Poemas de Francesco Petrarca (poeta italiano)

Francesco Petrarca

Poemas de Francesco Petrarca (1304-1374), lírico y humanista italiano, considerado el «padre del Humanismo». Su obra marcó la transición entre la Edad Media y el Renacimiento al rescatar la cultura clásica grecolatina y centrar el pensamiento en la dignidad humana.

Su fama mundial proviene del Cancionero (Rerum vulgarium fragmenta), una colección de poemas dedicados a su musa, Laura. En él, perfeccionó el soneto, explorando el conflicto psicológico entre el deseo terrenal y la espiritualidad.

De estilo «petrarquismo», que influyó durante siglos en toda la poesía europea, estableciendo un nuevo estándar de introspección y elegancia lingüística.

A una joven en un verde laurel

Vi más blanca y más fría que la nieve

que no golpea el sol por años y años;

y su voz, faz hermosa y los cabellos

tanto amo que ahora van ante mis ojos,

y siempre irán, por montes o en la riba.

 

Irán mis pensamientos a la riba

cuando no dé hojas verde el laurel;

quieto mi corazón, secos los ojos,

verán helarse al fuego, arder la nieve:

porque no tengo yo tantos cabellos

cuantos por ese día aguardara años.

 

Mas porque el tiempo vuela, huyen los años

y en un punto a la muerte el hombre arriba,

ya oscuros o ya blancos los cabellos,

la sombra ha de seguir de aquel laurel

por el ardiente sol y por la nieve,

hasta el día en que al fin cierre estos ojos.

 

No se vieron jamás tan bellos ojos,

en nuestra edad o en los primeros años,

que me derritan como el sol la nieve:

y así un río de llanto va a la riba

que Amor conduce hasta el cruel laurel

de ramas de diamante, áureos cabellos.

 

Temo cambiar de faz y de cabellos

sin que me muestre con piedad los ojos

el ídolo esculpido en tal laurel:

Que, si al contar no yerro, hace siete años

que suspirando voy de riba en riba,

noche y día, al calor y con la nieve.

 

Mas fuego dentro, y fuera blanca nieve,

pensando igual, mudados los cabellos,

llorando iré yo siempre a cada riba

por que tal vez piedad muestren los ojos

de alguien que nazca dentro de mil años;

si aún vive, cultivado, este laurel.

 

A oro y topacio al sul sobre la nieve

vencen blondos cabellos, y los ojos

que apresuran mis años a la riba.

 

Amor lloraba, y yo con él gemía…

Amor lloraba, y yo con él gemía,

del cual mis pasos nunca andan lejanos,

viendo, por los efectos inhumanos,

que vuestra alma sus nudos deshacía.

 

Ahora que al buen camino Dios os guía,

con fervor alzo al cielo mis dos manos

y doy gracias al ver que los humanos

ruegos justos escucha, y gracia envía.

 

Y si, tornando a la amorosa vida,

por alejaros del deseo hermoso,

foso o lomas halláis en el sendero,

 

es para demostrar que es espinoso,

y que es alpestre y dura la subida

que conduce hacia el bien más verdadero.

 

Bendecidos el año, el mes, el día…

Bendecidos el año, el mes, el día

y la estación y el sitio y el instante

y el hermoso país en que delante

de su mirar mi voluntad rendía.

 

Y bendecida la tenaz porfía

de amor entre mi pecho palpitante,

y el arco y la saeta y la sangrante

herida que en mi corazón se abría.

 

Bendecida la voz que repitiendo

va por doquier el nombre de mi amada,

suspiros, ansias, lágrimas vertiendo.

 

Y bendecido todo cuanto escribe

la mente que al loarla consagrada

en Ella y sólo para Ella vive.

Canzoniere, 1470

 

El que su arte infinita y providencia…

El que su arte infinita y providencia

demostró en su admirable magisterio,

que, con éste, creó el otro hemisferio

y a Jove, más que a Marte, dio clemencia,

 

vino al mundo alumbrando con su ciencia

la verdad que en el libro era misterio,

cambió de Pedro y Juan el ministerio

y, por la red, les dio el cielo en herencia.

 

Al nacer, no le plugo a Roma darse,

sí a Judea: que, más que todo estado,

exaltar la humildad le complacía;

 

y hoy, de una aldea chica, un sol ha dado,

que a Natura y al sitio hace alegrarse

donde mujer tan bella ha visto el día.

 

En la muerte de Laura

Sus ojos que canté amorosamente,

su cuerpo hermoso que adoré constante,

y que vivir me hiciera tan distante

de mí mismo, y huyendo de la gente.

 

Su cabellera de oro reluciente,

la risa de su angélico semblante

que hizo la tierra al cielo semejante,

¡poco polvo son ya que nada siente!

 

¡Y sin embargo vivo todavía!

A ciegas, sin la lumbre que amé tanto,

surca mi nave la extensión vacía…

 

Aquí termine mi amoroso canto:

seca la fuente está de mi alegría,

mi lira yace convertida en llanto.

 

Fue el día en que del sol palidecieron…

Fue el día en que del sol palidecieron

los rayos, de su autor compadecido,

cuando, hallándome yo desprevenido,

vuestros ojos, señora, me prendieron.

 

En tal tiempo, los míos no entendieron

defenderse de Amor: que protegido

me juzgaba; y mi pena y mi gemido

principio en el común dolor tuvieron.

 

Amor me halló del todo desarmado

y abierto al corazón encontró el paso

de mis ojos, del llanto puerta y barco:

 

pero, a mi parecer, no quedó honrado

hiriéndome de flecha en aquel caso

y a vos, armada, no mostrando el arco.

 

Llorando voy los tiempos ya pasados

Llorando voy los tiempos ya pasados

que malgasté en amar cosas del suelo,

en vez de haberme levantado en vuelo

sin dar de mí ejemplos tan menguados.

 

Tú, que mis males viste porfïados,

invisible e inmortal Señor del cielo,

Tu ayuda presta al alma y Tu consuelo,

y sana con Tu Gracia mis pecados;

 

tal que, si viví en tormenta y guerra,

muera en bonanza y paz; si mal la andanza,

bueno sea al menos el dejar la tierra.

 

Lo poco que de vida ya me alcanza

y el morir con Tu presta mano aferra;

Tú sabes que en Ti sólo hallo esperanza.

Canzoniere, 1470

  

Los que, en mis rimas sueltas…

Los que, en mis rimas sueltas, el sonido

oís del suspirar que alimentaba

al joven corazón que desvariaba

cuando era otro hombre del que luego he sido;

 

del vario estilo con que me he dolido

cuando a esperanzas vanas me entregaba,

si alguno de saber de amor se alaba,

tanta piedad como perdón le pido.

 

Que anduve en boca de la gente siento

mucho tiempo y, así, frecuentemente

me advierto avergonzado y me confundo;

 

y que es vergüenza, y loco sentimiento,

el fruto de mi amor é claramente,

y breve sueño cuanto place al mundo.

Francesco Petrarca

Los que escucháis en rimas el desvelo

Los que escucháis en rimas el desvelo

del suspirar que al corazón nutriera

al primer yerro de la edad primera,

cuando era en parte otro del que hoy suelo;

 

del vario estilo con que hablo y celo,

entre el dolor y la esperanza huera,

de aquel que, porque amó, de Amor supiera,

no ya perdón, sino piedad anhelo.

 

Mas ya del vulgo veo cómo en boca

fábula fui gran tiempo en que a menudo

de mí mismo conmigo me sonrojo;

 

y que es el fruto que mi furia toca,

vergüenza porque entiendo ya y no dudo

que es breve sueño todo humano antojo.

 

Mi loco afán está tan extraviado…

Mi loco afán está tan extraviado

de seguir a la que huye tan resuelta,

y de lazos de Amor ligera y suelta

vuela ante mi correr desalentado,

 

que menos me oye cuanto más airado

busco hacia el buen camino la revuelta:

no me vale espolearlo, o darle vuelta,

que, por su índole, Amor le hace obstinado.

 

Y cuando ya el bocado ha sacudido,

yo quedo a su merced y, a mi pesar,

hacia un trance de muerte me transporta:

 

por llegar al laurel donde es cogido

fruto amargo que, dándolo a probar,

la llama ajena aflige y no conforta.

 

Mis venturas se acercan lentamente…

Mis venturas se acercan lentamente,

dudando espero, el ansia en mí renace,

y aguardar y apartarme me desplace,

pues se van, como el tigre, velozmente.

 

Ay de mí, nieve habrá negra y caliente,

sierras con peces, mar que olas no hace,

y el sol se acostará por donde nace

Eufrate y Tigris de una misma fuente,

 

antes que ella una tregua, o paz, me ofrezca,

o Amor otro uso enseñe a mi señora,

que en contra mía ya han pactado alianza:

 

que si algo hay dulce, tras la amarga hora,

hace el desdén que el gusto desfallezca;

y de sus gracias nada más me alcanza.

 

Muerte ha apagado el Sol que me cegaba

Muerte ha apagado el Sol que me cegaba,

y en tinieblas mi vista ha hecho sumirse;

roble y olmo el laurel veo convertirse;

tierra es la que frío y calor daba:

 

y, viendo así mi bien, el mal no acaba.

No es ya quien hace en el temor hundirse

mi cuidado, o helarse o consumirse,

ni quien de fe lo llena o daño agrava.

 

Fuera del alcance del que inferna,

que me hizo largo daño, hoy amanezco

y me hallo en libertad amarga y tierna;

 

y ante el Señor al que amo y agradezco,

que el Cielo con el ceño ata y gobierna,

cansado y satisfecho comparezco.

Canzoniere, 1470

 

No tengo paz ni puedo hacer la guerra…

No tengo paz ni puedo hacer la guerra;

temo y espero, y del ardor al hielo paso,

y vuelo para el cielo, bajo a la tierra,

nada aprieto, y a todo el mundo abrazo.

 

Prisión que no se cierra ni des-cierra,

No me detiene ni suelta el duro lazo;

entre libre y sumisa el alma errante,

no es vivo ni muerto el cuerpo lacio.

 

Veo sin ojos, grito en vano;

sueño morir y ayuda imploro;

a mí me odio y a otros después amo.

 

Me alimenta el dolor y llorando reí;

La muerte y la vida al fin deploro:

En este estado estoy, mujer, por tí.

 

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra…

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,

y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;

y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;

y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

 

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,

ni me retiene ni me suelta el lazo;

y no me mata Amor ni me deshierra,

ni me quiere ni quita mi embarazo.

 

Veo sin ojos y sin lengua grito;

y pido ayuda y parecer anhelo;

a otros amo y por mí me siento odiado.

 

Llorando grito y el dolor transito;

muerte y vida me dan igual desvelo;

por vos estoy, Señora, en este estado.

Canzoniere, 1470

  

Porque una hermosa en mí quiso vengarse…

Porque una hermosa en mí quiso vengarse

y enmendar mil ofensas en un día,

escondido el Amor su arco traía

como el que espera el tiempo de ensañarse.

 

En mi pecho, do suele cobijarse,

mi virtud pecho y ojos defendía

cuando el golpe mortal, donde solía

mellarse cualquier dardo fue a encajarse.

 

Pero aturdida en el primer asalto,

sentí que tiempo y fuerza le faltaba

para que en la ocasión pudiera armarme,

 

o en el collado fatigoso y alto

esquivar el dolor que me asaltaba,

del que hoy quisiera, y no puedo, guardarme.

 

Si con suspiros de llamaros trato…

Si con suspiros de llamaros trato,

y al nombre que en mi pecho ha escrito Amor,

de que el Laude comienza ya el rumor

del primer dulce acento me percato.

 

Vuestra realeza, que hallo de inmediato,

redobla, en la alta empresa, mi valor;

pero ¡Tate!, me grita el fin, que honor

rendirle es de otros hombros peso grato.

 

Al Laude, así, y a reverencia, enseña

la misma voz, sin más, cuando os nombramos,

oh de alabanza y de respeto digna:

 

sino que, si mortal lengua se empeña

en hablar de sus siempre verdes ramos,

su presunción tal vez a Apolo indigna.

 

Si el fuego con el fuego no perece…

Si el fuego con el fuego no perece

ni hay río al que la lluvia haya secado,

pues lo igual por lo igual es ayudado,

y a menudo un contrario al otro acrece,

 

Amor -que un alma en dos cuerpos guarece-,

si has siempre nuestras mentes gobernado,

¿qué haces tú que, de moda desusado,

con más querer, así el de ella decrece?

 

Tal vez igual que el Nilo que, cayendo

desde muy alto, su contorno atruena,

o cual sol que, al mirarlo, está ofuscando,

 

el deseo que consigo no consuena,

en su objeto extremado va cediendo

y, al espolear demás, se va frenando.

 

Soneto a Laura

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,

y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;

y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;

y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

 

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,

ni me retiene ni me suelta el lazo;

y no me mata Amor ni me deshierra,

ni me quiere ni quita mi embarazo.

 

Veo sin ojos y sin lengua grito;

y pido ayuda y parecer anhelo;

a otros amo y por mí me siento odiado.

 

Llorando grito y el dolor transito;

muerte y vida me dan igual desvelo;

por vos estoy, Señora, en este estado.

 

Soneto

Bendecidos el año, el mes, el día

y la estación y el sitio y el instante

y el hermoso país en que delante

de su mirar mi voluntad rendía.

 

Y bendecida la tenaz porfía

de amor entre mi pecho palpitante,

y el arco y la saeta y la sangrante

herida que en mi corazón se abría.

 

Bendecida la voz que repitiendo

va por doquier el nombre de mi amada,

suspiros, ansias, lágrimas vertiendo.

 

Y bendecido todo cuanto escribe

la mente que al loarla consagrada

en Ella y sólo para Ella vive.

 

Tan descarriado está mi desvarío

Tan descarriado está mi desvarío

detrás de la que en fuga se revela,

y de lazos de Amor ligera vuela,

delante del pausado correr mío;

 

que, cuanto más en adestrar porfío,

menos presta oído y se cautela;

ni me valen con él brida ni espuela,

que es natural de Amor tal terco brío.

 

Y así después que el freno a sí recoge,

yo quedo a su merced y en fiera culpa,

mal que me pese, a muerte me transporta;

 

por ir sólo al laurel, donde se coge

acerbo fruto, cuya amarga pulpa

la herida aflige más que la conforta.

 

Veintiún años me tuvo Amor ardiendo

Veintiún años me tuvo Amor ardiendo

alegre, y en la pena esperanzado,

para después que el bien me fuese alzado

tenerme otros diez años más gimiendo.

 

Mi vida, ya cansado, ahora reprendo

por tanto error, que casi ya ha apagado

la luz de la virtud; y en este estado

a Ti, mi Dios, devoto me encomiendo;

 

contrito de mis mal gastados años

que yo debí emplear en mejor uso

en querer paz y en despreciar engaños.

 

Señor, que me has tenido aquí recluso,

sálvame, pues, de los eternos daños:

que conozco mi culpa, y no la excuso.

Canzoniere, 1470

 

Virgen hermosa, que de sol tocada

Virgen hermosa, que de sol tocada,

coronada de estrellas, al Sol sumo

gustaste tal que en Ti Su luz ha sido,

de amor por celebrarte me consumo,

mas no sé sin tu ayuda decir nada,

y del que por amor en Ti ha vivido:

Invoco a la que siempre ha respondido

al que con fe la llama,

Virgen, si a pía llama

mortal miseria hay vez que te ha movido,

oído da a mi ruego y da consuelo;

apacigua mi guerra,

aunque soy tierra, y Tú Reina del cielo.

 

Virgen sapiente, de aquel número una

de las benditas vírgenes prudentes,

la primera, y de lámpara más clara:

oh firme escudo de afligidas gentes

contra golpes de Muerte o de Fortuna,

que da el triunfo y no sólo nos ampara;

oh refresco que el ciego ardor repara

de mundanos antojos;

Virgen, aquellos ojos

que vieron tristes lo que cruz y vara

hicieron de Tu amado Hijo en el porte,

mira mi triste estado

que desnortado a Ti viene por norte.

 

Virgen pura, en virtud toda perfecta,

del parto gentil tuyo hija y madre;

que alumbras esta vida y la otra honoras;

por ti Tu Hijo, aquel del sumo Padre,

ventana celestial que luz proyecta,

nos ofreció Sus gracias redentoras;

y entre estancias para Él acogedoras

solo tú, bendecida,

Virgen fuiste elegida,

que el llanto de Eva amargo así edulcoras.

Hazme digno de gracia Tú, pues puedes,

sin fin oh afortunada,

ya coronada al cielo de mercedes.

 

Virgen santa, Tú llena eres de gracia,

que por altísima humildad subiste

al Cielo, donde hoy me das oído,

la fuente de piedad Tú concebiste

y el sol de la justicia, que congracia

el siglo que es de error continuo nido;

tres dulces nombres Tú has merecido,

hija, madre y esposa;

Virgen esplendorosa,

mujer del Rey (que al hombre has desasido

y al mundo libre y jubiloso has hecho)

en cuya santa herida,

deja que pida que repose el pecho.

 

Virgen única al mundo sin ejemplo,

que al cielo por Tu gracia enamoraste,

no teniendo jamás de Ti segunda,

los actos santos de piedad que obraste

te hicieron para sacro y vivo templo

del verdadero Dios virgen fecunda.

Por Ti puede mi vida ser jocunda,

si a Tus ruegos, María,

Virgen süave y pía,

donde abundó el error, la gracia abunda.

Con las rodillas de la mente hincadas,

te ruego que encamines

a buenos fines vías que traigo erradas.

 

Virgen clara y estable en el eterno,

de este tempestüoso mar estrella,

de todo fiel timón fïable guía,

mira la tempestad que me atropella,

solo y roto entre olas, sin gobierno,

cerca del postrer grito de agonía.

Mas con todo Te busca el alma mía,

inicua, no lo niego,

Virgen; pero Te ruego

que Tu enemigo de mi mal no ría.

Recuerda cómo Dios por del pecado

hacer nuestra alma sana

en carne humana fue de Ti hospedado.

 

Virgen, ¡oh cuánto llanto he derramado,

cuánto deseo y cuánto ruego en vano,

por mi pena tan sólo y por mi daño!

Pues desde que nací en Arno toscano,

buscando siempre en uno u otro lado,

sólo probó mi vida mal tamaño.

Mortal belleza, en voz y en obra engaño,

dieron tiniebla al alma.

Virgen sagrada y alma

no tardes que me sé en el postrer año.

Mis días más veloces que una flecha

entre pecado y lodo

andan de modo que la Muerte acecha.

 

Virgen, ella ya tierra, ha puesto en duelo

mi corazón que viva tuvo en llanto,

sin saber de las mil una porfía;

mas pasara, sabiéndolo, otro tanto

de aquello que pasé, que su desvelo

era a mí muerte y fama a ella impía.

Oh Tú, Dueña del cielo y Diosa mía,

si hablar me es conveniente,

Virgen de aguda mente,

Tú que ves todo y, cuanto no podía

otra, hacer puedes, aunque mucho encone,

pon fin a mi mal grave

que a Ti Te alabe y a mí bien me done.

 

Virgen, en la que asiento mi esperanza,

que puedes y deseas ayudarme,

no me dejes al cabo de la muerte.

mira, no a mí, sino a Quien dio en crearme;

no yo, si no el ser hecho a semejanza

de Dios, te mueva a hombre de tal suerte.

Por mí y Medusa soy piedra que vierte

humor vano y desecho;

Virgen, Tú sola el pecho

llena de santo llanto y seca el fuerte,

por que al menos devoto sea el postrero,

sin ya limo terreno,

no todo cieno como fue el primero

 

Virgen humana que ama mansedumbre,

nuestro común principio amor te infunda;

hoy sé con este corazón piadosa;

pues, si a tierra mortal, pobre e infecunda

tuve con tanta fe amar por costumbre,

¿cómo he de amarte a Ti, más gentil cosa?

Si esta mísera vil vida espantosa

por Tus manos ensalzo,

Virgen, consagro y alzo

a Tu nombre el deseo, ingenio y prosa;

la lengua, el corazón y el pensamiento.

Muéstrame el mejor vado,

y ten de grado mi mudado intento.

 

Corriendo se aproxima el postrer día,

el tiempo huye y no para,

Virgen única y rara,

y muerte y contrición el pecho hoy cría.

A tu Hijo, Dios y Hombre verdadero,

ruégale que en la cita

en paz admita mi exhalar postrero

Canzoniere, 1470

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