Poemas de Arquíloco (poeta griego)

arquíloco

Poemas de Arquíloco de Paros (siglo VII a.C.) quien fue el gran innovador de la lírica griega, reconocido como el primer poeta del individualismo. Rompió con la tradición heroica de Homero al expresar sentimientos personales, sátiras mordaces y un realismo crudo sobre la guerra y el amor.

Famoso por sus versos en ritmo yámbico, su estilo directo y crítico transformó la literatura, alejándose de los mitos para centrarse en la experiencia humana subjetiva y cotidiana.

Odas

Sobre la fortaleza

¿Por qué te das tormento

con ásperos cuidados? Cobra, amigo,

cobra vigor y aliento,

y opón, como te digo,

a la desgracia y mal pecho enemigo.

 

Entre las rudas lanzas

del contrario feroz, mantente osado,

sin miedo ni mudanzas;

y ni el triunfo logrado

aplaudas en extremo alborozado,

 

ni, si te ves vencido,

en casa reclinado des al lloro

el ánimo afligido;

y alegre, con decoro

de los que dignos son, aumenta el coro.

 

Pero con los malvados

no te contristes nunca en demasía;

y de los desgraciados

hombres, más cada día

conoce la infelice suerte impía.

 

De sí mismo

Amor, dentro en mi pecho

crüel ardor moviendo,

de nieblas fue esparciendo

mi vista a mi despecho;

y con ánimo avieso

del tierno corazón robome el seso.

 

Y así, infeliz ahora,

por voluntad del cielo,

lleno de desconsuelo,

y rendido a deshora,

y todo traspasado,

del hueso a las medulas ha calado.

 

A Glauco

Mira, mi Glauco, mira

cómo el cerúleo ponto se conmueve

y cómo, lleno de ira,

sus altas olas a encrespar se atreve.

 

La nube pavorosa

sobre los altos árboles asienta;

resuena tempestuosa,

y un súbito pavor nos desalienta.

 

Hablando de él

No curo del tesoro

de Giges, que abundaba

en riquezas y en oro,

ni conocí la emulación esclava;

 

no envidio las acciones

de los dioses sagrados,

ni grandes posesiones:

de todo están mis ojos alejados.

 

arquíloco

 

Que de nada se debe desesperar

No hay cosa alguna de que el hombre pueda

desesperar ni que no sea factible.

Ni nada hay admirable e increible,

desque Jove la luz serena y leda

tornola en noche horrible.

 

Ocultó el sol a la mitad del día,

y en los míseros hombres de repente

derramose el pavor: la humana gente

de nada, pues, desperanzar debía

desde aqueste accidente.

 

Ninguno así se admire de que acaso

trueque con el delfín pastos la fiera;

que esta a la tierra el mar tal vez prefiera,

y aquel el alto monte al mismo paso

más que las ondas quiera.

 

Fragmentos

I

Al grande emperador no estimo en nada;

al hombre generoso y fuerte quiero.

 

II

Es piadoso ejercer crudos castigos

en los vivos primero que en los muertos,

y destrozar al mísero difunto

con la maledicencia es poco honesto.

 

III

Es la misericordia blanda diosa

con los que de la vida el fin tocaron;

y con los que la gozan venturosos

es rígida la envidia al mismo paso.

 

IV

Te he de decir, amado compañero,

y bien sé yo que has de gustar de oírlo,

que ames con todas veras sin cansarte,

empero sin hablarle, al afligido.

 

V

Tuyo es, Jove, el imperio de los cielos,

y sobre los mortales tú derramas

las obras de injusticia abastecidas,

sin olvidar también las temerarias.

 

 

Algún Sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha

Algún Sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha,

Que tras un matorral abandoné, a pesar mío.

Puse a salvo mi vida. ¿Qué me importa el tal escudo?

¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no peor.

 

 

Autorretrato

En mi lanza

llevo ensartados panes.

Por mi lanza

escurre vino de Ismaros.

Apoyado en mi lanza,

de pie, en el alto,

sano, sereno, impasible,

como y bebo.

 

Corazón, corazón de irremediables penas agitado

Corazón, corazón de irremediables penas agitado,

¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles

el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente

con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,

ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.

En las alegrías alégrate y en los pesares gime

sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.

 

Estas son las palabras que yo le dije

Estas son las palabras que yo le dije;

y a la muchacha entre las flores

exuberantes abracé

y la hice acostarse; con un blando

manto la cubrí, apoyando en mis brazos su cabeza,

temblando de miedo

como un cervatillo

dulcemente con mis manos acaricié sus pechos.

 

La estación de la fuga

…si bajo poderosa fuerza de un dios

no hay que llamarlo flojera o vileza,

está bien que nos lanzáramos a huir de males devastadores. Huir tiene su temporada.

También una vez Télefo, el descendiente de Arcas, él solo,

espantó a todo el ejército de los argivos, y no mucho resistieron

esos valientes (tanto los espantaba la suerte de los dioses

a ellos, que iban armados con lanzas). El río Caicos, de buena corriente,

quedó atestado de los que caían muertos, y también

la llanura misia. Sobre la orilla del mar muy estruendoso

eran masacrados por la mano de ese despiadado mortal

los aqueos de buenas grebas, que se dispersaban a la desbandada:

con entusiasmo corrían a embarcarse en las naves que cruzan el mar

estos hijos y hermanos de inmortales, a quienes Agamenón

llevaba a hacer la guerra a Ilión, la sagrada.

Pero en ese momento, desviados de su camino, habían llegado a esta costa

y recalaron en la espléndida ciudad de Teutras;

allí resollaban la furia, lo mismo los hombres que los caballos,

inmensamente afligidos los ánimos en su desvarío,

pues se figuraban que ya asaltarían la ciudad de los troyanos, de altas puertas,

y en vano pisaban Misia, rica en grano.

Y vino a su encuentro Heracles, clamando por su hijo de corazón bravo, Télefo,

despiadado centinela en la guerra devastadora,

el que excitó en los dánaos la vergonzosa estampida

cuando los enfrentó él solo, complaciendo a su padre…

 

Me dan dentera…

Me dan dentera

esos oficialillos barbilindos

que se pavonean por el campamento

con sus escudos labrados,

al aire las cabelleras

perfumadas.

Creen saber ya

todos los secretos

del arte militar.

Yo prefiero

mil veces a esos otros camaradas

chaparros, peludos y burdos,

y que recién llegados del surco

no te traicionan

en el campo de batalla.

Con sus piernas velludas

y zambas

siempre acuden si en las refriegas

te ven en apuros.

Esos camaradas,

hediondos a mierda

y a sudor, son para mí

más elegantes y bienolientes

que todos los aristócratas

de Atenas juntos.

Dame, oh Palas

Atenea, memoria

y que recuerde yo el nombre

de aquel agricultor pestilente

que me salvó la vida cuando estaba

un espartano a punto de degollarme.

Prefiero mil veces

a esos soldados chaparros

peludos y burdos,

que recién llegados del surco

no te traicionan en el campo de batalla.

Cada uno de esos compañeros,

con sus piernas cortas y zambas

es, de la cabeza a los pies,

todo corazón.

arquíloco

No me gusta el general corpulento o que a zancadas camina

No me gusta el general corpulento o que a zancadas camina

o que presume de rizos o cuida su afeitado.

El mío ha de ser menudo, que en sus canillas se aprecie que es zambo,

plantado firmemente sobre sus pies, lleno de valor.

 

Si bajo poderosa fuerza de un dios…

…si bajo poderosa fuerza de un dios

no hay que llamarlo flojera o vileza,

está bien que nos lanzáramos a huir de males devastadores. Huir tiene su temporada.

También una vez Télefo, el descendiente de Arcas, él solo,

espantó a todo el ejército de los argivos, y no mucho resistieron

esos valientes (tanto los espantaba la suerte de los dioses

a ellos, que iban armados con lanzas). El río Caicos, de buena corriente,

quedó atestado de los que caían muertos, y también

la llanura misia. Sobre la orilla del mar muy estruendoso

eran masacrados por la mano de ese despiadado mortal

los aqueos de buenas grebas, que se dispersaban a la desbandada:

con entusiasmo corrían a embarcarse en las naves que cruzan el mar

estos hijos y hermanos de inmortales, a quienes Agamenón

llevaba a hacer la guerra a Ilión, la sagrada.

Pero en ese momento, desviados de su camino, habían llegado a esta costa

y recalaron en la espléndida ciudad de Teutras;

allí resollaban la furia, lo mismo los hombres que los caballos,

inmensamente afligidos los ánimos en su desvarío,

pues se figuraban que ya asaltarían la ciudad de los troyanos, de altas puertas,

y en vano pisaban Misia, rica en grano.

Y vino a su encuentro Heracles, clamando por su hijo de corazón bravo, Télefo,

despiadado centinela en la guerra devastadora,

el que excitó en los dánaos la vergonzosa estampida

cuando los enfrentó él solo, complaciendo a su padre…

 

Soy yo, a la vez, servidor del divino Enialio

Soy yo, a la vez, servidor del divino Enialio

y conocedor del amable don de las Musas.

 

Y tomando a la doncella

Y tomando a la doncella,

la recosté sobre las flores, y cubriéndola

con un suave manto, sosteniendo su cuello entre mis brazos,

mientras temblaba de miedo como un cervatillo ante el lobo,

acaricié delicadamente sus pechos con mis manos

donde la piel mostraba el tierno encanto de su juventud.

Y abrazando su hermoso cuerpo,

liberé el blanco vigor acariciando sus rubios cabellos.

 

Ya no hay suceso imprevisto, ni abominable

Ya no hay suceso imprevisto, ni abominable,

ni asombroso, toda vez que Zeus, padre de Olímpicos,

el mediodía lo tornó en noche, ocultando la luz

del sol radiante; empapó a los humanos el temor.

Desde entonces todo es creíble y esperable

para los hombres. Que a ustedes no les sorprenda

ver que a los delfines las fieras truecan comarca

marina y que estas del mar las resonantes olas

prefieren a la tierra firme, mientras aquellos bucean en el monte.

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