Poemas de Coripo (poeta romano)
Flavio Cresconio Coripo fue un poeta épico latino del siglo VI, originario de África y considerado el último gran autor latino de la Antigüedad tardía; de los Poemas de Coripo su obra principal fue Iohannis o De bellis Libycis, relata en ocho libros las campañas de Juan Troglita contra los moros, ofreciendo tanto un testimonio histórico como un canto solemne en hexámetros.
También compuso In laudem Iustini minoris, panegírico dedicado a Justino II tras la muerte de Justiniano. Coripo, maestro y notario imperial, emigró a Constantinopla tras perder sus bienes en las guerras. Su poesía une tradición clásica y memoria africana
IOHANNIS O DE BELLIS LIBYCIS
Canta, Musa, al héroe que cruza las arenas, Juan, cuyo brazo dispersa las sombras de África, El sol de Justiniano corona su frente, y las lanzas relucen como rayos en tormenta. Los campos, antes fértiles, gimen bajo el hierro, pero la gloria florece donde pisa su ejército.
Surge la voz del cielo en himnos de victoria, la guerra se enciende como fuego en los montes, los coros celestes acompañan su marcha, y África tiembla bajo el paso del Imperio. Las musas despiertan su canto solemne, la epopeya se abre como aurora sangrienta.
Justiniano brilla como sol invencible, su luz disipa la noche de los bárbaros, la justicia se alza como columna eterna, y el orden retorna a las tierras perdidas. El Imperio se extiende como río de oro, y su corona resplandece sobre los mares.
Juan, general de hierro, guía las cohortes, su voz es trueno que ordena la batalla, sus ojos relucen como estrellas ardientes, y su espada canta con furia divina. Los enemigos caen como hojas de otoño, y la victoria danza sobre sus hombros.
Los moros se alzan como fieras rugientes, sus lanzas brillan como relámpagos breves, pero el Imperio avanza con paso solemne, y la tierra se abre bajo su poder. El miedo se extiende como sombra nocturna, mas la gloria ilumina los estandartes romanos.
Las arenas del desierto se tornan rojas, el viento arrastra clamores de batalla, los cascos resuenan como mares en furia, y la sangre tiñe los campos sagrados. La guerra se convierte en canto solemne, y la epopeya se graba en piedra eterna.
El héroe se alza como torre de fuego, su brazo dispersa ejércitos enteros, la esperanza renace en los pueblos vencidos, y la paz se anuncia tras el fragor del hierro. Las musas celebran su nombre inmortal, y el tiempo lo guarda en páginas de gloria.
Los dioses contemplan la lucha encendida, sus ojos vigilan los destinos humanos, el cielo se abre en rayos de justicia, y la tierra responde con cantos de guerra. La epopeya se eleva como llama sagrada, y el héroe se viste de luz invencible.
Las cohortes marchan como río de acero, sus voces retumban como truenos lejanos, los estandartes ondean como llamas vivas, y el polvo se alza como nube ardiente. El Imperio avanza con paso solemne, y África se rinde ante su poder eterno.
Los enemigos claman como lobos heridos, sus gritos se pierden en mares de hierro, la victoria se cierne como águila altiva, y la derrota cubre sus rostros vencidos. El héroe se alza como sol invencible, y su nombre resuena en cantos eternos.

IN LAUDEM IUSTINI MINORIS
Surge la voz que invoca la luz eterna,
clamor de musas y plegaria divina,
el cielo abre sus puertas al destino,
y la tierra espera al guardián del orden.
La aurora se tiñe de oro invencible,
la justicia se viste de resplandor,
y el tiempo corona al elegido del mundo.
La ciudad resplandece como estrella inmortal,
sus muros guardan la memoria del cosmos,
los pueblos se inclinan ante su grandeza,
y las aguas reflejan su poder eterno.
El sol se detiene para contemplar su gloria,
la paz se anuncia en los confines del orbe,
y la victoria florece en su nombre.
El cetro pasa como río de fuego,
del ocaso surge la nueva aurora,
la continuidad se graba en los cielos,
y la corona brilla como sol invencible.
El orden retorna con paso solemne,
la esperanza renace en los corazones,
y la eternidad canta su reinado.
El nuevo guardián se alza como columna,
su justicia ilumina los caminos oscuros,
la prudencia guía sus manos sagradas,
y la fuerza sostiene los muros del mundo.
El pueblo contempla su rostro radiante,
la victoria se cierne como águila altiva,
y la gloria se graba en piedra inmortal.
La abundancia se anuncia en campos fértiles,
los frutos se alzan como dones divinos,
la concordia florece en los hogares,
y la paz se extiende como río de oro.
El tiempo se inclina ante su reinado,
la esperanza se viste de eternidad,
y la justicia canta su nombre sagrado.
El Hipódromo vibra con voces ardientes,
los coros aclaman al nuevo sol,
las columnas resuenan con himnos celestes,
y la multitud se alza como mar de fuego.
La corona brilla sobre su frente,
la victoria danza en sus estandartes,
y la gloria se eleva en voz inmortal.
La Iglesia se inclina en plegaria solemne,
los altares se visten de luz divina,
los sacerdotes cantan su nombre eterno,
y la fe se alza como torre invencible.
El cielo responde con rayos de justicia,
la tierra se abre en cantos sagrados,
y la victoria se corona en los templos.
El nuevo guardián es sol de justicia,
su luz disipa las sombras del mundo,
su voz ordena los destinos humanos,
y su fuerza sostiene los muros del cosmos.
La esperanza florece en los corazones,
la paz se anuncia en los confines del orbe,
y la gloria se graba en páginas eternas.
Guardianes antiguos se inclinan en silencio,
sus nombres se borran ante su resplandor,
los astros se abren para contemplar su gloria,
y la eternidad canta su reinado.
El pueblo se une en voz coral,
la victoria se cierne como llama sagrada,
y la justicia se viste de eternidad.
Nuestro senado se alza con voces solemnes,
el ejército canta su nombre invencible,
los ciudadanos aclaman su gloria,
y la multitud se une en un solo canto.
La unidad florece como río de oro,
la esperanza se graba en piedra inmortal,
y la victoria se corona en los cielos.
El tiempo se inclina ante su reinado,
la eternidad guarda su nombre sagrado,
los dioses contemplan su rostro radiante,
y la justicia se alza como llama eterna.
La paz se anuncia en los confines del orbe,
la esperanza florece en los corazones,
y la gloria se eleva en voz inmortal.
Cánticos se abren como aurora divina,
los coros resuenan en voz solemne,
la multitud se alza como mar de fuego,
y la victoria danza sobre sus hombros.
La corona brilla como sol invencible,
la justicia se viste de eternidad,
y la gloria se graba en piedra sagrada.
La voz coral se eleva en los cielos,
los pueblos se unen en un solo canto,
la victoria florece en campos ardientes,
y la paz se anuncia en los confines del mundo.
El nuevo guardián se alza como torre invencible,
su nombre resuena en cantos eternos,
y la gloria se corona en los templos.
Clamor de Libia
Al creador y señor, los elementos temen; a ti los vientos y las nubes te guardan pavor, para ti milita el aire en su altura y la gran máquina del mundo, sacudida, se perturba.
No voy a Libia codicioso de oro, ni por el brillo de un lucro que me obligue; mi solo deseo es deshacer la guerra, salvar las almas miserables, pues este es el amor que habita en mi ánimo.
Doblo las rodillas y el cuerpo herido, derramo lágrimas que brotan de los ojos, y golpeo mi pecho con redoblado golpe, tendiendo las palmas hacia la luz del cielo.
Tú cambias los tiempos, mas no cambias en ellos; renuevas todas las cosas por su orden, pero tú no eres renovado por nadie. Solo a ti quiero alabar, Padre de los hombres, con lengua limpia y corazón puro.
Voces del Viento y el Acero
Al autor y señor, los elementos le estremecen. A ti los vientos y las nubes te temen, el aire para ti milita, y por tu imperio ahora el alto éter truena, sacudiendo la gran máquina del mundo.
¡Erija las acies romanas! ¡Postre a las soberbas masas! Que no cesen ya tus rayos contra el impío. Misericordioso con tus alumnos, rompa los pechos furiosos, y quebrante el cuello de los orgullosos que no te conocen.
Caigan las hordas de los moros, se derrumben sus tribus. Que perezcan bajo el justo filo de la espada, mientras el alma salva a los cautivos de África y el mundo entero condena hoy a los falsos dioses.
Tú, que vuelves el año en sus cuatro estaciones, cerrando el día en doce horas iguales: mira, observa, discierne nuestra causa, pues el hombre es solo acción bajo tu eterna potencia.
Hierro y Sombra
Doblo el poplíteo y extiendo mis palmas supinas al cielo, mientras el éter truena y la máquina del mundo se sacude. ¡Emerge, Dios de las batallas, y contempla a tus alumnos! ¡Que tu rayo no cese ante el clamor del acero!
Cae sobre las impías armas y los pechos furiosos, quebranta el cuello de los soberbios y su fiero orgullo. Dispersa a las catervas de los moros, sombras en la arena, frenesí de Massylas, Mazax y gentes de nombre extraño.
Se alzan los estandartes contra los dioses falsos, contra el rito oscuro y el mármol que nada siente. Con el filo justo de la espada, rompe al enemigo, y que el eco del oráculo anuncie el fin de la contienda.
Tú, que gobiernas el año en sus cuatro estaciones, que divides el día en doce horas de luz constante: mira el rostro del héroe que en la tempestad te busca, y salva entre las llamas a los hijos de la antigua Roma.
Altar del Acero
Ante el peligro de naufragio y el inminente combate, el héroe inclina sus rodillas y dobla su cuerpo herido. Con las palmas supinas elevadas hacia el éter, busca el contacto puro entre el hombre y lo sagrado.
«¡Atiende, Padre! Tú que mueves la gran máquina del mundo, al que los elementos temen y para quien el aire milita. Tú, que gobiernas el año en sus cuatro estaciones y permaneces inmutable mientras todo lo demás se renueva.
No voy tras el oro, sino a salvar las almas de África. ¡Erija las acies romanas y quebrante los pechos furiosos! Que el rayo no cese hasta que caigan las catervas de los moros, los soberbios Massylas y las tribus de ritos oscuros.
Que el filo justo de la espada condene a los dioses falsos, mientras tu mano pía socorre a tus alumnos. Tuyo es el imperio, tuya es la voz que truena en el cielo, y mío es el destino de seguir tus mandatos en la guerra».
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