Poemas de Íbico (poeta griego)

íbico

Poemas de Íbico de Regio (siglo VI a. C.) fue un destacado poeta lírico griego nacido en Regio. Formó parte del canon alejandrino y residió en la corte del tirano Polícrates en Samos. Su obra destaca por una apasionada temática erótica, en la que describe el amor como una fuerza irresistible y tempestuosa. Es universalmente conocido por la leyenda de su muerte: tras ser atacado por ladrones, unas grullas vengaron su asesinato delatando a los culpables

íbico

De sí mismo

En el huerto sagrado

de las vírgenes claras

florecen en verano los membrillos,

regados del arroyo apresurado.

Las vides por su lado

con las hojas avaras

encubren de sus pámpanos los brillos

y prestan olorosas sombras caras.

 

Aquí el amor sañudo

ni duerme ni reposa

en ningún hora del alegre día.

Y aquí fue donde aprisionarme pudo

con insoluble nudo

en mi edad más gozosa,

cuando, ardiendo, con ímpetu venía

saliendo de su Venus poderosa.

 

A Euríalo

A ti, sin duda alguna,

Euríalo feliz, guarda cuidoso

de las Gracias amables

de garzos ojos, de cabello hermoso;

te educaron a una,

mullido entre las rosas agradables,

la Venus delicada

y la de blandos ojos, tierna Süada.

 

 

El amor me quema

En la primavera,

los membrilleros regados por las corrientes de los ríos

–donde está el jardín intacto de las Vírgenes–

y las vides creciendo a la sombra de los pámpanos florecen;

pero el amor no duerme para mí en ninguna estación,

sino que, igual que el tracio Bóreas por el rayo encendido,

lanzándose, enviado por Cipris,

en medio de una furia que lo agosta todo,

oscuro e intrépido, poderosamente desde el fondo agita mis sentidos.

 

 

Demasiado viejo para amar

Otra vez Eros, mirándome lánguidamente

con sus ojos bajo párpados azulados,

con mil seducciones me empuja

dentro de la red inextricable de Cipris.

 

Le temo cuando lo veo acercarse

como un caballo sufridor del yugo, vencedor en los Juegos,

en su vejez, caminando de mal grado, con veloz carro entrando en carrera.

íbico

 

Oda a Polícrates

Del Dardánida Príamo la gran ciudad, afamadísima, opulenta, saquearon de Argos partiendo, del gran Zeus por voluntad, por la figura de la rubia Helena combate muy cantado manteniendo en la guerra luctuosa; al desdichado Pérgamo ascendió el infortunio por Cipris de rubia cabellera.

 

Pero ahora ni a Paris traidor a su huésped está en mi ánimo cantar, ni a Casandra de delicados tobillos, o de Príamo a los otros hijos, de Troya de elevadas puertas el día innombrable de la cautividad; ni de ninguno de los héroes el valor…

 

Sobre ellos mandaba el poderoso Agamenón Plisténida, rey conductor de hombres, hijo de un padre valiente, de Atreo; y estas cosas las Musas de Helicón, expertas en su arte, bien podrían relatarlas; pero un hombre mortal no podría contar cada detalle.

 

Llegaron a Troya hombres de escudos de bronce, los hijos de los aqueos; y de ellos destacó con la lanza, veloz de pies, Aquiles, y el enorme hijo de Telamón, el valiente Áyax.

 

Engendraron a Troilo, a quien los troyanos y los dánaos asemejaban al oro refinado tres veces por su aspecto seductor. Con ellos, en cuanto a belleza, siempre también tú, Polícrates, tendrás gloria imperecedera, según mi canto y mi propia gloria.

 

 

Fragmento 286

En primavera el Kydonian

árboles de manzana, regados por fluir

arroyos allí donde los Maidens

tienen su jardín virgen, y viñedos,

creciendo bajo las ramas sombrías

de las vides, florecen y florecen. Para mí, sin embargo, amor

está en reposo en no temporada

pero como el viento del norte de Thracian,

ablaze con relámpago,

corriendo de Aphrodite con picazón

aptos de locura, oscuros y no entrenados,

que forzosamente convulsa de sus raíces

mi mente y mi corazón.

 

 

Fragmento 287

Eros, de nuevo, bajo párpados sombríos,

me lanza miradas

húmedas de mil trucos,

y me enreda en las mallas

apretadas de la diosa de la belleza.

 

Al acercarme,

tiemblo

Como un caballo atado,

Antes listo para ganar, Ahora

dudoso

Ante coches más rápidos.

Publicar comentario