Poemas de Juan Boscán

Poemas de Juan Boscán

Poemas de Juan Boscán (1492-1542), poeta y traductor barcelonés, figura clave del Renacimiento español. Su mayor mérito fue la revolución métrica que transformó la lírica castellana; tras un encuentro en 1526 con el embajador veneciano Andrea Navagero, Boscán decidió adaptar los moldes italianos al español.

Introdujo con éxito el endecasílabo y formas estróficas como el soneto, la octava rima y el terceto encadenado. Aunque su técnica suele considerarse menos fluida que la de su gran amigo Garcilaso de la Vega, fue Boscán quien preparó el terreno para la modernidad literaria.

Además, su traducción de El Cortesano de Castiglione fijó un modelo de prosa renacentista elegante y equilibrada. Su obra, publicada póstumamente en 1543, marcó el inicio del Siglo de Oro en España.

Antigua llaga que en mis ojos cría…

Antigua llaga que en mis ojos cría,

no deja resillar el buen deseo.

Yo por caminos ásperos rodeo,

por llegar a sosiego el alma mía.

 

Hurto algún gusto, mas mi fantasía

me le embaraza cuando le poseo;

medrar no puede aquello que granjeo

que en tierra se sembró cruda y sombría.

 

El bien que el seso ofrece al sentimiento,

hace que amor me ponga diligencia,

para cerrar mis ojos al tormento.

 

Porque bien sé que un blando pensamiento

da causa de tener menos paciencia,

y a veces es peligro estar contento.

 

Aún bien no fui salido de la cuna…

Aún bien no fui salido de la cuna,

ni del alma la leche hube dejado,

cuando el amor me tuvo condenado

a ser de los que siguen su fortuna.

 

Me dio luego miserias de una en una,

por hacerme costumbre en su cuidado;

después en mí de un golpe ha descargado

cuanto mal hay debajo de la luna.

 

En dolor fui criado y fui nacido,

dando de un triste paso en otro amargo,

tanto que si hay más paso es de la muerte.

 

¡Oh corazón, qué siempre has padecido!

Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?

Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?

 

¿Bueno es amar? pues, ¿cómo daña tanto?…

¿Bueno es amar? pues, ¿cómo daña tanto?

¿Gran gusto es querer bien? ¿por qué entristece?

¿Placer es desear? ¿cómo aborrece?

¿Amor es nuestro bien? ¿ por qué da llanto?

 

¿Da esfuerzo amar? pues, ¿cómo causa espanto?

¿Por el amor, el bien del alma crece?

Pues, ¿cómo así por él ella padece?

¿Cómo tantos contrarios cubre un manto?

 

No es el amor el que el dolor nos trae;

la compañía que a su pesar él tiene,

también a su pesar nos hiere y mata.

 

El mal en él de nuestra parte cae;

él solo en nuestro bando nos sostiene,

y nuestra paz continuamente trata.

 

Canción V

¿Qué haré, que por quereros

mis extremos son tan claros,

que ni soy para miraros,

ni puedo dejar de veros?

 

Yo no sé con vuestra ausencia

un punto vivir ausente,

ni puedo sufrir presente,

señora, tan gran presencia.

 

De suerte que, por quereros,

mis extremos son tan claros,

que ni soy para miraros,

ni puedo dejar de veros.

 

Cargado voy de mí doquier que ando…

Cargado voy de mí doquier que ando,

y cuerpo y alma, todo me es pesado;

sin causa vivo, pues que estó apartado

de do el vivir su causa iba ganando.

 

Mi seso está sus obras desechando;

no me queda otra renta, ni otro estado,

sino pasar pensando en lo pasado,

y cayo bien en lo que voy pensando.

 

Tanto es el mal, que mi corazón siente

que sola la memoria de un momento

viene a ser para mí crudo accidente.

 

¿Cómo puede vivir mi pensamiento

si el pasado placer y el mal presente

tienen siempre ocupado el sentimiento?

 

Como el triste que a muerte está juzgado…

Como el triste que a muerte está juzgado,

y de esto es sabidor de cierta ciencia,

y la traga y la toma en paciencia,

poniéndose al morir determinado.

 

Tras esto dícenle que es perdonado,

y estando así se halla en su presencia

el fuerte secutor de la sentencia

con ánimo y cuchillo aparejado:

 

así yo, condenado a mi tormento,

de tenelle tragado no me duelo,

pero, después, si el falso pensamiento

 

me da seguridad de algún consuelo,

volviendo el mal, mi triste sentimiento

queda envuelto en su sangre por el suelo.

 

¿Cuándo será que vuelva a ver los ojos?…

¿Cuándo será que vuelva a ver los ojos

de donde amor me hace tanta guerra,

y pueda estar mirando aquella tierra

do me dejé con todos mis despojos?

 

No puedo, triste, más con mis enojos;

a cada paso el corazón me cierra,

ver tanto llano en medio y tanta sierra,

por do el vivir me arrancan a manojos.

 

Ando mil veces por tomar el vuelo,

y volver mal, sin esperar sazón,

y hacer por más seso esta locura.

 

Pero luego levántase un recelo,

conozco que me engaña el corazón,

y quedo estoy por no estragar la cura.

 

Dejadme en paz, ¡oh duros pensamientos!…

Dejadme en paz, ¡oh duros pensamientos!

Basteos el daño y la vergüenza hecha.

Si todo lo he pasado, ¿qué aprovecha

inventar sobre mí nuevos tormentos?

 

Natura en mí perdió sus movimientos;

el alma ya a los pies del dolor se echa;

tiene por bien en regla tan estrecha,

a tantos casos tantos sufrimientos.

 

Amor, fortuna y muerte, que es presente,

me llevan a la fin por sus jornadas,

y a mi cuenta debía ser llegado.

 

Yo cuando acaso afloja el accidente,

si vuelvo el rostro y miro las pisadas,

tiemblo de ver por donde me han pasado.

 

Disimulando voy con alegría…

Disimulando voy con alegría

mi triste estado y nuestro estar contento;

alcanza luego allí mi pensamiento

el mal que viene de esto el alma mía.

 

Porque siguiendo yo tal fantasía

el mal se encoge donde más le siento

y así le dura más y el sentimiento

se muestra poco envuelto en tal porfía.

 

¡Oh fuerte caso! ¡Oh duros pensamientos

que siempre estáis pensando nueva guerra!

Haced ya paz, si no dadme la muerte,

 

¿qué vale imaginar nuevos tormentos

en hombre que viviendo esta so tierra,

muriendo sin morir, ni mudar suerte?

 

Dulce soñar y dulce congojarme…

Dulce soñar y dulce congojarme,

cuando estaba soñando que soñaba;

dulce gozar con lo que me engañaba,

si un poco más durara el engañarme.

 

Dulce no estar en mí que figurarme

podía cuanto bien yo deseaba;

dulce placer, aunque me importunaba,

que alguna vez llegara a despertarme.

 

¡Oh sueño! ¡cuánto más leve y sabroso

me fueras, si vinieras tan pesado,

que asentaras en mí con más reposo!

 

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado;

y es justo en la mentira ser dichoso

quien siempre en la verdad fue desdichado.

 

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste…

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste

y siempre con tal fuerza le seguiste,

que a pocos pasos que tras él corriste,

en todo enteramente le alcanzaste,

 

dime: ¿por qué tras ti no me llevaste

cuando de esta mortal tierra partiste?,

¿por qué, al subir a lo alto que subiste,

acá en esta bajeza me dejaste?

 

Bien pienso yo que, si poder tuvieras

de mudar algo lo que está ordenado,

en tal caso de mí no te olvidaras:

 

que o quisieras honrarme con tu lado

o a lo menos de mí te despidieras;

o, si esto no, después por mí tornaras.

 

Las llagas que de amor son invisibles…

Las llagas que de amor son invisibles,

quiero como visibles se presenten,

porque aquellos que humanamente sienten,

se espanten de accidentes tan terribles.

 

Los casos de justicia más horribles

en público han de ser, porque escarmienten

con ver su fealdad, y se amedrenten

hasta los corazones invencibles.

 

Yo traigo aquí la historia de mis males,

donde hazañas de amor han ocurrido

tan fuertes, que no sé como contarlas.

 

Yo sólo en tantas guerras fui herido,

y son de mis heridas las señales

tan feas, que vergüenza da mostrarlas.

 

Nunca de amor estuve tan contento…

Nunca de amor estuve tan contento,

que en su loor mis versos ocupase:

ni a nadie consejé que se engañase

buscando en el amor contentamiento.

 

Esto siempre juzgó mi entendimiento,

que deste mal todo hombre se guardase;

y así porque esta ley se conservase,

holgué de ser a todos escarmiento.

 

¡Oh! vosotros que andáis tras mis escritos,

gustando de leer tormentos tristes,

según que por amar son infinitos;

 

mis versos son deciros: «¡Oh! benditos

los que de Dios tan gran merced hubistes,

que del poder de amor fuésedes quitos».

 

O gran fuerza de amor, que así enflaqueces…

O gran fuerza de amor, que así enflaqueces

los que nacidos son para ser fuertes,

y les truecas así todas sus suertes,

que presto los más ricos empobreces!

 

O piélago de mar, que te enriqueces

con los despojos de infinitas muertes!

Los tragas, y después luego los viertes,

porque nunca en un punto permaneces.

 

O rayo, cuyo efecto no entendemos,

que por dentro nos dejas abrasados,

y de fuera, sin mal, sanos nos vemos!

 

O dolencia mortal, cuyos extremos

son menos conocidos y alcanzados

por los tristes que más los padecemos!

 

Paso mi vida lo mejor que puedo…

Paso mi vida lo mejor que puedo;

en esto podéis ver cómo la paso:

de un triste pensamiento en otro paso,

mortal prisa me doy para estar quedo.

 

Sobre el punto de mis congojas ruedo,

y si en huir me pruebo a dar un paso

huyo de puro miedo tan a paso

que, de donde me parto, allí me quedo.

 

Quedo allí, triste, tan escarmentado

que me aflijo, me muero, y me acobardo,

y de medroso acometo al cuidado.

 

Piensan quizás que estoy desesperado

viendo que del morir tan mal me guardo:

pues sepan que lo hago de cuidado.

 

Ponme en la vida más brava, importuna…

Ponme en la vida más brava, importuna,

do pida a Dios mil veces la mortaja;

ponme en edad do el seso más trabaja,

o en los brazos del alma, o en la cuna.

 

Ponme en baja o en próspera fortuna;

ponme do el sol el trato humano ataja,

o a do por frío el alto mar se cuaja,

o en el abismo, o encima de la luna.

 

Ponme do a vuestros pies viven las gentes,

o en la tierra, o en el cielo, o en el viento;

ponme entre fieras, puesto entre sus dientes;

 

do muerte y sangre es todo el fundamento;

donde quiera tendré siempre presentes

los ojos por quien muero tan contento.

 

¿Qué haré, que por quereros…

¿Qué haré, que por quereros

mis extremos son tan claros,

que ni soy para miraros,

ni puedo dejar de veros?

 

Yo no sé con vuestra ausencia

un punto vivir ausente,

ni puedo sufrir presente,

señora, tan gran presencia.

 

De suerte que, por quereros,

mis extremos son tan claros,

que ni soy para miraros,

ni puedo dejar de veros.

 

¿Quién tendrá en sí tan duro sentimiento?…

¿Quién tendrá en sí tan duro sentimiento,

que en ver mi mal la vuelta no dé luego?

¿Quién tan loco será, o será tan ciego,

que los ojos no cierre a mi tormento?

 

Delante van las penas que en mi siento,

dando nuevas de mi desasosiego,

y en las manos llevando el vivo fuego,

do ardiendo está mi triste pensamiento.

 

Los que tras mí vendrán, si se perdieren,

no sé cómo podrán ser disculpados;

morirán a sabiendas, si murieren.

 

Dignos serán de ser al campo echados,

por manos de las gentes que les vieren

tan adrede morir desesperados.

 

Si no os hubiera mirado…

Si no os hubiera mirado,

no penara,

pero tampoco os mirara.

 

Veros harto mal ha sido,

mas no veros peor fuera;

no quedara tan perdido,

pero mucho más perdiera.

¿Qué viera aquel que no os viera?

¿Cuál quedara,

señora, si no os mirara?

 

Solo y penoso en páramos desiertos…

Solo y penoso en páramos desiertos

mis pasos doy, cuidosos y cansados,

y entrambos ojos traigo levantados

a ver, no vea alguien mis desconciertos.

 

Mis tormentos así vienen tan ciertos,

y van mis sentimientos tan cargados,

que aún los campos me suelen ser pesados

porque todos no están secos y muertos.

 

Si oigo balar acaso algún ganado,

y la voz del pastor da en mis oídos,

allí se me revuelve mi cuidado.

 

Y quedan espantados mis sentidos,

cómo ha sido no haber desesperado

después de tantos llantos doloridos.

 

Soneto I

Disimulando voy con alegría

mi triste estado y nuestro estar contento;

alcanza luego allí mi pensamiento

el mal que viene de esto el alma mía.

 

Porque siguiendo yo tal fantasía

el mal se encoge donde más le siento

y así le dura más y el sentimiento

se muestra poco envuelto en tal porfía.

 

¡Oh fuerte caso! ¡Oh duros pensamientos

que siempre estáis pensando nueva guerra!

Haced ya paz, si no dadme la muerte,

 

¿qué vale imaginar nuevos tormentos

en hombre que viviendo esta so tierra,

muriendo sin morir, ni mudar suerte?

 

Soneto II

Un tiempo yo pensé y tuve por cierto

que otro dolor hallar no se podría

que igualase al morir y a su porfía,

y veo que anduve errado y sin concierto.

 

Por lo que digo, una vez más ser muerto

estimo que morir tantas al día

cuantas se ofrece ver sin alegría

vuestro gesto de amor, seguro puerto.

 

Si con desdén mi voluntad tan firme

tratáis, es un dolor tan recio y extraño

que juzgo por menor el de la muerte;

 

mirad si, con verdad, caso tan fuerte

afirmar puedo que no hay mal tamaño

pues tales tragos paso sin morirme.

 

Soneto III

Todo es amor en quien de veras ama,

hasta el mudar, que hace más firmeza;

si mudare pensad que es de tristeza

que el mal le fuerza haber de mudar cama.

 

Así me hizo a mí mi vieja llama,

que sosegar no puede en su crudeza,

y el alma agora a nuevo amor se aveza,

mas no podrá, que el otro amor le llama.

 

Yo pagaré por uno más de ciento

este querer así descabullirme,

que en fin flaqueza fue del pensamiento.

 

Si pagar puede un gran arrepentirme

yo pago bien: mas nada no es descuento

del tiempo que he perdido en querer irme.

 

Soneto IV

O gran fuerza de amor, que así enflaqueces

los que nacidos son para ser fuertes,

y les truecas así todas sus suertes,

que presto los más ricos empobreces!

 

O piélago de mar, que te enriqueces

con los despojos de infinitas muertes!

Los tragas, y después luego los viertes,

porque nunca en un punto permaneces.

 

O rayo, cuyo efecto no entendemos,

que por dentro nos dejas abrasados,

y de fuera, sin mal, sanos nos vemos!

 

O dolencia mortal, cuyos extremos

son menos conocidos y alcanzados

por los tristes que más los padecemos!

 

Soneto V

Antigua llaga que en mis ojos cría,

no deja resillar el buen deseo.

Yo por caminos ásperos rodeo,

por llegar a sosiego el alma mía.

 

Hurto algún gusto, mas mi fantasía

me le embaraza cuando le poseo;

medrar no puede aquello que granjeo

que en tierra se sembró cruda y sombría.

 

El bien que el seso ofrece al sentimiento,

hace que amor me ponga diligencia,

para cerrar mis ojos al tormento.

 

Porque bien sé que un blando pensamiento

da causa de tener menos paciencia,

y a veces es peligro estar contento.

 

Soneto VI

¿Bueno es amar? pues, ¿cómo daña tanto?

¿Gran gusto es querer bien? ¿por qué entristece?

¿Placer es desear? ¿cómo aborrece?

¿Amor es nuestro bien? ¿ por qué da llanto?

 

¿Da esfuerzo amar? pues, ¿cómo causa espanto?

¿Por el amor, el bien del alma crece?

Pues, ¿cómo así por él ella padece?

¿Cómo tantos contrarios cubre un manto?

 

No es el amor el que el dolor nos trae;

la compañía que a su pesar él tiene,

también a su pesar nos hiere y mata.

 

El mal en él de nuestra parte cae;

él solo en nuestro bando nos sostiene,

y nuestra paz continuamente trata.

 

Soneto VII

Dulce soñar y dulce congojarme,

cuando estaba soñando que soñaba;

dulce gozar con lo que me engañaba,

si un poco más durara el engañarme.

 

Dulce no estar en mí que figurarme

podía cuanto bien yo deseaba;

dulce placer, aunque me importunaba,

que alguna vez llegara a despertarme.

 

¡Oh sueño! ¡cuánto más leve y sabroso

me fueras, si vinieras tan pesado,

que asentaras en mí con más reposo!

 

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado;

y es justo en la mentira ser dichoso

quien siempre en la verdad fue desdichado.

Poemas de Juan Boscán

Soneto VIII

Nunca de amor estuve tan contento,

que en su loor mis versos ocupase:

ni a nadie aconsejé que se engañase

buscando en el amor contentamiento.

 

Esto siempre juzgó mi entendimiento,

que de este mal todo hombre se guardase;

y así por que esta ley se conservase,

holgué de ser a todos escarmiento.

 

¡Oh! vosotros que andáis tras mis escritos,

gustando de leer tormentos tristes,

según que por amar son infinitos;

 

mis versos son deciros: ¡Oh! benditos

los que de Dios tan gran merced hubistes,

que del poder de amor fuésedes quitos.

 

Soneto IX

Las llagas que de amor son invisibles,

quiero como visibles se presenten,

porque aquellos que humanamente sienten,

se espanten de accidentes tan terribles.

 

Los casos de justicia más horribles

en público han de ser, porque escarmienten

con ver su fealdad, y se amedrenten

hasta los corazones invencibles.

 

Yo traigo aquí la historia de mis males,

donde hazañas de amor han ocurrido

tan fuertes, que no sé como contarlas.

 

Yo sólo en tantas guerras fui herido,

y son de mis heridas las señales

tan feas, que vergüenza da mostrarlas.

 

Soneto X

¿Quién tendrá en sí tan duro sentimiento,

que en ver mi mal la vuelta no dé luego?

¿Quién tan loco será, o será tan ciego,

que los ojos no cierre a mi tormento?

 

Delante van las penas que en mi siento,

dando nuevas de mi desasosiego,

y en las manos llevando el vivo fuego,

do ardiendo está mi triste pensamiento.

 

Los que tras mí vendrán, si se perdieren,

no sé cómo podrán ser disculpados;

morirán a sabiendas, si murieren.

 

Dignos serán de ser al campo echados,

por manos de las gentes que les vieren

tan adrede morir desesperados.

 

Soneto XI

Aún bien no fui salido de la cuna,

ni del alma la leche hube dejado,

cuando el amor me tuvo condenado

a ser de los que siguen su fortuna.

 

Me dio luego miserias de una en una,

por hacerme costumbre en su cuidado;

después en mí de un golpe ha descargado

cuanto mal hay debajo de la luna.

 

En dolor fui criado y fui nacido,

dando de un triste paso en otro amargo,

tanto que si hay más paso es de la muerte.

 

¡Oh corazón, qué siempre has padecido!

Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?

Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?

 

Soneto XII

Solo y penoso en páramos desiertos

mis pasos doy, cuidosos y cansados,

y entrambos ojos traigo levantados

a ver, no vea alguien mis desconciertos.

 

Mis tormentos así vienen tan ciertos,

y van mis sentimientos tan cargados,

que aún los campos me suelen ser pesados

porque todos no están secos y muertos.

 

Si oigo balar acaso algún ganado,

y la voz del pastor da en mis oídos,

allí se me revuelve mi cuidado.

 

Y quedan espantados mis sentidos,

cómo ha sido no haber desesperado

después de tantos llantos doloridos.

 

Soneto XIII

Dejadme en paz, ¡oh duros pensamientos!

Basteos el daño y la vergüenza hecha.

Si todo lo he pasado, ¿qué aprovecha

inventar sobre mí nuevos tormentos?

 

Natura en mí perdió sus movimientos;

el alma ya a los pies del dolor se echa;

tiene por bien en regla tan estrecha,

a tantos casos tantos sufrimientos.

 

Amor, fortuna y muerte, que es presente,

me llevan a la fin por sus jornadas,

y a mi cuenta debía ser llegado.

 

Yo cuando acaso afloja el accidente,

si vuelvo el rostro y miro las pisadas,

tiemblo de ver por donde me han pasado.

 

Soneto XIV

Ponme en la vida más brava, importuna,

do pida a Dios mil veces la mortaja;

ponme en edad do el seso más trabaja,

o en los brazos del alma, o en la cuna.

 

Ponme en baja o en próspera fortuna;

ponme do el sol el trato humano ataja,

o a do por frío el alto mar se cuaja,

o en el abismo, o encima de la luna.

 

Ponme do a vuestros pies viven las gentes,

o en la tierra, o en el cielo, o en el viento;

ponme entre fieras, puesto entre sus dientes;

 

do muerte y sangre es todo el fundamento;

donde quiera tendré siempre presentes

los ojos por quien muero tan contento.

 

Soneto XV

¿Cuándo será que vuelva a ver los ojos

de donde amor me hace tanta guerra,

y pueda estar mirando aquella tierra

do me dejé con todos mis despojos?

 

No puedo, triste, más con mis enojos;

a cada paso el corazón me cierra,

ver tanto llano en medio y tanta sierra,

por do el vivir me arrancan a manojos.

 

Ando mil veces por tomar el vuelo,

y volver mal, sin esperar sazón,

y hacer por más seso esta locura.

 

Pero luego levántase un recelo,

conozco que me engaña el corazón,

y quedo estoy por no estragar la cura.

 

Soneto XXIX

Nunca de amor estuve tan contento,

que en su loor mis versos ocupase:

ni a nadie consejé que se engañase

buscando en el amor contentamiento.

 

Esto siempre juzgó mi entendimiento,

que deste mal todo hombre se guardase;

y así porque esta ley se conservase,

holgué de ser a todos escarmiento.

 

¡Oh! vosotros que andáis tras mis escritos,

gustando de leer tormentos tristes,

según que por amar son infinitos;

 

mis versos son deciros: «¡Oh! benditos

los que de Dios tan gran merced hubistes,

que del poder de amor fuésedes quitos».

 

Soneto LXXIV

Paso mi vida lo mejor que puedo;

en esto podéis ver cómo la paso:

de un triste pensamiento en otro paso,

mortal prisa me doy para estar quedo.

 

Sobre el punto de mis congojas ruedo,

y si en huir me pruebo a dar un paso

huyo de puro miedo tan a paso

que, de donde me parto, allí me quedo.

 

Quedo allí, triste, tan escarmentado

que me aflijo, me muero, y me acobardo,

y de medroso acometo al cuidado.

 

Piensan quizás que estoy desesperado

viendo que del morir tan mal me guardo:

pues sepan que lo hago de cuidado.

 

Soneto LXXXII

Cargado voy de mí doquier que ando,

y cuerpo y alma, todo me es pesado;

sin causa vivo, pues que estó apartado

de do el vivir su causa iba ganando.

 

Mi seso está sus obras desechando;

no me queda otra renta, ni otro estado,

sino pasar pensando en lo pasado,

y cayo bien en lo que voy pensando.

 

Tanto es el mal, que mi corazón siente

que sola la memoria de un momento

viene a ser para mí crudo accidente.

 

¿Cómo puede vivir mi pensamiento

si el pasado placer y el mal presente

tienen siempre ocupado el sentimiento?

 

Soneto CVIII

Como el triste que a muerte está juzgado,

y de esto es sabidor de cierta ciencia,

y la traga y la toma en paciencia,

poniéndose al morir determinado.

 

Tras esto dícenle que es perdonado,

y estando así se halla en su presencia

el fuerte secutor de la sentencia

con ánimo y cuchillo aparejado:

 

así yo, condenado a mi tormento,

de tenelle tragado no me duelo,

pero, después, si el falso pensamiento

 

me da seguridad de algún consuelo,

volviendo el mal, mi triste sentimiento

queda envuelto en su sangre por el suelo.

 

Soneto CXXIX

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste

y siempre con tal fuerza le seguiste,

que a pocos pasos que tras él corriste,

en todo enteramente le alcanzaste,

 

dime: ¿por qué tras ti no me llevaste

cuando de esta mortal tierra partiste?,

¿por qué, al subir a lo alto que subiste,

acá en esta bajeza me dejaste?

 

Bien pienso yo que, si poder tuvieras

de mudar algo lo que está ordenado,

en tal caso de mí no te olvidaras:

 

que o quisieras honrarme con tu lado

o a lo menos de mí te despidieras;

o, si esto no, después por mí tornaras.

 

Un tiempo yo pensé y tuve por cierto…

Un tiempo yo pensé y tuve por cierto

que otro dolor hallar no se podría

que igualase al morir y a su porfía,

y veo que anduve errado y sin concierto.

 

Por lo que digo, una vez más ser muerto

estimo que morir tantas al día

cuantas se ofrece ver sin alegría

vuestro gesto de amor, seguro puerto.

 

Si con desdén mi voluntad tan firme

tratáis, es un dolor tan recio y extraño

que juzgo por menor el de la muerte;

 

mirad si, con verdad, caso tan fuerte

afirmar puedo que no hay mal tamaño

pues tales tragos paso sin morirme.

 

Todo es amor en quien de veras ama…

Todo es amor en quien de veras ama,

hasta el mudar, que hace más firmeza;

si mudare pensad que es de tristeza

que el mal le fuerza haber de mudar cama.

 

Así me hizo a mí mi vieja llama,

que sosegar no puede en su crudeza,

y el alma agora a nuevo amor se aveza,

mas no podrá, que el otro amor le llama.

 

Yo pagaré por uno más de ciento

este querer así descabullirme,

que en fin flaqueza fue del pensamiento.

 

Si pagar puede un gran arrepentirme

yo pago bien: mas nada no es descuento

del tiempo que he perdido en querer irme.

 

Villancico II

Si no os hubiera mirado,

no penara,

pero tampoco os mirara.

 

Veros harto mal ha sido,

mas no veros peor fuera;

no quedara tan perdido,

pero mucho más perdiera.

¿Qué viera aquel que no os viera?

¿Cuál quedara,

señora, si no os mirara?

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