Poemas de Gonzalo de Berceo (poeta castellano)

Gonzalo de Berceo

Gonzalo de Berceo (c. 1198–1264) fue el primer poeta en lengua castellana de nombre conocido y el máximo representante del Mester de Clerecía. Monje vinculado al monasterio de San Millán de la Cogolla, su obra tiene una finalidad didáctica y religiosa, escrita en la estricta métrica de la cuaderna vía.

Su creación más célebre, los Milagros de Nuestra Señora, adapta leyendas marianas latinas al romance con un estilo sencillo, tierno y popular, cargado de expresiones cotidianas. Berceo actuó como mediador entre la alta cultura eclesiástica y el pueblo, humanizando lo sagrado para fomentar la devoción.

Cántica

Oye, oye, oye, oye.

Oye, él… Todos están suplicando,

dijo.

Estaba confundido,

dijo.

El lenguaje del día está roto,

dijo:

Pero tengo que tener cuidado,

dijo.

Ni siquiera sabía qué hacer,

dijo.

No sabía qué hacer,

dijo:

¿Qué pasa con el fin de este año?,

dijo.

No sabía qué hacer,

dijo:

¿Qué hay de la prisión?,

dijo.

Tomasio y Matheo,

dijo:

El otro día les di el regalo,

dijo.

El discípulo,

dijo:

Al Maestro no le importa,

dijo.

 

Don Filippo, Simón y Iudas,

dicen:

Para más bullicio de la gente,

dicen. Como el accómetro está roto,

dicen:

Aquí es el día del maestro,

dicen.

Dicen, dicen, dicen.

 

Los Signos antes del Juicio Final

Señores, si quisieran prestarme un poco de atención, querría contarles durante un rato un sermón que fue tomado de un santo librito que escribió San Jerónimo, un precioso guía.

Nuestro padre Jerónimo, pastor y amparo nuestro, leyendo en hebreo en sus textos, encontró cosas extrañas de sucesos asombrosos; quien quiera oírlas, sepa que recibirá buen alimento espiritual.

Encontró el buen hombre, entre todo lo demás, que antes del Juicio, del Juicio Final, vendrán grandes señales y un fiero temporal, y se verá el mundo en un aprieto mortal. Por eso lo escribió aquel varón prudente: para que tema el pueblo que anda desviado, mejore sus costumbres y agrade a Dios, para que no sea entonces desamparado por Cristo.

Los Quince Signos

Primer día: Subirá el mar hasta las nubes, más alto que las sierras y las colinas, tanto que los peces quedarán en seco. Pero el mar se quedará quieto, sin extenderse, como helado o como un muro bien labrado; quien lo vea quedará espantado.

Segundo día: El mar se hundirá, más bajo que la tierra; nadie se atreverá ni a mirarlo, pero pronto volverá a su estado normal.

Tercer día: Habrá un gran espanto; los peces andarán sobre el mar dando grandes gritos, sin poder parar.

Cuarto día: Las aves y las bestias, tanto las domésticas como las salvajes, andarán dando gritos espantadas, sin poder volver a sus nidos o guaridas.

Quinto día: Los mares y los ríos arderán con gran fuerza; los hombres perderán el juicio y querrán esconderse bajo la tierra.

Sexto día: Hierbas, árboles y todo lo verde manará sangre pura, según dice San Jerónimo.

Séptimo día: Será un día negro y carbonoso; caerán todas las construcciones, castillos y torres; nada quedará en pie.

Octavo día: Las piedras pelearán entre sí como hombres que quieren hacerse daño, rompiéndose en pedazos menudos como la sal. Los hombres buscarán refugio en las grietas diciendo: «Montes, cubridnos, que nos quemamos».

Noveno día: Temblará todo el mundo de tal manera que ninguna caña se mantendrá en pie.

Décimo día: Se aplanarán las sierras y los cerros; los valles y las colinas serán iguales, todo llano.

Undécimo día: Los hombres saldrán de sus escondrijos aturdidos, pero nadie podrá ni siquiera hablar.

Duodécimo día: Se abrirán las tumbas y los huesos saldrán de entre las paredes.

Decimotercer día: Se verán llamas volar por el cielo y las estrellas caerán como las hojas de la higuera.

Decimocuarto día: Morirán todos los hombres, grandes y pequeños, pero al poco tiempo resucitarán para venir al Juicio, tanto justos como condenados.

Decimoquinto día: Arderá todo el mundo: el oro, la plata, las telas ricas y los lujos; no quedará ser vivo en ningún rincón.

 

El Juicio Final

Como dice el profeta, el ángel pregonero sonará la trompeta; la oirán los muertos en sus ataúdes y correrán al Juicio. Todos los que nacieron, si los comieron las aves o fueron aventados, allí se juntarán. Todos los que murieron a cualquier edad aparecerán con la apariencia de tener treinta años (la edad de Cristo) ante la Majestad.

Los justos se pondrán a la derecha; los malos a la izquierda. El Rey estará en medio con su ejército, cerca de la Virgen María. Allí será traído Judas el traidor, quien por su mala suerte vendió a su Señor; se verá en la mayor vergüenza.

 

El Rey dirá a los justos:

«Venid, benditos de mi Padre, recibid mi reino delicioso. Recibid el galardón por haberme servido: cuando tuve hambre me disteis de comer, cuando tuve sed me disteis de beber, y cuando me faltó ropa, me vestisteis. Cuando pedí posada, me la disteis de buena voluntad. Por los siglos de los siglos reinaréis conmigo en gloria.»

 

El Rey dirá a los de la izquierda, sañudo e irado:

«Idos, malditos, ministros del pecado, con vuestro maestro Lucifer. Id a arder al fuego que nunca se apaga. No tendréis auxilio. Cuando tuve hambre y sed, no me ayudasteis; cuando el pobrecito vino a vuestra puerta pidiendo en mi nombre, no le disteis nada. Yo no he olvidado vuestra crueldad.»

 

El Infierno

Los ángeles infernales los llevarán con cadenas ardientes y azotes al fuego eterno. Allí no habrá luz, sino cuita y mal. Tendrán hambre, frío, temblor y calentura. Los comerán serpientes y escorpiones con dientes amargos. Tendrán humo en los ojos y mal olor en la nariz, vinagre en los labios y fuego en la garganta.

Los mentirosos colgarán de las lenguas; los codiciosos que pecaron por dinero tendrán que tragar oro fundido. Los falsos trabajadores, pastores y malos religiosos que vivieron suciamente recibirán su castigo. Los soberbios que robaron a los pobres andarán mendigando.

 

La Gloria y Conclusión

Cambiemos de tema y hablemos de la buena compañía de los justos. El Rey de reyes entrará en la gloria del Padre con su rica procesión. Los ángeles harán una alegría nunca vista por la nueva compañía. ¡Dios mande que entremos en esa cofradía!

Los bienaventurados tendrán cuerpo y alma juntos en gozo. Tendrán vida sin fin y serán tan claros que ni siete soles brillarían tanto. Serán sutiles: verán todo el mundo y nada les estorbará la vista. Serán más ligeros que el viento, moviéndose a donde quieran con solo desearlo. Y, sobre todo, estarán seguros de que nunca más sufrirán mal alguno.

Cuando el Rey de Gloria venga a juzgar, bravo como un león, hasta las Virtudes del Cielo tendrán pavor al ver al Juez airado. Si los ángeles santos tiemblan, ¿qué haré yo, mezquino pecador?

Aquel día será largo para los bienaventurados (pues no habrá noche) y amargo para los condenados. Todo lo que hicimos, si no fue lavado por la penitencia, será visto por todos como en medio de una plaza.

 

Consejo final

Si queremos evitar estas visiones, mejoremos nuestras vidas y tomemos penitencia. Ganaremos la Gloria y evitaremos el mal. Digamos un Padre Nuestro y alabemos a la Gloriosa Virgen María para que con su Hijo podamos reinar. Amén.

 

Esta es la obra con la que Gonzalo de Berceo inaugura el **Mester de Clerecía**. Es especialmente famosa por su segunda estrofa, donde el autor define su intención literaria y el lenguaje que va a utilizar.

 

Vida de Santo Domingo de Silos (Versos 1-36)

En el nombre del Padre, que hizo toda cosa,

y de don Jesucristo, hijo de la Gloriosa,

y del Espíritu Santo, que igual a ellos posa,

de un confesor santo quiero hacer una prosa (poema).

 

Quiero hacer un poema en romance sencillo (*román paladino*),

en el cual suele el pueblo hablar a su vecino,

pues no soy tan letrado como para usar el latín:

bien valdrá, según creo, un vaso de buen vino.

 

Quiero que sepáis desde el primer momento

de quién es la historia, para poneros en camino:

es de Santo Domingo, toda ella verdadera,

el que llaman de Silos, que protege la frontera.

 

En el nombre de Dios, a quien nombramos primero,

suya sea la gloria, yo seré su obrero;

el galardón por mi trabajo en Él lo espero,

pues por un pequeño servicio da un galardón generoso.

 

Señor Santo Domingo, según dice la escritura,

fue natural de Cañas, no de baja cuna;

lealmente fue formado en toda rectitud,

en todo muy derecho, sin ninguna falta.

 

Tuvo parientes buenos, amigos del Creador,

que seguían los ejemplos de los padres antiguos.

Sabían bien evitar el ganarse enemigos:

tenían siempre presentes las buenas enseñanzas.

 

Juan era el nombre de su padre honrado,

del linaje de Mans, un hombre señalado,

amante de lo justo, de juicio cabal,

no faltaría a su palabra por todo el dinero del mundo.

 

El nombre de la madre decir no lo sabría,

como no fue escrito, no lo adivinaría;

mas valga por ella el nombre de Dios y de Santa María:

prosigamos el curso, mantengamos nuestra vía.

 

La cepa era buena y dio un buen sarmiento,

no fue como la caña, a la que tumba el viento,

pues pronto arraigó, como sobre un buen cimiento,

y de oír vanidades no sentía deseo.

 

Milagros de Nuestra Señora

Introducción a los Milagros de Nuestra Señora

Amigos y vasallos de Dios omnipotente, si me escucharan con su permiso, querría contarles un buen suceso: al final verán que es muy hermoso y verdadero.

Yo, el maestro Gonzalo de Berceo, yendo en romería (peregrinación), caí en un prado verde y virgen, poblado de flores; un lugar codiciable para un hombre cansado. Las flores daban un olor intenso y refrescaban las caras y las mentes de los hombres; manaban por todas partes fuentes de agua clara, frías en verano y calientes en invierno.

Había allí gran abundancia de hermosas arboledas: granados, higueras, perales y manzanos, y muchas otras frutas de diversas clases; pero ninguna estaba podrida ni ácida. El verdor del prado, el olor de las flores y la sombra de los árboles de sabores suaves me refrescaron por completo y me quitaron el sudor: se podría vivir solo con aquellos aromas.

Nunca encontré en el mundo un lugar tan deleitoso, ni sombra tan templada, ni olor tan sabroso. Me quité la ropa para estar más cómodo y me eché a la sombra de un árbol hermoso. Allí perdí todas mis preocupaciones y oí el canto de las aves, dulces y modulados: nunca hombre alguno oyó órganos más afinados ni voces más acordes.

Unas aves hacían la quinta, otras doblaban, otras mantenían el punto sin errar; al posarse o al moverse, todas se esperaban; allí no había aves torpes ni roncas. No habría organista ni violinista, ni instrumento ni lengua, cuyo canto valiese siquiera un dinero comparado con aquello.

Y aunque les he dicho todas estas bondades, no he contado ni la décima parte: había tantas noblezas y diversidades que ni priores ni abades podrían contarlas. El prado tenía otra virtud: no perdía su belleza ni por el calor ni por el frío; siempre estaba verde y entero, sin importar la tempestad.

En cuanto me acosté en tierra, descansé de todo el cansancio: olvidé toda la fatiga y las penas pasadas. ¡Quien allí viviera sería bienaventurado! Los hombres y las aves tomaban cuantas flores querían, pero no hacían mella en el prado: por cada una que arrancaban, nacían tres o cuatro.

Parecía aquel prado el mismo Paraíso en el que Dios puso tanta bendición. El que creó tal cosa fue un maestro sabio: el hombre que allí viviera nunca perdería la vista (el juicio). El fruto de los árboles era tan dulce que, si Adán lo hubiera comido, no habría sido engañado ni él ni su mujer.

 

La Explicación de la Alegoría (El Meollo)

Señores y amigos, lo que he dicho es una «palabra oscura» (una metáfora); ahora queremos explicarla: quitemos la corteza y entremos al meollo; tomemos lo de dentro y dejemos lo de fuera.

Todos los que vivimos y caminamos, estemos en prisión o en cama, todos somos romeros (peregrinos) que andamos un camino: San Pedro lo dice y por él lo probamos. Mientras vivimos aquí, vivimos en tierra ajena; la estancia duradera la esperamos arriba. Nuestra romería termina cuando enviamos nuestras almas al Paraíso.

En esta romería tenemos un buen prado donde encuentra descanso todo romero cansado: es la Virgen Gloriosa, madre del buen Hijo, igual al cual no se ha encontrado otro. Este prado fue siempre verde en honestidad, pues nunca tuvo mancha su virginidad; fue Virgen de verdad antes, durante y después del parto, incorrupta en su integridad.

  • Las cuatro fuentes claras: Significan los cuatro Evangelios, pues los evangelistas hablaban con ella mientras los escribían. Ella enmendaba lo que ellos escribían; ella mandaba en el riego, pues sin ella nada se guiaba.
  • La sombra de los árboles: Son las oraciones que hace Santa María, que ruega por los pecadores noche y día. Todos los que estamos en el mundo, reyes y vasallos, corremos a su sombra a recoger las flores.
  • Los árboles y sus frutos: Son los santos milagros que hace la Gloriosa, que son más dulces que el azúcar que se da al enfermo en su agonía.
  • Las aves que cantan: Son San Agustín, San Gregorio y otros santos que escribieron sus hechos. Ellos tenían con ella gran amor y ponían todo su empeño en alabarla.
  • El ruiseñor y la calandria: Son los profetas como Isaías, y los apóstoles y mártires que cantan ante ella. También es toda la clerecía que cada día canta laudes en las iglesias.
  • Las flores del prado: Son los nombres y títulos que se le dan a la Virgen María en los textos.

 

Los Nombres de María

A la bendita Virgen se la llama Estrella de los Mares, guía de marineros en la tormenta. Es Reina de los Cielos, estrella de la mañana, salud y medicina de cuerpos y almas. Es el vellocino de Gedeón, la honda de David que venció al gigante Goliat.

Es la fuente de la que bebemos, el puerto al que corremos y la puerta por la que esperamos entrar al cielo. Es la paloma sin hiel, siempre en paz. Se le llama Sión, pues es nuestra atalaya y defensa. No hay nombre bueno que de alguna manera no le cuadre a ella.

Es vid, uva, almendra y granada; oliva, cedro, bálsamo y palma. Es la vara de Moisés que abrió los mares y la vara de Aarón que floreció.

Señores y amigos, si quisiéramos contar todos sus nombres, entraríamos en un pozo sin fondo: hay más nombres para ella que flores en el campo más grande.

 

Propósito del Libro

He dicho antes que los árboles eran sus milagros principales. Quiero dejar de lado el canto de las aves y las flores para escribir unos pocos versos sobre estos «frutos» tan dulces. Quiero subir un ratito a estos árboles y escribir algunos de sus milagros.

Que la Gloriosa me guíe para poder cumplirlo, pues yo solo no me atrevería. Lo tendré por un milagro suyo si ella me guía. Madre llena de gracia, reina poderosa, guíame tú, pues eres piadosa.

Quiero empezar por España, en la gran ciudad de Toledo, pues no sé por dónde empezar a contar, ya que sus milagros son más que las arenas a la orilla del mar.

 

El Milagro de la Casulla de San Ildefonso

En la buena ciudad de Toledo, esa villa real que se asienta sobre el Tajo, el río principal, hubo un arzobispo leal y consagrado que fue amigo íntimo de la Virgen Gloriosa.

Se llamaba Ildefonso, según dicen las escrituras; un pastor que daba buen pasto a su rebaño, hombre de vida santa y de gran cordura. Por mucho que hablemos de él, sus propios hechos dicen más. Siempre estuvo dedicado a la Gloriosa; nunca hombre puso tanto amor en una mujer, pues ponía todo su empeño en servirla, actuando con juicio y prudencia.

Además de otros muchos servicios, dos destacan en los escritos: escribió para ella un libro de bellas palabras defendiendo su virginidad contra tres renegados. También le hizo otro servicio el leal obispo: le dedicó una fiesta a mediados de diciembre, la misma que cae en marzo (la Anunciación), cuando Gabriel vino con el gran mensaje.

Como en marzo cae el tiempo de Cuaresma, la Iglesia no canta cantos de alegría ni celebra ese día con toda su pompa; por eso él, con gran cortesía y juicio, trasladó la fiesta cerca de la Navidad. Fue una gran decisión del leal amigo: puso a la Madre junto al Hijo, pareja que no tiene igual. Como la Cuaresma es tiempo de aflicción, sin aleluyas ni procesiones, el sabio varón pensó en todo esto y recibió por ello un honrado galardón.

 

La aparición de la Virgen

El señor San Ildefonso celebraba esta fiesta general de la Gloriosa, y pocos se quedaron en sus casas en Toledo sin ir a misa a la sede episcopal. Cuando el santo arzobispo estaba preparado para empezar la misa, sentado en su preciosa cátedra, la Virgen le trajo un regalo muy honrado.

Se le apareció la madre del Rey de Majestad con el libro en la mano que él había escrito sobre su virginidad; Ildefonso se alegró de todo corazón. Y le hizo otra gracia nunca oída: le dio una casulla hecha sin aguja ni costura, obra de ángeles y no tejida por hombre, y le dijo estas breves pero completas palabras:

«Amigo, sabe que estoy muy complacida contigo; me has buscado una honra doble: hiciste un buen libro alabándome y me dedicaste una nueva fiesta. En la misa de esta festividad, te traigo una ofrenda de gran autoridad: esta casulla para que cantes con ella hoy, en el día de Navidad.»

Dichas estas palabras, la madre Gloriosa desapareció de su vista. El arzobispo terminó su oficio, él, que era siervo y esposo de la madre de Cristo. La Virgen añadió que el derecho de sentarse en esa cátedra y de vestir esa prenda blanca era solo para él; cualquiera que intentara usarla después no acabaría bien.

Esta preciosa fiesta fue luego confirmada en un concilio general y se celebra en muchas iglesias; mientras el mundo exista, no será olvidada.

 

El castigo de Siagrio

Cuando a Cristo le plugo, falleció San Ildefonso. La Gloriosa lo honró dando gran honor a su cuerpo y mucho mejor a su alma. Eligieron entonces arzobispo a un canónigo presumido, muy soberbio y de poco juicio. Quiso igualarse al anterior y fue un grosero en ello; el pueblo toledano no lo vio con buenos ojos.

Se sentó en la cátedra de su antecesor y exigió la casulla que Dios había enviado. El torpe pecador dijo palabras locas que ofendieron a la Madre de Dios. Dijo con gran ligereza:

«Ildefonso no era de mayor dignidad que yo. Estoy tan consagrado como él; todos somos iguales en nuestra humanidad.»

Si Siagrio no hubiera ido tan lejos, si hubiera frenado su lengua, no habría caído en la ira del Creador (por la cual tememos que su alma se ha perdido). Mandó a los ministros traer la casulla para entrar a misa; pero no se le permitió ni tuvo el poder, porque lo que Dios no quiere, nunca puede ser.

Aunque la santa vestidura era amplia, a Siagrio le resultó estrecha sin medida: le apretó la garganta como una cadena dura y murió asfixiado allí mismo por su gran locura.

La Virgen Gloriosa, estrella del mar, sabe dar buen galardón a sus amigos. Sabe premiar bien a los buenos, pero a los que no la sirven, sabe cómo castigarlos.

Amigos, debemos cuidar a tal Madre: si la servimos, buscaremos nuestro propio beneficio; honraremos nuestros cuerpos, salvaremos nuestras almas y por un pequeño servicio recibiremos un gran galardón.

 

El Sacristán Impúdico

Amigos, si quisierais esperar un poco,

querría contaros otro milagro

que por Santa María Dios se dignó mostrar,

de cuyos pechos quiso mamar con su boca.

 

Un monje bendito hubo en una abadía,

el lugar no lo leo, no sabría decirlo:

quería de corazón a Santa María,

y hacía ante su estatua una inclinación cada día.

 

Hacía ante su estatua una inclinación cada día,

hincaba las rodillas, decía Ave María:

el abad de la casa le dio la sacristía,

pues lo tenía por cuerdo y libre de locura.

 

El enemigo malo, de Belcebú vicario,

que siempre fue y es de los buenos contrario,

tanto pudo intrigar el sutil adversario,

que corrompió al monje, lo hizo fornicario.

 

Tomó un mal hábito el loco pecador:

de noche, cuando se acostaba el prior,

salía por la iglesia fuera del dormitorio,

corría el enturbiado a su mala labor.

 

Tanto a la salida como a la entrada,

delante del altar le caía el camino:

la inclinación y el Ave las tenía bien usadas,

no se le olvidaban en ninguna ocasión.

 

Corría un buen río cerca de la abadía,

tenía que pasarlo el monje siempre:

cuando venía de cumplir su locura,

cayó y se ahogó fuera de la comunidad.

 

Cuando vino la hora de cantar maitines,

no había sacristán que pudiese sonar las campanas:

se levantaron todos, cada uno de su lugar,

fueron a la iglesia a despertar al fraile.

 

Abrieron la iglesia como mejor supieron,

buscaron al llavero, no pudieron hallarlo,

buscando arriba y abajo tanto anduvieron,

que donde yacía ahogado allí dieron con él.

 

Qué podría ser aquello no lo podían imaginar,

si murió o lo mataron no sabían juzgar;

era muy grande la angustia y mayor el pesar,

pues el lugar caía en desprestigio por esto.

 

Mientras yacía en vano el cuerpo en el río,

digamos del alma en qué pleito se vio:

vinieron de diablos una gran multitud

por llevarla al abismo de deleite bien vacío.

 

Mientras los diablos la traían como a una pelota,

la vieron los ángeles y descendieron hacia ella;

pusieron los diablos luego una gran queja:

que era suya por completo, que se apartasen de ella.

 

No tuvieron los ángeles razón para reclamarla,

pues tuvo un mal fin, y así fue sin duda,

no pudieron quitarles ni el valor de una agalla,

tuvieron que retirarse tristes de la batalla.

 

Le socorrió la Gloriosa, reina universal,

pues tenían los diablos la mente puesta en el mal:

les mandó esperar, no osaron hacer otra cosa,

les propuso un acuerdo firme y muy importante.

 

Expuso la Gloriosa una palabra encendida:

«Con esta alma, necios —dijo—, no tenéis nada que ver;

mientras estuvo en el cuerpo fue mi encomendada,

ahora recibiría agravio si fuese desamparada».

 

Por la otra parte respondió el portavoz,

un diablo sabio, sutil y muy astuto:

«Madre eres de un hijo que es juez justo,

a quien no place la fuerza ni le es agradable.

 

Escrito está que el hombre allí donde es hallado,

o en bien o en mal, por ello es juzgado:

si este decreto por ti fuera falseado,

el mensaje del Evangelio quedaría descuidado».

 

«Hablas —dijo la Gloriosa— al modo de una cosa necia:

no te replico, pues eres una cautiva bestia:

cuando salió de casa, de mí tomó licencia,

del pecado que hizo yo le daré penitencia.

 

Sería haceros fuerza algo que no parecería bien;

mas apelo a Cristo, a su audiencia,

Él que es poderoso y lleno de sabiduría:

de su boca quiero oír esta sentencia».

 

El Rey de los cielos, juez sabio,

decidió esta contienda, no veríais mejor:

mandó el Señor que el alma volviera al cuerpo,

y después, según mereciese, recibiría tal honor.

 

Estaba el convento triste y desolado

por este mal ejemplo que les había sucedido:

resucitó el fraile que ya había fallecido,

se espantaron todos, como era natural.

 

Les habló el buen hombre, les dijo: «Compañeros,

muerto estuve y estoy vivo, de esto estad seguros,

gracias a la Gloriosa que salva a sus obreros,

que me libró de manos de los malos guerreros».

 

Les contó por su lengua toda la historia

de lo que decían los diablos y de lo que Santa María,

cómo lo libró ella de su poderío:

si por ella no fuese, estaría en un negro día.

 

Rindieron a Dios gracias de buena voluntad,

a la santa Reina, madre de piedad,

que hizo tal milagro por su benignidad;

por mí está más firme toda la cristiandad.

 

Se confesó el monje y cumplió penitencia,

mejoró en toda su mala conducta,

sirvió a la Gloriosa mientras tuvo vida,

murió cuando Dios quiso sin mala deshonra,

descanse en paz con la divina clemencia.

 

Muchos tales milagros y muchos más grandes

hizo Santa María por sus devotos:

no serían contados ni una milésima parte por hombre alguno,

pero con los que supiéramos, quedaos satisfechos.

 

El Clérigo y la Flor

Leemos de un clérigo que estaba muy descarriado,

en los vicios mundanos fieramente embebido;

aunque era loco, tenía un buen sentido:

amaba a la Gloriosa de corazón completo.

 

Por más que tenía malas costumbres,

en saludarla a ella era muy diligente;

no iría a la iglesia ni a ningún recado

sin que el nombre de ella fuese antes aclamado.

 

No sabría decir por qué ocasión,

pues nosotros no sabemos si él lo buscó o no,

le asaltaron sus enemigos a este varón,

y tuvieron que matarlo, Dios lo perdone.

 

Los hombres de la villa y sus compañeros,

como no estaban seguros de cómo había ocurrido,

fuera de la villa, entre unas riberas,

allá lo enterraron, no entre los fieles cristianos.

 

Le pesó a la Gloriosa este enterramiento,

que yaciera su siervo fuera de su convento,

se apareció a un clérigo de buen entendimiento

y le dijo que habían cometido un error en ello.

 

Hacía ya treinta días que estaba enterrado:

en tiempo tan largo podía estar deshecho;

le dijo Santa María: «Habéis obrado mal,

pues yace mi notario de vosotros tan apartado.

 

Te mando que digas que mi canciller

no merecía ser echado del sagrado;

diles que no lo dejen allí otro treintenario:

metedlo con los otros en el buen cementerio».

 

Le preguntó el clérigo que estaba dormido:

«¿Quién eres tú que hablas? Dame noticias de ti,

porque cuando lo diga, me será preguntado

quién es el querelloso y quién el enterrado».

 

Le dijo la Gloriosa: «Yo soy Santa María,

madre de Jesucristo, que mamó mi leche:

el que vosotros desechasteis de vuestra compañía,

por canciller mío yo a ese tenía.

 

Al que enterrasteis lejos del cementerio,

al que no quisisteis hacer ningún oficio,

yo por este te hago todo este mandato:

si no lo cumples bien, ten por seguro tu pesar».

 

El dicho de la dueña fue luego cumplido,

abrieron el sepulcro deprisa y rápido,

vieron un milagro no simple, sino doble,

y el uno y el otro fue luego bien notado.

 

Le salía por la boca una hermosa flor

de muy gran hermosura, de muy fresco color,

llenaba toda la plaza de sabroso olor,

pues no sentían del cuerpo ni un punto de mal olor.

 

Encontraron la lengua tan fresca y tan sana

como parece por dentro la hermosa manzana:

no la tenía más fresca a mediodía

cuando estaba hablando en medio de la plaza.

 

Vieron que esto venía por la Gloriosa,

pues otro no podría hacer tamaño prodigio:

trasladaron el cuerpo cantando «Speciosa»,

cerca de la iglesia en tumba más preciosa.

 

Todo hombre del mundo hará gran cortesía

si hiciese servicio a la Virgen María:

mientras esté vivo, verá alegría,

y salvará el alma en el último día.

 

El Premio de la Virgen

De otro clérigo nos habla la escritura

que amaba la imagen de Santa María:

siempre se inclinaba ante su pintura,

pues sentía gran respeto al mirar su rostro.

 

Amaba al hijo y la amaba a ella,

tenía por sol al hijo y a la madre por estrella;

quería bien al niño y bien a la doncella,

y por servirlos poco sentía gran pesar.

 

Aprendió cinco versos, versos de alegría,

que hablan de los gozos de la Virgen María:

los decía el clérigo ante ella cada día,

y tenía ella con ellos muy gran placer.

 

«Gozo tengas, María, pues al ángel creíste;

gozo tengas, María, pues virgen concebiste;

gozo tengas, María, pues a Cristo pariste:

la ley vieja cerraste y la nueva abriste».

 

Cuantas fueron las llagas que el hijo sufrió,

decía él tantos gozos a la que lo parió:

si bueno fue el clérigo y bien lo mereció,

obtuvo un buen premio y recibió buen grado.

 

Por estos cinco gozos debemos considerar

los cinco sentidos del cuerpo que nos hacen pecar:

el ver, el oír, el oler, el gustar,

y el tocar de las manos que llamamos tacto.

 

Si estos cinco gozos que os hemos dicho

a la madre gloriosa bien se los ofrecemos,

del error que por estos cinco sentidos cometemos,

por su santo ruego gran perdón ganaremos.

 

Enfermó este clérigo de muy fuerte manera,

que se le querían los ojos salir de la cabeza;

creía que ya estaba terminada su carrera

y que le venía cerca la hora final.

 

Se le apareció la madre del Rey celestial,

que en misericordia nunca tuvo igual:

«Amigo —dijo—, te salve el Señor espiritual,

de cuya madre fuiste tú amigo leal.

 

Esfuérzate, no temas, no estés desanimado:

sabe que pronto estarás de este dolor curado;

ten por seguro que habrás salido de la angustia,

pues lo dice tu pulso, que es muy bueno.

 

Estando yo junto a ti, tú no tengas pavor,

ten por mejorado todo tu dolor:

recibí de ti siempre servicio y amor,

y quiero darte el premio de esa tu labor».

 

Bien pensó el clérigo en levantarse del lecho,

y que podría andar por el campo sobre sus pies;

mas hay gran diferencia entre saber y pensar:

de otra manera hubo esto de terminar.

 

Bien pensó el clérigo salir de la prisión (del cuerpo),

con sus conocidos disfrutar y reír;

mas no pudo el alma tal plazo recibir:

desamparó el cuerpo y tuvo que salir de él.

 

La tomó la Gloriosa, de los cielos reina;

se fue la ahijada con la buena madrina;

la tomaron los ángeles con la gracia divina,

y la llevaron al cielo donde el bien nunca termina.

 

Lo que la Madre Gloriosa le prometió,

bendita sea ella que bien se lo cumplió:

como ella lo decía, él no lo entendió;

mas en cuanto dijo, resultó verdadera.

 

Cuantos oyeron la noticia y vieron el suceso,

todos creyeron que la Gloriosa hizo un milagro:

tenían al clérigo por de ventura dichosa,

y glorificaban todos a la Virgen preciosa.

 

El Pobre Caritativo

Era un hombre pobre que vivía de raciones,

no tenía otras rentas ni otros tributos,

salvo lo que labraba, y esto pocas veces;

tenía ahorrados muy pocos dineros.

 

Por ganar a la Gloriosa, a la que él mucho amaba,

repartía con los pobres todo cuanto ganaba;

en esto se esforzaba y en esto se empeñaba,

por obtener su gracia olvidaba su propia escasez.

 

Cuando este pobre hubo de dejar este mundo,

la madre gloriosa vino a llamarlo;

le habló muy dulcemente, queriendo halagarlo,

y oyeron su palabra todos los del lugar:

 

«Tú deseaste mucho nuestra compañía,

supiste para ganarla muy buena maestría,

pues repartías tus limosnas y decías Ave María:

por qué lo hacías todo, yo bien lo entendía.

 

Sabe que tu tarea está toda bien acabada;

esta en la que estamos es la última jornada;

el ‘ite missa est’ cuenta que ya se ha cantado:

ha venido la hora de cobrar el salario.

 

Yo he venido aquí para llevarte conmigo

al reino de mi hijo, que es bien tu amigo,

donde se alimentan los ángeles del buen trigo candeal;

las santas virtudes se alegrarán contigo».

 

Cuando hubo la Gloriosa terminado su sermón,

abandonó el alma al cuerpo venturado;

la tomó un coro honrado de ángeles,

y la llevaron al cielo, Dios sea por ello alabado.

 

Los hombres que habían oído antes la voz,

tan pronto vieron la promesa cumplida;

a la madre gloriosa, que es tan atenta,

todos le rendían gracias, cada uno por su parte.

 

Quien tal cosa oyera sería malaventurado

si de Santa María no quedase muy complacido;

si no la honrara más, sería un ingrato:

quien de ella se aparta, está muy mal engañado.

 

Aún más adelante queremos espolear,

pues una historia como esta no es para interrumpir,

ya que estos son los árboles donde debemos descansar,

en cuya sombra suelen las aves cantar.

 

El Ladrón Devoto

Era un ladrón malo que prefería robar

que ir a la iglesia o construir puentes;

sabía gobernar su casa mediante el mal botín,

y el mal hábito que tomó, no lo podía dejar.

 

Si hacía otros males, eso no lo leemos,

sería malo condenarlo por lo que no sabemos;

pero nos baste esto que os hemos dicho,

y si hizo otra cosa, perdónelo Cristo en quien creemos.

 

Entre sus malas acciones, tenía una virtud

que le valió al final y le dio la salvación:

creía en la Gloriosa de toda voluntad

y la saludaba siempre ante su imagen.

 

Si iba a robar o a otra locura,

siempre se inclinaba ante su figura,

decía «Ave María» y otras oraciones,

y con esto sentía su voluntad más segura.

 

Como quien anda en el mal en el mal ha de caer,

lograron prender a este ladrón con el robo;

no tuvo ningún recurso con qué defenderse

y juzgaron que lo pusieran en la horca.

 

Lo llevó la justicia hasta la encrucijada,

donde estaba la horca levantada por el concejo;

le taparon los ojos con una venda bien atada

y lo alzaron de tierra con la soga bien tirada.

 

Lo alzaron de tierra cuanto quisieron alzarlo,

y cuantos cerca estaban por muerto lo tuvieron:

si hubieran sabido antes lo que supieron después,

no le habrían hecho eso que le hicieron.

 

La Madre Gloriosa, acostumbrada a socorrer,

que suele a sus siervos en las cuitas valer,

a este condenado le quiso ayudar,

pues se acordó del servicio que le solía prestar.

 

Puso bajo sus pies, allí donde estaba colgado,

sus manos preciosas y lo mantuvo aliviado:

no se sintió de cosa ninguna agobiado,

nunca estuvo más cómodo ni más satisfecho.

 

Al tercer día vinieron los parientes,

vinieron los amigos y sus conocidos,

venían para descolgarlo rasguñados y dolientes,

pero la cosa estaba mejor de lo que ellos pensaban.

 

Lo encontraron con vida, alegre y sin daño,

no estaría tan a gusto si yaciera en un baño;

decía que bajo los pies tenía tal apoyo

que no sentiría mal alguno aunque colgara un año.

 

Cuando lo entendieron los que lo ahorcaron,

creyeron que le habían dejado el lazo flojo;

estaban muy arrepentidos de no haberlo degollado,

y tanto se lamentaban por ello como luego se comprobó.

 

Toda aquella comitiva se puso de acuerdo

en que habían sido engañados por la mala lazada,

y decidieron degollarlo con hoz o con espada;

que por un ladrón no fuera tal villa afrentada.

 

Fueron para degollarlo los jóvenes más decididos,

con buenos cuchillos grandes y afilados;

pero puso Santa María sus manos de por medio

y quedaron los tendones de la garganta sanos.

 

Cuando vieron esto, que no le podían dañar

porque la Madre Gloriosa lo quería proteger,

tuvieron que desistir del empeño

y lo dejaron vivir hasta que Dios quisiera.

 

Lo dejaron en paz para que siguiera su camino,

pues ellos no querían ir contra Santa María;

mejoró su conducta y se apartó de la locura:

cuando cumplió su curso natural, murió a su debido tiempo.

 

Madre tan piadosa, de tal benignidad,

que con buenos y malos ejerce su piedad,

debemos bendecirla de toda voluntad:

los que la bendijeron ganaron gran riqueza.

 

Las maneras de la Madre y las de Aquel que parió

se parecen mucho a quien bien las conoció;

Él por buenos y malos, por todos descendió,

y Ella, si le rogaron, a todos socorrió.

 

El Monje y san Pedro

En Colonia la rica, cabeza de reinado,

había un monasterio llamado de San Pedro.

Había en él un monje bastante desordenado:

de lo que dice la regla tenía poco cuidado.

 

Era de poco juicio, hacía mucha locura,

pues aunque lo castigaban no ponía ningún remedio:

le ocurrió en este tiempo una gran desventura,

engendró en una mujer una criatura.

 

Por salud de su cuerpo y por vivir más sano

tomaba jarabes deprisa y a diario,

en invierno calientes, y fríos en verano;

debía andar devoto y andaba lozano.

 

Vivía en esta vida en gran tribulación,

murió por sus pecados por un fiero suceso,

ni tomó el Cuerpo del Señor, ni hizo confesión,

llevaron los diablos el alma a prisión.

 

San Pedro el apóstol tuvo de él compasión,

pues en su monasterio hiciera profesión:

rogó a Jesucristo con gran devoción

que de su misericordia le diese una parte.

 

Le dijo Jesucristo: «Pedro, mi amado,

bien sabes tú lo que dijo David en su escrito,

que aquel descansaría en el monte sagrado

que entró sin mancha y libre de pecado.

 

Ese por quien tú ruegas con la rodilla hincada,

ni obraba justicia, ni vivía sin mancha:

por su compañía no valió más la celda:

según él mereció, ocupará tal asiento».

 

Rogó San Pedro a las virtudes celestiales

que rogaran al padre de los penitentes,

que libraran a este hombre de los lazos mortales:

le respondió palabras como las otras anteriores.

 

Acudió a la Gloriosa, Madre de nuestro don,

y a las otras vírgenes que son de su casa:

fueron ellas a Cristo con gran suplicación,

por el alma del monje hicieron oración.

 

Cuando vio don Cristo a la Madre Gloriosa,

y de sus amigas procesión tan preciosa,

salió a recibirlas de manera hermosa:

¡alma que lo viera sería bien venturosa!

 

«Madre», dijo don Cristo, «yo saberlo querría:

¿qué negocio os trae con esta compañía?».

«Hijo», dijo la madre, «a rogaros venía

por el alma de un monje de tal abadía».

 

«Madre», dijo el hijo, «no sería de justicia

que tal alma de tal hombre entrara en tal descanso:

quedaría menoscabada toda la Escritura;

pero por vuestro ruego seremos indulgentes.

 

Quiero hacer tanto por vuestro amor:

vuelva aún al cuerpo en que fue morador,

haga su penitencia como hace el pecador,

y pueda ser salvo de mejor manera».

 

Cuando oyó San Pedro este tan dulce mandato,

vio que su negocio estaba bien logrado:

volvió a los diablos, concejo enconado:

el alma que llevaban, se la quitó contra su grado.

 

Se la dio a dos niños de muy gran claridad,

criaturas angélicas de muy gran santidad:

se la dio en custodia de toda voluntad,

por volverla al cuerpo con gran seguridad.

 

Se la dieron los niños a un fraile honrado

que fuera en su orden desde la niñez criado:

la llevó él al cuerpo que yacía amortajado:

resucitó el monje, Dios sea por ello alabado.

 

Al alma del monje le dijo su guía,

el fraile hombre bueno que antes os decía:

«Yo te ruego por Dios y por Santa María

que hagas tú un ruego por mí cada día.

 

Otra cosa te ruego, que mi sepultura,

que yace toda cubierta por encima de basura,

tú la hagas barrer por tu buena voluntad:

tú cúmplelo, y que Dios te dé buena ventura».

 

Resucitó el monje, el que estaba muerto;

pero por un gran día estuvo muy aturdido;

aunque recobró al final todo su sentido,

contó al convento por lo que había pasado.

 

Rindieron a Dios gracias, a la Virgen real,

y al santo apóstol, clavero celestial,

que por salvar a su monje sufrió tal disputa:

no fue este milagro de poco valor.

 

No tenga nadie duda en su corazón,

ni diga «esta cosa podría ser o no»:

ponga en la Gloriosa bien su intención:

entenderá que no viene esto contra la razón.

 

Como es la Gloriosa llena de bendición,

es llena de gracia, y libre de juicio:

no le sería negada ninguna petición,

no le diría tal hijo a tal madre que no.

 

El romero de Santiago

Señores y amigos, por Dios y por caridad,

oíd otro milagro hermoso de verdad:

San Hugo lo escribió, siendo abad de Cluny,

que le ocurrió a un monje de su congregación.

 

Un fraile de su casa, llamado Giraldo,

antes de ser monje no era muy sensato;

cometía a veces locuras y pecados,

como hombre soltero que no tiene obligaciones.

 

Le vino al corazón un día que allí estaba

ir en romería al Apóstol de España (Santiago):

preparó sus cosas, buscó compañía

y fijaron la fecha para emprender su camino.

 

Cuando hubieron de salir, cometió una falta:

en lugar de vigilia, yació con su amiga;

no cumplió penitencia como la ley manda

y se puso en camino con esa mala espina.

 

Poco había andado aún de la ruta,

acaso sería la tercera jornada,

cuando tuvo un encuentro junto al camino;

se mostraba como bueno, pero en verdad no lo era.

 

El diablo antiguo siempre fue traidor,

es de toda maldad maestro sabio;

parece a veces ángel del Creador,

pero es diablo refinado y mal enredador.

 

Se transformó el falso en ángel verdadero,

se le puso delante en medio de un sendero:

«Bienvenido seas», le dijo al romero,

«me pareces una criatura simple como un cordero.

 

Saliste de tu casa para venir a la mía,

pero al querer salir cometiste una locura:

crees cumplir tal romería sin penitencia,

pero no te lo agradecerá Santa María».

 

«¿Quién sois vos, señor?», le dijo el romero.

Respondió: «Soy Jacobo (Santiago), hijo de Zebedeo;

sepálo bien, amigo, andas extraviado,

parece que no tienes deseo de salvarte».

 

Dijo Giraldo: «Señor, ¿pues qué me mandáis?

Quiero cumplir todo lo que me digáis,

pues veo que cometí grandes iniquidades

y no seguí el castigo que dicen los abades».

 

Dijo el falso Santiago: «Este es el juicio:

que te cortes los miembros que hacen el fornicio,

y después que te degüelles; así harás servicio a Dios,

pues de tu propia carne le harás sacrificio».

 

Lo creyó el desgraciado, loco y trastornado:

sacó su cuchillo que tenía afilado,

se cortó sus genitales el necio malaventurado,

y después se degolló; murió excomulgado.

 

Cuando los compañeros que con él salieron

llegaron hasta Giraldo y lo vieron así,

tuvieron la mayor angustia que nunca sintieron:

cómo ocurrió aquello, no lo podían imaginar.

 

Veían que no había sido degollado por ladrones,

pues no le quitaron nada ni le habían robado nada;

por ningún hombre había sido desafiado,

no sabían de qué manera había sido accidentado.

 

Huyeron luego todos y se dispersaron,

temiendo que de esta muerte fuesen sospechosos;

aunque ellos no eran culpables en el asunto,

temían ser por ventura presos y acusados.

 

El que dio el consejo, con sus ayudantes,

los grandes y los chicos, menores y mayores,

atraparon el alma, los falsos traidores,

y la llevaban al fuego, a los malos sudores.

 

Ellos, que la llevaban de mala manera,

lo vio Santiago, de quien era romero;

les salió al encuentro deprisa en el camino,

y se les puso delante, cara a cara.

 

«Dejad», dijo, «malvados, la presa que lleváis,

no la tenéis tan segura como os pensáis;

ateneos al derecho, no le hagáis fuerza;

creo que no podréis, por más que queráis».

 

Respondió un diablo, poniéndose rebelde:

«Santiago, ¿quieres burlarte de todos nosotros?

¿Quieres ir en contra de la razón derecha?

Traes mala intención bajo el escapulario.

 

Giraldo cometió una maldad, se mató con su mano,

debe ser juzgado como hermano de Judas;

es por todas las razones parroquiano nuestro,

no quieras contra nosotros, Santiago, ser villano».

 

Le dijo Santiago: «Don traidor charlatán,

no os puede vuestra charla valer un mal dinero:

usando mi voz como falso portavoz,

diste un mal consejo y mataste a mi romero.

 

Si tú no le hubieses dicho que eras Santiago,

ni le hubieras mostrado la señal de mis conchas,

él no dañaría su cuerpo con sus propias tijeras

ni yacería como yace ahí fuera en los caminos.

 

Siento gran soberbia por vuestra parte,

considero que mi forma ha sido burlada por vosotros;

matasteis a mi romero con mentira sabida,

y además veo ahora al alma maltratada.

 

Someteos conmigo al juicio de la Virgen María:

yo a ella apelo en este pleito,

de otra forma no me apartaría de vosotros,

pues veo que traéis una muy gran alevosía».

 

Presentaron sus argumentos ante la Gloriosa,

fue por cada parte muy defendida la cosa;

entendió las razones la Reina preciosa

y terminó la disputa de manera satisfactoria.

 

El engaño que sufrió debía serle de provecho,

pues él creyó obedecer a Santiago,

ya que pensaba que por eso podría salvarse;

pero el engañador debía padecer por ello.

 

Dijo: «Yo esto mando y doy por sentencia:

el alma sobre la que tenéis la disputa,

que vuelva al cuerpo y haga su penitencia;

después, según mereciere, tendrá su juicio».

 

Valió esta sentencia, fue por Dios otorgada,

fue el alma mezquina al cuerpo devuelta;

le pesó al diablo y a toda su banda,

pues el alma tuvo que volver a su antigua morada.

 

Se levantó el cuerpo que yacía caído,

se limpiaba la cara Giraldo el degollado;

estuvo un ratito como alguien aturdido,

como hombre que duerme y despierta irritado.

 

De la herida que tuvo por la degolladura,

apenas se veía la cicatriz;

perdió él el dolor y todo el ardor:

todos decían: «Este hombre tuvo buena suerte».

 

De todo lo demás estaba sano y mejorado,

salvo por un hilillo que tenía atravesado (en la garganta);

pero lo de sus genitales, lo que fue cortado,

no le creció ni un punto, se quedó en ese estado.

 

De todo estaba sano, todo bien curado,

para verter su agua le quedó el orificio;

recogió su equipaje que traía guardado

y pensó en seguir su camino alegre y satisfecho.

 

Rindió gracias a Dios y a Santa María,

y al santo Apóstol a donde va la romería:

se apresuró a andar y encontró a la compañía;

tenían este milagro por consuelo cada día.

 

Corrió por Compostela esta gran maravilla,

venían a verlo todos los de la villa;

decían: «Tal cosa deberíamos escribirla,

a los que están por venir les gustará oírla».

 

Cuando estuvo en su tierra, cumplido el camino,

y oyeron lo que había acontecido,

había grandes clamores, la gente estaba conmovida

por ver a este Lázaro pasado de muerte a vida.

 

Reflexionó este romero sobre su situación,

de cómo Dios lo libró de los malditos dientes;

abandonó el mundo, a amigos y parientes,

entró en Cluny y vistió ropas de penitente.

 

Don Hugo, hombre bueno, abad de Cluny,

varón religioso de muy gran santidad,

contaba este milagro que ocurrió en verdad;

lo puso por escrito, e hizo una gran obra.

 

Giraldo murió en la orden, llevando buena vida,

sirviendo al Creador en dichos y en hechos,

perseverando en el bien, arrepintiéndose del mal;

el enemigo malo no pudo reírse de él.

 

El Clérigo Ignorante

Era un simple clérigo, pobre de instrucción,

decía a diario la misa de Santa María;

no sabía decir otra, la decía cada día,

más la sabía por hábito que por sabiduría.

 

Fue este sacerdote al obispo acusado

de que era idiota, un mal clérigo probado:

«Salve Sancta Parens» era lo único que usaba,

no sabía otra misa el torpe enturbiado.

 

Se movió el obispo duramente a saña,

decía: «Nunca de un cura oí tal hazaña»;

dijo: «Decid al hijo de la mala puta

que venga ante mí, que no use ninguna artimaña».

 

Vino ante el obispo el sacerdote pecador,

tenía gran miedo y había perdido el color,

no podía de vergüenza mirar al señor,

nunca estuvo el mezquino en tan mal sudor.

 

Le dijo el obispo: «Sacerdote, dime la verdad,

si es tal como dicen tu necedad».

Le dijo el buen hombre: «Señor, por caridad,

si dijese que no, diría falsedad».

 

Le dijo el obispo: «Puesto que no tienes ciencia

de cantar otra misa, ni tienes juicio ni capacidad,

te prohíbo que cantes, te pongo bajo sentencia:

vive como mereces por otro medio».

 

Se fue el sacerdote por su camino triste y desolado,

sentía gran vergüenza y un daño muy grande;

acudió a la Gloriosa lloroso y quejoso,

para que le diese consejo, pues estaba aterrado.

 

La Madre preciosa, que nunca falló

a quien de corazón a sus pies cayó,

el ruego de su clérigo luego lo oyó:

no lo puso en espera, pronto lo socorrió.

 

La Virgen Gloriosa, madre sin tacha,

se apareció al obispo luego en visión:

le dijo fuertes palabras, un sermón severo,

le descubrió en ello todo su corazón.

 

Le dijo con bravura: «Don obispo arrogante,

¿contra mí por qué fuiste tan fuerte y tan villano?

Yo nunca te quité el valor de un grano,

y tú me has quitado a mí un capellán.

 

Al que a mí me cantaba la misa cada día,

tú consideraste que cometía error de herejía:

lo juzgaste por bestia y por cosa errada,

le quitaste el cargo de la capellanía.

 

Si tú no le mandas decir mi misa

como solía decirla, tendré gran queja.

¡Y tú habrás muerto antes del trigésimo día:

entonces verás lo que vale la saña de María!».

 

Quedó con estas amenazas el obispo espantado,

mandó enviar luego por el sacerdote suspendido:

le rogó que le perdonase lo que había errado,

pues fue él en su juicio duramente engañado.

 

Le mandó que cantase como solía cantar,

que fuese de la Gloriosa siervo en su altar;

si algo le faltase en vestir o en calzar,

él se lo mandaría dar de lo suyo mismo.

 

Volvió el hombre bueno a su capellanía,

sirvió a la Gloriosa Madre Santa María,

murió en su oficio con el fin que yo querría,

fue el alma a la gloria, a la dulce cofradía.

 

No podríamos nosotros tanto escribir ni rezar,

aun cuando pudiésemos muchos años durar,

que una décima parte de los milagros pudiésemos contar,

los que por la Gloriosa se digna Dios demostrar.

 

Los dos Hermanos

En la ciudad de Roma, esa noble ciudad,

maestra y señora de toda la cristiandad,

había allí dos hermanos de gran autoridad:

el uno era clérigo, el otro magistrado.

 

Pedro llamaban al clérigo, tenía tal nombre,

varón sabio e ilustre, cardenal del Papa;

entre sus otras costumbres tenía una muy mala:

tenía gran avaricia, un pecado mortal.

 

Esteban se llamaba el segundo hermano,

entre los senadores no había nadie más gallardo;

era muy poderoso en el pueblo romano,

tenía la mano muy acostumbrada a las mordidas.

 

Era muy codicioso, quería mucho poseer,

falseaba los juicios por ansia de riqueza;

les quitaba a los hombres lo que les podía quitar,

valoraba más el dinero que el tener justicia.

 

Con sus juicios falsos de su propia cosecha,

a San Lorenzo el mártir le quitó tres casas;

perdió Santa Inés por él buenos terrenos,

un huerto que valía muchísimas monedas.

 

Murió el cardenal don Pedro el honrado,

fue a los purgatorios, donde merecía ser llevado;

antes de pocos días falleció Esteban:

le esperaba tal juicio como el que él había dado.

 

Lo vio San Lorenzo y lo miró con desprecio,

le apretó el brazo tres veces duramente;

se quejó don Esteban hasta lo más profundo,

pues no lo apretaran tenazas de hierro con tal fuerza.

 

Lo vio Santa Inés, a quien quitó el huerto,

le dio la espalda y lo miró con rostro torcido;

entonces dijo Esteban: «Este es un mal consuelo,

toda nuestra ganancia nos llevó a mal puerto».

 

Dios, nuestro Señor, juez recto,

a quien no se le oculta bodega ni sótano,

dijo que este hombre fuera un mal administrador,

que engañó a muchos hombres y no a uno solo:

 

«Desheredó a muchos con mala oratoria,

siempre por sus pecados planeó traiciones.

No merece entrar en nuestra compañía,

¡vaya a yacer con Judas en esa enfermería!».

 

Lo tomaron por las sienes los guerreros antiguos,

esos que siempre nos fueron mortales enemigos;

le daban por sustento no manzanas ni higos,

sino humo y vinagre, heridas y pellizcos.

 

Vio a su hermano con otros pecadores,

donde yacía el mezquino en muy malos sudores;

daba voces y gritos, lágrimas y lamentos,

tenía gran abundancia de malos servidores.

 

Ya lo habían llevado cerca de la morada

donde nunca vería cosa que le gustase,

ni vería sol ni luna ni el buen rocío,

y estaría en tinieblas como una emparedada.

 

Le dijo: «Decid, hermano, preguntároslo quiero,

¿por qué culpa yacéis en tormento tan fiero?

Que si Dios lo quisiera y yo hacerlo pudiera,

os buscaría auxilio en cuanto supiera».

 

Dijo Pedro: «En vida tuve gran avaricia,

la tuve por amiga junto con la codicia;

por eso estoy ahora puesto en tan mala tristeza;

quien tal hace, tal reciba, es ley y es justicia.

 

Mas si el Papa con su clerecía

cantase por mí misa solamente un día,

confío en la Gloriosa, madre Santa María,

que Dios me daría pronto alguna mejoría».

 

De este varón don Esteban, de quien hablamos tanto,

aunque muchas maldades traía bajo su manto,

tenía una virtud: amaba a un santo,

tanto que no podríamos demostraos cuánto.

 

Amaba a Proyecto, mártir de gran valor,

le guardaba bien la fiesta como al buen Señor,

le hacía un rico oficio y muy gran honor,

con pobres y con clérigos, lo mejor que podía.

 

Lorenzo e Inés, a pesar de estar ofendidos

porque él los había antes desheredado,

sintieron piedad y se amansaron,

miraron más a Dios que a los pecados de él.

 

Fueron hacia Proyecto, de quien Esteban era devoto,

le dijeron: «Proyecto, no estés dormido,

piensa en tu Esteban que anda humillado,

dale su galardón, pues te ha servido».

 

Fue hacia la Gloriosa, que luce más que estrella,

la conmovió con gran ruego, fue ante Dios con ella;

rogó por esta alma que traían como a una pelota,

que no fuese juzgada según la acusación.

 

Dijo a este ruego Dios, nuestro Señor:

«Haré tal gracia por vuestro amor:

vuelva aún al cuerpo el alma pecadora,

y según merezca después, recibirá tal honor.

 

Tenga de plazo hasta los treinta días

para que pueda enmendar todas sus fechorías;

mas bien se lo aseguro por mis palabras,

que allí serán rematadas todas sus astucias».

 

Rindieron muchas gracias a Dios los intercesores

porque se apiadaba de sus pecadores,

porque libró esta alma de manos de traidores,

que son de los fieles siempre engañadores.

 

Cuando lo entendió la gente endemoniada,

se apartó del alma que tenía atada;

la tomó San Proyecto, que la había ganado,

y la guio hacia el cuerpo, hacia su morada.

 

Le dijo la Gloriosa, madre del Creador:

«Esteban, rinde gracias a Dios el buen Señor:

gran gracia te ha hecho, no podría ser mayor;

del mal, si no te guardas, caerás en otro peor.

 

Esteban, un consejo te quiero aún dar,

Esteban, es un consejo que debes tú tomar:

te mando cada día un salmo recitar,

*Beati inmaculati…* muy bueno de rezar.

 

Si tú cada mañana este salmo rezares,

y tú a las iglesias los agravios enmendares,

ganará tu alma Gloria cuando mueras,

evitarás las penas y los lugares terribles».

 

Resucitó Esteban, ¡gracias a Jesucristo!

Le contó al Papa todo lo que había visto,

lo que le dijo Pedro, su hermano estimado,

que yacía en gran pena, sufrido y muy triste.

 

Mostraba el brazo que tenía amoratado,

donde San Lorenzo lo hubo apretado;

pidió merced al Papa con el cuerpo postrado,

que cantase la misa por Pedro el sufrido.

 

Para darles seguridad y para ser bien creído,

dijo que a los treinta días habría fallecido;

dijeron todos: «Este es un signo conocido,

si dice verdad o no, será bien comprendido».

 

Devolvió ricamente lo suyo a los desheredados,

a los que agravió los dejó bien satisfechos,

se confesó al sacerdote de todos sus pecados,

de cuantos había hecho, dicho y pensado.

 

Ya iba terminando la cuarta semana,

para los treinta días faltaban pocas mañanas,

se despidió Esteban de las gentes romanas;

sabía que las palabras de Dios no serían en vano.

 

En el día treinta hizo su confesión,

recibió el Cuerpo del Señor con gran devoción;

se echó en su lecho, hizo su oración,

entregó a Dios el alma, murió con bendición.

 

El labrador avaro

Había en una tierra un hombre labrador,

que usaba el arado más que otra labor:

amaba más la tierra que al propio Creador,

y era de muchas formas hombre enredador.

 

Cometía una maldad, la hacía de verdad:

cambiaba los mojones para ganar heredad;

hacía de todas formas agravio y falsedad,

tenía mal testimonio entre su vecindad.

 

Quería, a pesar de lo malo, bien a Santa María,

oía sus milagros y les daba acogida;

la saludaba siempre, le decía cada día:

«Ave, llena de gracia, que pariste al Mesías».

 

Murió el «rastrapaja» de tierra bien cargado,

en soga de diablos fue luego cautivado;

arrastrándolo por las sienes, de coces bien golpeado,

le cobraban al doble el pan que robó al de al lado.

 

Se dolieron los ángeles de esta alma mezquina,

al ver que la llevaban diablos en rapiña;

quisieron socorrerla, ganarla por vecina,

mas para hacer tal pasta les faltaba harina.

 

Si les decían los ángeles una razón de bien,

cien decían los otros, malas y nada buenas;

los malos a los buenos los tenían en un rincón,

el alma, por sus pecados, no salía de prisión.

 

Se levantó un ángel y dijo: «Yo soy testigo,

es verdad, no mentira, esto que yo os digo:

el cuerpo que trajo esta alma consigo,

fue de Santa María vasallo y amigo.

 

Siempre la mencionaba al comer y a la cena:

le decía tres palabras: ‘Ave, llena de gracia’;

la boca de donde salía tan santa cantilena,

no merecía yacer en tan mala cadena».

 

Luego que este nombre de la Santa Reina

oyeron los diablos, se retiraron de prisa;

se dispersaron todos como una neblina

y desampararon todos a la alma mezquina.

 

Vieron los ángeles que estaba desamparada,

de pies y de manos con sogas bien atada;

estaba como oveja que yace enzarzada:

fueron y la llevaron para su majada (redil).

 

Nombre tan bendecido y de virtud tanta,

que a los enemigos persigue y espanta,

no nos debe doler ni lengua ni garganta

para que no digamos todos: «Salve Regina Sancta».

 

El prior y el sacristán

En una buena villa que llaman Pavía,

ciudad de gran importancia, situada en Lombardía,

había dentro de ella una rica abadía

de muy buenos hombres, muy santa compañía.

 

Era el monasterio alzado en honor

del que salvó al mundo, el señor San Salvador:

había por ventura en él un prior

que no quería vivir sino a su antojo.

 

Tenía el buen hombre una lengua errada:

decía mucha suciedad de la regla prohibida,

llevaba una vida no muy ordenada;

pero decía sus horas de manera puntual.

 

Tenía una costumbre que le trajo provecho:

decía todas sus horas como monje derecho,

y a las de la Gloriosa siempre estaba atento;

tenía el diablo por ello gran despecho.

 

Aunque parecía en unas cosas rudo,

y como os dijimos era un «boca-rota»;

en amar a la Gloriosa era muy devoto,

decía su oficio con todo su corazón.

 

Hubo este prior de morir cuando Dios quiso,

cayó en un exilio, en un áspero lugar;

no podría ningún hombre el tormento contar

que el prior sufría, ni lo podría imaginar.

 

Había un sacristán en esa abadía

que guardaba las cosas de la sacristanía:

Uberto era su nombre, cuerdo y sin locura;

valía más que menos por él la abadía.

 

Antes de los maitines, una gran madrugada,

se levantó este monje a rezar el oficio,

a tañer para los maitines y despertar a la comunidad,

a preparar las lámparas y alumbrar la estancia.

 

El prior de la casa arriba mencionado

un año había cumplido desde que fue finado;

pero fue su pleito al final renovado,

tan bien como el día en que fue enterrado.

 

El monje de la casa que sacristán era,

antes de que empezase a tañer la campana,

limpiaba las lámparas para dar mejor lumbre;

sufrió un gran espanto de extraña manera.

 

Oyó una voz: «Señor», débil y cansada,

dijo: «Fray Uberto», no solo una vez;

conocióla Uberto y no dudó en nada

que era la del prior; sufrió gran espanto.

 

Salió de la iglesia, fue a la enfermería,

no llevaba de miedo la voluntad vacía (iba lleno de miedo),

no iría tan deprisa yendo en romería:

el miedo lo llevaba, por la cabeza mía.

 

Estando de tal guisa fuera de sus cabales,

oyó: «Uberto, Uberto, ¿por qué no me respondes?

Mira, no tengas miedo, por nada te alteres,

piensa cómo me hablas y cómo me preguntas».

 

Entonces dijo Uberto: «Prior, sé lo que debéis,

de cómo estáis vos me lo contéis,

que sepa el cabildo de vos cómo os encontráis,

en qué estado estáis o qué es lo que esperáis».

 

Díjole el prior: «Uberto, mi subordinado,

sabe que hasta aquí mal ha sido mi estado:

caí en un exilio crudo y deshonrado:

el príncipe de la tierra Esmerna era llamado.

 

Sufrí mucho tormento, pasé mucho mal día,

el mal que he pasado contar no lo podría;

pero hubo de pasar por allí Santa María,

tuvo pesar y duelo del mal que yo sufría.

 

Tomóme por la mano y llevóme consigo,

llevóme al lugar templado y de abrigo,

me quitó de la opresión del mortal enemigo,

me puso en lugar donde viviré sin peligro.

 

Gracias a la Gloriosa que es de gracia plena,

fuera estoy del tormento, salido estoy de pena,

caí en dulce vergel, cerca de dulce colmena,

donde nunca veré falta de comida ni de cena».

 

Calló la voz, con tanto despertó el convento,

fueron a la iglesia todos de buen grado,

dijeron los maitines, cumplieron el oficio,

de modo que pudiera Dios quedar satisfecho.

 

Cantados los maitines, esclareció el día,

dijeron luego prima, después la letanía,

fueron a su capítulo la santa compañía,

pues esto es lo justo, costumbre de abadía.

 

Estando en capítulo, leída la lección,

hizo el sacristán su genuflexión:

contó al convento toda la visión,

llorando por los ojos en gran abundancia.

 

Rindieron todos gracias a la Madre gloriosa

que sobre sus vasallos es siempre piadosa:

fueron a la iglesia cantando un rico himno,

e hicieron poner por escrito toda la historia.

 

Al poco tiempo murió el sacristán,

murió del fin que dé Dios a todo cristiano,

salió del mal invierno, entró en buen verano,

fue para el paraíso donde será siempre sano.

 

Esto es el bien supremo, servir a tal señora,

que sabe a sus siervos socorrer en tal hora:

esta es buena protección, esta buena pastora,

que ayuda a todo hombre que de buen corazón le ora.

 

Cuantos oyeron esta tal visión

cogieron en sus almas mayor devoción:

en amar a la Gloriosa de mayor corazón,

y aclamarse a ella en su tribulación.

 

El nuevo obispo

En esa misma ciudad había un buen cristiano,

tenía por nombre Jerónimo, era sacerdote,

hacía a la Gloriosa servicio muy a menudo,

los días y las noches, invierno y verano.

 

Murió por azar el obispo del lugar,

y no podían por nada ponerse de acuerdo en otro;

hicieron un ayuno de tres días, queriendo rogar a Dios

que él les mostrase a quién debían elevar.

 

A un hombre católico, de gran religión,

le habló la Gloriosa, le dijo en visión:

«Varón, ¿por qué estáis en tal disensión?

Dad a mi fiel seguidor esta elección».

 

Le dijo el hombre bueno para estar bien seguro:

«¿Quién eres tú que hablas, o quién es el fiel?».

«Yo soy —le dijo ella— la Madre del Dios verdadero,

Jerónimo le dicen a ese, mi clavero (llavero)».

 

«Sé mi mensajero, lleva este mandato:

yo te mando que sea pronto cumplido;

si el cabildo hace otra cosa, será mal engañado,

y no estará mi hijo de su hecho satisfecho».

 

Lo dijo y lo creyeron los electores,

mas quién era Jerónimo no lo sabían;

mandaron por la villa hombres investigadores,

darían buena recompensa a quienes lo señalaran.

 

Encontraron a Jerónimo, cura parroquial,

hombre sin grandes noticias, sabía poco de mal;

lo llevaron de la mano a la sede catedral,

le dieron por sustento la silla obispal.

 

Siguiendo el mensaje de Santa María,

lo hicieron obispo y señor de Pavía;

tuvieron todos por ello gusto y alegría,

pues veían que la cosa venía por buena vía.

 

Fue muy buen obispo y pastor recto,

león para los bravos, cordero para los mansos;

guiaba bien a su grey, no como un mercenario,

sino como pastor firme que está siempre presente.

 

Le guio su hacienda Dios nuestro Señor,

hizo buena la vida, y el fin mucho mejor;

cuando salió de este mundo fue al otro mayor,

lo guio la Gloriosa Madre del Creador.

 

Madre tan piadosa siempre sea alabada,

siempre sea bendita y siempre adorada,

que pone a sus amigos en honra tan grande:

su misericordia nunca podría ser imaginada.

 

La imagen respetada

San Miguel de la Tumba es un gran monasterio,

el mar lo cerca todo, él yace en medio:

el lugar es peligroso, donde sufren gran fatiga

los monjes que allí viven en ese cementerio.

 

En este monasterio que hemos nombrado,

había de buenos monjes un buen convento probado,

un altar de la Gloriosa rico y muy honrado,

y en él una rica imagen de valor muy apreciado.

 

Estaba la imagen en su trono sentada,

su hijo en sus brazos, como es costumbre,

los reyes alrededor de ella, estaba bien acompañada,

como rica reina por Dios santificada.

 

Tenía rica corona como rica reina,

encima una rica toca en lugar de cortina,

estaba bien tallada de labor muy fina,

valía más por ella el pueblo que la tenía vecina.

 

Colgaba delante de ella un buen abanico,

en el lenguaje seglar le dicen moscadero:

de alas de pavos reales lo hizo el obrero,

lucía como las estrellas, semejante al lucero.

 

Cayó un rayo del cielo por los graves pecados,

encendió la iglesia por los cuatro costados,

quemó todos los libros y los paños sagrados,

por poco los monjes no fueron quemados.

 

Ardieron los armarios y todos los frontales,

las vigas, los huecos, los cabrios, los umbrales;

ardieron las ampollas, cálices y ciriales,

sufrió Dios esa cosa como hace otras tales.

 

A pesar de que fue el fuego tan fuerte y tan ardiente,

ni tocó a la dueña, ni tocó al infante,

ni tocó al flabelo (abanico) que colgaba delante,

ni le hizo de daño ni un dinero pesado.

 

Ni ardió la imagen, ni ardió el flabelo,

ni recibieron daño cuanto vale un cabello,

ni siquiera el humo se acercó a ello,

ni dañó más de lo que daño yo al obispo don Tello.

 

*Continens* y *contentum* (continente y contenido), fue todo destruido,

se volvió todo carbones, fue todo asolado:

mas alrededor de la imagen, en el espacio de un estado,

no hizo mal el fuego, pues no se atrevió.

 

Esto lo vieron todos como fiera maravilla,

que ni humo ni fuego se acercó a ella,

que estaba el flabelo más claro que una estrella,

el niño muy hermoso, hermosa la doncella.

 

El precioso milagro no cayó en el olvido,

fue luego bien relatado, puesto por escrito,

mientras el mundo exista, será contado;

algún malo por ello se convirtió al bien.

 

La Virgen bendita, reina general,

así como libró su toca de este fuego tal,

así libra a sus siervos del fuego perenne,

y los lleva a la gloria donde nunca vean mal.

 

La boda y la Virgen

En la villa de Pisa, ciudad muy principal,

situada en un puerto de mar y rica en gran manera,

había allí un canónigo de buena familia;

San Casiano llamaban al lugar de donde el canónigo era.

 

Como hicieron otros de los que arriba contamos,

que de Santa María fueron sus capellanos,

este la amó mucho, más que muchos cristianos,

y le hacía servicio de pies y de manos.

 

No tenía en ese tiempo por costumbre la clerecía

rezar ninguna hora a ti, Virgen María;

pero él las rezaba siempre y cada día,

tenía en la Gloriosa su gusto y alegría.

 

Tenían sus parientes a este hijo único,

que cuando ellos muriesen sería el buen heredero;

le dejaban de bienes muebles un almacén muy rico,

tenía un buen casamiento, bastante envidiable.

 

Cuando el padre y la madre hubieron fallecido,

vinieron los parientes tristes y desolados:

le decían que tuviera descendencia,

para que no quedaran yermos lugares tan preciados.

 

Cambió de propósito, del que antes tenía,

lo movió la ley del mundo, dijo que lo haría;

le buscaron esposa cual a él le convenía,

fijaron el día en que las bodas celebraría.

 

Cuando vino el día de celebrar las bodas,

iba con sus parientes a tomar a la esposa;

pero no podía pensar tanto en la Gloriosa

como solía hacerlo antes en otro tiempo.

 

Yendo por el camino a cumplir su festejo,

se acordó de la Gloriosa, con quien estaba en falta;

se tuvo por errado y se tuvo por muerto,

pensó bien que esta cosa le llevaría a mal puerto.

 

Pensando esta cosa con el corazón cambiado,

halló una iglesia, lugar a Dios sagrado;

dejó a las otras gentes fuera del pórtico,

entró a hacer oración el novio conmovido.

 

Entró en la iglesia al rincón del fondo,

hincó las rodillas y hacía su oración;

se le apareció la Gloriosa, plena de bendición,

como quien habla con saña, le dijo tal razón:

 

«Don loco desventurado, torpe y enloquecido,

¿en qué ruidos andas? ¿en qué has caído?

Pareces envenenado, que has bebido hierbas,

o que has sido golpeado por el báculo de San Martín.

 

Ya eras un varón bien casado conmigo,

yo mucho te quería como a un buen amigo;

pero tú andas buscando mejor que pan de trigo,

no valdrás más por eso lo que vale un higo.

 

Si tú a mí quisieras escuchar y creer,

de tu vida primera no te querrías desprender:

a mí no me dejarás por estar con otra,

si no, habrás de llevar la leña a cuestas».

 

Salió de la iglesia el novio aleccionado,

todos se quejaban de que había tardado;

fueron adelante a cumplir su cometido,

y todo el negocio fue pronto despachado.

 

Hicieron ricas bodas, la esposa ganada,

pues sería otra cosa afrenta si fuese desdeñada;

estaba con este novio la novia muy satisfecha,

pero no entendía ella dónde estaba la celada.

 

Supo bien encubrirse el mencionado varón,

mantuvo la lengua en secreto frente al corazón;

reía y bromeaba todo muy correctamente,

pero lo había perturbado mucho la visión.

 

Tuvieron ricas bodas y muy gran alegría,

nunca mayor tuvieron siquiera en un día;

pero echó su red de manga por allí Santa María

y en terreno seco hizo una gran pesquería.

 

Cuando vino la noche, la hora de dormir,

hicieron a los novios el lecho en que yacieran;

antes de que entre sí ningún solaz tuvieran,

los brazos de la novia no tuvieron qué asir.

 

Se le escapó de las manos, huyó el marido,

nunca pudieron saber los hombres dónde había caído;

lo supo la Gloriosa tener bien escondido,

no consintió ella que fuese corrompido.

 

Dejó mujer hermosa y muy gran posesión,

lo que harían bien pocos de los que hoy son;

nunca comprendieron dónde cayó, o dónde no:

quien por Dios tanto hace, tenga su bendición.

 

Creemos y pensamos que este buen varón

buscó algún lugar de gran religión,

y estuvo escondido haciendo oración,

por donde ganó para su alma de Dios buen galardón.

 

Bien debemos creer que la Madre gloriosa,

porque hizo este hombre esta acción tan grande,

no lo olvidaría, pues es piadosa,

y allá lo haría morar donde ella mora.

 

El niño judío

En la ciudad de Bourges, una ciudad extranjera,

ocurrió en aquel tiempo una buena hazaña:

es famosa en Francia, así como en Alemania,

y es muy semejante y parecida a los otros milagros.

 

Un monje la escribió, hombre muy veraz,

que era claustrero de San Miguel de la Clusa:

era en aquel tiempo hostelero en Bourges,

Pedro era su nombre, de eso estoy bien seguro.

 

Tenía en esa villa, pues era necesario,

un clérigo escuela de cantar y leer:

tenía muchos muchachos para aprender letras,

hijos de buenos hombres que querían progresar.

 

Venía un judizuelo natural del lugar,

por el gusto de jugar con los otros niños:

lo acogían los demás, no le daban pesares,

tenían todos con él placer de divertirse.

 

En el día de Pascua, domingo gran mañana,

cuando va la gente cristiana a recibir el Corpus Christi,

le entró al judizuelo gran gana de comulgar,

comulgó con los otros el cordero sin lana.

 

Mientras comulgaban con mucha prisa,

el niño judizuelo alzó la mirada,

vio sobre el altar una bella figura,

una hermosa dueña con una gentil criatura.

 

Vio que esta dueña, que estaba sentada,

comulgaba ella misma a grandes y a chicos:

le gustó ella mucho cuanto más la miraba,

y de su hermosura más se enamoraba.

 

Salió de la iglesia alegre y satisfecho,

fue luego a su casa como era costumbre;

le amenazó el padre porque había tardado,

diciendo que era merecedor de ser azotado.

 

«Padre», dijo el niño, «no os negaré nada,

pues con los cristianillos fui de gran madrugada;

con ellos oí misa ricamente cantada,

y comulgué con ellos de la hostia sagrada».

 

Le pesó esto mucho al malaventurado,

como si lo tuviese muerto o degollado:

no sabía con gran ira qué hacer, el endemoniado,

hacía gestos terribles como un demonio.

 

Tenía dentro de casa este perro traidor

un horno grande y fiero que daba gran pavor:

lo hizo encender el loco pecador,

de modo que echaba un calor excesivo.

 

Tomó a este niñuelo el falso descreído,

así tal como estaba calzado y vestido:

lo lanzó al fuego bravamente encendido:

¡mal venga a tal padre que tal hace a un hijo!

 

Dio la madre voces con grandes lamentos,

se desgarraba las mejillas con sus uñas;

acudió mucha gente en un instante,

que por tan fiera angustia estaban aturdidos.

 

El fuego, aunque bravo, fue de gran piedad,

no le dañó ni un punto, le mostró buena voluntad;

el niñuelo escapó del fuego muy bien,

hizo un gran milagro el Rey omnipotente.

 

Yacía en paz el niño en medio del horno,

en brazos de su madre no yacería más en paz;

no valoraba el fuego más que a un muchacho,

pues le hacía la Gloriosa compañía y consuelo.

 

Salió de la hoguera sin ninguna lesión,

no sintió calor más que en cualquier otra ocasión;

no sufrió ninguna tacha ni ninguna tribulación,

pues había puesto en él Dios su bendición.

 

Le preguntaron todos, judíos y cristianos:

cómo pudo vencer fuegos tan excesivos,

cuando él no dominaba sus pies ni sus manos;

quien lo protegía dentro, que se los hiciera saber.

 

Les respondió el niño con palabra señalada:

«La dueña que estaba en la silla dorada,

con su hijo en brazos sobre el altar sentada,

esa me defendía, por lo que no sentía nada».

 

Entendieron que era Santa María esta

la que lo defendió de tan fiera tempestad:

cantaron grandes laudes, hicieron rica fiesta,

y pusieron este milagro entre las otras gestas.

 

Prendieron al judío, al falso desleal,

al que a su hijuelo hiciera tan gran mal;

le ataron las manos con un fuerte cordal,

y lo lanzaron dentro del fuego principal.

 

En lo que uno contaría unos pocos dineros,

en ese tiempo quedó vuelto ceniza y carbones:

no decían por su alma salmos ni oraciones,

sino que decían denuestos y grandes maldiciones.

 

Le decían mal oficio, le hacían mala ofrenda;

decían por Padre Nuestro: «quien tal hizo, tal reciba»:

de la excomulgada muerte Dios nos defienda,

que para el diablo sea tan maldita renta.

 

Tal es Santa María, que es de gracia plena:

por servicio da gloria, por deservicio pena;

a los buenos da trigo, a los malos avena;

los unos van a la gloria, los otros a la cadena.

 

Quien le hace servicio es de buena ventura;

quien le hizo deservicio nació en hora dura:

unos ganan gracia y otros rencor;

a buenos y a malos su hecho los clasifica.

 

Los que le hicieron agravio o la dessirvieron,

de ella merced ganaron si bien se la pidieron:

nunca rechazó ella a los que la quisieron,

ni les echó en cara el mal que le hicieron.

 

Para probar esta cosa que os hemos dicho,

digamos un ejemplo hermoso que leemos:

cuando sea contado, mejor lo creeremos,

y de causarle pesar más nos guardaremos.

 

La Iglesia profana

Tres caballeros estaban de acuerdo,

con otro su vecino tenían mala voluntad;

lo matarían de buena gana si tuvieran poder,

en buscarle mala muerte ponían todo su empeño.

 

Tanto pudieron ellos revolver y buscar,

que un día lograron acecharlo a solas;

le pusieron una celada, pues querían matarlo,

más deseaban atraparlo que ganar una gran riqueza.

 

Comprendió el otro que lo querían matar,

no se atrevió por nada a enfrentarse a ellos;

empezó a huir, pues quería escapar,

se movieron luego ellos y fueron a perseguirlo.

 

El que iba huyendo con muy gran pavor,

pasó ante una iglesia y sintió un gran alivio;

estaba dedicada a la Gloriosa, hecha en su honor,

y se escondió en ella el mezquino pecador.

 

Los que lo seguían, que lo querían matar,

no tuvieron respeto por el sagrado lugar;

quiso la Gloriosa y Dios abandonarlo (al perseguido),

y tuvieron que sacarle el alma del cuerpo.

 

Dentro de la iglesia de la Virgen sagrada

fue esta persona muerta y herida;

se sintió la Gloriosa muy afrentada,

y los que la afrentaron no ganaron allí nada.

 

La Reina de gloria se sintió agraviada

porque su iglesia quedaba violada:

le pesó de corazón y quedó por ello despechada,

y les demostró luego que estaba con ellos airada.

 

Envió Dios sobre ellos un fuego infernal,

no ardía ni quemaba como el de San Marcial;

les quemaba los miembros de manera mortal,

y decían a grandes voces: «¡Santa María, ayúdanos!».

 

Con este castigo estaban muy maltratados,

perdían pies y manos y quedaban tullidos;

las piernas y los brazos se pegaban a los pechos,

iba Santa María cobrándose sus derechos.

 

Comprendiéndolo los pueblos, ellos no lo negaban:

las virtudes sañudas (de la Virgen) los castigaban;

bien merecían lo que tanto sufrían,

pero no lo pensaron cuando la iglesia violaban.

 

Ni los santos ni las santas les querían ayudar,

empeoraban a diario con muy gran fuerza;

tomaron un consejo, que debieron tomar antes:

recurrir a la Gloriosa, que los hacía arder.

 

Cayeron en ruegos delante de su altar,

llorando por sus ojos cuanto podían llorar;

decían: «Madre gloriosa, dígnate perdonarnos,

pues no encontramos otro que nos pueda ayudar.

 

Si mal merecimos, ricamente lo pagamos,

bien nos vendrá a la mente mientras vivos seamos;

Madre, si nos perdonas, bien te lo prometemos:

que en tu iglesia nunca hagamos violencia.

 

Madre, danos buen pago, pues eres piadosa,

siempre traes piedad aunque estés sañuda;

Madre llena de gracia, perdona esta cosa,

danos buena respuesta, templada y sabrosa.

 

Madre, estamos arrepentidos del error que cometimos,

erramos duramente, gran locura trajimos;

recibimos gran quebranto, y mayor lo merecíamos:

hemos pagado ya la cuenta de lo que comimos.

 

Madre, si no nos vales, de ti no nos apartaremos,

si tú no nos perdonas, de aquí no nos iremos;

si tú no nos socorres, en nada nos tenemos,

sin ti de esta fiebre no podremos terminar».

 

La Madre gloriosa, consuelo de los afligidos,

no desdeñó los gemidos de los hombres lisiados;

no miró su mérito ni sus pecados,

sino que miró su mesura y ayudó a los quemados.

 

La dueña piadosa, que antes estuvo airada,

fue perdiendo la ira y se fue amansando:

les perdonó la saña que les tenía guardada,

y toda la enfermedad fue luego terminada.

 

Se calmaron los fuegos que los hacían arder,

tuvieron mayor remedio del que solían tener;

sentían que la Gloriosa les quería ayudar,

lloraban con gran gozo, no sabían qué hacer.

 

Se calmaron los fuegos, perdieron los dolores,

mas nunca de sus miembros fueron ya señores;

siempre quedaron tullidos, siempre mendigando,

siempre se confesaban como muy pecadores.

 

Con esta mejoría que Dios les quiso dar,

fueron luego al obispo a ganar la absolución:

hicieron confesión como debían hacerla,

llorando por los ojos y mostrando gran pesar.

 

Los instruyó el obispo, oyó su confesión,

comprendió que venían con buena contrición;

les dio su penitencia y la absolución,

perdonado lo pasado, les dio su bendición.

 

Además de las muchas romerías que les mandó andar,

y las muchas oraciones que les mandó rezar,

las armas con las que fueron la iglesia a quebrantar,

les mandó llevarlas por siempre a sus cuestas.

 

Estos penitentes, cuando fueron instruidos

y fueron absueltos de todos los pecados,

se separaron luego tristes y desolados,

y se fueron cada uno por su lado cargados con sus armas.

 

A distintas partes fueron, no estuvieron juntos,

según es mi creencia, nunca más se vieron;

nunca más bajo un mismo techo los tres durmieron,

y lo que mandó el obispo bien y gentilmente lo cumplieron.

 

Si para hacer la maldad fueron muy denodados,

para hacer la penitencia fueron muy esforzados;

no les dolían los miembros, pero andaban muy sufridos,

pasando malas noches y días amargos.

 

Si para cometer el pecado fueron ciegos y rudos,

fueron para enmendarlo firmes y muy devotos:

cuantos días vivieron, fuesen muchos o pocos,

impusieron sobre sus carnes fatiga y lamentos.

 

De todos tres, el uno, flaco y muy sufrido,

vino a Anifridi, como dice el relato:

se hospedó en la villa, le dieron posada

con una santa mujer, donde fue bien albergado.

 

Contó a los huéspedes toda su aventura,

cómo en la iglesia cometieron tal exceso,

cómo Santa María tuvo contra ellos rencor

y cómo se perdieron por la mala calentura.

 

Temiendo que su dicho no le sería creído,

delante de muchos hombres se quitó el vestido;

les mostró un hierro que traía escondido,

ceñido a la carne, un cinturón áspero.

 

Podía tener de ancho como media palmada,

estaba cerca del hierro la carne muy hinchada,

la que yacía debajo estaba toda quemada:

se fue de allí al otro día, de buena madrugada.

 

Se quedaron los hombres todos maravillados,

pues oían fuertes relatos y veían miembros dañados;

dondequiera que se juntaban, jóvenes o casados,

de eso hablaban todos, muchachos y ancianos.

 

Fue luego este milagro escrito y anotado,

para que no fuera echado en el olvido:

muchos sintieron miedo de cometer tal pecado,

de quebrantar una iglesia y lugar consagrado.

 

Tal es Santa María, como podéis entender,

a los que andan en el mal les echa malas redes,

pero sobre los convertidos hace grandes mercedes:

muchos son los ejemplos que de esto encontraréis.

 

Tantos son los ejemplos que no serían contados,

pues crecen cada día, lo dicen los relatos:

estos, comparados con cien mil más, serían una décima parte:

que ella ruegue a Cristo por los pueblos errados.

 

Los judíos de Toledo

En Toledo la noble, que es sede arzobispal,

un día de gran fiesta, a mediados de agosto,

fiesta de la Gloriosa Madre del buen Creador,

aconteció un milagro grande y muy señalado.

 

Estaba el arzobispo, un leal clérigo,

en medio de la misa ante el altar sagrado;

oyéndola un gran pueblo, pueblo bien congregado,

la iglesia bien llena, el coro bien poblado.

 

Las gentes, muy devotas, estaban en oración

como hombres que quieren ganar de Dios perdón;

oyeron una voz de gran tribulación,

por la cual fue perturbada toda la procesión.

 

Les habló una voz del cielo, doliente y querellosa:

«Oíd», dijo, «cristianos, una extraña cosa:

la gente del judaísmo, sorda y cegatona,

nunca contra don Cristo fue más porfiada.

 

Según nos dicen las santas Escrituras,

hicieron en don Cristo muy grandes crueldades;

me partía el alma aquel sufrimiento,

pero en ellos recayeron todas sus locuras.

 

Ni se dolían del hijo, que mal no merecía,

ni de la madre suya, que tal angustia veía;

pueblo tan desalmado que tal mal planeaba,

quien les hiciera lo mismo, ningún agravio cometería.

 

Los que mal nacieron, falsos y traidores,

ahora me renuevan los antiguos dolores;

en gran aprieto me tienen y en malos sudores,

en la cruz está mi hijo, luz de los pecadores.

 

Otra vez crucifican a mi caro hijuelo,

no entendería nadie cuán grande es mi duelo;

se cría en Toledo un amargo malvado,

no se crió tan malo nunca en este suelo».

 

Oyeron esta voz toda la clerecía

y muchos de los laicos de la mozarabía;

entendieron que era la voz de Santa María,

que hacían contra ella los judíos una locura.

 

Habló el arzobispo que la misa cantaba,

lo escuchó el pueblo que cerca le estaba:

«Creed», dijo, «concejo, que la voz que hablaba

sufre una gran soberbia, y por ello se querellaba.

 

Sepáis que los judíos hacen alguna cosa

contra Jesucristo, hijo de la Gloriosa;

por esa angustia anda la madre querellosa,

no es esta querella vana ni mentirosa.

 

Convento y concejo, cuantos aquí estáis,

atended a esto y no lo desdeñéis:

si buscáis la cosa, la encontraréis pronto,

y de esta fechoría justicia tomaréis.

 

Vayamos a las casas, no lo retrasemos,

de los rabinos mayores, pues algo hallaremos;

dejemos las comidas, que bien las recobraremos;

si no, de la Gloriosa mal recriminados seremos».

 

Se movieron los pueblos y toda la clerecía,

fueron a gran prisa hacia la judería;

los guiaron Jesucristo y la Virgen María,

y fue luego descubierta su alevosía.

 

Hallaron en la casa del rabino más honrado

un gran cuerpo de cera como hombre formado;

como estuvo don Cristo, así estaba crucificado,

con grandes clavos preso, gran herida al costado.

 

Cuanta afrenta hicieron a nuestro Señor,

allí la hacían toda para nuestra deshonra;

los apresaron luego, mas no con agrado:

según hicieron así recibieron, gracias al Creador.

 

Fueron bien castigados los que prender pudieron,

les dieron mala cena, cual ellos merecieron;

allí terminaron, mala muerte recibieron,

después comprendieron que mal juicio tuvieron.

 

Quien a Santa María quisiere afrentar,

como estos ganaron, así deben ganar;

más pensemos nosotros en servirla y honrarla,

pues su ruego nos ha de ayudar al final.

 

Un parto maravilloso

De otro milagro os queremos contar

que ocurrió en otro tiempo en un puerto de mar:

entonces lo entenderéis y podréis jurar

la virtud de María, que está en todo lugar.

 

Entenderéis en ello cómo es la Gloriosa,

en mar y en tierra, por todo poderosa:

cómo auxilia pronto, pues no es perezosa,

y nunca encontró el hombre madre tan piadosa.

 

Cerca de una marisma, Tumba era llamada,

se hacía una isla junto a la orilla,

hacía el mar por ella su salida y tornada,

dos veces al día, o tres a la vez.

 

Había dentro de la isla, por las ondas cercada,

una capilla que era de San Miguel,

ocurrían grandes milagros siempre en esa celda,

mas era la entrada un poco áspera.

 

Cuando quería el mar hacia fuera salir,

salía con fiera prisa, no se sabía contener:

un hombre, por ligero que fuera, no le podría huir;

si antes no salía, allí habría de perecer.

 

El día de la fiesta del arcángel precioso

estaba el mar más quedo, yacía más espacioso,

oía el pueblo misa sin ninguna prisa,

huían luego a salvo en carrera presurosa.

 

Un día, por ventura, con la otra multitud

se metió una mujer débil y embarazada;

no pudo guardarse tan bien a la vuelta,

se tuvo por arrepentida por haber entrado.

 

Las olas venían cerca, las gentes alejadas,

tenía por el desamparo las piernas paralizadas;

los acompañantes no eran osados de ayudarla,

en muy poco tiempo recorrían mucho trecho.

 

Cuando nada más podían las gentes con angustia,

«¡Ayúdanos, Santa María!», decían con gran premura:

la embarazada mezquina, cargada de pesar,

quedó entre las olas en fiera angostura.

 

Los que habían salido, como no veían nada,

creían bien, sin duda, que estaba ahogada:

decían: «esta mezquina fue desaventurada,

sus pecados le tendieron una mala celada».

 

Ellos diciendo esto, se retiró el mar,

en un poco de rato volvió a su lugar;

quiso don Cristo mostrarles un gran milagro,

por donde de su Madre tuviesen que hablar.

 

Ellos, que querían todos irse por su camino,

extendieron los ojos, miraron a la orilla,

vieron que venía una mujer sola,

con su hijo en brazos hacia la ribera.

 

Se quedaron las gentes todas maravilladas,

creían que una fantasía las había engañado;

pero al poco tiempo fueron certificadas,

rendían gracias a Cristo con las manos alzadas.

 

Dijeron: «decid, dueña, por Dios y caridad,

por Dios os conjuramos, decidnos la verdad,

decidnos de la cosa toda certeza,

y cómo os librasteis de vuestro embarazo».

 

«Por Dios ocurrió esto, en ello no dudamos,

y por Santa María a la que nos rogamos,

y por San Miguel, en cuya fiesta andamos:

es este milagro digno de que lo escribamos».

 

«Oíd —dijo la dueña—, mi buena compañía,

creo que no oísteis nunca mejor hazaña:

será bien contada por la tierra extraña,

en Grecia y en África, y en toda España.

 

Cuando vi que de la muerte escapar no podía,

que de las fieras ondas circundada estaba,

me encomendé a Cristo y a Santa María,

pues para mi auxilio otro no conocía.

 

Estando yo en esto, vino Santa María,

me cubrió con la manga de su manto:

no sentía ningún peligro más que cuando dormía,

si estuviera en un baño, más alegre no estaría.

 

Sin angustia y sin pena, sin ningún dolor,

parí a este hijuelo, gracias al Creador:

tuve buena madrina, no podría ser mejor,

hizo misericordia sobre mí, pecadora.

 

Hizo en mí gran gracia, no una, sino doble:

si por ella no fuese, estaría ahogada;

me ayudó en el parto, si no, estaría muerta:

nunca mujer tuvo madrina tan honrada.

 

Así fue mi suceso como yo os predigo,

hizo Santa María gran piedad conmigo,

de donde todos debemos tomar ejemplo,

rogarle que nos libre del mortal enemigo».

 

Tuvieron por el milagro todos gran alegría,

rindieron a Dios gracias y a Santa María,

hicieron un buen cántico toda la clerecía,

podría en la iglesia cantarlo la clerecía.

 

«Cristo señor y padre, del mundo redentor,

que por salvar el mundo sufriste muerte y dolor,

tú seas bendito, pues eres buen señor,

nunca te dio asco el hombre pecador.

 

Tú libraste a Jonás del vientre del pescado,

que lo tuvo tres días en el vientre cerrado,

no recibió lesión, pues fue por ti guardado:

el milagro viejo hoy es renovado.

 

Hijos de Israel cuando el mar pasaron,

que por tu mandato tras Moisés guiaron,

estando bajo las ondas ningún daño tomaron;

mas los perseguidores todos se ahogaron.

 

Los antiguos milagros preciosos y honrados,

con los ojos los vemos ahora renovados:

Señor, tus amigos en el mar hallan vados,

a los otros en seco los encuentran ahogados.

 

Señor, tu potencia grande y maravillosa,

esa salvó a Pedro en el mar peligroso:

Señor que encarnaste en la Virgen gloriosa,

en ti solo fiamos, y en ninguna otra cosa.

 

Señor, bendita sea tu virtud sagrada,

bendita tu madre, reina coronada:

tú seas bendito, ella sea alabada:

¡Señor, tuviste en ella bendita posada!

 

Señor, que sin fin eres y sin principio,

en cuya mano yacen los mares y el viento,

dígnate dar tu bendición a este convento,

que alabarte podamos todos de un mismo sentir.

 

Varones y mujeres cuantos aquí estamos,

todos en ti creemos y a ti adoramos:

a ti y a tu madre todos glorificamos:

cantemos en tu nombre el *Te Deum laudamus*».

 

El clérigo embriagado

De otro milagro os querría contar

que le ocurrió a un monje de hábito regular:

quiso el diablo espantarlo duramente,

pero la Madre gloriosa se lo supo prohibir.

 

Desde que entró en la orden, desde que fue novicio,

amó siempre hacer servicio a la Gloriosa:

evitando la locura de hablar de fornicación,

pero al final hubo de caer en un vicio.

 

Entró en la bodega un día por azar,

bebió mucho vino, y esto fue sin medida;

se embriagó el loco, perdió el juicio

y yació hasta las vísperas sobre la tierra dura.

 

Ya a la hora de vísperas, con el sol muy débil,

despertó malamente pues andaba aturdido:

salió hacia el claustro casi sin sentido,

y todos comprendieron que había bebido bien.

 

Aunque en sus pies no se podía tener,

iba a la iglesia como solía hacer;

quiso el diablo ponerle una zancadilla,

pues creía poder vencerlo fácilmente.

 

En figura de toro que está enfurecido,

escarbando con los pies, el semblante demudado,

con fiera cornamenta, sañudo e irritado,

se le puso delante el traidor probado.

 

Le hacía gestos malvados la cosa diablada,

amenazando con meterle los cuernos por las entrañas;

sintió el buen hombre un susto muy grande,

pero le ayudó la Gloriosa, reina coronada.

 

Vino Santa María con hábito honrado,

tal que por hombre vivo no sería apreciado;

se puso en medio de él y del pecado,

y el toro tan soberbio fue luego amansado.

 

Amenazó la dueña al toro con la falda de su manto,

y esto fue para él un muy mal quebranto;

huyó y se alejó haciendo gran lamento,

y quedó en paz el monje, gracias al Padre santo.

 

Luego, al poco rato, a los pocos pasos,

antes de que empezase a subir las gradas,

lo acometió de nuevo con figuras pesadas,

en forma de perro lanzando dentelladas.

 

Venía de mala guisa, con los dientes enseñados,

con el ceño muy turbio, los ojos desorbitados,

para hacerlo pedazos, espaldas y costados:

«¡Infeliz de mí —decía él—, graves son mis pecados!».

 

Bien creyó el monje ser despedazado,

estaba en fiera angustia, muy desolado;

pero le ayudó la Gloriosa, que es ser bendecido:

como ocurrió con el toro, el perro fue ahuyentado.

 

Al entrar en la iglesia, en el escalón superior,

lo acometió de nuevo por tercera vez

en forma de león, una bestia temible,

que traía tal fiereza que no podría imaginarse.

 

Allí creyó el monje que sería devorado,

pues veía de verdad un encuentro fiero:

esto le resultaba peor que todo lo pasado,

y en su interior maldecía al pecado.

 

Decía: «Ayúdame, Gloriosa, madre Santa María,

ayúdame tu gracia hoy en este día,

pues estoy en tal aprieto que mayor no podría:

¡Madre, no te fijes en mi gran locura!».

 

Apenas pudo el monje terminar la palabra

cuando vino Santa María como solía venir,

con un palo en la mano para herir al león:

se le puso delante y empezó a decir:

 

«Don falso alevoso, ¿no os escarmentáis?

Pues yo os daré hoy lo que vos buscáis:

antes lo pagaréis que de aquí os vayáis,

quiero que sepáis con quién habéis empezado guerra».

 

Empezó a darle grandes palos,

que no dejaban oír los lamentos del otro;

sufría el león de lo lindo,

no tuvo en sus días las costillas tan apaleadas.

 

Le decía la buena dueña: «Don falso traidor,

que siempre andas en el mal, eres de mal señor:

si más te encuentro por estos alrededores,

de lo que hoy recibes aún recibirás peor».

 

Deshizo el diablo la figura y empezó a huir,

nunca más fue osado de burlarse del monje;

pasó mucho tiempo antes de que pudiera sanar,

y le plugo al diablo cuando ella lo mandó irse.

 

El monje, que por todo esto había pasado,

de la carga del vino no estaba aún recuperado;

el vino y el miedo lo habían dejado tan maltrecho

que no podía volver a su lecho habitual.

 

La Reina preciosa y de preciosa obra

lo tomó por la mano, lo llevó hasta el lecho,

lo cubrió con la manta y con la colcha,

y le puso bajo la cabeza la almohada derecha.

 

Además, cuando lo tuvo en su cama acostado,

lo bendijo con su diestra y quedó bien santiguado:

«Amigo —le dijo—, descansa, que estás muy fatigado,

con un poco que duermas luego estarás aliviado.

 

Pero esto te mando, y te lo digo con firmeza:

mañana busca a fulano, mi amigo;

confiésate con él y estarás bien conmigo,

pues es muy buen hombre y te dará buen consejo.

 

Quiero yo en mi camino salvar a algún afligido,

este es mi deleite, mi oficio habitual:

tú quédate bendito y a Dios encomendado;

pero no se te olvide lo que te he mandado».

 

Dijo el hombre bueno: «Dueña, sé que debéis,

vos que en mí hicisteis tan grandes mercedes,

quiero saber quién sois o qué nombre tenéis,

pues yo gano con ello y vos nada perdéis».

 

Dijo la buena dueña: «Sabe bien esto:

yo soy la que parió al verdadero Salvador,

que por salvar el mundo sufrió muerte y dolor,

al que hacen los ángeles servicio y honor».

 

Dijo el hombre bueno: «Esto es de creer:

de ti podía, señora, esta obra nacer:

déjame, señora, tocar tus pies,

nunca en este mundo veré tan gran placer».

 

Se esforzaba el buen hombre, quería levantarse

para hincar las rodillas y besarle los pies;

pero la Virgen Gloriosa no quiso esperarlo,

se le quitó de la vista y él sintió gran pesar.

 

No podía verla por donde ella iba,

pero veía grandes luces arder a su alrededor:

no podía de ninguna forma quitársela de los ojos,

y hacía muy bien, pues ella le había dado gran placer.

 

Al día siguiente, llegada la luz clara,

buscó al hombre bueno que ella le mandara:

hizo su confesión con rostro humilde,

no le ocultó ni un punto de cuanto pasara.

 

Una vez hecha la confesión por el maestro al monje,

le dio buen consejo y le dio la absolución;

puso Santa María en él tal bendición

que toda esa congregación mejoró gracias a él.

 

Si antes era bueno, fue desde entonces mejor:

a la santa reina, Madre del Creador,

la amó siempre mucho, le hizo siempre honor:

feliz fue aquel a quien ella acogió en su amor.

 

Al otro hombre bueno no sabría nombrarlo,

a aquel a quien Santa María mandó instruirlo:

cobró un amor tan firme de tanto amarla

que dejaría que por ella le cortasen la cabeza.

 

Todas las demás gentes, laicos y religiosos,

clérigos, canónigos y los monjes,

quedaron todos enamorados de la Gloriosa,

que sabe socorrer tan bien a los afligidos.

 

Todos la bendecían y todos la alababan,

las manos y los ojos hacia ella alzaban,

relataban sus hechos, sus laudes cantaban,

y pasaban los días y las noches en eso.

 

Señores y amigos, que esto nos conmueva:

amemos y alabemos todos a la Gloriosa;

no pondremos la mano en cosa tan preciosa

que tan bien nos socorra en la hora peligrosa.

 

Si bien la sirviéramos, cualquier cosa que le pidamos

la ganaremos toda, estemos bien seguros:

aquí lo entenderemos bien antes de que muramos,

que lo que allí dediquemos lo habremos empleado bien.

 

Ella nos dé su gracia y su bendición,

nos guarde de pecado y de tribulación,

obtengamos de nuestras liviandades remisión,

para que nuestras almas no vayan a la perdición.

 

Gonzalo de Berceo

La abadesa en cinta

Señores y amigos, compañía de provecho,

ya que Dios os ha querido traer a este lugar,

si aún quisierais esperarme un poco,

de un otro milagro os querría hablar.

 

De otro milagro os querría contar

que hizo la Gloriosa, estrella de la mar:

si oírme quisierais, bien podéis jurar

que de mejor bocado no podríais probar.

 

En los tiempos rectos en que corría la verdad,

en que no decían por nada los hombres falsedad,

entonces vivían bien, llegaban a la vejez,

veían a sus tataranietos en la séptima edad.

 

Hacía Dios por los hombres milagros a diario,

pues no quería ninguno mentir a su cristiano;

había tiempos derechos en invierno y verano,

parecía el mundo que todo era llano.

 

Si pecaban los hombres, hacían bien penitencia,

perdonándoles luego Dios toda la malquerencia;

tenían con Jesucristo toda su atención:

quiero daros de esto una buena lección.

 

De una abadesa os quiero contar una historia,

que pecó en buen momento, según me parece;

quisieron sus dueñas causarle un mal ceño (problema),

pero no le dañaron ni el valor de un guisante.

 

En esta abadesa residía mucha bondad,

era de gran prudencia y de gran caridad,

guiaba su convento con toda voluntad,

viviendo según la regla en toda honestidad.

 

Pero la abadesa cayó una vez,

cometió una locura que está muy prohibida;

pisó por su ventura hierba muy ponzoñosa (quedó embarazada),

y cuando se dio cuenta, se encontró encinta.

 

Le fue creciendo el vientre hacia las ingles,

se le fueron haciendo pecas en las mejillas,

unas eran grandes, otras más pequeñas,

pues en las primerizas caen estas cosillas.

 

Fue por las compañeras la cosa entendida,

pues no se podía ocultar la llama encendida;

les pesaba a unas que hubiera caído en mal,

pero les placía en exceso a la otra parte.

 

Las apremiaba mucho, las tenía encerradas,

y no les consentía hacer las cosas prohibidas:

querían verla muerta las locas malvadas,

pues les sucede a los prelados esto a veces.

 

Vieron que no era cosa de encubrir,

si no, podría de todas el diablo reír:

enviaron al obispo por carta a decir

que no las visitaba, y que debía acudir.

 

Entendió el obispo por la mensajería

o que tenían contienda o que cometieron locura:

vino a hacer su oficio, a visitar la abadía,

y llegó a entender toda la pleitesía.

 

Dejemos al obispo descansar en su posada,

que quede en paz y duerma él con su mesnada:

digamos nosotros qué hizo la dueña encinta,

pues sabía que al otro día sería avergonzada.

 

Cerca de su cámara donde solía albergar,

tenía un apartado, un puesto lugar:

era su oratorio, en el que solía orar,

y de la Gloriosa era advocación el altar.

 

Allí tenía la imagen de la Santa Reina,

la que fue para el mundo salud y medicina:

la tenía adornada con cortina de seda,

pues para todos fue ella su madrina.

 

Sabía que al otro día sería maltratada,

no había ninguna excusa para la cosa probada;

tomó un buen consejo la bienaventurada,

esto fue maravilla por cómo fue acordada.

 

Se postró en tierra delante del altar,

miró a la imagen, empezó a llorar:

«Valme —dijo—, Gloriosa, estrella de la mar,

que no tengo ningún consejo que me pueda ayudar.

 

Madre, bien lo leemos, lo dice la Escritura,

que eres de tal gracia y de tan gran mesura

que quien de voluntad te dice su amargura,

tú luego le socorres en toda su premura.

 

Entró al oratorio ella sola y única,

no pidió consigo ninguna compañera,

se puso desolada nada más empezar;

mas Dios y su ventura le abrieron camino.

 

Tú socorriste, señora, a Teófilo que estaba desesperado,

que de su sangre hizo carta con el pecado:

por tu buen consejo fue reconciliado,

por lo que todos los hombres te lo agradecen.

 

Tú socorriste, señora, a la Egipciaca,

que fue muy pecadora, pues fue mujer liviana:

señora bendita, de quien todo bien mana,

dame algún consejo antes de la mañana.

 

Señora bendita, no te pude servir,

pero te amé siempre, alabarte y bendecir:

señora, verdad digo y no pienso mentir,

querría estar muerta si pudiese morir.

 

Madre del Rey de gloria, de los cielos Reina,

mana de tu gracia alguna medicina,

libra de mal reproche a una mujer mezquina:

¡esto si tú quisieras, puede ser pronto!

 

Madre, por el amor del hijo querido,

hijo tan sin falta, tan dulce y tan cumplido,

no quede rechazada, esta merced te pido,

pues veo que me persiguen con gran griterío.

 

Si no me das, señora, algún consejo,

me veo mal dispuesta para salir a juicio:

aquí quiero morir en este lugarejo,

que si saliera allá, me harían mal juego.

 

Reina coronada, templo de castidad,

fuente de misericordia, torre de salvación,

haz en esta angustia alguna piedad,

en mí no se agote tu gran bondad».

 

Tan encarecidamente hizo su oración,

que la oyó la Madre llena de bendición:

como quien amodorrada vio una gran visión,

tal que debía en el hombre causar edificación.

 

Se traspuso la dueña por el gran cansancio,

Dios lo obraba todo por su piedad;

apareció la Madre del Rey de majestad,

con dos ángeles con ella de muy gran claridad.

 

Tuvo pavor la dueña y se espantó,

pues de tal visión nunca estaba acostumbrada;

de la gran claridad quedó muy turbada,

pero de su angustia fue muy aliviada.

 

Díjole la Gloriosa: «Esfuérzate, abadesa,

bien estáis conmigo, no os pongáis queja;

sabed que os traigo muy buena promesa,

mejor de lo que querría vuestra priora.

 

No tengáis ningún miedo de caer en reproche,

bien os ha Dios guardado de caer en ese lazo;

id bien osadas a cumplir el plazo,

no sufrirá por ello vuestro espinazo».

 

Al placer del consuelo de la Virgen gloriosa,

no sintiendo la madre del dolor ninguna cosa,

nació la criatura, cosilla muy hermosa;

mandó a los ángeles tomarla la Gloriosa.

 

Díjoles a los ángeles: «A ambos os encargo,

llevad este niñuelo a fulano mi amigo;

decidle que me lo críe, yo así se lo digo,

pues bien os creerá; luego volved conmigo».

 

Se movieron los ángeles con mucha rapidez,

cumplieron la tarea sin ninguna pereza;

le plugo al ermitaño más que una gran riqueza,

pues de verdad era una noble joya.

 

Despertó la parida, se hizo la señal de la cruz,

decía: «Válgame Gloriosa, reina coronada,

si es esto verdad o si soy engañada,

señora bendita, ayuda a esta errada».

 

Se palpó con sus manos cuando recobró el sentido,

por vientre, por costados y por cada ijada:

encontró su vientre lacio, la cintura muy delgada,

como mujer que de tal cosa está liberada.

 

No lo podía creer de ninguna manera,

creía que fue sueño, no cosa verdadera;

se palpó y se miró por tercera vez,

y salió de la duda quedando al final segura.

 

Cuando se sintió libre la embarazada mezquina,

quedó el saco vacío de la mala harina;

empezó con gran gozo a cantar *Salve Regina*,

que es de los afligidos consuelo y medicina.

 

Lloraba por los ojos de muy gran alegría,

decía laudes preciosas a la Virgen María;

no temía al obispo ni a su cofradía,

pues estaba curada de la fuerte enfermedad.

 

Lloraba por los ojos y hacía oraciones,

decía a la Gloriosa laudes y bendiciones;

decía: «Alabada seas, Madre, en toda ocasión,

alabarte deben siempre mujeres y varones.

 

Estaba en fiera angustia y en fiero temor,

caí a tus pies, te dije mi dolor:

me socorrió, señora, tu buena mesura,

debes ser alabada por toda criatura.

 

Madre, yo sobre todos te debo bendecir,

alabar, magnificar, adorar y servir,

que de tan gran infamia te dignaste curarme,

que podría todo el mundo siempre de mí reír.

 

Si esta mi falta saliera a juicio,

de todas las mujeres sería risa excesiva.

Cuán grande y cuán bueno, Madre, es tu consejo,

no lo imaginaría hombre ni grande ni pequeño».

 

La merced y la gracia que te dignaste hacerme,

no sabría yo, Madre, agradecértelo a ti,

ni podría, señora, yo nunca merecerlo:

mas no cesaré nunca de darte las gracias.

 

Bien se quedaría la dueña en su contemplación,

alabando a la Gloriosa, haciendo oración;

mas le vino mandato de la congregación

de que fuese al capítulo a dar respuesta.

 

Como en el reproche no temía caer,

fue luego a los pies del obispo a estar:

quiso besarle las manos, como debía hacer,

mas él no se las quiso a ella ofrecer.

 

Empezó el obispo luego a increparla,

diciendo que había hecho cosa por la que debía sufrir,

y que no debía por nada ser abadesa,

ni entre otras monjas debía habitar.

 

«Toda monja que hace tan gran deshonestidad,

que no guarda su cuerpo ni tiene castidad,

debe ser echada de la sociedad:

allá por donde quiera haga tal suciedad».

 

«Señor —le dijo ella—, ¿por qué me maltratáis?

No soy por ventura tal como vos pensáis».

«Dueña —dijo el obispo—, por mucho que lo neguéis,

no seréis creída, pues seréis probada».

 

«Dejadme ya —dijo el obispo—, idos a vuestro aposento,

nosotros tomaremos consejo, después haremos lo demás».

«Señor —dijo la dueña—, no digáis ningún mal:

yo a Dios me encomiendo, al que puede y vale».

 

Salió la abadesa fuera del consistorio,

como mandó el obispo, fue a su estancia;

hicieron su capítulo por la ira o el odio,

amasaron su masa con harina de cebada (con mala intención).

 

Díjoles el obispo: «Amigos, no podemos

condenar a esta dueña sin que la probemos».

Díjole el convento: «De lo que bien sabemos,

señor, ¿en otra prueba por qué entraremos?».

 

Díjoles el obispo: «Cuando sea vencida,

vosotros estaréis más salvos y ella más confundida:

si no, nuestra sentencia sería mal criticada:

no le puede al final servir ninguna defensa».

 

Envió a sus clérigos en quienes él más confiaba,

para que probaran la cosa según estaba:

le quitaron la túnica, aunque a ella le pesaba,

y la encontraron tan seca que una tabla parecía.

 

No encontraron en ella signo de embarazo,

ni leche ni rastro de ninguna maldad:

dijeron: «no es esto sino gran vanidad,

nunca se levantó tan fiera falsedad».

 

Volvieron al obispo, le dijeron: «Señor,

sabed que es culpada sin motivo la hermana:

quienquiera que otra cosa os diga, salva vuestra honra,

os dice tan gran mentira, que no podría ser mayor».

 

Creyó el obispo que estaban engañados,

que les había la dueña prometido dineros:

dijo: «señores malvados, no seréis creídos,

que otra bolsa tiene debajo de los vestidos».

 

Dijo: «No os lo quiero tan pronto creer,

o sois vergonzosos o recibisteis pago:

yo quiero esta cosa por mis ojos ver;

si no, quien la acusó lo debe padecer».

 

Se levantó el obispo de donde estaba sentado,

fue hacia la abadesa sañudo e irritado,

le hizo despojar la cogulla a la fuerza,

y probó que le imputaban un falso crimen probado.

 

Se volvió al convento bravo y muy felón:

«Dueñas —dijo—, hicisteis una gran traición,

pusisteis a la señora en tan mala situación

que es muy despreciada vuestra religión.

 

Esta cosa no puede sin justicia pasar,

la culpa que quisisteis a ella echar,

el decreto lo manda, sobre vosotras debe recaer,

que debéis ser echadas de este lugar».

 

Vio la abadesa a las dueñas mal juzgadas,

que tenían que ser de la casa echadas,

sacó aparte al obispo a unos quince pasos:

«Señor —dijo—, las dueñas no son muy culpables».

 

Le contó su suceso, por qué había pasado,

por sus graves pecados cómo fue engañada,

cómo la socorrió la Virgen coronada:

«Si por ella no fuese, habría sido maltratada.

 

Y cómo mandó ella llevar al niñuelo,

cómo al ermitaño se lo mandó criar;

señor, si vos quisierais podríais probarlo:

por caridad no pierdan las dueñas el lugar.

 

Más quiero yo sola ser avergonzada

que tanta buena dueña sea desamparada:

señor, merced os pido, perdonad esta vez:

por todas, a mí me sea la penitencia dada».

 

Se espantó el obispo, quedó todo demudado,

dijo: «Dueña, si esto puede ser probado,

veré que Jesucristo está de vos satisfecho:

yo mientras viva, haré lo que mandéis».

 

Envió a dos canónigos luego al ermitaño

a probar si esto era o verdad o engaño;

hallaron al buen hombre con hábito extraño

teniendo al niñuelo envuelto en un paño.

 

Les mostró al infante recién nacido del día,

dijo que lo mandara criar Santa María:

quien esto dudase, haría una necedad,

pues era verdad pura y no fantasía.

 

Volvieron al obispo luego con el mensaje,

le contaron por noticias lo que habían probado:

«Señor —dijeron—, de esto estad certificado:

si no, haréis gran yerro, ganarás gran pecado».

 

Se tuvo el obispo frente a la dueña por equivocado,

se le cayó a los pies en el suelo postrado:

«Dueña —dijo—, merced, que mucho he errado:

os ruego que me sea el yerro perdonado».

 

«Señor —dijo la dueña—, por Dios y la Gloriosa,

mirad vuestra mesura, no hagáis tal cosa:

vos sois hombre santo, yo pecadora dolorida,

si no cambiáis, estaré con vos sañuda».

 

La dueña con el obispo tuvo esta contienda,

mas lo terminaron todo en buena avenencia;

siempre tuvieron ambos amor y buena voluntad,

y llevaron su vida en buena paciencia.

 

Puso paz el obispo en la congregación,

apagó la contienda y la disensión;

cuando quiso despedirse, les dio su bendición,

fue buena para todos esa visitación.

 

Envió sus saludos al santo ermitaño,

como a buen amigo y compadre cercano,

que criase al niño hasta el séptimo año:

después él pensaría en hacerlo buen cristiano.

 

Cuando vino el término, los siete años pasados,

envió de sus clérigos a dos de los más honrados

que trajesen al niño del monte a los poblados:

lo cumplieron ellos como bien instruidos.

 

Trajeron al niño criado en el yermo,

para los días que tenía, estaba bien enseñado:

le plugó al obispo, quedó de ello muy satisfecho:

mandó ponerlo a letras con maestro letrado.

 

Salió muy buen hombre en todo mesurado:

parecía bien que fuera por buen amo criado;

estaba el pueblo todo de él muy satisfecho:

cuando murió el obispo le dieron el obispado.

 

Lo guio la Gloriosa que lo dio a criar,

supo su obispado con Dios bien gobernar,

guiaba bien las almas como debía guiar,

sabía en todas las cosas la mesura bien mirar.

 

Lo amaban los pueblos y sus clerecías,

lo amaban canónigos y todas las monjas,

todos por donde estaban rogaban por sus días,

excepto algunos necios que amaban locuras.

 

Cuando vino el término en que hubo de morir,

no lo dejó su ama mucho tiempo sufrir:

lo llevó a la gloria, a seguro lugar,

donde ladrón ni merino nunca puede entrar.

 

A la Virgen gloriosa todos gracias rindamos,

de quien tantos milagros leemos y probamos:

ella nos dé su gracia para que servirla podamos,

y nos guie a hacer cosas por las que salvos seamos. Amén.

 

El náufrago salvado

Señores, si quisierais mientras dure el día,

de estos tales milagros aún más os diría:

si vosotros no os cansaseis, yo no me cansaría,

pues como pozo hondo, tal es Santa María.

 

Tal es Santa María como el caudaloso río,

del que todos beben, las bestias y el gentío:

tan grande es mañana como ayer, y no está más vacío,

en todo tiempo corre, en calor y en frío.

 

Siempre socorre ella en todos los lugares,

por valles y por montes, por tierras y por mares:

quien rogarla supiese con limpios paladares,

no podrían los dolores prenderle las entrañas.

 

Leemos un milagro de su santidad

que ocurrió a un obispo, hombre de caridad,

que fue hombre católico de gran autoridad:

lo vio por sus ojos, bien sabía la verdad.

 

Así como lo vio, así lo escribió:

no menguó de ello nada, nada añadió:

Dios le dé el paraíso, pues bien lo mereció:

alguna misa dijo que tanto no le valió.

 

Se cruzaron romeros para ir a ultramar,

saludar el sepulcro, la vera cruz orar,

se metieron en las naves para Acre pasar,

si el Padre del cielo los quisiese guiar.

 

Tuvieron vientos buenos luego a la entrada,

brisa muy sabrosa, toda la mar calmada,

tenía gran alegría la alegre mesnada:

con tal tiempo pronto habrían la mar pasado.

 

Habían una buena parte de la mar atravesado

que la habrían pronto a la otra parte pasado;

mas les tendió su hado una mala celada:

toda la gran alegría en tristeza fue tornada.

 

Se movió la tempestad, una tormenta brava,

se desorientó el maestro que la nave guiaba,

ni a sí ni a otro ningún consejo daba,

toda su maestría no valía un haba.

 

Les ocurrió otra cosa, otro gran percance,

se les rompió la nave abajo en el fondo:

veían entrar mucha agua, se rompía cada rincón,

tenía que ir la cosa toda a perdición.

 

Cerca de la nave mayor traían otra pequeña,

no sé si le decían galera o pinaza,

para que si estuviesen en apuros por tormenta malvada,

en esa escapasen de la mala situación.

 

Hizo el marinero como leal cristiano,

a su señor el obispo lo tomó por la mano

con otros buenos hombres, de rango más lozano,

los metió en la barca, tomó consejo sano.

 

Uno de los peregrinos quiso ser astuto,

dio un salto de la nave, pues era bien ligero,

quiso en la galera entrar como compañero,

se ahogó en el agua, murió, mas no solo.

 

Apenas podría ser media hora cumplida,

quiso Dios sufrirlo y fue la nave hundida:

de la tropa que se había allí quedado,

por remedio ninguno escapó con vida.

 

El obispo y los otros que con él salieron,

llegaron a tierra donde más cerca pudieron:

hicieron muy gran duelo por los que perecieron,

les pesaba porque con ellos no murieron.

 

Sintiendo por los muertos duelo grande y pesar,

extendieron los ojos, miraban al mar,

por si veían de los muertos algunos arribar,

pues el mar nunca quiere cosa muerta ocultar.

 

Mirando si algunos muertos podrían ver,

para darles cementerio, bajo tierra los meter,

vieron palomillas de bajo el mar nacer,

cuantos fueron los muertos tantas podrían ser.

 

Vieron palomillas salir de bajo el mar,

más blancas que las nieves contra el cielo volar:

creían que eran almas que quería Dios llevar

al santo paraíso, un glorioso lugar.

 

De la envidia justa se querían desquitar,

porque quedaron vivos, tenían un gran pesar,

pues creían firmemente, no era de dudar,

que almas eran de esos los que tragó el mar.

 

Decían: «¡Ay, romeros! ¡Vosotros fuisteis venturados,

que ya habéis por el fuego y por el agua pasado!:

nosotros quedamos en el yermo como desamparados,

nosotros velamos, pues vosotros dormís seguros.

 

Gracias al Padre Santo y a Santa María,

ya vestís la palma de vuestra romería:

nosotros estamos en tristeza y vosotros en alegría:

nosotros creímos actuar con juicio, y cometimos locura».

 

Teniendo gran quebranto por el daño que les vino,

querían emprender la marcha, entrar en su camino:

vieron del mar salir a un peregrino,

parecía que era un romerillo mezquino.

 

Cuando vino a ellos, que estuvo en la ribera,

lo conocieron todos, que era el que salió;

se santiguaron todos, cómo o de qué manera

quedó en el mar vivo una hora entera.

 

Dijo el peregrino: «Oídme, por vuestra vida,

yo os haré certeros en eso que dudáis:

cómo escapé vivo, quiero que lo sepáis,

diréis *Deo gracias* luego que lo oigáis.

 

Cuando de la gran nave quise fuera salir,

pues parecía a la vista que se quería hundir,

veía que de la muerte no podía escapar:

¡Válgame Santa María!, empecé a decir.

 

Dije esta palabra: «Válgame Santa María»:

no pude más decir, pues no tuve tiempo:

fue luego ella presta por su voluntad:

si no fuese por ella, ahogado estaría.

 

Luego fue ella presta, trajo un buen paño,

paño era de precio, nunca vi su igual:

me lo echó por encima, dijo: «No recibirás daño:

cuenta que te dormiste o que estuviste en un baño».

 

Nunca tan rica obra vio hombre carnal,

obra era angélica, que no material,

tan descansado yacía como bajo un toldo,

o como quien se duerme en un verde pradal.

 

Feliz será el alma y bienaventurada

que bajo tan rica sombra sea consolada:

ni frío ni calor, ni viento ni helada

no le hará enojo que la perturbe.

 

Bajo este paño descansan alegres y pagadas

las vírgenes gloriosas de don Cristo amadas,

que cantan a su Madre laudes multiplicadas,

y tienen las coronas preciosas y honradas.

 

La sombra de aquel paño trae tal temperatura,

que el hombre con el ardor encuentra bajo él frescura:

encuentra el friolento templada calentura:

¡Dios, qué rico auxilio en hora de premura!

 

Tantas son sus mercedes, tantas sus caridades,

tantas sus virtudes, tantas sus bondades,

que no las contarían obispos ni abades,

ni las podrían imaginar reyes ni potestades».

 

El pesar que tuvieron por los que peligraron,

con el placer del milagro todo lo olvidaron:

rindieron a Dios gracias, el *Te Deum* cantaron,

después la *Salve Regina* dulcemente terminaron.

 

Cumplieron los romeros después su romería,

llegaron al sepulcro con muy gran alegría,

adoraron la cruz del hijo de María:

¡nunca en este mundo vieron tan buen día!

 

Contaron el milagro de la Madre gloriosa,

cómo libró al hombre de la mar peligrosa:

decían todos que fuera una extraña cosa:

hicieron de ello un escrito, leyenda muy sabrosa.

 

Cuantos oyeron esta santa historia,

todos a la Gloriosa decían su bendición:

tenían para servirla mejor devoción,

pues esperaban de ella merced y galardón.

 

La fama de este hecho voló sobre los mares,

no la retuvo el viento, pobló muchos solares,

la pusieron en libros por diversos lugares,

por lo que es hoy bendita por muchos paladares.

 

Cuantos bendicen a la Madre gloriosa,

ante el Rey de Gloria hacen lo correcto,

pues por ella salimos de la cárcel penosa

en que todos yacíamos, fosa muy peligrosa.

 

Los que por Eva fuimos en perdición caídos,

por ella recobramos los solares perdidos:

si por ella no fuese, yaceríamos muertos;

mas su santo fruto nos hubo redimido.

 

Por su santo fruto que ella concibió,

que por salud del mundo pasión y muerte sufrió,

salimos de la fosa que Adán nos abrió,

cuando sobre lo prohibido el mal bocado mordió.

 

Desde entonces siempre se esfuerza en ayudar a afligidos,

gobernar a los mezquinos, encaminar a los errados,

por tierras y por mares hacer milagros grandes,

tales y muy mayores de los que son contados.

 

Ella, que es de gracia plena y abundante,

guíe nuestra hacienda, nuestra vida sufrida,

guárdenos en este mundo de mala cara,

y ganemos en el otro con los santos posada. Amén.

 

La deuda pagada

Amigos, si quisierais esperar un poco,

un precioso milagro os querría leer:

cuando sea leído, tendréis gran placer,

lo apreciaréis más que una buena comida.

 

En la ciudad que es llamada de Constantino (Constantinopla),

porque Constantino la había en otro tiempo poblado,

el mismo que dio a San Pedro Roma por morada,

vivía allí un buen hombre de hacienda importante.

 

Era este burgués de muy gran corazón,

para subir en prestigio hacía grandes gastos,

gastaba sus haberes, los daba generosamente,

a quienquiera que le pidiese, él no decía que no.

 

Para exaltar su fama y que su crédito creciera,

repartía sin duelo cuanto podía tener:

si le faltaba lo suyo, aun para valer más,

tomaba de sus vecinos prestado voluntariamente.

 

Repartía lo suyo largamente y sin tiento,

menguaban las riquezas, pero no la buena intención;

siempre encontraría uno en su casa compañía,

unas veces veinte, otras treinta, a veces cien.

 

Como hacía gran gasto y despensa sin medida,

se le acabó el dinero y se vio en aprietos;

no encontraba prestado, ni hallaba usura,

ni entre los extraños, ni entre sus parientes.

 

Comprendieron todos que estaba empobrecido,

no encontraba préstamo ni dinero a crédito:

en gran deshonra había caído el buen hombre,

sentía que todo lo pasado estaba perdido.

 

El varón, con gran queja, fue ante los altares,

hacía su oración con devoción:

«Señor, que eres un solo Dios y tres personas iguales,

llegue a mí tu piedad y no me desampares.

 

Señor, hasta ahora tú me has sostenido:

estoy ya por mis pecados caído en la miseria,

el prestigio que tenía todo lo he perdido;

mucho más me valiera no haber nacido.

 

Señor, dame consejo de alguna manera,

envíame tu gracia por algún camino;

es para ti tal hecho cosa bastante ligera:

nadé todo el mar y voy a morir en la ribera».

 

Mientras oraba, quiso Dios ayudarle,

y se le ocurrió un buen plan al burgués:

no vino por su propio juicio, sino que lo quiso guiar

Aquel que ha de gobernar el mundo entero.

 

Un judío muy rico había en la ciudad:

no había nadie más rico en esa vecindad;

pensó en su interior ir a visitarlo,

y pedirle consejo por Dios y caridad.

 

Fue luego al judío y fue bien recibido;

este le preguntó cómo le iba y por qué había venido,

pues de otras ocasiones ya lo conocía

y toda su historia bien la había oído.

 

Le contó su situación el burgués al hebreo:

«Don fulano, bien sabéis mi caso, según creo;

conseguir de vos un préstamo tendría gran deseo,

pues no creí verme en la situación en que me veo.

 

Cuando Dios quería que yo algo tuviese,

lo saben mis vecinos, yo a todos ayudaba:

las puertas de mi casa abiertas las tenía,

cuanto Dios me daba con todos lo compartía.

 

Querría, si pudiese, continuar en ello;

pero estoy muy decaído y falto de dinero:

mas si tú me quisieses de lo tuyo prestar,

bien pensaba devolvértelo en un plazo».

 

Díjole el judío: «Lo haré de buen grado,

te daré cuanto quieras de mi dinero prestado;

pero dame un fiador que sea seguro,

si no, tendría temor de ser engañado».

 

Díjole el cristiano, hablándole con franqueza:

«Don fulano, no te puedo dar otro fiador,

pero te daré a Cristo, mi Dios y mi Señor,

Hijo de la Gloriosa, del mundo Salvador».

 

Díjole el judío: «Yo creer no podría

que ese que tú dices que nació de María

sea Dios; pero fue hombre cuerdo y sin locura,

profeta verdadero: yo no creería otra cosa.

 

Si Él te avala, yo por su amor

te prestaré lo mío sin otro fiador;

pero me parece cosa extraña y sin sentido,

y me pareces casi un hombre burlador.

 

Yo no sé de qué guisa podría cobrarlo,

pues no está en este mundo, según mi creer;

no esperes que venga para socorrerte:

por tanto, te conviene tomar otro consejo».

 

Respondió el cristiano y le dijo al judío:

«Entiendo que me tienes por loco y necio,

que no tengo juicio y ando perdido;

pero verás otra cosa tras esto, según yo confío».

 

Díjole el judío: «Si tal cosa muestras,

yo te daré prestado cuanto tú pidas;

pero por otras bagatelas lo que de mí lleves

no pagarás con ello a rufianes ni juglares».

 

Díjole el burgués al truhán renegado:

«Solo con que vengas conmigo a mi sagrado (iglesia),

te mostraré a María con su buen Hijo».

Dijo el judío: «Lo haré de buen grado».

 

Lo llevó a la iglesia con Dios y con su guía,

le mostró la imagen de la Santa María

con su hijo en brazos, su dulce compañía;

quedaron avergonzados los de la judería.

 

Dijo el buen hombre a los de la comunidad:

«Este es nuestro Señor, esta nuestra Señora:

siempre sale bien librado quien a ellos se encomienda;

quien en ellos no cree tendrá fuego y llama».

 

Díjole al judío que era el principal,

al que le prometió que le prestaría el capital:

«Estos son mis señores y yo su servidor,

estos sean las fianzas, pues no puedo dar otra cosa».

 

Díjole el judío: «Yo bien los tomaré,

yo otros fiadores no te pediré;

pero si tú me fallas, a ellos reclamaré,

y qué lealtad tienes, se lo haré saber».

 

Le dio los fiadores al truhán el cristiano,

a Madre e Hijo se los puso por aval,

pusieron para su pago un término cierto,

y recibió el dinero el burgués ciudadano.

 

Cuando el burgués recibió el dinero,

tuvo gran alegría y se sintió salvado;

recurrió a la Gloriosa, hizo lo sensato,

fue a dar gracias a Dios de todo corazón.

 

Bajó los ojos ante la Majestad,

alzó a Dios los ojos con gran humildad:

«Señor —dijo—, me hiciste merced y caridad,

me has sacado hoy de muy gran pobreza.

 

Señor, andaba ayer pobre y endeudado:

estoy hoy por tu gracia rico y abastecido;

a ti te di por fianza, pero lo hice obligado:

por mi parte sería gran agravio que tú fueses reclamado.

 

Señor, yo no querría faltar a mi palabra,

lo que ante ti puse bien lo querré cumplir;

pero si no pudiera yo acudir al plazo,

el dinero ante ti lo querré presentar.

 

Señor, si por ventura me retrasara yo

de modo que no pueda venir al término fijado,

lo pondré ante ti, que me has avalado,

y tú, de la forma que sea, haz que él sea pagado.

 

Reina de los cielos, Madre del pan de trigo,

por quien fue confundido el mortal enemigo,

tú eres mi fianza, eso mismo te digo,

lo que he encomendado al que tienes contigo».

 

Cuando el burgués hubo hecho su oración,

y con el truhán hubo puesto su condición,

preparó sus asuntos y todo lo necesario,

se fue a tierras extrañas, a una larga región.

 

Fue a tierras extrañas, a Flandes y a Francia

con grandes mercancías, e hizo gran ganancia:

con Dios y la Gloriosa creció su fortuna,

subió en gran riqueza y en gran renombre.

 

Con los grandes negocios de que estaba encargado,

y estando de su tierra muy alejado,

no acudió al término que había asentado;

por sus graves pecados lo había olvidado.

 

Cerca venía el día en que tenía que pagar;

más de un solo día no quedaba para el plazo:

el burgués se acordó del trato,

y el buen hombre quería matarse con sus manos.

 

Decía: «¡Qué mal he fallado, mezquino pecador!,

por nada le puedo cumplir al fiador:

será por mi culpa reclamado mi Redentor,

y su madre santa, la de Rocamadour.

 

Señor, tú lo entiendes y sabes la verdad

de cómo estoy tan apenado en mi voluntad:

Señor, dame consejo por tu piedad

para que no sea reclamada tu gran majestad».

 

Tomó todo el dinero atado en un saco,

no faltaba de la suma ni una moneda perforada;

lo llevó a la orilla cargado a sus espaldas,

y lo echó a las olas donde no había nadie.

 

Se volvió a Jesucristo con gran devoción,

llorando amargamente hizo su oración:

«Señor —dijo—, tú sabes toda esta razón,

pues tú eres fianza de nuestro contrato.

 

Señor, ya que no puedo acudir, al mar pagar quiero,

pues se halla en medio un camino muy bravo;

Señor, que eres llamado Salvador verdadero,

tú pon este dinero mañana en su almacén.

 

Señora gloriosa, mi Santa María,

tú estás justo en medio de este pleito:

si bien lo miras, es más tuyo que mío;

a ti te doy el dinero, señora, tú guíalo.

 

Ambos, tú y tu hijo, estuvisteis en el trato,

ambos sois fianza ante el truhán renegado;

sea vuestra merced y sea mañana pagado,

que por culpa de un mal siervo no sea el buen señor reclamado.

 

Yo a vos os lo encomiendo, cuento que he pagado:

yo por libre me tengo, pues a vos os lo he dado;

yo, Madre, a ti te ruego; tú ruega al Creador,

que de cualquier forma mañana el truhán sea satisfecho».

 

Plugó a la Gloriosa y a su Hijo querido:

al otro día mañana, con el sol bien claro,

el bajel (cofre) que llevaba el dinero confiado,

nadaba a la puerta del truhán descreído.

 

La villa donde vivía el judío,

el que al burgués había el dinero prestado,

estaba, como leemos, poblada junto al mar;

las olas batían en los muros a veces.

 

En esa madrugada, cerca de la hora de prima,

los hombres del judío, compañía ociosa,

salieron a pasear fuera a la ribera,

vieron este estuche nadar sobre la playa.

 

Fueron para atraparlo jovenzuelos ligeros;

estos muchas veces hacen intentos vanos;

el cofre se alejaba hacia adentro, se les escapaba de las manos,

viendo esto muchos judíos y cristianos.

 

Vinieron al ruido cristianos expertos

con garfios, con arpones y barcas auxiliares;

todo no valió nada, pues eran burlados:

nunca hombres vertieron sudores más vanos.

 

Vino por ventura el dueño verdadero:

le vino a las manos al punto el tablero (cofre);

lo llevó a su casa, entró en su almacén,

y de oro y plata hizo un gran montón.

 

Cuando el truhán hubo recuperado el dinero,

el vaso en que vino fue bien escudriñado:

lo echó bajo su lecho de forma rica y oculta;

todos tenían envidia del truhán renegado.

 

El truhán alevoso, de naturaleza codiciosa,

no ponía el desdichado atención en otra cosa:

sentía que su suerte era maravillosa,

y le puso al burgués el nombre de «boca mentirosa».

 

Lo criticaba la comunidad judía, esa mala ralea,

diciendo que perdió su dinero por su mala locura:

«Nunca nadie hizo fianza tan loca,

que tomó por aval una imagen dura».

 

Dejemos al judío goloso y prestamista,

no lo saque Dios de allí y guarde su almacén;

hablemos por su parte del trato del mercader,

llevemos las noticias de donde arribó el cofre.

 

El burgués de Bizancio venía con gran pesar,

porque no pudo en el plazo al judío pagar;

no podía el buen hombre alegrar la cara,

ni podían de ninguna forma sus hombres consolarlo.

 

Anduvo un gran tiempo, ganó muchos dineros

comprando y vendiendo a ley de mercaderes;

cuando vio su momento, dejó esos caminos

y volvió a su provincia con otros compañeros.

 

Fue por Constantinopla difundido el rumor

de que el burgés don Valerio había regresado;

le plugó al judío, se sintió seguro,

y vio que doblaría el dinero prestado.

 

Fue luego a la casa, pues sabía dónde moraba,

lo puso en aprietos porque no le pagaba;

le dijo el buen hombre que locura buscaba,

pues nada le debía de lo que le pedía.

 

Dijo el judío: «Yo con derecho ando,

pues buenos testigos tengo de lo que te pido:

si dices que pagaste, demuestra dónde o cuándo,

que al final bien creo que no iré cantando.

 

Fié en tu Cristo, un gran engañador,

con su Madrecita, que fue poco mejor;

obtendré tal derecho, por el fiador que tomé:

quien más en vos crea, tendrá tal prenda o peor».

 

Dijo el cristiano: «Dices palabra loca,

buena Madre, buen Hijo, les tienes poca vergüenza;

nunca en este mundo tal mujer cubrió toca (velo),

ni nació nunca niño de tan donosa boca.

 

El dinero que me diste, estoy bien seguro,

buenos testigos tengo, bien te lo he pagado;

aun si dices que no, te haré mejor oferta:

que lo digan las fianzas que habías tomado».

 

Estaba el truhán alegre, se sintió seguro,

dijo: «Acepto el juicio, no serás desmentido»

(creyó que la imagen, que no tenía sentido,

no hablaría palabra para que fuese vencido).

 

Fueron a la iglesia estos ambos rivales

a hacer esta averiguación de quién tenía el dinero;

fueron tras ellos muchos, y muchos delante,

para ver si tendrían juicio de hablar los maderos.

 

Se pararon delante del Niño coronado,

el que tenía la Madre dulcemente abrazado;

le dijo el burgués: «Señor tan perfecto,

decide este pleito, pues soy yo mal acusado.

 

De cómo yo lo hice tú eres sabedor;

si lo recibió o no, tú lo sabes, Señor;

Señor, haz tal gracia sobre mí, pecador,

que digas si lo recibió, pues tú fuiste fiador».

 

Habló el Crucifijo, le dio buena respuesta:

«Miente, pues el pago recibió en el día fijado;

el cesto en que vino el dinero bien contado,

bajo su lecho mismo lo tiene escondido».

 

Se movió todo el pueblo que allí estaba presente,

fueron a su casa, hicieron gran justicia,

encontraron el cofre donde yacía bajo el lecho;

quedó el truhán malvado confuso y maltrecho.

 

Le pesara o le pluguiera, triste y desmedrado,

tuvo que reconocer todo el pleito;

él con sus compañeros fue luego convertido:

murió en la fe buena, de la mala apartado.

 

Siempre en ese día en que ocurrió esta cosa,

que habló la imagen por su virtud preciosa,

hacían una gran fiesta con cantos y con prosa,

con grandes alegrías a Dios y a la Gloriosa.

 

Los pueblos de la villa, pobres y potentes,

hacían gran alegría todos con instrumentos;

preparaban banquetes, daban a los necesitados

sus carnes y sus pescados, salados y frescos.

 

Andaban las vasijas con el vino especiado,

manjares preparados maravillosamente;

quien quisiera tomarlo no tendría falta,

no había en su trato ninguna burla.

 

Un rico archidiácono de tierras extrañas

se encontró en esta fiesta entre esas compañías:

vio grandes regocijos, procesiones tan grandes

que ni oyó ni vio otras de esta calaña.

 

Preguntó: «¿Cómo se originó esta fiesta?,

pues era gran acontecimiento noblemente celebrado».

Le dijo un cristiano la raíz profunda,

para que supiese que esta era verdad probada.

 

Plugó al archidiácono, lo tuvo por gran cosa,

dijo: «*Laudetur Deus* y la Virgen gloriosa».

Lo puso por escrito con su mano experta.

Déle Dios paraíso y descanso sabroso. Amén.

 

El milagro de Teófilo

Del pleito de Teófilo os querría hablar,

tan precioso milagro no es de olvidar,

pues en él podremos entender y juzgar

cuánto vale la Gloriosa para quien sabe rogarla.

 

No querré, si pudiera, la historia alargar,

pues tendríais tedio y yo podría pecar;

de la oración breve se suele Dios agradar,

y que nosotros la usemos quiera el Creador mandar.

 

Era un hombre bueno de gran hacienda,

se llamaba Teófilo, como dice la leyenda;

era hombre pacífico, no amaba la contienda,

sabía bien tener sus deseos bajo rienda.

 

En el lugar donde estaba tenía gran autoridad,

de su señor el obispo tenía la vicaría,

de los de la iglesia tenía el mando,

salvo que el obispo ostentaba el nombre.

 

Era en sí mismo de buen comportamiento,

sabía tener con todos paz y gran avenencia;

era hombre moderado de buen conocimiento,

estaba muy bien provisto de juicio y ciencia.

 

Vestía a los desnudos, alimentaba a los hambrientos,

acogía a los romeros que venían tiritando,

daba a los errados buenos consejos

para que se arrepintieran de todos sus fallos.

 

No tenía el obispo estorbo ni fatiga,

salvo cantar su misa y rezar su salterio:

él (Teófilo) le libraba de todo ministerio;

contar sus bondades sería un largo relato.

 

Lo amaba el obispo de gran manera

porque lo libraba de toda tarea;

los pueblos y las gentes lo tenían por lumbrera,

pues él era de todos guía y camino.

 

Cuando vino el término en que hubo de morir,

no pudo el obispo el punto traspasar:

enfermó y murió, fue con Dios a descansar;

dele Dios paraíso, si se deja rogar.

 

Los pueblos de la tierra y toda la clerecía,

todos decían: «Que Teófilo tenga el obispado;

entendemos que en él reside la excelencia,

conviene que él tenga la jefatura».

 

Enviaron sus cartas al metropolitano,

por Dios, que con Teófilo no cambiara de opinión,

pues eso tenían todos por el consejo más sano,

lo otro sería invierno y esto sería verano.

 

Enviaron por él los del arzobispado;

le dijeron: «Teófilo, acepta este obispado,

pues todo el cabildo en ti está de acuerdo,

y por todos los pueblos eres tú el postulado».

 

Les respondió Teófilo con gran sencillez:

«Señores, cambiad de idea, por Dios y caridad,

pues no soy yo tan digno para tal dignidad;

hacer tal elección sería gran ceguedad».

 

Dijo el arzobispo: «Quiero que habléis:

esta elección quiero que la toméis».

Dijo don Teófilo: «Por mucho que os empeñéis,

no lograréis que contra mi voluntad me llevéis».

 

A los de la canonjía, les pluguiera o no,

tuvieron que hacer otra elección;

el obispo que pusieron en el cargo

puso a otro vicario en la administración.

 

Corrían todos los asuntos al vicario nuevo,

servían a Teófilo, pero servían más a él;

sintió celos Teófilo, tropezó el doncel,

se cambió en Caín el que fuera Abel.

 

En casa del obispo no era tan allegado

como solía serlo con el anterior;

quedó en su voluntad profundamente perturbado,

lo había la envidia de su juicio sacado.

 

Se tenía por maltratado y por desgraciado,

de grandes y pequeños se veía desdeñado;

cegó con gran despecho y fue mal trastornado,

tramó una fiera locura, un yerro muy grande.

 

Donde moraba Teófilo, en ese obispado,

había un judío en aquella judería;

sabía él cosas malas, toda alevosía,

pues con la hueste antigua (el diablo) tenía su cofradía.

 

Era el trufán falso, lleno de malos vicios,

sabía encantamientos y otros artificios,

hacía el malo círculos y otros maleficios,

Belcebú lo guiaba en todos sus oficios.

 

En dar consejos malos era muy sabedor,

mataba muchas almas el falso traidor;

como era vasallo de muy mal señor,

si él mandaba el mal, el judío lo hacía peor.

 

Creían los hombres que actuaba con juicio,

no entendían que todo lo guiaba Satanás;

cuando por ventura en algo acertaba,

por poco la gente loca no lo adoraba.

 

Lo había el diablo puesto en gran lugar,

todos a él venían a pedir consejo;

lo que él les decía se lo hacía probar,

sabía de mala manera a los hombres engañar.

 

Lo tenían por profeta todos, chicos y grandes,

todos corrían a él como puercos a las bellotas;

a los que estaban enfermos los llevaban en andas,

todos decían: «Haremos lo que tú mandes».

 

Teófilo mezquino, de Dios desamparado,

lo venció su locura y la muda del pecado;

fue a pedir consejo al truhán endiablado

sobre cómo podría volver al antiguo estado.

 

Díjole el judío: «Si creerme quisieras,

fácilmente puedes volver a lo que quieres;

no tengas ninguna duda si te mantienes firme,

todo está logrado si no te arrepientes».

 

Le respondió Teófilo como hechizado:

«Por eso vine a ti, por seguir tu mandado».

Díjole el judío: «Estate asegurado,

cuenta que tu pleito todo está arreglado.

 

Ve a descansar a tu lecho, vuelve a tu posada;

mañana al primer sueño, con la gente recogida,

escápate de tus hombres, de toda tu mesnada,

ven a llamar a la puerta y no hagas nada más».

 

Fue con esto Teófilo alegre y pagado,

creyó que todo su asunto estaba bien parado;

volvió a su posada profundamente engañado:

mucho más le valiera haberse quedado.

 

Luego a la noche siguiente, con la gente recogida,

se escapó de sus hombres, salió de su posada;

fue a llamar a la puerta, pues sabía la entrada;

el truhán estuvo presto, le abrió sin tardanza.

 

Lo tomó por la mano a medianoche,

lo sacó de la villa a una encrucijada;

le dijo: «No te persignes ni temas nada,

pues toda tu fortuna será mañana mejorada».

 

Vio al poco tiempo venir a mucha gente

con ciriales en manos y con cirios ardientes,

con su rey en medio, feos y no lucientes;

ya querría don Teófilo estar con sus parientes.

 

Lo tomó por la mano el truhán traidor,

lo llevó a la tienda donde estaba el señor;

lo recibió el rey con gran honor,

y así hicieron los príncipes que estaban alrededor.

 

Díjole luego el rey: «Don fulano, ¿qué buscáis?

¿Qué presente me traéis? Quiero que lo digáis.

¿O qué hombre es este que me presentáis?

Saberlo quiero luego, creedlo bien».

 

Díjole el judío: «Señor rey coronado,

este solía ser vicario del obispado;

lo querían todos mucho, era hombre honrado;

lo quitaron ahora, por lo que está menoscabado.

 

Por eso ha venido a caer a tus pies,

para que le hagas cobrar lo que solía tener;

él te hará servicio con todo su poder,

tendrás en él un vasallo bueno, a mi parecer».

 

Díjole el diablo: «No sería justo

buscar yo tal provecho para un vasallo ajeno;

mas que reniegue a Cristo, que nos hace mucho daño,

y haré que vuelva a recuperar todo su bienestar.

 

Que reniegue de su Cristo y de Santa María,

que me haga una carta firme a mi voluntad,

ponga allí su sello al final,

y volverá a su estado con gran mejoría».

 

 

 

 

«Estoy perdido para Dios y para Santa María,

perdido para los santos por mi alevosía;

corté todas las ramas donde apoyaba los pies;

si no hubiera nacido, mucho mejor me iría.

 

En el día del juicio, yo, falso traidor,

¿con qué cara vendré ante nuestro Señor?

De mí hablarán todos, mezquino pecador:

no habrá en la reunión otro peor que yo.

 

Vi en mala hora aquella vicaría,

escuché a un diablo, busqué mi día negro;

me mató el truhán, el de la judería,

que mató a otros muchos con mala maestría.

 

Yo no tenía necesidad ni andaba mendigo,

todos me honraban y se alegraban conmigo;

pero fui a pedir ‘mejor que pan de trigo’:

yo busqué mi cuchillo, fui mi propio enemigo.

 

Tenía qué vestir, tenía qué calzar,

tenía para mí y tenía para dar;

fui al mercado a buscar un día negro;

debería yo mismo matarme con mis manos.

 

Bien sé que de esta fiebre no podré sanar,

no hay médico ni físico que me pueda ayudar,

sino Santa María, estrella de la mar;

¿pero quién será osado para ir a rogarle?

 

Yo, mezquino apestoso, que huelo más que un perro,

un perro podrido, no el que come pan;

no me querrá oír, esto lo sé de plano,

pues fui contra ella torpe y muy villano.

 

¿A qué santos querré poner por rogadores,

si de mi mal asunto todos son conocedores?

Enojados conmigo están los mártires y los confesores,

mucho más los apóstoles que son los mayores.

 

No quiero dejar la cabeza por los pies (perder el juicio),

a la Madre gloriosa me quiero encomendar;

caeré a sus pies delante de su altar,

esperando su gracia allí quiero morir».

 

Allí hizo ayunos y penitencias,

lloró por los ojos, rezó oraciones;

martirizó su carne con vergüenzas,

por si ella se fijaba en él en algún momento.

 

«Aunque la negué como un loco necio,

porque fui engañado por un falso judío,

firmemente creo y en su merced confío,

que de ella nació Cristo, que fue mi Salvador».

 

«Que vaya a su templo mañana temprano,

me pasará lo que le pasó a la Egipciaca,

que sufrió gran deshonra como mala villana

hasta que la Gloriosa fue su mediadora».

 

«Aunque Dios me lo permita por su piedad,

que pueda entrar para ver la majestad,

vendrá rayo o fuego u otra tempestad,

y hará daño a muchos por mi maldad».

 

«Aunque todo esto Dios me quiera permitir,

que me deje en paz mi queja decir,

no sé por qué razón empezar…».

 

Abandonó su casa y cuanto tenía,

no dijo a nadie lo que hacer quería;

fue para la iglesia del lugar donde vivía,

llorando por los ojos cuanto más podía.

 

Se echó a los pies de la Santa Reina,

que es consejo y madrina de los pecadores:

«Señora —dijo—, ayuda a esta alma mezquina,

a tu merced vengo a buscarle medicina.

 

Señora, estoy perdido y desamparado,

hice un mal contrato y estoy muy engañado;

di, no sé cómo, mi alma al pecado:

ahora entiendo que hice un mal negocio.

 

Señora bendita, reina coronada,

que siempre haces ruegos por la gente errada,

no salga yo rechazado de tu posada;

si no, dirán algunos que ya no puedes nada.

 

Señora, tú que eres puerta del paraíso,

en quien el Rey de gloria tantas bondades puso,

vuelve hacia mí, señora, tu precioso rostro,

pues estoy sumamente arrepentido del trato.

 

Vuelve hacia mí, Madre, tu cara preciosa;

lo harías con derecho si estuvieras sañuda conmigo;

pero que no vaya a más lo que ya ha ocurrido:

ten piedad de Teófilo, reina gloriosa».

 

Cuarenta días estuvo en esta contienda,

sufriendo días y noches fiera tribulación;

de nada más se acordaba sino solo de esto,

llamaba a la Gloriosa de firme corazón.

 

Plugó al Rey del cielo al cuadragésimo día,

mientras Teófilo insistía en sus ruegos;

se le apareció de noche la Santa Virgen María,

y le dijo fuertes palabras como quien está airada.

 

Díjole: «¿Qué haces, hombre de mala suerte?

Sobre el hielo escribes, insistes en la locura;

harta estoy de tu pleito, me das gran amargura;

eres muy porfiado, molestas sin mesura.

 

Haces peticiones locas y sin sentido;

a nosotros nos has negado, buscaste a otro señor;

renegado malo, peor que Judas,

no sé quién querría rogar por ti al Creador.

 

Yo tendría vergüenza de rogar a mi hijo,

no sería osada para empezar el relato;

a aquel que tú negaste y buscaste pesar

no nos querrá oír ni a ti perdonar».

 

«Madre —dijo Teófilo—, por Dios y caridad,

no mires mi mérito, mira tu bondad;

de cuanto tú dices, todo es verdad,

pues soy sucio y falso, lleno de maldad.

 

Arrepentido estoy, señora, válgame la penitencia;

esta salva las almas, tal es nuestra creencia;

esta salvó a Pedro, que cometió gran fallo,

y lavó a Longinos de su gran violencia.

 

La santa Magdalena, hermana de Lázaro,

pecadora sin medida, pues fue mujer liviana;

lo mismo te digo de la Egipciaca,

la que sana todo mal las sanó a ambas.

 

David de un golpe cometió tres pecados mortales,

todos feos y sucios, y todos principales;

hizo su penitencia con gemidos del corazón,

y le perdonó el Padre de los penitenciales.

 

Los pueblos de Nínive que estaban condenados,

hicieron penitencia llorando sus pecados;

sus fallos todos les fueron perdonados;

muchos que iban a ser destruidos fueron salvados.

 

Este argumento, señora, es de ver,

si haciendo penitencia me debe valer;

Madre, si tú quisieras y fuese tu placer,

por mí este juicio no debería perderse».

 

Calló él entonces, y habló Santa María:

«Traes, Teófilo, un pleito muy revuelto;

yo bien aguantaría mi afrenta y la perdonaría;

pero con lo de mi hijo no me atrevería.

 

Aunque me negaste y cometiste un acto sucio,

quiero aconsejarte con consejo derecho:

vuélvete a mi hijo, que está enojado contigo,

pues considera que fue muy maltratado por ti.

 

Ruégale con firmeza y con mucha insistencia,

reniega del diablo, confirma tu creencia;

él es muy piadoso y de gran comprensión,

él mata y él da vida, pues es de tal potencia».

 

«Madre —dijo Teófilo—, siempre seas alabada;

fue un gran día cuando fuiste nacida;

mucho está mi alma con esto confortada,

trae tu palabra una medicina probada.

 

Yo no me atrevería a rogar a tu hijo,

por mi mala suerte le busqué gran pesar;

pero fío en él como debo fiar,

y quiero demostrarte a ti mi creencia.

 

Creo que hay un solo Dios, y que es Trinidad;

Trinidad en personas, una la deidad;

no hay en las personas ninguna diversidad,

Padre, Hijo y Espíritu son uno de verdad.

 

Creo en la Encarnación de Jesucristo,

que nació de ti, Madre, por nuestra redención;

predicó el Evangelio, después sufrió pasión,

y al tercer día hizo resurrección.

 

Creo bien firmemente en su Ascensión,

que envió la gracia de la consolación;

creo en el final, en la regeneración,

cuando buenos y malos reciban el galardón.

 

Madre, todo lo creo: estoy de ello seguro,

todo cuanto Cristo manda creer al cristiano;

pero tengo gran vergüenza y un miedo inmenso,

pues fui, mi señora, contra él muy villano.

 

A un hombre malo y sucio y de mal testimonio,

no me querrá oír, pues no es justo;

Madre, tanto lo temo que saldría rechazado,

y quedaría nuestro asunto mucho peor.

 

Si bien ha de ser y me quieres ayudar,

tú tienes en este pleito, madre, que trabajar;

no me mandes buscar a otro procurador,

pues aunque lo buscara no lo podría encontrar.

 

Tú eres capaz de todo, gracias al Creador,

para rogar a tu hijo, tu padre y tu señor;

lo que tú mandes y desees,

todo lo hará él con muy buen amor.

 

Lo que nunca hiciste con otro pecador,

hazlo con Teófilo, por nuestro Señor;

devuélveme a la gracia de tu santa flor,

la flor que tú pariste sin tacha ni dolor.

 

Señora bendita, reina principal,

aun bajo tu protección quiero decirte algo:

si no recupero la carta que hice para mi mal,

sentiré que no estoy libre del mal lazo».

 

Dijo Santa María: «Don sucio, don malvado,

la carta que hiciste con tu mal caudillo,

y que después sellaste con tu propio sello,

en el infierno yace, en un rincón pequeño.

 

No querría mi hijo, por tu pleito,

descender al infierno y hacer tal viaje,

pues es lugar apestoso y de mala compañía;

solo el planteárselo sería gran osadía».

 

«Señora bendita entre todas las mujeres,

bien querrá tu hijo lo que tú bien quieras;

todo te lo dará lo que tú bien pidas;

a mí me llegará la carta si tú tienes el deseo.

 

Dondequiera que la tenga el diablo escondida,

solo con que Él lo quiera, luego será devuelta;

señora que de todos eres salud y vida,

no puedo más rogarte, no sé más que pedirte».

 

Le dio Santa María un consuelo probado:

«Quédate en paz, Teófilo, te veo muy sufrido;

iré yo, si puedo lograr el encargo;

Dios mande que sea pronto conseguido».

 

La Madre bendita, tras decir esto,

se desvaneció y él no pudo ver nada;

pero tenía la voluntad confortada,

pues su consuelo es medicina probada.

 

Si antes fue Teófilo de gran devoción,

mucho más fue después de mayor arrepentimiento;

tres días y tres noches estuvo en oración,

ni comió ni bebió, ni dejó de rezar.

 

Parecían sus ojos dos fuentes perennes,

golpeaba con su cabeza en las duras piedras,

sus puños en su pecho daban tales golpes;

decía: «¡Ayúdame, Madre, como a otros ayudas!

 

Ayúdame, Madre Santa, oye mis clamores,

tú que haces cosas tales y otras mayores;

tú sabes mi angustia, entiendes mis dolores,

no me olvides, Madre, consuelo de pecadores».

 

Mucho sufrió Teófilo en estos tres días,

yaciendo en la tierra, orando continuamente;

nunca en tantos días sufrió ningún cristiano,

pero al final su fatiga no fue en vano.

 

La Reina de gloria, Madre Santa María,

lo visitó de nuevo al tercer día;

le trajo nuevas noticias de alegría,

como las querría todo hombre que yace enfermo.

 

«Sabe —dijo—, Teófilo, que tus oraciones,

tus grandes gemidos y tus aflicciones,

han sido llevadas al cielo con grandes procesiones;

las llevaron los ángeles, cantando dulces sones.

 

De tu comportamiento está mi hijo satisfecho,

el agravio que hiciste lo has enmendado bien;

si perseveras bien como has empezado,

tu pleito está bien puesto y muy bien conseguido.

 

Yo hablé en tu favor con toda voluntad,

me arrodillé ante la majestad;

te ha Dios perdonado, haciendo gran caridad;

conviene que tú seas firme en tu bondad».

 

«Madre —dijo Teófilo—, de Dios nuestro señor,

por ti me viene esto, bien lo sé;

quitas de un mal juicio a un alma pecadora,

que yacería en el infierno con Judas el traidor.

 

Pero con todo esto que has conseguido,

aún no me siento seguro ni satisfecho,

hasta que vea la carta y recupere el escrito,

el que hice cuando había a tu hijo negado.

 

Madre, si yo tuviera la cartita recuperada,

y dentro de un fuego la hubiera quemado,

aunque muriese al instante no me importaría nada,

pues mi alma está, señora, muy enredada.

 

Madre, bien sé que estás de este pleito harta;

pero si tú me fallas, no me tengo por nada;

señora, tú que has empezado esta cosa,

haz que me devuelvan la carta y estará todo logrado».

 

«No quedará por eso —dijo la Gloriosa—,

no quede por tan poco empezada la cosa».

Se retiró la Reina preciosa,

y fue a buscar esta carta de forma presurosa.

 

Se alegró Teófilo, que yacía quebrantado,

no era maravilla, pues yacía muy sufrido;

volvió a su estudio habitual:

nunca hubo en este mundo confesor más apenado.

 

Volvió a su estudio de hacer penitencia,

en el comer y beber guardó gran abstinencia;

tenía en la Gloriosa toda su creencia,

de que por ella le daría Dios su favor.

 

En la tercera noche yacía él adormecido,

pues sufría gran martirio y tenía poco sentido;

vino la Gloriosa con el encargo cumplido,

con su carta en la mano, callada y sin ruido.

 

La esposa de Cristo, doncella y madre,

se la echó encima y le dio un toque;

despertó don Teófilo, volvió de la muerte a la vida,

y encontró en su regazo la carta mal habida.

 

Con esto estuvo Teófilo alegre y lozano

al ver la cartita de vuelta en su mano;

allí sintió que estaba de la fiebre bien sano;

apretó bien la carta y cumplió sus tres días.

 

El confesor Teófilo tuvo gran alegría

cuando tuvo la carta en su poder;

rendió gracias a Cristo y a Santa María,

pues ella había arreglado todo su pleito.

 

Decía: «Señora buena, siempre seas alabada,

siempre seas bendita, siempre glorificada;

para los pecadores eres una ayuda probada,

como nunca nació otra tan dulce ni tan pronta.

 

Siempre seas bendita, y tu fruto alabado;

santo es tu nombre, pero el suyo es más grande;

tú me sacaste, Madre, del pozo endiablado,

donde siempre, sin fin, yacería ahogado.

 

Señora bendita, Madre Santa María,

cuánto te lo agradezco no podría decirlo;

Madre, tú dame juicio, saber y conocimiento

para poder alabarte, pues mucho lo querría.

 

Reina poderosa de los hechos honrados,

que siempre te esfuerzas en salvar a los errados,

tú consígueme, señora, el perdón de los pecados,

para que alabe dignamente tus grandes bienes.

 

Madre del Rey de Gloria, por tu piedad

limpia mis labios y mi voluntad,

para que pueda dignamente alabar tu bondad,

pues has hecho conmigo una inmensa caridad».

 

Al otro día por la mañana de suceder esto,

de que trajera la carta la Madre gloriosa,

era día domingo, una fiesta sabrosa,

en la que toda la gente cristiana anda gozosa.

 

Vino todo el pueblo a oír la misa,

a tomar el pan bendito y recibir el agua;

quería el obispo de la villa decirla,

quería el buen hombre cumplir su oficio.

 

El confesor Teófilo, un sufrido cristiano,

fue hacia la iglesia con su carta en la mano;

se puso a los pies del que cantaba la misa

y confesó su proceso de principio a fin.

 

Hizo su confesión pura y verdadera,

contando cómo fue su vida desde su juventud;

luego cómo un día se salió del camino

y se dejó engañar de extraña manera.

 

Cómo fue al judío, un truhán renegado,

cómo le dio un consejo sucio e indebido,

cómo con el diablo tuvo un trato pactado,

y cómo fue por carta el trato confirmado.

 

Cómo por la Gloriosa recuperó aquel escrito,

el que con su sello había sellado;

no dejó de decir ni lo pequeño ni lo grande,

lo contó todo, tal como había pasado.

 

Le mostró la carta que tenía en el puño,

en la que residía toda la fuerza del mal trato;

se persignó el obispo al ver tal cosa;

era algo tan grande que apenas lo creía.

 

Dicho el «*Ite missa est*», acabada la misa,

estaba toda la gente deseosa de irse;

hizo una señal el obispo con su mano sagrada,

y se quedó toda la gente sentada.

 

«Oíd —dijo—, varones, una fiera hazaña,

nunca en este mundo la oísteis tan grande;

veréis al diablo, que tiene malas artes,

a los que no se guardan de él, qué mal los engaña.

 

Este nuestro canónigo y nuestro compañero

fue movido por su locura y por un falso consejero;

fue a buscar al diablo, sabio y astuto,

para recuperar un cargo que tuvo primero.

 

Supo engañarlo el falso traidor;

le dijo que negase a Cristo su señor,

y a Santa María, que fue buena señora,

y que él lo devolvería luego a todo su honor.

 

Se lo otorgó este mezquino pecador,

hizo con él su carta, esto fue lo peor,

y con su propio sello refrendó esa labor;

de tal amigo nos guarde Dios nuestro señor.

 

Dios, que siempre desea la salud de los pecadores,

que por salvarnos sufrió grandes dolores,

no quiso que dieran fruto tales labores,

pues eran tierras aradas por malos labradores.

 

Si la Virgen gloriosa no le hubiera ayudado,

estaría el desdichado terriblemente perdido;

pero su santa gracia ya lo ha socorrido,

ha recuperado la carta; si no, estaría condenado.

 

Yo la tengo en el puño, podéis verla;

esto no ofrece duda, debéis creerlo;

por lo cual debemos todos a Dios gracias rendir,

y a la Santa Virgen que se dignó ayudarle».

 

Rendieron todos gracias, mujeres y varones,

hicieron grandes alabanzas y grandes procesiones,

llorando por los ojos y diciendo oraciones

a la Madre Gloriosa, buena en toda ocasión.

 

El «*Te Deum laudamus*» fue cantado con fuerza,

el «*Tibi laus, tibi gloria*» fue muy reiterado;

decían la «*Salve Regina*», la cantaban de grado,

y otros cantos dulces de música y letra.

 

Después mandó el obispo hacer una gran hoguera,

viéndolo el pueblo que estaba en la iglesia;

echó esta carta dentro de las llamas;

ardió y se volvió ceniza el pergamino y la cera.

 

Después de que el pueblo hubo hecho su clamor

y la carta fue quemada, gracias al Creador,

recibió el cuerpo del Señor el santo confesor,

viéndolo el pueblo que estaba alrededor.

 

Al punto que Teófilo, con su cuerpo martirizado,

recibió el cuerpo del Señor y fue bien confesado,

apareció ante el pueblo rodeado de claridad,

un resplandor tan fiero que no podría imaginarse.

 

Comprendió el pueblo que era un hombre santo,

y era un gran mérito por el que hacía Dios tanto,

y Dios lo cubría con tan precioso manto,

mientras el diablo recibía por ello gran quebranto.

 

Relucía su cara, lanzaba tales rayos

como la de Moisés cuando portaba la ley,

o como San Andrés cuando estaba en la cruz;

el Creador con esto le daba no poca honra.

 

Cuando vieron esto los pueblos y las gentes,

que salían de su cara tales rayos lucientes,

cantaron otras alabanzas y otros cantos recientes;

en alabar a la Gloriosa todos estaban ardientes.

 

Se mantuvo Teófilo en su contemplación,

no le movió la vanagloria ni sintió orgullo;

volvió a la iglesia donde vio la visión,

nunca fue más devoto en ninguna ocasión.

 

Entendió el buen hombre (Dios se lo hizo saber)

que le llegaba muy cerca el último día;

repartió cuanto tenía, no le quedó dinero,

lo dio todo a los pobres, hizo una buena siembra.

 

Pidió perdón a todos los de la vecindad,

le perdonaron todos de buena voluntad;

besó la mano al obispo con gran honestidad,

y murió al tercer día; Dios tuvo piedad de él.

 

Solo tres días vivió desde que fue comulgado,

desde que el documento fue ceniza tornado;

murió en la iglesia donde había sido visitado,

y fue en ese mismo lugar su cuerpo sepultado.

 

Así terminó Teófilo el bienaventurado:

el yerro que cometió (Dios sea por ello alabado)

bien lo enmendó todo y dejó a Dios satisfecho,

ayudándole la Gloriosa, a la que damos gracias.

 

Señores, tal milagro como el que hemos oído

no debemos por nada echarlo en el olvido;

si no, seremos todos hombres de mal juicio,

que no tenemos seso natural ni cumplido.

 

Así lo dice San Pablo, el buen predicador,

que fue leal vasallo de Dios nuestro Señor:

que todas las historias que tratan del Creador

prediquen salud para el hombre pecador.

 

Nosotros en esto podemos entender y juzgar

cuánto vale la penitencia para quien la sabe guardar;

si no fuese por ella, podéis jurarlo,

don Teófilo habría ido a un mal lugar.

 

Si la Madre gloriosa que se dignó ayudarle

no se hubiera fijado en él, no le habría llegado el auxilio;

pero quien a mí quiera escuchar y creer:

viva en penitencia y podrá ser salvo.

 

Amigos, si quisierais vuestras almas salvar,

si mi consejo quisierais tomar,

haced confesión verdadera, no queráis tardar,

y tomad penitencia, pensad en guardarla.

 

Quieran Jesucristo y la Virgen gloriosa,

sin la cual no se hace ninguna cosa buena,

que así mantengamos esta vida sufrida,

que ganemos la otra duradera y luminosa. Amén.

 

La Madre Gloriosa, reina de los cielos,

la que fue para Teófilo tan provechosa medicina,

ella sea nuestra guarda en este mundo mezquino,

para que no podamos caer en la mala ruina. Amén.

 

Madre, acuérdate de tu Gonzalo,

que de tus milagros fue el relator;

tú haz por él, señora, ruegos al Creador,

pues es tu privilegio ayudar al pecador.

Tú consíguele la gracia de Dios nuestro Señor. Amén.

 

 

La iglesia robada

 

Aún otro milagro os querría contar

que hizo la Gloriosa, no es de olvidar:

fuente perenne es ella de donde mana el mar,

que en sazón ninguna no cesa de manar.

 

Bien creo que quien este milagro oyere,

no le querrá quitar la toca (velo) a quien la cubriere:

no le querrá quitar por fuerza lo que tuviere,

debería acordarse de esto mientras viviere.

 

En el tiempo del rey de la buena ventura,

Don Fernando de nombre, señor de Extremadura,

nieto del rey Alfonso, hombre de gran prestancia,

ocurrió este milagro de muy gran enseñanza.

 

Se movieron ladrones desde la parte de León,

de esa diócesis, de esa región;

vinieron a Castilla para su gran perdición,

los guió el diablo, que es un mal guía.

 

El uno era laico, nacido en mal momento,

el otro era clérigo, por el obispo ordenado;

llegaron a Zohinos, los guió el pecado,

el que guió a Judas a hacer el mal trato.

 

Fuera de la villa, en una llanada,

estaba una iglesia no muy apartada:

cerca de la iglesia, una celda habitada,

moraba en la celda una mujer de toca negra (monja).

 

Vigilaron el lugar estos dos ladrones,

se movieron de noche con sendos azadones;

desquiciaron las puertas, buscaron los rincones,

bien sabían que estaba la celda sin hombres.

 

Pobre era la monja que mantenía la celda,

tenía magra sustancia, muy poca ropa;

pero tenía un paño, era una cosa bonita,

para mujer de orden, cubierta elegantemente.

 

Lo que había en la celda fue todo barrido,

malamente revuelto y en un saco metido;

bastante era el laico hombre de poco juicio,

pero peor era el clérigo, que más había leído.

 

Cuando lo de la celda todo fue envasado,

todo valdría bien poco en dinero moneda:

pensaron los astrosos ministros del pecado

que la ganancia mayor yacía en la iglesia cerrada.

 

Fue con los azadones la cerradura arrancada,

desquiciadas las puertas, la iglesia robada;

de cuanto allí había no permaneció nada:

hacían gran sacrilegio por ganancia delgada.

 

Despojaron las sábanas que cubrían el altar,

libros y vestimentas con que solían cantar:

fue mal desbaratado el precioso lugar

donde suelen pecadores al Creador rogar.

 

Cuando hubieron hecho esta tan gran locura,

alzaron hacia arriba ambos la mirada;

de la Virgen gloriosa vieron la figura

con su niño en brazos, su dulce criatura.

 

Tenía en la cabeza corona muy honrada,

encima un velo blanco y muy fino,

a diestra y siniestra le colgaba bien;

pensaron en quitárselo, pero no ganaron nada.

 

Se apresuró el clérigo y se hizo más osado,

pues en cosas de iglesia él era más usado:

fue a agarrar la toca el malaventurado,

pues con eso habrían su robo acabado.

 

Se sintió la Gloriosa que era afrentada,

que tan villanamente la habían despojado;

mostró que del servicio no estaba muy pagada:

nunca vieron hombres toca tan «querellada» (difícil de soltar).

 

En cuanto de la toca agarró el malhadado,

se le pegó tan firme en el puño cerrado

que con pegamento alguno no estaría tan trabado,

ni con clavo que fuese con martillo clavado.

 

Perdieron la memoria, pues bien lo merecieron,

el laico y el clérigo todo el juicio perdieron;

fueron hacia la puerta y no pudieron hallarla,

andaban perdidos los que para el mal nacieron.

 

De lo que habían robado no se podían quitar;

ya lo querrían de grado, si pudiesen, dejar;

lo dejarían de buena gana, no lo querrían llevar,

pero dónde estaba la puerta no sabían juzgar.

 

Andaban tanteando de rincón en rincón,

como hacía Sisinio, el celoso varón,

marido de Teodora, mujer de gran renombre,

la que por el Papa Clemente tomó la religión.

 

Los locos desdichados, de Dios desamparados,

andaban como borrachos, todos accidentados:

unas veces daban de cara, otras de costado,

para ir de romería estaban mal preparados.

 

La monja, con la pérdida que había recibido,

salió como pudo de donde estaba escondida:

dio voces y gritos, fue luego socorrida,

la gente más cercana al punto fue venida.

 

Fueron luego llegados una gran tropa de peones,

entraron en la iglesia, hallaron a los ladrones;

los maniataron luego como merecen los villanos,

dándoles grandes golpes con muy grandes bastones.

 

Les daban grandes palos y grandes bofetadas,

muchas coces también y muchos golpes de palanca;

llevaban por los cuerpos tantas heridas grandes

que todas las pequeñas les eran ignoradas.

 

Les hicieron confesar toda la trama,

de qué tierra venían o por qué camino,

y cómo los había atrapado Santa María

porque le habían hecho ellos gran villanía.

 

Antes del alba fueron bien custodiados;

cuando el sol salió, los halló bien domados;

les decían los hombres: «traidores probados»,

pues contra la Gloriosa fueron tan denodados.

 

Luego de dichas las misas, se reunió el concejo,

todos tenían ganas de darles mal castigo;

sobre el laico cautivo tomaron mala decisión:

lo alzaron de tierra con una soga dura (lo ahorcaron).

 

Un canónigo devoto de muy santa vida,

que tenía su amor en Dios bien encendido,

cuando vio la toca con la mano cosida,

decía que tal justicia nunca fue oída.

 

Quiso el hombre bueno de la toca tirar,

en vez de la Gloriosa, su velo besar;

mas al cristiano bueno quiso Dios honrar:

se despegó la toca al punto del pulgar.

 

A los pocos días, Dios lo quiso guiar,

sucedió que vino el obispo al lugar;

trajeron al clérigo para presentárselo,

para ver si mandaría prenderlo o soltarlo.

 

Trajeron al clérigo con las manos bien ligadas,

los hombros bien molidos de buenas palancadas;

le contaron las nuevas de sus fechorías nocturnas,

cómo hacía las cosas que Dios había prohibido.

 

Confesó él mismo con su propia boca

toda su peripecia, su conducta loca,

cómo a la Gloriosa despojaron la toca:

nunca hicieron cosa de ganancia tan poca.

 

Lo tomó el obispo, lo llevó a León,

manos atrás atadas a ley de ladrón:

cuantos lo veían y sabían la razón,

decían: «Dios lo confunda a tan loco varón».

 

No se atrevió el obispo a sentenciar el pleito solo,

pidió al concilio toda la clerecía:

cuando fueron reunidos en el día asignado,

les presentó al clérigo y les contó su locura.

 

Les pidió consejo: ¿qué le debían hacer?

No le supo ninguno a ello responder;

sabía bien el obispo el derecho conocer,

quiso por su propia boca al clérigo vencer.

 

Dijo el obispo: «Clérigo, tú hiciste tal mal,

y el que todos te imputan, lo aceptaste como tal».

«Señor —dijo el clérigo—, mi padre espiritual,

contra mi maldad nunca hallé igual.

 

Cuanto de mí te dicen, todo es gran verdad;

no te dicen ni la décima parte de mi maldad:

Señor, por Dios te pido y por la caridad,

no mires mi mérito, mira tu bondad».

 

«Amigo —dice el obispo—, esto es lo justo:

no es nuestro el clérigo ni de nuestro obispado;

por nuestra parte no es ley que sea condenado:

júzguelo su obispo, su merced o su pecado.

 

Pues como obispo de Ávila se ha él proclamado,

se declaró su clérigo y de su obispado;

juzgar a clérigo ajeno está por las leyes prohibido,

podría yo por ello después ser reprendido.

 

Mas pongo tal sentencia: que sea desterrado,

que si encontrado fuere en todo este obispado,

sea luego colgado de un árbol;

el que le perdonare, sea excomulgado».

 

Nunca más lo vieron desde que lo enviaron,

en todo el obispado nunca lo atestiguaron;

el milagro nuevo fielmente lo registraron,

con los otros milagros en el libro lo pusieron.

 

Tú, Madre gloriosa, siempre seas alabada,

que sabes a los malos dar mala respuesta;

sabes honrar a los buenos como bien educada,

[y dar a los perversos su merecida bofetada].

 

A los malos que vinieron a afrentar tu celda

bien los tuviste presos dentro de tu capilla;

al buen hombre que quiso besar tu toquilla

bien suelta se la diste, como dice la cartilla.

 

Señora bendita, Reina perfecta,

por mano de tu hijo don Cristo coronada:

líbranos del diablo y de su zancadilla,

que tiene a las almas siempre una mala celada.

 

Tú nos guía, señora, en la derecha vida,

tú nos gana al final una muerte buena y cumplida,

guárdanos de mal golpe y de mala caída,

para que las almas tengan al final una buena salida. Amén.

 

El niño ahogado o el milagro del niño salvado de las aguas

Aún otro milagro os querría contar,

que hizo la Gloriosa, no es de olvidar:

es ella madre dulce, refugio sin igual,

siempre guarda a los suyos de todo mal mortal.

 

Fue en un buen lugar de riberas floridas,

donde el agua mansa corre con ondas muy lúcidas;

moraba en él un hombre de vida muy servicial,

con su mujer honesta de hacienda cumplida.

 

Hijo tenían único, de pocos años era,

criado con ternura en amor verdadero;

buscaba sus placeres en la ribera entera,

jugando sin recelo en el agua engañosa.

 

Un día, por ventura, el niño distraído

resbaló en una piedra y cayó sumergido;

su cuerpo fue tragado, su rostro bien hundido,

y la corriente brava lo llevó ya perdido.

 

Clamaron padre y madre con llantos y gemidos,

vieron al niño yerto, sin soplo ni aliento vivo;

las mujeres de la villa llegaban compungidas,

todos alzaban los ojos con llantos doloridos.

 

Mas un monje sabio que a Santa María amaba,

al pueblo acongojado con fervor consolaba:

«No lloréis, amigos, que ella nos resguarda,

de todos los peligros nos libra y nos salva».

 

Pusieron al niño en tierra bien tendido,

con ojos hacia el cielo, su cuerpo ya sin ruido.

El monje con fe pura a la Virgen clamó,

que por su intercesión le devolviera el aliento.

 

Y no tardó la Madre en dar su galardón,

pues de los cielos vino su dulce bendición;

movió el niño el rostro, recobró el corazón,

volvió con gran aliento, alabó al buen Señor.

 

«¡Loada seas, Madre, Virgen bien servida!

Que das a los humanos la gracia sin medida.

Tu amor es infinito, tu bondad bendecida,

por siempre sea honrada tu obra esclarecida».

 

Por tanto, todo hombre que en peligro se viera,

y en la Virgen santa su fe firme pusiera,

no ha de dudar que el socorro llegará,

porque quien en ella fía, del mal no perecerá. Amén.

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