Poemas de Bai Juyi

Poemas de Bai Juyi

Poemas de Bai Juyi (772–846) fue uno de los poetas más prolíficos y populares de la Dinastía Tang. A diferencia de otros autores de su tiempo, apostó por un estilo claro, directo y accesible, llegando a decirse que leía sus versos a campesinos para asegurarse de que todos pudieran entenderlos.

Destacó por su crítica social y su empatía hacia los oprimidos, aunque también es recordado por sus poemas narrativos extensos, como el famoso Canto a la melancolía eterna. Su obra refleja una transición desde la ambición política hacia un retiro espiritual influenciado por el budismo y el placer de las cosas sencillas.

EL CORAZÓN EN OTOÑO

Pocos visitantes traspasan esta puerta,

muchos pinos y bambúes crecen frente a los escalones.

El aire de otoño no entra por la pared del Este,

el viento fresco sopla en el jardín del Oeste.

Tengo un arpa, soy muy perezoso para tocarla,

tengo libros, no tengo tiempo para leer.

Todo el día en esta tierra de una pulgada cuadrada (el corazón),

sólo hay tranquilidad y no hay deseos.

¿Por qué debería hacer más grande esta casa?

No es útil decir mucho.

Una habitación de diez pies cuadrados es bastante para el cuerpo,

un Peck de arroz es suficiente para el estómago.

Además, sin capacidad para manejar los negocios,

recibo ociosamente el salario del emperador.

Ni planto un solo árbol de morera,

ni cultivo una sola hilera de arroz.

Sin embargo me alimento bien todo el día,

y estoy bien vestido todo el año.

Con una conciencia tal, y conociendo mi vergüenza,

¿por qué debería estar descontento?

 

EL FIN DE LA PRIMAVERA

La flor del peral se comprime y se transforma en fruto.

Los pichones nacen de los huevos de la golondrina.

¿Qué consuelo ofrece la doctrina del Tao

cuando se enfrenta la mudanza de las estaciones?

Me enseñará a ver volar los días y los meses,

sin llorar en exceso por la juventud que muere.

Si el mundo transitorio no es sino un largo soñar,

poco importa si somos jóvenes o viejos.

Siempre, sin embargo, desde que mi amigo me dejó,

y viví en el exilio en la ciudad de Chiang-ling,

hubo un deseo que no he podido dominar:

y es que de cuando en cuando, por azar, vuelva a verlo.

 

LOS CRISANTEMOS DEL JARDÍN DEL LEVANTE

Los años juveniles me han dejado de una pieza,

y me han menguado los años maduros;

¡qué pensamientos tristes y solitarios me invaden

mientras visito de nuevo este lugar desierto y frío!

En medio del jardín me detengo, solo, largamente.

El sol está descolorido, gélidos el viento y el rocío.

La lechuga otoñal se retuerce y convierte en simiente.

Los árboles están cargados y marchitos.

Solo han quedado las flores del crisantemo,

que brotan aquí y allá bajo los setos abandonados.

Quisiera llenar un vaso con el vino que he traído.

Pero la vista de los crisantemos me detiene la mano.

En mis años jóvenes, recuerdo,

rápidamente pasaba de la tristeza a la alegría;

pero ahora, que la vejez se presenta,

los instantes de alegría son más raros.

Siempre me asusta pensar que cuando sea muy viejo

el vino más fuerte no bastará para consolarme.

¿Por qué os interrogo, tardíos crisantemos,

por qué florecéis solos en una estación tan triste?

Aunque sepa bien que no lo hacéis por mí,

quiero, a vuestra semejanza, lo poco que se pueda,

aplanar mi rostro.

 

LA CUCHARA DE PLATA

Mi corazón está acostumbrado a los destinos remotos;

no me resultó difícil abandonar mi casa.

Pero sí el dejar a la señotita Kuei:

por ella las lágrimas llenaron mis ojos.

La niña debe ser alimentada con muchos cuidados:

señora Tzao, le ruego que usted se ocupe de ello.

Por mi parte, he envuelto y he mandado una cuchara de plata:

¡come sin preocuparte, y piensa en mí cuando comas!

 

LA VEJEZ

Tú y yo envejecemos juntos;

veamos un poco: ¿cómo es esta vejez?

Los turbios ojos se cierran antes de que sea de noche,

la perezosa cabeza está despeinada a mediodía.

Apoyados en bastones, damos a ratos un paseíto,

o estamos sentados todo el día con las puertas cerradas.

No osamos mirarnos el rostro en un espejo claro,

no podemos leer los libros con letras pequeñas.

Cada vez más hondo es el cariño de los viejos amigos,

cada vez más raro nuestro trato con los jóvenes.

Queda una cosa: el placer de las charlas ociosas

es mayor que nunca cuando nos encontramos los dos.

 

DEJANDO MI TIERRA NATAL

lejos de mis parientes,

desterrado en un extraño sitio,

me asombra que mi corazón

no tenga angustia o dolor.

Cuando consulto a Zhuanzi

me encuentro a mí mismo.

De seguro mi hogar está allí,

en esa tierra de nadie.

 

CUANDO FUI JOVEN

para gobernar mi rumbo

leí en el capítulo primero

de Zhuanzi.

Ahora me ocupo de mi espíritu,

soy un jhana que apenas medita

para iluminarse.

Es cierto que acepto el mundo como es,

pero los sentidos no limitan mi vida.

No tengo antipatía por el pueblo o la corte,

y en casa no preciso compañía de alguno.

Desde entonces, donde vaya,

mi mente está tranquila

y para nada necesito hacer

ejercicios en favor de mi cuerpo,

ni de los ríos o lagos

para sosegar mi alma.

Si tengo sed

bebo un poco de vino,

si no tengo que hacer,

tomo asiento en silencio

y al caer de la tarde

duermo hasta el día siguiente

cuando el sol está bien alto.

 

No evoco en otoño las noches largas,

ni lamento en primavera los días que pasan.

Enseñé a mi cuerpo a ignorar

si es joven o es viejo,

y a mi alma, a apreciar por igual,

la vida y la muerte.

Ayer, cuando te vi,

Li Jien diste a mis pensamientos

medula y corazón,

porque, como el tuyo,

mi camino también es inefable

y si no fuese por ti

jamás lo hubiese explicado

con estas palabras.

 

DESPUÉS DE COMER HAGO UNA SIESTA

y luego me levanto y bebo dos tazas de té.

Levanto la cabeza y veo al sol que declina.

Un hombre alegre lamenta la marcha de los días,

uno triste aborrece los años que pasan.

Nadie acepta, alegre o triste,

la vida que tiene, sea larga, sea corta.

 

DESDE QUE VIVO EXILIADO EN HSÜNYANG

no ha cesado de llover a raudales.

Pocas veces se ha aclarado el cielo,

dormitando he pasado buena parte del tiempo.

Tanto ha crecido el lago que casi llega al cielo

y las nubes descienden casi tocando el agua.

Detrás de mí patio oigo la conversa del remero,

al final de la calle oigo el pescador que canta.

Los pájaros desaparecen entre el aire amarillo,

el viento entre las velas golpea las olas.

El camino de herradura esta noche

se ha convertido en el lecho de un río.

 

¡CUÁNTO TIEMPO HA PASADO DESDE QUE ESTOY ENFERMO!

Casi cien largos días.

Mis criados ya saben buscar las plantas para mis medicinas,

el perro ya no ladra cuando el médico asoma.

Las cazuelas, en mi cueva, traspasan el suelo.

Las esteras de los cantores se hacen polvo.

Cuando llegue la nueva estación

¿cómo podré soportar ver, desde mi almohada,

la belleza de la primavera que nace?

 

NO PIENSES EN LOS ASUNTOS DEL PASADO,

pensar en el ayer es inservible nostalgia.

Tampoco vale imaginar el porvenir,

es una vana inquietud.

Mejor caer como un saco en la silla

y en la noche, tumbarse, como piedra, en el lecho.

Cuando haya que comer, abre la boca,

cierra los ojos, cuando el sueño llegue.

 

INVITANDO A MI VECINO A CASA

Copas llenas de vino excelso.

Camas cubiertas de esterillas nuevas.

¡Ven a pasar la noche charlando!

¡Gocemos del fresco de otoño

a la orilla del lago!

 

PRIMAVERA NACIENTE

Con tus soplos suaves,

se derrite la nieve.

Bajo tu sol caliente,

el hielo se deshace.

¡Oh primavera naciente!

¡Si deshiciera también

la escarcha de mis sienes!

 

MIS PEQUEÑOS BAMBÚES

No me gusta mi cargo de funcionario.

Siempre tengo cerrada la puerta,

rodeada de hierbas.

¿Qué hacer para recrear

mi corazón lleno de inquietud?

He plantado más de un centenar

de bambúes junto a la ribera.

Al contemplar su belleza,

me sumerjo en el recuerdo

de los días placenteros

que he pasado en la montaña.

En mis ratos de ocio,

paseo a su alrededor,

hasta que declina el sol.

No digáis que no tienen raíces sólidas.

 

No digáis que no nos ofrecen gran sombra.

Ya siento su frescor

tanto en el patio

como en las salas.

Pero lo que más me encanta

es el susurro del otoño,

que, tendido junto a la ventana,

escucho en sus ramas.

 

DEDICADO A MI ESPOSA

Denso musgo umbrío. Tras la lluvia, suelo mojado.

Leve rocío fresco, cielo de inminente otoño.

Al claro de luna, no añores, mi amor, el pasado.

Mustiaría tu rostro y acortaría tus años.

 

CANTO DE LA INFINITA TRISTEZA

El monarca de los Han,

cautivo de los encantos femeninos,

anhelaba hallar una beldad sin par.

Mas años y años pasaron,

sin que su ardiente deseo

se hiciera realidad.

 

La familia de Yang tiene una hija,

que está en la adolescencia florida.

Crecida en su gineceo recóndito,

los extraños nunca han podido verla.

Mas una hermosura tan perfecta,

¿cómo podría ser ignorada?

Presentada es al monarca.

Ladeando la cabeza,

esboza una sonrisa,

que mil encantos encierra,

y a todas las damas de la corte eclipsa.

 

En la frígida primavera,

se le concede el privilegio

de bañarse en la fuente Hua Ching.

La suave y tibia transparencia

embellece su piel alabastrina.

Ayudada por sus doncellas,

sale perezosa y hechicera.

Es entonces cuando el emperador

comienza a prodigarle favores.

 

Cabellos de nubes.

Rostro de flor.

Alhajas de oro.

Bajo las cortinas sonrosadas

conoce la noche de primavera.

¡Qué noche tan breve, empero!

¡Qué temprano llega el alba!

 

A partir de ese día,

el soberano deja de dar

la audiencia matinal.

Le acompaña la favorita

en sus paseos y orgías,

y comparte las dulces noches.

Aunque hay tres mil bellezas en la corte,

al amor sólo de ella se dedica.

La alcoba de oro y sus adornos sirven

para que resalte más su hermosura.

El pabellón de jade de las fiestas

aumenta lo gracioso de su ebriedad.

 

A sus hermanos se les confiere

títulos de nobleza,

y la familia Yang

brilla en los círculos escogidos.

De extremo a extremo del imperio,

quienes preferían hijos varones

han cambiado de parecer.

 

El Palacio de Li

casi se toca con el cielo.

El viento esparce por doquier

los divinos acordes

que acompañan a alegres danzas.

El emperador ya no distingue

entre el día y la noche.

 

Se estremece la tierra.

Llegan desde Yuyang

terribles gritos de guerra,

quebrando las melodías

de «Vestido de Arco Iris

y Túnica de Brillantes Plumas»,

danza preferida del palacio.

 

Polvo y humo es la capital.

Torrentes de carros y jinetes

se precipitan a huir al sudoeste.

Banderas de Dragón imperiales,

temblando, avanzan.

A pocas leguas de la muralla

las tropas no quieren seguir:

exigen la sangre de Yang.

¿Qué hará el monarca

sino ceder?

Al pie de la colina Mawei,

la beldad de cejas-mariposa

deja de ser ante los caballos.

Riegan el suelo

sus graciosos adornos como flores,

el gorrión de oro

de coloridas plumas incrustadas

y su hermosa horquilla de jade.

Nadie los recoge.

El desesperado monarca,

impotente para salvarla,

se oculta el rostro entre las manos.

La mira una última vez,

con lágrimas de sangre ardiente.

 

Ráfagas de viento gélido

levantan polvo amarillo.

Trepando entre las nubes,

las tropas atraviesan

la Puerta de la Espada,

y al monte de Emei llegan.

Aquí no ven casi un alma.

Las banderas pierden su brillo,

y lánguido el sol palidece.

Agua esmeralda del río.

Verdes montañas lozanas.

El fascinante paisaje

sólo acarrea al monarca

una profunda tristeza.

La luna contemplada desde la tienda

parece melancólica.

El son de las campanillas en la lluvia

semeja el sordo ruido

de un corazón que se destroza.

 

Por fin el cielo y la tierra

han completado una vuelta.

La carroza de Dragón retoma.

En la colina de Mawei,

detiénese la comitiva

donde esfumóse el bello rostro.

Monarca y ministros se miran,

anegados todos en lágrimas.

Abandonando los caballos,

se dirigen hacia el palacio.

 

Jardines. Estanques.

Nada ha cambiado.

Flores de lotos de Taiye.

Hojas de sauces de Weiyan.

Estas recuerdan sus cejas,

y aquéllas su hermoso rostro.

¿Cómo contener las lágrimas

que esta aparición arranca?

Flores de durazno y de ciruelo se abren

al céfiro de la primavera.

Amarillas hojas caen

con las lluvias autumnales.

Tupidas hierbas reverdecen

los patios del Palacio Oeste.

Hojas muertas amontonadas

enrojecen los escalones.

Las actrices del Jardín de Perales

peinan blancos sus cabellos,

y las doncellas del Pabellón de Pimenteros

ven marchita la flor de sus caras.

 

Luciérnagas traen noches sofocantes.

Moribunda está la lámpara,

y el monarca, triste, desvelado.

Campanas y tambores, lentamente,

despiden la larga noche.

Brillante la Vía Láctea

al alba tardía acoge.

Frías las tejas entrelazadas,

todas cubiertas de escarcha.

¿Quién querría compartir una manta helada?

Largos años separan

al vivo de la muerta,

y su espíritu no ha acudido

ni una vez en el sueño.

 

Por entonces, a la capital

viene un sabio taoísta.

Para quien tiene sinceridad

se aviene a llamar las almas

de sus familiares muertos.

Compadeciéndose del monarca atormentado,

emprende una afanosa búsqueda.

 

Raudo como relámpago,

atraviesa las nubes

cabalgando los vientos.

Primero sube al cielo.

Después baja y penetra

en las profundidades de la tierra.

Ni en el azul infinito,

ni en la Fuente Amarilla, ultratumba,

encuentra a la difunta.

 

De pronto oye decir

que en el inmenso piélago

hay una montaña de deidades,

que, velada por la bruma,

flota en el aire.

Multicolores nubes envuelven

sus pabellones exquisitos,

morada de hermosas y dulces divinidades.

Una de ellas se hace llamar Taizheng,

su nombre original.

Tiene el rostro de flor

y la piel de nieve

como en la otra vida.

Llegando a una puerta de oro,

el taoísta toca suavemente

un jade incrustado.

Pide a la doncella

que le abre anunciar

al mensajero de Han.

 

Encerrada en vistoso dosel,

la bella se despierta sorprendida.

Aparta la almohada.

Se viste deprisa.

Levanta la cortina de perlas

y abre los biombos de plata.

Sin arreglarse bien la cabellera,

la guirnalda al descuido puesta

y los ojos somnolientos,

desciende a la sala.

Se agitan sus anchas mangas

al compás del movimiento,

como en «Vestido de Arco Iris

y Túnica de Brillantes Plumas».

El rostro anegado en lágrimas,

como una flor del peral

azotada por la lluvia.

 

Pide al taoísta que le transmita

su honda gratitud al soberano.

«Después que nos separamos,

no he podido oír su voz ni ver su cara

a través de las nubes y nieblas.

Ahora, en la Montaña de las Deidades,

arrastro penosa los largos días.

Oteo el remoto mundo de los hombres,

mas el humo y polvo me impiden la vista.

Sólo puedo enviarle,

como testimonio de amor,

estos adornos que me obsequió.

Yo conservaré una de las horquillas

y también mitad del cofrecillo.

Quiero que él sea firme como el hierro,

y entonces nos volveremos a ver,

ya sea en el azul del cielo,

o en el mundo de los humanos».

 

Al despedir al mensajero,

ella reitera el juramento

que habían hecho los dos corazones

el día siete del séptimo mes,

a las altas horas de la noche,

en el Pabellón de Eterna Vida:

«En el celeste inmenso siempre somos

un par enternecido de avecillas,

y en la animada tierra, dos ramas

entrelazadas de un mismo árbol».

El cielo, y también la tierra,

por más que sus ciclos duren,

han de terminar un día.

Mas esta inmensa tristeza

será como el tiempo, eterna.

 

MI NUEVA TÚNICA ENGUATADA

La tela de Guiguan es blanca nieve,

y el algodón de Wu, nube blanda.

Resistente tela, gruesa manta:

así es mi túnica nueva.

¡Y qué bien me abriga!

Me la pongo de madrugada,

y estoy sentado con ella hasta la noche.

También con ella me cubro,

y duermo cómodamente

hasta que despunta el alba.

He olvidado ya el riguroso invierno:

me encuentro en la benigna primavera.

 

En la noche avanzada,

una idea me embarga.

Me paseo por la alcoba,

palpando mi ropa.

Un caballero de verdad

debe preocuparse por todos.

¡Cómo puedo conformarme

con mi propia felicidad!

 

Ojalá se hiciera una túnica

de miles de leguas de largo,

que cubriera la inmensa Tierra,

de modo que todos quedaran

cómodamente abrigados.

 

LEYENDO LOS POEMAS DE YUAN ZHEN EN UN BARCO

Tus poemas en mis manos,

los leo junto a la lámpara,

que agoniza cuando acabo.

Aún no despunta el alba.

Ya sin luz, siento los ojos cansados.

Sentado a oscuras, escucho las olas,

que, a impulsos del viento de proa,

golpean ruidosas el barco.

 

BALADA DE LA TAÑEDORA DEL LAÚD

De noche fui a la orilla del río

para despedirme de un amigo.

Sentía el melancólico susurro

de la hojas de los arces

y de las flores de los juncos.

Bajé del caballo.

Ya me esperaba en la barca.

Levantamos las copas y apuramos.

¡Qué lástima no tener

laúdes y flautas

para aprisionar el instante!

 

El vino no nos dio alegría.

Bajo una luna bañada

en la inmensidad del agua

íbamos a separamos,

tristes, cuando de repente

nos llegaron cautivantes

dulces voces de un laúd

y fuimos retenidos.

 

Preguntamos en voz baja

quién lo pulsaba.

Cesó la música

sin adelantar respuesta.

Aproximamos la barca.

De nuevo encendí la lámpara.

Volvimos a poner la mesa;

llenamos de vino las copas,

y a la tañedora invitamos.

Sólo tras ruegos repetidos

apareció, con el laúd en los brazos,

y medio cubierto el rostro.

 

Templa las cuerdas

y, aún sin interpretar,

llena el espacio de emoción.

Una a una vibran de tristeza,

y cada acorde es un lamento

de indescriptibles sufrimientos.

Inclinando la cabeza,

ella sigue tocando,

y así se desahoga

de infinitas penas.

Ora puntea las cuerdas,

ora las rasga;

tañidos fuertes,

después ligeros.

Primero nos endulza

«Vestido de Arco Iris»,

y luego «Verde Cintura».

De las cuerdas gruesas

se desata una furiosa tormenta,

y de las delgadas,

el alegre murmullo de muchachas.

 

Notas sonoras se mezclan

con susurrantes notas.

Perlas grandes y pequeñas

caen en un plato de jade,

y en medio de frescas flores

trinar y trinar alegres.

Por debajo del límpido hielo,

vienen sollozos de un arroyo.

Congélanse y cesan luego.

¡Qué tristeza más profunda

mora en el fondo del alma!

 

Por instantes el silencio

expresa más que la música.

De pronto, quebrado jarrón de plata

y agua esparcida, cristalina.

Oigo el galope de corceles

y furiosos ruidos de sables y jinetes;

la ejecución termina.

Por entre las cuerdas

que suenan como al rasgarse

una tela de seda,

el plectro se retira.

De silencio están cubiertas

las dos barcas.

Sólo la luna plateada

yace en el centro del río.

 

Indecisa, la tañedora

guarda el plectro.

Se estira la ropa,

grave la expresión,

se levanta y dice:

«Nací en la capital;

vivía mi familia

cerca del Mausoleo Siamo.

A la edad de trece

aprendí a tañer el laúd,

y mi nombre estaba en la lista

de las tañedoras más destacadas.

Cada vez que interpretaba,

los maestros me prodigaban elogios,

y con mi bello rostro

me convertí en la envidia

de las artistas celebradas.

Los jóvenes ricos se disputaban

por galantearme y obsequiarme.

Para escuchar una sola pieza

me regalaban con seda abundante;

quebraban, para llevar el compás,

mis horquillas floreadas de plata,

y el vino que derramaban

regaba mi falda púrpura.

Entre acordes y risas

un año siguió al otro.

Pasó el viento de primavera.

Se ocultó la luna de otoño.

El ejército se llevó a mi hermano,

y la muerte, a mi tía.

Se marchitó la flor de mi vida.

Cada vez menos carruajes

se estacionaban frente a mi puerta.

Casé con un comerciante,

quien me trajo a esta aldea.

La separación le importa nada:

a él sólo le atraen las ganancias.

Salió a comprar el mes pasado,

dejándome sola en la barca,

acompañada de la luna

y el gélido río.

Muchas veces, en las noches avanzadas,

sueño con mis felices tiempos pasados,

y corren las lágrimas

como por arroyuelos rosados».

 

Escuchando la ejecución,

me penetraba su lamento,

y la desconsolada narración

me carga un pesado dolor.

Estamos en orfandad de la suerte,

y para comprendernos

nos basta un solo encuentro.

«Abandoné la capital el año pasado,

y vine desterrado, enfermo.

En este lugar apartado

no oí ni una canción hermosa

desde tan largo tiempo.

Vivo a la orilla del río,

en húmedo y bajo paraje;

mi casa está rodeada

de cañas amargas

y amarillos juncos.

A mis oídos sólo llegan

desgarradores lamentos de cucos

y aullidos melancólicos de monos.

En las florecientes mañanas de primavera

y en las otoñales noches de luna,

ante una jarra de vino, bebo solo.

Aunque se oyen coplas y flautas,

son feas y desagradables.

Esta noche me ha sido deleitante

al escuchar su interpretación.

Me purificó el corazón

y me parecieron melodías

de las divinidades.

Le ruego que nos toque algo más.

Improvisaré un poema titulado

La Tañedora del Laúd

y a usted va dedicado».

 

La bella dama, conmovida,

permanece de pie largo rato.

Luego se sienta

y, con cadencias aceleradas,

pulsa las cuerdas.

Vibran tan desconsoladas,

que arrancan a todos lágrimas.

El que compone este poema,

bañada su túnica,

es quien llora con más tristeza.

 

ACERCA DEL AYUNO DEL MONJE CHU CHUAN

Cuarenta años te sentaste mirando la pared,

Cambiando la nada por la vida de este mundo.

A las horas de las comidas, de vez en cuando te ríes de las campanas,

¿Cómo puedes ser tan libre de comer o no comer?

Poemas de Bai Juyi

CANTO DEL RÍO EN CREPÚSCULO

El sol muriente esparce sus rayos sobre el agua.

Medio río rojo, la otra mitad esmeralda.

¡Encantadora noche a inicios del mes noveno!

Perlas de rocío, y la luna, un arco perfecto.

 

CONTEMPLACIÓN CREPUSCULAR DESDE LA TORRE MIRADORA DE LA RIBERA

Hacia el este, el mar y el cielo, fundidos,

se esfuman en el velo del crepúsculo.

A ambas orillas se yerguen montañas

prolongadas e inmensas.

Miríadas de luces parpadean

por toda la ciudad.

Un río de estrellas flota

en medio del agua.

El viento azota añosos árboles:

una tormenta a pleno sol.

La luna ilumina la arena:

escarcha en noches estivales.

Ven, amigo, a la Torre,

a huir del calor.

Aquí disfrutarás de un frescor

que no habrá en tu cabaña.

 

LOS MANDARINES

Su aire más que altivo

desborda el camino.

Sus monturas brillan

a través del polvo.

 

— ¿Quiénes son esa gente?

pregunta un curioso.

— Son los mandarines

que nos gobiernan.

 

Franjas bermejas

para ministros;

violetas franjas

de generales.

 

Van a la orgía

de los ejércitos.

Sus caballos galopan

como relámpagos.

 

El vino añejo

rebosa de sus copas;

se sirven exquisitos manjares

arrancados de la tierra y el mar.

 

Se mondan naranjas

del remoto lago Dongting;

se guisan pescados

de las Aguas Celestes.

 

Llenos, hartos,

no caben en sí de contento.

Ya borrachos,

se vuelven más altaneros.

 

Este año, una gran hambruna

azota el sur del país,

y en el distrito de Chuzhou

se come carne de los muertos.

 

CONTEMPLANDO LA SIERRA SONG Y EL RÍO LUO

Tengo ante mis ojos Song y Luo.

Poniendo la mirada en el pasado,

lamento las penurias del mundo.

Las flores y las glorias humanas,

aguas de este río impetuoso.

Las amarguras y los sufrimientos,

inmensas montañas de la Sierra.

Sólo habiéndose saboreado la tristeza,

se conoce la alegría.

Sólo los que han vivido años turbulentos

saben apreciar la paz.

¿Querrá volver a la jaula

el ave que vuela en el infinito?

 

A LA ORILLA DEL LAGO

A la fresca sombra de los bambúes,

dos monjes de la montaña, sentados,

se enfrascan en su juego de ajedrez.

Nadie los ve a través de la espesura.

Pero de vez en cuando se percibe

el ruido de una pieza que se mueve.

 

NEVADA NOCTURNA EN LA ALDEA

Sentado a la ventana, de espaldas a la luz:

el viento arremolina los copos en las sombras.

En la noche abismada, la aldea silenciosa;

graznando en la nevada, un ganso rezagado.

 

GRILLOS OTOÑALES

Susurros en la oscuridad bajo la ventana.

Chirridos en medio de espesas hierbas.

Día de otoño, corazón que añora a la amada.

Noche de lluvia, oídos que se llenan de tristeza.

 

LA COPLA RAMAS DE BAMBÚ

En la Garganta Qutang,

a ras de las aguas, densas brumas.

Encima de la ciudad de Baidi,

hacia el oeste, la luna.

¡Escuchad! La copla ha llegado

a su pasaje melancólico.

Monos del frío y aves de la noche,

todos, le hacen coro.

 

DECEPCIONADA EN LA ESPERA

Vela roja, vino claro.

De pie, espera largo tiempo a la puerta.

Entra y sale, sale y entra.

Ya va a despuntar el alba.

Quedan escasas estrellas.

Se pone la luna, y él no viene.

De una rama del sauce en niebla

se va volando la urraca*.

 

LAS HIERBAS DEL ANTIGUO PRADO

Cubre el prado una vasta alfombra de tiernas hierbas,

que se mustian y reverdecen todos los años.

El incendio no puede acabar con ellas:

renacen al beso de la primavera.

Su fragancia invade las antiguas sendas.

Su esmeralda viste los pueblos en ruinas.

Agitadas y con gran melancolía,

dicen adiós al viajero que se aleja.

 

FLORES DE DURAZNO EN EL TEMPLO DALIN

En mayo, en el mundo de los hombres,

caen flores, pétalo tras pétalo.

Mientras que en este templo de la montaña

compiten en florecer los durazneros.

Todos los años, he lamentado

no encontrar la primavera que se ha ido.

Resulta que ha venido aquí,

a estos maravillosos sitios.

 

CANTO SOLITARIO EN LA MONTAÑA

Todos tienen su debilidad,

y la mía es escribir poemas.

Me sacudí de mil lazos mundanos.

Mas de esta flaqueza

aún no me he librado.

Cada vez que me deleito

con un paisaje pintoresco,

cada vez que me reúno

con un pariente o un amigo,

alzo la voz e improviso

una estrofa poética,

como si un dios acudiera

a avivar mi inteligencia.

 

Desde que me establecí en la orilla,

paso horas y horas en la montaña.

Cuando termino un nuevo poema,

asciendo solo a la senda

hacia el Peñasco de Oriente.

Recostado en el Barranco de Rocas Blancas

y agarrado a una verde rama de casia,

comienzo mi canto alocado,

que asusta a los bosques y valles.

Los monos y las aves

me miran asombrados.

Temiendo convertirme

en el hazmerreir de la gente,

escojo un paraje solitario.

 

MI AMOR

Sacando mis prendas húmedas

para secarlas al sol,

salta a mi vista un par de zapatos,

obsequio de la bellísima hija de la vecina.

Aún resuena en mis oídos

lo que dijo al regalármelos:

«Es un testimonio de mi amor.

Espero que no nos separemos

como estos zapatos

que van siempre juntos».

Desde que fui desterrado,

soy una hoja que flota en el río.

He recorrido leguas y leguas,

mas siempre me los llevo conmigo.

Ahora los miro y remiro,

sumergido en la tristeza:

Los zapatos siguen pareados,

pero yo estoy solo, lejos de ella.

Además, con las interminables lluvias,

ya aparece moho en la pala de seda.

 

LUNA EN TIERRAS EXTRAÑAS

El viajero viene del sur.

Al salir, la luna era un arco.

En las tierras extrañas

por donde ha pasado,

ha visto tres veces

el brillante espejo redondo.

 

Al nacer el albor,

camina acompañado

de la luna poniente.

De noche, reposa al lado

de la luna naciente.

¿Quién podrá decir

que ella es insensible?

Durante más de cien leguas

ha sido una fiel compañera.

 

Al brillo de la aurora,

él abandona el Puente de Wei,

y al caer el crepúsculo,

ya llega a Chang’an, su destino.

¿En casa de quién estará de huésped,

esta noche, la solitaria luna?

 

LAMENTACIÓN POR MIS PEONÍAS

Me lamento por mis peonías,

crecidas delante de mi puerta:

Encuentro, al caer la tarde,

que sólo quedan dos de ellas.

Mañana, de madrugada,

el viento viene a barrerlas.

La idea me apena. En la obscuridad,

candil en mano, salgo a verlas.

 

EL LORITO

De día, ora canta, ora se calla.

De noche, ya despierta, ya reposa.

Está preso sólo por sus hermosas plumas,

y triste, porque comprende la razón de las cosas.

 

La obscuridad le suscita

nostalgia por la familia.

La primavera le aviva

el recuerdo de sus compañeros.

 

¿Quién quebrantará la jaula

para que vuele cantando

en la inmensidad del cielo?

 

FLOR SIN SER FLOR

Es flor sin ser flor,

niebla sin ser niebla.

A medianoche llega.

 

Se va al rayar el alba.

Viene como sueño de primavera:

Tan efímera.

Se va como nube matutina:

No deja huella.

 

DIEZ JUEJU

LLUVIA NOCTURNA

Desde temprano los grillos cantaban y de pronto se callaron;

a punto de extinguirse el aceite de las lámparas, todo se iluminó.

Por la ventana contigua supe que llovía en la noche;

primero escuché sobre los bananos el sonido de la lluvia.

 

NIEVE NOCTURNA

Ya atónito sentí heladas la manta y la almohada;

de nuevo miré la ventana iluminada.

En la noche profunda supe que la nieve caía pesada;

a cada momento, escuchaba el sonido de los bambúes al quebrarse.

 

PREGUNTA A LIU, EL NOVENO

Las hormigas verdes en el nuevo vino sin filtrar;

se calienta en el pequeño horno de arcilla roja.

Por la noche parece que nevará;

¿no podemos tomarnos una copa?

 

VISITA NOCTURNA DE UN AMIGO

Frente al tejado, el  puro viento sirve de estera;

bajo los pinos, la brillante luna sirve de copa.

Mi estado de ánimo es tranquilo;

además vino un viejo amigo.

 

QUEJA EN EL PALACIO SOLITARIO

Mudas caen las flores en el palacio solitario;

confusos son los trinos de los pájaros y las fragancias de los árboles.

En el profundo salón viene temprano la luna inclinada;

en el palacio posterior qué lenta llega la primavera.

 

VIVO OCIOSAMENTE EN EL POSTRERO OTOÑO

En apartado lugar, en la profunda puerta, despido y recibo poco;

me abrigo los hombros y me siento ocioso a cultivar los quietos sentimientos.

No barro el patio de otoño; asgo un bastón de glicina;

ocioso paseo sobre las amarillas hojas del árbol fénix. (1)

 

INSECTOS OTOÑALES

Susurros bajo la oscura ventana;

chirridos en lo profundo de las hierbas.

Días de otoño y el corazón añora a la mujer;

noches de lluvia y el oído se sume en la tristeza.

 

FLOR NO FLOR

Flor no flor, niebla no niebla;

a medianoche viene, al clarear se va.

Viene como sueño de primavera: poco tiempo dura;

se va cual nube de la mañana: no se la encuentra en ninguna parte.

 

REFLEJO DE MÍ MISMO EN EL LAGO

Repetido reflejo; miro mi expresión facial y las sienes;

no veo rostro sonrosado; veo hebras blancas.

Se perdió el joven y no se halla en lugar alguno;

¿para qué deseo enlodarlo en las aguas del lago?

 

OBSERVANDO NADAR A LOS PECES

Sorteo el estanque; ocioso paseo y miro a los peces nadar;

justo dio la casualidad que un niño pescaba con caña en una barca.

Un tipo de peces que me gustan; en mi mente cada uno extraño;

uso alimento y así cuelgo el anzuelo.

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