Poemas de Juan de Mena

poemas de Juan de Mena

Los poemas de Juan de Mena le erigen como el arquitecto de un castellano que, bajo su pluma, abandonó la rústica tierra para vestirse de mármol y latín.

Poeta de reyes y cronista de destinos, su espíritu habitó en el Laberinto de Fortuna, donde la vida humana no es sino un frágil bajel a merced de olas invisibles.

Los Poemas de Juan de Mena son de un estilo solemne y culterano, supo elevar la lengua a la categoría de arte eterno, convirtiendo la historia en una danza de sombras y luces sobre ruedas alegóricas.

Fue el gran vate del siglo XV, un hombre que no solo escribió para el presente, sino que esculpió el honor y la tragedia de España en versos de una majestuosidad inalcanzable.

Laberinto de Fortuna

Al muy poderoso don Juan II, aquel por quien Júpiter sintió tal celo que le entregó tanta parte del mundo como el propio dios se tomó del cielo; al gran rey de España, al nuevo César; al que tiene a la Fortuna de su lado, aquel en quien conviven la virtud y el reinado: ante él pongo la rodilla en el suelo.

 

Cantamos tus casos falaces, Fortuna: los estados de la gente que giras y cambias, tus grandes discordias, tu escasa firmeza y a los que hallamos quejándose en tu rueda. Hasta que lleguemos al tiempo de ahora, mi pluma codicia los hechos pasados y hacer un breve resumen de los presentes; y que Apolo dé el fin, pues nosotros comenzamos.

 

Tú, Calíope, séme favorable dándome alas de don virtuoso; para que discurra por donde no me atrevo, invita a mi lengua a que hable. Que la Fama levante su voz inefable para que los hechos presentes sean conocidos de gente en gente y el olvido no prive de lo que es memorable.

 

Como no creo que los hechos del Cid fuesen menores que los de Escipión el Africano, ni que los nuestros entrasen en la lid menos feroces que los troyanos, las grandes hazañas de nuestros señores y la constancia de quien más los ama yacen en tinieblas, con su fama dormida y dañada por el olvido ante la falta de autores.

 

Si la gran Babilonia, que la madre de Nino cercó con ladrillo cocido, ya ha sido destruida, ¡cuánto más rápido caerá lo mal construido! Y si los muros que el propio Apolo levantó pudieron ser subvertidos por la fuerza griega, ¿qué obra pueden hacer mis manos que no siga el curso del pasado?

 

Derrama ya de tus fuentes en mí tu ayuda, inmortal Apolo; inspira mi boca para que pueda narrar las virtudes y vicios de los poderosos. Mostraos presentes ante mis palabras, oh musas de Tespis, con vuestro tesoro, y con la armonía de aquel dulce coro suplid mis carencias.

 

Dame licencia, mudable Fortuna, para que te culpe como debo: lo que para los sabios no es nuevo, puede ser desconocido para algunos. Puesto que tu actuar es tan contradictorio, haz que tus casos concuerden, pues todas las cosas regidas por un orden son más amigables y uniformes.

 

Que el orden del cielo te sirva de ejemplo: observa la constancia del Norte; mira al Carro, que tiene por distracción ser inconstante y girar siempre; y las siete Pléyades que Atlas vigila, que aparecen juntas y pequeñas, ocultándose siempre al venir la bruma; que cada cual guarde su propia ley.

 

¿Cómo es que te place, Fortuna, regir todas las cosas con ley absoluta y sin orden? ¿No podrías hacer lo que hace el cielo, los tiempos, las plantas y las rosas? O muestra que tus obras son siempre dañinas, o prósperas, buenas y eternas; pero no nos fatigues con cambios alternos, ahora alegres y ahora enojosos.

 

Pero observando bien tu varianza, te gobiernas por una ley, aunque discrepante: pues tu firmeza consiste en no ser constante, tu equilibrio es el desequilibrio, tu orden más cierto es el desorden, tu regla es ser desmesurada, tu conformidad es no ser conforme y tú desesperas a toda esperanza.

 

Como los navegantes que van hacia el poniente encuentran en Cádiz el mar sin oleaje cuando el Bóreas sopla fuerte, uniendo casi a Europa con África; pero si el Austro agita el tridente, las aguas corren en contra de como venían y nunca tienen reposo allí donde digo,

 

así de fluctuantes, aborrecida Fortuna, parecen tus casos inciertos, que corren por olas de bienes y males sin que ninguna carrera sea segura. Para que yo vea tu desmesura, muéstrame la casa donde gira tu rueda, para que pueda decir con certeza cómo tratas allá nuestra vida.

 

Apenas se habían formado mis palabras cuando sentí mi persona arrebatada; llena de furia, la madre Belona me toma en su carro tirado por dragones; y cuando sus alas no se movían bien, los hería con un duro látigo, tanto que les hizo emprender tal vuelo que pronto me dejaron donde querían.

 

Así me soltaron en medio de una llanura tras haberme dado una vuelta, como a veces el águila suelta la presa que no llena su mano. Yo, ante tal caso admirable e inhumano, me hallé espantado en un gran desierto donde vi una multitud incontable, con aires religiosos y modos profanos.

 

Y toda la llanura vecina estaba cercada por un muro nítido, tan transparente, brillante y puro que parece mármol de Paros en su blancura; tanto que la vista humana, por la claridad diáfana de las piedras, podía distinguir tantos objetos como los que ocultaba el recinto.

 

Pero como en otros lugares mi vista, antes de que yo lo pida, me hace ver grande un cuerpo que no lo es tanto cuando hay espejos de por medio, dije: «Si no observo bien estas formas tan dispares, jamás seré feliz si no puedo mirar de más cerca sus grandes y singulares misterios».

 

Como el que tiene un espejo delante y, aunque se mire fijamente, se va satisfecho pero no convencido como si viera su propio rostro, así me sentí yo: nunca pude estar contento sin desear mirar más atento, culpando a mi vista por no ser suficiente.

 

Estando yo allí con este deseo, baja una nube muy grande y oscura; oscureciendo el aire con gran prisa, me ciega y me rodea de modo que nada veo; y ya temía, sintiéndome perdido, que me ocurriese como a Polifemo, que al quedar ciego en la gruta tuvo lugar el engaño de Ulises.

 

Pero como la miseria permite que la contemplación sea más aguda, y más aún en aquellos que están privados de la potencia visual, comienzo con elocuencia, en mi angustia, a dialogar a favor y en contra, llamando siempre a la divina clemencia.

 

Luego surgen tales clarores que atraviesan la nube dejándola seca, disolviéndola en partes tan pequeñas que la hacen volar en vapores; y queda en medio, cubierta de flores, una doncella tan hermosa que ante su rostro es loco quien ose alabar otras bellezas mayores.

 

Restituida ya del todo, mis ojos recobraron su virtud primera, pues por la llegada de tal mensajera se recuperó la visión perdida; y aunque era tan hermosa, la gravedad de su rostro claro incitaba más a lo bueno y honesto que a ser requerida por amores.

 

Tras percibir que su proporción no discrepaba de la forma humana y pospuesto el miedo, prosigo con una breve oración en estilo humilde: «Oh visión más que seráfica, te suplico me digas de dónde viniste, cuál es el arte que más sigues y cómo se llama tu sabiduría».

 

Respondió: «No vengo a tu presencia de nuevo, pues estoy en todas partes; lo segundo te digo, sigo tres artes de donde depende una gran excelencia: ordeno las cosas presentes en esencia, dispongo las futuras a mi voluntad y revelo las pasadas. Si esto te sirve de aviso, puedes llamarme Divina Providencia».

 

«Oh princesa y administradora de jerarquías y de todos los estados, de paces, guerras, suertes y fados, señora sobre los grandes señores; tú que eres la gobernadora y la mediadora de este gran mundo, ¿cómo pudo mi torpe juicio disfrutar de un diálogo tan alto a esta hora?

 

Ya que tal placer se le ofrece a mi vida no merecedora, suplico que seas mi guía en esta gran casa que aquí se nos aparece; la cual creo que te obedece más a ti, cuyo santo nombre invoco, que no a la Fortuna, que allí tiene poco poder, usando un nombre que no le pertenece».

 

Respondió: «Joven, por el camino recto sigue mi vía, ven y sígueme; te mostraré algo de lo que puede ser comprendido por el intelecto humano; sabrás al menos cuál es el defecto, el vicio y el estado de cualquier persona; confórmate con lo que veas y no pidas más a lo que ya es perfecto».

 

Y hacia donde vio que estaba la puerta se dirigía, llevándome de la mano; me manda fijarme bien en la entrada, en cómo era grande y abierta a todos. «Pero hay un peligro encubierto», dijo, «que quema más que la brasa: todos los que entran en esta gran casa tienen la salida dudosa y no cierta».

 

«Imagen angélica, ya que tienes poder, dame una rama con la que me guíes, como la que dio la Sibila de Cumas al hijo de Anquises cuando intentó descender al Inframundo», le dije, y luego la oí responder: «Quien sea constante en el tiempo adverso y no busque más de lo necesario, no necesitará rama alguna».

 

Así razonando, pasamos la puerta, por donde confluía tanta gente que allí donde el ingreso era más ancho nos estorbábamos unos a otros; pues por aquello que mucho buscamos, cuanto más se esfuerza el deseo común, más nos daña y fuerza nuestra prisa, y menos logramos lo que queremos.

 

Como el herido por aquella flecha que trae consigo una cruel atadura, cuanto más tira, por mucho que intente ayudarse, más lo hiere y aprieta el retorno; así estaba yo: cuando luchaba por soltarme, mi prisa y la de los otros me sujetaba más firme, al no gobernarme con arte y discreción.

 

Esta es la continuación de la adaptación al castellano actual del poema de Juan de Mena. He mantenido el estilo elevado pero con un léxico comprensible hoy en día, eliminando los números de las estrofas.

 

Pero la sabia mano de quien me guiaba, viéndome triste y tan perplejo, tuvo a bien dar a mi queja el remedio que yo deseaba: es decir, me toma de entre aquella prisa tan brava y me pone dentro, tan libre como el troyano Eneas cuando, al entrar en el Tíber, se vio a salvo de los griegos a los que temía.

 

Preguntadme ahora con qué rapidez me encontré en lo más alto de aquella morada, desde donde podía divisarse bien toda la parte terrestre y marina. Apolo, inspira ya de tu doctrina el tono necesario para que mi verso cante lo que allí vimos del orbe universo y de toda la maquinaria del mundo.

 

Si estas coplas, partes o largas frases no sonaran bien respecto a lo que hablo, atendamos al sentido y no a la palabra, si es que el contenido supera a la forma; las cuales someto a la corrección de los entendidos, a quienes solo temo, y no a los groseros que siempre blasfeman según la rudeza de sus opiniones.

 

Desde allí se veía el centro de la esfera y las cinco zonas terrestres: la austral, la boreal, el norte, la equinoccial y la que contiene los solsticios; y vi venir hacia mí, al encuentro, bestias y gentes de extrañas maneras, monstruos y formas fingidas y verdaderas, a medida que más entraba en la casa.

 

Vi la gran Asia en la tercera zona y la tierra de Partia entre los ríos Tigris e Éufrates, de reinos vacíos y riberas muy espaciosas; allí vi la provincia de Acursia junta con Persia y con Asiria, y la tierra de Media, donde yo creería que se halló la primera magia.

 

Y cerca del Éufrates vi a los moabitas, y cómo se extendía Mesopotamia, Arabia y Caldea —donde primero hallaron la astronomía—, las gentes amonitas, los idumeos y madianitas, y otras provincias de gentes mayores que, al pasarlas, pido a los lectores perdón si mi mano no las deja escritas.

 

Vi, desde el Éufrates al Mediterráneo, a Palestina y a la bella Fenicia, llamada así por el fénix que allí se cría (o quizá por Fénix, hermano de Cadmo); vi el monte Líbano donde nace el Jordán, donde fue bautizado el hijo de María, y vi Comagene con toda Siria y a los nabateos que ahora no detallo.

 

Hacia el sur vi cómo se une la tierra de Egipto al Mar Rojo, llamada así por Egisto, padre de Linceo, la cual cerca el Nilo que todo lo riega; allí donde el cielo sereno jamás se nubla ni el aire padece nubes de lluvia, vi a Mauricia, la antigua Tebas, más desolada de lo que Estacio cuenta.

 

Vi, por la parte donde el viento sur se enciende, cómo se levanta el monte Cáucaso con tal altitud y grandeza que se extiende hasta cerca de Europa; de cuyas faldas vienen y combaten las amazonas, los sármatas, los colcos y los masagetas, e incluso los hircanos que están más allá.

 

Vi luego los montes Hiperbóreos, Armenia y Escitia con toda Albania; aunque, por no ser prolijo, dejo otros rincones de hebreos, de capadocios y de amorreos, y de Nicea, donde se reunió el santo sínodo que liberó la fe de otros peores que los maniqueos.

 

Volviendo mis ojos a la Asia Menor, vieron aquella Galacia donde estuvieron las gentes que ayudaron al rey de Bitinia, recibiendo grandes recompensas; vimos los campos de Frigia tan llorados, Caria, Isauria al instante, Lidia, Panfilia y la tierra del Ponto, donde Ovidio y Clemente fueron desterrados.

 

Y vi más allá aquella tierra que llamaron Europa, por la que fue robada en el toro de madera y que lanzó a sus hermanos a una búsqueda que no tuvo fin; y hacia el Norte aparecieron luego los montes Rifeos y los lagos Meótides, los cuales te ruego, lector, que alabes, porque fueron vecinos de la tierra de los godos.

 

Y vi la provincia muy generosa que llamamos Gotia, allí donde el alto Júpiter dispuso, cuando al principio formó cada cosa, que saliese de tierra tan famosa la gente gótica que bastara al mundo, para que nuestra España gozase de una estirpe de reyes tan gloriosa.

 

Desde el río Tanais hacia el mediodía hasta el Danubio vi la Escitia baja y toda Alemania, que es una gran extensión, con los pueblos dacios y su tierra muy fría; y hasta los Alpes se divisaba ya Recia, la Germania superior, Mesia, Panonia y, para mejor decir, todas las partes del reino de Hungría.

 

Desde el Mediterráneo hasta el gran mar, hacia el sur, vimos toda Grecia: Caonia, Molosia, Helade, Beocia, Epiro y su fuente tan singular en la cual, si meten hachas apagadas queriendo quemarlas, se encienden, y si las meten vivas, se apagan luego; pues puede dar fuego y puede robarlo.

 

Nos fue mostrada la gran Tesalia y el monte Olimpo que en ella reside, el cual excede en altura a las nubes, con Arcadia y Corinto abrazadas; y desde los Alpes vi levantarse hasta los límites del gran Océano a Italia, la cual por el pueblo romano fue llamada Saturnia en la edad dorada.

 

Y vi las tres Galias, a saber: la Lugdunense, la Aquitania y la Narbonense, que del primer franco que portó corona en Francia quiso tomar su nombre; esta comienza en el monte de Júpiter y resalta tanto que extiende sus fronteras hasta el mar alto, que tiene trato con los británicos.

 

Vi las provincias de España y el poniente: la Tarraconense, la Celtiberia, la Cartaginense que fue la de Esperia, con los rincones de todo el occidente; se mostró Andalucía, la bien parecida, y toda la tierra de Lusitania, la brava Galicia con la Tingitania, donde se cría gente feroz.

 

Vimos más allá la mayor parte de Etiopía y todas las provincias de África; las Sirtes de Amón donde están los trípodes, con lo que confina la tierra de Libia; toda Marmárica, donde hay gran multitud de la gente veloz de los trogloditas; los áforos, gente tan ruda que carece de casas y de herramientas de hierro.

 

El Catabatmon apareció luego; la Cirenaica, región de paganos, y toda la tierra de los numidios, allí donde Jugurta se hizo valiente; conocimos después Pentápolis, Getulia, Bizancio, con otra tanta tierra que pueblan los de Garamanta, desde que Juba fue su señor.

 

El mar asimismo se nos representa con todas las islas descubiertas en él, tanto de aguas vivas como muertas, y donde la bonanza no teme a la tormenta: vi las Estéquades, nueve en total; Rodas y Creta, la de las cien ciudades; las Cícladas, las cuales quien las vea, verá seis menos para ser sesenta.

 

Naxos la redonda se dejó ver, Cos, Ortigia llamada Delos, por la cual se llamó Delio aquel dios al que los poetas suelen invocar; y vimos estar las islas Eolias e Icaria, a la cual el náufrago Ícaro dio su nombre, que nunca perdió, por aquel vuelo mal gobernado.

 

Se mostró Samos y las Baleares, Córcega, Bosis y las Vulcanas, las Gorgonas, islas de las Medusas, y otras partes que están por los mares; vimos a Sicilia con sus tres cabos: Peloro, Paquino y además el Etna, donde Tifón sopla los fuegos formando gemidos y voces extrañas.

 

Como hacen muchos en reino extraño que, si alguno viese lo que nunca vio, si no lo desprecia y se queda absorto, los otros se burlan de tal compañero; pues es tenido por muy grosero quien se asombra tanto de lo que es nuevo para él, que permite que los otros entiendan que no tenía noticia previa de ello;

 

así, reprendido y corregido sería yo por mi guiadora cuando vio que yo andaba mirando el mundo con los ojos y el juicio allí absortos; pues vi que me dijo con tono afligido: «Deja esto, que no viene al caso; pero mira: veremos al lado derecho algo de aquello por lo que has venido».

 

Volviendo los ojos a donde me mandaba, vi más adentro tres ruedas muy grandes: las dos eran firmes, inmóviles y quietas, pero la de en medio no cesaba de girar; y vi que debajo de todas estaba, caída por tierra, gente infinita, que tenía escrita en la frente el nombre y la suerte por la que pasaba.

 

Aunque en la que no se movía, la gente que en ella habría de estar y la que esperaba caer debajo, un turbio velo cubría su inscripción; yo, que de esto entendía muy poco, expresé mi duda con palabras, rogando a mi guiadora que me explicara esta figura que no comprendía.

 

La cual me respondió: «Te conviene saber que te quiero hablar de tres edades: pasadas, presentes y por venir; cada cual ocupa y tiene su rueda. Las dos que están quietas contienen, una a la gente pasada y la otra a la futura; la que gira en el medio se ocupa de la que vive en el siglo presente.

 

Así que reconoce que la tercera contiene las formas y las imágenes de muchas personas, profanas y sacras, de gente que vendrá al mundo en el futuro; por ello su faz estaba cubierta por tal velo, aunque vieses formas de hombres, porque sus vidas ni sus nombres podrían conocerse por el juicio mortal.

 

El juicio humano se ciega y se abruma en las artes bajas que le da Minerva; pues imagina qué haría en las que reserva aquel que maneja los rayos; por eso ninguno piense ni estime que, mediante artes mágicas, puede conocer lo concebido en la mente divina, por mucho que intente trascender o razonar en ello».

 

«Pero dejando esto, ven conmigo y acércate a la rueda de los antepasados si quieres ver maravillas; pero presta atención a lo que te digo: ni por amigo ni por enemigo, ni por amor a la tierra o a la gloria, finjas lo falso ni robes la historia; cuenta la verdad de cada uno».

 

Ya cerca de la rueda, vi su redondez tejida en siete círculos por orden debido, pero no por mano mortal; y vi que cada uno de estos siete círculos tenía tantos cuerpos humanos que ni el río Lete del olvido podría borrar sus nombres famosos.

 

Vimos al hijo de aquel que venció con ingenio los laberintos y acabó con el Minotauro; se nos apareció la buena Hipermnestra, con el rostro más piadoso de toda Grecia, y, sobre todas, la casta Lucrecia con el puñal con el que se quitó la culpa.

 

A ti te vimos, mujer del gran Mausolo, tú que con tus lágrimas nos profetizas, al regar las cenizas maritales, que es un vicio ser viuda de más de uno solo; y a la compañera del astuto Ulises, tú, Penélope, que tardaste con la tela mientras la vela recibía los vientos que Eolo le negaba a él.

 

También vimos en la rueda, elevada y llena de méritos, a Argía; y vi que Hércules ocupaba casi toda la parte derecha, vestido de montero con su maza, tal como cuando libraba al mundo de los monstruos y evitaba que la mesa real fuera ensuciada.

 

Yo, que veía cómo destacaban todos ellos por diversas virtudes, al ver que la rueda los unía a todos, no tenía el pensamiento ocioso. Providencia miró mis dudas: «No te maravilles tanto —respondió—, una vez conocido el orden que Dios les impuso, no te resultarán tan asombrosos.

 

Dispuso desde el principio la mente suprema que ningún círculo aparezca aquí sin que la gente que hay en él obedezca a las constelaciones que lo gobiernan; por tanto, que tu juicio comprenda que cada uno de los siete planetas influye con sus operaciones en cada círculo para su gloria eterna.

 

Así, la Luna, que es la primera, imprime su acción en el primer cerco; el segundo planeta en el segundo, y así sucesivamente; todos ellos están inclinados a la disposición y virtudes de la constelación de cada esfera.

 

Al círculo que has visto, llámale círculo de la Luna, y pon nombre así a cada uno para no confundir los casos; ahora insisto en lo que dudabas: si viste a las mujeres castas con los cazadores, es porque los autores asignan a este planeta tal grado de virtud.

 

Acércate ahora a la rueda de los presentes para que las veas a ambas, y pregúntame las dudas que tengas; te las resolveré en versos claros. Visto el círculo de la gente pasada, verás el de las personas modernas que viven hoy: abre los ojos y presta atención».

 

Mirando atento como me mandaba, vi a los tres Destinos: Cloto la primera, Láquesis la segunda y Átropos la tercera, girando la rueda por turnos; y vi que sobre todas imperaba en el primer círculo de Diana una reina que parecía tener bajo su mando toda la virtud humana.

 

Su vestidura de color blanco purpúreo denotaba su gran señorío; su fausto no le daba arrogancia ni su virtud le quitaba hermosura; su ropa era más blanca que la blancura misma y su mano sostiene una rama de palma, don que Diana considera el más rico, siendo ella más moderada que la moderación misma.

 

Vi a su lado izquierdo al serenísimo rey, su marido, con la misma vestimenta blanca, conforme con tal posición; y vi al lado derecho a una reina muy esclarecida, que tenía lo blanco del manto bordado con virtudes de una vida ejemplar.

 

Me volví con rostro de duda hacia la que resolvía mis ignorancias, como el niño que no se separa de su madre benigna; así se me mostró Providencia, diciéndome: «Conozco bien que tu deseo es saber quién es esta gente tan ilustre.

 

A la que ocupaba la silla más alta no deberías tenerla por extraña: era la ínclita reina de España, la muy virtuosa doña María, la cual, además de su gran valor y de ser reina de los castellanos, goza de la fama de tener hermanos que son como otros Césares en la monarquía.

 

Goza de mucha prudencia y verdad; goza del don inmortal de la justicia y tiene esa virtud y honestidad que se exige a una mujer. Si su naturaleza fuera cambiada por la de un hombre, como se lee de Ceneo, creo que haría que muchos dominaran sus vicios ante su rectitud.

 

La otra que vimos a la mano derecha era la reina de los aragoneses, la cual, mientras su rey viste la armadura, rige su reino como maestra; así, con la gran justicia que muestra, mientras más reinos conquista el marido, más celo pone ella en guardar lo ya conquistado. ¡Mirad qué gloria para vuestra España!

 

Pocas reinas de Grecia se hallan que guardaran fiel el lecho a sus maridos mientras la guerra de Troya no terminaba; pero si hubo una, esta es, sin duda, una nueva Penélope; ¡piensa qué fama le deberá la posteridad, cuando ya en vida su gloria no se calla!».

 

Un poco más abajo vi a otras personas íntegras, como la casta dueña de manos crueles, corona de la familia de los Coroneles, que quiso vencer con fuego real el fuego de sus pasiones. ¡Oh Roma, si hubieras sabido de ella cuando mandabas en el universo, qué gloria, qué templos y qué versos le habrías dedicado!

 

De otras no hablo, pero lo menciono: aunque su virtud clame, la Fama esconde sus nombres oscuros por la baja sangre de su nacimiento; pero no dejaré de decir lo que siento: que las personas humildes a veces alcanzan coronas santas y tienen menos pensamientos de vicios que los nobles.

 

A vos, rey excelente y gran señor, os pertenece poner orden, como príncipe legislador que vela por la vida política, para que la decencia se guarde y la gente pueda dormir tranquila; castigando a los grandes igual que a los pequeños, y no perdonando a quien no merece perdón.

 

Que las leyes presentes no sean como las telas de araña, que atrapan a los animales flacos y viles y muestran en ellos su furia, mientras las bestias mayores pasan rompiendo la tela; pues la astucia no sirve de nada si solo actúa contra los pobres y débiles.

 

Aprendan los grandes a vivir castamente y que los placeres viles no corrompan a la gente; los que presumen de su posición en el mundo, huyan de donde nace el daño; si desean ser personas nobles, abracen la vida más casta y moderada.

 

La castidad es la abstinencia de lo vil, alejando el vicio tanto de las obras como del mal pensamiento; y no solo considero casto a quien se protege de las flechas de Cupido, sino a aquel que se desnuda de cualquier vicio y se viste de virtudes.

 

Vi a los que dieron sano consejo y a los que median por la paz en la guerra; vimos a muchos que comerciaron con ganancias justas, a otros que liberaron sus tierras y a los que evitaron grandes engaños, salvando a muchos de la perdición.

 

Se nos mostró el antiguo Néstor y los mejores oradores; vimos al rey que rescató a su hijo muerto y a Capis, aquel que siempre temió los daños ocultos del caballo de Troya, junto con el sacerdote Laocoonte, aquel al que las serpientes de Palas rodearon.

 

Debajo de estos vi derribados a los que rompen las paces firmadas y a los que corrompen las virtudes por dinero, ayudando a los renegados; allí vi a un gran número de falsos prelados que venden las cosas sagradas. ¡Oh religión rodeada de males, que das tal ejemplo a los mal enseñados!

 

Vimos a Pándaro, el de la flecha sangrienta, aquel que rompió la tregua contra los griegos y dañó la paz firmada, devolviendo a todos al campo de batalla.

 

Allí te encontramos, oh Polimnestor, asesinando al buen Polidoro por la maldita hambre de su tesoro, sin acordarte de la fe ni del amor; y ya se te acerca aquel vil Antenor, triste origen de los paduanos; allí tú le dabas la mano, Eneas, aunque Virgilio te dé más honor.

 

Estabas allí, Erífile, avergonzada, vendiendo la vida de tu marido por ricos collares; vencida por la codicia, quisiste ser viuda. ¡Oh siglo nuestro, edad trabajosa, si quienes te buscasen encontraran a otras Erífiles que desearan entregar a sus maridos por tan poca cosa!

 

No puedo callarte, maldito obispo Opas, ni a ti, conde Julián, pues estáis en el valle más profundo del sufrimiento que nunca se alivia con llanto; ¿qué crueldad os pudo indignar para vender un día las tierras y leyes de España, que el poder de tantos reyes no pudo recuperar en años?

 

Volviéndome a la rueda moderna, en lo profundo del segundo círculo, estaba el abismo tan lleno de vicios semejantes que no sé cómo hablar de ello. Ved si queréis darme permiso para señalar a la gente que queda, pero por ahora no me conviene hablar: la verdad lo permite, pero el temor lo prohíbe.

 

¡Oh miedo mundano, que nos obligas a fingir que los grandes placeres son pesares; que nos haces llamar buenos a los viciosos y crueles a los piadosos!

 

Como el siervo que, para ganarse la confianza de su patrón y escapar de su cautiverio, dice con la boca lo que no siente, el temor lleva nuestra lengua a la mentira de la adulación, de modo que cualquiera prefiere decir lo falso antes que lo que debe.

 

¿Quién no podría hablar de cómo se venden las cosas sagradas y de los viles usos en los que se gastan los diezmos ofrecidos a la Virgen María? Con falsas apariencias, los malos clérigos disipan el esfuerzo justo de los pobres y labradores, cegando el camino de la fe.

 

Se lee que la ciudad de Cesarea cayó por un terremoto y que todo fue destruido; pero solo su templo quedó intacto y el clero con su prelado se salvó por su vida honesta y devota.

 

Si tal terremoto nos ocurriese —lo que Dios no quiera—, presumo que en cualquier ciudad sucedería lo contrario: antes se hundiría el clero con su templo y la ciudad quedaría libre de daño como ejemplo.

 

Vuestra sacra y real majestad actúe en beneficio de sus súbditos, para que cada cual cumpla con su oficio y las leyes se mantengan íntegras; que ni la codicia ni la rapiña nos ofendan, y que la vil avaricia se aleje de cualquier estado social.

 

La avaricia, dondequiera que vive, es un vicio que confunde todos los bienes; es una buscadora incansable de ganancias, adore los metales y tiene una garganta ansiosa de robos; sufre tanta carencia de lo que ya tiene como de lo que espera ganar todavía».

 

Llegados al círculo de Venus, vi en un lugar especial a los que, en el fuego de su juventud, hicieron del vicio una virtud mediante el sacramento del matrimonio; pero en el fondo de estos círculos vi a una gran multitud de linajes caídos en desgracia, de tal modo que mi lengua no sabe cómo describir tantas formas de mal.

 

Eran adúlteros y fornicarios, otros señalados por incestuosos, y muchos mediadores que juntan a tales criminales a cambio de viles salarios; también aquellos que deleitan su vida pecando voluntariamente, y los manchados por el crimen nefando, contrarios a la justa razón y a todo lo natural.

 

Vimos vilmente abrazados a la compañera del gran Agamenón, jefe de todas las batallas griegas, disfrutando de placeres furtivos con Egisto; y vimos entre los condenados a Mirra, convertida en hermana de quien era madre, y madre del hijo de su propio padre, en contra de las leyes humanas.

 

Allí estaba aquel que forzó a su casta cuñada, perdiendo ella su doncellez, y que terminó comiendo a su propio hijo en castigo por haberla deshonrado; y vimos, en una forma muy degradada, a la triste Cánace con Macareo, de los cuales nace un hijo que dejó injuriada la vida humana.

 

Al gigante padre de los Centauros lo encontramos allí con muy poca gracia, aquel a quien Juno engañó para que cumpliera su deseo con una forma falsa; y vimos, un poco más adelante, llorar a Pasífae por sus actos indignos, ella que prefirió al toro antes que a ti, Minos; ni siquiera Escila hizo un cambio semejante.

 

Tanto caminamos observando el círculo que nos encontramos con nuestro Macías, y vimos que estaba llorando por los días en que su vida terminó amando; me acerqué más, turbado al ver a un hombre de nuestra nación, y vi que decía esta triste canción, cantando en verso elegíaco:

 

«Los amores me dieron una corona de afectos para que mi nombre anduviera en boca de todos; entonces mi mal no era pequeño cuando sus dolores me daban placer; los dulces errores vencen al juicio, pero no duran siempre como al principio prometen; pues me hicieron el mal que os hacen a vosotros, aprended a dejar de amar, amadores.

 

Huid de un peligro tan apasionado; sabed ser alegres y dejad de estar tristes; aprended a dejar de servir a quien tanto servisteis y dedicad vuestro cuidado a algo que no sea el amor; el cual, si diera sus pocos placeres en la misma medida que sus dolores, ningún amante se quejaría ni ningún rechazado se desesperaría.

 

Y al igual que cuando a un malhechor, al ver cómo se hace justicia con otro, el miedo a la pena le entran ganas de vivir mejor en adelante, pero en cuanto pasa el temor vuelve a sus vicios como al principio, así me devolvieron a la desesperación los deseos que quieren que muera amando».

 

Viendo a tal multitud turbada por el fuego vicioso del amor ilícito, hablé: «Providencia, explícame mejor esta duda que no entiendo; siendo estos tan discretos, ¿por qué quisieron amar tan ciegamente? Deberían tener grabada en la frente la pena que están padeciendo».

 

Respuso riendo mi compañera: «Ni los hechizos ni las pócimas causan el amor ni mantienen su tregua; ni las agujas clavadas en cera, ni los hilos de alambre, ni el agua de mayo bebida en vaso de hiedra, ni la fuerza de las hierbas, ni la virtud de las piedras, ni las vanas palabras de la hechicera.

 

Son otras razones más justas las que atraen los corazones: la conformidad en virtudes y vidas, y sobre todo la belleza; también las delicias atraen a muchos, y cuando los regalos son bien recibidos, o cuando hay nobleza de linaje o palabras dulces allí donde tocan.

 

También sirve para ser amado el adelantarse uno mismo a amar: no hay nadie tan duro de corazón que no dé algo si ha recibido mucho; por tanto, debería ser muy culpado aquel corazón que, si no quiere amar, pretenda ser querido, o que viva descontento por ser amado.

 

Es entonces cuando se puede actuar con discreción si el amor es fingido, vano o perezoso; pero el amor verdadero no teme el peligro ni acepta los castigos de la razón, ni los juicios de los demás le estorban en su camino, sino que sus llamas se encienden más cuanto más oposición le ponen».

 

Por tanto, monarca y señor valeroso, que el regio cetro de vuestra potencia actúe mezclando rigor con clemencia, para que cualquier criminal os tema y los actos viles del fuego de Venus se apaguen del todo, y los humanos busquen, sobre todo, el limpio y virtuoso amor católico.

 

Este amor es el vínculo entre dos corazones que une las voluntades que estaban separadas, concordándolas con su dulzura y haciendo que sus opiniones sean una sola, dando a los amantes una cadena sin sufrimiento, a los amados deleite sin pena, y a los que tienen menos méritos, mayores recompensas.

 

Aquí vi a una gran multitud de santos doctores y contemplativos de aquel saber que siempre nos es útil, liberándonos de nuestros errores; grandes filósofos y lo mejor de los oradores, músicos, profetas, grandes astrólogos, poetas, expertos en ciencias y sabios de todo tipo.

 

Sobre todos destaca una gran multitud de maestros ilustres y santos doctores; estaba Jerónimo entonando cantos, Gregorio y Agustín velando sus respuestas; y vimos al santo doctor cuya fiesta nuestro buen César siempre celebra, y a otros doctores canonizados por la sede romana debido a su vida modesta.

 

Vi a los filósofos Crato y Polemón, al buen Empédocles y al sabio Zenón; a Aristóteles cerca del padre Platón, guiando a los otros con su dulce mando; vimos a Sócrates, a quien respeto, con la ponzoña mortal que bebió, y vi a Pitágoras, que defendía al mundo de comer carne de forma extrema.

 

Vi a Demóstenes y a Gaviano, y vi también a Cicerón con su rica lengua; a Casio Severo, sufriendo gran escasez en su exilio del pueblo romano; se mostró Domicio, rector africano, y vimos a Plucio con Apolodoro, y vimos la luz del claro tesoro de nuestro retórico Quintiliano.

 

Se mostró Tubal, el primer inventor de las voces armoniosas; se mostró el arpa que Orfeo tocaba cuando el amor lo llevó al infierno; se nos mostró Quirón, el músico maestro de Aquiles en la cítara, aquel que por arte supo domar a un Aquiles, siendo este tan gran domador.

 

Vimos a la perfecta compañía de las vírgenes en sus vidas tranquilas, las diez Sibilas, cada una de las cuales pudo llamarse profeta: estaba la Pérsica con la de Libia, la Babilónica, la gran Eritrea, y la de Frigia llamada Albunea, junto a la de Delfos.

 

Fenomonoe, la sexta por orden, estaba allí, quien en versos sutiles cantó las guerras civiles; vimos a Líbica, virgen honesta; estaba la de Tibur con la de Eritras; y la décima era aquella de Cumas a quien los romanos hoy celebran.

 

Vimos a Homero tener en las manos la dulce Ilíada y la Odisea; vi que el alto Virgilio lo seguía, junto a Ennio y un montón de romanos: poetas trágicos, líricos, elegíacos, cómicos y satíricos, junto a los historiadores de tantas conquistas como han nacido entre los humanos.

 

¡Oh flor del saber y de la caballería!, Córdoba, madre mía, perdona a tu hijo si en los cantares que ahora proclama no divulga toda tu sabiduría; podría alabarte por los sabios valientes que fueron un espejo maravilloso; pero al ser yo de allí, resultaré sospechoso; dirán que los pinto mejor de lo que debería.

 

Vinimos al círculo de nuestros contemporáneos, donde encontramos a muy pocos de esos: hoy la enseñanza se inclina más al mal que a las virtudes entre la gente; pero entre otros que allí brillaban, vimos a uno lleno de prudencia, sobre el cual, al preguntar a mi Providencia, respondió dictando los versos siguientes:

 

«Aquel que ves contemplando el movimiento de tantas estrellas, su obra, su fuerza y su orden, que mide los cursos de cómo y cuándo, y tuvo noticia filosofando sobre el motor y lo movido, sobre luces, rayos y el sonido de los truenos, y supo las causas del mundo tras mucho velar,

 

aquel claro padre, aquella dulce fuente, aquel que resuena en el monte de las musas, es don Enrique de Villena, honor de España y del siglo presente». ¡Oh ilustre sabio, autor tan docto, lloro una y otra vez porque Castilla perdió tal tesoro, no valorado por la gente!

 

Perdió tus libros sin conocerlos, y cómo tras tu muerte fueron arrojados al fuego voraz, otros repartidos sin orden; ciertamente en Atenas los libros falsos de Pitágoras se quemaron con mayor ceremonia cuando fueron leídos ante el senado.

 

En el fondo de estos círculos vi derribados a los que investigaban las artes prohibidas, y vi su culpa dividida en dos partes: los que las enseñan y los que las practican; magos y adivinos muy dañados, hechiceros vi a continuación, y a los matemáticos que malvadamente intentan conocer lo que nos está prohibido.

 

Bajando los ojos dolientes al círculo, vimos la forma del mago Tereo junto a la de Erictón, que dio respuesta a Sexto Pompeio prediciendo su vida; allí estaba Medea, la inútil nigromante, despedazando a sus hijos, herida por la flecha mortal de una diosa, pues no supo encontrar remedio para sí misma mientras amaba.

 

Estaban las mujeres Licinia y Publicia, deshonrando a sus linajes al dar a sus maridos pócimas mortales mezcladas con hierbas maliciosas; pues, desde que se pierde la gran castidad, virtud necesaria en la mujer, crece tal furia y se siembra tal odio que terminan por odiar a sus maridos.

 

Por eso vosotros, maridos, si sufrís de esa sospecha, que nunca se os note, ni entiendan ellas que sospecháis; buscad remedios antes de que las necesidades os traigan dolores; ante grandes astucias, astucias mayores: más vale prevenir que ser prevenidos.

 

Para quien teme la furia del mar y recela de sus tempestades, el mejor remedio es no entrar en ella y perder la ambición de navegar; pero el que pretenda andar por dentro sin padecer miseria alguna, a la primera señal de peligro debe buscar puertos seguros.

 

A vos, poderoso gran rey, os corresponde destruir los falsos saberes por los cuales hombres y malas mujeres ensayan un daño mayor del que parece; mucha gente de la que perece muere en secreto por artes malvadas, y fingen que su muerte fue natural para ocultar su malicia.

 

Magnífico príncipe, la gran honestidad de vuestros tiempos no permite sufrir que se críen tales monstruos que matan a la gente con venenos; que la mucha clemencia y la ley blanda de vuestro tiempo no causen las malicias de nuevas Medeas y nuevas Publicias: basta ya con la miseria que existe.

 

Que las artes lícitas crezcan con vuestra clemencia junto a los oficios rectos; que caigan los daños y terminen los vicios; que vuestra paciencia no tolere más el mal, para que en vuestra presencia se contemplen los quinientos años de vuestra gran vida, con el arte malvada destruida por vos y la santa prudencia restaurada.

 

La prudencia es la ciencia que mata los torpes deseos de la voluntad; es sabia tanto en lo bueno como conocedora de la maldad, pero siempre elige los mejores caminos; destroza los vicios y desbarata el mal; se ofrece a quienes la buscan, da buenos finales siendo infinita y es para el ingenio más pura que la plata.

 

Ya observamos el círculo de Marte, donde vimos a los reyes en la guerra justa y a los que quisieron morir por su tierra, venciendo a sus enemigos; y vimos debajo, sufriendo pesares, a los que lucharon por causas indignas y a los que murieron en el mar, además de otros muchos miles de soberbios.

 

Los fuertes Metelos se mostraban allí, azote de los cartagineses; allí brillaban las armaduras de aquellos Camilos que bastaron para frenar a Francia; los dos compañeros Petreyo y Afranio estaban de acuerdo, prohibiendo con saña que la gente de César entrara en España, tal como porfiaron en Lérida.

 

Vimos a Craso con la espada sangrienta de las batallas que libró en Oriente, aquel cuya muerte el pueblo romano lloró pero nunca vengó; y vimos la mano de Mucio Escévola quemada, a quien la salvación del fuerte guerrero deja más triste que alegre por la vida que este le otorgó.

 

Guerrero Marte, permite que cante las guerras que vimos de nuestra Castilla, los muertos en ellas y la gran lástima que el tiempo presente nos pone delante; dame tú, Palas, tu favor, y dispón tal orden para lo que sigue que mis versos concuerden con los hechos y la verdad goce de una memoria duradera.

 

Allí, sobre todos, la Fortuna había puesto al muy poderoso don Juan II: se mostraba rey no solo de España, sino de todo el mundo; su frente brillaba con las armas y su diestra empuñaba una espada fulminante, sentado en una silla tan ricamente labrada como si el propio Dédalo la hubiera hecho.

 

El cual observaba con ojos de amor, como si de un espejo se tratara, todos los títulos de su gran linaje y de sus ilustres antepasados, los cuales rodeaban la silla con ricas esculturas e imaginería, de tal modo que su artesanía parecía un arcoíris con todos sus colores vivos.

 

Nunca el escudo que hizo Vulcano en las ardientes fraguas del Etna, con el que Aquiles aterrorizaba a las tropas troyanas, tuvo pintadas a mano ni esculpidas figuras de obras mayores como las que yo vi en la silla que ahora describo.

 

Allí vi pintados por orden los hechos de los reyes Alfonsos y lo que ganaron los reyes Fernandos, ampliando sus reinos; allí vi la justicia, los derechos rectos y la mucha prudencia de nuestros Enriques, para que tú, Fama, los publiques y generes en otros ejemplos similares.

 

Esculpidas están las Navas de Tolosa, triunfo de gran misterio divino contra los moros que vinieron de África buscando la guerra; están también pintadas para gloria de la memoria las dos tomas de Algeciras; y están domadas por la espada las iras de Almohacén, que fue un gran logro.

 

Crecían los nuevos títulos de este rey nuestro tan esclarecido, los cuales habrían aumentado más si no hubieran surgido algunas revueltas; las cuales, disueltas por una paz eterna, esperamos que nos lleven pronto a un puerto tranquilo, para que Castilla mantenga la toga y el olivo, y no las armas y los escudos.

 

Con miles y miles de personas lo vimos armadas y listas, sin contar al pueblo que lo seguía, entrar por la vega talando olivares, tomando castillos y ganando lugares, haciendo que por el miedo a tal ejército temblara Granada entera, y temblaran hasta las arenas del fondo del mar.

 

Vi a muchos moros decapitados que, antes que quedarse refugiados tras su muro o gozar de tiempo seguro, prefirieron la muerte por la espada; y muchos otros, despedazados, ven su muerte llegar más tarde: huyendo no se escapa de la muerte cobarde, que siempre alcanza antes a los viles.

 

Como resuena el gigante Tifón bajo Sicilia, o las herrerías de los milaneses, o como gritaban sus ritos las sacerdotisas de Baco, así vi la vuelta de este combate; en tal cantidad de voces prorrumpe la gente que solo se entendía el nombre del apóstol Santiago.

 

Y vimos la sombra de aquella higuera donde, de repente, se formó una nueva colina de muertos despedazados, tan grande que su magnitud supera la razón; y como en el desierto un viento súbito levanta una gran duna, así se espanta quien no hubiera visto antes tal montón de cuerpos.

 

¡Oh virtuosa y magnífica guerra! En ti deberían volcarse todas nuestras disputas; en ti, donde los nuestros morían para vivir por la gloria en los cielos y la fama en la tierra; en ti, donde la lanza cruel nunca yerra ni teme verter sangre de parientes: atrae a nuestras gentes, hoy divididas, y únelas contra el enemigo común.

 

No convenía que esta guerra fuera tan larga, sino que ya estuviera terminada; aunque quien toma el camino recto no llega tarde, por más que tarde en llegar. Que no se dilate más ni se detenga; que los reinos vecinos tengan envidia de nuestra victoria y no se aprovechen de nuestra discordia más de lo que conviene.

 

Vi otras figuras no tan brillantes, con epitafios de títulos ciertos; vi a los que habían muerto, unos con su nombre borrado y otros desgastados: en los que pude leer, se hallaban las guerras de Aragón, en Hariza y Belamazán, donde no encontré ni vencedores ni vencidos.

 

Vi además la furia civil de Medina del Campo y vi sus muros dañados; vi a vencedores y vencidos reconciliarse en paz muy pronto; vi que cada uno inclinaba ante su rey el yelmo, la cabeza y el estandarte, y vi a dos bandos enfrentados hacerse uno solo por temor a la justa disciplina real.

 

Como cuando el Sumo Maestro respondió en el huerto aquella frase de «¿A quién buscáis?» a los hijos de Israel, y aquel pueblo cayó casi muerto, así en Medina, siguiendo esa ley, al ver el rostro de nuestro gran rey, todo se calmó y quedó al descubierto.

 

Como aquellos que entran en un torneo ponen su cara más fiera y muestran su saña mientras están dentro, pero fuera se ríen como antes, así hacen al final los ínclitos reyes y grandes señores: convierten en gozo sus rigores y nunca el enojo les dura demasiado.

 

Mirad, por tanto, el final de las cosas, vosotros que sois seguidores de diversas disputas; no os engañen los rostros amenazantes, pues a veces una cosa se entiende por la otra. Se equivoca quien habla para ser reprendido; vivid con medida en dichos y hechos, pues los que están en desacuerdo vuelven a la concordia y suele quedar ofendido quien empezó ofendiendo.

 

Bajé más la vista, mirando a la gente que vi elevada en el trono de Marte, digna del famoso grupo donde hallamos a los más poderosos; y mientras miraba a tantos inocentes, me detuve ante un caballero, por el cual pregunté a mi guía, quien respondió dictando los siguientes versos:

 

«Aquel que ves sentado en la barca, rodeado por el engaño de las bravas olas, en aguas más crueles que profundas y rodeado de gente que se ahoga en el mar, es el valiente y poco afortunado, el virtuoso e ilustre Conde de Niebla, de quien todos sabéis dónde encontró su fin el día de su destino.

 

Y los que lo rodean, aunque fuesen hombres magníficos, sus títulos quedan cubiertos por el nombre de su señor; pues todas las hazañas valiosas que cada uno hizo por sí mismo, cuando se juntan con las del mayor, pierden su nombre individual ante él.

 

El Arlanza, el Pisuerga y el Carrión tienen nombre de ríos; pero una vez unidos, los llamamos Duero: hacemos de muchos una sola historia. Escucha, pues, la perdición del buen conde ante Gibraltar; su muerte, tan digna de ser llorada, debe provocar en tus ojos el llanto.

 

En su triste partida, muchas señales que los marineros tienen por malos presagios mostraron que no debía partir; viéndolas, con voz dolorida, el experto capitán de su flota advierte al conde del mal que anuncian, para que se detuviera la expedición.

 

«Señor —dice—, he visto presagios extraños la noche pasada: cometas ardiendo con largas cabelleras, las armas y hierros brillando con luz propia, los perros ladrando sin motivo y las aves nocturnas y fúnebres lanzando gritos tristes por las colinas y cerros.

 

Vi que las cuerdas gruesas se rompían al levantar las anclas; vi romperse los mástiles por la mitad aunque no había viento en las velas; los palos fuertes temblaban en la calma y las velas pequeñas se levantaban con dificultad cuando no había viento que las llamara.

 

En la partida de Eneas desde Cartago, el consejo prudente del piloto Palinuro fue alabado por toda la flota como el más sano; tanto que el rey, cuando lo vio tras cruzar el infierno, quiso estrecharle la mano en el Averno.

 

Por tanto, si en este gran viaje la flota debe guiarse por el consejo del sabio, deberíais posponer este viaje hasta ver un día menos aciago; debéis aplacar a las deidades al ver tales señales; no deis motivo a Gibraltar para que derrame sangre de reyes por segunda vez».

 

El conde, que nunca había creído en supersticiones ni en tales señales, dijo: «Maestro, no acepto como naturales ninguna de esas razones; lo que me dices no son verdades ni pronósticos ciertos, ni vemos los indicios de la tempestad fuera de tus propias opiniones.

 

Si yo viera la luna oscura y manchada, o muy roja, creería que la Fortuna nos traería vientos; si viéramos al Sol de color de fuego o turbulento al salir, temería yo la lluvia y el viento fuerte; de otra manera, no veo por qué oponerme.

 

No veo que el viento mueva las ramas de nuestra montaña, ni las olas golpeen la playa con saña excesiva; ni veo delfines saltando, ni a las aves marinas volar hacia lo seco, ni a los pájaros dejar las lagunas para ir a los prados.

 

Ni los alciones baten las alas ni juegan a mojarse, ellos que amansan la furia del mar con sus cantares y sonidos lánguidos, y crían a sus hijos en invierno en la costa marina, dándoles abrigo en el nido.

 

Ni la corneja anda sola por la arena seca bañándose la cabeza para llamar a la lluvia; ni vuela la garza por lo alto, ni sale la focha del mar hacia los prados, como haría en tiempos de tormenta.

 

Despliega las velas, pues, ¿a qué esperamos? Que los remeros levanten los remos para aprovechar el viento; no sigamos los agüeros, sino los hechos, pues llevamos una empresa tan santa que no podría haber otra mejor. Que la Fortuna piense que no nos fuerza, sino que nosotros la forzamos a ella».

 

Tales palabras decía el conde que todos obedecieron su mandato y dieron las velas al viento, sin más tardanza; según lo disponía la Fortuna, llegaron cerca de la fortaleza el conde con toda su tropa, seguidos por su flota por el agua.

 

Con la bandera del conde desplegada, llegó por tierra su hijo con mucha más gente de la que el padre le había dado, bien montada y armada, para que en el momento del grito de ataque, todos juntos combatieran la villa que estaba desprevenida.

 

El conde y los suyos desembarcaron en el espacio entre el agua y el muro, lugar seco y seguro con la marea baja, pero que con la marea alta se inunda por completo; quien llega más tarde cree que se equivoca; se juntan los escudos, se levantan las escalas y crecen las artes de la guerra.

 

Los moros, sintiendo el peligro y viéndose rodeados y combatidos por todas partes, acudieron a socorrer donde el daño era mayor, y resisten con saña las fuerzas enemigas; lanzan piedras desde las almenas y otros proyectiles más grandes.

 

Como un médico famoso que acude rápido a curar la herida más peligrosa en un cuerpo golpeado, así aquel pueblo, sintiendo más daño por parte del conde, se juntó en grandes cuadrillas para responder allí donde el peligro era más grave.

 

Allí disparaban bombardas y cañones, y los trabucos lanzaban piedras, dardos y antorchas de fuego para reducir a los nuestros; algunos moros valientes lanzan temblando sus lanzas, cruzando las líneas y empalizadas, doblando su fuerza por el miedo a los demás.

 

Mientras morían y mataban, por la parte del agua empezaron a crecer las olas, y el mar soberbio y profundo cubrió los campos que estaban ante los muros; de tal modo que los que allí peleaban, al querer retirarse a los navíos, se encontraron con que las aguas crecidas les impedían llegar a las barcas que habían dejado.

 

Con esfuerzo peligroso y en vano, una barca pudo recoger al conde; la cual lo llevaba a salvo, si no fuera porque su propia bondad fue su enemiga: se detuvo, y cuando los que se quedaban veían que él se iba y que ellos no podían seguirlo, ¡imagina qué gritos de dolor se oyeron!

 

Entrando tras él en el agua, decían: «Magnánimo conde, ¿cómo nos dejas? Nuestras últimas quejas en tu presencia serían un consuelo; las aguas nos quitan la vida: si no nos puedes dar el vivir, danos al menos una muerte noble; nos entregaremos a lo que el destino mande,

 

y volveremos a enfrentarnos a aquellos muros, aunque no debamos, para que los tuyos, muriendo, podamos ser llamados muertos pero nunca vencidos; solo podrán acusarnos de una osadía temeraria, pero esa fama nos sería mejor que morir ahogados en las aguas».

 

Esos gritos hicieron que el conde, de repente, hiciera volver su barca contra las flechas y las armas de los musulmanes, pues su piedad venció al temor. La Fortuna había dispuesto esa hora, y cuando los suyos comenzaron a subir, la barca se hundió con todos, al no poder sostener tanto peso.

 

Los pobres cuerpos ya no respiraban, sino que andaban ocultos bajo las aguas, tragando agua en el momento en que más necesitaban aire; las vidas de todos luchaban mientras el agua entraba por donde las almas salían; el agua quería entrar y las almas se resistían a salir».

 

¡Oh piedad desmedida! ¡Oh ínclito conde!, preferiste morir con los tuyos antes que disfrutar de la vida con tu hijo. Si mis versos tienen crédito, tu fama y tu gloria darán a los siglos una memoria eterna: tu muerte será llorada muchas veces.

 

Después de ver que mi guiadora había terminado esta historia, le suplico que me hable de otros que están allí ahora; ella, tras oír mis ruegos, invoca el nombre divino y me responde brevemente como sabia que es:

 

«Las claras virtudes, los hechos heroicos y la victoria que Marte otorga al bendito conde don Juan de Mayorga, la razón no permite que los callemos; que la Fortuna se detenga y la Fama levante sus alas doradas para que su vida se cante siempre como nosotros lo haremos.

 

Primero cantamos su vida alegre, su mano feroz, potente y famosa; segundo, su juventud virtuosa; y tercero, lloramos su muerte temprana; pero con los que tanto amamos sus hechos, la mano divina usó clemencia: nos dejó a un hermano con cuya vida olvidamos su muerte.

 

Aquel que ves con la herida de saeta, que no cambia el gesto, y que por su muerte tan honesta deja su sangre derramada sobre la famosa villa, es el adelantado Diego de Rivera, el que hizo que vuestra frontera se extendiera más contra Granada.

 

Ni siquiera el valiente Ceva en la batalla de Ematia pudo mostrarse más animoso al sacarse la flecha del ojo, ni aquel otro fue tan constante cuando, creyendo que le faltaban las fuerzas al morir, se mostraba aún más feroz y sañudo.

 

Tú adelantaste la virtud al estado, muriendo firme por la santa ley; adelantaste los reinos para el rey, siéndole fiel y leal; adelantaste tu fama al morir en justa batalla como un hombre; ¡quien de tal forma adelanta su nombre, bien merece ser llamado Adelantado!

 

El que parece mayor en edad, con un gesto sañudo por una ira justa, y que aun preso y herido demuestra que pudo más el pesar que el dolor al matarlo, es el adelantado de Perea, que venció en tantas batallas que bien podemos llamarlo vencedor.

 

Así como Curio perdió la ambición al ver el desastre de su gente ante los muros de Cartago por culpa de Juba, pues Curio, queriendo castigar a Juba, quiso quitarle el trono;

 

pues al igual que Curio no pudo soportar el alma contra la falsa fortuna, el de Perea, al ver la derrota y a los suyos muertos, no quiso vivir; y comenzó a decir al morir: «Vencí a quien hizo que mi fuerza sobrara; pues la salud con vergüenza no es buena, que el morir honesto purgue la falta».

 

El otro joven de sangre ferviente, que muestra su cuerpo desfigurado, igual en ánimo pero no en fortuna a las virtudes de su valiente padre, es Narváez, aquel que al morir amargamente aprende a vengar su muerte, la cual fue arrebatada por manos de paganos en un infortunio.

 

Según lo que hizo su padre Rodrigo, podemos compararlo con el joven Palante y su padre Evandro, para quien el comienzo fue un final enemigo; pero a él le es otorgada la corona del cielo y la tierra que ganan los que mueren en la guerra santa donde tal final es su mejor amigo».

 

Allí, Juan de Merlo, te vi con dolor; vi tu final mayor que tu miedo, y vi tu daño mayor que el remedio que tu muerte dio a quien te mató. ¡Oh porfiado y pestífero error! ¡Oh destinos crueles, soberbios y rabiosos, que siempre robáis a los más virtuosos y perdonáis a la gente peor!

 

Creemos que no pensaste en un final así para todo tu bien, cuando venciste a Enrique de Remestién en las armas; y no harías menos cuando te hallaste en Ras con aquel señor de Charní, donde con tantos honores honraste a tu rey, a tus reinos y a tus propias manos.

poemas de Juan de Mena

El dolor de las madres y la discordia civil

Ya de entre tantas gentes diversas que había visto, encontraba sus inscripciones tan difíciles de leer que pedí a mi compañera que me contara sus nombres y sus destinos. Ella, inclinada con agrado a las súplicas de mi humilde petición, respondió cantando con un estilo devoto de esta manera:

 

«Aquel que ves vuelto hacia el círculo, que intenta subir pero se queda en el aire, mostrando un rostro que ha perdido su gracia por dos feas heridas, es el desafortunado Dávalos; es el noble joven Lorenzo, que en un mismo día encontró su principio y su fin, aquel que era amado por todos;

 

el muy querido del señor infante, que siempre fue para él como un padre; el muy llorado por su triste madre, que tuvo que ver muerto a tal hijo ante sus ojos. ¡Oh dura Fortuna, cruel y atormentadora! Por ti el mundo pierde dos cosas: una vida y unas lágrimas tan piadosas que duelen como una espada afilada.

 

Bien demostraba ser madre en el duelo que hizo la pobre mujer tras ver el cuerpo sangriento, tendido en las andas, de aquel que había criado con tanto desvelo: ofende al cielo con gritos crueles, su débil salud se quiebra con nuevos dolores y tantas angustias roban su fuerza que la triste mujer cae por fuerza al suelo;

 

se rasga la cara con las uñas, se golpea el pecho sin medida; besando la boca fría de su hijo, maldice las manos de quien lo mató, maldice la guerra donde todo empezó, busca con ira culpables y se niega a sí misma cualquier consuelo, quedándose como muerta aunque siga viviendo.

 

Decía, llorando con lengua rabiosa: «¡Oh, matador de mi hijo, cruel! Me hubieras matado a mí y lo hubieras dejado a él, que yo no habría sido una enemiga tan persistente; habría sido más justo que la madre muriera para que el asesino tuviera menos cargo de conciencia; así no habrías sido tan amargo con él ni me habrías dejado a mí tan llena de luto.

 

Si la muerte me hubiera llegado antes, mi hijo habría cerrado mis ojos con sus manos ante sus hermanos, y yo no habría muerto más que una vez; así moriré muchas veces, desaventurada, pues me toca a mí sola lavar sus heridas con lágrimas tristes que de nada sirven, aunque las llore una madre desesperada».

 

Así lamentaba la pía mujer al hijo querido que viste muerto, sobre el cual se lamentaba como hace la leona sobre su cría; ¿quién podría imaginar los daños que causa la discordia en este reino, donde nadie gana una verdadera corona?»

 

Elogio a la justicia y a la fortaleza

Y vi venir volando por lo alto el alma pura del santo Clavero, separada del cuerpo de aquel buen caballero que murió batallando por la justicia; si mis versos merecen crédito, el nombre de aquel buen elegido será recordado por siempre, pues no puedo alabarlo lo suficiente:

 

elegido por todos como noble guerrero, elegido maestro por su valor, elegido por todos como virtuoso, constante, fiel y verdadero; a él lo mató un desastre final: una piedra lanzada por una honda; por eso os maldigo, mallorquines, pues vosotros fuisteis los que inventasteis las hondas.

 

Viendo yo a gentes tan admirables allí, dije: «Entre tanto varón valiente, ¿cómo no vemos al fuerte Milón, que llevaba un toro a cuestas hacia el templo?». Mi guía, con dulces palabras, respondió: «La rueda de Marte presenta a los que son fuertes por su virtud; de la fuerza bruta sin alma ella no hace caso.

 

Se llama fuerza, pero no fortaleza, a la de los músculos o la valentía física; la gran fortaleza nace en el alma, que viste a los cuerpos de nobleza, de osadía prudente, de gentileza, de constancia, de fe y lealtad: a tales personas les da autoridad la fortaleza, aunque la naturaleza los hiciera débiles».

 

Claro príncipe, rey escogido: que vuestra magnífica corona quiera gobernar el reino con hombres que sean fuertes de esta manera; porque estos aman con sentido justo la recta justicia más que la ganancia, y gobiernan y sirven con constancia y fortaleza cuando es necesario.

 

La fortaleza es un gran valor que soporta tanto lo próspero como lo adverso; evita las cosas deshonestas y no teme a nada más; huye y desprecia lo que el vicio deforma; le agradan las grandes virtudes y prefiere el ánimo firme y sereno.

 

Tiranos y héroes de la paz

Y vi a los que reinan en paz gloriosa y a los que son humanos con sus súbditos, y a muchos que, siendo mortales, viven velando por el bien público; y vi debajo de estos a una gran multitud llorosa de invasores y tiranos que, por sus crímenes, dejan una fama cruel y monstruosa.

 

Vimos sin armas a Octavio Augusto, que tuvo tiempos tan triunfales y un mundo tan pacífico que mantuvo cerradas las puertas de la guerra; y vimos la gloria del bravo romano que guardó la torre Tarpeya, aquel que acude con todas sus fuerzas contra el hambre del nuevo tirano.

 

Y vimos a Codro gozar de la gloria, junto a los constantes Decios, quienes valoraron menos sus vidas que la victoria noble; estaba Torcuato, de digna memoria, quien mató a su propio hijo a pesar de verlo vencedor, porque este había desobedecido una ley sagrada.

 

Dos vengadores de la libertad, muy animosos, eran los Brutos, con sus rostros manchados de sangre tirana por no permitir que cambiara la costumbre de la libertad; están los Catones en la cumbre, el de Útica y el Censor, quienes se suicidaron dignamente por no ver la miseria de su pueblo.

 

Estaba la imagen del pobre Fabricio, aquel que no quiso que los senadores aceptaran oro ni plata de los embajadores, ni ningún otro beneficio, demostrando que era más noble para el pueblo romano poseer a quienes poseían el oro, que tener todo el oro del mundo a cambio del vicio.

 

¡Oh siglo perverso, cruel y engañoso! Ya que das a los señores cargos tan altos, danos entre ellos algunos Fabricios que busquen el provecho del pueblo; y que los que presumen de ser más valientes que nuestros antepasados se hagan dignos del nombre de alguien que fue virtuoso.

 

Visión del Rey Juan II y Álvaro de Luna

Alzamos los ojos hacia la gloria del círculo de nuestros contemporáneos, donde encontramos a las personas insignes cuya memoria nunca muere; y vimos la fama notoria y el honor de los reyes de España, con la túnica real y la corona, que son signos de noble victoria.

 

A nuestro gran rey bienaventurado lo vi sobre todos en una silla firme, digno de un reino mayor que Castilla: un león a sus pies como estrado, vestido de púrpura, ropa de estado; un cetro de marfil mandaba en su derecha y una rica corona en su mano izquierda, más poderoso que el cielo estrellado.

 

Tal lo encontraron los embajadores en su ciudad rodeada de fuego, cuando le llegó la gran embajada de reyes bárbaros y grandes señores; y tal lo dejaron quienes vuelven alegres y cargados de dones, alabando a Juan II por encima de los Augustos por sus sabios portavoces.

 

Perded la codicia, pobres mortales, por este triunfo y sus leyes; cuando veáis a los grandes señores y reyes, que no os den envidia sus riquezas; estas son una semilla de males de la que cualquier sabio debe huir, pues, bien pensado, vuestras riquezas naturales son mejores.

 

Más envidia sienten ellos de los diversos bienes que vosotros tenéis, que la codicia que vosotros podáis sentir por sus reinos: pues todos vosotros queréis ser ellos solo por su riqueza, pero ellos querrían ser vosotros porque la naturaleza os dio dones más bellos.

 

Os tienen envidia por la hermosura, cuando la suya no es buena; os envidian la buena forma física y muchas veces la alegría; os envidian la prudencia, la moderación, la fuerza, el valor y la salud: ved, pues, que no hay en ellos tanta virtud ni toda la felicidad está en las riquezas.

 

Además, la Fortuna escucha menos a los grandes señores, los tienta más a menudo con luchas y juega con sus honores; y como los rayos golpean las torres más altas antes que los suelos, así el destino da sus desaventuras más a los grandes que a los pequeños.

 

¡Oh vida segura la de la mansa pobreza, regalo santo tan poco agradecido! Se llama rica, no pobre, la vida del que se contenta con vivir sin riqueza; la casa humilde y temblorosa del pobre Amiclas no temía a la mano de César que gobernaba el mundo, por más que este llamara con fuerza a su puerta.

 

La avaricia y la nigromancia

Vimos la gran avidez de la tiranía al llegar al centro más bajo, donde hay tantos señores que no sé qué lengua podría describirlos; vimos entre ellos, sin ninguna alegría, a los tres Dionisios de Siracusa, con otro linaje de tiranos que Dios envía al mundo como plagas.

 

Juno fue el primero que inventó la moneda y acuñó los metales, al cual yo maldigo, pues causó tantos males en la humanidad que nunca descansa; por culpa del dinero se nos quita la justicia, los reinos se escandalizan y los grandes tiranizan de tal modo que no sé quién puede vivir seguro.

 

Sanad a los reinos de este miedo, buen príncipe, nuevo Augusto, luz de España, rey muy justo, pues el Rey del cielo os hizo rey de la tierra; y a los que os sirven con maldad, con ambición tirana y sin ley, haced que aprendan a temer a su rey, para que la justicia no ande por los suelos.

 

La justicia es un cetro que el cielo creó para dar seguridad al universo, un hábito rico del alma pura, introducido por el bien público; por su peso igual conservó siempre a todos los estados en sus oficios; es el azote que castiga los vicios y no se puede corromper.

 

Y vimos, llegados al último círculo, a las grandes personas en sus monarquías, a los que gobiernan sus señoríos con justicia moderada y son respetados; y vimos debajo a los que, por no castigar, permiten que ocurran males y vicios, y a los que, perezosos en sus cargos, dejan los crímenes sin corregir.

 

«¡Oh tú, Providencia!, aclárame quién es aquel caballero que veo, que en el cuerpo se parece al guerrero Tideo y en el consejo al sabio Néstor; para que yo hable de él como debo, si logro salir libre de este valle; no permitas que mi ignorancia calle lo que mis ojos aprueban».

 

Al igual que hacen los enamorados cuando les hablan de lo que aman, que se les alegran los ojos y cambia su semblante, así de alegre se puso Providencia ante mi pregunta y respondió con rostro feliz, dejando de lado otros cuidados divinos:

 

«Este cabalga sobre la Fortuna y doma su cuello con riendas ásperas; aunque ella tenga mucho poder, no se atreve a tocarlo; míralo, míralo cuando habla, con ojos humildes y no feroces; ¿cómo es posible que no reconozcas al Condestable Álvaro de Luna?»

 

«Ahora —respondí— reconozco mejor a aquel cuyo ánimo, virtud y nombre le dan tanta dignidad de hombre como su estado le da de señor; cualidades que lo hacen merecedor de ser la mano derecha de nuestro gran rey, ejemplo de lealtad a la ley y vencedor de la Fortuna».

 

Aunque creo que sentían lo contrario los que confiaron más en los tiempos que en la buena esperanza, cuando el mundo estaba revuelto; hablo de algunos que hicieron eso al comienzo de aquellas disputas, y que bajo el pretexto de ciertas razones se apartaron del Condestable.

 

Fueron movidos a hacer esto, según sospecho, los que quedaron cegados por el humo turbio y la fama que entonces se extendió de algunos que quisieron saber demasiado, por las palabras de una mujer experta en círculos y suertes de artes prohibidas, sobre qué bando iba a prevalecer.

 

Según la respuesta que recibieron, juzgaron menos favorable el destino y la vida de su Condestable, y quizá por eso lo abandonaron; pero si os place, lectores, que os cuente los hechos tal como ocurrieron, permitid que mis versos se alarguen un poco, para que no caigamos en lo que ellos cayeron.

 

Por más que el sabio prudente oculte y guarde sus hechos, la Fama revela más cosas de las que el secreto sabe callar; estos, por miedo, acudieron a una hechicera en un lugar secreto donde sus artes tuvieron efecto.

 

No faltaba allí pulmón de lince, ni el nudo de la hiena, formado con espina de muerto, ni ojos de loba encanecida, ni médula de ciervo tan viejo que traga serpientes para rejuvenecer, ni aquella piedra que el águila busca para su nido.

 

Allí se mezclaba parte de equino, que aunque es un pez pequeño, muchas veces detiene a los barcos en su camino; y piezas de altares que habían sido dedicadas al culto divino.

 

Espuma de perros que temen al agua, membranas de serpiente de Libia, ceniza de fénix, huesos de alas de dragones que vuelan, y otras víboras que guardan piedras preciosas, y miles de cosas más cuyos nombres desconocen incluso quienes las usan.

 

Tal mezcla no se calentó al fuego, según entiendo, sino en aguas que hierven por sí solas al pasar por venas de azufre; esa mezcla se solidificó de tal modo que cualquier cuerpo muerto, ungido con ella, podía despertar y dar a los vivos una respuesta sobre el destino.

 

Y la maga busca hasta que encuentra un cuerpo tan malvado que se le había negado la sepultura por morir en una guerra injusta; y cuando la gente más calla por la noche, lo pone en medio de un círculo y desde allí conjura al infierno y a todas las sombras vengadoras.

 

Comenzaba ya la invocación con un triste murmullo y un canto disonante, fingiendo las voces con el espanto que causan las fieras, unas veces silbando como un dragón, otras chillando como un tigre, o formando aullidos mayores que los de los perros sin dueño.

 

Con voz ronca dice: «Te conjuro a ti, Plutón, y a ti, Proserpina, para que me enviéis rápido un espíritu sutil que hable en este cuerpo y me responda con certeza a la pregunta que le haga.

 

Dale salida, Cerbero, por tu garganta de tres bocas, pues su tardanza no será mucha; y dale paso tú, Caronte. ¿Qué hacéis? ¿Cuándo os espero? Cuidado con hacerme enfadar, o si no os haré bajar allí como juez a aquel que os trajo atados la primera vez».

 

Volviéndose hacia el cuerpo miserable, al ver que no se movía, lo golpea con una serpiente viva para atraer al espíritu maligno; el cual quizá teme entrar en las entrañas heladas y sin vida, o si viene el alma que de él salió, quizá se retrasa en el camino.

 

El conjuro de la maga

La maga, viendo que el espíritu tardaba en llegar, gritó por una abertura que hizo en la tierra: «Hécate, ¿acaso no te afectan las palabras que lanza mi boca? Si no obedeces mi orden, haré que la cara que muestras a los del infierno se vea desde el cielo, podrida y despreciable».

 

«¿Y sabes, triste Plutón, qué haré? Abriré las puertas por las que gobiernas y con mis palabras heriré tus profundas cavernas con una luz repentina. Obedecedme, o si no llamaré a Demogorgón, cuyo nombre hace temblar la tierra y no guarda respeto ni a las aguas del Estigia».

 

Los miembros del cuerpo frío ya tiemblan de miedo al oír el segundo conjuro; el pecho iracundo empieza a formar palabras por temor a la maga y su poder. Ella se le acerca con besos impíos y le hace preguntas en voz baja al cuerpo revivido, para que sus esfuerzos no sean en vano.

 

Con un tono de voz extraño, el cuerpo comienza a decir estas palabras: «Los seres del infierno están muy airados contra los grandes del reino de España, porque les ofenden dando treguas a los infieles; mientras les hacían la guerra a muerte, nunca estuvieron resentidos con nadie.

 

Muchos evitan que las almas lleguen al infierno al firmar la paz con esa secta (los musulmanes), pero los demonios ya buscan por otros caminos cómo atraparlas. Y porque hicieron las paces, intentan sembrar tal discordia entre los castellanos que ni los hermanos se fíen entre sí, para que todos caigan en la desgracia.

 

Quedarán entre ellos tales cargos y tales discordias por el reparto de bienes, que veréis romperse muchas lanzas y ciudades sublevadas. Por tanto, vosotros, los que mandáis, dirigid vuestra ira contra los moros; no consumáis vuestras riquezas y vuestras vidas en causas injustas».

 

El destino del Condestable y la traición

«Y juzgando el destino del Condestable, así lo proclamo: será retirado de su alto trono y al final quedará deshecho. Puesto que, según veo, se verá en tal aprieto por fuerza, que cada cual disimule sus intenciones y busque pronto su propio provecho».

 

¡Cuántas licencias y despedidas le pidieron entonces al buen Condestable! ¡Cuántos pronunciaron palabras osadas con la soberbia de los nuevos cambios! La Fortuna, que nunca nos deja satisfechos, hizo que muchos abandonaran a su propio señor, sin considerar el final que merecían sus servicios.

 

Los que se marchan por tal novedad buscan excusas de muchas maneras: alegan unas razones pero piensan otras, cubriéndolas con una falsa apariencia de verdad. ¡Deteneos, esperad!, pues entre la gente de bien no hay razón que justifique abandonar al señor cuando este se encuentra en necesidad.

 

A los camaleones, que se dice que viven del aire, se parecen estos hombres: cambian de color según el objeto que toquen cada día. ¡Oh nobleza e hidalguía!, ¿cómo permites que, por una vana codicia de bienes mundanos, los hombres caigan en tan ruin villanía?

 

Que la fama os mueva a un deseo justo; recordad que Labieno, mientras siguió a César, tuvo nombre de hombre bueno, hasta que lo cambió por Pompeyo. Así, según veo, los señores aprecian menos a los que cambian de bando, aunque los utilicen: les dan lo que piden, pero no su respeto.

 

Como los árboles que se mudan de sitio muy a menudo se secan pronto, así pecan los que sirven a muchos señores. Y como las piedras que caen de lo alto no se detienen hasta el fondo, así les ocurre a los que pasan su vida cambiando de bando.

 

¡Oh vil codicia, madre de todos los errores y camino de todos los males! Tú ciegas los ojos de los mortales en sus tratos; tú endureces a los señores y fatigas los méritos con una vana esperanza que obliga a muchos a cometer tales miserias y otras mayores.

 

El desenlace del engaño

Pasado ya todo el suceso, los que se habían convertido en adversarios del Condestable, al ver que el final era contrario al juicio que la maga había dado, volvieron a ella quejándose de que no habían ocurrido las grandes desgracias que ella había profetizado.

 

«Si observasteis bien mis palabras sobre el Condestable —respondió ella ferozmente— y mirasteis lo que ocurrió, veréis que todo ha resultado ser verdad. Pues si estaba destinado que sería pronto «deshecho», mirad en Toledo, donde de ese modo destruyeron con armas de acero una estatua suya.

 

Pues un bulto del Condestable armado, que estaba sentado sobre un gran bloque de oro, lo vimos derribado y convertido en cobre deshecho. ¿Cómo queréis que la Fortuna actúe otra vez? Basta con que haya derribado a uno, pues al otro (al de carne y hueso) lo encuentra más duro que el roble».

 

Al igual que los leones hambrientos comen carne fría y muerta cuando las presas vivas se les escapan, así hacen las constelaciones cuando encuentran un obstáculo en sus destinos: sacian su ira en una imagen semejante sobre la que ejecutan su influencia.

 

Por tanto, magnífico Condestable, la ciega Fortuna, que tenía hambre de vos, se ha quedado saciada con esa efigie de bronce; de aquí en adelante os será favorable. Notemos todos este caso admirable: que entre vos y ella nunca se rompa la paz amigable.

 

El amanecer y la profecía final al Rey

El brillante Sol ya nos mostraba su luz, subiendo por el horizonte y disipando las tinieblas; sus cabellos dorados se extendían iluminando selvas, cumbres y rocas.

 

Yo, al ver las señales del día, pensé si todo lo relatado lo había soñado o si era una visión real. Decidí preguntar a la Providencia, mi guía, para tener una información más clara de si fue algo verdadero o fingido.

 

Le dije: «¡Oh gran profetisa!, te suplico que aclares mi duda; te pido, compañera, que me digas qué dispone el cielo para nuestro gran y fiel rey». Y ella respondió con rostro agradable:

 

«Será rey de reyes y señor de señores, superando todos los títulos y hazañas de los reyes godos y la memoria de sus antepasados. Sus hechos ilustres le darán tal fama que, en su tiempo, sus predecesores serán completamente olvidados.

 

La fama de los antiguos reyes, como Gerión o el godo Chindo, quedará en nada; se olvidarán las hazañas de Wamba, que fijó los límites de los obispados. Se olvidará lo antiguo ante su fama creciente; morirán los recuerdos de Egica y Rodrigo.

 

A este rey, las hazañas de Pelayo le reconocerán tanta ventaja como diciembre reconoce al hermoso mes de mayo; ante él, sus enemigos no le causarán miedo ni desmayo, pues vendrá contra ellos más recio que el rayo.

 

Será olvidado Favila y los hechos de Alfonso I, que ganó Segovia, Zamora, Salamanca y León, librándonos de los moros. Conquistó Sepúlveda y Portugal y las pobló de asturianos, gallegos y vizcaínos; pero todo lo que hizo ese rey será olvidado ante las hazañas de este.

 

Fruela callará por sus errores, y ante este rey se olvidarán los hechos del casto Alfonso II, que fundó el templo de Oviedo; ni se repetirán las historias de los jueces de Castilla, Laín Calvo y Nuño Rasura, pues este rey completará metas mayores.

 

Se callarán los hechos de Fernando el Magno, de Sancho y de Alfonso VI, que ganó Toledo; la fama de Alfonso VII el Emperador se irá perdiendo ante el valor de este Juan II. Del Alfonso que venció en las Navas de Tolosa no habrá memoria, ni de la muerte prematura de Enrique I.

 

Ni será tan nombrado Fernando III el Santo, que unificó los reinos y ganó Murcia por la fuerza; el cual conquistó Úbeda, Andújar, Baeza y Martos, cortando muchas cabezas de moros como señor fiel y valiente, sin dejar que su espada se oxidara.

 

Conquistó Córdoba, Écija, Trujillo y Sevilla, además de Cádiz y Jerez; y para no ser pesado, callo otras hazañas de gran maravilla. Pero según lo dispuesto para vuestra majestad, ante vuestros hechos futuros, todo esto os parecerá poco.

 

Incluso los hechos de Alfonso X el Sabio, que fue llamado al Imperio de Alemania y conquistó Cuenca, Badajoz y Niebla, u otorgó el rescate del emperador de Constantinopla, os parecerán pequeños. Olvidaréis a Sancho IV que ganó Tarifa y a Fernando IV.

 

Alfonso XI, vuestro bisabuelo, querrá ser vencido en fama por su bisnieto para que este sea más perfecto; a pesar de que aquel venció a los reyes de Benamarín y ganó Algeciras y otras muchas villas con magnífico celo.

 

Incluso la fama del bravo don Pedro el Cruel y de vuestro abuelo Enrique III quedará oscurecida ante vuestra clemencia y constancia. Vos, Enrique III, querréis guardar silencio, vos que tuvisteis vuestro reino tan sosegado; aunque veáis desde el cielo reinar a vuestro hijo, os basta con saber que sois el padre de este gran don Juan».

 

Así profetizaba mi guía vuestro destino, rey soberano, dándoos grandes esperanzas. Después, bajando la voz, representaba en silencio los tiempos futuros de cómo vuestra mano siempre será vencedora.

 

Yo, que quería saber exactamente cuándo ocurriría esto y cuándo veríamos el reino en paz, quise pedir más información sobre el futuro y los hechos que se rigen por el destino.

 

Pero la imagen de la Providencia se desvaneció de mis ojos y vi cómo subía hacia el cielo. Deseando con reverencia abrazarla, solo encontré mis propios hombros rodeados por mis brazos, y todo lo visto huyó de mi presencia.

 

Como los niños que, viendo las motas de polvo en la luz, intentan atraparlas con las manos pero estas se les escapan, así mi guía huyó de mis manos; desaparecieron las ruedas y las figuras humanas, y las causas de lo visto quedaron ocultas para mí.

 

Pues si los dichos de los profetas, las señales naturales y los misterios de los planetas os anuncian triunfos, haced verdaderas, señor rey, por Dios, las profecías que aún no se han cumplido. Haced verdadera a la Providencia, que os otorga fuerza, valor y prudencia, para que logréis la victoria contra los moros y todos os rindan respeto.

 

La débil barca de mis pensamientos, viendo los tiempos oscuros, busca ya puerto seguro temiendo la discordia de los elementos; tiemblan las olas y luchan los vientos; mi mano se cansa en el timón, las Musas me mandan callar y mis esfuerzos piden un final.

 

Y ya les daba fin con agrado, transformando mi fatiga en descanso; no porque falte nada que decir, sino porque se equivoca quien habla sin sentir lo que dice. El largo trabajo agota la mente, así que he decidido dar fin al libro y guardar silencio por ahora.

 

Pero una voz de gran autoridad se me presentó de repente: «Escribe tú —dijo—, que tu obra crezca diciendo la verdad, pues la extensión no es un defecto cuando se hace con buen modo; si quieres un favor, ese favor es el mandato de mi majestad».

 

Coplas de la Panadera

Di, Panadera, Panadera soldadera, que vendes el pan barato, cuéntanos algún relato que te ocurrió en la frontera.

 

Di, Panadera. Un miércoles que partiera el príncipe don Enrique, buscando algún buen pique para su espada ropera, salió sin más espera de Olmedo tal compañía, que con gran maestría al Puerto se retrajera.

 

Di, Panadera.

 

Por más seguro escogiera el obispo de Sigüenza quedarse, aunque con vergüenza, escondido con la cocinera; mas tanto miedo tuviera al ver huir labradores, que para sus paños menores fue necesaria lavandera.

 

Di, Panadera.

 

Salido como de osera Ruy Díaz el mayordomo, con vello en vientre y lomo como osa colmenera; si la fe que prometiera la guardase como es debido, su caballo no habría comido en el campamento el trigo.

 

Di, Panadera.

 

Amarillo como la cera estaba el conde de Haro, buscando cualquier amparo para no cruzar la ribera; cuando vio de qué manera el señor rey avanzaba, pedos tan grandes tiraba que se oían en Talavera.

 

Di, Panadera.

 

Tú, señor, que eres cantera de toda virtud divina, saca de tu medicina tu santa cura verdadera; para que yo, señor, quiera reírme un poco más del rato, y que de este disparate a muchos les quede envidia.

 

Di, Panadera.

 

En cátedra de madera vi al obispo Barrientos con un dardo sin adornos, que a predicarles saliera; y por conclusión pusiera que aquel que allí fuera a morir, él le haría subir al cielo sin escalera.

 

Di, Panadera.

 

Otros poemas de Juan de Mena

Suprascripción

Al muy poderoso don Juan Segundo,

aquel a quien Júpiter guardó tal celo

que le dio en la tierra tanto mando profundo

como para sí mismo se hizo en el cielo;

al gran rey de España, al César nuevo,

al que junto a Fortuna es bien afortunado,

aquel en quien se unen virtud y reinado;

a él, con la rodilla hincada en el suelo.

 

Invocación

Tú, Calíope, séme favorable,

dándome las alas del don virtuoso,

y para que recorra por donde no oso,

alienta mi lengua con algo que hable.

Levante la Fama su voz inefable,

para que los hechos que hoy son presente

pasen de gente en boca de la gente;

que el olvido no robe lo que es memorable.

 

Pone un ejemplo

La gran Babilonia, que fue rodeada

por la madre de Nino con tierra cocida,

si hoy por los suelos yace destruida,

¡cuánto más pronto lo mal fabricado!

Y si los muros que Apolo hubo trabado

la fuerza griega pudo subvertir,

¿qué obra podrían mis manos construir

que no siga el curso de todo lo pasado?

 

Ejemplifica

El orden del cielo ejemplo te sea:

mira la mucha constancia del Norte;

mira al Carro, que tiene por deporte

ser inconstante, pues siempre rodea;

y a las siete Pléyades que Atlas otea,

que juntas parecen en cifra pequeña

y siempre se esconden si el frío se empeña;

que cada cual guarde la ley que le sea.

 

Cómo halló a Macías

Tanto anduvimos el círculo mirando,

que nos encontramos con nuestro Macías,

y vimos que estaba llorando los días

con los que su vida acabó siempre amando.

Me acerqué más, turbado ya cuando

vi que era un hombre de nuestra nación,

y vi que entonaba tal triste canción,

en verso elegíaco siempre cantando.

 

Cantar de Macías

Amores me dieron corona de amores

para que mi nombre por más bocas ande.

Entonces no era mi mal menos grande

cuando me daban placer sus dolores.

Vencen al juicio los dulces errores,

mas no duran siempre según hoy complacen;

pues me hirieron del mal que a vos hacen,

sabed al amor desamar, amadores.

 

Comparación

«Y tal como ocurre cuando algún malhechor,

al tiempo que ve de otro hacerse justicia,

el miedo a la pena le infunde codicia

de en adelante vivir ya mejor,

mas una vez que ha pasado el temor,

vuelve a sus vicios igual que al primero,

así me volvieron a donde desespero

deseos que quieren que muera amador».

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