Poemas de Ventura de la Vega
Bajo el cielo del Madrid decimonónico, la pluma que forjó los poemas de Ventura de la Vega danzó con la elegancia de un cisne que busca la armonía en medio de la tempestad. Argentino de origen pero español de alma, este arquitecto de la palabra domesticó el ímpetu del Romanticismo con la seda de la mesura clásica.
Fue un orfebre de la realidad, capturando en sus dramas y comedias el latido de una sociedad que se miraba en sus espejos. Con su obra cumbre, El hombre de mundo, Ventura no solo escribió teatro; esculpió la esencia de la alta comedia, donde el ingenio brilla como una joya bajo la luz de los candilejas. Fue, en fin, el puente tierno entre la pasión desbordada y la razón luminosa.
A don José Amador de los Ríos
«Si en la frente del hombre se leyeran
escritos los afanes de su pecho,
¡cuántos que envidia dan, lástima dieran!»
Esto en algún momento de despecho
dijo el buen Metastasio en italiano:
ponerlo en español es lo que he hecho.
Y con ese terceto que te hilvano
tus dos primeros contestados dejo;
¿me entiendes, Amador? -Vamos al grano.
No pienses, caro amigo, que me quejo
del importuno enjambre pretendiente
que en pos me sigue, impávido cortejo:
no me quejo de ver que se presente
uno a quien nunca vi, ni me hace falta,
y me diga: «¡Aquí estoy!… Soy tu pariente.»
No me quejo del sandio que me asalta
porque le gusta la casaca roja
y quiere que le dé la Cruz de Malta.
Ni del chinche a quien verme se le antoja
cuando voy a afeitarme o a vestirme,
y si no le recibo se me enoja.
Ni de los que me aguardan a pie firme
en el portal de casa, en la escalera,
sin poder de sus garras desasirme.
Ni de la viuda cócora y parlera
que me repite siempre el estribillo
de que le den seis pagas tan siquiera.
«Vamos, sáqueme usted un socorrillo.
Usted lo puede hacer en un momento;
usted tiene a la Reina en el bolsillo.»
No me quejo, Amador, no me lamento
de esa turba procaz; que al encumbrarme
ya esperaba sufrir este tormento.
De quienes debo con razón quejarme
es de amigos cual tú; sí, de ti sólo
que pides hora y sitio para hablarme.
¡Y vive San Francisco Caracciolo,
que a no venir tu ruego impertinente
en el idioma del celeste Apolo,
circunstancia que ha sido suficiente
a desarmar mi enojo, la respuesta
fuera una interjección poco decente!
Mas no quiero reñir: pase por esta.
Sabes mi casa: a ver si yo consigo,
entre tanta visita y tan molesta,
recibir una vez a un tierno amigo.
A don Mariano Roca de Togores (hoy marqués de Molíns) en la muerte de su esposa
Epístola
Hay en la vida lágrimas, Mariano,
que la amistad contempla silenciosa,
porque enjugarlas intentara en vano.
Al que las llora en la reciente losa
de un sepulcro do en flor arrebatada
la dulce prenda de su amor reposa,
no con usados pésames le agrada
ver en el llanto que a sus solas vierte
la majestad de su dolor turbada.
¿Pues quién, mi caro amigo, de otra suerte
antes que yo consuelos te ofreciera?
Si heridas que feroz abre la muerte
mano mortal cicatrizar pudiera,
¿cuál para ti, cuál otra que la mía
más diligente y cariñosa fuera?
Contigo me crié: contigo un día
en las aulas bebí de San Mateo
el fuego de la hermosa poesía.
Aún me parece que vagar te veo
con precoz gravedad, cuando sonaban
las suspiradas horas de recreo,
mientras otros, astutos, se burlaban
del ayo inexorable, y bulliciosos
por el talado jardinillo andaban.
Allí vimos brotar los generosos
alientos de cien jóvenes, que ahora
son en ciencia y valor nombres gloriosos.
Allí rayar en su brillante aurora
de Espronceda, ¡oh dolor!, el genio ardiente
que el soplo de la muerte heló a deshora.
Allí León el ánimo valiente
apercibía a la inmortal jornada
que vio de Huesca la asombrada gente.
Allí Pezuela en lira delicada
probó la diestra que empuñar debía
la épica trompa y la fulmínea espada.
Allí Ochoa, de ciencia y poesía
apurando el raudal con noble empeño,
labraba su futura nombradía.
Allí en tono, ora grave, ora risueño,
rico de inspiración sonaba el canto
de Felipe, el satírico limeño.
Allí otros mil… -¡Oh fugitivo encanto!
¡Oh sonrisa primera de la vida!
¡Recuerdo de placer, que arranca llanto!
¿Y qué, Mariano, la ilusión perdida
de la edad infantil, en noche obscura
nos dejó acaso el alma sumergida?
¿No hay ya un rayo de luz serena y pura?
¿Es este mundo una región de duelo,
de desesperación y de amargura?
¡No, no es verdad! -Del nebuloso cielo,
del negro septentrión esa herejía
vino en traje francés a nuestro suelo.
¡Todos pecamos! -Yo también un día,
gimiendo adrede, por seguir la usanza,
vime arrastrado en la común manía
a esa espelunca do a leer se alcanza
sobre la puerta con azufre escrito:
«¡Ay! Dejad, los que entráis, toda esperanza.»
Allí en verso trotón y a voz en grito
lloraba su vejez anticipada
un melenudo imberbe mancebito.
Otro de la romántica pleyada,
que tres lustros de edad mostraba apenas
al blando arrullo de niñez mimada,
lloraba desengaños a docenas
de esta imperfecta sociedad que al hombre
ata, al nacer, con grillos y cadenas.
Y porque más su desventura asombre,
quejábase también de estar minado
de una secreta enfermedad sin nombre.
¡Era un vivir aquel desesperado!
Sólo se oía en recia taravilla:
¡Maldición! por un lado y otro lado.
Por fin de aquella fiera pesadilla
conseguí despertar con trasudores
a las voces de Lista y Hermosilla.
Y al contemplar de nuevo los albores
del sol que en torno a mí la densa bruma
disipaba con vivos resplandores,
dije: ¡Gracias a Dios! -Pues ni me abruma
la sociedad, ni anillo con veneno
llevo, ni tengo mal que me consuma;
ni he sido de fortuna tan ajeno
que un fiel amigo, una mujer constante
no hallase alguna vez; yo no soy bueno
para tanto gemir. -Extravagante
empeño es sepultarse de por vida
en el infierno bárbaro del Dante
y no vagar, con alma embebecida
en trinos de aves y en olor de rosas,
por los jardines mágicos de Armida.
Mis ojos otra vez a las hermosas
regiones se alzan del sereno polo
a buscar sus deidades fabulosas;
que yo la lira del crinado Apolo,
que invoqué tantas veces, al ruido
de las doradas ondas del Pactolo,
no he de trocar por el feroz graznido
del repugnante pájaro que viene
del hedor de las tumbas atraído;
y prefiero las aguas de Hipocrene
a esas lagunas cenagosas, donde
blanca fantasma su morada tiene,
y al que pide favor sólo responde
con un ósculo hediondo y un acero
que entre los pliegues de su manto esconde.
Álcese Byron de su numen fiero
en las alas flamígeras, y escoga
a su espíritu audaz nuevo sendero.
Tímido el mío a tanto no se arroja,
y me conduce por la usada huella
que en dulce resplandor bañó Rioja.
¿Tan escasa de luz brilló la estrella
de las clásicas musas? Si el auxilio
invocaba Boscán de Erato bella,
¿no deleitaba en pastoril idilio?
¿Tan mal la trompa de Caliope suena
en los cantos de Homero y de Virgilio?
Y tú, Mariano, que en la amarga pena
a que el humano esfuerzo no resiste
derramas de tus ojos larga vena;
si algún consuelo a tu dolor existe,
sólo en las musas le hallarás acaso:
sí, que también para el que llora triste
tiene lágrimas dulces el Parnaso:
las que en el lamentar de dos pastores
vertió sin duelo el tierno Garcilaso.
Y ya que el golpe irreparable llores,
corra al son de la cítara tu llanto;
que del que viertas tú nacerán flores.
Ven, y hallarás el bálsamo que un tanto
alivie tu mortal melancolía
en la antigua amistad y en el encanto
de la consoladora poesía.
A la Reina gobernadora doña María Cristina de Borbón visitando el Liceo Artístico y Literario de Madrid
Cuando la griega juventud volaba
al campo de la gloria,
y al macedón guerrero arrebataba
el sangriento laurel de la victoria:
¿quién a blandir la fulminante lanza
robusteció su brazo?
En el estrago de feroz matanza
¿quién su pecho alentó, quién, sino el fuego
del entusiasmo ardiente
que corrió en viva llama por sus venas,
cuando escuchó elocuente
tronar la voz del orador de Atenas?
Tú fuiste, oh santo fuego,
tú quien el duro mármol animaba
bajo el cincel del inspirado griego;
tú quien la trompa de Marón sonaba:
en cuanto el mundo a la memoria ofrece
de eterno, de elevado,
tu creador espíritu aparece;
tú ante el funesto vaso envenenado,
en el alma de Sócrates brillabas,
tú la mano de Apeles dirigías,
en la lira de Píndaro sonabas
y la lanza de Arístides blandías.
Mas ¡oh!, ¿por qué ofuscada
a tan remota edad vuela mi mente?
La centella sagrada,
de la aureola de Dios destello ardiente,
que de la antigua Grecia derruida
el canto melodioso
eternizó y el brazo belicoso,
¿yace entre sus escombros extinguida?
No. -Como chispa eléctrica impaciente
que, presa en frío pedernal, no pudo
brillar, hasta que siente
de acerado eslabón el golpe rudo:
así en medroso pasmo
en tu pecho dormía,
juventud española, el entusiasmo;
mas cuando el regio acento generoso
retumbó por los ámbitos de España,
de el Pirene riscoso
al confín andaluz que Atlante baña;
estalla al fin la mágica centella
las almas conmoviendo,
y el abatido pueblo se levanta,
y en sed de gloria ardiendo,
lidia el guerrero y el poeta canta.
¡Todo es ya entusiasmo, todo es vida!
Navarra muestra su campaña en sangre
de rebeldes teñida;
allí guerrera juventud, clamando
«¡Cristina y libertad!» En ronco acento,
la espada desnudando,
la vaina arroja al viento,
y al son del himno nacional se lanza
con noble bizarría
sobre la hueste audaz que el polvo muerde
en Luchana, Arlabán, Mendigorría.
Aquí los que sintieron
su pecho palpitar, en mudo asombro
de rodillas cayeron
ante la Virgen pura
cuyo rostro de cándida hermosura
y maternal desvelo
reveló al gran Murillo el mismo cielo.
Los que el sagrado canto
que entonaba León en arpa de oro
oyen con tierno llanto,
y al Dios del almo coro
alzan también el cántico sonoro.
O al robusto sonido
de la trompa de Herrera, ante sus ojos
ven cargadas de bárbaros despojos
a las veleras naves españolas
victoriosas bogar, cuando Lepanto
con turca sangre enrojeció sus olas.
Todos en lazo fraternal unidos,
digno templo a las artes elevando,
preparan ya los himnos merecidos
y aprestan los pinceles
con que en la edad futura eterna sea
la fama de esa hueste generosa
que por su reina hermosa
y por la santa libertad pelea.
Mas ¡oh!, ¿qué nuevo rayo
de luz las liras y los lienzos dora,
como a los campos del florido mayo
el resplandor de la rosada aurora?
¿Me engaña mi deseo?
¡Vedla!… ¡Es ella!… ¡Es Cristina!
su presencia divina
baña de lumbre el español Liceo.
Busca en tu dulce lira
cómo pintar su célica hermosura
que amor y gloria inspira,
si al humano poder por dicha excedes,
inspirado poeta:
búscalo tú, pintor, si hallarlo puedes
en el vario color de tu paleta.
Pintadla augusta, hermosa,
sobre el excelso trono castellano
la frente hollando del rebelde fiero,
y con risa bondosa
ciñendo de laureles con su mano
al pintor, al poeta y al guerrero.
A la Reina Nuestra Señora doña María Cristina de Borbón, en sus días
Cuando al volver con el ardiente julio
la bienhadada aurora
en que a tu nombre el español exhala
himnos de amor, Señora;
el trueno del cañón; en la gigante
torre, del bronce herido
el trémulo clamor; del ronco parche
el bélico sonido;
abierto el templo a la plegaria santa,
do entre la densa nube
del incienso, que al cielo se levanta,
el voto ardiente de las almas sube;
todo es placer y amor: permite, oh Reina,
que esta olvidada lira,
que ni inmortalidad ni gloria espera,
lance un sonido, y a las plantas muera
de la misma belleza que la inspira.
Oídos que están llenos
del blando halago del cantar de Laura,
y del dulce ruido
que forma triste el aura
meciendo los laureles que la tumba
cubren de Tasso y de Marón… Oídos
que en la cuna arrullaron
de Herminia los gemidos,
los tristes ayes del furioso amante,
y la trompa de Dante…
¡Cómo halagar pudiera, humilde y frío,
el desmayado son del canto mío!
No menos dulce, al rutilar tus ojos
sobre la cumbre cana
del alto Pirineo,
unió su voz la musa castellana
al popular ardiente clamoreo.
¡Cristina! -¡Oh! ¡cuál se goza
mi pecho al recordarlo!
Sí, yo te vi. -De la triunfal carroza,
con galano ademán, dulces miradas
en el gozoso pueblo,
que en apiñado grupo te seguía,
amorosa fijabas:
pareciome que tierna preguntabas
a cuántos tristes consolar debías.
A España entera consolaste. ¡Hermoso
iris de paz y amor! Tu ruego puro
al cielo hizo piadoso,
padre a Fernando, al español dichoso.
¡Ay! De tan alta dicha ser no puedo
digno intérprete yo. -Vuelve al olvido
a que el destino te condena, oh lira:
por la postrera vez los vientos hiere:
lanza un sonido, y a las plantas muere
de la misma belleza que te inspira.
A la Sra. condesa del Montijo, en sus días
Balada que se cantó en su teatro de Carabanchel; puesta en música por el maestro Inzenga.
I
Ausente y presente a un tiempo,
te aflige y te halaga amor;
que el Adur y el Manzanares
dividen tu corazón.
Y en dulce duda,
fijando estás
aquí tus ojos,
tu mente allá.
II
Allá un suspiro del alma
pide a tu amor maternal
la que en premio a sus virtudes
ciñe corona imperial.
Y en dulce duda,
fijando estás
aquí tus ojos,
tu mente allá.
III
Aquí otra prenda querida,
que también tiene a sus pies,
cual reina de la hermosura,
vasallos cuantos la ven.
Y en dulce duda,
fijando estás
aquí tus ojos,
tu mente allá.
A Lope de Vega
Versos recitados en el teatro en una función de aniversario.
Tres siglos ha que este sol
que hoy luce en el firmamento
alumbraba el nacimiento
del gran poeta español.
Purificado al crisol
de una edad y de otra edad,
monstruo de fecundidad,
numen de la patria escena,
Lope con su nombre llena
del mundo la inmensidad.
En la modesta mansión
que oyó su postrer gemido
hoy a Lope se ha rendido
tributo de admiración.
Aquí con mayor razón,
aquí, templo de su gloria,
donde una y otra victoria
le ornaron de resplandores,
demos público y actores
un aplauso a su memoria.
A mi amigo, el Excmo. Sr. don Tomás de Corral
No pienses que esta epístola,
Corral excelentísimo,
va dirigida al célebre
de Hipócrates discípulo.
Por más que yo, sin brújula,
bogue en estrecho círculo,
sin que tus sabios récipes
den al bajel más ímpetu;
no tanto aflige el ánimo
de este doliente mísero
el ver la ausencia crónica
de su doctor científico,
como las dulces pláticas
del amigo carísimo
no oír, ni en grato diálogo
darnos placer recíproco.
Lo que es en cuanto al médico,
si de mi casa el címbalo
tocase, y dentro viéralo,
fuera con él brevísimo.
Solamente dijérale
que ante el poder febrífugo
de las plateadas píldoras
que introduje en mi físico;
y gracias a la pócima
con que Simón el químico
purgó mi región ínfima
de materiales rígidos;
y a la virtud benéfica
de aquel sabroso líquido,
producto del cuadrúpedo
que con Balán fue explícito;
ya mis repuestas vísceras,
merced a estos antídotos,
con su morboso cómplice
han roto el fiero vínculo.
Y dócil ya mi estómago
digiere el néctar índico,
que en espumante jícara
es de mi gula el ídolo,
si bien no tan benévolo
suele mostrarse el pícaro
cuando la carne sólida
(aunque de tierno vítulo)
envuelta en jugos gástricos
baja al duodeno crítico,
y toca por sus trámites
en la región del hígado.
Ya allí más climatérico
se presenta el capítulo:
que el abdomen atónico
se eleva timpanítico.
La digestión, por último,
cuesta trabajos ímprobos;
mas se hace, y presto el órgano
vuelve a su estado prístino.
En estos días plácidos
en que, venciendo el frígido
rigor, el numen délfico
mostró su rostro vívido;
salí, según sus órdenes,
en alquilón vehículo,
del ambiente atmosférico
a aspirar el oxígeno.
Mas ni aun con ese método
place al dios soporífero
que de noche mis párpados
cierre sueño pacífico.
Esto al doctor dijérale,
mas no podré decírselo;
que de mi hogar doméstico
tocar no quiere el címbalo.
Tú, pues, que de ese prófugo
amigo eres tan íntimo,
según es fama pública,
Corral amabilísimo;
tú de mi parte búscale
y dile que mi espíritu
se apoca melancólico
si no entona mi físico.
Que un régimen dietético
me imponga, y yo solícito,
más que el Corán los árabes,
guardaré sus artículos.
Dile que si algún mérito
halla en mis versos líricos,
y de escritor dramático
me otorga el alto título,
torne a este cuerpo lánguido
vigor que mi estro rítmico
encienda; y de mi cítara
verá que al son dulcísimo
canto su nombre célebre,
que es ya de salud símbolo;
y acaso al suyo uniéndole
suba mi nombre altísimo.
A mis amigos
No muera, amigos, en el pecho helado
tímido el fuego creador del genio:
llega el momento en que la lira el libre
cántico suene.
Ese que os hizo de abundante vena
rico presente la deidad del Pindo,
no es vuestro sólo; de la patria es feudo:
ella lo pide.
«¡Ay! ¡De la patria!…, preguntar os oigo:
¿Dó está la patria?… Al corazón no llega
del que contento en la cadena vive
himno sonoro.
Francia que el trono de ignominia, alzado
de Waterloo sobre los muertos héroes
fiero padrón de servidumbre indigna
rompe y sepulta.
Francia en buen hora renacer la dulce
lira contemple en que cantaba Horacio
rotos al bote de romana lanza
Partos y Medos.
Goce al cantor de las Mesenias, goce,
Alfonso, tu gigante numen;
Píndaros tenga la que tiene tantos
héroes cual hijos.
¡Ay de nosotros! -Sobre todos cruje
látigo alzado déspota altanero,
y hunde en el polvo y con la planta huella
liras y leyes.»
Sí; mas la Musa que inspiró el robusto
son que la trompa eternizó de Herrera,
cuando Lepanto enrojeció con turca
sangre sus olas;
y la que tierna suspiró en Rioja,
la que del Tormes encantó las aguas,
todas llorosas os demandan nuevas
aras y culto.
«Jóvenes, dicen, a la dulce sombra
de ese laurel que vuestra frente anhela,
santa amistad y poesía junten
vates hermanos.
Harto las iras de belleza ingrata
supo ablandar enamorado canto,
y vuestra lira enguirnaldó de rosas
alma ciprina.
Otros acentos las Pimpleas aman,
cuando despunta suspirada aurora,
pruebe a lanzar el inflamado plectro
ronca tirteida.
¿Veis? Ya Pirene de sus cumbres lanza
hijos de Iberia que a salvarla vienen.
¿Veis? Ya el tirano en su caduco trono
pálido tiembla.
¡Caros alumnos! A la nueva patria,
ya desligada de servil coyunda,
himnos de gloria y libertad la corva
cítara ensaye.»
Al Excmo. Sr. conde de San Luis
Por la creación del teatro español
¿Dónde la gloria vive del que un día,
en Accio vencedor, desde las cumbres
del enriscado Cáucaso a las playas
del mar de Luso dilató su imperio?
¿Dónde? -Ese imperio destrozó en un punto
bárbara hueste que lanzó cual raudo
torrente el Septentrión: circos y templos,
termas, palacios, todo, el habla misma
despareció; mas al común estrago,
sobre siglos sin fin, los inmortales
cantos de Horacio y de Marón divinos
sobreviviendo van, y allí la gloria
del protector de las romanas letras.
¿Qué es del trono fortísimo que en sangre
de turbulentos próceres la dura
mano afirmó, cabe el medroso Sena,
del purpurado Richelieu? Juguete
del viento popular, voló en pedazos.
Mas contra el murmurar de la indignada
posteridad, el opresor valido
salva su gloria en la que alzó, y aún vive
con renombre inmortal, docta Academia.
Tú, más que a los históricos ejemplos
y ardiente sed de fama, a los impulsos
del corazón magnánimo que abrigas,
obedeciendo fiel, en tus floridos
años, asunto con tus hechos prestas,
oh noble conde, a la española Musa.
Ella, en tanto que al pie del soberano
solio te vio, dispensador de honores,
mezclar su voz no quiso a la que alzaba
el lisonjero, que al poder presente
cerca y ensalza, gárrulo cortejo.
Mas a la puerta del modesto albergue
que hoy tornas a habitar, rico de gloria,
te esperó silenciosa, el plectro de oro
presto, y la voz y la sonante lira.
Oye cuál vibra en tu loor, y el estro
de cien vates inflama que a porfía:
«Eterno, cantan, vivirá tu nombre,
protector del saber.» -¡Oh noble, oh digno
premio que tanto mereciste y gozas!
Gózalo en paz; y el que ásperos desdenes
halla no más y hondo silencio, cuando
de la áurea silla del poder la instable
deidad le precipita, a sí se culpe.
No riqueza y dominio a la existencia
bastan de un pueblo. Si las sabias leyes,
la abundancia, la paz su cuerpo nutren,
alma tiene también, y el alma vive
de esa gloria purísima, que el vulgo
de los graves políticos desdeña
y humo vano apellida. -Tú, arrostrando
tal vez su risa imbécil, decoroso
templo alzaste a Talía. -Allí de Lope,
de Calderón, de Rojas y de Inarco,
de Moreto y de Tirso, numeroso
pueblo torna a admirar, ora discreta
y en artificio rica, ora terrible,
ora humilde y moral, la siempre nueva
dramática ficción. -Los que al reflejo
de aquellos faros luminosos siguen
la ardua senda con gloria, que a la cumbre
del sacro Pindo guía, de las rosas
que en sus pensiles de eternal verdura,
al amoroso riego de Hipocrene
dulce fragancia esparcen, ya preparan
a tus sienes espléndida corona.
Yo, a quien no es dado la sublime altura
del Helicón pisar, una sencilla
flor de su falda corto; ofrenda humilde
que agradecido te presento en estos
desaliñados números, que acaso
no morirán, porque tu nombre llevan.
Al Excmo. Sr. Duque de Frías en la muerte de su esposa
Elegía
¿Quién a mi frente ciñe
el funeral ciprés? ¿La destemplada
lira de Young entre mis manos yertas
quién viene a colocar? ¿Quién a mi pecho
pide lúgubre canto?
¿Quién agolpa a mis párpados el llanto?
Santa amistad, perdona.
Si alguna vez a tu celeste influjo
pude el canto ensayar, destellos eran
del juvenil ardor: nunca del genio
la antorcha refulgente
con su lumbre inmortal ardió en mi mente.
A tu demanda en vano
llamo la inspiración: lágrimas sólo,
lágrimas te daré. Si el llanto es digno
tributo a la beldad que hundió en la tumba
la Parca devorante,
¡ay! yo la lloraré: ¡que otro la cante!
A la hermosura, al alto
ejemplo de virtud, dotes que unidas
ve el mundo rara vez, ¿qué humano pecho
niega su admiración? Hijos de Iberia,
que el sacro Pindo inspira,
piedad enmudeció: pulsad la lira.
Sonó el himno: Barcino,
Madrid, y el Sena y el Adur lo oyeron.
en el inerte mármol, en el mudo
lienzo, al olvido de la tumba arranca
su forma peregrina,
su celeste beldad, arte divina.
¿Cuál es tu triunfo, oh muerte?
¿De tu falsa victoria cuál trofeo
es el que arrastras al sepulcro? En vano
allí tu triste víctima sepultas:
de tu centro profundo
rayo consolador refleja al mundo.
Así después que cruza
por el tendido cielo el sol radiante
y en los abismos de la mar se esconde,
melancólica, blanda, halagadora
luz a la tierra envía,
dulce recuerdo del ardiente día.
¡Lloras, mi dulce amigo!
Llanto y no más a su memoria, estéril
holocausto será: más alta ofrenda
pide a tu amor: quien el consuelo hermoso
de la virtud ignore,
a su muerta beldad eterno llore.
No tú, que de los cielos
el numen recibiste que tu nombre
hará inmortal, y lauros militares
que tu diestra ganó, y en bien del pobre
dones de la fortuna,
y heredado blasón de ilustre cuna.
¿De labios más queridos
oírlo quieres? Ven: allí se eleva
el gótico recinto: allí dirige
tu planta: llega: sobre el fuerte quicio
las cinceladas puertas
por invisible impulso mira abiertas.
Traspasa los umbrales.
Lámpara funeral su tembloroso
rayo refleja en el bruñido mármol
de ostentosos sepulcros: en su centro
los restos venerables
yacen de los antiguos condestables.
Mas tus inquietos ojos
buscan la tumba de tu amor. -Escucha:
sordo ruido en su profundo seno
se deja percibir… Álzase en ella
sobre la abierta losa
una matrona. Mírala: es tu esposa.
De sus hombros desciende
cándido lino hasta la planta: el negro
cabello ondea en su marmórea espalda:
pálida majestad su noble frente
y sus mejillas tiñe:
la corona ducal sus sienes ciñe.
Y con solemne acento
así te dice: -«Treguas, caro esposo,
treguas a la aflicción; harto bañaste
de amargo llanto el solitario lecho:
tú que lloras mi suerte,
¡si el triunfo vieras que nos da la muerte!
Aquí no turba el alma
el tronante cañón, la asoladora
lanza que salpicó de humana sangre
los pacíficos campos donde alzamos,
bajo el pajizo techo,
de nuestro mutuo amor el primer lecho.
La envidia ponzoñosa,
la calumnia procaz, la tiranía,
la bajeza servil, del mundo, sólo
del mundo son: la adulación traidora,
que honor mentido ofrece,
en la losa del túmulo enmudece.
Mas no con llanto estéril:
con la virtud conquistarás, esposo,
este ignorado mundo de delicias.
Virtud costosa, sí; que esta diadema,
tanto del hombre ansiada,
al bajar a la tumba, ¡cuán pesada!
No el velo misterioso
me es dado alzar. -¡Adiós! -Conmigo un día
en lazo eterno…» Enmudeció la sombra
y hundiose en el sepulcro; y aún su acento
«¡Virtud, virtud!» clamaba:
«¡Virtud, virtud!» el templo resonaba.
Al Excmo. Sr. Marqués de Molíns
Oportuno en verdad viene ese tanto
a mediar el terceto antecedente,
pues me convida a principiar con llanto…
Llanto vierten mis ojos, hechos fuente,
Mariano, desde aquel tremendo día,
en mi memoria sin cesar presente,
cuando en la lucidez de su agonía,
estrechándome tierna al casto seno,
«¡Todo es verdad!» mi esposa me decía.
¡Todo es verdad! -¡Oh Dios! Si en ronco trueno
sonó un día tu voz, y a su rugido
Saulo en tierra cayó de asombro lleno,
¡oh milagro de amor no merecido!,
tu voz por aquel labio moribundo
tocó en mi corazón estremecido.
Gusano vil en lodazal inmundo,
alas de mariposa me nacieron,
y con ellas me alcé lejos del mundo.
A regiones más puras me subieron;
mas no he llegado a la sublime alteza
de los que el lazo mundanal rompieron.
¿Cuándo será? -¡Me oprime la tristeza!
El pesar en que a solas me consumo
cesa al dormir, y al despertar empieza.
Pídele a Dios omnipotente y sumo
que te guarde a tu Carmen… ¡ay, amigo!
y no le pidas más: el resto es humo.
De tu casta mitad al dulce abrigo,
dondequiera que estés, patria y honores
y placer y amistad verás contigo.
¡Ay! Para mí no tiene el mundo amores,
ni encantos la amistad, ni luz el día,
ni calor el hogar, ni olor las flores.
Hoy viene a acrecentar la pena mía
la memoria del santo aniversario
que a tu lado pasé… ¡y ella vivía!
¡Cuán distinto de aquél! -Destino vario
a ti te arroja cabe el turbio Sena,
a mí en Madrid me amarra solitario.
Mas ¡ay! el bronce místico resuena.
Media noche sonó… Luz desusada
brota en Belén, y el universo llena.
¡Triste prole de Adán, ya estás salvada!
El Niño Dios que los pecados quita
nos abre ya la celestial morada.
¡Oh placer! ¡Allí está! -De Dios bendita,
mi Manuela, vestida de hermosura,
entrelos puros ángeles habita,
¡alma inmortal! De la celeste altura
por tu marido y por tus hijos vela,
que moran este valle de amargura.
Sí, Mariano: tu amigo sólo anhela
sentir en breve el lazo desatado
que este cautivo espíritu encarcela;
y por tanto dolor purificado,
a mi esposa en la gloria unirme presto…
y ver que allí también a nuestro lado
te guarda Dios el merecido puesto.
Al rey don Fernando VII en su vuelta a Madrid, después de pacificar la Cataluña
Canto épico
Hijos de Iberia: los que el muro alzado
circunda invicto de la gran Sevilla:
los que enfrena en su término sagrado
del gaditano mar la ardiente orilla:
noble gallego: cántabro esforzado:
los que sustenta la feraz Castilla:
mi voz por vuestros campos se dilate;
la lira pulse el inspirado vate.
No el sangriento laurel bañado en lloro,
que orló la frente al vencedor de Jena,
cantaré, ¡oh patria!, que mi lira de oro
nunca entre horror y mortandad se suena.
No el brazo vengador que al torvo moro
lanzó de Libia a la abrasada arena;
ni al tremendo cañón de Navarino,
la rota entena, el abrasado lino.
Otro eternice su funesto nombre,
cuando las lides y la muerte entona,
y al escucharlo en el hogar se asombre,
y al hijo estreche la infeliz matrona:
jamás el hombre degollando al hombre
en los horrendos campos de Belona
a mi blando laúd fue digna hazaña:
pueblos, yo canto al bienhechor de España.
Tú, numen tutelar del pueblo ibero;
tú, domador de la morisma impía,
que en la mezquita del alarbe fiero
los pendones dejaste de María;
tú, que a Fernando el áspero sendero
mostrar supiste que al empíreo guía,
tú me inspira, y mi voz al aire dando,
cantaré las virtudes de Fernando.
A la sombra de un sauce reclinado,
que retrata en su linfa Manzanares,
do en otro tiempo el corazón llagado
se exhalaba en tristísimos cantares;
al dulce olor del viento embalsamado,
libre el pecho de bárbaros pesares,
el astro hermoso de la luz miraba,
que a los mares atlánticos bajaba.
Entre celajes su encendida hoguera
por el ancho horizonte se derrama,
y al terminar la plácida carrera,
templada brilla su fulgente llama:
el fuego inspirador mi pecho altera;
la voz se eleva, el corazón se inflama;
y arrebatada vuela mi memoria
a los pasados siglos de la historia.
Miro a Régulo impávido marchando,
entre el clamor de la llorosa plebe,
donde el fiero sayón le está esperando
y perecer entre tormentos debe:
a Aníbal miro con su hueste hollando
de las alpinas cumbres la honda nieve;
y a un ejército entero haciendo frente
a Cocles miro en el cortado puente.
Vagaba así mi ardiente fantasía;
y entre el bullir de las inquietas olas
Manzanares su frente descubría,
coronada de juncos y amapolas;
en la siniestra mano suspendía
el blasón de las armas españolas:
así suena su voz; y humilde para
su blando ruido la corriente clara.
«¿Por qué de Roma tu ofuscada mente
hazañas busca en la remota historia?
¿Para asombrar a la futura gente
no basta acaso la española gloria?
Cuando virtud y honor tu lira intente
eternizar del mundo en la memoria,
los campos corre de la madre España
y cada monte te dirá una hazaña.
Tiende la vista a la encumbrada peña
donde el Astur su independencia adora;
mira de Cristo a la triunfante enseña
despavorida la falange mora:
mira humillada la soberbia isleña
ante la ibera hueste vencedora:
el abatido orgullo de la Francia,
los abrasados techos de Numancia.
Mas ¡ay! ¿qué grito de victoria suena
al repetido herir del arpa de oro?
¿Por qué el ronco cañón súbito truena?
¿A quién celebra el matritense coro?
¿Oyes el himno que los aires llena?
¿Oyes del parche el retumbar sonoro,
y en las torres del templo estremecido
el trémulo sonar del bronce herido?
Victoria clama al inmortal Fernando
la campiña en que el Ebro se derrama;
el clarín de la fama retumbando,
¡Gloria a Fernando! por los aires clama.
Llegó, miró, triunfó; pero triunfando,
no la venganza el corazón le inflama,
que si humillarlos el monarca anhela,
también Amalia a perdonarlos vuela.
En el regazo de la paz amiga
la venturosa España reposaba;
el labrador descanso a su fatiga
en el hogar pacífico encontraba;
con blando susurrar la rubia espiga
el inocente céfiro halagaba;
y el libre arroyo, rápido saltando,
iba las florecillas salpicando.
Truena indignada la tartárea roca,
y envuelto lanza en encendida nube
del negro Averno la escondida boca
al triste mundo el infernal querube:
muere la hierba que su planta toca;
el ronco ahullido hasta el empíreo sube;
y vuela ardiendo en furibunda saña
a los campos católicos de España.
De su fétido aliento el soplo inmundo
los catalanes campos infestando,
vierte el veneno que abortó el profundo
en corazones que rigió Fernando.
Guerra declara al angustiado mundo:
fiero convoca el seducido bando:
su voz envuelta en macilenta llama,
¡Victoria al Orco! enronquecida clama.
Su voz retumba en la celeste almena,
do resplandece el serafín armado:
en la diestra del Dios que el mundo truena
el rayo vengador bulle indignado.
No a quebrantar la bárbara cadena
vuela otra vez el escuadrón alado:
Tú, Fernando, serás, dijo el Eterno;
y temblaron las huestes del Averno.
Entre los brazos de su dulce esposa,
Fernando oyó la voluntad del cielo:
al campo va, y Amalia congojosa
en llanto de dolor inunda el suelo.
«Marcha, le dice, y de la paz hermosa
torna a la Iberia el bienhechor consuelo:
la verde oliva enlaza a tu corona:
vuela, esposo, a triunfar; triunfa y perdona.»
No armando el brazo de tajante acero
hiere el bridón con bélico acicate:
no circundado de escuadrón guerrero
lánzase airado al funeral combate:
inerme y solo en el tumulto fiero
su noble frente al sedicioso abate;
y huye, la rabia inútil exhalando,
el infernal espíritu bramando.
Huella Fernando la extinguida tea,
y el rayo de la paz brilla más puro;
ni en sangre tinta la campaña humea,
ni ostenta escombros de rompido muro.
El pendón de concordia al aire ondea,
al ronco retumbar del bronce duro;
y entre el rumor de armónicos cantares
torna Fernando a sus augustos lares.
Por contemplar su rostro soberano,
¡cuál corre el pueblo con ardiente anhelo
y en sus trémulos brazos el anciano
alza gozoso al tierno nietezuelo!…
Pulsa el laúd; que si el acento humano
a tanto puede remontar su vuelo,
tu canto, por la fama conducido,
vencerá las injurias del olvido.
Yo cantaré mientras la mente mía
el soplo celestial fecundo inflame
y el puro rayo del luciente día
en mí su influjo inspirador derrame.
Por cuanto el claro sol su luz envía,
tu triunfo, ¡oh rey!, el universo aclame:
tú enjugaste de Iberia el triste llanto:
tuya es mi débil voz; tuyo mi canto.
Tú, dulce Amalia, de virtud modelo;
tú, del pueblo español amparo y guía,
a quien su lumbre inspiradora el cielo
y su arpa de oro el serafín confía;
si de tu voz el remontado vuelo
seguir intenta osada la voz mía,
grato será a tu pecho generoso;
que glorias canto de tu dulce esposo.
A ti, padre del pueblo que te adora,
lleguen los ecos de mi humilde lira;
y mi voz de los siglos vencedora
será, gran rey, si tu virtud me inspira.
Ya del ocaso a la radiante aurora
la ilustre gloria de tu nombre gira:
ya por los aires resonar se escucha:
«¡Gloria inmortal al que venció sin lucha!»

Cantata epitalámica
En las bodas de Filena
AMOR
Numen que el mundo adora y aborrece,
Himeneo tirano,
destructor inhumano
de la hermosura que mi imperio ofrece,
¿qué te conduce aquí? ¿Tornas de nuevo
con tu falaz promesa
de falsas alegrías,
de caducos placeres,
y de las ninfas mías
la más hermosa arrebatarme quieres?
Alado cefirillo,
yo haré que eternas, espirando olores,
vivan las gayas flores
de ese pensil donde contento vagas,
si vuelas hoy al bárbaro Himeneo
y el ala bates y la antorcha apagas
que entre sus manos agitarse veo.
Terrible Dios, ¡piedad! Esa Filena
es la columna del imperio mío:
su palpitante pecho es la azucena
donde oculto me río
acechando rebeldes corazones
que hieren mis arpones
y rindo por despojos
a la celeste lumbre de sus ojos.
¿Has visto al huracán enfurecido,
que con bramido ronco
en el vergel florido
abate el verde tronco
que sustentaba ufano
tres hermosos claveles?
Pues tú, numen tirano,
tú eres el huracán de mis vergeles,
tú destrozas mis flores,
tú dejas ¡ay! el mundo sin amores.
Tente, importuna Aurora,
funesta precursora
del malhadado día;
tente, no alumbres la desdicha mía.
Contempla de tu esposa,
feliz Titón, la cándida hermosura;
no permitas que parta presurosa,
y con amantes lazos
estréchala en tus brazos;
nadie sus quejas alzará al Olimpo;
que cuando asoma a la afligida tierra,
su antorcha alumbra sólo
rencor y llanto y dolo,
y negro crimen, y sangrienta guerra.
¡Inútil demandar! Por el Oriente
la pérfida, anunciando el triste día,
muestra su faz riente.
¡Oh desventura mía!
¡Es ella, sí!… Ni escucha mis gemidos,
ni le duele mi pena…
¡Lució! ¡Lució! -Funesto en mis oídos
el canto epitalámico resuena.
¡Adiós, crudo Himeneo!
Yo parto: vendrá un día
en que la ausencia mía
despierte tu dolor.
Que nunca a tus esposos
darás dulces instantes,
si no los hace amantes
la flecha del Amor.
HIMENEO
Bellas ninfas del patrio Manzanares,
a Himeneo cantad. -La linda Aurora,
de los tranquilos mares desprendida,
se alza al Olimpo ya, y al Dios del rayo
del nuevo Sol anuncia la salida.
¡Sol de Himeneo, ven! Tu inmensa llama
del enlace dichoso
digna antorcha será: tu lumbre pura
que el universo llena
refleje de Filena
la cándida hermosura.
El sí pronuncia; y de carmín bañada
la nieve de su frente,
dirige su mirada
placentera, inocente,
al esposo felice,
y «tuya soy» le dice.
En sus amantes brazos se reclina,
y al beso conyugal modesta ofrece
la púdica mejilla ruborosa,
como al soplo del céfiro se mece
sobre tallo gentil purpúrea rosa.
No apagues la pura llama
que en su corazón ardía,
si tú la victoria mía
quieres, Amor, coronar.
Guarda benigno en su pecho
de tu dulce fuego un rayo,
como alumbra el sol de mayo,
que brilla sin abrasar.
AMOR
¿A qué me llamas? De tu triunfo goza,
y gózate en mi duelo;
que yo al regazo de mi madre vuelo.
HIMENEO
¡Yo en tu duelo gozar! ¡Yo que mi triunfo
a coronar te llamo!
¿Qué es sin ti mi poder? ¿Qué es Himeneo
si en torno Amor no vuela?
¡Raudal fecundo que el invierno hiela!
Mil veces de tus ninfas
dispuse a mi placer; ¡en cuántos pechos
arde la dulce llama
de conyugal amor, y de tu templo
por siempre los robé! Nunca en tu rostro
el llanto ni la pena…
AMOR
¡Ay que no me robabas a Filena!
el lindo pie de Amira,
cuando en la danza volador giraba,
un corazón me daba;
los ojos de Glicera,
cuando vivas centellas despedían,
un pecho me rendían;
el cabello de Lesbia,
cuando al soplo del céfiro ondeaba,
un alma me entregaba;
mas ¡ay! en mi Filena
el talle, el pie, los ojos, el cabello,
todos eran arpones,
todos me cautivaban corazones.
¡Tirano! ¡Y tú me robas
la que más triunfos a mi imperio daba!
¡Adiós! En esta encina
el arco inútil colgaré y la aljaba.
Yo parto: Amor ausente
la rosa virginal de su inocencia
no verá deshojar…
HIMENEO
Amor, detente.
Cuelga a tus hombros la dorada aljaba,
vuelve a empuñar el arco omnipotente.
No cual ciego imaginas
tu imperio feneció. La vista torna:
mis ninfas peregrinas
tus leyes obedecen,
y a las agudas puntas de tus flechas
el inocente corazón ofrecen.
Y crecerá tu imperio. -De Filena
el escondido porvenir dudoso
yo en las obscuras páginas he visto
del destino inmutable y misterioso.
Larga prole de hermosas dar promete
a su materno amor: que tuyas sean;
para ti crecerán, en hermosura
iguales a Filena,
de candor, de virtud, de gracia ejemplo;
y en sazonado fruto
yo cien Filenas te daré en tributo
por una sola que robé a tu templo.
Injusto dios vendado,
de este modo Himeneo
la ruina de tu imperio ha decretado.
¿Has visto al huracán enfurecido
arrebatar bramando
la rosa nacarada,
honor de la pradera,
del ámbar perfumada
aliento de la dulce primavera?
La roba, sí; mas por el blando suelo
sus pétalos derrama,
y al punto brota la fecunda tierra;
y el campo engalanado
así cien flores goza
por una flor que el huracán destroza.
AMOR
¿Qué flor en mis vergeles
igualará a la flor que tú me robas?
Mi poder acabó: rebelde el mundo
burlará mi cadena.
Mortales, respirad: perdí a Filena.
HIMENEO
No la perdiste, Amor. -Si es tu deseo
sólo flechar incautos corazones,
no la perdiste, Amor.
AMOR
¡Habla, Himeneo!
HIMENEO
Nuestro poder unamos
y de Filena hermosa
el tormento y placer del mundo hagamos.
Yo su mirada artera,
su sonrisa hechicera,
su habla encantadora,
su mano de marfil, su pie gallardo,
te cedo desde ahora:
sólo su corazón para mí guardo.
Escóndete en la nieve de su pecho,
asesta tus arpones,
cautiva corazones:
cien amantes heridos
adórenla rendidos;
y a la virtud ligada
por mágica cadena,
a su esposo no más ame Filena.
AMOR
Ven, hermano de Amor, ven a mis brazos.
¡Oh dicha inesperada!
¿Qué otra victoria a mi poder agrada?
Herir sin ser herida
es de mis ninfas ley: ame en buen hora
a su feliz esposo;
que a mí me basta, oculto entre los rizos
de su negro cabello,
o en los hoyuelos de su dulce risa,
ostentar mi poder flechando el seno
de cien y cien amantes,
que caigan delirantes
a sus plantas rendidos,
y de amor y desdén a un tiempo heridos.
HIMENEO
¡Oh venturosa unión! -Llévense luego
los vientos del olvido
la contienda fatal. -Amor, volemos;
y el tálamo de rosas coronando,
el enlace feliz juntos cantemos.
Bajad, del sacro Olimpo
alados moradores.
AMOR
El lecho orlad de flores,
ministros del amor.
HIMENEO
Goce Filena hermosa
perpetua primavera.
AMOR
Nunca su pecho hiera
la espina del dolor.
HIMENEO
Yo haré que en dulce dicha
correr sus años mire.
AMOR
Yo haré que el orbe admire
su mágica beldad…
HIMENEO
No perderá su talle
la esbelta gentileza.
AMOR
Triunfará su belleza
del tiempo y de la edad.
EL POETA
Y tú perdona si mi humilde lira
tu hermosura a cantar y la alta pompa
de tus ilustres bodas hoy se atreve.
Cese ya la ficción: no es a Filena
a quien mi canto suena:
a ti, Señora, que la noble frente
de majestad y de candor ceñida
entre hermosuras tantas,
gloria y adorno de Madrid, levantas,
cual suele en la pradera
cuando a la excelsa nube
alto ciprés entre tomillos sube.
Tu frente, sí, tu frente a quien por alto
misterioso decreto roba el cielo
la diadema esplendente
que de tu grande abuelo
el Sabio Alfonso coronó la frente.
Mas qué digo, insensato. -¿Acaso pudo
el imperio arrancarte?
Natura te le da. -Mira a tus plantas
si la sangre real hierve en tus venas
y te agradan despojos
cuantos te ven, vasallos de tus ojos.
El canto de la esposa
Imitación del Cantar de los Cantares
LA ESPOSA
Ven a tu huerto, Amado;
que el árbol con su fruto te convida,
y el céfiro callado
espera tu venida:
tú al céfiro y al huerto das la vida.
La aurora nacarada
desdeña esquiva la purpúrea rosa,
a la tierra inclinada:
la abeja silenciosa
ni en torno gira, ni en la flor se posa.
Ni a su consorte halaga
el ruiseñor, sin ti cantando amores;
ni mariposa vaga
entre las gayas flores,
desplegando sus alas de colores.
Ven a tu huerto, Esposo;
ven a gustar las sazonadas pomas
en mi seno amoroso;
ven, que si tú no asomas,
sin ti mi seno es huerto sin aromas.
Ven, que por ese prado
el sol ardiente tus mejillas tuesta:
aquí el roble copado
blanda sombra nos presta,
y en mi regazo pasarás la siesta.
Yo duermo en mi morada;
mas del Esposo, el corazón velando,
espera la llegada.
Ya oí su acento blando;
el Esposo a mi puerta está llamando.
EL ESPOSO
Abre, Esposa querida;
no te detengas, no, consuelo mío;
ábreme por tu vida;
que yerto estoy de frío,
mis cabellos cubiertos de rocío.
LA ESPOSA
¡Ay que el desnudo pecho
temo al aire sacar, Esposo amado,
de mi caliente lecho!
¡Ay que el pie delicado
temo llegar al pavimento helado!
Sus dedos el Esposo
entró por los resquicios de la puerta:
a su tacto amoroso
mi corazón despierta,
y toda tiemblo avergonzada, incierta.
Alceme presurosa
para abrir al Esposo que esperaba,
y mirra muy preciosa
mi mano destilaba,
que corrió por los gonces de la aldaba.
Mas el Esposo amado
no me esperaba, ¡ay triste!, y era ido
celoso y despechado.
Mi acento dolorido
llámale, y no responde a mi gemido.
Los guardas me encontraron
que la ciudad custodian, y me hirieron,
y el manto me quitaron,
como sola me vieron,
y ramerilla pobre me creyeron.
Doncellas de Judea,
si por dicha encontráis mi fugitivo,
decidle que no sea
con su adorada esquivo,
que ya morada y lecho le apercibo.
¿Conocéis por ventura,
castas doncellas, a mi Esposo ausente?
Gallarda es su figura
como el cedro eminente,
y bruñido marfil su tersa frente.
Conoceréis quién sea,
si al verle os encendéis con fuego vivo.
Doncellas de Judea,
traedme al fugitivo;
que amor y esposa y lecho le apercibo.
En el acto de ir la Reina al palacio de las Cortes a jurar la Constitución el 19 de julio de 1837
¡Ah! ¡quién podrá olvidarlo! Una mañana
era diciembre encapotado y frío
al festivo clamor de la campana,
se alzó Madrid en bullidor gentío.
La inmensa muchedumbre, que impaciente
la vasta calle de Alcalá llenaba,
una hermosura de risueña frente
y una esperanza en ella contemplaba.
Su dorada carroza se movía
sobre apiñadas frentes a millares,
y el esquife de Venus parecía
meciéndose en la espuma de los mares.
Aquel mirar de maternal desvelo,
aquella tez de rosa purpurina,
aquel vestido de color de cielo
-¡Ah! ¡quién podrá olvidarlo!- ¡era Cristina!
Mas no sólo la Reina, no la hermosa
en ella absorto el español miraba;
vio en ella una promesa misteriosa
que en el fondo del pecho se ocultaba.
Y la cumplió: que apenas, asombrados,
vimos con rutilantes resplandores
en la margen del Sena tremolados,
iris de libertad, los tres colores;
ella, esperanzas pérfidas burlando,
de llanto de placer sus ojos llenos,
a Isabel en sus brazos levantando:
«Nuestro es el porvenir», gritó a los buenos.
¡Nuestro, sí! Que a esa prenda de ventura
otra prenda feliz hoy acompaña:
el código sagrado, que asegura
trono a Isabel y libertad a España.
Al santo grito la nación responde,
en tu defensa, oh Reina, armando el brazo:
-¿Dó están los ciegos, los ilusos dónde,
que no bendicen tan glorioso lazo?
¿Que inflamados de súbito alborozo,
al mirarte hoy pasar, ángel divino,
no han bañado con lágrimas de gozo
las rosas que alfombraban el camino?
¿Dónde están? -En la hueste rebelada:
allí están; sólo allí. -Los que blasonan
de idolatrarte, libertad sagrada,
hoy se abrazan y olvidan y perdonan.
¡Unión! ¡unión! -¡Oh!, caigan, ciudadanos,
a los pies de Isabel nuestros rencores,
así como arrojaban nuestras manos
a su carroza deshojadas flores.
Imitación de los Salmos
¡Ay! No vuelvas, Señor, tu rostro airado
a un pecador contrito.
Ya abandoné, de lágrimas bañado,
la senda del delito.
Y en ti, humilde, ¡oh mi Dios!, la vista clavo,
y me aterra tu ceño;
como fija sus ojos el esclavo
en la diestra del dueño.
Que en dudas engolfado, hasta tu esfera
se alzó mi orgullo ciego,
y cayó aniquilado cual la cera
junto al ardiente fuego.
Si en profano laúd lanzó mi boca
torpes himnos al viento,
yo estrellaré, Señor, contra una roca
el impuro instrumento.
Levántate del polvo, arpa sagrada
henchida de armonía.
Y tú, por el perdón purificada,
levántate, alma mía.
Y yo también al despuntar la aurora,
y por el ancho mundo
cantemos de la diestra vengadora
el poder sin segundo.
Te cantaré, ¡oh mi Dios!, cuando te plugo
bajo tu amparo y guía
a Israel acoger, que bajo el yugo
de Faraón gemía.
Del tirano en el pecho diamantino
pusiste fiero espanto.
Tembló: tu brazo conoció divino;
soltó tu pueblo santo.
El mar lo vio y huyó: de enjuta arena
ancha senda le ofrece:
síguelo Faraón… -La mar serena
lo traga, y desparece.
Violo el Jordán, y huyó: monte y collado,
cual tierno corderillo,
saltaron de placer: el risco alzado,
cual suelto cabritillo.
¡Oh mar! ¿Por qué tus aguas dividiste
y a Faraón tragaste?
¿Por qué, humilde Jordán, retrocediste?
Monte, ¿por qué saltaste?
Ante el Dios de Jacob tembló la tierra;
las trompetas sonaron;
parose el sol, y Gabaón se aterra;
¡y los tuyos triunfaron!
Y brotaste, Señor, de piedra dura
agua en mansa corriente,
y aplacó de tu pueblo su dulzura
allí la sed ardiente.
«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»
Lánzase al hondo mar, con mente ciega,
osado el marinero,
y pide al polo el que la mar le niega
ya borrado sendero.
Huye a tu voz el céfiro suave;
y el hondo mar turbando
cruzan los vientos, y la triste nave
combaten rebramando.
Ya sube al firmamento, ya desciende
al abismo horroroso;
ruge el trueno: veloz el aire hiende
tu rayo fragoroso.
Gime el nauta y te implora, y aplacado
lo miras con ternura.
El vendaval es céfiro: el hinchado
mar, tranquila llanura.
«Canta, Isabel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»
Los tiranos del mundo en liga impía
para el mal se adunaron,
y a la incauta Israel: «¡Dios nos envía!»
desde el solio gritaron.
Y entre sí concertados: «Fiera lucha
al justo renovemos:
blasfememos, que Dios no nos escucha:
dios no ve: degollemos.»
Dijeron, y no son. -Su raza impía
cual humo se deshizo.
¿No oirá quien dio el oído? ¿No vería
el que los ojos hizo?
«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»
Los impios que tus casas allanaron
de uno al otro horizonte,
y con hachas sus puertas destrozaron
como leña del monte;
los fuertes, que se alzaban cual montaña
que a las nubes se eleva,
desparecieron como débil caña
que el huracán se lleva.
Los robustos de Edón y los tiranos
de Moab ¿qué se hicieron?
El Señor los miró, y abrió sus manos,
¡y al abismo se hundieron!
«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»
La agitación
¡Imposible arrancar del alma mía
sino acentos de amor!… Caber no puede
donde impera tu imagen adorada,
sino amor, sólo amor… Cuanto solía
mi pecho conmover… ya todo cede
a la ardiente mirada
de tus luceros bellos.
Mal mi grado a sus mágicos destellos
mi turbulenta vida está sujeta.
Como al influjo de fatal cometa
cede el bajel al ímpetu rugiente
del huracán sañudo,
y al puerto amigo arrebatarse siente,
o va a estrellarse en el peñasco rudo:
así en la fiebre do anhelando gira
esta alma delirante,
tus ojos son, Amira,
los que entre el puerto y el peñasco errante,
sin elección, perdido el albedrío,
la oscilación del huracán le imprimen,
y en ciego desvarío
lánzase a la virtud, lánzase al crimen.
Y este vaivén continuo, esta perpetua
conmoción es la vida. -¡Cuántas horas,
mudo, yerto, insensible
como la piedra en que sentado estaba,
en seguir las sonoras
ondas de la corriente que pasaba
inerte consumía!
¡Cuántas la vista atenta
iba siguiendo estúpida la lenta
sombra que en derredor del tronco huía!
Campo de soledad, yo te buscaba
porque el mundo decía
que la felicidad en ti habitaba,
y en aquel corazón que la invocaba
su misterioso bálsamo vertía.
Mi corazón de fuego
en ti no la encontró: floresta umbría,
silenciosa montaña, campo triste,
yo la paz de la vida te pedía,
tú la paz de la tumba me ofreciste.
Felicidad, ¿dó estás? -Este vacío
que al dilatarse el corazón no llena,
ven, ocúpalo tú. -Si ronco suena
el guerrero clarín, y a la matanza
el hombre vuela contra el hombre, dime:
¿bastarame empuñar la férrea lanza
y a la pugna volar? Cuando mi diestra,
al son triunfal de los preñados bronces,
en sangre bañe la mortal palestra,
misteriosa deidad, ¿te hallaré entonces?
En el tropel del mundo
yo también te busqué. Torvo guerrero,
sobre carro veloz, de lauro ornado,
agitando el acero,
en lágrimas y sangre salpicado,
raudo al cruzar la turba peregrina,
«¡Felicidad, felicidad!» clamaba;
y en tanto: «Aquí domina»,
otro desde la tumba me gritaba,
¿En la vida? ¿En la muerte?
¿Dónde estás para mí? -¡Silencio mudo!
¡Y las horas corrían!…
¡Y los años volaban!…
Las hojas de los árboles caían…
Las hojas de los árboles brotaban.
¡Una mujer! Con su flotante velo
tocó al pasar mi frente:
trocose en fuego de mi pecho el hielo,
mis entrañas temblaron de repente:
los brazos tiendo a la fantasma bella,
Mas al asirla, alzada
vi un ara ante mis pies, y detrás de ella
mi visión adorada;
y un misterioso acento que decía:
«¡Profanación…, delito!»
Y en su abatida frente se leía
un juramento escrito.
Mi planta no, mas de mi pecho ciego
llegó un lamento a penetrar su oído,
y en sus trémulos labios tocó el fuego
de mi ardiente gemido.
Abrió sus ojos por la vez primera
dejándome con sola una mirada
en devorante hoguera
toda el alma abrasada.
¡Ah! ¿Qué me importa? Agitación sublime,
¡yo te adoro! ¡Tú eres
alma de mi existencia! -Oprime, oprime
un corazón a quien la calma espanta:
inunda, inunda mi mejilla en lloro:
clamar me oirás entre congoja tanta:
agitación sublime, ¡yo te adoro!
La cita
Nunca más bello color
dio al horizonte tu llama,
astro de eterno fulgor,
al esconder tu esplendor
la cumbre de Guadarrama.
Nunca tu aroma sentí
más delicioso que ahora,
linda rosa carmesí;
nunca más bella te vi
con las perlas de la aurora.
Arroyo, que turbio y feo
ayer te vi deslizar,
¿cómo tan limpio te veo,
que ya de tu fondo creo
las arenillas contar?
Galanos campos que hacéis
de toda esta pompa alarde,
¿a quién celebrar queréis?
¿O es por dicha que sabéis
que viene Laura esta tarde?
La guerra de África
Cantata ejecutada en presencia de SS. MM. en la función celebrada el 8 de abril de 1860 por el Real Conservatorio de Música y Declamación a beneficio de los heridos en aquella gloriosa campaña.
CORO
Grito santo asorda el viento:
«¡A las armas! ¡Guerra, guerra!
El infiel derriba en tierra,
madre España, tu blasón.
Cruce el mar la invicta hueste
a salvar de vil mancilla
los leones de Castilla
y las barras de Aragón.»
Al rumor del torpe ultraje,
indignado el pueblo ibero,
ya desnuda el fuerte acero
y la vaina al viento da.
Ya entre vítores tremola
la bandera roja y gualda,
que del Atlas en la espalda
tinta en sangre flotará.
RECITADO
Alza en vano el Estrecho montes de olas;
en vano el viento brama:
que allá van las legiones españolas
donde el honor las llama.
Lanza en vano cien kábilas la sierra
con ímpetu salvaje;
que allí con sangre vil bañan la tierra
que presenció el ultraje.
Mas ruge el huracán: sopla la peste:
la lluvia inunda el suelo.
¿Caerá deshecha la cristiana hueste
por ti, Señor del Cielo?
En medio al campo, sobre monte erguido,
un altar se levanta;
y en sus humildes manos el ungido
eleva la hostia santa.
Hace salva el cañón; rompe sonora
militar armonía:
la hueste arrodillada a Dios implora
y su oblación le envía.
PLEGARIA
¡Señor!, hijos somos
de aquellos varones
que a ignotas regiones
llevaron tu cruz.
Tu cruz, que en Granada
con gloria plantada
lanzó por el orbe
su vívida luz.
¡Señor!, esta impura
fanática raza
tu nombre rechaza,
tu gloria no ve.
A España concede
que rasgue su venda
y en África encienda
la luz de tu fe.
RECITADO
Dios los oyó: se aleja la tormenta;
la mortífera peste va en su seno:
radiante el sol con majestad se ostenta
de un cielo puro en el azul sereno.
Siente en su pecho el adalid hispano
de inspiración la llama:
él nunca se abatió; ya en cien combates
su constancia y valor cantó la fama.
En bárbaras regiones,
émulo de Cortés, ora acaudilla
inexpertas legiones,
que al contacto de la árabe cuchilla,
al trueno del cañón, al rudo embate
del terco moro en desigual combate,
tórnanse luego en invencible tropa,
terror de Libia, admiración de Europa.
Nada resiste a sus heroicos bríos.
Ya surcando el desierto
por áspero camino, a hierro abierto;
ya cruzando altos montes y hondos ríos;
de victoria en victoria
a la vega feraz se precipita,
campo de nueva gloria,
do luchando otra vez, y otra vencido,
huye despavorido
el atezado Hamet. -La hueste grita:
¡TETUÁN por ISABEL! -Y en la Alcazaba
el pendón español triunfante clava.
HIMNO FINAL
No más desde sus playas,
con bárbara osadía,
la tierra, suya un día,
aceche el musulmán.
No infeste el aire puro
la brisa de los mares,
trayendo a nuestros lares
los ecos del Corán.
Magnánima HEREDERA
del celo de Pelayo,
tu diestra el ígneo rayo
al África lanzó.
Y el niño ALFONSO un día
sabrá que por tu mano
el suelo castellano
su límite ensanchó.
El muro donde España
su enseña al aire ondea,
jamás flotando vea
las lunas del infiel.
Y de uno en otro siglo
sin tregua se repita
la voz que al mundo grita:
¡Tetuán por Isabel!
Orillas del Pusa
¡Qué calor!… Sudando llego,
por la empinada montaña
resbalando,
a este valle que en sosiego
tu corriente, ¡oh Pusa!, baña
susurrando.
Déjame un rato olvidar
en tus orillas mis penas,
y el sediento
labio en tus ondas mojar,
y en tus húmedas arenas
dame asiento.
Tu raudal, de ese elevado
monte al Tajo, en raudo giro
se derrumba,
tan humilde que, sentado,
desde aquí su cuna miro
y su tumba.
No importa que al Tajo ufano
tu breve curso no iguale;
corre ledo;
y que nunca el cortesano
en la carta te señale
con el dedo.
¡Feliz quien encuentra un llano
donde los cerros evite
de la vida,
y allí, del mundo lejano,
tu breve carrera imite
y escondida!
Ese Tajo caudaloso
en cuyo profundo seno
vas a morir,
ya con puente ponderoso
su terso raudal sereno
siente oprimir.
Ya la artificiosa presa
su rápido curso estorba;
ya desciende
ruin batel que se empavesa,
y su cristal con la corva
quilla hiende.
Su destino es envidiar,
o de tu curso suave
la paz suma,
o el alto poder del mar
que puede tragar la nave
que lo abruma.
¡Pobre Pusa!… Si insolente
por esos tendidos llanos
te lanzaras,
en tu cristal inocente
¡cuántos siervos y tiranos
retrataras!
De aquel trance malhadado
de las armas españolas
fue testigo
Guadalete ensangrentado,
y abrió tumba entre sus olas
a Rodrigo.
Berecina el lauro honroso
que cuatro lustros tejieron
hondo tragó,
y el poder de aquel coloso
que los hombres no vencieron,
allí se hundió.
Pusa humilde, manso río,
tu dichoso apartamiento
le procura
contra el ardor del estío
al peregrino sediento
agua pura.
Y al pastor que a tu campiña
desde ese monte desciende,
y al rebaño
que a tus márgenes se apiña,
y al can que el redil defiende
fresco baña.
Y hoy a mi cuerpo cansado,
contra el sol que ardiente pica,
blando solaz.
¡Pusa, adiós!… Corre ignorado,
y los quintas de Malpica
fecunda en paz.
Villancicos que se cantaron en palacio la Nochebuena de 1844
CORO
Al himno que los ángeles
entonan en el cielo
unamos nuestros cánticos
desde el humilde suelo:
cantad, cantad, mortales,
al Niño Redentor.
Hossana al Unigénito
que del celeste trono
hoy baja a ser la víctima
del mundanal encono.
Hossana al que desciende
en nombre del Señor.
COPLA QUE CANTÓ LA REINA ISABEL
Cual de remotos climas
los reyes se acercaron
y humildes adoraron
la cuna de Belén,
permite que, depuestos
corona, cetro y manto,
en tu pesebre santo
te adore yo también.
COPLA QUE CANTÓ LA INFANTA LUISA, SU HERMANA
La estrella rutilante
que al pueblo señalaba
la senda que guiaba
al místico portal,
de la virtud cristiana
la senda me ilumine,
y salva me encamine
al reino celestial.
COPLA QUE CANTÓ LA REINA MADRE DOÑA MARÍA CRISTINA
A ti, que en esta noche,
bañada en llanto tierno,
de dulce amor materno
sentiste el vivo ardor,
te ruego, ¡oh virgen Madre!,
que el sacro manto extiendas
sobre las caras prendas
de mi materno amor.
Las sopas de ajo
Cuando el diario suculento plato,
Base de toda mesa castellana,
Gustar me veda el rígido mandato
De la Iglesia Apostólica Romana;
Yo, fiel cristiano, que sumiso acato
Cuanto de aquella potestad emana,
De las viandas animales huyo
Y con esta invención las substituyo.
Ancho y profundo cuenco, fabricado
De barro (como yo) coloco al fuego;
De agua lo lleno: un pan despedazado
En menudos fragmentos le echo luego;
Con sal y pimentón despolvoreado.
De puro aceite tímido lo riego;
Y del ajo español dos cachos mondo
Y en la masa esponjada los escondo.
Todo al calor del fuego hierve junto
Y en brevísimo rato se condensa,
Mientras de aquel suavísimo conjunto
Lanza una parte en gas la llama intensa;
Parda corteza cuando está en su punto
Se advierte en tomo y los sopones prensa,
Y colocado el cuenco en una fuente,
Se sirve así para que esté caliente.
La Vi Por Vez Primera
La vi por vez primera
al fin de esa enramada;
la vi cruzar ligera
y echarme una mirada.
Ardió mi pecho en fuego,
corrí tras ella ciego
y a mi delirio amante
benigna respondió.
De entonces, cuando tiende
la noche el negro velo,
aquí Leonor desciende,
haciendo el bosque cielo.
Descubre el bello rostro,
yo estático me postro
y bebo en sus miradas
llama de inmenso amor.
Y bebo en sus miradas
llama de inmenso amor.
De entonces, cuando tiende
la noche el negro velo,
aquí Leonor desciende,
haciendo el bosque cielo.
Descubre el bello rostro,
yo estático me postro
y bebo en sus miradas
llama de inmenso amor.
Y bebo en sus miradas
llama de inmenso amor.
¡Llama de inmenso amor!
La Viuda Del Náufrago
¿Qué has hecho, dime, horrible mar,
de aquella prenda de mi amor?
¿Cómo pudiste arrebatar
mi bien amado en tu furor?
Su frágil barquilla
partió de esta orilla…
¡Ah! ¿Dónde va su quilla?
¡Nunca ya volverá!
Gran Dios, de mi amargura
calma el cruel rigor;
de tanta desventura
cesa el fatal rigor;
Mas! O Dios. Tú que sabes,
¿pero no me engañé?
!Ah! tu, mar funesta,
¿será locura dudar?
Esta desesperación
me ha de matar.
La feliz barquilla,
nunca más tu quilla
¡ah, del amada orilla
la arena hallará!
¡Ah! niño desdichado!
Ah, huérfano has quedado,
fruto del amor y el dolor.
Ah, del paterno beso,
ah, dulce embeleso,
tu infantil mejilla ya no gozará.
¡Ah, todo acabó, todo murió!
Infeliz barquilla…
¿Qué has hecho…?
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