Poemas de Giovanni Boccaccio (poeta italiano)

Giovanni Boccaccio

Poemas de Giovanni Boccaccio (1313-1375), escritor y humanista italiano, pieza clave del Renacimiento temprano junto a Dante y Petrarca.

Boccaccio es considerado el padre de la prosa italiana en lengua vulgar, dotándola de una elegancia y realismo inéditos. Su enfoque en la psicología de los personajes y el papel activo de la mujer en sus historias marcaron un hito en la literatura universal.

Ballata

Soy joven y me gustaría cantar

En esta feliz marea de primavera

De amor y muchas cosas suaves,

Vago por prados

verdes Con flores doradas, rojas y blancas;

Levantado por la espina y la bella del lirio,

A todos los comparo

Con aquel que, adorando mis encantos,

Porque sí me envolvería en sus brazos

Como uno jurado a su servicio.

Luego, cuando encuentro una flor que parece

Al objeto de mis sueños,

la recojo y la beso allí,

la halago con acentos hermosos,

Mi corazón se derrama, mi alma se inclina,

Luego la tejo en una corona fragante

Entre mis cabellos rubios para llevar.

El éxtasis

alegre de la naturaleza despierta en mí siempre,

como si me quedara cara a

cara con aquel cuyo verdadero amor es mi gracia;

Pensamientos que su fragancia

inspira no puedo enmarcar mis deseos,

Mis suspiros que su peregrinación trazan.

Mis ojos no son ni duros ni tristes

Como los de otras mujeres, sino alegres

y tiernos; en tan profundo sabio

Buscan mi amor que él responde

Al acercarse, y así da

Alegría a quien en él vive

Pero casi llora: «Ven, porque la esperanza muere.»

 

Sonetto

Junto a una fuente en un pequeño bosque

Donde las frondas verdes frescas y las bonitas flores adornaban, Tres

doncellas se sentaron y me hablaron de amor.

Mejillas doradas medias, sombreando cada dulce rostro,

Porque la frescura se entrelazaba en un spray verde hoja,

Y mientras tanto un suave céfiro jugaba

Con tierna luz verde y dorado,

tejiendo una red de sol y sombra.

Al cabo de un rato, a los otros dos

, uno habló, y pude oír sus palabras: «¿Crees

que si nuestros amantes llegaran a pasar,

todos huiríamos de miedo?»

Los demás le respondieron: «¡De tanta alegría

era una pequeña tonta que quisiera volar!»

 

El mechón de cabello

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció en Paria, ciudad de Lombardía, la base de su soberanía. Como sus antecesores, cogió por mujer a Tendelinga, viuda de Autari, también soberano de los longobardos.

La señora era hermosísima, prudente y honrada, pero desafortunada en afectos. Y, yendo muy bien las cosas de los longobardos por la virtud y la razón de Agilulfo, aconteció que un palafrenero¹ de la nombrada reina, hombre de muy ruin condición por su nacimiento, pero superior en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina, y como su baja condición no le impedía advertir que aquel amor escapaba a toda conveniencia, a nadie se lo declaró, ni siquiera a ella con su mirada.

 

Y sin esperanza alguna siguió viviendo. Pero se jactaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alto lugar y, ardiendo en amoroso calor, se dedicaba a hacer mejor que sus compañeros lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén, lo que él tenía como un privilegio, y no se apartaba de ella, juzgándose afortunado algunas veces si podía rozarle los vestidos.

 

Pero el amor, como muchas veces vemos, cuando tiene menos esperanza suele aumentar, y así le sucedía al pobre palafrenero, que hallaba insoportable mantener su escondido deseo, al que ninguna esperanza ayudaba. Y muchas veces, no logrando librarse de su amor, pensó en morir. Y, reflexionando cómo lograrlo, decidió que fuese de tal manera que se notara que moría por el amor que había puesto y profesaba a la reina, y se propuso que fuera de manera que la fortuna le diese la posibilidad de obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo.

 

No deseó manifestar nada a la reina, ni expresole su amor escribiéndole, ya que sabía que era infructuoso hablar o escribir, mas resolvió ensayar si era posible, por ingenio, con ella acostarse. Mas no veía otro medio ni recurso que hacerse pasar por el rey, el cual no dormía con la reina de continuo.

 

Y para a ella llegar y entrar en su estancia, procuró el hombre averiguar en qué forma y hábito iba allá el rey. Y así muchas veces, durante la noche, se escondió en una gran sala del real palacio a la que daban los aposentos de la reina y del rey. Y una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abriose la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

 

Y esto visto, y vuelto a ver, pensó el palafrenero que él debía hacer otro tanto, y mandó que le aderezasen un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras lavarse bien en un baño para que la reina no advirtiese el olor del estiércol y con él el engaño, en la sala, como solía, se escondió.

 

Y notando que ya todos dormían, pensó que era momento de conseguir su deseo, o, con alta razón, la muerte que arrostraba, y, haciendo con la yesca y eslabón que llevaba encima un poco de fuego, encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió la puerta una soñolienta camarera, que le retiró y apartó la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitose la capa y acostose donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiéndose conturbado por saber que en esos casos nunca el rey quería oír nada, sin nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche. Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía volverle en tristeza el deleite obtenido, se levantó, púsose el manto, empuñó la luz y, sin nada hablar, se fue y volviose a su lecho tan presto como pudo.

 

Y apenas había llegado allá cuando el rey, alzándose, fue a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y entrando en el lecho y alegremente saludándola, ella, adquiriendo osadía con el júbilo de su marido, dijo:

 

-Señor, ¿qué novedad es la de esta noche? Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

 

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres, pero como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, valía más no hacérselo comprender, lo que muchos necios no hubiesen hecho, sino que habrían dicho: “Yo no fui. ¿Quién fue ¿Cómo se fue y cómo vino?” De lo que habrían difamado muchas cosas con las cuales hubiera a la inocente mujer contristado, y aun quizás héchole venir en deseo el volver a desear lo que ya había sentido. Y lo que, callándolo, ninguna afrenta le podía inferir, hubiera, de hablar, irrogándole vituperio. Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y palabras:

-¿No os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, tomó su manto, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera, imaginando que debía ser alguien de la casa y que no había podido salir de ella. Y así, encendiendo una lucecita en una linternilla, se fue a una muy larga casa que había en su palacio sobre las cuadras y en la que dormían casi todos sus sirvientes en distintos lechos. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, y comenzando por uno de los principales de la casa, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

 

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, en términos que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron más, por albergar la firme creencia de que, si el rey algo notaba, le haría morir.

 

Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

 

Y habiendo dado el rey muchas vueltas, sin que le pareciese encontrar al culpable, llegose al palafrenero, y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Pero como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volviose a su cámara.

 

El hombre, que todo lo había sentido y era malicioso, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando un par de tijeras que había en el establo para el servicio de los caballos, a todos los que allí yacían, andando sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a dormir.

 

El rey, al levantarse por la mañana, mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre, y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer. Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquel que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más su vida con tan expuesto acto confió a la Fortuna. FIN

 

RIMAS XXI

Amor es denostado por villanos:

lo llaman accidente doloroso,

lleno de espanto, adverso, codicioso,

y de suspiros proveedor cortés.

 

No se percata el ciego error de aquellos

cómo proceda su fuerza escondida

en hombres justos, briosos y prudentes

para buscar honor, con bien actuar.

 

Cuando ese ser en las almas gentiles

se muestra como objeto valeroso,

las vuelve humildes y también corteses.

 

Ornarse de gracias es su deleite;

huye, enemigo, de todo acto vil:

¿quién cesará de estar bajo su yugo?

 

RIMAS LXXIV

Si en los lazos, Amor, caer pudieses

en los que a tantos has enmarañado

los brazos rotos séante y obtusas

las garras, y las alas desplumadas

 

y quitado el vigor, tu culto horrendo

sea aquel que nacerá y ha ya nacido,

rotos séante el arco y los venablos

y que tu nombre siempre dolor sea.

 

Fraudulento, desleal y mentiroso,

falso, ladrón, asesino y sicario,

cruel, tirano y homicida perjuro.

 

Luego de mi servir tan largo y vano

pusiste antes de mí a quien menos vale.

¡Que caiga en ti una flecha y que te mate!

 

Ocultos están los espíritus y las sombras eliminadas

Ocultos están los espíritus y las sombras

arrebatados de las ramas de los

arbustos por el invierno hostil y por sus nacimientos:

pero no sin causa, las muchas

heridas que le hacen aquellos

que le otorgan mayor mérito y honor.

Pero si sigo bien los estados amorosos,

es una similitud entre ti,

que has conversado con el Amor con problemas y sudor.

Ahora se ha quitado el usado,

ya que la diosa Palas os ha prometido que

Venus y Marte y Pallas han sido concedidos.

 

Has hecho un comienzo elegante

sin tomar tiempo

ni ningún otro tedio por tu parte.

Aunque era digno de permanecer oculto,

tu prudencia y belleza

me fueron otorgadas para hacerla una figura.

Pero aunque esta desgracia pueda resultarme grave,

para no

desobedecer con reverencia al amoroso Sire,

aceptaré los honores

que cada uno de fuera,

aparte, os traiga a las diosas amigas,

para que ella pueda honrarlas en vuestras rúbricas.

 

Esa encantadora diosa Venus, hermana

de vago Placer,

Amor te colocó, a primera vista,

frente a ella, elegante y esbelta.

Te parece que siempre has

teñido su amor en tu corazón:

bien que sé que siempre se siente atraída,

cuando te abriste el camino

con un pecho firme y pétreo,

haciendo que aplanaran el suelo,

para que la virtud se desatara,

porque, antes de que todo honor le sea hecha,

ella te ha hecho cortesía de tal dama.

 

Invocar a Marte, como ferviente amigo

de las batallas,

como un providente por más motivo:

que entendió tu opinión, tan modesta,

que redactó los papeles

de ese ejército, sin cuestionar:

sin hacer otra mención,

pero definiendo, espero,

que en un estado

sincero acudirás a tu dama por destreza,

entre su sabiduría y la locura de los demás.

 

Pallas mostró la gracia

prometida de ser ferviente y atractiva,

con sus otros compañeros, para honrarte.

Mientras su túnica imperial se despliega,

y su corona se coloca

sobre la vaga dama que tiene tu corazón.

Así obtuvo riquezas

de su antiguo amo,

y de ti, como amigo,

leal, y ensanchaste

el paso con vagos matices mezclados.

Que esta bendita diosa esté desnuda de tal manera que

siempre lleve su uniforme.

 

Dulce canción, para la que he

sido súbdito durante noches y días,

va a él para quien me hizo sirviente.

Te ofrecerás como el más honorable y

me darás a los que te rodean

como amigo con tu palabra;

y digo que me

mantengo a él como amigo en secreto y disfrazado,

como las diosas que le defienden.

 

Ay, cómo soy a veces

¡Oh, qué maravillosos son a veces

en nosotros,

amor, tus fuegos!

Con el pelo corto y una falda concisa,

una mujer

enamorada seguía los pasos gráciles

de sus fieles entre equipos belicosos.

Pero el valor

de las mujeres modernas es tan grande que,

si tienen mayor belleza, tienen menos fe.

 

Mientras la virtud de tus hermosos ojos se siente

Mientras se siente la virtud de tus hermosos ojos,

cada alma dulce arde con amor honesto,

tan pura es su esplendor vivo,

que el deseo bajo nunca consiente.

 

Y si las voces son escuchadas

por la boca angelical con sus oídos,

vuelven sus sentidos y corazón solo hacia ti,

y sus mentes se llenan de pensamientos elevados.

 

Cada acto tuyo une el alma con un arte

maravilloso y hace feliz al hombre:

¡Oh, gracia de otros nunca dada en la tierra!

 

Pero quien mira la parte

divina se cega hasta el final, y le dice:

«En el sol ardiente, lazo y me fije.»

 

Mi llama crece mientras la contemplo

Mi llama crece mientras te contemplo,

oh mi hermoso sol, en el que cuelga mi vida,

ni otra luz brilla para mí entre nosotros

en cuanto estos ojos se vuelven en ti.

 

Y mis deseos elevados son eternos,

como eterno es el bien, que enfurezca mi corazón.

Santo Amor, que pretende

levantar su mente y mover sus suspiros con un objeto tan valioso.

 

¿Cómo es que el fuego del Amor se encendió

en mí con un nuevo cebo,

tal duda surgió en tu mente?

 

Turbio y frío, el sol tendrá

los rayos mucho antes que ese ardor de mi pecho,

al que me complació consagrarme.

 

Decir que eres hermosa

Decir que eres una hermosa

tonta,

mi señora, y que todo el que me escucha me reprocha.

El nombre no se ajusta a lo que sedimos,

no sé qué tienes

más que el hombre, más que lo divino:

el cabello del amanecer,

los ojos del sol y el rostro de la luna,

y si alguna

belleza puede imaginarse que no pueda verse,

está claro en ti que todas las demás superan:

ni la Belleza podría

ser más hermosa que tú si fuera forma o Gracia.

 

Si trenzas rubias, pelo encrespado y dorado

Si trenzas rubias, pelo encrespado y dorado,

ojos sonrientes, espléndidos y dulces,

actos agradables y hábitos graves,

se escuchaban burlonas, honestas y doloridas

 

hablar en una mujer, como en su tesoro,

nunca poner la naturaleza ni pretender ser sabia:

todo en ella, Amor, en quien despertaron las llaves

de mis penas y refrescos.

 

Por eso, si a menudo suspiro por ello,

que no me reprochen quienes no ven mi esperanza

como recompensa de martirio.

 

Mi pensamiento impulsa y avanza

con la mirada hacia un deseo tan elevado,

que ya no siento que tenga poder.

 

Perlas espontáneas, orientales y nuevas

Perlas blancas, orientales y nuevas,

bajo rubines pálidos y bermellón brillantes,

de donde se mueve

una risa angelical que brilla bajo dos pestañas negras

 

a menudo forma Venus y Júpiter juntos,

y con bermellón

rosa mezclado con lirios blancos, su color se forma en todas partes,

sin que se diluya ningún arte:

 

los cabellos dorados y encrespados iluminan

la frente feliz, que

Love deslumbra con asombro;

 

y las demás partes son todas adecuadas

para la mencionada, en igual medida,

de ella que se parece a los verdaderos ángeles.

 

Esa dulce canción con la que Orfeo

Esa dulce canción con la que Orfeo

Cerbero y el timonel de Aqueron ya conquistaron,

o la que Anfión desde la dura montaña

arrojó piedras al hermoso muro del cielo;

 

o quién alrededor de la fuente Pegaseo

canta más colores hermosos que ya adornan su frente

con laurel, con las Musas alabando

a un hombre, o quizás a algún dios:

 

sería difícil elogiarla,

cuyas bellezas son mucho más que mortales,

y sus modales y palabras.

 

Y supongo que en versos

desiguales los dibujaría en canto sin sonido.

¡A ver si mis pensamientos son tontos!

 

Que no creerá fácilmente

¿Quién no creería fácilmente, si el delfín viniera al canto de Arion,

dirigiéndose a su barco vecino,

a su orden rápida y obediente,

¿Que, navegando el mar a menudo

en un bote corto, en el mejor momento,

muchos acuden deseosos a la voz de su canto divino?

 

Y casi hasta eso

fueron enviados por Neptuno para rodearla, y todas las cosas quedaron

por ahuyentar, y las olas y las tormentas.

¡Oh, oídos felices, oh corazones bendecidos,

a quienes la Fortuna es tan hábil,

que quizá seáis dignos de escucharla!

 

En la popa hay una pequeña embarcación

En la popa estaba sentada en un pequeño bote,

que fue rápidamente arrastrado por el mar, mi

señora acompañada por otros,

cantando alguna u otra canción.

 

Ahora esta orilla y ahora esta pequeña isla,

y ahora esta y ahora aquella compañía

de mujeres visitantes, un pequeño ángel fue contemplado

como un descenso del cielo.

 

Yo, que al seguirla vi que la gente venía

a su encuentro

por todos lados, lo vi como un nuevo milagro.

 

Sentí que cada espíritu despertaba en mí,

y con el amor de felicitarla

saciado, nunca vi lo bueno que siento.

 

No creo que el sonido fuera tan dulce

No creo que el sonido fuera tan dulce

como para que los ojos de Argos los hiciera dormir a todos,

ni que Anfión lo

mencionara para oírlo cuando los montó para cerrar Tebas se movió,

 

ni las sirenas incluso cuando Ulises se sacudía

en vano, intentando huir,

ni cualquier otra cosa, si es que alguna puede considerarse

más dulce o de mayor poder:

 

tanto como una voz que escuché de un pequeño

ángel, que adornaba encantado su cabello

rubio con follaje y flores.

 

Entonces una pequeña llama entró en mi pecho,

que, al contemplar sus hermosos ojos,

encendió mi corazón con más de mil ardores.

 

Guidommi Amor, aún ardiendo el sol

El amor me guió, el sol aún ardiendo,

sobre las aguas de Julius, en un bosque de mirtos,

y el mar estaba en calma y el cielo tranquilo,

aunque algo celésfero, como siempre,

 

movía las cumbres solas a los arbustos:

cuando parecía oír una canción tan

alegre que nunca era habitual

oír tal canción en escuelas mortales.

 

Por eso yo: «Ángela quizás, oh ninfa o diosa

, canta con ella en este lugar elegido»,

me dijo, «de antiguos amores.»

 

Entonces, la Madonna, en un refugio muy hermoso

del bosque sombreado, sobre las hierbas y las flores,

vi cantar y sentarme con otros.

 

Ardor de cáncer, pasada la sexta hora

El cáncer ardía, después de la sexta hora,

el céfiro soplaba y el tiempo estaba bueno,

el mar estaba tranquilo, y a su lado,

en parte donde aún no había sol,

 

Vi a la que se enamoraba del Cielo y

se alegraba con muchas mujeres: y el vellocino dorado

rodeaba su cabeza de tal manera que el pelo

del vago nudo no se soltaba.

 

Neptuno, Glauco, Foro y la gran Tetis

la miraron desde el mar tan contentos que

parecían decir: «Júpiter, no quiero nada más.»

 

Yo, de ronchio, fijo en ojos felices,

tenía sentimientos tan doblados que

yo y la roca paramos una piedra.

 

A la sombra de mil árboles frondosos

A la sombra de mil árboles frondosos,

con un vestido elegante y delicado,

con ojos vagos y

parloteos femeninos,

estiraba lazos que ella misma había tejido antes

de sus cabellos rubios encrespados y solutos

en el viento ligero, en un prado verde y fresco,

un pequeño ángel; a quien llegó el amor

tenaz, y ganchos amargos y afilados.

 

Desde aquí, aquellos que la encontraron en vano y

luego intentaron en vano desarrollarse,

tal fue la artimaña que los retuvo.

 

Y sé que, confiando

más en mí mismo que en el deber, me

invadieron virtudes que no veía.

 

Alrededor de un manantial, en un prado

Alrededor de un manantial, en un prado

lleno de hierba verde y hermosas flores,

se sentaban tres pequeños ángeles, quizás narrando sus

amores, y a cada uno lo hermoso

 

su rostro cubría una rama

verde que rodeaba el cabello dorado, a la que por

fuera y por dentro los dos colores

vagos envolvían una brisa elegante.

 

Y al cabo de un rato, una y dos en punto, dijo

(según oí): «Oh, si por casualidad

el amante de cada uno viniera aquí ahora,

 

¿Huiremos por miedo?»

A lo que ambos respondieron: «¡Quien huye,

sería imprudente con tal fortuna!»

 

Poemas en la Costa Divina

Se cree que la marina de Reggio a Gaeta es casi

la parte más encantadora de Italia, en la que, muy

cerca de Salerno, hay una costa sobre el mar

, que los habitantes llaman la costa de

Amalfi, llena de pequeños pueblos, jardines y fuentes,

y de ricos y procuradores en el acto del

comercio, así como algunos otros: entre las cuales hay

una llamada Ravello, en la que, como ahora hay

hombres ricos, ya había uno

muy rico, llamado Landolfo Ruffolo…

 

Desnudo y descalzo, con las trenzas enrolladas alrededor

Desnuda y descalza, con los agudos envueltos y

atravesando de una roca a otra,

cuencas marinas de ellos,

mi señora deambula con los demás mucho.

Y las olas, casi todas reunidas en sí mismas,

con un leve movimiento los pies blancos mojados,

avanzaron murmurando

y retrayendo las bóvedas. Y si a veces, quizá por mojarse de

miedo, se subía la ropa para

que viera más de la pierna abierta, Oh, lo que habría visto entonces,

quien miró donde estaba,

mis ojos se desviaron para mirar más arriba.

 

Huyan suspiros míos, huya el llanto…

Huyan suspiros míos, huya el llanto,

huya la angustia y / huya el deseo

que tuve de morir; vaya al olvido

lo que contra el Amor yo pensé tanto:

 

vuelvan la fiesta, la risa y el canto,

vuelva el honor debido al señor mío,

los méritos de quien por mí lograron

tenga la gracia que yo quise tanto.

 

Desdén, que injustamente me negaba

el vago mirar de brillantes ojos

con que me tomó Amor, ya se ha marchado;

 

y aquel saludo que yo más quería,

con suave voz y gesto placentero

me lo acaba de dar la dama mía.

Giovanni Boccaccio

Gozo sin costo

Había en Milán un tudesco a sueldo cuyo nombre fue Gulfardo, arrogante en su persona y muy leal a aquellos a cuyo servicio se ponía, lo que raras veces suele suceder a los tudescos; y porque era, en los préstamos de dinero que se le hacían, lealísimo pagador, muchos mercaderes habría encontrado que por pequeño rendimiento cualquier cantidad de dinero le habrían prestado. Puso éste, viviendo en Milán, su amor en una señora muy hermosa llamada doña Ambruogia, mujer de un rico mercader que tenía por nombre Guasparruolo Cagastraccio, el cual era asaz conocido suyo y amigo; y amándola muy discretamente, sin apercibirse el marido ni otros, le pidió un día hablar con ella, rogándole que le pluguiera ser cortés con su amor, y que él estaba por su parte presto a hacer lo que ella le ordenase.

 

La señora, luego de muchos discursos, vino a la conclusión de que estaba presta a hacer lo que a Gulfardo pluguiera si de ello se siguiesen dos cosas: una que esto no fuese manifestado por él a nadie; la otra que, como fuese que ella tuviera para alguna hacienda suya necesidad de doscientos florines de oro, quería que él, que era rico, se los diese, y después, siempre estaría a su servicio.

 

Gulfardo, oyendo la codicia de ésta, asqueado por la vileza de quien creía que fuese una mujer valerosa, en odio cambió su ardiente amor; y pensó que tenía que burlarla, y le mandó a decir que de muy buena gana, y que aquello y toda otra cosa que ella quisiese le placería; y por ello que le mandase a decir cuándo quería que fuese a ella, que se los llevaría, y que nunca nadie sabría de esta cosa sino un compañero suyo de quien se fiaba mucho y que siempre andaba en su compañía en lo que hiciese. La señora, como una mala mujer, al oír esto estuvo contenta, y le mandó a decir que Guasparruolo su marido debía, de allí a pocos días, ir por sus negocios hasta Génova, y entonces ella se lo haría saber y le mandaría a buscar. Gulfardo, cuando le pareció oportuno, se fue a Guasparruolo y le dijo así.

 

-Tengo que hacer un negocio para el que necesito doscientos florines de oro, los cuales quiero que me prestes con el interés con que sueles prestarme otros.

 

Guasparruolo dijo que de buena gana, y en el momento le contó los dineros. De allí a pocos días Guasparruolo se fue a Génova, como la señora había dicho; por la cual cosa, la señora mandó a decir a Gulfardo que viniese a ella y le trajese los doscientos florines de oro. Gulfardo, tomando a su compañero, se fue a casa de la señora, y encontrándola que lo esperaba, la primera cosa que hizo fue ponerle en la mano los doscientos florines de oro, estando viéndolo su amigo, y así le dijo:

 

-Señora, tened estos dineros y se los daréis a vuestro marido cuando vuelva.

 

La señora los tomó, y no se apercibió de por qué Gulfardo hablaba así, sino que creyó que lo hacía para que su compañero no se percatase de que ella se daba a él por dinero; por lo que dijo:

 

-Lo haré con gusto, pero quiero ver cuántos son.

 

Y echándolos sobre una mesa y encontrando que eran doscientos, muy contenta los volvió a guardar; y se volvió a Gulfardo, y llevándolo a su alcoba, no solamente aquella vez, sino otras muchas, antes de que su marido volviese de Génova, con su persona le satisfizo.

 

Vuelto Guasparruolo de Génova, enseguida Gulfardo habiéndole hecho espiar para asegurarse de que estaba con su mujer, se fue a verlo y, en la presencia de ella, le dijo:

 

-Guasparruolo, los dineros que el otro día me prestaste, no los necesité, porque no pude hacer el trato para el que los tomé; y por ello se los traje aquí enseguida a tu mujer y se los di, y por ello cancelarás mi cuenta.

 

Guasparruolo, vuelto a su mujer, le preguntó si los había recibido. Ella, que allí veía al testigo, no lo pudo negar, sino que dijo:

 

-Cierto que los recibí, y no me había acordado todavía de decírtelo.

 

Dijo entonces Guasparruolo:

 

-Gulfardo, estoy contento; idos con Dios, que yo arreglaré bien vuestra cuenta.

 

Ido Gulfardo, y la mujer quedando burlada, le dio al marido el deshonesto precio de su maldad; y así el sagaz amante gozó sin costo de su avara señora. FIN

 

Anastasio

Había en Rávena, antigua ciudad de la Romaña, muchos gentiles hombres, entre los que se hallaba un mozo de nombre Anastasio degli Onesti, muy rico por herencia de su padre y de su tío. Y estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Pablo Traversari. Era la joven más noble que él, mas él esperaba con su conducta atraerla para que lo amase. Pero esas obras, por hermosas que eran, solo lograban enojar a la joven, porque ella solía manifestarse tosca, huraña y dura, aunque tal vez esto se debía a que ella poseía una belleza singular o a su altiva nobleza. En resumen, a ella nada de él la complacía, lo que para Anastasio resultaba doloroso de soportar, y cuando le dolía demasiado pensaba en matarse.

 

Otras veces, cuando reflexionaba, se hacía la idea de dejarla tranquila y aun de odiarla tanto como ella a él. Pero todo resultaba en vano: cuanto más se lo proponía más se multiplicaba su amor. Y, perseverando el joven en amarla sin medida, a sus familiares y amigos les pareció que él y su hacienda iban a agotarse.

 

Por lo cual, muchas veces le rogaron que se fuese de Rávena a morar en otro lugar por algún tiempo, para ver si lograba disminuir su amor y sus impulsos. Anastasio se burló de aquel consejo, pero ellos insistían en su solicitud y al fin decidió complacerles, y mandó organizar tantas maletas como si se fuese a España o a Francia o a cualquier otro lugar remoto; montó en su caballo y, en compañía de sus amigos, partió de Rávena y se fue a un sitio que dista de Rávena tres millas y se llama Chiassi. Una vez hubo llegado, mandó armar las tiendas y dijo a quienes le acompañaban que se devolviesen, pues pensaba quedarse donde estaba. Y ellos regresaron a Rávena. Se quedó Anastasio y empezó a hacer la más magnífica vida que jamás se conociera, invitando a tales o cuales a comer o cenar como era su costumbre.

 

Y sucedió que, llegando primeros de mayo, y haciendo buenísimo tiempo y él siempre pensando en su cruel amada, mandó a todos lo suyos que le dejasen solo para poder meditar más a sus anchas, y a pie se trasladó, reflexionando, hasta el pinar. Pasaba la quinta hora del día, y habiéndose él adentrado en el pinar como una media milla, sin acordarse de comer ni de nada, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y quejas de una mujer. Interrumpido así en sus dulces pensamientos, alzó la cabeza para ver lo que fuese, y se extrañó de hallarse en pleno pinar. Y, además, mirando ante sí, vio venir, saliendo de un bosquecillo muy denso de zarzas y realezas, y corriendo hacia donde él se hallaba, una bellísima mujer desnuda, toda arañada de las zarzas y matorrales, que lloraba y pedía piedad a gritos.

 

Dos grandes y fieros mastines¹ corrían tras ella, y cuando la alcanzaban la mordían. Venía detrás. sobre un negro corcel, un caballero moreno de muy airado rostro y con un estoque en la mano, amenazando de muerte a la joven con terribles y ofensivas palabras. Aquella puso a la vez maravilla y espanto en el ánimo del joven, y sintió compasión de la desventurada, por lo que se resolvió, si podía, librarla de la muerte y de tal angustia. Pero, hallándose sin armas, recurrió a coger una rama de árbol a guisa de garrote, y fue a hacer frente a los canes y al caballero. El cual, reparando en ello, le gritó de lejos:

 

-No intervengas, Anastasio, y déjanos a los perros y a mí hacer lo que esa mala hembra ha merecido.

 

En esto, los perros, aferrando con fuerza por las caderas a la mujer, la detuvieron y el caballero se apeó del corcel. Y Anastasio, acercándosele, le dijo:

 

-No sé quién eres que así me conoces, pero te digo que es gran vileza que un caballero armado quiera matar a una mujer desnuda y echarle los perros detrás como a una bestia del bosque. Por cierto ten que la defenderé.

 

El caballero respondió entonces:

 

-Anastasio, de tu misma tierra fui, y aún eras rapaz pequeño cuando yo, a quien llamaban micer Guido degli Anastagi, me enamoré tanto de esa mujer como tú ahora de la Traversari. Y su fiereza y crueldad de tal modo causaron mi desgracia, que un día, con el estoque que ves en mi mano, desesperado me maté y fui condenado a penas infernales. No pasó mucho tiempo sin que esta, que de mi muerte se sintió desmedidamente contenta, muriese, y por el pecado de su crueldad y de la alegría que le causó mi muerte, no habiéndose arrepentido, fue también condenada a las penas del infierno. Mas cuando a él bajó por castigo, a los dos nos fue dado el huir siempre ella ante mí, mientras yo, que tanto la amé, habría de perseguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada. Y siempre que la alcanzo, con este estoque con que me maté, la mato, y la abro en canal, y ese corazón duro y frío en el que nunca amor ni piedad pudieron entrar, le arranco con las demás vísceras, como verás pronto, y lo doy a comer a estos perros. Y, según voluntad de la justicia y potencia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que, como si muerta no estuviera, resucite, y otra vez comience su dolorosa fuga de los perros y de mí. Y cada viernes, sobre esta hora, aquí la alcanzo y hago en ella el estrago que verás. Mas no creas que descansamos los demás días, pues entonces también la sigo y la alcanzó en otros parajes donde cruelmente pensó y obró contra mí. Y, convertido de amante en enemigo, como ves, he de seguirla así durante tantos años como ella se portó rigurosamente conmigo. Dejemos, pues, ejecutar a la divina justicia, y no te opongas a lo que no puedes evitar.

 

Anastasio, al oír tales palabras, quedó tímido y suspenso, con todos los cabellos erizados, y retrocediendo y mirando a la mísera joven, comenzó temeroso a esperar lo que hiciere el caballero, el cual, acabando su razonamiento, como un can rabioso corrió estoque en mano hacia la mujer (que, arrodillada y sostenida con fuerza por los dos mastines, le pedía perdón) y con todas sus fuerzas le atravesó el pecho de parte a parte. Y cuando la mujer recibió el golpe, cayó de bruces, siempre llorando y gritando, y el caballero, poniendo mano a un cuchillo, le abrió los riñones y le sacó el corazón con cuanto lo rodeaba, y echolo a los dos mastines, que lo devoraron afanosamente. Casi en el acto, la joven, como si ninguna de aquellas cosas hubiere sucedido, se levantó y huyó hacia el mar, perseguida y desgarrada por los perros. Y el caballero, volviendo a montar a caballo y a requerir su estoque, la comenzó a seguir y en poco rato tanto se distanciaron, que ya Anastasio no les pudo ver.

 

Habiendo contemplado tales cosas, gran rato estuvo entre complacido y temeroso, y después le vino a la memoria la idea de que el suceso podría valerle de mucho, ya que acontecía todos los viernes. Y, así, habiéndose fijado bien en el paraje, se volvió con su gente y cuando le pareció hizo llamar a los más de sus parientes y amigos y les dijo:

 

-Durante largo tiempo me habéis incitado a que deje de amar a mi enemiga y ceje en mis gastos. Estoy dispuesto a hacerlo, siempre que una gracia me concedáis. Y es que hagáis que el viernes venidero micer Pablo Traversari, con su mujer e hija y todas las mujeres de su parentela, y las demás que os plazcan, vengan a almorzar conmigo. Entonces veréis por qué quiero eso.

 

Parecioles a sus amigos que no era cosa difícil de hacer y, al regresar a Rávena, cuando llegó el momento, invitaron a los que Anastasio deseaba. Y, aunque mucho costó convencer a la mujer a quien amaba Anastasio, al fin ella fue con las otras.

 

Hizo Anastasio que se aderezase un magnífico yantar y dispuso que se colocasen las mesas bajo los pinos, junto al lugar donde presenció la agonía de la cruel mujer. Y una vez que hizo sentarse a todas las mesas hombres y mujeres, mandó que su amada fuese puesta frente al sitio donde debía acontecer el hecho.

 

Y habiendo llegado el último manjar, el desesperado clamor de la joven perseguida empezose a oír. Mucho se maravillaron todos, y preguntaron qué era, y no lo supo decir nadie. Levantándose, pues, para averiguar qué sería, vieron a la doliente mujer, y al caballero y los canes, y en un momento todos estuvieron a su lado. Alzose gran vocerío contra los perros y el caballero y muchos se adelantaron para ayudar a la joven. Pero el caballero, hablándoles como habló a Anastasio, no solo les forzó a retroceder, sino que les espantó y les llenó de pasmo. E hizo lo que la otra vez hiciera, y las mujeres presentes allí (muchas de las cuales, parientes de la joven o del caballero, no habían olvidado su amor y la muerte de él) míseramente lloraron, como si ellas hubieran sufrido lo mismo. Acabó, en fin, el lance, y desaparecieron mujer y caballero, y los que aquello habían visto entregáronse a muchos y variados razonamientos.

 

Pero entre los que más espanto tuvieron figuró la cruel joven amada por Anastasio. Porque habiéndolo visto y oído todo muy claramente, y conociendo que a ella más que a nadie tales cosas atañían, ya le parecía estar huyendo de la ira de él y tener los perros a los talones. Y tanto miedo de esto le sobrevino que, para no incurrir en lo mismo, en breve ocurrió (tan en breve que aquella misma tarde fue) que, mudado su odio en amor, secretamente mandó a la estancia de Anastasio una camarera de su confianza, rogándole que fuese a verla, porque estaba dispuesta a complacerle en todo. Resolvió Anastasio que ello le satisfacía mucho, y que si a ella le placía, haría con ella lo que le pluguiese, pero, para honor de la dama, tomándola por mujer. La joven, sabedora que solo por su culpa no era ya esposa de Anastasio, mandó contestar que estaba acorde. Y luego, sirviéndose de mensajera a sí misma, dijo a sus padres que quería ser mujer de Anastasio, lo que mucho les contentó. Y al domingo siguiente casó Anastasio con ella, e hiciéronse bodas, y mucho tiempo jubilosamente convivió con ella. Y no solo el temor de la dama fue factor de aquel bien, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más que antes se plegaron al placer de los hombres. FIN

 

Ciappelletto

Habiéndose Musciatto Franzesi convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y que no se podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a quién dejar que fuera capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones. Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance, porque era pequeño como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conocían.

Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía grandísima vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir verdad por su fe. Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y enemistades y escándalos, de los cuales cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con que oraría un santo varón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne jugador con dados trucados.

 

Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que siempre lo hacía, fue protegido.

 

Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole, le dijo así:

 

-Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.

 

Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para recuperar la salud.

 

Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.

 

-¿Qué haremos de éste? -decía el uno al otro-. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan solícitamente para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.

 

Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:

 

-No quiero que temáis por mí ni tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís si así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.

 

Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado, empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió:

 

-Padre mío, mi costumbre es de confesarme todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad he tenido.

 

Dijo entonces el fraile:

 

-Hijo mío, bien has hecho, y así debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.

 

Dijo seor Ciappelletto:

 

-Señor fraile, no digáis eso; yo no me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa sangre.

 

Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:

 

-Padre, en esto me avergüenzo de decir la verdad temiendo pecar de vanagloria.

 

A lo que el santo fraile dijo:

 

-Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.

 

Dijo entonces seor Ciappelletto:

 

-Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre.

 

-¡Oh, bendito seas de Dios! -dijo el fraile-, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más mérito cuando, si hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos nosotros y todos los otros que están constreñidos por alguna regla.

 

Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año, todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:

 

-Hijo mío, estos pecados son naturales y son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después del cansancio, beber.

 

-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera, peca.

 

El fraile, contentísimo, dijo:

 

-Y yo estoy contento de que así lo entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y teniendo lo que no debieras tener?

 

A lo que seor Ciappelletto dijo:

 

-Padre mío, no querría que sospechaseis de mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí sino que había venido con la intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes, cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.

 

-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero ¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?

 

-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo que las de Dios.

 

Dijo entonces el fraile:

 

-Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?

 

A lo que el seor Ciappelletto respondió:

 

-¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».

 

Entonces dijo el fraile:

 

-Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?

 

-Ya, señor, sí -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de él a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más, zurraba como Dios os diga.

 

Dijo entonces el fraile:

 

-Ahora bien, tú me has dicho que has sido mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?

 

-Por mi fe -dijo seor Ciappelletto-, señor, sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por amor de Dios.

 

Dijo el fraile:

 

-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que hiciste.

 

Y después de esto preguntole el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo seor Ciappelletto:

 

-Señor mío, tengo todavía algún pecado que aún no os he dicho.

 

El fraile le preguntó cuál, y dijo:

 

-Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.

 

-¡Oh! -dijo el fraile-, hijo mío, ésa es cosa leve.

 

-No -dijo seor Ciappelletto-, no he dicho nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día así resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.

 

Dijo entonces el fraile:

 

-¿Alguna cosa más has hecho?

 

-Señor mío, sí -respondió seor Ciappelletto-, que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.

 

El fraile se echó a reír, y dijo:

 

-Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.

 

Dijo entonces seor Ciappelletto:

 

-Y hacéis gran villanía, porque nada conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.

 

Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:

 

-Hijo mío, ¿qué te pasa?

 

Repuso seor Ciappelletto:

 

-¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.

 

Entonces el santo fraile dijo:

 

-¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.

 

Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:

 

-¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.

 

A lo que le dijo el fraile:

 

-Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios por ti.

 

Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:

 

-Padre mío, pues que me prometéis rogar a Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije una vez a mi madre.

 

Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente. Dijo el fraile:

 

-¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el día y si Él perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.

 

Dijo entonces seor Ciappelletto:

 

-¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce madre mía que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no me será perdonado!

 

Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente creía ser cierto lo que seor Ciappelletto había dicho: ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:

 

-Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y bien dispuesta alma llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro convento?

 

A lo que seor Ciappelletto repuso:

 

-Señor, sí, que no querría estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano.

 

El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y así fue.

 

Los dos hermanos, que temían mucho que seor Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió la última unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que había hecho su buena confesión, murió. Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo, dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender de su confesión; y esperando que por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:

 

-Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la corte celestial.

 

Y además de éstas, muchas otras cosas dijo sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora. Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de ser escuchados.

 

El amante dormido

No hace mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo nombre fue maestro Mazzeo de la Montagna, el cual, ya cerca de sus últimos años, habiendo tomado por mujer a una hermosa y noble joven de su ciudad, de lujosos vestidos y joyas y de todo lo que a una mujer puede placer más, la tenía abastecida; es verdad que ella la mayor parte del tiempo estaba resfriada, como quien en la cama no estaba por el marido bien cubierta. El cual, como micer Ricciardo de Chínzica a la suya enseñaba las fiestas y los ayunos, este a ella le explicaba que por acostarse con una mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos días, y otras chanzas; con lo que ella vivía muy descontenta, y como prudente y de ánimo valeroso, para poder ahorrarle trabajos al de la casa se dispuso a echarse a la calle y a desgastar a alguien ajeno, y habiendo mirado a muchos y muchos jóvenes, al fin uno le llegó al alma, en el que puso toda su esperanza, todo su ánimo y todo su bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho, semejantemente a ella volvió todo su amor.

 

Se llamaba este Ruggeri de los Aieroli, noble de nacimiento pero de mala vida y de reprobable estado hasta el punto de que ni pariente ni amigo le quedaba que le quisiera bien o que quisiera verle, y por todo Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras vilísimas maldades; de lo que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras cosas. Y con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron juntos; y luego de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a reprochar su vida pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas se apartase; y para darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle cuándo una cantidad de dineros y cuándo otra.

 

Y de esta manera, persistiendo juntos asaz discretamente, sucedió que al médico le pusieron entre las manos un enfermo que tenía dañada una de las piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a sus parientes que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía, con certeza tendría aquel o que cortarse toda la pierna o que morirse; y si le sacaba el hueso podía curarse, pero que si no le daba por muerto y no lo recibiría; con lo que, poniéndose de acuerdo todos los de su parentela, así se lo entregaron. El médico, juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no soportaría el dolor ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el atardecer para aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto suyo una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo sufrir al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su alcoba la puso, sin decir a nadie lo que era.

 

Venida la hora del crepúsculo, debiendo el maestro ir con aquel, le llegó un mensaje de ciertos muy grandes amigos suyos de Amalfi de que por nada dejase de ir incontinenti allí, porque había habido una gran riña y muchos habían sido heridos. El médico, dejando para la mañana siguiente la cura de la pierna, subiendo a una barquita se fue a Amalfi; por lo cual la mujer, sabiendo que por la noche no debía volver a casa, ocultamente como acostumbraba hizo venir a Ruggeri y en su alcoba lo metió, y lo cerró dentro hasta que algunas otras personas de la casa se fueran a dormir. Quedándose, pues, Ruggeri en la alcoba y esperando a la señora, teniendo (o por trabajos sufridos durante el día o por comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por costumbre) una grandísima sed, vino a ver en la ventana aquella garrafita del agua que el médico había hecho para el enfermo, y creyéndola agua de beber, llevándosela a la boca, toda la bebió; y no había pasado mucho cuando le dio un gran sueño y se durmió.

 

La mujer, lo antes que pudo se vino a su alcoba y, encontrando a Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a decirle en voz baja que se pusiese en pie, pero como si nada: no respondía ni se movía un punto; por lo que la mujer, algo enfadada, con más fuerza lo sacudió, diciendo:

 

-Levántate, dormilón, que si querías dormir, donde debías ir es a tu casa y no venir aquí.

 

Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón sobre el que estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un cuerpo muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada, empezó a querer levantarlo y menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a tirarle de la barba, pero no servía de nada: había atado el asno a una buena clavija. Por lo que la señora empezó a temer que estuviera muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las carnes y a quemarlo con una vela encendida; por lo que ella, que no era médica aunque médico fuese el marido, sin falta lo creyó muerto, por lo que, amándolo sobre todas las cosas como hacía, si sintió dolor no hay que preguntárselo, y no atreviéndose a hacer ruido, calladamente, sobre él comenzó a llorar y a dolerse de tal desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra a su desgracia, pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de sacarlo de casa muerto como estaba, y ni en esto sabiendo determinarse, ocultamente llamó a su criada, y mostrándole su desgracia, le pidió consejo.

 

La criada, maravillándose mucho y meneándolo también ella y empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo lo mismo que decía la señora, es decir, que verdaderamente estaba muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa. A lo que la señora dijo:

 

-¿Y dónde podremos ponerlo que no se sospeche mañana cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?

 

A lo que la criada contestó:

 

-Señora, esta tarde ya de noche he visto, apoyada en la tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no demasiado grande que, si el maestro no la ha metido en casa, será muy a propósito de lo que necesitamos porque dentro podemos meterlo, y darle dos o tres cuchilladas y dejarlo. Quien lo encuentre allí, no sé por qué más de aquí dentro que de otra parte vaya a creer que lo hayan llevado; antes se creerá, como ha sido tan malvado, que, yendo a cometer alguna fechoría, por alguno de sus enemigos ha sido muerto, luego metido en el arca.

 

Agradó a la señora el consejo de la criada, salvo en lo de hacerle algunas heridas, diciendo que no podría por nada del mundo sufrir que aquello se hiciese; y la mandó a ver si estaba allí el arca donde la había visto, y ella volvió y dijo que sí. La criada, entonces, que joven y gallarda era, ayudada por la señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora por delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron dentro y, volviéndola a cerrar, se fueron.

 

Habían, hacía unos días más o menos, venido a vivir a una casa dos jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de ganar mucho y de gastar poco, teniendo necesidad de muebles, el día antes habían visto aquella arca y convenido que si por la noche seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada la medianoche, salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos, prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y la dejaron junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin cuidarse de colocarla bien entonces; y dejándola allí, se fueron a dormir.

 

Ruggeri, que había dormido un grandísimo rato y ya había digerido el bebedizo y agotado su virtud, cerca de maitines se despertó; y al quedar el sueño roto y recuperar sus sentidos el poder, sin embargo le quedó en el cerebro una estupefacción que no solamente aquella noche sino después algunos días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y extendiendo las manos acá y allá, encontrándose en esta arca, comenzó a devanarse los sesos y a decirse:

 

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy dormido o despierto? Me acuerdo que esta noche he entrado en la alcoba de mi señora y ahora me parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto? ¿Habrá vuelto el médico o sucedido otro accidente por lo cual la señora, mientras yo dormía, me ha escondido aquí? Eso creo, y seguro que así habrá sido.

 

Y por ello comenzó a estarse quieto y a escuchar si oía alguna cosa, y estando así un gran rato, estando más bien a disgusto en el arca, que era pequeña, y doliéndole el costado sobre el que se apoyaba, queriendo volverse del otro lado, tan hábilmente lo hizo que, dando con los riñones contra uno de los lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso nivelado, la hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo que las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron miedo, y por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió mucho, pero notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra cosa no sucedía, estar fuera que quedarse dentro. Y entre que él no sabía dónde estaba y una cosa y la otra, comenzó a andar a tientas por la casa, por ver si encontraba escalera o puerta por donde irse. Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas estaban, comenzaron a decir:

 

-¿Quién hay ahí?

 

Ruggeri, no conociendo la voz, no respondía, por lo que las mujeres comenzaron a llamar a los dos jóvenes, los cuales, porque habían velado hasta tarde, dormían profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo que las mujeres, más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas, comenzaron a gritar:

 

-¡Al ladrón, al ladrón!

 

Por la cual cosa, por varios lugares muchos de los vecinos, quién arriba por los tejados, quién por una parte y quién por otra, corrieron a entrar en la casa, y los jóvenes semejantemente, despertándose con este ruido, se levantaron. Y a Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el asombro fuera de sí, y sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le echaron mano los guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí al ruido, y llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era tenido por todos, sin demora dándole tormento, confesó que en la casa de los prestamistas había entrado para robar; por lo que el rector pensó que sin mucha espera debía colgarlo.

 

Se corrió por la mañana por todo Salerno la noticia de que Ruggeri había sido preso robando en casa de los prestamistas, lo que la señora y su criada oyendo, de tan grande y rara maravilla fueron presa que cerca estaban de hacerse creer a sí mismas que lo que habían hecho la noche anterior no lo habían hecho, sino que habían soñado hacerlo; y, además de ello, del peligro en que Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía loca.

 

No poco después de mediada tercia, habiendo retornado el médico de Amalfi, preguntó qué había sido de su agua, porque quería darla a su enfermo; y encontrándose la garrafa vacía hizo un gran alboroto diciendo que nada en su casa podía durar en su sitio.

 

La señora, que por otro dolor estaba azuzada, repuso airada diciendo:

 

-¿Qué haríais vos, maestro, por una cosa importante, cuando por una garrafita de agua vertida hacéis tanto alboroto? ¿Es que no hay más agua en el mundo?

 

A quien el maestro dijo:

 

-Mujer, te crees que era agua clara; no es así, sino que era un agua preparada para hacer dormir.

 

Y le contó la razón por la que la había hecho.

 

Cuando la señora oyó esto, se convenció de que Ruggeri se la había bebido y por ello les había parecido muerto, y dijo:

 

-Maestro, nosotras no lo sabíamos, así que haceos otra.

 

El maestro, viendo que de otro modo no podía ser, hizo hacer otra nueva. Poco después, la criada, que por orden de la señora había ido a saber lo que se decía de Ruggeri, volvió y le dijo:

 

-Señora, de Ruggeri todos hablan mal y, por lo que yo he podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que para ayudarlo se haya levantado o quiera levantarse; y se tiene por seguro que mañana el magistrado lo hará colgar. Y, además de esto, voy a contaros una cosa curiosa, que me parece haber entendido cómo llegó a casa del prestamista; y oíd cómo. Bien conocéis al carpintero junto a quien estaba el arca donde le metimos: este estaba hace poco con uno, de quien parece que era el arca, en la mayor riña del mundo, porque aquel le pedía los dineros por su arca, y el maestro respondía que él no había visto el arca, pues le había sido robada por la noche; al que aquel decía: «No es así sino que la has vendido a los dos jóvenes prestamistas, como ellos me dijeron cuando la vi en su casa cuando fue apresado Ruggeri». A quien el carpintero dijo: «Mienten ellos porque nunca se la he vendido, sino que la noche pasada me la habrán robado; vamos a donde ellos». Y así se fueron, de acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine aquí, y como podéis ver, entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue encontrado fue transportado; pero cómo resucitó allí no puedo entenderlo.

 

La señora, entonces, comprendiendo óptimamente cómo había sido, dijo a la criada lo que había oído al médico, y le rogó que para salvar a Ruggeri la ayudase, como quien, si quería, en un mismo punto podía salvar a Ruggeri y proteger su honor.

 

La criada dijo:

 

-Señora, decidme cómo, que yo haré cualquier cosa de buena gana.

 

La señora, como a quien le apretaban los zapatos, con rápida determinación habiendo pensado qué había de hacerse, ordenadamente informó de ello a la criada. La cual, primeramente fue al médico, y llorando comenzó a decirle:

 

-Señor, tengo que pediros perdón de una gran falta que he cometido contra vos.

 

Dijo el médico:

 

-¿Y de cuál?

 

Y la criada, no dejando de llorar, dijo:

 

-Señor, sabéis quién es el joven Ruggeri de los Aieroli, quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me condujo hogaño a ser su amiga: y sabiendo ayer tarde que vos no estabais, tanto me cortejó que a vuestra casa en mi alcoba a dormir conmigo lo traje, y teniendo él sed y no teniendo yo dónde ir antes a buscar agua o vino, no queriendo que vuestra mujer, que en la sala estaba, me viera, acordándome de que en vuestra alcoba una garrafita de agua había visto, corrí por ella y se la di a beber, y volví a poner la garrafa donde la había cogido; de lo que he visto que vos en casa gran alboroto habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero ¿quién hay que alguna vez no haga mal? Siento mucho haberlo hecho; sobre todo porque por ello y por lo que luego se siguió de ello, Ruggeri está a punto de perder la vida, por lo que os ruego, por lo que más queráis, que me perdonéis y me deis licencia para que me vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.

 

El médico, al oír esto, a pesar de la saña que tuviese, repuso bromeando:

 

-Tú ya te has impuesto penitencia tú misma porque cuando creíste tener esta noche a un joven que muy bien te sacudiera el polvo, lo que tuviste fue a un dormilón: y por ello vete a procurar la salvación de tu amante, y de ahora en adelante guárdate de traerlo a casa porque lo pagarás por esta vez y por la otra.

 

Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al primer golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri estaba, y tanto lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri. La cual, después de que le hubo informado de lo que responder debía al magistrado para poder salvarse, tanto hizo que llegó ante el magistrado. El cual, antes de consentir en oírla, como la viese fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el garfio a la pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo ascos; y levantándose de la molienda, dijo:

 

-Señor, tenéis aquí a Ruggeri de los Aieroli, preso por ladrón, y no es eso verdad.

 

Y empezando por el principio le contó la historia hasta el fin de cómo ella, su amiga, a casa del médico lo había llevado y cómo le había dado a beber el agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto lo había metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro carpintero y el dueño del arca había oído decir, mostrándole con aquello cómo a casa de los prestamistas había llegado Ruggeri. El magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era verdad aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio que había sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien era el dueño del arca y a los prestamistas, luego de muchas historias vio que los prestamistas la noche anterior habían robado el arca y se la habían llevado a casa. Por último, mandó por Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado la noche antes, repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien se acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro Maezzo, de cuya alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed; pero que dónde había estado después, salvo cuando despertándose en casa de los prestamistas se había encontrado dentro de un arca, no lo sabía. El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho con ellas, a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los prestamistas las hizo repetir muchas veces. Al final, conociendo que Ruggeri era inocente, condenando a los prestamistas que robado habían el arca a pagar diez onzas, puso en libertad a Ruggeri; lo cual, cuánto gustó a este, nadie lo pregunte: y a su señora gustó desmesuradamente. La cual, luego, junto con él y con la querida criada que había querido darle de cuchilladas, muchas veces se rió y se divirtió, continuando su amor y su solaz siempre de bien en mejor; como querría que me sucediese a mí, pero no que me metieran dentro de un arca. FIN

 

El cocinero Chichibio

Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón suyo una grulla¹ cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía, una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo esmero.

 

Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el marmitón² estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:

 

-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.

 

Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:

 

-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de conseguir nunca ni tanto así.

 

Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla, tanto más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla, separó un muslo del ave y se lo ofreció.

 

Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el tramposo veneciano contestó en el acto, sin atascarse:

 

-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.

 

Amoscado entonces Currado, opuso:

 

-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees que no he visto más grullas que esta?

 

-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no, cuando gustéis os lo demostraré con grullas vivas -arguyó Chichibio.

 

Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:

 

-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo -cosa que yo jamás había reparado ni oído a nadie- mañana mismo yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas habrás de acordarte de mi nombre.

 

Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado, se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una laguna, en la que solían verse siempre grullas al despuntar el día.

 

-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú o yo -le dijo al cocinero.

 

Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas solo tenían una pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.

 

Llegado que hubieron a la laguna, su ojo vigilante divisó antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pie, como suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:

 

-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer os dije, cuando aseguré que las grullas no tienen más que una pata: basta que miréis aquellas.

 

-Espera, que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al verlas.

 

Y, acercándoseles algo más, gritó:

 

-¡Jojó!

 

Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie, emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:

 

-¿Y qué dices ahora, comilón? ¿Tienen, o no, dos patas las grullas?

 

Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya, contestó:

 

-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría sacado la pata y el muslo como estas han hecho.

 

A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su resentimiento se le fue en risas, y dijo:

 

-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.

 

Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta, consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor. FIN

 

El cordel del dedo

En nuestra ciudad hubo un riquísimo mercader llamado Arriguccio Berfinghieri, el cual neciamente, tal como ahora hacen cada día los mercaderes, pensó ennoblecerse por su mujer y tomó a una joven señora noble (que mal le convenía) cuyo nombre fue doña Sismonda. La cual, porque él tal como hacen los mercaderes andaba mucho de viaje y poco estaba con ella, se enamoró de un joven llamado Roberto que largamente la había cortejado; y habiendo llegado a tener intimidad con él, y teniéndola menos discretamente porque sumamente le deleitaba, sucedió (o porque Arriguccio oyese algo o como quiera que fuese) que se hizo el hombre más celoso del mundo y dejó de ir de viaje y todos sus demás negocios, y toda su solicitud la había puesto en guardar bien a aquella, y nunca se hubiera dormido si no la hubiese sentido antes meterse en la cama; por la cual cosa la mujer sintió grandísimo dolor, porque de ninguna manera podía estar con su Roberto.

 

Pero habiendo dedicado muchos pensamientos a encontrar algún modo de estar con él, y siendo también muy solicitada por él, le vino el pensamiento de hacer de esta manera: que, como fuese que su alcoba daba a la calle y ella se había dado cuenta muchas veces de que a Arriguccio le costaba mucho dormirse, pero que después dormía profundísimamente, ideó hacer venir a Roberto a la puerta de su casa a medianoche e ir a abrirle y estarse con él mientras su marido dormía profundamente. Y para sentir ella cuándo llegaba de manera que nadie se apercibiese, inventó echar una cuerdecita fuera de la ventana de la alcoba que por uno de los extremos llegase cerca del suelo, y el otro extremo bajarlo hasta el pavimento y llevarlo hasta su cama, y meterlo bajo las ropas, y cuando ella estuviese en la cama atárselo al dedo gordo del pie; y luego, mandando decir esto a Roberto, le ordenó que, cuando viniera, tirase de la cuerda y ella, si su marido durmiese, lo soltaría e iría a abrirle, y si no durmiese, lo cogería y lo tiraría hacia sí, a fin de que él no esperase. La cual cosa agradó a Roberto; y habiendo ido muchas veces, alguna le sucedió estar con ella y alguna no.

 

Por último, continuando con este artificio de esa manera, sucedió una noche que, durmiendo la señora, y estirando Arriguccio el pie por la cama, dio con este cordel; por lo que, llevando a él la mano y encontrándolo atado al pie de su mujer, se dijo a sí mismo: «Por cierto que esto debe ser algún engaño».

 

Y dándose cuenta luego de que el cordel salía por la ventana lo tuvo por cierto; por lo que cortándolo quedamente del dedo de la mujer, lo ató al suyo, y estuvo atento para ver qué quería decir esto. No mucho después vino Roberto, y tirando del cordel como acostumbraba, Arriguccio lo sintió; y no habiendo sabido atárselo bien, y habiendo Roberto tirado fuertemente y habiéndose quedado con el cordel en la mano, entendió que debía esperar; y así hizo.

 

Arriguccio, levantándose prestamente y cogiendo sus armas, corrió a la puerta para ver quién era aquel y para hacerle daño. Ahora, Arriguccio era, aunque fuese mercader, un hombre fiero y fuerte; y llegado a la puerta, y no abriéndola suavemente como solía hacer la mujer, y Roberto, que esperaba, sintiéndolo, se dio cuenta de que era quien era, es decir, que quien abría la puerta era Arriguccio; por lo que prestamente comenzó a huir y Arriguccio a perseguirlo. Hasta que por fin habiendo Roberto huido un gran trecho y no cesando él de seguirlo, estando también Roberto armado, sacó la espada y se volvió hacia él, y comenzaron el uno a querer herir al otro y a defenderse.

 

La mujer, al abrir Arriguccio la alcoba, desvelándose y encontrándose cortado el cordel del dedo, al instante se dio cuenta de que su engaño estaba descubierto; y sintiendo que Arriguccio había corrido tras de Roberto, levantándose prestamente, dándose cuenta de lo que podía suceder, llamó a su criada, la cual sabía todo, y tanto le rogó que la puso en su lugar en la cama, rogándole que, sin darse a conocer, los golpes que le diera Arriguccio recibiese pacientemente porque ella se los devolvería con tamaña recompensa que no tendría razón de quejarse.

 

Y apagada la luz que en la alcoba ardía, se fue de allí y, escondida en un lugar de la casa, se puso a esperar lo que iba a suceder. Siguiendo la riña entre Arriguccio y Roberto, los vecinos del barrio, sintiéndola y levantándose, comenzaron a insultarlos, y Arriguccio, por temor a ser reconocido, sin haber podido saber quién fuese el joven ni herirlo de alguna manera, airado y de mal talante, dejándolo en paz, se fue hacia su casa; y llegando a la alcoba, airadamente comenzó a decir:

 

-¿Dónde estás, mala mujer? ¡Has apagado la luz para que no te encuentre, pero te equivocas!

 

Y yendo a la cama, creyendo coger a la mujer, cogió a la criada, y cuando pudo menear las manos y los pies tantos puñetazos y tantas patadas le dio que le marcó toda la cara, y por último le cortó los cabellos, diciéndole siempre las mayores injurias que jamás se han dicho a una mala mujer. La criada lloraba mucho como quien tenía de qué, y aunque alguna vez dijese: «¡Ay! ¡Por el amor de Dios!» o «¡Basta!», estaba la voz tan rota por el llanto y Arriguccio tan ciego de furor que no podía distinguir que aquella fuese de otra mujer que la suya.

 

Apaleándola, pues, y cortándole los cabellos, como decimos, dijo:

 

-Mala mujer, no entiendo tocarte de otro modo, sino que iré por tus hermanos y les contaré tus buenas obras; y luego que vengan por ti y que hagan lo que crean que corresponde a su honor y te lleven de aquí, que en esta casa ten por cierto que no estarás nunca más.

 

Y dicho esto, saliendo de la alcoba, la cerró por fuera y se fue él solo. Cuando doña Sismonda, que todo había oído, sintió que el marido se había ido, abrió la alcoba y, encendida la luz, encontró a su criada toda machacada que lloraba fuertemente; a la cual, como mejor pudo la consoló y la llevó a su alcoba, donde después ocultamente haciéndola cuidar y curar, tanto con lo de Arriguccio mismo la recompensó que ella se tuvo por contenta. Y cuando a la criada hubo llevado a su alcoba, rápidamente hizo la cama de la suya y la arregló toda y la puso en orden, como si ninguna persona se hubiera acostado allí esa noche, y volvió a encender la lámpara, y se vistió y arregló, como si todavía no se hubiese acostado; y encendiendo un candil y tomando sus telas, se fue a sentar arriba de la escalera y se puso a coser y a esperar en qué paraba aquello.

 

Arriguccio, al salir de su casa, lo antes que pudo se fue a la casa de los hermanos de la mujer, y allí tantos golpes dio que le sintieron y abrieron. Los hermanos de la mujer, que eran tres, y su madre, sintiendo que era Arriguccio se levantaron todos, y haciendo encender las luces vinieron a su encuentro y le preguntaron qué iba buscando a aquella hora y tan solo. A quienes Arriguccio, empezando con el cordel que había encontrado atado al dedo del pie de doña Sismonda hasta lo último que encontrado y hecho había, se lo contó; y para darles entero testimonio de lo que había hecho, los cabellos que creía haberle cortado a su mujer se los puso en las manos, añadiendo que viniesen por ella y que le hiciesen lo que creyeran que correspondía a su honor, porque él no pensaba tenerla más en casa.

 

Los hermanos de la mujer, muy enojados de lo que habían oído y teniéndolo por cierto, contra ella enardecidos, hechas encender antorchas, con intención de jugarle una mala partida, con Arriguccio se pusieron en camino y fueron a su casa. Lo que viendo su madre, llorando comenzó a seguirlos, ora a uno ora al otro rogando que no creyesen aquellas cosas tan súbitamente sin ver ni saber nada más, porque el marido podía por alguna razón estar enojado con ella y haberle hecho daño, y ahora decirles aquello en excusa de sí mismo, diciendo además que ella se maravillaba mucho de cómo podía haber sucedido aquello porque conocía bien a su hija, como quien la había criado desde pequeñita, y muchas otras cosas semejantes.

 

Llegados, pues, a casa de Arriguccio y entrando dentro, comenzaron a subir las escaleras; y oyéndolos venir doña Sismonda, dijo:

 

-¿Quién anda ahí?

 

A quien uno de los hermanos repuso:

 

-Bien lo sabrás tú, mala mujer, quién es.

 

Dijo entonces doña Sismonda:

 

-¿Pero qué querrá decir esto? ¡Señor, ayúdame!

 

Y poniéndose en pie, dijo:

 

-Hermanos míos, bienvenidos; ¿qué andan buscando a esta hora los tres aquí dentro?

 

Ellos, habiéndola visto sentada y cosiendo y sin ninguna marca en el rostro de haber sido golpeada, cuando Arriguccio había dicho que la había dejado machacada, algo al primer embite se maravillaron y refrenaron el ímpetu de su ira, y le preguntaron cómo había sido aquello de lo que Arriguccio se quejaba de ella, amenazándola mucho si no les decía todo.

 

La mujer dijo:

 

-No sé qué deba decirles, ni de qué tenga que haberse quejado de mí Arriguccio.

 

Arriguccio, al verla, la miraba como estupidizado, acordándose de que le había dado tal vez mil puñetazos en la cara y la había arañado y le había hecho todas las maldades del mundo, y ahora la veía como si no hubiera pasado nada de aquello. En resumen, los hermanos le dijeron lo que Arriguccio les había dicho del cordel y de los golpes y de todo.

 

La mujer, volviéndose a Arriguccio, dijo:

 

-¡Ay, marido mío! ¿Qué es lo que oigo? ¿Por qué haces tenerme por mala mujer para tu gran vergüenza, cuando no lo soy, y a ti por hombre malo y cruel, que no eres? ¿Y cuándo has estado esta noche en casa, no ya conmigo? ¿O cuándo me pegaste? En cuanto a mí, no me acuerdo.

 

Arriguccio comenzó a decir:

 

-¿Cómo, mala mujer, no nos fuimos a la cama juntos anoche? ¿No he vuelto luego, después de haber estado corriendo tras tu amante? ¿No te he dado muchos golpes y cortado los cabellos?

 

La mujer repuso:

 

-En esta casa no te acostaste anoche tú, pero dejemos esto, que no puedo dar otro testimonio que mis palabras verdaderas, y vengamos a lo que dices que me pegaste y cortaste los cabellos. A mí no me has pegado nunca, y cuantos hay aquí y tú también, fíjense en mí, si en todo el cuerpo tengo alguna señal de paliza; ni te aconsejaría que fueses tan atrevido que me pusieses la mano encima que, por la cruz de Cristo te abofetearía. Ni tampoco me cortaste los cabellos, que yo lo haya sentido o lo haya visto, pero tal vez lo hiciste sin que me diese cuenta; déjame ver si los tengo cortados o no.

 

Y quitándose los velos de la cabeza, mostró que cortados no los tenía, sino enteros; las cuales cosas viendo y oyendo los hermanos y la madre, comenzaron a decirle a Arriguccio:

 

-¿Qué dices, Arriguccio? Esto no es ya lo que nos viniste a decir que habías hecho; y no sabemos cómo puedes probar lo que queda.

 

Arriguccio estaba como quien soñase, y quería hablar; pero viendo que lo que creía que podía probar no era así, no se atrevía a decir nada.

 

La mujer, volviéndose a sus hermanos, dijo:

 

-Hermanos míos, veo que ha andado buscando que yo haga lo que no querría haber hecho nunca, esto es, que les cuente sus miserias y su maldad; y lo haré. Creo firmemente que lo que les ha contado le haya pasado, y oigan cómo. Este hombre de pro, a quien por mi mal me dieron por mujer, que se dice mercader y que quiere ser respetado y que debería tener más templanza que un religioso y más honestidad que una doncella, pocas son las noches que no vaya emborrachándose por las tabernas, y ahora con esta mala mujer, ahora con aquella enredándose; y a mí se me hace hasta medianoche y a veces hasta el amanecer esperándolo de la manera que me han encontrado. Estoy segura de que, estando bien borracho, se fue a la cama con alguna mujerzuela y a ella, al despertarse, le encontró el cordel en el pie y luego hizo todas esas gallardías que dice, y por último volvió a ella y le pegó y le cortó los cabellos; y no habiendo vuelto en sí todavía, se creyó, y estoy segura de que lo cree todavía, que estas cosas me las había hecho a mí; y si se fijan bien en su cara, todavía está medio borracho. Pero sea lo que haya dicho de mí, no quiero que se lo tomen en cuenta más que como a un borracho; y que como yo lo perdono lo perdonen ustedes también.

 

Su madre, oyendo estas palabras, comenzó a alborotarse y a decir:

 

-Por la cruz de Cristo, hija mía, eso no debía hacerse sino que debía matarse a ese perro fastidioso y desconsiderado, que no es digno de tener una tal moza como tú. ¡Bueno está! ¡Ni aunque te hubiese recogido del fango! Mal rayo le parta si debes aguantar las podridas palabras de un comerciantucho en heces de burro que vienen del campo y salen de las pocilgas vestidos de pardillo con las calzas de campana y con la pluma en el culo y en cuanto tienen tres sueldos quieren a las hijas de los gentileshombres y de las buenas damas por mujeres, y usan armas y dicen: «Soy de los tales» y «Los de mi casa hicieron esto». Bien querría que mis hijos hubiesen seguido mi consejo, que tan honorablemente te podían colocar en casa de los condes Guido por un pedazo de pan; y en cambio quisieron darte esta valiosa joya que, siendo tú la mejor moza de Florencia y la más honesta, no se ha avergonzado de decir a medianoche que eres una puta, como si no te conociésemos; pero a fe que si me hiciesen caso se le haría un escarmiento que lo pudriese.

 

Y volviéndose a sus hijos, dijo:

 

-Hijos, bien les decía yo que esto no podía ser. ¿Han oído cómo este cuñado trata a la hermana de ustedes, ese comerciantuelo de cuatro al cuarto? Que, si yo fuese ustedes, habiendo dicho lo que ha dicho de ella y haciendo lo que hace, no estaría contenta ni satisfecha mientras no lo hubiera quitado de en medio; y si yo fuese hombre en vez de mujer no querría que otro en mi lugar lo hiciese. ¡Señor, haz que le pese, borracho asqueroso que no tiene vergüenza!

 

Los jóvenes, vistas y oídas estas cosas, volviéndose a Arriguccio le dijeron las mayores injurias que nunca se le han dicho a ningún malvado, y por último dijeron:

 

-Te perdonamos esta porque estás borracho, pero cuida de que en toda tu vida de aquí en adelante no oigamos más noticias de estas, que si alguna nos viene a los oídos por cierto que nos la pagarás por esta y por aquella.

 

Y dicho esto, se fueron.

 

Arriguccio, que se quedó como estúpido, no sabiendo él mismo si lo que había hecho era verdad o si lo había soñado, sin decir una palabra más dejó a su mujer en paz; la cual no solamente con su sagacidad escapó al peligro inminente sino que se abrió el camino para poder hacer en el tiempo por venir todos sus gustos sin tener miedo al marido nunca más. FIN

Giovanni Boccaccio

El halcón de Federigo

En Florencia hubo un joven llamado Federigo de los Alberighi, en hechos de armas y en cortesía alabado sobre todos los demás donceles de Toscana. El cual, como sucede a la mayoría de los gentileshombres, de una cortés señora llamada doña Giovanna se enamoró, en sus tiempos tenida como de las más hermosas mujeres y de las más gallardas que hubiera en Florencia; y para poder conseguir su amor, justaba, torneaba, daba fiestas y regalos, y lo suyo sin ninguna contención gastaba: pero ella, no menos honesta que hermosa, de ninguna de estas cosas por ella hechas ni de quien las hacía se ocupaba.

 

Gastando, pues, Federigo mucho más de lo que podía y no consiguiendo nada, como suele suceder las riquezas le faltaron, y se quedó pobre, sin otra cosa haberle quedado que una tierra pequeña de las rentas de la cual estrechamente vivía, y además de esto un halcón de los mejores del mundo; por lo que, más enamorado que nunca y no pareciéndole que podía seguir llevando una vida ciudadana como deseaba, a Campi, donde estaba su pequeña hacienda, se fue a vivir. Allí, cuando podía, cazando y sin invitar a nadie, su pobreza sobrellevaba pacientemente.

 

Ahora, sucedió un día que, habiendo Federigo llegado a estos extremos, el marido de doña Giovanna enfermó, y viendo llegar la muerte hizo testamento; y siendo riquísimo dejó heredero de ello a un hijo suyo ya grandecito, y después de él, habiendo amado mucho a doña Giovanna, a ella, si sucediese que el hijo muriera sin heredero legítimo, como heredera constituyó, y murió.

 

Quedándose, pues, viuda doña Giovanna, como es costumbre entre nuestras mujeres, en el verano con este hijo suyo se iba al campo a una posesión asaz cercana a la de Federigo; por lo que sucedió que aquel jovencito empezó a hacer amistad con Federigo y a entretenerse con las aves de caza y los perros; y habiendo visto muchas veces volar el halcón de Federigo, gustándole extraordinariamente, mucho deseaba tenerlo, pero no se atrevía a pedírselo viendo que él lo quería tanto. Y estando así la cosa, sucedió que el muchachito se enfermó, de lo que la madre, muy doliente, como quien no tenía más y lo amaba lo más que podía, estando todo el día junto a él, no dejaba de cuidarlo y muchas veces le preguntaba si deseaba algo, rogándole que se lo dijese, que tuviera la certeza que si fuese posible tenerlo lo conseguiría donde estuviera.

 

El jovencito, oyendo muchas veces estos proferimientos, dijo:

 

-Madre mía, si hacéis que tenga el halcón de Federigo, creo que me curaré en seguida.

 

La señora, oyendo esto, se quedó callada un rato y empezó a pensar qué podía hacer. Sabía que Federigo largamente la había amado, y nunca de ella una mirada había obtenido; por lo que se decía: «¿Cómo enviaré o iré yo a pedirle este halcón que es, por lo que oigo, el mejor que nunca ha volado, y además es lo que lo mantiene en el mundo? ¿Y cómo voy a ser tan desconsiderada que a un gentilhombre a quien ningún otro deleite ha quedado, quiera quitárselo?»

 

Y preocupada con tal pensamiento, si bien estaba segurísima de obtenerlo si se lo pedía, sin saber qué decir, no le contestaba a su hijo sino que se callaba. Por último, la venció tanto el amor de su hijo, que decidió para contentarlo que, pasara lo que pasase, no mandaría por él sino que iría ella misma y se lo traería, y repuso:

 

-Hijo mío, consuélate y piensa en curarte de todas las maneras, que te prometo que lo primero que haré mañana por la mañana será ir a buscarlo y te lo traeré.

 

Con lo que, contento el niño, el mismo día mostró cierta mejoría. La señora, a la mañana siguiente, tomando otra señora en su compañía, como de paseo se fue a la pequeña casa de Federigo y preguntó por él. Como no era temporada de caza, él estaba en el huerto y preparaba algunas faenas allí. Al oír que doña Giovanna preguntaba por él a la puerta, maravillándose mucho, corrió allí muy contento; y ella, al verlo venir, con señorial amabilidad levantándose a saludarlo, habiéndola ya Federigo con reverencia saludado, dijo:

 

-¡Bien hallado seáis, Federigo! -y siguió-. He venido a reparar los daños que has sufrido por mí amándome más de lo que hubiera convenido; y la reparación es que quiero con esta compañía mía almorzar contigo familiarmente hoy.

 

A quien Federigo, humildemente, repuso:

 

-Señora, ningún daño me acuerdo de haber recibido de vos, sino tanto bien que, si alguna vez algún valor tuve, por vuestro valor y por el amor que os tuve fue; y ciertamente esta vuestra liberal venida me es más querida que me sería si otra vez me fuera dado gastar cuanto ya he gastado, aunque a pobre huésped habéis venido.

 

Y dicho así, avergonzado la recibió en su casa, y de ella la condujo a su jardín, y no teniendo allí a quien hacer acompañarla, dijo:

 

-Señoras, pues que nadie más hay, esta buena mujer, esposa de este labrador, os hará compañía mientras voy a hacer poner la mesa.

 

Él, por muy extrema que fuese su pobreza, no se había percatado todavía de cuánto necesitaba las riquezas que había gastado desordenadamente; pero esta mañana, no encontrando nada con que poder honrar a la señora por amor de quien ya había honrado a infinitos hombres, se lo hizo ver. Y sobremanera angustiado, maldiciendo su fortuna, como un hombre fuera de sí, ora yendo aquí y ora allí, ni dineros ni nada para empeñar encontrando, siendo tarde la hora y el deseo grande de honrar con algo a la noble señora, y no queriendo, no ya a otro, sino ni a su mismo labrador, pedir nada, vio delante su buen halcón, que estaba en la salita en su percha; por lo que, no teniendo otra cosa a qué recurrir, lo cogió y encontrándolo gordo pensó que sería digna comida de tal señora.

 

Y sin pensarlo más, quitándole el collar, a una criadita lo hizo prestamente, pelado y condimentado, poner en un asador y asar cuidadosamente; y poniendo la mesa con manteles blanquísimos, de los que aún tenía algunos, con alegre gesto volvió a la señora a su jardín, y el almuerzo que podía él, dijo que estaba preparado. Con lo que la señora, levantándose con su compañera, fueron a la mesa, y sin saber qué se estaban comiendo, junto con Federigo, que con suma devoción les servía, se comieron al buen halcón. Y levantándose de la mesa, y un tanto con amables conversaciones quedándose con él un rato, pareciéndole a la señora momento de decir aquello por lo que ido había, así benignamente comenzó a hablar a Federigo:

 

-Federigo, acordándote tú de tu pasada vida y de mi honestidad, que tal vez hayas reputado dureza y crueldad, no dudo que debes maravillarte de mi atrevimiento al oír aquello por lo que principalmente aquí he venido; pero si tuvieses hijos o los hubieras tenido, por quienes pudieras conocer de qué gran fuerza es el amor que se les tiene, me parecería estar segura de que en parte me tendrías por excusada. Pero aunque no los tienes, yo que tengo uno, no puedo dejar de seguir las leyes comunes de las demás madres; las cuales forzoso me es seguir y contra mi voluntad, y fuera de toda conveniencia y deber, pedirte un regalo que sé que te es sumamente querido: y es justo porque ningún otro deleite, ningún otro entretenimiento, ningún consuelo te ha dejado tu rigurosa fortuna; y este regalo es tu halcón, del que mi niño se ha encaprichado tan fuertemente que si no se lo llevo temo que se agrave tanto en la enfermedad que tiene que se siga de ello alguna cosa por la que lo pierda. Y por ello te ruego no por el amor que me tienes, por el cual ninguna obligación tienes, sino por tu nobleza, que en usar cortesía se ha mostrado mayor que la de ningún otro, que te plazca dármelo para que con este don pueda decir que he conservado con vida a mi hijo y por ello te quede siempre obligada.

 

Federigo, al oír aquello que la señora pedía, y sintiendo que no le podía servir porque se lo había dado a comer, comenzó en su presencia a llorar antes de poder responder palabra, cuyo llanto la señora creyó primero que de dolor por tener que separarse de su buen halcón vendría más que de otra cosa, y a punto estuvo de decirle que no lo quería; pero conteniéndose, esperó después del llanto la respuesta de Federigo. El cual dijo así:

 

-Señora, desde que quiso Dios que en vos pusiera mi amor, en muchas cosas he juzgado que la fortuna me era contraria y me he dolido de ella, pero todas han sido ligeras con respecto a lo que me hacen en este momento, con lo que jamás podré estar en paz con ella, pensando que vos hayáis venido aquí a mi pobre casa cuando, mientras que fue rica, no os dignasteis a venir, y me pidáis un pequeño don, y ella ha hecho de manera que no pueda dároslo; y por qué no puede ser os lo diré brevemente. Cuando oí que deseabais por vuestra bondad comer conmigo, considerando vuestra excelencia y vuestro valor, reputé digna y conveniente cosa que con más preciosa vianda dentro de mis posibilidades debía honraros que las que suelen usarse para las demás personas; por lo que, acordándome del halcón que me pedís, y de su bondad, pensé que era digno alimento para vos: y esta mañana, asado lo habéis tenido en el plato, y yo lo tenía por óptimamente albergado, pero al ver ahora que de otra manera lo deseabais, siento tal duelo por no poder serviros que creo que nunca podré tener paz.

 

Y dicho esto, las plumas y las patas y el pico hizo echarles delante en testimonio de ello. La cual cosa viendo la señora y oyendo, primero le reprendió por haber matado tal halcón para dar de comer a una mujer, y luego la grandeza de su ánimo, que la pobreza no había podido ni podía abatir mucho en su interior alabó; luego, perdida la esperanza de poder tener el halcón, y tal vez por la salud del hijo preocupada, dando las gracias a Federigo por el honor que le había hecho y por su buena voluntad, toda melancólica se fue y volvió con su hijo. El cual, o por tristeza de no haber podido tener el halcón, o por la enfermedad que a pesar de todo debería haberlo llevado a ello, no pasaron muchos días sin que, con grandísimo dolor de la madre, terminase esta vida. La cual, luego que llena de lágrimas y amargura hubo estado un tanto, habiendo quedado riquísima y todavía joven, muchas veces fue instada por sus hermanos a que se casase de nuevo; la cual, aunque no hubiera querido, sin embargo viéndose molestar, acordándose de valor de Federigo y de su magnanimidad última, esto es, de que había matado tal halcón para honrarla, dijo a sus hermanos:

 

-Yo de buen grado, si os satisface, me quedaría sin casar, pero si os place que tome marido, ciertamente no tomaré otro jamás si no tengo a Federigo de los Alberighi.

 

A lo cual los hermanos, burlándose de ella, dijeron:

 

-Tonta, ¿qué es lo que dices? ¿Cómo lo quieres a él, que no tiene nada en el mundo?

 

A lo que ella respondió:

 

-Hermanos míos, bien sé que es como decís, pero antes quiero un hombre que necesite riquezas que riquezas que necesiten un hombre.

 

Los hermanos, oyendo su voluntad y conociendo que era Federigo de gente principal aunque fuese pobre, tal como ella quiso, se la dieron con todas sus riquezas; el cual, con tal señora que tanto había amado viéndose por mujer, y además de ello riquísimo, con ella felizmente, convertido en mejor administrador, terminó sus años. FIN

 

El judío Abraham

Hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre muy recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna religión creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello lo hiciese moverse. Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.

 

Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto lo moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo:

 

-Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.

 

Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a este; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta se volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:

 

-Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquellos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.

 

A lo que respondió el judío:

 

-Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.

 

Giannotto, viendo su voluntad, dijo:

 

-¡Vete con buena ventura! -y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.

 

El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué había ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no solo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las prostitutas y de los jóvenes al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño.

 

Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a la manera de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía¹ manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», como si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a la manera de los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas. Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

 

-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia, y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquella por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí, según las costumbres debidas en vuestra santa fe, me haré bautizar.

 

Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a esta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida. FIN

 

El mechón de cabello

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció en Paria, ciudad de Lombardía, la base de su soberanía. Como sus antecesores, cogió por mujer a Tendelinga, viuda de Autari, también soberano de los longobardos.

 

La señora era hermosísima, prudente y honrada, pero desafortunada en afectos. Y, yendo muy bien las cosas de los longobardos por la virtud y la razón de Agilulfo, aconteció que un palafrenero¹ de la nombrada reina, hombre de muy ruin condición por su nacimiento, pero superior en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina, y como su baja condición no le impedía advertir que aquel amor escapaba a toda conveniencia, a nadie se lo declaró, ni siquiera a ella con su mirada.

 

Y sin esperanza alguna siguió viviendo. Pero se jactaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alto lugar y, ardiendo en amoroso calor, se dedicaba a hacer mejor que sus compañeros lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén, lo que él tenía como un privilegio, y no se apartaba de ella, juzgándose afortunado algunas veces si podía rozarle los vestidos.

 

Pero el amor, como muchas veces vemos, cuando tiene menos esperanza suele aumentar, y así le sucedía al pobre palafrenero, que hallaba insoportable mantener su escondido deseo, al que ninguna esperanza ayudaba. Y muchas veces, no logrando librarse de su amor, pensó en morir. Y, reflexionando cómo lograrlo, decidió que fuese de tal manera que se notara que moría por el amor que había puesto y profesaba a la reina, y se propuso que fuera de manera que la fortuna le diese la posibilidad de obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo.

 

No deseó manifestar nada a la reina, ni expresole su amor escribiéndole, ya que sabía que era infructuoso hablar o escribir, mas resolvió ensayar si era posible, por ingenio, con ella acostarse. Mas no veía otro medio ni recurso que hacerse pasar por el rey, el cual no dormía con la reina de continuo.

 

Y para a ella llegar y entrar en su estancia, procuró el hombre averiguar en qué forma y hábito iba allá el rey. Y así muchas veces, durante la noche, se escondió en una gran sala del real palacio a la que daban los aposentos de la reina y del rey. Y una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abriose la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

 

Y esto visto, y vuelto a ver, pensó el palafrenero que él debía hacer otro tanto, y mandó que le aderezasen un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras lavarse bien en un baño para que la reina no advirtiese el olor del estiércol y con él el engaño, en la sala, como solía, se escondió.

 

Y notando que ya todos dormían, pensó que era momento de conseguir su deseo, o, con alta razón, la muerte que arrostraba, y, haciendo con la yesca y eslabón que llevaba encima un poco de fuego, encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió la puerta una soñolienta camarera, que le retiró y apartó la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitose la capa y acostose donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiéndose conturbado por saber que en esos casos nunca el rey quería oír nada, sin nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche. Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía volverle en tristeza el deleite obtenido, se levantó, púsose el manto, empuñó la luz y, sin nada hablar, se fue y volviose a su lecho tan presto como pudo.

 

Y apenas había llegado allá cuando el rey, alzándose, fue a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y entrando en el lecho y alegremente saludándola, ella, adquiriendo osadía con el júbilo de su marido, dijo:

 

-Señor, ¿qué novedad es la de esta noche? Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

 

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres, pero como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, valía más no hacérselo comprender, lo que muchos necios no hubiesen hecho, sino que habrían dicho: “Yo no fui. ¿Quién fue ¿Cómo se fue y cómo vino?” De lo que habrían difamado muchas cosas con las cuales hubiera a la inocente mujer contristado, y aun quizás héchole venir en deseo el volver a desear lo que ya había sentido. Y lo que, callándolo, ninguna afrenta le podía inferir, hubiera, de hablar, irrogándole vituperio. Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y palabras:

 

-¿No os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

 

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

 

Entonces dijo el rey:

 

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

 

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, tomó su manto, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera, imaginando que debía ser alguien de la casa y que no había podido salir de ella. Y así, encendiendo una lucecita en una linternilla, se fue a una muy larga casa que había en su palacio sobre las cuadras y en la que dormían casi todos sus sirvientes en distintos lechos. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, y comenzando por uno de los principales de la casa, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

 

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, en términos que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron más, por albergar la firme creencia de que, si el rey algo notaba, le haría morir.

 

Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

 

Y habiendo dado el rey muchas vueltas, sin que le pareciese encontrar al culpable, llegose al palafrenero, y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Pero como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volviose a su cámara.

 

El hombre, que todo lo había sentido y era malicioso, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando un par de tijeras que había en el establo para el servicio de los caballos, a todos los que allí yacían, andando sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a dormir.

 

El rey, al levantarse por la mañana, mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre, y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

 

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

 

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer. Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquel que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más su vida con tan expuesto acto confió a la Fortuna. FIN

 

El tullido fingido

Había, no hace todavía mucho tiempo, un tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de santísima y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él, según afirman los trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase. Lo que, tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo; y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía su cuerpo, lo llevaron como santo a la iglesia mayor. Y llevaron allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al tocar aquel cuerpo.

 

En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese, hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían a la concurrencia distorsionándose e imitando a cualquiera con muecas extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron de ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:

 

-Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a mí, no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que el señor de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar allí, y además de esto, la iglesia, por lo que se dice, está tan llena de gente que nadie más puede entrar.

 

Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:

 

-Que no se quede por eso, que de llegar hasta el cuerpo santo yo encontraré bien el modo.

 

Dijo Marchese:

 

-¿Cómo?

 

Repuso Martellino:

 

-Te lo diré: yo me contorsionaré como un tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar allí para que el santo me cure: no habrá nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar.

 

A Marchese y a Stecchi les gustó el truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal manera, los dedos y los brazos y las piernas, y además de ello la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habría habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que fácilmente obtenían; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando: «¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí donde estaba el cuerpo de san Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.

 

Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse. Lo que, viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de san Arrigo hacían que un trueno no habría podido oírse.

 

Había por acaso un florentino cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El cual, viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a reírse y a decir:

 

-¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera creído al verlo venir que de verdad fuese un lisiado?

 

Oyeron estas palabras unos trevisanos que, al instante, le preguntaron:

 

-¡Cómo! ¿No era este tullido?

 

A lo que el florentino repuso:

 

-¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que quiere.

 

Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar:

 

-¡Coged preso a ese traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y a nosotros haciéndose el tullido!

 

Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndolo por los pelos y desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría a hacer lo mismo. Martellino gritaba:

 

-¡Piedad, por Dios!

 

Y se defendía cuanto podía, pero no le servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no se atrevían a ayudarlo, gritando junto con los otros que lo matasen, aunque pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo. Lo hubieran matado con toda certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese tomó súbitamente: que, estando allí fuera toda la guardia de la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al que estaba en representación del corregidor y le dijo:

 

-¡Piedad, por Dios! Hay aquí algún malvado que me ha quitado la bolsa con sus buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis para que pueda recuperar lo mío.

 

Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados corrieron a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras y, abriéndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del corregidor, adonde, siguiéndole muchos que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído que había sido preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título para traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el tirón también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor, que era un hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte lo empezó a interrogar.

 

Pero Martellino contestaba bromeando, como si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado, haciéndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con ánimo de hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero luego que se vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si era verdad lo que contra él decían, no valiéndole decir no, dijo:

 

-Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no.

 

Dijo el juez:

 

-Que me place.

 

Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía que se la había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual, Martellino dijo:

 

-Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial del señor que registró mi entrada, y su libro y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo que os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y matarme.

 

Mientras las cosas estaban en estos términos, Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del corregidor procedía contra él sañudamente, y que ya le había dado tortura, temieron mucho, diciéndose:

 

-Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la sartén para echarlo en el fuego.

 

Por lo que, moviéndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose este, los llevó a ver a un Sandro Agolanti que vivía en Treviso y tenía gran influencia con el señor, y contándole todo por su orden, le rogó que con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así se hizo.

 

Y los que fueron a buscarlo lo encontraron todavía en camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quería oír nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese algún odio contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo ahorcar y en ninguna manera quería devolverlo al señor, hasta que fue obligado a hacerlo contra su voluntad. Y cuando estuvo ante él, y le hubo dicho todas las cosas por su orden, pidió que como suma gracia le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre le parecería tener la soga al cuello. El señor rió grandemente de semejante aventura y, dándoles un traje por hombre, sobrepasando la esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro, sanos y salvos se volvieron a su casa. FIN

 

Griselda

Voy a contar de un marqués no una cosa magnífica, sino una solemne barbaridad, aunque terminase con buen fin; la cual no aconsejo a nadie que la imite porque una gran lástima fue que a aquél le saliese bien. Hace ya mucho tiempo, fue el mayor de la casa de los marqueses de Saluzzo un joven llamado Gualtieri, el cual estando sin mujer y sin hijos, no pasaba en otra cosa el tiempo sino en la cetrería y en la caza, y ni de tomar mujer ni de tener hijos se ocupaban sus pensamientos; en lo que había que tenerlo por sabio. La cual cosa, no agradando a sus vasallos, muchas veces le rogaron que tomase mujer para que él sin herederos y ellos sin señor no se quedasen, ofreciéndole a encontrársela tal, y de tal padre y madre descendiente, que buena esperanza pudiesen tener, y alegrarse mucho con ello. A los que Gualtieri repuso:

 

-Amigos míos, me obligáis a algo que estaba decidido a no hacer nunca, considerando qué dura cosa sea encontrar alguien que bien se adapte a las costumbres de uno, y cuán grande sea la abundancia de lo contrario, y cómo es una vida dura la de quien da con una mujer que no le convenga bien. Y decir que creéis por las costumbres de los padres y de las madres conocer a las hijas, con lo que argumentáis que me la daréis tal que me plazca, es una necedad, como sea que no sepa yo cómo podéis saber quiénes son sus padres ni los secretos de sus madres; y aun conociéndolos, son muchas veces los hijos diferentes de los padres y las madres. Pero puesto que con estas cadenas os place anudarme, quiero daros gusto; y para que no tenga que quejarme de nadie sino de mí, si mal sucediesen las cosas, quiero ser yo mismo quien la encuentre, asegurándoos que, sea quien sea a quien elija, si no es como señora acatada por vosotros, experimentaréis para vuestro daño cuán penoso me es tomar mujer a ruegos vuestros y contra mi voluntad.

 

Los valerosos hombres respondieron que estaban de acuerdo con que él se decidiese a tomar mujer. Habían gustado a Gualtieri hacía mucho tiempo las maneras de una pobre jovencita que vivía en una villa cercana a su casa, y pareciéndole muy hermosa, juzgó que con ella podría llevar una vida asaz feliz; y por ello, sin más buscar, se propuso casarse con ella; y haciendo llamar a su padre, que era pobrísimo, convino con él tomarla por mujer. Hecho esto, hizo Gualtieri reunirse a todos sus amigos de la comarca y les dijo:

 

-Amigos míos, os ha placido y place que me decida a tomar mujer, y me he dispuesto a ello más por complaceros a vosotros que por deseo de mujer que tuviese. Sabéis lo que me prometisteis: es decir, que estaríais contentos y acataríais como señora a cualquiera que yo eligiese; y por ello, ha llegado el momento en que pueda yo cumpliros mi promesa y en que vos cumpláis la vuestra. He encontrado una joven de mi gusto muy cerca de aquí que entiendo tomar por mujer y traérmela a casa dentro de pocos días: y por ello, pensad en preparar una buena fiesta de bodas y en recibirla honradamente para que me pueda sentir satisfecho con el cumplimiento de vuestra promesa como vos podéis sentiros con el mío.

 

Los hombres buenos, todos contentos, respondieron que les placía y que, fuese quien fuese, la tendrían por señora y la acatarían en todas las cosas como a señora; y después de esto todos se pusieron a preparar una buena y alegre fiesta, y lo mismo hizo Gualtieri. Hizo preparar unas bodas grandísimas y hermosas, e invitar a muchos de sus amigos y parientes y a muchos gentileshombres y a otros de los alrededores; y además de esto hizo cortar y coser muchas ropas hermosas y ricas según las medidas de una joven que en la figura le parecía como la jovencita con quien se había propuesto casarse, y además de esto dispuso cinturones y anillos y una rica y bella corona, y todo lo que se necesitaba para una recién casada. Y llegado el día que había fijado para las bodas, Gualtieri, a la hora de tercia, montó a caballo, y todos los demás que habían venido a honrarlo; y teniendo dispuestas todas las cosas necesarias, dijo:

 

-Señores, es hora de ir a por la novia.

 

Y poniéndose en camino con toda su comitiva llegaron al villorrio; y llegados a casa del padre de la muchacha, y encontrándola a ella que volvía de la fuente con agua, con mucha prisa para ir después con otras mujeres a ver la novia de Gualtieri, cuando la vio Gualtieri la llamó por su nombre -es decir, Griselda- y le preguntó dónde estaba su padre; a quien ella repuso vergonzosamente:

 

-Señor mío, está en casa.

 

Entonces Gualtieri, echando pie a tierra y mandando a todos que esperasen, solo entró en la pobre casa, donde encontró al padre de ella, que se llamaba Giannúculo, y le dijo:

 

-He venido a casarme con Griselda, pero antes quiero que ella me diga una cosa en tu presencia.

 

Y le preguntó si siempre, si la tomaba por mujer, se ingeniaría en complacerle y en no enojarse por nada que él dijese o hiciese, y si sería obediente, y semejantemente otras muchas cosas, a las cuales, a todas contestó ella que sí. Entonces Gualtieri, cogiéndola de la mano, la llevó fuera, y en presencia de toda su comitiva y de todas las demás personas hizo que se desnudase; y haciendo venir los vestidos que le había mandado hacer, prestamente la hizo vestirse y calzarse, y sobre los cabellos, tan despeinados como estaban, hizo que le pusieran una corona, y después de esto, maravillándose todos de esto, dijo:

 

-Señores, ésta es quien quiero que sea mi mujer, si ella me quiere por marido.

 

Y luego, volviéndose a ella, que avergonzada de sí misma y titubeante estaba, le dijo:

 

-Griselda, ¿me quieres por marido?

 

A quien ella repuso:

 

-Señor mío, sí.

 

Y él dijo:

 

-Y yo te quiero por mujer.

 

Y en presencia de todos se casó con ella; y haciéndola montar en un palafrén, honrosamente acompañada se la llevó a su casa. Hubo allí grandes y hermosas bodas, y una fiesta no diferente de que si hubiera tomado por mujer a la hija del rey de Francia. La joven esposa pareció que con los vestidos había cambiado el ánimo y el comportamiento. Era, como ya hemos dicho, hermosa de figura y de rostro, y todo lo hermosa que era pareció agradable, placentera y cortés, que no hija de Giannúculo y pastora de ovejas parecía haber sido sino de algún noble señor; de lo que hacía maravillarse a todo el mundo que antes la había conocido; y además de esto era tan obediente a su marido y tan servicial que él se tenía por el más feliz y el más pagado hombre del mundo; y de la misma manera, para con los súbditos de su marido era tan graciosa y tan benigna que no había ninguno de ellos que no la amase y que no la honrase de grado, rogando todos por su bien y por su prosperidad y por su exaltación, diciendo (los que solían decir que Gualtieri había obrado como poco discreto al haberla tomado por mujer) que era el más discreto y el más sagaz hombre del mundo, porque ninguno sino él habría podido conocer nunca la alta virtud de ésta escondida bajo los pobres paños y bajo el hábito de villana. Y en resumen, no solamente en su marquesado, sino en todas partes, antes de que mucho tiempo hubiera pasado, supo ella hacer de tal manera que hizo hablar de su valor y de sus buenas obras, y volver en sus contrarias las cosas dichas contra su marido por causa suya (si algunas se habían dicho) al haberse casado con ella. No había vivido mucho tiempo con Gualtieri cuando se quedó embarazada, y en su momento parió una niña, de lo que Gualtieri hizo una gran fiesta. Pero poco después, viniéndosele al ánimo un extraño pensamiento, esto es, de querer con larga experiencia y con cosas intolerables probar su paciencia, primeramente la hirió con palabras, mostrándose airado y diciendo que sus vasallos muy descontentos estaban con ella por su baja condición, y especialmente desde que veían que tenía hijos, y de la hija que había nacido, tristísimos, no hacían sino murmurar. Cuyas palabras oyendo la señora, sin cambiar de gesto ni de buen talante en ninguna cosa, dijo:

 

-Señor mío, haz de mí lo que creas que mejor sea para tu honor y felicidad, que yo estaré completamente contenta, como que conozco que soy menos que ellos y que no era digna de este honor al que tú por tu cortesía me trajiste.

 

Gualtieri amó mucho esta respuesta, viendo que no había entrado en ella ninguna soberbia por ningún honor de los que él u otros le habían hecho. Poco tiempo después, habiendo con palabras generales dicho a su mujer que sus súbditos no podían sufrir a aquella niña nacida de ella, informando a un siervo suyo, se lo mandó, el cual con rostro muy doliente le dijo:

 

-Señora, si no quiero morir tengo que hacer lo que mi señor me manda. Me ha mandado que coja a esta hija vuestra y que… -y no dijo más.

 

La señora, oyendo las palabras y viendo el rostro del siervo, y acordándose de las palabras dichas, comprendió que le había ordenado que la matase; por lo que prestamente, cogiéndola de la cuna y besándola y bendiciéndola, aunque con gran dolor en el corazón sintiese, sin cambiar de rostro, la puso en brazos del siervo y le dijo:

 

-Toma, haz por entero lo que tu señor y el mío te ha ordenado; pero no dejes que los animales y los pájaros la devoren salvo si él lo mandase.

 

El siervo, cogiendo a la niña y contando a Gualtieri lo que dicho había la señora, maravillándose él de su paciencia, la mandó con ella a Bolonia a casa de una pariente, rogándole que sin nunca decir de quién era hija, diligentemente la criase y educase. Sucedió después que la señora se quedó embarazada, y al debido tiempo parió un hijo varón, lo que carísimo fue a Gualtieri; pero no bastándole lo que había hecho, con mayor golpe hirió a su mujer, y con rostro airado le dijo un día:

 

-Mujer, desde que tuviste este hijo varón de ninguna guisa puedo vivir con esta gente mía, pues tan duramente se lamentan que un nieto de Giannúculo deba ser su señor después de mí, por lo que dudo que, si no quiero que me echen, no tenga que hacer lo que hice otra vez, y al final dejarte y tomar otra mujer. La mujer le oyó con paciente ánimo y no contestó sino:

 

-Señor mío, piensa en contentarte a ti mismo y satisfacer tus gustos, y no pienses en mí, porque nada me es querido sino cuando veo que te agrada.

 

Luego de no muchos días, Gualtieri, de aquella misma manera que había mandado por la hija, mandó por el hijo, y semejantemente mostrando que lo había hecho matar, a criarse lo mandó a Bolonia, como había mandado a la niña; de la cual cosa, la mujer, ni otro rostro ni otras palabras dijo que había dicho cuando la niña, de lo que Gualtieri mucho se maravillaba, y afirmaba para sí mismo que ninguna otra mujer podía hacer lo que ella hacía: y si no fuera que afectuosísima con los hijos, mientras a él le placía, la había visto, habría creído que hacía aquello para no preocuparse más de ellos, mientras que sabía que lo hacía como discreta. Sus súbditos, creyendo que había hecho matar a sus hijos mucho se lo reprochaban y lo reputaban como hombre cruel, y de su mujer tenían gran compasión; la cual, con las mujeres que con ella se dolían de los hijos muertos de tal manera nunca dijo otra cosa sino que aquello le placía a aquel que los había engendrado.

 

Pero habiendo pasado muchos años después del nacimiento de la niña, pareciéndole tiempo a Gualtieri de hacer la última prueba de la paciencia de ella, a muchos de los suyos dijo que de ninguna guisa podía sufrir más el tener por mujer a Griselda y que se daba cuenta de que mal y juvenilmente había obrado, y por ello en lo que pudiese quería pedirle al Papa que le diera dispensa para que pudiera tomar otra mujer y dejar a Griselda; de lo que le reprendieron muchos hombres buenos, a quienes ninguna otra cosa respondió sino que tenía que ser así. Su mujer, oyendo estas cosas y pareciéndole que tenía que esperar volverse a la casa de su padre, y tal vez a guardar ovejas como había hecho antes, y ver a otra mujer tener a aquel a quien ella quería todo lo que podía, mucho en su interior sufría; pero, tal como había sufrido otras injurias de la fortuna, así se dispuso con tranquilo semblante a soportar ésta. No mucho tiempo después, Gualtieri hizo venir sus cartas falsificadas de Roma, y mostró a sus súbditos que el Papa, con ellas, le había dado dispensa para poder tomar otra mujer y dejar a Griselda; por lo que, haciéndola venir delante, en presencia de muchos le dijo:

 

-Mujer, por concesión del Papa puedo elegir otra mujer y dejarte a ti; y porque mis antepasados han sido grandes gentileshombres y señores de este dominio, mientras los tuyos siempre han sido labradores, entiendo que no seas más mi mujer, sino que te vuelvas a tu casa con Giannúculo con la dote que me trajiste, y yo luego, otra que he encontrado apropiada para mí, tomaré.

 

La mujer, oyendo estas palabras, no sin grandísimo trabajo (superior a la naturaleza femenina) contuvo las lágrimas, y respondió:

 

-Señor mío, yo siempre he conocido mi baja condición y que de ningún modo era apropiada a vuestra nobleza, y lo que he tenido con vos, de Dios y de vos sabía que era y nunca mío lo hice o lo tuve, sino que siempre lo tuve por prestado; os place que os lo devuelva y a mí debe placerme devolvéroslo: aquí está vuestro anillo, con el que os casasteis conmigo, tomadlo. Me ordenáis que la dote que os traje me lleve, para lo cual ni a vos pagadores ni a mí bolsa ni bestia de carga son necesarios, porque de la memoria no se me ha ido que desnuda me tomasteis; y si creéis honesto que el cuerpo en el que he llevado hijos engendrados por vos sea visto por todos, desnuda me iré; pero os ruego, en recompensa de la virginidad que os traje y que no me llevo, que al menos una camisa sobre mi dote os plazca que pueda llevarme.

 

Gualtieri, que mayor gana tenía de llorar que de otra cosa, permaneciendo, sin embargo, con el rostro impasible, dijo:

 

-Pues llévate una camisa.

 

Cuantos en torno estaban le rogaban que le diera un vestido, para que no fuese vista quien había sido su mujer durante trece años o más salir de su casa tan pobre y tan vilmente como era saliendo en camisa; pero fueron vanos los ruegos, por lo que la señora, en camisa y descalza y con la cabeza descubierta, encomendándoles a Dios, salió de casa y volvió con su padre, entre las lágrimas y el llanto de todos los que la vieron. Giannúculo, que nunca había podido creer que era cierto que Gualtieri tenía a su hija por mujer, y cada día esperaba que sucediese esto, había guardado las ropas que se había quitado la mañana en que Gualtieri se casó con ella; por lo que, trayéndoselas y vistiéndose ella con ellas, a los pequeños trabajos de la casa paterna se entregó como antes hacer solía, sufriendo con esforzado ánimo el duro asalto de la enemiga fortuna. Cuando Gualtieri hubo hecho esto, hizo creer a sus súbditos que había elegido a una hija de los condes de Pánago ; y haciendo preparar grandes bodas, mandó a buscar a Griselda; a quien, cuando llegó, dijo:

 

-Voy a traer a esta señora a quien acabo de prometerme y quiero honrarla en esta primera llegada suya; y sabes que no tengo en casa mujeres que sepan arreglarme las cámaras ni hacer muchas cosas necesarias para tal fiesta; y por ello tú, que mejor que nadie conoces estas cosas de casa, pon en orden lo que haya que hacer y haz que se inviten las damas que te parezcan y recíbelas como si fueses la señora de la casa; luego, celebradas las bodas, podrás volverte a tu casa.

 

Aunque estas palabras fuesen otras tantas puñaladas dadas en el corazón de Griselda, como quien no había podido arrojar de sí el amor que sentía por él como había hecho la buena fortuna, repuso:

 

-Señor mío, estoy presta y dispuesta.

 

Y entrando, con sus vestidos de paño pardo y burdo en aquella casa de donde poco antes había salido en camisa, comenzó a barrer las cámaras y ordenarlas, y a hacer poner reposteros y tapices por las salas, a hacer preparar la cocina, y todas las cosas, como si una humilde criadita de la casa fuese, hacer con sus propias manos; y no descansó hasta que tuvo todo preparado y ordenado como convenía. Y después de esto, haciendo de parte de Gualtieri invitar a todas las damas de la comarca, se puso a esperar la fiesta, y llegado el día de las bodas, aunque vestida de pobres ropas, con ánimo y porte señorial a todas las damas que vinieron, y con alegre gesto, las recibió. Gualtieri, que diligentemente había hecho criar en Bolonia a sus hijos por sus parientes (que por su matrimonio pertenecían a la familia de los condes de Pánago), teniendo ya la niña doce años y siendo la cosa más bella que se había visto nunca, y el niño que tenía seis, había mandado un mensaje a Bolonia a su pariente rogándole que le pluguiera venir a Saluzzo con su hija y su hijo y que trajese consigo una buena y honrosa comitiva, y que dijese a todos que la llevaba a ella como a su mujer, sin manifestar a nadie sobre quién era ella. El gentilhombre, haciendo lo que le rogaba el marqués, poniéndose en camino, después de algunos días con la jovencita y con su hermano y con una noble comitiva, a la hora del almuerzo llegó a Saluzzo, donde todos los campesinos y muchos otros vecinos de los alrededores encontró que esperaban a esta nueva mujer de Gualtieri. La cual, recibida por las damas y llegada a la sala donde estaban puestas las mesas, Griselda, tal como estaba, saliéndole alegremente al encuentro, le dijo:

 

-¡Bien venida sea mi señora!

 

Las damas, que mucho habían (aunque en vano) rogado a Gualtieri que hiciese de manera que Griselda se quedase en una cámara o que él le prestase alguno de los vestidos que fueron suyos, se sentaron a la mesa y se comenzó a servirles. La jovencita era mirada por todos y todos decían que Gualtieri había hecho buen cambio, y entre los demás Griselda la alababa mucho, a ella y a su hermano. Gualtieri, a quien parecía haber visto por completo todo cuanto deseaba de la paciencia de su mujer, viendo que en nada la cambiaba la extrañeza de aquellas cosas, y estando seguro de que no por necedad sucedía aquello porque muy bien sabía que era discreta, le pareció ya hora de sacarla de la amargura que juzgaba que bajo el impasible gesto tenía escondida; por lo que, haciéndola venir, en presencia de todos sonriéndole, le dijo:

 

-¿Qué te parece nuestra esposa?

 

-Señor mío -repuso Griselda-, me parece muy bien; y si es tan discreta como hermosa, lo que creo, no dudo de que viváis con ella como el más feliz señor del mundo; pero cuanto está en mi poder os ruego que las heridas que a la que fue antes vuestra causasteis, no se las causéis a ésta, que creo que apenas podría sufrirlas, tanto porque es más joven como porque está educada en la blandura mientras aquella otra estaba educada en fatigas continuas desde pequeñita.

 

Gualtieri, viendo que creía firmemente que aquélla iba a ser su mujer, y no por ello decía algo que no fuese bueno, la hizo sentarse a su lado y dijo:

 

-Griselda, tiempo es ya de que recojas el fruto de tu larga paciencia y de que quienes me han juzgado cruel e inicuo y bestial sepan que lo que he hecho lo hacía con vistas a un fin, queriendo enseñarte a ser mujer, y a ellos saber elegirla y guardarla, y lograr yo perpetua paz mientras contigo tuviera que vivir; lo que, cuando tuve que tomar mujer, gran miedo tuve de no conseguirlo; y por ello, para probar si era cierto, de cuantas maneras sabes te herí y te golpeé. Y como nunca he visto que ni en palabras ni en acciones te hayas apartado de mis deseos, pareciéndome que tengo en ti la felicidad que deseaba, quiero devolverte en un instante lo que en muchos años te quité y con suma dulzura curar las heridas que te hice; y por ello, con alegre ánimo recibe a ésta que crees mi esposa, y a su hermano, como tus hijos y míos: son los mismos que tú y muchos otros durante mucho tiempo habéis creído que yo había hecho matar cruelmente, y yo soy tu marido, que sobre todas las cosas te amo, creyendo poder jactarme de que no hay ningún otro que tanto como yo pueda estar contento de su mujer.

 

Y dicho esto, lo abrazó y lo besó, y junto con ella, que lloraba de alegría, poniéndose en pie fueron donde su hija, toda estupefacta, había estado sentada escuchando estas cosas; y abrazándola tiernamente, y también a su hermano, a ella y a muchos otros que allí estaban sacaron de su error. Las damas, contentísimas, levantándose de las mesas, con Griselda se fueron a su alcoba y con mejores augurios quitándole sus rópulas, con un noble vestido de los suyos la volvieron a vestir, y como a señora, que ya lo parecía en sus harapos, la llevaron de nuevo a la sala. Y haciendo allí con sus hijos maravillosa fiesta, estando todos contentísimos con estas cosas, el solaz y el festejar multiplicaron y alargaron muchos días; y discretísimo juzgaron a Gualtieri, aunque demasiado acre e intolerable juzgaron el experimento que había hecho con su mujer, y discretísima sobre todos juzgaron a Griselda. El conde de Pánago se volvió a Bolonia luego de algunos días, y Gualtieri, retirando a Giannúculo de su trabajo, como a su suegro lo puso en un estado en que honradamente y con gran felicidad vivió y terminó su vejez. Y él luego, casando altamente a su hija, con Griselda, honrándola siempre lo más que podía, largamente y feliz vivió. ¿Qué podría decirse aquí sino que también sobre las casas pobres llueven del cielo los espíritus divinos, y en las reales aquellos que serían más dignos de guardar puercos que de tener señorío sobre los hombres? ¿Quién más que Griselda habría podido, con el rostro no solamente seco, sino alegre, sufrir las duras y nunca oídas pruebas a que la sometió Gualtieri? A quien tal vez le habría estado muy merecido haber dado con una que, cuando la hubiera echado de casa en camisa, se hubiese hecho sacudir el polvo de manera que se hubiese ganado un buen vestido.

 

La tinaja

No hace casi nada de tiempo que un pobre hombre, en Nápoles, tomó por mujer a una hermosa y atrayente jovencita llamada Peronella; y él con su oficio, que era de albañil, y ella hilando, ganando muy escasamente, su vida gobernaban como mejor podían.

 

Sucedió que un joven galanteador, viendo un día a esta Peronella y gustándole mucho, se enamoró de ella, y tanto de una manera y de otra la solicitó que llegó a intimar con ella. Y para estar juntos tomaron el acuerdo de que, como su marido se levantaba temprano todas las mañanas para ir a trabajar o a buscar trabajo, que el joven estuviera en un lugar de donde lo viese salir; y siendo el barrio donde estaba, que Avorio se llama, muy solitario, que, salido él, este a la casa entrase; y así lo hicieron muchas veces. Pero sucedió una mañana que, habiendo el buen hombre salido, y Giannello Scrignario, que así se llamaba el joven, entrado en su casa y estando con Peronella, luego de algún rato (cuando en todo el día no solía volver) a casa se volvió, y encontrando la puerta cerrada por dentro, llamó y después de llamar comenzó a decirse:

 

-Oh, Dios, alabado seas siempre, que, aunque me hayas hecho pobre, al menos me has consolado con una buena y honesta joven por mujer. Ve cómo enseguida cerró la puerta por dentro cuando yo me fui para que nadie pudiese entrar aquí que la molestase.

 

Peronella, oyendo al marido, que conoció en la manera de llamar, dijo:

 

-¡Ay!, Giannelo mío, muerta soy, que aquí está mi marido que Dios confunda, que ha vuelto, y no sé qué quiere decir esto, que nunca ha vuelto a esta hora; tal vez te vio cuando entraste. Pero por amor de Dios, sea como sea, métete en esa tinaja¹ que ves ahí y yo iré a abrirle, y veamos qué quiere decir este volver esta mañana tan pronto a casa.

 

Giannello prestamente entró en la tinaja, y Peronella, yendo a la puerta, le abrió al marido y con mal gesto le dijo:

 

-¿Pues qué novedad es esta que tan pronto vuelvas a casa esta mañana? A lo que me parece, hoy no quieres dar golpe, que te veo volver con las herramientas en la mano; y si eso haces, ¿de qué viviremos? ¿De dónde sacaremos pan? ¿Crees que voy a sufrir que me empeñes el refajo y las demás ropas mías, que no hago día y noche más que hilar, tanto que tengo la carne desprendida de las uñas, para poder por lo menos tener aceite con que encender nuestro candil? Marido, no hay vecina aquí que no se maraville y que no se burle de mí con tantos trabajos y cuáles que soporto; y tú te me vuelves a casa con las manos colgando cuando deberías estar en tu trabajo.

 

Y dicho esto, comenzó a sollozar y a decir de nuevo:

 

-¡Ay! ¡Triste de mí, desgraciada de mí! ¡En qué mala hora nací! En qué mal punto vine aquí, que habría podido tener un joven de posición y no quise, para venir a dar con este que no piensa en quién se ha traído a casa. Las demás se divierten con sus amantes, y no hay una que no tenga quién dos y quién tres, y disfrutan, y le enseñan al marido la luna por el sol; y yo, ¡mísera de mí!, porque soy buena y no me ocupo de tales cosas, tengo males y malaventura. No sé por qué no cojo esos amantes como hacen las otras. Entiende bien, marido mío, que si quisiera obrar mal, bien encontraría con quién, que los hay bien peripuestos que me aman y me requieren y me han mandado propuestas de mucho dinero, o si quiero ropas o joyas, y nunca me lo sufrió el corazón, porque soy hija de mi madre; ¡y tú te me vuelves a casa cuando tenías que estar trabajando!

 

Dijo el marido:

 

-¡Bah, mujer!, no te molestes, por Dios; debes creer que te conozco y sé quién eres, y hasta esta mañana me he dado cuenta de ello. Es verdad que me fui a trabajar, pero se ve que no lo sabes, como yo no lo sabía; hoy es el día de san Caleone y no se trabaja, y por eso me he vuelto a esta hora a casa; pero no he dejado de buscar y encontrar el modo de que hoy tengamos pan para un mes, que he vendido a este que ves aquí conmigo la tinaja, que sabes que ya hace tiempo nos está estorbando en casa: ¡y me da cinco liriados!

 

Dijo entonces Peronella:

 

-Y todo esto es ocasión de mi dolor: tú que eres un hombre y vas por ahí y debías saber las cosas del mundo has vendido una tinaja en cinco liriados que yo, pobre mujer, no habías apenas salido de casa cuando, viendo lo que estorbaba, la he vendido en siete a un buen hombre que, al volver tú, se metió dentro para ver si estaba bien sólida.

 

Cuando el marido oyó esto se puso más que contento, y dijo al que había venido con él para ello:

 

-Buen hombre, vete con Dios, que ya oyes que mi mujer la ha vendido en siete cuando tú no me dabas más que cinco.

 

El buen hombre dijo:

 

-¡Sea en buena hora!

 

Y se fue.

 

Y Peronella dijo al marido:

 

-¡Ven aquí, ya estás aquí, y vigila con él nuestros asuntos!

 

Giannello, que estaba con las orejas tiesas para ver si de algo tenía que temer o protegerse, oídas las explicaciones de Peronella, prestamente salió de la tinaja; y como si nada hubiera oído de la vuelta del marido, comenzó a decir:

 

-¿Dónde estáis, buena mujer?

 

A quien el marido, que ya venía, dijo:

 

-Aquí estoy, ¿qué quieres?

 

Dijo Giannello:

 

-¿Quién eres tú? Quiero hablar con la mujer con quien hice el trato de esta tinaja.

 

Dijo el buen hombre:

 

-Habla en confianza conmigo, que soy su marido.

 

Dijo entonces Giannello:

 

-La tinaja me parece bien entera, pero me parece que habéis tenido dentro heces, que está todo embadurnado con no sé qué cosa tan seca que no puedo quitarla con las uñas, y no me la llevo si antes no la veo limpia.

 

Dijo Peronella entonces:

 

-No, por eso no quedará el trato; mi marido la limpiará.

 

Y el marido dijo:

 

-Sí, por cierto.

 

Y dejando las herramientas y quedándose en camino, se hizo encender una luz y dar una raedera, y de inmediato entró dentro y comenzó a raspar.

 

Y Peronella, como si quisiera ver lo que hacía, puesta la cabeza en la boca de la tinaja, que no era muy alta, y además de esto uno de los brazos con todo el hombro, comenzó a decir a su marido:

 

-Raspa aquí, y aquí y también allí… Mira que aquí ha quedado una pizquita.

 

Y mientras así estaba y al marido enseñaba y corregía, Giannello, que completamente no había aquella mañana su deseo todavía satisfecho cuando vino el marido, viendo que como quería no podía, se ingenió en satisfacerlo como pudiese; y arrimándose a ella que tenía toda tapada la boca de la tinaja, de aquella manera en que en los anchos campos los desenfrenados caballos encendidos por el amor asaltan a las yeguas de Partia, a efecto llevó el juvenil deseo; el cual casi en un mismo punto se completó y se terminó de raspar la tinaja, y él se apartó y Peronella quitó la cabeza de la tinaja, y el marido salió fuera. Por lo que Peronella dijo a Giannello:

 

-Coge esta luz, buen hombre, y mira si está tan limpia como quieres.

 

Giannello, mirando dentro, dijo que estaba bien y que estaba contento y dándole siete liriados se la hizo llevar a su casa. FIN

Giovanni Boccaccio

Lamporecchio

Hermosas amigas, son muchos los hombres y mujeres majaderos que suponen que, por vestir a una moza con una blanca toca y una oscura vestidura, ha dejado de sentir apetitos femeninos, y de ser mujer, como si en roca la convirtieran al hacerla monja. Y si escuchan algo contrario a su convicción, se azoran como si algún gran y avieso mal se hubiese perpetrado contra la naturaleza, no pensando ni pretendiendo pensar en sí mismos, que poseen licencia completa para obrar como deseen hasta saciarse, ni reflexionando en el inmenso poder de la soledad y el ocio. Y muchos de aquellos también imaginan que el azadón y la pala, las comidas toscas y las fatigas, quitan por completo los deseos concupiscentes a los trabajadores del campo y les hacen de ingenio y sagacidad muy romos.

 

Y, como los que así creen se engañan mucho, deseo aclarárselo con un relato. Existía y aún subsiste en nuestro país un convento de religiosas muy famoso por su santidad, del cual su nombre no mencionaré para no mermar esa reputación. En el que, no hace mucho, residían ocho mujeres y una superiora, jóvenes todas, y vivía un hombre humilde que era hortelano de un hermosísimo jardín.

 

Y él, no contento con su paga, solicitó la cuenta a las mujeres y se regresó a Lamporecchio, de donde era originario. Y entre quienes con alegría le acogieron, había un labriego joven, corpulento, vigoroso y de buen semblante como de persona de aldea. Masetto se llamaba quien preguntó al recién llegado dónde había permanecido tanto tiempo. El hombre, que se llamaba Nuto, se lo contó, y Masetto le preguntó en qué servía en el convento. A lo cual Nuto respondió:

 

-Trabajaba yo en un amplio y hermoso jardín, y además iba a buscar leña por el bosque, y traía agua y realizaba oficios semejantes, pero me pagaban con tan poco jornal que ni para calzas me alcanzaba. Además, todas las monjas son jóvenes y parece que tienen el diablo en el cuerpo, de modo que nada se hace a su gusto, sino que, cuando en el plantío trabajaba yo, alguna llegaba y me decía: “Aquí coloca esto”, y otra: “Aquello ponlo aquí”, y otra, arrebatándome la azada, decía: “No está bien eso”; y tanto enfado me daba, que abandonando yo la faena me salí del huerto; así, entre una y otra cosa, no quise continuar más allí y me vine. Su administrador, en cuanto partí, me rogó que si a alguien conocía de este oficio, se lo mandara, y se lo prometí; pero así Dios le haga tan sano de los riñones no pienso enviarle a nadie.

 

Oyendo Masetto las palabras de Nuto, sintió vivo deseo de estar con aquellas monjas, suponiendo que él podría cumplir allí sus deseos. Y, presumiendo que ello no ocurriría si decía algo a Nuto, le dijo:

 

-Bien has hecho en venir. ¿Qué hace un hombre entre mujeres? Mejor estaría con diablos, porque ellas, seis veces de cada siete, ni lo que quieren saben.

 

Y, acabados estos razonamientos, empezó Masetto a pensar cómo debía presentarse a ellas. Entendía el oficio de que Nuto le habló, pero temió que no le recibieran al verle demasiado mozo y bien parecido. Y, figurándose entre sí muchas cosas, imaginó: “El lugar es harto lejano de aquí y nadie me conoce. Si finjo ser mudo, me recibirán”. Y, aferrándose a esta imaginación, echose la segur al hombro y, sin decir a nadie dónde iba, a guisa de pobre hombre entró en el convento, en el cual, al llegar, casualmente halló al administrador en el patio y, por señas, cual mudo, pidiole de comer por amor de Dios y ofreciole, si quería, partir leña.

 

El otro diole de comer de buen grado y le puso ante unos troncos que Nuto no había podido partir, pero que el joven, que muy robusto era, en pocas horas cortó. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y, luego de hacerle cortar más leña, le puso el asno delante y por signos le indicó que lo llevara al monasterio.

 

Cumpliolo todo bien el joven, y el mayordomo, para que le sirviese en algunas cosas que le eran precisas, lo tuvo consigo más días. Y, viéndolo una vez la abadesa, preguntó quién era, y el otro repuso:

 

-Un pobre sordomudo, señora, que vino a pedir limosna y a quien he encargado algunas cosas que nos eran necesarias. Si supiese trabajar el huerto y quisiera quedarse, creo que nos prestaría buenos servicios, porque anda necesitado, y es fuerte, y podría hacer lo que quisiera. Y, además, no existiría peligro de que platicase con vuestras jóvenes.

 

A lo que dijo la abadesa:

 

-A fe de Dios que hablas en verdad. Mira si sabe labrar e ingéniate para retenerlo. Regálale un par de zapatos y algún vestido viejo, halágalo y dale bien de comer.

 

El hombre prometió hacerlo. Masetto, que estaba barriendo el patio, lo oyó todo y díjose, contento: “Si aquí me ponéis, yo os labraré el huerto como no os lo habrán labrado nunca”. Viendo el administrador que el mozo labraba óptimamente, por señas le preguntó si quería quedarse allí. Y con señas respondiole Masetto que haría lo que a él le pluguiese, y el hombre, aceptándolo, le impuso la tarea de cuidar el huerto y le mostró sus otras obligaciones, y luego, yendo a otras faenas del monasterio, le dejó.

 

Y, trabajando un día tras otro, comenzaron las monjas a molestarlo e importunarlo y, como a menudo pasa con los mudos, le decían, no creyendo ser atendidas, las más injuriosas palabras imaginables. De lo cual la abadesa se curaba poco o nada, creyéndolo privado de oído como de habla. Y una vez que él había trabajado mucho y descansaba, dos monjas jovenzuelas que andaban por el jardín llegáronse a donde estaba y, creyéndolo dormido, lo miraron. Una, que era más atrevida, dijo a la otra:

 

-Si pensase que callabas, te diría un pensamiento que muchas veces se me ha ocurrido y del que tú también podrías aprovecharte.

 

La otra respondió:

 

-Habla, que nada diré a nadie.

 

Y la arrojada comenzó:

 

-No sé si habrás parado mientes en lo estrictamente que vivimos, y en que aquí ningún hombre osa entrar, salvo el mayordomo, por viejo, y este, por mudo. Y yo muchas veces a mujeres que nos han visitado les he oído decir que todas las dulzuras del mundo son una burla por comparación a la que siente la mujer con el hombre. Por lo que muchas veces he determinado que, si con otros no puedo, con este mudo me he de ensayar, y más que es para el caso el mejor del mundo, puesto que nada puede ni sabría decir. Ya ves que es un mozallón estúpido, más crecido que sensato. Oiré tu parecer.

 

-¡Oh, lo que dices! -exclamó la otra-. ¿No sabes que hemos prometido a Dios nuestra virginidad?

 

-¡Oh -dijo la primera-, cuántas cosas que no se cumplen se le prometen todos los días! Si le hemos eso prometido, busca otra u otras que lo cumplan.

 

La compañera le dijo:

 

-¿Y si quedásemos embarazadas?

 

Su amiga alegó:

 

-Ya estás pensando en el mal antes de que llegue. Cuando se produzca, se podrá pensar. Mil modos habrá de arreglarse sin que nada se sepa, siempre que nosotras no lo digamos.

 

La otra, al oír esto, tuvo aún más ganas que la primera de probar qué animal es el hombre, y dijo:

 

-¿Y qué haremos?

 

La otra respondió:

 

-Ya ves que es sobre la nona. Creo que todas las monjas duermen menos nosotras. Miremos si hay alguien en el huerto y, si no, ¿qué otra cosa tenemos que hacer sino echar mano a este y llevarlo a esa cabaña junto al manantial? Una puede estar con él y la otra estar al cuidado. Y como él es necio se plegará a lo que queramos.

 

Masetto oía este razonamiento y, presto a obedecer, no esperaba sino que lo tomase una de ellas. Y habiendo las dos examinádolo todo y comprobado que de nadie podían ser vistas, la que había propuesto el lance fue a Masetto y lo despertó y él incorporose y ella, con obras lisonjeras, le tomó la mano, y mientras él reía neciamente, llevolo a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse rogar mucho, accedió a lo que ella quería. Y la monja, como leal compañera, una vez satisfecha, llamó a la otra y también Masetto se plegó a lo que ella quiso, sin dejar de mostrarse un entero simple.

 

Y así, antes de partirse, otra vez cada una quiso saber cómo el mudo cabalgaba, y luego, departiendo entre sí, decíanse que aquello era tan dulce y más de lo que se hablaba. Y desde entonces, escogiendo horas adecuadas, iban a retozar con el mudo.

 

Ocurrió que, un día, una compañera suya las vio desde la ventanilla de su celda y se las mostró a dos compañeras más. Tuvieron ante todo razonamientos encaminados a acusarlas ante la abadesa, pero luego, cambiando de opinión, de consenso empezaron a participar también de Masetto, al cual, por diversos accidentes, las otras tres también hicieron compañía en varios casos.

 

Últimamente, la abadesa, andando un día de gran calor sola por el jardín, encontró a Masetto, el cual, durante el día, por la fatiga del mucho cabalgar por la noche, se había tendido a dormir a la sombra de un árbol. Y habiéndole el viento alzado las ropas, hallábase todo él descubierto. Lo que, mirándolo la mujer y hallándose sola, hízola caer en igual apetito que sus monjitas y, despertando a Masetto, se lo llevó a su recámara, donde lo tuvo varios días, con gran desolación de las monjas al ver que su hortelano no salía a labrarles el huerto.

 

Y la abadesa probó y reprobó aquella dulzura que usualmente ante las otras solía censurar. En fin, lo mandó a su aposento y lo buscó otras veces, y como las demás lo buscaban también, no pudiendo el hombre satisfacer a tantas, pensó que el seguir siendo mudo podría arrojarle gran daño, y una noche, estando con la abadesa, al separarse de ella, comenzó a decir:

 

-He oído, señora, que un gallo se basta para diez gallinas, pero que ni aun diez hombres se bastan para satisfacer a una mujer, de suerte que a mí no me conviene servir a nueve. Por nada del mundo podría perseverar en ello, y aun con lo hecho, he venido a tal extremo, que ya no puedo hacer ni poco ni mucho, por lo que, o me dejáis ir con Dios, o buscáis remedio a este caso.

 

La mujer, oyendo hablar al que tenía por mudo, pasmose y dijo:

 

-¿Cómo es esto? Te creía mudo.

 

-Señora -dijo Masetto-, lo era, pero no por naturaleza, sino por una enfermedad que me privó del habla, la cual solamente desde esta noche me ha sido restituida, por lo que alabo a Dios en cuanto puedo.

 

Creyolo la mujer y le preguntó qué significaba aquello de servir a nueve mujeres. Lo contó todo Masetto, y la abadesa, advirtiendo que no había monja que no fuera más experta que ella, como discreta, y aunque sin dejar partir a Masetto, convino buscar remedio al mal con sus monjas, para que por Masetto no fuese el monasterio vituperado.

 

Y como en aquellos días había muerto el administrador, ellas, de común acuerdo, y revelándose entre sí lo hasta entonces hecho a escondidas, convinieron, con placer de Masetto, en hacer creer a las gentes del contorno que sus oraciones y los méritos del santo bajo cuya advocación estaba el monasterio habían restituido a Masetto el habla tan largamente perdida: y le hicieron administrador, y tan hábilmente se distribuyeron entre todas las fatigas del hombre, que él pudo fácilmente soportarlas. Y entre ellas, aunque bastantes monjitos el buen hombre generó, tan diestramente se llevó la cosa que nada se supo hasta después de la muerte de la abadesa. Siendo ya Masetto viejo, padre y rico, sin el trabajo de nutrir a sus hijos y costear sus gastos, habiendo con su agudeza sabido manejarse bien en la mocedad, volvió al sitio de donde había salido con la segur al hombro, afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía cuernos en la cabeza. FIN

 

Los calzones del cura

Debéis saber, pues, que en Lombardía hubo un monasterio famosísimo por su santidad y religión en el cual, entre otras monjas que allí había, había una joven de sangre noble y de maravillosa hermosura dotada, la cual, llamada Isabetta, habiendo venido un día a la reja para hablar con un pariente suyo, de un apuesto joven que con él estaba se enamoró; y este, viéndola hermosísima, ya su deseo habiendo entendido con los ojos, semejantemente se inflamó por ella, y no sin gran tristeza de los dos, este amor durante mucho tiempo mantuvieron sin ningún fruto.

 

Por fin, estando los dos atentos a ello, vio el joven una vía para poder ir a su monja ocultísimamente; con lo que, alegrándose ella, no una vez, sino muchas, con gran placer de los dos, la visitó. Pero continuando esto, sucedió que él, una noche, fue visto por una de las señoras de allá adentro (sin que ni él ni ella se apercibiesen) ir a ver a Isabetta y volver; lo que a otras cuantas comunicó. Y primero tomaron la decisión de acusarla a la abadesa, la cual doña Usimbalda tenía por nombre, buena y santa señora según su opinión y de cualquiera que la conociese; luego pensaron, para que no pudiese negarlo, en hacer que la abadesa la cogiese con el joven, y, así, callándose, se repartieron entre sí las vigilias y las guardias secretamente para cogerla. Y, no cuidándose Isabetta de esto ni sabiendo nada de ello, sucedió que le hizo venir una noche; lo que inmediatamente supieron las que estaban a la expectativa. Las cuales, cuando les pareció oportuno, estando ya la noche avanzada, se dividieron en dos y una parte se puso en guardia a la puerta de la celda de Isabetta y otra se fue corriendo a la alcoba de la abadesa, y dando golpes en la puerta de esta, que ya contestaba, dijeron:

 

-¡Sus!, señora, levantaos deprisa, que hemos encontrado a Isabetta con un joven en la celda.

 

Estaba aquella noche la abadesa acompañada de un cura al cual hacia venir con frecuencia metido en un arcón; y, al oír esto, temiendo que las monjas fuesen a golpear tanto la puerta (por demasiada prisa o demasiado afán) que se abriese, apresuradamente se puso en pie y lo mejor que pudo se vistió a oscuras, y creyendo coger unas tocas dobladas que llevan sobre la cabeza y las llaman «el salterio», cogió los calzones del cura, y tanta fue la prisa que, sin darse cuenta, en lugar del salterio se los echó a la cabeza y salió, y prestamente se cerró la puerta tras ella, diciendo:

 

-¿Dónde está esa maldita de Dios?

 

Y con las demás, que tan excitadas y atentas estaban para que encontrasen a Isabetta en pecado que de lo que llevase en la cabeza la abadesa no se dieron cuenta, llegó a la puerta de la celda de esta y, ayudada por las otras, la echó abajo; y entradas dentro, en la cama encontraron a los dos amantes abrazados, los cuales, de un tan súbito acontecimiento aturdidos, no sabiendo qué hacerse, se estuvieron quietos.

 

La joven fue incontinenti cogida por las otras monjas y, por orden de la abadesa, llevada a capítulo. El joven se había quedado y, vistiéndose, esperaba a ver en qué acababa la cosa, con la intención de jugar una mala pasada a cuantas pudiera alcanzar si a su joven fuese hecho algún mal, y llevársela con él. La abadesa, sentándose en el capítulo, en presencia de todas las monjas, que solamente a la culpable miraban, comenzó a decirle las mayores injurias que nunca a una mujer fueron dichas, como a quien la santidad, la honestidad y la buena fama del monasterio con sus sucias y vituperables acciones, si afuera fuese sabido, todo lo contaminaba; y tras las injurias añadía gravísimas amenazas. La joven, vergonzosa y tímida, como culpable, no sabía qué responder, sino que callando, hacía a las demás sentir compasión de ella. Y multiplicando la abadesa sus historias, le ocurrió a la joven levantar la mirada y vio lo que la abadesa llevaba en la cabeza y las cintas que de acá y de allá le colgaban; por lo que, dándose cuenta de lo que era, tranquilizada por completo, dijo:

 

-Señora, así os ayude Dios, ataos la cofia y luego me diréis lo que queráis.

 

La abadesa, que no la entendía, dijo:

 

-¿Qué cofia, mala mujer? ¿Tienes el rostro de decir gracias? ¿Te parece que has hecho algo con lo que vayan bien las bromas?

 

Entonces la joven, otra vez, dijo:

 

-Señora, os ruego que os atéis la cofia; después decidme lo que os plazca.

 

Con lo que muchas de las monjas levantaron la mirada a la cabeza de la abadesa, y ella también llevándose a ella las manos, se dieron cuenta de por qué Isabetta decía aquello; con lo que la abadesa, dándose cuenta de su misma falta y viendo que por todas era vista y no podía ocultarla, cambió de sermón, y de guisa muy distinta de la que había comenzado a hablar, llegó a la conclusión de que era imposible defenderse de los estímulos de la carne; y por ello calladamente, como se había hecho hasta aquel día, dijo que cada una se divirtiera cuanto pudiese. Y poniendo en libertad a la joven, se volvió a acostarse con su cura, e Isabetta con su amante, al cual muchas veces después, a pesar de aquellas que le tenían envidia, lo hizo venir allí; las demás que no tenían amante, lo mejor que pudieron probaron fortuna. FIN

 

Meter el diablo en el infierno

En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

 

-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

 

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de este estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de este, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de esta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

 

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

 

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

 

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

 

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

 

Entonces dijo la joven:

 

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

 

Dijo Rústico:

 

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

 

Dijo Alibech:

 

-¿El qué?

 

Rústico le dijo:

 

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

 

La joven, de buena fe, repuso:

 

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

 

Dijo entonces Rústico:

 

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

 

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

 

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

 

Dijo Rústico:

 

-Hija, no sucederá siempre así.

 

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

 

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

 

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

 

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

 

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

 

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

 

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

 

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

 

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

 

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

 

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que esta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

 

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

 

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

 

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

 

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse. FIN

 

Sin cola no hay yegua

El año pasado hubo en Barletta un cura llamado don Gianni de Barolo el cual, porque tenía una iglesia pobre, para sustentar su vida comenzó a llevar mercancía con una yegua acá y allá por las ferias de Apulia y a comprar y a vender. Y andando así trabó estrechas amistades con uno que se llamaba Pietro de Tresanti, que aquel mismo oficio hacía con un asno suyo, y en señal de cariño y de amistad, a la manera apulense no lo llamaba sino compadre Pietro; y cuantas veces llegaba a Barletta lo llevaba a su iglesia y allí lo albergaba y como podía lo honraba.

 

Compadre Pietro, por otra parte, siendo pobrísimo y teniendo una pequeña cabaña en Tresanti, apenas bastante para él y para su joven y hermosa mujer y para su burro, cuantas veces don Gianni por Tresanti aparecía, tantas se lo llevaba a casa y como podía, en reconocimiento del honor que de él recibía en Barletta, lo honraba. Pero en el asunto del albergue, no teniendo el compadre Pietro sino una pequeña yacija en la cual con su hermosa mujer dormía, honrar no lo podía como quería; sino que en un pequeño establo estando junto a su burro echada la yegua de don Gianni, tenía que acostarse sobre la paja junto a ella.

 

La mujer, sabiendo el honor que el cura hacía a su marido en Barletta, muchas veces había querido, cuando el cura venía, ir a dormir con una vecina suya que tenía por nombre Zita Carapresa de Juez Leo, para que el cura con su marido durmiese en la cama, y se lo había dicho muchas veces al cura, pero él nunca había querido; y entre las otras veces una le dijo:

 

-Comadre Gemmata, no te preocupes por mí, que estoy bien, porque cuando me place a esta yegua la convierto en una hermosa muchacha y me estoy con ella, y luego, cuando quiero, la convierto en yegua; y por ello no me separaré de ella.

 

La joven se maravilló y se lo creyó, y se lo dijo al marido, añadiendo:

 

-Si es tan íntimo tuyo como dices, ¿por qué no haces que te enseñe el encantamiento para que puedas convertirme a mí en yegua y hacer tus negocios con el burro y con la yegua y ganaremos el doble? Y cuando hayamos vuelto a casa podrías hacerme otra vez mujer como soy.

 

Compadre Pietro, que era más bien corto de alcances, creyó este asunto y siguió su consejo: y lo mejor que pudo comenzó a solicitar de don Gianni que le enseñase aquello. Don Gianni se ingenió mucho en sacarlo de aquella necedad, pero no pudiendo, dijo:

 

-Bien, puesto que lo queréis, mañana nos levantaremos, como solemos, antes del alba, y os mostraré cómo se hace; es verdad que lo más difícil en este asunto es pegar la cola, como verás.

 

El compadre Pietro y la comadre Gemmata, casi sin haber dormido aquella noche, con tanto deseo este asunto esperaban que en cuanto se acercó el día se levantaron y llamaron a don Gianni; el cual, levantándose en camisa, vino a la alcobita del compadre Pietro y dijo:

 

-No hay en el mundo nadie por quien yo hiciese esto sino por vosotros, y por ello, ya que os place, lo haré; es verdad que tenéis que hacer lo que yo os diga si queréis que salga bien.

 

Ellos dijeron que harían lo que él les dijese; por lo que don Gianni, cogiendo una luz, se la puso en la mano al compadre Pietro y le dijo:

 

-Mira bien lo que hago yo, y que recuerdes bien lo que diga; y guárdate, si no quieres echar todo a perder, de decir una sola palabra por nada que oigas o veas; y pide a Dios que la cola se pegue bien.

 

El compadre Pietro, cogiendo la luz, dijo que así lo haría. Luego, don Gianni hizo que la comadre Gemmata se desnudase como su madre la trajo al mundo, y la hizo ponerse con las manos y los pies en el suelo de la manera que están las yeguas, aconsejándola igualmente que no dijese una palabra sucediese lo que sucediese; y comenzando a tocarle la cara con las manos, comenzó a decir:

 

-Que esta sea buena cabeza de yegua.

 

Y tocándole los cabellos, dijo:

 

-Que estos sean buenas crines de yegua.

 

Y luego tocándole los brazos dijo:

 

-Que estas sean buenas patas y buenas pezuñas de yegua.

 

Luego, tocándole el pecho y encontrándolo duro y redondo, despertándose quien no había sido llamado y levantándose, dijo:

 

-Y sea este buen pecho de yegua.

 

Y lo mismo hizo en la espalda y en el vientre y en la grupa y en los muslos y en las piernas; y por último, no quedándole nada por hacer sino la cola, levantándose la camisa y cogiendo la herramienta y rápidamente metiéndola en el surco hecho para ella, dijo:

 

-Y esta sea buena cola de yegua.

 

El compadre Pietro, que atentamente hasta entonces había mirado todas las cosas, viendo esta última y no pareciéndole bien, dijo:

 

-¡Oh, don Gianni, no quiero que tenga cola, no quiero que tenga cola!

 

Había ya el húmedo radical que hace brotar a todas las plantas sobrevenido cuando don Gianni, retirándolo, dijo:

 

-¡Ay!, compadre Pietro, ¿qué has hecho?, ¿no te dije que no dijeses palabra por nada que vieras? La yegua estaba a punto de hacerse, pero hablando has estropeado todo, y ya no hay manera de rehacerlo nunca.

 

El compadre Pietro dijo:

 

-Ya está bien: no quería yo esa cola. ¿Por qué no me decíais a mí: «Pónsela tú»? Y además se la pegabais demasiado baja.

 

Dijo don Gianni:

 

-Porque tú no habrías sabido la primera vez pegarla tan bien como yo.

 

La joven, oyendo estas palabras, levantándose y poniéndose en pie, de buena fe dijo a su marido:

 

-¡Bah!, qué animal eres, ¿por qué has echado a perder tus asuntos y los míos?, ¿qué yeguas has visto sin cola? Bien sabe Dios que eres pobre, pero sería justo que lo fueses mucho más.

 

No habiendo, pues, ya manera de poder hacer de la joven una yegua por las palabras que había dicho el compadre Pietro, ella doliente y melancólica se volvió a vestir y el compadre Pietro con su burro, como acostumbraba, se fue a hacer su antiguo oficio; y junto con don Gianni se fue a la feria de Bitonto, y nunca más tal favor le pidió. FIN

 

Buena moneda

Siendo obispo de Florencia micer Antonio de Orsi, valioso y sabio prelado, vino a Florencia un noble catalán llamado micer Diego de la Ratta , mariscal del rey Roberto, el cual, siendo apuestísimo en su persona y muy gran galanteador, sucedió que entre las otras damas florentinas le gustó una que era mujer muy hermosa y era sobrina de un hermano del dicho obispo. Y habiendo sabido que su marido, aunque de buena familia era muy avaro y malvado, arregló con él que le entregaría cincuenta florines de oro y que él le dejaría dormir una noche con su mujer; por lo que, haciendo dorar popolinos de plata, que entonces se usaban, acostándose con la mujer, aunque contra el gusto de ella, se los dio. Lo que, corriéndose luego por todas partes, llenó al mal hombre de burlas y de escarnio y el obispo, como prudente, fingió no haber oído nada de todo esto.

 

Por lo que, tratándose mucho el obispo y el mariscal, sucedió que el día de San Juan, montando a caballo uno al lado del otro mirando a las mujeres por la calle por donde se corre el palio, el obispo vio a una joven a quien la pestilencia presente nos ha quitado ya siendo señora, cuyo nombre fue Nonna de los Pulci, prima de micer Alesso Rinucci y a quien vosotras todas habéis debido conocer; la cual, siendo entonces una lozana y hermosa joven y elocuente y de gran ánimo, poco tiempo antes casada en Porta San Pietro, la enseñó al mariscal. Luego, acercándose a ella, poniéndole al mariscal una mano en el hombro, dijo:

 

-Nonna, ¿qué piensas de él? ¿Crees que le vencerías?

 

A Nonna le pareció que aquellas palabras en algo iban contra su honestidad o que la mancharían en la opinión de quienes las oyeron, que eran muchos; por lo que, no preocupándose de limpiar esta mancha sino de devolver golpe por golpe, rápidamente contestó:

 

-Señor, él tal vez no me vencería a mí, que necesito buena moneda.

 

Cuyas palabras oídas, el mariscal y el obispo, sintiéndose igualmente vulnerados, el uno como autor de la deshonrosa cosa con la sobrina del hermano del obispo y el otro como el que la había recibido en la sobrina del propio hermano, sin mirarse el uno al otro, avergonzados y silenciosos se fueron sin decir aquel día una palabra más. Así pues, habiendo sido atacada la joven, no estuvo mal que atacase a los otros con ingenio. FIN

 

El sueño del marido

No sé si vosotras conocisteis a Talano de Imola, hombre muy honrado. Este, habiendo tomado por mujer a una joven llamada Margarita, más hermosa que todas las demás, pero, sobre toda otra cosa, tan caprichosa, desabrida y suspicaz que no quería hacer nada a gusto de nadie ni los demás podían hacerlo al suyo; lo que, aunque pesadísimo fuese de soportar a Talano, no pudiendo hacer otra cosa, se lo sufría.

 

Ahora bien, sucedió una noche, estando Talano con esta Margarita suya en el campo, en una de sus posesiones, que estando él durmiendo le pareció ver a su mujer ir por un bosque muy hermoso que tenían no muy lejos de su casa; y mientras la veía andar así, le pareció que de una parte del bosque salía un grande y feroz lobo, el cual prestamente se le arrojaba a la garganta y la tiraba a tierra, y ella, pidiendo ayuda, se esforzaba en arrancarse de él; y cuando salió de sus fauces, toda la cara y la garganta le pareció que tenía destrozadas. El cual, levantándose a la mañana siguiente, dijo a su mujer:

 

-Mujer, aunque tu suspicacia no haya permitido nunca que pase yo un solo día en paz contigo, sentiría mucho que te sucediese algún mal; y por ello, si confías en mi juicio, no saldrás hoy de casa.

 

Y preguntándole ella el porqué, ordenadamente le contó su sueño. La mujer, moviendo la cabeza, dijo:

 

-Quien mal te quiere mal te sueña; mucho te compadeces de mí, pero me sueñas como querrías verme; y por cierto que me guardaré, hoy y siempre, de darte gusto con este o con otro daño mío.

 

Dijo entonces Talano:

 

-Ya sabía yo que ibas a contestarme eso, porque así le pagan a quien cría cuervos, pero aunque creas lo que quieras, yo lo digo por tu bien, y ahora otra vez te advierto que te quedes hoy en casa, o por lo menos, que te guardes de ir a nuestro bosque.

 

La mujer dijo:

 

-Está bien.

 

Y luego empezó a decirse a sí misma:

 

«¿Has visto con qué malicia se cree este haberme metido miedo de ir hoy a nuestro bosque, donde seguro que debe haberle dado una cita a cualquier desgraciada, y no quiere que lo encuentre allí? ¡Oh, qué buen embelesador es este!, y bien tonta sería yo si le creyese. Pero con certeza no lo conseguirá; tengo que ver yo, aunque deba estar allí todo el día, qué clase de comercio es el que quiere este hacer hoy.»

 

Y como hubo dicho esto, saliendo el marido por una puerta de la casa, salió ella por otra, y lo más ocultamente que pudo, sin dilación se fue al bosque y allí, en la parte que más follaje había, se escondió, estando atenta y mirando, ora aquí, ora allí por ver si veía venir a alguien. Y mientras de esta guisa estaba, sin ningún temor del lobo, he aquí que de un matorral tupido sale un lobo grande y terrible y ni pudo ella, cuando lo vio, decir sino: «¡Señor, ayúdame!», cuando el lobo ya se le había arrojado a la garganta y, cogiéndola con fuerza, comenzó a llevársela de allí como si fuese un pequeño corderito.

 

Ella no podía gritar (tan oprimida tenía la garganta), ni de otra manera defenderse; por lo que, llevándosela el lobo, sin falta la habría estrangulado si no se hubiera topado con algunos pastores, los cuales, gritándole, le obligaron a soltarla; y ella, mísera y desdichada, reconocida por los pastores y llevada a su casa, luego de largo esfuerzo fue curada por los médicos, pero no tanto que toda la garganta y una buena parte de la cara no se quedasen estropeadas de tal manera que siendo primero hermosa, se quedó luego siendo siempre feísima y deforme. Por lo que ella, avergonzándose de aparecer donde fuese vista, muchas veces miserablemente lloró su suspicacia y el no haber, en aquello que nada le costaba, prestado fe al veraz sueño de su marido. FIN

 

Los hombres más nobles y antiguos

No ha pasado mucho tiempo desde que en nuestra ciudad hubo un joven llamado Michele Scalza, que era el más agradable y divertido hombre de mundo, y tenía entre manos las historias más extravagantes; por la cual cosa los jóvenes florentinos estimaban mucho, cuando se reunían en compañía poder contar con él. Ahora, sucedió un día que, estando él con algunos más en Montughi, empezó entre ellos una disputa sobre cuáles serían los hombres más nobles de Florencia y los más antiguos; de los cuales algunos decían que los Uberü y otros los Lamberü, y quién uno y quién otro, según les venía al ánimo. Y oyéndolos Scalza, comenzó a reírse sarcásticamente y dijo:

 

-Idos por ahí, idos, que sois unos bobos; no sabéis lo que decís: los hombres más nobles y los más antiguos, no en Florencia sino en todo el mundo y en ultramar son los Baronci, y en esto están de acuerdo todos los filósofos y todo hombre que los conoce como yo; y para que no creáis que hablo de otros os digo que son los Baronci vuestros vecinos de Santa María la Mayor.

 

Cuando los jóvenes, que esperaban que dijera otra cosa, oyeron esto, se burlaron de él todos, y dijeron:

 

-Quieres atraparnos por tontos, como si no conociésemos a los Baronci como tú.

 

Dijo Scalza:

 

-No, por el Evangelio, sino que digo la verdad, y si aquí hay alguno que quiera apostar una cena a pagarla quien gane, yo apostaré de grado; aún haré más, que me someteré a la sentencia de quien queráis.

 

Entre quienes dijo uno, que se llamaba Neri Vannini:

 

-Yo estoy dispuesto a ganar esa cena.

 

Y poniéndose de acuerdo en tener por juez a Piero de los Fioretino, en cuya casa estaban, y yéndose a buscarle, y todos los otros detrás para ver perder a Scalza y burlarse de él, le contaron todo lo dicho. Piero, que era discreto joven, oída primeramente la explicación de Neri, volviéndose hacia Scalza luego, dijo:

 

-¿Y cómo podrás demostrar esto que afirmas?

 

Dijo Scalza:

 

-¿Que cómo? Lo mostraré con tal argumento que no solo tú sino también este que lo niega dirá que digo verdad. Sabéis que, cuanto más antiguos son los hombres más nobles son, y así decían estos hace poco; y los Baronci son más antiguos que cualquiera otro hombre, por lo que son más nobles; y si os demuestro cómo son más antiguos sin duda habré ganado la disputa. Debéis saber que los Baronci fueron creados por Dios en el tiempo en que él había comenzado a aprender a pintar, pero los otros hombres fueron hechos después de que Nuestro Señor supo pintar. Y si digo la verdad en esto, pensad en los Baronci y en los demás hombres. Mientras a todos los demás veréis con los rostros bien compuestos y debidamente proporcionados, podréis ver a los Baronci con la cara muy larga y estrecha, y alguno que la tiene ancha más allá de toda conveniencia, y tal con la nariz muy larga y tal con ella corta, y algunos con el mentón hacia afuera o metido hacia adentro, y con quijadas que parecen de asno, y los hay que tienen un ojo mayor que el otro, y aun quien tiene uno más alto que el otro, como suelen ser las caras que pintan primero los niños que aprenden a dibujar; por lo cual, como ya he dicho, bastante bien se ve que Nuestro Señor los hizo cuando aprendía a pintar, por lo que estos son más antiguos que los otros, y por ello más nobles.

 

De lo cual acordándose Piero que era el juez y Neri que había apostado la cena, y acordándose todos los demás también, y habiendo oído el divertido argumento de Scalza, empezaron a reírse y a afirmar que Scalza tenía razón y que había ganado la cena y que con seguridad los Baronci eran los más nobles y más antiguos que había, no ya en Florencia sino en el mundo y en ultramar. Y por ello con toda razón Pánfilo, queriendo mostrar la fealdad del rostro de micer Forese, dijo que habría sido horrible en uno de los Baronci. FIN

 

Los tres anillos

Años atrás vivió un hombre llamado Saladino, cuyo valor era tan grande que llegó a sultán de Babilonia y alcanzó muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos. Habiendo gastado todo su tesoro en diversas guerras y en sus incomparables magnificencias, y como le hacía falta, para un compromiso que le había sobrevenido, una fuerte suma de dinero, y no veía de dónde lo podía sacar tan pronto como lo necesitaba, le vino a la memoria un acaudalado judío llamado Melquisedec, que prestaba con usura en Alejandría, y creyó que éste hallaría el modo de servirle, si accedía a ello; mas era tan avaro, que por su propia voluntad jamás lo habría hecho, y el sultán no quería emplear la fuerza; por lo que, apremiado por la necesidad y decidido a encontrar la manera de que el judío le sirviese, resolvió hacerle una consulta que tuviese las apariencias de razonable. Y habiéndolo mandado llamar, lo recibió con familiaridad y lo hizo sentar a su lado, y después le dijo:

 

-Buen hombre, a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana.

 

El judío, que verdaderamente era sabio, comprendió de sobra que Saladino trataba de atraparlo en sus propias palabras para hacerle alguna petición, y discurrió que no podía alabar a una de las religiones más que a las otras si no quería que Saladino consiguiera lo que se proponía. Por lo que, aguzando el ingenio, se le ocurrió lo que debía contestar y dijo:

 

-Señor, intrincada es la pregunta que me haces, y para poderte expresar mi modo de pensar, me veo en el caso de contarte la historia que vas a oír. Si no me equivoco, recuerdo haber oído decir muchas veces que en otro tiempo hubo un gran y rico hombre que entre otras joyas de gran valor que formaban parte de su tesoro, poseía un anillo hermosísimo y valioso, y que queriendo hacerlo venerar y dejarlo a perpetuidad a sus descendientes por su valor y por su belleza, ordenó que aquel de sus hijos en cuyo poder, por legado suyo, se encontrase dicho anillo, fuera reconocido como su heredero, y debiera ser venerado y respetado por todos los demás como el mayor. El hijo a quien fue legada la sortija mantuvo semejante orden entre sus descendientes, haciendo lo que había hecho su antecesor, y en resumen: aquel anillo pasó de mano en mano a muchos sucesores, llegando por último al poder de uno que tenía tres hijos bellos y virtuosos y muy obedientes a su padre, por lo que éste los amaba a los tres de igual manera. Y los jóvenes, que sabían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ellos de ser el honrado entre los tres, por separado y como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que a su muerte les dejase aquel anillo. El buen hombre, que de igual manera los quería a los tres y no acertaba a decidirse sobre cuál de ellos sería el elegido, pensó en dejarlos contentos, puesto que a cada uno se lo había prometido, y secretamente encargó a un buen maestro que hiciera otros dos anillos tan parecidos al primero que ni él mismo, que los había mandado hacer, conociese cuál era el verdadero. Y llegada la hora de su muerte, entregó secretamente un anillo a cada uno de los hijos, quienes después que el padre hubo fallecido, al querer separadamente tomar posesión de la herencia y el honor, cada uno de ellos sacó su anillo como prueba del derecho que razonablemente lo asistía. Y al hallar los anillos tan semejantes entre sí, no fue posible conocer quién era el verdadero heredero de su padre, cuestión que sigue pendiente todavía. Y esto mismo te digo, señor, sobre las tres leyes dadas por Dios Padre a los tres pueblos que son el objeto de tu pregunta: cada uno cree tener su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos; pero en esto, como en lo de los anillos, todavía está pendiente la cuestión de quién la tenga.

 

Saladino conoció que el judío había sabido librarse astutamente del lazo que le había tendido, y, por lo tanto, resolvió confiarle su necesidad y ver si le quería servir; así lo hizo, y le confesó lo que había pensado hacer si él no le hubiese contestado tan discretamente como lo había hecho. El judío entregó generosamente toda la suma que el sultán le pidió, y éste, después, lo satisfizo por entero, lo cubrió de valiosos regalos y desde entonces lo tuvo por un amigo al que conservó junto a él y lo colmó de honores y distinciones. FIN

 

¿Qué debo hacer con lo que me sobra?

En la ciudad de Prato había antes una ley, ciertamente no menos condenable que dura, que, sin hacer distinción, mandaba que igual fuera quemada la mujer que fuese por el marido hallada en adulterio con algún amante como la que por dinero con algún otro hombre fuese encontrada. Y mientras había esta ley sucedió que una noble señora, hermosa y enamorada más que ninguna otra, cuyo nombre era doña Filipa, fue hallada en su propia alcoba una noche por Rinaldo de los Pugliesi, su marido, en brazos de Lazarino de los Guazzagliotri, joven hermoso y noble de aquella ciudad, a quien ella como a sí misma amaba y era amada por él; la cual cosa viendo Rinaldo, muy enfurecido, a duras penas se contuvo de echarse encima de ellos y matarlos, y si no hubiese sido porque temía por sí mismo, siguiendo el ímpetu de su ira lo habría hecho.

 

Sujetándose, pues, en esto, no se pudo sujetar de querer que lo que a él no le era lícito hacer lo hiciese la ley pratense, es decir, matar a su mujer. Y por ello, teniendo para probar la culpa de la mujer muy convenientes testimonios, al hacerse de día, sin cambiar de opinión, acusando a su mujer, la hizo demandar. La señora, que de gran ánimo era, como generalmente suelen ser quienes enamoradas están de verdad, aunque desaconsejándoselo muchos de sus amigos y parientes, decidió firmemente comparecer y mejor querer, confesando la verdad, morir con valiente ánimo que vilmente, huyendo, ser condenada al exilio por rebeldía y declararse indigna de tal amante como era aquel en cuyos brazos había estado la noche anterior. Y muy bien acompañada de mujeres y de hombres, por todos exhortada a que negase, llegada ante el podestá, preguntó con firme gesto y con segura voz qué quería de ella. El podestá, mirándola y viéndola hermosísima y muy admirable en sus maneras, y de gran ánimo según sus palabras testimoniaban, sintió compasión de ella, temiendo que fuera a confesar una cosa por la cual tuviese él que hacerla morir si quería conservar su reputación.

 

Pero no pudiendo dejar de preguntarle aquello de que era acusada, le dijo:

 

-Señora, como veis, aquí está Rinaldo vuestro marido y se querella contra vos, a quien dice que ha encontrado en adulterio con otro hombre, y por ello pide que yo, según una ley dispone, haciéndoos morir os castigue; pero yo no puedo hacerlo si vos no confesáis, y por ello cuidaos bien de lo que vais a responder, y decidme si es verdad aquello de que vuestro marido os acusa.

 

La señora, sin amedrentarse un punto, con voz asaz placentera, repuso:

 

-Señor, es verdad que Rinaldo es mi marido y que la noche pasada me encontró en brazos de Lazarino, en los que muchas veces he estado por el buen y perfecto amor que le tengo, y esto nunca lo negaré. Pero como estoy segura que sabéis, las leyes deben ser iguales para todos y hechas con consentimiento de aquellos a quienes afectan; cosas que no ocurren con esta, que solamente obliga a las pobrecillas mujeres, que mucho mejor que los hombres podrían satisfacer a muchos; y además de esto, no ya ninguna mujer, cuando se hizo, le prestó consentimiento sino que ninguna fue aquí llamada; por las cuales cosas merecidamente puede decirse que es mala. Y si queréis en perjuicio de mi cuerpo y de vuestra alma ser ejecutor de ella, a vos lo dejo; pero antes de que procedáis a juzgar nada, os ruego que me concedáis una pequeña gracia, que es que preguntéis a mi marido si yo, cada vez y cuantas veces él quería, sin decirle nunca que no, le concedía todo de mí misma o no.

 

A lo que Rinaldo, sin esperar a que el podestá se lo preguntase, prestamente repuso que sin duda alguna su mujer siempre que él la había requerido le había concedido cuanto quería.

 

-Pues -siguió rápidamente la señora- yo os pregunto, señor podestá, si él ha tomado de mí siempre lo que ha necesitado y le ha gustado, ¿qué debía hacer yo (o debo) con lo que me sobra? ¿Debo arrojarlo a los perros? ¿No es mucho mejor servírselo a un hombre noble que me ama más que a sí mismo que dejar que se pierda o se estropee?

 

Estaban allí para semejante interrogatorio de tan famosa señora casi todos los pratenses reunidos, los cuales, al oír tan aguda respuesta, enseguida, luego de mucho reír, a una voz gritaron que la señora tenía razón y decía bien; y antes de que se fuesen de allí, exhortándoles a ello el podestá, modificaron la cruel ley y dejaron que solamente se refiriese a las mujeres que por dinero faltasen contra sus maridos. Por la cual cosa Rinaldo, quedándose confuso con tan loca empresa, se fue del tribunal; y la señora, alegre y libre, del fuego resucitada, a su casa se volvió llena de gloria. FIN

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