Poemas de Simónides de Ceos (poeta griego)

Simónides de Ceos

Poemas de Simónides de Ceos (c. 556–468 a. C.) fue un maestro de la lírica coral y uno de los poetas más versátiles de Grecia. Famoso por su pragmatismo, fue el primero en cobrar por sus obras, profesionalizando el oficio.

Destacó en el epinicio y el treno, pero su legado eterno son sus epitafios a los caídos en las Guerras Médicas, como el célebre texto dedicado a los espartanos en las Termopilas.

Simónides de Ceos

De los que murieron en los Termópilas

De los que en muerte generosa y clara

en los altos Termópilas cayeron,

y venturosa suerte así tuvieron,

se venera el sepulcro como un ara.

 

No le oscurecerá la edad avara

que todo lo consume; y los que fueron

capaces de un tal hecho, y tal pudieron,

gozan una alabanza eterna y rara.

 

La religiosa tumba do hora posa

de estos varones ínclitos la llama,

que en lúgubre silencio y paz reposa,

a una jamás perecedera fama

elevará la Grecia gloriosa

doquier que el nombre de la patria se ama.

 

De cuatro cosas

Es excelente cosa

tener salud robusta y deliciosa;

y tener lo segundo

buen natural es lo mejor del mundo;

ser rico, lo tercero,

sin conseguir con fraudes el dinero;

lo cuarto, sin testigos

pasar la pubertad con los amigos.

 

De la muerte

Las fuerzas humanales

son débiles y flacas.

Vano y ligero el pensamiento suyo,

y en una corta vida

el hombre sufre males sin medida.

A todos igualmente

la misma muerte alcanza;

nadie rehúye su furor sañudo,

y el malo, como el bueno,

es fuerza que desciendan a su seno.

 

Epitafio a una mujer casada

Aquí la descendencia está encerrada

de aquel que en Grecia entre los de Hipia todos

se señaló con alma aventajada.

Que nunca supo usar de altivos modos

con el padre, el marido, los hermanos,

los hijos, ni los próximos tiranos.

 

Para unas armas colgadas en el templo de Minerva

Estos arcos de guerras, ociosos,

de Minerva en el templo colocados,

visto se han varias veces, vigorosos

con sangre de los persas mancillados.

De los persas, que siempre en sus fogosos

mortíferos caballos cabalgados,

en las peleas de los hombres fieros

entran, do suenan llantos lastimeros.

 

Para la estatua de un atleta

Yo, Aristodamas, valeroso atleta,

fui en Nemea dos veces coronado;

en Olimpia logré gloria completa,

y también en el Istmo celebrado;

y no tanto vencí con fuerza extraña

como con el ardid, el arte y maña.

 

Para un puente

Id al templo de Ceres, sacerdotes,

sin temor de las aguas invernales,

pues ya Jenocles Lidio ha construido

puente sobre estos rápidos raudales.

 

Acción de gracias a Venus

A estos se les mandó que fervorosos

a Venus invocasen en sus ruegos,

ofreciéndole votos religiosos

por los valientes ciudadanos griegos,

porque no quiso que la ciudad clara

el persa sagitífero tomara.

 

Para la imagen de un atleta

En esta imagen mira y reconoce

al vencedor Teócrito en Olimpia,

que, cuando joven, en la lucha y carro

tuvo una soberana maestría.

 

Hermoso siempre, aun cuando vigoroso,

en la áspera lucha se ejercita,

que de sus padres la ciudad adorna

con la corona a su valor debida.

 

Epitafio para un cazador

¡Oh, Licas, cazador de fama honrosa!

Las fieras tiemblan al fijar su planta

en tu sepulcro, y el Pelión y el Osa,

y el Citerón, do crece hierba tanta,

a las tiernas ovejas saludable,

conocen tu valor inimitable.

 

Del beber

Cuando el Bóreas veloz ligeramente,

viniendo de los tracios, el costado

cubrió del alto Olimpo preeminente

fatigando a cualquier desabrigado,

la vida nos volvió benignamente.

 

Mas quiero yo que agora derramado

temple mi taza: que es un hecho fiero

dar el vino caliente al compañero.

 

De un retrato

El amor que me tenía

Praxíteles expresó:

por la imagen le pintó

que en su corazón sentía.

 

Y Frinés en el momento

de mi cuadro el precio dio.

Y así a mi retrato yo

arrojo flechas sin cuento.

 

De la mujer

No puede el hombre gozar

una cosa más hermosa

que la mujer, ni una cosa

peor puede disfrutar.

 

De los atenienses

Grande luz amaneció

a los atenienses cuando

Harmodio, a Hiparco matando,

a Aristogitón siguió.

 

A Sófocles

A ti, Sófocles amado,

de los poetas honor,

una uva con rigor

te dio fin desventurado.

 

De un cuadro

Ifión, de Corinto, fue

quien esta imagen pintó,

que en sus obras caminó

de buena fama en buen pie,

pues las obras del pintor,

de la misma gloria y maña

que al artífice acompaña,

sacan no pequeño honor.

 

De la bacante de Escopas

¿Quién es esta que está aquí?

La bacante. ¿Quién tan bien

la adornó? Escopas. ¿Y quién

de furor la llenó así

y la puso cual se ve?

¿Baco o Escopas? Escopas fue.

 

Sobre la vida del hombre

No hay estabilidad en las humanas

cosas, como lo dijo el excelente

varón de Quío: «y cual las hojas vanas

 

descienden volteando levemente

cayendo de las ramas elevadas,

así cae también la humana gente».

 

Pocos estas verdades veneradas,

después que las oyeron, las mantienen

dentro del recto corazón guardadas,

 

pues la esperanza que los hombres tienen

de larga vida, el ánimo fomenta;

y porque los deleita la sostienen

 

mientras la flor de juventud se ostenta

en el varón, de cualquier leve cosa

su espíritu ligero se alimenta.

 

Por la esperanza, la vejez rugosa

desprecia: ni se cura de la muerte,

ni cuando goza de salud hermosa

 

piensa en la enfermedad aguda y fuerte.

Necio de aquel que así se lo imagina,

pues ignora cuán corta y de qué suerte

 

será la edad de juventud benigna,

y cuán breve es el tiempo concedido

a la vida del hombre que declina.

 

Pero tú, de estas cosas instruido,

cuando ya del vivir el fin se llegue,

de alborozo y de júbilo ceñido,

sufre como virtuoso el mal que allegue.

 

A Pítaco, sobre la virtud

Es un asunto, Pítaco, espinoso

hacer a un hombre bueno verdadero;

y, una vez hecho, es muy dificultoso

 

conservar aquel hábito primero,

porque esto no es del hombre solamente,

sino que a Dios lo debe por entero.

 

Si algún revés le oprime de repente,

por más bueno que sea, no le es dado

mantenerse de pie contra el torrente.

 

Por esto yo, buscando descarriado

los imposibles, pierdo la esperanza

de que el que vive en el terreno estado

 

disfrute de una próspera bonanza

aunque sea virtuoso eternamente.

Lo que entiendo diré con confianza:

 

amo al que no hace voluntariamente

maldades, y le alabo y recomiendo,

que a la necesidad que oprime urgente,

ni se resiste Dios, según yo entiendo (1).

Simónides de Ceos

 

Al mismo, sobre el amor a la vida

Porque estimes tu vida, en ningún modo

yo te reprendo, Pítaco: la estima

cualquier que no es malvado, o necio, o todo.

 

El que de sanidad toca la cima

sirve a su ciudad patria en gran manera.

No te reprendo, ni mi voz se arrima

 

a la agria reprensión: la turba fiera

de los necios es grande, y cansaría

cualquier que corregirlos pretendiera.

 

Mas volviendo a decir lo que decía,

declaro que son buenas cuantas cosas

de la negra maldad, horrible, impía

no probaron las lenguas ponzoñosas.

 

Sobre la esperanza

Jove tonante tiene el fin de todo,

oh, caro hijo, y todo lo gobierna

a solo su placer, arbitrio y modo.

 

La ciencia y el saber no es cosa eterna

en los hombres que duran solo un día,

según aplace a la deidad superna.

 

La esperanza dulcísima porfía

en presentar sus sueños lisonjeros,

y mil vanos proyectos forma y cría.

 

El uno espera un día; el otro, enteros

meses; y cuál un año se promete

gozado entre deleites placenteros.

 

A este antes del término acomete

la amarga muerte; y la sañuda y dura

enfermedad al otro le somete.

 

A cuál Marte cruel, dentro en la escura

morada de la muerte, le confunde

revuelto de la guerra en la bravura.

 

Y a tal entre las ondas fieras hunde,

privado del aliento, el mar sañoso.

El que no logra que su vida abunde

 

de bienes, antes sí triste y lloroso

pasa los días de dolores lleno,

deja la luz del sol, voluntarioso.

 

Tan cierto es que este mísero terreno

todo lo da de acerbo mal mezclado,

y del hombre mortal dentro en el seno

 

pone el dolor y la tristura el hado.

Si se me da algún crédito, ninguno

de grado se atormente; antes osado

resista su dolor fiero, importuno.

 

 

Dánae llorando por el mar

Cuando dentro del arca fabricada

por arte de maestro horriblemente

bramaba el aire y toda perturbada

la mar sonaba en rápida corriente,

ella, tocando con la mano amada

al querido Perseo y dulcemente

aplicando llorosa al tierno hijo

sus húmedas mejillas, así dijo:

 

«Hijo adorado, ¡ay me!, cómo me siento

de gran dolor el corazón deshecho,

y tú en esta morada de tormento

duermes, en tanto, con sereno pecho.

Clavos de bronce ciérranla sin cuento,

y negra oscuridad cubre su techo.

Mas tú no curas de las olas, cuando

sobre tu seca faz están sonando.

 

»De los vientos el bárbaro rüido

desprecias, y, cubierto tu semblante

de este cendal de púrpura extendido,

el peligro no ves que está delante:

que, si su horror te fuera conocido,

con tierna oreja dieras al instante

un rato de atención, y cederías,

tal vez, a las dolientes voces mías.

 

»Mas duerme, duerme, infante, descuidado;

duérmase el mar, y duerma el orbe entero:

que, aunque tal desear sea juzgado

vano deseo, yo pretendo y quiero,

¡supremo Jove!, padre venerado,

sufrir con pecho generoso y fiero,

como de ello algún bien al hijo venga,

cuanto rigor mi hado en sí contenga».

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