Poemas de Diego Hurtado de Mendoza
Poemas de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) quien fuera el prototipo del humanista renacentista: una combinación brillante de espada, diplomacia y letras. Miembro de la alta nobleza granadina, sirvió a Carlos I como embajador en Venecia y Roma, y destacó en el Concilio de Trento por su sagacidad política.
Como escritor, fue un puente cultural. Introdujo la métrica italiana en la lírica española junto a Garcilaso, pero también cultivó la prosa histórica con «Guerra de Granada», donde analizó la rebelión de los moriscos con una objetividad y rigor literario poco comunes para su época.
A una dama
Tu gracia, tu valor, tu hermosura
muestra de todo el cielo, retirada,
como cosa que está sobre natura,
ni pudiera ser vista ni pintada.
Pero yo, que en el alma tu figura
tengo, en humana forma abreviada,
tal hice retratarte de pintura
que el amor te dejó en ella estampada.
No por ambición vana o por memoria
tuya, o ya por manifestar mis males;
mas por verte más veces que te veo.
Y por solo gozar de tanto gloria,
señora, con los ojos corporales,
como con los del alma y del deseo.
A un devoto
Dentro de un santo templo un hombre honrado
con grave devoción rezando estaba;
sus ojos hechos fuentes, enviaba
mil suspiros del pecho apasionado.
Después que por gran rato hubo besado
las religiosas cuentas que llevaba,
con ellas el buen hombre se tocaba
los ojos, boca, sienes y costado.
Creció la devoción, y pretendiendo
besar el suelo al fin, porque creía
que mayor humildad en esto encierra,
lugar pide a una vieja; ella volviendo,
el ‘salvo honor’ le muestra, y le decía:
‘Besad aquí, señor, que todo es tierra.’
Canción En Redondillas Y Quintillas
Desdichas, si me acabáis,
¡cuán buena dicha sería!
Si haréis, si no os cansáis
por mayor desdicha mía.
Poco os queda por hacer,
según lo que tenéis hecho,
en que os podáis detener
en un hombre tan deshecho
y tan hecho a padecer.
La costumbre dicen que es
muy gran remedio a los males;
yo digo que es al revés,
que los hace más mortales.
Ved a lo que me han traído
la costumbre y sufrimiento,
que de puro ser sufrido
vengo a decir lo que siento
cuando estoy ya sin sentido.
Los que vieren que porfío
a quejarme de mi suerte
pensarán que desvarío
con la rabia de la muerte.
Mas, con todo, bien verán
que no es tiempo de mentir;
gran agravio me harán
viéndome para morir
los que no me creerán.
Todo lo tengo probado,
hasta el bien me hace mal;
el no me hallar confiado
era mi peor señal.
Temblaba el alma en los pechos
en ver sombras de alegría;
bienes eran contrahechos,
que siempre el placer venía
víspera de mil despechos.
Si acaso estaba contento,
que pocas veces sería,
venía un remordimiento
que el alma me deshacía.
Profecías eran éstas
del mal en que hora me veo;
mil cosas llevaba a cuestas,
que las llevaba el deseo
sobre mi cabeza puestas.
Y aun me parecían a mí
tan ligeras de llevar,
que nunca tanto sentí
como habellas de dejar.
Esto, ya que era pasado,
si el dejallo me dio pena,
júzguelo quien lo ha probado;
si alguna hora tuve buena,
¡cuán cara que me ha costado!
Canción Y Carta
Pesares, si me acabáis
tendréis en mí buen testigo,
que os acogí como amigo
y como a tal me tratáis.
La que me manda y consiente
contar mis males en suma
dará licencia a la pluma
que mis ternezas le cuente.
Las lágrimas y suspiros
son armas de esta contienda,
donde la ofensa y la enmienda
para, señora, en serviros.
Vime libre de afición,
véome cautivo ahora,
y el alma, que era señora,
puesta en mayor sujeción.
¿Quién se alabará que tiene
contra amor vida segura,
si donde más se asegura
mayor peligro le viene?
Al principio de mis penas
teníalas por suaves;
sin saber que eran tan graves,
burlaba de las ajenas.
Decía en mi puridad:
“Prueben todos lo que pruebo;
esto que siento de nuevo
¿es amor o es amistad?”
Donde no paraba mientes
comencé a tener recato,
a mirar de rato en rato
y guardarme de las gentes.
Por no caer en la red,
de vos misma me guardaba.
¡Mirad cuán poco pensaba
en demandaros merced!
De turbado y encogido
vine a confesar negando
lo que agora estoy llorando
porque verdad ha salido.
De aquí ha subido haciendo
amor en mí tantas pruebas,
que de encubiertas y nuevas
las sufro y no las entiendo.
Parece imaginación
que tenga puesta yo mismo
la humildad en el abismo
y en el cielo la afición.
Para tanta hermosura
pequeña pena es la mía,
y muy alta fantasía
para tan baja ventura.
De la vida no me acuerdo,
de la muerte curo poco,
que si pequé como loco
yo pagaré como cuerdo.
Quien aborrece la vida
no muere de sobresalto,
pero subiendo más alto
puede dar mayor caída.
Si quisiese arrepentirme,
hallaré que es imposible
que mi pena sea movible
siendo la causa tan firme.
No sabré mudar, ni puedo,
esta vida que me queda;
vuelva Fortuna la rueda,
que yo siempre estaré quedo.
¡Oh quién pudiese, pues muero,
hablar con mi matadora!
Quizá le diría en un hora
lo que en mil años no espero.
Pero ¿de qué me aprovecha
descubrille mi fatiga?
Que, si encubre como amiga,
como enemiga sospecha?
Mucho deja a la Fortuna
el que se resuelve presto
donde el daño es manifiesto
y la ganancia ninguna.
De esta manera padezco
que en más tengo no enojaros,
aunque pudiese hablaros,
que cuanto espero y merezco.
Quien por vos perdiere el seso
no ha de ser de confianza,
que tan pequeña balanza
mal sufrirá tan gran peso.
Mas piérdase imaginando
cómo mi deseo puse
donde no hay razón que excuse
sino la muerte, y callando.
No teniendo en mi poder
seso, libertad ni vida,
trato de cosa perdida
como cosa por perder.
Cuanto el seso desatina
pago yo como cobarde,
porque le perdí tan tarde
conociéndoos tan aína.
Suspenso, turbado y ciego,
triste, importuno, quejoso,
cuando esperaba reposo
me vino desasosiego.
Prueba amor por tantos modos
afligirme y trabajarme,
que será bueno guardarme
de vos y de mí y de todos.
Todo me parece nada
cuanto propongo y resuelvo;
a mis cuidados me vuelvo,
pues es suya la jornada.
En el centro de mi alma
los pesares me acompañan,
mas por mucho que me dañan
tengo la vida en su palma.
Entre las gentes se entiende
que anda un animal tan ciego,
que dentro del mismo fuego
en que se cría se enciende.
Es amor fuego en que ardo,
cuidado es el que lo atiza,
y pesar torna en ceniza
cuanto yo en mi pecho guardo.
A María De Peña
Tómame en esta tierra una dolencia
que en Cataluña llaman melarquía,
la cual me acaba el seso y la paciencia.
Y como no me deja noche y día,
menos me da lugar para hablarme,
señora Peña, con vuestra señoría.
Pero, como podéis sola mandarme,
dándoos caso tan justo y tan sabido,
hacedme esta merced de perdonarme;
que a cabo de cuatro años de partido
os demando perdón, si se perdona
escribiros tan corto y desabrido;
por que, como descrece Barcelona
y huye aquella playa gloriosa,
ansí va enflaqueciendo la persona.
Comiénzase la vida trabajosa
con el mar, con el viento y la galera,
triste, turbada, malenconiosa.
Con sola esta disculpa que yo diera,
hallándome tan mal como me hallo,
bastaba a ser creído de cualquiera.
Mas a vos, de quien fui siempre vasallo,
y nunca de criada de otra dama,
me conviene dar cuenta por qué callo.
Para decir verdad, esta vuestra ama
tiene tan olvidados sus amigos,
que está mejor aquél que menos la ama.
No es menester buscar largos testigos,
mostrándose el descuido de su mano
que la hace cobrar mil enemigos.
¿Qué le cuesta escribir a un veneciano
una letra, un borrón, una cruceta,
y tratarme después como a villano?
El ganar los amigos a estafeta
y perderlos a soplos no es camino
de quien por cabo quiere ser perfeta.
Al señor que tenemos por divino
que da y quita a su modo la ventura
demandaré venganza de contino.
No que pierda la flor de hermosura,
que esto será excusado tan aína
y perdería lo que ella menos cura;
querría que le diese una mohína
creyendo que algún día ha de nacer
en este mundo otra doña Marina;
y que ella misma viese en él crecer,
en gracia y en valor y en discreción,
alguna que le pueda parecer.
Aconsejalde que mude de opinión,
ansí os veáis con Torres desposada,
porque el pueblo es de mala condición.
No sea tan bizarra y confiada,
que no es siempre seguro el caminar
por encima del filo de la espada.
Y para que podáis determinar
si os doy tan buen consejo como suelo,
quiero con vos un poco razonar.
Cuando nos crió Dios en este suelo,
se trabó una quistión tan furiosa
que puso en armas casi todo el cielo:
si debía de ser Eva hermosa
o fea, y aquel día en solo el gesto
se habló, sin travesarse de otra cosa.
Cargaron tantos votos en el puesto
de los que la querían para fea,
que fue forzoso resolverse en esto:
la que saliere fea, que lo sea,
y que siga y de nadie sea seguida
hasta que de remedio se provea;
la que fuere hermosa conocida,
que le dure esta flor por accidente
parte de un solo tercio de la vida.
No por que el feo sea inconveniente,
mas désele esta gracia en vez de sal
como para apetito de la gente;
antes digo que es cosa natural
por ser principio y fin de la edad,
y lo hermoso es forzado y desigual.
¿Qué reino, qué provincia, qué ciudad
en la vida del mundo fue asolada?
¿Qué mujer se ahorcó por fealdad?
¿Trae flaca o amarilla o espantada,
por ventura, la gente deseando
loca, celosa y desasosegada,
por medio de la calle sospirando,
o confiada o arrepentida luego,
o fuera de propósito cantando?
La fealdad no teme el niño ciego,
ni hace ni recibe aquella guerra
que solemos decir a sangre y fuego.
De todos va segura por la tierra,
no la quiere ninguno mal ni bien,
ni mira cuándo acierta o cuándo yerra.
De ninguna ocasión toma desdén,
llama fuera de humo ni altereza;
si os place bien está, si no también.
Con galas disimula su bruteza
y huelga de mostrarse en todo humana
encubriendo la falta con destreza.
Conviene que a la noche o la mañana
le dé la hermosura la obediencia,
o a lo menos una vez en la semana.
El ánimo y constancia, elocuencia
y otras virtudes mil a esta señora
suelen acompañar con la prudencia.
Siempre está en una forma duradora,
a lo claro, a lo obscuro, día y tarde,
y no se va mudando de hora en hora.
Ningún hombre la mira que se guarde,
claridad que recibe y no da pena
y que, sin encender, se enciende y arde.
A la comida, fea, y a la cena,
al dormir, al soñar y al despertarse,
fea en luna menguante y luna llena.
Gran cosa es que no pueda curarse
la dolencia y siniestros en que queda
la hermosura cuando va a acabarse:
gestos, meneos, vueltas como en rueda,
el descontentamiento en el espejo,
animal que a ninguna deja leda.
Como si en nuestra tierra el mozo, el viejo
fuesen tan solamente diferentes
en la edad, en el pelo o el pellejo.
La hermosura no tiene parientes,
ni Dios, ni ley, ni rey, ni tierra o casa,
ni vecinos ni amigos bien hacientes.
Quémaos el corazón como una brasa
con ojo o con palabra o con meneo,
y trompícaos si os toma a silla rasa.
Absoluta tirana del deseo,
¡cuánta esperanza enhila o desbarata
con un “tienes razón” o “no te creo”!
Hácese mortecina como gata,
después saca una furia del diablo
que a cada paso os corre la zapata.
Estad, señora Peña, en lo que hablo
y en ser fea también, pues es posible
sin espantaros nada del vocablo.
Mirad que es ser hermosa aborrecible
y, si a mí me dejasen a mi modo,
antes escogeré ser invisible.
He querido deciros esto todo
porque podáis vuestra ama aconsejar
que no nos ponga a todos tan del lodo.
Mire que el verdegay se ha de acabar,
dado que ella lo estime harto poco
pues tiene lo que siempre ha de durar.
La negra dama, fea como un coco,
siendo como ella es discreta y diestra,
piensa tornar el mundo medio loco;
y ella, tan estimada como muestra
de saber, de virtud, de valor y gloria,
¡que cierre a sus amigos la finiestra!
Aún vea yo borrada su memoria
del libro de la gente, y en sus ojos
volar a mano ajena la vitoria;
los trofeos cogidos a manojos
por otro nuevo nombre levantados,
y en carro extraño puestos sus despojos.
No sea en penitencia de pecados
ni en venganza que alguno le desea,
sino en pena de amigos olvidados.
¿Cómo queréis, señora, que la crea
quien viere su memoria vacilando
y no tener amigo que no vea?
Mas pienso que irá siempre mejorando
y que pondrá el cuidado todo entero
en ganar los ausentes de su bando.
En esta cuenta yo seré el primero,
pues que siempre lo fui, y de su bondad
tratado como amigo verdadero.
Entonces, puesta aparte la humildad,
levantaré una voz que durará
por el tiempo de la inmortalidad.
Sus loores el Ebro llevará
con las bermejas ondas en oriente,
donde el primero sol las oirá;
y por el rubio Tajo al occidente
oirá el postrero sol llevar su nombre
en lenguas y memorias de la gente.
Ella tendrá la fama y el renombre,
yo estaré de lo hecho tan ufano,
que me parecerá ser más que hombre.
Y donde Guadiana, manso y llano,
con espaciosas vueltas se desvía,
pareciendo ora tarde ora temprano,
a la orilla del agua clara y fría,
de mármol alzaré un soberbio templo
en la extendida y verde pradería.
En medio estará ella, a quien contemplo
tan hermosa, tan grave y adornada
como quien es nacida para ejemplo.
Yo, primer vencedor de esta jornada
visto en púrpura clara de levante
en aquella llanura despachada,
revolveré cien carros por delante,
con cada cuatro blancos corredores
que vencerán el viento, aunque pujante.
Cantando entre la yerba, entre flores,
mil voces a su nombre llamarán
y responderá el cielo a sus loores.
Las Españas al Tajo dejarán
con los bosques del gran Guadalquivir,
y en dorados arneses se verán
unos con duras lanzas embestir
esparciendo en el aire las astillas,
y con limpias espadas combatir;
otros, en vestes blancas y sencillas
mezcladas de color vario y vistoso,
harán por aquel prado maravillas.
Después yo, todo vanaglorioso,
con guirnaldas de oliva coronado,
en veste roja y hábito pomposo,
visitaré su templo consagrado
sacrificando humanos corazones
y deseos mezclados con cuidado,
voluntarias cadenas y prisiones,
con muchos que merced le irán pidiendo,
rendidos sus despojos y pendones.
En blancas piedras se verán viviendo
los reyes, sus abuelos, entallados,
cuyos nombres la fama va extendiendo.
La triste envidia, los contrarios hados,
el rencor de las furias maliciosas
caerán en el infierno desterrados.
Mas porque al comenzar tan altas cosas
el seso y la razón no se desmande,
tú me ayuda, pues puedes, ves y osas.
Sin ti no puede haber principio grande,
y ansí, doña Marina, callaré
hasta que tu grandeza me lo mande.
A vos, señora Peña, bajaré,
que hablar con vuestra ama no se puede
sin tocar en misterios de la fe.
Si lo que yo os escribo ella concede,
llevarános tras sí con media seña
y hará de nosotros cuanto puede.
Importunalda bien, señora Peña,
que yo sé cuánto vos podéis con ella;
ansí pueda ver yo tan buena dueña
como agora a mis ojos sois doncella.
Va y viene mi pensamiento
Va y viene mi pensamiento
como el mar seguro y manso;
¿cuándo tendrá algún descanso
tan continuo movimiento?
Glosa
Parte el pensamiento mío
cargado de mil dolores,
y vuélveme con mayores
de la parte do lo envío.
Aunque de esto en la memoria
se engendra tanto contento,
que con tan dulce tormento
cargado de pena y gloria
va y viene mi pensamiento.
Como el mar muy sosegado
se regala con la calma,
así se regala el alma
con tan dichoso cuidado.
Mas allí mudanza alguna
no puede haber, pues descanso
con el mal que me importuna
que no es sujeto a fortuna
como el mar seguro y manso.
Si el cielo se muestra airado,
la mar luego se embravece
y, mientras el mar más crece,
está más firme en su estado.
Ni a mí me cansa el penar
ni yo con el mal me canso;
si algo me podrá cansar
es venir a imaginar
cuándo tendrá algún descanso.
Que, aunque en el más firme amor
mil mudanzas puede haber,
como es de pena a placer
y de descanso a dolor,
sólo en mí está reservado
en tu fijo y firme asiento
que, sin poder ser mudado,
está quedo y sosegado
tan continuo movimiento.
El bombodombón
El bombodombón,
la bombodombera,
¡quién fuera lanzón!
¡quién lanceta fuera!
Quien lo que quiere no puede,
no quiere lo que podría,
ni se canse, ni se quede,
mas eche por otra vía;
no mude la fantasía
el que muda la manera,
¡quién lanceta fuera!
Procurar empresa vana
es de muy gran majadero.
Yo deseo ser barbero
porque hiere y porque sana
y aun es cosa muy humana,
señora, en esta ocasión,
¡quién fuera lanzón!
Nunca vaya por rodeo
quien desea lo imposible;
procure ser invisible
que es más dulce devaneo;
mas en la ocasión que veo
de entrar en la sangradera
¡quién lanceta fuera!
Aún te vea yo sangrada
y traída al retortero,
pues a tanto caballero
traes la sangre quemada.
¡Oh pena bien empleada
y mejor el que la diera!
La bombodombera.
Sangría sin ocasión,
si es con arrebatamiento,
da muy grande alteración
y poco contentamiento.
Si te sangrares de asiento,
yo barbero y tú barbera,
la bombodombera.
Saca la sangre, traidora,
con que tanto mal hiciste
desde el punto que quisiste
mostrarte mi matadora;
tú animosa, tú señora,
yo siervo sin corazón,
el bombodombón.
Salga la sangre que pudo
tu hermosura alterar
y al mezquino tartamudo
que te comenzó a hablar
acabó con sospirar
la palabra y la ocasión,
el bombodombón.
Quien da general tormento
sángrenla de la elección,
por nuestro quebrantamiento
y su mala condición;
no se pase la ocasión
antes de la primavera,
¡quién lanceta fuera!
En sangría de verdad
con que la salud se cobra
hay tanta necesidad
de instrumento como de obra;
si aprovecha lo que sobra
en semejante razón,
¡quién fuera lanzón!,
y si lanzón no pudiera,
¡quién lanceta fuera!
Vuelve el cielo
Vuelve el cielo, y el tiempo huye y calla,
y callando despierta tu tardanza;
crece el deseo y mengua la esperanza
tanto más cuanto más lejos te halla.
Mi alma es hecha campo de batalla,
combaten el recelo y confianza;
asegura la fe toda mudanza,
aunque sospechas andan por trocalla.
Yo sufro y callo y dígote: «Señora,
¿cuándo será aquel día que estaré
libre de esta contienda en tu presencia?»
Respóndeme tu saña matadora:
«Juzga lo que ha de ser por lo que fue,
que menos son tus males en ausencia.»
Cómo cantaré yo en tierra extraña
¿Cómo cantaré yo en tierra extraña
cantar que darme pueda algún consuelo?
¿Qué me aconseja amor en esta ausencia?
Mi mal es fuerza, tu voluntad maña;
a la seguridad vence el recelo,
la desesperación a la paciencia.
Si pienso que me veo en tu presencia,
mi pensamiento está tan abatido,
que siempre finge cosas de pesar:
tu soberbia, tu saña, tu desvío,
que en la ocasión me falta el albedrío,
pues cuando quiero no puedo hablar,
que pierdo la razón, mas no el sentido.
En tu presencia estoy y estó en tu olvido,
olvido en que jamás habrá mudanza,
y acuérdaste de mí para dañarme;
no te acuerdas de mí, mas es costumbre
ser en esto cruel tu mansedumbre,
y yo de, diligente, condenarme
en tu descuido y mi desconfianza.
Amor, amor, que quitas la esperanza
y en su lugar das vana fantasía,
¿qué bien tiene el morir si no lo siente
quien es la causadora de este daño?
No quiero que deshagas el engaño;
quiero que sea razón y no acidente
lo que pueda vencer a tu porfía.
Si yo, señora, viese que algún día
volvías tus dos soles a mirarme
por voluntad y no por ocasión,
pensaría que estaba en tu memoria.
Mas ¿cómo bastaré a sufrir tal gloria
que un punto de ella es más que mi pasión?
Con tanto bien no puedo remediarme.
Del pensamiento querría yo ayudarme
si él me obedeciese a mi contento,
mas no para pensar cosa liviana
o que sabida pueda darte enojos;
pensaré como muero ante tus ojos,
que procede mi pena de tu gana,
que das alguna causa a mi tormento.
La vida pasaría en este cuento
con esperar de alguna buena suerte,
mas ¡ay de mí! que no puede venir
ni cabe en mi jüicio tal locura.
De mi cuidado hago sepoltura,
y en soledad y tristeza mi vivir,
no vida, sino sombra de la muerte.
¡Oh señora, si yo pudiese verte
o quisieses saber tú cuál estoy,
harto alivio sería para mí
en tan extraño mal como padezco!
Las noches y los días aborrezco:
maldígome en la noche porque fui
y, cuando viene el día, porque soy.
También maldigo el lugar a donde voy,
y el tiempo porque pasa y no te veo,
a la hora que te vi y a la sazón,
que siempre la procuro y no la hallo.
Si hablo me maldigo y, cuando callo,
la voluntad maldigo y mi razón,
y tu aborrecimiento y mi deseo.
Cuantos males sospecho, tantos creo,
y juzgo lo que ha de ser por lo que fue,
revolviendo mis quejas de contino
por ver si tienen medio o lo han tenido;
mas, como ni lo espero ni lo pido,
como ciego que va por el camino
no veo dónde voy ni dónde iré.
Muéveme el deseo y ciégame la fe;
muchas veces querría disimular,
pero descubro más disimulando;
liviano es el cuidado que decirse
puede, y el que no puede sufrirse
él mismo se descubrirá callando,
que no presta ser mudo ni hablar.
Ni reposo con dormir ni con velar:
velando pienso en lo peor que puedo,
paso cosas que no quiero creer;
durmiendo sueño aquello que he pensado;
como el hombre que duerme de cansado,
sueño que caigo y no puedo caer
y en lo más alto estoy con aquel miedo.
Muero cuando me mudo y, si estoy quedo,
busco piedad y caigo en la sospecha;
y no hay de qué tener este cuidado,
que todos son contigo lo que soy;
mas ellos, si no van por donde voy,
podría ser hallarse en buen estado,
pues lo que a uno daña a otro aprovecha.
Llamo la muerte como cosa hecha,
y viene, mas no llega a su lugar,
que no consiente amor ni lleva medio
en tanta soledad morir por ruego;
fuerza querría que fuese, y fuese luego,
que el mayor bien es el postrer remedio
en mal que no se puede remediar.
Cuidados, que me traéis
Cuidados, que me traéis
tan vencido al retortero,
acabad, que acabar quiero
porque vos os acabéis.
El ave que el pecho hiere
y tanto a sus hijos ama
con la sangre que derrama
les da vida, aunque ella muere.
Los pesares me maltratan,
dentro en el alma los tengo
y con ella los mantengo,
y ellos consigo me matan.
No es cuidado el que me manda
ni quien me hace la guerra,
mas pesar que me destierra
y placer que en otros anda.
Siempre doblada la pena,
siempre muerte ante los ojos,
por mis pesares y enojos
y por la holganza ajena.
Olvida, Bras, a costanza
Olvida, Bras, a Costanza,
líbrate de su cadena,
no fíes en esperanza,
que no hay esperanza buena.
Poquito entiendes de amores,
Bras, y muy mucho porfías.
¿Tras esta engañapastores
pierdes el seso y los días?
Tú fías en su mudanza
y ella misma te condena
pues un punto de esperanza
te cuesta un siglo de pena.
Estando libre y serena
desasosiegas la vida,
como una causa primera
que mueve sin ser movida.
Triste el que busca mudanza,
que a sí mismo se condena,
si confía en esperanza
de quien nunca la dio buena.
Si se te ofrece, carillo,
alguna buena ocasión,
ésta la torna cuchillo
para tu condenación.
En la fragua de esperanza
forja una larga cadena
de eslabones de mudanza
y duro hierro de pena.
El corazón que te ofrece
ausente, venido el hecho,
ella lo arranca del pecho
y da a cuantos le parece.
No esperes, Bras, de Costanza
obra ni palabra buena,
que a dedos da la esperanza
y el tormento a mano llena.
Si ha de ser de bien y cierta
el esperanza chapada,
Bras, la tuya es cosa muerta,
que la fundas sobre nada.
No hay tan ligera mudanza
que no te parezca buena;
mal conoces a Costanza,
poco sabes de esta pena.
Esta tu esperanza, amigo,
de miedo tiene una parte,
pues que trae pena consigo
de que no puedes guardarte.
Quien pone su confianza,
Bras, en voluntad ajena,
ni en pena espere mudanza,
ni tema en mudanza pena.
Pastora, tu hermosura,
tu gracia, habla y semblante
promete buena ventura
al que no mira adelante.
Y al que con buena esperanza
se pusiese en tu cadena,
cuchillos de confianza
son y ministros de pena.
Días cansados
Días cansados, duras noches tristes,
crudos momentos en mi mal gastados,
el tiempo que pensé veros mudados
en años de pesar os me volvistes.
En mí faltó la orden de los hados;
en vos también faltó, pues tales fuistes,
que podréis en el tiempo que vivistes
contar largas edades de cuidados.
Largas son de sufrir cuanto a su dueño
y cortas si me hubiese de quejar,
mas en mí este remedio no ha lugar,
que la razón me huye como sueño
y no hay punto, señora, tan pequeño,
que no se os haga un año al escuchar.
En la fuente más clara y apartada
En la fuente más clara y apartada
del monte al casto coro consagrado,
vi entre las nueve hermanas asentada
una hermosa ninfa al diestro lado.
Estaba sin cabello, coronada
de verde yedra y arrayán mezclado,
en traje extraño y lengua desusada
dando y quitando leyes a su grado.
Vi cómo sobre todas parecía,
que no fue poco ver hombre mortal
inmortal hermosura y voz divina,
y conocíla ser doña Marina,
la que el cielo dio al mundo por señal
de la parte mejor que en sí tenía.
Como el triste que a muerte es condenado
Como el triste que a muerte es condenado
gran tiempo ha y lo sabe y se consuela,
que el uso de vivir siempre en penado
le trae a que no sienta ni se duela,
si le hacen creer que es perdonado
y morir cuando menos se recela,
la congoja y dolor siente doblado,
y más el sobresalto lo desvela;
ansí yo, que en miserias hice callo,
si alguna breve gloria me fue dada,
presto me vi sin ella y olvidado.
Amor lo dio y Amor pudo quitallo,
la vida congojosa toda es nada,
y ríese la muerte del cuidado.
Pastora, si mal me quieres
Pastora, si mal me quieres
y deseas apartarme,
bien lo muestras con mirarme.
Contigo tienes testigos,
señora, de estos antojos,
que el corazón y los ojos
nunca fueron enemigos.
Huyan de ti tus amigos
y tú huye de mirarme,
que yo no puedo apartarme.
Nadie ponga el afición
en voluntad ocupada,
que al cabo de la jornada
para en desesperación.
Yo busco mi perdición
y tú quieres ayudarme,
pastora, con mal mirarme.
Doblada lleva la queja
el pastor que por ti muere,
si quieres a quien te deja
y dejas a quien te quiere.
Vaya amor adonde fuere
que, aunque quieras apartarme,
no podrás con no mirarme.
Gasto en males la vida y amor crece
Gasto en males la vida y amor crece,
en males crece amor y allí se cría;
esfuerza el alma y a hacer se ofrece
de sus penas costumbre y compañía.
No me espanto de vida que padece
tan brava servidumbre y que porfía,
mas espántome cómo no enloquece
con el bien que ve en otros cada día.
En dura ley, en conocido engaño,
huelga el triste, señora, de vivir,
¡y tú que le persigas la paciencia!
¡Oh cruda tema! ¡Oh áspera sentencia,
que por fuerza me muestren a sufrir
los placeres ajenos y mi daño!
Á las armas de Aquiles
Á la ribera de la mar sentada
Sobre el sepulcro de Ayax Telamon,
La Fortaleza estaba despechada,
Moviendo contra Grecia indignacion.
Los cabellos de hierro y la acerada
Veste rompia; al llanto y turbacion
La gente se alteró, y aunque espantada,
Quiso della entender su alteracion.
Respondió, vuelto el rostro á los Troyanos:
«Aun por haceros Grecia mayor mengua,
Contra Ayax por Ulíses sentenció,
Desposeyendo aquellas fuertes manos,
Y entregando á la vil y flaca lengua
Las armas con que Aquíles os venció».

Ora en la dulce ciencia embebecido
Ora en la dulce ciencia embebecido,
Ora en el uso de la ardiente espada,
Ora con la mano y el sentido
Puesto en seguir la caza levantada;
Ora el pesado cuerpo esté dormido,
Ora el ánima atenta y desvelada,
Siempre en el corazon tendré esculpido
Tu sér y hermosura entretallada.
Entre gentes extrañas, de se encierra
El sol fuera del mundo y se desvia,
Duraré y permaneceré desta arte.
En el mar, en el cielo, so la tierra
Contemplaré la gloria de aquel dia
Que mi vista figura en toda parte.
Alcé los ojos, de llorar cansados
Alzo los ojos de llorar cansados,
Por tornar al descanso que solia;
Y como no lo veo do lo vía,
Abájolos en lágrimas bañados.
Si algun bien yo hallaba en mis cuidados,
Cuando por más contento me tenía,
Pues que ya le perdí por culpa mia,
Razon es que los llore ora doblados.
Tendí todas las velas en bonanza,
Sin recelar humano impedimento;
Alzóse una borrasca de mudanza
Como si tierra y mar, fuego y viento
Quisieran castigar mi confianza;
Y castigaron sólo el sufrimiento.
Amor me dijo en mi primera edad
Amor me dijo en mi primera edad:
«Si amares, no te cures de razon».
Siguió su voluntad mi corazon;
Mas él nunca siguió mi voluntad.
Tráeme ciego de verdad en verdad,
Ya yo sería contento en mi pasion,
Que con falsa esperanza de ocasion
Me sostenga, siquiera en vanidad.
Tanto sería de vana esta esperanza,
Que no podría caber en mi sentido,
Ni en consejo de amor ni en vanagloria.
Que finja yo que estoy en tu memoria,
Señora, ni lo espero ni lo pido;
Que no es bien de afligidos confianza.
Aquestos vientos ásperos y claros
Aquestos vientos ásperos y helados,
De espesas nubes y tinieblas llenos,
De ardientes rayos y terribles truenos
Con súbitos relámpagos rasgados,
Aunque en mi daño siempre conjurados,
Ya fueron tiempos claros y serenos,
De mi dudoso bien terceros buenos,
Y en esperar mi gloria prosperados.
¡Cuán presto pasa un temple de verano,
Y cuán despacio destemplados tiempos,
Y cuánto cuesta un bien no conocido!
¡Ay buena suerte y venturosa! en vano
Triste la larga en breves pasatiempos
Del tiempo bien llorado y mal perdido.
Como el hombre que huelga de soñar
Como el hombre que huelga de soñar,
Y nace su holganza de locura,
Me viene á mí con este imaginar
Que no hay en mi dolencia mejor cura.
Puso amor en mi mano mi ventura,
Mas puso la peor, pues el penar
Me hace por razon desvariar,
Como el que, viendo, vive en noche oscura.
Veo venir el mal, no sé huir;
Escojo lo peor cuando es llegado;
Cualquier tiempo me estorba la jornada.
¿Qué puedo yo esperar del porvenir,
Si el pasado es mejor, por ser pasado?
Que en mi siempre es mejor lo que no es na.
Como el triste que a muerte es condenado
Como el triste que á muerte es condenado
Gran tiempo bá, y lo sabe y se consuela.
Que el uso de vivir siempre en cuidado
Hace que no se sienta ni se duela;
Si le hacen creer que es perdonado.
Y muere cuando menos se recela,
La congoja y dolor siente doblado,
Y más el sobresalto le desvela;
Ansí yo, que en miserias hice callo,
Si alguna breve gloria me fué dada,
Presto me vi sin ella y olvidado.
Amor lo dió y amor pudo quitallo;
La vida congojosa toda es nada,
Y riese la muerte del cuidado.
Días cansados, duras horas tristes
Dias cansados, duras horas tristes,
Crudos momentos en mí malgastados;
Al tiempo que pensé veros mudados.
En años de pesar os me volvistes.
En mi faltó la órden de los hados,
En vos tambien faltó, pues tales fuistes,
Que podreis en el tiempo que vivistes
Contar largas edades de cuidados.
Largas son de sufrir cuanto á su dueño,
Y cortas si me hubiese de quejar;
Mas en mí este remedio no ha lugar,
Que la razon me huye como sueño,
Y no hay punto, Señora, tan pequeño,
Que no se os haga un año al escuchar.
Domado ya el Oriente, Saladino
Domado ya el Oriente, Saladino,
Desplegando las bárbaras banderas
Por la orilla del Nilo, le convino
Asentar su real en las riberas.
Lenguas le rodeaban lisonjeras,
Compaña que á los reyes de contino
Sola sigue en las burlas y en las veras,
Loándoles el bueno y mal camino.
Contábanle el Egipto sojuzgado,
Francia rota y el mar Rojo en cadena;
Mostrábanle su ejército y poder.
Respondióles: «De aquí se puede ver
Donde acabó su gloria, en esta arena,
El gran Pompeo, muerto y no enterrado».
El escudo de Aquiles, que bañado
El escudo de Aquiles, que bañado
En la sangre de Héctor, con afrenta
De Grecia y Asia fué, mal entregado
Á Ulíses por varon de mayor cuenta,
Sobre el sepulcro de Ayax fué hallado;
Que Ulíses, levantándose tormenta,
Entre las otras ropas lo habia echado
En la mar, por dejar la nave exenta.
Alguno, visto el nuevo acaecimiento,
Dijo, quizá movido en su conciencia:
«¡Oh juez sin razon ni fundamento!
Que el conocido error de tu imprudencia
Vean la ciega fortuna y ciego viento,
Y el loco mar enmienda la sentencia».
El hombre que doliente está de muerte
El hombre que doliente está de muerte
Y vecino á aquel trago temeroso,
Cualquiera beneficio le es dañoso
Y en la causa del mal se le convierte.
Ansí mi alma triste, en sólo verte
Halla daño de busca haber reposo,
Viniendo del bien cierto el mal dudoso,
Del dulce verte, el duro conocerte.
La vana fantasía y confianza
En desesperacion se torna luégo,
Que el seso reconoce la ocasion.
Donde vence al remedio la pasion,
Sobrado ver es luz que torna ciego,
Y confiado vivir sin esperanza.
En la fuente mas clara y apartada
Á Doña Marina de Aragon.
En la fuente más clara y apartada
Del monte al casto coro consagrado,
Vi entre las nueve hermanas asentada
Una hermosa ninfa al diestro lado.
Estábase en cabello, coronada
De verde hiedra y arrayan mezclado,
En traje extraño y lengua desusada,
Dando y quitando leyes á su grado.
Vi cómo sobre todas parecia;
Que no fué poco ver hombre mortal
Inmortal hermosura y voz divina.
Y conocíla ser doña Marina,
La cual el cielo dió al mundo por señal
De la parte mejor que en sí tenía.
Gasto en males la vida, y amor crece
Gasto en males la vida, y amor crece;
En males crece amor, y allí se cria;
Esfuerza el alma, y á hacer se ofrece
De sus penas costumbre y compañía.
No me espanto de vida que padece
Tan brava servidumbre y que porfía:
Mas espántome cómo no enloquece
Con el bien que ve en otros cada dia.
En dura ley, en conocido engaño,
Huelga el triste, Señora, de vivir,
Y tú, que le persigas la paciencia.
¡Oh cruda tema! Oh áspera sentencia!
Que por fuerza me muestren á sufrir
Los placeres ajenos y mi daño.
Gracia te pido, amor; no la merece
Gracia te pido, amor; no la merece
Quien la pide, ni tanto bien espera,
Sea limosna ó sea piedad siquiera,
Y sea en la ocasion que agora se ofrece.
Cualquiera beneficio mengua 6 crece
Con el lugar, el tiempo y la manera;
Mas hay gran diferencia, y verdadera,
Del dar al socorrer á quien padece.
Lo que una vez la fuerza 6 la destreza
No ha podido acabar, aquello mismo
Acaba una palabra descuidada.
Señora, considera tu grandeza
Y el tiempo; que ahora puedes con nonada
Levantarme del hondo del abismo.
Hame traido amor a tal partido
Háme traido amor á tal partido,
Que ni puedo ni quiero conocerme;
Cuantas armas tenía le he rendido,
Pues le di la razon para vencerme.
Hombre nací y por hombre era tenido;
Pudieran seso y arte socorrerme,
El tiempo, la experiencia y el sentido;
Mas todo lo dejé, y quise perderme.
Señora, gran mal es quel hombre entiende
Cuanto aparta de sí, y no se arrepiente,
Y que sabe cuán poco bien se espera;
Que vive y morirá desta manera,
Fuera de humana forma ó acidente,
Sino de querer bien, que no se aprende.
Hoy deja todo el bien un desdichado
Hoy deja todo el bien un desdichado
Á quien quejas ni llantos no han valido:
Hoy parte quien tomara por partido
Tambien de su vivir ser apartado.
Hoy es cuando mis ojos han trocado
El veros por un llanto dolorido;
Hoy vuestro desear será cumplido.
Pues voy de he de morir desesperado.
Hoy parto y llego á la postrer jornada,
La cual desco ya más que ninguna,
Por verme en algun hora descansada,
Y porque con mi muerte mi fortuna
Os quite à vos de ser importunada,
Y á mí quite el vivir, que me importuna.
Lenguas extrañas y diversa gente
Lenguas extrañas y diversa gente
Á esta fiera cruel amando sigue;
Ella huye de todos, y persigue
Á cada cual por donde más lo siente.
Dá á gustar el corazon caliente
Á unos de otros, porque nos obligue;
Ninguno lo probó que no castigue,
Aunque nadie lo sabe que escarmiente.
Su gloria es encubrir pechos abiertos,
Y revelar entrañas escondidas.
¡Oh compuesto de varios desconciertos,
Que á nuestra propia carne nos convidas,
Y despues que á tus piés nos tienes muertos,
Por los que llegan sanos nos olvidas!
Libro, pues que vas ante quien puede
Libro, pues que vas ante quien puede
Quitar y poner leyes á su mando,
Ten cuenta con Damon, allá llegando,
Aunque Marfira más te mande y vede.
Sepas muy bien contar cuanto sucede
Despues que Damon vive lamentando;
Y pues él va contigo allá cantando,
Marfira te oirá, que se lo debe.
En tanto quedo yo con tal recelo
Cual con fortuna brava suele estar,
Echando el hierro al mar, el marinero,
Lleno de afan y temeroso celo
Si añerra el hierro de donde esperar
La salud debe que á Damon espero.
Mil veces callo que mover deseo
Mil veces callo, que mover deseo
El cielo á gritos, y mil otras tiento
Dar á mi lengua voz y movimiento,
Que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
Por dentro el alma el suelto pensamiento,
De llanto y de dolor lloroso acento,
Y casi en el infierno un nuevo Orfeo.
No tiene la memoria á la esperanza
Rastro de imágen dulce ó deleitable
Con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldicion que alcanza,
Muerte que tarda, llanto inconsolable,
Desden del cielo, error de la ventura.
Pedis, Reina, un soneto; ya le hago
Pedís, Reina, un Soneto, ya le hago;
Ya el primer verso y el segundo es hecho;
Si el tercero me sale de provecho,
Con otro verso el un cuarteto os pago.
Ya llego al quinto; ¡España! Santiago!
Fuera, que entro en el sexto. ¡Sus, buen pecho!
Si del sétimo salgo, gran derecho
Tengo á salir con vida deste trago.
Ya tenemos á un cabo los cuartetos;
¿Qué me decís, Señora? No ando bravo?
Mas sabe Dios si temo los tercetos.
Y si con bien este soneto acabo,
Nunca en toda mi vida más sonetos:
Ya deste, gloria á Dios, he visto el cabo.
Planta enemiga al mundo, y aun al cielo
A una parra que cubria la ventana de su dama.
Planta enemiga al mundo, y áun al cielo,
Que nos encubres tanta hermosura,
Véate yo perdida la verdura
Y esparcidas tus hojas por el suelo.
Si la escondes movida de buen celo,
Porque no puede verse tal figura
Sin muerte y conocida sepultura,
Aunque en miralla no falte consuelo,
El ser della vencido es la vitoria,
Y la muerte peor es el no vella;
Mas ya que porque no mueran los vivos
Acuerdas de engañarnos y escondella,
Á los que somos muertos y cautivos
¿Por qué quieres quitarnos esta gloria?
Por tan difícil parte me han llevado
Por tan difícil parte me han llevado
Los importunos años que he vivido,
Que áun bien el medio dellos no he cumplido,
Y mil veces el fin he deseado.
Y toda la aspereza por do he andado,
De un mal á otro mayor siempre he venido;
En fin, á tal extremo soy traido,
Que no puedo temer más triste estado.
Ansí que, ya sin bien, sin confianza,
Estoy de aqueste mal, que agora muero,
Podria ya muy bien hacer mudanza;
Mas tanto á la que causa mi mal quiero,
Que siento que me estraga la esperanza,
Y estoy harto mejor si desespero.
Qué cuerpo yace en esta sepultura
¿Qué cuerpo yace en esta sepultura?
¿Quién eres tú, que encima estás sentada
Mesando tus cabellos, la figura
Sangrienta, de tus uñas tan rasgada?
Los huesos y ceniza consagrada
De Aníbal, que ha pagado á la natura
La deuda postrimera, yo la armada
Diosa que en las batallas da ventura,
Quéjome de los hados inhumanos
Que á tal varon hicieron tanto mal,
Y del miedo y vileza de Cartago;
Mas quédame un consuelo en lo que hago;
Que él mismo se mató, porque á Aníbal
No pudieran vencer sino sus manos.
Salid, lágrimas mías, ya cansadas
Salid, lágrimas mias, ya cansadas
De estar en mi paciencia detenidas;
Y siendo por mis pechos esparcidas,
Serán mis penas tristes mitigadas.
De mil suspiros vais acompañadas.
Y por tan gran razon sereis vertidas.
Que si mi vida dura por mil vidas,
Jamás espero veros acabadas.
Y si despues, llegado el final dia,
Do por la muerte dejaré de veros,
Hallase algun lugar mi fantasía,
El alma, que áun en muerte ha de quereros.
Á solas sin el cuerpo iloraria
Lo que en vida ha llorado sin moveros.
Si fuese muerto ya mi pensamiento
¡Si fuese muerto ya mi pensamiento,
Y pasase mi vida así durmiendo
Sueño de eterno olvido, no sintiendo
Pena ni gloria, descanso ni tormento!
Triste vida es tener el sentimiento
Tal, que huye sentir lo que desea;
Su pensamiento á otros lisonjea;
Yo enemigo de mí siempre lo siento.
Con chismerías de enojo y de cuidado
Me viene, que es peor que cuanto peno;
Y si algun placer me trae, con él se va,
Como á madre con hijo regalado,
Que si llorando pide algun veneno,
Tan ciega está de amor que se lo dá.
Tibio en amores no sea yo jamás
Tibio en amores no sea yo jamás:
Frio, ó caliente en fuego todo ardido;
Cuando amor no saca el seso de compás,
Ni el mal es mal, ni el bien es conocido.
Poco ama el que no pierde el sentido,
Y el seso y la paciencia deja atras;
Y no muere de amor, sino de olvido,
El que de amores piensa saber más.
Como nave que corre en noche oscura
Por brava playa con recio temporal,
Déjase al viento y métese á la mar;
Ansi yo en el peligro del penar,
Añadiendo más males á mi mal,
En desesperacion busco ventura.
Tiempo vi yo que amor puso un deseo
Tiempo vi yo que amor puso un deseo
Honesto en un honesto corazon;
Tiempo vi yo, que agora no lo veo,
Que era gloria, y no pena, mi pasion.
Tiempo vi yo que por una ocasion,
Diera angustia y congoja, y si venia,
Señora, en tu presencia la razon
Me faltaba y la lengua enmudecia.
Más que quisiera he visto, pues amor
Quiere que llore el bien y sufra el daño,
Más por razon que no por acidente.
Crece mi mal, y crece en lo peor,
En arrepentimiento y desengaño,
Pena del bien pasado y mal presente.
Tráeme amor de pensamiento vano
Tráeme amor de pensamientos vanos
Á cuidados y enojos verdaderos,
Muéstrame los comienzos hacederos
Y los inconvenientes tan livianos.
Que si vengo con ellos á las manos,
Hállolos ser de mi tan extranjeros,
Que los que parecian más ligeros,
Me parecen pesados é inhumanos.
Véome tan adentro en la celada,
Que deseo pagallo con la vida;
Mas el alma, que está fuera de sí,
Como para la muerte no hay salida,
Vuélvese á comenzar otra jornada;
Mas esta nunca se acaba para mí.
Tu gracia, tu valor, tu hermosura
Tu gracia, tu valor, tu hermosura.
Muestra de todo el cielo retratada,
Como cosa que está sobre natura,
Ni pudiera ser vista ni pintada.
Pero ya que en el alma tu figura
Tengo, en humana forma abreviada,
Tal hice retraerte de pintura,
Cual amor te dejó en ella estampada.
No por ambicion vana ó por memoria
De tí, ni para publicar mis males,
Ni por verte más veces que te veo;
Mas por sólo gozar de tanta gloria,
Señora, con los ojos corporales,
Como con los del alma y del deseo.
Un claro ingenio, un vivo entendimiento
Á Luis Barahona de Soto.
Un claro ingenio, un vivo entendimiento,
un sentido profundo, un raro aviso,
Una varia leccion y un decir liso,
Cual, señor Soto, en vuestos versos siento;
Pocas veces el claro firmamento
Á los mortales concederlos quiso,
Y con razon aquel pastor de Anfriso
Os llama para algun notable intento;
Porque de vuestro ingenio é invencion
Piensa hacer industria por de pueda
Subir la tosca rima á perfecion.
Tenga la Parca el hilo, y en su rueda
Ríjase la fortuna por razon;
Que puesto donde estais, muy poco os queda.
Vuelve el cielo, y el tiempo huye y calla
Vuelve el cielo, y el tiempo huye y calla,
Y callando despierta tu tardanza;
Crece el deseo y mengua la esperanza
Tanto más cuanto más léjos te halla.
Mi alma es hecha campo de batalla,
Combaten el recelo y confianza;
Asegura la fe toda mudanza,
Aunque sospechas andan por trocalla.
Yo sufro y callo, y dígote, Señora:
«¿Cuándo será aquel dia que estaré
Libre desta contienda en tu presencia?
Respóndeme tu saña matadora:
«Juzga lo que ha de ser por lo que fué,
Que ménos son tus males en ausencia».
Yo soy, cruel amor, el que has traido
Yo soy, cruel Amor, el que has traido
Con vanas esperanzas engañado,
Y quien habia de haber escarmentado
Ya en los propios males que he sufrido.
Yo soy quien tus mentiras ha creido,
Y aquel que por creellas ha llegado
A ser contigo el más desventurado
De cuantos tus banderas han seguido.
Pero si en todo el tiempo que viviere
Tornare á tu poder, en él me vea
Muriendo por quien más aborreciere;
Y porque mi jurar más firme sea,
Que si jamás, Amor, yo te creyere.
Quien causare mi mal no me lo crea.
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