierras tantos recuerdos

De mis sueños de esperanza!

 

¡Salud, salud, nobles hijos

De aquesta mi dulce patria!

¡Hermanos, que hacéis su gloria!

¡Hermanas, que sois su gala!

 

¡Salud!… Si afectos profundos

Traducir pueden palabras,

Por los ámbitos queridos

Llevad, -¡brisas perfumadas,

 

Que habéis mecido mi cuna

Entre plátanos y palmas!-

Llevad los tiernos saludos

Que a Cuba mi amor consagra.

 

Llevadlos por esos campos

Que vuestro soplo embalsama,

Y en cuyo ambiente de vida

Mi corazón se restaura:

 

Por esos campos felices,

Que nunca el cierzo maltrata,

Y cuya pompa perenne

Melifluos sinsontes cantan.

 

Esos campos do la ceiba

Hasta las nubes levanta

De su copa el verde toldo,

Que grato frescor derrama:

 

Donde el cedro y la caoba

Confunden sus grandes ramas,

Y el yarey y el cocotero

Sus lindas pencas enlazan

 

Donde el naranjo y la piña

Vierten al par su fragancia;

Donde responde sonora

A vuestros besos la caña;

 

Donde ostentan los cafetos

Sus flores de filigrana,

Y sus granos de rubíes

Y sus hojas de esmeraldas.

 

Llevadlos por esos bosques

Que jamás el sol traspasa,

Y a cuya sombra poética,

Do refrescáis vuestras alas,

 

Se escucha en la siesta ardiente

-Cual vago concierto de hadas

La misteriosa armonía

De árboles, pájaros, aguas,

 

Que en soledades secretas,

Con ignotas concordancias,

Susurran, trinan, murmuran,

Entre el silencio y la calma.

 

Llevadlos por esos montes,

De cuyas vírgenes faldas

Se desprenden mil arroyos

En limpias ondas de plata.

 

Llevadlos por los vergeles,

Llevadlos por las sabanas

En cuyo inmenso horizonte

Quiero perder mis miradas.

 

¡Llevadlos férvidos, puros,

Cual de mi seno se exhalan

-Aunque del labio el acento

A formularlos no alcanza,

 

Desde la punta Maisí

Hasta la orilla del Mantua;

Desde el pico de Tarquino

A las costas de Guanaja!

 

Doquier los oiga ese cielo,

Al que otro ninguno iguala,

Y a cuya luz, de mi mente

Revivir siento la llama:

 

Doquier los oiga esta tierra

De juventud coronada,

Y a la que el sol de los trópicos

Con rayos de amor abrasa:

 

Doquier los hijos de Cuba

La voz oigan de esta hermana,

Que vuelve al seno materno

-Después de ausencia tan larga

 

Con el semblante marchito

Por el tiempo y la desgracia,

Mas de gozo henchido el pecho,

De entusiasmo ardiendo el alma.

 

Pero ¡ah! decidles que en vano

Sus ecos le pido a mi arpa;

Pues sólo del corazón

Los gritos de amor se arrancan.

 

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!…

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!

¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo

la noche cubre con su opaco velo,

como cubre el dolor mi triste frente.

 

¡Voy a partir!… La chusma diligente,

para arrancarme del nativo suelo

las velas iza, y pronta a su desvelo

la brisa acude de tu zona ardiente.

 

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

¡Doquier que el hado en su furor me impela,

tu dulce nombre halagará mi oído!

 

¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…

el ancla se alza… el buque, estremecido,

las olas corta y silencioso vuela.

 

Polonia

Traducción libre de Víctor Hugo

Sola al pie de la torre, donde la voz tonante

Resuena pavorosa de tu señor fatal,

Cuya siniestra sombra parece por instante

Designarse en la piedra del silencioso umbral;

 

Pronta a ver al esposo trocarse en asesino,

Pálida, y hasta el suelo doblada la cerviz

Vencida, encadenada, te ofreces al destino,

Bella y triste Polonia, por víctima infeliz.

 

A falta de tus hijos, miro tus manos puras

El crucifijo santo con fervor estrechar…

¡Mancharon los Basquiros tus regias vestiduras,

Y en ellas sus sandalias grabaron al pasar!

 

A intervalos te llegan palabras de amenaza,

Y de pisadas duras escuchase rumor,

Y un sable allá reluce, y un hierro que te enlaza

Al muro, por do corre tu llanto de dolor.

 

¡Polonia sin ventura! los brazos descarnados

Y la abatida frente te miro levantar,

Y los llorosos ojos, hundidos y empañados,

Hacia la Francia vuelves con tímido mirar.

 

Un grito de tu pecho tristísimo desprendes:

-¡Oh Francia, hermana mía! -te escucho repetir:

Ansiosa tus miradas por el camino tiendes,

Y esperas ¡ ay! y esperas… ¡y a nadie ves venir!

 

¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?…

¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?

— ¡Ay! he perdido el ángel que era mi encanto…

Ni aun leves huellas

Dejaron en el mundo sus plantas bellas.

 

— Te engañas, joven madre; templa tu duelo.

Que ese ángel —aunque libre remonta el vuelo-

Te sigue amante

Do quiera que dirijas tu paso errante.

 

¿No admiras, cuando baña la tibia esfera

Del alba sonrosada la luz primera,

Con qué armonía

Cielo y tierra saludan al nuevo día?

 

Pues sabe, joven madre, que cada aurora

Por las manos de un ángel su faz colora,

y aquel concento

Se lo enseña a natura su dulce acento.

 

Cuando del sol el rayo postrero espira,

¿No escuchas un suspiro que en torno gira?

Y un soplo leve

¿No acaricia tu rostro, tus rizos mueve?…

 

Reina el silencio: fúlgidas en tanto…

Reina el silencio: fúlgidas en tanto

Luces de paz, purísimas estrellas,

De la noche feliz lámparas bellas,

Bordáis con oro su luctuoso manto.

 

Duerme el placer, mas vela mi quebranto,

Y rompen el silencio mis querellas,

Volviendo el eco, unísono con ellas,

De aves nocturnas el siniestro canto.

 

¡Estrellas, cuya luz modesta y pura

Del mar duplica el azulado espejo!

Si a compasión os mueve la amargura

 

Del intenso penar por que me quejo,

¿Cómo para aclarar mi noche oscura

No tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?

 

Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama…

Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama

con tu almo fuego mi cansado pecho!

sin luz, sin brío, comprimido, estrecho,

un rayo anhela de tu ardiente llama.

 

A tu influjo feliz brote la grama;

el hielo caiga a tu fulgor deshecho:

¡Sal, del invierno rígido a despecho,

rey de la esfera, sol: mi voz te llama!

 

De los dichosos campos do mi cuna

recibió de tus rayos el tesoro,

me aleja para siempre la fortuna:

 

bajo otro cielo, en otra tierra lloro,

donde la niebla abrúmame importuna…

¡Sal rompiéndola, sol, que yo te imploro!

 

¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla!…

¡Salve, oh pendón ilustre de Castilla,

Que hoy en los muros de Tetuán tremolas,

Y haces llegar a la cubana Antilla

Reflejos de las glorias españolas!

La media luna -que ante ti se humilla,-

Recuerda ya que entre revueltas olas,

De la raza de Agar con hondo espanto,

Se hundió al lucir el astro de Lepanto.

 

Y esa morisma -de la Europa afrenta-

Que el rugido olvidó de tus leones,

Hoy al golpe cruel -que la escarmienta,-

Forjando en su pavor fieras visiones,

De siete siglos a la luz sangrienta

Juzga que mira alzarse entre blasones,

-Sus turbantes teniendo por alfombras,-

Del Cid, de Alfonso y de Guzmán las sombras.

 

¡Oh! ¡sí! contigo van, por ti pelean

Esos nombres augustos; de su gloria

Los rayos en tus pliegues centellean,

Como fulguran en la hispana historia.

¡Que así triunfantes para siempre sean

Símbolos del honor y la victoria,

La civilización mirando ufana,

Que hoy te hospeda Tetuán, Tánger mañana!

 

¿Serás del alma eterna compañera?…

¿Serás del alma eterna compañera,

tenaz memoria de veloz ventura?

¿Por qué el recuerdo interminable dura

si el bien pasó cual ráfaga ligera?

¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera

abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,

de glorias mil inmensa sepultura

y del dolor consolación postrera!,

si a tu vasto poder ninguno asombra

y al orbe riges con tu cetro frío,

¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.

¡Ven y devora este fantasma impío,

de pasado placer pálida sombra,

de placer por venir nublo sombrío.

 

Significado de la palabra yo amé

Con yo amé dice cualquiera

Esta verdad desolante:

-Todo en el mundo es quimera,

No hay ventura verdadera

Ni sentimiento constante.

Yo amé significa: -Nada

le basta al hombre jamás:

La pasión más delicada,

La promesa más sagrada,

Son humo y viento… ¡y no más!

 

¡Sol del que triste vela!…

¡Sol del que triste vela!

¡Astro de lumbre fría,

cuyos trémulos rayos, de la noche

para mostrar las sombras sólo brillan!

 

¡Oh, cuánto te semejas

de la pasada dicha

al pálido recuerdo, que del alma

sólo hace ver la soledad sombría!

 

Reflejo de una llama

ya oculta o extinguida,

llena la mente, pero no la enciende;

vive en el alma, pero no la anima.

 

Descubre, cual tú, sombras

que esmalta y acaricia;

Y como a ti, tan sólo la contempla

el dolor mudo en férvida vigilia.

 

Soledad del alma

La flor delicada, que apenas existe una aurora,

tal vez largo tiempo al ambiente le deja

su olor…

Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día

atesora

muriendo marchitas no dejan perfume en

redor.

 

La luz esplendente del astro fecundo del día

se apaga, y sus huellas aún forman hermoso

arrebol…

mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche

sombría,

que guarda el fuego sagrado

que ha sido su sol?

 

Se rompe, gastada, la cuerda del arpa

armoniosa,

a aún su eco difunde en los aires

fugaz vibración…

Mas todo es silencio profundo, de muerte

espantosa,

si dan un pecho amante el postrero tristísimo

son…

 

Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde

indecisa

cambian del alma desierta la lúgubre faz…

A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;

a ella no brindan las sombras

ensueños de paz.

 

Vista los campos de flores

gentil primavera,

doren las mieses los besos

del cielo estival,

pámpanos ornen de otoño la faz

placentera,

lance el invierno brumoso su aliento

glacial,

siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,

siempre abrumadas de peso de

vil nulidad,

gimen las almas do el fuego de amor

está muerto…

Nada hay que pueble o anime

su gran soledad.

 

Suplicio de amor

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,

quien oye el eco de tu voz sonora,

quien el halago de tu risa adora

y el blando aroma de tu aliento aspira!

 

Ventura tanta, que envidioso admira

el querubín que en el empíreo mora,

el alma turba, el corazón devora,

y el torpe acento, al expresarla, expira.

 

Ante mis ojos desaparece el mundo

y por mis venas circular ligero

el fuego siento del amor profundo.

 

Trémula, en vano resistirte quiero.

De ardiente llanto mi mejilla inundo.

¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!

 

Suspende, mi caro amigo…

Suspende, mi caro amigo,

tus pasos por un instante:

no está la ermita distante,

y apenas las cinco son.

Ven a admirar -bajo el toldo

de aquellos verdes ramajes-

los pintorescos paisajes

de esta encantada región.

 

Mira a tus pies ese río,

cuyas herbosas orillas

millones de florecillas

cubren, difundiendo olor;

y desde el borde escarpado

oye las mansas corrientes

deslizarse transparentes

con soñoliento rumor.

 

Hileras de álamos blancos,

que el hondo cauce sombrean,

sus altas copas cimbrean

del viento al soplo fugaz;

mientras pescan silenciosos,

con luengas cañas y anzuelos,

dos vigorosos chicuelos

de viva y morena faz.

 

Mira en torno cuál se extienden

cuadros de trigos dorados,

por ricas franjas cortados

de verde-oscuro maíz;

y esos tan varios helechos

-fieles hijos de las sombras-

que prestan al bosque alfombras

de primoroso matiz.

 

¿Ves allá los caseríos

-que siembran el valle a trechos-

levantar sus rojos techos

de entre el verde castañar?

¿Ves cuál visten sus paredes

de parra lindos festones,

y cómo van los gorriones

sus racimos a picar?

 

Mas que ya las chimeneas

despiden humo, repara,

anunciando se prepara

la cena del segador;

y a las vacas lentamente

mira bajar de esos cerros,

llamando con sus cencerros

al perezoso pastor.

 

Mas, ¡oh, ve! también desciende,

saltando por entre breñas,

turba de niñas risueñas

que acá parece venir.

Sí; no hay duda, ramilletes

nos ofrecen con empeño…

¿Comprendes tú, caro dueño,

lo que nos quieren decir?

 

¡Ah!, sabe que esos perfumes,

que rinden cual homenaje,

solo son mudo lenguaje

de un triste y constante afán;

pues -con rara poesía-

el mendigo guipuzcoano,

cubre de flores la mano

que tiende pidiendo pan.

 

Acepta al punto, ¡querido!

¿quién hay que negarse pueda

a cambiar una moneda

por cada hermoso clavel?

Venid, niñas, cada tarde;

yo en el trueque me intereso,

y si al ramo unís un beso

garante os salgo de él.

 

¡Pero no entienden!… ¡Se alejan!

Mira por esos barrancos

saltar, desnudos y blancos,

sus breves y lindos pies…

Se detienen, se sonríen

viendo en mi pecho sus ramos,

y ligeras como gamos

desaparecen después.

 

Mientras tanto las montañas

sus picachos desiguales

van envolviendo en cendales

de gualda, azul y arrebol,

y en su carro majestuoso

-surcando el tibio occidente-

hunde a su espalda la frente,

cansado de vida, el sol.

 

A su postrera mirada

y a su postrera sonrisa,

suspiros vuelve la brisa,

perfumes vuelve la flor,

y llanto puro los cielos

vierten en el valle umbrío,

que lo convierte en rocío

de delicioso frescor.

 

¡Oh, mira! Ya por las faldas,

que cubren altos castaños,

bajando van los rebaños

para acogerse al redil…

Ya los niños sus anzuelos

han recogido y su pesca,

y se van armando gresca

con regocijo infantil.

 

Tiñe ya el Sol extraños horizontes…

Tiñe ya el Sol extraños horizontes;

el aura vaga en la arboleda umbría;

y piérdese en la sombra de los montes

la tibia luz del moribundo día.

 

Reina en el campo plácido sosiego,

se alza la niebla del callado río,

y a dar al prado fecundante riego,

cae, convertida en límpido rocío.

 

Es la hora grata de feliz reposo,

fiel precursora de la noche grave…

torna al hogar el labrador gozoso,

el ganado, al redil, al nido el ave.

 

Es la hora melancólica, indecisa,

en que pueblan los sueños los espacios,

y en los aires -con soplos de la brisa-

levantan sus fantásticos palacios.

 

En Occidente el Héspero aparece,

salpican perlas su zafíreo asiento

y -en tanto que apacible resplandece-

no sé qué halago al contemplarlo siento.

 

¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!

¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?

¿Tal vez un bello espíritu, encargado

de recoger nuestros suspiros, eres?…

 

¿De los recuerdos la dulzura triste

vienes a dar al alma por consuelo,

o la esperanza con su luz te viste

para engañar nuestro incesante anhelo?

 

¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo

y a tus visiones lánguida me entrego…

Tu leda calma y tu frescor reclamo

para templar del corazón el fuego.

 

Quiero, apartada del bullicio loco,

respirar tus aromas halagüeños,

a par que en grata soledad evoco

las ilusiones de pasados sueños.

 

¡Oh! si animase el soplo omnipotente

estos que vagan húmedos vapores,

término dando a mi anhelar ferviente,

con objeto inmortal a mis amores…

 

¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,

bien ideal, objeto de mis votos,

que prometes al alma enardecida

goces divinos, para el mundo ignotos!

 

¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo

-libre de la materia que me oprime-

a ti llegar, y aletargada quedo,

y opresa el alma en sus cadenas gime?

 

¡Cómo volara hendiendo las esferas

si aquí rompiese mis estrechos nudos,

cual esas nubes cándidas, ligeras,

del éter puro en los espacios mudos!

 

Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,

viajeras del celeste firmamento?…

¡Ah! ¡lo ignoráis!…, seguís vuestro destino

y al vario impulso obedecéis del viento.

 

¿Por qué yo, en tanto, con afán insano

quiero indagar la suerte que me espera?

¿Por qué del porvenir el alto arcano

mi mente ansiosa comprender quisiera?

 

Paternal Providencia puso el velo

que nuestra mente a descorrer no alcanza,

pero que le permite alzar el vuelo

por la inmensa región de la esperanza.

 

El crepúsculo huyó; las rojas huellas

borra la Luna en su esmaltado coche,

y un silencioso ejército de estrellas

sale a guardar el trono de la noche.

 

A ti te amo también, noche sombría;

amo tu Luna tibia y misteriosa,

más que a la luz con que comienza el día,

tiñendo el cielo de amaranto y rosa.

 

Cuando en tu grave soledad respiro,

cuando en el seno de tu paz profunda

tus luminares pálidos admiro,

un religioso afecto el alma inunda:

 

¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,

revela el Sol en su fecunda llama,

de tu solemne calma la dulzura

su amor anuncia y su bondad proclama!

 

Tus cuerdas de oro en vibración sonora…

Tus cuerdas de oro en vibración sonora

vuelve a agitar, ¡oh lira!,

que en este ambiente, que aromado gira,

su inercia sacudiendo abrumadora

la mente creadora,

de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.

 

¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,

padrón es de alta gloria…

de un pueblo ilustre interesante historia…,

de augusta libertad sencillo templo,

que -al mundo dando ejemplo-

del patrio amor consagra la memoria.

 

Piérdese en noche de los tiempos densa

su origen venerable;

mas ¿qué siglo evocar que no nos hable

de hechos ligados a su vida inmensa,

que en sí sola condensa

la de una raza antigua e indomable?…

 

Se transforman doquier las sociedades;

pasan generaciones;

caducan leyes; húndense naciones…

y el árbol de las vascas libertades

a futuras edades

trasmite fiel sus santas tradiciones.

 

Siempre inmutables son, bajo este cielo,

costumbres, ley, idioma…

¡Las invencibles águilas de Roma

aquí abatieron su atrevido vuelo,

y aquí luctuoso velo

cubrió la media luna de Mahoma!

 

Nunca abrigaron mercenarias greyes

las ramas seculares,

que a Vizcaya cobijan tutelares;

y a cuya sombra poderosos reyes

democráticas leyes

juraban ante jueces populares.

 

¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra

respetuoso mi acento,

y en ti se fija ufano el pensamiento,

me parece crecer bajo tu sombra,

y en tu florida alfombra

con lícita altivez la planta asiento.

 

¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra

en esta tierra noble

que tú proteges, perdurable roble,

que el sol sereno de Vizcaya alumbra,

y do el Cosnoaga inmoble

llega a tus pies en colosal penumbra!

 

¿En dónde hallar un corazón tan frío,

que a tu aspecto no lata,

sintiendo que se enciende y se dilata?

¿Quién de tu nombre ignora el poderío,

o en su desdén impío,

tu vejez santa con amor no acata?

 

Allá desde el retiro silencioso

donde del hombre huía

-al par que sus derechos defendía-,

del de Ginebra pensador fogoso,

con vuelo poderoso,

llegaba a ti la inquieta fantasía;

 

y arrebatado en entusiasmo ardiente

-pues nunca helarlo pudo

de injusta suerte el ímpetu sañudo-,

postró a tu austera majestad la frente

y en página elocuente

supo dejarte un inmortal saludo.

 

La Convención Francesa, de su seno

ve a un tribuno afamado,

levantarse de súbito, inspirado,

a bendecirte, de emociones lleno…

Y del aplauso al trueno

retiembla al punto el artesón dorado.

 

Lo antigua que es la libertad proclamas…

-¡Tú eres su monumento!-

Por eso cuando agita raudo viento

la secular belleza de tus ramas,

pienso que en mí derramas

de aquel genio divino el ígneo aliento.

 

Cual signo suyo mi alma te venera,

y cuando aquí me humillo

de tu vejez ante el eterno brillo,

recuerdo, roble augusto, que doquiera

que el numen sacro impera,

un árbol es su símbolo sencillo.

 

Mas, ¡ah, silencio!… El sol desaparece

tras la cumbre vecina,

que va envolviendo pálida neblina…

se enluta el cielo…, el aire se adormece…

tu sombra crece y crece…

¡Y sola aquí tu majestad domina!

 

Tuvo el que yace aquí cordura extrema…

Para grabarse en la tumba de un escéptico

Imitación de Parny

Tuvo el que yace aquí cordura extrema:

Para evitar error dudó de todo:

La existencia de Dios puso en problema,

Y -dudando vivir- vivió a su modo.

Cansado al fin de caos tan profundo,

Huyó por esta puerta diligente,

Para ir a preguntar al otro mundo

Lo que en este creer cuadra al prudente.

 

Un tiempo hollaba por alfombras rosas…

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;

y nobles vates, de mentidas diosas

prodigábanme nombres;

mas yo, altanera, con orgullo vano,

cual águila real a vil gusano,

contemplaba a los hombres.

 

Mi pensamiento -en temerario vuelo-

ardiente osaba demandar al cielo

objeto a mis amores,

y si a la tierra con desdén volvía

triste mirada, mi soberbia impía

marchitaba sus flores.

 

Tal vez por un momento caprichosa

entre ellas revolé, cual mariposa,

sin fijarme en ninguna;

pues de místico bien siempre anhelante,

clamaba en vano, como tierno infante

quiere abrazar la luna.

 

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre

do osé mirar del sol la ardiente lumbre

que fascinó mis ojos,

cual hoja seca al raudo torbellino,

cedo al poder del áspero destino…

¡Me entrego a sus antojos!

 

Cobarde corazón, que el nudo estrecho

gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho

tu presunción altiva?

¿Qué mágico poder, en tal bajeza

trocando ya tu indómita fiereza,

de libertad te priva?

 

¡Mísero esclavo de tirano dueño,

tu gloria fue cual mentiroso sueño,

que con las sombras huye!

Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas

de necia vanidad, débiles plantas

que el aquilón destruye?

 

En hora infausta a mi feliz reposo,

¿no dijiste, soberbio y orgulloso:

-¿Quién domará mi brío?

¡Con mi solo poder haré, si quiero,

mudar de rumbo al céfiro ligero

y arder al mármol frío!

 

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!

Te gritó la razón… Mas ¡cuán en vano

te advirtió tu locura!…

¡Tú mismo te forjaste la cadena,

que a servidumbre eterna te condena,

y a duelo y amargura!

 

Los lazos caprichosos que otros días

-por pasatiempo- a tu placer tejías,

fueron de seda y oro;

los que ahora rinden tu valor primero,

son eslabones de pesado acero,

templados con tu lloro.

 

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado

de inmenso orgullo y presunción hinchado,

de víboras nutrido?

Tú -que anhelabas tan sublime objeto-

¿cómo al capricho de un mortal sujeto

te arrastras abatido?

 

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,

que por flores tomé duros abrojos,

y por oro la arcilla?…

¡Del torpe engaño mis rivales ríen,

y mis amantes, ay, tal vez se engríen

del yugo que me humilla!

 

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?

¿Y de tu servidumbre haciendo alarde

quieres ver en mi frente

el sello del amor que te devora?…

¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora

de mi baldón la gente.

 

¡Salga del pecho -requemando el labio-

el caro nombre de mi orgullo agravio,

de mi dolor sustento!…

¿Escrito no le ves en las estrellas

y en la luna apacible que con ellas

alumbra el firmamento?

 

¿No le oyes, de las auras al murmullo?

¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-

la tórtola amorosa?

¿No resuena en los árboles, que el viento

halaga con pausado movimiento

en esa selva hojosa?

De aquella fuente entre las claras linfas,

¿no le articulan invisibles ninfas

con eco lisonjero?…

¿Por qué callar el nombre que te inflama,

si aún el silencio tiene voz, que aclama

ese nombre que quiero?…

 

Nombre que un alma lleva por despojo;

nombre que excita con placer enojo,

y con ira ternura;

nombre más dulce que el primer cariño

de joven madre al inocente niño,

copia de su hermosura;

 

y más amargo que el adiós postrero

que al suelo damos, donde el sol primero

alumbró nuestra vida,

nombre que halaga y halagando mata;

nombre que hiere -como sierpe ingrata-

al pecho que le anida.

 

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!

¡Guarda tu mengua con silencio sabio!

¡Guarda, guarda tu mengua!

¡Callad también vosotras, auras, fuente,

trémulas hojas, tórtola doliente,

como calla mi lengua!

 

Y María al pie de la cruz…

Y María al pie de la cruz

Al cielo ofreciendo del mundo el rescate,

Con clavos sujetas las manos divinas,

Ciñendo sus sienes corona de espinas,

Se ostenta en los brazos del leño Jesús.

A diestra y siniestra dos viles ladrones

Reciben la pena que al crimen se debe;

Mas ¡sólo en el Justo se ensaña la plebe,

Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

La túnica sacra con grita sortean

En frente al suplicio los fieros sayones,

Y el pueblo inconstante con torpes baldones

Denuesta al que ha sido su gloria y salud.

Ya nadie recuerda sus hechos pasmosos,

Del bien -que hizo a todos- cada uno se olvida,

Celebran su muerte, calumnian su vida…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

«Si Dios es tu Padre»-por mofa le dicen-

«Desciende, y entonces tendremos creencia.

Los oye el Cordero con santa paciencia,

Y ya de sus ojos nublada la luz,

Los alza clamando: -¡Perdónalos, Padre!

Lo que hacen ignoran, perdónalos pío.-

Con roncas blasfemias responde el gentío,

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

Sed tengo -murmura la Víctima augusta;

Vinagre mezclado con hiel le presentan…

Sus labios divinos la esponja ensangrientan,

Y ríe y se goza la vil multitud.

En tanto del Mártir se hiela la sangre

Cubriendo su frente con nublos espesos

Le tiemblan las carnes, le crujen los huesos

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

-¡Mujer, ve tu hijo! la dice, y señala

En Juan a la prole de Adán delincuente.

-¡Ahí tienes, oh hombre, tu Madre clemente!-

Mirando al Apóstol añade Jesús.

Tal es el legado que alcanzan los mismos

Que son de su muerte causantes insanos:

Les da para el cielo derechos de hermanos…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

Mirando del Cristo la suma clemencia,

De aquel que a su diestra comparte el suplicio

Conmuévese el alma, que el gran sacrificio

Ya en él ejercita su inmensa virtud:

-«De mí note olvides -le dice- en tu reino.»

Jesús premia al punto su fe meritoria;

-Conmigo- responde -serás en la gloria…-

Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

Mas ¡ay! ya el instante se acerca supremo:

Ya el pecho amoroso con pena respira:

Inclinase el rostro que el ángel admira,

Y eleva la muerte su fiera segur.

-¡Oh Padre divino! ¿por qué me abandonas?

La voz espirante pronuncia despacio:

Su queja doliente devora el espacio…

¡Y está allí la Madre al pie de la Cruz!

 

-¡Todo es consumado! -Mi espíritu ¡oh Padre!

Recibe en tus manos -clamó el moribundo.

Retiemblan de pronto los ejes del mundo,

Los cielos se cubren de oscuro capuz,

Se parten las piedras, las tumbas se abren,

Sangriento un cadáver se ve suspendido…

¡De Adán el linaje ya está redimido!

¡Y aún queda la Madre al pie de la Cruz!

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