Poemas de Fray Luis de León

Poemas de Fray Luis de León

Poemas de Fray Luis de León (1527–1591), la figura cumbre del Renacimiento español y máximo exponente de la escuela salmantina. Este monje agustino y catedrático logró la síntesis perfecta entre la cultura clásica, el humanismo cristiano y la tradición bíblica.

Su obra se divide en dos vertientes: Prosa y Poesía.

Pese a sufrir persecución y cárcel por la Inquisición debido a su traducción del Cantar de los Cantares, su legado permanece como un símbolo de equilibrio y perfección métrica en la literatura universal.

Ahora con la aurora se levanta…

Ahora con la aurora se levanta

mi luz, ahora coge en rico nudo

el hermoso cabello, ahora el crudo

pecho ciñe con oro, y la garganta.

 

Ahora vuelta al cielo pura y santa

las manos y ojos bellos alza,

y pudo dolerse ahora de mi mal agudo;

ahora incomparable tañe y canta.

 

Así digo, y del dulce error llevado,

presente ante mis ojos la imagino,

y lleno de humildad y amor la adoro.

 

Mas luego vuelve en sí el engañado ánimo,

y conociendo el desatino,

la rienda suelta largamente al lloro.

 

Alargo enfermo el paso

Alargo enfermo el paso, y vuelvo, cuanto

alargo el paso, atrás el pensamiento;

no vuelvo, que antes siempre miro atento

la causa de mi gozo y de mi llanto.

 

Allí estoy firme y quedo, mas en tanto

llevado del contrario movimiento,

cual hace el extendido en el tormento,

padezco fiero mal, fiero quebranto.

 

En partes, pues, diversas dividida

el alma, por huir tan cruda pena,

desea dar ya al suelo estos despojos.

 

Gime, suspira y llora dividida,

y en medio del llorar sólo esto suena:

—¿Cuándo volveré, Nise, a ver tus ojos?

 

Alma región luciente…

Alma región luciente,

prado de bienandanza, que ni al hielo

ni con el rayo ardiente

falleces, fértil suelo

producidor eterno de consuelo;

 

De púrpura y de nieve

florida la cabeza coronado,

a dulces pastos mueve

sin honda ni cayado,

el buen Pastor en ti su hato amado.

 

Él va, y en pos dichosas

le siguen sus ovejas, do las pace

con inmortales rosas,

con flor que siempre nace,

y cuanto más se goza más renace.

 

Ya dentro a la montaña

del alto bien las guía; ya en la vena

del gozo fiel las baña,

y les da mesa llena,

pastor y pasto él solo, y suerte buena.

 

Y de su esfera cuando

la cumbre toca altísimo subido

el sol, él sesteando

de su hato ceñido

con dulce son deleita el santo oído.

 

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma pasa,

con que envilece el oro,

y ardiendo se traspasa

y lanza en aquel bien libre de tasa.

 

¡Oh son, oh voz! siquiera

pequeña parte alguna descendiese

en mi sentido, y fuera

de sf el alma pusiese

y toda en ti, oh amor, la convirtiese!

 

Conocería dónde

sesteas, dulce Esposo, y desatada

de esta prisión a donde

padece, a tu manada

junta, no ya andará perdida, errada.

 

De Joan de la Cassa

Ardí, y no solamente la verdura

deste mi breve año, Amor, te he dado;

mas del maduro otoño una gran parte.

Pedía libertad, y hasme apretado

como a preso que huye, con más dura

cadena, y no me vale ruego ni arte.

¡Ay triste! ¿Habrá en el mundo alguna parte

segura, en cueva, en monte, en la mar honda,

abismo a do me esconda,

y libre deste mal que tanto temo,

siquiera de mi vida en el extremo?

Con razón temo tu poder crecido,

que el corazón mil veces me has abierto,

sin hallar contra ti defensa en nada,

más de con voz humilde y color muerto

confesarme a la clara por vencido.

Cualque región desierta y apartada

buscar quisiera agora que gastada

la fuerza siento y el cabello cano,

por huir de tu mano,

que entre el fuerte escuadrón que tu bandera

sigue, un soldado flaco, ¿qué honra espera?

Mas ¡ay triste! ¿Dó iré? Que por do quiera,

o por la húmeda mar o seca arena

tomado tiene el paso Amor primero;

do quiera el fuego luce, el arco suena,

y veo contra mí la punta fiera,

de cuyo golpe guarecer no espero,

que el blanco es cierto, el tirador certero.

Mas ¿que sirve si el tiempo ha ya secado

mi vigor, y agostado

como yerba, que al sol su fuerza pierde,

y sólo en mí el deseo queda verde?

Tiempo fue, cuando osé de amor vencido,

delante alguna bella y desdeñosa

presentar mis querellas y tormento;

hallé una voluntad blanda, amorosa,

debajo del desdén, y convertido

mi dolor y mi pena fue en contento.

Mas ¿quién oirá de hoy más mi triste acento?

¿Quién no condenará una edad cansada,

de nuevo enamorada?

La voz está ya ronca, y los sentidos,

como culebra al yelo, entorpecidos.

Tórname aquel vigor que el tiempo avaro

robó veloz, y torna la viveza

que me alentaba, y tiñe este cabello

cual fue primero, porque en la corteza

el mal secreto no se muestre claro;

y, si soy tuyo, haz que pueda sello,

que no huyo la guerra, antes en ello

el no poder me duele. Mas mi suerte

si no es ya para el fuerte

oficio tuyo, libertad te pido;

yo viviré, serás tú bien servido. 55

El invierno y las nubes de mi vida

sólo te quito, Amor, y aqueste yelo

de tus llamas y ardor tan diferente.

No te debe pesar, si el débil vuelo

convierto a mejor nido, pues seguida

ha sido ya de mí tan luengamente

tu vida amarga y dulce juntamente,

que justo es ya que sea libertado

un esclavo cansado

siquiera a la vejez, y así es costumbre,

donde se usa nobleza y mansedumbre.

Mas pues amor ningún consejo quiere,

síguele adonde fuere,

breve canción, y ante mi bien presenta

el contino dolor que me atormenta.

 

Del Bembo

Oración

Señor, aquel amor por quien forzado

muriendo de mi mal hiciste enmienda,

nos libre de tu ira, y nos defienda.

Mira, Padre amoroso,

cuánto es tenaz esta mundana liga,

y cómo el engañoso

contrario con mil lazos nos obliga,

y el dulce con que cubre su enemiga;

por donde, si acontece que nos prenda

tu blanda pïedad a esto atienda.

¿Quién hay que no confiese,

Señor, que son sin fin nuestras maldades?

Mas si culpa no hubiese,

¿a dó demostrarías tus piedades?,

¿en quién relucirían tus bondades?

Las cuales, porque el hombre las entienda,

no tomes a despecho que te ofenda.

Tú, Padre, nos lanzaste

en este mar, y tú nos saca a puerto;

y si ya nos amaste,

cuando el suelo te tuvo vivo y muerto,

ámanos también hora, y nuestro tuerto

a tu dulce perdón no ponga rienda,

mas siempre más copioso en nos descienda.

 

Del mundo y su vanidad

Los que tenéis en tanto

la vanidad del mundanal ruïdo,

cual áspide al encanto

del Mágico temido,

podréis tapar el contumaz oído.

 

Porque mi ronca musa,

en lugar de cantar como solía,

tristes querellas usa,

y a sátira la guía

del mundo la maldad y tiranía.

 

Escuchen mi lamento

los que, cual yo, tuvieren justas quejas,

que bien podrá su acento

abrasar las orejas,

rugar la frente y enarcar las cejas.

 

Mas no podrá mi lengua

sus males referir, ni comprehendellos,

ni sin quedar sin mengua

la mayor parte dellos,

aunque se vuelven lenguas mis cabellos.

 

Pluguiera a Dios que fuera

igual a la experiencia el desengaño,

que daros le pudiera,

porque, si no me engaño,

naciera gran provecho de mi daño.

 

No condeno del mundo

la máquina, pues es de Dios hechura;

en sus abismos fundo

la presente escritura,

cuya verdad el campo me asegura.

 

Inciertas son sus leyes,

incierta su medida y su balanza,

sujetos son los reyes,

y el que menos alcanza,

a miserable y súbita mudanza.

 

No hay cosa en él perfecta;

en medio de la paz arde la guerra,

que al alma más quieta

en los abismos cierra,

y de su patria celestial destierra.

 

Es caduco, mudable,

y en sólo serlo más que peña firme;

en el bien variable,

porque verdad confirme

y con decillo su maldad afirme.

 

Largas sus esperanzas

y, para conseguir, el tiempo breve;

penosas las mudanzas

del aire, sol y nieve,

que en nuestro daño el cielo airado mueve.

 

Con rigor enemigo

las cosas entre sí todas pelean,

mas el hombre consigo;

contra él todas se emplean,

y toda perdición suya desean.

 

La pobreza envidiosa,

la riqueza de todos envidiada;

mas ésta no reposa

para ser conservada,

ni puede aquélla tener gusto en nada.

 

La soledad huida

es de los por quien fue más alabada,

la trápala seguida

y con sudor comprada

de aquellos por quien fue menospreciada.

 

Es el mayor amigo

espejo, día, lumbre en que nos vemos;

en presencia testigo

del bien que no tenemos,

y en ausencia del mal que no hacemos.

 

Pródigo en prometernos

y, en cumplir tus promesas, mundo, avaro,

tus cargos y gobiernos

nos enseñan bien claro

que es tu mayor placer, de balde, caro.

 

Guay del que los procura,

pues hace la prisión, a do se queda

en servidumbre dura,

cual gusano de seda,

que en su delgada fábrica se enreda.

 

Porque el mejor es cargo,

y muy pesado de llevar agora,

y después más amargo,

pues perdéis a deshora

su breve gusto que sin fin se llora.

 

Tal es la desventura

de nuestra vida, y la miseria della,

que es próspera ventura

nunca jamás tenella

con justo sobresalto de perdella.

 

¿De dó, señores, nace

que nadie de su estado está contento,

y más le satisface

al libre el casamiento,

y al que es casado el libre pensamiento?

 

«¡Oh, dichosos tratantes!»,

ya quebrantado del pegado hierro,

escapado denantes

por acertado yerro,

dice el soldado en áspero destierro,

 

«que pasáis vuestra vida

muy libre ya de trabajosa pena,

segura la comida

y mucho más la cena,

llena de risa y de pesar ajena».

 

«¡Oh, dichoso soldado!»,

responde el mercader del espacioso

mar en alto llevado,

«que gozas de reposo

con presta muerte o con vencer glorioso».

 

El rústico villano

la vida con razón invidia y ama

del consulto tirano,

que desde la su cama

oye la voz del consultor que llama;

 

el cual, por la fianza

del campo a la ciudad por mal llevado,

llama, sin esperanza

del buey y corvo arado,

al ciudadano bienaventurado.

 

Y no sólo sujetos

los hombres viven a miserias tales,

que por ser más perfetos

lo son todos sus males,

sino también los brutos animales.

 

Del arado quejoso,

el perezoso buey pide la silla,

y el caballo brioso

(mirad qué maravilla)

querría más arar que no sufrilla.

 

Y lo que más admira,

mundo cruel, de tu costumbre mala,

es ver cómo el que aspira

al bien, que le señala

su misma inclinación, luego resbala.

 

Pues no tan presto llega

al término por él tan deseado,

cuando es de torpe y ciega

voluntad despreciado,

o de fortuna en tierno agraz cortado.

 

Bastáranos la prueba

que en otros tiempos ha la muerte hecho,

sin la funesta nueva,

de don Juan, cuyo pecho

alevemente della fue deshecho.

 

Con lágrimas de fuego,

hasta quedar en ellas abrasado

o, por lo menos, ciego,

de mí serás llorado,

por no ver tanto bien tan malogrado.

 

La rigurosa muerte,

del bien de los cristianos invidiosa,

rompió de un golpe fuerte

la esperanza dichosa,

y del infiel la pena temerosa.

 

Mas porque de cumplida

gloria no goce —de morir tal hombre—

la gente descreída,

tu muerte les asombre

con sólo la memoria de tu nombre.

 

Sientan lo que sentimos;

su gloria vaya con pesar mezclada;

recuérdense que vimos

la mar acrecentada

con su sangre vertida y no vengada.

 

La grave desventura

del Lusitano, por su mal valiente,

la soberbia bravura

de su bisoña gente,

desbaratada miserablemente,

 

siempre debe llorarse,

si, como manda la razón, se llora;

mas no podrá jactarse

la parte vencedora,

pues reyes dio por rey la gente mora.

 

Ansí que nuestra pena

no les pudo causar perpetua gloria,

pues, siendo toda llena

de sangrieta memoria,

no se pudo llamar buena vitoria.

 

Callo las otras muertes

de tantos reyes en tan pocos días,

cuyas fúnebres suertes

fueron anatomías,

que liquidar podrán las peñas frías.

 

Sin duda cosas tales,

que en nuestro daño todas se conjuran,

de venideros males

muestras nos aseguran

y al fin universal nos apresuran.

 

¡Oh, ciego desatino!,

que llevas nuestras almas encantadas

por áspero camino,

por partes desusadas,

al reino del olvido condenadas.

 

Sacude con presteza

del leve corazón el grave sueño

y la tibia pereza,

que con razón desdeño,

y al ejercicio aspira que te enseño.

 

Soy hombre piadoso

de tu misma salud, que va perdida;

sácala del penoso

trance do está metida:

evitarás la natural caída,

 

a la cual nos inclina

la justa pena del primer bocado;

mas en la rica mina

del inmortal costado,

muerto de amor, serás vivificado.

 

En la Ascensión

¡Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, oscuro,

con soledad y llanto,

y tú rompiendo el puro

aire, te vas al inmortal seguro!

 

¿Los antes bienhadados,

y los ahora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de Ti desposeídos,

a dó convertirán ya sus sentidos?

 

¿Qué mirarán los ojos

que vieron de tu rostro la hermosura,

que no les sea enojos?

quien oyó tu dulzura,

¿qué no tendrá por sordo y desventura?

 

Aqueste mar turbado

¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto

al viento fiero airado?

estando tú encubierto,

¿qué norte guiará la nave al puerto?

 

¡Ay! nube envidiosa

aun de este breve gozo ¿qué te quejas?

¿dó vuelas presurosa?

¡cuán rica tú te alejas!

¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

 

Epitafio al túmulo del príncipe don Carlos

Aquí yacen de Carlos los despojos:

la parte principal volvióse al cielo,

con ella fue el valor; quedole al suelo

miedo en el corazón, llanto en los ojos.

 

Imitación de diversos

Vuestra tirana exención,

y ese vuestro cuello erguido

estoy cierto que Cupido

pondrá en dura sujeción.

Vivid esquiva y exenta,

que, a mi cuenta,

vos serviréis al amor,

cuando de vuestro dolor

ninguno quiera hacer cuenta.

Cuando la dorada cumbre

fuere de nieve esparcida,

y las dos luces de vida

recogieren ya su lumbre;

cuando la ruga enojosa

en la hermosa

frente y cara se mostrare,

y el tiempo, que vuela, helare

esa fresca y linda rosa.

Cuando os viéredes perdida,

os perderéis por querer,

sentiréis que es padecer

querer y no ser querida.

Diréis con dolor, señora,

cada hora:

«¡Quién tuviera, ay, sin ventura,

o agora aquella hermosura

o antes el amor de agora!».

A mil gentes que agraviadas

tenéis con vuestra porfía,

dejaréis en aquel día

alegres y bien vengadas;

y por mil partes volando,

publicando

el Amor irá este cuento,

para aviso y escarmiento

de quien no sigue su bando.

¡Ay, por Dios, señora bella,

mirad por vos, mientras dura

esa flor graciosa y pura,

que el no gozalla es perdella!

Y pues no menos discreta

y perfeta

sois que bella y desdeñosa,

mirad que ninguna cosa

hay que a Amor no esté sujeta.

El amor gobierna el cielo

con ley dulce eternamente,

¿y pensáis vos ser valiente

contra él acá en el suelo?

Da movimiento y viveza

a la belleza

el Amor, y es dulce vida;

y la suerte más valida,

sin él es pobre tristeza.

¿Qué vale el beber en oro,

el vestir seda y brocado,

el techo rico labrado,

y los montes del tesoro?

¿Y qué vale, si a derecho

os da pecho

el mundo todo y adora,

si, a la fin, dormís, señora,

en el solo y frío lecho?

 

Imitación de la oda IX de Horacio

Non semper

No siempre descendiendo

la lluvia de las nubes baña el suelo:

ni siempre está cubriendo

la tierra el torpe yelo,

ni está la mar salada

siempre con tempestades alterada.

Ni en la áspera montaña

los vientos de contino haciendo guerra

ejecutan su saña;

ni siempre en la alta sierra,

desnuda la arboleda,

sin hoja, Nise, y sin verdor se queda.

Mas tú continuamente

insistes en llorar a tu robada

madre, con voz doliente;

y ni la luz dorada

del sol, cuando amanece,

mitiga tu dolor, ni si anochece.

Pues no lloró al querido

Antíloco sin fin el padre anciano,

que tres edades vido;

ni siempre en el troyano

suelo fue lamentado

el príncipe Troílo, en flor cortado.

Da fin a tus querellas,

y, vuelta al dulce canto que solías,

o canta mis centellas,

o tus duras porfías,

que convierten en ríos

los siempre lagrimosos ojos míos.

Di cómo me robaste

de en medio el tierno pecho, el alma y vida;

di cómo me dejaste,

nunca de mí ofendida,

y cómo tú de ingrata

te precias, y de amar yo a quien me mata.

Y cómo, aunque fallece

en mí ya la esperanza y alegría,

la fe viviendo crece

más firme cada día;

y siendo el agraviado

perdón ante tus pies pido humillado.

 

Imitación de la oda XII, libro 2.°

Nolis

El canto y lira mía

no dicen las escuadras, las francesas

banderas en Pavía

captivas, ni las armas cordobesas,

ni el nuevo mundo hallado,

ni el mar con turca sangre hora bañado.

Al son de trompa clara,

y con heroico verso a ti conviene,

Grial, cantar la rara

virtud del de Vivar, que par no tiene,

o con más libre pluma

hacer de nuestros hechos rica suma.

Mi musa no se emplee

más de en la ilustre Nise, en su hermosura

que el sol igual no vee;

en la luz del mirar, y en la dulzura

de voz que cuando suena

alimpia de dolor el alma y pena.

¿Por dicha habrá tesoro

que a su rico cabello se compare,

aunque se junte el oro

que el indïano suelo engendra y pare,

y cuanta pedrería

Ormuz a Portugal y Persia envía?

¿Pues qué sentido os deja?,

¿Qué libertad no roba cuando inclina

al beso, o falsa aleja

la boca hermosísima, y se indina

amando el ser forzada,

y a veces ella os besa no rogada?

 

Imitación del Petrarca

Mi trabajoso día

hacia la tarde un poco declinaba,

y libre ya del grave mal pasado

las fuerzas recogía,

cuando, sin entender quién me llamaba,

a la entrada me hallé de un verde prado

de flores mil sembrado,

obra do se extremó naturaleza.

El suave olor, la no vista belleza

me convidó a poner allí mi asiento.

¡Ay, triste, que al momento

la flor quedó marchita

y mi gozo tornó en pena infinita!

De labor peregrina

una casa real vi, cual labrada

ninguna fue jamás por sabio moro:

el muro plata fina,

de perlas y rubís era la entrada,

la torre de marfil, el techo de oro;

riquísimo tesoro

por las claras ventanas descubría;

y dentro una dulcísima armonía,

sonaba, que me puso en esperanza

de eterna bienandanza.

Entré, que no debiera,

hallé por paraíso cárcel fiera.

Cercada de frescura,

más clara que el cristal hallé una fuente

en un lugar secreto y deleitoso;

de entre una peña dura

nacía, y murmurando dulcemente

con su correr hacía el campo hermoso.

Yo, todo deseoso,

lánceme por beber, ¡ay, triste y ciego,

bebí por agua fresca ardiente fuego!

Y por mayor dolor el cristalino

curso mudó el camino,

que es causa que muriendo

agora viva en sed y pena ardiendo.

De blanco y colorado

una paloma, y de oro matizada,

la más bella y más blanca que se vido,

se vino mansa al lado,

cual una de las dos por quien guiada

la rueda es de quien reina en Pafo y Gnido.

¡Ay, yo de amor vencido,

en el seno la puse, y al instante

en mi pecho lanzó el pico tajante

y me robó, cruel, el alma y vida!

Y luego, convertida

en águila, alzó el vuelo;

quedé merced pidiendo yo en el suelo.

Al fin, vi una doncella

con semblante real de gracia lleno,

de amor rico tesoro y de hermosura;

puesto delante della,

humilde le ofrecí, abierto el seno,

mi corazón y vida con fe pura.

¡Ay, cuan poco el bien dura!

alegre lo tomó, y dejó bañada

mi alma de dulzor; mas luego, airada,

de mí se retiró por tal manera,

como si no tuviera

en su poder mi suerte.

¡Ay, dura vida! ¡Ay, perezosa muerte!

Canción, estas visiones

causan en mí encendida

ansia de fenecer tan triste vida.

 

Morada del cielo

Alma región luciente,

prado de bienandanza, que ni al hielo

ni con el rayo ardiente

falleces, fértil suelo

producidor eterno de consuelo;

 

De púrpura y de nieve

florida la cabeza coronado,

a dulces pastos mueve

sin honda ni cayado,

el buen Pastor en ti su hato amado.

 

Él va, y en pos dichosas

le siguen sus ovejas, do las pace

con inmortales rosas,

con flor que siempre nace,

y cuanto más se goza más renace.

 

Ya dentro a la montaña

del alto bien las guía; ya en la vena

del gozo fiel las baña,

y les da mesa llena,

pastor y pasto él solo, y suerte buena.

 

Y de su esfera cuando

la cumbre toca altísimo subido

el sol, él sesteando

de su hato ceñido

con dulce son deleita el santo oído.

 

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma pasa,

con que envilece el oro,

y ardiendo se traspasa

y lanza en aquel bien libre de tasa.

 

¡Oh son, oh voz! siquiera

pequeña parte alguna descendiese

en mi sentido, y fuera

de sf el alma pusiese

y toda en ti, oh amor, la convirtiese!

 

Conocería dónde

sesteas, dulce Esposo, y desatada

de esta prisión a donde

padece, a tu manada

junta, no ya andará perdida, errada.

 

Oda I: Vida retirada

¡Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruïdo,

y sigue la escondida

senda, por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido;

 

Que no le enturbia el pecho

de los soberbios grandes el estado,

ni del dorado techo

se admira, fabricado

del sabio Moro, en jaspe sustentado!

 

No cura si la fama

canta con voz su nombre pregonera,

ni cura si encarama

la lengua lisonjera

lo que condena la verdad sincera.

 

¿Qué presta a mi contento

si soy del vano dedo señalado;

si, en busca deste viento,

ando desalentado

con ansias vivas, con mortal cuidado?

 

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!

¡Oh secreto seguro, deleitoso!

Roto casi el navío,

a vuestro almo reposo

huyo de aqueste mar tempestuoso.

 

Un no rompido sueño,

un día puro, alegre, libre quiero;

no quiero ver el ceño

vanamente severo

de a quien la sangre ensalza o el dinero.

 

Despiértenme las aves

con su cantar sabroso no aprendido;

no los cuidados graves

de que es siempre seguido

el que al ajeno arbitrio está atenido.

 

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

 

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado tengo un huerto,

que con la primavera

de bella flor cubierto

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

 

Y como codiciosa

por ver y acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.

 

Y luego, sosegada,

el paso entre los árboles torciendo,

el suelo de pasada

de verdura vistiendo

y con diversas flores va esparciendo.

 

El aire del huerto orea

y ofrece mil olores al sentido;

los árboles menea

con un manso ruïdo

que del oro y del cetro pone olvido.

 

Téngase su tesoro

los que de un falso leño se confían;

no es mío ver el lloro

de los que desconfían

cuando el cierzo y el ábrego porfían.

 

La combatida antena

cruje, y en ciega noche el claro día

se torna, al cielo suena

confusa vocería,

y la mar enriquecen a porfía.

 

A mí una pobrecilla

mesa de amable paz bien abastada

me basta, y la vajilla,

de fino oro labrada

sea de quien la mar no teme airada.

 

Y mientras miserable-

mente se están los otros abrazando

con sed insacïable

del peligroso mando,

tendido yo a la sombra esté cantando.

 

A la sombra tendido,

de hiedra y lauro eterno coronado,

puesto el atento oído

al son dulce, acordado,

del plectro sabiamente meneado.

 

Oda II: A don Pedro Portocarrero

Virtud, hija del cielo,

la más ilustre empresa de la vida,

en el escuro suelo

luz tarde conocida,

senda que guía al bien, poco seguida;

 

tú dende la hoguera

al cielo levantaste al fuerte Alcides,

tú en la más alta esfera

con las estrellas mides

al Cid, clara victoria de mil lides.

 

Por ti el paso desvía

de la profunda noche, y resplandece

muy más que el claro día

de Leda el parto, y crece

el Córdoba a las nubes, y florece;

 

y por su senda agora

traspasa luengo espacio con ligero

pie y ala voladora

el gran Portocarrero,

osado de ocupar el bien primero.

 

Del vulgo se descuesta,

hollando sobre el oro; firme aspira

a lo alto de la cuesta;

ni violencia de ira,

ni blando y dulce engaño le retira.

 

Ni mueve más ligera,

ni más igual divide por derecha

el aire, y fiel carrera,

o la traciana flecha

o la bola tudesca un fuego hecha.

 

En pueblo inculto y duro

induce poderoso igual costumbre

y, do se muestra escuro

el cielo, enciende lumbre,

valiente a ilustrar más alta cumbre.

 

Dichosos los que baña

el Miño, los que el mar monstruoso cierra,

dende la fiel montaña

hasta el fin de la tierra,

los que desprecia de Eume la alta sierra.

 

Oda III: A Francisco de Salinas

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamiento se mejora;

el oro desconoce

que el vulgo vil adora,

la belleza caduca engañadora.

Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera

y oye allí otro modo

de no perecedera

música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran Maestro,

a aquesta inmensa cítara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes, luego envía

consonante respuesta;

y entre ambos a porfía

se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí el alma navega

por un mar de dulzura, y finalmente,

en él ansí se anega,

que ningún accidente

extraño y peregrino oye o siente.

¡Oh desmayo dichoso!

¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!

¡Durase en tu reposo,

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,

gloria del apolíneo sacro coro,

amigos, a quien amo

sobre todo tesoro,

que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

por quien al bien divino

despiertan los sentidos,

quedando a lo demás adormecidos!

 

Oda IV: Canción al nacimiento de la hija del marqués de Alcañices

Inspira nuevo canto,

Calíope, en mi pecho aqueste día,

que de los Borjas canto

y Enríquez la alegría

del rico don que el cielo les envía.

Hermoso sol luciente,

que el día das y llevas, rodeado

de luz resplandeciente

más de lo acostumbrado,

sal, y verás nacido tu traslado.

O si te place agora

en la región contraria hacer manida,

detente allá en buen hora,

que con la luz nacida

podrá ser nuestra esfera esclarecida.

Alma divina, en velo

de femeniles miembros encerrada,

cuando veniste al suelo

robaste de pasada

la celestial riquísima morada.

Diéronte bien sin cuento,

con voluntad concorde y amorosa,

quien rige el movimiento

sexto, con la alta dïosa

de la tercera rueda poderosa.

De tu belleza rara

el envidioso viejo mal pagado

torció el paso y la cara,

y el fiero Marte airado

el camino dejó desocupado.

Y el rojo y crespo Apolo,

que tus pasos guiando descendía

contigo al bajo polo,

la cítara hería

y con divino canto ansí decía:

«Desciende en punto bueno,

espíritu real, al cuerpo hermoso,

que en el ilustre seno

te espera deseoso,

por dar a tu valor digno reposo.

Él te dará la gloria,

que en el terreno cerco es más tenida,

de agüelos larga historia,

por quien la no sumida

nave, -por quien la España fue regida.

Tú dale, en cambio desto,

de los eternos bienes la nobleza,

deseo alto, honesto,

generosa grandeza,

claro saber, fe llena de pureza.

En su rostro se vean

de tu beldad sin par vivas señales;

los sus dos ojos sean

dos luces celestiales,

que guíen al bien sumo a los mortales.

El cuerpo delicado,

como cristal lucido y transparente,

tu gracia y bien sagrado,

tu luz, tu continente

a sus dichosos siglos represente.

La soberana agüela,

dechado de virtud y hermosura,

la tía, de quien vuela

la fama, en quien la dura

muerte mostró lo poco que el bien dura.

Con todas cuantas precio

de gracia y de belleza hayan tenido,

serán por ti en desprecio

y puestas en olvido,

cual hace la verdad con lo fingido.

¡Ay tristes, ay, dichosos

los ojos que te vieren! Huyan luego,

si fueren poderosos,

antes que prenda el fuego,

contra quien no valdrá ni oro ni ruego.

Ilustre y tierna planta,

gozo del claro tronco y generoso,

creciendo te levanta

a estado el más dichoso,

de cuantos dio ya el cielo venturoso».

 

Oda V: A Felipe Ruiz

De la Avaricia

En vano el mar fatiga

la vela portuguesa, que ni el seno

de Persia, ni la amiga

Maluca da árbol bueno,

que pueda hacer un ánimo sereno.

No da reposo al pecho,

Felipe, ni la India, ni la rara

esmeralda provecho;

que más tuerce la cara

cuanto posee más el alma avara.

Al capitán romano

la vida, y no la sed, quitó el bebido

tesoro persïano;

y Tántalo, metido

en medio de las aguas, afligido

de sed está; y más dura

la suerte es del mezquino, que sin tasa

se cansa ansí, y endura

el oro, y la mar pasa

osado, y no osa abrir la mano escasa,

¿Qué vale el no tocado

tesoro, si corrompe el dulce sueño,

si estrecha el ñudo dado,

si más enturbia el ceño,

y deja en la riqueza pobre al dueño?

 

Oda VI: De la Magdalena

Elisa, ya el preciado

cabello, que del oro escarnio hacía,

la nieve ha variado;

¡ay! ¿yo no te decía:

—Recoge, Elisa, el pie, que vuela el día?

 

Ya los que prometían

durar en tu servicio eternamente,

ingratos se desvían

por no mirar la frente

con rugas afeada, el negro diente.

 

¿Qué tienes del pasado

tiempo sino dolor? ¿cuál es el fruto

que tu labor te ha dado,

si no es tristeza y luto,

y el alma hecha sierva a vicio bruto?

 

¿Qué fe te guarda el vano,

por quien tú no guardaste la debida

a tu bien soberano,

por quien mal proveída

perdiste de tu seno la querida

 

prenda, por quien velaste,

por quien ardiste en celos, por quien uno

el cielo fatigaste

con gemido importuno,

por quien nunca tuviste acuerdo alguno

 

de ti mesma? Y agora,

rico de tus despojos, más ligero

que el ave, huye, adora

a Lida el lisonjero;

tú quedas entregada al dolor fiero.

 

¡Oh cuánto mejor fuera

el don de hermosura, que del cielo

te vino, a cuyo era

habello dado en velo

santo, guardado bien del polvo y suelo!

 

Mas hora no hay tardía,

tanto nos es el cielo piadoso,

mientras que dura el día;

el pecho hervoroso

en breve del dolor saca reposo;

 

que la gentil señora

de Mágdalo, bien que perdidamente

dañada, en breve hora

con el amor ferviente

las llamas apagó del fuego ardiente,

 

las llamas del malvado

amor con otro amor más encendido;

y consiguió el estado,

que no fue concedido

al huésped arrogante en bien fingido.

 

De amor guiada, y pena,

penetra el techo estraño, y atrevida

ofrécese a la ajena

presencia, y sabia olvida

el ojo mofador; buscó la vida;

 

y, toda derrocada

a los divinos pies que la traían,

lo que la en sí fiada

gente olvidado habían,

sus manos, boca y ojos lo hacían.

 

Lavaba larga en lloro

al que su torpe mal lavando estaba;

limpiaba con el oro,

que la cabeza ornaba,

a su limpieza, y paz a su paz daba.

 

Decía: «Solo amparo

de la miseria extrema, medicina

de mi salud, reparo

de tanto mal, inclina

aqueste cieno tu piedad divina.

 

¡Ay! ¿Qué podrá ofrecerte

quien todo lo perdió? aquestas manos

osadas de ofenderte,

aquestos ojos vanos

te ofrezco, y estos labios tan profanos.

 

Lo que sudó en tu ofensa

trabaje en tu servicio, y de mis males

proceda mi defensa;

mis ojos, dos mortales

fraguas, dos fuentes sean manantiales.

 

Bañen tus pies mis ojos,

límpienlos mis cabellos; de tormento

mi boca, y red de enojos,

les dé besos sin cuento;

y lo que me condena te presento:

 

preséntate un sujeto

tan mortalmente herido, cual conviene,

do un médico perfeto

de cuanto saber tiene

dé muestra, que por siglos mil resuene.»

 

Oda VII: Profecía del Tajo

Folgaba el Rey Rodrigo

con la hermosa Cava en la ribera

del Tajo, sin testigo;

el río sacó fuera

el pecho, y le habló desta manera:

 

«En mal punto te goces,

injusto forzador; que ya el sonido

oyo, ya y las voces,

las armas y el bramido

de Marte, de furor y ardor ceñido.

 

¡Ay! esa tu alegría

qué llantos acarrea, y esa hermosa,

que vio el sol en mal día,

a España ¡ay cuán llorosa!,

y al cetro de los Godos ¡cuán costosa!

 

Llamas, dolores, guerras,

muertes, asolamientos, fieros males

entre tus brazos cierras,

trabajos inmortales

a ti y a tus vasallos naturales;

 

a los que en Constantina

rompen el fértil suelo, a los que baña

el Ebro, a la vecina

Sansueña, a Lusitaña:

a toda la espaciosa y triste España.

 

Ya dende Cádiz llama

el injuriado Conde, a la venganza

atento y no a la fama,

la bárbara pujanza,

en quien para tu daño no hay tardanza.

 

Oye que al cielo toca

con temeroso son la trompa fiera,

que en África convoca

el moro a la bandera

que al aire desplegada va ligera.

 

La lanza ya blandea

el árabe crüel, y hiere el viento,

llamando a la pelea;

innumerable cuento

de escuadras juntas veo en un momento.

 

Cubre la gente el suelo,

debajo de las velas desparece

la mar; la voz al cielo

confusa y varia crece;

el polvo roba el día y le escurece.

 

¡Ay!, que ya presurosos

suben las largas naves. ¡Ay!, que tienden

los brazos vigorosos

a los remos, y encienden

las mares espumosas por do hienden.

 

El Éolo derecho

hinche la vela en popa, y larga entrada

por el Hercúleo Estrecho

con la punta acerada

el gran padre Neptuno da a la armada.

 

¡Ay, triste! ¿y aun te tiene

el mal dulce regazo? ¿Ni llamado

al mal que sobreviene,

no acorres? ¿Ocupado,

no ves ya el puerto a Hércules sagrado?

 

Acude, acorre, vuela,

traspasa la alta sierra, ocupa el llano;

no perdones la espuela,

no des paz a la mano,

menea fulminando el hierro insano.»

 

¡Ay, cuánto de fatiga,

ay, cuánto de sudor está presente

al que viste loriga,

al infante valiente,

a hombres y a caballos juntamente!

 

Y tú, Betis divino,

de sangre ajena y tuya amancillado,

darás al mar vecino

¡cuánto yelmo quebrado,

cuánto cuerpo de nobles destrozado!

 

El furibundo Marte

cinco luces las haces desordena,

igual a cada parte;

la sexta, ¡ay!, te condena,

¡oh, cara patria!, a bárbara cadena.

 

Oda VIII: Noche serena

A Diego Oloarte

Cuando contemplo el cielo

de innumerables luces adornado,

y miro hacia el suelo

de noche rodeado,

en sueño y en olvido sepultado,

 

el amor y la pena

despiertan en mi pecho un ansia ardiente;

despiden larga vena

los ojos hechos fuente;

Loarte y digo al fin con voz doliente:

 

«Morada de grandeza,

templo de claridad y hermosura,

el alma, que a tu alteza

nació, ¿qué desventura

la tiene en esta cárcel baja, escura?

 

¿Qué mortal desatino

de la verdad aleja así el sentido,

que, de tu bien divino

olvidado, perdido

sigue la vana sombra, el bien fingido?

 

El hombre está entregado

al sueño, de su suerte no cuidando;

y, con paso callado,

el cielo, vueltas dando,

las horas del vivir le va hurtando.

 

¡Oh, despertad, mortales!

Mirad con atención en vuestro daño.

Las almas inmortales,

hechas a bien tamaño,

¿podrán vivir de sombra y de engaño?

 

¡Ay, levantad los ojos

aquesta celestial eterna esfera!

burlaréis los antojos

de aquesa lisonjera

vida, con cuanto teme y cuanto espera.

 

¿Es más que un breve punto

el bajo y torpe suelo, comparado

con ese gran trasunto,

do vive mejorado

lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

 

Quien mira el gran concierto

de aquestos resplandores eternales,

su movimiento cierto

sus pasos desiguales

y en proporción concorde tan iguales;

 

la luna cómo mueve

la plateada rueda, y va en pos della

la luz do el saber llueve,

y la graciosa estrella

de amor la sigue reluciente y bella;

 

y cómo otro camino

prosigue el sanguinoso Marte airado,

y el Júpiter benino,

de bienes mil cercado,

serena el cielo con su rayo amado;

 

—rodéase en la cumbre

Saturno, padre de los siglos de oro;

tras él la muchedumbre

del reluciente coro

su luz va repartiendo y su tesoro—:

 

¿quién es el que esto mira

y precia la bajeza de la tierra,

y no gime y suspira

y rompe lo que encierra

el alma y destos bienes la destierra?

 

Aquí vive el contento,

aquí reina la paz; aquí, asentado

en rico y alto asiento,

está el Amor sagrado,

de glorias y deleites rodeado.

 

Inmensa hermosura

aquí se muestra toda, y resplandece

clarísima luz pura,

que jamás anochece;

eterna primavera aquí florece.

 

¡Oh campos verdaderos!

¡Oh prados con verdad frescos y amenos!

¡Riquísimos mineros!

¡Oh deleitosos senos!

¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

 

Oda IX: Las serenas

A Querinto

No te engañe el dorado

vaso ni, de la puesta al bebedero

sabrosa miel, cebado;

dentro al pecho ligero,

Cherinto, no traspases el postrero

 

asensio; ten dudosa

la mano liberal, que esa azucena,

esa purpúrea rosa,

que el sentido enajena,

tocada, pasa al alma y la envenena.

 

Retira el pie; que asconde

sierpe mortal el prado, aunque florido

los ojos roba; adonde

aplace más, metido

el peligroso lazo está, y tendido.

 

Pasó tu primavera;

ya la madura edad te pide el fruto

de gloria verdadera;

¡ay! pon del cieno bruto

los pasos en lugar firme y enjuto,

 

antes que la engañosa

Circe, del corazón apoderada,

con copa ponzoñosa

el alma trasformada,

te ajunte nueva fiera a su manada.

 

No es dado al que allí asienta,

si ya el cielo dichoso no le mira,

huir la torpe afrenta;

o arde oso en ira

o, hecho jabalí, gime y suspira.

 

No fíes en viveza:

atiende al sabio rey Solimitano;

no vale fortaleza:

que al vencedor Gazano

condujo a triste fin femenil mano;

 

imita al alto Griego,

que sabio no aplicó la noble antena

al enemigo ruego

de la blanda Serena,

por do por siglos mil su fama suena;

 

decía comoviendo

el aire en dulce son: «La vela inclina,

que, del viento huyendo,

por los mares camina,

Ulises, de los Griegos luz divina;

 

allega y da reposo

al inmortal cuidado, y entretanto

conocerás curioso

mil historias que canto,

que todo navegante hace otro tanto;

 

Todos de su camino

tuercen a nuestra voz y, satisfecho

con el cantar divino

el deseoso pecho,

a sus tierras se van con más provecho.

 

Que todo lo sabemos

cuanto contiene el suelo, y la reñida

guerra te cantaremos

de Troya, y su caída,

por Grecia y por los dioses destruida.»

 

Ansí falsa cantaba

ardiendo en crueldad; mas él prudente

a la voz atajaba

el camino en su gente

con la aplicada cera suavemente.

 

Si a ti se presentare,

los ojos sabio cierra; firme atapa

la oreja, si llamare;

si prendiere la capa,

huye, que sólo aquel que huye escapa.

 

Oda X: A Felipe Ruiz

¿Cuándo será que pueda,

libre desta prisión volar al cielo,

Felipe, y en la rueda

que huye más del suelo,

contemplar la verdad pura sin duelo?

Allí, a mi vida junto,

en luz resplandeciente convertido,

veré distinto y junto

lo que es y lo que ha sido,

y su principio propio y escondido.

Entonces veré cómo

la soberana mano echó el cimiento

tan a nivel y plomo,

do estable y firme asiento

posee el pesadísimo elemento.

Veré las inmortales

columnas do la tierra está fundada,

las lindes y señales

con que a la mar airada

la Providencia tiene aprisionada;

por qué tiembla la tierra,

por qué las hondas mares se embravecen;

dó sale a mover guerra

el cierzo, y por qué crecen

las aguas del Océano y descrecen;

de dó manan las fuentes;

quién ceba y quién bastece de los ríos

las perpetuas corrientes;

de los helados fríos

veré las causas, y de los estíos;

las soberanas aguas

del aire en la región quién las sostiene;

de los rayos las fraguas;

dó los tesoros tiene

de nieve Dios, y el trueno de dó viene.

¿No ves, cuando acontece

turbarse el aire todo en el verano?

El día se ennegrece,

sopla el gallego insano

y sube hasta el cielo el polvo vano.

Y entre las nubes mueve

su carro Dios, ligero y reluciente;

horrible son conmueve,

relumbra fuego ardiente,

treme la tierra, humíllase la gente.

La lluvia baña el techo,

envían largos ríos los collados;

su trabajo deshecho,

los campos anegados

miran los labradores espantados.

Y de allí levantado

veré los movimientos celestiales,

ansí el arrebatado

como los naturales,

las causas de los hados, las señales.

Quién rige las estrellas

veré, y quién las enciende con hermosas

y eficaces centellas;

por qué están las dos Osas,

de bañarse en el mar siempre medrosas.

Veré este fuego eterno,

fuente de vida y luz, dó se mantiene;

y por qué en el invierno

tan presuroso viene,

por qué en las noches largas se detiene.

Veré sin movimiento

en la más alta esfera las moradas

del gozo y del contento,

de oro y luz labradas,

de espíritus dichosos habitadas.

 

Oda XI: Al licenciado Juan de Grial

Recoge ya en el seno

el campo su hermosura; el cielo aoja

con luz triste el ameno

verdor, y hoja a hoja

las cimas de los árboles despoja.

Ya Febo inclina el paso

al resplandor egeo; ya del día

las horas corta escaso;

ya Eolo, al mediodía

soplando espesas nubes nos envía.

Ya el ave vengadora

del Íbico navega los nublados,

y con voz ronca llora;

y el yugo al cuello atados

los bueyes van rompiendo los sembrados.

El tiempo nos convida

a los estudios noble, y la Fama,

Grïal, a la subida

del sacro monte llama,

do no podrá subir la postrer llama.

Alarga el bien guiado

paso, y la cuesta vence, y sólo gana

la cumbre del collado;

y do más pura mana

la fuente, satisfaz tu ardiente gana.

No cures si el perdido

error admira el oro, y va sediento

en pos de un bien fingido,

que no ansí vuela el viento,

cuanto es fugaz y vano aquel contento.

Escribe lo que Febo

te dicta favorable, que lo antiguo

iguala y pasa el nuevo

estilo; y, caro amigo,

no esperes que podré atener contigo.

Que yo de un torbellino

traidor acometido y derrocado

de en medio del camino

al hondo, el plectro amado

y del vuelo las alas he quebrado.

 

Oda XII: A Felipe Ruiz

Del moderado y constante

¿Qué vale cuanto vee,

do nace y do se pone, el sol luciente,

lo que el Indio posee,

lo que da el claro Oriente

con todo lo que afana la vil gente?

 

El uno, mientras cura

dejar rico descanso a su heredero,

vive en pobreza dura

y perdona al dinero

y contra sí se muestra crudo y fiero;

 

el otro, que sediento

anhela al señorío, sirve ciego

y, por subir su asiento,

abájase a vil ruego

y de la libertad va haciendo entrego.

 

Quien de dos claros ojos

y de un cabello de oro se enamora,

compra con mil enojos

una menguada hora,

un gozo breve que sin fin se llora.

 

Dichoso el que se mide,

Felipe, y de la vida el gozo bueno

a sí solo lo pide,

y mira como ajeno

aquello que no está dentro en su seno.

 

Si resplandece el día,

si Éolo su reino turba, ensaña,

el rostro no varía

y, si la alta montaña

encima le viniere, no le daña.

 

Bien como la ñudosa

carrasca, en alto risco desmochada

con hacha poderosa,

del ser despedazada

del hierro torna rica y esforzada;

 

querrás hundille y crece

mayor que de primero y, si porfía

la lucha, más florece

y firme al suelo invía

al que por vencedor ya se tenía.

 

Esento a todo cuanto

presume la fortuna, sosegado

está y libre de espanto

ante el tirano airado,

de hierro, de crueza y fuego armado;

 

«El fuego —dice— enciende;

aguza el hierro crudo, rompe y llega

y, si me hallares, prende

y da a tu hambre ciega

su cebo deseado, y la sosiega;

 

¿qué estás? ¿no ves el pecho

desnudo, flaco, abierto? ¿Oh, no te cabe

en puño tan estrecho

el corazón, que sabe

cerrar cielos y tierra con su llave?;

 

ahonda más adentro;

desvuelva las entrañas el insano

puñal; penetra al centro;

mas es trabajo vano,

jamás me alcanzará tu corta mano.

 

Rompiste mi cadena,

ardiendo por prenderme: al gran consuelo

subido he por tu pena;

ya suelto encumbro el vuelo,

traspaso sobre el aire, huello el cielo.»

Poemas de Fray Luis de León

Oda XIII: De la vida del cielo

Alma región luciente,

prado de bienandanza, que ni al hielo

ni con el rayo ardiente

fallece; fértil suelo,

producidor eterno de consuelo:

 

de púrpura y de nieve

florida, la cabeza coronado,

y dulces pastos mueve,

sin honda ni cayado,

el Buen Pastor en ti su hato amado.

 

Él va, y en pos dichosas

le siguen sus ovejas, do las pace

con inmortales rosas,

con flor que siempre nace

y cuanto más se goza más renace.

 

Y dentro a la montaña

del alto bien las guía; ya en la vena

del gozo fiel las baña,

y les da mesa llena,

pastor y pasto él solo, y suerte buena.

 

Y de su esfera, cuando

la cumbre toca, altísimo subido,

el sol, él sesteando,

de su hato ceñido,

con dulce son deleita el santo oído.

 

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma pasa,

con que envilece el oro,

y ardiendo se traspasa

y lanza en aquel bien libre de tasa.

 

¡Oh, son! ¡Oh, voz! Siquiera

pequeña parte alguna decendiese

en mi sentido, y fuera

de sí la alma pusiese

y toda en ti, ¡oh, Amor!, la convirtiese,

 

conocería dónde

sesteas, dulce Esposo, y, desatada

de esta prisión adonde

padece, a tu manada

viviera junta, sin vagar errada.

 

Oda XIV: Al apartamiento

¡Oh ya seguro puerto

de mi tan luengo error! ¡oh deseado

para reparo cierto

del grave mal pasado!

¡reposo dulce, alegre, reposado!;

 

techo pajizo, adonde

jamás hizo morada el enemigo

cuidado, ni se asconde

invidia en rostro amigo,

ni voz perjura, ni mortal testigo;

 

sierra que vas al cielo

altísima, y que gozas del sosiego

que no conoce el suelo,

adonde el vulgo ciego

ama el morir, ardiendo en vivo fuego:

 

recíbeme en tu cumbre,

recíbeme, que huyo perseguido

la errada muchedumbre,

el trabajar perdido,

la falsa paz, el mal no merecido;

 

y do está más sereno

el aire me coloca, mientras curo

los daños del veneno

que bebí mal seguro,

mientras el mancillado pecho apuro;

 

mientras que poco a poco

borro de la memoria cuanto impreso

dejó allí el vivir loco

por todo su proceso

vario entre gozo vano y caso avieso.

 

En ti, casi desnudo

deste corporal velo, y de la asida

costumbre roto el ñudo,

traspasaré la vida

en gozo, en paz, en luz no corrompida;

 

de ti, en el mar sujeto

con lástima los ojos inclinando,

contemplaré el aprieto

del miserable bando,

que las saladas ondas va cortando:

 

el uno, que surgía

alegre ya en el puerto, salteado

de bravo soplo, guía,

apenas el navío desarmado;

 

el otro en la encubierta

peña rompe la nave, que al momento

el hondo pide abierta;

al otro calma el viento;

otro en las bajas Sirtes hace asiento;

 

a otros roba el claro

día, y el corazón, el aguacero;

ofrecen al avaro

Neptuno su dinero;

otro nadando huye el morir fiero.

 

Esfuerza, opón el pecho,

mas ¿cómo será parte un afligido

que va, el leño deshecho,

de flaca tabla asido,

contra un abismo inmenso embravecido?

 

¡Ay, otra vez y ciento

otras seguro puerto deseado!

no me falte tu asiento,

y falte cuanto amado,

cuanto del ciego error es cudiciado.

 

Oda XV: A don Pedro Portocarrero

No siempre es poderosa,

Carrero, la maldad, ni siempre atina

la envidia ponzoñosa,

y la fuerza sin ley que más se empina

al fin la frente inclina:

que quien se opone al cielo,

cuando más alto sube viene al suelo.

Testigo es manifiesto

el parto de la Tierra mal osado,

que cuando tuvo puesto

un monte encima de otro y levantado,

al hondo derrocado,

sin esperanza gime

debajo su edificio que le oprime.

Si ya la niebla fría

al rayo que amanece odiosa ofende,

y contra el claro día

las alas escurísimas extiende,

no alcanza lo que emprende,

al fin y desparece,

y el sol puro en el cielo resplandece.

No pudo ser vencida,

ni lo será jamás, ni la llaneza,

ni la inocente vida,

ni la fe sin error, ni la pureza,

por más que la fiereza

del tigre ciña un lado,

y el otro el basilisco emponzoñado.

Por más que se conjuren

el odio y el poder y el falso engaño,

y ciegos de ira apuren

lo propio y lo diverso, ajeno, extraño,

jamás le harán daño;

antes, cual fino oro,

recobra del crisol nuevo tesoro.

El ánimo constante,

armado de verdad, mil aceradas,

mil puntas de diamante

embota y enflaquece, y, desplegadas

las fuerzas encerradas,

sobre el opuesto bando

con poderoso pie se ensalza hollando.

Y con cien voces suena

la Fama, que a la sierpe, al tigre fiero,

vencidos, los condena

a daño no jamás perecedero;

y con vuelo ligero,

viniendo la Victoria,

corona al vencedor de gozo y gloria.

 

Oda XVI: Contra un juez avaro

Aunque en ricos montones

levantes el cautivo, inútil oro,

y aunque tus posesiones

mejores con ajeno daño y lloro;

y aunque, cruel tirano,

oprimas la verdad y tu avaricia,

vestida en nombre vano,

convierta en compra y venta la justicia;

y aunque engañes los ojos

del mundo, a quien adoras, no por tanto

no nacerán abrojos

agudos en tu alma; ni el espanto

no velará en tu lecho,

ni huirás la cuita, la agonía

el último despecho,

ni la esperanza buena en compañía

del gozo, tus umbrales

penetrará jamás; ni la Meguera

con llamas infernales,

con serpentino azote la alta y fiera

y diestra mano armada,

saldrá de tu aposento sola un hora;

y ni tendrás clavada

la rueda, aunque más puedas, voladora

del tiempo, hambriento y crudo,

que viene, con la muerte conjurado,

a dejarte desnudo

del oro y cuanto tienes más amado;

y quedarás sumido

en males no finibles y en olvido.

 

Oda XVII: En una esperanza que salió vana

Huid, contentos, de mi triste pecho;

¿qué engaño os vuelve a do nunca pudistes

tener reposo ni hacer provecho?

 

Tened en la memoria cuando fuistes

con público pregón, ¡ay!, desterrados

de toda mi comarca y reinos tristes,

 

a do ya no veréis sino nublados,

y viento, y torbellino, y lluvia fiera,

suspiros encendidos y cuidados.

 

No pinta el prado aquí la primavera,

ni nuevo sol jamás las nubes dora,

ni canta el ruiseñor lo que antes era.

 

La noche aquí se vela, aquí se llora

el dia miserable sin consuelo

y vence el mal de ayer el mal de agora.

 

Guardad vuestro destierro, que ya el suelo

no puede dar contento al alma mía,

si ya mil vueltas diere andando el cielo.

 

Guardad vuestro destierro, si alegría,

si gozo, y si descanso andáis sembrando,

que aqueste campo abrojos solo cría.

 

Guardad vuestro destierro, si tornando

de nuevo no queréis ser castigados

con crudo azote y con infame bando.

 

Guardad vuestro destierro que, olvidados

de vuestro ser, en mí seréis dolores:

¡tal es la fuerza de mis duros hados!

 

Los bienes más queridos y mayores

se mudan, y en mi daño se conjuran,

y son, por ofenderme, a sí traidores.

 

Mancíllanse mis manos, si se apuran;

la paz y la amistad, que es cruda guerra;

las culpas faltan, más las penas duran.

 

Quien mis cadenas más estrecha y cierra

es la inocencia mía y la pureza;

cuando ella sube, entonces vengo a tierra.

 

Mudó su ley en mí naturaleza,

y pudo en mí el dolor lo que no entiende

ni seso humano ni mayor viveza.

 

Cuanto desenlazarse más pretende

el pájaro captivo, más se enliga,

y la defensa mía más me ofende.

 

En mí la culpa ajena se castiga

y soy del malhechor, ¡ay!, prisionero,

y quieren que de mí la Fama diga:

 

«Dichoso el que jamás ni ley ni fuero,

ni el alto tribunal, ni las ciudades,

ni conoció del mundo el trato fiero.

 

Que por las inocentes soledades,

recoge el pobre cuerpo en vil cabaña,

y el ánimo enriquece con verdades.

 

Cuando la luz el aire y tierras baña,

levanta al puro sol las manos puras,

sin que se las aplomen odio y saña.

 

Sus noches son sabrosas y seguras,

la mesa le bastece alegremente

el campo, que no rompen rejas duras.

 

Lo justo le acompaña, y la luciente

verdad, la sencillez en pechos de oro,

la fee no colorada falsamente.

 

De ricas esperanzas almo coro,

y paz con su descuido le rodean,

y el gozo, cuyos ojos huye el lloro.»

 

Allí, contento, tus moradas sean;

allí te lograrás, y a cada uno

de aquellos que de mi saber desean,

les di que no me viste en tiempo alguno.

 

Oda XVIII: En la ascensión

¿Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, escuro,

con soledad y llanto;

y tú, rompiendo el puro

aire, ¿te vas al inmortal seguro?

 

Los antes bienhadados,

y los agora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de ti desposeídos,

¿a dó convertirán ya sus sentidos?

 

¿Qué mirarán los ojos

que vieron de tu rostro la hermosura,

que no les sea enojos?

Quien oyó tu dulzura,

¿qué no tendrá por sordo y desventura?

 

Aqueste mar turbado,

¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

al viento fiero, airado?

Estando tú encubierto,

¿qué norte guiará la nave al puerto?

 

¡Ay!, nube, envidiosa

aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?

¿Dó vuelas presurosa?

¡Cuán rica tú te alejas!

¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

 

Oda XIX: A todos los santos

¿Qué santo o qué gloriosa

virtud, qué deidad que el cielo admira,

oh Musa poderosa

en la cristiana lira,

diremos entretanto que retira

 

el sol con presto vuelo

el rayo fugitivo en este día,

que hace alarde el cielo

de su caballería?

¿qué nombre entre estas breñas a porfía

 

repetirá sonando

la imagen de la voz, en la manera

el aire deleitando

que el Efrateo hiciera

del sacro y fresco Hermón por la ladera?;

 

a do, ceñido el oro

crespo con verde hiedra, la montaña

condujo con sonoro

laúd, con fuerza y maña

del oso y del león domó la saña.

 

Pues, ¿quién diré primero,

que el Alto y que el Humilde?, y que, la vida

por el manjar grosero

restituyó perdida,

que al cielo levantó nuestra caída,

 

igual al Padre Eterno,

igual al que en la tierra nace y mora,

de quien tiembla el infierno,

a quien el sol adora,

en quien todo el ser vive y se mejora.

 

Después el vientre entero,

la Madre desta Luz será cantada,

clarísimo Lucero

en esta mar turbada,

del linaje humanal fiel abogada.

 

Espíritu divino,

no callaré tu voz, tu pecho opuesto

contra el dragón malino;

ni tú en olvido puesto

que a defender mi vida estás dispuesto.

 

Osado en la promesa,

barquero de la barca no sumida,

y a ti que la lucida

noche te traspasó de muerte a vida.

 

¿Quién no dirá tu lloro,

tu bien trocado amor, oh Magdalena;

de tu nardo el tesoro,

de cuyo olor la ajena

casa, la redondez del mundo es llena?

 

Del Nilo moradora,

tierna flor del saber y de pureza,

de ti yo canto agora;

que en la desierta alteza,

muerta, luce tu vida y fortaleza.

 

¿Diré el rayo Africano?

¿diré el Stridonés sabio, elocuente?

¿o el panal Romano?

¿o del que justamente

nombraron Boca de oro entre la gente?

 

Columna ardiente en fuego,

el firme y gran Basilio al cielo toca,

mayor que el miedo y ruego;

y ante su rica boca

la lengua de Demóstenes se apoca.

 

Cual árbol con los años

la gloria de Francisco sube y crece;

y entre mil ermitaños

el claro Antón parece

luna que en las estrellas resplandece.

 

¡Ay, Padre! ¿y dó se ha ido

aquel raro valor? ¡Oh!, ¿qué malvado

el oro ha destruido

de tu templo sagrado?

¿quién cizañó tan mal tu buen sembrado?

 

Adonde la azucena

lucía, y el clavel, do el rojo trigo,

reina agora la avena,

la grama, el enemigo

cardo, la sinjusticia, el falso amigo.

 

Convierte piadoso

tus ojos y nos mira, y con tu mano

arranca poderoso

lo malo y lo tirano,

y planta aquello antiguo, humilde y llano.

 

Da paz a aqueste pecho,

que hierve con dolor en noche escura;

que fuera deste estrecho

diré con más dulzura

tu nombre, tu grandeza y hermosura.

 

No niego, dulce amparo

del alma, que mis males son mayores

que aqueste desamparo;

mas, cuanto son peores,

tanto resonarán más tus loores.

 

Oda XX: A Santiago

Las selvas conmoviera,

las fieras alimañas, como Orfeo,

si ya mi canto fuera

igual a mi deseo,

cantando el nombre santo Zebedeo.

Y fueran sus hazañas

por mí con voz eterna celebradas,

por quien son las Españas

del yugo desatadas

del bárbaro furor y libertadas.

Y aquella nao dichosa,

del cielo esclarecer merecedora,

que joya tan preciosa

nos trujo, fuera agora

cantada del que en Citia y Cairo mora.

Osa el cruel tirano

ensangrentar en ti su injusta espada:

no fue consejo humano,

estaba a ti ordenada

la primera corona y consagrada.

La fe que a Cristo diste

con presta diligencia has ya cumplido;

de su cáliz bebiste,

apenas que subido

al cielo retornó, de ti partido.

No sufre larga ausencia,

no sufre, no, el amor que es verdadero;

la muerte y su inclemencia

tiene por muy ligero

medio, por ver al dulce compañero.

¡Oh viva fe constante!

¡Oh verdadero pecho, amor crecido!

Un punto de su amante

no vive dividido,

síguele por los pasos que había ido.

Cual suele el fiel sirviente

si en medio la jornada le ha dejado,

que haciendo prestamente

lo que le fue mandado,

torna buscando al amo ya alejado;

ansí, entregado al viento,

del mar Egeo al mar Atlante vuela,

do puesto el fundamento

de la cristiana escuela,

torna buscando a Cristo a remo y vela.

Allí por la maldita

mano el sagrado cuello, fue cortado:

¡camina en paz, bendita

alma, que ya has llegado

al término por ti tan deseado!

A España, a quien amaste

(que siempre al buen principio el fin responde),

tu cuerpo le enviaste

para dar luz adonde

el sol su resplandor cubre y esconde.

Por los tendidos mares

la rica navecilla va cortando,

nereidas a millares,

del agua el pecho alzando,

turbadas entre sí la van mirando.

Y dellas hubo alguna

que, con las manos de la nave asida,

la aguija con la una,

y con la otra tendida

a las demás que lleguen las convida.

Ya pasa del Egeo

y vuela por el Jonio, atrás ya deja

el puerto Lilibeo;

de Córcega se aleja,

y por llegar al nuestro mar se aqueja.

¡Esfuerza, viento, esfuerza;

hinche la santa vela, embiste en popa;

el curso haz que no tuerza,

do Abila casi topa

con Calpe, hasta llegar al fin de Europa!

Y tú, España, segura

del mal y cautiverio que te espera,

con fe y voluntad pura

ocupa la ribera;

recibirás tu guarda verdadera.

Que tiempo será, cuando

de innumerables huestes rodeada,

del cetro real y mando

te verás derrocada;

en sangre, en llanto y en dolor bañada.

De hacia el Mediodía

oye que ya la voz amarga suena;

la mar de Berbería

de flotas veo llena;

hierve la costa en gente, en sol la arena.

Con voluntad conforme

las proas contra ti se dan al viento,

y con clamor deforme

de pavoroso acento

avivan del remar el movimiento.

Y la infernal Meguera,

la frente de culebras rodeada,

guía la delantera

de la morisca armada,

de fuego, de furor, de muerte armada.

Cielos, so cuyo amparo

España está, ¡merced en tanta afrenta!

Si ya este suelo caro

os fue, nunca consienta

vuestra piedad que mal tan crudo sienta.

Mas ¡ay! que la sentencia

en tablas de diamante está esculpida:

del Godo la potencia

por el suelo caída,

España en breve tiempo es destruida.

¿Cuál río caudaloso,

que los opuestos muelles ha rompido,

con sonido espantoso

por los campos tendido

tan presto y tan feroz jamás se vido?

Mas cese el triste llanto;

recobre el español su bravo pecho,

que ya el Apóstol Santo,

un otro Marte hecho,

del cielo viene a dalle su derecho.

Vesle de limpio acero

cercado, y con espada relumbrante,

como un rayo ligero,

cuanto le va delante

destroza y desbarata en un instante.

De grave espanto herido,

los rayos de su vista no sostiene

el moro descreído;

por valiente se tiene

cualquier que para huir ánimo tiene.

¡Huye si puedes tanto!

¡Huye! Mas de más es, que no hay huida;

¡bebe dolor y llanto

por la misma medida

con que ya España fue de ti medida!

Como león hambriento,

sigue, teñida en sangre espada y mano

de más sangre sediento,

al moro que huye en vano;

de muertos queda lleno el monte, el llano.

¡Oh gloria, oh gran prez nuestra,

escudo fiel, oh, celestial guerrero!

Vencido ya se muestra

el Africano fiero

por ti, tan orgulloso de primero.

Por ti del vituperio,

por ti de la afrentosa servidumbre

y duro cautiverio

libres, en clara lumbre

y de la gloria estamos en la cumbre.

Siempre venció tu espada,

o fuese de tu mano poderosa,

o fuese meneada

de aquella generosa

que sigue tu milicia religiosa.

Las enemigas haces

no sufren de tu nombre el apellido;

con sólo aquesto haces

que el español oído

sea, y de un polo a otro tan temido.

De tu virtud divina

la Fama que resuena en toda parte,

siquiera sea vecina,

siquiera más se aparte,

a las gentes conduce a visitarte.

El áspero camino

vence con devoción, y al fin te adora

el ranco, el peregrino

que Libia descolora,

el que en Poniente, el que en Levante mora.

 

Oda XXI: A nuestra Señora

Virgen, que el sol más pura,

gloria de los mortales, luz del cielo,

en quien la piedad es cual la alteza:

los ojos vuelve al suelo

y mira un miserable en cárcel dura,

cercado de tinieblas y tristeza.

Y si mayor bajeza

no conoce, ni igual, juicio humano,

que el estado en que estoy por culpa ajena,

con poderosa mano

quiebra, Reina del cielo, esta cadena.

 

Virgen, en cuyo seno

halló la deidad digno reposo,

do fue el rigor en dulce amor trocado:

si blando al riguroso

volviste, bien podrás volver sereno

un corazón de nubes rodeado.

Descubre el deseado

rostro, que admira el cielo, el suelo adora:

las nubes huirán, lucirá el día;

tu luz, alta Señora,

venza esta ciega y triste noche mía.

 

Virgen y madre junto,

de tu Hacedor dichosa engendradora,

a cuyos pechos floreció la vida:

mira cómo empeora

y crece mí dolor más cada punto;

el odio cunde, la amistad se olvida;

si no es de ti valida

la justicia y verdad, que tú engendraste,

¿adónde hallará seguro amparo?

Y pues madre eres, baste

para contigo el ver mi desamparo.

 

Virgen, del sol vestida,

de luces eternales coronada,

que huellas con divinos pies la Luna;

envidia emponzoñada,

engaño agudo, lengua fementida,

odio crüel, poder sin ley ninguna,

me hacen guerra a una;

pues, contra un tal ejército maldito,

¿cuál pobre y desarmado será parte,

si tu nombre bendito,

María, no se muestra por mi parte?

 

Virgen, por quien vencida

llora su perdición la sierpe fiera,

su daño eterno, su burlado intento;

miran de la ribera

seguras muchas gentes mi caída,

el agua violenta, el flaco aliento:

los unos con contento,

los otros con espanto; el más piadoso

con lástima la inútil voz fatiga;

yo, puesto en ti el lloroso

rostro, cortando voy onda enemiga.

 

Virgen, del Padre Esposa,

dulce Madre del Hijo, templo santo

del inmortal Amor, del hombre escudo:

no veo sino espanto;

si miro la morada, es peligrosa;

si la salida, incierta; el favor mudo,

el enemigo crudo,

desnuda, la verdad, muy proveída

de armas y valedores la mentira.

La miserable vida,

sólo cuando me vuelvo a ti, respira.

 

Virgen, que al alto ruego

no más humilde sí diste que honesto,

en quien los cielos contemplar desean;

como terrero puesto—

los brazos presos, de los ojos ciego—

a cien flechas estoy que me rodean,

que en herirme se emplean;

siento el dolor, mas no veo la mano;

ni me es dado el huir ni el escudarme.

Quiera tu soberano

Hijo, Madre de amor, por ti librarme.

 

Virgen, lucero amado,

en mar tempestuoso clara guía,

a cuvo santo rayo calla el viento;

mil olas a porfía

hunden en el abismo un desarmado

leño de vela y remo, que sin tiento

el húmedo elemento

corre; la noche carga, el aire truena;

ya por el cielo va, ya el suelo toca;

gime la rota antena;

socorre, antes que emviste en dura roca.

 

Virgen, no enficionada

de la común mancilla y mal primero,

que al humano linaje contamina;

bien sabes que en ti espero

dende mi tierna edad; y, si malvada

fuerza que me venció ha hecho indina

de tu guarda divina

mi vida pecadora, tu clemencia

tanto mostrará más su bien crecido,

cuanto es más la dolencia,

y yo merezco menos ser valido.

 

Virgen, el dolor fiero

añuda ya la lengua, y no consiente

que publique la voz cuanto desea;

mas oye tú al doliente

ánimo, que contino a ti vocea.

 

Oda XXII: A don Pedro Portocarrero

La cana y alta cumbre

de Ilíberi, clarísimo Carrero,

contiene en sí tu lumbre

ya casi un siglo entero,

y mucho en demasía

detiene nuestro gozo y alegría.

Los gozos que el deseo

figura ya en tu vuelta y determina,

a do vendrá el Lyéo,

y de la Cabalina

fuente la moradora,

y Apolo con la cítara cantora.

Bien eres generoso

pimpollo de ilustrísimos mayores;

mas esto, aunque glorioso,

son títulos menores,

que tú, por ti venciendo,

a par de las estrellas vas luciendo.

Y juntas en tu pecho

una suma de bienes peregrinos,

por donde con derecho

nos colmas de divinos

gozos con tu presencia,

y de cuidados tristes con tu ausencia.

Porque te ha salteado

en medio de la paz la cruda guerra,

que agora el Marte airado

despierta en la alta sierra,

lanzando rabia y sañas

en las infieles bárbaras entrañas.

Do mete a sangre y fuego

mil pueblos el morisco descreído,

a quien ya perdón ciego

hubimos concedido,

a quien en santo baño

teñimos para nuestro mayor daño.

Para que el nombre amigo

-¡ay, piedad crüel! -desconociese

el ánimo enemigo,

y así más ofendiese;

mas tal es la fortuna,

que no sabe durar en cosa alguna.

Ansí la luz que agora

serena relucía, con nublados

veréis negra a deshora,

y los vientos alados

amontonando luego

nubes, lluvias, horrores, trueno y fuego.

Mas tú aquí solamente

temes al claro Alfonso, que inducido

de la virtud ardiente

del pecho no vencido,

por lo más peligroso

se lanza discurriendo victorioso;

como en la ardiente arena

el líbico león las cabras sigue;

las haces desordena,

y rompe y las persigue

armado relumbrando,

la vida por la gloria aventurando.

Testigo es la fragosa

Poqueira, cuando él solo y traspasado

con flecha ponzoñosa

sostuvo denodado,

y convirtió en huida

mil banderas de gente descreída.

Mas, sobre todo, cuando

los dientes de la muerte agudos fiera

apenas declinando,

alzó nueva bandera,

mostró bien claramente

de valor no vencible lo excelente.

Él, pues, relumbre claro

sobre sus claros padres; mas tú en tanto,

dechado de bien raro,

abraza el ocio santo;

que mucho son mejores

los frutos de la paz y muy mayores.

 

Oda XXIII: Al salir de la cárcel

Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa

en el campo deleitoso,

con sólo Dios se compasa,

y a solas su vida pasa

ni envidiado ni envidioso.

 

¡Y dejas, Pastor santo…

¡Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, oscuro,

con soledad y llanto,

y tú rompiendo el puro

aire, te vas al inmortal seguro!

 

¿Los antes bienhadados,

y los ahora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de Ti desposeídos,

a dó convertirán ya sus sentidos?

 

¿Qué mirarán los ojos

que vieron de tu rostro la hermosura,

que no les sea enojos?

quien oyó tu dulzura,

¿qué no tendrá por sordo y desventura?

 

Aqueste mar turbado

¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto

al viento fiero airado?

estando tú encubierto,

¿qué norte guiará la nave al puerto?

 

¡Ay! nube envidiosa

aun de este breve gozo ¿qué te quejas?

¿dó vuelas presurosa?

¡cuán rica tú te alejas!

¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

 

Salmo I

Beatus vir

Es bienaventurado

varón el que en concilio malicioso

no anduvo descuidado,

ni el paso perezoso

detuvo del camino peligroso.

Y huye de la silla

de los que mofan la virtud y al bueno;

y juntos, en gavilla,

arrojan el veneno,

que anda recogido en lengua y seno.

Mas en la ley divina

pone su voluntad, su pensamiento,

cuando el día se inclina,

y el claro movimiento,

lo escuro de la noche en ella atento.

Será cual verde planta,

que a las corrientes aguas asentada,

al cielo se levanta

con fruta sazonada,

de hermosas hojas siempre coronada.

Será en todo dichoso,

seguro de la suerte que se muda.

No así el malo animoso,

cual si el viento sacuda

la paja de la era muy menuda.

Por esto al dar la cuenta,

la causa de los malos, como vana,

caerá con grande afrenta;

allí la cortesana,

santa nación huirá de la liviana.

Porque Dios el camino

sabe bien de los justos, que es su historia;

del otro desatino

de la maldad memoria

no habrá, como de baja y vil escoria.

 

Salmo IV

Cum invocarem

Cuando en grave dolencia

del alma te llamé, tú me escuchaste,

Dios, de la inocencia

autor, tú me ensanchaste

el corazón, que en sueño estrecho hallaste.

Pues eres piadoso,

derrama sobre mí piadosos dones,

y vuelve tu amoroso

oído a mis razones,

que más son que mis culpas tus perdones.

¡Oh, hombres! ¿Hasta cuándo

tendréis el corazón endurecido,

la vanidad amando

del bien que os ha mentido,

siguiendo a rienda suelta su partido?

Sabed cómo engrandece

a su amigo Dios, su voz oyendo;

mi alma favorece

luego le concediendo

cuanto en su corazón le está pidiendo.

Enójeos el pecado,

y no pequéis jamás en vuestros hechos;

corregid lo pasado,

y en vuestros ricos lechos

sollozaréis en lágrimas deshechos.

Un sacrificio justo

sacrificad a Dios, que es el que alcanza

perdón a todo injusto;

y tened esperanza,

que nadie se salvó sin confianza.

Dicen los pecadores:

«¿Quién nos dirá dó están las cosas buenas?

¿No ven los resplandores

de mi rostro y las venas

de luz, de quien sus almas están llenas?

Dísteme tu alegría,

joya que gozan solos tus privados;

mas a la compañía

de los que van errados,

frutos de vino y pan multiplicados.

De paz favorecido

entre justos y santos reposando,

me quedaré adormido,

porque me estás guardando,

en confianza eterna descansando».

 

Salmo VI

Dómine, ne in furore tuo

No con furor sañoso

me confundas, Señor, estando airado,

ni con ceño espantoso

me castigues, tasado

cuanto merece al justo mi pecado.

Mas antes sin enojo

doliéndote de mí te muestra humano;

pues a tus pies me acojo,

sáname con tu mano,

que no tiene mi cuerpo hueso sano.

Mi alma está confusa

entre esperanza y miedo vacilando;

¿y dónde, Señor, se usa,

que a quien se está finando

y os llama le dejéis así? ¿Hasta cuándo?

Vuelve, Señor, tu cara;

alienta aqueste espíritu afligido,

que tu clemencia rara

no atropella al caído,

ni quiere hacer justicia en el rendido.

Que nadie en la agonía

se acordará de Ti sin Ti, por cierto;

y con la losa fría,

de tierra ya cubierto,

¿qué gloria puede darte un cuerpo muerto?

Por esto en un gemido

las noches llevaré todas lavando

el lecho defendido,

que mancillé pecando,

mi cama con mis lágrimas bañando.

La fuerza de mi llanto

de mis ojos la vista ha enflaquecido;

y de enemigos tanto

fui siempre combatido,

que estoy siempre arrugado y consumido.

¡Afuera pecadores!

¡No tengáis parte en mí los que habéis sido

de la maldad autores;

porque el Señor ha oído

el llanto de mis voces y gemido!

Porque ya de mis quejas

la lamentable voz es recibida

dentro de sus orejas,

y tan bien acogida,

que luego fui librado en siendo oída.

Túrbense avergonzados

todos mis enemigos grandemente;

las espaldas tornados

vuelvan confusamente,

huyendo a rienda suelta, velozmente.

 

Soneto I

Amor casi de un vuelo me ha encumbrado

adonde no llegó ni el pensamiento;

mas toda esta grandeza de contento

me turba, y entristece este cuidado:

 

que temo que no venga derrocado

al suelo por faltarle fundamento;

que en lo que breve sube en alto asiento,

suele desfallecer apresurado.

 

Mas luego me consuela y asegura

el ver que soy, señora ilustre, obra

de vuestra sola gracia, y que en vos fío;

 

porque conservaréis vuestra hechura,

mis faltas supliréis con vuestra sobra,

y vuestro bien hará durable el mío.

 

Soneto II

Alargo enfermo el paso y vuelvo, cuanto

alargo el paso, atrás el pensamiento;

no vuelvo, que antes siempre miro atento

la causa de mi gozo y de mi llanto.

 

Allí estoy firme y quedo, mas en tanto

llevado del contrario movimiento

cual hace el extendido en el tormento,

padezco fiero mal, fiero quebranto.

 

En partes, pues, diversas dividida

el alma, por huir tan cruda pena,

desea dar ya al suelo estos despojos.

 

Gime, suspira y llora dividida,

y en medio del llorar sólo esto suena:

«¿Cuándo volveré, Nise, a ver tus ojos?».

 

Soneto III

«Agora con la aurora se levanta

mi Luz; agora coge en rico nudo

el hermoso cabello; agora el crudo

pecho ciñe con oro, y la garganta.

 

Agora vuelta al cielo, pura y santa,

las manos y ojos bellos alza, y pudo

dolerse agora de mi mal agudo;

agora incomparable tañe y canta».

 

Ansí digo y del dulce error llevado,

presente ante mis ojos la imagino,

y lleno de humildad y amor la adoro.

 

Mas luego vuelve en sí el engañado

ánimo, y conociendo el desatino,

la rienda suelta largamente al lloro.

 

Soneto IV

¡Oh cortesía, oh dulce acogimiento!

¡Oh celestial saber, oh gracia pura!

¡Oh de valor dotado y de dulzura,

pecho real, honesto pensamiento!

 

¡Oh luces, del amor querido asiento!

¡Oh boca donde vive la hermosura!

¡Oh habla suavísima, oh figura

angelical! ¡oh mano, oh sabio acento!

 

Quien tiene en solo vos atesorado

su gozo y vida alegre y su consuelo,

su bienaventurada y rica suerte,

 

cuando de vos se viere desterrado,

¡ay!, ¿qué le quedará sino recelo,

y noche y amargor y llanto y muerte?

 

Soneto V

Después que no descubren su lucero

mis ojos lagrimosos noche y día,

llevado del error, sin vela y guía,

navego por un mar amargo y fiero.

 

El deseo, la ausencia, el carnicero

recelo, y de la ciega fantasía

las olas muy furiosas a porfía

me llegan al peligro postrimero.

 

Aquí una voz me dice: cobre aliento,

señora, con la fe que me habéis dado,

y en mil y mil maneras repetido.

 

Mas ¿cuánto de esto allá llevado ha el viento?

respondo; y a las olas entregado,

el puerto desespero, el hondo pido.

Publicar comentario